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  • El Diablo Cojuelo

    El Diablo Cojuelo

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    EL DIABLO COJUELO

    Luis Vélez de Guevara

    CLÁSICOS CASTELLANOS

    EL DIABLO COJUELO

    Luis Vélez de Guevara

    PRÓLOGO Y NOTAS DE FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN

    1922

    A LA GRATA MEMORIA DEL INGENIOSÍSIMO
    ESCRITOR HISPALENSE DON FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ,
    MI LEAL AMIGO DESDE LOS TAN REGOCIJADOS
    COMO FUGACES AÑOS DE LA MOCEDAD.

    _FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN_

    PRÓLOGO

    Luis Vélez de Guevara–como dije en otra ocasión[1]–fué tan pobre, que
    bien puede dudarse si en algún tiempo de su vida llegó a tener dos
    trajes en mediano uso; pero, en cambio, a los doscientos y mas años de
    su muerte tiene dos biografías diversas: la que le inventaron algunos
    escritores, que es la mas conocida[2], y la que despacio y a retazuelos,
    como de limosna, pero sólidamente, le vamos escribiendo algunos
    investigadores de nuestra historia literaria[3].

    Según la primera de entrambas biografías, Vélez nació en Ecija por enero
    de 1570, estudió Leyes en la Universidad de Sevilla y vino a ejercer su
    profesión a la Corte, en donde muy luego ganó estimación y fama por su
    sagacidad, gracejo y elocuencia. Defendiendo a cierto criminal captó a
    los jueces con su donaire; pero como el fiscal apelase de la benigna
    sentencia dictada, el reo fué condenado a muerte, y Luis Vélez a pagar
    una multa. Tuvo noticia de ello el Rey, y cuando conversó con el festivo
    abogado prendóse tanto de él, que no sólo le perdonó la multa, y la
    vida al delincuente, sino que, además, ya no pudo pasar sin el trato de
    Vélez de Guevara, a quien protegió sobremanera.

    Esto fué lo que suele llamarse hablar de memoria, porque en todo el
    relato no hay otra cosa verdadera que lo de ser Ecija la patria del
    escritor. Y lo realmente sucedido y cierto es, en este caso como en
    otros muchos, menos bello y agradable que la mentira. Véamoslo.

    Luis Vélez de Guevara nació en Ecija, a fines de julio de 1579, de
    padres hidalgos, pero pobres[4]: sabido es que la hidalguía y la
    pobreza casi siempre anduvieron juntas[5]. Estudió la Gramática en su
    ciudad natal, y por julio de 1596 se graduó de bachiller en Artes en la
    Universidad de Osuna, eximiéndose por pobre de pagar los derechos
    académicos[6]. Seguidamente entró a servir como paje a don Rodrigo de
    Castro, cardenal arzobispo de Sevilla, a quien acompañó en el viaje que
    hizo a Madrid y a Valencia para asistir en las bodas de Felipe III y
    doña Margarita de Austria, de las cuales y de sus esplendorosas fiestas
    trató el poeta adolescente en un poemita que hizo imprimir en Sevilla, a
    su regreso[7].

    Murió el Cardenal en septiembre de 1600; pero a esta sazón no perduraba
    Vélez en su palacio, pues, ya harto talludo para paje, dos meses antes
    había dejado su empleo, a fin de abrazar la profesión de las armas. Él,
    en un memorial dirigido al Rey, dijo haber permanecido seis años en la
    milicia[8]; pero que exageró en cuanto a la duración de su vida
    soldadesca demuéstrase con otras palabras suyas, porque él mismo, muchos
    años antes, había declarado que en el estío de 1603 estaba en
    Valladolid, y en tal declaración, prestada en Sevilla a 26 de mayo de
    1604 e inédita hasta ahora, llamábase nuestro poeta, sin mencionar para
    cosa alguna la cualidad de soldado, «vecino al presente en esta ciudad,
    en la collación de Santa Marina»[9].

    Ya apellidándose Vélez de Guevara, en lugar de Vélez de Santander, como
    se había llamado hasta poco antes[10], escribió y publicó en 1608 un
    nuevo opúsculo poético intitulado _Elogio del Ivramento del sereníssimo
    Príncipe don Felipe Domingo, Quarto deste nombre_, y en la portada de
    esta obrita se decía criado del Conde de Saldaña. Había entrado, en
    efecto, a su servicio como gentilhombre antes o poco después de enviudar
    de su primer matrimonio: del primero de los cuatro con que probó su
    grande afición a este santo sacramento[11].

    Para sus nuevas nupcias con doña Úrsula Ramisi Bravo de Laguna[12], el
    mencionado Conde le hizo donación de cuatrocientos ducados, amén de
    señalarle una pensión anual vitalicia de otros doscientos; pero estas
    larguezas de los grandes de antaño eran comúnmente más nominales que
    efectivas, porque a la hora de cobrar–tan endeudados andaban de
    ordinario–solían desvanecerse como el humo. Y en 1618, fallecida su
    segunda mujer, que le dejó, amén de algún otro hijo, a Juan, sucesor de
    su padre en la profesión y en el ingenio[13], nuestro escritor contrajo
    nuevo matrimonio, que la muerte había de romper antes que pasaran dos
    años, con doña Ana María del Valle[14]; y dejando la casa del conde de
    Saldaña, pasó a la del marqués de Peñafiel, manirroto primogénito del
    gran duque de Osuna, a cuyo servicio estuvo, asimismo como gentilhombre,
    cerca de un bienio[15].

    Los continuos apuros, la perdurable indigencia y la negra fortuna de
    Luis Vélez de Guevara en los años de 1622 y siguientes están pintados de
    mano maestra por él mismo en cinco memoriales en verso que salieron a
    luz pocos años ha[16]. Ora pretende un humilde puesto en la servidumbre
    del cardenal e infante don Fernando; ora, ya frustrado este propósito,
    logra en 1623 la efímera portería de cámara del Príncipe de Gales,
    nuestro huésped; ya, en 1624, obtiene, después de grande esfuerzo, la
    también harto breve mayordomía del archiduque Carlos, muerto aún no
    transcurrido un mes desde su llegada a Madrid, y más adelante solicita
    infructuosamente del Rey, alegando sus méritos y servicios y la nobleza
    de su linaje, una plaza de ayuda de su guardarropa. Al cabo, este hombre
    celebrado y aplaudido de todos por sus excelentes comedias, a la par que
    por su deliciosa y amenísima conversación, aludiendo a la cual había
    escrito Cervantes:

    «Topé a Luis Vélez, _honra y alegría
    y discreción del trato cortesano_,
    y abracéle en la calle a medio día»,

    consiguió en 1625 entrar definitivamente en la servidumbre de Palacio,
    ocupando una plaza de ujier de cámara de Su Majestad. Pero esto, que
    parecía algo, era muy poco, salvo en lo honorífico, pues no tuvo
    señalada ración, y hasta el año de 1635, en que el infortunado poeta
    entró en gajes[17], siguió condenado a vivir de lo poco que entonces
    producían las obras dramáticas[18] y de lo que pedía a sus amigos; tanto
    fué así, que se hicieron proverbiales su extremada pobreza y sus donosas
    esquelas petitorias, casi siempre en verso.[19]

    Como si compartiendo la escasez de recursos se cupiese a menos porción
    de ella, Vélez se casó aún por cuarta vez, en 1626, con una viuda
    llamada doña María López de Palacios,[20] bien que ésta aportó a su
    nuevo enlace algunos bienes; mas pronto fueron vendidos, y juntos y
    procreando y criando algunos hijos, vivieron entrambos cónyuges en
    cristiana estrecheza, hasta el día 9 de noviembre de 1644, en que
    falleció el donairoso autor de tantos primores literarios[21]. Su
    testamento, otorgado cuatro días antes, contiene una larga lista de
    pequeñas deudas. Al comienzo de este documento consignó: «Iten, declaro
    que por el presente estoy muy alcançado y necesitado de hacienda, para
    poder disponer y dejar las misas que yo quisiera por mi alma».[22]

    Vélez de Guevara fué celebradísimo de sus contemporáneos, así por la
    amenidad de su trato, que le ganaba amigos en todas partes, como por su
    facundia poética y su florido e inagotable ingenio. Claramonte llamábale
    en 1613, en el _Inquiridion_ que va al fin de su _Letanía moral_,
    «floridissimo ingenio de Ezija, de quien esperamos grandes escritos y
    trabajos, y a hecho hasta oy muchas famosas comedias». Cervantes no le
    elogió menos en estos dos tercetos del cap. II de su _Viage del Parnaso_
    (1614):

    «Este que es escogido entre millares,
    de Gueuara Luys Vélez es el brauo,
    que se puede llamar quita pesares.

    Es Poeta Gigante, en quien alauo
    el verso numeroso, el peregrino
    ingenio, si vn Gnaton nos pinta, o vn Dauo.»

    Lope de Vega le ensalzó dos veces, en sendas epístolas de _La Filomena,
    con otras diversas Rimas, Prosas y Versos_ (1621):

    «Aquí de Valdivielso el santo empleo,
    De Luis Vélez, florido y elocuente,
    La lira que ya fué del dulce Orfeo.»

    «…Y el famoso Luis Vélez, que tenía
    En éxtasis las Musas, que a sus labios
    Iban por dulce néctar y ambrosía.»

    Y aun volvió a loarle en la silva II de su _Laurel de Apolo_, publicado
    en 1630:

    «Ni en Écija dejara
    el florido Luis Vélez de Guevara
    de ser su nuevo Apolo,
    que pudo darle solo,
    y sólo en sus escritos,
    con flores de conceptos infinitos,
    lo que los tres que faltan:
    así sus versos de oro
    con blando estilo la materia esmaltan.»

    ¿Para qué seguir transcribiendo frases laudatorias? Baste recordar muy
    resumidamente que Tamayo de Vargas (1622) ponderó su donaire; y don
    Fernando de Vera y Mendoza (1627) le llamó «el Rey de Romanos»; y Pérez
    de Montalván (1632) encareció los «pensamientos sutiles, arrojamientos
    poéticos y versos excelentísimos y bizarros» de sus comedias; y Salas
    Barbadillo (1635) afirmó que «en el Parnaso no se conocen otras salinas
    sino las de su felicissimo ingenio»….

    El insigne poeta ecijano, hoy más famoso por su novela intitulada _El
    Diablo Cojuelo_, aún muy leída, que por sus obras teatrales,
    desterradas, como todas las antiguas, de la escena actual,
    principalmente por falta de buenos cómicos y consiguiente carencia de
    buenas compañías, escribió más de cuatrocientas comedias, de las cuales
    ha llegado hasta nosotros un centenar escaso. Por éstas se le puede
    diputar, si no como autor de señaladísima personalidad literaria, a lo
    menos, como uno de los más aventajados discípulos de Lope de Vega, cuyas
    huellas siguió tan constante y acertadamente, que a las veces se hace
    harto difícil diferenciarlos. Tal sucede, verbigracia, con la comedia
    intitulada _Los Novios de Hornachuelos_, que pasa comúnmente por obra de
    Lope; pero hay alguna indicación antigua que la atribuye a Vélez de
    Guevara, y, leída y estudiada, quédase perplejo el entendimiento más
    avisado, sin resolverse a adjudicarla con cabal certeza a ninguno de
    entrambos ingenios. La misma grande semejanza con las de Lope se echa de
    ver en todas las comedias del poeta ecijano: las fuentes, unas; iguales
    los procedimientos; igualmente rica la dicción; análogo el nervio en lo
    dramático; parecidísimas las gracias en lo festivo, e idéntica en ambos
    la propensión a avalorar lo propio entreverándolo con todos los
    elementos del _folklore_ nacional; aquí, con la conseja vulgar y la
    tradición legendaria; allá, con el refrán hábilmente desleído y glosado
    en cuatro o seis versos; acullá, con la vieja cancioncilla histórica,
    que siempre, por lo grata, parece nueva a los oídos españoles; y en otro
    lado, en fin, con el sabroso cuentecillo popular, picante sin demasía.

    De _El Diablo Cojuelo_, única de las obras de Vélez que ha conservado
    para su nombre alguna parte de la amplia popularidad que disfrutó en
    vida, se han hecho en nuestros días, amén de tal cual edición corriente,
    dos eruditas y anotadas. Ambas se deben a la vasta cultura y harto
    probada laboriosidad de don Adolfo Bonilla y San Martín, ventajosamente
    conocido en el campo literario y en el filosófico. Enderezando un
    antiguo entuerto que se había hecho a Vélez de Guevara con interpretarle
    desaforadamente[23], publicó la primera de estas dos ediciones (Vigo,
    1902); pero como mi antiguo camarada y docto amigo don Felipe Pérez y
    González, cuyo felicísimo ingenio estaba emparentado muy de cerca, a
    pesar de los siglos que se habían puesto en medio, con el del donairoso
    ecijano, juntase burla burlando, artículo por artículo, en _La
    Ilustración Española y Americana_, para formar un libro muy interesante
    y ameno, que sacó a luz en 1903 bajo el título de _El Diablo Cojuelo:
    notas y comentarios_, libro en el cual patentizó algunos errores de las
    notas del señor Bonilla, éste, en 1910, año en que tras cruelísima
    enfermedad pasó a mejor vida su festivo, pero amable corrector–que no
    sin fundamento había usado en su mocedad el seudónimo de _Urbano
    Cortés_–, dió a la estampa en Madrid una nueva edición de la obrita de
    Vélez, mejoradas las notas y reconocido con nobleza el valioso auxilio
    que para ello le había prestado el tan culto como donairoso escritor
    hispalense[24].

    Pero, aun así, _El Diablo Cojuelo_ ¿se había hecho del todo accesible a
    la inteligencia de los lectores medianamente ilustrados de nuestros
    días? Aun rectificadas en su segunda edición, ¿bastan las notas del
    señor Bonilla para ahorrar tropiezos, en muchos lugares de la novela,
    hasta a los lectores más avisados e instruidos? A estas preguntas, que
    algunos aficionados a las letras nos hacíamos, respondió, como si
    estuviera en nuestro pensamiento, don Enrique Nercasseau y Morán, en su
    discurso de recepción leído ante la Academia Chilena, correspondiente de
    la Española, el día 21 de noviembre de 1915[25]: «La novela toda de
    Vélez de Guevara–dijo–es una sátira cortés de la sociedad de su
    tiempo, felicísima en la mayor parte de sus cuadros, y no afeada por la
    licencia y crudeza tan comunes en las novelas de la época. _El Diablo
    Cojuelo_ sería una narración clásica de primer orden, y aun leíble hoy
    día, si no la deslustrara el conceptismo, y si no se hallara
    sobreabundante en equívocos y frases convencionales de difícil o
    imposible comprensión en nuestra era. Aun después del trabajo llevado a
    cabo por don Adolfo Bonilla y San Martín en su edición de Madrid de
    1910, la novela de Vélez de Guevara queda aguardando un comentario que
    la explique y la ponga al alcance general.» Ese comentario que el señor
    Nercasseau echaba de menos es el que, con temeridad que no puede buscar
    disculpa en la inexperiencia de los pocos años, he intentado en la
    presente edición. ¿Habré conseguido darle cima? Nuestro señor el público
    lo dirá: a su inapelable fallo me someto gustoso.

    En las aprobaciones insertas en la edición príncipe de _El Diablo
    Cojuelo_ elogiaron esta novela fray Diego Niseno, padre basilio, y fray
    Juan Ponce de León, de la orden de los Mínimos. En sentir del primero,
    la obrita contiene «muchas cosas de mucha moralidad y enseñança,
    escritas con la sazón y variedad que de tal ingenio se podían esperar.
    Merece–añadió–la licencia que pide, porque este linage de escritos es
    difícil de enquadernar con lo honesto y recatado de nuestras christianas
    leyes, y Luis Vélez ha sido en éste gloriosa excepción desta vniuersal
    dolencia.» Más extremado es el parecer del segundo, que encarece el
    sazonado gusto de Vélez, «por auer puesto la naturaleza en su ingenio la
    elegancia del estilo, la suabidad del dezir, la aduertencia en el
    colocar, la atenta circunspección en las palabras, y todo con tal modo,
    que dexa suspensa la razón sobre a qual de estas partes se deba con más
    justificación la primacia: en todo este discurso se corre la cortina a
    los conocidos engaños deste mundo, de modo que, para penetrarlos con
    sutileza, no necesita nuestra Nación de salir de sus estendidos límites,
    pues dentro de sí cría sugetos que, aun en sueños y burlas, la dexan
    superiormente ilustrada». Diametralmente opuesta a estas opiniones fué
    la de Francisco Santos, pues dijo en _El Arca de Noé y Campana de
    Belilla_[26]: «Tocó la Campana y desaparecieron todos los Autores de
    viejo, siguiéndolos vno que avia venido tarde, y también llevava vn
    libro en las manos, que preguntando a Noe quién era, me dixo: el libro
    se intitula el Diablo Cojuelo, Aventuras de Don Cleofas Leandro Perez
    Zambullo, digno de que le consumiera vn Polvorista: está sin enseñança
    buena, ni moralidad, y esto, sobre acabar como la nieve….» «Ni tanto,
    ni tan poco», podría haberse dicho a los tres censores, porque, en
    realidad de verdad, la novelita de Vélez de Guevara, que se muestra en
    ella como un buen discípulo de Quevedo, de cuyas obras cómicas y
    satíricas tiene reminiscencias muy frecuentes, sin ser una maravilla, es
    de agradable lectura, y más lo fuera sin la pesada y adulatoria
    enumeración de todo aquel inacabable señorío que el autor, en el tranco
    VIII, hace pasar por el espejo de Rufina María, dispuesto _ad hoc_ por
    el redomado desenredomado.

    En la visión, que pudiéramos llamar cinematográfica, de los diez trancos
    o capítulos en que está dividido _El Diablo Cojuelo_, cada uno sabe a
    cosa diferente de los demás: son cuadros distintos e independientes
    entre sí, que no tienen de común sino la intervención, o la presencia
    cuando menos, de los dos héroes de la novela. El tranco II, verbigracia,
    en que entrambos, desde el capitel de la torre de San Salvador,
    descubierta «la carne del pastelón de Madrid», otean después de la media
    noche cuanto sucede en la coronada villa, trae a la memoria, por la
    traza y manera, como indiqué en las notas de mi edición crítica del
    _Quijote_[27], aquella inspección que desde la torre de la Giralda de
    Sevilla, y acompañado asimismo de un _cicerone_, el maestro Desengaño,
    había hecho Rodrigo Fernández de Ribera, autor de _Los Antoios de meior
    vista_[28]. El desaforado poeta del tranco IV es pariente propincuo de
    otros dos muy conocidos en nuestra literatura: el del _Coloquio de los
    Perros_, de Cervantes, y el de la _Vida del Buscón,_ de Quevedo. A hacer
    entretenida y agradable la lectura de _El Diablo Cojuelo_ contribuyen
    con lo ingenioso de la invención la interesante variedad de las escenas,
    la soltura y viveza del diálogo, y, especialmente, el chispeante gracejo
    de Vélez de Guevara. En cambio, la elocución suele ser descuidadilla,
    entre otras cosas, por la excesiva abundancia de gerundios.

    Del Diablo Cojuelo, entremetido espíritu infernal que da nombre y ser a
    la novela, trató el señor Bonilla en una breve nota. Mucho más merecía
    el que «trujo al mundo la zarabanda, el déligo y la chacona», y yo he de
    volver hoy por su negra honrilla, recordando la mucha familiaridad que
    nosotros los españoles hemos tenido con él. Háyase de llamar Renfas, o
    Asmodeo, o de otro cualquier modo, es lo cierto que este travieso
    diablillo, con parecer de menor cuantía y ser cojo por añadidura, tomó
    entre nosotros tal importancia, que nada malo se pudo hacer sin él. «_El
    Diablillo Cojo_ sabe más que el otro», enseñó el refrán, y cuando en el
    calor de la ira se dijo a alguno que le llevase el diablo, no faltó
    quien, rectificando festivamente, respondiera: «_El Diablo Cojuelo_, que
    es más ligero». En las fórmulas supersticiosas llevábanle y traíanle
    como un zarandillo nuestras hechiceras de los siglos XVI y XVII, para
    que les llevase y trajese sus galanes y paniaguados, y le daban prisa,
    y le adulaban celebrando su ligereza. Véanse algunos ejemplos. Doña
    Antonia Mexía declaró, entre otras cosas, en un proceso que se le siguió
    por los años de 1633[29]: «Que habrá seis años que la dicha Beatriz dixo
    a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dixese:

    Estos cinco dedos pongo en este muro;
    cinco demonios conjuro:
    a Barrabás, a Satanás,
    a Lucifer, a Bercebú,
    _al Diablo Cojuelo,
    que es buen mensajero_,
    que me traigan a fulano luego
    a mi querer y a mi mandar.»

    Y así, en 1668, Agueda Rodríguez, vecina de Madridejos, también
    procesada por hechicería[30]:

    «…_Diablo Cojuelo,
    tráemele luego_;
    diablo del pozo,
    tráemele, que no es casado; que es mozo;
    diablo de la Quintería,
    tráemele en la fería;
    diablo de la plaza,
    tráemele en danza….»

    Teníase al Diablo Cojuelo, como dice el refrán, por el más listo de
    todos: Esperanza Bonfilla, procesada por la Inquisición de Valencia en
    1600, hizo que cierta mujer, para atraer a un hombre, «hiciese vn
    conjuro en la forma siguiente: tomando vna escoba, la puso vna toca como
    muger, y encendida vna bela que no fuese bendita, se arrodilló delante
    de la escoba, y sin haçer cruz, juntas las manos, dixo:

    Marta, Martica,
    no la santa ni la digna,
    ni la digna de rogar,
    ni la que está en el altar,
    sino la que de noche andas por las beredas
    y los días por las encrebelladas,
    yo te conjuro con Satanás y con Barrabás,
    con Bercebú y todos los diablos,
    _y con el diablo coxo,
    que corre mas que todos_,
    que todos vais a fulano
    y le deis tiempo para vestirse
    y le traigais por puntos ante mí y mis ojos,
    sin hacerle mal»[31].

    Corría más, y tenía más poder que sus iguales y superiores, o no supo lo
    que se pescaba Isabel del Pozo al hacer sus conjuros, ni María
    Castellanos cuando lo declaró ante la Inquisición de Toledo en 1631[32],
    pues decía: «… que tomó en las manos dicha Isabel del Poço un poco de
    sal de sardinas y çilantro, lo qual mezcló todo y lo echaba de una mano
    en otra diciendo:

    Conjúrote, sal y çilantro,
    con Barrabás,
    _con el Diablo cojuelo, que puede más._
    No te conjuro por sal y çilantro,
    sino por el corazón de fulano;

    y echando la sal y çilantro en la lumbre, proseguía diciendo:

    Así como te has de quemar,
    se queme el corazón de fulano,
    y aquí me le traygas,
    y conjúrote por la reina Sardineta,
    y con la tataranieta,
    y con los navegantes que navegan por la mar.»

    Pero la cualidad de diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y
    holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el
    infierno alegremente, de ningún texto inquisitorial resulta tan clara
    como de la manifestación de otra hechicera de Madridejos, llamada Mari
    Fernández, que, procesada en 1532, al ser interrogada, trajo a colación,
    como vamos a ver, un estragado fragmento de cierto curiosísimo romance,
    desconocido hoy[33]: «Preguntada sy ha dicho esta declarante a alguna
    persona como avia hecho çerco con ynvocacion de diablos, que eran
    berzebú y satanás _y el diablo coxuelo_, diziendo esta declarante que
    sin _el diablo coxuelo_ no se podía hazer aquel çerco, y que en aquel
    çerco que hizo avia esta declarante visto lo quel diablo queria hazer
    contra çierta persona, que diga lo que çerca desto ha dicho e fecho,
    dixo que ella suele cantar vn Romance que dize:

    A caça yba bienhecho
    por Riberas de la mar,
    no por mengua de vjno
    ni menos mengua de pan;
    por miedo del Rey Ramjro
    que lo querja matar.
    Ellos en aquesto estando
    enbjaronle a llamar.
    Vamonos, dixo, amigo,
    vamonos, dixo, a çenar;
    de que ovjeremos çenado
    dios dixo lo que será;
    desque ovjeron çenado
    tomó libros en sus manos
    y començó de Rezar;
    a los pecados mayores
    enpeçolos de llamar:
    ¿Qué es de ti, berzebu,
    qué es de ti, barravas,
    _qué es de ti, diablo coxuelo,
    que eras tú el juglar_?…»

    Tanto don Adolfo Bonilla como don Felipe Pérez indagaron con prolijidad
    cuándo hubo de escribir su obrita Vélez de Guevara, y si la escribió
    seguidamente, o a trozos y aun con largos intervalos entre unos y otros
    capítulos. Convienen ambos investigadores en esta última creencia, pero
    no en lo demás; porque si en opinión de Pérez y González la novela fué
    escrita después de febrero de 1636 y antes de mayo de 1639, a juicio de
    Bonilla, Vélez empezó a escribirla después de febrero de 1637 y la
    terminó hacia julio de 1640[34]. No creo que el poner en claro este
    punto, siendo corto, como lo es, dentro de la ordinaria duración de la
    vida humana, el tiempo comprendido entre unas fechas y otras, merezca el
    ímprobo trabajo que echaron sobre sí estos denodados eruditos[35].

    Unas advertencias, para terminar.

    «Vélez de Guevara, como Quevedo–notó el señor Bonilla–, es un
    escolástico del idioma. No hay que perder una sola de sus palabras, no
    hay que confiar en el valor directo de cualquiera de sus frases, porque
    lo mejor del cuento pasaría quizás inadvertido. Es preciso estar siempre
    ojo avizor para saborear como es debido aquellas atrevidas metáforas,
    aquellas extravagantes relaciones, aquellos estupendos equívocos,
    aquellas arbitrarias licencias en que se complace. Esta indispensable
    atención fatiga en ocasiones; pero hace sacar doble fruto de la lectura
    de un libro cuyo atractivo consiste, más bien que en el interés de los
    lances, en la ingeniosidad de los pensamientos. Sólo el muy
    familiarizado con los secretos del habla podrá darse cabal cuenta de las
    bellezas de una obra semejante.» Exactísimo todo ello, y porque lo es y
    a los más de los lectores falta esa extremada familiaridad a que se
    refiere el señor Bonilla, no podían buenamente pasar sin nota muchas de
    las frases que no la tienen en sus ediciones. Ciento treinta y cinco que
    están en este caso señalé de primera intención cuando, leído el
    sobredicho discurso del señor Nercasseau y Morán, me sentí deseoso de
    preparar, para la simpática colección de «Clásicos Castellanos», esta
    humilde edicioncita de _El Diablo Cojuelo._

    Como el señor Bonilla, «procuro pecar antes por carta de más que por
    carta de menos, por lo cual a veces he explicado palabras y giros que
    podrán parecer a los eruditos de muy llana inteligencia. Téngase en
    cuenta, sin embargo–añado con él–, que me dirijo a la generalidad y
    que mi propósito es facilitar la comprensión del libro de Vélez de
    Guevara a todo género de lectores.» Con mayor motivo había yo de hacer
    lo propio en una edición vulgarizadora, como es la presente. Pero aun
    así, he huído con mucho cuidado de escribir notas por las cuales se me
    pudiese encasillar junto a Lucas de Valdés y Toro, aquel empecatado
    cirujano cordobés que en 1630 dió a la estampa un opúsculo perogrullesco
    intitulado así: _Tratado en que se prueba que la nieve es fría y
    húmeda[36]_.

    No obstantes mi buena voluntad y la diligencia con que procuré evitarlo,
    se me han quedado por entender algunas frases del texto. Hay quien,
    puesto a anotar uno cualquiera, explica lo que buenamente se le alcanza,
    y en cuanto a lo que no, hace, como dicen, la vista gorda y pasa de
    largo sin decir palabra, dando a colegir con su silencio que aquello que
    no explicó no lo ha menester, por ser cosa llanísima. Jamás cometí esa
    reprobable fullería: antes por el contrario, en casos tales confieso
    paladinamente que aquel lugar merece y pide explicación, y que, por
    malos de mis pecados, yo no acerté a dársela[37].

    Por último, aunque en esta edición sigo el texto de la original de Vélez
    de Guevara (Madrid, Imprenta del Reyno, 1641), no la he copiado tan
    fielmente, tan servilmente, que reproduzca su endiablada ortografía,
    digo, la de los bárbaros cajistas que compusieron los moldes. «Para
    regalar a los lectores–escribí trece años ha[38]–con bocados como
    _abaricia_, _hajo, coetes, hizquierda, voca, vobos, obtica,
    valbucientes, abitos, hancas y hacechar_, como lo hizo el señor Bonilla
    reproduciendo la edición príncipe de _El Diablo Cojuelo_, siempre hay
    tiempo, o, dicho mejor, no debe haberlo nunca. Ya no es poco _hacer
    morder el ajo_ a uno; pero hacerle morder el _hajo_ es crueldad doblada,
    porque pica aún más la _hache_ que el _ajo_ mismo.»

    Y con esto, lector amable, quédate a Dios, y perdóname si te causé
    enfado o tedio con la lectura de mi prólogo.

    FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN.

    _Madrid, 2 de junio de 1918_.

    EL DIABLO COJUELO

    DEDICATORIA DE VÉLEZ DE GUEVARA

    [AL EXCMO. SR. D. RODRIGO DE SANDOVAL,
    DE SILVA, DE MENDOZA Y DE LA CERDA,
    PRÍNCIPE DE MÉLITO, DUQUE DE PASTRANA,
    DE ESTREMERA Y FRANCAVILA, ETC.]

    Excelentísimo señor:

    La generosa condición de V.E., patria general de los ingenios, donde
    todos hallan seguro asilo, ha solicitado mi desconfianza para rescatar
    del olvido de una naveta[39], en que estaba entre otros borradores míos,
    este volumen que llamo _El Diablo Cojuelo_, escrito con particular
    capricho, porque al amparo de tan gran Mecenas salga menos cobarde a dar
    noticia de las ignorancias del dueño. A cuya sombra excelentísima la
    invidia me mirará ociosa, la emulación muda, y desairada la
    competencia; que con estas seguridades no naufragará esta novela y podrá
    andar con su cara descubierta por el mundo. Guarde Dios a V.E., como sus
    criados deseamos y hemos menester.

    Criado de V.E., que sus pies besa,

    LUIS VÉLEZ DE GUEVARA.

    PRÓLOGO A LOS MOSQUETEROS[40] DE LA COMEDIA DE MADRID.

    Gracias a Dios, mosqueteros míos, o vuestros, jueces de los aplausos
    cómicos por la costumbre y mal abuso, que una vez tomaré la pluma sin el
    miedo de vuestros silbos, pues este discurso del Diablo Cojuelo nace a
    luz concebido sin teatro original fuera de vuestra juridición; que aun
    del riesgo de la censura del leello está privilegiado por vuestra
    naturaleza, pues casi ninguno de vosotros sabe deletrear; que nacistes
    para número de los demás, y para pescados de los estanques[41][42], de
    los corrales[43], esperando, las bocas abiertas[44], el golpe del
    concepto por el oído y por la manotada del cómico, y no por el ingenio.
    Allá os lo habed con vosotros mismos, que sois corchetes[45] de la
    Fortuna, dando las más veces premio a lo que aun no merece oídos, y
    abatís lo que merece estar sobre las estrellas; pero no se me da de
    vosotros dos caracoles: hágame Dios bien con mi prosa[46], entretanto
    que otros fluctúan por las maretas[47] de vuestros aplausos, de quien
    nos libre Dios por su infinita misericordia, Amén, Jesús.

    CARTA DE RECOMENDACIÓN AL CÁNDIDO[48] O MORENO LECTOR.

    Lector amigo: yo he escrito este discurso, que no me he atrevido a
    llamarle libro, pasándome de la jineta de los consonantes[49] a la brida
    de la prosa, en las vacantes que me han dado las despensas[50] de mi
    familia y los autores de las comedias por su Majestad[51]; y como es _El
    Diablo Cojuelo_, no lo reparto en capítulos, sino en trancos[52].
    Suplícote que los des en su leyenda[53], porque tendrás menos que
    censurarme, y yo que agradecerte[54]. Y, por no ser para más[55] ceso, y
    no de rogar a Dios que me conserve en tu gracia.

    De Madrid, a los que fueren entonces del mes y del año, y tal y tal y
    tal[56].

    EL AUTOR Y EL TEXTO.

    DE DON JUAN VÉLEZ DE GUEVARA A SU PADRE.

    SONETO[57]

    Luz en quien se encendió la vital mía,
    De cuya llama soy originado,
    Bien que la vida sólo te he imitado,
    Que el alma fuera en mí vana porfía,

    Si eres el sol de nuestra Pöesía,
    Viva más que él tu aplauso eternizado,
    Y pues un vivir solo es limitado,
    No te estreches al término de un día.

    Hoy junta en el deleite la enseñanza
    Tu ingenio, a quien el tiempo no consuma,
    Pues también viene a ser aplauso suyo.

    Y sufra la modestia esta alabanza
    A quien, por parecer más hijo tuyo
    Quisiera ser un rasgo de tu pluma.

    TRANCO PRIMERO

    Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto,
    hora menguada para las calles[58], y, por faltar la luna, juridición y
    término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El
    Prado boqueaba coches[59] en la última jornada de su paseo, y en los
    baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de
    la arena que limpios del agua[60], decían el _Ite, río[61]_ _es[62]_,
    cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos[63],
    caballero huracán y encrucijada de apellidos[64], galán de noviciado y
    estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato
    por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a
    los alcances[65] por un estrupo[66] que no lo había comido ni
    bebido[67], que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba
    graduado en el lugar veintidoseno[68], pretendiendo que el pobre
    licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado[69]; y como
    solicitaba escaparse del «para en uno son[70]» (sentencia difinitiva
    del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario
    Responso[71], juez de la otra vida), no dificultó arrojarse desde el ala
    del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buarda[72] de otro que
    estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se
    brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los
    pies y la boca[73] a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales
    naufragios, y dejando burlados los ministros del agarro[74] y los
    honrados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Bitigudiño[75],
    doncella chanflona[76] que se pasaba de noche como cuarto falso, que,
    para que surtiese efecto su bellaquería, había cometido otro estelionato
    más con el capitán de los jinetes a gatas que corrían las costas[77] de
    aquellos tejados en su demanda, y volvían corridos de que se les
    hubiese escapado aquel bajel de capa y espada[78] que llevaba cautiva la
    honra de aquella señora mohatrera de doncellazgos[79], que juraba entre
    sí tomar satisfacción deste desaire en otro inocente, chapetón[80] de
    embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba _tía,_ liga
    donde había caído tanto pájaro forastero.

    A estas horas, el Estudiante, no creyendo su buen suceso[81] y
    deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región
    donde había arribado, por las estranjeras estravagancias de que estaba
    adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de
    garabato, que descubría sobre una mesa antigua de cadena[82] papeles
    infinitos, mal compuestos y ordenados, escritos de caracteres
    matemáticos, unas efemérides abiertas[83], dos esferas y algunos
    compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más
    abajo algún astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera
    ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente, como quien profesaba
    letras y era algo inclinado a aquella profesión, a revolver los trastos
    astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que, pareciéndole
    imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la atención
    papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico;
    escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no
    era engaño de la fantasía, sino verdad que se había venido a los oídos,
    dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente:

    –¿Quién diablos suspira aquí?, respondiéndole al mismo tiempo una voz
    entre humana y estranjera:

    –Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, adonde me tiene
    preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta
    de la mágica negra[84], y es mi alcaide dos años habrá.

    –Luego ¿familiar eres?–dijo el Estudiante[85].

    –Harto me holgara yo–respondieron[86] de la redoma–que entrara uno
    de la Santa Inquisición, para que, metiéndole a él en otra de cal y
    canto, me sacara a mí desta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú
    has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos
    conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo
    yo el espíritu más travieso del infierno.

    Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le
    dijo:

    –¿Eres demonio plebeyo, u de los de nombre?

    –Y de gran nombre–le repitió el vidro endemoniado–, y el más
    celebrado en entrambos mundos.

    –¿Eres Lucifer?–le repitió don Cleofás.

    –Ése es demonio de dueñas y escuderos–le respondió la voz.

    –¿Eres Satanás?–prosiguió el Estudiante.

    –Ése es demonio de sastres y carniceros–volvió la voz a repetille.

    –¿Eres Bercebú?–volvió a preguntalle don Cleofás.

    Y la voz a respondelle:

    –Ése es demonio de tahures, amancebados y carreteros.

    –¿Eres Barrabás[87], Belial, Astarot?–finalmente le dijo el
    Estudiante.

    –Esos son demonios de mayores ocupaciones–le respondió la voz–:
    demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas
    del infierno, la chisme[88], el enredo, la usura, la mohatra; yo truje
    al mundo la zarabanda[89], el déligo[90], la chacona[91], el
    bullicuzcuz[92], las cosquillas de la capona[93], el guiriguirigay, el
    zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el
    hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado[94]; yo
    inventé las pandorgas[95]; las jácaras[96], las papalatas[97], los
    comos[98], las mortecinas[99], los títeres[100], los volatines[101],
    los saltambancos[102], los maesecorales[103], y, al fin, yo me llamo el
    Diablo Cojuelo.

    –Con decir eso–dijo el Estudiante–hubiéramos ahorrado lo demás: vuesa
    merced me conozca por su servidor; que hay muchos días que le deseaba
    conocer. Pero, ¿no me dirá, señor Diablo Cojuelo, por qué le pusieron
    este nombre, a diferencia de los demás, habiendo todos caído desde tan
    alto, que pudieran quedar todos de la misma suerte y con el mismo
    apellido[104]?

    –Yo, señor don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, que ya le sé el suyo, o
    los suyos–dijo el Cojuelo–, porque hemos sido vecinos por esa dama que
    galanteaba y por quien le ha corrido la justicia esta noche, y de quien
    después le contaré maravillas, me llamo desta manera porque fuí el
    primero de los que se levantaron en el rebelión[105] celestial, y de los
    que cayeron y todo[106]; y como los demás dieron sobre mí, me
    estropearon, y ansí, quedé más que todos señalado de la mano de Dios y
    de los pies de todos los diablos, y con este sobrenombre; mas no por eso
    menos ágil para todas las facciones que se ofrecen en los países bajos,
    en cuyas impresas nunca me he quedado atrás, antes me he adelantado a
    todos; que, camino del infierno, tanto anda el cojo como el viento[107];
    aunque nunca he estado más sin reputación que ahora en poder deste
    vinagre, a quien por trato[108] me entregaron mis propios compañeros,
    porque los traía al retortero a todos[109], como dice el refrán de
    Castilla, y cada momento a los más agudos les daba gato por demonio.
    Sácame deste Argel de vidro; que yo te pagaré el rescate en muchos
    gustos, a fe de demonio, porque me precio de amigo de mi amigo, con mis
    tachas buenas y malas[110].

    –¿Cómo quieres–dijo don Cleofás mudando la cortesía[111] con la
    familiaridad de la conversación–que yo haga lo que tú no puedes siendo
    demonio tan mañoso?

    –A mí no me es concedido–dijo el Espíritu–, y a ti sí, por ser hombre
    con el privilegio del baptismo y libre del poder de los conjuros, con
    quien han hecho pacto los príncipes de la Guinea infernal[112]. Toma un
    cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma; que luego en derramándome
    me verás visible y palpable.

    No fué escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el
    Espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico jigote[113] del
    vaso, inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que
    se conservaba el tal Diablillo; y volviendo los ojos al suelo, vió en
    él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas[114],
    sembrado de chichones mayores de marca[115], calabacino de testa y badea
    de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos
    colmillos solos, que no tenían más muela ni diente los desiertos de las
    encías, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Hircania[116];
    los pelos de su nacimiento, ralos, uno aquí y otro allí[117], a fuer de
    los espárragos, legumbre[118] tan enemiga de la compañía, que si no es
    para venderlos en manojos, no se juntan. Bien hayan los berros, que
    nacen unos entrepernados con otros, como vecindades de la Corte, perdone
    la malicia la comparación.

    Asco le dió a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para
    salir del desván, ratonera del Astrólogo en que había caído huyendo de
    los gatos que le siguieron (salvo el guante[119] a la metáfora), y
    asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole: «Vamos, don Cleofás, que
    quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo», salieron los dos por
    la buarda como si los dispararan de un tiro[120] de artillería, no
    parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San
    Salvador[121], mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la
    una, hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del
    sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio
    a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo
    una priesa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones,
    basquiñas[122], verdugados[123], guardainfantes[124], polleras[125],
    enaguas y guardapiés, para acostarse hombres y mujeres, quedando las
    humanidades menos mesuradas, y volviéndose a los primeros originales,
    que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas; y
    engestándose[126] al camarada, el Cojuelo le dijo:

    –Don Cleofás, desde esta picota[127] de las nubes, que es el lugar más
    eminente de Madrid, malaño[128] para Menipo en los diálogos de Luciano,
    te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta
    Babilonia española, que en la confusión fué esotra con ella segunda
    deste nombre.

    Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo
    hojaldrado[129], se descubrió la carne del pastelón de Madrid como
    entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con
    menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca
    del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fué de capas y
    gorras.

    TRANCO II

    Quedó don Cleofás absorto en aquella pepitoria[130] humana de tanta
    diversidad de manos, pies y cabezas, y haciendo grandes admiraciones,
    dijo:

    –¿Es posible que para tantos hombres, mujeres y niños hay[131] lienzo
    para colchones, sábanas y camisas? Déjame que me asombre que entre las
    grandezas de la Providencia divina no sea ésta la menor.

    Entonces el Cojuelo, previniéndole, le dijo:

    –Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro
    donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad
    está su hermosura. Mira allí primeramente cómo están sentados muchos
    caballeros y señores a una mesa opulentísima, acabando una media
    noche[132]; que eso les han quitado a los relojes no más.

    Don Cleofás le dijo:

    –Todas esas caras conozco; pero sus bolsas no, si no es para
    servillas[133].

    –Hanse pasado a los estranjeros, porque las trataban muy mal estos
    príncipes cristianos–dijo el Cojuelo–, y se han quedado, con las
    caponas[134], sin ejercicio.

    –Dejémoslos cenar–dijo don Cleofás–, que yo aseguro que no se
    levanten de la mesa sin haber concertado un juego de cañas para cuando
    Dios fuere servido, y pasemos adelante; que a estos magnates los más de
    los días les beso yo las manos, y estas caravanas las ando yo las más de
    las noches, porque he sido dos meses culto vergonzante de la proa[135]
    de uno de ellos y estoy encurtido de excelencias y señorías, solamente
    buenas para veneradas.

    –Mira allí–prosiguió el Cojuelo–cómo se está quejando de la orina un
    letrado, tan ancho de barba[136] y tan espeso, que parece que saca un
    delfín la cola por las almohadas. Allí está pariendo doña Fáfula[137], y
    don Toribio su indigno consorte, como si fuera suyo lo que paría, muy
    oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna suelta en
    esotro barrio, roncando y descuidado del suceso. Mira aquel preciado de
    lindo, o aquel lindo de los más preciados, cómo duerme con bigotera[138]
    torcidas de papel en las guedejas y el copete[139], sebillo en las
    manos[140], y guantes descabezados[141], y tanta pasa[142] en el rostro,
    que pueden hacer colación[143] en él toda la cuaresma que viene. Allí,
    más adelante, está una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un
    almirez una medicina de drogas restringentes para remendar una doncella
    sobre su palabra[144], que se ha de desposar mañana. Y allí, en aquel
    aposentillo estrecho, están dos enfermos en dos camas, y se han
    purgado juntos, y sobre quién ha hecho más cursos[145], como si se
    hubieran de graduar en la facultad, se han levantado a matar a
    almohadazos. Vuelve allí, y mira con atención cómo se está untando una
    hipócrita a lo moderno, para hallarse en una gran junta de brujas que
    hay entre San Sebastián y Fuenterrabía, y a fe que nos habíamos de ver
    en ella si no temiera el riesgo de ser conocido del demonio que
    hace[146] el cabrón, porque le di una bofetada a mano abierta en la
    antecámara de Lucifer, sobre unas palabras mayores que tuvimos; que
    también entre los diablos hay libro del duelo[147], porque el autor que
    le compuso es hijo de vecino del infierno. Pero mucho más nos podemos
    entretener por acá, y más si pones los ojos en aquellos dos ladrones que
    han entrado por un balcón en casa de aquel estranjero rico, con una
    llave maestra, porque las ganzúas son a lo antiguo, y han llegado donde
    está aquel talego de vara y media estofado de patacones[148] de a ocho,
    a la luz de una linterna que llevan, que, por ser tan grande y no poder
    arrancalle de una vez, por el riesgo del ruido, determinan abrille, y
    henchir las faltriqueras y los calzones, y volver otra noche por lo
    demás, y comenzando a desatalle, saca el tal estranjero (que estaba
    dentro dél guardando su dinero, por no fialle de nadie) la cabeza,
    diciendo: «Señores ladrones, acá estamos todos»[149], cayendo
    espantados uno a un lado y otro a otro, como resurreción de aldea[150],
    y se vuelven gateando a salir por donde entraron.

    –Mejor fuera–dijo don Cleofás–que le hubieran llevado sin desatar en
    el capullo de su dinero, porque no le sucediera ese desaire, pues que
    cada estranjero es un talego bautizado[151]; que no sirven de otra cosa
    en nuestra república y en la suya, por nuestra mala maña.

    Pero, ¿quién es aquella abada[152] con camisa de mujer, que no solamente
    la cama le viene estrecha, sino la casa y Madrid, que hace roncando más
    ruido que la Bermuda[153], y, al parecer, [bebe][154] cámaras de tinajas
    y come jigotes de bóvedas?

    –Aquélla ha sido cuba de Sahagún[155], y no profesó–dijo el
    Cojuelo–si no es el mundo de agora, que está para dar un estallido, y
    todo junto puede ser siendo quien es: que es una bodegonera tan rica,
    que tiene, a dar[156] rocín por carnero y gato por conejo a los
    estómagos del vuelo[157], seis casas en Madrid, y en la puerta de
    Guadalajara[158] más de veinte mil ducados, y con una capilla que ha
    hecho para su entierro y dos capellanías que ha fundado, se piensa ir al
    cielo derecha; que aunque pongan una garrucha en la estrella de Venus y
    un alzaprima en las Siete Cabrillas, me parece que será imposible que
    suba allá aquel tonel; y como ha cobrado buena fama[159], se ha echado
    a dormir de aquella suerte.

    –Aténgome–dijo don Cleofás–a aquel caballero tasajo que tiene el
    alma en cecina, que ha echado de ver que es caballero en un hábito[160]
    que le he visto en una ropilla[161] a la cabecera, y no es el mayor
    remiendo que tiene, y duerme enroscado como lamprea empanada, porque la
    cama es media sotanilla, que le llega a las rodillas no más.

    –Aquél–dijo el Cojuelo–es pretendiente, y está demasiado de gordo y
    bien tratado para el oficio que ejercita. Bien haya aquel tabernero de
    Corte, que se quita de esos cuidados y es cura de su vino, que le está
    bautizando en los pellejos y las tinajas, y a estas horas está hecho
    diluvio[162] en pena, con su embudo en la mano, y antes de mil
    años[163] espero verle jugar cañas[164] por el nacimiento de algún
    príncipe.

    –¿Qué mucho–dijo don Cleofás–si es tabernero y puede emborrachar a la
    Fortuna?

    –No hayas miedo–dijo el Cojuelo–que se vea en eso aquel alquimista
    que está en aquel sótano con unos fuelles, inspirando una hornilla llena
    de lumbre, sobre la cual tiene un perol con mil variedades de
    ingredientes, muy presumido de acabar la piedra filosofal y hacer el
    oro; que ha diez años que anda en esta pretensión, por haber leído el
    arte de Reimundo Lulio y los autores químicos que hablan[165] en este
    mismo imposible.

    –La verdad es–dijo don Cleofás–que nadie ha acertado a hacer el oro
    si no es Dios, y el sol, con comisión particular suya.

    –Eso es cierto–dijo el Cojuelo–, pues nosotros no hemos salido con
    ello. Vuelve allí, y acompáñame a reír de aquel marido y mujer, tan
    amigos de coche, que todo lo que habían de gastar en vestir, calzar y
    componer su casa lo han empleado en aquel que está sin caballos agora, y
    comen y cenan y duermen dentro dél, sin que hayan salido de su
    reclusión, ni aun para las necesidades corporales, en cuatro años que ha
    que le compraron[166]; que están encochados, como emparedados, y ha sido
    tanta la costumbre de no salir dél, que les sirve el coche de conchas,
    como a la tortuga y al galápago, que en tarascando cualquiera dellos la
    cabeza fuera dél, la vuelven a meter luego, como quien la tiene fuera de
    su natural, y se resfrían y acatarran en sacando pie, pierna o mano
    desta estrecha religión; y pienso que quieren ahora labrar un desván en
    él para ensancharse y alquilalle a otros dos vecinos tan inclinados a
    coche, que se contentarán con vivir en el caballete dél.

    –Esos–dijo don Cleofás–se han de ir al infierno en coche y en alma.

    –No es penitencia para menos–respondió el Cojuelo–. Diferentemente le
    sucede a esotro pobre y casado, que vive en esotra casa más adelante,
    que después de no haber podido dormir desde que se acostó, con un órgano
    al oído de niños tiples, contraltos, terceruelas[167] y otros mil
    guisados de voces que han inventado para llorar, ahora que se iba a
    trasponer un poco, le ha tocado a rebato un mal de madre de su mujer,
    tan terrible, que no ha dejado ruda en la vecindad[168], lana ni papel
    quemado, escudilla untada con ajo, ligaduras, bebidas, humazos y
    trescientas cosas más[169], y a él le ha dado, de andar en camisa, un
    dolor de ijada, con que imagino que se ha de desquitar del dolor de
    madre de su mujer.

    –No están tan despiertos en aquella casa–dijo don Cleofás–donde está
    echando una escala aquel caballero que, al parecer, da asalto al cuarto
    y a la honra del que vive en él; que no es buena señal, habiendo
    escaleras dentro, querer entrar por las de fuera.

    –Allí–dijo el Cojuelo–vive un caballero viejo y rico que tiene una
    hija muy hermosa y doncella, y rabia por dejallo de ser con un marqués,
    que es el que da la escalada, que dice que se ha de casar con ella, que
    es papel que ha hecho con otras diez u doce, y lo ha representado mal;
    pero esta noche no conseguirá lo que desea, porque viene un alcalde de
    ronda, y es muy antigua costumbre de nosotros ser muy regatones[170] en
    los gustos, y, como dice vuestro refrán, si la podemos dar roma, no la
    damos aguileña[171].

    –¿Qué voces–dijo don Cleofás–son las que dan en esotra casa más
    adelante, que parece que pregonan algún demonio que se ha perdido?

    –No seré yo, que me he rescatado–dijo el Cojuelo–, si no es que me
    llaman a pregones del infierno por el quebrantamiento de la redoma; pero
    aquél es un garitero que ha dado esta noche ciento y cincuenta barajas,
    y se ha endiablado de cólera porque no le han pagado ninguna y se van
    los actores y los reos con las costas en el cuerpo, tras una pendencia
    de barato[172] sobre uno que juzgó mal una suerte, y los mete en paz
    aquella música que dan a cuatro voces en esotra calle unos criados de un
    señor a una mujer de un sastre que ha jurado que los ha de coser a
    puñaladas[173].

    –Si yo fuera el marido–dijo don Cleofás–, más los tuviera por gatos
    que por músicos.

    –Agora te parecerán galgos–dijo el Cojuelo–, porque otro competidor
    de la sastra, con una gavilla de seis o siete, vienen sacando las
    espadas, y los Orfeos de la maesa, reparando la primera invasión con las
    guitarras, hacen una fuga[174] de cuatro o cinco calles. Pero vuelve
    allí los ojos, verás cómo se va desnudando aquel hidalgo que ha rondado
    toda la noche, tan caballero del milagro[175] en las tripas como en las
    demás facciones, pues quitándose una cabellera, queda calvo; y las
    narices de carátula, chato; y unos bigotes postizos, lampiño; y un brazo
    de palo, estropeado; que pudiera irse más camino de la sepoltura que de
    la cama. En esotra casa más arriba está durmiendo un mentiroso con una
    notable pesadilla, porque sueña que dice verdad. Allí un vizconde, entre
    sueños, está muy vano porque ha regateado la excelencia a un grande.
    Allí está muriendo un fullero, y ayudándole a bien morir un testigo
    falso, y por darle la bula de la Cruzada, le da una baraja de naipes,
    porque muera como vivió, y él, boqueando, por decir «Jesús», ha dicho
    «flux». Allí, más arriba, un boticario está mezclando la piedra
    bezar[176] con los polvos de sen. Allí sacan un médico de su casa para
    una apoplejía que le ha dado a un obispo. Allí llevan aquella comadre
    para partear a una preñada de medio ojo[177], que ha tenido dicha en
    darle los dolores a estas horas. Allí doña Tomasa, tu dama, en enaguas,
    está abriendo la puerta a otro; que a estas horas le oye de amor.

    –Déjame–dijo don Cleofás–: bajaré sobre ella a matarla a coces.

    –Para estas ocasiones se hizo el _tate, tate_[178]–dijo el Cojuelo–;
    que no es salto para de burlas. Y te espantas de pocas cosas[179]: que
    sin este enamorado murciégalo[180], hay otros ochenta, para quien[181]
    tiene repartidas las horas del día y de la noche.

    –¡Por vida del mundo–dijo don Cleofás–que la tenía por una santa!

    –Nunca te creas de ligero–le replicó el Diablillo–. Y vuelve los ojos
    a mi Astrólogo, verás con las pulgas y inquietud que duerme: debe de
    haber sentido pasos en su desván y recela algún detrimento de su redoma.
    Consuélese con su vecino, que mientras está roncando a más y mejor, le
    están sacando a su mujer, como muela, sin sentillo, aquellos dos
    soldados.

    –Del mal lo menos–dijo don Cleofás–; que yo sé del marido
    ochodurmiente[182] que dirá[183] cuando despierto lo mismo.

    –Mira allí–prosiguió el Cojuelo–aquel barbero, que soñando se ha
    levantado, y ha echado unas ventosas a su mujer, y la ha quemado con las
    estopas las tablas de los muslos, y ella da gritos, y él, despertando,
    la consuela diciendo que aquella diligencia es bueno que esté hecha para
    cuando fuere menester. Vuelve allí los ojos a aquella cuadrilla de
    sastres que están acabando unas vistas[184] para un tonto que se casa a
    ciegas, que es lo mismo que por relación, con una doncella tarasca, fea,
    pobre y necia, y le han hecho creer al contrario con un retrato que le
    trujo un casamentero, que a estas horas se está levantando con un
    pleitista que vive pared y medio dél[185], el uno a cansar ministros y
    el otro a casar todo el linaje humano; que solamente tú, por estar tan
    alto, estás seguro deste demonio, que en algún modo lo es más que yo.
    Vuelve los ojos y mira aquel cazador mentecato del gallo[186], que está
    ensillando su rocín a estas horas y poniendo la escopeta debajo del
    caparazón, y deja de dormir de aquí a las nueve de la mañana por ir a
    matar un conejo, que le costaría mucho menos aunque le comprara en la
    despensa de Judas[187]. Y al mismo tiempo advierte cómo a la puerta de
    aquel rico avariento echan un niño, que por partes de[188] su padre
    puede pretender la beca del Antecristo[189], y él, en grado de
    apelación, da con él en casa de un señor que vive junto a la suya, que
    tiene talle de comérselo antes que criallo, porque ha días que su
    despensa espera el domingo de casi ración[190]. Pero ya el día no nos
    deja pasar adelante; que el agua ardiente y el letuario[191] son sus
    primeros crepúsculos, y viene el sol haciendo cosquillas a las
    estrellas, que están jugando a salga la parida[192], y dorando la
    píldora[193] del mundo, tocando al arma a tantas bolsas y talegos y
    dando rebato a tantas ollas, sartenes y cazuelas, y no quiero que se
    valga de mi industria para ver los secretos que le negó la noche:
    cuéstele brujeleallo por resquicios, claraboyas y chimeneas.

    Y volviendo a poner la tapa al pastelón, se bajaron a las calles.

    TRANCO III

    Ya comenzaban en el puchero humano de la Corte a hervir hombres y
    mujeres, unos hacia arriba, y otros hacia abajo, y otros de través,
    haciendo un cruzado[194] al son de su misma confusión[195], y el piélago
    racional de Madrid a sembrarse de ballenas[196] con ruedas, que por otro
    nombre llaman coches, trabándose la batalla del día, cada uno con
    disinio y negocio diferente, y pretendiéndose engañar los unos a los
    otros, levantándose una polvareda de embustes y mentiras, que no se
    descubría una brizna de verdad por un ojo de la cara[197], y don Cleofás
    iba siguiendo a su camarada, que le había metido por una calle algo
    angosta, llena de espejos por una parte y por otra, donde estaban muchas
    damas y lindos mirándose y poniéndose de diferentes posturas de bocas,
    guedejas, semblantes, ojos, bigotes, brazos y manos, haciéndose
    cocos[198] a ellos mismos. Preguntóle don Cleofás qué calle era aquélla,
    que le parecía que no la había visto en Madrid, y respondióle el
    Cojuelo:

    –Ésta se llama la calle de los Gestos, que solamente saben a ella estas
    figuras de la baraja de la Corte, que vienen aquí a tomar el gesto con
    que han de andar aquel día, y salen con perlesía de lindeza, unos con la
    boquita de riñón[199], otros con los ojitos dormidos, roncando[200]
    hermosura, y todos con los dos dedos de las manos, índice y meñique,
    levantados, y esotros, de _Gloria Patri_[201]. Pero salgámonos muy
    apriesa de aquí; que con tener estómago de demonio y no haberme mareado
    las maretas[202] del infierno, me le han revuelto estas sabandijas, que
    nacieron para desacreditar la naturaleza y el rentoy[203].

    Con esto, salieron desta calle a una plazuela donde había gran concurso
    de viejas que había sido damas cortesanas[204], y mozas que entraban a
    ser lo que ellas habían sido, en grande contratación unas con otras.
    Preguntó el Estudiante a su camarada qué sitio era aquél, que tampoco le
    había visto, y él le respondió:

    –Éste es el baratillo de los apellidos, que aquellas damas pasas
    truecan con estas mozas albillas[205] por medias traídas, por zapatos
    viejos, valonas, tocas y ligas, como ya no las han menester; que el
    Guzmán, el Mendoza, el Enríquez, el Cerda, el Cueva, el Silva, el
    Castro, el Girón[206], el Toledo, el Pacheco, el Córdova, el Manrique de
    Lara, el Osorio, el Aragón, el Guevara y otros generosos apellidos los
    ceden a quien los ha menester ahora para el oficio que comienza, y ellas
    quedan con sus patronímicos primeros de Hernández, Martínez, López,
    Rodríguez, Pérez, González, etcétera; porque al fin de los años mil,
    vuelven los nombres[207] por donde solían ir.

    –Cada día–dijo el Estudiante–hay cosas nuevas en la Corte.

    Y, a mano izquierda, entraron a otra plazuela al modo de la de los
    Herradores[208], donde se alquilaban tías, hermanos, primos y maridos,
    como lacayos y escuderos, para damas de achaque[209] que quieren pasar
    en la Corte con buen nombre y encarecer su mercadería.

    A la mano derecha deste seminario andante estaba un grande edificio, a
    manera de templo sin altar, y en medio dél, una pila grande de piedra,
    llena de libros de caballerías y novelas[210], y alrededor, muchos
    muchachos de diez a diez y siete años y algunas doncelluelas de la misma
    edad, y cada uno y cada una con su padrino al lado, y don Cleofás le
    preguntó[211] a su compañero que le dijese qué era esto, que todo le
    parecía que lo iba soñando. El Cojuelo le dijo:

    –Algo tiene de eso este fantástico aparato; pero ésta es, don Cleofás,
    en efeto, la pila de los dones, y aquí se bautizan los que vienen a la
    Corte sin él. Todos aquellos muchachos son pajes para señores, y
    aquellas muchachas, doncellas para señoras de media talla[212], que han
    menester el don para la autoridad de las casas que entran a servir[213],
    y agora les acaban de bautizar con el don. Por allí entra agora una
    fregona con un vestido alquilado, que la trae su ama a sacar de don,
    como de pila, para darla el tusón[214] de las damas, porque le pague en
    esta moneda lo que le ha costado el crialla, y aun ella parece que se
    quiere volver al paño[215], según viene bruñida de esmeril.

    –Un moño y unos dientes postizos y un guardainfante pueden hacer esos
    milagros–dijo don Cleofás–. Pero ¿qué acompañamiento–prosiguió
    diciendo–es este que entra agora, de tanta gente lucida, por la puerta
    deste templo consagrado al uso del siglo?

    –Traen a bautizar–dijo el Cojuelo–un regidor muy rico, de un lugar
    aquí cercano, de edad de setenta años, que se viene al don por su pie,
    porque sin él le han aconsejado sus parientes que no cae tan bien el
    regimiento. Llámase Pascual, y vienen altercando si sobre _Pascual_ le
    vendrá bien el _don_, que parece don estravagante[216] de la iglesia de
    los dones.

    –Ya tienen ejemplar–dijo don Cleofás–en don Pascual, ese que llamaron
    todos loco, y yo, Diógenes de la ropa vieja, que andaba cubierta la
    cabeza con la capa, sin sombrero, en traje de profeta, por esas calles.

    –Mudáranle el nombre, a mi parecer–prosiguió el Cojuelo–, por no
    tener en su lugar regidor Pascual, como cirio de los regidores.

    –Dios les inspire–dijo don Cleofás–lo que más convenga a su
    regimiento, como la cristiandad de los regidores ha menester.

    –En acabando de tomar el señor regidor–dijo el Cojuelo–el agua del
    don, espera allí un italiano hacer lo mismo con un elefante que ha
    traído a enseñar a la puerta del Sol.

    –Los más suelen llamarse–dijo el Estudiante–don Pedros, don Juanes y
    don Alonsos. No sé cómo ha tenido tanto descuido su ayo o naire, como lo
    llaman los de la India Oriental; plebeyo debía de ser este animal, pues
    ha llegado tan tarde al don. Vive Dios que me le he de quitar yo, porque
    me desbautizan y desdonan los que veo.

    –Sígueme–dijo el Cojuelo–, y no te amohines; que bien sabe el _don_
    dónde está; que se te ha caído en el _Cleofás_ como la sopa en la miel.

    Con esto, salieron del soñado (al parecer) edificio, y enfrente dél
    descubrieron otro, cuya portada estaba pintada de sonajas, guitarras,
    gaitas zamoranas, cencerros, cascabeles, ginebras[217], caracoles,
    castrapuercos[218], pandorga prodigiosa de la vida, y preguntó don
    Cleofás a su amigo qué casa era aquella que mostraba en la portada tanta
    variedad de instrumentos vulgares[219],–que tampoco la he visto en la
    Corte, y me parece que hay dentro mucho regocijo y entretinimiento.

    –Esta es la casa de los locos–respondió el Cojuelo–que ha poco que se
    instituyó en la Corte, entre unas obras pías que dejó un hombre muy rico
    y muy cuerdo, donde se castigan y curan locuras que hasta agora no lo
    habían parecido.

    –Entremos dentro–dijo don Cleofás–por aquel postiguillo que está
    abierto, y veamos esta novedad de locos.

    Y, diciendo y haciendo, se entraron los dos, uno tras otro; pasando un
    zaguán, donde estaban algunos de los convalecientes pidiendo limosna
    para los que estaban furiosos, llegaron a un patio cuadrado, cercado de
    celdas pequeñas por arriba y por abajo, que cada una dellas ocupaba un
    personaje de los susodichos. A la puerta de una dellas estaba un hombre,
    muy bien tratado de vestido, escribiendo sobre la rodilla y sentado
    sobre una banqueta, sin levantar los ojos del papel, y se había sacado
    uno con la pluma sin sentillo. El Cojuelo le dijo:

    –Aquél es un loco arbitrista[220] que ha dado en decir que ha de hacer
    la reducción de los cuartos, y ha escrito sobre ello más hojas de papel
    que tuvo el pleito de don Alvaro de Luna.

    –Bien haya quien le trujo a esta casa–dijo don Cleofás–; que son los
    locos más perjudiciales de la república.

    –Esotro que está en esotro aposentillo–prosiguió el Cojuelo–es un
    ciego enamorado, que está con aquel retrato en la mano[221], de su
    dama, y aquellos papeles que le ha escrito, como si pudiera ver lo uno
    ni leer lo otro, y da en decir que ve con los oídos. En esotro
    aposentillo lleno de papeles y libros está un gramaticón[222] que perdió
    el juicio buscándole a un verbo griego el gerundio. Aquel que está a la
    puerta de esotro aposentillo con unas alforjas al hombro y en calzón
    blanco, le han traído porque, siendo cochero, que andaba siempre a
    caballo, tomó oficio de correo de a pie. Esotro que está en esotro de
    más arriba con un halcón en la mano, es un caballero que, habiendo
    heredado mucho de sus padres, lo gastó todo en la cetrería y no le ha
    quedado más que aquel halcón en la mano, que se las come de hambre. Allí
    está un criado de un señor que, teniendo qué comer, se puso a servir.
    Allí está un bailarín que se ha quedado sin son, bailando en seco. Más
    adelante está un historiador que se volvió loco de sentimiento de
    haberse perdido tres décadas de Tito Livio. Más adelante está un
    colegial cercado de mitras, probándose la que le viene mejor, porque dió
    en decir que había de ser obispo. Luego, en esotro aposentillo, está un
    letrado que se desvaneció en pretender plaza de ropa[223], y de letrado
    dió en sastre, y está siempre cortando y cosiendo garnachas. En esotra
    celda, sobre un cofre lleno de doblones, cerrado con tres llaves, está
    sentado un rico avariento, que sin tener hijo ni pariente que le herede,
    se da muy mala vida, siendo esclavos de su dinero y no comiendo más que
    un pastel[224] de a cuatro, ni cenando más que una ensalada de pepinos,
    y le sirve de cepo su misma riqueza. Aquel que canta en esotra jaula es
    un músico sinsonte, que remeda los demás pájaros, y vuelve de cada
    pasaje como de un parasismo. Está preso en esta cárcel de los delictos
    del juicio, porque siempre cantaba, y cuando le rogaban que cantase,
    dejaba de cantar.

    –Impertinencia es ésa casi de todos los desta profesión.

    –En el brocal de aquel pozo que está en medio del patio se está mirando
    siempre una dama muy hermosa, como lo verás si ella alza la cabeza, hija
    de pobres y humildes padres, que queriéndose casar con ella muchos
    hombres ricos y caballeros, ninguno la contentó, y en todos halló una y
    muchas faltas, y está atada allí en una cadena porque, como Narciso,
    enamorada de su hermosura, no se anegue en el agua que le sirve de
    espejo, no teniendo en lo que pisa[225] al sol ni a todas las estrellas.
    En aquel pobre aposentillo enfrente, pintado por defuera de llamas, está
    un demonio casado, que se volvió loco con la condición de su mujer.

    Entonces don Cleofás le dijo al compañero que le enseñaba todo este
    retablo de duelos:

    –Vámonos de aquí, no nos embarguen[226] por alguna locura que nosotros
    ignoramos; porque en el mundo todos somos locos, los unos de los
    otros[227].

    El Cojuelo dijo:

    –Quiero tomar tu consejo, porque, pues los demonios enloquecen, no hay
    que fiar de sí nadie.

    –Desde vuestra primera soberbia–dijo don Cleofás–todos lo estáis; que
    el infierno es casa de todos los locos más furiosos del mundo.

    –Aprovechado estás–dijo el Cojuelo–, pues hablas en lenguaje
    ajustado.

    Con esta conversación salieron de la casa susodicha, y a mano derecha
    dieron en una calle algo dilatada, que por una parte y por otra estaba
    colgada de ataúdes, y unos sacristanes con sus sobrepellices[228]
    paseándose junto a ellos, y muchos sepultureros abriendo varios
    sepulcros, y don Cleofás le dijo a su camarada:

    –¿Qué calle es ésta, que me ha admirado más que cuantas he visto, y me
    pudiera obligar a hablar más espiritualmente que con lo primero de que
    tú te admiraste?

    –Ésta es más temporal y del siglo que ninguna–le respondió el
    Cojuelo–, y la más necesaria, porque es la ropería de los agüelos,
    donde[229] cualquiera, para todos los actos positivos[230] que se le
    ofrece y se quiere vestir de un agüelo, porque el suyo no le viene bien,
    o está traído, se viene aquí, y por su dinero escoge el que le está más
    a propósito. Mira allí aquel caballero torzuelo[231] cómo se está
    probando una agüela que ha menester, y esotro, hijo de quien él
    quisiere, se está vistiendo otro agüelo, y le viene largo de talle.
    Esotro más abajo da por otro agüelo el suyo, y dineros encima, y no se
    acaba de concertar, porque le tiene más de costa al sacristán, que es el
    ropero. Otro, a esotra parte, llega a volver un agüelo suyo de dentro
    afuera y de atrás adelante, y a tremendallo con la agüela de otro. Otro
    viene allí con la justicia a hacer que le vuelvan un agüelo que le
    habían hurtado, y le ha hallado colgado en la ropería. Si hubieres
    menester algún agüelo o agüela para algún crédito de tu calidad, a
    tiempo estamos, don Cleofás Leandro; que yo tengo aquí un ropero amigo
    que desnuda los difuntos la primera noche que los entierran, y nos le
    fiará por el tiempo que quisieres.

    –Dineros he menester yo; que agüelos no–respondió el Estudiante–: con
    los míos me haga Dios bien[232]; que me han dicho mis padres que
    deciendo de Leandro el animoso, el que pasaba el mar de Abido

    «en amoroso fuego todo ardiendo»[233],

    y tengo mi ejecutoria en las obras sueltas de Boscán y Garcilaso[234].

    –Contra hidalguía en verso–dijo el Diablillo–no hay olvido ni
    chancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser
    hidalgo en consonantes.

    –Si a mí me hicieran merced[235]–prosiguió don Cleofás–, entre
    Salicio y Nemoroso[236] se habían de hacer mis diligencias, que no me
    habían de costar cien reales; que allí tengo mi Montaña, mi Galicia, mi
    Vizcaya y mis Asturias[237].

    –Dejemos vanidades agora–dijo el Cojuelo–: que ya sé que eres muy
    bien nacido en verso y en prosa, y vamos en busca de un figón, a
    almorzar y descansar, que bien lo habrás menester por lo trasnochado y
    madrugado, y después proseguiremos nuestras aventuras.

    TRANCO IV

    Dejemos a estos caballeros en su figón almorzando y descansando, que sin
    dineros pedían las pajaritas que andaban volando por el aire[238] y al
    fénix empanado[239], y volvamos a nuestro astrólogo regoldano[240] y
    nigromante enjerto, que se había vestido con algún cuidado de haber
    sentido pasos en el desván la noche antes, y, subiendo a él, halló las
    ruinas que había dejado su familiar en los pedazos de la redoma, y
    mojados sus papeles, y el tal Espíritu ausente; y viendo el estrago y la
    falta de su Demoñuelo, comenzó a mesarse las barbas y los cabellos, y a
    romper sus vestiduras[241], como rey a lo antiguo. Y estando haciendo
    semejantes estremos y lamentaciones, entró un diablejo zurdo, mozo de
    retrete de Satanás, diciendo que Satanás su señor le besaba las
    manos[242]; que había sentido la bellaquería que había usado el Cojuelo;
    que él trataría de que se castigase, y que entre tanto se quedase él
    sirviéndole en su lugar. Agradeció mucho el cuidado el Astrólogo y
    encerró el tal espíritu en una sortija de un topacio grande, que traía
    en un dedo, que antes había sido de un médico, con que a todos cuantos
    había tomado el pulso había muerto. Y en el infierno se juntaron entre
    tanto, en sala plena, los más graves jueces de aquel distrito, y
    haciendo notorio a todos el delito del tal Cojuelo, mandaron despachar
    requisitoria para que le prendiesen en cualquier parte que le hallasen,
    y se le dió esta comisión[243] a Cienllamas, demonio comisionario que
    había dado muy buena cuenta de otras que le habían encargado, y
    llevándose consigo por corchetes a Chispa y a Redina, demonios a la
    veinte[244], y subiéndose en la mula de Liñán[245], salió del infierno
    con vara alta[246] de justicia en busca del dicho delincuente.

    En este tiempo, sobre la paga de lo que habían almorzado habían tenido
    una pesadumbre el revoltoso Diablillo y don Cleofás con el Figón[247],
    en que intervinieron asadores y torteras, porque lo que es del diablo,
    el diablo se lo ha de llevar, y acudiendo la justicia al alboroto, se
    salieron por una ventana, y cuando el alguacil de Corte con la gente que
    llevaba pensaba cogellos, estaban ya de esotra parte de Getafe, en
    demanda de Toledo, y dentro de un minuto, en las ventillas de Torrejón,
    y en un cerrar de ojos, a vista de la puerta de Visagra, dejando la real
    fábrica del hospital de afuera a la derecha mano; y volviéndose el
    Estudiante al camarada, le dijo:

    –Lindos atajos sabes: malhaya quien no caminara contigo todo el mundo,
    mejor que con el Infante don Pedro de Portugal, el que anduvo las
    siete[248] partidas dél.

    –Somos gente de buena maña–respondió el Cojuelo.

    Y cuando estaban hablando en esto, llegaban al barrio que llaman de la
    Sangre de Cristo y al mesón de la Sevillana[249], que es el mejor de
    aquella ciudad. El Diablo Cojuelo le dijo al Estudiante:

    –Ésta es muy buena posada para pasar esta noche y para descansar de la
    pasada; éntrate dentro y pide un aposento y que te aderecen de cenar;
    que a mí me importa llegarme esta noche a Constantinopla a alborotar el
    serrallo del Gran Turco y hacer degollar doce o trece hermanos que
    tiene, por miedo de que no conspiren[250] a la Corona, y volverme de
    camino por los Cantones de los esguízaros[251] y por Ginebra a otras
    diligencias deste modo, por sobornar con algunos servicios a mi amo,
    que debe de estar muy indignado contra mí por la travesura pasada; que
    yo estaré contigo antes que den las siete de la mañana.

    Y, diciendo y haciendo, se metió por esos aires como por una viña
    vendimiada, meando la pajuela[252] a todo pajarote y ciudadano de la
    región etérea, a fuer de los de la jerigonza crítica[253], y don
    Cleofás se entró a tomar posada, que, aunque estaba llena de muchos
    pasajeros que habían venido con los galeones y pasaban a la Corte, con
    todo, al güésped nuevo hicieron cortesía, porque la persona de don
    Cleofás traía consigo cartas de recomendación[254], como dicen los
    cortesanos antiguos.

    Convidáronle a cenar unos caballeros soldados aquella noche,
    preguntándole nuevas de Madrid, y después de haber cumplido con la
    celebridad de los brindis por el Rey (Dios le guarde), por sus damas y
    sus amigos[255], y haber dado las aceitunas[256] con los palillos carta
    de pago de la cena, se fué cada uno a recoger a su aposento, porque
    habían de tomar la madrugada para llegar con tiempo a Madrid, y don
    Cleofás hizo lo mismo en el que le señaló el Güésped, sintiendo la
    soledad[257] del compañero en algún modo, porque le traía tan
    entretenido; y haciendo varios discursos sobre el almohada, se quedó
    como un pajarito[258], jurando al silencio de las sombras, como lo demás
    del mundo, el mesón de la Sevillana el natural vasallaje con el sueño,
    que solas [las][259] grullas, los murciélagos y lechuzas estaban de
    posta a su cuerpo de guardia, cuando a las dos de la noche unas
    temerosas voces repetían: «¡Fuego, fuego!» despertaron a los dormidos
    pasajeros, con el sobresalto y asombro que suele causar cualquier
    alboroto a los que están durmiendo, y más oyendo apellidar «¡fuego!»,
    voz que con más terror atemoriza los ánimos más constantes, rodando unos
    las escaleras por bajar más apriesa, otros, saltando por las ventanas
    que caían al patio de la posada, otros que, por las pulgas u temor de
    las chinches, dormían en cueros, como vinagre, hechos Adanes del
    baratillo[260], poniendo las manos donde habían de estar las hojas de
    higuera, siguiendo a los demás, y acompañándolos don Cleofás, con los
    calzones revueltos al brazo y una alfajía que, por no encontrar la
    espada, halló acaso en su aposento, como si en los incendios y fantasmas
    importase andar a palos ni a cuchilladas, natural socorro del miedo en
    las repentinas invasiones.

    Salió, en esto, el Güésped en camisa, los pies en unas empanadas de
    Frenegal[261], cinchado con una faja de grana de polvo[262] el estómago,
    y un candil de garabato en la mano, diciendo que se sosegasen; que aquel
    ruido no era de cuidado; que se volviesen a sus camas, que él pondría
    remedio en ello. Apretóle don Cleofás, como más amigo de saber, le
    dijese la causa de aquel alboroto; que no se había de volver a acostar
    sin descifrar aquel misterio. El Güésped le dijo muy severo[263] que era
    un estudiante de Madrid, que había dos u tres meses que entró a posar en
    su casa, y que era poeta de los que hacen comedias, y que había escrito
    dos, que se las habían chillado en Toledo y apedreado como viñas[264], y
    que estaba acabando de escribir la comedia de _Troya abrasada_, y que
    sin duda debía de haber llegado al paso del incendio, y se convertía
    tanto en lo que escribía, que habría dado aquellas voces; que por otras
    experiencias pasadas sacaba él que aquello era verdad infalible como él
    decía; que para confirmallo subiesen con él a su aposento y hallarían
    verdadero este discurso.

    Siguieron al Güésped todos de la suerte que estaban, y entrando en el
    aposento del tal Poeta, le hallaron tendido en el suelo, despedazada la
    media sotanilla, revolcado en papeles y echando espumarajos por la boca,
    y pronunciando con mucho desmayo: «¡Fuego, fuego!», que casi no podía
    echar la habla, porque se le había metido monja. Llegaron a él muertos
    de risa y llenos de piedad todos, diciéndole:

    –Señor Licenciado, vuelva en sí y mire si quiere beber o comer algo
    para este desmayo.

    Entonces el Poeta, levantando como pudo la cabeza, dijo:

    –Si es Eneas y Anquises, con los Penates y el amado Ascanio, ¿qué
    aguardáis aquí, que está ya el Ilión hecho cenizas, y Príamo, Paris y
    Policena, Hécuba y Andrómaca han dado el fatal tributo a la muerte, y a
    Elena, causa de tanto daño, llevan su presa Menalao[265] y Agamenón? Y
    lo peor es que los mirmidones se han apoderado del tesoro troyano.

    –Vuelva a su juicio–dijo el Gúesped–; que aquí no hay almidones ni
    toda esa tropelía de disparates que ha referido, y mucho mejor fuera
    llevalle a casa del Nuncio[266], donde pudiera ser con bien justa causa
    mayoral de los locos, y metelle en cura; que se le han subido los
    consonantes a la cabeza, como tabardillo.

    –¡Qué bien entiende de afectos el señor Güésped!–respondió el Poeta,
    encorporándose un poco más.

    –De afectos ni de afeites–dijo el Güésped–no quiero entender, sino de
    mi negocio: lo que importa es que mañana hagamos cuenta de lo que me
    debe de posada, y se vaya con Dios; que no quiero tener en ella quien me
    la alborote cada día con estas locuras: basten las pasadas, pues
    comenzando a escribir, recién llegado aquí, la comedia de _El Marqués de
    Mantua_, que zozobró y fué una de las silbadas, fueron tantas las
    prevenciones de la caza y las voces que dió, llamando a los perros
    Melampo, Oliveros, Saltamontes, Tragavientos, etcétera, y el «¡Ataja,
    ataja!» y el «¡Guarda el oso cerdoso, y el jabalí colmilludo!», que
    malparió una señora preñada que pasaba del Andalucía a Madrid, del
    sobresalto; y en esotra de _El Saco de Roma_, que entrambas parecieron
    cual tenga la salud[267], fué el[268] estruendo de las cajas y
    trompetas, haciendo pedazos las puertas y ventanas deste aposento a tan
    desusadas horas como éstas, y el «¡Cierra, España!»[269], «¡Santiago, y
    a ellos!», y el jugar la artillería con la boca[270], como si hubiera
    ido a la escuela con un petardo, o criádose con el basilisco de
    Malta[271], que engañó el rebato a una compañía de infantería que
    alojaron[272] aquella noche en mi casa, de suerte, que, tocando al arma,
    se hubieron de hacer a escuras unos soldados pedazos con otros,
    acudiendo al ruido medio Toledo con la justicia, echándome las puertas
    abajo, y amenazó a hacer una de todos los diablos; que es poeta grulla,
    que siempre está en vela, y halla consonantes a cualquiera hora de la
    noche y de la madrugada.

    El Poeta dijo entonces:

    –Mucho mayor alboroto fuera si yo acabara aquella comedia de que tiene
    vuesa merced en prendas dos jornadas por lo que le debo, que la llamo
    _Las Tinieblas de Palestina_, donde es fuerza que se rompa el velo de el
    Templo en la tercera jornada, y se escurezca el sol y la luna, y se den
    unas piedras con otras, y se venga abajo toda la fábrica celestial con
    truenos y relámpagos, cometas y exhalaciones, en sentimiento de su
    Hacedor; que por faltarme los nombres que he de poner a los sayones no
    la he acabado. ¡Ahí me dirá vuesa merced, señor Güésped, qué fuera ello!

    –Váyase–dijo el Mesonerazo–a acaballa al Calvario, aunque no faltará
    en cualquiera parte que la escriba o la representen quien le crucifique
    a silbos, legumbre y edificio[273].

    –Antes resucitan con mis comedias los autores–dijo el Poeta–; y para
    que conozcan todos vuesas mercedes esta verdad y admiren el estilo que
    llevan todas las que yo escribo, ya que se han levantado a tan buen
    tiempo, quiero leelles ésta.

    Y, diciendo y haciendo, tomó en la mano una rima de vueltas de cartas
    viejas, cuyo bulto se encaminaba más a pleito de tenuta[274] que a
    comedia, y arqueando las cejas y deshollinándose los bigotes, dijo,
    leyendo el título, de esta suerte:

    –_Tragedia Troyana, Astucias de Sinón, Caballo griego, Amantes
    adúlteros y Reyes endemoniados_. Sale lo primero por el patio, sin haber
    cantado, el Paladión[275], con cuatro mil griegos por lo menos, armados
    de punta en blanco[276], dentro dél.

    –¿Cómo–le replicó un caballero soldado de aquellos que estaban en
    cueros, que parece que se habían de echar a nadar en la comedia–puede
    toda esa máquina entrar por ningún patio ni coliseo de cuantos hay en
    España, ni por el del Buen Retiro, afrenta de los romanos anfiteatros,
    ni por una plaza de toros?

    –¡Buen remedio!–respondió el Poeta–. Derribaráse el corral y dos
    calles junto a él para que quepa esta tramoya, que es la más portentosa
    y nueva que los teatros han visto; que no siempre sucede hacerse una
    comedia como ésta, y será tanta la ganancia, que podrá muy bien a sus
    ancas sufrir todo este gasto. Pero escuchen, que ya comienza la obra, y
    atención, por mi amor. Salen por el tablado, con mucho ruido de
    chirimías y atabalillos, Príamo, rey de Troya, y el príncipe Paris, y
    Elena, muy bizarra en un palafrén, en medio, y el Rey a la mano derecha
    (que siempre desta manera guardo el decoro a las personas reales), y
    luego, tras ellos, en palafrenes negros, de la misma suerte, once mil
    dueñas a caballo.

    –Más dificultosa apariencia es ésa que esotra–dijo uno de los
    oyentes–, porque es imposible que tantas dueñas juntas se hallen.

    –Algunas se harán de pasta[277]–dijo el Poeta–, y las demás se
    juntarán de aquí para allí; fuera de que si se hace en la Corte, ¿qué
    señora habrá que no envíe sus dueñas prestadas para una cosa tan grande,
    por estar los días que se representare la comedia, que será, por lo
    menos, siete u ocho meses, libres de tan cansadas sabandijas?[278]

    Hubiéronse de caer de risa los oyones[279], y de una carcajada se
    llevaron media hora de reloj, al son de los disparates del tal Poeta, y
    él prosiguió diciendo:

    –No hay que reírse; que si Dios me tiene de sus consonantes, he de
    rellenar el mundo de comedias mías, y ha de ser Lope de Vega (prodigioso
    monstruo español y nuevo Tostado en verso) niño de teta conmigo, y
    después me he de retirar a escribir un poema heroico para mi
    posteridad, que mis hijos o mis sucesores hereden, en que tengan toda su
    vida que roer sílabas. Y agora oigan vuesas mercedes…:–amagando a
    comenzar (el brazo derecho levantado) los versos de la comedia, cuando
    todos a una voz le dijeron que lo dejase para más espacio, y el Güésped,
    indignado, que sabía poco de filis[280], le volvió a advertir que no
    había de estar un día más en la posada.

    La encamisada[281], pues, de los caballeros y soldados se puso a mediar
    con el Güésped el caso[282], y don Cleofás, sobre un _Arte poética_ de
    Rengifo[283], que estaba también corriendo borrasca entre esotros
    legajos por el suelo, tomó pleito homenaje[284] al tal poeta, puestas
    las manos sobre los consonantes, jurando que no escribiría más comedias
    de ruido, sino de capa y espada, con que quedó el Güésped satisfecho; y
    con esto se volvieron a sus camas, y el Poeta, calzado y vestido, con su
    comedia en la mano, se quedó tan aturdido sobre la suya, que apostó a
    roncar con los Sietes Durmientes[285], a peligro de no valer la moneda
    cuando despertase.

    TRANCO V

    Dentro de muy pocas horas lo fué de volverse a levantar los güéspedes al
    quitar[286], haciendo la cuenta con ellos de la noche pasada el güésped
    de por vida, esperezándose y bostezando de lo trasnochado con el Poeta,
    y trataron de caminar, ensillando los mozos de mulas y poniendo los
    frenos al son de seguidillas y jácaras, y brindándose con vino y pullas
    los unos a los otros, ribeteándolas con tabaco en polvo y en humo,
    cuando don Cleofás también despertó, tratando de vestirse, con algunas
    _saudades_[287] de su dama: que las malas correspondencias de las
    mujeres a veces despiertan más la voluntad; y antes que diesen las ocho,
    como había dicho, entró por el aposento el camarada, en traje turquesco,
    con almalafa y turbante, señales ciertas de venir de aquel país,
    diciendo:

    –¿Heme tardado mucho en el viaje, señor Licenciado?

    El le respondió sonriéndose:

    –Menos se tardó vuesa merced desde el cielo al infierno, con haber más
    leguas, cuando rodó con todos esos príncipes que no han podido gatear
    otra vez a la maroma de donde cayeron.

    –¿Al amigo, señor don Cleofás–respondió el Cojuelo–, chinche en el
    ojo[288], como dice el refrán de Castilla? ¡Bueno, bueno!

    –Pocos hay–respondió el Estudiante–que en ofreciéndose el chiste,
    miren esos respetos; pero esto lo digo yo en galantería[289], y la
    amistad[290] que hay ya entre nosotros. Mas dejando esto aparte, ¿cómo
    nos ha ido[291] por esos mundos?

    –Hice todo a lo que fuí, y mucho más–respondió el genízaro recién
    venido–, y si quisiera, me jurara por Gran Turco aquella buena gente;
    que a fe que alguna guarda mejor su palabra, y saben decir verdad y
    hacer amistades, que vosotros los cristianos.

    –¡Qué presto te pagaste!–dijo don Cleofás–. Algún cuarto debes de
    tener de demonio villano.

    –Es imposible–respondió el Cojuelo–, porque decendemos todos de la
    más noble y más alta Montaña de la tierra y del cielo, y aunque seamos
    zapatero de viejo, en siendo montañeses, todos somos hidalgos[292]; que
    muchos dellos nacen, como los escarabajos y los ratones, de la
    putrefacción.

    –Bien sé que sabes Filosofía–le dijo don Cleofás–mejor que si la
    hubieras estudiado en Alcalá, y que eres maestro en primeras licencias.
    Dejemos estas digresiones y acaba de darme cuenta de tu jornada.

    –Con el traje del país, como ves–respondió el Diablillo–, por
    ensuciallos todos, como cierto amigo que, por desaseado en estremo,
    ensució el de soldado, el de peregrino y estudiante, volví por los
    Cantones, por la Bertolina[293] y Ginebra, y no tuve que hacer nada en
    estos países, porque sus paisanos son demonios de sí mismos, y éste es
    el juro de heredad que más seguro tenemos en el infierno, después de las
    Indias[294]. Fuí a Venecia, por ver una población tan prodigiosa, que
    está fundada en el mar, y de su natural condición tan bajel de argamasa
    y sillería, que, como la tiene en peso el piélago Mediterráneo, se
    vuelve a cualquier viento que le sopla. Estuve en la plaza de San
    Marcos, platicando con unos criados de unos clarísimos[295], esta
    mañana, y hablando en[296] las gacetas de la guerra, les dije que en
    Constantinopla se había sabido, por espías que estaban en España, que
    hay grandes prevenciones della, y tan prodigiosas, que hasta los
    difuntos se levantan, al son de las cajas, de los sepulcros para este
    efeto, y hay quien diga que entre ellos había resucitado el gran Duque
    de Osuna[297]; y apenas lo acabé de pronunciar, cuando me escurrí, por
    no perder tiempo en mis diligencias, y, dejando el seno adriático me
    sorbí la Marca de Ancona, y por la Romanía, a la mano izquierda, dejé a
    Roma, porque aun los demonios, por cabeza de la Iglesia militante,
    veneramos su población. Pasé por Florencia a Milán, que no se le da con
    su castillo dos blancas de la Europa. Vi a Génova[298] la bella, talego
    del mundo, llena de novedades, y, golfo lanzado[299], toqué a
    Vinaroz[300] y a los Alfaques, pasando el de León y Narbona. Llegué a
    Valencia, que juega cañas dulces con la primavera, metíme en la Mancha,
    que no hay greda que la pueda sacar, entré en Madrid, y supe que unos
    parientes de tu dama te andaban a buscar para matarte, porque dicen que
    la has dejado sin reputación; y lo peor es lo que me chismeó
    Zancadilla, demonio espía del infierno y sobrestante de las tentaciones:
    que me andaba a buscar Cienllamas con una requisitoria; y soy de
    parecer, para oviar[301] estos dos riesgos, que pongamos tierra en
    medio. Vámonos al Andulucía[302], que es la más ancha del mundo; y pues
    yo te hago la costa, no tienes que temer nada; que, con el romance que
    dice:

    «Tendré el invierno en Sevilla
    y el veranito en Granada»[303],

    no hemos de dejar lugar en ella que no trajinemos.

    Y volviéndose a la ventana que salía a la calle, le dijo:

    –Hágote puerta de mesón. Vamos, y sígueme por ella, don Cleofás; que
    hemos de ir a comer a la venta de Darazután[304], que es en
    Sierra-morena, veinte y dos o veinte y tres leguas[305] de aquí.

    –No importa–dijo don Cleofás–, si eres demonio de portante[306],
    aunque cojo.

    Y diciendo esto, salieron los dos por la ventana, flechados de sí
    mismos[307], y el Güésped, desde la puerta, dándole voces al Estudiante
    cuando le vió por el aire, diciendo que le pagase la cama y la posada, y
    don Cleofás respondiendo que en volviendo del Andalucía cumpliría con
    sus obligaciones; y el Güésped, que parecía que lo soñaba, se volvió
    santiguando y diciendo:

    –Pluguiera a Dios, como se me va éste, se me fuera el Poeta, aunque se
    me llevara la cama y todo asida a la cola.

    Ya, en esto, el Cojuelo y don Cleofás descubrían la dicha venta, y,
    apeándose del aire, entraron en ella, pidiendo al Ventero de comer, y él
    les dijo que no había quedado en la venta más que un conejo y un
    perdigón, que estaban en aquel asador entreteniéndose a la lumbre.

    –Pues trasládenlos a un plato–dijo don Cleofás–, señor Ventero, y
    venga el salmorejo[308], poniéndonos la mesa, pan, vino y salero.

    El Ventero respondió que fuese en buen hora; pero que esperasen que
    acabasen de comer unos estranjeros que estaban en eso, porque en la
    venta no había otra mesa más que la que ellos ocupaban. Don Cleofás
    dijo:

    –Por no esperar, si estos señores nos dan licencia, podremos comer
    juntos, y ya que ellos van en la silla, nosotros iremos en las ancas.

    Y sentándose los dos al paso que lo decían, fué todo uno, trayéndoles el
    Ventero la porción susodicha, con todas sus adherencias y
    incidencias[309], y comenzaron a comer en compañía de los estranjeros,
    que el uno era francés, el otro inglés, el otro italiano y el otro
    tudesco, que había ya pespuntado la comida más aprisa a brindis de vino
    blanco y clarete, y tenía a orza la testa[310], con señales de vómito y
    tiempo borrascoso, tan zorra[311] de cuatro costados[312], que pudiera
    temelle el corral de gallinas del Ventero. El Italiano preguntó a don
    Cleofás que de adonde venía, y él le respondió que de Madrid. Repitió el
    Italiano:

    –¿Qué nuevas hay de la guerra, señor Español?

    Don Cleofás le dijo:

    –Agora todo es guerra.

    –Y ¿contra quién dicen?–replicó el Francés.

    –Contra todo el mundo–le respondió don Cleofás–, para ponerlo todo él
    a los pies del Rey de España.

    –Pues a fe–replió el Francés–que primero que el Rey de España….

    Y antes que acabase la razón el Gabacho, dijo don Cleofás:

    –El Rey de España….

    Y el Cojuelo le fué a la mano, diciendo:

    –Déjame, don Cleofás, responder a mí, que soy español por la vida, y
    con quien vengo, vengo[313]; que les quiero con alabanzas del Rey de
    España dar un tapaboca a estos borrachos, que si leen las historias
    della, hallarán que por Rey de Castilla tiene virtud de sacar demonios,
    que es más generosa cirujía que curar lamparones[314].

    Los estranjeros, habiendo visto callar al Español, estaban muy
    falsos[315], cuando el Cojuelo, sentándose mejor y tomando la mano[316],
    y en traje castellano, que ya había dejado a la guardarropa del viento
    el turquesco, les dijo:

    –Señores míos, mi camarada iba a responder, y a mí, por tener más edad,
    me toca el hacello; escúchenme atentamente, por caridad. El Rey de
    España es un generosísimo lebrel, que pasa acaso solo por una calle, y
    no hay gozque en ella que a ladralle no salga, sin hacer caso de
    ninguno, hasta que se juntan tantos, que se atreve uno, al desembocar
    della a otra, pensando que es sufrimiento y no desprecio, a besalle con
    la boca la cola; entonces vuelve, y dando una manotada a unos y otra a
    otros, huyen todos de manera, que no saben dónde meterse, y queda la
    calle tan barrida de gozques y con tanto silencio, que aun a ladrar no
    se atreven, sino a morder las piedras, de rabia. Esto mismo le sucede
    siempre con los reyes contrarios, con las señorías y potentados, que son
    todos gozques con su Majestad[317] Católica; pero guárdese el que se
    atreviere a besarle la cola; que ha de llevar manotada que escarmiente
    de suerte a los demás, que no hallen dónde meterse, huyendo dél[318].

    Los estranjeros se comenzaron a escarapelar, y el Francés le dijo:

    –¡Ah, bugre, coquín español!

    Y el Italiano:

    –¡Forfante, marrano español!

    Y el Inglés:

    –¡Nitesgut español[319]!

    Y el Tudesco estaba de suerte, que lo dió por recibido, dando permisión
    que hablasen los demás por él en aquellas cortes.

    Don Cleofás, que los vió palotear y echar espadañas de vino y herejías
    contra lo que había dicho su camarada, acostumbrado a sufrir poco y al
    refrán de «quien da luego, da dos veces», levantando el banco en que
    estaban sentados los dos, dió tras ellos, adelantándose el compañero
    con las muletas en la mano, manejándolas tan bien, que dió con el
    Francés en el tejado de otra venta que estaba tres leguas de allí, y en
    una necesaria de Ciudad Real con el Italiano[320], porque muriese hacia
    donde pecan, y con el Inglés, de cabeza en una caldera de agua hirviendo
    que tenían para pelar un puerco en casa de un labrador de Adamuz; y al
    Tudesco, que se había anticipado a caer de bruces a los pies de Cleofás,
    le volvió al puerto de Santa María, de donde había salido quince días
    antes, a dormir la zorra[321]. El Ventero se quiso poner en medio, y dió
    con él en Peralvillo[322], entre aquellas cecinas de Gestas, como en su
    centro.

    Volviéronse, con esto, a sentar a comer de los despojos que había dejado
    el enemigo, muy de espacio, y estando en los postreros lances de la
    comida, entraron algunos mozos de mulas en la venta, llamando al Güésped
    y pidiendo vino, y tras ellos, en el mismo carruaje, una compañía de
    representantes que pasaban de Córdoba a la Corte, con ganas de tomar un
    refresco en la venta. Venían las damas en jamugas, con bohemios[323],
    sombreros con plumas y mascarillas en los rostros, los chapines[324],
    con plata, colgando de los respaldares de los sillones; y ellos, unos
    con portamanteos sin cojines, y otros sin cojines ni portamanteos, las
    capas dobladas debajo, las valonas[325] en los sombreros, con alforjas
    detrás; y los músicos, con la guitarras en cajas delante de los arzones,
    y algunos dellos ciclanes de estribos[326], y otros, eunucos, con los
    mozos que le sirven[327] a las ancas, unos con espuelas sobre los
    zapatos y las medias, y otros con botas de rodillera, sin ninguna; otros
    con varas para hacer andar sus cabalgaduras y las de las mujeres. Los
    apellidos de los más eran valencianos, y los nombres de las
    representantas[328] se resolvían en Marianas y Anas Marías, hablando
    todo recalcado[329], con el tono de la representación. La conversación
    con que entraron en la venta era decir que habían robado a Lisboa,
    asombrado a Córdoba y escandalizado a Sevilla, y que habían de despoblar
    a Madrid[330], porque con sola la loa que llevaban para la entrada, de
    un tundidor de Ecija[331], habían de derribar cuantos autores entrasen
    en la Corte. Con esto, se fueron arrojando de las cabalgaduras, y los
    maridos, muy severos[332], apeando en los brazos a sus mujeres, llamando
    todos al Güésped,

    «y él de nada se dolía»[333].

    La Autora se asentó en una alhombrilla que la echaron en el suelo; las
    demás princesas, alrededor, y el Autor andaba solicitando el regalo de
    todos, como pastor de aquel ganado. Y dijo el Cojuelo:

    –Con el señor Autor estoy en pecado mortal de parte de mis camaradas.

    –¿Por qué?–dijo don Cleofás.

    Respondió el Diablillo:

    –Porque es el peor representante del mundo, y hace siempre los demonios
    en los autos del Corpus, y está perdigado[334] para demonio de veras, y
    para que haga en el infierno los autores si se representaren comedias;
    que algunas hacen estas farándulas, que aun para el infierno son malas.

    –Uno he visto aquí–dijo don Cleofás–, entre los demás compañeros, que
    le he deseado cruzar la cara, porque me galanteó en Alcalá una doncella,
    moza mía, que se enamoró dél viéndole hacer un rey de Dinamarca.

    –Doncella–dijo el Cojuelo–debía de ser de allá[335]; pero si
    quieres–prosiguió–que tomemos los dos venganza del Autor y del
    Representante, espera y verás cómo lo trazo; porque agora quieren
    repartir una comedia con que han de secundar en Madrid, y sobre los
    papeles has de ver lo que pasa.

    Al mismo tiempo que decía esto el Cojuelo, el apuntador de la Compañía
    sacó de un alforja los de una comedia de Claramonte[336], que había
    acabado de copiar en Adamuz el tiempo que estuvieron allí, diciendo al
    Autor:

    –Aquí será razón que se repartan estos papeles, entretanto que se
    adereza la comida y parece el Güésped.

    El Autor vino en ello, porque se dejaba gobernar del tal Apuntador, como
    de hombre que tenía grandísima curia en la comedia, y había sido
    estudiante en Salamanca, y le llamaban el Filósofo por mal nombre; y
    llegando con el papel de la segunda dama a Ana María, mujer del que
    cantaba los bajetes y bailaba los días de Corpus, habiéndole dado la
    primera dama a Mariana, la mujer del que cobraba y que hacía su parte
    también en las comedias de tramoya, arrojándole, dijo que ella había
    entrado para partir entre[337] las dos los primeros papeles, y que
    siempre le daban los segundos, y que ella podía enseñar a representar a
    cuantas andaban en la comedia, porque había representado al lado de las
    mayores representantas del mundo y en la legua[338] la llamaban
    Amarilis[339], segunda deste nombre. Esotra le dijo que no sabría mirar
    lo que ella con su zapato representaba[340], respondiéndole esotra que
    de cuándo acá tenía tanta soberbia, sabiendo que en Sevilla le prestó
    hasta las enaguas para hacer el papel de Dido[341] en la gran comedia de
    don Guillén de Castro, echando a perder la comedia y haciendo que
    silbasen la compañía.

    –Tú eres la silbada–dijo esotra–, y tu ánima[342].

    Llegando a las manos y diciéndose palabras mayores, y tan grandes, que
    alcanzaron a los maridos; y sacando unos con otros las espadas, comenzó
    una batalla de comedia, metiéndolos en paz los mozos de mulas con los
    frenos que acababan de quitar; y dejándolos empelotados, se salieron don
    Cleofás y el Cojuelo de la venta al camino de Andalucía, quedándose
    abrasando a cuchilladas la compañía que fuera un Roncesvalles del
    molino del papel[343] si el Ventero no llegara con la Hermandad[344] en
    busca de los dos que se fueron, para prendello, con escopetas, chuzos y
    ballestas; y hallando esta nueva matanza en su venta, y jarros, tinajas
    y platos hechos tantos[345] en la refriega, los apaciguaron, y
    prendieron a los dichos representantes para llevarlos a Ciudad Real,
    habiendo de tener otra pelaza más pesada con el alguacil que los traía a
    Madrid por orden de los arrendadores, con comisión del Consejo[346].

    TRANCO VI

    En este tiempo, nuestros caminantes, tragando leguas de aire, como si
    fueran camaleones[347] de alquiler, habían pasado a Adamuz, del gran
    Marqués del Carpio, Haro y nobilísimo decendiente de los señores
    antiguos de Vizcaya, y padre ilustrísimo del mayor Mecenas[348] que los
    antiguos ingenios y modernos han tenido, y caballero que igualó con sus
    generosas partes su modestia. Y habiéndose sorbido de los siete vados y
    las ventas de Alcolea, se pusieron a vista de Córdoba por su fertilísima
    campiña y por sus celebradas dehesas gamonosas[349], donde nacen y
    pacen tantos brutos, hijos del Céfiro más que los que fingió la
    antigüedad en el Tajo portugués[350]; y entrando por el Campo de la
    Verdad[351] (pocas veces pisado de gente desta calaña) a la Colonia[352]
    y populosa patria de dos Sénecas y un Lucano, y del padre de la Poesía
    española, el celebrado Góngora, a tiempo que se celebraban fiestas de
    toros aquel día, y juego de cañas, acto positivo[353] que más
    excelentemente ejecutan los caballeros de aquella ciudad, y tomando
    posada en el mesón de las Rejas[354], que estaba lleno de forasteros que
    habían concurrido a esta celebridad, se apercibieron para ir a vellas,
    limpiándose el polvo de las nubes; y llegando a la Corredera[355], que
    es la plaza donde siempre se hacen estas festividades, se pusieron a ver
    un juego de esgrima que estaba en medio del concurso de la gente, que en
    estas ocasiones suele siempre en aquella provincia preceder a las
    fiestas, a cuya esfera no había llegado la línea recta, ni el ángulo
    obtuso ni oblicuo[356]; que todavía se platicaba el uñas arriba y el
    uñas abajo de la destreza primitiva que nuestros primeros padres
    usaron; y acordándose don Cleofás de lo que dice el ingeniosísimo
    Quevedo en su _Buscón_[357], pensó[358] perecer de risa, bien que se
    debe al insigne don Luis Pacheco de Narváez haber sacado de la obscura
    tiniebla de la vulgaridad a luz la verdad deste arte, y del caos de
    tantas opiniones las demonstraciones matemáticas desta verdad.

    Había dejado en esta ocasión la espada negra[359] un mozo de Montilla,
    bravo aporreador, quedando en el puesto otro de los Pedroches, no menos
    bizarro campeón, y arrojándose, entre otros que la fueron a tomar muy
    apriesa, don Cleofás la levantó primero que todos, admirando la
    resolución de el forastero, que en el ademán les pareció castellano, y
    dando a su camarada la capa y la espada, como es costumbre, puso
    bizarramente las plantas en la palestra. En esto, el Maestro, con el
    montante[360], barriendo los pies a los mirones, abrió la rueda, dando
    aplauso[361] a la pendencia vellorí[362], pues se hacía con espadas
    mulatas; y partiendo el andaluz y el estudiante castellano uno para el
    otro airosamente, corrieron una ida y venida sin tocarse al pelo de la
    ropa, y a la segunda, don Cleofás, que tenía algunas revelaciones de
    Carranza, por el cuarto círculo[363] le dió al andaluz con la zapatilla
    un golpe de pechos, y él, metiendo el brazal, un tajo a don Cleofás en
    la cabeza, sobre la guarnición de la espada; y convirtiendo don Cleofás
    el reparo en revés, con un movimiento accidental[364], dió tan grande
    tamborilada al contrario, que sonó como si la hubiera dado en la
    tumba[365] de los Castillas. Alborotáronse algunos amigos y conocidos,
    que había en el corro, y sobre el montante del señor Maestro le entraron
    tirando algunas estocadillas veniales al tal don Cleofás, que con la
    zapatilla, como con agua bendita, se las quitó, y apelando a su espada y
    capa, y el Cojuelo a sus muletas, hicieron tanta riza[366] en el montón
    agavillado, que fué menester echalles un toro para ponellos en paz: tan
    valiente montante de Sierramorena, que a dos o tres mandobles puso la
    plaza más despejada que pudieran la guarda tudesca y española, a costa
    de algunas bragas que hicieron por detrás cíclopes a sus dueños[367],
    encaramándose a un tablado don Cleofás y su camarada, muy falsos[368],
    a ver la fiesta, haciéndose aire con los sombreros, como si tal no
    hubiera pasado por ellos; y acechándolos unos alguaciles, porque en
    estas ocasiones siempre quiebra la soga por lo más forastero[369],
    habiendo dejarretado el toro, llegaron desde la plaza a caballo,
    diciéndoles:

    –Señor Licenciado y señor Cojo, bajen acá, que los llama el señor
    Corregidor.

    Y haciendo don Cleofás y su compañero orejas de mercader, comenzaron los
    ministros o vaqueros de la justicia a quererlo intentar con las varas, y
    agarrándose cada uno de la suya, a vara por barba[370], dijeron a los
    tales ministros, quitándoselas de las manos de cuajo:

    –Sígan[n]os vuesas mercedes si se atreven a alcanzarnos.

    Y levantándose por el aire, parecieron cohetes voladores, y los dichos
    alguaciles, capados de varas, pedían a los gorriones «¡Favor a la
    justicia!»[371], quedándose suspensos y atribuyendo la agilidad de los
    nuevos volatines a sueño, haciendo tan alta punta[372] los dos halcones,
    salvando a Guadalcázar, del ilustre Marqués de este título, del claro
    apellido de los Córdovas, que dieron sobre el rollo de Écija, diciéndole
    el Cojuelo a don Cleofás:

    –Mira qué gentil árbol berroqueño, que suele llevar hombres, como otros
    fruta.

    –¿Qué coluna tan grande es ésta?–le preguntó don Cleofás.

    –El celebrado rollo[373] del mundo–le respondió el Cojuelo.

    –Luego ¿esta ciudad es Écija?–le repitió don Cleofás.

    –Ésta _es_ Écija, la más fértil población de Andalucía–dijo el
    Diablillo–, que tiene aquel sol[374] por armas a la entrada de esa
    hermosa puente, cuyos ojos rasgados lloran a Genil, caudaloso río que
    tiene su solar en Sierra Nevada, y después, haciendo con el Darro
    maridaje de cristal, viene a calzar de plata estos hermosos edificios y
    tanto pueblo de abril y mayo[375]. De aquí fué Garci Sánchez de
    Badajoz[376], aquel insigne poeta castellano; y en esta ciudad solamente
    se coge el algodón[377], semilla que en toda España no nace, además de
    otros veinte y cuatro frutos, sin sembrallos, de que se vale para vender
    la gente necesitada; su comarca también es fertilísima[378]. Montilla
    cae aquí a mano izquierda, habitación de los heroicos marqueses de
    Priego, Córdovas y Aguilares, de cuya gran casa salió, para honra de
    España, el que mereció llamarse Gran Capitán por antonomasia, y hoy a su
    Marqués ilustrísimo se le ha acrecentado la casa de Feria, por morir sin
    hijos aquel gran portento de Italia, que malogró la Fortuna, de envidia;
    cuyo gran sucesor, siendo mudo, ocupa a grandezas en silencio elocuente
    las lenguas de la Fama. Más abajo está Lucena, del Alcaide de los
    Donceles, Duque de Cardona, en cuyo océano de blasones se anegó la gran
    casa de Lerma. Luego, Cabra, celebrada por su sima[379], tan profunda
    como la antigüedad de sus dueños, pregona con las lenguas de sus
    almenas, que es del ínclito Duque de Sesa y Soma, y que la vive hoy su
    entendido y bizarro heredero. Luego Osuna se ofrece a la demarcación
    destos ilustres edificios, blasonando con tantos maestres Girones la
    altivez de sus duques; y veinte y dos leguas de aquí cae la hermosísima
    Granada, paraíso de Mahoma, que no en vano la defendieron tanto sus
    valientes africanos españoles, de cuya Alhambra y Alcazaba es alcaide el
    nobilísimo Marqués de Mondéjar, padre del generoso conde de Tendilla,
    Mendozas del Ave María y credo de los caballeros. No nos olvidemos, de
    camino, de Guadix, ciudad antigua y celebrada por sus melones[380], y
    mucho más por el divino ingenio del doctor Mira de Mescua[381], hijo
    suyo y arcediano.

    Cuando iba el Cojuelo refiriendo esto, llegaron a la Plaza Mayor de
    Ecija, que es la más insigne del Andalucía, y junto a una fuente que
    tiene en medio del jaspe, con cuatro ninfas gigantas de alabastro
    derramando lanzas de cristal[382], estaban unos ciegos sobre un banco,
    de pies, y mucha gente de capa parda de auditorio, cantando la relación
    muy verdadera que trataba de cómo una maldita dueña se había hecho
    preñada del diablo, y que por permisión de Dios había parido una manada
    de lechones, con un romance de don Alvaro de Luna y una letrilla contra
    los demonios, que decía:

    «Lucifer tiene muermo,
    Satanás, sarna,
    y el Diablo Cojuelo
    tiene almorranas.
    Almorranas y muermo,
    sarna y ladillas,
    su mujer se las quita
    con tenacillas.»[383]

    El Cojuelo le dijo a don Cleofás:

    –¿Qué te parece los testimonios que nos levantan estos ciegos y las
    sátiras que nos hacen? Ninguna raza de gente se nos atreve a nosotros si
    no son éstos, que tienen más ánimo que los mayores ingenios; pero esta
    vez me lo han de pagar, castigándose ellos mismos por sus propias manos,
    y daré, de camino, venganza a las dueñas, porque no hay en el mundo
    quien no las quiera mal, y nosotros las tenemos grandes obligaciones,
    porque nos ayudan a nuestros embustes; que son demonias hembras[384].

    Y sobre la entonación de las coplas metió el Cojuelo tanta cizaña entre
    los ciegos, que, arrempujándose primero, y cayendo dellos en el pilón de
    la fuente, y esotros en el suelo, volviéndose a juntar, se mataron a
    palos, dando barato[385], de camino, a los oyentes, que les respondieron
    con algunos puñetes y coces. Y como llegaron a Écija con las varas de
    los alguaciles de Córdoba, pensando que traían alguna gran comisión de
    la Corte, llegó la justicia de la ciudad a hacelles fiesta y a
    lisonjeallos con ofrecerles sus posadas, y ellos, valiéndose de la
    ocasión, admitieron las ofertas, con que fueron regalados como cuerpos
    de rey; y preguntándoles qué era el negocio que traían para Écija, el
    Cojuelo les respondió que era contra los médicos y boticarios, y visita
    general de beatas; y que a los médicos se les venía a vedar que después
    de matar un enfermo, no les valiese[386] la mula por sagrado; y que,
    cuando no se saliese con esto, por lo menos, a los boticarios que
    errasen las purgas, que no pudiesen ser castigados si se retrujesen[387]
    en los cimenterios de las mulas de los médicos, que son las ancas[388];
    y que a las beatas se les venía a quitar el tomar tabaco, beber
    chocolate y comer jigote.

  • El Comendador Mendoza

    El Comendador Mendoza

    Aproximadamente 63.513 palavras.

    JUAN VALERA
    NOVELAS

    El Comendador Mendoza

    OBRAS COMPLETAS TOMO VII

    Á LA EXCMA. SEÑORA *DOÑA IDA DE BAUER*

    Nunca, estimada señora y bondadosa amiga, soñé con ser escritor popular.
    No me explico la causa, pero es lo cierto que tengo y tendré siempre
    pocos lectores. Mi afición á escribir es, sin embargo, tan fuerte, que
    puede más que la indiferencia del público y que mis desengaños.

    Varias veces me dí ya por vencido y hasta por muerto; mas apenas dejé de
    ser escritor, cuando reviví como tal bajo diversa forma. Primero fuí
    poeta lírico, luego periodista, luego crítico, luego aspiré á filósofo,
    luego tuve mis intenciones y conatos de dramaturgo zarzuelero, y al cabo
    traté de figurar como novelista en el largo catálogo de nuestros
    autores.

    Bajo esta última forma es como la gente me ha recibido menos mal; pero
    aun así, no las tengo todas conmigo.

    Mi musa es tan voluntariosa, que hace lo que quiere y no lo que yo le
    mando. De aquí proviene que, si por dicha logro aplausos, es por falta
    de previsión.

    Escribí mi primera novela sin caer hasta el fin en que era novela lo que
    escribía.

    Acababa yo de leer multitud de libros devotos.

    Lo poético de aquellos libros me tenía hechizado, pero no cautivo. Mi
    fantasía se exaltó con tales lecturas, pero mi frío corazón siguió en
    libertad y mi seco espíritu se atuvo á la razón severa.

    Quise entonces recoger como en un ramillete todo lo más precioso, ó lo
    que más precioso me parecía, de aquellas flores místicas y ascéticas, é
    inventé un personaje que las recogiera con fe y entusiasmo, juzgándome
    yo, por mí mismo, incapaz de tal cosa. Así brotó espontánea una novela,
    cuando yo distaba tanto de querer ser novelista.

    Después me he puesto adrede á componer otras, y dicen que lo he hecho
    peor.

    Esto me ha desanimado de tal suerte, que he estado á punto de no volver
    á escribirlas.

    Entre las pocas personas que me han dado nuevo aliento descuella V., ora
    por la indulgencia con que celebra mis obrillas, ora por el valor que
    los elogios de V., si prescindimos por un instante de la bondad que los
    inspira, deben tener para cuantos conocen su rara discreción, su
    delicado gusto y el hondo y exquisito sentir con que percibe todo lo
    bello.

    Aunque yo no hubiese seguido de antemano la sentencia de aquel sabio
    alejandrino que afirmaba que sólo las personas hermosas entendían de
    hermosura, V. me hubiera movido á seguirla, mostrándose luminoso y vivo
    ejemplo y gentil prueba de su verdad.

    No extrañe V., pues, que, lleno de agradecimiento, le dedique este
    libro.

    Por ir dedicado á V., quisiera yo que fuese mejor que _Pepita Jiménez_,
    á quien V. tanto celebra; pero harto sabido es que las obras literarias,
    y muy en particular las de carácter poético, sólo se dan bien en
    momentos dichosos de inspiración, que los autores no renuevan á su
    antojo.

    En esto como en otras mil cosas, la poesía se parece á la magia.
    Requiere la intervención del cielo.

    Cuentan de Alberto Magno que, yendo en peregrinación de Roma á Alemania,
    pasó una noche á las orillas del Po, en la cabaña de un pescador.
    Agasajado allí muy bien, quiso el doctor probar su gratitud al huésped,
    y le hizo y le dió un pez de madera, tan maravilloso que, puesto en la
    red atraía á todos los peces vivos. No hay que ponderar la ventura del
    pescador con su pez mágico. Cierto día, con todo, tuvo un descuido, y el
    pez se le perdió. Entonces se puso en camino, fué á Alemania, buscó á
    Alberto, y le rogó que le hiciera otro pez semejante al primero. Alberto
    respondió que lo deseaba (también deseo yo hacer otra _Pepita Jiménez;_)
    mas que, para hacer otro pez que tuviese todas las virtudes del antiguo,
    era menester esperar á que el cielo presentase idéntico aspecto y
    disposición en constelaciones, signos y planetas, que en la noche en que
    el primer pez se hizo, lo cual no podía acontecer sino dentro de treinta
    y seis mil y pico de años.

    Como yo no puedo esperar tanto tiempo, me resigno á dedicar á V. _El
    Comendador Mendoza_.

    Este simpático personaje, antes de salir en público, no ya escondido y á
    trozos, sino por completo y por sí solo, pasa, con la venia de Lucía, á
    besar humildemente los lindos pies de V. y á ponerse bajo su amparo.
    Remedando á un antiguo compañero mío, elige á V. por su madrina. No
    desdeñe V. al nuevo ahijado que le presento, aunque no valga lo que
    _Pepita_, y créame su afectísimo y respetuoso servidor.

    JUAN VALERA.

    *El Comendador Mendoza.*

    I

    Á pesar de los quehaceres y cuidados que me retienen en Madrid casi de
    continuo, todavía suelo ir de vez en cuando á Villabermeja y á otros
    lugares de Andalucía, á pasar cortas temporadas de uno á dos meses.

    La última vez que estuve en Villabermeja ya habían salido á luz _Las
    Ilusiones del Doctor Faustino_.

    D. Juan Fresco me mostró en un principio algún enojo de que yo hubiese
    sacado á relucir su vida y las de varios parientes suyos en un libro de
    entretenimiento; pero al cabo, conociendo que yo no lo había hecho á mal
    hacer, me perdonó la falta de sigilo. Es más: D. Juan aplaudió la idea
    de escribir novelas fundadas en hechos reales, y me animó á que siguiese
    cultivando el género. Esto nos movió á hablar del Comendador Mendoza.

    –¿El vulgo –dije yo,– cree aún que el Comendador anda penando,
    durante la noche, por los desvanes de la casa solariega de los
    Mendozas, con su manto blanco del hábito de Santiago?

    –Amigo mío –contestó D. Juan,– el vulgo lee ya _El Citador_ y otros
    libros y periódicos librepensadores. En la incredulidad, además, está
    como impregnado el aire que se respira. No faltan jornaleros escépticos;
    pero las mujeres, por lo común, siguen creyendo á pie juntillas. Los
    mismos jornaleros escépticos niegan de día y rodeados de gente, y de
    noche, á solas, tienen más miedo que antes de lo sobrenatural, por lo
    mismo que lo han negado durante el día. Resulta, pues, que, á pesar de
    que vivimos ya en la edad de la razón y se supone que la de la fe ha
    pasado, no hay mujer bermejina que se aventure á subir á los desvanes de
    la casa de los Mendozas sin bajar gritando y afirmando á veces que ha
    visto al Comendador, y apenas hay hombre que suba solo á dichos desvanes
    sin hacer un grande esfuerzo de voluntad para vencer ó disimular el
    miedo. El Comendador, por lo visto, no ha cumplido aún su tiempo de
    purgatorio, y eso que murió al empezar este siglo. Algunos entienden que
    no está en el purgatorio, sino en el infierno; pero no parece natural
    que, si está en el infierno, se le deje salir de allí para que venga á
    mortificar á sus paisanos. Lo más razonable y verosímil es que esté en
    el purgatorio, y esto cree la generalidad de las gentes.

    –Lo que se infiere de todo, ora esté el Comendador en el infierno, ora
    en el purgatorio, es que sus pecados debieron de ser enormes.

    –Pues, mire V. –replicó D. Juan Fresco,– nada cuenta el vulgo de
    terminante y claro con relación al Comendador. Cuenta, sí, mil confusas
    patrañas. En Villabermeja se conoce que hirió más la imaginación popular
    por su modo de ser y de pensar que por sus hechos. Sus hechos conocidos,
    salvo algún extravío de la mocedad, más le califican de buena que de
    mala persona.

    –De todos modos, ¿V. cree que el Comendador era una persona notable?

    –Y mucho que lo creo. Yo contaré á V. lo que sé de él, y V. juzgará.

    Don Juan Fresco me contó entonces lo que sabía acerca del Comendador
    Mendoza. Yo no hago más que ponerlo ahora por escrito.

    II

    Don Fadrique López de Mendoza, llamado comunmente el Comendador, fué
    hermano de don José, el mayorazgo, abuelo de nuestro D. Faustino, á
    quien supongo que conocen mis lectores.

    Nació D. Fadrique en 1744.

    Desde niño dicen que manifestó una inclinación perversa á reírse de todo
    y á no tomar nada por lo serio. Esta cualidad es la que menos fácilmente
    se perdona, cuando se entrevé que no proviene de ligereza, sino de tener
    un hombre el espíritu tan serio, que apenas halla cosa terrena y humana
    que merezca que él la considere con seriedad; por donde, en fuerza de la
    seriedad misma, nacen el desdén y la risa burlona.

    Don Fadrique, según la general tradición, era un hombre de este género:
    un hombre jocoso de puro serio.

    Claro está que hay dos clases de hombres jocosos de puro serios. Á una
    clase, que es muy numerosa, pertenecen los que andan siempre tan serios,
    que hacen reir á los demás, y sin quererlo son jocosos. Á otra clase,
    que siempre cuenta pocos individuos, es á la que pertenecía D. Fadrique.
    Don Fadrique se burlaba de la seriedad vulgar é inmotivada, en virtud de
    una seriedad exquisita y superlativa; por lo cual era jocoso.

    Conviene advertir, no obstante, que la jocosidad de D. Fadrique rara vez
    tocaba en la insolencia ó en la crueldad, ni se ensañaba en daño del
    prójimo. Sus burlas eran benévolas y urbanas, y tenían á menudo cierto
    barniz de dulce melancolía.

    El rasgo predominante en el carácter de D. Fadrique no se puede negar
    que implicaba una mala condición: la falta de respeto. Como veía lo
    ridículo y lo cómico en todo, resultaba que nada ó casi nada respetaba,
    sin poderlo remediar. Sus maestros y superiores se lamentaron mucho de
    esto.

    Don Fadrique era ágil y fuerte, y nada ni nadie le inspiró jamás temor,
    más que su padre, á quien quiso entrañablemente. No por eso dejaba de
    conocer y aun de decir en confianza, cuando recordaba á su padre,
    después de muerto, que, si bien había sido un cumplido caballero,
    honrado, pundonoroso, buen marido y lleno de caridad para con los
    pobres, había sido también un _vándalo_.

    En comprobación de este aserto contaba D. Fadrique varias anécdotas,
    entre las cuales ninguna le gustaba tanto como la del bolero.

    D. Fadrique bailaba muy bien este baile cuando era niño, y D. Diego,
    que así se llamaba su padre, se complacía en que su hijo luciese su
    habilidad cuando le llevaba de visitas ó las recibía con él en su casa.

    Un día llevó D. Diego á su hijo D. Fadrique á la pequeña ciudad, que
    dista dos leguas de Villabermeja, cuyo nombre no he querido nunca decir,
    y donde he puesto la escena de mi _Pepita Jiménez_. Para la mejor
    inteligencia de todo, y á fin de evitar perífrasis, pido al lector que
    siempre que en adelante hable yo de la ciudad entienda que hablo de la
    pequeña ciudad ya mencionada.

    Don Diego, como queda dicho, llevó á D. Fadrique á la ciudad. Tenía D.
    Fadrique trece años, pero estaba muy espigado. Como iba de visitas de
    ceremonia, lucía casaca y chupa de damasco encarnado con botones de
    acero bruñido, zapatos de hebilla y medias de seda blanca, de suerte que
    parecía un sol.

    La ropa de viaje de D. Fadrique, que estaba muy traída y con algunas
    manchas y desgarrones, se quedó en la posada, donde dejaron los
    caballos. D. Diego quiso que su hijo le acompañase en todo su esplendor.
    El muchacho iba contentísimo de verse tan guapo y con traje tan señoril
    y lujoso. Pero la misma idea de la elegancia aristocrática del traje le
    infundió un sentimiento algo exagerado del decoro y compostura que
    debía tener quien le llevaba puesto.

    Por desgracia, en la primera visita que hizo Don Diego á una hidalga
    viuda, que tenía dos hijas doncellas, se habló del niño Fadrique y de lo
    crecido que estaba, y del talento que tenía para bailar el bolero.

    –Ahora –dijo D. Diego,– baila el chico peor que el año pasado, porque
    está en la _edad del pavo_; edad insufrible, entre la palmeta y el
    barbero. Ya Vds. sabrán que en esa edad se ponen los chicos muy
    empalagosos, porque empiezan á presumir de hombres y no lo son. Sin
    embargo, ya que Vds. se empeñan, el chico lucirá su habilidad.

    Las señoras, que habían mostrado deseos de ver á D. Fadrique bailar,
    repitieron sus instancias, y una de las doncellas tomó una guitarra y se
    puso á tocar para que D. Fadrique bailase.

    –Baila, Fadrique, –dijo D. Diego, no bien empezó la música.

    Repugnancia invencible al baile, en aquella ocasión se apoderó de su
    alma. Veía una contrariedad monstruosa, algo de lo que llaman ahora una
    _antinomia_, entre el bolero y la casaca. Es de advertir que en aquel
    día D. Fadrique llevaba casaca por primera vez: estrenaba la prenda, si
    puede calificarse de estreno el aprovechamiento del arreglo ó
    refundición de un vestido, usado primero por el padre y después por el
    mayorazgo, á quien se le había quedado estrecho y corto.

    –Baila, Fadrique, –repitió D. Diego, bastante amostazado.

    Don Diego, cuyo traje de campo y camino, al uso de la tierra, estaba en
    muy buen estado, no se había puesto casaca como su hijo. D. Diego iba
    todo de estezado, con botas y espuelas, y en la mano llevaba el látigo
    con que castigaba al caballo y á los podencos de una jauría numerosa que
    tenía para cazar.

    –Baila, Fadrique, –exclamó D. Diego por tercera vez, notándose ya en
    su voz cierta alteración, causada por la cólera y la sorpresa.

    Era tan elevado el concepto que tenía D. Diego de la autoridad paterna,
    que se maravillaba de aquella rebeldía.

    –Déjele V., señor de Mendoza –dijo la hidalga viuda.– El niño está
    cansado del camino y no quiere bailar.

    –Ha de bailar ahora.

    –Déjele V.; otra vez le veremos, –dijo la que tocaba la guitarra.

    –Ha de bailar ahora –repitió D. Diego.– Baila, Fadrique.

    –Yo no bailo con casaca, –respondió éste al cabo.

    Aquí fué Troya. D. Diego prescindió de las señoras y de todo.

    –¡Rebelde! ¡mal hijo! –gritó:– te enviaré á los Toribios: baila ó te
    desuello; y empezó á latigazos con D. Fadrique.

    La señorita de la guitarra paró un instante la música; pero D. Diego la
    miró de modo tan terrible, que ella tuvo miedo de que la hiciese tocar
    como quería hacer bailar á su hijo, y siguió tocando el bolero.

    Don Fadrique, después de recibir ocho ó diez latigazos, bailó lo mejor
    que supo.

    Al pronto se le saltaron las lágrimas; pero después, considerando que
    había sido su padre quien le había pegado, y ofreciéndose á su fantasía
    de un modo cómico toda la escena, y viéndose él mismo bailar á latigazos
    y con casaca, se rió, á pesar del dolor físico, y bailó con inspiración
    y entusiasmo.

    Las señoras aplaudieron á rabiar.

    –Bien, bien –dijo D. Diego.– ¡Por vida del diablo! ¿Te he hecho mal,
    hijo mío?

    –No, padre –dijo D. Fadrique.– Está visto: yo necesitaba hoy de doble
    acompañamiento para bailar.

    –Hombre, disimula. ¿Por qué eres tonto? ¿Qué repugnancia podías tener,
    si la casaca te va que ni pintada, y el bolero clásico y de buena
    escuela es un baile muy señor? Estas damas me perdonarán. ¿No es verdad?
    Yo soy algo vivo de genio.

    Así terminó el lance del bolero.

    Aquel día bailó otras cuatro veces D. Fadrique en otras tantas visitas,
    á la más leve insinuación de su padre.

    Decía el cura Fernández, que conoció y trató á D. Fadrique, y de quien
    sabía muchas de estas cosas mi amigo D. Juan Fresco, que D. Fadrique
    refería con amor la anécdota del bolero, y que lloraba de ternura filial
    y reía al mismo tiempo, diciendo _mi padre era un vándalo_, cuando se
    acordaba de él, dándole de latigazos, y retraía á su memoria á las damas
    aterradas, sin dejar una de ellas de tocar la guitarra, y á él mismo
    bailando el bolero mejor que nunca.

    Parece que había en todo esto algo de orgullo de familia. El _mi padre
    era un vándalo_ de D. Fadrique casi sonaba en sus labios como alabanza.
    D. Fadrique, educado en el lugar y del mismo modo que su padre, D.
    Fadrique cerril, hubiera sido más vándalo aún.

    La fama de sus travesuras de niño duró en el lugar muchos años después
    de haberse él partido á servir al Rey.

    Huérfano de madre á los tres años de edad, había sido criado y mimado
    por una tía solterona, que vivía en la casa, y á quien llamaban la
    chacha Victoria.

    Tenía además otra tía, que si bien no vivía con la familia, sino en casa
    aparte, había también permanecido soltera y competía en mimos y en
    halagos con la chacha Victoria. Llamábase esta otra tía la chacha
    Ramoncica. D. Fadrique era el ojito derecho de ambas señoras, cada una
    de las cuales estaba ya en los cuarenta y pico de años cuando tenía doce
    nuestro héroe.

    Las dos tías ó chachas se parecían en algo y se diferenciaban en mucho.

    Se parecían en cierto entono amable y benévolo de hidalgas, en la piedad
    católica y en la profunda ignorancia. Esto último no provenía sólo de
    que hubiesen sido educadas en el lugar, sino de una idea de entonces. Yo
    me figuro que nuestros abuelos, hartos de la bachillería femenil, de las
    cultas latini-parlas y de la desenvoltura pedantesca de las damas que
    retratan Quevedo, Tirso y Calderón en sus obras, habían caído en el
    extremo contrario de empeñarse en que las mujeres no aprendiesen nada.
    La ciencia en la mujer hubo de considerarse como un manantial de
    perversión. Así es que en los lugares, en las familias acomodadas y
    nobles, cuando eran religiosas y morigeradas, se educaban las niñas para
    que fuesen muy hacendosas, muy arregladas y muy señoras de su casa.
    Aprendían á coser, á bordar y á hacer calceta; muchas sabían de cocina;
    no pocas planchaban perfectamente; pero casi siempre se procuraba que no
    aprendiesen á escribir, y apenas sí se les enseñaba á leer de corrido
    en _El Año Cristiano_ ó en algún otro libro devoto.

    Las chachas Victoria y Ramoncica se habían educado así. La diversa
    condición y carácter de cada una estableció después notables
    diferencias.

    La chacha Victoria, alta, rubia, delgada y bien parecida,
    había sido, y continuó siendo hasta la muerte, naturalmente sentimental
    y curiosa. Á fuerza de deletrear, llegó á leer casi de corrido cuando
    estaba ya muy granada; y sus lecturas no fueron sólo de vidas de santos,
    sino que conoció también algunas historias profanas y las obras de
    varios poetas. Sus autores favoritos fueron doña María de Zayas y
    Gerardo Lobo.

    Se preciaba de experimentada y desengañada. Su conversación estaba
    siempre como salpicada de estas dos exclamaciones: –¡Qué mundo éste!
    –¡Lo que ve el que vive!– La chacha Victoria se sentía como hastiada y
    fatigada de haber visto tanto, y eso que sus viajes no se habían
    extendido más allá de cinco ó seis leguas de distancia de Villabermeja.

    Una pasión, que hoy calificaríamos de romántica, había llenado toda la
    vida de la chacha Victoria. Cuando apenas tenía diez y ocho años,
    conoció y amó en una feria á un caballero cadete de infantería. El
    cadete amó también á la chacha, que no lo era entonces; pero los dos
    amantes, tan hidalgos como pobres, no se podían casar por falta de
    dinero. Formaron, pues, el firme propósito de seguir amándose, se
    juraron constancia eterna y decidieron aguardar para la boda á que
    llegase á capitán el cadete. Por desgracia, entonces se caminaba con
    pies de plomo en las carreras, no había guerras civiles ni
    pronunciamientos, y el cadete, firme como una roca y fiel como un perro,
    envejeció sin pasar de teniente nunca.

    Siempre que el servicio militar lo consentía, el cadete venía á
    Villabermeja; hablaba por la ventana con la chacha Victoria, y se decían
    ambos mil ternuras. En las largas ausencias se escribían cartas amorosas
    cada ocho ó diez días; asiduidad y frecuencia extraordinarias entonces.

    Esta necesidad de escribir obligó á la chacha Victoria á hacerse
    letrada. El amor fué su maestro de escuela, y le enseñó á trazar unos
    garrapatos anárquicos y misteriosos, que por revelación de amor leía,
    entendía y descifraba el cadete.

    De esta suerte, entre temporadas de pelar la pava en Villabermeja, y
    otras más largas temporadas de estar ausentes, comunicándose por cartas,
    se pasaron cerca de doce años. El cadete llegó á teniente.

    Hubo entonces un momento terrible: una despedida desgarradora. El
    cadete, teniente ya, se fué á la guerra de Italia. Desde allí venían las
    cartas muy de tarde en tarde. Al cabo cesaron del todo. La chacha
    Victoria se llenó de presentimientos melancólicos.

    En 1747, firmada ya la paz de Aquisgrán, los soldados españoles
    volvieron de Italia á España; pero nuestro cadete, que había esperado
    volver de capitán, no parecía ni escribía. Sólo pareció, con la licencia
    absoluta, su asistente, que era bermejino.

    El bueno del asistente, en el mejor lenguaje que pudo, y con los
    preparativos y rodeos que le parecieron del caso para amortiguar el
    golpe, dió á la chacha Victoria la triste noticia de que el cadete,
    cuando iba ya á ver colmados sus deseos, cuando iba á ser ascendido á
    capitán, en vísperas de la paz, en la rota de Trebia, había caído
    atravesado por la lanza de un croata.

    No murió en el acto. Vivió aún dos ó tres días con la herida mortal, y
    tuvo tiempo de entregar al asistente, para que trajese á su querida
    Victoria, un rizo rubio que de ella llevaba sobre el pecho en un
    guardapelo, las cartas y un anillo de oro con un bonito diamante.

    El pobre soldado cumplió fielmente su comisión.

    La chacha Victoria recibió y bañó en lágrimas las amadas reliquias. El
    resto de su vida le pasó recordando al cadete, permaneciendo fiel á su
    memoria y llorándole á veces. Cuanto había de amor en su alma fué
    consumiéndose en devociones y transformándose en cariño por el sobrino
    Fadriquito, el cual tenía tres años cuando supo la chacha Victoria la
    muerte de su perpetuo y único novio.

    La pobre chacha Ramoncica había sido siempre pequeñuela y mal hecha de
    cuerpo, sumamente morena y bastante fea de cara. Cierta dignidad natural
    é instintiva le hizo comprender, desde que tenía quince años, que no
    había nacido para el amor. Si algo del amor con que aman las mujeres á
    los hombres había en germen en su alma, ella acertó á sofocarlo y no
    brotó jamás. En cambio tuvo afecto para todos. Su caridad se extendía
    hasta los animales.

    Desde la edad de veinticuatro años, en que la chacha Ramoncica se quedó
    huérfana y vivía en casa propia, sola, le hacían compañía media docena
    de gatos, dos ó tres perros y un grajo, que poseía varias habilidades.
    Tenía asimismo Ramoncica un palomar lleno de palomos, y un corral
    poblado de pavos, patos, gallinas y conejos.

    Una criada llamada Rafaela, que entró á servir á la chacha Ramoncica
    cuando ésta vivía aún en casa de sus padres, siguió sirviéndola toda la
    vida. Ama y criada eran de la misma edad y llegaron juntas á una extrema
    vejez.

    Rafaela era más fea que la chacha, y, hasta por imitarla, permaneció
    siempre soltera.

    En medio de su fealdad, había algo de noble y distinguido en la chacha
    Ramoncica, que era una señora de muy cortas luces. Rafaela, por el
    contrario, sobre ser fea, tenía el más innoble aspecto; pero estaba
    dotada de un despejo natural grandísimo.

    Por lo demás, ama y criada, guardando siempre cada cual su posición y
    grado en la jerarquía social, se identificaron por tal arte, que se
    diría que no había en ellas sino una voluntad, los pensamientos mismos y
    los mismos propósitos.

    Todo era orden, método y arreglo en aquella casa. Apenas se gastaba en
    comer, porque ama y criada comían poquísimo. Un vestido, una saya, una
    basquiña, cualquiera otra prenda, duraba años y años sobre el cuerpo de
    la chacha Ramoncica ó guardada en el armario. Después, estando aún en
    buen uso, pasaba á ser prenda de Rafaela.

    Los muebles eran siempre los mismos y se conservaban, como por encanto,
    con un lustre y una limpieza que daban consuelo.

    Con tal modo de vivir, la chacha Ramoncica, si bien no tenía sino muy
    escasas rentas, apenas gastaba de ellas una tercera parte. Iba, pues,
    acumulando y atesorando, y pronto tuvo fama de rica. Sin embargo, jamás
    se sentía con valor de ser despilfarrada sino por empeño de su sobrino
    Fadrique, á quien, según hemos dicho, mimaba en competencia de la chacha
    Victoria.

    Don Diego andaba siempre en el campo, de caza ó atendiendo á las
    labores. Sus dos hijos, D. José y D. Fadrique, quedaban al cuidado de la
    chacha Victoria y del P. Jacinto, fraile dominico, que pasaba por muy
    docto en el lugar, y que les sirvió de ayo, enseñándoles las primeras
    letras y el latín.

    Don José era bondadoso y reposado, D. Fadrique un diablo de travieso;
    pero D. José no atinaba hacerse querer, y D. Fadrique era amado con
    locura de ambas chachas, del feroz D. Diego y del ya citado P. Jacinto,
    quien apenas tendría treinta y seis años de edad cuando enseñaba la
    lengua de Cicerón á los dos pimpollos lozanos del glorioso y antiguo
    tronco de los López de Mendoza bermejinos.

    Mientras que el apacible D. José se quedaba en casa estudiando, ó iba al
    convento á ayudar á misa, ó empleaba su tiempo en otras tareas
    tranquilas, D. Fadrique solía escaparse y promover mil alborotos en el
    pueblo.

    Como segundón de la casa, D. Fadrique estaba condenado á vestirse de lo
    que se quedaba estrecho ó corto para su hermano, el cual, á su vez,
    solía vestirse de los desechos de su padre. La chacha Victoria hacía
    estos arreglos y traspasos. Ya hemos hablado de la casaca y de la chupa
    encarnadas, que vinieron á ser memorables por el lance del bolero; pero
    mucho antes había heredado D. Fadrique una capa, que se hizo más
    famosa, y que había servido sucesivamente á D. Diego y á D. José. La
    capa era blanca, y cuando cayó en poder de D. Fadrique recibió el nombre
    de la capa-paloma.

    La capa-paloma parecía que había dado alas al chico, quien se hizo más
    inquieto y diabólico desde que la poseyó. D. Fadrique, cabeza de motín y
    de bando entre los muchachos más desatinados del pueblo, se diría que
    llevaba la capa-paloma como un estandarte, como un signo que todos
    seguían, como un penacho blanco de Enrique IV.

    No era muy numeroso el bando de D. Fadrique, no por falta de simpatías,
    sino porque él elegía á sus parciales y secuaces haciendo pruebas
    análogas á las que hizo Gedeón para elegir ó desechar á sus soldados. De
    esta suerte logró D. Fadrique tener unos cincuenta ó sesenta que le
    seguían, tan atrevidos y devotos á su persona, que cada uno valía por
    diez.

    Se formó un partido contrario, capitaneado por D. Casimirito, hijo del
    hidalgo más rico del lugar. Este partido era de más gente; pero, así por
    las prendas personales del capitán, como por el valor y decisión de los
    soldados, quedaba siempre muy inferior á los fadriqueños.

    Varias veces llegaron á las manos ambos bandos, ya á puñadas y luchando
    á brazo partido, ya en pedreas, de que era teatro un llanete que está
    por bajo de un sitio llamado el Retamal.

    Siempre que había un lance de éstos, D. Fadrique era el primero en
    acudir al lugar del peligro; pero es lo cierto que no bien corría la voz
    de que _la capa-paloma iba por el Retamal abajo_, las calles y las
    plazuelas se despoblaban de los más belicosos chiquillos, y todos
    acudían en busca del capitán idolatrado.

    La victoria, en todas estas pendencias, quedó siempre por el bando de D.
    Fadrique. Los de don Casimiro resistían poco y se ponían en un momento
    en vergonzosa fuga: pero como D. Fadrique se aventuraba siempre más de
    lo que conviene á la prudencia de un general, resultó que dos veces regó
    los laureles con su sangre, quedando descalabrado.

    No sólo en batalla campal, sino en otros ejercicios y haciendo
    travesuras de todo género, don Fadrique se había roto además la cabeza
    otra tercera vez, se había herido el pecho con unas tijeras, se había
    quemado una mano y se había dislocado un brazo: pero de todos estos
    percances salía al cabo sano y salvo, merced á su robustez y á los
    cuidados de la chacha Victoria, que decía, maravillada y santiguándose:
    –¡Ay, hijo de mi alma, para muy grandes cosas quiere reservarte el
    cielo, cuando vives de milagro y no mueres!

    III

    Casimiro tenía tres años más de edad que don Fadrique, y era también más
    fornido y alto. Irritado de verse vencido siempre como capitán, quiso
    probarse con D. Fadrique en singular combate. Lucharon, pues, á puñadas
    y á brazo partido, y el pobre Casimiro salió siempre acogotado y
    pisoteado, á pesar de su superioridad aparente.

    Los frailes dominicos del lugar nunca quisieron bien á la familia de los
    Mendozas. Á pesar de la piedad suma de las chachas Victoria y Ramoncica,
    y de la devoción humilde de D. José, no podían tragar á D. Diego, y se
    mostraban escandalizados de los desafueros é insolencias de D. Fadrique.

    Sólo el P. Jacinto, que amaba tiernamente á don Fadrique, le defendía de
    las acusaciones y quejas de los otros frailes.

    Éstos, no obstante, le amenazaban á menudo con cogerle y enviarle á los
    Toribios, ó con hacer que el propio hermano Toribio viniese por él y se
    le llevase.

    Bien sabían los frailes que el bendito hermano Toribio había muerto
    hacía más de veinte años; pero la institución creada por él florecía,
    prestando al glorioso fundador una existencia inmortal y mitológica.
    Hasta muy entrado el segundo tercio del siglo presente, el hermano
    Toribio y los Toribios en general han sido el tema constante de todas
    amenazas para infundir saludable terror á los chachos traviesos.

    En la mente de D. Fadrique no entraba la idea de la fervorosa caridad
    con que el hermano Toribio, á fin de salvar y purificar las almas de
    cuantos muchachos cogía, les martirizaba el cuerpo, dándoles rudos
    azotes sobre las carnes desnudas. Así es que se presentaba en su
    imaginación el bendito hermano Toribio como loco furioso y perverso,
    enemigo de sí mismo para llagarse con cadenas ceñidas á los riñones, y
    enemigo de todo el género humano, á quien desollaba y atormentaba en la
    edad de la niñez y de la más temprana juventud cuando se abren al amor
    las almas y cuando la naturaleza y el cielo debieran sonreír y acariciar
    en vez de dar azotes.

    Como ya habían ocurrido casos de llevarse á los Toribios, contra la
    voluntad de sus padres, á varios muchachos traviesos, y como el hermano
    Toribio, durante su santa vida, había salido á caza de tales muchachos,
    no sólo por toda Sevilla, sino por otras poblaciones de Andalucía,
    desde donde los conducía á su terrible establecimiento, la amenaza de
    los frailes pareció para broma harto pesada á D. Diego, y para veras le
    pareció más pesada aún. Hizo, pues, decir á los frailes que se
    abstuviesen de embromar á su hijo, y mucho más de amenazarle, que ya él
    sabría castigar al chico cuando lo mereciese; pero que nadie más que él
    había de ser osado á ponerle las manos encima. Añadió D. Diego que el
    chico, aunque pequeño todavía, sabría defenderse y hasta ofender, si le
    atacaban, y que además él volaría en su auxilio, en caso necesario, y
    arrancaría las orejas á tirones á todos los Toribios que ha habido y hay
    en el mundo.

    Con estas insinuaciones, que bien sabían todos cuán capaz era de hacer
    efectivas D. Diego, los frailes se contuvieron en su malevolencia; pero
    como D. Fadrique (fuerza es confesarlo, si hemos de ser imparciales)
    seguía siendo peor que Pateta, los frailes, no atreviéndose ya á
    esgrimir contra él armas terrenas y temporales, acudieron al arsenal de
    las espirituales y eternas, y no cesaron de querer amedrentarle con el
    infierno y el demonio.

    De este método de intimidación se ocasionó un mal gravísimo. D.
    Fadrique, á pesar de sus chachas, se hizo impío, antes de pensar y de
    reflexionar, por un sentimiento instintivo. La religión no se ofreció á
    su mente por el lado del amor y de la ternura infinita, sino por el
    lado del miedo, contra el cual su natural valeroso é independiente se
    rebelaba. D. Fadrique no vió el objeto del amor insaciable del alma, y
    el fin digno de su última aspiración, en los poderes sobrenaturales. D.
    Fadrique no vió en ellos sino tiranos, verdugos ó espantajos sin
    consistencia.

    Cada siglo tiene su espíritu, que se esparce y como que se diluye en el
    aire que respiramos, infundiéndose tal vez en las almas de los hombres,
    sin necesidad de que las ideas y teorías pasen de unos entendimientos á
    otros por medio de la palabra escrita ó hablada. El siglo XVIII tal vez
    no fué crítico, burlón, sensualista y descreído porque tuvo á Voltaire,
    á Kant y á los enciclopedistas, sino porque fué crítico, burlón,
    sensualista y descreído tuvo á dichos pensadores, quienes formularon en
    términos precisos lo que estaba vago y difuso en el ambiente: el giro
    del pensamiento humano en aquel período de su civilización progresiva.

    Sólo así se comprende que D. Fadrique viniese á ser impío sin leer ni
    oir nada que á ello le llevase.

    Esta nueva calidad que apareció en él era bastante peligrosa en aquellos
    tiempos. D. Diego mismo se espantó de ciertas ideas de su hijo. Por
    dicha, el desenvolvimiento de tan mala inclinación coincidió casi con la
    ida de D. Fadrique al Colegio de Guardias marinas, y se evitó así todo
    escándalo y disgusto en Villabermeja.

    Las chachas Victoria y Ramoncica lloraron mucho la partida de D.
    Fadrique; el P. Jacinto la sintió; D. Diego, que le llevó á la Isla, se
    alegró de ver á su hijo puesto en carrera, casi más que se afligió al
    separarse de él; y los frailes, y Casimirito sobre todo, tuvieron un día
    de júbilo el día en que le perdieron de vista.

    D. Fadrique volvió al lugar de allí adelante, pero siempre por brevísimo
    tiempo: una vez cuando salió del Colegio para ir á navegar; otra vez
    siendo ya alférez de navío. Luego pasaron años y años sin que viese á D.
    Fadrique ningún bermejino. Se sabía que estaba, ya en el Perú, ya en el
    Asia, en el extremo Oriente.

    IV

    De las cosas de D. Fadrique, durante tan larga ausencia, se tenía ó se
    forjaba en el lugar el concepto más fantástico y absurdo.

    D. Diego y la chacha Victoria, que eran las personas de la familia más
    instruidas é inteligentes, murieron á poco de hallarse D. Fadrique en el
    Perú. Y lo que es á la cándida Ramoncica y al limitado D. José, no
    escribía D. Fadrique sino muy de tarde en tarde, y cada carta tan breve
    como una fe de vida.

    Al P. Jacinto, aunque D. Fadrique le estimaba y quería de veras, también
    le escribía poco, por efecto de la repulsión y desconfianza que en
    general le inspiraban los frailes. Así es que nada se sabía nunca á
    ciencia cierta en el lugar de las andanzas y aventuras del ilustre
    marino.

    Quien más supo de ello en su tiempo fué el cura Fernández, que, según
    queda dicho, trató á don Fadrique y tuvo alguna amistad con él. Por el
    cura Fernández se enteró D. Juan Fresco, en quien influyó mucho el
    relato de las peregrinaciones y lances de fortuna de D. Fadrique para
    que se hiciese piloto y siguiese en todo sus huellas.

    Recogiendo y ordenando yo ahora las esparcidas y vagas noticias, las
    apuntaré aquí en resumen.

    D. Fadrique estuvo poco tiempo en el Colegio, donde mostró grande
    disposición para el estudio.

    Pronto salió á navegar, y fué á la Habana en ocasión tristísima. España
    estaba en guerra con los ingleses, y la capital de Cuba fué atacada por
    el almirante Pocok. Echado á pique el navío en que se hallaba nuestro
    bermejino, la gente de la tripulación, que pudo salvarse, fué destinada
    á la defensa del castillo del Morro, bajo las órdenes del valeroso D.
    Luis Velasco.

    Allí estuvo D. Fadrique haciendo estragos en la escuadra inglesa con sus
    certeros tiros de cañón. Luego, durante el asalto, peleó como un héroe
    en la brecha, y vió morir á su lado á D. Luis, su jefe. Por último, fué
    de los pocos que lograron salvarse cuando, pasando sobre un montón de
    cadáveres y haciendo prisioneros á los vivos, llegó el general inglés,
    Conde de Albemarle, á levantar el pabellón británico sobre la principal
    fortaleza de la Habana.

    D. Fadrique tuvo el disgusto de asistir á la capitulación de aquella
    plaza importante, y, contado en el número de los que la guarnecían, fué
    conducido á España en cumplimiento de lo capitulado.

    Entonces, ya de alférez de navío, vino á Villabermeja, y vió á su padre
    la última vez.

    La reina de las Antillas, muchos millones de duros y lo mejor de
    nuestros barcos de guerra habían quedado en poder de los ingleses.

    D. Fadrique no se descorazonó con tan trágico principio. Era hombre poco
    dado á melancolías. Era optimista y no quejumbroso. Además, todos los
    bienes de la casa los había de heredar el mayorazgo, y él ansiaba
    adquirir honra, dinero y posición.

    Pocos días estuvo en Villabermeja. Se fué antes de que su licencia se
    cumpliese.

    El rey Carlos III, después de la triste paz de París, á que le llevó el
    desastroso _Pacto de familia_, trató de mejorar por todas partes la
    administración de sus vastísimos Estados. En América era donde había más
    abusos, escándalos, inmoralidad, tiranías y dilapidaciones. Á fin de
    remediar tanto mal, envió el Rey á Gálvez de visitador á Méjico, y algo
    más tarde envió al Perú, con la misma misión, á D. Juan Antonio de
    Areche. En esta expedición fué á Lima D. Fadrique.

    Allí se encontraba cuando tuvo lugar la rebelión de Tupac-Amaru. En la
    mente imparcial y filosófica del bermejino se presentaba como un
    contrasentido espantoso el que su Gobierno tratase de ahogar en sangre
    aquella rebelión, al mismo tiempo que estaba auxiliando la de Washington
    y sus parciales contra los ingleses; pero D. Fadrique, murmurando y
    censurando, sirvió con energía á su Gobierno, y contribuyó bastante á la
    pacificación del Perú.

    Don Fadrique acompañó á Areche en su marcha al Cuzco, y desde allí,
    mandando una de las seis columnas en que dividió sus fuerzas el general
    Valle, siguió la campaña contra los indios, tomando gloriosa parte en
    muchas refriegas, sufriendo con firmeza las privaciones, las lluvias y
    los fríos en escabrosas alturas á la falda de los Andes, y no parando
    hasta que Tupac-Amaru quedó vencido y cayó prisionero.

    Don Fadrique, con grande horror y disgusto, fué testigo ocular de los
    tremendos castigos que hizo nuestro Gobierno en los rebeldes. Pensaba él
    que las crueldades é infamias cometidas por los indios no justificaban
    las de un Gobierno culto y europeo. Era bajar al nivel de aquella gente
    semisalvaje. Así es que casi se arrepintió de haber contribuído al
    triunfo cuando vió en la plaza del Cuzco morir á Tupac-Amaru, después de
    un brutal martirio, que parecía invención de fieras y no de seres
    humanos.

    Tupac-Amaru tuvo que presenciar la muerte de su mujer, de un hijo suyo
    y de otros deudos y amigos: á otro hijo suyo de diez años le condenaron
    á ver aquellos bárbaros suplicios de su padre y de su madre, y á él
    mismo le cortaron la lengua y le ataron luego por los cuatro remos á
    otros tantos caballos para que, saliendo á escape, le hiciesen pedazos.
    Los caballos, aunque espoleados duramente por los que los montaban, no
    tuvieron fuerza bastante para descuartizar al indio, y á éste,
    descoyuntado, después de tirar de él un rato en distintas direcciones,
    tuvieron que desatarle de los caballos y cortarle la cabeza.

    Á pesar de su optimismo, de su genio alegre y de su afición á tomar
    muchos sucesos por el lado cómico, D. Fadrique, no pudiendo hallar nada
    cómico en aquel suceso, cayó enfermo con fiebre y se desanimó mucho en
    su afición á la carrera militar.

    Desde entonces se declaró más en él la manía de ser filántropo, especie
    de secularización de la caridad, que empezó á estar muy en moda en el
    siglo pasado.

    La impiedad precoz de D. Fadrique vino á fundarse en razones y en
    discursos con el andar del tiempo y con la lectura de los malos libros
    que en aquella época se publicaban en Francia. El carácter burlón y
    regocijado de D. Fadrique se avenía mal con la misantropía tétrica de
    Rousseau. Voltaire, en cambio, le encantaba. Sus obras más impías
    parecíanle eco de su alma.

    La filosofía de D. Fadrique era el sensualismo de Condillac, que él
    consideraba como el _non plus ultra_ de la especulación humana.

    En cuanto á la política, nuestro D. Fadrique era un liberal anacrónico
    en España. Por los años de 1783, cuando vió morir á Tupac-Amaru, era
    casi como un radical de ahora.

    Todo esto se encadenaba y se fundaba en una teodicea algo confusa y
    somera, pero común entonces. D. Fadrique creía en Dios y se imaginaba
    que tenía ciencia de Dios, representándosele como inteligencia suprema y
    libre, que hizo el mundo porque quiso, y luego le ordenó y arregló según
    los más profundos principios de la mecánica y de la física. Á pesar del
    _Cándido_, novela que le hacía llorar de risa, D. Fadrique era casi tan
    optimista como el Dr. Pangloss, y tenía por cierto que todo estaba
    divinamente bien y que nada podía estar mejor de lo que estaba. El mal
    le parecía un accidente, por más que á menudo se pasmase de que
    ocurriera con tanta frecuencia y de que fuera tan grande, y el bien le
    parecía lo substancial, positivo é importante que había en todo.

    Sobre el espíritu y la materia, sobre la vida ultra-mundana y sobre la
    justificación de la Providencia, basada en compensaciones de eterna
    duración, D. Fadrique estaba muy dudoso; pero su optimismo era tal, que
    veía demostrada y hasta patente la bondad del cielo, sin salir de este
    mundo sublunar y de la vida que vivimos. Verdad es que para ello había
    adoptado una teoría, novísima entonces. Y decimos que la había adoptado,
    y no que la había inventado, porque no nos consta, aunque bien pudo ser
    que la inventase; ya que cuando llega el momento y suena la hora de que
    nazca una idea y de que se formule un sistema, la idea nace y el sistema
    se formula en mil cabezas á la vez, si bien la gloria de la invención se
    la lleva aquel que por escrito ó de palabra le expone con más claridad,
    precisión ó elegancia.

    La idea, ó mejor dicho, la teoría novísima, tal como estaba en la mente
    de D. Fadrique, era en compendio la siguiente:

    Entendía el filósofo de Villabermeja que había una ley providencial y
    eterna para la historia, tan indefectible como las leyes matemáticas,
    según las cuales giran en sus órbitas los astros. En virtud de esta ley,
    la humanidad iba adelantando siempre por un camino de perfectibilidad
    indefinida; su ascensión hacia la luz, el bien, la verdad y la belleza,
    no tenía pausa ni término. En esto, el humano linaje, en su conjunto,
    seguía un impulso necesario. Toda la gloria del éxito era para el Ser
    Supremo, que había dado aquel impulso; pero, dentro del providencial
    movimiento que de él nacía, en toda acción, en toda idea, en todo
    propósito, cada individuo era libre y responsable. El maravilloso
    trabajo de la Providencia, el misterio más bello de su sabiduría
    infinita, consistía en concertar con atinada armonía todos aquellos
    resultados de la libertad humana á fin de que concurriesen al
    cumplimiento de la ley eterna del progreso, ó en tenerlos previstos con
    tan divina previsión y acierto, que no perturbasen lo que estaba
    prescrito y ordenado; así como, aunque sea baja comparación, cuenta el
    inventor y constructor perito de una máquina con los rozamientos y con
    el medio ambiente.

    Tal manera de considerar los sucesos se avenía bien con el carácter de
    D. Fadrique, corroborando su desdén hacia las menudencias, y su prurito
    de calificar de menudencias lo que para los más de los hombres es
    importante en grado sumo, y transformando su propensión á la alegría y á
    la risa en serenidad olímpica, digna de los inmortales.

    En su moral no dejaba de ser severo. No había borrado de sus tablas de
    la ley ni un tilde ni una coma de los mandamientos divinos. Lo único que
    hacía era dar más vigor, si cabe, á toda prohibición de actos que
    produzcan dolor, y relajar no poco las prohibiciones de todo aquello que
    á él se le antojaba que sólo traía deleite ó bienestar consigo.

    En aquella edad, pensar así en España y en sus dominios ya hemos dicho
    que era expuesto; pero D. Fadrique tenía el don de la mesura y del tino,
    y sin hipocresía lograba no chocar ni lastimar opiniones ó creencias.

    Concurría á esto la buena gracia con que se ganaba las voluntades, no
    con inspirar trivial afecto á todo el mundo, sino inspirándole muy vivo
    á los pocos que él quería, los cuales valían siempre por muchos para
    defenderle y encomiarle.

    En la primera mocedad, dotado D. Fadrique de tales prendas, y siendo
    además bello y agraciado de rostro, de buen talle, atrevido y sigiloso,
    consiguió que lloviesen sobre él las aventuras galantes, y tuvo alta
    fama de afortunado en amores.

    Después de terminada la rebelión de Tupac-Amaru ascendió á capitán de
    fragata, y su reputación de buen soldado y de sabio y hábil marino llegó
    á su colmo.

    Casi cuando acababan de espirar en el Cuzco los últimos indios parciales
    de la independencia de su patria, siendo atenaceados algunos con tenazas
    candentes antes de ahorcarlos, llegó la nueva á Lima de que habíamos
    hecho la paz con Inglaterra, logrando la independencia de su colonia, en
    pro de la cual combatimos.

    Don Fadrique pudo entonces obtener licencia para navegar á las órdenes
    de la Compañía de Filipinas, y salió para Calcuta mandando un navío
    cargado de preciosas mercaderías. Tres viajes hizo de Lima á Calcuta y
    de Calcuta á Lima; y como llevaba muy buena pacotilla y un sueldo
    crecido, y alcanzó ventas muy ventajosas, se halló en poco tiempo
    poseedor de algunos millones de reales.

    En las largas temporadas que D. Fadrique pasó en la India se aficionó
    mucho á la dulzura de los indígenas de aquel país y tomó en mayor
    aborrecimiento el fervor religioso y guerrero de otras naciones. Tippoo,
    sultán de Misor, se había empeñado en convertir al islamismo á todos los
    indostaníes y en dilatar su imperio hasta el Cabo Comorín, á donde nunca
    habían penetrado las huestes de otros conquistadores musulmanes. La
    horrible devastación del floreciente reino de Travancor, en las barbas
    de los ingleses, fué la consecuencia de la ambición y del celo muslímico
    del sultán mencionado. El Gobernador general de la India se resolvió al
    cabo á vengar y á remediar lo que hubiera debido impedir, y partió de
    Calcuta á Madrás con muchos soldados europeos y cipayos, y grandes
    aprestos de guerra. En aquella ocasión D. Fadrique tuvo el gusto de
    ganar bastantes rupias, sirviendo una buena causa y conduciendo á Madrás
    en su navío, con la autorización debida, tropas, víveres y municiones.

    Parece que poco tiempo después de este suceso, y aun antes de que el
    rajah de Travancor fuese restablecido en su trono, y el sultán Tippoo
    vencido y obligado á hacer la paz, D. Fadrique, cansado ya de
    peregrinaciones y trabajos, con la ambición apagada y con el deseo de
    fortuna más que satisfecho, logró, de vuelta á Lima, obtener su retiro,
    y se vino á Europa, anhelante de presenciar la gran revolución que en
    Francia se estaba realizando, cuyos principios se hallaban tan en
    concordancia con los suyos, y cuya fama llenaba el mundo de asombro.

    Don Fadrique, sin embargo, sólo estuvo en París algunos meses: desde
    fines de 1791 hasta Septiembre de 1792. Este tiempo le bastó para
    cansarse y hartarse de la gran revolución, desengañarse un poco de su
    liberalismo y dudar de sus teorías de constante progreso.

    En Madrid vivió, por último, dos años, y también se desengañó de
    muchísimas cosas.

    Entrado ya en los cincuenta de su edad, aunque sano y bueno, y
    apareciendo en el semblante, en la robustez y gallardía del cuerpo, y en
    la serenidad y viveza del espíritu mucho más joven, le entró la
    nostalgia de que padecen casi todos los bermejinos, y tomó la
    irrevocable resolución de retirarse á Villabermeja para acabar allí
    tranquilamente su vida.

    Las cartas que escribió á su hermano D. José y á la chacha Ramoncica,
    que vivían aún, anunciándoles su vuelta definitiva y para siempre,
    fueron breves, aunque muy cariñosas. En cambio, escribió al P. Jacinto
    una extensa carta, que se conserva aún y que debe ser trasladada á este
    sitio. La carta es como sigue:

    V

    Mi querido P. Jacinto: Ya sabrá V. por mi hermano y por la chacha
    Ramoncica que estoy decidido á irme á ese lugar á acabar mi vida donde
    pasé los mejores años y los más inocentes de ella (¡buena inocencia era
    la mía!), jugando al hoyuelo, á las chapas, al salto de la comba y
    algunas veces al cané, y andando á pedradas y á mojicones con mis
    coetáneos y compatricios.

    Entonces estaba yo cerril; pero ya V. se hará cargo de que me he pulido
    bastante peregrinando por esos mundos, y de que ahora son otras mis
    aficiones y muy diversos mis cuidados. Los frailes compañeros de V. no
    tendrán ya necesidad de amenazarme con los Toribios.

    Mi estancia en el lugar no traerá perturbación alguna; antes, por el
    contrario, yo me lisonjeo de que reporte algunas ventajas. He hecho
    dinero y emplearé ahí mucha parte en fomentar la agricultura. El vino que
    ahí se produce es abominable y puede ser excelente. Trabajando se
    logrará hacerle potable y bueno.

    Soñando estoy con las agradables veladas que vamos á pasar en el
    invierno, jugando á la malilla y al tute, disputando sobre nuestras no
    muy concordes teologías, y refiriendo yo á V. mis aventuras en el Perú,
    en la India y en otras apartadas regiones.

    Sé que V., á pesar de los años, está firme como un roble, por lo cual me
    prometo que ha de dar conmigo largos paseos á caballo y á pie, y ha de
    acompañarme á cazar perdices. Tengo dos magníficas escopetas inglesas,
    que compré en Calcuta, y con las cuales he cazado tigres, tan grandes
    algunos de ellos como borricos. Ya verá V. qué bien le va tirando con
    cualquiera de estas escopetas á las pacíficas y enamoradas perdices que
    acuden al reclamo en la estación del celo.

    Á pesar de nuestra edad, hemos de emplearnos todavía, si V. no se opone,
    en algunas cosas harto infantiles. Hemos de volver al Pozo de la Solana,
    como hace cuarenta años, á cazar colorines y otros pajarillos, ya con la
    red, ya con liga y esparto. Téngame V. preparado un buen par de
    cimbeles.

    Todas las cosas de por ahí se me ofrecen á la memoria con el encanto de
    los primeros años. Entiendo que voy á remozarme al verlas y gozarlas.
    Tengo gana de volver á comer piñonate, salmorejo, hojuelas, gajorros,
    pestiños, cordero en caldereta, cabrito en cochifrito, empanadas de
    boquerones con chocolate, torta-maimón, gazpacho, longanizas y los demás
    primores de cocina y repostería con que suelen regalarse los sibaritas
    bermejinos. No por eso romperé con la costumbre contraída en otras
    tierras, sino que pienso llevar en mí compañía á un gabacho que he
    traído de París, el cual condimenta unos manjares que doy por cierto que
    han de gustar á V., aunque tienen nombres imposibles casi de pronunciar
    por una boca de Villabermeja; pero ya V. se convencerá de que, sin
    pronunciarlos, los mastica, los saborea, se los traga y le saben á
    gloria.

    Por más extraño que á V. le parezca, llevo también vino á esa tierra del
    vino. Yo recuerdo que V. era un excelente catador; que V. tenía un
    paladar muy fino y una nariz delicadísima. Espero, pues, que ha de
    comprender y estimar el mérito de los vinos de _extranjis_ que yo lleve,
    y que no caerán en su estómago como si cayesen en el sumidero.

    Estoy muy contento de que me viva aún la chacha Ramoncica. Me han dicho
    que en su casa sigue todo como antes. Los mismos muebles, la misma
    criada Rafaela, y hasta el grajo, bien sea el mismo también, que por
    milagro de nuestro Santo Patrono vive aún, ó bien sea otro que le
    reemplazó á tiempo, y parece el fénix renacido de sus cenizas.

    Mucha gana tengo de dar un abrazo á la chacha Ramoncica, aunque, dicho
    sea entre nosotros, yo quería más á la pobre chacha Victoria. ¡Qué noble
    mujer aquélla! Aseguro á V. que no he hallado igual mujer en el mundo.
    Si la hubiera hallado, no sería yo solterón.

    En este punto he sido poco feliz. No he hallado más que mujeres ligeras,
    casquivanas, frívolas y sin alma. Una sola, allá en Lima, me quiso de
    veras con amor fervoroso, pero criminal. Yo también la quise, por mi
    desgracia, porque tenía un genio de todos los diablos, y queriéndonos
    mucho, la historia de nuestros amores se compuso de una serie de
    peloteras diarias. Aquellos amores fueron pesadilla, y no deleite. Ella
    era muy devota, había sido una santa y seguía en opinión de tal, porque
    procedimos siempre con cautela y recato. Sin embargo, en el fondo de su
    atribulada conciencia, en lo profundo de su mente, orgullosa y fanática
    á la vez, sentía vergüenza de haber humillado ante mí su soberbia y de
    haberse rendido á mi voluntad, y tenía miedo y horror de haber dejado
    por mí el buen camino, ofendiendo á Dios y faltando á sus deberes. Todo
    esto, sin darse ella mucha cuenta de lo que hacía, me lo quería hacer
    pagar, considerándome en extremo culpado. Lo que yo tuve que aguantar
    no tiene nombre. Créame V., P. Jacinto, en el pecado llevé la
    penitencia. Así es que me harté de amores serios para años, y me dediqué
    desde entonces á los ligeros. ¿Para qué atormentarse en un asunto que
    debe ser todo de amenidad, regocijo y alegría?

    Quizás por esta razón, y no porque apenas se dé _in rerum natura_, no
    alcancé nunca el amor de una chacha Victoria joven. Si le hubiera
    alcanzado, poco tierno soy de corazón, pero no lo dude V., hubiera
    muerto bendiciéndola, como murió el cadete, ó hubiera conquistado por
    ella y para ella, no el grado de capitán, sino el mundo.

    En fin, ya pasó la mocedad, y no hay que pensar en novelerías.

    Yo estoy desengañado y aburrido, si bien con desengaño apacible y suave
    aburrimiento.

    Se me acabó la ambición; no siento apetito de gloria; no aspiro á ser
    del vano dedo señalado; tengo más bienes de fortuna de los que necesito;
    estoy sediento de reposo, de obscuridad y de calma, y por todo esto me
    retiro á Villabermeja; pero no para hacer penitencia, sino para darme
    una vida regalada, tranquila, llena de orden y bienestar, cuidándome
    mucho y viendo lo que dura un Comendador Mendoza bien conservado. Hasta
    ahora lo estoy. No parece que tengo cincuenta años, sino menos de
    cuarenta. Ni una cana. Ni una arruga. Todavía me llaman señorito, y no
    señor, y no faltan hembras de garbo que me califiquen de real mozo,
    ofendiendo mi modestia.

    Mi mayor desengaño ha sido en mis ideas y doctrinas, si bien no ha sido
    bastante para hacerme variar.

    Dios me perdone si me equivoco á fuerza de creerle bueno. Yo, creyendo
    en él y figurándomele como persona, tengo que figurármele todo lo bueno
    que concibo que una persona puede ser. Por consiguiente, no completando
    mi concepto de su bondad la gloria de la otra vida por inmensa que sea,
    supongo en esta vida que vivimos, por más que sirva para ganar la otra,
    un fin y un propósito en sí, y no sólo el ultramundano. Este fin, este
    propósito es ir caminando hacia la perfección, y sin alcanzarla aquí
    nunca, acercarse cada vez más á ella. Creo, pues, en el progreso; esto
    es, en la mejora gradual y constante de la sociedad y del individuo, así
    en lo material como en lo moral, y así en la ciencia especulativa como
    en la que nace de la observación y la experiencia, y da ser á las artes
    y á la industria.

    El mejor medio de este progreso, y al mismo tiempo su mejor resultado en
    nuestros días, es, á mi ver, la libertad. La condición más esencial de
    esta libertad es que todos seamos igualmente libres.

    Figúrese V. cuánto me encantaría la revolución francesa y su Asamblea
    Constituyente, que propendía á realizar estos principios míos; que
    proclamaba los derechos del hombre.

    Pedí mi retiro, dejé mi carrera, y vine, lleno de impaciencia, desde el
    otro hemisferio á bañarme en la luz inmortal de la gran revolución y á
    encender mi entusiasmo en el sagrado fuego que ardía en París, donde
    imaginé que estaban el corazón y la mente del mundo.

    Pronto se desvanecieron mis ilusiones. Los apóstoles de la nueva ley me
    parecieron, en su mayor parte, bribones infames ó frenéticos furiosos,
    llenos de envidia y sedientos de sangre. Vi al talento, á la virtud, á
    la belleza, al saber, á la elegancia, á todo lo que por algo sobresale
    en la tierra, ser víctima de aquellos fanáticos ó de aquellos
    envidiosos. Las hazañas de los soldados de la revolución contra los
    reyes de Europa coligados no podían admirarme. No me parecían la defensa
    serena del que confía en su valor y en su derecho, sino el brío febril
    de la locura, excitada por la embriaguez de la sangre y por medio de
    asesinatos horribles. París se me antojaba el infierno, y no atino ahora
    á comprender cómo permanecí tanto tiempo en él. Todo estaba trocado: la
    brutalidad se llamaba energía; sencillez el desaliño indecente;
    franqueza la grosería, y virtud el no tener entrañas para la compasión.
    Recordaba yo las épocas de mayor tiranía, y no hallaba época alguna
    peor, sobre todo si se considera que estábamos en el centro de Europa y
    que llevábamos tantos siglos de civilización y cultura. El tirano no era
    uno, eran varios, y todos soeces y sucios de alma y de cuerpo.

    Huí de París y vine á Madrid. Otra desilusión. Si por allá creí
    presenciar una abominable y bárbara trajedia, aquí me encontré en un
    grotesco, asqueroso y lascivo sainete. Por allá sangre; por acá
    inmundicia.

    No por eso apostaté de mi optimismo ni eché á un lado mi doctrina de
    indefinido progreso. Lo que hice fué reconocer mi error en cálculos de
    cronología, para los cuales no había contado yo con la feroz y
    desgreñada revolución de Francia.

    En vista de esta revolución, el bien relativo, el estado de libertad y
    de adelantamiento para las sociedades, que yo fantaseaba como inmediato,
    se hundió hacia adentro, en los abismos del porvenir, lo menos dos ó
    tres siglos.

    Como para entonces no viviré yo, y como en el estado presente del mundo
    estoy ya harto de la vida práctica, he resuelto refugiarme en la
    contemplación; y á fin de gozar del espectáculo de las cosas humanas,
    mezclándome en ellas lo menos posible, voy á tomar asiento, como
    espectador desapasionado, en la propia Villabermeja.

    Mi hermano, que tiene ya una hija casadera, á quien naturalmente desea
    que salte un buen novio, se va á vivir á la vecina ciudad, donde ya
    tiene casa tomada, y á mí me deja á mis anchas y solo en la casa
    solariega de los Mendoza, donde le daré albergue siempre que venga al
    lugar para sus negocios.

    Yo me atengo al refrán que dice _ó corte ó cortijo_; y ya que me fugo de
    París y de Madrid, no quiero ciudad de provincia, sino aldea.

    En la gran casa de los Mendoza bermejinos voy á estar como garbanzo en
    olla; pero se llenarán algunos cuartos con la multitud de libros que voy
    á llevar.

    Vamos á tener una vida envidiable; y digo _vamos_, porque supongo y
    espero que V. me hará compañía á menudo.

    Mi determinación es irrevocable, y me voy ahí, para no salir de ahí,
    salvo cuando vaya como de paseo á caballo, á visitar á mi hermano y á su
    familia, en la ciudad cercana, la cual, á pesar de su pomposo título de
    ciudad, tiene también mucho de pueblo pequeño y rural, con perdón y en
    paz sea dicho.

    Adiós, beatísimo padre. Encomiéndeme V. á Dios, con cuyo favor cuento
    para escapar de esta confusión ridícula de la corte, y poder pronto
    darle, en esa encantadora Villabermeja, un apretado abrazo.

    VI

    Veinte días después de recibida esta carta por el P. Jacinto, se realizó
    la entrada solemne en Villabermeja del ilustre Comendador Mendoza.

    Desde Madrid á la capital de la provincia, que entonces se llamaba
    reino, nuestro héroe vino en coche de colleras y empleó nueve días. En
    la capital de la provincia se encontró con su hermano D. José, con el P.
    Jacinto y con otros amigos de la infancia, que le estaban aguardando.
    Entre ellos sobresalía el tío Gorico, maestro pellejero, hábil
    fabricador de corambres y notabilísimo en el difícil arte de echar
    botanas á los pellejos rotos. Este había sido el muchacho más diabólico
    del lugar después de D. Fadrique, y su teniente cuando las pendencias,
    pedreas y demás hazañas contra el bando de D. Casimiro.

    El tío Gorico no tenía más defecto que el de haberse entregado con
    sobrado cariño á la bebida blanca. El aguardiente anisado le encantaba.
    Y como al asomar la aurora por el estrecho horizonte de Villabermeja el
    tío Gorico, según su expresión, mataba el gusanillo, resultaba que casi
    todo el día estaba calamocano, porque aquel fuego que encendía en su ser
    con el primer fulgor matutino, se iba alimentando, durante el día,
    merced á frecuentes libaciones.

    Por lo demás, el tío Gorico no perdía nunca la razón; lo que lograba era
    envolver aquella luz del cielo en una gasa tenue, en un fanal primoroso,
    que le hacía ver las cosas del mundo exterior y todo lo interno de su
    alma y los tesoros de su memoria como al través de un vidrio mágico.
    Jamás llegaba á la embriaguez completa; y una vez sola, decía él había
    tenido en toda su vida alferecía en las piernas. Era, pues, hombre de
    chispa en diversos sentidos, y nadie tenía mejores ocurrencias, ni
    contaba más picantes chascarrillos, ni se mostraba más útil y agradable
    compañero en una partida de caza.

    En el lugar gozaba de celebridad envidiable por mil motivos, y entre
    otros, porque hacía el papel de Abraham en el paso de Jueves Santo por
    la mañana, tan admirablemente bien, que nadie se le igualaba en muchas
    leguas á la redonda. Con un vestido de mujer por túnica, una colcha de
    cama por manto, su turbante y sus barbas de lino, tomaba un aspecto
    venerable. Y cuando subía al monte Moria, que era un establo cubierto de
    verdura, que se elevaba en medio de la plaza, adquiría la majestad
    patética de un buen actor. Pero en lo que más se lucía, arrancando
    gritos de entusiasmo, era cuando ofrecía á Isaac al Todopoderoso antes
    de sacrificarle. Isaac era un chiquillo de diez años lo menos. Con la
    mano derecha el tío Gorico le levantaba hacia el cielo, y así, extendido
    el brazo, como si no fuera de hueso y carne, sino de acero firmísimo,
    permanecía catorce ó quince minutos. Luego venía el momento de las más
    vivas emociones; el terror trágico en toda su fuerza. Abraham ataba al
    chiquillo al ara, y sacaba un truculento chafarote que llevaba al cinto.
    Tres ó cuatro veces descargaba cuchilladas con una violencia increíble.
    Las mujeres se tapaban los ojos y daban espantosos chillidos, creyendo
    ya segada la garganta del muchacho que prefiguraba á Cristo; pero el tío
    Gorico paraba el golpe antes de herir, como no atreviéndose á consumar
    el sacrificio. Al fin aparecía un ángel, con alas de papel dorado, en el
    balcón de las Casas Consistoriales, y cantaba el romance que empieza:

    "Detente, detente, Abraham;
    No mates á tu hijo Isaac,
    Que ya está mi Dios contento
    Con tu buena voluntad."

    El sacrificio del cordero en vez del hijo, con lo demás del paso, lo
    ejecutaba el tío Gorico con no menor maestría.

    En más de una ocasión trataron de ganarle, ofreciéndole mucho dinero
    para que fuese á hacer de Abraham á otras poblaciones; pero él no quiso
    jamás ser infiel á su patria y privarla de aquella gloria.

    Don José, el P. Jacinto, el tío Gorico y los demás amigos, muy contentos
    de haber abrazado á D. Fadrique, contentísimo también de verse entre los
    compañeros de su infancia, emprendieron á caballo el viaje á
    Villabermeja, que, con madrugar y picar mucho, pudo hacerse en diez
    horas, llegando todos al lugar al anochecer de un hermoso día de
    primavera, en el año de 1794.

    Doña Antonia, mujer de D. José, y sus dos hijos, D. Francisco, de edad
    de catorce años, y doña Lucía, que tenía ya diez y ocho, acompañados de
    la chacha Ramoncica, recibieron con júbilo, con abrazos y otras mil
    muestras de cariño al Comendador, quien ya tenía por suya la casa
    solariega. D. José y su familia se habían establecido en la ciudad, y
    sólo por dos días habían venido al pueblo para recibir al querido
    pariente.

    Éste, como era de suyo muy modesto, se maravilló y complació en ver que
    alcanzaba en Villabermeja más popularidad de lo que creía. Vinieron á
    verle todos los frailes, desde los más encopetados hasta los legos, el
    médico, el boticario, el maestro de escuela, el alcalde, el escribano y
    mucha gente menuda.

    Al día siguiente de la llegada la chacha Ramoncica quiso lucirse, y se
    lució, dando un magnífico _pipiripao_. D. Fadrique, cuando oyó esta
    palabra, tuvo que preguntar qué significaba, y le dijeron que algo á
    modo de festín. En cambio, se cuentan aún en Villabermeja los grandes
    apuros en que estuvo aquella noche la chacha Ramoncica cuando volvió á
    su casa, cavilando qué sería lo que su sobrino le había pedido para el
    festín, y que ella ansiaba que le sirviesen, á fin de darle gusto en
    todo. El vocablo, para ella inaudito, con que su sobrino había
    significado la cosa que deseaba, casi se le había borrado de la mente.
    Por último, consultando el caso con Rafaela, y haciendo un esfuerzo de
    memoria, vino á recomponer el vocablo y á declarar que lo que su sobrino
    había pedido era _economía_.

    –¿Qué es eso, Rafaela? –preguntó á su fiel criada.

    Y Rafaela contestó:

    –Señora, ¿qué ha de ser? ¡_Ajorro_!

    No le hubo, sin embargo. La chacha Ramoncica echó aquel día el bodegón
    por la ventana.

    Al siguiente le tocó lucirse al Comendador, y á pesar de toda su
    filosofía gozó en el alma de que sus deudos y paisanos viesen
    maravillados su vajilla de porcelana, su plata y los demás objetos raros
    ó bellos que de sus viajes había traído, y que había mandado por delante
    de él con su criado de más confianza. Hasta la extraña fisonomía de
    éste, que era un indio, pasmó á los bermejinos, con deleite y
    satisfacción de D. Fadrique. Tuvo además un placer indescriptible en
    contar sus aventuras y en hacer descripciones de países remotos, de
    costumbres peregrinas y de casos singulares que había visto ó en los que
    había tomado parte.

    Nada de esto debe movernos á rebajar el concepto que del Comendador
    tenemos. Por más que parezca pueril, tal vanidad es más común de lo que
    se cree. ¿Á quién no le agrada, cuando vuelve al lugar de su nacimiento,
    darse cierto tono, sin ofender á nadie, manifestando cuán importante
    papel ha hecho en el mundo?

    Gente hay que no espera para esto á ir á su lugar. Nacido en uno muy
    pequeño de Andalucía tuve yo cierto amigo que, como llegase á ser
    personaje de gran suposición y de muchas campanillas, cifraba su mayor
    deleite en mandar á su pueblo todos los años un ejemplar de la _Guía de
    forasteros_, con registro en las varias páginas en que estaba estampado
    su nombre. Un año fué la _Guía_ con ocho registros, y el pasmo de los
    lugareños, participado por carta á mi amigo, le dió un contento que
    casi rayaba en beatitud ó bienaventuranza.

    No es menor el gusto que se tiene en contar lances y sucesos y en
    describir prodigios. De aquí sin duda el refrán: _de luengas vías,
    luengas mentiras_. Baste, pues, decir, en elogio de D. Fadrique, que el
    refrán no rezó con él nunca, porque era la veracidad en persona. Lo que
    no aseguraremos es que fuese siempre creído en cuanto refirió. Los
    lugareños son maliciosos y desconfiados; suelen tener un criterio allá á
    su manera, y á menudo las cosas más ciertas les parecen falsas ó
    inverosímiles, y las mentiras, por el contrario, muy conformes con la
    verdad. Recuerdo que un mayordomo andaluz de cierto inolvidable y
    discreto Duque, que estuvo de embajador en Napóles, fué á su pueblo con
    licencia. Cuando volvió le embromábamos suponiendo que habría contado
    muchos embustes. El nos confesó que sí, y aún añadió, jactándose de
    ello, que todo se lo habían creído, menos una cosa.

    –¿Qué cosa era esa? –le preguntamos.

    -Que cerca de Napóles –respondió,– hay un monte que echa chispas por
    la punta.

    De esta suerte pudo muy bien nuestro D. Fadrique, sin apartarse un ápice
    de la verdad, dejar de ser creído en algo, sin que sus paisanos se
    atreviesen á decirle, como decían al mayordomo del Duque cuando hablaba
    del Vesubio: "¡Esa es grilla!"

    Al día tercero después de la llegada de D. Fadrique, su hermano D. José
    y su familia se volvieron á la ciudad; y entonces, con más reposo, pudo
    entregarse el Comendador á otro placer no menos grato: el de visitar y
    recordar los sitios más queridos y frecuentados de su niñez, y aquéllos
    en que le había ocurrido algo memorable. Estuvo en el Retamal y en el
    Llanete, que está junto, donde le descalabraron dos veces; fué á la
    fuente de Genazahar y al Pilar de Abajo; subió al Laderón y á la Nava, y
    extendió sus excursiones hasta el cerro de Jilena y el monte de
    Horquera, poblado entonces de corpulentas y seculares encinas.

    Tomó, por último, D. Fadrique verdadera posesión de su vivienda,
    arrellanándose en ella, por decirlo así, poniendo en orden los muebles
    que había traído, colocando los libros y colgando los cuadros.

    En estas faenas, dirigidas por él, casi siempre estaba presente el P.
    Jacinto; y al cabo D. Fadrique quedó instalado, forjándose un retiro,
    rústico á par que elegante, y una soledad amenísima en el lugar donde
    había nacido.

    VII

    Encantado estaba D. Fadrique con su modo de vivir. Ya leyendo, ya de
    tertulia ó de paseo con el P. Jacinto, ya de expediciones campestres y
    venatorias con el mismo padre y con el iluminado y ameno tío Gorico, el
    tiempo se deslizaba del modo más grato. Ningún deseo sentía D. Fadrique
    de ir á otro pueblo, abandonando á Villabermeja; pero D. José tenía
    cuarto preparado para recibirle en su casa de la ciudad, y sus
    instancias fueron tales, que no hubo más que ceder á ellas.

    El Comendador fué á la ciudad á pasar todo el mes de Mayo. Llegó en la
    tarde del último día de Abril, y como el viaje es un paseo, aquella
    noche estuvo de tertulia hasta cerca de las once, que en 1794 era ya
    mucho velar. Dos ó tres hidalgos; otras tantas señoras machuchas; dos
    jóvenes amiguitas de Lucía, sobrina de D. Fadrique; un respetable señor
    cura y un caballerito forastero y muy elegante componían la reunión de
    casa de D. José, que empezó antes de que anocheciera.

    Nadie llamó la atención de D. Fadrique, que era harto distraído.
    Necesitaba que las personas le gustasen ó le disgustasen para fijarse en
    ellas, y con gran dificultad acertaba la gente á gustarle, y mucho menos
    á disgustarle. Así es que, mostrándose muy urbano con todos, apenas
    reparó en ninguno.

    Al toque de oraciones sirvieron el refresco.

    Primero pasaron dos criadas repartiendo platos, servilletas y
    cucharillas de plata; luego entraron otras dos criadas, que traían
    sendas bandejas llenas de tacillas de cristal con almíbares diferentes.
    Cada tertuliano fué tomando en su asiento una tacilla del almíbar que
    más le gustaba. Las criadas de las bandejas pasaron de nuevo recogiendo
    las tacillas vacías, y rogando á los señores que tomasen otra de otro
    almíbar, como en efecto la tomaron muchos.

    La historia, prolija en este punto, cuenta que los almíbares eran de
    nueces verdes, de cabellos de ángel, de tomate y de hoja de azahar. Hubo
    también arrope de melocotón.

    Las ninfas fregonas, muy compuestas y con muchas flores en el moño,
    sirvieron luego copitas de rosoli, del que sólo bebieron los caballeros;
    y por último trajeron el chocolate con torta de bizcocho, polvorones,
    pan de aceite y hojaldres. Terminó todo con el agua, que en vasos de
    cristal y en búcaros olorosos repartieron asimismo las criadas.

    Duró esto hasta que dieron las ánimas.

    El refresco se tomó con toda ceremonia y con pocas palabras. Las sillas
    pegadas á la pared, y todos sentados sin echar una pierna sobre otra, ni
    inclinarse de ningún lado, ni recostarse mucho.

    Después de tomado el refresco, hubo alguna más libertad y expansión, y
    Lucía se atrevió á rogar al caballerito que recitase unos versos.

    –Sí, sí –dijeron en coro casi todos los tertulianos;–que recite.

    –Recitaré algo de Meléndez, –dijo el joven.

    –No, de V. –replicó Lucía.– Sepa V., tío, –añadió dirigiéndose al
    Comendador,– que este señor es muy poeta y gran estudiante. Ya verá
    usted qué lindos versos compone.

    –V. es muy amable, Srta. Doña Lucía. La amistad que me tiene la engaña.
    Su señor tío de V. va á salir chasqueado cuando me oiga.

    –Yo confío tanto en el fino gusto de mi sobrina –dijo el Comendador,–
    que dudo de que se equivoque, por ferviente que sea la amistad que V. le
    inspire. Casi estoy convencido de que los versos serán buenos.

    –Vamos, recítelos V., D. Carlos.

    –No sé cuáles recitar que cansen menos, y que á V. que me fía, y á mí
    que soy el autor, nos dejen airosos.

    –Recite V. –contestó Lucía,– los últimos que ha compuesto á Clori.

    –Son largos.

    –No importa.

    Don Carlos no se hizo más de rogar, y con entonación mesurada y cierta
    timidez que le hubiera hecho simpático, aunque ya por sí no lo fuese,
    recitó lo que sigue:

    El plácido arroyuelo
    Rompe el lazo de hielo,
    Y desatado en onda cristalina
    Fecunda la pradera.
    Flora presta sus galas á Chiprina;
    Reluce Febo en la celeste esfera,
    Y en la noche callada
    La casta diosa á su pastor dormido,
    Con trémulo fulgor, besa extasiada.
    Del techo antiguo á suspender su nido
    Ha vuelto ya la golondrina errante;
    Dulces trinos difunde Filomena;
    El mar se calma, el cielo se serena;
    Sólo Céfiro amante,
    Oreando la hierba en los alcores.
    Y acariciando las tempranas flores,
    Con música y aroma el aire agita.
    En la rica estación de los amores
    Amor en todo corazón palpita;
    Pero en el alma del zagal Mirtilo
    Halla perpetuo asilo.
    Allí ingenioso el dios labra un dechado
    De gracia encantadora,
    Donde con fiel esmero ha retratado
    Á Clori bella, á la gentil pastora.
    Por quien Mirtilo muere.
    Clori, en tanto, amistosa y compasiva,
    Quiere que el zagal viva,
    Mas amarle no quiere;
    Antes, dicen que piensa dar su mano
    Á un rabadán anciano.
    Con celos el zagal su pena aumenta,
    Y así en la selva oculto se lamenta:

    –¡Tú no sabes de amor, encanto mío!
    ¡Ah! Tu ignorancia virginal te engaña.
    Seré merecedor de tu desvío,
    Mas no comprendo la ilusión extraña
    Que á dar tanta beldad te precipita,
    Inútil don, tesoro inmaculado,
    Á la vejez marchita.
    La amapola del prado
    No despliega la pompa de sus hojas,
    De púdico amor rojas,
    Hasta que el sol derrama
    En su velado seno estiva llama;
    Ni la rosa se atreve
    Á abrir el cáliz entre escarcha y nieve.
    No censurara yo que Galatea
    Al cíclope adorase: la hermosura
    Bien en la fuerza y el valor se emplea;
    Bien con estrecho, cariñoso nudo,
    La hiedra ciñe firme tronco rudo.
    Mas nunca á quien apenas
    Sostener puede el peso de la vida
    Á llevar sus cadenas,
    Si dulces, graves, el amor convida.
    Huyen del mustio viejo las Camenas;
    Si la flauta de Pan su labio toca,
    Allí perece el desmayado aliento,
    Sin convertirse en melodioso viento,
    Y la risa del sátiro provoca.
    Con vacilante pie mal en el coro
    De ninfas entra; y el alegre giro
    Y canto de las Ménades sonoro,
    Ó con flébil suspiro,
    Ó con dolientes ayes turba acaso;
    Que, en el misterio de la santa orgía,
    Ni el hierofante el tirso le confía,
    Ni él llega hasta la cumbre del Parnaso.
    ¡Ay Clori! ¿Qué demencia te extravía?
    Ya que por tí se pierde
    Mi tierno amor, mi juventud lozana,
    De frescas rosas y de mirto verde
    No ciñas ora una cabeza cana.
    Trepa la vid al álamo frondoso,
    Y á la punzante ortiga
    Deja que adorne el murallón ruinoso.
    ¿Qué riesgo, qué fatiga
    No aceptará mi amor por agradarte?
    Por tí en el bosque venceré las fieras;
    Por tí el furor arrostraré de Marte;
    Y el rey de las praderas,
    Cuya bronceada frente
    Arma ostenta terrible, que figura
    De nueva luna el disco refulgente,
    De mi garrocha dura
    Sentirá en la cerviz la picadura.
    El rabadán, por la vejez postrado,
    Tu solícito afán reclamaría,
    ¡Oh, Clori! mientras yo, por tu mandado,
    Al abismo del mar descendería,
    Sus perlas para ver en tu garganta,
    Y acosaría al lobo carnicero,
    Su hirsuta piel con plomo ó con acero
    Ganando para alfombra de tu planta.
    Alucinada ninfa candorosa,
    Desecha ese delirio que te lleva
    Á ser del viejo rabadán esposa.
    Pues ¡qué! ¿te he dado en balde tanta prueba
    De amor? Ya ves que por seguirte dejo
    El templo de Minerva y los verjeles
    Por do Betis copioso se dilata.
    De mis padres me alejo,
    Y huyo también de mis amigos fieles
    Para sufrir crueldades de una ingrata.
    No estriba tu desdén en mi pobreza,
    Que no oculta tan bajo sentimiento
    Tu noble corazón, y ni en riqueza
    Me vence el rabadán, ni en nacimiento.
    Sólo un funesto error, una locura,
    ¡Oh, Clori! ¡Oh, rosa del pensil divino!
    Le hará exhalar tu aroma y tu frescura
    Entre las secas ramas del espino;
    Te hará romper el broche delicado,
    No para abril, para diciembre helado.
    No así me hieras, si matarme quieres;
    Mira que así te matas cuando hieres.

    No bien terminaron los versos, fueron estrepitosamente aplaudidos por el
    benévolo auditorio; pero, si hemos de decir la verdad, ni D. José ni
    doña Antonia prestaron atención durante la lectura; las señoras mayores
    se adormecieron con el sonsonete; el señor cura halló la composición
    sobrado materialista y mitológica y un poco pesada, y las amiguitas de
    Lucía más se entusiasmaron con la buena presencia del poeta que con el
    mérito literario de su obra.

    Don Carlos, en efecto, era un morenito muy salado de veintidós á
    veintitrés años. Sus vivos y grandes ojos resplandecían con el fuego de
    la inspiración. Su cabellera negra, ya sin polvos, lucía y daba reflejos
    azulados como las alas del cuervo. Los movimientos de su boca al hablar
    eran graciosos. Los dientes que dejaba ver, blancos é iguales; la nariz,
    recta, y la frente, despejada y serena.

    Iba D. Carlos vestido con suma elegancia, á la última moda de París. Era
    todo un petimetre. Parecía el príncipe de la juventud dorada,
    transportado por arte mágica desde las orillas del Sena al riñón de
    Andalucía. El cuello de su camisa y el lienzo con que formaba lazo en
    torno de él, estaban bastante bajos para descubrir la garganta y la
    cerviz robusta sobre que posaba airosamente la cabeza. La estatura, más
    bien alta que mediana, y el talle, esbelto. El calzón ajustado de
    casimir, la media de seda blanca y el zapato de hebilla de plata, daban
    lugar á que mostrase el galán la bien formada pierna y un pie pequeño,
    largo y levantado por el tarso.

    Sin duda las niñas contemplaron más todas estas cosas, y se deleitaron
    más con la dulzura de la voz del señorito que con el que nos atreveremos
    á calificar de idilio, la mitad de cuyas palabras estaba en griego para
    ellas.

    Don Fadrique había reparado en todo. Como la mayor parte de los
    distraídos, era muy observador, y prestaba atención intensa cuando se
    dignaba prestarla.

    Los versos le parecieron regulares, no inferiores á los de Meléndez,
    aunque, ni con mucho, tan buenos como los de Andrés Chénier, que había
    oído en París. Lo que es el chico le pareció muy guapo.

