Escenas Montañesas
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
TOMO V
ESCENAS MONTAÑESAS
MADRID
1919
ADVERTENCIA
_Ha llegado el momento de realizar el propósito anunciado en la que se
estampa en el tomo I de esta colección de mis_ OBRAS; _y le realizo
incluyendo en el presente volumen los cuadros_ Un marino, Los bailes
campestres _y_ El fin de una raza, _desglosados, con este objeto, del
libro rotulado_ ESBOZOS Y RASGUÑOS, _en el cual aparecerán, en cambio y
en su día_, Las visitas y ¡Cómo se miente!, _que hasta ahora han formado
parte de las_ ESCENAS MONTAÑESAS. _Por lo que toca á_ La primera
declaración _y_ Los pastorcillos, _si algún lector tiene el mal gusto de
echar de menos estos capítulos en cualquiera de los dos libros, entienda
que he resuelto darles eterna sepultura en el fondo de mis cartapacios,
y ¡ojalá pudiera también borrarlos de la memoria de cuantos los han
conocido en las anteriores ediciones de las_ ESCENAS!
_Con este trastrueque, merced al cual ganan algo indudablemente ambas
obras en unidad de pensamiento y en entonación de colorido, se hace
indispensable la supresión del prólogo de mi insigne padrino literario,
Trueba, el cual prólogo es un análisis de las_ ESCENAS, _cuadro por
cuadro, y en el orden mismo en que se publicaron en la primera edición;
y suprimido este prólogo, claro es que debe suprimirse también el mío,
que le precede en la edición de Santander y no contiene otro interés
para los lectores que el engarce de unos párrafos de Menéndez y Pelayo,
en los cuales se ventila á la ligera una cuestión de arte que el mismo
ilustre escritor trata con la extensión debida en el estudio que va al
frente del tomo I de estas_ OBRAS.
_Y con esto, y con añadir que todos los cuadros de este libro que no
lleven su fecha al pie, ó alguna advertencia que indique lo contrario,
son de la edición de 1864, queda advertido cuanto tenía que advertir al
público en este lugar su muy atento y obligado amigo_,
J.M. DE PEREDA.
Septiembre de 1885.
SANTANDER
(ANTAÑO Y OGAÑO)
I
Las plantas del Norte se marchitan con el sol de los trópicos.
La esclavizada raza de Mahoma se asfixia bajo el peso de la libertad
europea.
El sencillo aldeano de nuestros campos, tan risueño y expansivo entre
los suyos, enmudece y se apena en medio del bullicio de la ciudad.
Todo lo cual no nos priva de ensalzar las ventajas que tienen los
_Cármenes_ de Granada sobre las estepas de Rusia, ni de empeñarnos en
que usen tirillas y fraque las kabilas de Anghera, y en que dejen sus
tardas yuntas por las veloces locomotoras nuestros patriarcales
campesinos….
Pero sí me autoriza un tanto para reirme de esas largas disertaciones
encaminadas á demostrar que los nietos de Caín no supieron lo que era
felicidad hasta que vinieron los fósforos al mundo, ó, mejor dicho, los
fosforeros, ó como si dijéramos, los hombres de ogaño.
Y me río muy descuidado de la desdeñosa compasión con que hoy se mira á
los tiempos de nuestros padres, porque éstos, en los suyos, también se
reían de los de nuestros abuelos, que, asimismo, se rieron de los de sus
antepasados; del mismo modo que nuestros hijos se reirán mañana de
nosotros; porque, como es público y notorio, las generaciones, desde
Adán, se vienen riendo las unas de las otras.
Quién hasta hoy se haya reído con más razón, es lo que aún no se ha
podido averiguar y es probable que no se averigüe hasta que ría el
último; pero que cada generación cree tener más derechos que ninguna
otra para reirse de todas las demás, es evidente.
He dicho que el hombre se ríe de cuanto le ha antecedido en el mundo; y
he dicho mal: también se ríe de lo que le sigue mientras le quedan
mandíbulas que batir.
Resultado: que el hombre no halla bueno y tolerable sino aquello en que
él toma parte, ó en que la toman los de su lechigada. Mientras es actor
en los sucesos del siglo en que nace, todo va bien; pero desde el
momento en que, gastado el eje de su vida, se constituye en mero
espectador, nada es de su agrado.–Abrid la historia de las pasadas
sociedades; leed al filósofo crítico más reverendo, y le veréis mientras
se jacta de haber dado ensanche al patrimonio ruin de la inteligencia
que heredó de sus mayores, lamentarse de los locos extravíos de la de
sus hijos.
Y cuando á los nuestros entreguemos mañana el imperio del mundo,
palparemos más evidente esta verdad. Una vez apoderados ellos del cetro,
veréis lo que tarda nuestra generación, entonces caduca é impotente, en
llamarlos dementes y desatentados; casi tan poco como en que ellos nos
miren con lástima, y, alumbrados por el sol de la electricidad, se rían
á nuestras encanecidas barbas de los resoplidos del vapor de nuestras
locomotoras.
Y esto ¿qué significa?
Que la humanidad siempre es la misma bajo los distintos disfraces con
que se va presentando en cada siglo.
Y si el lector al llegar aquí, y en uso de su derecho, me pregunta á qué
conducen las anteriores perogrullescas reflexiones, le diré que ellas
son lo único que saqué en limpio de mi última sesión con mi buen amigo
don Pelegrín.
Don Pelegrín Tarín es un señor fechado aún más allá de la última decena
del siglo XVIII, uno de esos hombres cuyo conocimiento se hace en el
café con motivo de una jugada á las damas, ó la duda de una fecha, ó el
relato de un episodio de la guerra de la Independencia; un señor chapado
y claveteado á la antigua, y en cuyo ropaje y fachada se puede estudiar
la historia civil y política de su tiempo, del mismo modo que sobre un
murallón cubierto de grietas y de musgo se estudia el carácter de la
época en que se construyó … y no sé cuántas cosas más, según es fama.
La verdad es, sin que importe el cómo, que don Pelegrín se hizo amigo
mío, y que raro es el día en que no me echa un párrafo de historia
antigua, apenas entro en el café, su morada habitual desde las tres de
la tarde hasta las ocho de la noche, y me siento en mi rincón
preferido… Y ahora recuerdo que la coincidencia de buscar los dos el
ángulo más apartado, á la vez que el sofá más mullido del café, dió
origen á nuestro conocimiento.
Comenzó el buen señor por aburrirme muchas veces, hablándome de la
guerra _del francés_, como él dice, y del Duque de Wellington. Hablábame
también á cada paso de la política del Rey y de los puntales del Tesoro,
del pingüe resultado de los _gremios_ … y qué sé yo de cuántas cosas
más; y haciendo sus aplicaciones á las modernas doctrinas y al presente
sistema administrativo, sacaba las consecuencias que le daba la gana,
porque yo á todo atendía menos á contradecirle. Pero comenzó un día á
hablarme del Santander de sus tiempos y de las costumbres de su
juventud, y sin darme cuenta de lo que me sucedía, halléme con que me
iba interesando el viejo don Pelegrín. ¿Y cómo no interesarme si es la
mejor crónica del pueblo, la única tal vez que nos queda? Desde entonces
estreché más mi trato con él, y di en agobiarle á preguntas. Pero el
bendito señor, sea efecto de sus años ó de su carácter vehemente, tiene
la costumbre de comentar todo lo que dice y de meterse á filosofar y á
hacer digresiones sobre la cosa más trivial; de suerte que nunca pude
obtener un cuadro exacto y bien detallado del Santander de antaño, tal
como yo le quería para dársele á mis lectores, seguro de que me le
agradecerían como una curiosidad. Lo más acabado que salió de su
descriptivo-crítico ingenio, es lo que ustedes van á leer (si tanta
honra quieren dispensarme).
Malo ó bueno, ello es de la propiedad de don Pelegrín, y en él declino
mi responsabilidad….
II
Después de un vago preámbulo, exclamó así el buen señor:
–Mire usted, amigo mío: yo no estoy literalmente reñido con esa
batahola infernal, con ese movimiento que forma hoy la base de la
sociedad en que ustedes viven, no señor: comprendo perfectamente todo lo
que vale y el caudal inmenso de ilustración que representa; pero esto no
puede satisfacer las humildes ambiciones de un hombre de mis años.
Desengáñese usted, yo no puedo menos de recordar con entusiasmo aquellas
costumbres rancias, tan ridiculizadas por los modernos reformistas:
ellas me nutrieron, entre ellas crecí y á ellas debo lo poco que valgo y
el fundamento de esta familia que hoy me rodea, y, aunque montada á la
moderna, respeta mis _manías_, como ustedes dicen, y me permite vivir
cincuenta años más atrás que ella. No tengo inconveniente en decirlo:
mis vigilias, mis anhelos, todos mis afanes materiales han sido y aun
son para mis hijos; pero lo demás…. ¡Ah!; lo demás, incluso el traje,
como usted está viendo, todo lo rindo en honor de aquellos felices
tiempos de mi juventud.
Dicho lo cual sin resollar y con visible emoción, don Pelegrín, como de
costumbre, disertó sobre la sencillez de las costumbres de sus tiempos,
afanándose por convencerme de que eran mucho más recomendables que las
nuestras, con la cual intención, asegurándome que la historia de los
hombres de entonces, socialmente considerados, era, _plus minusve_, una
misma en cada categoría, trazóme de la suya lo que _ad pedem literae_
voy á copiar:
–Á los diez y siete años–dijo–había terminado yo la escuela; sabía
las cuentas hasta la de _cuartos-reales_, y tenía una forma de letra
que, como decía mi maestro, se escapaba del papel. Á los diez y ocho
entré con los Padres Escolapios á estudiar latín; á los veintitrés era
todo un filósofo apto para emprender cualquier carrera literaria.
Mi señor padre (que Dios haya), fundándose en que ya había en la familia
un fraile, un guardia y un empleado en las Covachuelas de Madrid, se
empeñó en que yo fuese jurisconsulto, por lo cual había escrito á
Salamanca, un año antes de terminar yo la filosofía, en demanda de
hospedaje y de recua que me condujese, en retorno de una de sus
expediciones semestrales de garbanzos, juntamente con los otros dos
estudiantes que, según se murmuraba por el pueblo, debían marchar
también con igual destino que yo…. ¡Me parece que fué ayer cuando, por
primera vez en mi vida, salí á correr el mundo!…
En el mesón del _Monje_, que estaba al principio de la calle de San
Francisco, monté sobre un macho cargado de azúcar y campeche; después de
haber recibido la bendición de mi señor padre que me contemplaba con
sereno rostro, aunque con el alma acongojada por la idea de separarse de
mí. También estaban allí los padres de mis dos compañeros de expedición,
los amigos de todos ellos y los curiosos que nos habían visto confesar
el día antes; medio pueblo, amigo mío, nos rodeaba en el mesón; medio
pueblo que nos siguió hasta el Cristo de Becedo, que estaba en el lugar
que después ocupó el Peso público, y últimamente esa gran casa que
llaman también del Peso. Allí rezamos un _Credo_, postrados todos de
hinojos; eché algunos cuartos en el cepillo del santuario, volví á
montar sobre el macho, y con un «buen viaje» de todos y una mirada de mi
señor padre que hizo brotar las lágrimas de mis ojos, partimos mis dos
amigos y yo para Salamanca, adonde llegamos sanos y salvos, después de
mil divertidos episodios, que tal vez le cuente en otra ocasión, á los
diez y nueve días, ocho horas y catorce minutos.
–¿Es posible–dije interrumpiendo á don Pelegrín–que sólo tres
estudiantes salieran de Santander en un año?
–Y era mucho salir–me contestó en tono enfático.–Repare usted que
estaba carilla la carrera de letrado. Solamente el arriero costaba al
pie de quince duros aunque era de su obligación mantenernos á su costa
durante el viaje; y la estancia anual en Salamanca no nos bajaba á cada
uno, con ropa limpia y derechos de Universidad, de mil quinientos á dos
mil reales.
–¡Cáspita!–exclamé yo muy serio, acordándome de lo que había gastado
en los tres días del último carnaval de mi vida de estudiante.–¡Ahí era
un grano de anís!… Pero no sabía yo, don Pelegrín, que fuese usted
abogado.
–Y no lo soy, ¡ca!…; porque verá usted lo que pasó. En las primeras
vacaciones que me dieron, y en recompensa de la buena censura que obtuve
del sinodal en el examen, me permitió mi señor padre que hiciese un
viaje de recreo adonde más me acomodase y por todo el tiempo que me
pareciese prudente. Entonces estaba muy de moda entre los jóvenes
pudientes de aquí, irse á San Juan de Luz y á Bilbao, con motivo de unos
célebres partidos de pelota que había á cada paso entre vascongados y
bayoneses. Yo elegí el último punto por la comodidad con que entonces se
hacía el viaje; pues había un _paquete_ quincenal entre aquel puerto y
éste; un quechemarín que se ponía junto á la botica del doctor
Cuesta…. ¿Se admira usted? Es que entonces ni existía la plaza de la
Verdura, ni en su existencia se pensaba, porque llegaba la marea muy
cerca del Arco de la Reina. Pues, señor, tomé pasaje en el quechemarín,
cuyo capitán era conocido de mi padre; y en la confianza de que
tardaríamos día y medio en llegar, como era costumbre del barco, según
decían, y por eso se llamaba el _Rápido_, hicímonos á la mar. Pero dió
en soplar un vientecillo del Nordeste apenas montamos el cabo Quejo, que
nos echó sobre Llanes cuando pensábamos alcanzar á Portugalete. Allí se
armó un zipizape del Noroeste con tal cerrazón y tales celliscas, que al
cuarto día amanecimos mar adentro y sin ver una pizca de tierra. El
capitán, según entonces nos confesó, nunca había navegado más que por la
costa de Vizcaya, ni conocía la altura en que nos hallábamos, ni, lo que
era peor, el modo de averiguarlo: así fué que, encomendándonos á Dios,
pusimos la popa al viento, trincamos el timón, y á los siete días de
tormenta nos colamos de noche en un boquete que al capitán se le antojó
Santoña; mas al preguntar, cuando amaneció, al patrón de un patache que
teníamos al costado, en dónde nos hallábamos, supimos que en Castropol.
