El Diablo Cojuelo

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El Diablo Cojuelo

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Parecióle al Alguacil Mayor, que no era lerdo y tenía su punta de hacer
jácaras y entremeses, que hacían burla dellos, y quiso agarrallos para
dar con ellos en la trena, y después sacudilles el polvo y batanalles el
cordobán, por embelecadores, embusteros y alguaciles chanflones[389]; y
levantando el Cojuelo una polvareda de piedra azufre y asiendo a don
Cleofás por la mano, se desaparecieron, entre la cólera y
resolución[390] de los ministros ecijanos, dejándolos tosiendo y
estornudando, dándose de cabezadas unos a otros sin entenderse, haciendo
los neblíes de la más obscura Noruega[391] puntas a diferentes partes; y
dejando a la derecha a Palma, donde se junta Genil con Guadalquivir[392]
por el vicario de las aguas, villa antigua de los Bocanegras y
Portocarreros, y de quien fué dueño aquel gran cortesano y valiente
caballero don Luis Portocarrero, cuyo corazón excedió muchas varas a su
estatura, y luego a la Monclova, bosque deliciosísimo y monte de Clovio,
valeroso capitán romano, y posesión hoy de otro Portocarrero y Enríquez,
no menos gran caballero que el pasado, y a la hermosa villa de Fuentes,
de quien fué marqués el bizarro y no vencido don Juan Claros de Guzmán
el Bueno, que, después de muchos servicios a su rey, murió en Flandes
con lástima de todos y envidia de más, hijo de la gran casa de
Medina-Sidonia, donde todos sus Guzmanes son Buenos por apellido, por
sangre y por sus personas esclarecidas, sin tocar al pelo de la ropa a
Marchena, habitación noble de los duques de Arcos, marqueses que fueron
de Cádiz, de quien hoy es meritísimo señor el excelentísimo duque don
Rodrigo Ponce de León, en quien se cifran todas las proezas y grandezas
heroicas de sus antepasados, columbrando desde más lejos a Villanueva
del Río, de los marqueses de Villanueva, Enríquez y Riberas, y hoy de
don Antonio Álvarez de Toledo y Beamonte, marqués suyo y duque de
Güesca, heredero ilustre del gran Duque de Alba, Condestable de Navarra,
llegaron de un vuelo los dos pajarotes de camarada[393], no siendo ésta
la mayor pareja que habían corrido, al pie de la cuesta de Carmona, en
su dilatada, fértil y celebrada vega, donde les anocheció, diciéndole
don Cleofás al amigo:

–Camarada, descansemos un poco, que es mucho pajarear éste, y nos
metemos a lechuzas silvestres; que la serenidad de la noche y el verano
brindan a pasalla en el campo.

–Soy de ese parecer–dijo el Cojuelo–: tendamos la raspa[394] en este
pradillo junto a este arroyo, espejo donde se están tocando las
estrellas, porque aguardan a la madrugada visita del sol, Gran Turco de
todas esas señoras.

Y don Cleofás, poniendo el ferreruelo[395] por cabecera y la espada
sobre el estómago, acomodó el individuo, y estando boca arriba, paseando
con los ojos la bóveda celestial, cuya fábrica portentosa al más ciego
gentil obliga a rastrear que la mano de su artífice es de Dios, y de
gran Dios, le dijo al camarada:

–¿No me dirás, pues has vivido en aquellos barrios, si esas estrellas
son tan grandes como esos astrólogos dicen cuando hablan de su magnitud,
y en qué cielo están, y cuantos cielos hay, para que no nos den
papillas[396] cada día con tantas y tan diversas opiniones, haciéndonos
bobos a los demás con líneas y coluros imaginados, y si es verdad que
los planetas tienen epiciclos, y el movimiento de cada cielo, desde el
primer móvil al remiso y al trepidante, y dónde están los signos de
estos luceros escribanos, porque yo desengañe al mundo y no nos vendan
imaginaciones por verdades?

El Cojuelo le respondió:

–Don Cleofás, nuestra caída fué tan apriesa, que no nos dejó reparar en
nada; y a fee que si Lucifer no se hubiera traído tras de sí la tercera
parte de las estrellas[397], como repiten tantas veces en los autos del
Corpus, aun hubiera más en que haceros más garatusas la Astrología. Esto
todo sea con perdón del antojo del Galileo[398] y el del gran don Juan
de Espina[399], cuya célebre casa y peregrina silla son ideas de su raro
ingenio; que yo hablo de antojos abajo, como de tejas, y salvo la
óbtica[400] destos señores antojadizos que han descubierto al sol un
lunar en el lado izquierdo, y en la luna han linceado montes y valles, y
han visto a Venus _cornuta_. Lo que yo sé decir, que el poco tiempo que
estuve por allá arriba nunca oí nombrar la Bocina, el Carro, la _Espica
Vírginis,_ la _Ursa major_ ni la _Ursa minor,_ las Pléyades ni las
Helíades, nombres que los de la Astrología les han dado, y esa que
llamaron _Vía Láctea,_ y ahora los vulgares Camino de Santiago, por
donde anda tanto el cojo como el sano; que si esto fuera así, yo
también, por lo cojo, había de andar por aquel camino[401], siendo hijo
de vecino de aquella provincia.

Ya en estas razones últimas se había agradecido al sueño el tal Don
Cleofás, dejando al compañero de posta[402] como grulla[403] de la otra
vida, cuando un gran estruendo de clarines y cabalgaduras le despertó
sobresaltado, recelando que se le llevaba a otra parte más desacomodada
el que le había agasajado hasta entonces; pero el Diablillo le sosegó,
diciendo:

–No te alborotes, don Cleofás; que, estando conmigo, no tienes que
temer nada.

–Pues ¿qué ruido tan grande es éste–le replicó el Estudiante.

–Yo te lo diré–dijo el Cojuelo–, si acabas de despertar y me escuchas
con atención.

TRANCO VII

El Estudiante se incorporó entonces, supliendo con bostezos y esperezos
lo que le faltaba por dormir, y prosiguió el Diablillo, diciendo:

–Todo este estruendo trae consigo la casa de la Fortuna, que pasa al
Asia Mayor a asistir a una batalla campal entre el Mogor y el Sofí, para
dar la victoria a quien menos la mereciere. Escucha y mira; que esta que
pasa es su recámara, y en lugar de acémilas van mercaderes y hombres de
negocios que llaman, cargados de cajas de moneda de oro y plata, con
reposteros bordados encima con las armas de la Fortuna, que son los
cuatro vientos, y un harpón en una torre, moviéndose a todos cuatro,
sogas y garrotes del mismo metal que llevan, y, con ir con tanto peso,
van descansados, a su parecer. Esta tropa inumerable que pasa ahora mal
concertada es de oficiales de boca, cocineros, mozos de cocina,
botilleres, reposteros, despenseros, panaderos, veedores, y la demás
canalla que toca a la bucólica. Estos que vienen agora a pie, con
fieltros blancos terciados por los hombros, son lacayos de la Fortuna,
que son los mayores ingenios que ha tenido el mundo, entre los cuales va
Homero, Píndaro, Anacreonte, Virgilio, Ovidio, Horacio, Silio Itálico,
Lucano, Claudiano, Estacio Papinio, Juvenal, Marcial, Catulo, Propercio,
el Petrarca, Sanazaro, el Taso, el Bembo, el Dante, el Guarino, el
Ariosto, el caballero Marino, Juan de Mena, Castillejo, Gregorio
Hernández, Garci Sánchez, Camoes y otros muchos que han sido en
diferentes provincias príncipes de la Poesía.

–Por cierto que han medrado poco–dijo el Estudiante–, pues no han
pasado de lacayos de la Fortuna.

–No hay en su casa–dijo el Cojuelo–quien tenga lo que merece.

–¿Qué escuadrón es éste tan lucido, con joyas de diamantes y cadenas y
vestidos lloviendo oro y perlas–prosiguió el Estudiante–, que llevan
tantos pajes en cuerpo que los alumbran con tantas hachas blancas, y
van sobre filósofos antiguos que les sirven de caballos, de tan malos
talles, que los más son corcovados, cojos, mancos, calvos, narigones,
tuertos, zurdos y balbucientes?

–Éstos son–dijo el Cojuelo–potentados, príncipes y grandes señores
del mundo, que van acompañando a la Fortuna, de quien han recibido los
estados y las riquezas que tienen, y, con ser tan poderosos y ricos, son
los más necios y miserables de la tierra.

–¡Buen gusto ha tenido la Fortuna, por cierto!–dijo don Cleofás–.
¡Bien se le parece[404] que tiene nombre de mujer: que escoge lo peor!

–Primero lo debieron a la naturaleza–respondió el Cojuelo, y prosiguió
diciendo–; Aquel gigante que viene sobre un dromedario, con un ojo, y
ése ciego, solamente, en la mitad de la frente, con un árbol en las
manos de suma magnitud, lleno de bastones, mitras, laureles, hábitos,
capelos, coronas y tiaras, es Polifemo, que después que le cegó Ulises,
le ha dado la Fortuna a cargo aquella escarpia de dignidades, para que
las reparta a ciegas y va siempre junto al carro triunfal de la Fortuna,
que es aquel que le tiran cincuenta emperadores griegos y romanos, y
ella viene cercada de faroles de cristal, con cirios pascuales
encendidos dentro dellos, sobre una rueda llena de arcaduces de plata,
que siempre está llenándolos y vaciándolos de viento, y esotro pie, en
el elemento mismo, que está lleno de camaleones que le van dando
memoriales, y ella rompiéndolos. Ahora vienen siguiéndola sus damas en
elefantes, con sillones de oro sembrados de balajes, rubíes y
crisólitos. La primera es la Necedad, camarera mayor suya, y aunque fea,
muy favorecida. La Mudanza es esotra, que va dando cédulas de
casamiento, y no cumpliendo ninguna. Esotra es la Lisonja, vestida a la
francesa de tornasoles de aguas, y lleva en la cabeza un iris de colores
por tocado, y en cada mano cien lenguas. Aquella que la sucede, vestida
de negro, sin oro ni joya, de linda cara y talle, que viene llorosa, es
la Hermosura: una dama muy noble y muy olvidada de los favores de su
ama. La Envidia la sigue y la persigue, con un vestido pajizo, bordado
de basiliscos y corazones.

–Siempre esa dama–dijo don Cleofás–come grosura[405]: que es halcón
de las alcándaras de palacio.

–Esotra que viene–prosiguió el Cojuelo–, que parece que va preñada,
es la Ambición, que está hidrópica de deseos y de imaginaciones. Esotra
es la Avaricia, que está opilada de oro[406], y no quiere tomar el
acero[407], porque es más bajo metal. Aquellas que vienen, con tocas
largas y antojos, sobre minotauros[408], son la Usura, la Simonía, la
Mohatra, la Chisme[409], la Baraja[410], la Soberbia, la Invención, la
Hazañería, dueñas de la Fortuna. Los que vienen galanteando a estas
señoras todas y alumbrándolas con antorchas de colores diferentes son
ladrones, fulleros, astrólogos, espías, hipócritas, monederos falsos,
casamenteros, noveleros, corredores[411], glotones y borrachos. Aquel
que viene sobre el asno de oro[412] de Lucio Apuleyo es Creso, mayordomo
mayor de la Fortuna, y a su mano izquierda, Astolfo, su caballerizo
mayor. Aquellos que van sobre cubas con ruedas y velicómenes[413] en las
manos, dando carcajadas de risa, son sus gentiles hombres de la copa,
que han sido taberneros de Corte primero. Aquella escuadra de
selvajes[414] que vienen en jumentos de albarda son contadores,
tesoreros, escribanos de raciones, administradores, historiadores,
letrados, correspondientes[415], agentes de la Fortuna, y llevan manos
de almireces por plumas, y por papel, pieles de abadas. Tras dellos
viene una silla de manos, bordada de trofeos, para las visitas de la
Fortuna; los silleros son Pitágoras, Diógenes, Aristóteles, Platón, y
otros filósofos para remudar, con camisolas y calzones de tela de nácar,
herrados los rostros con eses y clavos[416]. Aquellos que vienen agora
de tres en tres, sobre tumbas enlutadas, a la jineta y a la brida, son
médicos de la cámara y de la familia, boticarios y barberos de la
Fortuna. Agora cierra todo este escuadrón y acompañamiento aquella
prodigiosísima torre andante, que es la de Babilonia, llena de gigantes,
de enanos, de bailarines y representantes, de instrumentos músicos y
marciales, de voces, de algazaras, que se ven y oyen por infinitas
ventanas que tiene el edificio, coronadas de luminarias y flechando
girándulas[417] y cohetes voladores[418]; y en un balcón grande de la
fachada va la Esperanza: una jayana vestida de verde, muy larga de
estatura, y muchos pretendientes por abajo, a pie, soldados, capitanes,
abogados, artífices y profesores de diferentes ciencias, mal vestidos,
hambrientos y desesperados, dándola voces, y con la confusión no se
entienden los unos a los otros, ni los otros a los unos. Y por otro
balcón del lado derecho va la Prosperidad, coronada de espigas de oro y
vestida de brocado de tres altos[419], bordado de las cuatro estaciones
del año, sembrando talegos sobre muchos mentecatos ricos, que van en
literas roncando, que no los han menester y piensan que los sueñan.
Ahora sigue todo este aparato una infinita tropa de carros largos,
llenos de comida y vestidos de mujeres y de hombres, que es la
guardarropa de la Fortuna; y con ir tantos como la siguen desnudos y
hambrientos, no les da un bocado que coman ni un trapo con que se
cubran, y aunque los repartiera con ellos, no les vinieran bien, que
están hechos solamente a medida de los dichosos.

Seguía este carruaje un escuadrón volante de locos, a pie, y a caballo,
y en coches, con diferentes temas, que habían perdido el juicio de
varios sucesos de la Fortuna por mar y por tierra, unos riéndose, otros
llorando, otros cantando, otros callando, y todos renegando della[420];
y no tomaba de otros parecer, diligencia para no acertar nada,
desapareciendo toda esta máquina confusa una polvareda espantosa, en
cuyo temeroso piélago se anegó toda esta confusión, llegando el día, que
fué mucho que no se perdiera el sol con la grande polvareda, como don
Beltrán[421] de los planetas, subiéndose los dos camaradas la cuesta
arriba a la recién bautizada ciudad de Carmona[422], atalaya del
Andalucía, de cielo tan sereno[423], que nunca le tuvo, y adonde no han
conocido al catarro si no es para serville[424]; y tomando refresco de
unos conejos y unos pollos en un mesón que se llama de los Caballeros,
pasaron a Sevilla, cuya giralda y torre[425] tan celebrada se descubre
desde la venta de Peromingo[426] el Alto, tan hija de vecino de los
aires, que parece que se descalabra en las estrellas.