    Advirtió también, con cierto gusto mezclado de zozobra, que Lucía, su
    sobrina, había escuchado con ademán y gesto propios de quien entiende la
    poesía, y con cierta afición, que no atinaba él á deslindar si era
    meramente literaria, ó reconocía otra causa más personal y más honda.

    Por lo pronto, en consecuencia de tales observaciones, calificó á su
    sobrina, de quien hasta entonces apenas había hecho caso, de bonita y de
    discreta. Se puede decir que la miró concienzudamente por primera vez, y
    vió que era rubia, blanca, con ojos azules, airosa de cuerpo y muy
    distinguida. De todos estos descubrimientos no pudo menos de alegrarse,
    como buen tío que era; pero hizo, ó creyó haber hecho, otros
    descubrimientos, que le mortificaban algo. "Tal vez serán cavilaciones",
    decía para sí.

    En punto de las diez se acabó la tertulia.

    Sola ya la familia, Doña Antonia convocó á los criados, y en compañía de
    todos, y en alta voz, se rezó el rosario.

    Por último, no bastando el chocolate y el refresco, que pudiera pasar
    por merienda, para gente que comía entonces poco después de mediodía, se
    sirvió la indispensable cena.

    Durante este tiempo D. Fadrique buscó y encontró ocasión de tener un
    aparte con su sobrina, y le habló de este modo:

    –Niña, veo que te gustan los versos más de lo que yo creía.

    Ella, poniéndose muy colorada y más bonita desde la primera palabra que
    el tío pronunció, respondióle, algo cortada:

    –¿Y por qué no han de gustarme? Aunque criada en un lugar, no soy tan
    ruda.

    –Basta con mirarte, hija mía, para conocer que no lo eres. Pero el que
    te gusten los versos no se opone á que puedan gustarte los poetas.

    –Ya lo creo que me gustan. Fr. Luis de León y Garcilaso son mis
    predilectos entre los líricos españoles, –dijo Lucía con suma
    naturalidad.

    Casi se disipó la sospecha de D. Fadrique. Parecía inverosímil tanto
    disimulo en una muchacha de diez y ocho años, que rezaba el rosario
    todas las noches, iba á misa y se confesaba con frecuencia.

    Don Fadrique no tenía tiempo para rodeos y perífrasis, y se fué
    bruscamente al asunto que le mortificaba.

    –Sobrina, con franqueza: ¿los versos que hemos oído los ha compuesto D.
    Carlos para tí?

    –¡Qué disparate! –respondió Lucía, soltando una carcajada.

    –¿Y por qué había de ser disparate?

    –Porque nada de aquello me conviene: porque yo no soy Clori.

    –Bien pudieras serlo. El poeta no describe á Clori. Afirma vaga é
    indeterminadamente que Clori es bella, y tú eres bella.

    –Gracias, tío; V. me favorece.

    –No; te hago justicia.

    –Sea como V. guste. Pero dígame V., ¿de dónde sacamos á mi viejo
    rabadán? porque yo no doy con él.

    –Pues mira, yo creí haberle encontrado.

    –¿Cómo, tío, si no estaba en la tertulia más que el señor cura?

    –Y yo, ¿no soy nadie?

    –¿Qué quiere V. decir con eso?

    –Quiero decir que tengo cincuenta años, que te llevo treinta y dos, y
    que no estoy loco para aspirar á que me quieran; pero los poetas fingen
    lo que se les antoja, y el barbilindo de D. Carlos puede haber levantado
    esa máquina de suposiciones absurdas para escribir su idilio. En tal
    caso, no está muy conforme con la verdad todo aquello de que el viejo
    rabadán no puede ya con sus huesos, ni baila, ni corre, ni guerrea, ni
    es capaz de cazar lobos como el zagal. Con mi medio siglo encima, me
    apuesto á todo con el tal D. Carlitos. Todavía, si me pongo á bailar el
    bolero, estoy seguro de que he de bailarle mejor que cuando mi padre me
    hizo que le bailara á latigazos. Y en punto á pulmones y á resuello, no
    ya para encaramarme al Parnaso corriendo detrás de las bacantes, no ya
    para tocar todas las flautas y clarinetes del mundo, sino para mover las
    aspas de un molino, entiendo que tengo de sobra.

    –Pero, tío, si D. Carlos no ha soñado en V. ni ha pensado en mí.

    –Vamos, muchacha, no seas hipocritilla. Á mi se me ha metido en la
    cabeza que ese chico te quiere, que ha sabido que yo venía á pasar aquí
    un mes, que ha oído decir que yo era viejo, y, con estos datos, el
    insolente ha supuesto lo demás.

    Don Fadrique decía todo esto con risa, para embromar á su sobrina; y,
    aunque dudoso de su recelo, algo picado de la desvergüenza del poeta,
    que por otra parte no había dejado de caerle en gracia.

    –Tío –dijo por último Lucía con la mayor gravedad que pudo,– V. no es
    el viejo rabadán. El viejo rabadán es de Villabermeja como V.: hace dos
    años que está establecido aquí, y merece, en efecto, las calificaciones
    que le prodiga el poeta, porque está muy asendereado y estropeado. El
    viejo rabadán se llama D. Casimiro. V. debe de conocerle.

    –¡Ya lo creo! ¡Y vaya si le conozco! –dijo el Comendador recordando á
    su antiguo adversario y víctima de la niñez.

    –Pero entonces, ¿quién es Clori? –añadió en seguida.

    –Clori es una linda señorita, muy amiga mía. Su madre vive con gran
    recogimiento y no sale ni deja salir á su hija de noche. Por eso no ha
    estado Clori de tertulia; pero es mi vecina, y su madre consiente en
    que venga conmigo de paseo, en compañía de mi madre. Si mañana quiere V.
    ser nuestro acompañante, iremos á las huertas, á las diez, después del
    almuerzo, por sendas en que haya sombra. Clori vendrá, y V. conocerá á
    Clori.

    –Iré con mucho gusto.

    –¡Ah, tío! Por amor de Dios, que no se le escape á V. lo de que D.
    Carlos está enamorado de mi amiga y lo de que ella es Clori. Mire V. que
    es un secreto. Nadie más que yo lo sabe en la población. Hay que tener
    mucho recato, porque los padres de ella no quieren más que á D. Casimiro
    y nada traslucen del amor de D. Carlos. Yo se lo he confiado á V. para
    que no fuese V. á creer que yo era Clori y que sin razón de ningún
    género habíamos convertido á V. en viejo rabadán enclenque, á fin de dar
    motivo á los versos.

    –Quedo satisfecho, muchacha, y no diré nada. Te aseguro ya que me
    interesa tu amiga Clori y que tengo curiosidad de verla.

    De esta suerte, de improviso, vino D. Fadrique á tener, apenas llegado,
    un secreto con su sobrina, y á figurar en intrigas y lances de amor.

    Pensando en ello, se retiró á su cuarto, como los demás se retiraron
    cada cual al suyo, y durmió hasta las ocho de la mañana, mejor que un
    mozo de veinte años.

    VIII

    Doña Antonia amaneció con un tremendo jaquecazo, enfermedad á que era
    muy propensa. Tuvo, pues, que guardar cama y no pudo acompañar á paseo á
    su hija Lucía; pero, como el mal no era de cuidado, y ya Lucía tenía
    concertado el paseo con su amiga, se decidió que el Comendador las
    acompañase.

    La amiga de Lucía vivía en la casa inmediata. Un muro separaba los
    patios de una casa y otra. Á la hora convenida, en punto de las nueve y
    media, pronta ya Lucía para salir y con su tío al lado, gritó desde el
    patio, al pie del muro:

    –Clara (así se llamaba Clori en la vida real), ¿estás ya lista?

    No se hizo aguardar la contestación.

    Oyóse primero la voz de una criada que decía:

    –Señorita, señorita, Doña Lucía está llamando á su merced.

    Un momento más tarde sonó en el patio contiguo una voz argentina y
    simpática, que respondía:

    –Allá voy; sal á la calle; ¿para qué he de entrar en tu casa?

    Salieron D. Fadrique y Doña Lucía, y hallaron ya á Doña Clara en la
    puerta.

    El Comendador, á pesar de sus distracciones, miró á Doña Clara con
    extraordinaria curiosidad. Era una niña de poco más de diez y seis años.
    El color de su rostro, de un moreno limpio, teñido en las mejillas y en
    los labios del más fresco carmín. La tez parecía tan suave, delicada y
    transparente, que al través de ella se imaginaba ver circular la sangre
    por las venas azules. Los ojos, negros y grandes, estaban casi siempre
    dormidos y velados por los párpados y las largas y rizadas pestañas; si
    bien, cuando fijaban la mirada y se abrían por completo, brotaban de
    ellos dulce fuego y luz viva. Todo en Doña Clara manifestaba salud y
    lozanía, y, sin embargo, en torno de sus ojos, fingiéndolos mayores y
    acrecentando su brillantez, se notaba un cerco obscuro, como el morado
    lirio.

    Era Doña Clara más alta que su amiga Lucía, bastante alta también, y,
    aunque delgada, sus formas eran bellas y revelaban el precoz y completo
    desenvolvimiento de la mujer. El cabello de Doña Clara era negrísimo,
    las manos y el pie pequeños, la cabeza bien plantada y airosa.

    Ambas amigas iban vestidas de negro, con mantilla y basquiña, y algunas
    rosas en el peinado.

    Lucía dijo á su amiga la indisposición de su madre, y que su tío el
    Comendador, recién llegado de Villabermeja, las acompañaría en el paseo.
    Salvos los cumplimientos y ceremonias de costumbre, no hubo en la
    conversación nada memorable, hasta que los tres, que iban juntos,
    salieron de la ciudad y llegaron al campo.

    La pequeña ciudad está por todas partes circundada de huertas. Muchas
    sendas las cortan en diversas direcciones. Á un lado y otro de cada
    senda hay una cerca de granados, zarza-moras, mimbres y otras plantas.
    En muchas sendas hay un arroyo cristalino á cada lado; en otras, un solo
    arroyo. Todas ellas gozan, en primavera, verano y otoño, de abundante
    sombra, merced á los álamos corpulentos y frondosos nogales, y demás
    árboles de todo género que en las huertas se crían.

    La tierra es allí tan generosa y feraz, que no puede imaginarse el
    sinnúmero de flores y la masa de verdura que ciñen las márgenes de los
    arroyos, esparciendo grato y campestre aroma. Campanillas, mosquetas,
    violetas moradas y blancas, lirios y margaritas abren allí sus cálices y
    lucen su hermosura.

    El sol radiante, que brilla en el cielo despejado y dora el aire
    diáfano, hace más espléndida la escena. Increíble multitud de pájaros
    la anima y alegra con sus trinos y gorjeos. En Andalucía, huyendo de la
    tierra de secano, buscando el agua y la sombra, se refugian las aves en
    estos oásis de regadío, donde hay frescura y tupidas enramadas.

    Tales eran los sitios por donde paseaba el Comendador con las dos
    bonitas muchachas. Apenas salieron de la población, tomaron la senda que
    llaman _del medio_. Ellas cogían flores, se deleitaban oyendo cantar los
    colorines ó reían sin saber de qué. El Comendador meditaba, sentía gran
    bienestar, gozaba de todo, aunque más tranquilamente que ellas.

    Al llegar á sitio más ancho, no ya á otra senda, sino á un camino, los
    tres, que, por ser la senda casi siempre estrecha, habían ido uno en pos
    de otro, se pusieron en la misma línea. Clara estaba en el centro. Lucía
    dijo entonces, dirigiéndose á su tío:

    –Vamos, ya habrá satisfecho V. su curiosidad. Ésta es Clori. ¿No es
    verdad que merece haber inspirado el idilio?

    Doña Clara, que si bien más moza que Lucía, era más reflexiva y grave,
    sintió que su amiga hubiese confiado á su tío aquel secreto, y no pudo
    reprimir las muestras de su disgusto, frunciendo el entrecejo,
    poniéndose más seria y tiñéndose al mismo tiempo de grana sus mejillas
    con la vergüenza y el enojo.

    Nada dijo Doña Clara, á pesar de ello; pero Lucía advirtió su disgusto y
    prosiguió de esta suerte:

    –No te ofendas Clarita. No me motejes de parlanchina. Mi tío me puso
    anoche entre la espada y la pared, y tuve que confesárselo todo. Tuve
    que disculparme y que disculpar á D. Carlos. Á mi tío se le metió en la
    cabeza que él era el viejo rabadán y que yo era Clori. Además, mi tío es
    muy sigiloso y no dirá nada á nadie. ¿No es verdad tío?

    –Descuide V., señorita –respondió el Comendador, encarándose con Doña
    Clara, que se puso más encarnada aún:– nadie sabrá por mí quién ha
    inspirado el idilio, que es, por cierto, precioso.

    El Comendador advirtió que Clara se tranquilizaba, si bien no acertó,
    con la turbación, á pronunciar palabra alguna.

    Doña Lucía continuó:

    –¡Vaya si es precioso el idilio! Créame V., tío: desde Vicente Espinel
    hasta nuestra edad, Ronda no ha producido más ingenioso poeta que
    nuestro amigo D. Carlos de Atienza, ilustre mayorazgo de la mencionada
    ciudad, el cual vive en Sevilla con sus padres, trata de tomar en
    aquella Universidad la borla de doctor en ambos Derechos, y ahora
    descuida bastante los estudios por seguir á Clori, que, desde Sevilla,
    se ha venido aquí de asiento con su familia, á quien V. sin duda conoce.

    –Sobrina, yo no sé si tengo ó no la honra de conocer á la familia de
    esta señorita, cuyo apellido no me has dicho. ¿Cómo un forastero recién
    llegado ha de adivinar la familia de quien sólo sabe que se llama Clori
    en poesía y Clara en prosa?

    –¡Ay, es verdad! ¡Qué distraída soy! No había yo dicho á V. cómo se
    llamaba mi amiga. Pues bien, tío: esta señorita se llama Doña Clara de
    Solís y Roldán. Y ahora, ¿qué dice V.? ¿Conoce V. ó no conoce á su
    familia?

    Al oir en boca de Lucía el nombre y apellidos de su amiga y la última
    inocente pregunta, el Comendador se estremeció, se turbó; el color rojo,
    que había teñido antes las mejillas delicadas de Clarita, se diría que
    había pasado con más fuerza á encender el rostro varonil de D. Fadrique,
    curtido por el sol de India y por los vientos de los remotos mares.

    Lucía, sin advertir la turbación de su tío, siguió diciendo:

    –Pero ¿qué digo á su familia? Á la misma Clara es posible que V. la
    conozca, sólo que ya no se acuerda. Cuando era ella chiquirritita, tal
    vez cuando ella nació, estaba V. en Lima. Clara es limeña.

    Dominándose al cabo el Comendador, contestó á su sobrina:

    –Mal puedo acordarme y mal puedo haber olvidado á esta señorita, á
    quien nunca he visto. Á quien sí he conocido y tratado mucho es á su
    señor padre; y también, á pesar de la vida retirada y austera que
    siempre ha hecho, tuve el gusto de tratar y ser amigo de mi señora Doña
    Blanca Roldán. ¿Cómo está su señora madre de V., señorita?

    –Sigue bien de salud –contestó Doña Clara;– pero, entregada como
    nunca á sus devociones, apenas se deja ver de nadie.

    –¿Y el Sr. D. Valentín, está bueno?

    –Gracias á Dios, lo está, –dijo Clara.

    –Se ha retirado ya de la magistratura –añadió Lucía;– ha heredado los
    cuantiosos bienes de su hermano el mayor, que murió sin hijos, y vive
    aquí, donde tiene su mejores fincas, de que Clarita es única heredera.

    Como una nueva oleada de sangre subió entonces á la cara del Comendador,
    enrojeciéndola toda. Reportándose luego, dijo de la manera más natural á
    su parlera sobrina:

    –¿Con que esta señorita, además de ser tan guapa, es muy rica?

    –Para estos lugares lo es. ¿No es verdad, tío, que es muy extraño que
    la quieran casar con don Casimiro? ¡Si viera V. qué viejo y qué feo
    está! Vamos, es ofender á Dios. Yo, si fuera el Papa, negaba la licencia
    que habrá que pedirle.

    –Pues qué –exclamó D. Fadrique,– ¿son ustedes parientes tan
    cercanos?

    –Don Casimiro Solís es el pariente más cercano que tiene mi padre,
    –contestó Clara.

    –Sería su inmediato heredero si Clara no viviese, –añadió Lucía, que
    no dejaba por contar nada de cuanto sabía, cuando se hallaba entre
    personas, como Clara y su tío, que le infundían tanta confianza y
    cariño.

    Don Fadrique no llevó adelante la conversación. Quedó callado y como
    pensativo y melancólico.

    En silencio continuaron, pues, paseando hasta que llegaron al
    _nacimiento_. En mitad de un bosque de encinas y olivos, que pone
    término á las huertas, se alza un monte escarpado, formado de riscos y
    peñascos enormes, que parecen como suspendidos en el aire, amenazando
    derrumbarse á cada momento.

    Higueras bravías, jaras de varias especies, romero y tomillo, musgo,
    retama y otras mil hierbas, plantas y flores, nacen en las hendiduras de
    aquellas peñas ó cubren los sitios en que no está pelada la roca viva, y
    hallan alguna capa vegetal donde fijar y alimentar las raíces.

    Los peñascos horadados abren paso á diversas grutas ó cuevas en no pocos
    sitios del cerro, á cuyo pie, más bajo aún que el nivel del camino,
    están como socavadas las piedras, formando una gruta mayor y de más
    grande entrada que las otras. En el fondo de esta gruta, que se ve todo
    sin penetrar allí, brota de una grieta, sin hipérbole alguna, un
    verdadero río. Por eso se llama aquel sitio el nacimiento del río, ó
    sencillamente _el nacimiento_.

    El agua que mana de entre las peñas cae con grato estruendo en un
    estanque natural, cuyo suelo está sembrado de blanquísimas y redondas
    piedrezuelas. Por aquel estanque se extiende mansa el agua, creando y
    desvaneciendo de continuo círculos fugaces; mas, á pesar de los
    círculos, son las ondas de tal transparencia, que al través de ellas se
    ve el fondo, aunque está á más de vara y media de profundidad, y en él
    pueden contarse las guijas todas.

    En la margen del pequeño lago crecen juncos, juncia, berros y otras
    plantas acuáticas.

    El estanque ó lago llena la gruta y se dilata buen espacio fuera de
    ella, reflejando el cielo en su cristal. Á derecha y á izquierda hay dos
    acequias, por donde el agua corre, dividiéndose después en infinitos
    arroyuelos, y yendo á regar las mil y quinientas huertas que hacen del
    término de aquella pequeña ciudad un verde y florido paraíso.

    Como todo por aquellas cercanías es terreno quebrado, el agua baja á las
    hondonadas con ímpetu brioso: á veces se precipita en cascadas, y á
    veces pone en movimiento aceñas, batanes y martinetes. No obstante,
    cerca del nacimiento el agua va por tierra llana, con sosegada corriente
    y apacible murmullo, sin que haya ruido mayor en aquella amena soledad
    que el que produce el nacimiento mismo; el golpe del agua que brota de
    la peña y cae dentro de la gruta.

    Á la orilla del estanque rústico hay varios sauces, y junto al tronco
    del más alto y frondoso un poyo ó asiento de piedra. Allí estaba sentado
    el poeta rondeño D. Carlos de Atienza cuando llegaron el Comendador, su
    sobrina y Doña Clara.

    Don Fadrique, como si anhelase apartar de sí tristes y enojosos
    pensamientos, impropios de su carácter y risueña filosofía, se pasó la
    mano por la frente, y creyendo que recobraba su serena y alegre
    condición, dijo en voz alta:

    –Hola, ilustre poeta, ¿qué nuevo idilio compone V. en estas soledades?

    Don Carlos se levantó del asiento, y yendo hacia los recién venidos,
    dijo:

    –Buenos días, Sr. D. Fadrique. Beso los pies de Vds., señoritas.

    El Comendador le allanó el camino para que se viniese con él y con las
    niñas y los acompañase un rato en el paseo. Habló á D. Carlos de sus
    estudios, le ponderó lo mucho que le agradaba la poesía, le encomió el
    idilio y se le hizo repetir.

    No podía haber dado mayor gusto á D. Carlos, ni mayor satisfacción de
    amor propio; porque, como todos los que escriben, han escrito ó
    escribirán versos en el mundo, era D. Carlos aficionadísimo á recitarlos
    en presencia de un benévolo y discreto auditorio, y siempre se inclinaba
    á calificarle de discreto, con tal de que fuese benévolo.

    Don Fadrique miró con disimulo, pero con mucha atención, á Clarita
    mientras que D. Carlos recitó el idilio. Si aun le hubiera quedado la
    menor duda de que Clara era Clori, la duda se hubiera disipado. Á
    Clarita, valiéndonos de una expresión en extremo vulgar, si bien muy
    pintoresca, un color se le iba y otro se le venía mientras los versos
    duraron. Ya se ponía pálida, ya se cubrían de púrpura sus mejillas.
    Hasta cuando exclamó D. Carlos recitando:

    "Pues¡qué! ¿te he dado en balde tanta prueba
    De amor?"

    vió ó imaginó ver D. Fadrique que los párpados de Doña Clara se
    contraían más de lo ordinario, como para recoger y ocultar indiscretas
    lágrimas, que ansiaban por brotar de los hermosos ojos.

    Después de recitados los versos, D. Carlos, menos atrevido en prosa,
    apenas se acercó á Clara, y no le dijo palabra que todos no oyesen. Sólo
    con Lucía habló en voz baja y como en secreto.

    Los cuatro se internaron, prosiguiendo el paseo y volviendo á la ciudad
    por otro camino, en medio de una frondosísima alameda. Allí Clara, ó
    adelantándose ó quedándose atrás y dejando al Comendador con su sobrina,
    hubiera podido hablar á su placer con D. Carlos; pero no parecía sino
    que le tenía miedo, que temblaba de oir su voz sin testigo, y que
    deseaba demostrar á los ojos del Comendador que no quería pertenecer á
    D. Carlos, sino á D. Casimiro. Ello es que en los lugares más agrestes,
    Clara no se apartaba del lado de D. Fadrique, como si temiese que
    saliese una fiera á devorarla y buscase en él su amparo y defensa.

    ¿Quién sabe lo que pasaba en aquellos instantes en el alma del
    Comendador? Lo cierto es que casi no se atrevía á hablar á Clara; pero
    de repente, en una ocasión en que D. Carlos y Lucía se adelantaron y se
    perdieron de vista entre los árboles, el Comendador detuvo á Clara, la
    contempló de un modo extraño y dulce, y tomando su semblante una
    expresión solemne y en cierto modo venerable, exclamó:

    –¡Hija mía! Es V. muy buena, muy hermosa… inocente de todo; Dios
    bendiga á V. y la haga tan feliz como merece.

    Y diciendo esto, alzó las manos como para bendecir á la muchacha, tomó
    su cabeza entre ellas y le dió en la frente un beso.

    Clara halló, sin duda, muy raro todo aquello, fuera del uso y del
    estilo común; pero la cara de D. Fadrique estaba tan seria, y su
    expresión era tan simpática y noble, que, á pesar de las ideas con que
    personajes devotos habían manchado precozmente la conciencia de la niña,
    hablándole de pecados y faltas, Clara no pudo ver allí ningún
    atrevimiento liviano.

    Más aún se afirmó en la idea de lo puro é impecable del extraño é
    inesperado beso, cuando le dijo el Comendador:

    –Don Carlos me parece un mozo excelente. ¿Le ama V. mucho?

    Había en el acento de D. Fadrique un suave imperio, al que Clara no supo
    resistir.

    –Le he amado mucho –contestó,– pero yo acertaré á no amarle. He sido
    muy culpada. Sin que lo sepa mi madre le he querido. En adelante no le
    querré. Seré buena hija. Obedeceré á mi madre. Ella sabe mejor que yo lo
    que me conviene.

    Don Fadrique no se atrevió á replicar ni á hacer un discurso subversivo
    de la autoridad materna.

    Á poco volvieron á reunirse, en un solo grupo los cuatro.

    Antes de entrar de nuevo en la ciudad, D. Carlos se despidió del
    Comendador y de las dos señoritas, y se fué por otros sitios.

    Apenas Lucía y su tío dejaron á Clara á la puerta de su casa, el tío
    preguntó á la sobrina:

    –¿Qué te ha dicho D. Carlos?

    –¿Qué ha de decir? Que está desesperado; que Clara le desdeña, que le
    rechaza, y que, por obedecer á su madre, se casará con D. Casimiro.

    –Y D. Valentín, ¿qué hace?

    –Nada. ¿Qué quiere V. que haga? Pues qué, ¿ignora V. que D. Valentín es
    un gurrumino? Una mirada de Doña Blanca le confunde y aterra; una
    palabra de enojo de aquella terrible mujer hace que tiemble D. Valentín
    como un azogado.

    –De suerte que Doña Blanca es quien ha decidido el casamiento de Clara
    con D. Casimiro.

    –Sí, tío; en esa casa Doña Blanca es quien lo decide todo. Ella manda y
    los demás obedecen. No se atreven á respirar sin su licencia. No se
    puede negar que Doña Blanca tiene mucho talento y es una santa. Sabe más
    de las cosas de Dios que todos los predicadores juntos. Reza muchísimo;
    lee y estudia libros piadosos; lleva una vida ejemplar y penitente, y
    hace muchas limosnas á los pobres y á las iglesias; pero, á pesar de
    tantas virtudes y excelentes prendas, nada tiene de amable. Antes al
    contrario, es terrible. Á mí me pone miedo.

    –No lo dudo, sobrina; ya era como tú la describes cuando yo la conocí.

    –¡Ay, tío! ¿Y la veía V. con frecuencia?

    –No con frecuencia, sobrina; pero al fin la traté algo.

    –No extrañe V. que en una semana no vengan á casa, ni para cumplir.
    Doña Blanca vive con la mente tan lejos de todo, y se resiste tanto á
    que le cuenten cosas del mundo exterior que distraigan su espíritu de la
    contemplación íntima en que vive, que de seguro ni ella ni su pobre
    marido sabrán que V. ha llegado. D. Valentín no creo que sea hombre muy
    interior, espiritual y contemplativo; pero como tiene tanto miedo á su
    mujer y quiere darle gusto siempre, vive también á lo místico, apartado
    del trato humano, y yo le juzgo capaz de azotarse con unas disciplinas,
    no tanto por amor de Dios, cuanto por amor y por miedo de Doña Blanca.

    Don Fadrique escuchaba y callaba. No tenía humor de despegar los labios.
    Lucía, que era aficionada á hablar, soltó la tarabilla y prosiguió
    diciendo:

    –¡Pobre Clara! Figúrese V. lo divertida que estará. Yo no lo dudo; ella
    se irá al cielo; pero ¡qué! ¿no puede ir uno al cielo con menos trabajo?
    No acierto á ponderar á V. los prodigios de astucia, los portentos de
    habilidad, aunque esté mal que yo me alabe, que he tenido que hacer para
    ganarme un poco la voluntad y la confianza de Doña Blanca y lograr que
    su hija se trate conmigo y salga á veces en mi compañía. Si no fuera por
    mí, Clara estaría como enterrada en vida, entre cuatro paredes. No sé
    cómo ha podido entenderse con D. Carlos. Gracias á que él es muy listo y
    capaz de todo. Clara ha estado con él, no diré que en relaciones, sino
    casi en relaciones. Ello es que Clara le amaba. Luego ha tenido
    remordimientos de amar á un hombre á escondidas de su madre, y sobre
    todo cuando su madre la destina para otro. Así es que ahora rechaza al
    pobre D. Carlos, y el infeliz zagal Mirtilo se muere de pena.

    El Comendador oía con interés á su sobrina, y no ponía en la
    conversación ni una exclamación siquiera. Parecía que se había quedado
    mudo ó que no sabía qué decir.

    –Clara –prosiguió Lucía,– ahora que cree pecado amar á D. Carlos, y
    que no halla posible oponerse á la voluntad de su madre, piensa á veces
    en ser monja; pero ni este deseo se atreve á confiar á su madre.
    Considera ella, en primer lugar, que no es buena su vocación; que quiere
    tomar el velo por despecho y como desesperada; y, por otra parte, cree
    que decir á su madre que quiere ser monja es un acto de rebeldía, es
    oponerse á su voluntad de casarla con D. Casimiro. ¿Qué piensa V. de la
    situación de mi desgraciada amiga?

    Interrogado tan directamente el Comendador, tuvo al cabo que romper el
    silencio; pero respondió con laconismo:

    –Mala es, en verdad, la situación; pero, ¿quién sabe? Todo tiene
    remedio menos la muerte. Entre tanto –añadió D. Fadrique, hablando con
    lentitud y bajo, dejando caer las palabras una á una, como si le
    costasen grandes esfuerzos, y como si en vez de responder á su sobrina
    hablase consigo mismo y á sí propio se respondiese;– entre tanto, Doña
    Blanca es discreta, es piadosa y es buena madre. Razones de mucho peso
    tiene… sin duda… para querer casar á su hija con D. Casimiro. En
    fin, muchacha, sigue siendo buena amiga de Clara; pero no caviles ni
    formes juicios acerca de la conducta de Doña Blanca. Voy, además, á
    hacerte otra súplica.

    –Mande V., tío.

    –Es algo difícil lo que exijo de tí.

    –¿Por qué?

    –Porque te gusta hablar, y lo que exijo es que calles.

    –¿Y qué he de callar? Ya verá V. cómo me callo. Yo no quiero que V. se
    disguste y forme mal concepto de mí.

    –Pues bien; calla que me has puesto al corriente de los amores de D.
    Carlos y Doña Clara, y calla también cuanto sabes acerca de estos
    amores.

    –¡Tío, por amor de Dios! No me crea V. tan amiga de contarlo todo. El
    pícaro idilio tiene la culpa. Sin el idilio, ni á V. le hubiera yo
    confiado nada.

    Oído esto, sonrió el Comendador á su sobrina; y como ya estaban en la
    casa, se apartó de la muchacha, yéndose algo meditabundo y ensimismado,
    cual si procurase resolver un difícil problema.

    IX

    Mientras el Comendador y Lucía tenían el diálogo de que acabamos de dar
    cuenta, Clara había entrado en el cuarto de su madre.

    Doña Blanca estaba sentada en un sillón de brazos. Delante de ella había
    un velador con libros y papeles. D. Valentín estaba allí, sentado en una
    silla, y no muy distante de su mujer.

    El aspecto de Doña Blanca era noble y distinguido. Vestida con sencillez
    y severidad, todavía se notaban en su traje cierta elegancia y cierto
    señorío. Tendría Doña Blanca poco más de cuarenta años. Bastantes canas
    daban ya un color ceniciento á la primitiva negrura de sus cabellos. Su
    semblante, lleno de gravedad austera, era muy hermoso. Las facciones,
    todas de la más perfecta regularidad.

    Era Doña Blanca alta y delgada. Sus manos, blancas, parecían
    transparentes. Sus ojos, negros como los de su hija, tenían un fuego
    singular é indefinible, como si todas las pasiones del cielo y de la
    tierra y todos los sentimientos de ángeles y diablos hubiesen
    concurrido á crearle.

    Don Valentín, tímido y pacífico, enamorado de su mujer en los primeros
    años de matrimonio, y lleno después de consideración hacia ella, no se
    atrevía á chistar en su presencia, si ella no le mandaba que hablase.

    Era D. Valentín un virtuoso caballero, pero débil y pusilánime. Había
    sido, por amor y respeto á su honra, un magistrado íntegro. Nada había
    podido apartarle del cumplimiento de su deber, y hasta había mostrado
    admirable entereza fuera de casa, donde la entereza, por grande que deba
    ser, basta con que dure un instante; pero en la casa, con la doméstica
    tiranía de una mujer dotada de voluntad de hierro, cuya presión es
    perpetua é incesante, D. Valentín no había sabido resistir, y había
    abdicado por completo. La hacienda, los negocios, la educación de la
    hija, todo dependía y todo era dirigido y gobernado por Doña Blanca.

  • El Arroyo

    El Arroyo

    Aproximadamente 50.112 palavras.

    ELÍSEO RECLUS

    EL ARROYO

    #El ARROYO#

    Elíseo Reclus

    Traducción de A. López Rodrigo

    #EL ARROYO#

    CAPÍTULO PRIMERO

    #La fuente#

    La historia de un arroyo, hasta la del más pequeño que nace y se pierde
    entre el musgo, es la historia del infinito. Sus gotas centelleantes han
    atravesado el granito, la roca calcárea y la arcilla; han sido nieve
    sobre la cumbre del frío monte, molécula de vapor en la nube, blanca
    espuma en las erizadas olas. El sol, en su carrera diaria, las ha hecho
    resplandecer con hermosos reflejos; la pálida luz de la luna las ha
    irisado apenas perceptiblemente; el rayo la ha convertido en hidrógeno y
    oxígeno, y luego, en un nuevo choque, ha hecho descender en forma de
    lluvia sus elementos primitivos. Todos los agentes de la atmósfera y el
    espacio y todas las fuerzas cósmicas, han trabajado en concierto para
    modificar incesantemente el aspecto y la posición de la imperceptible
    gota; á su vez, ella misma es un mundo como los astros enormes que dan
    vueltas por los cielos, y su órbita se desenvuelve de cielo en cielo
    eternamente y sin reposo.

    Toda nuestra imaginación no basta para abarcar en su conjunto el
    circuito de la gota y por eso nos limitamos á seguirla en su curso y su
    caída, desde su aparición en la fuente, hasta mezclarse con el agua del
    caudaloso río y el océano inmenso. Como seres débiles, intentamos medir
    la naturaleza con nuestra propia talla; cada uno de sus fenómenos se
    resume para nosotros en un pequeño número de impresiones que hemos
    sentido. ¿Qué es el arroyo, sino el sitio hermoso y apacible donde hemos
    visto correr el agua cristalina bajo la sombra de los álamos,
    balancearse sus hierbas largas como serpentinas y temblar agitados los
    juncos de sus islitas? La orilla florida donde gozábamos acostándonos al
    sol, soñando en la libertad, el sendero tortuoso que bordea el margen y
    que nosotros seguimos con paso lento contemplando el curso del agua, la
    arista de la piedra desde la cual el agua unida en apretado haz se
    precipita en cascada ó se deshace en espuma; he ahí lo que en nuestro
    recuerdo es el arroyo, casi con toda su infinita y compleja naturaleza,
    puesto que lo restante se pierde en las obscuridades de lo inconcebible.

    La fuente, el punto donde el chorro de agua, oculto hasta allí, se
    manifiesta repentinamente, es el paraje encantador hacia el cual nos
    sentimos invenciblemente atraídos; que ésta parezca adormecida en un
    prado como simple balsa entre los juncos, que salga á borbotones de la
    arena arrastrando laminitas de cuarzo ó de mica, que suben y bajan
    arremolinándose en un torbellino sin fin, que brote modestamente entre
    dos piedras, á la sombra discreta de los grandes árboles, ó bien que
    salga con estrépito de una abertura de la roca ¿cómo no sentirse
    fascinado por el agua que acaba de salir de la obscuridad y tan
    alegremente refleja la luz? Gozando nosotros del espectáculo encantador
    que el manantial nos ofrece, nos es fácil comprender por qué los árabes,
    los españoles, los campesinos de los Pirineos y otros muchos hombres de
    todas las razas y de todos los climas han creído ver en las fuentes
    «ojos» de seres encerrados en las tenebrosas entrañas de las rocas, con
    los cuales contemplan el espacio y la verdura. Libre de la cárcel que la
    aprisionaba, la ninfa alegre mira el cielo azul, los árboles, las
    hierbas, las cañas que se balancean; refleja la inmensa naturaleza en el
    hermoso zafiro de sus aguas, y, sugestionados por sus límpidas miradas,
    nos sentimos poseídos de misteriosa ternura.

    La transparencia de las fuentes fué en todo tiempo el símbolo de la
    pureza moral; en la poesía de todos los pueblos, la inocencia se compara
    con el agua cristalina de las fuentes, y el recuerdo de esta imagen,
    transmitido de siglo en siglo, se ha convertido para nosotros en
    atractivo.

    No cabe duda que esta agua se enturbiará más lejos; pasará por rocas que
    le dejarán materias impuras y arrastrará vegetales en putrefacción; se
    escurrirá por sucias tierras y se cargará de inmundancias por los
    animales y los hombres; pero aquí, en su balsa de piedra Ó en su cuna de
    juncos, es tan pura, tan luminosa, que parece aire condensado: los
    reflejos movibles de la superficie, los repentinos borbotones, los
    círculos concéntricos de sus rizos, los contornos indecisos y flotantes
    de las piedras sumergidas, es lo único que revela que ese fluido tan
    claro, es agua lo mismo que los ríos cenagosos. Inclinándonos sobre la
    fuente y viendo en ella reflejada nuestra cara fatigada y con frecuencia
    nada buena sobre su límpida superficie, no hay nadie que no repita
    instintivamente, hasta sin haberlo aprendido, el antiguo canto que los
    güebros enseñaban á sus hijos:

    Acércate á la flor, pero no la deshojes,
    Mírala y dí en voz baja: ¡Oh, quién fuera tan bueno!

    En fuente cristalina no arrojes nunca piedras;
    Contémplala y exclama: ¡Oh, quién fuera tan puro!

    ¡Qué hermosas son esas cabezas de náyade con la cabellera coronada de
    hojas y flores que los artistas helénicos han burilado en sus medallas y
    esas estatuas de ninfas que han elevado sobre las columnatas y los
    templos! ¡Cuán encantadoras son esas imágenes ligeras y vaporosas que
    Goujon ha sabido, no obstante, fijar para los siglos en el mármol de sus
    fuentes! Cuán graciosa y alegre no es esa fuente que el viejo Ingres ha
    casi esculpido con su pincel! Nada parece ser tan fugitivo, tan
    indeciso como el agua corriente vista entre juncos; es cosa de
    preguntarse cómo una mano humana puede atreverse á simular la fuente,
    con sus rasgos precisos, en el mármol ó la tela; pero pintor ó escultor,
    el artista no tiene más que mirar esta agua transparente, dejarse
    seducir por el sentimiento que le invade, para ver que aparece ante su
    vista la imagen graciosa y de redondeces abultadas y hermosas. Héla ahí,
    bella y desnuda, sonriendo á la vida, fresca como la onda en la que su
    pie se baña; es joven y no envejecerá jamás; aunque las generaciones
    pasen rápidas ante ella, sus formas serán siempre igualmente suaves, su
    mirada igualmente pura, y el agua que se extiende como perlas en su urna
    encantada, brillará siempre al sol con iguales resplandores. ¡Qué
    importa que la ninfa inocente, desconocedora de las miserias de la vida,
    no tenga en su cabeza un torbellino de ideas! Feliz ella, no sueña en
    nada; pero su dulce mirada nos hace soñar á nosotros y, á su vista, nos
    prometemos ser sinceros y buenos hasta ser su igual, y su virtud nos
    fortalece contra el mundo odioso del vicio y la calumnia.

    La leyenda romana nos dice que Numa Pompilio tenía como consejera á la
    ninfa Egeria. Penetraba solo en el interior de los bosques, bajo la
    sombra misteriosa de las encinas; se aproximaba confiadamente á la gruta
    sagrada y con su sola presencia, al agua pura de la cascada, con su
    ropaje bordado de espuma y el flotante velo de vapor, irisado, adquiría
    la forma de una mujer hermosa y le sonreía con amor. Numa, el mísero
    mortal, la hablaba como á su igual, y la ninfa le contestaba con voz
    cristalina, á la que se mezclaban como un coro lejano el murmullo del
    follaje y los ruidos del bosque. El legislador aprendió allí su
    sabiduría. Ningún anciano con su barba blanca hubiera pronunciado
    palabras tan juiciosas como las que salían de los labios de la ninfa,
    inmortal y eternamente joven.

    ¿Qué nos dice esta leyenda, sino que sólo la naturaleza y no la baraúnda
    de las multitudes puede iniciarnos en la verdad? ¿qué para iniciarse en
    los misterios de la ciencia es preciso retirarse á la soledad y
    desarrollar su inteligencia por la reflexión? Numa Pompilio, Egeria, no
    son más que nombres simbólicos que resumen todo un período de la
    historia del pueblo romano, lo mismo que la de toda sociedad naciente: á
    las ninfas, ó, por mejor decir, á las fuentes; á los bosques, á los
    montes deben los hombres la inspiración de sus costumbres y sus leyes en
    el origen de la civilización. Y aun cuando fuera cierto que la discreta
    naturaleza hubiera dado así consejos á los legisladores, transformados
    bien pronto en opresores de la humanidad, ¡cuánto bien no ha hecho sobre
    ella en favor de los que sufren en la tierra, para darles energía,
    consolarlos en las horas de desgracia y fortalecerlos para la gran
    batalla de la vida! Si los oprimidos no hubieren tenido donde templar
    las energías y crearse un alma fuerte contemplando la tierra y sus
    grandes paisajes, la iniciativa y la audacia hubieran muerto ha muchos
    siglos. Todas las cabezas se hubieran inclinado ante unos cuantos
    déspotas y todas las inteligencias hubieran caído en una indestructible
    red de sutilezas y mentiras.

    En nuestras universidades é institutos, muchos profesores, sin saber lo
    que hacen ó creyendo hacer bien, intentan disminuir el valor de la
    juventud educando la fuerza y la originalidad según sus propias ideas,
    imponiendo á todos la misma disciplina y mediocridad. Existe una tribu
    de pieles rojas en la que las madres intentan hacer hijos para
    consejeros y para la guerra haciéndoles inclinar la cabeza hacia
    adelante ó hacia atrás por medio de sólidos instrumentos de madera y
    vendajes apropiados; lo mismo que esta tribu existen pedagogos que se
    consagran á la obra funesta de fabricar cabezas de funcionario y otros
    cargos, lo cual consiguen, desgraciadamente, con harta frecuencia. Pero
    pasan los diez meses de cadena, los diez largos meses de estudios, y
    llegan los días felices de vacaciones: la juventud adquiere su libertad;
    vuelve al campo, ve nuevamente los álamos del prado, los árboles del
    bosque, y la fuente sobre cuyas aguas flotan ya las primeras hojas
    amarillas que el otoño marchita; llenan sus pulmones con el aire puro de
    la campiña, renuevan su sangre, fortalecen un cuerpo y todos los
    aburrimientos de la escuela serán insuficientes para hacer que
    desaparezcan del cerebro los recuerdos de la naturaleza libre. Que el
    colegial salido de la cárcel, escéptico y extenuado, se aficione á
    seguir el tortuoso sendero que bordea al arroyo, que contemple los
    remolinos de las aguas, que separe las hojas ó levante las piedras para
    ver salir el agua de los pequeños manantiales, y este ejercicio le hará
    muy pronto sencillo de corazón, jovial y cándido.

    Y lo mismo que sucede á los jóvenes sucede á los pueblos en su
    adolescencia. A miles, los sacerdotes y directores de las naciones,
    pérfidos ó llenos de buenas intenciones, se han armado del látigo y la
    mordaza, ó bien, con mayor habilidad se han limitado á hacer repetir en
    todos los siglos las ideas de obediencia con objeto de matar las
    voluntades y envilecer los espíritus; pero, afortunadamente, todos esos
    _pastores_ que han querido esclavizar al hombre por el terror, la
    ignorancia ó la aplastante rutina, no han conseguido crear un mundo á su
    imagen, no han podido hacer de la naturaleza un gran jardín de olorosos
    naranjos, con árboles retorcidos en forma de monstruos y de enanos, con
    valles cortados como figuras geométricas y rocas talladas á la última
    moda. La tierra, por la magnificencia de sus horizontes, las frescuras
    de sus bosques y la pureza de sus fuentes, ha sido y continúa siendo la
    gran educadora y no ha cesado de llamar á las naciones á la armonía y á
    la conquista de la libertad. Tal monte cuyas nieves y hielos aparecen
    en pleno cielo por encima de las nubes, tal bosque en el que el viento
    ruge, ó tal riachuelo que corre susurrante por prados y valles, han
    hecho con frecuencia mucho más que formidables ejércitos por la libertad
    de un pueblo. Así lo sintieron los antiguos vascos, nobles descendientes
    de los íberos, nuestros abuelos: por el anhelo de libertad y altiva
    valentía, construían sus residencias al borde de las fuentes, á la
    sombra de los grandes árboles, y más aún que su fiereza, el amor á la
    naturaleza aseguró durante siglos su independencia.

    Nuestros otros antepasados, los arios de Asia, adoraban las aguas
    corrientes, y desde el origen de las edades históricas, fueron objeto de
    un culto verdadero. Vivían en la salida de los hermosos valles que
    descendían de Palmira, el «techo del mundo», sabían utilizar todos los
    torrentes de agua clara dividiéndolos en numerosos canales,
    transformando así en fértiles huertas sus áridas tierras, y si invocaban
    á las fuentes, si las ofrecían sacrificios, no era sólo porque el agua
    fertilizaba sus campos y hacía crecer sus árboles y calmaba la sed de
    ellos y sus ganados, sino también, según decían, porque el agua purifica
    á los hombres, equilibra las pasiones y calma los «deseos desmedidos».
    El agua era quien les evitaba los odios y furias insensatos de sus
    vecinos, los semitas del desierto, y ella era quien les había salvado de
    la vida errante fecundando sus campos y alimentando sus cultivos; á ella
    debían el haber podido fijar la primera piedra del hogar, y luego, la
    población y la ciudad, ensanchando así el círculo de sus sentimientos y
    sus ideas. Sus hijos, los helenos, comprendieron la importancia del agua
    y su influencia decisiva en el origen de las sociedades, según más tarde
    demostraron construyendo un templo y levantando la estatua de un dios al
    borde de cada una de sus fuentes.

    Hasta entre nosotros, últimos descendientes de los arios, subsiste en
    algunos puntos un resto de la antigua adoración á las fuentes. Después
    de la muerte de los antiguos dioses y la destrucción de sus templos, los
    pueblos cristianos continuaron en muchas partes venerando el agua de los
    manantiales: así en el nacimiento del Cefiso en Beocia, se ve una al
    lado de otra, las ruinas de dos ninfeos griegos con sus elegantes
    columnas y la pesada arquitectura de una capilla de la Edad Media. En la
    Europa occidental algunas iglesias y conventos han sido construídos en
    la orilla de las fuentes; pero en muchos más puntos aun, los sitios
    encantadores en donde alegremente salen del suelo las aguas cristalinas,
    han sido maldecidos como parajes frecuentados por demonios. Durante los
    dolorosos siglos de la Edad Media, el temor transformó los hombres, y
    este sentimiento funesto les hizo ver caras gesticulantes y ridículas,
    en donde nuestros antepasados sorprendieron la sonrisa de los dioses,
    transformando en antesala del infierno la alegre tierra que para los
    helenos fué la base del Olimpo. Los negros sacerdotes, comprendiendo
    por instinto que la libertad podría renacer del amor á la naturaleza,
    habían entregado la tierra á los genios infernales; habían puesto los
    demonios y los fantasmas en el mismo punto que antes ocupaban los
    dríadas y las fuentes donde en otro tiempo se bañaban las ninfas. Al
    nacimiento de las aguas acudían los espectros de los muertos para unir
    sus sollozos con los quejidos lastimeros de los árboles y el murmullo
    del agua al chocar con las piedras; era también el punto de reunión de
    las bestias salvajes, en donde por las noches el siniestro duende se
    emboscaba detrás de una breña para lanzarse de un salto sobre los
    caminantes y convertirlos en cabalgadura suya. En Francia, como en
    España ¡cuántas «fuentes del diablo» y «bocas de infierno» existen, no
    frecuentadas por los campesinos supersticiosos, y teniendo únicamente de
    infernal, sin embargo, esas fuentes temidas y esos antros subterráneos,
    la majestad salvaje del lugar ó la azul profundidad de sus aguas!

    En adelante, á todos los hombres que aman á la vez la poesía y la
    ciencia, á todos los que deben trabajar de común acuerdo para el
    bienestar general, corresponde el deber de levantar la maldición
    arrojada sobre las fecundas y encantadoras fuentes por los sacerdotes de
    la Edad Media. No adoraremos, es cierto, como nuestros antepasados,
    arios, semitas ó íberos, el agua transparente que sale á borbotones del
    suelo; para manifestar nuestro agradecimiento por la vida y las
    riquezas que produce á las sociedades, no lo construiremos ningún
    ninfeo, no le dedicaremos ninguna libación solemne, pero en honor de la
    fuente haremos más que todo eso. Estudiaremos en sus aguas, en su
    espuma, en la arena que arrastra, en las tierras que disuelve y, á pesar
    de las tinieblas, remontaremos el curso subterráneo hasta la primera
    gota que la roca transpira; á la luz del día la seguiremos de cascada en
    cascada, de curva en curva, hasta llegar al inmensa depósito del mar á
    donde va á confundirse, y conoceremos con exactitud el papel importante
    que desempeña en la historia del planeta. Al mismo tiempo, aprenderemos
    á utilizarla de un modo completo en el riego de nuestros campos,
    convirtiéndola en una de nuestras riquezas, poniéndola al servicio común
    de la humanidad, en vez de dejarla arrasar los cultivos ó perderse en
    pestilentes pantanos. Cuando hayamos, en fin, comprendido á la fuente
    con exacta perfección, entonces será nuestra fiel asociada en la obra de
    embellecimiento del globo; entonces apreciaremos prácticamente su
    encanto y su belleza, y nuestras miradas no serán ya de infantil
    admiración. El agua, como la tierra que vivifica, nos parecerá cada día
    más hermosa en cuanto se haya purificado, no sin pena, de su larga
    maldición. Las tradiciones de nuestros antepasados, los ciudadanos
    helénicos, que miraban con tanto amor el perfil de los montes, el
    nacimiento de las aguas y el contorno accidentado de las orillas del
    arroyo, han sido vueltas á la vida por nuestros artistas para la tierra
    entera como para la fuente, y gracias á esta resurrección la humanidad
    florece de nuevo en su juventud y su alegría.

    Cuando empezó el renacimiento de los pueblos europeos, un mito extraño
    se propagó entre los hombres. Se contaba que lejos, muy lejos, más allá
    de los límites del mundo conocido, existía una fuente maravillosa, que
    reunía las virtudes de todas las demás fuentes; no sólo curaba los males
    sino que rejuvenecía y daba la inmortalidad. El vulgo creyó esta fábula
    y se puso á buscar la «Fuente dé la Juventud,» esperando encontrarla, no
    en la entrada de los infiernos, como la laguna Estigia, sino al
    contrario, en un paraíso terrestre, en medio de flores y verdura, bajo
    una primavera eterna. Después del descubrimiento del Nuevo Mundo, los
    soldados españoles, á millares, se aventuraban con heroísmo inusitado en
    medio de tierras desconocidas, á través de los bosques, pantanos,
    barrancos y montes, y en regiones pobladas de enemigos; iban siempre
    adelante, y cada una de sus etapas se marcaba con la muerte de muchos de
    ellos; pero los que quedaban avanzaban sin detenerse, esperando hallar
    al fin, en recompensa de sus esfuerzos, esa agua maravillosa cuyo
    contacto les haría vencer á la muerte. Aun hoy, según se dice, los
    pescadores descendientes de los primeros conquistadores españoles dan
    vueltas alrededor de las islas del estrecho de las Bahamas, con la
    esperanza de ver en alguna playa salir á borbotones la maravillosa agua.

    ¿Y á qué es debido el que hombres, gozando después, de todo de un
    excelente buen sentido y gran fuerza de voluntad, buscaran con tanta
    pasión la fuente divina que debía renovar sus cuerpos y se exponían
    alegremente á todos los peligros con la esperanza de encontrarla?
    Consiste en que nada les parecía imposible á los que habían visto
    realizarse las maravillas del Renacimiento. En Italia, los sabios habían
    sabido resucitar el mundo griego con sus pensadores y artistas; en la
    brumosa Alemania los magos de la verdad habían descubierto la maravilla
    de hacer grabar el metal y la madera; los libros se imprimían, y el
    dominio infinito de las ciencias se abría así á las masas del pueblo,
    condenadas en otro tiempo á la obscuridad de la ignorancia; en fin, los
    navegantes genoveses, venecianos, españoles y portugueses habían hecho
    surgir, como un segundo planeta unido al nuestro, un continente nuevo
    con sus plantas, sus animales, sus pueblos y sus dioses. La inmensa
    renovación de las cosas había embriagado los espíritus; sólo lo posible
    parecía quimérico. La Edad Media desapareció en el abismo de los siglos
    pasados, y, para los hombres empezaba una nueva era, más libre y feliz.
    Los que por el estudio se habían emancipado del error y las
    supersticiones, comprendieron que la ciencia, el trabajo y la unión
    fraternal podían sólo aumentar el poder de la humanidad y hacerla
    triunfar definitivamente de la influencia del pasado; pero los soldados
    groseros, héroes contra el buen sentido, iban buscando en el pasado
    legendario esa gran era de renovación que se abría precisamente por las
    conquistas de la observación y la negación del milagro; tenían necesidad
    de un símbolo material para creer en el progreso, y este símbolo era el
    de la fuente, en donde los miembros del anciano recobraran la fuerza y
    la belleza. La imagen que se presentaba naturalmente á su imaginación
    era la de la fuente, naciendo á la libertad del fondo tenebroso del
    suelo y haciendo crecer en seguida sobre sus orillas frondosas las
    plantas, las flores y la juventud.

    CAPÍTULO II

    #El agua del desierto#

    Para comprender la importancia que han tenido los manantiales y los
    arroyos en la vida de las sociedades, es preciso transportarse, aunque
    sólo sea con el pensamiento, á los países donde la tierra avara no deja
    brotar más que muy raras fuentes. Acostados blanda y cómodamente sobre
    la hierba de nuestros prados, cerca del agua que se escapa á borbotones,
    es muy fácil abandonarnos á la voluptuosidad de vivir, contentándonos
    sólo con los encantadores horizontes de nuestro clima; pero dejemos
    nuestro espíritu vagar bastante más allá de los límites donde alcanza
    nuestra mirada. Viajemos á capricho lejos de las matas gramíneas que se
    balancean á nuestro lado á la otra parte de los álamos que hacen sombra
    á la fuente, y de los surcos que rayan la falda de la colina; más allá
    todavía de las ondulaciones vaporosas de las crestas que marcan las
    fronteras del valle y de los blancos jirones de nubes que festonean el
    horizonte. Sigamos en su vuelo, al otro lado de los montes y los mares,
    al pájaro que se marcha hacia otros continentes. La frente refleja un
    instante su rápida imagen pero bien pronto desaparece en el espacio.

    Aquí, en nuestros ricos valles de la Europa occidental, el agua corre en
    abundancia; las plantas bien regadas, se desarrollan con toda su
    belleza; las ramas de los árboles, con su corteza lisa y tierna, están
    rebosando savia; el aire tibio está cargado de vapores. Por influencia
    del contraste, es natural pensar en otras comarcas menos felices, en las
    que la atmósfera no produce lluvia, y el suelo, demasiado árido, da vida
    raquítica á una insignificante vegetación. En esas regiones es donde las
    gentes saben apreciar el agua en su justo valor. En el interior del
    Asia, en la Península arábiga, en el Sahara y el desierto del Africa
    Central, en las llanuras del Nuevo Mundo, y hasta en ciertas regiones de
    España, cada fuente es algo más que el símbolo de la vida; es la vida
    misma: que el agua sea abundante y la prosperidad del país se
    acrecentará; si la cantidad disminuye ó desaparece completamente, los
    pueblos se empobrecen ó mueren: su historia es la del hilo de agua,
    cerca del cual construyen sus cabañas.

    Los orientales, cuando tienen ensueños de felicidad, se ven siempre al
    borde de un arroyuelo, y en sus cantos celebran, sobre todo, la belleza
    de las fuentes. Mientras que en nuestra Europa, con bastante agua para
    el desenvolvimiento de la vida, nos saludamos burguesamente
    preguntándonos por la salud y los negocios, los gallos del Africa
    oriental, se preguntan inclinándose. «¿Has hallado agua?» En el
    Indostán, al criado encargado de refrescar la morada rociando el piso,
    le llaman el «paradisiaco».

    En las costas del Perú y de Bolivia, donde el agua pura es muy rara,
    miran frecuentemente con desesperación la vasta extensión de las ondas
    saladas. La tierra árida tiene un color amarillo, el cielo es azul ó de
    un color de acero. Sucede á veces que una nube se forma en la atmósfera:
    inmediatamente, las gentes se juntan para seguir con la mirada el
    hermoso lienzo de vapor que se deshace en el espacio sin resolverse en
    lluvia. No obstante, después de meses y años de espera, un feliz
    movimiento del aire funde en agua á la nube sobre las arideces de la
    costa. ¡Qué alegría, ver caer el chaparrón tanto tiempo esperado! Los
    niños salen de la casa para recibir la lluvia sobre sus cuerpos
    desnudos y se bañan en las charcas lanzando gritos de alegría; los
    adultos esperan impacientes el final de la tormenta para salir al aire
    libre y gozar del contacto con las moléculas húmedas que flotan todavía
    en la atmósfera. La lluvia que acaba de caer va á renacer por todas
    partes, no en fuentes, sino cambiada por la maravillosa química del
    suelo, en verdura, en flores y en aromas, para transformar durante
    algunos días el desierto árido en hermoso prado. Por desgracia, esas
    hierbas se secan en muy pocas semanas, la tierra se calcina de nuevo, y
    los habitantes, afligidos, se ven obligados á ir en busca del agua
    necesaria, á las llanuras lejanas cubiertas de eflorescencias
    salitrosas. El agua se deposita en grandes tinajas, y les gusta mirarse
    en ella, lo mismo que en nuestros felices climas podemos hacer en el
    mágico espejo de nuestras fuentes.

    El extranjero que se aventura por ciertos pueblos del alto Aragón,
    construídos sobre las cumbres de los montes que sirven de base á los
    Pirineos lo mismo que rocas á punto de rodar hasta el valle, se ve
    sorprendido por la tierra roja que cimenta las piedras irregulares de
    las miserables casuchas. Supone que la roja argamasa se ha amasado con
    arena rojiza, pero no es así; los constructores, avaros de su agua, han
    preferido hacer el mortero con vino. La cosecha del año anterior ha sido
    buena, sus bodegas están llenas de líquido, y si se quiere colocar la
    nueva cosecha, no tiene otro recurso que vaciar una buena parte. Para ir
    en busca del agua, muy lejos en el valle, al pie de las colinas, sería
    necesario perder días enteros y cargar numerosas caravanas de mulas. En
    cuanto á servirse del agua que cae gota á gota por la hendidura de la
    roca inmediata, es un sacrilegio en el cual nadie piensa. Esta agua, las
    mujeres que van todos los días á recogerla en sus cántaros, la conservan
    con un amor religioso.

    ¡Cuánto más viva todavía debe ser la admiración que por el agua siente
    el viajero que atraviesa el desierto de piedras ó de arena, y que ignora
    si tendrá la suerte de hallar un poco de humedad en algún pozo, cuyas
    paredes están formadas con huesos de camello! Llega al punto indicado,
    pero la última gota acaba de ser evaporada por el sol; ahonda el húmedo
    suelo con la punta de su lanza; todo inútil, la fuente que buscaba no
    volverá á tener agua hasta la próxima temporada de lluvias. ¿Qué tiene,
    pues, de extraño que su imaginación, siempre obsesionada por la visión
    de las fuentes, dirigida hacia la imagen de las aguas, se las haga
    aparecer repentinamente? El espejismo no es sólo, tal como lo dice la
    física moderna, una ilusión de la vista producida por la refracción de
    los rayos del sol al través de un plano en el que la temperatura no es
    en todas partes la misma; es también con frecuencia una alucinación del
    fatigado viajero. Para él, el colmo de su felicidad sería ver aparecer
    á sus pies mismo un lago de agua fresca, en el cual pudiera al mismo
    tiempo que calmar su sed, refrescar su cuerpo, y tal es la intensidad de
    su deseo, que transforma su ensueño en una imagen visible. El hermoso
    lago que describe en su pensamiento, se le aparece al fin reflejando á
    lo lejos la luz del sol y presentando á su vista la orilla dilatada
    hasta el horizonte, poblada de tupidas y elegantes palmeras. Dentro de
    algunos minutos nadará voluptuosamente en sus aguas, y ya que no puede
    gozar de la realidad, disfruta al menos con la ilusión.

    ¡Qué momento de entusiasmo y alegría aquel en que el guía de la
    caravana, dotado de vista más penetrante que sus compañeros, divisa en
    el horizonte el punto negro que le revela el verdadero oasis! Lo señala
    con el dedo á los que le siguen, y todos sienten en el mismo instante
    disminuir la laxitud: la vista de ese pequeño punto casi imperceptible
    ha sido suficiente para reparar sus fuerzas y cambiar en alegría su
    desesperación; las caballerías alargan el paso, porque también ellas
    saben que la terrible jornada va á tener pronto fin. El punto negro
    aumenta poco á poco; ahora se presenta ya como una nube indecisa,
    contrastando por su color negro con la superficie inmensa del desierto
    de un color rojo deslumbrador; luego la nube se extiende y se levanta
    sobre la llanura: es un bosque, sobre el cual empiezan á distinguirse
    las redondas cimas de las palmeras, parecidas á bandadas de gigantescos
    pájaros. Al fin, el viajero penetra bajo la alegre sombra, y ahora sí
    que es agua, agua verdadera, lo que oye murmurar al pie de los árboles.
    ¡Pero qué cuidado religioso ponen los habitantes del oasis en utilizar
    hasta la última gota del precioso líquido! Dividen el nacimiento en una
    multitud de pequeños regueros, con objeto de esparcir la vida sobre la
    mayor extensión posible, y trazan á todas estas pequeñas venas de agua
    el camino más recto hacia las plantaciones y los cultivos. Empleada así
    hasta la última gota, la fuente no va á perderse en el arroyo y en el
    desierto: sus límites son los del oasis mismo; donde crecen los últimos
    arbustos, allí acaban las últimas arterias del agua, absorbida por las
    raíces para transformarla en savia. ¡Extraño contraste el de las cosas!
    Para los que habitan el oasis es este un presidio; para los que lo
    divisan de lejos ó lo ven sólo con la imaginación, es un paraíso.
    Sitiado por el inmenso desierto, donde el viajero desorientado sólo
    halla hambre, sed, la locura, ó tal vez la muerte, los habitantes del
    oasis son además diezmados por las fiebres que la pestilencia de las
    aguas producen, al pie mismo de las poéticas palmeras. Cuando los
    emperadores romanos, modelo de todos los que les han sucedido en la
    historia de la autoridad, tenían interés en deshacerse de un enemigo sin
    necesidad de derramar sangre, se limitaban á desterrarlos á un oasis, y
    poco tiempo después tenían la alegría de saber que la muerte había hecho
    rápidamente el servicio esperado. Y no obstante, esos oasis mortíferos,
    gracias á sus aguas cristalinas y al contraste que ofrecen con las
    soledades áridas, hacen surgir en el hombre la idea de un lugar de
    delicias y han llegado á ser el símbolo mismo de la felicidad. En sus
    viajes de conquista á través del mundo, los árabes, deseosos de crearse
    una patria en todas las comarcas á donde les llevaba el amor de
    conquista y el fanatismo de la fe, intentaron crear por doquier pasaban
    pequeños oasis. ¿Qué son en Andalucía esos jardines encerrados entre las
    tristes murallas de un alcázar moro, sino miniaturas del oasis, que les
    recordaban los del desierto? Por el lado de la población y de sus calles
    llenas de polvo, las altas murallas coronadas de almenas y agujereadas
    de trecho en trecho por algunas angostas aberturas, presentan un aspecto
    terrible; pero cuando se ha penetrado en el recinto y se han pasado las
    bóvedas, los corredores y las arcadas, se nos presenta el jardín rodeado
    de elegantes columnas que recuerdan los esbeltos troncos de las
    palmeras. Las plantas trepadoras se enlazan en los fustes de mármol, las
    flores llenan el reducido espacio con su perfume penetrante, y el agua,
    poco abundante, pero distribuida con el mayor arte, cae como perlas
    sonoras en el vaso de la fuente.

    En presencia de las hermosas fuentes de nuestro clima, cuya agua nos
    apaga la sed y nos enriquece, se nos ocurre preguntar cuál de los
    agentes naturales de la civilización ha hecho más para ayudar á la
    humanidad en su lento desenvolvimiento. ¿Es acaso el mar con sus aguas
    pobladas de vidas, con sus playas, que fueron los primeros caminos
    empleados por el hombre, y su superficie infinita excitando en el
    bárbaro el deseo de recorrerla de una á otra orilla? ¿Es acaso el monte
    con sus altas cimas, que son la belleza de la tierra, sus profundos
    valles, donde los pueblos hallan abrigo, su atmósfera pura, que da á los
    que la respiran una alma fuerte? ¿O será tal vez la humilde fuente, hija
    del mar y de los montes? Sí; la historia de las naciones nos enseña cómo
    la fuente y el arroyo han contribuido directamente al progreso del
    hombre más que el océano, los montes y toda otra parte del gran cuerpo
    del planeta que habitamos. Costumbres, religiones, estado social,
    dependen, sobre todo, de la abundancia de aguas corrientes.

    Según una leyenda oriental, fué á la orilla de una fuente del desierto
    donde los legendarios antepasados de las tres grandes razas del antiguo
    mundo cesaron de ser hermanos para convertirse en enemigos. Los tres,
    fatigados por la marcha á través de la arena, se sentían morir de calor
    y de sed. Llenos de alegría al divisar una fuente, corrieron para
    arrojarse en sus aguas. El más joven que llegó primero, salió
    transformado; su color, negro como el de sus hermanos antes de
    sumergirse en la fuente, había tomado el color de un blanco rosado, y
    sobre sus espaldas brillaban rubios cabellos. El agua desaparecía por
    momentos, y el segundo hermano no pudo bañarse por entero; no obstante,
    se revolcó sobre la arena húmeda, y su piel se tiñó de un color dorado.
    A su vez el tercero se arrojó en la balsa, poro no quedaba ya ni una
    gota de agua. El desgraciado se agitaba inútilmente queriendo beber y
    humedecer su cuerpo; pero sólo las plantas de los pies y las palmas de
    sus manos, apretando la arena se humedecieron un poco y adquirieron un
    matiz ligeramente blanco.

    Esta leyenda relativa á los habitantes de los tres continentes del
    Antiguo Mundo, nos cuenta, tal vez en forma velada, cuáles son las
    verdaderas causas de la prosperidad de las razas. Las naciones de Europa
    han llegado á ser las más morales, las más inteligentes y las más
    felices, no porque lleven en sí preeminencia alguna, sino porque gozan
    de un mayor número de ríos y fuentes, y sus cuencas fluviales están más
    felizmente distribuídas. El Asia, donde muchos pueblos son del mismo
    origen ario que las principales naciones de Europa, tiene una historia
    mucho más antigua, y ha hecho, no obstante, menos progresos en
    civilización y poderío sobre la naturaleza porque sus canales de riego
    están peor distribuídos, y porque vastos desiertos separan sus fértiles
    valles. Y el Africa, continente informe, poblado de desiertos, de
    mesetas, de llanuras tostadas por el sol, y de pantanos, hace largos
    siglos que es la tierra desheredada á causa de la falta de fuentes y de
    ríos. Pero á pesar de los odios y las guerras, en auge todavía, los
    pueblos se hacen más solidarios cada día, y saben ya comunicarse sus
    privilegios para hacer de ellos un patrimonio común; gracias á la
    ciencia y á la industria que se propagan de día en día, saben ya hacer
    brotar el agua donde nuestros antepasados no sabían hallarla, y poner en
    comunicación unos ríos con otros, aunque estén muy distantes. Los tres
    primeros hombres se separaron enemigos en la fuente de la Discordia,
    pero la misma leyenda añade que se reconciliaron un día en el manantial
    de la Igualdad, para ser eternamente hermanos.

    En las regiones predilectas del sol, donde tradiciones y mitos van á
    buscar la mayor parte de las causas de la civilización de las naciones,
    es alrededor de la fuente, condición principal de la vida, donde afirman
    que por vez primera se reunieron los hombres. En medio del desierto, la
    tribu vive aprisionada en el oasis; forzosamente agrícola, los límites
    de su territorio están marcados por el alcance que el agua tiene. Las
    estepas de abundante hierba, más fáciles de atravesar que el desierto,
    no mantienen en cautiverio á las tribus, y los pastores nómadas
    conduciendo sus rebaños, viajan, según la temporada, de un extremo á
    otro de la llanura; pero los puntos de reunión son siempre las fuentes,
    y de la mayor ó menor abundancia del manantial depende el poderío de la
    tribu. La institución patriarcal de los semitas del Asia occidental y de
    las demás razas del mundo, es debida sobre todo á la carencia de
    manantiales.

    La altiva ciudad griega, y con ella la admirable civilización de los
    helenos, que continuará resplandeciente á través de la historia, se
    explica también en gran parte por la forma del Hélada, donde numerosos
    lagos, separados unos de otros por colinas y elevadas montañas, tienen
    cada uno su pequeña familia de arroyuelos y de valles. ¿Se puede
    imaginar Esparta sin el Eurotas, Olimpia sin el Alfeo y Atenas sin el
    Iliso? Además, los poetas griegos supieron reconocer lo que debía su
    patria á esas pequeñas corrientes de agua que un salvaje de América ni
    siquiera se dignaría mirar. Los aborígenes del Nuevo Mundo desprecian al
    arroyo porque ven correr con su terrible majestad los grandes ríos como
    el Madeira, el Tapajoz y el Amazonas; pero esas enormes masas de agua no
    las comprenden ni siquiera lo necesario para apreciar su potencia, y al
    contemplarlas se quedan como estúpidos. El griego, al contrario, lleno
    de gratitud por el más insignificante hilillo de agua, lo deificaba como
    una fuerza natural; le construía templos, le erigía estatuas y acuñaba
    medallas en su honor. Y el artista que grababa ó esculpía esos rasgos
    divinizados, comprendía tan perfectamente las virtudes íntimas de la
    fuente, que, al ver la imagen los ciudadanos que corrían á contemplarla,
    la reconocían inmediatamente.

    ¡Cuán célebres son los nombres de los pequeños arroyuelos del Hélada y
    del Asia Menor así transfigurados por los escultores y los poetas!
    ¡Cuando el viajero desembarca en el Helesponto, sobre las mismas playas
    donde Ulises y Aquiles sacaron sus embarcaciones sobre la arena; cuando
    apercibe el llano que en otro tiempo sostenía las murallas de Troya y ve
    su propia imagen reflejarse, bien en los famosos manantiales del
    Escamandro, ó en el agua cristalina del pequeño río Simois, donde estuvo
    á punto de perecer el valiente Ajax, bien pobre es su imaginación y bien
    rebelde su corazón si no se siente profundamente conmovido en presencia
    de esas aguas que el viejo Homero ha cantado! ¿Quién no se sentirá
    conmovido al visitar esas fuentes de Grecia, con sus hombres armoniosos
    de Caliroe, Mnemosina, Hipocrene, Castalia?… El agua que entonces
    manaba y que continúa naciendo todavía, es la que los poetas miraban con
    amor como si la inspiración hubiera salido del suelo al mismo tiempo que
    las fuentes; á esos hilillos transparentes iban á beber, pensando en la
    inmortalidad y queriendo leer el destino de sus obras en los rizos de la
    pequeña laguna y en las pequeñas ondulaciones de la cascadita.

    ¡No es posible que haya un viajero que no se deleite recordando esas
    célebres fuentes, si ha tenido la felicidad de contemplarlas un día! Yo
    recuerdo todavía con verdadera emoción las horas y los minutos en que,
    cual humilde amante de las fuentes, pude dirigir mi mirada hacia las
    aguas puras de los manantiales de la Sicilia griega, y sor prender en
    su alegre nacimiento, acariciados por la luz del sol, los pequeños
    torrentes Aeis y Amenanos, y los borbotones transparentes de Cianea y
    Aretusa. Es cierto que estas fuentes son hermosas, pero me parecían mil
    vecen más encantadoras al recordar que muchos millones de hombres ya
    desaparecidos, las habían admirado como yo: una especie de piedad filial
    me hacía participar de los sentimientos de todos aquellos, que desde el
    juicioso Ulises, se habían detenido al borde de esas aguas para
    satisfacer su sed, ó tan sólo para contemplar la profundidad azul y la
    cristalina corriente. El recuerdo de los pueblos que se habían unido
    alrededor de esas fuentes, y cuyos palacios y templos se habían
    reflejado temblando sobre la rizada superficie, se mezclaba para mí con
    el murmullo de la fuente saliendo fuera de su cárcel calcárea ó de lava.
    Los pueblos han sido destruidos; diversas civilizaciones se han sucedido
    con su flujo y reflujo de progreso y decadencia; pero la fuente, con su
    voz clara, no cesa un instante de contar la historia de las antiguas
    ciudades griegas: más aun que la grave historia, las fábulas con las que
    los poetas han adornado la descripción de las fuentes, sirven en
    nuestros días para resucitar ante nosotros las pasadas generaciones. El
    riachuelo Acis que festejaban Galatea y las ninfas del bosque y que el
    gigante Polifemo medio enterró entre las rocas, nos habla de una
    erupción del Etna, el gigante terrible, con la mirada de fuego,
    encendida sobre la como el ojo fijo del Ciclope; Cifanelo ó el Azulado
    que se coronaba de flores cuando el negro Platón vino á llevarse á
    Proserpina para abismarse con ella en las cavernas del infierno, nos
    hace aparecer los dioses jóvenes en la época de sus amores con la tierra
    virgen todavía; la encantadora Aretusa que la leyenda nos dice haber
    venido de Grecia nadando á través de las olas del mar Jónico, siguiendo
    la estela de las embarcaciones dóricas, nos cuenta la emigración de los
    colonos griegos en su marcha gradual de progreso hacia Occidente. Alfeo,
    el río de Olimpia, corriendo en persecución de la bella Aretusa, había
    también salvado el mar y mezclado sus aguas, en las costas de Sicilia,
    con la onda adorada de la fuente. Según dicen los marinos, se ve á veces
    al Alfeo levantarse sobre el mar en grandes borbotones, cerca de los
    muelles de Siracusa, y en su corriente arremolina las hojas, las flores
    y los frutos de Grecia. La naturaleza entera, con sus aguas y sus
    plantas, había seguido al heleno á su nueva patria.

    Más cerca de nosotros, en el Mediodía de Francia, pero también sobre
    esas vertientes del Mediterráneo que, por sus rocas blancas, su
    vegetación y su clima se parece más al Africa y á Siria que á la Europa
    templada, una fuente, la de Nimes, nos cuenta las bienandanzas del agua
    de los manantiales. Fuera de la población, se abre un anfiteatro de
    rocas poblado de pinos, cuyas cimas superiores están inclinadas por el
    viento que baja de la torre Magua: en el fondo de este anfiteatro,
    entre murallas blancas con balaustres de mármol es donde aparece la
    balsa de la fuente. Alrededor se ven algunos restos de construcción
    antigua. En la orilla misma se levantan aun las ruinas de un templo de
    las ninfas que se creía en otro tiempo haber sido consagrado á Diana, la
    diosa casta, á causa, sin duda, de la belleza de las noches, en las que
    se refleja sobre las aguas el disco de la luna rielante y tembloroso.
    Bajo la terraja del templo, un doble hemiciclo de mármol rodea la fuente
    y sus gradas, donde las jóvenes iban en otro tiempo á aprovisionarse de
    agua, bajan hasta hundirse en el líquido cristalino. La fuente es de un
    azul insondable á la mirada. Saliendo del fondo de un abismo abierto
    como un embudo, la masa de agua se ensancha subiendo y se extiende
    circularmente en la superficie. Como un enorme ramo de verdura que
    sobresale del jarro, las hierbas acuáticas con sus plateadas hojas que
    crecen al borde de la fuente, y las algas de limo con sus largas cuerdas
    enguirnaldadas cediendo á la presión del agua que rebasa, se doblan
    hacia afuera por el borde del estanque; por entre su espesa capa la
    corriente se escapa abriendo anchos regueros con su cauce adornado de
    flotantes serpentinas. Al escaparse del tazón de la fuente, el arroyo
    acaba de nacer; se sumerge á lo lejos bajo bóvedas sonoras, se precipita
    en pequeñas cascadas por entre los troncos sombreados de grandes
    castaños; luego, encerrado en un canal de piedra, atraviesa la ciudad,
    de la que es arteria de vida, y más lejos, cargado de sedimentos
    impuros, se corrompe, convertido en canal de inmundicias. Sin la fuente
    que le alimenta, Nimes no se hubiera fundado; y si las aguas se
    extinguieran, la ciudad dejaría tal vez de existir: en los años de
    sequía, cuando el manantial arroja tan sólo un hilito de agua, los
    habitantes emigran en gran número. Sin duda, los naturales de Nimes
    podrían traer de lejos á sus calles y plazas muchas otras fuentes y
    hasta un brazo del Ardeche ó el Ródano; pero, ¡en cuántos trabajos
    fútiles no distraen su actividad sin pensar antes en procurarse lo
    indispensable, es decir, agua abundante para proporcionarse con ella
    bienestar é higiene! Como para burlarse de su propia incuria, los
    nimeses han erigido en una de sus plazas, la más árida y llena de polvo,
    un grupo magnífico de ríos adornados con tridentes y arroyuelos
    coronados de nenúfares; pero, á pesar de ese fausto escultural, el único
    recurso es siempre la fuente venerada, hermosa y pura como en los días
    en que sus antepasados los galos construyeron la primera cabaña al borde
    mismo de sus aguas.

    En los países del Norte, regados casi todos con abundancia por fuentes,
    arroyos y ríos, los manantiales no han atraído hacia ellos, como las
    fuentes del Mediodía, la poesía de las leyendas y la atención de la
    historia. Como bárbaros que miramos sólo las ventajas del tráfico,
    admiramos el río caudaloso en proporción al número de sacos ó toneladas
    que transportan durante el año, y apenas si nos ocupamos de los ríos
    secundarios que lo forman y de las fuentes que los alimentan. Entre los
    muchos millones de hombres que habitan en las orillas de los grandes
    ríos de la Europa occidental, sólo algunos millares, en sus paseos ó
    viajes, se dignan desviarse un poco de su camino para ir á contemplar
    las fuentes principales del río que riega sus ricas tierras de la vega
    donde nacieron, pone en movimiento sus fábricas y mantiene á flote las
    embarcaciones. Algunas fuentes, admirables por la transparencia de sus
    aguas y por el encanto del paisaje que las rodea, permanecen
    completamente ignoradas para los burgueses de la ciudad vecina, que,
    fieles á las rutinas en boga, van todos los años á llenarse de polvo por
    las calles y caminos de las ciudades en moda. Como viven una existencia
    artificial, han olvidado completamente á la naturaleza y no saben
    siquiera abrir los ojos para contemplar el horizonte, ni mirar lo que
    existe en donde ponen sus pies. ¡Poco nos importa! ¿Es acaso la
    naturaleza menos hermosa porque ellos la miren con indiferencia? ¿Porque
    jamás se hayan dignado mirarlas, son menos encantadoras las pequeñas
    fuentes que nacen susurrantes en medio de las flores y el poderoso
    manantial que se escapa á borbotones de las concavidades de la roca?

    CAPÍTULO III

    #El torrente de la montaña#

    Entre los innumerables arroyos que corren por la superficie de la tierra
    y se precipitan en el mar ó se reúnen para formar grandes ríos, éste,
    cuyo curso vamos á seguir, no tiene nada que particularmente atraiga la
    atención de los hombres. No sale de altos montes cubiertos de hielo; sus
    orillas no aparecen pobladas de una especial vegetación; su nombre no es
    tampoco célebre en la historia. No obstante, es encantador, ¿pero qué
    arroyo no lo es, á menos de que corra por fétidas tierras pantanosas,
    por el desagüe de las ciudades ó que sus orillas no hayan sido afeadas
    por un cultivo sin arte?

    Los montes de donde nacen aguas del arroyuelo son de una mediana
    elevación: verdes hasta la cima, aparecen afelpados por los prados de
    sus hondonadas; las pequeñas colinas que le rodean están pobladas de
    bosque, y los terrenos para el pastoreo, medio cubiertos por los
    azulados vapores del aire, tapizan las altas pendientes. Una cima de
    ancho lomo domina las demás cumbres, que, alineándose en larga fila,
    forman una prolongada cadena de colinas entre los valles laterales. Las
    bruscas escarpaduras y los promontorios avanzados, no permiten encerrar
    el paisaje en una mirada: al pronto sólo se ve una especie de laberinto
    donde depresiones y alturas alternan sin orden; pero si voláramos como
    los pájaros, ó si nos balanceáramos en la barquilla de un globo, se
    vería que los límites de las vertientes se redondean alrededor de todas
    las fuentes del arroyo como un anfiteatro, y que los barrancos abiertos
    en la vasta redondez se inclinan y convergen para reunirse en un valle
    común. La cadena principal de las alturas forma el borde más elevado del
    circo; otros dos lados los forman cadenas laterales que, bajando
    gradualmente, se alejan de la grande arista, y algunas pequeñas colinas
    se aproximan para cerrar el circo paralelamente á los grandes montes;
    dejan, sin embargo, una abertura por la cual se escapa el arroyo.

    Los montes, diferentes por su elevación, lo son también por la
    naturaleza de los terrenos, el perfil y el aspecto general. La cima más
    elevada, que parece el pastor del rebaño de montes, es una ancha cúpula
    con resistentes bases; la masa de granito, oculta bajo las plantas, se
    revela por los majestuosos movimientos de la verdura que forma su
    relieve. Otras cimas más humildes, enseñan en las inmediaciones sus
    largas crestas como dientes de sierra gigantesca en rápidos declives:
    son asientos esquistosos que el cono central de granito ha formado al
    levantarse. Más lejos aparecen alturas calcáreas, cortadas verticalmente
    y se continúan por vastas mesetas ligeramente redondeadas. Cada cima
    tiene su vida propia; como un ser distinto, tiene su osamenta
    particular y su forma exterior correspondiente; cada arroyuelo que corre
    por sus flancos tiene su curso y accidentes particulares y su lenguaje,
    su murmullo y su estruendo propio.

    La fuente que nace á mayor altura es la que brota del pico más elevado y
    la que por consecuencia recorre más espacio hasta llegar al valle. Con
    frecuencia, en los días lluviosos, y hasta en los que están los campos
    alumbrados por un sol hermoso, hemos visto, á una distancia de varias
    leguas, formarse la fuente en las alturas del aire.

    Una nube blanca se levanta como una humareda de la cima lejana, crece
    poco á poco ó rápidamente y cubre los prados, dividiéndose en jirones
    impelida por el viento. «El monte se pone el sombrero», dice el
    campesino, y ese sombrero de nubes no es otra cosa que la fuente bajo
    diferente forma: después de haber sido nube, niebla y lluvia, reaparece
    ya fuente algunos cientos de metros más abajo de la cima por una
    hendidura de la roca ó por un ligero repliegue del terreno.

    Durante el invierno y parte de la primavera, el viento deposita en las
    alturas en forma de nieve el agua que ha de brotar del suelo como fuente
    permanente. Las nubes grises que se pegan al suelo de la cumbre, no se
    evaporan sin dejar huellas de su paso; en el punto donde antes se veía
    la verde dehesa se extiende ahora un vasto lienzo de blanca nieve. Esta
    blanca capa de copos, es todavía, bajo una nueva forma, la nube de
    vapor que se condensaba en el espacio, que bien pronto será el arroyo
    que se dirija alegremente hacia la llanura. Mientras que la superficie
    de la nieve caída se endurece por el frío del invierno, sobre todo
    durante las noches, un sordo trabajo se realiza debajo del gran
    laboratorio del monte: las gotas que el sol ha fundido durante el día,
    penetran en el suelo hasta las rocas de granito y de un grano de arena á
    otro, y del cristal de cuarzo á la molécula de arcilla, desciende
    imperceptiblemente por la pendiente; se juntan unas gotas á otras, se
    hacen más gruesas, á su vez éstas se reúnen y se forman hilillos de agua
    que corren subterráneamente por entre las raíces del césped ó por las
    fisuras de la roca subyacente. Luego, cuando llegan los primeros calores
    del verano, la nieve se funde rápidamente en agua, para aumentar el
    caudal de las corrientes ocultas, y la hierba, que parece abrasada por
    un incendio, reaparece á la luz y adquiere nuevamente su color verde.

    Si el monte tuviera grietas profundas, las aguas se sumergirían por las
    hendiduras y no reaparecerían sino muy lejos en la llanura, ó hasta
    pudiera ser que no renacieran otra vez; pero no, la roca es compacta y
    sólo ligeramente hendida en la superficie; el agua corriente no se
    introduce mucho en el monte y héla nuevamente, de una depresión del
    suelo, salir en pequeños borbotones levantando granillos de arena y
    balanceando blandamente las verdes hojas del berro. Es cierto que la
    hermosa fuente no es abundante, sobre todo durante los calores del
    verano, cuando sólo queda en la tierra la humedad de las nubes y la
    niebla; acostándose en el suelo para beber en la fuente, se ve disminuir
    su recipiente á medida que los labios la absorben; pero el pequeño
    depósito medio vacío se llena de nuevo, y el agua pura se desborda por
    la pendiente para emprender su viaje por el mundo exterior.

    La fuente más alta y el césped que la rodea son el paraje más delicioso
    de todas las montañas. Allí se está en el límite de dos mundos; de un
    lado, por encima de los promontorios poblados de vegetación exuberante,
    aparece el valle frondoso con sus cultivos, sus casas, sus aguas
    tranquilas, y la bruma indistinta que allá lejos pesa sobre la ciudad;
    por el otro lado, se extienden las laderas solitarias y el pico bañado
    en el profundo azul del cielo. El aire es fortificante y suave: se
    sienten deseos de lanzarse al espacio, y cuando se divisa el águila
    volando á lo lejos sostenida por sus fuertes alas, llegamos casi á
    preguntarnos por qué nosotros no volamos también, como ella, sobre los
    montes y los llanos, mirando desde arriba las pequeñas obras de los
    hombres. ¡Cuántas veces, más por la voluptuosidad de ver que por las
    dulzuras del reposo, me he sentado cerca del alto manantial del monte,
    apartando mis miradas de la discreta fuente para dirigirlas hacia ese
    mundo que se difuminaba á lo lejos dentro del gran círculo del
    horizonte!

    De la pequeña laguna de la fuente se escapa un chorrito de agua que
    desaparece entre las hendiduras del suelo y por entre las raíces del
    césped para aparecer y desaparecer alternativamente, produciendo el
    efecto de una serie de fuentes escalonadas. A cada salida, la pequeña
    corriente adquiere una fisonomía nueva; choca contra el saliente de una
    roca y salta en grupos de perlas; se rompe entre las piedras, luego se
    extiende en un pequeño rellano arenoso, lanzándose en seguida en una
    pequeña cascada cuyas gotas, separadas en el salto, van á mojar las
    hierbas de la orilla. A derecha é izquierda, nuevos manantiales vienen á
    aumentar el caudal uniéndose á la principal corriente, y muy pronto la
    masa líquida es bastante abundante para poder correr por la superficie:
    cuando en su curso llega á una roca inclinada, se extiende ampliamente
    en un vasto lienzo, que se puede ver desde el llano á algunos kilómetros
    de distancia. Esa agua que cae resbalando por la piedra, y que el sol
    hace brillar, aparece á lo lejos como una placa de pulido metal.

    Descendiendo sin cesar y creciendo constantemente, el arroyo se vuelve
    estrepitoso; cerca del nacimiento apenas si su arrullo era perceptible;
    en ciertos puntos, para oir el susurro de las aguas es preciso prestar
    mucha atención, escuchando de un modo indefinido el pequeño
    estremecimiento de la hierba y el choque insensible contra las pequeñas
    piedras; pero he aquí que el pequeño arroyo habla con voz clara, luego
    se hace ruidoso, y cuando corre por rápidas pendientes ó se arroja en
    cascadas, su ruido lo repercuten los ecos del bosque y las concavidades
    del monte. Más abajo todavía, sus saltos producen el ruido del trueno, y
    hasta en los parajes de su curso donde el cauce es casi horizontal, el
    arroyo muge y produce sordos murmullos al rozar en las orillas y
    arrastrarse sobre el fondo sinuoso. Al principio sólo arrastra pequeños
    granos de arena; luego, más fuerte ya, mueve los pequeños guijarros; y
    ahora arrastra en su marcha piedras enormes que chocan unas con otras
    produciendo sordos ruidos; mina en su base las paredes de la roca que le
    aprisionan, y hace caer masas de tierra y piedra, rompiendo las raíces
    de los árboles que le prestan su sombra.

    Así, la pequeña hebra líquida, apenas perceptible, se ha cambiado en
    arroyuelo, y más tarde en verdadero torrente. Con los nuevos barrancos
    tributarios aumenta el caudal de sus aguas, é impetuoso y alborotador,
    sale al fin de los desfiladeros del monte para correr más lentamente por
    el ancho valle dominado sólo por las redondeadas colinas. El intrépido
    explorador que ha seguido su curso desde su nacimiento hasta la
    superficie menos accidentada del valle, ha visto, durante su largo
    descenso, en muchas partes peligroso, las más bruscas desigualdades del
    terreno, con sus inesperadas diferencias de inclinación: á los rellanos
    en donde el agua parece estancada, suceden repentinamente los
    precipicios perpendiculares donde el arroyo se arroja furioso; abismos,
    declives más ó menos rápidos, superficies horizontales, aparecen sin
    orden aparente á primera vista; y, sin embargo, cuando el geógrafo, sin
    hacer caso de detalles, calcula y traza sobre el papel la curva descrita
    por el arroyo desde la fuente situada en la región de los pastos hasta
    el valle frondoso, se ve que esta curva es de una regularidad casi
    perfecta. El torrente trabaja sin descanso para formarse un cauce, y,
    rebajando los salientes y llenando de arena y arcilla los agujeros de la
    roca, ha conseguido determinar una parábola regular, parecida á la que
    describe un carro bajando desde lo alto de una montaña rusa.

    CAPÍTULO IV

    #La gruta#

    Al pie de un promontorio de base escarpada y redonda cima, poblado de
    grandes árboles, el torrente de la montaña viene á chocar con otro
    arroyo, casi tan abundante, y como él, corriendo y saltando por un plano
    excesivamente inclinado. Las aguas del afluente, que se mezclan á las
    mas caudalosas corrientes, formando anchos torbellinos bordeados de
    espuma, son de una pureza cristalina; ni una molécula de arcilla
    enturbia su transparencia, y por el fondo de limpia roca, ni siquiera se
    arrastra un grano de arena. La masa líquida no ha tenido todavía tiempo
    para ensuciarse, derribando las orillas y mezclándose con el barro que
    el suelo rezuma; acaba da salir del seno de la colina, y lo mismo que
    corría por un cauce tenebroso, salta ahora transparente de luz y de
    alegría.

    La gruta de donde sale el arroyo no está lejos del confluente; apenas se
    han andado algunos pasos, cuando se ve ya, por entre las ramas que se
    cruzan, la puerta grande y negra que da acceso al templo subterráneo. El
    umbral aparece cubierto por el agua que se esparce en raudal sobre las
    piedras amontonadas; pero saltando de uno á otro saliente de las rocas ó
    sobre las piedras que el agua no llega á cubrir, se puede penetrar en la
    gruta y seguir junto á la corriente, una estrecha y resbaladiza cornisa
    por la cual se puede ascender, no sin peligro.

    A los pocos pasos se siente el curioso transportado á otro mundo. Un
    frío húmedo sorprende repentinamente; el aire estancado, donde los
    bienhechores rayos del sol no penetran jamás, tiene yo no sé qué de
    agrio, como si no lo debieran respirar los pulmones humanos; el murmullo
    del agua repercute en ecos lejanos por sonoras cavidades, y parece
    oirse á las rocas lanzar clamores, unas repercutiendo á lo lejos, y
    otras exhalando sordos y delicados suspiros en las subterráneas
    galerías. Todos los objetos adquieren formas fantásticas: cualquier
    orificio practicado en la roca se nos antoja un abismo; la convexidad
    insignificante que aparece en la regularidad de la bóveda adquiere las
    proporciones de un monte derribado; las concreciones calcáreas
    entrevistas aquí y allá toman el aspecto de monstruos enormes; un
    murciélago que vuela, cualquier cosa que se desprende, nos produce un
    extremecimiento de horror. No es esto el palacio encantado, rico y
    espléndido que nos describe el poeta árabe de las _Mil y una noches_;
    es, al contrario, un antro sombrío y siniestro, un lugar terrible.

    Esta sensación la sentiremos, sobre todo, si para gozar como artistas de
    la emoción del espanto, que experimenta hasta el hombre más fuerte y
    bravo al entrar en una caverna, nos atrevemos á penetrar sin compañero y
    sin guía: sin la emulación que proporciona la compañía de los amigos,
    sin el amor propio que nos induce á adoptar una actitud audaz, sin el
    embriagamiento ficticio que producen las exclamaciones, el eco de las
    voces, la luz de las antorchas, sólo osamos marchar con el santo terror
    del griego al entrar en el infierno. A cada momento volvemos atrás la
    mirada para ver la hermosa luz del día: como en un cuadro, el paisaje
    sonriente y vaporoso aparece entre las sombrías paredes, festoneadas en
    la entrada de hiedra y de viña virgen.

    A medida que se avanza, el foco luminoso disminuye gradualmente; de
    repente, una salida de la roca nos oculta la luz, y sólo una claridad
    mortecina se refleja sobre las paredes y pilares de la caverna. Luego
    penetramos en la obscuridad sin fondo de las tinieblas, y, para
    guiarnos, sólo tenemos la incierta y caprichosa luz de las antorchas. El
    viaje es penoso y parece largo á causa del temor á lo desconocido que
    llena las simas y las galerías. En ciertos parajes, sólo se puede
    avanzar con mucha pena: es preciso entrar en el cauce de la corriente y
    tenerse en equilibrio sobre las piedras resbaladizas; más lejos, la
    bóveda se rebaja por una curva repentina, y sólo deja un estrecho paso,
    que es preciso atravesar arrastrándose. Se sale del paso lleno de barro,
    y se sube á una roca escalonada, por cuyas desiguales gradas se asciende
    temblando. Las salas, con bóvedas inmensas, suceden á los desfiladeros y
    éstos á las salas; montones de piedras desprendidas del techo se
    levantan como islas en medio del agua. El riachuelo, siempre variando,
    diferente siempre, salta sobre las rocas; en algunos puntos se extiende
    como tranquila laguna, turbada sólo por las gotas que caen por las
    grietas de la bóveda. Más arriba, se oculta por el asiento de una
    piedra; ni siquiera se oye el ruido, pero en una curva violenta, aparece
    de nuevo saltando rápidamente, hasta que, por fin, se llega ante una
    estrecha abertura, de donde el agua sale como por la boca de un tubo.
    Al llegar aquí, nuestro viaje, siguiendo el curso del arroyo, se ve
    forzosamente detenido.

    Sin embargo, la gruta se ramifica hasta el infinito en las profundidades
    del monte. A derecha é izquierda se abren, como bocas de monstruo, las
    negras avenidas de las galerías laterales. Mientras que en el libre
    valle, corriendo sin cesar, acariciado por la luz, el arroyo ha
    derribado y arrastrado los escombros de las enormes masas de piedra que
    unían las aristas de los montes, actualmente cortadas, el agua de las
    cavernas que con el auxilio del ácido carbónico atacaba á la dura roca
    para disolverla y agujerearla paulatinamente, ha practicado también
    galerías, balsas y túneles, sin haber hecho hundirse al enorme edificio
    en cuyas entrañas nace. En cientos de metros de altura y algunas leguas
    de largo, la masa de las rocas está agujereada en todos sentidos por
    antiguos lechos que el agua ha formado y que luego ha abandonado por
    haber hallado una nueva salida. Las cavidades inmensas como salas de
    fabulosos palacios, se suceden á estrechos desfiladeros y éstos á
    aquéllas; chimeneas, abiertas en la roca por antiguas cascadas, aparecen
    en la bóveda; al borde de estos pozos siniestros nos detenemos con
    horror, en los cuales, las piedras que arrojamos, bajan chocando contra
    los salientes de las paredes y sólo después de algunos segundos deja de
    oirse el ruido que produce en la caída. Desgraciado del que se
    desorientara en el laberinto infinito de las grutas paralelas y
    ramificadas que suben y bajan; tendría que tomar la resolución de
    sentarse sobre un banco de estalagmitas, y contemplar cómo su antorcha
    se apagaba lentamente, lo mismo que su vida, si tenía bastante
    resignación para no morir desesperado.

    No obstante, esas cavernas sombrías, en donde hasta acompañado de un
    guía y sin perder de vista los lejanos reflejos del sol, sentimos el
    corazón oprimido por el terror, eran los antros que habitaban nuestros
    antepasados. Para reverenciar el pasado, nos dirigimos en peregrinación
    á las ruinas de las ciudades muertes, y contemplamos con emoción
    uniformes montones de piedras, porque sabemos que bajo esos escombros
    yacen los huesos de hombres que trabajaron y sufrieron por nosotros,
    creando penosamente con la miseria y la lucha la preciosa herencia de
    experiencias que llamamos historia. Pero si la veneración á las
    generaciones pasadas no es más que un vano sentimiento, ¡con cuánto más
    respeto todavía debiéramos recorrer estas cavernas, donde se refugiaban
    nuestros primeros abuelos, los bárbaros iniciadores de toda
    civilización! Buscando detenidamente en la gruta y escudriñando los
    depósitos calcáreos, podemos hallar las cenizas y el carbón del antiguo
    hogar donde se agrupaba la familia naciente; al lado están los huesos
    roídos, restos de festines que se celebraron hace cientos de millares
    de años, y en un rincón cualquiera se encuentran los esqueletos de los
    seres que en él tomaron parte rodeados de sus armas de piedra, hachas,
    mazas y venablos. No cabe duda que entre esos restos humanos, mezclados
    con los de rinocerontes, hienas y osos de las cavernas, ninguno
    encerraba el cerebro de un Esquilo ó de un Hiperco; pero ni Hiperco ni
    Esquilo hubieran existido si los primeros trogloditas divinizados por
    los griegos con el símbolo de Hércules, no hubiesen conquistado el fuego
    del rayo ó del volcán, si no hubiesen fabricado armas para limpiar la
    tierra de los monstruos que la poblaban, si no hubieran así, en una
    inmensa batalla que duró siglos y siglos, preparado para sus
    descendientes las épocas de relativo descanso, durante las cuales se ha
    elaborado el pensamiento.

    La labor de nuestros antepasados fué ruda, y su existencia llena de
    terrores. Salidos de la gruta para ir en busca de caza, arrastrábanse
    por entre las hierbas y raíces para sorprender su presa, y luchaban
    cuerpo á cuerpo con las más feroces bestias; á veces tenían que luchar
    con otros hombres, fuertes y ágiles como ellos; durante la noche,
    temiendo la sorpresa, vigilaban la entrada de la caverna, para lanzar él
    grito de alarma en cuanto advirtieran la presencia de un enemigo y tener
    tiempo suficiente para que las familias pudieran esconderse en el dédalo
    de las galerías superiores. Sin embargo, también ellos debían tener
    momentos de reposo y alegría. Cuando volvían de la excursión de caza ó
    de la batalla, se regocijaban oyendo el murmullo del arroyo y el
    acompasado y monótono ritmo de las gotas que caían; lo mismo que el
    leñador al volver á su cabaña, miraban con piedad nuestros primeros
    padres los pilares de la gruta bajo los cuales descansaban sus mujeres y
    en donde habían nacido sus hijos. En cuanto á éstos, corrían y jugaban á
    lo largo del arroyo subterráneo, en los lagos cristalinos, bajo la ducha
    de las cascadas; se divertían ocultándose en los tenebrosos corredores
    como los niños de nuestros días en los andenes de los jardines, y tal
    vez en medio de sus alegres proezas treparan por las paredes para
    sorprender á los murciélagos en sus negros refugios, practicados en la
    bóveda.

    Ciertamente no seremos nosotros los que afirmemos que la existencia
    actual sea menos penosa para el hombre. Muchos de nosotros, desheredados
    todavía, viven en las alcantarillas de los palacios que habitan sus
    hermanos más felices que ellos; miles y millones de individuos del mundo
    civilizado habitan chozas estrechas y húmedas, grutas artificiales
    bastante más insanas que las cavernas naturales donde se refugiaban
    nuestros antepasados. Pero si consideramos la situación en conjunto, nos
    es preciso reconocer que los progreses realizados desde aquellos tiempos
    son bien grandes. El aire y la luz entran en la mayor parte de nuestras
    residencias; el sol penetra por las ventanas; á través de los árboles
    vemos brillar á lo lejos las perlas líquidas del arroyo y á nuestra
    vista se presenta hasta el inmenso horizonte. Es cierto que el minero
    habita durante la mayor parte de su existencia las galerías subterráneas
    que él mismo ha vaciado, pero esas sombras de muerte donde se deposita
    el grisú, no son su única patria; si trabaja en ellas, su pensamiento
    está en otra parte, arriba, sobre la tierra alegre, al borde del fresco
    arroyo que murmura bajo los olmos, festoneado de juncos.

    A veces, cuando nos cuentan escenas de guerras antiguas, horribles
    episodios nos recuerdan lo que debió ser la vida de nuestros antepasados
    los trogloditas, y lo que sería la nuestra si ellos no nos hubieran
    preparado días más felices que los suyos. Muchas tribus perseguidas se
    han refugiado en las cavernas que sirvieron de morada común á sus
    abuelos, y á los perseguidores bárbaros ó pretendidos civilizados,
    negros ó blancos, vestidos con pieles ó uniformados con bordados y
    condecoraciones, no se les ha ocurrido nada más humano que asfixiar por
    el humo á los refugiados en ellas, encendiendo hogueras á la entrada de
    la gruta. En otras partes, los desgraciados encerrados han tenido que
    comerse unos á otros, y luego morir de hambre, intentando roer algunos
    restos de huesos; multitud de cadáveres han quedado esparcidos por el
    suelo, y durante muchos años se han visto rodar sus esqueletos, antes
    que el agua caída de las bóvedas los haya envuelto en un blanco sudario
    de estalagmitas. Como símbolo del tiempo que todo lo modifica, la gota,
    cargada de la piedra que ha disuelto, hace desaparecer lentamente las
    huellas de nuestros crímenes.

    Hasta las grutas dejan de existir por la acción del tiempo. La lluvia
    que cae sobre el monte y penetra en las fisuras de la piedra, se carga
    constantemente de moléculas calcáreas. Cuando después de un recorrido
    más ó menos largo, viene á caer temblando por la bóveda de la caverna,
    una parte de líquido se evapora en el aire, y una pequeña partícula de
    piedra, prolongada como la gota que la tenía en suspensión, queda
    suspendida de la roca; una nueva gota deposita otra partícula sobre la
    primera, luego se deposita una tercera y millares de millones hasta el
    infinito. Lo mismo que árboles de piedra, los estalactitas crecen por
    capas concéntricas endureciéndose poco á poco. Bajo ellas, en el suelo
    de la gruta, el agua caída se evapora igualmente y deja en su puesto
    otras concreciones calcáreas, que, de hoja en hoja, se levantan por
    grados hacia la bóveda. Con el tiempo, las irregularidades de arriba y
    los conos de abajo, llegan á encontrarse; primero se convierten en
    pilares y luego acaban por convertirse en paredes que se extienden á lo
    largo de la galería, y la gruta así obstruida, se encuentra dividida en
    una serie de salas distintas. En el interior del monte, los
    rezumamientos y los hilos de agua que se asocian para formar el arroyo,
    realizan así dos trabajos inversos: de un lado, ensanchan las fisuras,
    agujeran las rocas y forman anchos cauces; y de otro, cierran las
    hendiduras del monte, apoyan la bóveda con columnas y llenan de piedra
    los enormes agujeros que ellas mismas practicaron miles de años antes.

    De otra parte, las estalactitas, como todas las cosas de la naturaleza,
    varían hasta el infinito, según la forma de la gruta, la disposición de
    las fisuras y la más ó menos cantidad de gotas que depositan las
    revocaciones calcáreas. A pesar de las obscuras tinieblas que las
    llenan, infinidad de cavernas se han cambiado así en maravillosos
    palacios subterráneos. Verdaderos cortinajes de piedra con innumerables
    y elegantes pliegues, coloreados á trozos por el ocre de rojo y
    amarillo, se extienden como escaparates de tejidos en las entradas de
    las salas; en el interior se suceden hasta perderse de vista las
    columnas con basamentos y capiteles adornados con relieves caprichosos;
    monstruos, quimeras y grifos, se retuercen en grupos fantásticos en las
    naves laterales; altas estatuas de dioses se levanten aisladas, y á
    veces, á la luz de las antorchas, parece que su mirada se anima y que,
    con enérgico ademán, alargan sus brazos hacia nosotros. Esas roperías de
    piedra, esas columnatas, esos grupos de animales, esas figuras de
    hombres ó de dioses, las ha esculpido el agua, y cada día, cada minuto,
    sin cesar en su obra, trabaja para añadir alguna modificación graciosa
    á la inmensa arquitectura.

    CAPÍTULO V

    #La sima#

    No lejos de la caverna, gran laboratorio de la naturaleza, donde se ve
    la formación de un arroyo gota á gota, se abre un valle tranquilo en el
    fondo del cual brota otra fuente. Sale también de la roca, pero esta
    roca no se levanta perpendicular como la de la gran caverna; se ha
    inclinado á consecuencia de algún desprendimiento. Del césped que la
    cubre crecen algunas plantas salvajes; y en su base, alrededor de la
    cristalina fuente, se han agrupado grandes árboles, cuyas ramas
    entrelazadas se balancean armoniosa y rítmicamente, impulsadas por la
    brisa. Todo es apacible y encantador en ese pequeño rincón del universo.
    La laguna es transparente, casi sin ondas, y el agua, saliendo por un
    arco de algunas pulgadas de altura, se extiende sin temor.

    Inclinado sobre el agua que centellea por los rayos del sol, medito
    mirando la sombra por donde sale, y envidio la pequeña araña acuática
    que corre patinando sobre la superficie líquida y va á refugiarse en un
    agujero de la roca. En la entrada distingo todavía algunas sinuosidades
    del fondo; piedras blancas, un poco de arena que se mueve lentamente,
    empujada por el agua que sale, produciendo ruidos de hervor; un poco
    hacia dentro se distinguen aún los rizos de las pequeñitas ondulaciones,
    y las diminutas columnas que soportan la bóveda; alumbradas vagamente
    por reflejos de luz, parecen temblar en la sombra: diríase que una
    redecilla de seda flota sobre ella con ligeras ondulaciones. Más allá
    todo está negro; la corriente subterránea no se revela ya, más que á
    veces, por el ahogado susurro. ¿Qué sinuosidades son las del agua más
    adentro del punto á donde alcanzan los últimos reflejos de luz? Esas
    curvas del arroyo son las que yo intenté buscar con la imaginación. En
    mis ensueños de hombre curioso, me convierto en un ser pequeñísimo, de
    algunas pulgadas de alto, como el gnomo de las leyendas, y saltando de
    piedra en piedra, insinuándome por debajo de las protuberancias de la
    bóveda, observo todos los confluentes de los arroyuelos en miniatura, y
    remonto los imperceptibles hilos de agua, hasta que convertido en átomo,
    llego por fin al punto donde la primera gota de agua rezuma en la
    piedra.

    No obstante, sin convertirnos en genios como hacían nuestros antepasados
    en los tiempos fabulosos, podemos, paseando tranquilamente por los
    campos cultivados ó las áridas lomas, reconocer en la superficie del
    suelo los indicios que revelan el curso del oculto arroyo. Un sendero
    tortuoso que empieza al borde mismo de la fuente, sube por el flanco de
    la colina, contornando los troncos de los árboles, desaparece luego
    cubierto por las altas plantas en un repliegue del terreno, y llega, por
    fin, al llano, sembrado de hermoso trigo. Con frecuencia, cuando yo era
    un colegial libre, subía corriendo ese sendero para bajarlo después en
    pocos saltos; á veces, también me aventuraba alejándome algo por el
    llano, hasta perder de vista el bosquecillo de la fuente; pero en un
    ángulo del camino me paraba sorprendido y sin aliento para ir más lejos.
    A mi lado veía abierto un abismo en forma de embudo, lleno de parras y
    zarzas enlazadas. Piedras de bastante peso, arrojadas por los
    transeuntes ó arrastradas por las lluvias violentas, se veían flotando
    sobre el follaje polvoriento y mortecino; en el fondo se entrelazaban
    algunas ramas gruesas, y por entre sus hojas veía la negrura temida de
    un abismo. Un sordo murmullo salía de allí constantemente como quejidos
    de algún animal encerrado.

    Actualmente me alegro de volver á encontrar el «gran agujero» y hasta me
    atrevo á descender por él aunque para ello tenga que asustar á los
    animales que se refugian en su maleza. Pero en otro tiempo, ¡con qué
    horror mirábamos, cuando niños todavía, se cruzaba en nuestro camino
    este siniestro pozo en cuyo borde se detenía el arado! Una noche
    tranquila, de hermosa luna, tuve que pasar solo cerca del sitio
    terrible. Aun tiemblo al recordarlo. El abismo me miraba, me atraía;
    mis rodillas se doblaban desobedeciendo mi esfuerzo y los tallos de los
    arbustos avanzaban para arrastrarme hacia la negra boca. Pasé, sin
    embargo, golpeando con mis pies el suelo cavernoso y ocultando el pavor
    que me invadía; pero detrás de mí un gigante inmenso, formado de vapor,
    surgió inmediatamente: se inclinó para cogerme y el murmullo del abismo
    resonó en mi oído durante largo rato como risa de odio ó de triunfo.

    Ahora ya lo sé; ese abismo es una sima que sirve de respiradero al
    arroyo, y el sordo ruido que de ella sale es el que produce el agua
    chocando con las piedras. En una época no conocida, mucho antes que
    fueran redactados por el notario del país los primeros documentos de
    propiedad, uno de los asientos de las rocas que forman el valle
    subterráneo se hundía en el lecho del arroyo; luego, las tierras, faltas
    de base, fueron gradualmente arrastradas hacia el llano; poco á poco el
    _gran agujero_ se fué abriendo, y las aguas, corriendo por sus declives,
    le dieron la forma de un embudo casi regular. Los campesinos de la
    comarca que pasan con frecuencia cerca de él, le llaman el _Bebe-todo_,
    porque bebe en efecto, todas las lluvias que podrían fertilizar los
    campos. El agua caída en la llanura que la tierra se niega á embeber,
    corre hacia el agujero en pequeñas corrientes, coloreadas por la
    arcilla, para reaparecer luego en la fuente, cuya cristalina pureza
    enturbia durante algunas horas.

    La sima que me asustaba en mi infancia, no es la única que se ha
    abierto sobre las galerías profundas. Siguiendo la parte más baja,
    determinada por una especie de repliegue del suelo en la llanura, se
    pasa por cerca de otras cavidades que indican á los transeuntes el curso
    interior de las aguas. Estas cavidades son diferentes en forma y
    dimensiones. Algunas son enormes pozos donde desaparecerían enormes
    ríos; otras son simples depresiones del suelo, especies de nidos bien
    tapizados por el césped, donde en los hermosos días de otoño se puede
    gozar de las tibias caricias del sol, sin temor al aire que pasa
    silbando sobre las hierbas secas del llano. Algunos de esos agujeros se
    obstruyen y se llenan gradualmente; pero hay otros que se ensanchan y se
    ahondan de año en año visiblemente. Algunas aberturas que nos parecían
    refugio de serpientes, en las que no hubiéramos metido la mano por temor
    á ser mordidos, eran un principio del abismo; las lluvias y los
    derrumbamientos interiores las han ensanchado tanto, que muchas de ellas
    son hoy principios con declives de roja arcilla, surcados por la
    corriente de las aguas. De estos pozos naturales, los más pintorescos
    son los más alejados del nacimiento de la fuente. Donde se encuentran
    éstos, el llano, cuyo plano es ya más desigual, termina bruscamente al
    pie de una muralla rocosa, al lado de la cual se abre un valle que lleva
    sus aguas á un río lejano. Las rocas levantan hasta el cielo sus bellos
    frontis dorados por la luz; pero sus bases están ocultas por un
    bosquecillo de encinas y castaños; gracias á la verdura y variedad del
    follaje, el contraste demasiado duro que formaría la abrupta pared de
    las rocas con la superficie horizontal del llano, aparece suave. En el
    paraje más espeso del bosque, es donde se encuentra el abismo. Sobre sus
    bordes, algunos arbustos inclinan sus tallos hacia la superficie azul,
    que se ve por entre las ramas de la encina; sólo un abedul deja caer por
    encima de la sima sus ramas delicadas. Al llegar á estos parajes es
    preciso tomar algunas precauciones, porque el suelo está demasiado
    accidentado y los pozos no tienen ningún brocal como los que construyen
    los ingenieros. Avanzamos lentamente arrastrándonos bajo las ramas;
    luego, tendidos sobre el vientre, apoyando la cabeza en nuestras manos,
    dirigimos nuestra mirada hacia el vacío.

    Las paredes del pozo circular, ennegrecidas á trozos por la humedad que
    destila la roca, descienden verticalmente; apenas si algún pequeño
    saliente se insinúa fuera del plano de los muros de piedra. Matas de
    helechos y escolopandras crecen en las anfractuosidades más altas; más
    abajo la vegetación desaparece, á menos que una mancha roja que se ve en
    la obscuridad del fondo, sobre un saliente de la roca, sea un grupo de
    algas infinitamente pequeño. A primera vista, en el fondo no hay más que
    tinieblas; pero nuestros ojos, acostumbrándose poco á poco á la
    obscuridad, distinguen luego una superficie de agua clara sobre un
    lecho de arena.

    Además, puede descenderse al pozo, y yo soy uno de los que han tenido
    ese placer. La aventura produce una agradable sorpresa, puesto que es un
    viaje de exploración; pero en sí misma no tiene nada de seductora, y
    ninguno de los que han hecho estos descensos al abismo quedan en
    disposición de repetirlo. Una cuerda, prestada por un campesino de las
    inmediaciones, se ata fuertemente al tronco de una encina, y dejándola
    caer al fondo del abismo, oscila dulcemente por la impulsión de la
    pequeña corriente de agua, en la cual se moja la extremidad libre. El
    viajero aéreo se coge fuertemente á la cuerda, al mismo tiempo que con
    las manos, con las rodillas y los pies, y desciende con lentitud por la
    boca tenebrosa. El descenso no es siempre fácil, desgraciadamente; se da
    vueltas con la cuerda alrededor de sí mismo, se enreda en las matas de
    helecho, que el peso del cuerpo rompen, se choca varias veces contra la
    roca llena de asperezas, y con la ropa se enjuga el agua fría que las
    paredes rezuman. Por fin se aborda una cornisa, se descansa un poco en
    ella para tomar aliento y equilibrio, y luego se lanza nuevamente en el
    vacío para descansar más tarde sobre el fondo de tierra firme.

    Yo recuerdo sin alegría mi estancia durante algunos instantes en el
    fondo del abismo. Mis pies, estaban dentro del agua; el aire era frío y
    húmedo; la roca estaba cubierta de una especie de pasta resbaladiza de
    arcilla diluída; una sombra siniestra me rodeaba y un resplandor tibio,
    vago reflejo de la luz del día, me revelaba solamente algunas formas
    indecisas y una gruta llena de arrogantes protuberancias. A pesar mío,
    mis ojos se dirigían hacia la zona iluminada que aparecía redonda sobre
    la boca de la sima; miraba con amor la guirnalda de verdura que adornaba
    el borde del pozo, las grandes ramas con su follaje superpuesto, que los
    rayos del sol doraban alegremente, y los pájaros lejanos volando con
    libertad por el azul del cielo. Tenía vehementes deseos de volver á la
    luz; dí el grito de aviso y mis compañeros me sacaron fuera del pozo,
    ayudados por mí, que ascendía apoyando mis pies en las sinuosidades de
    las rocas.

    Como cándido joven, me creía un gran héroe por haber realizado el
    pequeño descenso á los «infiernos», á unos treinta metros de
    profundidad, y buscaba en mi cabeza algunas rimas para el poeta que se
    aventura á bajar al fondo de un abismo para sorprender la sonrisa de una
    ninfa encantada, mientras olvidaba á los verdaderos héroes, que, sin
    recitar jamás versos por sus frecuentes entrevistas con las divinidades
    subterráneas, se relacionan con ellas durante días y semanas enteros.
    Estos son los que conocen bien el misterio de las aguas ocultas. Al lado
    de sus cabezas, la pequeña gota, suspendida de las estalactitas de la
    bóveda, brilla como un diamante á la luz de sus lámparas, y cae sobre el
    pequeño charco estancado, produciendo un ruido seco que repercute el
    eco de las galerías. Pequeñas corrientes de agua, formadas por ese
    destilamiento de gotas, corren bajo sus pies, y formando regueros y más
    regueros se dirigen hacia la balsa de recepción, donde la bomba á vapor,
    parecida á un coloso encadenado, sumerge alternativamente sus dos brazos
    de hierro, lanzando prolongados gemidos á cada esfuerzo. Al ruido de las
    aguas de la mina se mezcla á veces el sordo rumor de las aguas
    exteriores que un desgraciado golpe de pico puede hacer inundar
    repentinamente la galería. Mineros hay que no tienen temor en llevar sus
    trabajos de zapa hasta debajo del mar, desde donde no cesan de oir al
    terrible océano arrastrar constantemente los guijarros de granito por
    encima de la bóveda que los protege; durante los días de tempestad, sólo
    á algunos metros de donde ellos trabajan van á estrellarse los navíos
    contra las rocas.

    CAPÍTULO VI

    #El barranco#

    Descendiendo por el curso del arroyo, en el que vienen á unirse el
    ruidoso torrente de la montaña, el arroyuelo nacido en la caverna y el
    agua apacible del manantial, vemos á derecha é izquierda sucederse los
    valles, diferentes unos de otros por la naturaleza de sus terrenos, su
    pendiente, el aspecto que presentan y la vegetación, distinguiéndose
    además por el caudal de aguas que aportan al cauce general del valle.

    Casi enfrente de un torrente pequeño y murmurador, que salta alegremente
    de piedra en piedra para sumarse á la bastante considerable cantidad de
    agua del arroyo, se abre un barranco de rápida pendiente y seco con
    frecuencia. Es probable que este barranco, formado por la depresión en
    un suelo poroso, esté sobre el cauce subterráneo de un arroyo
    permanente; este barranco sólo se ve bañado por la corriente de agua
    después de chubascos tempestuosos ó de grandes lluvias. Como todos los
    pequeños valles laterales, el barranco es tributario del cauce central,
    pero tributario intermitente. Sin embargo, es curiosísimo el visitarlo,
    porque paseándose sobre su seco cauce, se puede estudiar detenidamente
    la acción del curso de las aguas.

    Un pequeño sendero que los surcos del labrador destruye cada otoño, y
    que el tránsito de los caminantes marca de nuevo muy pronto, serpentea
    sobre la ribera del barranco. Es verdad que las ramas de espino,
    plantadas por el campesino avariento, prohiben el paso; pero el humilde
    obstáculo, simulacro del temible dios Término, no tiene nada de
    terrorífico para los agricultores vecinos, y el camino, practicado tal
    vez por los hombres desde la edad de piedra, no cesa de reformarse de
    año en año. Sería, pues, fácil remontar el barranco en su largo curso
    sin tener necesidad de servirse de las manos para salvar los
    accidentados obstáculos de su cauce, pero quien ama la naturaleza y la
    quiere gozar de cerca, abandona el pequeño sendero y se lanza con
    entusiasmo por el estrecho espacio abierto entre sus bordes. Desde los
    primeros pasos se halla como separado del mundo. Por detrás, una curva
    de la desembocadura le oculta el arroyo y los verdes prados que riega;
    por delante, el horizonte se limita bruscamente por una serie de gradas
    que el agua salta en pequeñas cascadas después de la lluvia; por encima,
    las branchas de árboles que bordean las riberas se curvan y entrelazan
    formando bóveda, y los ruidos de fuera no penetran en este salvaje cauce
    casi subterráneo.

    Es una gran alegría hallarse así en la naturaleza virgen, sólo á algunos
    pasos de los campos arados en surcos paralelos y sentirse obligado á
    trazarse un camino por entre las piedras y la maleza, no lejos del
    honesto burgués que se pasea plácidamente contemplando sus cosechas. A
    cada vuelta del tortuoso barranco, la inclinación y la forma del lecho
    cambian bruscamente: los saltos y los hoyos se suceden contrastando de
    un modo extraño.

    Encima de un grupo de arbustos enlazados por zarzas que el agua invade
    sólo en las mayores crecidas, se extiende un pequeño prado de algunos
    metros de ancho y frecuentemente bañado por las inundaciones de un
    momento. Alrededor del prado y el grupo de arbustos, se desarrolla en
    semicírculo una playa arenosa, en donde los materiales finos ó gruesos,
    se han depositado con orden, según la fuerza de la corriente que los
    arrastró. El modesto lecho fluvial, de donde el agua ha desaparecido, es
    aún tal cual lo trazó el torrente efímero, y revela tanto mejor las
    leyes de su formación, por cuanto ni un pequeño charco de agua se halla
    en su curso. Una especie de foso con su borde lleno de cieno seco y
    hojas en descomposición, nos enseña que en este paraje el curso de las
    aguas es tranquilo y casi sin corriente; más lejos, el lecho aparece
    apenas trazado porque las aguas se resbalan con rapidez por la gran
    pendiente; en otra parte, las aristas paralelas de los asientos rocosos
    atraviesan oblicuamente el fondo desde una á otra orilla, formando
    obstáculos sobre los cuales la corriente se descompone formando pequeñas
    ondas. Una gran piedra ha hecho determinar una curva á la corriente,
    lanzando á ésta contra otra orilla, formando una brusca sinuosidad, y
    así gradualmente se ha cavado un cauce según su capacidad: más arriba,
    ramas encadenadas; hierbas y piedras, han servido de punto de apoyo para
    formar uno ó varios islotes rodeados de cauces tortuosos llenos de arena
    hermosamente blanca. A unos cuantos pasos de allí, el aspecto del
    barranco cambia todavía. Aquí el fondo no es más que un pequeño reguero
    practicado por el agua en arcilla dura, casi rocosa; no sin pena,
    consigo pasar por el desfiladero asiéndome de algunas ramas que se mecen
    sobre mi cabeza. El hilo de agua ó la columna líquida, según la fuerza
    del arroyo periódico, murmura dulcemente ó ruge con estrépito por el
    estrecho corredor resbalándose rápidamente por una sucesión de grados;
    luego, al pie de la caída, ha formado una especie de cubo, ancha balsa
    donde las piedras arrastradas ruedan empujadas por la presión de las
    aguas. Después de haber pasado el desfiladero, encuentro aún algo que
    fueron islas en otro tiempo, curvas, rápidas corrientes, cascadas: hasta
    encuentro fuentes extinguidas que reconozco por la humedad de la arena y
    las fisuras rocosas. El borde desde donde se lanza una cascada lo forman
    dos raíces enlazadas, sujetas sólo por un lado, encrustadas en la
    arcilla.

    En este barranco, en el cual penetramos con alegría para contemplar en
    un pequeño espacio el cuadro de la naturaleza libre y para huir del
    aburrimiento de los campos cultivados con bárbara monotonía, una
    multitud de animalejos de varias especies, refractarios como nosotros al
    exterior, penetran también buscando un refugio contra el hombre,
    inflexible perseguidor; desgraciadamente, el tenaz cazador los persigue
    hasta este retiro, á pesar de las zarzas y las raíces. Las tierras
    recientemente removidas, los negros agujeros practicados en las paredes
    de la orilla, nos revelan el sitio donde se ocultan los conejos y los
    zorros; al notar nuestra presencia, las serpientes enroscadas
    desenrrollan rápidamente sus círculos y desaparecen en la espesura; las
    lagartijas, más rápidas, corren haciendo crugir las hojas caídas; los
    insectos saltan sobre la arena ó se balancean por las hierbas. En las
    ramas de los arbustos se ven nidos de pájaros: todo un mundo de
    fugitivos puebla este asilo, en donde se encuentra abrigo y comida.

    Y es que, en efecto, dentro de este pequeño barranco, de algunos metros
    de ancho, la vegetación es muy variada; una multitud de plantas de
    origen y altitud diversos se encuentra aquí reunida, mientras que en los
    campos vecinos la uniformidad del terreno cultivado deja germinar
    apenas, además de la simiente arrojada por el campesino, hasta cuatro ó
    cinco «malas hierbas», trivial adorno de los campos arados. En esta
    estrecha hendidura, invisible de lejos, á no ser por la verdura de sus
    orillas, todas las cualidades del suelo, todos los contrastes de sequía
    y humedad, todas las diferencias de la sombra y el sol se encuentran en
    yuxtaposición y, como consecuencia, numerosas plantas, desterradas de
    vulgares terrenos de cultivo, hallan en este rincón, respetado por el
    hombre, el ambiente propio para su desarrollo. La arena tamizada por las
    aguas tiene sus plantas especiales, lo mismo que los amontonamientos de
    piedras arrastradas, la arcilla color de ocre y los intersticios de la
    dura roca. Las tierras vegetales, mezcladas en diversas proporciones,
    tienen también su flora y su fauna; las rápidas pendientes expuestas al
    sol del mediodía, se encuentran pobladas de hierbas y arbustos que
    fabrican su savia en terreno seco; el fondo húmedo donde jamás llega un
    rayo de sol, da también vida á otra vegetación y el cieno que el agua
    cubre aún, aparece cubierto por un mundo vegetal que le es peculiar.

    ¡Y, sin embargo, nada aparece desordenado en esta diversidad! Al
    contrario, las plantas, libremente agrupadas, según sus secretas
    afinidades y la naturaleza del terreno que les da vida, constituyen en
    conjunto un espectáculo que llena el alma de una impresión singular de
    paz y armonía. Nada hay aquí de artificial ni de impuesto como en un
    regimiento de soldados con sus movimientos mecánicos y sus uniformes,
    sino lo pintoresco, el encanto poético, la libertad de actitud y de vida
    como en una multitud de hombres de todos los países, aproximándose por
    afinidad cada cual á los suyos. Es cierto que en este barranco, al igual
    que en toda la tierra, la batalla de la vida por el goce del aire, del
    agua, del espacio y de la luz, no cesa un instante entre las especies y
    las familias vegetales; pero esta lucha no ha sido regularizada todavía
    por la intervención del hombre, y parece que en medio de estas plantas
    tan diversas y tan graciosamente asociadas, nos encontramos en una
    república federativa en la que cada vida está garantizada por la alianza
    de todas. Hasta las colonias de plantas extrañas á la naturaleza libre,
    son respetadas, al menos por algún tiempo: sobre una cornisa de tierra
    rebajada que ha quedado suspendida al flanco de la ribera, veo
    balancearse las cañas flexibles de una mata de avena, humilde colonia de
    esclavos fugitivos aventurados en un mundo de libres héroes bárbaros.

    Lo mismo que el arroyo del valle y los grandes ríos del llano, el
    pequeño barranco tiene sus orillas sombreadas por árboles. El álamo
    blanco se levanta al lado del haya y el abedul; las hojas finamente
    cortadas del fresno, aparecen por entre dos altos olmos con su ramaje
    como arreglado por la mano del hombre; el tronco blanco del abedul
    resalta al lado de la rugosa y sombría corteza de la encina. En lo más
    alto de la ladera, donde el barranco no es más que un repliegue del
    terreno, los pinos, en actitud grave y de hojas casi negras, se ven
    reunidos como en un concilio. Alrededor de ellos, la tierra sin
    vegetación ha desaparecido bajo una espesa capa de agujas color de
    hierro oxidado mientras que no lejos de allí, un alegre alerce color
    verde claro, levanta su cima, hermosamente adornada por clemátides,
    sobre un grupo de arbustos y plantas. A causa de la extrema variedad de
    las condiciones del suelo, el estrecho barranco es bastante más rico en
    especies diversas que los grandes bosques que cubren vastos territorios.
    En algunos parajes, los troncos están tan juntos que de una á otra
    ribera no se ve penetrar ni un rayo de sol; del fondo de las
    hondanadas, los árboles suben como columnas amontonadas para un
    edificio; luego, al nivel de los bordes, las ramas se extienden
    ampliamente, cubren la madera con su verdura y se prolongan sobre las
    tierras cultivadas buscando ávidamente su alimento de aire y de luz.

    Bajo sus sombrías bóvedas, en las profundidades del barranco, la
    temperatura es siempre fresca, hasta en lo más fuerte del verano; las
    ramas enlazadas impiden á la húmeda atmósfera su salida hacia el espacio
    y, gracias al acuoso vapor, los helechos, con sus grandes hojas caídas y
    los hongos, agrupados fraternalmente en pequeñas asambleas, crecen y
    prosperan en las orillas. El aire está tan cargado de humedad, que basta
    cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que se está á la orilla de un
    arroyo, cuyas tranquilas aguas corren silenciosas. Después de todo, el
    agua allí está; si ha desaparecido es sólo en apariencia. El musgo que
    tapiza el fondo del barranco y recubre las raíces de los árboles, se
    presenta hinchado del líquido absorbido durante la última inundación:
    dilatados como esponjas, guardan, durante mucho tiempo, la fecunda y
    bienhechora humedad; después, á la más insignificante lluvia, se hinchan
    de nuevo, empapándose con avidez de las gotas caídas. Así, de musgo á
    musgo y de planta á planta, en la multitud infinita de células
    orgánicas, se encuentra aún el caudal de aguas corrientes del arroyuelo,
    desde, el principio al fin del barranco. Es verdad que no se ve esta
    corriente, que no se oye su murmullo, pero se adivina y se goza la dulce
    frescura que esparce por la atmósfera.

    Sin embargo, hay algo que me encanta y admira. Este arroyuelo es pobre é
    intermitente, pero su acción geológica no es menos grande; es tanto más
    poderosa relativamente cuanto más insignificante es el agua que por él
    corre. Una pequeñita corriente ha cavado el enorme foso, ha abierto esas
    profundas hendiduras á través de la arcilla y la dura roca, ha esculpido
    las gradas de sus pequeñas cascadas, y por los hundimientos de tierra ha
    formado esos amplios círculos en sus orillas. Él es también quien da
    vida á la rica vegetación de musgo, hierbas, arbustos y grandes árboles.
    ¿Es que el Misisipi, ó el Amazonas proporcionalmente á su caudal de
    agua, realizan en la superficie de la tierra la milésima parte del
    trabajo de éste? Si los caudalosos ríos tuvieran igual fuerza relativa
    que el pequeño arroyuelo intermitente, arrasarían las cordilleras,
    serían sus cauces abismos de algunos millares de metros de profundidad,
    alimentarían bosques con árboles cuyas cimas irían á balancearse en las
    más elevadas capas atmosféricas. Precisamente, en estos pequeños retiros
    es donde la naturaleza se nos muestra en todo su esplendor. Acostado
    sobre un tapiz de musgo, entre dos raíces que me sirven de apoyo,
    contemplo con admiración estas altas riberas, sus desfiladeros, sus
    circos, sus gradas y la bóveda de follaje, que me cuentan con tanta
    elocuencia la grandiosa obra de la pequeña gota de agua.

    CAPÍTULO VII

    #Los manantiales del valle#

    A todos los arroyuelos visibles é invisibles que descienden de barrancos
    y vallecillos hacia el arroyo principal, se unen aún á centenares
    infinidad de pequeñas fuentes y venas de agua, todas diferentes por el
    aspecto y el paisaje de las piedras, los zarzales, arbustos ó árboles
    que las rodean, diferenciándose también por la cantidad de sus aguas y
    por la oscilación de su nivel, según los meteoros y las estaciones del
    año.

    Algunas de ellas sólo tienen una existencia temporal; después de haber
    manado durante cierto número de horas, se secan repentinamente; los
    pequeños saltos de agua cesan de susurrar, las paredes de su balsita se
    secan y las hierbas que humedecía se doblan lánguidamente. Luego,
    pasados minutos ú horas, se oye un murmullo subterráneo y he aquí el
    agua que sale nuevamente de su cárcel de piedra, para devolver la vida á
    las raíces y las flores; con sus argentinos sonidos anuncia alegremente
    su resurrección á los insectos ocultos entre el césped, á todo un mundo
    infinitamente pequeño que esperaba su despertar para despertar ellos
    mismos. Los hombres de ciencia nos explican la causa de estas
    intermitencias; nos dicen el por qué de ese salir y ocultarse del agua
    alternativamente en las cavidades subterráneas, dispuestas en forma de
    sifón. Todo esto es hermoso, pero á estos juegos de la naturaleza, á
    esas fuentes que aparecen y se ocultan en un instante, preferimos los
    manantiales permanentes de los que oímos constantemente su alegre
    murmullo, y en los cuales, á cualquiera hora, podemos ver cómo se
    refleja la luz, rielando en su ondulada superficie. Más encantadora aun
    me parece la discreta fuente que nace en el fondo del arroyo á la que
    sólo contemplan los observadores estudiosos de la naturaleza. En medio
    del agua transparente, no siempre se sabe distinguir la columna líquida
    del manantial que brota, pero se revela por las ondulaciones de las
    hierbas que acaricia su onda ascendente, por las burbujas que salen de
    la arena y vienen á deshacerse al contacto del aire, y por el silencioso
    hervor que se produce en la superficie del agua y se propaga alejándose
    en rizos ondulados que disminuyen gradualmente.

    Desiguales por su caudal y por el paisaje que las rodea, no lo son menos
    por la gran diversidad de substancias minerales que llevan en
    suspensión. Por muy pura que el agua del manantial parezca á nuestra
    vista, no es esta, como la química dice, una combinación de dos cuerpos
    simples, el hidrógeno, que forma, según dicen, los inmensos torbellinos
    de las más lejanas nebulosas, y el oxígeno, que para todos los seres es
    el gran alimento de la vida; contiene además muchas otras substancias,
    ya rodando por su cauce en estado de arena, ya disueltas en su masa
    líquida y transparentes como ella. Entre las fuentes tributarias del
    arroyo, hay algunas que, surgiendo de la dura peña, arrastran pepitas de
    oro en sus aluviones. Si arrastraran grandes cantidades como ciertos
    manantiales de California, Colombia, el Brasil ó los Urales,
    inmediatamente una multitud de hombres se precipitaría con avidez hacia
    las fuentes bienhechoras, y las arenas depositadas en sus orillas,
    serían muy pronto tamizadas, y hasta la roca sería atacada por los picos
    y azadones y sus fragmentos serían sometidos á los martillos de la
    fundición; poco tiempo después, á las cabañas de un villorrio, habitadas
    por mineros, reemplazarían los grandes árboles de los prados y los
    valles. Tal vez el país al ser más rico, más populoso y próspero, sería
    también, á la larga, más instruído y feliz; no obstante, nos paseamos
    llenos de noble alegría por las vírgenes orillas de nuestro Pactolo,
    desconocido de la multitud, en el que hallamos la soledad y el silencio,
    como en los días que vimos brillar por vez primera las pepitas de oro.
    En sus alrededores sólo existe, afortunadamente, un solo buscador de
    pepitas, viejo geólogo que enseña con orgullo algunos granos brillantes
    contenidos dentro de una caja de cartón, donde posee todo el fruto de
    sus largos trabajos.

    Otro manantial, vecino al pequeño Eldorado, se presenta también pródigo
    en pepitas brillantes pero de bien distinta especie. Es un chorro de
    agua que surge de rocas micáceas y que arrastra sus partículas hacia la
    luz. Las pepitas que la corriente hace rodar por el fondo se arremolinan
    un momento y luego se depositan llanas sobre otras láminas, de modo que
    se ve siempre lucir sus reflejos bajo la temblorosa superficie. Los
    niños de la vecindad se divierten en sus juegos, viniendo á sacar con
    sus manos esta arena brillante; apilan en montoncitos las pepitas de oro
    y las de plata, sabiendo, afortunadamente, los pobres niños, que la masa
    reluciente no es oro y plata más que en apariencia; de otro modo,
    empezarían, tal vez, en la orilla de la apacible fuente, esa dura
    batalla por la vida, que más tarde, cuando sean hombres, tendrán que
    emprender unos contra otros para arrancarse, en forma de moneda, el pan
    de cada día.

    En un pequeño valle, al pie de rocas calcáreas, nace otra fuentecita
    que, lejos de arrastrar pepitas brillantes, recubre, al contrario, de
    una especie de baño gris las piedras, las hojas y las ramitas caídas de
    los arbustos que la adornan. Este baño se compone de innumerables
    moléculas calcáreas disueltas por el agua en el interior de la colina.
    Contenida el agua por un obstáculo cualquiera, la corriente se
    desprende de las partículas de piedra de que estaba saturada. Al lado de
    la balsita crece un helecho que balancea sus verdes hojas agitadas por
    el aire húmedo, mientras que sus raíces, sumergidas en el agua, están
    recubiertas de una capa de piedra.

    La naturaleza de los manantiales varía por las substancias sólidas y
    gaseosas que arrastran ó disuelven en su curso subterráneo y que sacan
    al exterior. Hay algunas que contienen sal, otras son ricas en hierro,
    en cobre y en diversos metales, habiendo alguna que exhala ácido
    carbónico ó emanaciones de gases sulfurosos. La proporción de mezclas
    que se operan así en el laboratorio de las fuentes difiere cada una de
    ellas, y el químico que quiere conocer esta proporción de un modo
    preciso, se ve obligado á hacer un largo análisis especial, que tiene
    que repetir varias veces. Luego, cuando ha pesado las diversas
    substancias, utilizando los medios prodigiosos que actualmente le
    suministra la ciencia, tiene que estudiar los rayos coloreados que el
    agua del manantial despide en un espectro luminoso. Estas rayas que
    permiten al astrónomo descubrir los metales en los astros, brillan como
    un punto en el fondo del espacio infinito y advierten al químico la
    existencia de cuerpos que se hallan en cantidades infinitesimales en la
    pequeña gota de agua del manantial. El día que dos alemanes señalaron, ó
    mejor dicho, arrancaron á la fuente por la fuerza de la ciencia,
    metales que no eran todavía conocidos, es uno de los grandes días de la
    historia. Comparados con esta fecha, ¡cuán insignificantes son en los
    anales de la humanidad las victorias ó la muerte de los más célebres
    conquistadores!

    Las fuentes, diferentes entre sí por las substancias que arrancan en sus
    viajes subterráneos, arrastrándolas al arroyo, son también diferentes
    por sus temperaturas diversas. En algunas, el calor de sus aguas es la
    temperatura media del país; otras están por debajo de este término
    medio, porque descienden de las nieves ó porque una fuerte evaporación
    se verifica en sus canales interiores bajo la influencia de las
    corrientes de aire; otras también, presentan al exterior tibias ó
    calientes sus aguas; se encuentran á diversas temperaturas desde la del
    hielo hasta la del vapor á gran presión. Por su temperatura, la fuente
    nos resume su historia subterránea: con sólo mojar un dedo en sus aguas,
    podemos saber cómo ha sido su viaje á través de los ocultos abismos.
    Desde la orilla de un manantial frío, miramos los montes nevados y
    podemos decir: «¡Esta agua baja de allá arriba!» Pero si sale tibia, es,
    sin duda alguna, porque ha descendido, saltando de hueco en hueco hasta
    bajar á grandes profundidades, habiéndose calentado en esos conductos
    tenebrosos antes de salir á la superficie. Y, en fin, cuando la
    temperatura de una fuente se aproxima á la del vapor á grandes
    presiones, sabemos por ello que sus aguas han llegado á dos ó tres
    kilómetros bajo la superficie del suelo, porque sólo á tal profundidad
    la temperatura de las rocas es la misma que la del agua en ebullición.

    Sentados sobre el césped, al borde del manantial, con toda comodidad
    podemos seguir con el pensamiento el itinerario recorrido por el pequeño
    canal del agua en las entrañas del monte antes de salir á la luz,
    ayudados de los datos científicos que la dolorosa experiencia del minero
    ha adquirido habitando las profundas galerías.

    Las aguas tibias ó termales, mucho más que las frías, contribuyen á
    disolver las piedras en el interior de los montes, para depositarla bajo
    otra forma á su salida. En muchos parajes, el agua caliente que corre á
    unirse con el arroyo, se extiende primero en un gran lago que ella misma
    ha formado molécula tras molécula; al lado se encuentran otras lagunas
    secas, y á uno y otro lado las fisuras abiertas en la piedra están
    bordadas por hermosas concreciones parecidas á los adornos de mármol que
    vemos ornamentando las fachadas de nuestros edificios. ¡Pero cuán
    insignificantes son esos depósitos silíceos ó calcáreos comparados con
    las enormes construcciones erigidas en diversos países del mundo por
    esos ríos termales, como por ejemplo los de Holly-Springs, en los
    Estados Unidos! Los viajeros nos cuentan que esas aguas calientes
    edifican verdaderos palacios, ciudadelas y murallas de algunos
    kilómetros de longitud. Blancos como el alabastro, los pilares y
    basamentos crecen incesantemente por el depósito de las cascadas
    susurrantes que poco á poco ocupan la llanura. El agua, construyendo sin
    cesar, se cierra el paso, y, buscando continuamente un nuevo cauce, deja
    detrás grandes balsas, puentes no terminados y bosquejos de admirables
    columnatas. Montes enteros que el geólogo explora con admiración, han
    sido formados por los torrentes de agua caliente al salir de las
    profundidades.

    Pero esas maravillas lejanas y nada numerosas, pocos de nosotros las han
    podido contemplar y ver al mismo tiempo esos ríos de agua caliente cómo
    trabajan en la construcción de sus marmóreos edificios. Mucho más
    modesta, la fuente de la pequeña laguna no cambia los accidentes del
    terreno ni el aspecto del país en algunos años; pero empleando siglos y
    siglos en su trabajo, llega por fin á renovar todo el espacio que baña;
    cambian poco á poco la piedra y se trazan un cauce diferente al que les
    había preparado la naturaleza. El geólogo y el minero que penetran por
    la fuerza con su pico y martillo en las entrañas de la roca, descubren
    venas de jaspe y otras piedras transparentes ó coloreadas; es el hilillo
    de agua termal, arrastrando arcilla en disolución, que lo ha depositado
    en la fisura por donde corría, y que luego ha cambiado de curso. Todos
    esos filones sinuosos que atraviesan las rocas como arterias de cristal,
    deben su origen á modestas corrientes de agua. Es cierto que en la
    mayor parte de los casos, el agua sale de las profundidades del suelo,
    no en forma de líquido, sino en forma de vapor y á elevada temperatura,
    porque de otro modo no podría disolver los materiales que tapizan las
    paredes de sus antiguos lechos. Así los minerales de oro y plata han
    sido arrancados de las entradas de la roca por los vapores de un Pactolo
    subterráneo.

    Fuertes por el enorme poder que les da el tiempo, los manantiales que
    disuelven las piedras y oxidan los metales, consiguen también alguna vez
    hacer temblar los montes. En una hermosa tarde de otoño, un temblor de
    tierra se dejó sentir en la pequeña cuenca del arroyo; las casas se
    balancearon con gran terror de sus habitantes, y algunas paredes ya
    agrietadas se derrumbaron con estrépito. El temblor de tierra no tuvo
    otras funestas consecuencias, pero fué el tema que durante algún tiempo
    preocupó á los sabios é ignorantes de los pueblos y aldeas. Unos
    hablaban de un mar de fuego que llenaría la tierra, y que una tempestad
    había agitado sus olas; otros pretendían que un volcán intentaba surgir
    en las inmediaciones, y que dentro de poco tiempo, el cráter se abriría;
    había quien no sabiendo nada de fuego central, ni habiendo jamás visto
    cráteres ni corrientes de lava, pensaba en un grupo de fuentes salinas y
    yesosas que nacían en un vallecillo al pie de una ladera pedregosa; al
    notar que después del temblor sus aguas se habían enturbiado y
    arrastraban lodo, y que algunas de ellas habían cambiado de orificio de
    salida, se preguntaban si no serían ellas la verdadera y única causa.
    Tal vez, los aldeanos tenían razón. Es verdad que ni en un segundo,
    estas fuentes arrastraban una pequeña cantidad de sulfato de cal y otras
    substancias sólidas; pero en el transcurso de años y siglos, los hilos
    de agua subterráneos han ido destruyendo la base de los montes.
    Debilitados los colosales cimientos del gigantesco edificio, ceden al
    peso, las bóvedas se hunden, el monte se estremece, y la tierra se agita
    algunos cientos de kilómetros alrededor, como si una terrible explosión
    hubiera dislocado sus capas. El gigante Encelado que ha hecho temblar
    así los montes, las colinas y los llanos, es el tranquilo manantial que
    puede ocultar una mata de hierba.

    Afortunadamente, las fuentes saben hacer que las perdonemos los momentos
    de terror que nos causan á veces haciendo trepidar el suelo. Ellas nos
    dan agua para beber nosotros y abrevar nuestros ganados, fertilizan
    nuestros campos y hacen germinar las simientes, alimentan nuestros
    árboles y nos traen del fondo de la tierra tesoros que sin ellas jamás
    hubiéramos conocido; fortifican, en fin, nuestro cuerpo, nos devuelven
    la salud perdida y restablecen el equilibrio en nuestro trastornado
    espíritu. Tales son al salir de la tierra bienhechora las virtudes
    curativas de las fuentes termales y minerales, que en todos los países
    civilizados se han construído edificios en los nacimientos de los
    manantiales, para aprisionar el agua y medir cuidadosamente el empleo
    en los baños y piscinas.

    Con objeto de recoger hasta la última gota del precioso líquido, los
    ingenieros cavan á lo lejos las rocas para sorprender en su curso el
    pequeño hilo de agua que corre por las hendiduras interiores y el escape
    de vapor que sube desde las ocultas profundidades. Ávidos de salud, los
    enfermos utilizan todo lo que el manantial lleva consigo y todo lo que
    bañan sus aguas; respiran el gas que desprenden, se envuelven en el lodo
    negro que forman la arcilla y la arena y llegan á cubrirse como tritones
    con el verde limo que se extiendo cual tapiz sobre las aguas. Sin
    embargo, no llevan la religión hasta acariciar contra sus cuerpos los
    animales que nacen y se desarrollan al dulce calor del agua termal.
    Existen bonitas culebras, muy numerosas en algunas fuentes. Cuando el
    bañista ve al reptil ondulando á su lado sus graciosos anillos, no cree
    en la maravillosa aparición de la serpiente de Esculapio, sino que,
    lleno de terror, salta sobresaltado prorrumpiendo en grandes gritos.

    En otro tiempo, los hechiceros y los adivinos eran los encargados de
    enseñar á los enfermos los manantiales donde encontrarían la salud ó el
    alivio de sus males; hoy los médicos y los químicos reemplazan á los
    magos de la Edad Media, indicándonos con mayor autoridad el agua
    bienhechora que nos ha de devolver las fuerzas y ha de darnos una
    segunda juventud. Cuando la ciencia se complete con nuevos
    conocimientos, el hombre, sabiendo perfectamente cuál debe ser su género
    de vida, sabrá también qué aguas, qué atmósfera son útiles para curar
    sus males y entonces gozará plenamente de la vida hasta el término
    natural, con la sola condición de que nuestro estado social no sea el de
    odiarnos y exterminarnos. En Arabia, los fanáticos soberanos de
    Wahabites hacían tapar cuidadosamente todas las fuentes termales y
    minerales, por temor á que sus súbditos, convencidos de la virtud de las
    aguas de sus manantiales, se olvidaran de poner toda su confianza en el
    solo poder de Alah. En el porvenir, al contrario, sabremos utilizar
    todas las gotas que surjan del suelo, todas las moléculas que salgan á
    la superficie y sabremos designar su función para el provecho de la
    humanidad.

    CAPÍTULO VIII

    #Las corrientes y las cascadas#

    Mezclándolo todo en su cauce, lo mismo las aguas que bajan del monte que
    las fuentes que brotan del suelo, manantiales fríos, tibios y termales,
    salinos, calcáreos y ferruginosos, el arroyo crece y crece sin cesar en
    cada vuelta del valle, á cada nuevo afluente. Rápido y alegre como joven
    que entra en la vida, ruge y salta desordenadamente; ya le llegará la
    calma y hará más lenta su corriente al llegar á la llanura horizontal y
    monótona; en el momento se resbala con alegría por la pendiente
    precipitándose hacia el mar. Es que se encuentra todavía en el período
    heroico de su existencia.

    En esta parte de su curso, las corrientes, las cascadas y los saltos,
    son los grandes fenómenos de la vida del arroyo. No siendo todavía
    bastante fuerte para regularizar completamente la inclinación de su
    lecho, y minar las bases de la roca, arrasar los salientes de la piedra
    y reducir á polvo los cantos esparcidos, tiene el arroyo que salvar
    estos obstáculos saltando por encima ó escaparse por los lados.

    Los saltos varían hasta el infinito, según la altura de las piedras que
    ha de franquear, la inclinación de la pendiente, la abundancia de las
    aguas, el aspecto de sus orillas, la vegetación de sus riberas y el
    volumen de las piedras emergidas. Aunque diferentes entre sí, todas son
    igualmente hermosas, ya por su graciosa forma, ya por su majestad,
    sintiéndose alegre y satisfecho quien se deja mojar los pies.

    Las corrientes son el bosquejo de las cascadas donde toman estas su
    ímpetu, para detenerse luego y precipitarse después. Aquí, el agua que
    choca contra una piedra musgosa la envuelve como con un globo de
    transparente cristal, y ciñe su base con una orla de espuma; allá, la
    corriente inclinada desaparece rápidamente por entre dos rocas, y
    después, por encima de ocultos escollos, se repliega en ondas paralelas;
    más lejos, el caudal se divide en varias curvas lanzándose por saltos
    desiguales. El hoyo profundo, la sutil capa de agua y la franja de
    espuma, se suceden con desorden hasta abajo de la pendiente donde el
    arroyo recobra su calma y la regularidad de su curso.

    ¡Y cuán grande es también la diversidad de las cascadas! Yo conozco una,
    encantadora entre todas, que se oculta bajo las flores y el follaje.
    Antes de precipitarse, la superficie del arroyo es completamente lisa y
    pura; ni una roca saliente, ni una hierba en su fondo interrumpen su
    curso rápido y silencioso; el agua cae en un canal trazado con igual
    regularidad que si fuera obra del hombre. Pero en el punto de la caída,
    el cambio es repentino. Sobre la cornisa de donde el agua se lanza en
    cascada, se levantan macizos de roca parecidos á pilares de un puente
    derribado, apoyándose sobre anchos estribos cuya base lame la espuma.
    Grupos de saponáceas y otras plantas salvajes, crecen como en jarrones
    de adorno en las anfractuosidades de los puntos dominados por las
    cascadas, mientras que las zarzas y clemátides, desplegadas como
    cortinajes, descansan sus guirnaldas sobre los salientes de la piedra y
    velan los distintos despeñaderos de la caída. La espesa red de verdura
    oscila lentamente por la presión del aire que arrastra el agua al caer,
    y las lianas aisladas, cuyas extremidades se bañan en los remolinos de
    espuma, se estremecen incesantemente. Los pájaros hacen su nido en este
    follaje y se dejan balancear por el aire. Hermoseado por las flores en
    primavera, adornado de frutos en verano y otoño, el cortinaje suspendido
    delante de la catarata ahoga en parte el estrépito; hasta podría
    suponérsele lejana si el sol, penetrando sus rayos por entre las ramas,
    no hiciera brillar por diversos puntos el gigantesco diamante que oculta
    la verdura.

    A poca distancia de esta cascada cubierta por las hojas y las flores,
    otro asiento de peñascos atraviesa el arroyo, pero estos son tan duros
    que el agua ha hecho muy poca mella en ellos y apenas si está trazado su
    lecho. Ha tenido por consecuencia que extenderse á lo ancho y, rodeando
    piedras y arrastrando tierras vegetales, se ha dividido en numerosos
    hilos de agua, procurándose cada cual un curso favorable para llegar al
    punto de caída. Cortado en su paso por una roca pulida que se levanta en
    medio de sus cascaditas, los vemos saltar por todas partes; unos
    bastante fuertes para arrastrar las piedras y otros tan débiles que
    apenas pueden descubrir las raíces del césped. Aquí una pequeña capa de
    agua se extiende sobre una roca cubierta de verdoso limo y luego resbala
    por un asiento inclinado rodeado de helechos, ocultándose furtivamente
    por entre dos ramas de sauce que se inclinan hacia el líquido. Más
    lejos un pequeñísimo hilo de agua, contenido en una pequeña hendidura,
    corre, centellea y murmura en mi caída. Otro se precipita por una fisura
    negra y no se distingue desde fuera más que por centelleos indistintos;
    otro aun se lanza por aquí y allá retorciéndose como una serpiente de
    círculos alternativamente negros y plateados. A través de las rocas, los
    arbustos y las hierbas, todos los arroyuelillos, después de un momento
    en reposo, se juntan nuevamente como una porción de niños al grito de la
    madre. Y todo esto ríe y canta con alegría. Cada cascadita tiene su voz,
    dulce ó grave, argentina ó profunda, produciendo en conjunto un
    encantador concierto que adormece el pensamiento, dándole, al igual que
    la música, un movimiento acompasado y rítmico. Por fin, todas las
    fracciones se han reunido en el cauce común; chocan las corrientes
    bordadas de espuma y luego juntas emprenden el camino hacia la llanura.

    La catarata es otra cosa distinta. En ella las aguas no se extienden
    sobre un ancho espacio para precipitarse luego al azar; se reúnen, al
    contrario, para lanzarse en masa compacta por el estrecho paso abierto
    entre dos puntas de roca. Deprimido en sus orillas é hinchado en el
    medio por la presión de la corriente, el arroyo se estrecha y se curva
    hasta el corte, desde donde se lanza al vacío. El agua, empujada por
    rápida velocidad, ha perdido sus ondulaciones y sus pequeñas olas; todos
    sus rizos, prolongados por la rapidez del torrente se han cambiado en
    otras tantos líneas perpendiculares como trazadas por la punta de un
    estilete. Parecida á una tela sedosa que se despliega, el lienzo líquido
    se desprende de la arista de la roca y se curva por encima de un negro
    corredor, en el fondo del cual bullen las aguas en torbellino. La base
    de la catarata es un caos de espuma. La masa que cae se deshace en olas
    que chocan entre sí, dirigiéndose en tumulto hacia el chorro enorme
    contra el que se precipitan como para escalarlo. En el estruendoso
    remolino, el agua y el aire, arrastrados á un mismo tiempo por la
    tromba, se confunden en una masa blanca que se agita incesantemente.
    Cada torrente, cambiando á cada instante de forma, es un caos en el
    caos.

    Escapándose del torbellino, el aire aprisionado levanta millares de
    gotas pequeñas, que al dirigirse hacia el espacio producen fina niebla
    que el sol irisa. A veces también, encerrado bajo la masa del agua,
    arrastra torrentes espumosos que se ven entre ella escurrirse á lo largo
    de la roca como blancos espectros; bastante lejos, delante de la caída,
    continúa el torbellino del arroyo. Por cada lado ruedan violentos
    remolinos en el fondo de los cuales chocan las piedras, produciendo para
    las edades futuras «ollas de gigante». Por la fuerza del huracán que la
    empuja, el agua, blanca y chispeante, entra rápida en el canal; sin
    embargo, poco á poco su marcha se hace lenta y adquiere un tono de azul
    calizo como el del ópalo; luego, sólo presenta ligeras estrías de
    espuma, y poco después encuentra su calma y su reflejo azul. Nada
    recuerda ya la estrepitosa caída del arroyo, si no es la niebla de
    imperceptibles gotas que se ve brillar á lo lejos sobre el raudal que
    cae, produciendo un continuo mugido que hace vibrar la atmósfera.

    Cierto que la modesta catarata del arroyo no es un mar que se despeña
    como el salto del Niágara; pero por pequeño que sea, no deja de producir
    una impresión de grandeza á quien sabe mirarlo, y no pasa indiferente
    por su lado. Irresistible é implacable, como si fuera empujada por el
    destino, el agua que cae lleva tal velocidad, que ni el pensamiento
    puede seguirla: se cree tener ante la vista la mitad visible de una
    ancha rueda que gira incesantemente alrededor de la roca.

    Contemplando esta corriente siempre la misma y renovándose sin cesar, se
    pierde la noción de la realidad. Pero para sentirse poderosamente
    atraído por el vértigo de la cascada, es preciso mirar hacia arriba, por
    encima del sitio donde el agua cesa de correr y, describiendo su curva,
    se lanza libre al espacio. Los botones de espuma y las hojas
    arrastradas, llagan lentamente á la compacta masa como viajeros cuya
    quietud nadie turba; después, repentinamente, se les ve temblar, dar
    vueltas sobre sí mismos y, aumentando la rapidez á cada instante, se
    precipitan en los pliegues del agua para desaparecer en la caída. Así,
    en infinita procesión, todo lo que baja por la superficie del agua
    obedece á la atracción del abismo; todos estos objetos se ven
    desaparecer como rápidas estrías, como pequeñas visiones que desaparecen
    en el momento de ser vistas; la mirada misma, arrastrada por la
    pendiente, por ese pasar desordenado de hojas y archipiélagos de espuma,
    tiende á descender al abismo hacia el cual todo parece marchar, como si
    fuese allí, en el rugiente pozo, donde debe hallarse la paz.

    Frecuentemente se ve llegar un insecto que hace esfuerzos ó que intenta
    subir sobre una hoja flotante, arrastrado también hacia el precipicio.
    Se le ve agitar sus patas y antenas á la desesperada, se mueve y
    retuerce en todas direcciones, pero en cuanto ha sentido la invencible
    atracción, cuando ha empezado á describir con la masa de agua la gran
    curva de la caída, cesa repentinamente todos sus movimientos
    abandonándose á su destino. Del mismo modo, un indio y su mujer, remando
    en su piragua, á corta distancia de la catarata del Niágara, fueron
    cogidos en un violento remolino y arrastrados hacia la caída. Durante
    largo rato intentaron luchar contra la terrible presión; los asustados
    espectadores que estaban en las orillas creyeron durante un momento que
    conseguirían dominar la corriente; pero no; la piragua, vencida en su
    esfuerzo, cede y cede sin cesar; la arrastra la corriente; se acerca á
    la terrible curva, se ha perdido toda esperanza. Entonces los dos
    indios cesan de remar, se cruzan de brazos, miran con serenidad el
    turbulento espacio que les rodea y altivos hasta en la muerte, como es
    propio á los héroes, desaparecen en la inmensa tromba.

    Contemplada por la mirada de la ciencia en el infinito de las edades, la
    cascada en sí no es un fenómeno menos pasajero que los insectos ó los
    seres humanos arrastrados hacia el abismo, porque también ella ha nacido
    y desaparecerá. En la superficie de la tierra todo nace, envejece y se
    renueva como el planeta mismo. Todo valle, cuando fué recorrido la
    primera vez por el río ó el arroyo que hoy lo baña, estaba bastante más
    accidentado que en la actualidad; la graciosa sucesión de fisuras y de
    charcos, no ofrecía más que una serie de lagos unidos y de cascadas que
    se sumergían en ellos; pero poco á poco la pendiente se ha determinado,
    los huecos se han llenado de aluvión, las cascadas que desgastaban
    gradualmente la roca se convirtieron en torrentes y después en arroyos
    pacíficos. Tarde ó temprano la corriente descenderá hacia el mar,
    siguiendo un curso tranquilo y regular. Al fin, toda irregularidad
    desaparecería si la tierra, al envejecer por un lado, no rejuveneciera
    por otro. Si hay montes que desaparecen, roídos por el tiempo y la
    intemperie, hay otros que surgen empujados hacia la luz por fuerzas
    subterráneas; mientras unos ríos se secan lentamente absorbidos por el
    desierto, otros torrentes nacen y crecen; unas cascadas se obliteran,
    pero otras, después de haber roto las paredes que las retenían, se
    desprenden de los altos lagos desplegándose en ligeras velas ó se lanzan
    en compactas masas sobre las faldas de los montes.

    CAPÍTULO IX

    #Las sinuosidades y los remolinos#

    Puesto que desde la cumbre del monte hasta la llanura baja, el suelo
    removido por las aguas durante el curso de las edades se inclina en
    pendiente regular hacia el océano, el arroyo, empujado por su peso,
    debía, al parecer, descender en línea recta; pero, por el contrario, su
    curso es una sucesión de curvas. La línea recta es una pura abstracción
    del espíritu, otra quimera como el punto matemático, que no existe más
    que para los geómetras. En la inmensidad del espacio, el sol y los
    cometas ruedan en curvas inmensas; en nuestro globo planetario,
    arrastrado como los demás en una espiral de elipses infinitas, los
    huracanes, las trombas, los aires, el más insignificante céfiro, se
    propagan en líneas curvas; las aguas del mar se pliegan y desarrollan,
    en curvadas olas; todas las formas orgánicas, animales y plantas, no
    ofrecen en sus células y cavidades más que superficies curvas y
    sinuosidades; hasta los duros cristales, mirados con el microscopio, no
    tienen esos planos regulares, esas aristas inflexibles que aparecen á
    simple vista. Los dientes, las agujas, las estrías de los minerales y de
    los organismos infinitamente pequeños, revelan, bajo la mirada del
    instrumento que los analiza, las suaves ondulaciones de sus contornos.
    Donde se produzca un movimiento, tanto en la piedra como en otro cuerpo
    ó en la juntura de los mundos, este movimiento, resultante de diversas
    fuerzas, se realiza siguiendo una dirección curvilínea.

    Para ver las sinuosidades de los arroyos, no es preciso que nos armemos
    de un microscopio. El cauce tortuoso y bajo los árboles que le dan
    sombra, se desarrolla en círculos, en remolinos, en espirales; las
    hierbas del fondo, cabelleras ondulosas, los rizos de la superficie, las
    libélulas que revolotean entre los juncos y que se juntan y se separan
    para volverse á reunir; los mosquitos que giran en círculos sin fin, el
    viento que pasa matizando de obscuro la brillante capa sobre la que
    dibuja sus circulares soplos, en todo, en fin, no veo más que curvas
    graciosamente cruzadas, círculos enlazados y figuras de contornos
    flotantes. Tal cual lo indican las inmersiones y emersiones sucesivas de
    la hoja arrastrada, el agua que baja al fondo remonta en nueva curva
    hacia la superficie, aparece á la luz y desaparece otra vez bajo las
    curvas líquidas, que, al mismo tiempo, han descendido hasta el fondo
    del cauce. Por la Impulsión de la corriente, las moléculas de agua
    cambian constantemente su posición respectiva; dirígense unas hacia la
    derecha y otras se desvían hacía la izquierda. En el cauce común cada
    gota tiene su curso particular, graciosa serie de curvas verticales,
    horizontales, oblicuas, comprimidas en las grandes sinuosidades del
    arroyo: así es también como el circuito de un planeta se desenvuelve en
    la órbita inmensa del sistema solar que lo arrastra.

    Estudiado en conjunto, el arroyo se desvía á un lado y á otro como las
    gotas que lo componen. Su masa, contenida por una piedra ó un tronco de
    árbol que obstruye su lecho, se desvía un poco y va á chocar contra una
    orilla. Rechazado por el obstáculo, se dirige hacia la orilla opuesta,
    la hiere y, nuevamente rechazado, se lanza en sentido inverso. Así la
    corriente se dirige sin cesar de un lado á otro trazando curvas
    sucesivas: desde el manantial á la desembocadura, el agua no hace más
    que rebotar contra los dos ribazos. Las ondulaciones cóncavas y convexas
    alternan en toda la longitud de sus bordes: para la mirada es esto un
    ritmo, una música.

    Tampoco la regularidad de las curvas es matemática; las sinuosidades
    varían de forma hasta el infinito, según la naturaleza del terreno, el
    declive del suelo, la violencia de la corriente y los guijarros que
    rueden por su cauce. Entre las paredes de las rocas, los ángulos se
    redondean ligeramente en las vueltas repentinas; el agua, impotente para
    minar los asientos de las piedras, retrocede bruscamente; en los montes,
    sobre todo, donde la pendiente del cauce es muy considerable, el
    torrente encajonado por los desfiladeros, serpentea á uno y otro lado
    con ímpetus sucesivos, como animal perseguido que procura salirse de la
    puntería del cazador. En el llano, sus riberas, consolidadas por las
    raíces de grandes árboles, resisten también durante mucho tiempo á la
    acción de la corriente, y en muchos puntos el cauce del arroyo no ofrece
    más que ligeras sinuosidades en un gran trecho: asiéndose fuertemente de
    una rama é inclinándose por encima de las aguas, se ve á lo lejos la
    perspectiva de ramas y troncos reflejados sobre el movible cristal,
    rayado por la luz de trecho en trecho. No obstante, también aquí, donde
    el curso parece casi recto, concluye por determinar una sinuosidad á la
    que suceden otros rodeos hasta que el arroyo se mezcla con las aguas del
    río para confundirse con las del mar.

    Las corrientes que más encantadoramente presentan esta rítmica sucesión
    de rincones y pequeñas penínsulas, son los torrentes cuyo cauce se
    extiende por un amplio lecho de arenas y guijarros, y los riachuelos ó
    barrancos que corren por prados, entre orillas arenosas que se hunden
    fácilmente por la acción de la corriente. Tales son las orillas de
    nuestro arroyo en casi todo su curso que empieza en la base de los
    montes. Al igual que muchas otras aguas corrientes cantadas por los
    poetas, esta despierta en la imaginación la idea de una gigantesca
    serpiente que se resbala bajo la hierba reflejando sus círculos. Visto
    desde la cumbre de una colina, sus curvas brillan á la luz como los
    pliegues y repliegues de una culebra con reflejos de plata; sólo que,
    mayor que los dragones de la antigua mitología, estas enormes serpientes
    tienen por lecho un valle que se extiende hasta perderse de vista, desde
    los montes hasta la tierra baja ó hasta las arenosas playas del océano.
    En casi todas las comarcas del mundo, los campesinos han tenido la
    natural idea de asimilar el nacimiento del arroyo á la cabeza de un
    animal inmenso: para ellos la fuente es el «Jefe del Agua», _Ras el
    Ain_.

    Lo mismo que nuestro arroyo y todos los riachuelos y ríos del mundo,
    igual que el tortuoso Meandro de Asia, que ha dado su nombre á las
    sinuosidades de su curso, los arroyuelos de algunos metros de largo que
    se determinan en las playas del océano, después de los reflejos de la
    marea, tienen también graciosas formas serpentinas. Cada uno de estos
    pequeños surcos, con sus afluentes casi imperceptibles que á él
    convergen, se dibuja sobre el suelo como la imagen de un arbusto cuyas
    ramas sacude el aire. El mar, poderoso, con una sola de sus olas cubre
    de arena todos esos pequeños sistemas de ríos en miniatura; pero los
    hilillos de agua que descienden luego se practican un nuevo cauce, y
    sus lechos, de sólo algunos milímetros de ancho, se determinan otra vez
    en una serie de ondulaciones regulares. Si se practica un agujero en la
    arena por encima de un cuerpo sólido arrastrado tras la corriente, ó en
    el punto ocupado por una concha marina, el pequeño torrente de unas
    cuantas gotas, atraído hacia este hoyo, desaparece dando vueltas en
    movimiento análogo al de un tornillo. Cuando el microscopio nos revela
    los misterios de la simple gota de agua apenas perceptible á primera
    vista ¿qué vemos en ella, sino corrientes sinuosas y remolinos
    circulares, como en el río y el gran océano? El viaje del agua que baja
    desde el monte al mar se verifica por un circuito de curvas que se
    suceden constantemente. ¿Es tal vez por esto por lo que la leyenda
    germánica nos representa las ondinas de los arroyos volando durante las
    noches en vastos círculos, tocando con el pie el agua de las fuentes?

    Por encima de los remolinos y torbellinos es donde las danzas de las
    ninfas, vistas por la imaginación de los poetas, deben ser interminables
    porque el agua da vueltos sin fin en un círculo sin salida. Al pie de
    una cascada, un promontorio de rocas, sitiado por el espumoso torrente,
    protege con su masa un hoyo tranquilo donde ruedan las aguas que la
    corriente lanza lateralmente. Nada más alegre á primera vista, ni más
    entristecedor que el espectáculo ofrecido por el movimiento de un
    objeto que se ha perdido en el remolino al precipitarse con la cascada.
    Una bellota de encina, todavía dentro de su cúpula, acaba de ser
    arrastrada por la caída y reaparece en medio de la espuma. Durante
    algunos instantes parece desaparecer con la corriente, pero un
    movimiento oblicuo del agua la rechaza y separa; entra nuevamente en el
    remolino y, flotando, rozando la base del promontorio, vuelve poco á
    poco hacia la cascada. Se encuentra de nuevo en la lucha de las aguas
    que chocan, pero avanza lentamente, sin embargo, para llegar bien pronto
    bajo la masa del arroyo que se despeña; entonces, como animada de un
    súbito arranque de la voluntad, se sumerge en el pequeño abismo, dando
    una serie de piruetas. Más abajo reaparece en las tranquilas aguas, pero
    para continuar su camino y sumergirse de nuevo por la fuerza de nuevas
    duchas. A veces se aleja tanto, que se la llega á creer definitivamente
    libre de la atracción del remolino y parece decidida á marcharse
    juntamente con un copo de espuma; pero no; se detiene todavía y luego,
    como si fuera un barco obediente al timón, vuelve su cabeza hacia la
    cascada y empieza nuevamente su movimiento giratorio. Tal vez estas
    vueltas sin fin, durarán hasta que, separada la bellota de su cúpula, ya
    completamente impregnada de agua, descienda al fondo del pozo para
    disgregarse y convertirse en lodo. Con frecuencia suelen hallarse sobre
    las orillas del arroyo extrañas bolas erizadas de pinchos como castañas
    en el árbol todavía; son agrupaciones de espinas que se han aglomerado
    rodando por el remolino.

    Durante las grandes crecidas del arroyo, cuando sus aguas arrastran
    hacia el mar, no solamente bellotas de encina y ramitas de espino, sino
    árboles enteros, en el torbellino del pozo es donde termina, al menos
    por algún tiempo, la odisea de los troncos viajeros.

    Una mañana, algunos amigos y yo fuimos á visitar la cascada para ver
    brillar á los primeros rayos del sol la espuma matizada de rosa. Un gran
    pino, desbranchado por sus choques contra las piedras, rodaba
    pesadamente por el charco. Jóvenes y muy ignorantes aún de las cosas de
    la naturaleza, mirábamos con extrañesa los sobresaltos é inmersiones del
    destrozado árbol. Traqueteado el tronco incesantemente por el movimiento
    de las aguas, iba desde la cascada á la roca y volvía luego de esta á la
    cascada; giraba aquí un momento, se perdía un instante en las olas de
    agua y espuma, y luego reaparecía por otro lado, levantándose fuera del
    abismo como el palo de un navío naufragado. Volviendo á caer con
    estrépito, flotaba lentamente hasta la extremidad del charco y chocaba
    contra una orilla, haciéndolo retroceder á la catarata. Símbolo de los
    desgraciados á quienes persigue el destino inexorable, daba vueltas y
    más vueltas con la incesante desesperación de una fiera salvaje
    encerrada en una jaula de hierro. Entretanto, nosotros esperábamos
    cándidamente que saliera del círculo fatal para verlo flotar sobre la
    corriente. Secretamente irritados contra él por su tardanza en continuar
    su viaje, nos habíamos prometido no marcharnos de allí hasta su salida
    para saborear con tal triunfo nuestra comida. Pero, ¡ay de nosotros! el
    monstruo no puso término á sus vueltas é inmersiones, y, atormentados
    por el hambre, nos hubimos de resignar á marcharnos avergonzados, no sin
    lanzar una mirada furiosa al tronco de pino que, impasible, continuaba
    dando vueltas aún. Antes de decidirse á partir, esperaba que la
    corriente cambiara de nivel.

    No solamente corre el agua por numerosas sinuosidades, torbellinos,
    curvas y remolinos, sino que además toda impulsión que viene de fuera se
    propaga en la superficie del arroyo, determinando redondeadas formas.
    Una hoja que se desprenda del árbol, un grano de arena que caiga de la
    orilla, hace rizarse el agua formando ligeros pliegues. Alrededor de la
    depresión se levanta un reborde circular rodeado por un pequeño foso. Un
    segundo círculo concéntrico, luego un tercero, y otro y otros se forman
    alrededor del primero; la superficie entera del arroyo se cubre de
    redondeces tanto más anchas y desiguales cuanto más se alejan del
    centro. Golpeando en la orilla, cada onda de agua se propaga en sentido
    inverso cruzando las olitas que la siguen; otras series de pliegues
    producidos por la caída de un nuevo grano de arena ó por un
    estremecimiento de la onda, se confunden con las primeras y una
    multitud de líneas, propagándose en todas direcciones, suben y bajan
    como las mallas de una red cuya trama sólo la mirada hábil puede
    distinguir. Comparadas con el ancho del arroyo, sus débiles ondulaciones
    son mil veces mayores que las más formidables é impetuosas olas del mar.
    Reflejados en el ondulado cristal de la superficie líquida, los árboles
    de la orilla, las ramas cruzadas y las nubes del cielo, se retuercen y
    desplazan en rítmicas curvas; el espacio infinito parece danzar sobre el
    centelleante espejo.

    Si la líquida masa del arroyo no se arrastrara hacia el mar y estuviera
    inmóvil como la de un lago ó estanque, cada ola concéntrica se
    extendería en círculo con perfecta regularidad; pero la corriente es
    rápida, las moléculas de agua cambian de punto constantemente y, por
    consecuencia, el círculo regular, como la línea recta, son una pura
    abstracción. De esta deformación de círculos resulta una variedad más en
    el entrecruzamiento de los líquidos rizos. Las desigualdades de la
    corriente que arrastra el sistema entero de ondulaciones, modifica sus
    curvas, aproximándolas ó alejándolas unas de otras; un obstáculo
    comprime y frunce las olas, un impulso rápido las separa y prolonga
    alisando la superficie: por la duración de cada intervalo entre los
    rizos de agua se puede calcular exactamente la velocidad de las pequeñas
    corrientes parciales que componen el torrente total. En los sitios en
    que es mayor la profundidad, cada piedra sirve de dique para contener
    la corriente, cada estrecho entre dos guijarros es una esclusa por la
    que el agua se precipita y el caudal del arroyo queda dividido en
    infinidad de pequeños triángulos esféricos, multitud infinita de
    ondulaciones que es á la vez red luminosa que hace vibrar y centellear
    las bruñidas piedras del fondo.

    Además, no son solamente cuerpos inertes los que ondulan la superficie
    del arroyo, hay también seres vivos que, cambiando de punto, transforman
    al mismo tiempo el centro de las ondulaciones. Un pez que pasa como un
    dardo da al conjunto de las vibraciones la forma de un óvalo muy
    prolongado; el insecto flotante que se mueve por impulsos sucesivos,
    deja tras sí dos estelas oblicuas en las que se encierran círculos
    desiguales; otro bicho, una abeja tal vez caída de un árbol, se deshace
    dando vueltas agitando sus alas con tal rapidez que el agua se riza con
    una miríada de líneas vibrantes, entrecruzando sus innumerables
    círculos: el insecto que se agita con tanta viveza, es lentamente
    arrastrado por el curso del arroyo y á veces lo vemos desaparecer
    repentinamente; es que un pez, con rapidez incomparable, acaba de
    tragarse al insecto, cesando todo su cortejo de líneas circulares.

    Y yo también, tranquilo contemplador del arroyo y sus maravillas, puedo
    variar hasta el infinito el aspecto de la superficie líquida con sólo
    sumergir mi mano en la corriente. Dirigiéndola al azar, lenta ó
    rápidamente, cada uno de mis movimientos modifica las ondulaciones de
    la superficie movible. Las ondas, los remolinos y los torbellinos
    cambian de punto; todo el régimen del curso líquido varía por mi
    voluntad según la posición de mi brazo, y las ondas que se forman ante
    mí las veo agruparse hacia la corriente, mezclarse á otras ondulaciones
    y, cada vez más débiles, pero siempre visibles, se extienden hasta la
    inmediata curva del arroyo. La presencia de esa superficie rizada,
    obedeciendo al impulso de mi mano, despierta en mí una especie de
    tranquila alegría mezclada con no sé qué de melancolía. Las pequeñas
    ondulaciones que yo provoco en la superficie del agua se propagan á lo
    lejos de ola en ola á grandes distancias. De igual modo, toda idea
    vigorosa, toda palabra enérgica y firme, todo esfuerzo en el gran
    combate de la justicia y la libertad, repercuten al salir de nosotros de
    hombre en hombre, de pueblo en pueblo, y desde los más remotos tiempos á
    las edades futuras. Pero si nos colocamos en otro punto de vista, y
    observamos la interminable sucesión de las cosas, entonces, la historia
    entera de la humanidad no es otra cosa, según la expresión de Heimholz,
    que una ola casi imperceptible en el mar sin límites del tiempo.

    CAPÍTULO X

    #La inundación#

    Durante muchas horas seguimos con la mirada el curso del torrente y con
    sorpresa observamos que la superficie del arroyo cambia á nuestra vista.
    Al parecer es en el mismo punto donde las hojas entran en el remolino y
    se sumergen dando vueltas; en esos sitios el agua se extiende en
    lienzos, se pliega en ondulaciones y se precipita por rápidas
    pendientes; á la misma altura, al parecer, se mojan las raíces del álamo
    y la flor de miosotis se baña en el agua transparente.

    No obstante, el caudal cambia sin cesar; al mismo tiempo cambian también
    de sitio los torbellinos, la forma y extensión de los remansos y sus
    ondulaciones; la altura de las cascadas y la inmersión dé las plantas y
    raíces de los árboles. Todas estas pequeñas variaciones de la corriente
    serían fáciles de observar si en vez de medir el agua con una simple
    mirada, se consignara la altura por medio de un instrumento de
    precisión. Las oscilaciones del arroyo, que son apenas perceptibles
    durante los días apacibles, cuando gozamos paseando por la orilla de
    las aguas susurrantes, se vuelven por el contrario, fuertes y rápidas,
    después de los bruscos cambios de temperatura y de las grandes lluvias.
    Si no tememos á pesar de la lluvia y el viento huracanado, detenernos en
    la orilla, protegidos por el pobre abrigo que ofrece el tronco de un
    sauce, veremos con cuánta rapidez puede aumentar el caudal del arroyo,
    cómo se aumenta la velocidad de su corriente, llena su cauce hasta los
    bordes y, salvando las orillas, inunda los campos cultivados.

    En las gargantas de los montes las crecidas y las inundaciones son aún
    más rápidas. Allí, el agua que cae de las nubes, chocando en las aristas
    de las piedras corre inmediatamente por los declives; de todos los
    pequeños regueros de los vallecillos, afluyen los hilos de agua y los
    torrentes para reunirse en enorme masa, en el gran receptáculo abierto
    al origen de casi todos los valles.

    Al agua de lluvia ó las montañas de nieve medio derretida que el tibio
    chubasco ha hecho desprender de las laderas, se mezclan los restos
    fangosos, las piedrecitas y los fragmentos de roca caídos de los flancos
    del monte. Por los cauces, donde de ordinario salta en sonoras cascadas
    un pequeño torrente de cristalina agua, corre ahora con estrépito una
    especie de fango, un líquido semisólido que es al mismo tiempo que un
    diluvio un desprendimiento. Estos son los fenómenos que, con el tiempo,
    rebajan poco á poco los montes y los extienden en capas horizontales de
    aluvión sobre los llanos y en el fondo de los mares. El curso de los
    torrentes acaba por allanar las más altas cimas; derribarán los Andes y
    el Himalaya como han hecho ya desaparecer montes no menos elevados que
    los geólogos nos dicen han existido en otras edades.

    Yo recuerdo aún el terror de una noche pasada á orillas del Chiruá,
    pequeño torrente de Sierra Nevada, en los Estados Unidos de Colombia. El
    día había sido hermoso; sólo una tempestad había estallado algunas
    leguas de allí, en las gargantas superiores de la Sierra, y esta
    tempestad había contribuido á la hermosura del día. El sol se había
    ocultado detrás de un horizonte esplendoroso, cuya púrpura realzaba el
    extraño contraste de las nubes sombrías con reflejos de cobre,
    ocultándonos las cimas de algunos montes, donde el estruendo del trueno
    se oía sin cesar. A la caída de la tarde la violencia de la tormenta
    había terminado; cesaron los truenos, se apagaron los relámpagos, é
    inmediatamente la luna, asomándose por la cumbre lejana, pareció
    dispersar por el cielo los jirones de nube, lo mismo que un navío rompe
    con su proa las flotantes islas de alga.

    Lleno de confianza y fatigado por una larga correría, no me entretuve ni
    perdí tiempo en buscar un refugio. La arena del barranco brillaba á los
    rayos de la luna y veía con agrado que me brindaba una cama más blanda y
    menos húmeda que las hierbas del bosque; además estaba seguro de no
    encontrar ninguna serpiente enroscada en la maleza, y contra todo otro
    animal, tenía la ventaja de encontrarme en un espacio libre desde donde
    podía, al menor aviso, distinguir á mi enemigo. Me desembaracé de mi
    mochila para convertirla en almohada, me aflojé el cinturón y con el
    cuchillo en la mano me tendí para descansar. Afortunadamente, los
    mosquitos no cesaron de turbar mi reposo; como durmiendo con sueño
    intranquilo, mi oído percibía vagamente todos los ruidos á mi alrededor
    y oía la charanga enervante de los mosquitos y el saltar de los monos
    chillones. Pero, repentinamente, al triste concierto se unió un murmullo
    creciente parecido al de una multitud lejana que sollozaba, gemía y
    gritaba desesperadamente. Mi sueño se hacía intranquilo por momentos,
    cambiándose al instante en pesadilla y despertando sobresaltado. Ya era
    hora; mis ojos, extraviados por el terror, distinguieron á corta
    distancia una especie de muralla movible precedida de una masa espumosa
    que avanzaba hacia mí con la velocidad de un caballo desbocado. Esa
    muralla de barro, agua y piedras, era la que producía el terrible
    estruendo que me había despertado y me amenazaba. Recogí mi bagaje
    precipitadamente, y á grandes saltos, conseguí ganar la orilla del
    torrente. Cuando volví la vista, el furioso elemento cubría ya el punto
    donde estaba acostado momentos antes. Las olas, amontonadas en
    torbellinos, pasaban silbando; las piedras del cauce, empujadas por las
    aguas, cambiaban lentamente de puesto como monstruos despertados de su
    sueño y chocaban entre sí produciendo un sordo ruido; árboles arrancados
    de raíz, se levantaban fuera del agua y se sumergían pesadamente
    rompiéndose las ramas contra las piedras arrastradas; las orillas
    temblaban sin cesar por los choques de los enormes proyectiles que el
    agua furiosa lanzaba contra ellas. Durante toda la noche, el Chiruá
    continuó mugiendo, pero el estrépito disminuyó poco á poco; el agua,
    negra por el arrastre de materias extrañas, se aclaró un poco, y las
    pesadas piedras que arrastraba la corriente se detuvieron en mitad del
    cauce. Cuando los rayos del sol esparcieron por la superficie del arroyo
    sus primeros reflejos, me pareció que el agua había disminuido lo
    suficiente para franquear el arroyo y continuar mi marcha después de
    liar mis ropas en una especie de turbante que rodeaba mi cabeza; me
    aventuré á franquear la corriente y, no sin peligro, conseguí llegar á
    la orilla opuesta. El rápido torrente hacía temblar mis piernas y
    doblarse mis rodillas; guijarros de punta me cortaban los pies; pequeñas
    piedras arrastradas chocaban aún contra mí, y la corriente me empujaba
    violentamente. Cuando llegué al fin, sano y salvo á la parte opuesta,
    sentí no haber tenido la buena idea del campesino austríaco, que
    esperaba cándida y pacientemente sobre las orillas del Danubio, que el
    río cesara de correr: algunas horas después de mi paso, el Chiruá no
    era más que un débil hilo de agua, serpenteando por entre las piedras,
    que hubiera podido franquearse saltando de una á otra orilla.

    Afortunadamente, estas crecidas repentinas, que debiéramos llamar
    avalanchas de agua, cambian de aspecto en la base de las montañas. En
    los llanos donde la inclinación del suelo es relativamente débil, y á
    veces imperceptible, la masa líquida del arroyo pierde su fuerza de
    impulsión y cesa de empujar las materias arrancadas de las laderas. Las
    piedras son las primeras que se detienen, luego los objetos pesados, y,
    por fin, el torrente, convertido en arroyo, no arrastra por el fondo de
    su cauce más que pequeña grava, y sólo lleva en suspensión la fina arena
    y la tamizada arcilla. Se calma la furia del diluvio, sobre todo,
    después de haberse unido á otros cursos de agua venidos de otras
    regiones donde no ha llovido, ó por lo menos, no al mismo tiempo. Sin
    embargo, aun perdiendo su velocidad, el caudal aumenta sin cesar por los
    afluentes que descienden de las gargantas superiores, acumulándose así
    en masa considerable; gana en anchura y profundidad, se desborda de su
    cauce demasiado estrecho, y se extiende lateralmente por encima de los
    ribazos; á veces transforma los campos de sus riberas en verdaderos
    lagos, donde las aguas, llevadas por la crecida, se clarifican poco á
    poco, depositando el aluvión. En más ó menos tiempo, la superficie sucia
    del lago reemplaza á la verdura de los prados, hasta que al fin, la
    capa líquida penetra en el suelo y se cambia en vapor, ó bien, después
    de la crecida, vuelve al cauce del arroyo.

    Durante la inundación, el pequeño arroyo, olvidando sus pacíficas
    costumbres, se convierte en destructor de cuanto encuentra á su paso.
    Derrumba sus puentes, ahonda su lecho, cambia de sitio sus corrientes y
    remolinos, nivela sus cascadas, arrasa las partes de la orilla que se
    oponían á su marcha y vacía profundas grutas en los basamentos de las
    rocas. Las hierbas del fondo son arrancadas y saltan á la superficie,
    formando largos montones que se posan ó deshacen en las ramas de los
    árboles; luego se las encuentra á algunos metros de altura del suelo ó
    suspendidas en las extremidades de las ramas como los nidos de ciertos
    pájaros de América. Los agujeros de los terrenos de la orilla se llenan
    de agua ó bien se hunden por la presión de la corriente; los animales
    que huyen á la ventura se ahogan ó son devorados por las aves de rapiña
    ó las fieras del bosque; los cultivos del hombre son devastados ó
    cubiertos de cieno. Para el «rudo agricultor» que ha concentrado su amor
    en la siembra que germina bajo la tierra y en la verde mata acariciada
    por el sol, la inundación, tan hermosa é imponente á los ojos del
    artista, es el más terrible espectáculo que puede presenciar.

    ¿Qué son, pues, esas pequeñas oscilaciones periódicas, esas crecidas y
    descensos de nivel comparadas con los cambios que se han realizado
    durante el curso de los siglos? En un intervalo de miles de siglos los
    mayores ríos pueden convertirse en arroyuelos y éstos en ríos
    caudalosos; las corrientes crecen y disminuyen, aumentan y se secan,
    oscilan incesantemente con los continentes y los climas.

    Todo cambia en la naturaleza; la forma de los montes y las colinas, las
    sinuosidades de los valles, los accidentes de las márgenes y todos los
    rasgos de la gran figura de la tierra se modifican de año en año. El
    calor aumenta unas veces y disminuye otras; las lluvias caen á torrentes
    durante un siglo; luego, durante otro período, son raras ó faltan casi
    completamente en un mismo punto de nuestro planeta. Así cambian también
    los cauces de las aguas, cuya dirección y volumen dependen á la vez de
    todas las condiciones del relieve y el clima.

    En cuanto á nuestro arroyo, fué seguramente en tiempos pasados un ancho
    y profundo río. Su valle, cuyos campos y prados ocupan actualmente toda
    su anchura, estaban llenos de agua, y sobre las pendientes opuestas de
    las colinas se ven todavía las antiguas márgenes esculpidas por la
    corriente. El espacio en el cual los árboles de la orilla balancean
    libremente sus cabezas, estaba ocupado, hasta veinte ó treinta metros
    del suelo, por una masa líquida enorme, corriendo con una velocidad de
    diez kilómetros por hora. Esto es, al menos, lo que nos han dicho los
    geólogos después de haber hecho remover el suelo por los campesinos y
    haber observado durante largo tiempo en la llanura y las vertientes de
    las colinas las arenas, las piedras y arcillas arrastradas en otras
    épocas por la corriente. Parece que el Sena arrastraba en otro tiempo en
    sus grandes crecidas un caudal de agua como el Misisipi. Nuestro río,
    pues, era grande como el Danubio; por él hubieran podido navegar grandes
    escuadras, si en aquel tiempo hubiera habido hombres que las
    construyeran.

    Para ver hoy el humilde arroyo tal cual fué en otra época de nuestro
    planeta, nos hemos de transportar con el pensamiento sobre las márgenes
    de algún gran río de la América del Sur. ¡Qué cambio de espectáculo tan
    repentino! Me encuentro sólo, olvidado, sobre una isla de arena, un
    medio del agua. Ni á uno ni á otro lado distingo la tierra; la curva
    vaporosa del horizonte une el lienzo gris del río con la bóveda del
    cielo. Una de las riberas está tan lejos que ni siquiera distingo las
    sinuosidades, y los árboles me parece que se levantan encima de las
    aguas como una muralla de verdura. La otra orilla está más próxima, pero
    el bosque impide ver los accidentes del suelo; no hay ni un claro entre
    las ramas que permita ver prados, campos y rocas; los troncos de los
    árboles, tocándose unos con otros, las branchas entrelazadas y las
    lianas y los tapices de hojas y plantas parásitas, limitan completamente
    el paisaje. La masa verde, uniforme y grandiosa, se presenta como
    iluminada: parece que bajo el azul del cielo la tierra está
    completamente ocupada por árboles y agua. Ante mi vista corre un río
    rápido, imponente. Diferente al arroyo que murmura encantador en sus
    cascadas de perlas, el gran río se dirige hacia el mar sin estruendo,
    casi sin ruido, pero llevando en su seno un ímpetu furioso; si encuentra
    un obstáculo, inmediatamente sus aguas lo salvan formando fuertes
    torbellinos donde se sumergen arrastrados para reaparecer á una gran
    distancia de allí. Los árboles flotantes y las hierbas arrastradas por
    la corriente se suceden en procesión interminable; á veces se oye el
    estruendo de un trueno; es el hundimiento de un trozo de bosque que las
    aguas habían minado. Trabajando sin cesar, el río destruye y renueva
    constantemente sus orillas, sus islas, sus bancos de arena, y como la
    tempestad y el huracán, es una fuerza de la naturaleza que modifica
    visiblemente la apariencia exterior de la tierra.

    Tal vez en el porvenir esta corriente de agua que fué un río y que
    actualmente es un arroyuelo, disminuirá su caudal hasta el punto de que
    un pájaro pueda secarlo. El cambio de las riberas continentales, el
    descenso gradual de las alturas que detenían las nubes de lluvia y de
    nieve, la dirección distinta que los vientos húmedos seguirán por el
    espacio; la división de su cuenca actual en valles distintos, y en fin,
    la apertura de canales subterráneos en los cuales desaparecerán las
    aguas, pueden tener por resultado la extinción de manantiales y la
    desaparición completa del arroyo. Así es como en los desiertos de Africa
    y Arabia muchos ríos, considerables en otras edades, han dejado de
    existir: sus cauces se han llenado de arena y los indígenas sólo los
    conocen por los inciertos datos de las tradiciones. Según ellos, son los
    cristianos quienes con sus operaciones mágicas han hecho desaparecer las
    aguas, y si algún nigromántico poderoso no hace aparecer nuevamente las
    fuentes, sus valles estarán eternamente secos. De esos ríos malditos del
    Sahara, conocemos algunos cuyos valles tienen cientos y miles de
    kilómetros de anchura. En los parajes donde en remotas edades corría un
    caudaloso río, la caravana duerme tranquilamente en nuestros días
    durante las noches, y cuando quiere calmar su sed no le queda otro
    remedio que practicar un hoyo en la arena con la punta de su lanza, para
    buscar algunas gotas de agua que no siempre halla.

    CAPÍTULO XI

    #Las riberas y los islotes#

    No es necesario remontarse con la imaginación á miles de siglos atrás
    para ver al arroyo, tan modesto actualmente, modificar la forma de sus
    orillas y cambiar su centro. Hasta durante el verano, cuando sus aguas
    están en el más bajo nivel y se arrastran lentamente por entre matas de
    hierbas aromáticas medio secas, no cesa de trabajar para cambiar su
    cauce, y renovar, en la medida de sus fuerzas, el aspecto de la
    naturaleza. Si no es en los puntos donde el hombre interviene para
    regularizar la pendiente, limpiar el fondo y reemplazar las orillas de
    tierra friable por empalizadas y diques de piedra, el arroyo, siempre
    deseoso de cambio, halla el medio de destruir poco á poco sus márgenes
    para reconstruirlos nuevamente. Hasta en los sitios donde las murallas
    lo han dominado, al parecer, no cesa su trabajo de reforma: ataca á la
    piedra, roe lentamente sus cimientos, mina los asientos, y, en un
    momento dado, hunde la muralla y queda libre errando por los campos.

    Esas incesantes transformaciones de sus riberas, las realiza el arroyo
    por virtud de un doble trabajo; de un lado, derriba, llevándose granos
    de arena, moléculas de arcilla, fragmentos desmenuzados de roca y trozos
    de raíz corroídos por la corriente; de otro, edifica, depositando todos
    esos restos en una capa que se eleva poco á poco sobre el fondo del
    agua. Así, la corriente, enturbiada por el aluvión de que se carga en su
    carrera, trabaja sin cesar para clarificarse nuevamente, y cuando su
    curso se detiene, se filtra.

    Pocos espectáculos son más interesantes que el de esas nubes de
    aluviones que arrastra la corriente: ocultan el fondo con su suciedad,
    pero poco á poco se aligera el color amarillento ó rojizo y poco
    después no son más que brumas casi imperceptibles que se desvanecen
    inmediatamente recobrando el agua toda su limpidez.

    En los remansos donde el agua da vueltas con lentitud, la purificación
    se realiza á la vez que en el fondo en la superficie; los restos de
    limo, las hojas, las raíces, las branchas mojadas caen al fondo y se
    depositan en bancos de cieno; en la superficie las simientes, el polen
    de las plantas y las substancias orgánicas en descomposición, se
    amontonan en capas grises que aumentan incesantemente los copos de
    espuma, llegando en islas, islotes y archipiélagos diseminados.
    Alrededor de esta capa, bastante espesa para ocultar la profundidad de
    las aguas, se extiende una película transparente de excesiva delgadez,
    formada por substancias grasosas de origen animal ó vegetal. Por el
    reflejo de la luz, esta película brilla con todos los tonos del arco
    iris, flotando sobre las aguas como vela de oro, de púrpura y azul, no
    obstante ser casi imperceptible, pues que algunos físicos que han medido
    su espesor lo valúan en algunas millonésimas de milímetro apenas. A
    veces un repentino remolino rompe la irisada capa, y pequeñitas manchas
    de agua pura se destacan en negro como lagos sobre el fondo colorado. En
    cuanto á los estratos de espuma, unos se detienen por las orillas, otros
    se ensanchan por el impulso de la corriente, y se curvan formando
    semicírculos, espirales y ondulaciones graciosas. Por sus pliegues y
    repliegues de espuma, por su diversidad de colores, sus manchas y
    tonalidades, la superficie del charco se parece al mármol pulido, el
    que, por otra parte, no cabe duda que debe sus colores y dibujos
    elegantes, lo mismo que otras rocas admirablemente maqueadas, á los
    caprichos de la espuma, á los lentos movimientos de las aguas
    depositando sus aluviones.

    Todos estos depósitos, por ligeros que sean, contribuyen á levantar el
    fondo, y tarde ó temprano, transcurridos años ó siglos, emergen
    nuevamente, y fertilizando el terreno, se recubre éste de vegetación.
    Este trabajo se hace lenta pero continuamente y cada año, cada día, la
    forma del cauce cambia por las continuas sedimentaciones. Dondequiera
    que un obstáculo contenga la rapidez, el arroyo cesa de empujar los
    granos de arena del fondo y abandona las partículas sólidas que llevaba
    en suspensión. Si una piedra caída, si un árbol derribado, si un haz de
    cañas turba la regularidad del lecho, inmediatamente la tranquila
    corriente del fondo del arroyo depositará un pequeño banco de arena
    delante del dique, que más tarde es probable se convierta en islote.
    Sobre todos los puntos bajos donde el agua se arrastre con esfuerzo, los
    depósitos se acumulan, nacen los juncos, y las riberas, levantadas sobre
    pequeñas penínsulas, avanzan incesantemente sobre la superficie del
    arroyo.

