El Diablo Cojuelo

Escrito por

em

El Diablo Cojuelo

Aproximadamente 80.982 palavras.

Stan Goodman, DP Spanish Team, Virginia Paque and the
Online Distributed Proofreading Team.

EL DIABLO COJUELO

Luis Vélez de Guevara

CLÁSICOS CASTELLANOS

EL DIABLO COJUELO

Luis Vélez de Guevara

PRÓLOGO Y NOTAS DE FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN

1922

A LA GRATA MEMORIA DEL INGENIOSÍSIMO
ESCRITOR HISPALENSE DON FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ,
MI LEAL AMIGO DESDE LOS TAN REGOCIJADOS
COMO FUGACES AÑOS DE LA MOCEDAD.

_FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN_

PRÓLOGO

Luis Vélez de Guevara–como dije en otra ocasión[1]–fué tan pobre, que
bien puede dudarse si en algún tiempo de su vida llegó a tener dos
trajes en mediano uso; pero, en cambio, a los doscientos y mas años de
su muerte tiene dos biografías diversas: la que le inventaron algunos
escritores, que es la mas conocida[2], y la que despacio y a retazuelos,
como de limosna, pero sólidamente, le vamos escribiendo algunos
investigadores de nuestra historia literaria[3].

Según la primera de entrambas biografías, Vélez nació en Ecija por enero
de 1570, estudió Leyes en la Universidad de Sevilla y vino a ejercer su
profesión a la Corte, en donde muy luego ganó estimación y fama por su
sagacidad, gracejo y elocuencia. Defendiendo a cierto criminal captó a
los jueces con su donaire; pero como el fiscal apelase de la benigna
sentencia dictada, el reo fué condenado a muerte, y Luis Vélez a pagar
una multa. Tuvo noticia de ello el Rey, y cuando conversó con el festivo
abogado prendóse tanto de él, que no sólo le perdonó la multa, y la
vida al delincuente, sino que, además, ya no pudo pasar sin el trato de
Vélez de Guevara, a quien protegió sobremanera.

Esto fué lo que suele llamarse hablar de memoria, porque en todo el
relato no hay otra cosa verdadera que lo de ser Ecija la patria del
escritor. Y lo realmente sucedido y cierto es, en este caso como en
otros muchos, menos bello y agradable que la mentira. Véamoslo.

Luis Vélez de Guevara nació en Ecija, a fines de julio de 1579, de
padres hidalgos, pero pobres[4]: sabido es que la hidalguía y la
pobreza casi siempre anduvieron juntas[5]. Estudió la Gramática en su
ciudad natal, y por julio de 1596 se graduó de bachiller en Artes en la
Universidad de Osuna, eximiéndose por pobre de pagar los derechos
académicos[6]. Seguidamente entró a servir como paje a don Rodrigo de
Castro, cardenal arzobispo de Sevilla, a quien acompañó en el viaje que
hizo a Madrid y a Valencia para asistir en las bodas de Felipe III y
doña Margarita de Austria, de las cuales y de sus esplendorosas fiestas
trató el poeta adolescente en un poemita que hizo imprimir en Sevilla, a
su regreso[7].

Murió el Cardenal en septiembre de 1600; pero a esta sazón no perduraba
Vélez en su palacio, pues, ya harto talludo para paje, dos meses antes
había dejado su empleo, a fin de abrazar la profesión de las armas. Él,
en un memorial dirigido al Rey, dijo haber permanecido seis años en la
milicia[8]; pero que exageró en cuanto a la duración de su vida
soldadesca demuéstrase con otras palabras suyas, porque él mismo, muchos
años antes, había declarado que en el estío de 1603 estaba en
Valladolid, y en tal declaración, prestada en Sevilla a 26 de mayo de
1604 e inédita hasta ahora, llamábase nuestro poeta, sin mencionar para
cosa alguna la cualidad de soldado, «vecino al presente en esta ciudad,
en la collación de Santa Marina»[9].

Ya apellidándose Vélez de Guevara, en lugar de Vélez de Santander, como
se había llamado hasta poco antes[10], escribió y publicó en 1608 un
nuevo opúsculo poético intitulado _Elogio del Ivramento del sereníssimo
Príncipe don Felipe Domingo, Quarto deste nombre_, y en la portada de
esta obrita se decía criado del Conde de Saldaña. Había entrado, en
efecto, a su servicio como gentilhombre antes o poco después de enviudar
de su primer matrimonio: del primero de los cuatro con que probó su
grande afición a este santo sacramento[11].

Para sus nuevas nupcias con doña Úrsula Ramisi Bravo de Laguna[12], el
mencionado Conde le hizo donación de cuatrocientos ducados, amén de
señalarle una pensión anual vitalicia de otros doscientos; pero estas
larguezas de los grandes de antaño eran comúnmente más nominales que
efectivas, porque a la hora de cobrar–tan endeudados andaban de
ordinario–solían desvanecerse como el humo. Y en 1618, fallecida su
segunda mujer, que le dejó, amén de algún otro hijo, a Juan, sucesor de
su padre en la profesión y en el ingenio[13], nuestro escritor contrajo
nuevo matrimonio, que la muerte había de romper antes que pasaran dos
años, con doña Ana María del Valle[14]; y dejando la casa del conde de
Saldaña, pasó a la del marqués de Peñafiel, manirroto primogénito del
gran duque de Osuna, a cuyo servicio estuvo, asimismo como gentilhombre,
cerca de un bienio[15].

Los continuos apuros, la perdurable indigencia y la negra fortuna de
Luis Vélez de Guevara en los años de 1622 y siguientes están pintados de
mano maestra por él mismo en cinco memoriales en verso que salieron a
luz pocos años ha[16]. Ora pretende un humilde puesto en la servidumbre
del cardenal e infante don Fernando; ora, ya frustrado este propósito,
logra en 1623 la efímera portería de cámara del Príncipe de Gales,
nuestro huésped; ya, en 1624, obtiene, después de grande esfuerzo, la
también harto breve mayordomía del archiduque Carlos, muerto aún no
transcurrido un mes desde su llegada a Madrid, y más adelante solicita
infructuosamente del Rey, alegando sus méritos y servicios y la nobleza
de su linaje, una plaza de ayuda de su guardarropa. Al cabo, este hombre
celebrado y aplaudido de todos por sus excelentes comedias, a la par que
por su deliciosa y amenísima conversación, aludiendo a la cual había
escrito Cervantes:

«Topé a Luis Vélez, _honra y alegría
y discreción del trato cortesano_,
y abracéle en la calle a medio día»,

consiguió en 1625 entrar definitivamente en la servidumbre de Palacio,
ocupando una plaza de ujier de cámara de Su Majestad. Pero esto, que
parecía algo, era muy poco, salvo en lo honorífico, pues no tuvo
señalada ración, y hasta el año de 1635, en que el infortunado poeta
entró en gajes[17], siguió condenado a vivir de lo poco que entonces
producían las obras dramáticas[18] y de lo que pedía a sus amigos; tanto
fué así, que se hicieron proverbiales su extremada pobreza y sus donosas
esquelas petitorias, casi siempre en verso.[19]

Como si compartiendo la escasez de recursos se cupiese a menos porción
de ella, Vélez se casó aún por cuarta vez, en 1626, con una viuda
llamada doña María López de Palacios,[20] bien que ésta aportó a su
nuevo enlace algunos bienes; mas pronto fueron vendidos, y juntos y
procreando y criando algunos hijos, vivieron entrambos cónyuges en
cristiana estrecheza, hasta el día 9 de noviembre de 1644, en que
falleció el donairoso autor de tantos primores literarios[21]. Su
testamento, otorgado cuatro días antes, contiene una larga lista de
pequeñas deudas. Al comienzo de este documento consignó: «Iten, declaro
que por el presente estoy muy alcançado y necesitado de hacienda, para
poder disponer y dejar las misas que yo quisiera por mi alma».[22]

Vélez de Guevara fué celebradísimo de sus contemporáneos, así por la
amenidad de su trato, que le ganaba amigos en todas partes, como por su
facundia poética y su florido e inagotable ingenio. Claramonte llamábale
en 1613, en el _Inquiridion_ que va al fin de su _Letanía moral_,
«floridissimo ingenio de Ezija, de quien esperamos grandes escritos y
trabajos, y a hecho hasta oy muchas famosas comedias». Cervantes no le
elogió menos en estos dos tercetos del cap. II de su _Viage del Parnaso_
(1614):

«Este que es escogido entre millares,
de Gueuara Luys Vélez es el brauo,
que se puede llamar quita pesares.

Es Poeta Gigante, en quien alauo
el verso numeroso, el peregrino
ingenio, si vn Gnaton nos pinta, o vn Dauo.»

Lope de Vega le ensalzó dos veces, en sendas epístolas de _La Filomena,
con otras diversas Rimas, Prosas y Versos_ (1621):

«Aquí de Valdivielso el santo empleo,
De Luis Vélez, florido y elocuente,
La lira que ya fué del dulce Orfeo.»

«…Y el famoso Luis Vélez, que tenía
En éxtasis las Musas, que a sus labios
Iban por dulce néctar y ambrosía.»

Y aun volvió a loarle en la silva II de su _Laurel de Apolo_, publicado
en 1630:

«Ni en Écija dejara
el florido Luis Vélez de Guevara
de ser su nuevo Apolo,
que pudo darle solo,
y sólo en sus escritos,
con flores de conceptos infinitos,
lo que los tres que faltan:
así sus versos de oro
con blando estilo la materia esmaltan.»

¿Para qué seguir transcribiendo frases laudatorias? Baste recordar muy
resumidamente que Tamayo de Vargas (1622) ponderó su donaire; y don
Fernando de Vera y Mendoza (1627) le llamó «el Rey de Romanos»; y Pérez
de Montalván (1632) encareció los «pensamientos sutiles, arrojamientos
poéticos y versos excelentísimos y bizarros» de sus comedias; y Salas
Barbadillo (1635) afirmó que «en el Parnaso no se conocen otras salinas
sino las de su felicissimo ingenio»….

El insigne poeta ecijano, hoy más famoso por su novela intitulada _El
Diablo Cojuelo_, aún muy leída, que por sus obras teatrales,
desterradas, como todas las antiguas, de la escena actual,
principalmente por falta de buenos cómicos y consiguiente carencia de
buenas compañías, escribió más de cuatrocientas comedias, de las cuales
ha llegado hasta nosotros un centenar escaso. Por éstas se le puede
diputar, si no como autor de señaladísima personalidad literaria, a lo
menos, como uno de los más aventajados discípulos de Lope de Vega, cuyas
huellas siguió tan constante y acertadamente, que a las veces se hace
harto difícil diferenciarlos. Tal sucede, verbigracia, con la comedia
intitulada _Los Novios de Hornachuelos_, que pasa comúnmente por obra de
Lope; pero hay alguna indicación antigua que la atribuye a Vélez de
Guevara, y, leída y estudiada, quédase perplejo el entendimiento más
avisado, sin resolverse a adjudicarla con cabal certeza a ninguno de
entrambos ingenios. La misma grande semejanza con las de Lope se echa de
ver en todas las comedias del poeta ecijano: las fuentes, unas; iguales
los procedimientos; igualmente rica la dicción; análogo el nervio en lo
dramático; parecidísimas las gracias en lo festivo, e idéntica en ambos
la propensión a avalorar lo propio entreverándolo con todos los
elementos del _folklore_ nacional; aquí, con la conseja vulgar y la
tradición legendaria; allá, con el refrán hábilmente desleído y glosado
en cuatro o seis versos; acullá, con la vieja cancioncilla histórica,
que siempre, por lo grata, parece nueva a los oídos españoles; y en otro
lado, en fin, con el sabroso cuentecillo popular, picante sin demasía.

De _El Diablo Cojuelo_, única de las obras de Vélez que ha conservado
para su nombre alguna parte de la amplia popularidad que disfrutó en
vida, se han hecho en nuestros días, amén de tal cual edición corriente,
dos eruditas y anotadas. Ambas se deben a la vasta cultura y harto
probada laboriosidad de don Adolfo Bonilla y San Martín, ventajosamente
conocido en el campo literario y en el filosófico. Enderezando un
antiguo entuerto que se había hecho a Vélez de Guevara con interpretarle
desaforadamente[23], publicó la primera de estas dos ediciones (Vigo,
1902); pero como mi antiguo camarada y docto amigo don Felipe Pérez y
González, cuyo felicísimo ingenio estaba emparentado muy de cerca, a
pesar de los siglos que se habían puesto en medio, con el del donairoso
ecijano, juntase burla burlando, artículo por artículo, en _La
Ilustración Española y Americana_, para formar un libro muy interesante
y ameno, que sacó a luz en 1903 bajo el título de _El Diablo Cojuelo:
notas y comentarios_, libro en el cual patentizó algunos errores de las
notas del señor Bonilla, éste, en 1910, año en que tras cruelísima
enfermedad pasó a mejor vida su festivo, pero amable corrector–que no
sin fundamento había usado en su mocedad el seudónimo de _Urbano
Cortés_–, dió a la estampa en Madrid una nueva edición de la obrita de
Vélez, mejoradas las notas y reconocido con nobleza el valioso auxilio
que para ello le había prestado el tan culto como donairoso escritor
hispalense[24].