Admiró a don Cleofás el sitio de su dilatada población, y de la que
hacen tantos diversos bajeles en el Guadalquivir, valla de cristal de
Sevilla y de Triana[427], distinguiéndose de más cerca la hermosura de
sus edificios, que parece que han muerto vírgines[428] y mártires,
porque todos están con palmas en las manos, que son las que se
descuellan de sus peregrinos pensiles, entre tantos cidros, naranjos,
limones, laureles y cipreses; llegando en breve espacio a Torreblanca,
una legua larga desta insigne ciudad, desde donde comienza su Calzada y
los caños de Carmona, hermosísima puente de arcos, por donde entra el
río Guadaira[429] en Sevilla, cuya hidrópica sed se le bebe todo, sin
dejar apenas una gota para tributar al mar, que es solamente el río en
todo el mundo que está previligiado deste pecho[430]; haciendo mayor la
belleza desta entrada infinitas granjas, por una parte y por otra, que
en cada una se cifra un jardín terrenal, granizando azahares, mosquetas
y jazmines reales. Y al mismo tiempo que ellos iban llegando a la puerta
de Carmona, atisbó el Cojuelo entrar por ella a caballo, con vara alta y
los dos corchetes que sacó del infierno, a Cienllamas; y volviéndose a
don Cleofás, le dijo:

–Aquel que entra por la puerta de Carmona es comisario de mis amos, que
viene contra mí a Sevilla: menester es guardarnos.

–No se me da dos blancas[431]–dijo don Cleofás–; que yo estoy
matriculado en Alcalá, y no tiene ningún tribunal juridicción[432] en mi
persona; y fuera de eso, dicen que es Sevilla lugar tan confuso, que no
nos hallarán, si queremos, todos cuantos hurones tiene Lucifer y
Bercebú[433].

Entrándose en la ciudad los dos a buen paso y guiando el Cojuelo, la
barba sobre el hombro[434], fueron hilvanando calles, y, llegando a una
plazuela, reparó don Cleofás en un edificio sumptuoso de unas casas que
tenían una portada ostentosa de alabastro y unos corredores dilatados de
la misma piedra. Preguntóle don Cleofás al Cojuelo qué templo era aquél,
y él le respondió que no era templo, aunque tenía tantas cruces de
Jerusalén del mismo relieve de mármol, sino las casas de los duques de
Alcalá, marqueses de Tarifa[435], conde de los Molares y adelantados
mayores de Andalucía, cuya grandeza ha heredado hoy el gran Duque de
Medina Celi, por falta de hijos herederos, que aunque fuera mayor, no le
hiciera más: que por Fox y Cerda es lo más que puede ser.

–Ya conozco ese príncipe–dijo don Cleofás–, y le he visto en la
Corte, y es tan generoso y entendido como gran señor.

Con esta plática llegaron a la Cabeza del Rey don Pedro, cuya calle se
llama el Candilejo[436], y atravesando por cal[437] de Abades, la
Borciguinería[438] y el Atambor[439], llegaron a las calles[440] del
Agua[441], donde tomaron posada, que son las más recatadas de Sevilla.

En este tiempo, a nuestro Astrólogo o Mágico se lo había llevado de una
aplopejía[442] el demoñuelo zurdo que sustituía al Cojuelo, y bajó a
pedir justicia a Lucifer en el güeso del alma, sin las mondaduras del
cuerpo, del quebrantamiento de su redoma; y doña Tomasa, no olvidando
los desaires de don Cleofás, trataba con otra requisitoria de venir a
Sevilla, con un galán nuevo que tenía, soldado de los galeones, para
tomar venganza casándose con el licenciado Vireno de Madrid la Olimpia
de mala mano[443], sabiendo que se había escapado allá. Don Cleofás y su
camarada no salían de su posada, por desmentir las espías de Cienllamas
y de Chispa y Redina, y subiéndose a un terrado una tarde, de los que
tienen todas las casas de Sevilla, a tomar el fresco y a ver desde lo
alto más particularmente los edificios de aquella populosa ciudad,
estómago de España y del mundo, que reparte a todas las provincias dél
la sustancia de lo que traga a las Indias en plata y oro (que es
avestruz de la Europa, pues digiere más generosos metales)[444],
espantándose don Cleofás de aquel numeroso ejército de edificios, tan
epilogado, que si se derramara, no cupiera en toda la Andalucía, le dijo
a su compañero:

–Enséñame desde aquí algunos particulares, si se descubren a la vista.

El Cojuelo le dijo:

–Ya por aquella torre que descubrimos desde tan lejos discurrirás que
esa bellísima fábrica que está arrimada a ella es la Iglesia Mayor y
mayor templo de cuantos fabricó la antigüedad ni el siglo de agora
reconoce. No quiero decirte por menudo sus grandezas; basta afirmarte
que su cirio pascual pesa ochenta y cuatro arrobas de cera[445], y el
candelero de tinieblas, de grandeza notable, es de bronce, y de tanta
ostentación y artificio, que si fuera de oro no hubiera costado
tanto[446]. Su custodia es otra torre de plata, de la misma fábrica y
modelo[447]; su trascoro no perdonó piedra esquisita y preciosa a los
minerales; su monumento es un templo portátil de Salomón[448].

Pero salgámonos della; que aun con las relaciones ni los pensamientos no
podemos los demonios pasealla, y vuelve los ojos a aquel edificio que se
llama la Lonja[449], cortada del pernil de San Lorenzo el Real, diseño
de don Felipe II, y a mano derecha della está el Alcázar, posada real y
antigua de los reyes de Castilla, fértil albergue de la primavera, de
quien es ilustrísimo Alcaide el Conde Duque de Sanlúcar la Mayor, gran
Adtlante[450] del Hércules de España, cuya prudentísima cabeza es el
reloj del gobierno de su monarquía; que a no estar labrado el Buen
Retiro[451], fábrica de inimitable ejemplar por el edificio, los
jardines y estanques, tuviera este palacio sevillano la primacía de
todas las casas reales del mundo, poniendo en primer lugar el real salón
que la majestad del rey don Felipe IV el Grande ha copiado de su divina
idea, donde todas las admiraciones vienen cortas, y las mayores
grandezas enjaguadas[452]. Más adelante está la Casa de la Contratación,
que tantas veces se ve enladrillada de barras de oro y de plata[453].
Luego está la casa del bizarro Conde de Cantillana, gran cortesano,
galán y palaciego, airoso caballero de la plaza[454], crédito de sus
aplausos y alegría de sus Reyes; que esto confiesan los toros de Tarifa
y Jarama cuando cumplen con sus rejones, como con la parroquia[455].
Luego está, junto a la puerta de Jerez, la gran Casa de la Moneda, donde
siempre hay montones de oro y de plata[456], como de trigo, y junto a
ella, el Aduana, tarasca de todas las mercaderías del mundo, con dos
bocas, una a la ciudad y otra al río, donde está la Torre del Oro y el
muelle, chupadera de cuanto traen amontonado los galeones en los
tuétanos de sus camarotes. A mano derecha está la puente de Triana[457],
de madera, sobre trece barcos. Y más abajo, en el margen del celebrado
río, las Cuevas, monasterio insigne de la Cartuja de San Bruno, que, con
profesar el silencio mudo, vive a la lengua del agua[458].

A estotra parte, sobre la orilla de Guadalquivir[459], está Gelves,
donde todos los romances antiguos de moros[460] iban a jugar cañas, y
hoy de sus ilustres condes[461] y del gran Duque de Veragua, hijo y
retrato de tan gran padre;

que es, para no tener a mundos miedo,
Portugal y Colón, Castro y Toledo[462].

–Soltáronsete–dijo don Cleofás–los consonantes, camarada.

–Cuidado fué, y no descuido–respondió el Cojuelo–, porque me deba más
que prosa el dueño destas alabanzas.

Y prosiguió diciendo:

–Allí es el Alamillo, donde se pescan los sábalos[463], albures y
sollos, y más abajo cae el Algaba, de los esclarecidos marqueses deste
título, de Ardales, y condes de Teba, Guzmanes en todo. De esotra parte
cae el Castellar, de los Ramírez y Saavedras, y a la vuelta,
Villamanrique, de las Zúñigas[464], de la gran casa de Béjar, cuyo
último malogrado marqués fué Guzmán dos veces Bueno, sobrino del gran
Patriarca de las Indias, capellán y limosnero mayor del Rey, cuya
generosa piedad se taracea con su oficio y con su sangre, y hermano del
gran Duque de Sidonia[465], cuyo solio es Sanlúcar de Barrameda, corte
suya, que está ese río abajo, siendo Narciso del Océano y Generalísimo
del Andalucía y de las costas del mar de España, a cuyo bastón y siempre
planta vencedora obedece el agua y la tierra, asegurando a su Rey toda
su monarquía en aquel promontorio donde asiste[466], para blasón del
mundo. Y pues ya llega la noche, y destas alabanzas no puedo salir menos
que callando para encarecellas, dejemos para mañana lo demás;–bajándose
del terrado a tratar que se aderezase la cena, y a salir un poco por la
ciudad a su insigne Alameda, que hizo y adornó con las dos colunas de
Hércules el Conde de Barajas[467], asistente de Sevilla, y después, de
Castilla dignísimo presidente.

TRANCO VIII

Ya, para ejecutar su disignio[468], había tomado doña Tomasa[469] (que
siempre tomaba, por cumplir con su nombre y su condición) una litera
para Sevilla, y una acémila en que llevar algunos baúles para su ropa
blanca y algunas galas, con las del dicho galán soldado, que, metiéndose
los dos en la dicha litera, partieron de Madrid, como unos
hermanos[470], con la requisitoria que hemos referido. Y a nuestro
Astrólogo no le habían dado sepultura, sobre las barajas de un
testamento que había hecho unos días antes y descubrieron en un
escritorio unos deudos suyos, y estaba la justicia poniendo en razón
esta litispendencia. Y el Cojuelo y don Cleofás, que habían dormido
hasta las dos de la tarde, por haber andado rondando la noche antes, la
mayor parte della, por Sevilla, después de haber comido algunos pescados
regalados[471] de aquella ciudad y del pan que llaman de Gallegos[472],
que es el mejor del mundo, y habiendo dormido la siesta (bien que el
compañero siempre velaba, haciendo diligencias para lisonjear a su dueño
en razón de su delito), se subieron al dicho terrado, como la tarde
antes, y enseñándole algunos particulares edificios a su compañero, de
los que habían quedado sin referir la tarde antes en aquel golfo de
pueblos, suspiró dos veces don Cleofás, y preguntóle el Cojuelo:

–¿De qué te has acordado, amigo? ¿Qué memorias te han dividido esas dos
exhalaciones de fuego desde el corazón a la boca?

–Camarada–le respondió el Estudiante–, acordéme de la calle Mayor de
Madrid y de su insigne paseo a estas horas, hasta dar en el Prado.

–Fácil cosa será verle–dijo el Diablillo–tan al vivo como está
pasando agora: pide un espejo a la Güéspeda y tendrás el mejor rato que
has tenido en tu vida; que aunque yo, por la posta, en un abrir y cerrar
de ojos, te pudiera poner en él[473], porque las que yo conozco comen
alas del viento por cebada, no quiero que dejemos a Sevilla[474] hasta
ver en qué paran las diligencias de Cienllamas y las de tu dama, que
viene caminando acá, y me hallo en este lugar muy bien[475], porque
alcanzan a él las conciencias de Indias.

A este mismo tiempo subía a su terrado Rufina María, que así se llamaba
la güéspeda, dama entre nogal y granadillo, por no llamarla mulata, gran
piloto de los rumbos más secretos de Sevilla, y alfaneque[476] de volar
una bolsa de bretón desde su faldriquera a las garras de tanta
doncelliponiente[477] como venían a valerse della. Iba en jubón de
holanda blanca acuchillado[478], con una enaguas blancas de
cotonía[479], zapato de ponleví[480], con escarpín[481] sin media, como
es usanza en esta tierra entre la gente tapetada[482], que a estas horas
se subía a su azotea a tocar[483] de la tarántula con un peine y un
espejo que podía ser de armar[484]; y el Cojuelo, viendo la ocasión, se
le pidió con mucha cortesía para el dicho efeto, diciendo:

–Bien puede estar aquí la señora Güéspeda; que yo sé que tiene
inclinación a estas cosas.

–¡Ay, señor!–respondió la Rufina María–, si son de la
nigromancía[485], me pierdo por ellas; que nací en Triana, y sé echar
las habas[486] y andar el cedazo[487] mejor que cuantas hay de mi
tamaño, y tengo otros primores mejores, que fiaré de vuesas mercedes si
me la hacen, aunque todos los que son entendidos me dicen que son
disparates.

–No dicen mal–dijo el Cojuelo–; pero, con todo eso, señora Rufina
María, de tan gran talento se pueden fiar los que yo quiero enseñar a mi
camarada. Esté atenta.

Y tomando el espejo en la mano, dijo:

–Aquí quiero enseñalles a los dos lo que a estas horas pasa en la calle
Mayor[488] de Madrid, que esto sólo un demonio lo puede hacer, y yo. Y
adviértase que en las alabanzas de los señores que pasaren, que es
mesa[489] redonda[490], que cada uno de por sí hace cabecera, y que no
es pleito de acreedores, que tienen unos antelaciones a otros.

–¡Ay, señor!–dijo la tal Rufina–, comience vuesa merced, que será
mucho de ver; que yo cuando niña estuve en la Corte con una dama que se
fué tras de un caballero del hábito de Calatrava que vino a hacer aquí
unas pruebas, y después me volvieron mis padres a Sevilla, y quedé con
grande inclinación a esa calle, y me holgaría de volverla a ver, aunque
sea en este espejo.

Apenas acabó de decir esto la Güéspeda, cuando comenzaron a pasar
coches, carrozas, y literas, y sillas, y caballeros a caballo, y tanta
diversidad de hermosuras y de galas, que parecía que se habían soltado
abril y mayo y desatado las estrellas[491]. Y don Cleofás, con tanto
ojo[492], por ver si pasaba doña Tomasa; que todavía la tenía en el
corazón, sin haberse templado con tantos desengaños. ¡Oh proclive
humanidad nuestra, que con los malos términos se abrasa, y con los
agasajos se destempla[493]! Pero la tal doña Tomasa, a aquellas horas,
ya había pasado de Illescas en su litera de dos yemas[494].