    Clarificándose sin cesar por las asperidades del fondo y de las
    márgenes, la corriente que por arriba había enturbiado el violento
    chubasco ó los hundimientos de tierra, recobraría bien pronto su pureza
    si en su marcha no derribara continuamente de un lado para edificar en
    otro. Contiene su marcha y se purifica contorneando los cabos arenosos,
    pero se precipita con furia contra los altos ribazos, los mina por la
    base y se carga nuevamente de materias extrañas. De curva en curva y de
    una á otra ribera, alterna en su trabajo; deja en la derecha lo que ha
    tomado en la izquierda: el ritmo de los meandros se completa por el del
    trabajo.

    En los prados que no están protegidos por un dique ó una hilera de
    árboles contra el ímpetu del arroyo, las débiles márgenes son fácilmente
    derribadas. El agua que las golpea mina su base; pero durante algún
    tiempo, las raíces entremezcladas en el césped sostienen la capa
    superior, saliente como cornisa por encima del agua. Cuando niños, ha
    sido la alegría de todos nosotros correr diestramente á lo largo de este
    borde tembloroso y hundirlo á patadas en enormes fragmentos, huyendo
    oportunamente para no ser arrastrados en la caída, siendo grande nuestra
    alegría, cuando una enorme masa de tierra se desprendía y caía con
    estrépito enturbiando extensamente el agua del arroyo. Pero más de una
    vez también, la serie de nuestras aventuras ha terminado con un
    imprevisto remojón y el desgraciado náufrago, repentinamente calmado de
    su loca alegría, ha tenido que retirarse cabizbajo á la choza inmediata
    del campesino para enjuenjuagarse ropas en la hoguera de sarmientos.

    Después de las paredes de dura roca, las riberas que mejor resisten la
    fuerza de la corriente son las protegidas por una poderosa plantación de
    árboles. Los álamos, chopos y alisos, sirven de baluarte contra la
    invasión del agua. Sus raíces, que penetran profundamente en la tierra,
    hacen el papel de fuertes pilotes, mientras que las raíces pequeñas,
    agitándose como extrañas cabelleras y desplegándose en largos haces, se
    sumergen hasta el fondo del cauce, y por sus millares de fibras se
    convierten en indestructibles tejidos. En las grandes crecidas, cuando
    la masa de agua ha disuelto y arrancado la tierra que rodea á esos
    tejidos de raíces, éstas contienen la rapidez de la corriente,
    conservando entre sus mallas las partículas de limo; las obligan á
    depositarse en sus intersticios y forman una capa que reemplaza á la
    orilla anterior. Protegidos así, los márgenes, amenazados por la
    violencia del líquido elemento, se mantienen durante años y siglos
    mientras que, desprovistos de vegetación, cambiarían constantemente.

    No obstante, el tiempo hace siempre su obra. Como consecuencia de un
    desprendimiento ó de trabajos subterráneos de algunos animales, la
    ribera concluye por presentar un punto débil al que la corriente ataca
    para destruir las empalizadas que encajonan el arroyo. Las raíces de
    los árboles quedan al aire, el agua mina la base del tronco, y, privado
    del punto de apoyo, se inclina por encima del agua. Llegado este
    momento, el peso del árbol activa su propia ruina; las largas raíces que
    se sujetaban al suelo del prado tienen que resistir á un esfuerzo cada
    vez mayor; ceden primero por un punto, luego por otro, y el árbol se
    inclina cada vez más. Grandes grietas se abren en el suelo violentado
    por la tensión de los cables subterráneos que sostienen el gigante
    caído; el agua de lluvia se introduce por esas fisuras y las ensancha;
    alrededor del tronco se forma una depresión circular que facilita más el
    desenterramiento de las gruesas raíces. En un día de tormenta ó
    inundación se vence la resistencia de éstas, se rompen las amarras y el
    coloso cae con estrépito, rompiendo las ramas de los árboles de la otra
    orilla; el árbol que cae, rompiendo sus ramas pequeñas, llega á
    descansar en la margen opuesta, convirtiéndose en un gracioso puente,
    sobre el cual se puede pasar sin temor. El acceso, no obstante, es algo
    difícil. Por un lado, la entrada del puente tiene como obstáculo el
    enorme abanico de raíces arrancadas y el montón de tierra y piedras que
    llenan los intersticios; y por el otro, las ramas enlazadas y las
    astillas obstruyen el paso.

    En una comarca virgen, donde el hombre deja sin su intervención que se
    realicen con el tiempo los fenómenos de la naturaleza, el árbol se
    quedaría así tendido al través del arroyo durante años enteros, hasta
    que el agua cambiara de curso, ó que el tronco, carcomido por los
    insectos, desapareciese convertido en polvo. En nuestros países
    civilizados el campesino se encarga de cortar las raíces á hachazos y
    llevarse el tronco del árbol limpiando el suelo hasta de sus más
    pequeños trozos. La madera, vendida, se convierte en dinero y el pequeño
    ramaje lo consume el fuego: sólo quedan fragmentos de raíces
    subterráneas; sin embargo, el agua, cambiando de curso, concluirá tarde
    ó temprano por arrastrar la tierra que las rodean y por dejarlas
    aisladas en mitad del arroyo. Desde hace ya muchos años las ramas
    pequeñas han sido atadas en haces y el tronco serrado en tablas pero se
    ven surgir del fondo del arroyo los trozos de antiguas raíces parecidas
    á una hilera de estacas plantadas. La fecunda naturaleza ha ocultado con
    su verde envoltura las roturas de la madera; sobre los viejos pedazos
    esponjosos, un bosquecillo de musgo vegeta como un grupo de palmeras
    sobre un islote del océano. El trozo de raíz se reviste, despojado de su
    corteza, de un mundo de plantas alegres y verdosas.

    Antes que la inexorable hacha del leñador haya cortado en viguetas,
    palos y ramajes el árbol caído, transcurren aún muchos días durante los
    cuales podemos aventurarnos á pasar por el singular puentecillo,
    festoneado de guirnaldas de hiedra bañada por la corriente. La travesía
    no ofrece peligro alguno, porque el tronco es ancho y en caso de
    necesidad, se puede pasar resbalando con ayuda de las manos; pero es
    preferible pasar á la orilla opuesta conservando la posición vertical
    sirviéndose de los brazos como de un balancín. Es cosa agradable cambiar
    así de orilla, sentarse tan pronto á la sombra de un álamo como de un
    sauce, ir de la pradera ya arrasada por la hoz, embalsamada por el olor
    del heno, al césped matizado de flores. Y además nos hacemos la ilusión
    de volver á los primeros siglos de la humanidad naciente, cuando el
    salvaje, sin la suficiente destreza para construir puentes sobre los
    arroyos, se servía como nosotros de los que le deparaba la pródiga
    naturaleza.

    El viaje aéreo por encima del agua, viéndola correr bajo los pies, no es
    más agradable cuando el árbol caído llega á la ribera opuesta que cuando
    sólo descansa en un islote del arroyo. Los convencionalismos de la vida
    han hecho de la mayor parte de nosotros seres pretenciosos que nos
    creemos humillados al sentirnos felices por poca cosa; por eso nos es
    necesario remontarnos á nuestra infancia para comprender, en aquella
    cándida edad, la alegría que nos producía la excursión, de algunos pasos
    solamente, sobre una pequeña isla. Allí adoptábamos actitudes de
    Robinsón: los sauces, que nacían en el lodo, alrededor del banco de
    arena, eran nuestro bosque; los grupos de juncos eran para nosotros
    inmensos prados; teníamos también grandes montes, pequeñas dunas
    amontonadas por el aire en el centro del islote, y en ellas
    construíamos nuestros palacios con pequeñitas ramas caídas, practicando
    agujeros en la arena. Los dos brazos del arroyo nos parecían anchísimos
    estrechos, y para convencernos más de nuestra soledad en la inmensidad
    de las aguas, hasta les dábamos el nombre de océanos: uno era para
    nosotros el Pacífico; el otro, el Atlántico. Una piedra aislada sobre la
    que chocaba la corriente, se llamaba la blanca Albión, y más lejos, una
    cabellera de limo detenida por la arena, era la verde Erin. Es verdad
    que más allá de las islas y los mares, á través del follaje de los
    álamos, veíamos sobre la colina el rojizo tejado de la casa paterna;
    pero, encantados en el fondo de saber que estaba tan cerca, hacíamos
    como que ignorábamos tal cosa, creyendo haberla dejado al otro lado del
    globo.

    Con frecuencia, el tronco del árbol separado de la orilla, se queda
    inclinado por encima de la corriente y su ramaje no está en contacto con
    las hierbas de la opuesta ribera. Este árbol medio caído, es también una
    especie de isla por la que nos podemos aventurar sin temor. Como
    consecuencia del descenso de las tierras, la base del tronco está
    sumergida en el agua y ceñida de cañas y brozas flotantes. De un salto
    puede posarse uno sobre la isla que se estremece, y luego, extendiendo
    los brazos para mantener el equilibrio, se sube con precaución y á
    cortos pasos por el árbol, que se mece como un sér vivo. Encima
    precisamente del punto donde el arroyo es más profundo y el agua pasa
    ante la vista con mayor rapidez, las ramas grandes se separan del tronco
    y se dividen en ramitas pequeñas curvadas por el peso de sus tiernas
    hojas. ¡Cuántas veces, ya en plena juventud, buscando la soledad, me he
    sentado sobre el espacio libre entre rama y rama, descansando encima del
    arroyo y balanceando mis piernas en el vacío! Allí podía tranquilamente
    encontrar la alegría de vivir ó abandonarme en paz á mis tristezas.
    Desde lo alto de mi oscilante asiento, seguía con la vista el hilo de
    agua, las islas é islotes de espuma, unas veces aislados, otras
    agrupados como archipiélagos, las hojas dando vueltas, los largos
    montones de hierba y los pobres insectos sumergidos, agitándose en vano
    contra la inexorable corriente. De vez en cuando, mi mirada, abandonada
    al declive como todos esos objetos flotantes, se remontaba más allá para
    dejarse arrastrar por una nueva procesión de trozos de caña y otros
    fragmentos rodeados de espuma. Alegre ó melancólico, me dejaba así
    fascinar por la corriente, símbolo de ese curso que nos arrastra á todos
    hacia la muerte, y luego, sustrayéndome con pena á la atracción del
    agua, elevaba mi mirada á los frondosos árboles, en los que se
    estremecía la vida, y hacia los ricos prados y serenos montes inundados
    de sol.

    CAPÍTULO XII

    #El paseo#

    Si es encantador y variado para el Robinsón tendido en el islote ó
    encaramado al tronco de un árbol, el aspecto del arroyo, es mucho más
    hermoso todavía para el visitante que sigue la orilla de sinuosidad en
    sinuosidad, caminando tan pronto sobre las rocas tapizadas de zarzas,
    como sobre la espesa hierba de la pradera, ó bajo la móvil sombra de las
    ramas agitadas. No todos, sin embargo, saben gozar de la belleza de las
    aguas corrientes. El desgraciado que se pasea por holgazanería y para
    «matar el tiempo», que no sabe en qué emplear, ve en todas partes
    objetos que le aburren, hasta en las cascadas, en los remolinos, en las
    hierbas ondulantes del fondo y en los torbellinos de espuma.

    Para saborear todo cuanto ofrece de delicioso un paseo por la orilla del
    arroyo, es preciso que el derecho de la pereza haya sido vencido con el
    trabajo y que el espíritu cansado tenga necesidad de adquirir nuevo
    aliento contemplando la naturaleza. El trabajo es indispensable para
    quien desea gozar del reposo, lo mismo que el recreo cotidiano es
    necesario al obrero para renovar sus fuerzas. No habrá tranquilidad en
    el mundo, ni equilibrio inestable en la sociedad, mientras los hombres,
    condenados en número infinito á la miseria, no tengan todos, después de
    la diaria tarea, un momento de descanso para regenerar el vigor y
    mantenerse así con la dignidad de seres libres y pensantes.

    Juguetear por la orilla del agua es un reposo agradable y un poderoso
    remedio para no llegar al nivel de las bestias. Desde que leí no sé
    donde, en la prosa de un autor latino, que Escipión el Joven y su amigo
    Loelius gustaban de distraerse paseando por la orilla de los arroyos,
    siento hacia ellos cierta simpatía. Es verdad que Escipión era un
    guerrero que hizo matar y mató muchos hombres honrados que defendían su
    patria contra la invasora Roma y saqueó é incendió muchas ciudades; pero
    á pesar de sus crímenes, que son los de todos los enemigos del hombre,
    no era un conquistador vulgar, puesto que en vez de exhibirse
    orgullosamente en actitud majestuosa entre sus conciudadanos, no se
    creía rebajado divirtiéndose como un niño de aldea, y se entretenía
    arrojando pedazos de madera al agua y lanzando piedras llanas sobre la
    superficie para verlas resbalar y saltar por encima del arroyo. Los
    graves historiadores no creen digno consignar ese título de gloria del
    gran guerrero, pero, á pesar de ellos, es el que más acreedor le hace á
    la simpatía de la posteridad.

    Pero no nos es necesario buscar ejemplos en la antigüedad romana para
    poder gozar sencillamente de la naturaleza. No es tampoco necesario
    examinar polvorientos libros para convencernos de que es agradable y
    bueno pasear por las márgenes del arroyo contemplando su variado
    aspecto. Todas las imágenes graciosas de sus saltos, de sus rizadas
    ondas y sus bordados de espuma, nos reponen bien pronto de los fastidios
    del oficio ó de las laxitudes del trabajo, reanimando nuestro espíritu,
    hasta cuando la mirada, fatigada, vaga errante sobre las aguas sin
    fijarse en ningún objeto determinado. Por otra parte, la vista del
    arroyo nos fortifica y rejuvenece tanto más cuanto mayor y variado es el
    espectáculo que nos ofrece, cambiando cada época del año, cada mes y
    hasta cada día. Gracias á la variación del paisaje que nos rodea,
    nuestras ideas rejuvenecen también; el ambiente que nos rodea satura
    nuestra vida de nuevas fuerzas.

    Hasta en la temporada en que la naturaleza se muestra más avara de sus
    riquezas, el arroyo nos encanta por su nuevo aspecto. Durante los
    grandes fríos, los hombres que mejor resisten las bajas temperaturas,
    pueden asistir á presenciar la lucha conmovedora que se verifica entre
    el hielo invasor y el agua que queda líquida. De cada pequeña piedra y
    de cada raíz descubierta, parten una serie de agujas de cristal que,
    ordenándose unas tras otras, avanzan por la superficie del agua
    formando láminas radiantes á derecha ó izquierda y una capa de hielo
    formada por innumerables láminas, se teje lentamente sobre la superficie
    líquida. Luego, una especie de collarete, graciosamente cortado, oscila
    alrededor de los puntos prominentes de la orilla, de los juncos y las
    raíces sumergidas en el agua, y cada una de esas franjas de hielo,
    adquiere sucesivamente desde el tono mate del cristal sucio, al brillo
    del diamante, según el movimiento de las pequeñas ondulaciones que la
    agitan y la hacen contenerse, tan pronto sobre una capa de aire como
    sobre la misma masa de agua. Avanzando poco á poco hacia la anchura, el
    simple collarete de cristal se agranda, y recubre á una gran distancia
    de la orilla la tranquila corriente del pequeño arroyo. Sólo un estrecho
    camino por donde pasa la corriente rápida, queda abierta por entre las
    débiles películas con que termina la helada lámina. Sobre la superficie
    de las rocas que bordean la cascada, las gotas de agua forman un tenue
    capa de hielo y el líquido que se extiende lentamente por las fisuras de
    la peña se endurece en largos regueros transparentes, tan hermosos como
    las estalactitas de las grutas. Al fin, si la temperatura continúa
    bajando, el arroyo se solidifica de una á otra orilla, y á veces se
    congela hasta el fondo, convirtiéndose en una calzada de mármol verdoso
    manchado de puntos blancos por las vesículas de aire que encierra. Las
    cascadas, solidificadas, parecen de lejos cortinajes de seda cuyos
    pliegues han cesado de ondular.

    Pero en nuestros climas templados, es raro que los inviernos sean
    bastante fríos "para helar" completamente el arroyo transformándolo en
    piedra; se pasan á veces muchos años durante los cuales sólo se ven
    sobre la superficie líquida algunas agujas de cristal. En estos
    inviernos, ordinarios en nuestras zonas, las capas sólidas no se
    extienden de una á otra orilla del arroyo, y á la menor subida del
    termómetro se rompen por el empuje de la corriente y los fragmentos,
    entrechocándose, se funden muy pronto arrastrados por el torbellino. El
    hielo desempeña un papel de escasa importancia en la historia invernal
    del arroyo de nuestra comarca; el verdadero aspecto del curso líquido
    proviene, pues, de la nieve que cubre los montes y la llanura.

    El efecto de la nieve es admirable, sobre todo durante los días sin sol,
    cuando el azul del cielo está enteramente velado por las nubes y hasta
    adquiere un tono obscuro por su contraste con la superficie de la
    tierra, cubierta de resplandeciente blancura. El arroyo tiene entonces
    el color gris del hierro; las hierbas del fondo ondulan tristemente; el
    agua, tan alegre y susurrante en la época de las flores, parece que en
    su masa lleve algo doloroso y sombrío. Algunos viejos raigones situados
    cerca de la orilla aparecen cubiertos con mantos de nieve. En los
    márgenes, los grupos de hierba se destacan en negro á pesar de los
    copos blancos de que están cargados, si no están situados muy cerca del
    agua, donde la humedad ha producido el desprendimiento de pequeñas
    avalanchas de nieve. Los arbustos, algunos deshojados ya desde el otoño
    y otros cubiertos de hoja todavía, se balancean débilmente sobre el
    blanco almohadón de armiño que les rodea, y con los extremos de sus
    ramas trazan curvas concéntricas. Un pino solitario sostiene la nieve
    sobre sus ramas extendidas como grandes abanicos horizontales, blancos
    por encima y verdes por debajo. Otros árboles de corteza rugosa, cuyos
    troncos salen de la misma orilla del arroyo, sólo aparecen blancos de
    nieve por el lado del viento; el resto del árbol conserva su propio
    color y las ramas sólo aparecen salpicadas de algunos copos. Más
    hermosos tal vez que en la primavera, porque su fino ramaje no está
    cubierto por multitud de hojas, estos árboles se perfilan en el fondo
    del cielo con sus grandes y pequeñas ramas matizadas de un ligero y
    delicado tono violeta, y sus innumerables ramificaciones parecen tanto
    más elegantes cuanto más sepultada aparece la naturaleza bajo la
    monótona capa de nieve. En la llanura, los campos están por todas partes
    cubiertos por una capa uniforme: sólo suele verse algo de verdura en los
    parajes regados recientemente. A lo lejos, en las altas colinas, los
    árboles del bosque dejan entrever á través del follaje y de las ramas,
    ya rojizas por los capullos y la savia, algo agradable á la vista como
    el plumón de las aves: es la nieve tamizada que pudre los brezos y
    helechos bajo los grandes árboles.

    Al finalizar el invierno, pequeñas flores levantan la tapa de nieve y se
    nos presentan modestas y tímidas, como la dulce promesa de un próximo
    renacimiento. Es que éste viene en efecto; la nieve se funde por las
    ráfagas de aire tibio y se infiltra en el suelo, ó bien, mezclada con el
    barro, se dirige hacia el arroyo por los vallecillos y regueros; la
    vegetación, adormecida durante los fríos, despierta lentamente. Todo
    parece renacer. Un hálito venido del Mediodía ha renovado la vida en la
    arboleda, en el arroyo y en nosotros mismos. El pálido invierno se ha
    alejado hacia el Norte, perseguido en el espacio por vivificantes rayos,
    y desde el hombre al insecto, lo mismo la gota de agua que las hojas
    todas, nos sentimos reanimados por el calor perfumado del sol de
    primavera. Las yemas de las plantas, tan apretadas durante el invierno,
    tan preservadas por su capa de vello y tan sólidamente cubiertas por sus
    escamas de goma, abren con alegría su prisión, y como dardos, aparecen
    en el vacío sus tiernas hojitas; el pájaro, cantando, levanta el vuelo
    de su nido que las hojas empiezan á abrigar; los mosquitos y las
    libélulas, salidos de sus larvas, vuelan alegremente por el espacio; á
    la orilla del agua, que ríe y centellea, se abren las flores amarillas
    de los ranúnculos y jacintos; hasta las desmoronadas ruinas cubiertas de
    floridos girofles, parecen rejuvenecidas, como si la primavera, como el
    invierno, no trabajara igualmente para consumar su destrucción.

    La belleza del cielo, del agua que corre y la verdura de las plantas nos
    extasía. En este renacer del año, nos sentimos como transportados hacia
    la juventud del mundo y al nacimiento de la humanidad. A pesar de los
    siglos pasados nos sentimos tan jóvenes como los primeros mortales,
    despertando á la vida en el seno de la madre bienhechora; hasta somos
    más jóvenes que ellos, puesto que tenemos plena conciencia de nuestra
    vida. La tierra es hoy tan bella como el día que nutría á los Centauros,
    y nosotros, más que esos monstruos, llevamos en nuestro pecho un corazón
    de hombre.

    Lo que más nos encanta, es el juego de luz que penetra en las
    profundidades del agua y nos ofrece delicadísimos espectáculos,
    incesantemente modificados por los rizos y las ondulaciones de la
    superficie. Inclinándonos sobre la corriente, donde la sombra de los
    árboles se retuerce en espirales y se desdobla en delicadas curvas,
    miramos al fondo con sus piedras que parecen estremecerse, su arena que
    bulle, y sus hierbas ondulantes. Ramitas y hojas se suceden sin cesar
    por la superficie radiante, y sus sombras, deformadas por la refracción,
    resbalan por las arenas y las plantas, cuyas raíces y hojas brillan como
    hilos de plata. Cualquiera que sea el contorno del objeto flotante,
    aparece siempre modificado por la luz: la hoja, desarrollada en forma
    de corazón, ó prolongada como el acero de una lanza, toma sobre el fondo
    el aspecto de un disco ó de un óvalo; la paja ó el junco se refleja como
    hilera de pequeños círculos, parecido á un collar prolongado; el insecto
    de agua, patinador insumergible, que remonta la corriente por repentinos
    empujes, se representa sobre el lecho de arena ó de cieno por cinco
    circulitos, de los cuales uno, el más pequeño, lo determinan las dos
    patas anteriores, mientras que los otros cuatro, agrupados á pares, se
    aproximan ó separan según los movimientos del animal. Alrededor de cada
    disco, gris ó negro, un círculo de luz se determina como anillo de fino
    oro; sombras y rayos de luz, cambiados así por las condiciones y
    circunstancias del medio que atraviesan, se proyectan sin cesar sobre el
    fondo, cambiando constantemente de aspecto.

    El centelleo de la luz, tan encantador sobre las piedras lisas que
    cubren el lecho del arroyo, lo es más todavía en las partes donde el
    fondo está alfombrado con multitud de hierbas acuáticas. Los guijarros
    están tapizados de musgo de un verde sombrío con plateados reflejos; las
    delicadas algas que forman el limo, se levantan en pirámides empujadas
    por las burbujas de aire que se desprenden de la arena y que, parecidas
    á globos envueltos en inmensos cordajes, brillan como perlas bajo la
    temblorosa red de fibras. Manojos de hierbas, desplegadas como largas
    cabelleras, ondulan por el impulso del arroyo: agitadas por la rápida
    corriente se estremecen de impaciencia, y en los remansos de agua casi
    inmóvil, se mueven majestuosamente; pero lentas ó precipitadas en sus
    ondulaciones, se alejan y aproximan á la vista, á causa de sus variados
    tonos que cambian incesantemente del blanco mate al verde obscuro. En
    otra parte, un grupo de hojas ovaladas, triangulares y en forma de
    lanza, sobresalen por encima de otro grupo de plantas, tan bien
    entremezcladas, que parecen salir todas de una misma raíz, á las que
    agita á un tiempo mismo una sola onda del arroyo. En un rincón, en el
    fondo del cual los remolinos han depositado una capa de barro, las
    nenúfares extienden sus anchos discos, donde el agua produce reflejos de
    perlas, y sus hermosas flores blancas que para nuestros antepasados los
    egipcios é indostanos, representaban el símbolo de la vida.

    Más lejos, los juncos crecen en apretadas líneas en medio del arroyo
    sobre un banco que se transformará tarde ó temprano en islote: las
    ramitas inclinadas vibran por la presión de la corriente en movimientos
    convulsivos, y cada una de ellas se rodea de olitas, donde la sombra y
    la luz forman una red que se agita sin cesar. Hasta ciertos árboles de
    la orilla contribuyen á la riqueza de la vegetación acuática por
    innumerables radículas flotantes que cubren las gruesas raíces de largos
    mantos color de rosa.

    En medio de ese mundo de plantas se agita el mundo infinito de los
    animales. Peces azulados, rojos, grises y blancos, surcan como rayos la
    cristalina agua ó pasan bajo las guirnaldas del bosquecillo acuático
    como si pasaran bajo arcadas triunfales. La vida está en todas partes;
    en el fondo, donde las formas graciosas é indistintas se agitan sobre la
    arena y el lodo, entre el espeso tapiz de plantas estremecidas
    constantemente por las sacudidas de una pululante multitud, oculta en la
    superficie por donde corren los girinos y se enlazan los insectos
    patinadores por entre los juncos donde brilla el ala matizada de la
    libélula, y bajo los arbustos de la orilla, donde resplandece como un
    zafiro el plumaje del martín-pescador. ¿A quién pertenece, pues, el
    arroyo, del cual nos titulamos propietarios como si fuéramos los únicos
    en gozarlo? ¿No pertenece también, ó mejor que á nosotros, á todos los
    seres que lo pueblan, del que sacan la subsistencia y la vida? Pertenece
    á los peces y á las plantas, á los mosquitos que vuelan en torbellinos
    encima de los remolinos y á los grandes árboles que el agua y los
    aluviones del arroyo hinchan de savia.

    Entre estos seres que buscan para ellos la mayor parte de cuanto es de
    su dominio, existe una guerra implacable; cada uno, en lucha por la
    existencia, vive en detrimento de su vecino. En cuanto á mí, quisiera
    vivir en paz con todos; procuro respetar, la flor y el insecto; pero sin
    apercibirme, ¡cuántos seres destruyo! Aplasto multitudes infinitamente
    pequeñas cuando dejo caer mi pesada masa sobre la hierba; arraso y
    produzco cataclismos en la historia de un mundo imperceptible cuando
    subo á un árbol para balancear mis piernas por encima del agua. Como un
    bárbaro, ¡qué de atrocidades he cometido sin querer, cuando en los
    primeros años de mi infancia salía á estudiar por el campo y me
    instalaba en el tronco cavernoso de un sauce, para leer cómodamente
    alguna novela ó declamar versos con retumbante voz…!

    CAPÍTULO XIII

    #El baño#

    Cuando se siente amor al arroyo, no produce bastante satisfacción el
    mirarlo, estudiarlo y pasear por sus riberas; se siente la necesidad de
    mayor intimidad con él, sumergiéndose en sus aguas. Como nuestros
    antepasados, nos convertimos en tritones.

    Pero no siempre es esto cosa fácil, y durante el invierno, cuando el
    aire frío silba en las ramas, cuando la nieve cubre el suelo, ó en la
    superficie del agua se forman láminas de cristal, son poco numerosos los
    hombres bastante activos que se atrevan á bañarse en el agua helada. El
    contacto con el agua corriente da ciertamente fuerza á los que no temen
    rozarse con ella; sin embargo, antes de realizar la ceremonia del baño
    nos suele parecer singularmente peligrosa. Es preciso que nos desnudemos
    rápidamente detrás del tronco de un árbol, para estar al abrigo del aire
    helado, que nos olvidemos del frío que contrae nuestros miembros; todo
    es en vano; el viento nos recuerda la dura realidad. A nuestros pies
    corre el agua, rápida y sombría; sin tocarla, sentimos que está helada;
    el soplo de aire que la riza nos hace temblar de frío. Para sentir menos
    la violenta caricia del agua tendríamos que obrar con decisión y
    arrojarnos bruscamente en el arroyo; vacilamos, no obstante, y antes de
    realizar el salto definitivo tomamos aliento dos ó tres veces.

    Después de haber triunfado de los pueriles temores, describimos una
    curva por debajo del agua y sentimos el aire silbar en nuestros oídos;
    la superficie, abierta por nuestra cabeza, se agita en derredor; nos
    sentimos como perdidos en un abismo rugiente que nos aprisiona. En un
    abrir y cerrar de ojos, por un movimiento de ascensión, saltando del
    fondo con un empuje del pie y un esfuerzo de los brazos, salimos á la
    superficie; pero, al menos yo, no ceso de agitarme como para librarme
    del escozor que el agua helada me produce: nado á la desesperada igual
    que si luchara contra una corriente amenazadora. No obstante, para
    tranquilidad de mi conciencia, me sumerjo de nuevo completamente;
    luego, satisfecho de haber cumplido con mi deber, me precipito hacia la
    orilla, que salvo con rapidez, enjugo mi cuerpo enrojecido por el frío y
    me cubro de prisa con mis ropas todavía calientes. A mi inquieta
    agitación sucede la tranquilidad del alma: por los sufrimientos de un
    momento, me he hecho más fuerte, más dispuesto, más feliz, y dirijo una
    mirada altiva sobre esa corriente rápida y obscura que un minuto antes
    miraba aterrorizado.

    No obstante, declaro que es más agradable el baño frío que se toma en
    pleno verano en las profundas balsas del torrente, por donde pasan las
    primeras aguas del arroyo en las gargantas mismas de la montaña. La masa
    líquida que parece helada, es nieve apenas fundida que no se ha
    entibiado todavía absorbiendo abundante aire; conserva toda la crudeza
    primera, y su color, de un azul fuerte, tiene yo no sé qué de hostil. Se
    tiembla anticipadamente, no sólo de frío, sino también de deseo, y para
    calmar el cansancio de la marcha nos arrojamos voluptuosamente en el
    agua helada. Las piedras y arena del fondo brillan con un tono amarillo
    pálido á través de la capa líquida; pero en algunas brazadas nos
    encontramos encima del abismo; el agua transparente parece aire
    condensado, y, no obstante, no distinguimos el fondo; parece que nos
    hallemos suspendidos en el espacio y nadamos con precaución como si
    repentinamente fuéramos á caer en una sima. Después sentimos que el frío
    nos domina poco á poco, y dando unos cuantos empujes nos dirigimos á la
    orilla para volver al calor de la vida y gozar de nuestro acrecentado
    vigor.

    ¡Oh lagos queridos de los Pirineos y los Alpes, Séculejo, Doredom,
    Lauzannier, os conservo todavía en mi memoria tal cual os veía cuando
    yo, con otros amigos, resbalaba rápidamente sobre vuestra superficie.
    Veo aún las piedras de granito amontonadas en la orilla, el bosque de
    pinos reflejado sobre el agua rizada, los declives, las altas vertientes
    de los prados y, más lejos, las grandes explanadas donde empieza la
    curva oscilante de la cascada! ¡Os veo también, hermosos manantiales de
    los grandes ríos, que vais á perderos en el mar á cientos de kilómetros
    de vuestro origen! ¡Con sólo cerrar los ojos, mi pensamiento se
    transporta hacia un alegre torrente, al Vesubio, al Gordolarque, al
    susurrante Embalire, ó hacia cualquier otro sitio de la libre montaña!

    En la primavera, el arroyo de la llanura no produce la fuerte
    voluptuosidad de reaccionar contra el frío glacial del agua, y las
    inmersiones producen apenas impresión. La tibieza del aire se ha
    comunicado á la masa líquida, y hasta los niños pueden bañarse y
    juguetear en el agua fresca. Los muchachos, sentados en los bancos de la
    escuela, levantan con frecuencia los ojos de los libros de estudio para
    mirar con avidez el camino que conduce al arroyo; luego, cuando al salir
    se sienten libres, se dirigen con alegría hacia el charco profundo,
    donde retozones y alegres van á bañarse. Rápidamente se desnudan, y cada
    uno se convierte en un Neptuno «levantador de olas»; y trabaja con todas
    sus fuerzas para agitar las ondas y convertirlas en masa de espuma,
    produciendo pequeñas tempestades en el arroyo conquistado para ser su
    dominio durante una hora.

    En el verano, durante los días calurosos en que el aire permanece
    inmóvil, es cuando más agradable resulta convertirse en tritón. No es
    preciso tener doce ó quince años para arrojarse al agua lleno de
    felicidad como en su elemento propio; cualquiera de nosotros, si los
    convencionalismos y falsedades de la vida no nos han corrompido
    enteramente, puede volver á las alegrías de la juventud dejando por un
    momento sus ropas en la orilla del agua. Por mi parte, declaro que me
    siento todavía niño cuando me arrojo en el arroyo querido. Después de
    haber satisfecho mi primer entusiasmo atravesando varias veces el charco
    profundo donde se agitan las aguas, y después de haber querido remontar
    la corriente, levantando á mi alrededor un caos de olas precipitándose
    unas con otras, descanso abandonándome tranquilamente á la felicidad de
    la vida sobre el agua dulce que me acaricia. ¡Qué alegría sentarme sobre
    una piedra bajo el chorro de la cascada, sentir caer el agua sobre mí
    como sobre una roca y verme envuelto en un manto de espuma! ¡Qué placer
    también dejarme arrastrar por las aguas corrientes hasta un escollo
    donde me agarro con una mano, mientras que el resto de mi cuerpo,
    levantado por las olas, flota de un lado á otro bajo el impulso de la
    corriente! Me dejo arrastrar, y voy á parar como un madero sobre un
    banco de arena donde cristalitos de mica brillan como pepitas de oro y
    plata. Por el peso de mi cuerpo, el banco se hunde, los granos de sílex
    y las delgadas piedras cambian de punto. Corrientes parciales, pequeños
    remolinos, se forman á mi lado como alrededor de un islote; muellemente
    acostado, contemplo el espectáculo interesante que bajo la pequeña capa
    de agua me ofrece la transformación del banco de arena, disminuyendo de
    un lado por la corriente y aumentando del otro por el continuo arrastre
    de aluviones.

    A veces, el fondo sobre que me arrastra la corriente, está cubierto de
    verdes y oscilantes hierbas, muelles sinuosidades que me acarician, me
    enlazan; improvisándome un lecho encantador. ¿Es el agua? ¿es la
    ondulante cabellera de las plantas la que me levanta así, haciéndome
    flotar en la superficie del arroyo? No lo sé; mi imaginación se pierde
    además en una especie de ensueño. Hasta me parece que me he convertido
    en parte integrante del medio que nos rodea; me siento homogéneo á las
    hierbas flotantes, á la arena que se arrastra por el fondo, á la
    corriente que hace oscilar mi cuerpo; miro con extrañeza los árboles que
    se inclinan sobre el arroyo, los espacios del cielo azul que se ven por
    entre las ramas, y el escueto contorno de las montañas que distingo á
    lo lejos en el horizonte. ¿Es acaso real todo ese mundo exterior? Yo
    también, como el pescador de la leyenda, veo la maravillosa sirena
    hacerme señas con el dedo, me siento atraído por su mirada que fascina y
    oigo resonar el eco de su canto pérfido y melodioso, «¡Ah! ven, ven
    conmigo y seremos felices.» A veces me siento envidioso del joven que
    cede al llamamiento de la sinuosa ondina, cuya flotante cabellera va á
    mezclarse con las del verde limo. Pero yo sé que, desembarazándose de
    las amargas preocupaciones de la vida, su existencia va á extinguirse
    por las caricias del agua pura y las ondulaciones de las estremecidas
    hierbas. La naturaleza tiene para sus amantes seducciones de las que es
    preciso desconfiar como de la voz de las sirenas ó de la belleza de la
    hada Melusina. ¡Haciéndonos amar demasiado la soledad, nos arrastra
    lejos del campo de batalla, donde todo hombre de corazón tiene el deber
    de combatir por la libertad y la justicia! La naturaleza es hermosa, sí;
    todos debemos comprender su encanto, pero hemos de saber gozarla con
    prudente alegría, no abandonándonos jamás á sus fatales sugestiones.

    Uno de los grandes placeres del baño, de los cuales no siempre nos damos
    cuenta, pero que no por eso deja de ser real, es que momentáneamente se
    vuelve á la vida de nuestros remotos antepasados. Sin ser esclavos por
    la ignorancia como los salvajes, somos, como ellos, físicamente libres
    sumergiéndonos en el agua; nuestros miembros no sufren el odioso
    contacto de las ropas, y con nuestro vestido dejamos también sobre la
    orilla una parto por lo menos de nuestros prejuicios de profesión ó de
    oficio; no somos ni obrero, ni comerciante, ni profesor; olvidamos por
    una hora las herramientas, libros é instrumentos, y, vueltos al estado
    natural, podríamos creernos todavía en las edades de piedra ó bronce,
    durante las cuales los pueblos bárbaros levantaban sus chozas sobre
    pilotajes en medio de las aguas. Como los hombres de remotas edades,
    estamos libres de convencionalismos; nuestra gravedad de encargo puede
    desaparecer para ser sustituída por franca y ruidosa alegría; nosotros,
    civilizados, envejecidos por el estudio y la experiencia, nos
    encontramos hechos niños como en los primeros tiempos de la infancia del
    mundo.

    Recuerdo todavía con qué extrañeza ví por vez primera una compañía de
    soldados tomar el baño en un río. Niño todavía, no podía imaginarme á
    los militares de otro modo que con sus vestidos colorados, las hombreras
    rojas ó azules, los botones de metal, los diversos adornos de cuero, de
    lana y tela; no los comprendía sino marchando á paso acompasado en
    columnas regulares con tambores al frente y oficiales á los costados,
    como si formaran un inmenso y extraño animal empujado hacia adelante por
    no sé qué ciega voluntad. Pero, fenómeno hermoso; aquel ser monstruoso
    al llegar á la orilla del agua, se fragmentó en grupos ó individuos
    distintos; vestidos rojos y azules se arrojaban en montones como
    vulgares ropas, y de todos esos uniformes de sargentos, cabos y simples
    soldados, veía salir hombres que se arrojaban al agua lanzando gritos de
    alegría. No más obediencia pasiva, no más abdicación de su persona; los
    nadadores, con voluntad propia por algunos instantes, se dispersaban
    libremente por el agua: nada les distinguía á unos de otros. Pero,
    desgraciadamente, al poco rato se oyó un silbido, y la salida se operó
    repentinamente. Mientras nosotros continuábamos jugando en el arroyo,
    nuestros compañeros desaparecieron en sus trajes encarnados con los
    botones numerados, y bien pronto los vimos alejarse marchando en línea
    con paso monótono por la polvorienta carretera.

    Desde entonces he tenido ocasión de ver, en otro clima distinto al de
    Francia, cómo disminuye la hostilidad repentinamente entre enemigos que
    acaban de despojarse de sus vestidos, con los cuales han adquirido la
    costumbre de verse y odiarse. Era cerca de una ciudad de las costas de
    Colombia, en la desembocadura de un profundo arroyo separado del mar por
    un estrecho banco de arena, contra el que se estrellan las olas. Todas
    las mañanas, cientos de individuos pertenecientes á dos razas casi
    siempre en guerra, se encontraban en este punto del arroyo. De un lado,
    estaban los descendientes de los españoles, más ó menos mezclados, que
    venían á hacer sus abluciones cotidianas; del otro, los indios que se
    aprovechaban de una tregua para dirigirse al mercado de la playa. De
    orilla á orilla se lanzaban miradas de odio y palabras de insulto,
    porque se acordaban de combates y degollaciones, de víctimas
    estranguladas, ahogadas, enterradas con vida; pero cuando los guerreros
    rojos, despojándose de su túnica parecida á la de los antiguos helenos,
    aparecían con la resplandeciente belleza de sus formas y al lanzarse al
    río para atravesarlo de unos cuantos empujes, se olvidaban del antiguo
    odio y hasta parecía que nos amábamos. A pesar de todo, ¿no éramos
    hermanos? También ellos me parecía que nos miraban sin ira, pero al
    salir del agua sacudían su larga y negra cabellera, alejándose
    altivamente sin volver la cabeza, desapareciendo muy pronto tras un
    saliente de la playa.

    CAPÍTULO XIV

    #La pesca#

    El arroyo no es sólo para nosotros el más gracioso ornamento del paisaje
    y el lugar encantado de nuestras alegrías; es además para la vida
    material del hombre un depósito de alimentación, y su agua fecunda
    nutre las plantas y los peces que sirven para nuestra subsistencia. La
    incesante batalla por la vida, que nos ha hecho enemigos del animal de
    los prados y del pájaro del cielo, excita también nuestros instintos
    contra los habitantes del arroyo. Al ver la trucha resbalar rápida por
    la masa líquida como un rayo de luz, no nos contentamos con sólo admirar
    la forma prolongada de su cuerpo y la maravillosa rapidez de sus
    movimientos, sino que lamentamos también no poder coger al animal y
    tener el placer de comérnoslo. Esta terrible boca poblada de dientes que
    se abre en medio de nuestra cara, nos hace parecidos al tigre, al
    tiburón y al cocodrilo. Nosotros, como estos animales, resultamos
    bestias feroces.

    En siglos pasados, cuando nuestros ascendientes ignoraban el arte de
    cultivar el suelo y sembrar el grano alimenticio para convertirlo en
    espiga, el hombre que no tenía el recurso de la antropofagia, había de
    recurrir, para alimentarse, á desenterrar raíces del suelo, á comerse
    las matas de hierbas sabrosas, los cadáveres de los animales cazados en
    el bosque y los peces cogidos en el mar ó en los ríos.

    Así llegaron, apremiados por la necesidad, á adquirir una habilidad como
    pescadores, que hoy nos maravillaría. No menos hábil que el sollo, se le
    escapaba raramente la presa que había divisado. Inmóvil sobre la orilla,
    parecido á un tronco de árbol, esperaba pacientemente que el pez pasara
    á la distancia de su brazo, y, cogiéndolo con rapidez, le aplastaba la
    cabeza con una piedra.

    Los indios de América, que son todavía salvajes, atraviesan al pez que
    pasa con su ayagaza ó el dardo salido de su cerbatana, con una seguridad
    admirable.

    Además, los arroyos y los ríos estaban en otro tiempo bastante más ricos
    de peces que en nuestros días. Después de haber cogido en las aguas lo
    necesario para el sustento de la familia, el salvaje, satisfecho, dejaba
    los millares y millones de huevos que se desarrollaran en paz, y gracias
    á la inmensa fecundidad de las especies animales, las aguas estaban
    siempre pobladas y exuberantes de vida. Pero el ingenio del hombre
    civilizado ha hallado el medio de destruir esas razas tan prolíficas,
    que cada hembra podría en algunas generaciones llenar las aguas de una
    masa sólida de carne. Con su imprevisor afán ha llegado á hacer
    desaparecer muchas especies que vivían en otros tiempos en nuestros
    arroyos. No solamente se ha servido de redes que tamizan la masa líquida
    y aprisionan todos los seres que la pueblan, sino que ha recurrido
    también al veneno para destruir de una sola vez grandes multitudes y
    hacer una última captura más abundante que las anteriores.

    Sin embargo, los verdaderos pescadores, los que se honran con tal
    título, reprueban esos medios vergonzosos de destrucción que no tienen
    el mérito de la sagacidad ni el conocimiento de las costumbres de los
    peces. De otra parte, por un contraste que parece extraño á primera
    vista, el pescador ama á todas esas pobres bestias de las que es
    perseguidor; ha estudiado sus hábitos y género de vida con cierto
    entusiasmo y procura descubrir sus virtudes é inteligencia. Como el
    cazador que habla de los interesantes hechos del chacal y el jabalí, el
    pescador se exalta contando las finezas de la carpa y las astucias de la
    trucha, respetándolos casi como adversario, los combate con hábil juego
    y se irrita contra los indignos sujetos que destruyen la raza.

    Paseándome con frecuencia por la orilla del arroyo, he podido estudiar
    detenidamente al pescador ideal, al tranquilo pescador de caña, detrás
    del cual las arañas tejen tranquilamente su nido. Más de una vez he
    notado que el pacífico pescador no agradecía mi presencia que turbaba
    sus ritos casi religiosos; no volviendo hacia mí la cabeza ni haciendo
    un gesto de impaciencia, he comprendido no obstante, su hostilidad, y,
    temeroso de excitar su ira, he pasado por detrás de él, marchando sobre
    la hierba y conteniendo hasta el aliento. Cuando ya no me veía más que
    como una línea del paisaje igual que una piedra ó un tronco de árbol,
    yo, satisfecho de verlo á él tranquilo, le miraba tranquilamente. En él
    no hay fraude alguno. Con fe sincera pone su cebo, lanza su caña y
    durante minutos y horas espera que el pez indiscreto tenga la desgracia
    de morder el anzuelo. Nada consigue distraerle de su ocupación; con su
    aguda mirada atraviesa el agua profunda; ve relucir como imperceptible
    reflejo la aleta del pez que pasa, distingue la marcha del pequeño
    gusanillo sobre el cieno; en ciertos estremecimientos del agua adivina
    al pez oculto bajo las hierbas acuáticas; interroga á la vez á las olas
    y los remolinos, las estrías de la corriente y las ráfagas de viento.
    Atento á todos los ruidos, á todos los movimientos, dirige con su caña
    el anzuelo por el fondo ó lo sube un poco, según le aconsejan los
    elementos de la naturaleza que le rodea. Estando tan bien acompañado
    ¿qué le importan los profanos? Ni se digna dirigirles una sola mirada,
    dedicado completamente á vigilar al pez en su madriguera. Un día, un
    aeronauta, enredado en el cordaje de su barquilla, asfixiándose por el
    gas que se escapaba del globo, cayó en medio del Sena, entre dos hileras
    de pescadores, inmóviles como estatuas á lo largo del margen. Ninguno se
    movió. Mientras los barqueros desamarraban á toda prisa sus
    embarcaciones para operar el salvamento del náufrago, los perseverantes
    pescadores continuaban esperando tranquilamente el bienhechor movimiento
    que les advertía de la captura deseada.

    Por otra parte, ningún hombre es más fuerte que el pescador contra las
    adversidades del destino. El pez puede maliciosamente no dejarse coger,
    jugar con el anzuelo sin engancharse; el hombre de la caña, silencioso y
    prudente como un airón sobre su pata, no deja por eso de tener su brazo
    preparado y su mirada fija; jamás se desespera: al sentarse en la orilla
    del agua se halla depositado de las pasiones humanas, de impaciencia é
    ira. Consagrado á su ocupación, espera y espera hasta sin esperanza. Yo
    conocía un pescador á quien la desgracia le perseguía por todas partes.
    Jamás caía en su anzuelo una trucha ni una tenca; sus dolorosas
    experiencias negativas le hacían afirmar que la captura de un pez era
    cosa imposible y que todas las historias de pesca, prodigiosas ó no,
    eran invenciones novelescas. Y, sin embargo, en cuanto disponía de una
    hora de tiempo, aquel escéptico, consagrado á la desgracia, cogía su
    caña, y sin desilusión, suspendía su anzuelo en medio de los burlones
    peces que jugaban dando vueltas alrededor del inofensivo instrumento.

    En cambio, hay pescadores que parecen fascinar el pescado, atraerlo
    irresistiblemente. El público desocupado que los contempla, cree que
    ejercen una especie de magnetismo sobre su presa como la culebra sobre
    las ranas; hasta cuentan que truchas y carpas, arrastrados á su pesar,
    van á morder el fatal anzuelo. No es así, sin embargo, sino á fuerza de
    ciencia como esos pescadores han llegado á ser para nosotros especies de
    magos ordenando á sus víctimas la marcha en procesión hacia su anzuelo.
    Si atraen con tanto éxito al pobre pez fuera de su madriguera de hierbas
    ó roca, es porque conocen todas las necesidades, apetitos y astucias
    del animal, porque observan sus costumbres y hasta los vicios
    particulares: á primera vista saben qué carácter es el de la pobre
    víctima. Además, por una larga experiencia, han aprendido á combinar
    todos sus movimientos; la mirada, el brazo, la mano, la caña y también
    la inteligencia, obran casi siempre de concierto.

    Raros son, no obstante, los pescadores geniales, y el adepto los
    reconoce por no sé qué rasgo característico emanado de su sér. En 1815,
    cuando por segunda vez París, rendido por quince años de servidumbre
    militar, oía el rodar de los cañones prusianos por sus calles, dos
    hombres, indiferentes á la causa pública, estaban tranquilamente
    sentados á las orillas del Sena con su caña en la mano. Jamás se habían
    visto anteriormente, pero cada uno de ellos había oído celebrar la
    gloria de un rival. Sin mirarse siquiera se reconocieron, al ver de
    reojo cada uno á su compañero con qué seguridad en la mirada y los
    movimientos estaba manejado el instrumento y con cuánta inteligencia
    hacía que el cebo buscara á los pescados.

    –«¿Indudablemente es usted el célebre X?

    –Para servirle. ¿Es acaso al famoso Y. á quien tengo el honor de
    contestar?»

    Grandville, caricaturista con frecuencia demasiado ingenioso, se imaginó
    figurar los pensamientos íntimos de un pescador de caña, presentando al
    pobre hombre con su cráneo abierto y dividido en regiones según el
    sistema de Gall. En cada una de las cavidades cerebrales se tramaba un
    crimen horrible. Y el pobre pescador inofensivo, con su mirada pura y
    llena de candor, apareció soñando siempre en perpetrar toda clase de
    atrocidades posibles. Bajo la protuberancia de la «adquisividad» sólo
    pensaba en descerrajar puertas y llevarse montones de oro; bajo la de la
    «secretividad», falsificaba toda clase de documentos; en la caja de la
    «combatividad» asesinaba á un anciano; en cualquier otro rincón de la
    cabeza raptaba la mujer de un amigo, y qué sé yo cuántas infamias más.
    Todas las monstruosidades imaginables se fraguaban en ese cerebro. El
    artista calumniaba villanamente al pescador de caña, atribuyéndole todas
    esas alucinaciones criminales; mientras tiene su vista fija en el agua y
    su brazo presto á levantar su caña, el pobre hombre no tiene conciencia
    de las fugitivas imágenes, buenas ó malas, que flotan en su cerebro; se
    encuentra fascinado por las ondulaciones que brillan, por los hoyuelos
    variables que sin cesar cambian, por el agua que le sonríe y el pez que
    espera.

    Tal vez á causa de esta extraña fascinación que ejercen sobre el
    pescador las aguas libres del arroyo, haya hecho tan pocos progresos el
    arte de la piscicultura desde los tiempos más remotos. Millones de
    hombres se dedican á sorprender el pez salvaje que se agita en las
    aguas: y muy poco numerosos relativamente son los que se ocupan en coger
    su presa para cautivarla y devorarla cuando lo crean conveniente. En
    los países llamados civilizados, la caza no es otra cosa que un
    pasatiempo y la persecución de las bestias salvajes ha sido reemplazada
    por la cría de animales para el matadero. Sólo los hombres holgazanes y
    vanidosos que quieren mantener las tradiciones de sus antepasados para
    distraer su ociosidad, han hecho de la caza la principal ocupación de su
    vida. Pero desde hace ya miles de años, los pueblos arianos, de
    evolución en evolución han cesado de ser cazadores, y se dedican á
    cultivar la tierra, tomando á la vez por compañeros ó víctimas á los
    toros descendientes del urus salvaje que perseguían en el bosque en
    otras edades, En nuestros días, los pieles rojas, tan combatidos por los
    americanos, y que presencian la dispersión de los ganados al ruido de
    las locomotoras que pasan silbando por las praderas, aprenden también á
    uncir los bueyes al yugo, y pasan sin transición del estado de cazadores
    al de pastores y cultivadores del suelo. Pero en lo que se refiere á la
    explotación de la fauna de las aguas, los hombres están todavía y en
    todas partes, salvo en China, país de las gentes _listas_, en las
    prácticas rudimentarias de la barbarie primitiva. Han reemplazado el
    simple palo por una caña más flexible y elegante, han aprendido á torcer
    hilos más delgados y fuertes, á perfeccionar los anzuelos, á atraer á
    cada especie por un cebo especial, y hasta han modificado la forma
    natural de los cursos de agua, haciendo en las cascadas peldaños como
    los de una escalera, por los cuales el pez salido del mar puede
    remontar el arroyo hasta la fuente primitiva; no obstante, es muy
    excepcional el modo de coger al pez, de fecundarlo artificialmente y
    mantenerlo como animal doméstico, pudiendo así presentar al mercado por
    quintales y toneladas, la carne exquisita del buen pescado como se hace
    con la de ternera y carnero.

    En algunas partes, sin embargo, pescadores é industriales han intentado
    reemplazar la pesca por la recría del pescado. Como hombres ociosos la
    mayor parte, han obtenido resultados curiosos, completamente inútiles
    para aumentar nuestros conocimientos sobre los animales, sus costumbres
    y naturaleza, y casi insignificantes bajo el punto de vista económico.
    En un pequeño establecimiento de piscicultura, oculto por las murallas
    de un parque, y vedado á los transeuntes, he podido formarme una idea de
    la ciencia y habilidad profundas que debiera tener un buen recriador de
    peces para el buen éxito de su empresa.

    La piscicultura exige saberlo todo y preverlo todo también. Es preciso
    conocer la naturaleza del fondo y de las aguas favorables á cada
    especie; observar los fenómenos del aire y las variaciones de la
    temperatura para elegir el momento favorable de la extracción artificial
    de los huevos en las hembras y la materia fecundadora en los machos;
    regularizar el impulso de la corriente y darle la fuerza necesaria
    calculada anticipadamente; estudiar los huevos con el microscopio y
    extraer todos los que no tengan el color y la transparencia necesarias;
    examinar la materia fecundante y arrojarla si no tiene el suficiente
    color y fluido y … ¿qué sé yo cuántas cosas más?

    El piscicultor debe además saberse servir de infinidad de instrumentos
    delicados; limpia los huevos con un pincel, separa los cuerpos extraños
    y malsanos por medio de unas pinzas; se sirve de ampolletas para
    trasvasar la simiente de uno á otro recipiente, construye lugares á
    propósito para los huevos que se adhieren á las hierbas y ramitas del
    fondo y muchas otras operaciones entretenidas é inteligentes. Durante la
    época de la incubación necesita velar con cuidado para evitar que los
    enemigos de toda especie, barbos, mosquitos y setas de agua, ataquen á
    la población naciente, variando de hora en hora la corriente y la
    temperatura. Después de la salida del huevo es preciso saber alimentar á
    los animalitos oportunamente y con las, mismas substancias que ellos
    mismos se hubieran buscado. Y además de todo ésto, tiene aún que
    prevenir ciertas terribles enfermedades que repentinamente pueden
    aparecer en su cultivo y destruirlo en algunos días.

    Entre los piscicultores hay algunos que consiguen así salvar de toda
    desgracia á la morralla que ha de transformar en pescado de peso. En
    presencia de su éxito, ¡qué triste recuerdo de las cosas humanas se
    despierta en nosotros pensando en los miles de criaturas, bien
    constituidas para llegar á hombres, que perecen todavía en la cuna! Es
    cierto que los niños recién nacidos ó ya de algunos años están más
    ligados á nuestro corazón que el salmonete y la trucha, pero no por eso
    deja la muerte de llevárselos á miles también. Nuestros hospicios para
    la infancia, bastante más preciosos que todos los establecimientos de
    piscicultura, no son frecuentemente otra cosa que el vestíbulo del
    cementerio. Los huevos de la tenca ó del barbo, lo mismo que los de
    otros peces más exquisitos, son para nosotros menos preciosos que los
    niños confiados á la sociedad por la desgracia y la miseria, y menos
    dignos de nuestra defensa contra las asechanzas de la muerte.

    Si alguna vez se llega á domesticar completamente el pescado de agua
    dulce y suministrarlo á voluntad para la aumentación pública, será
    ciertamente motivo de júbilo, puesto que todas las vidas inferiores se
    emplean aún para alimentar la del hombre; pero no se podrá evitar el
    recordar con tristeza el tiempo en que todos nadaban en completa
    libertad. Contemplando las corrientes de agua regularizadas y reducidas
    á cajas cuadrangulares, donde los peces se engordan como esclavos,
    nuestros descendientes pensarán con cierta tristeza en nuestros arroyos
    libres todavía. Lo mismo que á nosotros nos encanta el relato de la vida
    salvaje en la selva virgen, lo mismo sentirán ellos el encanto cuando se
    les hable del libre arroyo, donde multitud de peces errantes remaban
    contra la corriente, retozones y alegres, con sus aletas y cola, ó del
    pez solitario que atravesaba la corriente como un rayo de luz apenas
    entrevisto, ó bien de las hierbas flotantes estremecidas constantemente
    por las ocultas multitudes que las poblaban. Comparado con el guarda del
    criadero de pescado, el pescador actual, sentado bajo la discreta sombra
    de un árbol, les parecerá una especie de Nemrod, un héroe de remota
    antigüedad.

    CAPÍTULO XV

    #El riego#

    Consolémonos, no obstante. En el porvenir que nos prepara la explotación
    científica de la tierra y sus riquezas, la mayor utilidad del arroyo no
    será la de ser una fábrica de carne viva. El agua que entra en tan
    grandes proporciones en todos los organismos, plantas y animales, no
    cesará de emplearse, como actualmente se hace, en alimentar el mundo
    vegetal de sus orillas. Bebida por las raíces que se mojan en el arroyo,
    el agua sube de poro en poro por los intersticios capilares del suelo,
    hincha de savia multitudes sin fin de árboles y hierbas, y sirve así
    indirectamente á la alimentación del hombre por tubérculos, matas,
    hojas, frutos y simientes. En el trabajo agrícola es donde
    principalmente el arroyo se hace un poderoso auxiliar de la humanidad.

    Después del sol, que lo renueva todo con sus rayos, el aire, que con sus
    vientos y la mezcla incesante de gases puede llamarse «hálito del
    planeta», el agua del arroyo es el principal agente de renovación. Por
    el amor inmenso que hacia todo cambio sentimos, escuchamos con
    satisfacción el relato de las metamorfosis, sobre todo, aquellos de
    nosotros que son aún niños y que el conocimiento de las inflexibles
    leyes no turba todavía su ingenua credulidad. Leyendo las _Mil y una
    noches_, se complace nuestro espíritu viendo cómo los genios se
    convierten en vapor y los monstruos nacen de un reguero de sangre; nos
    gusta contemplar todos los objetos de la naturaleza, bajo los aspectos y
    formas que adquieren sucesivamente, lo mismo que en el aire caliente del
    desierto distinguimos tan pronto palacios con columnatas como ejércitos
    en marcha.

    En las fábulas de la antigüedad griega, en los mitos persas y en los
    viejos cantos indostanes, lo lo que más nos seduce son las
    transformaciones de la piedra y de la hierba, del animal, del hombre y
    del dios, símbolos primitivos del encadenamiento infinito de la vida en
    el universo. A la vista del niño, cualquier viejo tapiz se puebla de
    seres animados. ¡Con qué sencilla fe contempla sobre los viejos y
    apolillados lienzos la imagen de Syrinx extendiendo aún los brazos,
    cuando ya está convertida á medias en grupo de cañas, Procrios echando
    raíces para convertirse en álamo, ó la ninfa Byblis fundiéndose en
    llanto, para correr eternamente en forma de fuente!

    Pues bien; cambios parecidos á los que inventaron la imaginación de los
    pueblos en su infancia y la ficción de los poetas, no cesan de
    realizarse en el gran laboratorio de la naturaleza; sólo que se efectúan
    por un lento trabajo interior, por transición gradual de vida y de
    muerte entre todo lo que muere y lo que nace, y no por súbitos milagros.
    La gota de agua se cambia en célula de planta, esta se transforma en
    simiente, luego en pan y, en el cuerpo del hombre, en parte de vida.

    Parece á primera vista que el arroyo no pueda transformarse así en otras
    plantas que en las de sus orillas. Sin duda que la vegetación de los
    márgenes, aspirando la humedad por sus raíces y bebiendo abundante vapor
    por sus hojas, es bastante más viva y alegre; las parras salvajes, los
    álamos blancos y el temblón con sus hojas de plata constantemente
    estremecidas, se levantan hacia el espacio altos, derechos, hinchadas de
    jugo sus fibras y lisa su corteza, rompiéndose por el impulso de la
    savia que se desborda. Las hierbas, en apiñados y compactos grupos, y
    multitud de arbustos, llenan los intersticios entre los troncos; el más
    pequeño espacio vacío se puebla inmediatamente de plantas deseosas de
    aproximarse al arroyo bienhechor. Pero el agua realiza también su obra
    lejos de sus bordes. Hasta durante la sequía, extiende su vivificante
    frescura rezumando por las pedregosas y arenosas márgenes, y penetra en
    el subsuelo donde alimenta las raicillas de las plantas. Después de las
    lluvias, cuando se eleva el nivel del arroyo, la percolación subterránea
    se propaga y se extiende á lo lejos bajo las capas superficiales del
    suelo de los campos, y durante las grandes crecidas, las aguas
    desbordadas renuevan la tierra, la saturan de humedad y suministran así
    los elementos de vida á la multitud vegetal.

    El espectáculo de los campos inundados es triste ciertamente. Los cercos
    medio cubiertos determinan aún los límites bien conocidos que separan la
    propiedad; los árboles frutales, inclinados por la corriente, sumergen
    en el agua fangosa la extremidad de sus ramas; corrientes y remolinos
    socavan el suelo donde crecían hermosas cosechas. Hasta los bordes del
    lago temporal, todos los surcos abiertos por el arado, se convierten en
    otros tantos regueros, y los caballones dibujan en la corriente largas
    estelas paralelas.

    La inundación, que desvanece la esperanza del campesino, es una
    desgracia, y, sin embargo, en sus temidas aguas, lleva el arroyo un
    tesoro para años venideros. Al destruir las cosechas del año presente,
    deposita el aluvión fertilizante que alimentará las futuras
    fructificaciones. El suelo de la llanura, removido constantemente por el
    trabajo del labrador, se esterilizaría bien pronto si las rocas de la
    montaña, trituradas y tamizadas por la corriente, no se extendieran en
    capas renovadoras y fecundas sobre los campos de la ribera. Según nos
    enseñan los sondeos geológicos, la tierra vegetal y el subsuelo son
    capas de aluvión sucesivamente depositadas de siglo en siglo y
    arrastradas desde las estribaciones de las rocas. En el llano ninguna
    planta hubiera podido germinar si la montaña no se deshiciera sin cesar,
    y si el arroyo no bajara cada año estos residuos para suministrar un
    nuevo elemento á la vegetación de sus riberas. ¿Pero qué hacer para
    evitar que las aguas desbordadas devasten los cultivos y depositen al
    mismo tiempo el aluvión fertilizante? ¿Cómo regularizar las oscilaciones
    del nivel para aprovechar sus beneficios, sin tener que sufrir sus
    desbordamientos? Poco numerosos son los agricultores que han sabido
    resolver ya ese problema, hallando el medio de dominar al arroyo,
    dirigiéndolo á su gusto. Durante el verano la corriente no es más que un
    pequeño hilo líquido, y el campesino se queja; en otras épocas, en la
    primavera y el otoño, según los climas, el arroyo se sale de madre y el
    campesino se queja también.

    Por otra parte, se lamentará siempre, y con razón, hasta que sepa
    asociarse con su vecino para utilizar los recursos que ofrece el agua
    corriente. Actualmente la explotación de esas riquezas se hace con el
    mayor desorden y casi al azar, según el capricho de los propietarios
    ribereños, siendo el resultado de estos disparates, el desastre para
    todos, con muchísima frecuencia. Uno seca terrenos pantanosos,
    construyendo canales subterráneos que desembocan en el arroyo y aumentan
    su caudal; otro lo empobrece, al contrario, haciéndole sangrías á
    derecha é izquierda para regar sus campos; otro aun, rebaja su nivel
    medio limpiando el fondo, destruyendo las aristas de las piedras en las
    corrientes y cascadas, mientras que en otra parte, los industriales,
    elevan la superficie del arroyo, construyendo presas para llevar el agua
    á sus fábricas. Todo esto son fantasías contradictorias, avideces en
    conflicto, que pretenden todas, no obstante, determinar la marcha del
    arroyo. ¿Qué sería de un pobre árbol, á cuántas enfermedades monstruosas
    no se vería condenado, si, lozano y lleno de vida, fuera repartido entre
    varios propietarios, si numerosos dueños pudieran ejercer el derecho de
    uso y abuso, uno sobre sus raíces, otro sobre su tronco, sus ramas, sus
    hojas y sus flores? El arroyo, en conjunto, puede ser comparado con un
    organismo vivo como el de un árbol. También él, desde su nacimiento
    hasta su desembocadura, forma un todo armónico con sus manantiales, sus
    sinuosidades y las oscilaciones regulares de sus aguas, y es una
    desgracia pública el que la serie natural de sus fenómenos sea alterada
    por la explotación caprichosa de propietarios ignaros. Gracias á la
    ciencia y á los esfuerzos particulares, podemos desde hoy vislumbrar la
    época en que el arroyo será útil al interés común de los pueblos. Como
    riqueza perteneciente á todos, el trabajo asociado lo transformará en
    una verdadera arteria de vida para la producción agrícola.

    Los numerosos trabajos de canalización, presas y azudes ejecutados para
    el riego de los campos en muchas partes á orillas de los ríos, nos
    permiten imaginar cuál será el régimen de nuestro arroyo en un porvenir
    más ó menos lejano: con la previsión que nos da la ciencia, lo vemos ya
    desde hoy. Como en los tiempos antiguos, antes de la explotación del
    bosque, pinos y hayas entremezclados, volverán á crecer en las faldas de
    la montaña, de donde bajan las primeras aguas; las raíces que brotan, el
    musgo que las cubre, las hierbas que la rodean y que la cabra no vendrá
    á arrasar, contendrán en su caída las gotas de lluvia y los hilillos de
    nieve fundida. En vez de convertirse en corrientes de una hora, el agua
    se filtrará en el interior del suelo durante las lluvias, y descendiendo
    lentamente por los poros, reaparecerá en el lecho inferior del arroyo
    durante las épocas de sequía. El caudal medio de la corriente será más
    igual, y no pasará súbitamente de la sequía á la inundación. En los
    abruptos declives no se ahondarán repentinamente profundos barrancos, y
    las praderas del valle no desaparecerán bajo los amontonamientos de
    piedras y troncos arrastrados desde las laderas. Acequias abiertas en
    líneas paralelas sobre las redondeces, alternativamente salientes y
    entrantes de las curvas y promontorios, llevarán la vida y harán
    germinar las flores hasta en las áridas pendientes.

    Puede suceder que la acción reguladora de los bosques y el empleo de las
    aguas del torrente en el riego de las altas huertas, no fuera suficiente
    para prevenir las repentinas crecidas por lluvias torrenciales; pero hay
    otros recursos para evitar este peligro. El valle no es igualmente ancho
    en toda su longitud. En ciertos parajes, su fondo nivelado se extiende
    en forma de círculo ó de óvalo, donde antes hubo un antiguo lago,
    llenado gradualmente por sucesivas capas de aluvión; en otras partes,
    las alturas rocosas que se levantan á derecha é izquierda del arroyo, se
    aproximan unas á otras, y sólo están separadas por una estrecha fisura,
    por la cual se desliza el agua rugiendo. En este punto se encontraba
    antes el dique que contenía las olas del lago. Durante las grandes
    lluvias, esta muralla retenía las aguas crecientes, las obligaba á
    extenderse hacia arriba hasta los estribos de las colinas, y,
    lentamente, salvando la valla inferior, descendían por la llanura,
    saltando de cascada en cascada. La naturaleza, con su incesante trabajo,
    ha concluído por derribar esta presa; los troncos, arrastrados como
    palos de buque por la corriente, han conmovido las rocas; el agua se ha
    infiltrado por las hendiduras, y más ó menos pronto, el lago ha podido
    vaciarse, abriéndose paso por la brecha practicada entre las dos
    colinas. Pues bien; este lago puede crearlo el hombre nuevamente y
    determinar á su gusto la altura, la extensión y el contenido; puede
    levantar el dique calculando con precisión su fuerza para resistir la
    presión de las aguas en las grandes crecidas.

    Posesor de este lago artificial y de ese parapeto con sus esclusas
    movibles, el agricultor se convierte en director de las lluvias y
    sequías; impide á las aguas impetuosas correr en torrentes devastadores
    sobre los campos cultivados, prohibe al arroyo bajar en demasía su nivel
    durante la época de sequía, y le obliga á alimentar constantemente los
    canales de riego, llevando á los campos la frescura y la vida. El
    aluvión depositado en el fondo del lago, le servirá además para renovar
    el vigor de sus cultivos, y si quiere, encargará al arroyo el transporte
    de todos esos abonos al suelo que debe ser fecundado. Esperamos también,
    puesto que soñamos en el porvenir y hacia él se dirigen nuestras
    miradas, que los ingenieros encargados de la regularización del arroyo,
    sabrán hacer del gran depósito líquido de alimentación, no una charca
    vulgar con sus playas malsanas y aguas corrompidas, sino un lago puro y
    encantador, sembrado por grandes árboles y bordado de plantas acuáticas,
    para que el artista, lo mismo que el labrador, experimente un gran
    placer al contemplar las aguas cristalinas bajadas de la montaña.

    El verdadero peligro para el porvenir, es el que el agua, considerada
    con justicia por los campesinos como el más preciado de sus tesoros, sea
    utilizada hasta la última gota por los primeros en disfrutarla. En vez
    de amenazar los campos con sus crecidas, el arroyo, sangrado por
    innumerables arterias, puede quedarse seco, dejando en la pobreza á los
    ribereños de su curso interior. Tal es la desgracia que ocurre ya en
    algunas regiones del Mediodía, en la Provenza, en España, en Italia, en
    la India. A su salida de los montes, el susurrante arroyo parece que
    vaya á salvar de un sólo salto la distancia que le separa del mar; su
    espuma choca contra las piedras, corre precipitadamente por las
    pendientes y llena las depresiones profundas de un azul insondable. Como
    joven que entra en la vida sin desconfianzas, el arroyo encuentra
    delante el espacio inmenso y quiere aprovecharlo; pero, á derecha é
    izquierda, pérfidas presas y pequeñas esclusas, restan á su caudal
    porciones de agua que van á ramificarse á lo lejos por los jardines y
    las huertas. Empobrecido de azud en azud, el arroyo se convierte en
    pequeño torrente, sus aguas sin impulso se arrastran serpenteando por
    entre las piedras y luego desaparece bajo la arena, en la que el
    campesino practica hoyos para recoger las últimas gotas del precioso
    líquido. Al llegar á los primeros campos de la llanura, el alegre arroyo
    de los montes ha desaparecido por completo.

    Sin embargo, desapareciendo de su cauce el agua corriente y dividida en
    pequeñas arterias sin nombre, no cesa un instante de trabajar. Reducida
    á hilitos bastante pequeños para ser bebidos á su paso por las raicillas
    de las plantas, entra más fácilmente en el torrente de la circulación
    vegetal para cambiarse en savia, luego en madera, en hojas y en flores,
    y esparcirse de nuevo por la atmósfera mezclándose con los perfumes de
    las corolas. En el llano, transformado en inmenso cultivo, no se ve agua
    en parte alguna y, no obstante, ella es quien da á la tierra la frescura
    y fecundidad; la que puebla los jardines de flores, arbustos y follaje;
    la que multiplica las ramas dando así á las umbrosas avenidas el
    profundo misterio que nos encanta. Bajo otra forma, es también el agua
    la que nos rodea y nos hechiza. A veces oímos á nuestros pies un
    murmullo argentino como ruido de perlas rodando por el suelo; es la voz
    del agua que corre por un canal subterráneo, y cuyos fugitivos reflejos
    nos aparecen vagamente á través de los intersticios de las losas. Cerca
    de una casita, oculta bajo la verdura, un pequeño chorro de agua se
    lanza al vacío descubriendo una curva que el viento ondula, y las
    gotitas de niebla irisada caen á lo lejos sobre las flores como rocío de
    diamantes.

    CAPÍTULO XVI

    #El molino y la fábrica#

    El valiente arroyo no se limita sólo á fertilizar nuestras tierras; sabe
    también trabajar de otro modo cuando no se le emplea completamente en el
    riego de los campos. Es un gran factor en nuestras empresas
    industriales. Mientras su aluvión y sus aguas se transforman cada año en
    trigo por la maravillosa química del suelo, su corriente sirve para
    convertir el grano en harina, lo mismo que podría amasar esta misma
    harina para convertirla en pan si quisiéramos confiarle este trabajo. Si
    su masa líquida es suficiente, el arroyo sustituye con su fuerza la de
    los brazos humanos para realizar todo lo que en otros tiempos hacían los
    esclavos ó las mujeres siervas de su brutal marido: monda el trigo,
    muele los minerales, tritura la cal convirtiéndola en mortero, prepara
    el cáñamo y teje telas. Por eso el humilde molino, aun cuando su base
    esté carcomida y sus paredes pobladas de plantas parásitas, me inspira
    veneración; gracias á él, millones de seres humanos no están ya tratados
    como bestias de carga; han podido erguir la cabeza y ganar en dignidad
    al mismo tiempo que en felicidad.

    ¡Qué recuerdo más encantador conservamos del pequeño molino de nuestra
    aldea! Estaba medio oculto, y tal vez lo esté todavía, en un nido de
    grandes árboles, álamos, chopos, nogales y sauces; á lo lejos se oía su
    tic-tac, pero sin ver la casa, oculta por la vegetación. Sólo en
    invierno, las paredes sucias y agrietadas se veían por entre las ramas
    desprovistas de hoja; pero en cualquiera otra época del año, para ver el
    molino, había que penetrar en la plazoleta que se extendía ante su
    puerta, espantar el grupo de ocas y despertar de su cuchitril al perro
    guardián, siempre gruñendo. No obstante, protegidos por el niño de la
    casa, compañero nuestro de colegio y de juego, nos atrevíamos á llegar
    cerca del leal Cerbero y hasta aproximar nuestra mano á su terrible
    boca, acariciándole dulcemente la cabeza. El monstruo se dignaba al fin
    reconocernos y meneaba su rabo con benevolencia en señal de
    hospitalidad.

    Nuestro sitio predilecto era una pequeña isla en la cual podíamos
    entrar, bien pasando por el molino, construído transversalmente sobre el
    arroyo, ó resbalándonos á lo largo de una estrecha cornisa construida en
    forma de acera en el exterior de la casa; allí estaban las palas y
    adonde el molinero iba á regularizar la marcha del agua. Nuestro camino
    preferido era este. En unos cuantos saltos llegábamos á nuestro islote,
    instalándonos bajo la sombra de un gigantesco nogal can su corteza lisa
    por los frecuentes escalos. Desde allí, los árboles, el arroyo, las
    cascadas y las viejas paredes, se presentaban á nuestra vista en su
    aspecto más encantador. Cerca de nosotros, en el gran brazo del arroyo,
    un dique formado por fuertes maderos contenía la corriente; una cascada
    caía por encima del obstáculo y la espuma iba á chocar contra las pilas
    de un puente con sus grietas pobladas de verdura. Al otro lado, el viejo
    molino llenaba todo el espacio desde los árboles de la orilla hasta los
    del islote. Del fondo de una sombría arcada, practicada bajo las
    murallas, el agua agitada salía como arrojada por un monstruo, y en la
    negra profundidad del antro abierto distinguíamos vagamente pilotajes
    musgosos, ruedas medio dislocadas que daban vueltas torpemente como ala
    rota de gigantesco pájaro, y palas que se sumergían en el torbellino
    produciendo cada una su pequeña cascadita. Alrededor de la arcada,
    espesa hiedra tapizaba las paredes y, trepando hasta el tejado, enlazaba
    las vigas con su cordaje nudoso y se estremecía alegremente por encima
    de las tejas.

    En el interior de la casa ¡cuán extraño nos parecía todo, desde el asno
    filósofo doblándose bajo el peso de los sacos que descargaban cerca de
    las muelas, hasta el molinero mismo con su larga blusa siempre blanca
    por la harina! En toda la casa ni un sólo objeto dejaba de agitarse
    convulsivamente ó vibrar por la trepidación de la invisible cascada que
    rugía bajo nuestros pies. Las paredes, los tabiques, el techo, todo
    temblaba incesantemente por las sacudidas de la fuerza oculta. En un
    rincón del molino, el árbol motor rodaba y rodaba como el genio del
    caserón; ruedas dentadas, correas tendidas de uno á otro extremo del
    local, transmitían el movimiento á las rechinantes muelas, á la tolva
    oscilante, con ruido seco, á una porción de artefactos de madera ó
    metal, que cantaban, crugían ó gritaban en hermoso concierto. La harina,
    que salía como humo de los granos molidos, flotaba en el aire de la
    casa, blanqueando todos los objetos con su fino polvillo; las telarañas
    colgadas en las vigas del techo estaban rotas por el peso que las
    cargaba y se balanceaban como blancos cordajes; las huellas de nuestros
    pasos se marcaban en negro sobre el piso.

    En el inmenso estruendo que producían todos aquellos engranajes, muelas,
    aparatos, y hasta las paredes mismas, apenas se podía oir mi propia voz
    por más que ni siquiera osaba hablar, preguntándome si el habitante de
    este extraño caserón no sería brujo ó hechicero. Su hijo, mi compañero
    de colegio, me parecía menos temible, y en ciertas ocasiones no tenía
    miedo de ir con él á todas partes; sin embargo, no podía remediar el
    error de ver en mi simpático amiguito un sér misterioso, con cierto
    dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. Conocía todos los secretos
    del fondo del agua; nos decía el nombre de hierbas y peces; podía
    distinguir en la arena ó el cieno movimientos imperceptibles á nuestras
    miradas y revelarnos dramas íntimos sólo por él visibles. Sus compañeros
    le creíamos anfibio, no defendiéndose apenas de nuestras acusaciones.
    Habíase paseado por el cauce del arroyo hasta en los sitios más
    profundos y medía con exactitud extraña los remolinos que nuestras
    perchas no alcanzaban á sondear. Conocía también la fuerza de la
    corriente en todos los puntos contra la cual había luchado nadando ó con
    los remos; más de una vez había estado próximo á ser arrastrado por las
    ruedas y triturado entre los engranajes; pero familiarizado con el
    peligro, lo desafiaba resueltamente, contando con su fuerza y con una
    cuerda que le arrojarían en último caso. Uno de sus hermanos, menos
    afortunado, halló la muerte en una concavidad de la roca, á donde le
    arrastró un remolino. Nosotros mirábamos asustados el paraje siniestro
    al que el padre, lleno de un horror sagrado, había hecho arrojar piedra
    y tierra.

    El misterio que para nosotros rodeaba al viejo molino, no envolvía á la
    gigantesca fábrica, situada bastante más abajo, en la llanura, donde el
    arroyo ha recibido ya á todos sus afluentes. La fábrica, desde luego, es
    una enorme construcción que, lejos de estar rodeada de árboles, se
    levanta en medio de un espacio desnudo casi á la altura de las colinas
    cercanas. Al lado del edificio, una chimenea parecida á un obelisco, se
    eleva á más de diez metros sobre el edificio y parece aún prolongarse
    hacia el cielo por las negras columnas de humo que de ella salen.
    Durante el día, sus paredes enjalbegadas la destacan en blanco del fondo
    verde de la huerta que le rodea; por las tardes, en cuanto el sol se
    pone, centenares de cristales se alumbran en su fachada; ya de noche,
    las luces del interior irradian su luz por las ventanas, y, como la de
    un faro, brillan á diez leguas de distancia.

    Tanto en el interior como en el exterior, la fábrica no presenta más que
    ángulos rectos y líneas geométricas. Sus grandes salas llenas de la luz
    que entra á raudales por las ventanas, tienen no obstante algo de
    terrible en su aspecto. Pilares de hierro se levantan á distancias
    iguales, sosteniendo el techo; máquinas, también de hierro, hacen dar
    vueltas á sus ruedas con movimientos regulares, lo mismo que sus bielas
    y curvos brazos; dientes de acero cogen la materia que se les echa para
    dividir, triturar, moler ó amasarla de nuevo, y la convierten en pasta,
    en hilos ó en nube apenas perceptible, según lo exige la voluntad del
    dueño. De todos esos monstruos de metal, el hombre ha hecho sus
    esclavos; los hace producir la labor para que fueron creados y los
    detiene en su furioso triturar cuando ha concluído la tarea; sin
    embargo, tiembla ante esa fuerza brutal que ha dominado. Que olvide el
    desgraciado obrero por un sólo instante poner en armonía su propio
    trabajo con el de la formidable máquina, que bajo la impresión de una
    idea, de un sentimiento, se detenga en sus movimientos rítmicos, y tal
    vez el poderoso mecanismo lo descuartice lanzándolo contra la pared,
    convertido en masa sangrienta. Las ruedas dan vueltas con movimiento
    uniforme, lo mismo si aplastan á un obrero que si tuercen un hilo apenas
    visible. De lejos, cuando nos paseamos por las colinas, oímos el
    terrible gemido de la máquina que hace vibrar á su alrededor la
    atmósfera y la tierra.

    Esta fuerza disciplinada y, no obstante, temible, con sus engranajes y
    brazos de hierro, no es otra cosa que la fuerza del arroyo transformada
    en energía mecánica. El agua, que en otro tiempo no realizaba más
    trabajo que derribar sus márgenes para establecer otros y ahondar unas
    partes de su lecho para elevar otras, es ahora el auxiliar directo del
    hombre para tejer ropas y moler granos. Guiado por el ingeniero, el
    movimiento torpe del agua sigue la dirección que se le traza, y se la ha
    distribuído por las más finas pinzas y delicadas brochas, igual que por
    los más fuertes engranajes de la poderosa máquina. Su impulso indirecto
    rompe y tritura cuanto ponen bajo el martillo-pilón y estira los metales
    pasados por el laminador; pero sabe también elegir y juntar los hilos
    casi imperceptibles, amalgamar los colores, afelpar las telas y realizar
    á la vez los más diversos trabajos, los que ni siquiera podía soñar un
    Hércules, y los que no podrían realizar los hábiles dedos de un Aracneo.
    Dando su fuerza á la máquina, el arroyo se ha convertido en un
    gigantesco esclavo, reemplazando él solo á los millares de prisioneros
    de guerra y la servidumbre de mujeres que llenaban los palacios de los
    reyes; toda la labor de estos tristes animales encadenados, sabe el
    torrente hacerla mejor que jamás fué hecha, ¡y cuántas otras cosas haría
    además! Bien utilizada, una catarata como la del Niágara animaría las
    máquinas suficientes para realizar todo el trabajo de una nación.

    Incalculables son las riquezas con que la fábrica ha enriquecido á la
    humanidad, y estas aumentan cada año, gracias á la fuerza que se sabe
    sacar de los combustibles, y gracias también al empleo más sabio y
    general que se da á las aguas corrientes que ruedan por el inclinado
    cauce del arroyo. Y, sin embargo, esos productos tan numerosos que salen
    de las fábricas para enriquecer á la humanidad entera, é iniciar de
    cambio en cambio á los más lejanos pueblos en una civilización superior,
    no alcanzan á todos los hombres, dejando en la más negra miseria á los
    que los producen. No lejos de la majestuosa fábrica, cuyos monstruos de
    hierro han costado tanto; no lejos de esa magnífica residencia señorial,
    rodeada de hermosos árboles exóticos, importados con grandes gastos del
    Himalaya, del Japón y de California, pequeñitas casas de ladrillo,
    ennegrecido por la hulla, se alínean en medio de un espacio lleno de
    amontonamientos antiestéticos y de charcas de agua fétida. En esas
    humildes habitaciones, menos repugnantes, es cierto, que los tugurios de
    los siervos dominados por el castillo del señor feudal, las familias se
    reúnen raramente alrededor de la misma mesa; unas veces el padre, otras
    la madre ó los hijos, llamados por la inexorable campana de la fábrica,
    deben alejarse del hogar y sucederse al servicio de las máquinas, que
    trabajan sin tregua ni descanso, lo mismo que la corriente del arroyo
    que las pone en movimiento. Con frecuencia, la honrada casita se
    encuentra completamente vacía, á menos que en cualquier rincón no quede
    algún niño de teta, reclamando inútilmente la presencia de su madre con
    llantos desesperados ó enternecedores suspiros. La pobre criatura,
    envuelta en húmedos pañales, crece raquítica á causa de la falta de aire
    ó de cuidados, y tarde ó temprano será roída por el escrofulismo á menos
    que una enfermedad cualquiera, tisis, sarampión ó cólera no se la lleve
    en sus primeros años.

    Por esta razón no todo es alegría y felicidad en las orillas del
    encantador arroyo, donde la vida parece ser tan agradable, donde parece
    natural que todos se amen y gocen de la existencia. También allí la
    guerra social produce sus estragos; también allí los hombres aparecen
    envueltos en ese torbellino de «la lucha por la existencia.» Lo mismo
    que en la gota de agua las mónadas y los vibriones procuran arrancarse
    la presa unos á otros, igual sobre las márgenes cada planta busca quitar
    á la vecina su parte de sombra y humedad. En el arroyo el sollo se
    arroja sobre la espínola, y ésta á su vez sobre el gubio: todo animal
    es para otro un cebo, un plato ya servido. Entre los hombres, la lucha
    no ofrece ese aspecto de tranquila ferocidad, pero nos miramos unos á
    otros con rencor y odio, envidiosos del manjar que nuestro hermano se
    lleva á la boca, al cual no todos tenemos derecho, según parece. Los
    espectros del hambre y la miseria se levantan tras nosotros, y para
    evitar que nosotros y nuestras familias seamos presas de sus terribles
    garras, corremos todos tras la fortuna, aunque la hayamos de conquistar,
    directa ó indirectamente, en detrimento de nuestros semejantes. Sin duda
    esto nos entristece á muchos, pero movidos por el engranaje, igual que
    el martillo-pilón que se levanta y aplasta, aplastamos también nosotros
    sin querer hacer daño.

    ¿Tendrá fin esta lucha feroz, por la existencia entre los hombres
    nacidos para amarnos? ¿Seremos siempre enemigos unos de otros? Los ricos
    ¿se abrogarán eternamente el derecho de despreciar á los pobres, y éstos
    á su vez, condenados á la miseria, no cesarán de contestar al desprecio
    con el odio y á la opresión con el furor? No; no será siempre así.

    En su amor á la justicia, la humanidad, que cambia incesantemente, ha
    empezado ya su evolución hacia un nuevo orden de cosas. Estudiando con
    calma la marcha de la historia, vemos al ideal de cada siglo convertirse
    en la realidad del siglo siguiente, vemos el ensueño del utopista
    adquirir forma precisa, para hacerse necesidad social en la voluntad de
    todos.

    Con la imaginación podemos ya contemplar la fábrica y los campos que la
    circundan tal cual el porvenir los habrá cambiado. El parque se ha
    ensanchado; actualmente comprende la llanura entera; grandes columnatas
    se levantan sobre la verdura, chorros de agua caen por encima de los
    macizos de flores, y alegres niños corren por sus avenidas. La fábrica
    está allí todavía; ahora más que nunca se ha convertido en un gran
    laboratorio de riquezas, pero estos tesoros no se dividen ya en dos
    partes, de las cuales una pertenece á uno solo, siendo la otra, la de
    los obreros, una miserable limosna; definitivamente pertenece á todos
    los trabajadores asociados. Gracias á la ciencia que les hace utilizar
    mejor el poder de la corriente y otras fuerzas de la naturaleza, los
    obreros no son los esclavos desgraciados de la máquina de hierro;
    después del trabajo del día, gozan del reposo y de la fiesta, las
    alegrías de la familia, las lecciones del anfiteatro, las emociones de
    la escena. Son iguales y libres, son dueños de sí mismos y se miran
    frente á frente con la cabeza erguida, porque ninguno lleva en su cara
    impreso el estigma de la esclavitud. Tal es el cuadro que podemos
    contemplar anticipadamente parándonos por la tarde cerca del arroyo
    querido, cuando el sol poniente se rodea de un círculo de oro con las
    volutas de vapor que se escapan de la fábrica. Esto no es aún más que
    un espejismo, pero si la justicia no es una palabra vana, este
    espejismo nos refleja ya la ciudad lejana, medio oculta detrás del
    horizonte.

    CAPÍTULO XVII

    #La navegación y la armadía#

    Al través de los siglos, los progresos materiales de la humanidad pueden
    medirse por los distintos servicios que el arroyo ha prestado.
    Actualmente, el impulso de su corriente se transforma en fuerza viva
    para moler el trigo, tejer telas y producir un sinnúmero de
    transformaciones en la primera materia. Sus aguas y aluviones se cambian
    en savia y tejidos vegetales en los prados y alamedas; en la agricultura
    y la industria es nuestro gran auxiliar.

    En otro tiempo no sucedía así. El bosque sin límites cubría los montes y
    llanuras; las sendas que serpenteaban entre los árboles eran muy raras y
    mal trazadas, obstruídas por hierbas y maleza; por eso, los salvajes
    utilizaban la superficie del arroyo para ascender ó descender por su
    cauce sobre el tronco de árbol vaciado que les servía de embarcación.

    En nuestros días, gracias á las carreteras, caminos y sendas que
    atraviesan nuestras campiñas en todas direcciones, la navegación seria
    sobre el arroyo es cosa casi desconocida; sólo se boga ya por el placer
    de remar y sentirse balanceado muellemente por las rizadas ondas. Para
    el hombre es este uno de los más agradables recreos físicos que pueda
    proporcionarse. No nos es posible tener un ensueño de felicidad, sin
    imaginarnos inmediatamente que flotamos con seres queridos en una barca
    que surca las aguas impelida por remos que se sumergen acompasadamente.
    Hasta cuando estamos solos, es una voluptuosidad real poder animar con
    los brazos uno de esos barquitos afilados que cortan el agua con
    agilidad de pez. Se cambia de punto á capricho; tan pronto nos acercamos
    á una cascada, como descansamos en un charco tranquilo; aquí nos rozamos
    con el césped de la orilla, allá con el tronco de un sauce; se pasa de
    la obscura avenida, negra de sombra, á la superficie salpicada de luces
    que cae como lluvia á través del follaje. Y además, ¿no se forma un
    mismo cuerpo con la barquilla, especie de extraño animal á la vez hombre
    y delfín? Con sus largos remos, parecidos á poderosas aletas, se
    producen remolinos en cada lado de la barca y se hace caer como lluvia
    de perlas las gotas sobre la superficie del agua; á voluntad se abre el
    líquido en surcos espumosos, y detrás se deja una larga estela donde
    vibra la luz serpenteando.

    Desgraciadamente, sobre el arroyo las embarcaciones no se ven con
    frecuencia. Apenas si barquichuelos de uno ó dos remos se reflejan en
    los remansos donde las aguas se acumulan antes de caer sobre las ruedas
    de la fábrica y poner en movimiento muelas y engranajes. A veces suele
    verse algún viejo barquillo atado con una cadenita á una rama
    cualquiera, ó á una estaca clavada en la orilla; casi siempre está medio
    sumergido en el agua; indudablemente en otro tiempo sirvió á algún
    pescador, pero ahora sus tablas están desunidas, el agua penetra por
    todas partes y los únicos navegantes que se aventuran á utilizarla son
    los malos estudiantes en los días que hacen _novillos_; poniendo cada
    uno de los pies sobre una de las bordas, adelantan con precaución para
    mantener el equilibrio; luego, apoyándose en el bichero, empujan la casi
    deshecha embarcación al medio de la corriente, y, de un salto vigoroso,
    alcanzan la opuesta orilla; á veces se quedan cortos y caen sobre el
    barro, pero la travesía, bien ó mal, se ha realizado y se marchan
    alegres á continuar sus proezas por el monte. A todo esto se reduce para
    los niños la navegación por el arroyo. No obstante, cuando llega la
    primavera, se entretienen construyendo pequeños navíos vaciando un
    pedazo de corcho donde plantan un palito cualquiera ó á veces el
    portaplumas, adornado en su extremidad con una bandera roja ó azul;
    luego, con gritos de alegría, lo arrojan al agua, dándole por toda
    tripulación algún insecto, esclavo de los terribles calafates.

    Perfectamente inútil para el transporte de viajeros, el arroyo es casi
    innecesario para la navegación. Los bosques de la llanura han
    desaparecido, reemplazados por los prados, los campos y los pueblos y
    para los árboles cortados sobre las colinas, los caminos han facilitado
    medios de transportes menos caprichosos que la corriente del arroyo.
    Para imaginarnos el aspecto de nuestra corriente de agua y los servicios
    para que la utilizaron nuestros antepasados en los tiempos de la
    barbarie primitiva, nos es preciso atravesar el Océano y desembarcar
    cerca de las costas del mar de las Antillas, en uno de esos bosques de
    Honduras, del Yucatán y el Mosquitos, donde los caribes y los zambos
    cortan la acacia, el cedro y el campeche. El arroyo no es más que una
    larga calle abierta en el espesor del bosque; la superficie líquida,
    sombreada por las bóvedas de árboles, está unida como un cristal; solo
    los oblicuos rayos de luz que en algunos puntos agujerean la espesa
    enramada, hacen brillar como pepitas de oro los más pequeños insectos y
    hasta el polen de las plantas; las lianas que se mojan en el agua la
    rayan con pequeñitos surcos negros donde vacila un instante la imagen de
    las ramas. Repentinamente, en una vuelta aparecen algunos hombres
    sentados en un tronco vaciado y seguidos de un gran haz de troncos,
    medio sumergidos en el agua: es la armadía de acacia que resbala
    silenciosa por la superficie del arroyo. La tripulación no tiene que
    hacer más que dejar á la deriva el montón que le sigue, acompañando con
    su cantinela la cadencia de los remos. Si algún obstáculo se presenta,
    si los troncos se detienen sobre un banco de arena ó una roca oculta,
    los atletas caribes, de músculos poderosos y ancho tórax de bronce,
    ponen bien pronto á flote el convoy entero, y cuando llegan á la playa
    donde los esperan grandes navíos, un fuerte movimiento con el palo que
    les sirve de remo basta para abordar.

    ¡Cuan hermosos resultan, esos hombres de la naturaleza, cuando á la
    desembocadura de los ríos, y más heroicos aun en plena mar, se aventuran
    en su débil esquife sobre las grandes olas, donde tan pronto parecen
    sepultados bajo las aguas como reaparecen rodeados de espuma! ¡Y cuán
    abnegados y honrados son estos buenos bárbaros, y qué profunda y grata
    impresión dejan en el cansado viajero que ha recibido una sola vez
    hospitalidad en su cabaña! La historia de su raza es la de las grandes
    degollaciones de su país; en sus antepasados, tal vez no haya uno
    durante tres siglos después de la conquista de las Antillas, que no haya
    sido brutalmente degollado por algún _civilizador_; sin embargo, no
    conservan ningún rencor, y su honrada bondad se armoniza con su límpido
    cielo, sus tierras tan fecundas, y sus arroyos con inmarcesibles y
    encantadoras riberas.

    El trabajo de nuestros madereros de Europa es mucho más penoso. La tala
    gradual de los bosques de la llanura les ha obligado á continuar su
    industria en los accidentados desfiladeros de las sierras. En vez de
    dejarse mecer dulcemente por el curso tranquilo de una corriente
    sinuosa, es preciso disciplinar el salvaje torrente, refrenar ese
    monstruo furioso deteniéndolo unas veces y activando su corriente otras.
    El peligro les amenaza á cada instante, y si muchas veces salvan su
    vida, no es más que por la fuerza, la agilidad y un continuo heroísmo.
    El paraje mismo donde trabajan, tiene en sí algo de terrible; no durante
    el verano, cuyo ardiente sol dora las hojas de los árboles y hace
    sonreir hasta el horror de los precipicios, pero en el otoño, cuando las
    nubes pasan corriendo por encima de los sombríos barrancos y dejan en
    las cimas de los montes sus jirones como gigantescos lienzos rotos, y el
    viento, ya helado, penetra con estruendo en los estrechos valles,
    produciendo un prolongado ruido de trueno que repercute á lo lejos.

    Luego, la nieve se extiende sobre las alturas, y, con frecuencia, la
    niebla que sube por la pendiente del monte, deja tras sí un triple
    fenómeno de tristeza; en lo más alto ha teñido de blanco el obscuro
    bosque; más abajo, un color gris de agua y de nieve, y en las gargantas
    de la sierra lluvia fría y abundante. No obstante, en la glacial
    atmósfera los cortadores de madera sudan á chorros porque manejan el
    hacha y cada golpe descargado sobre el tronco del árbol, pone en
    movimiento todos sus músculos. En lucha con el enorme pino, que desde
    muchos siglos vivía libremente en las faldas del monte, se sienten poco
    á poco poseídos de ese furor que se apodera siempre de los hombres
    consagrados á destruir otras existencias. Como el cazador persiguiendo
    su presa, como el soldado dedicado á matar á sus semejantes, el cortador
    de árboles enloquece en su obra de destrucción porque siente tener ante
    sí á un sér vivo. El tronco gime por la mordedura del acero, y su
    lamento se repite de árbol en árbol por todo el bosque, como si
    participaran de su dolor y comprendieran que el hacha se volverá contra
    ellos también.

    Por fin, el pino cae pesadamente sobre el suelo, rompiendo en su caída
    las ramas de los árboles vecinos. Los leñadores rodean al coloso caído;
    cortan las ramas y las extremidades flexibles, y luego, cuando está
    limpio el tronco, lo arrastran por las vertientes que rayan los flancos
    del monte y por las cuales corren las piedras desprendidas y las nieves
    fundidas en la altura. Cientos y á veces miles de palos se aproximan
    sucesivamente cerca del precipicio con objeto de que un simple empujón
    baste para lanzarlos rodando por la pendiente.

    Cuando todos los preparativos están terminados empieza el arrastre: los
    troncos se ponen en movimiento por el plano inclinado; al principio
    lentos y luego, con velocidad creciente, terminan su carrera en rapidez
    vertiginosa, y, embadurnados de barro y despojados de su corteza,
    arrastran en la caída tempestades de piedra para ir á parar al lago de
    agua que se ha formado por un azud, al pie mismo de la pendiente.
    Generalmente, los árboles caen así, sin detenerse, pero á veces la
    extremidad saliente de una roca ó una punta de palo clavado en el suelo,
    contiene la avalancha en su descenso; entonces es preciso que un hombre
    baje y, con exposición de su vida, pone en movimiento nuevamente los
    troncos detenidos.

    Por fin, todos los maderos, más ó menos enteros, se reúnen en el lago
    artificial; amontonados unos sobre otros, se mueven débilmente por la
    presión del agua. Como animales cansados que el pastor acaba de encerrar
    en el parque, descansan los troncos, esperando el momento de ponerse en
    marcha. Nada más extraño durante la noche que ver el espectáculo de esos
    grandes monstruos tendidos y reflejando luz por los rayos de la luna.

    Una mañana, todos los maderos bajados del monte, se han agrupado sobre
    la piedra del desfiladero, al lado de la barricada que contiene las
    aguas del lago, y sobre la cual cae el agua sobrante en débil cascada.
    Los troncos de pino, los pies derechos y contrafuertes que sostienen
    sólidamente el dique, se retiran con cuidado; luego, á una señal, la
    traviesa que servía de cerrojo á la enorme puerta, es precipitada al
    fondo, la compuerta se levanta y la masa impetuosa del agua corre con
    furor hacia la salida que le acaban de abrir. Levantada del centro para
    salir por el orificio en columna poderosa, se precipita en cataratas
    para convertir en río tumultuoso el tranquilo arroyo que corría sin
    ruido por las profundidades del desfiladero. Pero el nuevo río no corre
    solo; arrastra con él toda la madera amontonada en el depósito lacustre.
    Los troncos se dirigen hacia la salida como enormes reptiles; se chocan,
    ruedan y saltan; luego, inclinándose por la cascada, se juntan y dan
    vueltas, enseñando á través de la espuma las rojas manchas del hacha, y
    desaparecen un instante en el abismo para surgir más lejos en el hervor
    del agua, y resbalarse oscilando sobre la corriente rápida. Así se
    suceden en una serie de inmersiones los troncos que no ha mucho se
    balanceaban en el bosque, produciendo murmullos que eran la voz del
    monte. Todos los ruidos aislados se pierden en el estruendo de ese lago
    y esa selva que desaparecen juntos por el sonoro valle.

    Lanzados por la fuerza de proyección del gran depósito, los troncos
    corren precipitadamente unos tras otros, y detrás de ellos, por el
    pedregoso camino que baja serpenteando por la ladera, corren los
    leñadores. Marinos á su modo, tienen que dirigir la navegación de la
    flotilla de madera. Al principio les basta con seguir á lo largo del
    torrente, pero muy pronto es necesario que intervengan directamente, y
    entonces los intrépidos compañeros necesitan todo el vigor de sus agudos
    ganchos, toda la agilidad de sus brazos, toda la habilidad de su mirada
    y toda la energía de su voluntad. Si un palo se detiene dando vueltas
    en un remolino, un leñador lo ha de sacar de la atracción del
    torbellino; armado de su bichero salta de saliente en saliente hasta
    llegar al margen del agua con grave peligro de caer en el círculo
    líquido; se deja entonces caer hasta cerca del agua, casi suspendido de
    una fuerte raíz, y con su gancho, empuja al tronco hacia el hilo de la
    corriente haciéndole salir del círculo fatal. Más lejos, otro tronco ha
    sido cogido entre el promontorio y una anfractuosidad de la piedra, y,
    aunque vibrando por la presión del agua, no puede continuar su camino.
    El leñador tiene que penetrar en el arroyo con agua hasta la cintura y
    coger por una extremidad la viga para lanzarla al medio del arroyo. En
    otra parte, un tronco se ha atravesado en el cauce, deteniendo como un
    dique todas las maderas que bajan. Se forma una presa, presa irregular y
    graciosa que aumenta sin cesar con todos los troncos que arrastra la
    corriente. Allí es donde los conductores del convoy tienen que desafiar
    la muerte cara á cara. Las aguas, detenidas por la barrera, aumentando
    su nivel y salvando los obstáculos, se desbordan en cascadas; el
    torrente, fuera de su curso normal, se lanza en repentinos y gigantescos
    borbotones; los monstruos se agitan convulsivamente haciendo temblar y
    gemir su madera. A este caos movible tiene que atacar con denuedo el
    conductor de la armadía. Los valientes leñadores se han de lanzar sobre
    ese andamiaje engañador que tiembla bajo sus pies; uno á uno tienen que
    arrancar todos los troncos superiores y hacerlos rodar por encima del
    dique á la parte libre del arroyo, pero bien un palo medio libre se
    levanta de improviso, ó un pie resbala sobre la madera lisa y mojada, ó
    un salto de agua, un remolino repentinamente formado viene á chocar
    contra la madera donde él flota, ó un palo caído en la corriente salta
    hacia los leñadores, y algunos de ellos, lívidos y sangrientos, flotarán
    también en compañía de los muertos pinos, por el río abajo; los que á
    fuerza de energía, destreza y suerte, escapan de todos esos peligros,
    los que desde el bosque á la serrería saben conducir la flotilla de
    pinos sin tener ninguna desgracia, tienen motivos para creerse
    afortunados; pero que esperen semanas y meses porque el cortejo de las
    enfermedades les sigue con paso incierto.

    Algunas veces sucede que son vanos todos sus esfuerzos para conducir los
    pinos á la serrería que los ha de cortar; el agua falta en el arroyo, y
    contra todo el ingenio y la fuerza de los trabajadores, no pueden
    conseguir que floten las pesadas masas que se detienen en todas partes,
    sobre los bancos de arena, sobre las piedras del fondo y sobre las
    puntas de las rocas. Tienen que esperar la crecida que ponga en
    movimiento los troncos atascados; pero entonces, éstos, arrastrados
    demasiado pronto y demasiado rápidos, suelen salvar las márgenes y se
    van á lo lejos á correr mundo, á pesar de los obreros que los miran
    codiciosos al pasar. En las desembocaduras de los ríos que bajan de los
    Apeninos al Mediterráneo, multitud de pinos, sorprendidos de repente por
    la inundación, van á perderse en el mar y convertirse en islas flotantes
    que los marinos extranjeros toman por escollos. Los barqueros que se
    lanzan en busca de los troncos extraviados, van á pescarlos como
    cachalotes, y los conducen atados á la popa de sus barcas.

    Más ó menos pronto, esta industria de armadía, actualmente relegada á
    los más lejanos é inaccesibles montes, dejará de existir. Las carreteras
    y caminos de fácil tránsito, van subiendo desde los valles hacia los mas
    inaccesibles promontorios, y llegarán á sitios los más elevados de los
    montes; los caminos de hierro y todas las poderosas máquinas inventadas,
    vienen á ponerse también al lado del leñador para facilitarle su tarea;
    los bosques combatidos por los agricultores, se baten en retirada hacia
    las altas cimas, y allí donde se mantengan, donde conquisten extensión,
    tomarán un aspecto nuevo, porque los árboles en vez de crecer en
    libertad, se plantan en todas partes á distancias regulares y crecen
    bajo la vigilancia de guardabosques que los cortan antes de la edad.

    Nuestros descendientes no conocerán más que por tradición la flota de
    armadías, rudo empleo de la navegación, que sin duda inspiró á los
    salvajes ascendientes de Cook y de Bougainville la idea de aventurarse
    sobre las olas del océano. Disciplinadas en lo sucesivo las aguas del
    arroyo, ni siquiera nos servirán para transportar á nuestras
    poblaciones astillas y leña para el fuego.

    CAPÍTULO XVIII

    #El agua de la ciudad#

    En nuestros países de la Europa civilizada, donde el hombre interviene
    por todas partes para modificar la naturaleza á su gusto, el arroyo cesa
    de ser libre y se convierte en cosa de los habitantes de sus riberas. Lo
    utilizan, según les conviene, para regar las tierras ó para moler el
    trigo. Pero, frecuentemente, no saben utilizarlo con inteligencia y lo
    aprisionan entre murallas mal construídas que la corriente derriba;
    conducen el agua hacia hondonadas donde se estaciona en charcas
    pestilentes; las llenan de basura que debiera servir de abono á sus
    campos y transforman el alegre arroyo en lugar inmundo.

    A medida que se va acercando á la gran ciudad industrial, el arroyo se
    llena de impurezas. Las aguas de las casas inmediatas se mezclan á su
    curso; viscosidades de todos los colores alteran su transparencia,
    repugnantes haces llenan sus orillas cenagosas y cuando el sol las seca
    un olor fétido se esparce por la atmósfera. Por fin, el arroyo,
    convertido en cloaca, entra en la ciudad, donde su primer afluente es
    una repugnante alcantarilla, con su enorme boca ovalada, cerrada con
    barrotes de hierro. Casi sin corriente, por la escasa inclinación del
    suelo, la masa fangosa corre lentamente por entre dos líneas de casas
    con sus paredes cubiertas de algas verdosas, su maderamen roído por la
    humedad y sus enlucidos cayéndose á pedazos. Por esas casas, donde
    trabajan los peleteros, los curtidores y otros industriales, la
    corriente cenagosa es aún una riqueza, y sin cesar los obreros
    aprovechan el agua nauseabunda. Sus márgenes han perdido toda forma
    natural; ahora son murallas perpendiculares, en las que á trechos se ven
    algunas gradas de escalera; sus orillas están cubiertas de resbaladizas
    losas; las curvas son aquí repentinas vueltas; en vez de ramas y
    follaje, ropas extendidas sobre cuerdas, se balancean por encima del
    foso, y tabiques ú otras barreras, pasando de uno á otro lado, indican
    los límites de propiedad.

    Al fin la obscura masa penetra bajo una siniestra bóveda. El arroyo que
    yo he visto salir á la luz, tan limpio y alegre en el manantial, no es
    ahora más que una alcantarilla, en la que toda una ciudad arroja sus
    desechos.

    En un intervalo de algunos kilómetros el contraste es grande. Allá
    arriba, en el libre monte, el agua centellea al sol y transparente, á
    pesar de la profundidad, deja ver las blancas piedras, la arena y las
    hierbas estremecidas de su lecho; murmura dulcemente entre las cañas;
    los peces surcan la corriente, rápidos, como flechas de plata, y los
    pájaros hacen temblar la superficie al choque de sus alas. En sus
    orillas surgen mazos de flores; árboles llenos de savia extienden sus
    largos brazos, y el que se pasea á lo largo de su orilla puede
    tranquilamente descansar á su sombra, contemplando el espléndido cuadro
    que se desarrolla entre dos sinuosidades.

    ¡Cuán diferente es el arroyo bajo las ciudades! El agua es igual en
    substancia, pero sólo para el químico. En realidad, aparece cargada de
    tantas inmundicias, que hasta es viscosa. No se ve luz bajo la sombría
    bóveda, sino de trecho en trecho, en que algún rayo de sol pasa por
    entre barrotes de hierro, reflejándose sobre las viscosas paredes. La
    vida parece ausente de esas tinieblas, pero existe, no obstante;
    repugnantes hongos, alimentados por la podredumbre, crecen en los
    rincones; infinidad de ratas se ocultan en sus agujeros. Los únicos
    seres humanos que se aventuran por tan tristes lugares son albañaleros,
    encargados de restablecer la corriente separando los amontonamientos de
    barro.

    Por fin, la infecta masa llega al río, desembocando en él pesadamente.
    Negra ó violácea, se prolonga á lo largo de la orilla, sin mezclarse con
    el agua relativamente pura de la corriente, y determinando una línea
    sinuosa francamente trazada. Durante larga distancia se ve esta masa
    corriendo por un flanco del río sin mezclarse con él; pero los
    remolinos, los reflujos de toda especie causados por los accidentes del
    fondo y las sinuosidades de la orilla, consiguen al fin la fusión de las
    aguas; la línea que las separaba se borra poco á poco, gruesos y
    transparentes borbotones surgen del fondo á través de la masa cenagosa;
    las materias impuras, más pesadas que el agua que las arrastra, se
    depositan en los márgenes. El arroyo se purifica cada vez más, pero al
    mismo tiempo deja de ser el mismo, y se pierde en la poderosa corriente
    del río, que lo lleva hacia el océano. Su pequeña masa, gota á gota y
    molécula á molécula, se ha confundido con la gran masa: la historia del
    arroyo ha terminado, al menos en apariencia.

    Pero la boca de la alcantarilla no ha vomitado en el río toda el agua
    que corría entre las márgenes sombreadas más arriba de la ciudad y de
    sus fábricas. Mientras que una parte de la corriente sigue su cauce
    natural, transformado en foso y luego en canal subterráneo por la mano
    del hombre, otra parte del arroyo, arrancado de su curso normal, entra
    en un amplio acueducto y se dirige hacia la ciudad, siguiendo el flanco
    de las colinas y pasando por enormes sifones por debajo de los
    barrancos. El agua, protegida contra la evaporación por las paredes de
    piedra ó de metal, llena á su entrada en la ciudad un vasto depósito de
    mampostería, especie de lago artificial donde el líquido se detiene y
    purifica. De allí es de donde sale para distribuirse de barrio en
    barrio, de calle en calle, por las casas y por los pisos, por conductos
    y ramificaciones infinitas y sobre la gran superficie habitada. El agua
    es indispensable en todas partes; se necesita para limpiar las calles y
    las habitaciones; para beber todos los seres que tienen vida, desde el
    hombre y los animales domésticos, hasta la modesta flor que crece en la
    maceta de la ventana ó en el césped que humedece el vapor emanado de las
    fuentes. Por esas miríadas de bocas y de poros absorbiendo
    incesantemente venillas, gotas ó simple humedad derivada del arroyo, la
    ciudad se convierte en un inmenso organismo, en un monstruo prodigioso
    absorbiendo torrentes de un solo sorbo para calmar su sed. Hay ciudades
    que no se satisfacen con sólo un arroyo y se alimentan á la vez de
    varios, afluyendo de todos lados por acueductos divergentes. Una sola
    ciudad, Londres, la capital más populosa del mundo, consume cada día más
    de un millón de metros cúbicos de agua, los suficientes para llenar un
    sitio donde pudieran flotar cómodamente cien navíos de gran porte.

    Después de infinitas ramificaciones por las calles y casas, el agua de
    los acueductos, ya sucia por el uso y mezclada á impurezas de toda
    clase, emprende nuevamente su camino para alejarse de la ciudad donde
    engendraría la peste. Cada cañería vomita como boca inmunda las aguas de
    uso doméstico y de las calles, y se convierte en un torrente
    nauseabundo; al llegar á una curva se precipita en cascada por un
    tragadero. Este torrente impuro es el único que los niños de la ciudad
    pueden estudiar y que contribuye, más de lo que parece, á hacernos amar
    á la naturaleza. Recuerdo todavía lo que hacía de niño. Cuando la fuerte
    lluvia había limpiado las piedras de la calle, llenándola casi de agua,
    otros amiguitos y yo construíamos vallas, encerrábamos las aguas en un
    desfiladero, la hacíamos precipitar en corrientes y formábamos á
    capricho islas y penínsulas. Llegados á hombres, los pequeños ingenieros
    que chapoteaban en el agua con tanto júbilo, no pueden recordar sin
    alegría los juegos de su infancia; á pesar suyo miran con cierta emoción
    el pequeño torrente cenagoso que corre junto á la acera. ¡Desde los
    primeros años de nuestra niñez, en el espacio de una generación, cuántos
    y cuán diversos residuos, arrastrados por la corriente viscosa, han
    seguido su camino hacia el mar! ¡Hasta la sangre de los ciudadanos se ha
    mezclado con el barro!

    Todas las impuras corrientes de las calles se dirigen hacia un centro
    común que, con frecuencia, suele ser el del antiguo arroyo, de modo que
    la ciudad se parece á esos pólipos cuyo único orificio se abre
    alternativamente para la defecación y el alimento. Sin embargo, en la
    mayor parte de las corrientes subterráneas de nuestras ciudades, se ha
    tenido el cuidado de establecer cierta separación entre dos distintas
    direcciones del agua. Tubos de hierro ó de obra superpuestos, sirven de
    conductos á distintas corrientes cuya dirección suele ser inversa; unos
    llevan el agua pura que va á ramificarse por las casas; otros el agua
    sucia que sale de ellas. Como en el cuerpo animal, las arterias y las
    venas se acompañan; un círculo no interrumpido se forma entra la
    corriente que lleva la vida y la que produciría la muerte.

    Desgraciadamente, el organismo artificial de las ciudades, está lejos
    todavía de parecerse por su perfección á los organismos naturales de los
    cuerpos vivos. La sangre venosa, expulsada del corazón á los pulmones,
    se renueva al contacto del aire; se limpia de todos los productos
    impuros de la combustión interior, y, recibiendo de fuera el alimento de
    su propia llama, puede emprender de nuevo su viaje desde el corazón á
    las extremidades, llevando el calor de la vida desde las mayores á las
    más pequeñas arterias. En nuestras ciudades, al contrario; cuerpo
    informe donde se bosqueja la organización, el agua sucia continúa
    corriendo por las alcantarillas y va á enturbiar los ríos, donde no se
    purifica sino lentamente, cuando la industria humana no la recoge para
    alimentar la ciudad entrando en la circulación subterránea. Pero en esta
    depuración que la ciencia del hombre comete la torpeza de no llevar á
    efecto, las fuerzas de la naturaleza trabajan de concierto con los
    habitantes del agua. En las desembocaduras de las grandes
    alcantarillas, donde no sumerge su ávido anzuelo el pescador de caña,
    multitud de peces, amontonados en verdaderos bancos como los arenques
    del mar, se nutren con los restos del festín arrastrados por el cenagoso
    torrente; el limo de las murallas, las márgenes y las hierbas del fondo,
    detienen también y hacen entrar en sus propias substancias el cieno que
    las baña; los residuos más pesados descienden y se mezclan con la grava
    del fondo, los objetos flotantes son arrojados á la orilla ó se detienen
    en los bancos de arena; poco á poco el agua se clarifica; gracias á su
    fauna y á su flora hasta se desembaraza de las substancias disueltas que
    la desnaturalizan, y si en su curso no fuera ensuciada de nuevo por
    otras impurezas arrastradas de otras ciudades, concluiría por volver á
    su primitiva pureza antes de llegar al océano.

    En la ciudad futura, lo que aconseje la ciencia harán los hombres. Ya
    muchas ciudades, sobre todo en la inteligente Inglaterra, ensayan
    crearse un sistema arterial y venoso, funcionando con regularidad
    perfecta y uniéndose el uno al otro, de modo que se complete un pequeño
    circuito de las aguas, análogo al que se produce en la naturaleza entre
    los montes y el mar por los manantiales y las nubes. Al salir de la
    ciudad las aguas de las alcantarillas, aspiradas por máquinas, como la
    sangre lo es por el jugo de los músculos, se dirigirán hacia un ancho
    depósito cubierto, donde se recogerá el agua mezclada con inmundicias.
    Allí otras máquinas se apoderarán de este líquido fangoso y lo lanzarán
    por caños hacia diversos conductos que correrán bajo el suelo de los
    campos. Aberturas practicadas de trecho en trecho sobre la cubierta de
    los acueductos, permitirán que salga á la superficie lo que no pueda
    contener el canal, pero en cantidades calculadas anticipadamente y sobre
    todos los campos empobrecidos que sea preciso regenerar por el abono.
    Esta cenagosa corriente, que sería la muerte de la población si se
    estancase en ella ó corriera por los ríos, se convierte, por el
    contrario, en vida para las naciones, puesto que se transforma en
    alimentos para el hombre. El suelo más estéril y hasta la arena pura,
    producen una vegetación exuberante cuando se empapan de este líquido;
    por otra parte, el agua que servía de vehículo á todas las materias del
    albañal, se encuentra así limpia por la operación química de las hierbas
    y raíces; recogida subterráneamente en los conductos paralelos á las
    cañerías de agua sucia, puede entrar en la ciudad para limpiarla y
    proveerla ó bien dirigirse hacia el río sin enturbiar la límpida
    corriente. En otros tiempos, debajo de la primera ciudad que bañaba, el
    río no era otra cosa, hasta el océano, sino un gran canal de
    inmundicias; en nuestros días recobra la belleza de los tiempos
    antiguos. Los edificios de las ciudades y los arcos de los puentes, que
    durante siglos no se han reflejado más que sobre turbias ondas, empiezan
    ahora á mirarse en un espejo transparente.

    CAPÍTULO XIX

    #El río#

    El caudal entero del río no es otra cosa que el conjunto de todos los
    arroyos, visibles ó invisibles, sucesivamente absorbidos: es un arroyo
    aumentado miles de veces, y no obstante, difiere singularmente por su
    aspecto del pequeño curso de agua que serpentea por los valles
    laterales. Como el débil tributario que mezcla su humilde corriente á su
    poderoso raudal, puede tener también sus saltos y sus corrientes, sus
    desfiladeros y sus gargantas, bancos de grava, escollos é islas, playas
    y rocas; pero, con todo, es mucho menos variado que el arroyo, y los
    contrastes que ofrece en su curso son menos sorprendentes. Como más
    grande, llama la atención por el volumen de su cauce, por la fuerza de
    su corriente, pero su majestuoso aspecto es casi siempre uniforme. El
    arroyo, mucho más pintoresco, aparece y desaparece alternativamente: se
    le ve correr bajo la sombra, ensancharse como un lago y después caer en
    cascada como manojo de rayos luminosos, para ocultarse de nuevo en una
    obscura caverna. Y el arroyo no sólo es superior al río por lo incierto
    de su marcha y la belleza de sus orillas; lo es también por el ímpetu de
    sus aguas: relativamente es más fuerte que el río Amazonas para
    modificar sus orillas, variar sus sinuosidades, depositar bancos de
    arena y emerger islas. La naturaleza revela su fuerza por sus agentes
    mas débiles. Vista con el microscopio, la gota que se ha formado bajo la
    roca, realiza una obra geológica relativamente más grande que la del
    océano infinito.

    El hombre, por su parte, ha sabido hasta el presente utilizar mucho
    mejor las aguas del arroyo que las de los grandes ríos. De estos, apenas
    la milésima parte de su fuerza es empleada por la industria; sus aguas,
    en vez de ramificarse por los campos en canales fecundos, son, al
    contrario, encajonadas en diques laterales y detenidas inútilmente en su
    cauce. El arroyo pertenece ya en la historia de la humanidad al período
    industrial, que es el más avanzado; el río no representa sino una época
    remotísima de las sociedades, aquella en la que las corrientes de agua
    no servían más que para hacer flotar algunas embarcaciones. Y aun esta
    utilidad disminuye en nuestros días, á causa de las carreteras y los
    caminos de hierro que facilitan el transporte á los pueblos de las
    riberas. Antes que el agricultor y el industrial consigan con entera
    seguridad hacer trabajos para aprovechar las aguas del río, es preciso
    que cesen de temer sus desbordamientos, y sean dueños de distribuirlas
    según sus necesidades. Y hasta que la ciencia les suministre los medios
    de someter al río, resultarán impotentes para dominarlo, mientras vivan
    aislados en sus trabajos, sin asociarse para regularizar en concierto la
    fuerza, aun brutal, de la masa de agua que corre casi inútilmente por
    delante de ellos. Como nuestros antepasados, continuamos todavía mirando
    al río con una especie de terror religioso, puesto que aun no lo hemos
    dominado. No es, como el arroyo, una graciosa náyade con su cabellera
    coronada de juncos; es un hijo de Neptuno que, en su formidable mano,
    blande el tridente.

    Para contemplar en toda su majestad una de esas poderosas masas de agua,
    y comprender que se tiene ante la vista una de las fuerzas en movimiento
    de la tierra, no es necesario hacer un largo viaje, atravesar el Viejo
    Mundo, ó ir á visitar, cerca de su desembocadura el Brahmaputrah y el
    Yat-tse-kiang, los dos, hijos del mismo dios; no es necesario tampoco
    salvar el Atlántico y viajar por el Misisipi, el Orinoco ó el Amazonas,
    anchos como mares y sembrados de archipiélagos. Nos basta, en los
    límites del país que habitamos, con seguir el margen de uno de esos
    cursos de agua que contienen su marcha y se extienden ampliamente al
    aproximarse á un estuario donde su masa tranquila va á mezclarse con las
    olas del océano. ¡Visítese el bajo Somme ó el Sena cerca de Tancarville,
    el Loira entre Paimbouef y Saint Nazaire, el Garona y el Dordoña en el
    punto donde se reúnen para formar el mar de Gironda! ¡Contémplese sobre
    todo la punta septentrional de la Camarga donde el Ródano se divide en
    dos brazos!

    El río es inmenso y tranquilo. Su enorme caudal, que ocupa un lecho de
    más de un kilómetro de ancho, se distingue en seguida entre las dos
    corrientes: apenas algún remolino de espuma rueda al abrigo de una roca
    que prolonga la punta de la isla en forma de espuela. Por la izquierda,
    el brazo menos caudaloso, que llaman el pequeño Ródano, es, no obstante,
    una poderosa corriente bastante más fuerte que la del Garona, el Loira y
    el Sena; por la derecha, el gran Ródano, se oculta á la vista por una
    ribera poblada de sauces que cubren la mitad del vaporoso espacio. En el
    inmenso círculo del horizonte no se ve más que agua ó tierras
    arrastradas por el río y depositadas en capas por partículas sucesivas;
    sólo al Este se distinguen algunas cimas rocosas de los montes Alpinos,
    azules como el cielo, y hacia el Norte aparecen vagamente las cimas
    cónicas de Beaucaire, al pie de las cuales empieza el antiguo golfo
    marino que los arrastres del río han llenado poco á poco. Islas,
    penínsulas, riberas, todo está compuesto de una arena obscura que el
    Ródano y sus afluentes han mezclado, después de haber recibido de los
    torrentes superiores los detritos de los Alpes, del Jura y de los
    Cevenas. La gran isla de Camarga, cuyos bordes se ven á lo lejos entre
    los dos Ródanos, y que tiene lo menos ochocientos kilómetros de
    superficie, es en sí, un presente del río que en otros tiempos formaba
    parte de los montes de Suiza y de Saboya. Tal es el trabajo geológico
    de la corriente, trabajo colosal que se continúa sin cesar. No obstante,
    el silencio más profundo impera á su alrededor. Sentado á la sombra de
    un sauce, se intentaría en vano percibir el murmullo de la villa de
    Arles, de la que se ve, con sólo ponerse en pie, sus arcadas romanas y
    torres sarracenas. El único que se oye es el de las locomotoras y los
    vagones que ruedan al otro lado del río haciendo trepidar el suelo. No
    se les ve, pero su trueno lejano se armoniza tan bien con la inmensidad
    del Ródano, que parece la voz del río. Nos parece que el hijo del mar,
    debe tener, como el océano, su eterno y formidable estruendo.

    Mas abajo de su bifurcación, los dos ríos presentan largas sinuosidades
    en su cauce. Las aguas lanzadas de una á otra orilla bañan el pie de la
    última colina y reflejan las torres de la última ciudad. Ya el humo que
    se levanta de las casas se confunde con las lejanas brumas, y en las
    orillas, pobladas de árboles de dorada corteza, no aparecen más que
    cabañas y raras quintas medio ocultas en la verdura. Por fin, la última
    casa queda detrás, y nos encontraríamos completamente solos si algunas
    obscuras embarcaciones, parecidas á grandes insectos, no bogaran por el
    río. Los árboles de la orilla no se suceden con tanta frecuencia y son
    menos altos; un poco más abajo ya no hay más que maleza, y luego, hasta
    las plantas desaparecen: no queda otra vegetación que la de las cañas
    sobre el suelo aún fangoso, saliendo apenas por encima del agua
    terrosa.

    En este paraje la naturaleza se presenta tal cual era hace millares de
    siglos antes de que el hombre se instalara en la orilla de los ríos y
    los arroyos que lo alimentan. Como en los tiempos del pleriosauro, la
    tierra y el agua se confunden en un caos: bancos de cieno, islas
    emergiendo aquí y allá, pero apenas distintas del agua que las baña,
    brillan como ella y reflejan las nubes del espacio. Lienzos líquidos se
    extienden entre estos islotes, pero no se mezclan con el lodo del fondo:
    son cieno más líquido que el barro de las orillas. Por todas partes se
    está rodeado de tierra en formación y, no obstante, nos encontramos ya
    como en medio del mar; tan hermoso es el paraje en que nos encontramos.
    Es que, en efecto, todo el espacio abarcado con la mirada era en otro
    tiempo mar. El río lo ha llenado poco á podo, pero el suelo, de reciente
    formación, no está todavía afirmado. Sin inmensos trabajos de
    desecación, es probable que jamás estuviera en condiciones de ser
    habitado por los hombres, puesto que de su cieno y agua corrompida se
    escapan mortales miasmas.

    Llegado á estos parajes que fueron antes dominios del mar, el río,
    gradualmente contenido, se extiende cada vez más y se hace menos
    profundo. Por fin, se aproxima al mar, y sus aguas dulces, resbalando
    tranquilas, van á chocar contra las ondas espumosas de agua salada que
    se agitan con estruendo continuo. En el choque de los masas líquidas,
    el agua del río se mezcla pronto con las olas del inmenso abismo, pero,
    aun después de confundida, trabaja todavía. Todas las nubes de barro,
    que había arrancado de sus orillas superiores y que tenía aun en
    suspensión, son rechazadas por las olas hacia el lecho fluvial; no
    pudiendo ir más lejos, se depositan en el fondo y forman así una especie
    de baluarte móvil sirviendo de límite temporal entre los dos elementos
    en lucha. Aunque depositándose molécula sobre molécula, el banco, que
    obstruye la boca del río, no cesa de trasladarse para formarse más
    lejos. Empujado por la corriente fluvial, incesantemente aumentado por
    nuevos arrastres, el barro es llevado hacia dentro del mar, y poco á
    poco la masa entera ha ido progresando.

    De siglo en siglo, de año en año, de día en día, ese río que parece
    débil ante el poderoso mar, consigue penetrar en él, y hasta se puede
    calcular cuánto avanzará en un período dado por la uniformidad de su
    marcha. Pues bien, esta victoria del río sobre el océano, es debida á
    los mil pequeños arroyuelos y arroyos de las laderas y los montes. Ellos
    son los que han roído las paredes de los desfiladeros, los que arrastran
    los fragmentos de roca, los que muelen y trituran las piedras, y los que
    arrastran la arena y diluyen la arcilla. Ellos son también los que poco
    á poco rebajan los continentes para engancharlos hacia el mar en vastas
    llanuras en donde tarde ó temprano construirá ciudades y practicará
    puertos.

    CAPÍTULO XX

    #El cielo de las aguas#

    Lo mismo que los grandes ríos, el Ródano, Danubio ó la corriente del
    Amazonas, el mar está compuesto por millones de arroyos que afluyen á
    sus tributarios. Una vez mezcladas en el río sus aguas, afluyendo de
    todos los puntos de los continentes, se mezclan de un modo más completo
    en la inmensa profundidad del abismo marino, bastante grande para
    contener toda el agua que todos los ríos arrojarían durante cincuenta
    millones de años. Por sus movimientos de flujo y reflujo; sus
    movimientos ondulados, sus olas de tempestad y sus corrientes y
    contra-corrientes, pasea el agua de todos los ríos de una á otra
    extremidad del globo. La gota salida de una roca en las entrañas del
    monte, da la vuelta al planeta, purificada del aluvión que contenía,
    disuelve las moléculas salinas, y de onda en onda, según los parajes que
    atraviesa, cambia de peso específico, de salinidad, de color y de
    transparencia; la fauna infinitamente pequeña que la habita, se
    modifica también en los diversos climas: tan pronto son animáculos
    fosforescentes los que la pueblan y la hacen brillar durante las noches,
    como infusorios que la hacen parecerse á una mancha de leche. Su
    temperatura varía constantemente. En los mares polares la gota se
    transforma en un pequeño cristal de hielo; en los mares ecuatoriales se
    entibia bastante para que los corales puedan depositar sus moléculas de
    piedra.

    Comparado con el océano sin límites, el arroyo de la montaña no es nada,
    y sin embargo, sus aguas, divididas hasta el infinito, se verían en
    todos los mares y en todas las riberas si fuera posible seguirlas con la
    vista en todo su inmenso recorrido.

    Para cada gota marina que corrió en otro tiempo por el arroyo, difiere
    la duración del viaje; una, apenas entrada en el océano, es absorbida
    por las frondas de una alga marina y sirve para hinchar sus tejidos;
    otra es absorbida por un organismo animal; una tercera, retenida por un
    cristal de sal, se deposita en una playa arenosa y otra aun se cambia en
    vapor y vuela invisible por el espacio. Este es el camino que toma más ó
    menos pronto toda molécula acuosa. Libertada por su expansión repentina,
    escapa de los lazos que la detenían en la superficie horizontal de los
    mares y se levanta en la atmósfera, por donde viaja como viajaba por el
    océano, bajo otra forma. El vapor de agua asciende así por toda la masa
    aérea, hasta por encima de los ardientes desiertos, donde en cientos de
    leguas no corre ni un sólo hilo de agua; sube á los límites extremos
    del océano atmosférico, á sesenta kilómetros de altura sobre la
    superficie del mar, y, sin duda, una parte de este vapor halla también
    camino hacia otros sistemas planetarios porque los bólidos que
    atraviesan los cielos estrellados formando flechas luminosas y arrojan
    sus chispas sobre el suelo, deben, en cambio, llevarse consigo un poco
    de aire húmedo que oxide su superficie.

    Sin embargo, el vapor de agua que se escapa de la esfera de atracción
    terrestre para ir con los bólidos á parar á los lejanos astros, es
    relativamente bien poco; el gran mar de humedad, tenido en suspensión en
    nuestra atmósfera, está destinado á caer casi en su totalidad sobre el
    globo terráqueo en forma de lluvia. Las innumerables moléculas de agua
    son invisibles mientras el aire no se encuentra saturado; pero si el
    crecimiento de humedad ó el descenso de la temperatura determinan el
    punto de saturación, inmediatamente las partículas de vapor se
    condensan, se convierten en gotitas de niebla ó de nube, y se engloban
    con millones de otras moléculas, formando un volumen inmenso, suspendido
    en las alturas. Si son demasiado pesadas, las nubes se deshacen en
    lluvia sobre el océano, de donde han salido, ó bien, empujadas por los
    aires, van á chocar contra las escarpaduras de las colinas, por encima
    de los continentes, deteniéndose en los campos de las mesetas ó en las
    aristas y picos de las montañas. Caen en forma de lluvia ó de nieve;
    luego, gotas y copos, divididos hasta el infinito, penetran en la tierra
    por las cavernas, las fisuras de las rocas y los intersticios del
    fecundo suelo. Durante largo tiempo el agua queda oculta; después
    aparece á la luz en forma de alegre fuente, y empieza de nuevo su viaje
    hacia el océano por los lechos inclinados del arroyo, de barrancos y
    ríos.

    Este gran circuito de las aguas ¿no es la imagen de toda vida? ¿No es el
    símbolo de la inmortalidad? El cuerpo vivo, animal ó vegetal, es un
    compuesto de moléculas que cambian sin cesar, que los órganos de la
    nutrición ó respiración han cogido de fuera para hacerlo entrar en el
    torbellino de la vida. Arrastrados por el torrente circulatorio de la
    savia, de la sangre ó de otros líquidos, entran á formar parte de un
    tejido, luego de otro y de otros aún; así viajan por todos los
    organismos, hasta que son definitivamente expulsadas, y entran en ese
    gran mundo exterior, donde millones de seres vivos se empujan y combaten
    para ampararse de ellas como de una presa y utilizarlas á su vez. A los
    ojos del anatomista y del micrógrafo, cada uno de nosotros, á pesar del
    duro esqueleto y de las formas definidas de nuestro cuerpo, no somos
    otra cosa que una masa líquida, un río por el que corren con una
    velocidad más ó menos grande, como en un cauce preparado por adelantado,
    innumerables moléculas que provienen de todas las regiones de la tierra
    y del espacio, empezando nuevamente el viaje infinito, después de un
    corto paso por nuestro organismo. Parecidos al arroyo que pasa, nosotros
    cambiamos á cada instante; nuestra vida se renueva por minutos y, si
    nosotros nos creemos ser siempre los mismos, es por una ilusión de
    nuestro espíritu.

    Lo mismo que el hombre, considerado aisladamente, la sociedad en
    conjunto puede compararse con el agua que corre. A todas horas, en todos
    los instantes, un cuerpo humano, una simple milmillonésima parte de la
    humanidad se rinde ó se disuelve, mientras que por otra parte sale un
    niño de la inmensidad de las cosas, abre sus ojos á la luz y se
    convierte en sér pensante. Como en una llanura todos los granos de arena
    y glóbulos de arcilla han sido arrastrados por el río y depositados
    sobre sus orillas, todo el polvo que cubre el planeta ha corrido con la
    sangre del corazón en las arterias de nuestros antepasados. A través de
    las edades, las generaciones se suceden modificándose poco á poco; los
    bárbaros, con su aspecto bestial y luchando por la preeminencia con las
    fieras, fueron reemplazados por seres más inteligentes, á los cuales la
    experiencia y el estudio de la naturaleza han enseñado el arte de
    domesticar los animales y cultivar la tierra; luego, por el progreso,
    los hombres llegan á fundar ciudades, á transformar las primeras
    materias, á cambiar sus productos, á ponerse en relaciones con todas las
    partes del mundo; así se civilizan, es decir, se ennoblece su tipo, su
    cerebro es más vasto, su pensamiento más amplio, y, ensanchándose el
    círculo de las concepciones, los hechos vienen á agruparse en el
    espíritu. Cada generación que perece precede á otra diferente, que á su
    vez, da impulso á otras. Los pueblos se mezclan unos á otros como los
    arroyos entre sí y los ríos con los ríos; tarde ó temprano no formarán
    más que una sola nación; lo mismo que todas las aguas de una misma
    cuenca, concluyen por confundirse en un mismo río. La época en la que
    todas esas corrientes humanas se juntarán, no ha llegado todavía: razas
    y pueblos diversos, siempre aferrados á la gleba natal, no se han
    reconocido como hermanos, pero se aproximan más cada día; cada día
    también aumenta el amor, y, de concierto, empiezan á mirar hacia un
    ideal común de justicia y libertad. Los pueblos que han llegado á ser
    inteligentes, aprenderán á asociarse libremente: la humanidad, dividida
    hasta aquí en corrientes distintas, no será más que un mismo río, y
    reunidos en una sola corriente, descenderemos juntos hacia el mar
    inmenso donde van á perderse y renovarse todas las vidas.

    ÍNDICE

    Capítulos

    I.–La fuente
    II.–El agua del desierto
    III.–El torrente de la montaña
    IV.–La gruta
    V.–La sima
    VI.–El barranco
    VII.–Los manantiales del valle
    VIII.–Las corrientes y las cascadas
    IX.–Las sinuosidades y los remolinos
    X.–La inundación
    XI.–Las riberas y los islotes
    XII.–El paseo
    XIII.–El baño
    XIV.–La pesca
    XV.–El riego
    XVI.–El molino y la fábrica
    XVII.–La navegación y la armadía
    XVIII.–El agua de la ciudad
    XIX.–El río
    XX.–El ciclo de las aguas

  • Don Quijote

    Don Quijote

    Aproximadamente 383.799 palavras.

    El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

    por Miguel de Cervantes Saavedra

    El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

    Tasa

    Testimonio de las erratas

    El Rey

    Al Duque de Béjar

    Prólogo

    Al libro de don Quijote de la Mancha

    Que trata de la condición y ejercicio del famoso
    hidalgo don Quijote de la Mancha

    Que trata de la primera salida que de su tierra hizo
    el ingenioso don Quijote

    Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don
    Quijote en armarse caballero

    De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió
    de la venta

    Donde se prosigue la narración de la desgracia de
    nuestro caballero

    Del donoso y grande escrutinio que el cura y el
    barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo

    De la segunda salida de nuestro buen caballero don
    Quijote de la Mancha

    Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en
    la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con
    otros sucesos dignos de felice recordación

    Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que
    el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron

    De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y
    del peligro en que se vio con una turba de yangüeses

    De lo que le sucedió a don Quijote con unos
    cabreros

    De lo que contó un cabrero a los que estaban con don
    Quijote

    Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con
    otros sucesos

    Donde se ponen los versos desesperados del difunto
    pastor, con otros no esperados sucesos

    Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó
    don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses

    De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta
    que él imaginaba ser castillo

    Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el
    bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta
    que, por su mal, pensó que era castillo

    Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza
    con su señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser
    contadas

    De las discretas razones que Sancho pasaba con su
    amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros
    acontecimientos famosos

    De la jamás vista ni oída aventura que con más poco
    peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó
    el valeroso don Quijote de la Mancha

    Que trata de la alta aventura y rica ganancia del
    yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible
    caballero

    De la libertad que dio don Quijote a muchos
    desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran
    ir

    De lo que le aconteció al famoso don Quijote en
    Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta
    verdadera historia se cuentan

    Donde se prosigue la aventura de la Sierra
    Morena

    Que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morena
    sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que
    hizo a la penitencia de Beltenebros

    Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo
    don Quijote en Sierra Morena

    De cómo salieron con su intención el cura y el
    barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande
    historia

    Que trata de la nueva y agradable aventura que al
    cura y barbero sucedió en la mesma sierra

    Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea,
    con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo

    Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo
    en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en
    que se había puesto

    De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don
    Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos

    Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la
    cuadrilla de don Quijote

    Donde se cuenta la novela del Curioso
    impertinente

    Donde se prosigue la novela del Curioso
    impertinente

    Donde se da fin a la novela del Curioso
    impertinente

    Que trata de la brava y descomunal batalla que don
    Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos
    que en la venta le sucedieron

    Que prosigue la historia de la famosa infanta
    Micomicona, con otras graciosas aventuras

    Que trata del curioso discurso que hizo don
    Quijote de las armas y las letras

    Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos

    Donde se prosigue la historia del cautivo

    Donde todavía prosigue el cautivo su suceso

    Que trata de lo que más sucedió en la venta y de
    otras muchas cosas dignas de saberse

    Donde se cuenta la agradable historia del mozo de
    mulas, con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos]

    Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la
    venta

    Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de
    Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda
    verdad

    De la notable aventura de los cuadrilleros, y la
    gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote

    Del estraño modo con que fue encantado don Quijote
    de la Mancha, con otros famosos sucesos

    Donde prosigue el canónigo la materia de los
    libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

    Donde se trata del discreto coloquio que Sancho
    Panza tuvo con su señor don Quijote

    De las discretas altercaciones que don Quijote y el
    canónigo tuvieron, con otros sucesos

    Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que
    llevaban a don Quijote

    De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero,
    con la rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a
    costa de su sudor

    Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha

    Tasa

    Fee de erratas

    Aprobaciones

    Dedicatoria, al conde de Lemos

    Prólogo al lector

    De lo que el cura y el barbero pasaron con don
    Quijote cerca de su enfermedad

    Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza
    tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos
    graciosos

    Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote,
    Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco

    Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón
    Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse
    y de contarse

    De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho
    Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice
    recordación

    De lo que le pasó a Don Quijote con su sobrina y con
    su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia

    De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros
    sucesos famosísimos

    Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote,
    yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso

    Donde se cuenta lo que en él se verá

    Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para
    encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como
    verdaderos

    De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don
    Quijote con el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte

    De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don
    Quijote con el bravo Caballero de los Espejos

    Donde se prosigue la aventura del Caballero del
    Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos
    escuderos

    Donde se prosigue la aventura del Caballero del
    Bosque

    Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero
    de los Espejos y su escudero

    De lo que sucedió a don Quijote con un discreto
    caballero de la Mancha

    De donde se declaró el último punto y estremo adonde
    llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la
    felicemente acabada aventura de los leones

    De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o
    casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes

    Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con
    otros en verdad graciosos sucesos

    Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el
    suceso de Basilio el pobre

    Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros
    gustosos sucesos

    Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva
    de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice
    cima el valeroso don Quijote de la Mancha

    De las admirables cosas que el estremado don
    Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya
    imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por
    apócrifa

    Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes
    como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia

    Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa
    del titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino

    Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero,
    con otras cosas en verdad harto buenas

    Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su
    mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del
    rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado

    De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le
    leyere, si las lee con atención

    De la famosa aventura del barco encantado

    De lo que le avino a don Quijote con una bella
    cazadora

    Que trata de muchas y grandes cosas

    De la respuesta que dio don Quijote a su
    reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos

    De la sabrosa plática que la duquesa y sus
    doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se
    note

    Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se
    había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las
    aventuras más famosas deste libro

    Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote
    del desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos

    Donde se cuenta la estraña y jamás imaginada
    aventura de la dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una
    carta que Sancho Panza escribió a su mujer Teresa Panza

    Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña
    Dolorida

    Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la
    dueña Dolorida

    Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable
    historia

    De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta
    memorable historia

    De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada
    aventura

    De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza
    antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien
    consideradas

    De los consejos segundos que dio don Quijote a
    Sancho Panza

    Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la
    estraña aventura que en el castillo sucedió a don Quijote

    De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su
    ínsula, y del modo que comenzó a gobernar

    Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió
    don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada
    Altisidora

    Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en
    su gobierno

    De lo que le sucedió a don Quijote con doña
    Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de
    escritura y de memoria eterna

    De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su
    ínsula

    Donde se declara quién fueron los encantadores y
    verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don
    Quijote, con el suceso que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa
    Sancha, mujer de Sancho Panza

    Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros
    sucesos tales como buenos

    Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña
    Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez

    Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de
    Sancho Panza

    Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a
    otra alguna

    De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que
    no hay más que ver

    De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre
    don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija
    de la dueña doña Rodríguez

    Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque,
    y de lo que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora,
    doncella de la duquesa

    Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote
    aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras

    Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se
    puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote

    De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona

    De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de
    Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo
    discreto

    Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con
    otras niñerías que no pueden dejar de contarse

    De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita
    de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

    Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a
    don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido

    Donde se da noticia quién era el de la Blanca Luna,
    con la libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos

    Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá
    el que lo escuchare leer

    De la resolución que tomó don Quijote de hacerse
    pastor y seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su
    promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos

    De la cerdosa aventura que le aconteció a don
    Quijote

    Del más raro y más nuevo suceso que en todo el
    discurso desta grande historia avino a don Quijote

    Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no
    escusadas para la claridad desta historia

    De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero
    Sancho yendo a su aldea

    De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su
    aldea

    De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de
    su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande
    historia

    De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que
    hizo, y su muerte

    El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

    TASA

    Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de
    los que residen en su Consejo, certifico y doy fe que, habiendo visto por
    los señores dél un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha,
    compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego del dicho
    libro a tres maravedís y medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que
    al dicho precio monta el dicho libro docientos y noventa maravedís y medio,
    en que se ha de vender en papel; y dieron licencia para que a este precio
    se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del dicho
    libro, y no se pueda vender sin ella. Y, para que dello conste, di la
    presente en Valladolid, a veinte días del mes de deciembre de mil y
    seiscientos y cuatro años.

    Juan Gallo de Andrada.

    TESTIMONIO DE LAS ERRATAS

    Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original; en
    testimonio de lo haber correcto, di esta fee. En el Colegio de la Madre de
    Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en primero de diciembre
    de 1604 años.

    El licenciado Francisco Murcia de la Llana.

    EL REY

    Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación
    que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la
    Mancha, el cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso,
    nos pedistes y suplicastes os mandásemos dar licencia y facultad para le
    poder imprimir, y previlegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la
    nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto
    en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática últimamente
    por nos fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que
    debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos, en la dicha razón; y nos
    tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos
    licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y
    no otra alguna, podáis imprimir el dicho libro, intitulado El ingenioso
    hidalgo de la Mancha, que desuso se hace mención, en todos estos nuestros
    reinos de Castilla, por tiempo y espacio de diez años, que corran y se
    cuenten desde el dicho día de la data desta nuestra cédula; so pena que la
    persona o personas que, sin tener vuestro poder, lo imprimiere o vendiere,
    o hiciere imprimir o vender, por el mesmo caso pierda la impresión que
    hiciere, con los moldes y aparejos della; y más, incurra en pena de
    cincuenta mil maravedís cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha
    pena sea la tercia parte para la persona que lo acusare, y la otra tercia
    parte para nuestra Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo
    sentenciare. Con tanto que todas las veces que hubiéredes de hacer imprimir
    el dicho libro, durante el tiempo de los dichos diez años, le traigáis al
    nuestro Consejo, juntamente con el original que en él fue visto, que va
    rubricado cada plana y firmado al fin dél de Juan Gallo de Andrada, nuestro
    Escribano de Cámara, de los que en él residen, para saber si la dicha
    impresión está conforme el original; o traigáis fe en pública forma de cómo
    por corretor nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigió la dicha
    impresión por el original, y se imprimió conforme a él, y quedan impresas
    las erratas por él apuntadas, para cada un libro de los que así fueren
    impresos, para que se tase el precio que por cada volume hubiéredes de
    haber. Y mandamos al impresor que así imprimiere el dicho libro, no imprima
    el principio ni el primer pliego dél, ni entregue más de un solo libro con
    el original al autor, o persona a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno,
    para efeto de la dicha correción y tasa, hasta que antes y primero el dicho
    libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo; y, estando
    hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer
    pliego, y sucesivamente ponga esta nuestra cédula y la aprobación, tasa y
    erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y
    premáticas destos nuestros reinos. Y mandamos a los del nuestro Consejo, y
    a otras cualesquier justicias dellos, guarden y cumplan esta nuestra cédula
    y lo en ella contenido. Fecha en Valladolid, a veinte y seis días del mes
    de setiembre de mil y seiscientos y cuatro años.

    YO, EL REY.

    Por mandado del Rey nuestro señor:

    Juan de Amezqueta.

    AL DUQUE DE BÉJAR,

    marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares, vizconde de La Puebla de
    Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos

    En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda
    suerte de libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes,
    mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del
    vulgo, he determinado de sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la
    Mancha, al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con
    el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente
    en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso
    ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las obras
    que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer
    seguramente en el juicio de algunos que, continiéndose en los límites de su
    ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos
    ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi
    buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.

    Miguel de Cervantes Saavedra.

    PRÓLOGO

    Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este
    libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y
    más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al
    orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así,
    ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la
    historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos
    varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en
    una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste
    ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los
    campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud
    del espíritu son grande parte para que las musas más estériles se muestren
    fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de
    contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el
    amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas,
    antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por
    agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de
    Don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte, casi
    con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que
    perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres su
    pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío
    como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della, como el
    rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice: que debajo de mi
    manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y
    obligación; y así, puedes decir de la historia todo aquello que te
    pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te premien por el bien
    que dijeres della.

    Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de la
    inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios
    que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir que,
    aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer
    esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille,
    y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y, estando una suspenso,
    con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano
    en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un amigo mío,
    gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó
    la causa; y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que
    había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que
    ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan noble caballero.

    — Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo
    legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha
    que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a
    cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada
    de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina; sin
    acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo
    que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de
    sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que
    admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos
    y elocuentes? ¡Pues qué, cuando citan la Divina Escritura! No dirán sino
    que son unos santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en
    esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado
    destraído y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un
    regalo oílle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo
    qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores
    sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras
    del A.B.C., comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoílo o
    Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de
    carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos
    autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas
    celebérrimos; aunque, si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo
    sé que me los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que
    tienen más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío —proseguí—,
    yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en
    la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como
    le faltan; porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia
    y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme
    buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la
    suspensión y elevamiento, amigo, en que me hallastes; bastante causa para
    ponerme en ella la que de mí habéis oído.

    Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparando en
    una carga de risa, me dijo:

    — Por Dios, hermano, que agora me acabo de desengañar de un engaño en que he
    estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he
    tenido por discreto y prudente en todas vuestras aciones. Pero agora veo
    que estáis tan lejos de serlo como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que
    es posible que cosas de tan poco momento y tan fáciles de remediar puedan
    tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el
    vuestro, y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores?
    A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y
    penuria de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme
    atento y veréis cómo, en un abrir y cerrar de ojos, confundo todas vuestras
    dificultades y remedio todas las faltas que decís que os suspenden y
    acobardan para dejar de sacar a la luz del mundo la historia de vuestro
    famoso don Quijote, luz y espejo de toda la caballería andante.

    — Decid —le repliqué yo, oyendo lo que me decía—: ¿de qué modo pensáis
    llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión?

    A lo cual él dijo:

    — Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os
    faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se
    puede remediar en que vos mesmo toméis algún trabajo en hacerlos, y después
    los podéis bautizar y poner el nombre que quisiéredes, ahijándolos al
    Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda, de quien yo sé que
    hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido y hubiere
    algunos pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren desta
    verdad, no se os dé dos maravedís; porque, ya que os averigüen la mentira,
    no os han de cortar la mano con que lo escribistes.

    »En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáredes las
    sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra historia, no hay más sino
    hacer, de manera que venga a pelo, algunas sentencias o latines que vos
    sepáis de memoria, o, a lo menos, que os cuesten poco trabajo el buscalle;
    como será poner, tratando de libertad y cautiverio:

    Non bene pro toto libertas venditur auro.

    Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo. Si tratáredes
    del poder de la muerte, acudir luego con:

    Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas,
    Regumque turres.

    Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros
    luego al punto por la Escritura Divina, que lo podéis hacer con tantico de
    curiosidad, y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios: Ego autem
    dico vobis: diligite inimicos vestros. Si tratáredes de malos pensamientos,
    acudid con el Evangelio: De corde exeunt cogitationes malae. Si de la
    instabilidad de los amigos, ahí está Catón, que os dará su dístico:

    Donec eris felix, multos numerabis amicos,
    tempora si fuerint nubila, solus eris.

    Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por gramático, que
    el serlo no es de poca honra y provecho el día de hoy.

    »En lo que toca el poner anotaciones al fin del libro, seguramente lo
    podéis hacer desta manera: si nombráis algún gigante en vuestro libro,
    hacelde que sea el gigante Golías, y con sólo esto, que os costará casi
    nada, tenéis una grande anotación, pues podéis poner: El gigante Golías, o
    Goliat, fue un filisteo a quien el pastor David mató de una gran pedrada en
    el valle de Terebinto, según se cuenta en el Libro de los Reyes, en el
    capítulo que vos halláredes que se escribe. Tras esto, para mostraros
    hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo como en
    vuestra historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra famosa
    anotación, poniendo: El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas;
    tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar océano, besando los
    muros de la famosa ciudad de Lisboa; y es opinión que tiene las arenas de
    oro, etc. Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco, que la
    sé de coro; si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo, que os
    prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito; si de
    crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras,
    Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el
    mesmo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco os
    dará mil Alejandros. Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de
    la lengua toscana, toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas. Y
    si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a
    Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más
    ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolución, no hay más sino
    que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la
    vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las
    anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las márgenes y
    de gastar cuatro pliegos en el fin del libro.

    »Vengamos ahora a la citación de los autores que los otros libros tienen,
    que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque
    no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde
    la A hasta la Z, como vos decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en
    vuestro libro; que, puesto que a la clara se vea la mentira, por la poca
    necesidad que vos teníades de aprovecharos dellos, no importa nada; y quizá
    alguno habrá tan simple, que crea que de todos os habéis aprovechado en la
    simple y sencilla historia vuestra; y, cuando no sirva de otra cosa, por lo
    menos servirá aquel largo catálogo de autores a dar de improviso autoridad
    al libro. Y más, que no habrá quien se ponga a averiguar si los seguistes o
    no los seguistes, no yéndole nada en ello. Cuanto más que, si bien caigo en
    la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de
    aquellas que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra
    los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo
    nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón; ni caen debajo de la cuenta de sus
    fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones
    de la astrología; ni le son de importancia las medidas geométricas, ni la
    confutación de los argumentos de quien se sirve la retórica; ni tiene para
    qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género
    de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Sólo
    tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que,
    cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y,
    pues esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y
    cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no
    hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la
    Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de
    santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas
    y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo;
    pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención,
    dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos.
    Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a
    risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se
    admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de
    alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal
    fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de
    muchos más; que si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.

    Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal
    manera se imprimieron en mí sus razones que, sin ponerlas en disputa, las
    aprobé por buenas y de ellas mismas quise hacer este prólogo; en el cual
    verás, lector suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía en
    hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar
    tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la
    Mancha, de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del
    campo de Montiel, que fue el más casto enamorado y el más valiente
    caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo
    no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble
    y tan honrado caballero, pero quiero que me agradezcas el conocimiento que
    tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te
    doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros
    vanos de caballerías están esparcidas.

    Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. Vale.

    AL LIBRO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

    Urganda la desconocida
    Si de llegarte a los bue-,
    libro, fueres con letu-,
    no te dirá el boquirru-
    que no pones bien los de-.
    Mas si el pan no se te cue-
    por ir a manos de idio-,
    verás de manos a bo-,
    aun no dar una en el cla-,
    si bien se comen las ma-
    por mostrar que son curio-.
    Y, pues la expiriencia ense-
    que el que a buen árbol se arri-
    buena sombra le cobi-,
    en Béjar tu buena estre-
    un árbol real te ofre-
    que da príncipes por fru-,
    en el cual floreció un du-
    que es nuevo Alejandro Ma-:
    llega a su sombra, que a osa-
    favorece la fortu-.
    De un noble hidalgo manche-
    contarás las aventu-,
    a quien ociosas letu-,
    trastornaron la cabe-:
    damas, armas, caballe-,
    le provocaron de mo-,
    que, cual Orlando furio-,
    templado a lo enamora-,
    alcanzó a fuerza de bra-
    a Dulcinea del Tobo-.
    No indiscretos hieroglí-
    estampes en el escu-,
    que, cuando es todo figu-,
    con ruines puntos se envi-.
    Si en la dirección te humi-,

    no dirá, mofante, algu-:
    ''¡Qué don Álvaro de Lu-,
    qué Anibal el de Carta-,
    qué rey Francisco en Espa-
    se queja de la Fortu-!''
    Pues al cielo no le plu-
    que salieses tan ladi-
    como el negro Juan Lati-,
    hablar latines rehú-.
    No me despuntes de agu-,
    ni me alegues con filó-,
    porque, torciendo la bo-,
    dirá el que entiende la le-,
    no un palmo de las ore-:
    ''¿Para qué conmigo flo-?''
    No te metas en dibu-,
    ni en saber vidas aje-,
    que, en lo que no va ni vie-,

    pasar de largo es cordu-.
    Que suelen en caperu-
    darles a los que grace-;
    mas tú quémate las ce-
    sólo en cobrar buena fa-;
    que el que imprime neceda-
    dalas a censo perpe-.
    Advierte que es desati-,
    siendo de vidrio el teja-,
    tomar piedras en las ma-
    para tirar al veci-.
    Deja que el hombre de jui-,
    en las obras que compo-,
    se vaya con pies de plo-;
    que el que saca a luz pape-
    para entretener donce-
    escribe a tontas y a lo-.

    AMADÍS DE GAULA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

    Soneto

    Tú, que imitaste la llorosa vida
    que tuve, ausente y desdeñado sobre
    el gran ribazo de la Peña Pobre,
    de alegre a penitencia reducida;
    tú, a quien los ojos dieron la bebida
    de abundante licor, aunque salobre,
    y alzándote la plata, estaño y cobre,
    te dio la tierra en tierra la comida,
    vive seguro de que eternamente,
    en tanto, al menos, que en la cuarta esfera,
    sus caballos aguije el rubio Apolo,
    tendrás claro renombre de valiente;
    tu patria será en todas la primera;
    tu sabio autor, al mundo único y solo.

    DON BELIANÍS DE GRECIA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

    Soneto

    Rompí, corté, abollé, y dije y hice
    más que en el orbe caballero andante;
    fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
    mil agravios vengué, cien mil deshice.
    Hazañas di a la Fama que eternice;
    fui comedido y regalado amante;
    fue enano para mí todo gigante,
    y al duelo en cualquier punto satisfice.
    Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
    y trajo del copete mi cordura
    a la calva Ocasión al estricote.
    Más, aunque sobre el cuerno de la luna
    siempre se vio encumbrada mi ventura,
    tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!

    LA SEÑORA ORIANA A DULCINEA DEL TOBOSO

    Soneto

    ¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
    por más comodidad y más reposo,
    a Miraflores puesto en el Toboso,
    y trocara sus Londres con tu aldea!
    ¡Oh, quién de tus deseos y librea
    alma y cuerpo adornara, y del famoso
    caballero que hiciste venturoso
    mirara alguna desigual pelea!
    ¡Oh, quién tan castamente se escapara
    del señor Amadís como tú hiciste
    del comedido hidalgo don Quijote!
    Que así envidiada fuera, y no envidiara,
    y fuera alegre el tiempo que fue triste,
    y gozara los gustos sin escote.

    GANDALÍN, ESCUDERO DE AMADÍS DE GAULA, A SANCHO PANZA, ESCUDERO DE DON QUIJOTE

    Soneto

    Salve, varón famoso, a quien Fortuna,
    cuando en el trato escuderil te puso,
    tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
    que lo pasaste sin desgracia alguna.
    Ya la azada o la hoz poco repugna
    al andante ejercicio; ya está en uso
    la llaneza escudera, con que acuso
    al soberbio que intenta hollar la luna.
    Envidio a tu jumento y a tu nombre,
    y a tus alforjas igualmente invidio,
    que mostraron tu cuerda providencia.
    Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,
    que a solo tú nuestro español Ovidio
    con buzcorona te hace reverencia.

    DEL DONOSO, POETA ENTREVERADO, A SANCHO PANZA Y ROCINANTE

    Soy Sancho Panza, escude-
    del manchego don Quijo-.
    Puse pies en polvoro-,
    por vivir a lo discre-;
    que el tácito Villadie-
    toda su razón de esta-
    cifró en una retira-,
    según siente Celesti-,
    libro, en mi opinión, divi-
    si encubriera más lo huma-.
    A Rocinante
    Soy Rocinante, el famo-
    bisnieto del gran Babie-.
    Por pecados de flaque-,
    fui a poder de un don Quijo-.
    Parejas corrí a lo flo-;
    mas, por uña de caba-,
    no se me escapó ceba-;
    que esto saqué a Lazari-
    cuando, para hurtar el vi-
    al ciego, le di la pa-.

    ORLANDO FURIOSO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

    Soneto

    Si no eres par, tampoco le has tenido:
    que par pudieras ser entre mil pares;
    ni puede haberle donde tú te hallares,
    invito vencedor, jamás vencido.
    Orlando soy, Quijote, que, perdido
    por Angélica, vi remotos mares,
    ofreciendo a la Fama en sus altares
    aquel valor que respetó el olvido.
    No puedo ser tu igual; que este decoro
    se debe a tus proezas y a tu fama,
    puesto que, como yo, perdiste el seso.
    Mas serlo has mío, si al soberbio moro
    y cita fiero domas, que hoy nos llama
    iguales en amor con mal suceso.

    EL CABALLERO DEL FEBO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

    Soneto

    A vuestra espada no igualó la mía,
    Febo español, curioso cortesano,
    ni a la alta gloria de valor mi mano,
    que rayo fue do nace y muere el día.
    Imperios desprecié; la monarquía
    que me ofreció el Oriente rojo en vano
    dejé, por ver el rostro soberano
    de Claridiana, aurora hermosa mía.
    Améla por milagro único y raro,
    y, ausente en su desgracia, el propio infierno
    temió mi brazo, que domó su rabia.
    Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
    por Dulcinea sois al mundo eterno,
    y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.

    DE SOLISDÁN A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

    Soneto

    Maguer, señor Quijote, que sandeces
    vos tengan el cerbelo derrumbado,
    nunca seréis de alguno reprochado
    por home de obras viles y soeces.
    Serán vuesas fazañas los joeces,
    pues tuertos desfaciendo habéis andado,
    siendo vegadas mil apaleado
    por follones cautivos y raheces.
    Y si la vuesa linda Dulcinea
    desaguisado contra vos comete,
    ni a vuesas cuitas muestra buen talante,
    en tal desmán, vueso conorte sea
    que Sancho Panza fue mal alcagüete,
    necio él, dura ella, y vos no amante.

    DIÁLOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE

    Soneto

    B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
    R. Porque nunca se come, y se trabaja.
    B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?
    R. No me deja mi amo ni un bocado.
    B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,
    pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
    R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
    ¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.
    B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia.
    B. Metafísico estáis. R. Es que no como.
    B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.
    ¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
    si el amo y escudero o mayordomo
    son tan rocines como Rocinante?

    Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

    Capítulo primero. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo
    don Quijote de la Mancha

    En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
    tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua,
    rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero,
    salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los
    viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres
    partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de
    velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de
    entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una
    ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte,
    y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la
    podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de
    complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo
    de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada,
    que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben;
    aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba
    Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración
    dél no se salga un punto de la verdad.

    Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba
    ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con
    tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la
    caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad
    y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para
    comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos
    cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como
    los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su
    prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más
    cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en
    muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se
    hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la
    vuestra fermosura. Y también cuando leía: …los altos cielos que de
    vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen
    merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

    Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por
    entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las
    entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba
    muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se
    imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de
    tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con
    todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella
    inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle
    fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera,
    y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo
    estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era
    hombre docto, graduado en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero:
    Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del
    mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si
    alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula,
    porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero
    melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le
    iba en zaga.

    En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las
    noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así,
    del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino
    a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los
    libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos,
    heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y
    asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella
    máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no
    había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz
    había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero
    de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos
    fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio,
    porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la
    industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre
    los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de
    aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él
    solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos
    de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos
    topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro,
    según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de
    Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.

    En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento
    que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y
    necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su
    república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus
    armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que
    él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo
    género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos,
    cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor
    de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan
    agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se
    dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.

    Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus
    bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que
    estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor
    que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de
    encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de
    cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían
    una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y
    podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos
    golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una
    semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho
    pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo,
    poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó
    satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la
    diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

    Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más
    tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció
    que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban.
    Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según
    se decía él a sí mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y
    tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba
    acomodársele de manera que declarase quién había sido, antes que fuese de
    caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón
    que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase
    famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio
    que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y
    quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin
    le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y
    significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora
    era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.

    Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo,
    y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don
    Quijote; de donde —como queda dicho— tomaron ocasión los autores desta tan
    verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada,
    como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no
    sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el
    nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula,
    así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y
    llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al
    vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

    Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su
    rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra
    cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante
    sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él
    a sí:

    — Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por
    ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros
    andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o,
    finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle
    presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga
    con voz humilde y rendido: ''Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro,
    señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el
    jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me
    mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza
    disponga de mí a su talante''?

    ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso,
    y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree,
    que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen
    parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende,
    ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a
    ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y,
    buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se
    encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del
    Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y
    peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas
    había puesto.

    Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el
    ingenioso don Quijote

    Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en
    efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía
    en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer,
    tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y
    deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su
    intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno
    de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre
    Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su
    lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo
    contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su
    buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento
    terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue
    que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley
    de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y,
    puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero,
    sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos
    pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su
    locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del
    primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según
    él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas,
    pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un
    armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que
    aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de
    las aventuras.

    Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo
    mesmo y diciendo:

    — ¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la
    verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere
    no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de mañana,
    desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la
    ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y
    apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían
    saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que,
    dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del
    manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero
    don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso
    caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de
    Montiel».

    Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:

    — Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas
    hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y
    pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador,
    quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina
    historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno
    mío en todos mis caminos y carreras!

    Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:

    — ¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me
    habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de
    mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de
    membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor
    padece.

    Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus
    libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto,
    caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que
    fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.

    Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo
    cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer
    experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la
    primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la
    de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso,
    y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo
    todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y
    muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría
    algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese
    remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde
    iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales,
    sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa a caminar,
    y llegó a ella a tiempo que anochecía.

    Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido,
    las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche
    acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto
    pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que
    había leído, luego que vio la venta, se le representó que era un castillo
    con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su
    puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes
    castillos se pintan. Fuese llegando a la venta, que a él le parecía
    castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando
    que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna
    trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se
    tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se
    llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos destraídas mozas que allí
    estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas
    damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto,
    sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una
    manada de puercos —que, sin perdón, así se llaman— tocó un cuerno, a cuya
    señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que
    deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida; y así, con
    estraño contento, llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron
    venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga, llenas de
    miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su
    huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y
    polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:

    — No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; ca a la orden
    de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a
    tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

    Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la
    mala visera le encubría; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan
    fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don
    Quijote vino a correrse y a decirles:

    — Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez además la risa
    que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes ni
    mostredes mal talante; que el mío non es de ál que de serviros.

    El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro
    caballero acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y pasara muy
    adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy
    gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada
    de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no
    estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento.
    Mas, en efeto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de
    hablarle comedidamente; y así, le dijo:

    — Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque
    en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha
    abundancia.

    Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le
    pareció a él el ventero y la venta, respondió:

    -Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque
    mis arreos son las armas,
    mi descanso el pelear, etc.

    Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle
    parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la
    playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que
    estudiantado paje; y así, le respondió:

    — Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir,
    siempre velar; y siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar
    en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más
    en una noche.

    Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con
    mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había
    desayunado.

    Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque
    era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le
    pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodándole
    en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban
    desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales,
    aunque le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron
    desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traía atada
    con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los
    ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera, y así, se quedó toda
    aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y estraña
    figura que se pudiera pensar; y, al desarmarle, como él se imaginaba que
    aquellas traídas y llevadas que le desarmaban eran algunas principales
    señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:

    -Nunca fuera caballero
    de damas tan bien servido
    como fuera don Quijote
    cuando de su aldea vino:
    doncellas curaban dél;
    princesas, del su rocino,

    o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don
    Quijote de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta
    que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza
    de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido
    causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero, tiempo vendrá en que
    las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo
    descubra el deseo que tengo de serviros.

    Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían
    palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.

    — Cualquiera yantaría yo —respondió don Quijote—, porque, a lo que entiendo,
    me haría mucho al caso.

    A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino
    unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía
    bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle
    si por ventura comería su merced truchuela, que no había otro pescado que
    dalle a comer.

    — Como haya muchas truchuelas —respondió don Quijote—, podrán servir de una
    trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una
    pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas
    como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón.
    Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no
    se puede llevar sin el gobierno de las tripas.

    Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el
    huésped una porción del mal remojado y peor cocido bacallao, y un pan tan
    negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle
    comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía
    poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía; y ansí,
    una de aquellas señoras servía deste menester. Mas, al darle de beber, no
    fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un
    cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recebía
    en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.

    Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y, así
    como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual
    acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que
    le servían con música, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal; y
    las rameras, damas; y el ventero, castellano del castillo, y con esto daba
    por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era
    el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner
    legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballería.

    Capítulo III. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en
    armarse caballero

    Y así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la
    cual acabada, llamó al ventero, y, encerrándose con él en la caballeriza,
    se hincó de rodillas ante él, diciéndole:

    — No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la
    vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en
    alabanza vuestra y en pro del género humano.

    El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones,
    estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con
    él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le
    otorgaba el don que le pedía.

    — No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío
    — respondió don Quijote—; y así, os digo que el don que os he pedido, y de
    vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día me
    habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro
    castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que
    tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del
    mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo
    de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a
    semejantes fazañas es inclinado.

    El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos
    barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando
    acabó de oírle semejantes razones, y, por tener qué reír aquella noche,
    determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en
    lo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los
    caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia
    mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a
    aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus
    aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán,
    Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de
    Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y
    otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies,
    sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas,
    deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente,
    dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda
    España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo,
    donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los
    caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por
    la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en
    pago de su buen deseo.

    Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder
    velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que,
    en caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y que
    aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana,
    siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que él
    quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el
    mundo.

    Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca,
    porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que
    ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que,
    puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a
    los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan
    necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se
    había de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguado
    que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y
    atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese
    sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de
    ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los
    campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los
    curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego
    los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano
    con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della,
    luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno
    hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los
    pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de
    dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para
    curarse; y, cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos,
    que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas
    alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo,
    como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión
    semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros
    andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como
    a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí
    adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán
    bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.

    Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda
    puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral
    grande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijote
    todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando su
    adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear
    delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.

    Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su
    huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba.
    Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde
    lejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras,
    arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen
    espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la
    luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el
    novel caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno de
    los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue
    menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el
    cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:

    — ¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las
    armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que haces
    y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.

    No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque
    fuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran
    trecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y,
    puesto el pensamiento —a lo que pareció— en su señora Dulcinea, dijo:

    — Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro
    avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance
    vuestro favor y amparo.

    Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la
    lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza,
    que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no
    tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y
    tornó a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sin
    saberse lo que había pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegó
    otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitar
    las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin
    pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y,
    sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque
    se la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre
    ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga, y, puesta
    mano a su espada, dijo:

    — ¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!
    Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo
    caballero, que tamaña aventura está atendiendo.

    Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los
    arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los
    heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras
    sobre don Quijote, el cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga,
    y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero
    daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que
    por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote las
    daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del
    castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía
    que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la
    orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:

    — Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad,
    venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que
    lleváis de vuestra sandez y demasía.

    Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los
    que le acometían; y, así por esto como por las persuasiones del ventero, le
    dejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus
    armas con la misma quietud y sosiego que primero.

    No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó
    abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra
    desgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolencia
    que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna;
    pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya le
    había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba
    de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado
    caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía
    noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se
    podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las
    armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más, que él había
    estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él estaba
    allí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que
    pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no
    pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le
    mandase, a quien por su respeto dejaría.

    Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde
    asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela
    que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde
    don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su
    manual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó
    la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma
    espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como que
    rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada,
    la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester
    poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las
    proezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya.
    Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:

    — Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en
    lides.

    Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante
    a quién quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darle
    alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella
    respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un
    remendón natural de Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, y
    que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don
    Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante
    se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le
    calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de
    la espada: preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y que
    era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don
    Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos
    servicios y mercedes.

    Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no
    vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras;
    y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y, abrazando a su huésped, le
    dijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado
    caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya
    fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras,
    respondió a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir a
    la buen hora.

    Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la
    venta

    La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan
    gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le
    reventaba por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los
    consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había
    de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a
    su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir
    a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito
    para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a
    Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta
    gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.

    No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la
    espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de
    persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:

    — Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone
    ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y
    donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son
    de algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.

    Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que
    las voces salían. Y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una
    yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo
    arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba; y no
    sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador
    de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo.
    Porque decía:

    — La lengua queda y los ojos listos.

    Y el muchacho respondía:

    — No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra
    vez; y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.

    Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

    — Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede;
    subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza —que también tenía una
    lanza arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua—, que yo os
    haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.

    El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la
    lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:

    — Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que
    me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el
    cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su
    descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la
    soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.

    — ¿"Miente", delante de mí, ruin villano? —dijo don Quijote—. Por el sol que
    nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle
    luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y
    aniquile en este punto. Desatadlo luego.

    El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al
    cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve
    meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que
    montaban setenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los
    desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que
    para el paso en que estaba y juramento que había hecho —y aún no había
    jurado nada—, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y
    recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado y un real de dos
    sangrías que le habían hecho estando enfermo.

    — Bien está todo eso —replicó don Quijote—, pero quédense los zapatos y las
    sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el
    cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su
    cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se
    la habéis sacado; ansí que, por esta parte, no os debe nada.

    — El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase
    Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.

    — ¿Irme yo con él? —dijo el muchacho—. Mas, ¡mal año! No, señor, ni por
    pienso; porque, en viéndose solo, me desuelle como a un San Bartolomé.

    — No hará tal —replicó don Quijote—: basta que yo se lo mande para que me
    tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha
    recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.

    — Mire vuestra merced, señor, lo que dice —dijo el muchacho—, que este mi
    amo no es caballero ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan
    Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.

    — Importa eso poco —respondió don Quijote—, que Haldudos puede haber
    caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.

    — Así es verdad —dijo Andrés—; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues
    me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?

    — No niego, hermano Andrés —respondió el labrador—; y hacedme placer de
    veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay
    en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun
    sahumados.

    — Del sahumerio os hago gracia —dijo don Quijote—; dádselos en reales, que
    con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no,
    por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que
    os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis
    saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo,
    sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de
    agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo
    prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.

    Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó
    dellos. Siguióle el labrador con los ojos, y, cuando vio que había
    traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y
    díjole:

    — Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel
    deshacedor de agravios me dejó mandado.

    — Eso juro yo —dijo Andrés—; y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en
    cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva; que,
    según es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que
    vuelva y ejecute lo que dijo!

    — También lo juro yo —dijo el labrador—; pero, por lo mucho que os quiero,
    quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.

    Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos
    azotes, que le dejó por muerto.

    — Llamad, señor Andrés, ahora —decía el labrador— al desfacedor de agravios,
    veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer,
    porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades.

    Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para
    que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno,
    jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle
    punto por punto lo que había pasado, y que se lo había de pagar con las
    setenas. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó
    riendo.

    Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual,
    contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto
    principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando
    hacia su aldea, diciendo a media voz:

    — Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh
    sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener
    sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan
    nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha, el cual,
    como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha
    desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la
    crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan
    sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.

    En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a
    la imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponían a
    pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato
    quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante,
    dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento,
    que fue el irse camino de su caballeriza.

    Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel
    de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que
    iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con
    otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los
    divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por
    imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en
    sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así,
    con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la
    lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo
    esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales
    los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír,
    levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:

    — Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el
    mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par
    Dulcinea del Toboso.

    Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura
    del que las decía; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver
    la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella
    confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy
    mucho discreto, le dijo:

    — Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que
    decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis,
    de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte
    vuestra nos es pedida.

    — Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades vosotros en
    confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo
    habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo
    sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno,
    como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y
    mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en
    la razón que de mi parte tengo.

    — Señor caballero —replicó el mercader—, suplico a vuestra merced, en nombre
    de todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos
    nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída,
    y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y
    Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de
    esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se
    sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra
    merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte
    que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro
    le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra
    merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

    — No le mana, canalla infame —respondió don Quijote, encendido en cólera—;
    no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no
    es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero
    vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad
    como es la de mi señora.

    Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había
    dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la
    mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido
    mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el
    campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la
    lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y,
    entretanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:

    — ¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía,
    sino de mi caballo, estoy aquí tendido.

    Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien
    intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo
    sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la
    lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a
    nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le
    molió como cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le
    dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta
    envidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la
    lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda
    aquella tempestad de palos que sobre él vía, no cerraba la boca, amenazando
    al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.

    Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar
    en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a
    probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno,
    ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso,
    pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y
    toda la atribuía a la falta de su caballo, y no era posible levantarse,
    según tenía brumado todo el cuerpo.

    Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro
    caballero

    Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su
    ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole su
    locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando
    Carloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no
    ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos; y, con todo
    esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta, pues, le pareció a
    él que le venía de molde para el paso en que se hallaba; y así, con
    muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir
    con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del
    bosque:

    -¿Donde estás, señora mía,
    que no te duele mi mal?
    O no lo sabes, señora,
    o eres falsa y desleal.

    Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que
    dicen:

    -¡Oh noble marqués de Mantua,
    mi tío y señor carnal!

    Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí
    un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga
    de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a
    él y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se
    quejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél era el marqués de Mantua,
    su tío; y así, no le respondió otra cosa si no fue proseguir en su romance,
    donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante
    con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.

    El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitándole la
    visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, que
    le tenía cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y
    le dijo:

    — Señor Quijana —que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no
    había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante—, ¿quién ha puesto a
    vuestra merced desta suerte?

    Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen
    hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía
    alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del
    suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer
    caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza,
    y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al
    asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates
    que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y
    quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba
    unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que
    el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el
    diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque,
    en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez,
    cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó
    cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a
    preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y
    razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del
    mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de
    Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el
    labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por
    donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al
    pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga
    arenga. Al cabo de lo cual, dijo:

    — Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa
    que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho,
    hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni
    verán en el mundo.

    A esto respondió el labrador:

    — Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de
    Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra
    merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor
    Quijana.

    — Yo sé quién soy —respondió don Quijote—; y sé que puedo ser no sólo los
    que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve
    de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por
    sí hicieron, se aventajarán las mías.

    En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que
    anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no
    viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le
    pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló
    toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran
    grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:

    — ¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez —que así se
    llamaba el cura—, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen
    él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de
    mí!, que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir,
    que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de
    ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir
    muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e
    irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y
    a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado
    entendimiento que había en toda la Mancha.

    La sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:

    — Sepa, señor maese Nicolás —que éste era el nombre del barbero—, que muchas
    veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados
    libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales,
    arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada y andaba a
    cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que había
    muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del
    cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la
    batalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y
    sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le
    había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me
    tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates
    de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha
    llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que
    bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.

    — Esto digo yo también —dijo el cura—, y a fee que no se pase el día de
    mañana sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego,
    porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe
    de haber hecho.

    Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de
    entender el labrador la enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir a
    voces:

    — Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua,
    que viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el
    valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.

    A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las
    otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no
    podía, corrieron a abrazarle. Él dijo:

    — Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a
    mi lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate
    de mis feridas.

    — ¡Mirá, en hora maza —dijo a este punto el ama—, si me decía a mí bien mi
    corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora,
    que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo,
    sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han
    parado a vuestra merced!

    Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron
    ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída
    con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más
    desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.

    — ¡Ta, ta! —dijo el cura—. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que
    yo los queme mañana antes que llegue la noche.

    Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra
    cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le
    importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del
    modo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los
    disparates que al hallarle y al traerle había dicho; que fue poner más
    deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su
    amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote,

    Capítulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
    hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo

    el cual aún todavía dormía. Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento
    donde estaban los libros, autores del daño, y ella se las dio de muy buena
    gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien
    cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, así
    como el ama los vio, volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó
    luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:

    — Tome vuestra merced, señor licenciado: rocíe este aposento, no esté aquí
    algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en
    pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.

    Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le
    fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues
    podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.

    — No —dijo la sobrina—, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han
    sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y
    hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y
    allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.

    Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de
    aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera
    los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los
    cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:

    — Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue
    el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han
    tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador
    de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.

    — No, señor —dijo el barbero—, que también he oído decir que es el mejor de
    todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único
    en su arte, se debe perdonar.

    — Así es verdad —dijo el cura—, y por esa razón se le otorga la vida por
    ahora. Veamos esotro que está junto a él.

    — Es —dijo el barbero— las Sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de
    Gaula.

    — Pues, en verdad —dijo el cura— que no le ha de valer al hijo la bondad del
    padre. Tomad, señora ama: abrid esa ventana y echadle al corral, y dé
    principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.

    Hízolo así el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando
    al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.

    — Adelante —dijo el cura.

    — Este que viene —dijo el barbero— es Amadís de Grecia; y aun todos los
    deste lado, a lo que creo, son del mesmo linaje de Amadís.

    — Pues vayan todos al corral —dijo el cura—; que, a trueco de quemar a la
    reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las
    endiabladas y revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que
    me engendró, si anduviera en figura de caballero andante.

    — De ese parecer soy yo —dijo el barbero.

    — Y aun yo —añadió la sobrina.

    — Pues así es —dijo el ama—, vengan, y al corral con ellos.

    Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera y dio con ellos por
    la ventana abajo.

    — ¿Quién es ese tonel? —dijo el cura.

    — Éste es —respondió el barbero— Don Olivante de Laura.

    — El autor de ese libro —dijo el cura— fue el mesmo que compuso a Jardín de
    flores; y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más
    verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; sólo sé decir que éste irá
    al corral por disparatado y arrogante.

    — Éste que se sigue es Florimorte de Hircania —dijo el barbero.

    — ¿Ahí está el señor Florimorte? —replicó el cura—. Pues a fe que ha de
    parar presto en el corral, a pesar de su estraño nacimiento y sonadas
    aventuras; que no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo.
    Al corral con él y con esotro, señora ama.

    — Que me place, señor mío —respondía ella; y con mucha alegría ejecutaba lo
    que le era mandado.

    — Éste es El Caballero Platir —dijo el barbero.

    — Antiguo libro es éste —dijo el cura—, y no hallo en él cosa que merezca
    venia. Acompañe a los demás sin réplica.

    Y así fue hecho. Abrióse otro libro y vieron que tenía por título El
    Caballero de la Cruz.

    — Por nombre tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su
    ignorancia; mas también se suele decir: "tras la cruz está el diablo"; vaya
    al fuego.

    Tomando el barbero otro libro, dijo:

    — Éste es Espejo de caballerías.

    — Ya conozco a su merced —dijo el cura—. Ahí anda el señor Reinaldos de
    Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce
    Pares, con el verdadero historiador Turpín; y en verdad que estoy por
    condenarlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte
    de la invención del famoso Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el
    cristiano poeta Ludovico Ariosto; al cual, si aquí le hallo, y que habla en
    otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno; pero si habla en su
    idioma, le pondré sobre mi cabeza.

    — Pues yo le tengo en italiano —dijo el barbero—, mas no le entiendo.

    — Ni aun fuera bien que vos le entendiérades —respondió el cura—, y aquí le
    perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho
    castellano; que le quitó mucho de su natural valor, y lo mesmo harán todos
    aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por
    mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto
    que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efeto, que este libro, y
    todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia, se echen y
    depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de
    hacer dellos, ecetuando a un Bernardo del Carpio que anda por ahí y a otro
    llamado Roncesvalles; que éstos, en llegando a mis manos, han de estar en
    las del ama, y dellas en las del fuego, sin remisión alguna.

    Todo lo confirmó el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada,
    por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad,
    que no diría otra cosa por todas las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio
    que era Palmerín de Oliva, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín
    de Ingalaterra; lo cual visto por el licenciado, dijo:

    — Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las
    cenizas; y esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa
    única, y se haga para ello otra caja como la que halló Alejandro en los
    despojos de Dario, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta
    Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una,
    porque él por sí es muy bueno, y la otra, porque es fama que le compuso un
    discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda
    son bonísimas y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que
    guardan y miran el decoro del que habla con mucha propriedad y
    entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás,
    que éste y Amadís de Gaula queden libres del fuego, y todos los demás, sin
    hacer más cala y cata, perezcan.

    — No, señor compadre —replicó el barbero—; que éste que aquí tengo es el
    afamado Don Belianís.

    — Pues ése —replicó el cura—, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen
    necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya, y es
    menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras
    impertinencias de más importancia, para lo cual se les da término
    ultramarino, y como se enmendaren, así se usará con ellos de misericordia o
    de justicia; y en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra casa, mas no
    los dejéis leer a ninguno.

    — Que me place —respondió el barbero.

    Y, sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que
    tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta
    ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela,
    por grande y delgada que fuera; y, asiendo casi ocho de una vez, los arrojó
    por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del
    barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vio que decía: Historia
    del famoso caballero Tirante el Blanco.

    — ¡Válame Dios! —dijo el cura, dando una gran voz—. ¡Que aquí esté Tirante
    el Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un
    tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de
    Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el
    caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el
    alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y
    embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de
    Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que, por su estilo,
    es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen, y
    mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas
    de que todos los demás libros deste género carecen. Con todo eso, os digo
    que merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria,
    que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y
    leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.

    — Así será —respondió el barbero—; pero, ¿qué haremos destos pequeños libros
    que quedan?

    — Éstos —dijo el cura— no deben de ser de caballerías, sino de poesía.

    Y abriendo uno, vio que era La Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo,
    creyendo que todos los demás eran del mesmo género:

  • Diario de la navegacion empredida en 1781

    Diario de la navegacion empredida en 1781

    Aproximadamente 15.153 palavras.

    DIARIO DE LA NAVEGACION EMPRENDIDA EN 1781, DESDE EL RIO NEGRO, PARA
    RECONOCER LA BAHIA DE TODOS LOS SANTOS, LAS ISLAS DEL BUEN SUCESO, Y
    EL DESAGÜE DEL RIO COLORADO;

    POR

    D. BASILIO VILLARINO, PILOTO DE LA REAL ARMADA

    Primera Edicion. 1837.

    DISCURSO PRELIMINAR AL RECONOCIMIENTO DEL COLORADO.

    Al cabo de dos siglos y medio de dominacion se resolvió la Corte de
    Madrid á colonizar nuestras inmensas costas del sud: sus miras se
    dirijieron primeramente á las bahias de San José y de San Julian,
    concentrándose por último en el Rio Negro, que se consideró mas á
    propósito para recibir una poblacion. Los aprestos se hicieron en
    Montevideo, y el virey Vertiz, que gobernaba estas provincias, _acordó
    con un carpintero_ los auxilios que debian darse á D. Juan de la
    Piedra, nombrado Comisario y Superintendente de los nuevos
    establecimientos patagónicos.

    La expedicion zarpó el 15 de Diciembre de 1778, con cuatro buques, y
    en tan mal estado, que el mayor de ellos hacia 40 pulgadas de agua por
    hora al salir del puerto; asi es que emplearon cinco dias para
    desembocar al Océano. Con tan infáustos auspicios se emprendió la
    grande obra de la colonizacion de Patagónia!

    Ni se variaron despues. Antes de llegar á la Bahia sin Fondo, donde
    debia recalar la expedicion, estalló la discordia entre el
    Superintendente y D. Francisco de Viedma, que desde entonces aspiraba
    á suplantarle: en una correspondencia secreta que este último mantenia
    con el Virey, le indujo á desaprobar el primer establecimiento que,
    segun las instrucciones, Piedra habia fundado en la península de San
    José; y con igual injusticia se residenció á Villarino que habia
    vuelto á Buenos Aires á dar cuenta de sus reconocimientos. Se le acusó
    de infidencia, sin mas fundamento que el haber sabido que el esclavo
    de un platero, ocupado en sacar en limpio los borradores del piloto,
    los habia mostrado á D. José Custodio Sâ y Farias, brigadier
    portugues, que solicitaba entrar al servicio de España.

    Sin embargo, el viage que en 1779 Villarino emprendió al Colorado fué
    clasificado de descubrimiento, porque realmente nadie hasta entonces
    habia visitado aquel rio: su situacion retirada, en el fondo de una
    bahia toda sembrada de bancos y escollos, lo habia sustraido de las
    observaciones de los navegantes, que, despues de haber reconocido el
    Cabo San Antonio, se apartaban de la costa para no empeñarse
    inutilmente en una penosa travesía.

    Parece que el Superintendente Viedma no quedó satisfecho con este
    reconocimiento, puesto que obligó Villarino á volver otras tres veces
    al Colorado: la primera en 1780, la segunda en 1781, y la última en
    1785. El diario que publicamos corresponde al segundo de estos nuevos
    viages, y lo hemos preferido por ser el mas completo, sin que sean de
    desdeñarse algunos apuntes contenidos en los inéditos.

    "Este rio (_el Colorado_) dice el autor en uno de ellos[1], tendrá la
    cuarta parte del caudal del Rio Negro, ó menos. Yo lo pasé á caballo,
    y adonde era mas hondo me llegó el agua al basto del lomillo. En su
    desague no se vé reventazon; pero pienso sea de poco fondo, por lo muy
    desplayado, y por los muchos bajos que se descubren en la bajamar. La
    pleamar es una hora mas tarde que en la boca del Rio Negro. Los bajos
    dichos estan sembrados, por la parte de adentro, de las islas que
    forman, lo que pareció puerto á los de la chalupa."

    "El rio tendrá de ancho 60 á 70 varas. Su agua es algo gruesa, y muy
    inferior á la del Rio Negro: esto procede de un arroyo de agua salada
    que, según me dijo un indio, le entra muy arriba de su desagüe[2]. Las
    lagunas que hay en sus márgenes son saladas, y lo mismo las que se
    hallan en el espacio comprendido entre estos dos rios, cuya distancia,
    prudencialmente calculada, es de 24 leguas: esto es, del Colorado al
    primer pozo, 8 leguas; del primero al segundo, 10; y del segundo al
    Fuerte del Carmen, 6."

    En otro documento contemporaneo, que existe inédito en poder
    nuestro[3], hallamos los siguientes detalles sobre el Colorado: es el
    Superintendente Viedma el que habla–

    DIA 17 DE JULIO DE 1781.–"A las 8 de la mañana emprendí mi marcha
    al reconocimiento acordado con el indio lenguaraz Matias. Fueron
    conmigo el ingeniero extraordinario D. José Perez Brito, D. Pedro
    Fermin Indart, el P. Sanchez, con tres dragones, incluso el cabo
    Bores, y tres soldados de infanteria. Matias venia de vaqueano, y
    por habernos dicho que el rio estaba muy lejos, llevamos para cada
    uno dos caballos de muda.

    "Nuestra marcha fué en todo el camino á galope. A las 11-1/2 del
    dia llegamos al parage donde se aparta el camino que sale para el
    Sauce: habrá de distancia de la isla[4] este sitio, unas once
    leguas, poco mas ó menos. Todo el terreno es fertilísimo, muy
    abundante de pastos, particularmente de trebol, que se cria tan
    lozano, que en partes tiene mas de media vara de alto. La leña es
    escasa, aunque en dicho sitio hay una loma con algunos chañares,
    que es endonde Matias dice que puede hacerse el fuerte: en lo
    interior del terreno se advierte tal cual islote de ellos.

    "El rio tiene poca arboleda de sauces, y de ínfima calidad, inutil
    enteramente para edificios, y solamente buena para quemar: con
    estos, y los chañares se puede por algunos años abastecer de leña
    á una poblacion. Estos árboles cubren por trechos las márgenes del
    rio; espesos en unos, claros en otros, y á veces ninguno, de modo
    que suelen pasarse cuatro ó seis cuadras, y hasta media legua sin
    encontrar un sauce.

    "El camino que sale desde las orillas del Colorado con direccion
    al Sauce, sigue hasta Buenos Aires, segun me informó Matias, y á
    las ocho leguas está el manantial, ó pozo que cita el peon Juan
    José Gonzalez en su relacion: de este parage á las Salinas, de que
    se hace mencion en mis instrucciones, habrá como un dia de camino:
    dichas Salinas, dice el mismo indio y otros que he examinado, son
    abundantísimas, y de sal excelente.

    "Todo el terreno que se descubre desde la citada loma, es arenoso
    y estéril, tanto por el norte como por el este; y el indio Matias
    me aseguró que cuanto mas arriba, tanto mas desnudo era el
    terreno, habiendo solo alguna arboleda mas en las orillas del rio.

    "Que en lo interior no hay indios, pues á excepción de los que
    estan en las sierras del Casuhatí[5], Tandil, Vulcan, en Salinas,
    y los que pertenecen á las tolderias de Calpilquís[6], y
    Guchuláp[7]; todos los demas tienen su domicilio permanente en las
    inmediaciones del Rio Negro, de donde salen como enjambres para
    abastecerse de yeguas y caballos. Son varias tribus, á saber: los
    Chulilaquihets[8], los del cacique Quiliner, y otras, cuyos
    nombres no he podido entender. Me hablaron tambien de un cacique
    poderoso llamado _Sanquel_[9], que se aguardaba dentro de pocas
    lunas en los toldos del cacique Negro.

    "Cuando estas indiadas se ponen en camino para las fronteras de
    Buenos Aires, tienen que pasar precisamente por un parage del Rio
    Negro, al que llaman _Chuelechet_, pues ningun otro es
    transitable. Desde este sitio salen dos caminos, el uno para el
    Colorado, el otro para las Salinas, que quedan á dos dias de
    marcha, y en donde hay agua en abundancia. Desde este punto sigue
    el camino por el Sauce y las sierras, y algunos trozos de indios
    lo transitan sin pararse en el Colorado.

    "Que el Cacique Negro, despues de haberse casado con una Araucana,
    y de haber muerto á algunos indios emparentados con los del
    cacique Usel[10], se ha separado de él, y se ha establecido cerca
    de las tolderias de Chulilaquin.

    "Para reconocer la otra banda del Colorado intenté vadearle, á
    cuyo objeto le hice tantear por un indiecito que se hallaba á
    cerca de media legua, pastoreando unos caballos de las tolderias
    de Usel. Pero, viendo que poco le faltaba para nadar con su
    caballo, no me determiné á pasarle, considerando que no era
    precisa esta diligencia, pues se veia que aquellos terrenos eran
    iguales á estos: y el cabo Bores me dijo, que los habia transitado
    cuando vino con su partida al alcance de los desertores, y que le
    parecieron mas fértiles.

    "Por aquel lado hay dos pequeñas salinas: vimos á una de ellas; á
    la otra no, por estar mas distante; y segun me informó el indio
    Matias, tienen sal solo en el verano. La fertilidad de estos
    terrenos, por lo que he andado, se extiende á cerca de cuatro
    leguas de ancho en ambos márgenes, las que unidas suman ocho, y
    creo que es el efecto de las inundaciones del rio en tiempo de las
    grandes avenidas, que los indios dicen ser periódicas en los
    veranos, y que cubren dos y hasta tres leguas por cada lado. La
    planicie del terreno favorece estos riegos naturales, que serán
    con el tiempo un manantial de riqueza para los que vengan á
    explotarlo.

    "Estos parages abundan de perdices, palomas, avutardas, patos,
    lievres, venados, etc."

    Ningun provecho sacó la Corte de Madrid de estos reconocimientos: la
    apatia era su estado habitual, y solo cuando recelaba un rompimiento
    con alguna potencia europea, se despertaba de su letargo para ordenar
    que se explorasen las costas del sud, no con el objeto de poblarlas,
    sino para desalojar á los extrangeros. En el gobierno del Virey Melo,
    los cuidados de la lucha en que España se hallaba empeñada con la
    República Francesa, hicieron registrar dos veces la Bahia de Todos los
    Santos, la Anegada, y la boca del Rio Colorado, donde se sospechaba
    que se ocultasen subditos de aquella nacion. Una de estas expediciones
    salió del Rio Negro en el verano de 1794, á las órdenes del capitan de
    fragata D. Juan Gutierrez de la Concha, que, despues de haber
    acompañado al ilustre y desgraciado Malespina, se detuvo en Montevideo
    para hacer un mas prolijo reconocimiento de los puertos de la costa
    patagónica: la otra fué encomendada á D. José de la Peña, el piloto el
    mas experto en la hidrografia de aquel litoral. El diario de Concha se
    ha sustraido hasta ahora á nuestras indagaciones, y recelamos que el
    fin desastroso[11] de este oficial, haya ocasionado la pérdida de sus
    papeles: el diario de Peña nada adelanta á lo que sabemos del Rio
    Colorado, habiéndose ocupado mas especialmente de reconocer las bahias
    adyacentes.