Pero, aun así, _El Diablo Cojuelo_ ¿se había hecho del todo accesible a
la inteligencia de los lectores medianamente ilustrados de nuestros
días? Aun rectificadas en su segunda edición, ¿bastan las notas del
señor Bonilla para ahorrar tropiezos, en muchos lugares de la novela,
hasta a los lectores más avisados e instruidos? A estas preguntas, que
algunos aficionados a las letras nos hacíamos, respondió, como si
estuviera en nuestro pensamiento, don Enrique Nercasseau y Morán, en su
discurso de recepción leído ante la Academia Chilena, correspondiente de
la Española, el día 21 de noviembre de 1915[25]: «La novela toda de
Vélez de Guevara–dijo–es una sátira cortés de la sociedad de su
tiempo, felicísima en la mayor parte de sus cuadros, y no afeada por la
licencia y crudeza tan comunes en las novelas de la época. _El Diablo
Cojuelo_ sería una narración clásica de primer orden, y aun leíble hoy
día, si no la deslustrara el conceptismo, y si no se hallara
sobreabundante en equívocos y frases convencionales de difícil o
imposible comprensión en nuestra era. Aun después del trabajo llevado a
cabo por don Adolfo Bonilla y San Martín en su edición de Madrid de
1910, la novela de Vélez de Guevara queda aguardando un comentario que
la explique y la ponga al alcance general.» Ese comentario que el señor
Nercasseau echaba de menos es el que, con temeridad que no puede buscar
disculpa en la inexperiencia de los pocos años, he intentado en la
presente edición. ¿Habré conseguido darle cima? Nuestro señor el público
lo dirá: a su inapelable fallo me someto gustoso.

En las aprobaciones insertas en la edición príncipe de _El Diablo
Cojuelo_ elogiaron esta novela fray Diego Niseno, padre basilio, y fray
Juan Ponce de León, de la orden de los Mínimos. En sentir del primero,
la obrita contiene «muchas cosas de mucha moralidad y enseñança,
escritas con la sazón y variedad que de tal ingenio se podían esperar.
Merece–añadió–la licencia que pide, porque este linage de escritos es
difícil de enquadernar con lo honesto y recatado de nuestras christianas
leyes, y Luis Vélez ha sido en éste gloriosa excepción desta vniuersal
dolencia.» Más extremado es el parecer del segundo, que encarece el
sazonado gusto de Vélez, «por auer puesto la naturaleza en su ingenio la
elegancia del estilo, la suabidad del dezir, la aduertencia en el
colocar, la atenta circunspección en las palabras, y todo con tal modo,
que dexa suspensa la razón sobre a qual de estas partes se deba con más
justificación la primacia: en todo este discurso se corre la cortina a
los conocidos engaños deste mundo, de modo que, para penetrarlos con
sutileza, no necesita nuestra Nación de salir de sus estendidos límites,
pues dentro de sí cría sugetos que, aun en sueños y burlas, la dexan
superiormente ilustrada». Diametralmente opuesta a estas opiniones fué
la de Francisco Santos, pues dijo en _El Arca de Noé y Campana de
Belilla_[26]: «Tocó la Campana y desaparecieron todos los Autores de
viejo, siguiéndolos vno que avia venido tarde, y también llevava vn
libro en las manos, que preguntando a Noe quién era, me dixo: el libro
se intitula el Diablo Cojuelo, Aventuras de Don Cleofas Leandro Perez
Zambullo, digno de que le consumiera vn Polvorista: está sin enseñança
buena, ni moralidad, y esto, sobre acabar como la nieve….» «Ni tanto,
ni tan poco», podría haberse dicho a los tres censores, porque, en
realidad de verdad, la novelita de Vélez de Guevara, que se muestra en
ella como un buen discípulo de Quevedo, de cuyas obras cómicas y
satíricas tiene reminiscencias muy frecuentes, sin ser una maravilla, es
de agradable lectura, y más lo fuera sin la pesada y adulatoria
enumeración de todo aquel inacabable señorío que el autor, en el tranco
VIII, hace pasar por el espejo de Rufina María, dispuesto _ad hoc_ por
el redomado desenredomado.

En la visión, que pudiéramos llamar cinematográfica, de los diez trancos
o capítulos en que está dividido _El Diablo Cojuelo_, cada uno sabe a
cosa diferente de los demás: son cuadros distintos e independientes
entre sí, que no tienen de común sino la intervención, o la presencia
cuando menos, de los dos héroes de la novela. El tranco II, verbigracia,
en que entrambos, desde el capitel de la torre de San Salvador,
descubierta «la carne del pastelón de Madrid», otean después de la media
noche cuanto sucede en la coronada villa, trae a la memoria, por la
traza y manera, como indiqué en las notas de mi edición crítica del
_Quijote_[27], aquella inspección que desde la torre de la Giralda de
Sevilla, y acompañado asimismo de un _cicerone_, el maestro Desengaño,
había hecho Rodrigo Fernández de Ribera, autor de _Los Antoios de meior
vista_[28]. El desaforado poeta del tranco IV es pariente propincuo de
otros dos muy conocidos en nuestra literatura: el del _Coloquio de los
Perros_, de Cervantes, y el de la _Vida del Buscón,_ de Quevedo. A hacer
entretenida y agradable la lectura de _El Diablo Cojuelo_ contribuyen
con lo ingenioso de la invención la interesante variedad de las escenas,
la soltura y viveza del diálogo, y, especialmente, el chispeante gracejo
de Vélez de Guevara. En cambio, la elocución suele ser descuidadilla,
entre otras cosas, por la excesiva abundancia de gerundios.

Del Diablo Cojuelo, entremetido espíritu infernal que da nombre y ser a
la novela, trató el señor Bonilla en una breve nota. Mucho más merecía
el que «trujo al mundo la zarabanda, el déligo y la chacona», y yo he de
volver hoy por su negra honrilla, recordando la mucha familiaridad que
nosotros los españoles hemos tenido con él. Háyase de llamar Renfas, o
Asmodeo, o de otro cualquier modo, es lo cierto que este travieso
diablillo, con parecer de menor cuantía y ser cojo por añadidura, tomó
entre nosotros tal importancia, que nada malo se pudo hacer sin él. «_El
Diablillo Cojo_ sabe más que el otro», enseñó el refrán, y cuando en el
calor de la ira se dijo a alguno que le llevase el diablo, no faltó
quien, rectificando festivamente, respondiera: «_El Diablo Cojuelo_, que
es más ligero». En las fórmulas supersticiosas llevábanle y traíanle
como un zarandillo nuestras hechiceras de los siglos XVI y XVII, para
que les llevase y trajese sus galanes y paniaguados, y le daban prisa,
y le adulaban celebrando su ligereza. Véanse algunos ejemplos. Doña
Antonia Mexía declaró, entre otras cosas, en un proceso que se le siguió
por los años de 1633[29]: «Que habrá seis años que la dicha Beatriz dixo
a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dixese:

Estos cinco dedos pongo en este muro;
cinco demonios conjuro:
a Barrabás, a Satanás,
a Lucifer, a Bercebú,
_al Diablo Cojuelo,
que es buen mensajero_,
que me traigan a fulano luego
a mi querer y a mi mandar.»

Y así, en 1668, Agueda Rodríguez, vecina de Madridejos, también
procesada por hechicería[30]:

«…_Diablo Cojuelo,
tráemele luego_;
diablo del pozo,
tráemele, que no es casado; que es mozo;
diablo de la Quintería,
tráemele en la fería;
diablo de la plaza,
tráemele en danza….»

Teníase al Diablo Cojuelo, como dice el refrán, por el más listo de
todos: Esperanza Bonfilla, procesada por la Inquisición de Valencia en
1600, hizo que cierta mujer, para atraer a un hombre, «hiciese vn
conjuro en la forma siguiente: tomando vna escoba, la puso vna toca como
muger, y encendida vna bela que no fuese bendita, se arrodilló delante
de la escoba, y sin haçer cruz, juntas las manos, dixo:

Marta, Martica,
no la santa ni la digna,
ni la digna de rogar,
ni la que está en el altar,
sino la que de noche andas por las beredas
y los días por las encrebelladas,
yo te conjuro con Satanás y con Barrabás,
con Bercebú y todos los diablos,
_y con el diablo coxo,
que corre mas que todos_,
que todos vais a fulano
y le deis tiempo para vestirse
y le traigais por puntos ante mí y mis ojos,
sin hacerle mal»[31].

Corría más, y tenía más poder que sus iguales y superiores, o no supo lo
que se pescaba Isabel del Pozo al hacer sus conjuros, ni María
Castellanos cuando lo declaró ante la Inquisición de Toledo en 1631[32],
pues decía: «… que tomó en las manos dicha Isabel del Poço un poco de
sal de sardinas y çilantro, lo qual mezcló todo y lo echaba de una mano
en otra diciendo:

Conjúrote, sal y çilantro,
con Barrabás,
_con el Diablo cojuelo, que puede más._
No te conjuro por sal y çilantro,
sino por el corazón de fulano;

y echando la sal y çilantro en la lumbre, proseguía diciendo:

Así como te has de quemar,
se queme el corazón de fulano,
y aquí me le traygas,
y conjúrote por la reina Sardineta,
y con la tataranieta,
y con los navegantes que navegan por la mar.»

Pero la cualidad de diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y
holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el
infierno alegremente, de ningún texto inquisitorial resulta tan clara
como de la manifestación de otra hechicera de Madridejos, llamada Mari
Fernández, que, procesada en 1532, al ser interrogada, trajo a colación,
como vamos a ver, un estragado fragmento de cierto curiosísimo romance,
desconocido hoy[33]: «Preguntada sy ha dicho esta declarante a alguna
persona como avia hecho çerco con ynvocacion de diablos, que eran
berzebú y satanás _y el diablo coxuelo_, diziendo esta declarante que
sin _el diablo coxuelo_ no se podía hazer aquel çerco, y que en aquel
çerco que hizo avia esta declarante visto lo quel diablo queria hazer
contra çierta persona, que diga lo que çerca desto ha dicho e fecho,
dixo que ella suele cantar vn Romance que dize:

A caça yba bienhecho
por Riberas de la mar,
no por mengua de vjno
ni menos mengua de pan;
por miedo del Rey Ramjro
que lo querja matar.
Ellos en aquesto estando
enbjaronle a llamar.
Vamonos, dixo, amigo,
vamonos, dixo, a çenar;
de que ovjeremos çenado
dios dixo lo que será;
desque ovjeron çenado
tomó libros en sus manos
y començó de Rezar;
a los pecados mayores
enpeçolos de llamar:
¿Qué es de ti, berzebu,
qué es de ti, barravas,
_qué es de ti, diablo coxuelo,
que eras tú el juglar_?…»

Tanto don Adolfo Bonilla como don Felipe Pérez indagaron con prolijidad
cuándo hubo de escribir su obrita Vélez de Guevara, y si la escribió
seguidamente, o a trozos y aun con largos intervalos entre unos y otros
capítulos. Convienen ambos investigadores en esta última creencia, pero
no en lo demás; porque si en opinión de Pérez y González la novela fué
escrita después de febrero de 1636 y antes de mayo de 1639, a juicio de
Bonilla, Vélez empezó a escribirla después de febrero de 1637 y la
terminó hacia julio de 1640[34]. No creo que el poner en claro este
punto, siendo corto, como lo es, dentro de la ordinaria duración de la
vida humana, el tiempo comprendido entre unas fechas y otras, merezca el
ímprobo trabajo que echaron sobre sí estos denodados eruditos[35].

Unas advertencias, para terminar.

«Vélez de Guevara, como Quevedo–notó el señor Bonilla–, es un
escolástico del idioma. No hay que perder una sola de sus palabras, no
hay que confiar en el valor directo de cualquiera de sus frases, porque
lo mejor del cuento pasaría quizás inadvertido. Es preciso estar siempre
ojo avizor para saborear como es debido aquellas atrevidas metáforas,
aquellas extravagantes relaciones, aquellos estupendos equívocos,
aquellas arbitrarias licencias en que se complace. Esta indispensable
atención fatiga en ocasiones; pero hace sacar doble fruto de la lectura
de un libro cuyo atractivo consiste, más bien que en el interés de los
lances, en la ingeniosidad de los pensamientos. Sólo el muy
familiarizado con los secretos del habla podrá darse cabal cuenta de las
bellezas de una obra semejante.» Exactísimo todo ello, y porque lo es y
a los más de los lectores falta esa extremada familiaridad a que se
refiere el señor Bonilla, no podían buenamente pasar sin nota muchas de
las frases que no la tienen en sus ediciones. Ciento treinta y cinco que
están en este caso señalé de primera intención cuando, leído el
sobredicho discurso del señor Nercasseau y Morán, me sentí deseoso de
preparar, para la simpática colección de «Clásicos Castellanos», esta
humilde edicioncita de _El Diablo Cojuelo._

Como el señor Bonilla, «procuro pecar antes por carta de más que por
carta de menos, por lo cual a veces he explicado palabras y giros que
podrán parecer a los eruditos de muy llana inteligencia. Téngase en
cuenta, sin embargo–añado con él–, que me dirijo a la generalidad y
que mi propósito es facilitar la comprensión del libro de Vélez de
Guevara a todo género de lectores.» Con mayor motivo había yo de hacer
lo propio en una edición vulgarizadora, como es la presente. Pero aun
así, he huído con mucho cuidado de escribir notas por las cuales se me
pudiese encasillar junto a Lucas de Valdés y Toro, aquel empecatado
cirujano cordobés que en 1630 dió a la estampa un opúsculo perogrullesco
intitulado así: _Tratado en que se prueba que la nieve es fría y
húmeda[36]_.

No obstantes mi buena voluntad y la diligencia con que procuré evitarlo,
se me han quedado por entender algunas frases del texto. Hay quien,
puesto a anotar uno cualquiera, explica lo que buenamente se le alcanza,
y en cuanto a lo que no, hace, como dicen, la vista gorda y pasa de
largo sin decir palabra, dando a colegir con su silencio que aquello que
no explicó no lo ha menester, por ser cosa llanísima. Jamás cometí esa
reprobable fullería: antes por el contrario, en casos tales confieso
paladinamente que aquel lugar merece y pide explicación, y que, por
malos de mis pecados, yo no acerté a dársela[37].