La Rufina María estaba sin juicio mirando tantas figuras como en aquel
teatro del mundo iban representando papeles diferentes, y dijo al
Cojuelo:

–Señor Güésped, enséñeme al Rey y a la Reina; que los deseo ver y no
quiero perder esta ocasión.

–Hija–le respondió el Cojuelo–, en estos paseos ordinarios no salen
Sus Majestades; si quiere ver sus retratos al vivo, presto llegaremos
adonde cumpla su deseo.

–Sea en hora buena–dijo la tal Rufina, y prosiguió, diciendo–: ¿Quién
es este caballero y gran señor que pasa agora con tanto lucimiento de
lacayos y pajes en ese coche que puede ser carroza del sol?

El Cojuelo le respondió:

–Este es el almirante de Castilla don Juan Alfonso Enríquez de Cabrera,
duque de Medina de Ríoseco y conde de Módica, terror de Francia en
Fuenterrabía.

–¡Ay, señor!–dijo la Rufina–. ¿Aquél nos echó los franceses de
España? Dios le guarde muchos años.

–El y el gran Marqués de los Vélez–respondió el Cojuelo–fueron los
Pelayos segundos, sin segundos, de su patria Castilla.

–¿Quién viene en aquella carroza que parece de la Primavera?–preguntó
la Rufina.

–Allí viene–dijo el Cojuelo–el Conde de Oropesa y Alcaudete, sangre
de Toledo, Pimentel, y de la real de Portugal, príncipe de grandes
partes; y el que va a su mano derecha es el Conde de Luna su primo,
Quiñones y Pimentel, señor de la casa de Benavides en León, hijo
primogénito del Conde de Benavente, que es Luna que también resplandece
de día. El Conde de Lemos y Andrade, marqués de Sarria, pertiguero mayor
de Santiago, Castro y Enríquez, del gran Duque de Arjona, viene en aquel
coche; tan entendido y generoso como gran señor. Y en esotro, el Conde
de Monterrey y Fuentes, presidente de Italia, que ha venido de ser
Virrey de Nápoles, dejando de su gobierno tanto aplauso a las dos
Sicilias y sucediéndole en esta dignidad el Duque de las Torres, marqués
de Liche[495] y de Toral, señor del castillo de Aviados, sumiller de
corps de su Majestad, príncipe de Astillano, y duque de Sabioneta, que
este título es el más compatible con su grandeza; a quien acompaña, con
no menos sangre y divino ingenio, en Italia, el Marqués de
Alcañizas[496], Almansa, Enríquez y Borja. Allí viene el Condestable
prudentísimo Velasco, gentilhombre de la cámara de su Majestad, con su
hermano el Marqués del Fresno. El Duque de Hijar le sigue, Silva, y
Mendoza, y Sarmiento, marqués de Alenquer y Ribadeo, gran cortesano y
hombre de a caballo grande en entrambas sillas[497], que por el último
título que hemos dicho tiene previlegio de comer con los Reyes la Pascua
deste nombre. Va con él el Marqués de los Balbases, Espínola, cuyo
apellido puso su gran padre sobre las estrellas. Allí va el Conde de
Altamira, Moscoso y Sandoval, gran señor y caballero en todo,
caballerizo mayor de su Majestad de la Reina. Allí pasa el Marqués de
Pobar, Aragón, con don Antonio de Aragón su hermano, del Consejo de
Ordenes y del supremo de la Inquisición. Los que atraviesan en aquel
coche agora son el Marqués de Jódar y el Conde de Peñaranda, del Consejo
Real de Castilla, ambos Simancas[498] de la jurispericia como de la
nobleza.

–¿Quién son aquellos dos mozos que van juntos–preguntó Rufina–, de
una misma edad, al parecer, y que llevan[499] llaves doradas?

–El Marqués de la Hinojosa–respondió el Cojuelo–, conde de Aguilar y
señor de los Cameros, Ramírez y Arellano, es el uno, y el otro es el
Marqués de Aytona, favorecedor de la Música y de la Poesía, que heredó,
hasta la posteridad, de su padre, entrambos camaristas.

–¿Qué coche es aquél tan lleno, que va espumando sangre[500]
generosísima en tantos bizarros mozos?–preguntó la tal Güéspeda.

–Es del Duque del Infantado–dijo el Cojuelo–, cabeza de los Mendozas
y Sandoval de varón, marqués de Santillana y del Cenete, conde de
Saldaña y del Real de Manzanares, hijo y retrato de tan gran padre. Los
que van con él son el Marqués de Almenara, el más bizarro, galán y bien
visto de la Corte, hijo del gran Marqués de Orani, el Almirante de
Aragón, perfecto caballero, el Marqués de San Román, caballero de veras,
heredero del gran Marqués de Velada, rayo de Orán, de Holanda y
Gelanda, y su hermano el Marqués de Salinas, que iguala el alma con el
cuerpo, copias vivas de tan gran padre, y don Iñigo Hurtado de Mendoza,
primo del Duque del Infantado, grandes caballeros todos y señores, que
ellos solos pueden alabarse a ellos mismos[501] con decir quién son; que
todas lenguas de la Fama no bastan. Va con ellos don Francisco de
Mendoza, gentilhombre cortesano, favorecido de todos y diestro en
entrambas sillas de la espada blanca y negra[502].

–¿Qué tropa es esta que viene agora a caballo?–preguntó la Rufina.

–Si pasan a espacio, te lo diré–dijo el Cojuelo–. Estos dos primeros
son el Conde de Melgar y el Marqués de Peñafiel, que llevan en sus
títulos sus aplausos; don Baltasar de Zúñiga, el Conde de Brandevilla su
hermano, hijos del Marqués de Mirabel, y que lo parecen en todo; el
Conde de Medellín, Portocarrero de varón, y el Príncipe de Arambergue,
primogénito del Duque de Ariscot; el Marqués de la Guardia, que tiene
título de ángel; el Marqués de la Liseda, Silva y Manrique de Lara, y
[don] Diego Gómez de Sandoval, comendador mayor de Calatrava, marqués de
Villazores, Añover y Humanes, don Baltasar de Guzmán y Mendoza, heredero
de la gran casa de Orgaz; Arias Gonzalo, primogénito del Conde de
Puñonrostro, imitando las bizarrías de su padre y afianzando las
imitaciones de su muy invencible agüelo. Allí vienen el Conde de Molina
y don Antonio Mesía de Tobar su hermano, siendo crédito recíprocamente
el uno del otro. Y entre ellos, don Francisco Luzón, blasón deste
apellido en Madrid, cuyo magnánimo corazón hallara[503] estrecha posada
en un gigante. Va con él don José de Castrejón, deudo suyo, gran
caballero, y ambos, sobrinos del ilustrísimo Presidente de Castilla. En
este coche que les sigue viene el Duque de Pastrana, cabeza de los
Silvas, estudioso príncipe y gran señor, con el Marqués de Palacios,
mayordomo del Rey y decendiente único de Men Rodríguez de Sanabria,
señor de la Puebla de Sanabria, mayordomo mayor del rey don Pedro; el
Conde de Grajal, gran señor, y el Conde de Galve, su hermano del Duque,
molde de buenos caballeros, y en quien se hallara, si se perdiera[504],
la cortesía. Los demás que van acompañándole son hombres insignes de
diferentes profesiones; que éste es siempre su séquito. Viene hablando
en otro coche con el Príncipe de Esquilache su tío y con el Duque de
Villahermosa don Carlos, su hermano, éste, del Consejo de Estado de su
Majestad, y esotro, príncipe de los ingenios. Va con ellos el duque mozo
de Villahermosa, don Fernando, en quien lo entendido y lo bizarro corren
parejas, y don Fernando de Borja, comendador mayor de Montesa, de la
cámara de su Majestad, con veinte y dos cursos de virrey, que se puede
graduar de Catón Uticense y Censorino. Allí viene el Marqués de Santa
Cruz, Neptuno español y mayordomo mayor de la Reina nuestra señora.
Aquél es el Conde de Alba de Liste, con el Marqués de Tabara y el
Conde de Puñonrostro. Y tras ellos, el Duque de Nochera, Héctor
napolitano y gobernador hoy de Aragón. En ese coche que se sigue viene
el Conde de Coruña, Mendoza y Hurtado de las Nueve Musas, honra de los
consonantes castellanos, en compañía del Conde de la Puebla de
Montalbán, Pacheco y Girón. Allí, el Marqués de Malagón, Ulloa y
Saavedra, y el Marqués de Malpica, Barroso y Ribera, y el de Frómista,
padre del Marqués de Caracena, celebrado por Marte castellano en Italia,
y el Conde de Orgaz, Guzmán y Mendoza, de Santo Domingo y San
Ilefonso[505], todos Mayordomos del Rey. Aquel que va en aquel coche es
el Marqués de Floresdávila, Zúñiga y Cueva, tío del gran Duque de
Alburquerque, que hoy está sirviendo con una pica en Flandes, capitán
general de Orán, donde fué asombro del África levantando las banderas de
su Rey veinte y cinco leguas dentro de la Berbería. Allí va el Conde de
Castrollano, napolitano Adonis. Allí va el Conde de Garcíes, Quesada y
andaluz gallardo, el Marqués de Velmar[506], el Marqués de Tarazona,
Conde de Ayala, Toledo y Fonseca, el Conde de Santisteban y Cocentaina y
el Conde de Cifuentes, divinos ingenios; el Conde de la Calzada, y tras
él, el Duque de Peñaranda, Sandoval y Zúñiga. Y en esotro coche, don
Antonio de Luna y don Claudio Pimentel, del Consejo de Ordenes, Cástor y
Pólux de la amistad y de la generosidad.

–¡Ay, señor!, aquel que pasa en aquel coche–dijo la Rufina–, si no me
engaño, es de Sevilla, y se llama Luis Ponce de Sandoval, Marqués de
Valdeencinas, y como que me crié en su casa.

El Cojuelo respondió:

–Es un muy gran caballero y el más bien quisto que hay en esta tierra
ni en la Corte; que no es pequeño encarecimiento. Y aquel con quien va
es el Marqués de Ayamonte, estirado título de Castilla y Zúñiga de
varón; y no menos que él es ese que viene en ese coche, el Conde de la
Puebla del Maestre, que tiene más maestres en su sangre que condes, mozo
de grandes esperanzas, y lo fuera de mayores posesiones si tuviera de su
parte la atención de la Fortuna. Allí pasa el Conde de Castrillo, Haro,
hermano del gran Marqués de Carpio, presidente de Indias, y tras él, el
Marqués de Ladrada[507] y el Conde de Baños, padre y hijo, Cerdas, de la
gran casa de Medinaceli. Esotro es el Marqués de los Trujillos, bizarro
caballero. Y tras ellos, el Conde de Fuensalida, con don Jaime Manuel,
de la cámara de su Majestad y hermano del Duque de Maqueda y
Nájara[508], que hoy gobierna el tridente de ambos mares.

–Dígame vuesa merced, señor Licenciado–dijo la Rufina–: ¿qué casas
sumptuosas son estas que están enfrente destas joyeras?

–Son del Conde de Oñate[509]–dijo el Diablillo–, timbre
esclarecídisimo de los Ladrones de Guevara, Mercurio Mayor[510] de
España y Conde de Villamediana, hijo de un padre que hace emperadores, y
es hoy presidente de Ordenes.

–Y aquellas gradas que están allí enfrente–prosiguió la tal Rufina
María–, tan llenas de gente, ¿de qué templo son, o qué hacen allí tanta
variedad de hombres vestidos de diferentes colores?

–Aquéllas son las gradas de San Felipe–respondió el Cojuelo–,
convento de San Agustín, que es el mentidero[511] de los soldados, de
adonde salen las nuevas primero que los sucesos.

–¿Qué entierro es éste tan sumptuoso que pasa por la calle
Mayor?–preguntó don Cleofás, que estaba tan aturdido[512] como la
mulata.

–Éste es el de nuestro Astrólogo–respondió el Cojuelo–, que ayunó
toda su vida, para que se lo coman todos éstos en su muerte, y siendo su
retiro tan grande cuando vivo, ordenó que le paseasen por la calle Mayor
después de muerto[513], en el testamento que hallaron sus parientes.

–Bellaco coche–dijo don Cleofás–es un ataúd para ese paseo.

–Los más ordinarios son ésos–dijo el Cojuelo–, y los que ruedan más
en el mundo. Y ahora me parece–prosiguió diciendo–que estarán mis amos
menos indignados conmigo, pues la prenda que solicitaban por mí la
tienen allá, hasta que vaya estotra mitad, que es el cuerpo, a regalarse
en aquellos baños de piedra azufre.

–¡Con sus tizones se lo coma[514]!–dijo don Cleofás.

Y la Rufina estaba absorta mirando su calle Mayor, que no les entendió
la plática, y volviéndose a ella el Cojuelo, le dijo:

–Ya vamos llegando, señora Güéspeda, donde cumpla lo que desea; que ésa
es la puerta del Sol y la plaza de armas de la mejor fruta[515] que hay
en Madrid. Aquella bellísima fuente de lapislázuli y alabastro es la del
Buen Suceso[516], adonde, como en pleito de acreedores, están los
aguadores gallegos y coritos gozando de sus antelaciones para llenar de
agua los cántaros. Aquélla es la Victoria[517], de frailes mínimos de
San Francisco de Paula, retrato de aquel humilde y seráfico portento que
en el palacio de Dios ocupa el asiento de nuestro soberbio príncipe
Lucifer; y mire allí enfrente los retratos que yo la prometí
enseñar;–sin estar la dicha mulata en la plática que hacia don Cleofás
había dirigido el tal Cojuelo, y diciendo:

–¡Qué linda hilera de señores, que parece que están vivos!

–El Rey nuestro señor es el primero–dijo el Cojuelo.

–¡Qué hombre está!–dijo la mulata–. ¡Qué bizarros bigotes tiene, y
cómo parece rey en la cara y en el arte! ¡Qué hermosa que está[518]
junto a él la Reina nuestra señora, y qué bien vestida y tocada! ¡Dios
nos la guarde! Y aquel niño de oro que se sigue luego, ¿quién es?

–El Príncipe, nuestro señor–dijo don Cleofás–, que pienso que le crió
Dios en la turquesa de los ángeles.

–Dios le bendiga–replicó Rufina–, y mi ojo no le haga mal[519]; y
viviendo más que el mundo, nunca herede a su padre, y viva su padre más
siglos que tiene almenas en su monarquía. ¡Ay, señor!–prosiguió
Rufina–, ¿quién es aquel caballero que, al parecer, está vestido a la
turquesca, con aquella señora tan linda al lado, vestida a la española?