    En 1822 todos estos parages fueron explorados, de órden del gobierno,
    por el Coronel Cramer, en cuyo informe hallamos las siguientes
    noticias del Colorado. "De la Bahia de Todos los Santos pasé á la de
    la Union. Las canales que conducen de una á otra tienen poco fondo, y
    solo las chalupas pueden atravesarlas: reconocí al pasar la Isla Larga
    y la de Borda; pero una y otra ofrecen muy pocos recursos.

    "La Bahia de la Union, ademas de prometer las mismas ventajas que la
    de Todos los Santos para la pesca, tiene tambien mejores fondeaderos:
    la canal para entrar es bastante ancha, con cinco brazas de agua en
    bajamar.

    "El rio Colorado desemboca en esta bahia por dos canales: la una
    chica, y la otra grande. A la pleamar las chalupas pueden pasar por la
    primera; la segunda tiene tres brazas de agua casi en toda la
    extension, de modo que los buques pueden fondear en este brazo con la
    mayor seguridad.

    "Creo que en toda la costa no hay un punto que ofrezca las ventajas de
    esta bahia: porque, á mas de ser bastante abrigada, á pesar de su
    grande extension, es tambien el único paso para llegar al Colorado,
    por ser las bocas de afuera de esto rio casi siempre impracticables,
    aun para las embarcaciones pequeñas.

    "Entré en el Colorado por la canal chica: este rio se divide en una
    porcion de brazos, que forman otras tantas islas, pero todas
    anegadizas y pantanosas. La corriente baja con mucha fuerza, y trae
    tanta arena que las canales se obstruyen. Al salir de este rio para
    seguir la costa hacia el norte, hallamos tan poca agua que varamos con
    una canoa chica. Como á nueve leguas del Colorado encontre la Bahia de
    Brightman, etc."

    Desde entonces no se oyó hablar mas del Colorado, hasta la campaña de
    1833, en que el Sr. General Rosas, cuyo cuartel general ocupaba las
    márgenes de este rio, ordenó que se emprendiese su reconocimiento.
    Mientras la goleta San Martin penetraba por la boca del rio, dos
    botes, que se construian en las inmediaciones del campamento, debian
    seguir los movimientos de la division Ramos, para elevarse hasta donde
    les era posible hacerlo. La San Martin muy cargada, y calando nueve
    cuartas, pasó por la barra, y el 27 de Julio fondeó á dos cuadras del
    campamento, que, segun las observaciones del astrónomo del ejército,
    se hallaba en los 39° 37' 58" 5"' de latitud, y á los 64° 53' 55" 30"'
    de longitud, al oeste del meridiano de Paris.

    La boca del Colorado, que Villarino colocó en los 39° 57,' y el
    capitan Morell[12] en los 39° 49', segun el capitan Bathurst, yace en
    los 39° 55'. Sus demás observaciones se hallan en el parte que
    insertamos á continuacion de este discurso.

    "El rio Colorado, segun se colige del diario del Ejército[13],
    corre sobre arena, y tiene de ciento á docientas varas de ancho.
    Solo dá paso en el invierno, pues en verano está siempre lleno y
    muy profundo: los indios lo pasan en balsas de sauce. Sus costas
    son poco barrancosas, y pobladas en lo general de árboles de sauce
    colorado y blanco. Cuando está crecido en verano inunda una parte
    de los grandes llanos que se abren en sus márgenes. Los pastos de
    estos son de los mejores engordes, y en los altos son fuertes y
    excelentes para el pastoreo."

    El nombre que lleva este rio, uno de los mas caudalosos de las pampas,
    es la traduccion literal de _Coli-leufu_ que le dan los indios. En
    algunos mapas publicados en Inglaterra y en Francia se le dá tambien
    el título de _Primer Desaguadero_, y el de _Segundo_ al Rio Negro que
    le sigue inmediatamente al sud: esta denominacion, cuyo origen
    ignoramos, es exacta, porque efectivamente por estos dos rios
    _desaguan_ al mar los infinitos raudales que bajan de la Cordillera, y
    los que se forman en las pampas, en una extension comprendida entre
    las costas del Oceano y las cumbres de los Andes, por el espacio de
    cerca de 12 grados de latitud. Pero nada mas incorrecto que el curso
    de ambos rios, segun los representan los modernos geógrafos: ni es
    estraño que los desconozcan, siendo tan escasas las nociones que se
    tienen generalmente de la topografia interior de este pais. Es de
    sentir que en la última campaña al desierto, la division Ramos no
    hubiese continuado sus marchas en la direccion que seguia, para
    resolver practicamente el problema del origen del Colorado. Si fuesen
    ciertas las noticias transmitidas por un observador moderno[14],
    deberiamos buscar sus fuentes en la misma Cordillera, entre los 36 y
    37 grados de latitud, y seguir su curso por las inmediaciones de
    _Muinlin_[15], y al sur de Payen[16]: en lo que no cabe duda es, que
    ningun rio de la provincia de Mendoza desagua en el Colorado, al menos
    de un modo aparente. El Desaguadero, que fluye de las lagunas de
    Huanacache, el Tunuyan[17], el Diamante, despues de haber derramado
    sus aguas en las cienagas que encuentran, se pierden en una gran
    laguna que se forma á las faldas de Limeñ-Mahuida[18]; y es probable
    que esta inmensa acumulacion de aguas pase por meatos subterraneos á
    aumentar el caudal del Colorado, que es el único rio que corre por
    aquellas inmediaciones: lo que nos induce á creerlo son los grandes
    tremedales que cubren sus orillas, y que suponen una infiltracion
    copiosa y perenne.

    Falkner, cuya _Descripcion de Patagonia_ contiene noticias
    importantes, habla de un modo muy inexacto del Colorado: talvez es la
    parte mas defectuosa de su obra. Imbuido como estaba de que este rio
    "recibia cerca de San Juan y de Mendoza las aguas del Tunuyan, para
    perderse despues en las lagunas de Huanacache;" sostuvo este error con
    la especie de un buque español que naufragó en la Bahia Anegada[19], y
    cuya tripulacion llegó por el Colorado hasta la segunda de estas
    ciudades: de donde inferia que no quedaba la menor duda sobre el curso
    de este rio, tal cual él lo habia descrito: (_the course of this river
    therefore is established past all doubt[20]_). Citamos sus mismas
    palabras para hacer sentir la necesidad de leer con desconfianza lo
    que se ha divulgado hasta ahora sobre la topografia de estas
    provincias. La que puede perfeccionarla es la obra de los Sres.
    Fitz-Roy y King[21], recien anunciada en Inglaterra, sobre la Costa
    Patagónica y el Estrecho de Magallanes, por ser el producto de muchos
    años de diligentes é ilustradas investigaciones. Sentimos no haber
    podido tomar conocimiento de los planos que sus autores enviaron á
    Buenos Aires, y que nos hubieran ayudado á completar estas noticias.

    Las costas del Colorado, tan yermas en el dia, abrigaban en otros
    tiempos tribus numerosas. Los "Diuihets" y los "Chechehets,"[22] á
    quienes los españoles llamaban _Pampas_: los "Puelches" y los
    "Tehuelches," mas conocidos con el nombre de _Serranos_ ó _Patagones_,
    poblaban estas vastas soledades[23], de donde se lanzaban como fieras
    sobre nuestros establecimientos rurales. Cuando se emprendió por
    primera vez el reconocimiento del Colorado, el gefe de mas séquito de
    estas parcialidades era el famoso Chanel, ó _Cacique Negro_, que fué
    por muchos años el terror de nuestra provincia: Villarino estrechó
    relaciones íntimas con él, sin sospechar que debia ser su verdugo.
    Reservamos los detalles de esta tragedia para nuestro discurso
    preliminar á la navegacion del Rio Negro.

    #PEDRO DE ANGELIS#.

    Buenos Aires, 12 de Marzo de 1839.

    _Comandancia de Marina de la Division Izquierda._

    Rio Colorado, á 31 del mes de Mayo de 1833. 24 de la Libertad, y 18 de
    la Independencia.

    Al Sr. Comandante en Gefe de la Goleta de guerra San Martin.

    El Sr. General en Gefe de esta division me ha ordenado comunicar á V.
    los conocimientos que he tomado del puerto de este rio en el
    reconocimiento que de él he practicado ultimamente en la comision que
    á este objeto me confirió dicho Señor.

    Llegado á la latitud de 39° 55' S se tendrá la boca del rio al S. 67°
    30' O. En dicha latitud, á la distancia de dos á tres millas de la
    boca, se encuentra la profundidad de cuatro brazas, y se observan unos
    médanos, ó cerrillos de arena al N. 78° 45' O, marcados con letra B en
    el plano que acompaño[24]; y un arbol solo el mas notable, letra D, en
    la misma direccion de la entrada de la boca, que es S. 67° 30' O.

    El canal de la boca se distingue por la corriente colorada que se nota
    en medio de aguas quebradas encima de los bancos. Al entrar en la boca
    tendrá una y media braza sin el flujo, y con este una braza mas: y,
    habiendo entrado como media milla para adentro, se encuentran dos
    brazos sin aquel, y tres con él; donde se fondeará cerca del arenal
    grande de la mano derecha, señal dos anclas, demorando entonces al N.
    45° O los medanos primeramente observados en B, y el arbol de que se
    ha hecho referencia D, al rumbo S 67° 30' O.; demorando tambien unos
    pequeños médanos, letra C, al S 40° O.

    Aunque de este fondeadero para arriba las corrientes son bien rápidas,
    en la hora del flujo se pueden avanzar unas dos millas mas,
    inclinándose siempre á la costa de la derecha, hasta enfrentar la
    primera isla E de la izquierda, endonde se encuentran sobre la costa
    tres palos clavados F, y en el mas alto una tablita atravesada, en que
    está grabado FEDERACION, y los vestigios de mi campamento en los dias
    20 y 21 del presente.

    Al tomar la boca es preciso prevenirse para no dejarse abatir por la
    corriente, que es violenta hácia el norte. Las profundidades que he
    referido, se han hallado sondando en el reflujo, ó bajamar. Los rumbos
    expresados son con relacion al norte magnético….

    GUILLERMO BATHURST.

    DIARIO DE VILLARINO.

    _Diario de la navegacion que vá á hacer D. Basilio Villarino, segundo
    piloto de la Real Armada, con las dos embarcaciones de su mando, el
    bergantin_ Nuestra Señora de Cármen y Animas, _y la chalupa _San
    Francisco de Asis, _desde el Rio Negro, á reconocer la costa, la bahia
    de Todos los Santos, Islas del Buen Suceso y demas adyacentes, buscar
    el desague del Rio Colorado, y penetrar su entrada, de órden del
    Comisario Superintente de estos establecimientos, el Sr. D. Francisco
    de Viedma._

    DIA 12 DE ABRIL DE 1781.

    A las ocho y media de la mañana tiré la última pieza de leva, y me
    hice á la vela del establecimiento con las expresadas embarcaciones, y
    viento N bonancible. A las cuatro y media de la tarde llegué á la boca
    del Rio Negro, remolcando el bergantin con el bote y la chalupa, por
    estar calma; en cuyo parage dí fondo, á esperar tiempo á propósito
    para emprender mi navegacion, el que no pude conseguir hasta el 4 de
    Mayo, en cuyo intérvalo de tiempo tuve lugar de registrar la barra,
    (el que no habia tenido antes) como á satisfaccion la registré en los
    dias que el tiempo lo permitia; y no sin muchísima utilidad, pues
    descubrí por la parte del N una canal, mejor que la que hasta ahora
    practican los navegantes á este rio por la parte del S.

    Esta canal hace fácil y poco arriesgada su navegacion á este rio, su
    entrada y salida casi con todos vientos, sin atender á otra cosa que á
    las mareas: lo que no sucedia antes, pues era preciso combinar estas
    con los vientos, y estos debian ser favorables en el único punto de la
    pleamar, cuya circunstancia eternizaba las embarcaciones, que
    fondeadas de la parte de adentro iban á entrar, pues no
    concurriéndoles en aquel punto de la pleamar viento favorable,
    permanecian fondeadas afuera. Y aunque á mí nunca esta circunstancia
    me detuvo, pues casi siempre he entrado con viento contrario, ya se ha
    visto lo muy cerca que alguno ha estado de perderse, por permanecer
    afuera fondeados: por lo cual convendria, que los navegantes á este
    establecimiento se instruyesen bien en la barra de este rio y sus
    canales, á fin de asegurar sus vidas y los reales intereses; pues solo
    la falta de practica es la que ocasiona los muchos riesgos y
    detenciones que continuamente se experimentan.

    Parece que contradice lo que llevo dicho, el haber yo estado desde el
    dia 12 de Abril hasta el 4 de Mayo fondeado en la boca aguardando
    tiempo oportuno para mi viage: pero no es así, porque yo salgo á un
    reconocimiento, de cuyo paraje no se sabe otra cosa que lo muy
    peligroso que es, que precisamente debo salir á tal hora que pueda
    pasar en el dia los bajos de Punta Rubia; que el viento sea tal que me
    proporcione de dia esta navegacion, y que lo pueda resistir una
    embarcacion menor como es la chalupa que llevo conmigo sin exponerla á
    zozobrar; y que la mar sea á propósito, para que así mismo la pueda
    resistir, y otras infinitas circunstancias que me es indispensable
    atender, como conocen los inteligentes en la navegacion: y únicamente
    el asegurar las comisiones que se me han encargado pudieron á veces
    detenerme algunos dias fondeado en la boca, pero no los vientos
    contrarios ni aun las noches, pues he entrado y salido por la barra,
    sin que uno ni otro me sirviese de estorbo aun antes de descubrir esta
    canal: pero ahora descubierta, es mucho mas fácil esta navegacion, por
    lo que se hace preciso que se hagan prácticos en ella todos los que
    navegan al Rio Negro.

    Los vientos que regularmente detienen en la boca de este rio á los que
    van á salir de él para Buenos Aires, son del tercer cuadrante, y estos
    son contrarios hasta salir de la barra por la canal del S: pero en
    saliendo de ella, todos son vientos largos para hacer esta navegacion.
    Por la canal del N son favorables, pues esta corre con la boca del rio
    ENE y OSO; y en esta inteligencia, los que mas detenian las
    embarcaciones antes que se descubriese, son ahora los mas favorables.

    Del mismo modo, los vientos que tenian las embarcaciones fondeadas á
    fuera de la barra, tan expuestas á perderse cuando venian á entrar,
    eran del primer cuadrante y del cuarto: esto es, desde el ENE hasta el
    NO, los cuales son asimismo favorables por la expresada canal.

    Unicamente solo un temporal, ó los vientos del segundo cuadrante,
    pueden detener los barcos que salen de Rio Negro para Buenos Aires,
    fondeados en la boca, por ser estos contrarios á esta navegacion y
    travesías á la costa; pero la entrada no la pueden estorbar á los
    inteligentes en las dos canales del S y del N, (á no ser un temporal
    desecho, que no pueda aguantar) ninguna especie de vientos, sea donde
    se fuere.

    DIA 4 DE MAYO.

    A las siete y media de la mañana metí el bote á bordo, y á las ocho y
    cuarto me hice á la vela con viento ONO medianamente fresco. A las
    ocho y media estaba á distancia de 100 varas de la punta del N del
    rio, y seguí gobernando al ENE, á pasar por la canal del N. A las
    nueve estaba en la menor agua, que fué de dos brazas, y demarqué la
    punta del N del rio al OSO, distancia de cuatro millas, y seguí á
    dicho rumbo hasta las nueve y media que goberné al NE, siempre
    barajando la costa á distancia de media legua, y lo mas separado de
    ella fué una legua. A las 11 se llamó el viento al S recio, por lo que
    me fué preciso acortar de vela por esperar la chalupa, y llevarla
    siempre á mi costado para socorrerla en caso de que no pudiese
    aguantar. A la una y tres cuartos entré en los bajos de Punta Rubia,
    sobre los cuales pensé largase la quilla esta embarcacion; pero, ya
    barándo, ya saliendo, estuve hasta las dos, que doblé la dicha punta y
    salimos á mas agua, y á este tiempo metí en vuelta del ONO, barajando
    la costa á distancia de un cable. A las cuatro de la tarde me hallé
    entre la Isla de las Gamas y tierra firme, en tres brazas de agua, y
    dí fondo en este sitio por ser abrigado, á fin de hacer aquí algunos
    reconocimientos. A las cuatro y media eché el bote al agua, y fuí á
    reconocer el brazo de mar que entra entre la tierra firme y la
    Península de los Jabalies, por haberme parecido desde el tope laguna.
    Habiendo llegado á él, probé el agua salada, y por ser ya de noche me
    volvi á bordo: en este intermedio hice tender la red á los marineros,
    y se pescaron algunos pejereyes y bacalaos.

    DIA 5.

    Amaneció con el viento ONO: duró sin que permitiese hacer diligencia
    alguna, ni salir de á bordo.

    DIA 6.

    Salí de mañana á reconocer la tierra, y mandé la chalupa á que
    reconociese una isla que está á la parte del N: todo el dia estuve en
    tierra y reconocí los dos arroyos, que llevan los nombres de _Arroyo
    Hondo y Arroyo Chico_: en el primero hallé cuatro brazas de agua en
    pleamar, cuyo fondo sigue una milla, arroyo arriba, y es excelente
    para estar fondeadas dentro de él embarcaciones, pues no puede haber
    temporales que las incomoden: el segundo es menos hondable, mas
    angosto y de menos caudal. La tierra es arenisca y sin leña, pero no
    falta pasto: su calidad es mejor que la del Rio Negro, exceptuando la
    llanura de este á donde lo bañan las corrientes; hallé rastro fresco
    de caballos silvestres, como de 70 animales, y abunda de perdices,
    leones, jabalies y liebres. Se tendió la red y se pescaron pejereyes,
    sollas y bacalao, pero poco. Al anochecer volví á bordo.

    DIA 7.

    Al amanecer bajé á tierra á reconocer el campo, á fin de hallar agua
    dulce, observando la latitud, y la hora de la pleamar: anduve toda la
    mañana sin que pudiese descubrir agua. Al mediodia observé el sol á la
    lengua en 40° 32', y la pleamar á la una y tres cuartos de la tarde, y
    siendo en el Rio Negro en este dia, á las once, tres quintos, se sigue
    que hay dos cuartos nueve minutos de diferencia de un puerto á otro.
    Al anochecer me retiré á bordo, y se mataron hoy 17 jabalies, á cuyo
    tiempo llegó la chalupa de registrar la isla, en la que no halló otra
    cosa digna de notar que muchas gamas; estando esta circundada de mar
    por todas partes, y siendo la distancia mas breve á tierra firme de
    cinco millas, de las cuales trajeron diez muertas.

    DIA 8.

    A las ocho y tres cuartos de la mañana me hice á la vela en vuelta del
    ONO, con el viento SO fresco. A las nueve y media viré por avante con
    vuelta del SSO, por haber dado encima de un bajo: las nueve y treinta
    y dos minutos viré por causa de otro: á las nueve y cincuenta minutos
    volví á virar por el mismo motivo, hallándome casi en cima de otro: á
    las diez volví á virar por lo mismo: las once viré en vuelta de SE,
    por hallar solo una braza de agua: á las once volví á virar á buscar
    mas agua; y á las doce dí fondo en 7 brazas, y observé el sol en 40º
    25' de latitud, y por descargar el viento por el SO duro, me mantuve
    dado fondo el resto del dia.

    DIA 9.

    Amaneció claro, el viento por el O fresco. A las nueve y media me hice
    á la vela: las diez y cuarto viré en vuelta OSO por haber hallado poco
    fondo: á las diez 1/4 viré en vuelta del N, por la misma razon: las
    once 1/4 volví á virar por causa de un bajo, y á las doce y cuarto dí
    fondo por hallarme cercado de infinitos bajos, en 5 brazas de agua
    lama, habiendo arreciado tanto el viento, que se hallaron á riesgo de
    perderse las embarcaciones. Al anochecer abonanzó algo el viento.

    DIA 10.

    Esta mañana me hice á la vela, continuando mi navegacion y
    reconocimientos. A las nueve y tres cuartos varé en un desplayado
    grande, que hace entre tierra firme y los muchos bajos que están
    sembrados por todo este saco. A las doce y media pude sacar la
    embarcacion, y volví á hacerme á la vela: las dos y cuarto de la tarde
    volví á varar, y tan de firme que no fué posible poder sacar el
    bergantin.

    DIA 11.

    Seguí siempre con la faena de sacar el bergantin, (que sería
    prolijidad referir aquí los trabajos y maniobras que se hicieron en
    esto), el que pude poner en flote á las tres y media de la tarde, á
    cuyo tiempo me hice á la vela en vuelta del ENE 5º E. A las cuatro dí
    fondo en 2 brazas de agua, cerca de la Isla de Vaqueriza.
    Inmediatamente bajé á ella, y la atravesé hasta la parte opuesta que
    tiene media legua de ancho, y me parece que con tiempos fuertes se
    anega toda. En ella no he visto animal alguno, ni rastro de ellos:
    hice tender la red y se tomaron pejereyes, pero grandes y de especial
    gusto, y á las seis y media de la noche me retiré á bordo.

    DIA 12.

    Este dia se mantuvo el viento de NO, pero tan fuerte que no permitió
    hacer operacion alguna.

    DIA 13.

    Amaneció claro, y el viento al NO recio: mandé 6 marineros descalzos
    para que reconociesen la isla por la parte del NE, que por ser
    pantanosa no se puede andar calzado. Luego que caminaron como 2
    leguas, tuvieron que volverse por el mucho pantano y arroyos que les
    estorbaron el seguir adelante: llegaron á bordo á las dos de la tarde:
    el viento se mantuvo muy fuerte todo el dia, y así anocheció.

    DIA 14.

    Este dia continuó el viento del NNO tan recio, que ni aun pude salir
    de á bordo, de cuyo modo anocheció.

    DIA 15.

    Siguió el tiempo de la misma conformidad.

    DIA 16.

    Amaneció claro, y el viento al N fresquito, á cuyo tiempo embarqué en
    la chalupa víveres para ocho dias, y salí con ella dejando fondeado el
    bergantin en el expresado paraje. Seguí el Arroyo del Baradero, y
    habiendo llegado á su barra no tuve agua para pasar, por lo que dí
    fondo y allí pasé la noche.

    DIA 17.

    A las siete y media de la mañana salí de la expresada barra, y navegué
    al NNE hasta las doce del dia, que habiéndose llamado el viento á la
    proa, navegué á remo hasta las tres de la tarde, que desembarqué en la
    Isla de Bordas, y desde ella observé que rompia la mar por la parte de
    afuera desde el NE hasta el SE.

    En esta isla no hallamos otra cosa que chorlitos, gaviotas y lobos
    marinos; é inmediato á ella fondeamos la chalupa, y nos quedamos á
    hacer noche.

    DIA 18

    A las siete de la mañana salí, dando vuelta por el NNO NO y SO,
    siempre por el fondo desde 3 palmos á 7, á excepcion de algunos pozos,
    ó canalizos muy angostos, hasta que llegué á 3 brazas de agua, y 2 y
    media arrimado á la Isla de Urristi, cuyo sitio es un buen fondeadero
    abrigado y de buena tenazon. Desde este sitio fuí siguiendo la canal,
    pero á distancia de media milla dimos sobre bajos, despues de haber
    varado infinitas veces: arrimamos á la isla para aguardar la bajamar,
    á ver si en ella descubria algun canalizo por donde seguir; observé la
    pleamar á la una y un quinto de la tarde, de que se sigue que el dia
    de la conjuncion ser á las cinco y un quinto. Habiendo bajado al agua,
    se repartieron los marineros por los desplayados, y el proel de la
    chalupa pasó hasta la tierra firme desnudo, nadando algunos pozos; el
    que llegó de noche con la noticia, de que todo el trecho que hay desde
    la isla á tierra no tiene canal alguna, pero que se habia visto muchas
    veces casi sumergido en fango. Desde esta isla para el NNE se descubre
    un laberinto de bajos y juncales, y todo fango intransitable. A las
    nueve de la noche descargó una turbonada de viento y agua con truenos,
    y así se mantuvo toda la noche.

    DIA 19.

    Este dia salí dando vuelta á los bajos, gobernando al SE y SSE, y
    habiendo navegado 2 y media leguas, goberné al SO, S y SSO, hasta la
    noche que di fondo en una y media brazas de agua.

    DIA 20.

    Salí al amanecer para á bordo del bergantin, á fin de traerlo hasta la
    Isla de Bordas, para aproximarlo mas al Colorado, y seguir de allí con
    las embarcaciones menores al reconocimiento, y porque me faltaban
    viveres, y no me era posible con los que tenia seguir adelante el
    reconocimiento, con solo la chalupa me costó bastante hallar la boca
    del Arroyo del Baradero pues sobre no tener mas que 15 varas de ancho,
    no tiene señal alguna por donde se conosca, por ser todo mar al
    rededor como 3 leguas, y con una y media brazas de agua. A las tres y
    media de la tarde llegué á bordo del bergantin, que ya estaba
    inmediato á la barra del arroyo, que así se le habia prevenido al
    piloto á mi salida. Anocheció lloviendo, y así se mantuvo toda la
    noche.

    DIA 21.

    Al amanecer mandé el bote á poner balizas en la barra del arroyo: todo
    el dia estuvo lloviendo, y el viento al NNE recio.

    DIA 22.

    Este dia estuvo el viento por el N recio, y por ser contrario no pude
    salir con el bergantin á la barra.

    DIA 23.

    Este dia de la misma conformidad estuvo el viento fuerte, y contrario
    por el ESE, y lloviendo.

    DIA 24.

    De la misma suerte ha estado lloviendo, y el viento del primer
    cuadrante recio.

    DIA 25.

    Amaneció nublado y el viento al SSO, cuyo tiempo me hice á la vela. A
    las ocho y media varé junto á la primera baliza, y empezé la faena de
    sacar la embarcacion, habiendo arreciado el S. A mediodia observé el
    sol en 40° 14' de latitud. A las dos de la tarde salio la embarcacion,
    y me hice á la vela, y volví inmediatamente á varar: tendí dos espias
    para salir, y habiéndola puesto á las tres en flote, me hice á la vela
    y volví á varar á las tres y media, á cuyo tiempo volví á la faena de
    sacarla. A las cinco conseguí poner el bergantin en la canal, y me
    amarré á pasar la noche.

    DIA 26.

    Amaneció claro, y el viento al O recio. A las seis y tres cuartos, me
    hice á la vela, y á las siete y media varé, y aunque se trabajó
    muchísimo no fué posible sacar la embarcacion. A las diez fué el bote,
    y puso 9 balizas en la canal. Al mediodia observé 40° 14'. A las
    cuatro y media de la tarde sacamos el barco de donde estaba varado,
    habiendo trabajado todo el dia en esta faena, á cuya hora me hice á la
    vela, y hice recoger la balizas. A las cinco estaba fuera de la barra.
    Al anochecer dí fondo en 5 brazas de agua: pasamos la noche con viento
    del cuarto cuadrante recio, y tanto que me fué preciso meter el bote
    bordo.

    DIA 27.

    Amaneció viento del cuarto cuadrante recio; á las doce se llamó al SO.
    A la una, habiendo algo abonanzado, me hice á la vela, y se me cayó el
    relox al agua, quedándome sin siquiera una ampolleta para gobierno, y
    sin relox alguno bordo de ninguna especie. Seguí adelante, gobernando
    al N 1/4 NO. A las tres dí fondo, y reconociendo que no era buen
    paraje, zarpé el ancla y me hice á la vela, y navegué por 3-1/2,
    4-1/2, 5 y 6 brazas de agua, y dí fondo en 2-1/2, á distancia de una
    milla de la Isla de Bordas, demorando esta por su medianía al N 1/4
    NO.

    DIA 28.

    Amaneció el viento al OSO fresco, y fui á la Isla de Bordas á observar
    la latitud, que es de 40° 3'. A las doce y media mandé la mitad de la
    gente á bordo, por haber arreciado mucho el viento, y fué tanto que no
    pudo volver el bote en busca mia, ni de la demas gente. Siguió siempre
    el temporal, y me quedé en la isla esta noche, habiendo sido preciso á
    bordo dar fondo á la _esperanza_.

    DIA 29.

    Amaneció el viento al SO recio. A las nueve de la mañana, habiendo
    disminuido un poco, vino el bote, y me fuí á bordo. A las diez mandé
    el bote á llevar víveres á la chalupa, que estaba fondeada de la parte
    del N de la isla, y le era imposible venir á bordo. A las cuatro de la
    tarde llegó el bote á bordo: anocheció con el viento al SSE fresco.

    DIA 30.

    Amaneció con el viento por el N fresco, y á las ocho atracó la chalupa
    bordo, y le hice embarcar ocho dias de víveres. A las cuatro de la
    tarde me hice á la vela para mejorar de fondeadero, y por ser la canal
    angosta y viento contrario, varé dos veces, y con una hora de noche dí
    fondo en 4 brazas de agua.

    DIA 31.

    Este dia estuvo el viento por el NO duro, por lo que me mantuve
    fondeado, y se le pusieron á la chalupa baileos nuevos por estar los
    otros inservibles.

    DIA 1.º DE JUNIO.

    A las ocho de la mañana me hice á la vela con viento SO fresco, y
    goberné al N 1/4 NE hasta que hallé 5 brazas de agua de la parte del
    NE de la Isla de Bordas, que por haber visto reventar la mar y bajos
    por todas partes, dí fondo en dicho sitio hasta reconocerlos. A la una
    de la tarde mandé la chalupa con el piloto á la Punta de los Lobos,
    para que registrase los bajos, y viese si habia sitio á donde echar el
    caballo en tierra, á fin de reconocer la boca del Colorado por
    considerarme ya muy cerca de su desague. Al ponerse el sol tendí la
    ancla grande, por haberse puesto el horizonte de mal semblante. Al
    anochecer entró el viento por SO á ráfagas muy fuerte con granizo, y
    mandé izar un farol al tope mayor, para que le sirviese de guia á la
    chalupa. A las seis llegó la chalupa á bordo, con la noticia de haber
    hallado cerca de la Punta de los Lobos 5 brazas de agua.

    DIA 2.

    A las ocho de la mañana zarpé las anclas, y me hice á la vela para la
    Punta de los Lobos. A las nueve y media tocó el barco, y fué
    arrastrando como dos cuadras, hasta que cayó en 5 brazas. A las diez y
    media dí fondo en 5 brazas de agua, inmediato á la expresada punta,
    habiendo navegado en vuelta de N 1/4 NE. A las cuatro y media de la
    tarde volvi á hacerme á la vela, para mejorar de fondeadero, y navegué
    al NO 1/4 O una milla, y á las cinco dí fondo en 4 brazas fango, y
    aseguré la embarcacion con los mejores cables. Anocheció de mal
    semblante, y á las tres de la mañana se achuvascó el tiempo, y
    descargó por el OSO una turbunada de viento que parecia huracan, y
    duró hasta las cinco, que se llamó al SO algo mas benigno.

    DIA 3.

    Amaneció el viento al SO recio, á cuyo tiempo mandé 3 hombres á que
    reconociesen la tierra, y que siguiesen lo posible al NNO, pues allí
    considero el desague del Colorado. A las ocho registré la aguada, y
    visto la poca que tenia por la mucha que se habia vaciado por la
    inutilidad de la vacijeria podrida, hice cerrar la caldera del mate, y
    dí órden que se diese de beber una sola vez á los animales media
    racion, y que la gente bebiese por un cañon de fusíl, y mandé la
    chalupa á un arroyuelo de agua salada para su seguridad, pues
    inmediata al bergantin está expuesta á irse á pique. Todo el dia se
    mantuvo el viento al SO duro, y anocheció de la misma conformidad, sin
    que los tres que fueron á reconocer hubiesen parecido.

    DIA 4.

    Me embarqué de mañana en el bote, y fuí á reconocer la ensenada: entré
    por un arrojo y lo seguí como dos leguas, hasta que no hallando agua
    para el bote, por esparcirse esta en diversos arroyos muy pantanosos
    de fango, di vuelta y pude desembarcar, aunque con fango á la rodilla.
    Subí á un cerrito, en el que hallé paja cortadera y apio, y desde él
    divisé, aunque confusamente, dos árboles, que se me figuraron dos
    sauces, junto á los cuales habia yo bebido agua el año pasado, en el
    viage que por tierra hice al Colorado: y aunque estaban como 4 leguas
    de distancia, le dije al contra-maestre que estaba conmigo que me
    acompañase, y siguiésemos hácia los dichos árboles. Habiendo caminado
    como una legua, y siempre por puro pantano, nos hallamos cercados de
    arroyos sin poder pasar adelante: dí vuelta y vine por el arroyo á
    donde estaba refugiada la chalupa, y la hallé varada, sin que fuese
    posible en la pleamar echarla al agua. Aquí hallé los tres hombres que
    fueron al reconocimiento, los cuales de ningun modo pudieron transitar
    este terreno, lleno de fango pantanoso, arroyos y maleza; al anochecer
    volví á bordo.

    DIA 5.

    Amaneció lloviendo con el viento NO duro. A las doce del dia, habiendo
    algo aplacado, mandé en el bote 18 hombres á que pusiesen la chalupa
    en flote, y con ellos el contra-maestre, para que abriesen pozos en el
    Cerrito del Apio, por ver si se sacaba agua dulce. A las tres de la
    tarde llegó el bote con 10 hombres, y los restantes se quedaron
    abriendo dichos pozos: volvió á reciar el viento tanto, que no fué
    posible mandar el bote en busca de la gente á tierra, el que me fué
    preciso meter á bordo porque no se fuera á pique. Siguió el temporal
    toda la noche.

    DIA 6.

    A las ocho de la mañana eché el bote al agua, y lo mandè en busca de
    la gente á tierra, y de todos ellos solo el contra-maestre y un
    marinero pudieron pasar el pantano para embarcarse en él, y los
    restantes, temiendo quedar ahogados en el fango, no se determinaron á
    pasar el pantano que mediaba entre ellos y el bote: los dos marineros,
    Eusebio Gonzalez y Manuel Alcain, al amanecer volvieron á emprender la
    descubierta del Rio Colorado, á los cuales les habia yo dado la señal
    de los dos árboles mencionados arriba. A las once y cuarto llegó el
    bote á bordo, y me hice á la vela, aproximándome mas al Colorado,
    aunque con viento por la proa. A las dos dí fondo en 3 brazas de agua,
    3 millas al O de donde estaba fondeado, y á este tiempo llegó la
    chalupa á bordo y trajo los dos que habian ido al reconocimiento, los
    que no pudieron llegar los árboles expresados, por los infinitos
    arroyos de agua salada y pantanos. Al anochecer tuve que meter el bote
    á bordo, por el mucho viento y marejada.

    DIA 7.

    Al amanecer aseguré la embarcacion con las mejores amarras que tenia.
    A las ocho mandé la chalupa que fuese en la vuelta del E á reconocer,
    y yo me embarqué en el bote y salí de la vuelta del O con cinco dias
    de viveres, estando el tiempo mas bonancible, á fin de hallar parage á
    donde desembarcar en tierra firme; pues considero que el Colorado está
    muy cerca, y pudiendo llegar á tierra, precisamente lo hallaré, ó á lo
    menos conoceré en la calidad del campo, á que distancia me hallo de
    él, por haberlo ya transitado. A las diez llegué á la boca de una
    canal que sigue al NO, entré por ella y seguí siempre, y tenia mas
    caudal, pues de esta salen innumerables canales. A las doce llegué á
    donde se dividia en dos iguales, y viendo en la que seguia al NE unas
    tominas que estaban por ella, así por esto, como por seguir mejor
    rumbo que la otra, determiné seguirla. A las dos de la tarde
    desembarcamos en tierra, pero de la parte de adentro habia un arroyo
    pantanoso: este lo pasó el contra-maestre con 3 marineros, y siguieron
    hácia los árboles. Yo que esperaba que bajase el agua para pasar,
    probé en este intermedio el agua y la hallé casi dulce, y no
    quedándome la menor duda que por allí desaguaba el Colorado, ó á lo
    menos alguna porcion de él, tiré algunos tiros llamando al
    contra-maestre y marineros, los que volvieron, habiendo bebido agua
    dulce en el dicho rio. Nos embarcamos, y seguimos aguas arriba, hasta
    la noche que nos acampamos en la orilla, bebimos agua dulce con alguna
    mezcla de salada, como la de la mar.

    DIA 8.

    Al amanecer volví á buscar el bergantin, que me tenia con bastante
    cuidado el tenerlo fondeado afuera, dejando el reconocimiento del rio
    principal para despues de tenerlo asegurado adentro. A las doce llegué
    á bordo, y le hice señal á la chalupa de que viniese á bordo, que
    habia ido á cortar leña, la que llegó á la una de la tarde. Pasamos
    aquí el resto del dia y la noche, por estar el viento contrario.

    DIA 9.

    Amaneció el viento al E bonancible y lloviendo, y empezé la faena de
    llevar las anclas. A las siete y media me hice á la vela para el
    Colorado. A las once del dia llegué á la Horqueta de las Tominas, y
    por ser aquí contrario el viento, dí fondo á esperar viento favorable.
    Pasamos el resto del dia y la noche con el viento por el E fresco y
    lloviendo.

    DIA 10.

    Este dia se mantuvo lloviendo, y el viento al ENE recio, por lo que no
    fué posible salir de este sitio.

    DIA 11.

    Amaneciò con el viento al S bonancible, y tuve que esperar la bajamar
    para poder hacerme la vela y navegar, pues de marea crecida en este
    paraje no es posible. A las diez y media zarpé, y me puse en derrota
    para el Colorado. A las doce y media quedé varado de la parte de
    adentro de la Punta de los Zaramagullones, y mandè el bote balizar la
    entrada, que tenia á este tiempo muy poca agua. A las cinco de la
    tarde puse la chalupa y bote al remolque por la proa, y con toda vela,
    por estar casi calma, procuré entrar. A las seis de la noche volví á
    varar, por lo que fué preciso tender espia para sacar la embarcacion,
    y egecutado, mandé poner faroles en las balizas, que por ser la noche
    obscura no se veian, y volví á tentar la entrada que conseguì á las
    ocho de la noche, en cuyo sitio dí fondo, dejar para mañana el saber
    cual sea el principal Colorado, pues sé que estoy en su entrada.

    DIA 12.

    Este dia mandé la chalupa con el piloto buscar el río principal, y yo
    salí asimismo con el bote por ser tantos los canales que hay, no es
    fácil hallar el principal. A las dos de la tarde ya estaba cerciorado
    cual era el rio principal, y lo seguì aguas arriba hasta la Isla de
    Lobos. A las cuatro y media de la tarde dí vuelta y llegué á bordo á
    las siete de la noche, y no pareciò la chalupa.

    DIA 13.

    Al amanecer hice señal á la chalupa para que viniese á bordo. A las
    siete y media zarpé el ancla, y con el bote al remolque y la cisga
    seguì con el bergantin el rio aguas arriba, y las doce quedamos
    varados. A este tiempo mandé la gente tierra pegar fuego al pajonal y
    carrizal que tiene este rio en sus márgenes, pues si estando el tiempo
    algo seco peg ran fuego los indios ù otros cualesquiera, estando la
    maciega en el estado de hoy, precisamente se quemarian las
    embarcaciones que estuviesen ancladas en èl: por lo que debe el que
    entre, tener cuidado de limpiar y quemar la dicha maciega. A las diez
    de la noche puse la embarcacion en flote.

    DIA 14.

    Este dia tuve la felicidad de colocar el bergantin en el principal
    brazo del Colorado, y á donde no llega el agua salada, y salì á tierra
    con los marineros á pegar fuego á la maciega, así por el motivo dicho
    arriba, como para que, vièndolo los indios, vengan donde estoy, para
    por medio de ellos dar parte al Señor D. Francisco de Viedma de mi
    entrada en este rio: pues me tiene con bastante cuidado, el que dicho
    Señor tendrá de esta noticia, así por ser la estacion en que salí á
    este reconocimiento la mas rígida del año, como por ser esta
    navegacion hasta ahora ignorada de todos; y saber de cierto por
    informe y diario mio, que le presenté á mi llegada del viage que hice
    por tierra, costeando la mar este rio, por el mes de Mayo del año
    próximo pasado, que esta costa est llena de infinitos bajos; cuyas
    circunstancias, juntas con 42 dias que há que salí del Rio Negro, le
    ocasionar n bastante indisplicencia.

    DIA 15.

    Bajè tierra con la gente pegar fuego, siguiendo los reconocimientos de
    la calidad del terreno, y á la noche volví bordo.

    DIA 16.

    Al amanecer me embarquè en la chalupa, y seguí reconociendo el rio
    aguas arriba, dejando òrden al piloto para que asimismo mudase el
    bergantin una legua mas arriba, siempre que tuviese viento favorable,
    por ser este mejor parage; navegué todo el dia, bajando varias veces
    tierra, por reconocer la calidad de ella. A la noche me acampè en una
    isla del rio, habiendo pegado fuego en toda su orilla.

    DIA 17.

    Seguì rio arriba, haciendo las mismas diligencias que el dia de ayer,
    hasta que llegué una isla de sauces, donde me habia acampado el año
    pasado: allì hice noche.

    DIA 18.

    Este dia al amanecer me puse la vela para bordo del bergantin, con el
    cuidado de si llegasen indios. A las cuatro de la tarde lleguè bordo,
    y hallé una carta del Señor D. Francisco de Viedma que habia entregado
    al piloto un indio, que con otros 4 habia llegado bordo el dia de
    ayer: y aunque el piloto los agasajò bastante y los regaló, no
    quisieron quedarse por no haberme hallado; pero quedaron en volver
    para llevar la respuesta de dicha carta, fecha 14 de Mayo; y el
    bergantin lo hallé ya en el paraje que al piloto le habia prevenido.

    DIA 19.

    Este dia eché la vacijeria en tierra, el caballo (que hasta ahora no
    habia hallado paraje para desembarcarlo), y todos los ùtiles de á
    bordo, á fin de limpiar la embarcacion, y achicarle el agua: y
    asimismo eché en tierra anclas y cables, y monté la artillerìa y bajè
    tierra cerciorarme bien de su calidad, la que ciertamente supera
    cuanto he visto en la Costa Patagónica, y creo compite con los mejores
    parages, cuyo juicio hice el año pasado, y expuse en el diario citado
    arriba: pero no siendo esto de mi profesion, suspendo lo que pudiera
    decir en el asunto, por no errar; dejándolo los inteligentes en la
    agricultura (aunque esta no me es totalmente desconocida). Luego que
    llegué bordo, que fuè bien cerca de noche, llegaron un cerrito, por la
    parte del N, como de 50 60 indios: inmediatamente mandé el bote y la
    chalupa á que condujesen algunos, y trajeron 5, y una mulata
    lenguaraz: entre ellos venia el que habia conducido la carta del
    Super-Intendente, los que agasajè y regalé con aguardiente, (la mitad
    agua del Colorado) poleadas y bizcocho; y aunque los quise despachar
    para el Rio Negro, respondiendo por medio de ellos dicho Señor, y d
    ndole cuenta de mi arribo á este rio, no pude conseguirlo, porque
    decian quieren pasar aquì el dia de mañana, para que descansen sus
    caballos. A las ocho de la noche los eché en tierra.

    DIA 20.

    Este dia se les diò de comer á los indios, y se les regaló
    aguardiente, tabaco, y bizcocho para de noche.

    DIA 21.

    Esta mañana se les diò de comer á los indios, y le entregué al que
    trajo la carta otras, para que llevase al Rio Negro al Señor D.
    Francisco de Viedma, d ndole noticia de mi arribo: asi para que
    hiciesen esta diligencia como por la buena armonía, fueron todos
    regalados con aguardiente, porotos, bizcocho, harina y abalorios, y
    las doce del dia se pusieron en camino para sus toldos, y el que
    llevaba la carta dice que en derechura pasará al Rio Negro entregarla.

    DIA 22.

    Este dia se trabajó en limpiar el barco y la vacijeria, y llenarla de
    agua.

    DIA 23.

    Fuí á reconocer por tierra la costa de la mar. A las cuatro de la
    tarde llegué bordo, y al mismo tiempo llegaron 3 indios del cacique
    _Calpisquis_, los que se quedaron esta noche: se les diò de comer y
    aguardiente.

    DIA 24.

    A las ocho de la mañana se fueron los indios expresados, y las cinco
    de la tarde volvieron con tres chinas, que dicen habian dejado al
    resguardo de los caballos que traian para vender: se les obsequiò de
    la misma suerte que el dia de ayer.

    DIA 25.

    A las ocho de la mañana vinieron los indios á que les comprase los
    caballos, de lo que me escusè, esforz ndolos á que fuesen á venderlos
    al establecimiento del Rio Negro; pero no fuè posible porque dicen
    tienen los caballos cansados, y que est lejos, por cuyo motivo querian
    volverse. En esta suposicion se les regalò aguardiente, harina,
    bizcochos, porotos y abalorios. A las cuatro de la tarde se fueron.

    DIA 26.

    Este dia, ya un poco restablecido el caballo de lo que se habia
    enflaquecido en la navegacion, me fuì en él por la costa del mar como
    seis leguas. A las dos de la tarde dí vuelta, y llegué de noche bordo.

    DIA 27.

    Este dia estuve bordo, haciendo componer algunas cosas pertenecientes
    á su aparejo.

    DIA 28.

    A mediodia llegó bordo el cacique Uzel, con 18 indios y la lenguaráz
    mulata; y porque este es el que pára ahora en el Colorado, y ser el
    cacique mas inmediato á nosotros, lo regalé mucho, como tambien á
    todos los indios que le acompañaban.

    DIA 29.

    Este dia se les dió de comer los indios, y se les regalò con
    aguardiente, harina, bizcocho y porotos, y se fueron las cuatro de la
    tarde gustosos, pero esta noche me robaron un caballo que habia
    comprado; tal es la fidelidad de estos b rbaros.

    DIA 30.

    Este dia permanecí á bordo, aguardando respuesta del Rio Negro, pues
    ya tiene el indio que llevó la carta sobrado tiempo para haber vuelto.

    DIA 1.° DE JULIO.

    Esta mañana salí á caballo, costeando el rio agua arriba, y
    reconociendo el terreno de sus márgenes, y cuanto mas arriba es mejor
    tierra: caminé como seis leguas, y llegué bordo con una hora de noche.

    DIA 2.

    Este dia lloviò mucho, por lo que no pude salir de á bordo.

    DIA 3.

    De la misma suerte estuvo lloviendo con los horizontes cerrados.

    DIA 4.

    Asimismo se mantuvo lloviendo hasta el mediodia. A las cuatro de la
    tarde llegaron 3 indios y 2 chinas, los que no se pudieron entender
    por no haber traido lenguar z: los obsequiè como siempre.

    DIA 5.

    A las nueve de la mañana llegaron indios, los cuales ascendieron 60
    personas entre hombres y mugeres, y entre ellos una china ladina,
    sobrina del cacique Calpisquis, la que dijo que toda aquella gente era
    del expresado cacique, que venian á vender caballos y reses por
    bayeta, ollas, bugerias, bizcocho, sombreros, harina, aguardiente y
    porotos: los agasajé, dándoles de comer y aguardiente, y se empezó la
    feria.

    DIA 6.

    Amaneciò con viento SO fresco, mucha lluvia y truenos, y siguió la
    feria de los indios, d ndoles de comer y aguardiente.

    DIA 7.

    Al amanecer empezé embarcar la vasijería, y todos los útiles que tenia
    en tierra, para pasar con el bergantin á la otra banda donde est n los
    indios, por custodiar los animales que comprè. A las dos de la tarde
    me anclé en la parte del N: inmediatamente echè la vasijería en
    tierra, y con ella hice un corral provisional para encerrar los
    caballos que compré, y seguì la feria. A las seis de la noche llegò el
    indio que fuè al Rio Negro llevar la noticia de mi entrada en el
    Colorado, al Señor D. Francisco de Viedma, con la deseada respuesta de
    haberla recibido dicho Señor, y todos en general se les dió de comer y
    aguardiente.

    DIA 8.

    Se continuó la feria hasta las tres de la tarde, habiendo comprado 17
    caballos, 5 vacas y 4 novillos; asimismo compré lazos, colleras y
    maneas, y se pusieron en marcha los expresados indios de Calpisquis,
    quedándose el que trajo la carta con los que le acompañaban. Al
    anochecer llegaron 4 indios, 2 del Colorado y 2 del paraje donde est
    el Cacique Negro, los que me trajeron de parte de este un costillar de
    vaca de regalo, y dijeron que luego que ellos regresasen á sus toldos,
    quería venir aquí dicho cacique: les mandè dar de comer y aguardiente:
    se atò el ganado vacuno, y se encerraron los caballos. A las dos de la
    mañana se fueron 4 reses, que rompieron los lazos con que estaban
    atadas.

    DIA 9.

    Al amanecer mandè la chalupa á cortar palos para hacer un corral, y
    ensillè caballo para campear las vacas; hallé el rastro, y lo seguí
    campo adentro, hasta que advertì el caballo algo pesado: me apeè dej
    ndolo refrescar, y me fuí á bordo las tres de la tarde. A esta hora
    despaché todos los indios, habièndoles regalado aguardiente. bizcocho,
    harina y porotos. A las cuatro llegó un peon, de los que acompañaban
    al Super-intendente, con la noticia de que estaba ya á mas de medio
    camino del Rio Negro al Colorado dicho Señor.

    DIA 10.

    Antes de amanecer mandé al bote á que trajese la madera que tuviese
    cortada la chalupa, y ordenase al patron de esta, que navegase el rio,
    aguas arriba, hasta una isla que le señalé, y que allí permaneciese
    hasta otra disposicion. Al mismo tiempo monté á caballo, y con el
    expresado peon, á teson de galope, fuí á encontrarme con dicho
    Super-intendente, de nueve á diez leguas de donde salimos: seria
    mediodia, nos pusimos en marcha y vinimos á hacer noche á la orilla
    del Colorado.

    DIA 11.

    Esta mañana salimos costeando el Colorado, aguas abajo, por la parte
    del S. hasta la citada isla á donde estaba la chalupa, en cuyo puesto
    determinó dicho Sr. Super-intendente dejar toda la expedicion al cargo
    del alferez de dragones D. Francisco Piera, y auxiliándole la chalupa,
    pasó á la parte del N acompañado del ingeniero D. José Perez Brito, un
    Padre Mercedario y dos soldados, y nos pusimos en marcha por la orilla
    del rio para á bordo del bergantin. Habiéndo llegado á bordo hallé la
    novedad de haber robado las vacas los indios, y que el marinero que
    las pastoreaba habia salido en busca de ellas, y no habia vuelto.

    DIA 12.

    Fué el bote á remudar la chalupa para que conduzca víveres.

    DIA 13.

    Este dia salí á caballo, acompañando al Señor D. Francisco de Viedma
    que salió á reconocer el terreno. A las tres de la tarde llegó á bordo
    la chalupa con víveres. A las nueve de la noche hubo noticia, de que
    el marinero que faltaba lo tenian los indios en los toldos.

    DIA 14.

    A las tres de la tarde vino el marinero que faltaba, al cual lo habian
    apresado los indios en los toldos, y tenian ya como esclavo.

    DIA 15.

    Despues de mediodia salí en el bote, con el Super-Intendente y el
    Ingeniero, á reconocer la boca de este rio, á cuyo tiempo llegó el
    cacique Uzel con algunos indios, y á las cuatro de la tarde volvimos á
    bordo.

    DIA 16.

    Despues de mediodia se puso en marcha el Super-intendente, con los que
    le acompañaban, para el Rio Negro, dejándome la órden para que yo
    regresase á dicho rio, con toda la expedicion con que vine, luego que
    viniese á bordo la chalupa.

    DIA 17.

    Este dia mandé porcion de la gente de á bordo á cavar tierra para
    sembrar algunas semillas, y empezé á alistar la vasijería, y á hacer
    la aguada.

    DIA 18.

    Mandé la gente á que siguiesen la sementera, otros á hacer leña para
    el viage, y otros prosiguiesen con la aguada. A las dos de la tarde
    llegó el Cacique Negro con sus indios, se le dió de comer y
    aguardiente: á la noche llegó la chalupa á bordo.

    DIA 19.

    Se acabó de hacer la aguada, leña y sementeras: despaché al Cacique
    Negro con sus indios, habiéndole regalado aguardiente, harina,
    bizcocho y porotos, quedándome listo para por la mañana emprender mi
    viage al Rio Negro.

    Al anochecer vino á bordo el Cacique Negro, pretendiendo con fuertes
    instancias una carta para el Exmo. Señor Virey, para que la condujesen
    á Buenos Aires 4 indios que con el _Chanchuelo_, dice, vá á mandar á
    esta ciudad, á fin de que estos pudiesen pasar por las guardias
    francamente, y que el dicho cacique con Guchulap, Calpisquis, Toro,
    Guchan, Canopey y Alcaú juntos, pasaban al Volcan á tomar bagualada,
    de cuyo paraje queria despachar los expresados chasques Buenos Aires.
    Y habiendo yo sabido por dicho cacique, que los dichos peones que
    llevaban carta por tierra á Buenos Aires, llamado el uno Juan José, y
    el otro Martinez, los tendrian detenidos en los toldos de Calpisquis
    hasta el regreso del Cacíque Negro á ellos, por haber dicho allí unos
    indios que nosotros marchabamos con mucha gente y armas para matarlos,
    motivado de la venida del Super-intendente al Colorado, les dije que
    de ningun modo irian estos indios mas seguros, que con los expresados
    peones, pues llevaban cartas y pasaportes. Les expresé cuanto pude
    esta seguridad, á fin de que no los detuviesen, y lograsen el viage
    que se intenta por tierra; y regalé á este cacique cuanto pude, y á
    sus indios, encargándole mucho la seguridad del peon Godoy,
    haciéndoles muchos ofrecimientos mi regreso al Colorado.

    El Chanchuelo me dijo, que el camino que llevaban los dos peones que
    van á Buenos Aires, es el peor, y que el camino mejor era por cerca de
    la costa hasta el Volcan, y que desde el Colorado hasta el Quenquen
    habia cinco dias de camino bueno.

    DIA 20.

    De mañana salí para el Rio Negro, y al mismo tiempo se fueron los
    indios: llegué al Paso de los Faroles, y me fué preciso dar allí fondo
    para abalizarle.

    DIA 21.

    Este dia fuí á reconocer el principal desague del Colorado, y abalizé
    el paso con 40 balizas hasta la Punta de los Zaramagullones, y me hice
    á la vela, y al remolque hasta la noche, que dí fondo á la expresada
    punta en dos brazos de agua.

    DIA 22.

    Esta mañana, estando el viento al OSO bonancible, zarpé el ancla, y
    con el bote y chalupa por la proa al remolque seguí la canal, y llegué
    á las diez para las once á la Horqueta de las Toninas, en cuyo paraje
    largué toda vela, siéndome ya allí dicho viento favorable. Serian ya
    las doce del dia, estaba desembarcado, y goberné al SE 1/4 E hasta las
    dos de la tarde que dí fondo en 5 brazas, á dejar crecer la mar para
    pasar un bajo y abalizarlo. Habiéndolo abalizado y reconocido, me hice
    á la vela, y seguí mi navegacion, gobernando al S 1/4 SE, hasta el
    anochecer que dí fondo en 41/2 brazas de agua.

    DIA 23.

    Amaneció con el viento al SO recio, el que á mediodia abonanzó, y
    mandé el piloto en la chalupa á la barra del Arroyo del Baradero, para
    que abalizase su canal. A las cuatro y media, habiéndose llamado el
    viento NNE flojo, me hice á la vela, y navegué hasta la noche que dí
    fondo en 3 brazas de agua.

    DIA 24.

    Amaneció claro con el viento por el O, y contrario á mi navegacion: á
    mediodia llegó la chalupa á bordo, dejando abalizada la canal
    expresada arriba. A las dos de la tarde me hice á la vela con viento
    ONO, y bordejeando llegué á la primera baliza, y de allí con remolque
    y espias, llegué al anochecer á fondear dentro de dicho arroyo. A las
    ocho de la noche entró el viento por el E flojo, con el que me hice á
    la vela; y á las diez se llamó el viento á la proa, por lo que dí
    fondo.

    DIA 25.

    Se mantuvo el viento de proa, y al remolque seguí hasta las tres
    becas, que no pudiendo pasar, dí fondo á las dos de la tarde, con
    viento al E muy flojo: levé, mareé toda vela, y navegué hasta el
    anochecer, que dí fondo en dos brazas hasta la salida del arroyo.

    DIA 26.

    Al amanecer me hice á la vela con viento NNO bonancible, gobernando al
    SS0. A las nueve y media quedé varado sobre un bajo, de los infinitos
    que hay en estos parajes: por lo que tendí una espia, y con ella á las
    tres de la tarde salió la embarcacion, á cuya hora me hice á la vela,
    y goberné al SSE hasta la noche, que hallando 10 brazas de agua, dí
    fondo.

    DIA 27.

    Al salir el sol me hice á la vela con NO bonancible, y á las nueve y
    media varé sobre el bajo grande, frente á los arroyos. A las tres de
    la tarde con dos espias salí á la canal, y dí fondo en 7 brazas, por
    estar calma, y ser la corriente contraria.

    DIA 28.

    Esta mañana me hice á la vela con viento NO fresco, y dí fondo en la
    angostura que hace entre la Isla de las Gamas y la Península de los
    Jabalies; y en este paraje, á la orilla del agua sobre la barranca,
    puse cinco pipas y dos cuarterolas de agua dulce, para que sirvan de
    socorro la embarcacion que allí vaya con comision ó arribada, y
    asimismo á los que vayan por tierra.

    DIA 29.

    Al amanecer me hice á la vela con viento fresco ONO, y fuí fondear
    inmediato á Punta Rubia, á fin de abalizar la canal que hace entre
    esta y los bajos de afuera, á cuya diligencia mandé el piloto por
    hallarme yo enfermo, y no pudo poner mas que 4 balizas por la orilla
    en tierra firme, por ser en los bancos el suelo muy duro.

    DIA 30.

    Este dia salí, aunque con trabajo, á la Punta Rubia á reconocerla, y
    puse una baliza sobre un cerro, por la cual se conoce cuando se halla
    en la canal entre los bajos y tierra firme, y mandé algunos marineros
    á cazar, porque nos hallamos faltos de carne, á los que se les dieron
    algunas balas de fusil. Al anochecer volvieron á bordo los cazadores,
    habiendo traido 24 jabalies; y se puso el viento de muy mal semblante.

    DIA 31.

    Amaneció el viento al OSO muy recio, y luego se llamó al SE de la
    misma suerte: á mediodia abonanzó, y mandé al contramaestre en el bote
    á reconocer los bajos de afuera, el que halló canal que sale al SE: al
    anochecer volví á bordo, y quedaba el horizonte de mal semblante.

    DIA 1.° DE AGOSTO.

    Amaneció con el viento al OSO recio y contrario para navegar al Rio
    Negro: á las ocho mandé la chalupa á la Punta Rubia, con una
    cuarterola para que la llenasen de aceite de lobo, que los hay en
    abundancia. Todo el dia se mantuvo el viento de la misma conformidad,
    y anocheció de mal semblante. A las dos de la noche se llamó al ONO
    que parecia huracan, por lo que fué preciso dar fondo á la esperanza.

    DIA 2.

    Todo este dia se mantuvo el viento muy recio, desde el ONO al OSO,
    hasta la noche que se quedó calma, cuyo tiempo zarpé la esperanza.

    DIA 3.

    Amaneció con el viento al SO fresquito, y los horizontes cerrados. A
    las diez de la mañana se llamó al SSE recio, y por tener en este
    paraje poco abrigo, me hice á la vela para adentro, con mayor y
    trinquete arrizados. Despues de mediodia dí fondo inmediato á los dos
    arroyos: todo el dia se mantuvo el viento desde el SSE hasta el SSO
    fuerte con granizo, y así anocheció.

    DIA 4.

    Amaneció el viento SO recio, de cuyo modo se mantuvo todo el dia,
    hasta la noche que abonanzó.

    DIA 5.

    Amaneció con dicho viento medianamente fresco: á las nueve de la
    mañana vino la chalupa á bordo, le dí víveres para que volviese al
    arroyo adonde estaba refugiada. Al anochecer se llamó el viento NNO
    fresquito, y le hice señal á la chalupa para venir bordo: á las doce
    de la noche le dí víveres, y órden para que á aquella hora se pusiese
    á la vela, adelantándose á Punta Rubia embarcar la cuarterola de
    aceite de lobo, que antes no habia podido por la dureza de los
    tiempos.

    DIA 6.

    Serian las dos de la noche cuando metí el bote á bordo, y me hice á la
    vela para el Rio Negro. A las cuatro de la mañana llegué á Punta
    Rubia, á donde hallé la mar sumamente gruesa; y en medio de la
    rompiente seguí con la chalupa por la proa, y toqué con la quilla en
    la cabeza del N de los bancos: con otro golpe de mar salimos, y seguí
    gobernando al S 1/4 SE por entre el rompidero de la costa, y el de los
    bajos, que tiene 50 brazas de latitud. Al salir el sol ya habia
    montado los bajos, y seguí con fuerza de vela y viento N fresco, por
    lograr la pleamar de dia en el Rio Negro, y poder lograr entrar en él,
    por estar la mar muy gruesa y el viento contrario para aventurarse á
    embestir su barra. De noche las doce llegué la barra que rompia de
    punta á punta, y la embestí por la canal del N por entre las
    reventazones. La menos agua que hallé fueron dos brazas, y con todo,
    era tanta la marejada que tocó algunas veces la embarcacion, no
    calando esta mas que 71/2 palmos: pasé la barra y navegué por 3 brazas
    de fondo hasta la punta del N del rio, que me dió el viento de proa, y
    á fuerza de muchos bordos logré dar fondo dentro del rio. A las dos de
    la tarde ya emparejó seguro, mediante Dios, no pudiendo seguir mas
    adentro por tener la corriente encontra.

    A la chalupa no le fué posible embestir la barra por donde nosotros,
    por la mucha mar que podia sumergirla, y dió vuelta á los bajos, y
    desde afuera á remo vino á amarrarse á nuestro costado con mucho
    trabajo, y á no tener tan buena gente no lo hubiera logrado, ni
    tampoco entrar en el Rio Negro.

    A las once de la noche me hice á la vela, y con la creciente fuí á
    fondear mas adentro, y en mejor paraje.

    DIA 7.

    Al salir el sol mandé tierra los marineros para que hiciesen fuego, á
    fin de que por él viniesen en el establecimiento en conocimiento de mi
    entrada en este rio; y á las diez me levé, haciendo diligencia de
    llegar al establecimiento.

    _Advertencias á los navegantes á estos destinos_.

    1.° Todo aquel que del Rio Negro salga haciendo viages á la Bahía de
    Todos Santos, debe emprenderlo con vientos del tercer cuadrante,
    teniendo presente la hora de la pleamar en Punta Rubia, para doblarla
    á aquella hora sin perder minuto de tiempo, en esta inteligencia, y en
    la de que es la pleamar en el Rio Negro dos horas antes (con
    diferencia de pocos minutos) que en Punta Rubia, en las cuales es
    imposible hacer esta navegacion. Deberá salir del Rio Negro á media
    marea creciendo, y precisamente por la canal del N de su barra, y en
    este caso tiene cinco horas para navegar esta distancia, que con un
    pampero fresco, haciendo fuerza de vela, es tiempo suficiente para
    hallarse en dicha Punta al punto de la marea; no debiendo separarse al
    doblarla mas que 18 pasos de la baliza que en ella está clavada, por
    ser la canal sumamente angosta, y precisa al pasar por ella, en cuanto
    no se haga otro reconocimiento mas prolijo, en que se sepa si hay otro
    paraje que proporcione la entrada en dicha bahía con mayor facilidad.

    2.ª Si los vientos con que salga del Rio Negro fueren bonancibles, y
    en el término arriba expresado viere que no puede alcanzar á Punta
    Rubia, deberá mantenerse inmediato á Punta Rasa á la vela, ó dado
    fondo, contando con 14 horas que tiene precisamente que estar afuera:
    pues corriendo la costa desde esta punta basta la Rubia N S de la
    aguja, y desde ella para el Rio Negro NE SO asimismo de la aguja, si
    le entra algun tiempo, nunca le puede ser enteramente travesía, pues
    el mas travieso lo deja navegar en 10 cuartas, y así se halla, estando
    en esto paraje, en términos de seguir su viage, ó retroceder al Rio
    Negro, San José ó San Antonio à refugiarse; lo que no sucederá si se
    hallare à sotavento ó barlovento de la expresada Punta Rasa.

    3.ª Si hallándose ya al N de Punta Rasa, le entráre algun tiempo del S
    SSE SE, y mas si fuere de noche, procurarà aguantar hasta qae
    considere ser tiempo de seguir à embestir à Punta Rubia à la hora de
    pleamar, sin pensar en amarrarse; porque en la latitud de 40° 45'
    toqué ya con la quilla de la embarcacion que hoy tengo á mi cargo,
    cuando vine al reconocimiento del Rio Negro al principio de la
    expedicion, y en 12 palmos de agua no se vé la tierra, y sí el
    horizonte cerrado, de lo que revienta la mar encima de los bajos: cuya
    advertencia puede servir tambien á los que viajan à Buenos Aires, para
    que les dén el correspondiente resguardo.

    4.ª Si doblando Punta Rubia le diere el viento escaso, puede dar
    fondo, pues estando ya de la parte de adentro, no hay mucha marejada,
    porque esta quiebra en los bajos de afuera: pero con la advertencia de
    que sea con la mejor ancla que tenga, por la mucha corriente que hay.
    Esto es en caso de estar la marea parada ó bajando, que si creciere,
    puede, aunque sea el viento enteramente de proa, voltejear, pues con
    la ayuda de la corriente, que lo menos que corre en las cuadraturas
    lunares es 4 millas, muy breve se hallarà al O de la Isla de las
    Gamas, é inmediato al Arrojo Hondo, en cuyo sitio puede dar fondo, sin
    que temporal alguno le pueda incomodar. Pero de ningun modo
    permanecerà fondeado en Punta Rubia mas tiempo que hasta que la marea
    empieze á crecer porque, ademas de la mucha corriente, es malísima la
    tenazon, y mucho fondo, por lo que debe hacerse á la vela antes que la
    marea tome mucha fuerza, que de lo contrario le costará mucho trabajo.
    Los bordos que diere puede rendirlos en tierra, que es todo limpio y
    hondable hasta el viril, pero tendrà sumo cuidado con el bajo de
    afuera, por no dar de mucho fondo de repente sobre él.

    5.ª Estando ya adentro de la angostura que hace la Isla de las Gamas
    con tierra firme, se puede dar fondo en toda la bahía sin cuidado;
    teniéndolo solo de que no sea sobre algun bajo, y atendiendo á que si
    diere fondo en pleamar, le quede agua suficiente cuando esta baje para
    quedar en flote: en la inteligencia que lo que crece y mengua en este
    paraje en las mareas ordinarias, y con viento del cuarto cuadrante, es
    bruza y media, y con los vientos de afuera crece mucho mas, y segun la
    fuerza de los temporales que la impelen.

    6.ª Pasando de la Bahía de Todos Santos á Bahía Anegada, es menester
    atender á la diferencia que hay en las mareas de una á otra, que es de
    3º 27' (como se deduce de las observaciones que se expresan en el
    diario), para poder navegar y fondear con la posible seguridad, de no
    quedarse sobre algun bajo, de los infinitos que tiene: en inteligencia
    de que, con corta diferencia, tanto crece y mengua en una como en la
    otra.

    7.ª Ninguno debe navegar de noche en ninguna de estas dos bahías por
    no arriesgarse á quedar varados; y en cualquiera paraje de ellas que
    dé fondo, puede estar seguro de su tenazon.

    8.ª De dia se debe navegar de dos tercios de marea, creciendo para
    adelante, á fin de tener agua sobre los bajos para pasar, y al mismo
    tiempo si varáre, puede con facilidad sacar la embarcacion, creciendo
    el agua.

    9.ª El paraje se señala con 4 anclas al O de la Isja de los Lobos, de
    4 y 5 brazas de aguas, que entra á la Canal de Villarino; es de
    fuertísima tenazon, y si sale á la mar ancha, sin bajos que estorben
    la entrada en él, embarcaciones mayores, como lo creo con bastante
    probabilidad, podria muy bien servir para refugio de ellas, y hacer
    aguada, porque el paraje es segurísimo, y desde allí al Colorado vá
    seguro cualquier cayuco, desde el cual haciéndose á la vela para el
    Colorado hasta la Punta de los Zaramagullones, deberá navegar de dia y
    de bajamar, porque cuando está esta crecida, se cubre todo el
    desplayado y no se conoce la expresada canal; y al contrario, de
    bajamar todo queda en seco, á excepción de ella. Y para navegarla de
    continuo se necesita abalizarla, bien entendido, que toda la distancia
    que hay desde la Punta de los Lobos hasta el Colorado, es puerto
    seguro; y entrando dentro de la canal expresada, con toda seguridad se
    puede navegar, hasta con canoas.

    10.ª Desde la Punta de los Zaramagullones hasta entrar en el Colorado,
    debe navegar de marea crecida, y á cualquiera hora, arrimando el
    costado de la embarcacion á las balizas, que allí dejé puestas á mi
    salida, dejándolas por la parte de babor.

    11.ª Para venir del Colorado al Rio Negro es menester, inmediato al
    Arroyo Hondo, esperar viento al propósito para hacer esta navegacion,
    particularmente si es por el invierno, cuando los dias son cortos, los
    temporales muchos, y las noches penosas, largas y arriesgadas en
    estos. Los vientos mejores son de NE al NO. En esta atencion debe
    salir de Punta Rubia á la pleamar, y hacer bastante fuerza de vela, á
    fin de llegar al Rio Negro en el mismo dia de marea crecida, y entrar
    por la canal del N de su barra. Luego que la pase por la canal
    expresada, orzará á arrimarse á la punta del N que forma la boca del
    rio, así por tomar del mismo bordo el fondeadero, como por dar
    resguardo á un bajo chiquito que se halla á sotavento.

    12.ª Siempre que los vientos sean del segundo ó tercer cuadrante
    fuertes, y haya mucha mar de leva, de ningun modo entrará por la
    expresada canal del N de la barra, porque en este caso es mucho mas
    seguro entrar por la del S, en la cual no altea tanto la mar como en
    la del N, por quebrar en los bajos de afuera, y los vientos expresados
    son en aquella favorables.

    13.ª Habiendo mucha marea de leva (esto es de un temporal desecho)
    debe tener presente, que en la canal del N altea la mar mucho, porque
    no tiene resguardo alguno de la parte de afuera, y el que viniere á
    entrar por ella, debe contar con 9 palmos de alzada: cuya experiencia
    hice en este viage, que asegurado de la agua que habia, por las
    repetidas observaciones que tengo hechas, y que precisamente tenia lo
    menos dos brazas, embestí la barra que rompia de punta á punta, con
    marejada tan disforme cual nunca he visto en ella, y hallé las dos
    brazas mencionadas: pero toqué muchas veces, mandando la embarcacion
    solo 7 palmos de agua.

    14.ª Desde el Rio Negro al Colorado pueden muy bien navegar chalupas,
    y barquear de una parte á otra víveres y algunos útiles, teniendo agua
    en el paraje à donde ahora dejè las pipas: y aunque salgan del Rio
    Negro con un pampero desecho, no hay que temer, porque van abrigadas,
    no separándose mas que una cuadra de la costa; y como mandan poca
    agua, hallan entrada á cualquier hora en Punta Rubia, y doblada esta,
    cualquier bote con seguridad puede navegar al Colorado. Pero si se
    estableciese tragin de un rio á otro, serian à propósito balandras ó
    goletas, que cargadas no mandasen arriba de 5 ó 6 palmos de agua, las
    cuales hallan agua à un tercio de marea creciendo, para pasar por
    todas las barras, y sobre todos los bajos que hay de una à otra parte.

    Las advertencias referidas, de las cuales me parece no debe ningun
    navegante despreciar lo mas leve, las sujeto como debo à la correccion
    de mejor juicio, y á la enmienda de lo que en lo sucesivo vaya
    adelantando la experiencia: que asì como esta fuere creciendo, así
    habrá mas que añadir y quitar; y mas si se hace exacto exámen de esta
    costa, las dos bahias por la parte de afuera, sus bajos y canales que
    entran à ellas, levantando geometricamente su plano, y balizando
    algunos canalizos para mayor seguridad de las embarcaciones: lo que à
    mi me ha sido imposible egecutar, así por lo riguroso de la estacion
    como por la poca proporcion que mas que, como conocen los
    inteligentes, se necesita para ello de mucho mas tiempo, estacion
    proporcionada, y mayores arbitrios.

    NOTA.–El puerto que está al O de la Punta de los Lobos, señalado con
    cuatro anclas, del cual hago referencia en la advertencia 9.ª, ademas
    de ser segurísimo y capaz de anclar en él muchas embarcaciones mayores
    y menores, tiene la gran ventaja, de que solo puede servir para que
    nuestras embarcaciones vayan à èl à proveerse de lo necesario: lo que
    no puede hacer otra ninguna embarcacion que no sea de la nacion ó de
    alguna aliada nuestra; pues siendo enemiga, no puede por camino alguno
    hallar ningun socorro. La razon es, porque embarcaciones mayores no
    pueden llegar al Colorado, y aun lanchas y botes es menester esperar
    marea para entrar mas adentro de la Punta de los Zaramagullones, y
    precisamente á tiro de piedra de tierra, que no hay mas distancia que
    60 brazas. Antes del expresado sitio, ni aun en èl, desde la Punta de
    los Lobos, es imposible hacer desembarco, por no ser transitable por
    el fango suelto de que se compone todo aquel terreno: en cuyo supuesto
    la embarcacion, que por los nuestros, ò con su consentimiento (en caso
    de estar habitado el Colorado) no sea socorrida, no tiene mas arbitrio
    que perecer, entregarse ò marcharse.

    El fango, de que digo que está compuesto este parage, es tan suelto,
    especialmente por las orillas de los arroyos, que un perro que en una
    ocasion saltò del bote, y nadando salió al expresado fango, tuvimos
    que ir con el mismo bote à buscarle, porque luego que se clavò ya no
    pudo salir.

    Algunos de los marineros que llevè se han visto en bastante riesgo de
    perder la vida, queriendo hacer pruebas à veces à pasar algun pantano
    ó arroyo, que por casi seco les parecia chico.

    Y ùltimamente, siempre que este puerto tenga salida libre á la mar,
    como con bastante fundamento lo presumo, vuelvo à decir, que me parece
    solamente bueno para la nacion que ocupe el Colorado.

    A bordo del bergantin _Nuestra Señora del Carmen y Animas_, al ancla
    en el Rio Negro, à 8 de Agosto de 1781.

    BASILIO VILLARINO.

    NOTAS

    [1]: Diario del año de 1780.

    [2]: Talvez sea el _Charileo_ del diario del Ejército expedicionario
    de 1833, y mas correctamente, _Chadi-leufú_ ó _Chadileu_, "arroyo
    salado."

    [3]: _Diario del establecimiento del Rio Negro_, por D. Francisco de
    Viedma.

    [4]: En la boca del Colorado.

    [5]: De _Casu_ montaña, y _hati_ alta, en el dialecto de los indios
    orientales ó "Puelches:" pero los meridionales ó "Ghùylliches,"
    dicen _Vuta-calel_, el gran cerro, y los Araucanos en general,
    _Catan-lil_, peñasco agujereado, por una especie de horqueta,
    parecida al marco de una ventana, que tiene en la cumbre, de
    donde le viene el nombre de "Sierra de la Ventana." En un mapa
    inédito del Coronel Cabrer se le dá el nombre de "Monte Mayor,"
    que tiene bastante analogía con los ya mencionados.

    [6]: Mas correctamente _Call-pulquís_, "flecha verde;" de _call_
    verde, y _pulquí_ flecha.

    [7]: O _Gucha-lan_, "el que desafia á muerte;" de _guchan_ desafiar, y
    _lan_ muerte.

    [8]: "Gente que agarra con las bolas," de _chuln_, prender, _laques_
    bolas, y _het_ gente, ó tribu.

    [9]: Los Ghùylliches, y los Pehuenches suplen con la letra _s_ la _r_
    que falta á su alfabeto, y dícen _Sanquel_ en vez de _Ranquel_,
    que en el idioma araucano significa carrizal. Falkner da este
    nombre á un rio, que por la posicion que ocupa en su mapa es el
    _Neuquen_.

    [10]: "Bonito."

    [11]: Llegó ser Gobernador de la Provincia de Córdoba, y fué fusilado
    por órden de la Junta Gubernativa de Buenos Aires, con el
    ex-Virey Liniers y otras ilustres víctimas, en el parage llamado
    la _Cabeza del Tigre_, en los primeros meses de la revolucion.

    [12]: _A Narrative of four Voyages to the South Sea_. Nueva-York,
    1832, in-8.°

    [13]: "Gaceta Mercantil de Buenos Aires" de 18 de Julio de 1833.

    [14]: El Coronel D. José Antonio Alvarez Condarco, cuya residencia
    accidental en Mendoza ha sido tan provechosa á las ciencias, por
    haber levantado el mejor mapa que poseemos de aquella provincia.

    [15]: O mas bien _Muyn-lil_, "peñasco hinchado."

    [16]: Este cerro, cuyo nombre significa "cobre," tiene la reputacion
    de ser una de las mas ricas minas de este metal, en un pais donde
    abunda. "Cuando se empezó á trabajar, dice Molina (_Compendio de
    la historia natural de Chile_, pag. 97), producia pepitas de
    cobre puro de 50 y de 100 quintales de peso, y de tan excelente
    color que parecia un similor verdadero, pues por lo general
    dominaba mas el oro que el cobre." Lo mismo confirma Frezier,
    agregando que el descubridor de esta mina fué D. Juan de
    Melendez, que le puso el nombre de _San Joseph_." Sacó de ella,
    segun afirma este viagero, un riñon de 40 quintales, del que
    fabricó seis cañones de campaña de á seis, mientras él estuvo en
    la Concepcion. Este mismo cerro abriga vetas de _lapis-lazuli_."
    (_Relacion de un viage á la Mar del Sud_. Amst. 1717, tom. 1,
    pag. 145.) El nombre araucano del cobre es _Cum-pañil-hue_,
    "fierro colorado;" pero los Pahuenches dicen _Payen_; sea
    alterando la voz _pañil_, que es el nombre genérico de todos los
    metales, sea mas bien por el color azul (_payne_) del
    lapiz-lazuli, ó del cobre de este cerro, semejante talvez al
    azulado de Vittemberg y de Sajonia, ó al carbonate de cobre de
    Inglaterra, y de otras partes de Europa y de América del Sud.

    [17]: "Baja con estrépito," de _tuun_ salir, y _yatain_, ó _yun_
    ruido.

    [18]: "Cerro de las piedras de afilar."

    [19]: En algunos diarios se le da el nombre de _Bahia de Noé_, que
    tiene también el mérito de expresar el estado de inundacion casi
    permanente de estas sirtes.

    [20]: _A Descripcion of Patagonia, and the adjoining parts of South
    America_. Hereford, 1774, in-4.° pág. 77.

    [21]: _Surveying Voyages of H.M. Ships _Adventure_ and _Beagle_,
    1833-6, by Captains P.P._ King _and_ R. Fitz-Roy, R.N., _with
    extracts from the Journal of C. Darwin, Esq._ (Esta obra ha sido
    premiada por la Real Sociedad de Geografia de Londres.)

    [22]: _Dihueñ-hets_, gente unida, ó acompañada; y _Cho-che-hets_,
    indios de sangre pura, y sin mezcla de europeos.

    [23]: Los geógrafos suelen llamar á esta parte de la costa patagónica,
    _País del Diablo_, asi como los indios dicen en su idioma
    _Alhue-mapú_. En el mapa que acompaña el _Viage al Rio de la
    Plata_ del viagero francés Acarete, que visitó estas provincias
    en 1657, y en otros antiguos mapas publicados en Holanda, se da á
    nuestras pampas el nombre de "Trapalanda," que parece ser una
    corrupcion, ó metátesis, del _plat-land_ de los alemanes: esta
    voz expresa con propiedad el carácter de estos desiertos, cuyo
    aspecto, segun la poética expresion de Humboldt, "llena el alma
    del sentimiento de lo infinito."

    [24]: El plano á que se alude en esta parte nunca ha sido publicado.

  • Descripción Geografica, Histórica y Estadística de Bolivia, Tomo 1

    Descripción Geografica, Histórica y Estadística de Bolivia, Tomo 1

    Aproximadamente 102.936 palavras.

    [Nota del Transcriptor: Este texto digital ha conservado las
    irregularidades en las puntuación, acentuación y ortografía del libro
    original.]

    DESCRIPCION GEOGRÁFICA, HISTÓRICA Y ESTADÍSTICA DE BOLIVIA

    DEDICADA A SU EXCELENCIA EL GENERAL DON JOSÉ BALLIVIAN PRESIDENTE DE LA
    REPUBLICA

    POR ALCIDES DE ORBIGNY

    TOMO PRIMERO

    1843

    INTRODUCCION

    Habiendo nacido con muy particulares disposiciones para las ciencias
    naturales, debo á los consejos y á las doctas lecciones de un padre,
    cuyo nombre es digna y honrosamente conocido entre los sabios, el
    temprano desarrollo de ese instinto poderoso que al estudio de ellas me
    impulsaba. Vine por último á París, en donde, fiel á mi vocacion, pude
    seguir estos mis estudios predilectos de una manera mas especial,
    procurando iluminar mi inteligencia y beber la instruccion en esta
    fuente, verdadero emporio de las luces y del saber. En 1825 presenté á
    la Academia de ciencias mi primer ensayo, el cual fué muy favorablemente
    acogido, mereciendo la aprobacion del Instituto, como él lo manifestó en
    su informe.

    Tuvo á bien mi gobierno elegirme, en el mismo año, para efectuar por la
    América meridional un viage de exploracion, que fuese útil á las
    ciencias naturales y á sus numerosas aplicaciones. Semejante propuesta
    despertó en mí la aficion por correr mundo, al mismo tiempo que me llenó
    de regocijo; mas este fué mi luego moderado por el convencimiento en que
    yo estaba, de que aun no habia llegado mi instruccion á la sazon debida,
    para poder llenar, tan dignamente como convenia á mis ambiciosos
    anhelos, una mision de esta naturaleza. Queria pues dedicarme al trabajo
    por algunos años mas, con el fin de obtener, á lo ménos en parte, los
    diversos conocimientos absolutamente indispensables para el viagero, que
    desea examinar y dar á conocer un pais bajo todos aspectos.

    Nombrado formalmente á fines del citado año de 1825, tuve que activar
    mis tareas para hacerme acreedor á tan honrosa prueba de confianza,
    siendo ciertamente mi cargo tanto mas difícil de llenar, cuanto que
    yo no contaba entónces sinó veintitres años. Por otra parte, la sola
    idea de recorrer la América bajo tan lisonjeros auspicios me alhagaba
    sobremanera, y encendia mi ardiente imaginacion, ofreciéndome de
    antemano mil cuadros á cuales mas seductores. Merced á los benévolos
    consejos de los señores Cuvier, Brongniart, Cordier, Isidoro Geoffroy
    Saint-Hilaire, y del célebre viagero baron de Humboldt, me fué dado
    entrever cual seria el circulo de mis investigaciones. Las ciencias
    naturales eran el objeto principal; mas considerando como complemento
    indispensable la geografía, la etnología y la historia, me propuse no
    desechar nada, cuando estuviese en aquellos lugares, para traer conmigo
    el tesoro mas completo de materiales relativos á estos ramos importantes
    de los conocimientos humanos.

    El 29 de julio de 1826 me embarqué en Brest á bordo de _la Meuse_,
    fragata del Estado, y dí principio á mi peregrinacion trasatlántica.
    Hice escala en las Canarias, en donde durante algunos dias pude
    estudiar, á la vista del famoso pico de Teide, las producciones de la
    isla de Tenerife, así como sus crestas desgarradas. Dos meses despues
    divisábamos las costas del Brasil, y un ambiente embalsamado con el
    perfume de mil flores llegaba ya hasta mi, haciéndome gustar inefables y
    dulces emociones. Iba yo al cabo á echar pié sobre el mundo de Colon,
    sobre esa tierra de prodigios, cuya exploracion habia siempre ansiado
    aun en medio de los sueños de mi infancia. Tomé finalmente asiento en
    América por espacio de ocho años.

    El Rio Janeiro con sus montañas de granito y sus bellas y vírgenes
    selvas fué el primer teatro de mis exploraciones. Montevideo, Maldonado
    y toda la república oriental del Uruguay, ocupada entónces por los
    Brasileros, me enseñó luego sus campos, que se asemejan á los de
    Francia. Atravesando la Banda oriental pasé á Buenos-Aires, y me
    embarqué en seguida en el Paraná, para trasportarme á las fronteras de
    la provincia del Paraguay, declarada hoy dia Estado independiente. Subi
    como trecientas cincuenta leguas por este inmenso rio, cuya magestuosa
    corriente es de esperar que algun dia se verá surcada por centenares de
    embarcaciones, las que impulsadas por el vapor ascenderán hasta
    Chiquitos, haciendo así mas inmediata la comunicacion de Bolivia con la
    Europa.

    Las ondas de este caudaloso rio, que tiene mas de una legua de ancho,
    corren sobre un lecho cuyas márgenes é innumerables islas se ven
    adornadas de vistosos boscages, en donde la graciosa palmera entretege
    su follage con el de los árboles mas variados y bellos.

    Recorrí durante un año entero todos los puntos de la provincia de
    Corrientes y de Misiones, y despues de haber penetrado en el Gran-Chaco,
    dí la vuelta por las provincias de Entre-Rios y de Santa-Fé. De regreso
    á Buenos-Aires, quise encaminarme á Chile ó á Bolivia; mas calculando lo
    difícil que me seria atravesar el continente con toda seguridad, por las
    turbulencias que, despues de la paz con el Brasil, minaban aquel estado,
    me decidí á pasar á la Patagonia, tierra misteriosa, cuyo solo nombre
    encerraba en ese entónces un no sé que de mágico. Me transporté pues
    allí á fines de 1826, y permanecí en ella durante ocho meses.

    Pude efectuar mis primeras investigaciones con bastante sosiego, por mas
    penoso que fuese el recorrer un pais de los mas áridos, y en donde la
    falta de agua se hace sentir á cada paso en el corazon de esos monótonos
    é interminables desiertos; pero los indios Puelches, Aucas y Patagones
    se sublevaron inopinadamente contra la naciente colonia del Cármen,
    situada á orillas del rio Negro, y me ví entónces precisado á reunirme á
    sus habitantes para cooperar á la defensa comun. Habiendo vuelto por
    segunda vez á Buenos-Aires, hallé este pais en tan completa anarquia,
    que, reconociendo la absoluta imposibilidad de pasar á Chile atravesando
    las pampas, tomé el partido de doblar el cabo dé Hornos. A mi llegada á
    Valparaiso encontré tambien á la república Chilena en un estado de
    agitacion nada propicio para los viages científicos, y provisto entónces
    de las recomendaciones del cónsul general de Francia en este Estado,
    pasé á Bolivia, de cuyo gobierno debia yo esperar una buena acogida, y
    los medios de proseguir mi exploracion continental.

    Cobija, puerto de Bolivia, me saludó desde luego con el imponente
    aspecto de las montañas que lo coronan. Poco despues me desembarqué en
    Arica para dar principio á mis viages por tierra. Abandonando bien
    pronto las costas, me encaminé á Tacna, y en seguida emprendí mi
    ascension á las cordilleras por el camino de Palca y de Tacora; mas, en
    vez de tropezar allí con esas empinadas y agudas crestas, que se ven
    figuradas en los mapas, me encontré sobre una dilatadísima planicie,
    colocada á la altura de cuatro mil quinientas varas sobre el nivel del
    mar, y en la que únicamente se apercibian de trecho en trecho algunas
    moles cónicas cubiertas de nubes. Atravesando este encumbrado llano,
    vine á encontrarme luego en la cima de la cadena del Chulluncayani. Al
    contemplar desde allí la dilatadísima extension que se desplegaba ante
    mis ojos, y la tan grande variedad de objetos que las miradas alcanzaban
    á dominar á la vez, yo saboreaba un sentimiento de indefinible
    admiracion. Es cierto que se descubren paisages mas pintorescos en los
    Pirineos y en los Alpes; pero nunca ví en estos un aspecto tan grandioso
    y de tanta magestad. El llano Boliviano, que tiene mas de treinta leguas
    de ancho, te dilataba á mis piés por derecha é izquierda hasta perderse
    de vista, ofreciendo tan solo pequeñas cadenas paralelas, que parecian
    fluctuar como las ondulaciones del Oceano sobre esta vastísima planicie,
    cuyo horizonte al norueste y al sudeste no alcanzaba yo á descubrir, al
    paso que hácia el norte veia brillar, por encima de las colinas que lo
    circunscriben, algunos espacios de las cristalinas aguas del famoso lago
    de Titicaca, misteriosa cuna de los hijos del sol. De la otra parte de
    tan sublime conjunto se divisaba el cuadro severo, que forma la inmensa
    cortina de los Andes, entrecortados en picos agudos, representando la
    figura exacta de una sierra. En medio de estas alturas se levantaban el
    Guaina Potosí, el Illimani y el nevado de Sorata mostrando su cono
    oblicuo y achatado, estos tres gigantes de los montes americanos, cuyas
    resplandecientes nieves se dibujan, por sobre las nubes, en el fondo
    azul oscuro de ese cielo el mas transparente y bello del mundo. Hácia el
    norte y el sud la cordillera oriental va declinando poco á poco hasta
    perderse totalmente en el horizonte. Si me habia yo sentido lleno de
    admiracion en presencia del Tacora, aquí me hallaba transportado, y sin
    embargo no era esta sino una de las faces de aquel cuadro; pues
    volviendo hácia otra parte, se me revelaba un conjunto de no menores
    atractivos. Yo descubria aun el Chipicani, el Tacora, y todas las
    montañas del llano occidental, que acababa de trasponer, y sobre las que
    mi vista se habia tantas veces detenido durante los tres dias de mi
    tránsito por la cordillera.

    Bajé al llano Boliviano, situado aun á la altura de cuatro mil varas
    sobre el nivel del mar, y que es la parte mas poblada de la república.
    Llegué á la ciudad de La-Paz, la antigua Choquehapu (campo de oro),
    nombre que, por su abundancia de minas en este metal, le dieron los
    Aymaraes. Este valle favorecido por la proximidad de los Yungas, y que
    se encuentra á tres mil setecientas varas de elevacion, ostenta á un
    mismo tiempo en sus mercados todos los frutos de los paises frios, de
    los templados y de la zona tórrida. Escribí inmediatamente al gobierno,
    remitiéndole mis cartas de recomendacion. En respuesta me ofreció él su
    proteccion, y fondos si los necesitaba, proponiéndome ademas un oficial
    del ejército y dos jóvenes para acompañarme. No queriendo abusar de tan
    generosas ofertas, acepté, con la mayor gratitud, solamente los dos
    últimos, así como las facilidades de trasporte por toda la república; y
    desde aquel instante, me consideré ya seguro de poder recorrer con fruto
    esta bella y rica parte del continente americano.

    Impaciente por ver la provincia de Yungas, de la que se me decian tantas
    maravillas, dirijíme á Palca, y una vez puesto sobre la cumbre de la
    cordillera oriental, me sentí deslumbrado de tal manera por la magestad
    del conjunto, que desde luego no vi sinó la extension inmensa, sin poder
    darme cuenta de los detalles. Ya no era una montaña nevada la que yo
    creia asir, ya no era un dilatado llano, sin nubes como sin vegetacion
    activa…. Todo era aquí distinto. Volviéndome hácia el lado de La-Paz
    aun vela las áridas montañas y ese cielo siempre puro, característico de
    las elevadas planicies. Por todas partes, al nivel en que me hallaba,
    alturas vestidas de hielo y de nieve; mas qué contraste por el lado de
    los Yungas! Hasta quinientas ó seiscientas varas debajo de mí, montañas
    entapizadas de verde terciopelo, y que parecian reflejarse en un cielo
    transparente y sereno á esta altura, una cenefa de nubes blancas, que
    representaban un vasto mar azotando los flancos de las montañas, y por
    sobre las cuales se desprendian los picos mas elevados, figurando
    islotes. Cuando las nubes se entreabrian, yo descubria á una
    inconmensurable profundidad debajo de esta zona, límite de la vegetacion
    activa, el verdor azulado oscuro de las vírgenes selvas, que guarnecen
    por todas partes un terreno tan accidentado. Lleno de regocijo al verme
    rodeado de una naturaleza, tan diferente de la que me habian presentado
    la vertiente occidental y los llanos de la cordillera, quise, ántes de
    ocultarme bajo esta bóveda de nubes, vagar libremente algunos instantes
    por sobre la region del trueno.

    Visité sucesivamente Yanacachi, Chupi, Chulumani, Irupana, etc., pasando
    alternativamente del lecho de los rios á la cumbre de las montañas. La
    pomposa vegetacion del Rio Janeiro se vé reproducida en estos sitios,
    pero con mas esplendor; una caliente humedad fomenta en ellos, hasta
    sobre las mas escarpadas rocas, plantas prodigiosas. Despues de haber
    estudiado detalladamente esta provincia, tan abundante en producciones,
    seguí por la misma vertiente occidental, recorriendo el terreno
    desigual, pero rico en minas de plata, de las provincias de Sicasica y
    de Ayupaya, pasando por Cajuata, Suri, Inquisivi, Cavari y Palca hasta
    trepar nuevamente la cordillera oriental, de donde cayeron de repente
    mis miradas, á algunos millares de piés, sobre los ricos valles de
    Cochabamba y de Clisa. Qué singular contraste aquel con el de los riscos
    donde me encontraba! Era la imágen del caos al lado de la mas grande
    tranquilidad: era la naturaleza triste y silenciosa en presencia de la
    vida mas animada. Yo veia pues, en medio de áridas colinas, dos
    extendidos llanos cultivados y guarnecidos por todas partes de casuchas
    y bosquecillos, entre los que se distinguian gran número de aldeas, y
    una grande ciudad á la que hacian sobresalir sus edificios como á una
    reina en medio de sus vasallos. Nada puede efectivamente compararse á la
    sensacion que produce el aspecto de esas llanuras, cubiertas de
    caseríos, de plantaciones y de cultura, circunscriptas por una
    naturaleza montañosa y estéril, que se extiende á mas de treinta leguas
    á la redonda perdiéndose confusa en el horizonte. Se creeria ver allí la
    tierra prometida en el seno del desierto. Si habia yo probado ántes
    vivísimas impresiones en presencia de las bellezas salvages de esa
    naturaleza grandiosa del llano Boliviano, y de la cordillera oriental,
    en donde la vida no entra para nada en el conjunto, pues que nada se
    encuentra allí de lo que respecta al hombre, cuánto mayores no serian
    ellas, al descubrir yo estos lugares animados, estas llanuras sembradas
    de edificios, esos campos ricos y abundosos que despertaban en mi mente
    la imágen de mi patria!

    Cochabamba y sus cercanías fueron por algun tiempo el teatro de mis
    investigaciones; prosiguiendo luego mi marcha hácia el este, traspuse
    cien leguas de montañas bastante áridas, pero cortadas por fértiles y
    profundos valles. Durante este viage reconocí sucesivamente las
    provincias de Clisa, de Mizqué y del Valle-Grande, siguiendo por el
    camino de Punata, Pacona, Totora, Chaluani, Chilon, Pampa-Grande y
    Samaypata (el poyo del descanso), último punto habitado de las montañas,
    de donde solo distaban treinta leguas las fértiles pampas del centro
    continental. Pocos dias despues se descubria, de la cumbre de la cuesta
    de Petaca, el extendido horizonte de unos llanos calurosos cubiertos de
    bosques, en cuyo centro se ve sentada la tranquila ciudad de
    Santa-Cruz-de-la-Sierra.

    El estudio de esta ciudad y de sus notables contornos ocupó mi atencion
    por algunos meses: pasados estos, me resolví á penetrar mas adentro en
    las tierras habitadas. Me encontraba ya como á trecientas leguas del
    mar; pero anhelando tambien conocer las poblaciones puramente indígenas,
    volví mi marcha al este, hácia la provincia de Chiquitos, atrevasando el
    _Monte-Grande_, cuya espesa frondosidad cubre una extension de mas de
    sesenta leguas, y en donde vanamente se buscarian otros huéspedes que
    los animales salvages.

    La provincia de Chiquitos, colocada en el centro del continente
    americano, tiene mas de diez y ocho mil leguas de superficie, y siendo
    muy fértil su terreno, pueden cultivarse en ella todos los frutos de los
    paises cálidos, al mismo tiempo que en las montañas de Santiago pudieran
    sembrarse trigos y plantarse la viña. Visité sucesivamente San-Javier,
    Concepcion, San-Miguel, Santa-Ana, San-Ignacio, San-Rafael, San-José y
    Santiago, y precisamente vine á encontrarme sobre esas montañas, en la
    primavera de aquellas regiones.

    En tanto que un sol abrasador tostaba las llanuras circunvecinas,
    algunas benéficas nubes, posándose sobre la cima de las montañas, habian
    operado un cambio total en el aspecto de la naturaleza. Los árboles se
    cubrian de un tierno follage y de diversidad de flores; la campiña
    desplegaba lujosamente sus primorosos ropages. En nada absolutamente
    pudiera compararse la bella estacion de Europa á un tal momento bajo las
    zonas tórridas. En Francia, por ejemplo, las hojas van brotando poco á
    poco, y el frio y la ausencia de dias hermosos se hacen frecuentemente
    sentir aun despues de bien entrada la primavera. En aquellos lugares,
    esta no es sino el cambio súbito de una decoracion. La naturaleza se
    halla muerta, inanimada; un cielo demasiado puro ilumina un campo triste
    y casi desolado; pero sobreviene un aguacero, y al punto, como por
    encanto, todas las cosas toman una vida nueva. Bastan pocos dias para
    esmaltar los prados de verdura y de flores olorosas, y revestir los
    árboles con esas hojas de un verde tierno, ó con las flores que las
    preceden, dando á cada uno de ellos un color vivo y uniforme. Si la
    campiña, ostentando su bella alfombra, embalsama el aire con los mas
    suaves perfumes, los bosques presentan otro carácter no ménos halagüeño
    de belleza y variedad. Aquí un árbol cargado de largos racimos purpúreos
    contrasta con las copas, ya celestes, ya del dorado mas puro; allá
    sobresale una cima blanca como la nieve junta al rosado mas tierno. Con
    cuánto regocijo trepaba yo por esas laderas, donde tan lindos vegetales
    se engalanaban, con sus joyeles, ó recorria los prados sin saber á que
    sitio dar la preferencia, pues que cada uno de ellos me ofrecia un
    encanto que le era particular, un tipo diferente. Confieso que nunca me
    habia sentido tan maravillado en presencia de las bellezas de ese suelo,
    cubierto por un dosel tan espléndido.

    Dejando muy luego el pueblecillo de Santiago, y atravesando bosques
    inmensos y el rio de Tucabaca, destinado probablemente á suministrar
    ricas minas de oro, llegué á Santo-Corazon, que es el punto mas oriental
    de los lugares habitados de la república. Santo-Corazon era
    efectivamente por aquella parte el extremo del mundo, pues que nadie
    podia entónces pasar mas adelante. Así pues, calculando las grandísimas
    ventajas que resultarian de la navegacion del Paraguay para el tráfico
    comercial y para la civilizacion de la provincia de Chiquitos, y
    anhelando ser el primer instrumento de esta gigantesca empresa, recogí
    todos los datos posibles de los indígenas acostumbrados á recorrer las
    florestas, é hice abrir un camino hácia las ruinas del antiguo
    Santo-Corazon, en donde corre el Rio Oxuquis, formado de los rios
    San-Rafael y Tucabaca, llegando á cerciorarme que los altos ribazos de
    esta corriente podrian proporcionar, en todas estaciones, un puerto
    cómodo y situado á muy poca distancia del Rio Paraguay, en el cual
    desemboca un poco mas arriba del fuerte de la Nueva-Coimbra. En 1831
    comuniqué estos importantes datos al gobierno de Bolivia, haciéndole ver
    el cambio favorable que, para aquella provincia y para toda la
    república, resultaria de una nueva via de comunicacion, por el Rio de la
    Plata, con el Oceano atlántico.

    Deseoso de recorrer otro punto de Chiquitos, atravesando bellas selvas
    me puse en la mision de San-Juan, y retorné en seguida á San-Javier, de
    donde me aparté diciendo tambien adios á la provincia, al cabo de seis
    meses que me habia dedicado á su estudio.

    En medio de las inmensas y sombrías selvas que separan las vastas
    provincias de Chiquitos y de Moxos, y en un espacioso recinto, que se
    halla indicado en nuestros mejores mapas como desconocido, corre un rio
    tambien ignorado aunque navegable: este rio es el San-Miguel. Sus
    orillas cubiertas de una vegetacion tan lujosa como activa, están
    habitadas por una nacion muy notable; tales son los Guarayos, que
    realizan en América, por su franca hospitalidad y por sus costumbres
    sencillas y enteramente primitivas, el poético ensueño de la edad de
    oro. Entre estos hombres de la simple naturaleza, á quienes jamas
    atormentó la envidia, el robo, esta plaga moral de las civilizaciones
    mas groseras como de las mas refinadas, tampoco es conocido. Si algunas
    veces habia yo suspirado viendo yacer en el abandono campos magníficos,
    miéntras que en Europa tantísimos infelices labradores perecen de
    miseria, cuánto mas agudo no debió ser mi sentimiento en presencia de
    aquellos lugares, los mas abundosos que yo habia encontrado hasta
    entónces, y en donde una naturaleza tan prodigiosa, y de un lujo de
    vegetacion extraordinario, parece estar pidiendo brazos que vengan á
    utilizarlos por medio del cultivo productor!

    Al dejar el pais de los Guarayos, me embarqué y anduve ocho dias bogando
    sobre las aguas del San-Miguel, cuyas márgenes se ven cubiertas ya de
    altos bambúes ya de palmas motacúes. El rio se halla bien encajonado por
    todas partes; así es que las embarcaciones de todo tamaño pueden navegar
    allí fácilmente en todo tiempo. De este modo me puse en la mision del
    Cármen de Moxos, y visité esta vasta provincia, donde, sobre una
    superficie de trece á catorce mil leguas, treinta y tres rios navegables
    estan ofreciendo al comercio y á la industria vias ya trazadas en medio
    de una sola llanura, que da orígen á todas las grandes corrientes
    meridionales, tributarias del famoso Rio de las Amazonas. Viven allí,
    divididos en diez naciones diferentes y que hablan distintas lenguas,
    unos pueblos, todos ellos dedicados á la navegacion, y que conocen
    perfectamente las mas pequeñas vueltas y revueltas de esos canales
    naturales, diariamente cruzados por ellos en canoas hechas de un solo
    tronco de árbol, el cual es ahuecado á fuerza de hierro y de fuego.

    Navegando por el Rio Blanco y el Rio Itonama, y atravesando sobre una
    canoa llanos inundados, hasta llegar al Rio Machupo, pude visitar
    sucesivamente Concepcion, Magdalena, San-Ramon y San-Joaquin, restos del
    esplendor pasado de los jesuitas.

    Cerca del último punto encontré unas minas de hierro, las que abrazando
    un espacio de dos leguas, han sido colocadas por la naturaleza como
    para facilitar su laboreo y dar vida á aquellas regiones, no léjos del
    rio, é inmediatas á grandísimos bosques.

    Bajé por el Machupo hasta el Itonama, su confluente, y desemboqué luego
    en el Guaporé ó Iténes, por el cual suben los Brasileros desde el Rio de
    las Amazonas hasta Mato-Groso, llevando en sus _gariteas_ las mercancias
    procedentes de Europa. Encontré efectivamente dos de esas barcas en el
    _Forte-do-principe-de-Beira,_ donde hay una guarnicion brasilera. Tiene
    el Guaporé en este punto mas de media legua de ancho; sus aguas corren
    magestuosamente en medio de bellas márgenes y por entre islas
    guarnecidas de árboles muy pintorescos. Descendiendo por él, yo
    comparaba mentalmente esos desiertos, hoy dia tristes y silenciosos, con
    lo que llegarán á ser cuando una poblacion industriosa venga á animarlos
    y á sacar un provecho de sus dones, y cuando el comercio con los
    Europeos, puesto en plena actividad, cubra esas aguas de barcos de vapor
    destinados á llevarles la abundancia y la vida intelectual.

    Llegué finalmente á la confluencia de los rios Guaporé y Mamoré, y
    colocado en la punta misma del ángulo formado por la reunion de los dos
    mas grandes rios de aquellas regiones, yo abrazaba de una sola ojeada
    las corrientes de uno y otro. Existe entre ámbos el mas prodigioso
    contraste. A un lado, presenta el Guaporé el símbolo de la quietud:
    bosques sombríos se extienden hasta el borde de sus cristalinas aguas,
    las que corren con lentitud y magestad: al otro, me ofrecia el Mamoré la
    imágen del caos y de la instabilidad de las cosas. Sus rojas aguas,
    sumamente agitadas, arrastraban, borbollando, innumerables trozos de
    vegetacion, y hasta troncos gigantescos, arrancados violentamente á los
    ribazos por la corriente. Nada hay estable sobre su paso. Si una de sus
    riberas está cubierta de terromoteros casi desnudos de vegetacion, y en
    donde crecen algunas plantas anuales, la otra, pertrechada de barrancas
    arenosas, se desmorona de tiempo en tiempo minada constantemente por las
    aguas, arrastrando en su caida árboles que cuentan siglos, por lo que se
    ven las ensenadas llenas de troncos, que las crecientes estraordinarias
    han ido amontonando.

    El Mamoré, tan ancho como el Guaporé, me enseñó sobre sus riberas y
    sobre las de sus tributarios, en el curso de una navegacion como de cien
    leguas, las hermosas misiones de la Exaltacion, de Santa-Ana, de
    San-Xavier, de la Trinidad y de Loreto.

    Las comunicaciones que existian entre Cochabamba y Moxos eran largas, y
    sobre todo muy arriesgadas, siendo esto un grandísimo obstáculo para el
    comercio establecido entre ámbos puntos. Así pues me propuse buscar,
    para obiar tales inconvenientes, un camino mas abreviado, ó una via de
    navegacion por en medio de selvas y montañas, persuadido de que con esto
    haria yo á Bolivia un servicio capaz de dar á su gobierno un testimonio
    de mi gratitud, por las muchas favores de que le era justamente deudor.

    Un poco mas al sud de la Trinidad, habia yo notado sobre la orilla
    occidental del Mamoré la embocadura del Rio Securi, no marcado en los
    mapas, y cuyo curso hasta en el mismo pais era desconocido. Este
    caudaloso rio, que viene mas directamente de las montañas del este de
    Cochabamba, debia ayudarme á poner en práctica mi proyecto; mas quise
    ante todo asegurarme por mí mismo, de si no eran exageradas las
    dificultades de la comunicacion existente hasta entónces.

    Abandoné en efecto los llanos abrasadores de la provincia de Moxos,
    inundados una parte del año; y embarcándome en una canoa, ayudado por
    los indios Cayuvavas, los mejores remeros de la comarca, subí por el rio
    Mamoré hasta su confluencia con el Chaparé, y por este, en seguida,
    hasta su union con el Rio Coni. Finalmente, á los quince dias de una
    penosa navegacion, durante los cuales no habia yo visto otra cosa sinó
    bosques, y la pequeña parte de cielo correspondiente al profundo surco
    abierto por los rios en medio de ese oceano de perenne verdor, vine á
    encontrarme con la nacion de los Yuracarees, al pié de las últimas
    faldas de la cordillera oriental.

    Las florestas vírgenes del Brasil, que con tanta perfeccion y gracia ha
    trasladado al lienzo el pincel de uno de los mejores artistas franceses,
    en nada se parecen á las de los lugares donde yo me hallaba. En estos,
    ayudada la naturaleza por un temperamento cálido y constantemente
    húmedo, ha tomado un desarrollo tal, que no hay cosa que pueda
    comparársele. El todo de la vegetacion cuenta allí cuatro ánditos
    diferentes. Arboles de ochenta á cien varas de elevacion forman una
    perpetua bóveda de verdura, frecuentemente esmaltada con los mas vivos
    colores ya de las flores purpurinas, de que algunos árboles se hallan
    enteramente revestidos, ya de las enredaderas, que caen como cabelleras
    hasta el suelo. Allí es donde infinitas especies de higueras, de
    nogales, y de moreras se confunden con una muchedumbre de árboles, cada
    uno de los cuales representa un verdadero jardin botánico por las
    plantas parásitas que los cubren. Debajo de este primer rango, y como
    protegidos por él, se elevan á la altura de veinte á treinta varas los
    troncos delgados y derechos de las palmeras, cubiertas de un follage muy
    vario en sus formas, y de racimos de flores ó de frutos que cortejan á
    porfía los pájaros mas bellos. Mas abajo, todavía, crecen, como de tres
    á cuatro varas de alto, otras palmas algo mas delgadas que las primeras,
    y á las que el menor soplo de viento echaria por tierra; pero los
    aquilones solo agitan la cima de los gigantes de la vegetacion, los que
    rara vez permiten que algunos rayos de sol puedan llegar basta el suelo,
    el cual se halla tambien adornado con las plantas mas variadas,
    miscelánea de helechos elegantes á hojas recortadas, de pequeñas palmas
    con hojas enteras, y sobre todo de marrubios de una levedad y delicadeza
    extraordinarias. No se halla un tropiezo debajo de esta sombra perpetua,
    pudiendo uno recorrer todos los puntos sin ser molestado por los espinos
    y las zarzas. ¿A quién le fuera dado pintar este admirable espectáculo,
    y exprimir las sensaciones que él infunde? El viagero se siente
    transportado, su imaginacion se exalta; pero, si despertando de su
    arrobamiento desciende dentro de sí mismo, y osa medirse en cotejo con
    una creacion tan imponente, cuán nulo y exiguo se encuentra! ¡Y cuánto
    entónces, por la conciencia de su pequeñez y de su debilidad en
    presencia de tamañas grandezas, viene á desmayar su orgullo!

    Dejando estas bellísimas comarcas, dí principio á mi ascension sobre las
    montañas por entre mil precipicios, y á medida que me levantaba, veia
    cambiar rápidamente á la naturaleza de forma y de aspecto. Los árboles
    que se encumbraban hasta el cielo, las elegantes palmeras, y demas
    plantas arbóreas iban desapareciendo poco á poco: unos y otros eran
    reemplazados por los zarzales, luego por algunas plantas gramineas, y
    finalmente la nieve habia sucedido á los encantadores sitios de las
    regiones cálidas, que alborozan con su algazara mil pintados pajarillos.
    Tres dias despues de haber dejado la zona tórrida, pasaba la noche
    tendido sobre la nieve, en un punto que está casi al nivel del
    Monte-Blanco.

    Doce leguas de crestas enmarañadas, separadas por gargantas profundas,
    detienen frecuentemente al viagero en medio de sus riscos; y cuando cae
    la nieve en abundancia por la noche y llega á encubrir los desfiladeros,
    es necesario aguardar á que el sol de algunos dias serenos la derrita
    para ver despejados los senderos que, aun entónces, solamente en fuerza
    de la habitud pueden encontrar los guias. La famosa gruta de
    _Palta-Cueva_, colocada entre dos crestas que era preciso traspasar,
    manifiesta bastante, por las osamentas de mulas que se ven por todas
    partes en sus alrededores, lo peligroso que es el detenerse en ellos;
    peligro difícil de evitarse por lo muy largo del tránsito y por lo
    escabroso del camino. Palpando pues los daños á que se expone el
    negociante, aventurándose á pasar, para transportarse á Moxos, por un
    tal camino, el solo conocido á no ser que se anden como trescientas
    leguas tocando de paso en Santa-Cruz-de-la-Sierra, formé seriamente el
    proyecto de buscar nuevas y ménos arriesgadas comunicaciones.

    Bajé rápidamente á los valles de la vertiente meridional, y atravesando
    las lugares habitados por los indios Quichuas, me puse en la ciudad de
    Cochabamba, donde á la sazon se hallaba el gobierno, al que presenté el
    proyecto que acababa de concebir. Aprobó el plan que me habia yo
    propuesto, haciéndome sin embargo entrever las dificultades que habria
    que allanar, y los peligros á que yo me exponia en el corazon de
    regiones desconocidas, en donde tendria que luchar á la vez con los
    obstáculos de la naturaleza y con las naciones salvages. Pero inflexible
    en mi determinacion, y hechos mis preparativos, emprendí un mes despues
    este viage de descubrimiento.

    El 2 de julio de 1832 salí de Cochabamba, dejando otra vez la
    civilizacion de un pueblo para aventurarme nuevamente en el seno de los
    desiertos, donde debia encontrarme solo conmigo mismo. Me acompañaban en
    esta expedicion, mandados por el gobierno, un religioso encargado de
    convertir á la fe cristiana á los salvages que encontrásemos, y el señor
    Tudela, que debia seguir mis instrucciones para abrir el camino
    proyectado, y entenderse en quichua con los indios conductores de
    víveres.

    Subí por la cuesta de Tiquipaya y llegué á unas altas planicies de donde
    me encaminé, por un llano que ocupaba la cumbre de la cordillera
    oriental, hácia el punto culminante, que traspusé fácilmente, y comencé
    á bajar dirigiéndome al lugarejo de Tutulima. Yo habia pues pasado sin
    obstáculos la cordillera, y ya una de las dificultades de mi empresa
    quedaba allanada. Comparando este camino con el de Palta-Cueva y con
    todos los puntos de mi tránsito anterior, me pareció que, si podia
    continuar por tal senda hasta Moxos, esta nueva direccion reemplazaria á
    la otra, con la grande ventaja de no exponer á tantísimos peligros, ni
    al hombre ni á los animales.

    El 8, despues de muchas dificultades, nacidas de la mala voluntad de mis
    indios, dejé Tutulima, último punto habitado, para internarme en el
    desierto y pisar una tierra virgen todavía. Conociendo, que me seria
    imposible trepar por las escarpadas laderas, y que, con la variacion
    este de 8 grados 28 minutos, la quebrada de Tulima, dirijida al
    nornorueste de la brújula, me ofrecia un buen camino, me dirijí por él.
    Caminé durante seis dias consecutivos por la misma quebrada, variando mi
    direccion de norte á nornorueste, pero haciendo apénas cuatro leguas por
    dia. Aumentábanse los obstáculos á cada paso, y no teníamos ni el tiempo
    necesario ni los medios para allanarlos; era por tanto indispensable el
    vencerlos. Tan pronto el torrente se hallaba de tal suerte encajonado
    que nos veiamos forzados á trepar por las laderas y á andar de
    precipicio en precipicio; tan pronto el desagüe de nuevos rios venia á
    engrosar de tal modo ese mismo torrente, que teníamos que pasarlo y
    repasarlo, luchando contra la corriente mas impetuosa y metiéndonos en
    el agua hasta la cintura. Aquí, era preciso construir una balsa para
    atravesarlo, acullá, abrirse paso con hacha en mano por entre bosques
    enmarañados.

    Hasta entónces bien podia yo creerme sobre uno de los tributarios del
    Mamoré, y la direccion tomada era buena; mas de repente se presenta
    delante de nosotros una cadena de elevadas montañas, y el rio por el que
    seguíamos, recibiendo un otro curso de agua, que venia del estesudeste,
    dió vuelta bruscamente hácia el nornorueste. Creí pérdida toda
    esperanza; pues indudablemente aun debia ser este un tributario del
    Beni. Así es que al siguiente dia, determiné pasar la cordillera, y al
    cabo de una penosa jornada y de muchas detenciones forzadas, llegué al
    punto mas encumbrado de aquellas montañas; mas cuál fué mi desesperacion
    al encontrarme envuelto entre nubes, que nada de cuanto me rodeaba me
    dejaban ver! Mi única esperanza de suceso dependia de la eleccion que yo
    hiciese de una corriente de agua, la cual solo me era permitido
    reconocer desde la altura en que me hallaba: dejé que mi tropa se
    adelantase y me quedé esperando. Una hora de inquietud se me hizo un
    siglo y empezaba ya á desalentarme, cuando, por una dicha inesperada, se
    entreabrieron las nubes un momento, y se me reveló un horizonte inmenso:
    los últimos repechos de las montañas, como surcos irregulares cubiertos
    de árboles, bajaban serpenteando lentamente hácia un mar de verdura sin
    límites, el cual era formado por las florestas de la llanura, que
    contornean las montañas en un espacio de mas de cuarenta leguas. Seguia
    yo avidamente con la vista, lleno de ansiedad, la direccion de las
    profundas quebradas, buscando el punto de su reunion, para ver si
    hallaba en él una via de agua navegable. Un rayo del sol vino á
    revelármela, haciendo brillar á una apartada distancia, y en la
    direccion del norte 15 grados este, las sinuosidades de un rio en medio
    de la selva. Era este, como el puerto que aparece al navegante al cabo
    de una prolongada travesía; era el resultado de mis cálculos, el triunfo
    de mis ideas, un tributario en fin del Rio Securi, que yo habia dejado
    cerca de la Trinidad de Moxos.

    Por el espacio de dos dias continué, pero en descenso, por la cresta de
    las mismas montañas, bajo una bóveda perpetua de ramas entrelazadas que
    forman una masa de veredura impenetrable al sol, y llegué á la poblacion
    de los salvages Yuracarees, quienes me acogieron perfectamente en sus
    cabañas, manifestándose decididos á cooperar á mis proyectos. Partí con
    ellos luego, ántes que este celo se enfriase, y me interné en el corazon
    de la selva mas hermosa del mundo en busca de un árbol, que bastase él
    solo para construir una canoa. Mis salvages, que conocian uno por uno
    todos aquellos árboles, me llevaron en derechura hasta el mas grueso de
    ellos, cuyo tronco, de veinticinco piés de circunferencia, quizas habia
    visto pasar muchos siglos. A los golpes del hacha saltan luego sus
    astillas, pero al llegar la noche solamente, y á impulsos de un trabajo
    tenaz, cae por fin haciendo estremecer la tierra, derribando todo cuanto
    encuentra por delante, y empujando unos objetos á otros, lleva la
    destruccion á mas de doscientos pasos. Los golpes redoblados del hacha
    hicieron resonar el bosque durante siete dias consecutivos; dirigia yo
    entre tanto los trabajos de los indios y trabajaba á la par de ellos
    para animarlos con mi ejemplo, hasta que el soberano de los árboles de
    aquellos contornos se vió trasformado en una lancha bastante espaciosa.
    Hubo despues que allanar, por entre el bosque, los obstáculos que se
    oponian á su marcha, de cerca de un cuarto de legua, hasta lanzarlo
    sobre el rio; lo que se efectuó victoriosamente. Me felicitaba ya del
    buen éxito de mis deseos; pues que para llenar la mision que me habia yo
    impuesto, no me faltaba otra cosa que hacer sinó bogar hácia Moxos.

    Mis promesas determinaron á tres Yuracarees á seguirme hasta Moxos,
    sirviéndome de remeros; y sin mas provisiones que algunas yucas y otras
    raices, nos pusimos en marcha, abandonando las selvas. Las aguas estaban
    demasiado bajas y el rio lleno de saltos: en cuatro dias, solo pudimos
    andar tres leguas hasta la confluencia del rio Icho. Metidos siempre en
    el agua para arrastrar la canoa y casi descalsos, durante el dia éramos
    devorados por las picaduras ponzoñosas de los quejenes, á los que
    reemplazaban, por la noche, enjambres de mosquitos mas encarnizados
    todavía. Finalmente, en la confluencia en que los dos rios reunidos
    forman el rio Securi, siempre navegable, me fué preciso abandonar del
    todo los lugares habitados, y entregarme, casi falto de provisiones, á
    las contingencias de una navegacion cuyo término y obstáculos no me era
    dado prever; sobre todo acompañado de gentes inexpertas, que, por no
    saber guardar solamente el equilibrio, exponian á volcarse á cada paso
    nuestra débil embarcacion. La abundancia reinó desde luego, gracias á
    los buenos resultados de la pesca y de la caza; pero, á medida que
    adelantábamos, la selva se hallaba cada vez mas y mas desierta, y bien
    pronto nos vimos reducidos al pescado, sin sal, por todo alimento. En
    fin, despues de haber visto muchos rios considerables, todos ellos
    desconocidos, reunirse al que surcábamos, y al cabo de tres dias de una
    navegacion penosa, continuamente al rayo abrasador del sol, ó expuestos
    á las lluvias tan abundantes en las regiones calurosas, se presentó
    nuevamente delante de nosotros el Mamoré en toda su grandeza. Entónces
    me olvidé de los pasados sufrimientos. Me encontraba en Moxos, blanco de
    mis afanes, y á la mañana siguiente, despues de una ausencia de cuarenta
    dias, volvi á ver la capital de la provincia, donde apénas me
    reconocieron, tal era la alteracion que los trabajos habian causado en
    mi semblante.

    Trazado el plano de este último itinerario me daba ménos camino que por
    el Chaparé, y á mas, habia yo descubierto un tránsito no tan arriesgado
    como el de Palta-Cueva. Mis votos, en esta ocasion, se veian tambien
    cumplidos; y me era permitido ofrecer al gobierno de Bolivia, en la
    delineacion de una nueva via para sus transaciones comerciales, un
    presente digno de sus beneficios; sin creerme por esto exento de la
    imprescriptible obligacion de conservarle mi eterno reconocimiento.

    Terminadas pues mis investigaciones en la provincia de Moxos, me
    embarqué nuevamente y volvi á subir por el Mamoré hasta su confluencia
    con el rio Sara, y en seguida por este hasta su reunion con el rio
    Piray, el cual me condujo, al cabo de una molesta navegacion de quince
    dias, al puerto de los Cuatro-Ojos, situado á treita leguas de
    Santa-Cruz-de-la-Sierra. El 17 de noviembre de 1832, á los cincuenta
    dias de permanencia en esta ciudad hospitalaria, me separé de ella
    penetrado de reconocimiento por los muchos favores de que sus
    habitantes me habian colmado. Dirigíme de nuevo á las montañas, y
    trepando hasta Samaypata me encaminé á Chuquisaca, que distaba ciento
    catorce leguas. Visité de paso las bellas comarcas de Valle Grande,
    donde terminan los últimos ramales de la cordillera oriental, y bajé
    luego hácia el Rio Grande, que recibe todas las aguas de las provincias
    de Cochabamba, Mizqué, Arque, Chayanta, y de una parte de las de la
    Laguna y de Yamparaes en los departamentos de Cochabamba, de Potosí y de
    Chuquisaca. Atravesando las montañas y los fértiles valles de las
    provincias de la Laguna y de Yamparaes, y pasando sucesivamente por el
    Pescado, por Tomina, Tacopaya, Tarabuco y Yamparaes, llegué finalmente á
    la capital de Bolivia, antiguo asiento de la audiencia de Charcas, hoy
    dia residencia de una corte suprema y de una universidad. La ilustrada
    ciudad de Chuquisaca ó La-Plata, circundada de montañas y de campos
    cultivados, ofrece enteramente la misma temperatura de la Provenza, en
    Francia, y podria producir los mismos frutos.

    Dejando esta ciudad, atravesé el Cachimayo y el Pilcomayo, y bien pronto
    elevándome cada vez mas sobre las montañas llegué á Potosí, ciudad de
    riqueza proverbial; la que por el producto extraordinario de sus minas
    de plata, ha dado á la España una parte del lustre de que esta ha gozado
    durante los últimos siglos. Admiré en ella sus grandes lagunas
    artificiales, sus numerosos ingenios, su casa de moneda, y trepé luego
    sobre su cerro cribado de boca minas, de las que han salido tantísimos
    millares de pesos, sin que haya esto mejorado la condicion de los pobres
    indígenas, instrumentos indispensables de esos penosísimos laboreos. En
    la cumbre de este cerro, me hallé ochenta varas mas arriba del nivel del
    Monte-Blanco.

    Despues de haber escrupulosamente examinado los alrededores de Potosí,
    me dirigí á Taropaya, á Yocalla, y á la garganta de Tolapalca: en
    seguida bajé al profundo valle de Ancacato, que desemboca en el Lago de
    Pansa, y continuando por el valle de Cóndor-Apacheta, me encontré en
    unas llanuras espaciosas que me condujeron hasta Oruro, la segunda
    Potosí, cuyas minas, ricas tambien en otro tiempo, cesaron mas pronto de
    producir sus tesoros. La ciudad, bien decaida al presente, no suministra
    ya sinó metales de estaño, ó algun poco de oro arrancado, dirémos así, á
    sus vecinas montañas.

    Me encontré de nuevo sobre el llano Boliviano, la parte mas poblada de
    aquellos parages. Allí es en donde el cultivo de las papas, por una
    parte, y la cria de las llamas y de las alpacas por otra, han sido los
    elementos de esa gran sociedad, que dominada por los Incas, civilizó á
    todos los pueblos montaraces. En un viage que hice á la provincia de
    Carangas, vi por todas partes, en medio de unas colinas paralelas,
    abundantes en minas de cobre, los vestigios de la poblacion antigua:
    jamas habia yo encontrado tantas _pucaras_ (antiguas fortalezas), y
    tantos grupos de tumbas (_chulpas_) todavía en pié. Noté sobre todo las
    inmediatas al Crucero, cerca de Totora, y las de _Pataca-Chulpa_ (las
    cien tumbas) cerca de Huaillamarca.

    De regreso á Oruro, continué mi exploracion por el llano, y me encaminé
    por Caracollo, Sicasica y Calamarca hasta La Paz, de donde pasé á
    visitar Tiaguanaco, tan célebre por sus ruinas. Allí he visto edificios
    inmensos que testifican una civilizacion tal vez mas adelantada que la
    de los Incas, y que ciertamente debe serle anterior. Estos monumentos
    son notables, sobre todo, por las enormes dimensiones de los pedruscos
    tallados de que se compone su fábrica. En medio de una vasta llanura,
    donde se eleva un túmulo á mas de cuarenta varas, se ven, rodeados de
    pilastras colosales, los restos de algunos templos cuadrados mirando
    hácia el oriente, que tienen como ciento ochenta varas de frente á cada
    lado, y cuyos pórticos están cubiertos de bajos relieves chatos
    representando el sol, y el cóndor su mensagero: se advierten tambien
    allí, todavía, algunos fragmentos de estatuas gigantescas. Todos estos
    monumentos, colocados muy cerca de las orillas del famoso lago de
    Chucuito, cuna de Manco-Capac, son bien diferentes de los que se notan
    en las islas de Coati y de Titicaca, donde fueron estos últimos
    edificados por los Incas, despues que llegaron ellos á verse dueños, por
    la conquista, de los paises que habitaba la nacion Aimará, primera
    simiente de la civilizacion de los Andes.

    Habiendo recorrido con exámen los contornos del inmenso lago de
    Chucuito, que, situado á la altura de cuatro mil varas sobre el nivel
    del Oceano, se extiende á mas de treinta y tres leguas geográficas de
    largo sobre quince á veinte de ancho, presentando el aspecto de un
    pequeño mar, volví á pasar por la postrera vez la cordillera occidental,
    dirigiéndome al puerto de Arica. Mas de tres años habia yo pues
    empleado en la exploracion de la república de Bolivia, y me aparté de
    esa bella y rica parte del continente americano llevando conmigo, no
    solamente materiales inmensos y de todos géneros para hacerla conocer
    bajo sus diversos aspectos, sinó tambien el mas vivo agradecimiento
    hácia su gobierno y hácia sus habitantes, que me habian siempre colmado
    de civilidades, y dádome, junto con la hospitalidad, finas pruebas de
    estimacion.

    Despues de haber visitado los puertos de Islay y del Callao (Perú), me
    embarqué definitivamente en Valparaiso para pasar á Francia, en compañía
    de seis jóvenes bolivianos, nombrados por su gobierno para estudiar en
    Europa la metalurgia. Nos dimos á la vela en los primeros dias de
    octubre de 1833, y á principios de 1834 volví á ver mi patria despues de
    una ausencia de ocho años[1].

    [Nota 1: En la parte histórica de mi obra, _Voyage dans L'Amérique
    méridionale_, puede verse mi itinerario completo.]

    Pasé inmediatamente á París, en donde me apresuré á someter al juicio
    del Instituto un álbum de mas de quinientas planchas iluminadas, que
    habia yo dibujado en aquellos lugares, copiando de la misma naturaleza;
    gran número de manuscritos; é inmensas colecciones geológicas,
    zoológicas y botánicas. Se nombró una comision compuesta de los señores
    de Blainville, Geoffroy Saint-Hilaire, Adolphe Brongniart, Savary y
    Cordier, y el 21 de abril de 1834 presentó esta, sobre dichos
    materiales, una relacion de la que copiaré aquí algunos pasages.

    ZOOLOGIA.–_Relatores, los SS. de Blainville y Geoffroy_.

    «Por los detalles en que acabamos de entrar, detalles que habríamos
    podido doblar y triplicar, siendo tan copiosos los materiales puestos á
    nuestra disposicion, la Academia habrá visto sin duda que las
    observaciones zoológicas del señor de Orbigny, ya redactadas en parte y
    frecuentemente acompañadas de figuras iluminadas, copiadas de lo
    viviente, así como las colecciones de animales en apoyo, deben llenar
    muchos vacíos que habia en nuestra coleccion; lo que adelantará
    notablemente la zoologia de muchos puntos de Sud-América, muy mal
    conocidos hasta el presente, como la Patagonia, las provincias del
    Paraguay y las del alto Perú.

    «Reconocemos que el señor de Orbigny ha tenido un acierto completo en
    los espaciosos límites de su mision, de una manera tan importante para
    nuestras colecciones como para la ciencia misma.»

    BOTÁNICA.–_Relator, el Sr. Adolphe Brongniart_.

    «En fin, la tercera region que él ha explorado con un cuidado muy
    especial, comprende toda la república de Bolivia y algunos puntos del
    Perú; ella abraza, entre los grados 13 y 22 de latitud sud, una
    extension mayor que la de la Francia entera, y presenta las alturas mas
    variadas, desde el nivel del mar al oeste y las llanuras inundadas de la
    provincia de Moxos al este, hasta las cimas cubiertas de nieves
    perpetuas de la parte mas elevada de los Andes.

    «Tres años ha pasado en esta interesante comarca, la que ha recorrido
    por todas partes. En medio de las investigaciones de toda especie, á las
    que este laborioso viagero se habia entregado, ha podido hallar todavía
    el tiempo suficiente para recoger y preparar con cuidado mas de mil
    seicientas especies de plantas, de entre las cuales muchas serán de un
    grande interes para la ciencia.

    «Esa inmensa cordillera de montañas, que costea el gran oceano Pacífico,
    desde el cabo de Hornos hasta el istmo de Panamá, está bien léjos de
    haber sido estudiada en toda su extension con respecto á sus
    producciones naturales; Mutis, Ruiz y Pavon, Dombey, Haenke, y mas
    recientemente los señores de Humboldt y Bonpland han explorado su parte
    norte, desde Panamá hasta Lima, es decir, hasta los 12 grados de latitud
    sud. Por otra parte, Ruiz y Dombey antiguamente, y en los tiempos
    modernos el infortunado Bertero, muchos botánicos ingleses y alemanes, y
    nuestros compatriotas los señores de Urville, Lesson, Gaudichaud y Gay
    habian estudiado con cuidado las riquezas vegetales de Chile desde los
    30 hasta los 38 grados de latitud sud; pero todo el espacio comprendido
    entre los 12 y los 30 grados de latitud austral, no habia sido visitado
    por botánico alguno conocido. Es en esta parte sin embargo en donde se
    encuentran las alturas mas elevadas de la cordillera de los Andes; es en
    ella en donde las vastas planicies, vecinas al límite de las nieves
    perpetuas, se extienden sobre una grande superficie. Es de esta region,
    casi desconocida para los naturalistas, que el señor de Orbigny ha
    visitado una grandísima parte, comprendida entre los 12 y los 22 grados
    de latitud. Mas él no se ha limitado á recorrer solamente esa cadena de
    montañas tan notable por sus producciones vegetales, ha estudiado
    igualmente la vegetacion de las partes bajas y abrasadoras que se
    extienden hasta las fronteras del Brasil; y si sus investigaciones sobre
    otros ramos de historia natural no le han permitido, como nos lo dice él
    mismo, recoger todas las innumerables plantas que encontraba en esos
    parages, mas de mil seiscientas especies distintas, colectadas de un
    modo muy inteligente en los sitios que podian presentar mayor interes á
    la geografía botánica, testifican á un mismo tiempo su celo activo para
    todos los puntos de las ciencias, y el tino que lo guiaba en aquellas de
    que él no habia hecho un estudio especial.

    «Muchas plantas recogidas, sea en las provincias centrales ó sobre las
    cordilleras, son evidentemente nuevas; y aunque seria preciso entrar en
    un exámen mas escrupuloso que el nuestro para fijar el número con
    exactitud, pueden contarse, sin riesgo de mucho engaño, mas de
    trescientas ó cuatrocientas especies totalmente desconocidas, que ha
    recogido en esta parte de su viage; y todas, nuevas ó ya conocidas,
    serán de un grande interes para la geografía botánica, suministrando un
    eslabon que faltaba para unir la vegetacion de Chile con la del Perú y
    con la de Colombia.

    «Lo que da todavía mas valor á estos objetos, son las notas precisas
    sobre las localidades, las alturas y los carácteres fugitivos de todas
    esas plantas que ofrecen los catálogos del señor de Orbigny. Estas notas
    y la atencion escrupulosa con la cual se ve que, en los lugares
    importantes, este celoso viagero ha recogido las especies mas pequeñas y
    ménos aparentes, prueban que el señor de Orbigny, aunque no habiéndose
    ocupado especialmente de botánica, no era estrangero á esta ciencia.
    Pero réstame señalar un verdadero trabajo científico, emprendido y
    continuado por este naturalista con una perseverencia y un talento que
    merecen los mayores elogios: quiero hablar de sus investigaciones sobre
    las palmeras.

    «La imposibilidad de conservar como corresponde en herbario, á manera de
    las otras plantas, esos inmensos vegetales, habia hecho, hasta estos
    últimos tiempos, que su conocimiento fuese imperfecto; solamente los
    frutos de algunos de ellos se registraban en nuestras colecciones, y
    habian podido ser estudiados por nuestros botánicos. Para formarse una
    idea de sus otras calidades era necesario recurrir á las obras de
    algunos antiguos naturalistas, que habian dibujado estos árboles,
    tomando copia de la naturaleza, tales como Rumphius, Rheede, Plumier:
    estas nociones eran bien imperfectas á causa del poco adelanto de la
    botánica en la época en que esas obras se ejecutaron.

    «Se ha dado un gran paso en estos últimos tiempos con la publicacion de
    la magnífica obra del señor Martius sobre las palmeras del Brasil; pero
    esta obra apénas estaba publicada y aun no existia en Francia cuando
    partió el señor de Orbigny. Muchos botánicos le aconsejaron que diese
    toda su atencion al estudio de esta hermosa familia, y que aprovechase
    de sus talentos en el dibujo y de su habilidad en imitar la naturaleza
    con una rara exactitud, para traer á Europa los materiales mas completos
    que le fuese posible recoger, durante su largo viage, para una historia
    sobre las diversas especies de esta hermosa familia.

    «Nuestra esperanza á este respecto ha sido mas que colmada, y una serie
    de dibujos de cuarenta y ocho especies de palmeras, representadas, no
    solamente en entero para hacer conocer su porte, la forma de sus troncos
    y la disposicion de sus hojas, sinó tambien en los menores detalles de
    sus flores y de sus frutos, son unos materiales importantísimos; si se
    considera sobre todo que estos dibujos están acompañados, para todas las
    especies, de una description muy detallada hecha en los mismos lugares,
    y de notas sobre su uso y su distribucion geográfica; y para la mayor
    parte de entre ellas, de porcion de tallos, de hojas secas, de frutos y
    de flores que ayudarán á verificar y completar lo que los detalles de
    los dibujos del señor de Orbigny dejasen por desear. Mas zoologista que
    botánico, en medio de investigaciones y observaciones de toda especie,
    este sabio viagero ha hecho lo que muchos botánicos habian descuidado,
    por la dificultad que presenta el estudio de estos vegetales tan
    notables. Merced al señor de Orbigny las palmeras de Bolivia son mejor
    conocidas que las de la Guayana.

    «Por todo lo que precede se ve que las colecciones botánicas del señor
    de Orbigny, junto con las notas y los dibujos, que las acompañan pueden
    extender muchísimo nuestros conocimientos sobre la vegetacion de la
    América meridional. Permítasenos, al concluir, manifestar un deseo que
    sentimos vivamente: este es de que no se dejen tan preciosos materiales
    guardados por largos años en las colecciones públicas, ó en los
    cartapacios del autor, para publicarse luego por fragmentos que les
    quitarian todo el interes del conjunto geográfico.

    «Cuando se ve que las bellas colecciones, hechas antiguamente por
    Commerson y por Dombey en paises vecinos á los visitados por el señor de
    Orbigny, están todavía en gran parte inéditas, y que algunas porciones
    solamente han sido descriptas en veinte obras diferentes, no es nada
    estraño el temor que manifestamos.

    «Si se reflexiona, por otra parte, en la suerte que cabe al mayor número
    de jóvenes doctos á quienes la pasion por el estudio de la naturaleza
    arrastra á esos viages peligrosos; si se recuerda que en diez y ocho
    años corridos desde que la paz general ha vuelto á abrir los mares,
    sobre ocho viajeros naturalistas del Museo de historia natural que han
    emprendido largas espediciones, cinco, Godefroy, Havet, Plée, Duvaucel,
    y ha muy poco todavía, el infortunado Jacquemont, han perecido léjos de
    su patria; que Lalande y Leschenault sucumbieron al cabo de pocos años á
    las enfermedades contraidas en sus penosísimos y largos viages, y que
    por tanto el señor de Orbigny es acaso el único, entre los que han
    vuelto á Francia con sus colecciones, que tiene la posibilidad de hacer
    conocer por si mismo los resultados de sus investigaciones, se convendrá
    en que es muy justo esforzarse, cuanto sea posible, para hacerle gozar
    de la recompensa mas dulce que él debe esperar despues de tan larga
    peregrinacion; tal es la publicacion de materiales conseguidos á costa
    de tantos riesgos y fatigas; sobre todo, cuando una profunda y vasta
    instruccion de parte del viagero anuncia de antemano toda la utilidad
    que las ciencias habrán de sacar de tan importante trabajo.»

    GEOGRAPHÍA.–_Relator, el señor Savari_.

    «Es bien raro que un naturalista viagero dé su atencion, con el mismo
    interes que á los objetos tan variados de sus estudios especiales, á un
    asunto de investigaciones no ménos útil, pero mas árido, la
    configuracion exacta y detallada de los parages que recorre. Es mas raro
    que este viagero extienda así voluntariamente el circulo de sus tareas,
    cuando sin preparacion, sin guia y casi sin instrumentos arrostra nuevas
    dificultades. Esto es lo que con un celo infatigable ha hecho el señor
    de Orbigny.

    «A la llegada de este señor á Bolivia da principio en cierto modo su
    segundo viage. La república de Bolivia, compuesta de la mayor parte del
    antiguo alto Perú, es un pais poco mas ó ménos igual á la Francia en
    superficie: pais notabilísimo bajo su aspecto geográfico. Un lago
    inmenso; grandes ciudades casi tan elevadas sobre el nivel del mar como
    la cima de las mas altas montañas de Europa; montañas que dominan este
    lago como el Monte-Blanco domina el Ródano y Ginebra; sobre esas
    montañas, ricas minas y las mas encumbradas de cuantas beneficia el
    hombre: de la otra parte de las cordilleras, vastas llanuras cruzadas
    por grandes rios, navegables en una extension de unas de doscientas
    leguas, y cuyas corrientes, poco conocidas hasta de los habitantes
    mismos, en nada se asemejan á las representaciones trazadas al acaso en
    nuestros mapas; un clima frio en la proximidad del ecuador: sobre una
    vertiente de las montañas, tempestades periódicas cada dia durante una
    parte del año, en el resto de él un cielo constantemente despejado;
    sobre la otra vertiente, una humedad perpetua; tal es el pais para la
    formacion de cuyo mapa detallado el señor de Orbihny ha recogido allí
    mismo los elementos minuciosos.

    «Estos elementos son reconocimientos ejecutados, para las direcciones,
    con ayuda de la brújula, para las distancias recorridas, con el relox en
    la mano. Las formas del terreno, dibujadas sobre una grande escala, han
    sido hechas á pincel con un talento admirable. No trepido en comparar
    estos reconocimientos con lo que el depósito de la guerra posee de
    mejor, en este genero, sobre muchos puntos de España.

    «Para dar, en cuanto á la configuracion del pais, una idea de las
    rectificaciones que, segun el señor de Orbigny, requieren los mapas
    actuales mas desparramados, bastará citar la posicion de una grande
    ciudad (La Paz) trasportada de un lado de la cordillera principal sobre
    el lado opuesto. Esto es lo mismo, poco mas ó ménos, que si un mapa de
    Europa presentase á Turin sobre la vertiente de los Alpes que mira á la
    Francia.

    «Un asunto de investigaciones, que toca ménos directamente á la Academia
    de ciencias, pero que será siempre de un interes general, esto es, el
    estudio de las lenguas y de las antigüedades del pais, ha dado
    resultados muy curiosos al señor de Orbigny: mas de treinta y seis
    vocabularios distintos; rastros de sistemas de numeracion, cuya base es
    unas veces el número cinco, otras el doce; singularidades sorprendentes
    y características, tales como una lengua hablada en una extension
    considerable del pais, y en la que cada objeto tiene dos nombres
    exclusivamente empleados, el uno por los hombres, el otro por las
    mugeres: todos estos datos, de los que muchos se ligarán tal vez á las
    conexiones y á las grandes emigraciones de los pueblos, darán
    probablemente mas realce á la narracion que debe esperarse del señor de
    Orbigny. La historia de las artes encontrará tambien en ella algunos
    documentos preciosos.

    «Volviendo al objeto especial de este informe, y para hacer apreciar en
    una palabra el trabajo que me ha sido sometido, diré que los materiales
    topográficos del señor de Orbigny unidos á las posiciones determinadas
    por el señor Pentland, harán que pueda construirse el mapa detallado de
    un pais, que es tan grande como la Francia, con una exactitud comparable
    á la de nuestros mapas de la España; yo expresaré el deseo de que las
    minutas de este trabajo, que acaso no volverá á ejecutarse jamas, sean
    conservadas en una de nuestras colecciones nacionales: el autor se
    encuentra en el caso de terminar la redaccion y el dibujo, de publicar
    en fin sobre una escala reducida, aunque bastante grande todavía, el
    mapa de las regiones que ha recorrido. Semejante publicacion seria
    ciertamente la mejor y mas propia demostracion de agradecimiento que la
    Francia dirigiese al gobierno de Bolivia, por la proteccion ilustrada
    que ha prestado este al señor de Orbigny, poniendo constantemente á su
    disposicion todo genero de recursos[1].»

    [Nota 1: Se nombró igualmente una comision en la Sociedad de geografía,
    la que segun el informe de sus comisarios, tuvo á bien acordarme, en
    1834, la medalla de oro del gran premio annual de 1832.]

    GEOLOGÍA.–_Relator, el señor Cordier_.

    «Los materiales geológicos presentados por el señor de Orbigny, se
    componen, de un itinerario detallado que encierra buen número de
    observaciones y de consideraciones generales; de un átlas de ocho hojas,
    mostrando por medio de recortes figurativos la disposicion de los
    terrenos; y de mas de seiscientas muestras de rocas, escogidas con
    dicernimiento y acompañadas de catálogos circunstanciados.

    «Estos materiales nos hacen conocer de una manera satisfactoria la
    constitucion de dos grandes regiones de la América meridional, cuya
    extension reunida es tres veces mayor que la de la Francia; y á mas, sus
    resultados puestos en combinacion con las observaciones anteriormente
    recogidas en esa parte del mundo por otros viageros, nos dan las
    probabilidades mas justas sobre la naturaleza, hasta entónces ignorada,
    de los terrenos de las otras regiones, que componen el interior de ese
    inmenso continente. Entrarémos en algunos detalles que justifiquen esta
    asercion….

    «Para apreciar los variados y numerosos resultados de las
    investigaciones del señor de Orbigny en las provincias de Bolivia, seria
    preciso seguirlo en sus itinerarios, sea cuando traspasaba por repetidas
    veces la doble cordillera de los Andes, sea cuando costeaba las
    montañas, que parten desde los Andes, atravesando casi sin interrupcion
    el interior de la América, para ir á reunirse con las del Brasil, sea
    cuando recorria las pampas de Moxos y de Madeira.

    «Puede juzgarse por lo que antecede, del alto interes que ofrecen las
    investigaciones geológicas del señor de Orbigny. Seria bien sensible que
    de tantos materiales preciosos, adquiridos á costa de tan grandes
    esfuerzos, de fatigas, perseverancia y sacrificios, no quedase otra cosa
    sinó una coleccion de fragmentos de rocas que existe depositada en el
    Museo. Es pues de desear que el señor de Orbigny redacte sus
    observaciones, para deleitar con ellas al mundo ilustrado, publicándolas
    junto con un mapa geológico que resuma los resultados mas importantes.»

    CONCLUSIONES GENERALES DE LOS CINCO COMISARIOS.

    «La Academia ha oido sucesivamente los informes, que los miembros de la
    comision estaban encargados de presentarle sobre los diferentes puntos
    de las investigaciones, á que se ha entregado el señor de Orbigny
    durante su apartada y laboriosa expedicion. Resta solo hacer conocer
    las conclusiones generales de la comision.

    «La comision tiene la honra de proponer á la Academia:

    «1° De expresar al señor de Orbigny su alta satisfaccion por el número y
    la importancia de los materiales y de las observaciones que ha traido de
    su viage;

    «2° De declarar que seria utilísimo para la ciencia el que los
    resultados de este viage se publicasen;

    «3° De decidir que ella contribuirá por su parte á fomentar y facilitar
    esta publicacion;

    «4° De enviar al señor ministro de la instruccion pública una copia del
    presente informe, manifestándole cuán importante seria que él tomase las
    medidas necesarias para facilitar dicha publicacion;

    «5° De llamar la atencion del señor ministro sobre los títulos, que
    tiene el gobierno de Bolivia, para ser acreedor al reconocimiento de
    todos los amigos de las ciencias, y particularmente al de los sabios
    franceses, por la proteccion tan ilustrada, tan generosa y eficaz que ha
    prestado al señor de Orbigny, durante su viage por los diferentes
    lugares que dependen de la república.»

    El señor ministro de la instruccion pública tuvo á bien acordar, por tan
    favorables informes, la publicacion de mi viage, principiada muy luego
    bajo los auspicios del señor Guizot.

    Me puse pues á trabajar con toda la actividad posible; pero me parecia
    que un complemento á mis estudios americanos era indispensable, para que
    mi obra fuese tan útil como yo lo deseaba. Me era necesario establecer,
    por una comparacion positiva, las conexiones ó las diferencias que
    podian existir entre la configuracion orográfica, la composicion
    geológica, y sobre todo las posibilidades agrícolas é industriales de
    las cordilleras de Bolivia, y nuestras montañas de los Pirineos y de los
    Alpes. Deseaba recorrer tambien, bajo estos mismos puntos de vista, los
    campos del norte, del oeste y sobre todo del mediodía de la Francia, á
    fin de poder señalar con conocimiento de hecho, al tratar de cada
    provincia americana, las mejoras que en ellas podrian introducirse. Bien
    se concibe que era preciso invertir mucho tiempo en investigaciones de
    esta especie, tanto mas cuanto que, sin ser ayudado en manera alguna á
    este respecto, debí imponerme toda clase de sacrificios para conseguir
    mi objeto. Finalmente á fuerza de perseverancia y armado de una firme
    voluntad, pude vencer poco á poco las dificultades, y estos viages de
    exploracion, hechos á mi costa, y reiterados en todos los puntos de
    Francia, en Saboya, en Suisa, en Alemania y en Bélgica, me han permitido
    el poder fijar mi juicio sobre una multitud de cuestiones, concernientes
    á la mejora de los paises que yo habia recorrido, y principalmente de
    Bolivia, á la que sobre todo deseaba ser útil, sin que ella soñase en la
    tarea penosa que me habia yo impuesto en su favor. Estos han sido los
    motivos que me han hecho suspender por tanto tiempo la publicacion de la
    narracion histórica de mi viage, relativa á las montañas bolivianas.
    Pero, á pesar de todos estos atrasos, mi obra[1] está ya para
    terminarse. Ella se compone de una serie de volúmenes que contienen:

    1° La parte histórica ó la narracion de mi viage;

    2° La geografía;

    3° La geología;

    4° La paleontología;

    5° El hombre americano;

    6° Los mamíferos;

    7° Las aves;

    8° Los peces;

    9° Los moluscos y los caracoles;

    10° Los crustáceos;

    11° Los insectos;

    12° Los foraminíferos;

    13° Los polipos;

    14° Las palmeras;

    16° Los criptógamos.

    [Nota 1: Historia intitulada _Voyage dans l'Amérique méridionale_ (le
    Brésil, la république orientale de l'Uruguay, la république Argentine,
    la Patagonie, la république du Chili, la république de Bolivia, et la
    république du Pérou.)]

    Tal era el estado de cosas relativo á mis publicaciones sobre el nuevo
    mundo, cuando S.E. el general don José Ballivian, presidente de Bolivia,
    animado del mas ardiente celo por el adelanto y la mejora de su bella
    patria, tuvo á bien acordarse de mí, encargándome de dar á luz una
    completa descripcion geográfica, estadística é histórica sobre aquella
    república. Honrado con esta nueva prueba de confianza de parte de un
    gobierno al que deseaba ser útil, acepté gustoso semejante tarea, á
    pesar de mis otros trabajos científicos, aprovechando esta ocasion, que
    yo anhelaba, para dar á Bolivia un testimonio público de mi gratitud,
    haciendo conocer su suelo, y las principales y mas útiles producciones
    de este, al mismo tiempo que el provecho que podria sacarse, conforme á
    nuestra industria y agricultura, de sus diversos modos de beneficio.
    Tenia pues la posibilidad de publicar muchísimos y muy preciosos
    documentos recogidos en mis exploraciones trasatlántica y Europea,
    diversidad de aplicaciones muy importantes para la industria local y
    para el comercio; todo lo cual, siendo de un interes demasiado especial
    para Bolivia, no me habria sido permitido imprimirlo en la obra general
    de mi viage.

    Al emprender esta particular, totalmente exenta de preocupaciones
    políticas, habré conseguido el objeto que me propongo, siempre que pueda
    cooperar á los nobles pensamientos de mejora y de progresos para
    Bolivia, que ocupan incesantemente á S.E. el general Ballivian, como
    tambien si alcanzo, con este largo trabajo, á dar á los Bolivianos una
    prueba de mi agradecimiento y de mi adhesion á todos.

    * * * * *

    PLAN DE LA OBRA.

    Una descripcion geográfica, estadística, é histórica de Bolivia puede
    considerarse de dos modos diferentes: ó debe darse principio á ella por
    la exposicion de las generalidades relativas al conjunto, entrando luego
    en los detalles parciales y peculiares á cada departamento y á cada
    provincia; ó seguir una marcha inversa, describiendo primeramente las
    especialidades, es decir, las provincias, para dar en seguida el
    resúmen por departamentos, y terminar la obra por consideraciones
    generales que pueden deducirse de todos los hechos particulares. Este
    segundo método de redaccion es el que adoptaré para mi trabajo, por ser
    mas apropiado que el anterior, así como tambien el mas lógico; pues que
    de deducciones en deducciones viene á resumir las circunstancias de
    hechos ya conocidos, agrupándolos para sacar las consecuencias.

    Adoptado este plan, trazaré primeramente la circunscripcion de un
    departamento; luego me ocuparé detalladamente de cada provincia dando á
    conocer su situacion geográfica en latitud y longitud, su extension en
    superficie, sus límites, su configuracion, sus accidentes orográficos;
    la direccion, la forma y la composicion geológica de sus montañas, las
    de sus valles y llanuras: haré despues una descripcion completa de los
    rios que la cruzan, de los lagos y pantanos que la cubren, de la
    naturaleza de sus terrenos y de su temperatura. Para completar mi
    cuadro, procuraré por último dibujar á grandes rasgos el conjunto de su
    fisonomía animal, vegetal y mineral, segun sus diversas regiones.

    Despues de dar á conocer el pais bajo el aspecto de sus caracteres
    naturales, principiaré la historia. La primera época contendrá, segun
    los primeros escritores y conforme á mis observaciones, los detalles
    sobre las naciones americanas que ántes de la conquista del nuevo mundo
    habitaban la provincia. Describiré sus límites antiguos, sus divisiones,
    sus emigraciones, sus costumbres, procurando escudriñar lo que respecta
    á la parte verdadera ó fabulosa de su historia y de su religion.

    Delineado este primer cuadro, pasaré á la historia de la conquista.
    Seguiré en sus excursiones á esos atrevidos y valerosos aventureros
    españoles, que sedientos del oro cruzaban el pais por todas partes,
    haciendo conocer á las hordas salvages, ó á pueblos medio civilizados,
    el poder de las armas europeas. Acompañaré tambien á los perseverantes
    apóstoles de la fe evangélica, que no temian arrostrar, con tal de
    conseguir el objeto de su mision religiosa, tantos peligros como á cada
    paso veian brotar bajo sus piés. Procuraré, á mas, dar una descripcion
    de esas nacientes colonias, señalando sus progresos, y su tránsito del
    yugo de la España á la independencia nacional: finalmente, atravesando
    todas las épocas y los diferentes grados de civilizacion, llegaré al
    estado actual, que merece un mas amplio desarollo.

    Habrá primero un capítulo que trate de la poblacion segun las divisiones
    políticas y las castas, y en el cual se dará una ligera reseña de los
    usos, de la manera de vivir de los habitantes, de sus diversiones, de
    sus costumbres en general y en particular. En seguida haré una
    descripcion de todos los lugares habitados, tratando de sus recursos, de
    su comercio, de las vias de comunicacion que unen á los unos con los
    otros. Considerando la provincia en su conjunto, me ocuparé de los
    productos de su industria actual, de las producciones naturales que
    podrian utilizarse en los reinos animal, vegetal y mineral.

    Otro capítulo indicará las mejoras agrícolas, industriales y comerciales
    de que cada provincia es susceptible, haciendo conocer en lo possible,
    por medio de la comparacion con las diferentes regiones de la Europa,
    qué procederes debieran aplicarse de preferencia á cada ramo, en los
    puntos de Bolivia que se asemejan mas á aquellas, á fin de aprovechar
    todos los recursos locales tan multiplicados, y en gran parte
    desconocidos hasta el presente. En estas últimas consideraciones, que
    son las mas importantes, analizaré la cuestion de las grandes vias de
    comunicacion, y la de los conductos para el tráfico comercial, dando el
    mas amplio detalle sobre la navegacion interior, y sobre la posibilidad
    de entablar una correspondencia directa entre Bolivia y la Europa, ya
    sea bajando por los rios Madeira y el de las Amazonas, ya sea por los
    rios Pilcomayo, Paraguay y el de La-Plata; abriendo así un manantial
    inagotable de riquezas tanto para Bolivia, como para el gobierno europeo
    que quisiere emprender esta obra gigantesca, tan digna de un siglo de
    progresos.

    Despues de haber hecho la descripcion sucesiva de todas las provincias,
    conformándome al órden que acabo de indicar, terminaré la obra por las
    generalidades de conjunto, que bajo los mismos puntos de vista abrazan
    toda la república. Este último resúmen comprenderá la historia y la
    geografía antigua de los Incas, cuya misteriosa cuna sobre las riberas
    del lago de Chucuito pertenece igualmente á Bolivia. Es en Tiaguanaco,
    entre la nacion Aymará, en donde se ha desarrollado desde luego la vida
    agrícola y pastoral, en donde las ideas sociales han germinado, en donde
    ha nacido el primer gobierno monárquico y religioso del Perú. Es tambien
    en Bolivia (en La-Paz) donde se dieron los primeros gritos de la
    libertad y de la independencia de Sud-América, el 16 de julio de 1809.

    ÓRDEN DE LA PUBLICACION.

    Dos circunstancias me determinan á empezar la descripcion de Bolivia por
    los departamentos del Beni y de Santa-Cruz-de-la-Sierra, ó diré mejor
    por las provincias interiores de Caupolican, de Yuracáres, de Moxos y de
    Chiquitos. Consiste la primera en que las provincias del centro del
    continente son las ménos conocidas por la masa de la poblacion
    boliviana, y en que es importantísimo para el gobierno como para
    los especuladores el saber las ventajas que ellas ofrecen, á los
    diversos géneros de beneficio ó á sus transaciones comerciales,
    independientemente del interes que inspira siempre al ciudadano amante
    de su patria, el conocimiento de una parte de su propio pais, que acaso
    nunca se verá en el caso de visitar. Confio en que se comprenderá
    igualmente el segundo motivo; él estriba sobre el deseo bastante natural
    que yo experimento, de hacer que la obra que he sido llamada á redactar,
    sea lo mas completa posible. Si me son familiares todos los
    detalles concernientes á las provincias de Moxos, Chiquitos,
    Santa-Cruz-de-la-Sierra y Yuracáres, estoy bien léjos de poseer todos
    los datos que yo quisiera sobre los departamentos de Chuquisaca, de
    La-Paz, de cochabamba, de Potosí, de Oruro y de Tarija. Doi pues
    principio á la obra por las provincias interiores esperanzado en que
    podré obtener, durante su publicacion, por la cooperacion activa de
    tantos hombres instruidos como posee Bolivia, el complemento
    indispensable de mis particulares observaciones.

    Con el objeto de dar á luz una obra mas completa, hago desde hoy un
    llamamiento general al patriotismo de los Bolivianos, pidiéndoles:

    1° Documentos antiguos ó modernos sobre la historia, consistiendo, ya en
    manuscritos, ya en notas que contengan los datos precisos de los cambios
    de gobierno bajo el régimen español, durante las guerras de la
    independencia, ó despues de la gloriosa batalla de Ayacucho.

    2° Indicaciones relativas á los antiguos restos de la civilizacion de
    los indígenas; todos los objetos de aquellos tiempos, como vasos, armas,
    ornamentos, etc. Sera preciso adjuntar algunas notas sobre el estado y
    demas circunstancias en que dichos objetos se hubieren recogido.

    3° Descripciones parciales ó generales de las provincias, ciudades y
    pueblos, y finalmente todos los datos pertenecientes á la geografía, á
    la estadística, á la agricultura y á los productos de las diferentes
    comarcas.

    4° Detalles especificados sobre todas las minas, ya beneficiadas ó por
    beneficiarse, de oro, plata, estaño, cobre, plomo, etc. Muestras de
    minerales, á fin de hacer los análisis químicos, y poder indicar, segun
    los actuales conocimientos metalúrgicos de la Europa, si deben aplicarse
    nuevos métodos para su laboreo. En fin, todos los documentos sobre la
    direccion y riqueza de las vetas, y sobre los productos antiguos y
    modernos de las minas.

    5° Me atrevo á reclamar aun, entre los objetos que pertenecen á los tres
    reinos, aquellos que pudieran presentar algun resultado útil, ó
    interesar á la curiosidad por su naturaleza, formas y colores.

    Cuidaré entre tanto durante el curso de la obra, de inscribir siempre en
    las correspondientes páginas, los nombres de todos aquellos que se
    hicieron acreedores al reconocimiento público, suministrándome cualquier
    clase de datos, ó objetos antiguos y de historia natural. A este
    respecto que desde ahora me sea permitido nombrar á Don Antonio Acosta,
    quien ha tenido la bondad de proporcionarme documentos muy preciosos
    sobre las provincias de Esquivel, de Muñecas, de Caupolican y sobre
    otros muchos puntos de la República.

    Ayudado pues por el generoso é ilustrado concurso de todos los
    Bolivianos amantes de su patria, no dudo que mis esfuerzos lleguen á
    verse coronados, haciendo que esta obra sobre Bolivia, sea un monumento
    nacional digno de la riqueza prodigiosa de esta bella parte del
    continente americano.

    * * * * *

    Teniendo que hacer uso de un idioma que no es el mio, debe prestarme su
    cooperacion en la parte literaria de este trabajo el joven Boliviano DON
    RICARDO BUSTAMANTE, cuya solicitud recomiendo muy particularmente á la
    consideracion de sus compatriotas, en atencion al noble deseo que lo
    anima de servir á su pais. DESCRIPCION GEOGRÁFICA, HISTÓRICA Y
    ESTADÍSTICA DE BOLIVIA

    DEPARTAMENTO DEL BENI[1].

    Hay casos en que la dependencia política de un pueblo influye
    considerablemente sobre la marcha progresiva de su civilizacion. Cuando
    Moxos, por egemplo, que dista mas de doscientas leguas de
    Santa-Cruz-de-la-Sierra, pertenecia al departamento de este nombre, no
    hay duda que estaba condenada á no poder salir de su condicion
    estacionaria; bastaba para ello la sola circunstancia de no comunicarse
    con otro punto sinó con su capital, lo cual hácia que, tanto sus
    necesidades, como la abundancia de sus recursos, fuesen totalmente
    ignoradas por el gobierno. Para cambiar este estado lamentable de cosas,
    para cortar los abusos y aplicar un remedio á tantos males, para
    utilizar, en fin, los cuantiosos bienes con que la naturaleza ha dotado
    á esta provincia, el general Don José Ballivian, presidente actual de la
    república, tomó el partido de formar de ella, bajo el nombre de Beni, un
    departamento separado, reuniéndola con los territorios de Caupolican y
    de Yuracáres.

    [Nota 1: _Beni_, significa viento, en la lengua tacana.]

    La creacion de este departamento, en 1842, es una de las numerosas
    medidas que anuncian la entrada del pais en la senda del progreso, al
    mismo tiempo que el celo ardiente, por el bien general, que anima á su
    actual gobierno.

    Acrecer el valor intrínseco de un pueblo, y realzarlo á sus propios ojos
    es darle ciertamente una existencia nueva, es infundirle el ánimo
    necesario para que pueda salir de su funesto adormecimiento, y
    encaminarse rápidamente hácia las mejoras de toda especie. Esperemos
    pues que semejantes previsiones no dejarán de cumplirse, y que estas
    tres comarcas, que se veian reducidas á un estado medio salvage,
    constituyendo hoy en dia el nuevo departamento del Beni, mudarán
    enteramente de condicion: yo, por mi parte, confio en ello tanto mas,
    cuanto que, por la próxima apertura de su navegacion con la Europa, por
    sus minas de hierro, y por mil otros recursos naturales que las
    caracterizan, estas tres provincias han de llegar á ser,
    indispensablemente, el centro de grandes especulaciones comerciales, y
    quizas el foco de industria mas considerable que tendrá Bolivia.

    El departamento del Beni encierra, en su circunscripcion, esa inmensa
    superficie de llanos y de montañas, que compone la estremidad norte de
    la república. Bajo una forma oblonga, esta superficie, que se dirige de
    nordeste á sudeste, viene á limitarse al oeste y al norueste en las
    provincias de Guancané y de Carabaya, pertenecientes al Perú; al norte,
    siguiendo los antiguos límites con el Brasil, en la reunion del rio Beni
    con el Mamoré, como á los 10 grados de latitud sud: sírvele en seguida
    de límite el curso del Mamoré hasta su confluencia con el Guaporé, como
    asimismo el rumbo de este, dirigiéndose hácia sus cabeceras, hasta el
    punto en que el rio Verde deposita en él sus aguas. Dejando la
    frontera del Brasil, el departamento se halla separado de la
    provincia de Chiquitos (comprendida siempre en el departamento de
    Santa-Cruz-de-la-Sierra) y tambien de la provincia de Santa-Cruz, por
    una línea ficticia, que atraviesa los lugares inhabitados de la parte
    sud y sudeste de las llanadas de Moxos.

    La vertiente de la cordillera oriental de las provincias del
    Valle-Grande y del departamento de Cochabamba lo limitan al sud y al
    sudeste, así como, mas adelante, el rio de los Mocetenes: finalmente,
    las montañas que están al norte de Muñecas lo separan de las provincias
    de Yungas y de Muñecas, pertenecientes al departamento de La-Paz[1].

    [Nota 1: Véase el mapa general de Bolivia.]

    Circunscripto pues, de la manera que acabamos de ver, el departamento
    del Beni, tiene una superficie oblonga como de veintiuna mil leguas
    cuadradas (de á veinticinco el grado de superficie) comprendidas entre
    los 64 y 73 grados de longitud occidental del meridiano de París, y
    entre los 10 y 16 de latitud sud. Esta superficie se compone, al este y
    al norte, de vastas llanuras bañadas por innumerables rios navegables,
    todos ellos tributarios del rio Madeira, y por consiguiente del rio de
    las Amazonas; y al oeste ó al sudoeste por las montañas de la vertiente
    oriental de las Cordilleras, montañas, que se ven siempre revestidas de
    la vegetacion mas prodigiosa del mundo.

    Este departamento se divide en tres provincias: la de Caupolican, que
    ocupa la raya norueste, en las montañas y los llanos que están al pié;
    el pais de Yuracáres, que no es sinó la continuacion meridional de las
    mismas montañas y llanuras; la de Moxos, en fin, que solo comprende la
    llanada del nordeste. Diferenciándose estas tres comarcas acerca de
    muchos puntos, quiero dar de ellas, por separado, una descripcion
    bastante detallada.

    DEPARTAMENTO DEL BENI

    PROVINCIA DE CAUPOLICAN[1].

    _Circunscripcion y estension._

    Como dejo dicho, la provincia de Caupolican ocupa la parte norueste del
    departamento comprendida entre los 10 y los 16 grados de latitud sud, y
    entre los 70 y 73 de longitud occidental del meridiano de París. Ella
    forma una superficie oblonga, dirigida de nornordeste á sudsudoeste, que
    tiene ciento veinte leguas marinas de largo, y sobre sesenta de ancho,
    tomado el término medio. Esta superficie es tambien, poco mas ó ménos,
    de seis mil doscientas cincuenta leguas cuadradas, de veinticinco el
    grado[2].

    [Nota 1: Los materiales, de que compongo la relacion concerniente á esta
    parte de la república, son debidos, primeramente á los preciosos é
    interesantes datos que me ha suministrado el señor don Antonio Acosta,
    quien ha recorrido la provincia como observador inteligente; 2° á un
    opúsculo manuscrito, sin nombre de autor é intulado _Descripcion de la
    provincia de Caupolican_, que encontré en La-Paz en 1833; 3° á otro de
    la misma condicion, cuyo título es _Adiciones por un ciudadano residente
    en Caupolican_; y finalmente á los datos que he podido recoger yo mismo.
    Pero el señor Acosta es ante todo acreedor al reconocimiento público,
    por los documentos muy positivos que me ha dado sobre la geografía, los
    cuales me han servido para rectificar y formar el plano de la provincia,
    contenido en el mapa general de Bolivia.]

    [Nota 2: El tamaño de las leguas de camino, en las montañas, es
    ordinariamente doble que el de las leguas marinas, y en los llanos, solo
    una tercera ó una cuarta parte mayor.]

    _Límites._

    Los límites de la provincia de Caupolican son: al sud, la cadena
    trasversal de montañas, que la separa de la provincia de Muñecas
    (departamento de La-Paz); al oeste y al sudoeste, la gran cordillera
    oriental, que la circunscribe netamente por la parte de las provincias
    de Guancané y de Carabaya (república del Perú); hácia el norte, ella no
    tiene otro límite, por el lado del Brasil y del Perú, que los inmensos
    desiertos todavía desconocidos, y habitados solamente por algunas tribus
    salvages; finalmente, el curso del rio Beni la limita al este por la
    parte de Moxos.

    _Montañas._

    La provincia de Caupolican es una de las mas curiosas bajo su aspecto
    orográfico. Su territorio empieza en esas nevadas y agudas cimas que
    forman, al oeste y sudoeste, la cordillera oriental. En efecto, esta
    imponente cadena de montañas, entre las que figuran las dos mas
    encumbradas de América, el Illimani y el _Ancco-unca_ ó Nevado de
    Sorata[1], cuyos picos se elevan á la altura prodigiosa de mas de siete
    mil seiscientas noventas y seis varas sobre el nivel de los mares, va,
    de norueste á sudeste, desde La-Paz hasta traspasar los límites de
    Bolivia, circunscribiendo la provincia al sudoeste. Otra cadena situada
    al sud, mucho ménos alta y trasversal á la cordillera, parte como un
    estribo de esta, y se dirige al estenordeste, declinando progresivamente
    hasta terminarse al norueste de Apolo y á poca distancia de este lugar.
    Una tercera cadena de montañas, paralela á esta segunda, y que sirve
    tambien de estribo á la cordillera oriental, continúa girando hácia el
    norte de la provincia. De estas tres cerranias principales resulta una
    vertiente central, trasversal á la direccion de la cordillera, y que
    viene á formar el gran valle de Pelechuco y del Tuyche, hácia el cual
    convergen las pendientes y los ramales laterales de las otras dos
    cadenas. Efectivamente el declive del valle central está al nordeste, el
    de la falda del sud al norueste, en tanto que el de los repechos del
    norte se encuentra al este. Todas estas montañas van gradualmente en
    descenso hasta terminarse un poco al este de Aten y de Apolo, donde hay
    todavía un eslabon independiente y elevado; este es el _Altuncama_, cuyo
    temperamento, muy apropiado para el cultivo de las papas, indica que su
    altura sobre el nivel del oceano es de mas de dos mil quinientas varas.
    Mas allá de esta gran mole desprendida de las otras montañas, y que ya
    se encuentra sobre un suelo mas bien ondeado que montañoso, comienzan
    las llanadas que sin interrupcion se estienden hácia el norte sobre
    todo el resto de la provincia, y en cuyo espacio apénas se descubren de
    vez en cuando algunas simples colinas.

    Exceptuando el Altuncama, que es una especie de muro, todas estas
    montañas cuanto mas contiguas están á las cordilleras son tanto mas
    escarpadas. Cerca de Pelechuco, no se ven sino pendientes rapidísimas,
    paredones, diremos así, perpendiculares, crestas agudas ó precipicios
    horrendos formados por la dislocacion del terreno, lo cual es un efecto
    de las revoluciones geológicas del globo. A medida que uno se aleja de
    esos lugares tan imponentes, las montañas van siendo ménos riscosas,
    hasta llegar al cabo á ser reemplazadas hácia el este por
    insignificantes collados.

    [Nota 1: El señor Acosta ha tenido ocasion de contemplar, de un punto
    muy inmediato, situado al sudoeste de Apolo, esta montaña, que domina
    todo el llano boliviano y el lago de Chucuito.]

    _Geologia._

    Aunque no poseo dato alguno positivo sobre la geología de la provincia
    de Caupolican, por lo que he visto en sus inmediaciones sobre la
    cordillera, hácia el norte de La-Paz, debo creer que la parte contigua á
    Pelechuco pertenecer á la misma edad geológica, de lo que serian tambien
    una prueba los numerosos lavaderos de oro de aquellas regiones. Creo,
    pues, que los dos lados de la cordillera, en toda la parte de Suches y
    de Pelechuco, y aun hasta los lugares adyacentes á los rios Motosolo y
    de Moxos, dependen del terreno _siluriano_, representado por pizarras y
    por filados de un color azulino. Creo todavía que mas abajo, lo mismo
    que en Yungas, las montañas, compuestas de una materia arenisca,
    pertenecen ó al órden _devoniano_ ó al órden _carbonifero,_ así como
    pudiera tambien creerse que las llanadas, ni mas ni ménos que en Moxos,
    están cubiertas de aluviones modernos, ó de terrenos diluvianos[1].

    [Nota 1: Véase, para todas estas comparaciones, la geología general de
    la república.]

    _Rios._

    De la configuracion orográfica de un pais depende siempre la direccion
    de sus rios, siendo las cadenas de montañas las que determinan los
    grandes valles, y las pendientes de estos los valles secundarios. Tengo
    ya dicho que el declive general, partiendo de la cordillera, daba orígen
    al valle de Pelechuco y de Tuyche, que se estiende hácia el nordeste;
    esta es igualmentente la direccion del rio de este último nombre. Este
    rio, que es el mayor de todos los de la provincia de Caupolican,
    arranca, bajo el nombre de rio de Pelechuco, desde las cumbres nevadas
    que están al este de Suches, y formándose de muchos pequeños torrentes,
    desciende hasta el valle que lo denomina. Hácia la izquierda recibe el
    tributo de algunos arroyuelos, en tanto que por la derecha vienen á
    arrojarse en él los torrentes de Santa Ana y de Pilcobamba: algo mas
    abajo, y por este mismo lado, se le reunen el rio del Puente Grande,
    bastante caudaloso para ser atravesado por medio de un puente, y el rio
    de Amantala, mas considerable todavía, y que toma su orígen, lo mismo
    que el rio de Pata, en la cadena del norte. Vienen tambien á desaguar en
    él, por la ribera izquierda, el riachuelo de Motosolo, célebre por sus
    minas de oro, y mas adelante el rio de Moxos. Desde el punto en que el
    rio de Pata se arroja en el Pelechuco, este es ya bastante caudaloso
    para que no se le pueda pasar sinó en balsas, de las que á lo ménos es
    indispensable hacer uso en la época de las crecientes. Es tambien en ese
    punto donde él toma el nombre de Tuyche, y baja en seguida haciendo mil
    rodeos, pero llevando siempre su direccion general hácia el
    estenordeste. Poco á poco vase engrosando aun, recibiendo, por la
    derecha, ricos tributos del rio de Santa-Cruz y del rio Tupili, sobre
    todo de este último, que es el mas considerable. Hácia el este, á una
    gran distancia, llega luego, por el lado izquierdo, á reunirse con la
    corriente del rio de Chupiamonas. Finalmente, despues de haber
    acaudalado casi todas las aguas de la region montañosa de la parte
    habitada de la provincia, acaba por incorporarse, como á cinco leguas
    del este de San-José, al rio de los Mocetenes, y forma entónces el rio
    Beni.

    Cuando este rio pasa cerca de San-José, se encuentra ya depositario de
    todos los raudales de las provincias de Muñecas, de Yungas de Sicasica y
    de Ayupaya, de las cuales me ocuparé mas tarde: sigue luego
    majestuosamente por la llanura, hácia el norte, dando numerosos giros y
    acreciéndose todavía, por su izquierda, con las aguas del riachuelo de
    Tumupaza, y con las de los rios Itaca y Tequije, cerca de Isiamas; y en
    Cavinas, con el tributo del rio Madidi que nace en la provincia de
    Carabaya, perteneciente al Perú, y que corre en una direccion paralela á
    la del rio Tuyche. El Beni continúa en seguida, corriendo por el llano,
    inclinándose al nordeste hasta los 10 grados de latitud, en donde se une
    finalmente al Mamoré, formando el rio de Madeira, que es uno de los
    principales tributarios meridionales del rio de Las Amazonas.

    El riachuelo que pasa por Aten es el único que no desagua en el rio
    Tuyche: él se dirije hácia el sud hasta caer en el rio Mapiri.

    _Lagos_.

    Si se esceptúan algunos muy pequeños, que se encuentran sobre los puntos
    mas encumbrados, hácia el oeste de la cordillera, bien pudiera decirse
    que la provincia de Caupolican carece de lagos. El mas espacioso de
    todos, situado en las inmediaciones de Suches, solo tiene una legua de
    largo, y como un cuarto de legua de ancho. Se ven otros dos, mas
    pequeños, cerca de Cololo: las aguas de todos ellos son muy heladas y
    enteramente desprovistas de pescado.

    _Temperatura y clima_.

    La provincia de Caupolican, primeramente por su situacion entre los
    trópicos, y en segundo lugar por sus montañas, las que elevándose hasta
    el nivel de las nieves perpetuas van luego declinando considerablemente
    hasta igualarse con los llanos, encierra en sí todos los temperamentos y
    todos los climas. Efectivamente, si se desea una temperatura la mas
    fria, y bajo de la cual caigan noche por noche fuertes heladas,
    acompañado todo esto de una sequedad grandísima, no hay mas que fijarse
    en Suches. Si se desea estar en un clima, al mismo tiempo que muy frio,
    lleno de nieblas y cerrazones, ó cubierto de esas nubes húmedas que se
    ven constantemente detenidas por la cordillera, no hay mas que
    encaminarse á Pelucho. A mas de estos dos estremos del frio seco y del
    frio húmedo, que resultan de la rarefaccion del aire, debida tambien
    esta á la demasiada elevacion de las montañas sobre el nivel de los
    mares, allí se encuentran, si se quiere, todos los temperamentos
    intermedios entre los ya mencionados y la zona tórrida, hasta llegar á
    los calores mas insoportables partiendo de los frios mas rigurosos. Así
    pues, Santa-Cruz, Aten, Apolo, Pata y Moxos participan de la temperatura
    de los límites tropicales, es decir, que hace en ellos todo el calor de
    los climas cálidos; pero al mismo tiempo se respira un aire templado por
    la elevacion de las montañas. No sucede así mas al interior, en los
    distritos de Tumupaza, de Isiamas y de Cavinas, en donde se esperimenta
    un calor tanto mas sofocante, cuanto que no hay en ellos sino llanuras
    uniformes y horizontales.

    Si uno puede á su antojo encontrar en la provincia de Caupolican, ora el
    frio de los polos, ora el calor de las zonas tórridas, si ella participa
    en fin de todos los temperamentos, ofrece tambien, en cuanto á las
    lluvias, una grande variabilidad, segun la distinta posicion de los
    lugares. En Suches, por ejemplo, que está al oeste de la cordillera,
    reina un cielo enteramente raso; su temperatura es seca, y en el verano
    solamente, desde el mes de diciembre hasta el de marzo, caen algunos
    aguaceros ó un poco de granizo. Entretanto, si se pasa al otro lado de
    la cordillera, se halla, poco mas ó ménos á la altura de tres mil varas
    sobre el Oceano, un nivel permanente de nubes. Allí, lo mismo que en
    Pelechuco, hay casi siempre una especie de neblina que encapota el aire;
    y las lluvias en aquel punto son muy frecuentes. Mas abajo, en donde ya
    el cielo se despeja del todo, llueve principalmente en un período fijo,
    que cuenta desde diciembre hasta marzo. Sucede otro tanto en los llanos,
    donde aun se observa mucha mas regularidad acerca de las estaciones
    lluviosas.

    Los vientos que reinan en la provincia son generalmente el norte ó el
    nordeste, que traen consigo un aire húmedo y caliente, muy favorable en
    todo para la naturaleza; pero si llegan despues de alguna tempestad á
    ser súbitamente reemplazados por el viento del sud, que sopla entónces
    con mucha violencia, baja al punto la temperatura de 10 grados por lo
    ménos; lo que es tan pernicioso para el hombre y los animales, como
    puede serlo para la misma vegetacion.

    _Fisonomía vegetal y animal_.

    Como era de esperar, en razon de las diversa» zonas de temperamento y de
    altura, las producciones naturales y el aspecto de la provincia varian
    segun esas zonas, y segun los climas que estas determinan. En Suches, al
    oeste de la cordillera, el suelo, que aun participa de la gran planicie
    boliviana, es seco y bastante árido, y su vegetacion pobre y desmedrada
    por consiguiente. La zoologia y la botánica ofrecen allí un aspecto de
    particular tristeza, análogo y muchas veces idéntico al de la Patagonia
    [1].

    [Nota 1: Ocuparéme á fondo de la descripcion de esta zona, al hablar mas
    adelante del departamento de La-Paz, donde hay dos provincias, la de
    Pacajes y la de Omasuyos, que se hallan situadas sobre las altas
    planicies.]

    Al este de la cordillera, en un punto superior á la region de las nubes,
    hay primeramente una zona vestida de menuda yerba [1]. Algo mas abajo
    empieza á manifestarse la vegetacion leñosa, que poco á poco va
    cubriendo aun las rocas mas escarpadas: es entónces cuando se descubren,
    por todas partes, árboles notabilísimos tanto por su follage como por
    su elevacion, entremezclados ya con las enredaderas[2], ya con infinita
    variedad de plantas cubiertas de lucidas flores; por otros lados se ven
    graciosas palmeras, descollando entre los grupos de verdura como para
    ostentar sus elegantes y ligeros penachos. Donde quiera que se lleve la
    vista, se admiran los mas prodigiosos contrastes, los paisages mas
    pintorescos, y sobre todo la animacion constante producida por el
    movimiento y la algazara de esos seres, tan varios en sus formas y
    colores, que alegran á la madre naturaleza compitiendo con las flores
    para ser de ella uno de los mas bellos ornamentos[3]. Hay allí
    efectivamente una muchedumbre de pájaros á cual mas preciosos: los loros
    parleros, los _tunquís_ ó gallos de roca de color de fuego [4], el
    cefaloptero de plumage oscuro, pero de una configuracion muy
    caprichosa[5], los _cotingas_, los recamados _tangaras_[6], los
    veleidosos picaflores y tantísimos otros que pueblan esas hermosas
    campiñas. No son ménos abundantes los cuadrúpedos en aquella comarca.
    Sobre los encumbrados llanos se encuentra la dócil llama y tambien la
    alpaca, tan útiles ámbos cuadrúpedos á los indígenas de las montañas:
    hay mas abajo, venados, ciervos, javalíes, gran-bestias, variedad de
    monos, y una gran multitud de animales que seria demasiado largo el
    mencionar uno por uno[7].

    [Nota 1: Habiendo estudiado en Yungas esta zona y la siguiente, haré su
    descripcion al tratar de dicha provincia.]

    [Nota 2: Véase lámina 1.]

    [Nota 3: Véase lo que digo sobre la provincia de Yungas en general, y
    principalmente lo tocante á los alrededores de Chulumani.]

    [Nota 4: Véase la lámina 1.]

    [Nota 5: Véase la lámina 2.]

    [Nota 6: Véase la lámina 3.]

    [Nota 7: Escasamente me ocupo aquí de los animales y de la
    vegetacion, por no tener, sobre esto, otros conocimientos que los que me
    suministran las comparaciones con la provincia de Yungas. Al ocuparme de
    esta, daré una noticia positiva de lo que acerca de estas materias he
    recogido en ella.]

    No es tanta la variedad que se nota en las llanadas bajas, donde se
    halla el suelo por todas partes entrecortado, ya por espesos bosques tan
    antiguos como el mundo, ya por estendidos herbazales. Aquí la
    naturaleza, aunque no tan pródiga, es siempre demasiado rica, y abunda
    sobre todo en animales selváticos, y en toda especie de plantas[1]. En
    suma, la provincia de Caupolican reune á la vez, por sus diversas zonas
    de altura, todas las producciones naturales de Bolivia.

    [Nota 1: Siendo este espacio de llanuras muy semejante á Moxos, y
    participando de las mismas condiciones, con respecto á su vegetacion y á
    sus animales, puede verse mas adelante la descripcion particular de esta
    provincia.]

    * * * * *

    HISTORIA

    _Primera época, ántes de la llegada de los Españoles._

    Si hemos de juzgar por el estado presente y por las tradiciones
    populares, la provincia de Caupolican parece haber sido en todos tiempos
    habitada por tres naciones diferentes: los _Quichuas_, los _Apolistas_
    y los _Tacanas_.

    Atraida sin duda por la abundancia de minas de oro, y de pastos para la
    cria de las llamas y de las alpacas, la nacion quichua habia fundado
    desde tiempos muy atrasados los pueblos de _Suches_ y de
    _Puyo-cucho_[1]. Estos indígenas permanecieron bajo la dominacion de los
    Incas hasta la llegada de los Españoles, dependiendo sus poblaciones de
    la provincia de Guancané ó de la de Carabaya[2].

    [Nota 1: Que en quichua significa _rincon de nieblas_: por corrupcion ha
    venido á llamarse _Pelechuco_ entre los españoles.]

    [Nota 2: Véanse, la historia general de los Incas al fin de esta obra;
    la descripcion particular de los Quichuas en las secciones que tratan de
    Cochabamba y de Chuquisaca; y sobre todo, el mapa antiguo de estas
    naciones ántes de la conquista.]

    La nacion de los Apolistas ocupaba el lugar llamado por ella, en su
    idioma particular, _Hahuachili_[3], el cual se halla situado no léjos
    del punto en que se encuentran hoy los pueblos de Apolo y de Santa-Cruz.
    Estos indios eran de un color bastante atezado, de mediana estatura y de
    facciones muy afeminadas; su carácter era apacible y dócil; nada se sabe
    por lo demas acerca de sus costumbres ántes de la conquista. El idioma
    de que hacian uso era enteramente distinto de la quichua y de la lengua
    tacana.

    [Nota 3: Que quiere decir _interior_.]

    La nacion de los Tacanas habitaba, al este y al nordeste de la nacion
    Apolista, en esas regiones de montañas y de llanos que en su idioma
    llaman estos indios _Irimo_[4]. Su territorio se estendia desde Aten
    hasta mas allá de Cavinas; es decir, sobre una banda que va de norte á
    sud, y que se encuentra comprendida entre los últimos repechos de las
    cordilleras y el rio Beni, desde los 11 hasta sobrepasar los 13 grados
    de latitud sud. Las tribus septentrionales de esta nacion se denominaban
    _Toromonas_; su dialecto, llamado lengua tacana, es uno de los mas duros
    de América.

    [Nota 4: Que significa _lugar de su orígen_.]

    La tez de estos indígenas era mas morena que la de los Mocetenes; pero
    no tanto como la de los Apolistas, y mucho ménos todavía que la de los
    Aymaraes, los que comparativamente consideraban á los Tacanas como si
    fuesen blancos. Del mismo modo que los Mocetenes y los Yuracarees, los
    Tacanas tenian casi todos la piel, por el cuerpo y en el rostro,
    maculada de pintas blancas. Su estatura los asemejaba á los Yuracarees,
    ó á lo ménos era idéntica á la de los Mocetenes: habia hombres que
    tenian cinco piés y dos ó tres pulgadas de alto; pero la generalidad de
    ellos no pasaba de la estatura ordinaria de cinco piés y una pulgada.

    Sus formas eran iguales en todo á las de los Mocetenes; sus cuerpos
    robustos y bien proporcionados; todos sus miembros redondos y fornidos;
    su manera de andar era elegante y desembarazada. Por el modo como se
    halla constituida esta nacion, todavía salvage, debemos creer que en
    aquellos tiempos estaba tambien dividida en tribus que vivian dispersas,
    sea en el interior de las húmedas selvas que se encuentran sobre las
    montañas inferiores, sea en las llanuras que costean á estas. Su
    principal ocupacion era la de la caza; pero se dedicaban tambien á la
    agricultura. Cada hombre estaba obligado á construir por sí solo la casa
    en que debia habitar con su familia; si alguno faltaba á este uso, que
    para ellos constituia una ley, perdia el título de hombre, y venia á ser
    el ludibrio de sus conciudadanos.

    Las mugeres utilizaban el algodon, haciendo gruesos tegidos, que servian
    para cubrirles algunas partes del cuerpo; miéntras que los hombres
    andaban enteramente desnudos, y solo se cubrian la cabeza con una
    especie de turbante[1] muy vistoso, compuesto de plumas; obra que
    tambien estaba encomendada á las indias, las que disponian estos
    sencillos adornos, matizando los colores con una gracia admirable.

    [Nota 1: Los que usaban los hombres se llamaban _panizas_, y los de las
    mugeres _toromayas_.]

    Cada tribu tenia su gefe para conducirla á la guerra, ó á las
    espediciones apartadas, así como tambien sus espertos en la cura de las
    enfermedades; pero estos indios no componian, propiamente hablando, un
    cuerpo de nacion, aunque todas las tribus observasen entre ellas la paz
    y armonía mas perfectas.

    Existian, á mas de estas tres naciones, algunas otras que nos son
    desconocidas: entre ellas, los _Huacanahuas_, los _Suriguas_ y los
    belicosos _Machuis_ hácia el norte; los _Ultume-cuana_ ó hombres rojos,
    y los _Chuntaquiros_ hácia el nordeste[2].

    [Nota 2: No hago aquí mencion de los _Araomos_ y de los _Pacaguaras_ que
    habitan las riberas del Beni y dependen de la provincia de Moxos.]
    _Segunda época, desde la llegada de los Españoles hasta nuestros dias_.

    La provincia de Caupolican, colocada fuera de los caminos transitados
    por los primeros aventureros españoles que llegaron al Perú, permaneció
    totalmente ignorada durante largo tiempo. Es probable que los pueblos de
    Suches y Pelechuco hayan pasado de la dominacion de los Incas al poder
    de los diversos conquistadores, que con tanta frecuencia se sucedian en
    medio de las multiplicadas contiendas de aquellos tiempos tempestuosos
    de la historia de América, y que no cesaron hasta el siglo
    décimo-séptimo. No es posible penetrar esta parte de la historia de
    Caupolican, pues en ninguna parte existe un solo documento impreso que
    nos suministre el mas ligero indicio: debemos creer, sin embargo, que
    alguno de aquellos, á quienes esta provincia cupo en propiedad en el
    repartimiento de las tierras conquistadas, se haya internado en ella con
    la mira de esplorarla y ver si encerraba algunas minas; y que á estas
    escursiones y trabajos es debida la fundacion, hecha por los indios
    quichuas, de los pueblos de Pata y de Moxos, sin que podamos fijar la
    data precisa de estos acontecimientos.

    La entrada de los Padres franciscanos es el primer hecho seguro y
    constante en la historia de esta provincia. Prevenidos sin duda estos
    religiosos de que existian en ella muchas naciones salvages, se
    decidieron á ensayar la conquista espiritual; así es que en 1750
    penetraron en Caupolican, y fundaron fácilmente con la nacion de los
    Apolistas, cuya sumision pudieron ganar desde luego, las misiones de
    Apolo y de Santa-Cruz de Valle-ameno. Fué tal el ascendiente que
    llegaron á tener sobre estos indígenas, y el buen éxito coronó de tal
    manera sus esfuerzos, que bien pronto las cabañas dispersas de aquella
    poblacion salvage se vieron reemplazadas por multitud de hermosos
    caseríos, que respiraban el órden y la limpieza, y en medio de los
    cuales se levantó una espaciosa iglesia con su convento.

    No limitando sus conquistas á este primer paso, internáronse aun mas los
    franciscanos, llevados por un celo digno de los mayores elogios; y
    habiendo logrado reunir en la mision de Aten á los altivos Tacanas, se
    abrieron un vasto campo para proseguir su trabajosa empresa. Desde
    luego, acompañados por estos últimos, pudieron adelantar hácia las
    llanuras, en donde otros Tacanas dispersos los aguardaban. De este modo,
    y haciendo frente á las mas penosas fatigas, penetraron estos religiosos
    en el corazon de los desiertos para aumentar el número ya bastante
    crecido de sus procélitos. Como á treinta leguas largas hácia el este,
    formaron con los Tacanas la mision de San-José, se encaminaron en
    seguida por tierra, y crearon sucesivamente las de Tumupaza y de
    Isiamas. Finalmente, embarcándose sobre el Boni, se trasportaron hasta
    el confin de las poblaciones salvages, y fundaron todavía la mision de
    Cavinas.

    Aunque no hayan procurado los Padres franciscanos introducir en sus
    misiones ni el lujo en los templos, ni la industria entre los
    habitantes, como lo han practicado los Jesuitas en Moxos y Chiquitos, no
    por eso han dejado de prestar grandes y muy señalados servicios á la
    humanidad, haciendo pasar á un considerable número de hombres, desde la
    vida enteramente salvage al principio de la vida social.

    La direccion de estas misiones era del cargo exclusivo de la comunidad:
    el convento de Apolo, que dependia de la ciudad de La-Paz, suministraba
    los hermanos necesarios para la conservacion y el buen gobierno de estos
    establecimientos, cada uno de los cuales poseia uno ó dos religiosos, á
    cuyo cuidado estaba encomendada la administracion de la iglesia y la
    práctica de sus ritos. Sea que no les fuese posible, ó que no lo
    creyesen conveniente, no enseñaban estos misioneros á los indígenas otra
    industria que la de cultivar la tierra; así pues, solamente aprovechaban
    los productos de esta, que consistian en cacao, coca, y multitud de
    otros frutos naturales estraidos de las florestas.

    Las cargas ligeras que los franciscanos se veian obligados á imponer á
    los indígenas, á fin de procurarse los medios que eran menester para
    proveerlos de instrumentos de labranza, y demas útiles, cargas
    indispensables al bienestar de la sociedad, parecieron no obstante
    demasiado pesadas á algunas naciones. El hombre enteramente salvage,
    dueño absoluto de todas sus acciones, con dificultad llega á penetrarse
    de los deberes que una sociedad en su infancia debe imponerse á sí
    misma, si desea entrar en la senda del progreso; por eso se impacienta y
    mortifica cuando pesa sobre él la mas leve contribucion. Habiendo pues
    los franciscanos llegado á convertir la tribu de los Toromonas, que
    habitaba de la otra parte de Cavinas, y tambien algunos cuantos
    Pacaguaras, estos indígenas, injustamente desconfiados, ó porque les
    fuese muy duro someterse á llenar tal cual imposicion, esparcieron la
    voz de que los misioneros, so pretesto de enseñarles las doctrinas de la
    verdadera religion, solo trataban de reunirlos para hacerlos trabajar en
    beneficio de sus intereses personales: en consecuencia de esto los
    espulsaron de su nacion, suplicándoles que jamas volviesen á presentarse
    en ella.

  • Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, ó de los Césares

    Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, ó de los Césares

    Aproximadamente 31.387 palavras.

    DERROTEROS Y VIAGES

    A LA

    Ciudad Encantada, ó de los Césares.

    QUE

    SE CREIA EXISTIESE EN LA CORDILLERA,

    AL SUD

    DE VALDIVIA.

    Primera Edicion.

    BUENOS-AIRES.

    IMPRENTA DEL ESTADO, 1836.

    DISCURSO PRELIMINAR

    A LAS

    NOTICIAS Y DERROTEROS

    DE LA

    CIUDAD DE LOS CESARES.

    Pocas páginas ofrece la história, de un carácter tan singular como las
    que le preparamos en las noticias relativas á la _Ciudad de los
    Césares_. Sin mas datos que los que engendraba la ignorancia en unas
    pocas cabezas exaltadas, se exploraron con una afanosa diligencia los
    puntos mas inaccesibles de la gran Cordillera, para descubrir los
    vestigios de una poblacion misteriosa, que todos describian, y nadie
    habia podido alcanzar.

    En aquel siglo de ilusiones, en que muchas se habian realizado, la
    imaginacion vagaba sin freno en el campo interminable de las quimeras, y
    entre las privaciones y los peligros, se alimentaban los hombres de lo
    que mas simpatizaba con sus ideas, ó halagaba sus esperanzas. El
    espectáculo inesperado de tantas riquezas, amontonadas en los templos y
    palacios de los Incas, avivó los deseos y pervirtió el juicio de esos
    felices aventureros, que no contentos con los frutos opimos de sus
    victorias, se prometian multiplicarlos, ensanchando la esfera de sus
    conquistas.

    El contraste entre la abundancia de los metales preciosos en América, y
    su escasez, tan comun en aquel tiempo en Europa, y mas especialmente en
    España, explica esta sed inextinguible de oro en los que marchaban bajo
    los pendones de Cortes y Pizarro. La disciplina militar no era entonces
    tan severa que enfrenase la licencia del soldado, y escarmentase la
    prevaricacion de los gefes. Nervio principal del poder de los reyes, y
    ciegos instrumentos de sus venganzas, los egércitos disfrutaban de la
    impunidad con que suele recompensarse esta clase de servicios, y ninguna
    barrera era capaz de contener el brazo de esos indómitos satélites del
    despotismo. Si hay quien lo dude, contemple la suerte de Roma, profanada
    por los soldados de un general de Carlos V, casi en la misma época en
    que sus demas caudillos anegaban en sangre á regiones enteras del Nuevo
    Mundo.