Para abreviar, amigo mío: á los diez y siete días de nuestra salida de
Santander volvimos á fondear en las Atarazanas, después de habernos
equivocado en todos los puertos de la costa, y sin poder tropezar con el
que íbamos buscando. Á mi familia, que en todo ese tiempo no tuvo
noticias mías, figúrese usted que entrañas se le habrían puesto: por lo
que hace á mi padre, juró que en su vida me volvería á separar de su
lado, y así sucedió.–Ahora comprenderá usted por qué abandoné la
carrera.
Veinticinco años había cumplido cuando entré en una de las pocas casas
de comercio que había en Santander, con ánimo de instruirme en el ramo
para poder bandearme después por mi cuenta. ¡Qué vida aquélla, cuan
diferente de la de ustedes … y qué placentera, sin embargo! Y eso que
no teníamos bailes de campo en el verano, ni fondas en el Sardinero, ni
trenes de recreo, como ahora. No hablemos de los días de labor, porque
en éstos se daba por muy contento el que de nosotros sacaba permiso para
ayudar una misa en Consolación ó para cantar un responso con los Padres
de San Francisco; pero llegaba el domingo, ¡válgame Dios!, y ya no nos
cabía en el pueblo tan pronto como se acababa el Rosario de la Orden
Tercera, durante el que (Dios me lo perdone) nunca faltaba un ratoncito
que soltar entre los devotos, ó alguna divisa que poner en la coleta de
algún currutaco. ¿Ve usted esas casas primeras de la Cuesta del
Hospital? Pues en su lugar había un prado que cogía parte de la plaza de
San Francisco. Allí jugábamos al _jito_, y á la _catona_, hasta sudar
la gota de medio adarme; también jugábamos á las _guerrillas_ y al
_rodrigón_, juegos muy en uso entonces que los había traído un salmista
de Cervatos, emigrado por cierto pique que tuvo con un prebendado de
aquella Colegial. Otras veces nos íbamos á echar cometas al Molino de
Viento, ó á chichonar grilleras á los prados de Viñas, según las
estaciones del año, ó á saltar las huertas de San José, que á todo
hacíamos, como jóvenes que éramos…. Yo, sobre todo, con este genio tan
francote y acomodado que Dios me dió, gozaba con todo mi corazón. Tenía
dos amigos en la calle de San Francisco que parecían nacidos para mí. El
uno tocaba el pífano y el otro el rabel, entrambos de afición; pero ¡qué
tocar!… Yo también era aficionadillo á la música, y punteaba en la
guitarra un baile estirio y dos minuetes. Pues, señor, nos poníamos los
tres al anochecer de los domingos del verano, después de nuestra partida
de _jito_, á la puerta del balcón, y dale que le das á los instrumentos,
llegábamos á reunir en la calle una romería. Personas de todas edades y
condiciones, cuanta gente volvía de pasear ó de la novena, se plantaba
al pie del balcón hasta que nosotros nos retirábamos…. Y vea usted,
qué demonio: en cuanto llegó á hacerse de moda en aquella calle la
reunión del pueblo, nos prohibió tocar el señor Corregidor. Yo no sé
qué se corría entonces por la ciudad sobre francmasonería. La guerra del
francés había dejado á las gentes muy recelosas y asombradizas, y la
nota de _afrancesado_ todavía quitaba el sueño á más de cuatro
españoles. Lo cierto es que por entonces comenzaron á gastar los
elegantes el _pequé_ sobre el _sortut_, y las madamitas la _escofieta_
con sus _airones_ de á media vara; también se introdujeron en la mesa la
sopa á la _ubada_, el principio de _pulpitón_ y el postre de _compota_,
que de allí data el que ustedes usan…; en fin, que las señas eran
fatales; que se temía una logia á cada vuelta de esquina, y que creímos
muy natural la prohibición del señor Corregidor, que temblaba, como él
nos dijo, toda reunión que pasara de tres individuos.
III
–Pues, señor, volviendo al asunto, y en la imposibilidad de referir
punto por punto toda la historia de mi juventud, porque no acabaríamos
hoy, le diré á usted que á los cinco años de mi práctica de comerciante,
habiendo conocido perfectamente el manejo de los negocios y á una joven
vecina de mi principal, monté de cuenta propia un establecimiento de
géneros de refino, y me casé el día mismo en que cumplía treinta y un
años; cosa que me costó mis trabajillos, porque los once meses de
Salamanca me habían procurado una reputación de calavera de todos los
demonios.–Casado ya, mi vida tomó un giro enteramente diverso del de
hasta entonces. Desde luego fuí nombrado síndico del gremio de
zapateros, procurador municipal de dos pueblos agregados á este
ayuntamiento, vocal perpetuo de una junta de parroquia, tesorero de la
Milicia Cristiana y asesor jurado de una comisión calificadora para los
delitos de sospecha de traición á la causa del Rey. Con todos estos
cargos me puse en roce con las personas más importantes de la ciudad y
me dieron entrada en _palacio_, que era todo mi anhelo ya mucho tiempo
hacía, porque Su Ilustrísima era hombre de gran eco entre las gentonas
de Madrid, y lo que por su conducto se averiguaba en Santander, no había
que preguntar si era el Evangelio. Tenía Su Ilustrísima tertulia diaria
de ocho á nueve de la noche, y la formábamos un médico muy famoso por
sus chistes, que hablaba latín _como agua_; el P. Prior de San
Francisco, hombre sentencioso y de gran consejo; un abogado del Rey,
caballero de Carlos III; mi humildísima persona, y un Intendente de
rentas, hombre de bien, si los había, temeroso de Dios como ninguno,
servicial y placentero que no había más que pedir…. Por cierto que
murió años después en Cádiz, de una disentería cuando el sitio del
francés. Éstas eran las personas constantes alrededor de Su Ilustrísima;
además había otras muchas que alternaban cuando les parecía oportuno.
–Para que usted se forme una idea del carácter del bendito señor
Intendente, voy á referirle un suceso digno, por otra parte, de que se
imprimiese en letras de oro.
Presentóse una noche en la tertulia algo más tarde de lo acostumbrado y
con aire de hondo disgusto en su fisonomía. Tratamos de averiguar la
causa, y después de mil ruegos, hasta del señor Obispo que le quería
mucho, pudimos arrancarle estas palabras:–«Señores, tenemos comediantes
en la ciudad»; palabras que hicieron en la tertulia una impresión
desagradabilísima, porque faltaban diez y siete días para la cuaresma, y
el pueblo, con la guerra y con las ideas locas que se iban apoderando de
la gente, más que comedias necesitaba sermones. Pues, señor, tratóse
seriamente sobre el particular, y se autorizó al fin al Intendente para
que él lo arreglara á su antojo. Y, efectivamente, al otro día se
presentó al director de la compañía, que ya había arrendado una bodega
en la calle de las Naranjas, diciéndole que era preciso que á todo
trance saliese de Santander.–El pobre hombre se quedó hecho una
estatua al oir la proposición.–«Señor, le dijo, mire V.S. que vengo
desde más allá de Becerrilejo; que traigo ocho de familia y cuatro
caballerías para ellos y para los equipajes; que he pagado adelantado el
alquiler de la bodega, y he gastado mucho en colocar la tramoya que V.S.
está viendo. Si me marcho sin dar media docena de funciones, me pierdo
para toda la vida.–¿Cuánto pueden valerle á usted las seis funciones?,
le preguntó el Intendente.–Yo cuento, señor, con que no baje de
quinientos reales después de pagar la bodega, las luces y los dos
tamborileros que han de tocar durante los intermedios.–Pues ahí van
mil, contestó el bendito señor, dándole un cartucho de monedas que ya
llevaba preparado al efecto; pero es preciso que ahora mismo desaloje
usted el local, y sin perder un solo minuto salga con su gente de
Santander.» El comediante vió el cielo abierto, hizo lo que deseaba el
Intendente, y, sin salir éste de la bodega, se desarmó la tramoya, se
cargaron las caballerías, montaron los comediantes … y nadie volvió á
acordarse de ellos. ¿Pero usted cree que cuando el Intendente, lleno de
júbilo, entró por la noche en la tertulia, hallábamos medio de hacerle
tomar la parte que nos correspondía de los mil reales? ¡Que si quieres!
Fué preciso que Su Ilustrísima se lo suplicara con mucho empeño.–«He
hecho una obra buena, decía; ¿qué mejor aplicación he podido dar á esa
parte del caudal que el Señor me ha confiado?…» Le digo á usted que
era todo un bendito de Dios el señor Intendente.
Reíme de veras con el sucedido de los comediantes.
–¿Es posible–dije á don Pelegrín–que tal idea se tuviese entre
ustedes del teatro?; ¿que así le tomasen como foco de desmoralización?
–¿Y qué le diré yo á usted?–me contestó:–entre nosotros no faltaba
quien dijera, como ustedes hoy, que era, más que escuela de vicios,
cátedra de moralidad; pero, sin embargo, yo opinaba mejor (y cuidado que
no soy fanático) con el padre Prior que decía, cuando de ello le
hablaban: «Podrán los devotos del teatro asistir á él como á una cátedra
de virtudes; pero lo cierto es que en ninguna parte se predica más moral
y más clara que en el púlpito, y si se pusiera la entrada á dos cuartos,
tal vez ni los monaguillos nos escucharan.» De todos modos, el pueblo no
echaba en falta esos pasatiempos: ¿á qué empeñarnos en dárselos cuando,
por lo menos, le habían de crear una nueva necesidad?
–Según ese sistema–repuse,–aún estaríamos como el indio Caupolicán.
Sepa usted, don Pelegrín, que es un deber para el nombre adoptar todo
aquello que puede dar ensanche á su inteligencia. Los progresos
materiales….
–Ya pareció el peine–me interrumpió con cierto despecho;–¡como si
hasta que ustedes vinieron al mundo no supiera el hombre lo que era
dignidad!
–No se ofenda usted, don Pelegrín, y óigame con calma. En todos tiempos
y en todas épocas ha habido hombres ilustres: no hago al talento ni á la
dignidad patrimonio de nuestros días; pero ¿á que en los suyos echaban
esos mismos hombres muchas cosas de menos?; ¿á que hallaban un vacío en
la sociedad, como si adivinaran algo de la gran revolución que muy
pronto iba á operarse en las costumbres? Usted mismo….
–¡Qué vacío ni qué calabaza!–exclamó mi viejo amigo, verdaderamente
sulfurado, y con unos ademanes que no me dejaban duda de que había
cometido una torpeza en tocarle este resorte, precisamente cuando
necesitaba é iba yo á saber grandes cosas de la tertulia de Su
Ilustrísima.–Lástima–continuó–me causan ustedes cuando les oigo
hablar de esa manera. Ustedes, ustedes son, por el contrario, los que
desean siempre _algo_, y este algo es precisamente lo que nosotros
teníamos de sobra: la paz del espíritu. Ustedes tienen la sensibilidad
encallecida, expuesta al roce de todos los sucesos del siglo en su
atropellada marcha; el alma rendida de vagar por un espacio enmarañado y
de atmósfera pestilente, y las ideas revolviéndose en una órbita
insegura y desequilibrada, que no les permite encariñarse con un objeto
sin que otro nuevo venga á borrar su huella.
Nosotros, merced á lo que hoy se llama ignorancia, teníamos las
afecciones más limitadas, y con la sensibilidad casi virgen, nos
preocupaba el suceso más común en la vida de ustedes; nuestras ilusiones
eran pequeñas, es cierto, pero fuertes, y, sobre todo, consoladoras.
Nosotros, por lo mismo que ambicionábamos poco, nos satisfacíamos al
instante; pero ustedes, cuya ambición no conoce límites, no se
satisfarán jamás. Yo, únicamente, que he pasado por las dos épocas,
comprendo cuánta verdad encierra lo que le estoy diciendo: para que
usted lo comprendiera del mismo modo, sería preciso que tocase y palpase
aquello cuyo recuerdo le merece tan desdeñosa compasión; es decir, que
junto á este Santander de cuarenta mil almas, con su ferrocarril, con
sus monumentales muelles, con su ostentoso caserío, con sus cafés,
casinos, paseos, salones, periódicos, fondas y bazares de modas,
surgiese de pronto la vieja colonia de pescadores, con sus diez mil
habitantes y seis casas de comercio provistas de Castilla por medio de
recuas, ó de _carros de violín_; la vieja Santander sin muelles, sin
teatro, sin paseos, sin otro periódico propio ó extraño que la _Gaceta_
del Gobierno, recibida cada tres días. Era preciso que usted pudiese
apreciar vivos estos dos cuadros para que no dudase sobre cuál de ellos
cernía más el tedio sus negras alas, y que generación vivía más
tranquila y más risueña, si la que se cubre con el oropel de la moderna
sabiduría, ó la cobijada bajo los harapos de nuestra vieja ignorancia.