–No es–dijo el Cojuelo–traje turquesco; que es la usanza húngara,
como ha sido rey de Hungría: que es Ferdinando de Austria, cesáreo
emperador de Alemania y rey de Romanos, y la emperatriz su esposa María,
serenísima infanta de Castilla, que hasta los demonios–volviéndose a
don Cleofás–celebramos sus grandezas.

–¿Quién es aquel de tan hermosa cara y tan alentadas
guedejas[520]–preguntó la Mulata–, que está también en la cuadrilla
vestido de soldado, tan galán, tan bizarro y tan airoso, que se lleva
los ojos de todos, y tiene tanto auditorio mirándole?

–Aquél es el serenísimo infante don Fernando–respondió el
Cojuelo–questá por su hermano gobernando los estados de Flandes, y es
arzobispo de Toledo y cardenal de España, y ha dado al infierno las
mayores entradas de franceses y holandeses que ha tenido jamás después
que[521] se representa en él la eternidad de Dios, aunque entren las de
Jerjes y Darío, y pienso que ha de hacer dar grada[522] a mujeres de las
luteranas y calvinistas y protestantes que siguen la seta de sus
maridos, tanto, que los más de los días vuelve el dinero el purgatorio.

–Gana me da, si pudiera–dijo la Mulata–, de dalle mil besos.

–En país está–dijo don Cleofás–, que tendrá el original bastante
mercadería de eso; que esta ceremonia dejó Judas sembrada en aquellos
países[523].

–¡Oh, cómo me pesa–dijo la Rufina–que va anocheciendo, y
encubriéndose el concurso de la calle Mayor!

–Ya todo ha bajado al Prado[524]–dijo el Cojuelo–, y no hay nada que
ver en ella; tome vuesa merced su espejo; que otro día le enseñaremos en
él el río de Manzanares[525], que se llama _río_ porque _se ríe_ de los
que van a bañarse en él, no teniendo agua; que solamente tiene regada la
arena, y pasa el verano de noche[526], como río navarrisco[527], siendo
el más merendado y cenado de cuantos ríos hay en el mundo.

–El más caudal[528] dél es–dijo don Cleofás–, pues lleva más hombres,
mujeres y coches que pescados los dos mares.

–Ya me espantaba yo–dijo el Cojuelo–que no volvías por tu río.
Respóndele eso al vizcaíno que dijo: «O vende puente, o compra río».

–No ha menester mayor río Madrid[529]–dijo don Cleofás–, pues hay
muchos en él que se ahogan en poca agua, y en menos se ahogara aquel
regidor que entró en el Ayuntamiento de las ranas del Molino
quemado[530].

–¡Qué galante eres–dijo el Cojuelo–, don Cleofás, hasta contra tus
regidores!

Bajándose con esto de la azutea, y la Rufina protestando al Cojuelo que
le había de cumplir la palabra al día siguiente. Todo lo cual y lo que
más sucediere se deja para esotro tranco.

TRANCO IX

Y saliéndose al ejercicio de la noche pasada, aunque las calles de
Sevilla, en la mayor parte, son hijas del Laberinto de Creta, como el
Cojuelo era el Teseo de todas, sin el ovillo de Ariadna, llegaron al
barrio del Duque, que es una plaza más ancha que las demás, ilustrada de
las ostentosas casas de los Duques de Sidonia, como lo muestra sobre sus
armas y coronel un niño con una daga en la mano[531], segundo Isaac en
el hecho, como esotro en la obediencia, el dicho que murió sacrificado a
la lealtad de su padre don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, alcaide de
Tarifa; aposento siempre de los asistentes de Sevilla, y hoy del que con
tanta aprobación lo es, el Conde de Salvatierra[532], gentilhombre de la
cámara del señor infante Fernando y segundo Licurgo del gobierno. Y al
entrar por la calle de las Armas, que se sigue luego a siniestra mano,
en un gran cuarto bajo, cuyas rejas rasgadas descubrían algunas luces,
vieron mucha gente de buena capa[533] sentados con grande orden, y uno
en una silla con un bufete delante, una campanilla, recado de escribir y
papeles, y dos acólitos a los lados, y algunas mujeres con mantos, de
medio ojo[534], sentadas en el suelo, que era un espacio que hacían
los asientos, y el Cojuelo le dijo a don Cleofás:

–Esta es una academia de los mayores ingenios de Sevilla, que se juntan
en esta casa a conferir cosas de la profesión y hacer versos a
diferentes asumptos[535]: si quieres (pues eres hombre inclinado a esta
habilidad), éntrate a entretener dentro; que por güéspedes y forasteros
no podemos dejar de ser muy bien recibidos.

Don Cleofás le respondió:

–En ninguna parte nos podemos entretener tanto: entremos norabuena.

Y trayendo en el aire, para entrar más de rebozo, el Diablillo dos pares
de antojos, con sus cuerdas de guitarra para las orejas, que se las
quitó a dos descorteses, que con este achaque palían su descortesía, que
estaban durmiendo, por ejercella de noche y de día, entraron muy
severos en la dicha Academia, que apatrocinaba, con el agasajo que
suele, el Conde de la Torre, Ribera, y Saavedra, y Guzmán, y cabeza y
varón de los Riberas. El presidente era Antonio Ortiz Melgarejo, de la
insignia de San Juan[536], ingenio eminente de la Música y de la Poesía,
cuya casa fué siempre el museo de la Poesía y de la Música. Era
secretario Alvaro de Cubillo, ingenio granadino que había venido a
Sevilla a algunos negocios de su importancia[537], excelente cómico y
grande versificador, con aquel fuego andaluz que todos los que nacen en
aquel clima tienen, y Blas de las Casas[538] era fiscal, espíritu
divino en lo divino y humano. Eran, entre los demás académicos,
conocidos don Cristóbal de Rozas[539] y don Diego de Rosas, ingenios
peregrinos que han honrado el poema dramático[540], y don García de
Coronel y Salcedo[541], fénix de las letras humanas y primer[542]
Píndaro andaluz.

Levantáronse todos cuando entraron los forasteros, haciéndolos acomodar
en los mejores lugares que se hallaron, y, sosegada la Academia al
repique de la campanilla del Presidente, habiendo referido algunos
versos de los sujetos[543] que habían dado en la pasada, y que daban
fin en los que entonces había leído con una silva al Fénix, que leyó
doña Ana Caro[544], décima musa sevillana[545], les pidió el Presidente
a los dos forasteros que por honrar aquella academia repitiesen algunos
versos suyos, que era imposible dejar de hacerlos muy buenos los que
habían entrado a oír los pasados; y don Cleofás, sin hacerse más de
rogar, por parecer castellano entendido y cortesano de nacimiento,
dijo:

–Yo obedezco, con este soneto que escribí a la gran máscara del Rey
nuestro señor, que se celebró en el Prado alto, junto al Buen Retiro,
tan grande anfiteatro, que borró la memoria de los antiguos griegos y
romanos.

Callaron todos, y dijo en alta voz, con acción bizarra y airoso ademán,
desta suerte[546]:

SONETO

Aquel que, más allá de hombre, vestido
De sus propios augustos esplendores,
Al sol por virrey tiene, y en mayores
Climas su nombre estrecha esclarecido,

Aquel que, sobre un céfiro nacido,
Entre los ciudadanos moradores
Del Betis, a quien más que pació flores
Plumas para ser pájaro ha bebido,

Aquel que a luz y a tornos desafía,
En la mayor palestra que vió el suelo,
Cuanta le ve estrellada monarquía,

Es, a pesar del bárbaro desvelo,
Filipo el Grande, que, árbitro del día,
Está partiendo imperios con el Cielo;

aplaudiéndolo toda la Academia con vítores y un dilatado estruendo
festivo; y apercibiéndose el Cojuelo para otro, destosiéndose como es
costumbre en los hombres, siendo él espíritu, dijo deste modo:

A UN SASTRE TAN CABALLERO, QUE NO QUERÍA CORTAR
LOS VESTIDOS DE SUS AMIGOS, REMITIÉNDOLOS A SU
MASEBARRILETE[547].

SONETO

Pánfilo, ya que los eternos dioses,
Por el secreto fin de su juicio,
No te han hecho tribuno ni patricio,
Con que a la dignidad del César oses,

Razón será que el ánimo reposes,
Haciendo en ti oblación y sacrificio;
Que dicen que no acudes a tu oficio
Estos que cortan lo que tú no coses.

Los ojos vuelve a tu primer estado:
Las togas cose, y de vestillas deja;
Que un plebeyo no aspira al consulado.

Esto, Pánfilo, Roma te aconseja;
No digan que de plumas que has hurtado
Te has querido vestir, como corneja.

El soneto fué muy aplaudido de toda la Academia, diciendo los más
noticiosos della que parecía epigrama de Marcial, o en su tiempo
compuesto de algún poeta que le quiso imitar, y otros dijeron que
adolecía[548] del Doctor[549] de Villahermosa, divino Juvenal aragonés,
pidiendo el Conde de la Torre a don Cleofás y al Cojuelo que honrasen
aquella junta lo que estuviesen en Sevilla, y que dijesen los nombres
supuestos con que habían de asistilla, como se usó en la Corusca y en la
academia[550] de Capua, de Nápoles, de Roma y de Florencia, en Italia,
y como se acostumbraba en aquélla. Don Cleofás dijo que se llamaba _el
Engañado,_ y el Cojuelo, _el Engañador,_ sin entenderse el fundamento
que tenían los dos nombres; y repartiendo los asuntos para la academia
venidera, nombraron por presidente della al _Engañado_ y por fiscal al
_Engañador,_ porque el oficio de secretario no se mudaba, haciéndoles
esta lisonja por forasteros, y porque les pareció a todos que eran
ingenios singulares. Y sacando una guitarra una dama de las tapadas,
templada sin sentillo[551], con otras dos cantaron a tres voces un
romance excelentísimo de don Antonio de Mendoza[552], soberano ingenio
montañés, y dueño eminentísimo del estilo lírico, a cuya divina música
vendrán estrechos todos los agasajos de su fortuna. Con que se acabó la
academia de aquella noche, diviéndose los unos de los otros para sus
posadas, aunque todavía era temprano, porque no habían dado las nueve, y
don Cleofás y el Cojuelo se bajaron hacia el Almeda, con pretexto de
tomar el fresco en la Alamenilla[553], baluarte bellísimo que resiste a
Guadalquivir, para que no anegue aquel gran pueblo en las continuas y
soberbias avenidas suyas. Y llegando a vista de San Clemente el Real,
que estaba en el camino, a mano izquierda, convento ilustrísimo de
monjas, que son señoras de todo aquel barrio, y de vasallos fuera dél,
patronazgo magnífico de los Reyes, fundado por el santo rey don
Fernando porque el día de su advocación ganó aquella ciudad de los
moros[554], le dijo el Cojuelo a don Cleofás.

–Este real edificio es jaula sagrada de un serafín, o Serafina, que fué
primero dulcísimo ruiseñor del Tejo[555], cuya divina y extranjera voz
no cabe en los oídos humanos, y sube en simétrica armonía a solicitar
la capilla impirea, prodigio nunca visto en el diapasón ni en la
naturaleza; pero no por eso previlegiada de la envidia.

A estos hipérboles[556] iba dando carrete (verdades pocas veces
ejecutadas de su lengua), cuando, al revolver otra calle, pocas veces
paseada a tales horas de nadie, oyeron grandes carcajadas de risa[557] y
aplausos de regocijo en una casa baja, edificio humilde que se indiciaba
de jardín por unas pequeñas verjas de una reja algo alta del suelo, que
malparía algunos relámpagos de luces, escasamente conocidos de los que
pasaban. Y preguntóle al Cojuelo don Cleofás qué casa era aquella donde
había tanto regocijo a aquellas horas. El Diablillo le respondió:

–Éste se llama el garito de los pobres; que aquí se juntan ellos y
ellas, después de haber pedido todo el día, a entretenerse y a jugar, y
a nombrar los puestos donde han de mendigar esotro día, porque no se
encuentren unas limosnas con otras. Entremos dentro y nos entretendremos
un rato; que, sin ser vistos ni oídos, haciéndonos invisibles con mi
buena maña, hemos de registrar este conclave de San Lázaro.

Y con estas palabras, tomando a don Cleofás por la mano, se entraron por
un balconcillo que a la mano derecha tenía la mendiga habitación, porque
en la puerta tenían puesto portero porque no entrasen más de los que
ellos quisiesen y los que fuesen señalados de la mano de Dios[558]; y
bajando por un caracolillo a una sala baja, algo espaciosa, cuyas
ventanas salían a un jardinillo de ortigas y malvas, como de gente que
había nacido[559] en ellas, la hallaron ocupada con mucha orden de los
pobres que habían venido, comenzando a jugar al rento y limetas[560] de
vino de Alanís y Cazalla[561], que en aquel lugar nunca lo hay
razonable, y algunos mirones, sentados también, y en pie. La mesa sobre
que se jugaba era de pino, con tres pies y otro supuesto, que podía
pedir limosna como ellos, un candelero de barro con una antorcha de
brea, y los naipes con dos dedos de moho hacia cecina[562], de puro
manejados de aquellos príncipes, y el barato que se sacaba se iba
poniendo sobre el candelero. Y a estotra parte estaba el estrado de las
señoras, sobre una estera de esparto, de retorno del ivierno pasado; tan
remendados todos y todas, que parece que les habían cortado de vestir de
jaspes de los muladares. Y entrando don Cleofás y su compañero y
diciendo una pobra, fué todo uno. «Ya viene el Diablo Cojuelo», alteróse
don Cleofás y dijo a su camarada:

–Juro a Dios que nos han conocido.

–No te sobresaltes–respondió el Diablillo–; que no nos han conocido
ni nos pueden ver, como te previne; que el que ha dicho la pobra que
viene es aquel que entra agora, que trae una pierna de palo y una muleta
en la mano y se viene quitando la montera, y entre ellos le llaman el
Diablo Cojuelo por mal nombre, que es un bellaco, mal pobre, embustero y
ladrón, y estoy harto cansado con él y con ellas porque le llaman así,
que es una sátira que me han hecho con esto, y que yo he sentido mucho;
pero esta noche pienso que me lo ha de pagar, aunque sea con la mano del
gato[563], como dicen.

–Muy grande atrevimiento–dijo don Cleofás–ha sido quererlas apostar
contigo, siendo tú el demonio más travieso del infierno, y no te la hará
nadie que no te la pague.

–Estos pobres–dijo Cojuelo–, como son de Sevilla, campan también de
valientes[564], y reñirán con los diablos; pero no se alabará, si yo
puedo, éste de haber salido horro desta chanza; que en el mundo se me
han atrevido solamente tres linajes de gente: representantes, ciegos y
pobres[565]; que los demás embusteros y gente deste género pasan por
demonios como yo.

En esto, se había acomodado o sentádose en el suelo el Piedepalo, Diablo
Cojuelo segundo deste nombre, diciendo muchas galanterías a las damas, y
entró el Murciélago, llamado así porque pedía de noche a gritos por las
calles, con Sopaenvino, que le había encontrado agazapado en una taberna
y sacado por el rastro de los mosquitos que salían dél, como de la cuba
de Sahagún. Convidóles con su asiento el Chicharro y el Gallo, el uno,
que cantaba pidiendo por las siestas en verano y despertando los
lirones[566]; el otro mendigaba por las madrugadas; y tomando el suelo
por mejor asiento, porque cualquiera cosa más alta los desvanecía, y
estando en esto, entró un pobre en un carretón, a quien llamaban el
Duque, y todos se levantaron, ellos y ellas, a hacelle cortesía; y él,
quitándose un sombrerillo que había sido de un carril[567] de un pozo,
dijo:

–Por mi amor que se estén quedos y quedas, o me volveré a ir.

Temieron el disfavor, y llegándole el muchacho que le traía el carretón
a la mesa donde se jugaba, pidió cartas. Faraón, que era uno de los del
juego, llamado desta suerte porque pedía con plagas a las puertas de las
iglesias, y el Sargento, nombrado así porque tenía un brazo menos[568],
le dijeron que los dejase jugar su excelencia, que estaban picados; que
después harían lo que les mandaba; viniéndose el Duque con el Marqués de
los Chapines, que era un pobre que andaba arrastrando[569], y de la
cintura arriba muy galán, y estaba entreteniendo las damas, diciendo:

–Con vusía[570] me vengo, que está más bien parado.

Y a ninguno de los dos les habían las damas menester para nada.

La Postillona, llamada deste nombre porque pedía a las veinte[571]
limosna, no dejando calle ni barrio que no anduviese cada día, tuvo
palabras con la Berlinga, tan larga como el nombre[572], que había sido
senda de Esgueva a Zapardiel, sobre celos del Duque; y la Paulina[573],
que apellidaban ansí porque maldecía a quien no le daba limosna, se picó
con la Galeona, que llamaban desta suerte porque andaba artillada de
niños que alquilaba para pedir, sobre haber dicho unas palabras
preñadas[574] al Marqués, sin dar causa su señoría a ello, metiéndose
la Lagartija y la Mendruga a revolverlas más, y el Piedepalo a las
vueltas, con las Fuerzas de Hércules, que eran dos pobres, uno sobre
otro, que a no meterse Zampalimosnas, que era el garitero, de por medio,
y Pericón el de la Barquera, y Embudo el Temerario, Tragadardos,
Zancayo, Peruétano y Ahorcasopas, hubiera un paloteado[575], entre los
pobres y pobras, de los diablos. El Duque y el Marqués interpusieron
sus autoridades, y para quietallo de todo punto inviaron por un
particular[576], que trujo luego Piedepalo, para pagarlo de
bonete[577], que fueron unos ciegos y una gaita zamorana que muy cerca
de allí se recogían, que fué menester pagárselo adelantado porque se
levantasen, y se concertó en treinta cuartos, y dijo el Duque que no se
había pagado tan caro particular jamás, por vida de la Duquesa[578]. Y
al mismo tiempo que entró Piedepalo con el particular, se entró tras
ellos Cienllamas, con la vara en la pretina[579], y Chispa y Redina con
él, preguntando:

–¿Quién es aquí el Diablo Cojuelo? Que he tenido soplo que está aquí en
este garito de los pobres, y no me ha de salir ninguno deste aposento
hasta reconocellos a todos, porque me importa hacer esta prisión.

Los pobres y las pobras se escarapelaron viendo la justicia en su
garito, y el verdadero Diablo Cojuelo, como quien deja la capa al toro,
dejó a Cienllamas cebado con el pobrismo, y por el caracolillo se
volvieron a salir del garito él y don Cleofás.

–Este es–dijo el Duque señalando a Piedepalo–; que nosotros, ni
hombres como nosotros, no hemos de defender de la justicia a hombres tan
delincuentes;–tomando venganza de algunos embustes que les había hecho
en las limosnas de la sopa de los conventos; y agarrando con él Chispa y
Redina, comenzó a pedir iglesia[580] a grandes voces Piedepalo que en un
bodegón hiciera lo mismo, queriendo dalles a entender que era ermita, y
no garito, donde estaban, y que todos y todas habían venido a hacer
oración a ella. El tal Cienllamas y Chispa y Redina comenzaron a sacalle
arrastrando, diciéndole, entre algunos puñetes y mojicones:

–No penséis, ladrón, que os habéis de escapar con esos embustes de
nuestras manos; que ya os conocemos.

Entonces el Marqués[581], metiendo las manos en los chapines, dijo:

–¿Por qué hemos de consentir que no contradiga el Duque que lleve
preso un alguacil a un pobrete como el Cojuelo? ¡Por vida de la
Marquesa[582] que no lo ha de llevar!

Y haciéndose los demás pobres y pobras de su parte, y apagando las
luces, comenzaron con los asientos y con las muletas y bordones a
zamarrealle a él y a sus corchetes a escuras, tocándoles los ciegos la
gaita zamorana y los demás instrumentos, a cuyo son no se oían los unos
a los otros, acabando la culebra[583] con el día y con desaparecerse los
apaleados.

TRANCO X

En este tiempo llegaban a Gradas[584] su camarada y don Cleofás[585],
tratando de mudarse de aquella posada, porque ya tenía rastro dellos
Cienllamas, cuando vieron entrar por la posta, tras un postillón, dos
caballeros soldados vestidos a la moda, y díjole el Cojuelo a don
Cleofás.

–Estos van a tomar posada y apearse a Caldebayona[586] o a la
Pajería[587], y es tu dama y el soldado que viene en su compañía, que,
por acabar más presto la jornada, dejaron la litera y tomaron postas.

–¡Juro a Dios–dijo don Cleofás–que lo he de ir a matar antes que se
apee, y a cortalle las piernas[588] a doña Tomasa!

Sin riesgo tuyo se hará todo eso–dijo el Cojuelo–, ni sin tanta
demostración pública: gobiérnate por mí agora; que yo te dejaré
satisfecho.

–Con eso me has templado–dijo don Cleofás–; que estaba loco de celos.

–Ya sé qué enfermedad es ésa, pues se compara a todo el infierno[589]
junto–dijo el Diablillo–. Vámonos a casa de nuestra mulata: almorzarás
y conmutarás en sueño la pendencia; y acuérdate que has de ser
presidente de la Academia, y yo fiscal.

–Pardiez–dijo don Cleofás–, todo se me había olvidado con la
pesadumbre; pero es razón que cumplamos nuestras palabras como quien
somos.

Y habiéndose mudado de la posada de Rufina otro día[590] a otra de la
Morería[591], más recatada, pasaron los que faltaron para la Academia
en estudiar y escribir los sujetos que les habían dado y en hacer don
Cleofás una oración para preludio della, como es costumbre y obligación
de las presidencias de tales actos; y, llegado el día, se aderezaron lo
mejor que pudieron, y al anochecer partieron a la palestra, donde les
esperaban todos los ingenios con admiraciones de los suyos, y con los
mismos antojos[592] de la preñez pasada se fueron sentando en los
lugares que les tocaban; y haciendo señal con la campanilla para obligar
al silencio, don Cleofás, llamado _el Engañado_ en la Academia, hizo una
oración excelentísima en verso de silva, cuyos números ataron los oídos
al aplauso y desataron los asombros a sus alabanzas. Y en pronunciando
la última palabra, que es el _Dixi_[593], volviendo a resonar el pájaro
de plata, dijo:

–Yo quiero parecer presidente en publicar agora, después de mi oración,
unas premáticas que guarden los divinos ingenios que me han constituido
en esta dignidad;–leyendo desta manera un papel que traía doblado en el
pecho:

«PREMÁTICAS Y ORDENANZAS QUE SE HAN DE GUARDAR EN LA INGENIOSA ACADEMIA
SEVILLANA DESDE HOY EN ADELANTE.

»Y por que se celebren y publiquen con la solemnidad que es necesaria,
sirviendo de atabales los cuatro vientos y de trompetas el Músico de
Tracia[594], tan marido, que por su mujer _descendit ad inferos_, y
Arión, que, siendo de los piratas con quien navegaba arrojado al mar
por roballe, le dió un delfín en su escamosa espalda, al son de su
instrumento, jamugas para que no naufragase, _et coetus, et Amphion
Thebanae conditor urbis_[595]; y pregonero la Fama, que penetra
provincias y elementos, y secretario que se las dicte Virgilio Marón,
príncipe de los poetas, digan desta suerte:

»Don Apolo, por la gracia de la Poesía, rey de las Musas, príncipe de la
Aurora, conde y señor de los oráculos de Delfos y Delo, duque del Pindo,
archiduque de las dos Frentes del Parnaso y marqués de la Fuente
Cabalina, etc., a todos los poetas heroicos, épicos, trágicos, cómicos,
ditirámbicos, dramáticos[596], autistas, entremeseros, bailinistas[597]
y villancieres[598], y los demás del nuestro dominio, ansí seglares como
eclesiásticos, salud y consonantes.

»Sepades: como, advirtiendo las grandes desórdenes y desperdicios con que
han vivido hasta aquí los que manejan nuestros ridmos[599], y que son
tantos los que sin temor de Dios y de sus conciencias, componen,
escriben y hacen versos, salteando y capeando de noche y de día los
estilos, conceptos y modos[600] de decir de los mayores, no imitándolos
con la templanza y perífrasis que aconseja Aristóteles, Horacio y César
Escalígero, y los demás censores que nuestra Poética advierten, sino
remendándose con centones de los otros y haciendo mohatras de versos,
fullerías y trapazas, y para poner remedio en esto, como es justo,
ordenamos y mandamos lo siguiente:

»Primeramente se manda que todos escriban con voces castellanas, sin
introducillas de otras lenguas, y que el que dijere _fulgor_, _libar,
numen, purpurear, nieta, trámite, afectar, pompa, trémula, amago,
idilio_[601] ni otras desta manera, ni introdujere posposiciones[602]
desatinadas, quede privado de poeta por dos academias, y a segunda vez,
confiscadas sus sílabas y arados de sal[603] sus consonantes, como
traidores a su lengua materna.

»Item, que nadie lea sus versos en idioma de jarabe, ni con gárgaras de
algarabía en el gútur[604], sino en nuestra castellana pronunciación,
pena de no ser oídos de nadie.

»Item, por cuanto celebraron el fénix en la academia pasada en tantos
géneros de versos, y en otras muchas ocasiones lo han hecho otros,
levantándole testimonios a esta ave[605] y llamándola hija y heredera de
sí propia y pájaro del sol, sin haberle tomado una mano ni haberla
conocido si no es para servilla, ni haber ningún testigo de vista de su
nido, y ser alarbe de los pájaros, pues en ninguna región ha encontrado
nadie su aduar, mandamos que se ponga perpetuo silencio en su memoria,
atento que es alabanza supersticiosa y pájaro de ningún provecho para
nadie, pues ni sus plumas sirven en las galas cortesanas ni militares,
ni nadie ha escrito con ellas, ni su voz ha dado música a ningún
melancólico, ni sus pechugas alimento a ningún enfermo; que es pájaro
duende, pues dicen que le hay, y no le encuentra nadie, y ave solamente
para sí; finalmente, sospechosa de su sangre, pues no tiene agüelo que
no haya sido quemado; estando en el mundo el pájaro celeste, el cisne,
el águila, que no era bobo Júpiter, pues la eligió por su embajatriz, la
garza, el neblí, la paloma de Venus, el pelícano, afrenta de los
miserables[606], y, finalmente, el capón de leche[607], con quien los
demás son unos pícaros. Este sí que debe alabarse, y mátenle un fénix a
quien sea su devoto, cuando tenga más necesidad de comer. Dios se lo
perdone a Claudiano, que celebró esta necedad imaginada, para que todos
los poetas pecasen en él.

»Item, porque a nuestra noticia ha venido que hay un linaje de poetas y
poetisas hacia palaciegos, que hacen más estrecha vida que los monjes
del Paular[608], porque con ocho o diez vocablos solamente, que son
_crédito, descrédito, recato, desperdicio, ferrión, desmán, atento,
valido, desvalido, baja fortuna, estar falso, explayarse_, quieren
expresar todos sus conceptos y dejar a Dios solamente que los entienda,
mandamos que les den otros cincuenta vocablos más de ayuda de costa, del
tesoro de la Academia, para valerse dellos, con tal que, si no lo
hicieren, caigan en pena de menguados y de no ser entendidos, como si
hablaran en vascuence.

»Item, que en las comedias se quite el desmesurarse los embajadores con
los reyes, y que de aquí en adelante no le[609] valga la ley del
mensajero[610]; que ningún príncipe en ellas se finja hortelano por
ninguna infanta, y que a las de León se les vuelva su honra con
chirimías[611], por los testimonios que las han levantado; que los
lacayos graciosos no se entremetan con las personas reales si no es en
el campo, o en las calles de noche; que para querer dormirse sin qué ni
para qué, no se diga: «Sueño me toma», ni otros versos por el
consonante, como decir a _rey_, «porque es justísima ley», ni a _padre_,
«porque a mi honra más cuadre», ni las demás; «A furia me provocó»[612],
«Aquí para entre los dos» y otras civilidades, ni que se disculpen sin
disculparse, diciendo:

«Porque un consonante obliga
a lo que el hombre no piensa»[613].

»Y al poeta que en ellas incurriere de aquí adelante, la primera vez le
silben, y la secunda, sirva a su Majestad con dos comedias en Orán[614].

»Item, que los poetas más antiguos se repartan por sus turnos a dar
limosna de sonetos, canciones, madrigales, silvas, décimas, romances y
todos los demás géneros de versos a poetas vergonzantes que piden de
noche, y a recoger los que hallaren enfermos comentando, o perdidos en
las _Soledades_ de don Luis de Góngora; que haya una portería en la
Academia, por donde se dé sopa de versos a los poetas mendigos.

»Item, que se instituya una Hermandad y Peralvillo contra los poetas
monteses y jabalíes[615].

»Item, mandamos que las comedias de moros se bauticen dentro de cuarenta
días o salgan del reino.

»Item, que ningún poeta, por necesidad ni amor, pueda ser pastor de
cabras ni ovejas, ni de otra res semejante, salvo si fuere tan Hijo
Pródigo, que, disipando sus consonantes en cosas ilícitas, quedare sin
ninguno sobre qué caer poeta[616]; mandamos que en tal caso, en pena de
su pecado, guarde cochinos.

»Item, que ningún poeta sea osado a hablar mal de los otros si no es dos
veces en la semana.

»Item, que al poeta que hiciere poema heroico no se le dé de plazo más
que un año y medio, y que lo que más tardare se entienda que es falta de
la musa; que a los poetas satíricos no se les dé lugar en las academias,
y se tengan por poetas bandidos y fuera del gremio de la poesía noble, y
que se pregonen las tallas[617] de sus consonantes, como de hombres
facinerosos a la república. Que ningún hijo de poeta que no hiciere
versos no pueda[618] jurar por vida de su padre, porque parece que no es
su hijo.

»Item, que el poeta que sirviere a señor ninguno[619], muera de hambre
por ello.

»Y, al fin, estas premáticas y ordenanzas se obedezcan y ejecuten como
si fueran leyes establecidas de nuestros príncipes, reyes y emperadores
de la Poesía. Mándanse pregonar, porque venga a noticia de todos.»

Celebradísimo fué el papel de _el Engañado_ por peregrino y caprichoso,
sacando, al mismo tiempo que le acababa, otro del pecho _el Engañador_,
llamado así en la Academia y en los tres hemisferios[620], y fiscal de
la presente, que decía desta manera:

«PRONÓSTICO Y LUNARIO DEL AÑO QUE VIENE, AL MERIDIANO DE SEVILLA Y
MADRID, CONTRA LOS POETAS, MÚSICOS Y PINTORES. COMPUESTO POR «EL
ENGAÑADOR», ACADÉMICO DE LA INSIGNE ACADEMIA DEL BETIS, Y DIRIGIDO A
PERICO DE LOS PALOTES, PROTO-DEMONIO Y POETA DE DIOS TE LA DEPARE
BUENA»;

interrumpiendo estas últimas razones un alguacil de los veinte[621],
guarnecido de corchetes[622] (y tantos, que si fueran de plata,
pudiera[623] competir con la capitana y almiranta de los galeones cuando
vuelven de retorno con las entrañas del Potosí y los corazones de los
que los esperan y los traen), doña Tomasa y su soldado, como entraron
por la posta para estar a la vista de la ejecución de su requisitoria;
la Academia se alteró con la intempestiva visita, y el atrevido
Alguacil dijo:

–Vuesas mercedes no se alboroten: que yo vengo a hacer mi oficio y a
prender no menos que al señor Presidente, porque es orden de Madrid, y
la he de hacer de Evangelio[624].

Palotearon los académicos, y don Cleofás se espeluzó tanto y cuanto, y
el Fiscal, que era el Cojuelo, le dijo:

–No te sobresaltes[625], don Cleofás, y déjate prender, no nos perdamos
en esta ocasión; que yo te sacaré a paz y a salvo de todo[626].

Y volviendo a los demás, les dijo lo mismo, y que no convenía en aquel
lance resistencia ninguna; que si fuera menester, _el Engañado_ y él
metieran a todos los alguaciles de Sevilla las cabras en el corral[627].

–Hombre hay aquí–dijo un estudiantón del Corpus[628], graduado por la
Feria y el pendón verde[629]–, que, si es menester, no dejará oreja de
ministro a manteazos, siendo yo el menor de todos estos señores.

El Alguacil trató de su negocio sin meterse en más dimes ni diretes,
deseando más que hubiese dares y tomares, y doña Tomasa estuvo empuñada
la espada y terciada la capa a punto de pelear al lado de su soldado;
que era, sobre alentada[630], muy diestra, como había tanto que jugaba
las armas[631], hasta que vió sacar preso al que le negaba la deuda,
libre de polvo y paja. El Cojuelo se fué tras ellos, y la Academia se
malogró aquella noche, y murió de viruelas locas.

El Cojuelo, arrimándose al Alguacil, le dijo aparte, metiéndole un
bolsillo en la mano, de trecientos escudos:

–Señor mío, vuesa merced ablande su cólera con este diaquilón[632]
mayor, que son ciento y cincuenta doblones de a dos.

Respondiéndole el Alguacil, al mismo tiempo que los recibió:

–Vuesas mercedes perdonen el haberme equivocado, y el señor Licenciado
se vaya libre y sin costas, más de las que le hemos hecho; que yo me he
puesto a un riesgo muy grande habiendo errado el golpe.

El soldado y la señora doña Tomasa, que también habían regalado al
Alguacil, por más protestas que le hicieron entonces, no le pudieron
poner en razón, y ya a estas horas estaban los dos camaradas tan lejos
dellos, que habían llegado al río y al Pasaje[633], que llaman, por
donde pasan de Sevilla a Triana y vuelven de Triana a Sevilla, y,
tomando un barco, durmieron aquella noche en la calle del Altozano,
calle Mayor[634] de aquel ilustre arrabal, y la Vitigudino y su galán se
fueron muy desairados a lo mismo a su posada, y el Alguacil a la suya,
haciendo mil discursos con sus trecientos escudos, y el Cojuelo madrugó
sin dormir, dejando al compañero en Triana, para espiar en Sevilla lo
que pasaba acerca de las causas de los dos, revolviendo de paso dos o
tres pendencias en el Arenal[635].

Y el Alguacil despertó más temprano, con el alborozo de sus doblones,
que había puesto debajo de las almohadas, y, metiendo la mano, no los
halló; y levantándose a buscallos, se vió emparedado de carbón, y todos
los aposentos de la casa de la misma suerte, porque no faltase lo que
suele ser siempre del dinero que da el diablo[636], y tan sitiado desta
mercadería, que fué necesario salir por una ventana que estaba junto al
techo, y en saliendo, se le volvió todo el carbón ceniza; que si no
fuera ansí, tomara después por partido dejar lo alguacil por carbonero,
si fuera el carbón de la encina del infierno[637], que nunca se acaba,
amén, Jesús.

El Cojuelo iba dando notables risadas entre sí, sabiendo lo que le había
sucedido al Alguacil con el soborno. Saliendo, en este tiempo, por cal
de Tintores[638] a la plaza de San Francisco, y habiendo andado muy
pocos pasos, volvió la cabeza y vió que le venían siguiendo Cienllamas,
Chispa y Redina; y, dejando las muletas, comenzó a correr, y ellos tras
él, a grandes voces diciendo:

–¡Tengan ese cojo ladrón!

Y cuando casi le echaban las garras Chispa y Redina, venía un escribano
del número[639] bostezando, y metiósele el Cojuelo por la boca, calzado
y vestido, tomando iglesia, la que más a su propósito pudo hallar[640].
Quisieron entrarse tras él a sacalle deste sagrado Chispa, Redina y
Cienllamas, y salió a defender su juridición una cuadrilla de sastres,
que les hicieron resistencia a agujazos y a dedalazos, obligando a
Cienllamas a inviar a Redina al infierno por orden de lo que se había de
hacer; y lo que trujo[641] en los aires fué que, con el Escribano y los
sastres, diesen con el Cojuelo en los infiernos[642]. Ejecutóse como se
dijo, y fué tanto lo que los revolvió el Escribano, después de haberle
hecho gormar al Cojuelo, que tuvieron por bien los jueces de aquel
partido echallo fuera, y que se volviese a su escritorio, dejando a los
sastres en rehenes, para unas libreas que habían de hacer a Lucifer a la
festividad del nacimiento del Antecristo; tratando doña Tomasa,
desengañada, de pasarse a las Indias con el tal soldado, y don Cleofás,
de volverse a Alcalá a acabar sus estudios, habiendo sabido el mal
suceso de la prisión de su Diablillo, desengañado de que hasta los
diablos tienen sus alguaciles, y que los alguaciles tienen a los
diablos[643]. Con que[644] da fin esta novela, y su dueño gracias a
Dios porque le sacó della con bien, suplicando a quien la leyere que se
entretenga y no se pudra en su leyenda[645], y verá qué bien se halla.

Notas:

[Nota 1: En la conferencia leída en el teatro Español la noche del 4
de febrero de 1910, al estrenarse la refundición de _La Luna de la
Sierra_, hecha por don Cristóbal de Castro.]

[Nota 2: Narróla–mejor diría _marróla_–don Joaquín María Ferrer,
en el prólogo de su edición de _El Diablo Cojuelo_ (París, 1828), y la
extractó muchos años después don Cayetano A. de la Barrera, en su
_Catálogo bibliográfico y biográfico del Teatro antiguo español_.]

[Nota 3: Las investigaciones serias acerca de la vida del insigne
autor astigitano datan de los postreros años del siglo XIX. Yo encontré,
y publiqué muy en extracto en mi estudio sobre _Cervantes y la
Universidad de Osuna_, inserto en el tomo II del _Homenaje a Menéndez y
Pelayo en el año vigésimo de su profesorado_ (Madrid, 1899), el acta del
grado de bachiller en Artes de Vélez; en 1902 hallaba el muy diligente y
erudito don Antonio Paz y Melia, y sacábala a luz en _la Revista de
Archivos, Bibliotecas y Museos_, una carta de don Juan Vélez de Guevara,
hijo del poeta ecijano, escrita en 20 de octubre de 1645, documento
interesante, porque contiene, aunque abreviadamente y con algunos
errores de importancia, la biografía del autor de _El Diablo Cojuelo_.
Poco después, don Felipe Pérez y González, al par que comentaba con
acierto algunos de los pasajes más oscuros de esta novela, dedicóse con
feliz éxito a allegar datos para la vida de su autor, y diólos a conocer
en diversos artículos, que publicó en _La Ilustración Española y
Americana_ y reimprimió juntos en 1903, con otros de carácter crítico.
Entretanto, el meritísimo Pérez Pastor descubría y acopiaba muchas
noticias peregrinas referentes a los que en el buen tiempo fueron
próceres de nuestras letras, a Vélez de Guevara entre ellos; no menos de
cincuenta y cuatro documentos tocantes a él insertó en la tercera parte,
última publicada (Madrid, 1907), de su excelente _Bibliografía
Madrileña_ (págs. 499-515). Amén de esto, en 1902, don Adolfo Bonilla y
San Martín daba a la estampa en la _Revista de Aragón_ diversas poesías
de Luis Vélez, las más de ellas inéditas hasta entonces, y de las cuales
hay especialmente cuatro–las cuatro primeras–llenas de indicaciones
muy interesantes para la vida de su autor, razón por la cual en 1908 las
reproduje anotadas, con otra inédita, en la _Revista de Archivos,
Bibliotecas y Museos_. A la buena luz de tan valiosos hallazgos, podía
ya intentarse sin temeridad la empresa de componer una biografía
circunstanciada de Vélez, cosa que ha efectuado don Emilio Cotarelo en
el _Boletín de la Real Academia Española_, cuadernos de diciembre de
1916 y abril de 1917, no sin aportar algunos otros datos debidos a sus
investigaciones.]

[Nota 4: Fué hijo del licenciado Diego Vélez de Dueñas, nacido en
Jerez de la Frontera, y de doña Francisca Negrete de Santander, natural
de Ecija, quienes habían contraído matrimonio en esta ciudad, siendo él
vecino de Sevilla, a 10 de febrero de 1573. Vélez de Dueñas–descendiente
de don Llorente Vélez de Guevara, uno

«de los trescientos hidalgos
que ganaron a Jerez»,

como recordó, andando el tiempo, el autor de _Reinar después de
morir_–era hijo de Alonso Rodríguez Vélez y de doña Isabel de Dueñas, y
se llamó indistintamente Diego de Dueñas y Diego Rodríguez de Dueñas
mientras fué estudiante. Para graduarse de bachiller en Leyes en la
Universidad de Sevilla (22 de septiembre de 1570), presentó los
siguientes recaudos: casi seis meses que en la dicha facultad había
cursado en Salamanca por los años de 1563, 64 y 65; dos cursos más,
oídos en Sevilla, el último, desde 1.º de mayo de 1568 hasta 7 de mayo
de 1569, y cinco lecciones de leyes que había leído. (Archivo
universitario de Sevilla, libro 1.º de Diligencias y colaciones de
grados menores, desde 1570 hasta 1574.) Este sujeto es, como columbré
diez años ha, el mismo lincenciado Dueñas, poeta más que razonable,
autor de once de las composiciones coleccionadas en Méjico, en 1577,
bajo el título de _Flores de varia poesía_ (Biblioteca Nacional de
Madrid, Ms. 2973), y el mismo a quien se refirió el licenciado Francisco
Pacheco, jerezano como él, en su interesante composición intitulada _La
sátira apologética en defensa del divino Dueñas_, escrita en 1569,
anotada por mí y publicada en la _Revista de Archivos, Bibliotecas y
Museos_ (1907-1908). Trasladado a Écija desde su casamiento, allí vivió
pobremente ejerciendo la abogacía y criando otros hijos, entre ellos, a
Diego, nacido en 1586 y poeta como su padre y su hermano, vistiéndose y
vistiendo a su familia de fiado, de lo cual es buena muestra cierta
escritura que encontré en aquel archivo de protocolos, al buscar
documentos cervantinos (Antonio Trapel, libro 1.º de 1588, fol. 1899), y
componiendo de cuando en cuando tal cual epigrama latino, como el que
hizo en elogio de don Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, para el
_Comentario en breve compendio de disciplina militar_, escrito por el
licenciado Mosquera de Figueroa (Madrid, Luis Sánchez, 1596).