    Ninguna de las pasiones nobles, que suelen agitar el corazon de un
    guerrero, templó esa sórdida ambicion de riquezas, que cegaba los
    hombres, y los hacia insensibles á los mismos males que sufrian. Los
    planes que se frustraban eran facilmente reemplazados por otros no menos
    efímeros y fantásticos; y las últimas empresas sobrepujaban casi siempre
    en temeridad á las que las habian precedido. No contentos con lo mucho
    que habian disipado, buscaban nuevos recursos para fomentar su natural
    propension á los gustos frívolos, cuando no era á los vicios ruinosos.

    Bajo el imperio de estas ilusiones, acogian todas las esperanzas,
    prestaban el oido á todas las sugestiones, y estaban siempre dispuestos
    á arrostrar los mayores peligros, cuando se les presentaban en un camino
    que podia conducirlos á la fortuna. Es opinion general de los escritores
    que han tratado del descubrimiento del Rio de la Plata, que lo que mas
    influyó en atraerle un número considerable y escogido de conquistadores,
    fué el nombre. Ni el fin trágico de Solis, ni el número y la ferocidad
    de los indígenas, ni el hambre que habia diezmado á una porcion de sus
    propios compatriotas, fueron bastantes á retraerlos de un país que los
    brindaba con fáciles adquisiciones. Pero pronto reconocian su error, y
    el vácio que dejaba este desengaño hubiera sido abrumante, si no
    hubiesen tenido á su disposicion un _Dorado_ y los _Césares_ para
    llenarlo.

    Estas dos voces, que son ahora sin sentido para nosotros, fueron
    entonces el alma de muchas y ruinosas empresas. Los gobiernos de Lima,
    Buenos Aires y Chile, distrayéndose de las atenciones que los rodeaban,
    tendian la vista hácia estas poblaciones misteriosas, reiterando sus
    conatos para alcanzarlas; y las noticias que circulaban sobre su
    existencia, eran tan circunstanciadas y concordes, que arrancaban el
    convencimiento. Se empezó por repetir lo que otros decian, y se acabó
    por hablar como testigos oculares.

    De los Césares sobre todo se discurria con la mayor precision y
    evidencia. Eran ciudades opulentas, fundadas, segun opinaban algunos,
    por los españoles que se salvaron de Osorno y de los demas pueblos que
    destruyeron los Araucanos en 1599; ó segun otros, por los restos de las
    tripulaciones de los buques naufragados en el estrecho de Magallanes.
    "La ciudad principal, (puesto que se contaban hasta tres) estaba en
    medio de la laguna de _Payegué_, cerca de un estero llamado _Llanquecó_,
    muy correntoso y profundo. Tenia murallas con fosos, rebellines y una
    sola entrada, protegida por un puente levadizo y artilleria. Sus
    edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada, y bien techados
    al modo de España. Nada igualaba la magnificencia de sus templos,
    cubiertos de plata maciza; y de este mismo metal eran sus ollas,
    cuchillos, y hasta las rejas de arado. Para formarse una idea de sus
    riquezas, baste saber que los habitantes se sentaban en sus casas en
    asientos de oro! Gastaban casaca de paño azul, chupa amarilla, calzones
    de _buché_, ó bombachos, con zapatos grandes, y un sombrero chico de
    tres picos. Eran blancos y rubios, con ojos azules y barba cerrada.
    Hablaban, un idioma ininteligible á los españoles y á los indios; pero
    las marcas de que se servian para herrar su ganado eran como las de
    España, y sus rodeos considerables. Se ocupaban en la labranza, y lo que
    mas sembraban era _ají_, de que hacian un _vasto comercio_ con sus
    vecinos. Acostumbran tener un sentinela en un cerro inmediato para
    impedir el paso á los extraños; poniendo todo su cuidado en ocultar su
    paradero, y en mantenerse en un completo aislamiento. A pesar de todas
    estas precauciones, no habian podido lograr su objeto, y algunos indios
    y españoles se habian acercado á la ciudad hasta oir el tañido de las
    campanas!"

    Estas y otras declaraciones que hacian, _bajo de juramento_, los
    individuos llamados á ilustrar á los gobiernos sobre la _Gran Noticia_,
    (tal era entonces el nombre que se daba á este pretendido
    descubrimiento) excitaron el celo de las autoridades, y la mas viva
    curiosidad del público. Este fervor, y los proyectos de expediciones que
    le fueron consiguientes, empezaron con el siglo XVII, y continuaron
    hasta el año de 1781, en que la Corte de España encargó al Gobierno de
    Chile de tomar en consideracion las propuestas del capitan D. Manuel
    Josef de Orejuela, que solicitaba auxilios de tropa y dinero para
    emprender la conquista de los _Césares_. Con este motivo se pasaron al
    Fiscal de aquel reino nueve volúmenes de autos, que se conservaban en
    los archivos, para que aconsejase las medidas que le pareciesen mas
    conducentes á llenar los objetos consultados. Este magistrado procedió
    en su exámen con los principios del criterio legal, que no duda de lo
    que se apoya en declaraciones _juradas, explícitas, concordes_ y
    _terminantes_. Las objeciones que se hacian contra estos asertos le
    parecieron cavilaciones de hombres acostumbrados á dudar de las cosas
    mas evidentes. Puso en cotejo la incredulidad con que se oyeron los
    vaticinios de Colon sobre la existencia de un nuevo mundo; los muchos é
    importantes descubrimientos debidos á las solas indicaciones de los
    indios, y buscó en la historia de los naufrágios célebres una
    explicacion fácil al orígen de estas poblaciones ocultas.

    Hay errores que merecen ser escusados, y en los que pueden incidir los
    espíritus mas rectos y juiciosos: tal nos parece el del Fiscal de Chile.
    Su convencimiento es completo: no solo creia en los Césares, sino que se
    esforzaba á que todos les creyesen.–_Con semejantes atestaciones_,
    exclamaba en su entusiasmo, _parece que ya no debe dudarse de la
    existencia de aquellas poblaciones_. Y realmente ¡cuan peligroso seria
    en un juez un sistema de investigacion llevado hasta la incredulidad y
    el escepticismo! ¡Cuan insuperables serian las trabas que opondria al
    curso de la justicia una conciencia _incontentable_, que desconfiase de
    la razon, y protestase contra sus fallos!…

    No eran hombres vulgares los PP. Mascardi, Cardiel y Lozano, y todos
    ellos participaron de este engaño, trabajando con ahinco para
    generalizarlo. Uno de ellos fué víctima de su celo apostólico:–los
    otros estaban dispuestos á imitarle, por la persuasion en que estaban
    de hallar un pueblo, falto de los auxilios de la religion, aunque
    viviese en la comodidad y la abundancia.

    Sin embargo, esta justificacion de un error que ya no es posible
    disfrazar, debo esparcir dudas sobre muchos hechos históricos, por mas
    auténticos y calificados que sean. Hay épocas en que la razon se ofusca
    al contemplar objetos nuevos é inusitados; y expuesto el hombre mas
    juicioso á una serie continua de impresiones violentas, deja de
    analizarlas, y baja insensiblemente al nivel de las inteligencias
    vulgares, que todo lo ponderan y admiran. Para cumplir con el precepto
    del sábio, _nil admirari_, se necesita estar en el pleno egercicio de
    sus facultades, y haber contraido cierto hábito de dominar sus sentidos,
    siempre propensos á fascinar, y á engañarse. ¡Cuan distantes estaban los
    conquistadores de América de este estado de sosiego! Para ellos todo era
    motivo de arrebato. El espectáculo de un nuevo mundo, de pueblos nuevos,
    de nuevas costumbres, y mas que todo, esas fuentes inagotables de
    riquezas, que brotaban por todas partes con mas prontitud que el mismo
    deseo de poseerlas, mantenian á los hombres en una dulce y perpetua
    extasis. Sin tomar el opio como los musulmanes, probaban las mismas
    sensaciones, y les costaba trabajo arrancarse de ellas.

    Con estas disposiciones se forjaron tantas mentiras, y se formaron
    espedientes para acreditarlas. Los casos mas inverósimiles, los sucesos
    mas extraños, las declaraciones evidentemente falsas y absurdas,
    encontraban siempre testigos, y un _escribano_ para certificarlas. El
    que quisiera recopilar estos embustes, formaria una obra voluminosa, y
    talvez divertida. Garcilaso, el menos crédulo de sus contemporáneos, no
    ha podido sustraerse de este embeleso; ya exagerando la sabiduria de las
    antiguas instituciones del Perú; ya sus tesoros, ya la fecundidad de su
    territorio. Le habian quedado algunas dudas sobre la magnitud
    extraordinaria de un _rábano_ del valle de Cuçapá, del que habia oido
    hablar vagamente, y se encontró en Córdoba con un caballero español, que
    acompañaba al Gobernador de Chile cuando se trató de reconocer y
    _probar_ este hecho. Este español le dijo, "_á fé de caballero
    hijodalgo_, no solo ví cinco caballos atados á las ramas del rábano,
    sino que comí de él, y lo hallé muy tierno."

    Con este motivo le habló tambien de un _melon_ del mismo valle de Ica,
    que pesaba cuatro arrobas y tres libras, y del que se tomó fé y
    testimonio _ante escribano_!–De este modo cundia el fraude por obra de
    aquellos mismos que debian atajarlo, y se sorprendia la conciencia
    pública hasta en los documentos auténticos.

    La poca instruccion que reinaba en las clases privilegiadas, favorecia
    estas imposturas, y hacia mas dificil su manifestacion. La geografia,
    que debió haber adelantado en proporcion de los descubrimientos, quedaba
    estacionaria; y solo al cabo de muchos años se pensó en reconocer lo que
    habia sido ocupado. De conformidad á los primeros informes sobre la
    localidad de los Césares, los geógrafos los habian colocado en una abra
    de la Cordillera Nevada, entre los 45 y 50 grados de latitud austral: y
    no obstante, habia gefes que preguntaban por la _Gran Noticia_ á los
    indios Chiquitos, y otros que la buscaban en las riberas del Atlantico!
    La gravedad con que el Fiscal de Chile funda su dictámen en 1782, prueba
    que hasta entonces conservó todo su crédito esta patraña.

    La solicitud del capitan Orejuela, que dió mérito á este informe, puede
    haber sido dictada por un exceso de candor, ó por un cálculo de malicia.
    En ambos casos tiene el mérito de haber dejado concentrado en un solo
    foco las varias opiniones que se han vertido sobre este asunto, y cuya
    lectura es mas que suficiente para clasificarlas.

    De los distintos papeles á que se refiere el Fiscal de Chile, hemos
    extractado lo que nos ha parecido mas conducente á formar el juicio del
    público, relegando al olvido muchos pequeños detalles que nada hubieran
    añadido á su convencimiento.–Estos documentos nos han sido franqueados,
    parte por el Sr. Coronel D. José Maria Cabrer, y parte por el Sr. Dr. D.
    Saturnino Segurola, cuya liberalidad y benevolencia solo podemos
    retribuir con este testimonio estéril de nuestro agradecimiento.

    _Buenos Aires, 28 de Enero de 1336_.

    PEDRO DE ANGELIS

    DERROTERO

    _De un viage desde Buenos Aires á los Césares, por el Tandil y el
    Volcan, rumbo de sud-oeste, comunicado á la corte de Madrid, en 1707,
    por Silvestre Antonio de Roxas, que vivió muchos años entre los indios
    Peguenches_.

    Los Indios de esta tierra se diferencian algo en la lengua de los Pampas
    del Tandil ó del Volcan. Dirigiéndose al sud-oeste hasta la sierra
    Guamini, que dista de Buenos Aires ciento y sesenta leguas, se
    atraviesan sesenta leguas de bosques, en que habitan los indios
    Mayuluches, gente muy belicosa, y crecida, pero amiga de los españoles.

    Al salir de dichos bosques se siguen treinta leguas de travesía, sin
    pasto ni agua, y se lleva desde el Guamini el rumbo del poniente. Al fin
    de dicha travesía se llega á un rio muy caudaloso y hondo, llamado de
    las Barrancas: tiene pasos conocidos por donde se puede vadear.

    De dicho rio se siguen cincuenta leguas al poniente, de tierras
    estériles y medanosas, hasta el rio Tunuyan. Entre los dos rios habitan
    los indios Picunches, que son muchos, y no se extienden sino entre ambos
    rios.

    De dicho rio Tunuyan, que es muy grande, se siguen treinta leguas de
    travesía, por médanos ásperos, hasta descubrir un cerro muy alto,
    llamado Payen. Aquí habitan los indios Chiquillanes. Dicho cerro es
    nevado, y tiene al rededor otros cerrillos colorados de vetas de oro muy
    fino; y al pié del cerro grande uno pequeño, con panizos como de azogue,
    y es de minerales de cristal fino. Por lo dicho resultan, hasta el pié
    de la Cordillera, 330 leguas de camino: y las habrá á causa de los
    rodeos precisos para hallar las aguadas y pasos de los rios. Pero por un
    camino directo no puede haber tantas, si se considera que desde Buenos
    Aires á Mendoza hay menos de 300 leguas, abriendo algo mas el rumbo
    desde aquí casi al poniente con muchas sinuosidades; y el Payen, segun
    el rumbo de la Cordillera, queda al sur de Mendoza.

    _Prosigue el derrotero al sur, costeando la Cordillera hasta el valle de
    los Césares_.

    Caminando diez leguas, se llega al rio llamado San Pedro, y en medio de
    este camino, á las cinco leguas, está otro rio y cerro, llamado
    Diamantino, que tiene metales de plata y muchos diamantes. Aquí habitan
    los indios llamados Diamantinos, que son en corto número.

    Cuatro leguas mas al sur, hácia el rio llamado de los Ciegos, por unos
    indios que cegaron allí en un temporal de nieve, habita multitud de
    indios, llamados Peguenches. Usan lanza y alfange, y suelen ir á
    comerciar con los Césares españoles.

    Por el mismo rumbo del sur, á las treinta leguas, se llega á los indios
    Puelches, que son hombres corpulentos, con ojos pequeños. Estos Puelches
    son pocos, parciales de los españoles, y cristianos reducidos en
    doctrina, pertenecientes al Obispo de Chile.[1]

    [Nota 1: _Pocos años despues que anduvo el autor en aquella tierra, los
    indios Puelches se amotinaron, y mataron al doctrinero Jesuita. No se
    sabe si fueron muchos los culpados, pero sabiendo que entraba gente de
    Chiloé á castigarlos, desampararon su reduccion, y se huyeron: de modo
    que la expedicion de Chiloé no tuvo mas efecto que haber averiguado
    dicha huida_.]

    En la tierra de estos Puelches hay un rio hondo y grande, que tiene
    lavadero de oro. Caminando otras cuatro leguas hay un rio llamado de
    Azufre, porque sale de un cerro ó volcan, y contiene azufre.

    Por el mismo rumbo, á las treinta leguas, se halla un rio muy grande y
    manso, que sale á un valle muy espacioso y alegre, en que habitan los
    indios Césares. Son muy corpulentos, y estos son los verdaderos Césares.

    Es gente mansa y pacífica; usa flechas, ó arpones grandes, y hondas,
    que disparan con mucha violencia: hay en su tierra muchedumbre de
    guanacos que cazan para comer. Tienen muchos metales de plata, y solo
    usan del plomo romo, por lo suave y fácil de fundir. En dicho valle hay
    un cerro que tiene mucha piedra iman.

    Desde dicho valle, costeando el rio, á las seis leguas se llega á un
    pontezuelo, á donde vienen los Césares españoles que habitan de la otra
    banda, con sus embarcaciones pequeñas (por no tener otras), á comerciar
    con los indios. Tres leguas mas abajo está el paso, por donde se vadea
    el rio á caballo en tiempo de cuaresma, que lo demas del año viene muy
    crecido.

    En la otra banda de este rio grande está la ciudad de los Césares
    españoles, en un llano poblado, mas á lo largo que al cuadro, al modo de
    la planta de Buenos Aires. Tiene hermosos edificios de templos, y casas
    de piedra labrada y bien techadas al modo de España: en las mas de ellas
    tienen indios para su servicio y de sus haciendas. Los indios son
    cristianos, que han sido reducidos por los dichos españoles. A las
    partes del norte y poniente, tienen la Cordillera Nevada, donde trabajan
    muchos minerales de oro y plata, y tambien cobre: por el sud-oeste y
    poniente, hácia la Cordillera, sus campos, con estancias de muchos
    ganados mayores y menores, y muchas chácaras, donde recogen con
    abundancia granos y hortalizas; adornadas de cedros, álamos, naranjos,
    robles y palmas, con muchedumbre de frutas muy sabrosas. Carecen de vino
    y aceite, porque no han tenido plantas para viñas y olivares. A la parte
    de sur, como á dos leguas está la mar, que los provéen de pescado y
    marisco. El temperamento es el mejor de todas las Indias; tan sano y
    fresco, que la gente muere de pura vejez. No se conocen allí las mas de
    las enfermedades que hay en otras partes; solo faltan españoles para
    poblar y desentrañar tanta riqueza. Nadie debe creer exageracion lo que
    se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis
    manos.

    (Firmado.)–_Silvestre Antonio de Roxas._

    Dicho Silvestre se embarcó para Buenos Aires en los navios de D. José
    Ibarra, el año de 1714. La copia de su carta ó memorial está autorizada
    por D. Francisco Castejon, secretario de Su Magestad en la Junta de
    guerra del Perú, con fecha de 18 de Mayo de 1716, para remitirla al
    Presidente de Chile, de órden del Rey.

    Los mas tienen por falso lo que contiene dicho informe. No me empeño en
    justificarlo; pero me inclino á que es cierto lo principal, de haber
    tal ciudad de españoles, mas hácia Buenos Aires, ó el estrecho de
    Magallanes, y lo fundo en las razones siguientes.

    La primera es, que el autor, despues de referir al Rey su historia,
    asegurando que los Peguenches lo cautivaron en la campaña de Buenos
    Aires, yendo á una vaqueria con un D. Francisco Ladron de Guevara, á
    quien y á su comitiva mataron dichos indios, añade, que el haber salido
    de entre ellos, estimulado de su conciencia para morir entre cristianos,
    y restituirse á su patria, dejando las delicias del cacicazgo, fué
    tambien para informar de dicha ciudad al Rey Nuestro Señor, lastimándose
    mucho de la poca diligencia que para su descubrimiento hicieron en los
    tiempos pasados los Ministros, á quienes los Reyes, sus antecesores, le
    habian encargado.

    Silvestre Antonio de Roxas no es nombre supuesto; porque D. Gaspar
    Izquierdo afirma que lo conoció en Cadiz, en tiempo que le comunicó en
    substancia lo mismo; y se lamentaba del poco caso que se habia hecho de
    materia tan importante. Que el dicho Roxas, aunque fué pobre de Buenos
    Aires, con dinero que heredó de un hijo suyo en Sevilla, habia comprado
    armas con que armar una compañía de soldados de á caballo para el dicho
    descubrimiento, y las volvió á vender.

    Que no era imaginario dicho informe, se deduce de que su copia simple me
    la prestó en Chile D. Nicolas del Puerto, general que fué de Chiloé:
    quien me afirmó, que, en virtud de este informe, se escribió á los
    Césares, el año de 1719, por un Sr. Oidor, de quien era amanuense dicho
    D. Nicolas, y por órden de aquella Real Audiencia, una carta que un
    indio ofreció levar, y volver con la respuesta. Esta carta yo la ví,
    cuando el tal indio estuvo en esta ciudad de Buenos Aires á pedir á su
    Señoria algun socorro de caballos, que no se les dieron, y solo se le
    ofreció regalarle si conseguia carta de los Césares, y la traia á su
    Señoria antes de llevarla á Chile.

    Que el dicho indio fuese embustero, es posible; pero D. Nicolas del
    Puerto cree que lo mataron los indios Puelches, ú otros; porque en la
    entrada que se hizo de Chiloé por el alzamiento de dichos Puelches,
    pareció en poder de un indio no conocido, la carta referida, que él
    reconoció en Chiloé por ser de su letra. Tambien me informó dicho D.
    Nicolas del Puerto, que en ocasion de hallarse en Chiloé, y en el
    estrecho de Magallanes, en un brazo de mar que entra tierra adentro,
    sacando los españoles de un navio que se le perdió, un indio de aquella
    tierra, á quien tomó aficion, le comunicó, con gran encargo del secreto,
    que por esta parte de la Cordillera habia un pueblo de españoles; pero
    que los indios no querian que se supiera, y que si sabian que él lo
    habia descubierto á algun español, lo matarian sin duda.

    Dicho D. Nicolas del Puerto me hizo relacion de que este indio
    aseguraba, que aquel brazo de mar se juntaba á otro, que cree ser el
    estrecho de Magallanes, por donde facilmente se podia navegar á dicho
    pueblo de españoles.

    Añade el mismo D. Nicolas, que los vecinos de Chiloé desean hacer el
    descubrimiento, sin embargo de lo necesario que seria rodear en la
    Cordillera para hallar un camino; pero que solo lo impide su mucha
    pobreza; y que le parece que se empeñarian en 2 ó 3000 pesos, si se les
    anticipáran para los avios del viage.

    Las tradiciones que hay en Chile, de lo que declararon allí dos hombres
    que salieron de dicho pueblo, á los 30 años de fundado, acreditan que no
    es fábula, y se conforman con el derrotero de Silvestre Antonio de
    Roxas. Porque dicen, que habiéndose perdido el navío en la altura de 50
    grados, salieron á tierra con lo que pudieron salvar y cargar; y
    caminaron seis ú ocho dias al nord-este, hasta un parage, donde se
    asentaron y poblaron, por haber sugetado allí, y rendídoseles mas de
    tres mil indios con sus familias.

    Y suponiéndose, por via de argumento, que declinaron uno y medio grados
    del polo, quedaron en 48-1/2 de la equinoccial. Buenos Aires está en 34
    grados, 36' y 39", la diferencia es 13 grados 53' y 21", que por ser el
    rumbo de nord-este al sud-oeste, con poca diferencia, viene como un
    tercio, y habria de distancia 31 grados, leguas poco mas ó menos. Si se
    atiende á las 48 leguas que Silvestre Antonio de Roxas pone desde el
    Payen hasta los Césares, caminando de norte á sur, con los 33 grados que
    refiere hay de Buenos Aires al Payen, no se diferencia mucho de lo que
    tendrá la mitad del camino, y de lo que aumenta el rumbo del poniente:
    porque lo demas que cae en las pampas, alejándose del sud-oeste, que es
    como quien endereza al mismo estrecho, queda del camino de dicho
    derrotero cerca de la mar, otro tanto cuanto hay por el cabo de San
    Antonio en la boca del Rio de la Plata.

    Tambien se ignora si despues mudaron dichos dos hombres su poblacion mas
    al nordeste, porque entonces quedarian mas cerca de Buenos Aires de lo
    que estaban al principio.

    Tambien se conforma la distancia que hay desde Mendoza hasta el cerro
    de Payen, con el viage que hizo al descubrimiento de dicho cerro, el año
    de 1701, D. Nicolas Francisco de Retoña; siendo corregidor de Mendoza;
    que los que fueron con él regulaban en menos de 150 leguas algunos, y
    otros en mas; estando cono está Mendoza al norte de los Césares, distaré
    250 leguas de ellos.

    En dicho año de 1701, entrando D. Juan de Mayorga á recoger ganado desde
    la Punta del sur, estando muy tierra adentro, se infiere llegaria hasta
    cerca de 100 leguas de los Césares. Aseguran en Mendoza, que fué á
    buscarle un indio de aquellas cercanias, trayéndole dos caballos
    ensillados á la gineta, y dijo eran de dos caballeros que habian salido
    de los Césares en busca de españoles, y que los indios de la faccion, de
    que era cacique, inadvertidamente los habian muerto.

    Fuera de otras noticias confusas, que mal explicadas de unos en otros
    indios, han llegado en varios tiempos á Buenos Aires, este año de 1740,
    examiné con industria á un indio de los de la Cordillera de Chile,
    llamado Francisco, á quien los indios, que acá llamamos Césares, habian
    traido muy muchacho por esclavo. Preguntándole si era de las naciones
    Peguenches ó Puelches, ó de qué nacion; contestó, que lo sacaron de su
    tierra tan niño, que no se acuerda; sino que es muy tierra adentro, mas
    allá de los Peguenches y Puelches, haciendo la seña, como que es á la
    parte del sueste de los Puelches, y adentro de la Cordillera, que mira á
    Chiloé, aunque no sabe dar razon de dicho Chiloé.

    Pero, preguntado si cerca de su tierra está la de los indios que llaman
    Césares; respondió, que estaban cerca de allí; pero mas cerca de Buenos
    Aires. Y preguntado, si en su tierra oyó decir que cerca de los indios
    Césares habia una poblacion de españoles; contestó, en propios términos,
    que era cierto que habia españoles, pero que estaban mas acá de los
    indios Césares, hácia la mar, y que la gente de aquellos parages,
    inmediatos á los Césares, tienen vacas y caballos, como los españoles de
    por acá. Añadió dicho indio, que los indios de aquellas partes no
    quieren que se oiga que hay tales españoles.

    Esto indio lo conocí mucho, por haberme servido en el viage á Chile, á
    fines del año de 1738. Es de natural silencioso y sencillo, verídico en
    su proceder, y cuando diese tales respuestas de invencion suya, mal
    podria acaso acertar en circunstancias concordantes con la relacion del
    dicho Silvestre Antonio de Roxas; ni este, si fuese tan embustero, que
    hubiese en su fantasia fabricado su relacion tan adecuada á las
    tradiciones y á la razon que dá el dicho indio Francisco.

    Se ha reparado en que Silvestre Antonio de Roxas no expresa en su
    informe qué modo de cristiandad, uso de sacramentos, y gobierno
    eclesiástico tienen los españoles Césares, ni qué república y leyes
    civiles observan; el vestuario y las armas que usan; obrages y otras
    circunstancias que calla; ni lo que discurren de los otros españoles de
    estas partes, de que talvez tendrán noticias tan dudosas y confusas como
    nosotros de ellos. Pero este reparo no me hace fuerza, considerando que
    dicho Roxas entraria por algun acaso á la tierra y ciudad de los
    Césares, como indio Peguenche, disimulado de los otros indios, y atendió
    solo á lo visible, sin detenerse en tales particularidades; y por la
    relacion tan sencilla que hace en su informe, se advierte que su cuidado
    se redujo á informar á Su Magestad ser cierto que habia tal ciudad de
    los Césares españoles.

    Muchos, ó los mas creen imposible que sea cierta dicha relacion,
    arguyendo que de serlo hubieran salido dichos Césares en busca de otros
    españoles; pero se les responde que no es de maravillar esta omision en
    ellos, cuando la nuestra es mayor en no haberlos procurado buscar,
    sabiendo que hay distancia cierta hasta la costa del mar, que corre
    desde el estrecho de Magallanes hasta la Bahia de San Julian, en cuyo
    intermedio es preciso que estén, si no es fabulosa su existencia: y que
    es de persuadirse que los indios sus comarcanos les ponderarian que es
    imposible llegar por entre naciones bárbaras, y caminos inaccesibles, á
    abrir comunicaciones con los demas españoles de estos reynos: porque la
    política de los indios, aunque bárbaros, será engañarlos, para que no
    haya motivo de que los españoles los conquisten, y descubran las
    riquezas de que no quieren usar; lo que observan rigurosamente, solo por
    ocultarlas á los españoles: por conocer que ni dominacion, ni comercio
    han sido la epidemia de infinidad de indios que habitaban antes las
    tierras, que al presente tienen pobladas los españoles.

    Tambien puede haber entre los tales Césares españoles la política
    natural de no descubrirse á quienes los domine, para que no alteren el
    modo de gobierno, y leyes municipales entre si acordadas, con que puede
    ser esten bien hallados: pues la parcialidad entre ellos dominante, mas
    querrá carecer de las útilidades que les podia proporcionar la sugecion
    al Rey de España, que decaer de la autoridad, que pueden pensar
    establecida en su descendencia.

    Ni fuera temerario creer, que como lo hicieron los pocos que empezaron á
    restaurar de los moros el reyno de Aragon, hayan dichos españoles
    Césares fundado alguna, aunque muy pequeña monarquia, con tales fueros y
    libertades de los subditos, y limitaciones de la soberania, que
    aborrescan absolutamente en comun la novedad del gobierno, y de las
    leyes á que no estan acostumbrados.

    Y suponiendo que aunque haya 350 leguas por mar de aquí al paraje que
    señala dicho derrotero, se podria á poca costa descubrir con un navio, y
    una falua en menos de tres meses de ida y vuelta, y salir de tantas
    dudas, no deja de ser notable el descuido que hay en esto: y aun cuando
    no fuese cierta la noticia de dichos Césares, podrian á la venida
    descubrir con una buena chalupa, las ensenadas y puertos que hay desde
    el Cabo de San Antonio al estrecho de Magallanes, y sí los dos grandes
    rios de las Barrancas y Tonuyan son navegables tierra adentro, con otras
    circunstancias que pueden ser muy importantes al servicio del Rey, y
    seguridad de esta parte de América: porque sin duda Su Magestad enviaria
    providencias para asegurar que en ningun tiempo cayesen en poder de
    extrangeros los puertos de San Julian, y otros que se descubriesen &a.

    CARTA

    _Del Padre Jesuita José Cardiel, escrita al Señor Gobernador y Capitan
    General de Buenos Aires, sobre los descubrimientos de las tierras
    patagónicas, en lo que toca á los Césares_ (11 de Agosto de 1746.)

    SEÑOR GOBERNADOR Y CAPITAN GENERAL,

    Me alegraré que V.S. se halle con la cabal salud que mi deseo le
    solicita para universal bien de estas provincias.

    Estando en esta nuestra estancia de Areco, retirado de la mision de
    españoles, que no pude proseguir mas que por 15 dias, á causa de la
    defensa ó guerra contra los indios, be recibido respuesta de mi
    Provincial á la carta que le escribí recien llegado del viage del mar,
    enviándole el diario del viage, y pidiéndole que informase al Consejo
    Real sobre el celoso y eficaz porte de V.S. acerca de dicho viage.
    Contiene la respuesta tres puntos: en el primero me dice estas formales
    palabras:–"Haré lo que dice el Sr. Gobernador, de escribir al Consejo,
    como Su Señoria lo merece, por su celo y eficacia en servicio de Dios, y
    del Rey; que quizá si no hubiese sido por él, nada se hubiera hecho. Yo
    me alegrára mucho de poder servir á V.S. en cosas de mayor monta; pues
    ademas de otros títulos milita en mi el de paisano."

    En el segundo me pide, que ruegue á V.S. me dé una certificacion firmada
    de los gastos que los tres Padres hemos hecho en el viage, porque así
    conviene. Ruego á V.S., me haga este favor, como de su benevolencia lo
    espero: podrá venir esta certificacion con él que lleva esta carta,
    enviándola para eso al Colegio.

    En el tercero me dice, atendiendo á mis deseos, que, "luego que halle
    coyuntura emprenderá el viage del Volcan, que es sierra distante de
    Buenos Aires como cien leguas al sud-oeste; para ver si allí hay forma y
    parage á propósito para formar un pueblo de indios serranos, que los
    Padres del de los Pampas tienen apalabrados; y penetrar desde allí á los
    célebres Patagones y Césares, hasta el estrecho de Magallanes. Porque
    habiéndose frustrado esta empresa por mar, por lo inhabitable de sus
    costas, como hemos visto, dice que no halla otro modo para esta tan
    famosa mision, por tantos años pretendida por el ánimo real, y del
    nuestro, sino principiando por dichos serranos, y prosiguiendo por sus
    inmediaciones á los inmediatos." Larga y tarda empresa, por cierto, si
    así se toma: mas pronta y eficáz la espero yo por la actividad, y celo
    cristiano y real de V.S., especialmente si V.S. considera bien lo que
    aquí dice.

    Sabido es que el Papa, como Vicario de Cristo en la tierra, entregó al
    Rey Católico la América con sus islas, haciéndole tutor de todos sus
    habitadores, para que como tal procurase su reduccion al cristianismo,
    con su poder, y con el egemplo de sus vasallos. Penetrado Su Magestad de
    esta obligacion, no cesa, por espacio de tres siglos, de hacer lo
    posible en cumplirla, ya despachando continuas cédulas á los Vireyes y
    Gobernadores, exhortándoles á lo mismo, y prometiéndoles favores á los
    que se esmerasen en este tan cristiano celo; ya premiando colmadamente á
    los que en este punto se han adelantado, como se puede ver en las
    historias de este Nuevo Mundo; ya enviando continuamente ministros
    evangélicos á su costa, y señalando en casi todas las provincias buen
    número de soldados que les sirvan de escolta en sus ministerios. Pues
    ademas de los muchos que tiene pagados para esto en Filipinas, Marianas
    y Mégico, en solo la provincia del Nuevo Reino, que comprende solamente
    desde Panamá hasta el reino de Quito, tiene pagados exclusivamente para
    este intento cuatrocientos soldados, con sus cabos respectivos, y con
    sueldo mayor que el de Buenos Aires: y en Buenos Aires tiene pagados
    para lo mismo cincuenta con su capitan; especificando que hayan de ser
    para escolta de los Padres Jesuitas de la mision de Magallanes y
    Patagones, que es de aquí al Estrecho. Todos estos soldados, de todas
    estas provincias, son para solos los misioneros Jesuitas, y no de otra
    religion. Los cincuenta de esta ciudad de Buenos Aires los señaló Su
    Magestad desde el año de 1684, de que no dejará de haber cédula en ese
    archivo; y manda Su Magestad que vayan siempre á obediencia de los
    misioneros. Así lo refiere D. Francisco Xavier Xarque, Dean de
    Albarracin, en la historia que escribió de los misioneros del Paraguay,
    y lo mismo manda que se efectúe en las demas provincias.

    Acerca de estas tierras de Magallanes, ha puesto Su Magestad especial
    empeño; pues habrá poco mas de cuarenta años, que envio una mision
    entera para estas tierras, y en ella venian padres escogidos, de tierras
    frias, para que mejor pudiesen aguantar los frios de hácia el Estrecho.
    Una Condesa se hizo protectora especial de esta mision, dió varias
    alhajas para ella, que estan todavia depositadas; y el altar portátil,
    que en este viage marítimo hemos llevado, es uno de estos dones.
    Comenzóse á disponer el viage, señaláronse soldados, buscábanse viveres,
    y cuando no faltaba mas que caminar, lo deshizo todo el enemigo comun,
    por intereses particulares de algunos. No era vizcaino el Gobernador,
    ni tenia brios, eficacia, ni empeño de tal; que si los tuviera, poco
    hubiera podido Satanás.

    Hasta ahora han estado todas esas miserables naciones en manos del
    demonio, cayendo cada dia al infierno. ¿Qué corazon cristiano lo podria
    sufrir, y siendo próximos nuestros redimidos con la sangre de un mismo
    Rey y Señor? Basta un rastro de cristiandad, sin ser necesario ser
    recoleto, para mover á compasion á cualquiera, haciéndole poner los
    medios posibles para ello; especialmente á los que tienen autoridad y
    poder para hacerlo. Nuestros padres, así de Chile, que es otra
    provincia, como de aquí, han empleado varios arbitrios; pero como para
    ello es menester el brazo seglar, y este ha faltado, tambien han faltado
    ellos.

    Acerca de estas tierras hay mas especiales motivos, que acerca de otras,
    para procurar su conquista, así espiritual como temporal: porque ademas
    de haber, tierra adentro, naciones de indios labradores, segun se tiene
    noticia de los de á caballo comarcanos, y tambien de á pié; estas dos
    calidades de ser labradores, y de á pié, son, segun nos muestra la
    experiencia, mas favorables para recibir el Evangelio, que si fuesen de
    á caballo, ó vagabundos sin sementeras, que es casi imposible el
    convertirlos.

    Ademas de esto digo, que hay graves fundamentos para creer que hay
    tambien poblaciones de españolea, y quizas con algunas minas de oro y
    plata, lo cual ha dudo motivo á la decantada ciudad de los Césares.

    Los fundamentos son estos: el suplemento á la historia de España por
    Mariana, y los mapas modernos dicen, que el año de 1523, entraron por el
    estrecho de Magallanes, cuatro navios españoles: los tres se perdieron
    en el Estrecho, y el cuarto pasó á Lima. En 1526, fué la flota de
    Molucas: pereció en el Estrecho la capitana, y las demas pasaron á
    dichas islas. En 1535, entraron en dicho estrecho algunos navios,
    amotinóse allí el equipage, y los hicieron naufragar. En 1539, entraron
    otros tres navios: el primero naufragó, el otro volvió de arribada, y el
    tercero pasó. Despues, (no dicen en que año) D. Pedro Sarmiento llegó al
    Estrecho con cuatro navios para poblar, y hacer escala de los demas,
    como ahora pretendiamos nosotros. Antes del Estrecho, á la entrada,
    formó una poblacion con el nombre de Jesus; y en ella dejó 150 hombres
    de guarnicion. Mas adelante, en el centro del Estrecho, echó los
    fundamentos para una ciudad, con el nombre de San Felipe. Todos dicen,
    que en varios parages del Estrecho hay leña y agua dulce, y por eso
    haria allí esas dos poblaciones; las cuales cosas no se encontraron en
    las costas, antes del Estrecho en los puertos que hay: que si se
    encontraron con pastos y tierra de sembrar, yo juzgo que hubieran
    sembrado los españoles.

    Pobló, pues, Sarmiento estos dos parages, y á poco tiempo, por las
    muchas calamidades, frio, hambre, y no venirle socorro, se volvió á
    España. Esto dice dicho suplemento y los mapas. ¿Qué se hizo, pues, de
    toda esta gente, que en tantos navios se perdió? Se ahogó toda? No por
    cierto, porque el Estrecho es muy angosto en partes: dicen aun los
    modernos que es de sola media legua, y por esto es cosa fácil el
    salvarse los naufragantes. Cuentan que de tres navios, habiéndose
    perdido los dos, y volviendo el uno, vió este á toda la gente en la
    orilla; que aunque le pedian que los llevase, no se atrevió á ello por
    falta de víveres y de buque, y con toda la gente de los demas navios
    perdidos sucederia lo mismo. Presúmese, pues, que toda esta gente habrá
    emparentado con los indios, y tendrán sus poblaciones á trescientas ó
    cuatrocientas leguas de aquí.

    El que no se haya descubierto en tanto tiempo, no me hace fuerza; pues
    las Batuecas, en medio de España tan poblada por todas partes, estuvo
    tantos centenares de años, ó sin descubrirse ó con muy poca ó dudosa
    noticia de que hubiese tal gente. Y pocos años ha, en medio del reyno de
    Mégico, mucho mas poblado de cristianos que estas partes, se descubrió
    una nacion hasta política, de quien existian varias dudas de si la
    habria ó no. Y mas arriba de la Nueva Viscaya y del Nuevo Mégico, en
    donde los mapas antiguos ponen la gran ciudad de Quiriza, de quien se
    decian tantas ó mas ponderaciones que las que se hacen de los Césares, y
    á cuya empresa ó conquista fueron tropas españolas, y se volvian
    cansados de la dificultad, diciendo que estaba encantada (vulgaridad que
    dicen luego para cohonestar su falta de empeño y constancia), se
    descubrió la nacion de los Pitos, gente efectiva, que vive en ciudades
    con edificios altos de suelos, y este es el encanto. Con que habiendo
    aquí mas dificultades que en lo dicho, no debe hacer fuerza el que hasta
    ahora no se haya descubierto. Ni tampoco me hace fuerza lo que dicen
    algunos, que si hubiera tales Césares ó poblaciones, era imposible que
    alguno de ellos no hubiera venido acá: porque si ninguno de estas partes
    ha penetrado mas que doscientas leguas de aquí hasta el rio del Sauce,
    por las dificultades que se han ofrecido ¿qué estraño es que ellos,
    teniendo menos medios, y quizás sin caballos, no hayan podido penetrar
    hasta nosotros?

    Pero vamos adelante, mostrando mas fundamentos. En la vida del santo
    Padre Nicolas Mascardi se dice, que siendo Rector del Colegio de Chiloé,
    ahora 60 ó 70 años, viendo que en el archivo de una ciudad de Chile
    habia una relacion de dos españoles, en que decian que habian salido
    huyendo del Estrecho por un homicidio que habia sucedido en una
    poblacion de españoles que en dicho parage habia, formada de la gente
    que se perdió en no navío que naufragó, y cotejando con esta relacion
    las noticias que daban los indios, se determinó á ir en busca de ellos.
    Encontró en el camino una nacion de indios, harto docil, que le pidió el
    bautismo. Pasó hácia el oriente. Salió al camino un cacique, que le dió
    una ropilla de grana, un peso de fierro, y un cuchillo con especiales
    labores en el puño, y le dijo: has de saber, que tantas dormidas de aquí
    (así cuentan las jornadas), hay una ciudad de españoles. Yo soy amigo de
    los de esta ciudad. Por la voz que corre de indios á indios, han sabido,
    que un sacerdote de los cristianos, anda por estas tierras: desean mucho
    que vayas allá; y para que creas que es verdad, me han dado estas señas.
    El padre no pudo penetrar allá, ni ellos pudieron juntarse con el padre
    por los indios enemigos. Envió dichas señas á Chile, y allí conocieron
    el cuchillo por su especial cabo, y dijeron que era del hijo del capitan
    tal (que no me acuerdo del nombre), que años habia te habia perdido con
    su navio en el Estrecho. Pasó adelante, donde le dijeron otros indios,
    que de otra ciudad habian salido en su busca dos españoles vestidos de
    blanco, que era el trage que allí todos usaban; y que llegando á una
    gran laguna, no pudieron pasar, y se volvieron. Tampoco pudo penetrar
    acá el padre. Dijeronle que mas adelante habia un muchacho, que habia
    estado algun tiempo en una de esas ciudades, y que sabia la lengua de
    los cristianos: llegó allá el padre, dió con el muchacho, y vió que
    sabia español, aunque pronunciaba mal. Prosiguió en busca de esta
    ciudad, y otros indios mas bárbaros lo mataron: aunque otros dicen que
    los mismos que lo guiaban por codicia de los abalorios que llevaba para
    ganar la voluntad de los que encontraba. Eran su escolta y su guia unos
    pobres indios traidores, como lo son de génio. Despues de la muerte de
    este padre, por las noticias que de él se adquirieron, resultó el venir
    la mision de que hablo arriba.

    Hay mas: un cristiano español ó mixto, hizo una relacion, que anda por
    Buenos Aires, en que dice en suma, que llevándole cautivo, ó de otra
    forma, llegó á una de estas ciudades, de que cuenta grandezas, y que en
    cierto parage antes de llegar, habia un cerro de diamantes, y otro en
    otro parage de oro. Un corregidor del Perú, llamado Quiros ó Quiroga,
    cuenta en suma en su relacion, que siendo de diez años, estando en
    Amberes, se embarcó en un navio, y que caminando por las costas de
    Magallanes, mucho antes del Estrecho, y metiéndose con la lancha por un
    riacho, saltando á tierra, dieron con él, el piloto, y todos los de la
    lancha, unos hombres que los llevaron por tierra, y que llegaron á una
    gran laguna; que allí los metieron en una embarcacion, y aportaron á una
    isla en medio de ella, en donde habia una gran ciudad é iglesia, donde
    estuvieron tres dias; que no entendian la lengua; y que al partir les
    dieron dos cajoncitos de perlas, que se cogian en aquella laguna. Que
    por señas, y por nombrar Rey y Papa, entendieron que les decian que era
    para ellos: que el piloto como herege se las llevó para sí: que
    cresciendo, y siendo ya mozo, dió cuenta de todo al consejo, prometiendo
    señalar la costa del riacho, por donde entraron: que le señalaron cuatro
    navios; y que suscitándose en este tiempo la guerra del Emperador y
    Felipe V., se deshizo el viage, por lo cual pretendió un corregimiento,
    que consiguió en el Perú. Estas y otras muchas cosas dice en su
    relacion; y se asegura que murió poco há.

    Añádese á esto lo que cuenta una cautiva, que llevada á muy distantes
    tierras, hácia el sud-oeste, encontró unas casas, y en ellas gente
    blanca y rubia; y que estando ella muy alegre, juzgando ser gente
    española, se le ahogó todo el contento, viendo que no les entendia
    palabra. Ademas de esto los indios estan continuamente diciendo, que hay
    tales poblaciones, y muchos de ellos convienen en que, en medio de una
    gran laguna hay una gran isla, y en ella desde la orilla se vé una gran
    poblacion, en la cual descuella mucho una casa muy grande, que piensan
    ser iglesia; y que otra pequeña está siempre echando humo, y que desde
    la orilla se oyen tocar campanas: y dicen que desde el volcan (de que
    hablé arriba) á donde dice, mi Provincial "que yo vaya" hay solamente
    seis dias de camino, al andar de ellos, que es lijero. Estos y otros
    fundamentos hay para creer que haya dichas poblaciones en este vasto
    espacio de 400 leguas. Creo que estas noticias estan mezcladas con
    muchas fabulas, mas habiéndose perdido tantos navios, no puede menos de
    haber algo de lo que se dice, y que por algo se dijo, pues que _no hay
    mentira que no sea hija de algo_. Lo de no entenderse la lengua es muy
    factible; siendo aquella poblacion del español corregidor, y la otra de
    la cautiva, de gente olandesa, ó inglesa; que tambien dicen que se han
    perdido en el Estrecho navios olandeses. La historia de Chile por el
    padre Ovalle trae algunos naufragios de ellos; y tambien puede ser que
    algunos españoles con el mucho tiempo, hayan perdido la lengua española,
    usando la que aprendieron de sus madres indias, con quienes se casaron
    los primeros. ¿Cuantos hay en el Paraguay, que no saben la lengua
    española? Y si se conserváran los primeros españoles que se casaron con
    las indias, sin que ningun europeo fuera allá, no se usára, ni se sabria
    ya otra lengua que la del indio, y aun con tanta mezcla de europeos, que
    cada dia van allá, la lengua que comunmente se usa, es la de los indios
    Guaranís, como en Viscaya la vascongada? ¡Oh cuanto me alegrára que
    V.S., sin hacer caso de algunos que quieren pasar por críticos y
    discretos, haciéndose incrédulos á todo, pusiese todo empeño en
    averiguar este punto, consiguiendo con su eficacia lo que otros no han
    podido! ¡Cuan deveras le serviria á V.S. en cosa que puede ser de tanto
    servicio de Dios, y del Rey! De Dios, pues si encontráramos españoles,
    estos, sin sacerdotes tantos años, estarán con muchos errores en la Fé y
    las costumbres, como el pueblo de las 400 casas, que dice el clerigo
    agradecido Ordoñez, que encontró hácia Filipinas, de un navio que habia
    naufragado 70 años antes, que tenian su cabildo é iglesia, á donde iban
    á rezar todos los dias de fiesta en lugar de misa, por no tener
    sacerdotes. Pero cada uno estaba casado con tres ó cuatro indias,
    diciendo que para multiplicarse, y poderse así defender de los indios
    enemigos, les era aquello lícito (¡qué de teólogos hace la depravada
    naturaleza!), y tenian otros varios errores. Sin hablar de la docilidad
    de los indios para el cristianismo, que en tanta variedad de naciones
    puede encontrar.

    Este descubrimiento se podrá hacer con 300 paisanos de esta gente
    estanciera, sin gastos reales; llevando cada uno 5 ó 6 caballos, y otras
    tantas vacas, pues esta gente no gasta pan ni biscocho. Con caballos y
    vacas todo tienen, y con solo darles pólvora y bala, de 6 á 7 libras de
    cada cosa, (pues muchos usan lanza) estaba hecho el gasto. Porque acha,
    barretas, azadas, palas para hacer pozos á falta de agua, empalizadas
    para defensa de enemigos, &c; todos llevarian de sus casas, y cueros
    para pasar rios. Si yo, que soy conocido por estas partes, viniera á
    cada partido, y juntándome cada sargento mayor su gente, les hiciera una
    exhortacion, animándolos á la empresa, poniéndoles delante los grandes
    bienes que de ella se seguirian al servicio de Dios, del Rey, y aun el
    suyo propio, por lo que se podria hallar de preciosidades á trueque de
    cuentas de vidrio y otros abalorios, como las lograron los que
    descubrieron á Mégico y al Perú, y en caso de no hallarse esto, que los
    tendria V.S. muy en la memoria para sus aumentos; y mas si con esto se
    les leyese un papel en que V.S. les hiciese estas debidas promesas: si
    esto se hiciese, es factible, que sin mas aparato ni gastos, se
    conseguiria el intento. El viage deberia hacerse por Setiembre, porque
    de aquí hasta el rio del Sauce, por el verano, suele haber falta de
    agua, y aun de pastos. Desde ahí hasta el Estrecho, dicen les indios que
    en todas partes hay agua y pastos. Habria de durar seis á ocho meses, si
    se registrára bien todo: y para tantos meses eran menester cinco reses
    para cada uno, y con cabos que fuesen de empeño (que si no son
    escogidos, luego se cansarian), todo se conseguiria, y V.S., ademas del
    prémio que se le guardaria para la otra vida, lo tendria grande del Rey
    Nuestro Sr. Nosotros acá no buscamos sino la honra y servicio de Dios,
    de aquel gran Señor, á quien no correspondemos, sino haciendo mucho por
    Su Magestad, y con solo su honra y gloria estamos contentos.

    Si á V.S. no le agrada este proyecto, ó si no tuviere efecto el juntar
    la gente de este modo, puede V.S. discurrir otro con gastos reales, ó á
    costa de particulares, que quieran entrar en la empresa. En todo estoy á
    las órdenes de V.S., que Dios guarde los años de mi deseo.–Estancia de
    Areco, y Agosto 11 de 1746.–B.L.M. de V.S. su mas afecto servidor y
    Capellan–

    JOSE CARDIEL.

    CAPITULO

    _De una carta del P. Pedro Lozano al P. Juan Alzola, sobre los Césares,
    que dicen están poblados en el estrecho de Magallanes_.

    Bien sé que en esta materia no faltan fundamentos que absolverian mi
    juicio de la nota de temerario; pues aquí me ha dicho el Sr. Rector, que
    en tu tiempo pasó por Córdoba un flamenco que habia salido de los
    Césares para Chile, porque habiéndose perdido su navio, fué á dar á
    aquella tierra, de donde lo llevó D. José Garro á Europa. Otros mozos se
    perdieron en la vaqueria, y fueron á dar á aquella laguna, en cuya
    orilla oyeron campanas. El año de 512, salieron, segun creo, por la
    Concepcion, algunos de dichos Césares, de los cuales uno entró en Chile
    en la Compañia; y aun en Chile parece se ha tenido por muy cierto que
    hay dichos Césares; pues aun el venerable padre Antonio Ruiz de Montoya,
    en un memorial que presentó á Felipe IV, despues de haber estado cuatro
    años en Madrid, y en el que responde á nueve calumnias contra esta
    provincia, rebatiendo la segunda, de que los padres ponen mal á los
    españoles con los indios, en uno de los párrafos en favor de los Padres,
    dice así:–_A los Césares pretendieron conquistar los españoles.
    Entraron con grandioso aparato por sus tierras; pero escarmentados en
    los indios de Chile sus vecinos, no quisieron recibir el yugo. Y no hubo
    allí religioso de la Compañia, que les hablase mal é indujese á no
    recibir á los que pretendian conquistarles_. Tengo en mi poder dicho
    memorial, que es de 11 hojas de á folio. Y el año de 1673, entró desde
    Chiloé el venerable padre Nicolas Mascardi, en busca de ellos; pero le
    martirizaron en el camino, y un papel que habrá 6 años me dió el padre
    Rillo, dice así:–"El año de 1711, por invierno, cuando está cerrada la
    Cordillera, salió á la ciudad de Chiloé, que cae de la otra parte de la
    Cordillera hácia el estrecho de Magallanes, uno de los Césares
    españoles, quien hizo relacion, de como en un ángulo de la Cordillera,
    que cae de esta banda, están situadas tres ciudades de españoles, de los
    navios que se perdieron en dicho estrecho de Magallanes, viniendo á
    poblar estas Indias en tiempo de Carlos V; que por eso los llaman
    _Césares_;" (relacion que dió un español antiguado), las cuales tres
    ciudades quiso llamar á una, y la mas populosa, los Hoyos, la otra el
    Muelle, y la tercera los Sauces. Distan segun los cosmógrafos, y por
    relacion del dicho, 160 leguas de la ciudad de Mendoza, 140 de la de San
    Juan Luis de Loyola, 190 de la de San Juan, 286 de Buenos Aires. De
    Chillan ciudad de la otra banda, de la Cordillera 130 leguas, y 10 de
    Calbuco, lugar de los Aucaes Chilenos. De manera que dichos Césares,
    segun esta nueva relacion, caen tierra adentro, en el centro de la
    serrania, distante de la costa de Magallanes lo que dichas ciudades, de
    la provincia de Cuyo, poco mas ó menos, segun ellas distan de la dicha
    costa. Por la parte del norte, donde está Mendoza, circunda á dichos
    Césares una laguna de muchas leguas, la que les sirve de fortificacion y
    muro contra las invasiones de los indios caribes, como son los Puelches,
    Muyuluques y otras naciones. Con algunas tienen contratadas
    embarcaciones, cambiando á los indios mieses, trigos, legumbres, y
    ropas, por vacas que pasan embarcadas por la laguna. No tienen otro
    metal que el de la plata, de que gozan en abundancia, y de él fabrican
    rejas de arado, cuchillos, ollas, &a. Este hombre César salió á una
    nacion de indios, que llaman, _Cumas de Chiloé_, y de allí lo dirigieron
    á dicha ciudad. Salió á pié, que no usan caballos, como las demas
    naciones de indios de aquellas serranias. Entróse en la compañia de
    dichos, en la provincia de Chile, y hoy es coadyutor. En este mismo año
    de 1711, el General D. Juan de Mayorga, vecino de Mendoza, sin tener
    noticia de la salida de dicho César, por estar cerrada la Cordillera,
    hizo y juntó gente en dichas tres ciudades de la provincia de Cuyo, por
    mandado del Gobernador y Presidente de Chile, D. Juan Francisco Uztariz,
    y entró por el mes de Setiembre de dicho año á descubrir dichos Césares,
    con una guia española, que los indios habian cautivado en las vaquerias;
    y habiendo este tenido noticia cierta de los Césares, por haberlos visto
    de lejos (aunque no se comunicó con ellos, porque los indios lo
    impedian), huido de su poder, dió esta noticia á dicho General Mayorga,
    quien pidió licencia á su Presidente para esta entrada. Y habiendo
    entrado, como llevo dicho, y dado la primera batalla á los indios, en el
    camino (donde tomó 200 piezas de las familias de los indios, mató hasta
    30 indios guerreros, y apresó algunos), se le amotinó la gente española,
    diciendo, que los iba á entregar á la muerte, y hacerlos despojos de los
    bárbaros, y con esto se volvió sin efecto. Y habiendo dado tormento á un
    indio gandul de los apresados, para que confesase lo que sabia de los
    Césares, dijo, que sabia eran españoles, y que así los llamaban ellos: y
    por ser de esta parcialidad, que los habia visto, y que siete caciques
    con siete parcialidades estaban esperando á dicho General y su gente,
    mas acá de la sierra, para matarle con todos los suyos, debajo de
    palabra de amistad. Hasta aquí dicho papel, que, como dije, me dió el
    secretario Rillo, y que parece sea de letra del célebre padre Lezana.
    Pero sea de quien se fuere, lo cierto es, que, aunque no tan menudo en
    lo que refiere, discrepa poco en la substancia del de Villaruinas. Y que
    no se hayan hallado en tanto tiempo los Césares, no es prueba de que no
    los hay, como no lo fuera de que no habia Canárias, porque no se
    hubiesen descubierto hasta los años de 1200; ni que no habia Indias, el
    no haberse descubierto hasta los tiempos de Fernando el Católico; ni que
    no habia Batuecos, el no haberse descubierto hasta el reynado de Felipe
    II., y esto estando en el riñon de España. Con todo eso yo no lo creo,
    solo envié dicho papel, como antes dije á Vuestra Señoria Reverendísima,
    para que se entretuviese en el viage, para lo cual cualquier patraña
    sirve; pero esta no deja de tener su apariencia de verdad.

    PEDRO LOZANO.

    DERROTERO

    _Desde la ciudad de Buenos Aires hasta la de los Césares, que por otro
    nombre llaman la_ Ciudad Encantada, _por el P. Tomas Falkner, jesuita_.
    (1760.)

    Llegando á la ciudad de la Santísima Trinidad, puerto de Santa Maria de
    Buenos Aires, y provincia del Rio de la Plata, se saldrá de ella, y se
    caminará por el camino abierto que hay de las carretas, que es el que
    traginan los de Buenos Aires á la sierra del Tandil. Hay de esta sierra
    en adelante indios que llaman Pampas: es un gentio que corre todas las
    campañas, los cuales suelen hacer algunas hostilidades en las gentes que
    salen á los campos á vaquear, y hacer faenas de sebo y grasa.

    Distante de esta sierra, como cosa de 80 leguas, tirando para el
    poniente, se hallará otra sierra que llaman Guamini, que está por un
    lado distante del mar cosa de dos leguas: tiene esta sierra por la parte
    del norte una laguna de aguas permanentes muy grande, llamada _Guamini_,
    de donde toma el nombre la misma sierra. En esta laguna se suelen juntar
    hasta seiscientos, y ochocientos indios Pampas, de diferentes naciones,
    y solamente en el tiempo de cosecha de la algarroba, para hacer sus
    paces unos con otros, poniendo sus ranchos al rededor de la laguna, para
    entrar con tiempo al monte, que dista de allí como cosa de cuatro leguas
    poco mas; en cuyo monte hay mucha cantidad de algarroba, de donde se
    proveen para su mantenimiento, y para hacer la chicha para todo el año,
    que es la bebida usual que ellos estilan.

    Desde esta laguna hasta pasar á la otra parte del monte, hay de
    travesía, por una parte, setenta leguas, en parte mas, y en parte menos:
    con la advertencia de que en medio de este monte habitan otros indios
    llamados _Mayuluches_, y serán como cuatro ó cinco mil por todos; los
    cuales salen á correr las campañas por la parte del poniente; y es gente
    muy belicosa, doméstica y amigos de los españoles.

    Saliendo de este monte, tirando siempre hácia el poniente, se pasa por
    unas campañas dilatadas, cuya travesía es de treinta leguas, sin que se
    halle una gota de agua, por ser la tierra muy arenosa y estéril de todo
    pasto, donde apenas se encuentra tal cual árbol. Pasado dicha travesía,
    se halla un rio muy grande y hondo, que sale de la Cordillera grande de
    Chile, y vá dando vueltas, atravesando dichas campañas. Este rio es
    profundo, y lleno de barrancas muy ásperas en algunas partes, y por esta
    causa tiene sus pasos señalados, por donde se pueda vadear; que por eso
    es llamado rio de las _Barrancas_.

    Pasado este rio, prosiguiendo por las dichas campañas estériles, siempre
    siguiendo el mismo rumbo, se encuentra otro rio llamado Tunuyán,
    distante uno de otro cincuenta leguas por algunas partes. Entre estos
    dos rios habitan otros indios llamados Picuncties; son en gran número,
    los mas bravos que hay en todas las campañas, 7 no se extienden á mas
    que entre los dos rios.

    Saliendo de este rio, _y_ siguiendo siempre el rumbo del poniente, se
    entra por una campaña llena de médanos muy fragosos y ásperos, tierra
    muy seca _y_ estéril. Caminando por entre los médanos, como cosa de
    treinta leguas, se descubre, mirando al poniente, un cerro grande
    nevado, muy alto, en forma de columna, llamado el cerro de Payen. En
    dicho cerro están los indios Chiquillanes; que son muy domésticos y
    familiares con los españoles, y llegarán al número de dos ó tres mil
    indios. Tiene este cerro grande muchos cerros colorados al rededor, los
    cuales son todos de metales de oro muy rico, y al pié de este cerro
    grande, hay otro pequeño, que es de azogue, el cual se presenta como de
    un cristal muy fino.

    Desde este cerro grande se dirige el rumbo al sur, y á cosa de cinco
    leguas se encuentra un rio, llamado el Rio Diamante: dicho así porque
    nace de un cerro negro, pasado de plata; y con muchos diamantes. Mas
    adelante de este cerro negro, como cosa de cinco leguas, se encuentra
    otro rio, llamado de San Pedro. Entre estos dos rios, esto es, entre el
    Diamante y el de San Pedro, habitan unos indios llamados Diamantinos,
    gente de que los mas de ellos son cristianos, que se huyeron de los
    pueblos españoles, por las violencias de los encomenderos. Son estos
    indios muy labradores, y serán en número de 400. Este rio de San Pedro
    es muy temido de toda clase de indios, por lo fragoso que es, y porque
    solo tiene unos pocos pasos, por cuanto lo mas del año está crecido.

    Prosiguiendo siempre el mismo rumbo hácia el sur, á distancia de cuatro
    leguas, se encuentra otro riachuelo, que llaman Estero: llámase tambien
    el riachuelo de los Ciegos, por haber habitado allí en tiempos antiguos
    unos indios que se cegaron de resultas de un temporal grande que huvo de
    nieve. En este riachuelo ó estero habita una multitud de indios, que
    llaman Peguenches, cuyas armas son lanzas y alfanjes, que usan tambien
    todos los demas. Estos indios Peguenches corren hasta la Cordillera
    Nevada, por la parte del poniente, y por la parte del sur comercian con
    los Césares ó españoles.

    Caminando siempre por el mismo rumbo, cosa de treinta leguas mas ó
    menos, se encuentran otros indios, llamados Puelches. Estos indios son
    muy altos y corpulentos, y tienen los ojos muy pequeños: son tan pocos,
    que no llegan á seiscientos, y son tambien muy parciales y amigos de los
    españoles, con quienes desean tener siempre trato. Esta gente está á la
    boca de un valle muy grande, de donde sale un rio muy caudoloso, llamado
    el rio Hondo, el cual es criadero. Dicho rio Hondo nace de la falda de
    unos cerros colorados muy ricos, pasados de oro, y mucho cobre campanil,
    que es la madre de dicho oro en grano. Estos indios tienen su Cura ó
    Párroco, el cual depende del Obispo de Chile, siendo los mas de ellos
    cristianos.

    Prosiguiendo siempre al propio rumbo del sur, se encuentra, como á
    distancia de tres leguas, otro rio que llaman el Rio del Azufre, por
    tenerlo en abundancia; y este rio, nace de la raiz de un volcan.
    Caminando el mismo rumbo, como cosa de treinta leguas ó algo mas, se
    encuentra otro rio grande, muy ancho, y muy apacible en sus corrientes;
    y este rio nace en la Cordillera de un valle grande espacioso, y muy
    alegre, en donde están y habitan los indios Césares. Es una gente muy
    crecida y agigantada, tanto, que por el tamaño del cuerpo no pueden
    andar á caballo sino á pié. Estos indios son los verdaderos Césares; que
    los que vulgarmente llaman así, no son sino españoles, que anduvieron
    perdidos en aquella costa, y que habitan junto al rio que sale del
    valle, en las inmediaciones de los indios Césares; y por la cercania que
    tienen á esta nacion, les dan vulgarmente el mismo nombre, no porque en
    la realidad lo sean. Estos indios Césares es gente mansa y apacible: las
    armas que usan son flechas grandes, ó arpones, con que se guarecen y
    matan la caza, que son los guanacos que hay abundantes en aquellas
    tierras. Tambien usan estos indios de la honda con que tiran una piedra
    con gran violencia; y estos indios son los que trabajan en los metales
    de plomo romo, y lo funden á fuego; y el modo que tienen de fundir así
    los metales como el plomo, es diferente del nuestro, porque nosotros
    los españoles lo fundimos en hornillos, y ellos lo funden en otra
    fábrica que llaman _guayras_.

    En el dicho valle grande y espacioso, donde habitan estos indios
    Césares, hay un cerro grande muy alto y derecho, y al pié de este cerro,
    se encuentra un cerrillo negro muy relumbrante, que parece tener metal
    de plata, y es de piedra iman muy fina, y hay piedras del tamaño de tres
    cuartas; y si se buscase, se hallarian mas grandes; que es cosa de
    admiracion. Estos indios no trabajan sino en este metal, por ser suave y
    blando, y no explotan los otros metales ricos de plata: lo uno, porque
    no los saben fabricar, y lo otro porque no hay azogue, y por esta causa
    no hacen aprecio de metales mas ricos, aunque hay muchísimos.

    Saliendo de adentro del dicho valle, por la orilla del rio grande, como
    cosa de 6 leguas abajo, se halla el paso, ó portezuela por donde llegan
    los españoles que habitan de la otra parte del rio, con sus
    embarcaciones pequeñas, que no tienen otras; y como cosa de tres leguas
    mas abajo, se halla el paso por donde vadean los de á caballo, por el
    tiempo de cuaresma, como tengo referido, por estar lo mas del año muy
    crecido el dicho rio.

    * * * * *

    _Descripcion de la ciudad de los Españoles._

    Esta ciudad, que llaman la _Ciudad Encantada_, está en la otra parte de
    dicho rio grande que he referido, poblada en un llano, y fabricada mas á
    lo largo que en cuadro, casi en la misma planta que la de Buenos Aires.
    Tiene esta ciudad muy hermosos edificios de templos, y casas de piedra
    labrada, y bien tejadas al uso de nuestra España. En las mas de ellas
    tienen los españoles indios cristianos para la asistencia de sus casas y
    haciendas, á quienes los propios españoles, con su educacion han
    reducido á nuestra Sta. Fé Católica. Tiene dicha ciudad, por la parte
    del poniente y del norte, la Cordillera Nevada, en la cual han abierto
    dichos españoles muchísimos minerales de oro y de cobre, y estan
    continuamente explotando dichos metales.

    Tambien tiene esta ciudad, por la parte del sur hasta el oriente,
    dilatadas campañas, donde tienen los vecinos y habitadores sus estancias
    de ganados mayores y menores, que son muchísimos; y heredades para su
    recreo, con mucha abundancia de todo género de granos y hortaliza:
    adornadas dichas heredades, con sus alamedas de diferentes árboles
    frutales, que cada una de ellas es un paraiso. Solo carecen de viñas y
    olivares, por no tener sarmiento para plantarlos.

    Tambien tienen por la parte del sur los habitadores de esta ciudad, cosa
    de dos leguas poco mas, la mar vecina, de donde se proveen de rico
    pescado y marisco para el mantenimiento de todo el invierno. Y
    finalmente, por no ser molesto en esta descripcion, digo que es el mejor
    temperamento, y mas benévolo que se halla en toda la América, porque
    parece un segundo paraiso terrenal, segun la abundancia de sus
    arboledas, ya de cipreses, cedros, pinos de dos géneros; ya de naranjos,
    robles y palmas, y abundancia de diferentes frutas muy sabrosa: y es
    tierra tan sana que la gente muere de puro vieja, y no de enfermedades,
    porque el clima de aquella tierra no consiente achaque ninguno, por ser
    la tierra muy fresca, por la vecindad que tiene de las sierras nevadas.
    Solo falta gente española para poblarla, y desentrañar tanta riqueza,
    que está oculta en aquel país; por lo que ninguno se admire de cuantos á
    sus manos llegase este manifiesto, porque todo lo que aquí vá referido,
    no es ponderacion, ni exageracion alguna, sino la pura verdad de lo que
    hay y es, como que yo mismo lo he andado, lo he visto y tocado por mis
    manos. Tiene de jurisdiccion dicha ciudad 260 leguas, mas que menos &a.

    RELACION

    _De las noticias adquiridas sobre una ciudad grande de españoles, que
    hay entre los indios, al sud de Valdivia, é incognita hasta el presente,
    por el capitan D. Ignacio Pinuer._ (1774.)

    Habiendo, desde mis primeros años, girado el poco comercio que ofrecen
    los indios comarcanos, y las jurisdicciones de esta plaza, me fuí
    internando, y haciendo capaz de los caminos y territorios de los indios,
    y especialmente de sus efectos, como es constante á todos los de esta
    plaza. Con este motivo tenia con ellos conversaciones públicas y
    secretas, confiandome sus mas reconditos secretos, y contándome sus mas
    antiguos monumentos y hechos inmemoriales. Mas entre las varias cosas
    ocultas que me fiaban, procuré adquirir noticias, que ya, como sueño ó
    imaginadas, oia en esta entre mis mayores; y haciéndome como que de
    cierto lo sabia, procuraba introducirme en todas, para lograr lo que
    deseaba. Tuve la suerte muchas ocasiones, que los sugetos de mayor
    suposicion entre ellos, me revelasen un punto tan guardado y encargado
    de todos sus ascendientes; porque aseguraban que de él pendia la
    conservacion de su libertad.

    Esta es la existencia de una ciudad grande de españoles: mas no
    satisfecho con solo lo que estos me decian, seguia el empeño de indagar
    la verdad. Para ello cotejaba el dicho de los unos con los informes de
    los otros, y hallándolos iguales, se me aumentaba el deseo de saber á
    punto fijo el estado de aquella ciudad ó reino (como ellos lo nombran),
    y tomé el medio de contarles lo mismo que ellos sabian, fingiéndoles que
    aquellas noticias las tenia yo y todos los españoles por la ciudad de
    Buenos Aires, comunicadas por los indios Pampas, picados de haber tenido
    una sangrienta guerra con los mismos Guilliches. Pero que los de
    Valdivia nos desentendíamos de ellas, temiendo que el Rey intentase
    sacar aquellos rebeldes, en cuyo caso experimentaríamos las
    incomodidades que acarrea una guerra. Con oir estas y otras expresiones,
    ya me aseguraban la existencia de los _Aucahuincas_ (así los nominan),
    el modo y trato de ellos: bien que siempre les causaba novedad, como los
    Peguenches, siendo tan acérrimos enemigos de los españoles, diesen una
    noticia tan encargada entre ellos para el sigilo; y esto dorado con
    algunas razones, producidas en lo inculto de sus ingenios: á lo que
    regularmente les contestaba que de un enemigo vil mayores cosas se
    podian esperar, aunque no era de las menores el tratarlos de traidores,
    y de que como ladrones tenian sitiados y ocultos hasta entonces aquellos
    españoles, privando á su Rey de aquel vasto dominio. Este es el arte con
    que los he desentrañado, y asegurándome de las exquisitas noticias que
    pueden desearse para la mayor empresa, sin que por medio de
    gratificacion, ni embriaguez, ya medio rematados, ni otro alguno, jamas
    lograse de ellos cosa á mi intento, antes sí una gran cautela en todas
    las conferencias que sobre el particular tenia con ellos, cuidaba de
    encargarles el secreto, que les convenia guardar, pues sus antepasados,
    como hombres de experiencia y capacidad, sabian bien los motivos de
    conservarlo. Y si sucedia, como acaeció muchas veces, llevar en mi
    compañia alguno ó algunos españoles, me separaba de ellos para hablar de
    estos asuntos, procurando salir al campo, ó á un rincon de la casa con
    el indio, á quien le prevenia que callase, si llegaba algun conmpañero
    mio, pues no convenia fiar á todos aquel asunto, porque como no eran
    prácticos en los ritos de la tierra, saldrian hablando y alborotando.
    Este régimen, y la cautela de no mostrar deseos de saber, sino solo
    hablar como por pasatiempo de lo que ambos sabíamos, he usado con los
    indios sobre treinta años, teniendo la ventaja de hablar su natural
    lengua, por cuyo motivo egerzo hoy por este gobierno (despues de otros
    empleos militares), el de lengua general de esta plaza, en donde á todos
    les consta la estimacion que hacen de mi aquellos naturales. Así adquirí
    las evidentes noticias que expongo al Monarca, ó á quien hace su
    inmediata persona, diciendo:–

    Que en aquel general alzamiento, en que fueron, (segun antiguas
    noticias), perdidas ó desoladas siete ciudades, la de Osorno, una de las
    mas principales y famosas de aquellos tiempos, no fué jamas rendida por
    los indios; porque aunque es cierto, que la noche en que fueron atacadas
    todas, segun estaba dispuesto, le acometieron innumerables indios con
    ferocidad, hallaron mucha resistencia en aquellos valerosos españoles,
    que llevaron el prémio de su atrevida osadia, quedando bastantes muertos
    en el ataque, con poca pérdida de los nuestros. Pero sin embargo
    determinaron los indios sitiar la ciudad, robando cuanto ganado habia en
    los contornos de ella, y frecuentando sus asaltos, en los que siempre
    quedaron con la peor parte. Pero, pasados seis ó mas meses, consiguieron
    por medio de la hambre ponerlos en la última necesidad; tanto que por no
    rendirse, llegaron á comerse unos á otros: y noticiosos los indios de
    este aprieto, los contemplaron caidos de ánimo, por lo que resolvieron
    atacarlos con la ayuda de los que acababan de llegar victoriosos de esta
    plaza; y en efecto hicieron el último esfuerzo, envistiéndola con tanta
    fiereza que fué asombro. Pero el valor de los españoles, con el auxilio
    de Dios, logró vencerlos, matando cuantos osaron subir por los muros,
    donde pelearon las mugeres con igual nobleza de ánimo que los hombres; y
    aunque vencidos los indios, siempre permanecieron á la vista de la
    ciudad, juzgando que precisamente los habia de rendir el hambre, como
    tan cruel enemigo. Pero los españoles, cada vez con mas espíritu, se
    abastecieron de cadáveres de indios, y reforzados con aquella carne
    humana, y desesperados ya de otro recurso, determinaron abandonar la
    ciudad, y ganar una península fuerte por naturaleza que distaba pocas
    leguas al sur, (cuyo número fijo no he podido averiguar, pero sé que son
    pocas) en donde tenian sus haciendas varias personas de la misma Osorno,
    de muchas vacas, carneros, granos, &a. Salieron con sus familias, lo mas
    precioso que pudieron cargar; con las armas en las manos marcharon,
    defendiéndose de sus enemigos, y sin mayor daño llegaron á la península,
    la que procuraron reforzarla, y despues de algunos dias de descanso,
    hicieron una salida, vengaron en los enemigos su agravio, pues dejaron
    el campo cubierto de cadáveres, volviendo á la isla no solo con porcion
    de ganado, sino con cuanto los indios poseian, y continuaron
    fortaleciéndola.

    Consta la magnitud de esta península, segun la explicacion de los
    indios, como de treinta leguas de longitud y seis á ocho de latitud. Su
    situacion está en una hermosa laguna, que tiene su principio del volcan
    de Osorno, y á quien igualmente dá agua otro volcan, que llaman de
    Guancqué; pues aunque este está distante del otro, por el pié de la
    Cordillera se desata en un rio pequeño que camina hácia el sur, y se
    incorpora en esta laguna, con cuyo socorro se hace formidable. Ella está
    al pié de la Cordillera, y dista del volcan de Osorno siete á ocho
    leguas poco mas ó menos; y es madre del rio Bueno. Es tan grande, que
    ninguno de los indios dá noticia de su término; es profunda, y muy
    abundante de peces: en ella tienen los españoles muchas canoas para el
    ejercicio de la pesca, y para la comunicacion de tres islas mas
    pequeñas, que hay en medio de dicha laguna ó mar, como los indios le
    llaman. Esta no abraza el contorno de la isla, si solo la mayor parte de
    ella, sirviéndole de total muro, un lodazal tan grande y profundo, de
    tal manera que un perro (como los indios se explican) que intenta
    pasarlo, no es capaz de desprenderse de él. Tampoco este lodazal hace
    total círculo á la isla; pues por el principal extremo, que es al norte,
    hay de tierra firme entre la laguna y el pantano hasta veinte y mas
    cuadras (segun dicen los indios), y es la entrada de esta grande
    poblacion ó ciudad, siendo la parte por donde se halla fortificado de un
    profundo foso de agua, y de un antemural rebellin; y ultimamente de una
    muralla de piedra, pero baja. El foso tiene puente levadizo entre uno y
    otro muro: grandes y fuertes puertas; y un baluarte, en donde hacen
    centinela los soldados. Segun los indios, el puente se levanta todas las
    noches.

    Las armas que usan son, lanzas, espadas y puñales, pero no he podido
    averiguar si son de fierro. Para defensa de la ciudad tienen artilleria,
    lo que se sabe fijamente, porque á tiempos del año la disparan: no
    tienen fusiles, para su personal defensa usan coletos. Tambien usan
    otras armas, que los indios llaman laques, y son dos piedras amarradas
    cada una en el extremo de un látigo, en cuyo manejo son diestrísimos, y
    por esto muy temidos de los indios.

    La forma ó construccion que tiene la ciudad no he podido indagarlo,
    porque dicen los indios, que nunca les permiten entrar, pero que las mas
    de las casas son de pared y teja, las que se ven de afuera por su
    magnitud y grandeza.

    Ignoro igualmente el comercio interior, y si usan de moneda ó no; pero
    para el menage y adorno de sus casas, acostumbran plata labrada en
    abundancia. No tienen añil, ni abalorios, por cuyo motivo dicen los
    indios que son pobres. Hacen tambien el comercio de ganados de que
    tienen grandísimas tropas fuera de la isla, al cuidado de mayordomos, y
    aun de los mismos indios. Ponderando estos la grandeza de que usan,
    dicen que solo se sientan en sus casas en asientos de oro y plata
    (expresion de los españoles que salen fuera). Tambien han tenido
    comercio de sal, esto es, hasta ahora poco la han comprado á los
    Peguenches, que por aquella parte á menudo pasan la Cordillera, y son
    muy amigos de estos; como así mismo lo han tenido con los indios
    nuestros, que llamamos Guilliches, pero ya les ha dado Dios con
    abundancia un cerro, y proveen á sus indios comarcanos.

    Segun exponen los indios, usan sombrero, chapa larga, camisa, calzones
    bombachos, y zapatos muy grandes. Los que andan entre los indios
    regularmente estan vestidos de coletos, y siempre traen armas.

    Los indios no saben si usan capa, porque solo los ven fuera del muro á
    caballo; se visten de varios colores; son blancos, barba cerrada, y por
    lo comun de estatura mas que regular.

    Por lo que respecta al número de ellos claro está es muy dificil
    saberlo, aun estando dentro de la ciudad: no por eso dejé de preguntar
    repetidas veces á varios indios, los que respondieron, considerase si
    serian muchos, cuando eran _inmortales_, pues en aquella tierra no
    morian los españoles.

    Con este motivo me informaron de que no cabiendo ya en la isla el mucho
    gentio, se habian pasado muchas familias, de algunos años á esta parte,
    al otro lado de la laguna, esto es, al este, donde han formado otra
    nueva ciudad. Está á las orillas de la misma laguna, frente de la
    capital; sírvele de muro por un lado la laguna, y por el otro está
    rodeada de un gran foso, ignoro si es de agua, con su rebellin, y puerta
    fuerte, y puente levadizo como la otra. La comunicacion de las dos está
    por mar, por lo que tienen abundancia de embarcaciones. Tambien tienen
    artilleria, y el que en esta manda, está sugeto al rey de la capital.
    Nada puedo decir con respecto al órden interior de gobierno de aquel Rey
    de la capital; pero sé por varias expresiones de los indios, que es muy
    tirano: lo que confirma la noticia siguiente.

    Habiendo salido de Chiloé un chilote en el mes de Octubre de 1773 (no sé
    con que destino) llegó á avistar la principal ciudad de aquellos
    españoles, pasando por medio de los indios, suplicándoles tuviesen
    caridad de él, pues se veia allí sin saber á donde. Al llegar la noche
    tocó las puertas de la ciudad (siempre las tienen cerradas) asomóse un
    soldado, y haciéndole las regulares preguntas, de quien vive, &a.
    respondió era chilote, y que allí habia llegado perdido, y que se
    hallaba sin saber qué tierra era aquella. A lo que en lengua de indio
    respondió el soldado, se admiraba de que los indios le hubiesen dejado
    pasar vivo, pero ya que logró esa dicha se retirase prontamente antes
    que algun otro le viese, (á todos se prohibia llegar allí) ó el se viese
    precisado á dar parte á su Rey, quien si lo supiera (así lo relató el
    chilote á los indios) mandaria buscarlo por cuantos caminos habia para
    quitarle la vida, pues era hombre muy tirano, y que con su gobierno
    ambicioso tenia á la plebe en la mayor consternacion, y esta es voz
    comun de los indios. Volviendo al chilote que escapó del rigor de aquel
    tirano, y ya entre los indios, algunos de ellos se ofrecieron á
    acompañarle, pero en la primera montaña, le quitaron la vida: cuya
    noticia se me trajo por indios de mucha verdad del fuerte de San
    Fernando, á orillas del rio Bueno, luego que sucedió; y esto tiene á los
    indios llenos de temor. Este suceso del chilote ha dado motivo entre
    aquellos españoles (persuádome es la plebe) para el empeño de poner
    señales en el cerro, que llaman de los Cochinos, que es donde se divisa
    la ciudad principal y laguna, único y mas inmediato para llegar á
    aquella tierra como lo expondré. En este sitio acaece, en lo que no hay
    duda, que los españoles ponen una espada con zapatos; los indios la
    quitan, y ponen un machete. Los españoles ponen una cruz; vienen los
    indios quitan la cruz, y ponen una lanza, toda de palo. Los españoles
    ponen redondas piedras como balas; y despues de estas amenazas de unos y
    otros, estan constantemente hallando los indios en aquel propio sitio
    del cerro, varios papeles, ó cartas puestas en una estaca, cosa que
    tiene á los indios consternados, pues ni se atreven á quitarlos, ni se
    apartan de allí, manteniéndose en continua vigilancia, temerosos que
    algun papel de estos salga entra ellos, y dé en manos de nosotros. Esta
    noticia y la del chilote, se han divulgado por toda la tierra adentro,
    y, como digo, se hallan cuidadosos.

    Para mas asegurarse de nosotros, aquel Rey tiene trato anualmente con
    los indios de su jurisdiccion que son muchos, y para explicar su crecido
    número dicen estos que parecen llovidos, aunque no muy valientes; á
    quienes tiene tan gratos por estar precisamente á sus órdenes. Tiene
    caciques al modo nuestro, y uno superior entre ellos con quien tiene mas
    estrecha amistad. Con estos hace sus juntas, convocando tambien á los
    Peguenches, con quien conserva gran familiaridad; y así suelen hallarse
    multitud de vocales en las juntas que hace. El punto de que con mayor
    esfuerzo se trata con todos aquellos indios, es sobre que no permitan
    llegar ninguno de afuera por los caminos que tenemos para allá, ni por
    la Cordillera inmediata á ellos, y que si alguno lo intentase, que lo
    maten, sin la menor conmiseracion. Lo que hace creer se hallan contentos
    en su retiro aquellos españoles, supongo serán los superiores, y que
    aquellos signos de papeles, &a. serán de la plebe, que, oprimida, desea
    sacudir el yugo.

    Sin embargo cuando por órden de Nuestro Exmo. Señor Virey, D. Manuel de
    Amat, Capitan General entonces de este reyno de Chile, se emprendió
    aquella famosa salida para los llanos, que fué terror de los indios, sé
    de cierto, por varios de estos que me lo aseguraron, fué público en esta
    plaza, que estando disponiendose los nuestros para ella, llegó la
    noticia á aquellos españoles, con la que ordenaron salir á encontrarse
    con nosotros, no sé con que fin. Estando en estas disposiciones, llegó
    nuestro campo á orillas de rio Bueno, en donde la noche de su llegada
    tuvo aquel tan notorio ataque, que habiendo oido los españoles de la
    laguna en el silencio de la noche, á la inmediacion de la ciudad, los
    tiros de los pedreros y esmeriles, salieron á los dos ó tres dias con
    300 hombres, segun los indios se explican y tiraron derechos para rio
    Bueno. Al segundo dia de su marcha supieron la retirada de los nuestros
    por los mismos indios, pero con todo no desistieron del empeño de
    caminar; en cuya vista los indios aquella noche hicieron su consejo, y
    resolvieron atacarlos á la mañana, y si posible fuese acabarlos: con
    efecto presentaron la batalla en la que pelearon unos y otros con grande
    valor, y que duró algunas horas, pues disputaban con iguales armas:
    murieron un sin número de indios y bastantes españoles, pero quedó el
    campo por estos, aunque con la muerte de su esforzado capitan. La
    noticia de esta pelea procuraron obscurecerla, encomendando con pena de
    la vida su sigilo, para que no llegára á nosotros.

    El camino de menos rios, aunque mas dilatado, para aquellas dos
    ciudades, es el que llamamos de los Llanos, por donde marchó nuestra
    tropa hasta el rio Bueno. Este camino consta de una montaña como de
    catorce leguas de largo, principia en el rio de Anquechilla, en donde
    tenemos nuestra continua centinela para los indios, y termina en
    Guequeciona: de ahí hasta el rio Bueno no se ofrece montaña ni loma, y
    sí arroyos pequeños. De Anquechilla al rio Bueno, se regulan seis dias
    de camino. Este rio es ancho, profundo y sin corriente: de ahí para la
    ciudad de los españoles es todo llano, hasta llegar al cerro ya dicho de
    los Cochinos. Este es un bajo, en el que hay muchos cochinos alzados, de
    los que se aprovechan los españoles, y tambien los indios. Al pié de
    este cerro, por la banda de la ciudad, hay dos riachuelos, ambos de
    vado; el primero llamado Yoyelque, y el segundo Daulluco: este es el mas
    cercano á la ciudad, que dista como cuatro leguas, tomando el camino de
    un pedregal grande, siempre á orillas de la laguna, hasta llegar á la
    primera fortaleza de foso.

    El segundo camino es el que llamamos de Guinchilca, ó Ranco: este es mas
    derecho, pero de muchos rios y arroyos, pues saliendo de la plaza hay el
    Guaquelque, ó Cuicuitelfu, Collitelfu, Guinchilca (se pasan cuatro
    veces, pero todos son de vado) y rio Bueno. Saliendo de Valdivia, hay
    como veinte leguas de montaña, y termina esta en Guinchilca, en la que
    hay tres rios de los dichos. El camino de la dicha montaña es ancho y
    llano, con algunos malos pasos, fáciles de componer. Lo mas fragoso de
    él se puede andar por el rio, hasta un lugar de indios, llamado
    Calle-calle. Antes de llegar al rio Bueno se ofrece una montaña baja,
    poco espesa, y de pocas leguas, al fin de la cual se dá con el Rio
    Bueno. De ahí á poca distancia, siguiendo el camino de los españoles
    hasta el fuerte de Osorno, caminando al sur, de allí al este, cosa de
    una jornada, está la ciudad de Osorno, pero en seguida de dicho fuerte
    al sur, á muy corto trecho, se dá con la gran laguna de Ranco que es el
    asilo de los españoles, y sigue á orillas de ella por el pedregal. Este
    camino es de carretas, y no hay la pension de trepar cerro alguno, desde
    Guinchilca á la ciudad: por él se manejaban antiguamente los de Osorno.
    En la distancia que hay de Guinchilca á aquel pueblo, se presentan
    varias ruinas de fuertes pequeños, que segun la tradicion de los indios
    eran escala ó jornadas, que hacian los que de esta plaza iban á aquella
    ciudad. Esta es toda la serie de noticias, que de aquella incognita
    ciudad he adquirido, á costa de incesantes trabajos, de cuya existencia
    no me queda duda y en todo tiempo me obligo á mostrar el camino, ó
    caminos que conducen á ella: lo que aseguro por Dios Nuestro Señor, y
    esta señal de la cruz, y mi palabra de honor. Y para mayor prueba de la
    verdad, expongo á continuacion los principales sugetos ó caciques,
    despues de otros muchos de menos suposicion, que me han asegurado, con
    algunas noticias mas que pongo, dadas por varios que no cito,
    concordando unos con otros en el modo de decir y explicar lo que de
    aquella ciudad saben.

    El cacique Mariman me aseguró haber divisado la ciudad desde el cerro de
    los Cochinos, que se halla en la laguna de Ranco, y que sabia eran los
    españoles de Osorno, que nunca fueron vencidos, que son muchos, y muy
    valientes. Sabe que por falta de viveres desampararon su tierra, despues
    de haber comido gente muerta, y ganaron aquella isla, en donde
    encontraron mucho ganado y grano de las haciendas que allí tenian varios
    españoles acaudalados de la misma Osorno: que la causa de guardar tanto
    sigilo era porque no los tuviesemos tributarios como en los tiempos
    antiguos: que estan inmediatos á la Cordillera. Que la ciudad desierta
    está próxima á los españoles, y aun se mantiene murada, que solo han
    caido las puertas, y de las torres las medias naranjas; que hay otro
    fuerte de la citada ciudad, mirado con pocas ruinas. Hasta hoy es una
    isla que hace la misma gran laguna de Ranco al principio de ella, de
    donde no divisan la poblacion de españoles. Que este fuerte nadie lo
    habitaba: las armas que usan eran espadas y lanzas: que tienen
    artilleria, porque hacen á tiempos las descargas.

    Dos indios de las cercanias de aquellos españoles me exponen igualmente,
    añadiendo tienen amistad con los indios inmediatos, con quienes hacen
    sus juntas.

    Por el indio Quaiquil supe igualmente, y añadió los habia visto: eran
    corpulentos, blancos y rubios; que la entrada en la isla es por una
    garganta corta de tierra, que tiene un foso, muralla, puente levadizo, y
    muchas embarcaciones: que usan espada y lanza, tienen artilleria,
    lienzos y plata, y mucho ganado mayor y menor. Segun compendí, su
    vestuario es musgo, y á lo antiguo; que cuando la funcion de los Llanos,
    habian salido á encontrarse con nosotros, pero que los indios les dieron
    guerra, y que se mandó guardar secreto con pena de la vida.

    El cacique Carriblanca, al año de la funcion de los Llanos, habiendo yo
    pasado á su tierra, se valió de mí para que le consiguiese la entrada en
    esta plaza (estaba privado á los de su jurisdiccion), para comunicar al
    Sr. Gobernador ciertos asuntos; y haciéndole cargo del motivo que tenia
    para no dar paso á la ciudad de los españoles alzados, y porque guardaba
    secreto en una cosa tan sabida, me respondió, que desde sus antepasados
    tenia obligacion de guardar sigilo, y de negar el camino como dueño de
    él. Pero que si ya lo habian declarado otros, mal podia negarlo él, y me
    dió las mismas señas que los otros, añadiendo que del rio Bueno á los
    españoles hay dia y medio de caminos y que le dijese á mi Gobernador que
    en el caso de querer reconocerlos, no fuesen tan pocos como el año
    antecedente, sino que pasase de mil hombres la tropa, pues eran muchos
    los indios que habia. Todo lo que hice presente al Gobernador D. Tomas
    Carminate, quien respondió que nada creia de aquello, y que el comisario
    le decia no convenia viniese á Valdivia dicho cacique; y con mi
    respuesta que esperaba, dejó de venir.

    En el mismo mes, conversando con Pascual, cacique del otro lado del rio
    Bueno, delante de Tomas Silva, vecino de esta plaza, me dió las mismas
    señas que los anteriores; y expuso que cerca de su casa hay un cerro
    bajo ó loma, de donde no solo se divisa la ciudad, sino hasta la ropa
    blanca que lavan, y bajado este cerro, habrá cuatro leguas de distancia
    por el pedregal ó orilla de la laguna.

    El mismo Pascual, á mediados de este año de 1773, hablando con Gregorio
    Solis, vecino de esta plaza, le contó la serie de señales que he dicho,
    mostrandole desde su casa el sitio donde las ponen, y añadió, como que
    le consultaba, ¿qué prémio le pareceria que le daria nuestro Rey, en el
    caso de descubrir el camino de la ciudad? Que ya consideraba lo harian
    rico, y capitan de sus tierras, pero que aquello era conversacion. Esta
    Solia era hombre de verdad, y muy conocido entre ellos.

    El capitanejo Necultripay me comunicó haber estado en varias ocasiones á
    lo de estos españoles, acompañado de los indios imediatos á los dichos.
    Le supliqué me llevase una carta, y me respondió no podia, por los
    motivos de brugeria, que ya dije; y tambien por ser costumbre entre
    ellos ir acompañados entre aquellos indios, los que si lo entendieran,
    le quitarian la vida. Pero que si el Gobernador resolvia reconocerlos,
    iria de guia, y en su defecto á nadie se lo dijese, que él se ofrecia,
    porque perderia la vida. Noticia que expuse á D. Felix Berroeta,
    Gobernador de esta, quien la agradeció mucho, y me encargó continuase
    con toda eficacia la correspondencia con estos indios, ofreciéndome para
    el fin del descubrimiento, si era necesario, su caudal. Pero con su
    muerte se frustraron nuestras ideas. Despues de algun tiempo la misma
    noticia expuse á D. Juan Gartan Gobernador de esta, quien sin examinar
    las circunstancias, me dijo que todo lo tenia por fábula. En cuanto á
    las armas, situacion, caudales y vestimenta, coinciden las señales del
    capitanejo con las precedentes. A los pocos dias me ví con el hijo del
    citado capitanejo, que me expuso lo mismo que su padre, sin haber estado
    presente cuando su declaracion.

    Contra, indio de respeto entre ellos, me declaró igualmente que los
    antecedentes, y que no los ha tratado, mas sabe que hay mucha gente, y
    de valor, que nunca los han vencido, y sabe son los de Osorno.

    Cumilaf, él del otro lado del rio Bueno, me aseguró vivia inmediato á
    los españoles de la laguna, que son acaudalados de plata y ganado; pero
    pobres en fierro y añil, y que tampoco tiene abalorios, dando las
    propias señas en situacion, armas y caminos.

    Guisieyau, expone lo mismo, y añade ha estado dos veces en aquella
    ciudad: la una vez entró á comprarles agí con los indios inmediatos, y
    me mostró un caballo que le habia vendido por un sable, y la marca que
    tenia está en cifra.

    Amotripay y sus hijos lo mismo declararon, sin temor alguno: son indios
    de respeto entre ellos; viven de la otra parte del rio Bueno..

    Lancopaguy, lo mismo, y muy por menor de la situacion, armas caudales y
    caminos.

    Gedacoy, igualmente, añadiendo era mejor camino el de Ranco por ser mas
    llano, aunque, de mas rios, y todos convienen en esto. Tambien me dijo
    que la causa de no dar paso los indios por aquel camino, ni admitir
    conchabados es, porque no vean las ciudades, y tengan noticia por allí
    de aquellos españoles.

    Calfuy da noticia hasta del nombre de los caciques, amigos de los
    españoles.

    Rupayan dá cuenta de la situacion, armas, caudales, y de haber
    encontrado sal.

    Artillanca manifiesta lo mismo.

    Antipan se esplaya mas sobre las circunstancias de la laguna y
    fortaleza de la primera ciudad, y situacion de la segunda, y las islas
    que hay dentro de la laguna.

    Paqui dice que sabe estan los españoles en aquella isla, y dá muchos
    detalles, los que concuerdan con las exposiciones precedentes.

    Todos los citados son entre ellos personas de suposicion, para formar
    total concepto de la verdad que expresan, especialmente combinandose sus
    declaraciones, como tambien las de otros indios pobres, y de poca
    autoridad. Y para que en todo tiempo conste esta informacion de la
    incognita ciudad de Osorno, ademas del juramento que tengo hecho, me
    sugeto á la pena que se me quiera imponer, en el caso de no ser cierta
    la existencia de estos españoles, en el lugar que nomino. Y por ser así,
    lo firmo en la plaza de Valdivia á tres dias del mes de Enero de 1774.

    IGNACIO PINUER.

    COPIA.

    _De la carta escrita por D. Agustin de Jauregui, Presidente de Chile, al
    Exmo. Sr. Virey del Perú._

    EXMO. SEÑOR,–

    D. Ignacio Pinuer, capitan graduado, y lengua general de la plaza y
    ciudad de Valdivia, me remitió una relacion jurada y circunstanciada de
    las noticias que tenia de personas que en ella cita, de existir á la
    orilla de la laguna Ranco, madre del rio Bueno, distante poco mas ó
    menos de cuarenta leguas de aquella plaza, y tres ó cuatro de la antigua
    desolada ciudad de Osorno, hácia el sur, dos poblaciones de españoles,
    cuyos causantes insinúa haber sido originados de la expresada ciudad, y
    que en el alzamiento general del siglo pasado en que destruyeron los
    indios siete ciudades, se mantuvo esta sitiada mucho tiempo de los
    bárbaros; pero que al fin consiguieron salir libres, y ocultarse en
    aquellas inmediaciones en donde se situaron, aprovechándose de las
    proporciones que ofrece el parage en que se hallan, resguardados de la
    misma laguna, y de un lodazal impenetrable; sin quedar mas que un
    estrecho camino que sirve de entrada y salida, de muy fácil defensa; á
    que han añadido fosos, y rebellines con puente levadizo, libres por esta
    industria de ser invadidos de los infieles comarcanos, sobre quienes
    parece que en la actualidad tienen adquirido dominio y subordinacion,
    concurriendo á las juntas á que los citan con la obligacion de guardar
    secreto de su permanencia en aquel oculto destino: que tienen murallas y
    casas de juncos, alguna artilleria y buenas armas. Inmediatamente libré
    providencia, para que el Gobernador de aquella plaza hiciese con toda
    cautela y reserva informacion de los hechos expuestos, examinando con la
    solemnidad del juramento al autor de las noticias referidas, y á los
    demas que expresaban ser sabedores de ellas. Y supuesto su allanamiento
    de acreditar la verdad por los medios que proponia, que lo auxiliase en
    lo posible y preciso: advirtiéndole que para asegurar el asenso á su
    informe, procurase traer algunas prendas de las particulares que tengan,
    ó de que usen aquellos españoles. Antes de que llegase á manos del
    referido Gobernador esta providencia, recibí las que habia dado sobre el
    mismo asunto, en virtud del aviso de D. Juan Enriques, cadete de
    aquella guarnicion, que concordaban en substancia con lo que dijo
    Pinuer, acompañándolas con carta de 28 de Febrero de este año, en que se
    incluye una copia que dirigió por el mismo cadete á los que tuviesen el
    mando de las antedichas poblaciones, á efecto de que supiesen lo
    inmediatos que estamos los de su nacion, y el deseo de descubrirlos y
    sacarlos de aquel cautiverio, y la felicidad que les proporcionaba la
    Divina Providencia para el mas claro conocimiento de nuestra sagrada
    religion, incitándoles á la comunicacion. Igualmente se comprenden las
    formalidades legalizadas, y las declaraciones del cadete Enriques y de
    su ordenanza Baltazar Ramirez, soldado de aquella plaza, de haber
    llegado á casa del cacique, nombrado Lipique, que vive en la entrada del
    Rancon, á distancia de veinte y cuatro leguas de la plaza. Que allí
    entregó la carta al soldado Ramírez; que éste pasó con ella disfrazado
    de indio á la del cacique, llamado Limay, ocho leguas mas adentro, y que
    de allí dió la carta al indio, nombrado Quaripangui, para entregarla á
    los españoles que distan diez leguas hácia la Cordillera: obligandose,
    en fuerza de lo que se le gratificaba, á volver con la respuesta dentro
    de un mes, añadiendo el soldado haberse visto en grande peligro, á causa
    de un grande trozo de indios que llegaron á lo del citado cacique Limay,
    con el fin de quitarle la vida, porque sabian ser su solicitud el
    descubrimiento de los españoles, segun lo que habia dicho otro soldado,
    nombrado Marcelo Silva, al cacique Pallaturreo, y otros, y que todos
    estaban alborotados con este motivo.–El Gobernador concluye diciendo,
    que siempre será necesaria la fuerza, por el empeño con que los indios
    los ocultan; y aunque por ahora no hay mayor fundamento para asentir á
    dichas noticias, ni hacer por ellas novedad, llevaré adelante las
    providencias que faciliten mejor, y dén una idea mas fundada de lo que
    haya en realidad. Persuadiéndole desde luego que, á ser ciertas estas
    poblaciones, serán de las que se solicitaban con el nombre de los
    Césares, por conformarse las tradiciones de su ubicacion con las
    noticias referidas, de cuya resulta daré puntual noticia á V.E. en la
    primera ocasion que se presente.–Nuestro Señor guarde á V.E. muchos
    años. Santiago 29 de Marzo de 1774. Exmo Señor: B.L.M. de V.E., su mas
    rendido servidor.–

    D. AGUSTÍN DE JAUREGUI.

    Exmo. Señor, D. Manuel de Amat.

    NUEVO

    _Descubrimiento preparado por el Gobernador de Valdivia el año de 1777._

    Salieron del fuerte de Rio Bueno dos cadetes, un sargento, el
    condestable y seis soldados, acompañados de varios caciques de indios; y
    dirigiéndose hácia el este, á cosa de 34 leguas dieron con la laguna de
    Puyechué, donde formaron una canoa y pasaron algunos á la otra banda de
    dicha laguna, que tendrá como 4 leguas de diametro, y 25 de
    circunferencia, con nueve islas inhabitadas; la que reconocieron. De
    este parage caminando al sur, á cosa de seis leguas de distancia,
    hallaron otra laguna, llamada Llavequegue, donde fabricaron otra canoa,
    en la cual se embarcaron siete para reconocerla, y costeándola por la
    banda del este, al cabo de tres dias llegaron á su fin, al pié de la
    Cordillera, donde descubrieron un volcan al est-nord-este, cuyo nombre
    ignoran. Y no hallando mas que tremendos riscos y montañas, volvieron al
    alojamiento de Llavequegue ó Llauquehue, y despues al Puyechué, á donde
    llegaron siete dias despues que los demas.

    En este parage, instando de nuevo á los indios que los guiasen al
    descubrimiento, quedaron de acuerdo en que seguirian el viage dentro de
    tres dias. Al cabo de este tiempo, salieron divididos en dos partidas;
    siguieron viage por tierra á pié, con sus bastimentos y municiones á las
    espaldas, ocho soldados con su sargento, y llegaron á la orilla de la
    laguna de Llavequegue; y hallando la canoa en el mismo sitio en que la
    habian dejado, pasaron al dia siguiente á una punta opuesta, y en el
    otro navegaron cosa de dos leguas, hasta un arenal donde desembarcaron.
    Los indios, acompañados de la otra partida, siguieron adelante, abriendo
    camino por montañas y cordilleras en todo aquel dia, y al siguiente se
    unieron, y todos juntos pasaron un fuerte temporal, que duró tres dias y
    cuatro noches; y pasado este, siguieron el dos dias mas de camino, y en
    el primero, hallándose en un alto de la Cordillera, descubrieron el
    estremo de una laguna grande, y una tierra baja muy dilatada.

    Caminando mas adelante, se echaron los indios en tierra, diciendo que
    no podian mas, y viendo que ni por ruegos ni ofertas, pudieron
    conseguir que prosiguiesen adelante, subieron á un árbol de mas de
    treinta varas de alto, de donde descubrieron una laguna grande de tierra
    llana y dilatada con una isla en medio, que despues dijeron los indios,
    ser esta la laguna Puraya, y que la isla que tenia se llama Jolten,
    habitada de indios y españoles. Habrian caminado en los tres dias como
    doce leguas, segun su cómputo, desde la laguna Llauquehuc hasta este
    parage, de donde marcaron la laguna de Puraya al sueste; y hallándose
    sin guia, bastimentos, ni fuerza, determinaron volver al fuerte de Rio
    Bueno.

    En la última entrada, acompañados de varios indios, pasaron la laguna de
    Puñechué, y la de Llauquehuc, donde hallaron sus canoas; y usando de
    ellas como antes, por la misma derrota llegaron á las señales que les
    dió el indio Turin, que fueron un pedregal y riachuelo, en cuyo arenal
    quedaron cinco con cuatro indios por cansados, aburridos y escasos de
    viveres. Pero siguiendo adelante los demas, declararon unánimes, que
    despues de reconocido el pedregal y riachuelo, no habiendo ya montaña
    que romper, subieron al volcan de Purarauque, que se forma de pampa de
    piedra menuda, quemada como escória, y subiendo hasta la mitad de su
    altura, ya tocando la nieve, hicieron alto para pasar la noche. Que al
    dia siguiente oyeron tiros de artilleria, y saliendo de allí á reconocer
    con la vista lo que alcanzasen, faldearon el cerro por la izquierda, y
    guiados por la seña, descubrieron la pampa grande del otro lado con el
    riachuelo, y una laguna que estaba entre riscos al pié del volcan; pero
    desfallecidos, por no haber comido dos dias, y lastimados los pies de
    tanto andar, pues juzgan que anduvieron mas de veinte leguas, en los
    nueve dias, hasta Puñechué, y de allí todos juntos al Rio Bueno.

    Generalmente convienen, segun las relaciones de los indios, en que hay
    tales españoles, diciendo algunos que son ingleses, diferenciando
    algunos en las poblaciones, pero concordes en que son muchos, y en que
    se defenderán, porque son muy guapos: y los distinguen en dos naciones
    diversas, expresando que los Morohuincas estan muy lejos ó retirados,
    fortalecidos en sitio superior, y unidos con los Peguenches, á quienes
    hacen sus parlamentos, y aun dicen que tienen noticia que les entran
    embarcaciones. A otros llaman Aucahuincas, que dicen estan junto á la
    laguna de Puraya: que estos son de Osorno, y que tienen guerra con los
    Morohuincas.

    DECLARACION _Del capitan D. Fermin Villagran, sobre la ciudad de los
    Césares. (1781.)_

    Yo el Capitan de dragones de este Real Ejército, y Comandante de dicha
    plaza, D. José Maria Prieto: habiendo tenido órden verbal del Coronel de
    caballeria, Maestro de Campo, General y Gobernador de esta frontera D.
    Ambrosio de O'Higgins, para tomar declaracion al capitan de la reduccion
    de Maguegua, D. Fermin Villagran, sobre noticias que ha adquirido en su
    dicha reduccion, por un indio Guilliche, de un establecimiento de
    españoles, situado en un parage llamado _Muileu_, le hice comparecer
    ante mí, y le mandé hacer la señal de la cruz, bajo la cual prometió
    decir verdad, y lo que sabe sobre este asunto, con toda individualidad
    en cuanto fuese preguntado: y habiéndolo sido sobre qué es lo que sabe
    del citado indio; dijo:–Que habiendo pasado á su reduccion á dejar al
    cacique Loncomilla, de resultas de habar bajado éste á ver al Sr.
    Maestre de Campo de esta plaza, deseoso de averiguar el paradero de
    ciertas cautivas españolas que tenia noticia paraban entre los
    Guilliches, habló con un indio de esta nacion, llamado Gechapague, á
    quien preguntó por dichas cautivas, y le respondió, que allí en su lugar
    no habia ninguna. Replicó el capitan que sabia haberlas allí ó en otro,
    y respondió el Guilliche, que en otro lugar de mas adentro las habia, y
    que éstas ya los españoles las estaban comprando. Y preguntándole á
    dicho indio, ¿qué españoles las compraban? Respondió que eran unos que
    estaban en un parage nombrado _Milecí_. Y preguntándole á dicho indio,
    ¿qué á donde era ese parage? Respondió, que á donde entra en el mar el
    rio de _Meuquen_ ó _Neuquen_, á la otra parte de la Cordillera. Y
    preguntándole, como habian llegado allí aquellos españoles? Respondió,
    que en cuatro ó cinco embarcaciones. Y preguntándole, qué número de
    gentes españolas habia en aquel lugar? Respondió, que habria mil
    presonas. Mas tambien le preguntó dicho capitan al citado indio, que de
    qué armas usaban aquellos españoles? Y respondió, que tenian cañones de
    artilleria muy grandes, y que tenian bastantes. Y preguntándole asimismo
    de qué vestuario usaban? Respondió, que de paño. Y preguntándole, que
    como, ó de que se mantenian allí dichos españoles? Respondió, que luego
    que llegaron, habian padecido muchas necesidades, y que en el dia se
    bastimentaban por los indios con vacas y caballos que les llevaban á
    vender; y que los dichos españoles, tambien salian de diez en diez á
    tratar con ellos, y hacer este conchabo. Y añadió dicho indio, que los
    dichos españoles decian, que aquel establecimiento distaba de su tierra
    ocho dias de navegacion; y que lo que lleva declarado, no solo lo supo
    por el indio referido, sino por otros tres mas, quienes le relacionaron
    lo mismo. Y siéndolo leida esta declaracion, dijo: no tener mas que
    decir, añadir ni quitar á lo que lleva declarado; y que esta es la
    verdad, só cargo del juramento lo que lleva hecho. En el que se afirmó y
    ratificó, y firmó junto con migo en dicha plaza, mes y año.

    _Fermin Villagran.–José Maria Prieto._

    INFORME

    _Y dictámen del Fiscal de Chile sobre las ciudades de los Césares, y los
    arbitrios que se deberian emplear para descubrirlas. (1782.)_

    El Fiscal de Su Magestad en lo criminal, en consecuencia y cumplimiento
    del superior decreto de V.S., de 16 de Abril último, ha reconocido los
    nueve cuadernos de autos que se han formado sobre descubrir las
    poblaciones de españoles y extrangeros, que se presume hay en las
    alturas y parte meridional de este reyno; y así mismo el que se crió el
    año de 1763, á instancia del Gobernador y vecinos de la provincia de
    Chiloé, sobre la apertura del camino de Osorno y rio Bueno. Y en
    inteligencia de cuanto de ellos resulta, dice:–Que, aunque enterado de
    la arduidad del asunto, que comprende este espediente, ha procurado
    despacharlo con la brevedad posible, le ha sido forzoso retardar su
    respuesta hasta hoy, así porque le ha sido indispensable hacer detenidas
    reflexiones en cada uno de los diez procesos á que está reducido, como
    porque el despacho diario de los negocios concernientes á su ministerio
    le han embarazado mucha parte del tiempo que ha corrido desde el citado
    dia 16 de Abril hasta el presente. En esta atencion, y cumpliendo con la
    superior órden de V.S. contenida en el enunciado decreto, espondrá lo
    que le ocurra á cerca de las expediciones proyectadas en estos mismos
    autos.

    1.° El objeto que las ha motivado es descubrir si en las alturas que en
    este reyno se miran, desde los 40 grados hasta el estrecho de Magallanes
    y cabo de Hornos, hay alguna ó algunas poblaciones de españoles ó
    colonias de extrangeros, como por tradicion de largos tiempos se nos ha
    anunciado. Y en realidad, atendidas las actuaciones que formalizó el
    coronel D. Joaquin de Espinosa, mientras tuvo á su cargo el gobierno de
    la plaza; y presidio de Valdivia, parece no deba dudarse de la
    existencia de tales poblaciones ó colonias, para cuyo esclarecimiento y
    evidencia hasta reconocer el dicho uniforme, y la atestacion antigua y
    moderna de los caciques y principales indios que han trabado amistad con
    los españoles de la mencionada plaza.

    2.º En el primer cuaderno de las enunciadas actuaciones se reconocen
    cuatro declaraciones, tomadas al capitan graduado D. Ignacio Pinuer,
    comisario de naciones de aquella jurisdiccion; y en todas ellas asegura
    bajo de juramento, que con motivo de la amistad estrecha que de muchos
    tiempos á esta parte ha profesado con los caciques é indios de aquellos
    contornos, y de la relacion de parentezco con que les ha tratado, le han
    comunicado, que de la antigua ciudad de Osorno, al tiempo que fué
    invadida por los indios, se retiraron despues de un largo sitio algunas
    familias tierra adentro, y se situaron en un parage que era hacienda de
    los mimos españoles de Osorno. Que habiéndose defendido allí mucho
    tiempo, dieron contra los indios, y juntaron muchos ganados de los suyos
    que se llevaron á su fuerte: y que en ese mismo parage se mantienen
    hasta hoy, el cual dista de Osorno como cinco ó seis leguas, porque hay
    un pedregal grande que dar vuelta. Que se han mantenido en ese sitio á
    fuerza de valor: que los indios les han hecho muchas entradas, y no los
    han podido vencer: que para salir les impide ser una sola la entrada, en
    la que hay un cerro donde tienen un sentinela los indios para avisar si
    alguno sale, y atajarlo, como ha sucedido con algunos: que son muchos
    los que lo han intentado, y han sido muertos por los indios, por lo que
    solo se mantienen defendiendo las entradas. Que es cierto tienen dos
    poblaciones; la principal en una isla en donde ya no cabian, por lo que
    se han pasado á la tierra firme en frente, desde la que se comunican por
    agua; porque donde está la ciudad principal, es en medio de una laguna,
    y solo tiene entrada á la tierra por un _chapad_, ó pantano, en que
    tienen puente levadizo. Que sabe tienen artilleria, aunque pequeña, y
    usan de las armas de lanza y espada: que es mucho el número de gente, y
    visten camisa, y segun explican los indios, calzon de buchí y chupan,
    porque no saben explicarse. Que tienen casas de teja y paja, fosos y
    revellines: que tienen siembras de agí, que es con lo que comercian con
    los indios, quienes les llevan sal de la que sacan de Valdivia: que
    tambien les llevan achas y cosas de fierro, por vacas y caballos que
    tienen muchos. Que hablan lengua española, pero que, aunque los indios
    les han llevado indio ladino, no les entienden bien. Que tambien hablan
    lengua índica; y que usan marcas, yerros españoles en las vacas y
    caballos las cuales ha visto el mismo Pinuer. Finalmente testifica que
    tambien sabe, que estos no son los que llaman _Césares_, porque hay
    otras poblaciones de españoles hácia el Estrecho, que segun dicen los
    indios son de navios perdidos. Que su conocimiento y trato con ellos, de
    40 años á esta parte, sus entradas á la tierra, y el llamarlos
    parientes, y amigos con alguna sagacidad que ha puesto para saber este
    asunto, le ha hecho noticioso de que es cierto lo expuesto, y de que
    existen tales poblaciones, porque lo ha oido decir á indios principales
    caciques de razon, y lo ha confrontado con lo mismo que ha oido á otros,
    y todos concuerdan en una misma cosa. Que el haberlo ocultado los
    indios es, porque de padres á hijos se han juramentado el callarlo, y es
    rito ó ley ya entre ellos; y aun por esta razon se han mantenido
    alzados, sin nuestra comunicacion, todos los de la otra banda. Que sabe
    que este juramento y sigilo ha sido, porque tienen por abuso decirse
    unos á otros, que si los descubrian los harian esclavos los españoles, y
    los sugetarian á encomiendas: por cuya causa al que han sabido
    formalmente que le ha descubierto le han quitado la vida. Que el saberlo
    el declarante es porque, habiéndose dado muchos años há por pariente de
    dos caciques de los alzados, del otro lado del rio Bueno, nombrados,
    Amotipay y Necultipay, estos con gran secreto se lo contaban, y por
    haber Amotipay venido á verle, á su regreso le dieron veneno los indios,
    y que Necultipay ofreció al declarante llevarlo á la ciudad, pero que no
    se verificó por haber fallecido, dejándolo por heredero de sus tierras.
    Que hoy dia ya se habla de esto con menos reparo entre los indios,
    porque dicen que se ha publicado; y que ahora tres años se hizo una gran
    junta de los indios alzados, y en ella ofrecieron primero morir que
    rendirse, ni desamparar sus tierras, porque tenian noticias de que los
    españoles de Chiloé, salian en solicitud de estos otros españoles, y
    poblar primero á Osorno. Y en otro lugar confirmando estas mismas
    noticias, dice: que hácia el cabo de Hornos, hay otra poblacion, que
    discurren los indios ha resultado, y aun aseguran que proceden, de
    navios extrangeros perdidos, y que hay tres ciudades grandes y otras
    pequeñas; lo que le ha asegurado el indio que las ha visto. Y mas
    adelante, que será necesaria tropa para hacer este descubrimiento,
    porque no duda que se ha de oponer mucha indiada, que es gente
    aguerrida, y que conoce sus terrenos. Que hay muchos retazos de monte y
    rio, y la distancia será de cerca de 40 leguas: y que todo se ha de
    vencer á fuerza de armas; pues, aunque no hagan frente formal los
    indios, harán emboscadas y avances de noche, ó la multitud puede
    obligarles á presentar batalla formal: y así, que considera ser
    convenientes mil hombres, atendiendo tambien á no saberse con
    certidumbre si estos españoles querrán entregarse ó mantenerse allí con
    el dominio que han establecido.

    3.º Lo mismo, aunque con menos puntualidad, testifican Gregorio Solis,
    Marcelo Silva, el cadete D. Juan Henriques, Francisco Aguto capitan de
    Amigos, de la reduccion de Calle-calle, el lengua general D. Juan de
    Castro, Casimiro Mena, Baltazar Ramirez: y el Reverendo Padre lector Fr.
    Buenaventura de Zarate, guardian del convento de D. Francisco de la Isla
    de Macera, declara, que habiendo tenido en su servicio, por espacio de 6
    años, á un indio cristiano, llamado Nicolas Confianza, muy ladino y
    enterado de nuestra religion é idioma, siendo ya de edad de 60 años,
    cayó enfermo, y estando desauciado, y disponiéndose para morir, le dijo:
    que queria hacer por escrito una declaracion que hallaba por muy
    conveniente al servicio de Dios, porque tenia mucho temor de ir á su
    divina presencia, sin manifestar lo que sabia. Que habiéndole tomado
    como pudo su dicho, declaró: que siendo moceton, hizo una muerte en
    Calle-calle, jurisdiccion de Valdivia, con cuyo motivo se fué fugitivo á
    los Llanos, y de allí al otro lado del rio Bueno, donde lo amparó un
    cacique tio suyo; haciendo de él mucha confianza para sus tratos y
    conchabos. Que con esta ocasion le enviaba hácia la ciudad de los
    españoles que hay, procedidos de los de Osorno, junto á la Cordillera, á
    que viese á otro cacique que servia de sentinela á dichos españoles. Que
    era cierto que estaban allí fundados y establecidos con ciudades
    fortificadas, y una noche oyó hablar dos de ellos con el cacique donde
    estaba alojado, sobre un conchabo de lo que llevaba dicho indio, que
    eran achas y sal: que los españoles traian agí, lienzo y bayeta, con lo
    que cangeó, ó conchavó, y el lienzo era como el de Chiloé. Que es
    verdadera la existencia de estos españoles, y que el castellano que
    hablan no es muy claro: y por último que decia esto, estando ya para
    morir, y conocia el trance en que se hallaba, y la cuenta que habia de
    dar á Dios. Que este indio era muy racional y cristiano, por lo que el
    padre declarante asegura, que no solo en esta ocasion, sino en otras
    muchas conversaciones antes de este lance, siempre le habia referido lo
    mismo, con cuyo respecto dice, que tiene satisfaccion de la verdad de
    cuanto el indio le decia.

    4.° A fojas 49 del mismo cuaderno 1.° se reconoce la declaracion que se
    tomó al indio Santiago Pagniqué, morador y vecino de Ranco, y en ella se
    vé que por el riesgo á que se exponia de que lo matasen sus
    compatriotas, en caso de saber que él habia declarado lo que ellos tanto
    ocultaban, expresó con lágrimas en los ojos, que sabe real y
    verdaderamente que estan los españoles en la laguna de Puyequé, pasado
    la que se repecha un risco, y hay un estero que llaman Llauqueco, muy
    correntoso y profundo, y es en donde los indios tienen su sentinela,
    para no dejar entrar ni salir á ningun español, de una parte ni otra.
    Que para dar la vuelta á entrar donde están los españoles, hay mucha
    risqueria, pero que del cerro de Llauqueco se divisa la poblacion, y
    algunas colorean como tejas. Que hay muchos españoles, y que se visten
    de lienzo, porque siembran mucho lino, y tienen paño muzgo y colorado
    que tiñen con _relvun_. Que tienen iglesia, lo que sabe por otro que
    estuvo allí seis dias en tiempo que hicieron una procesion, y que la
    tienen cubierta de plata, que parece una ascua. Que á este indio lo
    llevó á escondidas un cacique que mandaba el sentinela, y le encargó que
    no le viesen, porque le quitarian la vida aquellos españoles. Que desde
    que nació sabe que estan ahí esos españoles; y desde Valdivia allá hay
    cinco dias de camino, con otras particularidades que refiere; entre las
    que expresa los rios y esteros caudalosos que hay que pasar, y los
    indios que guardan la entrada.

    5.° El cacique nombrado Artillanca, que lo es de la reduccion de
    Guinchilca, declara á fojas 50 que estan allí aquellos españoles, en la
    laguna de Puyequé: que él tiene conocimiento de muchos años á esta
    parte, y desde que tiene uso de razon, sabe que allí estan acimentados.
    Que todos los indios con quienes ha comunicado, y particularmente sus
    padres y abuelos, siempre le han contado lo mismo, adquirido de aquellos
    indios que tratan con los españoles. Que estos son muchísimos, y tienen
    su Rey, pero que segun sabe de cierto, ellos no han querido salir,
    porque ahora años hicieron un parlamento, y digeron en él que tenian
    todo lo que habia menester, y no querian sugetarse al Rey de España. Que
    ahora tiempo tuvieron estos españoles una campaña con los indios
    fronterizos, en la que mataron á seis caciques principales y á
    muchísimos indios. Que despues acá no han tenido guerra, pero que tienen
    muy cuidado el camino, para que no se salga, ni entre á su poblacion; y
    que donde está el sentinela hay una angostura, en donde los españoles
    suelen poner una cruz; pero los indios la quitan y les ponen una macana
    con sangre. Que tienen iglesia grande en su poblacion, y mucha plata y
    oro que allí sacan. Que visten de muzgo y colorado, son muy guerreros,
    tienen ganados y siembran mucho. Que si los nuestros quisieran ir allá,
    hallarian mucha oposicion, porque hay muchos indios alzados que lo
    impiden. Que el camino mas derecho para ir á estas poblaciones es el de
    los Llanos, mejor que por Guinchilca; y que aunque en tiempo del
    Gobernador D. Juan Navarro, se le preguntó sobre este asunto, lo ocultó,
    porque ha tenido miedo si decia algo, de que lo matasen sus contrarios.
    Pero que ahora estaba tan agradecido del cortejo que le habia hecho D.
    Joaquin de Espinosa, y tan satisfecho de su amistad, que no habia podido
    callarle nada, y así le habia abierto su pecho, para decirle la verdad
    de todo lo que sabe.

    6.°. A fojas 89 declara el cacique Llancapichun, de la reduccion de
    Ranco, con el indio Santiago Pagniqué, que es cierto y evidente que se
    hallan allí aquellas gentes españolas en el otro lado de una laguna
    grande, nombrada de Puyegué: que es mucha la gente que hay, toda blanca,
    como nosotros: que usan de los mismos vestidos, que tienen casas,
    murallas, y embarcaciones con que se manejan en la laguna, y salen á
    pescar. Que tienen tambien armas de fuego; y que no solo hay esta
    poblacion sino otra mas adentro: que ellos están prontos á guiar á los
    nuestros, si quieren pasar allá, pues ya conocen que queremos buscar á
    los de nuestra sangre. Que tenian parlado ellos sobre el asunto con los
    indios Puelches, de las inmediaciones de sus tierras, y les habian
    ofrecido ayudar á los españoles si entraban á sacar á los otros. Que se
    oponen á esta entrada muchos indios que hay hasta llegar á la laguna,
    que son los que siempre han defendido la entrada y salida de aquellas
    gentes. Que desde la casa de Llancapichun, hasta llegar á la orilla de
    la laguna, desde donde se divisan los españoles que se buscan, hay
    veinte y cuatro horas de camino montuoso, con algunas angosturas y
    cerrillos. Que hay dos rios que pasar, cuyo tránsito puede facilitarse
    con armar embarcaciones, que es muy fácil á los nuestros: y que así
    estaban ya prontos á guiarnos, esperando solo la determinacion del
    Gobernador, á quien ocurririan siempre que sus contrarios les quisiesen
    insultar, por haber declarado estas noticias.

    7.º A fojas 26 del cuaderno segundo depusieron los caciques de Rio
    Bueno, Queupul, Neyguir, Payllalao, Teuqueñen y Millagueir, que era
    cierto que estaban allí tales españoles, obligándose á enseñar la
    poblacion y á poner á los nuestros con el cacique Cañilef en parage
    donde la divisasen, y lo mismo aseguraron á Francisco Agurto, Blas Soto,
    Miguel Espino y Tomas Encinas, los caciques Antili, Guayquipagni,
    Tagollanca, Leficura, Cariñancú, y otros seis mas, segun consta de la
    carta de fojas 35 de este propio cuaderno segundo, cuyas noticias
    confirmaron al cadete D. Manuel de la Guarda: añadiendo el apronto de
    sus lanzas, y que era preciso para ir sin susto, que la marcha para el
    descubrimiento debia ser por el mes de Setiembre, y antes de que se
    abriese la Cordillera, para no tener así temor de que los Peguenches y
    Puelches saliesen á impedirles el paso.

    8.° Francisco Agurto declara nuevamente á fojas 49, que con motivo de
    haber sido uno de los que fueron al otro lado del Rio Bueno en la
    escolta que se dió al cacique Queupul, como parcial nuestro, consiguió
    hablar sobre la existencia de los españoles, nominados _Césares_, con
    varios indios, á quienes por haber hallado muy adictos al Gobernador y á
    los españoles, pudo ya sin cautela tocarles este asunto de ellos,
    siempre cautelosamente promovido. Que de estas conversaciones resultó
    que el cacique Neucupangui, que tiene su habitacion y terreno adelante
    de Rio Bueno hácia las cordilleras, le comunicase que los españoles que
    buscábamos, estaban á este lado de la Cordillera; pero que fuera de
    estos habia al otro lado, á orillas del mar, otros _Huincas_, ó
    españoles muy blancos, que eran muchos, y se hallan allí poblados de
    navíos perdidos; que eran muy valientes, tenian murallas, y no se darian
    por bien. Que eran muy ricos, y tenian comercio, porque entraban
    embarcaciones en su puerto. Que esta gente se comunicaba con otros
    llamados _Césares_, por un camino de risqueria, que solo á pié se podia,
    andar, en que tardaban dos dias. Que toda esta declaracion la oyó el
    declarante, igualmente de otro cacique, llamado Imilguir, tambien de
    tierra adentro, y que no duda de su certidumbre por la ingenuidad con
    que le hablaban en este particular, pues diciéndoles el que
    declara:–"esos serán los de Chiloé," respondieron:–"esos están por ahí
    abajo, que no ignoramos nosotros para dar esta noticia": lo mismo que
    repite este declarante á fojas 78, contando los pasages que le
    ocurrieron al entrar á la laguna de Puyegué.

    9.° A fojas 15 dice la india Maria, natural de Naguelguapí, que su madre
    tenia amistad con unos españoles que se hallaban inmediatos á su tierra,
    y que con el motivo de haber caido enferma, la llevó á una islita, en
    donde habia un religioso y una señora de edad: que el religioso tenia
    los hábitos como los de San Francisco, y la quizo bautizar, y ponerle
    por nombre _Teresa_. Que dicho religioso estaba en la isla como
    misionero, y á ella ocurrian á rezar algunos indios. Que inmediato á la
    isla hay una poblacion, situada de la otra banda de la laguna de
    Puyegué, en la cual hay algunos indios y muchos españoles, los que
    habitan en unos altos, sin permitir entrar á los indios. Y á distancia
    de un dia de camino, hay otra poblacion, cuyos dueños tienen muchas
    armas de fuego, y hablan distinta lengua que los primeros, los cuales
    tienen muy pocas armas de fuego, y sí muchas lanzas. Que mantienen
    continua guerra con los de la segunda poblacion por causa de sus
    ganados; y que los primeros, segun lo que la madre de la declarante le
    tiene dicho, usan del vestuario como nosotros, y por zapatos, _sumeles_.
    Que tienen comercio con los otros, de quienes se proveen de lienzos,
    añil y chaquiras, y que tienen una especie de lana que se cria en
    árboles, la que traen de la otra banda de la Cordillera, hacia el Cabo
    de Hornos, conchavándola á los indios. Tambien que aquellos españoles
    solicitan saber de nosotros, pero que los indios les infunden temor,
    diciendo: _que somos muy temerarios y tiranos_, y que por un rio grande
    que es de mares, se comunican los de una poblacion con otra, por unas
    barcas grandes.

    10. A presencia de semejantes atestaciones, parece que no debe ya
    dudarse de la existencia de aquellas poblaciones, bien sean de
    españoles, ó bien sean de extrangeros, que segun el uniforme dicho de
    los indios, hay en la una y otra banda de la Cordillera hácia la parte
    del sur, y en la altura del estrecho de Magallanes y Cabo de Hornos:
    porque aunque no puede negarse que han producido con alguna variedad sus
    asertos y noticias, en cuanto á la situacion de tales poblaciones, esto
    puede provenir de varias causas y motivos. El primero de la misma
    naturaleza de los indios, que siendo sumamente recelosos del español,
    muy tímidos y observantes de sus ritos como leyes inviolables, segun lo
    advierte Francisco Agurto, á fojas 98 vuelta, y en su declaracion de
    fojas 96, no es inverosimil persuadirse, que ya que descubren el
    secreto, para ellos misterioso, y de la mayor gravedad, varien en una ú
    otra circunstancia. El segundo, de que los intérpretes ó lenguaraces no
    hayan entendido bien lo que ellos han querido decir, explicando los
    lugares de la situacion. Y el tercero, de que los mismos indios por su
    rudeza no hayan sabido explicar este punto. Y así debe atenderse
    principalmente á la substancia de lo que declaran acerca de la efectiva
    existencia de dichas poblaciones, mayormente estando todos contestes en
    cuanto á este punto, sin que lo contrario arguya el éxito de las
    expediciones hechas á costa del coronel D. Joaquin de Espinosa, de que
    dá puntual razon el Reverendo Padre Fray Benito Delgado, en su carta de
    fojas 99 del 5.º cuaderno, y á fojas 127 los cadetes D. Miguel, y D.
    Manuel de la Guarda, D. Joaquin, y D. Juan Angel Cosio, el sargento
    Gregorio Pinuer, el condestable Pedro Alvarez, los cabos Teodoro Negron,
    y Feliciano Flores, y los soldados Francisco Agurto, Baltazar Ramirez,
    Miguel Espino, Tomas Encinas, Andres Olguin, y Domingo Monte-alegre.
    Pues, confesando que no pasaron á mucha distancia de las lagunas de
    Poyequé y Llauquigue, ni llegaron á la otra laguna de Puraylla, que
    divisaron desde un alto de la Cordillera, donde vieron algunos humos, y
    que oyeron unos tiros, como de esmeril ó pedrero, los que pudieron ser
    efecto de los volcanes inmediatos, no debe tenerse esto por documento
    suficiente que califique absolutamente la falsedad del comun y general
    aserto de los indios, y mucho menos cuando los caciques, en el acto
    mismo de reconocer estos españoles las precitadas lagunas, ratificaron
    las mismas noticias aseverando que los Moro-huincas de la segunda
    poblacion son ingleses, y que son muy guapos, que estan muy lejos, y muy
    fortificados, como se vé á fojas 35 y fojas 36 de dicho 5.º cuaderno.

    11. Si V.S. recuerda las memorias de las épocas anteriores, hallará que
    nuestra nacion española no tuvo mejores ni iguales fundamentos para
    haber hecho los descubrimientos que admira todo el orbe. Despues que el
    almirante D. Cristoval Colon, obtuvo las noticias que le comunicó el
    Piloto Alonso Sanchez de Huelva, de la nueva tierra que habia visto,
    juzgándolas por sueño los de su propia república, y las coronas de
    Portugal, Francia é Inglaterra, á quienes convidó con ellas:–despues
    que habiendo vencido inmensos trabajos, logró descubrir la isla nombrada
    Guanani, que ultimamente se llamó de San Salvador, no tuvo otro
    comprobante de la existencia de las demas que halló, que el dicho y
    aserto de los indios. Cuando Barco Nuñez de Balboa descubrió la tierra,
    en que se fundó la villa de Santa Maria, la antigua del Daryen, no tuvo
    otro antecedente para saber de la situacion del mar del sur, y de las
    tierras del Perú que el dicho de un hijo del cacique Careta, apuntándole
    con el dedo hácia el medio dia. El marquez D. Francisco Pizarro,
    habiendo navegado hasta la tierra del Tumbez, no tuvo otro fundamento
    para creer la existencia del Cuzco, su riqueza y poderoso imperio, que
    el dicho de los mismos indios Tumbezes. Y en fin el Adelantado D. Diego
    de Almagro, para haber tomado á su cargo el descubrimiento y conquista
    de este reyno de Chile, no tuvo mas fundamento que las noticias que le
    comunicaron en el Cuzco los indios de aquella jurisdiccion, igualmente
    que el Inca Mango sucesor de los dos hermanos Guacan y Atahualpa. Con
    que se concluye, que el simple dicho y aserto de los indios, por los
    efectos que en todos tiempos ha causado, no debe despreciarse
    enteramente, y mucho menos cuando es uniforme y conteste entre los
    mismos que lo producen.

    12. Bien es, que el demasiado deseo de nuestros españoles por las
    riquezas y metales preciosos, ha llegado á fabricar en sus ideas algunos
    paises ó poblaciones imaginarias en estas Américas, cuya fantasía se ha
    apoyado con el embuste de los indios, que por apartar de sí á los
    nuestros, han procurado empeñarlos en el descubrimiento y conquista de
    algun pais riquísimo, que fingian hácia tal ó tal parte: como sucede en
    el Perú, donde corre la opinion de que entre aquel reyno, y el Brasil
    hay un dilatado y poderoso imperio, á quien llaman el _Gran Paytití_,
    donde dicen se retiró con inmensas riquezas el resto de los Incas,
    cuando se conquistó el Perú por los españoles, sustituyendo el nuevo
    imperio en lugar del que habian perdido: sobre cuyo descubrimiento y
    hallazgo se han dedicado muchos con esmero, y gastado crecidas
    cantidades, sin otro fruto que el desengaño. En la provincia de la
    Guayana, que está al sur de Caracas, se dice así mismo que hay un
    pueblo, á quien llaman _el Dorado_, por ser tan rico, que las tejas de
    las casas son de oro; y al norte del nuevo Méjico, que hay un pais
    denominado la _Gran Quivira_, reducido á un imperio floridísimo, que se
    formó de las ruinas del Mejicano, retirándose allí cierto principe de la
    sangre real de Montezuma. Y aunque sobre descubrir esta Gran Quivira, no
    se han impendido gastos algunos, pero sí se han erogado muchos sobre el
    Dorado, sin que se haya conseguido otro favorable efecto, que el que han
    tenido las expediciones del _Gran Paytití_. Y teniendo presente estos
    acaecimientos, algunos críticos han colocado las poblaciones de los
    españoles, que llaman _Césares_, entre los paises imaginarios, fundando
    su opinion en los antedichos egemplares, y en que no han podido ser
    hallados, sin embargo de la solicitud con que muchas veces han sido
    buscados: como entre otros sucedió con el Padre Nicolas Mascardi, de la
    Compañia de Jesus, apostol de las Indias de Chiloé, que habiendo entrado
    tierra adentro en demanda de estas poblaciones, el año de 1673, solo
    consiguió morir á manos de los indios Poyas.

    13. Mas aquí tenemos otros fundamentos sólidos, que hacen verosimil la
    existencia de los españoles, á que el vulgo ha querido denominar los
    _Césares_, porque los indios que la han declarado uniformemente, nada
    han dicho de ponderacion que pueda mover la codicia, pues han asegurado
    que tienen lino, que tienen casas de paja y totora, que tienen
    artilleria menuda, pocas armas de fuego, y muchas lanzas, con otras
    particularidades que no militan en el imperio del _Paytití_, y poblacion
    del _Dorado y Gran Guivira_. Han expresado que semejantes poblaciones de
    españoles proceden de los que se salvaron en el asedio de las siete
    ciudades, acaecido en el año de 1599; y siendo todo esto muy verosímil,
    como tambien que puedan ser de los que habitan la ciudad de las Infantas
    que se desapareció en aquel tiempo, sin que se pudiere saber el fin que
    tuvo, ni donde estuvo situada, no hay desde luego razon, para que,
    inclinándonos á la opinion de los críticos, creamos que son fingidas é
    imaginarias tales poblaciones. A lo que se agrega otra reflexion, que
    nace del naufragio que han padecido algunas naves en el estrecho de
    Magallanes. Segun nos cuentan las historias, entre las armadas que se
    han perdido en ese estrecho, una fué la de cuatro navios que despachó el
    Obispo de Placencia para poblar las islas Malucas; los cuales habiendo
    llegado con buen tiempo al Estrecho, hallándose veinte leguas dentro de
    él, se levantó por la proa un viento tan récio, que no pudiendo volver
    atrás ni tener por donde correr, dieron los tres de ellos en tierra, y
    se perdieron; pero no la gente, que esta se salvó. La cuarta nave tuvo
    mejor suerte, porque corriendo fortuna, pudo desembocar otra vez al mar
    del norte, y sosegada la tempestad, volvió á envestir al Estrecho, y
    llegó al parage donde se habian perdido las compañeras, hallando en
    aquellas riberas la gente que se habia salvado en tierra: los que viendo
    la nave, comenzaron á hacerle señas, y á gritar á los que iban dentro,
    pidiéndoles que los recibiesen: pero que no lo hicieron, porque los
    bastimentos que habian quedado eran tan pocos, que temian no bastasen
    aun para los del navio.

    14. Ahora pues, como no se sabe con certidumbre qué se haya hecho de
    estos hombres, y se dice, por otra parte, que en la realidad hay gente
    de Europa poblada hácia el Estrecho de nuestro continente, no es dificil
    persuadirnos que, viéndose perdidos, se entrasen tierra adentro, y
    emparentando con alguna nacion de indios de los que allí existen, se
    hayan ido multiplicando de manera, que se hayan dejado sentir de las
    naciones mas vecinas, y de estas pasado á otras las noticias, que
    siempre han corrido muy vivas, de que en efecto hay tales gentes en
    aquel parage, á quienes llaman _Césares_: sin duda por la tradicion de
    que, reinando el emperador Carlos V., salió un navio cargado de familias
    para poblar este sitio, y varando en la costa el bajel, entraron ellos
    tierra adentro, y formaron la citada poblacion. Consideraciones todas
    por que los geógrafos la han situado en una abra de la Cordillera
    Nevada, entre los 45 y 50 grados de latitud.

    15. Cuando no hubiesen otras razones que fundasen la necesidad de
    indagar la real y verdadera existencia de estas poblaciones, serian sin
    disputa, en concepto del Fiscal, un poderoso motivo, para que por todos
    los medios posibles se procurase salir de toda duda y equivocacion; pero
    habiendo sospechas vehementísimas, que casi hacen evidente el
    establecimiento de naciones extrangeras en los terrenos que hay del
    estrecho de Magallanes para el norte, tampoco hay arbitrio para que
    dejen de verificarse las expediciones que propuso el coronel D. Joaquin
    de Espinosa, en su carta de 4 de Marzo de 1778, que se halla á fojas 143
    del cuaderno 5.°

    16. Sobre las noticias que de ellos han dado los indios, y quedan ya
    apuntadas, concurre la notable circunstancia de haber sido siempre este
    fertilísimo reyno el objeto de la envidia de las naciones, extrangeras,
    especialmente de la inglesa. Prueba de ello es el continuo desvelo con
    que esta potencia se ha dedicado á indagar la situacion de los puertos,
    costas y ensenadas de nuestra América meridional, y los viages que
    prácticaron al mar pacífico los piratas Francisco Drake, el año de 1579,
    entrando al puerto de Valparaiso; Tomas Candish, ó Cavendish, el de
    1587, dejándose ver en la isla de Santa Maria y Valparaiso; Ricardo
    Achines en el de 1593; Oliver de Noort el de 1599; Jorge Spilberg en el
    de 1615, con seis navios; Jacobo Lemaire, Guillermo Schouten y Guillermo
    Fiten el de 1616; Henrique Beaut, que el de 1633 con una escuadra
    considerable salió de Pernambuco, y entró en el mar del sur; por el
    estrecho de Lemaire. Era su ánimo tomar el presidio de Valdivia, y
    fundar allí una colonia: pero habiendo desembarcado su gente, y
    empezádose á fortificar en aquel sitio, el Gobernador de la plaza y su
    guarnicion, ayudados de los indios, los desalojaron á cuchilladas,
    obligándoles á abandonar el puesto. Henrique Morgan, el de 1669, Carlos
    Henrique Clarke, el de 1670; y el de 1680, Bartolomé Charps, Juan
    Guarlen, y Eduardo Valmen saquearon los puertos y lugares abiertos de
    las costas del Perú y Chile. Y en el presente siglo, Tomas Colb, el año
    de 1708; Juan Chilperton el de 1720; Eduardo Wernon el de 1740; y el de
    1741 el vice Almirante inglés, Jorge Anson; y en fin el viage del
    comandante Byron, hecho al rededor del mundo, y la descripcion puntual
    que de órden del almirantazgo egecutó del Estrecho, mencionando sus
    bahias, puertos, rios y ensenadas, el año de 1764.

    17. Estas consideraciones, unidas á las que con maduro acuerdo hace el
    capitan D. Manuel Josef de Orejuela en las tres representaciones que ha
    exhibido con fechas de 21 de Noviembre de 1781, 18 de Febrero, y 12 de
    Abril del corriente año, califican en tanto grado la sospecha de que los
    ingleses se hayan poblado y fortalecido en algunos de puertos que hay
    desde la bahia de San Julian para el sur hasta el Cabo de Hornos, que
    apenas habrá hombre prudente que, reflexionando con detenida meditacion
    la materia, dude de semejantes establecimientos. Pero como es este un
    punto de los mas graves é interesantes al Estado, es forzoso que el
    distinguido celo de V.S. para remover todo escrúpulo de duda, no omita
    diligencia, por leve que sea, á fin de esclarecer estas sospechas. Y
    supuesto que el capitan Orejuela, en el capítulo 12 de su representacion
    de fojas 5 del 9.º cuaderno, expresa haber reconocido cierta declaracion
    tomada al Reverendo Padre Prior del convento de San Juan de Dios del
    presidio de Valdivia, en que aseguraba que, habiendo salido de Cádiz el
    año de 750, en el navío _el Amable Maria_, en la altura de 50 grados de
    latitud al sur, descubrió en uno de los cerros de aquel estrecho, que
    tenian á la vista, un hombre embozado en una capa azul, con sombrero
    negro redondo; y una muger igualmente vestida de azul, que se reconocia
    serlo por la ropa talar, acompañados de un perro grande blanco y negro;
    á quien habiendo llamado á la voz con señas, no respondieron palabra: y
    otra de los Reverendos Padres Misioneros venidos en el _Toscano_, en que
    constaba, que á la altura de 37 grados de latitud, por la parte del sur,
    encontraron una embarcacion inglesa de dos palos, que dijo se entretenia
    en la pesca de ballena, y los obsequió con un barril de aceite de ella,
    en correspondencia de otro de aguardiente, con que el capitan español
    los cortejó; seria muy oportuno y conveniente, que una vez que no se
    encuentran en estos autos semejantes declaraciones, se sirva mandar
    V.S., que informe el citado Padre Prior del convento de San Juan de Dios
    de Valdivia, y los religiosos misioneros venidos en el _Toscano_, sobre
    los pasages mencionados; y que expresando el capitan Orejuela, cual es
    la persona que le ha comunicado las noticias que refiere en los
    capítulos 32, 33 y 36 de su representacion de fojas 5, se le tome
    igualmente su declaracion jurada al tenor de los hechos relacionados en
    los capítulos 33, 36 y 37.

    18. Convendrá así mismo se tome igualmente declaracion al caballero
    francés Mr. Romanet, que se dice hallarse hoy en Buenos Aires, empleado
    en nuestra marina real, y destinado entre otros oficiales de este cuerpo
    á la division de los límites con Portugal, para que exponga con la
    debida claridad, si es cierto que cuando acompañó á Mr. de Bougainville
    en el viage que hizo al rededor del mundo, al desembocar el estrecho de
    Magallanes, por donde pasaron al mar del sur, vieron un _sloop_ á corta
    distancia; el cual, sin embargo de hallarse bien cerca de tierra,
    inmediatamente viró de bordo, y giró para ella; por lo que al instante
    lo perdió de vista la fragata francesa. Y en esta atencion puede V.S.,
    siendo servido, pasar el correspondiente oficio al Exmo Sr. Virey de
    Buenos Aires, á efecto de que S.E. disponga lo que tenga á bien sobre
    esta importante diligencia, y que remita dicha declaracion á V.S. para
    que se agregue á los autos.

    19. Y por lo que respecta á los medios y arbitrios que propone el
    nominado capitan para la mejor defensa de este reino, especialmente en
    cuanto á que la escuadra, que ha despachado Su Magestad para el seguro
    de estos mares, se destine á guardar la plaza de Valdivia, dándose á su
    Comandante la comision de inspeccionar aquella fortaleza y artilleria, y
    á esta Capitanía General las facultades del Exmo. Sr. Virey, para que,
    en el caso de ser preciso variar las órdenes que se comunican á los
    comandantes, pueda resolver y mandar cuanto convenga al real servicio
    puede V.S., siendo servido, consultarlo con S.E., remitiéndole
    testimonio íntegro de este cuaderno 9, en que se incluyen las tres
    representaciones hechas por el capitan D. Manuel de Orejuela, á fin de
    que la consumada práctica y pericia de S.E. en el arte de la guerra
    disponga lo que tuviere por conveniente; pues el Fiscal cree que el
    único seguro medio de guardar este reino es el de que se acceda á las
    propuestas que sobre este punto hace el precitado D. Manuel: por lo que
    desde ahora pide y suplica á V.S. se sirva hacer formal instancia en
    aquella superioridad, á efecto de que cuanto antes se dé este destino á
    la escuadra real en la plaza mencionada.

    20. Con lo expuesto hasta aquí, ha evacuado el Fiscal su respuesta en
    órden á los puntos concernientes á poblaciones de españoles y
    establecimientos de extrangeros en nuestro continente, y así concluirá
    su discurso acerca de estos mismos puntos, con expresar á V.S. la
    substancia y concepto que ha formado de lo que el indio guilliche
    Guechapague y los caciques Curical, Guillapangui y Quiñaguirrí
    comunicaron al capitan de la reduccion de Maquegua, D. Fermin Villagran,
    y ha expuesto en las declaraciones que de órden del Maestre de Campo,
    General de la ciudad de la Concepcion, se le recibieron, y constan á
    fojas 99 y 102, del citado cuaderno 9.

    21. En una y otra expresa Villagran haberle asegurado los antedichos
    caciques é indios, que habia una poblacion de españoles, que estaban
    comprando á las cautivas, los cuales se han situado á la orilla del rio
    Miuleú, cuyo trage es de paño azul, y otros de amarillo; el sombrero
    chico y apuntado de tres picos, y mantienen comercio con el cacique
    Curihuentú, que dista de ellos dos leguas, y que en distancia de seis,
    tierra adentro de la desembocadura de dicho rio en la mar, está la nueva
    poblacion muy bien fortificada con su estacada, y mucha artilleria
    gruesa. Y aunque D. Manuel de Orejuela, en vista de esta declaracion,
    procura fundar que es de ingleses este nuevo establecimiento, el Fiscal
    cree y conceptua que no es así, sino que esas son nuestras nuevas
    poblaciones, que de órden de S.M. se han verificado en la Bahia sin
    Fondo, como el Exmo. Señor Virey de Buenos Aires lo anuncia á V.S. en su
    carta, fecha en Montevideo, á seis de Mayo de este año. Manifestará la
    razon en que funda su dictámen, y quedará la materia tan clara como la
    luz del dia.

    22. Segun el mapa geográfico de la América Meridional, dispuesto y
    grabado por D. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, impreso en Madrid el
    año de 1775, el rio Mianlú, Leubú ó Sanquel, que los indios llaman
    Miuleú é Neuquen, es el mismo rio que nosotros le llamamos Negro, el
    cual toma su orígen de las lagunas de Guanachi, desde donde corre norte
    sur, hasta la altura de 38 ó 39 grados de latitud, y desde ahí sigue del
    occidente al oriente con alguna oblicuidad, hasta desembocar en el mar,
    donde se forma la Bahia sin Fondo. Con que si esto es así, y constante
    que las nuevas poblaciones de españoles se hallan situadas en la
    expresada bahia, en que el rio de Miuleú desemboca al mar, es evidente
    la verdad con que hablaron los caciques é indios Guilliches al capitan
    Villagran, y que no debe por esa parte recelarse establecimiento de
    extrangeros, quedando así enteramente desvanecido el concepto que acerca
    de este punto ha formado el capitan Orejuela.

    23. Pero como subsisten vigorosas las demas razones y fundamentos que
    forman una mas que semiplena probanza de la realidad del establecimiento
    de nuestros enemigos en aquellos propios terrenos, por eso, con
    justísima razon el poderoso invicto Monarca, que felizmente nos
    gobierna, tuvo á bien expedir la real órden de 29 de Diciembre de 1778,
    en que, á consecuencia de las actuaciones que promovió el distinguido y
    ardiente celo del Coronel D. Joaquin de Espinosa, se sirvió adoptar las
    oportunas y bien fundadas reflexiones que le hizo esta Capitanía
    General, en apoyo de la propuesta que el Coronel D. Joaquin explicó en
    su carta de fojas 143, del cuaderno 5, dejando á la discrecion de este
    Superior Gobierno el arreglo de las expediciones que han de egecutarse,
    con el importantísimo objeto de descubrir semejantes establecimientos, y
    salir de una vez de dudas y equivocaciones: graduando el tiempo en que
    convenga se verifiquen con la menos costa que sea posible: formando á
    este efecto las instrucciones que hayan de observarse, y cuidando de
    precaver en ellas todos los riesgos que las pueda empeñar en la pérdida
    de gentes, sin una necesidad muy urgente, y que no pueda remediarse ó
    alcanzarse, por razon de haber de hacer sus marchas por parages
    desconocidos. En la inteligencia de que, el Señor Capitan General de
    este reyno ha de entenderse en derechura con el Exmo. Señor Virey del
    Perú, para cuanto le ocurra sobre este particular: á cuyo fin le ha
    prevenido S.M. preste los auxilios de tropa y demas que sea conveniente
    para la consecucion de esta empresa.

    24. Esta real resolucion, y las que le contienen en las órdenes de 2 de
    Diciembre de 1774, 10 de Agosto de 75, 18 de Julio de 78, y 29 de
    Diciembre de 78, que se contienen en el 7.º cuaderno, manifiestan la
    decidida real voluntad, acerca del efectivo envio de las expediciones
    proyectadas por el Coronel D. Joaquin de Espinosa, en su citada carta de
    fojas 143 del 5.° cuaderno. Y en esta virtud, lo que hoy únicamente
    resta, y de que se debe tratar, es del tiempo en que convendrá
    egecusarse estas expediciones, y del modo y circunstancias que deban
    observarse antes, y en el acto de su verificativo.

    25. El Exmo. Sr. D. Agustin de Jauregui, siendo Gobernador y Capitan
    General de este reino, inteligenciado de la juiciosa conducta del
    Coronel D. Joaquin, y del mérito que sobre este particular tenia
    contraido, puso al cargo y mando de este oficial las operaciones
    referidas, y le ordenó en carta de 20 de Agosto de 1779, que para
    formalizar las correspondientes instrucciones, con total arreglo á las
    soberanas intenciones de S.M., y al religioso espíritu que manifiesta la
    misma real órden de 29 de Diciembre, le previno, que con la posible
    anticipacion y reserva le expusiese cuanto considerase preciso y
    necesario para habilitar dichas expediciones, de modo que, por falta de
    víveres, bagages, armas, municiones y pertrechos no tengan que padecer
    necesidades, peligros, ni atraso en las marchas á su destino: lo que
    podria facilitarse de estos auxilios y provisiones en la plaza de
    Valdivia y su jurisdiccion; y lo que habia de llevarse en el navío del
    situado, así de esta capital como de la de Lima. En el concepto de que
    habian de ser dos las expediciones: las que, á un tiempo determinado,
    debian salir una por Chiloé, y otra por Valdivia. Le previno tambien que
    le informase si le ocurria reparo, en que de las cuatro compañías que
    habian de venir del Callao, se remitiesen dos á Chiloé, para que á su
    abrigo puedan venir las milicias que destinare el Gobernador de aquella
    provincia á reunirse con las que saliesen de esta otra plaza, y la tropa
    que las habia de acompañar; y así mismo, si habria caballerías
    bastantes, para las remontas que se consideran precisas, haciendo
    atencion al número de que se hubiese de componer la expedicion.

    26. Previno S.E. igualmente al coronel D. Joaquin, le informase, qué
    tiempo le parecia el mas, á propósito para la salida, á efecto de
    adelantar las órdenes correspondientes al mas breve apronto de las
    provisiones de boca y guerra, y de todos los útiles que comprendiese
    necesitarse, como el de los agasajos que mas apetézcan los naturales del
    tránsito, dándole razon de unos y otros. Y considerando lo que importa
    conferir tambien la materia con el Gobernador de Chiloé, antes de
    ocurrir al Exmo. Sr. Virey del Perú, por los auxilios de tropa y demas
    que fuese preciso, le dirigió un pliego rotulado á dicho Gobernador,
    para que lo remitiese á Chiloé, en alguna piragua, ó embarcacion de
    particulares; con órden de que la comprase de cuenta de Su Magestad, si
    fuese capaz de poderse continuar en ella la correspondencia con aquella
    provincia, y en él de que no la hubiese, que dispusiese la construccion
    de una, adecuada al fin enunciado: haciéndole otras prevenciones
    conducentes á procurar la mayor seguridad de la expedicion, y el acierto
    de la ruta que se ha de elegir, y á facilitar el debido cumplimiento de
    la real órden de Su Magestad, con la prontitud deseada. Y sin embargo de
    ser necesarísima la decision de estos puntos, no se encuentra en los
    autos razon ni carta alguna del coronel D. Joaquin, en que explique su
    dictámen en cuanto á ellos; ni tampoco la respuesta que debió dar el
    Gobernador de esta provincia de Chiloé, en consecuencia del pliego que
    se le dirigió por la via de Valdivia.

    27. En las cartas de fojas 83 y 84 del 7.° cuaderno, fechas á 12 de
    Junio de 1780, expresa el Exmo. Sr. D. Agustin de Jauregui, siendo aun
    Presidente de esta Real Audiencia, quedar en su poder la que en
    contestacion de la suya de 14 de Febrero escribió al coronel D. Joaquin
    el Gobernador de Chiloé D. Antonio Martinez y la Espada, con fecha de 27
    de Marzo, la misma que con otra de 15 de Abril le dirigió dicho Coronel,
    consultándole los medios que le ocurrian para facilitar la expedicion
    por la parte sola de Valdivia, atendida la imposibilidad que ponia el
    mencionado Gobernador, de no ser factible se hiciese salida de aquella
    provincia para Osorno, por los motivos que expuso: añadiendo en la de
    fojas 84, quedaba tambien en su poder la razon que con la citada carta
    de 15 de Abril se incluyó, de lo que á D. Joaquin le habia parecido
    añadir á la anterior, remitida para la expedicion proyectada, y que todo
    se agregaria al expediente de la materia para tenerlo presente cuando
    hubiesen de darse las últimas providencias, con arreglo á lo resuelto
    por Su Magestad. Y segun lo que estas dos cartas ministran, se
    comprende, que _de facto_ el coronel D. Joaquin de Espinosa evacuó el
    informe de aquellos puntas que se le previnieron en la de 20 de Agosto
    de 79, ó á lo menos que expuso su dictámen sobre algunos de ellos: y
    pues conducen en gran manera para que V.S. pueda tomar sus medidas en
    este grave y delicado asunto, parece corresponde se sirva mandar, que
    así en la Secretaría de cámara de esta Capitanía General, como en la
    escribanía de este Superior Gobierno, se busquen y soliciten esos
    documentos, para que se agreguen á los autos de la materia. Y en el caso
    de que no se encuentren, que se escriba una carta órden al teniente D.
    Marcelo de Arteaga, albacea del coronel D. Joaquin, previniéndole
    solicite entre los papeles de este oficial el borrador de la carta de
    15 de Abril de 780, escrita á esta Capitanía General, y el de la razon
    con que la acompañó; y sacando copia puntual de uno y otro, la remita á
    manos de V.S., para los fines que convengan al real servicio.

    28. Bien es que el capitan D. Manuel de Orejuela tiene absueltos todos
    esos puntos en sus enunciadas representaciones, en que ha expuesto
    parecerle conveniente, que se haga una sola salida por Chiloé con mil
    hombres de tropa arreglada, y quinientos mas para allanar los caminos, y
    conducir los bagages, pertrechos de guerra, y demas que ocurra en tan
    vasta empresa: refiriendo el número y clase de armas, y los otros
    preparativos de guerra y boca que conceptua indispensables. Y por el
    mismo caso de estar opuestos los dictámenes, pues el coronel D. Joaquin
    en su citada carta de fojas 149 del quinto cuaderno, propuso que era
    suficiente el número de cuatrocientos hombres de armas, así para allanar
    el antiguo camino de Osorno á Chiloé, como para verificar los
    descubrimientos que se apetecen, haciéndose á un mismo tiempo dos
    entradas por Valdivia y por Chiloé, es forzoso que V.S. reconozca todos
    los papeles y cartas, que sobre esto hubiese escrito el coronel D.
    Joaquin, mayormente estando tambien opuesto el dictámen del Gobernador
    de Chiloé D. Antonio Martinez y la Espada, segun se enuncia en la citada
    carta de fojas 83 del cuaderno septimo.

    29. Entre los muchos y buenos arbitrios que propone D. Manuel Orejuela,
    parece al Fiscal muy oportunos y convenientes dos. El primero, él de
    llevar la expedicion las canoas de viento, necesarias para el tránsito
    de los rios y lagunas que se ofrecen en el camino, fabricándose de
    pieles de lobos marinos, á poca costa, en que pueden cargarse de 15 á 18
    quintales, y conducirse cuatro hombres, á mas del que fuere á
    regresarla. Y el segundo, el que se traslade toda la gente y guarnicion
    que hoy existe en la isla de Juan Fernandez, y se reuna en la plaza de
    Valdivia: pues siendo esta la llave de todo el reyno, á ella se debe
    aplicar todo el cuidado, y la mayor fuerza, siendo escusada la del
    presidio de Juan Fernandez, porque esta isla estará bastantemente
    guardada, siempre que se dé órden á los navios de la carrera que la
    reconozcan en los viages que hicieren de Valparaiso al Callao, y tengan
    cuidado de avisar, lo que en ella notasen, á este Superior Gobierno y al
    de Lima. Cuyo pensamiento, apoyado con el ejemplar de la traslacion
    hecha de la poblacion que habia en las Islas Malvinas á la bahia de San
    Julian, es un argumento eficaz de la conveniencia, y aun necesidad que
    hay de que se verifique la traslacion que propone D. Manuel de Orejuela.
    Sobre que V.S. con sus superiores luces resolverá lo que le parezca mas
    acertado y conveniente al real servicio, graduando los demas arbitrios
    que insinúa, segun lo exigieren las actuales circunstancias, y las que
    puedan ocurrir, para el mejor acierto de las expediciones proyectadas.

    30. Ya que con haber fallecido el coronel D. Joaquin Espinosa, no han
    podido tener efecto todas las diligencias prevenidas por el Exmo. Sr. D.
    Agustin de Jauregui, en su carta de 20 de Agosto de 1779, concernientes
    no solo á conservar la amistad contraida con los caciques de
    Quinlchilca, Ranco y Rio Bueno, sino á adelantarla, y adelantar tambien,
    si fuere posible, las noticias de la verdadera situacion de los
    establecimientos que se pretenden descubrir, y la de los caminos mas
    cómodos para llegar á sus poblaciones, seria desde luego muy conveniente
    que el notorio celo de V.S. confiriese esta comision al sargento mayor,
    D. Lucas de Molina, ó á otro oficial de honor de la plaza de Valdivia,
    que hubiere manifestado deseo positivo de lograr el hallazgo de tales
    poblaciones: ordenando al Gobernador de la plaza, que lejos de poner
    embarazo en la práctica de estas diligencias, tan interesantes al
    estado, contribuya por su parte, cuanto le sea posible, dando al
    comisionado los auxilios que pidiere y necesitare para el desempeño de
    su comision.

    31. En esta virtud puede V.S., siendo servido, mandar que el comisionado
    haga presente á los caciques amigos, por medio de Francisco Agurto,
    Baltazar Ramirez, ú otros emisarios de su confianza, el deseo de verles
    y manifestarles el agrado que han causado al Rey, á V.S., y al
    Gobernador de la plaza, las expresiones y operaciones, con que en el
    tiempo del Gobierno de D. Joaquin de Espinosa, dieron pruebas de su
    lealtad y verdadera amistad con los españoles; y que con este motivo
    procuren adelantar las noticias de los parages en que realmente existen
    los establecimientos de españoles y extrangeros, si los hubiere, y la de
    los caminos mas cómodos para llegar á sus poblaciones: aprovechando las
    ocasiones que se les presenten de contraer nuevas amistades, y de
    ponerlos en estado de que ellos mismos rueguen por el descubrimiento de
    dichas poblaciones, y ofreciéndoles que, mediante su generosidad, serán
    bien regalados ellos, sus mugeres é hijos. Que persuadan tambien á los
    caciques amigos que procuren convidar á los caciques vecinos, á que
    hagan el mismo allanamiento y propuesta, y de este modo consigan irse
    internando hasta donde puedan, y purificar las noticias que vayan
    adquiriendo, haciéndose al propio tiempo capaces de los caminos y
    parages por donde pueda seguir la expedicion con mayor comodidad y
    seguridad, y arreglarle los alojamientos, encargando para ello á estos
    emisarios que demarquen con cautela los sitios y distancias, y que se
    informen por donde se iba antes á Chiloé, con respecto á ser uno de los
    principales objetos de las expediciones proyectadas, franquear la
    comunicacion con aquella provincia; y que importa muchísimo saber con
    fijeza cual sea el antiguo camino, ó el parage por donde sea mas pronto
    y seguro el tránsito á ella.

    32. Del propio modo puede V.S. prevenir al comisionado, que en atencion
    á haber declarado Domingo Monte-Alegre, natural de Chiloé, que el
    cacique Tanarailla, distante tres leguas del fuerte de Rio Bueno, le
    comunicó que un chilate se hallaba cautivo abajo de Osorno en los
    Juncos, en un parage nombrado Poyigué, que este sabe donde están los
    españoles, y que el cacique le ofreció lo llevaria, sí quisiese, á que
    hablase con él, á cuya propuesta asintió, pero que no lo ha vuelto á
    ver; proponga al mismo Monte-Alegre si se allana á reconvenir al
    cacique, para que lo lleve á hablar con su paisano, procurando se
    verifique la entrada de este español, si es que no se encuentra en ello
    riesgo de su vida, pues si es cierta la relacion del cacique, no hay
    duda que el cautivo, no solo dará razon del sitio en que existen los
    españoles y extrangeros, sino tambien del camino de Chiloé, y si le
    cautivaron los mismos indios Juncos, ó los de otras naciones mas
    avanzadas á aquella provincia, como de lo demas que tenga visto ó
    sabido, con motivo de haber vivido entre aquellos bárbaros.

    33. Así mismo será conducente, qué él comisionado haga que Francisco
    Agurto procure que el cacique Manquemilla le cumpla la oferta que le
    hizo, de que haria llamar á su sobrino Antuala, que vive en las
    inmediaciones de la laguna de Puraylla, para que hablase con él, segun
    se expresa en las actuaciones remitidas por el coronel D. Joaquin de
    Espinosa, de resultas de la expedicion que hizo á su costa, y corren
    desde fojas 125, hasta fojas 140 del cuaderno 5.° Pues cuando no se
    adelante la adquisicion de mas claras luces de la ubicacion de los
    establecimientos que se buscan, se consiguirá que la expedicion pueda
    seguir sin mayor riesgo, y por caminos rectos ó menos ásperos, hasta la
    citada laguna de Puraylla, ó hasta donde alcance la correspondencia de
    Antuala con los caciques é indios de mas adentro. Advirtiéndoles tambien
    que tengan particular cuidado de averiguar, si los indios intermedios
    son muchos ó no, para que V.S. en esa inteligencia, pueda determinar la
    fuerza que parezca suficiente: y en fin, que el comisionado empeñe su
    celo y capacidad, en que los emisarios ó exploradores, bien instruidos
    de sus prevenciones, adelanten cuanto sea posible en esta importancia.

    34. Las mismas reales órdenes están respirando la suavidad con qué S.M.
    quiere se verifiquen estas expediciones, y por eso el principal cuidado
    qué en ellas se ha de tener, es y debe ser, evitar el recelo y
    desagrado de los indios, y de todo punto el uso de las armas, á menos
    que no haya otro recurso para defender las vidas, repeliendo la fuerza
    con una defensa natural; y conseguir por medios suaves la internacion,
    hasta que no quede duda de sí hay ó no los establecimientos que se
    solicita descubrir: asegurándoles de la buena fé con que se camina, y
    captándoles la voluntad, para que espontáneamente se reduzcan á nuestra
    amistad y pidan el establecimiento de misiones en sus tierras; y lograr
    con este antecedente la oportunidad de proponerles, ser para ello
    preciso que queden españoles que acompañen á los misioneros, y los
    defiendan de los rebeldes ó enemigos de los mismos indios.

    Para consolidar la amistad con ellos, se les puede hacer presente la que
    los de la frontera de la Concepcion tienen trababa con nosotros: el amor
    y caridad con que les mira nuestro Soberano, la misma que profesa á
    todos los indios en general. Que no quiere, ni apetece otra cosa que el
    bien espiritual y temporal de todos ellos; que á este fin ha destinado
    en esta capital un hermoso colegio, en que sus hijos sean doctrinados y
    enseñados, costeando la real hacienda los maestros necesarios, para que
    se hagan tan sábios é instruidos como los mismos españoles; y que en esa
    atencion se les proponga deliberen enviar los suyos á este colegio,
    asegurándoles que serán bien tratados, queridos y regalados; cuyas
    insinuaciones no solo convendrá que las expresen á los caciques de
    aquella jurisdiccion los emisarios ó exploradores sobredichos, sino
    tambien el comisionado, el Gobernador de plaza, y aun el oficial ú
    oficiales á quienes se hubiere de encomendar el mando de las
    expediciones, el tiempo y cuando hubiese de llegar y pasar por sus
    terrenos.

    35. Y ya que ha llegado el caso de hablar del modo y arbitrios que
    pueden presentarse para el logro de que estos naturales, abdicando de sí
    aquella ferocidad que les acompaña, y aquel odio y rencor implacable que
    han concebido contra la nacion española, no dejara el Fiscal de apuntar
    uno que le ocurre, y le parece concerniente y oportuno. Las mismas
    actuaciones, que comprenden estos autos, estan acreditando que los
    indios de la jurisdiccion de Valdivia, y todos los de esta nacion en
    general, lo que aborrecen entrañablemente es considerar que puede llegar
    el caso de que los españoles los reduzcan á servidumbre, ó sugeten á
    encomiendas, como lo practicaban y practicaron luego que fundaron las
    ciudades de Osorno, Imperial, Villa Rica, Angól, Valdivia, Infantas y
    Loyola, cuya total destruccion provino del deseo que asistia á los
    subyugados de verse libres de esta especie de esclavitud. En las propias
    actuaciones habrá notado V.S. que aun subsiste en el ánimo de los
    indios, muy vivo el recelo de caer en ese infortunio, y que por eso han
    soltado una que otra expresion relativa á estos puntos, ya diciendo que
    los españoles son muy temerarios y tiranos, y ya que los han de hacer
    esclavos, ó sugetarlos á encomiendas, si se juntan con los Aucahuincas
    que se salvaron del asedio de la ciudad de Osorno.

    36. No es este tema nuevo en los indios de Chile, sino muy antiguo, y
    viene de muy atras. Prueba de ello son los pasages ocurridos al Padre
    Luis de Valdivia, el año de 1613, con los caciques é indios de la
    frontera de la Concepcion. Viendo la Magestad de nuestro Católico Rey D.
    Felipe III., lo poco que aprovechaban los medios de la fuerza y del
    rigor para sugetar á los indios chilenos, que tan soberbios é insolentes
    se hallaban con las victorias que habian tenido, y con la toma y ruina
    de las ciudades que nos destruyeron, se dignó resolver, que totalmente
    se mudase de estilo en esta conquista, y que dejando del todo la guerra
    ofensiva, se redujese solo á la ofensiva: considerando que por este
    medio se reducirian los indios mas facilmente á la Fé, y la recibirian
    con mas amor y aplicacion, viéndose libres del tumulto, y ruido de las
    armas, para lo cual se valió de la prudencia, celo y eficacia del citado
    Padre Luis de Valdivia, religioso de la extinguida compañia de Jesus,
    eligiendo por Gobernador á D. Alonso de Rivera, que á la sazón lo era
    del Tucuman, y antes lo habia sido de Chile. Luego que este religioso
    llegó á la Concepcion, empezó á tratar con los indios de guerra, de los
    medios de la paz que de parte del Rey les ofrecia, dando principio por
    las naciones cercanas, que eran las de Arauco, Tucapel y Catiray, á
    quienes envió los mensageros que tuvo por convenientes. Noticiosos los
    indios de esta novedad, resolvieron se hiciese una junta con el Padre
    Luis en Nancú, lugar que está en medio de todo Catiray, para que allí se
    tratase del negocio propuesto, y de los conciertos de paz y amistad que
    deseaban; á cuyo fin se habian congregado diez parcialidades.

    37. Habiendo el Padre resuelto su salida, y llegado al lugar en que le
    esperaban los caciques, se echaron sobre sus brazos, mostrando gran
    contento de su llegada á aquellas tierras, y tomándole de la mano
    Guayquimilla, que era el mas principal de ellos, se la besó en nombre de
    todos los demas, y le hizo un elegante razonamiento, diciendo que "de su
    alegre venida no solamente estaba regocijada la gente á quien llevaba
    tan grande bien, pero que los mismos brutos animales, las yerbas, las
    flores, las fuentes y los arroyos saltaban de placer y contento."
    Despues de estas primeras cortesias, se sentaron á razonar y discurrir
    sobre las materias de las paces; y entre otras razones, dijo uno de los
    tres caciques:–Padre, todos los indios principales desean la paz,
    aunque el pueblo y los soldados no se pueden persuadir de que los
    españoles la quieren y la desean. A que replicándole el Padre: como
    podia ser eso, cuando el Rey lo habia enviado solo á ese fin, por el
    cual se habia arrojado á los peligros de tantos males, hasta llegar á
    sus tierras; y que eso mismo, y no otra cosa, pretendian el Sr.
    Gobernador, los Maestres de campo y capitanes? Respondió el
    cacique:–"No dudo de eso que dices; lo que se duda es que los españoles
    quieran paz, que sea paz. Bien sabemos que gustarán de la que llaman
    ellos paz, y yo no la tengo por tal, que es que nosotros nos rindamos, y
    nos sugetemos á ellos, y les sirvamos como á nuestros amos y señores; y
    esto no es paz, sino ocasion de las inquietudes, perturbaciones y
    guerras, que hemos tenido hasta aquí. Paz es la que tienen los españoles
    entre si, y la que tienen los indios entre nosotros, gozando cada uno de
    su libertad, y de lo que tiene, sin que ninguno se lo quite, ni quiera
    mandarle, ni tenerlo debajo. Esto llamamos paz, y esta la abrazarémos
    muy de corazon. Pero si no tratas de esta paz, y quieres la que los
    españoles llaman paz, no verás que la admitamos mientras el sol gire por
    el cielo."

    38. Vea ahora V.S. si es nuevo en los indios el sistema de resistir toda
    especie de servidumbre y sugecion al español. Ninguna otra cosa
    aborrecen mas, que el hecho de privarles de la natural libertad con que
    todos nacemos, y así quieren gozar de la misma que disfrutan los
    españoles entre sí, y los mismos indios unos con otros. Por lo que
    parece al Fiscal que el remedio eficaz, de que los naturales de la
    jurisdiccion de Valdivia, y demas que residen tierra adentro hasta el
    estrecho de Magallanes y Cabo de Hornos, se reduzcan, será proponerles
    que gozarán de una total libertad, sin que jamas llegue el caso de que
    se les reduzca á esclavitud ó encomiendas; y que tampoco se les
    pensionará con tributos, ni otros pechos, aunque sea dispensado la
    disposicion de la ley 9, tít. 4, lib. 4 de las Recopiladas de estos
    reynos: previniéndoseles que serán tratados como los mismos españoles,
    sin diferencia alguna, pues son vasallos de un propio soberano, cuya
    real benignidad ha tenido á bien adoptarlos por tales, y recibirlos bajo
    de su poderosa proteccion y amparo.

    39. Ni este pensamiento puede oponerse en manera alguna á la política
    que hasta aquí se ha observado con esta nacion, porque atendiendo á que
    los del reyno del Perú reconocian á los Incas por sus soberanos y reyes,
    y les pagaban sus contribuciones en prueba del vasallage que les
    rendian, como no ha sucedido esto así con los del reyno de Chile que
    residen tierra adentro, no parece disconforme que, aunque á aquellos se
    le pensionase con el tributo que señala la ley, se dispense con esta
    semejante contribucion, una vez que, segun nos cuentan las historias,
    los emperadores peruanos, no llegaron, ni pudieron pasar con su
    conquista, de la tierra de los Promocaes, y rio caudaloso de Maule, que
    divide la provincia de este nombre de la de Cauquenes, por la ferocidad
    y braveza de los que habitan en esa parte hácia el sur; quedando el rio
    señalado por términos del imperio, de órden de Yupanqui, décimo Inca de
    aquella dinastía. Con que, si es constante que los indios no reducidos,
    que son los que hay desde el caudaloso rio Bio-bio, para el sur, hasta
    el estrecho y costas patagónicas, no reconocen otro soberano ni rey (á
    excepcion de algunos amigos de la frontera), que á sus caciques
    particulares, sin retribuirles pension alguna en señal de vasallage, no
    sería desde luego extraño que se les tratase de la paz y amistad con los
    españoles, con el pacto de las insinuadas excepciones; practicándose lo
    mismo con los de la frontera de este reyno, á fin de que se vayan
    domesticando, y viendo que nuestras ofertas son ciertas, y nuestra
    amistad sincera, se procuren españolizar, casándose indios con
    españolas, y españoles con indias, á cuyo propósito sería oportuno
    autorizar á los de una y otra nacion.

    40. Los felices principios, que por efecto de la Providencia,
    facilitaron la adquisicion del terreno en que hoy se halla situado el
    fuerte de Rio Bueno, y establecida la mision que con instancia pidieron
    sus caciques, en la cual se han percibido ya los frutos que manifiesta
    el plano de fojas 47 del octavo cuaderno, dan sin duda fundada esperanza
    de que no acaso se han logrado estas ventajas en cerca de siglo y medio
    que no se oia la voz del evangelio en aquellas tierras, y de que el
    Altísimo quiere ya dispensar los arbitrios de que nuestra sagrada
    religion se plantifique en un terreno, cuyos habitadores se han mostrado
    hasta aquí contrarios nuestros; y prometen al mismo tiempo unos
    agigantados progresos en la importante empresa de descubrir las
    poblaciones que han motivado la resolucion de las expediciones de que se
    trata; y así seria desde luego reprensible delante de Dios y del mundo,
    sacar del seno de la barbarie la semilla de la verdadera doctrina que
    acaba de sembrarse con arreglo á los dogmas de la religion, y á las
    soberanas y muy piadosas intenciones de nuestros Católicos Monarcas, que
    solo han anhelado con religioso celo las conquistas espirituales; lo que
    forzosamente sucederia si se adhiriese á las repetidas instancias que ha
    hecho el actual Gobernador D. Pedro Gregorio de Echenique, sobre que se
    quite y destruya el mencionado fuerte, sin mas fundamento que los
    recelos y desconfianzas que le asisten de la infidelidad de los indios
    que le pidieron, haciendo con esto retroceder el estandarte de la fé,
    cuando todos estamos constituidos en la gloriosa obligacion de llevarlo,
    y propender á que se conduzca hasta las extremidades de la tierra. Por
    estas justas consideraciones que trascienden á las utilidades del
    estado, no debe mirarse con indiferencia lo que se ha ganado sin
    violencia, por lo que es indispensable aplicar el hombro á mantener
    aquel puesto, y sin perjuicio de una prudente economia, sostener, aunque
    sea á mas costa, la guarnicion que en él se halla, y aun aumentarla,
    segun se reconozca por los informes del comandante y del Padre
    Misionero, de la disposicion de ánimo de los caciques; previniéndoseles
    con anticipacion y sagacidad, que en prueba del aprecio que ha hecho Su
    Magestad de la voluntaria oblacion que le hicieron de aquel terreno, se
    ha dispuesto remitir algun número mas de hombres que los defiendan de
    sus contrarios.

    41. El actual Gobernador, no acomodándose á lo que su antecesor practicó
    en desempeño de su cargo, funda su instancia para la destruccion del
    fuerte antedicho, no solo en sus recelos y desconfianza de los indios,
    sino tambien que estos continuan en su idolatria y vicio de poligamia,
    igualmente que en los pocos ó ningunos progresos que ha hecho la mision
    allí establecida. Y aunque acerca de esto último nada tiene que decir el
    Fiscal, sino poner á la vista de V.S. el plan presentado á fojas 47, por
    el Reverendo Padre procurador general de estas misiones: pero en cuanto
    á lo demas, no puede menos que recordarle la memoria de lo que dispone
    la ley 2, título 4, libro 4 de las Recopiladas de estos reinos. En ella
    verá V.S. cuanta es la prudencia que se previene para semejantes casos,
    y cuanto conviene la suavidad, y el que no se quiten á los indios las
    mugeres, ni los ídolos, á fin de que no se escandalicen.

    42. Y no solo convendrá que se mantenga este fuerte en Rio Bueno, sino
    tambien que se construyan otros dos ó tres, con cuyo respeto se sostenga
    el que existe fabricado á instancia de los mismos caciques, bien sea en
    la inmediaciones de Osorno, ó no muy lejos de la provincia de Chiloé,
    como lo propone el sargento mayor D. Lucas de Molina, en el informe que
    dió con fecha de 30 de Marzo de 79, y consta á fojas 10 del octavo
    cuaderno, ó en los parages que se consideren á propósito: reencargándose
    muy particularmente al actual Gobernador la subsistencia, amparo y
    refaccion del que se halla construido en Rio Bueno, por las ventajas que
    promete igual avanzado establecimiento de nuestros españoles.

    43. Y descendiendo al punto del allanamiento del antiguo camino de
    Osorno, para facilitar la comunicacion de la plaza de Valdivia con la
    provincia de Chiloé, y de la reedificacion de la ciudad perdida del
    mismo nombre de Osorno, á que tambien se dirigen las expediciones
    proyectadas, halla el Fiscal, que lejos de perjudicar en lo mas leve á
    los indios, les traen, por el contrario, evidentes ventajas y
    utilidades. Ellas son bastantemente visibles, y no pueden esconderse aun
    al mas intonso, porque no es posible haya prudente á quien se ofresca el
    pensamiento de que conviene á estos infieles continuar en su
    infidelidad, y vivir despojados de todos los beneficios que trae consigo
    la sociedad, y la vida civil y cristiana. Si se mantienen en el estado
    mismo que ahora se vé, á mas de no gozar de los benéficos efectos de una
    instruccion política, pierden de contado aun la esperanza de la vida
    eterna, que es lo mas precioso y apetecible. Con que debe concluirse,
    que si alguna razon de conveniencia hay en la apertura del mencionado
    camino, y reedificacion de la antigua ciudad de Osorno, es muy
    principalmente aplicable á los indios que residen en aquella
    jurisdiccion.

    44. Bien ve el Fiscal que nada de esto podrá verificarse, sin una
    vigorosa oposicion de los mismos indios, que, llevados de aquel rencor
    que profesan á nuestra nacion, y del concepto que han formado de que los
    españoles, si vuelven á poblar sus tierras, los han de reducir á
    servidumbre ó encomiendas, como antes lo hacian, lo resistan. Pero si
    con anticipacion se les advierte que iguales resoluciones y
    establecimientos se dirigen á su propio bien, por guardarlos de que les
    insulten los enemigos de la corona de España; y que quedarán gozando de
    su propia libertad, sin que español alguno les pueda obligar á servir,
    ni impedirles su libre albedrio, con las otras insinuaciones que quedan
    referidas en los párrafos 35, 39 y 40, le parece que no será tanta la
    oposicion, pues al cabo tienen alguna luz de razon, con que no pueden
    dejar de distinguir la realidad de su propia conveniencia.

    45. Y cuando estas insinuaciones no les moviesen al voluntario
    allanamiento, siempre seria justo se verificase la apertura del camino y
    reedificacion de la ciudad, porque nuestros católicos monarcas tienen
    legítimamente fundado su supremo dominio, aun en las tierras que se
    hallan ocupadas y pobladas por los indios; pues siendo ellos tan
    bárbaros, incultos y agrestes, que apenas merecen el nombre de hombres;
    y necesitando por lo mismo de quien, tomando su gobierno, amparo y
    enseñanza á su cargo, los reduzca á vida humana, civil, sociable y
    política, para que con esto se hagan capaces de poder recibir la fé y
    religion cristiana, una vez que nuestros mismos soberanos han tomado
    sobre sí este cargo, no debe dudarse de la legitimidad con que se
    intenta la sobredicha reedificacion, con ese laudable objeto, aun
    prescindiendo de los otros muchos títulos que legalizan aquel supremo
    dominio, y no refiere ahora el Fiscal, por ser constantes á V.S., y
    notorio á todo el mundo, á pesar de la envidia de los extrangeros y
    hereges que han querido disputarlos.

    46. Y si la egecucion de uno y otro proyecto es útil y ventajosa á los
    indios, segun va fundado, no lo es menos para la nacion española, y para
    el estado todo, pues sus resortes son necesariamente la mayor seguridad
    del reyno, sus plazas y fortificaciones, y el remedio de que las de
    Valdivia y Chiloé se provean de cuanto necesitan para subsistir,
    siguiéndose de aquí los ahorros de la real hacienda, y el aumento de
    ella, con adelantarse los comercios.

    47. Sobre estos dos puntos tiene ya V.S. mucho avanzado, porque en el
    expediente formado sobre la apertura del antedicho camino de Osorno,
    aparece la empeñosa instancia que el año de 763 hizo el vecindario de la
    provincia de Chiloé, ofreciéndose allanarlo y romperlo á su costa, con
    tal que se les diese el auxilio de la tropa necesaria. Con esto hay ya
    un principio de mucha consideracion, para verificar el proyecto, que
    siendo tan importante y útil al estado, igualmente que á la poblacion de
    Chiloé, debe llevarse á puro y debido efecto, teniéndose presente el
    informe que el Gobernador y Cabildo hizo sobre este asunto en 6 de
    Febrero de 1753, y corre desde fojas 26 hasta fojas 33 del precitado
    cuaderno, señalado con el número 98.

    48. Allí se asienta, que será mejor y muy ventajoso se reedifique la
    ciudad en la costa, con el fin de que, en el caso de ser insultada por
    los enemigos de tierra, pueda, con facilidad ser socorrida de la
    provincia de Chiloé en piraguas, y de la plaza de Valdivia en sus
    lanchas: y desde luego este pensamiento está conforme con lo que dispone
    la ley 2, título 5, libro 4 de las Recopiladas de estos reynos, en que
    se previene, que las tierras que se hubieren de poblar, tengan buenas
    entradas y salidas, por mar y tierra, de buenos caminos y navegacion,
    para que se pueda entrar y salir facilmente, comerciar y gobernar,
    socorrer y defender; pues estando tierra adentro, se haria mas difícil,
    por ser mas forzoso á los socorros abrir camino con las armas, y mucho
    aumento de estas para la seguridad de las escoltas y bageles que
    quedasen en el puerto aguardando las resultas. Y sobre el reparo que
    pudiera hacerse, de que estando la poblacion en la costa se expondria á
    los insultos del enemigo de Europa, responde muy bien el Cabildo: esto
    es, si donde hubiere de hacerse hay puerto capaz de fondear navíos, por
    la misma razon conviene que allí esté la ciudad, para guardarlo y
    defenderlo, y no dar lugar á que el enemigo se apodere de él: y si no lo
    hay, está desde luego libre la poblacion de este recelo, pues eso mismo
    será causa de que no se arrime á la costa; mayormente reinando en ella
    en los mejores tiempos del año la travesía que les obligará hacerse á la
    mar, ó á perder sus embarcaciones. Por cuyas razones contempla, y con
    bastante fundamento, que la poblacion se haga y verifique en la costa,
    en que ademas sus vecinos podrán disfrutar del beneficio del pege y
    marisco.

    49. Del mismo modo parece oportuna la construccion de un fuerte á la
    entrada del camino por la parte de los indios Juncos, el cual ha de ser
    la puerta y seguridad del de aquella provincia, por donde todos han de
    pasar, y los socorros y escoltas; y hacer mansion segura para seguir
    jornada, así los que salgan de la provincia para la ciudad, como los que
    vayan de ella á la provincia. Y tambien es indispensable que se fabrique
    otro fuerte en el parage donde se fundase la ciudad, para que á su
    abrigo esté y duerma el vecindario con el correspondiente seguro, é
    igualmente otros que se consideren precisos, conforme á lo dispuesto por
    la ley 7.ª del precitado título y libro, segun el conocimiento que se
    adquiera de aquellos terrenos, con la idea de que sea perpetua la
    poblacion, y el camino expresado. A cuyo propósito deberán los fuertes
    proveerse de la correspondiente tropa y armas; á que podrá contribuir en
    gran manera la guarnicion destinada á la isla de Juan Fernandez, en el
    caso de que se disponga su translacion, como oportunamente lo ha
    propuesto el capitan D. Manuel de Orejuela, cuyas producciones en cuanto
    á estos puntos, reproduce el Fiscal enteramente, para que V.S. haga de
    ellas el uso que su perspicaz penetracion y consumada pericia militar
    tuviese, por mas acertado y conveniente. Añadiendo que desde ahora
    contradice una y muchas veces el que los españoles, que hubiesen de
    entrar á abrir el camino y poblar la ciudad de Osorno, hagan á los
    indios el mas leve daño, ni les tomen cosa ninguna de sus bienes,
    haciendas, ganados ni frutos, sin que primero se les pague, y dé
    satisfaccion equivalente: procurando que las compras y rescates sean á
    su voluntad y entera libertad; y pide que sean castigados aquellos que
    les hicieren mal tratamiento ó daño, como expresamente lo previene la
    ley 8.ª del antedicho título y libro de las Recopiladas de estos reinos.

    50. Conoce el Fiscal que las circunstancias actuales de la presente
    guerra con la nacion británica, lo exhausto del real erario, la
    necesidad de mantener reforzadas las plazas y presidios de este reino, y
    las inquietudes de él del Perú, de donde deben venir los
    correspondientes auxilios, pueden entorpecer la ejecucion de las
    expediciones proyectadas: pero si V.S. reflexiona, que aun despues de
    declarada la guerra se expidió el real órden, fecho en San Ildefonso, á
    6 de Setiembre de 1779, que se halla á fojas 3 del expediente seguido
    por el capitan D. Manuel de Orejuela, sobre la asignacion y goce de su
    sueldo, en que se le mandó saliese inmediatamente de la corte, y se
    pusiese en marcha para esta ciudad á cumplir la comision conferida á
    esta Capitanía General, verá que la real voluntad es, que se verifiquen
    dichas expediciones, aun en estas propias circunstancias, aunque sin
    noticias de las citadas revoluciones del Perú, que han inferido tan
    crecidos gastos á la real hacienda. Sin embargo de lo cual, como sobre
    este asunto debe V.S. entenderse con el Exmo. Sr. Virey, en conformidad
    de la enunciada real órden de 29 de Diciembre de 1779, puede, siendo
    servido, hacerle la correspondiente consulta, y proceder de acuerdo con
    S.E. en la deliberacion de este importante y grave negocio; que, en
    sentir del Fiscal, seria mas fácil y expedible si pudiesen verificarse
    las reales intenciones, y la solicitud de los establecimientos que se
    desean descubrir, por medio de algunas embarcaciones pequeñas que
    navegasen por alguno de los rios que desembocan en el mar y costas de
    Chiloé. Sobre todo, V.S. con sus acendradas luces, resolverá lo que le
    parezca mas acertado y conforme á las soberanas intenciones de Su
    Magestad. Santiago, 31 de Julio de 1782.

    DR. PEREZ DE URIONDO.

  • Cuentos de Amor de Locura y de Muerte

    Cuentos de Amor de Locura y de Muerte

    Aproximadamente 49.927 palavras.

    #Cuentos de Amor de Locura y de Muerte#

    HORACIO QUIROGA

    1917

    #INDICE#

    Una estación de amor
    Los ojos sombríos
    El solitario
    La muerte de Isolda
    El infierno artificial
    La gallina degollada
    Los buques suicidantes
    El almohadón de pluma
    El perro rabioso
    A la deriva
    La insolación
    El alambre de púa
    Los Mensú
    Yaguaí
    Los pescadores de vigas
    La miel silvestre
    Nuestro primer cigarro
    La meningitis y su sombra

    #UNA ESTACION DE AMOR#

    #Primavera#

    Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al
    oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas, miró al
    carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto la tarde
    anterior, preguntó a sus compañeros:

    –¿Quién es? No parece fea.

    –¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor
    Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece…

    Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era
    una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero
    completamente núbil. Tenía, bajo el cabello muy oscuro, un rostro de
    suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio
    exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndose
    hacia las sienes en el cerco de sus negras pestañas. Acaso un poco
    separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o
    de gran terquedad. Pero sus ojos, así, llenaban aquel semblante en
    flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos un
    momento en los suyos, quedó deslumbrado.

    –¡Qué encanto!–murmuró, quedando inmóvil con una rodilla sobre al
    almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia
    la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente
    colgante de cintas, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al
    galante muchacho.

    Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cochero y aún
    carruaje: sobre el hombro, la cabeza, látigo, guardabarros, las
    serpentinas llovían sin cesar. Tanto fué, que las dos personas
    sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron
    atentamente al derrochador.

    –¿Quiénes son?–preguntó Nébel en voz baja.

    –El doctor Arrizabalaga; cierto que no lo conoces. La otra es la
    madre de tu chica… Es cuñada del doctor.

    Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran
    francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el
    deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial
    condescencia.

    Este fué el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel
    aportó cuanto de adoración cabía en su apasionada adolescencia.
    Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas
    increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan
    bien, que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.

    Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se
    reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de
    hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían,
    volviéndose a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel.
    Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías; mas sobre
    el almohadón del surrey quedaban aún uno, un pobre ramo de
    siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él por sobre la
    rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la
    victoria, jadeante, empapado en sudor y el entusiasmo a flor de ojos,
    tendió el ramo a la joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no
    lo tenía. Sus acompañantes se rían.

    –¡Pero loca!–le dijo la madre, señalándole el pecho–¡ahí tienes
    uno!

    El carruaje arrancaba al trote. Nébel, que había descendido del
    estribo, afligido, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía,
    con el cuerpo casi fuera del coche.

    Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su
    bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su
    conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía
    quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno
    sosiego de alma, si no de cuerpo; y he ahí que desde el segundo día
    perdía toda su serenidad. Pero en cambio ¡qué encanto!

    –¡Qué encanto!–se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y
    carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía
    real y profundamente deslumbrado–y enamorado, desde luego.

    ¡Y si ella lo quisiera!… ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo,
    confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación
    aturdida con que la joven había buscado algo para darle. Evocaba
    claramente el brillo de sus ojos cuando lo vió llegar corriendo, la
    inquieta espectativa con que lo esperó, y–en otro orden, la morbidez
    del joven pecho, al tenderle el ramo.

    ¡Y ahora, concluído! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué
    le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre?
    Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

    Hicieron, efectivamente, el viaje juntos, y durante él, Nébel llegó al
    más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de
    18 años, que se siente querido. La madre acogió el casi infantil
    idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando
    poco, sonriendo sin cesar, y mirándose infinitamente.

    La despedida fué breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio
    de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

    Volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él?
    "¡Oh, no volver yo!" Y mientras Nébel se alejaba, tardo, por el
    muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda, la
    cabeza un poco baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada
    los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio–y al
    vestido, corto aún, de la tiernísima novia.

    #Verano#

    El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primer
    momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco ni
    mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago de
    pasión, y apenas si en el agua dormida de su alma, el último
    resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Sentía, sí, curiosidad de
    verla. Pero un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró de
    nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de pueblo,
    esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso,
    erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la
    fila de muchachos.

    Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber
    en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia
    casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito
    resplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.

    Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.

    –Parece que no se acuerda más de ti–le dijo un amigo, que a su lado
    había seguido el incidente.

    –¡No mucho!–se sonrió él.–Y es lástima, porque la chica me gustaba
    en realidad.

    Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora que
    había vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él que
    creía no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum!–repetía sin darse
    cuenta, con la costumbre del chico.–¡Pum! ¡todo concluído!

    De golpe: ¿Y si no me hubiera visto?… ¡Claro! ¡pero claro! Su rostro
    se animó de nuevo, acogiéndose con plena convicción a una probabilidad
    como esa, profundamente razonable.

    A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era
    elemental: consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado, y
    entretanto acaso la viera. Una súbita carrera por el patio respondió
    al timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse
    violentamente a la puerta vidriera. Vió a Nébel, lanzó una
    exclamación, y ocultando con sus brazos la liviandad doméstica de su
    ropa, huyó más velozmente aún.

    Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su
    antiguo conocido con más viva complacencia que cuatro meses atrás.
    Nébel no cabía en sí de gozo, y como la señora no parecía inquietarse
    por las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también un
    millón de veces tal presencia a la del abogado.

    Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente
    y, como tenía 18 años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y
    sin cortedad, su inmensa dicha.

    –¡Tan pronto, ya!–le dijo la señora.–Espero que tendremos el gusto
    de verlo otra vez… ¿No es verdad?

    –¡Oh, sí, señora!

    –En casa todos tendríamos mucho placer… ¡supongo que todos! ¿Quiere
    que consultemos?–se sonrió con maternal burla.

    –¡Oh, con toda el alma!–repuso Nébel.

    –¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.

    Nébel había sido visto ya por ella; pero no importaba.

    Lidia llegó cuando él estaba de pie. Avanzó a su encuentro, los ojos
    centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con
    adorable torpeza.

    –Si a usted no le molesta–prosiguió la madre–podría venir todos los
    lunes… ¿qué le parece?

    –¡Que es muy poco, señora!–repuso el muchacho–Los viernes
    también… ¿me permite?

    La señora se echó a reir.

    –¡Qué apurado! Yo no sé… veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?

    La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡_sí_!
    en pleno rostro, puesto que a él debía su respuesta.

    –Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.

    Nébel objetó:

    –¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario…

    –¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.

    Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo, y
    huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma
    proyectada al último cielo de la felicidad.

    II

    Durante dos meses, todos los momentos en que se veían, todas las horas
    que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta
    sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa
    que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus
    ojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de
    ideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había
    en su mutuo amor más nube para el porvenir que la minoría de edad de
    Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y
    superfluidades por el estilo, quería casarse. Como probado, no había
    sino dos cosas: que a él le era _absolutamente_ imposible vivir sin su
    Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello.
    Presentía–o más bien dicho, sentía–que iba a escollar rudamente.

    Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que
    perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con
    terrible vigor. A fines de Agosto, habló un día definitivamente a
    su hijo:

    –Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es
    cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.

    Nébel vió toda la tormenta en esa forma de _dignidad_, y la voz le
    tembló un poco.

    –Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de
    eso.

    –¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo…
    Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?

    –Sí.

    –¿Y te reciben formalmente?

    –C-creo que sí.

    El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.

    –¡Está bueno! ¡Muy bien!… Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte
    el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que
    puede pasar?

    –¿Pasar?… ¿qué?

    –Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para
    reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a
    alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?

    –¡Papá!

    –¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! no pongas esa cara… No me refiero a tu…
    novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero
    sabes de qué viven?

    –¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre…

    –¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino
    como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te
    indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte,
    qué clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su
    cuñado, pregunta!

    –¡Sí! Ya sé que ha sido…

    –Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro
    sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!

    –¡…!

    –¡Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay
    impulso más bello que el tuyo… Pero anda con cuidado, porque puedes
    llegar tarde!… ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a
    tu novia, y creo, como te he dicho, que no está contaminada aún por la
    podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en
    matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,
    díle que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos, y que antes
    se lo llevará el diablo que consentir en eso. Nada más te
    quería decir.