Seguro estoy de que no serían mis contemporáneos los que en esta
exposición presentasen más arrugas en el alma. Por lo demás, amigo mío,
pobres teníamos y pobres tienen ustedes; ricos avaros existían junto á
ellos, y ricos insaciables existen. Es verdad que á nuestros pobres
envilecían los mismos privilegios que hacían odiosos á los ricos; pero
ustedes, quemando con la luz que han dado á los primeros las
prerrogativas de los segundos y dejando las fortunas como estaban, han
hecho pobres orgullosos, y ricos que á ciencia y conciencia son sordos á
la voz del infortunio, y ciegos al aspecto de la miseria…. ¡Luces,
ilustración!…; todo estaría bien si á su claridad hallase pan el
hambriento y abrigo el que tirita de frío; pero, desgraciadamente, la
tan decantada luz sólo sirve para hacer más patentes la miseria y la
opulencia, y más insoportable para el pobre este eterno contraste…. Si
esto es una preocupación mía, que lo diga la historia política y social
de Europa de algunos años á esta parte. El mismo tiempo hace que le
dijeron al hombre desheredado de la fortuna: «no tienes oro, pero tienes
derechos que conquistar, que al fin te valdrán oro»; y desde entonces se
está rompiendo el bautismo en las calles, detrás de las barricadas, para
que se los arrebate el mismo que le provoca á la lucha; para no dejar de
ver, ni por un solo instante en la sociedad, junto á uno que se muere de
hambre, otro que revienta de harto. ¿Qué es esto, amigo mío? Pues todo
ello ya lo teníamos nosotros sin tanta música ni tanto cacareo de
dignidad y de derechos; y aun teníamos más, porque con la misma
desigualdad de fortunas, había buena fe en los de arriba y resignación
en los de abajo. Resultado: que había paz en los pueblos, alegría en los
hogares, y grandes virtudes en el corazón. Ahora, si estas menudencias
no valen nada para ustedes, la cuestión cambia de aspecto; y si el
destino del hombre sobre la tierra es otro que hacer risueño y apacible
el grupo de una familia cobijada al calor del hogar doméstico, confieso
sin repugnancia que nuestras patriarcales costumbres fueron un borrón
que manchó á la humanidad en los tiempos del llamado obscurantismo.
Aquí don Pelegrín se limpió los labios con su pañuelo, arregló la capa
sobre las rodillas, sacó la caja de rapé y tomó un polvo con marcial
desenfado. En vano le llamé al orden y le rogué que continuase
hablándome de la tertulia de Su Ilustrísima: le había tocado su cuerda
más sensible, y, como siempre, se engolfó entre sus rancias memorias: no
hallé medio de dirigirle una pregunta sin obtener por respuesta
parrafadas como la anterior. En vista de ello, supuse una ocupación
urgente, despedíme de él y salí del café, haciendo que me reía de sus
lucubraciones, ó, lo que es lo mismo, comentando la sesión en términos
iguales ó parecidos á los que han servido de introducción á este
bosquejo.
EL RAQUERO
I
Antes que la moderna civilización en forma de locomotora asomara las
narices á la puerta de esta capital; cuando el alípedo genio de la
plaza, acostumbrado á vivir, como la péndola de un reló, entre dos
puntos fijos, perdía el tino sacándole de una carreta de bueyes ó de la
bodega de un buque mercante; cuando su enlace con las artes y la
industria le parecía una utopía, y un sueño el poder que algunos le
atribuían de llevar la vida, el movimiento y la riqueza á un páramo
desierto y miserable; cuando, desconociendo los tesoros que germinaban
bajo su estéril caduceo, los cotizaba con dinero encima, sin reparar que
sutiles zahories los atisbaban desde extrañas naciones, y que más tarde
los habían de explotar con tan pingüe resultado, que con sus residuos
había de enriquecerse él; cuando miraba con incrédula sonrisa arrojar
pedruscos al fondo de la bahía; cuando, en fin, la aglomeración de estos
pedruscos aún no había llegado á la superficie, ni él advertido que se
trataba de improvisar un pueblo grande, bello y rico, el Muelle de las
Naos, ó como decía y sigue diciendo el vulgo, el _Muelle Anaos_, era una
región de la que se hablaba en el centro de Santander como de Fernando
Póo ó del Cabo de Hornos.
Confinado á un extremo de la población y sin objeto ya para las faenas
diarias del comercio, era el basurero, digámoslo así, del Muelle nuevo y
el cementerio de sus despojos.
Muchos de mis lectores se acordarán, como yo me acuerdo, de su negro y
desigual pavimento, de sus edificios que se reducían á cuatro ó cinco
fraguas mezquinas y algunas desvencijadas barracas que servían de
depósitos de alquitrán y brea; de sus montones de escombros, anclotes,
mástiles, maderas de todas especies y jarcia vieja; y, por último, de
los seres que respiraban constantemente su atmósfera pegajosa y
denegrida siempre con el humo de las carenas.
De nada de esto se habrán olvidado, porque el Muelle de las Naos, efecto
de su libérrimo gobierno, ha sido siempre, para los hijos de Santander,
el teatro de sus proezas infantiles. Allí _se corría_ la cátedra; allí
se verificaban nuestros desafíos á _trompada suelta_; allí nos
familiarizábamos con los peligros de la mar; allí se desgarraban
nuestros vestidos; allí quedaba nuestra roñosa moneda, después de
jugarla al _palmo_ ó á la _rayuela_; allí, en una palabra, nos
entregábamos de lleno á las exigencias de la edad, pues el bastón del
polizonte nunca pasó de la esquina de la Pescadería; y no sé, en verdad,
si porque los vigilantes juzgaban el territorio hecho una balsa de
aceite, ó porque, á fuer de prudentes, huían de él. Esta razón es la más
probable; y no porque nosotros fuéramos tan bravos que osáramos prender
á la justicia: es que sobre ésta y sobre nosotros mismos, medio
aclimatados ya á aquella temperatura, estaba el verdadero señor del
territorio haciendo siempre de las suyas; el que intervenía en todos
nuestros juegos como socio _industrial_; el que pagaba, si perdía, con
el crédito que nadie le prestaba, pero que, por de pronto, ganaba cuanto
jugábamos; el que con sólo un silbido hacía surgir detrás de cada montón
de escombros media docena de los suyos, dispuestos á emprenderla con el
mismo Goliat; el que era tan indispensable al Muelle de las Naos como
las ranas á los pantanos, como á las ruinas las lagartijas; EL RAQUERO,
en fin. Éste era el terror de los guindillas, el aluvión de nuestras
fiestas, la rana de aquellos pantanos, la lagartija de aquellos
escombros; el original del retrato que con permiso de ustedes, voy á
intentar con mejor ánimo que colorido.
La palabra _raquero_ viene del verbo _raquear_; y éste, á su vez, aunque
con enérgica protesta de mi tipo, del latino _rapio, is_, que significa
_tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño._
Yo soy de la opinión del raquero: su destino, como escobón de
barrendero, es apropiarse cuanto no tenga dueño conocido: si alguna vez
se extralimita hasta lo dudoso, ó se apropia lo del vecino, razones
habrá que le disculpen; y sobre todo, una golondrina no hace verano.
El raquero de pura raza nace, precisamente, en la calle Alta ó en la de
la Mar. Su vida es tan escasa de interés como la de cualquier otro ser,
hasta que sabe correr como una ardilla: entonces deja el materno hogar
por el Muelle de las Naos, y el nombre de pila por el gráfico mote con
que le confirman sus compañeros; mote que, fundado en algún hecho
culminante de su vida, tiene que adoptar á puñetazos, si á lógicos
argumentos se resisten. Lo mismo hicieron sus padres y los vecinos de
sus padres. En aquellos barrios todos son paganos, á juzgar por los
santos de sus nombres.
II
_Cafetera_, para servir á ustedes, era el de mi personaje.
_Cafetera_, en el diccionario callealtero, es sinónimo de borrachera,
una de las cuales tomó aquél, cuando apenas sabía andar, á caballo sobre
una pipa de aguardiente, de cuyas entrañas extrajo el líquido con una
paja.
Cafetera nació en la calle Alta, del legítimo matrimonio del tío
_Magano_ y de la tía _Carpa_, pescador el uno y sardinera la otra. Ya
ustedes ven que, para raquero, no podía tener más blasonada ejecutoria.
Su infancia rodó tranquila por todos los escalones, portales y basureros
de la vecindad.
No hay contusión, descalabro ni tizne que su cuerpo no conociera
prácticamente; pero jamás en él hicieron mella el sarampión, la
alfombrilla, la grippe, la escarlata ni cuantas plagas afligen á la
culta infantil humanidad. Solamente la sarna y las viruelas pudieron
vencer aquel pellejo: con la primera perdió la mitad de los cabellos;
con las segundas ganó los innúmeros relieves de su cara.
Pero así y todo, le querían en su casa; tanto, que no había cumplido
cuatro años cuando la tía Carpa le metió, de medio cuerpo abajo, en una
pernera de los calzones viejos de su padre, dádiva que, añadida á una
camisa que, también de desecho, le regaló su padrino el tío _Rebenque_,
llegó á formar un traje de lo más vistoso, y á ser la envidia de sus
pequeños camaradas, condenados á arrastrar su desnuda piel por los
suelos, mientras su industria no les proporcionase más lujosa
vestimenta.
Siete años contaría, cuando su madre, conociendo por la chispa de que ya
se hizo mención y por otras proezas análogas, que era apto para las
fatigas del mundo, comenzó á darle los tres mendrugos diarios de pan
envueltos en soplamocos y puntapiés. Cafetera, que no era lerdo,
comprendió al punto hasta dónde alcanzaba su privanza y lo que podía
esperar de sus dioses lares; y como, por otra parte, sus libérrimos
instintos se le habían revelado diferentes veces hablando con sus
compañeros sobre la vida raqueril, se decidió por el _arte_ en el cual
hizo su estreno pocos meses después del último mendrugo, que le aplastó
la nariz para nunca más enderezársele.
Era un día en que el tío Magano andaba á la mar, y la tía Carpa á vender
un carpancho de sardinas.
Cafetera estaba solo en casa, sentado sobre un arcón viejo, único mueble
de ella, no contando el catre matrimonial, rascándose la cabeza como
aquel que acaricia una idea de gran transcendencia, y murmurando algunas
palabras, no todas evangélicas, las más de un colorido asaz rabioso.
Después de un largo rato así invertido, alzóse de su asiento, corrió la
tapadera del mismo y sacó media _basallona y_ un arenque, provisiones
hechas por su madre para toda la semana y que él dividió en dos partes
iguales. Comióse la primera, y guardó la segunda en el pecho de su
camisa de bayeta verde. En seguida dió un par de chupadas á una punta
que halló pegada á la testera del catre, mientras se amarraba con una
escota los enciclopédicos calzones á la cintura; ocultó sus greñas bajo
la cúspide de un gorro catalán; y, por último, lanzóse calle abajo en
busca de aventuras, osado el continente, alegre la mirada, y tan lleno
de júbilo como pudiera estarlo, en un caso muy parecido, el famoso
manchego, si bien, á la inversa de éste, no se le daba una higa porque
la posteridad recordase ó no que ya el rubicundo Apolo extendía sus
dorados cabellos por la faz de la anchurosa tierra, cuando él, perdiendo
de vista su casa, comenzó á respirar los corrompidos aires de la
Dársena.
Llegado al gran teatro de sus futuras operaciones, su primer cuidado fué
buscar á la gente de su calaña, á fin de orientarse mejor.
No tardaron en aparecérsele media docena de raqueros que, por única
bienvenida, le sacudieron tal descarga de coquetazos y de _piñas_, que
el pobre quedó tendido en el suelo, aunque sin extrañarse de semejante
acogida, como no se extraña un novel académico, al ingresar en el seno
de la corporación, del consabido elocuentísimo discurso que le dedican
los veteranos.
Pasada la cachetina y solo Cafetera, limpió con el gorro sus lágrimas de
coraje, y con la flema de un inglés recién llegado comenzó á reconocer
el terreno que pisaba.
Aburrido de pasear el Muelle en todas direcciones sin fruto alguno,
encendió en un tizón de una carena una colilla que halló al paso, y se
sentó á mirar cómo trabajaban los calafates.
Cuando notó que éstos le habían vuelto la espalda y que la estopa y las
herramientas andaban al alcance de sus manos, virgen de toda noción de
fueros de pertenencia, creyó lo más natural del mundo trasladar al
insondable pecho de su camisa algunas libras de cáñamo y un escoplo;
hecho lo cual, por consejo de su prudencia levantóse con sigilo é hizo
rumbo al polo opuesto.
Pensando estaba en lo que haría con el hallazgo, cuando topó con la
misma gente que poco antes le había zurrado la badana: no hay necesidad
de decir que el novel raquero, á la vista del enemigo, se preparó á
virar en redondo; pero no le sirvió la maniobra. El jefe de los otros,
pillastre de patente, con más asomos de bozo que de vergüenza y que se
llamaba _Pipa_, sacando por algunos hilos que se escapaban de la camisa
del primero la madeja que ocultaba, cortóle sus vuelos, y echando la
zarpa al bulto, dijo, guiñando el ojo á los suyos:
–Arría en banda, Cafetera.
Éste, viéndose abordado de tal manera, aunque sin esperanza de
salvación, trató de defenderse á mordiscos y patadas.
–¿Por qué tengo de arriar?–gimió, apretando los dientes.
–¡Arría, te digo!
–¡Que no me sale, vamos!
–¡Atízale, Pipa!–le decían los otros.
Pero Pipa estaba por seguir, antes de la violencia, los trámites
pacíficos.
–¿Quién te dió esa estopa?
–Lo he trincao–contestó Cafetera con acento sublime.
¡Mágica palabra! Con ella dió el neófito, sin sospecharlo, una idea de
su capacidad futura. Aquella cabeza chata, crespa y enmarañada, se había
engrandecido á los ojos de la patulea con la aureola del genio; el chico
prometía mucho. Pipa, que no se parecía en nada á las eminencias de
nuestra esclarecida sociedad, lejos de sofocar aquella naciente
inteligencia, soltó la presa que tenía agarrada y se dispuso, después de
mirar á los suyos, á prestarle toda la influencia de su posición.
–Sígueme–le dijo con ademán solemne.
–¿Aónde?
–Á pulir la estopa. ¿Tienes más?
–¡Tengo un escoplo, de mistó!
–¡Aprieta!… ¡Viva Cafetera!–exclamó el jefe, echando á correr hacia
San Felipe.
–¡Viva!–contestaron los demás, siguiéndole y llevándose en medio al
protegido.
Por un callejón que entonces era intransitable por lo pendiente, y hoy
es inaccesible porque forma ángulo recto con la bóveda celeste, echaron
nuestros personajes á paso de carga, y no se detuvieron hasta llegar á
una pequeña barraca, incrustada entre un murallón de San Felipe y otro
del Cristo de la Catedral, en cuyo estrecho recinto se veían amontonados
diversidad de objetos, clasificados con la mayor escrupulosidad, y todos
de la especie de los que ya Pipa había recibido de manos del neófito.