Doña Francisca Negrete de Santander era hija del licenciado Diego de
Santander, oriundo de la Montaña, y de doña María de Medina, vecinos de
Écija. De estos Negretes y Santanderes, unos habían negociado en las
Indias, y otros eran hombres de estudios, como lo demuestran los
diversos datos que allegué: el doctor Pedro de Santander y su mujer doña
Inés Melgarejo, vecinos de Sevilla, él hijo del doctor Negrete, se
despacharon a la Nueva España, con los suyos, antes de mediar el siglo
XVI (Archivo general de Indias, Licencias de pasajeros, 1534 y 1554 (43,
2, 1/5), relación núm. 74 del cuaderno 9.º). En 25 de septiembre de
1553, Diego Negrete de Santander, vecino de Sevilla, hijo de Bernardo
Negrete de Santander y de Isabel Gómez Adalid, se despachó por mercader
por tres años para Tierra Firme y Popayán (_Ibid._, al fin de la primera
hoja). El bachiller Juan de Santander, natural de Écija, probó en 17 de
marzo de 1554 haber ganado un curso de Medicina, «oyendo del doctor
gudiel y del doctor ferrer» (Archivo universitario de Osuna, Pruebas de
cursos, fol. 6 del cuaderno del dicho año), y en 4 de mayo de 1555 probó
otro en la Universidad complutense (Archivo Universitario de Alcalá, hoy
en el Histórico Nacional, Pruebas de cursos de 1540 a 1555, fol. 714
vto.). Con el nombre de Juan Antonio de Santander, se graduó en Medicina
en la misma Universidad a 16 de mayo de 1555, y repitiendo en Osuna para
licenciado, se le asignaron puntos, hizo el examen secreto y se le
confirió el grado en 28 de agosto de 1568, doctorándose en 16 de mayo de
1569 (Registro 1.º de grados, fol. 22 del dicho año), a presencia del
duque de Osuna don Pedro Girón, de su hijo don Juan, marqués de
Peñafiel, de don Alonso Téllez Girón, hermano natural del Duque y de
muchos doctores y maestros. En la propia Universidad se graduó de
bachiller en Artes, a 28 de julio de 1587, Alonso de Santander (Registro
2.º de Grados, fol. 28 de este año), asimismo natural de Écija, a quien
vuelvo a encontrar en Alcalá ganando un curso de Teología escolástica en
8 de mayo de 1590. (Archivo universitario de Alcalá, pruebas de cursos
de 1590 a 1593, fol. 21 del dicho año.) Y, en fin, un Pedro de Santander
figura, para la devolución de la blanca de carne, entre los dignidades,
canónigos, racioneros y capellanes de la Iglesia Mayor de Sevilla, en el
año de 1596 (Archivo Municipal de Sevilla, Libros de Propios, asientos
de 12 de junio de 1597). Este prebendado, probable deudo de Luis Vélez
de Guevara, fué quizás quien le hizo entrar de paje en el palacio de don
Rodrigo de Castro, cardenal arzobispo de Sevilla.]

[Nota 5: Así vino a decirlo Cervantes en la jorn. III de _La gran
sultana doña Catalina de Oviedo_:

«… hidalgo, pero no rico:
maldición del siglo nuestro;
que parece que ser pobre
al ser hidalgo está anexo.»]

[Nota 6: En 1902 envié desde Sevilla copia literal del acta de este
grado a don Felipe Pérez y González, en cuyo citado libro, págs. 132 y
siguientes, puede leerla el curioso.]

[Nota 7: _Las bodas de los Católicos Reyes de España don Felipe III
y doña Margarita de Austria, celebradas en la insigne ciudad de
Valencia. Por Luis Vélez de Santander._ Sevilla, 1599.]

[Nota 8: En uno de los reimpresos por mí (_Cinco poesías
autobiográficas de Luis Vélez de Guevara_. Madrid, 1908, pág. 11):

«Esto es cuanto al Archiduque;
cuanto a marciales papeles
de servicios _de seis años_,
escuchadme atentamente.
Si busca Antonio de Losa
soldados que a hablaros entren,
que no sin causa el aplauso
vuestro su atención merece,
Saboya me vió y Milán;
en los años diez y siete
de mi edad, medié la pica
al grabado peto fuerte_(a)_,
con el tercio de Bretaña,
siguiendo al Conde de Fuentes
desde Baya de Zahona,
por ambiciones de nieve,
hasta que, treguas haciendo
con Saboya los franceses,
pasé a Nápoles, de donde
a buscar en sus bajeles
la caravana salí
por todo el mar del Oriente,
con don Pedro de Toledo,
rayo español de Berzeli.
De plomo, como de gorra,
nos saludamos mil veces
las turquescas escopetas
con los cristianos mosquetes,
descubrimos las montañas
de la provincia que tiene
el obelisco de Dios
en prisión irreverente,
hasta que el heroico brazo
vuestro a rescatar se llegue,
para que el número diez
acrecentéis a los Nueve,
y en la primera jornada
de Argel fué mi coselete,
espejo al sol, que, Narciso,
por mi se negó a las fuentes,
llegando a Valladolid
la misma noche del viernes
que, para dicha del mundo,
vos nacéis y Cristo muere.»

_(a)_ Como veremos en seguida, no tenía diez y siete, sino veintiún
años, cuando dejó su plaza de paje. Trascordóse, pues, Vélez, o, lo que
más creo, le hizo escribir _diez y siete_ la fuerza del asonante.]

[Nota 9: En pleito promovido por don Jerónimo de Leyva en abril de
1604 ante el Provisor general del arzobispado de Sevilla, con motivo de
haber presentado don Francisco de Acuña, canónigo de aquella Santa
Iglesia, unas letras del Auditor de la Cámara de Su Santidad, por las
cuales le subdelegaba plenariamente sus veces para averiguar si don
Alonso de Ulloa había sido criado del cardenal don Rodrigo de Castro,
declararon a tenor de cierto interrogatorio diversos testigos, entre
ellos Luis Vélez de Santander, o sea nuestro Vélez de Guevara, y Lope de
Vega Carpio. Mi querido amigo el docto cervantista don Adolfo Rodríguez
Jurado, que halló este pleito, sacó a la luz pública la interesante
declaración de Lope en el _Boletín de la Real Academia Sevillana de
Buenas Letras_ (septiembre de 1917), y me ha favorecido copiando para mí
la declaración de Vélez, por la cual se viene en conocimiento de algunas
cosas muy importantes para su biografía. Dijo «que es de hedad de veynte
y cinco años poco más o menos», y respondiendo a la pregunta primera,
que «conoció al Ilmo. don Rodrigo de Castro, arçobispo que fue de
Sevilla, por queste testigo le sirvio de paje quatro años, que el
postrero fue en el que murio el dicho cardenal, porque dos meses antes
que muriera salió este testigo del su servicio….» A la segunda: «que
sabe que el dicho don alonso de ulloa murió en la ciudad de toro por el
mes de agosto del año pasado de seiscientos e tres, y este testigo le
vido en valladolid quince días o veynte antes que muriese….» Y a la
sexta: «queste testigo fue con el dicho cardenal a la dicha jornada de
madrid, valencia y binaros, donde también fué el dicho don alonso de
ulloa….»]

[Nota 10: Añadió al _Vélez_ el _Guevara_ y omitió el apellido
materno, bien que en Écija siguieron llamándole _Vélez de Dueñas_, como
a su padre. En 1630, año en que escribía el licenciado Andrés Florindo
su _Addicion al libro de Eciia y svs grandezas_ (Sevilla, Luis
Estupiñán, 1631), aún le nombraba así (fol. 4): «Otro insigne Cavallero
desta Ciudad, de excelente ingenio, mui universal en todas historias
(otro don Alonso de Ercilla, o Luis _Vélez de Dueñas_)….»]

[Nota 11: Como nota el señor Cotarelo, Vélez de Guevara siempre hizo
caso omiso de este primer matrimonio, al cual tampoco se refirió su hijo
don Juan en la carta dirigida a Pellicer que publicó el señor Paz y
Melia; pero en la canción que Salcedo Coronel dedicó a la muerte de
nuestro poeta (_Cristales de Helicona_, Madrid, Diego Díaz de la
Carrera, 1649-1650, folio 31 vto.) hay una tan clara y circunstanciada
alusión a este enlace, que no sé cómo se desvirtúe:

«Coronado de aplausos y victorias
volviste a España, que fiel previno
en agradables lazos de Himeneo
refrenar la inquietud de tu destino.
Ingrato el esplendor a tus memorias
ardió en las teas que encendió el deseo,
y entre infaustos gemidos sin aseo,
al tálamo condujo temerosa
pronuba Juno a tu querida esposa,
que en dulce nudo apenas
se vió a tu firme voluntad unida,
cuando, de acerbo golpe interrumpida,
sulcó estigias arenas:
Eurídice feliz fuera, si el llanto
no impidiera la fuerza de tu canto.»

¿Qué enlace fué éste? ¿Tuvo acaso más de arrebatado y soldadesco que de
sacramental?]

[Nota 12: 24 de septiembre de 1608. Véase la partida matrimonial en
el citado libro de Pérez y González, pág. 192.]

[Nota 13: Bautizado a 9 de febrero de 1611 (Pérez y González, obra
citada, pág. 193). A este hijo y a la unión de que fué dichoso fruto se
refirió Salcedo Coronel en la estancia que sigue a la transcrita poco
ha:

«Segunda vez a más fecundos lazos
rendiste la cerviz aún no domada,
gustoso de tu mismo vencimiento,
por quien, dichosamente dilatada,
conseguiste en recíprocos abrazos
la virtud que inspiró sagrado aliento,
hijo, en fin, que formó tu entendimiento
aún más que la común naturaleza,
porque lograse con igual grandeza,
agradecido el mundo,
fénix que del primero renaciese
y tus doctas cenizas ofreciese
al templo en que facundo
Apolo, por cien bocas espirante,
tus alabanzas dignamente cante.»]

[Nota 14: Pérez y González, obra citada, pág. 196.]

[Nota 15: También le señaló pensión el Marqués de Peñafiel:
cuatrocientos ducados en cada un año, desde 1.º de enero de 1622; pero
amén de salir de ordinario inciertas las mercedes de los señores de
aquel tiempo, en las manos de Luis Vélez no había dinero, presente o
futuro, que no se volviera sal y agua.]

[Nota 16: A estos memoriales me he referido en la nota última de la
pág. IX.]

[Nota 17: Pérez y González, obra citada, pág. 203.]

[Nota 18: Sólo producían lo poco en que las compraban los autores de
compañía o las corporaciones que las habían encargado: seiscientos
reales, u ochocientos a lo sumo. Por lo menos de seiscientos no creía
Jerónimo Dalmao, en 1616, que Luis Vélez se prestase a componer cierta
comedia a lo divino _(Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos_, 1878).
Y don Pedro Calderón, en la jorn. I de _Nadie fíe su secreto_, comedia
anterior al año 1651, hizo decir a dos de sus interlocutores:

«D. ARIAS. Aquí la doncella vive….

LÁZARO. Ni la oigas ni la veas,
señor, hasta que se haga;
que son como las comedias:
sin saber si es buena o mala,
_ochocientos reales cuesta
la primera vez_; mas luego
dan por un real ochocientas.
Déjala imprimir primero;
que comedias y doncellas,
como estén dadas al molde,
las hallarás por docenas.»]

[Nota 19: Lope, en una de sus cartas al duque de Sessa (Barrera,
Adiciones a la _Nueva biografía de Lope de Vega_, página 616): «Hablaré,
pues V. Ex.ª lo manda, a Vallejo; que, en fin,

Mi sotana sin reparos
tiene, por ser de probecho,
quatro bocas en el pecho,
mas todas para alabaros.
Y no es por ynportunaros
al hablar en mi sotana,
pues tengo por cosa llana,
según es agradecida,
que si os alaba rompida,
mexor os alabe sana.

_Parece cosa de Luis Vélez;_ mas, Señor, V. Ex.ª tubo la culpa; que yo
me havía remitido a la onrra portuguesa, que en Castilla llaman
bayeta.»]

[Nota 20: Pérez Pastor, _Bibliografía Madrileña,_ tomo III, pág.
509.]

[Nota 21: Pérez y González, obra citada, pág. 207.]

[Nota 22: Pérez y González, obra citada, pág. 210.]

[Nota 23: A fines del año 1851 un señor Pianitzky, pensando en
traducir al ruso _El Diablo Cojuelo_, pidió explicaciones a la Academia
Española acerca de ciertas dudas que se le habían ofrecido. Dado encargo
al académico don Agustín Durán para que respondiese, este señor, por
abril del año siguiente, dió cuenta de haberlo cumplido, en la medida de
sus fuerzas. Pero ¡cómo lo cumplió, Dios santo! Hago gracia al lector de
los demás trámites de aquel desdichado asunto: baste decir, para que los
manes de Durán no se irriten demasiado, que en aquella ocasión durmió
Homero a pierna suelta, y durmieron con él cuantos pusieron las manos, o
formulariamente hicieron que las ponían, que es lo más probable, en las
empecatadas _ilustraciones_ de Durán. Aquella larga serie de lamentables
yerros, que el lector curioso puede examinar en el departamento de
manuscritos de la Biblioteca Nacional (Ms. 13881)–pues a ella fueron a
parar, con la del, por otra parte, meritísimo colector de nuestros
romances, los borradores de su inverosímil trabajo–, convidaba, ¿qué
digo convidaba?, requería a volver por la honra del malparado Vélez, y,
en general, por los fueros de nuestro idioma; el señor Bonilla no
resistió a tentación tan plausible, y es de justicia reconocer que en
mucha parte logró su intento, explicando bien muchas cosas de que Durán
no había sabido darse acertada cuenta.]

[Nota 24: Nota de la pág. VIII de la introducción: «Tuve entonces
[en 1902] la fortuna (que por tal la disputo) de hallar un erudito y
amable crítico en la persona del señor don Felipe Pérez y González, el
cual publicó en _La Ilustración Española y Americana_ y reunió después
en un volumen (_El Diablo Cojuelo_, Madrid, 1903) algunas _notas_ acerca
de mis Comentarios, que inmerecidamente declaró «dignos de aplauso y
alabanza». La disconformidad en que estoy con algunas de sus
apreciaciones no obsta para que reconozca la exactitud de otras, ni para
que aproveche con gratitud sus enseñanzas, como aprovecharé y agradeceré
siempre las que se me den con fundamento. Aspiro constantemente a
realizar trabajos útiles, pero jamás tuve la ridícula pretensión de que
fuesen perfectos.»]

[Nota 25: Santiago de Chile, Imprenta de San José, 1915, página 15.]

[Nota 26: Pág. 190 de la edición de Zaragoza, s.i., 1697.]

[Nota 27: Tomo IV, pág. 386, 13.]

[Nota 28: Sin lugar ni año, pero en Sevilla, hacia 1630.]

[Nota 29: Archivo Histórico Nacional, Inquisición de Toledo, legajo
91 de causas, núm. 176, fol. 85.]

[Nota 30: _Ibid_., legajo 94, núm. 226.]

[Nota 31: Archivo Histórico Nacional, Inquisición de Valencia,
legajo 25 de causas, núm. 1.]

[Nota 32: Archivo Histórico Nacional, Inquisición de Toledo, legajo
83 de causas, núm. 41.]

[Nota 33: Inquisición de Toledo, legajo 86 de causas, número 73.]