    El muchacho quería mucho a su padre a pesar del carácter duro de éste;
    salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto más
    violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no
    ignoraba esto: la madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en
    vida de su marido, y aún cuatro o cinco años después. Se veían aún de
    tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en sus
    artritis de enfermizo solterón, distaba mucho de ser respecto de su
    cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lo
    hacía por una especie de compasión de ex amante, rayana en vil
    egoísmo, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que
    hinchaban su vanidad.

    Nébel evocaba a la madre; y con un extremecimiento de muchacho loco
    por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos
    y reclinados una _Illustration_, había creído sentir sobre sus nervios
    súbitamente tensos, un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo
    pleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la
    mirada de ella, en lánguida imprecisión de mareo, posarse pesadamente
    sobre la suya.

    ¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con rara
    manifestación desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban
    hacia adentro, y de aquí la súbita tenacidad en un disparate, el
    brusco abandono de una convicción; y en los prodromos de las crisis,
    la obstinación creciente, convulsiva, edificándose a grandes bloques
    de absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por
    elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy
    gruesos y encendidos, que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, los
    ojos lo parecían por un poco hundidos y tener pestañas muy largas;
    pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como la
    hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor
    seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora
    la histeria había trabajado mucho su cuerpo–siendo, desde luego,
    enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos
    se empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso,
    pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma
    histeria que le deshacía los nervios era el alimento, un poco mágico,
    que sostenía su tonicidad.

    Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las histéricas
    burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz–esto es,
    para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.

    Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo
    en lo más hondo de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia?
    Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que
    surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no
    prueba de pureza, sino de escalón de noble gozo por el que Nébel
    ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida la
    flor que pedía por él.

    Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una
    tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,
    había sentido loco deseo de verla. Su dicha fué completa, pues la
    halló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la
    retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro.
    Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió en sus manos
    inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil le
    habría sido manchar.

    ¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible
    su casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le
    permitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el
    consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.

    La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una
    sanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro
    suegro de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de
    forzar a la moral burguesa, a doblar las rodillas ante la misma
    inconveniencia que despreció.

    Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con
    alusiones a "mi suegro"… "mi nueva familia"… "la cuñada de mi
    hija". Nébel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con
    más fuego.

    Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de
    octubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre
    hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su
    padre esa noche.

    –Será difícil–dijo Nébel después de un mortificante silencio–. Le
    cuesta mucho salir de noche… No sale nunca.

    –¡Ah!–exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra
    pausa siguió, pero ésta ya de presagio.

    –Porque usted no hace un casamiento clandestino ¿verdad?

    –¡Oh!–se sonrió difícilmente Nébel–. Mi padre tampoco lo cree.

    –¿Y entonces?

    Nuevo silencio cada vez más tempestuoso.

    –¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?

    –¡No, no señora!–exclamó al fin Nébel, impaciente–. Está en su modo
    de ser… Hablaré de nuevo con él, si quiere.

    –¿Yo, querer?–se sonrió la madre dilatando las narices–. Haga lo
    que le parezca… ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.

    Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre?
    Éste sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el
    hijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.

    –Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te dé la gana. ¡Pero mi
    consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!

    Después de tres días Nébel decidió aclarar de una vez ese estado de
    cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.

    –Hablé con mi padre–comenzó Nébel–y me ha dicho que le será
    completamente imposible asistir.

    La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito
    fulgor, se estiraban hacia las sienes.

    –¡Ah! ¿Y por qué?

    –No sé–repuso con voz sorda Nébel.

    –Es decir… ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?

    –No sé–repitió él con inconsciente obstinación.

    –¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha
    figurado?–añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.–¿Quién
    es él para darse ese tono?

    Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su
    familia.

    –¡Qué es, no sé!–repuso con la voz precipitada a su vez–pero no
    sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.

    –¿Qué? ¿qué se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado
    para esto!

    Nébel se levantó:

    –Señora…

    Pero ella se había levantado también.

    –¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su
    fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia
    irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su
    familia!… ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para
    ir a dormir con su mujer, antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su
    familia!… ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo
    pase bien!

    III

    Nébel vivió cuatro días vagando en la más honda desesperación. ¿Oué
    podía esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer,
    recibió una esquela:

    "Octavio: Lidia está bastante enferma, y sólo su
    presencia podría calmarla.

    María S. de Arrizabalaga."

    Era una treta, no tenía duda. Pero si su Lidia en verdad…

    Fué esa noche y la madre lo recibió con una discreción que asombró a
    Nébel, sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que
    pide disculpa.

    –Si quiere verla…

    Nébel entró con la madre, y vió a su amor adorado en la cama, el
    rostro con esa frescura sin polvos que dan únicamente los 14 años, y
    el cuerpo recogido bajo las ropas que disimulaban notablemente su
    plena juventud.

    Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo:
    no hacían sino mirarse y reir.

    De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre
    surgió nítida: "se va para que en el transporte de mi amor
    reconquistado, pierda la cabeza y el matrimonio sea así forzoso". Pero
    en ese cuarto de hora de goce final que le ofrecían adelantado y
    gratis a costa de un pagaré de casamiento, el muchacho, de 18 años,
    sintió–como otra vez contra la pared–el placer sin la más leve
    mancha, de un amor puro en toda su aureola de poético idilio.

    Sólo Nébel pudo decir cuán grande fué su dicha recuperada en pos del
    naufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión de
    calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero
    tenía la más fría decisión de apartar a la madre de su vida una vez
    casados. El recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama de
    que se había destendido una punta para él, encendía la promesa de una
    voluptuosidad íntegra, a la que no había robado ni el más
    pequeño diamante.

    A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló el
    zaguán oscuro. Después de largo rato, la sirvienta entreabrió
    la vidriera:

    –No están las señoras.

    –¿Han salido?–preguntó extrañado.

    –No, se van a Montevideo… Han ido al Salto a dormir abordo.

    –¡Ah!–murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún.

    –¿El doctor? ¿Puedo hablar con él?

    –No está, se ha ido al club después de comer…

    Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazos
    con mortal desaliento: ¡Se acabó todo! Su felicidad, su dicha
    reconquistada un día antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentía
    que esta vez no había redención posible. Los nervios de la madre
    habían saltado a la loca, como teclas, y él no podía hacer ya
    nada más.

    Comenzaba a lloviznar. Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil
    bajo el farol, contempló con estúpida fijeza la casa rosada. Dió una
    vuelta a la manzana, y tornó a detenerse bajo el farol. ¡Nunca, nunca!

    Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fué a su casa y cargó el
    revólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a un
    dibujante alemán que antes de suicidarse–Nébel era adolescente–iría a
    verlo. Uníalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad,
    cimentada sobre largas charlas filosóficas.

    A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre cuarto de
    aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.

    –¿Es ahora?–le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerza
    la mano.

    –¡Pst! ¡De todos modos!…–repuso el muchacho, mirando a otro lado.

    El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de
    amor.

    –Vaya a su casa–concluyó–y si a las once no ha cambiado de idea,
    vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que
    quiera. ¿Me lo jura?

    –Se lo juro–contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con
    grandes ganas de llorar.

    En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:

    "Idolatrado Octavio: Mi desesperación no puede ser más
    grande, pero mamá ha visto que si me casaba con usted
    me estaban reservados grandes dolores, he comprendido
    como ella que lo mejor era separarnos y le jura no
    olvidarlo nunca

    tu Lidia."

    –¡Ah, tenía que ser así!–clamó el muchacho, viendo al mismo tiempo
    con espanto su rostro demudado en el espejo.–¡La madre era quien
    había inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había
    podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo
    su amor en la redacción. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle de
    qué modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada del alma!

    Temblando fué hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su
    nueva promesa, y durante un rato permaneció inmóvil, limpiando
    obstinadamente con la uña una mancha del tambor.

    #Otoño#

    Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tramway, cuando
    el coche se detuvo un momento más del conveniente, y aquél, que leía,
    volvió al fin la cabeza. Una mujer con lento y difícil paso avanzaba.
    Tras una rápida ojeada a la incómoda persona, reanudó la lectura. La
    dama se sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a Nébel. Este,
    aunque sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre él,
    prosiguió su lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostro
    extrañado.

    –Ya me parecía que era usted–exclamó la dama–aunque dudaba aún…
    No me recuerda, ¿no es cierto?

    –Sí–repuso Nébel abriendo los ojos–la señora de Arrizabalaga…

    Ella vió la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana
    que trata aún de parecer bien a un muchacho.

    De ella, cuando Nébel la conoció once años atrás, sólo quedaban los
    ojos, aunque más hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonos
    verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los
    pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían
    ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se
    veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las
    arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto, a la
    elegante mujer que un día hojeó la _Illustration_ a su lado.

    –Sí, estoy muy envejecida… y enferma; he tenido ya ataques a los
    riñones… y usted–añadió mirándolo con ternura–¡siempre igual!
    Verdad es que no tiene treinta años aún… Lidia también está igual.

    Nébel levantó los ojos:

    –¿Soltera?

    –Sí… ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese
    gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?

    –Con mucho gusto–murmuró Nébel.

    –Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para… En fin, Boedo,
    1483; departamento 14… Nuestra posición es tan mezquina…

    –¡Oh!–protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.

    Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir
    su promesa. Fué allá–un miserable departamento de arrabal.–La señora
    de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.

    –¡Conque once años!–observó de nuevo la madre.–¡Cómo pasa el
    tiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!

    –Seguramente–sonrió Nébel, mirando a su rededor.

    –¡Oh! ¡no estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su
    casa… Siempre oigo hablar de sus cañaverales… ¿Es ese su único
    establecimiento?

    –Sí,… en Entre Ríos también…

    –¡Qué feliz! Si pudiera uno… Siempre deseando ir a pasar unos
    meses en el campo, y siempre con el deseo!

    Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este con el corazón
    apretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años en
    su alma.

    –Y todo esto por falta de relaciones… ¡Es tan difícil tener un amigo
    en esas condiciones!

    El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró.

    Estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y una
    frescura de los catorce años, no se vuelve a hallar más en la mujer de
    veintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en la mansa
    tranquilidad de su mirada, en su cuello mórbido, y en todo lo
    indefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debía
    guardar velado para siempre, el recuerdo de la Lidia que conoció.

    Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personas
    maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó:

    –Sí, está un poco débil… Y cuando pienso que en el campo se
    repondría en seguida… Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con
    usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo… ¿No podríamos pasar
    una temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!

    –Soy casado–repuso Nébel.

    La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su
    decepción fué sincera; pero en seguida cruzó sus manos cómicas:

    –¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya
    sabe!… No sé lo que digo… ¿Y su señora vive con usted en
    el ingenio?

    –Sí, generalmente… Ahora está en Europa.

    –¡Qué desgracia! Es decir… ¡Octavio!–añadió abriendo los brazos con
    lágrimas en los ojos:–a usted le puedo contar, usted ha sido casi mi
    hijo… ¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que
    vaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre–concluyó
    con una pastosa sonrisa y bajando la voz:–usted conoce bien el
    corazón de Lidia, ¿no es cierto?

    Esperó respuesta, pero Nébel permaneció callado.

    –¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar
    cuando ha querido?

    Ahora había reforzado su insinuación con una leve guiñada. Nébel
    valoró entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Era
    siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja,
    la morfina y la pobreza. Y Lidia… Al verla otra vez había sentido
    un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y ya
    estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecían, se echó en
    brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.

    –¿No sabes, Lidia?–prorrumpió alborozada, al volver su hija–Octavio
    nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué
    te parece?

    Lidia tuvo una fugitiva contracción de las cejas y recuperó su
    serenidad.

    –Muy bien, mamá…

    –¡Ah! ¿no sabes lo qué dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos casi
    de su familia…

    Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con
    dolorosa gravedad.

    –¿Hace tiempo?–murmuró.

    –Cuatro años–repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimo
    para mirarla.

    #Invierno#

    No hicieron el viaje juntos, por último escrúpulo de casado en una
    línea donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron en
    el brec de la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no
    guardaba a su servicio doméstico más que a una vieja india, pues–a
    más de su propia frugalidad–su mujer se llevaba consigo toda la
    servidumbre. De este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa
    como una tía anciana y su hija, que venían a recobrar la
    salud perdida.

    Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaía
    vertiginosamente. Había llegado deshecha, el pie incierto y
    pesadísimo, y en su facies angustiosa la morfina, que había
    sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nébel, pedía a gritos una
    corrida por dentro de aquel cadáver viviente.

    Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía lo
    suficiente para prever una rápida catástrofe; el riñon, íntimamente
    atacado, tenía a veces paros peligrosos que la morfina no hacía sino
    precipitar.

    Ya en el coche, no pudiendo resistir más, había mirado a Nébel con
    transida angustia:

    –Si me permite, Octavio… ¡no puedo más! Lidia, ponte delante.

    La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el
    crugido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.

    Súbitamente los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió
    como una máscara aquella cara agónica.

    –Ahora estoy bien… ¡qué dicha! Me siento bien.

    –Debería dejar eso–dijo rudamente Nébel, mirándola de costado.–Al
    llegar, estará peor.

    –¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.

    Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera
    posible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero
    al caer la tarde, y como las fieras que empiezan a esa hora a afilar
    las uñas, el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasos
    escalofríos.

    Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de
    una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.

    –¡Huy! ¡qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifique
    los últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?

    Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo al
    fin del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó
    la suya en seguida.

    Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto de
    Lidia.

    –¡Quién es!–sonó de pronto la voz azorada.

    –Soy yo–murmuró Nébel en voz apenas sensible.

    Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta
    bruscamente en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó de
    nuevo. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo
    tibio, el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida.

    * * * * *

    Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el amor
    antes que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel, el
    santo orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no haber
    robado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiante
    candor. Pensó en las palabras de Dostojewsky, que hasta ese momento no
    había comprendido: "Nada hay más bello y que fortalezca más en la
    vida, que un puro recuerdo". Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin
    mancha, pureza inmaculada de sus dieciocho años, y que ahora estaba
    allí, enfangado hasta el cáliz sobre una cama de sirvienta…

    Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas.
    Ella a su vez recordaría… Y las lágrimas de Lidia continuaban una
    tras otra, regando como una tumba el abominable fin de su único sueño
    de felicidad.

    II

    Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casi
    todo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy
    pocas veces solos, y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún
    entonces largo tiempo callados.

    Lidia tenía ella misma bastante qué hacer cuidando a su madre,
    postrada al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo ya
    podrido, y aún a trueque del peligro inmediato que ocasionara, Nébel
    pensó en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana que entró
    bruscamente en el comedor, al sorprender a Lidia que se bajaba
    precipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó
    en Nébel su mirada espantada.

    –¿Hace mucho tiempo que usas eso?–le preguntó él al fin.

    –Sí–murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja.

    Nébel la miró aún y se encogió de hombros.

    Si embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuencia
    terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluía
    de matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella
    desgraciada, sustrayéndole la droga.

    –¡Octavio! ¡me va a matar!–clamó ella con ronca súplica.–¡Mi hijo
    Octavio! ¡no podría vivir un día!

    –¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso!–cortó Nébel.

    –¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!

    Nébel dejó que los brazos se tendieran inútilmente a él, y salió con
    Lidia.

    –¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?

    –Sí… Los médicos me habían dicho…

    El la miró fijamente.

    –Es que está mucho peor de lo que imaginas.

    Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró los ojos y se mordió
    los labios en un casi sollozo.

    –¿No hay médico aquí?–murmuró.

    –Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.

    Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel
    abrió una carta.

    –¿Noticias?–preguntó Lidia levantando inquieta los ojos a él.

    –Sí–repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.

    –¿Del médico?–volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.

    –No, de mi mujer–repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.

    A las diez de la noche Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.

    –¡Octavio! ¡mamá se muere!…

    Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya
    el rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por
    entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:

    –Pla… pla… pla…

    Nébel vió en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casi
    vacío.

    –¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto?–preguntó.

    –¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido… Seguramente lo fué a
    buscar a tu cuarto cuando no estabas… ¡Mamá, pobre mamá!–cayó
    sollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.

    Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato
    los labios callaron su pla… pla, y en la piel aparecieron grandes
    manchas violeta.

    A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó
    que Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban las
    valijas en el carruaje.

    –Toma esto–le dijo cuando se aproximó a él, tendiéndole un cheque de
    diez mil pesos.

    Lidia se extremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron
    de lleno en los de Nébel. Pero éste sostuvo la mirada.

    –¡Toma, pues!–repitió sorprendido.

    Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel se inclinó sobre
    ella.

    –Perdóname–le dijo.–No me juzgues peor de lo que soy.

    En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla
    del vagón, pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le
    tendió la mano y se dispuso a subir. Nébel la oprimió, y quedó un
    largo rato sin soltarla, mirándola. Luego, avanzando, recogió a Lidia
    de la cintura y la besó hondamente en la boca.

    El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que
    se perdía.

    Pero Lidia no se asomó.

    #LOS OJOS SOMBRIOS#

    Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude
    evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y
    aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a
    saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de
    carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de
    Europa, después de larga ausencia.

    Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o
    diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad.
    Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi
    parte, lo informé de mi noviazgo con Elena–y su reciente ruptura.
    Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle
    dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.

    –No crea en esas sacudidas–me dijo Zapiola con aire tranquilo y
    serio.–Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará
    después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más
    complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido
    más feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de gran
    provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un
    amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a
    mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre;
    era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y
    exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran
    enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir
    con este modo de ser.

    Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy
    pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia,
    esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí
    ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.

    –No sé qué tiene que ver el orgullo con esto–le observé.

    –¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos
    mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la
    ponderación justa de lo que has visto!

    –Te juro…

    –¡Bah; déjame en paz!–concluyó cada vez más irritado con mi
    tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo.

    Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más
    exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de
    ojeras brillaban de fiebre.

    –¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado
    de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

    Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando
    ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto
    tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel
    cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

    Cuando salimos, Vezzera me dijo:

    –¿Y?… ¿es como te he dicho?

    –Sí–le respondí.

    –¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión
    conforme a la realidad?

    –Esta vez, sí–no pude menos de reirme.

    Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.

    –¡Parece–me dijo de pronto–que no hicieras sino concederme por suma
    gracia su belleza!

    –¿Pero estás loco?–le respondí.

    Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su
    respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al
    fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.

    –De veras, de veras me juras que te parece linda?

    –¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?

    Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios
    femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al
    recuerdo de su novia.

    Fuí varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación,
    respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento.
    Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente
    semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:

    –¿Por qué no quieres ir?

    –No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para
    esas cosas.

    –¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!

    –¿Yo?

    –Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente
    esto: ¿Por qué no quieres ir más?

    –¡No tengo ganas!… ¿Te gusta?

    Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un
    hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se
    precipitaba su tisis.

    Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

    –Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres ir
    más? ¿Quieres que te lo diga?

    Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada
    le cerraba los labios.

    –¡Vamos! No seas… cálmate, que es lo mejor.

    –¡Es que te lo voy a decir!

    –¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?–le
    interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé
    cariñosamente.

    –Acuéstate un momento… estás mal.

    Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.

    Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:

    –¿Sabes lo que te iba a decir?… Que no querías que María se
    enamorara de ti… Por eso no ibas.

    –¡Qué estúpido!–me sonreí.

    –Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!

    Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.

    –Esta noche vamos–le dije.–¿Quieres?

    –Sí, quiero.

    Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si
    hubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimo
    preocupada de mi larga ausencia.

    –Pregúntale siquiera–se rió Vezzera con visible afectación–por qué
    ha pasado tanto tiempo sin venir.

    María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña
    sorpresa:

    –¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!

    Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó un
    instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba
    con los ojos.

    –Aunque deba avergonzarme eternamente–repuse–confieso que hay algo
    de verdad…

    –¿No es verdad?–se rió ella.

    Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices
    de Vezzera, conocí su tensión de nervios.

    –Dile que te diga–se dirigió a María–por qué realmente no quería
    venir.

    Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia.
    Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con
    el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer
    las cejas.

    –¿Hay otra cosa?–se sonrió con esfuerzo.

    –Sí, Zapiola te va a decir…

    –¡Vezzera!–exclamé.

    –… Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no
    venir más aquí… ¿sabes por qué?

    –Porque él cree que usted se va a enamorar de mí–me adelanté,
    dirigiéndome a María.

    Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer;
    pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el
    cansancio de sus ojos.

    –¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?

    –No, supondrás… era una broma–se rió él también.

    La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.

    –Eres un canalla–me apresuré a decirle en los ojos a Vezzera, cuando
    salimos.

    –Sí–me respondió mirándome claramente.–Lo hice a propósito.

    –¿Querías ridiculizarme?

    –Sí… quería.

    –¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra
    mí?

    No me contestó, encogiéndose de hombros.

    –¡Anda al demonio!–murmuré. Pero un momento después, al separarme,
    sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.

    –¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no
    sabes lo que pienso?

    –No–le respondí secamente.

    –¡No mientes, no estás mintiendo?

    –No miento.

    Y mentía profundamente.

    –Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que
    volvamos allá?

    –¡Nunca! Se acabó.

    Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.

    –¿No quieres ir más?–me dijo con voz ronca y extraña.

    –No, nunca más.

    –Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad?

    –¡Oh, no seas criatura!–me reí.

    Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí…

    Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde
    la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban.
    Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.

    –Vengo a pedirte una cosa–comenzó.

    –¡Déjate de cosas!–interrumpí.–¿Por qué has salido con esta noche?
    ¿No ves que estás jugando tu vida con esto?

    –La vida no me importa… dentro de unos meses esto se acaba…
    mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

    –¡No! ya te dije.

    –¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no
    quieres ir?

    –Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?

    La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.

    –Entonces–articuló con voz profundamente tomada–es lo que pienso,
    lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo…
    Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.

    Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con la
    cabeza sobre sus brazos en la mesa.

    –Quédate–le dije.–Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.

    Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sin
    entonación alguna:

    –Es que me dan unas ganas locas de matarme…

    –¡Por eso! ¡Quédate aquí!… No estés solo.

    Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.

    Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando
    la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría
    sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto.
    Y aún así, persistía siempre el motivo.

    Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de
    Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que era
    demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que
    en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no había
    hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que
    estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no.
    Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta
    felicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella. Además, sus
    pulmones no daban más… era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a
    María, como él hubiera deseado…, etc.

    Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbación
    de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta–para mí
    que lo conocía–era la desesperación de celos que lo llevó al
    suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia
    tranquila, no tenía ningún valor.

    En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la
    imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de
    Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que
    algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos,
    pero con un cadáver entre nosotros.

    Después de quince días fuí a su casa. Hablamos vagamente, evitando la
    menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no
    podía sostener mi mirada un solo momento.

    –Entonces,–le dije al fin levantándome–creo que lo más discreto es
    que no vuelva más a verla.

    –Creo lo mismo–me respondió.

    Pero no me moví.

    –¿Nunca más?–añadí.

    –No, nunca… como usted quiera–rompió en un sollozo, mientras dos
    lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.

    Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto
    se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás de
    ella y le abracé la cabeza.

    –Sí, mi alma querida…¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no
    importa nada…¿quieres?

    –¡No, no!–me respondió–no podríamos… no, ¡imposible!

    –¡Después, sí, mi amor!… ¿Sí, después?

    –¡No, no, no!–redobló aún sus sollozos.

    Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel
    imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.

    Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?

    –¡María!–se dirigió a una joven que pasaba del brazo.–Es hora ya;
    son las tres.

    –¿Ya? ¿las tres?–se volvió ella.–No hubiera creído. Bueno, vamos.
    Un momentito.

    Zapiola me dijo entonces:

    –Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le he
    contado. Y su caso… Espere un segundo.

    Y mientras me presentaba a su mujer:

    –Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

    La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que
    él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reir
    destellan felicidad.

    –Sí,–repuso sencillamente–sufrimos un poco…

    –¡Ya ve!–se rió Zapiola despidiéndose.–Yo en lugar suyo volvería al
    salón.

    Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio
    de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió
    Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.

    Y yo no hacía sino recordarlos.

    #EL SOLITARIO#

    Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no
    tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo
    su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como
    las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad
    comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años
    proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

    Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba
    negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de
    origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto
    enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus
    vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

    No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil–artista
    aún,–carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo
    cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de
    codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para
    arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al
    transeunte de posición que podía haber sido su marido.

    Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos
    trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María
    deseaba una joya–¡y con cuánta pasión deseaba ella!–trabajaba de
    noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus
    chispas de brillante.

    Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las
    tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del
    engarce. Pero cuando la joya estaba concluída–debía partir, no era
    para ella,–caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se
    probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por
    ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, y
    la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

    –Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,–decía él al fin,
    tristemente.

    Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en
    su banco.

    Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a
    consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim
    prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

    Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer
    se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda
    tranquilidad.

    –¡Y eres un hombre, tú!–murmuraba.

    Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

    –No eres feliz conmigo, María–expresaba al rato.

    –¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz
    contigo? ¡Ni la última de las mujeres!… ¡Pobre diablo!–concluía con
    risa nerviosa, yéndose.

    Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer
    tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los
    labios apretados.

    –Sí… ¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuando la hiciste?

    –Desde el martes–mirábala él con descolorida ternura–dormías de
    noche…

    –¡Oh, podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes!

    Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba.
    Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y
    apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un
    ataque de sollozos.

    –¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para
    halagar a su mujer! Y tú… y tú… ni un miserable vestido que
    ponerme, tengo!

    Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede
    llegar a decir a su marido cosas increíbles.

    La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo
    menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus
    joyas, Kassim notó la falta de un prendedor–cinco mil pesos en dos
    solitarios.–Buscó en sus cajones de nuevo.

    –¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

    –Sí, lo he visto.

    –¿Dónde está?–se volvió extrañado.

    –¡Aquí!

    Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el
    prendedor puesto.

    –Te queda muy bien–dijo Kassim al rato.–Guardémoslo.

    María se rió.

    –Oh, no! es mío.

    –Broma?…

    –Sí, es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser
    mío… Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

    Kassim se demudó.

    –Haces mal… podrían verte. Perderían toda confianza en mí.

    –¡Oh!–cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la
    puerta.

    Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó
    y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba
    sentada en la cama.

    –¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Qué soy una ladrona!

    –No mires así… Has sido imprudente, nada más.

    –¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide
    un poco de halago, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame!

    Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.

    Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más
    admirable que hubiera pasado por sus manos.

    –Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.

    Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre
    el solitario.

    –Una agua admirable…–prosiguió él–costará nueve o diez mil pesos.

    –Un anillo!–murmuró María al fin.

    –No, es de hombre… Un alfiler.

    A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda
    trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer.
    Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante
    ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

    –Si quieres hacerlo después…–se atrevió Kassim.–Es un trabajo
    urgente.

    Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.

    –María, te pueden ver!

    –Toma! ¡ahí está tu piedra!

    El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.

    Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo
    la mirada a su mujer.

    –Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?

    –No–repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos
    le temblaban hasta dar lástima.

    Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en
    plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían
    de las órbitas.

    –¡Dame el brillante!–clamó.–¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí!
    ¡Dámelo!

    –María…–tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.

    –¡Ah!–rugió su mujer enloquecida.–¡Tú eres el ladrón, miserable!
    ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a
    desquitar… cornudo! ¡Ajá! Mírame… no se te había ocurrido nunca,
    ¿eh? ¡Ah!–y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando
    Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de
    un botín.

    –¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío,
    Kassim miserable!

    Kassim la ayudó a levantarse, lívido.

    –Estás enferma, María. Después hablaremos… acuéstate.

    –¡Mi brillante!

    –Bueno, veremos si es posible… acuéstate.

    –Dámelo!

    La bola montó de nuevo a la garganta.

    Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una
    seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.

    María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con
    ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

    –Es mentira, Kassim–le dijo.

    –¡Oh!–repuso Kassim sonriendo–no es nada.

    –¡Te juro que es mentira!–insistió ella.

    Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.

    –¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

    Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las
    manos, lo siguió con la vista.

    –Y no me dice más que eso…–murmuró. Y con una honda náusea por
    aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fué a su cuarto.

    No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vió luz en el taller; su marido
    continuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.

    –¡Dámelo!

    –Sí, es para ti; falta poco, María–repuso presuroso, levantándose.
    Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos
    de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante
    resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fué
    al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la
    blancura helada de su camisón y de la sábana.

    Fué al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi
    descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el
    camisón desprendido.

    Su mujer no lo sintió.

    No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura
    inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno
    desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler
    entero en el corazón de su mujer.

    Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de
    párpados. Los dedos se arqueron, y nada más.

    La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un
    instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el
    solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces
    retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

    #LA MUERTE DE ISOLDA#

    Concluía el primer acto de _Tristán e Isolda_. Cansado de la agitación
    de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento con la falta de
    vecinos. Volví la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en un
    palco balcón.

    Evidentemente, un matrimonio. El, un marido cualquiera, y tal vez por
    su mercantil vulgaridad y la diferencia de año con su mujer, menos que
    cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas
    que más que en el rostro, aún bien hermoso, están en la perfecta
    solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos.
    Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo
    provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca
    las mujeres.

    La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y
    porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un
    cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

    Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras
    miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella
    mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al
    sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que
    haya tenido nunca.

    Fué aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi
    largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

    Fué asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su
    marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra
    vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba
    hacia allá, y después de un momento de inmovilidad de ambas partes, se
    saludaron.

    Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre
    feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y
    cinco años, barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura,
    que expresaba inequívoca voluntad.

    –Se conocen–me dije–y no poco.

    En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto
    a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza
    un poco echada atrás, y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció
    más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del
    mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía
    inmóviles.

    Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero
    antes de concluir aquél salió por el pasillo opuesto. Miré al palco, y
    ella también se había retirado.

    –Final de idilio–me dije melancólicamente.

    El no volvió más y el palco quedó vacío.

    * * * * *

    –Sí, se repiten–sacudió amargamente la cabeza.–Todas las
    situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y
    se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho… Y las de su
    _Tristán_ también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido
    alarido de pasión que haya gritado alma humana… Yo quiero tanto
    como usted a esa obra, y acaso más… No me refiero, querrá creer, al
    drama de _Tristán_, con las treinta y dos situaciones del dogma, fuera
    de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como
    una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha
    muerta, es otra cosa… Usted asistió al preludio de una de esas
    repeticiones… Sí, ya sé que se acuerda… No nos conocíamos con
    usted entonces… Y precisamente a usted debía de hablarle de esto!
    Pero juzga mal lo que vió y creyó un acto mío feliz… ¡Feliz!…
    Oigame. ¡El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo
    más… Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por
    dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo
    que era yo entonces–en lo bueno únicamente, por suerte.–Y segundo,
    porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla,
    después de lo que va a oir. Oigame:

    La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fuí su novio,
    hice cuanto me fué posible para que fuera mía. La quería mucho, y
    ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante,
    privado de tensión, mi amor se enfrió.

    Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba
    con la dicha de mi nombre–se me consideraba buen mozo entonces–yo
    vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con
    muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

    Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a
    un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi
    persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a
    prometerle el tren necesario, y me lo dió a entender claramente.

    Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amiga
    suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas
    torturas del tête-a-tête a diez centímetros, cuya gracia exclusiva
    consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y
    esta vez no fuí yo quien se exasperó.

    Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con
    Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el
    amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no
    iluminarle los ojos de dicha cada vez que me veía entrar.

    La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba,
    habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de
    subir con su hija a una esfera mucho más alta.

    Una noche fuí allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo
    mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

    –Qué tienes–me dijo.

    –Nada–le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Dejó
    hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistemente. Al fin
    apartó los ojos contraídos y entramos.

    La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un
    momento y desapareció.

    Romper, es palabra corta y fácil; pero comenzarlo…

    Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la
    mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

    –¡Es evidente!…–murmuró.

    –Qué–le pregunté fríamente.

    La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro
    se demudó:

    –¡Que ya no me quieres!–articuló en una desesperada y lenta
    oscilación de cabeza.

    –Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo–respondí.

    No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

    Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartando bruscamente
    mi mano y el cigarro, su voz se rompió:

    –¡Esteban!

    –Qué–torné a decirle.

    Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el
    sofá, manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento
    después su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.

    Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud–no veía más que
    injusticia–acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso
    cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas salían al fin, me
    levanté con un violento chasquido de lengua.

    –Yo creía que no íbamos a tener más escenas–le dije paseándome.

    No me respondió, y agregué:

    –Pero que sea ésta la última.

    Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un
    momento después:

    –Como quieras.

    Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

    –¡Pero qué te hecho! ¡qué te he hecho!

    –¡Nada!–le respondí.–Pero yo tampoco te he hecho nada a ti… Creo
    que estamos en el mismo caso. Estoy harto de estas cosas!

    Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés se
    incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

    –Como quieras.

    Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor
    propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

    –Perfectamente… Me voy. Que seas más feliz… otra vez.

    No comprendió, y me miró con extrañeza. Había cometido la primer
    infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

    –¡Es claro!–apoyé brutalmente–porque de mí no has tenido
    queja…¿no?

    Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme
    agradecida.

    Comprendió más mi sonrisa que las palabras, y salí a buscar mi
    sombrero en el corredor, mientras que con un ¡ah!, su cuerpo y su alma
    se desplomaban en la sala.

    Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente
    cuánto la quería y lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo,
    matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia
    alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna,
    que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante, con
    la mujer que nos ha querido demasiado… Flaqueza en el Monte de los
    Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin:
    ansia de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y
    luego, la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las
    lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que
    le hemos causado, es la más bella luz que pueda inundar un corazón
    de hombre.

    ¡Y concluído! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que
    acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la
    merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre
    alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la
    irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

    Desesperado, humillado, crucé por delante de la puerta, y la vi echada
    en el sofá, sollozando el alma entera sobre sus brazos. ¡Inés!
    ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor,
    sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi,
    me detuve.

    –¡Inés!–llamé.

    Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su
    alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le
    hacía mi amor, esta vez sí, inmenso amor!

    –No, no…–me respondió.–¡Es demasiado tarde!

    * * * * *

    Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más agotada y
    tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podían
    apartar de los míos aquella adorable belleza del palco, sollozando
    sobre el sofá…

    –Me creerá–reanudó Padilla–si le digo que en mis muchos insomnios
    de soltero descontento de sí mismo, la tuve así ante mí… Salí de
    Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran
    fortuna… Volví a los ocho años, y supe entonces que se había
    casado, a los seis meses de haberme ido yo. Torné a alejarme, y hace
    un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

    No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el
    encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre
    hecho, que después amó cien veces… Si usted es querido alguna vez
    como yo lo fuí, y ultraja como yo lo hice, comprenderá toda la pureza
    viril que hay en mi recuerdo.

    Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el
    teatro… Comprendí, al ver a su marido de opulenta fortuna, que se
    había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali… Pero al
    verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi
    alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla
    perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años.
    ¡Inés! Su hermosura, su mirada, única entre todas las mujeres, habían
    sido mías bien mías, porque me habían sido entregadas con
    adoración–también apreciará usted esto algún día.

    Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando
    de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa
    partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama
    viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y
    volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner, y me
    miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos,
    estuvieron bajo mi boca, mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró
    en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacia diez años. ¡Y
    _Tristán_ siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra
    felicidad yerta!

    Salí entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, aproximándome a
    ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera
    yo sido un miserable…

    Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi
    sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

    Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido.
    Como diez antes sobre el sofá, ella, Inés, tendida en el diván del
    antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su dicha deshecha.

    ¡Inés!… Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo.
    ¡Diez años!… ¿Pero habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

    Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los
    sollozos, murmuré:

    –¡Inés!

    Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me
    respondió bajo sus brazos:

    –No, no…¡Es demasiado tarde!…

    #EL INFIERNO ARTIFICIAL#

    Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas
    con paso singularmente rígido. Va desnudo hasta la cintura y lleva un
    gran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensación de estar
    pegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notaría que camina
    con los pulgares del pie doblados hacia abajo.

    No tiene esto nada de extraño, porque el sepulturero abusa del
    cloroformo. Incidencias del oficio lo han llevado a probar el
    anestésico, y cuando el cloroformo muerde en un hombre, difícilmente
    suelta. Nuestro conocido espera la noche para destapar su frasco, y
    como su sensatez es grande, escoge el cementerio para inviolable
    teatro de sus borracheras.

    El cloroformo dilata el pecho a la primera inspiración; la segunda,
    inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; a
    la cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luego
    pasan cosas singulares.

    Es así como la fantasía de su paso ha llevado al sepulturero hasta una
    tumba abierta en que esa tarde ha habido remoción de huesos–inconclusa
    por falta de tiempo. Un ataúd ha quedado abierto tras la verja, y a su
    lado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en
    él.

    … ¿Ha oído algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo,
    entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se
    arrodilla y junta sus ojos a las órbitas de la calavera.

    Allí, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, sostenido
    como en un pretil en una rugosidad del occipital, está acurrucado un
    hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene
    la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada
    enloquecida de ansia.

    Es todo cuanto queda de un cocainómano.

    –¡Cocaína! ¡Por favor, un poco de cocaína!

    El sepulturero, sereno, sabe bien que él mismo llegaría a disolver con
    la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo
    prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante.

    Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquín del cementerio
    le ha proporcionado. ¿Pero cómo, al hombrecillo diminuto?…

    –¡Por las fisuras craneanas!… ¡Pronto!

    ¡Cierto! ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Y el sepulturero, de
    rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la
    jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas.

    Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillo
    se adhiere desesperadamente. Después de ocho años de abstinencia, ¿qué
    molécula de cocaína no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza?

    El sepulturero fijó sus ojos a la órbita de la calavera, y no
    reconoció al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no
    había el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se
    entremordían con perezosa voluptuosidad que no tendría explicación
    viril, si los hipnóticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos,
    sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasión
    que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa.

    –Y eso, así… ¿la cocaína?–murmuró.

    La voz de adentro sonó con inefable encanto.

    –¡Ah! ¡Preciso es saber lo que son ocho años de agonía! ¡Ocho años,
    desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza de
    una gota!… Sí, es por la cocaína… ¿Y usted? Yo conozco ese olor…
    ¿cloroformo?

    –Sí–repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraíso
    artificial. Y agregó en voz baja:–El cloroformo también… Me
    mataría antes que dejarlo.

    La voz sonó un poco burlona.

    –¡Matarse! Y concluiría seguramente; sería lo que cualquiera de esos
    vecinos míos… Se pudriría en tres horas, usted y sus deseos.

    –Es cierto;–pensó el sepulturero–acabarían conmigo. Pero el otro no
    se había rendido. Ardía aún después de ocho años aquella pasión que
    había resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba
    la muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo, y no fué
    capaz de aniquilarla consigo; que sobrevivía monstruosamente de sí
    misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final,
    manteniéndose ante la eternidad en una rugosidad del viejo cráneo.

    La voz cálida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aún burlona.

    –Usted se mataría… ¡Linda cosa! Yo también me maté… ¡Ah, le
    interesa! ¿verdad? Pero somos de distinta pasta… Sin embargo,
    traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Apreciará entonces
    lo que va de su droga a la cocaína. Vaya.

    El sepulturero volvió, y echándose de pecho en el suelo, apoyado en
    los codos y el frasco bajo las narices, esperó.

    –¡Su cloro! No es mucho, que digamos. Y aún morfina… ¿Usted conoce
    el amor por los perfumes? ¿No? ¿Y el Jicky de Guerlain? Oiga,
    entonces. A los treinta años me casé, y tuve tres hijos. Con fortuna,
    una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz.
    Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted ha
    visto. Usted no… en fin… ha visto que las salas lujosamente
    puestas parecen más solitarias e inútiles. Sobre todo solitarias. Todo
    nuestro palacio vivía así en silencio su estéril y fúnebre lujo.

    Un día, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dejó por
    seguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fué con su
    hermano, y mi mujer se echó desesperada sobre lo único que nos
    quedaba: nuestra hija de cuatro meses. ¿Qué nos importaba la difteria,
    el contagio y todo lo demás? A pesar de la orden del médico, la madre
    dió de mamar a la criatura, y al rato la pequeña se retorcía convulsa,
    para morir ocho horas después, envenenada por la leche de la madre.

    Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco más de dos días, nuestra casa
    quedó perfectamente silenciosa, pues no había nada que hacer. Mi mujer
    estaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni un
    ruido. Y dos días antes teníamos tres hijos…

    Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataque
    cerebral, y yo acudí a la morfina.

    –Deje eso–me dijo el médico,–no es para usted.

    –¿Qué, entonces?–le respondí. Y señalé el fúnebre lujo de mi casa
    que continuaba encendiendo lentamente catástrofes, como rubíes.

    El hombre se compadeció.

    –Prueba sulfonal, cualquier cosa… Pero sus nervios no darán.

    Sulfonal, brional, estramonio…¡bah! ¡Ah, la cocaína! Cuánto de
    infinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada cama
    vacía, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en una
    sola gota de cocaína! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso,
    momentos antes; súbita y llana confianza en la vida, ahora;
    instantáneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diez
    centímetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas por
    entre la aguja de platino. ¡Y su cloroformo!… Mi mujer murió.
    Durante dos años gasté en cocaína muchísimo más de lo que usted puede
    imaginarse. ¿Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de
    morfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey llegó a
    tomar durante quince años dos gramos por día; vale decir, cuarenta
    veces más que la dosis mortal.

    Pero eso se paga. En mí, la verdad de las cosas lúgubres, contenida,
    emborrachada día tras día, comenzó a vengarse, y ya no tuve más
    nervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinaciones
    que me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuera
    el demonio, sin resultado. Por tres veces resistí un mes a la cocaína,
    un mes entero. Y caía otra vez. Y usted no sabe, pero sabrá un día,
    qué sufrimiento, qué angustia, qué sudor de agonía se siente cuando se
    pretende suprimir un solo día la droga!

    Al fin, envenenado hasta lo más íntimo de mi ser, preñado de torturas
    y fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre,
    sin vida–miseria a que la cocaína prestaba diez veces por día
    radiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez más
    hondo, al fin un resto de dignidad me lanzó a un sanatorio, me
    entregué atado de pies y manos para la curación.

    Allí, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantemente
    para que no pudiera procurarme el veneno, llegaría forzosamente a
    descocainizarme.

    ¿Sabe usted lo que pasó? Que yo, conjuntamente con el heroísmo para
    entregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo un
    frasquito con cocaína… Ahora calcule usted lo que es pasión.

    Durante un año entero, después de ese fracaso, proseguí inyectándome.
    Un largo viaje emprendido dióme no sé qué misteriosas fuerzas de
    reacción, y me enamoré entonces.

    La voz calló. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisa
    fija siempre en su cara, acercó su ojo y creyó notar un velo
    ligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a su
    vez, se resquebrajaba visiblemente.

    –Sí,–prosiguió la voz,–es el principio… Concluiré de una vez. A
    usted, un colega, le debo toda esta historia.

    Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: ¡un morfinómano,
    o cosa así! Para la fatalidad mía, de ella, de todos, había puesto en
    mi camino a una supernerviosa. ¡Oh, admirablemente bella! No tenía
    sino diez y ocho años. El lujo era para ella lo que el cristal tallado
    para una esencia: su envase natural.

    La primera vez que, habiéndome yo olvidado de darme una nueva
    inyección antes de entrar, me vió decaer bruscamente en su presencia,
    idiotizarme, arrugarme, fijó en mí sus ojos inmensamente grandes,
    bellos y espantados. ¡Curiosamente espantados! Me vió, pálida y sin
    moverse, darme la inyección. No cesó un instante en el resto de la
    noche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me habían visto
    así, yo veía a mi vez la tara neurótica, al tío internado, y a su
    hermano menor epiléptico…

    Al día siguiente la hallé respirando Jicky, su perfume favorito; había
    leído en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnóticos.

    Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida de
    un modo anormal, para que se comprendan tanto más íntimamente, cuanto
    más extraña es la obtención del goce. Se unirán en seguida, excluyendo
    toda otra pasión, para aislarse en la dicha alucinada de un paraíso
    artificial.

    En veinte días, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud y
    elegancia, quedó suspenso del aliento embriagador de los perfumes.
    Comenzó a vivir, como yo con la cocaína, en el cielo delirante de
    su Jicky.

    Al fin nos pareció peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, por
    fugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraíso. Ninguno mejor que
    mi propia casa, de la que nada había tocado, y a la que no había
    vuelto más. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y allí, en
    el mismo silencio y la misma suntuosidad fúnebre que había incubado la
    muerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lámpara
    encendida a la una de la tarde; bajo la atmósfera pesada de perfumes,
    vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendido
    inmóvil con los ojos abiertos, pálido como la muerte; ella echada
    sobre el diván, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, el
    frasco de Jicky.

    Porque no había en nosotros el menor rastro de deseo–¡y cuán hermosa
    estaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, el
    ardiente lujo de su falda inmaculada!

    Durante tres meses consecutivos raras veces faltó, sin llegar yo jamás
    a explicarme qué combinaciones de visitas, casamientos y garden party
    debió hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasiones
    llegaba al día siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba su
    sombrero con un ademán brusco, para tenderse en seguida, la cabeza
    echada atrás y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky.

    Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con que
    los organismos envenenados lanzan en explosión sus reservas de
    defensa–los morfinómanos las conocen bien!–sentí todo el profundo
    goce que había, no en mi cocaína, sino en aquel cuerpo de diez y ocho
    años, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su
    belleza surgía pálida y sensual, de la suntuosa quietud de la sala
    iluminada. Tan brusca fué la sacudida, que me hallé sentado en el
    diván, mirándola. ¡Diez y ocho años… y con esa hermosura!

    Ella me vió llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me miró
    con fría extrañeza.

    –Sí…–murmuré.

    –No, no…–repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca en
    pesados movimiento de su cabellera.

    Al fin, al fin echó la cabeza atrás y cedió cerrando los ojos.

    ¡Ah! ¡Para qué haber resucitado un instante, si mi potencia viril, si
    mi orgullo de varón no revivía más! ¡Estaba muerto para siempre,
    ahogado, disuelto en el mar de cocaína! Caí a su lado, sentado en el
    suelo, y hundí la cabeza entre sus faldas, permaneciendo así una hora
    entera en hondo silencio, mientras ella, muy pálida, se mantenía
    también inmóvil, los ojos abiertos fijos en el techo.

    Pero ese fustazo de reacción que había encendido un efímero relámpago
    de ruina sensorial, traía también a flor de conciencia cuanto de honor
    masculino y vergüenza viril agonizaba en mí. El fracaso de un día en
    el sanatorio, y el diario ante mi propia dignidad, no eran nada en
    comparación del de ese momento, ¿comprende usted? ¡Para qué vivir, si
    el infierno artificial en que me había precipitado y del que no podía
    salir, era incapaz de absorberme del todo! ¡Y me había soltado un
    instante, para hundirme en ese final!

    Me levanté y fuí adentro, a las piezas bien conocidas, donde aún
    estaba mi revólver. Cuando volví, ella tenía los párpados cerrados.

    –Matémonos–le dije.

    Entreabrió los ojos, y durante un minuto no apartó la mirada de mí. Su
    frente límpida volvió a tener el mismo movimiento de cansado éxtasis:

    –Matémonos–murmuró.

    Recorrió en seguida con la vista el fúnebre lujo de la sala, en que la
    lámpara ardía con alta luz, y contrajo ligeramente el ceño.

    –Aquí no–agregó.

    Salimos juntos, pesados aún de alucinación, y atravesamos la casa
    resonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoyó contra una puerta y
    cerró los ojos. Cayó a lo largo de la pared. Volví el arma contra mí
    mismo, y me maté a mi vez.

    Entonces, cuando a la explosión mi mandíbula se descolgó bruscamente,
    y sentí un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazón tuvo dos
    o tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y en
    mis nervios y en mi sangre no hubo la más remota probabilidad de que
    la vida volviera a ellos, sentí que mi deuda con la cocaína estaba
    cumplida. ¡Me había matado, pero yo la había muerto a mi vez!

    ¡Y me equivoqué! Porque un instante después pude ver, entrando
    vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos
    muertos, que volvían obstinados…

    La voz se quebró de golpe.

    –¡Cocaína, por favor! ¡Un poco de cocaína!

    #LA GALLINA DEGOLLADA#

    Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro
    hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre
    los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la
    boca abierta.

    El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El
    banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían
    inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba
    tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz
    enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos
    se animaban, se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la
    misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si
    fuera comida.

    Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando
    al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia,
    y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del
    patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
    idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas
    colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

    El mayor tenía doce años y el menor, nueve. En todo su aspecto sucio y
    desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

    Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus
    padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su
    estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir
    mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa
    honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un
    mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin
    esperanzas posibles de renovación?

    Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los
    catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La
    criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en
    el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la
    mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con
    esa atención profesional que está visiblemente buscando la causa del
    mal, en las enfermedades de los padres.

    Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el
    instinto; pero la inteligencia, el alma, aún el instinto, se habían
    ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante,
    muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

    –¡Hijo, mi hijo querido!–sollozaba ésta, sobre aquella espantosa
    ruina de su primogénito.

    El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

    –A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá
    mejorar, educarse en todo lo que permita su idiotismo, pero no
    más allá.

    –¡Sí!… ¡sí!…–asentía Mazzini.–Pero dígame: ¿Usted cree que es
    herencia, que…?

    –En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creí cuando vi a
    su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No
    veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

    Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló su amor a su
    hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo
    asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más
    profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

    Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de
    otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el
    porvenir extinguido. Pero a los diez y ocho meses las convulsiones del
    primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

    Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre,
    su amor estaba maldito! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él,
    veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un
    átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en
    el primogénito; pero un hijo, un hijo como todos!

    Del nuevo desastre brotaron nuevas llamadaras de dolorido amor, un
    loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su
    ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el
    proceso de los dos mayores.

    Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran
    compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más
    honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No
    sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aún sentarse. Aprendieron al fin
    a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los
    obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el
    rostro. Animábanse sólo al comer, cuando veían colores brillantes u
    oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba,
    radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad
    imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

    Con los mellizos pareció haber concluído la aterradora descendencia.
    Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo,
    confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la
    fatalidad.

    No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se
    exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese
    momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía
    en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las
    cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa
    necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los
    corazones inferiores.

    Iniciáronse con el cambio de pronombres: _tus_ hijos. Y como a más del
    insulto había le insidia, la atmósfera se cargaba.

    –Me parece–díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se
    lavaba las manos–que podrías tener más limpios a los muchachos.

    Berta continuó leyendo, como si no hubiera oído.

    –Es la primera vez–repuso al rato–que te veo inquietarte por el
    estado de tus hijos.

    Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

    –De nuestros hijos, ¿me parece?

    –Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así?–alzó ella los ojos.

    Esta vez Mazzini se expresó claramente:

    –¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

    –¡Ah, no!–se sonrió Berta, muy pálida–¡pero yo tampoco, supongo!…
    ¡No faltaba más!…–murmuró.

    –¿Qué no faltaba más?

    –¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es
    lo que te quería decir.

    Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

    –¡Dejemos!–articuló, secándose por fin las manos.

    –Como quieras; pero si quieres decir…

    –¡Berta!

    –¡Como quieras!

    Este fué el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las
    inevitables reconciliciones, sus almas se unían con doble arrebato y
    locura por otro hijo.

    Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma,
    esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los
    padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a
    los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

    Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al
    nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la
    horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
    Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

    No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de
    su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores
    de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
    que el vaso no quedara distentido, y al menor contacto el veneno se
    vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido
    el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con
    cruel fricción, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una
    persona. Antes se contenían aún por la común falta de éxito; ahora que
    éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor
    la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado
    a crear.

    Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores
    afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los
    acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban
    casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda
    remota caricia.

    De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de
    las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la
    criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o
    quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

    Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fué, como casi siempre,
    los fuertes pasos de Mazzini.

    –¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?…

    –Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

    Ella se sonrió, desdeñosa:

    –¡No, no te creo tanto!

    –Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti…¡tisiquilla!

    –¡Qué! ¿qué dijiste?…

    –¡Nada!

    –¡Si, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que
    prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

    Mazzini se puso pálido.

    –¡Al fin!–murmuró con los dientes apretados.–¡Al fin, víbora, has
    dicho lo que querías!

    –¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos!
    ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los
    de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

    Mazzini explotó a su vez:

    –¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!
    ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la
    meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

    Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de
    Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la
    ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con
    todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente, una vez
    siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hiriente
    fueron los agravios.

    Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba, escupió
    sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, su gran
    culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
    desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir
    una palabra.

    A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían
    tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

    El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que
    mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándola
    con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de
    conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración
    tras ella. Volvióse, y vió a los cuatro idiotas, con los hombros
    pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación. Rojo… rojo…

    –¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

    Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aún en esas horas
    de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa
    horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los
    raptos de amor a su marido e hija, más irritable era su humor con los
    monstruos.

    –¡Que salgan, María! ¡Echelos! ¡Echelos, le digo!

    Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a
    dar a su banco.

    Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fué a Buenos Aires,
    y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron,
    pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija
    escapóse en seguida a casa.

    Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco.
    El sol había transpuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos
    continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

    De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana,
    cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta.
    Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar,
    eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero
    faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto
    topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

    Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana
    lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie
    apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos
    tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para
    alzarse más.

    Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz
    insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su
    hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando
    cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La
    pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a
    horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de
    la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le
    dieron miedo.

    –¡Soltáme! ¡dejáme!–gritó sacudiendo la pierna. Pero fué atraída.

    –¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá!–lloró imperiosamente. Trató aún de
    sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

    –Mamá, ¡ay! Ma…–No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el
    cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la
    arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se
    había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida
    segundo por segundo.

    Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oir la voz de su hija.

    –Me parece que te llama–le dijo a Berta.

    Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento
    después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero,
    Mazzini avanzó en el patio:

    –¡Bertita!

    Nadie respondió.

    –¡Bertita!–alzó más la voz, ya alterada.

    Y el silencio fué tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la
    espalda se le heló de horrible presentimiento.

    –¡Mi hija, mi hija!–corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al
    pasar frente a la cocina vió en el piso un mar de sangre. Empujó
    violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

    Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oir el angustioso
    llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al
    precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se
    interpuso, conteniéndola:

    –¡No entres! ¡No entres!

    Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus
    brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un
    ronco suspiro.

    #LOS BUQUES SUICIDANTES#

    Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un
    buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni
    hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

    Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor
    de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas.
    Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

    No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han
    tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan
    por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto.
    Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo.
    Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre
    en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van
    deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio,
    de modo que el tranquilo y lúgubre puerto, siempre está frecuentado.

    El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las
    tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos
    errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede
    incluir lo acaecido al _María Margarita_, que zarpó de Nueva York el
    24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una
    corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un
    paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al
    _María Margarita_. En el buque no había nadie. Las camisetas de los
    marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una
    máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si
    hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha
    ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?

    La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a
    Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente
    cierta, por otro lado.

    La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla
    presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer
    inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién
    casada se atrevió:

    –¿No serán águilas?…

    El capitán se sonrió bondadosamente:

    –¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la tripulación?

    Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.

    Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente.
    Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su
    cuenta y riesgo, y hablando poco.

    –¡Ah! ¡si nos contara, señor!–suplicó la joven de las águilas.

    –No tengo inconveniente–asintió el discreto individuo.–En dos
    palabras–y en los mares del norte, como el _María Margarita_ del
    capitán–encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo–viajábamos
    también a vela–nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono
    que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuímos la
    marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló
    a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última
    anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no
    sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas
    desapariciones súbitas.

    Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo
    buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de
    camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el
    puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron
    en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de
    lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la
    cocina hervía aún una olla con papas.

    Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente
    llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo
    fuí con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a
    beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a
    la hora la mayoría cantaba ya.

    Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las
    velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar
    aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de
    hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla.
    Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo
    silbido. Sus compañeros se volvieron. El los miró vagamente,
    sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la
    camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al
    sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño
    ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la
    apatía común.

    Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al
    agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me
    tocaban en el hombro.

    –¿Qué hora es?

    –Las cinco–respondí. El viejo marinero me miró desconfiado, con las
    manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato
    mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.

    Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el
    remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista
    perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los
    otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó,
    se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño
    aún, y se tiró al agua.

    Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos,
    sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el
    sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al
    agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si
    recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido
    todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los
    de los demás buques. Esto es todo.

    Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.

    –¿Y usted no sintió nada?–le preguntó mi vecino de camarote.

    –Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada
    más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste:
    en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a _toda costa_ contra
    lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros
    sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si
    estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los
    centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

    Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fué al
    rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.

    –¡Farsante!–murmuró.

    –Al contrario–dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su
    tierra.–Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se
    hubiera tirado al agua.

    #EL ALMOHADON DE PLUMA#

    Su luna de miel fué un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el
    carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo
    quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento
    cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva
    mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El,
    por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

    Durante tres meses–se habían casado en abril–vivieron una dicha
    especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido
    cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible
    semblante de su marido la contenía en seguida.

    La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La
    blancura del patio silencioso–frisos, columnas y estatuas de
    mármol–producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el
    brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas
    paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de
    una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un
    largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

    En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante,
    había concluído por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún
    vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que
    llegaba su marido.

    No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se
    arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al
    fin, una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba
    indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le
    pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos,
    echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto
    callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego
    los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en
    su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

    Fué ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente
    amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma
    detención, ordenándole calma y descanso absolutos.

    –No sé–le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía
    baja.–Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos,
    nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

    Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia
    de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más
    desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el
    dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.
    Pasábanse horas sin oir el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía
    casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin
    cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra
    ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
    mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que
    caminaba en su dirección.

    Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al
    principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los
    ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno
    y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente
    mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y
    labios se perlaron de sudor.

    –¡Jordán! ¡Jordán!–clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la
    alfombra.

    Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dió un alarido
    de horror.

    –¡Soy yo, Alicia, soy yo!

    Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y
    después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió
    y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

    Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en
    la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

    Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una
    vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber
    absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor
    mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte.
    La observaron largo rato en silencio y pasaron al comedor.

    –Pst…–se encogió de hombros desalentado su médico.–Es un caso
    serio… poco hay que hacer…

    –¡Sólo eso me faltaba!–resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente
    sobre la mesa.

    Alicia fué extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde,
    pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no
    avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope
    casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas
    olas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar
    desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer
    día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza.
    No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el
    almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos
    que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por
    la colcha.

    Perdió, luego, el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar
    a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el
    dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más
    que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de
    los eternos pasos de Jordán.

    Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama,
    sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

    –Señor–llamó a Jordán en voz baja.–En el almohadón hay manchas que
    parecen de sangre.

    Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre
    la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de
    Alicia, se veían manchas de sangre.

    –Parecen picaduras–murmuró la sirvienta después de un rato de
    inmóvil observación.

    –Levántelo a la luz–le dijo Jordán.

    La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó
    mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió
    que los cabellos se le erizaban.

    –¿Qué hay?–murmuró con la voz ronca.

    –Pesa mucho–articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

    Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y
    sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo.
    Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dió un grito de horror
    con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los
    bandós:–sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las
    patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y
    viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

    Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
    sigilosamente su boca–su trompa, mejor dicho–a las sientes de
    aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La
    remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo,
    pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fué vertiginosa.
    En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

    Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a
    adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana
    parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los
    almohadones de pluma.

    #EL PERRO RABIOSO#

    El 20 de marzo de este año, los vecinos de un pueblo del Chaco
    santafecino persiguieron a un hombre rabioso que en pos de descargar
    su escopeta contra su mujer, mató de un tiro a un peón que cruzaba
    delante de él. Los vecinos, armados, lo rastrearon en el monte como a
    una fiera, hallándolo por fin trepado en un árbol, con su escopeta
    aún, y aullando de un modo horrible. Viéronse en la necesidad de
    matarlo de un tiro.

    * * * * *

    #Marzo 9–#

    Hoy hace treinta y nueve días, hora por hora, que el perro rabioso
    entró de noche en nuestro cuarto. Si un recuerdo ha de perdurar en mi
    memoria, es el de las dos horas que siguieron a aquel momento.

    La casa no tenía puertas sino en la pieza que habitaba mamá, pues como
    había dado desde el principio en tener miedo, no hice otra cosa, en
    los primeros días de urgente instalación, que aserrar tablas para las
    puertas y ventanas de su cuarto. En el nuestro, y a la espera de mayor
    desahogo de trabajo, mi mujer se había contentado–verdad que bajo un
    poco de presión por mi parte–con magníficas puertas de arpillera.
    Como estábamos en verano, este detalle de riguroso ornamento no dañaba
    nuestra salud ni nuestro miedo. Por una de estas arpilleras, la que da
    al corredor central, fué por donde entró y me mordió el perro rabioso.

    Yo no sé si el alarido de un epiléptico da a los demás la sensación de
    clamor bestial y fuera de toda humanidad que me produce a mí. Pero
    estoy seguro de que el aullido de un perro rabioso, que se obstina de
    noche alrededor de nuestra casa, provocará en todos la misma fúnebre
    angustia. Es un grito corto, metálico, de agonía, como si el animal
    boqueara ya, y todo él empapado en cuanto de lúgubre sugiere un
    animal rabioso.

    Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas. Y para mayor
    contrariedad, desde que llegáramos no había hecho más que llover. El
    monte cerrado por el agua, las tardes rápidas y tristísimas; apenas
    salíamos de casa, mientras la desolación del campo, en un temporal sin
    tregua, había ensombrecido al exceso el espíritu de mamá.

    Con esto, los perros rabiosos. Una mañana el peón nos dijo que por su
    casa había andado uno la noche anterior, y que había mordido al suyo.
    Dos noches antes, un perro barcino había aullado _feo_ en el monte.
    Había muchos, según él. Mi mujer y yo no dimos mayor importancia al
    asunto, pero no así mamá, que comenzó a hallar terriblemente
    desamparada nuestra casa a medio hacer. A cada momento salía al
    corredor para mirar el camino.

    Sin embargo, cuando nuestro chico volvió esa mañana del pueblo,
    confirmó aquello. Había explotado una fulminante epidemia de rabia.
    Una hora antes acababan de perseguir a un perro en el pueblo. Un peón
    había tenido tiempo de asestarle un machetazo en la oreja, y el
    animal, babeando, el hocico en tierra y el rabo entre las patas
    delanteras, había cruzado por nuestro camino, mordiendo a un potrillo
    y un chancho que halló en el trayecto.

    Más noticias aún. En la chacra vecina a la nuestra, y esa misma
    madrugada, otro perro había tratado inútilmente de saltar el corral de
    las vacas. Un inmenso perro flaco había corrido a un muchacho a
    caballo, por la picada del puerto viejo. Todavía de tarde se sentía
    dentro del monte el aullido agónico del perro. Como dato final, a las
    nueve llegaron al galope dos agentes a darnos la filiación de los
    perros rabiosos vistos, y a recomendarnos sumo cuidado.

    Había de sobra para que mamá perdiera el resto de animación que le
    quedaba. Aunque de una serenidad a toda prueba, tiene terror a los
    perros rabiosos, a causa de cierta cosa horrible que presenció en su
    niñez. Sus nervios, ya enfermos por el cielo constantemente encapotado
    y lluvioso, provocáronle verdaderas alucinaciones de perros que
    entraban al trote por la portera.

    Había un motivo real para este temor. Aquí, como en todas partes donde
    la gente pobre tiene muchos más perros de los que puede mantener, las
    casas son todas las noches merodeadas por perros hambrientos, a que
    los peligros del oficio–un tiro o una mala pedrada–han dado
    verdadero proceder de fieras. Avanzan al paso, agachados, los músculos
    flojos. No se siente jamás su marcha. Roban–si la palabra tiene
    sentido aquí–cuánto les exige su atroz hambre. Al menor rumor–no
    huyen porque esto haría ruido, sino se alejan al paso, doblando las
    patas. Al llegar al pasto se agazapan, y esperan así, tranquilamente,
    media o una hora, para avanzar de nuevo.

    De aquí la ansiedad de mamá, pues siendo nuestra casa una de las
    tantas merodeadas, estábamos desde luego amenazados por la visita de
    los perros rabiosos, que recordarían el camino nocturno.

    En efecto, esa misma tarde, mientras mamá, un poco olvidada, iba
    caminando despacio hacia la portera, oí su grito:

    –Federico! ¡Un perro rabioso!

    Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba al trote en ciega
    línea recta. Al verme llegar se detuvo, erizando el lomo. Retrocedí,
    sin volver el cuerpo, para descolgar la escopeta, pero el animal se
    fué. Recorrí inútilmente el camino, sin volverlo a hallar.

    Pasaron dos días. El campo continuaba desolado de lluvia y tristeza,
    mientras el número de perros rabiosos aumentaba. Como no se podía
    exponer a los chicos a un terrible tropiezo en los caminos infestados,
    la escuela se cerró, y la carretera, ya sin tráfico, privada de este
    modo de la bulla escolar que animaba su desamparo, a las siete y a las
    doce, adquirió lúgubre silencio.

    Mamá no se atrevía a dar un paso fuera del patio. Al menor ladrido
    miraba sobresaltada hacia la portera, y apenas anochecía, veía avanzar
    por entre el pasto ojos fosforescentes. Concluída la cena se encerraba
    en su cuarto, el oído atento al más hipotético aullido.

    Hasta que la tercera noche me desperté, muy tarde ya: tenía la
    impresión de haber oído un grito, pero no podía precisar la sensación.
    Esperé un rato. Y de pronto un aullido corto, metálico, de atroz
    sufrimiento, tembló bajo el corredor.

    –¡Federico!–oí la voz traspasada de emoción de mamá–¿sentiste?

    –Sí–respondí, deslizándome de la cama. Pero ella oyó el ruido.

    –¡Por Dios, es un perro rabioso! ¡Federico, no salgas, por Dios!
    ¡Juana! ¡Dile a tu marido que no salga!–clamó desesperada,
    dirigiéndose a mi mujer.

    Otro aullido explotó, esta vez en el corredor central, delante de la
    puerta. Una finísima lluvia de escalofríos me bañó la médula hasta la
    cintura. No creo que haya nada más profundamente lúgubre que un
    aullido de perro rabioso a esa hora. Subía tras él la voz
    desesperada de mamá.

    –¡Federico! ¡Va a entrar en tu cuarto! ¡No salgas, mi Dios, no
    salgas! ¡Juana! ¡Dile a tu marido!…

    –¡Federico!–se cogió mi mujer a mi brazo.

    Pero la situación podía tornarse muy crítica si esperaba a que el
    animal entrara, y encendiendo la lámpara descolgué la escopeta.
    Levanté de lado la arpillera de la puerta, y no vi más que el negro
    triángulo de la profunda tiniebla de afuera. Tuve apenas tiempo de
    asomar el cuerpo, cuando sentí que algo firme y tibio me rozaba el
    muslo; el perro rabioso se entraba en nuestro cuarto. Le eché
    violentamente atrás la cabeza con un golpe de rodilla, y súbitamente
    me lanzó un mordisco, que falló en un claro golpe de dientes. Pero un
    instante después sentí un dolor agudo.

    Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me había mordido.

    –¡Federico! ¿Qué fué eso?–gritó mamá que había oído mi detención y
    la dentellada al aire.

    –Nada: quería entrar.

    –¡Oh!…

    De nuevo, y esta vez detrás del cuarto de mamá, el fatídico aullido
    explotó.

    –¡Federico! ¡Está rabioso! ¡Está rabioso! ¡No salgas!–clamó
    enloquecida, sintiendo el animal a un metro de ella.

    Hay cosas absurdas que tienen toda la apariencia de un legítimo
    razonamiento: Salí afuera con la lámpara en una mano y la escopeta en
    la otra, exactamente como para buscar a una rata aterrorizada, que me
    daría perfecta holgura para colocar la luz en el suelo y matarla en el
    extremo de un horcón.

    Recorrí los corredores. No se oía un rumor, pero de dentro de las
    piezas me seguía la tremenda angustia de mamá y mi mujer que esperaban
    el estampido.

    El perro se había ido.

    –¡Federico!–exclamó mamá al sentirme volver por fin.–¿Se fué el
    perro?

    –Creo que sí; no lo veo. Me parece haber oído un trote cuando salí.

    –Sí, yo también sentí… Federico: ¿no estará en tu cuarto?… ¡No
    tiene puerta, mi Dios! ¡Quédate adentro! ¡Puede volver!

    En efecto, podía volver. Eran las dos y veinte de la mañana. Y juro
    que fueron fuertes las dos horas que pasamos mi mujer y yo, con la luz
    prendida hasta que amaneció, ella acostada, yo sentado en la cama,
    vigilando sin cesar la arpillera flotante.

    Antes me había curado. La mordedura era nítida, dos agujeros violeta,
    que oprimí con todas mis fuerzas, y lavé con permanganato.

    Yo creía muy restrictivamente en la rabia del animal. Desde el día
    anterior se había empezado a envenenar perros, y algo en la actitud
    abrumada del nuestro me prevenía en pro de la estricnina. Quedaban el
    fúnebre aullido y el mordisco; pero de todos modos me inclinaba a lo
    primero. De aquí, seguramente, mi relativo descuido con la herida.

    Llegó por fin el día. A las ocho, y a cuatro cuadras de casa, un
    transeunte mató de un tiro de revólver al perro negro que trotaba en
    inequívoco estado de rabia. En seguida lo supimos, teniendo de mi
    parte que librar una verdadera batalla contra mamá y mi mujer para no
    bajar a Buenos Aires a darme inyecciones. La herida, franca, había
    sido bien oprimida, y lavada con mordiente lujo de permanganato. Todo
    esto, a los cinco minutos de la mordedura. ¿Qué demonios podía temer
    tras esa correción higiénica? En casa concluyeron por tranquilizarse,
    y como la epidemia–provocada seguramente por una crisis de llover sin
    tregua como jamás se viera aquí–había cesado casi de golpe, la vida
    recobró su línea habitual.

    Pero no por ello mamá y mi mujer dejaron ni dejan de llevar cuenta
    exacta del tiempo. Los clásicos cuarenta días pesan fuertemente, sobre
    todo en mamá, y aún hoy, con treinta y nueve transcurridos sin el más
    leve trastorno, ella espera el día de mañana para echar de su
    espíritu, en un inmenso suspiro, el terror siempre vivo que guarda de
    aquella noche.

    El único fastidio, acaso, que para mí ha tenido esto, es recordar
    punto por punto lo que ha pasado. Confío en que mañana de noche
    concluya, con la cuarentena, esta historia, que mantiene fijos en mí
    los ojos de mi mujer y de mi madre, como si buscaran en mi expresión
    el primer indicio de enfermedad.

    * * * * *

    #Marzo 10–#

    ¡Por fin! Espero que de aquí en adelante podré vivir como un hombre
    cualquiera, que no tiene suspendidas sobre su cabeza coronas de
    muerte. Ya han pasado los famosos cuarenta días, y la ansiedad, la
    manía de persecuciones y los horribles gritos que esperaban de mí,
    pasaron también para siempre.

    Mi mujer y mi madre han festejado el fausto acontecimiento de un modo
    particular: contándome, punto por punto, todos los terrores que han
    sufrido sin hacérmelo ver. El más insignificante desgano mío las sumía
    en mortal angustia: ¡Es la rabia que comienza!–gemían. Si alguna
    mañana me levanté tarde, durante horas no vivieron, esperando otro
    síntoma. La fastidiosa infección en un dedo que me tuvo tres días
    febril e impaciente, fué para ellas una absoluta prueba de la rabia
    que comenzaba, de donde su consternación, más angustiosa por furtiva.

    Y así el menor cambio de humor, el más leve abatimiento,
    provocáronles, durante cuarenta días, otras tantas horas de inquietud.

    No obstante esas confesiones retrospectivas, desagradables siempre
    para el que ha vivido engañado, aún con la más arcangélica buena
    voluntad, con todo me he reído buenamente.–¡Ah, mi hijo! ¡No puedes
    figurarte lo horrible que es para una madre el pensamiento de que su
    hijo pueda estar rabioso! Cualquier otra cosa…¡pero rabioso,
    rabioso!…

    Mi mujer, aunque más sensata, ha divagado también bastante más de lo
    que confiesa. ¡Pero ya se acabó, por suerte! Esta situación de mártir,
    de bebé vigilado segundo a segundo contra tal disparatada amenaza de
    muerte, no es seductora, a pesar de todo. ¡Por fin, de nuevo!
    Viviremos en paz, y ojalá que mañana o pasado no amanezca con dolor de
    cabeza, para resurrección de las locuras.

    * * * * *

    #Marzo 15–#

    Hubiera querido estar absolutamente tranquilo, pero es imposible. No
    hay ya más, creo, posibilidad de que esto concluya. Miradas de soslayo
    todo el día, cuchicheos incesantes, que cesan de golpe en cuanto oyen
    mis pasos, un crispante espionaje de mi expresión cuando estamos en la
    mesa, todo esto se va haciendo intolerable.–¡Pero qué tienen, por
    favor!–acabo de decirles.–¿Me hallan algo anormal, no estoy
    exactamente como siempre? ¡Ya es un poco cansadora esta historia del
    perro rabioso!–¡Pero Federico!–me han respondido, mirándome con
    sorpresa.–¡Si no te decimos nada, ni nos hemos acordado de eso!

    ¡Y no hacen, sin embargo, otra cosa, otra que espiarme noche y día,
    día y noche, a ver si la estúpida rabia de su perro se ha
    infiltrado en mí!

    * * * * *

    #Marzo 18–#

    Hace tres días que vivo como debería y desearía hacerlo toda la vida.
    ¡Me han dejado en paz, por fin, por fin, por fin!

    * * * * *

    #Marzo 19–#

    ¡Otra vez! ¡Otra vez han comenzado! Ya no me quitan los ojos de
    encima, como si sucediera lo que parecen desear: que esté rabioso.
    ¡Cómo es posible tanta estupidez en dos personas sensatas! Ahora no
    disimulan más, y hablan precipitadamente en voz alta de mí; pero, no
    sé por qué, no puedo entender una palabra. En cuanto llego cesan de
    golpe, y apenas me alejo un paso recomienza el vertiginoso parloteo.
    No he podido contenerme y me he vuelto con rabia:–¡Pero hablen,
    hablen delante, que es menos cobarde!

    No he querido oir lo que han dicho y me he ido. ¡Ya no es vida la que
    llevo!

    * * * * *

    #8 p.m.#

    ¡Quieren irse! ¡Quieren que nos vayamos! ¡Ah, yo sé por qué quieren
    dejarme!…

    * * * * *

    #Marzo 20–(6 a.m.)#

    ¡Aullidos, aullidos! ¡Toda la noche no he oído más que aullidos! ¡He
    pasado toda la noche despertándome a cada momento! ¡Perros, nada más
    que perros ha habido anoche alrededor de casa! ¡Y mi mujer y mi madre
    han fingido el más perfecto sueño, para que yo solo absorbiera por los
    ojos los aullidos de todos los perros que me miraban!…

    * * * * *

    #7 a.m.#

    ¡No hay más que víboras! ¡Mi casa está llena de víboras! ¡Al lavarme
    había tres enroscadas en la palangana! ¡En el forro del saco había
    muchas! ¡Y hay más! ¡Hay otras cosas! ¡Mi mujer me ha llenado la casa
    de víboras! ¡Ha traído enormes arañas peludas que me persiguen! ¡Ahora
    comprendo por qué me espiaba día y noche! ¡Ahora comprendo todo!
    ¡Quería irse por eso!

    * * * * *

    #7.15 a.m.#

    ¡El patio está lleno de víboras! ¡No puedo dar un paso! ¡No, no!…
    ¡Socorro!…

    * * * * *

    ¡Mi mujer se va corriendo! ¡Mi madre se va! ¡Me han asesinado!… ¡Ah,
    la escopeta!… ¡Maldición! ¡Está cargada con munición! Pero no
    importa…

    * * * * *

    ¡Qué grito ha dado! Le erré… ¡Otra vez las víboras! ¡Allí, allí hay
    una enorme!… ¡Ay! ¡Socorro, socorro!!

    * * * * *

    ¡Todos me quieren matar! ¡Las han mandado contra mí, todas! ¡El monte
    está lleno de arañas! ¡Me han seguido desde casa!…

    Ahí viene otro asesino… ¡Las trae en la mano! ¡Viene echando víboras
    en el suelo! ¡Viene sacando víboras de la boca y las echa en el suelo
    contra mí! ¡Ah! pero ese no vivirá mucho… ¡Le pegué! ¡Murió con
    todas las víboras!… ¡Las arañas! ¡Ay! ¡Socorro!!

    * * * * *

    ¡Ahí vienen, vienen todos!… ¡Me buscan, me buscan!… ¡Han lanzado
    contra mí un millón de víboras! ¡Todos las ponen en el suelo! ¡Y yo no
    tengo más cartuchos!… ¡Me han visto!… Uno me apunta…

    #A LA DERIVA#

    El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el
    pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento, vió una
    yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.

    El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre
    engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La
    víbora vió la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su
    espiral; pero el machete cayó de plano, dislocándole las vértebras.

    El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y
    durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos
    puntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente
    se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia
    su rancho.

    El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y
    de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como
    relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la
    pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de
    garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

    Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un
    trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa
    hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de
    ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un
    ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

    –¡Dorotea!–alcanzó a lanzar en un estertor.–¡Dame caña!

    Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres
    tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

    –¡Te pedí caña, no agua!–rugió de nuevo.–¡Dame caña!

    –¡Pero es caña, Paulino!–protestó la mujer espantada.

    –¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

    La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó
    uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

    –Bueno; esto se pone feo–murmuró entonces, mirando su pie lívido y
    ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la
    carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

    Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y
    llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el
    aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
    incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la
    frente apoyada en la rueda de palo.

    Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a
    su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del
    Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú
    corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

    El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el
    medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la
    canoa, y tras un nuevo vómito–de sangre esta vez–dirigió una mirada
    al sol que ya trasponía el monte.

    La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y
    durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el
    pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con
    grandes manchas lívidas y terriblemente dolorido. El hombre pensó que
    no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir
    ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban
    disgustados.

    La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y
    el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta
    arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

    –¡Alves!–gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

    –¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor!–clamó de nuevo, alzando
    la cabeza del suelo.–En el silencio de la selva no se oyó un sólo
    rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la
    corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

    El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes,
    altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas
    bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro
    también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre,
    en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
    borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un
    silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y
    calma cobra una majestad única.

    El sol había caído ya cuando el hombre, semi-tendido en el fondo de la
    canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó
    pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la
    sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

    El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y
    aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del
    rocio para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría
    en Tacurú-Pucú.

    El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No
    sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su
    compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex-patrón
    míster Dougald, y al recibidor del obraje.

    ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de
    oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya
    entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura
    crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una
    pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

    Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando
    a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que
    iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el
    tiempo justo que había pasado sin ver a su ex-patrón Dougald. ¿Tres
    años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho
    meses y medio? Eso sí, seguramente.

    De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la
    respiración también…

    Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había
    conocido en Puerto Deseado, un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o
    jueves…

    El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

    –Un jueves…

    Y cesó de respirar.

    #LA INSOLACION#

    El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto
    y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte,
    entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y, se sentó tranquilo. Veía
    la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte,
    monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del
    monte. Este cerraba el horizonte, a doscientros metros, por tres lados
    de la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía en
    abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.

    A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría
    reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la
    calma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía
    al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de
    mejor compensado trabajo.

    Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al
    lado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Permanecían
    inmóviles, pues aún no había moscas.

    Old, que miraba hacía rato la vera del monte, observó:

    –La mañana es fresca.

    Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija,
    parpadeando distraído. Después de un momento, dijo:

    –En aquel árbol hay dos halcones.

    Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron
    mirando por costumbre las cosas.

    Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el
    horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas
    delanteras y sintió leve dolor. Miró sus dedos sin moverse,
    decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un
    pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió extensamente el
    dedo enfermo.

    –No podía caminar–exclamó, en conclusión.

    Old no entendió a qué se refería. Milk agregó:

    –Hay muchos piques.

    Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de
    largo rato:

    –Hay muchos piques.

    Callaron de nuevo, convencidos.

    El sol salió, y en el primer baño de luz, las pavas del monte lanzaron
    al aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros,
    dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie
    en beato pestañeo. Poco a poco, la pareja aumentó con la llegada de
    los otros compañeros: Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio
    superior, partido por un coatí, dejaba ver dos dientes, e Isondú, de
    nombre indígena. Los cinco fox-terriers, tendidos y muertos de
    bienestar, durmieron.

    Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del
    bizarro rancho de dos pisos–el inferior de barro y el alto de madera,
    con corredores y baranda de chalet–habían sentido los pasos de su
    dueño que bajaba la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro, se
    detuvo un momento en la esquina del rancho y miró el sol, alto ya.
    Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente, tras su solitaria
    velada de whisky, más prolongada que las habituales.

    Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas,
    meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros
    conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Se alejaron con
    lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo
    presto abandonar aquél por la sombra de los corredores.

    El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes; seco,
    límpido, con catorce horas de sol calcinante que parecía mantener en
    fusión el cielo, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada
    en costras blanquecinas. Míster Jones fué a la chacra, miró el trabajo
    del día anterior y retornó al rancho. En toda esa mañana no hizo nada.
    Almorzó y subió a dormir la siesta.

    Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de
    fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los
    perros, muy amigos del cultivo, desde que el invierno pasado habían
    aprendido a disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba
    el arado. Cada uno se echó bajo un algodonero, acompañando con su
    jadeo los golpes sordos de la azada.

    Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente
    de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra
    removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la
    cabeza, rodeada hasta los hombros por el flotante pañuelo, con el
    mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban de planta, en
    procura de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga los
    obligaba a sentarse sobre las patas traseras para respirar mejor.

    Reverberaba ahora delante de ellos un pequeño páramo de greda que ni
    siquiera se había intentado arar. Allí, el cachorro vió de pronto a
    míster Jones que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco. Old se
    puso en pie, meneando el rabo. Los otros levantáronse también,
    pero erizados.

    –Es el patrón,–exclamó el cachorro, sorprendido.

    –No, no es él,–replicó Dick.

    Los cuatro perros estaban juntos gruñendo sordamente, sin apartar los
    ojos de míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro,
    incrédulo, fué a avanzar, pero Prince le mostró los dientes:

    –No es él, es la Muerte.

    El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo.

    –¿Es el patrón muerto?–preguntó ansiosamente. Los otros, sin
    responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud de
    miedoso ataque. Sin moverse, míster Jones se desvaneció en el aire
    ondulante.

    Al oir los ladridos, los peones habían levantado la vista, sin
    distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado algún
    caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.

    Los fox-terriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado
    aún, se adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de
    la experiencia de sus compañeros, que cuando una cosa va a morir,
    aparece antes.

    –¿Y cómo saben que ese que vimos no era el patrón?–preguntó.

    –Porque no era él,–le respondieron displicentes.

    Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las
    patadas, estaba sobre ellos. Pasaron el resto de la tarde al lado de
    su patrón, sombríos y alerta. Al menor ruido gruñían, sin saber
    adonde. Míster Jones sentíase satisfecho de su guardiana inquietud.

    Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la
    calma de la noche plateada, los perros se estacionaron alrededor del
    rancho, en cuyo piso alto míster Jones recomenzaba su velada de
    whisky. A media noche oyeron sus pasos, luego la doble caída de las
    botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los perros, entonces,
    sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos, al pie de la casa
    dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos
    convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que
    la voz cazadora de Prince sostenía, mientras los otros tomaban el
    sollozo de nuevo. El cachorro ladraba. Había pasado media hora, y los
    cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico
    extendido e hinchado de lamentos–bien alimentados y acariciados por
    el dueño que iban a perder–continuaban llorando su doméstica miseria.

    A la mañana siguiente míster Jones fué él mismo a buscar las mulas y
    las unció a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba
    satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca
    bien rastreada, las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de
    las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas;
    pero un tornillo en que ya al comprar la máquina había notado una
    falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo,
    recomendándole el caballo, un buen animal, pero asoleado. Alzó la
    cabeza al sol fundente de mediodía e insistió en que no galopara un
    momento. Almorzó en seguida y subió. Los perros, que en la mañana no
    habían dejado un momento a su patrón, se quedaron en los corredores.

    La siesta pesaba, agobiaba de luz y silencio. Todo el contorno estaba
    brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho, la tierra blanquizca
    del patio, deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en
    trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los
    fox-terriers.

    –No ha aparecido más–dijo Milk.

    Old, al oir _aparecido_, levantó las orejas sobre los ojos.

    Esta vez el cachorro, incitado por la evocación, se puso en pie y
    ladró, buscando a qué. Al rato el grupo calló, entregado de nuevo a su
    defensiva cacería de moscas.

    –No vino más–dijo Isondú.

    –Había una lagartija bajo el raigón,–recordó por primera vez Prince.

    Una gallina, el pico abierto y las alas caídas y apartadas del cuerpo,
    cruzó el patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la
    siguió perezosamente con la vista, y saltó de golpe:

    –¡Viene otra vez!–gritó.

    Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el
    peón. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con prudente
    furia a la Muerte que se acercaba. El animal caminaba con la cabeza
    baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que iba a seguir. Al pasar
    frente al rancho dió unos cuantos pasos en dirección al pozo, y se
    degradó progresivamente en la cruda luz.

    Míster Jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje
    de la carpidora, cuando vió llegar inesperadamente al peón a caballo.
    A pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora.
    Culpólo, con toda su lógica nacional, a lo que el otro respondía con
    evasivas razones. Apenas libre y concluída su misión, el pobre
    caballo, en cuyos ijares era imposible contar el latido, tembló
    agachando la cabeza, y cayó de costado. Míster Jones mandó al peón a
    la chacra, aún rebenque en mano, para no echarlo si continuaba oyendo
    sus jesuíticas disculpas.

    Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón,
    se había conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de
    preocupación, y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el
    peón, cuando oyeron a míster Jones que gritaba a éste, lejos ya,
    pidiéndole el tornillo. No había tornillo: el almacén estaba cerrado,
    el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó su
    casco y salió él mismo en busca del utensilio. Resistía el sol como un
    peón, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.

    Los perros le acompañaron, pero se detuvieron a la sombra del primer
    algarrobo; hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas, el
    ceño contraído y atento, lo veían alejarse. Al fin el temor a la
    soledad pudo más, y con agobiado trote siguieron tras él.

    Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia,
    desde luego, evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea
    recta a su chacra. Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el
    diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado, retoñado desde
    que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en
    bóveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La
    tarea, seria ya con día fresco, era muy dura a esa hora. Míster Jones
    lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja restallante y
    polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga
    y acres vahos de nitratos.

    Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer
    quieto bajo ese sol y ese cansancio; marchó de nuevo. Al calor
    quemante que crecía sin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora
    el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no
    se sentía un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia cardíaca
    que no permitía concluir la respiración.

    Míster Jones se convenció de que había traspasado su límite de
    resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de
    las carótidas. Sentíase en el aire, como si de dentro de la cabeza le
    empujaran violentamente el cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el
    pasto. Apresuró la marcha para acabar con eso de una vez… y de
    pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje: había caminado
    media cuadra, sin darse cuenta de nada. Miró atrás y la cabeza se le
    fué en un nuevo vértigo.

    Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua de
    fuera. A veces, agotados, deteníanse en la sombra de un espartillo; se
    sentaban precipitando su jadeo, pero volvían al tormento del sol. Al
    fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el trote.

    Fué en ese momento cuando Old, que iba adelante, vió tras el alambrado
    de la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia
    ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza y confrontó.

    –¡La Muerte, la Muerte!–aulló.

    Los otros la habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que
    atravesaba el alambrado, y un instante creyeron que se iba a
    equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con
    sus ojos celestes, y marchó adelante.

    –¡Que no camine ligero el patrón!–exclamó Prince.

    –¡Va a tropezar con él!–aullaron todos.

    En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no
    directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en
    apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de
    míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía,
    porque su patrón continuaba caminando a igual paso como un autómata,
    sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Hundieron el rabo y
    corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo, y el encuentro se
    produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.

    Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero
    fué inútil toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su
    hermano materno, fué de Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y
    en cuatro días liquidó todo, volviéndose en seguida. Los indios se
    repartieron los perros que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e
    iban todas las tardes con hambriento sigilo a comer espigas de maíz en
    las chacras ajenas.

    #EL ALAMBRE DE PUA#

    Durante quince días el alazán había buscado en vano la senda por donde
    su compañero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de
    capuera–desmonte que ha rebrotado inextricable–no permitía paso ni
    aún a la cabeza del caballo. Evidentemente, no era por allí por donde
    el malacara pasaba.

    Ahora recorría de nuevo la chacra, trotando inquieto con la cabeza
    alerta. De la profundidad del monte, el malacara respondía a los
    relinchos vibrantes de su compañero, con los suyos cortos y rápidos,
    en que había sin duda una fraternal promesa de abundante comida. Lo
    más irritante para el alazán era que el malacara reaparecía dos o tres
    veces en el día para beber. Prometíase aquél entonces no abandonar un
    instante a su compañero, y durante algunas horas, en efecto, la pareja
    pastaba en admirable conserva. Pero de pronto el malacara, con su soga
    a rastra, se internaba en el chircal, y cuando el alazán, al darse
    cuenta de su soledad, se lanzaba en su persecución, hallaba el monte
    inextricable. Esto sí, de adentro, muy cerca aún, el maligno malacara
    respondía a sus desesperados relinchos, con un relinchillo a
    boca llena.

    Hasta que esa mañana el viejo alazán halló la brecha muy
    sencillamente: Cruzando por frente al chircal que desde el monte
    avanzaba cincuenta metros en el campo, vió un vago sendero que lo
    condujo en perfecta línea oblicua al monte. Allí estaba el malacara,
    deshojando árboles.

    La cosa era muy simple: el malacara, cruzando un día el chircal, había
    hallado la brecha abierta en el monte por un incienso desarraigado.
    Repitió su avance a través del chircal, hasta llegar a conocer
    perfectamente la entrada del túnel. Entonces usó del viejo camino que
    con el alazán habían formado a lo largo de la línea del monte. Y aquí
    estaba la causa del trastorno del alazán: la entrada de la senda
    formaba una línea sumamente oblicua con el camino de los caballos, de
    modo que el alazán, acostumbrado a recorrer ésta de sur a norte y
    jamás de norte a sur, no hubiera hallado jamás la brecha.

    En un instante estuvo unido a su compañero, y juntos entonces, sin más
    preocupación que la de despuntar torpemente las palmeras jóvenes, los
    dos caballos decidieron alejarse del malhadado potrero que sabían ya
    de memoria.

    El monte, sumamente raleado, permitía un fácil avance, aún a caballos.
    Del bosque no quedaba en verdad sino una franja de doscientos metros
    de ancho. Tras él, una capuera de dos años se empenachaba de tabaco
    salvaje. El viejo alazán, que en su juventud había correteado capueras
    hasta vivir perdido seis meses en ellas, dirigió la marcha, y en media
    hora los tabacos inmediatos quedaron desnudos de hojas hasta donde
    alcanza un pescuezo de caballo.

    Caminando, comiendo, curioseando, el alazán y el malacara cruzaron la
    capuera hasta que un alambrado los detuvo.

    –Un alambrado,–dijo el alazán.

    –Sí, alambrado,–asintió el malacara. Y ambos, pesando la cabeza
    sobre el hilo superior, contemplaron atentamente. Desde allí se veía
    un alto pastizal de viejo rozado, blanco por la helada; un bananal y
    una plantación nueva. Todo ello poco tentador, sin duda; pero los
    caballos entendían ver eso, y uno tras otro siguieron el alambrado a
    la derecha.

    Dos minutos después pasaban: un árbol, seco en pie por el fuego, había
    caído sobre los hilos. Atravesaron la blancura del pasto helado en que
    sus pasos no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado por la
    escarcha, vieron entonces de cerca qué eran aquellas plantas nuevas.

    –Es yerba,–constató el malacara, haciendo temblar los labios a medio
    centímetro de las hojas coriáceas. La decepción pudo haber sido
    grande; mas los caballos, si bien golosos, aspiraban sobre todo a
    pasear. De modo que cortando oblicuamente el yerbal, prosiguieron su
    camino, hasta que un nuevo alambrado contuvo a la pareja. Costeáronlo
    con tranquilidad grave y paciente, llegando así a una tranquera,
    abierta para su dicha, y los paseantes se vieron de repente en pleno
    camino real.

    Ahora bien, para los caballos, aquello que acababan de hacer tenía
    todo el aspecto de una proeza. Del potrero aburridor a la libertad
    presente, había infinita distancia. Más por infinita que fuera, los
    caballos pretendían prolongarla aún, y así, después de observar con
    perezosa atención los alrededores, quitáronse mutuamente la caspa del
    pescuezo, y en mansa felicidad prosiguieron su aventura.

    El día, en verdad, favorecía tal estado de alma. La bruma matinal de
    Misiones acababa de disiparse del todo, y bajo el cielo súbitamente
    puro, el paisaje brillaba de esplendorosa claridad. Desde la loma,
    cuya cumbre ocupaban en ese momento los dos caballos, el camino de
    tierra colorada cortaba el pasto delante de ellos con precisión
    admirable, descendía al valle blanco de espartillo helado, para tornar
    a subir hasta el monte lejano. El viento, muy frío, cristalizaba aún
    más la claridad de la mañana de oro, y los caballos, que sentían de
    frente el sol, casi horizontal todavía, entrecerraban los ojos al
    dichoso deslumbramiento.

    Seguían así, solos y gloriosos de libertad en el camino encendido de
    luz, hasta que al doblar una punta de monte, vieron a orillas del
    camino cierta extensión de un verde inusitado. ¿Pasto? Sin duda. Mas
    en pleno invierno…

    Y con las narices dilatadas de gula, los caballos se acercaron al
    alambrado. ¡Sí, pasto fino, pasto admirable! ¡Y entrarían, ellos, los
    caballos libres!

    Hay que advertir que el alazán y el malacara poseían desde esa
    madrugada, alta idea de sí mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni
    monte, ni desmonte, nada era para ellos obstáculo. Habían visto cosas
    extraordinarias, salvando dificultades no creíbles, y se sentían
    gordos, orgullosos y facultados para tomar la decisión más
    estrafalaria que ocurrírseles pudiera.

    En este estado de énfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas
    detenidas a orillas del camino, y encaminándose allá llegaron a la
    tranquera, cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban
    inmóviles, mirando fijamente el verde paraíso inalcanzable.

    –¿Por qué no entran?–preguntó el alazán a las vacas.

    –Porque no se puede–le respondieron.

    –Nosotros pasamos por todas partes,–afirmó el alazán, altivo.–Desde
    hace un mes pasamos por todas partes.

    Con el fulgor de su aventura, los caballos habían perdido sinceramente
    el sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera mirar a
    los intrusos.

    –Los caballos no pueden,–dijo una vaquillona movediza.–Dicen eso y
    no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes.

    –Tienen soga–añadió una vieja madre sin volver la cabeza.

    –¡Yo no, yo no tengo soga!–respondió vivamente el alazán.–Yo vivía
    en las capueras y pasaba.

    –¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden.

    La vaquillona movediza intervino de nuevo:

    –El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los
    contiene. ¿Y entonces?… ¿Ustedes no pasan?

    –No, no pasamos,–repuso sencillamente el malacara, convencido por la
    evidencia.

    –¡Nosotras sí!

    Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió de pronto que las
    vacas, atrevidas y astutas, impenitentes invasoras de chacras y del
    Código Rural, tampoco pasaban la tranquera.

    –Esta tranquera es mala,–objetó la vieja madre.–¡El sí! Corre los
    palos con los cuernos.

    –¿Quién?–preguntó el alazán.

    Todas las vacas volvieron a él la cabeza con sorpresa.

    –¡El toro, Barigüí! El puede más que los alambrados malos.

    –¿Alambrados?… ¿Pasa?

    –¡Todo! Alambre de púa también. Nosotras pasamos después.

    Los dos caballos, vueltos ya a su pacífica condición de animales a que
    un solo hilo contiene, se sintieron ingenuamente deslumbrados por
    aquel héroe capaz de afrontar el alambre de púa, la cosa más terrible
    que puede hallar el deseo de pasar adelante.

    De pronto las vacas se removieron mansamente: a lento paso llegaba el
    toro. Y ante aquella chata y obstinada frente dirigida en tranquila
    recta a la tranquera, los caballos comprendieron humildemente su
    inferioridad.

    Las vacas se apartaron, y Barigüí, pasando el testuz bajo una tranca,
    intentó hacerla correr a un lado.

    Los caballos levantaron las orejas, admirados, pero la tranca no
    corrió. Una tras otra, el toro probó sin resultado su esfuerzo
    inteligente: el chacarero, dueño feliz de la plantación de avena,
    había asegurado la tarde anterior los palos con cuñas.

    El toro no intentó más. Volviéndose con pereza, olfateó a lo lejos
    entrecerrando los ojos, y costeó luego el alambrado, con ahogados
    mugidos sibilantes.

    Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En determinado
    lugar el toro pasó los cuernos bajo el alambre de púa, tendiéndolo
    violentamente hacia arriba con el testuz, y la enorme bestia pasó
    arqueando el lomo. En cuatro pasos más estuvo entre la avena, y las
    vacas se encaminaron entonces allá, intentando a su vez pasar. Pero a
    las vacas falta evidentemente la decisión masculina de permitir en la
    piel sangrientos rasguños, y apenas introducían el cuello, lo
    retiraban presto con mareante cabeceo.

    Los caballos miraban siempre.

    –No pasan,–observó el malacara.

    –El toro pasó,–repuso el alazán.–Come mucho.

    Y la pareja se dirigía a su vez a costear el alambrado por la fuerza
    de la costumbre, cuando un mugido, claro y berreante ahora, llegó
    hasta ellos: dentro del avenal, el toro, con cabriolas de falso
    ataque, bramaba ante el chacarero, que con un palo trataba de
    alcanzarlo.

    –¡Añá!… Te voy a dar saltitos…–gritaba el hombre. Barigüí,
    siempre danzando y berreando ante el hombre, esquivaba los golpes.
    Maniobraron así cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar a
    la bestia contra el alambrado. Pero ésta, con la decisión pesada y
    bruta de su fuerza, hundió la cabeza entre los hilos y pasó, bajo un
    agudo violineo de alambres y de grampas lanzadas a veinte metros.

    Los caballos vieron cómo el hombre volvía precipitadamente a su
    rancho, y tornaba a salir con el rostro pálido. Vieron también que
    saltaba el alambrado y se encaminaba en dirección de ellos, por lo
    cual los compañeros, ante aquel paso que avanzaba decidido,
    retrocedieron por el camino en dirección a su chacra.

    Como los caballos marchaban dócilmente a pocos pasos delante del
    hombre, pudieron llegar juntos a la chacra del dueño del toro,
    siéndoles dado oir la conversación.

    Es evidente, por lo que de ello se desprende, que el hombre había
    sufrido lo indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por
    inaccesibles que hubieran sido dentro del monte; alambrados, por
    grande que fuera su tensión e infinito el número de hilos, todo lo
    arrolló el toro con sus hábitos de pillaje. Se deduce también que los
    vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño, por los incesantes
    destrozos de aquella. Pero como los pobladores de la región
    difícilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de animales, por
    duros que les sean, el toro proseguía comiendo en todas partes menos
    en la chacra de su dueño, el cual, por otro lado, parecía divertirse
    mucho con esto.

    De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al
    polaco cazurro.

    –¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro!
    Acaba de pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más!

    El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con extraordinario y
    meloso falsete.

    –¡Ah, toro, malo! ¡Mí no puede! ¡Mí ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa!
    ¡Toro sigue vaca!

    –¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe!

    –¡No, no! ¡Vaca Ramírez! ¡Mí queda loco, toro!

    –Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también!

    –¡Sí, sí, alambre! ¡Ah, mí no sabe!…

    –¡Bueno!, vea don Zaninski: yo no quiero cuestiones con vecinos, pero
    tenga por última vez cuidado con su toro para que no entre por el
    alambrado del fondo; en el camino voy a poner alambre nuevo.

    –¡Toro pasa por camino! ¡No fondo!

    –Es que ahora no va a pasar por el camino.

    –¡Pasa, toro! ¡No púa, no nada! ¡Pasa todo!

    –No va a pasar.

    –¿Qué pone?

    –Alambre de púa… pero no va a pasar.

    –¡No hace nada púa!

    –Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a
    lastimar.

    El chacarero se fué. Es como lo anterior, evidente, que el maligno
    polaco, riéndose una vez más de las gracias del animal, compadeció, si
    cabe en lo posible, a su vecino que iba a construir un alambrado
    infranqueable por su toro. Seguramente se frotó las manos:

    –¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena!

    Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de su
    chacra, y un rato después llegaban al lugar en que Barigüí había
    cumplido su hazaña. La bestia estaba allí siempre, inmóvil en medio
    del camino, mirando con solemne vaciedad de idea desde hacía un cuarto
    de hora, un punto fijo de la distancia. Detrás de él, las vacas
    dormitaban al sol ya caliente, rumiando.

    Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron
    los ojos despreciativas:

    –Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga.

    –¡Barigüí sí pasó!

    –A los caballos un solo hilo los contiene.

    –Son flacos.

    Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza:

    –Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están. No va a pasar más
    aquí,–añadió señalando los alambres caídos, obra de Barigüí.

    –Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no pasan.

    –No va a pasar más. Lo dijo el hombre.

    –El comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después.

    El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente más afecto
    al hombre que la vaca. De aquí que el malacara y el alazán tuvieran fe
    en el alambrado que iba a construir el hombre.

    La pareja prosiguió su camino, y momentos después, ante el campo libre
    que se abría ante ellos, los dos caballos bajaron la cabeza a comer,
    olvidándose de las vacas.

    Tarde ya, cuando el sol acababa de entrarse, los dos caballos se
    acordaron del maíz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al
    chacarero que cambiaba todos los postes de su alambrado, y a un hombre
    rubio, que detenido a su lado a caballo, lo miraba trabajar.

    –Le digo que va a pasar,–decía el pasajero.

    –No pasará dos veces,–replicaba el chacarero.

    –¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va
    a pasar!

    –No pasará dos veces,–repetía obstinadamente el otro.

    Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cortadas:

    –… reir!

    –… veremos.

    Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote inglés.
    El malacara y el alazán, algo sorprendidos de aquel paso que no
    conocían, miraron perderse en el valle al hombre presuroso.

    –¡Curioso!–observó el malacara después de largo rato.–El caballo va
    al trote y el hombre al galope.

    Prosiguieron. Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como esa
    mañana. Sobre el cielo pálido y frío, sus siluetas se destacaban en
    negro, en mansa y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazán
    detrás. La atmósfera, ofuscada durante el día por la excesiva luz del
    sol, adquiría a esa hora crepuscular una transparencia casi fúnebre.
    El viento había cesado por completo, y con la calma del atardecer, en
    que el termómetro comenzaba a caer velozmente, el valle helado
    expandía su penetrante humedad, que se condensaba en rastreante
    neblina en el fondo sombrío de las vertientes. Revivía, en la tierra
    ya enfriada, el invernal olor de pasto quemado; y cuando el camino
    costeaba el monte, el ambiente, que se sentía de golpe más frío y
    húmedo, se tornaba excesivamente pesado de perfume de azahar.

    Los caballos entraron por el portón de su chacra, pues el muchacho,
    que hacía sonar el cajoncito de maíz, oyó su ansioso trémulo. El viejo
    alazán obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la
    aventura, viéndose gratificado con una soga, a efectos de lo que
    pudiera pasar.

    Pero a la mañana siguiente, bastante tarde ya a causa de la densa
    neblina, los caballos repitieron su escapatoria, atravesando otra vez
    el tabacal salvaje, hollando con mudos pasos el pastizal helado,
    salvando la tranquera abierta aún.

    La mañana encendida de sol, muy alto ya, reverberaba de luz, y el
    calor excesivo prometia para muy pronto cambio de tiempo. Después de
    trasponer la loma, los caballos vieron de pronto a las vacas detenidas
    en el camino, y el recuerdo de la tarde anterior excitó sus orejas y
    su paso: querían ver cómo era el nuevo alambrado.

    Pero su decepción, al llegar, fué grande. En los postes
    nuevos,–obscuros y torcidos,–había dos simples alambres de púa,
    gruesos, tal vez, pero únicamente dos.

    No obstante su mezquina audacia, la vida constante en chacras había
    dado a los caballos cierta experiencia en cercados. Observaron
    atentamente aquello, especialmente los postes.

    –Son de madera de ley–observó el malacara.

    –Sí, cernes quemados.

    Y tras otra larga mirada de examen, constató:

    –El hilo pasa por el medio, no hay grampas.

    –Están muy cerca uno de otro.

    Cerca, los postes, sí, indudablemente: tres metros. Pero en cambio,
    aquellos dos modestos alambres en reemplazo de los cinco hilos del
    cercado anterior, desilusionaron a los caballos. ¿Cómo era posible que
    el hombre creyera que aquel alambrado para terneros iba a contener al
    terrible toro?

    –El hombre dijo que no iba a pasar–se atrevió, sin embargo, el
    malacara, que en razón de ser el favorito de su amo, comía más maíz,
    por lo cual sentíase más creyente.

    Pero las vacas lo habían oído.

    –Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barigüí pasó
    ya.

    –¿Pasó? ¿Por aquí?–preguntó descorazonado el malacara.

    –Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la avena.

    Entretanto, la vaquilla locuaz había pretendido pasar los cuernos
    entre los hilos; y una vibración aguda, seguida de un seco golpe en
    los cuernos dejó en suspenso a los caballos.

    –Los alambres están muy estirados–dijo después de largo examen el
    alazán.

    –Sí. Más estirados no se puede…

    Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensaban confusamente en
    cómo se podría pasar entre los dos hilos.

    Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras.

    –El pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras después.

    –Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pasan,–oyeron al alazán.

    –¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene!

    Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros aún, el
    toro avanzaba hacia el avenal. Las vacas se colocaron todas de frente
    al cercado, siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. Los
    caballos, inmóviles, alzaron las orejas.

    –¡Come toda avena! ¡Después pasa!

    –Los hilos están muy estirados…–observó aún el malacara, tratando
    siempre de precisar lo que sucedería si…

    –¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre!–lanzó la
    vaquilla locuaz.

    En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia el
    toro. Traía el palo en la mano, pero no parecía iracundo; estaba sí
    muy serio y con el ceño contraído.

    El animal esperó a que el hombre llegara frente a él, y entonces dió
    principio a los mugidos con bravatas de cornadas. El hombre avanzó
    más, y el toro comenzó a retroceder, berreando siempre y arrasando la
    avena con sus bestiales cabriolas. Hasta que, a diez metros ya del
    camino, volvió grupas con un postrer mugido de desafío burlón, y se
    lanzó sobre el alambrado.

    –¡Viene Barigüí! ¡El pasa todo! ¡Pasa alambre de púa!–alcanzaron a
    clamar las vacas.

    Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro bajó la cabeza y
    hundió los cuernos entre los dos hilos. Se oyó un agudo gemido de
    alambre, un estridente chirrido que se propagó de poste a poste hasta
    el fondo, y el toro pasó.

    Pero de su lomo y de su vientre, profundamente abiertos, canalizados
    desde el pecho a la grupa, llovían ríos de sangre. La bestia, presa de
    estupor, quedó un instante atónita y temblando. Se alejó luego al
    paso, inundando el pasto de sangre, hasta que a los veinte metros se
    echó, con un ronco suspiro.

    A mediodía el polaco fué a buscar a su toro, y lloró en falsete ante
    el chacarero impasible. El animal se había levantado, y podía caminar.
    Pero su dueño, comprendiendo que le costaría mucho trabajo curarlo–si
    esto aún era posible–lo carneó esa tarde, y al día siguiente al
    malacara le tocó en suerte llevar a su casa, en la maleta, dos kilos
    de carne del toro muerto.

    #LOS MENSÚ#

    Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de obraje, volvían a
    Posadas en el _Silex_, con quince compañeros. Podeley, labrador de
    madera, tornaba a los nueve meses, la contrata concluída, y con pasaje
    gratis, por lo tanto. Cayé–mensualero–llegaba en iguales
    condiciones, mas al año y medio, tiempo necesario para chancelar
    su cuenta.

    Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos
    tajos, descalzos como la mayoría, sucios como todos ellos, los dos
    mensú devoraban con los ojos la capital del bosque, Jerusalem y
    Gólgota de sus vidas. ¡Nueve meses allá arriba! ¡Año y medio! Pero
    volvían por fin, y el hachazo aún doliente de la vida del obraje, era
    apenas un roce de astilla ante el rotundo goce que olfateaban allí.

    De cien peones, sólo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria
    de una semana a que los arrastra el río aguas abajo, cuentan con el
    anticipo de una nueva contrata. Como intermediario y coadyuvante,
    espera en la playa un grupo de muchachas alegres de carácter y de
    profesión, ante las cuales los mensú sedientos lanzan su ¡ahijú! de
    urgente locura.

    Cayé y Podeley bajaron tambaleantes de orgía pregustada, y rodeados de
    tres o cuatro amigas, se hallaron en un momento ante la cantidad
    suficiente de caña para colmar el hambre de eso de un mensú.

    Un instante después estaban borrachos, y con nueva contrata sellada.
    ¿En qué trabajo? ¿En dónde? Lo ignoraban, ni les importaba tampoco.
    Sabían, sí, que tenían cuarenta pesos en el bolsillo, y facultad para
    llegar a mucho más en gastos. Babeantes de descanso y dicha
    alcohólica, dóciles y torpes, siguieron ambos a las muchachas a
    vestirse. Las avisadas doncellas condujéronlos a una tienda con la que
    tenían relaciones especiales de un tanto por ciento, o tal vez al
    almacén de la casa contratista. Pero en una u otro las muchachas
    renovaron el lujo detonante de sus trapos, anidáronse la cabeza de
    peinetones, ahorcáronse de cintas–robado todo con perfecta sangre
    fría al hidalgo alcohol de su compañero, pues lo único que el mensú
    realmente posee, es un desprendimiento brutal de su dinero.

    Por su parte Cayé adquirió muchos más extractos y lociones y aceites
    de los necesarios para sahumar hasta la náusea su ropa nueva, mientras
    Podeley, más juicioso, insistía en un traje de paño. Posiblemente
    pagaron muy cara una cuenta entreoída y abonada con un montón de
    papeles tirados al mostrador. Pero de todos modos una hora después
    lanzaban a un coche descubierto sus flamantes personas, calzados de
    botas, poncho al hombro–y revólver 44 en el cinto, desde
    luego–repleta la ropa de cigarrillos que deshacían torpemente entre
    los dientes, dejando caer de cada bolsillo la punta de un pañuelo.
    Acompañábanlos dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya
    magnitud se acusaba en la expresión un tanto hastiada de los mensú,
    arrastrando consigo mañana y tarde por las calles caldeadas, una
    infección de tabaco negro y extracto de obraje.

    La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas
    damiselas avisadas inducían a beber a los mensú, cuya realeza en
    dinero de anticipo les hacía lanzar 10 pesos por una botella de
    cerveza, para recibir en cambio 1.40, que guardaban sin
    ojear siquiera.

    Así en constantes derroches de nuevos adelantos–necesidad
    irresistible de compensar con siete días de gran señor las miserias
    del obraje–el _Silex_ volvió a remontar el río. Cayé llevó compañera,
    y ambos, borrachos como los demás peones, se instalaron en el puente,
    donde ya diez mulas se hacinaban en íntimo contacto con baúles,
    atados, perros, mujeres y hombres.

    Al día siguiente, ya despejada las cabezas, Podeley y Cayé examinaron
    sus libretas: era la primera vez que lo hacían desde la contrata. Cayé
    había recibido 120 en efectivo, y 35 en gasto, y Podeley 130 y 75,
    respectivamente.

    Ambos se miraron con expresión que pudiera haber sido de espanto, si
    un mensú no estuviera perfectamente curado de ese malestar. No
    recordaban haber gastado ni la quinta parte.

    –¡Añá…!–murmuró Cayé–No voy a cumplir nunca…

    Y desde ese momento tuvo sencillamente–como justo castigo de su
    despilfarro–la idea de escaparse de allá.

    La legitimidad de su vida en Posadas era, sin embargo, tan evidente
    para él, que sintió celos del mayor adelanto acordado a Podeley.

    –Vos tenés suerte… dijo.–Grande, tu anticipo…

    –Vos traés compañera–objetó Podeley–eso te cuesta para tu
    bolsillo…

    Cayé miró a su mujer, y aunque la belleza y otras cualidades de orden
    más moral pesan muy poco en la elección de un mensú, quedó satisfecho.
    La muchacha deslumbraba, efectivamente, con su traje de raso, falda
    verde y blusa amarilla; luciendo en el cuello sucio un triple collar
    de perlas; zapatos Luis XV, las mejillas brutalmente pintadas, y un
    desdeñoso cigarro de hoja bajo los párpados entornados.

    Cayé consideró a la muchacha y su revólver 44: era realmente lo único
    que valía de cuanto llevaba con él. Y aún lo último corría el riesgo
    de naufragar tras el anticipo, por minúscula que fuera su tentación
    de tallar.

    A dos metros de él, sobre un baúl de punta, los mensú jugaban
    concienzudamente al monte cuanto tenían. Cayé observó un rato
    riéndose, como se ríen siempre los peones cuando están juntos, sea
    cual fuere el motivo, y se aproximó al baúl, colocando a una carta, y
    sobre ella, cinco cigarros.

    Modesto principio, que podía llegar a proporcionarle el dinero
    suficiente para pagar el adelanto en el obraje, y volverse en el mismo
    vapor a Posadas a derrochar un nuevo anticipo.

    Perdió; perdió los demás cigarros, perdió cinco pesos, el poncho, el
    collar de su mujer, sus propias botas, y su 44. Al día siguiente
    recuperó las botas, pero nada más, mientras la muchacha compensaba la
    desnudez de su pescuezo con incesantes cigarros despreciativos.

    Podeley ganó, tras infinito cambio de dueño, el collar en cuestión, y
    una caja de jabones de olor que halló modo de jugar contra un machete
    y media docena de medias, quedando así satisfecho.

    Habían llegado, por fin. Los peones treparon la interminable cinta
    roja que escalaba la barranca, desde cuya cima el "Silex" aparecía
    mezquino y hundido en el lúgubre río. Y con ahijús y terribles
    invectivas en guaraní, bien que alegres todos, despidieron al vapor,
    que debía ahogar, en una baldeada de tres horas, la nauseabunda
    atmósfera de desaseo, patchulí y mulas enfermas, que durante cuatro
    días remontó con él.

    * * * * *

    Para Podeley, labrador de madera, cuyo diario podía subir a siete
    pesos, la vida de obraje no era dura. Hecho a ella, domada su
    aspiración de estricta justicia en el cubicaje de la madera,
    compensando las rapiñas rutinarias con ciertos privilegios de buen
    peón, su nueva etapa comenzó al día siguiente, una vez demarcada su
    zona de bosque. Construyó con hojas de palmera su cobertizo–techo y
    pared sur–dió nombre de cama a ocho varas horizontales, nada más; y
    de un horcón colgó la provista semanal. Recomenzó, automáticamente,
    sus días de obraje: silenciosos mates al levantarse, de noche aún, que
    se sucedían sin desprender la mano de la pava; la exploración en
    descubierta de madera; el desayuno a las ocho, harina, charque y
    grasa; el hacha luego, a busto descubierto, cuyo sudor arrastraba
    tábanos, barigüís y mosquitos; después el almuerzo, esta vez porotos y
    maíz flotando en la inevitable grasa, para concluir de noche, tras
    nueva lucha con las piezas de 8 por 30, con el yopará del mediodía.

    Fuera de algún incidente con sus colegas labradores, que invadían su
    jurisdicción; del hastío de los días de lluvia que lo relegaban en
    cuclillas frente a la pava, la tarea proseguía hasta el sábado de
    tarde. Lavaba entonces su ropa, y el domingo iba al almacén a
    proveerse.

    Era éste el real momento de solaz de los mensú, olvidándolo todo entre
    los anatemas de la lengua natal, sobrellevando con fatalismo indígena
    la suba siempre creciente de la provista, que alcanzaba entonces a
    cinco pesos por machete, y ochenta centavos por kilo de galleta. El
    mismo fatalismo que aceptaba esto con un ¡añá! y una riente mirada a
    los demás compañeros, le dictaba, en elemental desagravio, el deber de
    huir del obraje en cuanto pudiera. Y si esta ambición no estaba en
    todos los pechos, todos los peones comprendían esa mordedura de
    contra-justicia, que iba, en caso de llegar, a clavar los dientes en
    la entraña misma del patrón. Este, por su parte, llevaba la lucha a su
    extremo final, vigilando día y noche a su gente, y en especial a los
    mensualeros.

    Ocupábanse entonces los mensú en la planchada, tumbando piezas entre
    inacabable gritería, que subía de punto cuando las mulas, impotentes
    para contener la alzaprima, que bajaba a todo escape, rodaban unas
    sobre otras dando tumbos, vigas, animales, carretas, todo bien
    mezclado. Raramente se lastimaban las mulas; pero la algazara era
    la misma.

    Cayé, entre risa y risa, meditaba siempre su fuga. Harto ya de
    revirados y yoparás, que el pregusto de la huída tornaba más
    indigestos, deteníase aún por falta de revólver, y ciertamente, ante
    el winchester del capataz. ¡Pero si tuviera un 44!…

    La fortuna llególe esta vez en forma bastante desviada.

    La compañera de Cayé, que desprovista ya de su lujoso atavío lavaba la
    ropa a los peones, cambió un día de domicilio. Cayé esperó dos noches,
    y a la tercera fué a casa de su reemplazante, donde propinó una
    soberbia paliza a la muchacha. Los dos mensú quedaron solos charlando,
    resultas de lo cual convinieron en vivir juntos, a cuyo efecto el
    seductor se instaló con la pareja. Esto era económico y bastante
    juicioso. Pero como el mensú parecía gustar realmente de la dama–cosa
    rara en el gremio–Cayé ofreciósela en venta por un revólver con
    balas, que él mismo sacaría del almacén. No obstante esta sencillez,
    el trato estuvo a punto de romperse, porque a última hora Cayé pidió
    se agregara un metro de tabaco en cuerda, lo que pareció excesivo al
    mensú. Concluyóse por fin el mercado, y mientras el fresco matrimonio
    se instalaba en su rancho, Cayé cargaba concienzudamente su 44, para
    dirigirse a concluir la tarde lluviosa tomando mate con aquellos.

    * * * * *

    El otoño finalizaba, y el cielo, fijo en sequía con chubascos de cinco
    minutos, se descomponía por fin en mal tiempo constante, cuya humedad
    hinchaba el hombro de los mensú. Podeley, libre hasta entonces,
    sintióse un día con tal desgano al llegar a su viga, que se detuvo,
    mirando a todas partes qué podía hacer. No tenía ánimo para nada.
    Volvió a su cobertizo, y en el camino sintió un ligero cosquilleo en
    la espalda.

    Sabía muy bien qué eran aquel desgano y aquel hormigueo a flor de
    estremecimiento. Sentóse filosóficamente a tomar mate, y media hora
    después un hondo y largo escalofrío recorrióle la espalda bajo
    la camisa.

    No había nada que hacer. Se echó en la cama, tiritando de frío,
    doblado en gatillo bajo el poncho, mientras los dientes,
    incontenibles, castañeaban a más no poder.

    Al día siguiente el acceso, no esperado hasta el crepúsculo, tornó a
    mediodía, y Podeley fué a la comisaría a pedir quinina. Tan claramente
    se denunciaba el chucho en el aspecto del mensú, que el dependiente
    bajó los paquetes sin mirar casi al enfermo, quien volcó
    tranquilamente sobre su lengua la terrible amargura aquella. Al volver
    al monte, halló al mayordomo.

    –Vos también–le dijo éste, mirándolo–y van cuatro. Los otros no
    importa… poca cosa. Vos sos cumplidor… ¿Cómo está tu cuenta?

    –Falta poco… pero no voy a poder trabajar…

    –¡Bah! Curate bien y no es nada… Hasta mañana.

    –Hasta mañana–se alejó Podeley apresurando el paso, porque en los
    talones acababa de sentir un leve cosquilleo.

    El tercer ataque comenzó una hora después, quedando Podeley aplomado
    en una profunda falta de fuerzas, y la mirada fija y opaca, como si no
    pudiera ir más allá de uno o dos metros.

    El descanso absoluto a que se entregó por tres días–bálsamo
    específico para el mensú, por lo inesperado–no hizo sino convertirle
    en un bulto castañeteante y arrebujado sobre un raigón. Podeley, cuya
    fiebre anterior había tenido honrado y periódico ritmo, no presagió
    nada bueno para él de esa galopada de accesos casi sin intermitencia.
    Hay fiebre y fiebre. Si la quinina no había cortado a ras el segundo
    ataque, era inútil que se quedara allá arriba, a morir hecho un ovillo
    en cualquier vuelta de picada. Y bajó de nuevo al almacén.

    –¡Otra vez vos!–lo recibió el mayordomo.–Eso no anda bien… ¿No
    tomaste quinina?

    –Tomé… No me hallo con esta fiebre… No puedo trabajar. Si
    querés darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane…

    El mayordomo contempló aquella ruina, y no estimó en gran cosa la vida
    que quedaba allí.

    –¿Cómo está tu cuenta?–preguntó otra vez.

    –Debo veinte pesos todavía… El sábado entregué… Me hallo muy
    enfermo…

    –Sabés bien que mientras tu cuenta no esté pagada, debés quedar.
    Abajo… podés morirte. Curate aquí, y arreglás tu cuenta en seguida.

    ¿Curarse de una fiebre perniciosa, allí donde se la adquirió? No, por
    cierto; pero el mensú que se va puede no volver, y el mayordomo
    prefería hombre muerto a deudor lejano.

    Podeley jamás había dejado de cumplir nada, única altanería que se
    permite ante su patrón un mensú de talla.

    –¡No me importa que hayas dejado o no de cumplir!–replicó el
    mayordomo.–¡Pagá tu cuenta primero, y después veremos!

    Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente el deseo de
    desquite. Fué a instalarse con Cayé, cuyo espíritu conocía bien, y
    ambos decidieron escaparse el próximo domingo.

    Pero al día siguiente, viernes, hubo en el obraje inusitado
    movimiento.

    –¡Ahí tenés!–gritó el mayordomo, tropezando con Podeley.–Anoche se
    han escapado tres… ¿Eso es lo que te gusta, no? ¡Esos también eran
    cumplidores! ¡Como vos! Pero antes vas a reventar aquí, que salir de
    la planchada! ¡Y mucho cuidado, vos y todos los que están oyendo!
    ¡Ya saben!

    La decisión de huir, y sus peligros, para los que el mensú necesita
    todas sus fuerzas, es capaz de contener algo más que una fiebre
    perniciosa. El domingo, por lo demás, había ya llegado; y con falsas
    maniobras de lavaje de ropa, simulados guitarreos en el rancho de tal
    o cual, la vigilancia pudo ser burlada, y Podeley y Cayé se
    encontraron de pronto a mil metros de la comisaría.

    Mientras no se sintieran perseguidos, no abandonarían la picada;
    Podeley caminaba mal. Y aún así…

    La resonancia peculiar del bosque trájoles, lejana, una voz ronca:

    –¡A la cabeza! ¡A los dos!

    Y un momento después surgían de un recodo de la picada, el capataz y
    tres peones corriendo. La cacería comenzaba.

    Cayé amartilló su revólver sin dejar de avanzar.

    –¡Entregáte, añá!–gritóles el capataz.

    –Entremos en el monte–dijo Podeley.–Yo no tengo fuerza para mi
    machete.

    –¡Volvé o te tiro!–llegó otra voz.

    –Cuando estén más cerca…–comenzó Cayé.–Una bala de winchester
    pasó silbando por la picada.

    –¡Entrá!–gritó Cayé a su compañero.–Y parapetándose tras un árbol,
    descargó hacia allá los cinco tiros de su revólver.

    Una gritería aguda respondióles, mientras otra bala de winchester
    hacía saltar la corteza del árbol.

    –¡Entregáte o te voy a dejar la cabeza…!

    –¡Andá no más!–instó Cayé a Podeley.–Yo voy a…

    Y tras nueva descarga, entró en el monte.

    Los perseguidores, detenidos un momento por las explosiones,
    lanzáronse rabiosos adelante, fusilando, golpe tras golpe de
    winchester, el derrotero probable de los fugitivos.

    A 100 metros de la picada, y paralelos a ella, Cayé y Podeley se
    alejaban, doblados hasta el suelo para evitar las lianas. Los
    perseguidores lo presumían; pero como dentro del monte, el que ataca
    tiene cien probabilidades contra una de ser detenido por una bala en
    mitad de la frente, el capataz se contentaba con salvas de winchester
    y aullidos desafiantes. Por lo demás, los tiros errados hoy habían
    hecho lindo blanco la noche del jueves…

    El peligro había pasado. Los fugitivos se sentaron, rendidos. Podeley
    se envolvió en el poncho, y recostado en la espalda de su compañero,
    sufrió con dos terribles horas de chucho, el contragolpe de
    aquel esfuerzo.

    Prosiguieron la fuga, siempre a la vista de la picada, y cuando la
    noche llegó, por fin, acamparon. Cayé había llevado chipas, y Podeley
    encendió fuego, no obstante los mil inconvenientes en un país donde,
    fuera de los pavones, hay otros seres que tienen debilidad por la luz,
    sin contar los hombres.

    El sol estaba muy alto ya, cuando a la mañana siguiente encontraron al
    riacho, primera y última esperanza de los escapados. Cayé cortó doce
    tacuaras sin más prolija elección, y Podeley, cuyas últimas fuerzas
    fueron dedicadas a cortar los isipós, tuvo apenas tiempo de hacerlo
    antes de enroscarse a tiritar.

    Cayé, pues, construyó solo la jangada–diez tacuaras atadas
    longitudinalmente con lianas, llevando en cada extremo una atravesada.

    A los diez segundos de concluída se embarcaron. Y la hangadilla,
    arrastrada a la deriva, entró en el Paraná.

    Las noches son esa época excesivamente frescas, y los dos mensú, con
    los pies en el agua, pasaron la noche helados, uno junto al otro. La
    corriente del Paraná que llegaba cargado de inmensas lluvias, retorcía
    la jangada en el borbollón de sus remolinos, y aflojaba lentamente los
    nudos de isipó.

    En todo el día siguiente comieron dos chipas, último resto de
    provisión, que Podeley probó apenas. Las tacuaras taladradas por los
    tambús se hundían, y al caer la tarde, la jangada había descendido a
    una cuarta del nivel del agua.

    Sobre el río salvaje, encajonado en los lúgubres murallones de bosque,
    desierto del más remoto ¡ay!, los dos hombres, sumergidos hasta la
    rodilla, derivaban girando sobre sí mismos, detenidos un momento
    inmóviles ante un remolino, siguiendo de nuevo, sosteniéndose apenas
    sobre las tacuaras casi sueltas que se escapaban de sus pies, en una
    noche de tinta que no alcanzaban a romper sus ojos desesperados.

    El agua llegábales ya al pecho cuando tocaron tierra. ¿Dónde? No
    sabían… un pajonal. Pero en la misma orilla quedaron inmóviles,
    tendidos de espaldas.

    Ya deslumbraba el sol cuando despertaron. El pajonal se extendía
    veinte metros tierra adentro, sirviendo de litoral a río y bosque. A
    media cuadra al sur, el riacho Paranaí, que decidieron vadear cuando
    hubieran recuperado las fuerzas. Pero éstas no volvían tan rápidamente
    como era de desear, dado que los cogollos y gusanos de tacuara son
    tardos fortificantes. Y durante veinte horas la lluvia transformó al
    Paraná en aceite blanco, y al Paranaí en furiosa avenida. Todo
    imposible. Podeley se incorporó de pronto chorreando agua, apoyándose
    en el revólver para levantarse, y apuntó. Volaba de fiebre.

    –¡Pasá, añá!…

    Cayé vió que poco podía esperar de aquel delirio, y se inclinó
    disimuladamente para alcanzar a su compañero de un palo. Pero el
    otro insistió:

    –¡Andá al agua! ¡Vos me trajiste! ¡Bandeá el río!

    Los dedos lívidos temblaban sobre el gatillo.

    Cayé obedeció; dejóse llevar por la corriente, y desapareció tras el
    pajonal, al que pudo abordar con terrible esfuerzo.

    Desde allí, y de atrás, acechó a su compañero, recogiendo el revólver
    caído; pero Podeley yacía de nuevo de costado, con las rodillas
    recogidas hasta el pecho, bajo la lluvia incesante. Al aproximarse
    Cayé alzó la cabeza, y sin abrir casi los ojos, cegados por el
    agua, murmuró:

    –Cayé… caray… Frío muy grande…

    Llovió aún toda la noche sobre el moribundo, la lluvia blanca y sorda
    de los diluvios otoñales, hasta que a la madrugada Podeley quedó
    inmóvil para siempre en su tumba de agua.

    Y en el mismo pajonal, sitiado siete días por el bosque, el río y la
    lluvia, el mensú agotó las raíces y gusanos posible; perdió poco a
    poco sus fuerzas, hasta quedar sentado, muriéndose de frío y hambre,
    con los ojos fijos en el Paraná.

    El _Silex_, que pasó por allí al atardecer, recogió al mensú ya casi
    moribundo. Su felicidad transformóse en terror, al darse cuenta al día
    siguiente de que el vapor remontaba el río.

    –¡Por favor te pido!–lloriqueó ante el capitán–¡No me bajen en
    Puerto X! ¡Me van a matar!… ¡Te lo pido de veras!…

    El _Silex_ volvió a Posadas, llevando con él al mensú empapado aún en
    pesadillas nocturnas.

    Pero a los diez minutos de bajar a tierra, estaba ya borracho, con
    nueva contrata, y se encaminaba tambaleando a comprar extractos.

    #YAGUAÍ#

    Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra–un
    sólido bloque de mineral de hierro–y dió una cautelosa vuelta en
    torno. Bajo el sol a mediodía de Misiones, el aire vibraba sobre el
    negro peñasco, fenómeno éste que no seducía al fox-terrier. Allí abajo,
    sin embargo, estaba la lagartija. Giró nuevamente alrededor, resopló
    en un intersticio, y, para honor de la raza, rascó un instante el
    bloque ardiente. Hecho lo cual regresó con paso perezoso, que no
    impedía un sistemático olfateo a ambos lados.

    Entró en el comedor, echándose entre el aparador y la pared, fresco
    refugio que él consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la
    opinión de toda la casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuando a la
    depresión de la atmósfera acompaña la falta de aire, tornábase
    imposible en un día de viento norte. Era éste un flamante conocimiento
    del fox-terrier, en quien luchaba aún la herencia del país
    templado–Buenos Aires, patria de sus abuelos y suya–donde sucede
    precisamente lo contrario. Salió, por lo tanto, afuera, y se sentó
    bajo un naranjo, en pleno viento de fuego, pero que facilitaba
    inmensamente la respiración. Y como los perros transpiran muy poco,
    Yaguaí apreciaba cuanto es debido el viento evaporizador sobre la
    lengua danzante puesta a su paso.

    El termómetro alcanzaba en ese momento a 40°. Pero los fox-terriers de
    buena cuna son singularmente falaces en cuanto a promesas de quietud
    se refiera. Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta volcánica
    que la roja arena tornaba aún más calcinante, había lagartijas.

    Con la boca ahora cerrada, Yaguaí transpuso el tejido de alambre y se
    halló en pleno campo de caza. Desde septiembre no había logrado otra
    ocupación a las siestas bravas. Esta vez rastreó cuatro de las pocas
    que quedaban ya, cazó tres, perdió una, y se fué entonces a bañar.

    A cien metros de la casa, en la base de la meseta y a orillas del
    bananal, existía un pozo en piedra viva de factura y forma originales,
    pues siendo comenzado a dinamita por un profesional, habíalo concluído
    un aficionado con pala de punta. Verdad es que no medía sino dos
    metros de hondura, tendiéndose en larga escarpa por un lado, a modo de
    tajamar. Su fuente, bien que superficial, resistía a secas de dos
    meses, lo que es bien meritorio en Misiones.

    Allí se bañaba el fox-terrier, primero la lengua, después el vientre
    sentado en el agua, para concluir con una travesía a nado. Volvía
    luego a la casa, siempre que algún rastro no se atravesara en su
    camino. Al caer el sol, tornaba al pozo; de aquí que Yaguaí sufriera
    vagamente de pulgas, y con bastante facilidad el calor tropical para
    el que su raza no había sido creada.

    El instinto combativo del fox-terrier se manifestó normalmente contra
    las hojas secas; subió luego a las mariposas y su sombra, y se fijó
    por fin en las lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en jaque
    a todas las ratas de la casa, su gran encanto eran los saurios. Los
    peones que por a o b llegaban a la siesta, admiraron siempre la
    obstinación del perro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego, si
    bien la admiración de aquellos no pasaba del cuadro de caza.

    –Eso–dijo uno un día, señalando al perro con una vuelta de
    cabeza,–no sirve más que para bichitos…

    El dueño de Yaguaí lo oyó:

    –Tal vez–repuso,–pero ninguno de los famosos perros de ustedes
    sería capaz de hacer lo que hace ese.

    Los hombres se sonrieron sin contestar.

    Cooper, sin embargo, conocía bien a los perros de monte, y su
    maravillosa aptitud para la caza a la carera, que su fox-terrier
    ignoraba. ¿Enseñarle? Acaso; pero él no tenía cómo hacerlo.

    Precisamente esa misma tarde un peón se quejó a Cooper de los venados
    que estaban concluyendo con los porotos. Pedía escopeta, porque aunque
    él tenía un perro, no podía sino _a veces_ alcanzarlos de un palo…

    Cooper prestó la escopeta, y aún propuso ir esa noche al rozado.

    –No hay luna–objetó el peón.

    –No importa. Suelte el perro y veremos si el mío lo sigue.

    Esa noche fueron al plantío. El peón soltó a su perro, y el animal se
    lanzó en seguida en las tinieblas del monte, en busca de un rastro.

    Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó en vano forzar la barrera
    de caraguatá. Logrólo al fin, y siguió la pista del otro. Pero a los
    dos minutos regresaba, muy contento de aquella escapatoria nocturna.
    Eso sí, no quedó agujerito sin olfatear en diez metros a la redonda.

    Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope que puede durar
    muy bien desde la madrugada hasta las tres de la tarde, eso no. El
    perro del peón halló una pista, muy lejos, que perdió en seguida. Una
    hora después volvía a su amo, y todos juntos regresaron a la casa.

    La prueba, si no concluyente, desanimó a Cooper. Se olvidó luego de
    ello, mientras el fox-terrier continuaba cazando ratas, algún lagarto
    o zorro en su cueva, y lagartijas.

    Entretanto, los días se sucedían unos a otros, enceguecientes,
    pesados, en una obstinación de viento norte que doblaba las verduras
    en lacios colgajos, bajo el blanco cielo de los mediodías tórridos. El
    termómetro se mantenía a 38-40, sin la más remota esperanza de lluvia.
    Durante cuatro días el tiempo se cargó; con asfixiante calma y aumento
    de calor. Y cuando se perdió al fin la esperanza de que el sur
    devolviera en torrentes de agua todo el viento de fuego recibido un
    mes entero del norte, la gente se resignó a una desastrosa sequía.

    El fox-terrier vivió desde entonces sentado bajo su naranjo, porque
    cuando el calor traspasa cierto límite razonable, los perros no
    respiran bien, echados. Con la lengua de fuera y los ojos entornados,
    asistió a la muerte progresiva de cuanto era brotación primaveral. La
    huerta se perdió rápidamente. El maizal pasó del verde claro a una
    blancura amarillenta, y a fines de Noviembre sólo quedaban de él
    columnitas truncas sobre la negrura desolada del rozado. La mandioca,
    heroica entre todas, resistía bien.

    El pozo del fox-terrier–agotada su fuente–perdió día a día su agua
    verdosa, y tan caliente que Yaguaí no iba a él sino de mañana, si bien
    ahora hallaba rastros de apereás, agutíes y hurones, que la sequía del
    monte forzaba hasta aquél.

    En vuelta de su baño, el perro se sentaba de nuevo, viendo aumentar
    poco a poco el viento, mientras el termómetro, refrescado a 15 al
    amanecer, llegaba a 41 a las dos de la tarde. La sequedad del aire
    llevaba a beber al fox-terrier cada media hora, debiendo entonces
    luchar con las avispas y abejas que invadían los baldes, muertas de
    sed. Las gallinas, con las alas en tierra, jadeaban tendidas a la
    triple sombra de los bananos, la glorieta y la enredadera de flor
    roja, sin atreverse a dar un paso sobre la arena abrasada, y bajo un
    sol que mataba instantáneamente a las hormigas rubias.

    Alrededor, cuanto abarcaba los ojos del fox-terrier, los bloques de
    hierro, el pedregullo volcánico, el monte mismo, danzaba, mareado de
    calor. Al oeste, en el fondo del valle boscoso, hundido en la
    depresión de la doble sierra, el Paraná yacía, muerto a esa hora en su
    agua de cinc, esperando la caída de la tarde para revivir. La
    atmósfera, entonces, ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al
    horizonte en denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el río,
    sosteníase asfixiado en perfecto círculo de sangre. Y mientras el
    viento cesaba por completo y en el aire aún abrasado Yaguaí arrastraba
    por la meseta su diminuta mancha blanca, las palmeras, recortándose
    inmóviles sobre el río cuajado en rubí, infundían en el paisaje una
    sensación de lujoso y sombrío oasis.

    Los días se sucedían iguales. El pozo del fox-terrier se secó, y las
    asperezas de la vida, que hasta entonces evitaran a Yaguaí, comenzaron
    para él esa misma tarde.

    Desde tiempo atrás, el perrito blanco había sido muy solicitado por un
    amigo de Cooper, hombre de selva cuyos muchos ratos perdidos se
    pasaban en el monte tras los tatetos. Tenía tres perros magníficos
    para esta caza, aunque muy inclinados a rastrear coatíes, lo que
    envolviendo una pérdida de tiempo para el cazador, constituye también
    la posibilidad de un desastre, pues la dentellada de un coatí degüella
    sistemáticamente al perro que no supo cogerlo.

    Fragoso, habiendo visto un día trabajar al fox-terrier en un asunto de
    irara, que Yaguaí forzó a estarse definitivamente quieta, dedujo que
    un perrito que tenía ese talento especial para morder justamente entre
    cruz y pescuezo, no era un perro cualquiera, por más corta que tuviera
    la cola. Por lo que instó repetidas veces a Cooper a que le prestara
    a Yaguaí.

    –Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón–le decía.

    –Tiene tiempo–respondía Cooper.

    Pero en esos días abrumadores–la visita de Fragoso avivando el
    recuerdo de aquello–Cooper le entregó su perro a fin de que le
    enseñara a correr.

    Corrió, sin duda, mucho más de lo que hubiera deseado el mismo Cooper.

    Fragoso vivía en la margen izquierda del Yabebirí, y había plantado en
    octubre un mandiocal que no producía aún, y media hectárea de maíz y
    porotos, totalmente perdida. Esto último, específico para el cazador,
    tenía para Yaguaí muy poca importancia, trastornándole en cambio la
    nueva alimentación. El, que en casa de Cooper coleaba ante la mandioca
    simplemente cocida, para no ofender a su amo, y olfateaba por tres o
    cuatro lados el locro, para no quebrar del todo con la cocinera,
    conoció la angustia de los ojos brillantes y fijos en el amo que come,
    para concluir lamiendo el plato que sus tres compañeros habían pulido
    ya, esperando ansiosamente el puñado de maíz sancochado que les
    daban cada día.

    Los tres perros salían de noche a cazar por su cuenta–maniobra ésta
    que entraba en el sistema educacional del cazador;–pero el hambre,
    que llevaba a aquellos naturalmente al monte a rastrear para comer,
    inmovilizaba al fox-terrier en el rancho, único lugar del mundo donde
    podía hallar comida. Los perros que no devoran la caza, serán siempre
    malos cazadores; y justamente la raza a que pertenecía Yaguaí, caza
    desde su creación por simple sport.

    Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox-terrier. Pero siendo
    Yaguaí mucho más perjudicial que útil al trabajo desenvuelto de sus
    tres perros, lo relegó desde entonces en el rancho a espera de mejores
    tiempos para esa enseñanza.

    Entretanto, la mandioca del año anterior comenzaba a concluirse, las
    últimas espigas de maíz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano,
    y el hambre, ya dura para los tres perros nacidos con ella, royó las
    entrañas de Yaguaí. En aquella nueva vida había adquirido con pasmosa
    rapidez el aspecto humillado, servil y traicionero de los perros del
    país. Aprendió entonces a merodear de noche en los ranchos vecinos,
    avanzando con cautela, las piernas dobladas y elásticas, hundiéndose
    lentamente al pie de una mata de espartillo, al menor rumor hostil.
    Aprendió a no ladrar por más furor o miedo que tuviera, y a gruñir de
    un modo particularmente sordo, cuando el cuzco de un rancho defendía a
    éste del pillaje. Aprendió a visitar los gallineros, a separar dos
    platos encimados con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con
    grasa, a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal. Conoció el gusto
    de las guascas ensebadas, de los zapatones untados de grasa, del
    hollín pegoteado de una olla, y–alguna vez–de la miel recogida y
    guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la prudencia necesaria para
    apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba, siguiéndolo con los
    ojos, aguachado entre el pasto. Y a fines de enero, de la mirada
    encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y
    provocador del fox-terrier, no quedaba sino un esqueletillo sarnoso,
    de orejas echadas atrás y rabo hundido y traicionero, que trotaba
    furtivamente por los caminos.

    La sequía continuaba; el monte quedó poco a poco desierto, pues los
    animales se concentraban en los hilos de agua que habían sido grandes
    arroyos. Los tres perros forzaban la distancia que los separaba del
    abrevadero de las bestias, con éxito mediano, pues siendo éste muy
    frecuentado a su vez por los yaguareteí, la caza menor tornábase
    desconfiada. Fragoso, preocupado con la ruina del rozado y disgustos
    con el propietario de su tierra, no tenía humor para cazar, ni aún por
    hambre. Y la situación amenazaba así tornarse muy crítica, cuando una
    circunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la lamentable jauría.

    Fragoso debió ir a San Ignacio, y los cuatro perros, que fueron con
    él, sintieron en sus narices dilatadas una impresión de frescura
    vegetal–vaguísima, si se quiere,–pero que acusaba un poco de vida en
    aquel infierno de calor y seca. En efecto, la región había sido menos
    azotada, resultas de lo cual algunos maizales, aunque miserables, se
    sostenían en pie.

    No comieron ese día; pero al regresar jadeando detrás del caballo, los
    perros no olvidaron aquella sensación de frescura, y a la noche
    siguiente salían juntos en mudo trote hacia San Ignacio. En la orilla
    del Yabebirí se detuvieron oliendo el agua y levantando el hocico
    trémulo a la otra costa. La luna salía entonces, con su amarillenta
    luz de menguante. Los perros avanzaron cautelosamente sobre el río a
    flor de piedra, saltando aquí, nadando allá, en un paso que en agua
    normal no da fondo a tres metros.

    Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y tenaz hacia el
    maizal más cercano. Allí el fox-terrier vió cómo sus compañeros
    quebraban los tallos con los dientes, devorando en secos mordiscos que
    entraban hasta el marlo, las espigas en choclo. Hizo lo mismo; y
    durante una hora, en el rozado negro de árboles quemados, que la
    fúnebre luz del menguante volvía más espectral, los perros se movieron
    de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose mutuamente.

    Volvieron tres veces más, hasta que la última noche un estampido
    demasiado cercano los puso en guardia. Mas coincidiendo esta aventura
    con la mudanza de Fragoso a San Ignacio, los perros no sintieron mucho.

    * * * * *

    Fragoso había logrado por fin trasladarse allá, en el fondo de la
    colonia. El monte, entretejido de tacuapí, denunciaba tierra
    excelente; y aquellas inmensas madejas de bambú, tendidas en el suelo
    con el machete, debían de preparar magníficos rozados.

    Cuando Fragoso se instaló, el tacuapí comenzaba a secarse. Rozó y
    quemó rápidamente un cuarto de hectárea, confiando en algún milagro de
    lluvia. El tiempo se descompuso, en efecto; el cielo blanco se tornó
    plomo, y en las horas más calientes se transparentaban en el horizonte
    lívidas orlas de cúmulos. El termómetro a 39 y el viento norte
    soplando con furia, trajeron al fin doce milímetros de agua, que
    Fragoso aprovechó para su maíz, muy contento. Lo vió nacer, lo vió
    crecer magníficamente hasta cinco centímetros, pero nada más.

    En el tacuapí, bajo él y alimentándose acaso de sus brotos, viven
    infinidad de roedores. Cuando aquél se seca, sus huéspedes se
    desbandan, el hambre los lleva forzosamente a las plantaciones; y de
    este modo los tres perros de Fragoso, que salían una noche, volvieron
    en seguida restregándose el hocico mordido. Fragoso mató esa misma
    noche cuatro ratas que asaltaban su lata de grasa.

    Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente, él y sus compañeros
    se internaban en el monte (aunque el fox-terrier no corría tras el
    rastro, sabía perfectamente desenfundar tatús y hallar nidos de
    urúes), cuando el primero se sorprendió del rodeo que efectuaban sus
    compañeros para no cruzar el rozado. Yaguaí avanzó por éste, no
    obstante; y un momento después lo mordian en una pata, mientras
    rápidas sombras corrían a todos lados.

    Yaguaí vió lo que era; e instantáneamente, en plena barbarie de bosque
    tropical y miseria, surgieron los ojos brillantes, el rabo alto y
    duro, y la actitud batalladora del admirable perro inglés. Hambre,
    humillación, vicios adquiridos, todo se borró en un segundo ante las
    ratas que salían de todas partes. Y cuando volvió por fin a echarse,
    ensangrentado, muerto de fatiga, tuvo que saltar tras las ratas
    hambrientas que invadían literalmente el rancho.

    Fragoso quedó encantado de aquella brusca energía de nervios y
    músculos que no recordaba más, y subió a su memoria el recuerdo del
    viejo combate con la irara; era la misma mordida sobre la cruz: un
    golpe seco de mandíbula, y a otra rata.

    Comprendió también de dónde provenía aquella nefasta invasión, y con
    larga serie de juramentos en voz alta, dió su maizal por perdido. ¿Qué
    podía hacer Yaguaí solo? Fué al rozado, acariciando al fox-terrier, y
    silbó a sus perros; pero apenas los rastreadores de tigres sentían los
    dientes de las ratas en el hocico, chillaban, restregándolo a dos
    patas. Fragoso y Yaguaí hicieron solos el gasto de la jornada, y si el
    primero sacó de ella la muñeca dolorida, el segundo echaba al respirar
    burbujas sanguinolentas por la nariz.

    En doce días, a pesar de cuanto hicieron Fragoso y el fox-terrier para
    salvarlo, el rozado estaba perdido. Las ratas, al igual de las
    martinetas, saben muy bien desenterrar el grano adherido aún a la
    plantita. El tiempo, otra vez de fuego, no permitía ni la sombra de
    nueva plantación, y Fragoso se vió forzado a ir a San Ignacio en busca
    de trabajo, llevando al mismo tiempo su perro a Cooper, que él no
    podía ya entretener poco ni mucho. Lo hacía con verdadera pena, pues
    las últimas aventuras, colocando al fox-terrier en su verdadero teatro
    de caza, habían levantado muy alta la estima del cazador por el
    perrito blanco.

    En el camino, el fox-terrier oyó, lejano, el ruido de carretería de
    los pajonales del Yabebirí ardiendo con la sequía; vió a la vera del
    bosque a las vacas que soportando la nube de tábanos, doblaban los
    catiguás con el pecho, avanzando montadas sobre el tronco arqueado
    hasta alcanzar las hojas. Vió al mismo monte subtropical secándose en
    los pedregales, y sobre el brumoso horizonte de las tardes de 38-40,
    volvió a ver el sol cayendo asfixiado en un círculo rojo y mate.

    Media hora después llegaban a San Ignacio, y siendo ya tarde para
    llegar hasta lo de Cooper, Fragoso aplazó para la mañana siguiente su
    visita. Los tres perros, aunque muertos de hambre, no se aventuraron
    mucho a merodear en país desconocido, con excepción de Yaguaí, al que
    el recuerdo bruscamente despierto de las viejas carreras delante del
    caballo de Cooper, llevaba en línea recta a casa de su amo.

    * * * * *

    Las circunstancias anormales porque pasaba el país con la sequía de
    cuatro meses–y es preciso saber lo que esto supone en Misiones–hacía
    que los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de abundancia,
    llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En pleno día,
    Cooper había tenido ocasión de perder tres gallinas, arrebatadas por
    los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio de un
    poblador haragán llega a enseñar a sus cachorros esta maniobra para
    aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que Cooper perdiera la
    paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo ladrón
    nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la lección era
    asimismo dura.

    Así una noche, en el momento que se iba a acostar, percibió su oído
    alerta el ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de
    alambre. Con un gesto de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo
    afuera vió una mancha blanca que avanzaba dentro del patio.
    Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos transpasantes del animal
    arrastrándose sobre las patas traseras, tuvo un fugitivo sobresalto,
    que no pudo explicar y se desvaneció en seguida. Llegó hasta el lugar,
    pero el perro había desaparecido ya, y entró de nuevo.

    –¿Qué fué, papá?–le preguntó desde la cama su hija.–¿Un perro?

    –Sí–repuso Cooper colgando la escopeta.–Le tiré un poco de
    cerca…

    –¿Grande el perro, papá?

    –No, chico.

    Pasó un momento.

    –¡Pobre Yaguaí!–prosiguió Julia.–¡Cómo estará!

    Súbitamente Cooper recordó la impresión sufrida al oir aullar al
    perro: algo de su Yaguaí había allí… Pero pensando también en cuán
    remota era esa probabilidad, se durmió.

    Fué a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Cooper, siguiendo el
    rastro de sangre, halló a Yaguaí muerto al borde del pozo del bananal.

    De pésimo humor volvió a casa, y la primer pregunta de Julia fué por
    el perro chico.

    –¿Murió, papá?

    –Sí, allá en el pozo… es Yaguaí.

    Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos consternados, fué al pozo.
    Julia, después de mirar un momento inmóvil, se acercó despacio a
    sollozar junto al pantalón de Cooper.

    –¡Qué hiciste, papá!

    –No sabía, chiquita… Apártate un momento.

    En el bananal enterró a su perro, apisonó la tierra encima, y regresó
    profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos, que
    lloraban despacio para que su padre no los sintiera.

    #LOS PESCADORES DE VIGAS#

    El motivo fué cierto juego de comedor que míster Hall no tenía aún, y
    su fonógrafo fué quien le sirvió de anzuelo.

    Candiyú lo vió en la oficina provisoria de la _Yerba Company_, donde
    míster Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta.

    Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna,
    contentándose con detener su caballo un poco al través delante del
    chorro de luz, y mirar a otra parte. Pero como un inglés, a la caída
    de la noche, en mangas de camisa por el calor, y con una botella de
    whisky al lado, es cien veces más circunspecto que cualquier mestizo,
    míster Hall no levantó la vista del disco. Con lo que vencido y
    conquistado, Candiyú concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en
    cuyo umbral apoyó el codo.

    –Buenas noches, patrón ¡Linda música!

    –Sí, linda–repuso míster Hall.

    –¡Linda!–repitió el otro.–¡Cuánto ruido!

    –Sí, mucho ruido–asintió míster Hall, que hallaba no desprovistas de
    profundidad las observaciones de su visitante.

    Candiyú admiraba los nuevos discos:

    –¿Te costó mucho a usted, patrón?

    –Costó… qué?

    –Ese hablero… los mozos que cantan.

    La mirada turbia, inexpresiva e insistente de míster Hall, se aclaró.
    El contador comercial surgía.

    –¡Oh, cuesta mucho!… ¿Usted quiere comprar?

    –Si usted querés venderme…–contestó llanamente Candiyú, convencido
    de la imposibilidad de tal compra. Pero míster Hall proseguía
    mirándolo con pesada fijeza, mientras la membrana saltaba del disco a
    fuerza de marchas metálicas.

    –Vendo barato a usted… ¡cincuenta pesos!

    Candiyú sacudió la cabeza, sonriendo al aparato y a su maquinista,
    alternativamente:

    –¡Mucha plata! No tengo.

    –¿Usted qué tiene, entonces?

    El hombre se sonrió de nuevo, sin responder.

    –¿Dónde usted vive?–prosiguió míster Hall, evidentemente decidido a
    desprenderse de su gramófono.

    –En el puerto.

    –¡Ah! yo conozco usted… ¿Usted llama Candiyú?

    –Así es.

    –¿Y usted pesca vigas?

    –A veces, alguna viguita sin dueño…

    –¡Vendo por vigas!… Tres vigas aserradas. Yo mando carreta.
    ¿Conviene?

    Candiyú se reía.

    –No tengo ahora. Y esa… maquinaria, tiene mucha delicadeza?

    –No; botón acá, y botón acá… yo enseño. ¿Cuándo tiene madera?

    –Alguna creciente… Ahora debe venir una. ¿Y qué palo querés usted?

    –Palo rosa. ¿Conviene?

    –¡Hum!… No baja ese palo casi nunca… Mediante una creciente
    grande, solamente. ¡Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted.

    –Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene?

    El mercado prosiguió a son de cantos británicos, el indígena
    esquivando la vía recta, y el contador acorralándolo en el pequeño
    círculo de la precisión. En el fondo, y descontados el calor y el
    whisky, el ciudadano inglés no hacía un mal negocio, cambiando un
    perro gramófono por varias docenas de bellas tablas, mientras el
    pescador de vigas, a su vez, entregaba algunos días de habitual
    trabajo a cuenta de una maquinita prodigiosamente ruidera.

    Por lo cual el mercado se realizó, a tanto tiempo de plazo.

    Candiyú vive en la costa del Paraná, desde hace treinta años; y si su
    hígado es aún capaz de combinar cualquier cosa después del último
    ataque de fiebre, en diciembre pasado, debe vivir todavía unos meses
    más. Pasa ahora los días sentado en su catre de varas, con el sombrero
    puesto. Sólo sus manos, lívidas zarpas veteadas de verde que penden
    inmensas de las muñecas, como proyectadas en primer término en una
    fotografía, se mueven monótonamente sin cesar, con temblor de
    loro implume.

    Pero en aquel tiempo Candiyú era otra cosa. Tenía entonces por oficio
    honorable el cuidado de un bananal ajeno, y–poco menos lícito–el de
    pescar vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente, derivan
    vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada
    en formación, bien que un peón bromista corte de un machetazo la soga
    que las retiene. Candiyú era poseedor de un anteojo telescopado, y
    pasaba las mañanas apuntando al agua, hasta que la línea blanquecina
    de una viga, destacándose en el horizonte montuoso, lo lanzaba en su
    chalana al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, la empresa
    no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje, recostado
    o halando de un pieza de 10 x 40, vale cualquier remolcador.

    * * * * *

    Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, las
    lluvias habían comenzado después de setenta y cinco días de seca
    absoluta que no dejó llanta en las alzaprimas. El haber realizable del
    obraje consistía en ese momento en siete mil vigas–bastante más que
    una fortuna. Pero como las dos toneladas de una viga, mientras no
    están en el puerto, no pesan dos escrúpulos en caja, Castelhum y Cía.
    distaban muchísimas leguas de estar contentos.

    De Buenos Aires llegaron órdenes de movilización inmediata; el
    encargado del obraje pidió mulas y alzaprimas; le respondieron que con
    el dinero de la primera jangada a recibir le remitirían las mulas, y
    el gerente contestó que con esa mulas anticipadas, les mandaría la
    primer jangada.

    No había modo de entenderse. Castelhum subió hasta el obraje y vió el
    stock de madera en el campamento, sobre la barranca del Ñacanguazú
    al norte.

    –¿Cuánto?–preguntó Castelhum a su encargado.

    –Treinticinco mil pesos–repuso éste.

    Era lo necesario para trasladar las vigas al Paraná. Y sin contar la
    estación impropia.

    Bajo la lluvia que unía en un solo hilo de agua su capa de goma y su
    caballo, Castelhum consideró largo rato el arroyo arremolinado.
    Señalando luego el torrente con un movimiento del capuchón:

    –¿Las aguas llegarán a cubrir el salto?–preguntó a su compañero.

    –Si llueve mucho, sí.

    –¿Tiene todos los hombres en el obraje?

    –Hasta este momento; esperaba órdenes suyas.

    –Bien–dijo Castelhum.–Creo que vamos a salir bien. Míster
    Fernández: Esta misma tarde refuerce la maroma en la barra, y comience
    a arrimar todas las vigas aquí a la barranca. El arroyo está limpio,
    según me dijo. Mañana de mañana bajo a Posadas, y desde entonces, con
    el primer temporal que venga, eche los palos al arroyo. ¿Entiende? Una
    buena lluvia.

    El encargado lo miró abriendo cuanto pudo los ojos.

    –La maroma va a ceder antes que lleguen cien vigas.

    –Ya sé, no importa. Y nos costará muchísimos miles. Volvamos y
    hablaremos más largo.

    Fernández se encogió de hombros y silbó a los capataces.

    En el resto del día, sin lluvia pero empapado en calma de agua, los
    peones tendieron de una orilla a otra en la barra del arroyo, la
    cadena de vigas, y el tumbaje de palos comenzó en el campamento.
    Castelhum bajó a Posadas sobre una agua de inundación que iba
    corriendo nueve millas, y que al salir del Guayra se había alzado
    siete metros la noche anterior.

    Tras gran sequía, grandes lluvias. A mediodía comenzó el diluvio, y
    durante cincuenta y dos horas consecutivas el monte tronó de agua. El
    arroyo, venido a torrente, pasó a rugiente avalancha de agua ladrillo.
    Los peones, calados hasta los huesos, con su flacura en relieve por la
    ropa pegada al cuerpo, despeñaban las vigas por la barranca. Cada
    esfuerzo arrancaba un unísono grito de ánimo, y cuando la monstruosa
    viga rodaba dando tumbos y se hundía con un cañonazo en el agua, todos
    los peones lanzaban su ¡a…ijú! de triunfo. Y luego, los esfuerzos
    malgastados en el barro líquido, la zafadura de las palancas, las
    costaladas bajo la lluvia torrencial. Y la fiebre.

    Bruscamente, por fin, el diluvio cesó. En el súbito silencio
    circunstante, se oyó el tronar de la lluvia todavía sobre el bosque
    inmediato. Más sordo y más hondo, el retumbo del Ñacanguazú. Algunas
    gotas, distanciadas y livianas, caían aún del cielo exhausto. Pero el
    tiempo proseguía cargado, sin el más ligero soplo. Se respiraba agua,
    y apenas los peones hubieron descansado un par de horas, la lluvia
    recomenzó–la lluvia a plomo, maciza y blanca de las crecidas. El
    trabajo urgía–los sueldos habían subido valientemente–y mientras el
    temporal siguió, los peones continuaron gritando, cayéndose y tumbando
    bajo el agua fría.

    En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante contuvo a los primeros
    palos que llegaron, y resistió arqueada y gimiendo a muchas más; hasta
    que al empuje incontrastable de las vigas que llegaban como catapultas
    contra la maroma, el cable cedió.

    * * * * *

    Candiyú observaba el río con su anteojo, considerando que la creciente
    actual, que allí en San Ignacio había subido dos metros más el día
    anterior–llevándose por lo demás su chalana–sería más allá de
    Posadas, formidable inundación. Las maderas habían comenzado a
    descender, pero todas ellas, a juzgar por su alta flotación, eran
    cedros o poco menos, y el pescador reservaba prudentemente
    sus fuerzas.

    Esa noche el agua subió un metro aún, y a la tarde siguiente Candiyú
    tuvo la sorpresa de ver en el extremo de su anteojo una barra, una
    verdadera jangada de vigas sueltas que doblaban la punta de Itacurubí.
    Madera de lomo blanquecino, y perfectamente seca.

    Allí estaba su lugar. Saltó en su guabiroba, y paleó al encuentro de
    la caza.

    Ahora bien, en una creciente del Alto Paraná se encuentran muchas
    cosas antes de llegar a la viga elegida. Arboles enteros, desde luego,
    arrancados de cuajo y con las raíces negras al aire, como pulpos.
    Vacas y mulas muertas, en compañía de buen lote de animales salvajes
    ahogados, fusilados o con una flecha plantada aún en el vientre. Altos
    conos de hormigas amontonadas sobre un raigón. Algún tigre, tal vez;
    camalotes y espuma a discreción,–sin contar, claro está, las víboras.

    Candiyú esquivó, derivó, tropezó y volcó muchas veces más de las
    necesarias para llegar a la presa. Al fin la tuvo; un machetazo puso
    al vivo la veta sanguínea del palo rosa, y recostándose a la viga pudo
    derivar con ella oblicuamente algún trecho. Pero las ramas, los
    árboles, pasaban sin cesar arrastrándolo. Cambió de táctica; enlazó su
    presa, y comenzó entonces la lucha muda y sin tregua, echando
    silenciosamente el alma a cada palada.

    Una viga, derivando con una gran creciente, lleva un impulso
    suficientemente grande para que tres hombres titubeen antes de
    atreverse con ella. Pero Candiyú unía a su gran aliento, treinta años
    de piraterías en río bajo o alto, deseando–además–ser dueño de un
    gramófono.

    La noche, negra, le deparó incidentes a su plena satisfacción. El río,
    a flor de ojo casi, corría velozmente con untuosidad de aceite. A
    ambos lados pasaban y pasaban sin cesar sombras densas. Un hombre
    ahogado tropezó con la guabiroba; Candiyú se inclinó y vió que tenía
    la garganta abierta. Luego visitantes incómodos, víboras al asalto,
    las mismas que en las crecidas trepan por las ruedas de los vapores
    hasta los camarotes.

    El hercúleo trabajo proseguía, la pala temblaba bajo el agua, pero era
    arrastrado a pesar de todo. Al fin se rindió; cerró más el ángulo de
    abordaje, y sumó sus últimas fuerzas para alcanzar el borde de la
    canal, que rasaba los peñascos del Teyucuaré. Durante diez minutos el
    pescador de vigas, los tendones del cuello duros y los pectorales como
    piedra, hizo lo que jamás volverá a hacer nadie para salir de la canal
    en una creciente, con una viga a remolque. La guabiroba se estrelló
    por fin contra las piedras, se tumbó, justamente cuando a Candiyú
    quedaba la fuerza suficiente–y nada más,–para sujetar la soga y
    desplomarse de boca.

    Solamente un mes más tarde tuvo míster Hall sus tres docenas de
    tablas, y veinte segundos después,–ni más ni menos–entregó a Candiyú
    el gramófono, incluso veinte discos.

    La firma Castelhum y Cía., no obstante la flotilla de lanchas a vapor
    que lanzó contra las vigas–y esto por bastante más de treinta
    días–perdió muchas. Y si alguna vez Castelhum llega a San Ignacio y
    visita a míster Hall, admirará sinceramente los muebles del citado
    contador, hechos de palo rosa.

    #LA MIEL SILVESTRE#

    Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce
    años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron
    en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este
    queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la
    caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado
    particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos
    el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus
    peligros como encanto.

    Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes les
    buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con
    gran asombro de sus hermanos menores–iniciados también en Julio
    Verne–sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.

    Acaso, sin embargo, la aventura de los dos robinsones fuera más
    formal, a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las
    escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a tal
    extremo arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom-boot.

    Benincasa, habiendo concluído sus estudios de contaduría pública,
    sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No que su
    temperamento fuera ese, pues antes bien era un muchacho pacífico,
    gordinflón y de cara uniformemente rosada, en razón de gran bienestar.
    En consecuencia, lo suficientemente cuerdo para preferir un té con
    leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del
    bosque. Pero así como el soltero que fué siempre juicioso, cree de su
    deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una
    noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa
    quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa.
    Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos
    strom-boot.

    Apenas salido de Corrientes, había calzado sus botas fuertes, pues los
    yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el
    contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y
    sucios contactos.

    De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que
    contener el desenfado de su ahijado.

    –¿A dónde vas ahora?–le había preguntado sorprendido.

    –Al monte; quiero recorrerlo un poco–repuso Benincasa, que acababa
    de colgarse el winchester al hombro.

    –¡Pero infeliz! no vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si
    quieres… O mejor, deja esa arma y mañana te haré acompañar por
    un peón.

    Benincasa renunció. No obstante, fué hasta la vera del bosque y se
    detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las
    manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable
    maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de
    nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.

    Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio
    de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido,
    Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.

    Llegaron éstas a la segunda noche–aunque de un carácter singular.

    Dormía profundamente, cuando fué despertado por su padrino.

    –¡Eh, dormilón! levántate que te van a comer vivo.

    Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los
    tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su
    padrino y dos peones regaban el piso.

    –¿Qué hay, qué hay?–preguntó, echándose al suelo.

    –Nada… cuidado con los pies; la corrección.

    Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que
    llamamos _corrección_. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan
    velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras.
    Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos,
    alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
    animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada
    en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente,
    pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río
    devorador. Los perros aullan, los bueyes mugen, y es forzoso
    abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el
    esqueleto. Permanecen en el lugar uno, dos, hasta cinco días, según su
    riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.

    No resisten sin embargo a la creolina o droga similar, y como en el
    obraje abundaba aquella, antes de una hora quedó libre de la
    corrección.

    Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de la
    mordedura.

    –Pican muy fuerte, realmente–dijo sorprendido, levantando la cabeza
    a su padrino.

    Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no
    respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la
    invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la
    noche por pesadillas tropicales.

    Al día siguiente se fué al monte, esta vez con un machete, pues había
    concluído por comprender que tal expediente le sería en el monte mucho
    más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso y su
    acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas,
    azotarse la cara y cortarse las botas, todo en uno.

    El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la
    impresión–exacta por lo demás–de un escenario visto de día. De la
    bullente vida tropical, no hay más que el teatro helado; ni un animal,
    ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía, cuando un sordo
    zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco,
    diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con
    cautela, y vió en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras,
    del tamaño de un huevo.

    –Esto es miel–se dijo el contador público con íntima gula.–Deben de
    ser bolitas de cera, llenas de miel…

    Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después
    de un momento de desencanto, pensó en el fuego: levantaría una buena
    humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba
    cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran
    en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y
    oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya
    liviana, se clarificó en milífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos
    animalitos!

    En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y
    alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las
    abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían
    polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de
    sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía
    distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a
    resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa
    miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!

    Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían
    útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal
    goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que
    agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la
    boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en
    pesado hilo hasta la lengua del contador.

    Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de
    Benincasa. Fué inútil que prolongara la suspensión y mucho más que
    repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.

    Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había
    mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos,
    Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el
    suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el
    vaivén del paisaje.

    –Qué curioso mareo…–pensó el contador–y lo peor es…

    Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer
    de nuevo sobre el tronco. ¡Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las
    piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las
    manos le hormigueaban.

    –¡Es muy raro, muy raro, muy raro!–se repitió estúpidamente
    Benincasa, sin escrudiñar sin embargo el motivo de esa rareza.–Como
    si tuviera hormigas… la corrección–concluyó.

    Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.

    –¡Debe de ser la miel!… ¡Es venenosa!… ¡Estoy envenenado!

    Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de
    terror; no había podido ni aún moverse. Ahora la sensación de plomo y
    el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de
    morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le
    cohibió todo medio de defensa.

    –¡Voy a morir ahora!… ¡De aquí a un rato voy a morir!… ¡Ya no
    puedo mover la mano!…

    En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de
    garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su
    angustia cambió de forma.

    –¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!…

    Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él,
    dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba.
    Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba
    vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la
    corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia, la
    posibilidad de que eso negro que invadía el suelo…

    Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto
    lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra
    la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado
    río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora
    oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo el calzoncillo, el
    río de hormigas carnívoras que subían.

    * * * * *

    Su padrino halló por fin dos días después, sin la menor partícula de
    carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que
    merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron
    suficientemente.

    No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o
    paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan
    en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los
    casos su condición–tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir
    Benincasa.

    #NUESTRO PRIMER CIGARRO#

    Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a
    mí, nuestra tía con su muerte.

    Inés volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche,
    cuando nos acostábamos, oímos que Inés decía a mamá:

    –¡Qué extraño!… Tengo las cejas hinchadas.

    Mamá examinó seguramente las cejas de tía, pues después de un rato
    contestó:

    –Es cierto… ¿No sientes nada?

    –No… sueño.

    Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte
    agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos
    cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Inés tenía viruela,
    y de cierta especie hemorrágica que vivía en Buenos Aires.

    Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las
    criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no
    pasen en su casa. Esta vez nuestra tía–¡casualmente nuestra
    tía!–¡enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo
    la amistad de un agente de policía, y el contacto con un payaso que
    saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran
    acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al
    primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, había ya en
    mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por
    primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos.

    Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos
    hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una
    hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al
    lado de Inés.

    Seguramente en los primeros días mamá pasó crueles angustias por sus
    hijos que habían besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros,
    convertidos en furiosos Robinsones, no teníamos tiempo para acordarnos
    de nuestra tía. Hacía mucho tiempo que la quinta dormía en su sombrío
    y húmedo sosiego. Naranjos blanquecinos de diaspis; duraznos rajados
    en la horqueta; membrillos con aspecto de mimbres; higueras
    rastreantes a fuerza de abandono, aquello daba, en su tupida hojarasca
    que ahogaba los pasos, fuerte sensación de paraíso.

    Nosotros no éramos precisamente Adán y Eva; pero sí heroicos
    Robinsones, arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de
    familia: la muerte de nuestra tía, acaecida cuatro días después de
    comenzar nuestra exploración.

    Pasábamos el día entero huroneando por la quinta bien que las
    higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo
    también suscitaba nuestras preocupaciones geográficas. Era éste un
    viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se habían detenido a los catorce
    metros sobre el fondo de piedra, y que desaparecía ahora entre los
    culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin embargo, menester
    explorarlo, y por vía de avanzada logramos con infinitos esfuerzos
    llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto
    tras un macizo de cañas, nos fué permitida esta maniobra sin que mamá
    se enterase. No obstante, María, cuya inspiración poética primó
    siempre en nuestras empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta
    que una gran lluvia, llenando el pozo, nos proporcionara satisfacción
    artística, a la par que científica.

    Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fué el
    cañaveral. Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido
    aquel diluviano enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales,
    varas dobladas, atravesadas, rotas hacia tierra. Las hojas secas,
    detenidas en su caída, entretejían el macizo, que llenaba el aire de
    polvo y briznas al menor contacto.

    Aclaramos el secreto, sin embargo; y sentados con mi hermana en la
    sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la
    semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.

    Fué allí donde una tarde, avengonzados de nuestra poca iniciativa,
    inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente
    dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el
    que había venido con Inés de Buenos Aires.

    Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase
    atribuído sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto
    actual y su falta de carácter, fomentaba.

    María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al
    padrastrillo.

    –Te aseguro–decía él a mamá, señalándonos con el mentón–que
    desearía vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar
    mucho trabajo.

    –¡Déjalos!–respondía mamá cansada.

    Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato de
    sopa.

    A este severo personaje, pues, habíamos robado un paquete de
    cigarrillos; y aunque nos tentaba iniciarnos súbitamente en la viril
    virtud, esperamos el artefacto. Este consistía en una pipa que yo
    había fabricado con un trozo de caña, por depósito; una varilla de
    cortina, por boquilla; y por cemento, masilla de un vidrio recién
    colocado. La pipa era perfecta: grande, liviana y de varios colores.

    En nuestra madriguera del cañaveral cargámosla María y yo con
    religiosa y firme unción. Cinco cigarrillos dejaron su tabaco adentro;
    y sentándonos entonces con las rodillas altas, encendí la pipa y
    aspiré. María, que devoraba mi acto con los ojos, notó que los míos se
    cubrían de lágrimas: jamás se ha visto ni verá cosa, más abominable.
    Deglutí, sin embargo, valerosamente la nauseosa saliva.

    –¿Rico?–me preguntó María ansiosa, tendiendo la mano.

    –Rico–le contesté pasándole la horrible máquina.

    María chupó, y con más fuerza aún. Yo, que la observaba atentamente,
    noté a mi vez sus lágrimas y el movimiento simultáneo de labios,
    lengua y garganta, rechazando aquello. Su valor fué mayor que el mío.

    –Es rico–dijo con los ojos llorosos y haciendo casi un puchero. Y se
    llevó heroicamente otra vez a la boca la varilla de bronce.

    Era inminente salvarla. El orgullo, sólo él, la precipitaba de nuevo a
    aquel infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que
    me había hecho alabarle la nausebunda fogata.

    –¡Psht!–dije bruscamente, prestando oído;–me parece el gargantilla
    del otro día… debe de tener nido aquí…

    María se incorporó, dejando la pipa de lado; y con el oído atento y
    los ojos escrudiñantes, nos alejamos de allí, ansiosos aparentemente
    de ver al animalito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel
    honorable pretexto de mi invención, para retirarnos prudentemente del
    tabaco, sin que nuestro orgullo sufriera.

    Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero entonces con muy
    distinto resultado.

    Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo habíanos ya
    levantado la voz mucho más duramente de lo que podíamos permitirle mi
    hermana y yo. Nos quejamos a mamá.

    –¡Bah!, no hagan caso–nos respondió, sin oirnos casi;–él es así.

    –¡Es que nos va a pegar un día!–gimoteó María.

    –Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho?–añadió
    dirigiéndose a mí.

    –Nada, mamá… Pero yo no quiero que me toque!–objeté a mi vez.

    En este momento entró nuestro tío.

    –¡Ah! aquí está el buena pieza de tu Eduardo… ¡Te va a sacar canas
    este hijo, ya verás!

    –Se quejan de que quieres pegarles.

    –¿Yo?–exclamó el padrastrillo midiéndome.–No lo he pensado aún.
    Pero en cuanto me faltes al respeto…

    –Y harás bien–asintió mamá.

    –¡Yo no quiero que me toque!–repetí enfurruñado y rojo.–¡El no es
    papá!

    –Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío. ¡En fin, déjenme
    tranquila!–concluyó apartándonos.

    Solos en el patio, María y yo nos miramos con altivo fuego en los
    ojos.

    –¡Nadie me va a pegar a mí!–asenté.

    –¡No… ni a mí tampoco!–apoyó ella, por la cuenta que le iba.

    –¡Es un zonzo!

    Y la inspiración vino bruscamente, y como siempre, a mi hermana, con
    furibunda risa y marcha triunfal:

    –¡Tío Alfonso… es un zonzo! ¡Tío Alfonso… es un zonzo!

    Cuando un rato después tropecé con el padrastrillo, me pareció, por su
    mirada, que nos había oído. Pero ya habíamos planteado la historia del
    Cigarro Pateador, epíteto éste a la mayor gloria de la mula Maud.

    El cigarro pateador consistió, en sus líneas elementales, en un cohete
    que rodeado de papel de fumar, fué colocado en el atado de cigarrillos
    que tío Alfonso tenía siempre en su velador, usando de ellos a
    la siesta.

    Un extremo había sido cortado a fin de que el cigarro no afectara
    excesivamente al fumador. Con el violento chorro de chispas había
    bastante, y en su total, todo el éxito estribaba en que nuestro tío,
    adormilado, no se diera cuenta de la singular rigidez de su
    cigarrillo.

    Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que no hay tiempo ni
    aliento para contarlas. Sólo sé que una siesta el padrastrillo salió
    como una bomba de su cuarto, encontrando a mamá en el comedor.

    –¡Ah, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te juro que esta vez se
    van a acordar de mí!

    –¡Alfonso!

    –¿Qué? ¡No faltaba más que tú también!… ¡Si no sabes educar a tus
    hijos, yo lo voy a hacer!

    Al oir la voz furiosa del tío, yo, que me ocupaba inocentemente con mi
    hermana en hacer rayitas en el brocal del aljibe, evolucioné hasta
    entrar por la segunda puerta en el comedor, y colocarme detrás de
    mamá. El padrastrillo me vió entonces y se lanzó sobre mí.

    –¡Yo no hice nada!–grité.

    –¡Espérate!–rugió mi tío, corriendo tras de mí alrededor de la mesa.

    –¡Alfonso, déjalo!

    –¡Después te lo dejaré!

    –¡Yo no quiero que me toque!

    –¡Vamos, Alfonso! ¡Pareces una criatura!

    Esto era lo último que se podía decir al padrastrillo. Lanzó un
    juramento y sus piernas en mi persecución con tal velocidad, que
    estuvo a punto de alcanzarme. Pero en ese instante salía yo como de
    una honda por la puerta abierta, y disparaba hacia la quinta, con mi
    tío detrás.

    En cinco segundos pasamos como una exhalación por los durazneros, los
    naranjos y los perales, y fué en este momento cuando la idea del pozo,
    y su piedra, surgió terriblemente nítida.

    –¡No quiero que me toque!–grité aún.

    –¡Espérate!

    En ese instante llegamos al cañaveral.

    –¡Me voy a tirar al pozo!–aullé para que mamá me oyera.

    –¡Yo soy el que te voy a tirar!

    Bruscamente desaparecí a sus ojos tras las cañas; corriendo siempre,
    di un empujón a la piedra exploradora que esperaba una lluvia, y salté
    de costado, hundiéndome bajo la hojarasca.

    Tío desembocó en seguida, a tiempo que dejando de verme, sentía allá
    en el fondo del pozo el abominable zumbido de un cuerpo que se
    aplastaba.

    El padrastrillo se detuvo, totalmente lívido; volvió a todas partes
    sus ojos dilatados, y se aproximó al pozo. Trató de mirar adentro,
    pero los culantrillos se lo impidieron. Entonces pareció reflexionar,
    y después de una atenta mirada al pozo y sus alrededores, comenzó
    a buscarme.

    Como desgraciadamente para el caso, hacía poco tiempo que el tío
    Alfonso cesara a su vez de esconderse para evitar los cuerpo a cuerpo
    con sus padres, conservaba aún muy frescas las estrategias
    subsecuentes, e hizo por mi persona cuanto era posible hacer
    para hallarme.

    Descubrió en seguida mi cubil, volviendo pertinazmente a él con
    admirable olfato; pero fuera de que la hojarasca diluviana me ocultaba
    del todo, el ruido de mi cuerpo estrellándose obsediaba a mi tío, que
    no buscaba bien, en consecuencia.

    Fué pues resuelto que yo yacía aplastado en el fondo del pozo, dando
    entonces principio a lo que llamaríamos mi venganza póstuma. El caso
    era bien claro: ¿con qué cara mi tío contaría a mamá que yo me había
    suicidado para evitar que él me pegara?

    Pasaron diez minutos.

    –¡Alfonso!–sonó de pronto la voz de mamá en el patio.

    –¿Mercedes?–respondió aquél tras una brusca sacudida.

    Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó de nuevo,
    alterada.

    –¿Y Eduardo? ¿Dónde está?–agregó avanzando.

    –¡Aquí, conmigo!–contestó riendo.–Ya hemos hecho las paces.

    Como de lejos mamá no podía ver su palidez ni la ridícula mueca que él
    pretendía ser beatífica sonrisa, todo fué bien.

    –¿No le pegaste, no?–insistió aún mamá.

    –No. ¡Si fué una broma!

    Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba a ser la mía para el
    padrastrillo.

    Celia, mi tía mayor, que había concluído de dormir la siesta, cruzó el
    patio y Alfonso la llamó en silencio con la mano. Momentos después
    Celia lanzaba un ¡oh! ahogado, llevándose las manos a la cabeza.

    –¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe!

    Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara. ¿Sacarme,
    con vida aún?… El pozo tenía catorce metros sobre piedra viva. Tal
    vez, quién sabe… Pero para ello sería preciso traer sogas, hombres;
    y Mercedes…

    –¡Pobre, pobre madre!–repetía mi tía.

    Justo es decir que para mí, el pequeño héroe, mártir de su dignidad
    corporal, no hubo una sola lágrima. Mamá acaparaba todos los
    entusiasmos de aquel dolor, sacrificándole ellos la remota
    probabilidad de vida que yo pudiera aún conservar allá abajo. Lo cual,
    hiriendo mi doble vanidad de muerto y de vivo, avivó mi sed
    de venganza.

    Media hora después mamá volvió a preguntar por mí, respondiéndole
    Celia con tan pobre diplomacia, que mamá tuvo en seguida la seguridad
    de una catástrofe.

    –¡Eduardo, mi hijo!–clamó arrancándose de las manos de su hermana
    que pretendía sujetarla, y precipitándose a la quinta.

    –¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido!

    –¡Mi hijo! ¡mi hijo! ¡Alfonso!

    Alfonso corrió a su encuentro, deteniéndola al ver que se dirigía al
    pozo. Mamá no pensaba en nada concreto; pero al ver el gesto
    horrorizado de su hermano, recordó entonces mi exclamación de una hora
    antes, y lanzó un espantoso alarido.

    –¡Ay! ¡Mi hijo! ¡Se ha matado! ¡Déjame, déjenme! ¡Mi hijo, Alfonso!
    ¡Me lo has muerto!

    Se llevaron a mamá sin sentido. No me había conmovido en lo más mínimo
    la desesperación de mamá, puesto que yo–motivo de aquella–estaba en
    verdad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho años con la
    emoción, a manera de los grandes que usan de las sorpresas
    semi-trágicas: ¡el gusto que va a tener cuando me vea!

    Entretanto, gozaba yo íntimo deleite con el fracaso del padrastrillo.

    –¡Hum!… ¡Pegarme!–rezongaba yo, aún bajo la hojarasca.
    Levantándome entonces con cautela, sentéme en cuclillas en mi cubil y
    recogí la famosa pipa bien guardada entre el follaje. Aquel era el
    momento de dedicar toda mi seriedad a agotar la pipa.

    El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto a humedecer y resecar
    infinitas veces, tenía en aquel momento un gusto a cumbarí, solución
    Coirre y sulfato de soda, mucho más ventajoso que la primera vez.
    Emprendí, sin embargo, la tarea que sabía dura, con el ceño contraído
    y los dientes crispados sobre la boquilla.

    Fumé, quiero creer que cuarta pipa. Sólo recuerdo que al final el
    cañaveral se puso completamente azul y comenzó a danzar a dos dedos de
    mis ojos. Dos o tres martillos de cada lado de la cabeza comenzaron a
    destrozarme las sienes, mientras el estómago, instalado en plena boca,
    aspiraba él mismo directamente las últimas bocanadas de humo.

    * * * * *

    Volví en mí cuando me llevaban en brazos a casa. A pesar de lo
    horriblemente enfermo que me encontraba, tuve el tacto de continuar
    dormido, por lo que pudiera pasar. Sentí los brazos delirantes de mamá
    sacudiéndome.

    –¡Mi hijo querido! ¡Eduardo, mi hijo! ¡Ah, Alfonso, nunca te
    perdonaré el dolor que me has causado!

    –¡Pero, vamos!–decíale mi tía mayor–¡no seas loca, Mercedes! ¡Ya
    ves que no tiene nada!

    –¡Ah!–repuso mamá llevándose las manos al corazón en un inmenso
    suspiro.–¡Sí, ya pasó!… Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse
    hecho nada? ¡Ese pozo, Dios mío!…

    El padrastrillo, quebrantado a su vez, habló vagamente de
    desmoronamiento, tierra blanda, prefiriendo para un momento de mayor
    calma la solución verdadera, mientras la pobre mamá no se percataba de
    la horrible infección de tabaco que exhalaba su suicida.

    Abrí al fin los ojos, me sonreí y volví a dormirme, esta vez honrada y
    profundamente.

    Tarde ya, el tío Alfonso me despertó.

    –¿Qué merecerías que te hiciera?–me dijo con sibilante rencor.–¡Lo
    que es mañana, le cuento todo a tu madre, y ya verás lo que
    son gracias!

    Yo veía aún bastante mal, las cosas bailaban un poco, y el estómago
    continuaba todavía adherido a la garganta. Sin embargo, le respondí:

    –¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez te juro que me tiro!

    ¿Los ojos de un joven suicida que fumó heroicamente su pipa, expresan
    acaso desesperado valor?

    Es posible. De todos modos, el padrastrillo, después de mirarme
    fijamente, se encogió de hombros, levantando hasta mi cuello la sábana
    un poco caída.

    –Me parece que mejor haría en ser amigo de este microbio–murmuró.

    –Creo lo mismo–le respondí.

    Y me dormí.

    #LA MENINGITIS Y SU SOMBRA#

    No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de
    Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra
    de todo esto.

    He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una
    tarjeta de Funes, que dice así:

    _Estimado amigo:

    Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche
    por casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo

    Luis María Funes_.

    Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a
    las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin
    un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es
    bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por
    cierto que tiene dos hermanas bastante monas.

    Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que
    una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor
    Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio
    nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que
    con Funes.

    Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:

    –Veamos, Durán: Vd. comprende de sobra que no he venido a verlo a
    esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?

    –Me parece que sí–no pude menos que responderle.

    –Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo
    lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré en seguida. ¿Me permite?

    –Todo lo que quiera–le respondí francamente, aunque poniéndome al
    mismo tiempo en guardia.

    Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres
    entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:

    –¿Qué clase de inclinación siente Vd. hacia María Elvira Funes?

    ¡Ah, ah! ¡Por aquí andaba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes,
    hermana de Luis María Funes, todos en María! ¡Pero si apenas conocía a
    esa persona! Nada extraño, pues, que mirara al médico como quien mira
    a un loco.

    –¿María Elvira Funes?–repetí.–Ningún grado ni ninguna inclinación.
    La conozco apenas. Y ahora…

    –No, permítame–me interrumpió.–Le aseguro que es una cosa bastante
    seria… ¿Me podría dar palabra de compañero de que no hay nada
    entre Vds. dos?

    –¡Pero está loco!–le dije al fin.–¡Nada, absolutamente nada! Apenas
    la conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de
    haberme visto jamás. He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres,
    en su propia casa, y nada más. No tengo, por lo tanto, le repito por
    décima vez, inclinación particular hacia ella.

    –Es raro, profundamente raro…–murmuró el hombre, mirándome
    fijamente.

    Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente que fuese–y lo
    era,–pisando un terreno con el que nada tenían que ver sus aspirinas.

    –Creo que tengo ahora el derecho…

    Pero me interrumpió de nuevo:

    –Sí, tiene derecho de sobra… ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con
    dos palabras podrá comprender que el asunto es de todo, menos de
    broma… La persona de quien hablamos está gravemente enferma, casi a
    la muerte… ¿Entiende algo?–concluyó mirándome bien a los ojos.

    Yo hice lo mismo con él durante un rato.

    –Ni una palabra–le contesté.

    –Ni yo tampoco–apoyó encogiéndose de hombros.–Por eso le he dicho
    que el asunto es bien serio… Por fin esta noche sabremos algo. ¿Irá
    allá? Es indispensable.

    –Iré–le dije, encogiéndome a mi vez de hombros.

    Y he aquí por qué he pasado todo el día preguntándome como un idiota
    qué relación puede existir entre la enfermedad gravísima de una
    hermana de Funes, que apenas me conoce, y yo, que la conozco apenas.

    * * * * *

    Vengo de lo de Funes. Es la cosa más extraordinaria que haya visto en
    mi vida. Metempsícosis, espiritismos, telepatías y demás absurdos del
    mundo interior, no son nada en comparación de este mi propio absurdo
    en que me veo envuelto. Es un pequeño asunto para volverse
    loco. Véase:

    Fuí a lo de Funes. Luis María me llevó al escritorio. Hablamos un
    rato, esforzándonos como dos zonzos, puesto que comprendiéndolo así
    evitábamos mirarnos, en charlar de bueyes perdidos. Por fin entró
    Ayestarain, y Luis María salió, dejándome sobre la mesa el paquete de
    cigarrillos, pues se me habían concluído. Mi ex condiscípulo me contó
    entonces lo que en resumen es esto:

    Cuatro o cinco noches antes, al concluir un recibo en su propia casa,
    María Elvira se había sentido mal–cuestión de un baño demasiado frío
    esa tarde, según opinión de la madre. Lo cierto es que había pasado la
    noche fatigada, y con buen dolor de cabeza. A la mañana siguiente,
    mayor quebranto, fiebre; y a la noche, una meningitis, con todo su
    cortejo. El delirio, sobre todo, franco y prolongado a más no pedir.
    Concomitantemente, una ansiedad angustiosa, imposible de calmar. Las
    proyecciones sicológicas del delirio, por decirlo así, se erigieron y
    giraron desde la primera noche alrededor de un solo asunto, uno solo,
    pero que absorbe su vida entera. Es una obsesión–prosiguió
    Ayestarain,–una sencilla obsesión a 42°. Tiene constantemente fijos
    los ojos en la puerta, pero no llama a nadie. Su estado nervioso se
    resiente de esa muda ansiedad que la está matando, y desde ayer hemos
    pensado con mis colegas en calmar eso… No puede seguir así. ¿Y sabe
    Vd.–concluyó–a quién nombra cuando el sopor la aplasta?

    –No sé…–le respondí, sintiendo que mi corazón cambiaba bruscamente
    de ritmo.

    –A Vd.–me dijo, pidiéndome fuego.

    Quedamos, bien se comprende, un rato mudos.

    –¿No entiende todavía?–dijo al fin.

    –Ni una palabra…–murmuré aturdido, tan aturdido, como puede
    estarlo un adolescente que a la salida del teatro ve a la primera gran
    actriz que desde la penumbra del coche mantiene abierta hacia él la
    portezuela… Pero yo tenía ya casi treinta años, y pregunté al
    médico qué explicación razonable se podía dar de eso.

    –¿Explicación? Ninguna. Ni la más mínima. ¿Qué quiere Vd. que se sepa
    de eso? Ah, bueno… Si quiere una a toda costa, supóngase que en una
    tierra hay un millón, dos millones de semillas distintas, como en
    cualquier parte. Viene un terremoto, remueve como un demonio eso,
    tritura el resto, y brota una semilla, una cualquiera, de arriba o del
    fondo, lo mismo da. Una planta magnífica… ¿Le basta eso? No podría
    decirle una palabra más. ¿Por qué Vd., precisamente, que apenas la
    conoce, y a quien la enferma no conoce tampoco más, ha sido en su
    cerebro delirante la semilla privilegiada? ¿Qué quiere que se sepa
    de esto?

    –Sin duda…–repuso a su mirada siempre interrogante, sintiéndome al
    mismo tiempo bastante enfriado al verme convertido en sujeto gratuito
    de divagación cerebral, primero, y en agente terapéutico, después.

    En ese momento entró Luis María.

    –Mamá lo llama–dijo al médico. Y volviéndose a mí, con una sonrisa
    forzada:

    –¿Lo enteró Ayestarain de lo que pasa?… Sería cosa de volverse loco
    con otra persona…

    Esto de _otra persona_ merece una explicación. Los Funes, y en
    particular la familia de que comenzaba a formar tan ridícula parte,
    tienen un fuerte orgullo; por motivos de abolengo, supongo, y por su
    fortuna, que me parece lo más cierto. Siendo así, se daban por
    pasablemente satisfechos con que las fantasías amorosas del hermoso
    retoño se hubieran detenido en mí, Carlos Durán, ingeniero, en vez de
    mariposear sobre un sujeto cualquiera de insuficiente posición social.
    Así, pues, agradecí en mi fuero interno el distingo de que me hacía
    honor el joven patricio.

    –Es extraordinario…–recomenzó Luis María, haciendo correr con
    disgusto los fósforos sobre la mesa. Y un momento después, con una
    nueva sonrisa forzada:

    –¿No tendría inconveniente en acompañarnos un rato? ¿Ya sabe, no?
    Creo que vuelve Ayestarain.

    En efecto, éste entraba.

    –Empieza otra vez…–sacudió la cabeza, mirando únicamente a Luis
    María. Luis María se dirigió entonces a mí con la tercera sonrisa
    forzada de esa noche:

    –¿Quiere que vayamos?

    –Con mucho gusto–le dije. Y fuimos.

    Entró el médico sin hacer ruido, entró Luis María, y por fin entré yo,
    todos con cierto intervalo. Lo que primero me chocó, aunque debía
    haberlo esperado, fué la penumbra del dormitorio. La madre y la
    hermana, de pie, me miraron fijamente, respondiendo con una corta
    inclinación de cabeza a la mía, pues creí no deber pasar de allí.
    Ambas me parecieron mucho más altas. Miré la cama, y vi, bajo la bolsa
    de hielo, dos ojos abiertos vueltos a mí. Miré al médico, titubeando,
    pero éste me hizo una imperceptible seña con los ojos, y me acerqué
    a la cama.

    Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos que nos
    aman, cuando uno se va acercando mucho a ellos. Pero la luz de
    aquellos ojos, la felicidad en que se iban anegando mientras me
    acercaba, el mareado relampagueo de dicha, hasta el estrabismo, cuando
    me incliné sobre ellos, jamás en un amor normal a 37° los volveré
    a hallar.

    Balbuceó algunas palabras, pero con tanta dificultad de sus labios
    resecos, que nada oí. Creo que me sonreí como un estúpido (¡qué iba a
    hacer, quiero que me digan!), y ella tendió entonces su brazo hacia
    mí. Su intención era tan inequívoca que le tomé la mano,

    –Siéntese ahí–murmuró.

    Luis María corrió el sillón hacia la cama y me senté.

    Véase ahora si ha sido dado a persona alguna una situación más extraña
    y disparatada:

    Yo, en primer término, puesto que era el héroe, teniendo en la mía una
    mano ardida en fiebre y en un amor totalmente equivocado. En el lado
    opuesto, de pie, el médico. A los pies de la cama, sentado, Luis
    María. Apoyadas en el respaldo, en el fondo, la madre y la hermana. Y
    todos sin hablar, mirándonos con el ceño fruncido.

    ¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decir? Preciso es que piensen un momento
    en esto. La enferma, por su parte, arrancaba a veces sus ojos de los
    míos, y recorría con dura inquietud los rostros presentes uno tras
    otro, sin reconocerlos, para dejar caer otra vez su mirada sobre mí,
    confiada en profunda felicidad.

    ¿Qué tiempo estuvimos así? No sé; acaso media hora, acaso mucho más.
    Un momento intenté retirar la mano, pero la enferma la oprimió más
    entre la suya.

    –Todavía no…–murmuró, tratando de hallar más cómoda postura a su
    cabeza. Todos acudieron, se estiraron las sábanas, se renovó el hielo,
    y otra vez los ojos se fijaron en inmóvil dicha. Pero de vez en cuando
    tornaban a apartarse inquietos y recorrían las caras desconocidas. Dos
    o tres veces miré exclusivamente al médico; pero éste bajó las
    pestañas, indicándome que esperara. Y tuvo razón, al fin, porque de
    pronto, bruscamente, como un derrumbe de sueño, la enferma cerró los
    ojos y se durmió.

    Salimos todos, menos la hermana, que ocupó mi lugar en el sillón. No
    era fácil decir algo–yo al menos. La madre por fin se dirigió a mí
    con una triste y seca sonrisa:

    –Qué cosa más horrible, ¿no? ¡Da pena!

    ¡Horrible, horrible! No era la enfermedad, sino la situación lo que
    les parecía horrible. Estaba visto que todas las galanterías iban a
    ser para mí en aquella casa. Primero el hermanito, luego la madre.
    Ayestarain, que nos había dejado un instante, salió muy satisfecho del
    estado de la enferma; descansaba con una placidez desconocida aún. La
    madre miró a otro lado, y yo miré al médico: podía irme, claro que sí,
    y me despedí.

    * * * * *

    He dormido mal, lleno de sueños que nada tienen que ver con mi
    habitual vida. Y la culpa de ello está en la familia Funes, con Luis
    María, madre, hermanas, médicos y parientes colaterales. Porque si se
    concreta bien la situación, ella da lo siguiente:

    Hay una joven de diez y nueve años, muy bella sin duda alguna, que
    apenas me conoce y a quien le soy profunda y totalmente indiferente.
    Esto en cuanto a María Elvira. Hay, por otro lado, un sujeto joven
    también–ingeniero, si se quiere–que no recuerda haber pensado dos
    veces seguidas en la joven en cuestión. Todo esto es razonable,
    inteligible y normal.

    Pero he aquí que la joven hermosa se enferma, de meningitis o cosa por
    el estilo, y en el delirio de la fiebre, única y exclusivamente en el
    delirio, se siente abrasada de amor. ¿Por un primo, un hermano de sus
    amigos, un joven mundano que ella conoce bien? No señor; por mí.

    ¿Es esto bastante idiota? Tomo, pues, una determinación, que haré
    conocer al primero de esa bendita casa que llegue a mi puerta.

    * * * * *

    Sí, es claro. Como lo esperaba, Ayestarain estuvo este mediodía a
    verme. No pude menos que preguntarle por la enferma, y su meningitis.

    –¿Meningitis?–me dijo–¡Sabe Dios lo que es! Al principio parecía, y
    anoche también… Hoy ya no tenemos idea de lo que será.

    –Pero, en fin–objeté,–siempre una enfermedad cerebral…

    –Y medular, claro está… Con unas lesioncillas quién sabe dónde…
    ¿Vd. entiende algo de medicina?

    –Muy vagamente…

    –Bueno; hay una fiebre remitente, que no sabemos de dónde sale…
    Era un caso para marchar a todo escape a la muerte… Ahora hay
    remisiones–tac–tac–tac, justas como un reloj…

    –Pero el delirio–insistí–¿existe siempre?

    –¡Ya lo creo! Hay de todo allí… Y a propósito, esta noche lo
    esperamos.

    Ahora me había llegado el turno de hacer medicina a mi modo. Le dije
    que mi propia sustancia había cumplido ya su papel curativo la noche
    anterior, y que no pensaba ir más.

    Ayestarain me miró fijamente:

    –¿Por qué? ¿Qué le pasa?

    –Nada, sino que no creo sinceramente ser necesario allá… Dígame:
    ¿Vd. tiene idea de lo que es estar en una posición humillantemente
    ridícula; si o no?

    –No se trata de eso…

    –Sí, se trata de eso, de desempeñar un papel estúpido… ¡Curioso que
    no comprenda!

    –Comprendo de sobra… Pero me parece algo así como…–no se
    ofenda–cuestión de amor propio.

    –Muy lindo!–salté–¡Amor propio! ¡Y no se les ocurre otra cosa! ¡Les
    parece cuestión de amor propio ir a sentarse como un idiota para que
    me tomen la mano la noche entera ante toda la parentela con el ceño
    fruncido! Si a Vds. les parece una simple cuestión de amor propio,
    arréglense entre Vds. Yo tengo otras cosas que hacer.

    Ayestarain comprendió al parecer la parte de verdad que había en lo
    anterior, porque no insistió, y hasta que se fué no volvimos a hablar
    de aquello.

    Todo esto está bien. Lo que no lo está tanto es que hace diez minutos
    acabo de recibir una esquela del médico, así concebida:

    _Amigo Durán:

    Con todo su bagaje de rencores, nos es indispensable
    esta noche. Supóngase una vez más que Vd. hace de
    cloral, brional, el hipnótico que menos le irrite los
    nervios, y véngase_.

    Dije un momento antes que lo malo era la precedente
    carta. Y tengo razón, porque desde esta mañana no
    espero sino esa carta…

    * * * * *

    Durante siete noches consecutivas–de once a una de la mañana, momento
    en que remitía la fiebre, y con ella el delirio–he permanecido al
    lado de María Elvira Funes, tan cerca como pueden estarlo dos amantes.
    Me ha tendido a veces su mano como la primera noche, y otras se ha
    preocupado de deletrear mi nombre, mirándome. Sé a ciencia cierta,
    pues, que me ama profundamente en ese estado, no ignorando tampoco que
    en sus momentos de lucidez no tiene la menor preocupación por mi
    existencia, presente o futura. Esto crea así un caso de sicología
    singular de que un novelista podría sacar algún partido. Por lo que a
    mí se refiere, sé decir que esta doble vida sentimental me ha tocado
    fuertemente el corazón. El caso es éste: María Elvira, si es que acaso
    no lo he dicho, tiene los ojos más admirables del mundo. Está bien que
    la primera noche yo no viera en su mirada sino el reflejo de mi propia
    ridiculez de remedio innocuo. La segunda noche sentí menos mi
    insuficiencia real. La tercera vez no me costó esfuerzo alguno
    sentirme el ente dichoso que simulaba ser, y desde entonces vivo y
    sueño ese amor con que la fiebre enlaza su cabeza a la mía.

    ¿Qué hacer? Bien sé que todo esto es transitorio, que de día ella no
    sabe quien soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie.
    Pero los sueños de amor, aunque sean de dos horas y a 40°, se pagan en
    el día, y mucho me temo que si hay una persona en el mundo a la cual
    esté expuesto a amar a plena luz, ella no sea mi vano amor
    nocturno… Amo, pues, una sombra, y pienso con angustia en el día en
    que Ayestarain considere a su enferma fuera de peligro, y no precise
    más de mí.

    Crueldad ésta que apreciarán en toda su cálida simpatía, los hombres
    que están enamorados–de una sombra o no.

    * * * * *

    Ayestarain acaba de salir. Me ha dicho que la enferma sigue mejor, y
    que mucho se equivoca, o me veré uno de estos días libre de la
    presencia de María Elvira.

    –Sí, compañero–me dice. Libre de veladas ridículas, de amores
    cerebrales, y ceños fruncidos… ¿Se acuerda?

    Mi cara no debe expresar suprema alegría, porque el taimado galeno se
    echa a reir y agrega:

    –Le vamos a dar en cambio una compensación… Los Funes han vivido
    estos quince días con la cabeza en el aire, y no extrañe, pues, si han
    olvidado muchas cosas, sobre todo en lo que a Vd. se refiere… Por
    lo pronto, hoy cenamos allá. Sin su bienaventurada persona–dicho sea
    de paso–y el amor de marras, no sé en qué hubiera acabado aquello…
    ¿Qué dice Vd.?

    –Digo–le he respondido–que casi estoy tentado de declinar el honor
    que me hacen los Funes, admitiéndome a su mesa…

    Ayestarain se echó a reir.

    –¡No embrome!… Le repito que no sabían dónde tenían la cabeza…

    –Pero para opio, y morfina, y calmante de mademoiselle, sí, eh? Para
    eso no se olvidaban de mí!

    Mi hombre se puso serio y me miró detenidamente.

    –¿Sabe lo que pienso, compañero?

    –Diga.

    –Que usted es el individuo más feliz de la tierra.

    –¿Yo, feliz?…

    –O más suertudo. ¿Entiende ahora?

    Y quedó mirándome. ¡Hum!–me dije a mí mismo:

    O yo soy un idiota, que es lo más posible, o este galeno merece que lo
    abrace hasta romperle el termómetro dentro del bolsillo. El maligno
    tipo sabe más de lo que parece, y acaso, acaso… Pero vuelvo a lo de
    idiota, que es lo más seguro.

    –¿Feliz?…–insistí sin embargo–¿Por el amor estrafalario que Vd.
    ha inventado con su meningitis?

    Ayestarain tornó a mirarme fijamente, pero esta vez creí notar un
    vago, vaguísimo dejo de amargura.

    –Y aunque no fuera más que eso, grandísimo zonzo…–ha murmurado,
    cogiéndome del brazo para salir.

    En el camino–hemos ido al Águila, a tomar el vermut–me ha explicado
    bien claro tres cosas.

    1°: que mi presencia, al lado de la enferma, era absolutamente
    necesaria, dado el estado de profunda excitación–depresión–todo en
    uno–de su delirio.–2°: que los Funes lo habían comprendido así, ni
    más ni menos, a despecho de lo raro, subrepticio e inconveniente que
    pudiera parecer la aventura, constándoles, está claro, lo artificial
    de todo aquel amor.–3°: que los Funes han confiado sencillamente en
    mi educación, para que me dé cuenta–sumamente clara–del sentido
    terapéutico que ha tenido mi presencia ante la enferma, y la de la
    enferma ante mí.

    –Sobre todo lo último, ¿eh?–he agregado a guisa de comentario.–El
    objeto de toda esta charla es éste: que no vaya yo jamás a creer que
    María Elvira siente la menor inclinación real hacia mí. ¿Es eso?

    –¡Claro!–se ha encogido de hombros el médico.–Póngase Vd. en su
    lugar…

    Y tiene razón el bendito hombre. Porque a la sola
    probabilidad de que ella…

    Anoche cené en lo de Funes. No era precisamente una comida alegre, si
    bien Luis María, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo. Querría
    decir lo mismo de la madre, pero por más esfuerzos que hacía para
    hacerme grata la mesa, evidentemente no ve en mí sino a un intruso a
    quien en ciertas horas su hija prefiere un millón de veces. Está
    celosa, y no debemos condenarla. Por lo demás, se alternaban con su
    hija para ir a ver a la enferma. Esta había tenido un buen día, tan
    bueno que por primera vez después de quince días no hubo esa noche
    subida seria de fiebre, y aunque me quedé hasta la una por pedido de
    Ayestarain, tuve que volverme a casa sin haberla visto un instante.
    ¿Se comprende esto? ¡No verla en todo el día! ¡Ah! Si por bendición de
    Dios, la fiebre, fiebre de 40, 80, 120°, cualquier fiebre, cayera esta
    noche sobre su cabeza…

    Y aquí está: esta sola línea del bendito Ayestarain:

    _Delirio de nuevo. Venga en seguida_.

    * * * * *

    Todo lo antedicho es suficiente para enloquecer bien que mal a un
    hombre discreto. Véase esto ahora:

    Cuando entré anoche, María Elvira me tendió su brazo como la primera
    vez. Acostó su cara sobre la mejilla izquierda, y cómoda así, fijó los
    ojos en mí. No sé qué me decían sus ojos; posiblemente me daban toda
    su vida y toda su alma en una entrega infinitamente dichosa. Sus
    labios me dijeron algo, y tuve que inclinarme para oir:

    –Soy feliz–se sonrió.

    Pasado un momento sus ojos me llamaron de nuevo, y me incliné otra
    vez.

    –Y después…–murmuró apenas, cerrando los ojos con lentitud. Creo
    que tuvo una súbita fuga de ideas. Pero la luz, la insensata luz que
    extravía la mirada en los relámpagos de felicidad, inundó de nuevo sus
    ojos. Y esta vez oí bien claro, sentí claramente sobre mi rostro
    esta pregunta:

    –Y cuando sane y no tenga más delirio…¿me querrás todavía?

    ¡Locura que se ha sentado a horcajadas sobre mi corazón! ¡_Después_!
    ¡Cuando no tenga _más delirio_! ¿Pero estábamos todos locos en la
    casa, o había allí, proyectado fuera de mí mismo, un eco a mi
    incesante angustia del _después_? ¿Cómo es posible que ella dijera
    eso? ¿Había meningitis o no? ¿Había delirio o no? Luego mi María
    Elvira…

    No sé qué contesté; presumo que cualquier cosa a escandalizar a la
    parentela completa si me hubieran oído. Pero apenas había murmurado
    yo; apenas había murmurado ella con una sonrisa… y se durmió.

    De vuelta a casa, mi cabeza era un vértigo vivo, con locos impulsos de
    saltar al aire y lanzar alaridos de felicidad. ¿Quién, de entre
    nosotros, puede jurar que no hubiera sentido lo mismo? Porque las
    cosas, para ser claras, deben ser planteadas así: La enferma con
    delirio, que por una aberración sicológica cualquiera, ama,
    _únicamente_ en su delirio, a X. Esto por un lado. Por el otro, el
    mismo X, que desgraciadamente para él, no se siente con fuerzas para
    concretarse exclusivamente a su papel medicamentoso. Y he aquí que la
    enferma, con su meningitis y su inconsciencia–su incontestable
    inconsciencia–murmura a nuestro amigo:

    _Y cuando no tenga más delirio… me querrás todavía?_

    Esto es lo que yo llamo un pequeño caso de locura, claro y rotundo.
    Anoche, cuando llegaba a casa, creí un momento haber hallado la
    solución, que sería ésta: María Elvira, en su fiebre, soñaba que
    estaba despierta. ¿A quién no ha sido dado soñar que está soñando?
    Ninguna explicación más sencilla, claro está.

    Pero cuando por pantalla de ese amor mentido hay dos ojos inmensos,
    que empapándonos de dicha se anegan ellos mismos en un amor que no se
    puede mentir: cuando se ha visto a esos ojos recorrer con dura
    extrañeza los rostros familiares, para caer en extática felicidad ante
    uno mismo, pese al delirio y cien mil delirios como ese, uno tiene el
    derecho de soñar toda la noche con aquel amor–o seamos más
    explícitos: con María Elvira Funes.

    * * * * *

    ¡Sueño, sueño y sueño! Han pasado dos meses, y creo a veces soñar aún.
    ¿Fuí yo o no, por Dios bendito, aquél a quien se le tendió la mano, y
    el brazo desnudo hasta el codo, cuando la fiebre tornaba hostiles aún
    los rostros bien amados de la casa? ¿Fuí yo o no el que apaciguó en
    sus ojos, durante minutos inmensos de eternidad, la mirada mareada de
    amor de mi María Elvira?

    Si, fuí yo. Pero eso está acabado, concluído, finalizado, muerto,
    inmaterial, como si nunca hubiera sido. Y sin embargo…

    Volví a verla a los veinte días después. Ya estaba sana, y cené con
    ellos. Hubo al principio una evidente alusión a los desvaríos
    sentimentales de la enferma, todo con gran tacto de la casa, en lo que
    cooperé cuanto me fué posible, pues en esos veinte días transcurridos
    no había sido mi preocupación menor, pensar en la discreción de que
    debía yo hacer gala en esa primera entrevista.

    Todo fué a pedir de boca, no obstante.

    –Y Vd.–me dijo la madre sonriendo–¿ha descansado del todo de las
    fatigas que le hemos dado?

    –Oh, era muy poca cosa!… Y aún–concluí riendo también–estaría
    dispuesto a soportarlas de nuevo…

    María Elvira se sonrió a su vez.

    –Vd. sí; pero yo, no, le aseguro!

    La madre la miró con tristeza:

    –¡Pobre, mi hija! Cuando pienso en los disparates que se te han
    ocurrido… En fin–se volvió a mí con agrado.–Vd. es ahora–podríamos
    decir–de la casa, y le aseguro que Luis María lo estima muchísimo.

    El aludido me puso la mano en el hombro y me ofreció cigarrillos.

    –Fume, fume, y no haga caso.

    –¡Pero Luis María!–le reprochó la madre, semi-seria–cualquiera
    creería al oirte que le estamos diciendo mentiras a Durán!

    –No, mamá; lo que dices está perfectamente bien dicho; pero Durán me
    entiende.

    Lo que yo entendía era que Luis María quería cortar con amabilidades
    más o menos sosas; pero no se lo agradecí en lo más mínimo.

    Entretanto, cuantas veces podía, sin llamar la atención, fijaba los
    ojos en María Elvira. ¡Al fin! Ya la tenía ante mí, sana, bien sana.
    Había esperado y temido con ansia ese instante. Había amado una
    sombra, o más bien dicho, dos ojos y treinta centímetros de brazo,
    pues el resto era una larga mancha blanca. Y de aquella penumbra, como
    de un capullo taciturno, se había levantado aquella espléndida figura
    fresca, indiferente y alegre, que no me conocía. Me miraba como se
    mira a un amigo de la casa, en el que es preciso detener un segundo
    los ojos, cuando se cuenta algo o se comenta una frase risueña. Pero
    nada más. Ni el más leve rastro de lo pasado, ni siquiera afectación
    de no mirarme, con lo que había yo contado como último triunfo de mi
    juego. Era un sujeto–no digamos sujeto, sino ser–absolutamente
    desconocido para ella. Y piénsese ahora en la gracia que me haría
    recordar, mientras la miraba, que una noche, esos mismos ojos ahora
    frívolos me habían dicho, a ocho dedos de los míos:

    –¿Y cuando esté sana… me querrás todavía?

    ¡A qué buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada a
    fuego en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral!
    Olvidarla… Siendo lo que hubiera deseado, era precisamente lo que
    no podía hacer.

    Más tarde, en el hall, hallé modo de aislarme con Luis María, mas
    colocando a éste entre su hermana y yo; podía así mirarla impunemente,
    so pretexto de que mi vista iba naturalmente más allá de mi
    interlocutor. Y es extraordinario cómo su cuerpo, desde el más
    invisible cabello de su cabeza al tacón de sus zapatos, era un vivo
    deseo, y cómo al cruzar el hall para ir adentro, cada golpe de su
    falda contra el charol iba arrastrando mi alma como un papel.

    Volvió, se rió, cruzó rozando a mi lado, sonriéndome forzosamente,
    pues estaba a su paso, mientras yo, como un idiota, continuaba soñando
    con una súbita detención a mi lado, y no una, sino dos manos, puestas
    sobre mis sienes:

    –Y bien: ahora que me has visto de pie: ¿me quieres todavía?

    ¡Bah! Muerto, bien muerto, me despedí, y oprimí un instante aquella
    mano fría, amable y rápida.

    * * * * *

    Hay, sin embargo, una cosa absolutamente cierta, y es ésta: María
    Elvira puede no recordar lo que sintió en sus días de fiebre, admito
    esto. Pero está perfectamente enterada de lo que pasó, por los cuentos
    posteriores. Luego, es imposible que yo esté para ella desprovisto del
    menor interés. De encantos–¡Dios me perdone!–todo lo que ella
    quiera. Pero de interés, el hombre con quien se ha soñado veinte
    noches seguidas, eso no. Por lo tanto, su perfecta indiferencia a mi
    respecto, no es racional. ¿Qué ventajas, qué remota probabilidad de
    dicha puede reportarme constatar esto? Ninguna, que yo vea. María
    Elvira se precave así contra mis posibles pretensiones por aquello; he
    aquí todo.

    En lo que no tiene razón. Que me guste desesperadamente, muy bien.
    Pero que vaya yo a exigir el pago de un pagaré de amor firmado sobre
    una carpeta de meningitis, ¡diablo! eso no.

    * * * * *

    Nueve de la mañana.–No es hora sobremanera decente de acostarse, pero
    así es. Del baile de lo de Rodríguez Peña, a Palermo. Luego al bar.
    Todo perfectamente solo. Y ahora a la cama.

    Pero no sin disponerme a concluir el paquete de cigarrillos, antes de
    que el sueño venga. Y aquí está la causa: bailé anoche con María
    Elvira. Y después de bailar, hablamos así:

    –Estos puntitos de la pupila–me dijo, frente uno de otro en la
    mesita,–no se me han ido aún. No sé qué será… Antes de mi
    enfermedad no los tenía.

    Precisamente nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese
    detalle. Con lo que sus ojos no quedaban sino más luminosos.

    Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era
    tarde.

    –Sí,–le dije, observando sus ojos;–me acuerdo de que antes no los
    tenía…

    Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reir:

    –Es cierto; Vd. debe saberlo más que nadie.

    ¡Ah! ¡qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi
    pecho! Era posible hablar de eso, por fin!

    –Eso creo–repuse.–Más que nadie, no sé… Pero si; en el momento a
    que se refiere, más que nadie, con seguridad.

    Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.

    ¡Ah, sí!–se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya,
    alzándolos a las parejas que pasaban a nuestro lado.

    Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablábamos,
    supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin bajar los ojos, como
    si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesión de
    film, agregó de costado:

    –Cuando era mi amor, al parecer.

    –Perfectamente bien dicho–le dije–su amor _al parecer_.

    Ella me miró entonces, devolviéndome la sonrisa.

    –No…

    Y se calló.

    –¿No… qué? Concluya.

    –¿Para qué? Es una zoncera.

    –No importa; concluya.

    Ella se echó a reir:

    –¿Para qué? En fin…¿no supondrá que no era _al parecer_?

    –Es un insulto gratuito–le respondí.–Yo fuí el primero en constatar
    la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor… _al parecer_.

    –¡Y dale!…–murmuró.–Pero a mi vez el demonio de la locura me
    arrastró tras aquel ¡_y dale_! burlón, a una pregunta que nunca
    debiera haber hecho.

    –Oigame, María Elvira–me incliné:–¿Vd. no recuerda nada, no es
    cierto, nada de aquella ridícula historia?

    Me miró muy seria, con altivez, si se quiere, pero al mismo tiempo con
    atención, como cuando nos disponemos a oir cosas que a pesar de todo
    no nos disgustan.

    –¿Qué historia?–dijo.

    –La otra, cuando yo vivía a su lado…–le hice notar con suficiente
    claridad.

    –Nada… absolutamente nada.

    –Veamos; míreme un instante…

    –No, ni aunque lo mire…–me lanzó en una carcajada.

    –No, no es eso… Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no
    sepa… Quería decirle esto: ¿No se acuerda Vd. de haberme dicho algo…
    dos o tres palabras nada más… la última noche que tuvo fiebre?

    María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó
    luego, más altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo
    la cabeza:

    –No, no recuerdo…

    –¡Ah!–me callé.

    Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún.

    –¿Qué–murmuró.

    –¿Qué… qué?–repetí.

    –¿Qué le dije?

    –Tampoco me acuerdo ya…

    –Sí, se acuerda… ¿Qué le dije?

    –No sé, le aseguro…

    –Sí, sabe… ¿Qué le dije?

    –¡Veamos!–me eché de nuevo sobre la mesa.–Si Vd. no recuerda
    absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre,
    ¿qué puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?

    El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo,
    contentándose con mirarme un instante más y apartar la vista con una
    corta sacudida de hombros.

    –Vamos–me dijo bruscamente.–Quiero bailar este vals.

    –Es justo–me levanté.–El sueño de vals que bailábamos no tiene nada
    de divertido.

    No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar con los
    ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals.

    –¿Qué sueño de vals desagradable para Vd.?–me dijo de pronto, sin
    dejar de recorrer el salón con la vista.

    –Un vals de delirio… no tiene nada que ver con esto–me encogí a
    mi vez de hombros.

    Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no
    dijo una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal que
    buscaba. De modo que deteniéndose, me dijo con una sonrisa forzada–la
    ineludible forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella historia:

    –Si quiere, entonces, baile este vals con su amor…

    –… _al parecer_. No agrego una palabra más–repuse, pasando la mano
    por su cintura.

    * * * * *

    Un mes más transcurrido. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis María
    están para mí ahora llenos de poético misterio! La madre es, desde
    luego, la persona a quien María Elvira tutea y besa más íntimamente.
    Su hermana la ha visto desvestirse. Luis María, por su parte, se
    permite pasarle la mano por la barbilla cuando entra y ella está
    sentada de espaldas. Tres personas bien felices, como se ve, e
    incapaces de apreciar la dicha en que se ven envueltos.

    En cuanto a mí, me paso la vida llevando cigarros a la boca como quien
    quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere?

    Después del baile en lo de Peña, he estado con ella muchas veces–en
    su casa, desde luego, todos los miércoles.

    Conserva su mismo círculo de amigos, sostiene a todos con su risa, y
    flirtea admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre
    halla modo de no perderme de vista. Esto cuando está con los otros.
    Pero cuando está conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.

    ¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes
    una buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta.

    Anoche, sin embargo, he tenido un momento de tregua. Era miércoles.
    Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de María Elvira,
    lanzada hacia nosotros por sobre los hombros del cuádruple flirt que
    la rodeaba, puso su espléndida figura en nuestra conversación.
    Hablamos de ella, y fugazmente, de la vieja historia. Un rato después
    se detenía ante nosotros.

    –¿De qué hablan?

    –De muchas cosas; de Vd. en primer término–respondió el médico.

    –Ah, ya me parecía…–Y recogiendo hacia ella un silloncito romano,
    se sentó cruzada de piernas, el busto tendido adelante, con la cara
    sostenida en la mano.

    –Sigan; ya escucho.

    –Contaba a Durán–dijo Ayestarain,–que casos como el que le ha
    pasado a Vd. en su enfermedad, son raros, pero hay algunos. Un autor
    inglés, no recuerdo cual, cita uno. Solamente que es más feliz que
    el suyo.

    –¿Más feliz? ¿Y por qué?

    –Porque en aquél no hay fiebre, y ambos se aman en sueños. En cambio,
    en este caso, Vd. era únicamente quien amaba…

    ¿Dije ya que la actitud de Ayestarain me había parecido siempre un
    tanto tortuosa respecto a mí? Si no lo dije, tuve en aquel momento un
    fulminante deseo de hacérselo sentir, no solamente con la mirada.
    Algo, no obstante, de ese anhelo debió percibir en mis ojos, porque se
    levantó riendo:

    –Los dejo para que hagan las paces.

    –¡Maldito bicho!–murmuré, ya tranquilo cuando se alejó.

    –¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?

    –Dígame, María Elvira–exclamé–¿le ha hecho el amor a Vd. alguna
    vez?

    –¿Quién, Ayestarain?

    –Sí, él.

    Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:

    –Sí–me contestó.

    –¡Ah, ya me lo esperaba!… Por lo menos ese tiene
    suerte…–murmuré, ya amargado del todo.

    –¿Por qué?–me preguntó.

    Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a otro
    lado. Ella siguió mi vista. Pasó un momento.

    –¿Por qué?–insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las
    mujeres, cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un
    hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que
    siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Mordía un
    papel–jamás supe de dónde pudo salir–y me miraba, subiendo y bajando
    imperceptiblemente las cejas.

    –¿Por qué?–repuse al fin.–Porque él ha tenido por lo menos la
    suerte de no servir de muñeco ridículo al lado de una cama, y puede
    hablar seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se
    entendiera lo que digo…¿comprende ahora?

    María Elvira me miró unos instantes pensativa, y luego movió
    negativamente la cabeza, con su papel en los labios.

    –¿Es cierto o no?–insistí, pero ya con el corazón a loco escape.

    Ella tornó a sacudir la cabeza:

    –No, no es cierto…

    –¡María Elvira!–llamó Angélica de lejos.

    Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo más inoportuna.
    Pero jamás una voz fraternal ha caído en un diluvio de hielo y pez
    fría tan fuera de propósito como aquella vez.

    María Elvira tiró el papel y bajó la rodilla.

    –Me voy–me dijo riendo, con la risa que ya le conocía cuando
    afrontaba un flirt.

    –¡Un solo momento!–le dije.

    –¡Ni uno más!–me respondió alejándose ya y negando con la mano.

    ¿Qué me quedaba por hacer? Nada, a no ser tragar el papelito húmedo,
    hundir la boca en el hueco que había dejado su rodilla, y estrellar el
    sillón contra la pared. Y estrellarme en seguida yo mismo contra un
    espejo, por imbécil. La inmensa rabia de mí mismo me hacía sufrir,
    sobre todo. ¡Intuiciones viriles! ¡Sicologías de hombre corrido! Y la
    primer coqueta cuya rodilla está marcada allí, se burla de todo eso
    con una frescura sin par!

    * * * * *

    No puedo más. La quiero como un loco, y no sé, lo que es más amargo
    aún, si ella me quiere realmente o no. Además, sueño, sueño demasiado,
    y cosas por el estilo: Ibamos del brazo por un salón, ella toda de
    blanco, y yo como un bulto negro a su lado. No había más que personas
    de edad en el salón, y todas sentadas, mirándonos pasar. Era, sin
    embargo, un salón de baile. Y decían de nosotros: _La meningitis y Su
    Sombra_. Me desperté, y volví a soñar: el tal salón de baile estaba
    frecuentado por los muertos diarios de una epidemia. El traje blanco
    de María Elvira era un sudario, y yo era la misma sombra de antes,
    pero tenía ahora por cabeza un termómetro. Eramos siempre _La
    meningitis y Su Sombra_.

    ¿Qué puedo hacer con sueños de esta naturaleza? No puedo más. Me voy a
    Europa, a Norte América, a cualquier parte, donde pueda olvidarla.

    ¿A qué quedarme? ¿A recomenzar la historia de siempre, quemándome
    solo, como un payaso, o a desencontrarnos cada vez que nos sentimos
    juntos? ¡Ah, no! Concluyamos con esto. No sé el bien que le podrá
    hacer a mis planos esta ausencia sentimental (¡y sí, sentimental!,
    aunque no quiera); pero quedarme sería ridículo, y estúpido, y no hay
    para qué divertir más a las María Elvira.

    * * * * *

    Podría escribir aquí cosas pasablemente distintas de las que acabo de
    anotar, pero prefiero contar simplemente lo que pasó el último día que
    vi a María Elvira.

    Por bravata, o desafío a mí mismo, o quién sabe por qué mortuoria
    esperanza de suicida, fuí la tarde anterior de mi salida a despedirme
    de los Funes. Ya hacía diez días que tenía mis pasajes en el bolsillo,
    por donde se verá cuánto desconfiaba de mí mismo.

    María Elvira estaba indispuesta–asunto de garganta o jaqueca–pero
    visible. Pasé un momento a la antesala a saludarla. La hallé hojeando
    músicas, desganada. Al verme se sorprendió un poco, aunque tuvo tiempo
    de echar una rápida ojeada al espejo. Tenía el rostro abatido, los
    labios pálidos, y los ojos oscuros de ojeras. Pero era ella siempre,
    más hermosa aún para mí, porque la perdía.

    Le dije sencillamente que me iba, y que le deseaba mucha felicidad.

    Al principio no me comprendió.

    –¿Se va? ¿Y adónde?

    –A Norte América… Acabo de decírselo.

    –¡Ah!–murmuró, marcando bien claramente la contracción de los
    labios. Pero en seguida me miró, inquieta.

    –¿Está enfermo?

    –¡Pst!… no precisamente… No estoy bien.

    –¡Ah!–murmuró de nuevo. Y miró hacia afuera a través de los vidrios,
    abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento.

    Por lo demás, llovía en la calle, y la antesala no estaba clara.

    Se volvió a mí.

    –¿Por qué se va?–me preguntó.

    –¡Hum!–me sonreí–Sería muy largo, infinitamente largo de contar…
    En fin, me voy.

    María Elvira fijó aún los ojos en mí, y su expresión, preocupada y
    atenta, se tornó sombría.

    Concluyamos, me dije. Y adelánteme:

    –Bueno, María Elvira…

    Me tendió lentamente la mano, una mano fría y húmeda, de jaqueca.

    –Antes de irse–me dijo–¿no me quiere decir por qué se va?

    Su voz había bajado un tono. El corazón me latió locamente, pero como
    en un relámpago, la vi ante mí, como aquella noche, alejándose riendo
    y negando con la mano: "no, ya estoy satisfecha"… ¡Ah, no, yo
    también! ¡Con aquello tenía bastante!

    –Me voy–le dije bien claro–porque estoy hasta aquí, de dolor,
    ridiculez y vergüenza de mí mismo! ¿Está contenta ahora?

    Tenía aún la mano en la mía. La retiró, se volvió lentamente, quitó la
    música del atril para colocarla sobre el piano, todo con pausa y
    mesura, y me miró de nuevo con esforzada y dolorosa sonrisa:

    –¿Y si yo… le pidiera que no se fuera?…

    –¡Pero por Dios bendito!–exclamé–¡No se da cuenta de que me está
    matando con estas cosas! ¡Estoy harto de sufrir y echarme en cara mi
    infelicidad! ¿Qué ganamos, qué gana Vd. con estas cosas? ¡No, basta
    ya! ¿Sabe Vd.–agregué adelantándome–lo que Vd. me dijo aquella
    última noche de su enfermedad? ¿Quiere que se lo diga? ¿Quiere?

    Quedó inmóvil, toda ojos.

    –Si, dígame…

    –¡Bueno! Vd. me dijo, y maldita sea la noche en que lo oí, Vd. me
    dijo bien claro esto: y–cuan–do–no tenga–más–de–li–rio, me
    que–rrás toda–ví–a? Vd. tenía delirio aún, ya lo sé… ¿Pero qué
    quiere que haga yo ahora? ¿Quedarme aquí, a su lado, desangrándome
    vivo con su modo de ser, porque la quiero como un idiota!… Esto es
    bien claro también, eh? ¡Ah! le aseguro que no es vida la que llevo!
    ¡No, no es vida!

    Había apoyado la frente en los vidrios, deshecho, sintiendo que
    después de lo que había dicho, mi amor, mi alma, mi vida, se
    derrumbaban para siempre jamás.

    Pero era menester concluir y me volví: ella estaba a mi lado, y en sus
    ojos–como en un relámpago, de felicidad esta vez–vi en sus ojos
    resplandecer, marearse, sollozar, la luz de húmeda dicha que creía
    muerta ya.

    –¡María Elvira!–exclamé, grité, creo.–¡Mi amor querido! ¡Mi alma
    adorada!

    Y ella, en silenciosas lágrimas de tormento concluído, vencida,
    entregada, dichosa, había hallado por fin sobre mi pecho, postura
    cómoda a su cabeza.

    * * * * *

    Y nada más. ¿Habrá cosa más sencilla que todo esto? Yo he sufrido, es
    bien posible, llorado, aullado de dolor, y debo creerlo porque así lo
    he escrito. ¡Pero qué endiabladamente lejos está todo eso! Y tanto más
    lejos porque–y aquí está lo más gracioso de esta nuestra
    historia–ella está aquí, a mi lado, leyendo con la cabeza sobre la
    lapicera, lo que escribo. Ha protestado, bien se ve, ante no pocas
    observaciones mías; pero en honor del arte literario en que nos hemos
    engolfado con tanta frescura, se resigna como buena esposa. Por lo
    demás, ella cree conmigo que la impresión general de la narración,
    reconstruída por etapas, es un reflejo bastante acertado de lo que
    pasó, sentimos y sufrimos. Lo cual, para obra de un ingeniero, no está
    del todo mal.

    En este momento María Elvira me interrumpe para decirme que la última
    línea escrita no es verdad: Mi narración no sólo no está del todo mal,
    sino que está bien, muy bien. Y como argumento irrefutable, me echa
    los brazos al cuello y me mira, no sé si a mucho más de cinco
    centímetros.

    –¿Es verdad?–murmura–o arrulla, mejor dicho.

    –¿Se puede poner arrulla?–le pregunto.

    –¡Sí, y esto, y esto! Y me da un beso.

    ¿Qué más puedo añadir?

    FIN

  • Candido, o El Optimismo

    Candido, o El Optimismo

    Aproximadamente 32.753 palavras.

    Produced by Tom Richards, Arno Peters, Juliet Sutherland,
    Charles Franks and the Online Distributed Proofreading Team.

    CANDIDO,

    Ó

    EL OPTIMISMO,

    VERSION DEL ORIGINAL TUDESCO DEL DR. RALPH,

    Con las adiciones que se han hallado en los papeles del Doctor,
    despues de su fallecimiento en Minden, el año 1759 de nuestra
    redencion.

    CAPITULO PRIMERO.

    _Donde se da cuenta de como fué criado Candido en una hermosa
    quinta, y como de ella fué echado á patadas._

    En la quinta del Señor baron de Tunderten-tronck, título de la
    Vesfalia, vivia un mancebo que habia dotado de la índole mas apacible
    naturaleza. Víase en su fisonomía su alma: tenia bastante sano juicio,
    y alma muy sensible; y por eso creo que le llamaban Candido.
    Sospechaban los criados antiguos de la casa, que era hijo de la
    hermana del señor baron, y de un honrado hidalgo, vecino suyo, con
    quien jamas consintió en casarse la doncella, visto que no podia
    probar arriba de setenta y un quarteles, porque la injuria de los
    tiempos habia acabado con el resto de su árbol genealógico.

    Era el señor baron uno de los caballeros mas poderosos de la Vesfalia;
    su quinta tenia puerta y ventanas, y en la sala estrado habia una
    colgadura. Los perros de su casa componian una xauria quando era
    menester; los mozos de su caballeriza eran sus picadores, y el
    teniente-cura del lugar su primer capellan: todos le daban señoría, y
    se echaban á reir quando decia algun chiste.

    La señora baronesa que pesaba unas catorce arrobas, se habia grangeado
    por esta prenda universal respeto, y recibia las visitas con una
    dignidad que la hacia aun mas respetable. Cunegunda, su hija, doncella
    de diez y siete años, era rolliza, sana, de buen color, y muy
    apetitosa muchacha; y el hijo del baron en nada desdecia de su padre.
    El oráculo de la casa era el preceptor Panglós, y el chicuelo Candido
    escuchaba sus lecciones con toda la docilidad propia de su edad y su
    carácter.

    Demostrado está, decia Panglós, que no pueden ser las cosas de otro
    modo; porque habiéndose hecho todo con un fin, no puede ménos este de
    ser el mejor de los fines. Nótese que las narices se hiciéron para
    llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas
    notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas; las
    piedras para sacarlas de la cantera y hacer quintas, y por eso tiene
    Su Señoría una hermosa quinta; el baron principal de la provincia ha
    de estar mas bien aposentado que otro ninguno: y como los marranos
    naciéron para que se los coman, todo el año comemos tocino. De suerte
    que los que han sustentado que todo está bien, han dicho un disparate,
    porque debian decir que todo está en el último ápice de perfeccion.

    Escuchábale Candido con atención, y le creía con inocencia, porque la
    señorita Cunegunda le parecía un dechado de lindeza, puesto que nunca
    habia sido osado á decírselo. Sacaba de aquí que despues de la
    imponderable dicha de ser baron de Tunder-ten-tronck, era el segundo
    grado el de ser la señorita Cunegunda, el tercero verla cada dia, y el
    quarto oir al maestro Panglós, el filósofo mas aventajado de la
    provincia, y por consiguiente del orbe entero.

    Paseándose un dia Cunegunda en los contornos de la quinta por un
    tallar que llamaban coto, por entre unas matas vio al doctor Panglós
    que estaba dando lecciones de física experimental á la doncella de
    labor de su madre, morenita muy graciosa, y no ménos dócil. La niña
    Cunegunda tenia mucha disposicion para aprender ciencias; observó pues
    sin pestañear, ni hacer el mas mínimo ruido, las repetidas
    experiencias que ámbos hacian; vió clara y distintamente la razon
    suficiente del doctor, sus causas y efectos, y se volvió desasosegada
    y pensativa, preocupada del anhelo de adquirir ciencia, y figurándose
    que podía muy bien ser ella la razón suficiente de Candido, y ser este
    la suya.

    De vuelta á la quinta encontró á Candido, y se abochornó, y Candido se
    puso también colorado. Saludóle Cunegunda con voz trémula, y
    correspondió Candido sin saber lo que se decia. El dia siguiente,
    despues de comer, al levantarse de la mesa, se encontraron detras de
    un biombo Candido y Cunegunda; esta dexó caer el pañuelo, y Candido le
    alzó del suelo; ella le cogió la mano sin malicia, y sin malicia
    Candido estampó un beso en la de la niña, pero con tal gracia, tanta
    viveza, y tan tierno cariño, qual no es ponderable; topáronse sus
    bocas, se inflamáron sus ojos, les tembláron las rodillas, y se les
    descarriáron las manos…. En esto estaban quando acertó á pasar por
    junto al biombo el señor barón de Tunder-ten-tronck, y reparando en
    tal causa y tal efecto, sacó á Candido fuera de la quinta á patadas en
    el trasero. Desmayóse Cunegunda; y quando volvió en sí, le dió la
    señora baronesa una mano de azotes; y reynó la mayor consternación en
    la mas hermosa y deleytosa quinta de quantas exîstir pueden.

    CAPITULO II.

    _De lo que sucedió á Candido con los Búlgaros._

    Arrojado Candido del paraiso terrenal fué andando mucho tiempo sin
    saber adonde se encaminaba, lloroso, alzando los ojos al cielo, y
    volviéndolos una y mil veces á la quinta que la mas linda de las
    baronesitas encerraba; al fin se acostó sin cenar, en mitad del campo
    entre dos surcos. Caía la nieve á chaparrones, y al otro dia Candido
    arrecido llegó arrastrando como pudo al pueblo inmediato llamado
    Valdberghof-trabenk-dik-dorf, sin un ochavo en la faltriquera, y
    muerto de hambre y fatiga. Paróse lleno de pesar á la puerta de una
    taberna, y repararon en el dos hombres con vestidos azules. Cantarada,
    dixo uno, aquí tenemos un gallardo mozo, que tiene la estatura que
    piden las ordenanzas. Acercáronse al punto á Candido, y le convidáron
    á comer con mucha cortesía. Caballeros, les dixo Candido con la mas
    sincera modestia, mucho favor me hacen vms., pero no tengo para pagar
    mi parte. Caballero, le dixo uno de los azules, los sugetos de su
    facha y su mérito nunca pagan. ¿No tiene vm. dos varas y seis dedos?
    Sí, señores, esa es mi estatura, dixo haciéndoles una cortesía. Vamos,
    caballero, siéntese vm. á la mesa, que no solo pagarémos, sino que no
    consentirémos que un hombre como vm. ande sin dinero; que entre gente
    honrada nos hemos de socorrer unos á otros. Razón tienen vms., dixo
    Candido; así me lo ha dicho mil veces el señor Panglós, y ya veo que
    todo está perfectísimo. Le ruegan que admita unos escudos; los toma, y
    quiere dar un vale; pero no se le quieren, y se sientan á la mesa.–¿No
    quiere vm. tiernamente?… Sí, Señores, respondió Candido, con la
    mayor ternura quiero á la baronesita Cunegunda. No preguntamos eso, le
    dixo uno de aquellos dos señores, sino si quiere vm. tiernamente al
    rey de los Bulgaros. No por cierto, dixo, porque no le he visto en mi
    ida.–Vaya, pues es el mas amable de los reyes, ¿Quiere vm. que
    brindemos á su salud?–Con mucho gusto, señores; y brinda. Basta con
    eso, le dixéron, ya es vm. el apoyo, el defensor, el adalid y el héroe
    de los Bulgaros; tiene segura su fortuna, y afianzada su gloria.
    Echáronle al punto un grillete al pié, y se le lleváron al regimiento,
    donde le hiciéron volverse á derecha y á izquierda, meter la baqueta,
    sacar la baqueta, apuntar, hacer fuego, acelerar el paso, y le diéron
    treinta palos: al otro dia hizo el exercicio algo ménos jual, y no le
    diéron mas de veinte; al tercero, llevó solamente diez, y le tuviéron
    sus camaradas por un portento.

    Atónito Candido aun no podia entender bien de qué modo era un héroe.
    Púsosele en la cabeza un dia de primavera irse á paseo, y siguió su
    camino derecho, presumiendo que era prerogativa de la especie humana,
    lo mismo que de la especie animal, el servirse de sus piernas á su
    antojo. Mas apénas había andado dos leguas, quando héteme otros quatro
    héroes de dos varas y tercia, que me lo agarran, me le atan, y me le
    llevan á un calabozo, Preguntáronle luego jurídicamente si queria mas
    pasar treinta y seis veces por baquetas de todo el regimiento, ó
    recibir una vez sola doce balazos en la mollera. Inútilmente alegó que
    las voluntades eran libres, y que no queria ni una cosa ni otra, fué
    forzoso que escogiese; y en virtud de la dádiva de Dios que llaman
    libertad, se resolvió á pasar treinta y seis veces baquetas, y sufrió
    dos tandas. Componíase el regimiento de dos mil hombres, lo qual hizo
    justamente quatro mil baquetazos que de la nuca al trasero le
    descubriéron músculos y nervios. Iban á proceder á la tercera tanda,
    quando Candido no pudiendo aguantar mas pidió por favor que se le
    hicieran de levantarle la tapa de los sesos; y habiendo conseguido tan
    señalada merced, le estaban vendando los ojos, y le hacían hincarse de
    rodillas, quando acertó á pasar el rey de los Bulgaros, que
    informándose del delito del paciente, como era este rey sugeto de
    mucho ingenio, por todo quanto de Candido le dixéron, echó de ver que
    era un aprendiz de metafísica muy bisoño en las cosas de este mundo, y
    le otorgó el perdon con una clemencia que fué muy loada en todas las
    gacetas, y lo será en todos los siglos. Un diestro cirujano curó á
    Candido con los emolientes que enseña Dioscórides. Un poco de cútis
    tenia ya, y empezaba á poder andar, quando dió una batalla el rey de
    los Bulgaros al de los Abaros.

    CAPITULO III.

    _De qué modo se libró Candido de manos de los Bulgaros, y de lo que
    le sucedió despues._

    No habia cosa mas hermosa, mas vistosa, mas lucida, ni mas bien
    ordenada que ámbos exércitos: las trompetas, los pífanos, los
    atambores, los obués y los cañones formaban una harmonía qual nunca
    la hubo en los infiernos. Primeramente los cañones derribáron unos
    seis mil hombres de cada parte, luego la fusilería barrió del mejor de
    los mundos unos nueve ó diez mil bribones que inficionaban su
    superficie; y finalmente la bayoneta fué la razon suficiente de la
    muerte de otros quantos miles. Todo ello podia sumar cosa de treinta
    millares. Durante esta heroica carnicería, Candido, que temblaba como
    un filósofo, se escondió lo mejor que supo.

    Miéntras que hacian cantar un _Te Deum_ ámbos reyes cada uno en
    su campo, se resolvió nuestro héroe á ir á discurrir á otra parte
    sobre las causas y los efectos. Pasó por encima de muertos y
    moribundos hacinados, y llegó á un lugar inmediato que estaba hecho
    cenizas; y era un lugar abaro que conforme á las leyes de derecho
    público habian incendiado los Bulgaros: aquí, unos ancianos
    acribillados de heridas contemplaban exhalar el alma á sus esposas
    degolladas; mas allá, daban el postrer suspiro vírgenes pasadas á
    cuchillo despues de haber saciado los deseos naturales de algunos
    héroes; otras medio tostadas clamaban por que las acabaran de matar;
    la tierra estaba sembrada de sesos al lado de brazos y piernas
    cortadas.

    Huyóse á toda priesa Candido á otra aldea que pertenecia á los
    Bulgaros, y que habia sido igualmente tratada por los héroes abaros.
    Al fin caminando sin cesar por cima de miembros palpitantes, ó
    atravesando ruinas, salió al cabo fuera del teatro de la guerra, con
    algunas cortas provisiones en la mochila, y sin olvidarse un punto de
    su Cunegunda. Al llegar á Holanda se le acabáron las provisiones; mas
    habiendo oido decir que la gente era muy rica en este pais, y que eran
    cristianos, no le quedó duda de que le darian tan buen trato como el
    que en la quinta del señor baron le habian dado, ántes de haberle
    echado á patadas á causa de los buenos ojos de Cunegunda la
    baronesita.

    Pidió limosna á muchos sugetos graves que todos le dixéron que si
    seguia en aquel oficio, le encerrarian en una casa de correccion, para
    enseñarle á vivir sin trabajar. Dirigióse luego á un hombre que
    acababa de hablar una hora seguida en una crecida asamblea sobre la
    caridad, y el orador, mirándole de reojo, le dixo: ¿A qué vienes
    aquí? ¿estás por la buena causa? No hay efecto sin causa, respondió
    modestamente Candido; todo está encadenado por necesidad, y ordenado
    para lo mejor: ha sido necesario que me echaran de casa de la
    baronesita Cunegunda, y que pasara baquetas, y es necesario que
    mendigue el pan hasta que le pueda ganar; nada de esto podia ménos de
    suceder. Amiguito, le dixo el orador, ¿crees que el papa es el
    ante-cristo? Nunca lo habia oido, respondió Candido; pero, séalo ó no
    lo sea, yo no tengo pan que comer. Ni lo mereces, replicó el otro;
    anda,
    bribon, anda, miserable, y que no te vuelva yo á ver en mi vida.
    Asomóse en esto á la ventana la muger del ministro, y viendo á uno que
    dudaba de que el papa fuera el ante-cristo, le tiró á la cabeza un
    vaso lleno de…. ¡O cielos, á qué excesos se entregan las damas por
    zelo de la religion!

    Uno que no habia sido bautizado, un buen anabantista, llamado
    Santiago, testigo de la crueldad y la ignominia con que trataban á uno
    de sus hermanos, á un ser bípedo y sin plumas, que tenia alma, se le
    llevó á su casa, le limpió, le dió pan y cerbeza, y dos florines, y
    ademas quiso enseñarle á trabajar en su fábrica de texidos de Persia,
    que se hacen en Holanda. Candido, arrodillándose casi á sus plantas,
    clamaba: Bien decia el maestro Panglós, que todo estaba perfectamente
    en este mundo; porque infinitamente mas me enternece la mucha
    generosidad de vm., que lo que me enojó la inhumanidad de aquel señor
    de capa negra, y de su señora muger.

    Yendo al otro dia de pasco se encontró con un pordiosero, cubierto de
    lepra, los ojos casi ciegos, carcomida la punta de la nariz, la boca
    tuerta, ennegrecídos los dientes, y el habla gangosa, atormentado de
    una violenta tos, y que á cada esfuerzo escupia una muela.

    CAPITULO IV.

    _De qué modo encontró Candido á su maestro de filosofía, el doctor
    Panglós, y de lo que le aconteció._

    Mas que á horror movido á compasion Candido le dió á este horroroso
    pordiosero los dos florines que de su honrado anabautista Santiago
    habia recibido. Miróle de hito en hito la fantasma, y vertiendo
    lágrimas se le colgó al cuello. Zafóse Candido asustado, y el
    miserable dixo al otro miserable: ¡Ay! ¿con que no conoces á tu amado
    maestro Panglós? ¿Qué oygo? ¡vm., mi amado maestro! ¡vm. en tan
    horrible estado! ¿Pues qué desdicha le ha sucedido? ¿porqué no está en
    la mas hermosa de las granjas? ¿qué se ha hecho la señorita Cunegunda,
    la perla de las doncellas, la obra maestra de la naturaleza? No puedo
    alentar, dixo Panglós. Llevóle sin tardanza Candido al pajar del
    anabautista, le dió un mendrugo de pan; y quando hubo cobrado aliento
    Panglós, le preguntó: ¿Qué es de Cunegunda? Es muerta, respondió el
    otro. Desmayóse Candido al oirlo, y su amigo le volvió á la vida con
    un poco de vinagre malo que encontró acaso en el pajar. Abrió Candido
    los ojos, y exclamó: ¡Cunegunda muerta! Ha perfectísimo entre los
    mundos, ¿adonde estás? ¿y de qué enfermedad ha muerto? ¿ha sido por
    ventura de la pesadumbre de verme echar á patadas de la soberbia
    quinta de su padre? No por cierto, dixo Panglós, sino de que unos
    soldados bulgaros le sacáron las tripas, despues que la hubiéron
    violado hasta mas no poder, habiendo roto la mollera al señor baron
    que la quiso defender. La señora baronesa fué hecha pedazos, mi pobre
    alumno tratado lo mismo que su hermana, y en la granja no ha quedado
    piedra sobre piedra, ni troxes, ni siquiera un carnero, ni una
    gallina, ni un árbol; pero bien nos han vengado, porque lo mismo han
    hecho los Abaros en una baronía inmediata que era de un señor bulgaro.

    Desmayóse otra vez Candido al oir este lamentable cuento; pero vuelto
    en sí, y habiendo dicho quanto tenia que decir, se informó de la causa
    y efecto, y de la razon suficiente que en tan lastimosa situacion á
    Panglós habia puesto. ¡Ay! dixo el otro, el amor ha sido; el amor, el
    consolador del humano linage, el conservador del universo, el alma de
    todos los seres sensibles, el blando amor. Ha, dixo Candido, yo
    tambien he conocido á ese amor, á ese árbitro de los corazones, á esa
    alma de nuestra alma, que nunca me ha valido mas que un beso y veinte
    patadas en el trasero. ¿Cómo tan bella causa ha podido producir en vm.
    tan abominables efectos? Respondióle Panglós en los términos
    siguientes: Ya conociste, amado Candido, á Paquita, aquella linda
    doncella de nuestra ilustre baronesa; pues en sus brazos gocé los
    contentos celestiales, que han producido los infernales tormentos que
    ves que me consumen: estaba podrida, y acaso ha muerto. Paquita debió
    este don á un Franciscano instruidísimo, que había averiguado el
    orígen de su achaque, porque se le habia dado una condesa vieja, la
    qual le habia recibido de un capitan de caballería, que le hubo de una
    marquesa, á quien se le dió un page, que le cogió de un jesuita, el
    qual, siendo novicio, le habia recibido en línea recta de uno de los
    compañeros de Cristobal Colon. Yo por mi no se le daré á nadie, porque
    me voy á morir luego.

    ¡O Panglós, exclamó Candido, qué raro árbol de genealogía es ese! ¿fué
    acaso el diablo su primer tronco? No por cierto, replicó aquel varon
    eminente, que era indispensable cosa y necesario ingrediente del mas
    excelente de los mundos; porque si no hubieran pegado á Colon en una
    isla de América este mal que envenena el manantial de la generacion, y
    que á veces estorba la misma generacion, y manifiestamente se opone al
    principal blanco de naturaleza, no tuviéramos ni chocolate ni
    cochinilla; y se ha de notar que hasta el dia de hoy es peculiar de
    nosotros esta dolencia en este continente, no ménos que la teología
    escolástica. Todavía no se ha introducido en la Turquía, en la India,
    en la Persia, en la China, en Sian, ni en el Japon; pero razon hay
    suficiente para que la padezcan dentro de algunos siglos. Miéntras
    tanto es bendicion de Dios lo que entre nosotros prospera, con
    particularidad en los exércitos numerosos, que constan de honrados
    ganapanes muy bien educados, los quales deciden la suerte de los
    estados, y donde se puede afirmar con certeza, que quando pelean
    treinta mil hombres en campal batalla contra un exército igualmente
    numeroso, hay cerca de veinte mil galicosos por una y otra parte.

    Portentosa cosa es esa, dixo Candido, pero es preciso tratar de
    curaros. ¿Y cómo me he de curar, amiguito, dixo Panglós, si no tengo
    un ochavo; y en todo este vasto globo á nadie sangran, ni le
    administran una lavativa, sin que pague ó que alguien pague por él?

    Estas últimas razones determináron á Candido á irse á echar á los
    piés de su caritativo anabautista Santiago, á quien pintó tan
    tiernamente la situacion á que se vía reducido su amigo, que no
    dificultó el buen hombre en hospedar al doctor Panglós, y curarle á su
    costa. Esta cura no costó á Panglós mas que un ojo y una oreja. Como
    sabia escribir y contar con perfeccion, le hizo el anabautista su
    tenedor de libros. Viéndose precisado á cabo de dos meses á ir á
    Lisboa para asuntos de su comercio, se embarcó con sus dos filósofos.
    Panglós le explicaba de qué modo todas las cosas estaban
    peifectísimamente, y Santiago no era de su parecer. Fuerza es, decia,
    que hayan los hombres estragado algo la naturaleza, porque no
    naciéron lobos, y se han convertido en lobos. Dios no les dió ni
    cañones de veinte y quatro, ni bayonetas, y ellos para destruirse han
    fraguado bayonetas y cañones. Tambien pudiera mentar las quiebras, y
    la justicia que embarga los bienes de los fallidos para frustrar á los
    acreedores. Todo eso era indispensable, replicó el doctor tuerto, y de
    los males individuales se compone el bien general; de suerte que
    quanto mas males particulares hay, mejor está el todo. Miéntras estaba
    argumentando, se obscureció el cielo, sopláron furiosos los vientos de
    los quatro ángulos del mundo, y á vista del puerto de Lisboa fué
    embutido el navío de la tormenta mas hermosa.

    CAPITULO V.

    _De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos del
    doctor Panglós, de Candido, y de Santiago el anabautista._

    Sin fuerza y medio muertos la mitad de los pasageros con las
    imponderables bascas que causa el balance de un navío en los nervios y
    en todos los humores que en opuestas direcciones se agitan, ni aun
    para temer el riesgo tenian ánimo: la otra mitad gritaba y rezaba;
    estaban rasgadas las velas, las xarcias rotas, y abierta la nave:
    quien podia trabajaba, nadie se entendia, y nadie mandaba. Algo
    ayudaba á la faena el anabautista, que estaba sobre el combes, quando
    un furioso marinero le pega un fiero embion, y le derriba en las
    tablas; pero fué tanto el esfuerzo que al empujarle hizo, que se cayó
    de cabeza fuera del navío, y se quedó colgado y agarrado de una
    porcion del mástil roto. Acudió el buen Santiago á socorrerle, y le
    ayudó á subir; pero con la fuerza que para ello hizo, se cayó en la
    mar á vista del marinero que le dexó ahogarse, sin dignarse siquiera
    de mirarle. Candido que se acerca, y ve á su bienhechor que viene un
    instante sobre el agua, y que se hunde para siempre, se quiere tirar
    tras de el al mar; pero le detiene el filósofo Panglós, demostrándole
    que habia sido criada la cala de Lisboa con destino á que se ahogara
    en ella el anabautista. Probándolo estaba _à priori_, quando se
    abrió el navío, y todos pereciéron, ménos Panglós, Candido, y el
    desalmado marinero que habia ahogado al virtuoso anabautista; que el
    bribon salió á salvamento nadando hasta la orilla, donde aportáron
    Candido y Panglós en una tabla.

    Así que se recobráron un poco del susto y el cansancio, se encamináron
    á Lisboa. Llevaban algun dinero, con el qual esperaban librarse del
    hambre, despues de haberse zafado de la tormenta. Apenas pusiéron los
    piés en la ciudad, lamentándose de la muerte de su bien-hechor, la mar
    embatió bramando el puerto, y arrebató quantos navíos se hallaban en
    él anclados; se cubriéron calles y plazas de torbellinos de llamas y
    cenizas; hundíanse las casas, caían los techos sobre los cimientos, y
    los cimientos se dispersaban, y treinta mil moradores de todas edades
    y sexôs eran sepultados entre ruinas. El marinero tarareando y votando
    decia: Algo ganarémos con esto. ¿Qual puede ser la razon suficiente de
    este fenómeno? decia Panglós; y Candido exclamaba: Este es el dia del
    juicio final. El marinero se metió sin detenerse en medio de las
    ruinas, arrostrando la muerte por buscar dinero, con el que encontró
    se fué á emborrachar; y después de haber dormido la borrachera,
    compró los favores de la ramera que topó primero, y que se dió á él
    entre las ruinas de los desplomados edificios, y en mitad de los
    moribundos y los cadáveres, puesto que Panglós le tiraba de la casaca,
    diciéndole: Amigo, eso no es bien hecho, que es pecar contra la razon
    universal, porque ahora no es ocasion de holgarse. Por vida del Padre
    Eterno, respondió el otro, yo soy marinero, y nacido en Batavia;
    quatro veces he pisado el crucifixo en quatro viages que tengo hechos
    al Japon. Pues no vienes mal ahora con tu razon universal.

    Candido, que la caida de unas piedras habia herido, tendido en el
    suelo en mitad de la calle, y cubierto de ruinas, clamaba á Panglós:
    ¡Ay! tráeme un poco de vino y aceyte, que me muero. Este temblor de
    tierra, respondió Panglós, no es cosa nueva: el mismo azote sufrió
    Lima años pasados; las mismas causas producen los mismos efectos; sin
    duda que hay una veta de azufre subterránea que va de Lisboa á Lima.
    Verosímil cosa es, dixo Candido; pero, por Dios, un poco de aceyte y
    vino. ¿Cómo verosímil? replicó el filósofo, pues yo sustentaré que
    está demostrada. Candido perdió el sentido, y Panglós le llevó un
    trago de agua de una fuente inmediata.

    Habiendo hallado el siguiente dia algunos manjares metiéndose por
    entre los escombros, cobráron algunas fuerzas, y trabajáron luego, á
    exemplo de los demas, en alivio de los habitantes que de la muerte se
    habian librado. Algunos vecinos que habian socorrido les diéron la
    ménos mala comida que en tamaño desastre se podia esperar: verdad es
    que fué muy triste el banquete; los convidados bañaban el pan en
    llantos, pero Panglós los consolaba sustentando que no podian suceder
    las cosas de otra manera; porque todo esto, decia, es lo mejor que
    hay; porque si hay un volcan en Lisboa, no podia estar en otra parte;
    porque no es posible que no esten las cosas donde estan; porque todo
    está bien.

    Un hombrecito vestido de negro, familiar de la inquisicion, que junto
    á el estaba sentado, interrumpió muy cortesmente, y le dixo: Sín duda,
    caballero, que no cree vm. en el pecado original; porque, si todo está
    perfecto, no ha habido pecado ni castigo.

    Perdóneme Vueselencia, le respondió con mas cortesía Panglós, porque
    la caida del hombre y su maldicion hacian parte necesaria del mas
    excelente de los mundos posibles. ¿Según eso este caballero no cree
    que seamos libres? dixo el familiar. Otra vez ha de perdonar
    Vueselencia, replicó Panglós, porque puede subsistir la libertad con
    la necesidad absoluta; porque era necesario que fuéramos libres;
    porque finalmente la voluntad determinada…. En medio de la frase
    estaba Panglós, quando hizo el familiar una seña á su secretario que
    le escanciaba vino de Porto ó de Oporto.

    CAPITULO VI.

    _Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara el terremoto,
    y de los doscientos azotes que pegáron á Candido._

    Pasado el terremoto que habia destruido las tres quartas partes de
    Lisboa, el mas eficaz medio que ocurrió á los sabios del pais para
    precaver una total ruina, fue la fiesta de un soberbio auto de fe,
    habiendo decidido la universidad de Coïmbra que el espectáculo de unas
    quantas personas quemadas á fuego lento con toda solemnidad es
    infalible secreto para impedir los temblores de tierra. Habian sido
    presos por tanto un Vizcayno que estaba convicto de haberse casado con
    su comadre, y dos Portugueses que se habían comido un pollo un
    viernes, y la olla sin tocino un sábado; y despues de comer se
    lleváron atados al doctor Panglós y su discípulo Candido, al uno por
    lo que habia dicho, y al otro por haberle escuchado con ademan de
    aprobar lo que decia. Pusiéronlos separados en unos aposentos muy
    frescos, donde nunca incomodaba el sol, y de allí á ocho dias los
    vistiéron de un san-benito, y les engalanáron la cabeza con unas
    mitras de papel: la coroza y el san-benito de Candido llevaban llamas
    boca abaxo, y diablos sin garras ni rabo; pero los diablos de Panglós
    tenian rabo y garras, y las llamas ardian hácia arriba. Así vestidos
    saliéron en procesion, y oyéron un sermon muy tierno, al qual se
    siguió una bellísima música en fabordon. A Candido, miéntras duró el
    canto, le pegáron doscientos azotes á compas; al Vizcayno y á los dos
    que habian comido la olla sin tocino los quemáron, y Panglós fué
    ahorcado, aunque no era estilo. Aquel mismo día, tembló la tierra con
    un furor espantable.

    Candido atónito, desatentado, confuso, ensangrentado y palpitante,
    decia entre sí: ¿Si este es el mejor de los mundos posibles, cómo
    serán los otros? Vaya con Dios, si no hubieran hecho mas que
    espolvorearme las espaldas, que ya los Bulgaros me habian hecho el
    mismo agasajo. Pero tú, caro Panglós, el mayor de los filósofos,
    ¿porqué te he visto ahorcar, sin saber por qué? O mi amado
    anabautista, tu que eras el mejor de los hombres, ¿porqué te has
    ahogado en el puerto? Y tú, baronesita Cunegunda, perla de las niñas,
    ¿porqué te han sacado el redaño? Volvíase diciendo esto á su casa, sin
    poderse tener en pié, predicado, azotado, absuelto, y bendito, quando
    se le acercó una vieja que le dixo: Hijo mió, ten buen ánimo, y
    sígueme.

    CAPITULO VII.

    _Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, y como
    topó este con su dama._

    No cobró ánimo Candido, pero siguió á la vieja á una ruin casucha,
    donde le dió su conductora un bote de pomada para untarse, y le dexó
    de comer y de beber; luego le enseñó una camita muy aseada, y al lado
    de la cama un vestido completo: Come, hijo, bebe y duerme, le dixo, y
    Nuestra Señora de Atocha, el señor San Antonio de Padua, y el señor
    Santiago de Compostela se queden contigo: mañana volveré. Confuso
    Candido con todo quanto habia visto, y quanto habia padecido, y inas
    todavía con la caridad de la vieja, le quiso besar la mano. No es mi
    mano la que has de besar, le dixo la vieja; mañana volveré. Untate con
    la pomada, come y duerme.

    No obstante sus muchas desventuras, comió y durmió Candido. Al otro
    dia le trae la vieja de almorzar, le visita las espaldas, se las
    estriega con otra pomada, y luego le trae de comer: á la noche vuelve,
    y le trae que cenar. El tercer dia fué la misma ceremonia. ¿Quién es
    vm.? le decia Candido; ¿quién le ha inspirado tanta bondad? ¿cómo
    puedo darle dignas gracias? La buena señora nunca respondia palabra,
    pero volvió aquella noche, y no traxo que cenar. Ven conmigo, le dixo,
    y no chistes; y diciendo esto agarró á Candido del brazo, y echó á
    andar con el por el campo. A cosa de medio quarto de legua que
    hubiéron andado, llegáron á una casa sola, cercada de canales y
    jardines. Llama la vieja á un postigo: abren, y lleva á Candido por
    una escalera secreta á un gabinete dorado, donde le dexa sobre un
    canapé de terciopelo, cierra la puerta, y se marcha. A Candido se le
    figuraba que soñaba, teniendo su vida entera por un sueño funesto, y
    el momento actual por un sueño delicioso.

    Presto volvió la vieja, sustentando con dificultad del brazo á una
    muger que venia toda trémula, de magestuosa estatura, cubierta de
    piedras preciosas, y tapada con un velo. Alza ese velo, dixo á Candido
    la vieja. Arrímase el mozo, y alza con mano tímida el velo. ¡Qué
    instante! ¡qué pasmo! cree que está viendo á su baronesita, á su
    Cunegunda; y así era la verdad, porque era ella propia. Fáltale el
    aliento, no puede articular palabra, y cae desmayado á sus plantas.
    Cunegunda se cae sobre el canapé: la vieja los inunda en aguas de
    olor; vuelven en sí, se hablan; primero en voces interrumpidas, en
    preguntas y respuestas que no se dan vado unas á otras, en suspiros,
    lágrimas y gritos. La vieja, recomendándoles que metan ménos bulla,
    los dexa libres. ¡Con que es vm., dice Candido! ¡con que la veo en
    Portugal, y no ha sido violada, y no le han pasado de parte á parte
    las entrañas, como me habia dicho el filósofo Panglós! Sí tal, replicó
    la hermosa Cunegunda, pero no siempre son mortales esos accidentes.
    –¿Y han sido muertos el padre y la madre de vm.?–Por mi desgracia,
    sí, respondió llorando Cunegunda.–¿Y su hermano?–Mi hermano
    también.–¿Pues porqué está vm. en Portugal? ¿cómo ha sabido que
    también yo lo estaba? ¿porqué raro acaso me ha hecho venir á esta
    casa? Todo lo diré, replicó la dama; pero antes es forzoso que me diga
    vm. quantos sucesos le han pasado desde el inocente beso que me dió, y
    las patadas con que se le hiciéron pagar.

    Obedeció Candido con profundo respeto; y puesto que estaba confuso,
    que tenia trémula y flaca la voz, y que aun le dolia no poco el
    espinazo, contó con la mayor ingenuidad quanto desde el punto de su
    separacion habia padecido. Alzaba Cunegunda los ojos al cielo, y
    vertió tiernas lágrimas por la muerte del buen anabautista y de
    Panglós; habló despues como sigue á Candido, el qual no perdió una
    palabra, y se la comia con los ojos.

    CAPITULO VIII.

    _Historia de Cunegunda._

    Durmiendo á pierna suelta estaba en mi cama, quando plugo al cielo que
    entraran los Bulgaros en nuestra soberbia quinta de Tunder-ten-tronck,
    y degollaran á mi padre y á mi hermano, é hiciesen tajadas á mi madre.
    Un pazguato de Bulgaro de dos varas y tercia, viendo que habia yo
    perdido los sentidos con esta escena, se puso á violarme; con lo qual
    volví en mí, y empecé á morder, á arañar, y á querer sacar los ojos al
    Bulgarote, no sabiendo que era cosa de estilo quanto en la quinta de
    mi padre estaba pasando; pero me dió el belitre una cuchillada junto á
    la teta izquierda, que todavía me queda la señal. Ha, espero que me la
    enseñará vm., dixo el ingenuo Candido. Ya la verá vm., dixo Cunegunda,
    pero sigamos el cuento. Siga vm., replicó Candido.

    Añudó pues así el hilo de su historia Cunegunda: Entró un capitan
    bulgaro, que me vió llena de sangre, debaxo del soldado que no se
    incomodaba; y enojado del poco respeto que le tenia el malandrin, le
    mató encima de mí: hízome luego poner en cura, y me llevó prisionera
    de guerra á su guarnicion. Allí lavaba las pocas camisas que el tenia,
    y le guisaba la comida; el decia que era yo muy bonita, y tambien he
    de confesar que era muy lindo mozo, y que tenia la carne suave y
    blanca, pero poco entendimiento, y ménos filosofía: y á tiro de
    ballesta se echaba de ver que no le habia educado el doctor Panglós. A
    cabo de tres meses perdió todo quanto dinero tenia, y no curándose mas
    de mí, me vendió á un Judío llamado Don Isacar, que tenia casa de
    comercio en Holanda y en Portugal, y se perdia por mugeres. Prendóse
    mucho de mi el tal Judío, pero nada pudo conseguir, que me he
    resistido á el mas bien que al soldado bulgaro; porque una honrada
    muger bien puede ser violada una vez, pero con ese mismo contratiempo
    se fortalece su virtud. El Judío para domesticarme me ha traído á la
    casa de campo que vm. ve. Hasta ahora habia creido que no habia en la
    tierra mansion mas hermosa que la granja de Tunder-ten-tronck, pero ya
    estoy desengañada de mi error.

    El inquisidor general me vió un dia en misa, no me quitó los ojos de
    encima, y me mandó á decir que me tenia que hablar de un asunto
    secreto. Lleváronme á su palacio, y yo le dixe quien eran mis padres.
    Representóme entónces quanto desdecia de mi nobleza el pertenecer á un
    israelita. Su Ilustrísima propuso á Don Isacar que le hiciera cesión
    de mí; y este, que es banquero de palacio y hombre de mucho poder,
    nunca tal quiso consentir. El inquisidor le amenazó con un auto de fe.
    Al fin atemorizado mi Judío hizo un ajuste en virtud del qual la casa
    y yo habian de ser de ámbos de mancomun; el Judío se reservó los
    lúnes, los miércoles y los sábados, y el inquisidor los demas dias de
    la semana. Seis meses ha que subsiste este convenio, aunque no sin
    freqüentes contiendas, porque muchas veces han disputado sobre si la
    noche de sábado á domingo pertenecia á la ley antigua, ó á la ley de
    gracia. Yo empero á entrámbas leyes me lie resistido hasta ahora, y
    por este motivo pienso que me quieren tanto. Finalmente, por conjurar
    la plaga de los terremotos, y por poner miedo á Don Isacar, le plugo
    al Ilustrísimo señor inquisidor celebrar un auto de fe. Honróme
    convidándome á la fiesta; me diéron uno de los mejores asientos, y se
    sirviéron refrescos á las señoras en el intervalo de la misa y el
    suplicio de los ajusticiados. Confieso que estaba sobrecogida de
    horror de ver quemar á los dos Judíos, y al honrado Vizcayno casado
    con su comadre; pero ¡qué asombro, qué confusión y qué susto fué el
    mio quando vi con un sambenito y una coroza una cara parecida á la de
    Panglós! Estreguéme los ojos, miré con atencion, le vi ahorcar, y me
    tomó un desmayo. Apénas habia vuelto en mí, quando le vi á vm. desnudo
    de medio cuerpo: allí fué el cúmulo de mi horror, mi consternacion, mi
    desconsuelo, y mi desesperacion. Digo de verdad que la cútis de vm. es
    mas blanca y mas encarnada que la de mi capitan de Bulgaros; y esta
    vista aumentó todos los afectos que abrumada y consumida me tenian. A
    dar gritos iba, yá decir: deteneos, inhumanos; pero me faltó la voz, y
    habrian sido en balde mis gritos. Quando os hubiéron azotado á su
    sabor, decia yo entre mí: ¿Cómo es posible que se encuentren en Lisboa
    el amable Candido y el sabio Panglós; uno para llevar doscientos
    azotes, y otro para ser ahorcado por órden del ilustrísimo Señor
    inquisidor que tanto me ama? ¡Qué cruelmente me engañaba Panglós,
    quando me decia que todo era perfectísimo!

    Agitada, desatentada, fuera de mi unas veces, y muriéndome otras de
    pesar, tenia preocupada la imaginacion con la muerte de mi padre, mi
    madre y mi hermano, con la insolencia de aquel soez soldado bulgaro,
    con la cuchillada que me dió, con mi oficio de lavandera y cocinera,
    con mi capitan bulgaro, con mi sucio Don Isacar, con mi abominable
    inquisidor, con la horca del doctor Panglós, con aquel gran miserere
    en fabordon durante el qual le diéron á vm. doscientos azotes, y mas
    que todo con el beso que dí á vm. detras del biombo la última vez que
    nos vimos. Dí gracias á Dios que nos volvia á reunir por medio de
    tantas pruebas, y encargué á mi vieja que cuidase de vm., y me le
    traxese luego que fuese posible. Ha desempeñado muy bien mi encargo, y
    he disfrutado el imponderable gusto de volver á ver á vm., de oírle, y
    de hablarle. Sin duda que debe tener una hambre canina, yo tambien,
    tengo buenas ganas, con que cenemos ántes de otra cosa.

    Sentáronse pues ámbos á la mesa, y despues de cenar se volviéron al
    hermoso canapé de que ya he hablado. Sobre el estaban, quando llegó el
    señor Don Isacar, uno de los dos amos de casa; que era sábado, y venia
    á gozar sus derechos, y explicar su rendido amor.

    CAPITULO IX.

    _Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el Inquisidor general,
    y el Judío._

    Era el tal Isacar el hebreo mas vinagre que desde la cautividad de
    Babilonia se habia visto en Israel. ¿Qué es esto, dixo, perra Galilea?
    ¿con que no te basta con el señor inquisidor, que tambien ese chulo
    entra á la parte conmigo? Al decir esto saca un puñal buido que
    siempre llevaba en el cinto, y creyendo que su contrario no traía
    armas, se tira á él. Pero la vieja habia dado á nuestro buen
    Vesfaliano una espada con el vestido completo que hemos dicho:
    desenvaynóla Candido, y derribó en el suelo al Israelita muerto,
    puesto que fuese de la mas mansa índole.

    ¡Virgen Santísima! exclamó la hermosa Cunegunda; ¿qué será de
    nosotros? ¡Un hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, soy
    perdida. Si no hubieran ahorcado á Panglós, dixo Candido, el nos daria
    consejo en este apuro, porque era eminente filósofo; pero pues el nos
    falta, consultemos con la vieja. Era esta muy discreta, y empezaba á
    decir su parecer, quando abriéron otra puertecilla. Era la una de la
    noche; habia ya principiado el domingo, dia que pertenecia al señor
    inquisidor. Al entrar este ve al azotado Candido con la espada en la
    mano, un muerto en el suelo, Cunegunda asustada, y la vieja dando
    consejos.

    En este instante le ocurriéron á Candido las siguientes ideas, y
    discurrió así: Si pide auxîlio este varon santo, infaliblemente me
    hará quemar, y otro tanto podrá hacer á Cunegunda; me ha hecho azotar
    sin misericordia, es mi contrincante, y yo estoy de vena de matar;
    pues no hay que detenerse. Fué este discurso tan bien hilado como
    pronto; y sin dar tiempo á que se recobrase el inquisidor del primer
    susto, le pasó de parte á parte de una estocada, y le dexó tendido
    cabe el Judío. Buena la tenemos, dixo Cunegunda: ya no hay remision;
    estamos excomulgados, y es llegada nuestra última hora. ¿Cómo ha hecho
    vm., siendo de tan suave condicion, para matar en dos minutos á un
    prelado y á un Judío? Hermosa señorita, respondió, quando uno está
    enamorado, zeloso, y azotado por la inquisicion, no sabe lo que se
    hace.

    Rompió entónces la vieja el silencio, y dixo: En la caballeriza hay
    tres caballos andaluces con sus sillas y frenos; ensíllelos el
    esforzado Candido; esta señora tiene moyadores y diamantes; montemos á
    caballo, y vamos á Cadiz, puesto que yo no me puedo sentar mas que
    sobre una nalga. El tiempo está hermosísimo, y da contento caminar con
    el fresco de la noche.

    Ensilló volando Candido los tres caballos, y Cunegunda, él, y la vieja
    anduviéron diez y seis leguas sin parar. Miéntras que iban andando,
    vino á la casa de Cunegunda la santa hermandad, enterráron á Su
    Ilustrísima en una suntuosa iglesia, y á Isacar le tiráron á un
    muladar.

    Ya estaban Candido, Cunegunda y la vieja en la villa de Aracena, en
    mitad de los montes de Sierra-Morena, y decian lo que sigue en un
    meson.

    CAPITULO X.

    _De la triste situacion en que, se viéron Candido, Cunegunda y la
    vieja; de su arribo á Cadiz, y como se embarcáron para América._

    ¿Quién me habrá robado mis doblones y mis diamantes? decia llorando
    Cunegunda; ¿cómo hemos de vivir? ¿qué hemos de hacer? ¿donde he de
    hallar
    inquisidores y Judíos que me den otros? ¡Ay! dixo la vieja, mucho me
    sospecho de un reverendo padre Franciscano que ayer durmió en Badajoz
    en nuestra posada. Líbreme Dios de hacer juicios temerarios; pero él
    dos veces entró en nuestro quarto, y se fué mucho ántes que nosotros.
    Ha, dixo Candido, muchas veces me ha probado el buen Panglós que los
    bienes de la tierra son comunes de todos, y cada uno tiene igual
    derecho á su posesion. Conforme á estos principios, nos habia de haber
    dexado el padre para acabar nuestro camino. ¿Con que no te queda nada,
    hermosa Cunegunda? Ni un maravedí, respondió esta. ¿Y qué nos harémos?
    exclamó Candido. Vendamos uno de los caballos, dixo la vieja; yo
    montaré á las ancas de el de la señorita, puesto que no me puedo
    sentar mas que sobre una nalga, y así llegarémos á Cadiz.

    En el mismo meson habia un prior de Benitos, que compró barato el
    caballo. Candido, Cunegunda y la vieja atravesáron á Lucena, á Cilla,
    y á Lebrixa, y llegaron en fin á Cadiz, donde estaban armando una
    esquadra para poner en razon á los reverendos padres jesuitas del
    Paraguay, que habian excitado á uno de sus aduares de Indios contra
    los reyes de España y Portugal, cerca de la colonia del Sacramento.
    Candido, que habia servido en la tropa bulgara, hizo á presencia del
    general de aquel pequeño exército el exercicio á la bulgara con tanto
    donayre, ligereza, maña, agilidad y desembarazo, que le dió este el
    mando de una compañía de infantería. Hétele pues capitan; con esta
    graduacion se embarcó en compañía de su Cunegunda, de la vieja, de dos
    criados, y de los dos caballos andaluces que habian sido del señor
    inquisidor general de Portugal.

    En la travesía discurriéron largamente cerca de la filosofía del pobre
    Panglós. Vamos á otro mundo, decia Candido, y sin duda que en el es
    donde todo está bien; porque en este nuestro hemos de confesar que hay
    sus defectillos en lo físico y en lo moral. Yo te quiero con toda mi
    alma, decia Cunegunda; pero todavía llevo el corazon traspasado con lo
    que he visto, y lo que he padecido. Todo irá bien, replicó Candido; ya
    el mar de este nuevo mundo vale mas que nuestros mares de Europa, que
    es mas bonancible, y los vientos son mas constantes: no cabe duda de
    que el nuevo mundo es el mejor de los mundos posibles. Plega á Dios,
    dixo Cunegunda; pero tan horrorosas desgracias han pasado por mi en el
    mio, que apénas si queda en mi corazon resquicio de esperanza. Vms. se
    quejan, les dixo la vieja; pues sepan que no han experimentado
    desventuras como las mias. Sonrióse Cunegunda del disparate de la
    buena muger que se alababa de ser mas desdichada que ella. ¡Ay! le
    dixo, madre, á ménos que haya vm. sido violada por dos Bulgaros, que
    le hayan dado dos cuchilladas en la barriga, que hayan demolido dos de
    sus granjas, que hayan degollado en su presencia dos padres y dos
    madres de vm., y que haya visto á dos de sus amantes azotados en un
    auto de fe, no se como pueda haber corrido mayores borrascas: sin
    contar que he nacido baronesa con setenta y dos quarteles en mi escudo
    de armas, y he sido cocinera. Señorita, replicó la vieja, vm. no sabe
    qual ha sido mi cuna; y si le enseñara mi trasero, no hablaria del
    modo que habla, y suspenderia el juicio. Excitó esta réplica fuerte
    curiosidad en los ánimos de Candido y Cunegunda, y la vieja la
    satisfizo en las siguientes razones.

    CAPITULO XI.

    _Que cuenta la historia de la vieja._

    No siempre he tenido yo los ojos lagañosos y ribeteados de escarlata;
    no siempre se ha tocado mi barba con mis narices, ni he sido siempre
    criada de servicio. Soy hija del papa Urbano X y la princesa de
    Palestrina. Hasta que tuve catorce años, me criáron en un palacio al
    qual no hubieran podido servir de caballeriza todas las quintas de
    barones tudescos, y era mas rico uno de mis trages que todas las
    magnificencias de la Vesfalia. Crecia en gracia, en talento y beldad,
    en medio de gustos, respetos y esperanzas, y ya inspiraba amor.
    Formábase mi pecho; pero ¡qué pecho! blanco, duro, de la forma del de
    la ve nus de Medicis; ¡y qué ojos! ¡qué pestañas! ¡qué negras cejas!
    ¡qué llamas salian de las niñas de mis ojos, que eclipsaban el
    resplandor de los astros, segun decian los poetas de mi barrio! Las
    doncellas que me desnudaban y me vestian se quedaban absortas quando
    me contemplaban por detras y por delante; y todos los hombres se
    hubieran querido hallar en su lugar.

    Celebráronse mis desposorios con un príncipe soberano de Masa-Carrara.
    ¡Dios mio! ¡qué príncipe! tan lindo como yo; ayroso, y de la condición
    mas blanda, del mas agudo ingenio, y perdido por mi de amores: yo le
    amaba como quien quiere por la vez primera, esto es que le idolatraba.
    Dispusiéronse las bodas con pompa y magnificencia nunca vista: todo
    era fiestas, torneos, óperas bufas; y en toda Italia se hiciéron
    sonetos en mi elogio, de los quales ninguno hubo que no fuera rematado
    de malo. Ya rayaba la aurora de mi felicidad, quando una marquesa
    vieja, á quien habia cortejado mi príncipe, le convidó á tomar
    chocolate con ella, y el desventurado murió al cabo de dos horas en
    horribles convulsiones; pero esto es friolera para lo que falta.
    Desesperada mi madre, puesto que mucho ménos desconsolada que yo,
    quiso perder de vista por algun tiempo esta funesta mansion. Teníamos
    una hacienda muy pingüe en las inmediaciones de Gaeta, y nos
    embarcámos para este puerto en una galera del pais, dorada como el
    altar de San Pedro en Roma. Hete aquí un pirata de Salé que nos da
    caza y nos aborda: nuestros soldados se defendiéron como buenos
    soldados del papa, es decir que tiráron las armas y se hincáron de
    rodillas, pidiendo al pirata la absolución _in articulo mortis_.

    En breve los desnudáron de piés á cabeza, y lo mismo hiciéron con mi
    madre, con nuestras doncellas, y conmigo. Cosa portentosa es de ver
    con qué presteza desnudan estos caballeros á la gente; pero lo que mas
    extrañé, fué que á todos nos metiéron el dedo en un sitio donde
    nosotras las mugeres no estamos acostumbradas á meter mas que cañutos
    de xeringa. Parecióme muy rara esta ceremonia; que así falla de todo
    el que no ha salido de su pais: mas luego supe que era por ver si en
    aquel sitio habíamos escondido algunos diamantes, y que es estilo
    establecido de tiempo inmemorial en las naciones civilizadas que andan
    barriendo los mares, y que los señores religiosos caballeros de Malta
    nunca le omiten quando apresan á Turcos ó Turcas, porque es ley del
    derecho de gentes, que nunca ha sido quebrantada.

    No diré si fué cosa dura para una princesa joven que la llevaran
    cautiva á Marruecos con su madre; bien se pueden vms. figurar quanto
    padeceríamos en el navío pirata. Mi madre todavía era muy hermosa;
    nuestras camareras, y hasta nuestras meras criadas eran mas lindas que
    quantas mugeres pueden hallarse en el Africa toda; y yo era un
    embeleso, el epílogo de la beldad y la gracia, y era doncella; pero no
    lo fui mucho tiempo, que el arraez del barco me robó la flor que
    estaba destinada para el precioso príncipe de Masa-Carrara. Este
    arraez era un negro abominable, que creía que me honraba con sus
    caricias. Sin duda la princesa de Palestrina y yo debíamos de ser muy
    robustas, quando resistímos á todo quanto pasámos hasta llegar á
    Marruecos. Pero vernos adelante, que son cosas tan comunes que no
    merecen mentarse siquiera.

    Quando llegámos, corrian rios de sangre por Marruecos; cada uno de los
    cincuenta hijos del emperador Muley-Ismael tenia su partido aparte, lo
    qual componia cincuenta guerras civiles distintas de negros contra
    negros, de negros contra moros, de moros contra moros, de mulatos
    contra mulatos; y todo el ámbito del imperio era una continua
    carnicería.

    Apénas hubimos desembarcado, acudiéron unos negros de una faccion
    enemiga de la de mi pirata para quitarle el botin. Despues del oro y
    los diamantes, la cosa de mas precio que habia éramos nosotras; y
    presencié un combate qual nunca se ve igual en nuestros climas
    europeos, porgue no tienen los pueblos septentrionales tan ardiente
    la sangre, ni es en ellos la pasion á las mugeres lo que es entre los
    Africanos. Parece que los Europeos tienen leche en las venas, miéntras
    que por las de los moradores del monte Atlante y paises inmediatos
    corre fuego y pólvora. Peleáron con la furia de los leones, los
    tigres, y las sierpes de la comarca, para saber quien habia de ser
    dueño nuestro. Agarró un moro de mi madre por el brazo derecho, el
    teniente del barco la tiró hácia el por el izquierdo; un soldado moro
    la cogió de una pierna, y uno de los piratas asió de la otra; y casi
    todas nuestras doncellas se encontráron en un momento tiradas de
    quatro soldados. Mi capitan se habia puesto delante de mí, y
    blandiendo la cimitarra daba la muerte á quantos á su furor se
    oponian. Finalmente vi á todas nuestras Italianas y á mi madre
    estropeadas, acribilladas de heridas, y hechas tajadas por los
    monstruos que batallaban por su posesion; mis compañeros cautivos, los
    que los habian cautivado, soldados, marineros, negros, blancos,
    mestizos, mulatos, y mi capitan en fin, todos fuéron muertos, y yo
    quedé moribunda encima de un monton de cadáveres. Las mismas escenas
    se repetian, como es sabido, en un espacio de mas de trescientas
    leguas, sin que nadie faltase á las cinco oraciones al dia que manda
    Mahoma.

    Zaféme con mucho trabajo de tanta multitud de sangrientos cadáveres
    amontonados, y llegué arrastrando al pié de un naranjo grande que
    habia á orillas de un arroyo inmediato: allí me caí rendida del susto,
    del cansancio, del horror, de la desesperacion, y del hambre. En breve
    mis sentidos postrados se entregáron á un sueño que mas que sosiego
    era letargo. En este estado de insensibilidad y flaqueza estaba entre
    la vida y la muerte, quando me sentí comprimida por una cosa que
    bullia sobre mi cuerpo; y abriendo los ojos, vi á un hombre blanco y
    de buena traza, que suspirando decia entre dientes: _O che sciagura
    d'essere senza cogl…._

    CAPITULO XII.

    _Donde prosigue la historia de la vieja._

    Atónita quanto alborozada de oir el idioma de mi patria, extrañando
    empero las palabras que decia aquel hombre, le respondí que mayores
    desgracias habia que el desman de que se lamentaba, informándole en
    pocas razones de los horrores que habia sufrido; despues de esto me
    volví á desmayar. Llevóme á una casa inmediata, hizo que me metieran
    en la cama, y me dieran de comer, me sirvió, me consoló, me halagó, me
    dixo que no habia visto en su vida criatura mas hermosa, ni habia
    nunca sentido mas que le faltara lo que nadie podia suplir. Nací en
    Nápoles, me dixo, donde capan todos los años dos ó tres mil
    chiquillos: unos se mueren, otros sacan mejor voz que las mugeres, y
    otros van á gobernar estados. Me hiciéron la operacion susodicha con
    suma felicidad, y he sido músico de la capilla de la señora princesa
    de Palestrina. ¡De mi madre! exclamé. ¡De su madre de vm.! exclamó él
    llorando. ¡Con que es vm. aquella princesita que crié yo hasta que
    tuvo seis años, y daba nuestras de ser tan hermosa como es vm.!–Esa
    misma soy, y mi madre está quatrocientos pasos de aquí, hecha tajadas,
    baxo un montón de cadáveres…… Contéle entónces quanto me habia
    sucedido, y el también me dio cuenta de sus aventuras, y me dixo que
    era ministro plenipotenciario de una potencia cristiana cerca del rey
    de Marruecos, para firmar un tratado con este monarca, en virtud del
    qual se le subministraban navíos, cañones y pólvora, para ayudarle á
    exterminar el comercio de los demas cristianos. Ya está desempeñada mi
    comision, añadió el honrado eunuco, y me voy á embarcar á Ceuta, de
    donde la llevaré á vm. á Italia. _Ma che sciagura, d'essere senza
    cogl…._

    Díle las gracias vertiendo tiernas lágrimas; y en vez de llevarme á
    Italia, me conduxo á Argel, y me vendió al Dey. Apenas me habia
    vendido, se manifestó en la ciudad con toda su furia aquella peste que
    ha dado la vuelta por Africa, Europa y Asia. Señorita, vm. ha visto
    temblores de tierra, pero ¿ha padecido la peste? Nunca, respondió la
    baronesa.

    Si la hubiera padecido, confesaria vm. que no tienen comparacion los
    terremotos con ella, puesto que es muy freqüente en Africa, y que yo
    la he pasado. Fígurese vm. qué situacion para la hija de un papa, de
    quince años de edad, que en el espacio de tres meses habia sufrido
    pobreza y esclavidud, habia sido violada casi todos los dias, habia
    visto hacer quatro pedazos á su madre, habia padecido las plagas de la
    guerra y la hambre, y se moria de la peste en Argel. Verdad es que no
    me morí; pero pereció mi eunuco, el Dey, y el serrallo casi todo.

    Quando calmó un poco la desolacion de esta espantosa peste, vendiéron
    á los esclavos del Dey. Compróme un mercader que me llevó á Tunez,
    donde me vendió á otro mercader, el qual me revendió en Tripoli; de
    Tripoli me revendiéron en Alexandría; de Alexandría en Esmyrna, y de
    Esmyrna en Constantinopla: al cabo vine á parar á manos de un agá de
    genízaros, que en breve tuvo órden de ir á defender á Azof contra los
    Rusos que la tenian sitiada.

    El agá, hombre de mucho mérito, se llevó consigo todo su serrallo, y
    nos alojó en un fortin sobre la laguna Meótides, á la guarda de dos
    eunucos negros y veinte soldados. Fuéron muertos millares de Rusos,
    pero no nos quedáron á deber nada: Azof fué entrada á sangre y fuego,
    y no se perdonó edad ni sexô: solo quedó nuestro fortin, que los
    enemigos quisiéron tomar por hambre. Los veinte genízaros juráron no
    rendirse; los apuros del hambre á que se viéron reducidos, los
    forzáron á comerse á los dos eunucos, por no faltar al juramento; y
    al cabo de pocos dias se resolviéron á comerse las mugeres.

    Teníamos un iman, varon muy pío y caritativo, que les predicó un
    sermón eloqüente, exhortándolos á que no nos mataran del todo.
    Cortad, dixo, una nalga á cada una de estas señoras, con la qual os
    regalaréis á vuestro sabor; si es menester, les cortaréis la otra
    dentro de algunos dias: el cielo remunerará obra tan caritativa, y
    recibiréis socorro. Como era tan eloqüente, los persuadió, y nos
    hiciéron tan horrorosa operacion. Púsonos el iman el mismo ungüento
    que se pone á las criaturas recien circuncidadas, y todas estábamos á
    punto de muerte.

    Apénas habian comido los genízaros la carne que nos habian quitado,
    desembarcáron los Rusos en unos barcos chatos, y no se escapó con
    vida ni siquiera un genízaro: los Rusos no paráron la consideracion
    en el estado en que nos hallábamos. En todas partes se encuentran
    cirujanos franceses; uno que era muy hábil nos tomó á su cargo, y nos
    curó: y toda mi vida me acordaré de que, así que se cerráron mis
    llagas, me reqüestó de amores. Nos exhortó luego á tener paciencia,
    afirmándonos que lo mismo habia sucedido en otros muchos sitios, y que
    esa era la ley de la guerra.

    Luego que pudiéron andar mis compañeras, las conduxéron á Moscou, y yo
    cupe en suerte á un boyardo que me hizo su hortelana, y me daba veinte
    zurriagazos cada dia. A cabo de dos años fué desquartizado este señor,
    por no se qué tracamundana de palacio; y aprovechándome de la ocasion,
    me escapé, atravesé la Rusia entera, y serví mucho tiempo en los
    mesones, primero de Riga, y luego de Rostoc, de Vismar, de Lipsia, de
    Casel, de Utrec, de Leyden, de la Haya, y de Roterdan. Así he
    envejecido en el oprobio y la miseria, con no mas que la mitad del
    trasero, siempre acordándome de que era hija de un papa. Cien veces he
    querido darme la muerte, mas me sentia con apego á la vida. Acaso esta
    ridícula flaqueza es una de nuestras propensiones mas funestas; porque
    ¿donde hay mayor necedad que empeñarse en llevar continuamente encima
    una carga que siempre anhela uno por tirar al suelo; horrorizarse de
    su exîstencia, y querer exîstir; halagar en fin la víbora que nos está
    royendo, hasta que nos haya comido las entrañas y el corazon?

    En los paises adonde me ha llevado mi suerte, y en los mesones donde
    he servido, he visto infinita cantidad de personas que maldecian su
    exîstencia; pero no han pasado de doce las que he visto que daban
    voluntariamente fin á sus cuitas: tres negros, quatro Ingleses, quatro
    Ginebrinos, y un catedrático aleman llamado Robel. Al fin me tomó por
    su criada el Judío Don Isacar, y me llevó, hermosa señorita, á casa
    de vm., donde no he pensado mas queen la felicidad de vm.,
    interesándome mas en sus aventuras que en las mias propias; y nunca
    hubiera mentado siquiera mis cuitas, si no me hubiera vm. picado cun
    poco, y si no fuese estilo de los que van embarcados contar cuentos
    para matar el tiempo. Señorita, yo tengo experiencia, y se lo que es el
    mundo: vaya vm. preguntando á cada pasagero uno por uno la historia
    de su vida, y mande que me arrojen de cabeza en el mar, si encuentra
    uno solo que no haya maldecido cien veces la exîstencia, y que no se
    haya creido el mas desventurado de los mortales.

    CAPITULO XIII.

    _De como Candido tuvo que separarse por fuerza de la hermosa
    Cunegunda y la vieja._

    Oída la historia de la vieja, la hermosa Cunegunda la trató con toda la
    urbanidad y decoro que se merecia una persona de tan alta gerarquí y
    tanto mérito, y admitió su propuesta. Rogó á todos los pasageros que
    le contaran sus aventuras uno después de otro, y Candido y ella
    confesáron que tenia la vieja razon. ¡Qué lástima es, decia Candido,
    que hayan ahorcado, contra lo que es práctica, al sabio Panglós en un
    auto de fe! Cosas maravillosas nos diria cerca del mal físico, y del
    mal moral, que cubren mares y tierras, y yo tuviera valor para hacerle
    con mucho respeto algunos reparillos.

    Miéntras contaba cada uno su historia, iba andando el navío, y al fin
    aportó á Buenos-Ayres. Cunegunda, el capitan Candido y la vieja se
    fuéron á presentar al gobernador Don Fernando de Ibarra, Figueroa,
    Mascareñas, Lampurdan y Souza, el qual señor tenia una arrogancia
    que no desdecia de un sugeto posesor de tantos apellidos. Trataba á
    los hombres con la mas noble altivez, alzando el pescuezo, hablando en
    tan descompasadas y recias voces, y en tono tan altivo, y afectando
    ademanes tan arrogantes, que á quantos le saludaban les venían
    tentaciones de hartarle de bofetadas. Era con esto enamorado hasta no
    mas, y Cunegunda le pareció la mas hermosa criatura de quantas habia
    visto. Lo primero que hizo fué preguntar si era muger del capitan.
    Sobresaltóse Candido del tonillo con que acompañó esta pregunta, y no
    se atrevió á decir que fuese su muger, porque verdaderamente no lo
    era; ni ménos que fuese su hermana, porque no lo era tampoco; puesto
    que esta mentira oficiosa era muy freqüentemente usada do los
    antiguos: pero el alma de Candido era tan pura que no pudo desmentir
    la verdad. Esta Señorita, díxo, me debe favorecer con su mano, y
    suplicamos ámbos á Vueselencia que se digne ser padrino de los
    novios. Oyendo esto Don Fernando de Ibarra, Figueroa, Mascareñas,
    Lampurdan y Souza, se alzó con la izquierda mano los bigotes, se rió
    con ademan burlon, y mandó al capitan Candido que fuera á pasar
    revista á su compañía. Obedeció este, y se quedó el gobernador á
    solas con la baronesita; le manifestó su amor, previniéndola que el
    dia siguiente seria su esposo por delante ó por detras de la iglesia,
    como mas á Cunegunda le potase. Pidióle esta un quarto de hora para
    pensarlo bien, consultarlo con la vieja, y resolverse.

    Entráron Cunegunda y la vieja en bureo, y esta dixo: Señorita, vm.
    tiene setenta y dos quarteles y ni un ochavo, y está en su mano ser
    muger del señor mas principal de la América meridional, que tiene unos
    estupendos bigotes, y así no viene al caso echarla de incontrastable
    firmeza. Los Bulgaros la violáron á vm.; un inquisidor y un Judío han
    disfrutado sus favores: las desdichas dan derechos legítimos. Si yo
    fuera vm., confieso que no tendría reparo ninguno en casarme con el
    señor gobernador, y hacer rico al señor capitan Candido. Así decia la
    vieja con toda aquella autoridad que su prudencia y sus canas le
    daban, y miéntras estaba aferrando áncoras un navichuelo que traía un
    alcalde y dos alguaciles; y era esta la causa de su arribo.

    No se habia equivocado la vieja en sospechar que el ladron del dinero
    y las joyas de Cunegunda en Badajoz, quando venia huyendo con
    Candido, era un frayle Francisco de manga ancha. El frayle quiso
    vender á un diamantista algunas de las piedras preciosas hurtadas, y
    este conoció que eran las mismas que le habia comprado á el propio el
    Inquisidor general. Fué preso el santo religioso, y confesó de plano á
    quien y como las habia robado, y el camino que llevaban Candido y
    Cunegunda. Ya se sabia la fuga de ámbos: fuéron pues en su seguimiento
    hasta Cadiz, y sin perder tiempo salió un navío en su demanda. Ya
    estaba la embarcación al ancla en el puerto de Buenos-Ayres, y acudió
    la voz de que iba á desembarcar un alcalde del crímen, que venia en
    busca de los asesinos del ilustrísimo Señor Inquisidor general. Al
    punto dió órden la discreta vieja en lo que habia que hacer. Vm. no se
    puede escapar, dixo á Cunegunda, ni tiene nada que temer, que no fué
    vm. quien mató á Su Ilustrísima; y fuera de eso el gobernador
    enamorado no consentirá que la toquen en el pelo de la ropa: con que
    no hay que menearse. Va luego corriendo á Candido, y le dice:
    Escápate, hijo mio, si no quieres que dentro de una hora te quemen
    vivo. No daba el caso un instante de vagar; pero ¿cómo se habia de
    apartar de Cunegunda? ¿y donde hallaria asilo?

    CAPITULO XIV.

    _Del recibimiento que á Candido y á Cacambo hiciéron los jesuitas
    del Paraguay._

    Se había traído consigo Candido de Cadiz uncriado corno se encuentran
    muchos en los puertos de mar de España, que era un quarteron, hijo de
    un mestizo de Tucuman, y que habia sido monaguillo, sacristan,
    marinero, metedor, soldado y lacayo. Llamábase Cacambo, y queria
    mucho á su amo, porque su amo era muy bueno. Ensilló en un abrir y
    cerrar de ojos los dos caballos andaluces, y dixo á Candido: Vamos,
    Señor, sigamos el consejo de la vieja, y echamos á correr sin mirar
    siquiera hacia atrás. Candido vertia amargas lágrimas diciendo: ¡Oh
    mi amada Cunegunda! ¿con que es fuerza que te abandone quando iba el
    señor gobernador á ser padrino de nuestras bodas? ¿Qué va á ser de mi
    Cunegunda, que de tan léjos habia traído? Será lo que Dios quisiere,
    dixo Cacambo: las mugeres para todo encuentran salida; Dios las
    remedia; vámonos. ¿Adonde me llevas? ¿adonde vamos? ¿qué nos haremos
    sin Cunegunda? decia Candido. Voy á Santiago, replicó Cacambo; vm.
    venia con ánimo de pelear contra los jesuitas, pues vamos á pelear en
    su favor. Yo se el camino, y le llevaré á vm. á su reyno; y tendrán
    mucha complacencia en poseer un capitan que hace el exercicio á la
    bulgara; vm. hará un inmenso caudal: que quando no tiene uno lo que ha
    menester en un mundo, lo busca en el otro, y es gran satisfaccion ver
    y hacer cosas nuevas. ¿Con que tu ya has estado en el Paraguay? le
    dixo Candido. Friolera es si he estado, replicó Cacambo; he sido
    pinche en el colegio de la Asuncion, y conozco el gobierno de los
    padres lo mismo que las calles de Cadiz. Es un portento el tal
    gobierno. Ya tiene mas de trescientas leguas de diámetro, y se divide
    en treinta provincias. Los padres son dueños de todo, y los pueblos
    no tienen nada: es la obra maestra de la razon y la justicia. Yo por
    mí no veo mas divina cosa que los padres, que aquí estan haciendo la
    guerra á los reyes de España y Portugal, y confesándolos en Europa;
    aquí matan á los Españoles, y en Madrid les abren de par en par el
    cielo: vaya, es cosa que me encanta. Vamos apriesa, que va vm. á ser
    el mas afortunado de los humanos. ¡Qué gusto para los padres, quando
    sepan que les llega un capitan que sabe el exercicio bulgaro!

    Así que llegáron á la primera barrera, dixo Cacambo á la guardia
    avanzada que un capitan queria hablar con el señor comandante. Fuéron
    á avisar á la gran guardia, y un oficial paraguayés fué corriendo á
    echarse á los piés del comandante para darle parte de esta nueva.
    Desarmáron primero á Candido y á Cacambo, y les cogiéron sus
    caballos andaluces; introduxéronlos luego entre dos filas de
    soldados, al cabo de las quales estaba el comandante, con su bonete
    de Teatino puesto, la espada ceñida, la sotana remangada, y una
    alabarda en la mano: hizo una seña, y al punto veinte y quatro
    soldados rodeáron á los recienvenidos. Díxoles un sargento que
    esperasen, porque no les podia hablar el comandante, habiendo mandado
    el padre provincial que ningún Español descosiese la boca como no
    fuese en su presencia, ni se detuviese arriba de tres horas en el
    pais. ¿Y donde está el reverendo padre provincial? dixo Cacambo. En
    la parada, desde que dixo misa, y no podrán vms. besarle las espuelas
    hasta de aquí á tres horas. Si el señor capitan, que se está muriendo
    de hambre lo mismo que yo, dixo Cacambo, no es Español, que es Aleman;
    con que me parece que podemos almorzar miéntras llega Su
    Reverendísima.

    Fuése incontinenti el sargento á dar cuenta al comandante. Bendito sea
    Dios, dixo este señor: una vez que es Aleman, bien podemos hablar;
    llévenle á mi enramada. Lleváron al punto á Candido á un retrete de
    verdura, ornado de una muy bonita colunata de mármol verde y color de
    oro, y de enjaulados donde habia encerrados papagayos, páxaros-moscas,
    colibríes, gallinas de Guinea, y otros páxaros raros. Estaba servido
    en vaxilla de oro un excelente almuerzo; y miéntras comian granos de
    maiz los Paraguayeses en escudillas de palo, y en campo raso al calor
    del sol, se metió el padre reverendo en la enramada. Era este un mozo
    muy galan, lleno de cara, blanco y colorado, las cejas altas y
    arqueadas, los ojos despiertos, encarnadas las orejas, roxos los
    labios, el ademan altivo, pero no aquella altivez de un Español, ni la
    de un jesuita. Fuéron restituidas á Candido y á Cacambo las armas que
    les habian quitado, y con ellas los dos caballos andaluces; y Cacambo
    les echó un pienso cerca de la enramada, sin perderlos de vista,
    temiendo que le jugaran alguna treta.

    Besó Candido la sotana del comandante, y se sentaron ámbos á la mesa.
    ¿Con que es vm. Aleman? le dixo el jesuita en este idioma. Sí, padre
    reverendísimo, dixo Candido. Miráronse uno y otro, al pronunciar estas
    palabras, con un pasmo y una alteracion que no podian contener en el
    pecho. ¿De qué pais de Alemania es vm.? dixo el jesuita. De la sucia
    provincia de Vesfalia, replicó Candido, natural de la quinta de
    Tunder-ten-tronck. ¡Dios mio! ¿es posible? exclamó el comandante. ¡Qué
    portento! gritaba Candido. ¿Es vm.? decia el comandante. No puede ser,
    replicaba Candido. Ambos á dos se tiran uno á otro, se abrazan, y
    derraman un mar de lágrimas. ¿Con que es vm., reverendo padre? ¡vm.,
    hermano de la hermosa Cunegunda; vm., que fué muerto por los Bulgaros;
    vm., hijo del señor baron; vm., jesuita en el Paraguay! vaya, que en
    este mundo se ven cosas extrañas. ¡Ha Panglós, Panglós, qué júbilo
    fuera el tuyo si no te hubieran ahorcado!

    Hizo retirar el comandante á los esclavos negros y á los Paraguayeses,
    que le escanciaban vinos preciosos en vasos de cristal de roca, y dió
    mil veces gracias á Dios y á San Ignacio, estrechando en sus brazos á
    Candido, miéntras que por los rostros de ámbos corrian copiosos
    llantos. Mas se enternecerá vm., se pasmará, y perderá el juicio,
    continuó Candido, quando sepa que la baronesita su hermana, á quien
    cree que le han pasado el vientre, está buena y sana.–¿Adonde?–Aquí
    cerca, en casa del señor gobernador de Buenos-Ayres, y yo he venido
    con ella á la guerra. Cada palabra que en esta larga conversación
    decian era un prodigio nuevo: toda su alma la tenian pendiente de la
    lengua, atenta en los oidos, y brillándoles en los ojos. A fuer de
    Alemanes, estuviéron largo espacio sentados á la mesa, miéntras venia
    el reverendo padre provincial; y el comandante habló así á su amado
    Candido.

    CAPITULO XV.

    _Que cuenta la muerte gue dió Candido al hermano de su querida
    Cunegunda._

    Toda mi vida tendré presente aquel horrorosa dia que vi dar muerte á
    mi padre y á mi madre, y violar á mi hermana. Quando se retiráron los
    Bulgaros, nadie pudo dar lengua de esta adorable hermana, y echáron en
    una carreta á mi madre, á mi padre, y á mí, á dos criadas, y tres
    muchachos degollados, para enterrarnos en una iglesia de jesuitas, que
    dista dos leguas de la quinta de mi padre. Un jesuita nos roció con
    agua bendita, que estaba muy salada; me entráron unas gotas en los
    ojos, y advirtió el padre que hacian mis pestañas un movimiento de
    contraccion; púsome la mano en el corazon, y le sintió latir: me
    socorriéron, y al cabo de tres semanas me hallé sano. Ya sabe vm.,
    querido Candido, que era muy bonitillo; creció mi hermosura con la
    edad, de suerte que el reverendo padre Croust, rector de la casa, me
    tomó mucho cariño, y me dió el hábito de novicio: poco despues me
    enviáron á Roma. El padre general necesitaba una leva de jesuitas
    alemanes mozos. Los soberanos del Paraguay admiten lo ménos jesuitas
    españoles que pueden, y prefieren á los extrangeros, de quien se
    tienen por mas seguros. El reverendo padre general me creyó bueno para
    el cultivo de esta viña, y vinimos juntos un Polaco, un Tirolés, y yo.
    Así que llegué, me ordenáron de subdiácono, y me diéron una tenencia:
    y ya soy coronel y sacerdote. Las tropas del rey de España serán
    recibidas con brío, y yo salgo fiador de que se han de volver
    excomulgadas y vencidas. La Providencia le ha traído á vm. aquí para
    favorecernos. Pero ¿es cierto que está mi querida Cunegunda aquí cerca
    en casa del gobernador de Buenos-Ayres? Candido le confirmó con
    juramento la verdad de quanto le habia referido, y corriéron de nuevo
    los llantos de entrámbos.

    No se hartaba el baron de dar abrazos á Candido, apellidándole su
    hermano y su libertador. Acaso podrémos, querido Candido, le dixo,
    entrar vencedores los dos juntos en Buenos-Ayres, y recuperar á mi
    hermana Cunegunda. No deseo yo otra cosa, respondió Candido, porque me
    iba á casar con ella, y todavía espero ser su esposo. ¡Tú, insolente!
    replicó el baron: ¡tener descaro para casarte con mi hermana, que
    tiene setenta y dos quarteles! ¡y tienes avilantez para hablarme de
    tan temerario pensamiento! Confuso Candido al oir estas razones, le
    respondió: Reverendo padre, no importan un bledo todos los quarteles
    de este mundo; yo he sacado á la hermana de vuestra reverencia de
    poder de un Judío y un inquisidor; ella me está agradecida, y quiere
    ser mi muger: maese Panglós me ha dicho que todos éramos iguales, y
    Cunegunda ha de ser mia. Eso lo verémos, picaruelo, dixo el jesuita
    baron de Tunder-ten-tronck, alargándole con la hoja de la espada un
    cintarazo en los hocicos. Candido desenvayna la suya, y se la mete en
    la barriga hasta la cazoleta al baron jesuita; pero, al sacarla
    humeando en sangre, echó á llorar. ¡Ay, Dios mio, dixo, que he quitado
    la vida á mi amo antiguo, á mi amigo y mi cuñado! El mejor hombre del
    mundo soy, y ya llevo muertos tres hombres, y de estos tres los dos
    son clérigos.

    Acudió á la bulla Cacambo que estaba de centinela á la puerta de la
    enramada. No nos queda mas que vender caras nuestras vidas, le dixo su
    amo; sin duda van á entrar en la enramada: muramos con las armas en la
    mano. Cacambo que no se atosigaba por nada, sin inmutarse cogió la
    sotana del baron, se la echó á Candido encima, le puso el bonete de
    Teatino del cadáver, y le hizo montar á caballo: todo esto se executó
    en un momento. Galopemos, Señor: todo el mundo creerá que es vm. un
    jesuita que lleva órdenes, y ántes que vengan tras de nosotros,
    estarémos ya fuera de las fronteras. Todo fué uno el pronunciar estas
    palabras, y volar gritando: Plaza, plaza al reverendo padre coronel.

    CAPITULO XVI.

    _Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes con
    dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones._

    Ya habian pasado las barreras Candido y su criado, y todavía ninguno
    en el campo sabia la muerte del jesuita tudeseo. El vigilante Cacambo
    no se habia olvidado de hacer buen repuesto de pan, chocolate, jamon,
    fruta, y botas de buen vino, y así se metiéron con sus caballos
    andaluces en un pais desconocido, donde no descubriéron sendero
    ninguno trillado: al cabo se ofreció á su vista una hermosa pradera
    regada de mil arroyuelos, y nuestros dos caminantes dexáron pacer sus
    caballerías, Cacambo propuso á su amo que comiese, dándole con el
    consejo el exemplo. ¿Cómo quieres, le dixo Candido, que coma jamon,
    después de haber muerto al hijo del señor baron, y viéndome condenado
    á no volver á mirar á la bella Cunegunda? ¿Qué me valdrá el alargar
    mis desventurados años, debiendo pasailos léjos de ella en los
    remordimientos y la desesperacion? ¿Qué dirá el diarista de Trevoux?

    Dicho esto, no dexó de comer. El sol iba á ponerse, quando á deshora
    oyen los dos asendereados caminantes unos blandos quejidos como de
    mugeres; pero no sabian si eran de gusto ó de sentimiento:
    levantáronse empero á toda priesa con el susto y la inquietud que
    qualquiera cosa infunde en un pais no conocido. Daban estos gritos
    dos mozas en cueros, que corrian con mucha ligereza por la pradera, y
    en su seguimiento iban dos ximios dándoles bocados en las nalgas.
    Movióse Candido á compasion; habia aprendido á tirar con los
    Búlgaros, y era tan diestro que derribaba una avellana del árbol sin
    tocar á las hojas; cogió pues su escopeta madrileña de dos cañones,
    tiró, y mató ámbos ximios. Bendito sea Dios, querido Cacambo, dixo,
    que de tamaño peligro he librado esas dos pobres criaturas: si cometí
    un pecado en matar á un inquisidor y á un jesuita, ya he satisfecho á
    Dios, librando de la muerte á dos muchachas, que acaso son señoritas
    de circunstancias; y esta aventura no puede ménos de grangearnos
    mucho provecho en el pais. Iba á decir mas, pero se le heló la sangre
    y el habla quando vió que las dos muchachas se abrazaban
    amorosamente de los monos, inundaban en llanto los cadáveres, y
    henchian el viento de los mas dolientes gritos. No esperaba yo tanta
    bondad, dixo á Cacambo; el qual le replicó: Buena la hemos hecho,
    Señor. Los que vm. ha muerto eran los amantes de estas dos niñas.
    ¡Amantes! ¿cómo es posible? Cacambo, tu te estás burlando: ¿cómo
    quieres que tal crea?' Señor amado, replicó Cacambo, vm. de todo se
    pasma. ¿Porqué extraña tanto que en algunos países sean los ximios
    favorecidos de las damas, si son quarterones de hombre, lo mismo que
    yo quarteron de Español? Ha, repuso Candido, bien me acuerdo de haber
    oido decir á maese Panglós que antiguamente sucedian esos casos, y que
    de estas mezelas procediéron los egypancs, los faunos, los sátiros,
    que viéron muchos principales personages de la antigüedad; pero yo
    todo lo tenia por fabuloso. Ya puede vm. convencerse ahora, dixo
    Cacambo, de que son verdades, y ya ve los estilos de la gente que no
    ha tenido cierta educacion: lo que me temo, es que estas damas nos
    metan en algun atolladero.

    Persuadido Candido por tan sólidas reflexîones, se desvió de la
    pradera, y se metió en una selva, donde cenó con Cacambo; y despues
    que hubiéron ámbos echado sendas maldiciones al inquisidor de
    Portugal, al gobernador de Buenos-Ayres, y al baron, se quedáron
    dormidos sobre la yerba. Al despertar sintiéron que no se podian
    menear; y era la causa que por la noche los Orejones, moradores del
    pais, á quien habian dado el soplo las dos damas, los habian atado con
    cuerdas hechas de cortezas de árboles. Cercábanlos unos cincuenta
    Orejones desnudos, y armados con flechas, mazas y hachas de pedernal:
    unos hacian hervir un grandísimo caldero, otros aguzaban asadores, y
    todos clamaban: Un jesuita, un jesuita; ahora nos vengarémos, y nos
    regalarémos; á comer jesuita, á comer jesuíta.

    Bien le habia yo dicho á vm., señor, dixo en triste voz Cacambo, que
    las muchachas aquellas nos jugarian una mala pasada. Candido mirando
    los asadores y el caldero, dixo: Sin, duda que van á cocernos ó
    asarnos. Ha, ¿qué diria el doctor Panglós si viera lo que es la pura
    naturaleza? Todo está bien, norabuena; pero confesemos que es triste
    cosa haber perdido á mi Cunegunda, y ser espetado en un asador por
    unos Orejones. Cacambo, que nunca se alteraba por nada, dixo al
    desconsolado Candido: No se aflija vm., que yo entiendo algo el
    guirigay de estos pueblos, y les voy á hablar. No dexes de
    representarles, dixo Candido, que es una inhumanidad horrible el cocer
    la gente en agua hirviendo, y accion de mal cristiano.

    Señores, dixo alzando la voz Cacambo, vms. piensan que se van á comer
    á un jesuíta; y fuera muy bien hecho, que no hay cosa mas conforme á
    justicia que tratar así á sus enemigos. Efectivamente el derecho
    natural enseña á matar al próxîmo, y así es estilo en todo el mundo: y
    si no exercitamos nosotros el derecho de comérnoslos, consiste en que
    tenemos otros manjares con que regalarnos; pero vosotros no estais en
    el mismo caso, y cierto vale mas comerse á sus enemigos, que abandonar
    á los cuervos y las cornejas el fruto de la victoria. Mas vms.,
    señores, no se querrán comer á sus amigos; y creen que van á espetar á
    un jpsuita en el asador, miéntras que el asado es vuestro defensor, y
    enemigo de vuestros enemigos. Yo soy nacido en vuestro mismo pais;
    este señor que estais viendo es mi amo, y léjos de ser jesuita, acaba
    de matar á un jesuita, y se ha traído los despojos: este es el motivo
    de vuestro error. Para verificar lo que os digo, coged su sotana,
    llevadla á la primera barrera del reyno de los padres, é informaos si
    es cierto que mi amo ha muerto á un jesuita. Poco tiempo será
    necesario, y luego nos podeis comer, si averiguais que es mentira;
    pero si os he dicho la verdad, harto bien sabeis los principios de
    derecho público, la moral y las leyes, para que nos hagais mal.

    Pareció justa la proposicion á los Orejones, y comisionáron á dos
    prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la verdad:
    los diputados desempeñáron su comision con mucha sagacidad, y
    volvieron con buenas noticias. Desatáron pues los Orejones á los dos
    presos, les hiciéron mil agasajos, les diéron víveres, y los
    conduxéron hasta los confines de su estado, gritando muy alegres: No
    es jesuita, no es jesuita.

    No se hartaba Candido de pasmarse del motivo porque le habían puesto
    en libertad. ¡Qué pueblo, decia, qué gente, qué costumbres! Si no
    hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte á
    parte al hermano de mi baronesita, me comian sin mas remision. Verdad
    es que la naturaleza pura es buena, quando en vez de comerme me lian
    agasajado tanto estas gentes, así que han sabido que no era jesuita.

    CAPITULO XVII.

    _Cuéntase el arribo de Candido con su criado al pais del Dorada, y
    lo que alli viéron._

    Quando estuviéron en la raya de los Orejones, Ya ve vm., dixo Cacarnbo
    á Candido, que este hemisferio vale tan poco como el otro; créame, y
    vólvamónos á Europa por el camino mas corto. ¿Cómo me he de volver,
    respondió Candido, ni adonde he de ir? Si me vuelvo á mi pais, los
    Abaros y los Bulgaros lo talan todo á sangre y fuego; si á Portugal,
    me queman; si nos quedamos en este pais, corremos peligro de que nos
    asen vivos. Mas ¿cómo nos hemos de resolver á dexar la parte del mundo
    donde reside mi baronesita?

    Encaminémonos á Cayena, dixo Cacambo; alli hallarémos Franceses, que
    andan por todo el mundo, y que nos podrán valer: y acaso tendrá Dios
    misericordia de nosotros.

    No era cosa fácil ir á Cayena: bien sabian, á poco mas ó ménos, hácia
    que parte se habian de dirigir; pero las montañas, los rios, los
    despeñaderos, los salteadores, y los salvages cran en todas partes
    estorbos insuperables. Los caballos se muriéron de cansancio; se les
    acabáron las provisiones; y se mantuviéron por espacio de un mes con
    frutas silvestres. Al cabo se halláron á orillas de un riachuelo
    poblado de cocos, que les conserváron la vida y la esperanza.
    Cacambo, que era de tan buen consejo como la vieja, dixo á Candido: Ya
    no podemos ir mas tiempo á pié, sobrado hemos andado; una canoa vacía
    estoy viendo á la orilla del río, llenémosla de cocos, metámonos
    dentro, y dexémonos llevar de la corriente: un río va siempre á parar
    á algun sitio habitado; y si no vemos cosas gratas, á lo ménos
    verémos cosas nuevas. Vamos allá, dixo Candido, y encomendémonos á la
    Providencia.

    Navegáron por espacio de algunas leguas entre riberas, unas veces
    amenas, otras áridas, aquí llanas, y allá escarpadas. El río se iba
    continuamente ensanchando, y al cabo se encañaba baso una bóveda de
    espantables breñas que escalaban el cielo. Tuviéron ámbos caminantes
    la osadía de dexarse arrastrar de las olas debaxo de esta bóveda; y el
    río, que en este sitio se estrechaba, se los llevó con horroroso
    estrépito y no vista velocidad. Al cabo de veinte y quatro horas
    viéron otra vez la luz; pero la canoa se hizo añicos en los baxíos, y
    tuviéron que andar á gatas de uno en otro peñasco una legua entera:
    finalmente avistáron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles
    montañas. Todo el pais estaba cultivado no ménos para recrear el gusto
    que para satisfacer las necesidades; en todas paftes lo útil se
    maridaba con lo agradable; víanse los caminos reales cubiertos, ó por
    mejor decir ornados de carruages deforma elegante y luciente materia,
    y dentro mugeres y hombres de peregrina hermosura: tiraban con raudo
    paso de estos carruages unos avultados carneros encarnados, muy mas
    ligeros que los mejores caballos de Andalucía, Tetuan y Mequinez.

    Mejor tierra es esta, dixo Candido, que la Vesfalia; y se apeó con
    Cacambo en el primer lugar que topó. Algunos muchachos de la aldea,
    vestidos de tisú de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo á la
    entrada del lugar; nuestros dos hombres del otro mundo se divertian
    en mirarlos. Eran los tejos unas piezas redondas muy anchas,
    amarillas, encarnadas y verdes, que despedian mucho brillo: cogiéron
    algunas, y eran oro, esmeraldas y rubíes, de tanto valor que el de
    ménos precio hubiera sido la mas rica joya del trono del Gran Mogol.
    Estos muchachos, dixo Cacambo, son sin duda los infantes que estan
    jugando al tejo. En esto se asomó el maestro de primeras letras del
    lugar, y dixo á los muchachos que ya era hora de entrar en la
    escuela. Ese es, dixo Candido, el preceptor de la familia real.

    Los chicos del lugar abandonáron al punto el juego, y tiráron los
    tejos, y quanto para divertirse les habia servido. Cogiólos Candido,
    y acercándose á todo correr al preceptor, se los presentó con mucha
    humildad, diciéndole por señas que sus Altezas Reales se habian dexado
    olvidado aquel oro y aquellas piedras preciosas. Echóse á reir el
    maestro de leer, y las tiró al suelo; miró luego atentamente á Candido
    á la cara, y siguió su camino.

    Los caminantes se diéron priesa á coger el oro, los rubíes y las
    esmeraldas. ¿Donde estamos? decia Candido: menester es que esten bien
    educados los infantes de este pais, pues así los enseñan á no hacer
    caso del oro ni las piedras preciosas. No estaba Cacambo ménos atónito
    que Candido. Al fin se llegáron á la primera casa del lugar, que tenia
    trazas de un palacio de Europa; á la puerta habia agolpada una
    muchedumbre de gente, y mas todavía dentro: oíase resonar una música
    melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de exquisitos manjares.
    Arrimóse Cacambo á la puerta, y oyó hablar peruano, que era su lengua
    materna; pues ya sabe todo el mundo que Cacambo era hijo de Tucuman,
    de un pueblo donde no se conocia otro idioma. Yo le serviré á vm. de
    intérprete, dixo á Candido; entremos, que este es un meson.

    Al punto dos mozos y dos criadas del meson, vestidos de tela de oro,
    y los cabellos prendidos con lazos de lo mismo, los convidaron á que
    se sentaran á mesa redonda. Sirviéron en ella quatro sopas con dos
    papagayos cada una, un buytre cocido que pesaba doscientas libras,
    dos monos asados de un sabor muy delicado, trescientos colibríes en un
    plato, y seiscientos páxaros-moscas en otro, exquisitas frutas, y
    pastelería deliciosa, todo en platos de cristal de roca; y los mozos y
    sirvientas del meson escanciaban varios licores sacados de la caña de
    azúcar.

    La mayor parte de los comensales eran mercaderes y carruageros, todos
    de una urbanidad imponderable, que con la mas prudente circunspeccion
    hiciéron á Cacambo algunas preguntas, y respondiéron á las de este,
    dexándole muy satisfecho de sus respuestas. Quando se acabó la comida,
    Cacambo y Candido créyeron que pagaban muy bien el gasto, tirando en
    la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habian cogido; pero
    soltarón la carcajada el huésped y la huéspeda, y no pudiéron durante
    largo rato contener la risa: al fin se serenáron, y el huésped les
    dixo: Bien vemos, señores, que son vms. extrangeros; y como no estamos
    acostumbrados á ver ninguno, vms. perdonen si nos hemos echado á reir
    quando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos
    reales. Sin duda vms. no tienen moneda del pais, pero tampoco se
    necesita para comer aquí, porque todas las posadas establecidas para
    comodidad del comercio las paga el gobierno. Aquí han, comido vms.
    mal, porque estan en una pobre aldea; pero en las demas partes los
    recibirán como se merecen. Explicaba Cacambo á Candido todo quanto
    decia el huésped, y lo escuchaba Candido con tanto pasmo y maravilla
    como tenia en decírselo su amigo Cacambo. ¿Pues qué pais es este,
    decían ambos, ignorado de todo lo demas de la tierra, y donde la
    naturaleza entera tanto de la nuestra se diferencia? Es regular que
    este sea el pais donde todo está bien, añadia Candido, que alguno ha
    de haber de esta especie; y diga lo que quiera maese Panglós, muchas
    veces he advertido que todo iba mal en Vesfalia.

    CAPITULO XVIII.

    _Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron._

    Cacambo dió parte de su curiosidad á su huésped, y este le dixo: Yo
    soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo
    tenemos á un anciano retirado de la corte, que es el sugeto mas docto
    del reyno, y que mas gusta de comunicar con los otros lo que sabe.
    Dicho esto, llevó á Cacambo á casa del anciano. Candido representaba
    la segunda persona, y acompañaba á su criado. Entráron ámbos en una
    casa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y los
    techos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, que
    con los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesala
    solamente en rubíes y esmeraldas estaba embutida, pero el órden con
    que estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad.

    Recibió el anciano á los dos extrangeros en un sofá de plumas de
    colibrí, y les ofreció varios licores en vasos de diamante, y luego
    satisfizo su curiosidad en estos términos. Yo tengo ciento setenta y
    dos años, y mi difunto padre, caballerízo del rey, me contó las
    asombrosas revoluciones del Perú, que habia el presenciado. El reyno
    donde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometiéron el
    disparate de abandonarla por ir á sojuzgar parte del mundo, y que al
    fin destruyéron los Españoles.

    Mas prudentes fuéron los príncipes de su familia que permaneciéron en
    su patria, y por consentimiento de la nacion dispusiéron que no
    saliera nunca ningun habitante de nuestro pequeño reyno: lo qual ha
    mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los Españoles han
    tenido una confusa idea de este pais, que han llamado _El
    Dorado_; y un Inglés, nombrado el caballero Raleigh, llegó aquí
    cerca unos cien años hace; mas como estamos rodeados de intransitables
    breñas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de la
    rapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de las
    piedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todos
    nosotros sin dexar uno vivo.

    Fué larga la conversacion, y se trató en ella de la forma de gobierno,
    de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes;
    finalmente Candido, que era muy adicto á la metafísica, preguntó, por
    medio de Cacambo, si tenian religion los moradores. Sonrojóse un poco
    el anciano, y respondió: ¿Pues cómo lo dudais? ¿creeis que tan
    ingratos somos? Preguntó Cacambo con mucha humildad qué religion era
    la del Dorado. Otra vez se abochornó el viejo, y le replicó: ¿Acaso
    puede haber dos religiones? Nuestra religion es la de todo el mundo:
    adoramos á Dios noche y dia. ¿Y no adorais mas que un solo Dios?
    repuso Cacambo, sirviendo de intérprete á las dudas de Candido. Como
    si hubiera dos, ó tres, ó quatro, dixo el anciano: vaya, que las
    personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. No se hartaba
    Candido de preguntar al buen viejo, y queria saber qué era lo que
    pedian á Dios en el Dorado. No le pedimos nada, dixo el respetable y
    buen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quanto
    necesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. A
    Candido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y preguntó donde
    estaban; y el venerable anciano le dixo sonriéndose: Amigo mio, aquí
    todos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantan
    todas las mañanas solemnes cánticos de acciones de gracias, que
    acompañan cinco ó seis mil músicos.–¿Con que no teneis frayles que
    enseñen, que arguyan, que gobiernen, que enreden, y que quemen á los
    que no son de su parecer?–Menester seria que estuviéramos locos,
    respondió el anciano; aquí todos somos de un mismo parecer, y no
    entendemos que significan esos vuestros frayles. Estaba Candido como
    extático oyendo estas razones, y decia para sí: Muy distinto pais es
    este
    de la Vesfalia, y de la quinta del señor baron; si hubiera visto
    nuestro
    amigo Panglós el Dorado, no diria que la quinta de Tunder-ten-tronck
    era lo mejor que habia en la tierra. Cierto que es bueno viajar.

    Acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un coche
    tirado de seis carneros, y dió á los dos caminantes doce de sus
    criados para que los llevaran á la Corte. Perdonad, les dixo, si me
    priva mi edad de la honra de acompañaros; pero el rey os agasajará de
    modo que quedeis gustosos, y sin duda disculparéis los estilos del
    pais, si alguno de ellos os desagrada.

    Montáron en coche Candido y Cacambo; los seis carneros iban volando, y
    en ménos de quatro horas llegáron al palacio del rey, situado á un
    extremo de la capital. La puerta principal tenia doscientos y veinte
    piés de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de qué materia
    era; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria á los
    pedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas.
    Al apearse Candido y Cacambo del coche, fuéron recibidos por veinte
    hermosas doncellas de la guardia real, que los lleváron al baño, y los
    vistiéron de un ropage de plumion de colibrí; luego los principales
    oficiales y oficialas de palacio los conduxéron al aposento de Su
    Magestad, entre dos filas de mil músicos cada una, como era estilo.
    Quando estuviéron cerca de la sala del trono, preguntó Cacambo á uno
    de los oficiales principales como habian de saludar á Su Magestad; si
    hincados de rodillas ó postrados al suelo; si habian de poner las
    manos en la cabeza ó en el trasero; si habian de lamer el polvo de la
    sala; finalmente quales eran las ceremonias. La práctica, dixo el
    oficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en ámbas mexillas.
    Abalanzáronse pues Candido y Cacambo al cuello de Su Magestad, el qual
    correspondió con la mayor afabilidad, y los convidó cortesmente á
    cenar. Entre tanto les enseñáron la ciudad, los edificios públicos que
    escalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, las
    fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caña, que
    sin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie de
    piedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y la
    canela. Quiso Candido ver la sala del crimen y el tribunal, y le
    dixéron que no los habia, porque ninguno litigaba: se informó si habia
    cárcel, y le fué dicho que no; pero lo que mas extrañó y mas
    satisfaccion le causó, fué el palacio de las ciencias, donde vió una
    galería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de física y
    matemáticas.

    Habiendo andado en toda aquella tarde como la milésima parte de la
    ciudad, los traxéron de vuelta á palacio. Candido se sentó á la mesa
    entre Su Magestad, su criado Cacambo, y muchas señoras; y no se puede
    ponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de boca
    del monarca se oían. Cacambo le explicaba á Candido los donayres del
    rey, y aunque traducidos todavía eran donayres; y de todo quanto pasmó
    á Candido, no fué esto lo que le dexó ménos pasmado.

    Un mes estuviéron en este hospicio. Candido decia continuamente á
    Cacambo: Ello es cierto, amigo mio, que la quinta donde yo nací no se
    puede comparar con el pais donde estamos; pero al cabo mi Cunegunda no
    habita en él, y sin duda que tampoco á tí te faltará en Europa una que
    bien quieras. Si nos quedamos aquí, serémos uno de tantos; y si damos
    vuelta á nuestro mundo no mas que con una docena de carneros cargados
    de piedras del Dorado, serémos mas ricos que todos los monarcas
    juntos, no tendrémos que tener miedo á inquisidores, y con facilidad
    podrémos cobrar á la baronesita. Este razonamiento petó á Cacambo: tal
    es la manía de correr mundo, de ser tenido entre los suyos, de hacer
    alarde de lo que ha visto uno en sus viages, que los dos afortunados
    se determináron á dexarlo de ser, y á despedirse de Su Magestad.

    Haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco;
    mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estar
    en él. Yo no tengo por cierto derecho para detener á los extrangeros,
    tiranía tan opuesta á nuestra práctica como á nuestras leyes. Todo
    hombre es libre, y os podeis ir quando quisiéreis; pero es muy ardua
    empresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo río por el
    qual habeis venido por milagro, y que corre baxo bóvedas de peñascos;
    las montañas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas de
    elevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio de
    diez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despeñándose. Pero,
    pues estais resueltos á iros, voy á dar órden á los intendentes de
    máquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; y
    quando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podrá
    acompañar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su
    recinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: en
    quanto á lo demás, pedidme lo que mas os acomode. No pedimos que
    Vuestra Magestad nos dé otra cosa, dixo Cacambo, que algunos carneros
    cargados de víveres, de piedras y barro del pais. Rióse el rey, y
    dixo: No se qué, pasion es la que tienen vuestros Europeos á nuestro
    barro amarillo; llévaos todo el que querais, y buen provecho os haga.

    Inmediatamente dió órden á sus ingenieros que hicieran una máquina
    para izar fuera del reyno á estos dos hombres extraordinarios: tres
    mil buenos físicos trabajáron en ella, y se concluyó al cabo de quince
    dias, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del pais.
    Metiéron en la máquina á Candido y á Cacambo: dos carneros grandes
    encarnados tenian puesta la silla y el freno para que montasen en
    ellos así que hubiesen pasado los montes, y los seguian otros veinte
    cargados de víveres, treinta con preseas de las cosas mas curiosas que
    en el pais habia, y cincuenta con oro, diamantes, y otras piedras
    preciosas. El rey dió un cariñoso abrazo á los dos vagamundos. Fué
    cosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los izáron á ellos
    y á sus carneros á la cumbre de las montañas. Habiéndolos dexado en
    parage seguro, se despidiéron de ellos los físicos; y Candido no tuvo
    otro hipo ni otra idea que ir á presentar sus carneros á la
    baronesita. A bien que llevamos, decia, con que pagar al gobernador de
    Buenos-Ayres, si es dable poner precio á mi Cuncgunda: vamos á la isla
    de Cayena, embarquémonos, y luego verémos qué reyno habernos de poner
    en ajuste.

    CAPITULO XIX.

    _De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo Candido de
    Martin._

    La primera jornada de nuestros dos caminantes fué bastante agradable,
    llevados en alas de la idea de encontrarse posesores de mayores
    tesoros que quantos en Asia, Europa y Africa se podian reunir. El
    enamorado Candido grabó el nombre de Cunegunda en las cortezas de los
    árboles. A la segunda jornada se atolláron en pantanos dos carneros, y
    pereciéron con la carga que llevaban; otros dos se muriéron de
    cansancio algunos dias despues; luego pereciéron de hambre de siete á
    ocho en un desierto; de allí á algunos dias se cayéron otros en unas
    simas: por fin á los cien dias de viage no les quedáron mas que dos
    carneros. Candido dixo á Cacambo: Ya ves, amigo, que deleznables son
    las riquezas de este mundo; nada hay sólido, como no sea la virtud, y
    la dicha de volver á ver á Cunegunda. Confiéselo así, dixo Cacambo;
    pero todavía tenemos dos carneros con mas tesoros que quantos podrá
    poseer el rey de España, y desde aquí columbro una ciudad, que presumo
    que ha de ser Surinam, colonia holandesa. Al término de nuestras
    miserias tocamos, y al principio de nuestra ventura.

    En las inmediaciones del pueblo encontráron á un negro tendido en el
    suelo, que no tenia mas que la mitad de su vestido, esto es de unos
    calzoncillos de lienzo crudo azul, y al pobre le faltaba la pierna
    izquierda y la mano derecha. ¡Dios mió! le dixo Candido, ¿qué haces
    ahí, amigo, en la terrible situacion en que te veo? Estoy aguardando á
    mi amo el señor de Vanderdendur, negociante afamado, respondió el
    negro. ¿Ha sido por ventura el señor Vanderdendur quien tal te ha
    parado? dixo Candido. Sí, Señor, respondió el negro; así es práctica:
    nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al año para que nos
    vistamos; quando trabajamos en los ingenios de azúcar, y nos coge un
    dedo la piedra del molino, nos cortan la mano; quando nos queremos
    escapar, nos cortan una pierna: yo me he visto en ámbos casos, y á ese
    precio se come azúcar en Europa; puesto que quando en la costa de
    Guinea me vendió mi madre por dos escudos patagones, me dixo: Hijo
    querido, da gracias á nuestros fetiches, y adóralos sin cesar, para
    que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de
    nuestros señores los blancos, y de hacer afortunados á tu padre y á tu
    madre. Yo no se ¡ay! si los he hecho afortunados; lo que se es que
    ellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y los
    papagayos lo son mil veces ménos que nosotros. Los fetiches holandeses
    que me han convertido, dicen que los blancos y los negros somos todos
    hijos de Adan. Yo no soy genealogista, pero si los predicadores dicen
    la verdad, todos somos primos hermanos; y cierto que no es posible
    portarse de un modo mas horroroso con sus propios parientes.

    O Panglós, exclamó Candido, esta abominacion no la habias tú
    adivinado: se acabó, será fuerza que abjure tu optimismo. ¿Qué es el
    optimismo? dixo Cacambo. Ha, respondió Candido, es la manía de
    sustentar que todo está bien quando está uno muy mal. Vertia lágrimas
    al decirlo contemplando al negro, y entró llorando en Surinam.

    Lo primero que preguntáron fué si habia en el puerto algun navío que
    se pudiera fletar para Buenos-Ayres. El hombre á quien se lo
    preguntáron era justamente un patron español que les ofreció
    ajustarse en conciencia con ellos, y les dió cita en una hostería,
    adonde Candido y Cacambo le fuéron á esperar con sus carneros.

    Candido que llevaba siempre el corazon en las manos contó todas sus
    aventuras al Español, y le confesó que queria robar á la baronesita
    Cunegunda. Ya me guardaré yo, le respondió, de pasarlos á vms. á
    Buenos-Ayres, porque seria irremisiblemente ahorcado, y vms. ni mas ni
    ménos; que la hermosa Cunegunda es la dama en privanza de Su
    Excelencia. Este dicho fué una puñalada en el corazon de Candido:
    lloró amalgamente, y despues de su llanto, llamando aparte á Cacambo,
    le dixo: Escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer; cada uno de
    nosotros lleva en el bolsillo uno ó dos millones de pesos en
    diamantes, y tu eres mas astuto que yo: vete á Buenos-Ayres, en busca
    de Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil
    duros; si no basta, dale doscientos mil: tu no has muerto á inquisidor
    ninguno, y nadie te perseguirá. Yo fletaré otro navío, y te iré á
    esperar á Venecia; que es pais libre, donde no hay ni Bulgaros, ni
    Abaros, ni Judíos, ni inquisidores que temer. Parecióle bien á
    Cacambo tan prudente determinacion, puesto que sentia á par de muerte
    haberse de separar de amo tan bueno; pero la satisfaccion de servirle
    pudo mas con el que el sentimiento de dexarle. Abrazáronse derramando
    muchas lágrimas; Candido le encomendó que no se olvidara de la buena
    vieja; y Cacambo se partió aquel mismo dia: el tal Cacambo era un
    excelente sugeto.

    Detúvose algún tiempo Candido en Surinam, esperando á que hubiese otro
    patron que le llevase á Italia con los dos carneros que le habian,
    quedado. Tomó criados para su servicio, y compró todo quanto era
    necesario para un viage largo; finalmente se le presentó el señor
    Vanderdendur, armador de una gruesa embarcacion. ¿Quanto pide vm., le
    preguntó, por llevarme en derechura á Venecia, con mis criados, mi
    bagage, y los dos carneros que vm. ve ? El patron pidió diez mil duros,
    y Candido se los ofreció sin rebaxa. ¡Hola, hola! dixo entre sí el
    prudente Vanderdendur, ¿con que esté extrangero da diez mil duros sin
    regatear? Menester es que sea muy rico. Volvió de allí á un rato, y
    dixo que no podia hacer el viage por ménos de veinte mil. Veinte mil
    le daré á vm., dixo Candido. Toma, dixo en voz baxa el mercader, ¿con
    que da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? Otra vez
    volvió, y dixo que no le podia llevar á Venecia si no le daba treinta
    mil duros. Pues treinta mil serán, respondió Candido. Ha, ha, murmuró
    el holandés, treinta mil duros no le cuestan nada á este hombre; sin
    duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamos
    mas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego verémos.
    Vendió Candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todo
    quanto dinero le habia pedido el patron, y le pagó adelantado. Estaban
    ya embarcados los dos carneros, y seguia Candido de léjos en una
    lancha para ir al navío que estaba en la rada; el patron se aprovecha
    de la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa.
    En breve le pierde de vista Candido confuso y desatentado. ¡Ay!
    exclamaba, esta picardía es digna del antiguo hemisferio. Vuélvese á
    la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para
    hacer ricos á veinte monarcas. Fuera de sí, se va á dar parte al juez
    holandés, y en el arrebato de su turbacion llama muy recio á la
    puerta, entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo mas de lo que era
    regular. Lo primero que hizo el juez fué condenaile á pagar diez mil
    duros por la bulla que habia metido: oyóle luego con mucha pachorra,
    le prometió que exâmininaria el asunto así que voliera el mercader, y
    exîgió otros diez mil duros por los derechos de audiencia.

    Esta conducta acabó de desesperar á Candido; y aunque á la verdad
    habia padecido otras desgracias mil veces mas crueles, la calma del
    juez y del patron que le habia robado le exâltaron la cólera, y le
    ocasionáron una negra melancolía. Presentábase á su mente la maldad
    humana con toda su disformidad, y solo pensamientos tristes revolvia.
    Finalmente estando para salir para Burdeos un navío francés, y no
    quedándole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajustó en lo
    que valia un camarote del navío, y mandó pregonar en la ciudad que
    pagaba el viage y la manutencion, y daba dos mil duros á un hombre de
    bien que le quisiera acompañar, con la condición de que fuese el mas
    descontento de su suerte, y el mas desdichado de la provincia.
    Presentóse una cáfila tal de pretendientes, que no hubieran podido
    caber en una esquadra. Queriendo Candido escoger los que mejor
    educados parecian, señaló hasta unos veinte que le parecieron mas
    sociables, y todos pretendían que merecían la preferencia. Reuniólos
    en su posada, y los convidó á cenar, poniendo por condicion que
    hiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad su
    propia historia, y prometiendo escoger al que mas digno de compasion
    y mas descontento con justicia de su suerte le pareciese, y dar á los
    demas una gratificacion. Duró la sesion hasta las quatro de la
    madrugada; y al oir sus aventuras ó desventuras se acordaba Candido de
    lo que le habia dicho la vieja quando iban á Buenos-Ayres, y de la
    apuesta que habia hecho de que no habia uno en el navío á quien no
    hubiesen acontecido gravísimas desdichas. A cada lástima que contaban,
    pensaba en Panglós, y decia: El tal Panglós apurado se habia de ver
    para demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aquí. Es cierto
    que si está todo bien, es en el Dorado, pero no en lo demas de la
    tierra. Finalmente se determinó enfavor de un hombre docto y pobre,
    que habia trabajado diez años para los libreros de Amsterdan,
    creyendo que no habia en el mundo oficio que mas aperreado traxese al
    que le exercitaba. Fuera de eso este docto sugeto, que era hombre de
    muy buena pasta, habia sido robado por su muger, aporreado por su
    hijo, y su hija le habia abandonado, y se habia escapado con un
    Portugués. Le acababan de quitar un miserable empleo con el qual
    vivia, y le perseguian los predicantes de Surinam, porque le tachaban
    de sociniano. Hase de confesar que los demas eran por lo menós tan
    desventurados como él; pero Candido esperaba que con el docto se
    aburriria ménos en el viage. Todos sus competidores se quejáron de la
    injusticia manifiesta de Candido; mas este los calmó repartiendo cien
    duros á cada uno.

    CAPITULO XX.

    _De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion._

    Embarcóse pues para Burdeos con Candido el docto anciano, cuyo nombre
    era Martin. Ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quando
    el navío hubiera ido de Surinam al Japon por el cabo de Buena
    Esperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia para
    discurrir acerca del mal físico y el mal moral. Verdad es que Candido
    le sacaba muchas ventajas á Martin, porque llevaba la esperanza de
    ver á su Cunegunda, y Martin no tenia cosa ninguna que esperar: y le
    quedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido cien
    carneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, y
    aunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holandés,
    todavía quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablaba
    de Cunegunda, con especialidad después de comer, se inclinaba al
    sistema de Panglós. Y vm., señor Martín, le dixo al docto, ¿qué piensa
    de todo esto? ¿qué opinion lleva cerca del mal físico y el mal moral?
    Señor, respondió Martin, los clérigos me han acusado de ser sociniano;
    pero la verdad es que soy maniquéo. Ese es cuento, replicó Candido,
    que ya no hay maniquéos en el mundo. Pues yo en el mundo estoy, dixo
    Martin, y es la realidad que no está en mi creer otra cosa. Menester
    es que tenga vm. el diablo en el cuerpo, repuso Candido. Tanto papelea
    en este mundo, dixo Martin, que muy bien puede ser que esté en mi
    cuerpo lo mismo que en otra parte. Confieso que quando tiendo la vista
    por este globo ó glóbulo, se me figura que le ha dexado Dios á
    disposicion de un ser maléfico, exceptuando el Dorado. Aun no he visto
    un pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familia
    que no quisiera exterminar otra familia. En todas partes los menudos
    exêcran de los grandes, y se postran á sus plantas; y los grandes los
    tratan como viles rebaños, desollándolos y comiéndoselos. Un millon de
    asesinos en regimientos andan corriendo la Europa entera, saqueando y
    matando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en las
    ciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen las
    artes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes,
    que quantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavía son mas crueles
    los pesares secretòs que las miserias públicas; en una palabra, he
    visto tanto y he padecido tanto, que soy maniquéo. Cosas buenas hay,
    no obstante, replicó Candido. Podrá ser, decía Martin, mas no han
    llegado á mi noticia.

    En esta disputa estaban quando se oyéron descargas de artillería. De
    uno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armáron de un
    anteojo. Veíanse como á distancia de tres millas dos navios que
    combatían, y los traxo el viento tan cerca del navío francés á uno y á
    otro, que tuviéron el gusto de mirar el combate muy á su sabor. Al
    cabo uno de los navios descargó una andanada con tanto tino y acierto,
    y tan á flor de agua, que echó á pique á su contrario. Martin y
    Candido distinguiéron con mucha claridad en el combes de la nave que
    zozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dando
    espantosos gritos; en un punto se los tragó á todos la mar.

    Vea vm., dixo Martin, pues así se tratan los hombres unos á otros.
    Verdad es, dixo Candido, que anda aquí la mano del diablo. Diciendo
    esto, advirtió cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadaba
    junto al navio; echáron la lancha para ver que era, y era uno de sus
    carneros. Mas se alegró Candido con haber recobrado este carnero, que
    lo que habia sentido la pérdida de ciento cargados todos de diamantes
    gruesos del Dorado.

    En breve reconoció el capitán del navío francés que el del navío
    sumergidor era Español, y el del navío sumergido un pirata holandés,
    el mismo que habia robado á Candido. Con el pirata se hundiéron en el
    mar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solo
    se libertó un carnero. Ya ve vm., dixo Candido á Maitin, que á veces
    llevan los delitos su merecido: este pícaro de patrón holandés ha
    sufrido la pena digna de sus maldades. Está bien, dixo Martin, pero
    ¿porqué han muerto los pasageros que venian en su navío? Dios ha
    castigado al malo, y el diablo ha ahogado á los buenos.

    Seguían en tanto su derrota el navío francés y el español, y Candido
    en sus conversaciones con Martin. Quince dias sin parar disputáron, y
    tan adelantados estaban el último como el primero; pero hablaban, se
    comunicaban sus ideas, y se consolaban. Candido pasando la mano por el
    lomo á su carnero le decía: Una vez que te he hallado á tí, tambien
    podié hallar á Cunegunda.

    CAPITULO XXI.

    _Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martín, al acercarse
    á las costas de Francia._

    Avistaronse al fin las costas de Francia. ¿Ha estado vm. en Francia,
    señor Martin? dixo Candido. Sí, Señor, respondió Martin, y he corrido
    muchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en
    otras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, y
    en aquellas lo dan por ladinos. En todas la ocupacion principal es
    enamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderías.–¿Y ha
    visto vm. á Paris, señor Martin?–He visto á París, que es una
    menestra de páxaros de todas clases, un caos, una prensa, donde todo
    el mundo anhela por placeres, y casi nadie los halla, á lo ménos segun
    me ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar, me robáron quanto traía
    unos rateros en la plaza de San German; luego me reputáron á mi por
    ladron, y me tuviéron ocho dias en la cárcel; y al salir libre entré
    como corrector en una imprenta, para ganar con que volverme á pié á
    Holanda. He conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y la
    canalla convulsa. Dicen que hay algunas personas muy cultas en este
    pueblo, y creo que así será.

    Yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la Francia, dixo Candido; bien
    puede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el Dorado no se
    cura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea Cunegunda. Voy á
    esperarla á Venecia, y atravesarémos la Francia para ir á Italia: ¿me
    acompañará vm.? Con mil amores, respondió Martin; dicen que Venecia
    solo para los nobles Venecianos es buena, puesto que hacen mucho
    agasajo á los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo,
    pero vm. sí, y le seguiré adonde quiera que fuere. Hablando de otra
    cosa, dixo Candido, ¿cree vm. que la tierra haya sido antiguamente
    mar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? No
    por cierto, replicó Martin, como ni tampoco los demas adefesios que
    nos quieren hacer tragar de algun tiempo acá. ¿Pues para qué fin
    piensa vm. que fué criado el mundo? continuó Candido. Para hacernos
    dar al diablo, respondió Martin. ¿No se pasma vm., siguió Candido, del
    amor de las dos mozas del pais de los Orejones á los dos ximios, que
    conté á vm.? Muy léjos de eso, repuso Martin; no veo que tenga nada de
    extraño esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada
    se me hace extraordinario. ¿Cree vm., le dixo Candido, que en todos
    tiempos se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre
    hayan sido embusteros, aleves, pérfidos, ingratos, ladrones, flacos,
    mudables, viles, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos,
    ambiciosos, sangrientos, calumniadores, disolutos, fanáticos,
    hipócritas y necios? ¿Cree vm., replicó Martin, que los milanos se
    hayan, siempre engullido las palomas, quando han podido dar con ellas?
    Sin duda, dixo Candido. Pues bien, continuó Martin, si los milanos
    siempre han tenido las mismas inclinaciones, ¿porqué quiere vm. que
    las de los hombres hayan ariado? No, dixo Candido, eso es muy
    diferente porque el libre albedrío….. Así discurrian, quando
    aportáron á Burdeos.

    CAPITULO XXII.

    _De los sucesos que en Francia aconteciéron á Candido y á
    Martin._

    No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fué necesario
    para vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena silla
    de posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filósofo
    Martin. Lo único que sintió fué tenerse que separar de su carnero, que
    dexó á la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asunto
    del premio de aquel año determinar porque la lana de aquel carnero era
    encarnada; y se le adjudicó á un docto del Norte, que demostró por A
    mas B, ménos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carnero
    encarnado, y que se muriese de la moniña.

    Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian:
    Vamos á Paris. Este general prurito le inspiró al fin deseos de ver
    esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la dirección de
    Venecia. Entró por el arrabal de San Marcelo, y creyó que estaba en la
    mas sucia aldea de Vesfalia. Apénas llegó á la posada, le acometió
    una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo
    un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy
    pesada, al punto se le acercáron dos doctores médicos que no habia
    mandado llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dos
    devotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo de
    haber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muy
    pobre, y así ni tuve amigos, ni devotas, ni médicos, y sané muy
    presto.

    Las resultas fuéron que á poder de sangrías, recetas y médicos, se
    agravó la enfermedad de Candido. Al fin sanó; y miéntras estaba
    convaleciente, le visitáron muchos sugetos de trato fino, que cenaban
    con él. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca le
    venian, buenos naypes; pero Martin no lo extrañaba.

    Entre los que mas concurrian á su casa habia un cierto abate, que era
    de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les
    mandan, serviciales, entremetidos, halagüeños, descarados, buenos para
    todo, que atisban á los forasteros que llegan á la capital, les
    cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con
    placeres á qualquier precio. Lo primero que hizo fué llevar á la
    comedia á Martin y á Candido. Representaban una tragedia nueva, y
    Candido se encontró al lado de unos quantos hypercríticos, lo qual no
    le quitó que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor
    perfeccion. Uno de los hypercríticos que junto á el estaban, le dixo
    en un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es
    malísima, y el que representa con ella peor todavía, y peor la
    tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arábigo, y ha
    puesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que cree
    que no hay ideas innatas: mañana le traeré á vm. veinte folletos
    contra él. Caballero, ¿quantas composiciones dramáticas tienen vms. en
    Francia? dixo Candido al abate; y este respondió: Cinco o séis mil.
    Mucho es, dixo Candido; ¿y quantas buenas hay? Quince ó diez y seis,
    replicó el otro. Mucho es, dixo Martin.

    Salió Candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de la
    reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas
    veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo á Martin,
    porque se da ayre á Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una
    visita. El abate, se brindó á llevarle á su casa. Candido criado en
    Alemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en Francia
    para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en
    las provincias las llevan á comer á los mesones, en Paris las respetan
    quando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. ¡Al
    muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene
    el señor abate: en Paris estaba yo quando la señora Monima pasó, como
    dicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama
    _sepultura en tierra santa_, lo qual significa podrirse con toda
    la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
    enterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causó
    sin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos
    pensamientos. Accion de mala crianza fué en efecto, dixo Candido. ¿Qué
    quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son así? Imagínese vm. todas
    las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las
    hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,
    y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿Y es cierto que en Paris
    se ríe la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ríen
    dándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y
    riéndose se cometen las mas detestables acciones.

    ¿Quién es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la
    tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
    gusto me han dado? Un malandrin, respondió el abate, que gana la vida
    hablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos los
    libros que salen; que aborrece á todo aquel que es aplaudido, como
    aborrecen los eunucos á los que gozan; una sierpe de la literatura,
    que vive de ponzoña y cieno; un folletista. ¿Qué llama vm. folletista?
    dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, ó
    un Ostolaza. Así discurrian Candido, Martin y el abate en la
    escalera del coliseo, miéntras que iba saliendo la gente, concluida la
    comedia. Puesto que tengo muchísimos deseos de ver á Cunegunda, dixo
    Candido, bien quisiera cenar con la primera trágica, que me ha
    parecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada en
    casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino
    trato. Está ocupada esta noche, respondió; pero tendré la honra de
    llevar á vm. á casa de una señora de circunstancias, y conocerá á
    París allí como si hubiera vivido en el muchos años.

    Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexó llevar á casa de
    la tal señora: estaban ocupados los tertulianos en jugar á la banca, y
    doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,
    archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; teñido
    estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se
    leía la zozobra en el del banquero; y la señora de la casa, sentada
    junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los
    parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus
    naypes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero
    con cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos.
    Llamábanla la marquesa de Paroliñac; su hija, muchacha de quince años,
    era uno de los apúntes, y con un guiñar de ojos advertía á su madre
    las picardigüelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los
    rigores de la mala suerte. Entráron el abate, Candido y Martin, y
    nadie se levantó á darles las buenas noches, ni los saludó, ni los
    miró siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas cortés
    era la señora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre sí Candido.

    Acercóse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se
    medio-levantó de la silla, honró á Candido con una risita agraciada, y
    á
    Martin haciéndole cortesía con la cabeza con magestuoso ademan; mandó
    luego que traxeran á Candido asiento y una baraja, y este perdió en
    dos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todos
    estaban atónitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Los
    lacayos en su idioma lacayuno se decían unos á otros: Preciso es que
    sea un mylord inglés.

    La cena se parecia á casi todas las cenas de Paris; primero mucho
    silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistes
    luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,
    algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obras
    nuevas. Pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntó
    porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, y
    que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los
    convidados, explicó con mucha claridad como podia interesar una
    tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones que
    no bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellas
    que tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á los
    oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad á
    veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el
    estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno
    de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con
    pureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido al
    consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió,
    muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en el
    teatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor. Poquísimas tragedias
    hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien
    versificados; otras disertaciones de política que infunden sueño, ó
    amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energúmeno en estilo
    bárbaro, razones cortadas, apóstrofes interminables á los Dioses no
    sabiendo que decir á los hombres, falsas máxîmas, y lugares comunes
    hinchados.

    Escuchaba con mucha atención Candido este razonamiento, y formó por él
    altísima idea del orador; y como había tenido la marquesa la atencion
    de colocarle á su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oido
    quien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixo
    la dama, que nunca apunta, y que me trae á cenar algunas veces el
    abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha
    compuesto una tragedia que silbáron, y un libro del qual un solo
    exemplar que me dedicó ha salido de la tienda de su librero. ¡Qué
    varon tan eminente! dixo Candido, es otro Panglós; y volviéndose hácia
    él le dixo: ¿Sin duda, Caballero, que es vm. de dictámen de que todo
    está perfectamente en el mundo físico y en el moral, y de que nada
    podia suceder de otra manera? ¡Yo, caballero! le respondió el docto;
    nada ménos que eso. Todo me parece que va al revés en nuestro pais, y
    que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,
    ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,
    y donde la gente está bastante acorde, todo el resto del tiempo se
    consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,
    de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos con literatos, de
    palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,
    de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una
    guerra perdurable.

    Replicóle Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues
    tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son
    dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. Ese
    ahorcado se reía de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchas
    horrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido,
    y no pueden hacer ménos. ¿Con que no es culpa de ellos? replicó
    Martin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no
    entendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombre
    docto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.

    Despues de cenar, llevó la marquesa á su retiete á Candido, y le sentó
    en un canapé. ¿Con que está vm. enamorado perdido de Cunegunda, la
    baronesita de Tunder-ten-tronck? Sí, Señora, respondió Candido.
    Replicóle la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como un
    mozo de Vesfalia; un Francés me hubiera dicho: Verdad es, Señora, que
    he querido á Cunegunda, pero quando la miro á vm., me temo no
    quererla. Yo, Señora, dixo Candido, responderé como vm. quisiere. La
    pasión de vm., dixo la marquesa, empezó alzando un pañuelo, y yo
    quiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y la
    levantó del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continuó la dama, y
    Candido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero: á mis
    amantes de Paris los hago yo penar á veces quince dias seguidos, pero
    á vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar
    cortesmente á un buen mozo de Vesfalia. La buena caña que había
    reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen
    mozo, tanto se los alabó, que de los dedos de Candido pasáron á los de
    la marquesa.

    Al volverse Candido á su casa con el abate, sintió algunos
    remordimientos por haber cometido una infidelidad á Cunegunda; y el
    señor abate tomó parte en su sentimiento, porque le habia cabido una
    muy pequeña en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y en
    el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era
    su ánimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de
    Candido le podía valer. Hablábale sin cesar de Cunegunda, y Candido
    le dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de la
    infidelidad que acababa de cometer.

    Cada dia estaba el abate mas cortés y mas atento, interesándole todo
    quanto decía Candido, todo quanto hacia, y quanto quería hacer. ¿Con
    que está vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. Sí,
    señor abate, respondió Candido, tengo precision de ir allá á buscar á
    Cunegunda. Llevado entónces del gusto de hablar de su amada, le contó,
    como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre
    Vesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa señorita tiene mucho
    talento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixo
    Candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echáron de la
    granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco después supe
    que era muerta, que despues me la encontré, y la volví á perder, y que
    le he despachado un mensagero á dos mil y quinientas leguas de aquí,
    que aguardo con su respuesta.

    Escuchóle con mucha atención el abate, se paró algo pensativo, y se
    despidió luego de ámbos extrangeros, abrazándolos tiernamente. Al otro
    dia, ántes de levantarse de la cama, diéron á Candido la esquela
    siguiente: "Muy Señor mió, y mi querido amante: ocho días hace que
    estoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. en
    ella. Hubiera ido volando á echarme en sus brazos, si me pudiera
    menear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se ha
    quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve. El
    gobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambo
    llevaba; pero el corazón de vm. me queda. Venga vm. á verme; su
    presencia me dará la vida, ó hará que me muera de alegría."

    Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso á Candido en una
    imponderable alegría, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le
    traspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra á
    puñados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin á la
    posada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,
    latiéndole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere
    descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No haga
    vm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvió á correr la
    cortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: ¿cómo te hallas? No
    puede hablar, dixo la criada. Entónces la enferma sacó fuera de la
    cama una mano muy suave que bañó Candido un largo rato con lágrimas, y
    que llenó lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del
    taburete.

    En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompañado del abate
    y de seis corchetes. ¿Con que estos son, dixo, los dos extrangeros
    sospechosos? y mandó incontinenti que los ataran y los llevaran á la
    cárcel. No tratan de esta manera en el Dorado á los forasteros, dixo
    Candido. Mas maniquéo soy que nunca, replicó Martin. Pero, señor,
    ¿adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondió el
    alguacil.

    Martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospechó que la
    señora que se decia Cnnegunda era una buscona, el señor abate un
    tunante que habia abusado del candor de Candido, y el alguacil otro
    tuno de quien no era difícil desprenderse. Por no exponerse á tener
    que lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver á la
    verdadera Cunegunda, Candido, por consejo de Maitin, ofreció al
    alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. Ha, señor, le
    dixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todos
    los delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.
    ¡Tres diamantes de tres mil duros cada uno! La vida perderia yo por
    vm., para lue le lleve á un calabozo. Todos los extrangeros son
    arrestados, pero déxelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano en
    Diepe en la Normandía, y le llevaré alla; y si tiene vm. algunos
    diamantes que darle, le tratará como yo propio. ¿Y porqué arrestan á
    todos los extranjeros? dixo Candido. El abate tomando entónces el
    hilo, respondió: Porque un miserable andrajoso del país de Atrebácia
    [Footnote: Artois. Daiuieu, el que hirió á Luis XV, era natural de
    Arras, capital del Artois.], que había oido decir disparates, ha
    cometido un parricidio, no como el del mes de Mayo de 1610, [Footnote:
    Francisco Kavaillac mató á Henrique IV de una puñalada en Mayo de
    1610.] sino como el del mes de Diciembre de 1594, [Footnote: Juan
    Clialel, en Diciembre de 1594, hirió á Henrique quarto; pero la herida
    no fué de peligro.] y como otros muchos cometidos otros años y otros
    meses por andrajosos que habian oido decir disparates.

    Entónces explicó el alguacil lo que habia apuntado el abate. ¡Qué
    monstruos! exclamó Candido. ¿Cómo se cometen tamañas atrocidades en
    un pueblo que canta y bayla? ¿Quando saldré yo de este pais donde
    azuzan ximios á tigres? En mi pais he visto osos; solo en el Dorado he
    visto hombres. En nombre de Dios, señor alguacil, lléveme vm. á
    Venecia, donde aguardo á mi Cunegunda. Donde yo puedo llevar á vm., es
    á la Normandía baxa, dixo el cabo de ronda. Hízole luego quitar los
    grillos, dixo que se habia equivocado, despidió á sus corchetes, y se
    llevó á Candido y Martin á Diepe, entregándolos á su hermano. Había un
    buque holandés pequeño al ancla; y el Normando, que con el cebo de
    otros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarcó á
    Candido y á su familia en el tal navío que iba á dar á la vela para
    Portsmúa en Inglaterra. No era camino para Venecia; pero Candido creyó
    que salía del infierno, y estaba resuelto a dirigirse á Venecia luego
    que se le presentase ocasion.

    CAPITULO XXIII.

    _Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y de lo
    que allí viéron._

    ¡Ay Panglós amigo! ¡ay amigo Martin! ¡ay amada Cunegunda! ¡lo que es
    este mundo! decia Candido en el navío holandés. Cosa muy desatinada y
    muy abominable, respondió Martin.–Vm. ha estado en Inglaterra: ¿son
    tan locos como en Francia?–Es locura de otra especie, dixo Martin; ya
    sabe vm. que ámbas naciones estan en guerra por algunas aranzadas de
    nieve en el Canadá, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que lo
    que todo el Canadá vale. Decir á vm. á punto fixo en qual de los dos
    paises hay mas locos de atar, mis cortas luces no alcanzan á tanto; lo
    que sí sé, es que en el pais que vamos á ver son locos atrabiliosos.

    Diciendo esto aportáron á Portsmúa: la orilla del mar estaba cubierta
    de gente que miraba con atencion á un hombre gordo [El almirante
    Byng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de uno
    de los navíos de la esquadra. Quatro soldados formados en frente le
    tiráron cada uno tres balas á la mollera con el mayor sosiego, y toda
    la asamblea se fué muy satisfecha. ¿Qué quiere decir esto? dixo
    Candido: ¿qué perverso demonio reyna en todas partes? Preguntó quien
    era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. Un
    almirante, le dixéron.–¿Y porqué han muerto á ese almirante?–Porque
    no
    ha hecho matar bastante gente; ha dado una batalla á un
    almirante francés, y hemos fallado que no estaba bastante cerca del
    enemigo. Pues el almirante francés tan léjos estaba del inglés como
    este del francés, replicó Candido. Sin disputa, le dixéron; pero en
    esta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirante
    para dar mas ánimo á los otros.

    Tanto se irritó y se pasmó Candido con lo que oía y lo que vía, que no
    quiso siquiera poner pié en tierra, y se ajustó con el patron
    holandés, á riesgo de que le robara como el de Surinam, para que le
    conduxera sin mas tardanza á Venecia. A cabo de dos dias estuvo listo
    el patrón. Costeáron la Francia, pasáron á vista de Lisboa, y se
    estremeció Candido; desembocáron por el estrecho en el Mediterráneo,
    y finalmente aportáron á Venecia. Bendito sea Dios, dixo Candido
    dando un abrazo á Martin, que aquí veré á la hermosa Cunegunda. Con
    Cacambo cuento lo mismo que conmigo propio. Todo está bien, todo va
    bien y lo mejor que es posible.

    CAPITULO XXIV.

    _Que trata de fray Hilarion y de Paquita._

    Luego que llegó á Venecia, se echó á buscar á Cacambo en todas las
    posadas, en todos los cafés, y en casa de todas las mozas de vida
    alegre; pero no le fué posible dar con él. Todos los dias iba á
    informarse de todos los navíos y barcos, y nadie sabia de Cacambo.
    ¡Con que he tenido yo lugar, le decía á Martin, para pasar de Surinam
    á Burdeos, para ir de Burdeos á Paris, de Paris á Diepe, de Diepeá
    Portsmúa, para costear á Portugal y á España, para atravesar todo el
    Mediterráneo, y pasar algunos meses en Venecia, y aun no ha llegado la
    hermosa Cunegunda, y en su lugar he topado una buscona y un abate!
    Sin duda es muerta Cunegunda, y á mi no me queda mas remedio que
    morir. ¡Ha, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraiso
    terrenal del Dorado, que volver á esta maldita Europa! Razon tiene
    vm., amado Martin; todo es mera ilusion y calamidad.

    Acometióle una negra melancolía, y no fué ni á la ópera á la moda, ni
    á las demas diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara la
    mas leve tentacion. Díxole Martin: ¡Qué sencillo es vm., si se figura
    que un criado mestizo, que lleva un millon de duros en la faltriquera,
    irá á buscar á su amada al fin del mundo, y á traérsela á Venecia; la
    guardará para sí, si la encuentra, y si no, tomará otra: aconsejo á
    vm. que se olvide de Cacambo y de su Cunegunda. Martin no era hombre
    que daba consuelos. Crecia la melancolía de Candido, y Martin no se
    hartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobre
    la tierra, excepto acaso en el Dorado, donde ninguno podia entrar.

    Sobre esta importante materia disputaban, miéntras venia Cunegunda,
    quando reparó Candido en un frayle Francisco mozo, que se paseaba por
    la plaza de San Marcos, llevando del brazo á una moza. El Franciscano
    era robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, la
    cabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, que
    era muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos á su
    diaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara.
    Me confesará vm. á lo ménos, dixo Candido á Martin, que estos dos son
    dichosos. Ménos en el Dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundo
    habitable mas que desventurados; pero apuesto á que esa moza y ese
    frayle son felicísimas criaturas. Yo apuesto á que no, dixo Martin.
    Convidémoslos á comer, dixo Candido, y verémos si me equivoco.

    Acercóse á ellos, hízoles una reverencia, y los convidó á su posada á
    comer macarrones, perdices de Lombardía, huevos de sollo, y á teber
    vino de Montepulciano y _lácrima-cristi_, Chipre y Samos.
    Sonrojóse la mozuela; admitió el Franciscano el convite, y le siguió
    la muchacha mirando á Candido pasmada y confusa, y vertiendo algunas
    lágrimas. Apénas entró la mozuela en el aposento de Candido, le dixo:
    ¿Pues que, ya no conoce el señor Candido á Paquita? Candido que oyó
    estas palabras, y que hasta entónces no la habia mirado con atencion,
    porque solo en Cunegunda pensaba, le dixo: ¡Ha, pobre chica! ¿con que
    tú eres la que puso al doctor Panglós en el lindo estado en que le vi?
    ¡Ay, señor! yo propia soy, dixo Paquita; ya veo que está vm. informado
    de todo. Supe las desgracias horrorosas que sucediéron á la señora
    baronesa y á la hermosa Cunegunda, y júrole á vm. que no ha sido ménos
    adversa mi estrella. Quando vm. me vió era yo una inocente; y un
    capuchino, que era mi confesor, me engañó con mucha facilidad: las
    resultas fuéron horribles, y me vi precisada á salir de la quinta,
    poco después que le echó á vm. el señor baron á patadas en el trasero.
    Si no hubiera tenido lástima de mi un, médico famoso, me hubiera
    muerto; por agradecérselo, fui un poco de tiempo la querida del tal
    médico: y su muger, que estaba endiablada de zelos, me aporreaba sin
    misericordia todos los días. Era ella una furia, el mas feo el de los
    hombres, y yo la mas sin ventura de las mugeres, aporreada sin cesar
    por un hombre á quien no podía ver. Bien sabe vm., señor, los peligros
    que corre una muger vinagre que lo es de un médico: aburrido el mío de
    los rompimientos de cabeza de su muger, un dia para curarla de un
    resfriado le administró un remedio tan eficaz, que en menos de dos
    horas se murió en horrendas convulsiones. Los parientes de la difunta
    formáron causa criminal al doctor, el qual se escapó, y á mi me
    metiéron en la cárcel; y si no hubiera sido algo bonita, DO me hubiera
    sacado á salvamento mi inocencia. El juez me declaró libre, con la
    condicion de ser el sucesor del médico; y muy en breve me sustituyó
    otra, y fuí despedida sin darme un quarto, y forzada á emprender este
    abominable oficio, que á vosotros los hombres os parece tan gustoso,
    y que para nosotras es un piélago de desventuras. Víneme á exercitar
    mi profesion á Venecia. Ha, señor, si se figurara vm. qué cosa tan
    inaguantable es halagar sin diferencia al negociante viejo, al
    letrado, al frayle, al gondolero, y al abate; estar expuesta á tanto
    insulto, á tantos malos tratamientos; verse á cada paso obligada á
    pedir prestado un guardapesillo para que se le remangue á una un
    hombre asqueroso; robada por este de lo que ha ganado con aquel,
    estafada por los alguaciles, y sin tener otra perspectiva que una
    horrible vejez, un hospital y un muladar, confesaria que soy la mas
    malbadada criatura de este mundo. Así descubria Paquita su corazon al
    buen Candido, en su gabinete, á presencia de Martin, el qual dixo: Ya
    llevo ganada, como vm. ve, la mitad de la apuesta.

    Habíase quedado fray Hilarion en la sala de comer, bebiendo un trago
    miéntras servian la comida. Candido le dixo á Paquita: Pues si
    parecias tan alegre y tan contenta quando te encontré; si cantabas y
    halagabas al diaguino con tanta naturalidad, que te tuve por tan feliz
    como dices que eres desdichada. Ha, señor, respondió Paquita, esa es
    otra de las lacras de nuestro oficio. Ayer me robó y me aporreó un
    oficial, y hoy tengo que fingir que estoy alegre para agradar á un
    frayle.

    No quiso Candido oir mas, y confesó que Martin tenia razón. Sentáronse
    luego á la mesa con Paquita y el frayle Francisco; fué bastante alegre
    la comida, y de sobremesa habláron con alguna confianza. Díxole
    Candido al frayle: Paréceme, padre, que disfruta Vuestra Reverencia
    de una suerte envidiable. En su semblante brilla la salud y la
    robustez, su fisonomía indica el bien-estar, tiene una muy linda moza
    para su recreo, y me parece muy satisfecho con su hábito de diaguino.
    Por Dios santo, caballero, respondió fray Hilarion, que quisiera que
    todos los Franciscanos estuvieran en el quinto infierno, y que mil
    veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento, y de
    hacerme Turco. Quando tenia quince años, mis padres, por dexar mas
    caudal á un maldito hermano mayor (condenado el sea), me obligáron á
    tomar este exêcrable hábito. El convento es un nido de zelos, de
    rencillas y de desesperacion. Verdad es que por algunas malas
    misiones de quaresma que he predicado, me han dado algunos quartos,
    que la mitad me ha robado el guardian: lo restante me sirve para
    mantener mozas; pero quando por la noche entro en mi celda, me dan
    impulsos de romperme la cabeza contra las paredes, y lo mismo sucede á
    todos los demas religiosos.

    Volviéndose entónces Martin á Candido con su acostumbrado relente, le
    dixo: ¿Qué tal? ¿he ganado, ó no, la apuesta? Candido regaló dos mil
    duros á Paquita, y mil á fray Hilarion. Yo fío, dixo, que con este
    dinero serán felices.

    Pues yo fío lo contrario, dixo Martin, que con esos miles los hará vm.
    más infelices todavía. Sea lo que fuere, dixo Candido, un consuelo
    tengo, y es que á veces encuentra uno gentes que creía no encontrar
    nunca; y muy bien, podrá suceder que después de haber topado á mi
    carnero encarnado y á Paquita, me halle un dia de manos á boca con
    Cunegunda. Mucho deseo, dixo Martin, que sea para la mayor felicidad
    de vm.; pero se me hace muy cuesta arriba. Malas creederas tiene vm.,
    respondió Candido. Consiste en que he vivido mucho, replicó Martin.
    ¿Pues no ve vm. esos gondoleros, dixo Candido, que no cesan de cantar?
    Pero no los ve vm. en su casa con sus mugeres y sus chiquillos, repuso
    Martin. Sus pesadumbres tiene el Dux, y los gondoleros las suyas.
    Verdad es que pesándolo todo, mas feliz suerte que la del Dux es la
    del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que no merece la pena
    de un detenido exâmen. Me han hablado, dixo Candido, del senador
    Pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el Brenta,
    y que agasaja mucho á los forasteros; y dicen que es un hombre que
    nunca ha sabido qué cosa sea tener pesadumbre. Mucho diera por ver un
    ente tan raro, dixo Martin. Sin mas dilación mandó Candido á pedir
    licencia al señor Pococurante para hacerle una visita el dia
    siguiente.

    CAPITULO XXV.

    _Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al señor
    Pococurante, noble veneciano._

    Emarcaronse Candido y Martin en una gondola, y fuéron por el Brenta al
    palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y ornados con
    hermosas estatuas de mármol, el palacio de magnífica fábrica, y el
    dueño un hombre como de sesenta años, y muy rico. Recibió á los dos
    curiosos forasteros con mucha urbanidad, pero sin mucho cumplimiento;
    cosa que intimidó á Candido, y no le pareció mal á Martin.

    Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirviéron el
    chocolate: Candido no pudo ménos de elogiar sus gracias y su
    hermosura. No son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando
    que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las señoras del pueblo,
    de su retrechería, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus
    nimiedades, su vanidad, sus tonterías, y mas aun de los sonetos que
    tiene uno que hacer ó mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya
    empiezan á fastidiarme estas muchachas.

    Despues de almorzar, se fuéron á pasear á una espaciosa galería, y
    pasmado Candido de la hermosura de las pinturas, preguntó de qué
    maestro eran las dos primeras. Son de Rafael, dixo el senador, y las
    compré muy caras por vanidad, algunos años ha; dicen que son la cosa
    mas hermosa que tiene Italia, pero á mi no me gustan: los colores son
    muy denegridos, las figuras no están bien perfiladas, ni salen lo
    bastante del plano; los ropages no se parecen en nada á la ropa de
    vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo á ver
    aquí una feliz imitacion de la naturaleza, y no daré mi aprobacion á
    un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay
    de esta especie. Yo tengo muchos, pero no miro á uno siquiera.

    Pococurante, ántes de comer, mandó que le dieran un concierto: la
    música le pareció deliciosa á Candido. Bien puede este estruendo,
    dixo Pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, á
    todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve á confesarlo. La
    música del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas
    dificultosas, y lo que no es mas que difícil no gusta mucho tiempo.
    Mas me agradaría la ópera, si no hubieran atinado con el arte de
    convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere á ver
    malas tragedias en música, cuyas escenas no paran en mas que en traer
    al estricote dos ó tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de
    una cantarina; saboréese otro en oir á un tiple tararear el papel de
    César ó Caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por
    mí, muchos años hace que no veo semejantes majaderías de que tanto
    se ufana hoy la Italia, y que tan caras pagan los soberanos
    extrangeros. Candido contradixo un poco, pero con prudencia; y Martin
    fué en todo del dictámen del senador.

    Sentáronse á la mesa, y después de una opípara comida entráron en la
    biblioteca. Candido que vió un Homero magníficamente enquadernado,
    alabó mucho el fino gusto de Su Ilustrísima. Este es el libro, dixo,
    que era las delicias de Panglós, el mejor filósofo de Alemania. Pues
    no es las mias, dixo con mucha frialdad Pococurante: en otro tiempo me
    habían hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion
    no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos Dioses
    siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella
    Helena, causa de la guerra, y que apénas tiene accion en el poema;
    aquella Troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un
    fastidio mortal. Algunas veces he preguntado á varios hombres doctos
    si los aburria esta lectura tanto como á mí; y todos los que hablaban
    sinceramente me han confesado que se les caía el libro de las manos,
    pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un
    monumento de la antigüedad, ó como una medalla enmohecida que no es ya
    materia de comercio.

    No piensa así Vueselencia de Virgilio, dixo Candido. Convengo, dixo
    Pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su
    Eneyda son excelentes; mas por lo que hace á su pío Eneas, al fuerte
    Cloanto, al amigo Acates, al niño Ascanio, al tonto del rey Latino, á
    la zafia Amata, y á la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa mas fria
    ni mas desagradable: y mas me gusta el Taso, y las novelas para
    arrullar criaturas del Ariosto.

    ¿Me hará Su Excelencia el gusto de decirme, repuso Candido, si no le
    tiene muy grande en la lectura de Horacio? Máxîmas hay en él, dixo
    Pococurante, que pueden ser útiles á un hombre de mundo, y que
    reducidas á enérgicos versos se graban con facilidad en la memoria;
    pero no me curo ni de su viage á Brindis, ni de su descripcion de una
    mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no
    sé qué Rupilo, cuyas razones, dice, _estaban llenas de podre_, y
    las de su contrincante _llenas de vinagre_. Sus groseros versos
    contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo qué
    mérito tiene decir á su amigo Mecenas, que si le pone en el catálogo
    de poetas líricos, tocará á los astros con su erguida frente. A los
    tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para
    mí solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. Candido, que se habia
    criado no juzgando de nada por sí propio, estaba muy atónito con todo
    quanto oía; y á Martin le parecía el modo de pensar de Pococurante muy
    conforme á razón.

    ¡Ha! aquí hay un Cicerón, dixo Candido: sin duda no se cansa
    Vueselencia de leerle. Nunca le leo, respondió el Veneciano. ¿Qué
    tengo yo con que haya defendido á Rabirio ó á Cluencio? Sobrados
    pleytos tengo sin esos que fallar. Mas me hubieran agradado sus obras
    filosóficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que
    lo mismo sabia yo que él, y que para ser ignorante á nadie necesitaba.

    ¡Hola! ochenta tomos de la academia de ciencias; algo bueno podrá
    haber en ellos, exclamó Martin. Sí que lo habría, dixo Pococurante, si
    uno de los autores de ese fárrago hubiese inventado siquiera el arte
    de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que
    sistemas vanos, y ninguna cosa útil.

    ¡Quantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en
    italiano, en castellano y en francés! Así es verdad, dixo el senador;
    de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas
    recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen á una página
    de Séneca, y todos esos librotes de teología, ya se presumen vms. que
    no los abro nunca, ni yo ni nadie.

    Reparó Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo,
    dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras
    con tanta libertad escritas. Sí, respondió Pococurante, bella cosa es
    escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En
    nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son
    osados los moradores de la patria de los Césares y los Antoninos á
    concebir una idea sin la venia de un Domínico. Mucho me contentaria la
    libertad que á los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la
    pasión y el espíritu de partido quantas dotes apreciables aquella
    tiene.

    Reparando Candido en un Milton, le preguntó si tenia por un hombre
    sublime á este autor. ¿A quién? dixo Pococurante: ¿á ese bárbaro que
    en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del
    Génesis? ¿á ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la
    creacion, y miéntras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo
    por su palabra, hace que coja el Mesías en un armario del cielo un
    inmenso compás para trazar su obra? ¡Yo, estimar á quien ha echado á
    perder el infierno y el diablo del Taso; á quien disfraza á Lucifer,
    unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las
    mismas razones, y disputar sobre teología; á quien imitando seriamente
    la cómica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa á
    los diablos tirando cañonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia
    ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del
    Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan á
    vomitar á todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion
    de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro,
    estrambótico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato
    hoy como le tratáron en su patria sus coetáneos. Por lo demas, yo digo
    mi dictámen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido
    estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba á Homero, y no
    le desagradaba Milton. ¡Ay! dixo en voz baxa á Martin, mucho me temo
    que profese este hombre un profundo desprecio á nuestros poetas
    tudescos. Poco inconveniente seria, replicó Martin. ¡O qué hombre tan
    superior, decía entre dientes Candido, qué ingenio tan divino este
    Pococurante! ninguna cosa le agrada.

    Hecho el escrutinio de todos los libros, baxáron al jardín, y Candido
    alabó mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto,
    dixo Pococurante, aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es
    que mañana voy á disponer que me planten otro por un estilo mas noble.

    Despidiéronse en fin ámbos curiosos de Su Excelencia, y al volverse á
    su casa dixo Candido á Martin: Confiese vm. que el señor Pococurante
    es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior á todo
    quanto tiene.

    ¿Pues no considera vm., dixo Martin, que está aburrido de quanto
    tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores
    estómagos los que vomitan todos los alimentos. ¿Pero no es un gusto,
    respondió Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas
    solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replicó Martin, que
    decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no
    hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva á ver á mi Cunegunda.
    Buena cosa es la esperanza, respondió Martin.

    Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y
    estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que
    no habian venido á darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.

    CAPITULO XXVI.

    _Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos
    extranjeros, y quien eran estos._

    Un dia, yendo Candido y Martin á sentarse á la mesa con los forasteros
    alojados en su misma posada, se acercó por detras al primero uno que
    tenia una cara de color de hollin de chimenca, el qual, agarrándole
    del brazo, le dixo: Dispóngase vm. á venirse con nosotros, y no se
    descuide. Vuelve Candido el rostro, conoce á Cacambo; solo la vista de
    Cunegunda le hubiera podido causar mas extrañeza y mas contento. Poco
    le faltó para volverse loco de alegría; y dando mil abrazos á su caro
    amigo, le dixo: ¿Con que sin duda está contigo Cunegunda? ¿donde está?
    llévame á verla, y á morir de gozo á sus plantas. Cunegunda no está
    aquí, dixo Cacambo, que está en Constantinopla.–¡Dios mio, en
    Constantinopla! pero aunque estuviera en la China, voy allá volando:
    vamos. Despues de cenar nos irémos, respondió Cacambo: no puedo decir
    á vm. mas, que soy esclavo, y me está esperando mi amo, y así es
    menester que le vaya á servir á la mesa: no diga vm. una palabra;
    cene, y esté aparejado.

    Preocupado Candido de júbilo y sentimiento, gozoso por haber vuelto á
    ver á su fiel agente, atónito de verle esclavo, rebosando en la
    alegría de encontrar á su amada, palpitándole el pecho, y vacilante su
    razon, se sentó á la mesa con Martin, el qual sin inmutarse
    contemplaba todas estas aventuras, y con otros seis extrangeros que
    habian venido á pasar el carnaval á Venecia.

    Cacambo, que era el copero de uno de los extrangeros, arrimándose á su
    amo al fin de la comida, le dixo al oido: Señor, Vuestra Magestad
    puede irse quando quisiere, que el buque está pronto; y se fué dichas
    estas palabras. Atónitos los convidados se miraban sin chistar, quando
    llegándose otro sirviente á su amo, le dixo: Señor, el coche de
    Vuestra Magestad está en Padua, y el barco listo. El amo hizo una
    seña, y se fué el criado. Otra vez se miráron á la cara los
    convidados, y creció el asombro. Arrimándose luego el tercer criado á
    otro extrangero, le dixo: Señor, créame Vuestra Magestad, que no se
    debe detener mas aquí; yo voy á disponerlo todo, y desapareció.

    Entónces no dudáron Candido ni Martin de que era mogiganga de
    carnaval. El quarto criado dixo al quarto amo: Vuestra Magestad se
    podrá ir quando quiera, y se salió lo mismo que los demas. Otro tanto
    dixo el criado quinto al quinto amo; pero el sexto se explicó de muy
    diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de Candido,
    y le dixo: A fe, Señor, que nadie quiere fiar un ochavo á Vuestra
    Magestad, ni á mi tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien
    que nos metieran en la cárcel, y así voy á ponerme en salvo: quédese
    con Dios Vuestra Magestad.

    Habiéndose marchado todos los criados, se quedáron en alto silencio
    Candido, Martin y los seis forasteros. Rompióle al fin Candido,
    diciendo: Cierto, señores, que es donosa la burla; ¿porqué son todos
    vms. reyes? Yo por mi declaro que ni el señor Martin ni yo lo somos.
    Respondiendo entónces con mucha dignidad el amo de Cacambo, dixo en
    italiano: Yo no soy un bufon; mi nombre es Acmet III; he sido gran
    Sultan por espacio de muchos años; habia destronado á mi hermano, y mi
    sobrino me na destronado á mí; á mis visires les han cortado la
    cabeza, y yo acabo mis dias en el serrallo viejo. Mi sobrino el gran
    Sultan Mahamud me da licencia para viajar de quando en quando para
    restablecer mi salud; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

    Después de Acmet habló un mancebo que junto á el estaba, y dixo: Yo me
    llamo Ivan, he sido emperador de toda la Rusia, y destronado en la
    cuna. Mi padre y mi madre fuéron encarcelados, y á mi me criáron en
    una cárcel. Algunas veces me dan licencia para viajar en compañía de
    mis alcaydes; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

    Dixo luego el tercero: Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra,
    habiéndome cedido mi padre sus derechos á la corona. He peleado por
    sustentarlos; á ochocientos partidarios mios les han arrancado el
    corazon, y les han sacudido con el en la cara: á mi me han tenido
    preso, y ahora voy á ver al Rey mi padre á Roma, el qual ha sido
    destronado así como mi abuelo, y así como yo; y he venido á pasar el
    carnaval á Venecia.

    Habló entónces el quarto, y dixo: Yo soy rey de los Polacos; la suerte
    de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; los mismos
    contratiempos ha sufrido mi padre: me resigno á los decretos de la
    Providencia, como hacen el sultan Acmet, el emperador Ivan, y el rey
    Carlos Eduardo, que Dios guarde dilatados años; y he venido á pasar el
    carnaval á Venecia.

    Dixo despues el quinto: Tambien yo soy rey de los Polacos, y dos veces
    he perdido mi reyno; pero la Providencia me ha dado otro estado, en el
    qual he hecho mas bienes que quantos han podido hacer en las riberas
    del Vistula todos los reyes de la Sarmacia juntos: tambien me resigno
    á los juicios de la Providencia; y he venido á pasar el carnaval á
    Venecia.

    Habló por último el sexto monarca, y dixo: Caballeros, yo no soy tan
    gran señor como vms., mas al cabo rey he sido como el mas pintado: mi
    nombre es Teodoro; fuí electo rey en Córcega, me daban
    _magestad,_ y ahora apénas se dignan de decirme _su merced_:
    he hecho acuñar moneda, y no tengo un maravedí; tenia dos secretarios
    de estado, y apénas me queda un lacayo; me he visto en un trono, y he
    estado mucho tiempo en Londres en una cárcel acostado sobre paja; y me
    rezelo que me suceda aquí lo mismo, puesto que he venido, como
    Vuestras Magestades, á pasar el carnaval á Venecia.

    Escucháron con magnánima compasion los otros cinco monarcas este
    razonamiento, y dió cada uno veinte zequíes al rey Teodoro para que
    comprase vestidos y ropa blanca. Candido le regaló un brillante de dos
    mil zequíes. ¿Quién es este particular, dixéron los cinco reyes, que
    puede hacer una dádiva cien veces mas quantiosa que qualquiera de
    nosotros, y que efectivamente la hace?

    Al levantarse de la mesa, llegáron á la misma posada quatro Altezas
    Serenísimas que tambien habian perdido sus estados por los acasos de
    la guerra, y venian á pasar lo restante del carnaval á Venecia; pero
    ne se informó siquiera Candido de las aventuras de los recien-venidos,
    no pensando en mas que en ir á buscar á su amada Cunegunda á
    Constantinopla.

    CAPITULO XXVII.

    _Del viage de Candido á Constantinopla._

    Ya el fiel Cacambo había concertado con el capitan turco que habia de
    llevar á Constantinopla al sultan Acmet, que tomara á bordo á Candido
    y á Martin; y ámbos se embarcáron, habiéndose postrado primero ante su
    miserable Alteza. Candido en el camino decia á Martin: ¡Con que hemos
    cenado con seis reyes destronados, y de los seis á uno he tenido que
    darle tina limosna! Acaso hay otros muchos príncipes mas desgraciados.
    Yo á la verdad no he perdido mas que cien carneros, y voy á descansar
    de mis fatigas en brazos de Cunegunda. Razon tenia Panglós, amado
    Martin, todo está bien. Sea enhorabuena, dixo Martin. Increible
    aventura es empero, continuó Candido, la que en Venecia nos ha
    sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos
    en la misma posada seis monarcas destronados. No es eso cosa mas
    extraordinaria, replicó Martin, que otras muchas que nos han sucedido.
    Con mucha freqüencia sucede que un rey sea destronado; y por lo que
    respeta á la honra que hemos tenido de cenar con ellos, eso es una
    friolera que ni siquiera mentarse merece.

    Apénas estaba Candido en el navío, se arrojó en brazos de su criado
    antiguo y su amigo Cacambo. ¿Y pues, le dixo, qué hace Cunegunda?
    ¿es todavía un portento de beldad? ¿me quiere aun? ¿cómo está? Sin
    duda que le has comprado un palacio en Constantinopla. Señor mi amo,
    le respondió Cacambo, Cunegunda está fregando platos á orillas de la
    Propontis, en casa de un príncipe que tiene poquísimos platos, porque
    es esclava de un soberano antiguo llamado Ragotski, á quien da el
    gran Turco tres duros diarios en su asilo; y lo peor es que ha perdido
    su hermosura, y que está horrorosa de puro fea. ¡Ay! fea ó hermosa,
    dixo Candido, yo soy hombre de bien, y mi obligacion es quererla
    siempre. ¿Pero cómo se puede encontrar en tan miserable estado con el
    millón de duros que tu le llevaste? Bueno está eso, respondió
    Cacambo: ¿pues no tuve que dar doscientos mil al señor Don Fernando
    de Ibarra, Figueroa, Mascareñas, Lampurdan y Souza, gobernador de
    Buenos-Ayres, para alcanzar su licencia de traerme á Cunegunda? ¿y no
    nos ha robado un pirata todo quanto nos había quedado? ¿No nos ha
    conducido dicho pirata al cabo de Matapan, á Milo, á Nicaria, á Samos,
    á Petri, á los Dardanelos, á Mármara y á Escutari? Cunegunda y la
    vieja estan sirviendo al príncipe que llevo dicho, y yo soy esclavo
    del sultan destronado. ¡Quanta espantosa calamidad encadenada una con
    otra! dixo Candido. Al cabo aun me quedan algunos diamantes, y con
    facilidad rescataré á Cunegunda. ¡Que lástima es que esté tan fea!
    Volviéndose luego á Martin, le dixo: ¿Quién piensa vm. que es mas
    digno de compasion, el emperador Acmet, el emperador Ivan, el rey
    Carlos Eduardo, ó yo? No lo sé, dixo Martin, y menester fuera hallarme
    dentro del pecho de vms. para saberlo. Ha, dixo Candido, si estuviera
    aquí Panglós, el lo sabria, y nos lo diria. Yo no poseo, respondió
    Martin, la balanza con que pesaba ese señor Panglós las miserias, y
    valuaba las cuitas humanas; pero sí presumo que hay en la tierra
    millones de hombres mas dignos de lástima que el rey Carlos Eduardo,
    el emperador Ivan, y el sultan Acmet. Bien puede ser, dixo Candido.

    A pocos dias llegáron al canal del mar Negro. Candido rescató á precio
    muy subido á Cacambo, y sin perder un instante se metió con sus
    compañeros en una galera para ir á orillas de la Propontis en demanda
    de Cunegunda, por mas fea que estuviese.

    Habia entre la chusma dos galeotes que remaban muy mal, y á quien el
    arraez levantisco aplicaba de quando en quando sendos latigazos en las
    espaldas con el rebenque. Por un movimiento natural los miró Candido
    con mas atención que á los demas forzados, arrimándose a ellos con
    lástima; y en algunas facciones de sus desfigurados rostros le
    pareció que se daban un poco de ayre á Panglós, y al otro desventurado
    jesuíta, al baron, hermano de Cunegunda. Enternecido y movido á
    compasión con esta idea, los contempló con mayor atencion, y dixo á
    Cacambo: Por mi vida, que si no hubiera visto ahorcar á maese Panglós,
    y no hubiera tenido la desgracia de matar al baron, creeria que son
    esos que van remando en la galera.

    Oyendo los nombres del baron y de Panglós, diéron un agudo grito ámbos
    galeotes, se paráron en el banco, y dexáron caer los remos. Al punto
    se tiró á ellos el arraez, menudeando los latigazos con el rebenque.
    Deténgase, deténgase, Señor, clamó Candido, que le daré el dinero que
    me pidiere. ¿Con que es Candido? decía uno de los forzados. ¿Con que
    es Candido? repetia el otro. ¿Es sueño? decia Candido; ¿estoy en esta
    galera? ¿estoy despierto? ¿Es el señor baron á quien yo maté? ¿es
    maese Panglós á quien vi ahorcar? Nosotros somos, nosotros somos,
    respondian á la par. ¿Con que este es aquel insigne filósofo? decia
    Martin. Ha, señor arraez levantisco, ¿quanto quiere por el rescate del
    señor baron de Tunder-ten-tronck, uno de los primeros barones del
    imperio, y del señor Panglós, el metafísico mas profundo de Alemania?

    Perro cristiano, respondió el arraez, una vez que esos dos perros de
    galeotes cristianos son barones y metafísicos, lo qual es sin duda
    un, cargo muy alto en su pais, me has de dar por ellos cincuenta mil
    zequíes.–Yo se los daré, señor; lléveme de un vuelo á Constantinopla,
    y al punto será satisfecho; pero no, lléveme á casa de Cunegunda. El
    arráez, así que oyó la oferta de Candido, puso la proa á la ciudad, y
    hacia que remaran con mas ligereza que un páxaro sesga el ayre.

    Dió Candido cien abrazos á Panglós y al baron.–¿Pues cómo no he
    muerto á vm., mi amado baron? ¿y vm., mi amado Panglós, cómo está vivo
    habiéndole ahorcado? ¿y porqué están ámbos en galeras en Turquía? ¿Es
    cierto que esté mi querida hermana en esta tierra? dixo el barón. Sí,
    Señor, respondió Cacambo. Al fin vuelvo á ver á mi caro Candido,
    exclamaba Panglós. Candido les presentaba á Martin y á Cacambo: todos
    se abrazaban, todos hablaban á la par; bogaba la galera, y estaban ya
    dentro del puerto. Llamáron á un. Judío á quien vendió Candido por
    cincuenta mil zequíes un diamante que valia cien mil, y el Judío le
    juró por Abrahan, que no podia dar un ochavo mas. Incontinenti
    satisfizo el rescate del baron y Panglós: este se arrojó á las plantas
    de su libertador, bañándolas en lágrimas; aquel le dió las gracias
    baxando la cabeza, y le prometió pagarle su dinero así que tuviese con
    que. ¿Pero es posible, decia, que esté en Turquía mi hermana? Tan
    posible, replicó Cacambo, que está fregando platos en casa de un
    príncipe de Transilvania. Llamáron, al punto á otros Judíos, vendió
    Candido otros diamantes, y se partiéron todos en otra galera para ir á
    librar á Cunegunda.

    CAPITULO XXVIII.

    _Que trata de los sucesos que pasáron con Candido, Cunegunda,
    Panglós y Martin._

    Mil perdones pido á vm., dixo Candido al baron, mil perdones, padre
    reverendísimo, de haberle pasado el cuerpo de una estocada. No
    tratemos mas de eso, dixo el baron, yo confieso que me excedí un poco.
    Pero una vez que desea vm. saber como me he visto en galeras, le
    contaré que despues que me hubo sanado de mi herida el hermano
    boticario del colegio, me acometió y me hizo prisionero una partida
    española, y me pusiéron en la cárcel de Buenos-Ayres, quando acababa
    mi hermana de embarcarse para Europa. Pedí que me enviaran á Roma al
    padre general, y me nombráron para ir á Constantinopla de capellan de
    la embaxada de Francia. Habia apénas ocho dias que estaba desempeñando
    las obligaciones de mi empleo, quando encontré una noche á un icoglan
    muy muchacho y muy lindo; y como hacia mucho calor, quiso el mozo
    bañarse, y yo tambien me metí con el en el baño, no sabiendo que era
    delito capital en un cristiano que le hallaran desnudo con un mancebo
    musulman. Un cadí me mando dar cien palos en la planta de los piés, y
    me condenó á galeras; y pienso que jamas se ha cometido injusticia mas
    horrorosa. Ahora querria saber porque se halla mi hermana de fregona
    de un príncipe de Transilvania refugiado en Turquía.

    ¿Y vm., mi amado Panglós, cómo es posible que le esté viendo? Verdad
    es, dixo Panglós, que me viste ahorcar; iban á quemarme, pero ya te
    acuerdas que llovia á chaparrones quando me habian de echar á la
    hoguera, y que no fué posible encender el fuego; así que me ahorcáron,
    sin exemplar, no pudiendo mas: y un cirujano que compró mi cuerpo, me
    llevó á su casa, y me disecó. Primero me hizo una incision crucial
    desde el ombligo hasta la clavícula. Yo estaba tan mal ahorcado, que
    no podia ser mas: el executor de las sentencias de la santa
    inquisicion, que era subdiácono, es verdad que quemaba las personas
    con la mayor habilidad, pero no entendia cosa en materia de ahorcar:
    la soga que estaba mojada apretó poco, en fin todavía estaba vivo. La
    incision crucial me hizo dar un grito tan desaforado, que atemorizado
    el cirujano se cayó de espaldas; y creyendo que estaba disecando á
    Lucifer se escapó muerto de miedo, y se volvió á caer de la escalera
    abaxo. Al estrépito acudió su muger de un quarto inmediato; y
    viéndome tendido en la mesa con la incision crucial, se asustó mas que
    su marido, se escapó, y se cayó encima de él. Quando volviéron algo en
    sí, oí que decia la cirujana al cirujano: ¿Quién te metió en disecar á
    un herege? ¿acaso no sabes que todos ellos tienen metido el diablo en
    el cuerpo? me voy corriendo á llamar á un clérigo que le exôrcize.
    Asustado con estas palabras recogí las pocas fuerzas que me quedaban,
    y me puse á gritar: Tengan lástima de mí. Al fin cobró ánimo el
    barbero portugués, me dió unos quantos puntos en la incision, su muger
    me cuidó, y á cabo de quince dias estaba ya bueno. El barbero me
    acomodó de lacayo de un caballero de Malta que iba á Venecia; pero no
    teniendo mi amo con que mantenerme, me puse á servir á un mercader
    veneciano, y le acompañé á Constantinopla.

    Ocurrióme un dia la idea de entrar en una mezquita, donde no habia mas
    que un iman viejo y una santurrona moza muy bonita, que rezaba sus
    padre-nuestros: tenia descubiertos los pechos, y entre las dos tetas
    un ramillete muy hermoso de tulipas, rosas, anémonas, ranúnculos,
    jacintos y aurículas. Cayósele el ramillete, y yo le cogí, y se le
    puse con tanta cortesía como respeto. Tanto tardaba en ponérsele, que
    se enfadó el iman; y advirtiendo que era cristiano, llamó gente.
    Lleváronme á casa del cadí, que me mandó dar cien varazos en los piés
    y me envió á galeras, amarrándome justamente á la misma galera y al
    mismo banco que el señor baron. En ella habia quatro mozos de
    Marsella, cinco clérigos napolitanos, y dos frayles de Corfú, que nos
    aseguráron que casi todos los dias sucedian aventuras como las
    nuestras. Sustentaba el señor baron que le habian hecho mas injusticia
    que á mí; y yo defendia que mucho mas permitido era volver á poner un
    ramillete al pecho de una moza, que hallarse en cueros con un icoglan:
    disputábamos continuamente, y nos sacudian cien latigazos al dia con
    la penca, quando te conduxo á nuestra galera la cadena de los sucesos
    de este universo, y nos rescataste. ¿Y pues, amado Panglós, le dixo
    Candido, quando se vió vm. ahorcado, disecado, molido á palos, y
    remando en galeras, pensaba que todo iba perfectamente? Siempre me
    estoy en mis trece, respondió Panglós; que al fin soy filósofo, y un
    filósofo no se ha de desdecir, porque no se puede engañar Leibnitz,
    aparte que la harmonía preestablecida, es la cosa mas linda del mundo,
    no ménos que el lleno y la materia sutil.

    CAPITULO XXIX.

    _De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja._

    Miéntras se daban cuenta de sus aventuras Candido, el baron, Panglós,
    Martin y Cacambo; miéntras que discurrian acerca de los sucesos
    contingentes ó no contingentes de este mundo, que disputaban sobre los
    efectos y las causas, sobre el mal moral y el mal físico, sobre la
    libertad y la necesidad, sobre los consuelos que puede recibir quien
    está en galeras en Turquía, aportáron á las playas de la Propontis,
    junto á la morada del principe de Transilvania. Lo primero que se les
    presentó fué Cunegunda y la vieja que estaban tendiendo unas
    servilletas para que se enxugasen en unas tomizas. Al ver esta escena,
    se puso amarillo el baron; y el tierno y enamorado Candido
    contemplando á Cunegunda toda prieta, los ojos lagañosos, enxutos los
    pechos, la cara arrugada, y los bazos amoratados, se hizo tres pasos
    atras, y se adelantó luego por buena crianza. Abrazó Cunegunda á
    Candido y á su hermano, todos abrazáron á la vieja, y Candido las
    rescató á entrámbas.

    Habia un cortijillo en las inmediaciones, y propuso la vieja á Candido
    que le comprase, ínterin hallaba toda la compañía mejor acómodo.
    Cunegunda que no sabia que estaba fea, no habiéndoselo dicho nadie,
    acordó sus promesas á Candido en tono tan resuelto, que no se atrevió
    el pobre á replicar. Declaró pues al baron que se iba á casar con su
    hermana; pero este dixo: Nunca consentiré yo en semejante vileza de su
    parte, y tamaña osadía de la tuya, ni nunca no podrán echar en cara
    tal ignominia. ¿Con que los hijos de mi hermana no podrán entrar en
    los cabildos de Alemania? No, mi hermana no se ha de casar, como no
    sea con un baron del imperio. Cunegunda se postró á sus plantas, y las
    bañó en llanto, pero fué en balde. ¡Fatuo, sin seso, le dixo Candido,
    te he librado de galeras, he pagado tu rescate, y el de tu hermana que
    estaba fregando platos, y que es fea; soy tan bueno que quiero que sea
    mi muger, y todavía quieres tu estorbármelo! Si me dexara llevar de la
    ira, te matara segunda vez. Otras ciento me puedes matar, respondió el
    baron, pero no te has de casar con mi hermana miéntras yo viva.

    CAPITULO XXX.

    _Donde se da fin á la historia._

    En lo interior de su corazon no tenia Candido ganas ningunas de
    casarse con Cunegunda; pero la mucha insolencia del baron le determinó
    á acelerar las bodas, sin contar que la baronesita le apretaba tanto,
    que no las podía dilatar mas. Consultó pues á Panglós, á Martin y al
    fiel Cacambo. Panglós compuso una erudita memoria, probando que no
    tenia el baron derecho ninguno en su hermana, y que segun todas las
    leyes del imperio podia Cunegunda casarse con Candido, dándole la mano
    izquierda; Martin fué de parecer de que tiraran con el baron al mar; y
    Cacambo de que se le entregaran al arraez levantisco, el qual le
    volveria á poner á remar á la galera, ínterin le enviaban al padre
    general por la primera embarcacion que diese á la vela para Roma.
    Pareció bien esta idea: aprobóla la vieja; y sin decir palabra á
    Cunegunda, se puso en execucion mediante algun dinero: teniendo así la
    satisfaccion de jugar pieza á un jesuita, y escarmentar la vanidad de
    un baron aleman.

    Cosa natural era pensar que despues de tantas desgracias Candido
    casado con su amada, viviendo en compañía del filósofo Panglós, del
    filósofo Martin, del prudente Cacambo y de la vieja, y habiendo traído
    tantos diamantes de la patria de los antiguos Incas, disfrutaria la
    vida mas feliz; pero tanto le estafáron los Judíos, que no le quedáron
    mas bienes que su pobre cortijo. Su muger, que cada dia era mas fea,
    se hizo de una condicion de vinagre inaguantable; y la vieja cayó
    enferma, y era mas regañona, todavía que Cunegunda. Cacambo que cavaba
    el huerto y llevaba á vender la hortaliza á Constantinopla, estaba
    rendido de faena, y maldecia su suerte. Panglós se desesperaba, porque
    no lucia su saber en alguna universidad de Alemania: solo Martin,
    firmemente convencido de que en todas partes el hombre se encuentra
    mal, llevaba las cosas en paciencia. Algunas veces disputaban Candido,
    Martin y Panglós sobre metafísica y moral. Por las ventanas del
    coitijo sovían pasar con mucha freqüencia barcos cargados de efendis,
    baxáes y cadíes, que iban desterrados á Lemnos, Mitylene y Erzerum; y
    llegar otros cadíes, otros baxáes y otros efendis, que ocupaban el
    lugar de los depuestos, y que lo eran ellos luego; y se vían cabezas
    rellenas con mucho aseo de paja, que se llevaban de regalo á la
    Sublime Puerta. Estas escenas daban materia á nuevas disertaciones; y
    quando no disputaban se aburrian tanto, que la vieja se aventuró á
    decirles un dia: Quisiera yo saber qué es peor, ¿ser violada cien
    veces al dia por piratas negros, verse cortar una nalga, pasar
    baquetas entre los Bulgaros, ser azotado y ahorcado en un auto de fe,
    ser disecado, remar en galeras, finalmente padecer todas quantas
    desventuras hemos pasado, ó estar aquí sin hacer nada? Ardua es la
    qüestion, dixo Candido.

    Suscitó este razonamiento nuevas reflexîones; y coligió Martin que el
    destino del hombre era vivir en las convulsiones de las angustias, ó
    en el parasismo del fastidio. Candido no se lo concedia, pero no
    afirmaba nada: Panglós confesaba que toda su vida habia sido una serie
    de horrorosos infortunios; pero como una vez habia sustentado que todo
    estaba perfecto, seguía sustentándolo sin creerlo. Lo que acabó de
    cimentar los detestables principios de Martin, de hacer titubear mas
    que nunca á Candido, y de poner en confusion á Panglós, fué que un dia
    viéron llegar á su cortijo á Paquita y fray Hilarion en la mas
    horrenda miseria. En breve tiempo se habian comido los tres mil duros,
    se habian dexado y vuéltose á juntar, y vuelto á reñir, habian sido
    puestos en la cárcel, se habian escapado, y finalmente fray Hilarion
    se habia hecho Turco. Paquita seguía exercitando su oficio, pero ya no
    ganaba con el para comer. Bien habia yo pronosticado, dixo Martín á
    Candido, que en breve disiparian las dádivas de vm., y serian mas
    miserables: vm. y Cacambo han rebosado en millones de pesos, y no son
    mas afortunados que fray Hilarion y Paquita. ¡Ha, dixo Panglós á
    Paquita, con que te ha traído el cielo con nosotros! ¿Sabes, pobre
    muchacha, que me tienes de costa la punta de la nariz, un ojo y una
    oreja? ¡Qué mudada que estás! ¡válgame Dios, lo que es este mundo!
    Esta nueva aventura les dió márgen á que filosofaran mas que nunca.

    En la vecindad vivia un derviche que gozaba la reputacion del mejor
    filósofo de Turquía.

    Fuéren á consultarle; habló Panglós por los demás, y le dixo: Maestro,
    venimos á rogarte que nos digas para que fué formado un animal tan
    extraño como el hombre? ¿Quién te mete en eso? le dixo el derviche:
    ¿te importa para algo? Pero, reverendo padre, horribles males hay en
    la tierra. ¿Qué hace al caso que haya bienes ó que haya males? quando
    envía Su Alteza un navio á Egipto, se informa de si se hallan bien ó
    mal los ratones que van en él? Pues qué se ha de hacer? dixo Panglós.
    Que te calles, respondió el derviche. Yo esperaba, dixo Panglós,
    discurrir con vos acerca de las causas y los efectos, del mejor de los
    mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de
    la harmonía preestablecida. En respuesta les dió el derviche con la
    puerta en los hocicos.

    Miéntras que estaban en esta conversacion, se esparció la voz de que
    acababan de ahorcar en Constantinopla á dos visires del banco y al
    muftí, y de empalar á varios de sus amigos; catástrofe que metió mucha
    bulla por espacia de algunas horas. Al volverse Panglós, Candido y
    Martin á su cortijo ,`encontráron á un buen anciano que estaba tomando
    el fresco á la puerta de su casa, baxo un emparrado de naranjos.
    Panglós, que no era ménos curioso que argu-mentista, le preguntó como
    se llamaba el muftí que acababan de ahorcar. No lo sé, respondió el
    buen hombre, ni nunca he sabido el nombre de muftí ni de visir
    ninguno. Ignoro absolutamente la aventura de que me hablais; presumo,
    sí, que generalmente los que manejan los negocios públicos perecen á
    veces miserablemente, y que bien se lo merecen; pero jamas me informo
    de los sucesos de Constantinopla, contentandome con enviará vender
    allá las frutas del huerto que labro. Dicho esto, convidó á los
    extrangeros á entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les
    presentáron muchas especies de sorbetes que ellos propios fabricaban,
    kaimak guarnecido de cáscaras de azamboa confitadas, naranjas,
    limones, limas, pinas, alfónsigos, y café de Moka, que no estaba
    mezclado con los malos cafées de Batavia y las islas de América; y
    luego las dos hijas del buen musulman sahumáron las barbas de Candido,
    Panglós y Martin. Sin duda que teneis, dixo Candido al Turco, una
    vasta y magnífica posesión. Nada mas que veinte fanegadas de tierra,
    respondió el Turco, que labro con mis hijos: y el trabajo nos libra de
    tres insufribles calamidades, el aburrimiento, el vicio, y la
    necesidad.

    Miéntras se volvia Candido á su cortijo, iba haciendo profundas
    reflexiones en las razones del Turco, y le dixo á Panglós y á Martin:
    Se me figura que se ha sabido este buen viejo labrar una suerte muy
    mas feliz que la de los seis monarcas con quien tuvimos la honra de
    cenar en Venecia. Las grandezas, dixo Panglós, son muy peligrosas,
    segun opinan todos los filósofos. Eglon, rey de los Moabita, fué
    asesinado por Aod; Absalon colgado de los cabellos y atravesado con
    tres saetas; el rey Nadab, hijo de Jeroboan, muerto por Baza; el rey
    Ela por Zambri; Ocosías por Jehú; Atalia por Joyada; y los reyes
    Joaquín, Jeconías y Sedecías fuéron esclavos. Sabido es de qué modo
    muriéron Creso, Astyages, Dario, Dionisio de Syracusa, Pyrro, Perseo,
    Hanibal, Jugurta, Ariovisto, César, Pompeyo, Neron, Oton, Vitelio,
    Domiciano, Ricardo II de Inglaterra, Eduardo II, Henrique VI, Ricardo
    III, María Estuardo, Carlos I, los tres Henriques de Francia, el
    emperador Heririque IV, el rey godo Don Rodrigo, Don Alvaro de Luna; y
    nadie ignora… Tampoco ignoro yo, dixo Cundido, que es menester
    cultivar nuestra huerta. Razon tienes, dixo Panglós; porque quando fué
    colocado el hombre en el paraiso de Eden, fué para labrarle, _ut
    operaretur eum_, lo qual prueba que no nació para el sosiego.
    Trabajemos pues sin argumentar, dixo Martin, que es el medio único de
    que sea la ida tolerable.

    Toda la compañía aprobó tan loable determinacion; empezó cada uno á
    exercitar su habilidad, y el cortijillo rindió mucho. Verdad es que
    Cunegunda era muy fea, pero hacia excelentes pasteles; Paquita
    bordaba, y la vieja cuidaba de la ropa blanca. Hasta fray Hilarion
    sirvió, que aprendió con perfeccion el oficio de carpintero, y paró en
    ser muy hombre de bien. Panglós deeia algunas veces á Candido. Todos
    los sucesos están encadenados en el mejor de los mundos posibles;
    porque si no te hubieran echado á patadas en el trasero de una
    magnífica quinta por amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en
    la inquisicion, si no hubieras andado á pié por las soledades de la
    América, si no hubieras pegado una birena estocada al baron, y si no
    hubieras perdido todos tus carneros del buen pais del Dorado, no
    estarias aqui ahora comiendo azamboas en dulce, y alfónsigos. Bien
    dice vm., respondió Candido; pero es menester labrar nuestra huerta.

    _Fin de Candido, ó del Optimismo._

    TABLA

    DE LAS NOVELAS CONTENIDAS EN EL TOMO PRIMERO.

    ZADIG, Ó EL DESTINO, historia oriental Dedicatoria de Zadig á la
    sultana
    Cheraah, por Sadi.

    CAP. I. El tuerto
    CAP. II. Las narices
    CAP. III. El perro y el caballo
    CAP. IV. El envidioso
    CAP. V. El generoso
    CAP. VI. El ministro
    CAP. VII. Disputas y audiencias
    CAP. VIII. Los zelos
    CAP. IX. La muger aporreada
    CAP. X. La esclavitud
    CAP. XI. La hoguera
    CAP. XII. La cena
    CAP. XIII. Las citas
    CAP. XIV. El bayle
    CAP. XV. Los ojos azules
    CAP. XVI. El bandolero
    CAP. XVII. El pescador
    CAP. XVIII. El basilisco
    CAP. XIX. Las justas
    CAP. XX. El ermitaño
    CAP. XXI. Las adivinanzas

    COMO ANDA EL MUNDO, vision de Babuco, escrita por el propio MEMNON,
    Ó LA CORDURA HUMABA LOS DOS CONSOLADOS HISTORIA DE LOS VIAGES DE
    ESCARMENTADO, escrita por el propio.

    MICROMEGAS, historia filosófica.

    CAP. I. Viage de un raorador del mundo de la estrella Sino al planeta
    de Saturno.
    CAP. II. Conversación del morador de Siriot con el de Saturno.
    CAP. III. Viage de los dos habitantes de Sirio y Saturno.
    CAP. IV. Que da cuenta de lo que les sucedió en el globo de la tierra.
    CAP. V. Experiencias y raciocinios de ambos caminantes.
    CAP. VI. De lo que les aconteció con unos hombres.
    CAP. VII. Conversación con los hombres.

    HISTORIA DE UN BUEN BRAMA.

    CANDIDO, Ó EL OPTIMISMO.

    CAP. I. Donde se da cuenta de como fue criado Candido en una herniosa
    quinta, y como de ella fue echado a patadas.
    CAP. II. De lo que sucedió á Candido con los Bulgaros.
    CAP. III. De qué modo se libró Candido de manos de los Bulgaros, y de
    lo que le sucedió despues.
    CAP. IV. De qué modo encontró Candido á su maestro de filosofía, el
    doctor Panglós, y de loque le aconteció.
    CAP. V. De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos
    del doctor Panglós, de Candido, y de Santiago el anabautista.
    CAP. VI. Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara el
    terremoto, y de los doscientos azotes que pegaron á Candido.
    CAP. VII. Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, y
    como topó este con su dama.
    CAP. VIII. Historia de Cunegunda.
    CAP. IX. Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el inquisidor
    general, y el Judío.
    CAP. X. De la triste situacion en que se viéron Candido, Cunegunda y
    la vieja; de su arribo á Cadiz, y como se embarcáron para América.
    CAP. XI. Que cuenta la historia de la vieja.
    CAP. XII. Donde prosigue la historia de la vieja.
    CAP. XIII. De como Candi lo tuvo que separarse por fuerza de la
    hermosa Cunegunda y la vieja.
    CAP. XIV. Del recibimiento que á Candido y Cacambo hiciéron los
    jesuitas del Paraguay.
    CAP. XV. Que quenta la muerte que dió Candido al hermano de su querida
    Cunegunda.
    CAP. XVI. Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes
    con dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones.
    CAP. XVII. Cuéntase el arribo de Candido con su criado al pais del
    Dorado, y lo qne allí viéron.
    CAP. XVIII. Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron.
    CAP. XIX. De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo
    Candido de Martin.
    CAP. XX. De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion.
    CAP. XXI. Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martin, al
    acercarse á las costas de Francia.
    CAP. XXII. De los sucesos que en Francia aconteciéron
    á Candido y á Martin.
    CAP. XXIII. Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y
    de lo que allí viéron.
    CAP. XXIV. Que trata de fray Hilarion y de Paquita.
    CAP. XXV. Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al
    señor Pococurante, noble veneciano.
    CAP. XXVI. Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos
    extrangeros, y quien eran estos.
    CAP. XXVII. Del viage de Candido á Constantinopla.
    CAP. XXVIII. Que trata de los sucesos que pasáron con Candido,
    Cunegunda, Panglós y Martin.
    CAP. XXIX. De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja.
    CAP. XXX. Donde se da fin á la historia

  • Buena Nueva de acuerdo a Mateo Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Buena Nueva de acuerdo a Mateo Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Aproximadamente 24.502 palavras.

    Esta traducción se basa especialmente en la biblia World English
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    Lo invitamos a difundir
    esta traducción, a mejorarla pero sobre todo a colaborar en la
    construcción del Reino de Dios que creemos se logra haciendo la
    voluntad de Dios, siguiendo a Jesús.

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    Buena Nueva de acuerdo a Mateo

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    [1]

    1

    001:001 El libro de la generación de Jesús Cristo[2], el hijo de
    David, el hijo de Abraham.
    001:002 Abraham fue el padre de Isaac. Isaac fue el padre de Jacob.
    Jacob fue el padre de Judá y sus hermanos.
    001:003 Judá fue el padre de Fares y de Zara, la madre fue Tamar.
    Fares fue el padre de Esrom. Esrom fue el padre de Aram.
    001:004 Aram fue el padre de Aminadab. Aminadab fue el padre de
    Naasón. Naasón fue el padre de Salmón.
    001:005 Salmón fue el padre de Booz cuya madre fue Rahab. Booz fue el
    padre de Obed cuya madre fue Rut. Obed fue el padre de Isaí.
    001:006 Isaí fue el padre del rey David. David fue el padre de Salomón
    y la madre fue quien había sido la esposa de Urias.
    001:007 Salomón fue el padre de Roboam. Roboam fue el padre de Abias.
    Abias fue el padre de Asa.
    001:008 Asa fue el padre de Josafat. Josafat fue el padre de Joram.
    Joram fue el padre de Uzias.
    001:009 Uzias fue el padre de Jotam. Jotam fue el padre de Acaz. Acaz
    fue el padre de Ezequias.
    001:010 Ezequias fue el padre de Manasés. Manasés fue el padre de
    Amón. Amón fue el padre de Josías.
    001:011 Josías fue el padre de Jeconías y sus hermanos, en el tiempo
    del cautiverio en Babilonia[3].
    001:012 Después del cautiverio en Babilonia, Jeconías fue el padre de
    Salatiel. Salatiel fue el padre de Zerobabel.
    001:013 Zerobabel fue el padre de Abiud. Abiud fue el padre de
    Eliaquim. Eliaquim fue el padre de Azor.
    001:014 Azor fue el padre de Sadoc. Sadoc fue el padre de Aquim. Aquim
    fue el padre de Eliud.
    001:015 Eliud fue el padre de Eleazar. Eleazar fue el padre de Matán.
    Matán fue el padre de Jacob.
    001:016 Jacob fue el padre de José, el esposo de Maria, de quien
    Jesús[4] fue concebido, a quien se llama Cristo.
    001:017 Así que todas las generaciones de Abraham hasta David son
    catorce; de David al cautiverio en Babilonia catorce
    generaciones; y del cautiverio en Babilonia hasta el Cristo,
    catorce generaciones.

    001:018 El nacimiento de Jesús Cristo fue así; después de que su
    madre, Maria se había comprometido con José, y antes de que
    estuvieran juntos, ella se encontró embarazada por el Espíritu
    Santo.
    001:019 José, su marido, siendo un hombre correcto, y no queriendo
    hacer de ella un ejemplo público, pretendía separarse de
    ella[5] en secreto.
    001:020 Pero cuando él pensaba estas cosas, un ángel del Señor se le
    apareció en un sueño, diciendo, «José, hijo de David, no te
    preocupes por tomar a María, tu esposa, porque el niño que se
    ha concebido en ella es del Espíritu Santo.
    001:021 Ella dará a luz un hijo. Debes llamarlo Jesús, porque será
    quien salvará a su gente de sus pecados.»

    001:022 Todo esto ocurrió, para que se cumpliera lo que había sido
    dicho por el Señor por intermedio de los profetas,

    001:023 «Observen, la virgen concebirá[6] un niño, Y dará a luz un
    hijo. Y lo llamarán Emanuel;» Que traducido significa es
    «Dios está con nosotros.»
    001:024 José despertó de su sueño, e hizo lo que el ángel del Señor le
    ordenó, y tomó a su esposa consigo;
    001:025 y no la conoció[7] hasta que ella dio a luz a su primer hijo.
    Él[8] lo llamó Jesús.

    2

    002:001 Cuando Jesús nació en Belén de Judea, en los días que Herodes
    era rey, ocurrió, que desde el este vinieron hombres sabios[9]
    hacia Jerusalén, diciendo,
    002:002 «¿Dónde está aquel que nace como Rey de los Judíos? Porque
    vimos su estrella en el este, y hemos venido a adorarlo.»
    002:003 Cuando el rey Herodes lo escuchó, se perturbó, y todo
    Jerusalén con él.
    002:004 Reuniendo a todos los jefes de los sacerdotes y a los escribas
    del pueblo, les preguntó donde nacería el Cristo.
    002:005 Ellos le dijeron, «En Belén de Judea, porque así está escrito
    por intermedio del profeta,

    002:006 `Tu Belén, tierra de Judá, No eres de forma alguna menos entre
    los príncipes[10] de Judá: Porque de ti saldrá un
    gobernador[11], Que será el pastor de mi pueblo[12],
    Israel.´»
    002:007 Entonces Herodes llamó en secreto a los hombre sabios, y supo
    de ellos exactamente a que hora había aparecido la estrella.
    002:008 Los envió a Belén, y les dijo, «Vayan y busquen diligentemente
    al niño. Cuando lo hayan encontrado, traíganme la noticia, así
    yo también podré ir a adorarlo.»

    002:009 Ellos, habiendo oído al rey, continuaron su camino; y ocurrió,
    que la estrella que habían visto en el este, fue delante de
    ellos, hasta que se posó sobre el lugar donde estaba el niño.
    002:010 Cuando vieron la estrella, se regocijaron con gran alegría.
    002:011 Entraron a la casa y vieron al niño con Maria, su madre,
    cayeron y lo adoraron. Abriendo sus cofres, le ofrecieron
    regalos: oro, incienso y mirra.
    002:012 Habiendo sido avisados en un sueño que no debían volver donde
    Herodes, regresaron a sus países por otra ruta.

    002:013 Cuando ellos habían partido, un ángel del Señor se apareció a
    José en un sueño, diciendo, «Levántate y toma al niño y a su
    madre, y huye a Egipto[13], quédate allá hasta que te diga,
    porque Herodes buscará al niño para destruirlo.»

    002:014 José se levantó, tomó al niño y a su madre en la noche, y
    partió hacia Egipto,
    002:015 y allí estuvo hasta la muerte de Herodes; para que se
    cumpliera lo que fue dicho por el Señor por intermedio del
    profeta, «De Egipto llamé a mi hijo.»

    002:016 Entonces Herodes, cuando vio que los hombres sabios no habían
    cumplido, se molestó excesivamente, y ordenó matar a todo niño
    hombre que hubiera en Belén y en los alrededores, y que
    tuviera 2 años o menos, de acuerdo al tiempo exacto que él
    había conocido de los hombre sabios.
    002:017 Así lo que había sido dicho por Jeremías el profeta se
    cumplió,

    002:018 «Se oyó una voz en Ramá, Lamentos, llanto y gran tristeza
    Raquel llorando por sus niños;Ella no sería consolada[14],
    Porque ellos ya no son[15].»
    002:019 Pero cuando Herodes murió, ocurrió, que un ángel del Señor se
    apareció en un sueño a José en Egipto, y le dijo[16],
    002:020 «Levántate, toma al niño y a su madre, y ve a la tierra de
    Israel, porque quienes buscaban la vida del niño ya están
    muertos.»

    002:021 Se levantó y tomó al niño y a su madre, y fue a la tierra de
    Israel.
    002:022 Pero cuando escuchó que Arquelao reinaba en Judea en lugar de
    su padre, Herodes, tuvo miedo de ir allí. Siendo avisado en un
    sueño, fue a la región de Galilea,
    002:023 y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret; para que se
    cumpliera lo que había sido dicho por los profetas: «Será
    llamado un Nazareno.»

    3

    003:001 En esos días, Juan el Bautista vino, predicando en el desierto
    de Judea, diciendo[17],
    003:002 «¡Arrepiéntanse, porque el Reino de Dios está a la mano!»
    003:003 Pues este era aquel de quien habló Isaías el profeta,
    diciendo,
    «La voz de una persona gritando en el desierto, Alisten el
    camino del Señor, Hagan sus caminos rectos.»
    003:004 Juan vestía ropa hecha de pelo de camello, con un cinturón de
    cuero alrededor de su cintura. Su comida eran grillos y miel
    salvaje.
    003:005 Entonces la gente de Jerusalén, y de toda Judea, y de todas
    las regiones alrededor del Jordán fueron a él.
    003:006 Fueron bautizados[18] por él en el Jordán, confesando sus
    pecados.
    003:007 Pero cuando vio a muchos de los fariseos y saduceos viniendo
    por su bautizo les dijo, «Ustedes nido de víboras, ¿Quién les
    advirtio huir de la ira que vendrá?[19]
    003:008 ¡Entonces den fruto de arrepentimiento valedero!
    003:009 No piensen, `Tenemos a Abraham como nuestro padre,´ porque les
    digo que Dios puede hacer crecer hijos de Abraham de estas
    piedras.

    003:010 «Justo ahora el hacha está en la raíz de los árboles.
    Entonces, todo árbol que no de buenos frutos es cortado, y
    arrojado al fuego.
    003:011 De hecho yo los bautizo[20] en agua para el arrepentimiento,
    pero aquel que viene tras de mi es más poderoso que yo, no soy
    digno de llevar sus zapatos. Él los bautizará en el Espíritu
    Santo. [21]
    003:012 El rastrillo está en su mano, y Él limpiará los desperdicios
    de su piso. Reunirá su trigo en el granero, pero los
    desperdicios los quemará con fuego inextinguible.

    003:013 Entonces Jesús fue de Galilea al Jordán donde Juan, para ser
    bautizado por él.
    003:014 Pero Juan se opuso, diciendo, «Yo necesito ser bautizado por
    ti, ¿Y tu vienes a mí?»

    003:015 Pero Jesús, le contestó, «Permítelo ahora, porque esta es la
    forma apropiada para nosotros de cumplir con toda la
    rectitud.» Entonces él se lo permitió.
    003:016 Cuando Jesús fue bautizado, salió directamente del agua: y
    ocurrió que los cielos se abrieron hacia Él. Vio al Espíritu
    de Dios descendiendo como una paloma, y viniendo a Él.
    003:017 Ocurrió, que una voz salió de los cielos diciendo, «Este es mi
    hijo amado, en quien estoy bien complacido[22].»

    4

    004:001 Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu[23] al desierto
    para ser tentado por el diablo.
    004:002 Cuando había ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo
    hambre.
    004:003 El que tienta vino y le dijo, «Si eres el Hijo de Dios, ordena
    a estas piedras que se conviertan en pan.»

    004:004 Pero Él le contestó, «Está escrito, `El hombre no debe vivir
    sólo de pan, sino de cada palabra que proceda de la boca de
    Dios.´»

    004:005 Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa. Lo puso en la
    torre del templo,
    004:006 y le dijo, «Si eres el Hijo de Dios, lánzate porque está
    escrito, `Con respecto a ti, encargará a sus ángeles.´ y,
    `En sus manos, te cargarán, Para que no tropiece tu pie contra
    una piedra.´»
    004:007 Jesús le dijo, «También está escrito, `No debes probar al
    Señor, tu Dios.´»

    004:008 De nuevo, el diablo lo llevó a una montaña muy alta, y le
    mostró todos los reinos de la tierra en su gloria.
    004:009 Le dijo, «Te daré todas estas cosas, si te arrodillas y me
    adoras.»

    004:010 Entonces Jesús le dijo, «¡Aléjate de mí[24] Satanás! Porque
    está escrito, `Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él le
    servirás.´»

    004:011 Entonces el diablo lo dejó, y ocurrió, que vinieron ángeles y
    lo atendieron.
    004:012 Cuando Jesús escuchó que Juan había sido arrestado[25 ],
    volvió a Galilea.
    004:013 Saliendo de Nazaret, fue y vivió en Capernaum, que está al
    lado del lago, en la región de Zabulón y Neftalí,
    004:014 Para que se cumpliera lo que fue dicho por intermedio de
    Isaías el profeta,

    004:015 «La tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, Hacia el lago,
    más allá del Jordán, Galilea de los Gentiles[26],
    004:016 La gente que se sentaba en la oscuridad vio una gran luz, A
    aquellos que se sentaban en la región y a la sombra de la
    muerte, Para ellos la luz ha comenzado[27].»
    004:017 Desde ese entonces, Jesús comenzó a predicar y a decir, «¡
    Arrepiéntanse![28] Porque el Reino de Dios está a la mano.»

    004:018 Caminando por el lago de Galilea, Jesús vio dos hermanos:
    Simón, quien es llamado Pedro, y Andrés, su hermano, echando
    una red al lago; pues eran pescadores.
    004:019 Les dijo, «Síganme, y los haré pescadores de hombres.»

    004:020 Ellos de inmediato dejaron sus redes y lo siguieron.
    004:021 Partiendo de allí, vio a otros dos hermanos, Santiago el hijo
    de Zebedeo y Juan su hermano, estaban en el bote con Zebedeo
    su padre, arreglando sus redes. Él los llamó.
    004:022 Ellos de inmediato dejaron el bote y a su padre, y lo
    siguieron.

    004:023 Jesús fue por toda Galilea, enseñando en las sinagogas,
    predicando la Buena Nueva del Reino, y sanando todo desorden y
    toda enfermedad entre la gente.
    004:024 La noticia sobre Él se difundió por toda Siria. Le llevaron a
    todo el que estaba enfermo, afligidos por varios
    desordenes[29]y tormentos, poseídos por demonios,
    epilépticos[30] y paralíticos; y Él los sanó.
    004:025 Grandes multitudes de Galilea, Decapolis, Jerusalén, Judea y
    de más allá del Jordán lo seguían.

    5

    005:001 Viendo las multitudes, subió a una montaña. Cuando se había
    sentado sus discípulos fueron donde Él.
    005:002 Abrió su boca y les enseñó diciendo,

    005:003 «Benditos[31] los pobres en espíritu[32], porque de ellos es
    el Reino de Dios.
    005:004 Benditos aquellos que se lamentan Porque serán confortados.
    005:005 Benditos sean los que no emplean violencia[33], Porque
    heredarán la tierra.
    005:006 Benditos quienes tengan hambre y sed de justicia[34], Porque
    serán saciados.
    005:007 Benditos sean los piadosos, Porque obtendrán piedad.
    005:008 Benditos los puros de corazón, Porque verán a Dios.
    005:009 Benditos quienes hacen la paz, Porque serán llamados hijos de
    Dios.
    005:010 Benditos aquellos que sean perseguidos por causa de la
    justicia, Porque de ellos es el Reino de Dios.
    005:011 «Benditos sean ustedes cuando la gente los reproche, los
    persiga, y diga toda clase de maldades falsamente en contra de
    ustedes, por mi causa.
    005:012 Alégrense y estén muy contentos, pues grande es su recompensa
    en el cielo. Pues así es como han perseguido a los profetas
    que estuvieron antes de ustedes.

    005:013 «Ustedes son la sal de la tierra, pero si la sal ha perdido su
    sabor, ¿Con que podrá volvérsele a dar el sabor? Entonces no
    es buena para nada, sólo para ser arrojada y pisada bajo los
    pies de los hombres.
    005:014 Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad ubicada en una
    montaña no puede ocultarse.
    005:015 Ni ustedes prenden una lampara, y la ponen debajo de un
    recipiente, sino en una repisa; y brilla para todos los que
    están en la casa.
    005:016 Así mismo, permitan que su luz brille ante los hombres; que
    ellos puedan ver sus buenas obras, y den gloria al Padre que
    está en el cielo.

    005:017 «No piensen que he venido a destruir la ley o los profetas. No
    viene a destruir, sino a completar.
    005:018 Porque con seguridad, les digo, hasta que el cielo y la tierra
    pasen, ni siquiera la letra más pequeña[35] ni un pequeño
    trazo de la ley saldrá de forma alguna, hasta que todas las
    cosas estén cumplidas.
    005:019 Entonces, quien rompa uno de estos mandamientos, y le enseñe a
    otros a hacerlo, será llamado pequeño en el Reino de Dios;
    pero quien los cumpla y los enseñe será llamado grande en el
    Reino de Dios.
    005:020 Porque les digo que a menos que su rectitud exceda a la de los
    escribas y fariseos, no hay forma de que entren en el Reino de
    Dios.

    005:021 «Ustedes han oído que fue dicho a los antiguos, `No debes
    matar;´ y `Quien mate estará en peligro del juicio[36].´
    005:022 Pero les digo, cualquiera que este de mal genio con su
    hermano[37] sin una causa estará en peligro del juicio; y
    cualquiera que le diga a su hermano, `¡Raca[38]!´ estará en
    peligro del Concejo; y cualquiera que le diga, `¡Tu, tonto!´
    estará en peligro del fuego de Gehena[39 ].

    005:023 «Entonces si estás dando una ofrenda en el altar, y allí
    recuerdas que tu hermano tiene algo en contra tuya[40],
    005:024 deja la ofrenda allí ante el altar, y sigue tu camino. Primero
    reconcíliate con tu hermano y después ve y da tu ofrenda.
    005:025 Llega a un acuerdo con tu adversario rápidamente, mientras que
    está con él en el camino [41]; porque tal vez el fiscal[42]
    podría entregarte al juez, y el juez entregarte al oficial, y
    podrías ser arrojado a prisión[43].
    005:026 Con seguridad les digo, de ninguna forma saldrán de ahí,
    mientras no paguen hasta el último centavo[44].

    005:027 «Ustedes han oído que se dijo, [45]`No cometerás adulterio;´
    005:028 pero les digo que quien mire a una mujer con deseo, ya ha
    cometido adulterio en su corazón.
    005:029 Si tu ojo derecho te hace tropezar, sácatelo y arrójalo lejos
    de ti. Porque es mejor par ti que uno de tus miembros perezca,
    a que tu cuerpo entero sea arrojado a Gehena.
    005:030 Si tu mano derecha te hace tropezar, córtatela y arrójala
    lejos. Porque es mejor para ti, que uno de tus miembros
    perezca, a que tu cuerpo entero sea arrojado a Gehena.

    005:031 «También se dijo, `Cualquiera que aleje a su mujer, que le de
    un certificado de divorcio,´
    005:032 pero les digo que cualquiera que aleje a su mujer, excepto a
    causa de inmoralidad sexual, la hace una adultera; y
    cualquiera que se case con ella cuando sea alejada comete
    adulterio.

    005:033 «Ustedes también han oído que les fue dicho a los de los
    tiempos antiguos, `No harás promesas falsas[46], sino que
    cumplirás lo que has prometido al Señor[47],´
    005:034 pero les digo, no juren: ni por el cielo, porque es el trono
    de Dios;
    005:035 ni por la tierra, porque es el estrado para sus pies; ni por
    Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
    005:036 Ni jurarás por tu cabeza, porque ni siquiera puedes hacer
    blanco o negro un cabello.
    005:037 En cambio que tu `Si´ sea `Si´ y que tu `No´ sea `No.´ Lo que
    sea más que esto es del malo[48].

    005:038 «Ustedes han oído que fue dicho, `Ojo por ojo, y diente por
    diente.´
    005:039 Pero les digo, no se resistan al que les hace mal[49]; sino
    que a cualquiera que te golpee en tu mejilla derecha, ponle la
    otra también.
    005:040 Si alguien busca llevarte a juicio para quitarte el abrigo,
    déjale tener tu capa también.
    005:041 A cualquiera que te obligue a caminar[50]una milla, ve con él
    dos.
    005:042 Dale al que te pide, y no te alejes del que desea pedirte
    prestado[51].

    005:043 «Ustedes han oído que fue dicho, `Amarás a tu prójimo, y
    odiarás a tu enemigo.´
    005:044 Pero les digo, amen a sus enemigos, bendigan a quien los
    maldiga, hagan el bien a quien los odie, y oren por quienes
    los maltratan y los persigan.
    005:045 para que puedan ser hijos de su Padre que está en el cielo.
    Porque Él hace que el sol salga sobre los malos y los buenos,
    y envía lluvia sobre el justo y el injusto.
    005:046 Porque si aman a aquellos que los aman, ¿qué recompensa
    merecen? ¿Acaso no hacen lo mismo los recolectores de
    impuestos[52 ]?
    005:047 Si sólo saludas a tus amigos, ¿qué haces de más que los demás?
    ¿Acaso no hacen lo mismo los paganos[53]?
    005:048 Entonces sean perfectos, tal como su Padre en el cielo es
    perfecto.

    6

    006:001 «Tengan cuidado de no dar sus ofrendas de caridad[54] ante los
    hombres, para ser vistos por ellos, o de lo contrario no
    tendrán recompensa de su Padre quien está en el cielo.
    006:002 Entonces cuando hagas actos de caridad, no toques una trompeta
    enfrente tuyo, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en
    las calles, para poder obtener gloria de hombres. Con
    seguridad te digo, ellos ya han recibido su recompensa.
    006:003 Cuando hagas actos de caridad, no permitas que tu mano
    izquierda sepa lo que tu mano derecha hace[55],
    006:004 para que tus actos de caridad sean en secreto, entonces tu
    Padre que ve en secreto te recompensará abiertamente.

    006:005 «Cuando reces, no seas como los hipócritas, pues ellos aman
    levantarse y orar en las sinagogas y en las esquinas de las
    calle, para poder ser vistos por hombres. Con seguridad, te
    digo, ellos ya recibieron su recompensa.
    006:006 Pero tu, cuando ores, entra en su cuarto, y habiendo cerrado
    la puerta, ora a tu Padre quien está en secreto, y tu Padre
    quien ve en secreto te recompensará abiertamente.
    006:007 Al rezar, no uses vanas repeticiones, como hacen los gentiles;
    pues ellos creen que serán oídos porque hablan mucho.
    006:008 Por eso no sean como ellos, pues su Padre sabe lo que ustedes
    necesitan desde antes que lo pidan.
    006:009 Oren así: `Padre nuestro en el cielo, que tu nombre permanezca
    santo.
    006:010 Que tu Reino venga. Que se haga tu voluntad, tanto en el cielo
    como en la tierra.
    006:011 Danos hoy nuestro pan diario.
    006:012 Perdona nuestras ofensas[56], como también nosotros perdonamos
    a quienes nos han ofendido[57].
    006:013 No nos lleves a la tentación, sino líbranos del malo. Porque
    tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Amén.´

    006:014 «Pues si ustedes perdonan a los hombres sus
    transgresiones[58], su Padre celestial también los perdonará.
    006:015 Pero si ustedes no perdonan a los hombres sus transgresiones,
    el Padre tampoco perdonara las de ustedes.

    006:016 «Además cuando ayunen, no sean como los hipócritas, con caras
    tristes. Pues desfiguran sus caras, para que su ayuno pueda
    ser visto por hombres. Con seguridad les digo, ellos ya han
    recibido su recompensa.
    006:017 Pero tu, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro;
    006:018 para que el ayuno no sea visto por otros hombres, sino por tu
    Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en secreto,
    te recompensará.

    006:019 «No acumulen tesoros para ustedes mismos en la tierra, donde
    las polillas y el óxido[59] consumen y donde los ladrones
    irrumpen y roban;
    006:020 pero acumulen tesoros para ustedes mismos en el cielo, en
    donde ni las polillas ni el óxido consumen y donde los
    ladrones no entran a robar;
    006:021 pues en donde está tu tesoro, allí también está tu corazón.

    006:022 «La lampara del cuerpo es el ojo. Así que si tu ojo se
    encuentra sano, tu cuerpo entero estará lleno de luz.
    006:023 Pero si tu ojo es malvado[60] tu cuerpo entero estará lleno de
    oscuridad. Así que si la luz que está dentro de ti es
    oscuridad, ¡que tan grande es la oscuridad!

    006:024 «Nadie puede servir a dos maestros, pues a uno odiará y al
    otro amará; o será devoto a uno y despreciará al otro. Ustedes
    no pueden servir a Dios y a las riquezas[61].
    006:025 Por eso les digo, no se afanen por su vida: lo que comerán o
    lo que tomarán ni por lo que se pondrás en el cuerpo. ¿No es
    la vida más que comida y el cuerpo más que el vestido?
    006:026 Miren los pájaros del cielo, ellos no siembran, ni recogen, ni
    recolectan en graneros. Su Padre celestial los alimenta. ¿No
    son ustedes de mucho más valor que ellos?

    006:027 «¿Cuál de ustedes, afanándose, puede aumentar un momento[62]
    su tiempo de vida?
    006:028 ¿Por qué se afanan por el vestido? Consideren los lirios del
    campo, como ellos crecen. No trabajan, ni tejen,
    006:029 y sin embargo les digo que ni Salomón en toda su gloria se
    vistió como uno de estos.
    006:030 Y si Dios así viste al pasto del campo, que existe hoy, y que
    mañana es arrojado al horno, ¿No los vestirá más a ustedes,
    gente de poca fe?

    006:031 «Entonces no se afanen, diciendo, `¿Que comeremos?,´ `¿Qué
    beberemos?´ o `¿Con que nos vestiremos?´
    006:032 Pues los gentiles[63] buscan todas estas cosas, pero su Padre
    celestial sabe que ustedes necesitan todo esto.
    006:033 Busquen primero el Reino de Dios, y su justicia; y todas estás
    cosas también les serán dadas.
    006:034 Entonces no se afanen por mañana, pues mañana estarán ansiosos
    por mañana mismo. Son suficientes los males propios de cada
    día.

    7

    007:001 «No juzguen y no serán juzgados.
    007:002 Pues con cualquier juicio que juzguen, con ese serán juzgados;
    y con la medida que midan, con esa serán medidos.
    007:003 ¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano, y no consideras
    la viga en tu propio ojo?
    007:004 ¿Cómo le puedes decir a tu hermano `Déjame sacar esa paja de
    tu ojo;´ cuando ocurre que la viga está en el tuyo?
    007:005 ¡Tu hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y
    entonces podrás ver claramente para sacar la paja del ojo de
    tu hermano.

    007:006 «No des lo que es sagrado a los perros, ni arrojes tus perlas
    a los cerdos, pues tal vez la pisarán bajo sus pies, y se
    volverán y te harán pedazos.

    007:007 «Pidan, y se les dará. Busquen y encontrarán. Golpeen la
    puerta y se abrirá para ustedes.
    007:008 Pues todo el que pide recibe. Quien busca encuentra. A aquel
    que golpea la puerta se le abrirá.
    007:009 ¿O quien de ustedes, si su hijo le pide un pan, le da una
    piedra?
    007:010 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
    007:011 Entonces si ustedes, siendo malos, saben como darle buenos
    regalos a sus hijos, ¡cuanto más su Padre que está en el cielo
    les dará buenas cosas a los que le pidan!
    007:012 Entonces cualquier cosa que deseen que los hombre les hagan,
    eso les deben hacer; pues así dice la ley y los profetas[64
    ].

    007:013 «Entren por la puerta angosta; pues amplia es la puerta y
    ancho el camino que conducen a la destrucción, y muchos son
    los que entran por esa.
    007:014 ¡Cuan angosta es la puerta, y restringido es el camino que
    conduce a la vida! Son pocos los que lo encuentran.

    007:015 «Tengan cuidado de los falsos profetas, los cuales vienen a ti
    vestidos como ovejas pero son lobos feroces.
    007:016 Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso recoges uvas de espinos
    o higos de los cardos.
    007:017 Aún así, cada árbol bueno produce buenos frutos; pero los
    árboles corruptos producen frutos malos.
    007:018 Un buen árbol no puede producir malos frutos, ni un árbol
    corrupto puede producir buenos frutos.
    007:019 Cada árbol que no produce buenos frutos es derribado y
    arrojado al fuego.
    007:020 Así pues por sus frutos los reconocerás.
    007:021 No todo aquel que me dice `Señor, Señor,´ entrará al Reino de
    los Cielos; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que
    está en el cielo.
    007:022 Muchos me dirán ese día, `Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu
    nombre, sacamos demonios en tu nombre e hicimos muchas obras
    maravillosas?´
    007:023 Entonces les diré, `Nunca los conocí. Aléjense de mí, ustedes
    que trabajan sin rectitud.´

    007:024 «Entonces todo el que oye estas palabras de mí, y las
    practica, yo lo compararé con un hombre sabio, quien construye
    su casa sobre una roca.
    007:025 La lluvia vino, las inundaciones vinieron, y los vientos
    soplaron y golpearon la casa; y esta no callo, porque tenía
    bases en la roca.
    007:026 Todo aquel que escucha mis palabras, y no las practica será
    como un hombre necio, que construye su casa sobre arena.
    007:027 La lluvia llega, las inundaciones llegan, los vientos soplan y
    golpean la casa, y esta cae y grande es su caída.

    007:028 Ocurrió, cuando Jesús había terminado de decir estas cosas,
    que las multitudes estaban atónitas con su enseñanza,
    007:029 pues Él les enseñaba con autoridad, y no como los escribas.

    8

    008:001 Cuando bajó de la montaña, grandes multitudes lo siguieron.
    008:002 Ocurrió, que un leproso fue donde Él, lo alabó diciendo,
    «Señor, si tu quieres, puedes hacerme limpio.»

    008:003 Jesús estiró su mano, lo tocó, diciendo, «Yo quiero. Queda
    limpio. » Inmediatamente su lepra fue sanada.
    008:004 Jesús le dijo, «Observa, no le digas a nadie, pero ve,
    muéstrate al sacerdote, y da la ofrenda que Moisés ordenó,
    como testimonio para ellos[65].»

    008:005 Cuando llegó a Capernaum, un centurión fue don Él, pidiéndole,
    008:006 « Señor, mi siervo[66] yace en casa paralizado, atrozmente
    atormentado.»

    008:007 Jesús le dijo, «Iré y lo sanaré.»

    008:008 El centurión le contestó, «Señor, no soy digno de que entres
    bajo mi techo. Sólo dí la palabra, y mi siervo será sanado.
    008:009 Pues yo también soy un hombre bajo la autoridad, teniendo a mi
    cargo soldados. Le digo a este, `Ve,´ y él va, y le digo a
    otro, `Ven,´ y él viene; y le digo a mi siervo, `Haz esto,´ y
    él lo hace.»

    008:010 Cuando Jesús escucho esto, se maravilló, y le dijo a los que
    lo seguían, «Con seguridad les digo, que no he encontrado una
    fe tan grande, ni siquiera en Israel.
    008:011 Les sigo que muchos vendrán de este y oeste, y se sentarán con
    Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de Dios,
    008:012 mientras que los niños del Reino serán arrojados en la
    oscuridad exterior. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.»
    008:013 Jesús le dijo al centurión, «Sigue tu camino. Que se cumpla
    para ti como tu lo haz creído.» Su siervo[67] fue sanado en
    ese instante.

    008:014 Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro vio a su suegra acostada
    con fiebre.
    008:015 Le tocó la mano y la fiebre se fue. Ella se levantó y comenzó
    a servirle. Se lee «servirles» en vez de «servirle.»
    008:016 Cuando cayó la tarde le llevaron muchos poseídos por demonios.
    Expulsó los espíritus con una palabra y sanó a todos los que
    estaban enfermos;
    008:017 para que así se cumpliera lo que el profeta Isaías dijo: «Él
    nos quitó[68] nuestras debilidades y cargó con nuestras
    enfermedades.»
    008:018 Cuando Jesús vio las grandes multitudes a su alrededor dio la
    orden de partir hacia el otro lado.

    008:019 Un escriba vino y le dijo, «Maestro, yo te seguiré a donde
    vayas. »

    008:020 Jesús le dijo, «Los lobos tienen madrigueras y los pájaros del
    cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tienen lugar
    alguno donde reposar su cabeza.»

    008:021 Otro de sus discípulos le dijo, «Señor, permíteme primero ir a
    enterrar a mi padre.»

    008:022 Pero Jesús le dijo, «Sígueme y deja a los muertos enterrar a
    sus propios muertos.»

    008:023 Cuando se subió al bote sus discípulos lo siguieron.
    008:024 Una gran tempestad se levantó del mar, el barco estaba
    cubierto por las olas pero Jesús estaba dormido.
    008:025 Fueron donde Jesús y lo despertaron diciendo, «¡Sálvanos
    Señor! ¡Estamos muriendo!»

    008:026 Él les dijo, «¿Por qué tienen miedo, ustedes hombres de poca
    fe?» Entonces se levantó, reprendió al viento y al mar, y hubo
    una gran calma.

    008:027 Los hombres se asombraron diciendo, «¿Qué clase de hombre es
    este que hasta el viento y el mar le obedecen?»

    008:028 Cuando llegó al otro lado a la región de Gadara dos personas
    poseídas por demonios lo encontraron allí, salían de las
    tumbas de forma violenta, así que nadie podía pasar por ese
    camino.
    008:029 Ocurrió, que gritaron «¿Qué tenemos que ver contigo Jesús,
    Hijo de Dios? ¿Haz venido aquí a atormentarnos antes de
    tiempo?»
    008:030 Había una piara de cerdos alimentándose lejos de allí.
    008:031 Los demonios le suplicaron diciendo, «Si nos expulsas
    permítenos meternos a esa piara de cerdos.»

    008:032 Él les dijo, «¡Vayan!»
    Salieron y entraron en los cerdos; y ocurrió, que los cerdos
    corrieron hasta caer por el precipicio al mar y murieron en el
    agua.
    008:033 Los que alimentaban a los cerdos huyeron a la ciudad y
    contaron todo lo sucedido, incluyendo lo que paso con los que
    estaban poseídos por los demonios.
    008:034 Toda la ciudad salió a encontrarse con Jesús. Cuando lo vieron
    le rogaron que se fuera de sus fronteras.

    9

    009:001 Entró al bote, y cruzó, para llegar a su propia ciudad.
    009:002 Ocurrió, que le llevaron un hombre que estaba paralizado, y
    que yacía sobre una camilla[69]. Jesús viendo su fe, le dijo
    al paralítico, «¡Hijo, alégrate! Tus pecados te son
    perdonados.»

    009:003 Algunos de los escribas dijeron entre ellos, «Este hombre
    blasfema.»

    009:004 Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo, «¿Por qué piensan
    mal en sus corazones?
    009:005 Pues ¿qué es más fácil, decir `Tus pecados son perdonados;´ o
    decir `Levántate, y camina?´
    009:006 Sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad sobre la tierra
    para perdonar pecados.» Entonces le dijo al paralítico,
    «Levántate, toma tu camilla, y ve a tu casa.»

    009:007 Él se levantó y fue a su casa.
    009:008 Y cuando la multitud vio esto, se maravilló y dio gloria a
    Dios, quien le había tal autoridad a los hombres.

    009:009 Cuando Jesús salía de allí, vio a un hombre llamado Mateo
    sentado en la oficina de recolección de impuestos. Le dijo,
    «Sígueme.» Él se levantó y lo siguió.
    009:010 Ocurrió mientras se sentaba en la casa[70 ], que muchos
    recolectores de impuestos y pecadores vinieron y se sentaron
    con Jesús y sus discípulos.
    009:011 Cuando los fariseos vieron esto, dijeron a sus discípulos,
    «¿Por qué su maestro come con recolectores de impuestos y
    pecadores?»

    009:012 Cuando Jesús los escucho, les dijo, «Aquellos que son
    saludables no necesitan un médico, pero si quienes están
    enfermos.»
    009:013 Ustedes vayan y aprendan lo que esto significa: `Deseo piedad,
    no sacrificio,´ pues no vine a llamar al justo, sino a los
    pecadores al arrepentimiento.»

    009:014 Entonces los discípulos de Juan fueron donde Jesús diciendo,
    «¿ Por qué nosotros y los fariseos ayunamos mucho pero tus
    discípulos no ayunan?»

    009:015 Jesús les dijo, «¿Acaso pueden estar tristes los amigos[71]
    del novio mientras él está con ellos? Pero vendrán los días
    cuando el novio les sera quitado y entonces ahí ayunarán.
    009:016 Nadie pone un pedazo de tela nueva en un vestido viejo; pues
    el parche se rasgará [72] y hará un hueco más grande aún.
    009:017 Ni tampoco la gente pone vino nuevo en cueros viejos porque se
    revientan los cueros y tanto cueros como vino quedan
    inservibles. Se pone vino nuevo en cueros nuevos y ambos se
    conservan.»

    009:018 Mientras les decía estas cosas un jefe de los judíos llegó
    donde Él y se arrodillo diciendo, «Mi hija acaba de morir pero
    ven y pon tu mano sobre ella y ella vivirá.»

    009:019 Jesús se levantó y lo siguió al igual que sus discípulos.
    009:020 Entonces una mujer que sufría de hemorragias de sangre durante
    doce años se acerco a Él por detrás y le tocó el borde de su
    manto;
    009:021 pues ella se dijo a si misma, «Si yo solo toco su manto seré
    sanada.»

    009:022 Pero Jesús dándose vuelta y viéndola, le dijo «¡Hija,
    alégrate! tu fe te ha hecho bien[73].» Y la mujer fue sanada
    desde ese instante.

    009:023 Cuando Jesús entró en la casa del dirigente, vio a los
    interpretes de flauta[74] y a la multitud en un desorden
    ruidoso,
    009:024 y les dijo, «Hagan espacio, porque la niña no está muerta,
    sino durmiendo.»
    Entonces ellos lo ridiculizaron.
    009:025 Pero cuando la multitud fue sacada, Él entró, tomó su mano y
    la niña se levantó.
    009:026 La noticia de esto se difundió por toda la región.
    009:027 Mientras Jesús salía de allí, dos hombres ciegos lo siguieron,
    llamándolo y diciendo, «¡Ten piedad de nosotros, hijo de
    David!»

    009:028 Cuando había entrado en la casa, los ciegos fueron donde Él.
    Jesús les dijo, «¿Creen que yo puedo hacer esto?»
    Ellos le dijeron, «Si, Señor.»

    009:029 Entonces Él tocó sus ojos, diciendo, «Que se cumpla en
    ustedes, de acuerdo a su fe.»
    009:030 Sus ojos se abrieron. Jesús les indicó estrictamente, «Cuiden
    que nadie sepa sobre esto.»
    009:031 Pero ellos salieron y difundieron su fama en toda la región.

    009:032 Cuando se iban, ocurrió, que un hombre mudo que estaba poseído
    por un demonio le fue llevado.
    009:033 Cuando el demonio fue expulsado, el mudo pudo hablar. La
    multitud maravillada, decía, «¡Nunca antes había sido visto en
    Israel algo como esto!»

    009:034 Pero los fariseos decían, «Por el príncipe de los demonios, Él
    expulsa demonios.»

    009:035 Jesús fue por todas las ciudades y villas, enseñando en sus
    sinagogas, predicando la Buena Nueva del Reino, y sanando todo
    sufrimiento y toda enfermedad entre la gente.
    009:036 Pero cuando vio las multitudes, fue movido por la compasión
    hacia ellos, porque estaban cansados y se dispersaban como
    ovejas sin un pastor.
    009:037 Entonces le dijo a los discípulos, «De hecho la cosecha es
    abundante, pero los trabajadores son pocos.
    009:038 Por esto recen al Señor de la cosecha para que envíe
    trabajadores.»

    10

    010:001 Llamó[75] a sus doce discípulos, y les dio autoridad sobre los
    espíritus impuros, para expulsarlos, y para sanar todo
    sufrimiento y toda enfermedad.
    010:002 Los nombres de los doce apóstoles son estos. El primero,
    Simón, quien es llamado Pedro; Andrés, su hermano; Santiago el
    hijo de Zebedeo, Juan su hermano;
    010:003 Felipe; Bartolome; Tomás; Mateo el recolector de impuestos;
    Santiago el hijo de Alfeo; y Lebeo quien era llamado
    Tadeo[76];
    010:004 Simón el cananita[77]; y Judas Iscariote, quien también[78] lo
    traicionó.

    010:005 Jesús envió a estos doce, y les encargó, «No vayan entre los
    gentiles, y no entren en ninguna ciudad de samaritanos.
    010:006 En cambio, vayan a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
    010:007 Mientras van, prediquen, `¡El Reino de Dios está a mano!´
    010:008 Sanen los enfermos, limpien a los leprosos, [79] y expulsen
    demonios. Recibieron gratuitamente, así que den gratuitamente.
    010:009 No lleven[80] oro, ni plata, ni bronce en sus monederos.
    010:010 No lleven bolsa para su viaje, ni dos vestidos, ni zapatos, ni
    bastón: pues el trabajador merece su comida.
    010:011 En cualquier ciudad o pueblo que entren, encuentren a[ 81]
    quien se lo merece, y quédense allí hasta que se vayan.
    010:012 Cuando entre a una[82] casa, den un saludo de paz[83].
    010:013 Si la familia lo merece que su paz vaya a la casa; pero si no
    lo merece que su paz regrese a ustedes.
    010:014 Si alguien no los recibe, ni escucha sus palabras, mientras
    salen de la casa o de la ciudad, sacudan el polvo de sus pies.
    010:015 Con seguridad les digo, será más tolerable para la tierra de
    Sodoma y Gomorra en el día del juicio que para esa ciudad.

    010:016 «Observen, los envío como ovejas en medio de lobos. Entonces
    sean astutos como serpientes, e indefensos como palomas.
    010:017 Pero cuídense de los hombres: pues los enviarán a consejos, y
    en sus sinagogas los castigarán.
    010:018 Si, y serán llevados ante gobernadores y reyes por mi causa,
    para dar testimonio ante ellos y a las naciones[84].
    010:019 Pero cuando los entreguen, no estén ansiosos sobre como o que
    dirán, pues en esa hora les será dado lo que dirán.
    010:020 Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su
    Padre quien hablará en ustedes.

    010:021 «Un hermano enviará a su hermano a la muerte, y el padre a su
    hijo. Los hijos se levantarán contra sus padres, y por causa
    de ellos serán condenados a muerte[85].
    010:022 Serán odiados por todos los hombre por causa de mi nombre,
    pero aquel que persista hasta el final será salvado[86].
    010:023 Y cuando los persigan en esta ciudad, huyan a la siguiente,
    pues con seguridad les digo, ustedes no habrán ido por todas
    las ciudades de Israel, hasta que el Hijo del Hombre haya
    venido.

    010:024 «Un discípulo no está sobre su maestro, ni un siervo sobre su
    señor.
    010:025 Es suficiente para el discípulo ser como su maestro, y para el
    siervo ser como su señor. Si ellos han llamado al maestro de
    la casa Beelzebú, ¡cuanto más los de su familia!
    010:026 Entonces no les teman, pues no hay nada encubierto que no sea
    revelado, ni nada escondido que no sea conocido.
    010:027 Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; y lo que
    escuchan susurrado al oído, proclámenlo desde los techos de
    las casas.
    010:028 No teman a aquellos que matan el cuerpo, y que no pueden matar
    el alma. Por el contrario, teman a quien es capaz de destruir
    tanto el alma como el cuerpo en el infierno.

    010:029 «¿No son vendidos dos pájaros por un asarión[87]? ¿Y si alguno
    cae a tierra, no es acaso a voluntad del Padre?
    010:030 pero cada uno de los cabellos de sus cabezas está contado.
    010:031 Por eso no se preocupen. Ustedes son de más valor que muchos
    pájaros.
    010:032 Entonces a todo aquel que me reconozca[88] ante los hombre, a
    él también yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el
    cielo.
    010:033 Pero a cualquiera que me niegue frente a los hombre, a él
    también lo negaré ante mi Padre que está en el cielo.

    010:034 «No piensen que he venido a traer calma[89] sobre la tierra.
    No vine a traer calma, sino una espada[90].
    010:035 Pues he venido a poner un hombre en disputa contra[91] su
    padre, y a la hija contra su madre, y a la nuera contra la
    suegra.
    010:036 Los enemigos de un hombre serán aquellos de su propia familia.
    010:037 Aquel que ame a padre o madre más que a mí no es digno de
    mí[92]; y aquel que ame a hijo o hija más que a mí, no es
    digno de mí.
    010:038 Aquel que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí.
    010:039 Aquel que encuentre su vida[93] la perderá; y aquel que pierda
    su vida por mi causa la encontrará.
    010:040 Aquel que los reciba me recibe, y aquel que me recibe a mi
    recibe al que me envió.
    010:041 Aquel que recibe a un profeta porque es un profeta[94],
    recibirá la recompensa del profeta; y aquel que recibe a un
    hombre justo[95] porque es justo, recibirá la recompensa de un
    hombre justo.
    010:042 Aquel que le da a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua
    fría para beber por ser un discípulo mio[96], con seguridad
    les digo que de ninguna forma perderá su recompensa.»

    11

    011:001 Ocurrió que cuando Jesús había terminado de dar indicaciones a
    sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en
    las ciudades.
    011:002 Cuando Juan escuchó en prisión de las obras de Cristo, envió a
    dos de sus discípulos
    011:003 a decirle, «¿Eres tu el que viene, o debemos buscar[97]
    otro?»

    011:004 Jesús les contestó, «Vayan y díganle a Juan las cosas que
    escuchan y ven:
    011:005 los ciegos reciben su vista, los minusválidos caminan, los
    leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son
    resucitados, y la buena nueva es predicada a los pobres[98].
    011:006 Bendito aquel que no encuentra ocasión para dudar de mi[99].

    011:007 Mientras se iban por su camino, Jesús comenzó a hablarles a
    las multitudes sobre Juan «¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una
    caña movida por el viento?
    011:008 ¿Pero qué fueron a ver? ¿Un hombre en suaves vestidos?
    Observen, que quienes visten vestidos suaves están en las
    casas de los reyes.
    011:009 ¿Pero que fueron a ver? ¿A ver un profeta? Si, y les digo,
    mucho más que un profeta.
    011:010 Porque este es aquel de quien está escrito, `Observa, envió mi
    mensajero antes de tu gracia, quien preparará[100] el camino
    antes de ti.´
    011:011 Con seguridad les digo, entre aquellos que han nacido de mujer
    no ha aparecido alguien más grande que Juan el Bautista; y aún
    así el que es menos en el Reino de Dios es más grande que él.
    011:012 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de
    Dios sufre violencia, y los violentos lo toman a la
    fuerza[101].
    011:013 Pues todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.
    011:014 Si ustedes desean recibirlo, este es Elías, quien está por
    venir.
    011:015 Quien tenga oídos para escuchar, que escuche.

    011:016 «Pero ¿con qué compararé a esta generación? Es como niños que
    se sientan en la plaza, llaman a sus compañeros
    011:017 y dicen, `Tocamos la flauta para ustedes, y ustedes no
    bailaron. Lloramos por ustedes, y ustedes no se
    lamentaron[102].´
    011:018 Pues Juan vino sin comer ni beber y ellos dijeron, `Tiene un
    demonio.´
    011:019 El Hijo del Hombre vino comiendo y bebiendo y ellos dijeron,
    `¡Observen, un glotón y bebedor, un amigo de los recolectores
    de impuestos y de los pecadores!´ Pero la sabiduría se
    reconoce por sus obras[103].»

    011:020 Entonces comenzó a denunciar a las ciudades en las que había
    hecho la mayoría de sus obras poderosas, porque no se
    arrepentían.
    011:021 «¡Pobre de ti, Corazín![104] ¡Pobre de ti, Betsaida! Pues si
    las obras poderosas que se han hecho en ustedes se hubieran
    hecho en Tiro y Sidón, la gente[105] se habría arrepentido
    hacia tiempo en camisas de penitencia y cenizas.
    011:022 Pero les digo, será más tolerable para Tiro y Sidón en el día
    del juicio que para ustedes.
    011:023 Tu, Capernaum, que eres exaltada hasta el cielo, bajarás al
    infierno. Pues si las poderosas obras que se han hecho en ti
    se hubieran hecho en Sodoma, habría permanecido hasta estos
    días.
    011:024 Pero les digo que será más tolerable para la tierra de Sodoma
    en el día del juicio que para ustedes.»

    011:025 En ese momento, Jesús dijo, «Te agradezco, Padre, Señor del
    cielo y la tierra, que escondes estas cosas al sabio y al
    entendido, y las revelas a los niños[106].
    011:026 Si, Padre, pues así fue agradable a tu vista.
    011:027 Todo me ha sido enviado por mi Padre. Nadie conoce al Hijo,
    excepto el Padre, y nadie conoce al Padre, excepto el Hijo, y
    aquel a quien el Hijo desea revelárselo.

    011:028 «Vengan a mi, todos ustedes que trabajan y llevan pesadas
    cargas, y les daré descanso.
    011:029 Tomen mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mi, pues yo soy
    tranquilo y humilde de corazón; y ustedes encontrarán descanso
    para sus almas.
    011:030 Pues mi yugo es fácil[107], y mi carga es liviana.»

    12

    012:001 En ese tiempo, Jesús fue el día sabático por los campos de
    granos. Sus discípulos estaban hambrientos y comenzaron a
    arrancar granos y a comer.
    012:002 Pero cuando los fariseos los vieron, le dijeron, « Observa,
    tus discípulos hacen algo que no es permitido hacer en el día
    sabático.»

    012:003 Pero Él les dijo, «No han leído sobre lo que David hizo cuando
    él y sus acompañantes tenían hambre;
    012:004 como entró a la casa de Dios y comió del pan sagrado el cual
    no le era permitido comer ni tampoco a los que estaban con él,
    era solo para los sacerdotes.
    012:005 O no han leído en la ley que en el día sabático los sacerdotes
    en el templo ignoran[108] el día sabático, ¿acaso no tienen
    culpa?
    012:006 Pero les digo que uno más grande que el templo está aquí.
    012:007 Pero si ustedes hubieran sabido lo que esto significa, `quiero
    compasión y no sacrificio´ no habrían condenado al inocente.
    012:008 Pues el Hijo del Hombre es Señor del día sabático.»

    012:009 Él se marchó de allí, y entró a la sinagoga.
    012:010 Ocurrió que allí había un hombre con la mano tullida. Ellos le
    preguntaron, «¿Es legal sanar en el día sabático?» Para así
    poder acusarlo.

    012:011 Él les dijo, «¿Qué hombre hay entre ustedes que si tiene una
    oveja y esta se cae en un hoyo el día sabático no se aferra a
    ella y la saca de allí?
    012:012 ¡Que tanto más valor tiene un hombre que una oveja! Por tal
    razón es legal hacer el bien en el día sabático.»
    012:013 Entonces le dijo al hombre, «Estira tu mano.» El estiró la
    mano; y esta quedó restaurada completamente tal como la otra
    mano.
    012:014 Pero los fariseo salieron y conspiraron en contra de Jesús
    para ver como lo podrían destruir.
    012:015 Jesús, percibiéndolo, se alejo de allí. Grandes multitudes lo
    siguieron; y Él los sanó a todos,
    012:016 y les encargo que no debían darlo a conocer:
    012:017 para que se cumpliera lo que fue dicho por Isaías el profeta,

    012:018 «Observen, mi siervo al cual he escogido; Mi amado en quien mi
    alma está bien complacida: Pondré mi Espíritu en Él. Él
    proclamará la justicia a las naciones[109].
    012:019 Él no discutirá, ni gritará; Ni nadie escuchará su voz en las
    calles.
    012:020 Él no cortará una caña maltrecha. Él no extinguirá una mecha
    que humea[110], Hasta que lleve la justicia a la victoria.
    012:021 En su nombre, las naciones tendrán esperanza.»
    012:022 Entonces un poseído por un demonio, ciego y mudo, le fue
    llevado y Él lo sanó, así que el ciego y mudo, habló y vio.
    012:023 Todas la multitudes estaban maravilladas, y dijeron, «¿Puede
    ser este el hijo de David?»
    012:024 Pero cuando los fariseos lo escucharon, dijeron, «Este hombre
    no expulsa demonios, excepto por Beelzebú, el príncipe de los
    demonios.»

    012:025 Conociendo sus pensamientos, Jesús les dijo, «Todo reino
    dividido en si mismo es llevado a la desolación, y toda ciudad
    o casa dividida en si misma no se mantendrá.
    012:026 Si Satanás expulsara a Satanás, el está dividido contra si
    mismo. ¿Cómo entonces se mantendrá su reino?
    012:027 ¿Si yo expulsara demonios por Beelzebú, sus hijos[111]por
    quien los expulsan? Pues ellos serán sus jueces[112].
    012:028 Pero si yo por el Espíritu de Dios expulso demonios, entonces
    el Reino de Dios ha llegado sobre ustedes[113].
    012:029 ¿O cómo puede alguien entrar en la casa de un hombre fuerte, y
    robar sus bienes, a menos que primero ate al hombre fuerte?
    Entonces podrá robar su casa.

    012:030 «Aquel que no está conmigo está contra mi, y el que no
    recolecta conmigo, dispersa.
    012:031 Por eso les digo, todo pecado y blasfemia será perdonado a los
    hombres, pero las blasfemias contra el Espíritu no les serán
    perdonadas a los hombres.
    012:032 A cualquiera que hable una palabra en contra del Hijo del
    Hombre, le será perdonado; pero a quien hable contra el
    Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en esta época[114],
    ni en la que está por venir.

    012:033 «O bien hacen el árbol bueno y su fruto es bueno, o hacen el
    árbol corrupto, y su fruto es corrupto; pues el árbol se
    conoce por sus frutos.
    012:034 Ustedes nido de víboras, ¿cómo pueden siendo malos, hablar
    cosas buenas? Pues la boca habla de lo que abunda en el
    corazón.
    012:035 El hombre bueno de su buen tesoro saca cosas buenas, y el
    hombre malo de su tesoro malo [115] saca cosas malas.
    012:036 Les digo que de toda palabra inútil que los hombres digan, por
    ella darán cuenta en el día del juicio.
    012:037 Pues por tus palabras serás justificado, y por tus palabras
    serás condenado.»

    012:038 Entonces cierto de los escribas y los fariseos dijeron,
    «Maestro, queremos ver una señal de ti.»

    012:039 Pero Él les contestó, «Una generación mala y adultera busca
    una señal, pero ninguna señal será dada solo la de Jonás el
    profeta.
    012:040 Pues así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el
    estomago de una ballena, así estará el Hijo del Hombre tres
    días y tres noches en el corazón de la tierra.
    012:041 Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta
    generación, y la condenarán, pues ellos se arrepintieron con
    la prédica de Jonás; y alguien más grande que Juan esta aquí.
    012:042 La reina del sur se levantará en el juicio con esta generación
    y la condenará, pues vino del final de la tierra para escuchar
    la sabiduría de Salomón y alguien más grande que Salomón está
    aquí.
    012:043 Pero el espíritu impuro cuando sale del hombre pasa por
    lugares sin agua buscando descanso sin hallarlo.
    012:044 Entonces dice, `Regresaré a mi casa de donde salí,´ y cuando
    regresa la encuentra desocupada, barrida y puesta en orden.
    012:045 Entonces se va y toma siete espíritus más malos que él y
    entran y habitan allí. El último estado del hombre es peor que
    el primero. También será así para esa generación mala.»

    012:046 Mientras hablaba a la multitud su madre y sus hermanos estaban
    afuera buscando hablar con Él.
    012:047 Uno le dijo a Él, «Tu madre y tus hermanos están afuera
    buscando hablar contigo.»

    012:048 Pero Él le contestó al que le hablaba, «¿Quién es mi madre? ¿
    Quiénes son mis hermanos?»
    012:049 Estiró sus mano hacia sus discípulos, y dijo, «¡Observen, mi
    madre y mis hermanos!
    012:050 Pues cualquiera que haga la voluntad de mi Padre que está en
    el cielo, es mi hermano, mi hermana y madre.»

    13

    013:001 En ese día Jesús salió de la casa, y se sentó a la orilla del
    lago.
    013:002 Grandes multitudes se reunieron con Él, así que Jesús entró en
    un bote, y se sentó y la multitud se quedó en la playa.
    013:003 Les habló muchas cosas en parábolas, diciendo, «Observen, un
    campesino salió a sembrar.
    013:004 Mientras sembraba, algunas semillas cayeron a la carretera, y
    los pájaros vinieron y las devoraron.
    013:005 Otras cayeron en tierra pedregosa, donde no tenían mucha
    tierra, y de inmediato crecieron, porque no tenían profundidad
    en la tierra.
    013:006 Cuando el sol subió, se quemaron. Como no tenían raíz, se
    secaron.
    013:007 Otras cayeron entre espinas. Las espinas crecieron y las
    detuvieron;
    013:008 y otras cayeron sobre tierra buena, y dieron fruto: algunas
    cien veces, algunas sesenta y otras treinta.
    013:009 Aquel que tenga oídos para escuchar, que escuche.»

    013:010 Los discípulos fueron, y le dijeron, «¿Por qué les hablas en
    parábolas?»

    013:011 Él les contestó, «A ustedes les es dado conocer los misterios
    del Reino de Dios[116], pero no les es dado a ellos.
    013:012 Pues a quien tenga a él se le dará, y tendrá en abundancia,
    pero a quien no tenga, se le quitará lo que tenga.
    013:013 Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y
    escuchando no escuchan ni entienden.
    013:014 En ellos se cumple la profecía de Isaías, que dice,
    `Escuchando ustedes escucharán, Y de ninguna forma
    entenderán; Viendo ustedes verán, Y de ninguna forma
    percibirán[117]:
    013:015 Pues el corazón de esta gente ha crecido endurecido, De
    escuchar, sus oídos no entienden, Han cerrado sus ojos; O de
    lo contrario tal vez percibirían con sus ojos, Escucharían con
    sus oídos, Entenderían con sus corazones, Y de nuevo se
    darían vuelta; Y yo los sanaría.´[118]
    013:016 «Pero benditos son sus ojos[119] porque ven; y sus oídos
    porque escuchan.
    013:017 Pues con seguridad les digo que muchos profetas y hombres
    justos desearon ver las cosas que ustedes ven, y no las
    vieron; y escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo
    escucharon.

    013:018 «Escuchen entonces, la parábola del campesino.
    013:019 Cuando alguien escucha la palabra del Reino, y no la entiende,
    viene el maligno, y se lleva aquello que ha le ha sido
    mostrado en el corazón. Esta es la que fue sembrada en el
    camino.
    013:020 La que fue sembrada en el lugares pedregosos, es aquel que
    escucha la palabra, y de inmediato la recibe con alegría;
    013:021 pero no tiene raíz en él, aunque dura un poco. Cuando llegan
    la persecución y la opresión a causa de la palabra, de
    inmediato tropieza.
    013:022 La que fue sembrada entre las espinas, es aquel que escucha la
    palabra, pero las preocupaciones de esta época y la
    inclinación por las riquezas sofocan la palabra, y no permiten
    que de fruto.
    013:023 La que fue sembrada en tierra buena, es aquel que escucha la
    palabra y la entiende, en quien con seguridad crece y da
    fruto, algunos cien veces, algunos sesenta y algunos
    treinta.»

    013:024 Él les ofreció otra parábola, diciendo, «El Reino de Dios es
    como un hombre que sembró semilla buena en su campo,
    013:025 pero mientras la gente dormía, el enemigo llegó y sembró
    maleza también entre el trigo, y se fue.
    013:026 Pero cuando la espiga brotó y dio fruto, la maleza también
    apareció.
    013:027 Los siervos de la casa fueron y dijeron, `Señor, ¿no sembraste
    buena semilla en tu campo? ¿De donde vino esta maleza?´

    013:028 «El les dijo, `Un enemigo ha hecho esto.´
    «Los siervos le preguntaron, `¿Quieres que vayamos y la
    recojamos?´

    013:029 «Pero él dijo, `No, pues tal vez mientras recogen la maleza
    también sacan las raíces del trigo junto con esta.
    013:030 Dejen que ambas crezcan juntas hasta el tiempo de la
    recolección, en ese momento le diré a los recolectores,
    «Primero recojan la maleza, y átenla en montones para
    quemarla; pero recojan el trigo en mi granero.»´»

    013:031 Él les ofreció otra parábola, diciendo, «El Reino de Dios es
    como un grano de la semilla de mostaza, que un hombre tomó, y
    sembró en su campo;
    013:032 esta es de hecho más pequeña que todas las semillas. Pero
    cuando crece es más grande que las hierbas, y se convierte en
    árbol, así que los pájaros del aire viene y moran en sus
    ramas.»

    013:033 El les dijo otra parábola. «El Reino de Dios es como levadura,
    que una mujer toma y esconde en tres medidas[120]de harina,
    hasta que toda queda fermentada.»

    013:034 Jesús habló todas estas cosas en parábolas a las multitudes; y
    sin una parábola, Él no les hablaba,
    013:035 para que se cumpliera lo que fue dicho por intermedio del
    profeta:
    «Abriré mi boca en parábolas; Publicaré cosas escondidas desde
    la fundación del mundo.»
    013:036 Entonces Jesús envió de regreso a la multitudes, y se fue a la
    casa. Sus discípulos fueron donde Él, diciendo, «Explícanos la
    parábola de la maleza en el campo.»

    013:037 Él les contestó, «Quien siembra la buena semilla es el Hijo
    del Hombre,
    013:038 el campo es el mundo; y la buena semilla, son los hijos del
    Reino; y la maleza son los hijos del maligno.
    013:039 el enemigo que la sembró es el demonio. El tiempo de la
    colecta, es el final de esta época[121], y los recolectores
    son ángeles.
    013:040 Así como la maleza es recolectada y quemada con fuego; también
    será al final de esta época.
    013:041 El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y ellos recolectarán
    de su Reino todas las causas que hacen tropezar, y a aquellos
    que hacen injusticias,
    013:042 y los enviarán en el horno de fuego. Allí habrá llanto y
    rechinar de dientes.
    013:043 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su
    Padre. Aquel que tenga oídos para escuchar, que escuche.

    013:044 «De nuevo, el Reino de Dios es como un tesoro escondido en el
    campo que se encontró un hombre y lo escondió. Para su
    felicidad va y vende todo lo que tiene y compra ese terreno.

    013:045 «De nuevo, el Reino de Dios es como un mercader buscando finas
    piedras,
    013:046 el cual habiendo encontrado una fina perla de gran precio se
    fue y vendió todo lo que tenía para comprarla.

    013:047 «De nuevo les digo, el Reino de Dios es como una red que fue
    lanzada al mar y recogió pescados de todos los tipos,
    013:048 cuando estaba llena la jalaron a la playa. Se sientan a
    recoger los buenos en contenedores pero los malos los arrojan.
    013:049 Así será al final del mundo. Los ángeles vendrán y separarán
    los malvados de los correctos,
    013:050 y los malos serán arrojados al horno de fuego. Allí habrá
    llanto y rechinar de dientes.»
    013:051 Jesús les dijo, «¿Han entendido todas estas cosas?»
    Le contestaron, «Si, Señor.»

    013:052 Él les dijo, «Por lo tanto cada escriba que ha sido hecho
    discípulo del Reino de Dios es como un dueño de casa, el cual
    saca de sus tesoros cosas nuevas y viejas.»

    013:053 Sucedió que cuando Jesús había terminado estas parábolas se
    fue de allí.
    013:054 En su propia tierra enseñó en la sinagoga, la gente estaba
    asombrada y decía, «¿De donde saco este hombre esa sabiduría,
    y estas maravillosas obras?
    013:055 ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre
    María, sus hermanos[122] Santiago, José, Simón y Judas?
    013:056 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde saco este
    hombre todas estas cosas?»
    013:057 Se ofendieron por causa de Él.
    Pero Jesús les dijo, «Un profeta es honrado en todas partes
    excepto en su propia tierra y en su propia casa.»
    013:058 No hizo muchos milagros allí por su incredulidad.

    14

    014:001 En ese tiempo, Herodes el tetrarca escuchó las noticias sobre
    Jesús,
    014:002 y les dijo a sus siervos, «Este es Juan el Bautista. Ha
    resucitado de la muerte. Por esto estos poderes obran en Él.»
    014:003 Pues Herodes había apresado a Juan, lo había atado y lo había
    puesto en prisión por causa de Herodías, la esposa de su
    hermano Felipe.
    014:004 Porque Juan le había dicho, «No es legal que sea tu
    esposa[123].»
    014:005 Aunque lo hubiera hecho matar, temía a la multitud porque lo
    contaban como un profeta.
    014:006 Pero cuando llego el cumpleaños de Herodes, la hija de
    Herodías bailó entre ellos y agradó a Herodes.
    014:007 Por lo cual él prometió bajo juramento darle cualquier cosa
    que pidiera.
    014:008 Ella, instigada por su madre, dijo, «Traeme aquí sobre una
    bandeja la cabeza de Juan el Bautista.»

    014:009 El rey estaba apenado, pero por causa de su juramento y de
    aquellos que se sentaban a la mesa con él, ordenó que le fuera
    concedido,
    014:010 y envió y decapitó a Juan en la prisión.
    014:011 Su cabeza fue traída en una bandeja, y entregada a la joven; y
    ella la entregó a su madre.
    014:012 Sus discípulos fueron, tomaron el cuerpo y lo incineraron;
    después fueron y le contaron a Jesús.
    014:013 Cuando Jesús escuchó esto, se alejó de allí en un bote, a un
    lugar desierto y apartado. Cuando las multitudes lo
    escucharon, lo siguieron a pie desde las ciudades.

    014:014 Jesús salió, y vio a la gran multitud. Tuvo compasión de
    ellos, y sanó sus enfermedades.
    014:015 Cuando la noche había llegado, sus discípulos fueron a Él y
    dijeron, «Este lugar esta desierto, y ya es tarde. Envía de
    regreso a las multitudes para que puedan ir a los pueblos, y
    para que puedan comprarse comida.»

    014:016 Pero Jesús les dijo, «No necesitan irse. Ustedes denles algo
    de comer.»

    014:017 Ellos le dijeron, «Sólo tenemos aquí cinco tajadas de pan y
    dos pescados.»

    014:018 Él dijo, «Traigánmelos.»
    014:019 Ordenó a las multitudes sentarse sobre el pasto, y tomó las
    cinco tajadas de pan y los dos pescado, y mirando al cielo,
    las bendijo, las partió y dio las tajadas a las discípulos, y
    los discípulos las dieron a las multitudes.
    014:020 Todos comieron, y se llenaron. Recogieron doce canastos llenos
    de los pedazos que quedaron.
    014:021 Quienes comieron era más de cinco mil hombres, además de
    mujeres y niños.

    014:022 De inmediato Jesús hizo que los discípulos entraran al bote, y
    que se adelantarán al otro lado, mientras Él enviaba de
    regreso a las multitudes.
    014:023 Después de haber enviado de regreso a las multitudes, subió a
    la montaña a rezar. Cuando llegó la noche, Él estaba sólo.
    014:024 El bote estaba en medio del lago, oprimido por las olas, pues
    el viento era contrario.
    014:025 en la cuarta vigilia de la noche,[124] Jesús fue a ellos,
    caminando sobre el lago.
    014:026 Cuando los discípulos lo vieron caminando sobre el lago, se
    angustiaron, diciendo, «¡Es un fantasma!» y gritaban de miedo.
    014:027 Pero de inmediato Jesús les habló, «¡Anímense! ¡SOY YO![125]
    No se asusten. »

    014:028 Pedro le contestó, «Señor, si eres tu, ordéname ir donde estás
    sobre las aguas.»

    014:029 Jesús le dijo, «¡Ven!»
    Pedro salió del bote, y caminó sobre las aguas para ir donde
    Jesús.
    014:030 Pero cuando vio que el viento era fuerte, tuvo miedo, y
    comenzó a hundirse y dijo, «¡Señor, sálvame!»

    014:031 De inmediato Jesús estiró su mano y lo tomó, diciendo, «Tu,
    hombre de poca de fe, ¿Porque dudaste?»
    014:032 Cuando subieron al bote, el viento cesó.
    014:033 Los que estaban en el bote fueron y lo alabaron, diciendo,
    «¡Tu eres verdaderamente el Hijo de Dios!»

    014:034 Cuando habían cruzado, llegaron a la tierra de Genesaret.
    014:035 Cuando los hombres del lugar lo reconocieron, lo dijeron en
    todas las regiones de los alrededores, le trajeron a todos los
    que estaban enfermos,
    014:036 y le rogaban que les permitiera siquiera tocar el borde de su
    vestido. Pues quienes lo tocaban eran sanados.

    15

    015:001 Entonces los fariseos y los escribas fueron donde Jesús desde
    Jerusalén, diciendo,
    015:002 «¿Por qué tus discípulos desobedecen la tradición de los
    mayores? Pues ellos no lavan sus manos cuando comen pan.»

    015:003 Él les contestó, «¿Por qué ustedes desobedecen los
    mandamientos de Dios a causa de su tradición?
    015:004 Pues Dios ordenó, `Honren a su padre y a su madre,´ y `Aquel
    que hable mal de su padre o madre, que sea ejecutado.´
    015:005 Pero ustedes dicen, `Cualquier puede decirle a su padre o a su
    madre «Cualquier ayuda que de otro modo pudieras haber
    recibido de mi es un regalo ofrecido a Dios[126],»
    015:006 y entonces no honrará a su padre o madre[127].´ Han anulado
    los mandamientos de Dios a causa de su tradición.
    015:007 ¡Ustedes hipócritas! Bien hizo Isaías profecía sobre ustedes,
    al decir,

    015:008 `Esta gente se acerca a mí con su boca[128], y me honra con
    sus labios; Pero su corazón está lejos de mí.
    015:009 Y en vano me alaban, mientras[129] enseñan como doctrinas
    reglas hechas por hombres.´»
    015:010 Agrupó a la multitud, y dijo, «Escuchen y entiendan.
    015:011 No es aquello que entra en la boca lo que hace impuro al
    hombre; sino lo que procede de la boca, eso es lo que hace
    impuro al hombre.»

    015:012 Entonces los discípulos vinieron, y le dijeron, «¿Sabes que
    los fariseos se ofendieron, cuando escucharon lo que decías?»

    015:013 Pero Él contestó, «Toda planta que mi Padre celestial no
    plantó sera sacada de raíz.
    015:014 Déjenlos. Son guías ciegos de los ciegos. Si el ciego guia al
    ciego, ambos caerán en un hoyo.»

    015:015 Pedro le contestó, «Explícanos[130] la parábola.»

    015:016 Jesús entonces dijo, «¿Tampoco entienden aún?
    015:017 ¿No entienden que cualquier cosa que entre a la boca pasa al
    estomago y entonces fuera del cuerpo?
    015:018 Pero las cosas que proceden de la boca, vienen del corazón, y
    hacen impuro al hombre.
    015:019 Pues del corazón salen malos pensamientos, muerte, adulterio,
    pecados sexuales, robo, falsos testimonios y blasfemias.
    015:020 Estas son las cosas que hacen impuro al hombre; pero comer con
    manos sin lavar no hace impuro al hombre.»

    015:021 Jesús salió de allí, y se dirigió a la región de Tiro y
    Sidón.
    015:022 Una mujer cananea llego de aquellas fronteras, llorando y
    diciendo, «¡Ten piedad de mi, Señor, tu hijo de David! ¡Mi
    hija está severamente endemoniada!»

    015:023 Pero Él no le contestó ni una palabra.
    Sus discípulos vinieron y le rogaron, diciendo, «Envíala de
    regreso [131]; pues ella llora detrás de nosotros.»

    015:024 Pero Él contestó, «No fui enviado a otros más que a las ovejas
    perdidas de la casa de Israel.»

    015:025 Pero ella fue y lo alabó diciendo, «Señor, ayúdame.»

    015:026 Pero Él le contestó, «No es apropiado tomar el pan de los
    niños y tirarlo a los perros.»

    015:027 Pero ella dijo, «Si, Señor, pero aún los perros comen los
    pedazos que caen de la mesa de su señor.»

    015:028 Entonces Jesús le contestó, «¡Mujer, grande es tu fe! Que se
    cumpla tal como has deseado.» Y su hija fue sanada desde esa
    hora.

    015:029 Jesús partió de allí, y llegó cerca del lago de Galilea; y
    subió a la montaña y se sentó allí.
    015:030 Grandes multitudes fueron donde Él, llevando con ellos los
    inválidos, ciegos, sordos, impedidos y muchos otros, y los
    pusieron a sus pies. Y Él los sanó,
    015:031 así que la multitud se maravilló cuando vio a los mudos
    hablando, a los heridos completos, a los impedidos caminando,
    a los ciegos viendo y dieron gloria al Dios de Israel.

    015:032 Jesús reunió a sus discípulos y les dijo, «Tengo compasión por
    la multitud, pues han continuado conmigo por tres días y no
    tienen nada para comer. No quiero enviarlos de regreso en
    ayunas, o ellos podrían debilitarse en el camino.»

    015:033 Los discípulos le dijeron, «¿Donde conseguiríamos tanto pan en
    un lugar desierto, como para satisfacer a tan grande
    multitud?»

    015:034 Jesús les dijo, «¿Cuántos panes tienen?»
    Ellos le dijeron, «Siete, y unos pocos pescados pequeños.»

    015:035 Él le ordenó a la multitud sentarse en el piso;
    015:036 y tomó los siete panes y el pescado. Dio gracias, lo partió, y
    lo entregó a los discípulos, y los discípulos a las
    multitudes.
    015:037 Todos comieron, y se llenaron. Reunieron siete canastos llenos
    de los pedazos que quedaron.
    015:038 Quienes comieron eran más de cuatro mil, además de mujeres y
    niños.
    015:039 Entonces Él envió de regreso a la multitud, subió al bote y
    fue a los bordes de Magadán.

    16

    016:001 Los fariseos y los saduceos vinieron y lo probaron diciéndole
    que les mostrara una señal del cielo.
    016:002 Pero Él les contestó, «Cuando es el atardecer ustedes dicen,
    `El clima será justo[132], pues el cielo está rojo.´
    016:003 En la mañana, `Hará mal tiempo[133] hoy, pues el cielo está
    rojo y amenazante[134].´ ¡Hipócritas! ¡Saben como discernir la
    apariencia del cielo pero no pueden discernir las señales de
    los tiempos!
    016:004 Una generación malvada y adúltera busca una señal, no le será
    dada ninguna señal excepto la del profeta Jonás.»
    Él los dejó y se fue.
    016:005 Los discípulos llegaron al otro lado y habían olvidado llevar
    pan.
    016:006 Jesús les dijo, «Tengan cuidado con la levadura de los
    fariseos y de los saduceos.»

    016:007 Ellos razonaron entre si diciendo, «No trajimos pan[135].»

    016:008 Jesús percibiéndolo dijo, «¿Por qué razonan entre ustedes,
    hombres de poca fe, que es[136] porque no han traído pan?
    016:009 ¿No perciben aún, ni se acuerdan de los cinco panes para los
    cinco mil ni cuantas canastas recogieron?
    016:010 ¿Ni de los siete panes para los cuatro mil ni cuantas canastas
    recogieron?
    016:011 ¿Cómo es que ustedes no perciben que no les hablé sobre pan?
    Tengan cuidado con la levadura de los fariseos y los
    saduceos.»

    016:012 Entonces ellos entendieron que Él no les había dicho que
    tuvieran cuidado de la levadura del pan sino de la enseñanza
    de los fariseos y los saduceos.
    016:013 Cuando Jesús entró a las región de Cesarea de Filipo les
    preguntó a sus discípulos, «¿Quién dicen los hombres que soy
    yo, el Hijo del Hombre[137]?»

    016:014 Ellos dijeron, «Algunos dicen Juan el Bautista, algunos Elías
    y otros que Jeremías o alguno de los profetas.»

    016:015 Él les dijo, «¿Pero quién dicen ustedes que soy yo?»

    016:016 Simón Pedro respondió, «Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios
    viviente.»

    016:017 Jesús le contestó, «Bendecido eres tu, Simón hijo de Jonás
    pues carne y sangre no te han revelado esto[138], sino mi
    Padre que está en el cielo.
    016:018 También te digo que tu eres Pedro[139] y sobre esta
    piedra[140]construiré mi iglesia y ni siquiera el poder del
    mal podrá en contra de ella[141].
    016:019 Yo te daré las llaves del Reino de los cielos, y todo lo que
    sea unido en la tierra estará unido en el cielo; y todo lo que
    liberes en la tierra será liberado en el cielo.»
    016:020 Entonces le dijo a los discípulos que no le dijeran a nadie
    que Él era Jesús el Cristo.
    016:021 Desde ese momento Jesús le empezó a mostrar a sus discípulos
    que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de los
    ancianos, jefe de los sacerdotes y los escribas, y sería
    asesinado y al tercer día resucitaría.

    016:022 Pedro lo apartó y comenzó a reprenderlo diciendo, «¡Lejos este
    eso de ti Señor! Esto nunca te pasará a ti.»

    016:023 Pero él se volteó y le dijo a Pedro, «¡Aléjate de mi Satanás!
    Tu me puedes hacer caer pues no tienes tu mente en las cosas
    de Dios sino en cosas de hombres.»
    016:024 Entonces Jesús le dijo a sus discípulos, «Si alguien desea
    seguirme que se niegue a si mismo, tome su cruz y me siga.
    016:025 Pues quien quiera salvar su vida la perderá y quien pierda su
    vida por mi la ganará.
    016:026 ¿Qué beneficio tendrá un hombre si gana el mundo entero y
    pierde la vida? ¿O que dará el hombre a cambio de su vida?
    016:027 Pues el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con
    sus ángeles, y entonces dará recompensa a cada persona de
    acuerdo a sus actos. 28 Yo les aseguro, que algunos de los que
    están aquí no morirán hasta ver al Hijo del Hombre en su
    Reino.»

    17

    017:001 Después de seis días, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y
    su hermano Juan y los llevo a una montaña alta.
    017:002 Ante ellos se transfiguró. Su rostro brilló como el sol, y su
    vestido se hizo tan blanco como la luz.
    017:003 Entonces, Moisés y Elías se les aparecieron hablando con Él.

    017:004 Pedro le dijo a Jesús, «Señor, es bueno que estemos aquí. Si
    quieres, hagamos tres tiendas aquí: una para ti, una para
    Moisés y una para Elías.»

    017:005 Mientras aún hablaba, ocurrió, que una nube brillante los
    cubrió con su sombra. Y una voz salió de la nube, diciendo,
    «Este es mi Hijo amado, en quien estoy bien complacido.
    Escúchenlo.»

    017:006 Cuando los discípulos oyeron esto, cayeron sobre sus rostros,
    y se asustaron mucho.
    017:007 Jesús vino, los tocó y dijo, «Levántense, y no tengan miedo.»
    017:008 Levantando sus ojos, no vieron a nadie, excepto a Jesús sólo.
    017:009 Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó, «No le digan
    a nadie lo que vieron[142], hasta que el Hijo del Hombre haya
    resucitado de la muerte.»

    017:010 Sus discípulos le preguntaron, «¿Entonces por qué los escribas
    dicen que Elías debe venir primero?»

    017:011 Jesús les contestó, «Elías de hecho viene primero, y restaura
    todas las cosas[143],
    017:012 pero les digo que Elías ya vino, y ellos no lo reconocieron,
    sino que hicieron con él lo que quisieron. Así también sufrirá
    por causa de ellos el Hijo del Hombre.»
    017:013 Entonces los discípulos entendieron que Él les hablaba de Juan
    Bautista.

    017:014 Cuando fueron donde la multitud, un hombre fue a Él,
    arrodillándose y diciendo,
    017:015 «Señor, ten piedad de mi hijo, pues es epiléptico[144], y
    sufre dolorosamente; porque a menudo cae al fuego, y a veces
    al agua.
    017:016 Así que lo he traído a tus discípulos, pero ellos no pudieron
    curarlo.»

    017:017 Jesús le contestó, «!Generación perversa y sin fe! ¿Cuánto
    tiempo estaré con ustedes? ¿Cuanto tiempo los soportaré?
    Traíganmelo aquí. »
    017:018 Jesús lo reprendió, el demonio salió del él, y el niño fue
    curado desde ese momento.

    017:019 Entonces los discípulos fueron donde Jesús en privado, y le
    dijeron, «¿Por qué no nos fue posible expulsarlo?»

    017:020 Él les dijo, «Porque ustedes no creen. Pues con seguridad les
    digo, si tienen tanta fe como una semilla de mostaza, le dirán
    a esta montaña, `Muévete de aquí a allí,´ y se moverá; y nada
    será imposible para ustedes[145].
    017:021 Pero esta clase no sale excepto con oración y ayuno[146].»

    017:022 Mientras se quedaban en Galilea, Jesús les dijo, «El Hijo del
    Hombre será entregado[147] a manos de los hombres,
    017:023 y lo matarán, y al tercer día Él resucitará.»
    Ellos se apenaron mucho.
    017:024 Cuando habían llegado a Capernaum, aquellos que recolectaban
    las monedas didracma[148] fueron donde Pedro y le dijeron,
    «¿Tu maestro no paga el didracma?»
    017:025 Él dijo, « Si.»
    Cuando llegó a la casa, Jesús se le anticipó, diciendo, «¿Qué
    piensas Simón? ¿De quienes reciben impuestos o tributos los
    reyes de la tierra? ¿De sus hijos[149], o de extraños?»

    017:026 Pedro le dijo, «De extraños.»
    Jesús le dijo, «Entonces los hijos están exentos.
    017:027 Pero para evitar que se ofendan[150], ve al mar, lanza un
    anzuelo, y toma el primer pescado que salga. Cuando hayas
    abierto su boca, encontrarás una moneda stater[151]. Tómalo, y
    entrégaselo a ellos por ti y por mí.»

    18

    018:001 En esa hora los discípulos llegaron donde Jesús diciendo,
    «¿Quién es entonces el más grande en el Reino de Dios?»

    018:002 Jesús llamó a un niño pequeño y lo puso en la mitad de ellos,
    018:003 y dijo, «Les aseguro, a no ser que cambien y sean como niños
    pequeños no entrarán al Reino de Dios.
    018:004 Así que quien se haga humilde como este niñito, será el más
    grande en el Reino de Dios.
    018:005 Él que reciba a un niño como este en mi nombre me recibe a mi,
    018:006 pero el que cause que uno de estos pequeños que cree en mi se
    equivoque, sería mejor para él que una gran piedra de molino
    le fuera colgada del cuello y se hundiera en las profundidades
    del mar.

    018:007 «¡Pobre el mundo por las ocasiones de equivocarse! Pues las
    ocasiones deben venir, pero ¡pobre la persona por la cual
    llega la ocasión!
    018:008 Si tu mano o tu pié te hacen equivocar córtatelo y apártalo de
    ti. Pues es mejor entrar a la vida manco o cojo que tener dos
    manos o dos pies y ser mandado al fuego eterno.
    018:009 Si tu ojo te hace equivocar, sácatelo y apártalo de ti. Es
    mejor para ti entrar a la vida con un ojo que teniendo dos
    ojos seas mandado a Gehena[152] de fuego.
    018:010 Observen no despreciar a uno de estos pequeños, pues les digo
    que en el cielo los ángeles de ellos ven el rostro de mi Padre
    que está en el cielo.
    018:011 Pues el Hijo del Hombre vino a salvar aquello que está
    perdido[153].

    018:012 «¿Qué piensan? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas
    se pierde, no deja las noventa y nueve, va a la montañas, y
    busca la que se ha perdido?
    018:013 Si la encuentra, con seguridad les digo, se alegra más que por
    las noventa y nueve que no se han perdido.
    018:014 Así mismo no es la voluntad de su Padre que está en el cielo
    que uno de estos pequeños perezca.

    018:015 «Si tu hermano peca en contra tuya, ve, muéstrale su falta
    estando a solas con él. Si te escucha, has ganado de vuelta a
    tu hermano.
    018:016 Pero si no te escucha, toma uno o dos más contigo, pues en la
    boca de dos o tres testigos toda palabra puede establecerse.
    018:017 Si se reusa a escucharlos, dilo a la congregación[154]. Si se
    reusa a escuchar a la asamblea, que sea para ti como un gentil
    o un recolector de impuestos.
    018:018 Con seguridad les digo, cualquier cosa que aten en la tierra,
    habrá sido atada en el cielo, y cualquier cosa que liberen en
    la tierra habrá sido liberada en el cielo.
    018:019 También, con seguridad les digo, que si dos de ustedes están
    de acuerdo sobre la tierra con respecto a algo que pidan, les
    será concedido por mi Padre que está en el cielo.
    018:020 Pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en
    medio de ellos.»

    018:021 Entonces Pedro llegó y le dijo, «Señor, ¿que tan a menudo debo
    perdonar a mi hermano cuando peca contra mí? ¿Hasta siete
    veces?»

    018:022 Jesús le dijo, «No te digo hasta siete veces, sino, hasta
    setenta veces siete[155].
    018:023 Porque el Reino de Dios es como cierto rey, que quería
    conciliar cuentas con sus servidores.
    018:024 Cuando había comenzado a conciliar, le fue llevado uno que le
    debía diez mil talentos[156]
    018:025 Pero como no pudo pagar, su señor ordenó que lo vendieran, con
    su esposa, sus hijos y todo lo que tenia en forma de pago.
    018:026 El siervo entonces cayó y se arrodillo ante él, diciendo,
    `¡Señor, ten paciencia conmigo, y yo te pagaré todo!´
    018:027 El señor de este siervo, siendo movido por la compasión, lo
    liberó y le perdonó la deuda.

    018:028 «Pero aquel siervo salió, y encontró un siervo colega, quien
    le debía cien denarios[157]lo atrapó tomándolo por el cuello y
    diciendo `¡Págame lo que me debes!´

    018:029 «Así que el siervo colega cayó a sus pies y le rogó, diciendo,
    `¡ Ten paciencia conmigo, y yo te pagaré!´
    018:030 Pero él no lo hizo, sino que fue y lo arrojó a prisión, hasta
    que le pagara lo que debía.
    018:031 Así que cuando otros siervos vieron lo que había hecho, se
    apenaron mucho, y fueron y le dijeron a su señor todo lo que
    había hecho.
    018:032 Entonces el señor lo llamó y le dijo, `¡Tu siervo malo! Te
    perdoné toda la deuda porque me rogaste.
    018:033 ¿No debiste haber tenido también piedad de tu colega, así como
    yo tuve piedad de ti?
    018:034 Su señor estaba enojado, y lo envió donde los torturadores,
    hasta que pagara todo lo que le debía.
    018:035 Así también les hará mi Padre celestial, si ustedes no
    perdonan a su hermano de corazón por sus faltas.»

    19

    019:001 Ocurrió cuando Jesús había terminado estas palabras que partió
    de Galilea y llego a las fronteras de Judea más allá[158] del
    Jordán.
    019:002 Grandes multitudes lo siguieron y Él los curó allí.
    019:003 Unos fariseos llegaron donde Él para probarlo diciendo, «¿Es
    legal para un hombre divorciarse de su esposa por cualquier
    razón?»

    019:004 Él les contestó, «No han leído que aquel que los hizo desde el
    comienzo los hizo hombre y mujer,
    019:005 y dijo, `Por esta causa el hombre dejará a su padre y madre y
    se unirá a su esposa y los dos serán una sola carne.´
    019:006 Así que ya no son más dos sino una sola carne. Lo que Dios ha
    unido, que no lo separe el hombre.»

    019:007 Le preguntaron, «¿Por qué entonces Moisés nos dijo que le
    diéramos una certificado de divorcio y nos divorciáramos?»

    019:008 Él les dijo, «Por la dureza de sus corazones, Moisés les
    permitió divorciarse de sus esposas pero no sido así desde el
    comienzo.
    019:009 Yo les digo que aquel que se divorcie su esposa, excepto por
    inmoralidad sexual[159], y se case con otra comete adulterio;
    y aquel que se casa con ella cuando está divorciada comete
    adulterio. »

    019:010 Sus discípulos le dijeron, «Si tal es la dificultad entre
    marido y esposa, no vale la pena tomar una esposa[160].»

    019:011 Pero Él les dijo, «No todos los hombres pueden recibir esto
    que les digo, sino solo al que le es dado.
    019:012 Pues hay eunucos que nacieron así desde el vientre de sus
    madres, y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los
    hombres; y hay eunucos que se hicieron eunucos a si mismos por
    causa del Reino de Dios. Aquel que pueda recibirlo, que lo
    reciba.»

    019:013 Entonces le llevaron niños, para que pusiera sus manos sobre
    ellos y orara; y los discípulos los reprendieron.
    019:014 Pero Jesús les dijo, «Dejen a los niños, no les prohíban venir
    a mí; porque a quienes son como ellos[161] pertenece el Reino
    de Dios.»
    019:015 Él puso sus manos sobre ellos, y partió de allí.

    019:016 Ocurrió que un hombre se le acercó y dijo, «Buen maestro, ¿qué
    cosas buenas debo hacer para tener vida eterna?»

    019:017 Él le dijo, «¿Por qué me llamas bueno?[162] Nadie es bueno
    excepto uno, que es Dios. Pero si quieres entrar a la vida,
    sigue los mandamientos.»

    019:018 Él le preguntó, «¿Cuales?»
    Jesús le dijo, «`No matarás.´ `No cometerás adulterio.´ `No
    robarás.´ `No darás testimonio falso.´
    019:019 `Honra a tu padre y a tu madre.´ Y `Ama a tu prójimo como a ti
    mismo.´»

    019:020 El joven le dijo, «Todas estas cosas las he observado desde mi
    juventud. ¿Qué me falta?»

    019:021 Jesús le dijo, «Si quieres ser bienvenido[163], ve, vende lo
    que tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el
    cielo; y ven, sígueme.»
    019:022 Pero cuando el joven escuchó esto, se fue triste, pues tenía
    muchos bienes[164].
    019:023 Jesús le dijo a sus discípulos, « Con seguridad les digo, que
    es dificil para un rico entrar al Reino de Dios[165].
    019:024 De nuevo les digo, es más fácil para un camello[166 ] pasar
    por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el Reino
    de Dios.»

    019:025 Cuando los discípulos escucharon esto, quedaron muy
    asombrados, diciendo, «¿Quien puede entonces salvarse[167]?»

    019:026 Mirándolos, Jesús dijo, «Con hombres esto es imposible, pero
    con Dios todas las cosas son posibles.»

    019:027 Entonces Pedro contestó, «Observa, hemos dejado todo, y te
    hemos seguido. ¿Entonces qué tendremos?»

    019:028 Jesús le dijo, «Con seguridad te digo, que ustedes los que me
    han seguido, en el nuevo mundo [168] cuando el Hijo del Hombre
    se siente en el trono de su gloria, ustedes también se sentará
    en doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel.
    019:029 Todo aquel que haya dejado casas o hermanos o hermanas o padre
    o madre o esposa o hijos o tierra, a causa de mi nombre,
    recibirá cien veces, y heredará la vida eterna.
    019:030 Pero muchos que son primeros serán últimos; y serán primeros
    quienes son últimos.

    20

    020:001 «Pues el Reino de Dios es como un hombre que era amo de su
    hogar y se fue temprano por la mañana a contratar trabajadores
    para su viña.
    020:002 Cuando acordó con los labradores un denario[169] al día, los
    envío a su viña.
    020:003 Alrededor de la tercera hora[170] salió, y en el mercado vio a
    otros que estaban desempleados.
    020:004 A ellos les dijo, `Vayan ustedes también a la viña, y les daré
    lo que sea justo.´ Así que fueron a la viña[171].
    020:005 De nuevo salió a la sexta y a la novena hora,[172] e hizo lo
    mismo.
    020:006 Cerca de la undécima hora[173] salió y encontró a otros
    desocupados. Les dijo, `¿Por qué han estado desempleados aquí
    todo el día?´

    020:007 «Ellos le dijeron, `Porque nadie nos ha contratado.´
    «Él les dijo, `Vayan también a la viña, y recibirán lo que sea
    justo.´
    020:008 Cuando llegó la noche, el señor de la viña le dijo al
    mayordomo, `Llama a los trabajadores y págales sus jornales,
    comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros.´

    020:009 «Cuando quienes fueron contratados alrededor de la undécima
    hora llegaron, cada uno de ellos recibió un denario.
    020:010 Cuando los primeros llegaron[174], suponían que recibirían
    más; y de la misma forma ellos recibieron un denario.
    020:011 Cuando lo recibieron, murmuraron contra el señor de la casa,
    020:012 diciendo, `¡Estos últimos han estado una hora, y los has hecho
    iguales a nosotros, que hemos soportado la carga del día y el
    calor sofocante!´

    020:013 «Pero él le contestó a uno de ellos, `Amigo, no estoy
    haciéndote mal[175] alguno. ¿No acordaste conmigo por un
    denario?
    020:014 Toma lo que es tuyo, y sigue tu camino. Es mi deseo dar a este
    último tanto como a ti.
    020:015 ¿No es legal para mi hacer lo que quiero con lo que poseo? ¿O
    es tu ojo malo[176], porque soy bueno?´
    020:016 Así que los últimos serán los primeros y los primeros serán
    los últimos. Pues muchos son llamados, pero pocos son
    escogidos[177].»

    020:017 Mientras Jesús iba a Jerusalén, tomó consigo a los doce
    discípulos y en el camino les dijo,
    020:018 «Escuchen, vamos hacia Jerusalén y el Hijo del Hombre será
    entregado a los jefes de los sacerdotes y a los escribas,
    ellos lo condenaran a muerte,
    020:019 y lo entregarán a los gentiles para que lo ridiculicen, lo
    castiguen y lo crucifiquen; y al tercer día Él resucitará.»

    020:020 Entonces la madre de los hijos de Zebedeo fue donde Él con sus
    hijo, arrodillándose y pidiendo algo.
    020:021 Él le dijo, «¿Qué quieres?»
    Ella le dijo, «Ordena que estos, mis dos hijos, puedan
    sentarse, uno a tu derecha y uno a tu izquierda en tu Reino.»

    020:022 Pero Jesús le contestó, «No saben lo que piden. ¿Pueden beber
    de la copa que estoy por beber, y ser bautizados con el
    bautizo que yo seré bautizado?
    Ellos le dijeron, «Podemos.»

    020:023 Él les dijo, «De hecho beberán de mi copa y serán bautizados
    con el bautizo que yo seré bautizado, pero no me compete
    conceder sentarse a mi derecha y a mi izquierda; pues son para
    quienes haya sido preparado por mi Padre.»

    020:024 Cuando los diez escucharon esto, se indignaron con los dos
    hermanos.

    020:025 Pero Jesús los llamó, y les dijo, «Ustedes saben, que los
    gobernantes presionan a sus pueblos, y los poderoso usan mal
    su poder sobre los hombres[178].
    020:026 Esto no será así entre ustedes, pues cualquiera de ustedes que
    desee ser grande será[179] su servidor.
    020:027 Quien desee ser el primero entre ustedes será quien más sirva,
    020:028 así como el Hijo del Hombre vino no a ser servido, sino a
    servir, y a dar su vida como pago para muchos.»

    020:029 Mientras salían de Jericó, una gran multitud los seguía.
    020:030 Había dos hombre ciegos sentados en la carretera, cuando
    escucharon que Jesús pasaba, gritaron, «¡Señor, ten piedad de
    nosotros, tu hijo de David!»
    020:031 La multitud los reprendió, diciéndoles que debían permanecer
    callados, pero ellos gritaban aún más «¡Señor, ten piedad de
    nosotros, tu hijo de David!»

    020:032 Jesús se detuvo, los llamó y les preguntó, «¿Que desean que
    haga por ustedes?»

    020:033 Le dijeron, «Señor, que nuestros ojos puedan abrirse.»

    020:034 Jesús movido por la compasión, tocó sus ojos; de inmediato sus
    ojos recibieron la vista, y lo siguieron.

    21

    021:001 Cuando se acercaron a Jerusalén, fueron a Betfagé al Monte de
    los Olivos, entonces Jesús envió dos discípulos,
    021:002 diciéndoles, «Vayan a la villa que está al otro lado, y de
    inmediato encontrarán una burra atada y un burrito con esta.
    Desátenlos y traíganmelos.
    021:003 Si alguien dice algo, ustedes dirán, `El Señor los necesita,
    pero pronto Él lo enviará de vuelta[180].»

    021:004 Todo esto se dio, para que se cumpliera lo que fue dicho por
    intermedio del profeta,

    021:005 «Digan a la hija de Sión, Observa, tu Rey viene a ti, Humilde,
    y montado en una burra, Sobre un burrito, la cría de una
    burra. »
    021:006 Los discípulos fueron, e hicieron tal como Jesús les ordenó,
    021:007 y trajeron la burra y el burrito, y pusieron sus ropas sobre
    estos; y Él se sentó sobre estos.
    021:008 Y la gran multitud puso sus ropas sobre el camino. Otros
    cortaron ramas de los arboles y las pusieron sobre el camino.
    021:009 La multitud que iba antes de Él, y la que lo seguía gritaba,
    «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito es el que viene en el
    nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto!»

    021:010 Cuando había llegado a Jerusalén, toda la ciudad estaba
    agitada, diciendo «¿Quién es este?»
    021:011 Las multitudes decían, «Este es el profeta, Jesús, de Nazaret
    de Galilea.»

    021:012 Jesús entró en el templo de Dios, y sacó a todos los que
    vendían y compraban en el templo, y tumbó las mesas de los
    cambiadores de dinero y los asientos de aquellos que vendían
    palomas.
    021:013 Les dijo, «Está escrito, `¡Mi casa será llamada una casa para
    quien ora,´ pero ustedes la han convertido en una cueva de
    ladrones!»

    021:014 Los ciegos y los minusválidos fueron donde Él en el templo, y
    Jesús los sanó.
    021:015 Pero cuando los jefes de los sacerdotes y los escribas vieron
    las cosas maravillosas que hacía, y que los niños estaban
    gritando en el templo y diciendo, «¡Hosanna al hijo de David!»
    se indignaron,
    021:016 y le dijeron, «¿Escuchas lo que estos están diciendo?»
    Jesús les dijo, «Si. ¿Nunca leyeron, `De la boca de bebes y de
    lactantes tendrán oración perfeccionada?´»

    021:017 Los dejó, y fue a la ciudad de Betania, y descansó allí.
    021:018 En la mañana, cuando Él retornaba a la ciudad, tuvo hambre.
    021:019 Viendo una higuera por el camino, fue a ella, pero no encontró
    nada en sus hojas. Jesús dijo, «¡Que nunca haya fruto de ti!»
    Y de inmediato la higuera se secó.
    021:020 Cuando los discípulos vieron esto, se maravillaron, diciendo,
    «¿Cómo se secó de inmediato la higuera?»

    021:021 Jesús les contestó, «Con seguridad les digo, si tienen fe, y
    no dudan, no sólo harán lo que se hizo con la higuera, sino
    que si le dijeran a esta montaña, `Levántate y arrójate al
    mar,´ eso ocurriría.
    021:022 Todas las cosas, que pidan en oración, creyendo, ustedes la
    recibirán.»

    021:023 Cuando había llegado al templo, los jefes de los sacerdotes y
    los ancianos del pueblo fueron donde Él mientras enseñaba, y
    le dijeron, «¿Con que autoridad haces esta cosas? ¿Quien te
    dio esta autoridad?»

    021:024 Jesús les contestó, «También les haré una pregunta, si me la
    contestan, de la misma forma les diré con que autoridad hago
    estas cosas.
    021:025 ¿De donde venía el bautizo de Juan? ¿Del cielo o de hombres?
    Ellos razonaron entre si, diciendo, «Si decimos, `Del cielo,´
    preguntará, `¿Entonces porque no creyeron en él?´
    021:026 Pero si decimos, `De hombres,´ tememos a la multitud, pues
    todos sostienen que Juan es un profeta.»
    021:027 Le contestaron a Jesús diciendo, «No sabemos.»
    Él también les dijo, «Tampoco les diré con que autoridad hago
    estas cosas.
    021:028 ¿Qué piensan? Un hombre tenía dos hijos, llegó donde el
    primero y le dijo, `Hijo, ve y trabaja hoy en mi viñedo.´
    021:029 Él le contestó, `no lo haré,´ pero luego cambio de pensar y
    fue.
    021:030 Llegó al segundo y le dijo la misma cosa. Él le contestó, `yo
    voy señor,´ pero no fue.
    021:031 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?»
    Le dijeron, «El primero.»
    Jesús les dijo, «Les aseguro que los recogedores de impuestos
    y las prostitutas estarán entrando al Reino de Dios antes que
    ustedes.
    021:032 Pues Juan vino a ustedes de la forma correcta y no le
    creyeron, pero los recolectores de impuestos y las prostitutas
    lo hicieron. Cuando ustedes vieron eso ni siquiera se
    arrepintieron para poder creerle.

    021:033 «Escuchen otra parábola. Había un hombre jefe de su casa quien
    plantó un viñedo, le puso una cerca alrededor, construyó una
    prensa para vinos en ella, construyó una torre, la arrendó a
    campesinos y se fue para otro país.
    021:034 Cuando la estación de la fruta se acerco envió a sus siervos
    donde los campesinos para recibir la fruta.
    021:035 Los campesinos cogieron a los siervos golpearon a uno, mataron
    otro y apedrearon a otro.
    021:036 De nuevo, mandó a otros siervos más que la primera vez, pero
    los trataron de la misma manera.
    021:037 Pero luego les envió a su hijo diciendo, `Ellos respetarán a
    mi hijo.´
    021:038 Pero los campesinos cuando vieron al hijo dijeron entre ellos,
    `Este es el heredero. Vengan matémoslo y quedémonos con su
    herencia.´
    021:039 Así que lo tomaron, lo lanzaron fuera del viñedo y lo mataron.
    021:040 ¿ Cuándo el señor del viñedo llegue que le hará a esos
    campesinos?»

    021:041 Ellos le dijeron, «Él destruirá miserablemente a esos hombres
    miserables y arrendará el viñedo a otros campesinos que le
    darán los frutos en su estación.»

    021:042 Jesús les dijo, «¿No leyeron nunca en las escrituras,
    `La piedra que los constructores rechazaron, La misma fue
    hecha cabeza de la esquina. Esto era del Señor. Es
    maravilloso en nuestros ojos?´
    021:043 «Por lo tanto les digo, el Reino de Dios les será quitado y le
    será dado a gente[181] que de sus frutos.
    021:044 Aquel que cae sobre esta piedra se romperá en pedazos, y sobre
    quien esta caiga lo volverá polvo.»

    021:045 Cuando los jefes de los sacerdotes y los fariseos escucharon
    estas parábolas sintieron que Él hablaba de ellos.
    021:046 Cuando buscaron atraparlo tuvieron miedo de la multitud,
    porque lo consideraban un profeta.

    22

    022:001 Jesús les contestó y les habló de nuevo en parábolas diciendo,
    022:002 « El Reino de Dios es como cierto rey, que hizo una fiesta de
    matrimonio para su hijo,
    022:003 y envió a sus siervos a llamar a quienes estaban invitados a
    las fiesta, pero ellos no fueron.
    022:004 De nuevo envió a otros siervos diciendo, `Digan a estos que
    están invitados, «Observen, he alistado mi comida. Mi buey y
    mi cordero fueron matados, y todas las cosas están lista.
    ¡Vengan a la fiesta de matrimonio!»´
    022:005 Pero ellos no hicieron caso, y fueron por sus caminos, uno a
    su propia finca, otro a sus mercancías,
    022:006 y los demás atraparon a sus siervos, los trataron indignamente
    y los mataron.
    022:007 Cuando el rey escuchó esto, se enojó, y envió a sus soldados,
    a destruir a esos asesinos, y quemó su ciudad.

    022:008 «Entonces dijo a sus siervos, `La boda está lista, pero
    quienes fueron invitados no valían la pena.
    022:009 Vayan entonces a los cruces de caminos, y a cuanta persona
    encuentren invítenla a la fiesta de matrimonio.´
    022:010 Los siervos salieron a los caminos, y reunieron a todos los
    que encontraron, tanto a buenos como a malos. La boda se llenó
    de invitados.
    022:011 Pero cuando el rey entró a ver los invitados, vio allí a un
    hombre que no se había puesto ropa para el matrimonio,
    022:012 y le dijo, `Amigo, ¿cómo viniste aquí sin ponerte un vestido
    para el matrimonio?´ Él estaba sin habla.
    022:013 Entonces el rey le dijo a los siervos, `Átenlo de pies y
    manos, llévenlo afuera y tírenlo a la oscuridad; allí es donde
    estará el llanto y el rechinar de dientes.´
    022:014 Pues muchos son llamados, pero pocos escogidos.»

    022:015 Entonces los fariseos fueron y recibieron consejo sobre como
    podrían atraparlo en su predica[182].
    022:016 Enviaron a sus discípulos a Él, junto con partidarios de
    Herodes[183], diciendo, «Maestro, sabemos que eres honesto, y
    enseñas el camino de Dios en la verdad, no importa a quien
    enseñes, pues no estás parcializado por nadie.
    022:017 Dinos entonces, que piensas, ¿Es legal pagar impuestos al
    Cesar o no?»

    022:018 Pero Jesús percibió la maldad, y dijo, «¿Hipócritas, por qué
    me prueban?
    022:019 Muéstrenme el dinero de los impuestos.»
    Le trajeron un denario.

    022:020 Él les preguntó, «¿De quien es esta imagen e inscripción?»

    022:021 Ellos le dijeron, «del Cesar.»
    Entonces Él les dijo, «Den entonces al Cesar las cosas que son
    del Cesar, y a Dios las cosas que son de Dios.»

    022:022 Cuando lo escucharon, se maravillaron, lo dejaron y se
    fueron.

    022:023 Ese día los saduceos (aquellos que dicen que no hay
    resurrección) fueron donde Él. Le preguntaron,
    022:024 «Maestro, Moisés dijo, `Si un hombre muere, sin tener hijos,
    su hermano debe casarse con su esposa, y levantar semilla por
    su hermano.
    022:025 Ocurrió que había siete hermanos. El primero se casó y murió,
    y sin haber tenido semilla, dejo su esposa a su hermano.
    022:026 De la misma forma el segundo, el tercero, hasta el séptimo.
    022:027 Después de todos, murió la mujer.
    022:028 ¿Entonces en la resurrección , ella será esposa de cual de los
    siete? Pues todos se casaron con ella[184].»

    022:029 Pero Jesús les respondió, «Ustedes se equivocan, al no conocer
    las escrituras, ni el poder de Dios.
    022:030 Pues en la resurrección no se casan, ni se dan en matrimonio,
    sino que son como los ángeles de Dios en el cielo.
    022:031 Con respecto a la resurrección de la muerte, ¿ no han leído lo
    que fue dicho a ustedes por Dios,
    022:032 `Soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de
    Jacob?´ Dios no es el Dios de los muertos, sino de los
    vivos.»

    022:033 Cuando las multitudes lo escucharon, quedaron atónitas por su
    enseñanza.
    022:034 Pero los fariseos, cuando escucharon que había dejado en
    silencio a los saduceos, se reunieron.
    022:035 Uno de ellos, un abogado[185], le hizo una pregunta,
    probándolo.
    022:036 «Maestro, cual es el mayor mandamiento en la ley?»

    022:037 Jesús le dijo, «`Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
    con toda tu alma, y con toda tu mente.´
    022:038 Este es el primer y gran mandamiento.
    022:039 De la misma forma, el segundo es este, `Amarás a tu prójimos
    como a ti mismo.´
    022:040 La ley entera y los profetas dependen de estos dos
    mandamientos.»

    022:041 Mientras que los fariseo estaban reunidos, Jesús les hizo una
    pregunta,
    022:042 «¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo?»
    Ellos le dijeron, «De David.»

    022:043 Él les dijo, «¿Cómo entonces David en el Espíritu lo llama
    Señor, al decir,

    022:044 `El Señor le dijo a mi Señor, Siéntate a mi mano derecha,
    Hasta que haga de tus enemigos un estrado para tus
    pies[186]?´
    022:045 «Entonces si David lo llama Señor, ¿cómo es que Él es su
    hijo?»

    022:046 Ninguno pudo contestarle una palabra, y desde ese día no se
    atrevió hombre alguno a hacerle más preguntas.

    23

    023:001 Entonces Jesús le habló a las multitudes y a sus discípulos,
    023:002 «Los escribas y los fariseos se sentaron en la silla de
    Moisés.
    023:003 Por esto todas las cosas que ellos digan acátenlas, acátenlas
    y háganlas, pero no hagan sus obras; pues ellos hablan pero no
    hacen.
    023:004 Pues ellos atan pesadas cargas que son difíciles de soportar,
    y las ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos
    mismos no levantan un dedo para ayudarles.
    023:005 Todas sus obras las hacen para que sean vistas por hombres.
    Amplían sus hábitos[187], alargan los bordes de sus vestidos,
    023:006 y aman los sitios de honor en las fiestas, las mejores sillas
    en las sinagogas,
    023:007 los saludos en la plaza de mercado, y ser llamados `Rabí,
    Rabí´ por hombres.
    023:008 Pero que ustedes no sean llamados `Rabí,´ pues uno es su
    maestro, el Cristo[188], y todos ustedes son hermanos.
    023:009 No llamen padre a hombre alguno sobre la tierra, pues uno es
    su Padre, que está en el cielo.
    023:010 Tampoco se llamen maestros[189], pues uno es su maestro, el
    Cristo.
    023:011 Pero aquel que sea el más grande entre ustedes, será su
    servidor.
    023:012 Cualquier que se exalte a si mismo será humillado, y
    cualquiera que se humille a si mismo será exaltado.

    023:013 «¡Pobres de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Pues
    ustedes devoran las casas de las viudas, y pretenden hacer
    largas oraciones. Por eso ustedes recibirán mayor condena.

    023:014 «¡Pero pobres de ustedes escribas y fariseos! Porque ustedes
    cierran el Reino de Dios para los hombres; y ustedes mismos no
    entran, ni dejan entrar a aquellas que están entrando. [190]
    023:015 ¡Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas! Pues viajan por
    mar y tierra para convertir; y cuando alguno se convierte
    ustedes lo hacen el doble de hijo del infierno que ustedes.

    023:016 «Pobres de ustedes guías ciegos que dicen, `Quien jure por el
    templo no es nada; pero quien jure por el oro del templo, este
    está obligado[191].´
    023:017 ¡Ustedes ciegos necios! Pues ¿cuál es más grande, el oro o el
    templo que santifica el oro?
    023:018 `Quien jure por el altar, no es nada; pero aquel que jure por
    la ofrenda que está encima de él ese está obligado.´
    023:019 ¡Ustedes ciegos necios! Pues ¿ cuál es más grande, la
    ofrenda[192]o el altar que lo santifica?
    023:020 El que jura por el altar jura por él y por todo lo que hay
    encima de él.
    023:021 Él que jura por el templo jura por este y por aquel que lo
    habita[193].
    023:022 Él que jura por el cielo jura por el trono de Dios, y por
    quien está sentado sobre este.

    023:023 «¡Hay de ustedes escribas y fariseos hipócritas! Pues ustedes
    separan la décima parte de la menta, del anís, del
    comino[194], y han dejado sin hacer las cosas más importantes
    de la ley: justicia, piedad, y fe. Pero ustedes debieron haber
    hecho estas cosas, y no haber dejado las otras sin hacer.
    023:024 ¡Ustedes guías ciegos, que cuelan un mosquito pero se comen un
    camello!

    023:025 ¡Pobres de ustedes escribas y fariseos, hipócritas! Pues
    limpian el exterior de copas y platos, pero por dentro están
    llenos de extorsión e injusticia[195].
    023:026 Ustedes fariseos ciegos, primero limpien el interior de la
    copa y del plato, para que el exterior también pueda llegar a
    limpiarse.

    023:027 «¡Pobres de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Pues son
    como tumbas blancas, que en exterior parecen bellas, pero en
    el interior están llenas de huesos de hombres muertos, y de
    toda suciedad.
    023:028 Así mismo ustedes exteriormente parecen correctos ante los
    hombres, pero en el interior están llenos de hipocresía y
    maldad.

    023:029 «¡Pobres de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Pues
    ustedes construyen las tumbas de los profetas, y decoran las
    tumbas de los justos,
    023:030 y dicen, `Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres,
    no hubiéramos tomado parte con ellos al derramar la sangre de
    los profetas.´
    023:031 Así que ustedes mismos dan testimonio que son los hijos de
    quienes mataron a los profetas.
    023:032 Llenen entonces la medida de sus padres[196].
    023:033 Ustedes serpientes, ustedes nido de víboras, ¿cómo escaparán
    al juicio del infierno?
    023:034 Entonces, observen, les envío profetas, hombres sabios y
    escribas. A algunos de ellos ustedes los matarán y los
    crucificarán; a algunos los castigarán en sus sinagogas, y los
    perseguirán de ciudad en ciudad;
    023:035 para que sobre ustedes pueda venir toda la sangre justa
    vertida sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel a la
    sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien ustedes
    asesinaron entre el santuario[197] y el altar.
    023:036 Con seguridad les digo, todas estas cosas vendrán sobre esta
    generación.

    023:037 «¡Jerusalén, Jerusalén, que asesina a los profetas y apedrea a
    aquellos que le son enviados! ¡Que tanto habría reunido a tus
    hijos, así como una gallina reúne a sus polluelos bajos sus
    alas, y tu no lo harías!
    023:038 Observa tu casa es abandonada para quedar desolada.
    023:039 Pues les digo, ustedes no me verán desde ahora, hasta que
    digan, `¡Bendito es el que viene en el nombre del Señor!´»

    24

    024:001 Jesús salió del templo, y estaba siguiendo su camino. Sus
    discípulos fueron a Él para mostrarle las construcciones del
    templo.
    024:002 Pero Él les contestó, «¿No ven todas estas cosas? Con
    seguridad les digo, no quedará aquí una piedra sobre otra,
    ninguna que no sea derribada.»

    024:003 Mientras estaba sentado en el monte de los Olivos los
    discípulos fueron a Él en privado diciendo, «Dinos, ¿Cuándo
    pasarán estas cosas? ¿Cuál es la señal de tu venida y del
    final de esta época?»

    024:004 Jesús les contestó, «Tengan cuidado para que nadie los haga
    perder.
    024:005 Pues muchos vendrán en mi nombre diciendo, `Yo soy el Cristo,´
    y harán perder a muchos.
    024:006 Ustedes escucharán de guerras y rumores de guerras. Pero no se
    sientan afligidos, pues todo esto tiene que pasar, pero el
    final todavía no llegará.
    024:007 Pues naciones se pondrán en contra de naciones y reinos en
    contra de reinos; habrá hambre, plagas y terremotos en varios
    lugares.
    024:008 Pero todas estas cosas son el comienzo de los de los dolores
    del parto[198]t.
    024:009 Entonces los entregarán para que sean oprimidos y los matarán.
    Serán odiados por todas las naciones por causa de mi nombre.
    024:010 Entonces muchos tropezarán, y se entregarán uno al otro y se
    odiarán uno a otro.
    024:011 Muchos falsos profetas surgirán y perderán a muchos.
    024:012 Como la maldad[199] se multiplicará, el amor de muchos se
    enfriará.
    024:013 Pero aquel que persevere hasta el final será salvado.
    024:014 Esta Buena Nueva del Reino será predicada en todo el mundo
    como testimonio para todas las naciones, y entonces llegará el
    fin.

    024:015 «Entonces cuando ustedes vean la abominación de la desolación
    que fue dicha a través de Daniel el profeta, parada en el
    sitio sagrado (que el lector entienda),
    024:016 entonces que los que estén en Judea huyan a las montañas.
    024:017 El que esté en la parte de arriba de su casa que no baje para
    recoger las cosas que están en su casa.
    024:018 El que esté en el campo que no regrese para recoger su ropa.
    024:019 ¡Pobres de aquellas que tengan niños o que este amamantando en
    esos días!
    024:020 Recen para que su partida no sea en invierno, ni en día
    sabático,
    024:021 pues entonces habrá gran opresión, como no la ha habido desde
    el comienzo del mundo hasta ahora, y como nunca habrá.
    024:022 Si esos días no fueran acortados, ninguna carne sería salvada.
    Pero por causa de los elegidos, esos días se acortarán.

    024:023 «Entonces si alguien les dice, `Observen, aquí está el
    Cristo,´ o `Allí,´ no le crean.
    024:024 Pues se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y
    mostrarán grandes signos y maravillas, como para hacer perder,
    si es posible, incluso a los elegidos.

    024:025 «Observen, les he dicho con anticipación.
    024:026 Entonces si les dicen, `Observen, Él está en el desierto,´ no
    salgan; `Observen, Él está en los cuartos interiores[200]´ no
    le crean.
    024:027 Pues así como el relámpago viene del este, y es visto incluso
    en el oeste, así vendrá el Hijo del Hombre.
    024:028 Pues donde quiera que haya carroña, allí los buitres[201] se
    reunirán.
    024:029 Pero de inmediato después de la opresión de esos días, el sol
    se oscurecerá, la luna no dará su luz, las estrellas caerán
    del cielo, y los poderes del cielo se agitarán;
    024:030 y entonces la señal del Hijo del Hombre aparecerá en el cielo.
    Entonces todas las tribus de la tierra se lamentarán, y verán
    al Hijo del Hombre viniendo entre nubes del cielo con gran
    poder y gloria.
    024:031 Enviará a sus ángeles con un gran sonido de trompeta, y ellos
    recogerán a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde un
    lado del cielo hasta el otro.

    024:032 «Ahora de la higuera aprendan esta parábola. Cuando sus ramas
    se hacen suaves, y brotan sus hojas, ustedes saben que el
    verano está cerca.
    024:033 Así también, cuando ustedes vean todas estas cosas, sepan que
    está cerca, incluso en la puerta.
    024:034 Con seguridad les digo, esta generación[202] no pasará, hasta
    que todas estas cosas se cumplan.
    024:035 Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
    024:036 Pero nadie sabe de ese día y hora, ni siquiera los ángeles del
    cielo[203], sino sólo mi Padre.

    024:037 «Así como fue en los días de Noé, así será la venida del Hijo
    del Hombre.
    024:038 Pues en aquellos días antes de la inundación, comían y bebían,
    casándose y dándose en matrimonio, hasta el día en que Noé
    entró en el arca.
    024:039 y no supieron hasta que la inundación llegó, y se los llevó a
    todos, así será la venida del Hijo del Hombre.
    024:040 Pues de dos hombres que estén en el campo, uno será tomado y
    el otro dejado;
    024:041 de dos mujeres que trabajen en el molino, una será llevada y
    la otra dejada.
    024:042 Entonces estén alerta, pues ustedes no sabe a que hora vendrá
    su Señor.
    024:043 Pero sepan esto, que si el dueño de la casa supiera a que hora
    de la noche llegara el ladrón, él estaría alerta, y no
    permitiría que entrara a su casa.
    024:044 Entonces estén listos también, pues el Hijo del Hombre vendrá
    a una hora que ustedes no lo esperan.

    024:045 «¿Quién es el siervo fiel y sabio, a quien su señor ha puesto
    a cargo de la casa, para darles la comida en el momento
    apropiada?
    024:046 Bendito es el siervo a quien el señor encuentre haciendo
    cuando llegue.
    024:047 Con seguridad les digo que lo pondrá a cargo de todo lo que
    tiene.
    024:048 Pero si ese siervo malo dijera en su corazón, `Mi señor se
    demora en llegar,´
    024:049 y comienza a golpear a sus siervos compañeros, y a comer y
    beber con los ebrios,
    024:050 el señor de ese siervo llegará en un día que él no lo espere,
    y a una hora que él no conoce,
    024:051 y lo cortará en pedazos[204], y podrá su parte con los
    hipócritas; allí es donde será el llanto y el rechinar de
    dientes.

    25

    025:001 «Entonces el Reino de Dios es como con diez vírgenes, que
    tomaron sus lamparas, y salieron a encontrar al novio.
    025:002 Cinco de ellas era necias, y cinco eran sabias[205].
    025:003 Las que eran necias, cuando tomaron sus lamparas, no tomaron
    aceite consigo,
    025:004 pero las sabias llevaron aceite en botellas junto con sus
    lamparas.
    025:005 Cuando el novio se demoró, todas ellas se acostaron y
    durmieron.
    025:006 Pero a medianoche escucharon un grito, `¡Observen! ¡El novio
    está llegando! ¡Salgan a encontrarlo!´
    025:007 Entonces todas las vírgenes se levantaron y alistaron sus
    lamparas.
    025:008 Las necias dijeron a las sabias, `Dennos algo de su aceite,
    pues nuestras lamparas se apagan.´
    025:009 Pero las sabias contestaron, `¿Si no hay suficiente para
    nosotras y para ustedes? Mejor vayan donde quienes venden, y
    compren para ustedes.´
    025:010 Mientras ellas fueron a comprar, llegó el novio, y las que
    estaban listas fueron con él a la fiesta de matrimonio, y la
    puerta fue cerrada.
    025:011 Después las otras vírgenes también llegaron diciendo `Señor,
    Señor, ábrenos.´
    025:012 Pero él contestó, `Les aseguro, que no las conozco.´
    025:013 Entonces estén alerta, porque ustedes no conocen el día ni la
    hora en la que el Hijo del Hombre vendrá[206].

    025:014 «Pues es como un hombre, que va a otro país, llama a sus
    siervos, y les encarga sus bienes.
    025:015 A uno le dio cinco talentos, a otro dos, a otro uno; a cada
    uno de acuerdo a su habilidad. Entonces se fue a su viaje.
    025:016 De inmediato el que recibió cinco talentos fue a comerciar con
    ellos, e hizo otros cinco talentos.
    025:017 De la misma forma el que había recibido dos, ganó otros dos.
    025:018 Pero el que había recibido uno se fue y lo enterró en la
    tierra, y escondió así el dinero de su señor.

    025:019 «Después de un largo tiempo el señor de aquellos siervos
    llegó, y concilió cuentas con ellos.
    025:020 El que recibió los cinco talentos llegó y trajo otros cinco
    talentos, diciendo, `Señor, me diste cinco talentos. Observa,
    he ganado otros cinco talentos además de esos.´

    025:021 «Su señor le dijo, `Bien hecho, siervo bueno y confiable. Has
    sido confiable con unas pocas cosas, te pondré sobre muchas
    cosas. Entra a la dicha de tu señor.´

    025:022 «El que recibió dos talentos también vino y dijo, `Señor, me
    diste dos talentos. Observa, he ganado otros dos talentos
    además de esos.´

    025:023 «Su señor le dijo, `Bien hecho, siervo bueno y confiable. Has
    sido confiable con unas pocas cosas, te pondré sobre muchas
    cosas. Entra a la dicha de tu señor.´

    025:024 «También vino el que había recibido un talento y dijo, `Señor,
    sabía que eres un hombre duro, que recoge de donde no ha
    sembrado, y reúne de donde no ha esparcido.
    025:025 Estaba asustado, salí y escondí tu talento en la tierra.
    Observa, tienes lo que es tuyo.´

    025:026 «Pero su señor le contestó, `Tu siervo malo y perezoso. Sabías
    que recojo donde no he sembrado y reúno donde no he
    esparcido.
    025:027 Entonces debiste haber depositado mi dinero con los banqueros,
    y a mi vuelta lo hubiera recibido con intereses.
    025:028 Quítenle entonces el talento, y désenlo al que tiene diez
    talentos.
    025:029 Porque al que tiene se le dará, y tendrá en abundancia, pero a
    aquel que no tiene, incluso lo que tenga se le quitará.
    025:030 Arrojen a este siervo improductivo a la oscuridad exterior,
    donde habrá llanto y rechinar de dientes.´

    025:031 «Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria y todos los
    santos ángeles con Él, entonces Él se sentará en el trono de
    su gloria.
    025:032 Ante Él estarán todas las naciones reunidas y Él separará unos
    de otros como un pastor separa sus ovejas de las cabras.
    025:033 Él pondrá las ovejas a su mano derecha y las cabras a la
    izquierda.
    025:034 Entonces el Rey le dirá a todos los que estén a su mano
    derecha, `Vengan, bendecidos de mi Padre, hereden el Reino
    preparado para ustedes desde la creación del mundo;
    025:035 pues yo tenía hambre y ustedes me dieron de comer; tenía sed y
    me dieron de beber; fui un extraño y me recibieron;
    025:036 estuve desnudo y ustedes me vistieron; estuve enfermo y
    ustedes me visitaron; estuve en prisión y ustedes fueron a
    mi.´

    025:037 «Entonces los correctos le contestarán diciendo, `Señor,
    ¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; o con sed y te
    dimos algo de beber?
    025:038 ¿Cuándo te vimos como un extraño y te recibimos; o desnudo y
    te vestimos?
    025:039 ¿Cuándo te vimos enfermo o en prisión y fuimos a ti?´

    025:040 «El Rey les contestará, `Les aseguro, así como hicieron al
    menos con uno de mis hermanos[207], así lo hicieron conmigo.
    025:041 Entonces les dirá a los de la mano izquierda, `Aléjense de mi,
    ustedes malditos, al fuego eterno preparado para el demonio y
    sus ángeles;
    025:042 pues tuve hambre y no me dieron de comer; tuve sed y no me
    dieron de beber;
    025:043 fui un extraño y no me aceptaron; estuve desnudo y no me
    vistieron; estuve enfermo y en prisión pero no me visitaron.´

    025:044 «Entonces ellos contestarán diciendo, `Señor, ¿Cuándo te vimos
    enfermo, sediento, o como un extraño, o desnudo, enfermo o en
    prisión y no te ayudamos?´

    025:045 «Entonces Él les contestará diciendo, `Les aseguro, así como
    no lo hicieron al menos con uno de estos[208], tampoco lo
    hicieron conmigo.´
    025:046 Estos irán al castigo eterno, pero los correctos a la vida
    eterna.»

    26

    026:001 Ocurrió, cuando Jesús había terminado estas palabras, que Él
    le dijo a sus discípulos,
    026:002 «Saben que en dos días vendrá la Pascua, y el Hijo del Hombre
    será entregado para ser crucificado.»

    026:003 Entonces los jefes de los sacerdotes, los escribas y los
    ancianos del pueblo estaban reunidos en la corte del sumo
    sacerdote, quien se llamaba Caifás.
    026:004 Ellos estuvieron de acuerdo en que atraparían a Jesús con
    alguna trampa y lo matarían.
    026:005 Pero dijeron, «No durante la fiesta, para evitar que ocurra
    una protesta entre la gente.»

    026:006 Cuando Jesús estaba en Betania, en la casa de Simón el
    leproso[209 ],
    026:007 llegó una mujer con un jarro de alabastro lleno de un ungüento
    muy costoso, y lo vertió sobre su cabeza mientras Él se
    sentaba en la mesa.
    026:008 Pero cuando sus discípulos vieron estos, se indignaron,
    diciendo, «¿Por qué este gasto?
    026:009 Pues este ungüento podría haber sido vendido por mucho, y dado
    a los pobres.»

    026:010 Pero Jesús, sabiéndolo, les dijo, «¿Por que molestan a la
    mujer? Pues ella ha hecho una buena obra para mí.
    026:011 Porque ustedes siempre tendrán al pobre con ustedes, pero no
    siempre me tendrán a mí.
    026:012 Al verter este ungüento en mi cuerpo, ella me ha preparado
    para la sepultura.
    026:013 Con seguridad les digo, donde quiera en el mundo entero que
    esta Buena Nueva sea predicada, lo que esta mujer ha hecho
    también será dicho para recordarla.»

    026:014 Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue
    donde los jefes de los sacerdotes,
    026:015 y les dijo, «¿Que está dispuestos a darme, para que se los
    entregue?» Ellos le prepararon[ 210] treinta monedas de plata.
    026:016 Desde ese momento él buscó una oportunidad para traicionarlo.

    026:017 En el primer día de la fiesta del pan sin levadura[211], los
    discípulos fueron donde Jesús, diciéndole, «¿Dónde quieres que
    preparemos para que comas las Pascua?»

    026:018 Él dijo, «Vayan a la ciudad donde cierta persona, y díganle,
    `El Maestro dice, «Mi hora está a mano. Celebraré la pascua en
    tu casa con mis discípulos.»´»

    026:019 Los discípulos hicieron tal como Jesús les ordenó, y
    prepararon la Pascua.
    026:020 Cuando había llegado la noche, Él estaba reclinado a la mesa
    con los doce discípulos.
    026:021 Mientras comían, Él dijo, «Con seguridad les digo que uno de
    ustedes me traicionará.»

    026:022 Ellos estaban muy apenados, y cada uno comenzó a preguntarle,
    «¿ No soy yo, verdad, Señor?»

    026:023 Él contestó, «Aquel que sumerja su mano[212] conmigo en el
    plato, el mismo me traicionará.
    026:024 El Hijo del Hombre se va, así como está escrito sobre Él,
    ¡pero pobre del hombre por quien el Hijo del Hombre es
    traicionado! Sería mejor para ese hombre si no hubiera
    nacido.»

    026:025 Judas, quien lo había traicionado, contestó, «¿No soy yo,
    verdad, Rabi?»
    Él le contestó, «Tu lo has dicho.»

    026:026 Mientras estaban comiendo, Jesús tomó pan, dio gracias[213]por
    este y lo partió. Lo dio a los discípulos y dijo, «Tomen,
    coman; este es mi cuerpo.»
    026:027 Tomó la copa, dio gracias y se las dio diciendo, «Todos
    ustedes beban de ella,
    026:028 pues esta es mi sangre de la nueva alianza, la cual es
    derramada para muchos para el perdón de los pecados.
    026:029 Pero les digo que no tomaré de este fruto de la vid de ahora
    en adelante sino hasta ese día que lo tome de nuevo con
    ustedes en el Reino de mi Padre.»
    026:030 Cuando habían cantado un himno[214] se fueron para el Monte de
    los Olivos.

    026:031 Entonces Jesús les dijo, «Todos ustedes tropezarán a causa mía
    esta noche, pues está escrito, `Golpearé al pastor y las
    ovejas del rebaño se separarán.´
    026:032 Pero después de que yo sea resucitado, iré antes de ustedes a
    Galilea.»

    026:033 Pero Pedro le contestó, «Aunque todos tropiecen por ti, yo
    nunca tropezaré.»

    026:034 Jesús le dijo, «Te aseguro que esta noche antes de que el
    gallo cante me negarás tres veces.»

    026:035 Pedro le dijo, «Aunque tenga que morir contigo no te negaré.»
    Todos los discípulos dijeron lo mismo.

    026:036 Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemani y le
    dijo a sus discípulos, «Siéntense acá mientras voy allá a
    rezar.»
    026:037 Llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a
    entristecerse y a preocuparse.
    026:038 Entonces les dijo, «Mi alma está extremadamente triste,
    incluso hasta la muerte. Quédense acá y estén atentos
    conmigo.»

    026:039 Se adelantó un poco, cayó sobre su cara y rezó diciendo, «Mi
    Padre, si es posible que está copa se aleje de mi; aunque que
    no sea lo que yo desee sino lo que tu desees.»

    026:040 Fue donde los discípulos y los encontró durmiendo y le dijo a
    Pedro, «¿Qué, no podían estar atentos conmigo por una hora?
    026:041 Estén atentos y oren para que no entren en tentación. El
    espíritu en verdad lo desea pero la carne es débil.»

    026:042 De nuevo una segunda vez se apartó de ellos y oró diciendo,
    «Mi Padre, si esta copa no se puede alejar de mi sin que la
    beba, que se haga tu deseo.»
    026:043 Fue de nuevo y los encontró durmiendo pues sus ojos estaban
    pesados.
    026:044 Los dejó de nuevo y se apartó de ellos y oró por tercera vez
    diciendo las mismas palabras.
    026:045 Después fue donde sus discípulos y les dijo, «Sigan durmiendo
    y descansen. Escuchen la hora está a la mano y el Hijo del
    Hombre es traicionado en las manos de pecadores.
    026:046 Levántense y vámonos. Observen el que me traiciona está a la
    mano.»

    026:047 Mientras aún hablaba, Judas uno de los doce llegó, y con él
    una gran multitud con espadas y palos eran de los jefes de los
    sacerdotes y de los ancianos del pueblo.
    026:048 Entonces el que lo traicionó les dio una señal, diciendo, «A
    quien yo bese, ese es. Aprésenlo.»
    026:049 De inmediato fue donde Jesús, y le dijo, «¡Saludos, Rabi!» y
    lo besó.

    026:050 Jesús le dijo, «Amigo, ¿por qué estás aquí?» Entonces fueron,
    pusieron sus manos sobre Jesús, y lo atraparon.
    026:051 Uno de los que estaba con Jesús estiró su mano, sacó su
    espada, le dio al siervo del sumo sacerdote atinándole en la
    oreja.
    026:052 Entonces Jesús le dijo, «Pon tu espada en su lugar, pues
    aquellos que toman la espada morirán con la espada.
    026:053 ¿O no piensas que yo podría pedirle a mi Padre, y Él me
    enviaría ahora más de doce legiones de ángeles?
    026:054 ¿ Entonces como se cumplirían las escrituras si eso fuera
    así?»

    026:055 En ese momento Jesús le dijo a la multitud, «¿Han venido como
    contra un ladrón con espadas y palos para apresarme? Me senté
    a diario en el templo y no me arrestaron.
    026:056 Pero todo esto ha ocurrido, para que se cumplieran las
    Escrituras de los profetas.»
    Entonces todos los discípulos lo dejaron, y huyeron.
    026:057 Los que habían tomado a Jesús lo condujeron donde Caifás, el
    sumo sacerdote, donde los escribas y los ancianos estaban
    reunidos.
    026:058 Pero Pedro lo siguió a distancia hasta la corte del sumo
    sacerdote, entró y se sentó con los oficiales, para ver el
    final.
    026:059 Entonces el sumo sacerdote, los ancianos y el consejo entero
    buscaban testimonios falsos contra Jesús, para poder
    sentenciarlo a muerte;
    026:060 y no encontraron. Aun cuando muchos testigos falsos fueron, no
    encontraron ninguno. Pero al final dos testigos falsos fueron,
    026:061 y dijeron, «Este hombre dijo, `Puedo destruir el templo de
    Dios, y construirlo en tres días.´»

    026:062 El sumo sacerdote se levantó, y le dijo, «¿No tienes
    respuesta? ¿ Qué es esto que estos dan como testimonio en tu
    contra?»
    026:063 Pero Jesús mantuvo su paz[215]. El sumo sacerdote le dijo, «Te
    ordeno por el Dios viviente, que nos diga si tu eres el
    Cristo, el Hijo de Dios.»

    026:064 Jesús le dijo, «Tu lo has dicho. Sin embargo, te digo, ustedes
    verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poderoso, y
    viniendo entre las nubes del cielo.»

    026:065 Entonces el sumo sacerdote rasgó su vestido, diciendo, «¡Ha
    dicho blasfemias! ¿Por qué necesitamos más testigos? Observen,
    ahora ustedes han escuchado su blasfemia.
    026:066 ¿Qué piensan?»
    Le contestaron, «¡Merece la muerte!»
    026:067 Entonces escupieron en su rostro y lo golpearon con sus puños,
    y algunos le dieron bofetadas,
    026:068 diciendo «¡Profetiza para nosotros, tu Cristo! ¿Quién te
    golpeó?

    026:069 Pedro estaba sentado fuera de la corte, y una empleada fue
    donde él diciendo, «¡Tu también estabas con Jesús, el de
    Galilea!»

    026:070 Pero él lo negó ante todos, diciendo, «No se de que estás
    hablando.»

    026:071 cuando había salido al pórtico, alguien más[216] lo vio, y le
    dijo a los que estaban allí, «Este hombre también estaba con
    Jesús de Nazaret.»

    026:072 De nuevo lo negó con un juramento, «No conozco al hombre.»

    026:073 Después de un momento, los que allí estaban fueron y le
    dijeron a Pedro, «Seguramente tu eres también uno de ellos,
    pues tu forma de hablar te da a conocer.»

    026:074 Entonces él comenzó a maldecir y a jurar, «¡No conozco al
    hombre! »
    De inmediato el gallo cantó.
    026:075 Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho, «Antes de
    que el gallo cante, me negarás tres veces.» Se fue y lloró
    amargamente.

    27

    027:001 Cuando la mañana llegó, todos los jefes de los sacerdotes y
    los ancianos del pueblo tomaron consejo contra Jesús para
    condenarlo a muerte:
    027:002 lo ataron, lo condujeron afuera y lo enviaron a Poncio Pilato,
    el gobernador.
    027:003 Entonces Judas, quien lo había traicionado, cuando vio que
    Jesús fue condenado, sintió remordimiento, y devolvió las
    treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y los
    ancianos,
    027:004 diciendo, «he pecado porque he traicionado sangre inocente.»
    Pero ellos le dijeron, «¿Que tiene que ver con nosotros? Es tu
    problema[217].»

    027:005 Lanzó las monedas de plata en el santuario[218], y salió. Se
    alejó y se colgó.
    027:006 Los jefes de los sacerdotes tomaron las monedas de plata y
    dijeron, «No es legal darlas como ofrenda, porque es el precio
    de sangre.»
    027:007 Tomaron consejo, y compraron un campo[219] con estas, para
    enterrar extraños.
    027:008 Por esto ese campo se llamó «El campo de la sangre» desde ese
    día.
    027:009 Entonces se cumplió lo que había sido dicho por intermedio de
    Jeremías el profeta[220]:
    «Tomaron[221] las treinta monedas de plata,El precio de aquel
    sobre quien se había puesto precio[222], A quien algunos de
    los hijos de Israel le pusieron precio[223],
    027:010 Y las dieron[224] por el campo del alfarero, Como el Señor me
    ordenó.»
    027:011 Entonces Jesús fue donde el gobernador: y el gobernador le
    preguntó, «¿Eres el Rey de los Judíos?»
    Jesús le dijo, «Tal como dices.»

    027:012 Cuando fue acusado por los jefes de los sacerdotes y los
    ancianos, no contestó nada.
    027:013 Entonces Pilato le dijo, «¿No escuchas cuantas cosas dan como
    testimonio en tu contra?»

    027:014 Él no respondió, ni siquiera una palabra, así que el
    gobernador se maravilló.
    027:015 En la fiesta el gobernador solía liberar un prisionero para la
    multitud, el que ellos quisieran.
    027:016 Tenían, entonces, un notable prisionero llamado Barrabás.
    027:017 Entonces cuando la gente se había reunido, Pilato les dijo,
    «¿A quien quieren que libere por ustedes? ¿A Barrabás, o a
    Jesús, quien es llamado Cristo?»
    027:018 Pues él sabia que era por envidia que Jesús le había sido
    enviado.

    027:019 Mientras se sentaba en la silla para juzgar, su esposa le
    envió, diciendo, «No tengas nada que ver con este hombre
    justo, pues he sufrido muchas cosas este día en un sueño por
    su causa.»
    027:020 Mientras tanto, los jefes de los sacerdotes persuadieron a la
    multitud para que pidieran a Barrabás y destruyeran a Jesús.
    027:021 Pero el gobernador les pregunto, «¿A cuál de los dos desean
    que les libere?»
    Ellos dijeron, «¡Barrabás!»

    027:022 Pilato les dijo, «¿Qué debo hacer entonces con Jesús, quien es
    llamado Cristo?»
    Todos ellos le dijeron, «¡Que sea crucificado!»

    027:023 Pero el gobernador dijo, «¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho?»
    Pero gritaron exageradamente diciendo, «¡Que lo crucifiquen!»

    027:024 Así que cuando Pilato se dio cuenta de que no conseguía nada,
    pero en cambio se estaba comenzando un disturbio, tomó agua y
    se lavó las manos ante la multitud diciendo, «Yo soy inocente
    de la sangre[225] de este hombre justo. Ustedes verán[226].»

    027:025 Todas la gente contestó, «¡Que su sangre se derrame sobre
    nosotros y sobre nuestros hijos[227]!»

    027:026 Entonces les liberó a Barrabás pero Jesús fue azotado y
    entregado para ser crucificado.
    027:027 Luego los soldados del gobernador llevaron a Jesús a la tienda
    del Pretor y reunieron a toda la tropa en contra de Él[228].
    027:028 Le quitaron la ropa y le pusieron un manto escarlata.
    027:029 Le trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la
    cabeza y un vara en la mano derecha; se arrodillaron delante
    de Él y lo ridiculizaron diciendo, «¡Paz, [229]Rey de los
    Judíos!»
    027:030 Lo escupieron[230], tomaron una vara y le pegaron en la
    cabeza.
    027:031 Después de ridiculizarlo le quitaron el manto y le pusieron su
    ropa y lo llevaron para crucificarlo.

    027:032 Cuando salieron encontraron un hombre de Cirene llamado Simón,
    lo obligaron a ir con ellos para que cargara la cruz[231].
    027:033 Llegaron a un lugar llamado «Gólgota» que significa, «El lugar
    de la calavera.»
    027:034 Le dieron vino amargo[232]. Cuando lo probó no quiso tomar.
    027:035 Cuando lo crucificaron se dividieron su ropa entre ellos
    echando suertes, [233]
    027:036 y se sentaron y lo vigilaron allí.
    027:037 Pusieron escrito sobre su cabeza la acusación en contra de Él,
    « ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS.»

    027:038 Habían dos ladrones crucificados con Él, uno a su derecha y el
    otro a su izquierda.
    027:039 Los que pasaban lo blasfemaban moviendo sus cabezas,
    027:040 y diciendo, «Tu que destruyes el templo y lo vuelves a
    construirlo en tres días, ¡sálvate a ti mismo! ¡Si eres el
    Hijo de Dios baja de esa cruz!»

    027:041 De la misma forma los jefes de los sacerdotes también lo
    ridiculizaban, junto con los escribas, los fariseos[234] y los
    ancianos, diciendo,
    027:042 «Él salvó a otros, pero no puede salvarse a si mismo. Si es el
    Rey de Israel, que baje de la cruz ahora, para que creamos en
    Él.
    027:043 Él confía en Dios. Que Dios lo libere ahora, si lo aprecia;
    pues Él dijo, `Soy el Hijo de Dios.´»
    027:044 También los ladrones que estaban crucificados con Él, le
    hacían el mismo reproche.

    027:045 Desde la sexta hora[235] hubo oscuridad sobre toda la tierra
    hasta la novena hora[236]
    027:046 Alrededor de la novena hora Jesús grito con fuerte voz, «Elí,
    Elí, ¿lima sabachthani?[237]» Que es, «Dios mio, Dios mio,
    ¿por qué me has abandonado?»

    027:047 Algunos de lo que estaban allí, cuando lo escucharon, dijeron,
    « Este hombre está llamando a Elías.»

    027:048 De inmediato uno de ellos corrió, tomó una esponja, la llenó
    con vinagre, la puso en una vara y le dio para que bebiera.
    027:049 Los demás dijeron, «Déjalo. Veamos si Elías viene a
    salvarlo.»

    027:050 Jesús gritó nuevamente con fuerte voz, y entregó su espíritu.
    027:051 La cortina del templo se rasgó de arriba a abajo en dos. La
    tierra tembló y se rompieron las rocas.
    027:052 Se abrieron las tumbas, y muchos cuerpos de santos que habían
    caído dormidos se levantaron;
    027:053 y después de la resurrección de Jesús[238], salieron de las
    tumbas, entraron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
    027:054 Entonces el centurión, y los que estaban con él viendo a
    Jesús, cuando sintieron el temblor, y las cosas que
    ocurrieron, se asustaron mucho y dijeron, «Verdaderamente este
    era el Hijo de Dios.»

    027:055 Muchas mujeres estaban mirando desde cierta distancia, ellas
    habían seguido a Jesús desde Galilea y le habían servido.
    027:056 Entre ellas estaba Maria Magdalena, Maria la madre de Santiago
    y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
    027:057 Cuando llegó la noche, un hombre rico de Arimatea llamado José
    quien era también un discípulo de Jesús llegó.
    027:058 Este hombre fue donde Pilato, y le pidió el cuerpo de Jesús.
    Entonces Pilato ordenó que le entregaran el cuerpo.
    027:059 José tomó el cuerpo, y lo envolvió en una tela de lino
    limpia[239],
    027:060 lo puso en una tumba nueva de su propiedad, que había cavado
    en la roca, rodó una gran piedra en la puerta de la tumba, y
    partió.
    027:061 María Magdalena estaba allí, junto con la otra Maria, sentadas
    al otro lado de la tumba.
    027:062 Al día siguiente, que era el día después de la Preparación,
    los jefes de los sacerdotes y los fariseos se reunieron con
    Pilato
    027:063 y le dijeron, «Señor recordamos lo que ese impostor dijo
    mientras aún estaba vivo: `Después de tres días resucitaré.´
    027:064 Ordena entonces que la tumba sea asegurada hasta el tercer
    día, para evitar que tal vez sus discípulos vengan durante la
    noche, lo roben y digan a la gente, `Ha resucitado de la
    muerte;´ y el último fraude sea peor que el primero.»

    027:065 Pilato les dijo, «Tienen una guardia. Vayan y asegúrenlo tanto
    como puedan.»
    027:066 Así que fueron con la guardia y aseguraron la tumba, sellando
    la roca.

    28

    028:001 Después del día Sabático, cuando comenzó el amanecer del
    primer día de la siguiente semana, María Magdalena y la otra
    María fueron a ver la tumba.
    028:002 Ocurrió que hubo un gran temblor de tierra, pues un ángel del
    Señor bajó del cielo, fue y rodó la piedra de la puerta y se
    sentó sobre esta.
    028:003 Su apariencia era como un rayo, y su vestido blanco como la
    nieve.
    028:004 Llenos de temor los guardias temblaron y quedaron como
    muertos.
    028:005 El ángel les dijo a las mujeres, «No tengan miedo, pues se que
    buscan a Jesús quien ha sido crucificado.
    028:006 Él no está aquí, pues ha resucitado así como había dicho.
    Vengan y vean el lugar donde yacía el Señor.
    028:007 Vayan rápido y díganle a sus discípulos, `Él ha resucitado de
    la muerte, y escuchen, irá antes que ustedes a Galilea, allí
    lo verán.´ Les he dicho.»

    028:008 Partieron rápidamente de la tumba con gran temor y alegría, y
    corrieron a llevarles la palabra a los discípulos.
    028:009 Cuando iban a contarle a los discípulos, Jesús se encontró con
    ellas, y les dijo, «¡Alégrense!»
    Ellas al llegar se arrodillaron, tomaron sus pies y lo
    alabaron.

    028:010 Entonces Jesús les dijo, «No se asusten. Vayan y díganle a mis
    hermanos[240] que deben ir a Galilea, y allí me verán.»

    028:011 Mientras ellas iban, algunos de los guardias fueron a la
    ciudad, y les dijeron a los jefes de los sacerdotes todas las
    cosas que habían ocurrido.
    028:012 Cuando se reunieron con los ancianos, y había tomado consejo,
    le dieron un gran cantidad de monedas de plata a los soldados,
    028:013 y les dijeron, «Digan `Sus discípulos vinieron en la noche, y
    lo robaron mientras dormíamos.´
    028:014 Si esto llega a los oídos del gobernador, lo convenceremos y
    no tendrán de que preocuparse.»
    028:015 Así que tomaron el dinero e hicieron como se les dijo. Este
    mensaje fue difundido entre los judíos y continua hasta este
    día.

    028:016 Los once discípulos fueron a Galilea, a las montañas donde
    Jesús los había enviado[241].
    028:017 Cuando lo vieron, se inclinaron ante Él[ 242], pero algunos
    dudaron.
    028:018 Jesús fue donde ellos y les habló, « Se me ha dado toda
    autoridad en el cielo y sobre la tierra[243].
    028:019 Entonces vayan y hagan discípulos de todas las naciones,
    bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del
    Espíritu Santo,
    028:020 enseñándoles a seguir todas las cosas que les he ordenado.
    Observen, estaré con ustedes siempre, hasta el final de este
    tiempo [244].» Amén.

    ————–

    [1] Versión: 0.9. Damos gracias a Dios. Traducción basada
    especialmente en [WEB]. Los nombres a español han sido tomados
    de [
    DiosHablaHoy]. Algunos cambios en la traducción (anotados en
    pies
    de página) se basan en [DieBibel], [DiosHablaHoy] y
    [Peshitta].
    Hasta el momento han colaborado traduciendo a español,
    comparando y
    corrigiendo: Melissa Giraldo y Vladimir Támara. Las
    comparaciones
    con [TR], [NU] y [MT] son tomadas de [WEB] y fueron realizadas
    por
    Michael Jhonson. Puede buscar una versión más actualizada en
    http:/
    /de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp o ayudar a mejorar
    esta
    traducción en la lista evangelios-dp a la que puede
    suscribirse en:
    http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp

    [2] Cristo (griego) y Mesías (hebreo) ambos significan «El
    ungido.»

    [3] [WEB] dice `exilio,´ [DieBibel] dice `prisión,´
    [DiosHablaHoy]
    dice `en el tiempo en que los israelitas fueron llevados
    cautivos a
    Babilonia,´ [Peshitta] dice `cautiverio.´

    [4] «Jesús» es una variación griega del nombre Judío
    «Yehoshua,»
    que significa «Yah salva.» «Jesús» es también la forma
    masculina de
    «Yeshu`ah,» que significa «Salvación.»

    [5] [WEB] dice `separarla en secreto.´

    [6] [WEB] dice `estará con niño,´ [Peshitta] dice `concebirá.´

    [7] [WEB] dice `no la conoció sexualmente,´ la traducción
    escogida
    aparece en [DieBibel] y [Peshitta].

    [8] [Peshitta] dice `ella.´

    [9] La palabra para «hombres sabios» (magoi) también puede ser
    profesores, sacerdotes, médicos, astrólogos, interpretes de
    sueños
    o hechiceros. [Peshitta] dice `magos.´

    [10] [DieBibel] dice `entre las estados dirigentes de Judá,´ [
    Peshitta] dice `en Judá.´

    [11] [Peshitta] dice `rey.´

    [12] [Peshitta] dice `entre los reyes de mi pueblo Israel.´

    [13] [Peshitta] dice `Misrayin.´

    [14] [Peshitta] dice `sin desear sen consolada.´

    [15] [DieBibel] dice `pues ellos estaban ahí,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `porque ya estaban muertos.´

    [16] En [Peshitta] la frase `y le dijo´ aparece al comienzo
    del
    versículo siguiente.

    [17] En [Peshitta] `diciendo´ está en el versículo siguiente.

    [18] o sumergidos.

    [19] [DieBibel] dice `¿Quién les enseño que podían huir del
    juicio
    que viene?´

    [20] o sumerjo.

    [21] [TR], [NU], [DieBibel] y [Peshitta] agregan «y con
    fuego.»

    [22] [DiosHablaHoy] dice `a quien he elegido.´

    [23] [Peshitta] dice `Espíritu Santo.´

    [24] [WEB] dice `Hazte detrás mio,´ [TR] y [NU] dicen
    `Alejate.´

    [25] [WEB] dice `entregado,´ tanto [DieBibel] como
    [DiosHablaHoy]
    dicen que Juan fue encerrado en la cárcel, [Peshitta] dice
    `arrestado.´

    [26] [Peshitta] dice `de las naciones´

    [27] [Peshitta] dice `una luz se les ha aparecido.´

    [28] [DiosHablaHoy] dice `Vuelvanse a Dios´

    [29] [Peshitta] `oprimidos por el dolor.´

    [30] [Peshitta] dice `lunáticos.´

    [31] [DiosHablaHoy] dice `Dichosos´

    [32] [DieBibel] dice `pobres,´ [DiosHablaHoy] dice `los que
    reconocen su necesidad espiritual.´

    [33] [WEB] dice `gentle´ que podría traducirse como
    `pacíficos,´ la
    traducción escogida es tomada de [DieBibel] (`die keine Gewalt
    anwenden´). [DiosHablaHoy] dice `los de corazón humilde,´
    [Peshitta
    ] dice `meek´ que podría traducirse como `los pacientes,´ o
    `los
    pacificos´

    [34] [DiosHablaHoy] dice `de hacer lo que Dios exige,´
    [Peshitta] y
    [WEB] dicen `righteousness´ que puede ser `justicia´ o
    `rectitud,´
    [DieBibel] dice `Gerechtigket´ que es `justicia.´ Con la frase
    que
    sigue `Porque serán saciados´ parece más apropiado `justicia.´

    [35] Literalmente iota

    [36] Esta parte no esta en [DieBibel], [Peshitta] dice `quien
    mate
    está condenado a juicio.´

    [37] [Peshitta] dice `que provoque el mal genio de su
    hermano.´

    [38] «Raca» es un insulto en Arameo, relacionado con la
    palabra «
    vacío» y que lleva la idea de cabeza-hueca.

    [39] Gehena es otro nombre para infierno, ver nota al pie de
    Marcos
    9,43.

    [40] [Peshitta] dice `que tienes algo contra tu hermano.´

    [41] [DieBibel] agrega `hacia el juez.´

    [42] Ni [DieBibel], ni [DiosHablaHoy] mencionan al fiscal, [
    Peshitta] dice `tu adversario en la ley´.

    [43] [Peshitta] dice `a casa de los cautivos.´

    [44] Literalmente cuadrante (kodrantes). Un cuadrante era una
    pequeña moneda de cobre cuyo valor era cerca de 2 leptones (la
    ofrenda de la viuda), lo que no es suficiente para comprar
    mucho de
    algo.

    [45] [TR] agrega «a los ancianos.»

    [46] [Peshitta] dice `no mentirás en tu juramento.´

    [47] [WEB] dice `sino que harás tus promesas al Señor´,
    [Peshitta]
    dice `sino que completarás tu juramente al Señor,´ [DieBibel]
    dice
    `cumplirás lo que has prometido al Señor.´

    [48] [DiosHablaHoy] dice `lo que se aparta de esto es malo.´

    [49] [WEB] dice `al que es malo.´

    [50] [DiosHablaHoy] dice `a llevar carga una milla.´

    [51] [Peshitta] dice `y a quien desee pedirte prestado no se
    lo
    niegues.´

    [52] [Peshitta] dice `los publicanos.´

    [53] [WEB] dice `recolectores de impuestos,´ [Peshitta] dice
    `publicanos,´ tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] dicen
    `paganos.´

    [54] En [DiosHablaHoy] dice `practicar su religión,´ dice `su
    Justicia,´ [Peshitta] dice `dar limosna.´

    [55] [DiosHablaHoy] dice `no se lo cuentes ni siquiera a tu
    amigo
    más íntimo.´

    [56] [WEB] dice `deudas,´ [Peshitta] dice `ofensas.´

    [57] [WEB] cide `nuestros deudores,´ [Peshitta] dice `quienes
    nos
    han ofendido´

    [58] [WEB] dice `traspasos,´ [Peshitta] dice `transgresiones.´

    [59] [DieBibel] dice `lombrices,´ [DiosHablaHoy] dice `las
    cosas se
    echan a perder,´ [Peshitta] y [WEB] dicen `óxido.´

    [60] [DieBibel]dice `enfermo.´

    [61] [Peshitta] dice `al dinero.´

    [62] Literalmente un codo.

    [63] [Peshitta] dice `la gente del mundo.´

    [64] [WEB] dice `es la ley y los profetas,´ [DieBibel] dice
    `constan´ y [DiosHablaHoy] dice `mandan.´

    [65] [DiosHablaHoy] dice `para que todos sepan que ya estás
    limpio
    de tu enfermedad.´

    [66] [Peshitta] dice `niño.´

    [67] [Peshitta] dice `niño.´

    [68] En [Peshitta] está conjugado en futuro.

    [69] [WEB] dice `cama.´

    [70] [WEB], [Peshitta] y [DiosHablaHoy] dicen `la casa,´
    [DieBibel]
    dice `su casa.´

    [71] [Peshitta] dice `los hijos de la fiesta de bodas.´

    [72] [DiosHablaHoy] dice `encoge.´

    [73] [Peshitta] dice `vivir.´

    [74] [DiosHablaHoy] dice `que los músicos estaban preparados
    para
    el entierro,´ [Peshitta] dice `a quienes se lamentaban.´

    [75] [WEB] agrega `hacia Él,´ [Peshitta] dice sólo `llamó.´

    [76] [WEB] dice `cuyo apellido era Tadeo,´ [Peshitta] dice
    `quien
    era llamado Tadeo,´ tanto [DiosHablaHoy] como [DieBibel] sólo
    dicen
    `Tadeo.´

    [77] [DiosHablaHoy] dice `el celote,´ [Peshitta] y [WEB] dicen
    `el
    cananita,´ [DieBibel] dice `Simón Cananeo´ y explica en una
    nota al
    pie de página que no es el apellido sino que designa `celote´
    o
    `fanático.´

    [78] [Peshitta] sólo `quien.´

    [79] [DieBibel], [DiosHablaHoy] y [TR] agregan «resuciten los
    muertos.»

    [80] [Peshitta] dice `acumulen.´

    [81] [Peshitta] dice `pregunten.´

    [82] [WEB] dice `en la,´ [Peshitta] dice `a una.´

    [83] [DieBibel] dice `saluden,´ [Peshitta] dice `pidan paz
    para esa
    casa.´

    [84] [Peshitta] dice `a los gentiles.´

    [85] [Peshitta] dice `los matarán.´

    [86] [Peshitta] dice `vivirá´

    [87] Un asarión es una pequeña moneda cuyo valor es un décimo
    de un
    dracma o un dieciseisavo de un denario (aproximadamente el
    jornal
    de un día de trabajo agrícola).

    [88] [DiosHablaHoy] dice `se declara a mi favor delante de los
    hombres.´

    [89] [WEB] dice `enviar paz,´ [Peshitta] dice `traer calma,´ [
    DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `traer paz.´

    [90] [DiosHablaHoy] dice `lucha.´

    [91] [Peshitta] dice `dividir.´

    [92] [DiosHablaHoy] dice `no merece ser mio.´

    [93] [Peshitta] dice `alma.´

    [94] [DieBibel] dice `porque es un profeta,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `porque habla en nombre de Dios,´ [WEB] dice `en el nombre de
    un
    profeta.´

    [95] [DiosHablaHoy] dice `bueno.´

    [96] [WEB] y [Peshitta] dicen `en el nombre de un discípulo,´
    [
    DiosHablaHoy] dice `por ser seguidor mio.´

    [97] [Peshitta] dice `esperar.´

    [98] [Peshitta] dice `y se les da esperanza a los pobres.´

    [99] [WEB] dice `para tropezar en mí,´ [Peshitta] dice `el que
    no
    es ofendido en mí.´

    [100] [Peshitta] dice `establecerá.´

    [101] [Peshitta] dice `roban´ en lugar de `toman,´
    [DiosHablaHoy]
    dice `y los que usan la fuerza pretenden acabar con él.´

    [102] [DieBibel] dice `Cantamos canciones tristes y ustedes no
    se
    han golpeado el pecho.´

    [103] [WEB] dice `pero la sabiduría es justificada por sus
    hijos,´
    [DiosHablaHoy] dice `Pero la sabiduría de Dios se demuestra
    por
    todos sus resultados,´ [Peshitta] dice `pero la sabiduría se
    justifica por sus obras.´

    [104] [Peshitta] comienza el versículo con `Y Él diría.´

    [105] [Peshitta] agrega `tal vez la gente.´

    [106] [DiosHablaHoy] dice `sencillos.´

    [107] [Peshitta] dice `agradable.´

    [108] [WEB] dice `profanan,´ [Peshitta] dice `ignoran.´

    [109] [Peshitta] dice `a la gente.´

    [110] [Peshitta] dice `una lampara que parpadea.´

    [111] [DiosHablaHoy] dice `sus seguidores´

    [112] [DiosHablaHoy] dice `Por eso ellos mismos demuestran que
    ustedes están equivocados.´

    [113] [Peshitta] dice `se ha acercado a ustedes.´

    [114] [Peshitta] dice `este mundo.´

    [115] [TR] agrega «del corazón.»

    [116] [WEB] dice `Reino de los Cielos.´

    [117] [Peshitta] dice `conoceran.´

    [118] [DieBibel] dice `así con sus ojos no verán/ y con sus
    oídos
    no escucharán,/ entonces con sus corazones/ no comprenderán,/
    así
    que no se convertirán y yo no los sano.´

    [119] [DieBibel] dice `benditos son ustedes.´

    [120] Literalmente tres sata. 3 sata son cerca de 39 litros o
    un
    poco más que un saco.

    [121] [DieBibel] y [Peshitta] dicen `fin del mundo.´

    [122] La palabra `hermanos´ proviene de una palabra que
    también se
    emplea para primos y parientes.

    [123] [WEB] dice `No es legal para ti tenerla,´ [Peshitta]
    dice `No
    es legal que sea una esposa para tí.´

    [124] La noche se dividía de forma equitativa en cuatro
    vigilias,
    así que la cuarta vigilia es aproximadamente entre 3:00 A.M. y
    amanecer.

    [125] Ver Éxodo 3:14.

    [126] [DieBibel] dice `Lo que te debo, lo aclaro como ofrenda
    a
    Dios,´ [DiosHablaHoy] dice `No puedo ayudarte, porque todo lo
    que
    tengo lo he ofrecido a Dios,´ [Peshitta] dice `mi ofrenda es
    lo que
    hubieras ganado de mí.´

    [127] [DiosHablaHoy] dice `y que cualquiera que diga esto, ya
    no
    está obligado a ayudar a su padre o a su madre,´ [Peshitta]
    dice
    `entonces no necesita honrar a su padre o a su madre.´

    [128] [Peshitta] no dice esta parte.

    [129] [WEB] no dice `mientras,´ pero si lo dice [Peshitta]

    [130] [Peshitta] agrega antes `Mi Señor.´

    [131] [DieBibel] dice `Libérala (de su preocupación).´

    [132] [Peshitta] dice `Es claro.´

    [133] [Peshitta] dice `Será invierno.´

    [134] [Peshitta] dice `oscuro.´

    [135] [Peshitta] dice `Es porque no trajimos pan.´

    [136] [WEB] no dice `que es,´ lo dice [Peshitta]

    [137] [Peshitta] dice `que soy un hijo de hombres.´

    [138] [DiosHablaHoy] dice `ningún hombre te lo ha mostrado.´

    [139] El nombre de Pedro, Petro en Griego, es la palabra
    específica
    para roca o piedra.

    [140] Griego, petra, una masa de roca o cama de piedras.

    [141] [Peshitta] dice `y las puertas de Sheol no la
    suyugarán.´

    [142] [DiosHablaHoy] y [Peshitta] dicen `esta visión.´

    [143] [Peshitta] dice `para que todo se cumpla.´

    [144] [Peshitta] dice `tiene un demonio.´

    [145] [Peshitta] dice `y nada prevalecería sobre ustedes.´

    [146] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] omiten esta parte
    agregándola
    como nota al pie.

    [147] [Peshitta] dice `traicionado.´

    [148] Un didracma es una moneda griega de plata cuyo valor son
    2
    dracmas, casi tanto como 2 denarios romanos, o 2 días de
    jornal.
    Era usado comúnmente para pagar el impuesto del templo de
    medio
    shekel, porque 2 dracmas correspondían al valor de medio
    shekel de
    plata. [Peshitta] agrega `para impuestos.´

    [149] [DiosHablaHoy] dice `súbditos.´

    [150] [WEB] dice `no hagamos que tropiecen,´ la traducción
    escogida
    es tomada de [Peshitta].

    [151] Un stater es una moneda de plata equivalente a cuatro
    attics
    o dos dracmas alejandrinos, o un shekel Judío: justo lo
    suficiente
    para cubrir el impuesto de templo de medio shekel para dos
    personas. [Peshitta] dice sólo `moneda.´

    [152] o infierno.

    [153] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] no agregan este versículo,
    lo
    mencionan al pie de página, de acuerdo a [DieBibel] sólo
    aparece en
    algunos textos. En [Peshitta] si está.

    [154] [WEB] dice `asamblea,´ [Peshitta] dice `congregación.´

    [155] [Peshitta] dice `setenta y site.´

    [156] Diez mil talentos representa una suma de dinero
    extremadamente cuantiosa, es equivalente a cerca de 60,000,000
    denarios, donde un denario era el salario típico de un día de
    trabajo agrícola.

    [157] 100 denarios son como un sexto de un talento.

    [158] [Peshitta] dice `al otro lado.´

    [159] [Peshitta] dice `sin un cargo de adulterio.´

    [160] [WEB] dice `Si este es el caso del hombre con su esposa,
    no
    es necesario casarse,´ la traducción escogida es tomada de [
    Peshitta].

    [161] [WEB] dice `tales,´ [DieBibel] dice `a hombres como
    ellos,´ [
    Peshitta] dice `a quienes son como ellos.´

    [162] [DiosHablaHoy] dice `¿Por qué me preguntas acerca de lo
    que
    es bueno? Bueno solamente hay uno.´

    [163] [WEB], [Peshitta] y [DiosHablaHoy] dicen `perfecto,´ la
    traducción escogida es tomada de [DieBibel].

    [164] [WEB] dice `era alguien con muchos bienes,´ la
    traducción
    escogida es tomada de [Peshitta].

    [165] [WEB] dice `un rico entrará al Reino de Dios con
    dificultad,´
    traducción escogida tomada de [Peshitta].

    [166] [Peshitta] dice `una cuerda.´

    [167] [Peshitta] dice `ganar vida.´

    [168] [WEB] dice `regeneración,´ [DiosHablaHoy] dice `cuando
    llegue
    el tiempo en que todo sea renovado,´ [DieBibel] dice `cuando
    el
    mundo sea creado de nuevo,´ [Peshitta] dice `el nuevo mundo.´

    [169] Un denario es una moneda plateada Romana que equivale a
    un
    veinticincoavo de un aureus Romano. Este era el pago común por
    un
    día de trabajo de un campesino.

    [170] El tiempo se media de amanecer a atardecer, así que la
    tercera hora era cerca de las 9:00 A.M.

    [171] [Peshitta] pone `Así que fueron a la viña´ al comienzo
    del
    siguiente versículo.

    [172] mediodía y 3:00 P.M.

    [173] 5:00 P.M.

    [174] [DieBibel] dice `cuando los primeros estaban en la
    fila.´

    [175] Tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] dicen `injusticia.´

    [176] [DiosHablaHoy] dice ¿O es que te da envidia que yo sea
    bondadoso?

    [177] Esta parte no aparece en [DiosHablaHoy], y aparece en [
    DieBibel] como pie de página.

    [178] [WEB] dice `Ustedes saben que los gobernantes de las
    naciones
    mandan sobre estas, y los grandes ejercen autoridad sobre
    estas,´ [
    Peshitta] dice `los dirigentes de los gentiles son señores
    sobre
    ellos y sus nobles tienen autoridad sobre ellos,´ la
    traducción
    usada es tomada de [DieBibel].

    [179] [TR] dice «que sea» en lugar de «será.»

    [180] [WEB] dice `y de inmediato lo enviará,´ la traducción
    elegida
    es tomada de [DieBibel].

    [181] [WEB] dice `una nación,´ [Peshitta] dice `gente.´

    [182] [Peshitta] dice `con una pregunta.´

    [183] [WEB] dice `Herodianos.´

    [184] [WEB] dice `la tuvieron,´ [Peshitta] dice `se casaron
    con
    ella.´

    [185] [DieBibel] dice `maestro de la ley.´

    [186] [DieBibel] dice `Hasta que deje a tus enemigos bajo los
    pies.
    ´

    [187] [DiosHablaHoy] dice `Les gusta llevar en la frente y en
    los
    brazos porciones de las Escrituras escritas en anchas tiras.´

    [188] [Peshitta] no dice `el Cristo.´

    [189] [DiosHablaHoy] dice `jefes.´

    [190] Algunos manuscritos griegos invierten el orden de los
    versos
    13 y 14, y algunos omiten el verso 13, numerando el 14 como
    13. [
    DieBibel] no tiene el 14, numera el 14 como 13.

    [191] [Peshitta] dice `es culpable.´

    [192] [WEB] dice `el regalo,´ [Peshitta] dice `la ofrenda.´

    [193] [WEB] dice `y por el que estaba viviendo en él,´
    [Peshitta]
    dice `lo habita.´

    [194] Comino es una semilla aromática del cuminum cyminum,
    parecido
    a la alcaravea en sabor y apariencia. Es usado como especia.

    [195] [TR] dice «auto-indulgencia» en lugar de «injusticia,» [
    DiosHablaHoy] dice `avaricia,´ [Peshitta] dice `extorsión.´

    [196] [DiosHablaHoy] dice `Terminen de hacer, pues, lo que sus
    antepasados comenzaron.´

    [197] [DieBibel] dice `edificio del templo.´

    [198] [Peshitta] dice `de las preocupaciones.´

    [199] [DieBibel] dice `la desobediencia de las leyes de Dios´

    [200] [DiosHablaHoy] dice `aquí está escondido.´

    [201] O águilas.

    [202] La palabra para «generación» (genea) también puede
    traducirse
    como «raza.» [Peshitta] dice `tribu.´

    [203] Tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] agregan `ni el
    Hijo.´

    [204] [Peshitta] dice `en dos.´

    [205] [DiosHablaHoy] dice `despreocupadas´ y `previsoras.´

    [206] Ni [DieBibel], ni [Peshitta], ni [DiosHablaHoy] dicen
    `en la
    que el Hijo del Hombre vendrá.´

    [207] La palabra para «hermanos» aquí también puede traducirse
    correctamente como «hermanos y hermanas»

    [208] [Peshitta] agrega `pequeños.´

    [209] [Peshitta] dice `alfarero.´

    [210] [DieBibel] dice `le pagaron,´ [Peshitta] dice `le
    prometieron.´

    [211] [WEB] no dice `fiesta,´ lo dice [Peshitta].

    [212] [DiosHablaHoy] dice `Uno que moja el pan en el mismo
    plato
    que yo.´

    [213] [TR] dice «bendijo» en vez de «dio gracias.»

    [214] [Peshitta] dice `ofrecido alabanza.´

    [215] [DieBibel] dice `Pero Jesús calló.´

    [216] [DieBibel] y [Peshitta] dicen `otra empleada.´

    [217] [WEB] dice `¿Qué es para nosotros? Míralo tu.´

    [218] [Peshitta] dice `templo.´

    [219] [Peshitta] dice `el campo del alfarero.´

    [220] [Peshitta] omite `Jeremías.´

    [221] [Peshitta] dice `tomé.´

    [222] [Peshitta] dice `del precioso.´

    [223] [Peshitta] dice `acordado por los hijos de Israel.´

    [224] [Peshitta] dice `Y las dí.´

    [225] [DiosHablaHoy] dice muerte

    [226] [Peshitta] dice `hagán como les plazca.´

    [227] [DiosHablaHoy] dice `Nosotros y nuestros hijos nos
    hacemos
    responsables de su muerte.´

    [228] [DiosHablaHoy] y [DieBibel] dicen `alrededor de Él.´

    [229] [WEB] dice `Salve,´ [Peshitta] dice `Paz.´

    [230] [Peshitta] agrega `en el rostro.´

    [231] [DiosHablaHoy] dice `cargara la cruz con Jesús.´

    [232] [DiosHablaHoy] dice `mezclado con hiel.´

    [233] [TR] añade «para que se cumpliera lo dicho por los
    profetas:
    `Se dividieron mi ropa entre ellos, y por mi ropa echaron
    suertes;´
    » [ver Salmo 22:18 y Juan 19:24].

    [234] [TR], [DieBibel] [DiosHablaHoy] omiten «los fariseos,»

    [235] Mediodía.

    [236] 3:00 P.M.

    [237] [TR] dice «lama», [DieBibel] dice «lema sabachtani», [
    DiosHablaHoy] dice «lema sabactani,» [Peshitta] no dice esta
    parte,
    sólo lo que significa.

    [238] [WEB] dice `de su resurrección.´ La traducción escogida
    concuerda con la de [DieBibel] y [DiosHablaHoy].

    [239] [Peshitta] dice `fina.´

    [240] La palabra para «hermanos» también podría traducirse
    como «
    hermanos y hermanas», ver nota de Mateo 13,55.

    [241] [Peshitta] dice `había acordado encontrarlos.´

    [242] [Peshitta] dice `lo alabaron.´

    [243] [Peshitta] agrega `y como me ha enviado mi Padre los
    envio a
    ustedes.´

    [244] [Peshitta] dice `el fin del mundo.´

    Bibliografía

    [DieBibel] Einheitsübersetzung der Heiligen Schrift. Die
    Bibel.
    Gesamtausgabe. Otto Knoch, Heinrich Arenhe, Gerhard Barth, et
    al.
    Verlag Katholissches Bibelwerk GmbH. 1980. Todos los derechos
    reservados.

    [DiosHablaHoy] Dios Habla Hoy. La Biblia. Sociedades bíblicas
    unidas. 1995. Todos los derechos reservados.

    [Peshitta] Peshitta Aramaic/English Interlinear New Testament.
    Paul
    D. Younan. http://www.peshitta.org/ Permite uso o reproducción
    de
    cualquier parte en cualquier forma sin permiso previo.

    [WEB] World English Bible Michael Johnson con base en American
    Standard Bible de 1911. http://www.ebible.org 2002. Dominio
    público.

    [Elberfelder] Johannes Evangelium: mit Erklärungen von Werner
    Heukelbach. Elberfelder. Missionswerk Werner Heukelbach. Todos
    los derechos reservados.

    [esv] Las sagradas Escrituras Versión Antigua. Russell Martin
    Stendal. Copyright (c) 1999. Puede ser usada libremente
    siempre y
    cuando su contenido no sea alterado.

    [TR] Textus Receptus. Greek New Testament underlying the King
    James
    Version.

    [NU] Nestle-Aland ed. 27/UBS ed. 4.

    [MT] Majority Text Greek New Testament.