Allí, desde tiempo inmemorial, afluían los raqueriles productos de todo
el pueblo, que, aunque singularmente valían cortísimas cantidades,
llegaron, según es fama, á formar, en cuerpo colectivo, un decente
capital al humilde mercader que, ocultando su mustia fisonomía bajo una
gorra de pieles, y detrás de unas gafas como dos ruedas de polea, tenía
fuerza de voluntad ó codicia bastante para luchar de sol á sol con tan
notabilísima parroquia.
Clasificando estaba unas chapas de cobre, cuando asomó Pipa la cabeza
dentro de la tienda.
–¿Qué traes tú, pillete?–le interrogó, mirándole por encima de las
gafas.
–Esto–contestó lacónicamente Pipa, depositando el género sobre una
mesa.
El mercader de estopas y de cobre lo miró un instante como para
evaluarlo, y sacó del bolsillo, con mano torpe y perezosa, media peseta
que dió al raquero.
–¿No echa más usted?–dijo éste contemplando la moneda.
–Nada más.
–¡Ay, qué contra!… ¡Pues si el escoplo solo vale medio chulé!
–¿Sí?–gruñó el comprador;–¡pues descuídate y verás si te llevo al
Capitán del puerto, tunante!
Pipa comprendió que más valía callar que comparecer ante tan encopetado
personaje. Así es que tomó la moneda, enseñó la lengua al de las gafas
… y, á ser tan buen negociante como raquero, hubiera podido
comprender, á la sola consideración del contrato que acababa de hacer,
que, sabiendo comprar, hasta la estopa, bien exprimida, arroja productos
de oro. Pero ni el nene había soñado jamás con la piedra filosofal, ni
reparaba en los rendimientos de sus empresas cuando maldito el capital
arriesgaba en ellas. Por eso salió muy ufano á la calle, reunió á los
suyos, contólos uno á uno, miró á Cafetera con un poquillo de ternura, y
con otra seña muy expresiva los arrastró á todos á la taberna de
enfrente, en la que entró gritando:
–¡Seis tazas de café y seis copas de anisao!
Cuando los granujas trasegaron á sus estómagos, en dos sorbos, las
pócimas infames que les sirvió el tabernero, pagó Pipa el gasto con la
media peseta, más un cuarto que sacó de un pliegue de su mugriento
gorro, y salieron todos á la calle. En ella formaron círculo, y el
capitán, después de escupir contra la cara del más inmediato, echó mano
á Cafetera y así le habló:
–Ya sabes, nene, dónde se compra cuanto se apanda. Mucho ojo y mucha
vela. En un apuro, cuenta con nosotros. Raquear, á barredera, y mejor el
cobre que el chicote. Si ves que andan las _chapas_, al vuelo … y
aprieta á correr. Si hay _cané_, orza y arría la mayor…; y avisa
cuando haya trigo, que ya sabes cómo se gasta.
Calló Pipa, miró á Cafetera que le escuchaba muy serio, y arrimándole un
puntapié por la popa,–¡Á vivir!–le dijo.–Y se disolvió el corro,
marchándose cada quisque por donde quiso.
III
Bien enterado Cafetera de los azares y estatutos de su nueva profesión,
no quiso lanzarse á ella sin prevenirse antes contra las eventualidades.
Al efecto, logró colocarse en uno de los botes del servicio público.
Era de su incumbencia achicar el agua; componer estrovos; buscar fletes
y cuidar de la embarcación cuando el botero no estaba presente; todo lo
cual le producía un ochavo de café para el desayuno, una propina de
cuatro ó seis cuartos por cada flete si éste valía la pena, lecho sobre
el panel y una copa de caña de vez en cuando, amén, de algún chicotazo
que el patrón le sacudía siempre que lo juzgaba oportuno.
Fuera del tiempo que esto le llevaba, consagraba el día al ejercicio de
su industria.
Ésta, en toda su esfera legal, le hacía legítimo dueño de cuanto cobre,
estopa, hierro y madera de desperdicio hallara á sus alcances, ya sobre
la superficie del Muelle, ó revuelto entre el fango de la Dársena. Pero
como el Muelle y la Dársena no tienen un límite determinado para la
industria raqueril, solía tomar como prolongación del primero la
cubierta de algún buque atracado, llevándose á buena cuenta, si el
vigilante se descuidaba, tal cual _menudencia_, como escotas, poleas,
etcétera, etc.
Con la propia sencilla buena fe, desde el centro de la Dársena se
extendía hasta los contornos; y si se forraba algún casco, nunca le
faltaba una chapita ó clavo de cobre que ocultar en su remendada
espuerta.
Tal era la parte menos legal de su industria, que, en el poco tiempo que
la ejerció, expuso su individual independencia á mil y un riesgos
apuradillos.
Por lo demás, lo pasaba en grande.
No se pegaba de trompadas con los suyos más de tres veces al día; su
madre no lograba echarle la vista encima arriba de una por semana, y
para eso había de cogerle durmiendo; de modo que sus siniestros de
muelas, orejas y cabellos, por temporal materno, aunque pocos y buenos,
aún le prometían pellejo sano para muchos años.
Alguna vez, entre otras, hacía sus correrías hasta el interior del
pueblo, porque al raquero también le gusta el contacto de la
civilización, por si algo se le pega; pero como ésta suele andar muy
precavida, y, por otra parte, sus raqueables materias no son del mayor
aprecio en la oficina del comprador de hierro viejo, Cafetera
frecuentaba poco este trato, y casi siempre tenía que huir de él á uña
de … raquero, acosado por las estantiguas del municipio.
También se le ocurrió, como hijo que era de matriculado y marisco por
los cuatro vientos, solicitar, á ejemplo de muchos de sus compañeros, un
puesto y quiñón correspondiente en una lancha pescadora; pero esto le
ocuparía demasiado. Tendría que esperarla todas las noches, limpiarla y
vigilarla todo el año y _desenmallar_ sardina en el verano.
Precisamente su resistencia á este empleo era lo que más provocaba la
ira de la tía Carpa, que proyectaba sacar un buen pescador de su hijo, á
quien, _velis nolis_, había ya matriculado, y, por ende, sujetado á las
ordenanzas de la Comandancia de Marina.
Semejante idea preocupaba mucho á Cafetera, quien, como todos los de su
laya, no concebía que ningún tribunal del reino alcanzase hasta el
Muelle de las Naos con su vara, al paso que no podía recordar sentado y
con paciencia la cara del Capitán del puerto.
La cárcel pública es para ellos un bulto más en la población pero los
rebenques y los chicotes de á bordo, ¡ira de Dios!, cosas son que les
hacen temblar y no de frío. Hubiérale á él dejado libre de toda
persecución el cabo de mar, y á fe que en poco tiempo, burlando la
vigilancia de lo terrestre, se _embarba_, como él decía, de raqueo; y
hasta comprado hubiera el almacén de hierro viejo, máximun de las
fortunas, según se creía en el Muelle de las Naos. Pero como no sucedía
así, los meses corrían y hasta los años, y Cafetera, lejos de llegar á
capitalista, perdió los últimos pingajos de su vestido, ganando en
cambio muchas nociones de baraja y no pocos títulos de borracho sobre el
que ya tenía bien merecido.
Entonces comenzó á mirar con desaliento la mezquindad de la Dársena, y
la penuria de su explotación legal. Sucedíale algo de lo que al jugador
que, acostumbrado á poner grandes cantidades á una carta, mira con
aversión el corto salario que en la sociedad le proporciona el ejercicio
de su profesión.
En fuerza de meditar sobre su situación concluyó por tirar su cesto á la
mar; y sin otras armas que su ligereza de manos y de pies, se lanzó á lo
sublime del arte.
De todo había en su nueva esfera de acción, especialmente de zozobras é
inquietudes, dándoselas, y no flojas, la mala _traducción_ que sus
obras hallaban en el almacén de marras, único punto adonde él se atrevía
á llevarlas, porque en la población del centro seguro estaba él de que
no pasaban.
Todo, sin embargo, iba hallando colocación detrás de los montones de
estopa del almacén, aunque á muy bajo precio por ser género de _mala
venta_; pero no pudo haberla para el objeto de la última campaña de
Cafetera.
Esto traía volado al raquero, que no sabía cómo deshacerse de él; pues
ni regalarle quería, ni tirarle al mar, sin indemnizarse de los peligros
que corrió al trincarle en la cámara de popa de un buque de gran porte.
El obstáculo que oponía á su compra el comerciante, era, aunque no se lo
decía al raquero, el nombre del buque y el de su armador, diestramente
esculpidos en la parte más integrante del aparato; nombres que no podían
borrarse sin exponer la estructura de éste, ni darse al público sin
grave riesgo de los haberes y libertad del mercader.
Largos días pasó Cafetera meditando sobre el asunto; y ya casi olvidado
de él estaba una mañana en que había _libado_ bastante, sentado sobre un
guardacantón, fumando una colilla, á caza de fletes para el bote y en
espera de sus amigos para jugar al cané.
Mucha gente había pasado sin contestar al «¿quiere un bote?» con que el
raquero interpelaba á todo el mundo, cuando apareció en escena un señor
que, según dijo el pillastre, traía _cara de flete_.
–Usté, ¿quiere un bote pa dir á bordo?–le dijo, como tenía por
costumbre, así que le tuvo á su lado.
El señor, contra las presunciones del granuja, pasó de largo, echándole
á la cara una bocanada de humo de su grueso cigarro.
Cafetera lo tragó con ansiedad, y retirando de los labios su colilla, se
fué detrás del puro.
–¿Me da la punta usté?
Chocó al interrogado la desvergüenza del raquero. Miróle muy
detenidamente, y
–¿Quién eres tú, chicuelo?–le preguntó.
–Yo soy … Cafetera.
–¿De dónde eres?
–De la calle Alta.
–Y tu padre, ¿cómo se llama?
–El tío Magano.
–Pero ¿cuál es tu nombre de pila?
–¿De qué pila, usté?
–De la de bautismo, animal.
–Otra, ¿qué sé yo?… ¿Me da la punta!
–¿Conque tú fumas, eh?
–¡Ay, qué contra!…; ¿quiere ver como las _tapo_?
Y diciendo y haciendo, tragó dos chupadas de su colilla, arrojando
después el humo por boca y narices con la abundancia y facilidad de una
chimenea de vapor. El señor desconocido le miraba cada vez con mayor
curiosidad.
–Y ¿á qué te dedicas tú?
–Á cuidar el bote del tío Bandiate.
–¿Y nada más?
–También soy raquero.
–¡Hola, hola! ¿Y qué tal el oficio?
–¡Quiá, señor; si no sale para café!… ¿Me da dos cuartos?
–Veremos si los mereces…. Dime antes lo que raqueas.
–¡Como no raquee! ¡Si andan más listos á bordo!…
–Pero alguna vez ya se descuidarán.
–Quiá, no señor. Ayer trinquemos, entre Pipa, Michero y yo, como tres
libras de cobre; y pa eso, de poco nos guipan.
–¿En dónde lo trincasteis?–insistió el señor con más interés que
nunca, dando dos cuartos al raquero.
–Pos en esa freata que están aforrando en el paredón–contestó Cafetera
con la mayor sencillez, guardándose los cuartos en el faldón de la
camisa y escupiendo por el colmillo.
Para evitar tiempo, papel y paciencia, diremos que en fuerza de acosar
y prometer el uno, acabó el otro por ir largando trapo, hasta que del
último remiendo de los calzones sacó un magnífico cronómetro de
bolsillo, alhaja que, sin conocerla, le había dado tanto que discurrir.
Á su vista, el buen señor quedóse haciendo cruces y bendiciendo á la
Providencia en sus adentros.
Después de prometer á Cafetera la compra como éste decía, del
_estrumento_, mandóle que le siguiera para entregarle el dinero, lo cual
hizo al punto lleno de júbilo el incauto raquero, sin sospechar lo que
le había de suceder, cosa que le hubiera sido muy fácil al ser tan
diestro conocedor de los atributos de un comisario de policía como de la
verdasca de un cabo de mar.
Grande fué la sorpresa del pilluelo cuando, siempre al lado del presunto
comprador, llegaron á detenerse en la Capitanía del puerto.
Allí fueron los sobresaltos y congojas; tanto que, á no estar muy listo
el grave señor de las borlas, se queda sin su presa, que ya andaba en
trazas de escurrir el bulto.
Entregado éste y el cronómetro á la autoridad, declaró Cafetera, llamóse
á Pipa y á Michero, cantaron todos de plano, y fueron al punto
conducidos á la cárcel, de donde después de algunos meses de reclusión,
salieron … á tirar del _Bombo_ de la Carraca.
Allí estuvieron tres años agarrados á la maroma, hasta que, satisfechos
sus jueces y la vindicta pública, los mandaron de retorno á su país con
algunos vicios de más y mucha vergüenza de menos.
Su primer pensamiento al pisar el patrio suelo, fué para el Muelle de
las Naos; pero no fué poca su sorpresa cuando, en él colocados;
comenzaron á examinarle en todas direcciones.
La escollera de Maliaño, la estación del ferrocarril, el nuevo empedrado
y otras reformas hechas precisamente mientras duró la condena de los
pilluelos, era lo que ellos no podían comprender; mas lo que extravió
sus razones hasta el extremo de llegar al espanto, fué la aparición, por
la Peña del Cuervo, de un monstruo silbando y arrojando nubes y fuego
por la cabeza. No atreviéndose á pronunciar una sola palabra, miráronse
los tres sobrecogidos cuando notaron que el monstruo se acercaba á paso
de gigante. Entonces perdieron la brújula; gritó Pipa «¡aguanta!» y se
dieron á correr pensando que el mundo se acababa.
Después acá, aunque con la llegada de los trenes, á medida que la han
visto repetirse, van familiarizándose bastante los raqueros, no ha sido
hasta el punto de que éstos permanezcan tranquilos en el Muelle de las
Naos. Por el contrario, empujados y oprimidos por el potente movimiento
que la población ha tomado allí en los últimos años, van abandonando el
territorio: ya tiene el raquero cien Argos que le contemplan, y no puede
pasearse erguido como antes, señor de aquella ínsula remota.