Por último, aunque en esta edición sigo el texto de la original de Vélez
de Guevara (Madrid, Imprenta del Reyno, 1641), no la he copiado tan
fielmente, tan servilmente, que reproduzca su endiablada ortografía,
digo, la de los bárbaros cajistas que compusieron los moldes. «Para
regalar a los lectores–escribí trece años ha[38]–con bocados como
_abaricia_, _hajo, coetes, hizquierda, voca, vobos, obtica,
valbucientes, abitos, hancas y hacechar_, como lo hizo el señor Bonilla
reproduciendo la edición príncipe de _El Diablo Cojuelo_, siempre hay
tiempo, o, dicho mejor, no debe haberlo nunca. Ya no es poco _hacer
morder el ajo_ a uno; pero hacerle morder el _hajo_ es crueldad doblada,
porque pica aún más la _hache_ que el _ajo_ mismo.»

Y con esto, lector amable, quédate a Dios, y perdóname si te causé
enfado o tedio con la lectura de mi prólogo.

FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN.

_Madrid, 2 de junio de 1918_.

EL DIABLO COJUELO

DEDICATORIA DE VÉLEZ DE GUEVARA

[AL EXCMO. SR. D. RODRIGO DE SANDOVAL,
DE SILVA, DE MENDOZA Y DE LA CERDA,
PRÍNCIPE DE MÉLITO, DUQUE DE PASTRANA,
DE ESTREMERA Y FRANCAVILA, ETC.]

Excelentísimo señor:

La generosa condición de V.E., patria general de los ingenios, donde
todos hallan seguro asilo, ha solicitado mi desconfianza para rescatar
del olvido de una naveta[39], en que estaba entre otros borradores míos,
este volumen que llamo _El Diablo Cojuelo_, escrito con particular
capricho, porque al amparo de tan gran Mecenas salga menos cobarde a dar
noticia de las ignorancias del dueño. A cuya sombra excelentísima la
invidia me mirará ociosa, la emulación muda, y desairada la
competencia; que con estas seguridades no naufragará esta novela y podrá
andar con su cara descubierta por el mundo. Guarde Dios a V.E., como sus
criados deseamos y hemos menester.

Criado de V.E., que sus pies besa,

LUIS VÉLEZ DE GUEVARA.

PRÓLOGO A LOS MOSQUETEROS[40] DE LA COMEDIA DE MADRID.

Gracias a Dios, mosqueteros míos, o vuestros, jueces de los aplausos
cómicos por la costumbre y mal abuso, que una vez tomaré la pluma sin el
miedo de vuestros silbos, pues este discurso del Diablo Cojuelo nace a
luz concebido sin teatro original fuera de vuestra juridición; que aun
del riesgo de la censura del leello está privilegiado por vuestra
naturaleza, pues casi ninguno de vosotros sabe deletrear; que nacistes
para número de los demás, y para pescados de los estanques[41][42], de
los corrales[43], esperando, las bocas abiertas[44], el golpe del
concepto por el oído y por la manotada del cómico, y no por el ingenio.
Allá os lo habed con vosotros mismos, que sois corchetes[45] de la
Fortuna, dando las más veces premio a lo que aun no merece oídos, y
abatís lo que merece estar sobre las estrellas; pero no se me da de
vosotros dos caracoles: hágame Dios bien con mi prosa[46], entretanto
que otros fluctúan por las maretas[47] de vuestros aplausos, de quien
nos libre Dios por su infinita misericordia, Amén, Jesús.

CARTA DE RECOMENDACIÓN AL CÁNDIDO[48] O MORENO LECTOR.

Lector amigo: yo he escrito este discurso, que no me he atrevido a
llamarle libro, pasándome de la jineta de los consonantes[49] a la brida
de la prosa, en las vacantes que me han dado las despensas[50] de mi
familia y los autores de las comedias por su Majestad[51]; y como es _El
Diablo Cojuelo_, no lo reparto en capítulos, sino en trancos[52].
Suplícote que los des en su leyenda[53], porque tendrás menos que
censurarme, y yo que agradecerte[54]. Y, por no ser para más[55] ceso, y
no de rogar a Dios que me conserve en tu gracia.

De Madrid, a los que fueren entonces del mes y del año, y tal y tal y
tal[56].

EL AUTOR Y EL TEXTO.

DE DON JUAN VÉLEZ DE GUEVARA A SU PADRE.

SONETO[57]

Luz en quien se encendió la vital mía,
De cuya llama soy originado,
Bien que la vida sólo te he imitado,
Que el alma fuera en mí vana porfía,

Si eres el sol de nuestra Pöesía,
Viva más que él tu aplauso eternizado,
Y pues un vivir solo es limitado,
No te estreches al término de un día.

Hoy junta en el deleite la enseñanza
Tu ingenio, a quien el tiempo no consuma,
Pues también viene a ser aplauso suyo.

Y sufra la modestia esta alabanza
A quien, por parecer más hijo tuyo
Quisiera ser un rasgo de tu pluma.

TRANCO PRIMERO

Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto,
hora menguada para las calles[58], y, por faltar la luna, juridición y
término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El
Prado boqueaba coches[59] en la última jornada de su paseo, y en los
baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de
la arena que limpios del agua[60], decían el _Ite, río[61]_ _es[62]_,
cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos[63],
caballero huracán y encrucijada de apellidos[64], galán de noviciado y
estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato
por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a
los alcances[65] por un estrupo[66] que no lo había comido ni
bebido[67], que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba
graduado en el lugar veintidoseno[68], pretendiendo que el pobre
licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado[69]; y como
solicitaba escaparse del «para en uno son[70]» (sentencia difinitiva
del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario
Responso[71], juez de la otra vida), no dificultó arrojarse desde el ala
del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buarda[72] de otro que
estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se
brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los
pies y la boca[73] a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales
naufragios, y dejando burlados los ministros del agarro[74] y los
honrados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Bitigudiño[75],
doncella chanflona[76] que se pasaba de noche como cuarto falso, que,
para que surtiese efecto su bellaquería, había cometido otro estelionato
más con el capitán de los jinetes a gatas que corrían las costas[77] de
aquellos tejados en su demanda, y volvían corridos de que se les
hubiese escapado aquel bajel de capa y espada[78] que llevaba cautiva la
honra de aquella señora mohatrera de doncellazgos[79], que juraba entre
sí tomar satisfacción deste desaire en otro inocente, chapetón[80] de
embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba _tía,_ liga
donde había caído tanto pájaro forastero.

A estas horas, el Estudiante, no creyendo su buen suceso[81] y
deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región
donde había arribado, por las estranjeras estravagancias de que estaba
adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de
garabato, que descubría sobre una mesa antigua de cadena[82] papeles
infinitos, mal compuestos y ordenados, escritos de caracteres
matemáticos, unas efemérides abiertas[83], dos esferas y algunos
compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más
abajo algún astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera
ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente, como quien profesaba
letras y era algo inclinado a aquella profesión, a revolver los trastos
astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que, pareciéndole
imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la atención
papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico;
escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no
era engaño de la fantasía, sino verdad que se había venido a los oídos,
dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente:

–¿Quién diablos suspira aquí?, respondiéndole al mismo tiempo una voz
entre humana y estranjera:

–Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, adonde me tiene
preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta
de la mágica negra[84], y es mi alcaide dos años habrá.

–Luego ¿familiar eres?–dijo el Estudiante[85].

–Harto me holgara yo–respondieron[86] de la redoma–que entrara uno
de la Santa Inquisición, para que, metiéndole a él en otra de cal y
canto, me sacara a mí desta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú
has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos
conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo
yo el espíritu más travieso del infierno.

Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le
dijo:

–¿Eres demonio plebeyo, u de los de nombre?

–Y de gran nombre–le repitió el vidro endemoniado–, y el más
celebrado en entrambos mundos.

–¿Eres Lucifer?–le repitió don Cleofás.

–Ése es demonio de dueñas y escuderos–le respondió la voz.

–¿Eres Satanás?–prosiguió el Estudiante.

–Ése es demonio de sastres y carniceros–volvió la voz a repetille.

–¿Eres Bercebú?–volvió a preguntalle don Cleofás.

Y la voz a respondelle:

–Ése es demonio de tahures, amancebados y carreteros.

–¿Eres Barrabás[87], Belial, Astarot?–finalmente le dijo el
Estudiante.

–Esos son demonios de mayores ocupaciones–le respondió la voz–:
demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas
del infierno, la chisme[88], el enredo, la usura, la mohatra; yo truje
al mundo la zarabanda[89], el déligo[90], la chacona[91], el
bullicuzcuz[92], las cosquillas de la capona[93], el guiriguirigay, el
zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el
hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado[94]; yo
inventé las pandorgas[95]; las jácaras[96], las papalatas[97], los
comos[98], las mortecinas[99], los títeres[100], los volatines[101],
los saltambancos[102], los maesecorales[103], y, al fin, yo me llamo el
Diablo Cojuelo.

–Con decir eso–dijo el Estudiante–hubiéramos ahorrado lo demás: vuesa
merced me conozca por su servidor; que hay muchos días que le deseaba
conocer. Pero, ¿no me dirá, señor Diablo Cojuelo, por qué le pusieron
este nombre, a diferencia de los demás, habiendo todos caído desde tan
alto, que pudieran quedar todos de la misma suerte y con el mismo
apellido[104]?

–Yo, señor don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, que ya le sé el suyo, o
los suyos–dijo el Cojuelo–, porque hemos sido vecinos por esa dama que
galanteaba y por quien le ha corrido la justicia esta noche, y de quien
después le contaré maravillas, me llamo desta manera porque fuí el
primero de los que se levantaron en el rebelión[105] celestial, y de los
que cayeron y todo[106]; y como los demás dieron sobre mí, me
estropearon, y ansí, quedé más que todos señalado de la mano de Dios y
de los pies de todos los diablos, y con este sobrenombre; mas no por eso
menos ágil para todas las facciones que se ofrecen en los países bajos,
en cuyas impresas nunca me he quedado atrás, antes me he adelantado a
todos; que, camino del infierno, tanto anda el cojo como el viento[107];
aunque nunca he estado más sin reputación que ahora en poder deste
vinagre, a quien por trato[108] me entregaron mis propios compañeros,
porque los traía al retortero a todos[109], como dice el refrán de
Castilla, y cada momento a los más agudos les daba gato por demonio.
Sácame deste Argel de vidro; que yo te pagaré el rescate en muchos
gustos, a fe de demonio, porque me precio de amigo de mi amigo, con mis
tachas buenas y malas[110].

–¿Cómo quieres–dijo don Cleofás mudando la cortesía[111] con la
familiaridad de la conversación–que yo haga lo que tú no puedes siendo
demonio tan mañoso?

–A mí no me es concedido–dijo el Espíritu–, y a ti sí, por ser hombre
con el privilegio del baptismo y libre del poder de los conjuros, con
quien han hecho pacto los príncipes de la Guinea infernal[112]. Toma un
cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma; que luego en derramándome
me verás visible y palpable.

No fué escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el
Espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico jigote[113] del
vaso, inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que
se conservaba el tal Diablillo; y volviendo los ojos al suelo, vió en
él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas[114],
sembrado de chichones mayores de marca[115], calabacino de testa y badea
de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos
colmillos solos, que no tenían más muela ni diente los desiertos de las
encías, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Hircania[116];
los pelos de su nacimiento, ralos, uno aquí y otro allí[117], a fuer de
los espárragos, legumbre[118] tan enemiga de la compañía, que si no es
para venderlos en manojos, no se juntan. Bien hayan los berros, que
nacen unos entrepernados con otros, como vecindades de la Corte, perdone
la malicia la comparación.

Asco le dió a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para
salir del desván, ratonera del Astrólogo en que había caído huyendo de
los gatos que le siguieron (salvo el guante[119] a la metáfora), y
asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole: «Vamos, don Cleofás, que
quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo», salieron los dos por
la buarda como si los dispararan de un tiro[120] de artillería, no
parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San
Salvador[121], mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la
una, hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del
sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio
a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo
una priesa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones,
basquiñas[122], verdugados[123], guardainfantes[124], polleras[125],
enaguas y guardapiés, para acostarse hombres y mujeres, quedando las
humanidades menos mesuradas, y volviéndose a los primeros originales,
que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas; y
engestándose[126] al camarada, el Cojuelo le dijo:

–Don Cleofás, desde esta picota[127] de las nubes, que es el lugar más
eminente de Madrid, malaño[128] para Menipo en los diálogos de Luciano,
te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta
Babilonia española, que en la confusión fué esotra con ella segunda
deste nombre.

Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo
hojaldrado[129], se descubrió la carne del pastelón de Madrid como
entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con
menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca
del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fué de capas y
gorras.

TRANCO II

Quedó don Cleofás absorto en aquella pepitoria[130] humana de tanta
diversidad de manos, pies y cabezas, y haciendo grandes admiraciones,
dijo:

–¿Es posible que para tantos hombres, mujeres y niños hay[131] lienzo
para colchones, sábanas y camisas? Déjame que me asombre que entre las
grandezas de la Providencia divina no sea ésta la menor.

Entonces el Cojuelo, previniéndole, le dijo:

–Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro
donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad
está su hermosura. Mira allí primeramente cómo están sentados muchos
caballeros y señores a una mesa opulentísima, acabando una media
noche[132]; que eso les han quitado a los relojes no más.

Don Cleofás le dijo:

–Todas esas caras conozco; pero sus bolsas no, si no es para
servillas[133].

–Hanse pasado a los estranjeros, porque las trataban muy mal estos
príncipes cristianos–dijo el Cojuelo–, y se han quedado, con las
caponas[134], sin ejercicio.

–Dejémoslos cenar–dijo don Cleofás–, que yo aseguro que no se
levanten de la mesa sin haber concertado un juego de cañas para cuando
Dios fuere servido, y pasemos adelante; que a estos magnates los más de
los días les beso yo las manos, y estas caravanas las ando yo las más de
las noches, porque he sido dos meses culto vergonzante de la proa[135]
de uno de ellos y estoy encurtido de excelencias y señorías, solamente
buenas para veneradas.