[Nota 34: El señor Bonilla, al opinar en esto contra Pérez y
González, opinó también contra sí, pues en su edición de 1902, página
XXVII, había dicho: «Podemos concluír, pues, que _El Diablo Cojuelo,_
empezado hacia 1630, hubo de terminarse después del mes de febrero de
1637, fecha de las mencionada fiestas»; refiriéndose a las celebradas en
el Retiro, en que Luis Vélez, como presidente, leyó el mismo soneto que
don Cleofás lee en la Academia Sevillana (tranco IX de la presente
edición) y, con leves variantes, las mismas _Premáticas y ordenanzas_
que lee en otra junta de la sobredicha Academia (tranco X.)]

[Nota 35: También yo caí en la tentación de hacer sobre ello algunas
pesquisas, y a este fin, pues al principio del tranco IX se nombra
como asistente de Sevilla al Conde de Salvatierra, averigüé cuándo tomó
posesión de este cargo y cuándo cesó en su ejercicio, por si lo uno o lo
otro diese alguna luz para el pleito. No la da: su asistencia duró desde
el día 24 de abril de 1634 hasta el 3 de julio de 1642, en que dió
posesión al Conde de la Puebla del Maestre, y haciéndome el razonamiento
que en el texto queda, sobreseí en la investigación.]

[Nota 36: Córdoba, Salvador de Cea, 1630. 4 hs. sin foliar.]

[Nota 37: Verbigracia, en un pasaje del tranco I y en otro del IX.]

[Nota 38: Página 237 de mi edición crítica de _Rinconete y
Cortadillo_ (Sevilla, 1905). A mayor abundamiento, vea el curioso,
porque es concluyente y _definitivo_–como dicen ahora–algo de lo que
advirtió el sabio maestro Menéndez y Pelayo para explicar por qué en la
hermosa edición académica de las _Obras de Lope de Vega_ no había de
copiar servilmente los antiguos textos: «…Publíquense
enhorabuena–observaba–con estricto rigor paleográfico (y no de otro
modo deben publicarse) todos los monumentos literarios anteriores a la
era de los Reyes Católicos; pero séanos lícito disfrutar, como de cosa
familiar y doméstica, de todo el tesoro de nuestras letras clásicas, y
no nos empeñemos en ahuyentar a las gentes de la lección de nuestros
autores de la edad de oro, presentándolos en textos de aspecto
repulsivo, sólo para que algún filólogo tenga el placer de saber a
ciencia cierta que Calderón, en _El Mágico prodigioso_ escribió (verso
754), _hedad_ con _h_.»]

[Nota 39: _Naveta_, en su antigua acepción de _gaveta_ o cajoncillo
corredizo de una papelera o escritorio: _vne leyette d'vn cabinet ou
d'autre chose_, definió César Oudin en _Le Tresor des devx langves
espagnolle et françoise_. (Sírvome de la edición de París, M.DC.XLV.)]

[Nota 40: Llamaban _mosqueteros_, como dice el _Diccionario_ de la
Academia, a los que en los antiguos corrales de comedias las veían de
pie desde la parte posterior del patio. Y a silbar a los cómicos
llamaban, consiguientemente, _mosquetear_, verbo que falta en el dicho
léxico. Ruiz de Alarcón, en el acto I de _Mudarse por mejorarse_:

«REDONDO. …Representante afamado
has visto, por sólo errar
vna sílaba, quedar
a silbos _mosqueteado_.»

A lo que parece, o era reciente el silbar en el teatro cuando el
admirable poeta mejicano escribió _Todo es ventura_, o se había
introducido de nuevo esa grosera costumbre, pues en el acto I dicen dos
interlocutores:

«DUQUE. ¿Tú, Fabio?

FABIO. Yo, en la comedia.

DUQUE. ¿Pareció bien?

FABIO. No, señor,
con ser divino su autor;
porque si no se remedia
_esta nueva introdución
de los silbos_, es forzoso
que pierda el más ingenioso
a los versos la afición.»]

[Nota 41: Vélez de Guevara fué muy dado a buscar el donaire
acomodando a su intento los modismos y refranes vulgares, por medio del
trueque de una o más de sus palabras. Así, iremos viendo, verbigracia,
en el curso de esta novela, _Dar gato por demonio, Irse al infierno en
coche y en alma, Preñada de medio ojo, Astrólogo regoldano, Lo que es
del diablo, el diablo se lo ha de llevar, Si Dios me tiene de sus
consonantes, Siempre quiebra la soga por lo más forastero, Salud y
consonantes, Servir a su Majestad con dos comedias en Orán,_ meras
modificaciones de los refranes y frases _Dar gato por liebre, Irse al
infierno en cuerpo y alma, Tapada de medio ojo, Castaña regoldana, Lo
que es del agua, el agua se lo lleva, Si Dios me tiene de su mano,
Siempre quiebra la soga por lo más delgado, Salud y gracia_, y _Servirá
su Majestad con dos lanzas en Orán_. Tales acomodamientos pertenecen,
sin duda, a la clase de _chistes baratos_; quiero decir que cuestan
poco al ingenio de su inventor. Por fortuna, Vélez de Guevara tiene, y
sabe lucirlos, méritos de muchos más quilates que estas gracias frías.]

[Nota 42: Lo de haber nacido _para número de los demás_ puede ser
reminiscencia de aquel verso de una de las epístolas de Horacio:

«Nos numeri sumus, _fruges consumere nati_.»

Análogamente Ruiz de Alarcón, en el acto I de _La verdad sospechosa_:

«D. GARCÍA. Quien vive sin ser sentido,
quien _sólo el número aumenta_
y hace lo que todos hacen,
¿en qué difiere de bestia?»]

[Nota 43: Sabidísimo es que se llamaba _corral de comedias_, como
dice el _Diccionario_ comúnmente llamado _de autoridades_, «la casa,
patio o theatro donde se representan las comedias. Diósele este
nombre–añade–porque ordinariamente están descubiertos».]

[Nota 44: _Las bocas abiertas_, especie de ablativo absoluto,
frecuentemente usado por nuestros escritores.]

[Nota 45: Llamóse _corchetes_, figuradamente, a ciertos ministros
inferiores de la justicia, servidores de los alguaciles, porque, en
frase de Covarrubias, _Tesoro de la lengua castellana, o española,_
«asen como estos ganchuelos».]

[Nota 46: _Con lo mío me haga Dios merced_, decíase para indicar que
no se deseaba nada allegado con riesgo o por mal camino. Así lo dijeron,
simple o socarronamente, aquellos benéficos forajidos de la Sierra de
Cabrilla que partían con el robado lo que éste llevaba. De ellos dice
Luque Fajardo (_Fiel desengaño_ _contra la ociosidad y los juegos,
Madrid, 1606,_ fol. 291) que, habiendo tropezado con ellos un labrador
«y como no llevase más de quinze reales, que eran expensas de su viaje,
hecha la quenta cabian a siete y medio; no se hallaua a la sazon trueque
de vn real, y el buen labrador (que diera aquella cantidad, y otra de
más momento, por verse fuera de sus manos) rogauales encarecidamente
tomassen ocho reales, porque él se contentaua con siete.–De ninguna
manera (respondieron ellos): _con lo que es nuestro nos haga Dios
merced_».]

[Nota 47: _Mareta_, en la acepción figurada que registra el léxico
de la Academia: «Rumor de muchedumbre que empieza a agitarse, o bien a
sosegarse después de agitación violenta».]

[Nota 48: En los prólogos se ha solido llamar al lector _cándido,
benévolo, pío_ y otras cosas a este tono, y Vélez juega de las dos
acepciones del primero de estos vocablos, oponiendo a _cándido,_ que
etimológicamente significa _blanco_, el adjetivo _moreno_, cosa parecida
a estotro donaire que por los años de 1612 había usado Quevedo en el
prólogo de _El Mundo por de dentro_: «Al lector, como Dios me lo
deparare, _cándido_ o _purpúreo, pío_ o _cruel, benigno_ o _sin
sarna_.»]

[Nota 49: Dice _de la jineta de los consonantes_ por lo encogido que
va el poeta sujetándose al metro y la rima; _y la brida de la prosa,_
porque en ella se extiende el ingenio libremente. Sabidísimo es que el
que cabalgaba a la jineta llevaba encogidas las piernas, y estiradas a
todo su largo el que cabalgaba a la brida.]

[Nota 50: _Despensas_, más bien que _gastos o costas_, significa en
este lugar _necesidades_.]

[Nota 51: Llamábase _autores de comedias por su Majestad_ a los
empresarios teatrales que tenían licencia real para formar compañía.]

[Nota 52: Porque algunos cojos andan a _trancos_ se les suele llamar
festivamente _cojitrancos_.]

[Nota 53: _Leyenda_, en su antigua acepción de _lectura. Leenda_
dice todavía el vulgo andaluz.]

[Nota 54: _Y yo menos que agradecerte_, quiere decir.]

[Nota 55: _Por no ser para más_ era expresión usual en la respuesta
de las cartas y billetes de antaño. Véase, por ejemplo, el borrador de
una escrita al Secretario de la Universidad de Alcalá de Henares por un
su dependiente. Está al fin del libro de matrículas de 1566: «Los días
pasados me hicieron merced de responderme con aquellos caballeros, los
quales vinieron de su tierra de V.m.; y _por no ser para más_ la carta
que V.m. me ynbió no escribo más a V.m. el secretario mi señor. Oi lunes
a catorze de mayo.» (Archivo Histórico Nacional.) Por donaire, pasó tal
expresión a la plática verbal; así, verbigracia, en el _Quijote_ (II,
34), por boca de un supuesto demonio: «Y _por no ser para más_ mi
venida, no ha de ser más mi estada.» Y Pérez de Montalván, en la jornada
I de _La Doncella de labor_:

«D.ª ISABEL. …Y lo demás, finalmente,
es que ya las doce son,
y que ha venido la silla,
y por ser tarde me voy,
de vos muy enamorada, _(A D. Diego_.)
y muy celosa de vos; _(A D.ª Elvira_.)
y _por no ser para más,_
a buenas noches, adiós.»]

[Nota 56: _A los que fueren entonces_, es decir, _a los días del mes
que fueren_ entonces, cuando el libro salga a luz.]

[Nota 57: Don Juan Vélez de Guevara nació en Madrid y fué bautizado
en la iglesia parroquial de San Andrés, a 9 de febrero de 1611. Publicó
su partida bautismal mi inolvidable amigo don Felipe Pérez y González,
en su excelente libro intitulado _El Diablo Cojuelo: notas y
comentarios_ (Madrid, 1903), página 193.]

[Nota 58: De llamar los hechiceros _hora menguada_ a la que ya
estaba acabándose, por suponer que el resto de ella era ocasionado a
malos sucesos, se pasó a dar ese nombre al «tiempo fatal o desgraciado
en que se sucede un daño o no se logra lo que se desea». Y Vélez llama a
la de las once de la noche _hora menguada para las calles_, porque en
ella, al tiempo en que supone la acción de su relato, se vertían, por
las puertas de las casas, las aguas inmundas. Así se mandó y pregonó en
la coronada villa a 23 de septiembre de 1639, por acuerdo de los
alcaldes de casa y corte (Archivo Histórico Nacional, Libros de gobierno
de la Sala de Alcaldes, fol. 221 del dicho año): «… que ninguna
persona bacie por las ventanas y canelones agua ni ynmundicias ni otras
cosas, sino por las puertas de las calles; _en berano las puedan baciar
a las once dadas de la noche_, y en ybierno dadas las diez della, pena
de quatro años de destierro y veinte ducados a los amos que lo
consintieren, y de zien azotes y seis años de destierro a los criados y
criadas que lo hecharen, y de pagar los daños que hicieren….» Por esta
hora del «¡agua va!» Ruiz de Alarcón hizo decir a Hernando, de noche y
en la calle, en el acto III de _Los Favores del mundo_:

«¡Poh! ¡Mal hubiesen los gatos
que dan algalia a estos botes!
Ya empiezan las cosas malas
_de entre las once y las doce_.»]

[Nota 59: Con esto de _boqueaba coches_ se quiere decir que daba
las boqueadas el pasear por el Prado, del cual salían ya los pocos
coches que quedaban en él.]

[Nota 60: Porque el agua del Manzanares no cubría las desnudeces de
los que se bañaban en él, dijo Celia en _La Dorotea_, de Lope de Vega,
acto II, escena II: «… ¿cómo puedes negar la culpa que tiene [el río]
en que, siendo los veranos tan humilde, se deja entrar de mil géneros de
hombres y mujeres, hecho un valle de Josafat?»]

[Nota 61: Con los donaires que se han escrito a costa del ruin
caudal del Manzanares se podrían llenar muchas páginas. Véanse siquiera
dos muestras. Tirso de Molina, en un romance que insertó en sus
_Cigarrales de Toledo_:

«Según arenas criáis
y estáis ya caduco y viejo,
moriréis de mal de orina,
como no os remedie el cielo.
Como Alcalá y Salamanca,
tenéis, y no sois colegio,
vacaciones en verano
y curso sólo en invierno.»

Y Castillo Solórzano, _Tiempo de Regozijo, y Carnestolendas de Madrid_
(Madrid, Luis Sánchez, 1627), fol. 114 vuelto:

«…Este, pues, charco ambulante,
olla de tantos mondongos,
pelador de pies de puerco,
si no de panças de tomo,
reseruó entre dos alisos,
tres álamos y dos pobos,
para retirados baños,
cierto cristal, aunque poco.»]

[Nota 62: _Ite, rio est_, dicho macarrónicamente, a imitación del
_Ite, missa est_, como si dijeran: «¡Ea, se acabó el río!», porque la
poca agua que de él quedaba se la habían llevado los Adanes y las Evas
en las sábanas con que se habían enjugado. El señor Bonilla dice en las
notas de su edición de 1910–pocas veces aludiré a la de Vigo
(1902)–que Vélez, con las palabras _Ite, rio est_, «evidentemente se
refiere al canon de la misa». Si él está en lo cierto, no lo está el
_Diccionario_ de la Academia Española, según el cual _canon_ es aquella
parte de la misa que comienza en el _Te igitur_ y acaba con el _Pater
noster_.]

[Nota 63: A diferencia del señor Bonilla, paréceme que con la frase
_hidalgo a cuatro vientos_ no quiso decir nuestro autor que _don
Cleofás_, yendo por el tejado, «se hallaba expuesto a todos los aires»,
sino que era un hacia hidalgo, sin casa solariega, y, por tanto, a la
intemperie o a _los cuatro vientos_. Él mismo dice más adelante que por
lo de llamarse Leandro, como el infortunado amador de Hero, tenía su
ejecutoria en las obras de Boscán y Garcilaso.]

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