Para concluir, y en pro de este tipo tan popular en Santander, haré una
ligera observación: de vástagos tan carcomidos y tortuosos son muy
frecuentes aquí robustos y fructíferos troncos. La historia de este
puerto abunda en páginas brillantes debidas á la honradez, pericia y
heroísmo de nuestros marineros, muchos de los cuales han recorrido en su
infancia un sendero tan expuesto y espinoso como el del tipo que acabo
de bosquejar. Nuestro comercio tiene pruebas repetidas de lo que digo; y
á fe, á fe, que no pecó de pródigo con los venerables harapos de tan
valientes marinos, al extender los anchos pliegues de su rico manto.
LA ROBLA
De maldita de Dios la cosa sirvieran los contratos de compraventa, si al
tiempo de consumarlos no llevaran más requisitos que el mutuo convenio
de los contratantes y el _ante mí_ del tabelión más competente del
juzgado.
Y cuidado, señores legistas, con atribuirme la pretensión de poner en
duda la legalidad de las fórmulas que sobre el particular se vengan
usando desde la fecha de las Pandectas.
¡Líbreme de ello Dios! Voy separándome del centro _civilizado_ donde la
ley se halla en toda su pomposidad, y estoy refiriéndome á los incultos
moradores del campo, entre los cuales, sin dejar de acatarse el vigente
código en todo lo que vale, aún se rinde culto reverente á la tradición,
la cual constituye para ellos un derecho tan sagrado como el que más se
funde en cuantas leyes se vengan haciendo desde la fabla de don Alonso
el Sabio.
Desengáñese la previsora jurisprudencia: sin un requisito que les sea
peculiar, estos paisanos no dan por terminado ningún negocio, aunque
para cumplir con la ley le amortajen en más testimonios y sellos que hay
en un archivo de hipotecas. Pasar un objeto de las manos de Juan á las
de Pedro sin cierta solemnidad _sui géneris,_ valdría tanto como para la
conciencia de un cristiano viejo un buen creyente sin bautizar, símil en
que, sin duda alguna se fundaron los _académicos_ de mi lugar para
llamar á dicha ceremonia _mojar el asunto_.
No vale en el día de mañana, para disfrutar pacíficamente la posesión de
lo comprado, restregar los hocicos del vendedor con la resellada
escritura de legítima pertenencia, que si ante la ley le asegura en la
posesión, no es suficiente, sin embargo, para librar al poseedor de un
litigio cada semana, en el que, por lo menos, pierda la paciencia, amén
de algunos dinerillos que suelen irse en pos, por vía de procuración,
asesoramiento y demás adminículos de que es costumbre proveer á todo
aquel que tiene la mala humorada de pesar sus derechos en la prudente
balanza de Astrea. No hay, pues, título de propiedad que valga, si falta
la fe de _bautismo_, el _fiat_ del tabernero más próximo, LA ROBLA[1],
para decirlo de una vez.
El origen de esta ceremonia no consta en las crónicas montañesas, porque
se pierde en la antigüedad de la afición de los montañeses al acre mosto
riojano[2].
Su definición precisa tampoco es fácil sin que se me olvide algún rasgo
gráfico de ella; por lo cual juzgo de rigor que nos traslademos
adondequiera que se _eche_ una…, y allá nos vamos.
Raro es el colono montañés que al poco tiempo de establecido no posea,
como producto de sus _aparcerías,_ una pareja apta para las labores del
campo, algún novillo _uncidero_, es decir, capaz de ser uncido, ó
cualquiera otra res vacuna; pero en absoluta propiedad y sin que el
arrendador de sus haciendas tenga que intervenir en su venta, cambio ó
emparejamiento; casos en los cuales el colono, por lo que le va en ello,
pone los cinco sentidos y emplea la mayor solemnidad posible. Tras ella
va siempre la robla.
Luego vamos á una feria.
El lugar de ella queda á elección del lector, pues, gracias á Dios,
abundan aquí como los helechos. Abran ustedes un calendario, y donde
topen con su santo, cátense una feria. En este dichoso país, el día que
no es de fiesta tiene mercado; de los restantes del año, los unos marcan
feria, y los otros romería.
Elegido el punto más cercano, tuvo que ser, por precisión, un pequeño
bosque de cajigas ó de castaños, verde, fresco, frondosísimo, bello como
es la naturaleza aquí hasta en su menor detalle.
Estamos ya bajo el tupido follaje…. Cierra, lector, los ojos por un
momento. ¿No te crees transportado, en una serena noche de verano, á la
orilla de una inmensa charca, y jurarías que sus ranas, en número
infinito, cantan todas á la vez? Es el sello de nuestras ferias y
romerías: el sonido de las _tarrañuelas_ de cien y cien bailadores _á lo
alto_, al compás de las panderetas que tañen las mejores mozas del
lugar.
Sigamos.–Sin reparar en el corro de bolos en que acababan de gritar
cincuenta bocas á la vez _¡eseeé!_ al hacer un _emboque_ uno dé los
jugadores; abriéndonos paso á través de la batería formada por los
pellejos de vino, barriles y cacharros que sobre un carro, debajo y á
los lados de él, á la sombra de un castaño, son la delicia de los
bebedores; echándonos por la derecha para no turbar el sueño pacífico de
los jamelgos de un cura y un señor de aldea, que están amarrados al
_cabezón_ del mismo carro, quizá por casualidad, quizá porque los
jinetes tomaron este norte como de mejor atractivo para cuando vaya
anocheciendo; guardando el cuerpo del fogoso trotón de ese jándalo, que
atraviesa la feria llevando á las ancas la parienta más joven é
inmediata que encontró en su pueblo cuando volvió de Andalucía, y cuyo
chal de amarillo crespón, no menos que su vestido blanco de empinados
volantes, forman extraño contraste con su reluciente y pasmada
fisonomía; sin responder á las voces de las importunas fruteras, de los
_agualojeros_, rosquilleros y otros análogos industriales que nos
asedian al paso; sin fijarnos, en fin, en ese maremágnum alegre y
estimulante que el cuadro presenta á primera vista, salgamos á aquella
braña donde hay un grupo de ocho personas y una pareja de novillos
uncidos. Allí va á haber robla.
El que está apoyado sobre sus engalanadas cabezas, hombre que tiene la
suya algo más sucia, calzones de _manga corta_, con un tirante sólo,
chaqueta al hombro y sombrero de copa alta, más que medianamente
apabullado, es el dueño de la pareja, y conocido y honrado en su pueblo
por el nombre de Antón Perales.
El otro, más joven y de mejor traza que éste, que pasea alrededor de los
novillos examinándolos con gran atención, es el comprador: llámanle
Ogenio Berezo, y es de las inmediaciones. De los que forman el círculo,
los cuatro son meros curiosos que, á título de conocidos de los
primeros, se han aproximado al olor de la robla. La mujer, que come una
manzana y tras de cada bocado que le tira se rasca la cabeza por debajo
de la _muselina_, es la costilla de Antón Perales. El otro personaje,
más viejo que todos los demás, y que observa el cuadro, taciturno y
reflexivo, es convecino del comprador: llámase tío Juan de la Llosa, y
asiste, á la sazón, en calidad de perito. Sus títulos al efecto están en
toda regla. Es público y notorio que en más de cien sangrías que lleva
hechas en el pueblo á los animales de sus vecinos, á la oreja, _al
pelo_ y al rabo, que es la más difícil, no se le ha desgraciado una sola
res. Para poner una bizma, ó sea un emplasto de trementina y polvos de
suelda, no hay otro que se le iguale. Distingue á la legua un cólico de
un _empanderamiento_, y en las cojeras no confunde el _zapatazo_ con el
_babón_; y si no ha curado un solo caso de _solenguaño,_ es porque la
enfermedad es mortífera, mas no por haber dejado de echar á tiempo, «por
la boca abajo» del paciente animal, con el auxilio conductor de una
teja, el agua de jabón, aceite y vino blanco bien caliente. Por algo
dice él que, si le hubieran _desaminao, albitre_ podía ser; y es la
verdad. En cuanto á las condiciones externas del ganado, ahora le verán
ustedes.
El comprador ha dejado de rondar la pareja, crúzase de brazos y exclama
de repente:
–Pues, señor, ¿á qué hemos de decir una cosa por otra? La pareja me
gusta. ¿Qué le parece á usté, tío Juan?
Éste guarda en un bolsillo del chaleco la punta que mascaba rato hacía,
da dos pasos al frente, cárgase á la izquierda sobre el garrote, pone la
diestra en jarras, cruza las piernas y reflexiona un instante.
Entretanto el vendedor se sonríe con cierta malicia, su mujer menudea
los mordiscos á la manzana, y murmura algunas palabras hacia los otros
personajes que emiten su dictamen á media voz.
–Apaséalos–dice en tono grave el perito.
Antón Perales hace caminar sus novillos un corto trecho, al son de las
alegres campanillas que les adornan el pescuezo.
–Ahora, hacia abajo …–añade el primero.–¡Oooó, joois!–canturria,
luego que el vendedor le ha complacido, para indicarle que pare ya.
–Lo que toca al particular–dice la mujer, á quien no le cabe ya la
lengua en la boca,–no tienen tacha. Tocante á eso, no es porque sean
míos; pero, como dijo el otro…. Vamos, que son dos perlas.
–Como que los he criao yo en casa–repone su marido;–y éste que se
llama _Galán_, es hijo de la _Leona_, y este otro, _Cachorro_, de la
_Gallarda_, dos vacas que, mejorando lo presente, son dos soles.
–Justo, que las vendimos el mes pasao al sobrino del Regioso, con
perdón de ustedes, que por aquel pique que tuvo por la cuñá del
Mostrenco, que ya con este mote le han de enterrar, por el lindero del
prao que le tocó á resultas del _cobicillo_ que encontraron debajo del
jergón de su tío, que en santa gloria esté…, y ahí está el mi hombre
que no me dejará mentir, que á la verdá que anduvo como una estorneja de
acá para allá, ahora que la botica, después que el señor cura, luego que
la unción, porque el enfermo daba el ¡ay! que partía el alma, sin que
hubiera en aquella casa un mal nacido á quien volver los ojos…, y no
se lo tome Dios en cuenta á la que tanto fachendea hoy gracias á los
cinco carros de tierra que apañó…. Pues resulta de que….
Á la buena mujer se le va la burra entre tanta maraña, mientras el tío
Juan no quita los ojos de la pareja. El comprador mira al perito como si
quisiera leer en su fisonomía la opinión que va formando; el vendedor
atusa el pelo á los novillos, y los intrusos los ponderan cuanto les es
permitido, con objeto, evidentemente, de contribuir á que se cierre el
trato y no se pierda la robla.
Después que el perito y el comprador han visto que los animales _se
plantan_ bien al caminar, que no se aprietan, que no _zambean_ del
cuarto trasero, que son bien encornados y que igualan perfectamente en
alzada y color, el primero les mira la boca, les palpa bien los
_brazuelos_ y las nalgas para ver si están _despicados_ de algún remo, y
les examina escupulosamente las astas por si son estoposas, las pezuñas
por si _blandean_, y los ojos por si tienen _nube_ ó _glarimeo_.
Hecho este examen, el tío Juan, sin perder un solo rasgo de su gravedad,
dice en tono solemne:
–Caballeros, la pareja…, lo que toca á la pareja, no tiene pero. Son
dos rollos de cuatro años, sanos como dos corales.
–Pos á mí–añade el comprador,–lo que toca al particular, también me
gusta la planta y el aquel de la pareja…. Conque si el señor trae gana
de vender, diga, si á mano viene, en lo que estima su hacienda, que yo á
comprar he venío.
–Al respetive de eso mesmo–replica el vendedor,–no me quedo yo atrás;
que hoy por ti y mañana por mí…, y, como dijo el otro, mortales nos
hizo Dios…. Vamos al decir, que si tú traes ganas de comprar, no
reñiremos.
–Cabales, que ni al mi hombre ni á mí nos ha perseguido nunca la
justicia por embusteros; y cuando vemos que se trata con gente de
formalidá y de requilorios….
–Esa es la verdá; y vamos, Antón, á estimar la pareja, como el otro que
dice, con equidá.
–Pos la pareja, Ogenio, por ser para ti…, la pareja; que, como ha
dicho el señor, no tiene pero; la pareja, y que no vea la cara de Dios
si te engaño; la pareja vale treinta doblones[3] como dos cuartos.
–Tú no quieres vender, Antón–contesta con cierto desdén el atildado
Ogenio.
–Ogenio–replica Antón,–tú me ofendes.
–Que te digo que no quieres vender.
–¡Que mal rayo me parta si he venío á otra cosa á la feria! Y sábete
que por ese dinero ya no tendría en casa los novillos hace una semana,
si los hubiera querido vender…; pero hoy por ser pa ti….
–Pos yo no doy por ellos más que veinticinco doblones.
–Tú no quieres comprar, Ogenio.
–Á eso vine á la feria, Antón…; y si no, que diga tío Juan si me
pongo en lo justo.
–Lo que toca á mí–dice el aludido, que durante la escena referida se
ocupaba en hacer rayitas en el polvo con el palo,–lo que toca á mí, no
me gusta meterme en la hacienda del vecino, que cada uno puede estimarla
en aquello que, pongo por caso, le acomoda.
–De manera es–replica el comprador,–que aunque usté diga uno, ó dos,
ó medio; ó que la pareja vale tanto ó cuanto, ó que por aquí ó que por
allá, no ha de ser medida la palabra de usté.
–Eso es–añade Antón;-que como dijo el otro, ná se pierde con oir á
éste y al de más allá.
–Andando–gruñe su mujer, clavando los dientes en la quinta
manzana,–que todos somos hijos de Dios, y más ven cuatro ojos que dos.
–Es de razón–exclaman á coro los demás circunstantes.
–Pues, caballeros–concluye el perito con cierto tonillo de
autoridad;–creo que se pueden dar veintisiete doblones por la pareja.
–Ya lo oyes, Antón…; y yo no dejo mal á ningún amigo.