–Mira allí–prosiguió el Cojuelo–cómo se está quejando de la orina un
letrado, tan ancho de barba[136] y tan espeso, que parece que saca un
delfín la cola por las almohadas. Allí está pariendo doña Fáfula[137], y
don Toribio su indigno consorte, como si fuera suyo lo que paría, muy
oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna suelta en
esotro barrio, roncando y descuidado del suceso. Mira aquel preciado de
lindo, o aquel lindo de los más preciados, cómo duerme con bigotera[138]
torcidas de papel en las guedejas y el copete[139], sebillo en las
manos[140], y guantes descabezados[141], y tanta pasa[142] en el rostro,
que pueden hacer colación[143] en él toda la cuaresma que viene. Allí,
más adelante, está una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un
almirez una medicina de drogas restringentes para remendar una doncella
sobre su palabra[144], que se ha de desposar mañana. Y allí, en aquel
aposentillo estrecho, están dos enfermos en dos camas, y se han
purgado juntos, y sobre quién ha hecho más cursos[145], como si se
hubieran de graduar en la facultad, se han levantado a matar a
almohadazos. Vuelve allí, y mira con atención cómo se está untando una
hipócrita a lo moderno, para hallarse en una gran junta de brujas que
hay entre San Sebastián y Fuenterrabía, y a fe que nos habíamos de ver
en ella si no temiera el riesgo de ser conocido del demonio que
hace[146] el cabrón, porque le di una bofetada a mano abierta en la
antecámara de Lucifer, sobre unas palabras mayores que tuvimos; que
también entre los diablos hay libro del duelo[147], porque el autor que
le compuso es hijo de vecino del infierno. Pero mucho más nos podemos
entretener por acá, y más si pones los ojos en aquellos dos ladrones que
han entrado por un balcón en casa de aquel estranjero rico, con una
llave maestra, porque las ganzúas son a lo antiguo, y han llegado donde
está aquel talego de vara y media estofado de patacones[148] de a ocho,
a la luz de una linterna que llevan, que, por ser tan grande y no poder
arrancalle de una vez, por el riesgo del ruido, determinan abrille, y
henchir las faltriqueras y los calzones, y volver otra noche por lo
demás, y comenzando a desatalle, saca el tal estranjero (que estaba
dentro dél guardando su dinero, por no fialle de nadie) la cabeza,
diciendo: «Señores ladrones, acá estamos todos»[149], cayendo
espantados uno a un lado y otro a otro, como resurreción de aldea[150],
y se vuelven gateando a salir por donde entraron.

–Mejor fuera–dijo don Cleofás–que le hubieran llevado sin desatar en
el capullo de su dinero, porque no le sucediera ese desaire, pues que
cada estranjero es un talego bautizado[151]; que no sirven de otra cosa
en nuestra república y en la suya, por nuestra mala maña.

Pero, ¿quién es aquella abada[152] con camisa de mujer, que no solamente
la cama le viene estrecha, sino la casa y Madrid, que hace roncando más
ruido que la Bermuda[153], y, al parecer, [bebe][154] cámaras de tinajas
y come jigotes de bóvedas?

–Aquélla ha sido cuba de Sahagún[155], y no profesó–dijo el
Cojuelo–si no es el mundo de agora, que está para dar un estallido, y
todo junto puede ser siendo quien es: que es una bodegonera tan rica,
que tiene, a dar[156] rocín por carnero y gato por conejo a los
estómagos del vuelo[157], seis casas en Madrid, y en la puerta de
Guadalajara[158] más de veinte mil ducados, y con una capilla que ha
hecho para su entierro y dos capellanías que ha fundado, se piensa ir al
cielo derecha; que aunque pongan una garrucha en la estrella de Venus y
un alzaprima en las Siete Cabrillas, me parece que será imposible que
suba allá aquel tonel; y como ha cobrado buena fama[159], se ha echado
a dormir de aquella suerte.

–Aténgome–dijo don Cleofás–a aquel caballero tasajo que tiene el
alma en cecina, que ha echado de ver que es caballero en un hábito[160]
que le he visto en una ropilla[161] a la cabecera, y no es el mayor
remiendo que tiene, y duerme enroscado como lamprea empanada, porque la
cama es media sotanilla, que le llega a las rodillas no más.

–Aquél–dijo el Cojuelo–es pretendiente, y está demasiado de gordo y
bien tratado para el oficio que ejercita. Bien haya aquel tabernero de
Corte, que se quita de esos cuidados y es cura de su vino, que le está
bautizando en los pellejos y las tinajas, y a estas horas está hecho
diluvio[162] en pena, con su embudo en la mano, y antes de mil
años[163] espero verle jugar cañas[164] por el nacimiento de algún
príncipe.

–¿Qué mucho–dijo don Cleofás–si es tabernero y puede emborrachar a la
Fortuna?

–No hayas miedo–dijo el Cojuelo–que se vea en eso aquel alquimista
que está en aquel sótano con unos fuelles, inspirando una hornilla llena
de lumbre, sobre la cual tiene un perol con mil variedades de
ingredientes, muy presumido de acabar la piedra filosofal y hacer el
oro; que ha diez años que anda en esta pretensión, por haber leído el
arte de Reimundo Lulio y los autores químicos que hablan[165] en este
mismo imposible.

–La verdad es–dijo don Cleofás–que nadie ha acertado a hacer el oro
si no es Dios, y el sol, con comisión particular suya.

–Eso es cierto–dijo el Cojuelo–, pues nosotros no hemos salido con
ello. Vuelve allí, y acompáñame a reír de aquel marido y mujer, tan
amigos de coche, que todo lo que habían de gastar en vestir, calzar y
componer su casa lo han empleado en aquel que está sin caballos agora, y
comen y cenan y duermen dentro dél, sin que hayan salido de su
reclusión, ni aun para las necesidades corporales, en cuatro años que ha
que le compraron[166]; que están encochados, como emparedados, y ha sido
tanta la costumbre de no salir dél, que les sirve el coche de conchas,
como a la tortuga y al galápago, que en tarascando cualquiera dellos la
cabeza fuera dél, la vuelven a meter luego, como quien la tiene fuera de
su natural, y se resfrían y acatarran en sacando pie, pierna o mano
desta estrecha religión; y pienso que quieren ahora labrar un desván en
él para ensancharse y alquilalle a otros dos vecinos tan inclinados a
coche, que se contentarán con vivir en el caballete dél.

–Esos–dijo don Cleofás–se han de ir al infierno en coche y en alma.

–No es penitencia para menos–respondió el Cojuelo–. Diferentemente le
sucede a esotro pobre y casado, que vive en esotra casa más adelante,
que después de no haber podido dormir desde que se acostó, con un órgano
al oído de niños tiples, contraltos, terceruelas[167] y otros mil
guisados de voces que han inventado para llorar, ahora que se iba a
trasponer un poco, le ha tocado a rebato un mal de madre de su mujer,
tan terrible, que no ha dejado ruda en la vecindad[168], lana ni papel
quemado, escudilla untada con ajo, ligaduras, bebidas, humazos y
trescientas cosas más[169], y a él le ha dado, de andar en camisa, un
dolor de ijada, con que imagino que se ha de desquitar del dolor de
madre de su mujer.

–No están tan despiertos en aquella casa–dijo don Cleofás–donde está
echando una escala aquel caballero que, al parecer, da asalto al cuarto
y a la honra del que vive en él; que no es buena señal, habiendo
escaleras dentro, querer entrar por las de fuera.

–Allí–dijo el Cojuelo–vive un caballero viejo y rico que tiene una
hija muy hermosa y doncella, y rabia por dejallo de ser con un marqués,
que es el que da la escalada, que dice que se ha de casar con ella, que
es papel que ha hecho con otras diez u doce, y lo ha representado mal;
pero esta noche no conseguirá lo que desea, porque viene un alcalde de
ronda, y es muy antigua costumbre de nosotros ser muy regatones[170] en
los gustos, y, como dice vuestro refrán, si la podemos dar roma, no la
damos aguileña[171].

–¿Qué voces–dijo don Cleofás–son las que dan en esotra casa más
adelante, que parece que pregonan algún demonio que se ha perdido?

–No seré yo, que me he rescatado–dijo el Cojuelo–, si no es que me
llaman a pregones del infierno por el quebrantamiento de la redoma; pero
aquél es un garitero que ha dado esta noche ciento y cincuenta barajas,
y se ha endiablado de cólera porque no le han pagado ninguna y se van
los actores y los reos con las costas en el cuerpo, tras una pendencia
de barato[172] sobre uno que juzgó mal una suerte, y los mete en paz
aquella música que dan a cuatro voces en esotra calle unos criados de un
señor a una mujer de un sastre que ha jurado que los ha de coser a
puñaladas[173].

–Si yo fuera el marido–dijo don Cleofás–, más los tuviera por gatos
que por músicos.

–Agora te parecerán galgos–dijo el Cojuelo–, porque otro competidor
de la sastra, con una gavilla de seis o siete, vienen sacando las
espadas, y los Orfeos de la maesa, reparando la primera invasión con las
guitarras, hacen una fuga[174] de cuatro o cinco calles. Pero vuelve
allí los ojos, verás cómo se va desnudando aquel hidalgo que ha rondado
toda la noche, tan caballero del milagro[175] en las tripas como en las
demás facciones, pues quitándose una cabellera, queda calvo; y las
narices de carátula, chato; y unos bigotes postizos, lampiño; y un brazo
de palo, estropeado; que pudiera irse más camino de la sepoltura que de
la cama. En esotra casa más arriba está durmiendo un mentiroso con una
notable pesadilla, porque sueña que dice verdad. Allí un vizconde, entre
sueños, está muy vano porque ha regateado la excelencia a un grande.
Allí está muriendo un fullero, y ayudándole a bien morir un testigo
falso, y por darle la bula de la Cruzada, le da una baraja de naipes,
porque muera como vivió, y él, boqueando, por decir «Jesús», ha dicho
«flux». Allí, más arriba, un boticario está mezclando la piedra
bezar[176] con los polvos de sen. Allí sacan un médico de su casa para
una apoplejía que le ha dado a un obispo. Allí llevan aquella comadre
para partear a una preñada de medio ojo[177], que ha tenido dicha en
darle los dolores a estas horas. Allí doña Tomasa, tu dama, en enaguas,
está abriendo la puerta a otro; que a estas horas le oye de amor.

–Déjame–dijo don Cleofás–: bajaré sobre ella a matarla a coces.

–Para estas ocasiones se hizo el _tate, tate_[178]–dijo el Cojuelo–;
que no es salto para de burlas. Y te espantas de pocas cosas[179]: que
sin este enamorado murciégalo[180], hay otros ochenta, para quien[181]
tiene repartidas las horas del día y de la noche.

–¡Por vida del mundo–dijo don Cleofás–que la tenía por una santa!

–Nunca te creas de ligero–le replicó el Diablillo–. Y vuelve los ojos
a mi Astrólogo, verás con las pulgas y inquietud que duerme: debe de
haber sentido pasos en su desván y recela algún detrimento de su redoma.
Consuélese con su vecino, que mientras está roncando a más y mejor, le
están sacando a su mujer, como muela, sin sentillo, aquellos dos
soldados.

–Del mal lo menos–dijo don Cleofás–; que yo sé del marido
ochodurmiente[182] que dirá[183] cuando despierto lo mismo.

–Mira allí–prosiguió el Cojuelo–aquel barbero, que soñando se ha
levantado, y ha echado unas ventosas a su mujer, y la ha quemado con las
estopas las tablas de los muslos, y ella da gritos, y él, despertando,
la consuela diciendo que aquella diligencia es bueno que esté hecha para
cuando fuere menester. Vuelve allí los ojos a aquella cuadrilla de
sastres que están acabando unas vistas[184] para un tonto que se casa a
ciegas, que es lo mismo que por relación, con una doncella tarasca, fea,
pobre y necia, y le han hecho creer al contrario con un retrato que le
trujo un casamentero, que a estas horas se está levantando con un
pleitista que vive pared y medio dél[185], el uno a cansar ministros y
el otro a casar todo el linaje humano; que solamente tú, por estar tan
alto, estás seguro deste demonio, que en algún modo lo es más que yo.
Vuelve los ojos y mira aquel cazador mentecato del gallo[186], que está
ensillando su rocín a estas horas y poniendo la escopeta debajo del
caparazón, y deja de dormir de aquí a las nueve de la mañana por ir a
matar un conejo, que le costaría mucho menos aunque le comprara en la
despensa de Judas[187]. Y al mismo tiempo advierte cómo a la puerta de
aquel rico avariento echan un niño, que por partes de[188] su padre
puede pretender la beca del Antecristo[189], y él, en grado de
apelación, da con él en casa de un señor que vive junto a la suya, que
tiene talle de comérselo antes que criallo, porque ha días que su
despensa espera el domingo de casi ración[190]. Pero ya el día no nos
deja pasar adelante; que el agua ardiente y el letuario[191] son sus
primeros crepúsculos, y viene el sol haciendo cosquillas a las
estrellas, que están jugando a salga la parida[192], y dorando la
píldora[193] del mundo, tocando al arma a tantas bolsas y talegos y
dando rebato a tantas ollas, sartenes y cazuelas, y no quiero que se
valga de mi industria para ver los secretos que le negó la noche:
cuéstele brujeleallo por resquicios, claraboyas y chimeneas.

Y volviendo a poner la tapa al pastelón, se bajaron a las calles.