–Por dicho de eso, yo tampoco, Ogenio; y si das los veintiocho, tuya es
la pareja.
Grandes murmullos en el grupo; anímase el tío Juan, y exclama,
imponiendo silencio á los circunstantes:
–Ni los veintisiete ni los veintiocho, que han de ser los veintisiete y
medio, y se pagará la robla además.
–Corriente–dice Ogenio.
–Pues buen provecho te hagan–añade Antón, entregando la ahijada al
primero, como símbolo del dominio que le transmite….
El pequeño circuló se agita con gran ruido; todos se felicitan
recíprocamente, todos hablan á la vez, y entre todas las voces se
destaca la de la exdueña de los novillos que charla más que nadie y
desbarra como nunca.
Autorizado competente uno de los testigos del ajuste, marcha á buscar al
punto más inmediato dos azumbres de vino tinto para _mojar el trato_, es
decir, para _hechar la robla_; y mientras vuelve, el comprador se sienta
en el suelo, saca un pesado bulto del bolsillo interior de su chaqueta,
y comienza á desliarle capa á capa, como si fuera una cebolla. Así van
saliendo, sucesivamente, un pañuelo de percal aplomado, un viejo pañal
de una camisa y una bula, dentro de la cual aparecen, como núcleo de
todo el envoltorio, un montón de napoleones y algunas monedas de oro
cuidadosamente guardadas entre los amarillentos repliegues de una hoja
de un catecismo.
Con grandísimas dificultades cuenta los veintisiete doblones y medio, ó
sean 1.650 reales, y se los entrega al vendedor, quien, en el acto, y
con no menores amarguras, los cuenta también; y envueltos en la bula, y
la bula en la muselina de la mujer de Antón Perales, desaparecen en los
profundos abismos de la faltriquera que debajo del refajo lleva ésta[4].
El que fué por el vino vuelve con un enorme jarro lleno de él en una
mano, y con una taza de barro blanca en la otra. Desátanse, á su vista,
más y más las lenguas del corrillo; sonríense todas las fisonomías, y el
rústico Ganimedes, apoyándose en la _yugata_ de la pareja, comienza á
escanciar el vino con gran pulso y mucha solemnidad.
El tío Juan, para quien es la primera taza, levantándola en alto,
brinda:
–Por la salud de los presentes, que se disfrute muchos años la pareja,
y que en el cielo nos veamos.
–Amén–contesta á coro la reunión.
La taza sigue pasando luego de mano en mano y de boca en boca, hasta que
se agotan las dos azumbres de rioja.
Pero Antón Perales no quiere ser menos que su contrinca, y paga otros
ocho cuartillos que se beben con la misma solemnidad que los anteriores,
con el mismo ceremonial, pero con mayor locuacidad de parte de los
bebedores y con peor pulso de la del escanciador.
Entretanto la tarde va acabándose, y el ganado y la gente que llenaban
la feria se retiran poco á poco.
Ya no se oyen las tarrañuelas, ni los panderos, ni un solo grito en el
corro de bolos. Los taberneros recogen sus baterías, y embridan sus
jamelgos los curas, los jándalos y los señores de aldea; y perdiéndose,
por grados, desde el lugar de la feria, por la campiña adelante en todas
direcciones, se oye el sonido de las campanillas del ganado que se
aleja. Nuestros conocidos, detrás de los novillos, llevan, como quien
dice, la llave de la feria, cierran la marcha … y bien lo necesitan.
Tal andan todos ellos, que no les basta entero el ancho del camino para
no darse de calabazadas unos con otros. Aquello ya no es hablar: es una
algarabía incomprensible é insoportable. La mujer de Perales, sobre
todo, desafina como una cotorra; cuenta lo suyo, lo de los vecinos y
hasta lo que no sabe. Su marido se empeña en que relampaguea, y está el
cielo sin una sola nube; antójasele que los troncos de los árboles son
ladrones y lleva á su costilla agarrada fuertemente por la saya para que
no la roben el dinero. Tío Juan, el perito, canturria, con voz atiplada
y temblorosa, aires de sus mocedades, y, recordando galantes aventuras,
enamora á la disimulada á la mujer de Antón. Ogenio palpa con torpe mano
las monedas que le quedan en el bolsillo, y contando por los dedos de la
otra, sostiene y jura que ha dado dinero de más á Perales.–Los cuatro
intrusos dan la razón á todo el mundo, pero trocando los asuntos. Á
Perales le aseguran que Ogenio le engañó, dándole dinero de menos; á
éste, que está, en efecto, relampagueando y que al fin tronará; á la
pobre mujer, que realmente ha sido muy _atravesá_ y muy revoltosa, y que
si pellizca al tío Juan, hace muy bien, porque ella se entiende…. Pero
al oir esto, su marido, aunque no es celoso, ni mucho menos, da
instintivamente un tirón á la saya que lleva agarrada entre sus dedos;
y como su dueña no está para grandes pruebas de equilibrio, viene al
suelo como un fardo. En el mismo instante Ogenio toca en el bolsillo á
Antón para advertirle que quiere ventilar la duda que le preocupa, y
éste, siempre soñando con los ladrones, sobrecógese de horror, dase por
muerto, quiere huir, tropieza con su mujer y cae sobre ella; apresúrase
el otro á levantarle, pierde el equilibrio y da de hocicos sobre los dos
caídos; acuden, al estrépito, los demás personajes; creen que aquello es
una lucha, enmaráñanse para separarlos, empújanse los unos á los otros,
y al cabo y al fin caen todos amontonados sobre la desdichada mujer que
grita y se lamenta medio sofocada por tan enorme peso. Estrújanse y
aráñanse todos buscando un punto de apoyo para salir de aquel enredo; y
poco á poco, y con grandes fatigas, van levantándose uno á uno; y
renqueando y vacilando, se vuelven á poner en marcha, y llegan á un
punto en que se bifurca la carretera. Allí deben separarse el tío Juan,
Ogenio y dos de los intrusos. Pero da la casualidad (y estas
casualidades abundan en la Montaña más que las ferias, que los mercados
y que las romerías), da la casualidad, repito, que en el punto de
empalme de los dos caminos hay una taberna; y como tío Juan de la Llosa
es hombre que no queda mal con sus amigos por un par de azumbres más ó
menos, invita á sus camaradas á beber, para demostrarles que «si
_aquello_ ha sido guerra, que nunca haya paz».
Inútil es decir que el convite se acepta y se agradece.
Pero los bebedores se han metido en la taberna y han atado la pareja á
un poste del portal, indicios todos de que sólo Dios sabe á que hora
concluirá aquello y bajo qué techo dormirán nuestros conocidos la robla
de los novillos.
Además, la noche ha cerrado ya; me comprometí, lector, á acompañarte á
una feria para que supieras con un ejemplo práctico lo que es una robla:
he cumplido mi palabra como me ha sido posible, y creería abusar de tu
amabilidad obligándote á pasar la noche al raso. Retirémonos, pues…, y
hasta la vista.
FOOTNOTES:
[Footnote 1: De _robra:_ escritura ó papel autorizado para la seguridad
de las compras y ventas ó de cualquier otra cosa. DIC.
ACAD.–Refiriéndose á este cuadro, escribía años ha el eminente literato
don Juan Eugenio Hartzenbusch: «También allí (en la provincia de Cuenca)
se usaba, aunque más en pequeño, _echar la robra_ en términos parecidos
á los de la Montaña, pero dicen _robra_, y robra significa una firma,
una escritura, cualquier documento.»]
[Footnote 2: Mi erudito amigo y paisano don E. Pedraja Samaniego, dijo
en _El Averiguador de Cantabria_, respondiendo á una pregunta hecha en
el mismo acerca de la antigüedad de esta costumbre por mí descrita:
_«Robla._–La costumbre de convidar el comprador ó el vendedor, después
de consumado el contrato, á los que han intervenido en él, es tan
antigua, que ya se halla mencionada con la palabra _Alvoroc_ (hoy
alboroque) en el título 25 de las _Cortes de León celebradas el año de
1020_.»–El M.° Berganza, en el tomo I de sus _Antigüedades de España_,
pág. 311, dice: «En el año 1025, Zite Morielez vendió al Monasterio de
Cárdena una viña por sesenta sueldos de plata y cinco que se gastaron en
el _Alvoroc_.» El mismo, en el catálogo de palabras antiguas que trae al
fin del tomo II, define así la palabra _alvoroc: «robra_ que confirma la
compra».
(_Notas del A. en 1876._)]
[Footnote 3: El doblón, en la Montaña, es una moneda imaginaria,
equivalente á 60 reales.]
[Footnote 4: Quizás me objete algún montañés _resabido_ que no es usual,
ni tal vez tolerado, recibir el vendedor en la misma feria el importe de
lo vendido. No disputaremos sobre el caso, siempre que él me conceda que
en los pormenores del pago no he puesto yo uno solo que no sea
verosímil.]
«Á LAS INDIAS»
«Á las Indias van los hombres,
á las Indias por ganar:
las Indias aquí las tienen
si quisieran trabajar.»
_(Canc. pop. de la Montaña.)_
I
Madre, este carraclán está mal hecho.
–¡Jesús, qué condenao de chiquillo!… ¡Si le está, que ni pintao!
–¡Tisana, que me aprieta por todas partes, y los faldones se me suben
al pescuezo cada vez que me voy á quitar el sombrero!
–Di que eres un mocoso presumido, y no me rompas la cabeza.
–Diga usté que no sabe coser por lo fino…, ni esta tarascona de mi
hermana…. ¿Lo ve?… Lo mismo coge la aguja que las _trentes_.
¡Tisana, qué camisa me está cosiendo!… ¡Á ver si das más cortas esas
puntadas!…
–¡El demonio del renacuajo!… ¿Cuándo soñaste tú en gastar levita?
¡Después que me llevo mes y medio sin pegar el ojo por servirle á él!…
Madre, yo no coso más.
Y la censurada costurera, que es una mocetona como un castaño, arroja al
suelo la camisa que estaba cosiendo, y vuelve las espaldas con resuelto
ademán al escrupuloso elegante, rapaz de trece años, listo como una
ardilla y tan flaco como el mango de una paleta.
Su madre, mujer de cuarenta años, aunque las arrugas del rostro y la
curva de sus espaldas la hacen representar sesenta, después de comerse
media cuarta de hilo para hacerle punta y que pase por el ojo de la
aguja que apenas se ve entre sus callosos dedos, pone en orden á la
susceptible costurera, se acerca al muchacho, le hace girar tres veces
sobre sí mismo, le estira con fuerza la levita que lleva puesta y
después de contemplar un instante su obra, vuelve á sentarse, exclamando
con acento de profunda convicción:
–Que la pinte mejor un sastre.
Pero antes de ir más lejos, y para mejor inteligencia de los lectores,
es justo que, como diría el inédito poeta don Pánfilo, expliquemos la
situación.
Que nuestros personajes son montañeses, debe haberse deducido del estilo
del diálogo anterior; y si éste no lo ha demostrado bastante, conste
desde ahora que lo son en efecto.–El lugar de la escena puede el lector
colocarle en el punto de esta provincia que más le conviniere, si bien
su parte oriental es preferible por ser en ella más frecuentes que en
las demás, cuadros semejantes al que voy á describir.–El escenario es
aquí el ancho soportal, ó tejavana de una casa pobre de aldea.–Ésta,
como todas ó la mayor parte de las de su categoría, tiene en la humilde
fachada del portal tres huecos: la puerta principal en el centro; la de
la cuadra á la izquierda, y á la derecha la ventana de la cocina.
Sentadas en el alto batiente de la primera, cosen las dos mujeres; la
segunda está entreabierta, porque acaba de entrar por ella á arreglar el
ganado el bueno de tío Nardo; jefe de la familia, ó esposo y padre
respectivamente de los personajes de nuestro diálogo. Por lo que hace á
la ventana, aunque no la necesitamos para nada, diré, á fuer de verídico
historiador, que está cerrada, pues su destino, más que dar luz á la
cocina, es dejar que salga el humo de ella cuando hay fuego en el hogar,
el cual está ahora tan frío como la borona que en él se coció por la
mañana para todo el día…; y dicho se está con esto que la escena es
por la tarde: conste también, sin que este dato sea, como parecerá á
primera vista, una minuciosidad inútil, que corre el mes de septiembre.
Ahora sólo nos resta consignar que el pequeñuelo interlocutor, al
dirigir tan graves cargos á su madre y á su hermana, llegaba al portal,
vestido con levita, pantalón y chaleco de mahón gris; agarrotado su
cuello entre los revueltos y atropellados pliegues de una enorme corbata
de percal con grandes cuadros rojos; medio oculta su diminuta é
inteligente cabeza bajo las anchas alas de un sombrero de paja con cinta
verde, y calzado, por último, con gruesos zapatos de Novales. El polvo
que los cubre, el arrebatado color de la cara del muchachuelo y el
garrote que éste trae en una mano, prueban bien á las claras que acaba
de hacer una larga caminata. En cuanto á las razones que tiene para
quejarse de las tijeras de su madre y de la aguja de su hermana, no
dejan de parecer fundadas, si se mira su vestido con alguna atención,
pero también es cierto que las pobres mujeres nunca las vieron más
gordas, y que el intolerante rapaz se mete por primera vez bajo aquellos
faldones que le estorban. También debe constar que á pesar de lo que
dijo al presentarse en escena, hay en su fisonomía algo de risueño y
placentero que denota una satisfacción interior; su viaje debe haber
tenido un éxito feliz…. Mas para saber lo que hay sobre esto y otras
cosas que nos proponemos referir, volvamos á tomar el asunto donde le
dejamos para hacer esta digresión.
Mientras la madre pronunciaba las palabras que dejamos escritas, hecho
el examen de la levita de su hijo, éste se sentó en el poyo del portal,
entre las dos puertas; y limpiándose luego con el pañuelo del bolsillo
el polvo de sus zapatos, replicó vivamente:
–Eso lo dice usted aquí porque no hay comparanza; pero si me viera al
lado de don Damián como yo acabo de verme…. ¡Tisana, qué levita!…;
¡aquéllas sí que son costuras!… Ni siquiera se conocen…. ¡Y qué
corte! Da gloria de Dios el verla. Y no estos costurones … ¡más mal
asentaos!
–Pero, condenao, ¿cómo quieres tú comparar aquel paño tan fino con este
mahón de á tres reales?
–¡Qué mahón ni que ocho cuartos! En las manos consiste toa la
cencia…. Si me hubiera hecho la ropa un sastre de Santander, como yo
quería…. Lo mismo que el chaleco … y los calzones: por un lado me
sobra media fanega, y por otro no me puedo revolver adentro…. ¡Y estos
zapatos!… Yo no sé en qué consiste que cuanto más tocino les doy, más
peor se ponen. ¡Qué zapatos los de don Damián, tisana! Relumbran como el
sol de mediodía.
–Pero, hijo mío, ¿no ves que don Damián es un señor muy rico?…
–También tú te vestirás así el día de mañana, ¿verdá, madre?
–¡Anda, anda!; ya te estás relambiendo con los vestidos que te he de
regalar…. ¡Como no pongas otros!…
–Ni falta que me hacen, para que lo sepas; probe nací, y con saya de
estameña y tirando de la azada me han de querer….
–Calla, tonta, que lo dije por oirte: ¡miá tú qué me importará á mí el
día de mañana vestirte como una señora prencipal!… ¿eh, madre?
Á la buena mujer, mientras sus dos hijos comenzaban á contender en este
terreno, se le iban enrojeciendo los ojos, fenómeno que, en idénticas
circunstancias, había observado de algunos días á aquella parte el tío
Nardo con no poca sorpresa; y sabiendo por la experiencia que si no
combatía la emoción á tiempo no podría disimularla, dió al diálogo otro
giro diverso, preguntando al muchacho:
–¿Te dió la carta don Damián?
El interrogado que por otra parte, parecía estar deseando que se le
hiciera semejante pregunta, llevó la diestra al bolsillo interior de su
levita; después á uno de los del chaleco; ocultó entre sus dedos una
moneda, y sonriendo con expresión de triunfo, exclamó, alzando
progresivamente la voz:
–Aquí está la carta … y aquí esto…; ¿lo ven bien? Esto … ¿qué
dirán que es esto?… ¡Tisana!, que no lo aciertan…. Pues esto es …
¡media onza!…
–¡Media onza!…
–¡Media onza!
–¡Media onza!–añadió el tío Nardo asomando la cabeza por la puerta de
la cuadra;–¡media onza!–repitió mientras descubría el tronco;–¡media
onza!–exclamó, en fin, trasladándose de un brinco junto al grupo que
formaba su familia admirando la moneda que Andrés (y ya es hora de decir
como se llamaba el rapaz) mostraba como una reliquia.
–¡Media onza, sí!–recalcaba este último girando en todas
direcciones;–¡media onza más maja que el sol!… Aquí está; don Damián
me la dió para mí solo…. ¡Viva don Damián!
Después que hubo pasado la moneda de mano en mano por todas las del
grupo, y que todas las personas que le componían la hubieron mirado y
remirado y hecho sonar contra las piedras, Andrés se volvió á apoderar
de ella, y reclamando la atención de toda su familia, desdobló la carta
que también le dió don Damián, y leyó en ella, con mucha seguridad,
aunque con bien poco sentido gramatical, lo que sigue:
«Señor don Frutos Mascabado y Caracolillo.
»Habana.
»Mi querido amigo y antiguo compañero: El dador de ésta lo será,
Dios mediante, el joven Andrés de la Peña, que saldrá de Santander,
al primer tiempo, en la fragata _Panchita_ con rumbo á esa ciudad,
en la cual se propone probar fortuna. Al efecto, me tomo la
libertad de suplicar á usted le auxilie en todo lo que esté de su
parte, tratando por de pronto de proporcionarle acomodo conveniente
á sus circunstancias. Dicho Andrés es muchacho listo y de buena
conducta, tiene excelente pluma y sabe de cuentas hasta la de
_compañías_ inclusive.
»Contando con la buena amistad de usted, me atrevo á anticiparle
las gracias por lo que en obsequio de mi recomendado haga, que
será, desde luego, uno de los buenos servicios entre los muchos que
ya le debe su afectísimo amigo y seguro servidor
Q.S.M.B.
_Damián de la Fuente_.»
Después de esta carta, parécenos excusado decir á nuestros lectores lo
que significan la levita de Andrés y el inusitado movimiento de toda su
familia alrededor de su equipaje.
II
Por regla general, á los niños, apenas dejan los juguetes, les acomete
el afán, sobre todas sus otras aspiraciones, de hombrear, de tener mucha
fuerza y de levantar medio palmo sobre la talla. Pero cuando los niños
son de estas montañas, por un privilegio especial de su naturaleza, su
único anhelo es la independencia con un _Don_ y mucho dinero. Y, según
ellos, no hay más camino para conseguirlo que irse «á las Indias»….
Los abismos del mar, los estragos de un clima ardiente, los azares de
una fortuna ilusoria, el abandono, la soledad en medio de un país tan
remoto … nada les intimida; al contrario, todo estos obstáculos parece
que les excitan más y más el deseo de atropellarlos. ¿No es cierto que
en América es de plata la moneda más pequeña de cuantas usualmente
circulan? Pues un montañés no necesita saber más que esto para lanzarse
á esa tierra feliz; la vida que en la empresa arriesga le parece poco, y
otras ciento jugara impávido, si otras ciento tuviera.
¿Hay quien lo duda? Ofrezca un pasaje gratis desde Santander á la Isla
de Cuba, ó una garantía de pago al plazo de un año, y verá los
aspirantes que á él acuden. Y no se apure porque el pasaje no sea en
primera cámara: un montañés de pura raza atraviesa en el tope el Océano,
si necesario fuese.
Díganle «á las Indias vamos», y con tan admirable fe se embarca en una
cáscara de limón, como en un navío de tres puentes. Este heroísmo suele
ir más allá aún. Un indiano de semejante barro ve transcurrir los
mejores años de su juventud de desengaño en desengaño, y no desmaya. No
hay trabajo que le arredre, ni contrariedad que apague su fe: la fortuna
está sonriéndole detrás de sus desdichas, y la ve tan clara y tan
palpable entonces, como la vió de niño, cuando, soñando sus ricos dones,
se columpiaba en las altas ramas del nogal que asombraba su paterna
choza.
De lo cual se deduce que la honradez, la constancia y laboriosidad de un
montañés, son tan grandes como su ambición.
Nadie, en buena justicia, podrá quitar á esta noble raza un timbre que
tanto la honra.
Nuestro Andresillo, pues, vástago legítimo de ella, no bien supo hablar,
ya dijo á su madre que él sería indiano. Creció en edad, y la idea de
irse á América fué el tema de todas sus ilusiones; y tanto y tanto
insistió en su proyecto, que su familia comenzó á deliberar sobre él muy
seriamente.
Un día fueron tío Nardo y su mujer á consultarlo con don Damián,
indiano muy rico de aquellas inmediaciones, y de quien ya hemos oído
hablar. Don Damián había hecho, es cierto, un gran caudal: esto es lo
que veía toda la población de la comarca y lo que excitaba más y más en
los jóvenes el deseo de emigrar; pero en lo que se fijaban muy pocos, si
es que alguno pensó en ello, era en que don Damián se hizo rico á costa
de veinte años de un trabajo constante; que en todo ese tiempo no dejó
un sólo día, una sola hora, de ser hombre de bien, ni de cumplir, por
consiguiente, con todos los deberes que se le imponían en las
dificilísimas circunstancias por que atravesó. Además, don Damián había
ido á América muy bien recomendado y con una educación bastante más
esmerada que la que llevan ordinariamente á aquellas envidiadas regiones
los pobres montañeses. Todas estas circunstancias que obraron como base
principal de la riqueza de don Damián, le obligaban á exponérselas á
cuantos iban á pedirle cartas de recomendación para la Habana, y á
consultarle sobre la conveniencia de salir á probar fortuna. Cuando
semejantes consideraciones no bastaban á desencantar á los ilusos, daba
la carta que se le pedía, y á las veces su firma garantizando el pago
del pasaje desde Santander á la Habana.
Los padres de Andrés oyeron del generoso indiano las reflexiones más
prudentes y los más sanos consejos, cuando á pedírselos fueron en vista
de las reiteradas insinuaciones de aquél. En obsequio á la verdad, la
mujer del tío Nardo no necesitaba de tantas ni tan buenas razones para
oponerse á los proyectos de su hijo: era su madre, y con los ojos de su
amor veía á través de los mares nubes y tempestades que obscurecían las
risueñas ilusiones del ofuscado niño; pero el tío Nardo, menos aprensivo
que ella y más confiado en sus buenos deseos, apoyaba ciegamente á
Andrés; y entre el padre y el hijo, si no convencían, dominaban á la
pobre mujer, que, por otra parte, respetaba mucho las _corazonadas_, y
jamás se oponía á lo que pudiera ser _permisión del Señor._ El párroco
del lugar le había dicho en muchas ocasiones que Dios hablaba, á veces,
por boca de los niños; y por si á Andrés le había inspirado el cielo su
proyecto, se decidió á respetarle en cuanto le pareciese deber hacerlo
así.
Sobreponiéndose, pues, á las reflexiones del indiano la fuerza de
voluntad de Andresillo y la buena fe de su padre, el primero prometió su
protección al segundo; y desde aquel día no se pensó más en la casita
que conocemos que en arreglar el viaje lo más pronto posible.
Los preparativos al efecto eran bien sencillos: sacar el pasaporte y
hacer el equipaje.
Éste se componía:
De tres camisas de estopilla;
Un vestido completo de mahón, de día de fiesta;
Otro ídem íd. íd., para diario;
Una colchoneta y una manta, y
Un arca de pino, pintada de almagre, para guardar, durante el viaje, la
ropa que Andrés no llevase puesta.
Del pago del pasaje se encargó don Damián hasta que Andrés supiera
ganarlo.
El producto de la única vaca que tenía el tío Nardo, vendida de prisa y
al desbarate, dió justamente para los gastos de equipo del futuro
indiano y para el pequeño fondo de reserva que debía llevar consigo,
fondo que se aumentó con medio duro que el señor cura le regaló el mismo
día que le confesó; con seis reales del maestro que le dió últimamente
lecciones especiales de escritura y cuentas, y con la media onza de que
tiene noticia el lector. Y no se arruinó completamente la pobre familia
para «echar de casa» á Andrés, gracias al generoso anticipo del indiano;
de otro modo, hubiera vendido gustosa hasta la cama y el hogar. Los
ejemplos de esta especie abundan, desgraciadamente, en la Montaña.
El día en que presentamos la escena á nuestros lectores era el último
que Andrés debía pasar bajo el techo paterno: le había destinado á
despedidas, y ya tuvimos el gusto de ver el resultado que le dió la de
don Damián; día que, dicho sea _inter nos_, había costado muchas
lágrimas á la pobre madre, á escondidas de su familia, pues no podía
resignarse con calma á ver aquel pedazo de sus entrañas arrojado tan
joven á merced de la suerte, y tan lejos de su protección.
Pero las horas volaban, y era preciso decidirse. Cuando Andrés acabó de
leer la carta, su único amparo al dejar su patria, y á vueltas de
algunos halagüeños comentarios que se hicieron sobre aquélla, la pobre
mujer, á quien ahogaba el llanto, mandó entrar en casa á su hijo para
que su hermana le limpiara la ropa que llevaba puesta y se la guardara,
mientras ella daba las últimas puntadas á una camisa.
Andrés, entonando un aire del país, obedeció, saltando de un brinco
sobre el umbral de la puerta; pero su madre, al ver aquella expansiva
jovialidad en momentos tan supremos, fijos en él sus turbios ojos
mientras atravesaba el angosto pasadizo, abandonó insensiblemente la
aguja, y dos arroyos de lágrimas corrieron por sus tostadas mejillas.
–¡Pobre hijo del alma!–murmuró con voz trémula y apagada.
Tío Nardo, más optimista, por no decir menos cariñoso que su mujer, no
comprendiendo aquel trance tan angustioso, hacía los mayores esfuerzos
por atraerla á su terreno.
–Yo no sé, Nisca–le dijo cuando estuvieron solos,–qué demonches de
mosca te ha picao de un tiempo acá, que no haces más que gimotear. Pues
al muchacho no soy yo quien le echa de casa, que allá nos anduvimos al
efeuto de embarcarle…; y por Dios que no lo afeaste nunca bastante, ni
te opusiste de veras.
–Y ¿qué había de hacer yo? Tampoco hoy me opongo, aunque cuanto más se
acerca la hora de despedirme de él…. ¡Pobre hijo mío!… Dícenme que
puede hacerse rico…; ¡y nosotros somos tan pobres! ¡Ofrecen tan poco
para un hombre estos cuatro terrones que el Señor nos ha dado!… ¡Ay,
si Él quisiera favorecerle!…
–Pues ¿qué ha de hacer, tocha? ¡No, que no!…; ahí tienes á don
Damián….
–¡Siempre habéis de salirme con don Damián!
–Y con muchísima razón. ¿Qué mejor ejemplo? Un señor que vino al pueblo
cargado de talegas; que á todos sus parientes ha puesto hechos unos
señores; que no bien sabe que hay un vecino necesitao, ya está él
socorriéndole; que alza él solo casi todas las cargas del lugar; que
corta todos los pleitos para que no se coma la Justicia la razón del
que la tiene y el haber de la otra parte, y que no quiere por tanto
beneficio más que la bendición de los hombres de bien. ¿Qué más
satisfacción para nosotros que ver á nuestro hijo en el día de mañana
bendecido como don Damián?
–¡Ay, Nardo!; en primer lugar, don Damián fué siempre muy honrado….
–No viene Andrés de casta de pícaros.
–Después, Dios le ayudó para que hiciera suerte.
–Y ¿por qué no ha de ayudar á Andrés?
–Don Damián fué un señor desde sus principios, y cuando salió de aquí
llevaba muchos estudios y sabía tratar con personas decentes…; y había
heredado la levita, que esto vale mucho para bandearse fuera de los
bardales del lugar.
–¡Bah, bah!…; ríete de cuentos, Nisca, que todos los hombres nacimos
de la tierra y tenemos cinco dedos en cada mano.
–Valiera más, Nardo, que en lugar de fijarnos en ejemplos como el de
ese buen señor para echar de casa á nuestros hijos, volviéramos los ojos
á otros más desgraciados. ¡Cuántas lágrimas se ahorrarían así!… Sin ir
más lejos, ahí está nuestra vecina que no halla consuelo hace un mes,
llorando al hijo de su alma que se le murió en un hospital al poco
tiempo de llegar á la Habana.
–Sí; pero ese muchacho….
–Era tan sano y tan robusto como Andrés, y como él era joven y llevaba
buenas recomendaciones. También las llevó el del tío Pedro, y murió
pobre y desamparado en lo más lejos de aquellas tierras…. Bien
colocado estaba el sobrino del señor alcalde, y malas compañías le
llevaron á perecer en una cárcel; y Dios parece que lo dispuso así,
porque cuentan que si sale de ella hubiera sido para ir á peor paraje.
Veinte años bregó con la fortuna su primo Antón, y, por no morirse de
hambre, anda hoy de triste marinero ganando un pedazo de pan por esos
mares de Dios. Bien cerca de tu casa tienes al pobre hijo de Pedro Gómez
esperando á que se le acabe la poca salud que trajo de las Indias al
cabo de quince años de buscarse en ellas la fortuna, para que Dios le
lleve á descansar á su lado; pues ya, pobre y enfermo, ni vale para
apoyo de su familia, ni para el pueblo, ni para sí mismo, que es lo
peor…; y bien reniega de la hora en que salió de su casa….
–¡Anda, anda!…; ¡echa por esa boca desventuras y lástimas! ¿Por qué
no te acuerdas del hijo del Manco y de el del alguacil, que dicen que
gastan coche en la Habana y que están tan ricos que no saben lo que
tienen?
–¡Mal año para ellos, que dejan morir de miseria á sus familias que se
arruinaron por embarcarlos, y ni siquiera se acuerdan de la tierra en
que vieron el sol! … mucho quiero á ese pobre hijo que se va á ir por
ese mundo; pero antes que verle mañana sin religión, olvidado de su
familia y de su tierra (Dios me perdone si en ello le ofendo), quisiera
la noticia de que se había muerto.
–Vaya, Nisca, que hoy te da el naipe para sermones de ánimas….
Todavía me has de hacer ver el asunto por el lado triste.
–¡Dichoso de ti, Nardo, que no le has visto ya!
–No seas tonta, que yo no puedo ver esas cosas como tú las ves….
Porque este lugar haya sido poco afortunado para los indianos….
–Calcula tú cómo andarán los demás … cuando en este rincón solo hay
tanta lástima. ¡Ay, Nardo!; aunque yo no lo tocara con mis manos ni lo
viera con mis ojos, los consejos de don Damián, con la experiencia que
tiene, serían de sobra para que yo llorara al echar, sola por el mundo,
á esa pobre criatura.
La salida de Andrés interrumpió este diálogo. Traía puesto su traje de
camino, nuevo también, pero de corte más humilde que el que se había
quitado para que su hermana se le guardase.
Tía Nisca se enjugó apresuradamente los ojos al ver á su hijo, y plegó
con esmero sobre sus rodillas la camisa que había concluído.
Toda aquella tarde se invirtió en arreglar el equipaje de Andrés, y al
anochecer se rezó el rosario con más devoción que nunca, pidiendo todos
á la Virgen, con esa fe profunda y consoladora de un corazón cristiano,
amparo para el que se iba, y, para los que se quedaban, resignación y
vida hasta volver á verle.
III
Ahora, si el lector lo consiente, que sí lo consentirá, pues no le
cuesta dinero ni cosa que lo valga, vamos á trasladarnos con la escena á
otra parte.
Estamos en el magnífico Muelle de Santander.
Como de ordinario, multitud de carros, bultos de mercancías, básculas,
corredores, dependientes, comerciantes, marineros, pescadores, vagos y
curiosos forasteros, en el más agitado y bullicioso desorden, le hacen
intransitable desde la Ribera al café Suizo. Fijémonos un momento en
este último punto, como el más despejado. Frente á la puerta pasan tres
personas que nos son muy conocidas, y siguen, sin detenerse un segundo
ante las vidrieras del establecimiento para ver sus espejos y divanes,
hacia la punta del Muelle. Estos personajes son Andrés, su padre y su
madre. El primero en medio de los otros dos, metidas las manos en los
bolsillos de sus anchos pantalones, tiradas hacia la espalda las solapas
de la levita consabida, y el hongo muy calado sobre el cogote. El tío
Nardo á la derecha, con su vestido nuevo de paño pardo, y su mujer al
otro lado, con muselina blanca á la cabeza, la saya morada de los
domingos colgada al hombro, y terciado en el brazo opuesto un gran
paraguas envuelto en funda de percal rayado. Los tres caminan sin
decirse una palabra: tío Nardo con las más visibles muestras de
indiferencia; su mujer abismada como siempre en su pena, y mirando al
través de sus lágrimas el barco fatal que espera á su hijo, meciéndose
sobre las aguas á una milla del Muelle. En cuanto á Andrés, á juzgar por
su resuelto continente y por su sonrisa desdeñosa, puede asegurarse que
acaricia la ilusión de construir por su cuenta, á su vuelta de América,
un barrio tan elegante y monumental como el que va recorriendo.
Tres días hace que llegaron del pueblo. Despachados los papeles y demás
diligencias indispensables á todo pasajero, sólo se pensó ya en
complacer á Andrés y en proporcionarle cuantas distracciones estuvieran
al alcance de sus recursos. Tuvo éste á su disposición dos días y cerca
de veinte duros. De modo que á la hora en que le volvemos á encontrar,
no cuenta un solo deseo que no haya visto satisfecho; es decir, se ha
bebido, vaso á vaso, más de media cántara de agua de limón «fría como la
nieve»; ha comido, de seis en seis, más de un ciento de merengues; ha
convidado á cuantos paisanos y conocidos hallaba al paso; ha comprado
una _sinfonía_ en una tienda de alemanes, y ha oído una misa mayor en la
Catedral. Total de gastos, con hospedaje y alimentos de las tres
personas en el _Cuartelillo_, cinco napoleones. Nada, pues, le quedaba
ya que ver, como él decía, cuando le avisaron que era preciso
embarcarse, porque estaba la fragata lista para darse á la vela.
Esta noticia, que no le sorprendió lo más mínimo, acabó de anonadar á su
madre y sacó, por un instante, de su habitual atolondramiento á tío
Nardo.
Sigámosles ahora por el Muelle. En la última rampa se embarcan en un
bote que se dirige en seguida á la fragata que aún no ha contemplado
Andrés más que de lejos, sin que por ello la haya perdido de vista un
solo día desde su llegada á Santander; por consiguiente, no ha podido
formarse todavía una idea exacta de lo que ella es.
Á medida que se aproximaban los tres al buque, éste va desarrollando á
sus ojos sus gigantescas proporciones; su negra mole parece que surge
del agua, y tía Nisca, aunque jamás se forja ilusiones ni las toma en
cuenta para nada, lo cree como el Evangelio. Y cree más: para ella,
aquel volumen enorme tiene una fisonomía, fisonomía satánica, imponente,
que la mira siempre y con un gesto terrible que hiela la sangre en sus
venas. Los gritos de adentro y el sinnúmero de caras que asoman sobre la
borda mirando á los del bote que llega, le parecen el alma diabólica y
multiforme de aquel monstruoso cuerpo en cuyos antros va á desaparecer
quizá para siempre, el hijo de su amor. El atezado rostro de tía Nisca
se vuelve lívido.
Andrés, por el contrario, se entusiasma más y más según que se acerca á
la fragata. La magnitud de su casco, la elevación de sus palos, el
laberinto de su jarcia, todo le enamora y hasta le enorgullece. ¿Qué
vale la pobre choza de su aldea junto á aquel flotante palacio que va á
habitar durante mes y medio?
En cuanto á tío Nardo, si hemos de ser justos, desde que pudo apreciar
la magnitud real y efectiva del barco hasta que llegó á su costado, no
pensó más que en calcular cómo no se iría á pique un cuerpo tan pesado,
siendo el cuerpo tan _duro_ y tan _blando_ el elemento que le sostenía;
cuestión que trató con sus vecinos más de una vez, á su vuelta á la
aldea.
Otro cuadro más raro tienen que contemplar nuestros tres conocidos al
llegar sobre cubierta: montones de jarcia, cajas de provisiones, una res
acabada de desollar, enormes jaulas conteniendo vacas, cerdos y
carneros, y otras menores con gallinas; grupos de marineros acá izando
una verga, allá bajando pesados bultos á la bodega; y por último,
revueltos y deslizándose entre tanto obstáculo, más de un centenar de
muchachuelos del corte de nuestro aspirante á indiano. Todo esto junto
produce un ruido infernal. Tío Nardo se marea, su mujer solloza y Andrés
observa impávido.
De aquella turba de niños, algunos lloran, otros meditan tristemente
reclinados contra la borda, otros miran atónitos cuanto les rodea…,
¡muy pocos ríen! Todos, como Andrés, van á América buscando la fortuna;
todos van, como él, poco más que á merced de la casualidad…. Seamos
exactos: muchos de ellos no llevan ni siquiera una carta como la de don
Damián.
De todos los que acompañan á Andrés, acaso no encuentre uno solo lo que
va buscando; quizá todos ellos contemplen por la última vez de su vida
la tierra sobre que han nacido.
Tía Nisca logra ver el sitio que se destina á su hijo en la fragata.
Sobre la carga que ésta lleva en sus bodegas, se han tendido unas tablas
de pino; entre estas tablas y la cubierta, espacio mucho más bajo que la
talla de un hombre, se han colocado en fila tantas colchonetas como son
los pasajeros: una de ellas es la de Andrés. Este departamento es el que
se conoce con el nombre de _sollado_. La pobre madre se estremece al ver
la mezquindad del sitio destinado al reposo de su hijo. Aquello es
insano, no tiene bastante ventilación…; ¡si Andrés se pusiera
enfermo!…
No corre, vuela en busca del capitán…. Quiere gratificarle…, comprar
un poco de comodidad para aquella inocente criatura. Se palpa los
bolsillos, rebusca los de su marido; pero sólo puede reunir … ¡medio
duro! ¡Y el capitán es un señor tan elegante! ¿Con qué cara le ha de
ofrecer ella diez reales? Pero nota, en su defecto, que tiene la mirada
muy noble. Se decide á hablarle, y entre lágrimas y sollozos,
–Señor–le dice,–el hijo mío que va á la Habana es Andrés, aquel
muchacho tan guapo y tan listo que está mirando hacia acá. Créame usted,
señor: no va en primera cámara porque ni aun vendiendo la camisa
hubiéramos podido reunir tanto dinero si habíamos de dejarle algo al
pobre muchacho por lo que pudiera sucederle fuera de su casa. Le juro á
usted que es la pura verdad lo que le digo. Pero yo no sabía que el
sitio donde tenía que ir era tan angosto, que si no, ¡ay, Dios mío! …
mire usted señor, somos unos pobres; pero si al mi Andrés le atendieran
algo por el camino…. No es esto decir que yo desconfíe de usted, ¡ave
María Purísima! Usted es hombre honrado, y no hay más que mirarle para
… voy al decir, que…. ¡Hijo mió de mi alma!…; yo no sé ya lo que
digo ni lo que he de hacer porque lo pase más á gusto.
Las lágrimas ahogan á la pobre mujer, y el dolor perturba su razón.
El capitán, respetándole en todo lo que vale, promete á la afligida
madre un sitio en primera cámara para su hijo en cuanto se hagan á la
mar y trata de consolarla con cariñosas aunque breves palabras.
Esta misma táctica ha seguido siempre con todas las madres de los
pasajeros que han ido á su cuidado, porque es de advertir que todas
ellas han solicitado para sus hijos lo mismo que la tía Nisca para
Andrés. Convengamos en que, en la imposibilidad de complacerlas, es muy
recomendable esta manera de engañarlas á todas.
Tía Nisca vuelve más animada adonde está su hijo, á quien refiere entre
bendiciones, la buena acogida que le dispensó el capitán. Después,
abrazándole estrechamente, le recomienda de nuevo mucha devoción al
escapulario bendito de la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho;
que sea bueno y sumiso; que huya de las malas compañías; que piense
siempre en su pobre choza y en su patria…, en fin, cuanto es de
necesidad que recomiende una madre cariñosa á un hijo querido en el
instante supremo de una larga ó tal vez eterna separación.
Pero el sonido metálico y vibrante del molinete se oye: comienzan á
levar anclas, y es preciso separarse.
La desdichada madre siente que hasta la voz le falta para decir el
último «adiós». Andrés comprende por primera vez lo que es perder de
vista su hogar y su patria, y lanzarse niño y solo á los desiertos del
mundo, y también por primera vez llora, y acaso se arrepiente de su
empresa; tío Nardo mira hacia el Muelle y procura no hablar para que no
se vean las lágrimas que al cabo vierte, ni descubra su voz la pena que
hay en su pecho; y deseando abreviar aquella escena por afligir menos á
su hijo, estréchale en silencio entre sus brazos, coge por otro
bruscamente á su mujer y desciende con ella al bote, imponiéndose la
dura penitencia de no mirar á la fragata hasta que llegue al Muelle.
Cuando en él desembarcan, tía Nisca se deja caer en el umbral de la
primera puerta que hallan al paso. Con los codos sobre sus rodillas, la
cabeza entre las manos, los ojos fijos en la fragata y la cara inundada
en llanto, espera inmóvil, como una estatua del dolor, á que el buque
desaparezca. Tío Nardo de pie á su lado, pero algo más tranquilo,
respeta la situación de su mujer y no se atreve á separarla de allí.
JIM – Assistente
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