TRANCO III

Ya comenzaban en el puchero humano de la Corte a hervir hombres y
mujeres, unos hacia arriba, y otros hacia abajo, y otros de través,
haciendo un cruzado[194] al son de su misma confusión[195], y el piélago
racional de Madrid a sembrarse de ballenas[196] con ruedas, que por otro
nombre llaman coches, trabándose la batalla del día, cada uno con
disinio y negocio diferente, y pretendiéndose engañar los unos a los
otros, levantándose una polvareda de embustes y mentiras, que no se
descubría una brizna de verdad por un ojo de la cara[197], y don Cleofás
iba siguiendo a su camarada, que le había metido por una calle algo
angosta, llena de espejos por una parte y por otra, donde estaban muchas
damas y lindos mirándose y poniéndose de diferentes posturas de bocas,
guedejas, semblantes, ojos, bigotes, brazos y manos, haciéndose
cocos[198] a ellos mismos. Preguntóle don Cleofás qué calle era aquélla,
que le parecía que no la había visto en Madrid, y respondióle el
Cojuelo:

–Ésta se llama la calle de los Gestos, que solamente saben a ella estas
figuras de la baraja de la Corte, que vienen aquí a tomar el gesto con
que han de andar aquel día, y salen con perlesía de lindeza, unos con la
boquita de riñón[199], otros con los ojitos dormidos, roncando[200]
hermosura, y todos con los dos dedos de las manos, índice y meñique,
levantados, y esotros, de _Gloria Patri_[201]. Pero salgámonos muy
apriesa de aquí; que con tener estómago de demonio y no haberme mareado
las maretas[202] del infierno, me le han revuelto estas sabandijas, que
nacieron para desacreditar la naturaleza y el rentoy[203].

Con esto, salieron desta calle a una plazuela donde había gran concurso
de viejas que había sido damas cortesanas[204], y mozas que entraban a
ser lo que ellas habían sido, en grande contratación unas con otras.
Preguntó el Estudiante a su camarada qué sitio era aquél, que tampoco le
había visto, y él le respondió:

–Éste es el baratillo de los apellidos, que aquellas damas pasas
truecan con estas mozas albillas[205] por medias traídas, por zapatos
viejos, valonas, tocas y ligas, como ya no las han menester; que el
Guzmán, el Mendoza, el Enríquez, el Cerda, el Cueva, el Silva, el
Castro, el Girón[206], el Toledo, el Pacheco, el Córdova, el Manrique de
Lara, el Osorio, el Aragón, el Guevara y otros generosos apellidos los
ceden a quien los ha menester ahora para el oficio que comienza, y ellas
quedan con sus patronímicos primeros de Hernández, Martínez, López,
Rodríguez, Pérez, González, etcétera; porque al fin de los años mil,
vuelven los nombres[207] por donde solían ir.

–Cada día–dijo el Estudiante–hay cosas nuevas en la Corte.

Y, a mano izquierda, entraron a otra plazuela al modo de la de los
Herradores[208], donde se alquilaban tías, hermanos, primos y maridos,
como lacayos y escuderos, para damas de achaque[209] que quieren pasar
en la Corte con buen nombre y encarecer su mercadería.

A la mano derecha deste seminario andante estaba un grande edificio, a
manera de templo sin altar, y en medio dél, una pila grande de piedra,
llena de libros de caballerías y novelas[210], y alrededor, muchos
muchachos de diez a diez y siete años y algunas doncelluelas de la misma
edad, y cada uno y cada una con su padrino al lado, y don Cleofás le
preguntó[211] a su compañero que le dijese qué era esto, que todo le
parecía que lo iba soñando. El Cojuelo le dijo:

–Algo tiene de eso este fantástico aparato; pero ésta es, don Cleofás,
en efeto, la pila de los dones, y aquí se bautizan los que vienen a la
Corte sin él. Todos aquellos muchachos son pajes para señores, y
aquellas muchachas, doncellas para señoras de media talla[212], que han
menester el don para la autoridad de las casas que entran a servir[213],
y agora les acaban de bautizar con el don. Por allí entra agora una
fregona con un vestido alquilado, que la trae su ama a sacar de don,
como de pila, para darla el tusón[214] de las damas, porque le pague en
esta moneda lo que le ha costado el crialla, y aun ella parece que se
quiere volver al paño[215], según viene bruñida de esmeril.

–Un moño y unos dientes postizos y un guardainfante pueden hacer esos
milagros–dijo don Cleofás–. Pero ¿qué acompañamiento–prosiguió
diciendo–es este que entra agora, de tanta gente lucida, por la puerta
deste templo consagrado al uso del siglo?

–Traen a bautizar–dijo el Cojuelo–un regidor muy rico, de un lugar
aquí cercano, de edad de setenta años, que se viene al don por su pie,
porque sin él le han aconsejado sus parientes que no cae tan bien el
regimiento. Llámase Pascual, y vienen altercando si sobre _Pascual_ le
vendrá bien el _don_, que parece don estravagante[216] de la iglesia de
los dones.

–Ya tienen ejemplar–dijo don Cleofás–en don Pascual, ese que llamaron
todos loco, y yo, Diógenes de la ropa vieja, que andaba cubierta la
cabeza con la capa, sin sombrero, en traje de profeta, por esas calles.

–Mudáranle el nombre, a mi parecer–prosiguió el Cojuelo–, por no
tener en su lugar regidor Pascual, como cirio de los regidores.

–Dios les inspire–dijo don Cleofás–lo que más convenga a su
regimiento, como la cristiandad de los regidores ha menester.

–En acabando de tomar el señor regidor–dijo el Cojuelo–el agua del
don, espera allí un italiano hacer lo mismo con un elefante que ha
traído a enseñar a la puerta del Sol.

–Los más suelen llamarse–dijo el Estudiante–don Pedros, don Juanes y
don Alonsos. No sé cómo ha tenido tanto descuido su ayo o naire, como lo
llaman los de la India Oriental; plebeyo debía de ser este animal, pues
ha llegado tan tarde al don. Vive Dios que me le he de quitar yo, porque
me desbautizan y desdonan los que veo.

–Sígueme–dijo el Cojuelo–, y no te amohines; que bien sabe el _don_
dónde está; que se te ha caído en el _Cleofás_ como la sopa en la miel.

Con esto, salieron del soñado (al parecer) edificio, y enfrente dél
descubrieron otro, cuya portada estaba pintada de sonajas, guitarras,
gaitas zamoranas, cencerros, cascabeles, ginebras[217], caracoles,
castrapuercos[218], pandorga prodigiosa de la vida, y preguntó don
Cleofás a su amigo qué casa era aquella que mostraba en la portada tanta
variedad de instrumentos vulgares[219],–que tampoco la he visto en la
Corte, y me parece que hay dentro mucho regocijo y entretinimiento.

–Esta es la casa de los locos–respondió el Cojuelo–que ha poco que se
instituyó en la Corte, entre unas obras pías que dejó un hombre muy rico
y muy cuerdo, donde se castigan y curan locuras que hasta agora no lo
habían parecido.

–Entremos dentro–dijo don Cleofás–por aquel postiguillo que está
abierto, y veamos esta novedad de locos.

Y, diciendo y haciendo, se entraron los dos, uno tras otro; pasando un
zaguán, donde estaban algunos de los convalecientes pidiendo limosna
para los que estaban furiosos, llegaron a un patio cuadrado, cercado de
celdas pequeñas por arriba y por abajo, que cada una dellas ocupaba un
personaje de los susodichos. A la puerta de una dellas estaba un hombre,
muy bien tratado de vestido, escribiendo sobre la rodilla y sentado
sobre una banqueta, sin levantar los ojos del papel, y se había sacado
uno con la pluma sin sentillo. El Cojuelo le dijo:

–Aquél es un loco arbitrista[220] que ha dado en decir que ha de hacer
la reducción de los cuartos, y ha escrito sobre ello más hojas de papel
que tuvo el pleito de don Alvaro de Luna.

–Bien haya quien le trujo a esta casa–dijo don Cleofás–; que son los
locos más perjudiciales de la república.

–Esotro que está en esotro aposentillo–prosiguió el Cojuelo–es un
ciego enamorado, que está con aquel retrato en la mano[221], de su
dama, y aquellos papeles que le ha escrito, como si pudiera ver lo uno
ni leer lo otro, y da en decir que ve con los oídos. En esotro
aposentillo lleno de papeles y libros está un gramaticón[222] que perdió
el juicio buscándole a un verbo griego el gerundio. Aquel que está a la
puerta de esotro aposentillo con unas alforjas al hombro y en calzón
blanco, le han traído porque, siendo cochero, que andaba siempre a
caballo, tomó oficio de correo de a pie. Esotro que está en esotro de
más arriba con un halcón en la mano, es un caballero que, habiendo
heredado mucho de sus padres, lo gastó todo en la cetrería y no le ha
quedado más que aquel halcón en la mano, que se las come de hambre. Allí
está un criado de un señor que, teniendo qué comer, se puso a servir.
Allí está un bailarín que se ha quedado sin son, bailando en seco. Más
adelante está un historiador que se volvió loco de sentimiento de
haberse perdido tres décadas de Tito Livio. Más adelante está un
colegial cercado de mitras, probándose la que le viene mejor, porque dió
en decir que había de ser obispo. Luego, en esotro aposentillo, está un
letrado que se desvaneció en pretender plaza de ropa[223], y de letrado
dió en sastre, y está siempre cortando y cosiendo garnachas. En esotra
celda, sobre un cofre lleno de doblones, cerrado con tres llaves, está
sentado un rico avariento, que sin tener hijo ni pariente que le herede,
se da muy mala vida, siendo esclavos de su dinero y no comiendo más que
un pastel[224] de a cuatro, ni cenando más que una ensalada de pepinos,
y le sirve de cepo su misma riqueza. Aquel que canta en esotra jaula es
un músico sinsonte, que remeda los demás pájaros, y vuelve de cada
pasaje como de un parasismo. Está preso en esta cárcel de los delictos
del juicio, porque siempre cantaba, y cuando le rogaban que cantase,
dejaba de cantar.

–Impertinencia es ésa casi de todos los desta profesión.

–En el brocal de aquel pozo que está en medio del patio se está mirando
siempre una dama muy hermosa, como lo verás si ella alza la cabeza, hija
de pobres y humildes padres, que queriéndose casar con ella muchos
hombres ricos y caballeros, ninguno la contentó, y en todos halló una y
muchas faltas, y está atada allí en una cadena porque, como Narciso,
enamorada de su hermosura, no se anegue en el agua que le sirve de
espejo, no teniendo en lo que pisa[225] al sol ni a todas las estrellas.
En aquel pobre aposentillo enfrente, pintado por defuera de llamas, está
un demonio casado, que se volvió loco con la condición de su mujer.

Entonces don Cleofás le dijo al compañero que le enseñaba todo este
retablo de duelos:

–Vámonos de aquí, no nos embarguen[226] por alguna locura que nosotros
ignoramos; porque en el mundo todos somos locos, los unos de los
otros[227].

El Cojuelo dijo:

–Quiero tomar tu consejo, porque, pues los demonios enloquecen, no hay
que fiar de sí nadie.

–Desde vuestra primera soberbia–dijo don Cleofás–todos lo estáis; que
el infierno es casa de todos los locos más furiosos del mundo.

–Aprovechado estás–dijo el Cojuelo–, pues hablas en lenguaje
ajustado.

Con esta conversación salieron de la casa susodicha, y a mano derecha
dieron en una calle algo dilatada, que por una parte y por otra estaba
colgada de ataúdes, y unos sacristanes con sus sobrepellices[228]
paseándose junto a ellos, y muchos sepultureros abriendo varios
sepulcros, y don Cleofás le dijo a su camarada:

–¿Qué calle es ésta, que me ha admirado más que cuantas he visto, y me
pudiera obligar a hablar más espiritualmente que con lo primero de que
tú te admiraste?

–Ésta es más temporal y del siglo que ninguna–le respondió el
Cojuelo–, y la más necesaria, porque es la ropería de los agüelos,
donde[229] cualquiera, para todos los actos positivos[230] que se le
ofrece y se quiere vestir de un agüelo, porque el suyo no le viene bien,
o está traído, se viene aquí, y por su dinero escoge el que le está más
a propósito. Mira allí aquel caballero torzuelo[231] cómo se está
probando una agüela que ha menester, y esotro, hijo de quien él
quisiere, se está vistiendo otro agüelo, y le viene largo de talle.
Esotro más abajo da por otro agüelo el suyo, y dineros encima, y no se
acaba de concertar, porque le tiene más de costa al sacristán, que es el
ropero. Otro, a esotra parte, llega a volver un agüelo suyo de dentro
afuera y de atrás adelante, y a tremendallo con la agüela de otro. Otro
viene allí con la justicia a hacer que le vuelvan un agüelo que le
habían hurtado, y le ha hallado colgado en la ropería. Si hubieres
menester algún agüelo o agüela para algún crédito de tu calidad, a
tiempo estamos, don Cleofás Leandro; que yo tengo aquí un ropero amigo
que desnuda los difuntos la primera noche que los entierran, y nos le
fiará por el tiempo que quisieres.

–Dineros he menester yo; que agüelos no–respondió el Estudiante–: con
los míos me haga Dios bien[232]; que me han dicho mis padres que
deciendo de Leandro el animoso, el que pasaba el mar de Abido

«en amoroso fuego todo ardiendo»[233],

y tengo mi ejecutoria en las obras sueltas de Boscán y Garcilaso[234].

–Contra hidalguía en verso–dijo el Diablillo–no hay olvido ni
chancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser
hidalgo en consonantes.

–Si a mí me hicieran merced[235]–prosiguió don Cleofás–, entre
Salicio y Nemoroso[236] se habían de hacer mis diligencias, que no me
habían de costar cien reales; que allí tengo mi Montaña, mi Galicia, mi
Vizcaya y mis Asturias[237].

–Dejemos vanidades agora–dijo el Cojuelo–: que ya sé que eres muy
bien nacido en verso y en prosa, y vamos en busca de un figón, a
almorzar y descansar, que bien lo habrás menester por lo trasnochado y
madrugado, y después proseguiremos nuestras aventuras.

TRANCO IV

Dejemos a estos caballeros en su figón almorzando y descansando, que sin
dineros pedían las pajaritas que andaban volando por el aire[238] y al
fénix empanado[239], y volvamos a nuestro astrólogo regoldano[240] y
nigromante enjerto, que se había vestido con algún cuidado de haber
sentido pasos en el desván la noche antes, y, subiendo a él, halló las
ruinas que había dejado su familiar en los pedazos de la redoma, y
mojados sus papeles, y el tal Espíritu ausente; y viendo el estrago y la
falta de su Demoñuelo, comenzó a mesarse las barbas y los cabellos, y a
romper sus vestiduras[241], como rey a lo antiguo. Y estando haciendo
semejantes estremos y lamentaciones, entró un diablejo zurdo, mozo de
retrete de Satanás, diciendo que Satanás su señor le besaba las
manos[242]; que había sentido la bellaquería que había usado el Cojuelo;
que él trataría de que se castigase, y que entre tanto se quedase él
sirviéndole en su lugar. Agradeció mucho el cuidado el Astrólogo y
encerró el tal espíritu en una sortija de un topacio grande, que traía
en un dedo, que antes había sido de un médico, con que a todos cuantos
había tomado el pulso había muerto. Y en el infierno se juntaron entre
tanto, en sala plena, los más graves jueces de aquel distrito, y
haciendo notorio a todos el delito del tal Cojuelo, mandaron despachar
requisitoria para que le prendiesen en cualquier parte que le hallasen,
y se le dió esta comisión[243] a Cienllamas, demonio comisionario que
había dado muy buena cuenta de otras que le habían encargado, y
llevándose consigo por corchetes a Chispa y a Redina, demonios a la
veinte[244], y subiéndose en la mula de Liñán[245], salió del infierno
con vara alta[246] de justicia en busca del dicho delincuente.

En este tiempo, sobre la paga de lo que habían almorzado habían tenido
una pesadumbre el revoltoso Diablillo y don Cleofás con el Figón[247],
en que intervinieron asadores y torteras, porque lo que es del diablo,
el diablo se lo ha de llevar, y acudiendo la justicia al alboroto, se
salieron por una ventana, y cuando el alguacil de Corte con la gente que
llevaba pensaba cogellos, estaban ya de esotra parte de Getafe, en
demanda de Toledo, y dentro de un minuto, en las ventillas de Torrejón,
y en un cerrar de ojos, a vista de la puerta de Visagra, dejando la real
fábrica del hospital de afuera a la derecha mano; y volviéndose el
Estudiante al camarada, le dijo:

–Lindos atajos sabes: malhaya quien no caminara contigo todo el mundo,
mejor que con el Infante don Pedro de Portugal, el que anduvo las
siete[248] partidas dél.

–Somos gente de buena maña–respondió el Cojuelo.

Y cuando estaban hablando en esto, llegaban al barrio que llaman de la
Sangre de Cristo y al mesón de la Sevillana[249], que es el mejor de
aquella ciudad. El Diablo Cojuelo le dijo al Estudiante:

–Ésta es muy buena posada para pasar esta noche y para descansar de la
pasada; éntrate dentro y pide un aposento y que te aderecen de cenar;
que a mí me importa llegarme esta noche a Constantinopla a alborotar el
serrallo del Gran Turco y hacer degollar doce o trece hermanos que
tiene, por miedo de que no conspiren[250] a la Corona, y volverme de
camino por los Cantones de los esguízaros[251] y por Ginebra a otras
diligencias deste modo, por sobornar con algunos servicios a mi amo,
que debe de estar muy indignado contra mí por la travesura pasada; que
yo estaré contigo antes que den las siete de la mañana.

Y, diciendo y haciendo, se metió por esos aires como por una viña
vendimiada, meando la pajuela[252] a todo pajarote y ciudadano de la
región etérea, a fuer de los de la jerigonza crítica[253], y don
Cleofás se entró a tomar posada, que, aunque estaba llena de muchos
pasajeros que habían venido con los galeones y pasaban a la Corte, con
todo, al güésped nuevo hicieron cortesía, porque la persona de don
Cleofás traía consigo cartas de recomendación[254], como dicen los
cortesanos antiguos.

Convidáronle a cenar unos caballeros soldados aquella noche,
preguntándole nuevas de Madrid, y después de haber cumplido con la
celebridad de los brindis por el Rey (Dios le guarde), por sus damas y
sus amigos[255], y haber dado las aceitunas[256] con los palillos carta
de pago de la cena, se fué cada uno a recoger a su aposento, porque
habían de tomar la madrugada para llegar con tiempo a Madrid, y don
Cleofás hizo lo mismo en el que le señaló el Güésped, sintiendo la
soledad[257] del compañero en algún modo, porque le traía tan
entretenido; y haciendo varios discursos sobre el almohada, se quedó
como un pajarito[258], jurando al silencio de las sombras, como lo demás
del mundo, el mesón de la Sevillana el natural vasallaje con el sueño,
que solas [las][259] grullas, los murciélagos y lechuzas estaban de
posta a su cuerpo de guardia, cuando a las dos de la noche unas
temerosas voces repetían: «¡Fuego, fuego!» despertaron a los dormidos
pasajeros, con el sobresalto y asombro que suele causar cualquier
alboroto a los que están durmiendo, y más oyendo apellidar «¡fuego!»,
voz que con más terror atemoriza los ánimos más constantes, rodando unos
las escaleras por bajar más apriesa, otros, saltando por las ventanas
que caían al patio de la posada, otros que, por las pulgas u temor de
las chinches, dormían en cueros, como vinagre, hechos Adanes del
baratillo[260], poniendo las manos donde habían de estar las hojas de
higuera, siguiendo a los demás, y acompañándolos don Cleofás, con los
calzones revueltos al brazo y una alfajía que, por no encontrar la
espada, halló acaso en su aposento, como si en los incendios y fantasmas
importase andar a palos ni a cuchilladas, natural socorro del miedo en
las repentinas invasiones.

Salió, en esto, el Güésped en camisa, los pies en unas empanadas de
Frenegal[261], cinchado con una faja de grana de polvo[262] el estómago,
y un candil de garabato en la mano, diciendo que se sosegasen; que aquel
ruido no era de cuidado; que se volviesen a sus camas, que él pondría
remedio en ello. Apretóle don Cleofás, como más amigo de saber, le
dijese la causa de aquel alboroto; que no se había de volver a acostar
sin descifrar aquel misterio. El Güésped le dijo muy severo[263] que era
un estudiante de Madrid, que había dos u tres meses que entró a posar en
su casa, y que era poeta de los que hacen comedias, y que había escrito
dos, que se las habían chillado en Toledo y apedreado como viñas[264], y
que estaba acabando de escribir la comedia de _Troya abrasada_, y que
sin duda debía de haber llegado al paso del incendio, y se convertía
tanto en lo que escribía, que habría dado aquellas voces; que por otras
experiencias pasadas sacaba él que aquello era verdad infalible como él
decía; que para confirmallo subiesen con él a su aposento y hallarían
verdadero este discurso.

Siguieron al Güésped todos de la suerte que estaban, y entrando en el
aposento del tal Poeta, le hallaron tendido en el suelo, despedazada la
media sotanilla, revolcado en papeles y echando espumarajos por la boca,
y pronunciando con mucho desmayo: «¡Fuego, fuego!», que casi no podía
echar la habla, porque se le había metido monja. Llegaron a él muertos
de risa y llenos de piedad todos, diciéndole:

–Señor Licenciado, vuelva en sí y mire si quiere beber o comer algo
para este desmayo.

Entonces el Poeta, levantando como pudo la cabeza, dijo:

–Si es Eneas y Anquises, con los Penates y el amado Ascanio, ¿qué
aguardáis aquí, que está ya el Ilión hecho cenizas, y Príamo, Paris y
Policena, Hécuba y Andrómaca han dado el fatal tributo a la muerte, y a
Elena, causa de tanto daño, llevan su presa Menalao[265] y Agamenón? Y
lo peor es que los mirmidones se han apoderado del tesoro troyano.

–Vuelva a su juicio–dijo el Gúesped–; que aquí no hay almidones ni
toda esa tropelía de disparates que ha referido, y mucho mejor fuera
llevalle a casa del Nuncio[266], donde pudiera ser con bien justa causa
mayoral de los locos, y metelle en cura; que se le han subido los
consonantes a la cabeza, como tabardillo.

–¡Qué bien entiende de afectos el señor Güésped!–respondió el Poeta,
encorporándose un poco más.

–De afectos ni de afeites–dijo el Güésped–no quiero entender, sino de
mi negocio: lo que importa es que mañana hagamos cuenta de lo que me
debe de posada, y se vaya con Dios; que no quiero tener en ella quien me
la alborote cada día con estas locuras: basten las pasadas, pues
comenzando a escribir, recién llegado aquí, la comedia de _El Marqués de
Mantua_, que zozobró y fué una de las silbadas, fueron tantas las
prevenciones de la caza y las voces que dió, llamando a los perros
Melampo, Oliveros, Saltamontes, Tragavientos, etcétera, y el «¡Ataja,
ataja!» y el «¡Guarda el oso cerdoso, y el jabalí colmilludo!», que
malparió una señora preñada que pasaba del Andalucía a Madrid, del
sobresalto; y en esotra de _El Saco de Roma_, que entrambas parecieron
cual tenga la salud[267], fué el[268] estruendo de las cajas y
trompetas, haciendo pedazos las puertas y ventanas deste aposento a tan
desusadas horas como éstas, y el «¡Cierra, España!»[269], «¡Santiago, y
a ellos!», y el jugar la artillería con la boca[270], como si hubiera
ido a la escuela con un petardo, o criádose con el basilisco de
Malta[271], que engañó el rebato a una compañía de infantería que
alojaron[272] aquella noche en mi casa, de suerte, que, tocando al arma,
se hubieron de hacer a escuras unos soldados pedazos con otros,
acudiendo al ruido medio Toledo con la justicia, echándome las puertas
abajo, y amenazó a hacer una de todos los diablos; que es poeta grulla,
que siempre está en vela, y halla consonantes a cualquiera hora de la
noche y de la madrugada.

El Poeta dijo entonces:

–Mucho mayor alboroto fuera si yo acabara aquella comedia de que tiene
vuesa merced en prendas dos jornadas por lo que le debo, que la llamo
_Las Tinieblas de Palestina_, donde es fuerza que se rompa el velo de el
Templo en la tercera jornada, y se escurezca el sol y la luna, y se den
unas piedras con otras, y se venga abajo toda la fábrica celestial con
truenos y relámpagos, cometas y exhalaciones, en sentimiento de su
Hacedor; que por faltarme los nombres que he de poner a los sayones no
la he acabado. ¡Ahí me dirá vuesa merced, señor Güésped, qué fuera ello!

–Váyase–dijo el Mesonerazo–a acaballa al Calvario, aunque no faltará
en cualquiera parte que la escriba o la representen quien le crucifique
a silbos, legumbre y edificio[273].

–Antes resucitan con mis comedias los autores–dijo el Poeta–; y para
que conozcan todos vuesas mercedes esta verdad y admiren el estilo que
llevan todas las que yo escribo, ya que se han levantado a tan buen
tiempo, quiero leelles ésta.

Y, diciendo y haciendo, tomó en la mano una rima de vueltas de cartas
viejas, cuyo bulto se encaminaba más a pleito de tenuta[274] que a
comedia, y arqueando las cejas y deshollinándose los bigotes, dijo,
leyendo el título, de esta suerte:

–_Tragedia Troyana, Astucias de Sinón, Caballo griego, Amantes
adúlteros y Reyes endemoniados_. Sale lo primero por el patio, sin haber
cantado, el Paladión[275], con cuatro mil griegos por lo menos, armados
de punta en blanco[276], dentro dél.

–¿Cómo–le replicó un caballero soldado de aquellos que estaban en
cueros, que parece que se habían de echar a nadar en la comedia–puede
toda esa máquina entrar por ningún patio ni coliseo de cuantos hay en
España, ni por el del Buen Retiro, afrenta de los romanos anfiteatros,
ni por una plaza de toros?

–¡Buen remedio!–respondió el Poeta–. Derribaráse el corral y dos
calles junto a él para que quepa esta tramoya, que es la más portentosa
y nueva que los teatros han visto; que no siempre sucede hacerse una
comedia como ésta, y será tanta la ganancia, que podrá muy bien a sus
ancas sufrir todo este gasto. Pero escuchen, que ya comienza la obra, y
atención, por mi amor. Salen por el tablado, con mucho ruido de
chirimías y atabalillos, Príamo, rey de Troya, y el príncipe Paris, y
Elena, muy bizarra en un palafrén, en medio, y el Rey a la mano derecha
(que siempre desta manera guardo el decoro a las personas reales), y
luego, tras ellos, en palafrenes negros, de la misma suerte, once mil
dueñas a caballo.

–Más dificultosa apariencia es ésa que esotra–dijo uno de los
oyentes–, porque es imposible que tantas dueñas juntas se hallen.

–Algunas se harán de pasta[277]–dijo el Poeta–, y las demás se
juntarán de aquí para allí; fuera de que si se hace en la Corte, ¿qué
señora habrá que no envíe sus dueñas prestadas para una cosa tan grande,
por estar los días que se representare la comedia, que será, por lo
menos, siete u ocho meses, libres de tan cansadas sabandijas?[278]

Hubiéronse de caer de risa los oyones[279], y de una carcajada se
llevaron media hora de reloj, al son de los disparates del tal Poeta, y
él prosiguió diciendo:

–No hay que reírse; que si Dios me tiene de sus consonantes, he de
rellenar el mundo de comedias mías, y ha de ser Lope de Vega (prodigioso
monstruo español y nuevo Tostado en verso) niño de teta conmigo, y
después me he de retirar a escribir un poema heroico para mi
posteridad, que mis hijos o mis sucesores hereden, en que tengan toda su
vida que roer sílabas. Y agora oigan vuesas mercedes…:–amagando a
comenzar (el brazo derecho levantado) los versos de la comedia, cuando
todos a una voz le dijeron que lo dejase para más espacio, y el Güésped,
indignado, que sabía poco de filis[280], le volvió a advertir que no
había de estar un día más en la posada.

La encamisada[281], pues, de los caballeros y soldados se puso a mediar
con el Güésped el caso[282], y don Cleofás, sobre un _Arte poética_ de
Rengifo[283], que estaba también corriendo borrasca entre esotros
legajos por el suelo, tomó pleito homenaje[284] al tal poeta, puestas
las manos sobre los consonantes, jurando que no escribiría más comedias
de ruido, sino de capa y espada, con que quedó el Güésped satisfecho; y
con esto se volvieron a sus camas, y el Poeta, calzado y vestido, con su
comedia en la mano, se quedó tan aturdido sobre la suya, que apostó a
roncar con los Sietes Durmientes[285], a peligro de no valer la moneda
cuando despertase.

TRANCO V

Dentro de muy pocas horas lo fué de volverse a levantar los güéspedes al
quitar[286], haciendo la cuenta con ellos de la noche pasada el güésped
de por vida, esperezándose y bostezando de lo trasnochado con el Poeta,
y trataron de caminar, ensillando los mozos de mulas y poniendo los
frenos al son de seguidillas y jácaras, y brindándose con vino y pullas
los unos a los otros, ribeteándolas con tabaco en polvo y en humo,
cuando don Cleofás también despertó, tratando de vestirse, con algunas
_saudades_[287] de su dama: que las malas correspondencias de las
mujeres a veces despiertan más la voluntad; y antes que diesen las ocho,
como había dicho, entró por el aposento el camarada, en traje turquesco,
con almalafa y turbante, señales ciertas de venir de aquel país,
diciendo:

–¿Heme tardado mucho en el viaje, señor Licenciado?

El le respondió sonriéndose:

–Menos se tardó vuesa merced desde el cielo al infierno, con haber más
leguas, cuando rodó con todos esos príncipes que no han podido gatear
otra vez a la maroma de donde cayeron.

–¿Al amigo, señor don Cleofás–respondió el Cojuelo–, chinche en el
ojo[288], como dice el refrán de Castilla? ¡Bueno, bueno!

–Pocos hay–respondió el Estudiante–que en ofreciéndose el chiste,
miren esos respetos; pero esto lo digo yo en galantería[289], y la
amistad[290] que hay ya entre nosotros. Mas dejando esto aparte, ¿cómo
nos ha ido[291] por esos mundos?

–Hice todo a lo que fuí, y mucho más–respondió el genízaro recién
venido–, y si quisiera, me jurara por Gran Turco aquella buena gente;
que a fe que alguna guarda mejor su palabra, y saben decir verdad y
hacer amistades, que vosotros los cristianos.

–¡Qué presto te pagaste!–dijo don Cleofás–. Algún cuarto debes de
tener de demonio villano.

–Es imposible–respondió el Cojuelo–, porque decendemos todos de la
más noble y más alta Montaña de la tierra y del cielo, y aunque seamos
zapatero de viejo, en siendo montañeses, todos somos hidalgos[292]; que
muchos dellos nacen, como los escarabajos y los ratones, de la
putrefacción.

–Bien sé que sabes Filosofía–le dijo don Cleofás–mejor que si la
hubieras estudiado en Alcalá, y que eres maestro en primeras licencias.
Dejemos estas digresiones y acaba de darme cuenta de tu jornada.

–Con el traje del país, como ves–respondió el Diablillo–, por
ensuciallos todos, como cierto amigo que, por desaseado en estremo,
ensució el de soldado, el de peregrino y estudiante, volví por los
Cantones, por la Bertolina[293] y Ginebra, y no tuve que hacer nada en
estos países, porque sus paisanos son demonios de sí mismos, y éste es
el juro de heredad que más seguro tenemos en el infierno, después de las
Indias[294]. Fuí a Venecia, por ver una población tan prodigiosa, que
está fundada en el mar, y de su natural condición tan bajel de argamasa
y sillería, que, como la tiene en peso el piélago Mediterráneo, se
vuelve a cualquier viento que le sopla. Estuve en la plaza de San
Marcos, platicando con unos criados de unos clarísimos[295], esta
mañana, y hablando en[296] las gacetas de la guerra, les dije que en
Constantinopla se había sabido, por espías que estaban en España, que
hay grandes prevenciones della, y tan prodigiosas, que hasta los
difuntos se levantan, al son de las cajas, de los sepulcros para este
efeto, y hay quien diga que entre ellos había resucitado el gran Duque
de Osuna[297]; y apenas lo acabé de pronunciar, cuando me escurrí, por
no perder tiempo en mis diligencias, y, dejando el seno adriático me
sorbí la Marca de Ancona, y por la Romanía, a la mano izquierda, dejé a
Roma, porque aun los demonios, por cabeza de la Iglesia militante,
veneramos su población. Pasé por Florencia a Milán, que no se le da con
su castillo dos blancas de la Europa. Vi a Génova[298] la bella, talego
del mundo, llena de novedades, y, golfo lanzado[299], toqué a
Vinaroz[300] y a los Alfaques, pasando el de León y Narbona. Llegué a
Valencia, que juega cañas dulces con la primavera, metíme en la Mancha,
que no hay greda que la pueda sacar, entré en Madrid, y supe que unos
parientes de tu dama te andaban a buscar para matarte, porque dicen que
la has dejado sin reputación; y lo peor es lo que me chismeó
Zancadilla, demonio espía del infierno y sobrestante de las tentaciones:
que me andaba a buscar Cienllamas con una requisitoria; y soy de
parecer, para oviar[301] estos dos riesgos, que pongamos tierra en
medio. Vámonos al Andulucía[302], que es la más ancha del mundo; y pues
yo te hago la costa, no tienes que temer nada; que, con el romance que
dice:

«Tendré el invierno en Sevilla
y el veranito en Granada»[303],

no hemos de dejar lugar en ella que no trajinemos.

Y volviéndose a la ventana que salía a la calle, le dijo:

–Hágote puerta de mesón. Vamos, y sígueme por ella, don Cleofás; que
hemos de ir a comer a la venta de Darazután[304], que es en
Sierra-morena, veinte y dos o veinte y tres leguas[305] de aquí.

–No importa–dijo don Cleofás–, si eres demonio de portante[306],
aunque cojo.

Y diciendo esto, salieron los dos por la ventana, flechados de sí
mismos[307], y el Güésped, desde la puerta, dándole voces al Estudiante
cuando le vió por el aire, diciendo que le pagase la cama y la posada, y
don Cleofás respondiendo que en volviendo del Andalucía cumpliría con
sus obligaciones; y el Güésped, que parecía que lo soñaba, se volvió
santiguando y diciendo:

–Pluguiera a Dios, como se me va éste, se me fuera el Poeta, aunque se
me llevara la cama y todo asida a la cola.

Ya, en esto, el Cojuelo y don Cleofás descubrían la dicha venta, y,
apeándose del aire, entraron en ella, pidiendo al Ventero de comer, y él
les dijo que no había quedado en la venta más que un conejo y un
perdigón, que estaban en aquel asador entreteniéndose a la lumbre.

–Pues trasládenlos a un plato–dijo don Cleofás–, señor Ventero, y
venga el salmorejo[308], poniéndonos la mesa, pan, vino y salero.

El Ventero respondió que fuese en buen hora; pero que esperasen que
acabasen de comer unos estranjeros que estaban en eso, porque en la
venta no había otra mesa más que la que ellos ocupaban. Don Cleofás
dijo:

–Por no esperar, si estos señores nos dan licencia, podremos comer
juntos, y ya que ellos van en la silla, nosotros iremos en las ancas.

Y sentándose los dos al paso que lo decían, fué todo uno, trayéndoles el
Ventero la porción susodicha, con todas sus adherencias y
incidencias[309], y comenzaron a comer en compañía de los estranjeros,
que el uno era francés, el otro inglés, el otro italiano y el otro
tudesco, que había ya pespuntado la comida más aprisa a brindis de vino
blanco y clarete, y tenía a orza la testa[310], con señales de vómito y
tiempo borrascoso, tan zorra[311] de cuatro costados[312], que pudiera
temelle el corral de gallinas del Ventero. El Italiano preguntó a don
Cleofás que de adonde venía, y él le respondió que de Madrid. Repitió el
Italiano:

–¿Qué nuevas hay de la guerra, señor Español?

Don Cleofás le dijo:

–Agora todo es guerra.

–Y ¿contra quién dicen?–replicó el Francés.

–Contra todo el mundo–le respondió don Cleofás–, para ponerlo todo él
a los pies del Rey de España.

–Pues a fe–replió el Francés–que primero que el Rey de España….

Y antes que acabase la razón el Gabacho, dijo don Cleofás:

–El Rey de España….

Y el Cojuelo le fué a la mano, diciendo:

–Déjame, don Cleofás, responder a mí, que soy español por la vida, y
con quien vengo, vengo[313]; que les quiero con alabanzas del Rey de
España dar un tapaboca a estos borrachos, que si leen las historias
della, hallarán que por Rey de Castilla tiene virtud de sacar demonios,
que es más generosa cirujía que curar lamparones[314].

Los estranjeros, habiendo visto callar al Español, estaban muy
falsos[315], cuando el Cojuelo, sentándose mejor y tomando la mano[316],
y en traje castellano, que ya había dejado a la guardarropa del viento
el turquesco, les dijo:

–Señores míos, mi camarada iba a responder, y a mí, por tener más edad,
me toca el hacello; escúchenme atentamente, por caridad. El Rey de
España es un generosísimo lebrel, que pasa acaso solo por una calle, y
no hay gozque en ella que a ladralle no salga, sin hacer caso de
ninguno, hasta que se juntan tantos, que se atreve uno, al desembocar
della a otra, pensando que es sufrimiento y no desprecio, a besalle con
la boca la cola; entonces vuelve, y dando una manotada a unos y otra a
otros, huyen todos de manera, que no saben dónde meterse, y queda la
calle tan barrida de gozques y con tanto silencio, que aun a ladrar no
se atreven, sino a morder las piedras, de rabia. Esto mismo le sucede
siempre con los reyes contrarios, con las señorías y potentados, que son
todos gozques con su Majestad[317] Católica; pero guárdese el que se
atreviere a besarle la cola; que ha de llevar manotada que escarmiente
de suerte a los demás, que no hallen dónde meterse, huyendo dél[318].

Los estranjeros se comenzaron a escarapelar, y el Francés le dijo:

–¡Ah, bugre, coquín español!

Y el Italiano:

–¡Forfante, marrano español!

Y el Inglés:

–¡Nitesgut español[319]!

Y el Tudesco estaba de suerte, que lo dió por recibido, dando permisión
que hablasen los demás por él en aquellas cortes.

Don Cleofás, que los vió palotear y echar espadañas de vino y herejías
contra lo que había dicho su camarada, acostumbrado a sufrir poco y al
refrán de «quien da luego, da dos veces», levantando el banco en que
estaban sentados los dos, dió tras ellos, adelantándose el compañero
con las muletas en la mano, manejándolas tan bien, que dió con el
Francés en el tejado de otra venta que estaba tres leguas de allí, y en
una necesaria de Ciudad Real con el Italiano[320], porque muriese hacia
donde pecan, y con el Inglés, de cabeza en una caldera de agua hirviendo
que tenían para pelar un puerco en casa de un labrador de Adamuz; y al
Tudesco, que se había anticipado a caer de bruces a los pies de Cleofás,
le volvió al puerto de Santa María, de donde había salido quince días
antes, a dormir la zorra[321]. El Ventero se quiso poner en medio, y dió
con él en Peralvillo[322], entre aquellas cecinas de Gestas, como en su
centro.

Volviéronse, con esto, a sentar a comer de los despojos que había dejado
el enemigo, muy de espacio, y estando en los postreros lances de la
comida, entraron algunos mozos de mulas en la venta, llamando al Güésped
y pidiendo vino, y tras ellos, en el mismo carruaje, una compañía de
representantes que pasaban de Córdoba a la Corte, con ganas de tomar un
refresco en la venta. Venían las damas en jamugas, con bohemios[323],
sombreros con plumas y mascarillas en los rostros, los chapines[324],
con plata, colgando de los respaldares de los sillones; y ellos, unos
con portamanteos sin cojines, y otros sin cojines ni portamanteos, las
capas dobladas debajo, las valonas[325] en los sombreros, con alforjas
detrás; y los músicos, con la guitarras en cajas delante de los arzones,
y algunos dellos ciclanes de estribos[326], y otros, eunucos, con los
mozos que le sirven[327] a las ancas, unos con espuelas sobre los
zapatos y las medias, y otros con botas de rodillera, sin ninguna; otros
con varas para hacer andar sus cabalgaduras y las de las mujeres. Los
apellidos de los más eran valencianos, y los nombres de las
representantas[328] se resolvían en Marianas y Anas Marías, hablando
todo recalcado[329], con el tono de la representación. La conversación
con que entraron en la venta era decir que habían robado a Lisboa,
asombrado a Córdoba y escandalizado a Sevilla, y que habían de despoblar
a Madrid[330], porque con sola la loa que llevaban para la entrada, de
un tundidor de Ecija[331], habían de derribar cuantos autores entrasen
en la Corte. Con esto, se fueron arrojando de las cabalgaduras, y los
maridos, muy severos[332], apeando en los brazos a sus mujeres, llamando
todos al Güésped,

«y él de nada se dolía»[333].

La Autora se asentó en una alhombrilla que la echaron en el suelo; las
demás princesas, alrededor, y el Autor andaba solicitando el regalo de
todos, como pastor de aquel ganado. Y dijo el Cojuelo:

–Con el señor Autor estoy en pecado mortal de parte de mis camaradas.

–¿Por qué?–dijo don Cleofás.

Respondió el Diablillo:

–Porque es el peor representante del mundo, y hace siempre los demonios
en los autos del Corpus, y está perdigado[334] para demonio de veras, y
para que haga en el infierno los autores si se representaren comedias;
que algunas hacen estas farándulas, que aun para el infierno son malas.

–Uno he visto aquí–dijo don Cleofás–, entre los demás compañeros, que
le he deseado cruzar la cara, porque me galanteó en Alcalá una doncella,
moza mía, que se enamoró dél viéndole hacer un rey de Dinamarca.

–Doncella–dijo el Cojuelo–debía de ser de allá[335]; pero si
quieres–prosiguió–que tomemos los dos venganza del Autor y del
Representante, espera y verás cómo lo trazo; porque agora quieren
repartir una comedia con que han de secundar en Madrid, y sobre los
papeles has de ver lo que pasa.

Al mismo tiempo que decía esto el Cojuelo, el apuntador de la Compañía
sacó de un alforja los de una comedia de Claramonte[336], que había
acabado de copiar en Adamuz el tiempo que estuvieron allí, diciendo al
Autor:

–Aquí será razón que se repartan estos papeles, entretanto que se
adereza la comida y parece el Güésped.

El Autor vino en ello, porque se dejaba gobernar del tal Apuntador, como
de hombre que tenía grandísima curia en la comedia, y había sido
estudiante en Salamanca, y le llamaban el Filósofo por mal nombre; y
llegando con el papel de la segunda dama a Ana María, mujer del que
cantaba los bajetes y bailaba los días de Corpus, habiéndole dado la
primera dama a Mariana, la mujer del que cobraba y que hacía su parte
también en las comedias de tramoya, arrojándole, dijo que ella había
entrado para partir entre[337] las dos los primeros papeles, y que
siempre le daban los segundos, y que ella podía enseñar a representar a
cuantas andaban en la comedia, porque había representado al lado de las
mayores representantas del mundo y en la legua[338] la llamaban
Amarilis[339], segunda deste nombre. Esotra le dijo que no sabría mirar
lo que ella con su zapato representaba[340], respondiéndole esotra que
de cuándo acá tenía tanta soberbia, sabiendo que en Sevilla le prestó
hasta las enaguas para hacer el papel de Dido[341] en la gran comedia de
don Guillén de Castro, echando a perder la comedia y haciendo que
silbasen la compañía.

–Tú eres la silbada–dijo esotra–, y tu ánima[342].

Llegando a las manos y diciéndose palabras mayores, y tan grandes, que
alcanzaron a los maridos; y sacando unos con otros las espadas, comenzó
una batalla de comedia, metiéndolos en paz los mozos de mulas con los
frenos que acababan de quitar; y dejándolos empelotados, se salieron don
Cleofás y el Cojuelo de la venta al camino de Andalucía, quedándose
abrasando a cuchilladas la compañía que fuera un Roncesvalles del
molino del papel[343] si el Ventero no llegara con la Hermandad[344] en
busca de los dos que se fueron, para prendello, con escopetas, chuzos y
ballestas; y hallando esta nueva matanza en su venta, y jarros, tinajas
y platos hechos tantos[345] en la refriega, los apaciguaron, y
prendieron a los dichos representantes para llevarlos a Ciudad Real,
habiendo de tener otra pelaza más pesada con el alguacil que los traía a
Madrid por orden de los arrendadores, con comisión del Consejo[346].

TRANCO VI

En este tiempo, nuestros caminantes, tragando leguas de aire, como si
fueran camaleones[347] de alquiler, habían pasado a Adamuz, del gran
Marqués del Carpio, Haro y nobilísimo decendiente de los señores
antiguos de Vizcaya, y padre ilustrísimo del mayor Mecenas[348] que los
antiguos ingenios y modernos han tenido, y caballero que igualó con sus
generosas partes su modestia. Y habiéndose sorbido de los siete vados y
las ventas de Alcolea, se pusieron a vista de Córdoba por su fertilísima
campiña y por sus celebradas dehesas gamonosas[349], donde nacen y
pacen tantos brutos, hijos del Céfiro más que los que fingió la
antigüedad en el Tajo portugués[350]; y entrando por el Campo de la
Verdad[351] (pocas veces pisado de gente desta calaña) a la Colonia[352]
y populosa patria de dos Sénecas y un Lucano, y del padre de la Poesía
española, el celebrado Góngora, a tiempo que se celebraban fiestas de
toros aquel día, y juego de cañas, acto positivo[353] que más
excelentemente ejecutan los caballeros de aquella ciudad, y tomando
posada en el mesón de las Rejas[354], que estaba lleno de forasteros que
habían concurrido a esta celebridad, se apercibieron para ir a vellas,
limpiándose el polvo de las nubes; y llegando a la Corredera[355], que
es la plaza donde siempre se hacen estas festividades, se pusieron a ver
un juego de esgrima que estaba en medio del concurso de la gente, que en
estas ocasiones suele siempre en aquella provincia preceder a las
fiestas, a cuya esfera no había llegado la línea recta, ni el ángulo
obtuso ni oblicuo[356]; que todavía se platicaba el uñas arriba y el
uñas abajo de la destreza primitiva que nuestros primeros padres
usaron; y acordándose don Cleofás de lo que dice el ingeniosísimo
Quevedo en su _Buscón_[357], pensó[358] perecer de risa, bien que se
debe al insigne don Luis Pacheco de Narváez haber sacado de la obscura
tiniebla de la vulgaridad a luz la verdad deste arte, y del caos de
tantas opiniones las demonstraciones matemáticas desta verdad.

Había dejado en esta ocasión la espada negra[359] un mozo de Montilla,
bravo aporreador, quedando en el puesto otro de los Pedroches, no menos
bizarro campeón, y arrojándose, entre otros que la fueron a tomar muy
apriesa, don Cleofás la levantó primero que todos, admirando la
resolución de el forastero, que en el ademán les pareció castellano, y
dando a su camarada la capa y la espada, como es costumbre, puso
bizarramente las plantas en la palestra. En esto, el Maestro, con el
montante[360], barriendo los pies a los mirones, abrió la rueda, dando
aplauso[361] a la pendencia vellorí[362], pues se hacía con espadas
mulatas; y partiendo el andaluz y el estudiante castellano uno para el
otro airosamente, corrieron una ida y venida sin tocarse al pelo de la
ropa, y a la segunda, don Cleofás, que tenía algunas revelaciones de
Carranza, por el cuarto círculo[363] le dió al andaluz con la zapatilla
un golpe de pechos, y él, metiendo el brazal, un tajo a don Cleofás en
la cabeza, sobre la guarnición de la espada; y convirtiendo don Cleofás
el reparo en revés, con un movimiento accidental[364], dió tan grande
tamborilada al contrario, que sonó como si la hubiera dado en la
tumba[365] de los Castillas. Alborotáronse algunos amigos y conocidos,
que había en el corro, y sobre el montante del señor Maestro le entraron
tirando algunas estocadillas veniales al tal don Cleofás, que con la
zapatilla, como con agua bendita, se las quitó, y apelando a su espada y
capa, y el Cojuelo a sus muletas, hicieron tanta riza[366] en el montón
agavillado, que fué menester echalles un toro para ponellos en paz: tan
valiente montante de Sierramorena, que a dos o tres mandobles puso la
plaza más despejada que pudieran la guarda tudesca y española, a costa
de algunas bragas que hicieron por detrás cíclopes a sus dueños[367],
encaramándose a un tablado don Cleofás y su camarada, muy falsos[368],
a ver la fiesta, haciéndose aire con los sombreros, como si tal no
hubiera pasado por ellos; y acechándolos unos alguaciles, porque en
estas ocasiones siempre quiebra la soga por lo más forastero[369],
habiendo dejarretado el toro, llegaron desde la plaza a caballo,
diciéndoles:

–Señor Licenciado y señor Cojo, bajen acá, que los llama el señor
Corregidor.

Y haciendo don Cleofás y su compañero orejas de mercader, comenzaron los
ministros o vaqueros de la justicia a quererlo intentar con las varas, y
agarrándose cada uno de la suya, a vara por barba[370], dijeron a los
tales ministros, quitándoselas de las manos de cuajo:

–Sígan[n]os vuesas mercedes si se atreven a alcanzarnos.

Y levantándose por el aire, parecieron cohetes voladores, y los dichos
alguaciles, capados de varas, pedían a los gorriones «¡Favor a la
justicia!»[371], quedándose suspensos y atribuyendo la agilidad de los
nuevos volatines a sueño, haciendo tan alta punta[372] los dos halcones,
salvando a Guadalcázar, del ilustre Marqués de este título, del claro
apellido de los Córdovas, que dieron sobre el rollo de Écija, diciéndole
el Cojuelo a don Cleofás:

–Mira qué gentil árbol berroqueño, que suele llevar hombres, como otros
fruta.

–¿Qué coluna tan grande es ésta?–le preguntó don Cleofás.

–El celebrado rollo[373] del mundo–le respondió el Cojuelo.

–Luego ¿esta ciudad es Écija?–le repitió don Cleofás.

–Ésta _es_ Écija, la más fértil población de Andalucía–dijo el
Diablillo–, que tiene aquel sol[374] por armas a la entrada de esa
hermosa puente, cuyos ojos rasgados lloran a Genil, caudaloso río que
tiene su solar en Sierra Nevada, y después, haciendo con el Darro
maridaje de cristal, viene a calzar de plata estos hermosos edificios y
tanto pueblo de abril y mayo[375]. De aquí fué Garci Sánchez de
Badajoz[376], aquel insigne poeta castellano; y en esta ciudad solamente
se coge el algodón[377], semilla que en toda España no nace, además de
otros veinte y cuatro frutos, sin sembrallos, de que se vale para vender
la gente necesitada; su comarca también es fertilísima[378]. Montilla
cae aquí a mano izquierda, habitación de los heroicos marqueses de
Priego, Córdovas y Aguilares, de cuya gran casa salió, para honra de
España, el que mereció llamarse Gran Capitán por antonomasia, y hoy a su
Marqués ilustrísimo se le ha acrecentado la casa de Feria, por morir sin
hijos aquel gran portento de Italia, que malogró la Fortuna, de envidia;
cuyo gran sucesor, siendo mudo, ocupa a grandezas en silencio elocuente
las lenguas de la Fama. Más abajo está Lucena, del Alcaide de los
Donceles, Duque de Cardona, en cuyo océano de blasones se anegó la gran
casa de Lerma. Luego, Cabra, celebrada por su sima[379], tan profunda
como la antigüedad de sus dueños, pregona con las lenguas de sus
almenas, que es del ínclito Duque de Sesa y Soma, y que la vive hoy su
entendido y bizarro heredero. Luego Osuna se ofrece a la demarcación
destos ilustres edificios, blasonando con tantos maestres Girones la
altivez de sus duques; y veinte y dos leguas de aquí cae la hermosísima
Granada, paraíso de Mahoma, que no en vano la defendieron tanto sus
valientes africanos españoles, de cuya Alhambra y Alcazaba es alcaide el
nobilísimo Marqués de Mondéjar, padre del generoso conde de Tendilla,
Mendozas del Ave María y credo de los caballeros. No nos olvidemos, de
camino, de Guadix, ciudad antigua y celebrada por sus melones[380], y
mucho más por el divino ingenio del doctor Mira de Mescua[381], hijo
suyo y arcediano.

Cuando iba el Cojuelo refiriendo esto, llegaron a la Plaza Mayor de
Ecija, que es la más insigne del Andalucía, y junto a una fuente que
tiene en medio del jaspe, con cuatro ninfas gigantas de alabastro
derramando lanzas de cristal[382], estaban unos ciegos sobre un banco,
de pies, y mucha gente de capa parda de auditorio, cantando la relación
muy verdadera que trataba de cómo una maldita dueña se había hecho
preñada del diablo, y que por permisión de Dios había parido una manada
de lechones, con un romance de don Alvaro de Luna y una letrilla contra
los demonios, que decía:

«Lucifer tiene muermo,
Satanás, sarna,
y el Diablo Cojuelo
tiene almorranas.
Almorranas y muermo,
sarna y ladillas,
su mujer se las quita
con tenacillas.»[383]

El Cojuelo le dijo a don Cleofás:

–¿Qué te parece los testimonios que nos levantan estos ciegos y las
sátiras que nos hacen? Ninguna raza de gente se nos atreve a nosotros si
no son éstos, que tienen más ánimo que los mayores ingenios; pero esta
vez me lo han de pagar, castigándose ellos mismos por sus propias manos,
y daré, de camino, venganza a las dueñas, porque no hay en el mundo
quien no las quiera mal, y nosotros las tenemos grandes obligaciones,
porque nos ayudan a nuestros embustes; que son demonias hembras[384].

Y sobre la entonación de las coplas metió el Cojuelo tanta cizaña entre
los ciegos, que, arrempujándose primero, y cayendo dellos en el pilón de
la fuente, y esotros en el suelo, volviéndose a juntar, se mataron a
palos, dando barato[385], de camino, a los oyentes, que les respondieron
con algunos puñetes y coces. Y como llegaron a Écija con las varas de
los alguaciles de Córdoba, pensando que traían alguna gran comisión de
la Corte, llegó la justicia de la ciudad a hacelles fiesta y a
lisonjeallos con ofrecerles sus posadas, y ellos, valiéndose de la
ocasión, admitieron las ofertas, con que fueron regalados como cuerpos
de rey; y preguntándoles qué era el negocio que traían para Écija, el
Cojuelo les respondió que era contra los médicos y boticarios, y visita
general de beatas; y que a los médicos se les venía a vedar que después
de matar un enfermo, no les valiese[386] la mula por sagrado; y que,
cuando no se saliese con esto, por lo menos, a los boticarios que
errasen las purgas, que no pudiesen ser castigados si se retrujesen[387]
en los cimenterios de las mulas de los médicos, que son las ancas[388];
y que a las beatas se les venía a quitar el tomar tabaco, beber
chocolate y comer jigote.

Comentários

Deixe um comentário

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *