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  • Diario de la navegacion empredida en 1781

    Diario de la navegacion empredida en 1781

    Aproximadamente 15.153 palavras.

    DIARIO DE LA NAVEGACION EMPRENDIDA EN 1781, DESDE EL RIO NEGRO, PARA
    RECONOCER LA BAHIA DE TODOS LOS SANTOS, LAS ISLAS DEL BUEN SUCESO, Y
    EL DESAGÜE DEL RIO COLORADO;

    POR

    D. BASILIO VILLARINO, PILOTO DE LA REAL ARMADA

    Primera Edicion. 1837.

    DISCURSO PRELIMINAR AL RECONOCIMIENTO DEL COLORADO.

    Al cabo de dos siglos y medio de dominacion se resolvió la Corte de
    Madrid á colonizar nuestras inmensas costas del sud: sus miras se
    dirijieron primeramente á las bahias de San José y de San Julian,
    concentrándose por último en el Rio Negro, que se consideró mas á
    propósito para recibir una poblacion. Los aprestos se hicieron en
    Montevideo, y el virey Vertiz, que gobernaba estas provincias, _acordó
    con un carpintero_ los auxilios que debian darse á D. Juan de la
    Piedra, nombrado Comisario y Superintendente de los nuevos
    establecimientos patagónicos.

    La expedicion zarpó el 15 de Diciembre de 1778, con cuatro buques, y
    en tan mal estado, que el mayor de ellos hacia 40 pulgadas de agua por
    hora al salir del puerto; asi es que emplearon cinco dias para
    desembocar al Océano. Con tan infáustos auspicios se emprendió la
    grande obra de la colonizacion de Patagónia!

    Ni se variaron despues. Antes de llegar á la Bahia sin Fondo, donde
    debia recalar la expedicion, estalló la discordia entre el
    Superintendente y D. Francisco de Viedma, que desde entonces aspiraba
    á suplantarle: en una correspondencia secreta que este último mantenia
    con el Virey, le indujo á desaprobar el primer establecimiento que,
    segun las instrucciones, Piedra habia fundado en la península de San
    José; y con igual injusticia se residenció á Villarino que habia
    vuelto á Buenos Aires á dar cuenta de sus reconocimientos. Se le acusó
    de infidencia, sin mas fundamento que el haber sabido que el esclavo
    de un platero, ocupado en sacar en limpio los borradores del piloto,
    los habia mostrado á D. José Custodio Sâ y Farias, brigadier
    portugues, que solicitaba entrar al servicio de España.

    Sin embargo, el viage que en 1779 Villarino emprendió al Colorado fué
    clasificado de descubrimiento, porque realmente nadie hasta entonces
    habia visitado aquel rio: su situacion retirada, en el fondo de una
    bahia toda sembrada de bancos y escollos, lo habia sustraido de las
    observaciones de los navegantes, que, despues de haber reconocido el
    Cabo San Antonio, se apartaban de la costa para no empeñarse
    inutilmente en una penosa travesía.

    Parece que el Superintendente Viedma no quedó satisfecho con este
    reconocimiento, puesto que obligó Villarino á volver otras tres veces
    al Colorado: la primera en 1780, la segunda en 1781, y la última en
    1785. El diario que publicamos corresponde al segundo de estos nuevos
    viages, y lo hemos preferido por ser el mas completo, sin que sean de
    desdeñarse algunos apuntes contenidos en los inéditos.

    "Este rio (_el Colorado_) dice el autor en uno de ellos[1], tendrá la
    cuarta parte del caudal del Rio Negro, ó menos. Yo lo pasé á caballo,
    y adonde era mas hondo me llegó el agua al basto del lomillo. En su
    desague no se vé reventazon; pero pienso sea de poco fondo, por lo muy
    desplayado, y por los muchos bajos que se descubren en la bajamar. La
    pleamar es una hora mas tarde que en la boca del Rio Negro. Los bajos
    dichos estan sembrados, por la parte de adentro, de las islas que
    forman, lo que pareció puerto á los de la chalupa."

    "El rio tendrá de ancho 60 á 70 varas. Su agua es algo gruesa, y muy
    inferior á la del Rio Negro: esto procede de un arroyo de agua salada
    que, según me dijo un indio, le entra muy arriba de su desagüe[2]. Las
    lagunas que hay en sus márgenes son saladas, y lo mismo las que se
    hallan en el espacio comprendido entre estos dos rios, cuya distancia,
    prudencialmente calculada, es de 24 leguas: esto es, del Colorado al
    primer pozo, 8 leguas; del primero al segundo, 10; y del segundo al
    Fuerte del Carmen, 6."

    En otro documento contemporaneo, que existe inédito en poder
    nuestro[3], hallamos los siguientes detalles sobre el Colorado: es el
    Superintendente Viedma el que habla–

    DIA 17 DE JULIO DE 1781.–"A las 8 de la mañana emprendí mi marcha
    al reconocimiento acordado con el indio lenguaraz Matias. Fueron
    conmigo el ingeniero extraordinario D. José Perez Brito, D. Pedro
    Fermin Indart, el P. Sanchez, con tres dragones, incluso el cabo
    Bores, y tres soldados de infanteria. Matias venia de vaqueano, y
    por habernos dicho que el rio estaba muy lejos, llevamos para cada
    uno dos caballos de muda.

    "Nuestra marcha fué en todo el camino á galope. A las 11-1/2 del
    dia llegamos al parage donde se aparta el camino que sale para el
    Sauce: habrá de distancia de la isla[4] este sitio, unas once
    leguas, poco mas ó menos. Todo el terreno es fertilísimo, muy
    abundante de pastos, particularmente de trebol, que se cria tan
    lozano, que en partes tiene mas de media vara de alto. La leña es
    escasa, aunque en dicho sitio hay una loma con algunos chañares,
    que es endonde Matias dice que puede hacerse el fuerte: en lo
    interior del terreno se advierte tal cual islote de ellos.

    "El rio tiene poca arboleda de sauces, y de ínfima calidad, inutil
    enteramente para edificios, y solamente buena para quemar: con
    estos, y los chañares se puede por algunos años abastecer de leña
    á una poblacion. Estos árboles cubren por trechos las márgenes del
    rio; espesos en unos, claros en otros, y á veces ninguno, de modo
    que suelen pasarse cuatro ó seis cuadras, y hasta media legua sin
    encontrar un sauce.

    "El camino que sale desde las orillas del Colorado con direccion
    al Sauce, sigue hasta Buenos Aires, segun me informó Matias, y á
    las ocho leguas está el manantial, ó pozo que cita el peon Juan
    José Gonzalez en su relacion: de este parage á las Salinas, de que
    se hace mencion en mis instrucciones, habrá como un dia de camino:
    dichas Salinas, dice el mismo indio y otros que he examinado, son
    abundantísimas, y de sal excelente.

    "Todo el terreno que se descubre desde la citada loma, es arenoso
    y estéril, tanto por el norte como por el este; y el indio Matias
    me aseguró que cuanto mas arriba, tanto mas desnudo era el
    terreno, habiendo solo alguna arboleda mas en las orillas del rio.

    "Que en lo interior no hay indios, pues á excepción de los que
    estan en las sierras del Casuhatí[5], Tandil, Vulcan, en Salinas,
    y los que pertenecen á las tolderias de Calpilquís[6], y
    Guchuláp[7]; todos los demas tienen su domicilio permanente en las
    inmediaciones del Rio Negro, de donde salen como enjambres para
    abastecerse de yeguas y caballos. Son varias tribus, á saber: los
    Chulilaquihets[8], los del cacique Quiliner, y otras, cuyos
    nombres no he podido entender. Me hablaron tambien de un cacique
    poderoso llamado _Sanquel_[9], que se aguardaba dentro de pocas
    lunas en los toldos del cacique Negro.

    "Cuando estas indiadas se ponen en camino para las fronteras de
    Buenos Aires, tienen que pasar precisamente por un parage del Rio
    Negro, al que llaman _Chuelechet_, pues ningun otro es
    transitable. Desde este sitio salen dos caminos, el uno para el
    Colorado, el otro para las Salinas, que quedan á dos dias de
    marcha, y en donde hay agua en abundancia. Desde este punto sigue
    el camino por el Sauce y las sierras, y algunos trozos de indios
    lo transitan sin pararse en el Colorado.

    "Que el Cacique Negro, despues de haberse casado con una Araucana,
    y de haber muerto á algunos indios emparentados con los del
    cacique Usel[10], se ha separado de él, y se ha establecido cerca
    de las tolderias de Chulilaquin.

    "Para reconocer la otra banda del Colorado intenté vadearle, á
    cuyo objeto le hice tantear por un indiecito que se hallaba á
    cerca de media legua, pastoreando unos caballos de las tolderias
    de Usel. Pero, viendo que poco le faltaba para nadar con su
    caballo, no me determiné á pasarle, considerando que no era
    precisa esta diligencia, pues se veia que aquellos terrenos eran
    iguales á estos: y el cabo Bores me dijo, que los habia transitado
    cuando vino con su partida al alcance de los desertores, y que le
    parecieron mas fértiles.

    "Por aquel lado hay dos pequeñas salinas: vimos á una de ellas; á
    la otra no, por estar mas distante; y segun me informó el indio
    Matias, tienen sal solo en el verano. La fertilidad de estos
    terrenos, por lo que he andado, se extiende á cerca de cuatro
    leguas de ancho en ambos márgenes, las que unidas suman ocho, y
    creo que es el efecto de las inundaciones del rio en tiempo de las
    grandes avenidas, que los indios dicen ser periódicas en los
    veranos, y que cubren dos y hasta tres leguas por cada lado. La
    planicie del terreno favorece estos riegos naturales, que serán
    con el tiempo un manantial de riqueza para los que vengan á
    explotarlo.

    "Estos parages abundan de perdices, palomas, avutardas, patos,
    lievres, venados, etc."

    Ningun provecho sacó la Corte de Madrid de estos reconocimientos: la
    apatia era su estado habitual, y solo cuando recelaba un rompimiento
    con alguna potencia europea, se despertaba de su letargo para ordenar
    que se explorasen las costas del sud, no con el objeto de poblarlas,
    sino para desalojar á los extrangeros. En el gobierno del Virey Melo,
    los cuidados de la lucha en que España se hallaba empeñada con la
    República Francesa, hicieron registrar dos veces la Bahia de Todos los
    Santos, la Anegada, y la boca del Rio Colorado, donde se sospechaba
    que se ocultasen subditos de aquella nacion. Una de estas expediciones
    salió del Rio Negro en el verano de 1794, á las órdenes del capitan de
    fragata D. Juan Gutierrez de la Concha, que, despues de haber
    acompañado al ilustre y desgraciado Malespina, se detuvo en Montevideo
    para hacer un mas prolijo reconocimiento de los puertos de la costa
    patagónica: la otra fué encomendada á D. José de la Peña, el piloto el
    mas experto en la hidrografia de aquel litoral. El diario de Concha se
    ha sustraido hasta ahora á nuestras indagaciones, y recelamos que el
    fin desastroso[11] de este oficial, haya ocasionado la pérdida de sus
    papeles: el diario de Peña nada adelanta á lo que sabemos del Rio
    Colorado, habiéndose ocupado mas especialmente de reconocer las bahias
    adyacentes.

    En 1822 todos estos parages fueron explorados, de órden del gobierno,
    por el Coronel Cramer, en cuyo informe hallamos las siguientes
    noticias del Colorado. "De la Bahia de Todos los Santos pasé á la de
    la Union. Las canales que conducen de una á otra tienen poco fondo, y
    solo las chalupas pueden atravesarlas: reconocí al pasar la Isla Larga
    y la de Borda; pero una y otra ofrecen muy pocos recursos.

    "La Bahia de la Union, ademas de prometer las mismas ventajas que la
    de Todos los Santos para la pesca, tiene tambien mejores fondeaderos:
    la canal para entrar es bastante ancha, con cinco brazas de agua en
    bajamar.

    "El rio Colorado desemboca en esta bahia por dos canales: la una
    chica, y la otra grande. A la pleamar las chalupas pueden pasar por la
    primera; la segunda tiene tres brazas de agua casi en toda la
    extension, de modo que los buques pueden fondear en este brazo con la
    mayor seguridad.

    "Creo que en toda la costa no hay un punto que ofrezca las ventajas de
    esta bahia: porque, á mas de ser bastante abrigada, á pesar de su
    grande extension, es tambien el único paso para llegar al Colorado,
    por ser las bocas de afuera de esto rio casi siempre impracticables,
    aun para las embarcaciones pequeñas.

    "Entré en el Colorado por la canal chica: este rio se divide en una
    porcion de brazos, que forman otras tantas islas, pero todas
    anegadizas y pantanosas. La corriente baja con mucha fuerza, y trae
    tanta arena que las canales se obstruyen. Al salir de este rio para
    seguir la costa hacia el norte, hallamos tan poca agua que varamos con
    una canoa chica. Como á nueve leguas del Colorado encontre la Bahia de
    Brightman, etc."

    Desde entonces no se oyó hablar mas del Colorado, hasta la campaña de
    1833, en que el Sr. General Rosas, cuyo cuartel general ocupaba las
    márgenes de este rio, ordenó que se emprendiese su reconocimiento.
    Mientras la goleta San Martin penetraba por la boca del rio, dos
    botes, que se construian en las inmediaciones del campamento, debian
    seguir los movimientos de la division Ramos, para elevarse hasta donde
    les era posible hacerlo. La San Martin muy cargada, y calando nueve
    cuartas, pasó por la barra, y el 27 de Julio fondeó á dos cuadras del
    campamento, que, segun las observaciones del astrónomo del ejército,
    se hallaba en los 39° 37' 58" 5"' de latitud, y á los 64° 53' 55" 30"'
    de longitud, al oeste del meridiano de Paris.

    La boca del Colorado, que Villarino colocó en los 39° 57,' y el
    capitan Morell[12] en los 39° 49', segun el capitan Bathurst, yace en
    los 39° 55'. Sus demás observaciones se hallan en el parte que
    insertamos á continuacion de este discurso.

    "El rio Colorado, segun se colige del diario del Ejército[13],
    corre sobre arena, y tiene de ciento á docientas varas de ancho.
    Solo dá paso en el invierno, pues en verano está siempre lleno y
    muy profundo: los indios lo pasan en balsas de sauce. Sus costas
    son poco barrancosas, y pobladas en lo general de árboles de sauce
    colorado y blanco. Cuando está crecido en verano inunda una parte
    de los grandes llanos que se abren en sus márgenes. Los pastos de
    estos son de los mejores engordes, y en los altos son fuertes y
    excelentes para el pastoreo."

    El nombre que lleva este rio, uno de los mas caudalosos de las pampas,
    es la traduccion literal de _Coli-leufu_ que le dan los indios. En
    algunos mapas publicados en Inglaterra y en Francia se le dá tambien
    el título de _Primer Desaguadero_, y el de _Segundo_ al Rio Negro que
    le sigue inmediatamente al sud: esta denominacion, cuyo origen
    ignoramos, es exacta, porque efectivamente por estos dos rios
    _desaguan_ al mar los infinitos raudales que bajan de la Cordillera, y
    los que se forman en las pampas, en una extension comprendida entre
    las costas del Oceano y las cumbres de los Andes, por el espacio de
    cerca de 12 grados de latitud. Pero nada mas incorrecto que el curso
    de ambos rios, segun los representan los modernos geógrafos: ni es
    estraño que los desconozcan, siendo tan escasas las nociones que se
    tienen generalmente de la topografia interior de este pais. Es de
    sentir que en la última campaña al desierto, la division Ramos no
    hubiese continuado sus marchas en la direccion que seguia, para
    resolver practicamente el problema del origen del Colorado. Si fuesen
    ciertas las noticias transmitidas por un observador moderno[14],
    deberiamos buscar sus fuentes en la misma Cordillera, entre los 36 y
    37 grados de latitud, y seguir su curso por las inmediaciones de
    _Muinlin_[15], y al sur de Payen[16]: en lo que no cabe duda es, que
    ningun rio de la provincia de Mendoza desagua en el Colorado, al menos
    de un modo aparente. El Desaguadero, que fluye de las lagunas de
    Huanacache, el Tunuyan[17], el Diamante, despues de haber derramado
    sus aguas en las cienagas que encuentran, se pierden en una gran
    laguna que se forma á las faldas de Limeñ-Mahuida[18]; y es probable
    que esta inmensa acumulacion de aguas pase por meatos subterraneos á
    aumentar el caudal del Colorado, que es el único rio que corre por
    aquellas inmediaciones: lo que nos induce á creerlo son los grandes
    tremedales que cubren sus orillas, y que suponen una infiltracion
    copiosa y perenne.

    Falkner, cuya _Descripcion de Patagonia_ contiene noticias
    importantes, habla de un modo muy inexacto del Colorado: talvez es la
    parte mas defectuosa de su obra. Imbuido como estaba de que este rio
    "recibia cerca de San Juan y de Mendoza las aguas del Tunuyan, para
    perderse despues en las lagunas de Huanacache;" sostuvo este error con
    la especie de un buque español que naufragó en la Bahia Anegada[19], y
    cuya tripulacion llegó por el Colorado hasta la segunda de estas
    ciudades: de donde inferia que no quedaba la menor duda sobre el curso
    de este rio, tal cual él lo habia descrito: (_the course of this river
    therefore is established past all doubt[20]_). Citamos sus mismas
    palabras para hacer sentir la necesidad de leer con desconfianza lo
    que se ha divulgado hasta ahora sobre la topografia de estas
    provincias. La que puede perfeccionarla es la obra de los Sres.
    Fitz-Roy y King[21], recien anunciada en Inglaterra, sobre la Costa
    Patagónica y el Estrecho de Magallanes, por ser el producto de muchos
    años de diligentes é ilustradas investigaciones. Sentimos no haber
    podido tomar conocimiento de los planos que sus autores enviaron á
    Buenos Aires, y que nos hubieran ayudado á completar estas noticias.

    Las costas del Colorado, tan yermas en el dia, abrigaban en otros
    tiempos tribus numerosas. Los "Diuihets" y los "Chechehets,"[22] á
    quienes los españoles llamaban _Pampas_: los "Puelches" y los
    "Tehuelches," mas conocidos con el nombre de _Serranos_ ó _Patagones_,
    poblaban estas vastas soledades[23], de donde se lanzaban como fieras
    sobre nuestros establecimientos rurales. Cuando se emprendió por
    primera vez el reconocimiento del Colorado, el gefe de mas séquito de
    estas parcialidades era el famoso Chanel, ó _Cacique Negro_, que fué
    por muchos años el terror de nuestra provincia: Villarino estrechó
    relaciones íntimas con él, sin sospechar que debia ser su verdugo.
    Reservamos los detalles de esta tragedia para nuestro discurso
    preliminar á la navegacion del Rio Negro.

    #PEDRO DE ANGELIS#.

    Buenos Aires, 12 de Marzo de 1839.

    _Comandancia de Marina de la Division Izquierda._

    Rio Colorado, á 31 del mes de Mayo de 1833. 24 de la Libertad, y 18 de
    la Independencia.

    Al Sr. Comandante en Gefe de la Goleta de guerra San Martin.

    El Sr. General en Gefe de esta division me ha ordenado comunicar á V.
    los conocimientos que he tomado del puerto de este rio en el
    reconocimiento que de él he practicado ultimamente en la comision que
    á este objeto me confirió dicho Señor.

    Llegado á la latitud de 39° 55' S se tendrá la boca del rio al S. 67°
    30' O. En dicha latitud, á la distancia de dos á tres millas de la
    boca, se encuentra la profundidad de cuatro brazas, y se observan unos
    médanos, ó cerrillos de arena al N. 78° 45' O, marcados con letra B en
    el plano que acompaño[24]; y un arbol solo el mas notable, letra D, en
    la misma direccion de la entrada de la boca, que es S. 67° 30' O.

    El canal de la boca se distingue por la corriente colorada que se nota
    en medio de aguas quebradas encima de los bancos. Al entrar en la boca
    tendrá una y media braza sin el flujo, y con este una braza mas: y,
    habiendo entrado como media milla para adentro, se encuentran dos
    brazos sin aquel, y tres con él; donde se fondeará cerca del arenal
    grande de la mano derecha, señal dos anclas, demorando entonces al N.
    45° O los medanos primeramente observados en B, y el arbol de que se
    ha hecho referencia D, al rumbo S 67° 30' O.; demorando tambien unos
    pequeños médanos, letra C, al S 40° O.

    Aunque de este fondeadero para arriba las corrientes son bien rápidas,
    en la hora del flujo se pueden avanzar unas dos millas mas,
    inclinándose siempre á la costa de la derecha, hasta enfrentar la
    primera isla E de la izquierda, endonde se encuentran sobre la costa
    tres palos clavados F, y en el mas alto una tablita atravesada, en que
    está grabado FEDERACION, y los vestigios de mi campamento en los dias
    20 y 21 del presente.

    Al tomar la boca es preciso prevenirse para no dejarse abatir por la
    corriente, que es violenta hácia el norte. Las profundidades que he
    referido, se han hallado sondando en el reflujo, ó bajamar. Los rumbos
    expresados son con relacion al norte magnético….

    GUILLERMO BATHURST.

    DIARIO DE VILLARINO.

    _Diario de la navegacion que vá á hacer D. Basilio Villarino, segundo
    piloto de la Real Armada, con las dos embarcaciones de su mando, el
    bergantin_ Nuestra Señora de Cármen y Animas, _y la chalupa _San
    Francisco de Asis, _desde el Rio Negro, á reconocer la costa, la bahia
    de Todos los Santos, Islas del Buen Suceso y demas adyacentes, buscar
    el desague del Rio Colorado, y penetrar su entrada, de órden del
    Comisario Superintente de estos establecimientos, el Sr. D. Francisco
    de Viedma._

    DIA 12 DE ABRIL DE 1781.

    A las ocho y media de la mañana tiré la última pieza de leva, y me
    hice á la vela del establecimiento con las expresadas embarcaciones, y
    viento N bonancible. A las cuatro y media de la tarde llegué á la boca
    del Rio Negro, remolcando el bergantin con el bote y la chalupa, por
    estar calma; en cuyo parage dí fondo, á esperar tiempo á propósito
    para emprender mi navegacion, el que no pude conseguir hasta el 4 de
    Mayo, en cuyo intérvalo de tiempo tuve lugar de registrar la barra,
    (el que no habia tenido antes) como á satisfaccion la registré en los
    dias que el tiempo lo permitia; y no sin muchísima utilidad, pues
    descubrí por la parte del N una canal, mejor que la que hasta ahora
    practican los navegantes á este rio por la parte del S.

    Esta canal hace fácil y poco arriesgada su navegacion á este rio, su
    entrada y salida casi con todos vientos, sin atender á otra cosa que á
    las mareas: lo que no sucedia antes, pues era preciso combinar estas
    con los vientos, y estos debian ser favorables en el único punto de la
    pleamar, cuya circunstancia eternizaba las embarcaciones, que
    fondeadas de la parte de adentro iban á entrar, pues no
    concurriéndoles en aquel punto de la pleamar viento favorable,
    permanecian fondeadas afuera. Y aunque á mí nunca esta circunstancia
    me detuvo, pues casi siempre he entrado con viento contrario, ya se ha
    visto lo muy cerca que alguno ha estado de perderse, por permanecer
    afuera fondeados: por lo cual convendria, que los navegantes á este
    establecimiento se instruyesen bien en la barra de este rio y sus
    canales, á fin de asegurar sus vidas y los reales intereses; pues solo
    la falta de practica es la que ocasiona los muchos riesgos y
    detenciones que continuamente se experimentan.

    Parece que contradice lo que llevo dicho, el haber yo estado desde el
    dia 12 de Abril hasta el 4 de Mayo fondeado en la boca aguardando
    tiempo oportuno para mi viage: pero no es así, porque yo salgo á un
    reconocimiento, de cuyo paraje no se sabe otra cosa que lo muy
    peligroso que es, que precisamente debo salir á tal hora que pueda
    pasar en el dia los bajos de Punta Rubia; que el viento sea tal que me
    proporcione de dia esta navegacion, y que lo pueda resistir una
    embarcacion menor como es la chalupa que llevo conmigo sin exponerla á
    zozobrar; y que la mar sea á propósito, para que así mismo la pueda
    resistir, y otras infinitas circunstancias que me es indispensable
    atender, como conocen los inteligentes en la navegacion: y únicamente
    el asegurar las comisiones que se me han encargado pudieron á veces
    detenerme algunos dias fondeado en la boca, pero no los vientos
    contrarios ni aun las noches, pues he entrado y salido por la barra,
    sin que uno ni otro me sirviese de estorbo aun antes de descubrir esta
    canal: pero ahora descubierta, es mucho mas fácil esta navegacion, por
    lo que se hace preciso que se hagan prácticos en ella todos los que
    navegan al Rio Negro.

    Los vientos que regularmente detienen en la boca de este rio á los que
    van á salir de él para Buenos Aires, son del tercer cuadrante, y estos
    son contrarios hasta salir de la barra por la canal del S: pero en
    saliendo de ella, todos son vientos largos para hacer esta navegacion.
    Por la canal del N son favorables, pues esta corre con la boca del rio
    ENE y OSO; y en esta inteligencia, los que mas detenian las
    embarcaciones antes que se descubriese, son ahora los mas favorables.

    Del mismo modo, los vientos que tenian las embarcaciones fondeadas á
    fuera de la barra, tan expuestas á perderse cuando venian á entrar,
    eran del primer cuadrante y del cuarto: esto es, desde el ENE hasta el
    NO, los cuales son asimismo favorables por la expresada canal.

    Unicamente solo un temporal, ó los vientos del segundo cuadrante,
    pueden detener los barcos que salen de Rio Negro para Buenos Aires,
    fondeados en la boca, por ser estos contrarios á esta navegacion y
    travesías á la costa; pero la entrada no la pueden estorbar á los
    inteligentes en las dos canales del S y del N, (á no ser un temporal
    desecho, que no pueda aguantar) ninguna especie de vientos, sea donde
    se fuere.

    DIA 4 DE MAYO.

    A las siete y media de la mañana metí el bote á bordo, y á las ocho y
    cuarto me hice á la vela con viento ONO medianamente fresco. A las
    ocho y media estaba á distancia de 100 varas de la punta del N del
    rio, y seguí gobernando al ENE, á pasar por la canal del N. A las
    nueve estaba en la menor agua, que fué de dos brazas, y demarqué la
    punta del N del rio al OSO, distancia de cuatro millas, y seguí á
    dicho rumbo hasta las nueve y media que goberné al NE, siempre
    barajando la costa á distancia de media legua, y lo mas separado de
    ella fué una legua. A las 11 se llamó el viento al S recio, por lo que
    me fué preciso acortar de vela por esperar la chalupa, y llevarla
    siempre á mi costado para socorrerla en caso de que no pudiese
    aguantar. A la una y tres cuartos entré en los bajos de Punta Rubia,
    sobre los cuales pensé largase la quilla esta embarcacion; pero, ya
    barándo, ya saliendo, estuve hasta las dos, que doblé la dicha punta y
    salimos á mas agua, y á este tiempo metí en vuelta del ONO, barajando
    la costa á distancia de un cable. A las cuatro de la tarde me hallé
    entre la Isla de las Gamas y tierra firme, en tres brazas de agua, y
    dí fondo en este sitio por ser abrigado, á fin de hacer aquí algunos
    reconocimientos. A las cuatro y media eché el bote al agua, y fuí á
    reconocer el brazo de mar que entra entre la tierra firme y la
    Península de los Jabalies, por haberme parecido desde el tope laguna.
    Habiendo llegado á él, probé el agua salada, y por ser ya de noche me
    volvi á bordo: en este intermedio hice tender la red á los marineros,
    y se pescaron algunos pejereyes y bacalaos.

    DIA 5.

    Amaneció con el viento ONO: duró sin que permitiese hacer diligencia
    alguna, ni salir de á bordo.

    DIA 6.

    Salí de mañana á reconocer la tierra, y mandé la chalupa á que
    reconociese una isla que está á la parte del N: todo el dia estuve en
    tierra y reconocí los dos arroyos, que llevan los nombres de _Arroyo
    Hondo y Arroyo Chico_: en el primero hallé cuatro brazas de agua en
    pleamar, cuyo fondo sigue una milla, arroyo arriba, y es excelente
    para estar fondeadas dentro de él embarcaciones, pues no puede haber
    temporales que las incomoden: el segundo es menos hondable, mas
    angosto y de menos caudal. La tierra es arenisca y sin leña, pero no
    falta pasto: su calidad es mejor que la del Rio Negro, exceptuando la
    llanura de este á donde lo bañan las corrientes; hallé rastro fresco
    de caballos silvestres, como de 70 animales, y abunda de perdices,
    leones, jabalies y liebres. Se tendió la red y se pescaron pejereyes,
    sollas y bacalao, pero poco. Al anochecer volví á bordo.

    DIA 7.

    Al amanecer bajé á tierra á reconocer el campo, á fin de hallar agua
    dulce, observando la latitud, y la hora de la pleamar: anduve toda la
    mañana sin que pudiese descubrir agua. Al mediodia observé el sol á la
    lengua en 40° 32', y la pleamar á la una y tres cuartos de la tarde, y
    siendo en el Rio Negro en este dia, á las once, tres quintos, se sigue
    que hay dos cuartos nueve minutos de diferencia de un puerto á otro.
    Al anochecer me retiré á bordo, y se mataron hoy 17 jabalies, á cuyo
    tiempo llegó la chalupa de registrar la isla, en la que no halló otra
    cosa digna de notar que muchas gamas; estando esta circundada de mar
    por todas partes, y siendo la distancia mas breve á tierra firme de
    cinco millas, de las cuales trajeron diez muertas.

    DIA 8.

    A las ocho y tres cuartos de la mañana me hice á la vela en vuelta del
    ONO, con el viento SO fresco. A las nueve y media viré por avante con
    vuelta del SSO, por haber dado encima de un bajo: las nueve y treinta
    y dos minutos viré por causa de otro: á las nueve y cincuenta minutos
    volví á virar por el mismo motivo, hallándome casi en cima de otro: á
    las diez volví á virar por lo mismo: las once viré en vuelta de SE,
    por hallar solo una braza de agua: á las once volví á virar á buscar
    mas agua; y á las doce dí fondo en 7 brazas, y observé el sol en 40º
    25' de latitud, y por descargar el viento por el SO duro, me mantuve
    dado fondo el resto del dia.

    DIA 9.

    Amaneció claro, el viento por el O fresco. A las nueve y media me hice
    á la vela: las diez y cuarto viré en vuelta OSO por haber hallado poco
    fondo: á las diez 1/4 viré en vuelta del N, por la misma razon: las
    once 1/4 volví á virar por causa de un bajo, y á las doce y cuarto dí
    fondo por hallarme cercado de infinitos bajos, en 5 brazas de agua
    lama, habiendo arreciado tanto el viento, que se hallaron á riesgo de
    perderse las embarcaciones. Al anochecer abonanzó algo el viento.

    DIA 10.

    Esta mañana me hice á la vela, continuando mi navegacion y
    reconocimientos. A las nueve y tres cuartos varé en un desplayado
    grande, que hace entre tierra firme y los muchos bajos que están
    sembrados por todo este saco. A las doce y media pude sacar la
    embarcacion, y volví á hacerme á la vela: las dos y cuarto de la tarde
    volví á varar, y tan de firme que no fué posible poder sacar el
    bergantin.

    DIA 11.

    Seguí siempre con la faena de sacar el bergantin, (que sería
    prolijidad referir aquí los trabajos y maniobras que se hicieron en
    esto), el que pude poner en flote á las tres y media de la tarde, á
    cuyo tiempo me hice á la vela en vuelta del ENE 5º E. A las cuatro dí
    fondo en 2 brazas de agua, cerca de la Isla de Vaqueriza.
    Inmediatamente bajé á ella, y la atravesé hasta la parte opuesta que
    tiene media legua de ancho, y me parece que con tiempos fuertes se
    anega toda. En ella no he visto animal alguno, ni rastro de ellos:
    hice tender la red y se tomaron pejereyes, pero grandes y de especial
    gusto, y á las seis y media de la noche me retiré á bordo.

    DIA 12.

    Este dia se mantuvo el viento de NO, pero tan fuerte que no permitió
    hacer operacion alguna.

    DIA 13.

    Amaneció claro, y el viento al NO recio: mandé 6 marineros descalzos
    para que reconociesen la isla por la parte del NE, que por ser
    pantanosa no se puede andar calzado. Luego que caminaron como 2
    leguas, tuvieron que volverse por el mucho pantano y arroyos que les
    estorbaron el seguir adelante: llegaron á bordo á las dos de la tarde:
    el viento se mantuvo muy fuerte todo el dia, y así anocheció.

    DIA 14.

    Este dia continuó el viento del NNO tan recio, que ni aun pude salir
    de á bordo, de cuyo modo anocheció.

    DIA 15.

    Siguió el tiempo de la misma conformidad.

    DIA 16.

    Amaneció claro, y el viento al N fresquito, á cuyo tiempo embarqué en
    la chalupa víveres para ocho dias, y salí con ella dejando fondeado el
    bergantin en el expresado paraje. Seguí el Arroyo del Baradero, y
    habiendo llegado á su barra no tuve agua para pasar, por lo que dí
    fondo y allí pasé la noche.

    DIA 17.

    A las siete y media de la mañana salí de la expresada barra, y navegué
    al NNE hasta las doce del dia, que habiéndose llamado el viento á la
    proa, navegué á remo hasta las tres de la tarde, que desembarqué en la
    Isla de Bordas, y desde ella observé que rompia la mar por la parte de
    afuera desde el NE hasta el SE.

    En esta isla no hallamos otra cosa que chorlitos, gaviotas y lobos
    marinos; é inmediato á ella fondeamos la chalupa, y nos quedamos á
    hacer noche.

    DIA 18

    A las siete de la mañana salí, dando vuelta por el NNO NO y SO,
    siempre por el fondo desde 3 palmos á 7, á excepcion de algunos pozos,
    ó canalizos muy angostos, hasta que llegué á 3 brazas de agua, y 2 y
    media arrimado á la Isla de Urristi, cuyo sitio es un buen fondeadero
    abrigado y de buena tenazon. Desde este sitio fuí siguiendo la canal,
    pero á distancia de media milla dimos sobre bajos, despues de haber
    varado infinitas veces: arrimamos á la isla para aguardar la bajamar,
    á ver si en ella descubria algun canalizo por donde seguir; observé la
    pleamar á la una y un quinto de la tarde, de que se sigue que el dia
    de la conjuncion ser á las cinco y un quinto. Habiendo bajado al agua,
    se repartieron los marineros por los desplayados, y el proel de la
    chalupa pasó hasta la tierra firme desnudo, nadando algunos pozos; el
    que llegó de noche con la noticia, de que todo el trecho que hay desde
    la isla á tierra no tiene canal alguna, pero que se habia visto muchas
    veces casi sumergido en fango. Desde esta isla para el NNE se descubre
    un laberinto de bajos y juncales, y todo fango intransitable. A las
    nueve de la noche descargó una turbonada de viento y agua con truenos,
    y así se mantuvo toda la noche.

    DIA 19.

    Este dia salí dando vuelta á los bajos, gobernando al SE y SSE, y
    habiendo navegado 2 y media leguas, goberné al SO, S y SSO, hasta la
    noche que di fondo en una y media brazas de agua.

    DIA 20.

    Salí al amanecer para á bordo del bergantin, á fin de traerlo hasta la
    Isla de Bordas, para aproximarlo mas al Colorado, y seguir de allí con
    las embarcaciones menores al reconocimiento, y porque me faltaban
    viveres, y no me era posible con los que tenia seguir adelante el
    reconocimiento, con solo la chalupa me costó bastante hallar la boca
    del Arroyo del Baradero pues sobre no tener mas que 15 varas de ancho,
    no tiene señal alguna por donde se conosca, por ser todo mar al
    rededor como 3 leguas, y con una y media brazas de agua. A las tres y
    media de la tarde llegué á bordo del bergantin, que ya estaba
    inmediato á la barra del arroyo, que así se le habia prevenido al
    piloto á mi salida. Anocheció lloviendo, y así se mantuvo toda la
    noche.

    DIA 21.

    Al amanecer mandé el bote á poner balizas en la barra del arroyo: todo
    el dia estuvo lloviendo, y el viento al NNE recio.

    DIA 22.

    Este dia estuvo el viento por el N recio, y por ser contrario no pude
    salir con el bergantin á la barra.

    DIA 23.

    Este dia de la misma conformidad estuvo el viento fuerte, y contrario
    por el ESE, y lloviendo.

    DIA 24.

    De la misma suerte ha estado lloviendo, y el viento del primer
    cuadrante recio.

    DIA 25.

    Amaneció nublado y el viento al SSO, cuyo tiempo me hice á la vela. A
    las ocho y media varé junto á la primera baliza, y empezé la faena de
    sacar la embarcacion, habiendo arreciado el S. A mediodia observé el
    sol en 40° 14' de latitud. A las dos de la tarde salio la embarcacion,
    y me hice á la vela, y volví inmediatamente á varar: tendí dos espias
    para salir, y habiéndola puesto á las tres en flote, me hice á la vela
    y volví á varar á las tres y media, á cuyo tiempo volví á la faena de
    sacarla. A las cinco conseguí poner el bergantin en la canal, y me
    amarré á pasar la noche.

    DIA 26.

    Amaneció claro, y el viento al O recio. A las seis y tres cuartos, me
    hice á la vela, y á las siete y media varé, y aunque se trabajó
    muchísimo no fué posible sacar la embarcacion. A las diez fué el bote,
    y puso 9 balizas en la canal. Al mediodia observé 40° 14'. A las
    cuatro y media de la tarde sacamos el barco de donde estaba varado,
    habiendo trabajado todo el dia en esta faena, á cuya hora me hice á la
    vela, y hice recoger la balizas. A las cinco estaba fuera de la barra.
    Al anochecer dí fondo en 5 brazas de agua: pasamos la noche con viento
    del cuarto cuadrante recio, y tanto que me fué preciso meter el bote
    bordo.

    DIA 27.

    Amaneció viento del cuarto cuadrante recio; á las doce se llamó al SO.
    A la una, habiendo algo abonanzado, me hice á la vela, y se me cayó el
    relox al agua, quedándome sin siquiera una ampolleta para gobierno, y
    sin relox alguno bordo de ninguna especie. Seguí adelante, gobernando
    al N 1/4 NO. A las tres dí fondo, y reconociendo que no era buen
    paraje, zarpé el ancla y me hice á la vela, y navegué por 3-1/2,
    4-1/2, 5 y 6 brazas de agua, y dí fondo en 2-1/2, á distancia de una
    milla de la Isla de Bordas, demorando esta por su medianía al N 1/4
    NO.

    DIA 28.

    Amaneció el viento al OSO fresco, y fui á la Isla de Bordas á observar
    la latitud, que es de 40° 3'. A las doce y media mandé la mitad de la
    gente á bordo, por haber arreciado mucho el viento, y fué tanto que no
    pudo volver el bote en busca mia, ni de la demas gente. Siguió siempre
    el temporal, y me quedé en la isla esta noche, habiendo sido preciso á
    bordo dar fondo á la _esperanza_.

    DIA 29.

    Amaneció el viento al SO recio. A las nueve de la mañana, habiendo
    disminuido un poco, vino el bote, y me fuí á bordo. A las diez mandé
    el bote á llevar víveres á la chalupa, que estaba fondeada de la parte
    del N de la isla, y le era imposible venir á bordo. A las cuatro de la
    tarde llegó el bote á bordo: anocheció con el viento al SSE fresco.

    DIA 30.

    Amaneció con el viento por el N fresco, y á las ocho atracó la chalupa
    bordo, y le hice embarcar ocho dias de víveres. A las cuatro de la
    tarde me hice á la vela para mejorar de fondeadero, y por ser la canal
    angosta y viento contrario, varé dos veces, y con una hora de noche dí
    fondo en 4 brazas de agua.

    DIA 31.

    Este dia estuvo el viento por el NO duro, por lo que me mantuve
    fondeado, y se le pusieron á la chalupa baileos nuevos por estar los
    otros inservibles.

    DIA 1.º DE JUNIO.

    A las ocho de la mañana me hice á la vela con viento SO fresco, y
    goberné al N 1/4 NE hasta que hallé 5 brazas de agua de la parte del
    NE de la Isla de Bordas, que por haber visto reventar la mar y bajos
    por todas partes, dí fondo en dicho sitio hasta reconocerlos. A la una
    de la tarde mandé la chalupa con el piloto á la Punta de los Lobos,
    para que registrase los bajos, y viese si habia sitio á donde echar el
    caballo en tierra, á fin de reconocer la boca del Colorado por
    considerarme ya muy cerca de su desague. Al ponerse el sol tendí la
    ancla grande, por haberse puesto el horizonte de mal semblante. Al
    anochecer entró el viento por SO á ráfagas muy fuerte con granizo, y
    mandé izar un farol al tope mayor, para que le sirviese de guia á la
    chalupa. A las seis llegó la chalupa á bordo, con la noticia de haber
    hallado cerca de la Punta de los Lobos 5 brazas de agua.

    DIA 2.

    A las ocho de la mañana zarpé las anclas, y me hice á la vela para la
    Punta de los Lobos. A las nueve y media tocó el barco, y fué
    arrastrando como dos cuadras, hasta que cayó en 5 brazas. A las diez y
    media dí fondo en 5 brazas de agua, inmediato á la expresada punta,
    habiendo navegado en vuelta de N 1/4 NE. A las cuatro y media de la
    tarde volvi á hacerme á la vela, para mejorar de fondeadero, y navegué
    al NO 1/4 O una milla, y á las cinco dí fondo en 4 brazas fango, y
    aseguré la embarcacion con los mejores cables. Anocheció de mal
    semblante, y á las tres de la mañana se achuvascó el tiempo, y
    descargó por el OSO una turbunada de viento que parecia huracan, y
    duró hasta las cinco, que se llamó al SO algo mas benigno.

    DIA 3.

    Amaneció el viento al SO recio, á cuyo tiempo mandé 3 hombres á que
    reconociesen la tierra, y que siguiesen lo posible al NNO, pues allí
    considero el desague del Colorado. A las ocho registré la aguada, y
    visto la poca que tenia por la mucha que se habia vaciado por la
    inutilidad de la vacijeria podrida, hice cerrar la caldera del mate, y
    dí órden que se diese de beber una sola vez á los animales media
    racion, y que la gente bebiese por un cañon de fusíl, y mandé la
    chalupa á un arroyuelo de agua salada para su seguridad, pues
    inmediata al bergantin está expuesta á irse á pique. Todo el dia se
    mantuvo el viento al SO duro, y anocheció de la misma conformidad, sin
    que los tres que fueron á reconocer hubiesen parecido.

    DIA 4.

    Me embarqué de mañana en el bote, y fuí á reconocer la ensenada: entré
    por un arrojo y lo seguí como dos leguas, hasta que no hallando agua
    para el bote, por esparcirse esta en diversos arroyos muy pantanosos
    de fango, di vuelta y pude desembarcar, aunque con fango á la rodilla.
    Subí á un cerrito, en el que hallé paja cortadera y apio, y desde él
    divisé, aunque confusamente, dos árboles, que se me figuraron dos
    sauces, junto á los cuales habia yo bebido agua el año pasado, en el
    viage que por tierra hice al Colorado: y aunque estaban como 4 leguas
    de distancia, le dije al contra-maestre que estaba conmigo que me
    acompañase, y siguiésemos hácia los dichos árboles. Habiendo caminado
    como una legua, y siempre por puro pantano, nos hallamos cercados de
    arroyos sin poder pasar adelante: dí vuelta y vine por el arroyo á
    donde estaba refugiada la chalupa, y la hallé varada, sin que fuese
    posible en la pleamar echarla al agua. Aquí hallé los tres hombres que
    fueron al reconocimiento, los cuales de ningun modo pudieron transitar
    este terreno, lleno de fango pantanoso, arroyos y maleza; al anochecer
    volví á bordo.

    DIA 5.

    Amaneció lloviendo con el viento NO duro. A las doce del dia, habiendo
    algo aplacado, mandé en el bote 18 hombres á que pusiesen la chalupa
    en flote, y con ellos el contra-maestre, para que abriesen pozos en el
    Cerrito del Apio, por ver si se sacaba agua dulce. A las tres de la
    tarde llegó el bote con 10 hombres, y los restantes se quedaron
    abriendo dichos pozos: volvió á reciar el viento tanto, que no fué
    posible mandar el bote en busca de la gente á tierra, el que me fué
    preciso meter á bordo porque no se fuera á pique. Siguió el temporal
    toda la noche.

    DIA 6.

    A las ocho de la mañana eché el bote al agua, y lo mandè en busca de
    la gente á tierra, y de todos ellos solo el contra-maestre y un
    marinero pudieron pasar el pantano para embarcarse en él, y los
    restantes, temiendo quedar ahogados en el fango, no se determinaron á
    pasar el pantano que mediaba entre ellos y el bote: los dos marineros,
    Eusebio Gonzalez y Manuel Alcain, al amanecer volvieron á emprender la
    descubierta del Rio Colorado, á los cuales les habia yo dado la señal
    de los dos árboles mencionados arriba. A las once y cuarto llegó el
    bote á bordo, y me hice á la vela, aproximándome mas al Colorado,
    aunque con viento por la proa. A las dos dí fondo en 3 brazas de agua,
    3 millas al O de donde estaba fondeado, y á este tiempo llegó la
    chalupa á bordo y trajo los dos que habian ido al reconocimiento, los
    que no pudieron llegar los árboles expresados, por los infinitos
    arroyos de agua salada y pantanos. Al anochecer tuve que meter el bote
    á bordo, por el mucho viento y marejada.

    DIA 7.

    Al amanecer aseguré la embarcacion con las mejores amarras que tenia.
    A las ocho mandé la chalupa que fuese en la vuelta del E á reconocer,
    y yo me embarqué en el bote y salí de la vuelta del O con cinco dias
    de viveres, estando el tiempo mas bonancible, á fin de hallar parage á
    donde desembarcar en tierra firme; pues considero que el Colorado está
    muy cerca, y pudiendo llegar á tierra, precisamente lo hallaré, ó á lo
    menos conoceré en la calidad del campo, á que distancia me hallo de
    él, por haberlo ya transitado. A las diez llegué á la boca de una
    canal que sigue al NO, entré por ella y seguí siempre, y tenia mas
    caudal, pues de esta salen innumerables canales. A las doce llegué á
    donde se dividia en dos iguales, y viendo en la que seguia al NE unas
    tominas que estaban por ella, así por esto, como por seguir mejor
    rumbo que la otra, determiné seguirla. A las dos de la tarde
    desembarcamos en tierra, pero de la parte de adentro habia un arroyo
    pantanoso: este lo pasó el contra-maestre con 3 marineros, y siguieron
    hácia los árboles. Yo que esperaba que bajase el agua para pasar,
    probé en este intermedio el agua y la hallé casi dulce, y no
    quedándome la menor duda que por allí desaguaba el Colorado, ó á lo
    menos alguna porcion de él, tiré algunos tiros llamando al
    contra-maestre y marineros, los que volvieron, habiendo bebido agua
    dulce en el dicho rio. Nos embarcamos, y seguimos aguas arriba, hasta
    la noche que nos acampamos en la orilla, bebimos agua dulce con alguna
    mezcla de salada, como la de la mar.

    DIA 8.

    Al amanecer volví á buscar el bergantin, que me tenia con bastante
    cuidado el tenerlo fondeado afuera, dejando el reconocimiento del rio
    principal para despues de tenerlo asegurado adentro. A las doce llegué
    á bordo, y le hice señal á la chalupa de que viniese á bordo, que
    habia ido á cortar leña, la que llegó á la una de la tarde. Pasamos
    aquí el resto del dia y la noche, por estar el viento contrario.

    DIA 9.

    Amaneció el viento al E bonancible y lloviendo, y empezé la faena de
    llevar las anclas. A las siete y media me hice á la vela para el
    Colorado. A las once del dia llegué á la Horqueta de las Tominas, y
    por ser aquí contrario el viento, dí fondo á esperar viento favorable.
    Pasamos el resto del dia y la noche con el viento por el E fresco y
    lloviendo.

    DIA 10.

    Este dia se mantuvo lloviendo, y el viento al ENE recio, por lo que no
    fué posible salir de este sitio.

    DIA 11.

    Amaneciò con el viento al S bonancible, y tuve que esperar la bajamar
    para poder hacerme la vela y navegar, pues de marea crecida en este
    paraje no es posible. A las diez y media zarpé, y me puse en derrota
    para el Colorado. A las doce y media quedé varado de la parte de
    adentro de la Punta de los Zaramagullones, y mandè el bote balizar la
    entrada, que tenia á este tiempo muy poca agua. A las cinco de la
    tarde puse la chalupa y bote al remolque por la proa, y con toda vela,
    por estar casi calma, procuré entrar. A las seis de la noche volví á
    varar, por lo que fué preciso tender espia para sacar la embarcacion,
    y egecutado, mandé poner faroles en las balizas, que por ser la noche
    obscura no se veian, y volví á tentar la entrada que conseguì á las
    ocho de la noche, en cuyo sitio dí fondo, dejar para mañana el saber
    cual sea el principal Colorado, pues sé que estoy en su entrada.

    DIA 12.

    Este dia mandé la chalupa con el piloto buscar el río principal, y yo
    salí asimismo con el bote por ser tantos los canales que hay, no es
    fácil hallar el principal. A las dos de la tarde ya estaba cerciorado
    cual era el rio principal, y lo seguì aguas arriba hasta la Isla de
    Lobos. A las cuatro y media de la tarde dí vuelta y llegué á bordo á
    las siete de la noche, y no pareciò la chalupa.

    DIA 13.

    Al amanecer hice señal á la chalupa para que viniese á bordo. A las
    siete y media zarpé el ancla, y con el bote al remolque y la cisga
    seguì con el bergantin el rio aguas arriba, y las doce quedamos
    varados. A este tiempo mandé la gente tierra pegar fuego al pajonal y
    carrizal que tiene este rio en sus márgenes, pues si estando el tiempo
    algo seco peg ran fuego los indios ù otros cualesquiera, estando la
    maciega en el estado de hoy, precisamente se quemarian las
    embarcaciones que estuviesen ancladas en èl: por lo que debe el que
    entre, tener cuidado de limpiar y quemar la dicha maciega. A las diez
    de la noche puse la embarcacion en flote.

    DIA 14.

    Este dia tuve la felicidad de colocar el bergantin en el principal
    brazo del Colorado, y á donde no llega el agua salada, y salì á tierra
    con los marineros á pegar fuego á la maciega, así por el motivo dicho
    arriba, como para que, vièndolo los indios, vengan donde estoy, para
    por medio de ellos dar parte al Señor D. Francisco de Viedma de mi
    entrada en este rio: pues me tiene con bastante cuidado, el que dicho
    Señor tendrá de esta noticia, así por ser la estacion en que salí á
    este reconocimiento la mas rígida del año, como por ser esta
    navegacion hasta ahora ignorada de todos; y saber de cierto por
    informe y diario mio, que le presenté á mi llegada del viage que hice
    por tierra, costeando la mar este rio, por el mes de Mayo del año
    próximo pasado, que esta costa est llena de infinitos bajos; cuyas
    circunstancias, juntas con 42 dias que há que salí del Rio Negro, le
    ocasionar n bastante indisplicencia.

    DIA 15.

    Bajè tierra con la gente pegar fuego, siguiendo los reconocimientos de
    la calidad del terreno, y á la noche volví bordo.

    DIA 16.

    Al amanecer me embarquè en la chalupa, y seguí reconociendo el rio
    aguas arriba, dejando òrden al piloto para que asimismo mudase el
    bergantin una legua mas arriba, siempre que tuviese viento favorable,
    por ser este mejor parage; navegué todo el dia, bajando varias veces
    tierra, por reconocer la calidad de ella. A la noche me acampè en una
    isla del rio, habiendo pegado fuego en toda su orilla.

    DIA 17.

    Seguì rio arriba, haciendo las mismas diligencias que el dia de ayer,
    hasta que llegué una isla de sauces, donde me habia acampado el año
    pasado: allì hice noche.

    DIA 18.

    Este dia al amanecer me puse la vela para bordo del bergantin, con el
    cuidado de si llegasen indios. A las cuatro de la tarde lleguè bordo,
    y hallé una carta del Señor D. Francisco de Viedma que habia entregado
    al piloto un indio, que con otros 4 habia llegado bordo el dia de
    ayer: y aunque el piloto los agasajò bastante y los regaló, no
    quisieron quedarse por no haberme hallado; pero quedaron en volver
    para llevar la respuesta de dicha carta, fecha 14 de Mayo; y el
    bergantin lo hallé ya en el paraje que al piloto le habia prevenido.

    DIA 19.

    Este dia eché la vacijeria en tierra, el caballo (que hasta ahora no
    habia hallado paraje para desembarcarlo), y todos los ùtiles de á
    bordo, á fin de limpiar la embarcacion, y achicarle el agua: y
    asimismo eché en tierra anclas y cables, y monté la artillerìa y bajè
    tierra cerciorarme bien de su calidad, la que ciertamente supera
    cuanto he visto en la Costa Patagónica, y creo compite con los mejores
    parages, cuyo juicio hice el año pasado, y expuse en el diario citado
    arriba: pero no siendo esto de mi profesion, suspendo lo que pudiera
    decir en el asunto, por no errar; dejándolo los inteligentes en la
    agricultura (aunque esta no me es totalmente desconocida). Luego que
    llegué bordo, que fuè bien cerca de noche, llegaron un cerrito, por la
    parte del N, como de 50 60 indios: inmediatamente mandé el bote y la
    chalupa á que condujesen algunos, y trajeron 5, y una mulata
    lenguaraz: entre ellos venia el que habia conducido la carta del
    Super-Intendente, los que agasajè y regalé con aguardiente, (la mitad
    agua del Colorado) poleadas y bizcocho; y aunque los quise despachar
    para el Rio Negro, respondiendo por medio de ellos dicho Señor, y d
    ndole cuenta de mi arribo á este rio, no pude conseguirlo, porque
    decian quieren pasar aquì el dia de mañana, para que descansen sus
    caballos. A las ocho de la noche los eché en tierra.

    DIA 20.

    Este dia se les diò de comer á los indios, y se les regaló
    aguardiente, tabaco, y bizcocho para de noche.

    DIA 21.

    Esta mañana se les diò de comer á los indios, y le entregué al que
    trajo la carta otras, para que llevase al Rio Negro al Señor D.
    Francisco de Viedma, d ndole noticia de mi arribo: asi para que
    hiciesen esta diligencia como por la buena armonía, fueron todos
    regalados con aguardiente, porotos, bizcocho, harina y abalorios, y
    las doce del dia se pusieron en camino para sus toldos, y el que
    llevaba la carta dice que en derechura pasará al Rio Negro entregarla.

    DIA 22.

    Este dia se trabajó en limpiar el barco y la vacijeria, y llenarla de
    agua.

    DIA 23.

    Fuí á reconocer por tierra la costa de la mar. A las cuatro de la
    tarde llegué bordo, y al mismo tiempo llegaron 3 indios del cacique
    _Calpisquis_, los que se quedaron esta noche: se les diò de comer y
    aguardiente.

    DIA 24.

    A las ocho de la mañana se fueron los indios expresados, y las cinco
    de la tarde volvieron con tres chinas, que dicen habian dejado al
    resguardo de los caballos que traian para vender: se les obsequiò de
    la misma suerte que el dia de ayer.

    DIA 25.

    A las ocho de la mañana vinieron los indios á que les comprase los
    caballos, de lo que me escusè, esforz ndolos á que fuesen á venderlos
    al establecimiento del Rio Negro; pero no fuè posible porque dicen
    tienen los caballos cansados, y que est lejos, por cuyo motivo querian
    volverse. En esta suposicion se les regalò aguardiente, harina,
    bizcochos, porotos y abalorios. A las cuatro de la tarde se fueron.

    DIA 26.

    Este dia, ya un poco restablecido el caballo de lo que se habia
    enflaquecido en la navegacion, me fuì en él por la costa del mar como
    seis leguas. A las dos de la tarde dí vuelta, y llegué de noche bordo.

    DIA 27.

    Este dia estuve bordo, haciendo componer algunas cosas pertenecientes
    á su aparejo.

    DIA 28.

    A mediodia llegó bordo el cacique Uzel, con 18 indios y la lenguaráz
    mulata; y porque este es el que pára ahora en el Colorado, y ser el
    cacique mas inmediato á nosotros, lo regalé mucho, como tambien á
    todos los indios que le acompañaban.

    DIA 29.

    Este dia se les dió de comer los indios, y se les regalò con
    aguardiente, harina, bizcocho y porotos, y se fueron las cuatro de la
    tarde gustosos, pero esta noche me robaron un caballo que habia
    comprado; tal es la fidelidad de estos b rbaros.

    DIA 30.

    Este dia permanecí á bordo, aguardando respuesta del Rio Negro, pues
    ya tiene el indio que llevó la carta sobrado tiempo para haber vuelto.

    DIA 1.° DE JULIO.

    Esta mañana salí á caballo, costeando el rio agua arriba, y
    reconociendo el terreno de sus márgenes, y cuanto mas arriba es mejor
    tierra: caminé como seis leguas, y llegué bordo con una hora de noche.

    DIA 2.

    Este dia lloviò mucho, por lo que no pude salir de á bordo.

    DIA 3.

    De la misma suerte estuvo lloviendo con los horizontes cerrados.

    DIA 4.

    Asimismo se mantuvo lloviendo hasta el mediodia. A las cuatro de la
    tarde llegaron 3 indios y 2 chinas, los que no se pudieron entender
    por no haber traido lenguar z: los obsequiè como siempre.

    DIA 5.

    A las nueve de la mañana llegaron indios, los cuales ascendieron 60
    personas entre hombres y mugeres, y entre ellos una china ladina,
    sobrina del cacique Calpisquis, la que dijo que toda aquella gente era
    del expresado cacique, que venian á vender caballos y reses por
    bayeta, ollas, bugerias, bizcocho, sombreros, harina, aguardiente y
    porotos: los agasajé, dándoles de comer y aguardiente, y se empezó la
    feria.

    DIA 6.

    Amaneciò con viento SO fresco, mucha lluvia y truenos, y siguió la
    feria de los indios, d ndoles de comer y aguardiente.

    DIA 7.

    Al amanecer empezé embarcar la vasijería, y todos los útiles que tenia
    en tierra, para pasar con el bergantin á la otra banda donde est n los
    indios, por custodiar los animales que comprè. A las dos de la tarde
    me anclé en la parte del N: inmediatamente echè la vasijería en
    tierra, y con ella hice un corral provisional para encerrar los
    caballos que compré, y seguì la feria. A las seis de la noche llegò el
    indio que fuè al Rio Negro llevar la noticia de mi entrada en el
    Colorado, al Señor D. Francisco de Viedma, con la deseada respuesta de
    haberla recibido dicho Señor, y todos en general se les dió de comer y
    aguardiente.

    DIA 8.

    Se continuó la feria hasta las tres de la tarde, habiendo comprado 17
    caballos, 5 vacas y 4 novillos; asimismo compré lazos, colleras y
    maneas, y se pusieron en marcha los expresados indios de Calpisquis,
    quedándose el que trajo la carta con los que le acompañaban. Al
    anochecer llegaron 4 indios, 2 del Colorado y 2 del paraje donde est
    el Cacique Negro, los que me trajeron de parte de este un costillar de
    vaca de regalo, y dijeron que luego que ellos regresasen á sus toldos,
    quería venir aquí dicho cacique: les mandè dar de comer y aguardiente:
    se atò el ganado vacuno, y se encerraron los caballos. A las dos de la
    mañana se fueron 4 reses, que rompieron los lazos con que estaban
    atadas.

    DIA 9.

    Al amanecer mandè la chalupa á cortar palos para hacer un corral, y
    ensillè caballo para campear las vacas; hallé el rastro, y lo seguí
    campo adentro, hasta que advertì el caballo algo pesado: me apeè dej
    ndolo refrescar, y me fuí á bordo las tres de la tarde. A esta hora
    despaché todos los indios, habièndoles regalado aguardiente. bizcocho,
    harina y porotos. A las cuatro llegó un peon, de los que acompañaban
    al Super-intendente, con la noticia de que estaba ya á mas de medio
    camino del Rio Negro al Colorado dicho Señor.

    DIA 10.

    Antes de amanecer mandé al bote á que trajese la madera que tuviese
    cortada la chalupa, y ordenase al patron de esta, que navegase el rio,
    aguas arriba, hasta una isla que le señalé, y que allí permaneciese
    hasta otra disposicion. Al mismo tiempo monté á caballo, y con el
    expresado peon, á teson de galope, fuí á encontrarme con dicho
    Super-intendente, de nueve á diez leguas de donde salimos: seria
    mediodia, nos pusimos en marcha y vinimos á hacer noche á la orilla
    del Colorado.

    DIA 11.

    Esta mañana salimos costeando el Colorado, aguas abajo, por la parte
    del S. hasta la citada isla á donde estaba la chalupa, en cuyo puesto
    determinó dicho Sr. Super-intendente dejar toda la expedicion al cargo
    del alferez de dragones D. Francisco Piera, y auxiliándole la chalupa,
    pasó á la parte del N acompañado del ingeniero D. José Perez Brito, un
    Padre Mercedario y dos soldados, y nos pusimos en marcha por la orilla
    del rio para á bordo del bergantin. Habiéndo llegado á bordo hallé la
    novedad de haber robado las vacas los indios, y que el marinero que
    las pastoreaba habia salido en busca de ellas, y no habia vuelto.

    DIA 12.

    Fué el bote á remudar la chalupa para que conduzca víveres.

    DIA 13.

    Este dia salí á caballo, acompañando al Señor D. Francisco de Viedma
    que salió á reconocer el terreno. A las tres de la tarde llegó á bordo
    la chalupa con víveres. A las nueve de la noche hubo noticia, de que
    el marinero que faltaba lo tenian los indios en los toldos.

    DIA 14.

    A las tres de la tarde vino el marinero que faltaba, al cual lo habian
    apresado los indios en los toldos, y tenian ya como esclavo.

    DIA 15.

    Despues de mediodia salí en el bote, con el Super-Intendente y el
    Ingeniero, á reconocer la boca de este rio, á cuyo tiempo llegó el
    cacique Uzel con algunos indios, y á las cuatro de la tarde volvimos á
    bordo.

    DIA 16.

    Despues de mediodia se puso en marcha el Super-intendente, con los que
    le acompañaban, para el Rio Negro, dejándome la órden para que yo
    regresase á dicho rio, con toda la expedicion con que vine, luego que
    viniese á bordo la chalupa.

    DIA 17.

    Este dia mandé porcion de la gente de á bordo á cavar tierra para
    sembrar algunas semillas, y empezé á alistar la vasijería, y á hacer
    la aguada.

    DIA 18.

    Mandé la gente á que siguiesen la sementera, otros á hacer leña para
    el viage, y otros prosiguiesen con la aguada. A las dos de la tarde
    llegó el Cacique Negro con sus indios, se le dió de comer y
    aguardiente: á la noche llegó la chalupa á bordo.

    DIA 19.

    Se acabó de hacer la aguada, leña y sementeras: despaché al Cacique
    Negro con sus indios, habiéndole regalado aguardiente, harina,
    bizcocho y porotos, quedándome listo para por la mañana emprender mi
    viage al Rio Negro.

    Al anochecer vino á bordo el Cacique Negro, pretendiendo con fuertes
    instancias una carta para el Exmo. Señor Virey, para que la condujesen
    á Buenos Aires 4 indios que con el _Chanchuelo_, dice, vá á mandar á
    esta ciudad, á fin de que estos pudiesen pasar por las guardias
    francamente, y que el dicho cacique con Guchulap, Calpisquis, Toro,
    Guchan, Canopey y Alcaú juntos, pasaban al Volcan á tomar bagualada,
    de cuyo paraje queria despachar los expresados chasques Buenos Aires.
    Y habiendo yo sabido por dicho cacique, que los dichos peones que
    llevaban carta por tierra á Buenos Aires, llamado el uno Juan José, y
    el otro Martinez, los tendrian detenidos en los toldos de Calpisquis
    hasta el regreso del Cacíque Negro á ellos, por haber dicho allí unos
    indios que nosotros marchabamos con mucha gente y armas para matarlos,
    motivado de la venida del Super-intendente al Colorado, les dije que
    de ningun modo irian estos indios mas seguros, que con los expresados
    peones, pues llevaban cartas y pasaportes. Les expresé cuanto pude
    esta seguridad, á fin de que no los detuviesen, y lograsen el viage
    que se intenta por tierra; y regalé á este cacique cuanto pude, y á
    sus indios, encargándole mucho la seguridad del peon Godoy,
    haciéndoles muchos ofrecimientos mi regreso al Colorado.

    El Chanchuelo me dijo, que el camino que llevaban los dos peones que
    van á Buenos Aires, es el peor, y que el camino mejor era por cerca de
    la costa hasta el Volcan, y que desde el Colorado hasta el Quenquen
    habia cinco dias de camino bueno.

    DIA 20.

    De mañana salí para el Rio Negro, y al mismo tiempo se fueron los
    indios: llegué al Paso de los Faroles, y me fué preciso dar allí fondo
    para abalizarle.

    DIA 21.

    Este dia fuí á reconocer el principal desague del Colorado, y abalizé
    el paso con 40 balizas hasta la Punta de los Zaramagullones, y me hice
    á la vela, y al remolque hasta la noche, que dí fondo á la expresada
    punta en dos brazos de agua.

    DIA 22.

    Esta mañana, estando el viento al OSO bonancible, zarpé el ancla, y
    con el bote y chalupa por la proa al remolque seguí la canal, y llegué
    á las diez para las once á la Horqueta de las Toninas, en cuyo paraje
    largué toda vela, siéndome ya allí dicho viento favorable. Serian ya
    las doce del dia, estaba desembarcado, y goberné al SE 1/4 E hasta las
    dos de la tarde que dí fondo en 5 brazas, á dejar crecer la mar para
    pasar un bajo y abalizarlo. Habiéndolo abalizado y reconocido, me hice
    á la vela, y seguí mi navegacion, gobernando al S 1/4 SE, hasta el
    anochecer que dí fondo en 41/2 brazas de agua.

    DIA 23.

    Amaneció con el viento al SO recio, el que á mediodia abonanzó, y
    mandé el piloto en la chalupa á la barra del Arroyo del Baradero, para
    que abalizase su canal. A las cuatro y media, habiéndose llamado el
    viento NNE flojo, me hice á la vela, y navegué hasta la noche que dí
    fondo en 3 brazas de agua.

    DIA 24.

    Amaneció claro con el viento por el O, y contrario á mi navegacion: á
    mediodia llegó la chalupa á bordo, dejando abalizada la canal
    expresada arriba. A las dos de la tarde me hice á la vela con viento
    ONO, y bordejeando llegué á la primera baliza, y de allí con remolque
    y espias, llegué al anochecer á fondear dentro de dicho arroyo. A las
    ocho de la noche entró el viento por el E flojo, con el que me hice á
    la vela; y á las diez se llamó el viento á la proa, por lo que dí
    fondo.

    DIA 25.

    Se mantuvo el viento de proa, y al remolque seguí hasta las tres
    becas, que no pudiendo pasar, dí fondo á las dos de la tarde, con
    viento al E muy flojo: levé, mareé toda vela, y navegué hasta el
    anochecer, que dí fondo en dos brazas hasta la salida del arroyo.

    DIA 26.

    Al amanecer me hice á la vela con viento NNO bonancible, gobernando al
    SS0. A las nueve y media quedé varado sobre un bajo, de los infinitos
    que hay en estos parajes: por lo que tendí una espia, y con ella á las
    tres de la tarde salió la embarcacion, á cuya hora me hice á la vela,
    y goberné al SSE hasta la noche, que hallando 10 brazas de agua, dí
    fondo.

    DIA 27.

    Al salir el sol me hice á la vela con NO bonancible, y á las nueve y
    media varé sobre el bajo grande, frente á los arroyos. A las tres de
    la tarde con dos espias salí á la canal, y dí fondo en 7 brazas, por
    estar calma, y ser la corriente contraria.

    DIA 28.

    Esta mañana me hice á la vela con viento NO fresco, y dí fondo en la
    angostura que hace entre la Isla de las Gamas y la Península de los
    Jabalies; y en este paraje, á la orilla del agua sobre la barranca,
    puse cinco pipas y dos cuarterolas de agua dulce, para que sirvan de
    socorro la embarcacion que allí vaya con comision ó arribada, y
    asimismo á los que vayan por tierra.

    DIA 29.

    Al amanecer me hice á la vela con viento fresco ONO, y fuí fondear
    inmediato á Punta Rubia, á fin de abalizar la canal que hace entre
    esta y los bajos de afuera, á cuya diligencia mandé el piloto por
    hallarme yo enfermo, y no pudo poner mas que 4 balizas por la orilla
    en tierra firme, por ser en los bancos el suelo muy duro.

    DIA 30.

    Este dia salí, aunque con trabajo, á la Punta Rubia á reconocerla, y
    puse una baliza sobre un cerro, por la cual se conoce cuando se halla
    en la canal entre los bajos y tierra firme, y mandé algunos marineros
    á cazar, porque nos hallamos faltos de carne, á los que se les dieron
    algunas balas de fusil. Al anochecer volvieron á bordo los cazadores,
    habiendo traido 24 jabalies; y se puso el viento de muy mal semblante.

    DIA 31.

    Amaneció el viento al OSO muy recio, y luego se llamó al SE de la
    misma suerte: á mediodia abonanzó, y mandé al contramaestre en el bote
    á reconocer los bajos de afuera, el que halló canal que sale al SE: al
    anochecer volví á bordo, y quedaba el horizonte de mal semblante.

    DIA 1.° DE AGOSTO.

    Amaneció con el viento al OSO recio y contrario para navegar al Rio
    Negro: á las ocho mandé la chalupa á la Punta Rubia, con una
    cuarterola para que la llenasen de aceite de lobo, que los hay en
    abundancia. Todo el dia se mantuvo el viento de la misma conformidad,
    y anocheció de mal semblante. A las dos de la noche se llamó al ONO
    que parecia huracan, por lo que fué preciso dar fondo á la esperanza.

    DIA 2.

    Todo este dia se mantuvo el viento muy recio, desde el ONO al OSO,
    hasta la noche que se quedó calma, cuyo tiempo zarpé la esperanza.

    DIA 3.

    Amaneció con el viento al SO fresquito, y los horizontes cerrados. A
    las diez de la mañana se llamó al SSE recio, y por tener en este
    paraje poco abrigo, me hice á la vela para adentro, con mayor y
    trinquete arrizados. Despues de mediodia dí fondo inmediato á los dos
    arroyos: todo el dia se mantuvo el viento desde el SSE hasta el SSO
    fuerte con granizo, y así anocheció.

    DIA 4.

    Amaneció el viento SO recio, de cuyo modo se mantuvo todo el dia,
    hasta la noche que abonanzó.

    DIA 5.

    Amaneció con dicho viento medianamente fresco: á las nueve de la
    mañana vino la chalupa á bordo, le dí víveres para que volviese al
    arroyo adonde estaba refugiada. Al anochecer se llamó el viento NNO
    fresquito, y le hice señal á la chalupa para venir bordo: á las doce
    de la noche le dí víveres, y órden para que á aquella hora se pusiese
    á la vela, adelantándose á Punta Rubia embarcar la cuarterola de
    aceite de lobo, que antes no habia podido por la dureza de los
    tiempos.

    DIA 6.

    Serian las dos de la noche cuando metí el bote á bordo, y me hice á la
    vela para el Rio Negro. A las cuatro de la mañana llegué á Punta
    Rubia, á donde hallé la mar sumamente gruesa; y en medio de la
    rompiente seguí con la chalupa por la proa, y toqué con la quilla en
    la cabeza del N de los bancos: con otro golpe de mar salimos, y seguí
    gobernando al S 1/4 SE por entre el rompidero de la costa, y el de los
    bajos, que tiene 50 brazas de latitud. Al salir el sol ya habia
    montado los bajos, y seguí con fuerza de vela y viento N fresco, por
    lograr la pleamar de dia en el Rio Negro, y poder lograr entrar en él,
    por estar la mar muy gruesa y el viento contrario para aventurarse á
    embestir su barra. De noche las doce llegué la barra que rompia de
    punta á punta, y la embestí por la canal del N por entre las
    reventazones. La menos agua que hallé fueron dos brazas, y con todo,
    era tanta la marejada que tocó algunas veces la embarcacion, no
    calando esta mas que 71/2 palmos: pasé la barra y navegué por 3 brazas
    de fondo hasta la punta del N del rio, que me dió el viento de proa, y
    á fuerza de muchos bordos logré dar fondo dentro del rio. A las dos de
    la tarde ya emparejó seguro, mediante Dios, no pudiendo seguir mas
    adentro por tener la corriente encontra.

    A la chalupa no le fué posible embestir la barra por donde nosotros,
    por la mucha mar que podia sumergirla, y dió vuelta á los bajos, y
    desde afuera á remo vino á amarrarse á nuestro costado con mucho
    trabajo, y á no tener tan buena gente no lo hubiera logrado, ni
    tampoco entrar en el Rio Negro.

    A las once de la noche me hice á la vela, y con la creciente fuí á
    fondear mas adentro, y en mejor paraje.

    DIA 7.

    Al salir el sol mandé tierra los marineros para que hiciesen fuego, á
    fin de que por él viniesen en el establecimiento en conocimiento de mi
    entrada en este rio; y á las diez me levé, haciendo diligencia de
    llegar al establecimiento.

    _Advertencias á los navegantes á estos destinos_.

    1.° Todo aquel que del Rio Negro salga haciendo viages á la Bahía de
    Todos Santos, debe emprenderlo con vientos del tercer cuadrante,
    teniendo presente la hora de la pleamar en Punta Rubia, para doblarla
    á aquella hora sin perder minuto de tiempo, en esta inteligencia, y en
    la de que es la pleamar en el Rio Negro dos horas antes (con
    diferencia de pocos minutos) que en Punta Rubia, en las cuales es
    imposible hacer esta navegacion. Deberá salir del Rio Negro á media
    marea creciendo, y precisamente por la canal del N de su barra, y en
    este caso tiene cinco horas para navegar esta distancia, que con un
    pampero fresco, haciendo fuerza de vela, es tiempo suficiente para
    hallarse en dicha Punta al punto de la marea; no debiendo separarse al
    doblarla mas que 18 pasos de la baliza que en ella está clavada, por
    ser la canal sumamente angosta, y precisa al pasar por ella, en cuanto
    no se haga otro reconocimiento mas prolijo, en que se sepa si hay otro
    paraje que proporcione la entrada en dicha bahía con mayor facilidad.

    2.ª Si los vientos con que salga del Rio Negro fueren bonancibles, y
    en el término arriba expresado viere que no puede alcanzar á Punta
    Rubia, deberá mantenerse inmediato á Punta Rasa á la vela, ó dado
    fondo, contando con 14 horas que tiene precisamente que estar afuera:
    pues corriendo la costa desde esta punta basta la Rubia N S de la
    aguja, y desde ella para el Rio Negro NE SO asimismo de la aguja, si
    le entra algun tiempo, nunca le puede ser enteramente travesía, pues
    el mas travieso lo deja navegar en 10 cuartas, y así se halla, estando
    en esto paraje, en términos de seguir su viage, ó retroceder al Rio
    Negro, San José ó San Antonio à refugiarse; lo que no sucederá si se
    hallare à sotavento ó barlovento de la expresada Punta Rasa.

    3.ª Si hallándose ya al N de Punta Rasa, le entráre algun tiempo del S
    SSE SE, y mas si fuere de noche, procurarà aguantar hasta qae
    considere ser tiempo de seguir à embestir à Punta Rubia à la hora de
    pleamar, sin pensar en amarrarse; porque en la latitud de 40° 45'
    toqué ya con la quilla de la embarcacion que hoy tengo á mi cargo,
    cuando vine al reconocimiento del Rio Negro al principio de la
    expedicion, y en 12 palmos de agua no se vé la tierra, y sí el
    horizonte cerrado, de lo que revienta la mar encima de los bajos: cuya
    advertencia puede servir tambien á los que viajan à Buenos Aires, para
    que les dén el correspondiente resguardo.

    4.ª Si doblando Punta Rubia le diere el viento escaso, puede dar
    fondo, pues estando ya de la parte de adentro, no hay mucha marejada,
    porque esta quiebra en los bajos de afuera: pero con la advertencia de
    que sea con la mejor ancla que tenga, por la mucha corriente que hay.
    Esto es en caso de estar la marea parada ó bajando, que si creciere,
    puede, aunque sea el viento enteramente de proa, voltejear, pues con
    la ayuda de la corriente, que lo menos que corre en las cuadraturas
    lunares es 4 millas, muy breve se hallarà al O de la Isla de las
    Gamas, é inmediato al Arrojo Hondo, en cuyo sitio puede dar fondo, sin
    que temporal alguno le pueda incomodar. Pero de ningun modo
    permanecerà fondeado en Punta Rubia mas tiempo que hasta que la marea
    empieze á crecer porque, ademas de la mucha corriente, es malísima la
    tenazon, y mucho fondo, por lo que debe hacerse á la vela antes que la
    marea tome mucha fuerza, que de lo contrario le costará mucho trabajo.
    Los bordos que diere puede rendirlos en tierra, que es todo limpio y
    hondable hasta el viril, pero tendrà sumo cuidado con el bajo de
    afuera, por no dar de mucho fondo de repente sobre él.

    5.ª Estando ya adentro de la angostura que hace la Isla de las Gamas
    con tierra firme, se puede dar fondo en toda la bahía sin cuidado;
    teniéndolo solo de que no sea sobre algun bajo, y atendiendo á que si
    diere fondo en pleamar, le quede agua suficiente cuando esta baje para
    quedar en flote: en la inteligencia que lo que crece y mengua en este
    paraje en las mareas ordinarias, y con viento del cuarto cuadrante, es
    bruza y media, y con los vientos de afuera crece mucho mas, y segun la
    fuerza de los temporales que la impelen.

    6.ª Pasando de la Bahía de Todos Santos á Bahía Anegada, es menester
    atender á la diferencia que hay en las mareas de una á otra, que es de
    3º 27' (como se deduce de las observaciones que se expresan en el
    diario), para poder navegar y fondear con la posible seguridad, de no
    quedarse sobre algun bajo, de los infinitos que tiene: en inteligencia
    de que, con corta diferencia, tanto crece y mengua en una como en la
    otra.

    7.ª Ninguno debe navegar de noche en ninguna de estas dos bahías por
    no arriesgarse á quedar varados; y en cualquiera paraje de ellas que
    dé fondo, puede estar seguro de su tenazon.

    8.ª De dia se debe navegar de dos tercios de marea, creciendo para
    adelante, á fin de tener agua sobre los bajos para pasar, y al mismo
    tiempo si varáre, puede con facilidad sacar la embarcacion, creciendo
    el agua.

    9.ª El paraje se señala con 4 anclas al O de la Isja de los Lobos, de
    4 y 5 brazas de aguas, que entra á la Canal de Villarino; es de
    fuertísima tenazon, y si sale á la mar ancha, sin bajos que estorben
    la entrada en él, embarcaciones mayores, como lo creo con bastante
    probabilidad, podria muy bien servir para refugio de ellas, y hacer
    aguada, porque el paraje es segurísimo, y desde allí al Colorado vá
    seguro cualquier cayuco, desde el cual haciéndose á la vela para el
    Colorado hasta la Punta de los Zaramagullones, deberá navegar de dia y
    de bajamar, porque cuando está esta crecida, se cubre todo el
    desplayado y no se conoce la expresada canal; y al contrario, de
    bajamar todo queda en seco, á excepción de ella. Y para navegarla de
    continuo se necesita abalizarla, bien entendido, que toda la distancia
    que hay desde la Punta de los Lobos hasta el Colorado, es puerto
    seguro; y entrando dentro de la canal expresada, con toda seguridad se
    puede navegar, hasta con canoas.

    10.ª Desde la Punta de los Zaramagullones hasta entrar en el Colorado,
    debe navegar de marea crecida, y á cualquiera hora, arrimando el
    costado de la embarcacion á las balizas, que allí dejé puestas á mi
    salida, dejándolas por la parte de babor.

    11.ª Para venir del Colorado al Rio Negro es menester, inmediato al
    Arroyo Hondo, esperar viento al propósito para hacer esta navegacion,
    particularmente si es por el invierno, cuando los dias son cortos, los
    temporales muchos, y las noches penosas, largas y arriesgadas en
    estos. Los vientos mejores son de NE al NO. En esta atencion debe
    salir de Punta Rubia á la pleamar, y hacer bastante fuerza de vela, á
    fin de llegar al Rio Negro en el mismo dia de marea crecida, y entrar
    por la canal del N de su barra. Luego que la pase por la canal
    expresada, orzará á arrimarse á la punta del N que forma la boca del
    rio, así por tomar del mismo bordo el fondeadero, como por dar
    resguardo á un bajo chiquito que se halla á sotavento.

    12.ª Siempre que los vientos sean del segundo ó tercer cuadrante
    fuertes, y haya mucha mar de leva, de ningun modo entrará por la
    expresada canal del N de la barra, porque en este caso es mucho mas
    seguro entrar por la del S, en la cual no altea tanto la mar como en
    la del N, por quebrar en los bajos de afuera, y los vientos expresados
    son en aquella favorables.

    13.ª Habiendo mucha marea de leva (esto es de un temporal desecho)
    debe tener presente, que en la canal del N altea la mar mucho, porque
    no tiene resguardo alguno de la parte de afuera, y el que viniere á
    entrar por ella, debe contar con 9 palmos de alzada: cuya experiencia
    hice en este viage, que asegurado de la agua que habia, por las
    repetidas observaciones que tengo hechas, y que precisamente tenia lo
    menos dos brazas, embestí la barra que rompia de punta á punta, con
    marejada tan disforme cual nunca he visto en ella, y hallé las dos
    brazas mencionadas: pero toqué muchas veces, mandando la embarcacion
    solo 7 palmos de agua.

    14.ª Desde el Rio Negro al Colorado pueden muy bien navegar chalupas,
    y barquear de una parte á otra víveres y algunos útiles, teniendo agua
    en el paraje à donde ahora dejè las pipas: y aunque salgan del Rio
    Negro con un pampero desecho, no hay que temer, porque van abrigadas,
    no separándose mas que una cuadra de la costa; y como mandan poca
    agua, hallan entrada á cualquier hora en Punta Rubia, y doblada esta,
    cualquier bote con seguridad puede navegar al Colorado. Pero si se
    estableciese tragin de un rio á otro, serian à propósito balandras ó
    goletas, que cargadas no mandasen arriba de 5 ó 6 palmos de agua, las
    cuales hallan agua à un tercio de marea creciendo, para pasar por
    todas las barras, y sobre todos los bajos que hay de una à otra parte.

    Las advertencias referidas, de las cuales me parece no debe ningun
    navegante despreciar lo mas leve, las sujeto como debo à la correccion
    de mejor juicio, y á la enmienda de lo que en lo sucesivo vaya
    adelantando la experiencia: que asì como esta fuere creciendo, así
    habrá mas que añadir y quitar; y mas si se hace exacto exámen de esta
    costa, las dos bahias por la parte de afuera, sus bajos y canales que
    entran à ellas, levantando geometricamente su plano, y balizando
    algunos canalizos para mayor seguridad de las embarcaciones: lo que à
    mi me ha sido imposible egecutar, así por lo riguroso de la estacion
    como por la poca proporcion que mas que, como conocen los
    inteligentes, se necesita para ello de mucho mas tiempo, estacion
    proporcionada, y mayores arbitrios.

    NOTA.–El puerto que está al O de la Punta de los Lobos, señalado con
    cuatro anclas, del cual hago referencia en la advertencia 9.ª, ademas
    de ser segurísimo y capaz de anclar en él muchas embarcaciones mayores
    y menores, tiene la gran ventaja, de que solo puede servir para que
    nuestras embarcaciones vayan à èl à proveerse de lo necesario: lo que
    no puede hacer otra ninguna embarcacion que no sea de la nacion ó de
    alguna aliada nuestra; pues siendo enemiga, no puede por camino alguno
    hallar ningun socorro. La razon es, porque embarcaciones mayores no
    pueden llegar al Colorado, y aun lanchas y botes es menester esperar
    marea para entrar mas adentro de la Punta de los Zaramagullones, y
    precisamente á tiro de piedra de tierra, que no hay mas distancia que
    60 brazas. Antes del expresado sitio, ni aun en èl, desde la Punta de
    los Lobos, es imposible hacer desembarco, por no ser transitable por
    el fango suelto de que se compone todo aquel terreno: en cuyo supuesto
    la embarcacion, que por los nuestros, ò con su consentimiento (en caso
    de estar habitado el Colorado) no sea socorrida, no tiene mas arbitrio
    que perecer, entregarse ò marcharse.

    El fango, de que digo que está compuesto este parage, es tan suelto,
    especialmente por las orillas de los arroyos, que un perro que en una
    ocasion saltò del bote, y nadando salió al expresado fango, tuvimos
    que ir con el mismo bote à buscarle, porque luego que se clavò ya no
    pudo salir.

    Algunos de los marineros que llevè se han visto en bastante riesgo de
    perder la vida, queriendo hacer pruebas à veces à pasar algun pantano
    ó arroyo, que por casi seco les parecia chico.

    Y ùltimamente, siempre que este puerto tenga salida libre á la mar,
    como con bastante fundamento lo presumo, vuelvo à decir, que me parece
    solamente bueno para la nacion que ocupe el Colorado.

    A bordo del bergantin _Nuestra Señora del Carmen y Animas_, al ancla
    en el Rio Negro, à 8 de Agosto de 1781.

    BASILIO VILLARINO.

    NOTAS

    [1]: Diario del año de 1780.

    [2]: Talvez sea el _Charileo_ del diario del Ejército expedicionario
    de 1833, y mas correctamente, _Chadi-leufú_ ó _Chadileu_, "arroyo
    salado."

    [3]: _Diario del establecimiento del Rio Negro_, por D. Francisco de
    Viedma.

    [4]: En la boca del Colorado.

    [5]: De _Casu_ montaña, y _hati_ alta, en el dialecto de los indios
    orientales ó "Puelches:" pero los meridionales ó "Ghùylliches,"
    dicen _Vuta-calel_, el gran cerro, y los Araucanos en general,
    _Catan-lil_, peñasco agujereado, por una especie de horqueta,
    parecida al marco de una ventana, que tiene en la cumbre, de
    donde le viene el nombre de "Sierra de la Ventana." En un mapa
    inédito del Coronel Cabrer se le dá el nombre de "Monte Mayor,"
    que tiene bastante analogía con los ya mencionados.

    [6]: Mas correctamente _Call-pulquís_, "flecha verde;" de _call_
    verde, y _pulquí_ flecha.

    [7]: O _Gucha-lan_, "el que desafia á muerte;" de _guchan_ desafiar, y
    _lan_ muerte.

    [8]: "Gente que agarra con las bolas," de _chuln_, prender, _laques_
    bolas, y _het_ gente, ó tribu.

    [9]: Los Ghùylliches, y los Pehuenches suplen con la letra _s_ la _r_
    que falta á su alfabeto, y dícen _Sanquel_ en vez de _Ranquel_,
    que en el idioma araucano significa carrizal. Falkner da este
    nombre á un rio, que por la posicion que ocupa en su mapa es el
    _Neuquen_.

    [10]: "Bonito."

    [11]: Llegó ser Gobernador de la Provincia de Córdoba, y fué fusilado
    por órden de la Junta Gubernativa de Buenos Aires, con el
    ex-Virey Liniers y otras ilustres víctimas, en el parage llamado
    la _Cabeza del Tigre_, en los primeros meses de la revolucion.

    [12]: _A Narrative of four Voyages to the South Sea_. Nueva-York,
    1832, in-8.°

    [13]: "Gaceta Mercantil de Buenos Aires" de 18 de Julio de 1833.

    [14]: El Coronel D. José Antonio Alvarez Condarco, cuya residencia
    accidental en Mendoza ha sido tan provechosa á las ciencias, por
    haber levantado el mejor mapa que poseemos de aquella provincia.

    [15]: O mas bien _Muyn-lil_, "peñasco hinchado."

    [16]: Este cerro, cuyo nombre significa "cobre," tiene la reputacion
    de ser una de las mas ricas minas de este metal, en un pais donde
    abunda. "Cuando se empezó á trabajar, dice Molina (_Compendio de
    la historia natural de Chile_, pag. 97), producia pepitas de
    cobre puro de 50 y de 100 quintales de peso, y de tan excelente
    color que parecia un similor verdadero, pues por lo general
    dominaba mas el oro que el cobre." Lo mismo confirma Frezier,
    agregando que el descubridor de esta mina fué D. Juan de
    Melendez, que le puso el nombre de _San Joseph_." Sacó de ella,
    segun afirma este viagero, un riñon de 40 quintales, del que
    fabricó seis cañones de campaña de á seis, mientras él estuvo en
    la Concepcion. Este mismo cerro abriga vetas de _lapis-lazuli_."
    (_Relacion de un viage á la Mar del Sud_. Amst. 1717, tom. 1,
    pag. 145.) El nombre araucano del cobre es _Cum-pañil-hue_,
    "fierro colorado;" pero los Pahuenches dicen _Payen_; sea
    alterando la voz _pañil_, que es el nombre genérico de todos los
    metales, sea mas bien por el color azul (_payne_) del
    lapiz-lazuli, ó del cobre de este cerro, semejante talvez al
    azulado de Vittemberg y de Sajonia, ó al carbonate de cobre de
    Inglaterra, y de otras partes de Europa y de América del Sud.

    [17]: "Baja con estrépito," de _tuun_ salir, y _yatain_, ó _yun_
    ruido.

    [18]: "Cerro de las piedras de afilar."

    [19]: En algunos diarios se le da el nombre de _Bahia de Noé_, que
    tiene también el mérito de expresar el estado de inundacion casi
    permanente de estas sirtes.

    [20]: _A Descripcion of Patagonia, and the adjoining parts of South
    America_. Hereford, 1774, in-4.° pág. 77.

    [21]: _Surveying Voyages of H.M. Ships _Adventure_ and _Beagle_,
    1833-6, by Captains P.P._ King _and_ R. Fitz-Roy, R.N., _with
    extracts from the Journal of C. Darwin, Esq._ (Esta obra ha sido
    premiada por la Real Sociedad de Geografia de Londres.)

    [22]: _Dihueñ-hets_, gente unida, ó acompañada; y _Cho-che-hets_,
    indios de sangre pura, y sin mezcla de europeos.

    [23]: Los geógrafos suelen llamar á esta parte de la costa patagónica,
    _País del Diablo_, asi como los indios dicen en su idioma
    _Alhue-mapú_. En el mapa que acompaña el _Viage al Rio de la
    Plata_ del viagero francés Acarete, que visitó estas provincias
    en 1657, y en otros antiguos mapas publicados en Holanda, se da á
    nuestras pampas el nombre de "Trapalanda," que parece ser una
    corrupcion, ó metátesis, del _plat-land_ de los alemanes: esta
    voz expresa con propiedad el carácter de estos desiertos, cuyo
    aspecto, segun la poética expresion de Humboldt, "llena el alma
    del sentimiento de lo infinito."

    [24]: El plano á que se alude en esta parte nunca ha sido publicado.

  • Descripción Geografica, Histórica y Estadística de Bolivia, Tomo 1

    Descripción Geografica, Histórica y Estadística de Bolivia, Tomo 1

    Aproximadamente 102.936 palavras.

    A fines del siglo décimoctavo, habian ya conseguido los franciscanos
    todo lo que podian pretender en la provincia. Sin embargo hácia la misma
    época, ántes del año de 1800, esta órden religiosa abandonó su obra, se
    ignora bajo que pretesto, ó con cual motivo: entónces todas las misiones
    que con Suches, Pelechuco, Pata y Moxos entraron bajo el dominio
    español, vinieron á formar la provincia de Caupolican, dependiente de la
    intendencia de La-Paz. Inmediatamente colocó el mandatario real un cura
    y un alcalde en cada parroquia ó distrito, y nombró un subdelegado para
    gobernar y cuidar de los intereses de la nueva provincia, á la que se
    dió el pueblo de Apolo por capital.

    En aquella época, el mas grande mérito que podian contraer los empleados
    españoles á los ojos de la autoridad suprema, era el trabajar por el
    acrecimiento de las rentas del estado; todo cuanto concurria á este
    objeto era especialmente recompensado por ella. El primer subdelegado,
    D. José Santa-Cruz, padre del general Santa-Cruz que fué mas tarde
    presidente de la república de Bolivia, al hacerse cargo del mando de la
    provincia, puso todo su conato en obligar desde luego á los indígenas
    que hasta entónces se habian eximido de las imposiciones regulares, á
    que en adelante pagasen una contribucion personal de cinco pesos por
    cada hombre, á lo cual daban entónces el nombre de _real tributo_. Esta
    contribucion, á cuya práctica y cumplimiento estaban tambien sujetas las
    demas naciones de los altos llanos, fué puntualmente satisfecha por los
    indígenas de todas las misiones, que se sometieron á ella sin grande
    resistencia. El subdelegado Santa-Cruz recibió del rey de España, en
    recompensa de este servicio, el título de Maestre de Campo; pero el
    principal resultado de semejante medida fué hacer que desde aquel
    instante las naciones, que ya parecian dispuestas á salir del estado
    salvage para entrar en el camino de la civilizacion, se apartasen de él,
    procurando alejarse á lo mas escondido de los bosques, á fin de
    sustraerse al tributo anual, y sobre todo á las vejaciones de todo
    género y á las torpes violencias, frecuentemente empleadas por aquellos
    que estaban encargados de recaudarlo. La mision de Cavinas, en razon de
    hallarse tan alejada, fué la única que durante la dominacion española se
    vió exenta de la contribucion personal.

    Tal era el estado de cosas hasta el año de 1814, en cuya época, á
    consecuencia de la lucha encarnizada que existia entre los patriotas,
    que anhelaban por la independencia nacional, y las tropas españolas, que
    creian sostener los derechos de su soberano, vino Muñecas á la provincia
    con el intento de sublevarla en favor de la causa de los libres.
    Apoderóse de la capital y de algunas otras parroquias; pero bien pronto
    perseguido por el ejército español que mandaba el capitan D. Agustin
    Gamarra, presidente años despues de la república del Perú, tuvo que huir
    de Apolo, y mas tarde de Aten, donde el último resto de sus partidarios
    prefirió morir ántes que rendirse[1]. Fué en ese entónces cuando un
    indio tacana, para libertarse de los terribles castigos impuestos por
    Gamarra á los amigos de la libertad, huyó llevando consigo treinta
    familias y permaneció siete años escondido, sin que fuese posible dar
    con él ni con una sola persona de las de su séquito en el seno profundo
    de las selvas[2].

    [Nota 1: Véase lo que digo de esta lucha al ocuparme de Aten.]

    [Nota 2: Véase, en la parte que trata de Aten, la relacion especial de
    esta historia.]

    En 1824, despues de la memorable y gloriosa batalla de Ayacucho,
    Caupolican, bajo la denominacion de provincia, hizo parte del
    departamento de La-Paz, uno de los seis que compusieron la república de
    Bolivia. Un gobernador reemplazó al subdelegado; pero la condicion de
    los habitantes no cambió en lo mas mínimo, quedando ellos sometidos á
    las mismas imposiciones. En el año de 1830, el acopio de la cascarilla
    vino á dar una nueva vida á la provincia, por el comercio que este
    precioso vegetal atrajo á su interior, y solamente desde entónces los
    habitantes, acostumbrados al simple comercio de trueque, empezaron á
    conocer el valor del metal amonedado. Repitiendo lo antedicho,
    señalarémos por último, entre las medidas mas eficaces para la mejora de
    la provincia de Caupolican, su separacion, en 1842, del departamento de
    La-Paz, para pasar á ser una de las partes que han compuesto el nuevo
    departamento del Beni.

    * * * * *

    ESTADO ACTUAL DE LA PROVINCIA.

    _Division política_.

    Con la mira de dar á conocer esta provincia lo mas ampliamente posible,
    voy á ocuparme por separado de cada una de sus poblaciones.

    Se ha divido generalmente la provincia de Caupolican en dos partidos: el
    primero, que se compone de Suches, Pelechuco, Pata, Moxos, Apolo-Bamba,
    Santa-Cruz de Valle-Ameno y Aten, es conocido bajo el nombre de
    _Partido-Grande,_ ó _pueblos de Caupolican_; el segundo, compuesto de
    San-José de Chupiamonas, Tumupaza, Isiamas y Cavinas, se llama
    _Partido-Chico, ó pueblos interiores_.

    _Partido grande, ó pueblos de Caupolican_.

    SUCHES.

    Esta aldea, que es un anejo de Pelechuco, pertenece á la vertiente
    occidental de la cordillera oriental, y se encuentra situada sobre la
    pendiente misma de esta cordillera, entre dos montañas escarpadas, que
    son el asiento de perpetuas escarchas. Ella es una de esas numerosas
    colonias, cuya fundacion, tanto entre los Incas como entre los
    conquistadores, solo pudo ser determinada por la sed insaciable del oro.
    Su colocacion en medio de los escombros de antiguos é innumerables
    lavaderos, manifiesta efectivamente que no ha debido su creacion sino á
    esos laboreos mineralógicos, que han dado tantísimos productos, y que
    hoy mismo bastan para que mas de treinta y dos familias de indios
    quichuas, acostumbradas á este género de faenas, puedan procurarse el
    sustento necesario. El escesivo frio que reina constantemente en aquel
    parage, y la aridez de las montañas, no dan lugar á ninguno especie de
    cultivo, así es que la única industria de sus habitantes consiste en
    saber descubrir y arrancar de las entrañas de la tierra el preciado
    mineral.

    Unas cuantas chozas, colocadas sin órden y agenas de toda comodidad,
    componen el pueblecillo de Suches, que por otra parte no presenta la mas
    mínima esperanza de mejora, á no ser que algunos hombres inteligentes
    vayan allí á beneficiar en grande, y de un modo mas simple y ménos
    costoso, las riquezas que encierra todavía el suelo frio é inanimado de
    aquellas regiones.

    Viniendo de Escoma para Suches, que como ya se ha dicho es un anejo de
    Pelechuco, no hay que pasar por este lugar, al cual se deja á la
    izquierda.

    Los arroyuelos que toman su orígen en Suches, se dirigen al rio Cojata.
    Este se reune despues al lago de Titicaca, cerca de Escoma.

    PELECHUCO.

    Pelechuco, cuyo nombre es una corrupcion de _puyo-cucho,_ que en lengua
    quichua significa _rincon de niebla_, está situada á siete leguas de
    Suches, sobre la vertiente este de la cordillera oriental. Esta es entre
    las parroquias de la provincia la que se encuentra mas elevada sobre el
    nivel de los mares. Efectivamente, apénas se ha pasado la estrecha
    garganta de _Cololo,_ rodeada de nieves eternas, cuando en medio de
    montañas escarpadas, sobre una pendiente rápida y peñascosa y á la
    derecha de un torrente, se tropieza con el canton de Pelechuco. A mas de
    que llueve en él frecuentemente, su posicion, tan próxima á las nieves
    perpetuas, lo hace demasiado frio para que su morada pueda tener el
    menor atractivo.

    Nada tiene de notable este pueblo, edificado sin ninguna alineacion
    sobre un terreno en declive, el cual se halla regado por un raudal de
    agua escelente. Una parte de la poblacion se compone de indios quichuas,
    ocupados sobre las alturas vecinas en la cria y el pastoreo de ganados,
    que consisten en vacas, ovejas y llamas; ó en cultivar en los
    alrededores algunos frutos de las regiones frias, como las papas y la
    cebada, y algo mas abajo, en los valles templados, la racacha, los
    camotes, los sapallos, la yuca ó mandioca y el maiz: siembran igualmente
    estas mismas plantas en los valles cálidos, al mismo tiempo que el maní,
    el arroz, los plátanos, los papayos, la gualuza, el tabaco, la coca, la
    caña-dulce, el algodon y la piña, conocida mas comunmente fuera de
    Bolivia bajo el nombre de _ananá_.

    Si el temperamento sano de las dos primeras regiones permite que puedan
    realizarse en ellas toda clase de mejoras, no se puede esperar otro
    tanto de la region calurosa, en donde reinan, sobre todo en el fondo de
    los valles, fiebres intermitentes que atacan con vigoroso encono á todos
    los que fijan allí su residencia.

    Por lo demás, siéndoles dobladamente mas fácil á estos indígenas el
    ganar mucho dinero, con ir solamente á buscar sobre las montañas de
    Motosolo, del fuerte de Amantala, de Yuncapampa y de los alrededores de
    Tapi, la cascarilla en ellas tan abundante, descuidan casi enteramente
    la agricultura, lo cual hace que los frutos de primera necesidad sean
    escasisimos y muy caros. Hay otra porcion numerosa de indígenas, cuya
    ocupacion consiste en conducir las tropas de llamas, con las cuales
    trasportan los artículos, ya de importacion, como producciones naturales
    de los otros puntos de la provincia, ya de esportacion como la quina,
    etc.

    La poblacion de Pelechuco, unida con la de Suches y la de los lugarejos
    adyacentes, es de dos mil quinientas almas poco mas ó ménos.

    Hallándose sobre el tránsito mismo de la única entrada de la provincia,
    su posicion comercial no puede ser mas aventajada. Así pues, todas las
    mercancias y los objetos de trueque llevados por los comerciantes, como
    tambien todos los frutos de los demas cantones interiores, pasan
    indispensablemente por su plaza: razon por la que el gobierno ha creido
    conveniente colocar en este punto un recaudador de aduanas, dependiente
    de la administracion principal de La-Paz.

    El camino que se trae para venir de Suches á Pelechuco es el siguiente.
    Se suben primero como tres leguas por los collados hasta el _alto de
    Cololo,_ en seguida se anda una legua bajando la cuesta por un camino
    nuevo; despues legua y media de collados practicando al fin una breve
    ascension hasta Calantica; hay que bajar por último dos leguas y media
    hasta la Garita, de donde solo falta una legua para llegar á Pelechuco.
    Este camino muy mal atendido, y por el que se percibe, sin embargo, un
    derecho de peage, seria muy fácil mantenerlo en un buen estado, por la
    abundancia de toda clase de materiales, propios para el efecto, que se
    encuentran allí tan á la mano. De Pelechuco hasta Pata que está al
    nordeste, hay treinta y tres leguas de camino. Empieza este por la
    costanera derecha del valle de Pelechuco, y sigue constantemente ya
    bajando, ya subiendo del lecho de los rios á la cumbre de las lomas que
    separan á estas dos poblaciones. He aquí para mejor inteligencia los
    detalles de este camino, junto con sus distancias.

    Leguas

    Partiendo de Pelechuco, se sigue siempre en descenso
    por la pendiente de las montañas hasta
    llegar, despues de haber pasado por Piguara
    y Lavanara, al rio de _Santa-Ana._ 6

    Del rio de Santa-Ana se sube una cuesta de media
    legua hasta _Gocotica_. 1/2

    Luego se sigue por la ladera de la montaña hasta
    _Pasto-Grande_. 1

    Se baja de la montaña por pendientes muy ásperas
    hasta llegar á _Taunaza_. 1

    De donde solo falta practicar una bajada muy
    fácil para ponerse en el rio de _Pilcobamba_. 1/2

    Despues de haber pasado el rio, que no es sino un
    torrente poco caudaloso, se trepa la montaña
    hasta un sitio llamado _Huancapata_. 1-1/2

    Se baja en seguida por un camino pedregoso hasta
    _Quichara_. 1-1/2

    Practicando subidas y bajadas de poco tiro, se llega
    á _Chamaljata_; 1

    Y siguiendo por la ladera de la montaña, á _Culi_. 1/2

    De allí, tan pronto subiendo tan pronto bajando
    por las mismas laderas, á _Mamaljata_. 2

    De donde solo falta que bajar hasta el rio del
    _Puente-Grande_, el cual, mas considerable que los
    otros, se pasa en efecto por medio de un puente
    de leños entretegidos y bien afianzados. 2

    Dejando el rio del _Puente-Grande,_ se suben algunas
    cuestas, y se sigue por la ladera hasta _Paracorin_. 1

    Se suben y bajan algunas pequeñas cuestas hasta
    _Huayamacan_. 2-1/2

    Se sigue despues por la ladera, y por cuestas poco
    espaciosas, hasta al lugarejo del _Fuerte_. 1

    Hay que subir una pequeña cuesta, y descenderla
    en seguida, por un sendero de los mas escabrosos,
    hasta _Sampulo_. 1

    Se suben y bajan otras dos, cuyos caminos son
    igualmente malísimos, hasta el rio de _Amantala_,
    el cual bastante ancho, arrastra siempre un caudal
    considerable de agua. 1

    Del rio de Amantala se trepa una montaña por el
    espacio de una legua, y se anda otro tanto, siguiendo
    por su ladera, hasta llegar á _Ayapata_. 2

    Se baja luego á _Raqui-Raqui_. 1

    Despues el collado hasta _Santa-Rosa_. 1

    Hay que subir todavía á _Cuquiputa_. 1/2

    Y á _Cruz-Pata_ ó _San-José_. 1/2

    En seguida se baja, se sube y se anda por la ladera
    de los collados hasta _Petiapo_. 2

    Despues de haber descendido al valle de Pata, se
    camina una legua. 1

    Y atravesando el rio del mismo nombre, lleno de
    atolladeros, solo falta que subir otra legua para
    encontrarse finalmente en el pueblo. 1
    _______

    TOTAL 33

    PATA

    Este canton, situado sobre una colina cubierta de plantas gramineas y de
    tal cual boscage ralo, se compone de unas cuantas chozas puestas en
    hilera: sus habitantes, que son los indios quichuas, alcanzan apénas al
    número de ciento sesenta y cinco. Esta pequeña poblacion disfruta, en
    medio del pais mas fértil del mundo, de un temperamento húmedo y
    abrigado, muy agradable por lo tanto. A pesar de la carestía de agua que
    se esperimenta, aun en la misma aldea, los lugares circunvecinos ofrecen
    inmensos recursos, tanto para la cría de ganados, como para el cultivo
    de las plantas tropicales. Las anchas playas del rio Tuyche qué está á
    poca distancia, los bosques de sus orillas, las llanuras de Piliapo, la
    quebrada de San-Antonio, y otros muchos parages donde los habitantes
    usurpan á la accion constante de la vegetacion silvestre algunas
    partículas de terreno para sus labranzas, prueban en efecto la grande
    feracidad de aquellas regiones casi desiertas. Nada mas que con el
    cultivo de la tierra, podria mantenerse allí una numerosa poblacion,
    miéntras que al presente solo hay un puñado de hombres que se encuentran
    perdidos, por decirlo así, sobre ese suelo virgen todavía.

    Hoy los habitantes recogen la cantidad suficiente para ellos, de arroz,
    de maiz, de yucas, de bananas, de caña dulce y de maní; mas su comercio
    consiste solamente en un poco de arroz y de tabaco, que suelen cambiar
    por géneros y vestidos. Hay algunos, sin embargo, que prefieren ir á
    esplorar las selvas para recoger las producciones naturales, como la
    cascarilla, la copaiba, el estoraque, el incienso y el copal. Estos
    indígenas se ocupan tambien en la pesca de sábalos y de bagres que
    abundan en el rio Tuyche, así como en cazar los innumerables pájaros,
    los monos de diversas especies, los venados, ó mil otros cuadrúpedos que
    andan errantes por los bosques.

    Las colinas podrian ciertamente proporcionar el alimento necesario para
    el pastoreo de numerosas tropas de ganado vacuno; pero actualmente no
    poseen los habitantes arriba de treinta vacas, por los estragos que les
    causan los tigres[1] tan abundantes en aquellas comarcas, y los que no
    pudiendo perseguir libremente en la estacion lluviosa sus presas
    selváticas, se van á los lugares altos, donde para alimentarse tienen
    que atacar á los ganados.

    [Nota 1: _Felis onca_.]

    Pata se encuentra siete leguas al este sudeste de Santa-Cruz de
    Valle-Ameno: para encaminarse de aquel á este último punto, se toma una
    senda trazada para las mulas, llevando el itinerario siguiente:

    Leguas.

    Partiendo de Pata se sube por una pendiente fácil
    hasta _Huichu-huichu._ 1-1/2
    Se sigue luego la ladera de la montaña hasta _Tentacion_. 1-1/2

    En seguida se baja por un camino muy malo hasta
    _la Palizada_. 1/2

    Hay despues un llano pantanoso y lleno de hoyos,
    en el cual han tenido que colocar multitud de
    troncos atravesados para facilitar la circulacion:
    sin embargo, la mala construccion de este camino
    y el poco cuidado que se tiene de él, hacen
    que su tránsito sea muy dificultoso para las mulas,
    sobre todo en la estacion de las lluvias. Atravesando
    este llano se llega á _San-Juan-Pampa_. 3

    De donde no hay sino una mala calzada que andar
    para ponerse en Santa-Cruz de Valle-Ameno. 1/2
    ——–
    TOTAL leguas 7

    Doce leguas al norueste de Pata se encuentra su anejo de Moxos: para
    transportarse á este lugar hay que atravesar el rio Tuyche, siguiendo
    despues por las montañas hasta llegar á un valle, en el cual está
    situada la aldea.

    MOXOS.

    Edificada sobre una colina cubierta en partes por plantas gramineas,
    esta aldea cuyos alrededores son fértiles y muy propios para la labranza
    de la tierra y para la cria de ganados, sobre todo en los valles y las
    quebradas, reune por lo visto poco mas ó ménos las mismas circunstancias
    en que se encuentra su parroquia: pero aunque su poblacion no es tan
    crecida como la de esta, pues que solo consta de ciento veintidos almas,
    su posicion es mucho mas ventajosa con respecto á las condiciones de
    existencia. Colocada efectivamente en un sitio mas elevado, sus valles
    pueden producir las plantas tropicales, y sus montañas circunvecinas las
    plantas de las zonas templadas, tales como el trigo, las papas, etc. Los
    llamas, estos dóciles cuadrúpedos, penetran hasta Moxos llevando las
    mercaducarías, lo cual es una ventaja mas para el comercio, siendo el
    costo de las mulas mucho mayor.

    Pudieran tambien criarse allí ganados con grande provecho; así como
    estenderse los trabajos de laboreo y de lavaderos de oro sobre las
    montañas mas inmediatas á la cordillera.

    APOLO-BAMBA[1].

    El pueblo de Apolo, hoy dia capital de la provincia, fué fundado á
    mediados del siglo anterior por los misioneros franciscanos, que
    reunieron en aquel punto á los indígenas de la nacion apolista, y
    formaron una mision, la cual habiendo sido adherida en el año de 1800 á
    las otras poblaciones comarcanas, vino á componer la provincia de
    Caupolican.

    [Nota 1: _Bamba_ es una corrupcion de _Pampa_, que en lengua quichua
    significa _llanura_.]

    Apolo se halla situado en el centro de una llanura ligeramente ondeada y
    cubierta de plantas gramineas. Esta llanura, limitada al sud por unas
    montañas á las que sus valles y los recodos que estos forman, dan un
    aspecto muy pintoresco, tiene como de cinco á seis leguas de ancho, y su
    largo se estiende de norte á sud, como de doce á catorce, figurando un
    cuadrilongo. Al este se levanta, semejante á una pared, una grande
    montaña que se dirige de norte á sud, y á la que por su mucha elevacion
    se ha denominado _Altuncama_. Hay al oeste una colina baja, interpuesta
    entre las llanuras de Apolo y las de Santa-Catalina que vienen á ocupar
    la parte oeste y sudoeste. Este último valle horizontal, que tiene doce
    leguas de largo sobre cinco de ancho, está cubierto en parte de
    _pajonales_, y lo atraviesa el rio Tupili, cuyas orillas se ven
    adornadas de anchurosos y espesos bosques, los cuales contrastan de tal
    manera con lo raso del resto, que parecen haber sido plantados por la
    mano del hombre.

    El pueblo está formado de tres grupos distintos. El primero se encuentra
    situado ántes de pasar el rio, y se compone de casas diseminadas: en
    este grupo, que se llama la parcialidad de la Concepcion, es donde se
    hallan establecidos los mercaderes de toda especie de frutos, y á
    quienes los habitantes nativos dan en su lengua particular el nombre de
    _mataguas_, es decir, forasteros. El segundo grupo, colocado en el
    centro y sobre un ligero promontorio de greda rojiza, está de la otra
    parte del rio, y encierra la casa consistorial, la iglesia parroquial y
    el convento de los franciscanos, cuya fachada que mira al este, da sobre
    una plaza en la que los lados norte y sud se componen de varios
    edificios, y la parte del este, frontera al convento, de una serie de
    casas habitadas por los indígenas: estas casas, cada una de las cuales
    tiene una sola puerta y como de quince á veinte varas de largo, se
    hallan colocadas sobre la colina en forma de anfiteatro, de suerte que
    desde el convento se descubre todo cuanto pasa en el interior de ellas.
    Tal era el modo como las habian dispuesto los franciscanos, con el
    objeto de estar á la mira de todos los pasos de los indios, y de poder
    velar sobre sus acciones. En aquel entónces, los comerciantes que venian
    á la provincia, estaban obligados á hospedarse en el convento para
    efectuar sus trueques en presencia de los religiosos. Un arroyo separa
    esta segunda parte, del tercer grupo que se encuentra situado sobre el
    camino de Aten, y dispuesto en el mismo órden que acabamos de ver en
    aquella.

    La temperatura de Apolo es agradable y sana; sin embargo, como sus
    llanuras dejan libre acceso á todos los vientos, el aire viene á ser mas
    seco que en Santa-Cruz. Allí se cultivan los mismos frutos que en los
    otros distritos; pero la coca es el solo objeto importante del comercio
    de trueque. Tambien hay en Apolo como de dos mil á dos mil quinientas
    cabezas de ganado, y si fuesen sus habitantes algo mas hacendosos y
    prolijos, tendrian ciertamente todo género de bienes en abundancia. Un
    solo hecho bastará para justificar este aserto, por lo tocante á la gran
    procreacion de los ganados. Un indio llamado Pedro Chambi, habia reunido
    con el producto de su industria unas quince vacas, á cuya cria
    dedicándose luego con esmero, llegó de tal modo á multiplicarlas, que
    fuera del gran número vendido por él mientras vivió, aun dejó en 1828,
    al terminar sus dias, como mil cabezas. Se ve pues que con algun cuidado
    las llanadas y las colinas podrian fácilmente cubrirse de ganados, tanto
    vacunos como lanares, y aun acaso de caballares. Seria igualmente
    posible que las montañas de Altuncama, en vista de su elevacion,
    produjesen la viña y las papas.

    La estraccion de la cascarilla ha modificado algun tanto la manera de
    ser de estos habitantes, enseñándoles á estimar el valor positivo de las
    cosas, y dándoles una idea del dinero. Por el comercio de este
    específico han llegado á conocer tambien otros muchos objetos, que les
    eran enteramente ignorados, y con cuya posesion disfrutan hoy en dia de
    mayores comodidades. Si hubiese continuado este comercio, no hay la
    menor duda que los habitantes de Apolo estarian ya bastante avanzados en
    el camino de una civilizacion, contra la que luchan incesantemente
    aquellos que se han constituido en directores de estos indígenas, bajo
    el necio pretesto de que la relacion comercial con los estrangeros
    corrompe sus costumbres. Aunque pueda esto verificarse algunas veces, no
    por eso se han de negar las inmensas ventajas que necesariamente debe
    traer consigo la frecuencia de estas relaciones. El natural de estos
    habitantes, indígenas todos ellos de la nacion apolista, y cuyo número
    no pasa de dos mil setecientos setenta y cinco, es el mas apacible, y
    dócil: amantes de los placeres, buscan ante todo las diversiones. Las
    numerosas festividades del cristianismo, aumentadas todavía por los usos
    locales, les proporcionan frecuentemente la ocasion de reunirse para
    entregarse á las dansas alegres y jocosas, estimuladas por las repetidas
    libaciones de aguardiente, del cual abusan algunos hasta privarse de la
    razon. Tal es el modo como pasan la vida, sin pensar en ocuparse, ni en
    su porvenir, ni en el de sus hijos, confiados probablemente en la
    riqueza natural del pais, cuyos productos bastan para la satisfaccion de
    sus necesidades. Con un carácter vivo y ligero, tienen muchísima
    habilidad para imitar cuanto se les presenta: así es que reunen todas
    las cualidades que los hacen susceptibles de civilizarse, mas ántes,
    quizas que las mismas naciones indígenas de los Andes. Falta únicamente
    para que pueda esto llevarse á cabo, que algunos hombres benévolos,
    despojándose de sus intereses particulares, quieran consagrarse al
    desarrollo de las facultades intelectuales de estos Indios y á su
    educacion social, gobernándolos moral y físicamente.

    Al sudeste de Apolo se encuentra el pueblo de Aten, que dista nueve
    leguas por el itinerario siguiente:

    Leguas.

    Saliendo de Apolo, se anda por la llanura hasta
    _Puente-Chico_. 1

    De aquí hasta _Puente-Grande_. 2

    Y hasta llegar á _Pampa-Tupili_. 3

    Se sube luego la cuesta de _Chímasacro-Grande_, 1

    En seguida se baja, de ella y se toma la falda de la
    montaña hasta _Chímasacro-Chico_. 1

    Y se anda finalmente hasta Aten. 1

    ——–
    TOTAL 9

    SANTA-CRUZ DE VALLE AMENO.

    Su deliciosa posicion le ha hecho merecer á Santa-Cruz el sobrenombre de
    _Valle-Ameno._ Nada efectivamente puede haber de mas encantador, de mas
    pintoresco y alegre que sus alrededores, ni que sea mas apacible y
    risueño que su morada. Situado en un llano, sobre una pendiente apénas
    perceptible que se inclina al sud, y al pié de un cerro de forma cónica,
    este pueblo se halla tambien circundado por colinas bajas, pero que van
    levantándose gradualmente hácia el norte hasta llegar á formar altas
    montañas, las que se ven coronadas de palmeras cuyo elegante follage se
    entremezcla con las copas gigantescas de los árboles mas robustos. El
    contraste que presentan los llanos con las colinas cubiertas de una
    vegetacion primorosa y variada, la corriente del rio de Santa-Cruz que
    atraviesa el conjunto de este cuadro, esparciendo un saludable frescor,
    todo en fin concurre para hacer que este lugar sea el punto mas
    agradable de la provincia.

    Aunque pequeña, pues que solo contiene novecientos cuarenta y un
    habitantes, parte de ellos de la nacion apolista, la parroquia de
    Santa-Cruz es muy aseada, y mirando sus bellísimos contornos, fácilmente
    se desvia la atencion de la irregularidad de sus calles y edificios. El
    terreno que la circunda produce con abundancia todos los frutos de la
    zona tórrida; así es que sus habitantes son todos labradores, y no
    solamente recogen lo suficiente para su consumo, sino que hacen tambien
    algun comercio con lo que les sobra; para lo cual ponen á curar al aire
    y al sol los frutos del plátano, cortándolos primeramente en tiras ó
    tajadas largas, que despues de secas se trasforman en escelentes
    orejones. Preparan asimismo el tabaco y la coca, y todos estos productos
    vienen á servirles para operar sus trueques, á falta del dinero
    amonedado, que aun no ha entrado allí en circulacion. Se ocupan
    igualmente los moradores de Santa-Cruz en la cria del ganado vacuno, lo
    que se consigue con muchísimo provecho sobre las colinas. Hay épocas en
    que se dedican activamente al acopio de la cascarilla, esplorando los
    bosques de las montañas vecinas; pero se encuentran estos ya tan
    destruidos, que al presente se ven obligados á correr diez ó doce leguas
    para llegar á encontrarla. En cuanto á la pesca y á la caza esta comarca
    es tan abundante como la de Pata, y sus producciones naturales son
    enteramente las mismas: se ha descubierto, sin embargo, en los bosques
    de Santa-Cruz, una infinidad de maderas de ebanistería las mas finas y
    hermosas, tales como el guayabo, el granadillo, etc.

    En resúmen, si esta poblacion quisiese aprovechar todos los recursos de
    que se encuentra rodeada, dedicándose con mas ahinco, á la cria de los
    ganados, á la agricultura en el seno de esa tierra tan fértil y en donde
    la naturaleza le brinda sus tesoros á manos llenas, á la estraccion
    juiciosamente graduada de la cascarilla y al laboreo, en fin, de las
    minas de oro y de plomo, que se dice haber en la sierra de Santa-Clara,
    no hay duda que conseguiría duplicar sus riquezas; mas para esto seria
    preciso vencer primero esa apatía natural, que conduce á estos indígenas
    á no trabajar sino lo muy medido para procurarse las cosas
    indispensables á la existencia. Verdad es tambien que fuera menester,
    para mover y activar su ambicion, una poblacion mas numerosa y mercados
    de esportacion mas estendidos.

    Santa-Cruz era un lugar muy salubre hasta el año de 1830, en que ya
    empezaron á sentirse algunas enfermedades, desconocidas hasta entónces,
    y las que atacaban con rigor á los habitantes. Hoy en dia las fiebres
    intermitentes han asentado allí su dominio. Algunas personas han creido
    que provenia esto de la introduccion de árboles pertenecientes á los
    valles calurosos[1]; pero segun mis observaciones sobre la provincia del
    _Valle-Grande[2],_ pienso que semejante cambio es mas bien debido al
    desmonte causado por los incendios, que los habitantes tienen la
    costumbre de promover cada año con el objeto de renovar la yerba de los
    llanos y de las colinas. Lo cierto es que muchos lugares, muy sanos en
    otro tiempo, se hallan al presente invadidos por esa peste destructora,
    que va en aumento á medida que el desmonte se estiende. Es pues un deber
    del gobierno el tomar alguna sabia medida para cortar los progresos de
    semejante mal, y mejorar en lo posible los lugares inficionados.

    [Nota 1: Esta es la opinion de uno de los autores de las notas
    manuscritas, que poseo sobre la provincia.]

    [Nota 2: Mas adelante detallaré con amplitud estas observaciones.]

    Santa-Cruz está situado al oeste sudoeste de Apolo-Bamba. Para venir á
    este lugar se andan cinco leguas por el itinerario siguiente:

    Leguas.

    Se sube la cuesta de _Santa-Teresa_. 1

    Se baja despues esta, hasta _Huilipisa_. 1

    Y se sigue luego por un llano hasta _Bacqueria_. 1

    De donde hay que andar, por un terreno igual,
    hasta llegar á Apolo. 2
    ________

    TOTAL 5

    ATEN.

    Este pueblo, antigua mision de los franciscanos, se halla situado en
    medio de montañas, en una hondonada bastante igual, y sus casas, aunque
    regulares, están desparramadas. Su clima es caliente y húmedo, muy sano
    por consiguiente, á pesar de las lluvias que caen allí con frecuencia.
    Su cultivo, sus producciones y su comercio son de la misma naturaleza
    que en Apolo: críanse tambien algunos ganados en las llanuras herbosas
    de Tupili.

    El número de sus habitantes alcanza poco mas ó ménos á mil treinta y
    tres; estos indígenas pertenecen á una nacion diferente de la de los
    Apolistas, y hablan la lengua tacana, tal vez una de las mas chocantes y
    duras, así como de las mas guturales de América. Su carácter, análogo al
    lenguaje, es irascible, tenaz, lleno de altanería, y muy poco alegre;
    son sin embargo mas inclinados al trabajo que los Apolistas, sobretodo á
    la agricultura y á las correrías escudriñadoras en el seno de las
    florestas. Cada individuo de esta poblacion, como ya hemos dicho en otra
    parte, está obligado á construir él mismo, sin ayuda de otros, la casa
    que mas tarde ha de habitar con su familia; si llega á faltar á esta
    costumbre, probablemente conservada desde su estado salvage, se llena de
    oprobio, despojándose de la dignidad de hombre. En estremo pródigos y
    amigos de la ostentacion, y ansiando siempre poder adquirir ornamentos
    lucidos para engalanarse ellos y sus mujeres, no hay trabajos, por
    penosos que sean, que no estén dispuestos á emprender á fin de
    procurarse tal satisfaccion. Prefieren sobre todo los vasos y demás
    vajilla de plata, para colocarla como un adorno sobre sus mesas, ó las
    vestimentas estrañas, cubiertas de galones y de bordados relucientes,
    con que se componen para salir á las procesiones del culto católico,
    tratando de distinguirse de los demás por lo brillante y singular de
    tales arreos.

    Las facciones de los Atenianos son bastante toscas, sin que haya en esto
    diferencia alguna entre ámbos sexos: tienen la nariz corta y chata, la
    tez demasiado trigueña, y casi todos ellos están salpicados de manchas
    blancas por el cuerpo y en la cara, lo que contribuye á darles un
    aspecto muy estraño.

    Un episodio de la historia de la provincia, particular á Aten, hará
    conocer la índole de sus habitantes[1]. En 1811, en consecuencia de
    haber sido derrotado por los Españoles el destacamento del ejército
    patriota, que bajo las órdenes del general Pinelo se encaminaba del
    Cuzco hácia La-Paz, el doctor Muñecas, secretario de aquel jefe y
    eclesiástico de mucho mérito, se refugió con algunos otros oficiales y
    patriotas en el valle de Larecaja, donde logró con su influencia
    sublevar en tropel á los habitantes contra los Españoles. Despues de una
    lucha larga y encarnizada, despues de haber combatido con un valor
    heroico por la causa de la libertad y de la independencia, estos
    soldados improvisados habiendo sido finalmente vencidos por las tropas
    aguerridas y ordenadas de los Españoles, vióse forzado Muñecas á dejar
    Larecaja, de donde se encaminó, con algunos de los suyos, por el rio
    Iuyo hasta Aten. Inmediatamente sublevó á los indios atenianos y logró
    con ellos apoderarse de Apolo. Los Españoles, que no lo perdian de
    vista, poco tardaron en mandar tropas para combatirlo. El capitan D.
    Agustin Gamarra fué comisionado para esta empresa; y habiendo llegado á
    vencer en todos los encuentros á los patriotas, tan inferiores en
    número, tan poco aguerridos, y desprovistos enteramente de armas, se
    aprestaba para la toma de Aten, que debia coronar su triunfo. Doce
    Atenianos, mandados por el capitan Pariamo, no pudiendo resistir en
    campo raso á cien soldados de tropa veterana y á quinientos flecheros,
    se emboscaron á distancia de una legua del pueblo, en un espeso monte[2]
    que se halla situado sobre una colina, resolviéndose á morir allí ántes
    que rendirse al enemigo. Despues de un combate de dos horas, el capitan
    Pariamo fué el único que llegó á salvarse, y Gamarra, que se vió dueño
    del campo, siguiendo la costumbre de los Españoles, empezó por castigar
    de la manera mas atroz á todos aquellos que él suponia haber tomado las
    armas para alistarse en el ejército patriota.

    [Nota 1: Este interesante pasage pertenece al señor Acosta, que ha
    tenido la bondad de comunicármelo.]

    [Nota 2: Este bosque, uno de los mas impenetrables, ha recibido por esta
    circunstancia el nombre de _Ecoto-sacho_, que quiere decir montón
    cerrado de árboles.]

    Aumentándose las persecuciones de dia en dia, y cada vez con mas rigor,
    un indígena llamado José Pacha, que era uno de los mas comprometidos,
    propuso á veinte ó treinta familias el abandonar sus moradas para ir á
    buscar la quietud en lo mas escondido de las selvas. Esta poblacion
    emigrante se alejó pues, conducida por Pacha, en busca de un recinto
    donde no pudiese llegar á ser descubierta; y habiendo traspasado los
    desiertos, finalmente se detuvo en una hondonada, á la que dio el nombre
    de _Irimo:_ en este lugar, situado como doce ó catorce leguas al este de
    Aten, permanecieron estos indios mas de siete años sin que se les
    pudiese descubrir. Como el cauto Pacha habia tenido gran cuidado de que
    se tomasen todas las medidas necesarias, nada le faltaba á la nueva
    colonia. Para poder vestirse plantaron algodon, y mientras que se
    ocupaban los hombres en la caza y en labrar las tierras, las mujeres
    tejian y cuidaban de las faenas caseras. Pacha, que se constituyó jefe
    de la colonia, estableció una policía interior muy severa, distribuyendo
    los empleos segun la edad y los sexos; y todos los trabajos se hacian en
    comun, alternándose de modo que los que un dia se ocupaban del cultivo,
    al siguiente iban á la caza, y vice versa; así es que todos los
    productos se repartian por igual, como si no hubiese mas que una sola
    familia.

    Para no renunciar á la religion católica, los moradores de esta pequeña
    república construyeron una capilla, colocando en ella algunas imágenes
    de santos, que hablan tenido cuidado de traer tambien consigo en su
    emigracion. Pacha, investido ya de los poderes civiles, quiso reunir á
    ellos el desempeño de las funciones religiosas: él era quien bautizaba,
    quien santificaba los matrimonios y enterraba los muertos, siendo á la
    vez el cura, el juez y el legislador de su colonia. Entre las medidas
    rigurosas tomadas por él, para no ser descubiertos, habia dictado una
    ley, la cual mandaba que fueran enterrados vivos todos aquellos que,
    bajo cualquier pretesto, llegasen á ponerse en contacto con los
    habitantes de Aten; así es que pudieron vivir ignorados por tan largo
    tiempo, sin que nadie fuese tan imprudente y audaz para quebrantar una
    ley de esta naturaleza, y cuya infraccion traia en pos tan horribles
    consecuencias. Hubo, sin embargo, una circunstancia que vino á ponerlos
    al cabo en descubierto.

    Aconteció que una muchacha de trece años de edad, hija de un Manuel
    Cito, cuya familia se componia de su muger y de esta sola niña, habiendo
    muchas veces oído hablar del gusto sabroso que da la sal á los
    alimentos, concibió el deseo, y con este el proyecto, de procurarse esta
    sustancia. Sin que sus padres se apercibiesen, escapóse del lugarejo y
    tomando la direccion de Aten, llegó á este pueblo, donde, sin ser vista,
    se introdujo en una casa aislada, y apoderándose de toda la sal que pudo
    encontrar, volvió á Irimo con el producto de su robo. Durante su
    ausencia, que fué de tres dias, el vigilante jefe no dejó de apercibirse
    de la falta de la muchacha, practicando mil pesquizas para saber de su
    paradero, é instando estrechamente á los padres para que le dijesen qué
    era de ella. En medio de estas investigaciones se aparece la joven
    fugitiva; y por el contenido de su carga se descubre que venia de Aten,
    donde, por otra parte, ella misma confesó haber estado. Inmediatamente
    mandó Pacha que la castigasen con todo el rigor de la ley; pero en el
    momento de la ejecucion, todos los habitantes reunidos imploraron su
    gracia con tanta instancia, y la pobre niña hizo tantas protestas, que
    al fin otorgóle el jefe su perdón. A los seis ó siete meses, enteramente
    olvidada de que habia escapado á la muerte, tentó una segunda escursion
    con el mismo fin, y habiéndola hecho espiar Pacha por todas la
    direcciones con la órden terminante de aplicarle las terrible pena
    decretada por él, fué prendida cuatro dias despues, y ni sus lágrimas,
    ni su desesperacion pudieron enternecer á sus aprehensores, que la
    hicieron pasar incontinenti por el horrendo suplicio de ser enterrada
    viva.

    Los infelices padres, sobrecogidos de horror á la nueva de tal
    acontecimiento, huyeron precipitadamente de Irimo, y fueron á Aten á
    quejarse al juez del espantoso castigo que acababa de sufrir su hija;
    poniendo así en descubierto la mansion de Pacha. Ordenó la autoridad que
    inmediatamente se aprehendiese á este, lo cual así que se efectuó, se le
    condujo á La-Paz para ser juzgado; pero se tardó tanto en ajusticiarlo,
    que en 1823, cuando esta ciudad cayó en poder de los patriotas, Pacha se
    vió comprendido en el indulto general y pudo entónces volver á su pais.

    Irimo existe todavía, y se compone de las mismas familias, sometidas al
    presente á la jurisdiccion civil y eclesiástica de Aten. Sus habitantes,
    por la grande fertilidad del terreno disfrutan de todas las comodidades
    de la vida, bajo un temperamento suave y en una posicion deliciosa.

    Las aguas del rio de Aten van á reunirse al Mapiri, uno de los
    tributarios del Beni: por lo demás, esta es la sola corriente del centro
    de la provincia que no se dirige al Tuyche.

    PARTIDO CHICO Ó PUEBLOS INTERIORES.

    Bajo esta denominacion reunen generalmente las poblaciones del interior,
    tales como San-José de Chupiamonas, Tumupaza, Isiamas y Cavinas,
    separadas todas ellas, por inmensos desiertos, de las que acabamos de
    examinar. Voy pues á describir tambien estos pueblos, misiones antiguas,
    fundadas igualmente, como queda dicho, por los padres franciscanos.

    SAN-JOSÉ DE CHUPIAMONAS.

    Saliendo al estenordeste de Apolo, y atravesando por caminos
    espantosos, llenos de peligros de todo género, en medio de unos
    desiertos sin término, y al cabo de treinta y ocho leguas de una marcha
    penosísima, se llega finalmente á San-José de Chupiamonas, que ha tomado
    su nombre de un rio cuyas aguas rojizas van á reunirse, no léjos de
    allí, con las del rio Tuyche. El pueblo compuesto de setenta y tres
    indígenas, en todo semejantes á los Atenianos, y que hablan la misma
    lengua, está situado cerca de la confluencia que forma el mencionado rio
    con el Tuyche, el cual es tan ancho en aquel punto, que es menester
    pasarlo en balsas: así es que los habitantes son muy útiles á los
    viageros y á los comerciantes, ocupándose en pasarlos de una banda del
    rio á la otra. En razon del número tan escaso de sus habitantes, se
    habia pensado en reunir esta poblacion con la de Aten; pero las justas
    reclamaciones de los negociantes la han hecho conservar como un punto
    indispensable para el comercio.

    La temperatura de San-José es muy cálida, sin que por esto se conozcan
    allí en manera alguna las enfermedades: su morada no puede ser mas
    agradable, pues parece que la naturaleza se hubiese complacido en
    derramar sus dones en aquellos lugares salvages, con una prodigalidad
    digna de la tierra de promision. El estrangero que llega á San-José
    quéda pasmado de admiracion al contemplar una vegetacion tan hermosa, y
    la variedad infinita de frutos que allí abundan. Efectivamente sus
    bosques ofrecen por todas partes la vainilla, el aceite de copaiba,
    recinas, cortezas aromáticas, gomas, la cera y la miel de abeja y
    multitud de plantas medicinales. Críanse allí espontáneamente los frutos
    mas esquisitos, y entre ellos el cacao, que sin ser plantado crece
    silvestre por todas partes dando abundantes cosechas. La caza ofrece
    cantidad prodigiosa de pájaros y de cuadrúpedos: entre estos pueden
    citarse la gran-bestia, el oso-hormiguero, los perico-ligeros, muchos
    venados y javalíes, y una especie de cerdos muy pequeñitos, que llaman
    en el pais _quebo-queres_. El Tuyche abunda tambien en pescados. Por
    último, esta tierra extraordinariamente fértil produce arroz, maiz,
    yucas, maní, bananas, ananáes, algodon y caña-dulce; mas todas estas
    producciones sirven tan solo para el consumo de la poblacion, y de
    ninguna manera para el comercio.

    TUMUPAZA.

    Doce leguas al nordeste de San-José, sobre una ligera colina compuesta
    de pedregales blanquiscos y en medio de un campo horizontal, cubierto de
    bosques ó de pequeños herbazales, se encuentra situada la mision antigua
    de Tumupaza[1], convertida al presente en una parroquia. Cuando por los
    meses de agosto, setiembre y octubre sube uno sobre las colinas,
    apercibe á lo léjos, sobre muchos puntos diferentes, la humareda
    producida sin duda por los fuegos de los salvages, que viven
    desconocidos hasta hoy, en esos lugares tan fértiles circunvecinos á
    Tumupaza. Esta parroquia, compuesta de ochocientas-ochenta y cinco
    almas, reune, con respecto á sus producciones de cultivo y naturales,
    absolutamente las mismas circunstancias que San-José.

    [Nota 1: _Tumu-paza_, en lengua tacana, significa piedra blanca.]

    Estos Indios, pertenecientes á la nacion tacana, son bien constituidos y
    elegantes de talle, tienen el cabello negro y muy fino, la cara regular
    y la tez de un blanco pálido; su fisonomía es agradable y espresiva, y
    todo anuncia en ellos la alegría. Son por lo demás muy sóbrios: todo su
    vestido consiste en una túnica hecha de un tejido de algodon, la cual
    les cae hasta las rodillas, y no tiene sino medias mangas: andan siempre
    descalzos, y tampoco se cubren la cabeza. Las mujeres son muy aseadas, y
    gustan mucho de los afeites: queriendo sacar á la naturaleza, á este
    respecto, de sus límites ordinarios, desde su juventud empiezan á
    ponerse brazaletes y ligas de tejidos de algodon, para modificar por
    este proceder sus brazos y piernas, y aparecer mejor formadas de lo que
    son. Tambien se adornan el cuello con corales falsos, y son tan
    exageradas en este punto, que si les fuera posible llevarian sobre sí un
    almacén de semejantes atavíos. Vístense lo mismo que los Indios con una
    túnica de algodon, pero sin mangas, á la que dan el nombre de _dapi_.
    Esta túnica, blanca, azul ó roja, la reemplazan, cuando pueden, por un
    vestido de zaraza floreada á grandes ramages y de fondo punzó: andan
    igualmente descalzas. Todo el haber de una familia consiste, por lo
    demás, en una casa, en algunos utensilios de cocina, en instrumentos de
    caza, como el arco y las flechas, en dos ó tres túnicas, en otras tantas
    dapis, y en algunas mantas, con que se cubren al acostarse sobre el
    suelo desnudo.

    Los terrenos de Tumupaza son muy productivos; pero la falta de comercio
    hace que sus habitantes no cultiven sino lo muy preciso para satisfecer
    sus necesidades. El dinero[1] no es aun conocido entre ellos,
    reemplazándolo hasta el presente, para procurarse los objetos que
    necesitan, sus frutos que dan en cambio. El escelente cacao[2], que se
    cria silvestre hoy en dia por todas partes, puede suministrar lo
    suficiente para dar abasto á las ciudades mas populosas. Los Españoles
    creian que, plantado primitivamente este vegetal, habia sido
    desparramado entre los bosques por los innumerables monos que en ellos
    abundan: como quiera que sea, él cubre actualmente superficies inmensas,
    y la sola faena de recogerlo rendiria un producto anual considerable. A
    pesar de esta abundancia, que va continuamente creciendo por la
    estension que toman los cacahuales, los indígenas solo recogen lo que
    les basta para pagar la contribucion personal de seis libras de cacao en
    pepita por año, para darle su racion de ocho libras al cura, á mas,
    como de diez á quince libras para trocarlas por los vestidos necesarios
    á la familia: lo restante, es decir, millares de libras se pierden todos
    los años, quedando abandonadas á los pájaros y otros animales
    selváticos. Es muy fácil comprender que hay sin embargo un motivo, para
    que no quieran los habitantes recoger lo sobrante del cacao: esto es,
    porque el cura ó el alcalde no los fuercen á llevar sobre las espaldas,
    por el espacio de sesenta ó ochenta leguas hasta la capital, el acopio
    de estos frutos. Efectivamente, estos pobres desgraciados son las solas
    bestias de carga de su pais, y se les fleta de igual modo que á las
    mulas: cada hombre tiene que llevar, junto con sus víveres, treinta y
    tres libras de carga, en una cesta llamada _chiquito_, por un salario
    tanto mas mínimo cuanto que se paga en mercancias, y que no representan
    estas sino la mitad del valor real. Cuando hacen estos viajes de
    transporte, por cuenta del estado ó en servicio del cura ó del alcalde,
    se les retribuye con la cantidad de _catorce reales_; y cuando lo hacen
    por cuenta de los comerciantes reciben _tres pesos_ partiendo de
    Tumupaza, y _tres y medio_ desde Isiamas.

    [Nota 1: Designan la plata bajo el nombre de _chipilo_]

    [Nota 2: Véase la lámina 2]

    Es evidente que la onerosa ocupacion que en la actualidad pesa sobre
    estos infelices, no solamente los entorpece y los hace echar ménos su
    estado salvage, en el que siquiera se veian libres, sino que contribuye
    tambien á paralizar uno de los ramos mas productivos del comercio de la
    república.

    Si en el estado actual se ocupasen mas activamente los habitantes en la
    cosecha del cacao, llegarian á centuplicar sus recursos; pero para esto
    seria menester, ante todo, abrir caminos practicables para las mulas, ó
    emprender la navegacion por el Tuyche. Una pequeñísima parte del año
    invertirian en esta faena, pudiendo dedicar el resto al tejido de los
    algodones, para no tener que pagar un duro por la vara de esos malísimos
    géneros de algodon que les llevan los comerciantes.

    ISIAMAS.

    El pueblo de este nombre, antigua mision de los franciscanos, se halla
    situado diez y nueve leguas al nornordeste de Tumupaza, en el seno de
    una inmensa llanura entrecortada por bosques y pajonales. El puesto
    central que ocupa relativamente á los otros pueblos interiores, le hecho
    merecer la preeminencia de capital del Partido-Chico, y es por lo tanto
    un vicariato distinto del de Apolo.

    En cuanto á la agricultura y á la caza, Isiamas goza de los mismos
    privilegios que Tumupaza: hay ademas en su distrito una especie de
    ciervos muy grandes, y suele ser tambien mucho mayor el producto de su
    pesca en el rio Beni, el cual solo dista de allí, cuando mas unas trece
    leguas hácia el este. Todos los años, por los meses de agosto y
    setiembre, bajan los indios á este rio, para recoger gran cantidad de
    huevos de tortuga, que se encuentran con prodigiosa abundancia sobre sus
    orillas. Pescan igualmente en los vecinos rios de Tequije y de Itaca, y
    en una infinidad de estanques y de charcos que se forman cuando los rios
    salen de madre.

    Los habitantes de esta poblacion, que asiende al total de mil ciento
    setenta, pertenecen á la nacion tacana, y tanto sus costumbres como sus
    trajes los asemejan enteramente á los Tumupaceños.

    Los bosques de Isiamas están llenos de árboles cuya madera es muy
    estimada para la ebanistería; podemos citar entre ellos el jacarandá y
    la caoba: hay tambien allí multitud de árboles resinosos, tales como el
    sandragon, y de plantas oleaginosas como el _tumijojo_ (nombre
    equivalente á _pepita de piedra_) que es una palmera, cuyos cocos
    sumamente duros, contienen almendras llenas de aceite: este se estrae
    solamente para alimentar las lámparas de las iglesias, y muy rara vez
    para el comercio. Sacan tambien el aceite de otras especies diversas de
    palmeras, como del _comoruru_, por ejemplo, que tiene la corteza
    espinosa, y de la _tuema_ y del _asajo_. Esta última es la que de
    preferencia plantan, hasta en las mismas poblaciones, cerca de las
    casas; en donde se suelen ver igualmente algunos tamarindos.

    Es poco notable la cria de ganados en Isiamas; se encuentran allí, sin
    embargo, algunos caballos.

    CAVINAS.

    Esta parroquia, situada á una distancia inmensa de Isiamas[1], es la
    última mision que se encuentra al norte de la provincia. Partiendo del
    pueblo que acabo de nombrar, se llega á Cavinas navegando por el rio
    Beni, el cual pasa hácia el este á poco trecho de este lugar. Aunque
    seria muy fácil entablar por tierra una comunicacion, abriendo un camino
    en medio de los llanos, no hay duda que la navegacion es preferible,
    siempre que se sustituyan á esas balsas formadas de troncos amarrados,
    de que se sirven actualmente, embarcaciones cómodas y regulares.

    [Nota 1: El autor de una nota dice que esta distancia es de cien leguas,
    lo que me parece demasiado.]

    El pueblo de Cavinas, habiendo sido reducido posteriormente á las otras
    parroquias, se halla exento de pagar tributos; su poblacion compuesta de
    Tacanas, en el número de mil, no tiene mas gefe que su cura, quien está
    encargado de regirlos tanto en lo espiritual como en lo civil; él es
    quien conduce sus frutos para cambiarlos por los objetos que ellos
    desean. Por lo demas, este distrito cuenta con las mismas producciones
    que Tumupaza, habiendo de particular en él, un árbol gigantesco, que
    produce cierta especie de almendras contenidas por grupos en una cáscara
    muy gruesa. Las llanuras servirian ventajosamente para la cria de
    ganados, si no fuera la inmensa muchedumbre de murciélagos[1] que se
    ceban por las noches en chupar la sangre á los pobres animales, siendo
    esto hasta el presente un grande obstáculo para su progreso.

    [Nota 1: Especie perteneciente al genero de los vampiros.]

    El rio Madidi, que toma su orígen cerca de Carabaya (en el Perú) pasa
    hácia el norte de Cavinas y no léjos del pueblo, el cual se halla
    precisamente construido sobre el ángulo muy agudo formado por la reunion
    de aquel rio con el Beni.

    La posicion tan apartada de esta poblacion la pone cuasi en contacto con
    muchas tribus todavía salvages, pero que se encuentran en las mejores
    disposiciones para convertirse al cristianismo. Ya en 1830, setenta
    indios de esas tribus vinieron por su propia voluntad á someterse al
    régimen providencial de la parroquia; así es que si protegiese el
    gobierno su conquista, no tardarian todas ellas en constituir nuevas y
    grandes poblaciones, y esto con tanta mas espontaneidad, cuanto que se
    sustraerian entónces á las incursiones de los belicosos _Machuis_, sus
    implacables enemigos.

    _Poblacion de la provincia_.

    Como acabamos de ver, la provincia de Caupolican se compone de diez
    parroquias, cuya poblacion dividida en tres naciones distintas, es la
    siguiente, segun las reseñas tomadas en el año de 1832.

    +———————————————————–+
    | NOMBRES | NOMBRES DE LAS NACIONES, | TOTAL |
    | | y número de la poblacion | |
    | de | de cada distrito. | DE |
    | |————————–| LOS HABITANTES |
    | LOS PUEBLOS |QUICHUAS|APOLISTAS|TACAÑAS| de cada distrito.|
    |————-+——–+———+——-+——————|
    |Suches | | | | |
    |Pelechuco | 2.500 | | | 2.500 |
    |Pata | 165 | | | 165 |
    |Moxos | 122 | | | 122 |
    |Apolo | | 2.775 | | 2.775 |
    |Santa-Cruz de| | | | |
    | Valle-Ameno| | 941 | | 941 |
    |Aten | | | 1.033 | 1.033 |
    |San-José de | | | | |
    | Chupiamonas| | | 73 | 73 |
    |Tumupaza | | | 885 | 885 |
    |Isiamas | | | 1.170 | 1.170 |
    |Cavinas | | | 1.000 | 1.000 |
    | |——–+———+——-+——————|
    | Totales| 2.787 | 3.716 | 4.161 | 10.664 |
    +———————————————————–+

    Esta planilla nos demuestra que la poblacion, enteramente indígena á
    escepcion del alcalde y del cura de cada distrito, asciende á diez mil
    seiscientos sesenta y cuatro habitantes, de cuyo número, dos mil
    setecientos ochenta y siete pertenecen á la nacion quichua, tres mil
    setecientos diez y seis á la nacion apolista, y cuatro mil ciento
    sesenta y uno á la nacion tacana. Si se agregan á estas cantidades como
    tres mil indígenas, todavía salvages, que habitan hácia el norueste,
    hácia el norte y hácia el nordeste de Tumupaza y de Cavinas, resultará
    un total general de trece mil seiscientas sesenta y cuatro almas.

    Las tres lenguas primitivas de la provincia se hablan aun en ella por
    todas partes: así en Suches, Pelechuco, Pata y Moxos los habitantes se
    entienden solamente en quichua; los de Apolo y Santa-Cruz de Valle-Ameno
    siguen espresándose en apolista; miéntras que en Aten, y en todos los
    pueblos interiores, la lengua tacana es la sola que está en uso. Como
    los franciscanos tenian precision de comunicarse continuamente con los
    indígenas, en cada poblacion se encuentran intérpretes, á mas de que las
    relaciones comerciales, debidas al acopio de la cascarilla, irán
    contribuyendo poco á poco á generalizar el uso del castellano entre los
    indios, que no dejan ya de comprender algunas palabras.

    Estos indígenas, generalmente hablando los mas dóciles, se sujetan, sin
    quejarse jamas, á las leyes que se les impone, siendo al mismo tiempo
    aptos para todo, tanto por su carácter, como por la facilidad de
    comprension que es en ellos natural. Lo que dejo dicho en el detalle de
    cada parroquia bastará para dar una idea de sus costumbres y de sus
    hábitos; podria solamente añadir que los Caupolicanos son todos pobres,
    sin que los aflija semejante pobreza, pues que poseen lo necesario para
    alimentarse á saciedad y para vestirse y procurarse algunos placeres, no
    pudiendo inquietarlos por otra parte el porvenir de sus hijos, en el
    seno de esa naturaleza tan fértil. Su pobreza relativa es una verdadera
    riqueza en el actual estado de cosas; pues ¡como desear los objetos de
    que no se tiene la menor idea! ¿y porqué trabajar mas de lo que es
    preciso para procurarse las pocas cosas que les son hoy en dia
    conocidas? El espíritu de posesion de riquezas, y de ir haciendo acopio
    de medios para procurarse en el porvenir toda especie de goces, es ya,
    por decirlo así, un principio de civilizacion desconocido para los
    pueblos que se aproximan, tanto como el de Caupolican, al estado
    primitivo. El único modo de remediar esa apatía natural, esa indolencia
    que se les echa en cara á todas las naciones todavía medio salvages, es
    hacer nacer entre ellas, por la frecuencia de relaciones comerciales,
    las necesidades que les son hasta el presente desconocidas. En seguida,
    el deseo de satisfacerlas, determinará necesariamente los esfuerzos del
    trabajo, con el que se han de proporcionar los medios.

    Debe decirse, en elogio del carácter de estos habitantes, que todos
    ellos se consideran como si perteneciesen á una misma familia, viviendo
    en la mas estrecha fraternidad: así, por ejemplo, cuando hay alguno cuya
    cosecha llega á ser insuficiente para su provision del año, solicita
    como una cosa muy natural el ausilio de su vecino, quien con la mayor
    buena voluntad del mundo parte con él todo cuanto posee. Contando pues
    con los suyos, jamas un indígena pide á los estrangeros la mas mínima
    cosa. Si dan ellos tan generosamente á sus compatriotas lo necesario á
    la subsistencia, no se hallan ménos dispuestos á prodigar lo superfluo á
    los que son sus amigos.

    El abuso de las funciones, que con motivo del gran número de
    festividades religiosas ha introducido el clero en Caupolican, lo mismo
    que sobre el llano boliviano, es sin duda la causa principal de la ruina
    y del desórden. Si en semejantes dias los indígenas de los _pueblos
    interiores_ se contentan con ataviarse grotescamente y llevar sobre sus
    personas los variados plumages de los pájaros de sus florestas, sin
    beber otra cosa que la _chicha_, líquido fermentado, hecho de yucas, el
    cual ni es muy fuerte ni pernicioso, no sucede así con los naturales de
    Caupolican, que vestidos con igual estravagancia hacen uso del
    aguardiente, ocasionándoles esta bebida grandes gastos al mismo tiempo
    que la pérdida de su salud. Por otra parte, estas festividades
    religiosas (durante las cuales se ocupan continuamente en beber con sus
    amigos, pasando así muchos dias consecutivos) son tan multiplicadas, que
    casi no les queda tiempo para la labranza y demas faenas agrícolas,
    resultando naturalmente de todo esto grandísimos desórdenes.

    _Insalubridad de la provincia._

    La provincia de Caupolican es generalmente muy sana: jamas se han
    esperimentado en ella epidemias, y hasta las enfermedades endémicas son
    raras, ó se hallan confinadas en puntos muy limitados. Decimos esto,
    porque las dos únicas pestes, que por ahora perjudican al aumento de la
    poblacion, pueden desaparecer tan luego como se quieran aplicar algunos
    remedios. La introduccion de la vacuna llegará fácilmente á estirpar la
    primera de estas pestes, que son las viruelas. La segunda, que hace sus
    estragos en el interior, es ocasionada por el viento frio del sud.
    Estraordinaria suele ser la desolacion que causa entre los habitantes de
    las regiones calurosas la aparicion de este viento, el cual hace bajar
    inmediatamente la temperatura como de quince á veinte grados, sobre todo
    cuando sopla despues del viento abrigado del norte. El viento del sud,
    que trae consigo un frio penetrante, no puede ménos de ser riguroso para
    unos hombres cuyas vestimentas son siempre las mismas, siendo entretanto
    muy fácil de concebir que bastaria arroparse un poco mas para moderar
    sus molestos efectos, cosa que no practican los indígenas, y contraen
    por ello, como es natural, reumas y pleuresías; ocasionando estas una
    grande mortandad particularmente entre las criaturas, á las que no se
    tiene el cuidado de precaver por medio del abrigo contra tan funesto
    influjo. Hé aquí pues la sola causa de la lentitud con que se acrece la
    poblacion, á pesar de la fecundidad de las mugeres del pais[1].

    [Nota 1: El viento del sur no solamente es pernicioso á los habitantes
    de los pueblos del interior, sino que destruye tambien algunas veces la
    cosecha venidera de cacao. Parece que influye igualmente sobre los
    animales; pues se han encontrado monos muertos de frio, en las actitudes
    mas singulares y con todas las facciones descompuestas.]

    Hay en los llanos una enfermedad llamada _espundia_, que no es otra cosa
    que una afeccion sifilítica muy susceptible de propagarse con el
    contacto. Hasta el presente se ha visto que, cuando ella ataca la boca,
    la nariz ó otras partes del cuerpo, tanto los naturales como los
    estrangeros sucumben al cabo de diez ó veinte años de crueles
    padecimientos. Con la práctica de los métodos curativos, empleados en
    Francia, llegaria sin dificultad á estinguirse del todo esta dolencia, ó
    á minorar considerablemente, por lo ménos, sus fatales electos. Algunos
    rios de las montañas, como el de Amantala, por ejemplo, suelen causar
    fiebres intermitentes á los moradores de sus orillas, sobre todo en las
    estaciones lluviosas; pero son contados los lugares donde esto sucede, y
    el resto de la provincia se halla exento de tales daños. Por lo demás,
    se ha notado que solamente de pocos años á esta parte, la poblacion de
    Santa-Cruz de Valle-Ameno se ve infestada por semejantes fiebres, cuya
    existencia habia sido siempre desconocida. Creo llenar un deber llamando
    particularmente la atencion del gobierto acerca de este punto. Tambien
    las provincias de Misqué y de Valle-Grande, que eran muy sanas en otro
    tiempo, son hoy en dia casi inhabitables; y habiendo observado yo mismo
    que el mal se aumentaba á proporcion del desmonte ocasionado en las
    montañas por los incendios, que anualmente se practican para renovar
    los pastos, estoy persuadido que, haciendo cesar esta práctica,
    disminuirian desde luego las fiebres intermitentes, y se restituiria su
    natural y antigua salubridad á esas comarcas.

    _Productos naturales._

    La provincia de que vamos hablando, en razon de sus diversas zonas de
    temperamento y de altura, y por los accidentes de su terreno ya llano,
    ya montañoso, presenta los productos mas variados. En Suches y Pelechuco
    críanse los mismos animales que en el distrito de La-Paz; pero á medida
    que se baja hácia los valles calurosos, vanse multiplicando las
    especies. Abundan allí sobre todo los mamíferos: multitud de monos
    traviesos pueblan los inmensos bosques, ofreciendo á los cazadores
    indígenas su carne tan sabrosa para estos, y sus pieles no poco
    estimadas en el comercio[1]: ciervos de todas clases y tamaños[2],
    gran-bestias[3], javalíes y otros muchos cuadrúpedos, entre los que
    citaremos el _hayupas_[4], pueden suministrar una caza abundantísima.
    Encuéntranse ademas animales muy raros, tales como el perico-ligero[5] y
    los osos hormigueros[6].

    [Nota 1: _Mycetes seniculus_ y _Caraya_.]

    [Nota 2: _Cervus paludosus, campestris, rufus_, etc.]

    [Nota 3: _Tapirus americanus_.]

    [Nota 4: Este es el Paca, _Coelogenus fulrus_, animal de color _obero_,
    bastante parecido al conejo.]

    [Nota 5: El _Bradypus didactylus_ y _tridactilus_.]

    [Nota 6: _Myrmecophaga jubata_.]

    A pocos paises ha favorecido la naturaleza tanto como á esta provincia
    en cuanto á la variedad y belleza del plumage de los pájaros: sus
    montañas están animadas por millares de ellos, distinguiéndose, entre
    los mas notables, los brillantes _tunquís_[1], los cefalopteros[2], los
    picaflores, los _tanagras_[3], los _ampelies_, á cual mas bellos; y una
    infinidad de loros y de guacamayos habladores[4] que anidan tanto sobre
    las montañas, como en los llanos. Encuéntranse en estos los
    _surucúes_[5] y multitud inmensa de otras especies, admirabilísimas por
    el lucido matiz de sus plumages. Vecinos á estos, es decir, en las
    llanuras, se presentan al cazador, como un bocado esquisito, los
    _paujos_ ó pavas del monte[6], los _manacaracos_, ó gallinetas
    montaraces[7], los _huangues_ ó palomas torcazas[8].

    [Nota 1: _Rupicola peruviana_.]

    [Nota 2: _Cephalopterus ornatus_.]

    [Nota 3: Una multitud de clases del género _Tanagra_.]

    [Nota 4: Muchas especies del género _Ampelis_.]

    [Nota 5: Especies del género _Trogon_.]

    [Nota 6: Es una especie de _Penelope_.]

    [Nota 7: Es una especie del género _Tinamus_.]

    [Nota 8: _Columba_.]

    Los reptiles son raros en Caupolican, y casi nunca hacen daño á los
    habitantes.

    Entre tanto, cada año se recogen allí en copiosa cantidad los huevos de
    tortuga de agua dulce[1], tan abundantes en las orillas del rio Beni.
    Ademas, todos los rios de la provincia están llenos de pescados de
    diversas especies, entre los cuales los sábalos[2], que suben muy arriba
    hácia las cabeceras, son los mas numerosos; despues de ellos, el _mucie_
    de los Quichuas, llamado tambien velador (pez salpicado de manchas
    pardas y negras), los bagres[3], los sollos, los suches, y una infinita
    variedad, que seria demasiado largo mencionar. Hoy en dia pescan los
    indígenas á flechazos, ó valiéndose de una planta llamada _manuno_, cuyo
    jugo difundido en el agua, hace morir inmediatamente los pescados. Por
    cierto que este último medio puede solo emplearse en un pais en donde no
    se teme destruir al mismo tiempo la pesca venidera: en Francia, como en
    otras partes de Europa, tendria buen cuidado la policía de tomar sus
    medidas para vedarlo.

    [Nota 1: Probablemente una especie del género _Emys_.]

    [Nota 2: _Paca lineatus_.]

    [Nota 3: Especies del género _Pimelodus_ y _Bagrus_]

    La vegetacion ofrece en sus variedades infinitas una porcion de plantas
    utilísimas al hombre. Abundan allí sobre todo las maderas de
    construccion, y pueden citarse, entre las mas convenientes para la
    fabricacion de mubles de lujo, el _granadillo_ y el _guayabo_[1]. Un
    árbol enteramente parecido al box europeo, tan útil para los grabados,
    se encuentra entre otras muchas especies, aplicables á diversos objetos
    y que allí se presentan á escoger. Las numerosas palmeras, á la vez que
    suministran una madera dura como el hierro, de la que se sirven los
    indígenas para hacer sus flechas, producen frutas jugosas y cocos
    aceitosos, susceptibles de utilizarse con grande provecho: hay otros
    árboles, tales como el que da las almendras apiñadas, de cuyos frutos se
    estraeria tambien gran cantidad de aceite. El copaibo, y los árboles que
    crian las resinas mas variadas, como el estoraque, el copal, el
    incienso, la sangre de drago, la grimilla, el _acco-acco_, etc., etc.,
    son abundantísimos en los bosques: mencionarémos asimismo los árboles
    productores de la goma elástica ó cautchuc, y algunos otros, tales como
    el yusuma ó canelon, que brindan sus cortezas aromáticas, del mismo modo
    que el campeche y el yarunilas ofrecen sus materias propias para teñir.
    Finalmente, la inmensa variedad de formas botánicas presenta toda clase
    de recursos industriales y comerciales.

    [Nota 1: Llamado comunmente en Francia _palixandre_ ó _palissandre_]

    Entre los productos de las plantas silvestres, aun podemos citar el
    cacao, que ha llegado á formar en los pueblos interiores bosques
    considerables, que se estienden cada dia mas y mas, prometiendo recursos
    inagotables al comercio: sucede otro tanto con la vainilla, que crece
    naturalmente en las selvas.

    Las plantas medicinales son multiplicadas; colocarémos en el primer
    rango la cascarilla[1], que abunda sobre todas las montañas vecinas á
    los pueblos de Pata, Moxos, Santa-Cruz de Valle-Ameno, Apolo y Aten, en
    donde se acopia solamente la que se cria en los alrededores, mientras
    que superficíes inconmensurables, tanto al norte como al sud, están
    vírgenes todavía, sin que jamas se haya efectuado en ellas el corte. Hay
    otras plantas medicinales, conocidas tan solo en el pais, como el
    matice[2] de los Españoles, que los indios llaman _moco-moco_, y cuyas
    hojas astringentes cierran las heridas, cortan la gangrena, y son
    antiescorbúticas; el vejuco[3], antídoto famoso en el pais contra la
    picadura ponzoñosa de las serpientes; el _ebacua-ruro_, nombre que
    significa, en lengua tacana, _simiente de hijos_: esta planta se compone
    de unos bulbos pequeños, que los indios echan en infusion en el vino,
    dando á beber el líquido resultante á las mujeres estériles con muy
    eficaz resultado. El _tribi-cirué_ tiene entre tanto una virtud
    contraria á la del _ebacua-ruro_. Los indios del interior de la
    provincia, en vez de la _llipta_ (pasta dura compuesta de cenizas llenas
    de potasa) que mascan junto con la coca los indígenas de los altos
    llanos, se sirven de una planta llamada _chimacro_. Emplean igualmente
    el _chepereque_ como un medicamento escelente.

    [Nota 1: Especie del género _Cinchona_]

    [Nota 2: Especie de _Piperace_.]

    [Nota 3: Especie del género _Aristoloquia_.]

    Hay tambien allí multitud de plantas venenosas, entre las cuales es muy
    notable el árbol del _manuno_, que se cria en las inmediaciones de Pata:
    cuando se toma del negro, y en una dósis copiosa, es un veneno
    sumamente activo; pero si se toma del blanco, no es otra cosa que un
    simple purgante. Se hace mucho uso de esta planta para pescar en los
    estanques, donde tan luego como se arroja, da la muerte á todos los
    pescados, sin que la carne de estos llegue con tal motivo á ser dañosa:
    suelen llevar tambien al interior este vegetal, para emplearlo, ya en la
    pesca, ya en la destruccion de los gusanos, que atacan á las bestias
    valiéndose de las heridas que les dejan los sanguinarios murciélagos.

    De todos estos productos naturales de la vegetacion, solo se esportan,
    tal cual madera de ebanistería, cuando expresamente se hacen algunos
    pedidos de ella; cierta porcion de aceites de coco, de almendra y de
    copaiba; las recinas del estoraque, del copal y del incienso; y sobre
    todo, mucha cascarilla y buena cantidad de cacao.

    No son menores las ventajas naturales que presenta en aquel pais el
    reino mineral. El oro abunda particularmente, estendiéndose sobre una
    superficie considerable: se encuentran muchas minas de lavadero, ó
    aventaderos de este preciado metal, en las cercanías de Suches, donde
    los Incas las beneficiaban antiguamente, y siguen hoy beneficiándola los
    actuales moradores; pero la carestía de agua es un grande obstáculo para
    este género de laboreos. Hay ademas mineros de veta en el rio
    _Mutu-Solo_, sobre las playas de Pelechuco, y mas arriba de la aldea de
    este nombre. Las montañas de _Suni-chuli_, en la direccion de
    _Charasani_ hácia el norte de Pelechuco, encierran las venas mas ricas:
    las ofrece igualmente el rio de Amantala. Se hallan tambien algunos
    lavaderos sobre las colinas del rio de Santa-Rosa y en el rio de Aten,
    sin que se practique el laboreo en ninguno de estos puntos. En todos los
    lugares donde se encuentran rocas silurianas, representadas por pizarras
    azulinas, puede afirmarse la existencia del oro; pues que este metal,
    cuando se halla en el fondo de los valles, proviene de la _denudacion_
    geológica de esas rocas. En las montañas de Santa-Clara, cerca de
    Santa-Cruz-de-Valle-Ameno, se ha descubierto últimamente una mina de
    plata y de plomo, la que tampoco se beneficia.

    _Productos industriales._

    Tanto en Suches como en los alrededores de Pelechuco se dedican los
    habitantes de Caupolican á la cria de las llamas. Los otros pueblos
    poseen cierto número de vacas, algunos rebaños de ovejas y unos cuantos
    caballos mulas y burros; pero están muy distantes todas estas
    poblaciones de tener lo suficiente en ganados para proveer á sus
    necesidades, así es que se ven obligadas á comprar algunos mas á los
    comerciantes que van á la provincia.

    Los productos de labranza son algo mas considerables: en las cercanías
    de Suches y de Pelechuco cultivanse las papas, la cebada para el
    pastoreo, el trigo, la quinua, la oca[1] y todas las plantas de las
    regiones frias. En los demas distritos, donde la temperatura es mas
    caliente, se siembran, el maiz, el arroz, la coca[2], el café, superior
    á todos los del mundo, el tabaco, el algodon, la caña-dulce y otros
    muchos frutos, como el papayo, los sapallos, las sandías, la racacha,
    los camotes, la gualuza, la yuca ó mandioca[3], juntamente con el maní,
    los ananáes, la palta, el banano ó plátano y los naranjos. En algunos
    pueblos del interior se ha introducido ademas el tamarindo.

    [Nota 1: Especie del género _Oxalis_ que hoy se planta en Europa.]

    [Nota 2: Al ocuparme de la provincia de Yungas hablaré sobre la cultura
    y el empleo de esta planta.]

    [Nota 3: Es una especie del género _Janipha_]

    Estas producciones agrícolas, sirven para el consumo de la misma
    provincia, esceptuando solamente la coca, el tabaco, el café, el arroz y
    las bananas de que se hacen orejones; frutos con que los indios efectuan
    sus trueques por mercancias estrangeras.

    _Comercio_.

    Los frutos de toda especie, que se aplican al comercio de la provincia
    de Caupolican, pueden avaluarse como sigue.

    Coca, 20,000 arrobas á 4 pesos. 80,000
    Cacao, 10,000 libras á 1 peso en trueque. 10,000
    Tabaco, 1,00 mazos á 4 reales en trueque. 5,000
    Arroz, 100 quintales á 8 pesos. 800
    Diversas drogas, maderas, pieles de monos, loros, etc. 1,000
    Cascarilla, 3,000 quintales á 8 pesos[1]. 33,000
    ——–
    TOTAL 129,800

    [Nota 1: Cuando el Gobierno llegue á entablar el Banco de rescate de
    cascarilla, no hay duda que su producto se verá doblado, pudiendo contar
    entónces la provincia con una renta anual de 66,000 pesos.]

    El presupuesto de gastos de la provincia es el siguiente:

    Contribucion personal de los indígenas. 7,800
    Derechos de aduana. 16,000
    Sueldos de los curas, en frutos y en dinero. 12,000
    ——-
    TOTAL 35,800

    Se ve pues, por la diferencia de ámbos totales, que la provincia dispone
    todavía de 94,000 pesos; sirviendo esta cantidad á sus habitantes para
    la adquisicion de las mercadurías que les vienen del esterior.

    El comercio de esportacion se practica con las provincias vecinas,
    situadas sobre la alta planicie del departamento de La-Paz, y con
    algunos puntos del Perú. Este comercio, como ya se dijo al hablar de las
    parroquias en particular, es puramente de trueque, arreglado sobre
    valores ficticios bien inferiores al valor positivo, redundando por lo
    tanto en pingüe provecho de los mercaderes ambulantes, que van al efecto
    hasta Caupolican. Los artículos comerciales de importacion son: la
    carne fresca ó salada, el sebo, los quesos, el pan, la sal, la harina,
    el aguardiente: toda clase de gruesos tegidos indígenas de lana y de
    algodon para el uso de los indios, cierta porcion de telas europeas para
    los empleados: las mulas, los caballos y algunos burros de carga para
    los trasportes.

    Las facilidades de comunicacion son en todo pais el primer requisito
    para el adelanto del comercio y de la civilizacion. A este respecto, y
    como debe haberse ya entrevisto por los itinerarios que quedan
    detallados, los malos caminos han sido siempre en la provincia de
    Caupolican el principal obstáculo á la propagacion del comercio: este
    estado de cosas era entretanto mantenido de propósito por los empleados
    seculares ó religiosos, á fin de conservar esclusivamente para ellos el
    monopolio de trueques. Habiendo pues el gobierno descuidado del todo y
    por largo tiempo la reparacion de los caminos, no podia ciertamente
    existir el comercio sinó á riesgo de los hombres y de los animales; así
    es que el negociante, al realizar sus ventas, se veia precisado á contar
    en el presupuesto de pérdidas las mulas que se estropeaban y las que
    perecian por causa de los malos caminos. Los inmensos espacios de
    terreno pantanoso, sobre los que se colocaban algunos troncos
    atravesados para facilitar la circulacion, eran sobre todo los tránsitos
    de peligro, porque donde llegaba á faltar un tronco caia luego la pobre
    mula, quebrándose la pierna, ó sumiéndose hasta los encuentros en el
    profundo lodazal. Felizmente el actual gobierno se aplica ya con mucho
    conato en mejorar estos caminos, deseoso de dar mayor impulsion al
    comercio. Se han renovado algunos antiguos, y hase abierto uno nuevo de
    veintidos leguas, que va de Apolo hasta Guanay.

    Entre tanto, los gravámenes personales que pesan sobre los indios del
    interior, obligados como están á reemplazar á los animales de carga,
    trasportando sobre las espaldas y por larguísimas distancias toda clase
    de mercancias, son sin duda alguna, la causa que hace mas tardío el
    adelanto comercial en aquellas comarcas, paralizando hasta el deseo
    mismo de cosechar los frutos que la naturaleza ofrece espontaneámente
    por todas partes.

    _Mejoras, agrícola, industrial y comercial de que la provincia es
    suceptible._

    Este capítulo deberia ser muy largo, en razon de la variedad del terreno
    y de las diversas zonas de altura que presenta la provincia; mas como
    tengo que examinar, al hablar de Moxos, la cuestion concerniente á las
    llanuras cálidas, y en la seccion de Yungas lo que respecta á las
    montañas arboladas, calurosas y templadas, así como en la de La-Paz lo
    tocante á las encumbradas planicies y á las montañas rasas y estériles,
    me remito á estas diversas provincias para la indicacion de las mejores
    que les son comunes con Caupolican, siéndome permitido el apreciarlas
    con tanto mas acierto en aquellos lugares, cuanto que por mí mismo he
    recogido en ellos notas muy prolijas sobre la materia. Me ocuparé pues,
    por ahora, solamente de aquellas modificaciones importantes, que me
    parecen mas especiales á la provincia de Caupolican.

    Acaba de verse que hoy en dia, á pesar de la abundancia de pastos
    escelentes que presenta la naturaleza sobre las alturas de Pelechuco, en
    las cercanías de Pata, de Santa-Cruz de Valle-Ameno, de Apolo y de Aten,
    á pesar de los que ofrecen con profusion los llanos de los distritos
    interiores, la carne fresca y el tasajo se cuentan entre los artículos
    de importacion comercial.

    Si se fomentase la cria de ganado vacuno, es indudable que en vez de
    recibirlo del esterior, vendria á ser él un ramo importante del comercio
    de salida: otro tanto sucederia con los rebaños de ovejas, que llegando
    á multiplicarse suministrarian á la vez su carne y sus lanas en
    abundancia. Aumentándose en igual proporcion los caballos y las mulas,
    se activaria considerablemente la esportacion de los frutos,
    contribuyendo esta circunstancia al acrecimiento de las rentas de la
    provincia, y á la cesacion de esa penosa y degradante servidumbre que
    hoy abate á los indios del interior, obligados como están de ir á puntos
    apartados haciendo el oficio de las bestias; libres ya de semejante
    cargo estos infelices, emplearian entónces sus jornadas en labrar la
    tierra, ó en cosechar simplemente las producciones naturales del pais,
    sin que les asistiese el temor bastante justo que ántes los forzaba á
    desecharlas.

    La dilatada estension de las llanuras del interior seria como en Moxos
    el centro de la cria de toda especie de ganados; ellas mudarian
    completamente de aspecto al cabo de pocos años, cubriéndose de millares
    de vacas y de caballos. Con la posesion de estos, veriase el gobierno de
    Bolivia hartamente provisto de recursos para su ejército; recursos que
    están bien distantes de poseer las repúblicas de Chile y del Perú.

    Por otra parte, la solicitud en buscar los animales vestidos de hermosas
    pieles, tales como los marimonos negros y rojos, no dejaria de producir
    grandes provechos, del mismo modo que la conservacion de las pieles de
    gran-bestia, que con el curtido se transformarían en cueros los mas
    convenientes para los arneses de coches; dirémos otro tanto de la piel
    de los venados, que es tan elástica y suave como el cuero de la gamuza,
    del que fabrican en Europa los guantes mas estimados, ó el calzado de
    mayor comodidad.

    Los huevos de tortuga que se encuentran sobre las orillas del Beni,
    darian, por medio de la preparacion empleada en las riberas del Orinoco,
    la excelente manteca de tortuga, uno de los elementos de la cocina de
    los indígenas.

    Vista la sin igual abundancia de pescado que se encuentra en el rio Beni
    y en sus tributarios, podria entablarse sobre algunos puntos la pesca
    en todas reglas; conservando luego por medio de la salazón los productos
    de ella, de manera que se viniese á crear un nuevo y muy importante ramo
    de esportacion, el cual no dejaria de ser estimado, sobre todo en las
    poblaciones de las altas planicies, como las ciudades de Oruro, de
    La-Paz, etc.

    La vegetacion es lo que principalmente ofrece mejoras considerables. Tan
    luego como la industria de las ciudades se apodere de los productos
    naturales del interior, llegarán á verse llenas las plazas comerciales
    de maderas las mas preciosas para la ebanistería, beneficiando así los
    bosques inmensos que cubren las montañas y los llanos. El box,
    actualmente tan escaso y tan caro en Europa, y del que no se pueden
    conseguir grandes planchas, se veria remplazado por esos maderos
    amarillos, abundantísimos en aquellas comarcas, y que, á mas de ser tan
    sólidos y compactos como aquel, tienen la ventaja de poder suministrar
    láminas de todos tamaños á los grabadores.

    En cuanto á las paleras, no solamente reportaria de ellas el comercio
    sus cocos esquisitos y su rica madera para la ebanistería, sinó tambien
    sus aceites utilísimos á la industria; igual provecho se sacaria de los
    almendros de cavinas.

    Grandísimas ventajas se obtendrian con buscar escrupulosamente las
    varias y útiles resinas, sobre todo el copal, que es el primer elemento
    del barniz mas hermoso que se confecciona en Europa.

    La importancia de la goma elástica, empleada en el continente europeo
    para la fabricacion de diversos artículos, como los corsees, las ligas y
    los tirantes ó suspensores, se aumenta de dia en dia, constituyendo el
    mas importante ramo del comercio y de la industria de los habitantes de
    Para, que van esclusivamente á dedicarse á su cultivo en grande, ¿qué
    impedimento hay para que la rica provincia de Caupolican no pueda hacer
    otro tanto, siendo tambien poseedora de este vegetal?

    La cascarilla, que durante algunos años ha dado millones al comercio,
    aun no tiene cuando agotarse. Hasta el dia de hoy solo se ha practicado
    el corte en las inmediaciones de los lugares habitados, y mucho
    importaría el estraerla de lodos los sitios en donde se encuentra. Segun
    informes que he podido recoger, los indios dedicados á esta faena se
    dispersan por las montañas, y así, aislados uno á uno entre los bosques,
    cortan la preciosa planta sin ningún género de precauciones, sin elegir
    siquiera la estacion mas apropiada para el caso. Desprovistos ademas de
    parages donde ponerla en depósito y á cubierto contra las frecuentes
    lluvias, les acontece muy á menudo el malograr completamente sus
    acopios, ó el verlos en gran parte averiados. Siendo pues evidente que
    la cosecha de la cascarilla está destinada á ser uno de los ramos mas
    seguros de las rentas del Estado, convendria mucho que las autoridades
    reglasen el modo de practicar el corte, dictando para ello ciertas
    ordenanzas, cuyo principal objeto fuese poner un término á la
    destruccion que se generaliza y cunde por todas partes, dejando marcada
    en algunas la huella de su tránsito, con la ausencia total de los
    árboles que la mano de la naturaleza habia plantado.

    La necesidad de conservar sus maderos de construccion, de carpintería y
    hasta los que se destinan para servir de leña, ha obligado á la Francia,
    hace ya mucho tiempo, á crear la _Administracion de Bosques,_ que tiene
    por objeto cortar los abusos de todo género á fin de conservar recursos
    para el porvenir. Tiempo es ya tambien de que Bolivia, en donde aun
    pertenece al Estado mas de la mitad de los terrenos, trate de crear un
    cuerpo vigilante y activo que tenga á su cargo;

    1° Poblar de árboles europeos, tales como el abeto, el abedul ó álamo
    blanco, etc., las montañas vecinas á La-Paz, á Chuquisaca y á Potosí, á
    fin de proveer á estas grandes ciudades de leña y de maderas de
    carpintería;

    2° Prohibir, bajo las penas mas rigurosas, el desmonte por medio del
    fuego; lo cual impidiendo detenerse á las nubes acrecenta de dia en dia
    la falta de humedad, y priva por lo tanto á los campos de su riego
    natural, haciéndolos estériles, ó deja que los aguaceros impetuosos,
    teniendo el paso libre, arranquen y arrastren sobre las alturas la
    tierra vegetal, á la que suceden rocas desnudas é infecundas en los
    lugares donde crecian los árboles mas hermosos;

    3° Evitar que los indígenas arranquen en vez de cortar los arbustos que
    suministran la leña y el carbon, para que puedan estos volver á echar
    renuevos; disponiendo, ademas, que los cortes se afecten por tablones
    sucesivos, lo cual impedirá la destruccion completa que se hace ya
    sentir sobre muchos puntos donde crecen plantas leñosas;

    4° Practicar la estraccion de la cascarilla en grande, pero con arreglo
    á ciertas ordenanzas, y fijando ante todo la estacion mas propicia, para
    que al mismo tiempo que se aproveche en la totalidad el producto de las
    cosechas anuales, pueda siempre conservarse esta planta para el
    porvenir. Entre tanto, las medidas mas eficaces que creo deber señalar,
    para la conservacion y regular beneficiacion de este ramo importante de
    las entradas del erario, son las siguientes.

    1ª Puede el gobierno de la república hacer contratar en Europa un
    empleado de _Bosques_, inteligente y versado en el manejo y la
    aplicacion de mejoras sobre la materia, para confiarle la inspeccion
    general de los bosques de cascarilla, el cual transportándose de un
    punto á otro vigile y dirija continuamente á los empleados subalternos
    colocados en cada provincia.

    2ª El empleado subalterno estará encargado de ordenar y dirijir la
    estraccion de la cascarilla en cada una de las parroquias de la
    provincia. Para que la cosecha se haga con la perfeccion debida, será
    preciso empezar desde luego por abrir caminos en direccion á todos los
    valles donde se cria este vegetal, dividiendo en seguida el territorio
    en diez _secciones,_ por ejemplo, á fin de no beneficiar sinó una por
    año, dando tiempo de este modo á las otras de volver á poblarse para
    cuando les llegue su turno.

    3ª La cosecha debe tener lugar solamente en los meses de junio, julio y
    agosto, que es cuando los tallos se encuentran en un estado mas perfecto
    de madurez, y cuando la planta contiene mayor cantidad de savia, sin que
    sea de temer que llegue á secarse en consecuencia del corte.

    4ª Es menester dar principio en cada parroquia á la operacion del corte,
    trazando ante todo un sendero de extraccion, y construyendo una ó muchas
    barracas en el centro de la _seccion_ que se beneficia, para que los
    jornaleros dispersos puedan ir depositando en estos sotechados el
    producto diario de sus faenas, y hacer que se seque allí la cascarilla
    sin los accidentes de averias ó de completo malogro.

    5ª Para no destruir los arbustos al efectuar los cortes, será preciso
    elegir el momento de su mayor sazon, y cortarlos un poco mas arriba de
    las raices, sirviéndose para ello de podones; teniendo despues la
    precaucion, si la cepa no echase retoños, de dejar en reserva algunas
    plantas de trecho en trecho, las que sembrarán de nuevo y naturalmente
    sus alrededores, en el trascurso de los diez años intermedios entre cada
    corte de la _seccion._

    Si el Gobierno boliviano dictase medidas análogas á las tomadas en
    Francia para el corte regular de los bosques del Estado, es indudable
    que nunca se veria en la necesidad de suspender las cosechas de
    cascarilla, único medio que hoy emplea para impedir la total destruccion
    de este específico. Todos los años se recogerian productos considerables
    y de mejor calidad: estos productos conservarian siempre el mismo valor
    comercial, en ver, de bajar de golpe, como sucede cuando el corte
    abandonado al arbitrio y discrecion de los indígenas se practica con tal
    desórden, diriase mejor, con tal desenfreno, que los acopios llegan á
    sobrecargar las factorías y luego los mercados de Europa, haciendo que
    se dejen de mano las cosechas en general, durante algunos años.

    Finalmente, para que el comercio de la cascarilla tome una estension
    conveniente, para que pueda, á mas de ser duradero, producir las
    incalculables ventajas de que es capaz bajo una buena administracion,
    seria menester que el Gobierno instituyese un régimen severo y bien
    reglamentado acerca de las cosechas, y que tratase de establecer cuanto
    ántes el _Banco de rescates_ proyectado, del cual depende la
    regularizacion de este comercio en el estrangero.

    El segundo ramo importante del comercio de la provincia, que tambien
    puede recibir una inmensa estension, es sin duda alguna el cacao. Se ha
    visto que cerca de los pueblos interiores de San-José, de Tumupaza, de
    Isiamas y de Cavinas, los bosques se encuentran poblados de cacahuales,
    suministrando anualmente abundantísimas cosechas, de que no hacen caso
    los indígenas por no verse obligados á trasportar su producto sobre las
    espaldas. Bastaria para poner un término á tal estado de cosas, abolir
    desde luego esa servidumbre personal, y establecer en cada parroquia,
    sea factorías particulares al comercio, sea oficinas encargadas de dar á
    los indígenas, por cuenta del gobierno, un valor equitativo en cambio de
    las arrobas de cacao que ellos pudiesen recoger. Ademas, haciéndoles
    familiares ciertas necesidades que aun no conocen, se despertaria entre
    estos indígenas el deseo de adquirir los medios para la satisfaccion de
    aquellas, empeñándolos por este medio á no desechar esos productos
    inmensos y de tanta valía, que todos los años sirven solo para el regalo
    de los animales de las selvas.

    Aunque pudiera la provincia de Caupolican dar incremento á la cultura de
    su coca, sin llegar por esto y en esto, sea dicho de paso, á competir
    jamas con las provincias de Yungas y de Muñecas; aunque seria posible
    fomentar en ella el cultivo del arroz, del café, del maiz y del tabaco,
    así como ocuparse en el laboreo de las minas de oro que abundan en las
    montañas, sacando de ellas los especuladores no pocas ventajas; aunque
    seria dable utilizar tambien el algodon, aplicándolo á la industria
    fabril para surtir á sus habitantes de géneros de vestimenta, creo que
    estos ramos comerciales é industriales deben ser de un órden secundario
    en esta provincia.

    Para que cada una de las diversas partes de un territorio rinda el
    máximum de sus productos, para que el comercio tenga allí un interes,
    una tendencia especial, es menester dar, en detrimento de los otros
    ramos comerciales, una amplitud sin coto á el que con ménos trabajo
    puede producir mas pingüe utilidad; sobre todo cuando no tiene
    competencia vecina.

    En último análisis, diré que fomentando esclusivamente en la provincia
    de Caupolican, por una parte la cultura de la cascarilla en las
    montañas, por otra la del cacao en los llanos, los dos solos frutos que
    presentan un interes de utilidad general á la república, por la
    estension que pueden recibir en su comercio, se tendria en vista el bien
    y el adelanto de las otras provincias de las altas planicies, dándoles
    mayor cabida para el despacho de los productos de su industria
    particular, ya sea fabril ya solamente agrícola. De este modo los
    Caupolicanos tendrian tambien un campo libre para dedicarse con estímulo
    á la cosecha regular y ordenada de la cascarilla, y á la copiosa y
    activa del cacao.

    Si fuese posible acantonar definitivamente los productos por provincias,
    dejando, por ejemplo, á la industria de los altos llanos de Bolivia, en
    los departamentos de La-Paz, de Oruro y de Potosí la fabricacion de los
    tejidos de lana y la cria de ganado lanar; á las provincias de Chiquitos
    y de Moxos los tejidos de algodon; á las provincias de Yungas y de
    Muñecas el cultivo de la coca; á los valles templados de Sicasica, de
    Apupaya, de Cochabamba y de Chuquisaca la siembra del trigo, el fomento
    de los gusanos de la seda y la plantacion de viñas; á Santa-Cruz de la
    Sierra, á Moxos y á Chiquitos la cría de toda especie de ganados y el
    cultivo de la caña de azúcar; finalmente, á Caupolican la cascarilla y
    los cacahuales, se obligarla, por decirlo así, á sus respectivos
    habitantes á un tráfico interior, ó comercio mutuo de esportacion, que
    haria cundir por todas partes, al mismo tiempo que la riqueza, los
    gérmenes fecundos de la civilizacion.

    Los estados europeos tienen necesidad de esta clase de comercio
    recíproco, para utilizar cada uno sus producciones especiales. A este
    respecto, y en parangón de lo pequeño con lo grande, las mas altas
    cuestiones de porvenir comercial pueden aplicarse á la república de
    Bolivia; presentando ella en sus diversas provincias todas las zonas,
    todos los temperamentos, y pudiendo producir con el fomento de la
    industria todo cuanto producen los otros pueblos y paises del mundo.

    Entre tanto, la primera medida que debe tomarse para el adelanto y las
    mejoras de la provincia de Caupolican, y para hacer que ella adquiera
    prontamente el grado de importancia comercial á que se ve destinada, es
    el establecimiento de las vias de comunicacion con las provincias del
    interior, y tambien el de las que deben mediar entre los diversos puntos
    habitados. Es fácil abrir sobre todas las montañas senderos de no mucho
    costo para el tránsito de las mulas, pues que las piedras (el material
    mas preciso) se encuentran á la mano, no exigiendo por lo demás la
    conservacion de estas vias sinó un ligero cuidado. En los lugares donde
    se ha establecido al presente, sobre un espacio considerable de leguas,
    el abominable sistema de palizadas ó de troncos atravesados, se podian
    construir terraplenes ó calzadas de piedra; y á fin de impedir que,
    acequiándose estas con el pasage continuo de las bestias, se llenasen de
    aguas llovedizas, darles una forma convexa y abrir una pequeña sanja á
    cada lado para el derrame de aquellas, como se practica en la
    construccion de caminos reales en toda Europa.

    Estos caminos que indicamos, no necesitan de una anchura desmedida, y
    por consiguiente no exigen grandes gastos; á mas de esto, la imposicion
    de un derecho de peage, nada gravosa por su modicidad á los transeuntes,
    cubriria fácilmente los desembolsos anticipados del Gobierno. Los
    ingenieros en el ramo de puentes y caminos, actualmente en ejercicio en
    la república, podrán por lo demas, en vista de los recursos locales,
    hacerse cargo de los medios mas económicos que sean menester para
    establecer cuanto ántes, con la cooperacion y buena voluntad de los
    indios, esas vias de comunicacion, únicos medios de estimular la
    industria v el comercio, y de activar la civilizacion de la provincia.

    Caupolican es á este respecto quizas la mas favorecida de todas las
    provincias de Bolivia, hallándose cruzada por rios navegables de cuya
    utilidad é importancia parece que no se hiciera el menor caso. ¿Como es
    posible creer, por ejemplo, que desde muy antiguo (mas de sesenta años)
    se esté haciendo llevar en hombros de los infelices indios, por el
    desmesurado tiro de cincuenta ó sesenta leguas, hasta la capital de la
    provincia, todos los frutos de los pueblos interiores de Ysiamas, de
    Tumupaza y de San-José, siendo tan fácil embarcarlos y hacerlos subir
    por el Rio-Beni hasta un punto poco distante de Apolo? Ni como será
    creible que, teniendo á su disposicion un vehículo de tanta importancia,
    un rio tan caudaloso como el Beni, no se haya hecho uso hasta el
    presente, para ir desde Ysiamas á Cavinas, sinó de mezquinas balsas,
    miéntras que se cuenta mas de siglo y medio desde que en Moxos se navega
    en canoas? Es pues muy probable que semejante estado de atraso en
    Caupolican, aun relativamente á las provincias vecinas, no provenga sinó
    de la falta de relaciones comerciales. Y sucede efectivamente que hablar
    de la provincia de Caupolican, á un Potosino por ejemplo, es ocuparlo de
    una cosa de que solo conoce el nombre, como conoce los de la China y de
    la Turquía, sin que ni por pienso esté al cabo de lo que allí se pasa.

    Con medios tan sencillos como la navegacion ya puede imaginarse lo que
    llegarán á ser Cavinas, Ysiamas y Tumupaza cuando embarcaciones de vela
    ó de vapor trasporten sus productos, en cantidades del mayor peso que se
    quiera, tanto hasta cerca de Apolo por el rio Tuyche, como hasta un
    corto tiro de La-Paz por los rios Mocetenes y Bogpi. Bastaria, sin
    embargo, para hacer cesar desde luego la triste servidumbre de los
    indios, en entablar la navegacion de barcas; mas, para que la
    construccion de estas fuese cómoda y no costosa, seria menester que el
    Gobierno hiciese venir de Europa hombres inteligentes en el arte, á fin
    de que, economizando gastos inútiles, pudiesen dirigir á los indígenas
    en la construccion, en el armamento y en la manera de servirse de tales
    embarcaciones. Sin esta precaucion, la inesperiencia de los habitantes
    puede todavía retardar, por largo tiempo, la ejecucion de una medida que
    es de primera necesidad para la mejora de la provincia.

    Pudiera yo decir en este lugar una palabra sobre las ventajas que le
    están reservadas á la provincia con la navegacion del rio Beni hasta el
    de las Amazonas, bajando en seguida hasta el mar para encaminarse á
    Europa; mas, como tengo que tocar este punto al ocuparme de la provincia
    de Moxos, que se halla igualmente cruzada por el rio Beni, dejaré para
    entónces la esposicion y el exámen de cuestion tan importante.

    Réstame hablar de algunas otras mejoras indispensables al bienestar de
    los moradores de Caupolican. Se conseguirá restituir al pais su
    salubridad, cortando el mal ocasionado por los frios del viento sud tan
    mortifero para las criaturas de los pueblos interiores, así como los
    estragos causados por las viruelas entre las personas de mayor edad,
    cuando las aulas de medicina de la República suministren un número tal
    de discípulos, que pueda el Estado colocar en cada provincia un
    facultativo fija y suficientemente retribuido, para que con el ausilio
    de los curas trate de preservar á los infantes de la atroz mortandad, y
    propague la aplicacion de la vacuna, juntamente con los otros
    preservativos de sanidad.

    Misioneros instruidos y llenos de celo podrian igualmente, con el apoyo
    del Gobierno, tomar á su cargo la conversion de las castas salvages que
    se encuentran al norte y norueste de Tumupaza, Isiamas y Cavinas,
    creando pequeñas poblaciones, donde estos indígenas empezasen á gustar
    de los beneficios de la vida social; lo que contribuirá no poco al bien
    general del pais.

    Actualmente el uso inmoderado de los licores fuertes, tales como el
    aguardiente, que en las festividades religiosas beben con demasía, trae
    consigo la ruina pecuniaria de los indígenas, el grandísimo deterioro de
    su salud, y, como consecuencia indispensable, el desarreglo en las
    costumbres. Muy fácil seria, sin embargo, remediar males de esta
    naturaleza, imponiendo fuertes derechos á la introduccion de tan
    perniciosos líquidos, ó tomando cualquier otra medida que su buen tino
    le dictase al Gobierno; porque nada hay tan lastimoso como el ver cuanto
    perjudican semejantes escesos al adelanto social, embruteciendo moral y
    físicamente á los que se dejan dominar por ellos.

    Por último, el establecimiento de una escuela de primeras letras en
    cada parroquia, medida cuya urgencia ha sido ya juiciosamente sentida
    por el Gobierno, contribuirá poco á poco á propagar en toda la República
    el idioma nacional, estinguiendo totalmente las lenguas indígenas,
    usadas todavía en algunos puntos, donde, por otra parte, la estension
    de las relaciones comerciales irá alterándolas de dia en dia. En tanto
    que esas lenguas subsistan, no dejarán de ser un poderoso estorbo para
    la marcha progresiva de la civilizacion.

    PROVINCIA DE MOXOS

    _Circunscripcion y estension._

    La provincia de Moxos, una de las mas espaciosas de Bolivia, pues que
    abraza ella sola tanto terreno como uno ó dos departamentos de las
    regiones montañosas, ocupa el estremo norte de la república y del
    departamento del Beni, representando una superficie oblonga, que se
    dirige de norueste á sudeste, hallándose comprendida entre los grados 10
    y 16 de latitud sud y los 64 y 70 de longitud occidental del meridiano
    de París. Esta superficie, que tiene poco mas ó ménos veintidos grados
    cuadrados, ó sean trece mil setecientas cincuenta leguas, de á
    veinticinco el grado, se encuentra limitada hácia el norte por el
    Guaporé ó Iténes y por el Beni (rios que trazan los límites entre
    Bolivia y el Brasil), siendo el último el que la separa de la provincia
    de Caupolican por la parle norueste. Sus límites naturales hácia el
    oeste, por el lado del pais de las Yuracarees, son las llanuras
    desiertas que están situadas al pié de las últimas faldas de la
    cordillera. Finalmente, la provincia de Moxos se halla circunscripta
    hácia el sud, sudeste y este por bosques impenetrables ó por inmensos
    pantanos interpuestos, sin límite determinado, entre ella y las
    provincias de Santa-Cruz de la Sierra y de Chiquitos.

    _Montañas._

    A pesar de hallarse la provincia de Moxos bastante vecina á las colinas
    de Chiquitos por el este, así como por el norte á las montañas
    brasileras, que contornean la orilla derecha del rio Iténes, y por el
    oeste á las últimas faldas de la cordillera de los Yuracarees, no
    encierra en su circunscripcion una sola montaña, ni aun siquiera
    insignificantes colinas, formando por lo tanto una superficie llana, que
    se reune al sud con las inmensas planicies de Santa-Cruz de las Sierra,
    y al norueste con las de la provincia de Caupolican. Sobre este
    horizonte sin límites, apénas se descubren cuatro puntos culminantes que
    se elevan á la altura de treinta varas sobre lo restante del terreno, y
    los que, á no hallarse en medio de un pais tan sumamente llano, pasarian
    acaso inapercibidos. Estos cuatro puntos son unos morones aislados; el
    primero, que es el cerro del Cármen, está situado como doce ó quince
    leguas al sudeste de la mision de su nombre, y entre los rios Blanco y
    de San-Miguel; el segundo, colocado sobre la ribera derecha del rio
    Machupo, y vecino á la mision que lo denomina, es el cerro de San-Ramon;
    el tercero es un pequeño morro situado mas abajo de Exaltacion, sobra la
    orilla derecha del Mamoré: finalmente, el cuarto, que es el cerro de
    San-Simon, se descubre al este de Magdalena; su reputacion de muy rico
    me parece dudosa, como debe serlo la de todo lugar inaccesible; se
    asegura, sin embargo, que está lleno de minas de oro y de diamantes.

    _Rios_.

    En un pais montañoso los relieves determinan la direccion de las
    corrientes; per en Moxos, cuyo territorio no presenta mas que una sola
    llanura uniforme y sin asperidades, donde las pequeñas eminencias que
    separan á los rios desaparecen bajo la inundacion en las estaciones
    lluviosas, permitiendo atravesar en canoas una gran parte de la
    provincia, todas las corrientes serpentean por la llanura convergiendo
    del circuito hácia el centro, y encaminándose á la vertiente del
    Amazonas, despues de haberse reunido en tres principales, que son el
    Guaporé ó Iténes, el Mamoré y el Beni.

    _Tributarios del Guaporé ó Iténes._

    El _Rio Barbados_ nace en la provincia de Chiquitos[1], á una distancia
    bastante apartada de Moxos: esta corriente, la principal entre las que
    dan nacimiento al Guaporé, es navegable hasta mas arriba de Casalbasco.
    Como ella arranca de un marjal en donde toma tambien orígen el rio
    Paraguay, seria muy factible unir el primer tributario de este rio con
    el Guaporé, abriendo para ello un canal de cuatro mil ochocientas varas
    solamente. De este modo se darian la mano los dos rios gigantes de la
    América meridional, el Plata y el Amazonas, viniendo á formar un canal
    natural de mas de mil doscientas leguas.

    [Nota 1: Al describir la provincia de Chiquitos hablaré mas estensamente
    sobre esto rio y los cuatro que siguen.]

    El _Rio Verde_ toma orígen al norte de San-Ignacio de Chiquitos, y
    dirigiéndose hácia el norueste, va á reunirse al rio Barbados, cerca de
    los 64 grados de longitud y de los 14 de latitud, formando con este el
    rio Guaporé ó Iténes: barcos de vapor pueden libremente navegar en él y
    subir muy arriba hácia sus cabeceras.

    El _Rio Serre_ nace al norte de Concepcion de Chiquitos, y siguiendo la
    misma direccion que el rio Verde, se incorpora al Guaporé como
    veinticinco leguas mas abajo. Es igualmente navegable para barcas de
    alguna dimension.

    El _Rio Blanco ó Baures_ toma su orígen tambien al norte de Concepcion
    de Chiquitos; y como los dos anteriores se encamina hácia el norueste,
    pasando inmediato al Cármen y á Concepcion de Moxos, para ir á desaguar
    en el Guaporé, cerca del fuerte de Beira. Se puede navegar por este rio
    hasta Chiquitos.

    El _Rio Itonama_ recibe, bajo el nombre de rio de San-Miguel, gran parte
    de las aguas de Chiquitos; se une luego al _Huacaré,_ cerca de Guarayos,
    y sigue en paralelo al rio Blanco hasta incorporarse al Guaporé
    juntamente con el rio Machupo, cerca del fuerte de Beira. Los buques de
    vapor pueden por todas partes navegar sobre sus aguas hasta Chiquitos.

    El _Rio Machupo_ acaudala los tributos de muchos riachuelos que parten
    del seno de las llanuras inundadas de Moxos: estos riachuelos son, el
    de _San-Juan,_ navegable desde San-Pedro, el _Moocho_, el _Molino_, el
    _Machupo_ y el _Chananoca_, todos ellos ya reunidos al Machupo cuando
    este rio pasa por delante de las misiones de San-Ramon y de San-Joaquin,
    para ir á juntarse con el rio Itonama, y á par de este arrojarse despues
    en el Guaporé, cerca tambien del fuerte de Beira.

    El rio Guaporé, una vez depositario de todos estos caudales de agua,
    corre en direccion al oestenorueste hasta llegar á incorporarse con el
    Mamoré, hácia los 12 grados de latitud sud y 68 de longitud occidental
    del meridiano de París.

    _Tributarios del Mamoré._

    El rio _Mamoré_ recibe todas las aguas de la vertiente oriental de las
    cordilleras: sus tributarios, empezando por aquellos que se encuentran
    mas al oriente, son los que siguen.

    El _Rio Ivary_ nace en las llanuras inundadas que están al oeste del
    pais de los Guarayos, y dirigiéndose hácia el norueste, recibe por su
    izquierda las aguas de los rios _Tico_ y de _San-Antonio,_ yendo á
    reunirse con el Mamoré un poco mas arriba de la Trinidad de Moxos. Ente
    rio es navegable casi en todo el largo de su curso.

    El _Rio Grande_ reune todas las aguas de las provincias montañosas de
    Chayanta, de Cochabamba, de Mizqué y de Valle-Grande, descendiendo en
    seguida á la llanada de Santa-Cruz, y adunándose con el Piray para
    formar el rio _Sara_ hácia el norte de la provincia. Se puede navegar en
    sus ondas hasta muy cerca de Santa-Cruz de la Sierra.

    El _Rio Piray_ nace en las montañas de Samaypata, provincia de
    Valle-Grande, desemboca en el llano de Santa-Cruz de la Sierra, y pasa
    inmediato á la ciudad de este nombre, recibiendo por todas partes
    pequeños tributos, y continuando en seguida paralelo al rio Grande hasta
    juntarse con él para formar el rio Sara, muy al sud de los 15 grados de
    latitud. Siendo muy rápida su corriente en algunas partes, solamente
    cuando sale de madre pueden navegar en sus aguas los barcos de alguna
    dimension.

    El _Rio Ibabo_ toma orígen bajo el nombre de _Yapacany_ en la
    cordillera orienta, hácia el este del pais de los Yuracarees, y continúa
    corriendo, paralelo á los rios Grande y Piray, hasta arrojarse en el rio
    Sara, unas cuantas leguas mas abajo del punto en que desagua, en este
    mismo, el último de aquellos. El rio Ibabo es navegable en su mayor
    parte.

    El _Rio Mamoré_ nace al este del rio Ibabo, sobre las montañas de la
    vertiente oriental de las cordilleras y en el pais de los Yuracarees. Su
    corriente, que recibe desde luego los caudales del _Chimoré_, se
    encamina por la llanura de Moxos hácia el norte, inclinándose unos
    cuantos grados al oeste. Este rio, recibiendo el tributo de los demás
    rios de la provincia, conserva el nombre de Mamoré hasta los 10 grados
    de latitud sud, en cuyo término incorporándose con el Beni, toma la
    denominacion de rio de Madeiras. El Mamoré puede servir de vehículo á
    los paquebotes hasta el pié de las cordilleras.

    El _Rio Chaparé_, formado de los rios _Coni, San-Mateo, Paracti_ y otros
    muchos, nace en el pais de los Yuracarees, al oeste del Mamoré sobre la
    vertiente oriental de la cordillera, y dirigiéndose al norte se reune al
    Mamoré hácia el sud de los 15 grados de latitud meridional. Se puede
    navegar por él casi hasta la confluencia del rio Coni, es decir, hasta
    el punto donde empieza la llanura.

  • Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, ó de los Césares

    Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, ó de los Césares

    Aproximadamente 31.387 palavras.

    DERROTEROS Y VIAGES

    A LA

    Ciudad Encantada, ó de los Césares.

    QUE

    SE CREIA EXISTIESE EN LA CORDILLERA,

    AL SUD

    DE VALDIVIA.

    Primera Edicion.

    BUENOS-AIRES.

    IMPRENTA DEL ESTADO, 1836.

    DISCURSO PRELIMINAR

    A LAS

    NOTICIAS Y DERROTEROS

    DE LA

    CIUDAD DE LOS CESARES.

    Pocas páginas ofrece la história, de un carácter tan singular como las
    que le preparamos en las noticias relativas á la _Ciudad de los
    Césares_. Sin mas datos que los que engendraba la ignorancia en unas
    pocas cabezas exaltadas, se exploraron con una afanosa diligencia los
    puntos mas inaccesibles de la gran Cordillera, para descubrir los
    vestigios de una poblacion misteriosa, que todos describian, y nadie
    habia podido alcanzar.

    En aquel siglo de ilusiones, en que muchas se habian realizado, la
    imaginacion vagaba sin freno en el campo interminable de las quimeras, y
    entre las privaciones y los peligros, se alimentaban los hombres de lo
    que mas simpatizaba con sus ideas, ó halagaba sus esperanzas. El
    espectáculo inesperado de tantas riquezas, amontonadas en los templos y
    palacios de los Incas, avivó los deseos y pervirtió el juicio de esos
    felices aventureros, que no contentos con los frutos opimos de sus
    victorias, se prometian multiplicarlos, ensanchando la esfera de sus
    conquistas.

    El contraste entre la abundancia de los metales preciosos en América, y
    su escasez, tan comun en aquel tiempo en Europa, y mas especialmente en
    España, explica esta sed inextinguible de oro en los que marchaban bajo
    los pendones de Cortes y Pizarro. La disciplina militar no era entonces
    tan severa que enfrenase la licencia del soldado, y escarmentase la
    prevaricacion de los gefes. Nervio principal del poder de los reyes, y
    ciegos instrumentos de sus venganzas, los egércitos disfrutaban de la
    impunidad con que suele recompensarse esta clase de servicios, y ninguna
    barrera era capaz de contener el brazo de esos indómitos satélites del
    despotismo. Si hay quien lo dude, contemple la suerte de Roma, profanada
    por los soldados de un general de Carlos V, casi en la misma época en
    que sus demas caudillos anegaban en sangre á regiones enteras del Nuevo
    Mundo.

    Ninguna de las pasiones nobles, que suelen agitar el corazon de un
    guerrero, templó esa sórdida ambicion de riquezas, que cegaba los
    hombres, y los hacia insensibles á los mismos males que sufrian. Los
    planes que se frustraban eran facilmente reemplazados por otros no menos
    efímeros y fantásticos; y las últimas empresas sobrepujaban casi siempre
    en temeridad á las que las habian precedido. No contentos con lo mucho
    que habian disipado, buscaban nuevos recursos para fomentar su natural
    propension á los gustos frívolos, cuando no era á los vicios ruinosos.

    Bajo el imperio de estas ilusiones, acogian todas las esperanzas,
    prestaban el oido á todas las sugestiones, y estaban siempre dispuestos
    á arrostrar los mayores peligros, cuando se les presentaban en un camino
    que podia conducirlos á la fortuna. Es opinion general de los escritores
    que han tratado del descubrimiento del Rio de la Plata, que lo que mas
    influyó en atraerle un número considerable y escogido de conquistadores,
    fué el nombre. Ni el fin trágico de Solis, ni el número y la ferocidad
    de los indígenas, ni el hambre que habia diezmado á una porcion de sus
    propios compatriotas, fueron bastantes á retraerlos de un país que los
    brindaba con fáciles adquisiciones. Pero pronto reconocian su error, y
    el vácio que dejaba este desengaño hubiera sido abrumante, si no
    hubiesen tenido á su disposicion un _Dorado_ y los _Césares_ para
    llenarlo.

    Estas dos voces, que son ahora sin sentido para nosotros, fueron
    entonces el alma de muchas y ruinosas empresas. Los gobiernos de Lima,
    Buenos Aires y Chile, distrayéndose de las atenciones que los rodeaban,
    tendian la vista hácia estas poblaciones misteriosas, reiterando sus
    conatos para alcanzarlas; y las noticias que circulaban sobre su
    existencia, eran tan circunstanciadas y concordes, que arrancaban el
    convencimiento. Se empezó por repetir lo que otros decian, y se acabó
    por hablar como testigos oculares.

    De los Césares sobre todo se discurria con la mayor precision y
    evidencia. Eran ciudades opulentas, fundadas, segun opinaban algunos,
    por los españoles que se salvaron de Osorno y de los demas pueblos que
    destruyeron los Araucanos en 1599; ó segun otros, por los restos de las
    tripulaciones de los buques naufragados en el estrecho de Magallanes.
    "La ciudad principal, (puesto que se contaban hasta tres) estaba en
    medio de la laguna de _Payegué_, cerca de un estero llamado _Llanquecó_,
    muy correntoso y profundo. Tenia murallas con fosos, rebellines y una
    sola entrada, protegida por un puente levadizo y artilleria. Sus
    edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada, y bien techados
    al modo de España. Nada igualaba la magnificencia de sus templos,
    cubiertos de plata maciza; y de este mismo metal eran sus ollas,
    cuchillos, y hasta las rejas de arado. Para formarse una idea de sus
    riquezas, baste saber que los habitantes se sentaban en sus casas en
    asientos de oro! Gastaban casaca de paño azul, chupa amarilla, calzones
    de _buché_, ó bombachos, con zapatos grandes, y un sombrero chico de
    tres picos. Eran blancos y rubios, con ojos azules y barba cerrada.
    Hablaban, un idioma ininteligible á los españoles y á los indios; pero
    las marcas de que se servian para herrar su ganado eran como las de
    España, y sus rodeos considerables. Se ocupaban en la labranza, y lo que
    mas sembraban era _ají_, de que hacian un _vasto comercio_ con sus
    vecinos. Acostumbran tener un sentinela en un cerro inmediato para
    impedir el paso á los extraños; poniendo todo su cuidado en ocultar su
    paradero, y en mantenerse en un completo aislamiento. A pesar de todas
    estas precauciones, no habian podido lograr su objeto, y algunos indios
    y españoles se habian acercado á la ciudad hasta oir el tañido de las
    campanas!"

    Estas y otras declaraciones que hacian, _bajo de juramento_, los
    individuos llamados á ilustrar á los gobiernos sobre la _Gran Noticia_,
    (tal era entonces el nombre que se daba á este pretendido
    descubrimiento) excitaron el celo de las autoridades, y la mas viva
    curiosidad del público. Este fervor, y los proyectos de expediciones que
    le fueron consiguientes, empezaron con el siglo XVII, y continuaron
    hasta el año de 1781, en que la Corte de España encargó al Gobierno de
    Chile de tomar en consideracion las propuestas del capitan D. Manuel
    Josef de Orejuela, que solicitaba auxilios de tropa y dinero para
    emprender la conquista de los _Césares_. Con este motivo se pasaron al
    Fiscal de aquel reino nueve volúmenes de autos, que se conservaban en
    los archivos, para que aconsejase las medidas que le pareciesen mas
    conducentes á llenar los objetos consultados. Este magistrado procedió
    en su exámen con los principios del criterio legal, que no duda de lo
    que se apoya en declaraciones _juradas, explícitas, concordes_ y
    _terminantes_. Las objeciones que se hacian contra estos asertos le
    parecieron cavilaciones de hombres acostumbrados á dudar de las cosas
    mas evidentes. Puso en cotejo la incredulidad con que se oyeron los
    vaticinios de Colon sobre la existencia de un nuevo mundo; los muchos é
    importantes descubrimientos debidos á las solas indicaciones de los
    indios, y buscó en la historia de los naufrágios célebres una
    explicacion fácil al orígen de estas poblaciones ocultas.

    Hay errores que merecen ser escusados, y en los que pueden incidir los
    espíritus mas rectos y juiciosos: tal nos parece el del Fiscal de Chile.
    Su convencimiento es completo: no solo creia en los Césares, sino que se
    esforzaba á que todos les creyesen.–_Con semejantes atestaciones_,
    exclamaba en su entusiasmo, _parece que ya no debe dudarse de la
    existencia de aquellas poblaciones_. Y realmente ¡cuan peligroso seria
    en un juez un sistema de investigacion llevado hasta la incredulidad y
    el escepticismo! ¡Cuan insuperables serian las trabas que opondria al
    curso de la justicia una conciencia _incontentable_, que desconfiase de
    la razon, y protestase contra sus fallos!…

    No eran hombres vulgares los PP. Mascardi, Cardiel y Lozano, y todos
    ellos participaron de este engaño, trabajando con ahinco para
    generalizarlo. Uno de ellos fué víctima de su celo apostólico:–los
    otros estaban dispuestos á imitarle, por la persuasion en que estaban
    de hallar un pueblo, falto de los auxilios de la religion, aunque
    viviese en la comodidad y la abundancia.

    Sin embargo, esta justificacion de un error que ya no es posible
    disfrazar, debo esparcir dudas sobre muchos hechos históricos, por mas
    auténticos y calificados que sean. Hay épocas en que la razon se ofusca
    al contemplar objetos nuevos é inusitados; y expuesto el hombre mas
    juicioso á una serie continua de impresiones violentas, deja de
    analizarlas, y baja insensiblemente al nivel de las inteligencias
    vulgares, que todo lo ponderan y admiran. Para cumplir con el precepto
    del sábio, _nil admirari_, se necesita estar en el pleno egercicio de
    sus facultades, y haber contraido cierto hábito de dominar sus sentidos,
    siempre propensos á fascinar, y á engañarse. ¡Cuan distantes estaban los
    conquistadores de América de este estado de sosiego! Para ellos todo era
    motivo de arrebato. El espectáculo de un nuevo mundo, de pueblos nuevos,
    de nuevas costumbres, y mas que todo, esas fuentes inagotables de
    riquezas, que brotaban por todas partes con mas prontitud que el mismo
    deseo de poseerlas, mantenian á los hombres en una dulce y perpetua
    extasis. Sin tomar el opio como los musulmanes, probaban las mismas
    sensaciones, y les costaba trabajo arrancarse de ellas.

    Con estas disposiciones se forjaron tantas mentiras, y se formaron
    espedientes para acreditarlas. Los casos mas inverósimiles, los sucesos
    mas extraños, las declaraciones evidentemente falsas y absurdas,
    encontraban siempre testigos, y un _escribano_ para certificarlas. El
    que quisiera recopilar estos embustes, formaria una obra voluminosa, y
    talvez divertida. Garcilaso, el menos crédulo de sus contemporáneos, no
    ha podido sustraerse de este embeleso; ya exagerando la sabiduria de las
    antiguas instituciones del Perú; ya sus tesoros, ya la fecundidad de su
    territorio. Le habian quedado algunas dudas sobre la magnitud
    extraordinaria de un _rábano_ del valle de Cuçapá, del que habia oido
    hablar vagamente, y se encontró en Córdoba con un caballero español, que
    acompañaba al Gobernador de Chile cuando se trató de reconocer y
    _probar_ este hecho. Este español le dijo, "_á fé de caballero
    hijodalgo_, no solo ví cinco caballos atados á las ramas del rábano,
    sino que comí de él, y lo hallé muy tierno."

    Con este motivo le habló tambien de un _melon_ del mismo valle de Ica,
    que pesaba cuatro arrobas y tres libras, y del que se tomó fé y
    testimonio _ante escribano_!–De este modo cundia el fraude por obra de
    aquellos mismos que debian atajarlo, y se sorprendia la conciencia
    pública hasta en los documentos auténticos.

    La poca instruccion que reinaba en las clases privilegiadas, favorecia
    estas imposturas, y hacia mas dificil su manifestacion. La geografia,
    que debió haber adelantado en proporcion de los descubrimientos, quedaba
    estacionaria; y solo al cabo de muchos años se pensó en reconocer lo que
    habia sido ocupado. De conformidad á los primeros informes sobre la
    localidad de los Césares, los geógrafos los habian colocado en una abra
    de la Cordillera Nevada, entre los 45 y 50 grados de latitud austral: y
    no obstante, habia gefes que preguntaban por la _Gran Noticia_ á los
    indios Chiquitos, y otros que la buscaban en las riberas del Atlantico!
    La gravedad con que el Fiscal de Chile funda su dictámen en 1782, prueba
    que hasta entonces conservó todo su crédito esta patraña.

    La solicitud del capitan Orejuela, que dió mérito á este informe, puede
    haber sido dictada por un exceso de candor, ó por un cálculo de malicia.
    En ambos casos tiene el mérito de haber dejado concentrado en un solo
    foco las varias opiniones que se han vertido sobre este asunto, y cuya
    lectura es mas que suficiente para clasificarlas.

    De los distintos papeles á que se refiere el Fiscal de Chile, hemos
    extractado lo que nos ha parecido mas conducente á formar el juicio del
    público, relegando al olvido muchos pequeños detalles que nada hubieran
    añadido á su convencimiento.–Estos documentos nos han sido franqueados,
    parte por el Sr. Coronel D. José Maria Cabrer, y parte por el Sr. Dr. D.
    Saturnino Segurola, cuya liberalidad y benevolencia solo podemos
    retribuir con este testimonio estéril de nuestro agradecimiento.

    _Buenos Aires, 28 de Enero de 1336_.

    PEDRO DE ANGELIS

    DERROTERO

    _De un viage desde Buenos Aires á los Césares, por el Tandil y el
    Volcan, rumbo de sud-oeste, comunicado á la corte de Madrid, en 1707,
    por Silvestre Antonio de Roxas, que vivió muchos años entre los indios
    Peguenches_.

    Los Indios de esta tierra se diferencian algo en la lengua de los Pampas
    del Tandil ó del Volcan. Dirigiéndose al sud-oeste hasta la sierra
    Guamini, que dista de Buenos Aires ciento y sesenta leguas, se
    atraviesan sesenta leguas de bosques, en que habitan los indios
    Mayuluches, gente muy belicosa, y crecida, pero amiga de los españoles.

    Al salir de dichos bosques se siguen treinta leguas de travesía, sin
    pasto ni agua, y se lleva desde el Guamini el rumbo del poniente. Al fin
    de dicha travesía se llega á un rio muy caudaloso y hondo, llamado de
    las Barrancas: tiene pasos conocidos por donde se puede vadear.

    De dicho rio se siguen cincuenta leguas al poniente, de tierras
    estériles y medanosas, hasta el rio Tunuyan. Entre los dos rios habitan
    los indios Picunches, que son muchos, y no se extienden sino entre ambos
    rios.

    De dicho rio Tunuyan, que es muy grande, se siguen treinta leguas de
    travesía, por médanos ásperos, hasta descubrir un cerro muy alto,
    llamado Payen. Aquí habitan los indios Chiquillanes. Dicho cerro es
    nevado, y tiene al rededor otros cerrillos colorados de vetas de oro muy
    fino; y al pié del cerro grande uno pequeño, con panizos como de azogue,
    y es de minerales de cristal fino. Por lo dicho resultan, hasta el pié
    de la Cordillera, 330 leguas de camino: y las habrá á causa de los
    rodeos precisos para hallar las aguadas y pasos de los rios. Pero por un
    camino directo no puede haber tantas, si se considera que desde Buenos
    Aires á Mendoza hay menos de 300 leguas, abriendo algo mas el rumbo
    desde aquí casi al poniente con muchas sinuosidades; y el Payen, segun
    el rumbo de la Cordillera, queda al sur de Mendoza.

    _Prosigue el derrotero al sur, costeando la Cordillera hasta el valle de
    los Césares_.

    Caminando diez leguas, se llega al rio llamado San Pedro, y en medio de
    este camino, á las cinco leguas, está otro rio y cerro, llamado
    Diamantino, que tiene metales de plata y muchos diamantes. Aquí habitan
    los indios llamados Diamantinos, que son en corto número.

    Cuatro leguas mas al sur, hácia el rio llamado de los Ciegos, por unos
    indios que cegaron allí en un temporal de nieve, habita multitud de
    indios, llamados Peguenches. Usan lanza y alfange, y suelen ir á
    comerciar con los Césares españoles.

    Por el mismo rumbo del sur, á las treinta leguas, se llega á los indios
    Puelches, que son hombres corpulentos, con ojos pequeños. Estos Puelches
    son pocos, parciales de los españoles, y cristianos reducidos en
    doctrina, pertenecientes al Obispo de Chile.[1]

    [Nota 1: _Pocos años despues que anduvo el autor en aquella tierra, los
    indios Puelches se amotinaron, y mataron al doctrinero Jesuita. No se
    sabe si fueron muchos los culpados, pero sabiendo que entraba gente de
    Chiloé á castigarlos, desampararon su reduccion, y se huyeron: de modo
    que la expedicion de Chiloé no tuvo mas efecto que haber averiguado
    dicha huida_.]

    En la tierra de estos Puelches hay un rio hondo y grande, que tiene
    lavadero de oro. Caminando otras cuatro leguas hay un rio llamado de
    Azufre, porque sale de un cerro ó volcan, y contiene azufre.

    Por el mismo rumbo, á las treinta leguas, se halla un rio muy grande y
    manso, que sale á un valle muy espacioso y alegre, en que habitan los
    indios Césares. Son muy corpulentos, y estos son los verdaderos Césares.

    Es gente mansa y pacífica; usa flechas, ó arpones grandes, y hondas,
    que disparan con mucha violencia: hay en su tierra muchedumbre de
    guanacos que cazan para comer. Tienen muchos metales de plata, y solo
    usan del plomo romo, por lo suave y fácil de fundir. En dicho valle hay
    un cerro que tiene mucha piedra iman.

    Desde dicho valle, costeando el rio, á las seis leguas se llega á un
    pontezuelo, á donde vienen los Césares españoles que habitan de la otra
    banda, con sus embarcaciones pequeñas (por no tener otras), á comerciar
    con los indios. Tres leguas mas abajo está el paso, por donde se vadea
    el rio á caballo en tiempo de cuaresma, que lo demas del año viene muy
    crecido.

    En la otra banda de este rio grande está la ciudad de los Césares
    españoles, en un llano poblado, mas á lo largo que al cuadro, al modo de
    la planta de Buenos Aires. Tiene hermosos edificios de templos, y casas
    de piedra labrada y bien techadas al modo de España: en las mas de ellas
    tienen indios para su servicio y de sus haciendas. Los indios son
    cristianos, que han sido reducidos por los dichos españoles. A las
    partes del norte y poniente, tienen la Cordillera Nevada, donde trabajan
    muchos minerales de oro y plata, y tambien cobre: por el sud-oeste y
    poniente, hácia la Cordillera, sus campos, con estancias de muchos
    ganados mayores y menores, y muchas chácaras, donde recogen con
    abundancia granos y hortalizas; adornadas de cedros, álamos, naranjos,
    robles y palmas, con muchedumbre de frutas muy sabrosas. Carecen de vino
    y aceite, porque no han tenido plantas para viñas y olivares. A la parte
    de sur, como á dos leguas está la mar, que los provéen de pescado y
    marisco. El temperamento es el mejor de todas las Indias; tan sano y
    fresco, que la gente muere de pura vejez. No se conocen allí las mas de
    las enfermedades que hay en otras partes; solo faltan españoles para
    poblar y desentrañar tanta riqueza. Nadie debe creer exageracion lo que
    se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis
    manos.

    (Firmado.)–_Silvestre Antonio de Roxas._

    Dicho Silvestre se embarcó para Buenos Aires en los navios de D. José
    Ibarra, el año de 1714. La copia de su carta ó memorial está autorizada
    por D. Francisco Castejon, secretario de Su Magestad en la Junta de
    guerra del Perú, con fecha de 18 de Mayo de 1716, para remitirla al
    Presidente de Chile, de órden del Rey.

    Los mas tienen por falso lo que contiene dicho informe. No me empeño en
    justificarlo; pero me inclino á que es cierto lo principal, de haber
    tal ciudad de españoles, mas hácia Buenos Aires, ó el estrecho de
    Magallanes, y lo fundo en las razones siguientes.

    La primera es, que el autor, despues de referir al Rey su historia,
    asegurando que los Peguenches lo cautivaron en la campaña de Buenos
    Aires, yendo á una vaqueria con un D. Francisco Ladron de Guevara, á
    quien y á su comitiva mataron dichos indios, añade, que el haber salido
    de entre ellos, estimulado de su conciencia para morir entre cristianos,
    y restituirse á su patria, dejando las delicias del cacicazgo, fué
    tambien para informar de dicha ciudad al Rey Nuestro Señor, lastimándose
    mucho de la poca diligencia que para su descubrimiento hicieron en los
    tiempos pasados los Ministros, á quienes los Reyes, sus antecesores, le
    habian encargado.

    Silvestre Antonio de Roxas no es nombre supuesto; porque D. Gaspar
    Izquierdo afirma que lo conoció en Cadiz, en tiempo que le comunicó en
    substancia lo mismo; y se lamentaba del poco caso que se habia hecho de
    materia tan importante. Que el dicho Roxas, aunque fué pobre de Buenos
    Aires, con dinero que heredó de un hijo suyo en Sevilla, habia comprado
    armas con que armar una compañía de soldados de á caballo para el dicho
    descubrimiento, y las volvió á vender.

    Que no era imaginario dicho informe, se deduce de que su copia simple me
    la prestó en Chile D. Nicolas del Puerto, general que fué de Chiloé:
    quien me afirmó, que, en virtud de este informe, se escribió á los
    Césares, el año de 1719, por un Sr. Oidor, de quien era amanuense dicho
    D. Nicolas, y por órden de aquella Real Audiencia, una carta que un
    indio ofreció levar, y volver con la respuesta. Esta carta yo la ví,
    cuando el tal indio estuvo en esta ciudad de Buenos Aires á pedir á su
    Señoria algun socorro de caballos, que no se les dieron, y solo se le
    ofreció regalarle si conseguia carta de los Césares, y la traia á su
    Señoria antes de llevarla á Chile.

    Que el dicho indio fuese embustero, es posible; pero D. Nicolas del
    Puerto cree que lo mataron los indios Puelches, ú otros; porque en la
    entrada que se hizo de Chiloé por el alzamiento de dichos Puelches,
    pareció en poder de un indio no conocido, la carta referida, que él
    reconoció en Chiloé por ser de su letra. Tambien me informó dicho D.
    Nicolas del Puerto, que en ocasion de hallarse en Chiloé, y en el
    estrecho de Magallanes, en un brazo de mar que entra tierra adentro,
    sacando los españoles de un navio que se le perdió, un indio de aquella
    tierra, á quien tomó aficion, le comunicó, con gran encargo del secreto,
    que por esta parte de la Cordillera habia un pueblo de españoles; pero
    que los indios no querian que se supiera, y que si sabian que él lo
    habia descubierto á algun español, lo matarian sin duda.

    Dicho D. Nicolas del Puerto me hizo relacion de que este indio
    aseguraba, que aquel brazo de mar se juntaba á otro, que cree ser el
    estrecho de Magallanes, por donde facilmente se podia navegar á dicho
    pueblo de españoles.

    Añade el mismo D. Nicolas, que los vecinos de Chiloé desean hacer el
    descubrimiento, sin embargo de lo necesario que seria rodear en la
    Cordillera para hallar un camino; pero que solo lo impide su mucha
    pobreza; y que le parece que se empeñarian en 2 ó 3000 pesos, si se les
    anticipáran para los avios del viage.

    Las tradiciones que hay en Chile, de lo que declararon allí dos hombres
    que salieron de dicho pueblo, á los 30 años de fundado, acreditan que no
    es fábula, y se conforman con el derrotero de Silvestre Antonio de
    Roxas. Porque dicen, que habiéndose perdido el navío en la altura de 50
    grados, salieron á tierra con lo que pudieron salvar y cargar; y
    caminaron seis ú ocho dias al nord-este, hasta un parage, donde se
    asentaron y poblaron, por haber sugetado allí, y rendídoseles mas de
    tres mil indios con sus familias.

    Y suponiéndose, por via de argumento, que declinaron uno y medio grados
    del polo, quedaron en 48-1/2 de la equinoccial. Buenos Aires está en 34
    grados, 36' y 39", la diferencia es 13 grados 53' y 21", que por ser el
    rumbo de nord-este al sud-oeste, con poca diferencia, viene como un
    tercio, y habria de distancia 31 grados, leguas poco mas ó menos. Si se
    atiende á las 48 leguas que Silvestre Antonio de Roxas pone desde el
    Payen hasta los Césares, caminando de norte á sur, con los 33 grados que
    refiere hay de Buenos Aires al Payen, no se diferencia mucho de lo que
    tendrá la mitad del camino, y de lo que aumenta el rumbo del poniente:
    porque lo demas que cae en las pampas, alejándose del sud-oeste, que es
    como quien endereza al mismo estrecho, queda del camino de dicho
    derrotero cerca de la mar, otro tanto cuanto hay por el cabo de San
    Antonio en la boca del Rio de la Plata.

    Tambien se ignora si despues mudaron dichos dos hombres su poblacion mas
    al nordeste, porque entonces quedarian mas cerca de Buenos Aires de lo
    que estaban al principio.

    Tambien se conforma la distancia que hay desde Mendoza hasta el cerro
    de Payen, con el viage que hizo al descubrimiento de dicho cerro, el año
    de 1701, D. Nicolas Francisco de Retoña; siendo corregidor de Mendoza;
    que los que fueron con él regulaban en menos de 150 leguas algunos, y
    otros en mas; estando cono está Mendoza al norte de los Césares, distaré
    250 leguas de ellos.

    En dicho año de 1701, entrando D. Juan de Mayorga á recoger ganado desde
    la Punta del sur, estando muy tierra adentro, se infiere llegaria hasta
    cerca de 100 leguas de los Césares. Aseguran en Mendoza, que fué á
    buscarle un indio de aquellas cercanias, trayéndole dos caballos
    ensillados á la gineta, y dijo eran de dos caballeros que habian salido
    de los Césares en busca de españoles, y que los indios de la faccion, de
    que era cacique, inadvertidamente los habian muerto.

    Fuera de otras noticias confusas, que mal explicadas de unos en otros
    indios, han llegado en varios tiempos á Buenos Aires, este año de 1740,
    examiné con industria á un indio de los de la Cordillera de Chile,
    llamado Francisco, á quien los indios, que acá llamamos Césares, habian
    traido muy muchacho por esclavo. Preguntándole si era de las naciones
    Peguenches ó Puelches, ó de qué nacion; contestó, que lo sacaron de su
    tierra tan niño, que no se acuerda; sino que es muy tierra adentro, mas
    allá de los Peguenches y Puelches, haciendo la seña, como que es á la
    parte del sueste de los Puelches, y adentro de la Cordillera, que mira á
    Chiloé, aunque no sabe dar razon de dicho Chiloé.

    Pero, preguntado si cerca de su tierra está la de los indios que llaman
    Césares; respondió, que estaban cerca de allí; pero mas cerca de Buenos
    Aires. Y preguntado, si en su tierra oyó decir que cerca de los indios
    Césares habia una poblacion de españoles; contestó, en propios términos,
    que era cierto que habia españoles, pero que estaban mas acá de los
    indios Césares, hácia la mar, y que la gente de aquellos parages,
    inmediatos á los Césares, tienen vacas y caballos, como los españoles de
    por acá. Añadió dicho indio, que los indios de aquellas partes no
    quieren que se oiga que hay tales españoles.

    Esto indio lo conocí mucho, por haberme servido en el viage á Chile, á
    fines del año de 1738. Es de natural silencioso y sencillo, verídico en
    su proceder, y cuando diese tales respuestas de invencion suya, mal
    podria acaso acertar en circunstancias concordantes con la relacion del
    dicho Silvestre Antonio de Roxas; ni este, si fuese tan embustero, que
    hubiese en su fantasia fabricado su relacion tan adecuada á las
    tradiciones y á la razon que dá el dicho indio Francisco.

    Se ha reparado en que Silvestre Antonio de Roxas no expresa en su
    informe qué modo de cristiandad, uso de sacramentos, y gobierno
    eclesiástico tienen los españoles Césares, ni qué república y leyes
    civiles observan; el vestuario y las armas que usan; obrages y otras
    circunstancias que calla; ni lo que discurren de los otros españoles de
    estas partes, de que talvez tendrán noticias tan dudosas y confusas como
    nosotros de ellos. Pero este reparo no me hace fuerza, considerando que
    dicho Roxas entraria por algun acaso á la tierra y ciudad de los
    Césares, como indio Peguenche, disimulado de los otros indios, y atendió
    solo á lo visible, sin detenerse en tales particularidades; y por la
    relacion tan sencilla que hace en su informe, se advierte que su cuidado
    se redujo á informar á Su Magestad ser cierto que habia tal ciudad de
    los Césares españoles.

    Muchos, ó los mas creen imposible que sea cierta dicha relacion,
    arguyendo que de serlo hubieran salido dichos Césares en busca de otros
    españoles; pero se les responde que no es de maravillar esta omision en
    ellos, cuando la nuestra es mayor en no haberlos procurado buscar,
    sabiendo que hay distancia cierta hasta la costa del mar, que corre
    desde el estrecho de Magallanes hasta la Bahia de San Julian, en cuyo
    intermedio es preciso que estén, si no es fabulosa su existencia: y que
    es de persuadirse que los indios sus comarcanos les ponderarian que es
    imposible llegar por entre naciones bárbaras, y caminos inaccesibles, á
    abrir comunicaciones con los demas españoles de estos reynos: porque la
    política de los indios, aunque bárbaros, será engañarlos, para que no
    haya motivo de que los españoles los conquisten, y descubran las
    riquezas de que no quieren usar; lo que observan rigurosamente, solo por
    ocultarlas á los españoles: por conocer que ni dominacion, ni comercio
    han sido la epidemia de infinidad de indios que habitaban antes las
    tierras, que al presente tienen pobladas los españoles.

    Tambien puede haber entre los tales Césares españoles la política
    natural de no descubrirse á quienes los domine, para que no alteren el
    modo de gobierno, y leyes municipales entre si acordadas, con que puede
    ser esten bien hallados: pues la parcialidad entre ellos dominante, mas
    querrá carecer de las útilidades que les podia proporcionar la sugecion
    al Rey de España, que decaer de la autoridad, que pueden pensar
    establecida en su descendencia.

    Ni fuera temerario creer, que como lo hicieron los pocos que empezaron á
    restaurar de los moros el reyno de Aragon, hayan dichos españoles
    Césares fundado alguna, aunque muy pequeña monarquia, con tales fueros y
    libertades de los subditos, y limitaciones de la soberania, que
    aborrescan absolutamente en comun la novedad del gobierno, y de las
    leyes á que no estan acostumbrados.

    Y suponiendo que aunque haya 350 leguas por mar de aquí al paraje que
    señala dicho derrotero, se podria á poca costa descubrir con un navio, y
    una falua en menos de tres meses de ida y vuelta, y salir de tantas
    dudas, no deja de ser notable el descuido que hay en esto: y aun cuando
    no fuese cierta la noticia de dichos Césares, podrian á la venida
    descubrir con una buena chalupa, las ensenadas y puertos que hay desde
    el Cabo de San Antonio al estrecho de Magallanes, y sí los dos grandes
    rios de las Barrancas y Tonuyan son navegables tierra adentro, con otras
    circunstancias que pueden ser muy importantes al servicio del Rey, y
    seguridad de esta parte de América: porque sin duda Su Magestad enviaria
    providencias para asegurar que en ningun tiempo cayesen en poder de
    extrangeros los puertos de San Julian, y otros que se descubriesen &a.

    CARTA

    _Del Padre Jesuita José Cardiel, escrita al Señor Gobernador y Capitan
    General de Buenos Aires, sobre los descubrimientos de las tierras
    patagónicas, en lo que toca á los Césares_ (11 de Agosto de 1746.)

    SEÑOR GOBERNADOR Y CAPITAN GENERAL,

    Me alegraré que V.S. se halle con la cabal salud que mi deseo le
    solicita para universal bien de estas provincias.

    Estando en esta nuestra estancia de Areco, retirado de la mision de
    españoles, que no pude proseguir mas que por 15 dias, á causa de la
    defensa ó guerra contra los indios, be recibido respuesta de mi
    Provincial á la carta que le escribí recien llegado del viage del mar,
    enviándole el diario del viage, y pidiéndole que informase al Consejo
    Real sobre el celoso y eficaz porte de V.S. acerca de dicho viage.
    Contiene la respuesta tres puntos: en el primero me dice estas formales
    palabras:–"Haré lo que dice el Sr. Gobernador, de escribir al Consejo,
    como Su Señoria lo merece, por su celo y eficacia en servicio de Dios, y
    del Rey; que quizá si no hubiese sido por él, nada se hubiera hecho. Yo
    me alegrára mucho de poder servir á V.S. en cosas de mayor monta; pues
    ademas de otros títulos milita en mi el de paisano."

    En el segundo me pide, que ruegue á V.S. me dé una certificacion firmada
    de los gastos que los tres Padres hemos hecho en el viage, porque así
    conviene. Ruego á V.S., me haga este favor, como de su benevolencia lo
    espero: podrá venir esta certificacion con él que lleva esta carta,
    enviándola para eso al Colegio.

    En el tercero me dice, atendiendo á mis deseos, que, "luego que halle
    coyuntura emprenderá el viage del Volcan, que es sierra distante de
    Buenos Aires como cien leguas al sud-oeste; para ver si allí hay forma y
    parage á propósito para formar un pueblo de indios serranos, que los
    Padres del de los Pampas tienen apalabrados; y penetrar desde allí á los
    célebres Patagones y Césares, hasta el estrecho de Magallanes. Porque
    habiéndose frustrado esta empresa por mar, por lo inhabitable de sus
    costas, como hemos visto, dice que no halla otro modo para esta tan
    famosa mision, por tantos años pretendida por el ánimo real, y del
    nuestro, sino principiando por dichos serranos, y prosiguiendo por sus
    inmediaciones á los inmediatos." Larga y tarda empresa, por cierto, si
    así se toma: mas pronta y eficáz la espero yo por la actividad, y celo
    cristiano y real de V.S., especialmente si V.S. considera bien lo que
    aquí dice.

    Sabido es que el Papa, como Vicario de Cristo en la tierra, entregó al
    Rey Católico la América con sus islas, haciéndole tutor de todos sus
    habitadores, para que como tal procurase su reduccion al cristianismo,
    con su poder, y con el egemplo de sus vasallos. Penetrado Su Magestad de
    esta obligacion, no cesa, por espacio de tres siglos, de hacer lo
    posible en cumplirla, ya despachando continuas cédulas á los Vireyes y
    Gobernadores, exhortándoles á lo mismo, y prometiéndoles favores á los
    que se esmerasen en este tan cristiano celo; ya premiando colmadamente á
    los que en este punto se han adelantado, como se puede ver en las
    historias de este Nuevo Mundo; ya enviando continuamente ministros
    evangélicos á su costa, y señalando en casi todas las provincias buen
    número de soldados que les sirvan de escolta en sus ministerios. Pues
    ademas de los muchos que tiene pagados para esto en Filipinas, Marianas
    y Mégico, en solo la provincia del Nuevo Reino, que comprende solamente
    desde Panamá hasta el reino de Quito, tiene pagados exclusivamente para
    este intento cuatrocientos soldados, con sus cabos respectivos, y con
    sueldo mayor que el de Buenos Aires: y en Buenos Aires tiene pagados
    para lo mismo cincuenta con su capitan; especificando que hayan de ser
    para escolta de los Padres Jesuitas de la mision de Magallanes y
    Patagones, que es de aquí al Estrecho. Todos estos soldados, de todas
    estas provincias, son para solos los misioneros Jesuitas, y no de otra
    religion. Los cincuenta de esta ciudad de Buenos Aires los señaló Su
    Magestad desde el año de 1684, de que no dejará de haber cédula en ese
    archivo; y manda Su Magestad que vayan siempre á obediencia de los
    misioneros. Así lo refiere D. Francisco Xavier Xarque, Dean de
    Albarracin, en la historia que escribió de los misioneros del Paraguay,
    y lo mismo manda que se efectúe en las demas provincias.

    Acerca de estas tierras de Magallanes, ha puesto Su Magestad especial
    empeño; pues habrá poco mas de cuarenta años, que envio una mision
    entera para estas tierras, y en ella venian padres escogidos, de tierras
    frias, para que mejor pudiesen aguantar los frios de hácia el Estrecho.
    Una Condesa se hizo protectora especial de esta mision, dió varias
    alhajas para ella, que estan todavia depositadas; y el altar portátil,
    que en este viage marítimo hemos llevado, es uno de estos dones.
    Comenzóse á disponer el viage, señaláronse soldados, buscábanse viveres,
    y cuando no faltaba mas que caminar, lo deshizo todo el enemigo comun,
    por intereses particulares de algunos. No era vizcaino el Gobernador,
    ni tenia brios, eficacia, ni empeño de tal; que si los tuviera, poco
    hubiera podido Satanás.

    Hasta ahora han estado todas esas miserables naciones en manos del
    demonio, cayendo cada dia al infierno. ¿Qué corazon cristiano lo podria
    sufrir, y siendo próximos nuestros redimidos con la sangre de un mismo
    Rey y Señor? Basta un rastro de cristiandad, sin ser necesario ser
    recoleto, para mover á compasion á cualquiera, haciéndole poner los
    medios posibles para ello; especialmente á los que tienen autoridad y
    poder para hacerlo. Nuestros padres, así de Chile, que es otra
    provincia, como de aquí, han empleado varios arbitrios; pero como para
    ello es menester el brazo seglar, y este ha faltado, tambien han faltado
    ellos.

    Acerca de estas tierras hay mas especiales motivos, que acerca de otras,
    para procurar su conquista, así espiritual como temporal: porque ademas
    de haber, tierra adentro, naciones de indios labradores, segun se tiene
    noticia de los de á caballo comarcanos, y tambien de á pié; estas dos
    calidades de ser labradores, y de á pié, son, segun nos muestra la
    experiencia, mas favorables para recibir el Evangelio, que si fuesen de
    á caballo, ó vagabundos sin sementeras, que es casi imposible el
    convertirlos.

    Ademas de esto digo, que hay graves fundamentos para creer que hay
    tambien poblaciones de españolea, y quizas con algunas minas de oro y
    plata, lo cual ha dudo motivo á la decantada ciudad de los Césares.

    Los fundamentos son estos: el suplemento á la historia de España por
    Mariana, y los mapas modernos dicen, que el año de 1523, entraron por el
    estrecho de Magallanes, cuatro navios españoles: los tres se perdieron
    en el Estrecho, y el cuarto pasó á Lima. En 1526, fué la flota de
    Molucas: pereció en el Estrecho la capitana, y las demas pasaron á
    dichas islas. En 1535, entraron en dicho estrecho algunos navios,
    amotinóse allí el equipage, y los hicieron naufragar. En 1539, entraron
    otros tres navios: el primero naufragó, el otro volvió de arribada, y el
    tercero pasó. Despues, (no dicen en que año) D. Pedro Sarmiento llegó al
    Estrecho con cuatro navios para poblar, y hacer escala de los demas,
    como ahora pretendiamos nosotros. Antes del Estrecho, á la entrada,
    formó una poblacion con el nombre de Jesus; y en ella dejó 150 hombres
    de guarnicion. Mas adelante, en el centro del Estrecho, echó los
    fundamentos para una ciudad, con el nombre de San Felipe. Todos dicen,
    que en varios parages del Estrecho hay leña y agua dulce, y por eso
    haria allí esas dos poblaciones; las cuales cosas no se encontraron en
    las costas, antes del Estrecho en los puertos que hay: que si se
    encontraron con pastos y tierra de sembrar, yo juzgo que hubieran
    sembrado los españoles.

    Pobló, pues, Sarmiento estos dos parages, y á poco tiempo, por las
    muchas calamidades, frio, hambre, y no venirle socorro, se volvió á
    España. Esto dice dicho suplemento y los mapas. ¿Qué se hizo, pues, de
    toda esta gente, que en tantos navios se perdió? Se ahogó toda? No por
    cierto, porque el Estrecho es muy angosto en partes: dicen aun los
    modernos que es de sola media legua, y por esto es cosa fácil el
    salvarse los naufragantes. Cuentan que de tres navios, habiéndose
    perdido los dos, y volviendo el uno, vió este á toda la gente en la
    orilla; que aunque le pedian que los llevase, no se atrevió á ello por
    falta de víveres y de buque, y con toda la gente de los demas navios
    perdidos sucederia lo mismo. Presúmese, pues, que toda esta gente habrá
    emparentado con los indios, y tendrán sus poblaciones á trescientas ó
    cuatrocientas leguas de aquí.

    El que no se haya descubierto en tanto tiempo, no me hace fuerza; pues
    las Batuecas, en medio de España tan poblada por todas partes, estuvo
    tantos centenares de años, ó sin descubrirse ó con muy poca ó dudosa
    noticia de que hubiese tal gente. Y pocos años ha, en medio del reyno de
    Mégico, mucho mas poblado de cristianos que estas partes, se descubrió
    una nacion hasta política, de quien existian varias dudas de si la
    habria ó no. Y mas arriba de la Nueva Viscaya y del Nuevo Mégico, en
    donde los mapas antiguos ponen la gran ciudad de Quiriza, de quien se
    decian tantas ó mas ponderaciones que las que se hacen de los Césares, y
    á cuya empresa ó conquista fueron tropas españolas, y se volvian
    cansados de la dificultad, diciendo que estaba encantada (vulgaridad que
    dicen luego para cohonestar su falta de empeño y constancia), se
    descubrió la nacion de los Pitos, gente efectiva, que vive en ciudades
    con edificios altos de suelos, y este es el encanto. Con que habiendo
    aquí mas dificultades que en lo dicho, no debe hacer fuerza el que hasta
    ahora no se haya descubierto. Ni tampoco me hace fuerza lo que dicen
    algunos, que si hubiera tales Césares ó poblaciones, era imposible que
    alguno de ellos no hubiera venido acá: porque si ninguno de estas partes
    ha penetrado mas que doscientas leguas de aquí hasta el rio del Sauce,
    por las dificultades que se han ofrecido ¿qué estraño es que ellos,
    teniendo menos medios, y quizás sin caballos, no hayan podido penetrar
    hasta nosotros?

    Pero vamos adelante, mostrando mas fundamentos. En la vida del santo
    Padre Nicolas Mascardi se dice, que siendo Rector del Colegio de Chiloé,
    ahora 60 ó 70 años, viendo que en el archivo de una ciudad de Chile
    habia una relacion de dos españoles, en que decian que habian salido
    huyendo del Estrecho por un homicidio que habia sucedido en una
    poblacion de españoles que en dicho parage habia, formada de la gente
    que se perdió en no navío que naufragó, y cotejando con esta relacion
    las noticias que daban los indios, se determinó á ir en busca de ellos.
    Encontró en el camino una nacion de indios, harto docil, que le pidió el
    bautismo. Pasó hácia el oriente. Salió al camino un cacique, que le dió
    una ropilla de grana, un peso de fierro, y un cuchillo con especiales
    labores en el puño, y le dijo: has de saber, que tantas dormidas de aquí
    (así cuentan las jornadas), hay una ciudad de españoles. Yo soy amigo de
    los de esta ciudad. Por la voz que corre de indios á indios, han sabido,
    que un sacerdote de los cristianos, anda por estas tierras: desean mucho
    que vayas allá; y para que creas que es verdad, me han dado estas señas.
    El padre no pudo penetrar allá, ni ellos pudieron juntarse con el padre
    por los indios enemigos. Envió dichas señas á Chile, y allí conocieron
    el cuchillo por su especial cabo, y dijeron que era del hijo del capitan
    tal (que no me acuerdo del nombre), que años habia te habia perdido con
    su navio en el Estrecho. Pasó adelante, donde le dijeron otros indios,
    que de otra ciudad habian salido en su busca dos españoles vestidos de
    blanco, que era el trage que allí todos usaban; y que llegando á una
    gran laguna, no pudieron pasar, y se volvieron. Tampoco pudo penetrar
    acá el padre. Dijeronle que mas adelante habia un muchacho, que habia
    estado algun tiempo en una de esas ciudades, y que sabia la lengua de
    los cristianos: llegó allá el padre, dió con el muchacho, y vió que
    sabia español, aunque pronunciaba mal. Prosiguió en busca de esta
    ciudad, y otros indios mas bárbaros lo mataron: aunque otros dicen que
    los mismos que lo guiaban por codicia de los abalorios que llevaba para
    ganar la voluntad de los que encontraba. Eran su escolta y su guia unos
    pobres indios traidores, como lo son de génio. Despues de la muerte de
    este padre, por las noticias que de él se adquirieron, resultó el venir
    la mision de que hablo arriba.

    Hay mas: un cristiano español ó mixto, hizo una relacion, que anda por
    Buenos Aires, en que dice en suma, que llevándole cautivo, ó de otra
    forma, llegó á una de estas ciudades, de que cuenta grandezas, y que en
    cierto parage antes de llegar, habia un cerro de diamantes, y otro en
    otro parage de oro. Un corregidor del Perú, llamado Quiros ó Quiroga,
    cuenta en suma en su relacion, que siendo de diez años, estando en
    Amberes, se embarcó en un navio, y que caminando por las costas de
    Magallanes, mucho antes del Estrecho, y metiéndose con la lancha por un
    riacho, saltando á tierra, dieron con él, el piloto, y todos los de la
    lancha, unos hombres que los llevaron por tierra, y que llegaron á una
    gran laguna; que allí los metieron en una embarcacion, y aportaron á una
    isla en medio de ella, en donde habia una gran ciudad é iglesia, donde
    estuvieron tres dias; que no entendian la lengua; y que al partir les
    dieron dos cajoncitos de perlas, que se cogian en aquella laguna. Que
    por señas, y por nombrar Rey y Papa, entendieron que les decian que era
    para ellos: que el piloto como herege se las llevó para sí: que
    cresciendo, y siendo ya mozo, dió cuenta de todo al consejo, prometiendo
    señalar la costa del riacho, por donde entraron: que le señalaron cuatro
    navios; y que suscitándose en este tiempo la guerra del Emperador y
    Felipe V., se deshizo el viage, por lo cual pretendió un corregimiento,
    que consiguió en el Perú. Estas y otras muchas cosas dice en su
    relacion; y se asegura que murió poco há.

    Añádese á esto lo que cuenta una cautiva, que llevada á muy distantes
    tierras, hácia el sud-oeste, encontró unas casas, y en ellas gente
    blanca y rubia; y que estando ella muy alegre, juzgando ser gente
    española, se le ahogó todo el contento, viendo que no les entendia
    palabra. Ademas de esto los indios estan continuamente diciendo, que hay
    tales poblaciones, y muchos de ellos convienen en que, en medio de una
    gran laguna hay una gran isla, y en ella desde la orilla se vé una gran
    poblacion, en la cual descuella mucho una casa muy grande, que piensan
    ser iglesia; y que otra pequeña está siempre echando humo, y que desde
    la orilla se oyen tocar campanas: y dicen que desde el volcan (de que
    hablé arriba) á donde dice, mi Provincial "que yo vaya" hay solamente
    seis dias de camino, al andar de ellos, que es lijero. Estos y otros
    fundamentos hay para creer que haya dichas poblaciones en este vasto
    espacio de 400 leguas. Creo que estas noticias estan mezcladas con
    muchas fabulas, mas habiéndose perdido tantos navios, no puede menos de
    haber algo de lo que se dice, y que por algo se dijo, pues que _no hay
    mentira que no sea hija de algo_. Lo de no entenderse la lengua es muy
    factible; siendo aquella poblacion del español corregidor, y la otra de
    la cautiva, de gente olandesa, ó inglesa; que tambien dicen que se han
    perdido en el Estrecho navios olandeses. La historia de Chile por el
    padre Ovalle trae algunos naufragios de ellos; y tambien puede ser que
    algunos españoles con el mucho tiempo, hayan perdido la lengua española,
    usando la que aprendieron de sus madres indias, con quienes se casaron
    los primeros. ¿Cuantos hay en el Paraguay, que no saben la lengua
    española? Y si se conserváran los primeros españoles que se casaron con
    las indias, sin que ningun europeo fuera allá, no se usára, ni se sabria
    ya otra lengua que la del indio, y aun con tanta mezcla de europeos, que
    cada dia van allá, la lengua que comunmente se usa, es la de los indios
    Guaranís, como en Viscaya la vascongada? ¡Oh cuanto me alegrára que
    V.S., sin hacer caso de algunos que quieren pasar por críticos y
    discretos, haciéndose incrédulos á todo, pusiese todo empeño en
    averiguar este punto, consiguiendo con su eficacia lo que otros no han
    podido! ¡Cuan deveras le serviria á V.S. en cosa que puede ser de tanto
    servicio de Dios, y del Rey! De Dios, pues si encontráramos españoles,
    estos, sin sacerdotes tantos años, estarán con muchos errores en la Fé y
    las costumbres, como el pueblo de las 400 casas, que dice el clerigo
    agradecido Ordoñez, que encontró hácia Filipinas, de un navio que habia
    naufragado 70 años antes, que tenian su cabildo é iglesia, á donde iban
    á rezar todos los dias de fiesta en lugar de misa, por no tener
    sacerdotes. Pero cada uno estaba casado con tres ó cuatro indias,
    diciendo que para multiplicarse, y poderse así defender de los indios
    enemigos, les era aquello lícito (¡qué de teólogos hace la depravada
    naturaleza!), y tenian otros varios errores. Sin hablar de la docilidad
    de los indios para el cristianismo, que en tanta variedad de naciones
    puede encontrar.

    Este descubrimiento se podrá hacer con 300 paisanos de esta gente
    estanciera, sin gastos reales; llevando cada uno 5 ó 6 caballos, y otras
    tantas vacas, pues esta gente no gasta pan ni biscocho. Con caballos y
    vacas todo tienen, y con solo darles pólvora y bala, de 6 á 7 libras de
    cada cosa, (pues muchos usan lanza) estaba hecho el gasto. Porque acha,
    barretas, azadas, palas para hacer pozos á falta de agua, empalizadas
    para defensa de enemigos, &c; todos llevarian de sus casas, y cueros
    para pasar rios. Si yo, que soy conocido por estas partes, viniera á
    cada partido, y juntándome cada sargento mayor su gente, les hiciera una
    exhortacion, animándolos á la empresa, poniéndoles delante los grandes
    bienes que de ella se seguirian al servicio de Dios, del Rey, y aun el
    suyo propio, por lo que se podria hallar de preciosidades á trueque de
    cuentas de vidrio y otros abalorios, como las lograron los que
    descubrieron á Mégico y al Perú, y en caso de no hallarse esto, que los
    tendria V.S. muy en la memoria para sus aumentos; y mas si con esto se
    les leyese un papel en que V.S. les hiciese estas debidas promesas: si
    esto se hiciese, es factible, que sin mas aparato ni gastos, se
    conseguiria el intento. El viage deberia hacerse por Setiembre, porque
    de aquí hasta el rio del Sauce, por el verano, suele haber falta de
    agua, y aun de pastos. Desde ahí hasta el Estrecho, dicen les indios que
    en todas partes hay agua y pastos. Habria de durar seis á ocho meses, si
    se registrára bien todo: y para tantos meses eran menester cinco reses
    para cada uno, y con cabos que fuesen de empeño (que si no son
    escogidos, luego se cansarian), todo se conseguiria, y V.S., ademas del
    prémio que se le guardaria para la otra vida, lo tendria grande del Rey
    Nuestro Sr. Nosotros acá no buscamos sino la honra y servicio de Dios,
    de aquel gran Señor, á quien no correspondemos, sino haciendo mucho por
    Su Magestad, y con solo su honra y gloria estamos contentos.

    Si á V.S. no le agrada este proyecto, ó si no tuviere efecto el juntar
    la gente de este modo, puede V.S. discurrir otro con gastos reales, ó á
    costa de particulares, que quieran entrar en la empresa. En todo estoy á
    las órdenes de V.S., que Dios guarde los años de mi deseo.–Estancia de
    Areco, y Agosto 11 de 1746.–B.L.M. de V.S. su mas afecto servidor y
    Capellan–

    JOSE CARDIEL.

    CAPITULO

    _De una carta del P. Pedro Lozano al P. Juan Alzola, sobre los Césares,
    que dicen están poblados en el estrecho de Magallanes_.

    Bien sé que en esta materia no faltan fundamentos que absolverian mi
    juicio de la nota de temerario; pues aquí me ha dicho el Sr. Rector, que
    en tu tiempo pasó por Córdoba un flamenco que habia salido de los
    Césares para Chile, porque habiéndose perdido su navio, fué á dar á
    aquella tierra, de donde lo llevó D. José Garro á Europa. Otros mozos se
    perdieron en la vaqueria, y fueron á dar á aquella laguna, en cuya
    orilla oyeron campanas. El año de 512, salieron, segun creo, por la
    Concepcion, algunos de dichos Césares, de los cuales uno entró en Chile
    en la Compañia; y aun en Chile parece se ha tenido por muy cierto que
    hay dichos Césares; pues aun el venerable padre Antonio Ruiz de Montoya,
    en un memorial que presentó á Felipe IV, despues de haber estado cuatro
    años en Madrid, y en el que responde á nueve calumnias contra esta
    provincia, rebatiendo la segunda, de que los padres ponen mal á los
    españoles con los indios, en uno de los párrafos en favor de los Padres,
    dice así:–_A los Césares pretendieron conquistar los españoles.
    Entraron con grandioso aparato por sus tierras; pero escarmentados en
    los indios de Chile sus vecinos, no quisieron recibir el yugo. Y no hubo
    allí religioso de la Compañia, que les hablase mal é indujese á no
    recibir á los que pretendian conquistarles_. Tengo en mi poder dicho
    memorial, que es de 11 hojas de á folio. Y el año de 1673, entró desde
    Chiloé el venerable padre Nicolas Mascardi, en busca de ellos; pero le
    martirizaron en el camino, y un papel que habrá 6 años me dió el padre
    Rillo, dice así:–"El año de 1711, por invierno, cuando está cerrada la
    Cordillera, salió á la ciudad de Chiloé, que cae de la otra parte de la
    Cordillera hácia el estrecho de Magallanes, uno de los Césares
    españoles, quien hizo relacion, de como en un ángulo de la Cordillera,
    que cae de esta banda, están situadas tres ciudades de españoles, de los
    navios que se perdieron en dicho estrecho de Magallanes, viniendo á
    poblar estas Indias en tiempo de Carlos V; que por eso los llaman
    _Césares_;" (relacion que dió un español antiguado), las cuales tres
    ciudades quiso llamar á una, y la mas populosa, los Hoyos, la otra el
    Muelle, y la tercera los Sauces. Distan segun los cosmógrafos, y por
    relacion del dicho, 160 leguas de la ciudad de Mendoza, 140 de la de San
    Juan Luis de Loyola, 190 de la de San Juan, 286 de Buenos Aires. De
    Chillan ciudad de la otra banda, de la Cordillera 130 leguas, y 10 de
    Calbuco, lugar de los Aucaes Chilenos. De manera que dichos Césares,
    segun esta nueva relacion, caen tierra adentro, en el centro de la
    serrania, distante de la costa de Magallanes lo que dichas ciudades, de
    la provincia de Cuyo, poco mas ó menos, segun ellas distan de la dicha
    costa. Por la parte del norte, donde está Mendoza, circunda á dichos
    Césares una laguna de muchas leguas, la que les sirve de fortificacion y
    muro contra las invasiones de los indios caribes, como son los Puelches,
    Muyuluques y otras naciones. Con algunas tienen contratadas
    embarcaciones, cambiando á los indios mieses, trigos, legumbres, y
    ropas, por vacas que pasan embarcadas por la laguna. No tienen otro
    metal que el de la plata, de que gozan en abundancia, y de él fabrican
    rejas de arado, cuchillos, ollas, &a. Este hombre César salió á una
    nacion de indios, que llaman, _Cumas de Chiloé_, y de allí lo dirigieron
    á dicha ciudad. Salió á pié, que no usan caballos, como las demas
    naciones de indios de aquellas serranias. Entróse en la compañia de
    dichos, en la provincia de Chile, y hoy es coadyutor. En este mismo año
    de 1711, el General D. Juan de Mayorga, vecino de Mendoza, sin tener
    noticia de la salida de dicho César, por estar cerrada la Cordillera,
    hizo y juntó gente en dichas tres ciudades de la provincia de Cuyo, por
    mandado del Gobernador y Presidente de Chile, D. Juan Francisco Uztariz,
    y entró por el mes de Setiembre de dicho año á descubrir dichos Césares,
    con una guia española, que los indios habian cautivado en las vaquerias;
    y habiendo este tenido noticia cierta de los Césares, por haberlos visto
    de lejos (aunque no se comunicó con ellos, porque los indios lo
    impedian), huido de su poder, dió esta noticia á dicho General Mayorga,
    quien pidió licencia á su Presidente para esta entrada. Y habiendo
    entrado, como llevo dicho, y dado la primera batalla á los indios, en el
    camino (donde tomó 200 piezas de las familias de los indios, mató hasta
    30 indios guerreros, y apresó algunos), se le amotinó la gente española,
    diciendo, que los iba á entregar á la muerte, y hacerlos despojos de los
    bárbaros, y con esto se volvió sin efecto. Y habiendo dado tormento á un
    indio gandul de los apresados, para que confesase lo que sabia de los
    Césares, dijo, que sabia eran españoles, y que así los llamaban ellos: y
    por ser de esta parcialidad, que los habia visto, y que siete caciques
    con siete parcialidades estaban esperando á dicho General y su gente,
    mas acá de la sierra, para matarle con todos los suyos, debajo de
    palabra de amistad. Hasta aquí dicho papel, que, como dije, me dió el
    secretario Rillo, y que parece sea de letra del célebre padre Lezana.
    Pero sea de quien se fuere, lo cierto es, que, aunque no tan menudo en
    lo que refiere, discrepa poco en la substancia del de Villaruinas. Y que
    no se hayan hallado en tanto tiempo los Césares, no es prueba de que no
    los hay, como no lo fuera de que no habia Canárias, porque no se
    hubiesen descubierto hasta los años de 1200; ni que no habia Indias, el
    no haberse descubierto hasta los tiempos de Fernando el Católico; ni que
    no habia Batuecos, el no haberse descubierto hasta el reynado de Felipe
    II., y esto estando en el riñon de España. Con todo eso yo no lo creo,
    solo envié dicho papel, como antes dije á Vuestra Señoria Reverendísima,
    para que se entretuviese en el viage, para lo cual cualquier patraña
    sirve; pero esta no deja de tener su apariencia de verdad.

    PEDRO LOZANO.

    DERROTERO

    _Desde la ciudad de Buenos Aires hasta la de los Césares, que por otro
    nombre llaman la_ Ciudad Encantada, _por el P. Tomas Falkner, jesuita_.
    (1760.)

    Llegando á la ciudad de la Santísima Trinidad, puerto de Santa Maria de
    Buenos Aires, y provincia del Rio de la Plata, se saldrá de ella, y se
    caminará por el camino abierto que hay de las carretas, que es el que
    traginan los de Buenos Aires á la sierra del Tandil. Hay de esta sierra
    en adelante indios que llaman Pampas: es un gentio que corre todas las
    campañas, los cuales suelen hacer algunas hostilidades en las gentes que
    salen á los campos á vaquear, y hacer faenas de sebo y grasa.

    Distante de esta sierra, como cosa de 80 leguas, tirando para el
    poniente, se hallará otra sierra que llaman Guamini, que está por un
    lado distante del mar cosa de dos leguas: tiene esta sierra por la parte
    del norte una laguna de aguas permanentes muy grande, llamada _Guamini_,
    de donde toma el nombre la misma sierra. En esta laguna se suelen juntar
    hasta seiscientos, y ochocientos indios Pampas, de diferentes naciones,
    y solamente en el tiempo de cosecha de la algarroba, para hacer sus
    paces unos con otros, poniendo sus ranchos al rededor de la laguna, para
    entrar con tiempo al monte, que dista de allí como cosa de cuatro leguas
    poco mas; en cuyo monte hay mucha cantidad de algarroba, de donde se
    proveen para su mantenimiento, y para hacer la chicha para todo el año,
    que es la bebida usual que ellos estilan.

    Desde esta laguna hasta pasar á la otra parte del monte, hay de
    travesía, por una parte, setenta leguas, en parte mas, y en parte menos:
    con la advertencia de que en medio de este monte habitan otros indios
    llamados _Mayuluches_, y serán como cuatro ó cinco mil por todos; los
    cuales salen á correr las campañas por la parte del poniente; y es gente
    muy belicosa, doméstica y amigos de los españoles.

    Saliendo de este monte, tirando siempre hácia el poniente, se pasa por
    unas campañas dilatadas, cuya travesía es de treinta leguas, sin que se
    halle una gota de agua, por ser la tierra muy arenosa y estéril de todo
    pasto, donde apenas se encuentra tal cual árbol. Pasado dicha travesía,
    se halla un rio muy grande y hondo, que sale de la Cordillera grande de
    Chile, y vá dando vueltas, atravesando dichas campañas. Este rio es
    profundo, y lleno de barrancas muy ásperas en algunas partes, y por esta
    causa tiene sus pasos señalados, por donde se pueda vadear; que por eso
    es llamado rio de las _Barrancas_.

    Pasado este rio, prosiguiendo por las dichas campañas estériles, siempre
    siguiendo el mismo rumbo, se encuentra otro rio llamado Tunuyán,
    distante uno de otro cincuenta leguas por algunas partes. Entre estos
    dos rios habitan otros indios llamados Picuncties; son en gran número,
    los mas bravos que hay en todas las campañas, 7 no se extienden á mas
    que entre los dos rios.

    Saliendo de este rio, _y_ siguiendo siempre el rumbo del poniente, se
    entra por una campaña llena de médanos muy fragosos y ásperos, tierra
    muy seca _y_ estéril. Caminando por entre los médanos, como cosa de
    treinta leguas, se descubre, mirando al poniente, un cerro grande
    nevado, muy alto, en forma de columna, llamado el cerro de Payen. En
    dicho cerro están los indios Chiquillanes; que son muy domésticos y
    familiares con los españoles, y llegarán al número de dos ó tres mil
    indios. Tiene este cerro grande muchos cerros colorados al rededor, los
    cuales son todos de metales de oro muy rico, y al pié de este cerro
    grande, hay otro pequeño, que es de azogue, el cual se presenta como de
    un cristal muy fino.

    Desde este cerro grande se dirige el rumbo al sur, y á cosa de cinco
    leguas se encuentra un rio, llamado el Rio Diamante: dicho así porque
    nace de un cerro negro, pasado de plata; y con muchos diamantes. Mas
    adelante de este cerro negro, como cosa de cinco leguas, se encuentra
    otro rio, llamado de San Pedro. Entre estos dos rios, esto es, entre el
    Diamante y el de San Pedro, habitan unos indios llamados Diamantinos,
    gente de que los mas de ellos son cristianos, que se huyeron de los
    pueblos españoles, por las violencias de los encomenderos. Son estos
    indios muy labradores, y serán en número de 400. Este rio de San Pedro
    es muy temido de toda clase de indios, por lo fragoso que es, y porque
    solo tiene unos pocos pasos, por cuanto lo mas del año está crecido.

    Prosiguiendo siempre el mismo rumbo hácia el sur, á distancia de cuatro
    leguas, se encuentra otro riachuelo, que llaman Estero: llámase tambien
    el riachuelo de los Ciegos, por haber habitado allí en tiempos antiguos
    unos indios que se cegaron de resultas de un temporal grande que huvo de
    nieve. En este riachuelo ó estero habita una multitud de indios, que
    llaman Peguenches, cuyas armas son lanzas y alfanjes, que usan tambien
    todos los demas. Estos indios Peguenches corren hasta la Cordillera
    Nevada, por la parte del poniente, y por la parte del sur comercian con
    los Césares ó españoles.

    Caminando siempre por el mismo rumbo, cosa de treinta leguas mas ó
    menos, se encuentran otros indios, llamados Puelches. Estos indios son
    muy altos y corpulentos, y tienen los ojos muy pequeños: son tan pocos,
    que no llegan á seiscientos, y son tambien muy parciales y amigos de los
    españoles, con quienes desean tener siempre trato. Esta gente está á la
    boca de un valle muy grande, de donde sale un rio muy caudoloso, llamado
    el rio Hondo, el cual es criadero. Dicho rio Hondo nace de la falda de
    unos cerros colorados muy ricos, pasados de oro, y mucho cobre campanil,
    que es la madre de dicho oro en grano. Estos indios tienen su Cura ó
    Párroco, el cual depende del Obispo de Chile, siendo los mas de ellos
    cristianos.

    Prosiguiendo siempre al propio rumbo del sur, se encuentra, como á
    distancia de tres leguas, otro rio que llaman el Rio del Azufre, por
    tenerlo en abundancia; y este rio, nace de la raiz de un volcan.
    Caminando el mismo rumbo, como cosa de treinta leguas ó algo mas, se
    encuentra otro rio grande, muy ancho, y muy apacible en sus corrientes;
    y este rio nace en la Cordillera de un valle grande espacioso, y muy
    alegre, en donde están y habitan los indios Césares. Es una gente muy
    crecida y agigantada, tanto, que por el tamaño del cuerpo no pueden
    andar á caballo sino á pié. Estos indios son los verdaderos Césares; que
    los que vulgarmente llaman así, no son sino españoles, que anduvieron
    perdidos en aquella costa, y que habitan junto al rio que sale del
    valle, en las inmediaciones de los indios Césares; y por la cercania que
    tienen á esta nacion, les dan vulgarmente el mismo nombre, no porque en
    la realidad lo sean. Estos indios Césares es gente mansa y apacible: las
    armas que usan son flechas grandes, ó arpones, con que se guarecen y
    matan la caza, que son los guanacos que hay abundantes en aquellas
    tierras. Tambien usan estos indios de la honda con que tiran una piedra
    con gran violencia; y estos indios son los que trabajan en los metales
    de plomo romo, y lo funden á fuego; y el modo que tienen de fundir así
    los metales como el plomo, es diferente del nuestro, porque nosotros
    los españoles lo fundimos en hornillos, y ellos lo funden en otra
    fábrica que llaman _guayras_.

    En el dicho valle grande y espacioso, donde habitan estos indios
    Césares, hay un cerro grande muy alto y derecho, y al pié de este cerro,
    se encuentra un cerrillo negro muy relumbrante, que parece tener metal
    de plata, y es de piedra iman muy fina, y hay piedras del tamaño de tres
    cuartas; y si se buscase, se hallarian mas grandes; que es cosa de
    admiracion. Estos indios no trabajan sino en este metal, por ser suave y
    blando, y no explotan los otros metales ricos de plata: lo uno, porque
    no los saben fabricar, y lo otro porque no hay azogue, y por esta causa
    no hacen aprecio de metales mas ricos, aunque hay muchísimos.

    Saliendo de adentro del dicho valle, por la orilla del rio grande, como
    cosa de 6 leguas abajo, se halla el paso, ó portezuela por donde llegan
    los españoles que habitan de la otra parte del rio, con sus
    embarcaciones pequeñas, que no tienen otras; y como cosa de tres leguas
    mas abajo, se halla el paso por donde vadean los de á caballo, por el
    tiempo de cuaresma, como tengo referido, por estar lo mas del año muy
    crecido el dicho rio.

    * * * * *

    _Descripcion de la ciudad de los Españoles._

    Esta ciudad, que llaman la _Ciudad Encantada_, está en la otra parte de
    dicho rio grande que he referido, poblada en un llano, y fabricada mas á
    lo largo que en cuadro, casi en la misma planta que la de Buenos Aires.
    Tiene esta ciudad muy hermosos edificios de templos, y casas de piedra
    labrada, y bien tejadas al uso de nuestra España. En las mas de ellas
    tienen los españoles indios cristianos para la asistencia de sus casas y
    haciendas, á quienes los propios españoles, con su educacion han
    reducido á nuestra Sta. Fé Católica. Tiene dicha ciudad, por la parte
    del poniente y del norte, la Cordillera Nevada, en la cual han abierto
    dichos españoles muchísimos minerales de oro y de cobre, y estan
    continuamente explotando dichos metales.

    Tambien tiene esta ciudad, por la parte del sur hasta el oriente,
    dilatadas campañas, donde tienen los vecinos y habitadores sus estancias
    de ganados mayores y menores, que son muchísimos; y heredades para su
    recreo, con mucha abundancia de todo género de granos y hortaliza:
    adornadas dichas heredades, con sus alamedas de diferentes árboles
    frutales, que cada una de ellas es un paraiso. Solo carecen de viñas y
    olivares, por no tener sarmiento para plantarlos.

    Tambien tienen por la parte del sur los habitadores de esta ciudad, cosa
    de dos leguas poco mas, la mar vecina, de donde se proveen de rico
    pescado y marisco para el mantenimiento de todo el invierno. Y
    finalmente, por no ser molesto en esta descripcion, digo que es el mejor
    temperamento, y mas benévolo que se halla en toda la América, porque
    parece un segundo paraiso terrenal, segun la abundancia de sus
    arboledas, ya de cipreses, cedros, pinos de dos géneros; ya de naranjos,
    robles y palmas, y abundancia de diferentes frutas muy sabrosa: y es
    tierra tan sana que la gente muere de puro vieja, y no de enfermedades,
    porque el clima de aquella tierra no consiente achaque ninguno, por ser
    la tierra muy fresca, por la vecindad que tiene de las sierras nevadas.
    Solo falta gente española para poblarla, y desentrañar tanta riqueza,
    que está oculta en aquel país; por lo que ninguno se admire de cuantos á
    sus manos llegase este manifiesto, porque todo lo que aquí vá referido,
    no es ponderacion, ni exageracion alguna, sino la pura verdad de lo que
    hay y es, como que yo mismo lo he andado, lo he visto y tocado por mis
    manos. Tiene de jurisdiccion dicha ciudad 260 leguas, mas que menos &a.

    RELACION

    _De las noticias adquiridas sobre una ciudad grande de españoles, que
    hay entre los indios, al sud de Valdivia, é incognita hasta el presente,
    por el capitan D. Ignacio Pinuer._ (1774.)

    Habiendo, desde mis primeros años, girado el poco comercio que ofrecen
    los indios comarcanos, y las jurisdicciones de esta plaza, me fuí
    internando, y haciendo capaz de los caminos y territorios de los indios,
    y especialmente de sus efectos, como es constante á todos los de esta
    plaza. Con este motivo tenia con ellos conversaciones públicas y
    secretas, confiandome sus mas reconditos secretos, y contándome sus mas
    antiguos monumentos y hechos inmemoriales. Mas entre las varias cosas
    ocultas que me fiaban, procuré adquirir noticias, que ya, como sueño ó
    imaginadas, oia en esta entre mis mayores; y haciéndome como que de
    cierto lo sabia, procuraba introducirme en todas, para lograr lo que
    deseaba. Tuve la suerte muchas ocasiones, que los sugetos de mayor
    suposicion entre ellos, me revelasen un punto tan guardado y encargado
    de todos sus ascendientes; porque aseguraban que de él pendia la
    conservacion de su libertad.

    Esta es la existencia de una ciudad grande de españoles: mas no
    satisfecho con solo lo que estos me decian, seguia el empeño de indagar
    la verdad. Para ello cotejaba el dicho de los unos con los informes de
    los otros, y hallándolos iguales, se me aumentaba el deseo de saber á
    punto fijo el estado de aquella ciudad ó reino (como ellos lo nombran),
    y tomé el medio de contarles lo mismo que ellos sabian, fingiéndoles que
    aquellas noticias las tenia yo y todos los españoles por la ciudad de
    Buenos Aires, comunicadas por los indios Pampas, picados de haber tenido
    una sangrienta guerra con los mismos Guilliches. Pero que los de
    Valdivia nos desentendíamos de ellas, temiendo que el Rey intentase
    sacar aquellos rebeldes, en cuyo caso experimentaríamos las
    incomodidades que acarrea una guerra. Con oir estas y otras expresiones,
    ya me aseguraban la existencia de los _Aucahuincas_ (así los nominan),
    el modo y trato de ellos: bien que siempre les causaba novedad, como los
    Peguenches, siendo tan acérrimos enemigos de los españoles, diesen una
    noticia tan encargada entre ellos para el sigilo; y esto dorado con
    algunas razones, producidas en lo inculto de sus ingenios: á lo que
    regularmente les contestaba que de un enemigo vil mayores cosas se
    podian esperar, aunque no era de las menores el tratarlos de traidores,
    y de que como ladrones tenian sitiados y ocultos hasta entonces aquellos
    españoles, privando á su Rey de aquel vasto dominio. Este es el arte con
    que los he desentrañado, y asegurándome de las exquisitas noticias que
    pueden desearse para la mayor empresa, sin que por medio de
    gratificacion, ni embriaguez, ya medio rematados, ni otro alguno, jamas
    lograse de ellos cosa á mi intento, antes sí una gran cautela en todas
    las conferencias que sobre el particular tenia con ellos, cuidaba de
    encargarles el secreto, que les convenia guardar, pues sus antepasados,
    como hombres de experiencia y capacidad, sabian bien los motivos de
    conservarlo. Y si sucedia, como acaeció muchas veces, llevar en mi
    compañia alguno ó algunos españoles, me separaba de ellos para hablar de
    estos asuntos, procurando salir al campo, ó á un rincon de la casa con
    el indio, á quien le prevenia que callase, si llegaba algun conmpañero
    mio, pues no convenia fiar á todos aquel asunto, porque como no eran
    prácticos en los ritos de la tierra, saldrian hablando y alborotando.
    Este régimen, y la cautela de no mostrar deseos de saber, sino solo
    hablar como por pasatiempo de lo que ambos sabíamos, he usado con los
    indios sobre treinta años, teniendo la ventaja de hablar su natural
    lengua, por cuyo motivo egerzo hoy por este gobierno (despues de otros
    empleos militares), el de lengua general de esta plaza, en donde á todos
    les consta la estimacion que hacen de mi aquellos naturales. Así adquirí
    las evidentes noticias que expongo al Monarca, ó á quien hace su
    inmediata persona, diciendo:–

    Que en aquel general alzamiento, en que fueron, (segun antiguas
    noticias), perdidas ó desoladas siete ciudades, la de Osorno, una de las
    mas principales y famosas de aquellos tiempos, no fué jamas rendida por
    los indios; porque aunque es cierto, que la noche en que fueron atacadas
    todas, segun estaba dispuesto, le acometieron innumerables indios con
    ferocidad, hallaron mucha resistencia en aquellos valerosos españoles,
    que llevaron el prémio de su atrevida osadia, quedando bastantes muertos
    en el ataque, con poca pérdida de los nuestros. Pero sin embargo
    determinaron los indios sitiar la ciudad, robando cuanto ganado habia en
    los contornos de ella, y frecuentando sus asaltos, en los que siempre
    quedaron con la peor parte. Pero, pasados seis ó mas meses, consiguieron
    por medio de la hambre ponerlos en la última necesidad; tanto que por no
    rendirse, llegaron á comerse unos á otros: y noticiosos los indios de
    este aprieto, los contemplaron caidos de ánimo, por lo que resolvieron
    atacarlos con la ayuda de los que acababan de llegar victoriosos de esta
    plaza; y en efecto hicieron el último esfuerzo, envistiéndola con tanta
    fiereza que fué asombro. Pero el valor de los españoles, con el auxilio
    de Dios, logró vencerlos, matando cuantos osaron subir por los muros,
    donde pelearon las mugeres con igual nobleza de ánimo que los hombres; y
    aunque vencidos los indios, siempre permanecieron á la vista de la
    ciudad, juzgando que precisamente los habia de rendir el hambre, como
    tan cruel enemigo. Pero los españoles, cada vez con mas espíritu, se
    abastecieron de cadáveres de indios, y reforzados con aquella carne
    humana, y desesperados ya de otro recurso, determinaron abandonar la
    ciudad, y ganar una península fuerte por naturaleza que distaba pocas
    leguas al sur, (cuyo número fijo no he podido averiguar, pero sé que son
    pocas) en donde tenian sus haciendas varias personas de la misma Osorno,
    de muchas vacas, carneros, granos, &a. Salieron con sus familias, lo mas
    precioso que pudieron cargar; con las armas en las manos marcharon,
    defendiéndose de sus enemigos, y sin mayor daño llegaron á la península,
    la que procuraron reforzarla, y despues de algunos dias de descanso,
    hicieron una salida, vengaron en los enemigos su agravio, pues dejaron
    el campo cubierto de cadáveres, volviendo á la isla no solo con porcion
    de ganado, sino con cuanto los indios poseian, y continuaron
    fortaleciéndola.

    Consta la magnitud de esta península, segun la explicacion de los
    indios, como de treinta leguas de longitud y seis á ocho de latitud. Su
    situacion está en una hermosa laguna, que tiene su principio del volcan
    de Osorno, y á quien igualmente dá agua otro volcan, que llaman de
    Guancqué; pues aunque este está distante del otro, por el pié de la
    Cordillera se desata en un rio pequeño que camina hácia el sur, y se
    incorpora en esta laguna, con cuyo socorro se hace formidable. Ella está
    al pié de la Cordillera, y dista del volcan de Osorno siete á ocho
    leguas poco mas ó menos; y es madre del rio Bueno. Es tan grande, que
    ninguno de los indios dá noticia de su término; es profunda, y muy
    abundante de peces: en ella tienen los españoles muchas canoas para el
    ejercicio de la pesca, y para la comunicacion de tres islas mas
    pequeñas, que hay en medio de dicha laguna ó mar, como los indios le
    llaman. Esta no abraza el contorno de la isla, si solo la mayor parte de
    ella, sirviéndole de total muro, un lodazal tan grande y profundo, de
    tal manera que un perro (como los indios se explican) que intenta
    pasarlo, no es capaz de desprenderse de él. Tampoco este lodazal hace
    total círculo á la isla; pues por el principal extremo, que es al norte,
    hay de tierra firme entre la laguna y el pantano hasta veinte y mas
    cuadras (segun dicen los indios), y es la entrada de esta grande
    poblacion ó ciudad, siendo la parte por donde se halla fortificado de un
    profundo foso de agua, y de un antemural rebellin; y ultimamente de una
    muralla de piedra, pero baja. El foso tiene puente levadizo entre uno y
    otro muro: grandes y fuertes puertas; y un baluarte, en donde hacen
    centinela los soldados. Segun los indios, el puente se levanta todas las
    noches.

    Las armas que usan son, lanzas, espadas y puñales, pero no he podido
    averiguar si son de fierro. Para defensa de la ciudad tienen artilleria,
    lo que se sabe fijamente, porque á tiempos del año la disparan: no
    tienen fusiles, para su personal defensa usan coletos. Tambien usan
    otras armas, que los indios llaman laques, y son dos piedras amarradas
    cada una en el extremo de un látigo, en cuyo manejo son diestrísimos, y
    por esto muy temidos de los indios.

    La forma ó construccion que tiene la ciudad no he podido indagarlo,
    porque dicen los indios, que nunca les permiten entrar, pero que las mas
    de las casas son de pared y teja, las que se ven de afuera por su
    magnitud y grandeza.

    Ignoro igualmente el comercio interior, y si usan de moneda ó no; pero
    para el menage y adorno de sus casas, acostumbran plata labrada en
    abundancia. No tienen añil, ni abalorios, por cuyo motivo dicen los
    indios que son pobres. Hacen tambien el comercio de ganados de que
    tienen grandísimas tropas fuera de la isla, al cuidado de mayordomos, y
    aun de los mismos indios. Ponderando estos la grandeza de que usan,
    dicen que solo se sientan en sus casas en asientos de oro y plata
    (expresion de los españoles que salen fuera). Tambien han tenido
    comercio de sal, esto es, hasta ahora poco la han comprado á los
    Peguenches, que por aquella parte á menudo pasan la Cordillera, y son
    muy amigos de estos; como así mismo lo han tenido con los indios
    nuestros, que llamamos Guilliches, pero ya les ha dado Dios con
    abundancia un cerro, y proveen á sus indios comarcanos.

    Segun exponen los indios, usan sombrero, chapa larga, camisa, calzones
    bombachos, y zapatos muy grandes. Los que andan entre los indios
    regularmente estan vestidos de coletos, y siempre traen armas.

    Los indios no saben si usan capa, porque solo los ven fuera del muro á
    caballo; se visten de varios colores; son blancos, barba cerrada, y por
    lo comun de estatura mas que regular.

    Por lo que respecta al número de ellos claro está es muy dificil
    saberlo, aun estando dentro de la ciudad: no por eso dejé de preguntar
    repetidas veces á varios indios, los que respondieron, considerase si
    serian muchos, cuando eran _inmortales_, pues en aquella tierra no
    morian los españoles.

    Con este motivo me informaron de que no cabiendo ya en la isla el mucho
    gentio, se habian pasado muchas familias, de algunos años á esta parte,
    al otro lado de la laguna, esto es, al este, donde han formado otra
    nueva ciudad. Está á las orillas de la misma laguna, frente de la
    capital; sírvele de muro por un lado la laguna, y por el otro está
    rodeada de un gran foso, ignoro si es de agua, con su rebellin, y puerta
    fuerte, y puente levadizo como la otra. La comunicacion de las dos está
    por mar, por lo que tienen abundancia de embarcaciones. Tambien tienen
    artilleria, y el que en esta manda, está sugeto al rey de la capital.
    Nada puedo decir con respecto al órden interior de gobierno de aquel Rey
    de la capital; pero sé por varias expresiones de los indios, que es muy
    tirano: lo que confirma la noticia siguiente.

    Habiendo salido de Chiloé un chilote en el mes de Octubre de 1773 (no sé
    con que destino) llegó á avistar la principal ciudad de aquellos
    españoles, pasando por medio de los indios, suplicándoles tuviesen
    caridad de él, pues se veia allí sin saber á donde. Al llegar la noche
    tocó las puertas de la ciudad (siempre las tienen cerradas) asomóse un
    soldado, y haciéndole las regulares preguntas, de quien vive, &a.
    respondió era chilote, y que allí habia llegado perdido, y que se
    hallaba sin saber qué tierra era aquella. A lo que en lengua de indio
    respondió el soldado, se admiraba de que los indios le hubiesen dejado
    pasar vivo, pero ya que logró esa dicha se retirase prontamente antes
    que algun otro le viese, (á todos se prohibia llegar allí) ó el se viese
    precisado á dar parte á su Rey, quien si lo supiera (así lo relató el
    chilote á los indios) mandaria buscarlo por cuantos caminos habia para
    quitarle la vida, pues era hombre muy tirano, y que con su gobierno
    ambicioso tenia á la plebe en la mayor consternacion, y esta es voz
    comun de los indios. Volviendo al chilote que escapó del rigor de aquel
    tirano, y ya entre los indios, algunos de ellos se ofrecieron á
    acompañarle, pero en la primera montaña, le quitaron la vida: cuya
    noticia se me trajo por indios de mucha verdad del fuerte de San
    Fernando, á orillas del rio Bueno, luego que sucedió; y esto tiene á los
    indios llenos de temor. Este suceso del chilote ha dado motivo entre
    aquellos españoles (persuádome es la plebe) para el empeño de poner
    señales en el cerro, que llaman de los Cochinos, que es donde se divisa
    la ciudad principal y laguna, único y mas inmediato para llegar á
    aquella tierra como lo expondré. En este sitio acaece, en lo que no hay
    duda, que los españoles ponen una espada con zapatos; los indios la
    quitan, y ponen un machete. Los españoles ponen una cruz; vienen los
    indios quitan la cruz, y ponen una lanza, toda de palo. Los españoles
    ponen redondas piedras como balas; y despues de estas amenazas de unos y
    otros, estan constantemente hallando los indios en aquel propio sitio
    del cerro, varios papeles, ó cartas puestas en una estaca, cosa que
    tiene á los indios consternados, pues ni se atreven á quitarlos, ni se
    apartan de allí, manteniéndose en continua vigilancia, temerosos que
    algun papel de estos salga entra ellos, y dé en manos de nosotros. Esta
    noticia y la del chilote, se han divulgado por toda la tierra adentro,
    y, como digo, se hallan cuidadosos.

    Para mas asegurarse de nosotros, aquel Rey tiene trato anualmente con
    los indios de su jurisdiccion que son muchos, y para explicar su crecido
    número dicen estos que parecen llovidos, aunque no muy valientes; á
    quienes tiene tan gratos por estar precisamente á sus órdenes. Tiene
    caciques al modo nuestro, y uno superior entre ellos con quien tiene mas
    estrecha amistad. Con estos hace sus juntas, convocando tambien á los
    Peguenches, con quien conserva gran familiaridad; y así suelen hallarse
    multitud de vocales en las juntas que hace. El punto de que con mayor
    esfuerzo se trata con todos aquellos indios, es sobre que no permitan
    llegar ninguno de afuera por los caminos que tenemos para allá, ni por
    la Cordillera inmediata á ellos, y que si alguno lo intentase, que lo
    maten, sin la menor conmiseracion. Lo que hace creer se hallan contentos
    en su retiro aquellos españoles, supongo serán los superiores, y que
    aquellos signos de papeles, &a. serán de la plebe, que, oprimida, desea
    sacudir el yugo.

    Sin embargo cuando por órden de Nuestro Exmo. Señor Virey, D. Manuel de
    Amat, Capitan General entonces de este reyno de Chile, se emprendió
    aquella famosa salida para los llanos, que fué terror de los indios, sé
    de cierto, por varios de estos que me lo aseguraron, fué público en esta
    plaza, que estando disponiendose los nuestros para ella, llegó la
    noticia á aquellos españoles, con la que ordenaron salir á encontrarse
    con nosotros, no sé con que fin. Estando en estas disposiciones, llegó
    nuestro campo á orillas de rio Bueno, en donde la noche de su llegada
    tuvo aquel tan notorio ataque, que habiendo oido los españoles de la
    laguna en el silencio de la noche, á la inmediacion de la ciudad, los
    tiros de los pedreros y esmeriles, salieron á los dos ó tres dias con
    300 hombres, segun los indios se explican y tiraron derechos para rio
    Bueno. Al segundo dia de su marcha supieron la retirada de los nuestros
    por los mismos indios, pero con todo no desistieron del empeño de
    caminar; en cuya vista los indios aquella noche hicieron su consejo, y
    resolvieron atacarlos á la mañana, y si posible fuese acabarlos: con
    efecto presentaron la batalla en la que pelearon unos y otros con grande
    valor, y que duró algunas horas, pues disputaban con iguales armas:
    murieron un sin número de indios y bastantes españoles, pero quedó el
    campo por estos, aunque con la muerte de su esforzado capitan. La
    noticia de esta pelea procuraron obscurecerla, encomendando con pena de
    la vida su sigilo, para que no llegára á nosotros.

    El camino de menos rios, aunque mas dilatado, para aquellas dos
    ciudades, es el que llamamos de los Llanos, por donde marchó nuestra
    tropa hasta el rio Bueno. Este camino consta de una montaña como de
    catorce leguas de largo, principia en el rio de Anquechilla, en donde
    tenemos nuestra continua centinela para los indios, y termina en
    Guequeciona: de ahí hasta el rio Bueno no se ofrece montaña ni loma, y
    sí arroyos pequeños. De Anquechilla al rio Bueno, se regulan seis dias
    de camino. Este rio es ancho, profundo y sin corriente: de ahí para la
    ciudad de los españoles es todo llano, hasta llegar al cerro ya dicho de
    los Cochinos. Este es un bajo, en el que hay muchos cochinos alzados, de
    los que se aprovechan los españoles, y tambien los indios. Al pié de
    este cerro, por la banda de la ciudad, hay dos riachuelos, ambos de
    vado; el primero llamado Yoyelque, y el segundo Daulluco: este es el mas
    cercano á la ciudad, que dista como cuatro leguas, tomando el camino de
    un pedregal grande, siempre á orillas de la laguna, hasta llegar á la
    primera fortaleza de foso.

    El segundo camino es el que llamamos de Guinchilca, ó Ranco: este es mas
    derecho, pero de muchos rios y arroyos, pues saliendo de la plaza hay el
    Guaquelque, ó Cuicuitelfu, Collitelfu, Guinchilca (se pasan cuatro
    veces, pero todos son de vado) y rio Bueno. Saliendo de Valdivia, hay
    como veinte leguas de montaña, y termina esta en Guinchilca, en la que
    hay tres rios de los dichos. El camino de la dicha montaña es ancho y
    llano, con algunos malos pasos, fáciles de componer. Lo mas fragoso de
    él se puede andar por el rio, hasta un lugar de indios, llamado
    Calle-calle. Antes de llegar al rio Bueno se ofrece una montaña baja,
    poco espesa, y de pocas leguas, al fin de la cual se dá con el Rio
    Bueno. De ahí á poca distancia, siguiendo el camino de los españoles
    hasta el fuerte de Osorno, caminando al sur, de allí al este, cosa de
    una jornada, está la ciudad de Osorno, pero en seguida de dicho fuerte
    al sur, á muy corto trecho, se dá con la gran laguna de Ranco que es el
    asilo de los españoles, y sigue á orillas de ella por el pedregal. Este
    camino es de carretas, y no hay la pension de trepar cerro alguno, desde
    Guinchilca á la ciudad: por él se manejaban antiguamente los de Osorno.
    En la distancia que hay de Guinchilca á aquel pueblo, se presentan
    varias ruinas de fuertes pequeños, que segun la tradicion de los indios
    eran escala ó jornadas, que hacian los que de esta plaza iban á aquella
    ciudad. Esta es toda la serie de noticias, que de aquella incognita
    ciudad he adquirido, á costa de incesantes trabajos, de cuya existencia
    no me queda duda y en todo tiempo me obligo á mostrar el camino, ó
    caminos que conducen á ella: lo que aseguro por Dios Nuestro Señor, y
    esta señal de la cruz, y mi palabra de honor. Y para mayor prueba de la
    verdad, expongo á continuacion los principales sugetos ó caciques,
    despues de otros muchos de menos suposicion, que me han asegurado, con
    algunas noticias mas que pongo, dadas por varios que no cito,
    concordando unos con otros en el modo de decir y explicar lo que de
    aquella ciudad saben.

    El cacique Mariman me aseguró haber divisado la ciudad desde el cerro de
    los Cochinos, que se halla en la laguna de Ranco, y que sabia eran los
    españoles de Osorno, que nunca fueron vencidos, que son muchos, y muy
    valientes. Sabe que por falta de viveres desampararon su tierra, despues
    de haber comido gente muerta, y ganaron aquella isla, en donde
    encontraron mucho ganado y grano de las haciendas que allí tenian varios
    españoles acaudalados de la misma Osorno: que la causa de guardar tanto
    sigilo era porque no los tuviesemos tributarios como en los tiempos
    antiguos: que estan inmediatos á la Cordillera. Que la ciudad desierta
    está próxima á los españoles, y aun se mantiene murada, que solo han
    caido las puertas, y de las torres las medias naranjas; que hay otro
    fuerte de la citada ciudad, mirado con pocas ruinas. Hasta hoy es una
    isla que hace la misma gran laguna de Ranco al principio de ella, de
    donde no divisan la poblacion de españoles. Que este fuerte nadie lo
    habitaba: las armas que usan eran espadas y lanzas: que tienen
    artilleria, porque hacen á tiempos las descargas.

    Dos indios de las cercanias de aquellos españoles me exponen igualmente,
    añadiendo tienen amistad con los indios inmediatos, con quienes hacen
    sus juntas.

    Por el indio Quaiquil supe igualmente, y añadió los habia visto: eran
    corpulentos, blancos y rubios; que la entrada en la isla es por una
    garganta corta de tierra, que tiene un foso, muralla, puente levadizo, y
    muchas embarcaciones: que usan espada y lanza, tienen artilleria,
    lienzos y plata, y mucho ganado mayor y menor. Segun compendí, su
    vestuario es musgo, y á lo antiguo; que cuando la funcion de los Llanos,
    habian salido á encontrarse con nosotros, pero que los indios les dieron
    guerra, y que se mandó guardar secreto con pena de la vida.

    El cacique Carriblanca, al año de la funcion de los Llanos, habiendo yo
    pasado á su tierra, se valió de mí para que le consiguiese la entrada en
    esta plaza (estaba privado á los de su jurisdiccion), para comunicar al
    Sr. Gobernador ciertos asuntos; y haciéndole cargo del motivo que tenia
    para no dar paso á la ciudad de los españoles alzados, y porque guardaba
    secreto en una cosa tan sabida, me respondió, que desde sus antepasados
    tenia obligacion de guardar sigilo, y de negar el camino como dueño de
    él. Pero que si ya lo habian declarado otros, mal podia negarlo él, y me
    dió las mismas señas que los otros, añadiendo que del rio Bueno á los
    españoles hay dia y medio de caminos y que le dijese á mi Gobernador que
    en el caso de querer reconocerlos, no fuesen tan pocos como el año
    antecedente, sino que pasase de mil hombres la tropa, pues eran muchos
    los indios que habia. Todo lo que hice presente al Gobernador D. Tomas
    Carminate, quien respondió que nada creia de aquello, y que el comisario
    le decia no convenia viniese á Valdivia dicho cacique; y con mi
    respuesta que esperaba, dejó de venir.

    En el mismo mes, conversando con Pascual, cacique del otro lado del rio
    Bueno, delante de Tomas Silva, vecino de esta plaza, me dió las mismas
    señas que los anteriores; y expuso que cerca de su casa hay un cerro
    bajo ó loma, de donde no solo se divisa la ciudad, sino hasta la ropa
    blanca que lavan, y bajado este cerro, habrá cuatro leguas de distancia
    por el pedregal ó orilla de la laguna.

    El mismo Pascual, á mediados de este año de 1773, hablando con Gregorio
    Solis, vecino de esta plaza, le contó la serie de señales que he dicho,
    mostrandole desde su casa el sitio donde las ponen, y añadió, como que
    le consultaba, ¿qué prémio le pareceria que le daria nuestro Rey, en el
    caso de descubrir el camino de la ciudad? Que ya consideraba lo harian
    rico, y capitan de sus tierras, pero que aquello era conversacion. Esta
    Solia era hombre de verdad, y muy conocido entre ellos.

    El capitanejo Necultripay me comunicó haber estado en varias ocasiones á
    lo de estos españoles, acompañado de los indios imediatos á los dichos.
    Le supliqué me llevase una carta, y me respondió no podia, por los
    motivos de brugeria, que ya dije; y tambien por ser costumbre entre
    ellos ir acompañados entre aquellos indios, los que si lo entendieran,
    le quitarian la vida. Pero que si el Gobernador resolvia reconocerlos,
    iria de guia, y en su defecto á nadie se lo dijese, que él se ofrecia,
    porque perderia la vida. Noticia que expuse á D. Felix Berroeta,
    Gobernador de esta, quien la agradeció mucho, y me encargó continuase
    con toda eficacia la correspondencia con estos indios, ofreciéndome para
    el fin del descubrimiento, si era necesario, su caudal. Pero con su
    muerte se frustraron nuestras ideas. Despues de algun tiempo la misma
    noticia expuse á D. Juan Gartan Gobernador de esta, quien sin examinar
    las circunstancias, me dijo que todo lo tenia por fábula. En cuanto á
    las armas, situacion, caudales y vestimenta, coinciden las señales del
    capitanejo con las precedentes. A los pocos dias me ví con el hijo del
    citado capitanejo, que me expuso lo mismo que su padre, sin haber estado
    presente cuando su declaracion.

    Contra, indio de respeto entre ellos, me declaró igualmente que los
    antecedentes, y que no los ha tratado, mas sabe que hay mucha gente, y
    de valor, que nunca los han vencido, y sabe son los de Osorno.

    Cumilaf, él del otro lado del rio Bueno, me aseguró vivia inmediato á
    los españoles de la laguna, que son acaudalados de plata y ganado; pero
    pobres en fierro y añil, y que tampoco tiene abalorios, dando las
    propias señas en situacion, armas y caminos.

    Guisieyau, expone lo mismo, y añade ha estado dos veces en aquella
    ciudad: la una vez entró á comprarles agí con los indios inmediatos, y
    me mostró un caballo que le habia vendido por un sable, y la marca que
    tenia está en cifra.

    Amotripay y sus hijos lo mismo declararon, sin temor alguno: son indios
    de respeto entre ellos; viven de la otra parte del rio Bueno..

    Lancopaguy, lo mismo, y muy por menor de la situacion, armas caudales y
    caminos.

    Gedacoy, igualmente, añadiendo era mejor camino el de Ranco por ser mas
    llano, aunque, de mas rios, y todos convienen en esto. Tambien me dijo
    que la causa de no dar paso los indios por aquel camino, ni admitir
    conchabados es, porque no vean las ciudades, y tengan noticia por allí
    de aquellos españoles.

    Calfuy da noticia hasta del nombre de los caciques, amigos de los
    españoles.

    Rupayan dá cuenta de la situacion, armas, caudales, y de haber
    encontrado sal.

    Artillanca manifiesta lo mismo.

    Antipan se esplaya mas sobre las circunstancias de la laguna y
    fortaleza de la primera ciudad, y situacion de la segunda, y las islas
    que hay dentro de la laguna.

    Paqui dice que sabe estan los españoles en aquella isla, y dá muchos
    detalles, los que concuerdan con las exposiciones precedentes.

    Todos los citados son entre ellos personas de suposicion, para formar
    total concepto de la verdad que expresan, especialmente combinandose sus
    declaraciones, como tambien las de otros indios pobres, y de poca
    autoridad. Y para que en todo tiempo conste esta informacion de la
    incognita ciudad de Osorno, ademas del juramento que tengo hecho, me
    sugeto á la pena que se me quiera imponer, en el caso de no ser cierta
    la existencia de estos españoles, en el lugar que nomino. Y por ser así,
    lo firmo en la plaza de Valdivia á tres dias del mes de Enero de 1774.

    IGNACIO PINUER.

    COPIA.

    _De la carta escrita por D. Agustin de Jauregui, Presidente de Chile, al
    Exmo. Sr. Virey del Perú._

    EXMO. SEÑOR,–

    D. Ignacio Pinuer, capitan graduado, y lengua general de la plaza y
    ciudad de Valdivia, me remitió una relacion jurada y circunstanciada de
    las noticias que tenia de personas que en ella cita, de existir á la
    orilla de la laguna Ranco, madre del rio Bueno, distante poco mas ó
    menos de cuarenta leguas de aquella plaza, y tres ó cuatro de la antigua
    desolada ciudad de Osorno, hácia el sur, dos poblaciones de españoles,
    cuyos causantes insinúa haber sido originados de la expresada ciudad, y
    que en el alzamiento general del siglo pasado en que destruyeron los
    indios siete ciudades, se mantuvo esta sitiada mucho tiempo de los
    bárbaros; pero que al fin consiguieron salir libres, y ocultarse en
    aquellas inmediaciones en donde se situaron, aprovechándose de las
    proporciones que ofrece el parage en que se hallan, resguardados de la
    misma laguna, y de un lodazal impenetrable; sin quedar mas que un
    estrecho camino que sirve de entrada y salida, de muy fácil defensa; á
    que han añadido fosos, y rebellines con puente levadizo, libres por esta
    industria de ser invadidos de los infieles comarcanos, sobre quienes
    parece que en la actualidad tienen adquirido dominio y subordinacion,
    concurriendo á las juntas á que los citan con la obligacion de guardar
    secreto de su permanencia en aquel oculto destino: que tienen murallas y
    casas de juncos, alguna artilleria y buenas armas. Inmediatamente libré
    providencia, para que el Gobernador de aquella plaza hiciese con toda
    cautela y reserva informacion de los hechos expuestos, examinando con la
    solemnidad del juramento al autor de las noticias referidas, y á los
    demas que expresaban ser sabedores de ellas. Y supuesto su allanamiento
    de acreditar la verdad por los medios que proponia, que lo auxiliase en
    lo posible y preciso: advirtiéndole que para asegurar el asenso á su
    informe, procurase traer algunas prendas de las particulares que tengan,
    ó de que usen aquellos españoles. Antes de que llegase á manos del
    referido Gobernador esta providencia, recibí las que habia dado sobre el
    mismo asunto, en virtud del aviso de D. Juan Enriques, cadete de
    aquella guarnicion, que concordaban en substancia con lo que dijo
    Pinuer, acompañándolas con carta de 28 de Febrero de este año, en que se
    incluye una copia que dirigió por el mismo cadete á los que tuviesen el
    mando de las antedichas poblaciones, á efecto de que supiesen lo
    inmediatos que estamos los de su nacion, y el deseo de descubrirlos y
    sacarlos de aquel cautiverio, y la felicidad que les proporcionaba la
    Divina Providencia para el mas claro conocimiento de nuestra sagrada
    religion, incitándoles á la comunicacion. Igualmente se comprenden las
    formalidades legalizadas, y las declaraciones del cadete Enriques y de
    su ordenanza Baltazar Ramirez, soldado de aquella plaza, de haber
    llegado á casa del cacique, nombrado Lipique, que vive en la entrada del
    Rancon, á distancia de veinte y cuatro leguas de la plaza. Que allí
    entregó la carta al soldado Ramírez; que éste pasó con ella disfrazado
    de indio á la del cacique, llamado Limay, ocho leguas mas adentro, y que
    de allí dió la carta al indio, nombrado Quaripangui, para entregarla á
    los españoles que distan diez leguas hácia la Cordillera: obligandose,
    en fuerza de lo que se le gratificaba, á volver con la respuesta dentro
    de un mes, añadiendo el soldado haberse visto en grande peligro, á causa
    de un grande trozo de indios que llegaron á lo del citado cacique Limay,
    con el fin de quitarle la vida, porque sabian ser su solicitud el
    descubrimiento de los españoles, segun lo que habia dicho otro soldado,
    nombrado Marcelo Silva, al cacique Pallaturreo, y otros, y que todos
    estaban alborotados con este motivo.–El Gobernador concluye diciendo,
    que siempre será necesaria la fuerza, por el empeño con que los indios
    los ocultan; y aunque por ahora no hay mayor fundamento para asentir á
    dichas noticias, ni hacer por ellas novedad, llevaré adelante las
    providencias que faciliten mejor, y dén una idea mas fundada de lo que
    haya en realidad. Persuadiéndole desde luego que, á ser ciertas estas
    poblaciones, serán de las que se solicitaban con el nombre de los
    Césares, por conformarse las tradiciones de su ubicacion con las
    noticias referidas, de cuya resulta daré puntual noticia á V.E. en la
    primera ocasion que se presente.–Nuestro Señor guarde á V.E. muchos
    años. Santiago 29 de Marzo de 1774. Exmo Señor: B.L.M. de V.E., su mas
    rendido servidor.–

    D. AGUSTÍN DE JAUREGUI.

    Exmo. Señor, D. Manuel de Amat.

    NUEVO

    _Descubrimiento preparado por el Gobernador de Valdivia el año de 1777._

    Salieron del fuerte de Rio Bueno dos cadetes, un sargento, el
    condestable y seis soldados, acompañados de varios caciques de indios; y
    dirigiéndose hácia el este, á cosa de 34 leguas dieron con la laguna de
    Puyechué, donde formaron una canoa y pasaron algunos á la otra banda de
    dicha laguna, que tendrá como 4 leguas de diametro, y 25 de
    circunferencia, con nueve islas inhabitadas; la que reconocieron. De
    este parage caminando al sur, á cosa de seis leguas de distancia,
    hallaron otra laguna, llamada Llavequegue, donde fabricaron otra canoa,
    en la cual se embarcaron siete para reconocerla, y costeándola por la
    banda del este, al cabo de tres dias llegaron á su fin, al pié de la
    Cordillera, donde descubrieron un volcan al est-nord-este, cuyo nombre
    ignoran. Y no hallando mas que tremendos riscos y montañas, volvieron al
    alojamiento de Llavequegue ó Llauquehue, y despues al Puyechué, á donde
    llegaron siete dias despues que los demas.

    En este parage, instando de nuevo á los indios que los guiasen al
    descubrimiento, quedaron de acuerdo en que seguirian el viage dentro de
    tres dias. Al cabo de este tiempo, salieron divididos en dos partidas;
    siguieron viage por tierra á pié, con sus bastimentos y municiones á las
    espaldas, ocho soldados con su sargento, y llegaron á la orilla de la
    laguna de Llavequegue; y hallando la canoa en el mismo sitio en que la
    habian dejado, pasaron al dia siguiente á una punta opuesta, y en el
    otro navegaron cosa de dos leguas, hasta un arenal donde desembarcaron.
    Los indios, acompañados de la otra partida, siguieron adelante, abriendo
    camino por montañas y cordilleras en todo aquel dia, y al siguiente se
    unieron, y todos juntos pasaron un fuerte temporal, que duró tres dias y
    cuatro noches; y pasado este, siguieron el dos dias mas de camino, y en
    el primero, hallándose en un alto de la Cordillera, descubrieron el
    estremo de una laguna grande, y una tierra baja muy dilatada.

    Caminando mas adelante, se echaron los indios en tierra, diciendo que
    no podian mas, y viendo que ni por ruegos ni ofertas, pudieron
    conseguir que prosiguiesen adelante, subieron á un árbol de mas de
    treinta varas de alto, de donde descubrieron una laguna grande de tierra
    llana y dilatada con una isla en medio, que despues dijeron los indios,
    ser esta la laguna Puraya, y que la isla que tenia se llama Jolten,
    habitada de indios y españoles. Habrian caminado en los tres dias como
    doce leguas, segun su cómputo, desde la laguna Llauquehuc hasta este
    parage, de donde marcaron la laguna de Puraya al sueste; y hallándose
    sin guia, bastimentos, ni fuerza, determinaron volver al fuerte de Rio
    Bueno.

    En la última entrada, acompañados de varios indios, pasaron la laguna de
    Puñechué, y la de Llauquehuc, donde hallaron sus canoas; y usando de
    ellas como antes, por la misma derrota llegaron á las señales que les
    dió el indio Turin, que fueron un pedregal y riachuelo, en cuyo arenal
    quedaron cinco con cuatro indios por cansados, aburridos y escasos de
    viveres. Pero siguiendo adelante los demas, declararon unánimes, que
    despues de reconocido el pedregal y riachuelo, no habiendo ya montaña
    que romper, subieron al volcan de Purarauque, que se forma de pampa de
    piedra menuda, quemada como escória, y subiendo hasta la mitad de su
    altura, ya tocando la nieve, hicieron alto para pasar la noche. Que al
    dia siguiente oyeron tiros de artilleria, y saliendo de allí á reconocer
    con la vista lo que alcanzasen, faldearon el cerro por la izquierda, y
    guiados por la seña, descubrieron la pampa grande del otro lado con el
    riachuelo, y una laguna que estaba entre riscos al pié del volcan; pero
    desfallecidos, por no haber comido dos dias, y lastimados los pies de
    tanto andar, pues juzgan que anduvieron mas de veinte leguas, en los
    nueve dias, hasta Puñechué, y de allí todos juntos al Rio Bueno.

    Generalmente convienen, segun las relaciones de los indios, en que hay
    tales españoles, diciendo algunos que son ingleses, diferenciando
    algunos en las poblaciones, pero concordes en que son muchos, y en que
    se defenderán, porque son muy guapos: y los distinguen en dos naciones
    diversas, expresando que los Morohuincas estan muy lejos ó retirados,
    fortalecidos en sitio superior, y unidos con los Peguenches, á quienes
    hacen sus parlamentos, y aun dicen que tienen noticia que les entran
    embarcaciones. A otros llaman Aucahuincas, que dicen estan junto á la
    laguna de Puraya: que estos son de Osorno, y que tienen guerra con los
    Morohuincas.

    DECLARACION _Del capitan D. Fermin Villagran, sobre la ciudad de los
    Césares. (1781.)_

    Yo el Capitan de dragones de este Real Ejército, y Comandante de dicha
    plaza, D. José Maria Prieto: habiendo tenido órden verbal del Coronel de
    caballeria, Maestro de Campo, General y Gobernador de esta frontera D.
    Ambrosio de O'Higgins, para tomar declaracion al capitan de la reduccion
    de Maguegua, D. Fermin Villagran, sobre noticias que ha adquirido en su
    dicha reduccion, por un indio Guilliche, de un establecimiento de
    españoles, situado en un parage llamado _Muileu_, le hice comparecer
    ante mí, y le mandé hacer la señal de la cruz, bajo la cual prometió
    decir verdad, y lo que sabe sobre este asunto, con toda individualidad
    en cuanto fuese preguntado: y habiéndolo sido sobre qué es lo que sabe
    del citado indio; dijo:–Que habiendo pasado á su reduccion á dejar al
    cacique Loncomilla, de resultas de habar bajado éste á ver al Sr.
    Maestre de Campo de esta plaza, deseoso de averiguar el paradero de
    ciertas cautivas españolas que tenia noticia paraban entre los
    Guilliches, habló con un indio de esta nacion, llamado Gechapague, á
    quien preguntó por dichas cautivas, y le respondió, que allí en su lugar
    no habia ninguna. Replicó el capitan que sabia haberlas allí ó en otro,
    y respondió el Guilliche, que en otro lugar de mas adentro las habia, y
    que éstas ya los españoles las estaban comprando. Y preguntándole á
    dicho indio, ¿qué españoles las compraban? Respondió que eran unos que
    estaban en un parage nombrado _Milecí_. Y preguntándole á dicho indio,
    ¿qué á donde era ese parage? Respondió, que á donde entra en el mar el
    rio de _Meuquen_ ó _Neuquen_, á la otra parte de la Cordillera. Y
    preguntándole, como habian llegado allí aquellos españoles? Respondió,
    que en cuatro ó cinco embarcaciones. Y preguntándole, qué número de
    gentes españolas habia en aquel lugar? Respondió, que habria mil
    presonas. Mas tambien le preguntó dicho capitan al citado indio, que de
    qué armas usaban aquellos españoles? Y respondió, que tenian cañones de
    artilleria muy grandes, y que tenian bastantes. Y preguntándole asimismo
    de qué vestuario usaban? Respondió, que de paño. Y preguntándole, que
    como, ó de que se mantenian allí dichos españoles? Respondió, que luego
    que llegaron, habian padecido muchas necesidades, y que en el dia se
    bastimentaban por los indios con vacas y caballos que les llevaban á
    vender; y que los dichos españoles, tambien salian de diez en diez á
    tratar con ellos, y hacer este conchabo. Y añadió dicho indio, que los
    dichos españoles decian, que aquel establecimiento distaba de su tierra
    ocho dias de navegacion; y que lo que lleva declarado, no solo lo supo
    por el indio referido, sino por otros tres mas, quienes le relacionaron
    lo mismo. Y siéndolo leida esta declaracion, dijo: no tener mas que
    decir, añadir ni quitar á lo que lleva declarado; y que esta es la
    verdad, só cargo del juramento lo que lleva hecho. En el que se afirmó y
    ratificó, y firmó junto con migo en dicha plaza, mes y año.

    _Fermin Villagran.–José Maria Prieto._

    INFORME

    _Y dictámen del Fiscal de Chile sobre las ciudades de los Césares, y los
    arbitrios que se deberian emplear para descubrirlas. (1782.)_

    El Fiscal de Su Magestad en lo criminal, en consecuencia y cumplimiento
    del superior decreto de V.S., de 16 de Abril último, ha reconocido los
    nueve cuadernos de autos que se han formado sobre descubrir las
    poblaciones de españoles y extrangeros, que se presume hay en las
    alturas y parte meridional de este reyno; y así mismo el que se crió el
    año de 1763, á instancia del Gobernador y vecinos de la provincia de
    Chiloé, sobre la apertura del camino de Osorno y rio Bueno. Y en
    inteligencia de cuanto de ellos resulta, dice:–Que, aunque enterado de
    la arduidad del asunto, que comprende este espediente, ha procurado
    despacharlo con la brevedad posible, le ha sido forzoso retardar su
    respuesta hasta hoy, así porque le ha sido indispensable hacer detenidas
    reflexiones en cada uno de los diez procesos á que está reducido, como
    porque el despacho diario de los negocios concernientes á su ministerio
    le han embarazado mucha parte del tiempo que ha corrido desde el citado
    dia 16 de Abril hasta el presente. En esta atencion, y cumpliendo con la
    superior órden de V.S. contenida en el enunciado decreto, espondrá lo
    que le ocurra á cerca de las expediciones proyectadas en estos mismos
    autos.

    1.° El objeto que las ha motivado es descubrir si en las alturas que en
    este reyno se miran, desde los 40 grados hasta el estrecho de Magallanes
    y cabo de Hornos, hay alguna ó algunas poblaciones de españoles ó
    colonias de extrangeros, como por tradicion de largos tiempos se nos ha
    anunciado. Y en realidad, atendidas las actuaciones que formalizó el
    coronel D. Joaquin de Espinosa, mientras tuvo á su cargo el gobierno de
    la plaza; y presidio de Valdivia, parece no deba dudarse de la
    existencia de tales poblaciones ó colonias, para cuyo esclarecimiento y
    evidencia hasta reconocer el dicho uniforme, y la atestacion antigua y
    moderna de los caciques y principales indios que han trabado amistad con
    los españoles de la mencionada plaza.

    2.º En el primer cuaderno de las enunciadas actuaciones se reconocen
    cuatro declaraciones, tomadas al capitan graduado D. Ignacio Pinuer,
    comisario de naciones de aquella jurisdiccion; y en todas ellas asegura
    bajo de juramento, que con motivo de la amistad estrecha que de muchos
    tiempos á esta parte ha profesado con los caciques é indios de aquellos
    contornos, y de la relacion de parentezco con que les ha tratado, le han
    comunicado, que de la antigua ciudad de Osorno, al tiempo que fué
    invadida por los indios, se retiraron despues de un largo sitio algunas
    familias tierra adentro, y se situaron en un parage que era hacienda de
    los mimos españoles de Osorno. Que habiéndose defendido allí mucho
    tiempo, dieron contra los indios, y juntaron muchos ganados de los suyos
    que se llevaron á su fuerte: y que en ese mismo parage se mantienen
    hasta hoy, el cual dista de Osorno como cinco ó seis leguas, porque hay
    un pedregal grande que dar vuelta. Que se han mantenido en ese sitio á
    fuerza de valor: que los indios les han hecho muchas entradas, y no los
    han podido vencer: que para salir les impide ser una sola la entrada, en
    la que hay un cerro donde tienen un sentinela los indios para avisar si
    alguno sale, y atajarlo, como ha sucedido con algunos: que son muchos
    los que lo han intentado, y han sido muertos por los indios, por lo que
    solo se mantienen defendiendo las entradas. Que es cierto tienen dos
    poblaciones; la principal en una isla en donde ya no cabian, por lo que
    se han pasado á la tierra firme en frente, desde la que se comunican por
    agua; porque donde está la ciudad principal, es en medio de una laguna,
    y solo tiene entrada á la tierra por un _chapad_, ó pantano, en que
    tienen puente levadizo. Que sabe tienen artilleria, aunque pequeña, y
    usan de las armas de lanza y espada: que es mucho el número de gente, y
    visten camisa, y segun explican los indios, calzon de buchí y chupan,
    porque no saben explicarse. Que tienen casas de teja y paja, fosos y
    revellines: que tienen siembras de agí, que es con lo que comercian con
    los indios, quienes les llevan sal de la que sacan de Valdivia: que
    tambien les llevan achas y cosas de fierro, por vacas y caballos que
    tienen muchos. Que hablan lengua española, pero que, aunque los indios
    les han llevado indio ladino, no les entienden bien. Que tambien hablan
    lengua índica; y que usan marcas, yerros españoles en las vacas y
    caballos las cuales ha visto el mismo Pinuer. Finalmente testifica que
    tambien sabe, que estos no son los que llaman _Césares_, porque hay
    otras poblaciones de españoles hácia el Estrecho, que segun dicen los
    indios son de navios perdidos. Que su conocimiento y trato con ellos, de
    40 años á esta parte, sus entradas á la tierra, y el llamarlos
    parientes, y amigos con alguna sagacidad que ha puesto para saber este
    asunto, le ha hecho noticioso de que es cierto lo expuesto, y de que
    existen tales poblaciones, porque lo ha oido decir á indios principales
    caciques de razon, y lo ha confrontado con lo mismo que ha oido á otros,
    y todos concuerdan en una misma cosa. Que el haberlo ocultado los
    indios es, porque de padres á hijos se han juramentado el callarlo, y es
    rito ó ley ya entre ellos; y aun por esta razon se han mantenido
    alzados, sin nuestra comunicacion, todos los de la otra banda. Que sabe
    que este juramento y sigilo ha sido, porque tienen por abuso decirse
    unos á otros, que si los descubrian los harian esclavos los españoles, y
    los sugetarian á encomiendas: por cuya causa al que han sabido
    formalmente que le ha descubierto le han quitado la vida. Que el saberlo
    el declarante es porque, habiéndose dado muchos años há por pariente de
    dos caciques de los alzados, del otro lado del rio Bueno, nombrados,
    Amotipay y Necultipay, estos con gran secreto se lo contaban, y por
    haber Amotipay venido á verle, á su regreso le dieron veneno los indios,
    y que Necultipay ofreció al declarante llevarlo á la ciudad, pero que no
    se verificó por haber fallecido, dejándolo por heredero de sus tierras.
    Que hoy dia ya se habla de esto con menos reparo entre los indios,
    porque dicen que se ha publicado; y que ahora tres años se hizo una gran
    junta de los indios alzados, y en ella ofrecieron primero morir que
    rendirse, ni desamparar sus tierras, porque tenian noticias de que los
    españoles de Chiloé, salian en solicitud de estos otros españoles, y
    poblar primero á Osorno. Y en otro lugar confirmando estas mismas
    noticias, dice: que hácia el cabo de Hornos, hay otra poblacion, que
    discurren los indios ha resultado, y aun aseguran que proceden, de
    navios extrangeros perdidos, y que hay tres ciudades grandes y otras
    pequeñas; lo que le ha asegurado el indio que las ha visto. Y mas
    adelante, que será necesaria tropa para hacer este descubrimiento,
    porque no duda que se ha de oponer mucha indiada, que es gente
    aguerrida, y que conoce sus terrenos. Que hay muchos retazos de monte y
    rio, y la distancia será de cerca de 40 leguas: y que todo se ha de
    vencer á fuerza de armas; pues, aunque no hagan frente formal los
    indios, harán emboscadas y avances de noche, ó la multitud puede
    obligarles á presentar batalla formal: y así, que considera ser
    convenientes mil hombres, atendiendo tambien á no saberse con
    certidumbre si estos españoles querrán entregarse ó mantenerse allí con
    el dominio que han establecido.

    3.º Lo mismo, aunque con menos puntualidad, testifican Gregorio Solis,
    Marcelo Silva, el cadete D. Juan Henriques, Francisco Aguto capitan de
    Amigos, de la reduccion de Calle-calle, el lengua general D. Juan de
    Castro, Casimiro Mena, Baltazar Ramirez: y el Reverendo Padre lector Fr.
    Buenaventura de Zarate, guardian del convento de D. Francisco de la Isla
    de Macera, declara, que habiendo tenido en su servicio, por espacio de 6
    años, á un indio cristiano, llamado Nicolas Confianza, muy ladino y
    enterado de nuestra religion é idioma, siendo ya de edad de 60 años,
    cayó enfermo, y estando desauciado, y disponiéndose para morir, le dijo:
    que queria hacer por escrito una declaracion que hallaba por muy
    conveniente al servicio de Dios, porque tenia mucho temor de ir á su
    divina presencia, sin manifestar lo que sabia. Que habiéndole tomado
    como pudo su dicho, declaró: que siendo moceton, hizo una muerte en
    Calle-calle, jurisdiccion de Valdivia, con cuyo motivo se fué fugitivo á
    los Llanos, y de allí al otro lado del rio Bueno, donde lo amparó un
    cacique tio suyo; haciendo de él mucha confianza para sus tratos y
    conchabos. Que con esta ocasion le enviaba hácia la ciudad de los
    españoles que hay, procedidos de los de Osorno, junto á la Cordillera, á
    que viese á otro cacique que servia de sentinela á dichos españoles. Que
    era cierto que estaban allí fundados y establecidos con ciudades
    fortificadas, y una noche oyó hablar dos de ellos con el cacique donde
    estaba alojado, sobre un conchabo de lo que llevaba dicho indio, que
    eran achas y sal: que los españoles traian agí, lienzo y bayeta, con lo
    que cangeó, ó conchavó, y el lienzo era como el de Chiloé. Que es
    verdadera la existencia de estos españoles, y que el castellano que
    hablan no es muy claro: y por último que decia esto, estando ya para
    morir, y conocia el trance en que se hallaba, y la cuenta que habia de
    dar á Dios. Que este indio era muy racional y cristiano, por lo que el
    padre declarante asegura, que no solo en esta ocasion, sino en otras
    muchas conversaciones antes de este lance, siempre le habia referido lo
    mismo, con cuyo respecto dice, que tiene satisfaccion de la verdad de
    cuanto el indio le decia.

    4.° A fojas 49 del mismo cuaderno 1.° se reconoce la declaracion que se
    tomó al indio Santiago Pagniqué, morador y vecino de Ranco, y en ella se
    vé que por el riesgo á que se exponia de que lo matasen sus
    compatriotas, en caso de saber que él habia declarado lo que ellos tanto
    ocultaban, expresó con lágrimas en los ojos, que sabe real y
    verdaderamente que estan los españoles en la laguna de Puyequé, pasado
    la que se repecha un risco, y hay un estero que llaman Llauqueco, muy
    correntoso y profundo, y es en donde los indios tienen su sentinela,
    para no dejar entrar ni salir á ningun español, de una parte ni otra.
    Que para dar la vuelta á entrar donde están los españoles, hay mucha
    risqueria, pero que del cerro de Llauqueco se divisa la poblacion, y
    algunas colorean como tejas. Que hay muchos españoles, y que se visten
    de lienzo, porque siembran mucho lino, y tienen paño muzgo y colorado
    que tiñen con _relvun_. Que tienen iglesia, lo que sabe por otro que
    estuvo allí seis dias en tiempo que hicieron una procesion, y que la
    tienen cubierta de plata, que parece una ascua. Que á este indio lo
    llevó á escondidas un cacique que mandaba el sentinela, y le encargó que
    no le viesen, porque le quitarian la vida aquellos españoles. Que desde
    que nació sabe que estan ahí esos españoles; y desde Valdivia allá hay
    cinco dias de camino, con otras particularidades que refiere; entre las
    que expresa los rios y esteros caudalosos que hay que pasar, y los
    indios que guardan la entrada.

    5.° El cacique nombrado Artillanca, que lo es de la reduccion de
    Guinchilca, declara á fojas 50 que estan allí aquellos españoles, en la
    laguna de Puyequé: que él tiene conocimiento de muchos años á esta
    parte, y desde que tiene uso de razon, sabe que allí estan acimentados.
    Que todos los indios con quienes ha comunicado, y particularmente sus
    padres y abuelos, siempre le han contado lo mismo, adquirido de aquellos
    indios que tratan con los españoles. Que estos son muchísimos, y tienen
    su Rey, pero que segun sabe de cierto, ellos no han querido salir,
    porque ahora años hicieron un parlamento, y digeron en él que tenian
    todo lo que habia menester, y no querian sugetarse al Rey de España. Que
    ahora tiempo tuvieron estos españoles una campaña con los indios
    fronterizos, en la que mataron á seis caciques principales y á
    muchísimos indios. Que despues acá no han tenido guerra, pero que tienen
    muy cuidado el camino, para que no se salga, ni entre á su poblacion; y
    que donde está el sentinela hay una angostura, en donde los españoles
    suelen poner una cruz; pero los indios la quitan y les ponen una macana
    con sangre. Que tienen iglesia grande en su poblacion, y mucha plata y
    oro que allí sacan. Que visten de muzgo y colorado, son muy guerreros,
    tienen ganados y siembran mucho. Que si los nuestros quisieran ir allá,
    hallarian mucha oposicion, porque hay muchos indios alzados que lo
    impiden. Que el camino mas derecho para ir á estas poblaciones es el de
    los Llanos, mejor que por Guinchilca; y que aunque en tiempo del
    Gobernador D. Juan Navarro, se le preguntó sobre este asunto, lo ocultó,
    porque ha tenido miedo si decia algo, de que lo matasen sus contrarios.
    Pero que ahora estaba tan agradecido del cortejo que le habia hecho D.
    Joaquin de Espinosa, y tan satisfecho de su amistad, que no habia podido
    callarle nada, y así le habia abierto su pecho, para decirle la verdad
    de todo lo que sabe.

    6.°. A fojas 89 declara el cacique Llancapichun, de la reduccion de
    Ranco, con el indio Santiago Pagniqué, que es cierto y evidente que se
    hallan allí aquellas gentes españolas en el otro lado de una laguna
    grande, nombrada de Puyegué: que es mucha la gente que hay, toda blanca,
    como nosotros: que usan de los mismos vestidos, que tienen casas,
    murallas, y embarcaciones con que se manejan en la laguna, y salen á
    pescar. Que tienen tambien armas de fuego; y que no solo hay esta
    poblacion sino otra mas adentro: que ellos están prontos á guiar á los
    nuestros, si quieren pasar allá, pues ya conocen que queremos buscar á
    los de nuestra sangre. Que tenian parlado ellos sobre el asunto con los
    indios Puelches, de las inmediaciones de sus tierras, y les habian
    ofrecido ayudar á los españoles si entraban á sacar á los otros. Que se
    oponen á esta entrada muchos indios que hay hasta llegar á la laguna,
    que son los que siempre han defendido la entrada y salida de aquellas
    gentes. Que desde la casa de Llancapichun, hasta llegar á la orilla de
    la laguna, desde donde se divisan los españoles que se buscan, hay
    veinte y cuatro horas de camino montuoso, con algunas angosturas y
    cerrillos. Que hay dos rios que pasar, cuyo tránsito puede facilitarse
    con armar embarcaciones, que es muy fácil á los nuestros: y que así
    estaban ya prontos á guiarnos, esperando solo la determinacion del
    Gobernador, á quien ocurririan siempre que sus contrarios les quisiesen
    insultar, por haber declarado estas noticias.

    7.º A fojas 26 del cuaderno segundo depusieron los caciques de Rio
    Bueno, Queupul, Neyguir, Payllalao, Teuqueñen y Millagueir, que era
    cierto que estaban allí tales españoles, obligándose á enseñar la
    poblacion y á poner á los nuestros con el cacique Cañilef en parage
    donde la divisasen, y lo mismo aseguraron á Francisco Agurto, Blas Soto,
    Miguel Espino y Tomas Encinas, los caciques Antili, Guayquipagni,
    Tagollanca, Leficura, Cariñancú, y otros seis mas, segun consta de la
    carta de fojas 35 de este propio cuaderno segundo, cuyas noticias
    confirmaron al cadete D. Manuel de la Guarda: añadiendo el apronto de
    sus lanzas, y que era preciso para ir sin susto, que la marcha para el
    descubrimiento debia ser por el mes de Setiembre, y antes de que se
    abriese la Cordillera, para no tener así temor de que los Peguenches y
    Puelches saliesen á impedirles el paso.

    8.° Francisco Agurto declara nuevamente á fojas 49, que con motivo de
    haber sido uno de los que fueron al otro lado del Rio Bueno en la
    escolta que se dió al cacique Queupul, como parcial nuestro, consiguió
    hablar sobre la existencia de los españoles, nominados _Césares_, con
    varios indios, á quienes por haber hallado muy adictos al Gobernador y á
    los españoles, pudo ya sin cautela tocarles este asunto de ellos,
    siempre cautelosamente promovido. Que de estas conversaciones resultó
    que el cacique Neucupangui, que tiene su habitacion y terreno adelante
    de Rio Bueno hácia las cordilleras, le comunicase que los españoles que
    buscábamos, estaban á este lado de la Cordillera; pero que fuera de
    estos habia al otro lado, á orillas del mar, otros _Huincas_, ó
    españoles muy blancos, que eran muchos, y se hallan allí poblados de
    navíos perdidos; que eran muy valientes, tenian murallas, y no se darian
    por bien. Que eran muy ricos, y tenian comercio, porque entraban
    embarcaciones en su puerto. Que esta gente se comunicaba con otros
    llamados _Césares_, por un camino de risqueria, que solo á pié se podia,
    andar, en que tardaban dos dias. Que toda esta declaracion la oyó el
    declarante, igualmente de otro cacique, llamado Imilguir, tambien de
    tierra adentro, y que no duda de su certidumbre por la ingenuidad con
    que le hablaban en este particular, pues diciéndoles el que
    declara:–"esos serán los de Chiloé," respondieron:–"esos están por ahí
    abajo, que no ignoramos nosotros para dar esta noticia": lo mismo que
    repite este declarante á fojas 78, contando los pasages que le
    ocurrieron al entrar á la laguna de Puyegué.

    9.° A fojas 15 dice la india Maria, natural de Naguelguapí, que su madre
    tenia amistad con unos españoles que se hallaban inmediatos á su tierra,
    y que con el motivo de haber caido enferma, la llevó á una islita, en
    donde habia un religioso y una señora de edad: que el religioso tenia
    los hábitos como los de San Francisco, y la quizo bautizar, y ponerle
    por nombre _Teresa_. Que dicho religioso estaba en la isla como
    misionero, y á ella ocurrian á rezar algunos indios. Que inmediato á la
    isla hay una poblacion, situada de la otra banda de la laguna de
    Puyegué, en la cual hay algunos indios y muchos españoles, los que
    habitan en unos altos, sin permitir entrar á los indios. Y á distancia
    de un dia de camino, hay otra poblacion, cuyos dueños tienen muchas
    armas de fuego, y hablan distinta lengua que los primeros, los cuales
    tienen muy pocas armas de fuego, y sí muchas lanzas. Que mantienen
    continua guerra con los de la segunda poblacion por causa de sus
    ganados; y que los primeros, segun lo que la madre de la declarante le
    tiene dicho, usan del vestuario como nosotros, y por zapatos, _sumeles_.
    Que tienen comercio con los otros, de quienes se proveen de lienzos,
    añil y chaquiras, y que tienen una especie de lana que se cria en
    árboles, la que traen de la otra banda de la Cordillera, hacia el Cabo
    de Hornos, conchavándola á los indios. Tambien que aquellos españoles
    solicitan saber de nosotros, pero que los indios les infunden temor,
    diciendo: _que somos muy temerarios y tiranos_, y que por un rio grande
    que es de mares, se comunican los de una poblacion con otra, por unas
    barcas grandes.

    10. A presencia de semejantes atestaciones, parece que no debe ya
    dudarse de la existencia de aquellas poblaciones, bien sean de
    españoles, ó bien sean de extrangeros, que segun el uniforme dicho de
    los indios, hay en la una y otra banda de la Cordillera hácia la parte
    del sur, y en la altura del estrecho de Magallanes y Cabo de Hornos:
    porque aunque no puede negarse que han producido con alguna variedad sus
    asertos y noticias, en cuanto á la situacion de tales poblaciones, esto
    puede provenir de varias causas y motivos. El primero de la misma
    naturaleza de los indios, que siendo sumamente recelosos del español,
    muy tímidos y observantes de sus ritos como leyes inviolables, segun lo
    advierte Francisco Agurto, á fojas 98 vuelta, y en su declaracion de
    fojas 96, no es inverosimil persuadirse, que ya que descubren el
    secreto, para ellos misterioso, y de la mayor gravedad, varien en una ú
    otra circunstancia. El segundo, de que los intérpretes ó lenguaraces no
    hayan entendido bien lo que ellos han querido decir, explicando los
    lugares de la situacion. Y el tercero, de que los mismos indios por su
    rudeza no hayan sabido explicar este punto. Y así debe atenderse
    principalmente á la substancia de lo que declaran acerca de la efectiva
    existencia de dichas poblaciones, mayormente estando todos contestes en
    cuanto á este punto, sin que lo contrario arguya el éxito de las
    expediciones hechas á costa del coronel D. Joaquin de Espinosa, de que
    dá puntual razon el Reverendo Padre Fray Benito Delgado, en su carta de
    fojas 99 del 5.º cuaderno, y á fojas 127 los cadetes D. Miguel, y D.
    Manuel de la Guarda, D. Joaquin, y D. Juan Angel Cosio, el sargento
    Gregorio Pinuer, el condestable Pedro Alvarez, los cabos Teodoro Negron,
    y Feliciano Flores, y los soldados Francisco Agurto, Baltazar Ramirez,
    Miguel Espino, Tomas Encinas, Andres Olguin, y Domingo Monte-alegre.
    Pues, confesando que no pasaron á mucha distancia de las lagunas de
    Poyequé y Llauquigue, ni llegaron á la otra laguna de Puraylla, que
    divisaron desde un alto de la Cordillera, donde vieron algunos humos, y
    que oyeron unos tiros, como de esmeril ó pedrero, los que pudieron ser
    efecto de los volcanes inmediatos, no debe tenerse esto por documento
    suficiente que califique absolutamente la falsedad del comun y general
    aserto de los indios, y mucho menos cuando los caciques, en el acto
    mismo de reconocer estos españoles las precitadas lagunas, ratificaron
    las mismas noticias aseverando que los Moro-huincas de la segunda
    poblacion son ingleses, y que son muy guapos, que estan muy lejos, y muy
    fortificados, como se vé á fojas 35 y fojas 36 de dicho 5.º cuaderno.

    11. Si V.S. recuerda las memorias de las épocas anteriores, hallará que
    nuestra nacion española no tuvo mejores ni iguales fundamentos para
    haber hecho los descubrimientos que admira todo el orbe. Despues que el
    almirante D. Cristoval Colon, obtuvo las noticias que le comunicó el
    Piloto Alonso Sanchez de Huelva, de la nueva tierra que habia visto,
    juzgándolas por sueño los de su propia república, y las coronas de
    Portugal, Francia é Inglaterra, á quienes convidó con ellas:–despues
    que habiendo vencido inmensos trabajos, logró descubrir la isla nombrada
    Guanani, que ultimamente se llamó de San Salvador, no tuvo otro
    comprobante de la existencia de las demas que halló, que el dicho y
    aserto de los indios. Cuando Barco Nuñez de Balboa descubrió la tierra,
    en que se fundó la villa de Santa Maria, la antigua del Daryen, no tuvo
    otro antecedente para saber de la situacion del mar del sur, y de las
    tierras del Perú que el dicho de un hijo del cacique Careta, apuntándole
    con el dedo hácia el medio dia. El marquez D. Francisco Pizarro,
    habiendo navegado hasta la tierra del Tumbez, no tuvo otro fundamento
    para creer la existencia del Cuzco, su riqueza y poderoso imperio, que
    el dicho de los mismos indios Tumbezes. Y en fin el Adelantado D. Diego
    de Almagro, para haber tomado á su cargo el descubrimiento y conquista
    de este reyno de Chile, no tuvo mas fundamento que las noticias que le
    comunicaron en el Cuzco los indios de aquella jurisdiccion, igualmente
    que el Inca Mango sucesor de los dos hermanos Guacan y Atahualpa. Con
    que se concluye, que el simple dicho y aserto de los indios, por los
    efectos que en todos tiempos ha causado, no debe despreciarse
    enteramente, y mucho menos cuando es uniforme y conteste entre los
    mismos que lo producen.

    12. Bien es, que el demasiado deseo de nuestros españoles por las
    riquezas y metales preciosos, ha llegado á fabricar en sus ideas algunos
    paises ó poblaciones imaginarias en estas Américas, cuya fantasía se ha
    apoyado con el embuste de los indios, que por apartar de sí á los
    nuestros, han procurado empeñarlos en el descubrimiento y conquista de
    algun pais riquísimo, que fingian hácia tal ó tal parte: como sucede en
    el Perú, donde corre la opinion de que entre aquel reyno, y el Brasil
    hay un dilatado y poderoso imperio, á quien llaman el _Gran Paytití_,
    donde dicen se retiró con inmensas riquezas el resto de los Incas,
    cuando se conquistó el Perú por los españoles, sustituyendo el nuevo
    imperio en lugar del que habian perdido: sobre cuyo descubrimiento y
    hallazgo se han dedicado muchos con esmero, y gastado crecidas
    cantidades, sin otro fruto que el desengaño. En la provincia de la
    Guayana, que está al sur de Caracas, se dice así mismo que hay un
    pueblo, á quien llaman _el Dorado_, por ser tan rico, que las tejas de
    las casas son de oro; y al norte del nuevo Méjico, que hay un pais
    denominado la _Gran Quivira_, reducido á un imperio floridísimo, que se
    formó de las ruinas del Mejicano, retirándose allí cierto principe de la
    sangre real de Montezuma. Y aunque sobre descubrir esta Gran Quivira, no
    se han impendido gastos algunos, pero sí se han erogado muchos sobre el
    Dorado, sin que se haya conseguido otro favorable efecto, que el que han
    tenido las expediciones del _Gran Paytití_. Y teniendo presente estos
    acaecimientos, algunos críticos han colocado las poblaciones de los
    españoles, que llaman _Césares_, entre los paises imaginarios, fundando
    su opinion en los antedichos egemplares, y en que no han podido ser
    hallados, sin embargo de la solicitud con que muchas veces han sido
    buscados: como entre otros sucedió con el Padre Nicolas Mascardi, de la
    Compañia de Jesus, apostol de las Indias de Chiloé, que habiendo entrado
    tierra adentro en demanda de estas poblaciones, el año de 1673, solo
    consiguió morir á manos de los indios Poyas.

    13. Mas aquí tenemos otros fundamentos sólidos, que hacen verosimil la
    existencia de los españoles, á que el vulgo ha querido denominar los
    _Césares_, porque los indios que la han declarado uniformemente, nada
    han dicho de ponderacion que pueda mover la codicia, pues han asegurado
    que tienen lino, que tienen casas de paja y totora, que tienen
    artilleria menuda, pocas armas de fuego, y muchas lanzas, con otras
    particularidades que no militan en el imperio del _Paytití_, y poblacion
    del _Dorado y Gran Guivira_. Han expresado que semejantes poblaciones de
    españoles proceden de los que se salvaron en el asedio de las siete
    ciudades, acaecido en el año de 1599; y siendo todo esto muy verosímil,
    como tambien que puedan ser de los que habitan la ciudad de las Infantas
    que se desapareció en aquel tiempo, sin que se pudiere saber el fin que
    tuvo, ni donde estuvo situada, no hay desde luego razon, para que,
    inclinándonos á la opinion de los críticos, creamos que son fingidas é
    imaginarias tales poblaciones. A lo que se agrega otra reflexion, que
    nace del naufragio que han padecido algunas naves en el estrecho de
    Magallanes. Segun nos cuentan las historias, entre las armadas que se
    han perdido en ese estrecho, una fué la de cuatro navios que despachó el
    Obispo de Placencia para poblar las islas Malucas; los cuales habiendo
    llegado con buen tiempo al Estrecho, hallándose veinte leguas dentro de
    él, se levantó por la proa un viento tan récio, que no pudiendo volver
    atrás ni tener por donde correr, dieron los tres de ellos en tierra, y
    se perdieron; pero no la gente, que esta se salvó. La cuarta nave tuvo
    mejor suerte, porque corriendo fortuna, pudo desembocar otra vez al mar
    del norte, y sosegada la tempestad, volvió á envestir al Estrecho, y
    llegó al parage donde se habian perdido las compañeras, hallando en
    aquellas riberas la gente que se habia salvado en tierra: los que viendo
    la nave, comenzaron á hacerle señas, y á gritar á los que iban dentro,
    pidiéndoles que los recibiesen: pero que no lo hicieron, porque los
    bastimentos que habian quedado eran tan pocos, que temian no bastasen
    aun para los del navio.

    14. Ahora pues, como no se sabe con certidumbre qué se haya hecho de
    estos hombres, y se dice, por otra parte, que en la realidad hay gente
    de Europa poblada hácia el Estrecho de nuestro continente, no es dificil
    persuadirnos que, viéndose perdidos, se entrasen tierra adentro, y
    emparentando con alguna nacion de indios de los que allí existen, se
    hayan ido multiplicando de manera, que se hayan dejado sentir de las
    naciones mas vecinas, y de estas pasado á otras las noticias, que
    siempre han corrido muy vivas, de que en efecto hay tales gentes en
    aquel parage, á quienes llaman _Césares_: sin duda por la tradicion de
    que, reinando el emperador Carlos V., salió un navio cargado de familias
    para poblar este sitio, y varando en la costa el bajel, entraron ellos
    tierra adentro, y formaron la citada poblacion. Consideraciones todas
    por que los geógrafos la han situado en una abra de la Cordillera
    Nevada, entre los 45 y 50 grados de latitud.

    15. Cuando no hubiesen otras razones que fundasen la necesidad de
    indagar la real y verdadera existencia de estas poblaciones, serian sin
    disputa, en concepto del Fiscal, un poderoso motivo, para que por todos
    los medios posibles se procurase salir de toda duda y equivocacion; pero
    habiendo sospechas vehementísimas, que casi hacen evidente el
    establecimiento de naciones extrangeras en los terrenos que hay del
    estrecho de Magallanes para el norte, tampoco hay arbitrio para que
    dejen de verificarse las expediciones que propuso el coronel D. Joaquin
    de Espinosa, en su carta de 4 de Marzo de 1778, que se halla á fojas 143
    del cuaderno 5.°

    16. Sobre las noticias que de ellos han dado los indios, y quedan ya
    apuntadas, concurre la notable circunstancia de haber sido siempre este
    fertilísimo reyno el objeto de la envidia de las naciones, extrangeras,
    especialmente de la inglesa. Prueba de ello es el continuo desvelo con
    que esta potencia se ha dedicado á indagar la situacion de los puertos,
    costas y ensenadas de nuestra América meridional, y los viages que
    prácticaron al mar pacífico los piratas Francisco Drake, el año de 1579,
    entrando al puerto de Valparaiso; Tomas Candish, ó Cavendish, el de
    1587, dejándose ver en la isla de Santa Maria y Valparaiso; Ricardo
    Achines en el de 1593; Oliver de Noort el de 1599; Jorge Spilberg en el
    de 1615, con seis navios; Jacobo Lemaire, Guillermo Schouten y Guillermo
    Fiten el de 1616; Henrique Beaut, que el de 1633 con una escuadra
    considerable salió de Pernambuco, y entró en el mar del sur; por el
    estrecho de Lemaire. Era su ánimo tomar el presidio de Valdivia, y
    fundar allí una colonia: pero habiendo desembarcado su gente, y
    empezádose á fortificar en aquel sitio, el Gobernador de la plaza y su
    guarnicion, ayudados de los indios, los desalojaron á cuchilladas,
    obligándoles á abandonar el puesto. Henrique Morgan, el de 1669, Carlos
    Henrique Clarke, el de 1670; y el de 1680, Bartolomé Charps, Juan
    Guarlen, y Eduardo Valmen saquearon los puertos y lugares abiertos de
    las costas del Perú y Chile. Y en el presente siglo, Tomas Colb, el año
    de 1708; Juan Chilperton el de 1720; Eduardo Wernon el de 1740; y el de
    1741 el vice Almirante inglés, Jorge Anson; y en fin el viage del
    comandante Byron, hecho al rededor del mundo, y la descripcion puntual
    que de órden del almirantazgo egecutó del Estrecho, mencionando sus
    bahias, puertos, rios y ensenadas, el año de 1764.

    17. Estas consideraciones, unidas á las que con maduro acuerdo hace el
    capitan D. Manuel Josef de Orejuela en las tres representaciones que ha
    exhibido con fechas de 21 de Noviembre de 1781, 18 de Febrero, y 12 de
    Abril del corriente año, califican en tanto grado la sospecha de que los
    ingleses se hayan poblado y fortalecido en algunos de puertos que hay
    desde la bahia de San Julian para el sur hasta el Cabo de Hornos, que
    apenas habrá hombre prudente que, reflexionando con detenida meditacion
    la materia, dude de semejantes establecimientos. Pero como es este un
    punto de los mas graves é interesantes al Estado, es forzoso que el
    distinguido celo de V.S. para remover todo escrúpulo de duda, no omita
    diligencia, por leve que sea, á fin de esclarecer estas sospechas. Y
    supuesto que el capitan Orejuela, en el capítulo 12 de su representacion
    de fojas 5 del 9.º cuaderno, expresa haber reconocido cierta declaracion
    tomada al Reverendo Padre Prior del convento de San Juan de Dios del
    presidio de Valdivia, en que aseguraba que, habiendo salido de Cádiz el
    año de 750, en el navío _el Amable Maria_, en la altura de 50 grados de
    latitud al sur, descubrió en uno de los cerros de aquel estrecho, que
    tenian á la vista, un hombre embozado en una capa azul, con sombrero
    negro redondo; y una muger igualmente vestida de azul, que se reconocia
    serlo por la ropa talar, acompañados de un perro grande blanco y negro;
    á quien habiendo llamado á la voz con señas, no respondieron palabra: y
    otra de los Reverendos Padres Misioneros venidos en el _Toscano_, en que
    constaba, que á la altura de 37 grados de latitud, por la parte del sur,
    encontraron una embarcacion inglesa de dos palos, que dijo se entretenia
    en la pesca de ballena, y los obsequió con un barril de aceite de ella,
    en correspondencia de otro de aguardiente, con que el capitan español
    los cortejó; seria muy oportuno y conveniente, que una vez que no se
    encuentran en estos autos semejantes declaraciones, se sirva mandar
    V.S., que informe el citado Padre Prior del convento de San Juan de Dios
    de Valdivia, y los religiosos misioneros venidos en el _Toscano_, sobre
    los pasages mencionados; y que expresando el capitan Orejuela, cual es
    la persona que le ha comunicado las noticias que refiere en los
    capítulos 32, 33 y 36 de su representacion de fojas 5, se le tome
    igualmente su declaracion jurada al tenor de los hechos relacionados en
    los capítulos 33, 36 y 37.

    18. Convendrá así mismo se tome igualmente declaracion al caballero
    francés Mr. Romanet, que se dice hallarse hoy en Buenos Aires, empleado
    en nuestra marina real, y destinado entre otros oficiales de este cuerpo
    á la division de los límites con Portugal, para que exponga con la
    debida claridad, si es cierto que cuando acompañó á Mr. de Bougainville
    en el viage que hizo al rededor del mundo, al desembocar el estrecho de
    Magallanes, por donde pasaron al mar del sur, vieron un _sloop_ á corta
    distancia; el cual, sin embargo de hallarse bien cerca de tierra,
    inmediatamente viró de bordo, y giró para ella; por lo que al instante
    lo perdió de vista la fragata francesa. Y en esta atencion puede V.S.,
    siendo servido, pasar el correspondiente oficio al Exmo Sr. Virey de
    Buenos Aires, á efecto de que S.E. disponga lo que tenga á bien sobre
    esta importante diligencia, y que remita dicha declaracion á V.S. para
    que se agregue á los autos.

    19. Y por lo que respecta á los medios y arbitrios que propone el
    nominado capitan para la mejor defensa de este reino, especialmente en
    cuanto á que la escuadra, que ha despachado Su Magestad para el seguro
    de estos mares, se destine á guardar la plaza de Valdivia, dándose á su
    Comandante la comision de inspeccionar aquella fortaleza y artilleria, y
    á esta Capitanía General las facultades del Exmo. Sr. Virey, para que,
    en el caso de ser preciso variar las órdenes que se comunican á los
    comandantes, pueda resolver y mandar cuanto convenga al real servicio
    puede V.S., siendo servido, consultarlo con S.E., remitiéndole
    testimonio íntegro de este cuaderno 9, en que se incluyen las tres
    representaciones hechas por el capitan D. Manuel de Orejuela, á fin de
    que la consumada práctica y pericia de S.E. en el arte de la guerra
    disponga lo que tuviere por conveniente; pues el Fiscal cree que el
    único seguro medio de guardar este reino es el de que se acceda á las
    propuestas que sobre este punto hace el precitado D. Manuel: por lo que
    desde ahora pide y suplica á V.S. se sirva hacer formal instancia en
    aquella superioridad, á efecto de que cuanto antes se dé este destino á
    la escuadra real en la plaza mencionada.

    20. Con lo expuesto hasta aquí, ha evacuado el Fiscal su respuesta en
    órden á los puntos concernientes á poblaciones de españoles y
    establecimientos de extrangeros en nuestro continente, y así concluirá
    su discurso acerca de estos mismos puntos, con expresar á V.S. la
    substancia y concepto que ha formado de lo que el indio guilliche
    Guechapague y los caciques Curical, Guillapangui y Quiñaguirrí
    comunicaron al capitan de la reduccion de Maquegua, D. Fermin Villagran,
    y ha expuesto en las declaraciones que de órden del Maestre de Campo,
    General de la ciudad de la Concepcion, se le recibieron, y constan á
    fojas 99 y 102, del citado cuaderno 9.

    21. En una y otra expresa Villagran haberle asegurado los antedichos
    caciques é indios, que habia una poblacion de españoles, que estaban
    comprando á las cautivas, los cuales se han situado á la orilla del rio
    Miuleú, cuyo trage es de paño azul, y otros de amarillo; el sombrero
    chico y apuntado de tres picos, y mantienen comercio con el cacique
    Curihuentú, que dista de ellos dos leguas, y que en distancia de seis,
    tierra adentro de la desembocadura de dicho rio en la mar, está la nueva
    poblacion muy bien fortificada con su estacada, y mucha artilleria
    gruesa. Y aunque D. Manuel de Orejuela, en vista de esta declaracion,
    procura fundar que es de ingleses este nuevo establecimiento, el Fiscal
    cree y conceptua que no es así, sino que esas son nuestras nuevas
    poblaciones, que de órden de S.M. se han verificado en la Bahia sin
    Fondo, como el Exmo. Señor Virey de Buenos Aires lo anuncia á V.S. en su
    carta, fecha en Montevideo, á seis de Mayo de este año. Manifestará la
    razon en que funda su dictámen, y quedará la materia tan clara como la
    luz del dia.

    22. Segun el mapa geográfico de la América Meridional, dispuesto y
    grabado por D. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, impreso en Madrid el
    año de 1775, el rio Mianlú, Leubú ó Sanquel, que los indios llaman
    Miuleú é Neuquen, es el mismo rio que nosotros le llamamos Negro, el
    cual toma su orígen de las lagunas de Guanachi, desde donde corre norte
    sur, hasta la altura de 38 ó 39 grados de latitud, y desde ahí sigue del
    occidente al oriente con alguna oblicuidad, hasta desembocar en el mar,
    donde se forma la Bahia sin Fondo. Con que si esto es así, y constante
    que las nuevas poblaciones de españoles se hallan situadas en la
    expresada bahia, en que el rio de Miuleú desemboca al mar, es evidente
    la verdad con que hablaron los caciques é indios Guilliches al capitan
    Villagran, y que no debe por esa parte recelarse establecimiento de
    extrangeros, quedando así enteramente desvanecido el concepto que acerca
    de este punto ha formado el capitan Orejuela.

    23. Pero como subsisten vigorosas las demas razones y fundamentos que
    forman una mas que semiplena probanza de la realidad del establecimiento
    de nuestros enemigos en aquellos propios terrenos, por eso, con
    justísima razon el poderoso invicto Monarca, que felizmente nos
    gobierna, tuvo á bien expedir la real órden de 29 de Diciembre de 1778,
    en que, á consecuencia de las actuaciones que promovió el distinguido y
    ardiente celo del Coronel D. Joaquin de Espinosa, se sirvió adoptar las
    oportunas y bien fundadas reflexiones que le hizo esta Capitanía
    General, en apoyo de la propuesta que el Coronel D. Joaquin explicó en
    su carta de fojas 143, del cuaderno 5, dejando á la discrecion de este
    Superior Gobierno el arreglo de las expediciones que han de egecutarse,
    con el importantísimo objeto de descubrir semejantes establecimientos, y
    salir de una vez de dudas y equivocaciones: graduando el tiempo en que
    convenga se verifiquen con la menos costa que sea posible: formando á
    este efecto las instrucciones que hayan de observarse, y cuidando de
    precaver en ellas todos los riesgos que las pueda empeñar en la pérdida
    de gentes, sin una necesidad muy urgente, y que no pueda remediarse ó
    alcanzarse, por razon de haber de hacer sus marchas por parages
    desconocidos. En la inteligencia de que, el Señor Capitan General de
    este reyno ha de entenderse en derechura con el Exmo. Señor Virey del
    Perú, para cuanto le ocurra sobre este particular: á cuyo fin le ha
    prevenido S.M. preste los auxilios de tropa y demas que sea conveniente
    para la consecucion de esta empresa.

    24. Esta real resolucion, y las que le contienen en las órdenes de 2 de
    Diciembre de 1774, 10 de Agosto de 75, 18 de Julio de 78, y 29 de
    Diciembre de 78, que se contienen en el 7.º cuaderno, manifiestan la
    decidida real voluntad, acerca del efectivo envio de las expediciones
    proyectadas por el Coronel D. Joaquin de Espinosa, en su citada carta de
    fojas 143 del 5.° cuaderno. Y en esta virtud, lo que hoy únicamente
    resta, y de que se debe tratar, es del tiempo en que convendrá
    egecusarse estas expediciones, y del modo y circunstancias que deban
    observarse antes, y en el acto de su verificativo.

    25. El Exmo. Sr. D. Agustin de Jauregui, siendo Gobernador y Capitan
    General de este reino, inteligenciado de la juiciosa conducta del
    Coronel D. Joaquin, y del mérito que sobre este particular tenia
    contraido, puso al cargo y mando de este oficial las operaciones
    referidas, y le ordenó en carta de 20 de Agosto de 1779, que para
    formalizar las correspondientes instrucciones, con total arreglo á las
    soberanas intenciones de S.M., y al religioso espíritu que manifiesta la
    misma real órden de 29 de Diciembre, le previno, que con la posible
    anticipacion y reserva le expusiese cuanto considerase preciso y
    necesario para habilitar dichas expediciones, de modo que, por falta de
    víveres, bagages, armas, municiones y pertrechos no tengan que padecer
    necesidades, peligros, ni atraso en las marchas á su destino: lo que
    podria facilitarse de estos auxilios y provisiones en la plaza de
    Valdivia y su jurisdiccion; y lo que habia de llevarse en el navío del
    situado, así de esta capital como de la de Lima. En el concepto de que
    habian de ser dos las expediciones: las que, á un tiempo determinado,
    debian salir una por Chiloé, y otra por Valdivia. Le previno tambien que
    le informase si le ocurria reparo, en que de las cuatro compañías que
    habian de venir del Callao, se remitiesen dos á Chiloé, para que á su
    abrigo puedan venir las milicias que destinare el Gobernador de aquella
    provincia á reunirse con las que saliesen de esta otra plaza, y la tropa
    que las habia de acompañar; y así mismo, si habria caballerías
    bastantes, para las remontas que se consideran precisas, haciendo
    atencion al número de que se hubiese de componer la expedicion.

    26. Previno S.E. igualmente al coronel D. Joaquin, le informase, qué
    tiempo le parecia el mas, á propósito para la salida, á efecto de
    adelantar las órdenes correspondientes al mas breve apronto de las
    provisiones de boca y guerra, y de todos los útiles que comprendiese
    necesitarse, como el de los agasajos que mas apetézcan los naturales del
    tránsito, dándole razon de unos y otros. Y considerando lo que importa
    conferir tambien la materia con el Gobernador de Chiloé, antes de
    ocurrir al Exmo. Sr. Virey del Perú, por los auxilios de tropa y demas
    que fuese preciso, le dirigió un pliego rotulado á dicho Gobernador,
    para que lo remitiese á Chiloé, en alguna piragua, ó embarcacion de
    particulares; con órden de que la comprase de cuenta de Su Magestad, si
    fuese capaz de poderse continuar en ella la correspondencia con aquella
    provincia, y en él de que no la hubiese, que dispusiese la construccion
    de una, adecuada al fin enunciado: haciéndole otras prevenciones
    conducentes á procurar la mayor seguridad de la expedicion, y el acierto
    de la ruta que se ha de elegir, y á facilitar el debido cumplimiento de
    la real órden de Su Magestad, con la prontitud deseada. Y sin embargo de
    ser necesarísima la decision de estos puntos, no se encuentra en los
    autos razon ni carta alguna del coronel D. Joaquin, en que explique su
    dictámen en cuanto á ellos; ni tampoco la respuesta que debió dar el
    Gobernador de esta provincia de Chiloé, en consecuencia del pliego que
    se le dirigió por la via de Valdivia.

    27. En las cartas de fojas 83 y 84 del 7.° cuaderno, fechas á 12 de
    Junio de 1780, expresa el Exmo. Sr. D. Agustin de Jauregui, siendo aun
    Presidente de esta Real Audiencia, quedar en su poder la que en
    contestacion de la suya de 14 de Febrero escribió al coronel D. Joaquin
    el Gobernador de Chiloé D. Antonio Martinez y la Espada, con fecha de 27
    de Marzo, la misma que con otra de 15 de Abril le dirigió dicho Coronel,
    consultándole los medios que le ocurrian para facilitar la expedicion
    por la parte sola de Valdivia, atendida la imposibilidad que ponia el
    mencionado Gobernador, de no ser factible se hiciese salida de aquella
    provincia para Osorno, por los motivos que expuso: añadiendo en la de
    fojas 84, quedaba tambien en su poder la razon que con la citada carta
    de 15 de Abril se incluyó, de lo que á D. Joaquin le habia parecido
    añadir á la anterior, remitida para la expedicion proyectada, y que todo
    se agregaria al expediente de la materia para tenerlo presente cuando
    hubiesen de darse las últimas providencias, con arreglo á lo resuelto
    por Su Magestad. Y segun lo que estas dos cartas ministran, se
    comprende, que _de facto_ el coronel D. Joaquin de Espinosa evacuó el
    informe de aquellos puntas que se le previnieron en la de 20 de Agosto
    de 79, ó á lo menos que expuso su dictámen sobre algunos de ellos: y
    pues conducen en gran manera para que V.S. pueda tomar sus medidas en
    este grave y delicado asunto, parece corresponde se sirva mandar, que
    así en la Secretaría de cámara de esta Capitanía General, como en la
    escribanía de este Superior Gobierno, se busquen y soliciten esos
    documentos, para que se agreguen á los autos de la materia. Y en el caso
    de que no se encuentren, que se escriba una carta órden al teniente D.
    Marcelo de Arteaga, albacea del coronel D. Joaquin, previniéndole
    solicite entre los papeles de este oficial el borrador de la carta de
    15 de Abril de 780, escrita á esta Capitanía General, y el de la razon
    con que la acompañó; y sacando copia puntual de uno y otro, la remita á
    manos de V.S., para los fines que convengan al real servicio.

    28. Bien es que el capitan D. Manuel de Orejuela tiene absueltos todos
    esos puntos en sus enunciadas representaciones, en que ha expuesto
    parecerle conveniente, que se haga una sola salida por Chiloé con mil
    hombres de tropa arreglada, y quinientos mas para allanar los caminos, y
    conducir los bagages, pertrechos de guerra, y demas que ocurra en tan
    vasta empresa: refiriendo el número y clase de armas, y los otros
    preparativos de guerra y boca que conceptua indispensables. Y por el
    mismo caso de estar opuestos los dictámenes, pues el coronel D. Joaquin
    en su citada carta de fojas 149 del quinto cuaderno, propuso que era
    suficiente el número de cuatrocientos hombres de armas, así para allanar
    el antiguo camino de Osorno á Chiloé, como para verificar los
    descubrimientos que se apetecen, haciéndose á un mismo tiempo dos
    entradas por Valdivia y por Chiloé, es forzoso que V.S. reconozca todos
    los papeles y cartas, que sobre esto hubiese escrito el coronel D.
    Joaquin, mayormente estando tambien opuesto el dictámen del Gobernador
    de Chiloé D. Antonio Martinez y la Espada, segun se enuncia en la citada
    carta de fojas 83 del cuaderno septimo.

    29. Entre los muchos y buenos arbitrios que propone D. Manuel Orejuela,
    parece al Fiscal muy oportunos y convenientes dos. El primero, él de
    llevar la expedicion las canoas de viento, necesarias para el tránsito
    de los rios y lagunas que se ofrecen en el camino, fabricándose de
    pieles de lobos marinos, á poca costa, en que pueden cargarse de 15 á 18
    quintales, y conducirse cuatro hombres, á mas del que fuere á
    regresarla. Y el segundo, el que se traslade toda la gente y guarnicion
    que hoy existe en la isla de Juan Fernandez, y se reuna en la plaza de
    Valdivia: pues siendo esta la llave de todo el reyno, á ella se debe
    aplicar todo el cuidado, y la mayor fuerza, siendo escusada la del
    presidio de Juan Fernandez, porque esta isla estará bastantemente
    guardada, siempre que se dé órden á los navios de la carrera que la
    reconozcan en los viages que hicieren de Valparaiso al Callao, y tengan
    cuidado de avisar, lo que en ella notasen, á este Superior Gobierno y al
    de Lima. Cuyo pensamiento, apoyado con el ejemplar de la traslacion
    hecha de la poblacion que habia en las Islas Malvinas á la bahia de San
    Julian, es un argumento eficaz de la conveniencia, y aun necesidad que
    hay de que se verifique la traslacion que propone D. Manuel de Orejuela.
    Sobre que V.S. con sus superiores luces resolverá lo que le parezca mas
    acertado y conveniente al real servicio, graduando los demas arbitrios
    que insinúa, segun lo exigieren las actuales circunstancias, y las que
    puedan ocurrir, para el mejor acierto de las expediciones proyectadas.

    30. Ya que con haber fallecido el coronel D. Joaquin Espinosa, no han
    podido tener efecto todas las diligencias prevenidas por el Exmo. Sr. D.
    Agustin de Jauregui, en su carta de 20 de Agosto de 1779, concernientes
    no solo á conservar la amistad contraida con los caciques de
    Quinlchilca, Ranco y Rio Bueno, sino á adelantarla, y adelantar tambien,
    si fuere posible, las noticias de la verdadera situacion de los
    establecimientos que se pretenden descubrir, y la de los caminos mas
    cómodos para llegar á sus poblaciones, seria desde luego muy conveniente
    que el notorio celo de V.S. confiriese esta comision al sargento mayor,
    D. Lucas de Molina, ó á otro oficial de honor de la plaza de Valdivia,
    que hubiere manifestado deseo positivo de lograr el hallazgo de tales
    poblaciones: ordenando al Gobernador de la plaza, que lejos de poner
    embarazo en la práctica de estas diligencias, tan interesantes al
    estado, contribuya por su parte, cuanto le sea posible, dando al
    comisionado los auxilios que pidiere y necesitare para el desempeño de
    su comision.

    31. En esta virtud puede V.S., siendo servido, mandar que el comisionado
    haga presente á los caciques amigos, por medio de Francisco Agurto,
    Baltazar Ramirez, ú otros emisarios de su confianza, el deseo de verles
    y manifestarles el agrado que han causado al Rey, á V.S., y al
    Gobernador de la plaza, las expresiones y operaciones, con que en el
    tiempo del Gobierno de D. Joaquin de Espinosa, dieron pruebas de su
    lealtad y verdadera amistad con los españoles; y que con este motivo
    procuren adelantar las noticias de los parages en que realmente existen
    los establecimientos de españoles y extrangeros, si los hubiere, y la de
    los caminos mas cómodos para llegar á sus poblaciones: aprovechando las
    ocasiones que se les presenten de contraer nuevas amistades, y de
    ponerlos en estado de que ellos mismos rueguen por el descubrimiento de
    dichas poblaciones, y ofreciéndoles que, mediante su generosidad, serán
    bien regalados ellos, sus mugeres é hijos. Que persuadan tambien á los
    caciques amigos que procuren convidar á los caciques vecinos, á que
    hagan el mismo allanamiento y propuesta, y de este modo consigan irse
    internando hasta donde puedan, y purificar las noticias que vayan
    adquiriendo, haciéndose al propio tiempo capaces de los caminos y
    parages por donde pueda seguir la expedicion con mayor comodidad y
    seguridad, y arreglarle los alojamientos, encargando para ello á estos
    emisarios que demarquen con cautela los sitios y distancias, y que se
    informen por donde se iba antes á Chiloé, con respecto á ser uno de los
    principales objetos de las expediciones proyectadas, franquear la
    comunicacion con aquella provincia; y que importa muchísimo saber con
    fijeza cual sea el antiguo camino, ó el parage por donde sea mas pronto
    y seguro el tránsito á ella.

    32. Del propio modo puede V.S. prevenir al comisionado, que en atencion
    á haber declarado Domingo Monte-Alegre, natural de Chiloé, que el
    cacique Tanarailla, distante tres leguas del fuerte de Rio Bueno, le
    comunicó que un chilate se hallaba cautivo abajo de Osorno en los
    Juncos, en un parage nombrado Poyigué, que este sabe donde están los
    españoles, y que el cacique le ofreció lo llevaria, sí quisiese, á que
    hablase con él, á cuya propuesta asintió, pero que no lo ha vuelto á
    ver; proponga al mismo Monte-Alegre si se allana á reconvenir al
    cacique, para que lo lleve á hablar con su paisano, procurando se
    verifique la entrada de este español, si es que no se encuentra en ello
    riesgo de su vida, pues si es cierta la relacion del cacique, no hay
    duda que el cautivo, no solo dará razon del sitio en que existen los
    españoles y extrangeros, sino tambien del camino de Chiloé, y si le
    cautivaron los mismos indios Juncos, ó los de otras naciones mas
    avanzadas á aquella provincia, como de lo demas que tenga visto ó
    sabido, con motivo de haber vivido entre aquellos bárbaros.

    33. Así mismo será conducente, qué él comisionado haga que Francisco
    Agurto procure que el cacique Manquemilla le cumpla la oferta que le
    hizo, de que haria llamar á su sobrino Antuala, que vive en las
    inmediaciones de la laguna de Puraylla, para que hablase con él, segun
    se expresa en las actuaciones remitidas por el coronel D. Joaquin de
    Espinosa, de resultas de la expedicion que hizo á su costa, y corren
    desde fojas 125, hasta fojas 140 del cuaderno 5.° Pues cuando no se
    adelante la adquisicion de mas claras luces de la ubicacion de los
    establecimientos que se buscan, se consiguirá que la expedicion pueda
    seguir sin mayor riesgo, y por caminos rectos ó menos ásperos, hasta la
    citada laguna de Puraylla, ó hasta donde alcance la correspondencia de
    Antuala con los caciques é indios de mas adentro. Advirtiéndoles tambien
    que tengan particular cuidado de averiguar, si los indios intermedios
    son muchos ó no, para que V.S. en esa inteligencia, pueda determinar la
    fuerza que parezca suficiente: y en fin, que el comisionado empeñe su
    celo y capacidad, en que los emisarios ó exploradores, bien instruidos
    de sus prevenciones, adelanten cuanto sea posible en esta importancia.

    34. Las mismas reales órdenes están respirando la suavidad con qué S.M.
    quiere se verifiquen estas expediciones, y por eso el principal cuidado
    qué en ellas se ha de tener, es y debe ser, evitar el recelo y
    desagrado de los indios, y de todo punto el uso de las armas, á menos
    que no haya otro recurso para defender las vidas, repeliendo la fuerza
    con una defensa natural; y conseguir por medios suaves la internacion,
    hasta que no quede duda de sí hay ó no los establecimientos que se
    solicita descubrir: asegurándoles de la buena fé con que se camina, y
    captándoles la voluntad, para que espontáneamente se reduzcan á nuestra
    amistad y pidan el establecimiento de misiones en sus tierras; y lograr
    con este antecedente la oportunidad de proponerles, ser para ello
    preciso que queden españoles que acompañen á los misioneros, y los
    defiendan de los rebeldes ó enemigos de los mismos indios.

    Para consolidar la amistad con ellos, se les puede hacer presente la que
    los de la frontera de la Concepcion tienen trababa con nosotros: el amor
    y caridad con que les mira nuestro Soberano, la misma que profesa á
    todos los indios en general. Que no quiere, ni apetece otra cosa que el
    bien espiritual y temporal de todos ellos; que á este fin ha destinado
    en esta capital un hermoso colegio, en que sus hijos sean doctrinados y
    enseñados, costeando la real hacienda los maestros necesarios, para que
    se hagan tan sábios é instruidos como los mismos españoles; y que en esa
    atencion se les proponga deliberen enviar los suyos á este colegio,
    asegurándoles que serán bien tratados, queridos y regalados; cuyas
    insinuaciones no solo convendrá que las expresen á los caciques de
    aquella jurisdiccion los emisarios ó exploradores sobredichos, sino
    tambien el comisionado, el Gobernador de plaza, y aun el oficial ú
    oficiales á quienes se hubiere de encomendar el mando de las
    expediciones, el tiempo y cuando hubiese de llegar y pasar por sus
    terrenos.

    35. Y ya que ha llegado el caso de hablar del modo y arbitrios que
    pueden presentarse para el logro de que estos naturales, abdicando de sí
    aquella ferocidad que les acompaña, y aquel odio y rencor implacable que
    han concebido contra la nacion española, no dejara el Fiscal de apuntar
    uno que le ocurre, y le parece concerniente y oportuno. Las mismas
    actuaciones, que comprenden estos autos, estan acreditando que los
    indios de la jurisdiccion de Valdivia, y todos los de esta nacion en
    general, lo que aborrecen entrañablemente es considerar que puede llegar
    el caso de que los españoles los reduzcan á servidumbre, ó sugeten á
    encomiendas, como lo practicaban y practicaron luego que fundaron las
    ciudades de Osorno, Imperial, Villa Rica, Angól, Valdivia, Infantas y
    Loyola, cuya total destruccion provino del deseo que asistia á los
    subyugados de verse libres de esta especie de esclavitud. En las propias
    actuaciones habrá notado V.S. que aun subsiste en el ánimo de los
    indios, muy vivo el recelo de caer en ese infortunio, y que por eso han
    soltado una que otra expresion relativa á estos puntos, ya diciendo que
    los españoles son muy temerarios y tiranos, y ya que los han de hacer
    esclavos, ó sugetarlos á encomiendas, si se juntan con los Aucahuincas
    que se salvaron del asedio de la ciudad de Osorno.

    36. No es este tema nuevo en los indios de Chile, sino muy antiguo, y
    viene de muy atras. Prueba de ello son los pasages ocurridos al Padre
    Luis de Valdivia, el año de 1613, con los caciques é indios de la
    frontera de la Concepcion. Viendo la Magestad de nuestro Católico Rey D.
    Felipe III., lo poco que aprovechaban los medios de la fuerza y del
    rigor para sugetar á los indios chilenos, que tan soberbios é insolentes
    se hallaban con las victorias que habian tenido, y con la toma y ruina
    de las ciudades que nos destruyeron, se dignó resolver, que totalmente
    se mudase de estilo en esta conquista, y que dejando del todo la guerra
    ofensiva, se redujese solo á la ofensiva: considerando que por este
    medio se reducirian los indios mas facilmente á la Fé, y la recibirian
    con mas amor y aplicacion, viéndose libres del tumulto, y ruido de las
    armas, para lo cual se valió de la prudencia, celo y eficacia del citado
    Padre Luis de Valdivia, religioso de la extinguida compañia de Jesus,
    eligiendo por Gobernador á D. Alonso de Rivera, que á la sazón lo era
    del Tucuman, y antes lo habia sido de Chile. Luego que este religioso
    llegó á la Concepcion, empezó á tratar con los indios de guerra, de los
    medios de la paz que de parte del Rey les ofrecia, dando principio por
    las naciones cercanas, que eran las de Arauco, Tucapel y Catiray, á
    quienes envió los mensageros que tuvo por convenientes. Noticiosos los
    indios de esta novedad, resolvieron se hiciese una junta con el Padre
    Luis en Nancú, lugar que está en medio de todo Catiray, para que allí se
    tratase del negocio propuesto, y de los conciertos de paz y amistad que
    deseaban; á cuyo fin se habian congregado diez parcialidades.

    37. Habiendo el Padre resuelto su salida, y llegado al lugar en que le
    esperaban los caciques, se echaron sobre sus brazos, mostrando gran
    contento de su llegada á aquellas tierras, y tomándole de la mano
    Guayquimilla, que era el mas principal de ellos, se la besó en nombre de
    todos los demas, y le hizo un elegante razonamiento, diciendo que "de su
    alegre venida no solamente estaba regocijada la gente á quien llevaba
    tan grande bien, pero que los mismos brutos animales, las yerbas, las
    flores, las fuentes y los arroyos saltaban de placer y contento."
    Despues de estas primeras cortesias, se sentaron á razonar y discurrir
    sobre las materias de las paces; y entre otras razones, dijo uno de los
    tres caciques:–Padre, todos los indios principales desean la paz,
    aunque el pueblo y los soldados no se pueden persuadir de que los
    españoles la quieren y la desean. A que replicándole el Padre: como
    podia ser eso, cuando el Rey lo habia enviado solo á ese fin, por el
    cual se habia arrojado á los peligros de tantos males, hasta llegar á
    sus tierras; y que eso mismo, y no otra cosa, pretendian el Sr.
    Gobernador, los Maestres de campo y capitanes? Respondió el
    cacique:–"No dudo de eso que dices; lo que se duda es que los españoles
    quieran paz, que sea paz. Bien sabemos que gustarán de la que llaman
    ellos paz, y yo no la tengo por tal, que es que nosotros nos rindamos, y
    nos sugetemos á ellos, y les sirvamos como á nuestros amos y señores; y
    esto no es paz, sino ocasion de las inquietudes, perturbaciones y
    guerras, que hemos tenido hasta aquí. Paz es la que tienen los españoles
    entre si, y la que tienen los indios entre nosotros, gozando cada uno de
    su libertad, y de lo que tiene, sin que ninguno se lo quite, ni quiera
    mandarle, ni tenerlo debajo. Esto llamamos paz, y esta la abrazarémos
    muy de corazon. Pero si no tratas de esta paz, y quieres la que los
    españoles llaman paz, no verás que la admitamos mientras el sol gire por
    el cielo."

    38. Vea ahora V.S. si es nuevo en los indios el sistema de resistir toda
    especie de servidumbre y sugecion al español. Ninguna otra cosa
    aborrecen mas, que el hecho de privarles de la natural libertad con que
    todos nacemos, y así quieren gozar de la misma que disfrutan los
    españoles entre sí, y los mismos indios unos con otros. Por lo que
    parece al Fiscal que el remedio eficaz, de que los naturales de la
    jurisdiccion de Valdivia, y demas que residen tierra adentro hasta el
    estrecho de Magallanes y Cabo de Hornos, se reduzcan, será proponerles
    que gozarán de una total libertad, sin que jamas llegue el caso de que
    se les reduzca á esclavitud ó encomiendas; y que tampoco se les
    pensionará con tributos, ni otros pechos, aunque sea dispensado la
    disposicion de la ley 9, tít. 4, lib. 4 de las Recopiladas de estos
    reynos: previniéndoseles que serán tratados como los mismos españoles,
    sin diferencia alguna, pues son vasallos de un propio soberano, cuya
    real benignidad ha tenido á bien adoptarlos por tales, y recibirlos bajo
    de su poderosa proteccion y amparo.

    39. Ni este pensamiento puede oponerse en manera alguna á la política
    que hasta aquí se ha observado con esta nacion, porque atendiendo á que
    los del reyno del Perú reconocian á los Incas por sus soberanos y reyes,
    y les pagaban sus contribuciones en prueba del vasallage que les
    rendian, como no ha sucedido esto así con los del reyno de Chile que
    residen tierra adentro, no parece disconforme que, aunque á aquellos se
    le pensionase con el tributo que señala la ley, se dispense con esta
    semejante contribucion, una vez que, segun nos cuentan las historias,
    los emperadores peruanos, no llegaron, ni pudieron pasar con su
    conquista, de la tierra de los Promocaes, y rio caudaloso de Maule, que
    divide la provincia de este nombre de la de Cauquenes, por la ferocidad
    y braveza de los que habitan en esa parte hácia el sur; quedando el rio
    señalado por términos del imperio, de órden de Yupanqui, décimo Inca de
    aquella dinastía. Con que, si es constante que los indios no reducidos,
    que son los que hay desde el caudaloso rio Bio-bio, para el sur, hasta
    el estrecho y costas patagónicas, no reconocen otro soberano ni rey (á
    excepcion de algunos amigos de la frontera), que á sus caciques
    particulares, sin retribuirles pension alguna en señal de vasallage, no
    sería desde luego extraño que se les tratase de la paz y amistad con los
    españoles, con el pacto de las insinuadas excepciones; practicándose lo
    mismo con los de la frontera de este reyno, á fin de que se vayan
    domesticando, y viendo que nuestras ofertas son ciertas, y nuestra
    amistad sincera, se procuren españolizar, casándose indios con
    españolas, y españoles con indias, á cuyo propósito sería oportuno
    autorizar á los de una y otra nacion.

    40. Los felices principios, que por efecto de la Providencia,
    facilitaron la adquisicion del terreno en que hoy se halla situado el
    fuerte de Rio Bueno, y establecida la mision que con instancia pidieron
    sus caciques, en la cual se han percibido ya los frutos que manifiesta
    el plano de fojas 47 del octavo cuaderno, dan sin duda fundada esperanza
    de que no acaso se han logrado estas ventajas en cerca de siglo y medio
    que no se oia la voz del evangelio en aquellas tierras, y de que el
    Altísimo quiere ya dispensar los arbitrios de que nuestra sagrada
    religion se plantifique en un terreno, cuyos habitadores se han mostrado
    hasta aquí contrarios nuestros; y prometen al mismo tiempo unos
    agigantados progresos en la importante empresa de descubrir las
    poblaciones que han motivado la resolucion de las expediciones de que se
    trata; y así seria desde luego reprensible delante de Dios y del mundo,
    sacar del seno de la barbarie la semilla de la verdadera doctrina que
    acaba de sembrarse con arreglo á los dogmas de la religion, y á las
    soberanas y muy piadosas intenciones de nuestros Católicos Monarcas, que
    solo han anhelado con religioso celo las conquistas espirituales; lo que
    forzosamente sucederia si se adhiriese á las repetidas instancias que ha
    hecho el actual Gobernador D. Pedro Gregorio de Echenique, sobre que se
    quite y destruya el mencionado fuerte, sin mas fundamento que los
    recelos y desconfianzas que le asisten de la infidelidad de los indios
    que le pidieron, haciendo con esto retroceder el estandarte de la fé,
    cuando todos estamos constituidos en la gloriosa obligacion de llevarlo,
    y propender á que se conduzca hasta las extremidades de la tierra. Por
    estas justas consideraciones que trascienden á las utilidades del
    estado, no debe mirarse con indiferencia lo que se ha ganado sin
    violencia, por lo que es indispensable aplicar el hombro á mantener
    aquel puesto, y sin perjuicio de una prudente economia, sostener, aunque
    sea á mas costa, la guarnicion que en él se halla, y aun aumentarla,
    segun se reconozca por los informes del comandante y del Padre
    Misionero, de la disposicion de ánimo de los caciques; previniéndoseles
    con anticipacion y sagacidad, que en prueba del aprecio que ha hecho Su
    Magestad de la voluntaria oblacion que le hicieron de aquel terreno, se
    ha dispuesto remitir algun número mas de hombres que los defiendan de
    sus contrarios.

    41. El actual Gobernador, no acomodándose á lo que su antecesor practicó
    en desempeño de su cargo, funda su instancia para la destruccion del
    fuerte antedicho, no solo en sus recelos y desconfianza de los indios,
    sino tambien que estos continuan en su idolatria y vicio de poligamia,
    igualmente que en los pocos ó ningunos progresos que ha hecho la mision
    allí establecida. Y aunque acerca de esto último nada tiene que decir el
    Fiscal, sino poner á la vista de V.S. el plan presentado á fojas 47, por
    el Reverendo Padre procurador general de estas misiones: pero en cuanto
    á lo demas, no puede menos que recordarle la memoria de lo que dispone
    la ley 2, título 4, libro 4 de las Recopiladas de estos reinos. En ella
    verá V.S. cuanta es la prudencia que se previene para semejantes casos,
    y cuanto conviene la suavidad, y el que no se quiten á los indios las
    mugeres, ni los ídolos, á fin de que no se escandalicen.

    42. Y no solo convendrá que se mantenga este fuerte en Rio Bueno, sino
    tambien que se construyan otros dos ó tres, con cuyo respeto se sostenga
    el que existe fabricado á instancia de los mismos caciques, bien sea en
    la inmediaciones de Osorno, ó no muy lejos de la provincia de Chiloé,
    como lo propone el sargento mayor D. Lucas de Molina, en el informe que
    dió con fecha de 30 de Marzo de 79, y consta á fojas 10 del octavo
    cuaderno, ó en los parages que se consideren á propósito: reencargándose
    muy particularmente al actual Gobernador la subsistencia, amparo y
    refaccion del que se halla construido en Rio Bueno, por las ventajas que
    promete igual avanzado establecimiento de nuestros españoles.

    43. Y descendiendo al punto del allanamiento del antiguo camino de
    Osorno, para facilitar la comunicacion de la plaza de Valdivia con la
    provincia de Chiloé, y de la reedificacion de la ciudad perdida del
    mismo nombre de Osorno, á que tambien se dirigen las expediciones
    proyectadas, halla el Fiscal, que lejos de perjudicar en lo mas leve á
    los indios, les traen, por el contrario, evidentes ventajas y
    utilidades. Ellas son bastantemente visibles, y no pueden esconderse aun
    al mas intonso, porque no es posible haya prudente á quien se ofresca el
    pensamiento de que conviene á estos infieles continuar en su
    infidelidad, y vivir despojados de todos los beneficios que trae consigo
    la sociedad, y la vida civil y cristiana. Si se mantienen en el estado
    mismo que ahora se vé, á mas de no gozar de los benéficos efectos de una
    instruccion política, pierden de contado aun la esperanza de la vida
    eterna, que es lo mas precioso y apetecible. Con que debe concluirse,
    que si alguna razon de conveniencia hay en la apertura del mencionado
    camino, y reedificacion de la antigua ciudad de Osorno, es muy
    principalmente aplicable á los indios que residen en aquella
    jurisdiccion.

    44. Bien ve el Fiscal que nada de esto podrá verificarse, sin una
    vigorosa oposicion de los mismos indios, que, llevados de aquel rencor
    que profesan á nuestra nacion, y del concepto que han formado de que los
    españoles, si vuelven á poblar sus tierras, los han de reducir á
    servidumbre ó encomiendas, como antes lo hacian, lo resistan. Pero si
    con anticipacion se les advierte que iguales resoluciones y
    establecimientos se dirigen á su propio bien, por guardarlos de que les
    insulten los enemigos de la corona de España; y que quedarán gozando de
    su propia libertad, sin que español alguno les pueda obligar á servir,
    ni impedirles su libre albedrio, con las otras insinuaciones que quedan
    referidas en los párrafos 35, 39 y 40, le parece que no será tanta la
    oposicion, pues al cabo tienen alguna luz de razon, con que no pueden
    dejar de distinguir la realidad de su propia conveniencia.

    45. Y cuando estas insinuaciones no les moviesen al voluntario
    allanamiento, siempre seria justo se verificase la apertura del camino y
    reedificacion de la ciudad, porque nuestros católicos monarcas tienen
    legítimamente fundado su supremo dominio, aun en las tierras que se
    hallan ocupadas y pobladas por los indios; pues siendo ellos tan
    bárbaros, incultos y agrestes, que apenas merecen el nombre de hombres;
    y necesitando por lo mismo de quien, tomando su gobierno, amparo y
    enseñanza á su cargo, los reduzca á vida humana, civil, sociable y
    política, para que con esto se hagan capaces de poder recibir la fé y
    religion cristiana, una vez que nuestros mismos soberanos han tomado
    sobre sí este cargo, no debe dudarse de la legitimidad con que se
    intenta la sobredicha reedificacion, con ese laudable objeto, aun
    prescindiendo de los otros muchos títulos que legalizan aquel supremo
    dominio, y no refiere ahora el Fiscal, por ser constantes á V.S., y
    notorio á todo el mundo, á pesar de la envidia de los extrangeros y
    hereges que han querido disputarlos.

    46. Y si la egecucion de uno y otro proyecto es útil y ventajosa á los
    indios, segun va fundado, no lo es menos para la nacion española, y para
    el estado todo, pues sus resortes son necesariamente la mayor seguridad
    del reyno, sus plazas y fortificaciones, y el remedio de que las de
    Valdivia y Chiloé se provean de cuanto necesitan para subsistir,
    siguiéndose de aquí los ahorros de la real hacienda, y el aumento de
    ella, con adelantarse los comercios.

    47. Sobre estos dos puntos tiene ya V.S. mucho avanzado, porque en el
    expediente formado sobre la apertura del antedicho camino de Osorno,
    aparece la empeñosa instancia que el año de 763 hizo el vecindario de la
    provincia de Chiloé, ofreciéndose allanarlo y romperlo á su costa, con
    tal que se les diese el auxilio de la tropa necesaria. Con esto hay ya
    un principio de mucha consideracion, para verificar el proyecto, que
    siendo tan importante y útil al estado, igualmente que á la poblacion de
    Chiloé, debe llevarse á puro y debido efecto, teniéndose presente el
    informe que el Gobernador y Cabildo hizo sobre este asunto en 6 de
    Febrero de 1753, y corre desde fojas 26 hasta fojas 33 del precitado
    cuaderno, señalado con el número 98.

    48. Allí se asienta, que será mejor y muy ventajoso se reedifique la
    ciudad en la costa, con el fin de que, en el caso de ser insultada por
    los enemigos de tierra, pueda, con facilidad ser socorrida de la
    provincia de Chiloé en piraguas, y de la plaza de Valdivia en sus
    lanchas: y desde luego este pensamiento está conforme con lo que dispone
    la ley 2, título 5, libro 4 de las Recopiladas de estos reynos, en que
    se previene, que las tierras que se hubieren de poblar, tengan buenas
    entradas y salidas, por mar y tierra, de buenos caminos y navegacion,
    para que se pueda entrar y salir facilmente, comerciar y gobernar,
    socorrer y defender; pues estando tierra adentro, se haria mas difícil,
    por ser mas forzoso á los socorros abrir camino con las armas, y mucho
    aumento de estas para la seguridad de las escoltas y bageles que
    quedasen en el puerto aguardando las resultas. Y sobre el reparo que
    pudiera hacerse, de que estando la poblacion en la costa se expondria á
    los insultos del enemigo de Europa, responde muy bien el Cabildo: esto
    es, si donde hubiere de hacerse hay puerto capaz de fondear navíos, por
    la misma razon conviene que allí esté la ciudad, para guardarlo y
    defenderlo, y no dar lugar á que el enemigo se apodere de él: y si no lo
    hay, está desde luego libre la poblacion de este recelo, pues eso mismo
    será causa de que no se arrime á la costa; mayormente reinando en ella
    en los mejores tiempos del año la travesía que les obligará hacerse á la
    mar, ó á perder sus embarcaciones. Por cuyas razones contempla, y con
    bastante fundamento, que la poblacion se haga y verifique en la costa,
    en que ademas sus vecinos podrán disfrutar del beneficio del pege y
    marisco.

    49. Del mismo modo parece oportuna la construccion de un fuerte á la
    entrada del camino por la parte de los indios Juncos, el cual ha de ser
    la puerta y seguridad del de aquella provincia, por donde todos han de
    pasar, y los socorros y escoltas; y hacer mansion segura para seguir
    jornada, así los que salgan de la provincia para la ciudad, como los que
    vayan de ella á la provincia. Y tambien es indispensable que se fabrique
    otro fuerte en el parage donde se fundase la ciudad, para que á su
    abrigo esté y duerma el vecindario con el correspondiente seguro, é
    igualmente otros que se consideren precisos, conforme á lo dispuesto por
    la ley 7.ª del precitado título y libro, segun el conocimiento que se
    adquiera de aquellos terrenos, con la idea de que sea perpetua la
    poblacion, y el camino expresado. A cuyo propósito deberán los fuertes
    proveerse de la correspondiente tropa y armas; á que podrá contribuir en
    gran manera la guarnicion destinada á la isla de Juan Fernandez, en el
    caso de que se disponga su translacion, como oportunamente lo ha
    propuesto el capitan D. Manuel de Orejuela, cuyas producciones en cuanto
    á estos puntos, reproduce el Fiscal enteramente, para que V.S. haga de
    ellas el uso que su perspicaz penetracion y consumada pericia militar
    tuviese, por mas acertado y conveniente. Añadiendo que desde ahora
    contradice una y muchas veces el que los españoles, que hubiesen de
    entrar á abrir el camino y poblar la ciudad de Osorno, hagan á los
    indios el mas leve daño, ni les tomen cosa ninguna de sus bienes,
    haciendas, ganados ni frutos, sin que primero se les pague, y dé
    satisfaccion equivalente: procurando que las compras y rescates sean á
    su voluntad y entera libertad; y pide que sean castigados aquellos que
    les hicieren mal tratamiento ó daño, como expresamente lo previene la
    ley 8.ª del antedicho título y libro de las Recopiladas de estos reinos.

    50. Conoce el Fiscal que las circunstancias actuales de la presente
    guerra con la nacion británica, lo exhausto del real erario, la
    necesidad de mantener reforzadas las plazas y presidios de este reino, y
    las inquietudes de él del Perú, de donde deben venir los
    correspondientes auxilios, pueden entorpecer la ejecucion de las
    expediciones proyectadas: pero si V.S. reflexiona, que aun despues de
    declarada la guerra se expidió el real órden, fecho en San Ildefonso, á
    6 de Setiembre de 1779, que se halla á fojas 3 del expediente seguido
    por el capitan D. Manuel de Orejuela, sobre la asignacion y goce de su
    sueldo, en que se le mandó saliese inmediatamente de la corte, y se
    pusiese en marcha para esta ciudad á cumplir la comision conferida á
    esta Capitanía General, verá que la real voluntad es, que se verifiquen
    dichas expediciones, aun en estas propias circunstancias, aunque sin
    noticias de las citadas revoluciones del Perú, que han inferido tan
    crecidos gastos á la real hacienda. Sin embargo de lo cual, como sobre
    este asunto debe V.S. entenderse con el Exmo. Sr. Virey, en conformidad
    de la enunciada real órden de 29 de Diciembre de 1779, puede, siendo
    servido, hacerle la correspondiente consulta, y proceder de acuerdo con
    S.E. en la deliberacion de este importante y grave negocio; que, en
    sentir del Fiscal, seria mas fácil y expedible si pudiesen verificarse
    las reales intenciones, y la solicitud de los establecimientos que se
    desean descubrir, por medio de algunas embarcaciones pequeñas que
    navegasen por alguno de los rios que desembocan en el mar y costas de
    Chiloé. Sobre todo, V.S. con sus acendradas luces, resolverá lo que le
    parezca mas acertado y conforme á las soberanas intenciones de Su
    Magestad. Santiago, 31 de Julio de 1782.

    DR. PEREZ DE URIONDO.

  • Cuentos de Amor de Locura y de Muerte

    Cuentos de Amor de Locura y de Muerte

    Aproximadamente 49.927 palavras.

    #Cuentos de Amor de Locura y de Muerte#

    HORACIO QUIROGA

    1917

    #INDICE#

    Una estación de amor
    Los ojos sombríos
    El solitario
    La muerte de Isolda
    El infierno artificial
    La gallina degollada
    Los buques suicidantes
    El almohadón de pluma
    El perro rabioso
    A la deriva
    La insolación
    El alambre de púa
    Los Mensú
    Yaguaí
    Los pescadores de vigas
    La miel silvestre
    Nuestro primer cigarro
    La meningitis y su sombra

    #UNA ESTACION DE AMOR#

    #Primavera#

    Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al
    oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas, miró al
    carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto la tarde
    anterior, preguntó a sus compañeros:

    –¿Quién es? No parece fea.

    –¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor
    Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece…

    Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era
    una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero
    completamente núbil. Tenía, bajo el cabello muy oscuro, un rostro de
    suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio
    exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndose
    hacia las sienes en el cerco de sus negras pestañas. Acaso un poco
    separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o
    de gran terquedad. Pero sus ojos, así, llenaban aquel semblante en
    flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos un
    momento en los suyos, quedó deslumbrado.

    –¡Qué encanto!–murmuró, quedando inmóvil con una rodilla sobre al
    almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia
    la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente
    colgante de cintas, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al
    galante muchacho.

    Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cochero y aún
    carruaje: sobre el hombro, la cabeza, látigo, guardabarros, las
    serpentinas llovían sin cesar. Tanto fué, que las dos personas
    sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron
    atentamente al derrochador.

    –¿Quiénes son?–preguntó Nébel en voz baja.

    –El doctor Arrizabalaga; cierto que no lo conoces. La otra es la
    madre de tu chica… Es cuñada del doctor.

    Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran
    francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el
    deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial
    condescencia.

    Este fué el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel
    aportó cuanto de adoración cabía en su apasionada adolescencia.
    Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas
    increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan
    bien, que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.

    Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se
    reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de
    hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían,
    volviéndose a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel.
    Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías; mas sobre
    el almohadón del surrey quedaban aún uno, un pobre ramo de
    siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él por sobre la
    rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la
    victoria, jadeante, empapado en sudor y el entusiasmo a flor de ojos,
    tendió el ramo a la joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no
    lo tenía. Sus acompañantes se rían.

    –¡Pero loca!–le dijo la madre, señalándole el pecho–¡ahí tienes
    uno!

    El carruaje arrancaba al trote. Nébel, que había descendido del
    estribo, afligido, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía,
    con el cuerpo casi fuera del coche.

    Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su
    bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su
    conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía
    quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno
    sosiego de alma, si no de cuerpo; y he ahí que desde el segundo día
    perdía toda su serenidad. Pero en cambio ¡qué encanto!

    –¡Qué encanto!–se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y
    carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía
    real y profundamente deslumbrado–y enamorado, desde luego.

    ¡Y si ella lo quisiera!… ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo,
    confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación
    aturdida con que la joven había buscado algo para darle. Evocaba
    claramente el brillo de sus ojos cuando lo vió llegar corriendo, la
    inquieta espectativa con que lo esperó, y–en otro orden, la morbidez
    del joven pecho, al tenderle el ramo.

    ¡Y ahora, concluído! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué
    le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre?
    Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

    Hicieron, efectivamente, el viaje juntos, y durante él, Nébel llegó al
    más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de
    18 años, que se siente querido. La madre acogió el casi infantil
    idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando
    poco, sonriendo sin cesar, y mirándose infinitamente.

    La despedida fué breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio
    de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

    Volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él?
    "¡Oh, no volver yo!" Y mientras Nébel se alejaba, tardo, por el
    muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda, la
    cabeza un poco baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada
    los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio–y al
    vestido, corto aún, de la tiernísima novia.

    #Verano#

    El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primer
    momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco ni
    mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago de
    pasión, y apenas si en el agua dormida de su alma, el último
    resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Sentía, sí, curiosidad de
    verla. Pero un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró de
    nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de pueblo,
    esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso,
    erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la
    fila de muchachos.

    Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber
    en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia
    casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito
    resplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.

    Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.

    –Parece que no se acuerda más de ti–le dijo un amigo, que a su lado
    había seguido el incidente.

    –¡No mucho!–se sonrió él.–Y es lástima, porque la chica me gustaba
    en realidad.

    Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora que
    había vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él que
    creía no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum!–repetía sin darse
    cuenta, con la costumbre del chico.–¡Pum! ¡todo concluído!

    De golpe: ¿Y si no me hubiera visto?… ¡Claro! ¡pero claro! Su rostro
    se animó de nuevo, acogiéndose con plena convicción a una probabilidad
    como esa, profundamente razonable.

    A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era
    elemental: consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado, y
    entretanto acaso la viera. Una súbita carrera por el patio respondió
    al timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse
    violentamente a la puerta vidriera. Vió a Nébel, lanzó una
    exclamación, y ocultando con sus brazos la liviandad doméstica de su
    ropa, huyó más velozmente aún.

    Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su
    antiguo conocido con más viva complacencia que cuatro meses atrás.
    Nébel no cabía en sí de gozo, y como la señora no parecía inquietarse
    por las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también un
    millón de veces tal presencia a la del abogado.

    Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente
    y, como tenía 18 años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y
    sin cortedad, su inmensa dicha.

    –¡Tan pronto, ya!–le dijo la señora.–Espero que tendremos el gusto
    de verlo otra vez… ¿No es verdad?

    –¡Oh, sí, señora!

    –En casa todos tendríamos mucho placer… ¡supongo que todos! ¿Quiere
    que consultemos?–se sonrió con maternal burla.

    –¡Oh, con toda el alma!–repuso Nébel.

    –¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.

    Nébel había sido visto ya por ella; pero no importaba.

    Lidia llegó cuando él estaba de pie. Avanzó a su encuentro, los ojos
    centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con
    adorable torpeza.

    –Si a usted no le molesta–prosiguió la madre–podría venir todos los
    lunes… ¿qué le parece?

    –¡Que es muy poco, señora!–repuso el muchacho–Los viernes
    también… ¿me permite?

    La señora se echó a reir.

    –¡Qué apurado! Yo no sé… veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?

    La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡_sí_!
    en pleno rostro, puesto que a él debía su respuesta.

    –Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.

    Nébel objetó:

    –¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario…

    –¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.

    Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo, y
    huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma
    proyectada al último cielo de la felicidad.

    II

    Durante dos meses, todos los momentos en que se veían, todas las horas
    que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta
    sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa
    que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus
    ojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de
    ideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había
    en su mutuo amor más nube para el porvenir que la minoría de edad de
    Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y
    superfluidades por el estilo, quería casarse. Como probado, no había
    sino dos cosas: que a él le era _absolutamente_ imposible vivir sin su
    Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello.
    Presentía–o más bien dicho, sentía–que iba a escollar rudamente.

    Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que
    perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con
    terrible vigor. A fines de Agosto, habló un día definitivamente a
    su hijo:

    –Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es
    cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.

    Nébel vió toda la tormenta en esa forma de _dignidad_, y la voz le
    tembló un poco.

    –Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de
    eso.

    –¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo…
    Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?

    –Sí.

    –¿Y te reciben formalmente?

    –C-creo que sí.

    El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.

    –¡Está bueno! ¡Muy bien!… Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte
    el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que
    puede pasar?

    –¿Pasar?… ¿qué?

    –Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para
    reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a
    alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?

    –¡Papá!

    –¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! no pongas esa cara… No me refiero a tu…
    novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero
    sabes de qué viven?

    –¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre…

    –¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino
    como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te
    indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte,
    qué clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su
    cuñado, pregunta!

    –¡Sí! Ya sé que ha sido…

    –Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro
    sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!

    –¡…!

    –¡Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay
    impulso más bello que el tuyo… Pero anda con cuidado, porque puedes
    llegar tarde!… ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a
    tu novia, y creo, como te he dicho, que no está contaminada aún por la
    podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en
    matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,
    díle que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos, y que antes
    se lo llevará el diablo que consentir en eso. Nada más te
    quería decir.

    El muchacho quería mucho a su padre a pesar del carácter duro de éste;
    salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto más
    violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no
    ignoraba esto: la madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en
    vida de su marido, y aún cuatro o cinco años después. Se veían aún de
    tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en sus
    artritis de enfermizo solterón, distaba mucho de ser respecto de su
    cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lo
    hacía por una especie de compasión de ex amante, rayana en vil
    egoísmo, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que
    hinchaban su vanidad.

    Nébel evocaba a la madre; y con un extremecimiento de muchacho loco
    por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos
    y reclinados una _Illustration_, había creído sentir sobre sus nervios
    súbitamente tensos, un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo
    pleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la
    mirada de ella, en lánguida imprecisión de mareo, posarse pesadamente
    sobre la suya.

    ¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con rara
    manifestación desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban
    hacia adentro, y de aquí la súbita tenacidad en un disparate, el
    brusco abandono de una convicción; y en los prodromos de las crisis,
    la obstinación creciente, convulsiva, edificándose a grandes bloques
    de absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por
    elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy
    gruesos y encendidos, que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, los
    ojos lo parecían por un poco hundidos y tener pestañas muy largas;
    pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como la
    hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor
    seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora
    la histeria había trabajado mucho su cuerpo–siendo, desde luego,
    enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos
    se empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso,
    pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma
    histeria que le deshacía los nervios era el alimento, un poco mágico,
    que sostenía su tonicidad.

    Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las histéricas
    burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz–esto es,
    para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.

    Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo
    en lo más hondo de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia?
    Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que
    surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no
    prueba de pureza, sino de escalón de noble gozo por el que Nébel
    ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida la
    flor que pedía por él.

    Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una
    tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,
    había sentido loco deseo de verla. Su dicha fué completa, pues la
    halló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la
    retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro.
    Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió en sus manos
    inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil le
    habría sido manchar.

    ¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible
    su casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le
    permitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el
    consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.

    La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una
    sanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro
    suegro de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de
    forzar a la moral burguesa, a doblar las rodillas ante la misma
    inconveniencia que despreció.

    Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con
    alusiones a "mi suegro"… "mi nueva familia"… "la cuñada de mi
    hija". Nébel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con
    más fuego.

    Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de
    octubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre
    hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su
    padre esa noche.

    –Será difícil–dijo Nébel después de un mortificante silencio–. Le
    cuesta mucho salir de noche… No sale nunca.

    –¡Ah!–exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra
    pausa siguió, pero ésta ya de presagio.

    –Porque usted no hace un casamiento clandestino ¿verdad?

    –¡Oh!–se sonrió difícilmente Nébel–. Mi padre tampoco lo cree.

    –¿Y entonces?

    Nuevo silencio cada vez más tempestuoso.

    –¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?

    –¡No, no señora!–exclamó al fin Nébel, impaciente–. Está en su modo
    de ser… Hablaré de nuevo con él, si quiere.

    –¿Yo, querer?–se sonrió la madre dilatando las narices–. Haga lo
    que le parezca… ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.

    Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre?
    Éste sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el
    hijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.

    –Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te dé la gana. ¡Pero mi
    consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!

    Después de tres días Nébel decidió aclarar de una vez ese estado de
    cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.

    –Hablé con mi padre–comenzó Nébel–y me ha dicho que le será
    completamente imposible asistir.

    La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito
    fulgor, se estiraban hacia las sienes.

    –¡Ah! ¿Y por qué?

    –No sé–repuso con voz sorda Nébel.

    –Es decir… ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?

    –No sé–repitió él con inconsciente obstinación.

    –¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha
    figurado?–añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.–¿Quién
    es él para darse ese tono?

    Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su
    familia.

    –¡Qué es, no sé!–repuso con la voz precipitada a su vez–pero no
    sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.

    –¿Qué? ¿qué se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado
    para esto!

    Nébel se levantó:

    –Señora…

    Pero ella se había levantado también.

    –¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su
    fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia
    irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su
    familia!… ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para
    ir a dormir con su mujer, antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su
    familia!… ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo
    pase bien!

    III

    Nébel vivió cuatro días vagando en la más honda desesperación. ¿Oué
    podía esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer,
    recibió una esquela:

    "Octavio: Lidia está bastante enferma, y sólo su
    presencia podría calmarla.

    María S. de Arrizabalaga."

    Era una treta, no tenía duda. Pero si su Lidia en verdad…

    Fué esa noche y la madre lo recibió con una discreción que asombró a
    Nébel, sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que
    pide disculpa.

    –Si quiere verla…

    Nébel entró con la madre, y vió a su amor adorado en la cama, el
    rostro con esa frescura sin polvos que dan únicamente los 14 años, y
    el cuerpo recogido bajo las ropas que disimulaban notablemente su
    plena juventud.

    Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo:
    no hacían sino mirarse y reir.

    De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre
    surgió nítida: "se va para que en el transporte de mi amor
    reconquistado, pierda la cabeza y el matrimonio sea así forzoso". Pero
    en ese cuarto de hora de goce final que le ofrecían adelantado y
    gratis a costa de un pagaré de casamiento, el muchacho, de 18 años,
    sintió–como otra vez contra la pared–el placer sin la más leve
    mancha, de un amor puro en toda su aureola de poético idilio.

    Sólo Nébel pudo decir cuán grande fué su dicha recuperada en pos del
    naufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión de
    calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero
    tenía la más fría decisión de apartar a la madre de su vida una vez
    casados. El recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama de
    que se había destendido una punta para él, encendía la promesa de una
    voluptuosidad íntegra, a la que no había robado ni el más
    pequeño diamante.

    A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló el
    zaguán oscuro. Después de largo rato, la sirvienta entreabrió
    la vidriera:

    –No están las señoras.

    –¿Han salido?–preguntó extrañado.

    –No, se van a Montevideo… Han ido al Salto a dormir abordo.

    –¡Ah!–murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún.

    –¿El doctor? ¿Puedo hablar con él?

    –No está, se ha ido al club después de comer…

    Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazos
    con mortal desaliento: ¡Se acabó todo! Su felicidad, su dicha
    reconquistada un día antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentía
    que esta vez no había redención posible. Los nervios de la madre
    habían saltado a la loca, como teclas, y él no podía hacer ya
    nada más.

    Comenzaba a lloviznar. Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil
    bajo el farol, contempló con estúpida fijeza la casa rosada. Dió una
    vuelta a la manzana, y tornó a detenerse bajo el farol. ¡Nunca, nunca!

    Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fué a su casa y cargó el
    revólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a un
    dibujante alemán que antes de suicidarse–Nébel era adolescente–iría a
    verlo. Uníalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad,
    cimentada sobre largas charlas filosóficas.

    A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre cuarto de
    aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.

    –¿Es ahora?–le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerza
    la mano.

    –¡Pst! ¡De todos modos!…–repuso el muchacho, mirando a otro lado.

    El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de
    amor.

    –Vaya a su casa–concluyó–y si a las once no ha cambiado de idea,
    vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que
    quiera. ¿Me lo jura?

    –Se lo juro–contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con
    grandes ganas de llorar.

    En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:

    "Idolatrado Octavio: Mi desesperación no puede ser más
    grande, pero mamá ha visto que si me casaba con usted
    me estaban reservados grandes dolores, he comprendido
    como ella que lo mejor era separarnos y le jura no
    olvidarlo nunca

    tu Lidia."

    –¡Ah, tenía que ser así!–clamó el muchacho, viendo al mismo tiempo
    con espanto su rostro demudado en el espejo.–¡La madre era quien
    había inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había
    podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo
    su amor en la redacción. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle de
    qué modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada del alma!

    Temblando fué hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su
    nueva promesa, y durante un rato permaneció inmóvil, limpiando
    obstinadamente con la uña una mancha del tambor.

    #Otoño#

    Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tramway, cuando
    el coche se detuvo un momento más del conveniente, y aquél, que leía,
    volvió al fin la cabeza. Una mujer con lento y difícil paso avanzaba.
    Tras una rápida ojeada a la incómoda persona, reanudó la lectura. La
    dama se sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a Nébel. Este,
    aunque sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre él,
    prosiguió su lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostro
    extrañado.

    –Ya me parecía que era usted–exclamó la dama–aunque dudaba aún…
    No me recuerda, ¿no es cierto?

    –Sí–repuso Nébel abriendo los ojos–la señora de Arrizabalaga…

    Ella vió la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana
    que trata aún de parecer bien a un muchacho.

    De ella, cuando Nébel la conoció once años atrás, sólo quedaban los
    ojos, aunque más hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonos
    verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los
    pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían
    ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se
    veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las
    arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto, a la
    elegante mujer que un día hojeó la _Illustration_ a su lado.

    –Sí, estoy muy envejecida… y enferma; he tenido ya ataques a los
    riñones… y usted–añadió mirándolo con ternura–¡siempre igual!
    Verdad es que no tiene treinta años aún… Lidia también está igual.

    Nébel levantó los ojos:

    –¿Soltera?

    –Sí… ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese
    gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?

    –Con mucho gusto–murmuró Nébel.

    –Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para… En fin, Boedo,
    1483; departamento 14… Nuestra posición es tan mezquina…

    –¡Oh!–protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.

    Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir
    su promesa. Fué allá–un miserable departamento de arrabal.–La señora
    de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.

    –¡Conque once años!–observó de nuevo la madre.–¡Cómo pasa el
    tiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!

    –Seguramente–sonrió Nébel, mirando a su rededor.

    –¡Oh! ¡no estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su
    casa… Siempre oigo hablar de sus cañaverales… ¿Es ese su único
    establecimiento?

    –Sí,… en Entre Ríos también…

    –¡Qué feliz! Si pudiera uno… Siempre deseando ir a pasar unos
    meses en el campo, y siempre con el deseo!

    Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este con el corazón
    apretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años en
    su alma.

    –Y todo esto por falta de relaciones… ¡Es tan difícil tener un amigo
    en esas condiciones!

    El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró.

    Estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y una
    frescura de los catorce años, no se vuelve a hallar más en la mujer de
    veintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en la mansa
    tranquilidad de su mirada, en su cuello mórbido, y en todo lo
    indefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debía
    guardar velado para siempre, el recuerdo de la Lidia que conoció.

    Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personas
    maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó:

    –Sí, está un poco débil… Y cuando pienso que en el campo se
    repondría en seguida… Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con
    usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo… ¿No podríamos pasar
    una temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!

    –Soy casado–repuso Nébel.

    La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su
    decepción fué sincera; pero en seguida cruzó sus manos cómicas:

    –¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya
    sabe!… No sé lo que digo… ¿Y su señora vive con usted en
    el ingenio?

    –Sí, generalmente… Ahora está en Europa.

    –¡Qué desgracia! Es decir… ¡Octavio!–añadió abriendo los brazos con
    lágrimas en los ojos:–a usted le puedo contar, usted ha sido casi mi
    hijo… ¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que
    vaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre–concluyó
    con una pastosa sonrisa y bajando la voz:–usted conoce bien el
    corazón de Lidia, ¿no es cierto?

    Esperó respuesta, pero Nébel permaneció callado.

    –¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar
    cuando ha querido?

    Ahora había reforzado su insinuación con una leve guiñada. Nébel
    valoró entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Era
    siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja,
    la morfina y la pobreza. Y Lidia… Al verla otra vez había sentido
    un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y ya
    estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecían, se echó en
    brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.

    –¿No sabes, Lidia?–prorrumpió alborozada, al volver su hija–Octavio
    nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué
    te parece?

    Lidia tuvo una fugitiva contracción de las cejas y recuperó su
    serenidad.

    –Muy bien, mamá…

    –¡Ah! ¿no sabes lo qué dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos casi
    de su familia…

    Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con
    dolorosa gravedad.

    –¿Hace tiempo?–murmuró.

    –Cuatro años–repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimo
    para mirarla.

    #Invierno#

    No hicieron el viaje juntos, por último escrúpulo de casado en una
    línea donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron en
    el brec de la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no
    guardaba a su servicio doméstico más que a una vieja india, pues–a
    más de su propia frugalidad–su mujer se llevaba consigo toda la
    servidumbre. De este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa
    como una tía anciana y su hija, que venían a recobrar la
    salud perdida.

    Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaía
    vertiginosamente. Había llegado deshecha, el pie incierto y
    pesadísimo, y en su facies angustiosa la morfina, que había
    sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nébel, pedía a gritos una
    corrida por dentro de aquel cadáver viviente.

    Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía lo
    suficiente para prever una rápida catástrofe; el riñon, íntimamente
    atacado, tenía a veces paros peligrosos que la morfina no hacía sino
    precipitar.

    Ya en el coche, no pudiendo resistir más, había mirado a Nébel con
    transida angustia:

    –Si me permite, Octavio… ¡no puedo más! Lidia, ponte delante.

    La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el
    crugido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.

    Súbitamente los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió
    como una máscara aquella cara agónica.

    –Ahora estoy bien… ¡qué dicha! Me siento bien.

    –Debería dejar eso–dijo rudamente Nébel, mirándola de costado.–Al
    llegar, estará peor.

    –¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.

    Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera
    posible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero
    al caer la tarde, y como las fieras que empiezan a esa hora a afilar
    las uñas, el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasos
    escalofríos.

    Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de
    una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.

    –¡Huy! ¡qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifique
    los últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?

    Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo al
    fin del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó
    la suya en seguida.

    Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto de
    Lidia.

    –¡Quién es!–sonó de pronto la voz azorada.

    –Soy yo–murmuró Nébel en voz apenas sensible.

    Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta
    bruscamente en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó de
    nuevo. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo
    tibio, el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida.

    * * * * *

    Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el amor
    antes que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel, el
    santo orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no haber
    robado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiante
    candor. Pensó en las palabras de Dostojewsky, que hasta ese momento no
    había comprendido: "Nada hay más bello y que fortalezca más en la
    vida, que un puro recuerdo". Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin
    mancha, pureza inmaculada de sus dieciocho años, y que ahora estaba
    allí, enfangado hasta el cáliz sobre una cama de sirvienta…

    Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas.
    Ella a su vez recordaría… Y las lágrimas de Lidia continuaban una
    tras otra, regando como una tumba el abominable fin de su único sueño
    de felicidad.

    II

    Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casi
    todo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy
    pocas veces solos, y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún
    entonces largo tiempo callados.

    Lidia tenía ella misma bastante qué hacer cuidando a su madre,
    postrada al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo ya
    podrido, y aún a trueque del peligro inmediato que ocasionara, Nébel
    pensó en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana que entró
    bruscamente en el comedor, al sorprender a Lidia que se bajaba
    precipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó
    en Nébel su mirada espantada.

    –¿Hace mucho tiempo que usas eso?–le preguntó él al fin.

    –Sí–murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja.

    Nébel la miró aún y se encogió de hombros.

    Si embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuencia
    terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluía
    de matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella
    desgraciada, sustrayéndole la droga.

    –¡Octavio! ¡me va a matar!–clamó ella con ronca súplica.–¡Mi hijo
    Octavio! ¡no podría vivir un día!

    –¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso!–cortó Nébel.

    –¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!

    Nébel dejó que los brazos se tendieran inútilmente a él, y salió con
    Lidia.

    –¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?

    –Sí… Los médicos me habían dicho…

    El la miró fijamente.

    –Es que está mucho peor de lo que imaginas.

    Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró los ojos y se mordió
    los labios en un casi sollozo.

    –¿No hay médico aquí?–murmuró.

    –Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.

    Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel
    abrió una carta.

    –¿Noticias?–preguntó Lidia levantando inquieta los ojos a él.

    –Sí–repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.

    –¿Del médico?–volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.

    –No, de mi mujer–repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.

    A las diez de la noche Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.

    –¡Octavio! ¡mamá se muere!…

    Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya
    el rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por
    entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:

    –Pla… pla… pla…

    Nébel vió en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casi
    vacío.

    –¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto?–preguntó.

    –¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido… Seguramente lo fué a
    buscar a tu cuarto cuando no estabas… ¡Mamá, pobre mamá!–cayó
    sollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.

    Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato
    los labios callaron su pla… pla, y en la piel aparecieron grandes
    manchas violeta.

    A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó
    que Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban las
    valijas en el carruaje.

    –Toma esto–le dijo cuando se aproximó a él, tendiéndole un cheque de
    diez mil pesos.

    Lidia se extremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron
    de lleno en los de Nébel. Pero éste sostuvo la mirada.

    –¡Toma, pues!–repitió sorprendido.

    Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel se inclinó sobre
    ella.

    –Perdóname–le dijo.–No me juzgues peor de lo que soy.

    En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla
    del vagón, pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le
    tendió la mano y se dispuso a subir. Nébel la oprimió, y quedó un
    largo rato sin soltarla, mirándola. Luego, avanzando, recogió a Lidia
    de la cintura y la besó hondamente en la boca.

    El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que
    se perdía.

    Pero Lidia no se asomó.

    #LOS OJOS SOMBRIOS#

    Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude
    evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y
    aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a
    saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de
    carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de
    Europa, después de larga ausencia.

    Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o
    diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad.
    Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi
    parte, lo informé de mi noviazgo con Elena–y su reciente ruptura.
    Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle
    dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.

    –No crea en esas sacudidas–me dijo Zapiola con aire tranquilo y
    serio.–Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará
    después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más
    complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido
    más feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de gran
    provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un
    amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a
    mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre;
    era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y
    exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran
    enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir
    con este modo de ser.

    Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy
    pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia,
    esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí
    ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.

    –No sé qué tiene que ver el orgullo con esto–le observé.

    –¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos
    mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la
    ponderación justa de lo que has visto!

    –Te juro…

    –¡Bah; déjame en paz!–concluyó cada vez más irritado con mi
    tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo.

    Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más
    exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de
    ojeras brillaban de fiebre.

    –¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado
    de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

    Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando
    ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto
    tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel
    cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

    Cuando salimos, Vezzera me dijo:

    –¿Y?… ¿es como te he dicho?

    –Sí–le respondí.

    –¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión
    conforme a la realidad?

    –Esta vez, sí–no pude menos de reirme.

    Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.

    –¡Parece–me dijo de pronto–que no hicieras sino concederme por suma
    gracia su belleza!

    –¿Pero estás loco?–le respondí.

    Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su
    respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al
    fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.

    –De veras, de veras me juras que te parece linda?

    –¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?

    Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios
    femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al
    recuerdo de su novia.

    Fuí varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación,
    respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento.
    Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente
    semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:

    –¿Por qué no quieres ir?

    –No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para
    esas cosas.

    –¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!

    –¿Yo?

    –Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente
    esto: ¿Por qué no quieres ir más?

    –¡No tengo ganas!… ¿Te gusta?

    Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un
    hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se
    precipitaba su tisis.

    Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

    –Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres ir
    más? ¿Quieres que te lo diga?

    Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada
    le cerraba los labios.

    –¡Vamos! No seas… cálmate, que es lo mejor.

    –¡Es que te lo voy a decir!

    –¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?–le
    interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé
    cariñosamente.

    –Acuéstate un momento… estás mal.

    Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.

    Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:

    –¿Sabes lo que te iba a decir?… Que no querías que María se
    enamorara de ti… Por eso no ibas.

    –¡Qué estúpido!–me sonreí.

    –Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!

    Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.

    –Esta noche vamos–le dije.–¿Quieres?

    –Sí, quiero.

    Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si
    hubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimo
    preocupada de mi larga ausencia.

    –Pregúntale siquiera–se rió Vezzera con visible afectación–por qué
    ha pasado tanto tiempo sin venir.

    María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña
    sorpresa:

    –¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!

    Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó un
    instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba
    con los ojos.

    –Aunque deba avergonzarme eternamente–repuse–confieso que hay algo
    de verdad…

    –¿No es verdad?–se rió ella.

    Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices
    de Vezzera, conocí su tensión de nervios.

    –Dile que te diga–se dirigió a María–por qué realmente no quería
    venir.

    Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia.
    Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con
    el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer
    las cejas.

    –¿Hay otra cosa?–se sonrió con esfuerzo.

    –Sí, Zapiola te va a decir…

    –¡Vezzera!–exclamé.

    –… Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no
    venir más aquí… ¿sabes por qué?

    –Porque él cree que usted se va a enamorar de mí–me adelanté,
    dirigiéndome a María.

    Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer;
    pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el
    cansancio de sus ojos.

    –¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?

    –No, supondrás… era una broma–se rió él también.

    La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.

    –Eres un canalla–me apresuré a decirle en los ojos a Vezzera, cuando
    salimos.

    –Sí–me respondió mirándome claramente.–Lo hice a propósito.

    –¿Querías ridiculizarme?

    –Sí… quería.

    –¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra
    mí?

    No me contestó, encogiéndose de hombros.

    –¡Anda al demonio!–murmuré. Pero un momento después, al separarme,
    sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.

    –¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no
    sabes lo que pienso?

    –No–le respondí secamente.

    –¡No mientes, no estás mintiendo?

    –No miento.

    Y mentía profundamente.

    –Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que
    volvamos allá?

    –¡Nunca! Se acabó.

    Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.

    –¿No quieres ir más?–me dijo con voz ronca y extraña.

    –No, nunca más.

    –Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad?

    –¡Oh, no seas criatura!–me reí.

    Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí…

    Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde
    la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban.
    Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.

    –Vengo a pedirte una cosa–comenzó.

    –¡Déjate de cosas!–interrumpí.–¿Por qué has salido con esta noche?
    ¿No ves que estás jugando tu vida con esto?

    –La vida no me importa… dentro de unos meses esto se acaba…
    mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

    –¡No! ya te dije.

    –¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no
    quieres ir?

    –Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?

    La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.

    –Entonces–articuló con voz profundamente tomada–es lo que pienso,
    lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo…
    Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.

    Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con la
    cabeza sobre sus brazos en la mesa.

    –Quédate–le dije.–Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.

    Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sin
    entonación alguna:

    –Es que me dan unas ganas locas de matarme…

    –¡Por eso! ¡Quédate aquí!… No estés solo.

    Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.

    Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando
    la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría
    sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto.
    Y aún así, persistía siempre el motivo.

    Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de
    Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que era
    demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que
    en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no había
    hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que
    estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no.
    Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta
    felicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella. Además, sus
    pulmones no daban más… era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a
    María, como él hubiera deseado…, etc.

    Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbación
    de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta–para mí
    que lo conocía–era la desesperación de celos que lo llevó al
    suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia
    tranquila, no tenía ningún valor.

    En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la
    imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de
    Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que
    algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos,
    pero con un cadáver entre nosotros.

    Después de quince días fuí a su casa. Hablamos vagamente, evitando la
    menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no
    podía sostener mi mirada un solo momento.

    –Entonces,–le dije al fin levantándome–creo que lo más discreto es
    que no vuelva más a verla.

    –Creo lo mismo–me respondió.

    Pero no me moví.

    –¿Nunca más?–añadí.

    –No, nunca… como usted quiera–rompió en un sollozo, mientras dos
    lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.

    Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto
    se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás de
    ella y le abracé la cabeza.

    –Sí, mi alma querida…¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no
    importa nada…¿quieres?

    –¡No, no!–me respondió–no podríamos… no, ¡imposible!

    –¡Después, sí, mi amor!… ¿Sí, después?

    –¡No, no, no!–redobló aún sus sollozos.

    Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel
    imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.

    Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?

    –¡María!–se dirigió a una joven que pasaba del brazo.–Es hora ya;
    son las tres.

    –¿Ya? ¿las tres?–se volvió ella.–No hubiera creído. Bueno, vamos.
    Un momentito.

    Zapiola me dijo entonces:

    –Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le he
    contado. Y su caso… Espere un segundo.

    Y mientras me presentaba a su mujer:

    –Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

    La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que
    él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reir
    destellan felicidad.

    –Sí,–repuso sencillamente–sufrimos un poco…

    –¡Ya ve!–se rió Zapiola despidiéndose.–Yo en lugar suyo volvería al
    salón.

    Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio
    de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió
    Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.

    Y yo no hacía sino recordarlos.

    #EL SOLITARIO#

    Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no
    tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo
    su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como
    las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad
    comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años
    proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

    Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba
    negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de
    origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto
    enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus
    vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

    No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil–artista
    aún,–carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo
    cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de
    codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para
    arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al
    transeunte de posición que podía haber sido su marido.

    Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos
    trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María
    deseaba una joya–¡y con cuánta pasión deseaba ella!–trabajaba de
    noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus
    chispas de brillante.

    Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las
    tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del
    engarce. Pero cuando la joya estaba concluída–debía partir, no era
    para ella,–caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se
    probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por
    ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, y
    la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

    –Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,–decía él al fin,
    tristemente.

    Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en
    su banco.

    Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a
    consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim
    prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

    Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer
    se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda
    tranquilidad.

    –¡Y eres un hombre, tú!–murmuraba.

    Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

    –No eres feliz conmigo, María–expresaba al rato.

    –¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz
    contigo? ¡Ni la última de las mujeres!… ¡Pobre diablo!–concluía con
    risa nerviosa, yéndose.

    Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer
    tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los
    labios apretados.

    –Sí… ¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuando la hiciste?

    –Desde el martes–mirábala él con descolorida ternura–dormías de
    noche…

    –¡Oh, podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes!

    Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba.
    Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y
    apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un
    ataque de sollozos.

    –¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para
    halagar a su mujer! Y tú… y tú… ni un miserable vestido que
    ponerme, tengo!

    Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede
    llegar a decir a su marido cosas increíbles.

    La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo
    menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus
    joyas, Kassim notó la falta de un prendedor–cinco mil pesos en dos
    solitarios.–Buscó en sus cajones de nuevo.

    –¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

    –Sí, lo he visto.

    –¿Dónde está?–se volvió extrañado.

    –¡Aquí!

    Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el
    prendedor puesto.

    –Te queda muy bien–dijo Kassim al rato.–Guardémoslo.

    María se rió.

    –Oh, no! es mío.

    –Broma?…

    –Sí, es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser
    mío… Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

    Kassim se demudó.

    –Haces mal… podrían verte. Perderían toda confianza en mí.

    –¡Oh!–cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la
    puerta.

    Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó
    y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba
    sentada en la cama.

    –¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Qué soy una ladrona!

    –No mires así… Has sido imprudente, nada más.

    –¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide
    un poco de halago, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame!

    Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.

    Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más
    admirable que hubiera pasado por sus manos.

    –Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.

    Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre
    el solitario.

    –Una agua admirable…–prosiguió él–costará nueve o diez mil pesos.

    –Un anillo!–murmuró María al fin.

    –No, es de hombre… Un alfiler.

    A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda
    trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer.
    Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante
    ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

    –Si quieres hacerlo después…–se atrevió Kassim.–Es un trabajo
    urgente.

    Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.

    –María, te pueden ver!

    –Toma! ¡ahí está tu piedra!

    El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.

    Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo
    la mirada a su mujer.

    –Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?

    –No–repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos
    le temblaban hasta dar lástima.

    Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en
    plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían
    de las órbitas.

    –¡Dame el brillante!–clamó.–¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí!
    ¡Dámelo!

    –María…–tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.

    –¡Ah!–rugió su mujer enloquecida.–¡Tú eres el ladrón, miserable!
    ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a
    desquitar… cornudo! ¡Ajá! Mírame… no se te había ocurrido nunca,
    ¿eh? ¡Ah!–y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando
    Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de
    un botín.

    –¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío,
    Kassim miserable!

    Kassim la ayudó a levantarse, lívido.

    –Estás enferma, María. Después hablaremos… acuéstate.

    –¡Mi brillante!

    –Bueno, veremos si es posible… acuéstate.

    –Dámelo!

    La bola montó de nuevo a la garganta.

    Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una
    seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.

    María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con
    ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

    –Es mentira, Kassim–le dijo.

    –¡Oh!–repuso Kassim sonriendo–no es nada.

    –¡Te juro que es mentira!–insistió ella.

    Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.

    –¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

    Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las
    manos, lo siguió con la vista.

    –Y no me dice más que eso…–murmuró. Y con una honda náusea por
    aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fué a su cuarto.

    No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vió luz en el taller; su marido
    continuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.

    –¡Dámelo!

    –Sí, es para ti; falta poco, María–repuso presuroso, levantándose.
    Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos
    de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante
    resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fué
    al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la
    blancura helada de su camisón y de la sábana.

    Fué al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi
    descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el
    camisón desprendido.

    Su mujer no lo sintió.

    No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura
    inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno
    desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler
    entero en el corazón de su mujer.

    Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de
    párpados. Los dedos se arqueron, y nada más.

    La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un
    instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el
    solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces
    retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

    #LA MUERTE DE ISOLDA#

    Concluía el primer acto de _Tristán e Isolda_. Cansado de la agitación
    de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento con la falta de
    vecinos. Volví la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en un
    palco balcón.

    Evidentemente, un matrimonio. El, un marido cualquiera, y tal vez por
    su mercantil vulgaridad y la diferencia de año con su mujer, menos que
    cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas
    que más que en el rostro, aún bien hermoso, están en la perfecta
    solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos.
    Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo
    provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca
    las mujeres.

    La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y
    porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un
    cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

    Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras
    miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella
    mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al
    sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que
    haya tenido nunca.

    Fué aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi
    largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

    Fué asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su
    marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra
    vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba
    hacia allá, y después de un momento de inmovilidad de ambas partes, se
    saludaron.

    Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre
    feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y
    cinco años, barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura,
    que expresaba inequívoca voluntad.

    –Se conocen–me dije–y no poco.

    En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto
    a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza
    un poco echada atrás, y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció
    más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del
    mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía
    inmóviles.

    Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero
    antes de concluir aquél salió por el pasillo opuesto. Miré al palco, y
    ella también se había retirado.

    –Final de idilio–me dije melancólicamente.

    El no volvió más y el palco quedó vacío.

    * * * * *

    –Sí, se repiten–sacudió amargamente la cabeza.–Todas las
    situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y
    se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho… Y las de su
    _Tristán_ también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido
    alarido de pasión que haya gritado alma humana… Yo quiero tanto
    como usted a esa obra, y acaso más… No me refiero, querrá creer, al
    drama de _Tristán_, con las treinta y dos situaciones del dogma, fuera
    de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como
    una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha
    muerta, es otra cosa… Usted asistió al preludio de una de esas
    repeticiones… Sí, ya sé que se acuerda… No nos conocíamos con
    usted entonces… Y precisamente a usted debía de hablarle de esto!
    Pero juzga mal lo que vió y creyó un acto mío feliz… ¡Feliz!…
    Oigame. ¡El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo
    más… Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por
    dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo
    que era yo entonces–en lo bueno únicamente, por suerte.–Y segundo,
    porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla,
    después de lo que va a oir. Oigame:

    La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fuí su novio,
    hice cuanto me fué posible para que fuera mía. La quería mucho, y
    ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante,
    privado de tensión, mi amor se enfrió.

    Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba
    con la dicha de mi nombre–se me consideraba buen mozo entonces–yo
    vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con
    muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

    Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a
    un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi
    persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a
    prometerle el tren necesario, y me lo dió a entender claramente.

    Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amiga
    suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas
    torturas del tête-a-tête a diez centímetros, cuya gracia exclusiva
    consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y
    esta vez no fuí yo quien se exasperó.

    Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con
    Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el
    amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no
    iluminarle los ojos de dicha cada vez que me veía entrar.

    La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba,
    habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de
    subir con su hija a una esfera mucho más alta.

    Una noche fuí allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo
    mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

    –Qué tienes–me dijo.

    –Nada–le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Dejó
    hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistemente. Al fin
    apartó los ojos contraídos y entramos.

    La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un
    momento y desapareció.

    Romper, es palabra corta y fácil; pero comenzarlo…

    Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la
    mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

    –¡Es evidente!…–murmuró.

    –Qué–le pregunté fríamente.

    La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro
    se demudó:

    –¡Que ya no me quieres!–articuló en una desesperada y lenta
    oscilación de cabeza.

    –Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo–respondí.

    No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

    Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartando bruscamente
    mi mano y el cigarro, su voz se rompió:

    –¡Esteban!

    –Qué–torné a decirle.

    Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el
    sofá, manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento
    después su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.

    Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud–no veía más que
    injusticia–acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso
    cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas salían al fin, me
    levanté con un violento chasquido de lengua.

    –Yo creía que no íbamos a tener más escenas–le dije paseándome.

    No me respondió, y agregué:

    –Pero que sea ésta la última.

    Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un
    momento después:

    –Como quieras.

    Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

    –¡Pero qué te hecho! ¡qué te he hecho!

    –¡Nada!–le respondí.–Pero yo tampoco te he hecho nada a ti… Creo
    que estamos en el mismo caso. Estoy harto de estas cosas!

    Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés se
    incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

    –Como quieras.

    Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor
    propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

    –Perfectamente… Me voy. Que seas más feliz… otra vez.

    No comprendió, y me miró con extrañeza. Había cometido la primer
    infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

    –¡Es claro!–apoyé brutalmente–porque de mí no has tenido
    queja…¿no?

    Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme
    agradecida.

    Comprendió más mi sonrisa que las palabras, y salí a buscar mi
    sombrero en el corredor, mientras que con un ¡ah!, su cuerpo y su alma
    se desplomaban en la sala.

    Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente
    cuánto la quería y lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo,
    matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia
    alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna,
    que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante, con
    la mujer que nos ha querido demasiado… Flaqueza en el Monte de los
    Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin:
    ansia de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y
    luego, la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las
    lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que
    le hemos causado, es la más bella luz que pueda inundar un corazón
    de hombre.

    ¡Y concluído! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que
    acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la
    merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre
    alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la
    irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

    Desesperado, humillado, crucé por delante de la puerta, y la vi echada
    en el sofá, sollozando el alma entera sobre sus brazos. ¡Inés!
    ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor,
    sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi,
    me detuve.

    –¡Inés!–llamé.

    Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su
    alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le
    hacía mi amor, esta vez sí, inmenso amor!

    –No, no…–me respondió.–¡Es demasiado tarde!

    * * * * *

    Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más agotada y
    tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podían
    apartar de los míos aquella adorable belleza del palco, sollozando
    sobre el sofá…

    –Me creerá–reanudó Padilla–si le digo que en mis muchos insomnios
    de soltero descontento de sí mismo, la tuve así ante mí… Salí de
    Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran
    fortuna… Volví a los ocho años, y supe entonces que se había
    casado, a los seis meses de haberme ido yo. Torné a alejarme, y hace
    un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

    No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el
    encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre
    hecho, que después amó cien veces… Si usted es querido alguna vez
    como yo lo fuí, y ultraja como yo lo hice, comprenderá toda la pureza
    viril que hay en mi recuerdo.

    Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el
    teatro… Comprendí, al ver a su marido de opulenta fortuna, que se
    había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali… Pero al
    verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi
    alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla
    perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años.
    ¡Inés! Su hermosura, su mirada, única entre todas las mujeres, habían
    sido mías bien mías, porque me habían sido entregadas con
    adoración–también apreciará usted esto algún día.

    Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando
    de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa
    partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama
    viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y
    volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner, y me
    miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos,
    estuvieron bajo mi boca, mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró
    en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacia diez años. ¡Y
    _Tristán_ siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra
    felicidad yerta!

    Salí entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, aproximándome a
    ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera
    yo sido un miserable…

    Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi
    sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

    Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido.
    Como diez antes sobre el sofá, ella, Inés, tendida en el diván del
    antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su dicha deshecha.

    ¡Inés!… Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo.
    ¡Diez años!… ¿Pero habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

    Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los
    sollozos, murmuré:

    –¡Inés!

    Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me
    respondió bajo sus brazos:

    –No, no…¡Es demasiado tarde!…

    #EL INFIERNO ARTIFICIAL#

    Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas
    con paso singularmente rígido. Va desnudo hasta la cintura y lleva un
    gran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensación de estar
    pegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notaría que camina
    con los pulgares del pie doblados hacia abajo.

    No tiene esto nada de extraño, porque el sepulturero abusa del
    cloroformo. Incidencias del oficio lo han llevado a probar el
    anestésico, y cuando el cloroformo muerde en un hombre, difícilmente
    suelta. Nuestro conocido espera la noche para destapar su frasco, y
    como su sensatez es grande, escoge el cementerio para inviolable
    teatro de sus borracheras.

    El cloroformo dilata el pecho a la primera inspiración; la segunda,
    inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; a
    la cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luego
    pasan cosas singulares.

    Es así como la fantasía de su paso ha llevado al sepulturero hasta una
    tumba abierta en que esa tarde ha habido remoción de huesos–inconclusa
    por falta de tiempo. Un ataúd ha quedado abierto tras la verja, y a su
    lado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en
    él.

    … ¿Ha oído algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo,
    entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se
    arrodilla y junta sus ojos a las órbitas de la calavera.

    Allí, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, sostenido
    como en un pretil en una rugosidad del occipital, está acurrucado un
    hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene
    la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada
    enloquecida de ansia.

    Es todo cuanto queda de un cocainómano.

    –¡Cocaína! ¡Por favor, un poco de cocaína!

    El sepulturero, sereno, sabe bien que él mismo llegaría a disolver con
    la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo
    prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante.

    Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquín del cementerio
    le ha proporcionado. ¿Pero cómo, al hombrecillo diminuto?…

    –¡Por las fisuras craneanas!… ¡Pronto!

    ¡Cierto! ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Y el sepulturero, de
    rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la
    jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas.

    Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillo
    se adhiere desesperadamente. Después de ocho años de abstinencia, ¿qué
    molécula de cocaína no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza?

    El sepulturero fijó sus ojos a la órbita de la calavera, y no
    reconoció al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no
    había el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se
    entremordían con perezosa voluptuosidad que no tendría explicación
    viril, si los hipnóticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos,
    sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasión
    que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa.

    –Y eso, así… ¿la cocaína?–murmuró.

    La voz de adentro sonó con inefable encanto.

    –¡Ah! ¡Preciso es saber lo que son ocho años de agonía! ¡Ocho años,
    desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza de
    una gota!… Sí, es por la cocaína… ¿Y usted? Yo conozco ese olor…
    ¿cloroformo?

    –Sí–repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraíso
    artificial. Y agregó en voz baja:–El cloroformo también… Me
    mataría antes que dejarlo.

    La voz sonó un poco burlona.

    –¡Matarse! Y concluiría seguramente; sería lo que cualquiera de esos
    vecinos míos… Se pudriría en tres horas, usted y sus deseos.

    –Es cierto;–pensó el sepulturero–acabarían conmigo. Pero el otro no
    se había rendido. Ardía aún después de ocho años aquella pasión que
    había resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba
    la muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo, y no fué
    capaz de aniquilarla consigo; que sobrevivía monstruosamente de sí
    misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final,
    manteniéndose ante la eternidad en una rugosidad del viejo cráneo.

    La voz cálida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aún burlona.

    –Usted se mataría… ¡Linda cosa! Yo también me maté… ¡Ah, le
    interesa! ¿verdad? Pero somos de distinta pasta… Sin embargo,
    traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Apreciará entonces
    lo que va de su droga a la cocaína. Vaya.

    El sepulturero volvió, y echándose de pecho en el suelo, apoyado en
    los codos y el frasco bajo las narices, esperó.

    –¡Su cloro! No es mucho, que digamos. Y aún morfina… ¿Usted conoce
    el amor por los perfumes? ¿No? ¿Y el Jicky de Guerlain? Oiga,
    entonces. A los treinta años me casé, y tuve tres hijos. Con fortuna,
    una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz.
    Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted ha
    visto. Usted no… en fin… ha visto que las salas lujosamente
    puestas parecen más solitarias e inútiles. Sobre todo solitarias. Todo
    nuestro palacio vivía así en silencio su estéril y fúnebre lujo.

    Un día, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dejó por
    seguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fué con su
    hermano, y mi mujer se echó desesperada sobre lo único que nos
    quedaba: nuestra hija de cuatro meses. ¿Qué nos importaba la difteria,
    el contagio y todo lo demás? A pesar de la orden del médico, la madre
    dió de mamar a la criatura, y al rato la pequeña se retorcía convulsa,
    para morir ocho horas después, envenenada por la leche de la madre.

    Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco más de dos días, nuestra casa
    quedó perfectamente silenciosa, pues no había nada que hacer. Mi mujer
    estaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni un
    ruido. Y dos días antes teníamos tres hijos…

    Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataque
    cerebral, y yo acudí a la morfina.

    –Deje eso–me dijo el médico,–no es para usted.

    –¿Qué, entonces?–le respondí. Y señalé el fúnebre lujo de mi casa
    que continuaba encendiendo lentamente catástrofes, como rubíes.

    El hombre se compadeció.

    –Prueba sulfonal, cualquier cosa… Pero sus nervios no darán.

    Sulfonal, brional, estramonio…¡bah! ¡Ah, la cocaína! Cuánto de
    infinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada cama
    vacía, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en una
    sola gota de cocaína! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso,
    momentos antes; súbita y llana confianza en la vida, ahora;
    instantáneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diez
    centímetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas por
    entre la aguja de platino. ¡Y su cloroformo!… Mi mujer murió.
    Durante dos años gasté en cocaína muchísimo más de lo que usted puede
    imaginarse. ¿Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de
    morfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey llegó a
    tomar durante quince años dos gramos por día; vale decir, cuarenta
    veces más que la dosis mortal.

    Pero eso se paga. En mí, la verdad de las cosas lúgubres, contenida,
    emborrachada día tras día, comenzó a vengarse, y ya no tuve más
    nervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinaciones
    que me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuera
    el demonio, sin resultado. Por tres veces resistí un mes a la cocaína,
    un mes entero. Y caía otra vez. Y usted no sabe, pero sabrá un día,
    qué sufrimiento, qué angustia, qué sudor de agonía se siente cuando se
    pretende suprimir un solo día la droga!

    Al fin, envenenado hasta lo más íntimo de mi ser, preñado de torturas
    y fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre,
    sin vida–miseria a que la cocaína prestaba diez veces por día
    radiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez más
    hondo, al fin un resto de dignidad me lanzó a un sanatorio, me
    entregué atado de pies y manos para la curación.

    Allí, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantemente
    para que no pudiera procurarme el veneno, llegaría forzosamente a
    descocainizarme.

    ¿Sabe usted lo que pasó? Que yo, conjuntamente con el heroísmo para
    entregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo un
    frasquito con cocaína… Ahora calcule usted lo que es pasión.

    Durante un año entero, después de ese fracaso, proseguí inyectándome.
    Un largo viaje emprendido dióme no sé qué misteriosas fuerzas de
    reacción, y me enamoré entonces.

    La voz calló. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisa
    fija siempre en su cara, acercó su ojo y creyó notar un velo
    ligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a su
    vez, se resquebrajaba visiblemente.

    –Sí,–prosiguió la voz,–es el principio… Concluiré de una vez. A
    usted, un colega, le debo toda esta historia.

    Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: ¡un morfinómano,
    o cosa así! Para la fatalidad mía, de ella, de todos, había puesto en
    mi camino a una supernerviosa. ¡Oh, admirablemente bella! No tenía
    sino diez y ocho años. El lujo era para ella lo que el cristal tallado
    para una esencia: su envase natural.

    La primera vez que, habiéndome yo olvidado de darme una nueva
    inyección antes de entrar, me vió decaer bruscamente en su presencia,
    idiotizarme, arrugarme, fijó en mí sus ojos inmensamente grandes,
    bellos y espantados. ¡Curiosamente espantados! Me vió, pálida y sin
    moverse, darme la inyección. No cesó un instante en el resto de la
    noche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me habían visto
    así, yo veía a mi vez la tara neurótica, al tío internado, y a su
    hermano menor epiléptico…

    Al día siguiente la hallé respirando Jicky, su perfume favorito; había
    leído en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnóticos.

    Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida de
    un modo anormal, para que se comprendan tanto más íntimamente, cuanto
    más extraña es la obtención del goce. Se unirán en seguida, excluyendo
    toda otra pasión, para aislarse en la dicha alucinada de un paraíso
    artificial.

    En veinte días, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud y
    elegancia, quedó suspenso del aliento embriagador de los perfumes.
    Comenzó a vivir, como yo con la cocaína, en el cielo delirante de
    su Jicky.

    Al fin nos pareció peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, por
    fugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraíso. Ninguno mejor que
    mi propia casa, de la que nada había tocado, y a la que no había
    vuelto más. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y allí, en
    el mismo silencio y la misma suntuosidad fúnebre que había incubado la
    muerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lámpara
    encendida a la una de la tarde; bajo la atmósfera pesada de perfumes,
    vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendido
    inmóvil con los ojos abiertos, pálido como la muerte; ella echada
    sobre el diván, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, el
    frasco de Jicky.

    Porque no había en nosotros el menor rastro de deseo–¡y cuán hermosa
    estaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, el
    ardiente lujo de su falda inmaculada!

    Durante tres meses consecutivos raras veces faltó, sin llegar yo jamás
    a explicarme qué combinaciones de visitas, casamientos y garden party
    debió hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasiones
    llegaba al día siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba su
    sombrero con un ademán brusco, para tenderse en seguida, la cabeza
    echada atrás y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky.

    Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con que
    los organismos envenenados lanzan en explosión sus reservas de
    defensa–los morfinómanos las conocen bien!–sentí todo el profundo
    goce que había, no en mi cocaína, sino en aquel cuerpo de diez y ocho
    años, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su
    belleza surgía pálida y sensual, de la suntuosa quietud de la sala
    iluminada. Tan brusca fué la sacudida, que me hallé sentado en el
    diván, mirándola. ¡Diez y ocho años… y con esa hermosura!

    Ella me vió llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me miró
    con fría extrañeza.

    –Sí…–murmuré.

    –No, no…–repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca en
    pesados movimiento de su cabellera.

    Al fin, al fin echó la cabeza atrás y cedió cerrando los ojos.

    ¡Ah! ¡Para qué haber resucitado un instante, si mi potencia viril, si
    mi orgullo de varón no revivía más! ¡Estaba muerto para siempre,
    ahogado, disuelto en el mar de cocaína! Caí a su lado, sentado en el
    suelo, y hundí la cabeza entre sus faldas, permaneciendo así una hora
    entera en hondo silencio, mientras ella, muy pálida, se mantenía
    también inmóvil, los ojos abiertos fijos en el techo.

    Pero ese fustazo de reacción que había encendido un efímero relámpago
    de ruina sensorial, traía también a flor de conciencia cuanto de honor
    masculino y vergüenza viril agonizaba en mí. El fracaso de un día en
    el sanatorio, y el diario ante mi propia dignidad, no eran nada en
    comparación del de ese momento, ¿comprende usted? ¡Para qué vivir, si
    el infierno artificial en que me había precipitado y del que no podía
    salir, era incapaz de absorberme del todo! ¡Y me había soltado un
    instante, para hundirme en ese final!

    Me levanté y fuí adentro, a las piezas bien conocidas, donde aún
    estaba mi revólver. Cuando volví, ella tenía los párpados cerrados.

    –Matémonos–le dije.

    Entreabrió los ojos, y durante un minuto no apartó la mirada de mí. Su
    frente límpida volvió a tener el mismo movimiento de cansado éxtasis:

    –Matémonos–murmuró.

    Recorrió en seguida con la vista el fúnebre lujo de la sala, en que la
    lámpara ardía con alta luz, y contrajo ligeramente el ceño.

    –Aquí no–agregó.

    Salimos juntos, pesados aún de alucinación, y atravesamos la casa
    resonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoyó contra una puerta y
    cerró los ojos. Cayó a lo largo de la pared. Volví el arma contra mí
    mismo, y me maté a mi vez.

    Entonces, cuando a la explosión mi mandíbula se descolgó bruscamente,
    y sentí un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazón tuvo dos
    o tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y en
    mis nervios y en mi sangre no hubo la más remota probabilidad de que
    la vida volviera a ellos, sentí que mi deuda con la cocaína estaba
    cumplida. ¡Me había matado, pero yo la había muerto a mi vez!

    ¡Y me equivoqué! Porque un instante después pude ver, entrando
    vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos
    muertos, que volvían obstinados…

    La voz se quebró de golpe.

    –¡Cocaína, por favor! ¡Un poco de cocaína!

    #LA GALLINA DEGOLLADA#

    Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro
    hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre
    los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la
    boca abierta.

    El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El
    banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían
    inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba
    tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz
    enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos
    se animaban, se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la
    misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si
    fuera comida.

    Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando
    al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia,
    y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del
    patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
    idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas
    colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

    El mayor tenía doce años y el menor, nueve. En todo su aspecto sucio y
    desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

    Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus
    padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su
    estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir
    mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa
    honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un
    mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin
    esperanzas posibles de renovación?

    Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los
    catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La
    criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en
    el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la
    mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con
    esa atención profesional que está visiblemente buscando la causa del
    mal, en las enfermedades de los padres.

    Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el
    instinto; pero la inteligencia, el alma, aún el instinto, se habían
    ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante,
    muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

    –¡Hijo, mi hijo querido!–sollozaba ésta, sobre aquella espantosa
    ruina de su primogénito.

    El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

    –A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá
    mejorar, educarse en todo lo que permita su idiotismo, pero no
    más allá.

    –¡Sí!… ¡sí!…–asentía Mazzini.–Pero dígame: ¿Usted cree que es
    herencia, que…?

    –En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creí cuando vi a
    su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No
    veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

    Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló su amor a su
    hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo
    asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más
    profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

    Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de
    otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el
    porvenir extinguido. Pero a los diez y ocho meses las convulsiones del
    primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

    Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre,
    su amor estaba maldito! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él,
    veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un
    átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en
    el primogénito; pero un hijo, un hijo como todos!

    Del nuevo desastre brotaron nuevas llamadaras de dolorido amor, un
    loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su
    ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el
    proceso de los dos mayores.

    Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran
    compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más
    honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No
    sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aún sentarse. Aprendieron al fin
    a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los
    obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el
    rostro. Animábanse sólo al comer, cuando veían colores brillantes u
    oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba,
    radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad
    imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

    Con los mellizos pareció haber concluído la aterradora descendencia.
    Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo,
    confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la
    fatalidad.

    No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se
    exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese
    momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía
    en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las
    cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa
    necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los
    corazones inferiores.

    Iniciáronse con el cambio de pronombres: _tus_ hijos. Y como a más del
    insulto había le insidia, la atmósfera se cargaba.

    –Me parece–díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se
    lavaba las manos–que podrías tener más limpios a los muchachos.

    Berta continuó leyendo, como si no hubiera oído.

    –Es la primera vez–repuso al rato–que te veo inquietarte por el
    estado de tus hijos.

    Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

    –De nuestros hijos, ¿me parece?

    –Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así?–alzó ella los ojos.

    Esta vez Mazzini se expresó claramente:

    –¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

    –¡Ah, no!–se sonrió Berta, muy pálida–¡pero yo tampoco, supongo!…
    ¡No faltaba más!…–murmuró.

    –¿Qué no faltaba más?

    –¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es
    lo que te quería decir.

    Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

    –¡Dejemos!–articuló, secándose por fin las manos.

    –Como quieras; pero si quieres decir…

    –¡Berta!

    –¡Como quieras!

    Este fué el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las
    inevitables reconciliciones, sus almas se unían con doble arrebato y
    locura por otro hijo.

    Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma,
    esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los
    padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a
    los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

    Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al
    nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la
    horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
    Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

    No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de
    su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores
    de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
    que el vaso no quedara distentido, y al menor contacto el veneno se
    vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido
    el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con
    cruel fricción, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una
    persona. Antes se contenían aún por la común falta de éxito; ahora que
    éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor
    la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado
    a crear.

    Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores
    afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los
    acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban
    casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda
    remota caricia.

    De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de
    las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la
    criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o
    quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

    Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fué, como casi siempre,
    los fuertes pasos de Mazzini.

    –¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?…

    –Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

    Ella se sonrió, desdeñosa:

    –¡No, no te creo tanto!

    –Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti…¡tisiquilla!

    –¡Qué! ¿qué dijiste?…

    –¡Nada!

    –¡Si, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que
    prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

    Mazzini se puso pálido.

    –¡Al fin!–murmuró con los dientes apretados.–¡Al fin, víbora, has
    dicho lo que querías!

    –¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos!
    ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los
    de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

    Mazzini explotó a su vez:

    –¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!
    ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la
    meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

    Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de
    Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la
    ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con
    todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente, una vez
    siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hiriente
    fueron los agravios.

    Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba, escupió
    sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, su gran
    culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
    desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir
    una palabra.

    A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían
    tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

    El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que
    mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándola
    con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de
    conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración
    tras ella. Volvióse, y vió a los cuatro idiotas, con los hombros
    pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación. Rojo… rojo…

    –¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

    Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aún en esas horas
    de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa
    horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los
    raptos de amor a su marido e hija, más irritable era su humor con los
    monstruos.

    –¡Que salgan, María! ¡Echelos! ¡Echelos, le digo!

    Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a
    dar a su banco.

    Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fué a Buenos Aires,
    y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron,
    pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija
    escapóse en seguida a casa.

    Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco.
    El sol había transpuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos
    continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

    De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana,
    cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta.
    Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar,
    eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero
    faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto
    topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

    Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana
    lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie
    apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos
    tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para
    alzarse más.

    Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz
    insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su
    hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando
    cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La
    pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a
    horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de
    la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le
    dieron miedo.

    –¡Soltáme! ¡dejáme!–gritó sacudiendo la pierna. Pero fué atraída.

    –¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá!–lloró imperiosamente. Trató aún de
    sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

    –Mamá, ¡ay! Ma…–No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el
    cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la
    arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se
    había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida
    segundo por segundo.

    Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oir la voz de su hija.

    –Me parece que te llama–le dijo a Berta.

    Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento
    después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero,
    Mazzini avanzó en el patio:

    –¡Bertita!

    Nadie respondió.

    –¡Bertita!–alzó más la voz, ya alterada.

    Y el silencio fué tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la
    espalda se le heló de horrible presentimiento.

    –¡Mi hija, mi hija!–corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al
    pasar frente a la cocina vió en el piso un mar de sangre. Empujó
    violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

    Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oir el angustioso
    llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al
    precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se
    interpuso, conteniéndola:

    –¡No entres! ¡No entres!

    Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus
    brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un
    ronco suspiro.

    #LOS BUQUES SUICIDANTES#

    Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un
    buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni
    hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

    Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor
    de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas.
    Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

    No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han
    tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan
    por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto.
    Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo.
    Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre
    en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van
    deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio,
    de modo que el tranquilo y lúgubre puerto, siempre está frecuentado.

    El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las
    tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos
    errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede
    incluir lo acaecido al _María Margarita_, que zarpó de Nueva York el
    24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una
    corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un
    paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al
    _María Margarita_. En el buque no había nadie. Las camisetas de los
    marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una
    máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si
    hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha
    ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?

    La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a
    Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente
    cierta, por otro lado.

    La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla
    presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer
    inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién
    casada se atrevió:

    –¿No serán águilas?…

    El capitán se sonrió bondadosamente:

    –¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la tripulación?

    Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.

    Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente.
    Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su
    cuenta y riesgo, y hablando poco.

    –¡Ah! ¡si nos contara, señor!–suplicó la joven de las águilas.

    –No tengo inconveniente–asintió el discreto individuo.–En dos
    palabras–y en los mares del norte, como el _María Margarita_ del
    capitán–encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo–viajábamos
    también a vela–nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono
    que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuímos la
    marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló
    a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última
    anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no
    sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas
    desapariciones súbitas.

    Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo
    buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de
    camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el
    puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron
    en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de
    lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la
    cocina hervía aún una olla con papas.

    Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente
    llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo
    fuí con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a
    beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a
    la hora la mayoría cantaba ya.

    Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las
    velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar
    aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de
    hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla.
    Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo
    silbido. Sus compañeros se volvieron. El los miró vagamente,
    sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la
    camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al
    sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño
    ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la
    apatía común.

    Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al
    agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me
    tocaban en el hombro.

    –¿Qué hora es?

    –Las cinco–respondí. El viejo marinero me miró desconfiado, con las
    manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato
    mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.

    Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el
    remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista
    perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los
    otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó,
    se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño
    aún, y se tiró al agua.

    Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos,
    sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el
    sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al
    agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si
    recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido
    todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los
    de los demás buques. Esto es todo.

    Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.

    –¿Y usted no sintió nada?–le preguntó mi vecino de camarote.

    –Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada
    más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste:
    en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a _toda costa_ contra
    lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros
    sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si
    estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los
    centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

    Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fué al
    rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.

    –¡Farsante!–murmuró.

    –Al contrario–dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su
    tierra.–Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se
    hubiera tirado al agua.

    #EL ALMOHADON DE PLUMA#

    Su luna de miel fué un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el
    carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo
    quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento
    cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva
    mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El,
    por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

    Durante tres meses–se habían casado en abril–vivieron una dicha
    especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido
    cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible
    semblante de su marido la contenía en seguida.

    La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La
    blancura del patio silencioso–frisos, columnas y estatuas de
    mármol–producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el
    brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas
    paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de
    una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un
    largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

    En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante,
    había concluído por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún
    vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que
    llegaba su marido.

    No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se
    arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al
    fin, una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba
    indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le
    pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos,
    echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto
    callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego
    los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en
    su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

    Fué ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente
    amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma
    detención, ordenándole calma y descanso absolutos.

    –No sé–le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía
    baja.–Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos,
    nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

    Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia
    de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más
    desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el
    dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.
    Pasábanse horas sin oir el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía
    casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin
    cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra
    ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
    mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que
    caminaba en su dirección.

    Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al
    principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los
    ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno
    y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente
    mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y
    labios se perlaron de sudor.

    –¡Jordán! ¡Jordán!–clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la
    alfombra.

    Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dió un alarido
    de horror.

    –¡Soy yo, Alicia, soy yo!

    Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y
    después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió
    y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

    Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en
    la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

    Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una
    vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber
    absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor
    mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte.
    La observaron largo rato en silencio y pasaron al comedor.

    –Pst…–se encogió de hombros desalentado su médico.–Es un caso
    serio… poco hay que hacer…

    –¡Sólo eso me faltaba!–resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente
    sobre la mesa.

    Alicia fué extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde,
    pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no
    avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope
    casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas
    olas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar
    desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer
    día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza.
    No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el
    almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos
    que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por
    la colcha.

    Perdió, luego, el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar
    a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el
    dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más
    que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de
    los eternos pasos de Jordán.

    Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama,
    sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

    –Señor–llamó a Jordán en voz baja.–En el almohadón hay manchas que
    parecen de sangre.

    Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre
    la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de
    Alicia, se veían manchas de sangre.

    –Parecen picaduras–murmuró la sirvienta después de un rato de
    inmóvil observación.

    –Levántelo a la luz–le dijo Jordán.

    La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó
    mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió
    que los cabellos se le erizaban.

    –¿Qué hay?–murmuró con la voz ronca.

    –Pesa mucho–articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

    Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y
    sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo.
    Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dió un grito de horror
    con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los
    bandós:–sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las
    patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y
    viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

    Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
    sigilosamente su boca–su trompa, mejor dicho–a las sientes de
    aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La
    remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo,
    pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fué vertiginosa.
    En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

    Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a
    adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana
    parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los
    almohadones de pluma.

    #EL PERRO RABIOSO#

    El 20 de marzo de este año, los vecinos de un pueblo del Chaco
    santafecino persiguieron a un hombre rabioso que en pos de descargar
    su escopeta contra su mujer, mató de un tiro a un peón que cruzaba
    delante de él. Los vecinos, armados, lo rastrearon en el monte como a
    una fiera, hallándolo por fin trepado en un árbol, con su escopeta
    aún, y aullando de un modo horrible. Viéronse en la necesidad de
    matarlo de un tiro.

    * * * * *

    #Marzo 9–#

    Hoy hace treinta y nueve días, hora por hora, que el perro rabioso
    entró de noche en nuestro cuarto. Si un recuerdo ha de perdurar en mi
    memoria, es el de las dos horas que siguieron a aquel momento.

    La casa no tenía puertas sino en la pieza que habitaba mamá, pues como
    había dado desde el principio en tener miedo, no hice otra cosa, en
    los primeros días de urgente instalación, que aserrar tablas para las
    puertas y ventanas de su cuarto. En el nuestro, y a la espera de mayor
    desahogo de trabajo, mi mujer se había contentado–verdad que bajo un
    poco de presión por mi parte–con magníficas puertas de arpillera.
    Como estábamos en verano, este detalle de riguroso ornamento no dañaba
    nuestra salud ni nuestro miedo. Por una de estas arpilleras, la que da
    al corredor central, fué por donde entró y me mordió el perro rabioso.

    Yo no sé si el alarido de un epiléptico da a los demás la sensación de
    clamor bestial y fuera de toda humanidad que me produce a mí. Pero
    estoy seguro de que el aullido de un perro rabioso, que se obstina de
    noche alrededor de nuestra casa, provocará en todos la misma fúnebre
    angustia. Es un grito corto, metálico, de agonía, como si el animal
    boqueara ya, y todo él empapado en cuanto de lúgubre sugiere un
    animal rabioso.

    Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas. Y para mayor
    contrariedad, desde que llegáramos no había hecho más que llover. El
    monte cerrado por el agua, las tardes rápidas y tristísimas; apenas
    salíamos de casa, mientras la desolación del campo, en un temporal sin
    tregua, había ensombrecido al exceso el espíritu de mamá.

    Con esto, los perros rabiosos. Una mañana el peón nos dijo que por su
    casa había andado uno la noche anterior, y que había mordido al suyo.
    Dos noches antes, un perro barcino había aullado _feo_ en el monte.
    Había muchos, según él. Mi mujer y yo no dimos mayor importancia al
    asunto, pero no así mamá, que comenzó a hallar terriblemente
    desamparada nuestra casa a medio hacer. A cada momento salía al
    corredor para mirar el camino.

    Sin embargo, cuando nuestro chico volvió esa mañana del pueblo,
    confirmó aquello. Había explotado una fulminante epidemia de rabia.
    Una hora antes acababan de perseguir a un perro en el pueblo. Un peón
    había tenido tiempo de asestarle un machetazo en la oreja, y el
    animal, babeando, el hocico en tierra y el rabo entre las patas
    delanteras, había cruzado por nuestro camino, mordiendo a un potrillo
    y un chancho que halló en el trayecto.

    Más noticias aún. En la chacra vecina a la nuestra, y esa misma
    madrugada, otro perro había tratado inútilmente de saltar el corral de
    las vacas. Un inmenso perro flaco había corrido a un muchacho a
    caballo, por la picada del puerto viejo. Todavía de tarde se sentía
    dentro del monte el aullido agónico del perro. Como dato final, a las
    nueve llegaron al galope dos agentes a darnos la filiación de los
    perros rabiosos vistos, y a recomendarnos sumo cuidado.

    Había de sobra para que mamá perdiera el resto de animación que le
    quedaba. Aunque de una serenidad a toda prueba, tiene terror a los
    perros rabiosos, a causa de cierta cosa horrible que presenció en su
    niñez. Sus nervios, ya enfermos por el cielo constantemente encapotado
    y lluvioso, provocáronle verdaderas alucinaciones de perros que
    entraban al trote por la portera.

    Había un motivo real para este temor. Aquí, como en todas partes donde
    la gente pobre tiene muchos más perros de los que puede mantener, las
    casas son todas las noches merodeadas por perros hambrientos, a que
    los peligros del oficio–un tiro o una mala pedrada–han dado
    verdadero proceder de fieras. Avanzan al paso, agachados, los músculos
    flojos. No se siente jamás su marcha. Roban–si la palabra tiene
    sentido aquí–cuánto les exige su atroz hambre. Al menor rumor–no
    huyen porque esto haría ruido, sino se alejan al paso, doblando las
    patas. Al llegar al pasto se agazapan, y esperan así, tranquilamente,
    media o una hora, para avanzar de nuevo.

    De aquí la ansiedad de mamá, pues siendo nuestra casa una de las
    tantas merodeadas, estábamos desde luego amenazados por la visita de
    los perros rabiosos, que recordarían el camino nocturno.

    En efecto, esa misma tarde, mientras mamá, un poco olvidada, iba
    caminando despacio hacia la portera, oí su grito:

    –Federico! ¡Un perro rabioso!

    Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba al trote en ciega
    línea recta. Al verme llegar se detuvo, erizando el lomo. Retrocedí,
    sin volver el cuerpo, para descolgar la escopeta, pero el animal se
    fué. Recorrí inútilmente el camino, sin volverlo a hallar.

    Pasaron dos días. El campo continuaba desolado de lluvia y tristeza,
    mientras el número de perros rabiosos aumentaba. Como no se podía
    exponer a los chicos a un terrible tropiezo en los caminos infestados,
    la escuela se cerró, y la carretera, ya sin tráfico, privada de este
    modo de la bulla escolar que animaba su desamparo, a las siete y a las
    doce, adquirió lúgubre silencio.

    Mamá no se atrevía a dar un paso fuera del patio. Al menor ladrido
    miraba sobresaltada hacia la portera, y apenas anochecía, veía avanzar
    por entre el pasto ojos fosforescentes. Concluída la cena se encerraba
    en su cuarto, el oído atento al más hipotético aullido.

    Hasta que la tercera noche me desperté, muy tarde ya: tenía la
    impresión de haber oído un grito, pero no podía precisar la sensación.
    Esperé un rato. Y de pronto un aullido corto, metálico, de atroz
    sufrimiento, tembló bajo el corredor.

    –¡Federico!–oí la voz traspasada de emoción de mamá–¿sentiste?

    –Sí–respondí, deslizándome de la cama. Pero ella oyó el ruido.

    –¡Por Dios, es un perro rabioso! ¡Federico, no salgas, por Dios!
    ¡Juana! ¡Dile a tu marido que no salga!–clamó desesperada,
    dirigiéndose a mi mujer.

    Otro aullido explotó, esta vez en el corredor central, delante de la
    puerta. Una finísima lluvia de escalofríos me bañó la médula hasta la
    cintura. No creo que haya nada más profundamente lúgubre que un
    aullido de perro rabioso a esa hora. Subía tras él la voz
    desesperada de mamá.

    –¡Federico! ¡Va a entrar en tu cuarto! ¡No salgas, mi Dios, no
    salgas! ¡Juana! ¡Dile a tu marido!…

    –¡Federico!–se cogió mi mujer a mi brazo.

    Pero la situación podía tornarse muy crítica si esperaba a que el
    animal entrara, y encendiendo la lámpara descolgué la escopeta.
    Levanté de lado la arpillera de la puerta, y no vi más que el negro
    triángulo de la profunda tiniebla de afuera. Tuve apenas tiempo de
    asomar el cuerpo, cuando sentí que algo firme y tibio me rozaba el
    muslo; el perro rabioso se entraba en nuestro cuarto. Le eché
    violentamente atrás la cabeza con un golpe de rodilla, y súbitamente
    me lanzó un mordisco, que falló en un claro golpe de dientes. Pero un
    instante después sentí un dolor agudo.

    Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me había mordido.

    –¡Federico! ¿Qué fué eso?–gritó mamá que había oído mi detención y
    la dentellada al aire.

    –Nada: quería entrar.

    –¡Oh!…

    De nuevo, y esta vez detrás del cuarto de mamá, el fatídico aullido
    explotó.

    –¡Federico! ¡Está rabioso! ¡Está rabioso! ¡No salgas!–clamó
    enloquecida, sintiendo el animal a un metro de ella.

    Hay cosas absurdas que tienen toda la apariencia de un legítimo
    razonamiento: Salí afuera con la lámpara en una mano y la escopeta en
    la otra, exactamente como para buscar a una rata aterrorizada, que me
    daría perfecta holgura para colocar la luz en el suelo y matarla en el
    extremo de un horcón.

    Recorrí los corredores. No se oía un rumor, pero de dentro de las
    piezas me seguía la tremenda angustia de mamá y mi mujer que esperaban
    el estampido.

    El perro se había ido.

    –¡Federico!–exclamó mamá al sentirme volver por fin.–¿Se fué el
    perro?

    –Creo que sí; no lo veo. Me parece haber oído un trote cuando salí.

    –Sí, yo también sentí… Federico: ¿no estará en tu cuarto?… ¡No
    tiene puerta, mi Dios! ¡Quédate adentro! ¡Puede volver!

    En efecto, podía volver. Eran las dos y veinte de la mañana. Y juro
    que fueron fuertes las dos horas que pasamos mi mujer y yo, con la luz
    prendida hasta que amaneció, ella acostada, yo sentado en la cama,
    vigilando sin cesar la arpillera flotante.

    Antes me había curado. La mordedura era nítida, dos agujeros violeta,
    que oprimí con todas mis fuerzas, y lavé con permanganato.

    Yo creía muy restrictivamente en la rabia del animal. Desde el día
    anterior se había empezado a envenenar perros, y algo en la actitud
    abrumada del nuestro me prevenía en pro de la estricnina. Quedaban el
    fúnebre aullido y el mordisco; pero de todos modos me inclinaba a lo
    primero. De aquí, seguramente, mi relativo descuido con la herida.

    Llegó por fin el día. A las ocho, y a cuatro cuadras de casa, un
    transeunte mató de un tiro de revólver al perro negro que trotaba en
    inequívoco estado de rabia. En seguida lo supimos, teniendo de mi
    parte que librar una verdadera batalla contra mamá y mi mujer para no
    bajar a Buenos Aires a darme inyecciones. La herida, franca, había
    sido bien oprimida, y lavada con mordiente lujo de permanganato. Todo
    esto, a los cinco minutos de la mordedura. ¿Qué demonios podía temer
    tras esa correción higiénica? En casa concluyeron por tranquilizarse,
    y como la epidemia–provocada seguramente por una crisis de llover sin
    tregua como jamás se viera aquí–había cesado casi de golpe, la vida
    recobró su línea habitual.

    Pero no por ello mamá y mi mujer dejaron ni dejan de llevar cuenta
    exacta del tiempo. Los clásicos cuarenta días pesan fuertemente, sobre
    todo en mamá, y aún hoy, con treinta y nueve transcurridos sin el más
    leve trastorno, ella espera el día de mañana para echar de su
    espíritu, en un inmenso suspiro, el terror siempre vivo que guarda de
    aquella noche.

    El único fastidio, acaso, que para mí ha tenido esto, es recordar
    punto por punto lo que ha pasado. Confío en que mañana de noche
    concluya, con la cuarentena, esta historia, que mantiene fijos en mí
    los ojos de mi mujer y de mi madre, como si buscaran en mi expresión
    el primer indicio de enfermedad.

    * * * * *

    #Marzo 10–#

    ¡Por fin! Espero que de aquí en adelante podré vivir como un hombre
    cualquiera, que no tiene suspendidas sobre su cabeza coronas de
    muerte. Ya han pasado los famosos cuarenta días, y la ansiedad, la
    manía de persecuciones y los horribles gritos que esperaban de mí,
    pasaron también para siempre.

    Mi mujer y mi madre han festejado el fausto acontecimiento de un modo
    particular: contándome, punto por punto, todos los terrores que han
    sufrido sin hacérmelo ver. El más insignificante desgano mío las sumía
    en mortal angustia: ¡Es la rabia que comienza!–gemían. Si alguna
    mañana me levanté tarde, durante horas no vivieron, esperando otro
    síntoma. La fastidiosa infección en un dedo que me tuvo tres días
    febril e impaciente, fué para ellas una absoluta prueba de la rabia
    que comenzaba, de donde su consternación, más angustiosa por furtiva.

    Y así el menor cambio de humor, el más leve abatimiento,
    provocáronles, durante cuarenta días, otras tantas horas de inquietud.

    No obstante esas confesiones retrospectivas, desagradables siempre
    para el que ha vivido engañado, aún con la más arcangélica buena
    voluntad, con todo me he reído buenamente.–¡Ah, mi hijo! ¡No puedes
    figurarte lo horrible que es para una madre el pensamiento de que su
    hijo pueda estar rabioso! Cualquier otra cosa…¡pero rabioso,
    rabioso!…

    Mi mujer, aunque más sensata, ha divagado también bastante más de lo
    que confiesa. ¡Pero ya se acabó, por suerte! Esta situación de mártir,
    de bebé vigilado segundo a segundo contra tal disparatada amenaza de
    muerte, no es seductora, a pesar de todo. ¡Por fin, de nuevo!
    Viviremos en paz, y ojalá que mañana o pasado no amanezca con dolor de
    cabeza, para resurrección de las locuras.

    * * * * *

    #Marzo 15–#

    Hubiera querido estar absolutamente tranquilo, pero es imposible. No
    hay ya más, creo, posibilidad de que esto concluya. Miradas de soslayo
    todo el día, cuchicheos incesantes, que cesan de golpe en cuanto oyen
    mis pasos, un crispante espionaje de mi expresión cuando estamos en la
    mesa, todo esto se va haciendo intolerable.–¡Pero qué tienen, por
    favor!–acabo de decirles.–¿Me hallan algo anormal, no estoy
    exactamente como siempre? ¡Ya es un poco cansadora esta historia del
    perro rabioso!–¡Pero Federico!–me han respondido, mirándome con
    sorpresa.–¡Si no te decimos nada, ni nos hemos acordado de eso!

    ¡Y no hacen, sin embargo, otra cosa, otra que espiarme noche y día,
    día y noche, a ver si la estúpida rabia de su perro se ha
    infiltrado en mí!

    * * * * *

    #Marzo 18–#

    Hace tres días que vivo como debería y desearía hacerlo toda la vida.
    ¡Me han dejado en paz, por fin, por fin, por fin!

    * * * * *

    #Marzo 19–#

    ¡Otra vez! ¡Otra vez han comenzado! Ya no me quitan los ojos de
    encima, como si sucediera lo que parecen desear: que esté rabioso.
    ¡Cómo es posible tanta estupidez en dos personas sensatas! Ahora no
    disimulan más, y hablan precipitadamente en voz alta de mí; pero, no
    sé por qué, no puedo entender una palabra. En cuanto llego cesan de
    golpe, y apenas me alejo un paso recomienza el vertiginoso parloteo.
    No he podido contenerme y me he vuelto con rabia:–¡Pero hablen,
    hablen delante, que es menos cobarde!

    No he querido oir lo que han dicho y me he ido. ¡Ya no es vida la que
    llevo!

    * * * * *

    #8 p.m.#

    ¡Quieren irse! ¡Quieren que nos vayamos! ¡Ah, yo sé por qué quieren
    dejarme!…

    * * * * *

    #Marzo 20–(6 a.m.)#

    ¡Aullidos, aullidos! ¡Toda la noche no he oído más que aullidos! ¡He
    pasado toda la noche despertándome a cada momento! ¡Perros, nada más
    que perros ha habido anoche alrededor de casa! ¡Y mi mujer y mi madre
    han fingido el más perfecto sueño, para que yo solo absorbiera por los
    ojos los aullidos de todos los perros que me miraban!…

    * * * * *

    #7 a.m.#

    ¡No hay más que víboras! ¡Mi casa está llena de víboras! ¡Al lavarme
    había tres enroscadas en la palangana! ¡En el forro del saco había
    muchas! ¡Y hay más! ¡Hay otras cosas! ¡Mi mujer me ha llenado la casa
    de víboras! ¡Ha traído enormes arañas peludas que me persiguen! ¡Ahora
    comprendo por qué me espiaba día y noche! ¡Ahora comprendo todo!
    ¡Quería irse por eso!

    * * * * *

    #7.15 a.m.#

    ¡El patio está lleno de víboras! ¡No puedo dar un paso! ¡No, no!…
    ¡Socorro!…

    * * * * *

    ¡Mi mujer se va corriendo! ¡Mi madre se va! ¡Me han asesinado!… ¡Ah,
    la escopeta!… ¡Maldición! ¡Está cargada con munición! Pero no
    importa…

    * * * * *

    ¡Qué grito ha dado! Le erré… ¡Otra vez las víboras! ¡Allí, allí hay
    una enorme!… ¡Ay! ¡Socorro, socorro!!

    * * * * *

    ¡Todos me quieren matar! ¡Las han mandado contra mí, todas! ¡El monte
    está lleno de arañas! ¡Me han seguido desde casa!…

    Ahí viene otro asesino… ¡Las trae en la mano! ¡Viene echando víboras
    en el suelo! ¡Viene sacando víboras de la boca y las echa en el suelo
    contra mí! ¡Ah! pero ese no vivirá mucho… ¡Le pegué! ¡Murió con
    todas las víboras!… ¡Las arañas! ¡Ay! ¡Socorro!!

    * * * * *

    ¡Ahí vienen, vienen todos!… ¡Me buscan, me buscan!… ¡Han lanzado
    contra mí un millón de víboras! ¡Todos las ponen en el suelo! ¡Y yo no
    tengo más cartuchos!… ¡Me han visto!… Uno me apunta…

    #A LA DERIVA#

    El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el
    pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento, vió una
    yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.

    El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre
    engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La
    víbora vió la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su
    espiral; pero el machete cayó de plano, dislocándole las vértebras.

    El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y
    durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos
    puntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente
    se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia
    su rancho.

    El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y
    de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como
    relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la
    pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de
    garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

    Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un
    trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa
    hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de
    ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un
    ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

    –¡Dorotea!–alcanzó a lanzar en un estertor.–¡Dame caña!

    Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres
    tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

    –¡Te pedí caña, no agua!–rugió de nuevo.–¡Dame caña!

    –¡Pero es caña, Paulino!–protestó la mujer espantada.

    –¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

    La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó
    uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

    –Bueno; esto se pone feo–murmuró entonces, mirando su pie lívido y
    ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la
    carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

    Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y
    llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el
    aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
    incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la
    frente apoyada en la rueda de palo.

    Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a
    su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del
    Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú
    corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

    El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el
    medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la
    canoa, y tras un nuevo vómito–de sangre esta vez–dirigió una mirada
    al sol que ya trasponía el monte.

    La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y
    durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el
    pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con
    grandes manchas lívidas y terriblemente dolorido. El hombre pensó que
    no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir
    ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban
    disgustados.

    La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y
    el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta
    arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

    –¡Alves!–gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

    –¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor!–clamó de nuevo, alzando
    la cabeza del suelo.–En el silencio de la selva no se oyó un sólo
    rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la
    corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

    El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes,
    altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas
    bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro
    también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre,
    en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
    borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un
    silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y
    calma cobra una majestad única.

    El sol había caído ya cuando el hombre, semi-tendido en el fondo de la
    canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó
    pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la
    sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

    El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y
    aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del
    rocio para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría
    en Tacurú-Pucú.

    El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No
    sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su
    compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex-patrón
    míster Dougald, y al recibidor del obraje.

    ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de
    oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya
    entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura
    crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una
    pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

    Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando
    a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que
    iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el
    tiempo justo que había pasado sin ver a su ex-patrón Dougald. ¿Tres
    años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho
    meses y medio? Eso sí, seguramente.

    De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la
    respiración también…

    Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había
    conocido en Puerto Deseado, un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o
    jueves…

    El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

    –Un jueves…

    Y cesó de respirar.

    #LA INSOLACION#

    El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto
    y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte,
    entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y, se sentó tranquilo. Veía
    la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte,
    monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del
    monte. Este cerraba el horizonte, a doscientros metros, por tres lados
    de la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía en
    abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.

    A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría
    reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la
    calma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía
    al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de
    mejor compensado trabajo.

    Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al
    lado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Permanecían
    inmóviles, pues aún no había moscas.

    Old, que miraba hacía rato la vera del monte, observó:

    –La mañana es fresca.

    Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija,
    parpadeando distraído. Después de un momento, dijo:

    –En aquel árbol hay dos halcones.

    Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron
    mirando por costumbre las cosas.

    Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el
    horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas
    delanteras y sintió leve dolor. Miró sus dedos sin moverse,
    decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un
    pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió extensamente el
    dedo enfermo.

    –No podía caminar–exclamó, en conclusión.

    Old no entendió a qué se refería. Milk agregó:

    –Hay muchos piques.

    Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de
    largo rato:

    –Hay muchos piques.

    Callaron de nuevo, convencidos.

    El sol salió, y en el primer baño de luz, las pavas del monte lanzaron
    al aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros,
    dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie
    en beato pestañeo. Poco a poco, la pareja aumentó con la llegada de
    los otros compañeros: Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio
    superior, partido por un coatí, dejaba ver dos dientes, e Isondú, de
    nombre indígena. Los cinco fox-terriers, tendidos y muertos de
    bienestar, durmieron.

    Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del
    bizarro rancho de dos pisos–el inferior de barro y el alto de madera,
    con corredores y baranda de chalet–habían sentido los pasos de su
    dueño que bajaba la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro, se
    detuvo un momento en la esquina del rancho y miró el sol, alto ya.
    Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente, tras su solitaria
    velada de whisky, más prolongada que las habituales.

    Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas,
    meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros
    conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Se alejaron con
    lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo
    presto abandonar aquél por la sombra de los corredores.

    El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes; seco,
    límpido, con catorce horas de sol calcinante que parecía mantener en
    fusión el cielo, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada
    en costras blanquecinas. Míster Jones fué a la chacra, miró el trabajo
    del día anterior y retornó al rancho. En toda esa mañana no hizo nada.
    Almorzó y subió a dormir la siesta.

    Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de
    fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los
    perros, muy amigos del cultivo, desde que el invierno pasado habían
    aprendido a disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba
    el arado. Cada uno se echó bajo un algodonero, acompañando con su
    jadeo los golpes sordos de la azada.

    Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente
    de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra
    removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la
    cabeza, rodeada hasta los hombros por el flotante pañuelo, con el
    mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban de planta, en
    procura de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga los
    obligaba a sentarse sobre las patas traseras para respirar mejor.

    Reverberaba ahora delante de ellos un pequeño páramo de greda que ni
    siquiera se había intentado arar. Allí, el cachorro vió de pronto a
    míster Jones que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco. Old se
    puso en pie, meneando el rabo. Los otros levantáronse también,
    pero erizados.

    –Es el patrón,–exclamó el cachorro, sorprendido.

    –No, no es él,–replicó Dick.

    Los cuatro perros estaban juntos gruñendo sordamente, sin apartar los
    ojos de míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro,
    incrédulo, fué a avanzar, pero Prince le mostró los dientes:

    –No es él, es la Muerte.

    El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo.

    –¿Es el patrón muerto?–preguntó ansiosamente. Los otros, sin
    responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud de
    miedoso ataque. Sin moverse, míster Jones se desvaneció en el aire
    ondulante.

    Al oir los ladridos, los peones habían levantado la vista, sin
    distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado algún
    caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.

    Los fox-terriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado
    aún, se adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de
    la experiencia de sus compañeros, que cuando una cosa va a morir,
    aparece antes.

    –¿Y cómo saben que ese que vimos no era el patrón?–preguntó.

    –Porque no era él,–le respondieron displicentes.

    Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las
    patadas, estaba sobre ellos. Pasaron el resto de la tarde al lado de
    su patrón, sombríos y alerta. Al menor ruido gruñían, sin saber
    adonde. Míster Jones sentíase satisfecho de su guardiana inquietud.

    Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la
    calma de la noche plateada, los perros se estacionaron alrededor del
    rancho, en cuyo piso alto míster Jones recomenzaba su velada de
    whisky. A media noche oyeron sus pasos, luego la doble caída de las
    botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los perros, entonces,
    sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos, al pie de la casa
    dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos
    convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que
    la voz cazadora de Prince sostenía, mientras los otros tomaban el
    sollozo de nuevo. El cachorro ladraba. Había pasado media hora, y los
    cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico
    extendido e hinchado de lamentos–bien alimentados y acariciados por
    el dueño que iban a perder–continuaban llorando su doméstica miseria.

    A la mañana siguiente míster Jones fué él mismo a buscar las mulas y
    las unció a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba
    satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca
    bien rastreada, las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de
    las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas;
    pero un tornillo en que ya al comprar la máquina había notado una
    falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo,
    recomendándole el caballo, un buen animal, pero asoleado. Alzó la
    cabeza al sol fundente de mediodía e insistió en que no galopara un
    momento. Almorzó en seguida y subió. Los perros, que en la mañana no
    habían dejado un momento a su patrón, se quedaron en los corredores.

    La siesta pesaba, agobiaba de luz y silencio. Todo el contorno estaba
    brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho, la tierra blanquizca
    del patio, deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en
    trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los
    fox-terriers.

    –No ha aparecido más–dijo Milk.

    Old, al oir _aparecido_, levantó las orejas sobre los ojos.

    Esta vez el cachorro, incitado por la evocación, se puso en pie y
    ladró, buscando a qué. Al rato el grupo calló, entregado de nuevo a su
    defensiva cacería de moscas.

    –No vino más–dijo Isondú.

    –Había una lagartija bajo el raigón,–recordó por primera vez Prince.

    Una gallina, el pico abierto y las alas caídas y apartadas del cuerpo,
    cruzó el patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la
    siguió perezosamente con la vista, y saltó de golpe:

    –¡Viene otra vez!–gritó.

    Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el
    peón. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con prudente
    furia a la Muerte que se acercaba. El animal caminaba con la cabeza
    baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que iba a seguir. Al pasar
    frente al rancho dió unos cuantos pasos en dirección al pozo, y se
    degradó progresivamente en la cruda luz.

    Míster Jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje
    de la carpidora, cuando vió llegar inesperadamente al peón a caballo.
    A pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora.
    Culpólo, con toda su lógica nacional, a lo que el otro respondía con
    evasivas razones. Apenas libre y concluída su misión, el pobre
    caballo, en cuyos ijares era imposible contar el latido, tembló
    agachando la cabeza, y cayó de costado. Míster Jones mandó al peón a
    la chacra, aún rebenque en mano, para no echarlo si continuaba oyendo
    sus jesuíticas disculpas.

    Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón,
    se había conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de
    preocupación, y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el
    peón, cuando oyeron a míster Jones que gritaba a éste, lejos ya,
    pidiéndole el tornillo. No había tornillo: el almacén estaba cerrado,
    el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó su
    casco y salió él mismo en busca del utensilio. Resistía el sol como un
    peón, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.

    Los perros le acompañaron, pero se detuvieron a la sombra del primer
    algarrobo; hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas, el
    ceño contraído y atento, lo veían alejarse. Al fin el temor a la
    soledad pudo más, y con agobiado trote siguieron tras él.

    Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia,
    desde luego, evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea
    recta a su chacra. Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el
    diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado, retoñado desde
    que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en
    bóveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La
    tarea, seria ya con día fresco, era muy dura a esa hora. Míster Jones
    lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja restallante y
    polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga
    y acres vahos de nitratos.

    Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer
    quieto bajo ese sol y ese cansancio; marchó de nuevo. Al calor
    quemante que crecía sin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora
    el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no
    se sentía un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia cardíaca
    que no permitía concluir la respiración.

    Míster Jones se convenció de que había traspasado su límite de
    resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de
    las carótidas. Sentíase en el aire, como si de dentro de la cabeza le
    empujaran violentamente el cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el
    pasto. Apresuró la marcha para acabar con eso de una vez… y de
    pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje: había caminado
    media cuadra, sin darse cuenta de nada. Miró atrás y la cabeza se le
    fué en un nuevo vértigo.

    Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua de
    fuera. A veces, agotados, deteníanse en la sombra de un espartillo; se
    sentaban precipitando su jadeo, pero volvían al tormento del sol. Al
    fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el trote.

    Fué en ese momento cuando Old, que iba adelante, vió tras el alambrado
    de la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia
    ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza y confrontó.

    –¡La Muerte, la Muerte!–aulló.

    Los otros la habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que
    atravesaba el alambrado, y un instante creyeron que se iba a
    equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con
    sus ojos celestes, y marchó adelante.

    –¡Que no camine ligero el patrón!–exclamó Prince.

    –¡Va a tropezar con él!–aullaron todos.

    En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no
    directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en
    apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de
    míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía,
    porque su patrón continuaba caminando a igual paso como un autómata,
    sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Hundieron el rabo y
    corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo, y el encuentro se
    produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.

    Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero
    fué inútil toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su
    hermano materno, fué de Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y
    en cuatro días liquidó todo, volviéndose en seguida. Los indios se
    repartieron los perros que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e
    iban todas las tardes con hambriento sigilo a comer espigas de maíz en
    las chacras ajenas.

    #EL ALAMBRE DE PUA#

    Durante quince días el alazán había buscado en vano la senda por donde
    su compañero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de
    capuera–desmonte que ha rebrotado inextricable–no permitía paso ni
    aún a la cabeza del caballo. Evidentemente, no era por allí por donde
    el malacara pasaba.

    Ahora recorría de nuevo la chacra, trotando inquieto con la cabeza
    alerta. De la profundidad del monte, el malacara respondía a los
    relinchos vibrantes de su compañero, con los suyos cortos y rápidos,
    en que había sin duda una fraternal promesa de abundante comida. Lo
    más irritante para el alazán era que el malacara reaparecía dos o tres
    veces en el día para beber. Prometíase aquél entonces no abandonar un
    instante a su compañero, y durante algunas horas, en efecto, la pareja
    pastaba en admirable conserva. Pero de pronto el malacara, con su soga
    a rastra, se internaba en el chircal, y cuando el alazán, al darse
    cuenta de su soledad, se lanzaba en su persecución, hallaba el monte
    inextricable. Esto sí, de adentro, muy cerca aún, el maligno malacara
    respondía a sus desesperados relinchos, con un relinchillo a
    boca llena.

    Hasta que esa mañana el viejo alazán halló la brecha muy
    sencillamente: Cruzando por frente al chircal que desde el monte
    avanzaba cincuenta metros en el campo, vió un vago sendero que lo
    condujo en perfecta línea oblicua al monte. Allí estaba el malacara,
    deshojando árboles.

    La cosa era muy simple: el malacara, cruzando un día el chircal, había
    hallado la brecha abierta en el monte por un incienso desarraigado.
    Repitió su avance a través del chircal, hasta llegar a conocer
    perfectamente la entrada del túnel. Entonces usó del viejo camino que
    con el alazán habían formado a lo largo de la línea del monte. Y aquí
    estaba la causa del trastorno del alazán: la entrada de la senda
    formaba una línea sumamente oblicua con el camino de los caballos, de
    modo que el alazán, acostumbrado a recorrer ésta de sur a norte y
    jamás de norte a sur, no hubiera hallado jamás la brecha.

    En un instante estuvo unido a su compañero, y juntos entonces, sin más
    preocupación que la de despuntar torpemente las palmeras jóvenes, los
    dos caballos decidieron alejarse del malhadado potrero que sabían ya
    de memoria.

    El monte, sumamente raleado, permitía un fácil avance, aún a caballos.
    Del bosque no quedaba en verdad sino una franja de doscientos metros
    de ancho. Tras él, una capuera de dos años se empenachaba de tabaco
    salvaje. El viejo alazán, que en su juventud había correteado capueras
    hasta vivir perdido seis meses en ellas, dirigió la marcha, y en media
    hora los tabacos inmediatos quedaron desnudos de hojas hasta donde
    alcanza un pescuezo de caballo.

    Caminando, comiendo, curioseando, el alazán y el malacara cruzaron la
    capuera hasta que un alambrado los detuvo.

    –Un alambrado,–dijo el alazán.

    –Sí, alambrado,–asintió el malacara. Y ambos, pesando la cabeza
    sobre el hilo superior, contemplaron atentamente. Desde allí se veía
    un alto pastizal de viejo rozado, blanco por la helada; un bananal y
    una plantación nueva. Todo ello poco tentador, sin duda; pero los
    caballos entendían ver eso, y uno tras otro siguieron el alambrado a
    la derecha.

    Dos minutos después pasaban: un árbol, seco en pie por el fuego, había
    caído sobre los hilos. Atravesaron la blancura del pasto helado en que
    sus pasos no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado por la
    escarcha, vieron entonces de cerca qué eran aquellas plantas nuevas.

    –Es yerba,–constató el malacara, haciendo temblar los labios a medio
    centímetro de las hojas coriáceas. La decepción pudo haber sido
    grande; mas los caballos, si bien golosos, aspiraban sobre todo a
    pasear. De modo que cortando oblicuamente el yerbal, prosiguieron su
    camino, hasta que un nuevo alambrado contuvo a la pareja. Costeáronlo
    con tranquilidad grave y paciente, llegando así a una tranquera,
    abierta para su dicha, y los paseantes se vieron de repente en pleno
    camino real.

    Ahora bien, para los caballos, aquello que acababan de hacer tenía
    todo el aspecto de una proeza. Del potrero aburridor a la libertad
    presente, había infinita distancia. Más por infinita que fuera, los
    caballos pretendían prolongarla aún, y así, después de observar con
    perezosa atención los alrededores, quitáronse mutuamente la caspa del
    pescuezo, y en mansa felicidad prosiguieron su aventura.

    El día, en verdad, favorecía tal estado de alma. La bruma matinal de
    Misiones acababa de disiparse del todo, y bajo el cielo súbitamente
    puro, el paisaje brillaba de esplendorosa claridad. Desde la loma,
    cuya cumbre ocupaban en ese momento los dos caballos, el camino de
    tierra colorada cortaba el pasto delante de ellos con precisión
    admirable, descendía al valle blanco de espartillo helado, para tornar
    a subir hasta el monte lejano. El viento, muy frío, cristalizaba aún
    más la claridad de la mañana de oro, y los caballos, que sentían de
    frente el sol, casi horizontal todavía, entrecerraban los ojos al
    dichoso deslumbramiento.

    Seguían así, solos y gloriosos de libertad en el camino encendido de
    luz, hasta que al doblar una punta de monte, vieron a orillas del
    camino cierta extensión de un verde inusitado. ¿Pasto? Sin duda. Mas
    en pleno invierno…

    Y con las narices dilatadas de gula, los caballos se acercaron al
    alambrado. ¡Sí, pasto fino, pasto admirable! ¡Y entrarían, ellos, los
    caballos libres!

    Hay que advertir que el alazán y el malacara poseían desde esa
    madrugada, alta idea de sí mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni
    monte, ni desmonte, nada era para ellos obstáculo. Habían visto cosas
    extraordinarias, salvando dificultades no creíbles, y se sentían
    gordos, orgullosos y facultados para tomar la decisión más
    estrafalaria que ocurrírseles pudiera.

    En este estado de énfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas
    detenidas a orillas del camino, y encaminándose allá llegaron a la
    tranquera, cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban
    inmóviles, mirando fijamente el verde paraíso inalcanzable.

    –¿Por qué no entran?–preguntó el alazán a las vacas.

    –Porque no se puede–le respondieron.

    –Nosotros pasamos por todas partes,–afirmó el alazán, altivo.–Desde
    hace un mes pasamos por todas partes.

    Con el fulgor de su aventura, los caballos habían perdido sinceramente
    el sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera mirar a
    los intrusos.

    –Los caballos no pueden,–dijo una vaquillona movediza.–Dicen eso y
    no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes.

    –Tienen soga–añadió una vieja madre sin volver la cabeza.

    –¡Yo no, yo no tengo soga!–respondió vivamente el alazán.–Yo vivía
    en las capueras y pasaba.

    –¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden.

    La vaquillona movediza intervino de nuevo:

    –El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los
    contiene. ¿Y entonces?… ¿Ustedes no pasan?

    –No, no pasamos,–repuso sencillamente el malacara, convencido por la
    evidencia.

    –¡Nosotras sí!

    Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió de pronto que las
    vacas, atrevidas y astutas, impenitentes invasoras de chacras y del
    Código Rural, tampoco pasaban la tranquera.

    –Esta tranquera es mala,–objetó la vieja madre.–¡El sí! Corre los
    palos con los cuernos.

    –¿Quién?–preguntó el alazán.

    Todas las vacas volvieron a él la cabeza con sorpresa.

    –¡El toro, Barigüí! El puede más que los alambrados malos.

    –¿Alambrados?… ¿Pasa?

    –¡Todo! Alambre de púa también. Nosotras pasamos después.

    Los dos caballos, vueltos ya a su pacífica condición de animales a que
    un solo hilo contiene, se sintieron ingenuamente deslumbrados por
    aquel héroe capaz de afrontar el alambre de púa, la cosa más terrible
    que puede hallar el deseo de pasar adelante.

    De pronto las vacas se removieron mansamente: a lento paso llegaba el
    toro. Y ante aquella chata y obstinada frente dirigida en tranquila
    recta a la tranquera, los caballos comprendieron humildemente su
    inferioridad.

    Las vacas se apartaron, y Barigüí, pasando el testuz bajo una tranca,
    intentó hacerla correr a un lado.

    Los caballos levantaron las orejas, admirados, pero la tranca no
    corrió. Una tras otra, el toro probó sin resultado su esfuerzo
    inteligente: el chacarero, dueño feliz de la plantación de avena,
    había asegurado la tarde anterior los palos con cuñas.

    El toro no intentó más. Volviéndose con pereza, olfateó a lo lejos
    entrecerrando los ojos, y costeó luego el alambrado, con ahogados
    mugidos sibilantes.

    Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En determinado
    lugar el toro pasó los cuernos bajo el alambre de púa, tendiéndolo
    violentamente hacia arriba con el testuz, y la enorme bestia pasó
    arqueando el lomo. En cuatro pasos más estuvo entre la avena, y las
    vacas se encaminaron entonces allá, intentando a su vez pasar. Pero a
    las vacas falta evidentemente la decisión masculina de permitir en la
    piel sangrientos rasguños, y apenas introducían el cuello, lo
    retiraban presto con mareante cabeceo.

    Los caballos miraban siempre.

    –No pasan,–observó el malacara.

    –El toro pasó,–repuso el alazán.–Come mucho.

    Y la pareja se dirigía a su vez a costear el alambrado por la fuerza
    de la costumbre, cuando un mugido, claro y berreante ahora, llegó
    hasta ellos: dentro del avenal, el toro, con cabriolas de falso
    ataque, bramaba ante el chacarero, que con un palo trataba de
    alcanzarlo.

    –¡Añá!… Te voy a dar saltitos…–gritaba el hombre. Barigüí,
    siempre danzando y berreando ante el hombre, esquivaba los golpes.
    Maniobraron así cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar a
    la bestia contra el alambrado. Pero ésta, con la decisión pesada y
    bruta de su fuerza, hundió la cabeza entre los hilos y pasó, bajo un
    agudo violineo de alambres y de grampas lanzadas a veinte metros.

    Los caballos vieron cómo el hombre volvía precipitadamente a su
    rancho, y tornaba a salir con el rostro pálido. Vieron también que
    saltaba el alambrado y se encaminaba en dirección de ellos, por lo
    cual los compañeros, ante aquel paso que avanzaba decidido,
    retrocedieron por el camino en dirección a su chacra.

    Como los caballos marchaban dócilmente a pocos pasos delante del
    hombre, pudieron llegar juntos a la chacra del dueño del toro,
    siéndoles dado oir la conversación.

    Es evidente, por lo que de ello se desprende, que el hombre había
    sufrido lo indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por
    inaccesibles que hubieran sido dentro del monte; alambrados, por
    grande que fuera su tensión e infinito el número de hilos, todo lo
    arrolló el toro con sus hábitos de pillaje. Se deduce también que los
    vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño, por los incesantes
    destrozos de aquella. Pero como los pobladores de la región
    difícilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de animales, por
    duros que les sean, el toro proseguía comiendo en todas partes menos
    en la chacra de su dueño, el cual, por otro lado, parecía divertirse
    mucho con esto.

    De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al
    polaco cazurro.

    –¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro!
    Acaba de pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más!

    El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con extraordinario y
    meloso falsete.

    –¡Ah, toro, malo! ¡Mí no puede! ¡Mí ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa!
    ¡Toro sigue vaca!

    –¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe!

    –¡No, no! ¡Vaca Ramírez! ¡Mí queda loco, toro!

    –Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también!

    –¡Sí, sí, alambre! ¡Ah, mí no sabe!…

    –¡Bueno!, vea don Zaninski: yo no quiero cuestiones con vecinos, pero
    tenga por última vez cuidado con su toro para que no entre por el
    alambrado del fondo; en el camino voy a poner alambre nuevo.

    –¡Toro pasa por camino! ¡No fondo!

    –Es que ahora no va a pasar por el camino.

    –¡Pasa, toro! ¡No púa, no nada! ¡Pasa todo!

    –No va a pasar.

    –¿Qué pone?

    –Alambre de púa… pero no va a pasar.

    –¡No hace nada púa!

    –Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a
    lastimar.

    El chacarero se fué. Es como lo anterior, evidente, que el maligno
    polaco, riéndose una vez más de las gracias del animal, compadeció, si
    cabe en lo posible, a su vecino que iba a construir un alambrado
    infranqueable por su toro. Seguramente se frotó las manos:

    –¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena!

    Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de su
    chacra, y un rato después llegaban al lugar en que Barigüí había
    cumplido su hazaña. La bestia estaba allí siempre, inmóvil en medio
    del camino, mirando con solemne vaciedad de idea desde hacía un cuarto
    de hora, un punto fijo de la distancia. Detrás de él, las vacas
    dormitaban al sol ya caliente, rumiando.

    Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron
    los ojos despreciativas:

    –Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga.

    –¡Barigüí sí pasó!

    –A los caballos un solo hilo los contiene.

    –Son flacos.

    Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza:

    –Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están. No va a pasar más
    aquí,–añadió señalando los alambres caídos, obra de Barigüí.

    –Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no pasan.

    –No va a pasar más. Lo dijo el hombre.

    –El comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después.

    El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente más afecto
    al hombre que la vaca. De aquí que el malacara y el alazán tuvieran fe
    en el alambrado que iba a construir el hombre.

    La pareja prosiguió su camino, y momentos después, ante el campo libre
    que se abría ante ellos, los dos caballos bajaron la cabeza a comer,
    olvidándose de las vacas.

    Tarde ya, cuando el sol acababa de entrarse, los dos caballos se
    acordaron del maíz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al
    chacarero que cambiaba todos los postes de su alambrado, y a un hombre
    rubio, que detenido a su lado a caballo, lo miraba trabajar.

    –Le digo que va a pasar,–decía el pasajero.

    –No pasará dos veces,–replicaba el chacarero.

    –¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va
    a pasar!

    –No pasará dos veces,–repetía obstinadamente el otro.

    Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cortadas:

    –… reir!

    –… veremos.

    Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote inglés.
    El malacara y el alazán, algo sorprendidos de aquel paso que no
    conocían, miraron perderse en el valle al hombre presuroso.

    –¡Curioso!–observó el malacara después de largo rato.–El caballo va
    al trote y el hombre al galope.

    Prosiguieron. Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como esa
    mañana. Sobre el cielo pálido y frío, sus siluetas se destacaban en
    negro, en mansa y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazán
    detrás. La atmósfera, ofuscada durante el día por la excesiva luz del
    sol, adquiría a esa hora crepuscular una transparencia casi fúnebre.
    El viento había cesado por completo, y con la calma del atardecer, en
    que el termómetro comenzaba a caer velozmente, el valle helado
    expandía su penetrante humedad, que se condensaba en rastreante
    neblina en el fondo sombrío de las vertientes. Revivía, en la tierra
    ya enfriada, el invernal olor de pasto quemado; y cuando el camino
    costeaba el monte, el ambiente, que se sentía de golpe más frío y
    húmedo, se tornaba excesivamente pesado de perfume de azahar.

    Los caballos entraron por el portón de su chacra, pues el muchacho,
    que hacía sonar el cajoncito de maíz, oyó su ansioso trémulo. El viejo
    alazán obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la
    aventura, viéndose gratificado con una soga, a efectos de lo que
    pudiera pasar.

    Pero a la mañana siguiente, bastante tarde ya a causa de la densa
    neblina, los caballos repitieron su escapatoria, atravesando otra vez
    el tabacal salvaje, hollando con mudos pasos el pastizal helado,
    salvando la tranquera abierta aún.

    La mañana encendida de sol, muy alto ya, reverberaba de luz, y el
    calor excesivo prometia para muy pronto cambio de tiempo. Después de
    trasponer la loma, los caballos vieron de pronto a las vacas detenidas
    en el camino, y el recuerdo de la tarde anterior excitó sus orejas y
    su paso: querían ver cómo era el nuevo alambrado.

    Pero su decepción, al llegar, fué grande. En los postes
    nuevos,–obscuros y torcidos,–había dos simples alambres de púa,
    gruesos, tal vez, pero únicamente dos.

    No obstante su mezquina audacia, la vida constante en chacras había
    dado a los caballos cierta experiencia en cercados. Observaron
    atentamente aquello, especialmente los postes.

    –Son de madera de ley–observó el malacara.

    –Sí, cernes quemados.

    Y tras otra larga mirada de examen, constató:

    –El hilo pasa por el medio, no hay grampas.

    –Están muy cerca uno de otro.

    Cerca, los postes, sí, indudablemente: tres metros. Pero en cambio,
    aquellos dos modestos alambres en reemplazo de los cinco hilos del
    cercado anterior, desilusionaron a los caballos. ¿Cómo era posible que
    el hombre creyera que aquel alambrado para terneros iba a contener al
    terrible toro?

    –El hombre dijo que no iba a pasar–se atrevió, sin embargo, el
    malacara, que en razón de ser el favorito de su amo, comía más maíz,
    por lo cual sentíase más creyente.

    Pero las vacas lo habían oído.

    –Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barigüí pasó
    ya.

    –¿Pasó? ¿Por aquí?–preguntó descorazonado el malacara.

    –Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la avena.

    Entretanto, la vaquilla locuaz había pretendido pasar los cuernos
    entre los hilos; y una vibración aguda, seguida de un seco golpe en
    los cuernos dejó en suspenso a los caballos.

    –Los alambres están muy estirados–dijo después de largo examen el
    alazán.

    –Sí. Más estirados no se puede…

    Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensaban confusamente en
    cómo se podría pasar entre los dos hilos.

    Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras.

    –El pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras después.

    –Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pasan,–oyeron al alazán.

    –¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene!

    Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros aún, el
    toro avanzaba hacia el avenal. Las vacas se colocaron todas de frente
    al cercado, siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. Los
    caballos, inmóviles, alzaron las orejas.

    –¡Come toda avena! ¡Después pasa!

    –Los hilos están muy estirados…–observó aún el malacara, tratando
    siempre de precisar lo que sucedería si…

    –¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre!–lanzó la
    vaquilla locuaz.

    En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia el
    toro. Traía el palo en la mano, pero no parecía iracundo; estaba sí
    muy serio y con el ceño contraído.

    El animal esperó a que el hombre llegara frente a él, y entonces dió
    principio a los mugidos con bravatas de cornadas. El hombre avanzó
    más, y el toro comenzó a retroceder, berreando siempre y arrasando la
    avena con sus bestiales cabriolas. Hasta que, a diez metros ya del
    camino, volvió grupas con un postrer mugido de desafío burlón, y se
    lanzó sobre el alambrado.

    –¡Viene Barigüí! ¡El pasa todo! ¡Pasa alambre de púa!–alcanzaron a
    clamar las vacas.

    Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro bajó la cabeza y
    hundió los cuernos entre los dos hilos. Se oyó un agudo gemido de
    alambre, un estridente chirrido que se propagó de poste a poste hasta
    el fondo, y el toro pasó.

    Pero de su lomo y de su vientre, profundamente abiertos, canalizados
    desde el pecho a la grupa, llovían ríos de sangre. La bestia, presa de
    estupor, quedó un instante atónita y temblando. Se alejó luego al
    paso, inundando el pasto de sangre, hasta que a los veinte metros se
    echó, con un ronco suspiro.

    A mediodía el polaco fué a buscar a su toro, y lloró en falsete ante
    el chacarero impasible. El animal se había levantado, y podía caminar.
    Pero su dueño, comprendiendo que le costaría mucho trabajo curarlo–si
    esto aún era posible–lo carneó esa tarde, y al día siguiente al
    malacara le tocó en suerte llevar a su casa, en la maleta, dos kilos
    de carne del toro muerto.

    #LOS MENSÚ#

    Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de obraje, volvían a
    Posadas en el _Silex_, con quince compañeros. Podeley, labrador de
    madera, tornaba a los nueve meses, la contrata concluída, y con pasaje
    gratis, por lo tanto. Cayé–mensualero–llegaba en iguales
    condiciones, mas al año y medio, tiempo necesario para chancelar
    su cuenta.

    Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos
    tajos, descalzos como la mayoría, sucios como todos ellos, los dos
    mensú devoraban con los ojos la capital del bosque, Jerusalem y
    Gólgota de sus vidas. ¡Nueve meses allá arriba! ¡Año y medio! Pero
    volvían por fin, y el hachazo aún doliente de la vida del obraje, era
    apenas un roce de astilla ante el rotundo goce que olfateaban allí.

    De cien peones, sólo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria
    de una semana a que los arrastra el río aguas abajo, cuentan con el
    anticipo de una nueva contrata. Como intermediario y coadyuvante,
    espera en la playa un grupo de muchachas alegres de carácter y de
    profesión, ante las cuales los mensú sedientos lanzan su ¡ahijú! de
    urgente locura.

    Cayé y Podeley bajaron tambaleantes de orgía pregustada, y rodeados de
    tres o cuatro amigas, se hallaron en un momento ante la cantidad
    suficiente de caña para colmar el hambre de eso de un mensú.

    Un instante después estaban borrachos, y con nueva contrata sellada.
    ¿En qué trabajo? ¿En dónde? Lo ignoraban, ni les importaba tampoco.
    Sabían, sí, que tenían cuarenta pesos en el bolsillo, y facultad para
    llegar a mucho más en gastos. Babeantes de descanso y dicha
    alcohólica, dóciles y torpes, siguieron ambos a las muchachas a
    vestirse. Las avisadas doncellas condujéronlos a una tienda con la que
    tenían relaciones especiales de un tanto por ciento, o tal vez al
    almacén de la casa contratista. Pero en una u otro las muchachas
    renovaron el lujo detonante de sus trapos, anidáronse la cabeza de
    peinetones, ahorcáronse de cintas–robado todo con perfecta sangre
    fría al hidalgo alcohol de su compañero, pues lo único que el mensú
    realmente posee, es un desprendimiento brutal de su dinero.

    Por su parte Cayé adquirió muchos más extractos y lociones y aceites
    de los necesarios para sahumar hasta la náusea su ropa nueva, mientras
    Podeley, más juicioso, insistía en un traje de paño. Posiblemente
    pagaron muy cara una cuenta entreoída y abonada con un montón de
    papeles tirados al mostrador. Pero de todos modos una hora después
    lanzaban a un coche descubierto sus flamantes personas, calzados de
    botas, poncho al hombro–y revólver 44 en el cinto, desde
    luego–repleta la ropa de cigarrillos que deshacían torpemente entre
    los dientes, dejando caer de cada bolsillo la punta de un pañuelo.
    Acompañábanlos dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya
    magnitud se acusaba en la expresión un tanto hastiada de los mensú,
    arrastrando consigo mañana y tarde por las calles caldeadas, una
    infección de tabaco negro y extracto de obraje.

    La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas
    damiselas avisadas inducían a beber a los mensú, cuya realeza en
    dinero de anticipo les hacía lanzar 10 pesos por una botella de
    cerveza, para recibir en cambio 1.40, que guardaban sin
    ojear siquiera.

    Así en constantes derroches de nuevos adelantos–necesidad
    irresistible de compensar con siete días de gran señor las miserias
    del obraje–el _Silex_ volvió a remontar el río. Cayé llevó compañera,
    y ambos, borrachos como los demás peones, se instalaron en el puente,
    donde ya diez mulas se hacinaban en íntimo contacto con baúles,
    atados, perros, mujeres y hombres.

    Al día siguiente, ya despejada las cabezas, Podeley y Cayé examinaron
    sus libretas: era la primera vez que lo hacían desde la contrata. Cayé
    había recibido 120 en efectivo, y 35 en gasto, y Podeley 130 y 75,
    respectivamente.

    Ambos se miraron con expresión que pudiera haber sido de espanto, si
    un mensú no estuviera perfectamente curado de ese malestar. No
    recordaban haber gastado ni la quinta parte.

    –¡Añá…!–murmuró Cayé–No voy a cumplir nunca…

    Y desde ese momento tuvo sencillamente–como justo castigo de su
    despilfarro–la idea de escaparse de allá.

    La legitimidad de su vida en Posadas era, sin embargo, tan evidente
    para él, que sintió celos del mayor adelanto acordado a Podeley.

    –Vos tenés suerte… dijo.–Grande, tu anticipo…

    –Vos traés compañera–objetó Podeley–eso te cuesta para tu
    bolsillo…

    Cayé miró a su mujer, y aunque la belleza y otras cualidades de orden
    más moral pesan muy poco en la elección de un mensú, quedó satisfecho.
    La muchacha deslumbraba, efectivamente, con su traje de raso, falda
    verde y blusa amarilla; luciendo en el cuello sucio un triple collar
    de perlas; zapatos Luis XV, las mejillas brutalmente pintadas, y un
    desdeñoso cigarro de hoja bajo los párpados entornados.

    Cayé consideró a la muchacha y su revólver 44: era realmente lo único
    que valía de cuanto llevaba con él. Y aún lo último corría el riesgo
    de naufragar tras el anticipo, por minúscula que fuera su tentación
    de tallar.

    A dos metros de él, sobre un baúl de punta, los mensú jugaban
    concienzudamente al monte cuanto tenían. Cayé observó un rato
    riéndose, como se ríen siempre los peones cuando están juntos, sea
    cual fuere el motivo, y se aproximó al baúl, colocando a una carta, y
    sobre ella, cinco cigarros.

    Modesto principio, que podía llegar a proporcionarle el dinero
    suficiente para pagar el adelanto en el obraje, y volverse en el mismo
    vapor a Posadas a derrochar un nuevo anticipo.

    Perdió; perdió los demás cigarros, perdió cinco pesos, el poncho, el
    collar de su mujer, sus propias botas, y su 44. Al día siguiente
    recuperó las botas, pero nada más, mientras la muchacha compensaba la
    desnudez de su pescuezo con incesantes cigarros despreciativos.

    Podeley ganó, tras infinito cambio de dueño, el collar en cuestión, y
    una caja de jabones de olor que halló modo de jugar contra un machete
    y media docena de medias, quedando así satisfecho.

    Habían llegado, por fin. Los peones treparon la interminable cinta
    roja que escalaba la barranca, desde cuya cima el "Silex" aparecía
    mezquino y hundido en el lúgubre río. Y con ahijús y terribles
    invectivas en guaraní, bien que alegres todos, despidieron al vapor,
    que debía ahogar, en una baldeada de tres horas, la nauseabunda
    atmósfera de desaseo, patchulí y mulas enfermas, que durante cuatro
    días remontó con él.

    * * * * *

    Para Podeley, labrador de madera, cuyo diario podía subir a siete
    pesos, la vida de obraje no era dura. Hecho a ella, domada su
    aspiración de estricta justicia en el cubicaje de la madera,
    compensando las rapiñas rutinarias con ciertos privilegios de buen
    peón, su nueva etapa comenzó al día siguiente, una vez demarcada su
    zona de bosque. Construyó con hojas de palmera su cobertizo–techo y
    pared sur–dió nombre de cama a ocho varas horizontales, nada más; y
    de un horcón colgó la provista semanal. Recomenzó, automáticamente,
    sus días de obraje: silenciosos mates al levantarse, de noche aún, que
    se sucedían sin desprender la mano de la pava; la exploración en
    descubierta de madera; el desayuno a las ocho, harina, charque y
    grasa; el hacha luego, a busto descubierto, cuyo sudor arrastraba
    tábanos, barigüís y mosquitos; después el almuerzo, esta vez porotos y
    maíz flotando en la inevitable grasa, para concluir de noche, tras
    nueva lucha con las piezas de 8 por 30, con el yopará del mediodía.

    Fuera de algún incidente con sus colegas labradores, que invadían su
    jurisdicción; del hastío de los días de lluvia que lo relegaban en
    cuclillas frente a la pava, la tarea proseguía hasta el sábado de
    tarde. Lavaba entonces su ropa, y el domingo iba al almacén a
    proveerse.

    Era éste el real momento de solaz de los mensú, olvidándolo todo entre
    los anatemas de la lengua natal, sobrellevando con fatalismo indígena
    la suba siempre creciente de la provista, que alcanzaba entonces a
    cinco pesos por machete, y ochenta centavos por kilo de galleta. El
    mismo fatalismo que aceptaba esto con un ¡añá! y una riente mirada a
    los demás compañeros, le dictaba, en elemental desagravio, el deber de
    huir del obraje en cuanto pudiera. Y si esta ambición no estaba en
    todos los pechos, todos los peones comprendían esa mordedura de
    contra-justicia, que iba, en caso de llegar, a clavar los dientes en
    la entraña misma del patrón. Este, por su parte, llevaba la lucha a su
    extremo final, vigilando día y noche a su gente, y en especial a los
    mensualeros.

    Ocupábanse entonces los mensú en la planchada, tumbando piezas entre
    inacabable gritería, que subía de punto cuando las mulas, impotentes
    para contener la alzaprima, que bajaba a todo escape, rodaban unas
    sobre otras dando tumbos, vigas, animales, carretas, todo bien
    mezclado. Raramente se lastimaban las mulas; pero la algazara era
    la misma.

    Cayé, entre risa y risa, meditaba siempre su fuga. Harto ya de
    revirados y yoparás, que el pregusto de la huída tornaba más
    indigestos, deteníase aún por falta de revólver, y ciertamente, ante
    el winchester del capataz. ¡Pero si tuviera un 44!…

    La fortuna llególe esta vez en forma bastante desviada.

    La compañera de Cayé, que desprovista ya de su lujoso atavío lavaba la
    ropa a los peones, cambió un día de domicilio. Cayé esperó dos noches,
    y a la tercera fué a casa de su reemplazante, donde propinó una
    soberbia paliza a la muchacha. Los dos mensú quedaron solos charlando,
    resultas de lo cual convinieron en vivir juntos, a cuyo efecto el
    seductor se instaló con la pareja. Esto era económico y bastante
    juicioso. Pero como el mensú parecía gustar realmente de la dama–cosa
    rara en el gremio–Cayé ofreciósela en venta por un revólver con
    balas, que él mismo sacaría del almacén. No obstante esta sencillez,
    el trato estuvo a punto de romperse, porque a última hora Cayé pidió
    se agregara un metro de tabaco en cuerda, lo que pareció excesivo al
    mensú. Concluyóse por fin el mercado, y mientras el fresco matrimonio
    se instalaba en su rancho, Cayé cargaba concienzudamente su 44, para
    dirigirse a concluir la tarde lluviosa tomando mate con aquellos.

    * * * * *

    El otoño finalizaba, y el cielo, fijo en sequía con chubascos de cinco
    minutos, se descomponía por fin en mal tiempo constante, cuya humedad
    hinchaba el hombro de los mensú. Podeley, libre hasta entonces,
    sintióse un día con tal desgano al llegar a su viga, que se detuvo,
    mirando a todas partes qué podía hacer. No tenía ánimo para nada.
    Volvió a su cobertizo, y en el camino sintió un ligero cosquilleo en
    la espalda.

    Sabía muy bien qué eran aquel desgano y aquel hormigueo a flor de
    estremecimiento. Sentóse filosóficamente a tomar mate, y media hora
    después un hondo y largo escalofrío recorrióle la espalda bajo
    la camisa.

    No había nada que hacer. Se echó en la cama, tiritando de frío,
    doblado en gatillo bajo el poncho, mientras los dientes,
    incontenibles, castañeaban a más no poder.

    Al día siguiente el acceso, no esperado hasta el crepúsculo, tornó a
    mediodía, y Podeley fué a la comisaría a pedir quinina. Tan claramente
    se denunciaba el chucho en el aspecto del mensú, que el dependiente
    bajó los paquetes sin mirar casi al enfermo, quien volcó
    tranquilamente sobre su lengua la terrible amargura aquella. Al volver
    al monte, halló al mayordomo.

    –Vos también–le dijo éste, mirándolo–y van cuatro. Los otros no
    importa… poca cosa. Vos sos cumplidor… ¿Cómo está tu cuenta?

    –Falta poco… pero no voy a poder trabajar…

    –¡Bah! Curate bien y no es nada… Hasta mañana.

    –Hasta mañana–se alejó Podeley apresurando el paso, porque en los
    talones acababa de sentir un leve cosquilleo.

    El tercer ataque comenzó una hora después, quedando Podeley aplomado
    en una profunda falta de fuerzas, y la mirada fija y opaca, como si no
    pudiera ir más allá de uno o dos metros.

    El descanso absoluto a que se entregó por tres días–bálsamo
    específico para el mensú, por lo inesperado–no hizo sino convertirle
    en un bulto castañeteante y arrebujado sobre un raigón. Podeley, cuya
    fiebre anterior había tenido honrado y periódico ritmo, no presagió
    nada bueno para él de esa galopada de accesos casi sin intermitencia.
    Hay fiebre y fiebre. Si la quinina no había cortado a ras el segundo
    ataque, era inútil que se quedara allá arriba, a morir hecho un ovillo
    en cualquier vuelta de picada. Y bajó de nuevo al almacén.

    –¡Otra vez vos!–lo recibió el mayordomo.–Eso no anda bien… ¿No
    tomaste quinina?

    –Tomé… No me hallo con esta fiebre… No puedo trabajar. Si
    querés darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane…

    El mayordomo contempló aquella ruina, y no estimó en gran cosa la vida
    que quedaba allí.

    –¿Cómo está tu cuenta?–preguntó otra vez.

    –Debo veinte pesos todavía… El sábado entregué… Me hallo muy
    enfermo…

    –Sabés bien que mientras tu cuenta no esté pagada, debés quedar.
    Abajo… podés morirte. Curate aquí, y arreglás tu cuenta en seguida.

    ¿Curarse de una fiebre perniciosa, allí donde se la adquirió? No, por
    cierto; pero el mensú que se va puede no volver, y el mayordomo
    prefería hombre muerto a deudor lejano.

    Podeley jamás había dejado de cumplir nada, única altanería que se
    permite ante su patrón un mensú de talla.

    –¡No me importa que hayas dejado o no de cumplir!–replicó el
    mayordomo.–¡Pagá tu cuenta primero, y después veremos!

    Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente el deseo de
    desquite. Fué a instalarse con Cayé, cuyo espíritu conocía bien, y
    ambos decidieron escaparse el próximo domingo.

    Pero al día siguiente, viernes, hubo en el obraje inusitado
    movimiento.

    –¡Ahí tenés!–gritó el mayordomo, tropezando con Podeley.–Anoche se
    han escapado tres… ¿Eso es lo que te gusta, no? ¡Esos también eran
    cumplidores! ¡Como vos! Pero antes vas a reventar aquí, que salir de
    la planchada! ¡Y mucho cuidado, vos y todos los que están oyendo!
    ¡Ya saben!

    La decisión de huir, y sus peligros, para los que el mensú necesita
    todas sus fuerzas, es capaz de contener algo más que una fiebre
    perniciosa. El domingo, por lo demás, había ya llegado; y con falsas
    maniobras de lavaje de ropa, simulados guitarreos en el rancho de tal
    o cual, la vigilancia pudo ser burlada, y Podeley y Cayé se
    encontraron de pronto a mil metros de la comisaría.

    Mientras no se sintieran perseguidos, no abandonarían la picada;
    Podeley caminaba mal. Y aún así…

    La resonancia peculiar del bosque trájoles, lejana, una voz ronca:

    –¡A la cabeza! ¡A los dos!

    Y un momento después surgían de un recodo de la picada, el capataz y
    tres peones corriendo. La cacería comenzaba.

    Cayé amartilló su revólver sin dejar de avanzar.

    –¡Entregáte, añá!–gritóles el capataz.

    –Entremos en el monte–dijo Podeley.–Yo no tengo fuerza para mi
    machete.

    –¡Volvé o te tiro!–llegó otra voz.

    –Cuando estén más cerca…–comenzó Cayé.–Una bala de winchester
    pasó silbando por la picada.

    –¡Entrá!–gritó Cayé a su compañero.–Y parapetándose tras un árbol,
    descargó hacia allá los cinco tiros de su revólver.

    Una gritería aguda respondióles, mientras otra bala de winchester
    hacía saltar la corteza del árbol.

    –¡Entregáte o te voy a dejar la cabeza…!

    –¡Andá no más!–instó Cayé a Podeley.–Yo voy a…

    Y tras nueva descarga, entró en el monte.

    Los perseguidores, detenidos un momento por las explosiones,
    lanzáronse rabiosos adelante, fusilando, golpe tras golpe de
    winchester, el derrotero probable de los fugitivos.

    A 100 metros de la picada, y paralelos a ella, Cayé y Podeley se
    alejaban, doblados hasta el suelo para evitar las lianas. Los
    perseguidores lo presumían; pero como dentro del monte, el que ataca
    tiene cien probabilidades contra una de ser detenido por una bala en
    mitad de la frente, el capataz se contentaba con salvas de winchester
    y aullidos desafiantes. Por lo demás, los tiros errados hoy habían
    hecho lindo blanco la noche del jueves…

    El peligro había pasado. Los fugitivos se sentaron, rendidos. Podeley
    se envolvió en el poncho, y recostado en la espalda de su compañero,
    sufrió con dos terribles horas de chucho, el contragolpe de
    aquel esfuerzo.

    Prosiguieron la fuga, siempre a la vista de la picada, y cuando la
    noche llegó, por fin, acamparon. Cayé había llevado chipas, y Podeley
    encendió fuego, no obstante los mil inconvenientes en un país donde,
    fuera de los pavones, hay otros seres que tienen debilidad por la luz,
    sin contar los hombres.

    El sol estaba muy alto ya, cuando a la mañana siguiente encontraron al
    riacho, primera y última esperanza de los escapados. Cayé cortó doce
    tacuaras sin más prolija elección, y Podeley, cuyas últimas fuerzas
    fueron dedicadas a cortar los isipós, tuvo apenas tiempo de hacerlo
    antes de enroscarse a tiritar.

    Cayé, pues, construyó solo la jangada–diez tacuaras atadas
    longitudinalmente con lianas, llevando en cada extremo una atravesada.

    A los diez segundos de concluída se embarcaron. Y la hangadilla,
    arrastrada a la deriva, entró en el Paraná.

    Las noches son esa época excesivamente frescas, y los dos mensú, con
    los pies en el agua, pasaron la noche helados, uno junto al otro. La
    corriente del Paraná que llegaba cargado de inmensas lluvias, retorcía
    la jangada en el borbollón de sus remolinos, y aflojaba lentamente los
    nudos de isipó.

    En todo el día siguiente comieron dos chipas, último resto de
    provisión, que Podeley probó apenas. Las tacuaras taladradas por los
    tambús se hundían, y al caer la tarde, la jangada había descendido a
    una cuarta del nivel del agua.

    Sobre el río salvaje, encajonado en los lúgubres murallones de bosque,
    desierto del más remoto ¡ay!, los dos hombres, sumergidos hasta la
    rodilla, derivaban girando sobre sí mismos, detenidos un momento
    inmóviles ante un remolino, siguiendo de nuevo, sosteniéndose apenas
    sobre las tacuaras casi sueltas que se escapaban de sus pies, en una
    noche de tinta que no alcanzaban a romper sus ojos desesperados.

    El agua llegábales ya al pecho cuando tocaron tierra. ¿Dónde? No
    sabían… un pajonal. Pero en la misma orilla quedaron inmóviles,
    tendidos de espaldas.

    Ya deslumbraba el sol cuando despertaron. El pajonal se extendía
    veinte metros tierra adentro, sirviendo de litoral a río y bosque. A
    media cuadra al sur, el riacho Paranaí, que decidieron vadear cuando
    hubieran recuperado las fuerzas. Pero éstas no volvían tan rápidamente
    como era de desear, dado que los cogollos y gusanos de tacuara son
    tardos fortificantes. Y durante veinte horas la lluvia transformó al
    Paraná en aceite blanco, y al Paranaí en furiosa avenida. Todo
    imposible. Podeley se incorporó de pronto chorreando agua, apoyándose
    en el revólver para levantarse, y apuntó. Volaba de fiebre.

    –¡Pasá, añá!…

    Cayé vió que poco podía esperar de aquel delirio, y se inclinó
    disimuladamente para alcanzar a su compañero de un palo. Pero el
    otro insistió:

    –¡Andá al agua! ¡Vos me trajiste! ¡Bandeá el río!

    Los dedos lívidos temblaban sobre el gatillo.

    Cayé obedeció; dejóse llevar por la corriente, y desapareció tras el
    pajonal, al que pudo abordar con terrible esfuerzo.

    Desde allí, y de atrás, acechó a su compañero, recogiendo el revólver
    caído; pero Podeley yacía de nuevo de costado, con las rodillas
    recogidas hasta el pecho, bajo la lluvia incesante. Al aproximarse
    Cayé alzó la cabeza, y sin abrir casi los ojos, cegados por el
    agua, murmuró:

    –Cayé… caray… Frío muy grande…

    Llovió aún toda la noche sobre el moribundo, la lluvia blanca y sorda
    de los diluvios otoñales, hasta que a la madrugada Podeley quedó
    inmóvil para siempre en su tumba de agua.

    Y en el mismo pajonal, sitiado siete días por el bosque, el río y la
    lluvia, el mensú agotó las raíces y gusanos posible; perdió poco a
    poco sus fuerzas, hasta quedar sentado, muriéndose de frío y hambre,
    con los ojos fijos en el Paraná.

    El _Silex_, que pasó por allí al atardecer, recogió al mensú ya casi
    moribundo. Su felicidad transformóse en terror, al darse cuenta al día
    siguiente de que el vapor remontaba el río.

    –¡Por favor te pido!–lloriqueó ante el capitán–¡No me bajen en
    Puerto X! ¡Me van a matar!… ¡Te lo pido de veras!…

    El _Silex_ volvió a Posadas, llevando con él al mensú empapado aún en
    pesadillas nocturnas.

    Pero a los diez minutos de bajar a tierra, estaba ya borracho, con
    nueva contrata, y se encaminaba tambaleando a comprar extractos.

    #YAGUAÍ#

    Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra–un
    sólido bloque de mineral de hierro–y dió una cautelosa vuelta en
    torno. Bajo el sol a mediodía de Misiones, el aire vibraba sobre el
    negro peñasco, fenómeno éste que no seducía al fox-terrier. Allí abajo,
    sin embargo, estaba la lagartija. Giró nuevamente alrededor, resopló
    en un intersticio, y, para honor de la raza, rascó un instante el
    bloque ardiente. Hecho lo cual regresó con paso perezoso, que no
    impedía un sistemático olfateo a ambos lados.

    Entró en el comedor, echándose entre el aparador y la pared, fresco
    refugio que él consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la
    opinión de toda la casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuando a la
    depresión de la atmósfera acompaña la falta de aire, tornábase
    imposible en un día de viento norte. Era éste un flamante conocimiento
    del fox-terrier, en quien luchaba aún la herencia del país
    templado–Buenos Aires, patria de sus abuelos y suya–donde sucede
    precisamente lo contrario. Salió, por lo tanto, afuera, y se sentó
    bajo un naranjo, en pleno viento de fuego, pero que facilitaba
    inmensamente la respiración. Y como los perros transpiran muy poco,
    Yaguaí apreciaba cuanto es debido el viento evaporizador sobre la
    lengua danzante puesta a su paso.

    El termómetro alcanzaba en ese momento a 40°. Pero los fox-terriers de
    buena cuna son singularmente falaces en cuanto a promesas de quietud
    se refiera. Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta volcánica
    que la roja arena tornaba aún más calcinante, había lagartijas.

    Con la boca ahora cerrada, Yaguaí transpuso el tejido de alambre y se
    halló en pleno campo de caza. Desde septiembre no había logrado otra
    ocupación a las siestas bravas. Esta vez rastreó cuatro de las pocas
    que quedaban ya, cazó tres, perdió una, y se fué entonces a bañar.

    A cien metros de la casa, en la base de la meseta y a orillas del
    bananal, existía un pozo en piedra viva de factura y forma originales,
    pues siendo comenzado a dinamita por un profesional, habíalo concluído
    un aficionado con pala de punta. Verdad es que no medía sino dos
    metros de hondura, tendiéndose en larga escarpa por un lado, a modo de
    tajamar. Su fuente, bien que superficial, resistía a secas de dos
    meses, lo que es bien meritorio en Misiones.

    Allí se bañaba el fox-terrier, primero la lengua, después el vientre
    sentado en el agua, para concluir con una travesía a nado. Volvía
    luego a la casa, siempre que algún rastro no se atravesara en su
    camino. Al caer el sol, tornaba al pozo; de aquí que Yaguaí sufriera
    vagamente de pulgas, y con bastante facilidad el calor tropical para
    el que su raza no había sido creada.

    El instinto combativo del fox-terrier se manifestó normalmente contra
    las hojas secas; subió luego a las mariposas y su sombra, y se fijó
    por fin en las lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en jaque
    a todas las ratas de la casa, su gran encanto eran los saurios. Los
    peones que por a o b llegaban a la siesta, admiraron siempre la
    obstinación del perro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego, si
    bien la admiración de aquellos no pasaba del cuadro de caza.

    –Eso–dijo uno un día, señalando al perro con una vuelta de
    cabeza,–no sirve más que para bichitos…

    El dueño de Yaguaí lo oyó:

    –Tal vez–repuso,–pero ninguno de los famosos perros de ustedes
    sería capaz de hacer lo que hace ese.

    Los hombres se sonrieron sin contestar.

    Cooper, sin embargo, conocía bien a los perros de monte, y su
    maravillosa aptitud para la caza a la carera, que su fox-terrier
    ignoraba. ¿Enseñarle? Acaso; pero él no tenía cómo hacerlo.

    Precisamente esa misma tarde un peón se quejó a Cooper de los venados
    que estaban concluyendo con los porotos. Pedía escopeta, porque aunque
    él tenía un perro, no podía sino _a veces_ alcanzarlos de un palo…

    Cooper prestó la escopeta, y aún propuso ir esa noche al rozado.

    –No hay luna–objetó el peón.

    –No importa. Suelte el perro y veremos si el mío lo sigue.

    Esa noche fueron al plantío. El peón soltó a su perro, y el animal se
    lanzó en seguida en las tinieblas del monte, en busca de un rastro.

    Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó en vano forzar la barrera
    de caraguatá. Logrólo al fin, y siguió la pista del otro. Pero a los
    dos minutos regresaba, muy contento de aquella escapatoria nocturna.
    Eso sí, no quedó agujerito sin olfatear en diez metros a la redonda.

    Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope que puede durar
    muy bien desde la madrugada hasta las tres de la tarde, eso no. El
    perro del peón halló una pista, muy lejos, que perdió en seguida. Una
    hora después volvía a su amo, y todos juntos regresaron a la casa.

    La prueba, si no concluyente, desanimó a Cooper. Se olvidó luego de
    ello, mientras el fox-terrier continuaba cazando ratas, algún lagarto
    o zorro en su cueva, y lagartijas.

    Entretanto, los días se sucedían unos a otros, enceguecientes,
    pesados, en una obstinación de viento norte que doblaba las verduras
    en lacios colgajos, bajo el blanco cielo de los mediodías tórridos. El
    termómetro se mantenía a 38-40, sin la más remota esperanza de lluvia.
    Durante cuatro días el tiempo se cargó; con asfixiante calma y aumento
    de calor. Y cuando se perdió al fin la esperanza de que el sur
    devolviera en torrentes de agua todo el viento de fuego recibido un
    mes entero del norte, la gente se resignó a una desastrosa sequía.

    El fox-terrier vivió desde entonces sentado bajo su naranjo, porque
    cuando el calor traspasa cierto límite razonable, los perros no
    respiran bien, echados. Con la lengua de fuera y los ojos entornados,
    asistió a la muerte progresiva de cuanto era brotación primaveral. La
    huerta se perdió rápidamente. El maizal pasó del verde claro a una
    blancura amarillenta, y a fines de Noviembre sólo quedaban de él
    columnitas truncas sobre la negrura desolada del rozado. La mandioca,
    heroica entre todas, resistía bien.

    El pozo del fox-terrier–agotada su fuente–perdió día a día su agua
    verdosa, y tan caliente que Yaguaí no iba a él sino de mañana, si bien
    ahora hallaba rastros de apereás, agutíes y hurones, que la sequía del
    monte forzaba hasta aquél.

    En vuelta de su baño, el perro se sentaba de nuevo, viendo aumentar
    poco a poco el viento, mientras el termómetro, refrescado a 15 al
    amanecer, llegaba a 41 a las dos de la tarde. La sequedad del aire
    llevaba a beber al fox-terrier cada media hora, debiendo entonces
    luchar con las avispas y abejas que invadían los baldes, muertas de
    sed. Las gallinas, con las alas en tierra, jadeaban tendidas a la
    triple sombra de los bananos, la glorieta y la enredadera de flor
    roja, sin atreverse a dar un paso sobre la arena abrasada, y bajo un
    sol que mataba instantáneamente a las hormigas rubias.

    Alrededor, cuanto abarcaba los ojos del fox-terrier, los bloques de
    hierro, el pedregullo volcánico, el monte mismo, danzaba, mareado de
    calor. Al oeste, en el fondo del valle boscoso, hundido en la
    depresión de la doble sierra, el Paraná yacía, muerto a esa hora en su
    agua de cinc, esperando la caída de la tarde para revivir. La
    atmósfera, entonces, ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al
    horizonte en denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el río,
    sosteníase asfixiado en perfecto círculo de sangre. Y mientras el
    viento cesaba por completo y en el aire aún abrasado Yaguaí arrastraba
    por la meseta su diminuta mancha blanca, las palmeras, recortándose
    inmóviles sobre el río cuajado en rubí, infundían en el paisaje una
    sensación de lujoso y sombrío oasis.

    Los días se sucedían iguales. El pozo del fox-terrier se secó, y las
    asperezas de la vida, que hasta entonces evitaran a Yaguaí, comenzaron
    para él esa misma tarde.

    Desde tiempo atrás, el perrito blanco había sido muy solicitado por un
    amigo de Cooper, hombre de selva cuyos muchos ratos perdidos se
    pasaban en el monte tras los tatetos. Tenía tres perros magníficos
    para esta caza, aunque muy inclinados a rastrear coatíes, lo que
    envolviendo una pérdida de tiempo para el cazador, constituye también
    la posibilidad de un desastre, pues la dentellada de un coatí degüella
    sistemáticamente al perro que no supo cogerlo.

    Fragoso, habiendo visto un día trabajar al fox-terrier en un asunto de
    irara, que Yaguaí forzó a estarse definitivamente quieta, dedujo que
    un perrito que tenía ese talento especial para morder justamente entre
    cruz y pescuezo, no era un perro cualquiera, por más corta que tuviera
    la cola. Por lo que instó repetidas veces a Cooper a que le prestara
    a Yaguaí.

    –Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón–le decía.

    –Tiene tiempo–respondía Cooper.

    Pero en esos días abrumadores–la visita de Fragoso avivando el
    recuerdo de aquello–Cooper le entregó su perro a fin de que le
    enseñara a correr.

    Corrió, sin duda, mucho más de lo que hubiera deseado el mismo Cooper.

    Fragoso vivía en la margen izquierda del Yabebirí, y había plantado en
    octubre un mandiocal que no producía aún, y media hectárea de maíz y
    porotos, totalmente perdida. Esto último, específico para el cazador,
    tenía para Yaguaí muy poca importancia, trastornándole en cambio la
    nueva alimentación. El, que en casa de Cooper coleaba ante la mandioca
    simplemente cocida, para no ofender a su amo, y olfateaba por tres o
    cuatro lados el locro, para no quebrar del todo con la cocinera,
    conoció la angustia de los ojos brillantes y fijos en el amo que come,
    para concluir lamiendo el plato que sus tres compañeros habían pulido
    ya, esperando ansiosamente el puñado de maíz sancochado que les
    daban cada día.

    Los tres perros salían de noche a cazar por su cuenta–maniobra ésta
    que entraba en el sistema educacional del cazador;–pero el hambre,
    que llevaba a aquellos naturalmente al monte a rastrear para comer,
    inmovilizaba al fox-terrier en el rancho, único lugar del mundo donde
    podía hallar comida. Los perros que no devoran la caza, serán siempre
    malos cazadores; y justamente la raza a que pertenecía Yaguaí, caza
    desde su creación por simple sport.

    Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox-terrier. Pero siendo
    Yaguaí mucho más perjudicial que útil al trabajo desenvuelto de sus
    tres perros, lo relegó desde entonces en el rancho a espera de mejores
    tiempos para esa enseñanza.

    Entretanto, la mandioca del año anterior comenzaba a concluirse, las
    últimas espigas de maíz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano,
    y el hambre, ya dura para los tres perros nacidos con ella, royó las
    entrañas de Yaguaí. En aquella nueva vida había adquirido con pasmosa
    rapidez el aspecto humillado, servil y traicionero de los perros del
    país. Aprendió entonces a merodear de noche en los ranchos vecinos,
    avanzando con cautela, las piernas dobladas y elásticas, hundiéndose
    lentamente al pie de una mata de espartillo, al menor rumor hostil.
    Aprendió a no ladrar por más furor o miedo que tuviera, y a gruñir de
    un modo particularmente sordo, cuando el cuzco de un rancho defendía a
    éste del pillaje. Aprendió a visitar los gallineros, a separar dos
    platos encimados con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con
    grasa, a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal. Conoció el gusto
    de las guascas ensebadas, de los zapatones untados de grasa, del
    hollín pegoteado de una olla, y–alguna vez–de la miel recogida y
    guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la prudencia necesaria para
    apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba, siguiéndolo con los
    ojos, aguachado entre el pasto. Y a fines de enero, de la mirada
    encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y
    provocador del fox-terrier, no quedaba sino un esqueletillo sarnoso,
    de orejas echadas atrás y rabo hundido y traicionero, que trotaba
    furtivamente por los caminos.

    La sequía continuaba; el monte quedó poco a poco desierto, pues los
    animales se concentraban en los hilos de agua que habían sido grandes
    arroyos. Los tres perros forzaban la distancia que los separaba del
    abrevadero de las bestias, con éxito mediano, pues siendo éste muy
    frecuentado a su vez por los yaguareteí, la caza menor tornábase
    desconfiada. Fragoso, preocupado con la ruina del rozado y disgustos
    con el propietario de su tierra, no tenía humor para cazar, ni aún por
    hambre. Y la situación amenazaba así tornarse muy crítica, cuando una
    circunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la lamentable jauría.

    Fragoso debió ir a San Ignacio, y los cuatro perros, que fueron con
    él, sintieron en sus narices dilatadas una impresión de frescura
    vegetal–vaguísima, si se quiere,–pero que acusaba un poco de vida en
    aquel infierno de calor y seca. En efecto, la región había sido menos
    azotada, resultas de lo cual algunos maizales, aunque miserables, se
    sostenían en pie.

    No comieron ese día; pero al regresar jadeando detrás del caballo, los
    perros no olvidaron aquella sensación de frescura, y a la noche
    siguiente salían juntos en mudo trote hacia San Ignacio. En la orilla
    del Yabebirí se detuvieron oliendo el agua y levantando el hocico
    trémulo a la otra costa. La luna salía entonces, con su amarillenta
    luz de menguante. Los perros avanzaron cautelosamente sobre el río a
    flor de piedra, saltando aquí, nadando allá, en un paso que en agua
    normal no da fondo a tres metros.

    Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y tenaz hacia el
    maizal más cercano. Allí el fox-terrier vió cómo sus compañeros
    quebraban los tallos con los dientes, devorando en secos mordiscos que
    entraban hasta el marlo, las espigas en choclo. Hizo lo mismo; y
    durante una hora, en el rozado negro de árboles quemados, que la
    fúnebre luz del menguante volvía más espectral, los perros se movieron
    de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose mutuamente.

    Volvieron tres veces más, hasta que la última noche un estampido
    demasiado cercano los puso en guardia. Mas coincidiendo esta aventura
    con la mudanza de Fragoso a San Ignacio, los perros no sintieron mucho.

    * * * * *

    Fragoso había logrado por fin trasladarse allá, en el fondo de la
    colonia. El monte, entretejido de tacuapí, denunciaba tierra
    excelente; y aquellas inmensas madejas de bambú, tendidas en el suelo
    con el machete, debían de preparar magníficos rozados.

    Cuando Fragoso se instaló, el tacuapí comenzaba a secarse. Rozó y
    quemó rápidamente un cuarto de hectárea, confiando en algún milagro de
    lluvia. El tiempo se descompuso, en efecto; el cielo blanco se tornó
    plomo, y en las horas más calientes se transparentaban en el horizonte
    lívidas orlas de cúmulos. El termómetro a 39 y el viento norte
    soplando con furia, trajeron al fin doce milímetros de agua, que
    Fragoso aprovechó para su maíz, muy contento. Lo vió nacer, lo vió
    crecer magníficamente hasta cinco centímetros, pero nada más.

    En el tacuapí, bajo él y alimentándose acaso de sus brotos, viven
    infinidad de roedores. Cuando aquél se seca, sus huéspedes se
    desbandan, el hambre los lleva forzosamente a las plantaciones; y de
    este modo los tres perros de Fragoso, que salían una noche, volvieron
    en seguida restregándose el hocico mordido. Fragoso mató esa misma
    noche cuatro ratas que asaltaban su lata de grasa.

    Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente, él y sus compañeros
    se internaban en el monte (aunque el fox-terrier no corría tras el
    rastro, sabía perfectamente desenfundar tatús y hallar nidos de
    urúes), cuando el primero se sorprendió del rodeo que efectuaban sus
    compañeros para no cruzar el rozado. Yaguaí avanzó por éste, no
    obstante; y un momento después lo mordian en una pata, mientras
    rápidas sombras corrían a todos lados.

    Yaguaí vió lo que era; e instantáneamente, en plena barbarie de bosque
    tropical y miseria, surgieron los ojos brillantes, el rabo alto y
    duro, y la actitud batalladora del admirable perro inglés. Hambre,
    humillación, vicios adquiridos, todo se borró en un segundo ante las
    ratas que salían de todas partes. Y cuando volvió por fin a echarse,
    ensangrentado, muerto de fatiga, tuvo que saltar tras las ratas
    hambrientas que invadían literalmente el rancho.

    Fragoso quedó encantado de aquella brusca energía de nervios y
    músculos que no recordaba más, y subió a su memoria el recuerdo del
    viejo combate con la irara; era la misma mordida sobre la cruz: un
    golpe seco de mandíbula, y a otra rata.

    Comprendió también de dónde provenía aquella nefasta invasión, y con
    larga serie de juramentos en voz alta, dió su maizal por perdido. ¿Qué
    podía hacer Yaguaí solo? Fué al rozado, acariciando al fox-terrier, y
    silbó a sus perros; pero apenas los rastreadores de tigres sentían los
    dientes de las ratas en el hocico, chillaban, restregándolo a dos
    patas. Fragoso y Yaguaí hicieron solos el gasto de la jornada, y si el
    primero sacó de ella la muñeca dolorida, el segundo echaba al respirar
    burbujas sanguinolentas por la nariz.

    En doce días, a pesar de cuanto hicieron Fragoso y el fox-terrier para
    salvarlo, el rozado estaba perdido. Las ratas, al igual de las
    martinetas, saben muy bien desenterrar el grano adherido aún a la
    plantita. El tiempo, otra vez de fuego, no permitía ni la sombra de
    nueva plantación, y Fragoso se vió forzado a ir a San Ignacio en busca
    de trabajo, llevando al mismo tiempo su perro a Cooper, que él no
    podía ya entretener poco ni mucho. Lo hacía con verdadera pena, pues
    las últimas aventuras, colocando al fox-terrier en su verdadero teatro
    de caza, habían levantado muy alta la estima del cazador por el
    perrito blanco.

    En el camino, el fox-terrier oyó, lejano, el ruido de carretería de
    los pajonales del Yabebirí ardiendo con la sequía; vió a la vera del
    bosque a las vacas que soportando la nube de tábanos, doblaban los
    catiguás con el pecho, avanzando montadas sobre el tronco arqueado
    hasta alcanzar las hojas. Vió al mismo monte subtropical secándose en
    los pedregales, y sobre el brumoso horizonte de las tardes de 38-40,
    volvió a ver el sol cayendo asfixiado en un círculo rojo y mate.

    Media hora después llegaban a San Ignacio, y siendo ya tarde para
    llegar hasta lo de Cooper, Fragoso aplazó para la mañana siguiente su
    visita. Los tres perros, aunque muertos de hambre, no se aventuraron
    mucho a merodear en país desconocido, con excepción de Yaguaí, al que
    el recuerdo bruscamente despierto de las viejas carreras delante del
    caballo de Cooper, llevaba en línea recta a casa de su amo.

    * * * * *

    Las circunstancias anormales porque pasaba el país con la sequía de
    cuatro meses–y es preciso saber lo que esto supone en Misiones–hacía
    que los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de abundancia,
    llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En pleno día,
    Cooper había tenido ocasión de perder tres gallinas, arrebatadas por
    los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio de un
    poblador haragán llega a enseñar a sus cachorros esta maniobra para
    aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que Cooper perdiera la
    paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo ladrón
    nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la lección era
    asimismo dura.

    Así una noche, en el momento que se iba a acostar, percibió su oído
    alerta el ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de
    alambre. Con un gesto de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo
    afuera vió una mancha blanca que avanzaba dentro del patio.
    Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos transpasantes del animal
    arrastrándose sobre las patas traseras, tuvo un fugitivo sobresalto,
    que no pudo explicar y se desvaneció en seguida. Llegó hasta el lugar,
    pero el perro había desaparecido ya, y entró de nuevo.

    –¿Qué fué, papá?–le preguntó desde la cama su hija.–¿Un perro?

    –Sí–repuso Cooper colgando la escopeta.–Le tiré un poco de
    cerca…

    –¿Grande el perro, papá?

    –No, chico.

    Pasó un momento.

    –¡Pobre Yaguaí!–prosiguió Julia.–¡Cómo estará!

    Súbitamente Cooper recordó la impresión sufrida al oir aullar al
    perro: algo de su Yaguaí había allí… Pero pensando también en cuán
    remota era esa probabilidad, se durmió.

    Fué a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Cooper, siguiendo el
    rastro de sangre, halló a Yaguaí muerto al borde del pozo del bananal.

    De pésimo humor volvió a casa, y la primer pregunta de Julia fué por
    el perro chico.

    –¿Murió, papá?

    –Sí, allá en el pozo… es Yaguaí.

    Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos consternados, fué al pozo.
    Julia, después de mirar un momento inmóvil, se acercó despacio a
    sollozar junto al pantalón de Cooper.

    –¡Qué hiciste, papá!

    –No sabía, chiquita… Apártate un momento.

    En el bananal enterró a su perro, apisonó la tierra encima, y regresó
    profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos, que
    lloraban despacio para que su padre no los sintiera.

    #LOS PESCADORES DE VIGAS#

    El motivo fué cierto juego de comedor que míster Hall no tenía aún, y
    su fonógrafo fué quien le sirvió de anzuelo.

    Candiyú lo vió en la oficina provisoria de la _Yerba Company_, donde
    míster Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta.

    Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna,
    contentándose con detener su caballo un poco al través delante del
    chorro de luz, y mirar a otra parte. Pero como un inglés, a la caída
    de la noche, en mangas de camisa por el calor, y con una botella de
    whisky al lado, es cien veces más circunspecto que cualquier mestizo,
    míster Hall no levantó la vista del disco. Con lo que vencido y
    conquistado, Candiyú concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en
    cuyo umbral apoyó el codo.

    –Buenas noches, patrón ¡Linda música!

    –Sí, linda–repuso míster Hall.

    –¡Linda!–repitió el otro.–¡Cuánto ruido!

    –Sí, mucho ruido–asintió míster Hall, que hallaba no desprovistas de
    profundidad las observaciones de su visitante.

    Candiyú admiraba los nuevos discos:

    –¿Te costó mucho a usted, patrón?

    –Costó… qué?

    –Ese hablero… los mozos que cantan.

    La mirada turbia, inexpresiva e insistente de míster Hall, se aclaró.
    El contador comercial surgía.

    –¡Oh, cuesta mucho!… ¿Usted quiere comprar?

    –Si usted querés venderme…–contestó llanamente Candiyú, convencido
    de la imposibilidad de tal compra. Pero míster Hall proseguía
    mirándolo con pesada fijeza, mientras la membrana saltaba del disco a
    fuerza de marchas metálicas.

    –Vendo barato a usted… ¡cincuenta pesos!

    Candiyú sacudió la cabeza, sonriendo al aparato y a su maquinista,
    alternativamente:

    –¡Mucha plata! No tengo.

    –¿Usted qué tiene, entonces?

    El hombre se sonrió de nuevo, sin responder.

    –¿Dónde usted vive?–prosiguió míster Hall, evidentemente decidido a
    desprenderse de su gramófono.

    –En el puerto.

    –¡Ah! yo conozco usted… ¿Usted llama Candiyú?

    –Así es.

    –¿Y usted pesca vigas?

    –A veces, alguna viguita sin dueño…

    –¡Vendo por vigas!… Tres vigas aserradas. Yo mando carreta.
    ¿Conviene?

    Candiyú se reía.

    –No tengo ahora. Y esa… maquinaria, tiene mucha delicadeza?

    –No; botón acá, y botón acá… yo enseño. ¿Cuándo tiene madera?

    –Alguna creciente… Ahora debe venir una. ¿Y qué palo querés usted?

    –Palo rosa. ¿Conviene?

    –¡Hum!… No baja ese palo casi nunca… Mediante una creciente
    grande, solamente. ¡Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted.

    –Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene?

    El mercado prosiguió a son de cantos británicos, el indígena
    esquivando la vía recta, y el contador acorralándolo en el pequeño
    círculo de la precisión. En el fondo, y descontados el calor y el
    whisky, el ciudadano inglés no hacía un mal negocio, cambiando un
    perro gramófono por varias docenas de bellas tablas, mientras el
    pescador de vigas, a su vez, entregaba algunos días de habitual
    trabajo a cuenta de una maquinita prodigiosamente ruidera.

    Por lo cual el mercado se realizó, a tanto tiempo de plazo.

    Candiyú vive en la costa del Paraná, desde hace treinta años; y si su
    hígado es aún capaz de combinar cualquier cosa después del último
    ataque de fiebre, en diciembre pasado, debe vivir todavía unos meses
    más. Pasa ahora los días sentado en su catre de varas, con el sombrero
    puesto. Sólo sus manos, lívidas zarpas veteadas de verde que penden
    inmensas de las muñecas, como proyectadas en primer término en una
    fotografía, se mueven monótonamente sin cesar, con temblor de
    loro implume.

    Pero en aquel tiempo Candiyú era otra cosa. Tenía entonces por oficio
    honorable el cuidado de un bananal ajeno, y–poco menos lícito–el de
    pescar vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente, derivan
    vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada
    en formación, bien que un peón bromista corte de un machetazo la soga
    que las retiene. Candiyú era poseedor de un anteojo telescopado, y
    pasaba las mañanas apuntando al agua, hasta que la línea blanquecina
    de una viga, destacándose en el horizonte montuoso, lo lanzaba en su
    chalana al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, la empresa
    no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje, recostado
    o halando de un pieza de 10 x 40, vale cualquier remolcador.

    * * * * *

    Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, las
    lluvias habían comenzado después de setenta y cinco días de seca
    absoluta que no dejó llanta en las alzaprimas. El haber realizable del
    obraje consistía en ese momento en siete mil vigas–bastante más que
    una fortuna. Pero como las dos toneladas de una viga, mientras no
    están en el puerto, no pesan dos escrúpulos en caja, Castelhum y Cía.
    distaban muchísimas leguas de estar contentos.

    De Buenos Aires llegaron órdenes de movilización inmediata; el
    encargado del obraje pidió mulas y alzaprimas; le respondieron que con
    el dinero de la primera jangada a recibir le remitirían las mulas, y
    el gerente contestó que con esa mulas anticipadas, les mandaría la
    primer jangada.

    No había modo de entenderse. Castelhum subió hasta el obraje y vió el
    stock de madera en el campamento, sobre la barranca del Ñacanguazú
    al norte.

    –¿Cuánto?–preguntó Castelhum a su encargado.

    –Treinticinco mil pesos–repuso éste.

    Era lo necesario para trasladar las vigas al Paraná. Y sin contar la
    estación impropia.

    Bajo la lluvia que unía en un solo hilo de agua su capa de goma y su
    caballo, Castelhum consideró largo rato el arroyo arremolinado.
    Señalando luego el torrente con un movimiento del capuchón:

    –¿Las aguas llegarán a cubrir el salto?–preguntó a su compañero.

    –Si llueve mucho, sí.

    –¿Tiene todos los hombres en el obraje?

    –Hasta este momento; esperaba órdenes suyas.

    –Bien–dijo Castelhum.–Creo que vamos a salir bien. Míster
    Fernández: Esta misma tarde refuerce la maroma en la barra, y comience
    a arrimar todas las vigas aquí a la barranca. El arroyo está limpio,
    según me dijo. Mañana de mañana bajo a Posadas, y desde entonces, con
    el primer temporal que venga, eche los palos al arroyo. ¿Entiende? Una
    buena lluvia.

    El encargado lo miró abriendo cuanto pudo los ojos.

    –La maroma va a ceder antes que lleguen cien vigas.

    –Ya sé, no importa. Y nos costará muchísimos miles. Volvamos y
    hablaremos más largo.

    Fernández se encogió de hombros y silbó a los capataces.

    En el resto del día, sin lluvia pero empapado en calma de agua, los
    peones tendieron de una orilla a otra en la barra del arroyo, la
    cadena de vigas, y el tumbaje de palos comenzó en el campamento.
    Castelhum bajó a Posadas sobre una agua de inundación que iba
    corriendo nueve millas, y que al salir del Guayra se había alzado
    siete metros la noche anterior.

    Tras gran sequía, grandes lluvias. A mediodía comenzó el diluvio, y
    durante cincuenta y dos horas consecutivas el monte tronó de agua. El
    arroyo, venido a torrente, pasó a rugiente avalancha de agua ladrillo.
    Los peones, calados hasta los huesos, con su flacura en relieve por la
    ropa pegada al cuerpo, despeñaban las vigas por la barranca. Cada
    esfuerzo arrancaba un unísono grito de ánimo, y cuando la monstruosa
    viga rodaba dando tumbos y se hundía con un cañonazo en el agua, todos
    los peones lanzaban su ¡a…ijú! de triunfo. Y luego, los esfuerzos
    malgastados en el barro líquido, la zafadura de las palancas, las
    costaladas bajo la lluvia torrencial. Y la fiebre.

    Bruscamente, por fin, el diluvio cesó. En el súbito silencio
    circunstante, se oyó el tronar de la lluvia todavía sobre el bosque
    inmediato. Más sordo y más hondo, el retumbo del Ñacanguazú. Algunas
    gotas, distanciadas y livianas, caían aún del cielo exhausto. Pero el
    tiempo proseguía cargado, sin el más ligero soplo. Se respiraba agua,
    y apenas los peones hubieron descansado un par de horas, la lluvia
    recomenzó–la lluvia a plomo, maciza y blanca de las crecidas. El
    trabajo urgía–los sueldos habían subido valientemente–y mientras el
    temporal siguió, los peones continuaron gritando, cayéndose y tumbando
    bajo el agua fría.

    En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante contuvo a los primeros
    palos que llegaron, y resistió arqueada y gimiendo a muchas más; hasta
    que al empuje incontrastable de las vigas que llegaban como catapultas
    contra la maroma, el cable cedió.

    * * * * *

    Candiyú observaba el río con su anteojo, considerando que la creciente
    actual, que allí en San Ignacio había subido dos metros más el día
    anterior–llevándose por lo demás su chalana–sería más allá de
    Posadas, formidable inundación. Las maderas habían comenzado a
    descender, pero todas ellas, a juzgar por su alta flotación, eran
    cedros o poco menos, y el pescador reservaba prudentemente
    sus fuerzas.

    Esa noche el agua subió un metro aún, y a la tarde siguiente Candiyú
    tuvo la sorpresa de ver en el extremo de su anteojo una barra, una
    verdadera jangada de vigas sueltas que doblaban la punta de Itacurubí.
    Madera de lomo blanquecino, y perfectamente seca.

    Allí estaba su lugar. Saltó en su guabiroba, y paleó al encuentro de
    la caza.

    Ahora bien, en una creciente del Alto Paraná se encuentran muchas
    cosas antes de llegar a la viga elegida. Arboles enteros, desde luego,
    arrancados de cuajo y con las raíces negras al aire, como pulpos.
    Vacas y mulas muertas, en compañía de buen lote de animales salvajes
    ahogados, fusilados o con una flecha plantada aún en el vientre. Altos
    conos de hormigas amontonadas sobre un raigón. Algún tigre, tal vez;
    camalotes y espuma a discreción,–sin contar, claro está, las víboras.

    Candiyú esquivó, derivó, tropezó y volcó muchas veces más de las
    necesarias para llegar a la presa. Al fin la tuvo; un machetazo puso
    al vivo la veta sanguínea del palo rosa, y recostándose a la viga pudo
    derivar con ella oblicuamente algún trecho. Pero las ramas, los
    árboles, pasaban sin cesar arrastrándolo. Cambió de táctica; enlazó su
    presa, y comenzó entonces la lucha muda y sin tregua, echando
    silenciosamente el alma a cada palada.

    Una viga, derivando con una gran creciente, lleva un impulso
    suficientemente grande para que tres hombres titubeen antes de
    atreverse con ella. Pero Candiyú unía a su gran aliento, treinta años
    de piraterías en río bajo o alto, deseando–además–ser dueño de un
    gramófono.

    La noche, negra, le deparó incidentes a su plena satisfacción. El río,
    a flor de ojo casi, corría velozmente con untuosidad de aceite. A
    ambos lados pasaban y pasaban sin cesar sombras densas. Un hombre
    ahogado tropezó con la guabiroba; Candiyú se inclinó y vió que tenía
    la garganta abierta. Luego visitantes incómodos, víboras al asalto,
    las mismas que en las crecidas trepan por las ruedas de los vapores
    hasta los camarotes.

    El hercúleo trabajo proseguía, la pala temblaba bajo el agua, pero era
    arrastrado a pesar de todo. Al fin se rindió; cerró más el ángulo de
    abordaje, y sumó sus últimas fuerzas para alcanzar el borde de la
    canal, que rasaba los peñascos del Teyucuaré. Durante diez minutos el
    pescador de vigas, los tendones del cuello duros y los pectorales como
    piedra, hizo lo que jamás volverá a hacer nadie para salir de la canal
    en una creciente, con una viga a remolque. La guabiroba se estrelló
    por fin contra las piedras, se tumbó, justamente cuando a Candiyú
    quedaba la fuerza suficiente–y nada más,–para sujetar la soga y
    desplomarse de boca.

    Solamente un mes más tarde tuvo míster Hall sus tres docenas de
    tablas, y veinte segundos después,–ni más ni menos–entregó a Candiyú
    el gramófono, incluso veinte discos.

    La firma Castelhum y Cía., no obstante la flotilla de lanchas a vapor
    que lanzó contra las vigas–y esto por bastante más de treinta
    días–perdió muchas. Y si alguna vez Castelhum llega a San Ignacio y
    visita a míster Hall, admirará sinceramente los muebles del citado
    contador, hechos de palo rosa.

    #LA MIEL SILVESTRE#

    Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce
    años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron
    en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este
    queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la
    caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado
    particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos
    el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus
    peligros como encanto.

    Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes les
    buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con
    gran asombro de sus hermanos menores–iniciados también en Julio
    Verne–sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.

    Acaso, sin embargo, la aventura de los dos robinsones fuera más
    formal, a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las
    escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a tal
    extremo arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom-boot.

    Benincasa, habiendo concluído sus estudios de contaduría pública,
    sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No que su
    temperamento fuera ese, pues antes bien era un muchacho pacífico,
    gordinflón y de cara uniformemente rosada, en razón de gran bienestar.
    En consecuencia, lo suficientemente cuerdo para preferir un té con
    leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del
    bosque. Pero así como el soltero que fué siempre juicioso, cree de su
    deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una
    noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa
    quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa.
    Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos
    strom-boot.

    Apenas salido de Corrientes, había calzado sus botas fuertes, pues los
    yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el
    contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y
    sucios contactos.

    De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que
    contener el desenfado de su ahijado.

    –¿A dónde vas ahora?–le había preguntado sorprendido.

    –Al monte; quiero recorrerlo un poco–repuso Benincasa, que acababa
    de colgarse el winchester al hombro.

    –¡Pero infeliz! no vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si
    quieres… O mejor, deja esa arma y mañana te haré acompañar por
    un peón.

    Benincasa renunció. No obstante, fué hasta la vera del bosque y se
    detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las
    manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable
    maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de
    nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.

    Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio
    de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido,
    Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.

    Llegaron éstas a la segunda noche–aunque de un carácter singular.

    Dormía profundamente, cuando fué despertado por su padrino.

    –¡Eh, dormilón! levántate que te van a comer vivo.

    Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los
    tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su
    padrino y dos peones regaban el piso.

    –¿Qué hay, qué hay?–preguntó, echándose al suelo.

    –Nada… cuidado con los pies; la corrección.

    Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que
    llamamos _corrección_. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan
    velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras.
    Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos,
    alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
    animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada
    en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente,
    pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río
    devorador. Los perros aullan, los bueyes mugen, y es forzoso
    abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el
    esqueleto. Permanecen en el lugar uno, dos, hasta cinco días, según su
    riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.

    No resisten sin embargo a la creolina o droga similar, y como en el
    obraje abundaba aquella, antes de una hora quedó libre de la
    corrección.

    Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de la
    mordedura.

    –Pican muy fuerte, realmente–dijo sorprendido, levantando la cabeza
    a su padrino.

    Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no
    respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la
    invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la
    noche por pesadillas tropicales.

    Al día siguiente se fué al monte, esta vez con un machete, pues había
    concluído por comprender que tal expediente le sería en el monte mucho
    más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso y su
    acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas,
    azotarse la cara y cortarse las botas, todo en uno.

    El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la
    impresión–exacta por lo demás–de un escenario visto de día. De la
    bullente vida tropical, no hay más que el teatro helado; ni un animal,
    ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía, cuando un sordo
    zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco,
    diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con
    cautela, y vió en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras,
    del tamaño de un huevo.

    –Esto es miel–se dijo el contador público con íntima gula.–Deben de
    ser bolitas de cera, llenas de miel…

    Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después
    de un momento de desencanto, pensó en el fuego: levantaría una buena
    humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba
    cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran
    en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y
    oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya
    liviana, se clarificó en milífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos
    animalitos!

    En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y
    alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las
    abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían
    polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de
    sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía
    distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a
    resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa
    miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!

    Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían
    útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal
    goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que
    agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la
    boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en
    pesado hilo hasta la lengua del contador.

    Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de
    Benincasa. Fué inútil que prolongara la suspensión y mucho más que
    repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.

    Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había
    mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos,
    Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el
    suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el
    vaivén del paisaje.

    –Qué curioso mareo…–pensó el contador–y lo peor es…

    Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer
    de nuevo sobre el tronco. ¡Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las
    piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las
    manos le hormigueaban.

    –¡Es muy raro, muy raro, muy raro!–se repitió estúpidamente
    Benincasa, sin escrudiñar sin embargo el motivo de esa rareza.–Como
    si tuviera hormigas… la corrección–concluyó.

    Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.

    –¡Debe de ser la miel!… ¡Es venenosa!… ¡Estoy envenenado!

    Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de
    terror; no había podido ni aún moverse. Ahora la sensación de plomo y
    el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de
    morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le
    cohibió todo medio de defensa.

    –¡Voy a morir ahora!… ¡De aquí a un rato voy a morir!… ¡Ya no
    puedo mover la mano!…

    En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de
    garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su
    angustia cambió de forma.

    –¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!…

    Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él,
    dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba.
    Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba
    vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la
    corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia, la
    posibilidad de que eso negro que invadía el suelo…

    Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto
    lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra
    la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado
    río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora
    oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo el calzoncillo, el
    río de hormigas carnívoras que subían.

    * * * * *

    Su padrino halló por fin dos días después, sin la menor partícula de
    carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que
    merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron
    suficientemente.

    No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o
    paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan
    en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los
    casos su condición–tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir
    Benincasa.

    #NUESTRO PRIMER CIGARRO#

    Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a
    mí, nuestra tía con su muerte.

    Inés volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche,
    cuando nos acostábamos, oímos que Inés decía a mamá:

    –¡Qué extraño!… Tengo las cejas hinchadas.

    Mamá examinó seguramente las cejas de tía, pues después de un rato
    contestó:

    –Es cierto… ¿No sientes nada?

    –No… sueño.

    Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte
    agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos
    cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Inés tenía viruela,
    y de cierta especie hemorrágica que vivía en Buenos Aires.

    Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las
    criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no
    pasen en su casa. Esta vez nuestra tía–¡casualmente nuestra
    tía!–¡enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo
    la amistad de un agente de policía, y el contacto con un payaso que
    saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran
    acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al
    primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, había ya en
    mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por
    primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos.

    Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos
    hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una
    hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al
    lado de Inés.

    Seguramente en los primeros días mamá pasó crueles angustias por sus
    hijos que habían besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros,
    convertidos en furiosos Robinsones, no teníamos tiempo para acordarnos
    de nuestra tía. Hacía mucho tiempo que la quinta dormía en su sombrío
    y húmedo sosiego. Naranjos blanquecinos de diaspis; duraznos rajados
    en la horqueta; membrillos con aspecto de mimbres; higueras
    rastreantes a fuerza de abandono, aquello daba, en su tupida hojarasca
    que ahogaba los pasos, fuerte sensación de paraíso.

    Nosotros no éramos precisamente Adán y Eva; pero sí heroicos
    Robinsones, arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de
    familia: la muerte de nuestra tía, acaecida cuatro días después de
    comenzar nuestra exploración.

    Pasábamos el día entero huroneando por la quinta bien que las
    higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo
    también suscitaba nuestras preocupaciones geográficas. Era éste un
    viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se habían detenido a los catorce
    metros sobre el fondo de piedra, y que desaparecía ahora entre los
    culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin embargo, menester
    explorarlo, y por vía de avanzada logramos con infinitos esfuerzos
    llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto
    tras un macizo de cañas, nos fué permitida esta maniobra sin que mamá
    se enterase. No obstante, María, cuya inspiración poética primó
    siempre en nuestras empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta
    que una gran lluvia, llenando el pozo, nos proporcionara satisfacción
    artística, a la par que científica.

    Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fué el
    cañaveral. Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido
    aquel diluviano enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales,
    varas dobladas, atravesadas, rotas hacia tierra. Las hojas secas,
    detenidas en su caída, entretejían el macizo, que llenaba el aire de
    polvo y briznas al menor contacto.

    Aclaramos el secreto, sin embargo; y sentados con mi hermana en la
    sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la
    semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.

    Fué allí donde una tarde, avengonzados de nuestra poca iniciativa,
    inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente
    dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el
    que había venido con Inés de Buenos Aires.

    Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase
    atribuído sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto
    actual y su falta de carácter, fomentaba.

    María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al
    padrastrillo.

    –Te aseguro–decía él a mamá, señalándonos con el mentón–que
    desearía vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar
    mucho trabajo.

    –¡Déjalos!–respondía mamá cansada.

    Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato de
    sopa.

    A este severo personaje, pues, habíamos robado un paquete de
    cigarrillos; y aunque nos tentaba iniciarnos súbitamente en la viril
    virtud, esperamos el artefacto. Este consistía en una pipa que yo
    había fabricado con un trozo de caña, por depósito; una varilla de
    cortina, por boquilla; y por cemento, masilla de un vidrio recién
    colocado. La pipa era perfecta: grande, liviana y de varios colores.

    En nuestra madriguera del cañaveral cargámosla María y yo con
    religiosa y firme unción. Cinco cigarrillos dejaron su tabaco adentro;
    y sentándonos entonces con las rodillas altas, encendí la pipa y
    aspiré. María, que devoraba mi acto con los ojos, notó que los míos se
    cubrían de lágrimas: jamás se ha visto ni verá cosa, más abominable.
    Deglutí, sin embargo, valerosamente la nauseosa saliva.

    –¿Rico?–me preguntó María ansiosa, tendiendo la mano.

    –Rico–le contesté pasándole la horrible máquina.

    María chupó, y con más fuerza aún. Yo, que la observaba atentamente,
    noté a mi vez sus lágrimas y el movimiento simultáneo de labios,
    lengua y garganta, rechazando aquello. Su valor fué mayor que el mío.

    –Es rico–dijo con los ojos llorosos y haciendo casi un puchero. Y se
    llevó heroicamente otra vez a la boca la varilla de bronce.

    Era inminente salvarla. El orgullo, sólo él, la precipitaba de nuevo a
    aquel infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que
    me había hecho alabarle la nausebunda fogata.

    –¡Psht!–dije bruscamente, prestando oído;–me parece el gargantilla
    del otro día… debe de tener nido aquí…

    María se incorporó, dejando la pipa de lado; y con el oído atento y
    los ojos escrudiñantes, nos alejamos de allí, ansiosos aparentemente
    de ver al animalito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel
    honorable pretexto de mi invención, para retirarnos prudentemente del
    tabaco, sin que nuestro orgullo sufriera.

    Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero entonces con muy
    distinto resultado.

    Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo habíanos ya
    levantado la voz mucho más duramente de lo que podíamos permitirle mi
    hermana y yo. Nos quejamos a mamá.

    –¡Bah!, no hagan caso–nos respondió, sin oirnos casi;–él es así.

    –¡Es que nos va a pegar un día!–gimoteó María.

    –Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho?–añadió
    dirigiéndose a mí.

    –Nada, mamá… Pero yo no quiero que me toque!–objeté a mi vez.

    En este momento entró nuestro tío.

    –¡Ah! aquí está el buena pieza de tu Eduardo… ¡Te va a sacar canas
    este hijo, ya verás!

    –Se quejan de que quieres pegarles.

    –¿Yo?–exclamó el padrastrillo midiéndome.–No lo he pensado aún.
    Pero en cuanto me faltes al respeto…

    –Y harás bien–asintió mamá.

    –¡Yo no quiero que me toque!–repetí enfurruñado y rojo.–¡El no es
    papá!

    –Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío. ¡En fin, déjenme
    tranquila!–concluyó apartándonos.

    Solos en el patio, María y yo nos miramos con altivo fuego en los
    ojos.

    –¡Nadie me va a pegar a mí!–asenté.

    –¡No… ni a mí tampoco!–apoyó ella, por la cuenta que le iba.

    –¡Es un zonzo!

    Y la inspiración vino bruscamente, y como siempre, a mi hermana, con
    furibunda risa y marcha triunfal:

    –¡Tío Alfonso… es un zonzo! ¡Tío Alfonso… es un zonzo!

    Cuando un rato después tropecé con el padrastrillo, me pareció, por su
    mirada, que nos había oído. Pero ya habíamos planteado la historia del
    Cigarro Pateador, epíteto éste a la mayor gloria de la mula Maud.

    El cigarro pateador consistió, en sus líneas elementales, en un cohete
    que rodeado de papel de fumar, fué colocado en el atado de cigarrillos
    que tío Alfonso tenía siempre en su velador, usando de ellos a
    la siesta.

    Un extremo había sido cortado a fin de que el cigarro no afectara
    excesivamente al fumador. Con el violento chorro de chispas había
    bastante, y en su total, todo el éxito estribaba en que nuestro tío,
    adormilado, no se diera cuenta de la singular rigidez de su
    cigarrillo.

    Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que no hay tiempo ni
    aliento para contarlas. Sólo sé que una siesta el padrastrillo salió
    como una bomba de su cuarto, encontrando a mamá en el comedor.

    –¡Ah, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te juro que esta vez se
    van a acordar de mí!

    –¡Alfonso!

    –¿Qué? ¡No faltaba más que tú también!… ¡Si no sabes educar a tus
    hijos, yo lo voy a hacer!

    Al oir la voz furiosa del tío, yo, que me ocupaba inocentemente con mi
    hermana en hacer rayitas en el brocal del aljibe, evolucioné hasta
    entrar por la segunda puerta en el comedor, y colocarme detrás de
    mamá. El padrastrillo me vió entonces y se lanzó sobre mí.

    –¡Yo no hice nada!–grité.

    –¡Espérate!–rugió mi tío, corriendo tras de mí alrededor de la mesa.

    –¡Alfonso, déjalo!

    –¡Después te lo dejaré!

    –¡Yo no quiero que me toque!

    –¡Vamos, Alfonso! ¡Pareces una criatura!

    Esto era lo último que se podía decir al padrastrillo. Lanzó un
    juramento y sus piernas en mi persecución con tal velocidad, que
    estuvo a punto de alcanzarme. Pero en ese instante salía yo como de
    una honda por la puerta abierta, y disparaba hacia la quinta, con mi
    tío detrás.

    En cinco segundos pasamos como una exhalación por los durazneros, los
    naranjos y los perales, y fué en este momento cuando la idea del pozo,
    y su piedra, surgió terriblemente nítida.

    –¡No quiero que me toque!–grité aún.

    –¡Espérate!

    En ese instante llegamos al cañaveral.

    –¡Me voy a tirar al pozo!–aullé para que mamá me oyera.

    –¡Yo soy el que te voy a tirar!

    Bruscamente desaparecí a sus ojos tras las cañas; corriendo siempre,
    di un empujón a la piedra exploradora que esperaba una lluvia, y salté
    de costado, hundiéndome bajo la hojarasca.

    Tío desembocó en seguida, a tiempo que dejando de verme, sentía allá
    en el fondo del pozo el abominable zumbido de un cuerpo que se
    aplastaba.

    El padrastrillo se detuvo, totalmente lívido; volvió a todas partes
    sus ojos dilatados, y se aproximó al pozo. Trató de mirar adentro,
    pero los culantrillos se lo impidieron. Entonces pareció reflexionar,
    y después de una atenta mirada al pozo y sus alrededores, comenzó
    a buscarme.

    Como desgraciadamente para el caso, hacía poco tiempo que el tío
    Alfonso cesara a su vez de esconderse para evitar los cuerpo a cuerpo
    con sus padres, conservaba aún muy frescas las estrategias
    subsecuentes, e hizo por mi persona cuanto era posible hacer
    para hallarme.

    Descubrió en seguida mi cubil, volviendo pertinazmente a él con
    admirable olfato; pero fuera de que la hojarasca diluviana me ocultaba
    del todo, el ruido de mi cuerpo estrellándose obsediaba a mi tío, que
    no buscaba bien, en consecuencia.

    Fué pues resuelto que yo yacía aplastado en el fondo del pozo, dando
    entonces principio a lo que llamaríamos mi venganza póstuma. El caso
    era bien claro: ¿con qué cara mi tío contaría a mamá que yo me había
    suicidado para evitar que él me pegara?

    Pasaron diez minutos.

    –¡Alfonso!–sonó de pronto la voz de mamá en el patio.

    –¿Mercedes?–respondió aquél tras una brusca sacudida.

    Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó de nuevo,
    alterada.

    –¿Y Eduardo? ¿Dónde está?–agregó avanzando.

    –¡Aquí, conmigo!–contestó riendo.–Ya hemos hecho las paces.

    Como de lejos mamá no podía ver su palidez ni la ridícula mueca que él
    pretendía ser beatífica sonrisa, todo fué bien.

    –¿No le pegaste, no?–insistió aún mamá.

    –No. ¡Si fué una broma!

    Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba a ser la mía para el
    padrastrillo.

    Celia, mi tía mayor, que había concluído de dormir la siesta, cruzó el
    patio y Alfonso la llamó en silencio con la mano. Momentos después
    Celia lanzaba un ¡oh! ahogado, llevándose las manos a la cabeza.

    –¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe!

    Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara. ¿Sacarme,
    con vida aún?… El pozo tenía catorce metros sobre piedra viva. Tal
    vez, quién sabe… Pero para ello sería preciso traer sogas, hombres;
    y Mercedes…

    –¡Pobre, pobre madre!–repetía mi tía.

    Justo es decir que para mí, el pequeño héroe, mártir de su dignidad
    corporal, no hubo una sola lágrima. Mamá acaparaba todos los
    entusiasmos de aquel dolor, sacrificándole ellos la remota
    probabilidad de vida que yo pudiera aún conservar allá abajo. Lo cual,
    hiriendo mi doble vanidad de muerto y de vivo, avivó mi sed
    de venganza.

    Media hora después mamá volvió a preguntar por mí, respondiéndole
    Celia con tan pobre diplomacia, que mamá tuvo en seguida la seguridad
    de una catástrofe.

    –¡Eduardo, mi hijo!–clamó arrancándose de las manos de su hermana
    que pretendía sujetarla, y precipitándose a la quinta.

    –¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido!

    –¡Mi hijo! ¡mi hijo! ¡Alfonso!

    Alfonso corrió a su encuentro, deteniéndola al ver que se dirigía al
    pozo. Mamá no pensaba en nada concreto; pero al ver el gesto
    horrorizado de su hermano, recordó entonces mi exclamación de una hora
    antes, y lanzó un espantoso alarido.

    –¡Ay! ¡Mi hijo! ¡Se ha matado! ¡Déjame, déjenme! ¡Mi hijo, Alfonso!
    ¡Me lo has muerto!

    Se llevaron a mamá sin sentido. No me había conmovido en lo más mínimo
    la desesperación de mamá, puesto que yo–motivo de aquella–estaba en
    verdad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho años con la
    emoción, a manera de los grandes que usan de las sorpresas
    semi-trágicas: ¡el gusto que va a tener cuando me vea!

    Entretanto, gozaba yo íntimo deleite con el fracaso del padrastrillo.

    –¡Hum!… ¡Pegarme!–rezongaba yo, aún bajo la hojarasca.
    Levantándome entonces con cautela, sentéme en cuclillas en mi cubil y
    recogí la famosa pipa bien guardada entre el follaje. Aquel era el
    momento de dedicar toda mi seriedad a agotar la pipa.

    El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto a humedecer y resecar
    infinitas veces, tenía en aquel momento un gusto a cumbarí, solución
    Coirre y sulfato de soda, mucho más ventajoso que la primera vez.
    Emprendí, sin embargo, la tarea que sabía dura, con el ceño contraído
    y los dientes crispados sobre la boquilla.

    Fumé, quiero creer que cuarta pipa. Sólo recuerdo que al final el
    cañaveral se puso completamente azul y comenzó a danzar a dos dedos de
    mis ojos. Dos o tres martillos de cada lado de la cabeza comenzaron a
    destrozarme las sienes, mientras el estómago, instalado en plena boca,
    aspiraba él mismo directamente las últimas bocanadas de humo.

    * * * * *

    Volví en mí cuando me llevaban en brazos a casa. A pesar de lo
    horriblemente enfermo que me encontraba, tuve el tacto de continuar
    dormido, por lo que pudiera pasar. Sentí los brazos delirantes de mamá
    sacudiéndome.

    –¡Mi hijo querido! ¡Eduardo, mi hijo! ¡Ah, Alfonso, nunca te
    perdonaré el dolor que me has causado!

    –¡Pero, vamos!–decíale mi tía mayor–¡no seas loca, Mercedes! ¡Ya
    ves que no tiene nada!

    –¡Ah!–repuso mamá llevándose las manos al corazón en un inmenso
    suspiro.–¡Sí, ya pasó!… Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse
    hecho nada? ¡Ese pozo, Dios mío!…

    El padrastrillo, quebrantado a su vez, habló vagamente de
    desmoronamiento, tierra blanda, prefiriendo para un momento de mayor
    calma la solución verdadera, mientras la pobre mamá no se percataba de
    la horrible infección de tabaco que exhalaba su suicida.

    Abrí al fin los ojos, me sonreí y volví a dormirme, esta vez honrada y
    profundamente.

    Tarde ya, el tío Alfonso me despertó.

    –¿Qué merecerías que te hiciera?–me dijo con sibilante rencor.–¡Lo
    que es mañana, le cuento todo a tu madre, y ya verás lo que
    son gracias!

    Yo veía aún bastante mal, las cosas bailaban un poco, y el estómago
    continuaba todavía adherido a la garganta. Sin embargo, le respondí:

    –¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez te juro que me tiro!

    ¿Los ojos de un joven suicida que fumó heroicamente su pipa, expresan
    acaso desesperado valor?

    Es posible. De todos modos, el padrastrillo, después de mirarme
    fijamente, se encogió de hombros, levantando hasta mi cuello la sábana
    un poco caída.

    –Me parece que mejor haría en ser amigo de este microbio–murmuró.

    –Creo lo mismo–le respondí.

    Y me dormí.

    #LA MENINGITIS Y SU SOMBRA#

    No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de
    Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra
    de todo esto.

    He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una
    tarjeta de Funes, que dice así:

    _Estimado amigo:

    Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche
    por casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo

    Luis María Funes_.

    Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a
    las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin
    un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es
    bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por
    cierto que tiene dos hermanas bastante monas.

    Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que
    una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor
    Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio
    nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que
    con Funes.

    Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:

    –Veamos, Durán: Vd. comprende de sobra que no he venido a verlo a
    esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?

    –Me parece que sí–no pude menos que responderle.

    –Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo
    lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré en seguida. ¿Me permite?

    –Todo lo que quiera–le respondí francamente, aunque poniéndome al
    mismo tiempo en guardia.

    Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres
    entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:

    –¿Qué clase de inclinación siente Vd. hacia María Elvira Funes?

    ¡Ah, ah! ¡Por aquí andaba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes,
    hermana de Luis María Funes, todos en María! ¡Pero si apenas conocía a
    esa persona! Nada extraño, pues, que mirara al médico como quien mira
    a un loco.

    –¿María Elvira Funes?–repetí.–Ningún grado ni ninguna inclinación.
    La conozco apenas. Y ahora…

    –No, permítame–me interrumpió.–Le aseguro que es una cosa bastante
    seria… ¿Me podría dar palabra de compañero de que no hay nada
    entre Vds. dos?

    –¡Pero está loco!–le dije al fin.–¡Nada, absolutamente nada! Apenas
    la conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de
    haberme visto jamás. He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres,
    en su propia casa, y nada más. No tengo, por lo tanto, le repito por
    décima vez, inclinación particular hacia ella.

    –Es raro, profundamente raro…–murmuró el hombre, mirándome
    fijamente.

    Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente que fuese–y lo
    era,–pisando un terreno con el que nada tenían que ver sus aspirinas.

    –Creo que tengo ahora el derecho…

    Pero me interrumpió de nuevo:

    –Sí, tiene derecho de sobra… ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con
    dos palabras podrá comprender que el asunto es de todo, menos de
    broma… La persona de quien hablamos está gravemente enferma, casi a
    la muerte… ¿Entiende algo?–concluyó mirándome bien a los ojos.

    Yo hice lo mismo con él durante un rato.

    –Ni una palabra–le contesté.

    –Ni yo tampoco–apoyó encogiéndose de hombros.–Por eso le he dicho
    que el asunto es bien serio… Por fin esta noche sabremos algo. ¿Irá
    allá? Es indispensable.

    –Iré–le dije, encogiéndome a mi vez de hombros.

    Y he aquí por qué he pasado todo el día preguntándome como un idiota
    qué relación puede existir entre la enfermedad gravísima de una
    hermana de Funes, que apenas me conoce, y yo, que la conozco apenas.

    * * * * *

    Vengo de lo de Funes. Es la cosa más extraordinaria que haya visto en
    mi vida. Metempsícosis, espiritismos, telepatías y demás absurdos del
    mundo interior, no son nada en comparación de este mi propio absurdo
    en que me veo envuelto. Es un pequeño asunto para volverse
    loco. Véase:

    Fuí a lo de Funes. Luis María me llevó al escritorio. Hablamos un
    rato, esforzándonos como dos zonzos, puesto que comprendiéndolo así
    evitábamos mirarnos, en charlar de bueyes perdidos. Por fin entró
    Ayestarain, y Luis María salió, dejándome sobre la mesa el paquete de
    cigarrillos, pues se me habían concluído. Mi ex condiscípulo me contó
    entonces lo que en resumen es esto:

    Cuatro o cinco noches antes, al concluir un recibo en su propia casa,
    María Elvira se había sentido mal–cuestión de un baño demasiado frío
    esa tarde, según opinión de la madre. Lo cierto es que había pasado la
    noche fatigada, y con buen dolor de cabeza. A la mañana siguiente,
    mayor quebranto, fiebre; y a la noche, una meningitis, con todo su
    cortejo. El delirio, sobre todo, franco y prolongado a más no pedir.
    Concomitantemente, una ansiedad angustiosa, imposible de calmar. Las
    proyecciones sicológicas del delirio, por decirlo así, se erigieron y
    giraron desde la primera noche alrededor de un solo asunto, uno solo,
    pero que absorbe su vida entera. Es una obsesión–prosiguió
    Ayestarain,–una sencilla obsesión a 42°. Tiene constantemente fijos
    los ojos en la puerta, pero no llama a nadie. Su estado nervioso se
    resiente de esa muda ansiedad que la está matando, y desde ayer hemos
    pensado con mis colegas en calmar eso… No puede seguir así. ¿Y sabe
    Vd.–concluyó–a quién nombra cuando el sopor la aplasta?

    –No sé…–le respondí, sintiendo que mi corazón cambiaba bruscamente
    de ritmo.

    –A Vd.–me dijo, pidiéndome fuego.

    Quedamos, bien se comprende, un rato mudos.

    –¿No entiende todavía?–dijo al fin.

    –Ni una palabra…–murmuré aturdido, tan aturdido, como puede
    estarlo un adolescente que a la salida del teatro ve a la primera gran
    actriz que desde la penumbra del coche mantiene abierta hacia él la
    portezuela… Pero yo tenía ya casi treinta años, y pregunté al
    médico qué explicación razonable se podía dar de eso.

    –¿Explicación? Ninguna. Ni la más mínima. ¿Qué quiere Vd. que se sepa
    de eso? Ah, bueno… Si quiere una a toda costa, supóngase que en una
    tierra hay un millón, dos millones de semillas distintas, como en
    cualquier parte. Viene un terremoto, remueve como un demonio eso,
    tritura el resto, y brota una semilla, una cualquiera, de arriba o del
    fondo, lo mismo da. Una planta magnífica… ¿Le basta eso? No podría
    decirle una palabra más. ¿Por qué Vd., precisamente, que apenas la
    conoce, y a quien la enferma no conoce tampoco más, ha sido en su
    cerebro delirante la semilla privilegiada? ¿Qué quiere que se sepa
    de esto?

    –Sin duda…–repuso a su mirada siempre interrogante, sintiéndome al
    mismo tiempo bastante enfriado al verme convertido en sujeto gratuito
    de divagación cerebral, primero, y en agente terapéutico, después.

    En ese momento entró Luis María.

    –Mamá lo llama–dijo al médico. Y volviéndose a mí, con una sonrisa
    forzada:

    –¿Lo enteró Ayestarain de lo que pasa?… Sería cosa de volverse loco
    con otra persona…

    Esto de _otra persona_ merece una explicación. Los Funes, y en
    particular la familia de que comenzaba a formar tan ridícula parte,
    tienen un fuerte orgullo; por motivos de abolengo, supongo, y por su
    fortuna, que me parece lo más cierto. Siendo así, se daban por
    pasablemente satisfechos con que las fantasías amorosas del hermoso
    retoño se hubieran detenido en mí, Carlos Durán, ingeniero, en vez de
    mariposear sobre un sujeto cualquiera de insuficiente posición social.
    Así, pues, agradecí en mi fuero interno el distingo de que me hacía
    honor el joven patricio.

    –Es extraordinario…–recomenzó Luis María, haciendo correr con
    disgusto los fósforos sobre la mesa. Y un momento después, con una
    nueva sonrisa forzada:

    –¿No tendría inconveniente en acompañarnos un rato? ¿Ya sabe, no?
    Creo que vuelve Ayestarain.

    En efecto, éste entraba.

    –Empieza otra vez…–sacudió la cabeza, mirando únicamente a Luis
    María. Luis María se dirigió entonces a mí con la tercera sonrisa
    forzada de esa noche:

    –¿Quiere que vayamos?

    –Con mucho gusto–le dije. Y fuimos.

    Entró el médico sin hacer ruido, entró Luis María, y por fin entré yo,
    todos con cierto intervalo. Lo que primero me chocó, aunque debía
    haberlo esperado, fué la penumbra del dormitorio. La madre y la
    hermana, de pie, me miraron fijamente, respondiendo con una corta
    inclinación de cabeza a la mía, pues creí no deber pasar de allí.
    Ambas me parecieron mucho más altas. Miré la cama, y vi, bajo la bolsa
    de hielo, dos ojos abiertos vueltos a mí. Miré al médico, titubeando,
    pero éste me hizo una imperceptible seña con los ojos, y me acerqué
    a la cama.

    Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos que nos
    aman, cuando uno se va acercando mucho a ellos. Pero la luz de
    aquellos ojos, la felicidad en que se iban anegando mientras me
    acercaba, el mareado relampagueo de dicha, hasta el estrabismo, cuando
    me incliné sobre ellos, jamás en un amor normal a 37° los volveré
    a hallar.

    Balbuceó algunas palabras, pero con tanta dificultad de sus labios
    resecos, que nada oí. Creo que me sonreí como un estúpido (¡qué iba a
    hacer, quiero que me digan!), y ella tendió entonces su brazo hacia
    mí. Su intención era tan inequívoca que le tomé la mano,

    –Siéntese ahí–murmuró.

    Luis María corrió el sillón hacia la cama y me senté.

    Véase ahora si ha sido dado a persona alguna una situación más extraña
    y disparatada:

    Yo, en primer término, puesto que era el héroe, teniendo en la mía una
    mano ardida en fiebre y en un amor totalmente equivocado. En el lado
    opuesto, de pie, el médico. A los pies de la cama, sentado, Luis
    María. Apoyadas en el respaldo, en el fondo, la madre y la hermana. Y
    todos sin hablar, mirándonos con el ceño fruncido.

    ¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decir? Preciso es que piensen un momento
    en esto. La enferma, por su parte, arrancaba a veces sus ojos de los
    míos, y recorría con dura inquietud los rostros presentes uno tras
    otro, sin reconocerlos, para dejar caer otra vez su mirada sobre mí,
    confiada en profunda felicidad.

    ¿Qué tiempo estuvimos así? No sé; acaso media hora, acaso mucho más.
    Un momento intenté retirar la mano, pero la enferma la oprimió más
    entre la suya.

    –Todavía no…–murmuró, tratando de hallar más cómoda postura a su
    cabeza. Todos acudieron, se estiraron las sábanas, se renovó el hielo,
    y otra vez los ojos se fijaron en inmóvil dicha. Pero de vez en cuando
    tornaban a apartarse inquietos y recorrían las caras desconocidas. Dos
    o tres veces miré exclusivamente al médico; pero éste bajó las
    pestañas, indicándome que esperara. Y tuvo razón, al fin, porque de
    pronto, bruscamente, como un derrumbe de sueño, la enferma cerró los
    ojos y se durmió.

    Salimos todos, menos la hermana, que ocupó mi lugar en el sillón. No
    era fácil decir algo–yo al menos. La madre por fin se dirigió a mí
    con una triste y seca sonrisa:

    –Qué cosa más horrible, ¿no? ¡Da pena!

    ¡Horrible, horrible! No era la enfermedad, sino la situación lo que
    les parecía horrible. Estaba visto que todas las galanterías iban a
    ser para mí en aquella casa. Primero el hermanito, luego la madre.
    Ayestarain, que nos había dejado un instante, salió muy satisfecho del
    estado de la enferma; descansaba con una placidez desconocida aún. La
    madre miró a otro lado, y yo miré al médico: podía irme, claro que sí,
    y me despedí.

    * * * * *

    He dormido mal, lleno de sueños que nada tienen que ver con mi
    habitual vida. Y la culpa de ello está en la familia Funes, con Luis
    María, madre, hermanas, médicos y parientes colaterales. Porque si se
    concreta bien la situación, ella da lo siguiente:

    Hay una joven de diez y nueve años, muy bella sin duda alguna, que
    apenas me conoce y a quien le soy profunda y totalmente indiferente.
    Esto en cuanto a María Elvira. Hay, por otro lado, un sujeto joven
    también–ingeniero, si se quiere–que no recuerda haber pensado dos
    veces seguidas en la joven en cuestión. Todo esto es razonable,
    inteligible y normal.

    Pero he aquí que la joven hermosa se enferma, de meningitis o cosa por
    el estilo, y en el delirio de la fiebre, única y exclusivamente en el
    delirio, se siente abrasada de amor. ¿Por un primo, un hermano de sus
    amigos, un joven mundano que ella conoce bien? No señor; por mí.

    ¿Es esto bastante idiota? Tomo, pues, una determinación, que haré
    conocer al primero de esa bendita casa que llegue a mi puerta.

    * * * * *

    Sí, es claro. Como lo esperaba, Ayestarain estuvo este mediodía a
    verme. No pude menos que preguntarle por la enferma, y su meningitis.

    –¿Meningitis?–me dijo–¡Sabe Dios lo que es! Al principio parecía, y
    anoche también… Hoy ya no tenemos idea de lo que será.

    –Pero, en fin–objeté,–siempre una enfermedad cerebral…

    –Y medular, claro está… Con unas lesioncillas quién sabe dónde…
    ¿Vd. entiende algo de medicina?

    –Muy vagamente…

    –Bueno; hay una fiebre remitente, que no sabemos de dónde sale…
    Era un caso para marchar a todo escape a la muerte… Ahora hay
    remisiones–tac–tac–tac, justas como un reloj…

    –Pero el delirio–insistí–¿existe siempre?

    –¡Ya lo creo! Hay de todo allí… Y a propósito, esta noche lo
    esperamos.

    Ahora me había llegado el turno de hacer medicina a mi modo. Le dije
    que mi propia sustancia había cumplido ya su papel curativo la noche
    anterior, y que no pensaba ir más.

    Ayestarain me miró fijamente:

    –¿Por qué? ¿Qué le pasa?

    –Nada, sino que no creo sinceramente ser necesario allá… Dígame:
    ¿Vd. tiene idea de lo que es estar en una posición humillantemente
    ridícula; si o no?

    –No se trata de eso…

    –Sí, se trata de eso, de desempeñar un papel estúpido… ¡Curioso que
    no comprenda!

    –Comprendo de sobra… Pero me parece algo así como…–no se
    ofenda–cuestión de amor propio.

    –Muy lindo!–salté–¡Amor propio! ¡Y no se les ocurre otra cosa! ¡Les
    parece cuestión de amor propio ir a sentarse como un idiota para que
    me tomen la mano la noche entera ante toda la parentela con el ceño
    fruncido! Si a Vds. les parece una simple cuestión de amor propio,
    arréglense entre Vds. Yo tengo otras cosas que hacer.

    Ayestarain comprendió al parecer la parte de verdad que había en lo
    anterior, porque no insistió, y hasta que se fué no volvimos a hablar
    de aquello.

    Todo esto está bien. Lo que no lo está tanto es que hace diez minutos
    acabo de recibir una esquela del médico, así concebida:

    _Amigo Durán:

    Con todo su bagaje de rencores, nos es indispensable
    esta noche. Supóngase una vez más que Vd. hace de
    cloral, brional, el hipnótico que menos le irrite los
    nervios, y véngase_.

    Dije un momento antes que lo malo era la precedente
    carta. Y tengo razón, porque desde esta mañana no
    espero sino esa carta…

    * * * * *

    Durante siete noches consecutivas–de once a una de la mañana, momento
    en que remitía la fiebre, y con ella el delirio–he permanecido al
    lado de María Elvira Funes, tan cerca como pueden estarlo dos amantes.
    Me ha tendido a veces su mano como la primera noche, y otras se ha
    preocupado de deletrear mi nombre, mirándome. Sé a ciencia cierta,
    pues, que me ama profundamente en ese estado, no ignorando tampoco que
    en sus momentos de lucidez no tiene la menor preocupación por mi
    existencia, presente o futura. Esto crea así un caso de sicología
    singular de que un novelista podría sacar algún partido. Por lo que a
    mí se refiere, sé decir que esta doble vida sentimental me ha tocado
    fuertemente el corazón. El caso es éste: María Elvira, si es que acaso
    no lo he dicho, tiene los ojos más admirables del mundo. Está bien que
    la primera noche yo no viera en su mirada sino el reflejo de mi propia
    ridiculez de remedio innocuo. La segunda noche sentí menos mi
    insuficiencia real. La tercera vez no me costó esfuerzo alguno
    sentirme el ente dichoso que simulaba ser, y desde entonces vivo y
    sueño ese amor con que la fiebre enlaza su cabeza a la mía.

    ¿Qué hacer? Bien sé que todo esto es transitorio, que de día ella no
    sabe quien soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie.
    Pero los sueños de amor, aunque sean de dos horas y a 40°, se pagan en
    el día, y mucho me temo que si hay una persona en el mundo a la cual
    esté expuesto a amar a plena luz, ella no sea mi vano amor
    nocturno… Amo, pues, una sombra, y pienso con angustia en el día en
    que Ayestarain considere a su enferma fuera de peligro, y no precise
    más de mí.

    Crueldad ésta que apreciarán en toda su cálida simpatía, los hombres
    que están enamorados–de una sombra o no.

    * * * * *

    Ayestarain acaba de salir. Me ha dicho que la enferma sigue mejor, y
    que mucho se equivoca, o me veré uno de estos días libre de la
    presencia de María Elvira.

    –Sí, compañero–me dice. Libre de veladas ridículas, de amores
    cerebrales, y ceños fruncidos… ¿Se acuerda?

    Mi cara no debe expresar suprema alegría, porque el taimado galeno se
    echa a reir y agrega:

    –Le vamos a dar en cambio una compensación… Los Funes han vivido
    estos quince días con la cabeza en el aire, y no extrañe, pues, si han
    olvidado muchas cosas, sobre todo en lo que a Vd. se refiere… Por
    lo pronto, hoy cenamos allá. Sin su bienaventurada persona–dicho sea
    de paso–y el amor de marras, no sé en qué hubiera acabado aquello…
    ¿Qué dice Vd.?

    –Digo–le he respondido–que casi estoy tentado de declinar el honor
    que me hacen los Funes, admitiéndome a su mesa…

    Ayestarain se echó a reir.

    –¡No embrome!… Le repito que no sabían dónde tenían la cabeza…

    –Pero para opio, y morfina, y calmante de mademoiselle, sí, eh? Para
    eso no se olvidaban de mí!

    Mi hombre se puso serio y me miró detenidamente.

    –¿Sabe lo que pienso, compañero?

    –Diga.

    –Que usted es el individuo más feliz de la tierra.

    –¿Yo, feliz?…

    –O más suertudo. ¿Entiende ahora?

    Y quedó mirándome. ¡Hum!–me dije a mí mismo:

    O yo soy un idiota, que es lo más posible, o este galeno merece que lo
    abrace hasta romperle el termómetro dentro del bolsillo. El maligno
    tipo sabe más de lo que parece, y acaso, acaso… Pero vuelvo a lo de
    idiota, que es lo más seguro.

    –¿Feliz?…–insistí sin embargo–¿Por el amor estrafalario que Vd.
    ha inventado con su meningitis?

    Ayestarain tornó a mirarme fijamente, pero esta vez creí notar un
    vago, vaguísimo dejo de amargura.

    –Y aunque no fuera más que eso, grandísimo zonzo…–ha murmurado,
    cogiéndome del brazo para salir.

    En el camino–hemos ido al Águila, a tomar el vermut–me ha explicado
    bien claro tres cosas.

    1°: que mi presencia, al lado de la enferma, era absolutamente
    necesaria, dado el estado de profunda excitación–depresión–todo en
    uno–de su delirio.–2°: que los Funes lo habían comprendido así, ni
    más ni menos, a despecho de lo raro, subrepticio e inconveniente que
    pudiera parecer la aventura, constándoles, está claro, lo artificial
    de todo aquel amor.–3°: que los Funes han confiado sencillamente en
    mi educación, para que me dé cuenta–sumamente clara–del sentido
    terapéutico que ha tenido mi presencia ante la enferma, y la de la
    enferma ante mí.

    –Sobre todo lo último, ¿eh?–he agregado a guisa de comentario.–El
    objeto de toda esta charla es éste: que no vaya yo jamás a creer que
    María Elvira siente la menor inclinación real hacia mí. ¿Es eso?

    –¡Claro!–se ha encogido de hombros el médico.–Póngase Vd. en su
    lugar…

    Y tiene razón el bendito hombre. Porque a la sola
    probabilidad de que ella…

    Anoche cené en lo de Funes. No era precisamente una comida alegre, si
    bien Luis María, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo. Querría
    decir lo mismo de la madre, pero por más esfuerzos que hacía para
    hacerme grata la mesa, evidentemente no ve en mí sino a un intruso a
    quien en ciertas horas su hija prefiere un millón de veces. Está
    celosa, y no debemos condenarla. Por lo demás, se alternaban con su
    hija para ir a ver a la enferma. Esta había tenido un buen día, tan
    bueno que por primera vez después de quince días no hubo esa noche
    subida seria de fiebre, y aunque me quedé hasta la una por pedido de
    Ayestarain, tuve que volverme a casa sin haberla visto un instante.
    ¿Se comprende esto? ¡No verla en todo el día! ¡Ah! Si por bendición de
    Dios, la fiebre, fiebre de 40, 80, 120°, cualquier fiebre, cayera esta
    noche sobre su cabeza…

    Y aquí está: esta sola línea del bendito Ayestarain:

    _Delirio de nuevo. Venga en seguida_.

    * * * * *

    Todo lo antedicho es suficiente para enloquecer bien que mal a un
    hombre discreto. Véase esto ahora:

    Cuando entré anoche, María Elvira me tendió su brazo como la primera
    vez. Acostó su cara sobre la mejilla izquierda, y cómoda así, fijó los
    ojos en mí. No sé qué me decían sus ojos; posiblemente me daban toda
    su vida y toda su alma en una entrega infinitamente dichosa. Sus
    labios me dijeron algo, y tuve que inclinarme para oir:

    –Soy feliz–se sonrió.

    Pasado un momento sus ojos me llamaron de nuevo, y me incliné otra
    vez.

    –Y después…–murmuró apenas, cerrando los ojos con lentitud. Creo
    que tuvo una súbita fuga de ideas. Pero la luz, la insensata luz que
    extravía la mirada en los relámpagos de felicidad, inundó de nuevo sus
    ojos. Y esta vez oí bien claro, sentí claramente sobre mi rostro
    esta pregunta:

    –Y cuando sane y no tenga más delirio…¿me querrás todavía?

    ¡Locura que se ha sentado a horcajadas sobre mi corazón! ¡_Después_!
    ¡Cuando no tenga _más delirio_! ¿Pero estábamos todos locos en la
    casa, o había allí, proyectado fuera de mí mismo, un eco a mi
    incesante angustia del _después_? ¿Cómo es posible que ella dijera
    eso? ¿Había meningitis o no? ¿Había delirio o no? Luego mi María
    Elvira…

    No sé qué contesté; presumo que cualquier cosa a escandalizar a la
    parentela completa si me hubieran oído. Pero apenas había murmurado
    yo; apenas había murmurado ella con una sonrisa… y se durmió.

    De vuelta a casa, mi cabeza era un vértigo vivo, con locos impulsos de
    saltar al aire y lanzar alaridos de felicidad. ¿Quién, de entre
    nosotros, puede jurar que no hubiera sentido lo mismo? Porque las
    cosas, para ser claras, deben ser planteadas así: La enferma con
    delirio, que por una aberración sicológica cualquiera, ama,
    _únicamente_ en su delirio, a X. Esto por un lado. Por el otro, el
    mismo X, que desgraciadamente para él, no se siente con fuerzas para
    concretarse exclusivamente a su papel medicamentoso. Y he aquí que la
    enferma, con su meningitis y su inconsciencia–su incontestable
    inconsciencia–murmura a nuestro amigo:

    _Y cuando no tenga más delirio… me querrás todavía?_

    Esto es lo que yo llamo un pequeño caso de locura, claro y rotundo.
    Anoche, cuando llegaba a casa, creí un momento haber hallado la
    solución, que sería ésta: María Elvira, en su fiebre, soñaba que
    estaba despierta. ¿A quién no ha sido dado soñar que está soñando?
    Ninguna explicación más sencilla, claro está.

    Pero cuando por pantalla de ese amor mentido hay dos ojos inmensos,
    que empapándonos de dicha se anegan ellos mismos en un amor que no se
    puede mentir: cuando se ha visto a esos ojos recorrer con dura
    extrañeza los rostros familiares, para caer en extática felicidad ante
    uno mismo, pese al delirio y cien mil delirios como ese, uno tiene el
    derecho de soñar toda la noche con aquel amor–o seamos más
    explícitos: con María Elvira Funes.

    * * * * *

    ¡Sueño, sueño y sueño! Han pasado dos meses, y creo a veces soñar aún.
    ¿Fuí yo o no, por Dios bendito, aquél a quien se le tendió la mano, y
    el brazo desnudo hasta el codo, cuando la fiebre tornaba hostiles aún
    los rostros bien amados de la casa? ¿Fuí yo o no el que apaciguó en
    sus ojos, durante minutos inmensos de eternidad, la mirada mareada de
    amor de mi María Elvira?

    Si, fuí yo. Pero eso está acabado, concluído, finalizado, muerto,
    inmaterial, como si nunca hubiera sido. Y sin embargo…

    Volví a verla a los veinte días después. Ya estaba sana, y cené con
    ellos. Hubo al principio una evidente alusión a los desvaríos
    sentimentales de la enferma, todo con gran tacto de la casa, en lo que
    cooperé cuanto me fué posible, pues en esos veinte días transcurridos
    no había sido mi preocupación menor, pensar en la discreción de que
    debía yo hacer gala en esa primera entrevista.

    Todo fué a pedir de boca, no obstante.

    –Y Vd.–me dijo la madre sonriendo–¿ha descansado del todo de las
    fatigas que le hemos dado?

    –Oh, era muy poca cosa!… Y aún–concluí riendo también–estaría
    dispuesto a soportarlas de nuevo…

    María Elvira se sonrió a su vez.

    –Vd. sí; pero yo, no, le aseguro!

    La madre la miró con tristeza:

    –¡Pobre, mi hija! Cuando pienso en los disparates que se te han
    ocurrido… En fin–se volvió a mí con agrado.–Vd. es ahora–podríamos
    decir–de la casa, y le aseguro que Luis María lo estima muchísimo.

    El aludido me puso la mano en el hombro y me ofreció cigarrillos.

    –Fume, fume, y no haga caso.

    –¡Pero Luis María!–le reprochó la madre, semi-seria–cualquiera
    creería al oirte que le estamos diciendo mentiras a Durán!

    –No, mamá; lo que dices está perfectamente bien dicho; pero Durán me
    entiende.

    Lo que yo entendía era que Luis María quería cortar con amabilidades
    más o menos sosas; pero no se lo agradecí en lo más mínimo.

    Entretanto, cuantas veces podía, sin llamar la atención, fijaba los
    ojos en María Elvira. ¡Al fin! Ya la tenía ante mí, sana, bien sana.
    Había esperado y temido con ansia ese instante. Había amado una
    sombra, o más bien dicho, dos ojos y treinta centímetros de brazo,
    pues el resto era una larga mancha blanca. Y de aquella penumbra, como
    de un capullo taciturno, se había levantado aquella espléndida figura
    fresca, indiferente y alegre, que no me conocía. Me miraba como se
    mira a un amigo de la casa, en el que es preciso detener un segundo
    los ojos, cuando se cuenta algo o se comenta una frase risueña. Pero
    nada más. Ni el más leve rastro de lo pasado, ni siquiera afectación
    de no mirarme, con lo que había yo contado como último triunfo de mi
    juego. Era un sujeto–no digamos sujeto, sino ser–absolutamente
    desconocido para ella. Y piénsese ahora en la gracia que me haría
    recordar, mientras la miraba, que una noche, esos mismos ojos ahora
    frívolos me habían dicho, a ocho dedos de los míos:

    –¿Y cuando esté sana… me querrás todavía?

    ¡A qué buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada a
    fuego en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral!
    Olvidarla… Siendo lo que hubiera deseado, era precisamente lo que
    no podía hacer.

    Más tarde, en el hall, hallé modo de aislarme con Luis María, mas
    colocando a éste entre su hermana y yo; podía así mirarla impunemente,
    so pretexto de que mi vista iba naturalmente más allá de mi
    interlocutor. Y es extraordinario cómo su cuerpo, desde el más
    invisible cabello de su cabeza al tacón de sus zapatos, era un vivo
    deseo, y cómo al cruzar el hall para ir adentro, cada golpe de su
    falda contra el charol iba arrastrando mi alma como un papel.

    Volvió, se rió, cruzó rozando a mi lado, sonriéndome forzosamente,
    pues estaba a su paso, mientras yo, como un idiota, continuaba soñando
    con una súbita detención a mi lado, y no una, sino dos manos, puestas
    sobre mis sienes:

    –Y bien: ahora que me has visto de pie: ¿me quieres todavía?

    ¡Bah! Muerto, bien muerto, me despedí, y oprimí un instante aquella
    mano fría, amable y rápida.

    * * * * *

    Hay, sin embargo, una cosa absolutamente cierta, y es ésta: María
    Elvira puede no recordar lo que sintió en sus días de fiebre, admito
    esto. Pero está perfectamente enterada de lo que pasó, por los cuentos
    posteriores. Luego, es imposible que yo esté para ella desprovisto del
    menor interés. De encantos–¡Dios me perdone!–todo lo que ella
    quiera. Pero de interés, el hombre con quien se ha soñado veinte
    noches seguidas, eso no. Por lo tanto, su perfecta indiferencia a mi
    respecto, no es racional. ¿Qué ventajas, qué remota probabilidad de
    dicha puede reportarme constatar esto? Ninguna, que yo vea. María
    Elvira se precave así contra mis posibles pretensiones por aquello; he
    aquí todo.

    En lo que no tiene razón. Que me guste desesperadamente, muy bien.
    Pero que vaya yo a exigir el pago de un pagaré de amor firmado sobre
    una carpeta de meningitis, ¡diablo! eso no.

    * * * * *

    Nueve de la mañana.–No es hora sobremanera decente de acostarse, pero
    así es. Del baile de lo de Rodríguez Peña, a Palermo. Luego al bar.
    Todo perfectamente solo. Y ahora a la cama.

    Pero no sin disponerme a concluir el paquete de cigarrillos, antes de
    que el sueño venga. Y aquí está la causa: bailé anoche con María
    Elvira. Y después de bailar, hablamos así:

    –Estos puntitos de la pupila–me dijo, frente uno de otro en la
    mesita,–no se me han ido aún. No sé qué será… Antes de mi
    enfermedad no los tenía.

    Precisamente nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese
    detalle. Con lo que sus ojos no quedaban sino más luminosos.

    Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era
    tarde.

    –Sí,–le dije, observando sus ojos;–me acuerdo de que antes no los
    tenía…

    Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reir:

    –Es cierto; Vd. debe saberlo más que nadie.

    ¡Ah! ¡qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi
    pecho! Era posible hablar de eso, por fin!

    –Eso creo–repuse.–Más que nadie, no sé… Pero si; en el momento a
    que se refiere, más que nadie, con seguridad.

    Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.

    ¡Ah, sí!–se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya,
    alzándolos a las parejas que pasaban a nuestro lado.

    Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablábamos,
    supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin bajar los ojos, como
    si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesión de
    film, agregó de costado:

    –Cuando era mi amor, al parecer.

    –Perfectamente bien dicho–le dije–su amor _al parecer_.

    Ella me miró entonces, devolviéndome la sonrisa.

    –No…

    Y se calló.

    –¿No… qué? Concluya.

    –¿Para qué? Es una zoncera.

    –No importa; concluya.

    Ella se echó a reir:

    –¿Para qué? En fin…¿no supondrá que no era _al parecer_?

    –Es un insulto gratuito–le respondí.–Yo fuí el primero en constatar
    la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor… _al parecer_.

    –¡Y dale!…–murmuró.–Pero a mi vez el demonio de la locura me
    arrastró tras aquel ¡_y dale_! burlón, a una pregunta que nunca
    debiera haber hecho.

    –Oigame, María Elvira–me incliné:–¿Vd. no recuerda nada, no es
    cierto, nada de aquella ridícula historia?

    Me miró muy seria, con altivez, si se quiere, pero al mismo tiempo con
    atención, como cuando nos disponemos a oir cosas que a pesar de todo
    no nos disgustan.

    –¿Qué historia?–dijo.

    –La otra, cuando yo vivía a su lado…–le hice notar con suficiente
    claridad.

    –Nada… absolutamente nada.

    –Veamos; míreme un instante…

    –No, ni aunque lo mire…–me lanzó en una carcajada.

    –No, no es eso… Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no
    sepa… Quería decirle esto: ¿No se acuerda Vd. de haberme dicho algo…
    dos o tres palabras nada más… la última noche que tuvo fiebre?

    María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó
    luego, más altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo
    la cabeza:

    –No, no recuerdo…

    –¡Ah!–me callé.

    Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún.

    –¿Qué–murmuró.

    –¿Qué… qué?–repetí.

    –¿Qué le dije?

    –Tampoco me acuerdo ya…

    –Sí, se acuerda… ¿Qué le dije?

    –No sé, le aseguro…

    –Sí, sabe… ¿Qué le dije?

    –¡Veamos!–me eché de nuevo sobre la mesa.–Si Vd. no recuerda
    absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre,
    ¿qué puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?

    El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo,
    contentándose con mirarme un instante más y apartar la vista con una
    corta sacudida de hombros.

    –Vamos–me dijo bruscamente.–Quiero bailar este vals.

    –Es justo–me levanté.–El sueño de vals que bailábamos no tiene nada
    de divertido.

    No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar con los
    ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals.

    –¿Qué sueño de vals desagradable para Vd.?–me dijo de pronto, sin
    dejar de recorrer el salón con la vista.

    –Un vals de delirio… no tiene nada que ver con esto–me encogí a
    mi vez de hombros.

    Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no
    dijo una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal que
    buscaba. De modo que deteniéndose, me dijo con una sonrisa forzada–la
    ineludible forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella historia:

    –Si quiere, entonces, baile este vals con su amor…

    –… _al parecer_. No agrego una palabra más–repuse, pasando la mano
    por su cintura.

    * * * * *

    Un mes más transcurrido. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis María
    están para mí ahora llenos de poético misterio! La madre es, desde
    luego, la persona a quien María Elvira tutea y besa más íntimamente.
    Su hermana la ha visto desvestirse. Luis María, por su parte, se
    permite pasarle la mano por la barbilla cuando entra y ella está
    sentada de espaldas. Tres personas bien felices, como se ve, e
    incapaces de apreciar la dicha en que se ven envueltos.

    En cuanto a mí, me paso la vida llevando cigarros a la boca como quien
    quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere?

    Después del baile en lo de Peña, he estado con ella muchas veces–en
    su casa, desde luego, todos los miércoles.

    Conserva su mismo círculo de amigos, sostiene a todos con su risa, y
    flirtea admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre
    halla modo de no perderme de vista. Esto cuando está con los otros.
    Pero cuando está conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.

    ¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes
    una buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta.

    Anoche, sin embargo, he tenido un momento de tregua. Era miércoles.
    Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de María Elvira,
    lanzada hacia nosotros por sobre los hombros del cuádruple flirt que
    la rodeaba, puso su espléndida figura en nuestra conversación.
    Hablamos de ella, y fugazmente, de la vieja historia. Un rato después
    se detenía ante nosotros.

    –¿De qué hablan?

    –De muchas cosas; de Vd. en primer término–respondió el médico.

    –Ah, ya me parecía…–Y recogiendo hacia ella un silloncito romano,
    se sentó cruzada de piernas, el busto tendido adelante, con la cara
    sostenida en la mano.

    –Sigan; ya escucho.

    –Contaba a Durán–dijo Ayestarain,–que casos como el que le ha
    pasado a Vd. en su enfermedad, son raros, pero hay algunos. Un autor
    inglés, no recuerdo cual, cita uno. Solamente que es más feliz que
    el suyo.

    –¿Más feliz? ¿Y por qué?

    –Porque en aquél no hay fiebre, y ambos se aman en sueños. En cambio,
    en este caso, Vd. era únicamente quien amaba…

    ¿Dije ya que la actitud de Ayestarain me había parecido siempre un
    tanto tortuosa respecto a mí? Si no lo dije, tuve en aquel momento un
    fulminante deseo de hacérselo sentir, no solamente con la mirada.
    Algo, no obstante, de ese anhelo debió percibir en mis ojos, porque se
    levantó riendo:

    –Los dejo para que hagan las paces.

    –¡Maldito bicho!–murmuré, ya tranquilo cuando se alejó.

    –¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?

    –Dígame, María Elvira–exclamé–¿le ha hecho el amor a Vd. alguna
    vez?

    –¿Quién, Ayestarain?

    –Sí, él.

    Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:

    –Sí–me contestó.

    –¡Ah, ya me lo esperaba!… Por lo menos ese tiene
    suerte…–murmuré, ya amargado del todo.

    –¿Por qué?–me preguntó.

    Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a otro
    lado. Ella siguió mi vista. Pasó un momento.

    –¿Por qué?–insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las
    mujeres, cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un
    hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que
    siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Mordía un
    papel–jamás supe de dónde pudo salir–y me miraba, subiendo y bajando
    imperceptiblemente las cejas.

    –¿Por qué?–repuse al fin.–Porque él ha tenido por lo menos la
    suerte de no servir de muñeco ridículo al lado de una cama, y puede
    hablar seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se
    entendiera lo que digo…¿comprende ahora?

    María Elvira me miró unos instantes pensativa, y luego movió
    negativamente la cabeza, con su papel en los labios.

    –¿Es cierto o no?–insistí, pero ya con el corazón a loco escape.

    Ella tornó a sacudir la cabeza:

    –No, no es cierto…

    –¡María Elvira!–llamó Angélica de lejos.

    Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo más inoportuna.
    Pero jamás una voz fraternal ha caído en un diluvio de hielo y pez
    fría tan fuera de propósito como aquella vez.

    María Elvira tiró el papel y bajó la rodilla.

    –Me voy–me dijo riendo, con la risa que ya le conocía cuando
    afrontaba un flirt.

    –¡Un solo momento!–le dije.

    –¡Ni uno más!–me respondió alejándose ya y negando con la mano.

    ¿Qué me quedaba por hacer? Nada, a no ser tragar el papelito húmedo,
    hundir la boca en el hueco que había dejado su rodilla, y estrellar el
    sillón contra la pared. Y estrellarme en seguida yo mismo contra un
    espejo, por imbécil. La inmensa rabia de mí mismo me hacía sufrir,
    sobre todo. ¡Intuiciones viriles! ¡Sicologías de hombre corrido! Y la
    primer coqueta cuya rodilla está marcada allí, se burla de todo eso
    con una frescura sin par!

    * * * * *

    No puedo más. La quiero como un loco, y no sé, lo que es más amargo
    aún, si ella me quiere realmente o no. Además, sueño, sueño demasiado,
    y cosas por el estilo: Ibamos del brazo por un salón, ella toda de
    blanco, y yo como un bulto negro a su lado. No había más que personas
    de edad en el salón, y todas sentadas, mirándonos pasar. Era, sin
    embargo, un salón de baile. Y decían de nosotros: _La meningitis y Su
    Sombra_. Me desperté, y volví a soñar: el tal salón de baile estaba
    frecuentado por los muertos diarios de una epidemia. El traje blanco
    de María Elvira era un sudario, y yo era la misma sombra de antes,
    pero tenía ahora por cabeza un termómetro. Eramos siempre _La
    meningitis y Su Sombra_.

    ¿Qué puedo hacer con sueños de esta naturaleza? No puedo más. Me voy a
    Europa, a Norte América, a cualquier parte, donde pueda olvidarla.

    ¿A qué quedarme? ¿A recomenzar la historia de siempre, quemándome
    solo, como un payaso, o a desencontrarnos cada vez que nos sentimos
    juntos? ¡Ah, no! Concluyamos con esto. No sé el bien que le podrá
    hacer a mis planos esta ausencia sentimental (¡y sí, sentimental!,
    aunque no quiera); pero quedarme sería ridículo, y estúpido, y no hay
    para qué divertir más a las María Elvira.

    * * * * *

    Podría escribir aquí cosas pasablemente distintas de las que acabo de
    anotar, pero prefiero contar simplemente lo que pasó el último día que
    vi a María Elvira.

    Por bravata, o desafío a mí mismo, o quién sabe por qué mortuoria
    esperanza de suicida, fuí la tarde anterior de mi salida a despedirme
    de los Funes. Ya hacía diez días que tenía mis pasajes en el bolsillo,
    por donde se verá cuánto desconfiaba de mí mismo.

    María Elvira estaba indispuesta–asunto de garganta o jaqueca–pero
    visible. Pasé un momento a la antesala a saludarla. La hallé hojeando
    músicas, desganada. Al verme se sorprendió un poco, aunque tuvo tiempo
    de echar una rápida ojeada al espejo. Tenía el rostro abatido, los
    labios pálidos, y los ojos oscuros de ojeras. Pero era ella siempre,
    más hermosa aún para mí, porque la perdía.

    Le dije sencillamente que me iba, y que le deseaba mucha felicidad.

    Al principio no me comprendió.

    –¿Se va? ¿Y adónde?

    –A Norte América… Acabo de decírselo.

    –¡Ah!–murmuró, marcando bien claramente la contracción de los
    labios. Pero en seguida me miró, inquieta.

    –¿Está enfermo?

    –¡Pst!… no precisamente… No estoy bien.

    –¡Ah!–murmuró de nuevo. Y miró hacia afuera a través de los vidrios,
    abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento.

    Por lo demás, llovía en la calle, y la antesala no estaba clara.

    Se volvió a mí.

    –¿Por qué se va?–me preguntó.

    –¡Hum!–me sonreí–Sería muy largo, infinitamente largo de contar…
    En fin, me voy.

    María Elvira fijó aún los ojos en mí, y su expresión, preocupada y
    atenta, se tornó sombría.

    Concluyamos, me dije. Y adelánteme:

    –Bueno, María Elvira…

    Me tendió lentamente la mano, una mano fría y húmeda, de jaqueca.

    –Antes de irse–me dijo–¿no me quiere decir por qué se va?

    Su voz había bajado un tono. El corazón me latió locamente, pero como
    en un relámpago, la vi ante mí, como aquella noche, alejándose riendo
    y negando con la mano: "no, ya estoy satisfecha"… ¡Ah, no, yo
    también! ¡Con aquello tenía bastante!

    –Me voy–le dije bien claro–porque estoy hasta aquí, de dolor,
    ridiculez y vergüenza de mí mismo! ¿Está contenta ahora?

    Tenía aún la mano en la mía. La retiró, se volvió lentamente, quitó la
    música del atril para colocarla sobre el piano, todo con pausa y
    mesura, y me miró de nuevo con esforzada y dolorosa sonrisa:

    –¿Y si yo… le pidiera que no se fuera?…

    –¡Pero por Dios bendito!–exclamé–¡No se da cuenta de que me está
    matando con estas cosas! ¡Estoy harto de sufrir y echarme en cara mi
    infelicidad! ¿Qué ganamos, qué gana Vd. con estas cosas? ¡No, basta
    ya! ¿Sabe Vd.–agregué adelantándome–lo que Vd. me dijo aquella
    última noche de su enfermedad? ¿Quiere que se lo diga? ¿Quiere?

    Quedó inmóvil, toda ojos.

    –Si, dígame…

    –¡Bueno! Vd. me dijo, y maldita sea la noche en que lo oí, Vd. me
    dijo bien claro esto: y–cuan–do–no tenga–más–de–li–rio, me
    que–rrás toda–ví–a? Vd. tenía delirio aún, ya lo sé… ¿Pero qué
    quiere que haga yo ahora? ¿Quedarme aquí, a su lado, desangrándome
    vivo con su modo de ser, porque la quiero como un idiota!… Esto es
    bien claro también, eh? ¡Ah! le aseguro que no es vida la que llevo!
    ¡No, no es vida!

    Había apoyado la frente en los vidrios, deshecho, sintiendo que
    después de lo que había dicho, mi amor, mi alma, mi vida, se
    derrumbaban para siempre jamás.

    Pero era menester concluir y me volví: ella estaba a mi lado, y en sus
    ojos–como en un relámpago, de felicidad esta vez–vi en sus ojos
    resplandecer, marearse, sollozar, la luz de húmeda dicha que creía
    muerta ya.

    –¡María Elvira!–exclamé, grité, creo.–¡Mi amor querido! ¡Mi alma
    adorada!

    Y ella, en silenciosas lágrimas de tormento concluído, vencida,
    entregada, dichosa, había hallado por fin sobre mi pecho, postura
    cómoda a su cabeza.

    * * * * *

    Y nada más. ¿Habrá cosa más sencilla que todo esto? Yo he sufrido, es
    bien posible, llorado, aullado de dolor, y debo creerlo porque así lo
    he escrito. ¡Pero qué endiabladamente lejos está todo eso! Y tanto más
    lejos porque–y aquí está lo más gracioso de esta nuestra
    historia–ella está aquí, a mi lado, leyendo con la cabeza sobre la
    lapicera, lo que escribo. Ha protestado, bien se ve, ante no pocas
    observaciones mías; pero en honor del arte literario en que nos hemos
    engolfado con tanta frescura, se resigna como buena esposa. Por lo
    demás, ella cree conmigo que la impresión general de la narración,
    reconstruída por etapas, es un reflejo bastante acertado de lo que
    pasó, sentimos y sufrimos. Lo cual, para obra de un ingeniero, no está
    del todo mal.

    En este momento María Elvira me interrumpe para decirme que la última
    línea escrita no es verdad: Mi narración no sólo no está del todo mal,
    sino que está bien, muy bien. Y como argumento irrefutable, me echa
    los brazos al cuello y me mira, no sé si a mucho más de cinco
    centímetros.

    –¿Es verdad?–murmura–o arrulla, mejor dicho.

    –¿Se puede poner arrulla?–le pregunto.

    –¡Sí, y esto, y esto! Y me da un beso.

    ¿Qué más puedo añadir?

    FIN

  • Candido, o El Optimismo

    Candido, o El Optimismo

    Aproximadamente 32.753 palavras.

    Produced by Tom Richards, Arno Peters, Juliet Sutherland,
    Charles Franks and the Online Distributed Proofreading Team.

    CANDIDO,

    Ó

    EL OPTIMISMO,

    VERSION DEL ORIGINAL TUDESCO DEL DR. RALPH,

    Con las adiciones que se han hallado en los papeles del Doctor,
    despues de su fallecimiento en Minden, el año 1759 de nuestra
    redencion.

    CAPITULO PRIMERO.

    _Donde se da cuenta de como fué criado Candido en una hermosa
    quinta, y como de ella fué echado á patadas._

    En la quinta del Señor baron de Tunderten-tronck, título de la
    Vesfalia, vivia un mancebo que habia dotado de la índole mas apacible
    naturaleza. Víase en su fisonomía su alma: tenia bastante sano juicio,
    y alma muy sensible; y por eso creo que le llamaban Candido.
    Sospechaban los criados antiguos de la casa, que era hijo de la
    hermana del señor baron, y de un honrado hidalgo, vecino suyo, con
    quien jamas consintió en casarse la doncella, visto que no podia
    probar arriba de setenta y un quarteles, porque la injuria de los
    tiempos habia acabado con el resto de su árbol genealógico.

    Era el señor baron uno de los caballeros mas poderosos de la Vesfalia;
    su quinta tenia puerta y ventanas, y en la sala estrado habia una
    colgadura. Los perros de su casa componian una xauria quando era
    menester; los mozos de su caballeriza eran sus picadores, y el
    teniente-cura del lugar su primer capellan: todos le daban señoría, y
    se echaban á reir quando decia algun chiste.

    La señora baronesa que pesaba unas catorce arrobas, se habia grangeado
    por esta prenda universal respeto, y recibia las visitas con una
    dignidad que la hacia aun mas respetable. Cunegunda, su hija, doncella
    de diez y siete años, era rolliza, sana, de buen color, y muy
    apetitosa muchacha; y el hijo del baron en nada desdecia de su padre.
    El oráculo de la casa era el preceptor Panglós, y el chicuelo Candido
    escuchaba sus lecciones con toda la docilidad propia de su edad y su
    carácter.

    Demostrado está, decia Panglós, que no pueden ser las cosas de otro
    modo; porque habiéndose hecho todo con un fin, no puede ménos este de
    ser el mejor de los fines. Nótese que las narices se hiciéron para
    llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas
    notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas; las
    piedras para sacarlas de la cantera y hacer quintas, y por eso tiene
    Su Señoría una hermosa quinta; el baron principal de la provincia ha
    de estar mas bien aposentado que otro ninguno: y como los marranos
    naciéron para que se los coman, todo el año comemos tocino. De suerte
    que los que han sustentado que todo está bien, han dicho un disparate,
    porque debian decir que todo está en el último ápice de perfeccion.

    Escuchábale Candido con atención, y le creía con inocencia, porque la
    señorita Cunegunda le parecía un dechado de lindeza, puesto que nunca
    habia sido osado á decírselo. Sacaba de aquí que despues de la
    imponderable dicha de ser baron de Tunder-ten-tronck, era el segundo
    grado el de ser la señorita Cunegunda, el tercero verla cada dia, y el
    quarto oir al maestro Panglós, el filósofo mas aventajado de la
    provincia, y por consiguiente del orbe entero.

    Paseándose un dia Cunegunda en los contornos de la quinta por un
    tallar que llamaban coto, por entre unas matas vio al doctor Panglós
    que estaba dando lecciones de física experimental á la doncella de
    labor de su madre, morenita muy graciosa, y no ménos dócil. La niña
    Cunegunda tenia mucha disposicion para aprender ciencias; observó pues
    sin pestañear, ni hacer el mas mínimo ruido, las repetidas
    experiencias que ámbos hacian; vió clara y distintamente la razon
    suficiente del doctor, sus causas y efectos, y se volvió desasosegada
    y pensativa, preocupada del anhelo de adquirir ciencia, y figurándose
    que podía muy bien ser ella la razón suficiente de Candido, y ser este
    la suya.

    De vuelta á la quinta encontró á Candido, y se abochornó, y Candido se
    puso también colorado. Saludóle Cunegunda con voz trémula, y
    correspondió Candido sin saber lo que se decia. El dia siguiente,
    despues de comer, al levantarse de la mesa, se encontraron detras de
    un biombo Candido y Cunegunda; esta dexó caer el pañuelo, y Candido le
    alzó del suelo; ella le cogió la mano sin malicia, y sin malicia
    Candido estampó un beso en la de la niña, pero con tal gracia, tanta
    viveza, y tan tierno cariño, qual no es ponderable; topáronse sus
    bocas, se inflamáron sus ojos, les tembláron las rodillas, y se les
    descarriáron las manos…. En esto estaban quando acertó á pasar por
    junto al biombo el señor barón de Tunder-ten-tronck, y reparando en
    tal causa y tal efecto, sacó á Candido fuera de la quinta á patadas en
    el trasero. Desmayóse Cunegunda; y quando volvió en sí, le dió la
    señora baronesa una mano de azotes; y reynó la mayor consternación en
    la mas hermosa y deleytosa quinta de quantas exîstir pueden.

    CAPITULO II.

    _De lo que sucedió á Candido con los Búlgaros._

    Arrojado Candido del paraiso terrenal fué andando mucho tiempo sin
    saber adonde se encaminaba, lloroso, alzando los ojos al cielo, y
    volviéndolos una y mil veces á la quinta que la mas linda de las
    baronesitas encerraba; al fin se acostó sin cenar, en mitad del campo
    entre dos surcos. Caía la nieve á chaparrones, y al otro dia Candido
    arrecido llegó arrastrando como pudo al pueblo inmediato llamado
    Valdberghof-trabenk-dik-dorf, sin un ochavo en la faltriquera, y
    muerto de hambre y fatiga. Paróse lleno de pesar á la puerta de una
    taberna, y repararon en el dos hombres con vestidos azules. Cantarada,
    dixo uno, aquí tenemos un gallardo mozo, que tiene la estatura que
    piden las ordenanzas. Acercáronse al punto á Candido, y le convidáron
    á comer con mucha cortesía. Caballeros, les dixo Candido con la mas
    sincera modestia, mucho favor me hacen vms., pero no tengo para pagar
    mi parte. Caballero, le dixo uno de los azules, los sugetos de su
    facha y su mérito nunca pagan. ¿No tiene vm. dos varas y seis dedos?
    Sí, señores, esa es mi estatura, dixo haciéndoles una cortesía. Vamos,
    caballero, siéntese vm. á la mesa, que no solo pagarémos, sino que no
    consentirémos que un hombre como vm. ande sin dinero; que entre gente
    honrada nos hemos de socorrer unos á otros. Razón tienen vms., dixo
    Candido; así me lo ha dicho mil veces el señor Panglós, y ya veo que
    todo está perfectísimo. Le ruegan que admita unos escudos; los toma, y
    quiere dar un vale; pero no se le quieren, y se sientan á la mesa.–¿No
    quiere vm. tiernamente?… Sí, Señores, respondió Candido, con la
    mayor ternura quiero á la baronesita Cunegunda. No preguntamos eso, le
    dixo uno de aquellos dos señores, sino si quiere vm. tiernamente al
    rey de los Bulgaros. No por cierto, dixo, porque no le he visto en mi
    ida.–Vaya, pues es el mas amable de los reyes, ¿Quiere vm. que
    brindemos á su salud?–Con mucho gusto, señores; y brinda. Basta con
    eso, le dixéron, ya es vm. el apoyo, el defensor, el adalid y el héroe
    de los Bulgaros; tiene segura su fortuna, y afianzada su gloria.
    Echáronle al punto un grillete al pié, y se le lleváron al regimiento,
    donde le hiciéron volverse á derecha y á izquierda, meter la baqueta,
    sacar la baqueta, apuntar, hacer fuego, acelerar el paso, y le diéron
    treinta palos: al otro dia hizo el exercicio algo ménos jual, y no le
    diéron mas de veinte; al tercero, llevó solamente diez, y le tuviéron
    sus camaradas por un portento.

    Atónito Candido aun no podia entender bien de qué modo era un héroe.
    Púsosele en la cabeza un dia de primavera irse á paseo, y siguió su
    camino derecho, presumiendo que era prerogativa de la especie humana,
    lo mismo que de la especie animal, el servirse de sus piernas á su
    antojo. Mas apénas había andado dos leguas, quando héteme otros quatro
    héroes de dos varas y tercia, que me lo agarran, me le atan, y me le
    llevan á un calabozo, Preguntáronle luego jurídicamente si queria mas
    pasar treinta y seis veces por baquetas de todo el regimiento, ó
    recibir una vez sola doce balazos en la mollera. Inútilmente alegó que
    las voluntades eran libres, y que no queria ni una cosa ni otra, fué
    forzoso que escogiese; y en virtud de la dádiva de Dios que llaman
    libertad, se resolvió á pasar treinta y seis veces baquetas, y sufrió
    dos tandas. Componíase el regimiento de dos mil hombres, lo qual hizo
    justamente quatro mil baquetazos que de la nuca al trasero le
    descubriéron músculos y nervios. Iban á proceder á la tercera tanda,
    quando Candido no pudiendo aguantar mas pidió por favor que se le
    hicieran de levantarle la tapa de los sesos; y habiendo conseguido tan
    señalada merced, le estaban vendando los ojos, y le hacían hincarse de
    rodillas, quando acertó á pasar el rey de los Bulgaros, que
    informándose del delito del paciente, como era este rey sugeto de
    mucho ingenio, por todo quanto de Candido le dixéron, echó de ver que
    era un aprendiz de metafísica muy bisoño en las cosas de este mundo, y
    le otorgó el perdon con una clemencia que fué muy loada en todas las
    gacetas, y lo será en todos los siglos. Un diestro cirujano curó á
    Candido con los emolientes que enseña Dioscórides. Un poco de cútis
    tenia ya, y empezaba á poder andar, quando dió una batalla el rey de
    los Bulgaros al de los Abaros.

    CAPITULO III.

    _De qué modo se libró Candido de manos de los Bulgaros, y de lo que
    le sucedió despues._

    No habia cosa mas hermosa, mas vistosa, mas lucida, ni mas bien
    ordenada que ámbos exércitos: las trompetas, los pífanos, los
    atambores, los obués y los cañones formaban una harmonía qual nunca
    la hubo en los infiernos. Primeramente los cañones derribáron unos
    seis mil hombres de cada parte, luego la fusilería barrió del mejor de
    los mundos unos nueve ó diez mil bribones que inficionaban su
    superficie; y finalmente la bayoneta fué la razon suficiente de la
    muerte de otros quantos miles. Todo ello podia sumar cosa de treinta
    millares. Durante esta heroica carnicería, Candido, que temblaba como
    un filósofo, se escondió lo mejor que supo.

    Miéntras que hacian cantar un _Te Deum_ ámbos reyes cada uno en
    su campo, se resolvió nuestro héroe á ir á discurrir á otra parte
    sobre las causas y los efectos. Pasó por encima de muertos y
    moribundos hacinados, y llegó á un lugar inmediato que estaba hecho
    cenizas; y era un lugar abaro que conforme á las leyes de derecho
    público habian incendiado los Bulgaros: aquí, unos ancianos
    acribillados de heridas contemplaban exhalar el alma á sus esposas
    degolladas; mas allá, daban el postrer suspiro vírgenes pasadas á
    cuchillo despues de haber saciado los deseos naturales de algunos
    héroes; otras medio tostadas clamaban por que las acabaran de matar;
    la tierra estaba sembrada de sesos al lado de brazos y piernas
    cortadas.

    Huyóse á toda priesa Candido á otra aldea que pertenecia á los
    Bulgaros, y que habia sido igualmente tratada por los héroes abaros.
    Al fin caminando sin cesar por cima de miembros palpitantes, ó
    atravesando ruinas, salió al cabo fuera del teatro de la guerra, con
    algunas cortas provisiones en la mochila, y sin olvidarse un punto de
    su Cunegunda. Al llegar á Holanda se le acabáron las provisiones; mas
    habiendo oido decir que la gente era muy rica en este pais, y que eran
    cristianos, no le quedó duda de que le darian tan buen trato como el
    que en la quinta del señor baron le habian dado, ántes de haberle
    echado á patadas á causa de los buenos ojos de Cunegunda la
    baronesita.

    Pidió limosna á muchos sugetos graves que todos le dixéron que si
    seguia en aquel oficio, le encerrarian en una casa de correccion, para
    enseñarle á vivir sin trabajar. Dirigióse luego á un hombre que
    acababa de hablar una hora seguida en una crecida asamblea sobre la
    caridad, y el orador, mirándole de reojo, le dixo: ¿A qué vienes
    aquí? ¿estás por la buena causa? No hay efecto sin causa, respondió
    modestamente Candido; todo está encadenado por necesidad, y ordenado
    para lo mejor: ha sido necesario que me echaran de casa de la
    baronesita Cunegunda, y que pasara baquetas, y es necesario que
    mendigue el pan hasta que le pueda ganar; nada de esto podia ménos de
    suceder. Amiguito, le dixo el orador, ¿crees que el papa es el
    ante-cristo? Nunca lo habia oido, respondió Candido; pero, séalo ó no
    lo sea, yo no tengo pan que comer. Ni lo mereces, replicó el otro;
    anda,
    bribon, anda, miserable, y que no te vuelva yo á ver en mi vida.
    Asomóse en esto á la ventana la muger del ministro, y viendo á uno que
    dudaba de que el papa fuera el ante-cristo, le tiró á la cabeza un
    vaso lleno de…. ¡O cielos, á qué excesos se entregan las damas por
    zelo de la religion!

    Uno que no habia sido bautizado, un buen anabantista, llamado
    Santiago, testigo de la crueldad y la ignominia con que trataban á uno
    de sus hermanos, á un ser bípedo y sin plumas, que tenia alma, se le
    llevó á su casa, le limpió, le dió pan y cerbeza, y dos florines, y
    ademas quiso enseñarle á trabajar en su fábrica de texidos de Persia,
    que se hacen en Holanda. Candido, arrodillándose casi á sus plantas,
    clamaba: Bien decia el maestro Panglós, que todo estaba perfectamente
    en este mundo; porque infinitamente mas me enternece la mucha
    generosidad de vm., que lo que me enojó la inhumanidad de aquel señor
    de capa negra, y de su señora muger.

    Yendo al otro dia de pasco se encontró con un pordiosero, cubierto de
    lepra, los ojos casi ciegos, carcomida la punta de la nariz, la boca
    tuerta, ennegrecídos los dientes, y el habla gangosa, atormentado de
    una violenta tos, y que á cada esfuerzo escupia una muela.

    CAPITULO IV.

    _De qué modo encontró Candido á su maestro de filosofía, el doctor
    Panglós, y de lo que le aconteció._

    Mas que á horror movido á compasion Candido le dió á este horroroso
    pordiosero los dos florines que de su honrado anabautista Santiago
    habia recibido. Miróle de hito en hito la fantasma, y vertiendo
    lágrimas se le colgó al cuello. Zafóse Candido asustado, y el
    miserable dixo al otro miserable: ¡Ay! ¿con que no conoces á tu amado
    maestro Panglós? ¿Qué oygo? ¡vm., mi amado maestro! ¡vm. en tan
    horrible estado! ¿Pues qué desdicha le ha sucedido? ¿porqué no está en
    la mas hermosa de las granjas? ¿qué se ha hecho la señorita Cunegunda,
    la perla de las doncellas, la obra maestra de la naturaleza? No puedo
    alentar, dixo Panglós. Llevóle sin tardanza Candido al pajar del
    anabautista, le dió un mendrugo de pan; y quando hubo cobrado aliento
    Panglós, le preguntó: ¿Qué es de Cunegunda? Es muerta, respondió el
    otro. Desmayóse Candido al oirlo, y su amigo le volvió á la vida con
    un poco de vinagre malo que encontró acaso en el pajar. Abrió Candido
    los ojos, y exclamó: ¡Cunegunda muerta! Ha perfectísimo entre los
    mundos, ¿adonde estás? ¿y de qué enfermedad ha muerto? ¿ha sido por
    ventura de la pesadumbre de verme echar á patadas de la soberbia
    quinta de su padre? No por cierto, dixo Panglós, sino de que unos
    soldados bulgaros le sacáron las tripas, despues que la hubiéron
    violado hasta mas no poder, habiendo roto la mollera al señor baron
    que la quiso defender. La señora baronesa fué hecha pedazos, mi pobre
    alumno tratado lo mismo que su hermana, y en la granja no ha quedado
    piedra sobre piedra, ni troxes, ni siquiera un carnero, ni una
    gallina, ni un árbol; pero bien nos han vengado, porque lo mismo han
    hecho los Abaros en una baronía inmediata que era de un señor bulgaro.

    Desmayóse otra vez Candido al oir este lamentable cuento; pero vuelto
    en sí, y habiendo dicho quanto tenia que decir, se informó de la causa
    y efecto, y de la razon suficiente que en tan lastimosa situacion á
    Panglós habia puesto. ¡Ay! dixo el otro, el amor ha sido; el amor, el
    consolador del humano linage, el conservador del universo, el alma de
    todos los seres sensibles, el blando amor. Ha, dixo Candido, yo
    tambien he conocido á ese amor, á ese árbitro de los corazones, á esa
    alma de nuestra alma, que nunca me ha valido mas que un beso y veinte
    patadas en el trasero. ¿Cómo tan bella causa ha podido producir en vm.
    tan abominables efectos? Respondióle Panglós en los términos
    siguientes: Ya conociste, amado Candido, á Paquita, aquella linda
    doncella de nuestra ilustre baronesa; pues en sus brazos gocé los
    contentos celestiales, que han producido los infernales tormentos que
    ves que me consumen: estaba podrida, y acaso ha muerto. Paquita debió
    este don á un Franciscano instruidísimo, que había averiguado el
    orígen de su achaque, porque se le habia dado una condesa vieja, la
    qual le habia recibido de un capitan de caballería, que le hubo de una
    marquesa, á quien se le dió un page, que le cogió de un jesuita, el
    qual, siendo novicio, le habia recibido en línea recta de uno de los
    compañeros de Cristobal Colon. Yo por mi no se le daré á nadie, porque
    me voy á morir luego.

    ¡O Panglós, exclamó Candido, qué raro árbol de genealogía es ese! ¿fué
    acaso el diablo su primer tronco? No por cierto, replicó aquel varon
    eminente, que era indispensable cosa y necesario ingrediente del mas
    excelente de los mundos; porque si no hubieran pegado á Colon en una
    isla de América este mal que envenena el manantial de la generacion, y
    que á veces estorba la misma generacion, y manifiestamente se opone al
    principal blanco de naturaleza, no tuviéramos ni chocolate ni
    cochinilla; y se ha de notar que hasta el dia de hoy es peculiar de
    nosotros esta dolencia en este continente, no ménos que la teología
    escolástica. Todavía no se ha introducido en la Turquía, en la India,
    en la Persia, en la China, en Sian, ni en el Japon; pero razon hay
    suficiente para que la padezcan dentro de algunos siglos. Miéntras
    tanto es bendicion de Dios lo que entre nosotros prospera, con
    particularidad en los exércitos numerosos, que constan de honrados
    ganapanes muy bien educados, los quales deciden la suerte de los
    estados, y donde se puede afirmar con certeza, que quando pelean
    treinta mil hombres en campal batalla contra un exército igualmente
    numeroso, hay cerca de veinte mil galicosos por una y otra parte.

    Portentosa cosa es esa, dixo Candido, pero es preciso tratar de
    curaros. ¿Y cómo me he de curar, amiguito, dixo Panglós, si no tengo
    un ochavo; y en todo este vasto globo á nadie sangran, ni le
    administran una lavativa, sin que pague ó que alguien pague por él?

    Estas últimas razones determináron á Candido á irse á echar á los
    piés de su caritativo anabautista Santiago, á quien pintó tan
    tiernamente la situacion á que se vía reducido su amigo, que no
    dificultó el buen hombre en hospedar al doctor Panglós, y curarle á su
    costa. Esta cura no costó á Panglós mas que un ojo y una oreja. Como
    sabia escribir y contar con perfeccion, le hizo el anabautista su
    tenedor de libros. Viéndose precisado á cabo de dos meses á ir á
    Lisboa para asuntos de su comercio, se embarcó con sus dos filósofos.
    Panglós le explicaba de qué modo todas las cosas estaban
    peifectísimamente, y Santiago no era de su parecer. Fuerza es, decia,
    que hayan los hombres estragado algo la naturaleza, porque no
    naciéron lobos, y se han convertido en lobos. Dios no les dió ni
    cañones de veinte y quatro, ni bayonetas, y ellos para destruirse han
    fraguado bayonetas y cañones. Tambien pudiera mentar las quiebras, y
    la justicia que embarga los bienes de los fallidos para frustrar á los
    acreedores. Todo eso era indispensable, replicó el doctor tuerto, y de
    los males individuales se compone el bien general; de suerte que
    quanto mas males particulares hay, mejor está el todo. Miéntras estaba
    argumentando, se obscureció el cielo, sopláron furiosos los vientos de
    los quatro ángulos del mundo, y á vista del puerto de Lisboa fué
    embutido el navío de la tormenta mas hermosa.

    CAPITULO V.

    _De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos del
    doctor Panglós, de Candido, y de Santiago el anabautista._

    Sin fuerza y medio muertos la mitad de los pasageros con las
    imponderables bascas que causa el balance de un navío en los nervios y
    en todos los humores que en opuestas direcciones se agitan, ni aun
    para temer el riesgo tenian ánimo: la otra mitad gritaba y rezaba;
    estaban rasgadas las velas, las xarcias rotas, y abierta la nave:
    quien podia trabajaba, nadie se entendia, y nadie mandaba. Algo
    ayudaba á la faena el anabautista, que estaba sobre el combes, quando
    un furioso marinero le pega un fiero embion, y le derriba en las
    tablas; pero fué tanto el esfuerzo que al empujarle hizo, que se cayó
    de cabeza fuera del navío, y se quedó colgado y agarrado de una
    porcion del mástil roto. Acudió el buen Santiago á socorrerle, y le
    ayudó á subir; pero con la fuerza que para ello hizo, se cayó en la
    mar á vista del marinero que le dexó ahogarse, sin dignarse siquiera
    de mirarle. Candido que se acerca, y ve á su bienhechor que viene un
    instante sobre el agua, y que se hunde para siempre, se quiere tirar
    tras de el al mar; pero le detiene el filósofo Panglós, demostrándole
    que habia sido criada la cala de Lisboa con destino á que se ahogara
    en ella el anabautista. Probándolo estaba _à priori_, quando se
    abrió el navío, y todos pereciéron, ménos Panglós, Candido, y el
    desalmado marinero que habia ahogado al virtuoso anabautista; que el
    bribon salió á salvamento nadando hasta la orilla, donde aportáron
    Candido y Panglós en una tabla.

    Así que se recobráron un poco del susto y el cansancio, se encamináron
    á Lisboa. Llevaban algun dinero, con el qual esperaban librarse del
    hambre, despues de haberse zafado de la tormenta. Apenas pusiéron los
    piés en la ciudad, lamentándose de la muerte de su bien-hechor, la mar
    embatió bramando el puerto, y arrebató quantos navíos se hallaban en
    él anclados; se cubriéron calles y plazas de torbellinos de llamas y
    cenizas; hundíanse las casas, caían los techos sobre los cimientos, y
    los cimientos se dispersaban, y treinta mil moradores de todas edades
    y sexôs eran sepultados entre ruinas. El marinero tarareando y votando
    decia: Algo ganarémos con esto. ¿Qual puede ser la razon suficiente de
    este fenómeno? decia Panglós; y Candido exclamaba: Este es el dia del
    juicio final. El marinero se metió sin detenerse en medio de las
    ruinas, arrostrando la muerte por buscar dinero, con el que encontró
    se fué á emborrachar; y después de haber dormido la borrachera,
    compró los favores de la ramera que topó primero, y que se dió á él
    entre las ruinas de los desplomados edificios, y en mitad de los
    moribundos y los cadáveres, puesto que Panglós le tiraba de la casaca,
    diciéndole: Amigo, eso no es bien hecho, que es pecar contra la razon
    universal, porque ahora no es ocasion de holgarse. Por vida del Padre
    Eterno, respondió el otro, yo soy marinero, y nacido en Batavia;
    quatro veces he pisado el crucifixo en quatro viages que tengo hechos
    al Japon. Pues no vienes mal ahora con tu razon universal.

    Candido, que la caida de unas piedras habia herido, tendido en el
    suelo en mitad de la calle, y cubierto de ruinas, clamaba á Panglós:
    ¡Ay! tráeme un poco de vino y aceyte, que me muero. Este temblor de
    tierra, respondió Panglós, no es cosa nueva: el mismo azote sufrió
    Lima años pasados; las mismas causas producen los mismos efectos; sin
    duda que hay una veta de azufre subterránea que va de Lisboa á Lima.
    Verosímil cosa es, dixo Candido; pero, por Dios, un poco de aceyte y
    vino. ¿Cómo verosímil? replicó el filósofo, pues yo sustentaré que
    está demostrada. Candido perdió el sentido, y Panglós le llevó un
    trago de agua de una fuente inmediata.

    Habiendo hallado el siguiente dia algunos manjares metiéndose por
    entre los escombros, cobráron algunas fuerzas, y trabajáron luego, á
    exemplo de los demas, en alivio de los habitantes que de la muerte se
    habian librado. Algunos vecinos que habian socorrido les diéron la
    ménos mala comida que en tamaño desastre se podia esperar: verdad es
    que fué muy triste el banquete; los convidados bañaban el pan en
    llantos, pero Panglós los consolaba sustentando que no podian suceder
    las cosas de otra manera; porque todo esto, decia, es lo mejor que
    hay; porque si hay un volcan en Lisboa, no podia estar en otra parte;
    porque no es posible que no esten las cosas donde estan; porque todo
    está bien.

    Un hombrecito vestido de negro, familiar de la inquisicion, que junto
    á el estaba sentado, interrumpió muy cortesmente, y le dixo: Sín duda,
    caballero, que no cree vm. en el pecado original; porque, si todo está
    perfecto, no ha habido pecado ni castigo.

    Perdóneme Vueselencia, le respondió con mas cortesía Panglós, porque
    la caida del hombre y su maldicion hacian parte necesaria del mas
    excelente de los mundos posibles. ¿Según eso este caballero no cree
    que seamos libres? dixo el familiar. Otra vez ha de perdonar
    Vueselencia, replicó Panglós, porque puede subsistir la libertad con
    la necesidad absoluta; porque era necesario que fuéramos libres;
    porque finalmente la voluntad determinada…. En medio de la frase
    estaba Panglós, quando hizo el familiar una seña á su secretario que
    le escanciaba vino de Porto ó de Oporto.

    CAPITULO VI.

    _Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara el terremoto,
    y de los doscientos azotes que pegáron á Candido._

    Pasado el terremoto que habia destruido las tres quartas partes de
    Lisboa, el mas eficaz medio que ocurrió á los sabios del pais para
    precaver una total ruina, fue la fiesta de un soberbio auto de fe,
    habiendo decidido la universidad de Coïmbra que el espectáculo de unas
    quantas personas quemadas á fuego lento con toda solemnidad es
    infalible secreto para impedir los temblores de tierra. Habian sido
    presos por tanto un Vizcayno que estaba convicto de haberse casado con
    su comadre, y dos Portugueses que se habían comido un pollo un
    viernes, y la olla sin tocino un sábado; y despues de comer se
    lleváron atados al doctor Panglós y su discípulo Candido, al uno por
    lo que habia dicho, y al otro por haberle escuchado con ademan de
    aprobar lo que decia. Pusiéronlos separados en unos aposentos muy
    frescos, donde nunca incomodaba el sol, y de allí á ocho dias los
    vistiéron de un san-benito, y les engalanáron la cabeza con unas
    mitras de papel: la coroza y el san-benito de Candido llevaban llamas
    boca abaxo, y diablos sin garras ni rabo; pero los diablos de Panglós
    tenian rabo y garras, y las llamas ardian hácia arriba. Así vestidos
    saliéron en procesion, y oyéron un sermon muy tierno, al qual se
    siguió una bellísima música en fabordon. A Candido, miéntras duró el
    canto, le pegáron doscientos azotes á compas; al Vizcayno y á los dos
    que habian comido la olla sin tocino los quemáron, y Panglós fué
    ahorcado, aunque no era estilo. Aquel mismo día, tembló la tierra con
    un furor espantable.

    Candido atónito, desatentado, confuso, ensangrentado y palpitante,
    decia entre sí: ¿Si este es el mejor de los mundos posibles, cómo
    serán los otros? Vaya con Dios, si no hubieran hecho mas que
    espolvorearme las espaldas, que ya los Bulgaros me habian hecho el
    mismo agasajo. Pero tú, caro Panglós, el mayor de los filósofos,
    ¿porqué te he visto ahorcar, sin saber por qué? O mi amado
    anabautista, tu que eras el mejor de los hombres, ¿porqué te has
    ahogado en el puerto? Y tú, baronesita Cunegunda, perla de las niñas,
    ¿porqué te han sacado el redaño? Volvíase diciendo esto á su casa, sin
    poderse tener en pié, predicado, azotado, absuelto, y bendito, quando
    se le acercó una vieja que le dixo: Hijo mió, ten buen ánimo, y
    sígueme.

    CAPITULO VII.

    _Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, y como
    topó este con su dama._

    No cobró ánimo Candido, pero siguió á la vieja á una ruin casucha,
    donde le dió su conductora un bote de pomada para untarse, y le dexó
    de comer y de beber; luego le enseñó una camita muy aseada, y al lado
    de la cama un vestido completo: Come, hijo, bebe y duerme, le dixo, y
    Nuestra Señora de Atocha, el señor San Antonio de Padua, y el señor
    Santiago de Compostela se queden contigo: mañana volveré. Confuso
    Candido con todo quanto habia visto, y quanto habia padecido, y inas
    todavía con la caridad de la vieja, le quiso besar la mano. No es mi
    mano la que has de besar, le dixo la vieja; mañana volveré. Untate con
    la pomada, come y duerme.

    No obstante sus muchas desventuras, comió y durmió Candido. Al otro
    dia le trae la vieja de almorzar, le visita las espaldas, se las
    estriega con otra pomada, y luego le trae de comer: á la noche vuelve,
    y le trae que cenar. El tercer dia fué la misma ceremonia. ¿Quién es
    vm.? le decia Candido; ¿quién le ha inspirado tanta bondad? ¿cómo
    puedo darle dignas gracias? La buena señora nunca respondia palabra,
    pero volvió aquella noche, y no traxo que cenar. Ven conmigo, le dixo,
    y no chistes; y diciendo esto agarró á Candido del brazo, y echó á
    andar con el por el campo. A cosa de medio quarto de legua que
    hubiéron andado, llegáron á una casa sola, cercada de canales y
    jardines. Llama la vieja á un postigo: abren, y lleva á Candido por
    una escalera secreta á un gabinete dorado, donde le dexa sobre un
    canapé de terciopelo, cierra la puerta, y se marcha. A Candido se le
    figuraba que soñaba, teniendo su vida entera por un sueño funesto, y
    el momento actual por un sueño delicioso.

    Presto volvió la vieja, sustentando con dificultad del brazo á una
    muger que venia toda trémula, de magestuosa estatura, cubierta de
    piedras preciosas, y tapada con un velo. Alza ese velo, dixo á Candido
    la vieja. Arrímase el mozo, y alza con mano tímida el velo. ¡Qué
    instante! ¡qué pasmo! cree que está viendo á su baronesita, á su
    Cunegunda; y así era la verdad, porque era ella propia. Fáltale el
    aliento, no puede articular palabra, y cae desmayado á sus plantas.
    Cunegunda se cae sobre el canapé: la vieja los inunda en aguas de
    olor; vuelven en sí, se hablan; primero en voces interrumpidas, en
    preguntas y respuestas que no se dan vado unas á otras, en suspiros,
    lágrimas y gritos. La vieja, recomendándoles que metan ménos bulla,
    los dexa libres. ¡Con que es vm., dice Candido! ¡con que la veo en
    Portugal, y no ha sido violada, y no le han pasado de parte á parte
    las entrañas, como me habia dicho el filósofo Panglós! Sí tal, replicó
    la hermosa Cunegunda, pero no siempre son mortales esos accidentes.
    –¿Y han sido muertos el padre y la madre de vm.?–Por mi desgracia,
    sí, respondió llorando Cunegunda.–¿Y su hermano?–Mi hermano
    también.–¿Pues porqué está vm. en Portugal? ¿cómo ha sabido que
    también yo lo estaba? ¿porqué raro acaso me ha hecho venir á esta
    casa? Todo lo diré, replicó la dama; pero antes es forzoso que me diga
    vm. quantos sucesos le han pasado desde el inocente beso que me dió, y
    las patadas con que se le hiciéron pagar.

    Obedeció Candido con profundo respeto; y puesto que estaba confuso,
    que tenia trémula y flaca la voz, y que aun le dolia no poco el
    espinazo, contó con la mayor ingenuidad quanto desde el punto de su
    separacion habia padecido. Alzaba Cunegunda los ojos al cielo, y
    vertió tiernas lágrimas por la muerte del buen anabautista y de
    Panglós; habló despues como sigue á Candido, el qual no perdió una
    palabra, y se la comia con los ojos.

    CAPITULO VIII.

    _Historia de Cunegunda._

    Durmiendo á pierna suelta estaba en mi cama, quando plugo al cielo que
    entraran los Bulgaros en nuestra soberbia quinta de Tunder-ten-tronck,
    y degollaran á mi padre y á mi hermano, é hiciesen tajadas á mi madre.
    Un pazguato de Bulgaro de dos varas y tercia, viendo que habia yo
    perdido los sentidos con esta escena, se puso á violarme; con lo qual
    volví en mí, y empecé á morder, á arañar, y á querer sacar los ojos al
    Bulgarote, no sabiendo que era cosa de estilo quanto en la quinta de
    mi padre estaba pasando; pero me dió el belitre una cuchillada junto á
    la teta izquierda, que todavía me queda la señal. Ha, espero que me la
    enseñará vm., dixo el ingenuo Candido. Ya la verá vm., dixo Cunegunda,
    pero sigamos el cuento. Siga vm., replicó Candido.

    Añudó pues así el hilo de su historia Cunegunda: Entró un capitan
    bulgaro, que me vió llena de sangre, debaxo del soldado que no se
    incomodaba; y enojado del poco respeto que le tenia el malandrin, le
    mató encima de mí: hízome luego poner en cura, y me llevó prisionera
    de guerra á su guarnicion. Allí lavaba las pocas camisas que el tenia,
    y le guisaba la comida; el decia que era yo muy bonita, y tambien he
    de confesar que era muy lindo mozo, y que tenia la carne suave y
    blanca, pero poco entendimiento, y ménos filosofía: y á tiro de
    ballesta se echaba de ver que no le habia educado el doctor Panglós. A
    cabo de tres meses perdió todo quanto dinero tenia, y no curándose mas
    de mí, me vendió á un Judío llamado Don Isacar, que tenia casa de
    comercio en Holanda y en Portugal, y se perdia por mugeres. Prendóse
    mucho de mi el tal Judío, pero nada pudo conseguir, que me he
    resistido á el mas bien que al soldado bulgaro; porque una honrada
    muger bien puede ser violada una vez, pero con ese mismo contratiempo
    se fortalece su virtud. El Judío para domesticarme me ha traído á la
    casa de campo que vm. ve. Hasta ahora habia creido que no habia en la
    tierra mansion mas hermosa que la granja de Tunder-ten-tronck, pero ya
    estoy desengañada de mi error.

    El inquisidor general me vió un dia en misa, no me quitó los ojos de
    encima, y me mandó á decir que me tenia que hablar de un asunto
    secreto. Lleváronme á su palacio, y yo le dixe quien eran mis padres.
    Representóme entónces quanto desdecia de mi nobleza el pertenecer á un
    israelita. Su Ilustrísima propuso á Don Isacar que le hiciera cesión
    de mí; y este, que es banquero de palacio y hombre de mucho poder,
    nunca tal quiso consentir. El inquisidor le amenazó con un auto de fe.
    Al fin atemorizado mi Judío hizo un ajuste en virtud del qual la casa
    y yo habian de ser de ámbos de mancomun; el Judío se reservó los
    lúnes, los miércoles y los sábados, y el inquisidor los demas dias de
    la semana. Seis meses ha que subsiste este convenio, aunque no sin
    freqüentes contiendas, porque muchas veces han disputado sobre si la
    noche de sábado á domingo pertenecia á la ley antigua, ó á la ley de
    gracia. Yo empero á entrámbas leyes me lie resistido hasta ahora, y
    por este motivo pienso que me quieren tanto. Finalmente, por conjurar
    la plaga de los terremotos, y por poner miedo á Don Isacar, le plugo
    al Ilustrísimo señor inquisidor celebrar un auto de fe. Honróme
    convidándome á la fiesta; me diéron uno de los mejores asientos, y se
    sirviéron refrescos á las señoras en el intervalo de la misa y el
    suplicio de los ajusticiados. Confieso que estaba sobrecogida de
    horror de ver quemar á los dos Judíos, y al honrado Vizcayno casado
    con su comadre; pero ¡qué asombro, qué confusión y qué susto fué el
    mio quando vi con un sambenito y una coroza una cara parecida á la de
    Panglós! Estreguéme los ojos, miré con atencion, le vi ahorcar, y me
    tomó un desmayo. Apénas habia vuelto en mí, quando le vi á vm. desnudo
    de medio cuerpo: allí fué el cúmulo de mi horror, mi consternacion, mi
    desconsuelo, y mi desesperacion. Digo de verdad que la cútis de vm. es
    mas blanca y mas encarnada que la de mi capitan de Bulgaros; y esta
    vista aumentó todos los afectos que abrumada y consumida me tenian. A
    dar gritos iba, yá decir: deteneos, inhumanos; pero me faltó la voz, y
    habrian sido en balde mis gritos. Quando os hubiéron azotado á su
    sabor, decia yo entre mí: ¿Cómo es posible que se encuentren en Lisboa
    el amable Candido y el sabio Panglós; uno para llevar doscientos
    azotes, y otro para ser ahorcado por órden del ilustrísimo Señor
    inquisidor que tanto me ama? ¡Qué cruelmente me engañaba Panglós,
    quando me decia que todo era perfectísimo!

    Agitada, desatentada, fuera de mi unas veces, y muriéndome otras de
    pesar, tenia preocupada la imaginacion con la muerte de mi padre, mi
    madre y mi hermano, con la insolencia de aquel soez soldado bulgaro,
    con la cuchillada que me dió, con mi oficio de lavandera y cocinera,
    con mi capitan bulgaro, con mi sucio Don Isacar, con mi abominable
    inquisidor, con la horca del doctor Panglós, con aquel gran miserere
    en fabordon durante el qual le diéron á vm. doscientos azotes, y mas
    que todo con el beso que dí á vm. detras del biombo la última vez que
    nos vimos. Dí gracias á Dios que nos volvia á reunir por medio de
    tantas pruebas, y encargué á mi vieja que cuidase de vm., y me le
    traxese luego que fuese posible. Ha desempeñado muy bien mi encargo, y
    he disfrutado el imponderable gusto de volver á ver á vm., de oírle, y
    de hablarle. Sin duda que debe tener una hambre canina, yo tambien,
    tengo buenas ganas, con que cenemos ántes de otra cosa.

    Sentáronse pues ámbos á la mesa, y despues de cenar se volviéron al
    hermoso canapé de que ya he hablado. Sobre el estaban, quando llegó el
    señor Don Isacar, uno de los dos amos de casa; que era sábado, y venia
    á gozar sus derechos, y explicar su rendido amor.

    CAPITULO IX.

    _Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el Inquisidor general,
    y el Judío._

    Era el tal Isacar el hebreo mas vinagre que desde la cautividad de
    Babilonia se habia visto en Israel. ¿Qué es esto, dixo, perra Galilea?
    ¿con que no te basta con el señor inquisidor, que tambien ese chulo
    entra á la parte conmigo? Al decir esto saca un puñal buido que
    siempre llevaba en el cinto, y creyendo que su contrario no traía
    armas, se tira á él. Pero la vieja habia dado á nuestro buen
    Vesfaliano una espada con el vestido completo que hemos dicho:
    desenvaynóla Candido, y derribó en el suelo al Israelita muerto,
    puesto que fuese de la mas mansa índole.

    ¡Virgen Santísima! exclamó la hermosa Cunegunda; ¿qué será de
    nosotros? ¡Un hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, soy
    perdida. Si no hubieran ahorcado á Panglós, dixo Candido, el nos daria
    consejo en este apuro, porque era eminente filósofo; pero pues el nos
    falta, consultemos con la vieja. Era esta muy discreta, y empezaba á
    decir su parecer, quando abriéron otra puertecilla. Era la una de la
    noche; habia ya principiado el domingo, dia que pertenecia al señor
    inquisidor. Al entrar este ve al azotado Candido con la espada en la
    mano, un muerto en el suelo, Cunegunda asustada, y la vieja dando
    consejos.

    En este instante le ocurriéron á Candido las siguientes ideas, y
    discurrió así: Si pide auxîlio este varon santo, infaliblemente me
    hará quemar, y otro tanto podrá hacer á Cunegunda; me ha hecho azotar
    sin misericordia, es mi contrincante, y yo estoy de vena de matar;
    pues no hay que detenerse. Fué este discurso tan bien hilado como
    pronto; y sin dar tiempo á que se recobrase el inquisidor del primer
    susto, le pasó de parte á parte de una estocada, y le dexó tendido
    cabe el Judío. Buena la tenemos, dixo Cunegunda: ya no hay remision;
    estamos excomulgados, y es llegada nuestra última hora. ¿Cómo ha hecho
    vm., siendo de tan suave condicion, para matar en dos minutos á un
    prelado y á un Judío? Hermosa señorita, respondió, quando uno está
    enamorado, zeloso, y azotado por la inquisicion, no sabe lo que se
    hace.

    Rompió entónces la vieja el silencio, y dixo: En la caballeriza hay
    tres caballos andaluces con sus sillas y frenos; ensíllelos el
    esforzado Candido; esta señora tiene moyadores y diamantes; montemos á
    caballo, y vamos á Cadiz, puesto que yo no me puedo sentar mas que
    sobre una nalga. El tiempo está hermosísimo, y da contento caminar con
    el fresco de la noche.

    Ensilló volando Candido los tres caballos, y Cunegunda, él, y la vieja
    anduviéron diez y seis leguas sin parar. Miéntras que iban andando,
    vino á la casa de Cunegunda la santa hermandad, enterráron á Su
    Ilustrísima en una suntuosa iglesia, y á Isacar le tiráron á un
    muladar.

    Ya estaban Candido, Cunegunda y la vieja en la villa de Aracena, en
    mitad de los montes de Sierra-Morena, y decian lo que sigue en un
    meson.

    CAPITULO X.

    _De la triste situacion en que, se viéron Candido, Cunegunda y la
    vieja; de su arribo á Cadiz, y como se embarcáron para América._

    ¿Quién me habrá robado mis doblones y mis diamantes? decia llorando
    Cunegunda; ¿cómo hemos de vivir? ¿qué hemos de hacer? ¿donde he de
    hallar
    inquisidores y Judíos que me den otros? ¡Ay! dixo la vieja, mucho me
    sospecho de un reverendo padre Franciscano que ayer durmió en Badajoz
    en nuestra posada. Líbreme Dios de hacer juicios temerarios; pero él
    dos veces entró en nuestro quarto, y se fué mucho ántes que nosotros.
    Ha, dixo Candido, muchas veces me ha probado el buen Panglós que los
    bienes de la tierra son comunes de todos, y cada uno tiene igual
    derecho á su posesion. Conforme á estos principios, nos habia de haber
    dexado el padre para acabar nuestro camino. ¿Con que no te queda nada,
    hermosa Cunegunda? Ni un maravedí, respondió esta. ¿Y qué nos harémos?
    exclamó Candido. Vendamos uno de los caballos, dixo la vieja; yo
    montaré á las ancas de el de la señorita, puesto que no me puedo
    sentar mas que sobre una nalga, y así llegarémos á Cadiz.

    En el mismo meson habia un prior de Benitos, que compró barato el
    caballo. Candido, Cunegunda y la vieja atravesáron á Lucena, á Cilla,
    y á Lebrixa, y llegaron en fin á Cadiz, donde estaban armando una
    esquadra para poner en razon á los reverendos padres jesuitas del
    Paraguay, que habian excitado á uno de sus aduares de Indios contra
    los reyes de España y Portugal, cerca de la colonia del Sacramento.
    Candido, que habia servido en la tropa bulgara, hizo á presencia del
    general de aquel pequeño exército el exercicio á la bulgara con tanto
    donayre, ligereza, maña, agilidad y desembarazo, que le dió este el
    mando de una compañía de infantería. Hétele pues capitan; con esta
    graduacion se embarcó en compañía de su Cunegunda, de la vieja, de dos
    criados, y de los dos caballos andaluces que habian sido del señor
    inquisidor general de Portugal.

    En la travesía discurriéron largamente cerca de la filosofía del pobre
    Panglós. Vamos á otro mundo, decia Candido, y sin duda que en el es
    donde todo está bien; porque en este nuestro hemos de confesar que hay
    sus defectillos en lo físico y en lo moral. Yo te quiero con toda mi
    alma, decia Cunegunda; pero todavía llevo el corazon traspasado con lo
    que he visto, y lo que he padecido. Todo irá bien, replicó Candido; ya
    el mar de este nuevo mundo vale mas que nuestros mares de Europa, que
    es mas bonancible, y los vientos son mas constantes: no cabe duda de
    que el nuevo mundo es el mejor de los mundos posibles. Plega á Dios,
    dixo Cunegunda; pero tan horrorosas desgracias han pasado por mi en el
    mio, que apénas si queda en mi corazon resquicio de esperanza. Vms. se
    quejan, les dixo la vieja; pues sepan que no han experimentado
    desventuras como las mias. Sonrióse Cunegunda del disparate de la
    buena muger que se alababa de ser mas desdichada que ella. ¡Ay! le
    dixo, madre, á ménos que haya vm. sido violada por dos Bulgaros, que
    le hayan dado dos cuchilladas en la barriga, que hayan demolido dos de
    sus granjas, que hayan degollado en su presencia dos padres y dos
    madres de vm., y que haya visto á dos de sus amantes azotados en un
    auto de fe, no se como pueda haber corrido mayores borrascas: sin
    contar que he nacido baronesa con setenta y dos quarteles en mi escudo
    de armas, y he sido cocinera. Señorita, replicó la vieja, vm. no sabe
    qual ha sido mi cuna; y si le enseñara mi trasero, no hablaria del
    modo que habla, y suspenderia el juicio. Excitó esta réplica fuerte
    curiosidad en los ánimos de Candido y Cunegunda, y la vieja la
    satisfizo en las siguientes razones.

    CAPITULO XI.

    _Que cuenta la historia de la vieja._

    No siempre he tenido yo los ojos lagañosos y ribeteados de escarlata;
    no siempre se ha tocado mi barba con mis narices, ni he sido siempre
    criada de servicio. Soy hija del papa Urbano X y la princesa de
    Palestrina. Hasta que tuve catorce años, me criáron en un palacio al
    qual no hubieran podido servir de caballeriza todas las quintas de
    barones tudescos, y era mas rico uno de mis trages que todas las
    magnificencias de la Vesfalia. Crecia en gracia, en talento y beldad,
    en medio de gustos, respetos y esperanzas, y ya inspiraba amor.
    Formábase mi pecho; pero ¡qué pecho! blanco, duro, de la forma del de
    la ve nus de Medicis; ¡y qué ojos! ¡qué pestañas! ¡qué negras cejas!
    ¡qué llamas salian de las niñas de mis ojos, que eclipsaban el
    resplandor de los astros, segun decian los poetas de mi barrio! Las
    doncellas que me desnudaban y me vestian se quedaban absortas quando
    me contemplaban por detras y por delante; y todos los hombres se
    hubieran querido hallar en su lugar.

    Celebráronse mis desposorios con un príncipe soberano de Masa-Carrara.
    ¡Dios mio! ¡qué príncipe! tan lindo como yo; ayroso, y de la condición
    mas blanda, del mas agudo ingenio, y perdido por mi de amores: yo le
    amaba como quien quiere por la vez primera, esto es que le idolatraba.
    Dispusiéronse las bodas con pompa y magnificencia nunca vista: todo
    era fiestas, torneos, óperas bufas; y en toda Italia se hiciéron
    sonetos en mi elogio, de los quales ninguno hubo que no fuera rematado
    de malo. Ya rayaba la aurora de mi felicidad, quando una marquesa
    vieja, á quien habia cortejado mi príncipe, le convidó á tomar
    chocolate con ella, y el desventurado murió al cabo de dos horas en
    horribles convulsiones; pero esto es friolera para lo que falta.
    Desesperada mi madre, puesto que mucho ménos desconsolada que yo,
    quiso perder de vista por algun tiempo esta funesta mansion. Teníamos
    una hacienda muy pingüe en las inmediaciones de Gaeta, y nos
    embarcámos para este puerto en una galera del pais, dorada como el
    altar de San Pedro en Roma. Hete aquí un pirata de Salé que nos da
    caza y nos aborda: nuestros soldados se defendiéron como buenos
    soldados del papa, es decir que tiráron las armas y se hincáron de
    rodillas, pidiendo al pirata la absolución _in articulo mortis_.

    En breve los desnudáron de piés á cabeza, y lo mismo hiciéron con mi
    madre, con nuestras doncellas, y conmigo. Cosa portentosa es de ver
    con qué presteza desnudan estos caballeros á la gente; pero lo que mas
    extrañé, fué que á todos nos metiéron el dedo en un sitio donde
    nosotras las mugeres no estamos acostumbradas á meter mas que cañutos
    de xeringa. Parecióme muy rara esta ceremonia; que así falla de todo
    el que no ha salido de su pais: mas luego supe que era por ver si en
    aquel sitio habíamos escondido algunos diamantes, y que es estilo
    establecido de tiempo inmemorial en las naciones civilizadas que andan
    barriendo los mares, y que los señores religiosos caballeros de Malta
    nunca le omiten quando apresan á Turcos ó Turcas, porque es ley del
    derecho de gentes, que nunca ha sido quebrantada.

    No diré si fué cosa dura para una princesa joven que la llevaran
    cautiva á Marruecos con su madre; bien se pueden vms. figurar quanto
    padeceríamos en el navío pirata. Mi madre todavía era muy hermosa;
    nuestras camareras, y hasta nuestras meras criadas eran mas lindas que
    quantas mugeres pueden hallarse en el Africa toda; y yo era un
    embeleso, el epílogo de la beldad y la gracia, y era doncella; pero no
    lo fui mucho tiempo, que el arraez del barco me robó la flor que
    estaba destinada para el precioso príncipe de Masa-Carrara. Este
    arraez era un negro abominable, que creía que me honraba con sus
    caricias. Sin duda la princesa de Palestrina y yo debíamos de ser muy
    robustas, quando resistímos á todo quanto pasámos hasta llegar á
    Marruecos. Pero vernos adelante, que son cosas tan comunes que no
    merecen mentarse siquiera.

    Quando llegámos, corrian rios de sangre por Marruecos; cada uno de los
    cincuenta hijos del emperador Muley-Ismael tenia su partido aparte, lo
    qual componia cincuenta guerras civiles distintas de negros contra
    negros, de negros contra moros, de moros contra moros, de mulatos
    contra mulatos; y todo el ámbito del imperio era una continua
    carnicería.

    Apénas hubimos desembarcado, acudiéron unos negros de una faccion
    enemiga de la de mi pirata para quitarle el botin. Despues del oro y
    los diamantes, la cosa de mas precio que habia éramos nosotras; y
    presencié un combate qual nunca se ve igual en nuestros climas
    europeos, porgue no tienen los pueblos septentrionales tan ardiente
    la sangre, ni es en ellos la pasion á las mugeres lo que es entre los
    Africanos. Parece que los Europeos tienen leche en las venas, miéntras
    que por las de los moradores del monte Atlante y paises inmediatos
    corre fuego y pólvora. Peleáron con la furia de los leones, los
    tigres, y las sierpes de la comarca, para saber quien habia de ser
    dueño nuestro. Agarró un moro de mi madre por el brazo derecho, el
    teniente del barco la tiró hácia el por el izquierdo; un soldado moro
    la cogió de una pierna, y uno de los piratas asió de la otra; y casi
    todas nuestras doncellas se encontráron en un momento tiradas de
    quatro soldados. Mi capitan se habia puesto delante de mí, y
    blandiendo la cimitarra daba la muerte á quantos á su furor se
    oponian. Finalmente vi á todas nuestras Italianas y á mi madre
    estropeadas, acribilladas de heridas, y hechas tajadas por los
    monstruos que batallaban por su posesion; mis compañeros cautivos, los
    que los habian cautivado, soldados, marineros, negros, blancos,
    mestizos, mulatos, y mi capitan en fin, todos fuéron muertos, y yo
    quedé moribunda encima de un monton de cadáveres. Las mismas escenas
    se repetian, como es sabido, en un espacio de mas de trescientas
    leguas, sin que nadie faltase á las cinco oraciones al dia que manda
    Mahoma.

    Zaféme con mucho trabajo de tanta multitud de sangrientos cadáveres
    amontonados, y llegué arrastrando al pié de un naranjo grande que
    habia á orillas de un arroyo inmediato: allí me caí rendida del susto,
    del cansancio, del horror, de la desesperacion, y del hambre. En breve
    mis sentidos postrados se entregáron á un sueño que mas que sosiego
    era letargo. En este estado de insensibilidad y flaqueza estaba entre
    la vida y la muerte, quando me sentí comprimida por una cosa que
    bullia sobre mi cuerpo; y abriendo los ojos, vi á un hombre blanco y
    de buena traza, que suspirando decia entre dientes: _O che sciagura
    d'essere senza cogl…._

    CAPITULO XII.

    _Donde prosigue la historia de la vieja._

    Atónita quanto alborozada de oir el idioma de mi patria, extrañando
    empero las palabras que decia aquel hombre, le respondí que mayores
    desgracias habia que el desman de que se lamentaba, informándole en
    pocas razones de los horrores que habia sufrido; despues de esto me
    volví á desmayar. Llevóme á una casa inmediata, hizo que me metieran
    en la cama, y me dieran de comer, me sirvió, me consoló, me halagó, me
    dixo que no habia visto en su vida criatura mas hermosa, ni habia
    nunca sentido mas que le faltara lo que nadie podia suplir. Nací en
    Nápoles, me dixo, donde capan todos los años dos ó tres mil
    chiquillos: unos se mueren, otros sacan mejor voz que las mugeres, y
    otros van á gobernar estados. Me hiciéron la operacion susodicha con
    suma felicidad, y he sido músico de la capilla de la señora princesa
    de Palestrina. ¡De mi madre! exclamé. ¡De su madre de vm.! exclamó él
    llorando. ¡Con que es vm. aquella princesita que crié yo hasta que
    tuvo seis años, y daba nuestras de ser tan hermosa como es vm.!–Esa
    misma soy, y mi madre está quatrocientos pasos de aquí, hecha tajadas,
    baxo un montón de cadáveres…… Contéle entónces quanto me habia
    sucedido, y el también me dio cuenta de sus aventuras, y me dixo que
    era ministro plenipotenciario de una potencia cristiana cerca del rey
    de Marruecos, para firmar un tratado con este monarca, en virtud del
    qual se le subministraban navíos, cañones y pólvora, para ayudarle á
    exterminar el comercio de los demas cristianos. Ya está desempeñada mi
    comision, añadió el honrado eunuco, y me voy á embarcar á Ceuta, de
    donde la llevaré á vm. á Italia. _Ma che sciagura, d'essere senza
    cogl…._

    Díle las gracias vertiendo tiernas lágrimas; y en vez de llevarme á
    Italia, me conduxo á Argel, y me vendió al Dey. Apenas me habia
    vendido, se manifestó en la ciudad con toda su furia aquella peste que
    ha dado la vuelta por Africa, Europa y Asia. Señorita, vm. ha visto
    temblores de tierra, pero ¿ha padecido la peste? Nunca, respondió la
    baronesa.

    Si la hubiera padecido, confesaria vm. que no tienen comparacion los
    terremotos con ella, puesto que es muy freqüente en Africa, y que yo
    la he pasado. Fígurese vm. qué situacion para la hija de un papa, de
    quince años de edad, que en el espacio de tres meses habia sufrido
    pobreza y esclavidud, habia sido violada casi todos los dias, habia
    visto hacer quatro pedazos á su madre, habia padecido las plagas de la
    guerra y la hambre, y se moria de la peste en Argel. Verdad es que no
    me morí; pero pereció mi eunuco, el Dey, y el serrallo casi todo.

    Quando calmó un poco la desolacion de esta espantosa peste, vendiéron
    á los esclavos del Dey. Compróme un mercader que me llevó á Tunez,
    donde me vendió á otro mercader, el qual me revendió en Tripoli; de
    Tripoli me revendiéron en Alexandría; de Alexandría en Esmyrna, y de
    Esmyrna en Constantinopla: al cabo vine á parar á manos de un agá de
    genízaros, que en breve tuvo órden de ir á defender á Azof contra los
    Rusos que la tenian sitiada.

    El agá, hombre de mucho mérito, se llevó consigo todo su serrallo, y
    nos alojó en un fortin sobre la laguna Meótides, á la guarda de dos
    eunucos negros y veinte soldados. Fuéron muertos millares de Rusos,
    pero no nos quedáron á deber nada: Azof fué entrada á sangre y fuego,
    y no se perdonó edad ni sexô: solo quedó nuestro fortin, que los
    enemigos quisiéron tomar por hambre. Los veinte genízaros juráron no
    rendirse; los apuros del hambre á que se viéron reducidos, los
    forzáron á comerse á los dos eunucos, por no faltar al juramento; y
    al cabo de pocos dias se resolviéron á comerse las mugeres.

    Teníamos un iman, varon muy pío y caritativo, que les predicó un
    sermón eloqüente, exhortándolos á que no nos mataran del todo.
    Cortad, dixo, una nalga á cada una de estas señoras, con la qual os
    regalaréis á vuestro sabor; si es menester, les cortaréis la otra
    dentro de algunos dias: el cielo remunerará obra tan caritativa, y
    recibiréis socorro. Como era tan eloqüente, los persuadió, y nos
    hiciéron tan horrorosa operacion. Púsonos el iman el mismo ungüento
    que se pone á las criaturas recien circuncidadas, y todas estábamos á
    punto de muerte.

    Apénas habian comido los genízaros la carne que nos habian quitado,
    desembarcáron los Rusos en unos barcos chatos, y no se escapó con
    vida ni siquiera un genízaro: los Rusos no paráron la consideracion
    en el estado en que nos hallábamos. En todas partes se encuentran
    cirujanos franceses; uno que era muy hábil nos tomó á su cargo, y nos
    curó: y toda mi vida me acordaré de que, así que se cerráron mis
    llagas, me reqüestó de amores. Nos exhortó luego á tener paciencia,
    afirmándonos que lo mismo habia sucedido en otros muchos sitios, y que
    esa era la ley de la guerra.

    Luego que pudiéron andar mis compañeras, las conduxéron á Moscou, y yo
    cupe en suerte á un boyardo que me hizo su hortelana, y me daba veinte
    zurriagazos cada dia. A cabo de dos años fué desquartizado este señor,
    por no se qué tracamundana de palacio; y aprovechándome de la ocasion,
    me escapé, atravesé la Rusia entera, y serví mucho tiempo en los
    mesones, primero de Riga, y luego de Rostoc, de Vismar, de Lipsia, de
    Casel, de Utrec, de Leyden, de la Haya, y de Roterdan. Así he
    envejecido en el oprobio y la miseria, con no mas que la mitad del
    trasero, siempre acordándome de que era hija de un papa. Cien veces he
    querido darme la muerte, mas me sentia con apego á la vida. Acaso esta
    ridícula flaqueza es una de nuestras propensiones mas funestas; porque
    ¿donde hay mayor necedad que empeñarse en llevar continuamente encima
    una carga que siempre anhela uno por tirar al suelo; horrorizarse de
    su exîstencia, y querer exîstir; halagar en fin la víbora que nos está
    royendo, hasta que nos haya comido las entrañas y el corazon?

    En los paises adonde me ha llevado mi suerte, y en los mesones donde
    he servido, he visto infinita cantidad de personas que maldecian su
    exîstencia; pero no han pasado de doce las que he visto que daban
    voluntariamente fin á sus cuitas: tres negros, quatro Ingleses, quatro
    Ginebrinos, y un catedrático aleman llamado Robel. Al fin me tomó por
    su criada el Judío Don Isacar, y me llevó, hermosa señorita, á casa
    de vm., donde no he pensado mas queen la felicidad de vm.,
    interesándome mas en sus aventuras que en las mias propias; y nunca
    hubiera mentado siquiera mis cuitas, si no me hubiera vm. picado cun
    poco, y si no fuese estilo de los que van embarcados contar cuentos
    para matar el tiempo. Señorita, yo tengo experiencia, y se lo que es el
    mundo: vaya vm. preguntando á cada pasagero uno por uno la historia
    de su vida, y mande que me arrojen de cabeza en el mar, si encuentra
    uno solo que no haya maldecido cien veces la exîstencia, y que no se
    haya creido el mas desventurado de los mortales.

    CAPITULO XIII.

    _De como Candido tuvo que separarse por fuerza de la hermosa
    Cunegunda y la vieja._

    Oída la historia de la vieja, la hermosa Cunegunda la trató con toda la
    urbanidad y decoro que se merecia una persona de tan alta gerarquí y
    tanto mérito, y admitió su propuesta. Rogó á todos los pasageros que
    le contaran sus aventuras uno después de otro, y Candido y ella
    confesáron que tenia la vieja razon. ¡Qué lástima es, decia Candido,
    que hayan ahorcado, contra lo que es práctica, al sabio Panglós en un
    auto de fe! Cosas maravillosas nos diria cerca del mal físico, y del
    mal moral, que cubren mares y tierras, y yo tuviera valor para hacerle
    con mucho respeto algunos reparillos.

    Miéntras contaba cada uno su historia, iba andando el navío, y al fin
    aportó á Buenos-Ayres. Cunegunda, el capitan Candido y la vieja se
    fuéron á presentar al gobernador Don Fernando de Ibarra, Figueroa,
    Mascareñas, Lampurdan y Souza, el qual señor tenia una arrogancia
    que no desdecia de un sugeto posesor de tantos apellidos. Trataba á
    los hombres con la mas noble altivez, alzando el pescuezo, hablando en
    tan descompasadas y recias voces, y en tono tan altivo, y afectando
    ademanes tan arrogantes, que á quantos le saludaban les venían
    tentaciones de hartarle de bofetadas. Era con esto enamorado hasta no
    mas, y Cunegunda le pareció la mas hermosa criatura de quantas habia
    visto. Lo primero que hizo fué preguntar si era muger del capitan.
    Sobresaltóse Candido del tonillo con que acompañó esta pregunta, y no
    se atrevió á decir que fuese su muger, porque verdaderamente no lo
    era; ni ménos que fuese su hermana, porque no lo era tampoco; puesto
    que esta mentira oficiosa era muy freqüentemente usada do los
    antiguos: pero el alma de Candido era tan pura que no pudo desmentir
    la verdad. Esta Señorita, díxo, me debe favorecer con su mano, y
    suplicamos ámbos á Vueselencia que se digne ser padrino de los
    novios. Oyendo esto Don Fernando de Ibarra, Figueroa, Mascareñas,
    Lampurdan y Souza, se alzó con la izquierda mano los bigotes, se rió
    con ademan burlon, y mandó al capitan Candido que fuera á pasar
    revista á su compañía. Obedeció este, y se quedó el gobernador á
    solas con la baronesita; le manifestó su amor, previniéndola que el
    dia siguiente seria su esposo por delante ó por detras de la iglesia,
    como mas á Cunegunda le potase. Pidióle esta un quarto de hora para
    pensarlo bien, consultarlo con la vieja, y resolverse.

    Entráron Cunegunda y la vieja en bureo, y esta dixo: Señorita, vm.
    tiene setenta y dos quarteles y ni un ochavo, y está en su mano ser
    muger del señor mas principal de la América meridional, que tiene unos
    estupendos bigotes, y así no viene al caso echarla de incontrastable
    firmeza. Los Bulgaros la violáron á vm.; un inquisidor y un Judío han
    disfrutado sus favores: las desdichas dan derechos legítimos. Si yo
    fuera vm., confieso que no tendría reparo ninguno en casarme con el
    señor gobernador, y hacer rico al señor capitan Candido. Así decia la
    vieja con toda aquella autoridad que su prudencia y sus canas le
    daban, y miéntras estaba aferrando áncoras un navichuelo que traía un
    alcalde y dos alguaciles; y era esta la causa de su arribo.

    No se habia equivocado la vieja en sospechar que el ladron del dinero
    y las joyas de Cunegunda en Badajoz, quando venia huyendo con
    Candido, era un frayle Francisco de manga ancha. El frayle quiso
    vender á un diamantista algunas de las piedras preciosas hurtadas, y
    este conoció que eran las mismas que le habia comprado á el propio el
    Inquisidor general. Fué preso el santo religioso, y confesó de plano á
    quien y como las habia robado, y el camino que llevaban Candido y
    Cunegunda. Ya se sabia la fuga de ámbos: fuéron pues en su seguimiento
    hasta Cadiz, y sin perder tiempo salió un navío en su demanda. Ya
    estaba la embarcación al ancla en el puerto de Buenos-Ayres, y acudió
    la voz de que iba á desembarcar un alcalde del crímen, que venia en
    busca de los asesinos del ilustrísimo Señor Inquisidor general. Al
    punto dió órden la discreta vieja en lo que habia que hacer. Vm. no se
    puede escapar, dixo á Cunegunda, ni tiene nada que temer, que no fué
    vm. quien mató á Su Ilustrísima; y fuera de eso el gobernador
    enamorado no consentirá que la toquen en el pelo de la ropa: con que
    no hay que menearse. Va luego corriendo á Candido, y le dice:
    Escápate, hijo mio, si no quieres que dentro de una hora te quemen
    vivo. No daba el caso un instante de vagar; pero ¿cómo se habia de
    apartar de Cunegunda? ¿y donde hallaria asilo?

    CAPITULO XIV.

    _Del recibimiento que á Candido y á Cacambo hiciéron los jesuitas
    del Paraguay._

    Se había traído consigo Candido de Cadiz uncriado corno se encuentran
    muchos en los puertos de mar de España, que era un quarteron, hijo de
    un mestizo de Tucuman, y que habia sido monaguillo, sacristan,
    marinero, metedor, soldado y lacayo. Llamábase Cacambo, y queria
    mucho á su amo, porque su amo era muy bueno. Ensilló en un abrir y
    cerrar de ojos los dos caballos andaluces, y dixo á Candido: Vamos,
    Señor, sigamos el consejo de la vieja, y echamos á correr sin mirar
    siquiera hacia atrás. Candido vertia amargas lágrimas diciendo: ¡Oh
    mi amada Cunegunda! ¿con que es fuerza que te abandone quando iba el
    señor gobernador á ser padrino de nuestras bodas? ¿Qué va á ser de mi
    Cunegunda, que de tan léjos habia traído? Será lo que Dios quisiere,
    dixo Cacambo: las mugeres para todo encuentran salida; Dios las
    remedia; vámonos. ¿Adonde me llevas? ¿adonde vamos? ¿qué nos haremos
    sin Cunegunda? decia Candido. Voy á Santiago, replicó Cacambo; vm.
    venia con ánimo de pelear contra los jesuitas, pues vamos á pelear en
    su favor. Yo se el camino, y le llevaré á vm. á su reyno; y tendrán
    mucha complacencia en poseer un capitan que hace el exercicio á la
    bulgara; vm. hará un inmenso caudal: que quando no tiene uno lo que ha
    menester en un mundo, lo busca en el otro, y es gran satisfaccion ver
    y hacer cosas nuevas. ¿Con que tu ya has estado en el Paraguay? le
    dixo Candido. Friolera es si he estado, replicó Cacambo; he sido
    pinche en el colegio de la Asuncion, y conozco el gobierno de los
    padres lo mismo que las calles de Cadiz. Es un portento el tal
    gobierno. Ya tiene mas de trescientas leguas de diámetro, y se divide
    en treinta provincias. Los padres son dueños de todo, y los pueblos
    no tienen nada: es la obra maestra de la razon y la justicia. Yo por
    mí no veo mas divina cosa que los padres, que aquí estan haciendo la
    guerra á los reyes de España y Portugal, y confesándolos en Europa;
    aquí matan á los Españoles, y en Madrid les abren de par en par el
    cielo: vaya, es cosa que me encanta. Vamos apriesa, que va vm. á ser
    el mas afortunado de los humanos. ¡Qué gusto para los padres, quando
    sepan que les llega un capitan que sabe el exercicio bulgaro!

    Así que llegáron á la primera barrera, dixo Cacambo á la guardia
    avanzada que un capitan queria hablar con el señor comandante. Fuéron
    á avisar á la gran guardia, y un oficial paraguayés fué corriendo á
    echarse á los piés del comandante para darle parte de esta nueva.
    Desarmáron primero á Candido y á Cacambo, y les cogiéron sus
    caballos andaluces; introduxéronlos luego entre dos filas de
    soldados, al cabo de las quales estaba el comandante, con su bonete
    de Teatino puesto, la espada ceñida, la sotana remangada, y una
    alabarda en la mano: hizo una seña, y al punto veinte y quatro
    soldados rodeáron á los recienvenidos. Díxoles un sargento que
    esperasen, porque no les podia hablar el comandante, habiendo mandado
    el padre provincial que ningún Español descosiese la boca como no
    fuese en su presencia, ni se detuviese arriba de tres horas en el
    pais. ¿Y donde está el reverendo padre provincial? dixo Cacambo. En
    la parada, desde que dixo misa, y no podrán vms. besarle las espuelas
    hasta de aquí á tres horas. Si el señor capitan, que se está muriendo
    de hambre lo mismo que yo, dixo Cacambo, no es Español, que es Aleman;
    con que me parece que podemos almorzar miéntras llega Su
    Reverendísima.

    Fuése incontinenti el sargento á dar cuenta al comandante. Bendito sea
    Dios, dixo este señor: una vez que es Aleman, bien podemos hablar;
    llévenle á mi enramada. Lleváron al punto á Candido á un retrete de
    verdura, ornado de una muy bonita colunata de mármol verde y color de
    oro, y de enjaulados donde habia encerrados papagayos, páxaros-moscas,
    colibríes, gallinas de Guinea, y otros páxaros raros. Estaba servido
    en vaxilla de oro un excelente almuerzo; y miéntras comian granos de
    maiz los Paraguayeses en escudillas de palo, y en campo raso al calor
    del sol, se metió el padre reverendo en la enramada. Era este un mozo
    muy galan, lleno de cara, blanco y colorado, las cejas altas y
    arqueadas, los ojos despiertos, encarnadas las orejas, roxos los
    labios, el ademan altivo, pero no aquella altivez de un Español, ni la
    de un jesuita. Fuéron restituidas á Candido y á Cacambo las armas que
    les habian quitado, y con ellas los dos caballos andaluces; y Cacambo
    les echó un pienso cerca de la enramada, sin perderlos de vista,
    temiendo que le jugaran alguna treta.

    Besó Candido la sotana del comandante, y se sentaron ámbos á la mesa.
    ¿Con que es vm. Aleman? le dixo el jesuita en este idioma. Sí, padre
    reverendísimo, dixo Candido. Miráronse uno y otro, al pronunciar estas
    palabras, con un pasmo y una alteracion que no podian contener en el
    pecho. ¿De qué pais de Alemania es vm.? dixo el jesuita. De la sucia
    provincia de Vesfalia, replicó Candido, natural de la quinta de
    Tunder-ten-tronck. ¡Dios mio! ¿es posible? exclamó el comandante. ¡Qué
    portento! gritaba Candido. ¿Es vm.? decia el comandante. No puede ser,
    replicaba Candido. Ambos á dos se tiran uno á otro, se abrazan, y
    derraman un mar de lágrimas. ¿Con que es vm., reverendo padre? ¡vm.,
    hermano de la hermosa Cunegunda; vm., que fué muerto por los Bulgaros;
    vm., hijo del señor baron; vm., jesuita en el Paraguay! vaya, que en
    este mundo se ven cosas extrañas. ¡Ha Panglós, Panglós, qué júbilo
    fuera el tuyo si no te hubieran ahorcado!

    Hizo retirar el comandante á los esclavos negros y á los Paraguayeses,
    que le escanciaban vinos preciosos en vasos de cristal de roca, y dió
    mil veces gracias á Dios y á San Ignacio, estrechando en sus brazos á
    Candido, miéntras que por los rostros de ámbos corrian copiosos
    llantos. Mas se enternecerá vm., se pasmará, y perderá el juicio,
    continuó Candido, quando sepa que la baronesita su hermana, á quien
    cree que le han pasado el vientre, está buena y sana.–¿Adonde?–Aquí
    cerca, en casa del señor gobernador de Buenos-Ayres, y yo he venido
    con ella á la guerra. Cada palabra que en esta larga conversación
    decian era un prodigio nuevo: toda su alma la tenian pendiente de la
    lengua, atenta en los oidos, y brillándoles en los ojos. A fuer de
    Alemanes, estuviéron largo espacio sentados á la mesa, miéntras venia
    el reverendo padre provincial; y el comandante habló así á su amado
    Candido.

    CAPITULO XV.

    _Que cuenta la muerte gue dió Candido al hermano de su querida
    Cunegunda._

    Toda mi vida tendré presente aquel horrorosa dia que vi dar muerte á
    mi padre y á mi madre, y violar á mi hermana. Quando se retiráron los
    Bulgaros, nadie pudo dar lengua de esta adorable hermana, y echáron en
    una carreta á mi madre, á mi padre, y á mí, á dos criadas, y tres
    muchachos degollados, para enterrarnos en una iglesia de jesuitas, que
    dista dos leguas de la quinta de mi padre. Un jesuita nos roció con
    agua bendita, que estaba muy salada; me entráron unas gotas en los
    ojos, y advirtió el padre que hacian mis pestañas un movimiento de
    contraccion; púsome la mano en el corazon, y le sintió latir: me
    socorriéron, y al cabo de tres semanas me hallé sano. Ya sabe vm.,
    querido Candido, que era muy bonitillo; creció mi hermosura con la
    edad, de suerte que el reverendo padre Croust, rector de la casa, me
    tomó mucho cariño, y me dió el hábito de novicio: poco despues me
    enviáron á Roma. El padre general necesitaba una leva de jesuitas
    alemanes mozos. Los soberanos del Paraguay admiten lo ménos jesuitas
    españoles que pueden, y prefieren á los extrangeros, de quien se
    tienen por mas seguros. El reverendo padre general me creyó bueno para
    el cultivo de esta viña, y vinimos juntos un Polaco, un Tirolés, y yo.
    Así que llegué, me ordenáron de subdiácono, y me diéron una tenencia:
    y ya soy coronel y sacerdote. Las tropas del rey de España serán
    recibidas con brío, y yo salgo fiador de que se han de volver
    excomulgadas y vencidas. La Providencia le ha traído á vm. aquí para
    favorecernos. Pero ¿es cierto que está mi querida Cunegunda aquí cerca
    en casa del gobernador de Buenos-Ayres? Candido le confirmó con
    juramento la verdad de quanto le habia referido, y corriéron de nuevo
    los llantos de entrámbos.

    No se hartaba el baron de dar abrazos á Candido, apellidándole su
    hermano y su libertador. Acaso podrémos, querido Candido, le dixo,
    entrar vencedores los dos juntos en Buenos-Ayres, y recuperar á mi
    hermana Cunegunda. No deseo yo otra cosa, respondió Candido, porque me
    iba á casar con ella, y todavía espero ser su esposo. ¡Tú, insolente!
    replicó el baron: ¡tener descaro para casarte con mi hermana, que
    tiene setenta y dos quarteles! ¡y tienes avilantez para hablarme de
    tan temerario pensamiento! Confuso Candido al oir estas razones, le
    respondió: Reverendo padre, no importan un bledo todos los quarteles
    de este mundo; yo he sacado á la hermana de vuestra reverencia de
    poder de un Judío y un inquisidor; ella me está agradecida, y quiere
    ser mi muger: maese Panglós me ha dicho que todos éramos iguales, y
    Cunegunda ha de ser mia. Eso lo verémos, picaruelo, dixo el jesuita
    baron de Tunder-ten-tronck, alargándole con la hoja de la espada un
    cintarazo en los hocicos. Candido desenvayna la suya, y se la mete en
    la barriga hasta la cazoleta al baron jesuita; pero, al sacarla
    humeando en sangre, echó á llorar. ¡Ay, Dios mio, dixo, que he quitado
    la vida á mi amo antiguo, á mi amigo y mi cuñado! El mejor hombre del
    mundo soy, y ya llevo muertos tres hombres, y de estos tres los dos
    son clérigos.

    Acudió á la bulla Cacambo que estaba de centinela á la puerta de la
    enramada. No nos queda mas que vender caras nuestras vidas, le dixo su
    amo; sin duda van á entrar en la enramada: muramos con las armas en la
    mano. Cacambo que no se atosigaba por nada, sin inmutarse cogió la
    sotana del baron, se la echó á Candido encima, le puso el bonete de
    Teatino del cadáver, y le hizo montar á caballo: todo esto se executó
    en un momento. Galopemos, Señor: todo el mundo creerá que es vm. un
    jesuita que lleva órdenes, y ántes que vengan tras de nosotros,
    estarémos ya fuera de las fronteras. Todo fué uno el pronunciar estas
    palabras, y volar gritando: Plaza, plaza al reverendo padre coronel.

    CAPITULO XVI.

    _Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes con
    dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones._

    Ya habian pasado las barreras Candido y su criado, y todavía ninguno
    en el campo sabia la muerte del jesuita tudeseo. El vigilante Cacambo
    no se habia olvidado de hacer buen repuesto de pan, chocolate, jamon,
    fruta, y botas de buen vino, y así se metiéron con sus caballos
    andaluces en un pais desconocido, donde no descubriéron sendero
    ninguno trillado: al cabo se ofreció á su vista una hermosa pradera
    regada de mil arroyuelos, y nuestros dos caminantes dexáron pacer sus
    caballerías, Cacambo propuso á su amo que comiese, dándole con el
    consejo el exemplo. ¿Cómo quieres, le dixo Candido, que coma jamon,
    después de haber muerto al hijo del señor baron, y viéndome condenado
    á no volver á mirar á la bella Cunegunda? ¿Qué me valdrá el alargar
    mis desventurados años, debiendo pasailos léjos de ella en los
    remordimientos y la desesperacion? ¿Qué dirá el diarista de Trevoux?

    Dicho esto, no dexó de comer. El sol iba á ponerse, quando á deshora
    oyen los dos asendereados caminantes unos blandos quejidos como de
    mugeres; pero no sabian si eran de gusto ó de sentimiento:
    levantáronse empero á toda priesa con el susto y la inquietud que
    qualquiera cosa infunde en un pais no conocido. Daban estos gritos
    dos mozas en cueros, que corrian con mucha ligereza por la pradera, y
    en su seguimiento iban dos ximios dándoles bocados en las nalgas.
    Movióse Candido á compasion; habia aprendido á tirar con los
    Búlgaros, y era tan diestro que derribaba una avellana del árbol sin
    tocar á las hojas; cogió pues su escopeta madrileña de dos cañones,
    tiró, y mató ámbos ximios. Bendito sea Dios, querido Cacambo, dixo,
    que de tamaño peligro he librado esas dos pobres criaturas: si cometí
    un pecado en matar á un inquisidor y á un jesuita, ya he satisfecho á
    Dios, librando de la muerte á dos muchachas, que acaso son señoritas
    de circunstancias; y esta aventura no puede ménos de grangearnos
    mucho provecho en el pais. Iba á decir mas, pero se le heló la sangre
    y el habla quando vió que las dos muchachas se abrazaban
    amorosamente de los monos, inundaban en llanto los cadáveres, y
    henchian el viento de los mas dolientes gritos. No esperaba yo tanta
    bondad, dixo á Cacambo; el qual le replicó: Buena la hemos hecho,
    Señor. Los que vm. ha muerto eran los amantes de estas dos niñas.
    ¡Amantes! ¿cómo es posible? Cacambo, tu te estás burlando: ¿cómo
    quieres que tal crea?' Señor amado, replicó Cacambo, vm. de todo se
    pasma. ¿Porqué extraña tanto que en algunos países sean los ximios
    favorecidos de las damas, si son quarterones de hombre, lo mismo que
    yo quarteron de Español? Ha, repuso Candido, bien me acuerdo de haber
    oido decir á maese Panglós que antiguamente sucedian esos casos, y que
    de estas mezelas procediéron los egypancs, los faunos, los sátiros,
    que viéron muchos principales personages de la antigüedad; pero yo
    todo lo tenia por fabuloso. Ya puede vm. convencerse ahora, dixo
    Cacambo, de que son verdades, y ya ve los estilos de la gente que no
    ha tenido cierta educacion: lo que me temo, es que estas damas nos
    metan en algun atolladero.

    Persuadido Candido por tan sólidas reflexîones, se desvió de la
    pradera, y se metió en una selva, donde cenó con Cacambo; y despues
    que hubiéron ámbos echado sendas maldiciones al inquisidor de
    Portugal, al gobernador de Buenos-Ayres, y al baron, se quedáron
    dormidos sobre la yerba. Al despertar sintiéron que no se podian
    menear; y era la causa que por la noche los Orejones, moradores del
    pais, á quien habian dado el soplo las dos damas, los habian atado con
    cuerdas hechas de cortezas de árboles. Cercábanlos unos cincuenta
    Orejones desnudos, y armados con flechas, mazas y hachas de pedernal:
    unos hacian hervir un grandísimo caldero, otros aguzaban asadores, y
    todos clamaban: Un jesuita, un jesuita; ahora nos vengarémos, y nos
    regalarémos; á comer jesuita, á comer jesuíta.

    Bien le habia yo dicho á vm., señor, dixo en triste voz Cacambo, que
    las muchachas aquellas nos jugarian una mala pasada. Candido mirando
    los asadores y el caldero, dixo: Sin, duda que van á cocernos ó
    asarnos. Ha, ¿qué diria el doctor Panglós si viera lo que es la pura
    naturaleza? Todo está bien, norabuena; pero confesemos que es triste
    cosa haber perdido á mi Cunegunda, y ser espetado en un asador por
    unos Orejones. Cacambo, que nunca se alteraba por nada, dixo al
    desconsolado Candido: No se aflija vm., que yo entiendo algo el
    guirigay de estos pueblos, y les voy á hablar. No dexes de
    representarles, dixo Candido, que es una inhumanidad horrible el cocer
    la gente en agua hirviendo, y accion de mal cristiano.

    Señores, dixo alzando la voz Cacambo, vms. piensan que se van á comer
    á un jesuíta; y fuera muy bien hecho, que no hay cosa mas conforme á
    justicia que tratar así á sus enemigos. Efectivamente el derecho
    natural enseña á matar al próxîmo, y así es estilo en todo el mundo: y
    si no exercitamos nosotros el derecho de comérnoslos, consiste en que
    tenemos otros manjares con que regalarnos; pero vosotros no estais en
    el mismo caso, y cierto vale mas comerse á sus enemigos, que abandonar
    á los cuervos y las cornejas el fruto de la victoria. Mas vms.,
    señores, no se querrán comer á sus amigos; y creen que van á espetar á
    un jpsuita en el asador, miéntras que el asado es vuestro defensor, y
    enemigo de vuestros enemigos. Yo soy nacido en vuestro mismo pais;
    este señor que estais viendo es mi amo, y léjos de ser jesuita, acaba
    de matar á un jesuita, y se ha traído los despojos: este es el motivo
    de vuestro error. Para verificar lo que os digo, coged su sotana,
    llevadla á la primera barrera del reyno de los padres, é informaos si
    es cierto que mi amo ha muerto á un jesuita. Poco tiempo será
    necesario, y luego nos podeis comer, si averiguais que es mentira;
    pero si os he dicho la verdad, harto bien sabeis los principios de
    derecho público, la moral y las leyes, para que nos hagais mal.

    Pareció justa la proposicion á los Orejones, y comisionáron á dos
    prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la verdad:
    los diputados desempeñáron su comision con mucha sagacidad, y
    volvieron con buenas noticias. Desatáron pues los Orejones á los dos
    presos, les hiciéron mil agasajos, les diéron víveres, y los
    conduxéron hasta los confines de su estado, gritando muy alegres: No
    es jesuita, no es jesuita.

    No se hartaba Candido de pasmarse del motivo porque le habían puesto
    en libertad. ¡Qué pueblo, decia, qué gente, qué costumbres! Si no
    hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte á
    parte al hermano de mi baronesita, me comian sin mas remision. Verdad
    es que la naturaleza pura es buena, quando en vez de comerme me lian
    agasajado tanto estas gentes, así que han sabido que no era jesuita.

    CAPITULO XVII.

    _Cuéntase el arribo de Candido con su criado al pais del Dorada, y
    lo que alli viéron._

    Quando estuviéron en la raya de los Orejones, Ya ve vm., dixo Cacarnbo
    á Candido, que este hemisferio vale tan poco como el otro; créame, y
    vólvamónos á Europa por el camino mas corto. ¿Cómo me he de volver,
    respondió Candido, ni adonde he de ir? Si me vuelvo á mi pais, los
    Abaros y los Bulgaros lo talan todo á sangre y fuego; si á Portugal,
    me queman; si nos quedamos en este pais, corremos peligro de que nos
    asen vivos. Mas ¿cómo nos hemos de resolver á dexar la parte del mundo
    donde reside mi baronesita?

    Encaminémonos á Cayena, dixo Cacambo; alli hallarémos Franceses, que
    andan por todo el mundo, y que nos podrán valer: y acaso tendrá Dios
    misericordia de nosotros.

    No era cosa fácil ir á Cayena: bien sabian, á poco mas ó ménos, hácia
    que parte se habian de dirigir; pero las montañas, los rios, los
    despeñaderos, los salteadores, y los salvages cran en todas partes
    estorbos insuperables. Los caballos se muriéron de cansancio; se les
    acabáron las provisiones; y se mantuviéron por espacio de un mes con
    frutas silvestres. Al cabo se halláron á orillas de un riachuelo
    poblado de cocos, que les conserváron la vida y la esperanza.
    Cacambo, que era de tan buen consejo como la vieja, dixo á Candido: Ya
    no podemos ir mas tiempo á pié, sobrado hemos andado; una canoa vacía
    estoy viendo á la orilla del río, llenémosla de cocos, metámonos
    dentro, y dexémonos llevar de la corriente: un río va siempre á parar
    á algun sitio habitado; y si no vemos cosas gratas, á lo ménos
    verémos cosas nuevas. Vamos allá, dixo Candido, y encomendémonos á la
    Providencia.

    Navegáron por espacio de algunas leguas entre riberas, unas veces
    amenas, otras áridas, aquí llanas, y allá escarpadas. El río se iba
    continuamente ensanchando, y al cabo se encañaba baso una bóveda de
    espantables breñas que escalaban el cielo. Tuviéron ámbos caminantes
    la osadía de dexarse arrastrar de las olas debaxo de esta bóveda; y el
    río, que en este sitio se estrechaba, se los llevó con horroroso
    estrépito y no vista velocidad. Al cabo de veinte y quatro horas
    viéron otra vez la luz; pero la canoa se hizo añicos en los baxíos, y
    tuviéron que andar á gatas de uno en otro peñasco una legua entera:
    finalmente avistáron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles
    montañas. Todo el pais estaba cultivado no ménos para recrear el gusto
    que para satisfacer las necesidades; en todas paftes lo útil se
    maridaba con lo agradable; víanse los caminos reales cubiertos, ó por
    mejor decir ornados de carruages deforma elegante y luciente materia,
    y dentro mugeres y hombres de peregrina hermosura: tiraban con raudo
    paso de estos carruages unos avultados carneros encarnados, muy mas
    ligeros que los mejores caballos de Andalucía, Tetuan y Mequinez.

    Mejor tierra es esta, dixo Candido, que la Vesfalia; y se apeó con
    Cacambo en el primer lugar que topó. Algunos muchachos de la aldea,
    vestidos de tisú de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo á la
    entrada del lugar; nuestros dos hombres del otro mundo se divertian
    en mirarlos. Eran los tejos unas piezas redondas muy anchas,
    amarillas, encarnadas y verdes, que despedian mucho brillo: cogiéron
    algunas, y eran oro, esmeraldas y rubíes, de tanto valor que el de
    ménos precio hubiera sido la mas rica joya del trono del Gran Mogol.
    Estos muchachos, dixo Cacambo, son sin duda los infantes que estan
    jugando al tejo. En esto se asomó el maestro de primeras letras del
    lugar, y dixo á los muchachos que ya era hora de entrar en la
    escuela. Ese es, dixo Candido, el preceptor de la familia real.

    Los chicos del lugar abandonáron al punto el juego, y tiráron los
    tejos, y quanto para divertirse les habia servido. Cogiólos Candido,
    y acercándose á todo correr al preceptor, se los presentó con mucha
    humildad, diciéndole por señas que sus Altezas Reales se habian dexado
    olvidado aquel oro y aquellas piedras preciosas. Echóse á reir el
    maestro de leer, y las tiró al suelo; miró luego atentamente á Candido
    á la cara, y siguió su camino.

    Los caminantes se diéron priesa á coger el oro, los rubíes y las
    esmeraldas. ¿Donde estamos? decia Candido: menester es que esten bien
    educados los infantes de este pais, pues así los enseñan á no hacer
    caso del oro ni las piedras preciosas. No estaba Cacambo ménos atónito
    que Candido. Al fin se llegáron á la primera casa del lugar, que tenia
    trazas de un palacio de Europa; á la puerta habia agolpada una
    muchedumbre de gente, y mas todavía dentro: oíase resonar una música
    melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de exquisitos manjares.
    Arrimóse Cacambo á la puerta, y oyó hablar peruano, que era su lengua
    materna; pues ya sabe todo el mundo que Cacambo era hijo de Tucuman,
    de un pueblo donde no se conocia otro idioma. Yo le serviré á vm. de
    intérprete, dixo á Candido; entremos, que este es un meson.

    Al punto dos mozos y dos criadas del meson, vestidos de tela de oro,
    y los cabellos prendidos con lazos de lo mismo, los convidaron á que
    se sentaran á mesa redonda. Sirviéron en ella quatro sopas con dos
    papagayos cada una, un buytre cocido que pesaba doscientas libras,
    dos monos asados de un sabor muy delicado, trescientos colibríes en un
    plato, y seiscientos páxaros-moscas en otro, exquisitas frutas, y
    pastelería deliciosa, todo en platos de cristal de roca; y los mozos y
    sirvientas del meson escanciaban varios licores sacados de la caña de
    azúcar.

    La mayor parte de los comensales eran mercaderes y carruageros, todos
    de una urbanidad imponderable, que con la mas prudente circunspeccion
    hiciéron á Cacambo algunas preguntas, y respondiéron á las de este,
    dexándole muy satisfecho de sus respuestas. Quando se acabó la comida,
    Cacambo y Candido créyeron que pagaban muy bien el gasto, tirando en
    la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habian cogido; pero
    soltarón la carcajada el huésped y la huéspeda, y no pudiéron durante
    largo rato contener la risa: al fin se serenáron, y el huésped les
    dixo: Bien vemos, señores, que son vms. extrangeros; y como no estamos
    acostumbrados á ver ninguno, vms. perdonen si nos hemos echado á reir
    quando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos
    reales. Sin duda vms. no tienen moneda del pais, pero tampoco se
    necesita para comer aquí, porque todas las posadas establecidas para
    comodidad del comercio las paga el gobierno. Aquí han, comido vms.
    mal, porque estan en una pobre aldea; pero en las demas partes los
    recibirán como se merecen. Explicaba Cacambo á Candido todo quanto
    decia el huésped, y lo escuchaba Candido con tanto pasmo y maravilla
    como tenia en decírselo su amigo Cacambo. ¿Pues qué pais es este,
    decían ambos, ignorado de todo lo demas de la tierra, y donde la
    naturaleza entera tanto de la nuestra se diferencia? Es regular que
    este sea el pais donde todo está bien, añadia Candido, que alguno ha
    de haber de esta especie; y diga lo que quiera maese Panglós, muchas
    veces he advertido que todo iba mal en Vesfalia.

    CAPITULO XVIII.

    _Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron._

    Cacambo dió parte de su curiosidad á su huésped, y este le dixo: Yo
    soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo
    tenemos á un anciano retirado de la corte, que es el sugeto mas docto
    del reyno, y que mas gusta de comunicar con los otros lo que sabe.
    Dicho esto, llevó á Cacambo á casa del anciano. Candido representaba
    la segunda persona, y acompañaba á su criado. Entráron ámbos en una
    casa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y los
    techos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, que
    con los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesala
    solamente en rubíes y esmeraldas estaba embutida, pero el órden con
    que estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad.

    Recibió el anciano á los dos extrangeros en un sofá de plumas de
    colibrí, y les ofreció varios licores en vasos de diamante, y luego
    satisfizo su curiosidad en estos términos. Yo tengo ciento setenta y
    dos años, y mi difunto padre, caballerízo del rey, me contó las
    asombrosas revoluciones del Perú, que habia el presenciado. El reyno
    donde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometiéron el
    disparate de abandonarla por ir á sojuzgar parte del mundo, y que al
    fin destruyéron los Españoles.

    Mas prudentes fuéron los príncipes de su familia que permaneciéron en
    su patria, y por consentimiento de la nacion dispusiéron que no
    saliera nunca ningun habitante de nuestro pequeño reyno: lo qual ha
    mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los Españoles han
    tenido una confusa idea de este pais, que han llamado _El
    Dorado_; y un Inglés, nombrado el caballero Raleigh, llegó aquí
    cerca unos cien años hace; mas como estamos rodeados de intransitables
    breñas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de la
    rapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de las
    piedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todos
    nosotros sin dexar uno vivo.

    Fué larga la conversacion, y se trató en ella de la forma de gobierno,
    de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes;
    finalmente Candido, que era muy adicto á la metafísica, preguntó, por
    medio de Cacambo, si tenian religion los moradores. Sonrojóse un poco
    el anciano, y respondió: ¿Pues cómo lo dudais? ¿creeis que tan
    ingratos somos? Preguntó Cacambo con mucha humildad qué religion era
    la del Dorado. Otra vez se abochornó el viejo, y le replicó: ¿Acaso
    puede haber dos religiones? Nuestra religion es la de todo el mundo:
    adoramos á Dios noche y dia. ¿Y no adorais mas que un solo Dios?
    repuso Cacambo, sirviendo de intérprete á las dudas de Candido. Como
    si hubiera dos, ó tres, ó quatro, dixo el anciano: vaya, que las
    personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. No se hartaba
    Candido de preguntar al buen viejo, y queria saber qué era lo que
    pedian á Dios en el Dorado. No le pedimos nada, dixo el respetable y
    buen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quanto
    necesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. A
    Candido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y preguntó donde
    estaban; y el venerable anciano le dixo sonriéndose: Amigo mio, aquí
    todos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantan
    todas las mañanas solemnes cánticos de acciones de gracias, que
    acompañan cinco ó seis mil músicos.–¿Con que no teneis frayles que
    enseñen, que arguyan, que gobiernen, que enreden, y que quemen á los
    que no son de su parecer?–Menester seria que estuviéramos locos,
    respondió el anciano; aquí todos somos de un mismo parecer, y no
    entendemos que significan esos vuestros frayles. Estaba Candido como
    extático oyendo estas razones, y decia para sí: Muy distinto pais es
    este
    de la Vesfalia, y de la quinta del señor baron; si hubiera visto
    nuestro
    amigo Panglós el Dorado, no diria que la quinta de Tunder-ten-tronck
    era lo mejor que habia en la tierra. Cierto que es bueno viajar.

    Acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un coche
    tirado de seis carneros, y dió á los dos caminantes doce de sus
    criados para que los llevaran á la Corte. Perdonad, les dixo, si me
    priva mi edad de la honra de acompañaros; pero el rey os agasajará de
    modo que quedeis gustosos, y sin duda disculparéis los estilos del
    pais, si alguno de ellos os desagrada.

    Montáron en coche Candido y Cacambo; los seis carneros iban volando, y
    en ménos de quatro horas llegáron al palacio del rey, situado á un
    extremo de la capital. La puerta principal tenia doscientos y veinte
    piés de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de qué materia
    era; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria á los
    pedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas.
    Al apearse Candido y Cacambo del coche, fuéron recibidos por veinte
    hermosas doncellas de la guardia real, que los lleváron al baño, y los
    vistiéron de un ropage de plumion de colibrí; luego los principales
    oficiales y oficialas de palacio los conduxéron al aposento de Su
    Magestad, entre dos filas de mil músicos cada una, como era estilo.
    Quando estuviéron cerca de la sala del trono, preguntó Cacambo á uno
    de los oficiales principales como habian de saludar á Su Magestad; si
    hincados de rodillas ó postrados al suelo; si habian de poner las
    manos en la cabeza ó en el trasero; si habian de lamer el polvo de la
    sala; finalmente quales eran las ceremonias. La práctica, dixo el
    oficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en ámbas mexillas.
    Abalanzáronse pues Candido y Cacambo al cuello de Su Magestad, el qual
    correspondió con la mayor afabilidad, y los convidó cortesmente á
    cenar. Entre tanto les enseñáron la ciudad, los edificios públicos que
    escalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, las
    fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caña, que
    sin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie de
    piedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y la
    canela. Quiso Candido ver la sala del crimen y el tribunal, y le
    dixéron que no los habia, porque ninguno litigaba: se informó si habia
    cárcel, y le fué dicho que no; pero lo que mas extrañó y mas
    satisfaccion le causó, fué el palacio de las ciencias, donde vió una
    galería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de física y
    matemáticas.

    Habiendo andado en toda aquella tarde como la milésima parte de la
    ciudad, los traxéron de vuelta á palacio. Candido se sentó á la mesa
    entre Su Magestad, su criado Cacambo, y muchas señoras; y no se puede
    ponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de boca
    del monarca se oían. Cacambo le explicaba á Candido los donayres del
    rey, y aunque traducidos todavía eran donayres; y de todo quanto pasmó
    á Candido, no fué esto lo que le dexó ménos pasmado.

    Un mes estuviéron en este hospicio. Candido decia continuamente á
    Cacambo: Ello es cierto, amigo mio, que la quinta donde yo nací no se
    puede comparar con el pais donde estamos; pero al cabo mi Cunegunda no
    habita en él, y sin duda que tampoco á tí te faltará en Europa una que
    bien quieras. Si nos quedamos aquí, serémos uno de tantos; y si damos
    vuelta á nuestro mundo no mas que con una docena de carneros cargados
    de piedras del Dorado, serémos mas ricos que todos los monarcas
    juntos, no tendrémos que tener miedo á inquisidores, y con facilidad
    podrémos cobrar á la baronesita. Este razonamiento petó á Cacambo: tal
    es la manía de correr mundo, de ser tenido entre los suyos, de hacer
    alarde de lo que ha visto uno en sus viages, que los dos afortunados
    se determináron á dexarlo de ser, y á despedirse de Su Magestad.

    Haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco;
    mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estar
    en él. Yo no tengo por cierto derecho para detener á los extrangeros,
    tiranía tan opuesta á nuestra práctica como á nuestras leyes. Todo
    hombre es libre, y os podeis ir quando quisiéreis; pero es muy ardua
    empresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo río por el
    qual habeis venido por milagro, y que corre baxo bóvedas de peñascos;
    las montañas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas de
    elevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio de
    diez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despeñándose. Pero,
    pues estais resueltos á iros, voy á dar órden á los intendentes de
    máquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; y
    quando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podrá
    acompañar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su
    recinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: en
    quanto á lo demás, pedidme lo que mas os acomode. No pedimos que
    Vuestra Magestad nos dé otra cosa, dixo Cacambo, que algunos carneros
    cargados de víveres, de piedras y barro del pais. Rióse el rey, y
    dixo: No se qué, pasion es la que tienen vuestros Europeos á nuestro
    barro amarillo; llévaos todo el que querais, y buen provecho os haga.

    Inmediatamente dió órden á sus ingenieros que hicieran una máquina
    para izar fuera del reyno á estos dos hombres extraordinarios: tres
    mil buenos físicos trabajáron en ella, y se concluyó al cabo de quince
    dias, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del pais.
    Metiéron en la máquina á Candido y á Cacambo: dos carneros grandes
    encarnados tenian puesta la silla y el freno para que montasen en
    ellos así que hubiesen pasado los montes, y los seguian otros veinte
    cargados de víveres, treinta con preseas de las cosas mas curiosas que
    en el pais habia, y cincuenta con oro, diamantes, y otras piedras
    preciosas. El rey dió un cariñoso abrazo á los dos vagamundos. Fué
    cosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los izáron á ellos
    y á sus carneros á la cumbre de las montañas. Habiéndolos dexado en
    parage seguro, se despidiéron de ellos los físicos; y Candido no tuvo
    otro hipo ni otra idea que ir á presentar sus carneros á la
    baronesita. A bien que llevamos, decia, con que pagar al gobernador de
    Buenos-Ayres, si es dable poner precio á mi Cuncgunda: vamos á la isla
    de Cayena, embarquémonos, y luego verémos qué reyno habernos de poner
    en ajuste.

    CAPITULO XIX.

    _De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo Candido de
    Martin._

    La primera jornada de nuestros dos caminantes fué bastante agradable,
    llevados en alas de la idea de encontrarse posesores de mayores
    tesoros que quantos en Asia, Europa y Africa se podian reunir. El
    enamorado Candido grabó el nombre de Cunegunda en las cortezas de los
    árboles. A la segunda jornada se atolláron en pantanos dos carneros, y
    pereciéron con la carga que llevaban; otros dos se muriéron de
    cansancio algunos dias despues; luego pereciéron de hambre de siete á
    ocho en un desierto; de allí á algunos dias se cayéron otros en unas
    simas: por fin á los cien dias de viage no les quedáron mas que dos
    carneros. Candido dixo á Cacambo: Ya ves, amigo, que deleznables son
    las riquezas de este mundo; nada hay sólido, como no sea la virtud, y
    la dicha de volver á ver á Cunegunda. Confiéselo así, dixo Cacambo;
    pero todavía tenemos dos carneros con mas tesoros que quantos podrá
    poseer el rey de España, y desde aquí columbro una ciudad, que presumo
    que ha de ser Surinam, colonia holandesa. Al término de nuestras
    miserias tocamos, y al principio de nuestra ventura.

    En las inmediaciones del pueblo encontráron á un negro tendido en el
    suelo, que no tenia mas que la mitad de su vestido, esto es de unos
    calzoncillos de lienzo crudo azul, y al pobre le faltaba la pierna
    izquierda y la mano derecha. ¡Dios mió! le dixo Candido, ¿qué haces
    ahí, amigo, en la terrible situacion en que te veo? Estoy aguardando á
    mi amo el señor de Vanderdendur, negociante afamado, respondió el
    negro. ¿Ha sido por ventura el señor Vanderdendur quien tal te ha
    parado? dixo Candido. Sí, Señor, respondió el negro; así es práctica:
    nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al año para que nos
    vistamos; quando trabajamos en los ingenios de azúcar, y nos coge un
    dedo la piedra del molino, nos cortan la mano; quando nos queremos
    escapar, nos cortan una pierna: yo me he visto en ámbos casos, y á ese
    precio se come azúcar en Europa; puesto que quando en la costa de
    Guinea me vendió mi madre por dos escudos patagones, me dixo: Hijo
    querido, da gracias á nuestros fetiches, y adóralos sin cesar, para
    que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de
    nuestros señores los blancos, y de hacer afortunados á tu padre y á tu
    madre. Yo no se ¡ay! si los he hecho afortunados; lo que se es que
    ellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y los
    papagayos lo son mil veces ménos que nosotros. Los fetiches holandeses
    que me han convertido, dicen que los blancos y los negros somos todos
    hijos de Adan. Yo no soy genealogista, pero si los predicadores dicen
    la verdad, todos somos primos hermanos; y cierto que no es posible
    portarse de un modo mas horroroso con sus propios parientes.

    O Panglós, exclamó Candido, esta abominacion no la habias tú
    adivinado: se acabó, será fuerza que abjure tu optimismo. ¿Qué es el
    optimismo? dixo Cacambo. Ha, respondió Candido, es la manía de
    sustentar que todo está bien quando está uno muy mal. Vertia lágrimas
    al decirlo contemplando al negro, y entró llorando en Surinam.

    Lo primero que preguntáron fué si habia en el puerto algun navío que
    se pudiera fletar para Buenos-Ayres. El hombre á quien se lo
    preguntáron era justamente un patron español que les ofreció
    ajustarse en conciencia con ellos, y les dió cita en una hostería,
    adonde Candido y Cacambo le fuéron á esperar con sus carneros.

    Candido que llevaba siempre el corazon en las manos contó todas sus
    aventuras al Español, y le confesó que queria robar á la baronesita
    Cunegunda. Ya me guardaré yo, le respondió, de pasarlos á vms. á
    Buenos-Ayres, porque seria irremisiblemente ahorcado, y vms. ni mas ni
    ménos; que la hermosa Cunegunda es la dama en privanza de Su
    Excelencia. Este dicho fué una puñalada en el corazon de Candido:
    lloró amalgamente, y despues de su llanto, llamando aparte á Cacambo,
    le dixo: Escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer; cada uno de
    nosotros lleva en el bolsillo uno ó dos millones de pesos en
    diamantes, y tu eres mas astuto que yo: vete á Buenos-Ayres, en busca
    de Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil
    duros; si no basta, dale doscientos mil: tu no has muerto á inquisidor
    ninguno, y nadie te perseguirá. Yo fletaré otro navío, y te iré á
    esperar á Venecia; que es pais libre, donde no hay ni Bulgaros, ni
    Abaros, ni Judíos, ni inquisidores que temer. Parecióle bien á
    Cacambo tan prudente determinacion, puesto que sentia á par de muerte
    haberse de separar de amo tan bueno; pero la satisfaccion de servirle
    pudo mas con el que el sentimiento de dexarle. Abrazáronse derramando
    muchas lágrimas; Candido le encomendó que no se olvidara de la buena
    vieja; y Cacambo se partió aquel mismo dia: el tal Cacambo era un
    excelente sugeto.

    Detúvose algún tiempo Candido en Surinam, esperando á que hubiese otro
    patron que le llevase á Italia con los dos carneros que le habian,
    quedado. Tomó criados para su servicio, y compró todo quanto era
    necesario para un viage largo; finalmente se le presentó el señor
    Vanderdendur, armador de una gruesa embarcacion. ¿Quanto pide vm., le
    preguntó, por llevarme en derechura á Venecia, con mis criados, mi
    bagage, y los dos carneros que vm. ve ? El patron pidió diez mil duros,
    y Candido se los ofreció sin rebaxa. ¡Hola, hola! dixo entre sí el
    prudente Vanderdendur, ¿con que esté extrangero da diez mil duros sin
    regatear? Menester es que sea muy rico. Volvió de allí á un rato, y
    dixo que no podia hacer el viage por ménos de veinte mil. Veinte mil
    le daré á vm., dixo Candido. Toma, dixo en voz baxa el mercader, ¿con
    que da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? Otra vez
    volvió, y dixo que no le podia llevar á Venecia si no le daba treinta
    mil duros. Pues treinta mil serán, respondió Candido. Ha, ha, murmuró
    el holandés, treinta mil duros no le cuestan nada á este hombre; sin
    duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamos
    mas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego verémos.
    Vendió Candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todo
    quanto dinero le habia pedido el patron, y le pagó adelantado. Estaban
    ya embarcados los dos carneros, y seguia Candido de léjos en una
    lancha para ir al navío que estaba en la rada; el patron se aprovecha
    de la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa.
    En breve le pierde de vista Candido confuso y desatentado. ¡Ay!
    exclamaba, esta picardía es digna del antiguo hemisferio. Vuélvese á
    la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para
    hacer ricos á veinte monarcas. Fuera de sí, se va á dar parte al juez
    holandés, y en el arrebato de su turbacion llama muy recio á la
    puerta, entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo mas de lo que era
    regular. Lo primero que hizo el juez fué condenaile á pagar diez mil
    duros por la bulla que habia metido: oyóle luego con mucha pachorra,
    le prometió que exâmininaria el asunto así que voliera el mercader, y
    exîgió otros diez mil duros por los derechos de audiencia.

    Esta conducta acabó de desesperar á Candido; y aunque á la verdad
    habia padecido otras desgracias mil veces mas crueles, la calma del
    juez y del patron que le habia robado le exâltaron la cólera, y le
    ocasionáron una negra melancolía. Presentábase á su mente la maldad
    humana con toda su disformidad, y solo pensamientos tristes revolvia.
    Finalmente estando para salir para Burdeos un navío francés, y no
    quedándole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajustó en lo
    que valia un camarote del navío, y mandó pregonar en la ciudad que
    pagaba el viage y la manutencion, y daba dos mil duros á un hombre de
    bien que le quisiera acompañar, con la condición de que fuese el mas
    descontento de su suerte, y el mas desdichado de la provincia.
    Presentóse una cáfila tal de pretendientes, que no hubieran podido
    caber en una esquadra. Queriendo Candido escoger los que mejor
    educados parecian, señaló hasta unos veinte que le parecieron mas
    sociables, y todos pretendían que merecían la preferencia. Reuniólos
    en su posada, y los convidó á cenar, poniendo por condicion que
    hiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad su
    propia historia, y prometiendo escoger al que mas digno de compasion
    y mas descontento con justicia de su suerte le pareciese, y dar á los
    demas una gratificacion. Duró la sesion hasta las quatro de la
    madrugada; y al oir sus aventuras ó desventuras se acordaba Candido de
    lo que le habia dicho la vieja quando iban á Buenos-Ayres, y de la
    apuesta que habia hecho de que no habia uno en el navío á quien no
    hubiesen acontecido gravísimas desdichas. A cada lástima que contaban,
    pensaba en Panglós, y decia: El tal Panglós apurado se habia de ver
    para demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aquí. Es cierto
    que si está todo bien, es en el Dorado, pero no en lo demas de la
    tierra. Finalmente se determinó enfavor de un hombre docto y pobre,
    que habia trabajado diez años para los libreros de Amsterdan,
    creyendo que no habia en el mundo oficio que mas aperreado traxese al
    que le exercitaba. Fuera de eso este docto sugeto, que era hombre de
    muy buena pasta, habia sido robado por su muger, aporreado por su
    hijo, y su hija le habia abandonado, y se habia escapado con un
    Portugués. Le acababan de quitar un miserable empleo con el qual
    vivia, y le perseguian los predicantes de Surinam, porque le tachaban
    de sociniano. Hase de confesar que los demas eran por lo menós tan
    desventurados como él; pero Candido esperaba que con el docto se
    aburriria ménos en el viage. Todos sus competidores se quejáron de la
    injusticia manifiesta de Candido; mas este los calmó repartiendo cien
    duros á cada uno.

    CAPITULO XX.

    _De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion._

    Embarcóse pues para Burdeos con Candido el docto anciano, cuyo nombre
    era Martin. Ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quando
    el navío hubiera ido de Surinam al Japon por el cabo de Buena
    Esperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia para
    discurrir acerca del mal físico y el mal moral. Verdad es que Candido
    le sacaba muchas ventajas á Martin, porque llevaba la esperanza de
    ver á su Cunegunda, y Martin no tenia cosa ninguna que esperar: y le
    quedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido cien
    carneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, y
    aunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holandés,
    todavía quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablaba
    de Cunegunda, con especialidad después de comer, se inclinaba al
    sistema de Panglós. Y vm., señor Martín, le dixo al docto, ¿qué piensa
    de todo esto? ¿qué opinion lleva cerca del mal físico y el mal moral?
    Señor, respondió Martin, los clérigos me han acusado de ser sociniano;
    pero la verdad es que soy maniquéo. Ese es cuento, replicó Candido,
    que ya no hay maniquéos en el mundo. Pues yo en el mundo estoy, dixo
    Martin, y es la realidad que no está en mi creer otra cosa. Menester
    es que tenga vm. el diablo en el cuerpo, repuso Candido. Tanto papelea
    en este mundo, dixo Martin, que muy bien puede ser que esté en mi
    cuerpo lo mismo que en otra parte. Confieso que quando tiendo la vista
    por este globo ó glóbulo, se me figura que le ha dexado Dios á
    disposicion de un ser maléfico, exceptuando el Dorado. Aun no he visto
    un pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familia
    que no quisiera exterminar otra familia. En todas partes los menudos
    exêcran de los grandes, y se postran á sus plantas; y los grandes los
    tratan como viles rebaños, desollándolos y comiéndoselos. Un millon de
    asesinos en regimientos andan corriendo la Europa entera, saqueando y
    matando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en las
    ciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen las
    artes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes,
    que quantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavía son mas crueles
    los pesares secretòs que las miserias públicas; en una palabra, he
    visto tanto y he padecido tanto, que soy maniquéo. Cosas buenas hay,
    no obstante, replicó Candido. Podrá ser, decía Martin, mas no han
    llegado á mi noticia.

    En esta disputa estaban quando se oyéron descargas de artillería. De
    uno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armáron de un
    anteojo. Veíanse como á distancia de tres millas dos navios que
    combatían, y los traxo el viento tan cerca del navío francés á uno y á
    otro, que tuviéron el gusto de mirar el combate muy á su sabor. Al
    cabo uno de los navios descargó una andanada con tanto tino y acierto,
    y tan á flor de agua, que echó á pique á su contrario. Martin y
    Candido distinguiéron con mucha claridad en el combes de la nave que
    zozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dando
    espantosos gritos; en un punto se los tragó á todos la mar.

    Vea vm., dixo Martin, pues así se tratan los hombres unos á otros.
    Verdad es, dixo Candido, que anda aquí la mano del diablo. Diciendo
    esto, advirtió cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadaba
    junto al navio; echáron la lancha para ver que era, y era uno de sus
    carneros. Mas se alegró Candido con haber recobrado este carnero, que
    lo que habia sentido la pérdida de ciento cargados todos de diamantes
    gruesos del Dorado.

    En breve reconoció el capitán del navío francés que el del navío
    sumergidor era Español, y el del navío sumergido un pirata holandés,
    el mismo que habia robado á Candido. Con el pirata se hundiéron en el
    mar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solo
    se libertó un carnero. Ya ve vm., dixo Candido á Maitin, que á veces
    llevan los delitos su merecido: este pícaro de patrón holandés ha
    sufrido la pena digna de sus maldades. Está bien, dixo Martin, pero
    ¿porqué han muerto los pasageros que venian en su navío? Dios ha
    castigado al malo, y el diablo ha ahogado á los buenos.

    Seguían en tanto su derrota el navío francés y el español, y Candido
    en sus conversaciones con Martin. Quince dias sin parar disputáron, y
    tan adelantados estaban el último como el primero; pero hablaban, se
    comunicaban sus ideas, y se consolaban. Candido pasando la mano por el
    lomo á su carnero le decía: Una vez que te he hallado á tí, tambien
    podié hallar á Cunegunda.

    CAPITULO XXI.

    _Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martín, al acercarse
    á las costas de Francia._

    Avistaronse al fin las costas de Francia. ¿Ha estado vm. en Francia,
    señor Martin? dixo Candido. Sí, Señor, respondió Martin, y he corrido
    muchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en
    otras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, y
    en aquellas lo dan por ladinos. En todas la ocupacion principal es
    enamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderías.–¿Y ha
    visto vm. á Paris, señor Martin?–He visto á París, que es una
    menestra de páxaros de todas clases, un caos, una prensa, donde todo
    el mundo anhela por placeres, y casi nadie los halla, á lo ménos segun
    me ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar, me robáron quanto traía
    unos rateros en la plaza de San German; luego me reputáron á mi por
    ladron, y me tuviéron ocho dias en la cárcel; y al salir libre entré
    como corrector en una imprenta, para ganar con que volverme á pié á
    Holanda. He conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y la
    canalla convulsa. Dicen que hay algunas personas muy cultas en este
    pueblo, y creo que así será.

    Yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la Francia, dixo Candido; bien
    puede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el Dorado no se
    cura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea Cunegunda. Voy á
    esperarla á Venecia, y atravesarémos la Francia para ir á Italia: ¿me
    acompañará vm.? Con mil amores, respondió Martin; dicen que Venecia
    solo para los nobles Venecianos es buena, puesto que hacen mucho
    agasajo á los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo,
    pero vm. sí, y le seguiré adonde quiera que fuere. Hablando de otra
    cosa, dixo Candido, ¿cree vm. que la tierra haya sido antiguamente
    mar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? No
    por cierto, replicó Martin, como ni tampoco los demas adefesios que
    nos quieren hacer tragar de algun tiempo acá. ¿Pues para qué fin
    piensa vm. que fué criado el mundo? continuó Candido. Para hacernos
    dar al diablo, respondió Martin. ¿No se pasma vm., siguió Candido, del
    amor de las dos mozas del pais de los Orejones á los dos ximios, que
    conté á vm.? Muy léjos de eso, repuso Martin; no veo que tenga nada de
    extraño esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada
    se me hace extraordinario. ¿Cree vm., le dixo Candido, que en todos
    tiempos se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre
    hayan sido embusteros, aleves, pérfidos, ingratos, ladrones, flacos,
    mudables, viles, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos,
    ambiciosos, sangrientos, calumniadores, disolutos, fanáticos,
    hipócritas y necios? ¿Cree vm., replicó Martin, que los milanos se
    hayan, siempre engullido las palomas, quando han podido dar con ellas?
    Sin duda, dixo Candido. Pues bien, continuó Martin, si los milanos
    siempre han tenido las mismas inclinaciones, ¿porqué quiere vm. que
    las de los hombres hayan ariado? No, dixo Candido, eso es muy
    diferente porque el libre albedrío….. Así discurrian, quando
    aportáron á Burdeos.

    CAPITULO XXII.

    _De los sucesos que en Francia aconteciéron á Candido y á
    Martin._

    No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fué necesario
    para vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena silla
    de posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filósofo
    Martin. Lo único que sintió fué tenerse que separar de su carnero, que
    dexó á la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asunto
    del premio de aquel año determinar porque la lana de aquel carnero era
    encarnada; y se le adjudicó á un docto del Norte, que demostró por A
    mas B, ménos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carnero
    encarnado, y que se muriese de la moniña.

    Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian:
    Vamos á Paris. Este general prurito le inspiró al fin deseos de ver
    esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la dirección de
    Venecia. Entró por el arrabal de San Marcelo, y creyó que estaba en la
    mas sucia aldea de Vesfalia. Apénas llegó á la posada, le acometió
    una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo
    un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy
    pesada, al punto se le acercáron dos doctores médicos que no habia
    mandado llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dos
    devotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo de
    haber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muy
    pobre, y así ni tuve amigos, ni devotas, ni médicos, y sané muy
    presto.

    Las resultas fuéron que á poder de sangrías, recetas y médicos, se
    agravó la enfermedad de Candido. Al fin sanó; y miéntras estaba
    convaleciente, le visitáron muchos sugetos de trato fino, que cenaban
    con él. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca le
    venian, buenos naypes; pero Martin no lo extrañaba.

    Entre los que mas concurrian á su casa habia un cierto abate, que era
    de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les
    mandan, serviciales, entremetidos, halagüeños, descarados, buenos para
    todo, que atisban á los forasteros que llegan á la capital, les
    cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con
    placeres á qualquier precio. Lo primero que hizo fué llevar á la
    comedia á Martin y á Candido. Representaban una tragedia nueva, y
    Candido se encontró al lado de unos quantos hypercríticos, lo qual no
    le quitó que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor
    perfeccion. Uno de los hypercríticos que junto á el estaban, le dixo
    en un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es
    malísima, y el que representa con ella peor todavía, y peor la
    tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arábigo, y ha
    puesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que cree
    que no hay ideas innatas: mañana le traeré á vm. veinte folletos
    contra él. Caballero, ¿quantas composiciones dramáticas tienen vms. en
    Francia? dixo Candido al abate; y este respondió: Cinco o séis mil.
    Mucho es, dixo Candido; ¿y quantas buenas hay? Quince ó diez y seis,
    replicó el otro. Mucho es, dixo Martin.

    Salió Candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de la
    reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas
    veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo á Martin,
    porque se da ayre á Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una
    visita. El abate, se brindó á llevarle á su casa. Candido criado en
    Alemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en Francia
    para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en
    las provincias las llevan á comer á los mesones, en Paris las respetan
    quando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. ¡Al
    muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene
    el señor abate: en Paris estaba yo quando la señora Monima pasó, como
    dicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama
    _sepultura en tierra santa_, lo qual significa podrirse con toda
    la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
    enterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causó
    sin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos
    pensamientos. Accion de mala crianza fué en efecto, dixo Candido. ¿Qué
    quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son así? Imagínese vm. todas
    las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las
    hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,
    y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿Y es cierto que en Paris
    se ríe la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ríen
    dándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y
    riéndose se cometen las mas detestables acciones.

    ¿Quién es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la
    tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
    gusto me han dado? Un malandrin, respondió el abate, que gana la vida
    hablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos los
    libros que salen; que aborrece á todo aquel que es aplaudido, como
    aborrecen los eunucos á los que gozan; una sierpe de la literatura,
    que vive de ponzoña y cieno; un folletista. ¿Qué llama vm. folletista?
    dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, ó
    un Ostolaza. Así discurrian Candido, Martin y el abate en la
    escalera del coliseo, miéntras que iba saliendo la gente, concluida la
    comedia. Puesto que tengo muchísimos deseos de ver á Cunegunda, dixo
    Candido, bien quisiera cenar con la primera trágica, que me ha
    parecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada en
    casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino
    trato. Está ocupada esta noche, respondió; pero tendré la honra de
    llevar á vm. á casa de una señora de circunstancias, y conocerá á
    París allí como si hubiera vivido en el muchos años.

    Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexó llevar á casa de
    la tal señora: estaban ocupados los tertulianos en jugar á la banca, y
    doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,
    archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; teñido
    estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se
    leía la zozobra en el del banquero; y la señora de la casa, sentada
    junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los
    parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus
    naypes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero
    con cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos.
    Llamábanla la marquesa de Paroliñac; su hija, muchacha de quince años,
    era uno de los apúntes, y con un guiñar de ojos advertía á su madre
    las picardigüelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los
    rigores de la mala suerte. Entráron el abate, Candido y Martin, y
    nadie se levantó á darles las buenas noches, ni los saludó, ni los
    miró siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas cortés
    era la señora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre sí Candido.

    Acercóse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se
    medio-levantó de la silla, honró á Candido con una risita agraciada, y
    á
    Martin haciéndole cortesía con la cabeza con magestuoso ademan; mandó
    luego que traxeran á Candido asiento y una baraja, y este perdió en
    dos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todos
    estaban atónitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Los
    lacayos en su idioma lacayuno se decían unos á otros: Preciso es que
    sea un mylord inglés.

    La cena se parecia á casi todas las cenas de Paris; primero mucho
    silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistes
    luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,
    algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obras
    nuevas. Pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntó
    porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, y
    que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los
    convidados, explicó con mucha claridad como podia interesar una
    tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones que
    no bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellas
    que tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á los
    oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad á
    veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el
    estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno
    de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con
    pureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido al
    consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió,
    muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en el
    teatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor. Poquísimas tragedias
    hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien
    versificados; otras disertaciones de política que infunden sueño, ó
    amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energúmeno en estilo
    bárbaro, razones cortadas, apóstrofes interminables á los Dioses no
    sabiendo que decir á los hombres, falsas máxîmas, y lugares comunes
    hinchados.

    Escuchaba con mucha atención Candido este razonamiento, y formó por él
    altísima idea del orador; y como había tenido la marquesa la atencion
    de colocarle á su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oido
    quien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixo
    la dama, que nunca apunta, y que me trae á cenar algunas veces el
    abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha
    compuesto una tragedia que silbáron, y un libro del qual un solo
    exemplar que me dedicó ha salido de la tienda de su librero. ¡Qué
    varon tan eminente! dixo Candido, es otro Panglós; y volviéndose hácia
    él le dixo: ¿Sin duda, Caballero, que es vm. de dictámen de que todo
    está perfectamente en el mundo físico y en el moral, y de que nada
    podia suceder de otra manera? ¡Yo, caballero! le respondió el docto;
    nada ménos que eso. Todo me parece que va al revés en nuestro pais, y
    que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,
    ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,
    y donde la gente está bastante acorde, todo el resto del tiempo se
    consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,
    de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos con literatos, de
    palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,
    de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una
    guerra perdurable.

    Replicóle Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues
    tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son
    dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. Ese
    ahorcado se reía de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchas
    horrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido,
    y no pueden hacer ménos. ¿Con que no es culpa de ellos? replicó
    Martin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no
    entendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombre
    docto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.

    Despues de cenar, llevó la marquesa á su retiete á Candido, y le sentó
    en un canapé. ¿Con que está vm. enamorado perdido de Cunegunda, la
    baronesita de Tunder-ten-tronck? Sí, Señora, respondió Candido.
    Replicóle la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como un
    mozo de Vesfalia; un Francés me hubiera dicho: Verdad es, Señora, que
    he querido á Cunegunda, pero quando la miro á vm., me temo no
    quererla. Yo, Señora, dixo Candido, responderé como vm. quisiere. La
    pasión de vm., dixo la marquesa, empezó alzando un pañuelo, y yo
    quiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y la
    levantó del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continuó la dama, y
    Candido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero: á mis
    amantes de Paris los hago yo penar á veces quince dias seguidos, pero
    á vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar
    cortesmente á un buen mozo de Vesfalia. La buena caña que había
    reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen
    mozo, tanto se los alabó, que de los dedos de Candido pasáron á los de
    la marquesa.

    Al volverse Candido á su casa con el abate, sintió algunos
    remordimientos por haber cometido una infidelidad á Cunegunda; y el
    señor abate tomó parte en su sentimiento, porque le habia cabido una
    muy pequeña en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y en
    el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era
    su ánimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de
    Candido le podía valer. Hablábale sin cesar de Cunegunda, y Candido
    le dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de la
    infidelidad que acababa de cometer.

    Cada dia estaba el abate mas cortés y mas atento, interesándole todo
    quanto decía Candido, todo quanto hacia, y quanto quería hacer. ¿Con
    que está vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. Sí,
    señor abate, respondió Candido, tengo precision de ir allá á buscar á
    Cunegunda. Llevado entónces del gusto de hablar de su amada, le contó,
    como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre
    Vesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa señorita tiene mucho
    talento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixo
    Candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echáron de la
    granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco después supe
    que era muerta, que despues me la encontré, y la volví á perder, y que
    le he despachado un mensagero á dos mil y quinientas leguas de aquí,
    que aguardo con su respuesta.

    Escuchóle con mucha atención el abate, se paró algo pensativo, y se
    despidió luego de ámbos extrangeros, abrazándolos tiernamente. Al otro
    dia, ántes de levantarse de la cama, diéron á Candido la esquela
    siguiente: "Muy Señor mió, y mi querido amante: ocho días hace que
    estoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. en
    ella. Hubiera ido volando á echarme en sus brazos, si me pudiera
    menear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se ha
    quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve. El
    gobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambo
    llevaba; pero el corazón de vm. me queda. Venga vm. á verme; su
    presencia me dará la vida, ó hará que me muera de alegría."

    Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso á Candido en una
    imponderable alegría, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le
    traspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra á
    puñados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin á la
    posada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,
    latiéndole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere
    descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No haga
    vm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvió á correr la
    cortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: ¿cómo te hallas? No
    puede hablar, dixo la criada. Entónces la enferma sacó fuera de la
    cama una mano muy suave que bañó Candido un largo rato con lágrimas, y
    que llenó lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del
    taburete.

    En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompañado del abate
    y de seis corchetes. ¿Con que estos son, dixo, los dos extrangeros
    sospechosos? y mandó incontinenti que los ataran y los llevaran á la
    cárcel. No tratan de esta manera en el Dorado á los forasteros, dixo
    Candido. Mas maniquéo soy que nunca, replicó Martin. Pero, señor,
    ¿adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondió el
    alguacil.

    Martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospechó que la
    señora que se decia Cnnegunda era una buscona, el señor abate un
    tunante que habia abusado del candor de Candido, y el alguacil otro
    tuno de quien no era difícil desprenderse. Por no exponerse á tener
    que lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver á la
    verdadera Cunegunda, Candido, por consejo de Maitin, ofreció al
    alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. Ha, señor, le
    dixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todos
    los delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.
    ¡Tres diamantes de tres mil duros cada uno! La vida perderia yo por
    vm., para lue le lleve á un calabozo. Todos los extrangeros son
    arrestados, pero déxelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano en
    Diepe en la Normandía, y le llevaré alla; y si tiene vm. algunos
    diamantes que darle, le tratará como yo propio. ¿Y porqué arrestan á
    todos los extranjeros? dixo Candido. El abate tomando entónces el
    hilo, respondió: Porque un miserable andrajoso del país de Atrebácia
    [Footnote: Artois. Daiuieu, el que hirió á Luis XV, era natural de
    Arras, capital del Artois.], que había oido decir disparates, ha
    cometido un parricidio, no como el del mes de Mayo de 1610, [Footnote:
    Francisco Kavaillac mató á Henrique IV de una puñalada en Mayo de
    1610.] sino como el del mes de Diciembre de 1594, [Footnote: Juan
    Clialel, en Diciembre de 1594, hirió á Henrique quarto; pero la herida
    no fué de peligro.] y como otros muchos cometidos otros años y otros
    meses por andrajosos que habian oido decir disparates.

    Entónces explicó el alguacil lo que habia apuntado el abate. ¡Qué
    monstruos! exclamó Candido. ¿Cómo se cometen tamañas atrocidades en
    un pueblo que canta y bayla? ¿Quando saldré yo de este pais donde
    azuzan ximios á tigres? En mi pais he visto osos; solo en el Dorado he
    visto hombres. En nombre de Dios, señor alguacil, lléveme vm. á
    Venecia, donde aguardo á mi Cunegunda. Donde yo puedo llevar á vm., es
    á la Normandía baxa, dixo el cabo de ronda. Hízole luego quitar los
    grillos, dixo que se habia equivocado, despidió á sus corchetes, y se
    llevó á Candido y Martin á Diepe, entregándolos á su hermano. Había un
    buque holandés pequeño al ancla; y el Normando, que con el cebo de
    otros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarcó á
    Candido y á su familia en el tal navío que iba á dar á la vela para
    Portsmúa en Inglaterra. No era camino para Venecia; pero Candido creyó
    que salía del infierno, y estaba resuelto a dirigirse á Venecia luego
    que se le presentase ocasion.

    CAPITULO XXIII.

    _Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y de lo
    que allí viéron._

    ¡Ay Panglós amigo! ¡ay amigo Martin! ¡ay amada Cunegunda! ¡lo que es
    este mundo! decia Candido en el navío holandés. Cosa muy desatinada y
    muy abominable, respondió Martin.–Vm. ha estado en Inglaterra: ¿son
    tan locos como en Francia?–Es locura de otra especie, dixo Martin; ya
    sabe vm. que ámbas naciones estan en guerra por algunas aranzadas de
    nieve en el Canadá, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que lo
    que todo el Canadá vale. Decir á vm. á punto fixo en qual de los dos
    paises hay mas locos de atar, mis cortas luces no alcanzan á tanto; lo
    que sí sé, es que en el pais que vamos á ver son locos atrabiliosos.

    Diciendo esto aportáron á Portsmúa: la orilla del mar estaba cubierta
    de gente que miraba con atencion á un hombre gordo [El almirante
    Byng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de uno
    de los navíos de la esquadra. Quatro soldados formados en frente le
    tiráron cada uno tres balas á la mollera con el mayor sosiego, y toda
    la asamblea se fué muy satisfecha. ¿Qué quiere decir esto? dixo
    Candido: ¿qué perverso demonio reyna en todas partes? Preguntó quien
    era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. Un
    almirante, le dixéron.–¿Y porqué han muerto á ese almirante?–Porque
    no
    ha hecho matar bastante gente; ha dado una batalla á un
    almirante francés, y hemos fallado que no estaba bastante cerca del
    enemigo. Pues el almirante francés tan léjos estaba del inglés como
    este del francés, replicó Candido. Sin disputa, le dixéron; pero en
    esta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirante
    para dar mas ánimo á los otros.

    Tanto se irritó y se pasmó Candido con lo que oía y lo que vía, que no
    quiso siquiera poner pié en tierra, y se ajustó con el patron
    holandés, á riesgo de que le robara como el de Surinam, para que le
    conduxera sin mas tardanza á Venecia. A cabo de dos dias estuvo listo
    el patrón. Costeáron la Francia, pasáron á vista de Lisboa, y se
    estremeció Candido; desembocáron por el estrecho en el Mediterráneo,
    y finalmente aportáron á Venecia. Bendito sea Dios, dixo Candido
    dando un abrazo á Martin, que aquí veré á la hermosa Cunegunda. Con
    Cacambo cuento lo mismo que conmigo propio. Todo está bien, todo va
    bien y lo mejor que es posible.

    CAPITULO XXIV.

    _Que trata de fray Hilarion y de Paquita._

    Luego que llegó á Venecia, se echó á buscar á Cacambo en todas las
    posadas, en todos los cafés, y en casa de todas las mozas de vida
    alegre; pero no le fué posible dar con él. Todos los dias iba á
    informarse de todos los navíos y barcos, y nadie sabia de Cacambo.
    ¡Con que he tenido yo lugar, le decía á Martin, para pasar de Surinam
    á Burdeos, para ir de Burdeos á Paris, de Paris á Diepe, de Diepeá
    Portsmúa, para costear á Portugal y á España, para atravesar todo el
    Mediterráneo, y pasar algunos meses en Venecia, y aun no ha llegado la
    hermosa Cunegunda, y en su lugar he topado una buscona y un abate!
    Sin duda es muerta Cunegunda, y á mi no me queda mas remedio que
    morir. ¡Ha, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraiso
    terrenal del Dorado, que volver á esta maldita Europa! Razon tiene
    vm., amado Martin; todo es mera ilusion y calamidad.

    Acometióle una negra melancolía, y no fué ni á la ópera á la moda, ni
    á las demas diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara la
    mas leve tentacion. Díxole Martin: ¡Qué sencillo es vm., si se figura
    que un criado mestizo, que lleva un millon de duros en la faltriquera,
    irá á buscar á su amada al fin del mundo, y á traérsela á Venecia; la
    guardará para sí, si la encuentra, y si no, tomará otra: aconsejo á
    vm. que se olvide de Cacambo y de su Cunegunda. Martin no era hombre
    que daba consuelos. Crecia la melancolía de Candido, y Martin no se
    hartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobre
    la tierra, excepto acaso en el Dorado, donde ninguno podia entrar.

    Sobre esta importante materia disputaban, miéntras venia Cunegunda,
    quando reparó Candido en un frayle Francisco mozo, que se paseaba por
    la plaza de San Marcos, llevando del brazo á una moza. El Franciscano
    era robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, la
    cabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, que
    era muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos á su
    diaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara.
    Me confesará vm. á lo ménos, dixo Candido á Martin, que estos dos son
    dichosos. Ménos en el Dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundo
    habitable mas que desventurados; pero apuesto á que esa moza y ese
    frayle son felicísimas criaturas. Yo apuesto á que no, dixo Martin.
    Convidémoslos á comer, dixo Candido, y verémos si me equivoco.

    Acercóse á ellos, hízoles una reverencia, y los convidó á su posada á
    comer macarrones, perdices de Lombardía, huevos de sollo, y á teber
    vino de Montepulciano y _lácrima-cristi_, Chipre y Samos.
    Sonrojóse la mozuela; admitió el Franciscano el convite, y le siguió
    la muchacha mirando á Candido pasmada y confusa, y vertiendo algunas
    lágrimas. Apénas entró la mozuela en el aposento de Candido, le dixo:
    ¿Pues que, ya no conoce el señor Candido á Paquita? Candido que oyó
    estas palabras, y que hasta entónces no la habia mirado con atencion,
    porque solo en Cunegunda pensaba, le dixo: ¡Ha, pobre chica! ¿con que
    tú eres la que puso al doctor Panglós en el lindo estado en que le vi?
    ¡Ay, señor! yo propia soy, dixo Paquita; ya veo que está vm. informado
    de todo. Supe las desgracias horrorosas que sucediéron á la señora
    baronesa y á la hermosa Cunegunda, y júrole á vm. que no ha sido ménos
    adversa mi estrella. Quando vm. me vió era yo una inocente; y un
    capuchino, que era mi confesor, me engañó con mucha facilidad: las
    resultas fuéron horribles, y me vi precisada á salir de la quinta,
    poco después que le echó á vm. el señor baron á patadas en el trasero.
    Si no hubiera tenido lástima de mi un, médico famoso, me hubiera
    muerto; por agradecérselo, fui un poco de tiempo la querida del tal
    médico: y su muger, que estaba endiablada de zelos, me aporreaba sin
    misericordia todos los días. Era ella una furia, el mas feo el de los
    hombres, y yo la mas sin ventura de las mugeres, aporreada sin cesar
    por un hombre á quien no podía ver. Bien sabe vm., señor, los peligros
    que corre una muger vinagre que lo es de un médico: aburrido el mío de
    los rompimientos de cabeza de su muger, un dia para curarla de un
    resfriado le administró un remedio tan eficaz, que en menos de dos
    horas se murió en horrendas convulsiones. Los parientes de la difunta
    formáron causa criminal al doctor, el qual se escapó, y á mi me
    metiéron en la cárcel; y si no hubiera sido algo bonita, DO me hubiera
    sacado á salvamento mi inocencia. El juez me declaró libre, con la
    condicion de ser el sucesor del médico; y muy en breve me sustituyó
    otra, y fuí despedida sin darme un quarto, y forzada á emprender este
    abominable oficio, que á vosotros los hombres os parece tan gustoso,
    y que para nosotras es un piélago de desventuras. Víneme á exercitar
    mi profesion á Venecia. Ha, señor, si se figurara vm. qué cosa tan
    inaguantable es halagar sin diferencia al negociante viejo, al
    letrado, al frayle, al gondolero, y al abate; estar expuesta á tanto
    insulto, á tantos malos tratamientos; verse á cada paso obligada á
    pedir prestado un guardapesillo para que se le remangue á una un
    hombre asqueroso; robada por este de lo que ha ganado con aquel,
    estafada por los alguaciles, y sin tener otra perspectiva que una
    horrible vejez, un hospital y un muladar, confesaria que soy la mas
    malbadada criatura de este mundo. Así descubria Paquita su corazon al
    buen Candido, en su gabinete, á presencia de Martin, el qual dixo: Ya
    llevo ganada, como vm. ve, la mitad de la apuesta.

    Habíase quedado fray Hilarion en la sala de comer, bebiendo un trago
    miéntras servian la comida. Candido le dixo á Paquita: Pues si
    parecias tan alegre y tan contenta quando te encontré; si cantabas y
    halagabas al diaguino con tanta naturalidad, que te tuve por tan feliz
    como dices que eres desdichada. Ha, señor, respondió Paquita, esa es
    otra de las lacras de nuestro oficio. Ayer me robó y me aporreó un
    oficial, y hoy tengo que fingir que estoy alegre para agradar á un
    frayle.

    No quiso Candido oir mas, y confesó que Martin tenia razón. Sentáronse
    luego á la mesa con Paquita y el frayle Francisco; fué bastante alegre
    la comida, y de sobremesa habláron con alguna confianza. Díxole
    Candido al frayle: Paréceme, padre, que disfruta Vuestra Reverencia
    de una suerte envidiable. En su semblante brilla la salud y la
    robustez, su fisonomía indica el bien-estar, tiene una muy linda moza
    para su recreo, y me parece muy satisfecho con su hábito de diaguino.
    Por Dios santo, caballero, respondió fray Hilarion, que quisiera que
    todos los Franciscanos estuvieran en el quinto infierno, y que mil
    veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento, y de
    hacerme Turco. Quando tenia quince años, mis padres, por dexar mas
    caudal á un maldito hermano mayor (condenado el sea), me obligáron á
    tomar este exêcrable hábito. El convento es un nido de zelos, de
    rencillas y de desesperacion. Verdad es que por algunas malas
    misiones de quaresma que he predicado, me han dado algunos quartos,
    que la mitad me ha robado el guardian: lo restante me sirve para
    mantener mozas; pero quando por la noche entro en mi celda, me dan
    impulsos de romperme la cabeza contra las paredes, y lo mismo sucede á
    todos los demas religiosos.

    Volviéndose entónces Martin á Candido con su acostumbrado relente, le
    dixo: ¿Qué tal? ¿he ganado, ó no, la apuesta? Candido regaló dos mil
    duros á Paquita, y mil á fray Hilarion. Yo fío, dixo, que con este
    dinero serán felices.

    Pues yo fío lo contrario, dixo Martin, que con esos miles los hará vm.
    más infelices todavía. Sea lo que fuere, dixo Candido, un consuelo
    tengo, y es que á veces encuentra uno gentes que creía no encontrar
    nunca; y muy bien, podrá suceder que después de haber topado á mi
    carnero encarnado y á Paquita, me halle un dia de manos á boca con
    Cunegunda. Mucho deseo, dixo Martin, que sea para la mayor felicidad
    de vm.; pero se me hace muy cuesta arriba. Malas creederas tiene vm.,
    respondió Candido. Consiste en que he vivido mucho, replicó Martin.
    ¿Pues no ve vm. esos gondoleros, dixo Candido, que no cesan de cantar?
    Pero no los ve vm. en su casa con sus mugeres y sus chiquillos, repuso
    Martin. Sus pesadumbres tiene el Dux, y los gondoleros las suyas.
    Verdad es que pesándolo todo, mas feliz suerte que la del Dux es la
    del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que no merece la pena
    de un detenido exâmen. Me han hablado, dixo Candido, del senador
    Pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el Brenta,
    y que agasaja mucho á los forasteros; y dicen que es un hombre que
    nunca ha sabido qué cosa sea tener pesadumbre. Mucho diera por ver un
    ente tan raro, dixo Martin. Sin mas dilación mandó Candido á pedir
    licencia al señor Pococurante para hacerle una visita el dia
    siguiente.

    CAPITULO XXV.

    _Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al señor
    Pococurante, noble veneciano._

    Emarcaronse Candido y Martin en una gondola, y fuéron por el Brenta al
    palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y ornados con
    hermosas estatuas de mármol, el palacio de magnífica fábrica, y el
    dueño un hombre como de sesenta años, y muy rico. Recibió á los dos
    curiosos forasteros con mucha urbanidad, pero sin mucho cumplimiento;
    cosa que intimidó á Candido, y no le pareció mal á Martin.

    Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirviéron el
    chocolate: Candido no pudo ménos de elogiar sus gracias y su
    hermosura. No son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando
    que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las señoras del pueblo,
    de su retrechería, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus
    nimiedades, su vanidad, sus tonterías, y mas aun de los sonetos que
    tiene uno que hacer ó mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya
    empiezan á fastidiarme estas muchachas.

    Despues de almorzar, se fuéron á pasear á una espaciosa galería, y
    pasmado Candido de la hermosura de las pinturas, preguntó de qué
    maestro eran las dos primeras. Son de Rafael, dixo el senador, y las
    compré muy caras por vanidad, algunos años ha; dicen que son la cosa
    mas hermosa que tiene Italia, pero á mi no me gustan: los colores son
    muy denegridos, las figuras no están bien perfiladas, ni salen lo
    bastante del plano; los ropages no se parecen en nada á la ropa de
    vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo á ver
    aquí una feliz imitacion de la naturaleza, y no daré mi aprobacion á
    un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay
    de esta especie. Yo tengo muchos, pero no miro á uno siquiera.

    Pococurante, ántes de comer, mandó que le dieran un concierto: la
    música le pareció deliciosa á Candido. Bien puede este estruendo,
    dixo Pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, á
    todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve á confesarlo. La
    música del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas
    dificultosas, y lo que no es mas que difícil no gusta mucho tiempo.
    Mas me agradaría la ópera, si no hubieran atinado con el arte de
    convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere á ver
    malas tragedias en música, cuyas escenas no paran en mas que en traer
    al estricote dos ó tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de
    una cantarina; saboréese otro en oir á un tiple tararear el papel de
    César ó Caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por
    mí, muchos años hace que no veo semejantes majaderías de que tanto
    se ufana hoy la Italia, y que tan caras pagan los soberanos
    extrangeros. Candido contradixo un poco, pero con prudencia; y Martin
    fué en todo del dictámen del senador.

    Sentáronse á la mesa, y después de una opípara comida entráron en la
    biblioteca. Candido que vió un Homero magníficamente enquadernado,
    alabó mucho el fino gusto de Su Ilustrísima. Este es el libro, dixo,
    que era las delicias de Panglós, el mejor filósofo de Alemania. Pues
    no es las mias, dixo con mucha frialdad Pococurante: en otro tiempo me
    habían hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion
    no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos Dioses
    siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella
    Helena, causa de la guerra, y que apénas tiene accion en el poema;
    aquella Troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un
    fastidio mortal. Algunas veces he preguntado á varios hombres doctos
    si los aburria esta lectura tanto como á mí; y todos los que hablaban
    sinceramente me han confesado que se les caía el libro de las manos,
    pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un
    monumento de la antigüedad, ó como una medalla enmohecida que no es ya
    materia de comercio.

    No piensa así Vueselencia de Virgilio, dixo Candido. Convengo, dixo
    Pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su
    Eneyda son excelentes; mas por lo que hace á su pío Eneas, al fuerte
    Cloanto, al amigo Acates, al niño Ascanio, al tonto del rey Latino, á
    la zafia Amata, y á la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa mas fria
    ni mas desagradable: y mas me gusta el Taso, y las novelas para
    arrullar criaturas del Ariosto.

    ¿Me hará Su Excelencia el gusto de decirme, repuso Candido, si no le
    tiene muy grande en la lectura de Horacio? Máxîmas hay en él, dixo
    Pococurante, que pueden ser útiles á un hombre de mundo, y que
    reducidas á enérgicos versos se graban con facilidad en la memoria;
    pero no me curo ni de su viage á Brindis, ni de su descripcion de una
    mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no
    sé qué Rupilo, cuyas razones, dice, _estaban llenas de podre_, y
    las de su contrincante _llenas de vinagre_. Sus groseros versos
    contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo qué
    mérito tiene decir á su amigo Mecenas, que si le pone en el catálogo
    de poetas líricos, tocará á los astros con su erguida frente. A los
    tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para
    mí solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. Candido, que se habia
    criado no juzgando de nada por sí propio, estaba muy atónito con todo
    quanto oía; y á Martin le parecía el modo de pensar de Pococurante muy
    conforme á razón.

    ¡Ha! aquí hay un Cicerón, dixo Candido: sin duda no se cansa
    Vueselencia de leerle. Nunca le leo, respondió el Veneciano. ¿Qué
    tengo yo con que haya defendido á Rabirio ó á Cluencio? Sobrados
    pleytos tengo sin esos que fallar. Mas me hubieran agradado sus obras
    filosóficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que
    lo mismo sabia yo que él, y que para ser ignorante á nadie necesitaba.

    ¡Hola! ochenta tomos de la academia de ciencias; algo bueno podrá
    haber en ellos, exclamó Martin. Sí que lo habría, dixo Pococurante, si
    uno de los autores de ese fárrago hubiese inventado siquiera el arte
    de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que
    sistemas vanos, y ninguna cosa útil.

    ¡Quantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en
    italiano, en castellano y en francés! Así es verdad, dixo el senador;
    de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas
    recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen á una página
    de Séneca, y todos esos librotes de teología, ya se presumen vms. que
    no los abro nunca, ni yo ni nadie.

    Reparó Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo,
    dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras
    con tanta libertad escritas. Sí, respondió Pococurante, bella cosa es
    escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En
    nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son
    osados los moradores de la patria de los Césares y los Antoninos á
    concebir una idea sin la venia de un Domínico. Mucho me contentaria la
    libertad que á los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la
    pasión y el espíritu de partido quantas dotes apreciables aquella
    tiene.

    Reparando Candido en un Milton, le preguntó si tenia por un hombre
    sublime á este autor. ¿A quién? dixo Pococurante: ¿á ese bárbaro que
    en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del
    Génesis? ¿á ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la
    creacion, y miéntras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo
    por su palabra, hace que coja el Mesías en un armario del cielo un
    inmenso compás para trazar su obra? ¡Yo, estimar á quien ha echado á
    perder el infierno y el diablo del Taso; á quien disfraza á Lucifer,
    unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las
    mismas razones, y disputar sobre teología; á quien imitando seriamente
    la cómica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa á
    los diablos tirando cañonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia
    ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del
    Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan á
    vomitar á todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion
    de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro,
    estrambótico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato
    hoy como le tratáron en su patria sus coetáneos. Por lo demas, yo digo
    mi dictámen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido
    estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba á Homero, y no
    le desagradaba Milton. ¡Ay! dixo en voz baxa á Martin, mucho me temo
    que profese este hombre un profundo desprecio á nuestros poetas
    tudescos. Poco inconveniente seria, replicó Martin. ¡O qué hombre tan
    superior, decía entre dientes Candido, qué ingenio tan divino este
    Pococurante! ninguna cosa le agrada.

    Hecho el escrutinio de todos los libros, baxáron al jardín, y Candido
    alabó mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto,
    dixo Pococurante, aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es
    que mañana voy á disponer que me planten otro por un estilo mas noble.

    Despidiéronse en fin ámbos curiosos de Su Excelencia, y al volverse á
    su casa dixo Candido á Martin: Confiese vm. que el señor Pococurante
    es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior á todo
    quanto tiene.

    ¿Pues no considera vm., dixo Martin, que está aburrido de quanto
    tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores
    estómagos los que vomitan todos los alimentos. ¿Pero no es un gusto,
    respondió Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas
    solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replicó Martin, que
    decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no
    hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva á ver á mi Cunegunda.
    Buena cosa es la esperanza, respondió Martin.

    Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y
    estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que
    no habian venido á darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.

    CAPITULO XXVI.

    _Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos
    extranjeros, y quien eran estos._

    Un dia, yendo Candido y Martin á sentarse á la mesa con los forasteros
    alojados en su misma posada, se acercó por detras al primero uno que
    tenia una cara de color de hollin de chimenca, el qual, agarrándole
    del brazo, le dixo: Dispóngase vm. á venirse con nosotros, y no se
    descuide. Vuelve Candido el rostro, conoce á Cacambo; solo la vista de
    Cunegunda le hubiera podido causar mas extrañeza y mas contento. Poco
    le faltó para volverse loco de alegría; y dando mil abrazos á su caro
    amigo, le dixo: ¿Con que sin duda está contigo Cunegunda? ¿donde está?
    llévame á verla, y á morir de gozo á sus plantas. Cunegunda no está
    aquí, dixo Cacambo, que está en Constantinopla.–¡Dios mio, en
    Constantinopla! pero aunque estuviera en la China, voy allá volando:
    vamos. Despues de cenar nos irémos, respondió Cacambo: no puedo decir
    á vm. mas, que soy esclavo, y me está esperando mi amo, y así es
    menester que le vaya á servir á la mesa: no diga vm. una palabra;
    cene, y esté aparejado.

    Preocupado Candido de júbilo y sentimiento, gozoso por haber vuelto á
    ver á su fiel agente, atónito de verle esclavo, rebosando en la
    alegría de encontrar á su amada, palpitándole el pecho, y vacilante su
    razon, se sentó á la mesa con Martin, el qual sin inmutarse
    contemplaba todas estas aventuras, y con otros seis extrangeros que
    habian venido á pasar el carnaval á Venecia.

    Cacambo, que era el copero de uno de los extrangeros, arrimándose á su
    amo al fin de la comida, le dixo al oido: Señor, Vuestra Magestad
    puede irse quando quisiere, que el buque está pronto; y se fué dichas
    estas palabras. Atónitos los convidados se miraban sin chistar, quando
    llegándose otro sirviente á su amo, le dixo: Señor, el coche de
    Vuestra Magestad está en Padua, y el barco listo. El amo hizo una
    seña, y se fué el criado. Otra vez se miráron á la cara los
    convidados, y creció el asombro. Arrimándose luego el tercer criado á
    otro extrangero, le dixo: Señor, créame Vuestra Magestad, que no se
    debe detener mas aquí; yo voy á disponerlo todo, y desapareció.

    Entónces no dudáron Candido ni Martin de que era mogiganga de
    carnaval. El quarto criado dixo al quarto amo: Vuestra Magestad se
    podrá ir quando quiera, y se salió lo mismo que los demas. Otro tanto
    dixo el criado quinto al quinto amo; pero el sexto se explicó de muy
    diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de Candido,
    y le dixo: A fe, Señor, que nadie quiere fiar un ochavo á Vuestra
    Magestad, ni á mi tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien
    que nos metieran en la cárcel, y así voy á ponerme en salvo: quédese
    con Dios Vuestra Magestad.

    Habiéndose marchado todos los criados, se quedáron en alto silencio
    Candido, Martin y los seis forasteros. Rompióle al fin Candido,
    diciendo: Cierto, señores, que es donosa la burla; ¿porqué son todos
    vms. reyes? Yo por mi declaro que ni el señor Martin ni yo lo somos.
    Respondiendo entónces con mucha dignidad el amo de Cacambo, dixo en
    italiano: Yo no soy un bufon; mi nombre es Acmet III; he sido gran
    Sultan por espacio de muchos años; habia destronado á mi hermano, y mi
    sobrino me na destronado á mí; á mis visires les han cortado la
    cabeza, y yo acabo mis dias en el serrallo viejo. Mi sobrino el gran
    Sultan Mahamud me da licencia para viajar de quando en quando para
    restablecer mi salud; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

    Después de Acmet habló un mancebo que junto á el estaba, y dixo: Yo me
    llamo Ivan, he sido emperador de toda la Rusia, y destronado en la
    cuna. Mi padre y mi madre fuéron encarcelados, y á mi me criáron en
    una cárcel. Algunas veces me dan licencia para viajar en compañía de
    mis alcaydes; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.

    Dixo luego el tercero: Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra,
    habiéndome cedido mi padre sus derechos á la corona. He peleado por
    sustentarlos; á ochocientos partidarios mios les han arrancado el
    corazon, y les han sacudido con el en la cara: á mi me han tenido
    preso, y ahora voy á ver al Rey mi padre á Roma, el qual ha sido
    destronado así como mi abuelo, y así como yo; y he venido á pasar el
    carnaval á Venecia.

    Habló entónces el quarto, y dixo: Yo soy rey de los Polacos; la suerte
    de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; los mismos
    contratiempos ha sufrido mi padre: me resigno á los decretos de la
    Providencia, como hacen el sultan Acmet, el emperador Ivan, y el rey
    Carlos Eduardo, que Dios guarde dilatados años; y he venido á pasar el
    carnaval á Venecia.

    Dixo despues el quinto: Tambien yo soy rey de los Polacos, y dos veces
    he perdido mi reyno; pero la Providencia me ha dado otro estado, en el
    qual he hecho mas bienes que quantos han podido hacer en las riberas
    del Vistula todos los reyes de la Sarmacia juntos: tambien me resigno
    á los juicios de la Providencia; y he venido á pasar el carnaval á
    Venecia.

    Habló por último el sexto monarca, y dixo: Caballeros, yo no soy tan
    gran señor como vms., mas al cabo rey he sido como el mas pintado: mi
    nombre es Teodoro; fuí electo rey en Córcega, me daban
    _magestad,_ y ahora apénas se dignan de decirme _su merced_:
    he hecho acuñar moneda, y no tengo un maravedí; tenia dos secretarios
    de estado, y apénas me queda un lacayo; me he visto en un trono, y he
    estado mucho tiempo en Londres en una cárcel acostado sobre paja; y me
    rezelo que me suceda aquí lo mismo, puesto que he venido, como
    Vuestras Magestades, á pasar el carnaval á Venecia.

    Escucháron con magnánima compasion los otros cinco monarcas este
    razonamiento, y dió cada uno veinte zequíes al rey Teodoro para que
    comprase vestidos y ropa blanca. Candido le regaló un brillante de dos
    mil zequíes. ¿Quién es este particular, dixéron los cinco reyes, que
    puede hacer una dádiva cien veces mas quantiosa que qualquiera de
    nosotros, y que efectivamente la hace?

    Al levantarse de la mesa, llegáron á la misma posada quatro Altezas
    Serenísimas que tambien habian perdido sus estados por los acasos de
    la guerra, y venian á pasar lo restante del carnaval á Venecia; pero
    ne se informó siquiera Candido de las aventuras de los recien-venidos,
    no pensando en mas que en ir á buscar á su amada Cunegunda á
    Constantinopla.

    CAPITULO XXVII.

    _Del viage de Candido á Constantinopla._

    Ya el fiel Cacambo había concertado con el capitan turco que habia de
    llevar á Constantinopla al sultan Acmet, que tomara á bordo á Candido
    y á Martin; y ámbos se embarcáron, habiéndose postrado primero ante su
    miserable Alteza. Candido en el camino decia á Martin: ¡Con que hemos
    cenado con seis reyes destronados, y de los seis á uno he tenido que
    darle tina limosna! Acaso hay otros muchos príncipes mas desgraciados.
    Yo á la verdad no he perdido mas que cien carneros, y voy á descansar
    de mis fatigas en brazos de Cunegunda. Razon tenia Panglós, amado
    Martin, todo está bien. Sea enhorabuena, dixo Martin. Increible
    aventura es empero, continuó Candido, la que en Venecia nos ha
    sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos
    en la misma posada seis monarcas destronados. No es eso cosa mas
    extraordinaria, replicó Martin, que otras muchas que nos han sucedido.
    Con mucha freqüencia sucede que un rey sea destronado; y por lo que
    respeta á la honra que hemos tenido de cenar con ellos, eso es una
    friolera que ni siquiera mentarse merece.

    Apénas estaba Candido en el navío, se arrojó en brazos de su criado
    antiguo y su amigo Cacambo. ¿Y pues, le dixo, qué hace Cunegunda?
    ¿es todavía un portento de beldad? ¿me quiere aun? ¿cómo está? Sin
    duda que le has comprado un palacio en Constantinopla. Señor mi amo,
    le respondió Cacambo, Cunegunda está fregando platos á orillas de la
    Propontis, en casa de un príncipe que tiene poquísimos platos, porque
    es esclava de un soberano antiguo llamado Ragotski, á quien da el
    gran Turco tres duros diarios en su asilo; y lo peor es que ha perdido
    su hermosura, y que está horrorosa de puro fea. ¡Ay! fea ó hermosa,
    dixo Candido, yo soy hombre de bien, y mi obligacion es quererla
    siempre. ¿Pero cómo se puede encontrar en tan miserable estado con el
    millón de duros que tu le llevaste? Bueno está eso, respondió
    Cacambo: ¿pues no tuve que dar doscientos mil al señor Don Fernando
    de Ibarra, Figueroa, Mascareñas, Lampurdan y Souza, gobernador de
    Buenos-Ayres, para alcanzar su licencia de traerme á Cunegunda? ¿y no
    nos ha robado un pirata todo quanto nos había quedado? ¿No nos ha
    conducido dicho pirata al cabo de Matapan, á Milo, á Nicaria, á Samos,
    á Petri, á los Dardanelos, á Mármara y á Escutari? Cunegunda y la
    vieja estan sirviendo al príncipe que llevo dicho, y yo soy esclavo
    del sultan destronado. ¡Quanta espantosa calamidad encadenada una con
    otra! dixo Candido. Al cabo aun me quedan algunos diamantes, y con
    facilidad rescataré á Cunegunda. ¡Que lástima es que esté tan fea!
    Volviéndose luego á Martin, le dixo: ¿Quién piensa vm. que es mas
    digno de compasion, el emperador Acmet, el emperador Ivan, el rey
    Carlos Eduardo, ó yo? No lo sé, dixo Martin, y menester fuera hallarme
    dentro del pecho de vms. para saberlo. Ha, dixo Candido, si estuviera
    aquí Panglós, el lo sabria, y nos lo diria. Yo no poseo, respondió
    Martin, la balanza con que pesaba ese señor Panglós las miserias, y
    valuaba las cuitas humanas; pero sí presumo que hay en la tierra
    millones de hombres mas dignos de lástima que el rey Carlos Eduardo,
    el emperador Ivan, y el sultan Acmet. Bien puede ser, dixo Candido.

    A pocos dias llegáron al canal del mar Negro. Candido rescató á precio
    muy subido á Cacambo, y sin perder un instante se metió con sus
    compañeros en una galera para ir á orillas de la Propontis en demanda
    de Cunegunda, por mas fea que estuviese.

    Habia entre la chusma dos galeotes que remaban muy mal, y á quien el
    arraez levantisco aplicaba de quando en quando sendos latigazos en las
    espaldas con el rebenque. Por un movimiento natural los miró Candido
    con mas atención que á los demas forzados, arrimándose a ellos con
    lástima; y en algunas facciones de sus desfigurados rostros le
    pareció que se daban un poco de ayre á Panglós, y al otro desventurado
    jesuíta, al baron, hermano de Cunegunda. Enternecido y movido á
    compasión con esta idea, los contempló con mayor atencion, y dixo á
    Cacambo: Por mi vida, que si no hubiera visto ahorcar á maese Panglós,
    y no hubiera tenido la desgracia de matar al baron, creeria que son
    esos que van remando en la galera.

    Oyendo los nombres del baron y de Panglós, diéron un agudo grito ámbos
    galeotes, se paráron en el banco, y dexáron caer los remos. Al punto
    se tiró á ellos el arraez, menudeando los latigazos con el rebenque.
    Deténgase, deténgase, Señor, clamó Candido, que le daré el dinero que
    me pidiere. ¿Con que es Candido? decía uno de los forzados. ¿Con que
    es Candido? repetia el otro. ¿Es sueño? decia Candido; ¿estoy en esta
    galera? ¿estoy despierto? ¿Es el señor baron á quien yo maté? ¿es
    maese Panglós á quien vi ahorcar? Nosotros somos, nosotros somos,
    respondian á la par. ¿Con que este es aquel insigne filósofo? decia
    Martin. Ha, señor arraez levantisco, ¿quanto quiere por el rescate del
    señor baron de Tunder-ten-tronck, uno de los primeros barones del
    imperio, y del señor Panglós, el metafísico mas profundo de Alemania?

    Perro cristiano, respondió el arraez, una vez que esos dos perros de
    galeotes cristianos son barones y metafísicos, lo qual es sin duda
    un, cargo muy alto en su pais, me has de dar por ellos cincuenta mil
    zequíes.–Yo se los daré, señor; lléveme de un vuelo á Constantinopla,
    y al punto será satisfecho; pero no, lléveme á casa de Cunegunda. El
    arráez, así que oyó la oferta de Candido, puso la proa á la ciudad, y
    hacia que remaran con mas ligereza que un páxaro sesga el ayre.

    Dió Candido cien abrazos á Panglós y al baron.–¿Pues cómo no he
    muerto á vm., mi amado baron? ¿y vm., mi amado Panglós, cómo está vivo
    habiéndole ahorcado? ¿y porqué están ámbos en galeras en Turquía? ¿Es
    cierto que esté mi querida hermana en esta tierra? dixo el barón. Sí,
    Señor, respondió Cacambo. Al fin vuelvo á ver á mi caro Candido,
    exclamaba Panglós. Candido les presentaba á Martin y á Cacambo: todos
    se abrazaban, todos hablaban á la par; bogaba la galera, y estaban ya
    dentro del puerto. Llamáron á un. Judío á quien vendió Candido por
    cincuenta mil zequíes un diamante que valia cien mil, y el Judío le
    juró por Abrahan, que no podia dar un ochavo mas. Incontinenti
    satisfizo el rescate del baron y Panglós: este se arrojó á las plantas
    de su libertador, bañándolas en lágrimas; aquel le dió las gracias
    baxando la cabeza, y le prometió pagarle su dinero así que tuviese con
    que. ¿Pero es posible, decia, que esté en Turquía mi hermana? Tan
    posible, replicó Cacambo, que está fregando platos en casa de un
    príncipe de Transilvania. Llamáron, al punto á otros Judíos, vendió
    Candido otros diamantes, y se partiéron todos en otra galera para ir á
    librar á Cunegunda.

    CAPITULO XXVIII.

    _Que trata de los sucesos que pasáron con Candido, Cunegunda,
    Panglós y Martin._

    Mil perdones pido á vm., dixo Candido al baron, mil perdones, padre
    reverendísimo, de haberle pasado el cuerpo de una estocada. No
    tratemos mas de eso, dixo el baron, yo confieso que me excedí un poco.
    Pero una vez que desea vm. saber como me he visto en galeras, le
    contaré que despues que me hubo sanado de mi herida el hermano
    boticario del colegio, me acometió y me hizo prisionero una partida
    española, y me pusiéron en la cárcel de Buenos-Ayres, quando acababa
    mi hermana de embarcarse para Europa. Pedí que me enviaran á Roma al
    padre general, y me nombráron para ir á Constantinopla de capellan de
    la embaxada de Francia. Habia apénas ocho dias que estaba desempeñando
    las obligaciones de mi empleo, quando encontré una noche á un icoglan
    muy muchacho y muy lindo; y como hacia mucho calor, quiso el mozo
    bañarse, y yo tambien me metí con el en el baño, no sabiendo que era
    delito capital en un cristiano que le hallaran desnudo con un mancebo
    musulman. Un cadí me mando dar cien palos en la planta de los piés, y
    me condenó á galeras; y pienso que jamas se ha cometido injusticia mas
    horrorosa. Ahora querria saber porque se halla mi hermana de fregona
    de un príncipe de Transilvania refugiado en Turquía.

    ¿Y vm., mi amado Panglós, cómo es posible que le esté viendo? Verdad
    es, dixo Panglós, que me viste ahorcar; iban á quemarme, pero ya te
    acuerdas que llovia á chaparrones quando me habian de echar á la
    hoguera, y que no fué posible encender el fuego; así que me ahorcáron,
    sin exemplar, no pudiendo mas: y un cirujano que compró mi cuerpo, me
    llevó á su casa, y me disecó. Primero me hizo una incision crucial
    desde el ombligo hasta la clavícula. Yo estaba tan mal ahorcado, que
    no podia ser mas: el executor de las sentencias de la santa
    inquisicion, que era subdiácono, es verdad que quemaba las personas
    con la mayor habilidad, pero no entendia cosa en materia de ahorcar:
    la soga que estaba mojada apretó poco, en fin todavía estaba vivo. La
    incision crucial me hizo dar un grito tan desaforado, que atemorizado
    el cirujano se cayó de espaldas; y creyendo que estaba disecando á
    Lucifer se escapó muerto de miedo, y se volvió á caer de la escalera
    abaxo. Al estrépito acudió su muger de un quarto inmediato; y
    viéndome tendido en la mesa con la incision crucial, se asustó mas que
    su marido, se escapó, y se cayó encima de él. Quando volviéron algo en
    sí, oí que decia la cirujana al cirujano: ¿Quién te metió en disecar á
    un herege? ¿acaso no sabes que todos ellos tienen metido el diablo en
    el cuerpo? me voy corriendo á llamar á un clérigo que le exôrcize.
    Asustado con estas palabras recogí las pocas fuerzas que me quedaban,
    y me puse á gritar: Tengan lástima de mí. Al fin cobró ánimo el
    barbero portugués, me dió unos quantos puntos en la incision, su muger
    me cuidó, y á cabo de quince dias estaba ya bueno. El barbero me
    acomodó de lacayo de un caballero de Malta que iba á Venecia; pero no
    teniendo mi amo con que mantenerme, me puse á servir á un mercader
    veneciano, y le acompañé á Constantinopla.

    Ocurrióme un dia la idea de entrar en una mezquita, donde no habia mas
    que un iman viejo y una santurrona moza muy bonita, que rezaba sus
    padre-nuestros: tenia descubiertos los pechos, y entre las dos tetas
    un ramillete muy hermoso de tulipas, rosas, anémonas, ranúnculos,
    jacintos y aurículas. Cayósele el ramillete, y yo le cogí, y se le
    puse con tanta cortesía como respeto. Tanto tardaba en ponérsele, que
    se enfadó el iman; y advirtiendo que era cristiano, llamó gente.
    Lleváronme á casa del cadí, que me mandó dar cien varazos en los piés
    y me envió á galeras, amarrándome justamente á la misma galera y al
    mismo banco que el señor baron. En ella habia quatro mozos de
    Marsella, cinco clérigos napolitanos, y dos frayles de Corfú, que nos
    aseguráron que casi todos los dias sucedian aventuras como las
    nuestras. Sustentaba el señor baron que le habian hecho mas injusticia
    que á mí; y yo defendia que mucho mas permitido era volver á poner un
    ramillete al pecho de una moza, que hallarse en cueros con un icoglan:
    disputábamos continuamente, y nos sacudian cien latigazos al dia con
    la penca, quando te conduxo á nuestra galera la cadena de los sucesos
    de este universo, y nos rescataste. ¿Y pues, amado Panglós, le dixo
    Candido, quando se vió vm. ahorcado, disecado, molido á palos, y
    remando en galeras, pensaba que todo iba perfectamente? Siempre me
    estoy en mis trece, respondió Panglós; que al fin soy filósofo, y un
    filósofo no se ha de desdecir, porque no se puede engañar Leibnitz,
    aparte que la harmonía preestablecida, es la cosa mas linda del mundo,
    no ménos que el lleno y la materia sutil.

    CAPITULO XXIX.

    _De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja._

    Miéntras se daban cuenta de sus aventuras Candido, el baron, Panglós,
    Martin y Cacambo; miéntras que discurrian acerca de los sucesos
    contingentes ó no contingentes de este mundo, que disputaban sobre los
    efectos y las causas, sobre el mal moral y el mal físico, sobre la
    libertad y la necesidad, sobre los consuelos que puede recibir quien
    está en galeras en Turquía, aportáron á las playas de la Propontis,
    junto á la morada del principe de Transilvania. Lo primero que se les
    presentó fué Cunegunda y la vieja que estaban tendiendo unas
    servilletas para que se enxugasen en unas tomizas. Al ver esta escena,
    se puso amarillo el baron; y el tierno y enamorado Candido
    contemplando á Cunegunda toda prieta, los ojos lagañosos, enxutos los
    pechos, la cara arrugada, y los bazos amoratados, se hizo tres pasos
    atras, y se adelantó luego por buena crianza. Abrazó Cunegunda á
    Candido y á su hermano, todos abrazáron á la vieja, y Candido las
    rescató á entrámbas.

    Habia un cortijillo en las inmediaciones, y propuso la vieja á Candido
    que le comprase, ínterin hallaba toda la compañía mejor acómodo.
    Cunegunda que no sabia que estaba fea, no habiéndoselo dicho nadie,
    acordó sus promesas á Candido en tono tan resuelto, que no se atrevió
    el pobre á replicar. Declaró pues al baron que se iba á casar con su
    hermana; pero este dixo: Nunca consentiré yo en semejante vileza de su
    parte, y tamaña osadía de la tuya, ni nunca no podrán echar en cara
    tal ignominia. ¿Con que los hijos de mi hermana no podrán entrar en
    los cabildos de Alemania? No, mi hermana no se ha de casar, como no
    sea con un baron del imperio. Cunegunda se postró á sus plantas, y las
    bañó en llanto, pero fué en balde. ¡Fatuo, sin seso, le dixo Candido,
    te he librado de galeras, he pagado tu rescate, y el de tu hermana que
    estaba fregando platos, y que es fea; soy tan bueno que quiero que sea
    mi muger, y todavía quieres tu estorbármelo! Si me dexara llevar de la
    ira, te matara segunda vez. Otras ciento me puedes matar, respondió el
    baron, pero no te has de casar con mi hermana miéntras yo viva.

    CAPITULO XXX.

    _Donde se da fin á la historia._

    En lo interior de su corazon no tenia Candido ganas ningunas de
    casarse con Cunegunda; pero la mucha insolencia del baron le determinó
    á acelerar las bodas, sin contar que la baronesita le apretaba tanto,
    que no las podía dilatar mas. Consultó pues á Panglós, á Martin y al
    fiel Cacambo. Panglós compuso una erudita memoria, probando que no
    tenia el baron derecho ninguno en su hermana, y que segun todas las
    leyes del imperio podia Cunegunda casarse con Candido, dándole la mano
    izquierda; Martin fué de parecer de que tiraran con el baron al mar; y
    Cacambo de que se le entregaran al arraez levantisco, el qual le
    volveria á poner á remar á la galera, ínterin le enviaban al padre
    general por la primera embarcacion que diese á la vela para Roma.
    Pareció bien esta idea: aprobóla la vieja; y sin decir palabra á
    Cunegunda, se puso en execucion mediante algun dinero: teniendo así la
    satisfaccion de jugar pieza á un jesuita, y escarmentar la vanidad de
    un baron aleman.

    Cosa natural era pensar que despues de tantas desgracias Candido
    casado con su amada, viviendo en compañía del filósofo Panglós, del
    filósofo Martin, del prudente Cacambo y de la vieja, y habiendo traído
    tantos diamantes de la patria de los antiguos Incas, disfrutaria la
    vida mas feliz; pero tanto le estafáron los Judíos, que no le quedáron
    mas bienes que su pobre cortijo. Su muger, que cada dia era mas fea,
    se hizo de una condicion de vinagre inaguantable; y la vieja cayó
    enferma, y era mas regañona, todavía que Cunegunda. Cacambo que cavaba
    el huerto y llevaba á vender la hortaliza á Constantinopla, estaba
    rendido de faena, y maldecia su suerte. Panglós se desesperaba, porque
    no lucia su saber en alguna universidad de Alemania: solo Martin,
    firmemente convencido de que en todas partes el hombre se encuentra
    mal, llevaba las cosas en paciencia. Algunas veces disputaban Candido,
    Martin y Panglós sobre metafísica y moral. Por las ventanas del
    coitijo sovían pasar con mucha freqüencia barcos cargados de efendis,
    baxáes y cadíes, que iban desterrados á Lemnos, Mitylene y Erzerum; y
    llegar otros cadíes, otros baxáes y otros efendis, que ocupaban el
    lugar de los depuestos, y que lo eran ellos luego; y se vían cabezas
    rellenas con mucho aseo de paja, que se llevaban de regalo á la
    Sublime Puerta. Estas escenas daban materia á nuevas disertaciones; y
    quando no disputaban se aburrian tanto, que la vieja se aventuró á
    decirles un dia: Quisiera yo saber qué es peor, ¿ser violada cien
    veces al dia por piratas negros, verse cortar una nalga, pasar
    baquetas entre los Bulgaros, ser azotado y ahorcado en un auto de fe,
    ser disecado, remar en galeras, finalmente padecer todas quantas
    desventuras hemos pasado, ó estar aquí sin hacer nada? Ardua es la
    qüestion, dixo Candido.

    Suscitó este razonamiento nuevas reflexîones; y coligió Martin que el
    destino del hombre era vivir en las convulsiones de las angustias, ó
    en el parasismo del fastidio. Candido no se lo concedia, pero no
    afirmaba nada: Panglós confesaba que toda su vida habia sido una serie
    de horrorosos infortunios; pero como una vez habia sustentado que todo
    estaba perfecto, seguía sustentándolo sin creerlo. Lo que acabó de
    cimentar los detestables principios de Martin, de hacer titubear mas
    que nunca á Candido, y de poner en confusion á Panglós, fué que un dia
    viéron llegar á su cortijo á Paquita y fray Hilarion en la mas
    horrenda miseria. En breve tiempo se habian comido los tres mil duros,
    se habian dexado y vuéltose á juntar, y vuelto á reñir, habian sido
    puestos en la cárcel, se habian escapado, y finalmente fray Hilarion
    se habia hecho Turco. Paquita seguía exercitando su oficio, pero ya no
    ganaba con el para comer. Bien habia yo pronosticado, dixo Martín á
    Candido, que en breve disiparian las dádivas de vm., y serian mas
    miserables: vm. y Cacambo han rebosado en millones de pesos, y no son
    mas afortunados que fray Hilarion y Paquita. ¡Ha, dixo Panglós á
    Paquita, con que te ha traído el cielo con nosotros! ¿Sabes, pobre
    muchacha, que me tienes de costa la punta de la nariz, un ojo y una
    oreja? ¡Qué mudada que estás! ¡válgame Dios, lo que es este mundo!
    Esta nueva aventura les dió márgen á que filosofaran mas que nunca.

    En la vecindad vivia un derviche que gozaba la reputacion del mejor
    filósofo de Turquía.

    Fuéren á consultarle; habló Panglós por los demás, y le dixo: Maestro,
    venimos á rogarte que nos digas para que fué formado un animal tan
    extraño como el hombre? ¿Quién te mete en eso? le dixo el derviche:
    ¿te importa para algo? Pero, reverendo padre, horribles males hay en
    la tierra. ¿Qué hace al caso que haya bienes ó que haya males? quando
    envía Su Alteza un navio á Egipto, se informa de si se hallan bien ó
    mal los ratones que van en él? Pues qué se ha de hacer? dixo Panglós.
    Que te calles, respondió el derviche. Yo esperaba, dixo Panglós,
    discurrir con vos acerca de las causas y los efectos, del mejor de los
    mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de
    la harmonía preestablecida. En respuesta les dió el derviche con la
    puerta en los hocicos.

    Miéntras que estaban en esta conversacion, se esparció la voz de que
    acababan de ahorcar en Constantinopla á dos visires del banco y al
    muftí, y de empalar á varios de sus amigos; catástrofe que metió mucha
    bulla por espacia de algunas horas. Al volverse Panglós, Candido y
    Martin á su cortijo ,`encontráron á un buen anciano que estaba tomando
    el fresco á la puerta de su casa, baxo un emparrado de naranjos.
    Panglós, que no era ménos curioso que argu-mentista, le preguntó como
    se llamaba el muftí que acababan de ahorcar. No lo sé, respondió el
    buen hombre, ni nunca he sabido el nombre de muftí ni de visir
    ninguno. Ignoro absolutamente la aventura de que me hablais; presumo,
    sí, que generalmente los que manejan los negocios públicos perecen á
    veces miserablemente, y que bien se lo merecen; pero jamas me informo
    de los sucesos de Constantinopla, contentandome con enviará vender
    allá las frutas del huerto que labro. Dicho esto, convidó á los
    extrangeros á entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les
    presentáron muchas especies de sorbetes que ellos propios fabricaban,
    kaimak guarnecido de cáscaras de azamboa confitadas, naranjas,
    limones, limas, pinas, alfónsigos, y café de Moka, que no estaba
    mezclado con los malos cafées de Batavia y las islas de América; y
    luego las dos hijas del buen musulman sahumáron las barbas de Candido,
    Panglós y Martin. Sin duda que teneis, dixo Candido al Turco, una
    vasta y magnífica posesión. Nada mas que veinte fanegadas de tierra,
    respondió el Turco, que labro con mis hijos: y el trabajo nos libra de
    tres insufribles calamidades, el aburrimiento, el vicio, y la
    necesidad.

    Miéntras se volvia Candido á su cortijo, iba haciendo profundas
    reflexiones en las razones del Turco, y le dixo á Panglós y á Martin:
    Se me figura que se ha sabido este buen viejo labrar una suerte muy
    mas feliz que la de los seis monarcas con quien tuvimos la honra de
    cenar en Venecia. Las grandezas, dixo Panglós, son muy peligrosas,
    segun opinan todos los filósofos. Eglon, rey de los Moabita, fué
    asesinado por Aod; Absalon colgado de los cabellos y atravesado con
    tres saetas; el rey Nadab, hijo de Jeroboan, muerto por Baza; el rey
    Ela por Zambri; Ocosías por Jehú; Atalia por Joyada; y los reyes
    Joaquín, Jeconías y Sedecías fuéron esclavos. Sabido es de qué modo
    muriéron Creso, Astyages, Dario, Dionisio de Syracusa, Pyrro, Perseo,
    Hanibal, Jugurta, Ariovisto, César, Pompeyo, Neron, Oton, Vitelio,
    Domiciano, Ricardo II de Inglaterra, Eduardo II, Henrique VI, Ricardo
    III, María Estuardo, Carlos I, los tres Henriques de Francia, el
    emperador Heririque IV, el rey godo Don Rodrigo, Don Alvaro de Luna; y
    nadie ignora… Tampoco ignoro yo, dixo Cundido, que es menester
    cultivar nuestra huerta. Razon tienes, dixo Panglós; porque quando fué
    colocado el hombre en el paraiso de Eden, fué para labrarle, _ut
    operaretur eum_, lo qual prueba que no nació para el sosiego.
    Trabajemos pues sin argumentar, dixo Martin, que es el medio único de
    que sea la ida tolerable.

    Toda la compañía aprobó tan loable determinacion; empezó cada uno á
    exercitar su habilidad, y el cortijillo rindió mucho. Verdad es que
    Cunegunda era muy fea, pero hacia excelentes pasteles; Paquita
    bordaba, y la vieja cuidaba de la ropa blanca. Hasta fray Hilarion
    sirvió, que aprendió con perfeccion el oficio de carpintero, y paró en
    ser muy hombre de bien. Panglós deeia algunas veces á Candido. Todos
    los sucesos están encadenados en el mejor de los mundos posibles;
    porque si no te hubieran echado á patadas en el trasero de una
    magnífica quinta por amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en
    la inquisicion, si no hubieras andado á pié por las soledades de la
    América, si no hubieras pegado una birena estocada al baron, y si no
    hubieras perdido todos tus carneros del buen pais del Dorado, no
    estarias aqui ahora comiendo azamboas en dulce, y alfónsigos. Bien
    dice vm., respondió Candido; pero es menester labrar nuestra huerta.

    _Fin de Candido, ó del Optimismo._

    TABLA

    DE LAS NOVELAS CONTENIDAS EN EL TOMO PRIMERO.

    ZADIG, Ó EL DESTINO, historia oriental Dedicatoria de Zadig á la
    sultana
    Cheraah, por Sadi.

    CAP. I. El tuerto
    CAP. II. Las narices
    CAP. III. El perro y el caballo
    CAP. IV. El envidioso
    CAP. V. El generoso
    CAP. VI. El ministro
    CAP. VII. Disputas y audiencias
    CAP. VIII. Los zelos
    CAP. IX. La muger aporreada
    CAP. X. La esclavitud
    CAP. XI. La hoguera
    CAP. XII. La cena
    CAP. XIII. Las citas
    CAP. XIV. El bayle
    CAP. XV. Los ojos azules
    CAP. XVI. El bandolero
    CAP. XVII. El pescador
    CAP. XVIII. El basilisco
    CAP. XIX. Las justas
    CAP. XX. El ermitaño
    CAP. XXI. Las adivinanzas

    COMO ANDA EL MUNDO, vision de Babuco, escrita por el propio MEMNON,
    Ó LA CORDURA HUMABA LOS DOS CONSOLADOS HISTORIA DE LOS VIAGES DE
    ESCARMENTADO, escrita por el propio.

    MICROMEGAS, historia filosófica.

    CAP. I. Viage de un raorador del mundo de la estrella Sino al planeta
    de Saturno.
    CAP. II. Conversación del morador de Siriot con el de Saturno.
    CAP. III. Viage de los dos habitantes de Sirio y Saturno.
    CAP. IV. Que da cuenta de lo que les sucedió en el globo de la tierra.
    CAP. V. Experiencias y raciocinios de ambos caminantes.
    CAP. VI. De lo que les aconteció con unos hombres.
    CAP. VII. Conversación con los hombres.

    HISTORIA DE UN BUEN BRAMA.

    CANDIDO, Ó EL OPTIMISMO.

    CAP. I. Donde se da cuenta de como fue criado Candido en una herniosa
    quinta, y como de ella fue echado a patadas.
    CAP. II. De lo que sucedió á Candido con los Bulgaros.
    CAP. III. De qué modo se libró Candido de manos de los Bulgaros, y de
    lo que le sucedió despues.
    CAP. IV. De qué modo encontró Candido á su maestro de filosofía, el
    doctor Panglós, y de loque le aconteció.
    CAP. V. De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos
    del doctor Panglós, de Candido, y de Santiago el anabautista.
    CAP. VI. Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara el
    terremoto, y de los doscientos azotes que pegaron á Candido.
    CAP. VII. Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, y
    como topó este con su dama.
    CAP. VIII. Historia de Cunegunda.
    CAP. IX. Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el inquisidor
    general, y el Judío.
    CAP. X. De la triste situacion en que se viéron Candido, Cunegunda y
    la vieja; de su arribo á Cadiz, y como se embarcáron para América.
    CAP. XI. Que cuenta la historia de la vieja.
    CAP. XII. Donde prosigue la historia de la vieja.
    CAP. XIII. De como Candi lo tuvo que separarse por fuerza de la
    hermosa Cunegunda y la vieja.
    CAP. XIV. Del recibimiento que á Candido y Cacambo hiciéron los
    jesuitas del Paraguay.
    CAP. XV. Que quenta la muerte que dió Candido al hermano de su querida
    Cunegunda.
    CAP. XVI. Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes
    con dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones.
    CAP. XVII. Cuéntase el arribo de Candido con su criado al pais del
    Dorado, y lo qne allí viéron.
    CAP. XVIII. Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron.
    CAP. XIX. De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo
    Candido de Martin.
    CAP. XX. De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion.
    CAP. XXI. Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martin, al
    acercarse á las costas de Francia.
    CAP. XXII. De los sucesos que en Francia aconteciéron
    á Candido y á Martin.
    CAP. XXIII. Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y
    de lo que allí viéron.
    CAP. XXIV. Que trata de fray Hilarion y de Paquita.
    CAP. XXV. Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al
    señor Pococurante, noble veneciano.
    CAP. XXVI. Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos
    extrangeros, y quien eran estos.
    CAP. XXVII. Del viage de Candido á Constantinopla.
    CAP. XXVIII. Que trata de los sucesos que pasáron con Candido,
    Cunegunda, Panglós y Martin.
    CAP. XXIX. De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja.
    CAP. XXX. Donde se da fin á la historia

  • Buena Nueva de acuerdo a Mateo Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Buena Nueva de acuerdo a Mateo Traducción de dominio público abierta a mejoras

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    construcción del Reino de Dios que creemos se logra haciendo la
    voluntad de Dios, siguiendo a Jesús.

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    Buena Nueva de acuerdo a Mateo

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    [1]

    1

    001:001 El libro de la generación de Jesús Cristo[2], el hijo de
    David, el hijo de Abraham.
    001:002 Abraham fue el padre de Isaac. Isaac fue el padre de Jacob.
    Jacob fue el padre de Judá y sus hermanos.
    001:003 Judá fue el padre de Fares y de Zara, la madre fue Tamar.
    Fares fue el padre de Esrom. Esrom fue el padre de Aram.
    001:004 Aram fue el padre de Aminadab. Aminadab fue el padre de
    Naasón. Naasón fue el padre de Salmón.
    001:005 Salmón fue el padre de Booz cuya madre fue Rahab. Booz fue el
    padre de Obed cuya madre fue Rut. Obed fue el padre de Isaí.
    001:006 Isaí fue el padre del rey David. David fue el padre de Salomón
    y la madre fue quien había sido la esposa de Urias.
    001:007 Salomón fue el padre de Roboam. Roboam fue el padre de Abias.
    Abias fue el padre de Asa.
    001:008 Asa fue el padre de Josafat. Josafat fue el padre de Joram.
    Joram fue el padre de Uzias.
    001:009 Uzias fue el padre de Jotam. Jotam fue el padre de Acaz. Acaz
    fue el padre de Ezequias.
    001:010 Ezequias fue el padre de Manasés. Manasés fue el padre de
    Amón. Amón fue el padre de Josías.
    001:011 Josías fue el padre de Jeconías y sus hermanos, en el tiempo
    del cautiverio en Babilonia[3].
    001:012 Después del cautiverio en Babilonia, Jeconías fue el padre de
    Salatiel. Salatiel fue el padre de Zerobabel.
    001:013 Zerobabel fue el padre de Abiud. Abiud fue el padre de
    Eliaquim. Eliaquim fue el padre de Azor.
    001:014 Azor fue el padre de Sadoc. Sadoc fue el padre de Aquim. Aquim
    fue el padre de Eliud.
    001:015 Eliud fue el padre de Eleazar. Eleazar fue el padre de Matán.
    Matán fue el padre de Jacob.
    001:016 Jacob fue el padre de José, el esposo de Maria, de quien
    Jesús[4] fue concebido, a quien se llama Cristo.
    001:017 Así que todas las generaciones de Abraham hasta David son
    catorce; de David al cautiverio en Babilonia catorce
    generaciones; y del cautiverio en Babilonia hasta el Cristo,
    catorce generaciones.

    001:018 El nacimiento de Jesús Cristo fue así; después de que su
    madre, Maria se había comprometido con José, y antes de que
    estuvieran juntos, ella se encontró embarazada por el Espíritu
    Santo.
    001:019 José, su marido, siendo un hombre correcto, y no queriendo
    hacer de ella un ejemplo público, pretendía separarse de
    ella[5] en secreto.
    001:020 Pero cuando él pensaba estas cosas, un ángel del Señor se le
    apareció en un sueño, diciendo, «José, hijo de David, no te
    preocupes por tomar a María, tu esposa, porque el niño que se
    ha concebido en ella es del Espíritu Santo.
    001:021 Ella dará a luz un hijo. Debes llamarlo Jesús, porque será
    quien salvará a su gente de sus pecados.»

    001:022 Todo esto ocurrió, para que se cumpliera lo que había sido
    dicho por el Señor por intermedio de los profetas,

    001:023 «Observen, la virgen concebirá[6] un niño, Y dará a luz un
    hijo. Y lo llamarán Emanuel;» Que traducido significa es
    «Dios está con nosotros.»
    001:024 José despertó de su sueño, e hizo lo que el ángel del Señor le
    ordenó, y tomó a su esposa consigo;
    001:025 y no la conoció[7] hasta que ella dio a luz a su primer hijo.
    Él[8] lo llamó Jesús.

    2

    002:001 Cuando Jesús nació en Belén de Judea, en los días que Herodes
    era rey, ocurrió, que desde el este vinieron hombres sabios[9]
    hacia Jerusalén, diciendo,
    002:002 «¿Dónde está aquel que nace como Rey de los Judíos? Porque
    vimos su estrella en el este, y hemos venido a adorarlo.»
    002:003 Cuando el rey Herodes lo escuchó, se perturbó, y todo
    Jerusalén con él.
    002:004 Reuniendo a todos los jefes de los sacerdotes y a los escribas
    del pueblo, les preguntó donde nacería el Cristo.
    002:005 Ellos le dijeron, «En Belén de Judea, porque así está escrito
    por intermedio del profeta,

    002:006 `Tu Belén, tierra de Judá, No eres de forma alguna menos entre
    los príncipes[10] de Judá: Porque de ti saldrá un
    gobernador[11], Que será el pastor de mi pueblo[12],
    Israel.´»
    002:007 Entonces Herodes llamó en secreto a los hombre sabios, y supo
    de ellos exactamente a que hora había aparecido la estrella.
    002:008 Los envió a Belén, y les dijo, «Vayan y busquen diligentemente
    al niño. Cuando lo hayan encontrado, traíganme la noticia, así
    yo también podré ir a adorarlo.»

    002:009 Ellos, habiendo oído al rey, continuaron su camino; y ocurrió,
    que la estrella que habían visto en el este, fue delante de
    ellos, hasta que se posó sobre el lugar donde estaba el niño.
    002:010 Cuando vieron la estrella, se regocijaron con gran alegría.
    002:011 Entraron a la casa y vieron al niño con Maria, su madre,
    cayeron y lo adoraron. Abriendo sus cofres, le ofrecieron
    regalos: oro, incienso y mirra.
    002:012 Habiendo sido avisados en un sueño que no debían volver donde
    Herodes, regresaron a sus países por otra ruta.

    002:013 Cuando ellos habían partido, un ángel del Señor se apareció a
    José en un sueño, diciendo, «Levántate y toma al niño y a su
    madre, y huye a Egipto[13], quédate allá hasta que te diga,
    porque Herodes buscará al niño para destruirlo.»

    002:014 José se levantó, tomó al niño y a su madre en la noche, y
    partió hacia Egipto,
    002:015 y allí estuvo hasta la muerte de Herodes; para que se
    cumpliera lo que fue dicho por el Señor por intermedio del
    profeta, «De Egipto llamé a mi hijo.»

    002:016 Entonces Herodes, cuando vio que los hombres sabios no habían
    cumplido, se molestó excesivamente, y ordenó matar a todo niño
    hombre que hubiera en Belén y en los alrededores, y que
    tuviera 2 años o menos, de acuerdo al tiempo exacto que él
    había conocido de los hombre sabios.
    002:017 Así lo que había sido dicho por Jeremías el profeta se
    cumplió,

    002:018 «Se oyó una voz en Ramá, Lamentos, llanto y gran tristeza
    Raquel llorando por sus niños;Ella no sería consolada[14],
    Porque ellos ya no son[15].»
    002:019 Pero cuando Herodes murió, ocurrió, que un ángel del Señor se
    apareció en un sueño a José en Egipto, y le dijo[16],
    002:020 «Levántate, toma al niño y a su madre, y ve a la tierra de
    Israel, porque quienes buscaban la vida del niño ya están
    muertos.»

    002:021 Se levantó y tomó al niño y a su madre, y fue a la tierra de
    Israel.
    002:022 Pero cuando escuchó que Arquelao reinaba en Judea en lugar de
    su padre, Herodes, tuvo miedo de ir allí. Siendo avisado en un
    sueño, fue a la región de Galilea,
    002:023 y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret; para que se
    cumpliera lo que había sido dicho por los profetas: «Será
    llamado un Nazareno.»

    3

    003:001 En esos días, Juan el Bautista vino, predicando en el desierto
    de Judea, diciendo[17],
    003:002 «¡Arrepiéntanse, porque el Reino de Dios está a la mano!»
    003:003 Pues este era aquel de quien habló Isaías el profeta,
    diciendo,
    «La voz de una persona gritando en el desierto, Alisten el
    camino del Señor, Hagan sus caminos rectos.»
    003:004 Juan vestía ropa hecha de pelo de camello, con un cinturón de
    cuero alrededor de su cintura. Su comida eran grillos y miel
    salvaje.
    003:005 Entonces la gente de Jerusalén, y de toda Judea, y de todas
    las regiones alrededor del Jordán fueron a él.
    003:006 Fueron bautizados[18] por él en el Jordán, confesando sus
    pecados.
    003:007 Pero cuando vio a muchos de los fariseos y saduceos viniendo
    por su bautizo les dijo, «Ustedes nido de víboras, ¿Quién les
    advirtio huir de la ira que vendrá?[19]
    003:008 ¡Entonces den fruto de arrepentimiento valedero!
    003:009 No piensen, `Tenemos a Abraham como nuestro padre,´ porque les
    digo que Dios puede hacer crecer hijos de Abraham de estas
    piedras.

    003:010 «Justo ahora el hacha está en la raíz de los árboles.
    Entonces, todo árbol que no de buenos frutos es cortado, y
    arrojado al fuego.
    003:011 De hecho yo los bautizo[20] en agua para el arrepentimiento,
    pero aquel que viene tras de mi es más poderoso que yo, no soy
    digno de llevar sus zapatos. Él los bautizará en el Espíritu
    Santo. [21]
    003:012 El rastrillo está en su mano, y Él limpiará los desperdicios
    de su piso. Reunirá su trigo en el granero, pero los
    desperdicios los quemará con fuego inextinguible.

    003:013 Entonces Jesús fue de Galilea al Jordán donde Juan, para ser
    bautizado por él.
    003:014 Pero Juan se opuso, diciendo, «Yo necesito ser bautizado por
    ti, ¿Y tu vienes a mí?»

    003:015 Pero Jesús, le contestó, «Permítelo ahora, porque esta es la
    forma apropiada para nosotros de cumplir con toda la
    rectitud.» Entonces él se lo permitió.
    003:016 Cuando Jesús fue bautizado, salió directamente del agua: y
    ocurrió que los cielos se abrieron hacia Él. Vio al Espíritu
    de Dios descendiendo como una paloma, y viniendo a Él.
    003:017 Ocurrió, que una voz salió de los cielos diciendo, «Este es mi
    hijo amado, en quien estoy bien complacido[22].»

    4

    004:001 Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu[23] al desierto
    para ser tentado por el diablo.
    004:002 Cuando había ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo
    hambre.
    004:003 El que tienta vino y le dijo, «Si eres el Hijo de Dios, ordena
    a estas piedras que se conviertan en pan.»

    004:004 Pero Él le contestó, «Está escrito, `El hombre no debe vivir
    sólo de pan, sino de cada palabra que proceda de la boca de
    Dios.´»

    004:005 Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa. Lo puso en la
    torre del templo,
    004:006 y le dijo, «Si eres el Hijo de Dios, lánzate porque está
    escrito, `Con respecto a ti, encargará a sus ángeles.´ y,
    `En sus manos, te cargarán, Para que no tropiece tu pie contra
    una piedra.´»
    004:007 Jesús le dijo, «También está escrito, `No debes probar al
    Señor, tu Dios.´»

    004:008 De nuevo, el diablo lo llevó a una montaña muy alta, y le
    mostró todos los reinos de la tierra en su gloria.
    004:009 Le dijo, «Te daré todas estas cosas, si te arrodillas y me
    adoras.»

    004:010 Entonces Jesús le dijo, «¡Aléjate de mí[24] Satanás! Porque
    está escrito, `Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él le
    servirás.´»

    004:011 Entonces el diablo lo dejó, y ocurrió, que vinieron ángeles y
    lo atendieron.
    004:012 Cuando Jesús escuchó que Juan había sido arrestado[25 ],
    volvió a Galilea.
    004:013 Saliendo de Nazaret, fue y vivió en Capernaum, que está al
    lado del lago, en la región de Zabulón y Neftalí,
    004:014 Para que se cumpliera lo que fue dicho por intermedio de
    Isaías el profeta,

    004:015 «La tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, Hacia el lago,
    más allá del Jordán, Galilea de los Gentiles[26],
    004:016 La gente que se sentaba en la oscuridad vio una gran luz, A
    aquellos que se sentaban en la región y a la sombra de la
    muerte, Para ellos la luz ha comenzado[27].»
    004:017 Desde ese entonces, Jesús comenzó a predicar y a decir, «¡
    Arrepiéntanse![28] Porque el Reino de Dios está a la mano.»

    004:018 Caminando por el lago de Galilea, Jesús vio dos hermanos:
    Simón, quien es llamado Pedro, y Andrés, su hermano, echando
    una red al lago; pues eran pescadores.
    004:019 Les dijo, «Síganme, y los haré pescadores de hombres.»

    004:020 Ellos de inmediato dejaron sus redes y lo siguieron.
    004:021 Partiendo de allí, vio a otros dos hermanos, Santiago el hijo
    de Zebedeo y Juan su hermano, estaban en el bote con Zebedeo
    su padre, arreglando sus redes. Él los llamó.
    004:022 Ellos de inmediato dejaron el bote y a su padre, y lo
    siguieron.

    004:023 Jesús fue por toda Galilea, enseñando en las sinagogas,
    predicando la Buena Nueva del Reino, y sanando todo desorden y
    toda enfermedad entre la gente.
    004:024 La noticia sobre Él se difundió por toda Siria. Le llevaron a
    todo el que estaba enfermo, afligidos por varios
    desordenes[29]y tormentos, poseídos por demonios,
    epilépticos[30] y paralíticos; y Él los sanó.
    004:025 Grandes multitudes de Galilea, Decapolis, Jerusalén, Judea y
    de más allá del Jordán lo seguían.

    5

    005:001 Viendo las multitudes, subió a una montaña. Cuando se había
    sentado sus discípulos fueron donde Él.
    005:002 Abrió su boca y les enseñó diciendo,

    005:003 «Benditos[31] los pobres en espíritu[32], porque de ellos es
    el Reino de Dios.
    005:004 Benditos aquellos que se lamentan Porque serán confortados.
    005:005 Benditos sean los que no emplean violencia[33], Porque
    heredarán la tierra.
    005:006 Benditos quienes tengan hambre y sed de justicia[34], Porque
    serán saciados.
    005:007 Benditos sean los piadosos, Porque obtendrán piedad.
    005:008 Benditos los puros de corazón, Porque verán a Dios.
    005:009 Benditos quienes hacen la paz, Porque serán llamados hijos de
    Dios.
    005:010 Benditos aquellos que sean perseguidos por causa de la
    justicia, Porque de ellos es el Reino de Dios.
    005:011 «Benditos sean ustedes cuando la gente los reproche, los
    persiga, y diga toda clase de maldades falsamente en contra de
    ustedes, por mi causa.
    005:012 Alégrense y estén muy contentos, pues grande es su recompensa
    en el cielo. Pues así es como han perseguido a los profetas
    que estuvieron antes de ustedes.

    005:013 «Ustedes son la sal de la tierra, pero si la sal ha perdido su
    sabor, ¿Con que podrá volvérsele a dar el sabor? Entonces no
    es buena para nada, sólo para ser arrojada y pisada bajo los
    pies de los hombres.
    005:014 Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad ubicada en una
    montaña no puede ocultarse.
    005:015 Ni ustedes prenden una lampara, y la ponen debajo de un
    recipiente, sino en una repisa; y brilla para todos los que
    están en la casa.
    005:016 Así mismo, permitan que su luz brille ante los hombres; que
    ellos puedan ver sus buenas obras, y den gloria al Padre que
    está en el cielo.

    005:017 «No piensen que he venido a destruir la ley o los profetas. No
    viene a destruir, sino a completar.
    005:018 Porque con seguridad, les digo, hasta que el cielo y la tierra
    pasen, ni siquiera la letra más pequeña[35] ni un pequeño
    trazo de la ley saldrá de forma alguna, hasta que todas las
    cosas estén cumplidas.
    005:019 Entonces, quien rompa uno de estos mandamientos, y le enseñe a
    otros a hacerlo, será llamado pequeño en el Reino de Dios;
    pero quien los cumpla y los enseñe será llamado grande en el
    Reino de Dios.
    005:020 Porque les digo que a menos que su rectitud exceda a la de los
    escribas y fariseos, no hay forma de que entren en el Reino de
    Dios.

    005:021 «Ustedes han oído que fue dicho a los antiguos, `No debes
    matar;´ y `Quien mate estará en peligro del juicio[36].´
    005:022 Pero les digo, cualquiera que este de mal genio con su
    hermano[37] sin una causa estará en peligro del juicio; y
    cualquiera que le diga a su hermano, `¡Raca[38]!´ estará en
    peligro del Concejo; y cualquiera que le diga, `¡Tu, tonto!´
    estará en peligro del fuego de Gehena[39 ].

    005:023 «Entonces si estás dando una ofrenda en el altar, y allí
    recuerdas que tu hermano tiene algo en contra tuya[40],
    005:024 deja la ofrenda allí ante el altar, y sigue tu camino. Primero
    reconcíliate con tu hermano y después ve y da tu ofrenda.
    005:025 Llega a un acuerdo con tu adversario rápidamente, mientras que
    está con él en el camino [41]; porque tal vez el fiscal[42]
    podría entregarte al juez, y el juez entregarte al oficial, y
    podrías ser arrojado a prisión[43].
    005:026 Con seguridad les digo, de ninguna forma saldrán de ahí,
    mientras no paguen hasta el último centavo[44].

    005:027 «Ustedes han oído que se dijo, [45]`No cometerás adulterio;´
    005:028 pero les digo que quien mire a una mujer con deseo, ya ha
    cometido adulterio en su corazón.
    005:029 Si tu ojo derecho te hace tropezar, sácatelo y arrójalo lejos
    de ti. Porque es mejor par ti que uno de tus miembros perezca,
    a que tu cuerpo entero sea arrojado a Gehena.
    005:030 Si tu mano derecha te hace tropezar, córtatela y arrójala
    lejos. Porque es mejor para ti, que uno de tus miembros
    perezca, a que tu cuerpo entero sea arrojado a Gehena.

    005:031 «También se dijo, `Cualquiera que aleje a su mujer, que le de
    un certificado de divorcio,´
    005:032 pero les digo que cualquiera que aleje a su mujer, excepto a
    causa de inmoralidad sexual, la hace una adultera; y
    cualquiera que se case con ella cuando sea alejada comete
    adulterio.

    005:033 «Ustedes también han oído que les fue dicho a los de los
    tiempos antiguos, `No harás promesas falsas[46], sino que
    cumplirás lo que has prometido al Señor[47],´
    005:034 pero les digo, no juren: ni por el cielo, porque es el trono
    de Dios;
    005:035 ni por la tierra, porque es el estrado para sus pies; ni por
    Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
    005:036 Ni jurarás por tu cabeza, porque ni siquiera puedes hacer
    blanco o negro un cabello.
    005:037 En cambio que tu `Si´ sea `Si´ y que tu `No´ sea `No.´ Lo que
    sea más que esto es del malo[48].

    005:038 «Ustedes han oído que fue dicho, `Ojo por ojo, y diente por
    diente.´
    005:039 Pero les digo, no se resistan al que les hace mal[49]; sino
    que a cualquiera que te golpee en tu mejilla derecha, ponle la
    otra también.
    005:040 Si alguien busca llevarte a juicio para quitarte el abrigo,
    déjale tener tu capa también.
    005:041 A cualquiera que te obligue a caminar[50]una milla, ve con él
    dos.
    005:042 Dale al que te pide, y no te alejes del que desea pedirte
    prestado[51].

    005:043 «Ustedes han oído que fue dicho, `Amarás a tu prójimo, y
    odiarás a tu enemigo.´
    005:044 Pero les digo, amen a sus enemigos, bendigan a quien los
    maldiga, hagan el bien a quien los odie, y oren por quienes
    los maltratan y los persigan.
    005:045 para que puedan ser hijos de su Padre que está en el cielo.
    Porque Él hace que el sol salga sobre los malos y los buenos,
    y envía lluvia sobre el justo y el injusto.
    005:046 Porque si aman a aquellos que los aman, ¿qué recompensa
    merecen? ¿Acaso no hacen lo mismo los recolectores de
    impuestos[52 ]?
    005:047 Si sólo saludas a tus amigos, ¿qué haces de más que los demás?
    ¿Acaso no hacen lo mismo los paganos[53]?
    005:048 Entonces sean perfectos, tal como su Padre en el cielo es
    perfecto.

    6

    006:001 «Tengan cuidado de no dar sus ofrendas de caridad[54] ante los
    hombres, para ser vistos por ellos, o de lo contrario no
    tendrán recompensa de su Padre quien está en el cielo.
    006:002 Entonces cuando hagas actos de caridad, no toques una trompeta
    enfrente tuyo, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en
    las calles, para poder obtener gloria de hombres. Con
    seguridad te digo, ellos ya han recibido su recompensa.
    006:003 Cuando hagas actos de caridad, no permitas que tu mano
    izquierda sepa lo que tu mano derecha hace[55],
    006:004 para que tus actos de caridad sean en secreto, entonces tu
    Padre que ve en secreto te recompensará abiertamente.

    006:005 «Cuando reces, no seas como los hipócritas, pues ellos aman
    levantarse y orar en las sinagogas y en las esquinas de las
    calle, para poder ser vistos por hombres. Con seguridad, te
    digo, ellos ya recibieron su recompensa.
    006:006 Pero tu, cuando ores, entra en su cuarto, y habiendo cerrado
    la puerta, ora a tu Padre quien está en secreto, y tu Padre
    quien ve en secreto te recompensará abiertamente.
    006:007 Al rezar, no uses vanas repeticiones, como hacen los gentiles;
    pues ellos creen que serán oídos porque hablan mucho.
    006:008 Por eso no sean como ellos, pues su Padre sabe lo que ustedes
    necesitan desde antes que lo pidan.
    006:009 Oren así: `Padre nuestro en el cielo, que tu nombre permanezca
    santo.
    006:010 Que tu Reino venga. Que se haga tu voluntad, tanto en el cielo
    como en la tierra.
    006:011 Danos hoy nuestro pan diario.
    006:012 Perdona nuestras ofensas[56], como también nosotros perdonamos
    a quienes nos han ofendido[57].
    006:013 No nos lleves a la tentación, sino líbranos del malo. Porque
    tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Amén.´

    006:014 «Pues si ustedes perdonan a los hombres sus
    transgresiones[58], su Padre celestial también los perdonará.
    006:015 Pero si ustedes no perdonan a los hombres sus transgresiones,
    el Padre tampoco perdonara las de ustedes.

    006:016 «Además cuando ayunen, no sean como los hipócritas, con caras
    tristes. Pues desfiguran sus caras, para que su ayuno pueda
    ser visto por hombres. Con seguridad les digo, ellos ya han
    recibido su recompensa.
    006:017 Pero tu, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro;
    006:018 para que el ayuno no sea visto por otros hombres, sino por tu
    Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en secreto,
    te recompensará.

    006:019 «No acumulen tesoros para ustedes mismos en la tierra, donde
    las polillas y el óxido[59] consumen y donde los ladrones
    irrumpen y roban;
    006:020 pero acumulen tesoros para ustedes mismos en el cielo, en
    donde ni las polillas ni el óxido consumen y donde los
    ladrones no entran a robar;
    006:021 pues en donde está tu tesoro, allí también está tu corazón.

    006:022 «La lampara del cuerpo es el ojo. Así que si tu ojo se
    encuentra sano, tu cuerpo entero estará lleno de luz.
    006:023 Pero si tu ojo es malvado[60] tu cuerpo entero estará lleno de
    oscuridad. Así que si la luz que está dentro de ti es
    oscuridad, ¡que tan grande es la oscuridad!

    006:024 «Nadie puede servir a dos maestros, pues a uno odiará y al
    otro amará; o será devoto a uno y despreciará al otro. Ustedes
    no pueden servir a Dios y a las riquezas[61].
    006:025 Por eso les digo, no se afanen por su vida: lo que comerán o
    lo que tomarán ni por lo que se pondrás en el cuerpo. ¿No es
    la vida más que comida y el cuerpo más que el vestido?
    006:026 Miren los pájaros del cielo, ellos no siembran, ni recogen, ni
    recolectan en graneros. Su Padre celestial los alimenta. ¿No
    son ustedes de mucho más valor que ellos?

    006:027 «¿Cuál de ustedes, afanándose, puede aumentar un momento[62]
    su tiempo de vida?
    006:028 ¿Por qué se afanan por el vestido? Consideren los lirios del
    campo, como ellos crecen. No trabajan, ni tejen,
    006:029 y sin embargo les digo que ni Salomón en toda su gloria se
    vistió como uno de estos.
    006:030 Y si Dios así viste al pasto del campo, que existe hoy, y que
    mañana es arrojado al horno, ¿No los vestirá más a ustedes,
    gente de poca fe?

    006:031 «Entonces no se afanen, diciendo, `¿Que comeremos?,´ `¿Qué
    beberemos?´ o `¿Con que nos vestiremos?´
    006:032 Pues los gentiles[63] buscan todas estas cosas, pero su Padre
    celestial sabe que ustedes necesitan todo esto.
    006:033 Busquen primero el Reino de Dios, y su justicia; y todas estás
    cosas también les serán dadas.
    006:034 Entonces no se afanen por mañana, pues mañana estarán ansiosos
    por mañana mismo. Son suficientes los males propios de cada
    día.

    7

    007:001 «No juzguen y no serán juzgados.
    007:002 Pues con cualquier juicio que juzguen, con ese serán juzgados;
    y con la medida que midan, con esa serán medidos.
    007:003 ¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano, y no consideras
    la viga en tu propio ojo?
    007:004 ¿Cómo le puedes decir a tu hermano `Déjame sacar esa paja de
    tu ojo;´ cuando ocurre que la viga está en el tuyo?
    007:005 ¡Tu hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y
    entonces podrás ver claramente para sacar la paja del ojo de
    tu hermano.

    007:006 «No des lo que es sagrado a los perros, ni arrojes tus perlas
    a los cerdos, pues tal vez la pisarán bajo sus pies, y se
    volverán y te harán pedazos.

    007:007 «Pidan, y se les dará. Busquen y encontrarán. Golpeen la
    puerta y se abrirá para ustedes.
    007:008 Pues todo el que pide recibe. Quien busca encuentra. A aquel
    que golpea la puerta se le abrirá.
    007:009 ¿O quien de ustedes, si su hijo le pide un pan, le da una
    piedra?
    007:010 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
    007:011 Entonces si ustedes, siendo malos, saben como darle buenos
    regalos a sus hijos, ¡cuanto más su Padre que está en el cielo
    les dará buenas cosas a los que le pidan!
    007:012 Entonces cualquier cosa que deseen que los hombre les hagan,
    eso les deben hacer; pues así dice la ley y los profetas[64
    ].

    007:013 «Entren por la puerta angosta; pues amplia es la puerta y
    ancho el camino que conducen a la destrucción, y muchos son
    los que entran por esa.
    007:014 ¡Cuan angosta es la puerta, y restringido es el camino que
    conduce a la vida! Son pocos los que lo encuentran.

    007:015 «Tengan cuidado de los falsos profetas, los cuales vienen a ti
    vestidos como ovejas pero son lobos feroces.
    007:016 Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso recoges uvas de espinos
    o higos de los cardos.
    007:017 Aún así, cada árbol bueno produce buenos frutos; pero los
    árboles corruptos producen frutos malos.
    007:018 Un buen árbol no puede producir malos frutos, ni un árbol
    corrupto puede producir buenos frutos.
    007:019 Cada árbol que no produce buenos frutos es derribado y
    arrojado al fuego.
    007:020 Así pues por sus frutos los reconocerás.
    007:021 No todo aquel que me dice `Señor, Señor,´ entrará al Reino de
    los Cielos; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que
    está en el cielo.
    007:022 Muchos me dirán ese día, `Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu
    nombre, sacamos demonios en tu nombre e hicimos muchas obras
    maravillosas?´
    007:023 Entonces les diré, `Nunca los conocí. Aléjense de mí, ustedes
    que trabajan sin rectitud.´

    007:024 «Entonces todo el que oye estas palabras de mí, y las
    practica, yo lo compararé con un hombre sabio, quien construye
    su casa sobre una roca.
    007:025 La lluvia vino, las inundaciones vinieron, y los vientos
    soplaron y golpearon la casa; y esta no callo, porque tenía
    bases en la roca.
    007:026 Todo aquel que escucha mis palabras, y no las practica será
    como un hombre necio, que construye su casa sobre arena.
    007:027 La lluvia llega, las inundaciones llegan, los vientos soplan y
    golpean la casa, y esta cae y grande es su caída.

    007:028 Ocurrió, cuando Jesús había terminado de decir estas cosas,
    que las multitudes estaban atónitas con su enseñanza,
    007:029 pues Él les enseñaba con autoridad, y no como los escribas.

    8

    008:001 Cuando bajó de la montaña, grandes multitudes lo siguieron.
    008:002 Ocurrió, que un leproso fue donde Él, lo alabó diciendo,
    «Señor, si tu quieres, puedes hacerme limpio.»

    008:003 Jesús estiró su mano, lo tocó, diciendo, «Yo quiero. Queda
    limpio. » Inmediatamente su lepra fue sanada.
    008:004 Jesús le dijo, «Observa, no le digas a nadie, pero ve,
    muéstrate al sacerdote, y da la ofrenda que Moisés ordenó,
    como testimonio para ellos[65].»

    008:005 Cuando llegó a Capernaum, un centurión fue don Él, pidiéndole,
    008:006 « Señor, mi siervo[66] yace en casa paralizado, atrozmente
    atormentado.»

    008:007 Jesús le dijo, «Iré y lo sanaré.»

    008:008 El centurión le contestó, «Señor, no soy digno de que entres
    bajo mi techo. Sólo dí la palabra, y mi siervo será sanado.
    008:009 Pues yo también soy un hombre bajo la autoridad, teniendo a mi
    cargo soldados. Le digo a este, `Ve,´ y él va, y le digo a
    otro, `Ven,´ y él viene; y le digo a mi siervo, `Haz esto,´ y
    él lo hace.»

    008:010 Cuando Jesús escucho esto, se maravilló, y le dijo a los que
    lo seguían, «Con seguridad les digo, que no he encontrado una
    fe tan grande, ni siquiera en Israel.
    008:011 Les sigo que muchos vendrán de este y oeste, y se sentarán con
    Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de Dios,
    008:012 mientras que los niños del Reino serán arrojados en la
    oscuridad exterior. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.»
    008:013 Jesús le dijo al centurión, «Sigue tu camino. Que se cumpla
    para ti como tu lo haz creído.» Su siervo[67] fue sanado en
    ese instante.

    008:014 Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro vio a su suegra acostada
    con fiebre.
    008:015 Le tocó la mano y la fiebre se fue. Ella se levantó y comenzó
    a servirle. Se lee «servirles» en vez de «servirle.»
    008:016 Cuando cayó la tarde le llevaron muchos poseídos por demonios.
    Expulsó los espíritus con una palabra y sanó a todos los que
    estaban enfermos;
    008:017 para que así se cumpliera lo que el profeta Isaías dijo: «Él
    nos quitó[68] nuestras debilidades y cargó con nuestras
    enfermedades.»
    008:018 Cuando Jesús vio las grandes multitudes a su alrededor dio la
    orden de partir hacia el otro lado.

    008:019 Un escriba vino y le dijo, «Maestro, yo te seguiré a donde
    vayas. »

    008:020 Jesús le dijo, «Los lobos tienen madrigueras y los pájaros del
    cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tienen lugar
    alguno donde reposar su cabeza.»

    008:021 Otro de sus discípulos le dijo, «Señor, permíteme primero ir a
    enterrar a mi padre.»

    008:022 Pero Jesús le dijo, «Sígueme y deja a los muertos enterrar a
    sus propios muertos.»

    008:023 Cuando se subió al bote sus discípulos lo siguieron.
    008:024 Una gran tempestad se levantó del mar, el barco estaba
    cubierto por las olas pero Jesús estaba dormido.
    008:025 Fueron donde Jesús y lo despertaron diciendo, «¡Sálvanos
    Señor! ¡Estamos muriendo!»

    008:026 Él les dijo, «¿Por qué tienen miedo, ustedes hombres de poca
    fe?» Entonces se levantó, reprendió al viento y al mar, y hubo
    una gran calma.

    008:027 Los hombres se asombraron diciendo, «¿Qué clase de hombre es
    este que hasta el viento y el mar le obedecen?»

    008:028 Cuando llegó al otro lado a la región de Gadara dos personas
    poseídas por demonios lo encontraron allí, salían de las
    tumbas de forma violenta, así que nadie podía pasar por ese
    camino.
    008:029 Ocurrió, que gritaron «¿Qué tenemos que ver contigo Jesús,
    Hijo de Dios? ¿Haz venido aquí a atormentarnos antes de
    tiempo?»
    008:030 Había una piara de cerdos alimentándose lejos de allí.
    008:031 Los demonios le suplicaron diciendo, «Si nos expulsas
    permítenos meternos a esa piara de cerdos.»

    008:032 Él les dijo, «¡Vayan!»
    Salieron y entraron en los cerdos; y ocurrió, que los cerdos
    corrieron hasta caer por el precipicio al mar y murieron en el
    agua.
    008:033 Los que alimentaban a los cerdos huyeron a la ciudad y
    contaron todo lo sucedido, incluyendo lo que paso con los que
    estaban poseídos por los demonios.
    008:034 Toda la ciudad salió a encontrarse con Jesús. Cuando lo vieron
    le rogaron que se fuera de sus fronteras.

    9

    009:001 Entró al bote, y cruzó, para llegar a su propia ciudad.
    009:002 Ocurrió, que le llevaron un hombre que estaba paralizado, y
    que yacía sobre una camilla[69]. Jesús viendo su fe, le dijo
    al paralítico, «¡Hijo, alégrate! Tus pecados te son
    perdonados.»

    009:003 Algunos de los escribas dijeron entre ellos, «Este hombre
    blasfema.»

    009:004 Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo, «¿Por qué piensan
    mal en sus corazones?
    009:005 Pues ¿qué es más fácil, decir `Tus pecados son perdonados;´ o
    decir `Levántate, y camina?´
    009:006 Sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad sobre la tierra
    para perdonar pecados.» Entonces le dijo al paralítico,
    «Levántate, toma tu camilla, y ve a tu casa.»

    009:007 Él se levantó y fue a su casa.
    009:008 Y cuando la multitud vio esto, se maravilló y dio gloria a
    Dios, quien le había tal autoridad a los hombres.

    009:009 Cuando Jesús salía de allí, vio a un hombre llamado Mateo
    sentado en la oficina de recolección de impuestos. Le dijo,
    «Sígueme.» Él se levantó y lo siguió.
    009:010 Ocurrió mientras se sentaba en la casa[70 ], que muchos
    recolectores de impuestos y pecadores vinieron y se sentaron
    con Jesús y sus discípulos.
    009:011 Cuando los fariseos vieron esto, dijeron a sus discípulos,
    «¿Por qué su maestro come con recolectores de impuestos y
    pecadores?»

    009:012 Cuando Jesús los escucho, les dijo, «Aquellos que son
    saludables no necesitan un médico, pero si quienes están
    enfermos.»
    009:013 Ustedes vayan y aprendan lo que esto significa: `Deseo piedad,
    no sacrificio,´ pues no vine a llamar al justo, sino a los
    pecadores al arrepentimiento.»

    009:014 Entonces los discípulos de Juan fueron donde Jesús diciendo,
    «¿ Por qué nosotros y los fariseos ayunamos mucho pero tus
    discípulos no ayunan?»

    009:015 Jesús les dijo, «¿Acaso pueden estar tristes los amigos[71]
    del novio mientras él está con ellos? Pero vendrán los días
    cuando el novio les sera quitado y entonces ahí ayunarán.
    009:016 Nadie pone un pedazo de tela nueva en un vestido viejo; pues
    el parche se rasgará [72] y hará un hueco más grande aún.
    009:017 Ni tampoco la gente pone vino nuevo en cueros viejos porque se
    revientan los cueros y tanto cueros como vino quedan
    inservibles. Se pone vino nuevo en cueros nuevos y ambos se
    conservan.»

    009:018 Mientras les decía estas cosas un jefe de los judíos llegó
    donde Él y se arrodillo diciendo, «Mi hija acaba de morir pero
    ven y pon tu mano sobre ella y ella vivirá.»

    009:019 Jesús se levantó y lo siguió al igual que sus discípulos.
    009:020 Entonces una mujer que sufría de hemorragias de sangre durante
    doce años se acerco a Él por detrás y le tocó el borde de su
    manto;
    009:021 pues ella se dijo a si misma, «Si yo solo toco su manto seré
    sanada.»

    009:022 Pero Jesús dándose vuelta y viéndola, le dijo «¡Hija,
    alégrate! tu fe te ha hecho bien[73].» Y la mujer fue sanada
    desde ese instante.

    009:023 Cuando Jesús entró en la casa del dirigente, vio a los
    interpretes de flauta[74] y a la multitud en un desorden
    ruidoso,
    009:024 y les dijo, «Hagan espacio, porque la niña no está muerta,
    sino durmiendo.»
    Entonces ellos lo ridiculizaron.
    009:025 Pero cuando la multitud fue sacada, Él entró, tomó su mano y
    la niña se levantó.
    009:026 La noticia de esto se difundió por toda la región.
    009:027 Mientras Jesús salía de allí, dos hombres ciegos lo siguieron,
    llamándolo y diciendo, «¡Ten piedad de nosotros, hijo de
    David!»

    009:028 Cuando había entrado en la casa, los ciegos fueron donde Él.
    Jesús les dijo, «¿Creen que yo puedo hacer esto?»
    Ellos le dijeron, «Si, Señor.»

    009:029 Entonces Él tocó sus ojos, diciendo, «Que se cumpla en
    ustedes, de acuerdo a su fe.»
    009:030 Sus ojos se abrieron. Jesús les indicó estrictamente, «Cuiden
    que nadie sepa sobre esto.»
    009:031 Pero ellos salieron y difundieron su fama en toda la región.

    009:032 Cuando se iban, ocurrió, que un hombre mudo que estaba poseído
    por un demonio le fue llevado.
    009:033 Cuando el demonio fue expulsado, el mudo pudo hablar. La
    multitud maravillada, decía, «¡Nunca antes había sido visto en
    Israel algo como esto!»

    009:034 Pero los fariseos decían, «Por el príncipe de los demonios, Él
    expulsa demonios.»

    009:035 Jesús fue por todas las ciudades y villas, enseñando en sus
    sinagogas, predicando la Buena Nueva del Reino, y sanando todo
    sufrimiento y toda enfermedad entre la gente.
    009:036 Pero cuando vio las multitudes, fue movido por la compasión
    hacia ellos, porque estaban cansados y se dispersaban como
    ovejas sin un pastor.
    009:037 Entonces le dijo a los discípulos, «De hecho la cosecha es
    abundante, pero los trabajadores son pocos.
    009:038 Por esto recen al Señor de la cosecha para que envíe
    trabajadores.»

    10

    010:001 Llamó[75] a sus doce discípulos, y les dio autoridad sobre los
    espíritus impuros, para expulsarlos, y para sanar todo
    sufrimiento y toda enfermedad.
    010:002 Los nombres de los doce apóstoles son estos. El primero,
    Simón, quien es llamado Pedro; Andrés, su hermano; Santiago el
    hijo de Zebedeo, Juan su hermano;
    010:003 Felipe; Bartolome; Tomás; Mateo el recolector de impuestos;
    Santiago el hijo de Alfeo; y Lebeo quien era llamado
    Tadeo[76];
    010:004 Simón el cananita[77]; y Judas Iscariote, quien también[78] lo
    traicionó.

    010:005 Jesús envió a estos doce, y les encargó, «No vayan entre los
    gentiles, y no entren en ninguna ciudad de samaritanos.
    010:006 En cambio, vayan a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
    010:007 Mientras van, prediquen, `¡El Reino de Dios está a mano!´
    010:008 Sanen los enfermos, limpien a los leprosos, [79] y expulsen
    demonios. Recibieron gratuitamente, así que den gratuitamente.
    010:009 No lleven[80] oro, ni plata, ni bronce en sus monederos.
    010:010 No lleven bolsa para su viaje, ni dos vestidos, ni zapatos, ni
    bastón: pues el trabajador merece su comida.
    010:011 En cualquier ciudad o pueblo que entren, encuentren a[ 81]
    quien se lo merece, y quédense allí hasta que se vayan.
    010:012 Cuando entre a una[82] casa, den un saludo de paz[83].
    010:013 Si la familia lo merece que su paz vaya a la casa; pero si no
    lo merece que su paz regrese a ustedes.
    010:014 Si alguien no los recibe, ni escucha sus palabras, mientras
    salen de la casa o de la ciudad, sacudan el polvo de sus pies.
    010:015 Con seguridad les digo, será más tolerable para la tierra de
    Sodoma y Gomorra en el día del juicio que para esa ciudad.

    010:016 «Observen, los envío como ovejas en medio de lobos. Entonces
    sean astutos como serpientes, e indefensos como palomas.
    010:017 Pero cuídense de los hombres: pues los enviarán a consejos, y
    en sus sinagogas los castigarán.
    010:018 Si, y serán llevados ante gobernadores y reyes por mi causa,
    para dar testimonio ante ellos y a las naciones[84].
    010:019 Pero cuando los entreguen, no estén ansiosos sobre como o que
    dirán, pues en esa hora les será dado lo que dirán.
    010:020 Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su
    Padre quien hablará en ustedes.

    010:021 «Un hermano enviará a su hermano a la muerte, y el padre a su
    hijo. Los hijos se levantarán contra sus padres, y por causa
    de ellos serán condenados a muerte[85].
    010:022 Serán odiados por todos los hombre por causa de mi nombre,
    pero aquel que persista hasta el final será salvado[86].
    010:023 Y cuando los persigan en esta ciudad, huyan a la siguiente,
    pues con seguridad les digo, ustedes no habrán ido por todas
    las ciudades de Israel, hasta que el Hijo del Hombre haya
    venido.

    010:024 «Un discípulo no está sobre su maestro, ni un siervo sobre su
    señor.
    010:025 Es suficiente para el discípulo ser como su maestro, y para el
    siervo ser como su señor. Si ellos han llamado al maestro de
    la casa Beelzebú, ¡cuanto más los de su familia!
    010:026 Entonces no les teman, pues no hay nada encubierto que no sea
    revelado, ni nada escondido que no sea conocido.
    010:027 Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; y lo que
    escuchan susurrado al oído, proclámenlo desde los techos de
    las casas.
    010:028 No teman a aquellos que matan el cuerpo, y que no pueden matar
    el alma. Por el contrario, teman a quien es capaz de destruir
    tanto el alma como el cuerpo en el infierno.

    010:029 «¿No son vendidos dos pájaros por un asarión[87]? ¿Y si alguno
    cae a tierra, no es acaso a voluntad del Padre?
    010:030 pero cada uno de los cabellos de sus cabezas está contado.
    010:031 Por eso no se preocupen. Ustedes son de más valor que muchos
    pájaros.
    010:032 Entonces a todo aquel que me reconozca[88] ante los hombre, a
    él también yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el
    cielo.
    010:033 Pero a cualquiera que me niegue frente a los hombre, a él
    también lo negaré ante mi Padre que está en el cielo.

    010:034 «No piensen que he venido a traer calma[89] sobre la tierra.
    No vine a traer calma, sino una espada[90].
    010:035 Pues he venido a poner un hombre en disputa contra[91] su
    padre, y a la hija contra su madre, y a la nuera contra la
    suegra.
    010:036 Los enemigos de un hombre serán aquellos de su propia familia.
    010:037 Aquel que ame a padre o madre más que a mí no es digno de
    mí[92]; y aquel que ame a hijo o hija más que a mí, no es
    digno de mí.
    010:038 Aquel que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí.
    010:039 Aquel que encuentre su vida[93] la perderá; y aquel que pierda
    su vida por mi causa la encontrará.
    010:040 Aquel que los reciba me recibe, y aquel que me recibe a mi
    recibe al que me envió.
    010:041 Aquel que recibe a un profeta porque es un profeta[94],
    recibirá la recompensa del profeta; y aquel que recibe a un
    hombre justo[95] porque es justo, recibirá la recompensa de un
    hombre justo.
    010:042 Aquel que le da a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua
    fría para beber por ser un discípulo mio[96], con seguridad
    les digo que de ninguna forma perderá su recompensa.»

    11

    011:001 Ocurrió que cuando Jesús había terminado de dar indicaciones a
    sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en
    las ciudades.
    011:002 Cuando Juan escuchó en prisión de las obras de Cristo, envió a
    dos de sus discípulos
    011:003 a decirle, «¿Eres tu el que viene, o debemos buscar[97]
    otro?»

    011:004 Jesús les contestó, «Vayan y díganle a Juan las cosas que
    escuchan y ven:
    011:005 los ciegos reciben su vista, los minusválidos caminan, los
    leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son
    resucitados, y la buena nueva es predicada a los pobres[98].
    011:006 Bendito aquel que no encuentra ocasión para dudar de mi[99].

    011:007 Mientras se iban por su camino, Jesús comenzó a hablarles a
    las multitudes sobre Juan «¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una
    caña movida por el viento?
    011:008 ¿Pero qué fueron a ver? ¿Un hombre en suaves vestidos?
    Observen, que quienes visten vestidos suaves están en las
    casas de los reyes.
    011:009 ¿Pero que fueron a ver? ¿A ver un profeta? Si, y les digo,
    mucho más que un profeta.
    011:010 Porque este es aquel de quien está escrito, `Observa, envió mi
    mensajero antes de tu gracia, quien preparará[100] el camino
    antes de ti.´
    011:011 Con seguridad les digo, entre aquellos que han nacido de mujer
    no ha aparecido alguien más grande que Juan el Bautista; y aún
    así el que es menos en el Reino de Dios es más grande que él.
    011:012 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de
    Dios sufre violencia, y los violentos lo toman a la
    fuerza[101].
    011:013 Pues todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.
    011:014 Si ustedes desean recibirlo, este es Elías, quien está por
    venir.
    011:015 Quien tenga oídos para escuchar, que escuche.

    011:016 «Pero ¿con qué compararé a esta generación? Es como niños que
    se sientan en la plaza, llaman a sus compañeros
    011:017 y dicen, `Tocamos la flauta para ustedes, y ustedes no
    bailaron. Lloramos por ustedes, y ustedes no se
    lamentaron[102].´
    011:018 Pues Juan vino sin comer ni beber y ellos dijeron, `Tiene un
    demonio.´
    011:019 El Hijo del Hombre vino comiendo y bebiendo y ellos dijeron,
    `¡Observen, un glotón y bebedor, un amigo de los recolectores
    de impuestos y de los pecadores!´ Pero la sabiduría se
    reconoce por sus obras[103].»

    011:020 Entonces comenzó a denunciar a las ciudades en las que había
    hecho la mayoría de sus obras poderosas, porque no se
    arrepentían.
    011:021 «¡Pobre de ti, Corazín![104] ¡Pobre de ti, Betsaida! Pues si
    las obras poderosas que se han hecho en ustedes se hubieran
    hecho en Tiro y Sidón, la gente[105] se habría arrepentido
    hacia tiempo en camisas de penitencia y cenizas.
    011:022 Pero les digo, será más tolerable para Tiro y Sidón en el día
    del juicio que para ustedes.
    011:023 Tu, Capernaum, que eres exaltada hasta el cielo, bajarás al
    infierno. Pues si las poderosas obras que se han hecho en ti
    se hubieran hecho en Sodoma, habría permanecido hasta estos
    días.
    011:024 Pero les digo que será más tolerable para la tierra de Sodoma
    en el día del juicio que para ustedes.»

    011:025 En ese momento, Jesús dijo, «Te agradezco, Padre, Señor del
    cielo y la tierra, que escondes estas cosas al sabio y al
    entendido, y las revelas a los niños[106].
    011:026 Si, Padre, pues así fue agradable a tu vista.
    011:027 Todo me ha sido enviado por mi Padre. Nadie conoce al Hijo,
    excepto el Padre, y nadie conoce al Padre, excepto el Hijo, y
    aquel a quien el Hijo desea revelárselo.

    011:028 «Vengan a mi, todos ustedes que trabajan y llevan pesadas
    cargas, y les daré descanso.
    011:029 Tomen mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mi, pues yo soy
    tranquilo y humilde de corazón; y ustedes encontrarán descanso
    para sus almas.
    011:030 Pues mi yugo es fácil[107], y mi carga es liviana.»

    12

    012:001 En ese tiempo, Jesús fue el día sabático por los campos de
    granos. Sus discípulos estaban hambrientos y comenzaron a
    arrancar granos y a comer.
    012:002 Pero cuando los fariseos los vieron, le dijeron, « Observa,
    tus discípulos hacen algo que no es permitido hacer en el día
    sabático.»

    012:003 Pero Él les dijo, «No han leído sobre lo que David hizo cuando
    él y sus acompañantes tenían hambre;
    012:004 como entró a la casa de Dios y comió del pan sagrado el cual
    no le era permitido comer ni tampoco a los que estaban con él,
    era solo para los sacerdotes.
    012:005 O no han leído en la ley que en el día sabático los sacerdotes
    en el templo ignoran[108] el día sabático, ¿acaso no tienen
    culpa?
    012:006 Pero les digo que uno más grande que el templo está aquí.
    012:007 Pero si ustedes hubieran sabido lo que esto significa, `quiero
    compasión y no sacrificio´ no habrían condenado al inocente.
    012:008 Pues el Hijo del Hombre es Señor del día sabático.»

    012:009 Él se marchó de allí, y entró a la sinagoga.
    012:010 Ocurrió que allí había un hombre con la mano tullida. Ellos le
    preguntaron, «¿Es legal sanar en el día sabático?» Para así
    poder acusarlo.

    012:011 Él les dijo, «¿Qué hombre hay entre ustedes que si tiene una
    oveja y esta se cae en un hoyo el día sabático no se aferra a
    ella y la saca de allí?
    012:012 ¡Que tanto más valor tiene un hombre que una oveja! Por tal
    razón es legal hacer el bien en el día sabático.»
    012:013 Entonces le dijo al hombre, «Estira tu mano.» El estiró la
    mano; y esta quedó restaurada completamente tal como la otra
    mano.
    012:014 Pero los fariseo salieron y conspiraron en contra de Jesús
    para ver como lo podrían destruir.
    012:015 Jesús, percibiéndolo, se alejo de allí. Grandes multitudes lo
    siguieron; y Él los sanó a todos,
    012:016 y les encargo que no debían darlo a conocer:
    012:017 para que se cumpliera lo que fue dicho por Isaías el profeta,

    012:018 «Observen, mi siervo al cual he escogido; Mi amado en quien mi
    alma está bien complacida: Pondré mi Espíritu en Él. Él
    proclamará la justicia a las naciones[109].
    012:019 Él no discutirá, ni gritará; Ni nadie escuchará su voz en las
    calles.
    012:020 Él no cortará una caña maltrecha. Él no extinguirá una mecha
    que humea[110], Hasta que lleve la justicia a la victoria.
    012:021 En su nombre, las naciones tendrán esperanza.»
    012:022 Entonces un poseído por un demonio, ciego y mudo, le fue
    llevado y Él lo sanó, así que el ciego y mudo, habló y vio.
    012:023 Todas la multitudes estaban maravilladas, y dijeron, «¿Puede
    ser este el hijo de David?»
    012:024 Pero cuando los fariseos lo escucharon, dijeron, «Este hombre
    no expulsa demonios, excepto por Beelzebú, el príncipe de los
    demonios.»

    012:025 Conociendo sus pensamientos, Jesús les dijo, «Todo reino
    dividido en si mismo es llevado a la desolación, y toda ciudad
    o casa dividida en si misma no se mantendrá.
    012:026 Si Satanás expulsara a Satanás, el está dividido contra si
    mismo. ¿Cómo entonces se mantendrá su reino?
    012:027 ¿Si yo expulsara demonios por Beelzebú, sus hijos[111]por
    quien los expulsan? Pues ellos serán sus jueces[112].
    012:028 Pero si yo por el Espíritu de Dios expulso demonios, entonces
    el Reino de Dios ha llegado sobre ustedes[113].
    012:029 ¿O cómo puede alguien entrar en la casa de un hombre fuerte, y
    robar sus bienes, a menos que primero ate al hombre fuerte?
    Entonces podrá robar su casa.

    012:030 «Aquel que no está conmigo está contra mi, y el que no
    recolecta conmigo, dispersa.
    012:031 Por eso les digo, todo pecado y blasfemia será perdonado a los
    hombres, pero las blasfemias contra el Espíritu no les serán
    perdonadas a los hombres.
    012:032 A cualquiera que hable una palabra en contra del Hijo del
    Hombre, le será perdonado; pero a quien hable contra el
    Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en esta época[114],
    ni en la que está por venir.

    012:033 «O bien hacen el árbol bueno y su fruto es bueno, o hacen el
    árbol corrupto, y su fruto es corrupto; pues el árbol se
    conoce por sus frutos.
    012:034 Ustedes nido de víboras, ¿cómo pueden siendo malos, hablar
    cosas buenas? Pues la boca habla de lo que abunda en el
    corazón.
    012:035 El hombre bueno de su buen tesoro saca cosas buenas, y el
    hombre malo de su tesoro malo [115] saca cosas malas.
    012:036 Les digo que de toda palabra inútil que los hombres digan, por
    ella darán cuenta en el día del juicio.
    012:037 Pues por tus palabras serás justificado, y por tus palabras
    serás condenado.»

    012:038 Entonces cierto de los escribas y los fariseos dijeron,
    «Maestro, queremos ver una señal de ti.»

    012:039 Pero Él les contestó, «Una generación mala y adultera busca
    una señal, pero ninguna señal será dada solo la de Jonás el
    profeta.
    012:040 Pues así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el
    estomago de una ballena, así estará el Hijo del Hombre tres
    días y tres noches en el corazón de la tierra.
    012:041 Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta
    generación, y la condenarán, pues ellos se arrepintieron con
    la prédica de Jonás; y alguien más grande que Juan esta aquí.
    012:042 La reina del sur se levantará en el juicio con esta generación
    y la condenará, pues vino del final de la tierra para escuchar
    la sabiduría de Salomón y alguien más grande que Salomón está
    aquí.
    012:043 Pero el espíritu impuro cuando sale del hombre pasa por
    lugares sin agua buscando descanso sin hallarlo.
    012:044 Entonces dice, `Regresaré a mi casa de donde salí,´ y cuando
    regresa la encuentra desocupada, barrida y puesta en orden.
    012:045 Entonces se va y toma siete espíritus más malos que él y
    entran y habitan allí. El último estado del hombre es peor que
    el primero. También será así para esa generación mala.»

    012:046 Mientras hablaba a la multitud su madre y sus hermanos estaban
    afuera buscando hablar con Él.
    012:047 Uno le dijo a Él, «Tu madre y tus hermanos están afuera
    buscando hablar contigo.»

    012:048 Pero Él le contestó al que le hablaba, «¿Quién es mi madre? ¿
    Quiénes son mis hermanos?»
    012:049 Estiró sus mano hacia sus discípulos, y dijo, «¡Observen, mi
    madre y mis hermanos!
    012:050 Pues cualquiera que haga la voluntad de mi Padre que está en
    el cielo, es mi hermano, mi hermana y madre.»

    13

    013:001 En ese día Jesús salió de la casa, y se sentó a la orilla del
    lago.
    013:002 Grandes multitudes se reunieron con Él, así que Jesús entró en
    un bote, y se sentó y la multitud se quedó en la playa.
    013:003 Les habló muchas cosas en parábolas, diciendo, «Observen, un
    campesino salió a sembrar.
    013:004 Mientras sembraba, algunas semillas cayeron a la carretera, y
    los pájaros vinieron y las devoraron.
    013:005 Otras cayeron en tierra pedregosa, donde no tenían mucha
    tierra, y de inmediato crecieron, porque no tenían profundidad
    en la tierra.
    013:006 Cuando el sol subió, se quemaron. Como no tenían raíz, se
    secaron.
    013:007 Otras cayeron entre espinas. Las espinas crecieron y las
    detuvieron;
    013:008 y otras cayeron sobre tierra buena, y dieron fruto: algunas
    cien veces, algunas sesenta y otras treinta.
    013:009 Aquel que tenga oídos para escuchar, que escuche.»

    013:010 Los discípulos fueron, y le dijeron, «¿Por qué les hablas en
    parábolas?»

    013:011 Él les contestó, «A ustedes les es dado conocer los misterios
    del Reino de Dios[116], pero no les es dado a ellos.
    013:012 Pues a quien tenga a él se le dará, y tendrá en abundancia,
    pero a quien no tenga, se le quitará lo que tenga.
    013:013 Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y
    escuchando no escuchan ni entienden.
    013:014 En ellos se cumple la profecía de Isaías, que dice,
    `Escuchando ustedes escucharán, Y de ninguna forma
    entenderán; Viendo ustedes verán, Y de ninguna forma
    percibirán[117]:
    013:015 Pues el corazón de esta gente ha crecido endurecido, De
    escuchar, sus oídos no entienden, Han cerrado sus ojos; O de
    lo contrario tal vez percibirían con sus ojos, Escucharían con
    sus oídos, Entenderían con sus corazones, Y de nuevo se
    darían vuelta; Y yo los sanaría.´[118]
    013:016 «Pero benditos son sus ojos[119] porque ven; y sus oídos
    porque escuchan.
    013:017 Pues con seguridad les digo que muchos profetas y hombres
    justos desearon ver las cosas que ustedes ven, y no las
    vieron; y escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo
    escucharon.

    013:018 «Escuchen entonces, la parábola del campesino.
    013:019 Cuando alguien escucha la palabra del Reino, y no la entiende,
    viene el maligno, y se lleva aquello que ha le ha sido
    mostrado en el corazón. Esta es la que fue sembrada en el
    camino.
    013:020 La que fue sembrada en el lugares pedregosos, es aquel que
    escucha la palabra, y de inmediato la recibe con alegría;
    013:021 pero no tiene raíz en él, aunque dura un poco. Cuando llegan
    la persecución y la opresión a causa de la palabra, de
    inmediato tropieza.
    013:022 La que fue sembrada entre las espinas, es aquel que escucha la
    palabra, pero las preocupaciones de esta época y la
    inclinación por las riquezas sofocan la palabra, y no permiten
    que de fruto.
    013:023 La que fue sembrada en tierra buena, es aquel que escucha la
    palabra y la entiende, en quien con seguridad crece y da
    fruto, algunos cien veces, algunos sesenta y algunos
    treinta.»

    013:024 Él les ofreció otra parábola, diciendo, «El Reino de Dios es
    como un hombre que sembró semilla buena en su campo,
    013:025 pero mientras la gente dormía, el enemigo llegó y sembró
    maleza también entre el trigo, y se fue.
    013:026 Pero cuando la espiga brotó y dio fruto, la maleza también
    apareció.
    013:027 Los siervos de la casa fueron y dijeron, `Señor, ¿no sembraste
    buena semilla en tu campo? ¿De donde vino esta maleza?´

    013:028 «El les dijo, `Un enemigo ha hecho esto.´
    «Los siervos le preguntaron, `¿Quieres que vayamos y la
    recojamos?´

    013:029 «Pero él dijo, `No, pues tal vez mientras recogen la maleza
    también sacan las raíces del trigo junto con esta.
    013:030 Dejen que ambas crezcan juntas hasta el tiempo de la
    recolección, en ese momento le diré a los recolectores,
    «Primero recojan la maleza, y átenla en montones para
    quemarla; pero recojan el trigo en mi granero.»´»

    013:031 Él les ofreció otra parábola, diciendo, «El Reino de Dios es
    como un grano de la semilla de mostaza, que un hombre tomó, y
    sembró en su campo;
    013:032 esta es de hecho más pequeña que todas las semillas. Pero
    cuando crece es más grande que las hierbas, y se convierte en
    árbol, así que los pájaros del aire viene y moran en sus
    ramas.»

    013:033 El les dijo otra parábola. «El Reino de Dios es como levadura,
    que una mujer toma y esconde en tres medidas[120]de harina,
    hasta que toda queda fermentada.»

    013:034 Jesús habló todas estas cosas en parábolas a las multitudes; y
    sin una parábola, Él no les hablaba,
    013:035 para que se cumpliera lo que fue dicho por intermedio del
    profeta:
    «Abriré mi boca en parábolas; Publicaré cosas escondidas desde
    la fundación del mundo.»
    013:036 Entonces Jesús envió de regreso a la multitudes, y se fue a la
    casa. Sus discípulos fueron donde Él, diciendo, «Explícanos la
    parábola de la maleza en el campo.»

    013:037 Él les contestó, «Quien siembra la buena semilla es el Hijo
    del Hombre,
    013:038 el campo es el mundo; y la buena semilla, son los hijos del
    Reino; y la maleza son los hijos del maligno.
    013:039 el enemigo que la sembró es el demonio. El tiempo de la
    colecta, es el final de esta época[121], y los recolectores
    son ángeles.
    013:040 Así como la maleza es recolectada y quemada con fuego; también
    será al final de esta época.
    013:041 El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y ellos recolectarán
    de su Reino todas las causas que hacen tropezar, y a aquellos
    que hacen injusticias,
    013:042 y los enviarán en el horno de fuego. Allí habrá llanto y
    rechinar de dientes.
    013:043 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su
    Padre. Aquel que tenga oídos para escuchar, que escuche.

    013:044 «De nuevo, el Reino de Dios es como un tesoro escondido en el
    campo que se encontró un hombre y lo escondió. Para su
    felicidad va y vende todo lo que tiene y compra ese terreno.

    013:045 «De nuevo, el Reino de Dios es como un mercader buscando finas
    piedras,
    013:046 el cual habiendo encontrado una fina perla de gran precio se
    fue y vendió todo lo que tenía para comprarla.

    013:047 «De nuevo les digo, el Reino de Dios es como una red que fue
    lanzada al mar y recogió pescados de todos los tipos,
    013:048 cuando estaba llena la jalaron a la playa. Se sientan a
    recoger los buenos en contenedores pero los malos los arrojan.
    013:049 Así será al final del mundo. Los ángeles vendrán y separarán
    los malvados de los correctos,
    013:050 y los malos serán arrojados al horno de fuego. Allí habrá
    llanto y rechinar de dientes.»
    013:051 Jesús les dijo, «¿Han entendido todas estas cosas?»
    Le contestaron, «Si, Señor.»

    013:052 Él les dijo, «Por lo tanto cada escriba que ha sido hecho
    discípulo del Reino de Dios es como un dueño de casa, el cual
    saca de sus tesoros cosas nuevas y viejas.»

    013:053 Sucedió que cuando Jesús había terminado estas parábolas se
    fue de allí.
    013:054 En su propia tierra enseñó en la sinagoga, la gente estaba
    asombrada y decía, «¿De donde saco este hombre esa sabiduría,
    y estas maravillosas obras?
    013:055 ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre
    María, sus hermanos[122] Santiago, José, Simón y Judas?
    013:056 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde saco este
    hombre todas estas cosas?»
    013:057 Se ofendieron por causa de Él.
    Pero Jesús les dijo, «Un profeta es honrado en todas partes
    excepto en su propia tierra y en su propia casa.»
    013:058 No hizo muchos milagros allí por su incredulidad.

    14

    014:001 En ese tiempo, Herodes el tetrarca escuchó las noticias sobre
    Jesús,
    014:002 y les dijo a sus siervos, «Este es Juan el Bautista. Ha
    resucitado de la muerte. Por esto estos poderes obran en Él.»
    014:003 Pues Herodes había apresado a Juan, lo había atado y lo había
    puesto en prisión por causa de Herodías, la esposa de su
    hermano Felipe.
    014:004 Porque Juan le había dicho, «No es legal que sea tu
    esposa[123].»
    014:005 Aunque lo hubiera hecho matar, temía a la multitud porque lo
    contaban como un profeta.
    014:006 Pero cuando llego el cumpleaños de Herodes, la hija de
    Herodías bailó entre ellos y agradó a Herodes.
    014:007 Por lo cual él prometió bajo juramento darle cualquier cosa
    que pidiera.
    014:008 Ella, instigada por su madre, dijo, «Traeme aquí sobre una
    bandeja la cabeza de Juan el Bautista.»

    014:009 El rey estaba apenado, pero por causa de su juramento y de
    aquellos que se sentaban a la mesa con él, ordenó que le fuera
    concedido,
    014:010 y envió y decapitó a Juan en la prisión.
    014:011 Su cabeza fue traída en una bandeja, y entregada a la joven; y
    ella la entregó a su madre.
    014:012 Sus discípulos fueron, tomaron el cuerpo y lo incineraron;
    después fueron y le contaron a Jesús.
    014:013 Cuando Jesús escuchó esto, se alejó de allí en un bote, a un
    lugar desierto y apartado. Cuando las multitudes lo
    escucharon, lo siguieron a pie desde las ciudades.

    014:014 Jesús salió, y vio a la gran multitud. Tuvo compasión de
    ellos, y sanó sus enfermedades.
    014:015 Cuando la noche había llegado, sus discípulos fueron a Él y
    dijeron, «Este lugar esta desierto, y ya es tarde. Envía de
    regreso a las multitudes para que puedan ir a los pueblos, y
    para que puedan comprarse comida.»

    014:016 Pero Jesús les dijo, «No necesitan irse. Ustedes denles algo
    de comer.»

    014:017 Ellos le dijeron, «Sólo tenemos aquí cinco tajadas de pan y
    dos pescados.»

    014:018 Él dijo, «Traigánmelos.»
    014:019 Ordenó a las multitudes sentarse sobre el pasto, y tomó las
    cinco tajadas de pan y los dos pescado, y mirando al cielo,
    las bendijo, las partió y dio las tajadas a las discípulos, y
    los discípulos las dieron a las multitudes.
    014:020 Todos comieron, y se llenaron. Recogieron doce canastos llenos
    de los pedazos que quedaron.
    014:021 Quienes comieron era más de cinco mil hombres, además de
    mujeres y niños.

    014:022 De inmediato Jesús hizo que los discípulos entraran al bote, y
    que se adelantarán al otro lado, mientras Él enviaba de
    regreso a las multitudes.
    014:023 Después de haber enviado de regreso a las multitudes, subió a
    la montaña a rezar. Cuando llegó la noche, Él estaba sólo.
    014:024 El bote estaba en medio del lago, oprimido por las olas, pues
    el viento era contrario.
    014:025 en la cuarta vigilia de la noche,[124] Jesús fue a ellos,
    caminando sobre el lago.
    014:026 Cuando los discípulos lo vieron caminando sobre el lago, se
    angustiaron, diciendo, «¡Es un fantasma!» y gritaban de miedo.
    014:027 Pero de inmediato Jesús les habló, «¡Anímense! ¡SOY YO![125]
    No se asusten. »

    014:028 Pedro le contestó, «Señor, si eres tu, ordéname ir donde estás
    sobre las aguas.»

    014:029 Jesús le dijo, «¡Ven!»
    Pedro salió del bote, y caminó sobre las aguas para ir donde
    Jesús.
    014:030 Pero cuando vio que el viento era fuerte, tuvo miedo, y
    comenzó a hundirse y dijo, «¡Señor, sálvame!»

    014:031 De inmediato Jesús estiró su mano y lo tomó, diciendo, «Tu,
    hombre de poca de fe, ¿Porque dudaste?»
    014:032 Cuando subieron al bote, el viento cesó.
    014:033 Los que estaban en el bote fueron y lo alabaron, diciendo,
    «¡Tu eres verdaderamente el Hijo de Dios!»

    014:034 Cuando habían cruzado, llegaron a la tierra de Genesaret.
    014:035 Cuando los hombres del lugar lo reconocieron, lo dijeron en
    todas las regiones de los alrededores, le trajeron a todos los
    que estaban enfermos,
    014:036 y le rogaban que les permitiera siquiera tocar el borde de su
    vestido. Pues quienes lo tocaban eran sanados.

    15

    015:001 Entonces los fariseos y los escribas fueron donde Jesús desde
    Jerusalén, diciendo,
    015:002 «¿Por qué tus discípulos desobedecen la tradición de los
    mayores? Pues ellos no lavan sus manos cuando comen pan.»

    015:003 Él les contestó, «¿Por qué ustedes desobedecen los
    mandamientos de Dios a causa de su tradición?
    015:004 Pues Dios ordenó, `Honren a su padre y a su madre,´ y `Aquel
    que hable mal de su padre o madre, que sea ejecutado.´
    015:005 Pero ustedes dicen, `Cualquier puede decirle a su padre o a su
    madre «Cualquier ayuda que de otro modo pudieras haber
    recibido de mi es un regalo ofrecido a Dios[126],»
    015:006 y entonces no honrará a su padre o madre[127].´ Han anulado
    los mandamientos de Dios a causa de su tradición.
    015:007 ¡Ustedes hipócritas! Bien hizo Isaías profecía sobre ustedes,
    al decir,

    015:008 `Esta gente se acerca a mí con su boca[128], y me honra con
    sus labios; Pero su corazón está lejos de mí.
    015:009 Y en vano me alaban, mientras[129] enseñan como doctrinas
    reglas hechas por hombres.´»
    015:010 Agrupó a la multitud, y dijo, «Escuchen y entiendan.
    015:011 No es aquello que entra en la boca lo que hace impuro al
    hombre; sino lo que procede de la boca, eso es lo que hace
    impuro al hombre.»

    015:012 Entonces los discípulos vinieron, y le dijeron, «¿Sabes que
    los fariseos se ofendieron, cuando escucharon lo que decías?»

    015:013 Pero Él contestó, «Toda planta que mi Padre celestial no
    plantó sera sacada de raíz.
    015:014 Déjenlos. Son guías ciegos de los ciegos. Si el ciego guia al
    ciego, ambos caerán en un hoyo.»

    015:015 Pedro le contestó, «Explícanos[130] la parábola.»

    015:016 Jesús entonces dijo, «¿Tampoco entienden aún?
    015:017 ¿No entienden que cualquier cosa que entre a la boca pasa al
    estomago y entonces fuera del cuerpo?
    015:018 Pero las cosas que proceden de la boca, vienen del corazón, y
    hacen impuro al hombre.
    015:019 Pues del corazón salen malos pensamientos, muerte, adulterio,
    pecados sexuales, robo, falsos testimonios y blasfemias.
    015:020 Estas son las cosas que hacen impuro al hombre; pero comer con
    manos sin lavar no hace impuro al hombre.»

    015:021 Jesús salió de allí, y se dirigió a la región de Tiro y
    Sidón.
    015:022 Una mujer cananea llego de aquellas fronteras, llorando y
    diciendo, «¡Ten piedad de mi, Señor, tu hijo de David! ¡Mi
    hija está severamente endemoniada!»

    015:023 Pero Él no le contestó ni una palabra.
    Sus discípulos vinieron y le rogaron, diciendo, «Envíala de
    regreso [131]; pues ella llora detrás de nosotros.»

    015:024 Pero Él contestó, «No fui enviado a otros más que a las ovejas
    perdidas de la casa de Israel.»

    015:025 Pero ella fue y lo alabó diciendo, «Señor, ayúdame.»

    015:026 Pero Él le contestó, «No es apropiado tomar el pan de los
    niños y tirarlo a los perros.»

    015:027 Pero ella dijo, «Si, Señor, pero aún los perros comen los
    pedazos que caen de la mesa de su señor.»

    015:028 Entonces Jesús le contestó, «¡Mujer, grande es tu fe! Que se
    cumpla tal como has deseado.» Y su hija fue sanada desde esa
    hora.

    015:029 Jesús partió de allí, y llegó cerca del lago de Galilea; y
    subió a la montaña y se sentó allí.
    015:030 Grandes multitudes fueron donde Él, llevando con ellos los
    inválidos, ciegos, sordos, impedidos y muchos otros, y los
    pusieron a sus pies. Y Él los sanó,
    015:031 así que la multitud se maravilló cuando vio a los mudos
    hablando, a los heridos completos, a los impedidos caminando,
    a los ciegos viendo y dieron gloria al Dios de Israel.

    015:032 Jesús reunió a sus discípulos y les dijo, «Tengo compasión por
    la multitud, pues han continuado conmigo por tres días y no
    tienen nada para comer. No quiero enviarlos de regreso en
    ayunas, o ellos podrían debilitarse en el camino.»

    015:033 Los discípulos le dijeron, «¿Donde conseguiríamos tanto pan en
    un lugar desierto, como para satisfacer a tan grande
    multitud?»

    015:034 Jesús les dijo, «¿Cuántos panes tienen?»
    Ellos le dijeron, «Siete, y unos pocos pescados pequeños.»

    015:035 Él le ordenó a la multitud sentarse en el piso;
    015:036 y tomó los siete panes y el pescado. Dio gracias, lo partió, y
    lo entregó a los discípulos, y los discípulos a las
    multitudes.
    015:037 Todos comieron, y se llenaron. Reunieron siete canastos llenos
    de los pedazos que quedaron.
    015:038 Quienes comieron eran más de cuatro mil, además de mujeres y
    niños.
    015:039 Entonces Él envió de regreso a la multitud, subió al bote y
    fue a los bordes de Magadán.

    16

    016:001 Los fariseos y los saduceos vinieron y lo probaron diciéndole
    que les mostrara una señal del cielo.
    016:002 Pero Él les contestó, «Cuando es el atardecer ustedes dicen,
    `El clima será justo[132], pues el cielo está rojo.´
    016:003 En la mañana, `Hará mal tiempo[133] hoy, pues el cielo está
    rojo y amenazante[134].´ ¡Hipócritas! ¡Saben como discernir la
    apariencia del cielo pero no pueden discernir las señales de
    los tiempos!
    016:004 Una generación malvada y adúltera busca una señal, no le será
    dada ninguna señal excepto la del profeta Jonás.»
    Él los dejó y se fue.
    016:005 Los discípulos llegaron al otro lado y habían olvidado llevar
    pan.
    016:006 Jesús les dijo, «Tengan cuidado con la levadura de los
    fariseos y de los saduceos.»

    016:007 Ellos razonaron entre si diciendo, «No trajimos pan[135].»

    016:008 Jesús percibiéndolo dijo, «¿Por qué razonan entre ustedes,
    hombres de poca fe, que es[136] porque no han traído pan?
    016:009 ¿No perciben aún, ni se acuerdan de los cinco panes para los
    cinco mil ni cuantas canastas recogieron?
    016:010 ¿Ni de los siete panes para los cuatro mil ni cuantas canastas
    recogieron?
    016:011 ¿Cómo es que ustedes no perciben que no les hablé sobre pan?
    Tengan cuidado con la levadura de los fariseos y los
    saduceos.»

    016:012 Entonces ellos entendieron que Él no les había dicho que
    tuvieran cuidado de la levadura del pan sino de la enseñanza
    de los fariseos y los saduceos.
    016:013 Cuando Jesús entró a las región de Cesarea de Filipo les
    preguntó a sus discípulos, «¿Quién dicen los hombres que soy
    yo, el Hijo del Hombre[137]?»

    016:014 Ellos dijeron, «Algunos dicen Juan el Bautista, algunos Elías
    y otros que Jeremías o alguno de los profetas.»

    016:015 Él les dijo, «¿Pero quién dicen ustedes que soy yo?»

    016:016 Simón Pedro respondió, «Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios
    viviente.»

    016:017 Jesús le contestó, «Bendecido eres tu, Simón hijo de Jonás
    pues carne y sangre no te han revelado esto[138], sino mi
    Padre que está en el cielo.
    016:018 También te digo que tu eres Pedro[139] y sobre esta
    piedra[140]construiré mi iglesia y ni siquiera el poder del
    mal podrá en contra de ella[141].
    016:019 Yo te daré las llaves del Reino de los cielos, y todo lo que
    sea unido en la tierra estará unido en el cielo; y todo lo que
    liberes en la tierra será liberado en el cielo.»
    016:020 Entonces le dijo a los discípulos que no le dijeran a nadie
    que Él era Jesús el Cristo.
    016:021 Desde ese momento Jesús le empezó a mostrar a sus discípulos
    que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de los
    ancianos, jefe de los sacerdotes y los escribas, y sería
    asesinado y al tercer día resucitaría.

    016:022 Pedro lo apartó y comenzó a reprenderlo diciendo, «¡Lejos este
    eso de ti Señor! Esto nunca te pasará a ti.»

    016:023 Pero él se volteó y le dijo a Pedro, «¡Aléjate de mi Satanás!
    Tu me puedes hacer caer pues no tienes tu mente en las cosas
    de Dios sino en cosas de hombres.»
    016:024 Entonces Jesús le dijo a sus discípulos, «Si alguien desea
    seguirme que se niegue a si mismo, tome su cruz y me siga.
    016:025 Pues quien quiera salvar su vida la perderá y quien pierda su
    vida por mi la ganará.
    016:026 ¿Qué beneficio tendrá un hombre si gana el mundo entero y
    pierde la vida? ¿O que dará el hombre a cambio de su vida?
    016:027 Pues el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con
    sus ángeles, y entonces dará recompensa a cada persona de
    acuerdo a sus actos. 28 Yo les aseguro, que algunos de los que
    están aquí no morirán hasta ver al Hijo del Hombre en su
    Reino.»

    17

    017:001 Después de seis días, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y
    su hermano Juan y los llevo a una montaña alta.
    017:002 Ante ellos se transfiguró. Su rostro brilló como el sol, y su
    vestido se hizo tan blanco como la luz.
    017:003 Entonces, Moisés y Elías se les aparecieron hablando con Él.

    017:004 Pedro le dijo a Jesús, «Señor, es bueno que estemos aquí. Si
    quieres, hagamos tres tiendas aquí: una para ti, una para
    Moisés y una para Elías.»

    017:005 Mientras aún hablaba, ocurrió, que una nube brillante los
    cubrió con su sombra. Y una voz salió de la nube, diciendo,
    «Este es mi Hijo amado, en quien estoy bien complacido.
    Escúchenlo.»

    017:006 Cuando los discípulos oyeron esto, cayeron sobre sus rostros,
    y se asustaron mucho.
    017:007 Jesús vino, los tocó y dijo, «Levántense, y no tengan miedo.»
    017:008 Levantando sus ojos, no vieron a nadie, excepto a Jesús sólo.
    017:009 Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó, «No le digan
    a nadie lo que vieron[142], hasta que el Hijo del Hombre haya
    resucitado de la muerte.»

    017:010 Sus discípulos le preguntaron, «¿Entonces por qué los escribas
    dicen que Elías debe venir primero?»

    017:011 Jesús les contestó, «Elías de hecho viene primero, y restaura
    todas las cosas[143],
    017:012 pero les digo que Elías ya vino, y ellos no lo reconocieron,
    sino que hicieron con él lo que quisieron. Así también sufrirá
    por causa de ellos el Hijo del Hombre.»
    017:013 Entonces los discípulos entendieron que Él les hablaba de Juan
    Bautista.

    017:014 Cuando fueron donde la multitud, un hombre fue a Él,
    arrodillándose y diciendo,
    017:015 «Señor, ten piedad de mi hijo, pues es epiléptico[144], y
    sufre dolorosamente; porque a menudo cae al fuego, y a veces
    al agua.
    017:016 Así que lo he traído a tus discípulos, pero ellos no pudieron
    curarlo.»

    017:017 Jesús le contestó, «!Generación perversa y sin fe! ¿Cuánto
    tiempo estaré con ustedes? ¿Cuanto tiempo los soportaré?
    Traíganmelo aquí. »
    017:018 Jesús lo reprendió, el demonio salió del él, y el niño fue
    curado desde ese momento.

    017:019 Entonces los discípulos fueron donde Jesús en privado, y le
    dijeron, «¿Por qué no nos fue posible expulsarlo?»

    017:020 Él les dijo, «Porque ustedes no creen. Pues con seguridad les
    digo, si tienen tanta fe como una semilla de mostaza, le dirán
    a esta montaña, `Muévete de aquí a allí,´ y se moverá; y nada
    será imposible para ustedes[145].
    017:021 Pero esta clase no sale excepto con oración y ayuno[146].»

    017:022 Mientras se quedaban en Galilea, Jesús les dijo, «El Hijo del
    Hombre será entregado[147] a manos de los hombres,
    017:023 y lo matarán, y al tercer día Él resucitará.»
    Ellos se apenaron mucho.
    017:024 Cuando habían llegado a Capernaum, aquellos que recolectaban
    las monedas didracma[148] fueron donde Pedro y le dijeron,
    «¿Tu maestro no paga el didracma?»
    017:025 Él dijo, « Si.»
    Cuando llegó a la casa, Jesús se le anticipó, diciendo, «¿Qué
    piensas Simón? ¿De quienes reciben impuestos o tributos los
    reyes de la tierra? ¿De sus hijos[149], o de extraños?»

    017:026 Pedro le dijo, «De extraños.»
    Jesús le dijo, «Entonces los hijos están exentos.
    017:027 Pero para evitar que se ofendan[150], ve al mar, lanza un
    anzuelo, y toma el primer pescado que salga. Cuando hayas
    abierto su boca, encontrarás una moneda stater[151]. Tómalo, y
    entrégaselo a ellos por ti y por mí.»

    18

    018:001 En esa hora los discípulos llegaron donde Jesús diciendo,
    «¿Quién es entonces el más grande en el Reino de Dios?»

    018:002 Jesús llamó a un niño pequeño y lo puso en la mitad de ellos,
    018:003 y dijo, «Les aseguro, a no ser que cambien y sean como niños
    pequeños no entrarán al Reino de Dios.
    018:004 Así que quien se haga humilde como este niñito, será el más
    grande en el Reino de Dios.
    018:005 Él que reciba a un niño como este en mi nombre me recibe a mi,
    018:006 pero el que cause que uno de estos pequeños que cree en mi se
    equivoque, sería mejor para él que una gran piedra de molino
    le fuera colgada del cuello y se hundiera en las profundidades
    del mar.

    018:007 «¡Pobre el mundo por las ocasiones de equivocarse! Pues las
    ocasiones deben venir, pero ¡pobre la persona por la cual
    llega la ocasión!
    018:008 Si tu mano o tu pié te hacen equivocar córtatelo y apártalo de
    ti. Pues es mejor entrar a la vida manco o cojo que tener dos
    manos o dos pies y ser mandado al fuego eterno.
    018:009 Si tu ojo te hace equivocar, sácatelo y apártalo de ti. Es
    mejor para ti entrar a la vida con un ojo que teniendo dos
    ojos seas mandado a Gehena[152] de fuego.
    018:010 Observen no despreciar a uno de estos pequeños, pues les digo
    que en el cielo los ángeles de ellos ven el rostro de mi Padre
    que está en el cielo.
    018:011 Pues el Hijo del Hombre vino a salvar aquello que está
    perdido[153].

    018:012 «¿Qué piensan? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas
    se pierde, no deja las noventa y nueve, va a la montañas, y
    busca la que se ha perdido?
    018:013 Si la encuentra, con seguridad les digo, se alegra más que por
    las noventa y nueve que no se han perdido.
    018:014 Así mismo no es la voluntad de su Padre que está en el cielo
    que uno de estos pequeños perezca.

    018:015 «Si tu hermano peca en contra tuya, ve, muéstrale su falta
    estando a solas con él. Si te escucha, has ganado de vuelta a
    tu hermano.
    018:016 Pero si no te escucha, toma uno o dos más contigo, pues en la
    boca de dos o tres testigos toda palabra puede establecerse.
    018:017 Si se reusa a escucharlos, dilo a la congregación[154]. Si se
    reusa a escuchar a la asamblea, que sea para ti como un gentil
    o un recolector de impuestos.
    018:018 Con seguridad les digo, cualquier cosa que aten en la tierra,
    habrá sido atada en el cielo, y cualquier cosa que liberen en
    la tierra habrá sido liberada en el cielo.
    018:019 También, con seguridad les digo, que si dos de ustedes están
    de acuerdo sobre la tierra con respecto a algo que pidan, les
    será concedido por mi Padre que está en el cielo.
    018:020 Pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en
    medio de ellos.»

    018:021 Entonces Pedro llegó y le dijo, «Señor, ¿que tan a menudo debo
    perdonar a mi hermano cuando peca contra mí? ¿Hasta siete
    veces?»

    018:022 Jesús le dijo, «No te digo hasta siete veces, sino, hasta
    setenta veces siete[155].
    018:023 Porque el Reino de Dios es como cierto rey, que quería
    conciliar cuentas con sus servidores.
    018:024 Cuando había comenzado a conciliar, le fue llevado uno que le
    debía diez mil talentos[156]
    018:025 Pero como no pudo pagar, su señor ordenó que lo vendieran, con
    su esposa, sus hijos y todo lo que tenia en forma de pago.
    018:026 El siervo entonces cayó y se arrodillo ante él, diciendo,
    `¡Señor, ten paciencia conmigo, y yo te pagaré todo!´
    018:027 El señor de este siervo, siendo movido por la compasión, lo
    liberó y le perdonó la deuda.

    018:028 «Pero aquel siervo salió, y encontró un siervo colega, quien
    le debía cien denarios[157]lo atrapó tomándolo por el cuello y
    diciendo `¡Págame lo que me debes!´

    018:029 «Así que el siervo colega cayó a sus pies y le rogó, diciendo,
    `¡ Ten paciencia conmigo, y yo te pagaré!´
    018:030 Pero él no lo hizo, sino que fue y lo arrojó a prisión, hasta
    que le pagara lo que debía.
    018:031 Así que cuando otros siervos vieron lo que había hecho, se
    apenaron mucho, y fueron y le dijeron a su señor todo lo que
    había hecho.
    018:032 Entonces el señor lo llamó y le dijo, `¡Tu siervo malo! Te
    perdoné toda la deuda porque me rogaste.
    018:033 ¿No debiste haber tenido también piedad de tu colega, así como
    yo tuve piedad de ti?
    018:034 Su señor estaba enojado, y lo envió donde los torturadores,
    hasta que pagara todo lo que le debía.
    018:035 Así también les hará mi Padre celestial, si ustedes no
    perdonan a su hermano de corazón por sus faltas.»

    19

    019:001 Ocurrió cuando Jesús había terminado estas palabras que partió
    de Galilea y llego a las fronteras de Judea más allá[158] del
    Jordán.
    019:002 Grandes multitudes lo siguieron y Él los curó allí.
    019:003 Unos fariseos llegaron donde Él para probarlo diciendo, «¿Es
    legal para un hombre divorciarse de su esposa por cualquier
    razón?»

    019:004 Él les contestó, «No han leído que aquel que los hizo desde el
    comienzo los hizo hombre y mujer,
    019:005 y dijo, `Por esta causa el hombre dejará a su padre y madre y
    se unirá a su esposa y los dos serán una sola carne.´
    019:006 Así que ya no son más dos sino una sola carne. Lo que Dios ha
    unido, que no lo separe el hombre.»

    019:007 Le preguntaron, «¿Por qué entonces Moisés nos dijo que le
    diéramos una certificado de divorcio y nos divorciáramos?»

    019:008 Él les dijo, «Por la dureza de sus corazones, Moisés les
    permitió divorciarse de sus esposas pero no sido así desde el
    comienzo.
    019:009 Yo les digo que aquel que se divorcie su esposa, excepto por
    inmoralidad sexual[159], y se case con otra comete adulterio;
    y aquel que se casa con ella cuando está divorciada comete
    adulterio. »

    019:010 Sus discípulos le dijeron, «Si tal es la dificultad entre
    marido y esposa, no vale la pena tomar una esposa[160].»

    019:011 Pero Él les dijo, «No todos los hombres pueden recibir esto
    que les digo, sino solo al que le es dado.
    019:012 Pues hay eunucos que nacieron así desde el vientre de sus
    madres, y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los
    hombres; y hay eunucos que se hicieron eunucos a si mismos por
    causa del Reino de Dios. Aquel que pueda recibirlo, que lo
    reciba.»

    019:013 Entonces le llevaron niños, para que pusiera sus manos sobre
    ellos y orara; y los discípulos los reprendieron.
    019:014 Pero Jesús les dijo, «Dejen a los niños, no les prohíban venir
    a mí; porque a quienes son como ellos[161] pertenece el Reino
    de Dios.»
    019:015 Él puso sus manos sobre ellos, y partió de allí.

    019:016 Ocurrió que un hombre se le acercó y dijo, «Buen maestro, ¿qué
    cosas buenas debo hacer para tener vida eterna?»

    019:017 Él le dijo, «¿Por qué me llamas bueno?[162] Nadie es bueno
    excepto uno, que es Dios. Pero si quieres entrar a la vida,
    sigue los mandamientos.»

    019:018 Él le preguntó, «¿Cuales?»
    Jesús le dijo, «`No matarás.´ `No cometerás adulterio.´ `No
    robarás.´ `No darás testimonio falso.´
    019:019 `Honra a tu padre y a tu madre.´ Y `Ama a tu prójimo como a ti
    mismo.´»

    019:020 El joven le dijo, «Todas estas cosas las he observado desde mi
    juventud. ¿Qué me falta?»

    019:021 Jesús le dijo, «Si quieres ser bienvenido[163], ve, vende lo
    que tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el
    cielo; y ven, sígueme.»
    019:022 Pero cuando el joven escuchó esto, se fue triste, pues tenía
    muchos bienes[164].
    019:023 Jesús le dijo a sus discípulos, « Con seguridad les digo, que
    es dificil para un rico entrar al Reino de Dios[165].
    019:024 De nuevo les digo, es más fácil para un camello[166 ] pasar
    por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el Reino
    de Dios.»

    019:025 Cuando los discípulos escucharon esto, quedaron muy
    asombrados, diciendo, «¿Quien puede entonces salvarse[167]?»

    019:026 Mirándolos, Jesús dijo, «Con hombres esto es imposible, pero
    con Dios todas las cosas son posibles.»

    019:027 Entonces Pedro contestó, «Observa, hemos dejado todo, y te
    hemos seguido. ¿Entonces qué tendremos?»

    019:028 Jesús le dijo, «Con seguridad te digo, que ustedes los que me
    han seguido, en el nuevo mundo [168] cuando el Hijo del Hombre
    se siente en el trono de su gloria, ustedes también se sentará
    en doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel.
    019:029 Todo aquel que haya dejado casas o hermanos o hermanas o padre
    o madre o esposa o hijos o tierra, a causa de mi nombre,
    recibirá cien veces, y heredará la vida eterna.
    019:030 Pero muchos que son primeros serán últimos; y serán primeros
    quienes son últimos.

    20

    020:001 «Pues el Reino de Dios es como un hombre que era amo de su
    hogar y se fue temprano por la mañana a contratar trabajadores
    para su viña.
    020:002 Cuando acordó con los labradores un denario[169] al día, los
    envío a su viña.
    020:003 Alrededor de la tercera hora[170] salió, y en el mercado vio a
    otros que estaban desempleados.
    020:004 A ellos les dijo, `Vayan ustedes también a la viña, y les daré
    lo que sea justo.´ Así que fueron a la viña[171].
    020:005 De nuevo salió a la sexta y a la novena hora,[172] e hizo lo
    mismo.
    020:006 Cerca de la undécima hora[173] salió y encontró a otros
    desocupados. Les dijo, `¿Por qué han estado desempleados aquí
    todo el día?´

    020:007 «Ellos le dijeron, `Porque nadie nos ha contratado.´
    «Él les dijo, `Vayan también a la viña, y recibirán lo que sea
    justo.´
    020:008 Cuando llegó la noche, el señor de la viña le dijo al
    mayordomo, `Llama a los trabajadores y págales sus jornales,
    comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros.´

    020:009 «Cuando quienes fueron contratados alrededor de la undécima
    hora llegaron, cada uno de ellos recibió un denario.
    020:010 Cuando los primeros llegaron[174], suponían que recibirían
    más; y de la misma forma ellos recibieron un denario.
    020:011 Cuando lo recibieron, murmuraron contra el señor de la casa,
    020:012 diciendo, `¡Estos últimos han estado una hora, y los has hecho
    iguales a nosotros, que hemos soportado la carga del día y el
    calor sofocante!´

    020:013 «Pero él le contestó a uno de ellos, `Amigo, no estoy
    haciéndote mal[175] alguno. ¿No acordaste conmigo por un
    denario?
    020:014 Toma lo que es tuyo, y sigue tu camino. Es mi deseo dar a este
    último tanto como a ti.
    020:015 ¿No es legal para mi hacer lo que quiero con lo que poseo? ¿O
    es tu ojo malo[176], porque soy bueno?´
    020:016 Así que los últimos serán los primeros y los primeros serán
    los últimos. Pues muchos son llamados, pero pocos son
    escogidos[177].»

    020:017 Mientras Jesús iba a Jerusalén, tomó consigo a los doce
    discípulos y en el camino les dijo,
    020:018 «Escuchen, vamos hacia Jerusalén y el Hijo del Hombre será
    entregado a los jefes de los sacerdotes y a los escribas,
    ellos lo condenaran a muerte,
    020:019 y lo entregarán a los gentiles para que lo ridiculicen, lo
    castiguen y lo crucifiquen; y al tercer día Él resucitará.»

    020:020 Entonces la madre de los hijos de Zebedeo fue donde Él con sus
    hijo, arrodillándose y pidiendo algo.
    020:021 Él le dijo, «¿Qué quieres?»
    Ella le dijo, «Ordena que estos, mis dos hijos, puedan
    sentarse, uno a tu derecha y uno a tu izquierda en tu Reino.»

    020:022 Pero Jesús le contestó, «No saben lo que piden. ¿Pueden beber
    de la copa que estoy por beber, y ser bautizados con el
    bautizo que yo seré bautizado?
    Ellos le dijeron, «Podemos.»

    020:023 Él les dijo, «De hecho beberán de mi copa y serán bautizados
    con el bautizo que yo seré bautizado, pero no me compete
    conceder sentarse a mi derecha y a mi izquierda; pues son para
    quienes haya sido preparado por mi Padre.»

    020:024 Cuando los diez escucharon esto, se indignaron con los dos
    hermanos.

    020:025 Pero Jesús los llamó, y les dijo, «Ustedes saben, que los
    gobernantes presionan a sus pueblos, y los poderoso usan mal
    su poder sobre los hombres[178].
    020:026 Esto no será así entre ustedes, pues cualquiera de ustedes que
    desee ser grande será[179] su servidor.
    020:027 Quien desee ser el primero entre ustedes será quien más sirva,
    020:028 así como el Hijo del Hombre vino no a ser servido, sino a
    servir, y a dar su vida como pago para muchos.»

    020:029 Mientras salían de Jericó, una gran multitud los seguía.
    020:030 Había dos hombre ciegos sentados en la carretera, cuando
    escucharon que Jesús pasaba, gritaron, «¡Señor, ten piedad de
    nosotros, tu hijo de David!»
    020:031 La multitud los reprendió, diciéndoles que debían permanecer
    callados, pero ellos gritaban aún más «¡Señor, ten piedad de
    nosotros, tu hijo de David!»

    020:032 Jesús se detuvo, los llamó y les preguntó, «¿Que desean que
    haga por ustedes?»

    020:033 Le dijeron, «Señor, que nuestros ojos puedan abrirse.»

    020:034 Jesús movido por la compasión, tocó sus ojos; de inmediato sus
    ojos recibieron la vista, y lo siguieron.

    21

    021:001 Cuando se acercaron a Jerusalén, fueron a Betfagé al Monte de
    los Olivos, entonces Jesús envió dos discípulos,
    021:002 diciéndoles, «Vayan a la villa que está al otro lado, y de
    inmediato encontrarán una burra atada y un burrito con esta.
    Desátenlos y traíganmelos.
    021:003 Si alguien dice algo, ustedes dirán, `El Señor los necesita,
    pero pronto Él lo enviará de vuelta[180].»

    021:004 Todo esto se dio, para que se cumpliera lo que fue dicho por
    intermedio del profeta,

    021:005 «Digan a la hija de Sión, Observa, tu Rey viene a ti, Humilde,
    y montado en una burra, Sobre un burrito, la cría de una
    burra. »
    021:006 Los discípulos fueron, e hicieron tal como Jesús les ordenó,
    021:007 y trajeron la burra y el burrito, y pusieron sus ropas sobre
    estos; y Él se sentó sobre estos.
    021:008 Y la gran multitud puso sus ropas sobre el camino. Otros
    cortaron ramas de los arboles y las pusieron sobre el camino.
    021:009 La multitud que iba antes de Él, y la que lo seguía gritaba,
    «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito es el que viene en el
    nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto!»

    021:010 Cuando había llegado a Jerusalén, toda la ciudad estaba
    agitada, diciendo «¿Quién es este?»
    021:011 Las multitudes decían, «Este es el profeta, Jesús, de Nazaret
    de Galilea.»

    021:012 Jesús entró en el templo de Dios, y sacó a todos los que
    vendían y compraban en el templo, y tumbó las mesas de los
    cambiadores de dinero y los asientos de aquellos que vendían
    palomas.
    021:013 Les dijo, «Está escrito, `¡Mi casa será llamada una casa para
    quien ora,´ pero ustedes la han convertido en una cueva de
    ladrones!»

    021:014 Los ciegos y los minusválidos fueron donde Él en el templo, y
    Jesús los sanó.
    021:015 Pero cuando los jefes de los sacerdotes y los escribas vieron
    las cosas maravillosas que hacía, y que los niños estaban
    gritando en el templo y diciendo, «¡Hosanna al hijo de David!»
    se indignaron,
    021:016 y le dijeron, «¿Escuchas lo que estos están diciendo?»
    Jesús les dijo, «Si. ¿Nunca leyeron, `De la boca de bebes y de
    lactantes tendrán oración perfeccionada?´»

    021:017 Los dejó, y fue a la ciudad de Betania, y descansó allí.
    021:018 En la mañana, cuando Él retornaba a la ciudad, tuvo hambre.
    021:019 Viendo una higuera por el camino, fue a ella, pero no encontró
    nada en sus hojas. Jesús dijo, «¡Que nunca haya fruto de ti!»
    Y de inmediato la higuera se secó.
    021:020 Cuando los discípulos vieron esto, se maravillaron, diciendo,
    «¿Cómo se secó de inmediato la higuera?»

    021:021 Jesús les contestó, «Con seguridad les digo, si tienen fe, y
    no dudan, no sólo harán lo que se hizo con la higuera, sino
    que si le dijeran a esta montaña, `Levántate y arrójate al
    mar,´ eso ocurriría.
    021:022 Todas las cosas, que pidan en oración, creyendo, ustedes la
    recibirán.»

    021:023 Cuando había llegado al templo, los jefes de los sacerdotes y
    los ancianos del pueblo fueron donde Él mientras enseñaba, y
    le dijeron, «¿Con que autoridad haces esta cosas? ¿Quien te
    dio esta autoridad?»

    021:024 Jesús les contestó, «También les haré una pregunta, si me la
    contestan, de la misma forma les diré con que autoridad hago
    estas cosas.
    021:025 ¿De donde venía el bautizo de Juan? ¿Del cielo o de hombres?
    Ellos razonaron entre si, diciendo, «Si decimos, `Del cielo,´
    preguntará, `¿Entonces porque no creyeron en él?´
    021:026 Pero si decimos, `De hombres,´ tememos a la multitud, pues
    todos sostienen que Juan es un profeta.»
    021:027 Le contestaron a Jesús diciendo, «No sabemos.»
    Él también les dijo, «Tampoco les diré con que autoridad hago
    estas cosas.
    021:028 ¿Qué piensan? Un hombre tenía dos hijos, llegó donde el
    primero y le dijo, `Hijo, ve y trabaja hoy en mi viñedo.´
    021:029 Él le contestó, `no lo haré,´ pero luego cambio de pensar y
    fue.
    021:030 Llegó al segundo y le dijo la misma cosa. Él le contestó, `yo
    voy señor,´ pero no fue.
    021:031 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?»
    Le dijeron, «El primero.»
    Jesús les dijo, «Les aseguro que los recogedores de impuestos
    y las prostitutas estarán entrando al Reino de Dios antes que
    ustedes.
    021:032 Pues Juan vino a ustedes de la forma correcta y no le
    creyeron, pero los recolectores de impuestos y las prostitutas
    lo hicieron. Cuando ustedes vieron eso ni siquiera se
    arrepintieron para poder creerle.

    021:033 «Escuchen otra parábola. Había un hombre jefe de su casa quien
    plantó un viñedo, le puso una cerca alrededor, construyó una
    prensa para vinos en ella, construyó una torre, la arrendó a
    campesinos y se fue para otro país.
    021:034 Cuando la estación de la fruta se acerco envió a sus siervos
    donde los campesinos para recibir la fruta.
    021:035 Los campesinos cogieron a los siervos golpearon a uno, mataron
    otro y apedrearon a otro.
    021:036 De nuevo, mandó a otros siervos más que la primera vez, pero
    los trataron de la misma manera.
    021:037 Pero luego les envió a su hijo diciendo, `Ellos respetarán a
    mi hijo.´
    021:038 Pero los campesinos cuando vieron al hijo dijeron entre ellos,
    `Este es el heredero. Vengan matémoslo y quedémonos con su
    herencia.´
    021:039 Así que lo tomaron, lo lanzaron fuera del viñedo y lo mataron.
    021:040 ¿ Cuándo el señor del viñedo llegue que le hará a esos
    campesinos?»

    021:041 Ellos le dijeron, «Él destruirá miserablemente a esos hombres
    miserables y arrendará el viñedo a otros campesinos que le
    darán los frutos en su estación.»

    021:042 Jesús les dijo, «¿No leyeron nunca en las escrituras,
    `La piedra que los constructores rechazaron, La misma fue
    hecha cabeza de la esquina. Esto era del Señor. Es
    maravilloso en nuestros ojos?´
    021:043 «Por lo tanto les digo, el Reino de Dios les será quitado y le
    será dado a gente[181] que de sus frutos.
    021:044 Aquel que cae sobre esta piedra se romperá en pedazos, y sobre
    quien esta caiga lo volverá polvo.»

    021:045 Cuando los jefes de los sacerdotes y los fariseos escucharon
    estas parábolas sintieron que Él hablaba de ellos.
    021:046 Cuando buscaron atraparlo tuvieron miedo de la multitud,
    porque lo consideraban un profeta.

    22

    022:001 Jesús les contestó y les habló de nuevo en parábolas diciendo,
    022:002 « El Reino de Dios es como cierto rey, que hizo una fiesta de
    matrimonio para su hijo,
    022:003 y envió a sus siervos a llamar a quienes estaban invitados a
    las fiesta, pero ellos no fueron.
    022:004 De nuevo envió a otros siervos diciendo, `Digan a estos que
    están invitados, «Observen, he alistado mi comida. Mi buey y
    mi cordero fueron matados, y todas las cosas están lista.
    ¡Vengan a la fiesta de matrimonio!»´
    022:005 Pero ellos no hicieron caso, y fueron por sus caminos, uno a
    su propia finca, otro a sus mercancías,
    022:006 y los demás atraparon a sus siervos, los trataron indignamente
    y los mataron.
    022:007 Cuando el rey escuchó esto, se enojó, y envió a sus soldados,
    a destruir a esos asesinos, y quemó su ciudad.

    022:008 «Entonces dijo a sus siervos, `La boda está lista, pero
    quienes fueron invitados no valían la pena.
    022:009 Vayan entonces a los cruces de caminos, y a cuanta persona
    encuentren invítenla a la fiesta de matrimonio.´
    022:010 Los siervos salieron a los caminos, y reunieron a todos los
    que encontraron, tanto a buenos como a malos. La boda se llenó
    de invitados.
    022:011 Pero cuando el rey entró a ver los invitados, vio allí a un
    hombre que no se había puesto ropa para el matrimonio,
    022:012 y le dijo, `Amigo, ¿cómo viniste aquí sin ponerte un vestido
    para el matrimonio?´ Él estaba sin habla.
    022:013 Entonces el rey le dijo a los siervos, `Átenlo de pies y
    manos, llévenlo afuera y tírenlo a la oscuridad; allí es donde
    estará el llanto y el rechinar de dientes.´
    022:014 Pues muchos son llamados, pero pocos escogidos.»

    022:015 Entonces los fariseos fueron y recibieron consejo sobre como
    podrían atraparlo en su predica[182].
    022:016 Enviaron a sus discípulos a Él, junto con partidarios de
    Herodes[183], diciendo, «Maestro, sabemos que eres honesto, y
    enseñas el camino de Dios en la verdad, no importa a quien
    enseñes, pues no estás parcializado por nadie.
    022:017 Dinos entonces, que piensas, ¿Es legal pagar impuestos al
    Cesar o no?»

    022:018 Pero Jesús percibió la maldad, y dijo, «¿Hipócritas, por qué
    me prueban?
    022:019 Muéstrenme el dinero de los impuestos.»
    Le trajeron un denario.

    022:020 Él les preguntó, «¿De quien es esta imagen e inscripción?»

    022:021 Ellos le dijeron, «del Cesar.»
    Entonces Él les dijo, «Den entonces al Cesar las cosas que son
    del Cesar, y a Dios las cosas que son de Dios.»

    022:022 Cuando lo escucharon, se maravillaron, lo dejaron y se
    fueron.

    022:023 Ese día los saduceos (aquellos que dicen que no hay
    resurrección) fueron donde Él. Le preguntaron,
    022:024 «Maestro, Moisés dijo, `Si un hombre muere, sin tener hijos,
    su hermano debe casarse con su esposa, y levantar semilla por
    su hermano.
    022:025 Ocurrió que había siete hermanos. El primero se casó y murió,
    y sin haber tenido semilla, dejo su esposa a su hermano.
    022:026 De la misma forma el segundo, el tercero, hasta el séptimo.
    022:027 Después de todos, murió la mujer.
    022:028 ¿Entonces en la resurrección , ella será esposa de cual de los
    siete? Pues todos se casaron con ella[184].»

    022:029 Pero Jesús les respondió, «Ustedes se equivocan, al no conocer
    las escrituras, ni el poder de Dios.
    022:030 Pues en la resurrección no se casan, ni se dan en matrimonio,
    sino que son como los ángeles de Dios en el cielo.
    022:031 Con respecto a la resurrección de la muerte, ¿ no han leído lo
    que fue dicho a ustedes por Dios,
    022:032 `Soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de
    Jacob?´ Dios no es el Dios de los muertos, sino de los
    vivos.»

    022:033 Cuando las multitudes lo escucharon, quedaron atónitas por su
    enseñanza.
    022:034 Pero los fariseos, cuando escucharon que había dejado en
    silencio a los saduceos, se reunieron.
    022:035 Uno de ellos, un abogado[185], le hizo una pregunta,
    probándolo.
    022:036 «Maestro, cual es el mayor mandamiento en la ley?»

    022:037 Jesús le dijo, «`Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
    con toda tu alma, y con toda tu mente.´
    022:038 Este es el primer y gran mandamiento.
    022:039 De la misma forma, el segundo es este, `Amarás a tu prójimos
    como a ti mismo.´
    022:040 La ley entera y los profetas dependen de estos dos
    mandamientos.»

    022:041 Mientras que los fariseo estaban reunidos, Jesús les hizo una
    pregunta,
    022:042 «¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo?»
    Ellos le dijeron, «De David.»

    022:043 Él les dijo, «¿Cómo entonces David en el Espíritu lo llama
    Señor, al decir,

    022:044 `El Señor le dijo a mi Señor, Siéntate a mi mano derecha,
    Hasta que haga de tus enemigos un estrado para tus
    pies[186]?´
    022:045 «Entonces si David lo llama Señor, ¿cómo es que Él es su
    hijo?»

    022:046 Ninguno pudo contestarle una palabra, y desde ese día no se
    atrevió hombre alguno a hacerle más preguntas.

    23

    023:001 Entonces Jesús le habló a las multitudes y a sus discípulos,
    023:002 «Los escribas y los fariseos se sentaron en la silla de
    Moisés.
    023:003 Por esto todas las cosas que ellos digan acátenlas, acátenlas
    y háganlas, pero no hagan sus obras; pues ellos hablan pero no
    hacen.
    023:004 Pues ellos atan pesadas cargas que son difíciles de soportar,
    y las ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos
    mismos no levantan un dedo para ayudarles.
    023:005 Todas sus obras las hacen para que sean vistas por hombres.
    Amplían sus hábitos[187], alargan los bordes de sus vestidos,
    023:006 y aman los sitios de honor en las fiestas, las mejores sillas
    en las sinagogas,
    023:007 los saludos en la plaza de mercado, y ser llamados `Rabí,
    Rabí´ por hombres.
    023:008 Pero que ustedes no sean llamados `Rabí,´ pues uno es su
    maestro, el Cristo[188], y todos ustedes son hermanos.
    023:009 No llamen padre a hombre alguno sobre la tierra, pues uno es
    su Padre, que está en el cielo.
    023:010 Tampoco se llamen maestros[189], pues uno es su maestro, el
    Cristo.
    023:011 Pero aquel que sea el más grande entre ustedes, será su
    servidor.
    023:012 Cualquier que se exalte a si mismo será humillado, y
    cualquiera que se humille a si mismo será exaltado.

    023:013 «¡Pobres de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Pues
    ustedes devoran las casas de las viudas, y pretenden hacer
    largas oraciones. Por eso ustedes recibirán mayor condena.

    023:014 «¡Pero pobres de ustedes escribas y fariseos! Porque ustedes
    cierran el Reino de Dios para los hombres; y ustedes mismos no
    entran, ni dejan entrar a aquellas que están entrando. [190]
    023:015 ¡Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas! Pues viajan por
    mar y tierra para convertir; y cuando alguno se convierte
    ustedes lo hacen el doble de hijo del infierno que ustedes.

    023:016 «Pobres de ustedes guías ciegos que dicen, `Quien jure por el
    templo no es nada; pero quien jure por el oro del templo, este
    está obligado[191].´
    023:017 ¡Ustedes ciegos necios! Pues ¿cuál es más grande, el oro o el
    templo que santifica el oro?
    023:018 `Quien jure por el altar, no es nada; pero aquel que jure por
    la ofrenda que está encima de él ese está obligado.´
    023:019 ¡Ustedes ciegos necios! Pues ¿ cuál es más grande, la
    ofrenda[192]o el altar que lo santifica?
    023:020 El que jura por el altar jura por él y por todo lo que hay
    encima de él.
    023:021 Él que jura por el templo jura por este y por aquel que lo
    habita[193].
    023:022 Él que jura por el cielo jura por el trono de Dios, y por
    quien está sentado sobre este.

    023:023 «¡Hay de ustedes escribas y fariseos hipócritas! Pues ustedes
    separan la décima parte de la menta, del anís, del
    comino[194], y han dejado sin hacer las cosas más importantes
    de la ley: justicia, piedad, y fe. Pero ustedes debieron haber
    hecho estas cosas, y no haber dejado las otras sin hacer.
    023:024 ¡Ustedes guías ciegos, que cuelan un mosquito pero se comen un
    camello!

    023:025 ¡Pobres de ustedes escribas y fariseos, hipócritas! Pues
    limpian el exterior de copas y platos, pero por dentro están
    llenos de extorsión e injusticia[195].
    023:026 Ustedes fariseos ciegos, primero limpien el interior de la
    copa y del plato, para que el exterior también pueda llegar a
    limpiarse.

    023:027 «¡Pobres de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Pues son
    como tumbas blancas, que en exterior parecen bellas, pero en
    el interior están llenas de huesos de hombres muertos, y de
    toda suciedad.
    023:028 Así mismo ustedes exteriormente parecen correctos ante los
    hombres, pero en el interior están llenos de hipocresía y
    maldad.

    023:029 «¡Pobres de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Pues
    ustedes construyen las tumbas de los profetas, y decoran las
    tumbas de los justos,
    023:030 y dicen, `Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres,
    no hubiéramos tomado parte con ellos al derramar la sangre de
    los profetas.´
    023:031 Así que ustedes mismos dan testimonio que son los hijos de
    quienes mataron a los profetas.
    023:032 Llenen entonces la medida de sus padres[196].
    023:033 Ustedes serpientes, ustedes nido de víboras, ¿cómo escaparán
    al juicio del infierno?
    023:034 Entonces, observen, les envío profetas, hombres sabios y
    escribas. A algunos de ellos ustedes los matarán y los
    crucificarán; a algunos los castigarán en sus sinagogas, y los
    perseguirán de ciudad en ciudad;
    023:035 para que sobre ustedes pueda venir toda la sangre justa
    vertida sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel a la
    sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien ustedes
    asesinaron entre el santuario[197] y el altar.
    023:036 Con seguridad les digo, todas estas cosas vendrán sobre esta
    generación.

    023:037 «¡Jerusalén, Jerusalén, que asesina a los profetas y apedrea a
    aquellos que le son enviados! ¡Que tanto habría reunido a tus
    hijos, así como una gallina reúne a sus polluelos bajos sus
    alas, y tu no lo harías!
    023:038 Observa tu casa es abandonada para quedar desolada.
    023:039 Pues les digo, ustedes no me verán desde ahora, hasta que
    digan, `¡Bendito es el que viene en el nombre del Señor!´»

    24

    024:001 Jesús salió del templo, y estaba siguiendo su camino. Sus
    discípulos fueron a Él para mostrarle las construcciones del
    templo.
    024:002 Pero Él les contestó, «¿No ven todas estas cosas? Con
    seguridad les digo, no quedará aquí una piedra sobre otra,
    ninguna que no sea derribada.»

    024:003 Mientras estaba sentado en el monte de los Olivos los
    discípulos fueron a Él en privado diciendo, «Dinos, ¿Cuándo
    pasarán estas cosas? ¿Cuál es la señal de tu venida y del
    final de esta época?»

    024:004 Jesús les contestó, «Tengan cuidado para que nadie los haga
    perder.
    024:005 Pues muchos vendrán en mi nombre diciendo, `Yo soy el Cristo,´
    y harán perder a muchos.
    024:006 Ustedes escucharán de guerras y rumores de guerras. Pero no se
    sientan afligidos, pues todo esto tiene que pasar, pero el
    final todavía no llegará.
    024:007 Pues naciones se pondrán en contra de naciones y reinos en
    contra de reinos; habrá hambre, plagas y terremotos en varios
    lugares.
    024:008 Pero todas estas cosas son el comienzo de los de los dolores
    del parto[198]t.
    024:009 Entonces los entregarán para que sean oprimidos y los matarán.
    Serán odiados por todas las naciones por causa de mi nombre.
    024:010 Entonces muchos tropezarán, y se entregarán uno al otro y se
    odiarán uno a otro.
    024:011 Muchos falsos profetas surgirán y perderán a muchos.
    024:012 Como la maldad[199] se multiplicará, el amor de muchos se
    enfriará.
    024:013 Pero aquel que persevere hasta el final será salvado.
    024:014 Esta Buena Nueva del Reino será predicada en todo el mundo
    como testimonio para todas las naciones, y entonces llegará el
    fin.

    024:015 «Entonces cuando ustedes vean la abominación de la desolación
    que fue dicha a través de Daniel el profeta, parada en el
    sitio sagrado (que el lector entienda),
    024:016 entonces que los que estén en Judea huyan a las montañas.
    024:017 El que esté en la parte de arriba de su casa que no baje para
    recoger las cosas que están en su casa.
    024:018 El que esté en el campo que no regrese para recoger su ropa.
    024:019 ¡Pobres de aquellas que tengan niños o que este amamantando en
    esos días!
    024:020 Recen para que su partida no sea en invierno, ni en día
    sabático,
    024:021 pues entonces habrá gran opresión, como no la ha habido desde
    el comienzo del mundo hasta ahora, y como nunca habrá.
    024:022 Si esos días no fueran acortados, ninguna carne sería salvada.
    Pero por causa de los elegidos, esos días se acortarán.

    024:023 «Entonces si alguien les dice, `Observen, aquí está el
    Cristo,´ o `Allí,´ no le crean.
    024:024 Pues se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y
    mostrarán grandes signos y maravillas, como para hacer perder,
    si es posible, incluso a los elegidos.

    024:025 «Observen, les he dicho con anticipación.
    024:026 Entonces si les dicen, `Observen, Él está en el desierto,´ no
    salgan; `Observen, Él está en los cuartos interiores[200]´ no
    le crean.
    024:027 Pues así como el relámpago viene del este, y es visto incluso
    en el oeste, así vendrá el Hijo del Hombre.
    024:028 Pues donde quiera que haya carroña, allí los buitres[201] se
    reunirán.
    024:029 Pero de inmediato después de la opresión de esos días, el sol
    se oscurecerá, la luna no dará su luz, las estrellas caerán
    del cielo, y los poderes del cielo se agitarán;
    024:030 y entonces la señal del Hijo del Hombre aparecerá en el cielo.
    Entonces todas las tribus de la tierra se lamentarán, y verán
    al Hijo del Hombre viniendo entre nubes del cielo con gran
    poder y gloria.
    024:031 Enviará a sus ángeles con un gran sonido de trompeta, y ellos
    recogerán a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde un
    lado del cielo hasta el otro.

    024:032 «Ahora de la higuera aprendan esta parábola. Cuando sus ramas
    se hacen suaves, y brotan sus hojas, ustedes saben que el
    verano está cerca.
    024:033 Así también, cuando ustedes vean todas estas cosas, sepan que
    está cerca, incluso en la puerta.
    024:034 Con seguridad les digo, esta generación[202] no pasará, hasta
    que todas estas cosas se cumplan.
    024:035 Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
    024:036 Pero nadie sabe de ese día y hora, ni siquiera los ángeles del
    cielo[203], sino sólo mi Padre.

    024:037 «Así como fue en los días de Noé, así será la venida del Hijo
    del Hombre.
    024:038 Pues en aquellos días antes de la inundación, comían y bebían,
    casándose y dándose en matrimonio, hasta el día en que Noé
    entró en el arca.
    024:039 y no supieron hasta que la inundación llegó, y se los llevó a
    todos, así será la venida del Hijo del Hombre.
    024:040 Pues de dos hombres que estén en el campo, uno será tomado y
    el otro dejado;
    024:041 de dos mujeres que trabajen en el molino, una será llevada y
    la otra dejada.
    024:042 Entonces estén alerta, pues ustedes no sabe a que hora vendrá
    su Señor.
    024:043 Pero sepan esto, que si el dueño de la casa supiera a que hora
    de la noche llegara el ladrón, él estaría alerta, y no
    permitiría que entrara a su casa.
    024:044 Entonces estén listos también, pues el Hijo del Hombre vendrá
    a una hora que ustedes no lo esperan.

    024:045 «¿Quién es el siervo fiel y sabio, a quien su señor ha puesto
    a cargo de la casa, para darles la comida en el momento
    apropiada?
    024:046 Bendito es el siervo a quien el señor encuentre haciendo
    cuando llegue.
    024:047 Con seguridad les digo que lo pondrá a cargo de todo lo que
    tiene.
    024:048 Pero si ese siervo malo dijera en su corazón, `Mi señor se
    demora en llegar,´
    024:049 y comienza a golpear a sus siervos compañeros, y a comer y
    beber con los ebrios,
    024:050 el señor de ese siervo llegará en un día que él no lo espere,
    y a una hora que él no conoce,
    024:051 y lo cortará en pedazos[204], y podrá su parte con los
    hipócritas; allí es donde será el llanto y el rechinar de
    dientes.

    25

    025:001 «Entonces el Reino de Dios es como con diez vírgenes, que
    tomaron sus lamparas, y salieron a encontrar al novio.
    025:002 Cinco de ellas era necias, y cinco eran sabias[205].
    025:003 Las que eran necias, cuando tomaron sus lamparas, no tomaron
    aceite consigo,
    025:004 pero las sabias llevaron aceite en botellas junto con sus
    lamparas.
    025:005 Cuando el novio se demoró, todas ellas se acostaron y
    durmieron.
    025:006 Pero a medianoche escucharon un grito, `¡Observen! ¡El novio
    está llegando! ¡Salgan a encontrarlo!´
    025:007 Entonces todas las vírgenes se levantaron y alistaron sus
    lamparas.
    025:008 Las necias dijeron a las sabias, `Dennos algo de su aceite,
    pues nuestras lamparas se apagan.´
    025:009 Pero las sabias contestaron, `¿Si no hay suficiente para
    nosotras y para ustedes? Mejor vayan donde quienes venden, y
    compren para ustedes.´
    025:010 Mientras ellas fueron a comprar, llegó el novio, y las que
    estaban listas fueron con él a la fiesta de matrimonio, y la
    puerta fue cerrada.
    025:011 Después las otras vírgenes también llegaron diciendo `Señor,
    Señor, ábrenos.´
    025:012 Pero él contestó, `Les aseguro, que no las conozco.´
    025:013 Entonces estén alerta, porque ustedes no conocen el día ni la
    hora en la que el Hijo del Hombre vendrá[206].

    025:014 «Pues es como un hombre, que va a otro país, llama a sus
    siervos, y les encarga sus bienes.
    025:015 A uno le dio cinco talentos, a otro dos, a otro uno; a cada
    uno de acuerdo a su habilidad. Entonces se fue a su viaje.
    025:016 De inmediato el que recibió cinco talentos fue a comerciar con
    ellos, e hizo otros cinco talentos.
    025:017 De la misma forma el que había recibido dos, ganó otros dos.
    025:018 Pero el que había recibido uno se fue y lo enterró en la
    tierra, y escondió así el dinero de su señor.

    025:019 «Después de un largo tiempo el señor de aquellos siervos
    llegó, y concilió cuentas con ellos.
    025:020 El que recibió los cinco talentos llegó y trajo otros cinco
    talentos, diciendo, `Señor, me diste cinco talentos. Observa,
    he ganado otros cinco talentos además de esos.´

    025:021 «Su señor le dijo, `Bien hecho, siervo bueno y confiable. Has
    sido confiable con unas pocas cosas, te pondré sobre muchas
    cosas. Entra a la dicha de tu señor.´

    025:022 «El que recibió dos talentos también vino y dijo, `Señor, me
    diste dos talentos. Observa, he ganado otros dos talentos
    además de esos.´

    025:023 «Su señor le dijo, `Bien hecho, siervo bueno y confiable. Has
    sido confiable con unas pocas cosas, te pondré sobre muchas
    cosas. Entra a la dicha de tu señor.´

    025:024 «También vino el que había recibido un talento y dijo, `Señor,
    sabía que eres un hombre duro, que recoge de donde no ha
    sembrado, y reúne de donde no ha esparcido.
    025:025 Estaba asustado, salí y escondí tu talento en la tierra.
    Observa, tienes lo que es tuyo.´

    025:026 «Pero su señor le contestó, `Tu siervo malo y perezoso. Sabías
    que recojo donde no he sembrado y reúno donde no he
    esparcido.
    025:027 Entonces debiste haber depositado mi dinero con los banqueros,
    y a mi vuelta lo hubiera recibido con intereses.
    025:028 Quítenle entonces el talento, y désenlo al que tiene diez
    talentos.
    025:029 Porque al que tiene se le dará, y tendrá en abundancia, pero a
    aquel que no tiene, incluso lo que tenga se le quitará.
    025:030 Arrojen a este siervo improductivo a la oscuridad exterior,
    donde habrá llanto y rechinar de dientes.´

    025:031 «Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria y todos los
    santos ángeles con Él, entonces Él se sentará en el trono de
    su gloria.
    025:032 Ante Él estarán todas las naciones reunidas y Él separará unos
    de otros como un pastor separa sus ovejas de las cabras.
    025:033 Él pondrá las ovejas a su mano derecha y las cabras a la
    izquierda.
    025:034 Entonces el Rey le dirá a todos los que estén a su mano
    derecha, `Vengan, bendecidos de mi Padre, hereden el Reino
    preparado para ustedes desde la creación del mundo;
    025:035 pues yo tenía hambre y ustedes me dieron de comer; tenía sed y
    me dieron de beber; fui un extraño y me recibieron;
    025:036 estuve desnudo y ustedes me vistieron; estuve enfermo y
    ustedes me visitaron; estuve en prisión y ustedes fueron a
    mi.´

    025:037 «Entonces los correctos le contestarán diciendo, `Señor,
    ¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; o con sed y te
    dimos algo de beber?
    025:038 ¿Cuándo te vimos como un extraño y te recibimos; o desnudo y
    te vestimos?
    025:039 ¿Cuándo te vimos enfermo o en prisión y fuimos a ti?´

    025:040 «El Rey les contestará, `Les aseguro, así como hicieron al
    menos con uno de mis hermanos[207], así lo hicieron conmigo.
    025:041 Entonces les dirá a los de la mano izquierda, `Aléjense de mi,
    ustedes malditos, al fuego eterno preparado para el demonio y
    sus ángeles;
    025:042 pues tuve hambre y no me dieron de comer; tuve sed y no me
    dieron de beber;
    025:043 fui un extraño y no me aceptaron; estuve desnudo y no me
    vistieron; estuve enfermo y en prisión pero no me visitaron.´

    025:044 «Entonces ellos contestarán diciendo, `Señor, ¿Cuándo te vimos
    enfermo, sediento, o como un extraño, o desnudo, enfermo o en
    prisión y no te ayudamos?´

    025:045 «Entonces Él les contestará diciendo, `Les aseguro, así como
    no lo hicieron al menos con uno de estos[208], tampoco lo
    hicieron conmigo.´
    025:046 Estos irán al castigo eterno, pero los correctos a la vida
    eterna.»

    26

    026:001 Ocurrió, cuando Jesús había terminado estas palabras, que Él
    le dijo a sus discípulos,
    026:002 «Saben que en dos días vendrá la Pascua, y el Hijo del Hombre
    será entregado para ser crucificado.»

    026:003 Entonces los jefes de los sacerdotes, los escribas y los
    ancianos del pueblo estaban reunidos en la corte del sumo
    sacerdote, quien se llamaba Caifás.
    026:004 Ellos estuvieron de acuerdo en que atraparían a Jesús con
    alguna trampa y lo matarían.
    026:005 Pero dijeron, «No durante la fiesta, para evitar que ocurra
    una protesta entre la gente.»

    026:006 Cuando Jesús estaba en Betania, en la casa de Simón el
    leproso[209 ],
    026:007 llegó una mujer con un jarro de alabastro lleno de un ungüento
    muy costoso, y lo vertió sobre su cabeza mientras Él se
    sentaba en la mesa.
    026:008 Pero cuando sus discípulos vieron estos, se indignaron,
    diciendo, «¿Por qué este gasto?
    026:009 Pues este ungüento podría haber sido vendido por mucho, y dado
    a los pobres.»

    026:010 Pero Jesús, sabiéndolo, les dijo, «¿Por que molestan a la
    mujer? Pues ella ha hecho una buena obra para mí.
    026:011 Porque ustedes siempre tendrán al pobre con ustedes, pero no
    siempre me tendrán a mí.
    026:012 Al verter este ungüento en mi cuerpo, ella me ha preparado
    para la sepultura.
    026:013 Con seguridad les digo, donde quiera en el mundo entero que
    esta Buena Nueva sea predicada, lo que esta mujer ha hecho
    también será dicho para recordarla.»

    026:014 Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue
    donde los jefes de los sacerdotes,
    026:015 y les dijo, «¿Que está dispuestos a darme, para que se los
    entregue?» Ellos le prepararon[ 210] treinta monedas de plata.
    026:016 Desde ese momento él buscó una oportunidad para traicionarlo.

    026:017 En el primer día de la fiesta del pan sin levadura[211], los
    discípulos fueron donde Jesús, diciéndole, «¿Dónde quieres que
    preparemos para que comas las Pascua?»

    026:018 Él dijo, «Vayan a la ciudad donde cierta persona, y díganle,
    `El Maestro dice, «Mi hora está a mano. Celebraré la pascua en
    tu casa con mis discípulos.»´»

    026:019 Los discípulos hicieron tal como Jesús les ordenó, y
    prepararon la Pascua.
    026:020 Cuando había llegado la noche, Él estaba reclinado a la mesa
    con los doce discípulos.
    026:021 Mientras comían, Él dijo, «Con seguridad les digo que uno de
    ustedes me traicionará.»

    026:022 Ellos estaban muy apenados, y cada uno comenzó a preguntarle,
    «¿ No soy yo, verdad, Señor?»

    026:023 Él contestó, «Aquel que sumerja su mano[212] conmigo en el
    plato, el mismo me traicionará.
    026:024 El Hijo del Hombre se va, así como está escrito sobre Él,
    ¡pero pobre del hombre por quien el Hijo del Hombre es
    traicionado! Sería mejor para ese hombre si no hubiera
    nacido.»

    026:025 Judas, quien lo había traicionado, contestó, «¿No soy yo,
    verdad, Rabi?»
    Él le contestó, «Tu lo has dicho.»

    026:026 Mientras estaban comiendo, Jesús tomó pan, dio gracias[213]por
    este y lo partió. Lo dio a los discípulos y dijo, «Tomen,
    coman; este es mi cuerpo.»
    026:027 Tomó la copa, dio gracias y se las dio diciendo, «Todos
    ustedes beban de ella,
    026:028 pues esta es mi sangre de la nueva alianza, la cual es
    derramada para muchos para el perdón de los pecados.
    026:029 Pero les digo que no tomaré de este fruto de la vid de ahora
    en adelante sino hasta ese día que lo tome de nuevo con
    ustedes en el Reino de mi Padre.»
    026:030 Cuando habían cantado un himno[214] se fueron para el Monte de
    los Olivos.

    026:031 Entonces Jesús les dijo, «Todos ustedes tropezarán a causa mía
    esta noche, pues está escrito, `Golpearé al pastor y las
    ovejas del rebaño se separarán.´
    026:032 Pero después de que yo sea resucitado, iré antes de ustedes a
    Galilea.»

    026:033 Pero Pedro le contestó, «Aunque todos tropiecen por ti, yo
    nunca tropezaré.»

    026:034 Jesús le dijo, «Te aseguro que esta noche antes de que el
    gallo cante me negarás tres veces.»

    026:035 Pedro le dijo, «Aunque tenga que morir contigo no te negaré.»
    Todos los discípulos dijeron lo mismo.

    026:036 Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemani y le
    dijo a sus discípulos, «Siéntense acá mientras voy allá a
    rezar.»
    026:037 Llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a
    entristecerse y a preocuparse.
    026:038 Entonces les dijo, «Mi alma está extremadamente triste,
    incluso hasta la muerte. Quédense acá y estén atentos
    conmigo.»

    026:039 Se adelantó un poco, cayó sobre su cara y rezó diciendo, «Mi
    Padre, si es posible que está copa se aleje de mi; aunque que
    no sea lo que yo desee sino lo que tu desees.»

    026:040 Fue donde los discípulos y los encontró durmiendo y le dijo a
    Pedro, «¿Qué, no podían estar atentos conmigo por una hora?
    026:041 Estén atentos y oren para que no entren en tentación. El
    espíritu en verdad lo desea pero la carne es débil.»

    026:042 De nuevo una segunda vez se apartó de ellos y oró diciendo,
    «Mi Padre, si esta copa no se puede alejar de mi sin que la
    beba, que se haga tu deseo.»
    026:043 Fue de nuevo y los encontró durmiendo pues sus ojos estaban
    pesados.
    026:044 Los dejó de nuevo y se apartó de ellos y oró por tercera vez
    diciendo las mismas palabras.
    026:045 Después fue donde sus discípulos y les dijo, «Sigan durmiendo
    y descansen. Escuchen la hora está a la mano y el Hijo del
    Hombre es traicionado en las manos de pecadores.
    026:046 Levántense y vámonos. Observen el que me traiciona está a la
    mano.»

    026:047 Mientras aún hablaba, Judas uno de los doce llegó, y con él
    una gran multitud con espadas y palos eran de los jefes de los
    sacerdotes y de los ancianos del pueblo.
    026:048 Entonces el que lo traicionó les dio una señal, diciendo, «A
    quien yo bese, ese es. Aprésenlo.»
    026:049 De inmediato fue donde Jesús, y le dijo, «¡Saludos, Rabi!» y
    lo besó.

    026:050 Jesús le dijo, «Amigo, ¿por qué estás aquí?» Entonces fueron,
    pusieron sus manos sobre Jesús, y lo atraparon.
    026:051 Uno de los que estaba con Jesús estiró su mano, sacó su
    espada, le dio al siervo del sumo sacerdote atinándole en la
    oreja.
    026:052 Entonces Jesús le dijo, «Pon tu espada en su lugar, pues
    aquellos que toman la espada morirán con la espada.
    026:053 ¿O no piensas que yo podría pedirle a mi Padre, y Él me
    enviaría ahora más de doce legiones de ángeles?
    026:054 ¿ Entonces como se cumplirían las escrituras si eso fuera
    así?»

    026:055 En ese momento Jesús le dijo a la multitud, «¿Han venido como
    contra un ladrón con espadas y palos para apresarme? Me senté
    a diario en el templo y no me arrestaron.
    026:056 Pero todo esto ha ocurrido, para que se cumplieran las
    Escrituras de los profetas.»
    Entonces todos los discípulos lo dejaron, y huyeron.
    026:057 Los que habían tomado a Jesús lo condujeron donde Caifás, el
    sumo sacerdote, donde los escribas y los ancianos estaban
    reunidos.
    026:058 Pero Pedro lo siguió a distancia hasta la corte del sumo
    sacerdote, entró y se sentó con los oficiales, para ver el
    final.
    026:059 Entonces el sumo sacerdote, los ancianos y el consejo entero
    buscaban testimonios falsos contra Jesús, para poder
    sentenciarlo a muerte;
    026:060 y no encontraron. Aun cuando muchos testigos falsos fueron, no
    encontraron ninguno. Pero al final dos testigos falsos fueron,
    026:061 y dijeron, «Este hombre dijo, `Puedo destruir el templo de
    Dios, y construirlo en tres días.´»

    026:062 El sumo sacerdote se levantó, y le dijo, «¿No tienes
    respuesta? ¿ Qué es esto que estos dan como testimonio en tu
    contra?»
    026:063 Pero Jesús mantuvo su paz[215]. El sumo sacerdote le dijo, «Te
    ordeno por el Dios viviente, que nos diga si tu eres el
    Cristo, el Hijo de Dios.»

    026:064 Jesús le dijo, «Tu lo has dicho. Sin embargo, te digo, ustedes
    verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poderoso, y
    viniendo entre las nubes del cielo.»

    026:065 Entonces el sumo sacerdote rasgó su vestido, diciendo, «¡Ha
    dicho blasfemias! ¿Por qué necesitamos más testigos? Observen,
    ahora ustedes han escuchado su blasfemia.
    026:066 ¿Qué piensan?»
    Le contestaron, «¡Merece la muerte!»
    026:067 Entonces escupieron en su rostro y lo golpearon con sus puños,
    y algunos le dieron bofetadas,
    026:068 diciendo «¡Profetiza para nosotros, tu Cristo! ¿Quién te
    golpeó?

    026:069 Pedro estaba sentado fuera de la corte, y una empleada fue
    donde él diciendo, «¡Tu también estabas con Jesús, el de
    Galilea!»

    026:070 Pero él lo negó ante todos, diciendo, «No se de que estás
    hablando.»

    026:071 cuando había salido al pórtico, alguien más[216] lo vio, y le
    dijo a los que estaban allí, «Este hombre también estaba con
    Jesús de Nazaret.»

    026:072 De nuevo lo negó con un juramento, «No conozco al hombre.»

    026:073 Después de un momento, los que allí estaban fueron y le
    dijeron a Pedro, «Seguramente tu eres también uno de ellos,
    pues tu forma de hablar te da a conocer.»

    026:074 Entonces él comenzó a maldecir y a jurar, «¡No conozco al
    hombre! »
    De inmediato el gallo cantó.
    026:075 Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho, «Antes de
    que el gallo cante, me negarás tres veces.» Se fue y lloró
    amargamente.

    27

    027:001 Cuando la mañana llegó, todos los jefes de los sacerdotes y
    los ancianos del pueblo tomaron consejo contra Jesús para
    condenarlo a muerte:
    027:002 lo ataron, lo condujeron afuera y lo enviaron a Poncio Pilato,
    el gobernador.
    027:003 Entonces Judas, quien lo había traicionado, cuando vio que
    Jesús fue condenado, sintió remordimiento, y devolvió las
    treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y los
    ancianos,
    027:004 diciendo, «he pecado porque he traicionado sangre inocente.»
    Pero ellos le dijeron, «¿Que tiene que ver con nosotros? Es tu
    problema[217].»

    027:005 Lanzó las monedas de plata en el santuario[218], y salió. Se
    alejó y se colgó.
    027:006 Los jefes de los sacerdotes tomaron las monedas de plata y
    dijeron, «No es legal darlas como ofrenda, porque es el precio
    de sangre.»
    027:007 Tomaron consejo, y compraron un campo[219] con estas, para
    enterrar extraños.
    027:008 Por esto ese campo se llamó «El campo de la sangre» desde ese
    día.
    027:009 Entonces se cumplió lo que había sido dicho por intermedio de
    Jeremías el profeta[220]:
    «Tomaron[221] las treinta monedas de plata,El precio de aquel
    sobre quien se había puesto precio[222], A quien algunos de
    los hijos de Israel le pusieron precio[223],
    027:010 Y las dieron[224] por el campo del alfarero, Como el Señor me
    ordenó.»
    027:011 Entonces Jesús fue donde el gobernador: y el gobernador le
    preguntó, «¿Eres el Rey de los Judíos?»
    Jesús le dijo, «Tal como dices.»

    027:012 Cuando fue acusado por los jefes de los sacerdotes y los
    ancianos, no contestó nada.
    027:013 Entonces Pilato le dijo, «¿No escuchas cuantas cosas dan como
    testimonio en tu contra?»

    027:014 Él no respondió, ni siquiera una palabra, así que el
    gobernador se maravilló.
    027:015 En la fiesta el gobernador solía liberar un prisionero para la
    multitud, el que ellos quisieran.
    027:016 Tenían, entonces, un notable prisionero llamado Barrabás.
    027:017 Entonces cuando la gente se había reunido, Pilato les dijo,
    «¿A quien quieren que libere por ustedes? ¿A Barrabás, o a
    Jesús, quien es llamado Cristo?»
    027:018 Pues él sabia que era por envidia que Jesús le había sido
    enviado.

    027:019 Mientras se sentaba en la silla para juzgar, su esposa le
    envió, diciendo, «No tengas nada que ver con este hombre
    justo, pues he sufrido muchas cosas este día en un sueño por
    su causa.»
    027:020 Mientras tanto, los jefes de los sacerdotes persuadieron a la
    multitud para que pidieran a Barrabás y destruyeran a Jesús.
    027:021 Pero el gobernador les pregunto, «¿A cuál de los dos desean
    que les libere?»
    Ellos dijeron, «¡Barrabás!»

    027:022 Pilato les dijo, «¿Qué debo hacer entonces con Jesús, quien es
    llamado Cristo?»
    Todos ellos le dijeron, «¡Que sea crucificado!»

    027:023 Pero el gobernador dijo, «¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho?»
    Pero gritaron exageradamente diciendo, «¡Que lo crucifiquen!»

    027:024 Así que cuando Pilato se dio cuenta de que no conseguía nada,
    pero en cambio se estaba comenzando un disturbio, tomó agua y
    se lavó las manos ante la multitud diciendo, «Yo soy inocente
    de la sangre[225] de este hombre justo. Ustedes verán[226].»

    027:025 Todas la gente contestó, «¡Que su sangre se derrame sobre
    nosotros y sobre nuestros hijos[227]!»

    027:026 Entonces les liberó a Barrabás pero Jesús fue azotado y
    entregado para ser crucificado.
    027:027 Luego los soldados del gobernador llevaron a Jesús a la tienda
    del Pretor y reunieron a toda la tropa en contra de Él[228].
    027:028 Le quitaron la ropa y le pusieron un manto escarlata.
    027:029 Le trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la
    cabeza y un vara en la mano derecha; se arrodillaron delante
    de Él y lo ridiculizaron diciendo, «¡Paz, [229]Rey de los
    Judíos!»
    027:030 Lo escupieron[230], tomaron una vara y le pegaron en la
    cabeza.
    027:031 Después de ridiculizarlo le quitaron el manto y le pusieron su
    ropa y lo llevaron para crucificarlo.

    027:032 Cuando salieron encontraron un hombre de Cirene llamado Simón,
    lo obligaron a ir con ellos para que cargara la cruz[231].
    027:033 Llegaron a un lugar llamado «Gólgota» que significa, «El lugar
    de la calavera.»
    027:034 Le dieron vino amargo[232]. Cuando lo probó no quiso tomar.
    027:035 Cuando lo crucificaron se dividieron su ropa entre ellos
    echando suertes, [233]
    027:036 y se sentaron y lo vigilaron allí.
    027:037 Pusieron escrito sobre su cabeza la acusación en contra de Él,
    « ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS.»

    027:038 Habían dos ladrones crucificados con Él, uno a su derecha y el
    otro a su izquierda.
    027:039 Los que pasaban lo blasfemaban moviendo sus cabezas,
    027:040 y diciendo, «Tu que destruyes el templo y lo vuelves a
    construirlo en tres días, ¡sálvate a ti mismo! ¡Si eres el
    Hijo de Dios baja de esa cruz!»

    027:041 De la misma forma los jefes de los sacerdotes también lo
    ridiculizaban, junto con los escribas, los fariseos[234] y los
    ancianos, diciendo,
    027:042 «Él salvó a otros, pero no puede salvarse a si mismo. Si es el
    Rey de Israel, que baje de la cruz ahora, para que creamos en
    Él.
    027:043 Él confía en Dios. Que Dios lo libere ahora, si lo aprecia;
    pues Él dijo, `Soy el Hijo de Dios.´»
    027:044 También los ladrones que estaban crucificados con Él, le
    hacían el mismo reproche.

    027:045 Desde la sexta hora[235] hubo oscuridad sobre toda la tierra
    hasta la novena hora[236]
    027:046 Alrededor de la novena hora Jesús grito con fuerte voz, «Elí,
    Elí, ¿lima sabachthani?[237]» Que es, «Dios mio, Dios mio,
    ¿por qué me has abandonado?»

    027:047 Algunos de lo que estaban allí, cuando lo escucharon, dijeron,
    « Este hombre está llamando a Elías.»

    027:048 De inmediato uno de ellos corrió, tomó una esponja, la llenó
    con vinagre, la puso en una vara y le dio para que bebiera.
    027:049 Los demás dijeron, «Déjalo. Veamos si Elías viene a
    salvarlo.»

    027:050 Jesús gritó nuevamente con fuerte voz, y entregó su espíritu.
    027:051 La cortina del templo se rasgó de arriba a abajo en dos. La
    tierra tembló y se rompieron las rocas.
    027:052 Se abrieron las tumbas, y muchos cuerpos de santos que habían
    caído dormidos se levantaron;
    027:053 y después de la resurrección de Jesús[238], salieron de las
    tumbas, entraron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
    027:054 Entonces el centurión, y los que estaban con él viendo a
    Jesús, cuando sintieron el temblor, y las cosas que
    ocurrieron, se asustaron mucho y dijeron, «Verdaderamente este
    era el Hijo de Dios.»

    027:055 Muchas mujeres estaban mirando desde cierta distancia, ellas
    habían seguido a Jesús desde Galilea y le habían servido.
    027:056 Entre ellas estaba Maria Magdalena, Maria la madre de Santiago
    y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
    027:057 Cuando llegó la noche, un hombre rico de Arimatea llamado José
    quien era también un discípulo de Jesús llegó.
    027:058 Este hombre fue donde Pilato, y le pidió el cuerpo de Jesús.
    Entonces Pilato ordenó que le entregaran el cuerpo.
    027:059 José tomó el cuerpo, y lo envolvió en una tela de lino
    limpia[239],
    027:060 lo puso en una tumba nueva de su propiedad, que había cavado
    en la roca, rodó una gran piedra en la puerta de la tumba, y
    partió.
    027:061 María Magdalena estaba allí, junto con la otra Maria, sentadas
    al otro lado de la tumba.
    027:062 Al día siguiente, que era el día después de la Preparación,
    los jefes de los sacerdotes y los fariseos se reunieron con
    Pilato
    027:063 y le dijeron, «Señor recordamos lo que ese impostor dijo
    mientras aún estaba vivo: `Después de tres días resucitaré.´
    027:064 Ordena entonces que la tumba sea asegurada hasta el tercer
    día, para evitar que tal vez sus discípulos vengan durante la
    noche, lo roben y digan a la gente, `Ha resucitado de la
    muerte;´ y el último fraude sea peor que el primero.»

    027:065 Pilato les dijo, «Tienen una guardia. Vayan y asegúrenlo tanto
    como puedan.»
    027:066 Así que fueron con la guardia y aseguraron la tumba, sellando
    la roca.

    28

    028:001 Después del día Sabático, cuando comenzó el amanecer del
    primer día de la siguiente semana, María Magdalena y la otra
    María fueron a ver la tumba.
    028:002 Ocurrió que hubo un gran temblor de tierra, pues un ángel del
    Señor bajó del cielo, fue y rodó la piedra de la puerta y se
    sentó sobre esta.
    028:003 Su apariencia era como un rayo, y su vestido blanco como la
    nieve.
    028:004 Llenos de temor los guardias temblaron y quedaron como
    muertos.
    028:005 El ángel les dijo a las mujeres, «No tengan miedo, pues se que
    buscan a Jesús quien ha sido crucificado.
    028:006 Él no está aquí, pues ha resucitado así como había dicho.
    Vengan y vean el lugar donde yacía el Señor.
    028:007 Vayan rápido y díganle a sus discípulos, `Él ha resucitado de
    la muerte, y escuchen, irá antes que ustedes a Galilea, allí
    lo verán.´ Les he dicho.»

    028:008 Partieron rápidamente de la tumba con gran temor y alegría, y
    corrieron a llevarles la palabra a los discípulos.
    028:009 Cuando iban a contarle a los discípulos, Jesús se encontró con
    ellas, y les dijo, «¡Alégrense!»
    Ellas al llegar se arrodillaron, tomaron sus pies y lo
    alabaron.

    028:010 Entonces Jesús les dijo, «No se asusten. Vayan y díganle a mis
    hermanos[240] que deben ir a Galilea, y allí me verán.»

    028:011 Mientras ellas iban, algunos de los guardias fueron a la
    ciudad, y les dijeron a los jefes de los sacerdotes todas las
    cosas que habían ocurrido.
    028:012 Cuando se reunieron con los ancianos, y había tomado consejo,
    le dieron un gran cantidad de monedas de plata a los soldados,
    028:013 y les dijeron, «Digan `Sus discípulos vinieron en la noche, y
    lo robaron mientras dormíamos.´
    028:014 Si esto llega a los oídos del gobernador, lo convenceremos y
    no tendrán de que preocuparse.»
    028:015 Así que tomaron el dinero e hicieron como se les dijo. Este
    mensaje fue difundido entre los judíos y continua hasta este
    día.

    028:016 Los once discípulos fueron a Galilea, a las montañas donde
    Jesús los había enviado[241].
    028:017 Cuando lo vieron, se inclinaron ante Él[ 242], pero algunos
    dudaron.
    028:018 Jesús fue donde ellos y les habló, « Se me ha dado toda
    autoridad en el cielo y sobre la tierra[243].
    028:019 Entonces vayan y hagan discípulos de todas las naciones,
    bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del
    Espíritu Santo,
    028:020 enseñándoles a seguir todas las cosas que les he ordenado.
    Observen, estaré con ustedes siempre, hasta el final de este
    tiempo [244].» Amén.

    ————–

    [1] Versión: 0.9. Damos gracias a Dios. Traducción basada
    especialmente en [WEB]. Los nombres a español han sido tomados
    de [
    DiosHablaHoy]. Algunos cambios en la traducción (anotados en
    pies
    de página) se basan en [DieBibel], [DiosHablaHoy] y
    [Peshitta].
    Hasta el momento han colaborado traduciendo a español,
    comparando y
    corrigiendo: Melissa Giraldo y Vladimir Támara. Las
    comparaciones
    con [TR], [NU] y [MT] son tomadas de [WEB] y fueron realizadas
    por
    Michael Jhonson. Puede buscar una versión más actualizada en
    http:/
    /de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp o ayudar a mejorar
    esta
    traducción en la lista evangelios-dp a la que puede
    suscribirse en:
    http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp

    [2] Cristo (griego) y Mesías (hebreo) ambos significan «El
    ungido.»

    [3] [WEB] dice `exilio,´ [DieBibel] dice `prisión,´
    [DiosHablaHoy]
    dice `en el tiempo en que los israelitas fueron llevados
    cautivos a
    Babilonia,´ [Peshitta] dice `cautiverio.´

    [4] «Jesús» es una variación griega del nombre Judío
    «Yehoshua,»
    que significa «Yah salva.» «Jesús» es también la forma
    masculina de
    «Yeshu`ah,» que significa «Salvación.»

    [5] [WEB] dice `separarla en secreto.´

    [6] [WEB] dice `estará con niño,´ [Peshitta] dice `concebirá.´

    [7] [WEB] dice `no la conoció sexualmente,´ la traducción
    escogida
    aparece en [DieBibel] y [Peshitta].

    [8] [Peshitta] dice `ella.´

    [9] La palabra para «hombres sabios» (magoi) también puede ser
    profesores, sacerdotes, médicos, astrólogos, interpretes de
    sueños
    o hechiceros. [Peshitta] dice `magos.´

    [10] [DieBibel] dice `entre las estados dirigentes de Judá,´ [
    Peshitta] dice `en Judá.´

    [11] [Peshitta] dice `rey.´

    [12] [Peshitta] dice `entre los reyes de mi pueblo Israel.´

    [13] [Peshitta] dice `Misrayin.´

    [14] [Peshitta] dice `sin desear sen consolada.´

    [15] [DieBibel] dice `pues ellos estaban ahí,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `porque ya estaban muertos.´

    [16] En [Peshitta] la frase `y le dijo´ aparece al comienzo
    del
    versículo siguiente.

    [17] En [Peshitta] `diciendo´ está en el versículo siguiente.

    [18] o sumergidos.

    [19] [DieBibel] dice `¿Quién les enseño que podían huir del
    juicio
    que viene?´

    [20] o sumerjo.

    [21] [TR], [NU], [DieBibel] y [Peshitta] agregan «y con
    fuego.»

    [22] [DiosHablaHoy] dice `a quien he elegido.´

    [23] [Peshitta] dice `Espíritu Santo.´

    [24] [WEB] dice `Hazte detrás mio,´ [TR] y [NU] dicen
    `Alejate.´

    [25] [WEB] dice `entregado,´ tanto [DieBibel] como
    [DiosHablaHoy]
    dicen que Juan fue encerrado en la cárcel, [Peshitta] dice
    `arrestado.´

    [26] [Peshitta] dice `de las naciones´

    [27] [Peshitta] dice `una luz se les ha aparecido.´

    [28] [DiosHablaHoy] dice `Vuelvanse a Dios´

    [29] [Peshitta] `oprimidos por el dolor.´

    [30] [Peshitta] dice `lunáticos.´

    [31] [DiosHablaHoy] dice `Dichosos´

    [32] [DieBibel] dice `pobres,´ [DiosHablaHoy] dice `los que
    reconocen su necesidad espiritual.´

    [33] [WEB] dice `gentle´ que podría traducirse como
    `pacíficos,´ la
    traducción escogida es tomada de [DieBibel] (`die keine Gewalt
    anwenden´). [DiosHablaHoy] dice `los de corazón humilde,´
    [Peshitta
    ] dice `meek´ que podría traducirse como `los pacientes,´ o
    `los
    pacificos´

    [34] [DiosHablaHoy] dice `de hacer lo que Dios exige,´
    [Peshitta] y
    [WEB] dicen `righteousness´ que puede ser `justicia´ o
    `rectitud,´
    [DieBibel] dice `Gerechtigket´ que es `justicia.´ Con la frase
    que
    sigue `Porque serán saciados´ parece más apropiado `justicia.´

    [35] Literalmente iota

    [36] Esta parte no esta en [DieBibel], [Peshitta] dice `quien
    mate
    está condenado a juicio.´

    [37] [Peshitta] dice `que provoque el mal genio de su
    hermano.´

    [38] «Raca» es un insulto en Arameo, relacionado con la
    palabra «
    vacío» y que lleva la idea de cabeza-hueca.

    [39] Gehena es otro nombre para infierno, ver nota al pie de
    Marcos
    9,43.

    [40] [Peshitta] dice `que tienes algo contra tu hermano.´

    [41] [DieBibel] agrega `hacia el juez.´

    [42] Ni [DieBibel], ni [DiosHablaHoy] mencionan al fiscal, [
    Peshitta] dice `tu adversario en la ley´.

    [43] [Peshitta] dice `a casa de los cautivos.´

    [44] Literalmente cuadrante (kodrantes). Un cuadrante era una
    pequeña moneda de cobre cuyo valor era cerca de 2 leptones (la
    ofrenda de la viuda), lo que no es suficiente para comprar
    mucho de
    algo.

    [45] [TR] agrega «a los ancianos.»

    [46] [Peshitta] dice `no mentirás en tu juramento.´

    [47] [WEB] dice `sino que harás tus promesas al Señor´,
    [Peshitta]
    dice `sino que completarás tu juramente al Señor,´ [DieBibel]
    dice
    `cumplirás lo que has prometido al Señor.´

    [48] [DiosHablaHoy] dice `lo que se aparta de esto es malo.´

    [49] [WEB] dice `al que es malo.´

    [50] [DiosHablaHoy] dice `a llevar carga una milla.´

    [51] [Peshitta] dice `y a quien desee pedirte prestado no se
    lo
    niegues.´

    [52] [Peshitta] dice `los publicanos.´

    [53] [WEB] dice `recolectores de impuestos,´ [Peshitta] dice
    `publicanos,´ tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] dicen
    `paganos.´

    [54] En [DiosHablaHoy] dice `practicar su religión,´ dice `su
    Justicia,´ [Peshitta] dice `dar limosna.´

    [55] [DiosHablaHoy] dice `no se lo cuentes ni siquiera a tu
    amigo
    más íntimo.´

    [56] [WEB] dice `deudas,´ [Peshitta] dice `ofensas.´

    [57] [WEB] cide `nuestros deudores,´ [Peshitta] dice `quienes
    nos
    han ofendido´

    [58] [WEB] dice `traspasos,´ [Peshitta] dice `transgresiones.´

    [59] [DieBibel] dice `lombrices,´ [DiosHablaHoy] dice `las
    cosas se
    echan a perder,´ [Peshitta] y [WEB] dicen `óxido.´

    [60] [DieBibel]dice `enfermo.´

    [61] [Peshitta] dice `al dinero.´

    [62] Literalmente un codo.

    [63] [Peshitta] dice `la gente del mundo.´

    [64] [WEB] dice `es la ley y los profetas,´ [DieBibel] dice
    `constan´ y [DiosHablaHoy] dice `mandan.´

    [65] [DiosHablaHoy] dice `para que todos sepan que ya estás
    limpio
    de tu enfermedad.´

    [66] [Peshitta] dice `niño.´

    [67] [Peshitta] dice `niño.´

    [68] En [Peshitta] está conjugado en futuro.

    [69] [WEB] dice `cama.´

    [70] [WEB], [Peshitta] y [DiosHablaHoy] dicen `la casa,´
    [DieBibel]
    dice `su casa.´

    [71] [Peshitta] dice `los hijos de la fiesta de bodas.´

    [72] [DiosHablaHoy] dice `encoge.´

    [73] [Peshitta] dice `vivir.´

    [74] [DiosHablaHoy] dice `que los músicos estaban preparados
    para
    el entierro,´ [Peshitta] dice `a quienes se lamentaban.´

    [75] [WEB] agrega `hacia Él,´ [Peshitta] dice sólo `llamó.´

    [76] [WEB] dice `cuyo apellido era Tadeo,´ [Peshitta] dice
    `quien
    era llamado Tadeo,´ tanto [DiosHablaHoy] como [DieBibel] sólo
    dicen
    `Tadeo.´

    [77] [DiosHablaHoy] dice `el celote,´ [Peshitta] y [WEB] dicen
    `el
    cananita,´ [DieBibel] dice `Simón Cananeo´ y explica en una
    nota al
    pie de página que no es el apellido sino que designa `celote´
    o
    `fanático.´

    [78] [Peshitta] sólo `quien.´

    [79] [DieBibel], [DiosHablaHoy] y [TR] agregan «resuciten los
    muertos.»

    [80] [Peshitta] dice `acumulen.´

    [81] [Peshitta] dice `pregunten.´

    [82] [WEB] dice `en la,´ [Peshitta] dice `a una.´

    [83] [DieBibel] dice `saluden,´ [Peshitta] dice `pidan paz
    para esa
    casa.´

    [84] [Peshitta] dice `a los gentiles.´

    [85] [Peshitta] dice `los matarán.´

    [86] [Peshitta] dice `vivirá´

    [87] Un asarión es una pequeña moneda cuyo valor es un décimo
    de un
    dracma o un dieciseisavo de un denario (aproximadamente el
    jornal
    de un día de trabajo agrícola).

    [88] [DiosHablaHoy] dice `se declara a mi favor delante de los
    hombres.´

    [89] [WEB] dice `enviar paz,´ [Peshitta] dice `traer calma,´ [
    DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `traer paz.´

    [90] [DiosHablaHoy] dice `lucha.´

    [91] [Peshitta] dice `dividir.´

    [92] [DiosHablaHoy] dice `no merece ser mio.´

    [93] [Peshitta] dice `alma.´

    [94] [DieBibel] dice `porque es un profeta,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `porque habla en nombre de Dios,´ [WEB] dice `en el nombre de
    un
    profeta.´

    [95] [DiosHablaHoy] dice `bueno.´

    [96] [WEB] y [Peshitta] dicen `en el nombre de un discípulo,´
    [
    DiosHablaHoy] dice `por ser seguidor mio.´

    [97] [Peshitta] dice `esperar.´

    [98] [Peshitta] dice `y se les da esperanza a los pobres.´

    [99] [WEB] dice `para tropezar en mí,´ [Peshitta] dice `el que
    no
    es ofendido en mí.´

    [100] [Peshitta] dice `establecerá.´

    [101] [Peshitta] dice `roban´ en lugar de `toman,´
    [DiosHablaHoy]
    dice `y los que usan la fuerza pretenden acabar con él.´

    [102] [DieBibel] dice `Cantamos canciones tristes y ustedes no
    se
    han golpeado el pecho.´

    [103] [WEB] dice `pero la sabiduría es justificada por sus
    hijos,´
    [DiosHablaHoy] dice `Pero la sabiduría de Dios se demuestra
    por
    todos sus resultados,´ [Peshitta] dice `pero la sabiduría se
    justifica por sus obras.´

    [104] [Peshitta] comienza el versículo con `Y Él diría.´

    [105] [Peshitta] agrega `tal vez la gente.´

    [106] [DiosHablaHoy] dice `sencillos.´

    [107] [Peshitta] dice `agradable.´

    [108] [WEB] dice `profanan,´ [Peshitta] dice `ignoran.´

    [109] [Peshitta] dice `a la gente.´

    [110] [Peshitta] dice `una lampara que parpadea.´

    [111] [DiosHablaHoy] dice `sus seguidores´

    [112] [DiosHablaHoy] dice `Por eso ellos mismos demuestran que
    ustedes están equivocados.´

    [113] [Peshitta] dice `se ha acercado a ustedes.´

    [114] [Peshitta] dice `este mundo.´

    [115] [TR] agrega «del corazón.»

    [116] [WEB] dice `Reino de los Cielos.´

    [117] [Peshitta] dice `conoceran.´

    [118] [DieBibel] dice `así con sus ojos no verán/ y con sus
    oídos
    no escucharán,/ entonces con sus corazones/ no comprenderán,/
    así
    que no se convertirán y yo no los sano.´

    [119] [DieBibel] dice `benditos son ustedes.´

    [120] Literalmente tres sata. 3 sata son cerca de 39 litros o
    un
    poco más que un saco.

    [121] [DieBibel] y [Peshitta] dicen `fin del mundo.´

    [122] La palabra `hermanos´ proviene de una palabra que
    también se
    emplea para primos y parientes.

    [123] [WEB] dice `No es legal para ti tenerla,´ [Peshitta]
    dice `No
    es legal que sea una esposa para tí.´

    [124] La noche se dividía de forma equitativa en cuatro
    vigilias,
    así que la cuarta vigilia es aproximadamente entre 3:00 A.M. y
    amanecer.

    [125] Ver Éxodo 3:14.

    [126] [DieBibel] dice `Lo que te debo, lo aclaro como ofrenda
    a
    Dios,´ [DiosHablaHoy] dice `No puedo ayudarte, porque todo lo
    que
    tengo lo he ofrecido a Dios,´ [Peshitta] dice `mi ofrenda es
    lo que
    hubieras ganado de mí.´

    [127] [DiosHablaHoy] dice `y que cualquiera que diga esto, ya
    no
    está obligado a ayudar a su padre o a su madre,´ [Peshitta]
    dice
    `entonces no necesita honrar a su padre o a su madre.´

    [128] [Peshitta] no dice esta parte.

    [129] [WEB] no dice `mientras,´ pero si lo dice [Peshitta]

    [130] [Peshitta] agrega antes `Mi Señor.´

    [131] [DieBibel] dice `Libérala (de su preocupación).´

    [132] [Peshitta] dice `Es claro.´

    [133] [Peshitta] dice `Será invierno.´

    [134] [Peshitta] dice `oscuro.´

    [135] [Peshitta] dice `Es porque no trajimos pan.´

    [136] [WEB] no dice `que es,´ lo dice [Peshitta]

    [137] [Peshitta] dice `que soy un hijo de hombres.´

    [138] [DiosHablaHoy] dice `ningún hombre te lo ha mostrado.´

    [139] El nombre de Pedro, Petro en Griego, es la palabra
    específica
    para roca o piedra.

    [140] Griego, petra, una masa de roca o cama de piedras.

    [141] [Peshitta] dice `y las puertas de Sheol no la
    suyugarán.´

    [142] [DiosHablaHoy] y [Peshitta] dicen `esta visión.´

    [143] [Peshitta] dice `para que todo se cumpla.´

    [144] [Peshitta] dice `tiene un demonio.´

    [145] [Peshitta] dice `y nada prevalecería sobre ustedes.´

    [146] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] omiten esta parte
    agregándola
    como nota al pie.

    [147] [Peshitta] dice `traicionado.´

    [148] Un didracma es una moneda griega de plata cuyo valor son
    2
    dracmas, casi tanto como 2 denarios romanos, o 2 días de
    jornal.
    Era usado comúnmente para pagar el impuesto del templo de
    medio
    shekel, porque 2 dracmas correspondían al valor de medio
    shekel de
    plata. [Peshitta] agrega `para impuestos.´

    [149] [DiosHablaHoy] dice `súbditos.´

    [150] [WEB] dice `no hagamos que tropiecen,´ la traducción
    escogida
    es tomada de [Peshitta].

    [151] Un stater es una moneda de plata equivalente a cuatro
    attics
    o dos dracmas alejandrinos, o un shekel Judío: justo lo
    suficiente
    para cubrir el impuesto de templo de medio shekel para dos
    personas. [Peshitta] dice sólo `moneda.´

    [152] o infierno.

    [153] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] no agregan este versículo,
    lo
    mencionan al pie de página, de acuerdo a [DieBibel] sólo
    aparece en
    algunos textos. En [Peshitta] si está.

    [154] [WEB] dice `asamblea,´ [Peshitta] dice `congregación.´

    [155] [Peshitta] dice `setenta y site.´

    [156] Diez mil talentos representa una suma de dinero
    extremadamente cuantiosa, es equivalente a cerca de 60,000,000
    denarios, donde un denario era el salario típico de un día de
    trabajo agrícola.

    [157] 100 denarios son como un sexto de un talento.

    [158] [Peshitta] dice `al otro lado.´

    [159] [Peshitta] dice `sin un cargo de adulterio.´

    [160] [WEB] dice `Si este es el caso del hombre con su esposa,
    no
    es necesario casarse,´ la traducción escogida es tomada de [
    Peshitta].

    [161] [WEB] dice `tales,´ [DieBibel] dice `a hombres como
    ellos,´ [
    Peshitta] dice `a quienes son como ellos.´

    [162] [DiosHablaHoy] dice `¿Por qué me preguntas acerca de lo
    que
    es bueno? Bueno solamente hay uno.´

    [163] [WEB], [Peshitta] y [DiosHablaHoy] dicen `perfecto,´ la
    traducción escogida es tomada de [DieBibel].

    [164] [WEB] dice `era alguien con muchos bienes,´ la
    traducción
    escogida es tomada de [Peshitta].

    [165] [WEB] dice `un rico entrará al Reino de Dios con
    dificultad,´
    traducción escogida tomada de [Peshitta].

    [166] [Peshitta] dice `una cuerda.´

    [167] [Peshitta] dice `ganar vida.´

    [168] [WEB] dice `regeneración,´ [DiosHablaHoy] dice `cuando
    llegue
    el tiempo en que todo sea renovado,´ [DieBibel] dice `cuando
    el
    mundo sea creado de nuevo,´ [Peshitta] dice `el nuevo mundo.´

    [169] Un denario es una moneda plateada Romana que equivale a
    un
    veinticincoavo de un aureus Romano. Este era el pago común por
    un
    día de trabajo de un campesino.

    [170] El tiempo se media de amanecer a atardecer, así que la
    tercera hora era cerca de las 9:00 A.M.

    [171] [Peshitta] pone `Así que fueron a la viña´ al comienzo
    del
    siguiente versículo.

    [172] mediodía y 3:00 P.M.

    [173] 5:00 P.M.

    [174] [DieBibel] dice `cuando los primeros estaban en la
    fila.´

    [175] Tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] dicen `injusticia.´

    [176] [DiosHablaHoy] dice ¿O es que te da envidia que yo sea
    bondadoso?

    [177] Esta parte no aparece en [DiosHablaHoy], y aparece en [
    DieBibel] como pie de página.

    [178] [WEB] dice `Ustedes saben que los gobernantes de las
    naciones
    mandan sobre estas, y los grandes ejercen autoridad sobre
    estas,´ [
    Peshitta] dice `los dirigentes de los gentiles son señores
    sobre
    ellos y sus nobles tienen autoridad sobre ellos,´ la
    traducción
    usada es tomada de [DieBibel].

    [179] [TR] dice «que sea» en lugar de «será.»

    [180] [WEB] dice `y de inmediato lo enviará,´ la traducción
    elegida
    es tomada de [DieBibel].

    [181] [WEB] dice `una nación,´ [Peshitta] dice `gente.´

    [182] [Peshitta] dice `con una pregunta.´

    [183] [WEB] dice `Herodianos.´

    [184] [WEB] dice `la tuvieron,´ [Peshitta] dice `se casaron
    con
    ella.´

    [185] [DieBibel] dice `maestro de la ley.´

    [186] [DieBibel] dice `Hasta que deje a tus enemigos bajo los
    pies.
    ´

    [187] [DiosHablaHoy] dice `Les gusta llevar en la frente y en
    los
    brazos porciones de las Escrituras escritas en anchas tiras.´

    [188] [Peshitta] no dice `el Cristo.´

    [189] [DiosHablaHoy] dice `jefes.´

    [190] Algunos manuscritos griegos invierten el orden de los
    versos
    13 y 14, y algunos omiten el verso 13, numerando el 14 como
    13. [
    DieBibel] no tiene el 14, numera el 14 como 13.

    [191] [Peshitta] dice `es culpable.´

    [192] [WEB] dice `el regalo,´ [Peshitta] dice `la ofrenda.´

    [193] [WEB] dice `y por el que estaba viviendo en él,´
    [Peshitta]
    dice `lo habita.´

    [194] Comino es una semilla aromática del cuminum cyminum,
    parecido
    a la alcaravea en sabor y apariencia. Es usado como especia.

    [195] [TR] dice «auto-indulgencia» en lugar de «injusticia,» [
    DiosHablaHoy] dice `avaricia,´ [Peshitta] dice `extorsión.´

    [196] [DiosHablaHoy] dice `Terminen de hacer, pues, lo que sus
    antepasados comenzaron.´

    [197] [DieBibel] dice `edificio del templo.´

    [198] [Peshitta] dice `de las preocupaciones.´

    [199] [DieBibel] dice `la desobediencia de las leyes de Dios´

    [200] [DiosHablaHoy] dice `aquí está escondido.´

    [201] O águilas.

    [202] La palabra para «generación» (genea) también puede
    traducirse
    como «raza.» [Peshitta] dice `tribu.´

    [203] Tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] agregan `ni el
    Hijo.´

    [204] [Peshitta] dice `en dos.´

    [205] [DiosHablaHoy] dice `despreocupadas´ y `previsoras.´

    [206] Ni [DieBibel], ni [Peshitta], ni [DiosHablaHoy] dicen
    `en la
    que el Hijo del Hombre vendrá.´

    [207] La palabra para «hermanos» aquí también puede traducirse
    correctamente como «hermanos y hermanas»

    [208] [Peshitta] agrega `pequeños.´

    [209] [Peshitta] dice `alfarero.´

    [210] [DieBibel] dice `le pagaron,´ [Peshitta] dice `le
    prometieron.´

    [211] [WEB] no dice `fiesta,´ lo dice [Peshitta].

    [212] [DiosHablaHoy] dice `Uno que moja el pan en el mismo
    plato
    que yo.´

    [213] [TR] dice «bendijo» en vez de «dio gracias.»

    [214] [Peshitta] dice `ofrecido alabanza.´

    [215] [DieBibel] dice `Pero Jesús calló.´

    [216] [DieBibel] y [Peshitta] dicen `otra empleada.´

    [217] [WEB] dice `¿Qué es para nosotros? Míralo tu.´

    [218] [Peshitta] dice `templo.´

    [219] [Peshitta] dice `el campo del alfarero.´

    [220] [Peshitta] omite `Jeremías.´

    [221] [Peshitta] dice `tomé.´

    [222] [Peshitta] dice `del precioso.´

    [223] [Peshitta] dice `acordado por los hijos de Israel.´

    [224] [Peshitta] dice `Y las dí.´

    [225] [DiosHablaHoy] dice muerte

    [226] [Peshitta] dice `hagán como les plazca.´

    [227] [DiosHablaHoy] dice `Nosotros y nuestros hijos nos
    hacemos
    responsables de su muerte.´

    [228] [DiosHablaHoy] y [DieBibel] dicen `alrededor de Él.´

    [229] [WEB] dice `Salve,´ [Peshitta] dice `Paz.´

    [230] [Peshitta] agrega `en el rostro.´

    [231] [DiosHablaHoy] dice `cargara la cruz con Jesús.´

    [232] [DiosHablaHoy] dice `mezclado con hiel.´

    [233] [TR] añade «para que se cumpliera lo dicho por los
    profetas:
    `Se dividieron mi ropa entre ellos, y por mi ropa echaron
    suertes;´
    » [ver Salmo 22:18 y Juan 19:24].

    [234] [TR], [DieBibel] [DiosHablaHoy] omiten «los fariseos,»

    [235] Mediodía.

    [236] 3:00 P.M.

    [237] [TR] dice «lama», [DieBibel] dice «lema sabachtani», [
    DiosHablaHoy] dice «lema sabactani,» [Peshitta] no dice esta
    parte,
    sólo lo que significa.

    [238] [WEB] dice `de su resurrección.´ La traducción escogida
    concuerda con la de [DieBibel] y [DiosHablaHoy].

    [239] [Peshitta] dice `fina.´

    [240] La palabra para «hermanos» también podría traducirse
    como «
    hermanos y hermanas», ver nota de Mateo 13,55.

    [241] [Peshitta] dice `había acordado encontrarlos.´

    [242] [Peshitta] dice `lo alabaron.´

    [243] [Peshitta] agrega `y como me ha enviado mi Padre los
    envio a
    ustedes.´

    [244] [Peshitta] dice `el fin del mundo.´

    Bibliografía

    [DieBibel] Einheitsübersetzung der Heiligen Schrift. Die
    Bibel.
    Gesamtausgabe. Otto Knoch, Heinrich Arenhe, Gerhard Barth, et
    al.
    Verlag Katholissches Bibelwerk GmbH. 1980. Todos los derechos
    reservados.

    [DiosHablaHoy] Dios Habla Hoy. La Biblia. Sociedades bíblicas
    unidas. 1995. Todos los derechos reservados.

    [Peshitta] Peshitta Aramaic/English Interlinear New Testament.
    Paul
    D. Younan. http://www.peshitta.org/ Permite uso o reproducción
    de
    cualquier parte en cualquier forma sin permiso previo.

    [WEB] World English Bible Michael Johnson con base en American
    Standard Bible de 1911. http://www.ebible.org 2002. Dominio
    público.

    [Elberfelder] Johannes Evangelium: mit Erklärungen von Werner
    Heukelbach. Elberfelder. Missionswerk Werner Heukelbach. Todos
    los derechos reservados.

    [esv] Las sagradas Escrituras Versión Antigua. Russell Martin
    Stendal. Copyright (c) 1999. Puede ser usada libremente
    siempre y
    cuando su contenido no sea alterado.

    [TR] Textus Receptus. Greek New Testament underlying the King
    James
    Version.

    [NU] Nestle-Aland ed. 27/UBS ed. 4.

    [MT] Majority Text Greek New Testament.

  • Buena Nueva de acuerdo a Marcos Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Buena Nueva de acuerdo a Marcos Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Aproximadamente 14.820 palavras.

    ——————————————————————-

    Esta traducción se basa especialmente en la biblia World English
    Bible – WEB (http://www.ebible.org). Así como la biblia World
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    esta traducción está cordialmente invitados al grupo virtual
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    buscar actualizaciones o citar como fuente de la traducción:
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    Lo invitamos a difundir
    esta traducción, a mejorarla pero sobre todo a colaborar en la
    construcción del Reino de Dios que creemos se logra haciendo la
    voluntad de Dios, siguiendo a Jesús.

    ——————————————————————-

    ——————————————————————-

    Buena Nueva de acuerdo a Marcos

    ——————————————————————-
    [1]

    1

    001:001 El comienzo de la Buena Nueva de Jesús Cristo, el Hijo de
    Dios.
    001:002 Como está escrito por el profeta Isaías[2]
    «Observa, yo envió mi mensajero antes de tu gracia. Quien
    preparará tu camino antes de ti[3].
    001:003 Una voz [4] gritando en el desierto `¡Preparen el camino del
    Señor!¡Hagan sus caminos rectos[5]!´»
    001:004 Juan estuvo bautizando[6] en el desierto, anunciando el
    bautizo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.
    001:005 Toda la gente de Judea y todos los de Jerusalén fueron a él.
    Fueron bautizados por él en el río Jordán mientras confesaban
    sus pecados.
    001:006 Juan se vestía con piel de camello y un cinturón de cuero
    alrededor de su cintura. Comía grillos y miel salvaje.
    001:007 Predicaba diciendo, « Después de mí viene el que es más fuerte
    que yo, ante quien no soy digno de inclinarme a desamarrar las
    cintas de sus sandalias.
    001:008 Yo los bauticé en[7] agua, pero él los bautizará en el
    Espíritu Santo. »

    001:009 Sucedió en esos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y
    fue bautizado por Juan en el Jordán.
    001:010 Cuando se levantaba del agua, Juan vio el cielo dividirse, y
    el Espíritu descendiendo sobre Jesús como una paloma.
    001:011 Una voz salió del cielo, «Tu eres mi Hijo amado, en quien yo
    estoy bien complacido.»

    001:012 Después el Espíritu dirigió a Jesús al desierto.
    001:013 Estuvo en el desierto cuarenta días tentado por el demonio.
    Estuvo con los animales salvajes; y los ángeles le sirvieron.

    001:014 Después que Juan fue detenido[8], Jesús llegó a Galilea,
    anunciando la Buena Nueva de el Reino de Dios
    001:015 y diciendo, «¡El tiempo se ha completado, y el Reino de Dios
    está a la mano[9]! Arrepiéntanse y crean en la Buena Nueva.»

    001:016 Pasando por el lago de Galilea[10], vio a Simón y a Andrés, el
    hermano de Simón, pescando con una red, pues ellos eran
    pescadores.
    001:017 Jesús les dijo, «Síganme, y los haré pescadores de
    hombres[11].»

    001:018 Inmediatamente ellos dejaron sus redes, y lo siguieron.
    001:019 Andando un poco más, vio a Santiago el hijo de Zebedeo, y a
    Juan, su hermano, quienes también estaban en el bote
    arreglando las redes.
    001:020 Entonces Él los llamó, y ellos dejaron a su padre, Zebedeo, en
    el bote con sus empleados y fueron tras Jesús.
    001:021 Fueron a Capernaum, y al siguiente día sabático [12] entró a
    la sinagoga y enseñó.
    001:022 La gente estaba asombrada por su enseñanza, porque enseñaba
    con autoridad, y no como los escribas [13]
    001:023 Había en la sinagoga un hombre con un espíritu impuro, y
    gritaba,
    001:024 diciendo, «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús, tu Nazareno?
    ¿Has venido a destruirnos? Yo se quien eres tu: ¡El Santo de
    Dios!»

    001:025 Jesús lo reprendió, diciendo, «¡Cállate, y sal de él!»

    001:026 El espíritu impuro, haciéndolo convulsionar y chillando con
    fuerte voz, salió de él.
    001:027 Todos estaban asombrados, se cuestionaban entre ellos
    diciendo, «¿Qué es esto? ¿Una nueva enseñanza? ¡Con autoridad
    Él ordena incluso a los espíritus impuros, y ellos le
    obedecen!»
    001:028 La noticia sobre Jesús se difundió inmediatamente en toda la
    región de Galilea y las áreas vecinas[14 ].

    001:029 Después cuando habían salido de la sinagoga, entraron a la
    casa de Simón y Andrés, con Santiago y Juan.
    001:030 La mamá de la esposa de Simón yacía enferma con fiebre, y le
    contaron sobre ella.
    001:031 Él vino, la tomó de la mano, y la levantó. La fiebre la
    abandonó, y ella los atendió.
    001:032 Por la tarde, cuando el sol se había ocultado, le trajeron a
    todos los enfermos, y aquellos que estaban poseídos por
    demonios.
    001:033 Toda la ciudad estaba reunida en la puerta.
    001:034 Jesús sanó muchos que sufrían diversas enfermedades, y expulso
    muchos demonios. A los demonios no les permitió hablar, porque
    ellos lo conocían

    001:035 Temprano por la mañana, mientras todavía estaba oscuro[15], Él
    se levantó y salió, se dirigió a un lugar desierto, y rezó
    allí.
    001:036 Simón y los que estaban con Él fueron tras Él;
    001:037 lo encontraron y le dijeron, «Todos te están buscando.»

    001:038 Él les dijo, «Vayamos a otros lugares en los siguientes
    pueblos, para que yo pueda predicar allá también, porque por
    esta razón he venido.»
    001:039 Fue a las sinagogas de toda Galilea, evangelizando y
    expulsando los demonios

    001:040 Un leproso vino a Él, suplicándole, arrodillado ante Él, y
    diciéndole, «Si quieres, puedes hacerme limpio.»

    001:041 Jesús tuvo compasión de él[16], estiró su mano, lo tocó, y le
    dijo, «Yo quiero. ¡Queda limpio!»
    001:042 Cuando dijo esto, de inmediato la lepra lo abandonó, y quedó
    limpio.
    001:043 Inmediatamente le mando irse, y le advirtió estrictamente
    001:044 diciéndole, «No se lo digas a nadie, pero muéstrate al
    sacerdote, y ofrece por tu limpieza las cosas que Moisés
    ordenó, como un testimonio para ellos.»

    001:045 Pero él salió y comenzó a anunciarlo y ha difundir lo
    acontecido, así que Jesús ya no podía entrar abiertamente a
    una ciudad, pero se quedaba afuera en sitios desiertos, y
    venían a Él de todas partes.

    2

    002:001 Cuando volvió a entrar en Capernaum después de algunos días,
    se escuchó que estaba en la casa.
    002:002 Entonces muchos se juntaron, de forma que no quedo espacio, ni
    siquiera cerca a la puerta; y Él les decía la palabra.
    002:003 Cuatro personas fueron hacia Él, cargando un paralítico.
    002:004 Cuando no pudieron acercarse más por la multitud, subieron al
    techo[17], quitaron el techo de donde Él estaba. Cuando lo
    habían descubierto, bajaron la camilla en la que estaba el
    paralítico acostado.
    002:005 Jesús, viendo su fe, le dijo al paralítico, « Hijo, tus
    pecados te son perdonados.»

    002:006 Pero había algunos escribas[18] sentados allí, pensando en sus
    corazones,
    002:007 «¿Por qué dice este hombre blasfemias como esa? ¿Quién puede
    perdonar pecados sino solo Dios?»

    002:008 Inmediatamente Jesús, percibió en su espíritu lo que estaban
    pensando, en su interior, y les dijo, «¿Por qué piensan estas
    cosas en sus corazones?
    002:009 ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico, `Tus pecados son
    perdonados;´ o decir, `Levántate, toma tu cama, y camina?´
    002:010 Pero sepan que el Hijo del Hombre tiene la autoridad[19] en la
    tierra para perdonar pecados» le dijo al paralítico
    002:011 «Yo te digo, levántate, toma tu camilla, y ve a tu casa.»

    002:012 Él se levantó, e inmediatamente tomó la camilla, y salió en
    frente de todos; todos estaban asombrados, y daban gloria a
    Dios, diciendo, «¡Nunca vimos algo como esto!»

    002:013 Jesús salió de nuevo a la orilla del lago. Toda la multitud
    vino hacia Él, y Él les enseño.
    002:014 Al pasar, vio a Levi, el hijo de Alfeo, sentado en la oficina
    de impuestos [20], y le dijo, « Sígueme.» Y él se levantó y lo
    siguió.

    002:015 Sucedió, que estando sentado en la mesa de su casa, muchos
    recolectores de impuestos y pecadores se sentaron con Jesús y
    sus discípulos, porque había muchos que lo seguían
    002:016 Cuando los escribas y los fariseos vieron que estaba comiendo
    con pecadores y recolectores de impuestos, dijeron a sus
    discípulos, «¿Por qué es esto, que Él come y bebe con
    recolectores de impuestos y pecadores? »

    002:017 Cuando Jesús los escuchó, les dijo, «Aquellos que son
    saludables no tienen necesidad de un médico, sino aquellos que
    están enfermos. No vine a llamar al arrepentimiento a los
    justos sino a los pecadores.»

    002:018 Los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando,
    algunas personas fueron y le preguntaron, «¿Por qué los
    discípulos de Juan y los fariseos ayunan pero tus discípulos
    no ayunan?»

    002:019 Jesús les dijo, «¿Pueden los invitados a la boda ayunar
    mientras el novio está con ellos? Mientras tengan al novio con
    ellos, no pueden ayunar.
    002:020 Pero vendrán días en los que les quitarán al novio, y tendrán
    que ayunar ese día.
    002:021 Nadie coce un parche nuevo[ 21] sobre un vestido viejo, porque
    el parche encoge y se separa del viejo, y se hace un hueco
    peor.
    002:022 Nadie pone vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo
    romperá el cuero, y el vino se derramará, y el cuero quedará
    destruido; en cambio ponen vino nuevo en odres frescos.»

    002:023 Sucedió que Jesús caminaba un día de reposo por los sembrados
    de granos, y sus discípulos comenzaron, mientras los cruzaban,
    a arrancar las espigas.
    002:024 Los fariseos le dijeron, «Observa, ¿Por qué ellos hacen eso,
    que no es legal el día sabático?»

    002:025 Él les contesto, «¿No leyeron lo que David hizo, cuando él
    tuvo necesidad, y estaban hambrientos él y los que estaban con
    él?
    002:026 ¿ Cómo él entró a la casa de Dios cuando Abiatar era un alto
    sacerdote, y comió pan sagrado, lo cual no era permitido sino
    para los sacerdotes, y también le dio a los que estaban con
    él?»
    002:027 Él les dijo, «El día sabático fue hecho para los hombres, no
    los hombres para el día sabático.
    002:028 Así que el Hijo del Hombre es señor incluso del día sabático.

    3

    003:001 Jesús entró de nuevo a la sinagoga, había allí un hombre que
    tenía una mano tullida.
    003:002 Ellos lo miraban pues si lo sanaba el día sabático, podían
    acusarlo.
    003:003 Él le había dicho al hombre que tenía la mano tullida,
    «Levántate.»
    003:004 Jesús les dijo, «¿Es legal en el día sabático hacer el bien, o
    herir? ¿Salvar una vida, o matar?» Pero ellos callaban.
    003:005 Después de mirarlos con indignación, apenado por la dureza de
    sus corazones, le dijo al hombre, «Estira tu mano.» Él la
    estiró, y su mano quedo curada, tan sana como la otra[22].
    003:006 Los fariseos salieron, y junto con los seguidores de Herodes
    conspiraron para destruirlo.

    003:007 Jesús fue al lago con sus discípulos, y una gran multitud lo
    siguió de Galilea, de Judea,
    003:008 de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán, y de Tiro y
    Sidón. Una gran multitud que había escuchado las cosas
    grandiosas que hacía, vino a Él.
    003:009 Jesús habló con sus discípulos para que tuvieran un pequeño
    bote preparado cerca para que la multitud no lo aplastara.
    003:010 Muchos había sanado, por esto todos los enfermos lo
    presionaban para poder tocarlo.
    003:011 Cuando los que estaban poseídos por espíritus impuros[23], lo
    veían, se postraban a sus pies y gritaban, «¡Tu eres el hijo
    de Dios!»
    003:012 Jesús les prohibió estrictamente dar a conocer quien era.

    003:013 Jesús subió a la montaña y llamó a los que había elegido, y
    ellos fueron a Él.
    003:014 Fueron doce, los que pudieron ser elegidos por Él y a quienes
    enviaría a evangelizar,
    003:015 con autoridad para curar enfermedades y sacar demonios:
    003:016 Simón, a quien le dio el nombre de Pedro;
    003:017 Santiago hijo de Zebedeo; Juan, el hermano de Santiago, los
    llamo Boanegres, que significa hijos del trueno;
    003:018 Andrés; Felipe; Bartolomé; Mateo; Tomás; Santiago el hijo de
    Alfeo; Tadeo; Simón el celote;
    003:019 y Judas Iscariote quien después lo traicionó
    Jesús entró a una casa.
    003:020 La multitud se reunió nuevamente, hasta el punto en que no los
    dejaban comer pan.
    003:021 Cuando sus familiares escucharon esto, fueron a llevárselo:
    diciendo, «Él está loco.»
    003:022 Los maestros de la ley que llegaron de Jerusalén dijeron,
    «Tiene a Beelzebú,» y «con la ayuda del príncipe de los
    demonios expulsa demonios.»

    003:023 Él los llamó, y les enseño en forma de parábolas, «¿Como puede
    Satanás expulsarse a si mismo?
    003:024 Si un reino está dividido en contra de si mismo, ese reino no
    podrá mantenerse.
    003:025 Si un hogar está dividido, ese hogar no podrá mantenerse.
    003:026 Si Satanás está en contra de si mismo y dividido, no podrá
    mantenerse, y tendrá su fin.
    003:027 Pero nadie puede entrar a la casa de un hombre fuerte a robar,
    a no ser de que antes ate al hombre fuerte; entonces podrá
    robar su casa.
    003:028 Yo les aseguro, todos los pecados del hombre le serán
    perdonados, incluyendo sus blasfemias;
    003:029 Pero quien blasfeme contra del Espíritu Santo nunca tendrá
    perdón, es culpable de un pecado eterno[24].»
    003:030 porque ellos dijeron, «Él tiene un espíritu impuro.»

    003:031 La madre y los hermanos de Jesús llegaron y desde afuera lo
    mandaron a llamar.
    003:032 Una multitud estaba sentada alrededor de Jesús y le dijeron,
    «Mira, tu madre, tus hermanos[25] y tus hermanas[26] están
    afuera buscándote.»

    003:033 Él les contestó, «¿Quienes son mi madre y mis hermanos?»
    003:034 Mirando a quienes se sentaban a su alrededor, dijo «¡Miren, mi
    madre y mis hermanos!
    003:035 Todo aquel que haga la voluntad de Dios, es también mi
    hermano, mi hermana y madre.»

    4

    004:001 Nuevamente comenzó a enseñar a la orilla del lago. Una gran
    multitud estaba a su alrededor, así que subió a un bote en el
    lago y se sentó. Toda la multitud estaba a la orilla del lago.
    004:002 Él les enseñaba muchas cosas en parábolas, y les decía en sus
    enseñanzas,
    004:003 «¡Escuchen! Un campesino salió a sembrar,
    004:004 y ocurrió, mientras sembraba, que algunas semillas cayeron
    sobre el camino, y los pájaros [27] vinieron y las devoraron.
    004:005 Otras cayeron sobre suelo pedregoso, con poca tierra, e
    inmediatamente brotaron, porque la tierra no era profunda.
    004:006 Cuando el sol subió las quemó; y como no tenían raíz se
    secaron.
    004:007 Otras cayeron entre las espinas, las espinas crecieron, las
    sofocaron y no dieron fruto.
    004:008 Otras cayeron en tierra buena, y dieron fruto, creciendo y
    aumentando. Algunas dieron treinta veces más, algunas sesenta
    veces más, y algunas cien veces más.»
    004:009 Y dijo, «Quien tenga oídos para oír, que oiga.»

    004:010 Cuando estaba sólo, aquellos que estaban a su alrededor con
    los doce le preguntaron sobre las parábolas.
    004:011 Jesús les dijo, «A ustedes se les dan los misterios del Reino
    de Dios, pero para quienes están afuera, todo se hace en
    parábolas,
    004:012 porque `viendo pueden ver, y no percibir; y oyendo pueden oír,
    y no entender; a menos que cambiaran, y sus pecados les serían
    perdonados.´»

    004:013 Les dijo, «¿No entienden esta parábola? ¿Cómo entenderán
    entonces todas las parábolas?
    004:014 El campesino siembra la palabra.
    004:015 Hay las que caen en el camino, cuando la palabra es sembrada;
    y cuando algunos la han oído, inmediatamente viene Satanás, y
    se lleva la palabra que ha sido sembrada en ellos[28].
    004:016 De forma similar hay las que son sembradas en lugares
    pedregosos, aquellos, que cuando escuchan la palabra la
    reciben con alegría.
    004:017 No tiene raíces en ellos mismos, y duran poco tiempo. Cuando
    la opresión o la persecución llega a causa de la palabra,
    inmediatamente tropiezan.
    004:018 Otras son las sembradas entre espinas. Estos son quienes han
    escuchado la palabra,
    004:019 y las preocupaciones de este mundo[29], el engaño de la
    riqueza, y los deseos por otras cosas entran a sofocar la
    palabra, y se vuelve infértil.
    004:020 Las que fueron sembrados en tierra buena: aquellos que cuando
    escuchan la palabra, la aceptan, y dan fruto, algunos treinta
    veces, otros sesenta veces, y algunos cien veces.»

    004:021 Jesús les dijo, «¿Se trae la lampara para ponerla debajo de un
    cajón[30] o debajo de una cama? ¿No es para ponerla sobre una
    base?
    004:022 Porque no hay nada escondido, que no llegue a ser
    conocido[31]; ni nada se hizo secreto, que no sea sacado a la
    luz[32].
    004:023 Si alguien tiene oídos para oír, que oiga.»

    004:024 Él les dijo, «Pongan atención a lo que escuchan. Con la medida
    que midan, serán medidos y mas se te dará a ti que escuchas.
    004:025 Pues a quien tenga mas se le dará, y a quien no tenga a ese se
    le quitará incluso lo que tenga.»

    004:026 Jesús dijo, «El Reino de Dios es como si un hombre regara
    semillas sobre la tierra,
    004:027 debe dormir y levantarse noche y día, y la semilla brotará y
    crecerá[33] y el hombre no sabe como.
    004:028 Pues la tierra da frutos: primero la hoja, luego la espiga y
    después el grano completo en la espiga.
    004:029 Pero cuando el fruto está maduro, inmediatamente él saca la
    hoz, porque la cosecha ha llegado.»

    004:030 Jesús dijo, «¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con que
    parábola lo ilustraremos?
    004:031 Es como una semilla de mostaza, que cuando es sembrada en la
    tierra, es menos que todas las semillas[34 ] que hay en la
    tierra,
    004:032 pero cuando es sembrada y crece, llega a ser más grande que
    todas las hierbas, y extiende grandes ramas para que los
    pájaros del cielo puedan alojarse bajo su sombra.»

    004:033 Con muchas de tales parábolas les dijo la palabra,
    parábolas[35] que ellos podían escucharla.
    004:034 Sin una parábola Él no les hablaba; pero en privado le
    explicaba todo a sus discípulos.

    004:035 Ese día, cuando atardeció, les dijo, «Vámonos al otro lado.»
    004:036 Dejando la multitud, se lo llevaron tal como estaba, en el
    bote. Otros botes pequeños lo acompañaban.
    004:037 Una gran tormenta se levantó, las olas golpeaban el bote, una
    gran parte del bote ya estaba lleno de agua.
    004:038 Jesús se encontraba en la popa dormido sobre una almohada, lo
    despertaron y le dijeron, «Maestro, ¿no te preocupa que nos
    estamos muriendo?»

    004:039 Jesús despertó, y reprendió al viento, y le dijo al mar «¡Paz!
    ¡ Quédate quieto!» El viento cesó, y hubo una gran calma.
    004:040 Jesús les dijo, «¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Cómo es eso,
    que no tienen fe? »

    004:041 Ellos estaban muy asustados y se dijeron unos a otros, «¿Quien
    es este que hasta los vientos y el mar le obedecen?»

    5

    005:001 Llegaron al otro lado del lago, a la región de Gerasa[36].
    005:002 Cuando había bajado del bote, de las tumbas salió a su
    encuentro un hombre con un espíritu impuro,
    005:003 el hombre tenía por casa las tumbas. Nadie podía atarlo, ni
    siquiera con cadenas,
    005:004 aunque a menudo lo habían atado con lazos y cadenas, él rompía
    las cadenas, y hacía pedazos los lazos. Nadie tenía la fuerza
    para dominarlo.
    005:005 Siempre, día y noche, en las tumbas y en las montañas, él
    chillaba, y se cortaba con piedras.
    005:006 Cuando vio a Jesús desde lejos corrió y se inclinó ante Él,
    005:007 y gritando con fuerte voz, decía «¿Qué tengo que ver contigo,
    Jesús, tu hijo del altísimo Dios? Te pido por Dios, no me
    atormentes.»
    005:008 Jesús le había dicho, «espíritu impuro ¡sal de este hombre!»

    005:009 Jesús le preguntó, «¿Cuál es tu nombre?»,
    él le contestó, «Mi nombre es legión, porque somos muchos.»
    005:010 El espíritu le suplicaba que no lo enviará fuera de la región.
    005:011 Había sobre el lado de una montaña una gran piara de cerdos
    alimentándose.
    005:012 Todos los demonios le suplicaban diciendo, « Envianos a esos
    cerdos, para que podamos entrar en ellos[37].»

    005:013 Una vez Jesús les dio permiso. Los espíritus impuros salieron
    del hombre y entraron a los cerdos. El rebaño de
    aproximadamente dos mil cerdos se lanzó al lago desde un
    acantilado y los cerdos se ahogaron en el lago.
    005:014 Quienes los alimentaban huyeron, y contaron esto en la ciudad
    y en el campo.
    La gente vino a ver que era lo que había ocurrido.
    005:015 Fueron donde Jesús, y vieron al que había estado poseído por
    demonios, sentado, vestido y cuerdo, aquel que había tenido la
    legión; y se asustaron.
    005:016 Quienes lo vieron, declararon lo que había ocurrido al que
    estaba poseído por demonios y a los cerdos.
    005:017 La gente comenzó a pedirle a Jesús que abandonara la zona.

    005:018 Cuando Jesús entró al bote, el hombre que había estado poseído
    por demonios le pidió que le permitiera ir con Él.
    005:019 Él no se lo permitió, pero le dijo «Ve a tu casa, donde tus
    amigos, y cuéntales las grandes cosas que el señor ha hecho
    por ti, y como Él ha tenido piedad contigo.»

    005:020 Se fue y comenzó a proclamar en Decapolis[38] como Jesús había
    hecho grandes cosas por él, y todos se maravillaban.

    005:021 Cuando Jesús había vuelto a la otra orilla, una gran multitud
    se le acercó; Él estaba en el lago.
    005:022 Sucedió que uno de los dirigentes de la sinagoga, de nombre
    Jairo, vino; y viéndolo calló a sus pies,
    005:023 y le suplicó diciendo, «Mi pequeña hija está a punto de morir.
    Por favor ven y pon tus manos sobre ella, para que pueda ser
    saludable y viva.»

    005:024 Jesús fue con él, una gran multitud lo siguió y lo presionaban
    por todas partes.
    005:025 Cierta mujer, que tenía un hemorragia desde hacía doce años,
    005:026 que había sufrido mucho con muchos médicos, y que había
    gastado todo lo que tenía, y no mejoraba, sino al contrario
    empeoraba,
    005:027 habiendo oído lo que se decía de Jesús, fue tras Él entre la
    multitud, y tocó sus ropas.
    005:028 Pues se había dicho, «Si tan sólo toco su vestido, me
    aliviaré[39].»
    005:029 Inmediatamente el flujo de sangre se detuvo, y ella sintió en
    su cuerpo que su enfermedad había sido sanada

    005:030 Entonces Jesús, al percibir que había salido poder de Él, se
    volteó hacia la multitud, y preguntó, «¿Quien tocó mi ropa?»

    005:031 Sus discípulos le dijeron, «Mira la multitud presionándote,
    Como dices, `¿Quien me tocó?´»

    005:032 Él miró a su alrededor para ver a la que había hecho esto.
    005:033 Pero la mujer, temerosa y temblando, sabiendo lo que le había
    ocurrido, vino y cayó frente a Él, y le dijo la verdad.

    005:034 Él le dijo, «Hija, tu fe te ha hecho bien. Ve en paz, y queda
    curada de tu enfermedad.»

    005:035 Mientras Él aún hablaba, vinieron de la casa del dirigente de
    la sinagoga diciendo, «Tu hija está muerta. ¿Para qué
    incomodar más al Maestro?»

    005:036 Pero Jesús, al oír el mensaje, inmediatamente dijo al
    dirigente de la sinagoga, «No tengas miedo, sólo cree.»
    005:037 Él no permitió que lo siguieran, excepto Pedro, Santiago y
    Juan el hermano de Santiago.
    005:038 Entró a la casa del dirigente de la sinagoga y encontró
    conmoción, llanto y un gran lamento.
    005:039 Cuando había entrado, les dijo, «¿Por qué están conmovidos y
    lloran? La niña no esta muerta, sino dormida.»

    005:040 La gente lo ridiculizó. Pero Él, habiéndolos sacado a todos,
    tomó al padre de la niña a su madre y a los que estaban con
    él, y entró donde yacía la niña.
    005:041 Tomándola por la manó, le dijo, «Talitha cumi;»[40] que
    traducido significa, «Niña, te digo, levántate.»
    005:042 Inmediatamente la niña se levanto y caminó, ella tenía doce
    años. Ellos estaban asombrados, y profundamente admirados.
    005:043 Él les ordenó estrictamente que nadie debía saber esto, y
    dijo[41] que algo debía dársele de comer a la niña.

    6

    006:001 Jesús salió de allí. Llegó a su propia tierra, y sus
    discípulos lo siguieron.
    006:002 Cuando llegó el día de reposo, comenzó a enseñar en la
    sinagoga, muchos al escucharlo quedaban asombrados y decían,
    «¿De donde sacó éste hombre estas cosas?» y «¿Cuál es la
    sabiduría que fue dada a éste hombre para que tantas obras
    poderosas salgan de sus manos?
    006:003 ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de
    Santiago, José, Judas y Simón? ¿Acaso no están sus hermanas
    acá con nosotros?» La gente estaba ofendida con Él.

    006:004 Jesús les dijo, «Un profeta no queda sin ser honrado, excepto
    en su propia tierra, entre sus parientes y en su propio
    hogar.»
    006:005 Jesús no pudo hacer obras poderosas allí, sólo puso sus manos
    sobre algunas personas enfermas y las sanó.
    006:006 Estaba asombrado de su incredulidad.
    Fue a los pueblos de los alrededores enseñando.
    006:007 Llamó a los doce, y los comenzó a enviar de dos en dos; les
    dio autoridad para expulsar espíritus impuros[42].
    006:008 Les ordenó no llevar cosa alguna en su viaje, solo un bastón,
    ningún pan, ninguna bolsa, ni tampoco dinero en sus carteras,
    006:009 que utilizaran sandalias y que no llevaran dos túnicas.
    006:010 Él les dijo«En la casa que entren quédense hasta que partan
    del lugar.
    006:011 Donde quiera que no los reciban ni los escuchen, cuando salgan
    de allí, sacudan el polvo de sus pies como testimonio contra
    ellos. Ciertamente, les digo, ¡será más tolerable para Sodoma
    y Gomorra en el día del juicio que para esa ciudad![43] »

    006:012 Salieron y predicaron que la gente debía arrepentirse.
    006:013 Sacaron muchos demonios, y a muchos enfermos los ungieron con
    aceite y los sanaron.
    006:014 El rey Herodes escuchó esto, porque el nombre de Jesús se
    había hecho conocido, y dijo, «Juan el Bautista ha vuelto de
    la muerte, y por esto esos poderes obran en Él.»
    006:015 Pero otros decían, «Es Elías.» Otros decían, «Es el profeta, o
    como uno de los profetas.»
    006:016 Pero Herodes, cuando oyó esto dijo, «Es Juan, a quien yo
    decapité. Él ha vuelto de la muerte.»
    006:017 Porque Herodes mismo había ordenado arrestar a Juan, y lo
    mantuvo en prisión por deseo de Herodías, la esposa de su
    hermano Felipe, con quien él se había casado.
    006:018 Pues Juan le había dicho a Herodes, «No es permitido para ti,
    tomar la esposa de tu hermano.»
    006:019 Herodías se puso en contra de él, y deseaba matarlo, pero no
    podía,
    006:020 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que él era un hombre
    correcto y santo, y lo mantenía seguro. Cuando lo escuchaba,
    hacía muchas cosas, y lo escuchaba gustoso[44].

    006:021 Entonces vino un día conveniente, en el que Herodes en su
    cumpleaños hizo una cena para sus nobles, los altos oficiales,
    y los dirigentes de Galilea.
    006:022 Cuando la hija de Herodías vino y danzó, agradó a Herodes y a
    quienes se sentaban con él. El rey le dijo a la joven, «Pídeme
    lo que desees y yo te lo daré.»
    006:023 Le juró ,«Lo que me pidas, te lo daré, hasta la mitad de mi
    reino.»

    006:024 Ella salió, y le dijo a la madre, «¿Qué debo pedir?»
    Ella le dijo, «La cabeza de Juan el Bautista.»

    006:025 La joven fue de prisa donde el rey, y le pidió, «Deseo que me
    des ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en una
    bandeja.»

    006:026 El rey estaba demasiado apenado, pero a causa de su juramento,
    y de los invitados a su cena, no quiso negárselo.
    006:027 Entonces el rey envió a un soldado de su guardia, y le ordenó
    traer la cabeza de Juan, y él fue, decapitó a Juan en la
    prisión,
    006:028 trajo su cabeza en una bandeja, y la entregó a la joven; y la
    joven la entregó a su madre.

    006:029 Cuando los discípulos de Juan oyeron esto, fueron, tomaron su
    cuerpo y lo pusieron en una tumba.

    006:030 Los apóstoles se reunieron con Jesús, y le dijeron todo lo que
    habían hecho y todo lo que habían enseñado.
    006:031 Él les dijo, «Vamos a un lugar apartado[45], para descansar
    por un momento.» Pues habían muchos que iban y venían, y no
    tenían tiempo libre ni para comer.
    006:032 Se fueron en el bote a un lugar desierto.
    006:033 La gente[46] los vio andando, y muchos reconocieron a Jesús y
    corrieron allí desde todas las ciudades. Llegaron antes que
    ellos y fueron donde Jesús.
    006:034 Jesús salió, vio la gran multitud, y tuvo compasión de ellos,
    porque eran como ovejas sin un pastor, y comenzó a enseñarles
    muchas cosas.
    006:035 Cuando se hizo tarde llegaron sus discípulos y le dijeron,
    «Este lugar está deshabitado y es tarde.
    006:036 Diles que se marchen, así pueden ir a los pueblos y
    alrededores a comprarse pan, pues no tienen nada de comer.»

    006:037 Pero Él les contesto «Denles ustedes algo de comer.»
    Ellos le preguntaron,«¿Deberíamos ir a comprar doscientos
    denarios[ 47] de pan, para darles de comer?»

    006:038 Él les dijo, «¿Cuántos panes tienen? Vayan a mirar.»
    Cuando ellos supieron, dijeron, «Cinco y dos pescados.»

    006:039 Él les indicó sentarse en grupos sobre el pasto verde.
    006:040 Se sentaron en grupos[48], de a cien y de a cincuenta.
    006:041 Jesús tomó los 5 panes y los dos pescados, y mirando al cielo,
    los bendijo y cortó los trozos de pan, y dio los pedazos a sus
    discípulos para que los repartieran, y dividió los pescados
    entre todos.
    006:042 Todos comieron, y todos quedaron satisfechos.
    006:043 Recogieron doce canastos llenos de los trozos cortados y de
    pescado.
    006:044 Los que comieron los trozos de pan fueron[49] cinco mil
    hombres.

    006:045 Después Jesús hizo que sus discípulos subieran al bote y
    fueran al otro lado a Betsaida, mientras Él despedía la
    multitud.
    006:046 Después de despedirse de ellos subió a la montaña a orar.

    006:047 Cuando llego la tarde el bote se encontraba en la mitad del
    lago, y Él estaba solo en tierra.
    006:048 Jesús al ver los discípulos remando con dificultad, pues el
    viento estaba en contra, a la madrugada[50] llegó donde ellos
    caminando sobre el lago, y el hubiera seguido,
    006:049 pero cuando lo vieron caminando sobre el lago creyeron que era
    un fantasma y gritaron;
    006:050 pues todos lo vieron y estaban asustados. Pero Jesús
    inmediatamente habló con ellos y les dijo, «¡Anímense! ¡ Soy
    yo! No tengan miedo.»
    006:051 Subió al bote con ellos; y el viento cesó, los discípulos
    estaban muy asombrados entre ellos y maravillados;
    006:052 pues no habían comprendido lo de los panes, y sus corazones
    estaban endurecidos.

    006:053 Cuando cruzaron, fueron a tierra en Genesaret, y amarraron el
    bote a tierra[51].
    006:054 Cuando habían salido del bote, la gente lo reconoció
    006:055 y corrieron por toda la región, y comenzaron a traer a quienes
    estaban enfermos sobre sus camillas, donde oían que Él estaba.
    006:056 En cualquier parte que el entrara, en villas, o en ciudades, o
    en el campo, la gente sacaba a los enfermos a las plazas, y le
    rogaban que les permitiera tocar sólo el borde de su vestido;
    y todos los que lo tocaban sanaban.

    7

    007:001 Los fariseos y algunos de los escribas que llegaron de
    Jerusalén fueron donde Jesús.
    007:002 Cuando vieron a algunos de los discípulos de Jesús comiendo
    pan con manos impuras, es decir, sin lavárselas, lo
    encontraron errado.
    007:003 (Pues los fariseos, y todos los judíos, no comen sin lavar
    antes sus manos y antebrazos, manteniendo la tradición de los
    ancianos.
    007:004 No comen cuando vienen de la plaza de mercado, sin antes
    bañarse[52], y hay muchas otras cosas, que han recibido y
    mantenido: lavado de copas, jarras, recipientes de bronce y
    camas.)
    007:005 Los fariseos y los escribas le preguntaron, «¿Por qué tus
    discípulos no andan de acuerdo a la tradición de los ancianos,
    y comen[53] sin lavarse las manos?»

    007:006 Él les contestó, «Bien hizo Isaías profecías sobre su
    hipocresía, como está escrito,
    `Esta gente me honra con sus labios, Pero su corazón está
    lejos de mi.
    007:007 Pero en vano me alaban mientras enseñan como doctrinas los
    mandamientos de los hombres.´
    007:008 «Pues ustedes dejan de lado los mandamientos de Dios, y siguen
    estrictamente la tradición de los hombres; el lavado de jarras
    y copas, y hacen muchas otras de tales cosas.»
    007:009 Él les dijo, « Rechazan por completo los mandamientos de Dios,
    para poder mantener su tradición.
    007:010 Moisés dijo, `Honra a tu padre y a tu madre;´ y, `Quien
    maldiga a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte. ´
    007:011 Pero ustedes dicen, `Si un hombre dice a su padre o su madre,
    « Cualquier ganancia que pudieras haber recibido de mi es
    Corban[54], es decir, es dada a Dios[55];»´
    007:012 y así ustedes no le permiten a alguien hacer algo por su padre
    o su madre,
    007:013 anulando la palabra de Dios por su tradición, que han
    continuado. Ustedes hacen muchas cosas como esta.»

    007:014 Jesús llamó la multitud y les dijo, «Escúchenme, todos y
    entiendan.
    007:015 No hay nada de afuera del hombre, que pueda entrar y hacerlo
    impuro; pero lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro.
    007:016 Si alguno tiene oídos para escuchar, ¡escuche!»

    007:017 Cuando se alejó de la multitud y entró a la casa, sus
    discípulos le preguntaron sobre la parábola.
    007:018 Él les dijo, «¿No comprenden ustedes tampoco? ¿No se dan
    cuenta que todo lo que entra de afuera del hombre no lo puede
    hacer impuro,
    007:019 porque no va a su corazón, sino a su estomago, y entonces a la
    letrina, haciendo así que todas las comidas sean puras?»
    007:020 Dijo, «Es lo que sale del hombre, lo que lo hace impuro.
    007:021 Porque de adentro, de los corazones de los hombres, proceden
    malos pensamientos, adulterios, pecados sexuales, asesinatos,
    robos,
    007:022 codicia, inmoralidad, fraudes, deseos lujuriosos, malos ojos,
    blasfemia, vanidad y estupidez.
    007:023 Todas estas cosas malas vienen de adentro, y hacen impuro al
    hombre.»

    007:024 Jesús se fue de allí a los límites de Tiro y Sidón[56]. Entró
    a una casa y aunque no deseaba que nadie lo supiera, no pudo
    evitar que se dieran cuenta.
    007:025 Una mujer cuya pequeña hija estaba poseída por un espíritu
    impuro escuchó sobre Jesús, llego donde Él y se arrojo a sus
    pies.
    007:026 La mujer era griega[57], una sirofenicia de nacimiento. Le
    suplicó que expulsara al demonio fuera de su hija.
    007:027 Pero Jesús le dijo, «Deja que los niños se llenen primero,
    pues no es apropiado quitarles el pan y dárselo a los
    perritos.»

    007:028 Pero ella le contestó, «Si Señor. Pero hasta los perritos
    debajo de la mesa comen de las migajas de los niños.»

    007:029 Él le dijo, «Por lo que has dicho, ve por tu camino. El
    demonio ha salido de tu hija.»

    007:030 Ella se fue para su casa, y encontró a la niña que había
    yacido en cama, con el demonio ya expulsado.

    007:031 Nuevamente el partió de los límites de Tiro y Sidón, y fue
    hacia el lago de Galilea, cruzando la región de Decapolis[58].
    007:032 La gente le llevo a un sordo que también tenía impedimento
    para hablar. Le rogaron que pusiera su mano sobre él.
    007:033 Él lo condujo lejos de la multitud, en privado, puso sus dedos
    sobre sus oídos, escupió saliva y tocó su lengua.
    007:034 Mirando al cielo, suspiró, y le dijo, «¡ Ephphatha!» que
    significa, «¡Ábrete!»
    007:035 Inmediatamente sus oídos se abrieron, y el impedimento de su
    lengua quedo liberado, y habló claramente.
    007:036 Jesús les indico que no debían decirlo a nadie, pero entre más
    les indicaba, más ampliamente lo proclamaban.
    007:037 La gente estaba asombrada fuera de toda medida y decía, «¡Él
    ha hecho todo bien. Ha hecho que los sordos oigan, y que los
    mudos hablen!»

    8

    008:001 En aquellos días, se reunió una gran multitud, y no había nada
    para comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo,
    008:002 «Tengo compasión de la multitud, porque se ha quedado conmigo
    ya tres días, y no tiene nada que comer.
    008:003 Si los envió en ayunas a sus casas, se debilitarán en el
    camino, porque algunos han venido por un camino largo.»

    008:004 Sus discípulos le contestaron, «¿De donde podríamos satisfacer
    a estas personas con pan en un lugar desierto[59]?»

    008:005 Él les preguntó, «¿Cuántos pedazos de pan tienen?»
    Ellos dijeron, «Siete.»

    008:006 Jesús ordenó a la multitud sentarse en el piso, y tomó los
    siete pedazos. Habiendo dado gracias[60], los partió, y los
    dio a sus discípulos para servirlo, y ellos sirvieron a la
    multitud.
    008:007 Tenían unos pocos pescados pequeños. Habiéndolos bendecido,
    dijo que también los sirvieran.
    008:008 La gente comió y quedo satisfecha. Recogieron hasta siete
    canastos de los pedazos de pan que sobraron.
    008:009 Los que comieron eran cerca de cuatro mil. Entonces los envió
    a sus casas[61].

    008:010 Después Jesús subió al bote con sus discípulos, y llegaron a
    la región de Dalmanuta.
    008:011 Los fariseos salieron y comenzaron a cuestionarlo[62] buscando
    de Él una señal del cielo, y probándolo.
    008:012 Jesús suspiró profundamente en su espíritu, y dijo, «¿Por qué
    esta generación[63] busca una señal? Con certeza les digo,
    ninguna señal le será dada a esta generación.»

    008:013 Los dejó, y nuevamente subiendo al bote, partió a la otra
    orilla.
    008:014 Olvidaron subir pan; y en el bote no tenían más que un pedazo
    consigo.
    008:015 Los instruyó diciendo«Estén atentos: cuídense de la levadura
    de los fariseos y de la levadura de Herodes.»

    008:016 Razonaron entre ellos diciendo «Es porque no tenemos pan.»

    008:017 Jesús, percibiéndolo, les dijo, «¿Por qué piensan que es
    porque no tienen pan? ¿No se dan cuenta aún, ni entienden?
    ¿Están sus corazones aún endurecidos?
    008:018 ¿Teniendo ojos, no ven? ¿Teniendo oídos, no escuchan? ¿No
    recuerdan
    008:019 cuando repartí los cinco panes entre cinco mil, cuántos
    canastos llenos de pedazos recogieron?
    Ellos le dijeron, «Doce.»

    008:020 «Cuando los siete panes alimentaron a cuatro mil, ¿Cuántos
    canastos llenos de pedazos recogieron?»
    Le dijeron, «Siete.»

    008:021 Él les preguntó, «¿No entienden aún?»

    008:022 Llegó[64] a Betsaida. Le llevaron un hombre ciego, y le
    rogaron que lo tocara.
    008:023 Jesús tomó al ciego de la mano y lo llevo fuera del pueblo.
    Después de humedecerle los ojos con saliva y colocar sus manos
    sobre él, le preguntó si veía algo.

    008:024 Alzó la mirada y dijo, «Veo hombres; los veo como arboles
    caminando.»

    008:025 Nuevamente puso sus manos sobre los ojos del ciego. Él miró
    fijamente, y quedó sano, y vio a todo el mundo claramente.
    008:026 Jesús lo mando para su casa diciéndole, «No entres al pueblo,
    ni le digas a nadie del pueblo.»

    008:027 Jesús se fue con sus discípulos a las aldeas de Cesarea
    Filipo. En el camino les preguntó a sus discípulos, «¿Quién
    dicen los hombres que soy yo?»

    008:028 Ellos le dijeron, «Juan el bautiza, otros dicen Elías, y otros
    que alguno de los profetas.»

    008:029 Jesús les dijo, «¿Pero ustedes quién dicen que soy yo?»
    Pedro contestó, «Tu eres el Mesías[65].»

    008:030 Jesús les ordenó no contarle a nadie sobre Él.
    008:031 Comenzó a enseñarles que el hijo del hombre debería sufrir
    muchas cosas y sería rechazado por los ancianos, los jefes de
    los sacerdotes y los escribas, sería asesinado y luego de tres
    días resucitaría.
    008:032 Jesús les habló abiertamente. Pedro lo apartó de los demás y
    comenzó a reprenderlo.
    008:033 Jesús volteándose y mirando a sus discípulos reprendió a Pedro
    diciéndole, «¡Aléjate de mi, Satanás! Pues tienes en la mente
    no las cosas de Dios sino las del hombre.»

    008:034 Llamó hacia Él a la multitud junto con sus discípulos, y les
    dijo, «Quien desee seguirme, nieguese a si mismo, tome su cruz
    y sígame.
    008:035 Pues quien quiera salvar su vida la perderá y el que pierda su
    vida a causa mía y la de la Buena Nueva la salvará.
    008:036 Pues ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si
    pierde la vida?
    008:037 ¿Qué dará un hombre a cambio de su vida?
    008:038 De quien se apene de mi y de mis palabras en esta generación
    adultera y pecadora, el Hijo del Hombre también se apenará,
    cuando venga en la gloria del Padre con sus ángeles
    sagrados.»

    9

    009:001 Les dijo, «Con seguridad les digo, hay algunos aquí presentes
    que no probarán de forma alguna la muerte hasta que vean venir
    el Reino de Dios con todo su poder.»

    009:002 Después de seis días Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y
    Juan y los llevo a una montaña alta donde estaban en privado,
    y la forma de Jesús cambió en frente de ellos.
    009:003 Su ropa se volvió brillante, excesivamente blanca, como la
    nieve, como ningún lavandero sobre la tierra puede
    blanquearla.
    009:004 Elías y Moisés aparecieron ante ellos, y hablaron con Jesús.

    009:005 Pedro le dijo a Jesús, «Rabí, es muy bueno para nosotros estar
    aquí. Hagamos tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una
    para Elías»
    009:006 Porque él no sabía que decir, pues estaban muy asustados.

    009:007 Una nube llegó y los cubrió y una voz salió de la nube, «Este
    es mi Hijo amado. Escúchenlo.»

    009:008 De repente al mirar alrededor, ya no vieron a nadie más con
    ellos, sólo a Jesús

    009:009 Cuando bajaban de la montaña, Jesús les indicó no contar lo
    que habían visto, sino hasta que el Hijo del Hombre se hubiera
    levantado de la muerte.
    009:010 Ellos mantuvieron estas palabras en si mismos, cuestionándose
    el significado de «levantado de la muerte»

    009:011 Le preguntaron «¿Por qué los escribas dicen que Elías debe
    venir primero?»

    009:012 Él les contesto«Elías de hecho vino primero, y restauró[66]
    todo. ¿Por qué está escrito sobre el Hijo del Hombre, que debe
    sufrir muchas cosas y ser despreciado[67]?
    009:013 Pero les digo que Elías ha venido, y ellos han hecho con él lo
    que han querido, así como está escrito sobre él.»

    009:014 Cuando volvió donde los discípulos, vio una gran multitud
    alrededor de ellos, y escribas cuestionándolos.
    009:015 Entonces, cuando la multitud lo vio quedó asombrada, y corrió
    hacia Él para saludarlo.
    009:016 Él preguntó a los escribas, «¿Qué están preguntándoles?»

    009:017 Uno de la multitud respondió, «Maestro, te he traído mi hijo
    quien tiene un espíritu mudo;
    009:018 y siempre que lo toma lo tira al suelo, vota espuma por la
    boca, rechinan sus dientes y queda exhausto. He pedido a tus
    discípulos que lo expulsen, pero ellos no pudieron.»

    009:019 Jesús le contesto, «Generación poco creyente, ¿Cuánto tiempo
    debo estar con ustedes? ¿Cuánto tiempo debo cargarlos?
    Traíganmelo.»

    009:020 Se lo trajeron, y cuando lo vio de inmediato el espíritu lo
    hizo convulsionar, y cayo a tierra, revolcándose y votando
    espuma por la boca.

    009:021 Jesús le preguntó al padre, «¿Cuánto tiempo ha pasado desde
    que esto le ha ocurrido?»
    Él le contestó, «Desde niño.
    009:022 A menudo lo ha tumbado tanto en el fuego como en el agua, para
    destruirlo. Pero si tu puedes hacer algo, ten compasión de
    nosotros y ayúdanos.»

    009:023 Jesús le dijo, «Si puedes creer, todo es posible para el que
    cree.»

    009:024 Inmediatamente el padre del niño dijo con lágrimas, «¡Yo creo.
    Ayuda a mi falta de fe!»

    009:025 Cuando Jesús vio a la multitud que venía corriendo en grupo,
    reprendió al espíritu impuro, diciéndole, «¡Tú espíritu mudo y
    sordo, te ordeno salir de él, y nunca más volver a entrar en
    él!»

    009:026 Habiendo chillado y convulsionado fuertemente, salió de él. El
    niño quedó como muerto; tanto que algunos decían, «Está
    muerto.»
    009:027 Pero Jesús lo tomo de la mano, lo levantó; y él se
    levantó[68].

    009:028 Cuando Jesús había entrado a la casa, sus discípulos le
    preguntaron en privado, «¿Por qué no pudimos sacarlo?»
    009:029 Él les dijo, «Este tipo no puede salir con nada, excepto con
    oración y ayuno.»

    009:030 Salieron de allí, y pasaron por Galilea. Él no quería que la
    gente lo supiera.
    009:031 Estaba enseñando a sus discípulos y les decía « El Hijo del
    Hombre está siendo pasado a manos de los hombres, y ellos lo
    matarán; y después de muerto, al tercer día se levantará de
    nuevo.»

    009:032 Pero ellos no entendieron lo que decía, y les asustaba
    preguntarle.

    009:033 Jesús llegó a Capernaum, y cuando estaba en la casa les
    preguntó, «¿Qué estaban discutiendo entre ustedes en el
    camino?»

    009:034 Pero ellos estaban silencioso, porque en el camino habían
    estado discutiendo unos con otros sobre quien era el más
    grande.

    009:035 Él se sentó, y llamó a los doce; y les dijo«Si algún hombre
    desea ser el primero, debe ser el último de todos, y servirlos
    a todos.»
    009:036 Tomó a un pequeño niño, y lo puso en el medio de ellos.
    Tomándolo en sus brazos, les dijo,
    009:037 «Cualquiera que reciba uno de estos pequeños en mi nombre, me
    recibe a mí, y quien me recibe a mí no me recibe a mí, sino al
    que me envió.»

    009:038 Juan le dijo, «Maestro, vimos a alguien que no nos sigue
    expulsando demonios en tu nombre; y se lo prohibimos, porque
    él no nos sigue.»

    009:039 Pero Jesús dijo, «No se lo prohíban, porque no hay nadie que
    haga un trabajo maravilloso, y que rápidamente pueda hablar
    mal de mí.
    009:040 Porque cualquiera que no esté contra nosotros está a nuestro
    lado.
    009:041 Y cualquiera que les de un vaso de agua para beber en mi
    nombre, porque ustedes son de Cristo, con seguridad les digo,
    que él no perderá su recompensa.
    009:042 Cualquiera que haga que uno de estos pequeños que creen en mí
    se equivoque, sería mejor para él ser arrojado al mar con una
    piedra atada al cuello.
    009:043 Si tu mano te hace errar, córtatela. Es mejor para ti entrar a
    la vida mutilado, que teniendo tus dos manos ir a la
    Gehena[69], en el fuego inextinguible,
    009:044 `donde su remordimiento no muere, y el fuego no se apaga.´
    009:045 Si tu pie te hace errar, córtatelo. Es mejor para ti entrar a
    la vida cojo, que tener tus dos pies y ser expulsado a la
    Gehena, en el fuego que nunca se extingue.
    009:046 `donde su remordimiento no muere y el fuego no se apaga.´
    009:047 Si tu ojo te hace errar, sácatelo. Porque es mejor para ti
    entrar al Reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser
    expulsado a la Gehena de fuego,
    009:048 `donde su remordimiento no muere, y el fuego no se apaga.´
    009:049 Porque todos serán salados con fuego[70], y todo sacrificio
    será sazonado con sal.
    009:050 La sal es buena, pero si la sal pierde su sabor, ¿Con qué la
    sazonarás? Tengan sal en ustedes mismos, y estén en paz unos
    con otros.»

    10

    010:001 Jesús se levanto de allí y fue a los límites de Judea y más
    allá del Jordán. Multitudes fueron a Él nuevamente. Y de nuevo
    les enseñó como usualmente hacia.
    010:002 Los fariseos fueron donde Jesús para probarlo, y le
    preguntaron, «¿Es legal para un hombre divorciarse de su
    esposa?»

    010:003 Él contestó, «¿Qué les ordenó Moisés?»

    010:004 Ellos dijeron, «Moisés permitió que se escribiera un
    certificado de divorcio, para separarse de ella.»

    010:005 Pero Jesús les dijo, «Por la dureza de sus corazones, él les
    escribió esa orden.
    010:006 Pero desde el comienzo de la creación, `Dios los hizo hombre y
    mujer.
    010:007 Por esto un hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá
    a su esposa,
    010:008 y los dos serán una carne,´ así que ya no son dos, sino una
    carne.
    010:009 Entonces lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.»

    010:010 En la casa, sus discípulos le preguntaron nuevamente sobre el
    asunto.
    010:011 Él les dijo, «Cualquiera que se divorcie de su esposa, y se
    case con otra, comete adulterio contra ella.
    010:012 Si una mujer se divorcia de su esposo y se casa con otro, ella
    comete adulterio.»

    010:013 La gente le estaba trayendo niños pequeños, para que Él los
    tocara, pero los discípulos reprendieron a quienes los estaban
    trayendo.
    010:014 Cuando Jesús lo vio se indigno y les dijo, «¡Dejen que los
    niños pequeños vengan a mi! No se lo prohíban, porque el Reino
    de Dios pertenece a aquellos como estos[71].
    010:015 Con seguridad les digo, quien no reciba el Reino de Dios como
    un niño pequeño, no entrará de forma alguna.»
    010:016 Los tomó en sus brazos, y los bendijo, poniendo sus manos
    sobre ellos.

    010:017 Cuando salía hacia el camino, alguien corrió donde estaba, se
    arrodilló ante Él y le preguntó, «Buen Maestro, ¿Qué debo
    hacer para heredar la vida eterna?»

    010:018 Jesús le dijo, «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno
    excepto el único Dios.
    010:019 Tu sabes los mandamientos: `No mates,´ `No cometas adulterio,´
    `No robes,´ `No des testimonio falso,´ `No engañes,´ `Honra a
    tu padre y a tu madre.´»

    010:020 Él le dijo, «Maestro, he hecho todas estas cosas desde mi
    juventud.»

    010:021 Jesús mirándolo, lo amó[72] y le dijo, «Una cosa te hace
    falta. Ve, vende lo que tengas y dalo a los pobres, y tendrás
    un un tesoro en el cielo; y ven, sígueme cargando tu
    cruz[73].»

    010:022 Pero su cara se entristeció con esas palabras, y se fue
    apenado, porque tenía muchas posesiones.
    010:023 Jesús miró alrededor, y les dijo a sus discípulos, «¡Que
    difícil es para los que tienen riquezas entrar en el Reino de
    Dios!»

    010:024 Los discípulos estaban desconcertados por sus palabras. Pero
    Jesús les dijo de nuevo, «Hijos, ¡que duro es para los que
    confían en las riquezas entrar en el Reino de Dios!
    010:025 Es más fácil para un camello[74] pasar por el ojo de una[75]
    aguja que para un rico entrar al Reino de Dios.»

    010:026 Los discípulos estaban extremadamente asombrados, y le decían,
    « Entonces ¿Quién puede salvarse[76]?»

    010:027 Jesús mirándolos, dijo«Con hombres es imposible, pero no con
    Dios, porque todas las cosas son posibles con Dios.»

    010:028 Pedro comenzó a decirle, «Observa, nosotros hemos dejado todo
    y te hemos seguido.»

    010:029 Jesús le dijo, «Con seguridad te digo, no hay quien haya
    dejado su casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o
    esposa, o hijos, o tierra, por mi causa, y por causa de la
    Buena Nueva,
    010:030 sin recibir cien veces más. Ahora en este tiempo casas,
    hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierra con persecuciones;
    y en la época que viene: vida eterna.
    010:031 Y muchos de los que son primeros serán los últimos; y los
    últimos serán primeros.»

    010:032 Estaban en el camino a Jerusalén; y Jesús andaba al frente de
    ellos, y ellos estaban maravillados; y los que los seguían
    estaban asustados. Él nuevamente tomó a los doce y comenzó a
    decirles cosas que iban a ocurrirle.
    010:033 «Observen, vamos a Jerusalén. El Hijo del Hombre será
    entregado a los jefes de los sacerdotes y escribas. Ellos lo
    condenarán a muerte, y lo entregarán a los gentiles.
    010:034 Ellos se burlarán de Él, lo escupirán, lo azotarán, y lo
    matarán. Al tercer día Él resucitará de nuevo.»

    010:035 Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron, diciendo,
    « Maestro, queremos que hagas por nosotros lo que te
    pidamos.»

    010:036 Él les dijo, «¿Qué quieren que haga por ustedes?»

    010:037 Ellos le contestaron, «En tu gloria, concédenos que podamos
    sentarnos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»

    010:038 Pero Jesús les dijo, «No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden
    ustedes beber la copa que yo bebo, y ser bautizados con el
    bautismo que yo soy bautizado?»

    010:039 Ellos le dijeron, «Si podemos.»
    Jesús les dijo, «Ustedes de hecho beberán de la copa que yo
    bebo, y serán bautizados con el bautismo que yo soy bautizado;
    010:040 pero no está en mí conceder sentarse a mi derecha o a mi
    izquierda, excepto para quienes esto ha sido preparado.»

    010:041 Cuando los diez oyeron, comenzaron a indignarse con Santiago y
    Juan.

    010:042 Jesús los llamó y les dijo, «Ustedes saben que aquellos que
    son reconocidos como mandatarios sobre las naciones las
    gobiernan y ejercen su poder sobre ellas.
    010:043 Pero no será así entre ustedes, el que quiera ser más que el
    otro será su sirviente.
    010:044 El que quiera de ustedes ser el primero, deberá ser el
    sirviente de todos.
    010:045 Pues también el hijo del hombre no vino a ser servido sino a
    servir y a dar su vida para la redención de muchos.»

    010:046 Llegaron a Jericó. Al salir de Jericó con sus discípulos y una
    gran multitud, el hijo de Timeo, Bartimeo quien era un mendigo
    ciego estaba sentado al lado del camino.
    010:047 Cuando escuchó que era Jesús el Nazareno comenzó a gritar y
    decía, «¡Jesús, hijo de David ten piedad de mi!»
    010:048 Muchos lo reprendían diciéndole que debía hacer silencio, pero
    el gritaba aun más, «¡Tu hijo de David, ten piedad de mi!»

    010:049 Jesús se detuvo, y dijo «Llámenlo.»
    La gente llamó al ciego, diciéndole, «¡Alégrate! Levántate.
    ¡Jesús te está llamando!»

    010:050 Él, votando su manta, saltó y fue donde Jesús.

    010:051 Jesús le preguntó, «¿Qué quieres que haga por ti?»
    El ciego le dijo, «Raboni[77], que yo pueda ver de nuevo.»

    010:052 Jesús le dijo, «Ve por tu camino. Tu fe te ha hecho bien.» De
    inmediato él recibió su vista, y siguió a Jesús en el
    camino[78].

    11

    011:001 Cuando se acercaron a Jerusalén, en Betfagé y Betania, en el
    Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos,
    011:002 y les dijo, «Sigan el camino hasta el pueblo que está
    enfrente[79]. Cuando entren encontrarán un burro joven
    amarrado sobre el que nadie se ha sentado. Desamárrenlo, y
    traíganlo.
    011:003 Si alguien les pregunta, `¿Por qué están haciendo eso?´ digan,
    `El señor lo necesita y pronto lo enviará de regreso aquí.´»

    011:004 Fueron y encontraron un burro joven atado a una puerta sobre
    la calle, y lo desataron.
    011:005 Algunos de los que estaban allí les preguntaron «¿Qué están
    haciendo, desamarrando el burro?»
    011:006 Les dijeron tal como Jesús les había dijo, y ellos los dejaron
    ir.

    011:007 Llevaron el burro donde Jesús, le pusieron sus capas y Jesús
    se sentó sobre este.
    011:008 Muchos pusieron sus vestidos sobre el camino y otros cortaron
    ramas de los árboles, y las esparcieron por el camino.
    011:009 Los que iban al frente y los que los seguían, decían, «¡
    Hosanna! ¡Bendito es el que viene en el nombre del Señor!
    011:010 ¡ Bendito es el reino de nuestro padre David que esta viniendo
    en el nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto!»

    011:011 Jesús entró en el templo en Jerusalén; después de haber mirado
    todo alrededor, cuando se hizo tarde fue a Betania con los
    doce.

    011:012 Al día siguiente, cuando habían vuelto de Betania, tuvo
    hambre.
    011:013 Viendo a cierta distancia una higuera con hojas, se acercó
    para ver si podía encontrar algo en ella. Cuando estuvo cerca,
    no encontró más que hojas, porque no era época de higos.
    011:014 Jesús le dijo, «¡Que nadie pueda volver a comer frutos de ti!»
    y sus discípulos lo escucharon.

    011:015 Fueron a Jerusalén[80], Jesús entró al templo, y comenzó a
    expulsar a los que vendían y compraban en el templo, y tumbó
    las mesas de los que cambiaban dinero, y las sillas de
    aquellos que vendían palomas.
    011:016 Tampoco permitía que alguien cargara un recipiente[81] por el
    templo.
    011:017 Enseñaba, diciéndoles «¿No está escrito, `Mi casa será llamada
    una casa de oración para todas las naciones?´ ¡Pero ustedes la
    han convertido en una cueva de ladrones!»

    011:018 Los jefes de los sacerdotes y de los escribas lo escucharon, y
    buscaron como podrían destruirlo. Porque le temían, pues toda
    la multitud estaba asombrada con su enseñanza.

    011:019 Cuando llegó la noche, salió de la ciudad.
    011:020 En la mañana cuando pasaban, vieron la higuera seca desde la
    raíz.
    011:021 Pedro, recordando, lo que Jesús había dicho, le dijo «¡Rabí,
    mira! La higuera que maldijiste se secó.»

    011:022 Jesús les contesto, «Tengan fe en Dios.
    011:023 Con seguridad les digo, quien le diga a esta montaña,
    `Levántate y arrójate al mar, y no dude en su corazón, sino
    que crea que lo que dice está pasando; tendrá cualquier cosa
    que diga.
    011:024 Por eso les digo, todas las cosas por las que recen y pidan,
    crean que las han recibido, y las tendrán.
    011:025 Siempre que se detengan a orar, perdonen, si tienen algo
    contra alguien; para que su Padre, que está en el cielo, pueda
    también perdonarlos por sus transgresiones.
    011:026 Pero si ustedes no perdonan, su Padre en el cielo tampoco
    perdonará sus transgresiones.»

    011:027 Regresaron a Jerusalén otra vez y cuando Jesús estaba
    caminando en el templo, los jefes de los sacerdotes, los
    escribas y los ancianos se le acercaron.
    011:028 y comenzaron a decirle, «¿Con qué autoridad haces estas cosas?
    o ¿Quién te dio la autoridad para hacer estas cosas?»

    011:029 Jesús les dijo, «Yo les haré una pregunta. Contéstenme y yo
    les diré con que autoridad hago estas cosas.
    011:030 ¿El bautizo de Juan era del cielo o de los hombres?
    Contéstenme.»

    011:031 Razonaron entre ellos, diciendo, «Si contestáramos, `Del
    cielo;´ Él dirá, `¿Por qué no le creyeron?´»
    011:032 Si contestaban, `De hombres´ temían a la gente, porque todos
    todos tenían a Juan como un profeta.
    011:033 Ellos le contestaron a Jesús, «No sabemos.»
    Jesús les dijo, «Tampoco les diré con que autoridad hago estas
    cosas.»

    12

    012:001 Comenzó a hablarles en parábolas. «Un hombre plantó una viña,
    puso una cerca a su alrededor, cavó un hoyo para la prensa de
    vinos, construyó una torre, la rentó a algunos campesinos[82]
    y se fue a otro país[83].
    012:002 Cuando fue el tiempo, envió a un sirviente donde los
    campesinos para tomar su parte de los frutos de la viña.
    012:003 Lo tomaron, lo golpearon, y lo sacaron con las manos vacías.
    012:004 Nuevamente, les envió otro siervo; y ellos lo apedrearon, lo
    hirieron en la cabeza[84], y lo sacaron tratándolo
    aberrantemente.
    012:005 Nuevamente envió otro; y ellos lo mataron; así como a muchos
    otros, golpeando algunos, y matando a otros.
    012:006 Entonces aún teniendo otro, a su hijo amado, se los envió por
    último diciendo, `Ellos respetarán a mi hijo.´
    012:007 Pero los campesinos dijeron entre ellos, `Este es el heredero.
    Vengan, matémoslo y la herencia será nuestra. ´
    012:008 Ellos lo tomaron, lo mataron y lo sacaron de la viña.
    012:009 ¿Qué hará entonces el señor de la viña? Vendrá y destruirá a
    los campesinos, y dará la viña a otros.
    012:010 ¿No han leído esta Escritura
    `La piedra que los constructores rechazaron, La misma fue
    convertida en cabeza de la esquina.
    012:011 Esto fue del Señor, Es maravilloso ante nuestros ojos´?»
    012:012 Ellos trataban de apresarlo, pero temían a la multitud; porque
    percibieron que con la parábola Él hablaba en contra de ellos.
    Lo dejaron, y se fueron.
    012:013 Le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos, para
    que le pusieran una trampa con sus palabras.
    012:014 Cuando llegaron, le preguntaron, «Maestro, sabemos que eres
    honesto y no defraudas a nadie; porque no estás parcializado
    por alguien, sino que verdaderamente enseñas el camino de
    Dios. ¿Está permitido pagar impuestos al Cesar o no?
    012:015 ¿Debemos darlos o no darlos?»
    Pero Él conociendo su hipocresía les dijo, «¿Por qué me
    prueban? Traíganme un denario, para poder verlo.»

    012:016 Ellos lo trajeron.
    Él les dijo, «¿De quien es esta imagen y esta inscripción?»
    Ellos le contestaron, «Del Cesar.»

    012:017 Jesús les contestó, «Den al Cesar las cosas que son del Cesar,
    y a Dios las cosas que son de Dios.»
    Se maravillaron grandemente de Él.

    012:018 Allí llegaron a Él unos Saduceos, quienes sostenían que no hay
    resurrección. Le preguntaron,
    012:019 «Maestro, Moisés nos escribió, `Si el hermano de un hombre
    muere, y deja una esposa tras él, y no deja niños, su hermanos
    deben tomar la esposa, y continuar la familia por su hermano.´
    012:020 Había siete hermanos. El primero tomó una esposa, y al morir
    no dejó descendencia.
    012:021 El segundo la tomó, y murió, sin dejar hijos tras él. El
    tercero de la misma forma;
    012:022 y los siete la tomaron sin dejar hijos. La mujer fue la ultima
    en morir.
    012:023 En la resurrección, [85]¿De cuál de todos será esposa? Pues
    los siete la tuvieron como esposa.»

    012:024 Jesús les contestó, «¿No es esto porque ustedes están
    equivocados, sin conocer las escrituras, ni el poder de Dios?
    012:025 Pues cuando resuciten de los muertos no estarán casados ni se
    entregarán en matrimonio, sino que son como los ángeles en el
    cielo.
    012:026 Acaso sobre la resurrección de los muertos; ¿No han leído en
    el libro de Moisés sobre la zarza, como Dios le habló,
    diciendo, `Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el
    Dios de Jacob?´
    012:027 Él no es el Dios de los muertos, sino de los vivos. Ustedes
    por lo tanto están realmente equivocados.»

    012:028 Uno de los escribas fue y los escuchó discutiendo juntos.
    Sabiendo que Jesús les había contestado bien le pregunto,
    «¿Cuál mandamiento es el más importante de todos?»

    012:029 Jesús contestó, «El más importante es, `Escucha Israel, El
    Señor nuestro Dios el Señor es uno:
    012:030 amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma,
    con toda tu mente y con toda tu fuerza. ´ Este es el primer
    mandamiento.
    012:031 El segundo es así, `Amarás a tu prójimo como a ti mismo.´ No
    hay otros mandamientos más importante que estos.»

    012:032 El escriba le dijo a Jesús, «Realmente maestro, haz dicho bien
    que Él es uno y que no hay otro sino Él,
    012:033 y amarlo con todo el corazón, todo el entendimiento, todo el
    alma y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo
    son más importante que todas las ofrendas que se queman y los
    sacrificios.»

    012:034 Cuando Jesús vio que contestó sabiamente le dijo, «Tú no estás
    lejos del Reino de Dios.»
    Nadie se atrevió a hacerle más preguntas después de esta.
    012:035 Jesús dijo mientras enseñaba en el templo, «¿Cómo es que los
    escribas dicen que el Cristo es el hijo de David?
    012:036 Pues David mismo dijo inspirado por el Espíritu Santo,
    `El Señor le dijo a mi Señor, Siéntate a mi mano derecha,
    Hasta que haga de tus enemigos un estrado para tus pies.´
    012:037 Entonces David mismo lo llama Señor, así que ¿Cómo puede ser
    Él su hijo?»
    La gente común lo escuchó con agrado.
    012:038 En su enseñanza les decía, «Tengan cuidado de los escribas, a
    quienes les gusta caminar con mantos largos y ser saludados en
    las plazas,
    012:039 ocupar los mejores lugares en las sinagogas, y ocupar los
    mejores puestos en los banquetes:
    012:040 aquellos que devoran en las casas de las viudas y pretenden
    hacer largas oraciones, serán los que reciban mayor condena.»

    012:041 Jesús se sentó al frente del deposito para limosnas, y observó
    como la multitud ponía dinero allí. Muchos que eran ricos
    ponían mucho.
    012:042 Una viuda pobre fue y puso dos pequeñas monedas de cobre, [86]
    que equivalían a una moneda cuadrante. [87]
    012:043 Jesús llamó a los discípulos y les dijo «Con seguridad les
    digo, esta pobre viuda dio más que todos los que están dando
    limosna,
    012:044 porque todos ellos dieron de su abundancia, pero ella, de su
    pobreza, dio todo lo que tenía para vivir.»

    13

    013:001 Cuando salía del templo, uno de sus discípulos le dijo,
    «Maestro, ¡mira que clase de piedras y que clase de
    construcciones!»

    013:002 Jesús le dijo, «¿Ves estos grandes edificios? No quedara una
    piedra sobre otra, cada una será derribada.»

    013:003 Mientras se sentaba en el Monte de los Olivos al frente del
    templo, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntaron en
    privado,
    013:004 «Dinos, ¿Cuándo ocurrirán esas cosas? ¿Cuál será la señal de
    que estas cosas están cerca de ocurrir?»

    013:005 Jesús, contestando, comenzó a decirles, «Cuiden que nadie los
    guié para perderlos.
    013:006 Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo, ¡Yo soy Él![88]´
    y harán perder a muchos.

    013:007 «Cuando escuchen de guerras y rumores de guerras, no se
    perturben. Porque eso debe ocurrir, pero no será el fin.
    013:008 Porque unas naciones se alzarán contra otras, y unos reinos
    contra otros. Habrá terremotos en varias partes. Habrá
    hambrunas y problemas. Estas cosas son el comienzo de los
    dolores del parto.
    013:009 Pero cuídense a si mismos, porque la gente los enviará a los
    consejos. Serán golpeados en las sinagogas. Estarán frente a
    mandatarios y reyes por mi causa, para dar testimonio ante
    ellos.
    013:010 Primero la Buena Nueva[89] debe ser predicada en todas las
    naciones.
    013:011 Cuando los conduzcan y los entreguen, no tengan ansiedad
    antes, ni premediten lo que dirán, pero digan lo que les será
    dado en esa hora. Porque no serán ustedes quienes hablen sino
    el Espíritu Santo

    013:012 «Un hermano enviará a su hermano a la muerte, y un padre a su
    hijo. Los hijos se levantarán contra sus padres, y causarán
    que sean enviados a la muerte.
    013:013 Ustedes serán odiados por todos los hombres por causa de mi
    nombre, pero aquel que persevere hasta el fin, lo mismo será
    salvado.
    013:014 Y cuando vean la abominación y la desolación, de la que
    hablaba Daniel el profeta, estando donde no debería (que el
    lector entienda), entonces que aquellos que estén en Judea
    huyan a las montañas,
    013:015 y aquel que este en la azotea de la casa que no baje, ni
    entre, para sacar algo de su casa.
    013:016 Aquel que esté en el campo que no regrese a recoger su abrigo.
    013:017 ¡Pero pobres de quienes estén con niños[90] o de las que
    amamanten bebes en esos días!
    013:018 Rueguen para que su huida no sea en invierno.
    013:019 Porque en esos días habrá opresión[91], como no la ha habido
    hasta ahora desde el comienzo de la creación que Dios hizo, y
    como no la habrá nunca más.
    013:020 Si no fuera porque el Señor acortara esos días, no se salvaría
    carne alguna; pero por causa de los elegidos, que Él
    escogiera, Él acortará esos días.
    013:021 Entonces si alguien les dice, `¡Miren, aquí está Cristo!´ o,
    `¡Miren, ahí!´ no le crean.
    013:022 Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y
    mostrarán señales y maravillas, que podrán guiar para perder,
    si es posible, incluso a los elegidos.
    013:023 Pero estén atentos.
    «Observen, que les he dicho todo esto con anterioridad.
    013:024 Y en esos días después de la opresión, el sol se oscurecerá,
    la luna no dará su luz,
    013:025 las estrellas caerán del cielo, y los poderes que están en los
    cielos se agitarán.
    013:026 Entonces verán al Hijo del Hombre viniendo en nubes con gran
    poder y gloria.
    013:027 Entonces Él enviará a sus ángeles, y agrupará a sus elegidos
    desde los cuatro vientos, desde los confines de la tierra y
    los confines del cielo.

    013:028 «Ahora de la higuera, aprendan esta parábola. Cuando la rama
    se ponga suave, y salgan sus hojas, ustedes sabrán que el
    verano está cerca;
    013:029 lo mismo será con ustedes, cuando vean que estás cosas están
    por ocurrir, sepan que está cerca, en la puerta.
    013:030 Con seguridad les digo, esta generación[92] no pasará sin que
    todo esto ocurra.
    013:031 Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
    013:032 Pero el día y la hora nadie los conoce, ni siquiera los
    ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.
    013:033 Observen, estén alerta, y recen; porque ustedes no saben
    cuando sea el tiempo.

    013:034 «Es como un hombre, que viaja a otro país, dejando su casa, y
    dando autoridad a sus siervos, y a cada uno su trabajo, y
    también ordenará al portero estar atento.
    013:035 Entonces estén atentos, porque ustedes no saben cuando llega
    el Señor de la casa, si en la tarde, o a media noche, o cuando
    el gallo cante, o en la mañana;
    013:036 que no los encuentre durmiendo si llega de repente.
    013:037 Lo que les digo, se lo digo a todos: Estén atentos.»

    14

    014:001 Faltaban en ese entonces dos días para la fiesta de pascua y
    de los panes sin levadura, y los jefes de los sacerdotes y de
    los escribas buscaban como podían hacerlo caer con algún
    fraude y como matarlo.
    014:002 Porque habían dicho, «No durante la fiesta, porque la gente
    podría rebelarse.»

    014:003 Mientras estaba en Betania, en la casa de Simón el leproso,
    cuando se sentaba a la mesa, llegó una mujer con una jarra de
    alabastro con un aceite de nardo puro, muy costoso. Rompió el
    jarro, y lo vertió sobre la cabeza de Jesús.
    014:004 Pero algunos[93] se indignaron entre ellos, diciendo, «¿Por
    qué se ha gastado este aceite?
    014:005 Se hubiera podido vender por más de trecientos denarios[94], y
    darlos a los pobres.» Ellos murmuraban contra ella[95].

    014:006 Pero Jesús dijo, «Déjenla tranquila. ¿Por qué la molestan?
    Ella ha hecho un buen trabajo conmigo.
    014:007 Porque siempre tendrán a los pobres con ustedes y siempre que
    lo deseen pueden hacerles el bien; pero no siempre me tendrán.
    014:008 Ella ha hecho lo que ha podido[96]. Ha preparado con aceite mi
    cuerpo antes del entierro.
    014:009 Con seguridad les digo, donde quiera que esta Buena Nueva se
    predique en el mundo, lo que está mujer ha hecho también será
    dicho en conmemoración de ella.»

    014:010 Judas Iscariote, que era uno de los doce, fue donde los jefes
    de los sacerdotes, diciéndoles que él podía entregarles a
    Jesús.
    014:011 Cuando ellos lo escucharon, se alegraron, y prometieron darle
    dinero. Él buscó como podría entregarlo convenientemente.
    014:012 El primer día de pan sin levadura, cuando ofrecían la Pascua,
    sus discípulos le preguntaron, «¿Donde quieres que vayamos a
    preparar la cena de Pascua?»

    014:013 Él envió a dos de sus discípulos, y les dijo, «Vayan a la
    ciudad, allí encontrarán un hombre cargando un jarro de agua.
    Síganlo,
    014:014 y donde él entre, díganle al dueño de la casa, `Él Maestro
    dice «¿ Donde está el cuarto de invitados, donde podré hacer
    la cena de Pascua con mis discípulos?»´
    014:015 El mismo les mostrará en el piso de arriba una habitacíon
    grande, amoblada y lista. Alístenla para nosotros.»

    014:016 Sus discípulos fueron, llegaron a la ciudad y encontraron las
    cosas tal como Él les había dicho, y prepararon la Pascua.

    014:017 Cuando atardeció, Él llegó con los doce.
    014:018 Mientras se sentaban y cenaban, Jesús les dijo, «Con seguridad
    les digo, uno de ustedes me traicionará, uno que come
    conmigo.»

    014:019 Ellos comenzaron a preocuparse, y preguntaban uno a uno[97],
    «¿ Seguramente no so yo?» Y otro decía, «¿Seguramente no soy
    yo?»

    014:020 Él les contestó, «Es uno de los doce, que remoja su comida
    conmigo en el plato.
    014:021 Porque con el Hijo del Hombre sucede tal y como está escrito
    sobre Él, pero ¡pobre de aquel por quien el Hijo del Hombre es
    traicionado! Sería mejor para ese hombre si no hubiera
    nacido.»

    014:022 Mientras comían, Jesús tomo pan, y tras bendecirlo, lo partió
    y lo entregó, diciendo, «Tomen, coman. Este es mi cuerpo.»

    014:023 Tomó la copa, y después de dar gracias, se las entregó. Todos
    tomaron de la copa.
    014:024 Les dijo, «Esta es mi sangre de la nueva alianza, que es
    derramada por muchos.
    014:025 Con seguridad les digo, no volveré a beber del fruto de la
    vid, hasta el día que lo tome de nuevo en el Reino de Dios.»
    014:026 Después de que habían cantado un himno[98], fueron al Monte de
    los Olivos

    014:027 Jesús les dijo, «Todos ustedes habrán de tropezar por mi causa
    esta noche, porque está escrito, `Golpearé al pastor, y las
    ovejas se dispersarán.´
    014:028 Sin embargo, después de que resucité, iré ante ustedes en
    Galilea.»

    014:029 Pero Pedro le dijo, «Aún cuando todos tropiecen, yo no lo
    haré.»

    014:030 Jesús le dijo, «Con seguridad te digo, que tú, hoy, incluso
    esta noche, antes de que el gallo cante dos veces, me habrás
    negado tres veces.»

    014:031 Pero él agregó, «Aún si tengo que morir contigo, no te
    negaré.» Todos ellos dijeron lo mismo.

    014:032 Llegaron a un lugar llamado Getsemaní. Él le dijo a sus
    discípulos, «Siéntense aquí, mientras oro.»
    014:033 Él tomó consigo a Pedro, Santiago y a Juan, y comenzó a
    afligirse y perturbarse.
    014:034 Él les decía, «Mi alma está extremadamente apenada, a causa de
    la muerte. Quédense aquí, y estén atentos.»

    014:035 Jesús se alejó un poco, y cayó a tierra, rezaba diciendo que
    si era posible, que la hora pasara lejos de Él.
    014:036 Decía, «Abba, Padre, todo es posible para ti. Por favor aleja
    esta copa de mí. Pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que
    tu deseas.»

    014:037 Fue y encontró a los discípulos durmiendo, y le dijo a Pedro,
    « Simón, ¿Estás durmiendo? ¿No pudiste estar atento una hora?
    014:038 Estén atentos y oren, para que no caigan en tentación. De
    hecho, el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.»

    014:039 Nuevamente se fue y oró, diciendo las mismas palabras.
    014:040 Nuevamente regresó y los encontró durmiendo, pues sus ojos
    estaban muy pesados, y ellos no sabían que decirle.
    014:041 Fue por tercera vez donde ellos, y les dijo, «Duerman ahora, y
    tomen su descanso. Es suficiente. La hora ha llegado.
    Observen, el Hijo del Hombre es traicionado y entregado a
    manos de los pecadores.
    014:042 Levántense, vámonos. Observen, él que me traiciona está a la
    mano.»

    014:043 De inmediato, mientras Jesús aún hablaba, Judas, uno de los
    doce, llegó junto con una multitud con espadas y palos, eran
    enviados de los jefes de los sacerdotes, los escribas y los
    ancianos.
    014:044 El que lo traicionó, les había dado una señal diciendo, «Al
    que yo bese, ese es. Atrápenlo y llévenlo con seguridad.»
    014:045 Cuando había llegado, inmediatamente fue donde Él, y le dijo,
    «¡Rabí! ¡Rabí!» y lo besó.
    014:046 Ellos pusieron sus manos sobre él, y lo apresaron.
    014:047 Pero uno de los que allí estaban sacó su espada, y le dio a un
    siervo del sumo sacerdote, cortándole una oreja.

    014:048 Jesús les dijo, «¿Han venido, como contra un ladrón, con
    espadas y palos para apresarme?
    014:049 Estuve diariamente con ustedes en el templo enseñando, y
    ustedes no me arrestaron. Pero es así, como las Escrituras
    deben cumplirse.»

    014:050 Todos[99] lo abandonaron, y huyeron.
    014:051 Cierto joven que lo seguía, tenía una túnica como vestido,
    sobre su cuerpo desnudo. Al joven lo atraparon,
    014:052 pero él dejo la túnica, y huyó desnudo.
    014:053 Condujeron a Jesús donde el sumo sacerdote. Todos los
    sacerdotes jefes, los ancianos, y los escribas fueron junto
    con él.

    014:054 Pedro lo había seguido a cierta distancia, hasta que llegó a
    la corte del sumo sacerdote. Estaba sentado con los oficiales,
    calentándose a la luz del fuego.
    014:055 Entonces los jefes de los sacerdotes y el consejo completo
    buscó testigos contra Jesús para condenarlo a muerte, pero no
    encontraron.
    014:056 Porque muchos dieron falso testimonio contra Él, pero los
    testimonios de unos no coincidían con los de otros[100].
    014:057 Algunos se levantaron , y dieron falso testimonio contra Él,
    diciendo,
    014:058 «Lo escuchamos decir, `Destruiré este templo que está hecho
    con manos, y en tres días construiré uno hecho sin manos.´»
    014:059 Pero aún así, sus testimonios no coincidían.

    014:060 El sumo sacerdote se paró en la mitad y preguntó a Jesús, «¿No
    tienes respuesta? ¿Qué es con estos que testifican contra
    ti?»
    014:061 Pero Él se mantuvo en silencio, y no contestaba. Nuevamente el
    sumo sacerdote le pregunto, «¿Eres tu Cristo, el Hijo del
    Bendecido?»

    014:062 Jesús dijo, «YO SOY. Verás al Hijo del Hombre sentando a la
    mano derecha del Poder, y viniendo con las nubes del cielo.»

    014:063 El sumo sacerdote rasgo su vestido, y dijo, «¿Para qué
    necesitamos más testigos?
    014:064 ¡Ustedes han escuchado la blasfemia! ¿ Qué piensan?» Todos lo
    condenaron a merecer la muerte.
    014:065 Algunos comenzaron a escupirlo, a cubrir su rostro, a
    golpearlo con sus puños, y a decirle «¡Profetiza!» Los
    oficiales lo golpeaban con la palma de las manos.

    014:066 Mientras Pedro estaba en el patio, una de las empleadas del
    sumo sacerdote llegó,
    014:067 y viendo a Pedro calentádose, lo miró, y le dijo, «¡Tu también
    estabas con el Nazareno, Jesús!»

    014:068 Pero él lo negó, diciendo, «No conozco, ni entiendo lo que
    dices. » Fue al pórtico, y el gallo cantó.

    014:069 La empleada lo vio, y nuevamente comenzó a decirle a los que
    estaban allí, «Este es uno de ellos.»
    014:070 Pero él nuevamente lo negó. Después de un tiempo, nuevamente
    algunos de los que estaban allí le dijeron a Pedro,
    «Verdaderamente tu eres uno de ellos, porque tu eres un
    Galileo, y tu forma de hablar lo muestra.»
    014:071 Pero el comenzó a maldecir, y a jurar, «¡No conozco a este
    hombre del que hablan!»
    014:072 El gallo cantó por segunda vez. Pedro recordó las palabras que
    Jesús le había dicho, «Antes de que el gallo cante dos veces,
    tu me habrás negado tres.» Cuando pensó sobre esto, lloró.

    15

    015:001 En la mañana el jefe de los sacerdotes, con los ancianos y los
    escribas, y con el consejo entero, se reunió, ataron a Jesús y
    lo llevaron, para entregarlo a Pilato.
    015:002 Pilato le preguntó, «¿Eres tú el Rey de los Judíos?
    Él contesto, «Tal como dices.»

    015:003 Los jefes de los sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
    015:004 Pilato nuevamente le preguntó «¿No tienes respuesta? ¡Mira
    cuantas cosas testifican en contra tuya!»

    015:005 Pero Jesús no dio más respuestas, así que Pilato se
    maravillo.

    015:006 Durante la fiesta él solía liberar a uno de los prisioneros,
    aquel que le pidieran.
    015:007 Había uno llamado Barrabas, atado con algunos que habían hecho
    insurrección, los hombres de la insurrección habían cometido
    asesinato.
    015:008 La multitud, gritando, comenzó a pedirle que hiciera lo que
    siempre hacía por ellos.
    015:009 Pilato les contestó diciendo, «¿Quieren que libere para
    ustedes al Rey de los Judíos?»
    015:010 Porque él percibió que los jefes de los sacerdotes se lo
    habían enviado por envidia.
    015:011 Pero los jefes de los sacerdotes agitaron a la multitud, para
    que en cambio les liberara a Barrabas.
    015:012 Pilato nuevamente les preguntó «¿Qué debo hacer entonces con
    el que llaman el Rey de los Judíos?»

    015:013 Ellos gritaron de nuevo, «¡Crucifícalo!»

    015:014 Pilato les dijo, «¿Por qué, qué mal ha hecho?»
    Pero la gente grito aún más, «¡Crucifícalo!»

    015:015 Pilato, queriendo complacer a la multitud, les liberó a
    Barrabas, y les entregó a Jesús después de azotarlo para que
    fuera crucificado.
    015:016 Los soldados lo condujeron dentro de la corte, en la tienda
    del pretor; y reunieron la cohorte [101] completa.
    015:017 Lo vistieron con un manto purpura, y tejieron una corona de
    espinas que pusieron sobre Él.
    015:018 Comenzaron a saludarlo, «Saludos, ¡Rey de los Judíos!»
    015:019 Golpeaban su cabeza con una vara, lo escupían, y doblando sus
    rodillas, le hacían homenaje.
    015:020 Después de haberlo ridiculizado, le quitaron el manto purpura,
    y le pusieron su propia ropa. Lo condujeron afuera para
    crucificarlo.
    015:021 Obligaron a uno de los que pasaban, uno que venía del campo,
    Simón de Cirenea, el padre de Alexander y Rufus, a ir con
    ellos, para que cargara la cruz.
    015:022 Lo llevaron al lugar llamado Gólgota, que traducido es, «El
    sitio de la calavera.»
    015:023 Le ofrecieron para beber vino mezclado con mirra, pero él no
    lo tomó.

    015:024 Crucificándolo, se repartieron sus ropas entre ellos, echando
    suertes para decidir que debería tomar cada uno.
    015:025 Era la tercera hora[102], cuando lo crucificaron.
    015:026 La inscripción de su acusación estaba escrita sobre Él, «EL
    REY DE LOS JUDÍOS.»
    015:027 Con Él crucificaron a dos ladrones; uno a su derecha y el otro
    a su izquierda.
    015:028 Se cumplieron las Escrituras que dicen, «Él fue contado con
    transgresores.»

    015:029 Los que pasaban blasfemaban, inclinando sus cabezas y diciendo
    «¡ Ha! Tu que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres
    días,
    015:030 ¡ sálvate a ti mismo y baja de la cruz!»

    015:031 Así mismo, los jefes de los sacerdotes ridiculizando entre
    ellos con los escribas decían, «Él salvó[103] a otros. Pero no
    se puede salvar a si mismo.
    015:032 Que el Cristo, el Rey de Israel, baje de la cruz, para que
    podamos ver y creerle. [104]» Los que estaban crucificados con
    Él lo insultaban.

    015:033 Cuando llegó la sexta hora[105], hubo una oscuridad sobre toda
    la tierra hasta la novena hora. [106]
    015:034 A la novena hora Jesús gritó fuertemente, «Eloi, Eloi, ¿lama
    sabachthani?» que significa, «Dios mio, Dios mio, ¿Por qué me
    has abandonado?»

    015:035 Algunos de los que estaban allí, cuando lo escucharon,
    dijeron, « Observen, Él está llamando a Elías.»

    015:036 Uno de ellos corrió y llenando una esponja de vinagre la puso
    en un vara y se la dio para beber, diciendo, «Dejémoslo.
    Veamos si Elías viene a bajarlo.»

    015:037 Jesús gritó con fuerte voz, y entregó el espíritu.
    015:038 La cortina del templo se rasgó en dos de arriba hasta abajo.
    015:039 Cuando el centurión, que estaba al frente de Él, vio la forma
    como gritaba y como dio su último suspiro, dijo,
    «¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!»

    015:040 También había mujeres mirando de lejos, entre quienes estaban
    ambas María Magdalena, y María la madre de Santiago el menor y
    de José, y Salomé;
    015:041 quienes, cuando Él estaba en Galilea, lo seguían, y servían; y
    muchas otras mujeres que llegaron con Él a Jerusalén.

    015:042 Cuando atardeció, como era el Día de Preparación, es decir, el
    día antes del Sabático,
    015:043 José de Arimatea, un prominente miembro del consejo quien
    también buscaba el Reino de Dios, llegó. Él valientemente fue
    donde Pilato, y le pidió el cuerpo de Jesús.
    015:044 A Pilato le asombró que ya hubiera muerto; y citando al
    centurión, le pregunto si llevaba muerto bastante tiempo.
    015:045 Cuando se informó del centurión, le concedió el cuerpo a José.
    015:046 Él compró una túnica, y bajándolo, lo envolvió en la túnica, y
    lo puso en una tumba que había sido sacada de una roca. Y rodó
    una piedra contra la puerta de la tumba.
    015:047 María Magdalena y María la Madre de José, vieron donde Jesús
    fue puesto.

    16

    016:001 Cuando el sabático pasó, María Magdalena y María la madre de
    Santiago y Salomé llevaron especias, las cuales podrían
    aplicar a Jesús.
    016:002 Muy temprano el primer día de la semana, llegaron a la tumba
    al amanecer.
    016:003 Ellas decían entre sí, «¿Quién rodará la piedra de la puerta
    de la tumba para nosotras?»
    016:004 Pues era muy grande. Al mirar se dieron cuenta de que la
    piedra estaba rodada.

    016:005 Entrando a la tumba vieron a un hombre joven sentado al lado
    derecho, vestido en un manto blanco, ellas estaban asombradas.
    016:006 Él les dijo, «No se asombren. Ustedes buscan a Jesús el
    Nazareno, quien ha sido crucificado. Él ha resucitado. No está
    acá. ¡Observen el lugar donde lo pusieron!
    016:007 Pero vayan a decirle a sus discípulos y a Pedro `Él va antes
    que ustedes a Galilea. Allá ustedes lo verán como él les
    dijo.´»

    016:008 Ellas salieron[107] y huyeron de la tumba pues estaban
    temblando y asombradas. No dijeron nada a nadie; pues estaban
    asustadas. [108].
    016:009 Temprano, cuando resucitó el primer día de la semana, se le
    apareció primero a María Magdalena de quien había expulsado
    siete demonios.
    016:010 Ella fue y les dijo[109] a los que lo habían acompañado,
    mientras ellos estaban tristes y llorando.
    016:011 Cuando escucharon que Jesús estaba vivo y que había sido visto
    por ella, no le creyeron.
    016:012 Después de estos acontecimientos se le mostró en otra forma a
    dos de ellos mientras caminaban hacia el campo.
    016:013 Ellos fueron a decirles al resto. Pero tampoco les creyeron.

    016:014 Luego se mostró a los once mientras estaban sentados en la
    mesa y los reprendió por su falta de fe y dureza de corazón,
    porque ellos no le creyeron a los que lo habían visto después
    de su resurrección.
    016:015 El les dijo, «Vayan a todo el mundo y prediquen la Buena Nueva
    a toda la creación.
    016:016 Aquel que crea y sea bautizado será salvado; pero el que no
    crea será condenado.
    016:017 Estas señales acompañarán a aquellos que crean: en mi nombre
    expulsarán demonios; hablarán con nuevas lenguas;
    016:018 manejarán serpientes; y si toman alguna bebida mortal no los
    lastimará de ninguna forma; pondrán sus manos sobre los
    enfermos y ellos sanarán.»

    016:019 Entonces el Señor Jesús después de haber hablado con ellos fue
    recibido en el cielo, y se sentó a la mano derecha de Dios.
    016:020 Ellos salieron y predicaron en todas partes, el Señor
    trabajando con ellos y confirmando la palabra con las señales
    que le seguían. Amen.

    ————–

    [1] Versión: 0.9. Damos gracias a Dios. Traducción basada
    especialmente en [WEB]. Los nombres a español han sido tomados
    de [
    DiosHablaHoy]. Algunos cambios en la traducción (anotados en
    pies
    de página) se basan en [DieBibel], [DiosHablaHoy] y
    [Peshitta]. Las
    comparaciones con [TR], [NU] y [MT] son tomadas de [WEB] y
    fueron
    realizadas por Michael Jhonson. Hasta el momento han
    colaborado
    traduciendo a español, comparando y corrigiendo: Melissa
    Giraldo y
    Vladimir Támara. Puede buscar una versión más actualizada en
    http:/
    /de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp o ayudar a mejorar
    esta
    traducción en la lista evangelios-dp a la que puede
    suscribirse en:
    http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp

    [2] En [WEB] dice `en los profetas.´

    [3] [Peshitta] dice `para que prepare tu camino.´

    [4] Ver notas al pie de Lucas 3,4. [WEB] dice `La voz de uno.´

    [5] [DiosHablaHoy] dice `ábranle un camino recto,´ [DieBibel]
    dice
    `Aplánenle los caminos.´

    [6] Bautizar significa sumergir en (o empapar y lavar con)
    agua (o
    fuego). Este bautizo no es sólo para limpiarse el cuerpo, sino
    un
    signo de limpieza espiritual interior y de compromiso.

    [7] La palabra griega (en) se tradujo aquí como «en» también
    pudo
    traducirse como «con» en algunos contextos.

    [8] [Peshitta] dice `entregado´

    [9] [Peshitta] dice `ha llegado.´

    [10] [WEB] y [Peshitta] se refieren en esta y otras partes de
    este
    evangelio al `mar de Galilea.´ [DiosHablaHoy] dice `lago de
    Galilea.´

    [11] [Peshitta] dice `hijos de hombres´

    [12] Día de descanso. Entre Judíos es el sábado.

    [13] Escriba: Interprete de la ley entre hebreos.

    [14] [Peshitta] no dice `y las áreas vecinas.´

    [15] [Peshitta] no dice `mientras todavía estaba oscuro.´

    [16] [WEB] dice `moviendo por la compasión,´ [Peshitta] dice
    'tuvo
    compasión de él´

    [17] Ni [DiosHablaHoy], ni [DieBibel], ni [WEB] dicen
    `subieron al
    techo.´ Si lo dice [Peshitta].

    [18] [Peshitta] agrega `y fariseos.´

    [19] [Peshitta] dice `es legal.´

    [20] Los judíos en la época de Jesús pagaban impuestos al
    imperio
    romano.

    [21] [WEB] dice `un pedazo de tela sin encoger,´ [Peshitta]
    dice
    `un parche nuevo,´ [DiosHablaHoy] dice `remiendo de tela
    nuevo.´

    [22] Ni [DiosHablaHoy], ni [Peshitta], ni [DieBibel] dicen
    `tan
    sana como la otra.´

    [23] [DiosHablaHoy] y [WEB] dice `Cuando los espíritus impuros
    lo
    veían,´ [DieBibel] y [Peshitta] dice `Cuando los que tenían
    espíritus impuros.´

    [24] [Peshitta] dice `ante el juicio que es eterno.´

    [25] De acuerdo al comentario en Mateo 12,35 de [DieBibel],
    `la
    palabras "hermano" y "hermana" por su uso en arameo, hebreo y
    griego, puede ser abreviación de familiar (e.g primo).´

    [26] [TR], [DieBibel] y [Peshitta] omiten «tus hermanas.»

    [27] [TR] agrega «del aire.»

    [28] [Peshitta] dice `en sus corazones.´

    [29] [WEB] dice `esta época,´ [Peshitta], [DieBibel] y [
    DiosHablaHoy] dicen `de este mundo.´

    [30] literalmente un modion, un canasto para realizar medidas
    en
    seco, su capacidad es de aproximadamente 9 litros.

    [31] [WEB] dice `excepto lo que debe darse a conocer,´
    [Peshitta]
    dice `que no sea revelado,´ [DieBibel] dice `que no sea
    publicado,´
    [DiosHablaHoy] dice `que no llegue a descubrirse.´

    [32] [WEB] dice `aunque debe sacarse a la luz,´ [Peshitta]
    dice
    `que no sea revelado.´

    [33] [WEB] dice `debería brotar y crecer,´ [Peshitta] dice
    `brotará
    y crecerá.´

    [34] [Peshitta] dice `es más pequeña.´

    [35] [WEB] no dice `parábolas,´ [Peshitta] si dice.

    [36] [WEB] y [Peshitta] dicen `Gadarenes,´ [DieBibel] y [
    DiosHablaHoy] dice `Gerasa.´

    [37] [Peshitta] dice `atacar.´

    [38] [Peshitta] dice `en las diez ciudades.´

    [39] [Peshitta] dice `viviré.´

    [40] [Peshitta] dice `niña levántate´ sin la frase que sigue.
    [
    DieBibel], [WEB] y [DiosHablaHoy] dicen `Talita cumi´ y la
    explicación.

    [41] [WEB] y [DiosHablaHoy] dicen `mandó,´ [Peshitta] y
    [DieBibel]
    dice `dijo.´

    [42] [DiosHablaHoy] y [WEB] dice `sobre espíritus impuros,´ [
    Peshitta] y [DieBibel] dice `para expulsar espíritus impuros.´

    [43] La oración sobre Sodoma y Gomorra no aparece en
    [DiosHablaHoy]
    ni en [DieBibel], pero si en [Peshitta] y [WEB]

    [44] [DieBibel] dice `quedaba intranquilo y perplejo,´ [
    DiosHablaHoy] dice `se quedaba sin saber que hacer.´

    [45] [DiosHablaHoy] dice `un lugar tranquilo,´ [Peshitta] dice
    `al
    desierto.´

    [46] En lugar de `La gente´ [WEB] dice `Ellos,´ [TR] dice `Las
    multitudes.´

    [47] 200 denarios eran aproximadamente 7 o 8 meses de sueldo
    para
    un agricultor.

    [48] [WEB] dice `hileras,´ [Peshitta] dice `grupos.´

    [49] [TR] agrega «cerca.»

    [50] [WEB], [Peshitta] y [DieBibel] dicen `a la cuarta vigilia
    de
    la noche,´ [DiosHablaHoy] dice `a la madrugada.´

    [51] Esta parte no aparece en [Peshitta]

    [52] [Peshitta] dice `no comen bienes de la plaza de mercado a
    menos que estén lavados´

    [53] [DieBibel] y [Peshitta] agregan `pan.´

    [54] Corban es una palabra Hebrea que designa una ofrenda
    ofrecida
    a Dios.

    [55] [Peshitta] dice `mi ofrenda es lo que haz ganado de mí.´

    [56] [DiosHablaHoy] y [DieBibel] dicen sólo `Tiro´

    [57] [Peshitta] y [DieBibel] dicen `pagana,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `extranjera.´

    [58] [Peshitta] dice `de las diez ciudades´

    [59] [Peshitta] dice `en el desierto.´

    [60] [Peshitta] dice `los bendijo.´

    [61] En [Peshitta] estar parte aparece en 8,10.

    [62] [Peshitta] dice `a disputar con Él.´

    [63] La palabra traducida como «generación» aquí (genea)
    también se
    pudo traducir como «gente,» «raza», o «familia.»

    [64] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `Llegaron.´

    [65] [Peshitta] agrega `el Hijo del Dios vivo.´

    [66] [Peshitta] dice `para preparar todo.´

    [67] En [Peshitta] dice `y como está escrito con respecto al
    Hijo
    del Hombre que Él sufrirá mucho y será rechazado.´

    [68] [Peshitta] no dice `y él se levantó.´

    [69] Gehena es una palabra para infierno, que se origina en el
    nombre de un lugar donde bebes vivos era arrojados llorando al
    fuego bajo los brazos del ídolo, Moloch, para que murieran.
    Este
    lugar era tan desprestigiado por la gente después de que el
    justo
    rey Josia abolió esta horrorosa práctica, que no sólo fue
    convertido en una montón de basura, sino que los cuerpos
    muertos de
    animales enfermos y criminales ejecutados eran arrojados y
    quemados
    allí.

    [70] [Peshitta] dice `todo será evaporado con fuego.´

    [71] [Peshitta] dice `existe para quienes son como estos.´

    [72] [Peshitta] y [WEB] dicen `lo amo,´ [DiosHablaHoy] dice
    `lo
    miró con cariño,´ [DieBibel] dice `y porque lo amaba.´

    [73] [WEB] dice `la cruz,´ [Peshitta] dice `tu cruz.´ Ni
    [DieBibel
    ], ni [DiosHablaHoy] dicen esta parte.

    [74] [Peshitta] dice `una cuerda.´

    [75] o "la"

    [76] [Peshitta] dice `ganar la vida.´

    [77] Raboni es una transliteración de una palabra hebrea que
    significa «gran maestro.»

    [78] [Peshitta] dice `y se fue por el camino.´

    [79] [Peshitta] dice `al otro lado.´

    [80] [Peshitta] agrega esta parte al versículo anterior.

    [81] [Peshitta] dice `posesiones,´ [DiosHablaHoy] dice
    `cosas.´

    [82] [WEB] dice `a un campesino,´ [Peshitta] dice `a algunos
    campesinos.´

    [83] [Peshitta] dice `se fue.´

    [84] [Peshitta] dice `lo hirieron.´

    [85] [WEB] agrega `cuando resuciten.´

    [86] Literalmente, lepton. Lepton era una moneda de cobre muy
    pequeñas cuyo valor es medio cuadrante, que es un cuarto de
    Asarion. El valor de un lepta es menos del 1% del jornal
    diario de
    un trabajador agrícola. [Peshitta] dice `dos minas, que son
    dos
    pequeñas monedas.´

    [87] Un cuadrante es un moneda cuyo valor es 1/64 de un
    denario. Un
    denario es aproximadamente el jornal de un trabajador
    agrícola.

    [88] Literalmente, «¡YO SOY!»

    [89] [Peshitta] dice `mi Esperanza,´ [DiosHablaHoy] dice `el
    mensaje de salvación.´

    [90] [Peshitta] dice `las embarazadas.´

    [91] [Peshitta] y [DiosHablaHoy] dicen `sufrimiento,´
    [DieBibel]
    dice `pobreza.´

    [92] La palabra traducida como «generación» (genea) también
    podría
    traducirse como «raza», «familia», o «gente.»

    [93] [Peshitta] dice `algunos de los discípulos.´

    [94] 300 denarios eran cerca de un año de ingresos de un
    trabajador
    del campo.

    [95] [Peshitta] dice `y ellos estaban de mal genio con Él,´ [
    DiosHablaHoy] dice `y criticaban a esa mujer,´ [DieBibel] dice
    `y
    recriminaban a la mujer.´

    [96] [Peshitta] no dice `Ella ha hecho lo que ha podido.´

    [97] [Peshitta] dice `y cada uno decía ¿Soy yo?.´

    [98] [Peshitta] dice `Ellos ofrecieron oración.´

    [99] [Peshitta] dice `Los discípulos.´

    [100] [Peshitta] dice `pero sus testimonios no eran válidos.´

    [101] Unidad táctica del ejercito romano compuesta por 500 o
    600
    soldados.

    [102] 9:00 A.M

    [103] [Peshitta] dice `dio vida.´

    [104] [TR] dice «creer» en lugar de «creerle.»

    [105] o, mediodía.

    [106] 3:00 PM

    [107] [TR] añade «rápidamente.»

    [108] De acuerdo a [DieBibel], los versículos 9 a 20 no se
    encuentran en los textos antiguos. Es un resumen del siglo 2
    de las
    apariciones e instrucciones de Jesús resucitado.

    [109] [Peshitta] dice `les llevo esperanza.´

    Bibliografía

    [DieBibel] Einheitsübersetzung der Heiligen Schrift. Die
    Bibel.
    Gesamtausgabe. Otto Knoch, Heinrich Arenhe, Gerhard Barth, et
    al.
    Verlag Katholissches Bibelwerk GmbH. 1980. Todos los derechos
    reservados.

    [DiosHablaHoy] Dios Habla Hoy. La Biblia. Sociedades bíblicas
    unidas. 1995. Todos los derechos reservados.

    [Peshitta] Peshitta Aramaic/English Interlinear New Testament.
    Paul
    D. Younan. http://www.peshitta.org/ Permite uso o reproducción
    de
    cualquier parte en cualquier forma sin permiso previo.

    [WEB] World English Bible Michael Johnson con base en American
    Standard Bible de 1911. http://www.ebible.org 2002. Dominio
    público.

    [Elberfelder] Johannes Evangelium: mit Erklärungen von Werner
    Heukelbach. Elberfelder. Missionswerk Werner Heukelbach. Todos
    los
    derechos reservados.

    [esv] Las sagradas Escrituras Versión Antigua. Russell Martin
    Stendal. Copyright (c) 1999. Puede ser usada libremente
    siempre y
    cuando su contenido no sea alterado.

    [TR] Textus Receptus. Greek New Testament underlying the King
    James
    Version.

    [NU] Nestle-Aland ed. 27/UBS ed. 4.

    [MT] Majority Text Greek New Testament.

    ——————————————————————-

  • Buena Nueva de acuerdo a Lucas Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Buena Nueva de acuerdo a Lucas Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Aproximadamente 25.603 palavras.

    Development site http://de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp

    ——————————————————————-

    Esta traducción se basa especialmente en la biblia World English
    Bible – WEB (http://www.ebible.org). Así como la biblia World
    English Bible, esta traducción y sus fuentes se liberan al dominio
    público. En particular están permitidos por siempre el uso
    ilimitado, la redistribución, reproducción y retransmisión por
    cualquier medio conocido o por conocer así como su modificación.
    Nosotros, los traductores, no ofrecemos garantía alguna, sólo
    quisiéramos hacer la voluntad de Dios (aunque no estamos seguros de
    estar haciéndola bien). Sin los conocimientos, ni autoridad que
    requiere una traducción de un texto inspirado por Dios, nos
    atrevimos a comenzar porque no habíamos encontrado una versión de
    este texto en español y de dominio público. Probablemente al
    traducir hemos introducido errores y eventualmente la versión en la
    que nos basamos también tenga (aunque hemos procurado comparar con
    otras traducciones). Quien movido por su fe en Jesús desee mejorar
    esta traducción está cordialmente invitados al grupo virtual
    evangelios-dp http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp Puede
    buscar actualizaciones o citar como fuente de la traducción:
    http://de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp
    Lo invitamos a difundir
    esta traducción, a mejorarla pero sobre todo a colaborar en la
    construcción del Reino de Dios que creemos se logra haciendo la
    voluntad de Dios, siguiendo a Jesús.

    ——————————————————————-

    ——————————————————————-

    Buena Nueva de acuerdo a Lucas

    ——————————————————————-
    [1]

    1

    001:001 Como muchos han decidido poner en orden una narración sobre
    los temas que hemos tratado,
    001:002 de acuerdo a como nos los enviaron quienes desde el comienzo
    fueron testigos presenciales y ministros de la palabra,
    001:003 también me pareció bueno, después de haber rastreado el
    transcurso de todo con precisión desde el primer momento,
    escribirte en orden, excelente Teófilo;
    001:004 para que puedas conocer la verdad de algunos temas en los que
    fuiste instruido.

    001:005 Hubo en los días de Herodes, el rey de Judea, cierto sacerdote
    de nombre Zacarías, de la división de sacerdotes de Abias. Él
    tenía una esposa de las hijas de Aaron, y su nombre era
    Isabel.
    001:006 Ambos eran justos ante Dios, caminando sin culpa entre los
    mandamientos y ordenanzas[2] del Señor.
    001:007 Pero no tenían niños, porque Isabel era estéril, y ambos eran
    de edad avanzada.
    001:008 Ocurrió, mientras él realizaba el oficio de sacerdote ante
    Dios en la orden de su división,
    001:009 de acuerdo a la costumbre de los oficios sacerdotales, que por
    sorteo le correspondió entrar al templo del Señor y quemar
    incienso.
    001:010 La multitud entera estaba afuera, orando a la hora del
    incienso.

    001:011 Un ángel del Señor se le apareció a la derecha del altar de
    incienso.
    001:012 Zacarías se perturbó cuando lo vio, y el miedo se apoderó de
    él.
    001:013 Pero el ángel le dijo, «No tengas miedo, Zacarías, porque tu
    petición ha sido escuchada, y tu esposa Isabel, te dará un
    hijo, y tu debes llamarlo Juan.
    001:014 Tendrás alegría y satisfacción; y muchos se alegrarán por su
    nacimiento.
    001:015 Porque él será grande ante la vista del Señor, y no beberá
    vino ni bebidas fuertes. Él estará lleno de Espíritu Santo,
    incluso desde el vientre de su madre.
    001:016 Él convertirá a muchos hijos de Israel al Señor, su Dios.
    001:017 Él ira delante de él en el espíritu y poder de Elías, `para
    voltear los corazones de los padres hacia los niños,´ y al
    desobediente a la sabiduría del justo; y alistará gente
    preparada[3] para el Señor.»

    001:018 Zacarías le dijo al ángel, «¿Cómo puedo estar seguro de esto?
    Porque soy un hombre viejo, y mi esposa ya está avanzada en
    años.»

    001:019 El ángel le respondió, «Soy Gabriel, que está en la presencia
    de Dios. Fui enviado para hablarte, y traerte esta buena
    noticia.
    001:020 Observa, quedarás en silencio y no podrás hablar, hasta el día
    que estas cosas ocurran, porque no creíste mis palabras, que
    se cumplirán en el tiempo apropiado.»

    001:021 La gente estaba esperando a Zacarías, y se asombraban por la
    demora en el templo.
    001:022 Cuando él salió, no podía hablarles, y ellos percibieron que
    él había tenido una visión en el templo. El continuó
    haciéndoles señales, y permaneció mudo.
    001:023 Ocurrió, cuando los días de su servicio se completaron, que él
    partió a su casa.
    001:024 Después de esto Isabel, su esposa, concibió, y se escondió 5
    meses, diciendo,
    001:025 «Porque el Señor ha hecho esto, en los días que me ha mirado,
    para alejar mi pena ante los hombres.»

    001:026 En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a la
    ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
    001:027 donde una virgen comprometida en matrimonio con un hombre de
    nombre José, de la casa de David. El nombre de la virgen era
    María.
    001:028 Habiendo llegado, el ángel le dijo, «¡Alégrate, tu
    inmensamente favorecida[4]! El Señor está contigo. ¡Bendita
    eres entre las mujeres!»

    001:029 Pero cuando ella lo vio, se perturbo con lo que decía, y se
    preguntó el significado de aquel tipo de saludo.
    001:030 El ángel le dijo «No te asustes María, porque has encontrado
    gracia de Dios.
    001:031 Observa, concebirás en tu vientre, y traerás un hijo, y le
    pondrás por nombre `Jesús.´
    001:032 Él será grande, y será llamado el Hijo del Más Alto. El Señor
    Dios le dará el trono de su padre, David,
    001:033 y reinará sobre la casa de Jacob por siempre. No habrá fin
    para su Reino.»

    001:034 María le dijo al ángel, «¿Cómo puede ser esto, considerando
    que no me ha conocido hombre alguno[5]?»

    001:035 El ángel le respondió, «El Espíritu Santo vendrá a ti, y el
    poder del Más Alto te cubrirá. Por eso también el santo que
    nacerá de ti será llamado el Hijo de Dios.
    001:036 Observa, Isabel, tu pariente, también ha concebido un hijo a
    su avanzada edad; y este es el sexto mes para la que era
    llamada estéril.
    001:037 Porque nada es imposible para Dios[6] .»

    001:038 María dijo, «Observa, soy la sierva del Señor; que se cumpla
    en mí de acuerdo a tu palabra.» Entonces el ángel se alejó de
    ella.

    001:039 María se levanto en esos días y fue con afán a la región
    montañosa, a una ciudad de Judea,
    001:040 y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
    001:041 Sucedió que cuando Isabel escuchó el saludo de María, el bebe
    saltó en su vientre, e Isabel se llenó del Espíritu Santo.
    001:042 Ella llamó con fuerte voz y dijo, «¡Bendita eres entre las
    mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre!
    001:043 ¿Por qué soy tan favorecida para que la madre del Señor venga
    a mi?
    001:044 ¡Porque, cuando la voz de tu saludo llegó a mis oídos, el bebé
    saltó en mi vientre de felicidad!
    001:045 ¡Bendita es la que ha creído, porque se cumplirán las cosas
    que le han sido dichas por el Señor!»

    001:046 María dijo,
    «Mi alma alaba al Señor.
    001:047 Mi espíritu se ha regocijado en el Señor mi Salvador,
    001:048 Porque Él ha mirado el humilde estado de su sierva. Porque
    desde ahora, todas las generaciones me llamarán bendita.
    001:049 Porque, aquel que es poderoso ha hecho grandes cosas por mi.
    Santo es su nombre.
    001:050 Su piedad es de generación en generación para aquellos que le
    temen.
    001:051 Él ha mostrado fuerza con su brazo[7]. Ha esparcido el orgullo
    en la imaginación de sus corazones[8].
    001:052 Él ha destronado a poderosos[9]. Y ha exaltado a los bajos.
    001:053 Él ha llenado a los hambrientos de cosas buenas. Él ha enviado
    a los ricos con las manos vacías.
    001:054 Ha ayudado a Israel, su servidor, para que pueda recordar la
    piedad[10],
    001:055 Como habló con nuestros padres, a Abraham y a su semilla[11]
    por siempre.»
    001:056 María se quedó con ella aproximadamente tres meses, y luego
    regresó a su casa.
    001:057 Ocurrió que el tiempo para dar a luz de Isabel se había
    completado, y tuvo un hijo.
    001:058 Sus vecinos y sus parientes escucharon que el Señor había
    aumentado su piedad por ella, y se alegraron con ella.
    001:059 Al octavo día fueron a circuncidar al niño; y lo querían
    llamar Zacarías, como su padre.
    001:060 Su madre contestó, «No así; él se llamará Juan.»

    001:061 Ellos le dijeron, «No hay ningún familiar[12]de ustedes que se
    llame así.»
    001:062 Le hicieron señales a su padre, para saber como lo llamaría
    él.

    001:063 Él pidió una tableta para escribir, y escribió, «Su nombre es
    Juan.» Todos quedaron maravillados.

    001:064 Su boca se abrió de inmediato, su lengua se liberó y habló
    bendiciendo a Dios.
    001:065 El temor se apoderó de todos los que vivían alrededor de ellos
    y todos estos acontecimientos fueron contados por toda la
    región montañosa de Judea.
    001:066 Todos los que los escucharon se cuestionaban en su corazón,
    diciendo, «¿Qué será de este niño?» La mano de Dios estaba con
    él.
    001:067 Su padre, Zacarías, estaba lleno del Espíritu Santo y
    profetizó diciendo

    001:068 «Bendecido sea el Señor, el Dios de Israel, Pues el ha
    visitado y ha obrado la redención para su pueblo;
    001:069 Y ha alzado un cuerno de salvación para nosotros[13] en la
    casa de su siervo David.
    001:070 (Cómo ha dicho por boca de sus santos profetas quienes han
    estado desde la antigüedad),
    001:071 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que
    nos odian;
    001:072 Y ha mostrado piedad hacia nuestros padres, Y ha recordado su
    santa alianza,
    001:073 Y nos daría[14] el juramente que le ha hecho a Abraham,
    nuestro padre,
    001:074 Para permitir, siendo liberados de nuestros enemigos, que le
    sirvamos sin temor,
    001:075 En santidad y rectitud ante Él todos los días de nuestra
    vida.
    001:076 Y tu, niño, serás llamado un profeta del Más Alto, Pues irás
    antes de la gracia del Señor para preparar su camino[15],
    001:077 Para dar a conocer la salvación[16] a su gente mediante la
    redención de sus pecados,
    001:078 Por la protectora piedad de nuestro Dios, por la que el
    amanecer[17] desde lo alto nos visitará,
    001:079 Para brillar sobre los que se sientan en la oscuridad y en la
    sombra de la muerte; Para guiar nuestro pie por la senda de la
    paz.»
    001:080 El niño crecía, se hacia fuerte en espíritu, y permaneció en
    el desierto hasta el día de su aparición pública ante Israel.

    2

    002:001 Ocurrió en esos días, que salió un decreto de Cesar Augusto
    indicando que toda la gente de su dominio[18] debía
    registrarse.
    002:002 Este fue el primer censo realizado cuando Cireneo era
    gobernador de Siria.
    002:003 Todos fueron a registrarse, cada uno a su propia ciudad.
    002:004 José también salió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a
    Judea a la ciudad de David, que es llamada Belén, porque él
    era de la casa y de la familia de David;
    002:005 para registrarse junto con Maria, quien estaba comprometida
    con él en matrimonio y estaba embarazada.

    002:006 Ocurrió, mientras estaban allá, que llegó el día en el que
    ella debía dar a luz.
    002:007 Ella trajo a su primogénito, y lo envolvió en bandas de
    algodón, y lo acostó en un establo, porque no había espacio
    para ellos en la posada.
    002:008 Había pastores en la misma región que permanecían en el campo,
    y cuidaban su rebaño durante la noche.
    002:009 Entonces, un ángel del Señor se les apareció, y la gloria del
    Señor brilló a su alrededor, ellos estaba muy asustados.
    002:010 El ángel les dijo, «No se asusten, porque les traigo una buena
    noticia de gran regocijo, que será para toda la gente.
    002:011 Porque les ha nacido, este día, en la ciudad de David, un
    Salvador, quien es Cristo el Señor.
    002:012 Esta es la señal para ustedes: encontrarán un bebe envuelto en
    mantas de algodón, acostado en un establo.»
    002:013 De repente, apareció con el ángel una multitud del ejercito
    celestial alabando a Dios y diciendo,

    002:014 «Gloria a Dios en lo más alto, Sobre la tierra paz, buena
    voluntad hacia los hombres[19].»
    002:015 Ocurrió, cuando los ángeles se alejaron de ellos hacia el
    cielo, que los pastores se dijeron entre sí, «Vamos a Belén,
    ahora, a ver esto que ha ocurrido, y que el Señor nos ha hecho
    saber.»
    002:016 Fueron de prisa y encontraron a Maria, a José y al Bebe
    acostado en el establo.
    002:017 Cuando lo vieron, publicaron ampliamente el mensaje que les
    había sido dicho sobre este niño.
    002:018 Todos los que los oían se admiraban de las cosas que los
    pastores les decían.
    002:019 Y Maria mantenía todas estos mensajes, considerándolos en su
    corazón.
    002:020 Los pastores volvieron, glorificando y orando a Dios por todas
    las cosas que habían oído y visto, tal como les fue dicho.

    002:021 Cuando pasaron ocho días para la circuncisión del niño, se le
    llamó Jesús, como fue dado por el ángel antes de que fuera
    concebido en el vientre.

    002:022 Cuando los días de su purificación se completaron de acuerdo a
    la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén, para
    presentarlo ante el Señor
    002:023 (como está escrito en la ley del Señor, «Todo varón que abra
    el vientre debe ser llamado santo para el Señor»),
    002:024 y para ofrecer un sacrificio de acuerdo a lo que está dicho en
    la ley del Señor, «Un par de tórtolas o dos pichones de
    paloma.»

    002:025 En Jerusalén había un hombre llamado Simeón. Este hombre era
    justo y devoto, esperaba la consolidación de Israel, y el
    Espíritu Santo estaba en él.
    002:026 Se le había rebelado por intermedio del Espíritu Santo que no
    vería la muerte antes de ver al Cristo[20] del Señor.
    002:027 Él llegó en el Espíritu al templo. Cuando los padres trajeron
    al niño, Jesús, para obrar con Él de acuerdo a la costumbre de
    la ley,
    002:028 él recibió al niño en sus brazos, bendijo a Dios y dijo,

    002:029 «Ahora estás liberando tu siervo, Maestro, De acuerdo a tu
    palabra, en paz;
    002:030 Pues mis ojos han visto tu salvación[21],
    002:031 que has preparado ante los rostros de todas las
    naciones[22];
    002:032 Una luz de revelación para los gentiles[23], y la gloria de tu
    pueblo Israel.
    002:033 José y su madre estaban maravillados de las cosas que estaban
    diciéndose sobre Él,
    002:034 y Simeón los bendijo y dijo a María su madre, «Esté niño está
    puesto para la caída y surgimiento de muchos en Israel y como
    una señal de disputa[24].
    002:035 Si, una espada atravesará tu propia alma, para que los
    pensamientos de muchos corazones puedan ser revelados.»

    002:036 Había una Ana, una profetiza, la hija de Fanuel, de la tribu
    de Aser (ella tenía muchos años, habiendo vivido con un marido
    siete años desde su virginidad,
    002:037 y siendo viuda por casi ochenta y cuatro años), que no salía
    del templo, alabando a Dios con ayuno y oración[25] noche y
    día.
    002:038 Llegó justo en ese momento, ella dio gracias al Señor, y habló
    de Él a todos los que buscaban redención en Jerusalén.

    002:039 Cuando habían cumplido con todas las cosas de acuerdo a la ley
    del Señor, retornaron a Galilea, a su propia ciudad, Nazaret.
    002:040 El niño crecía y se hacía fuerte en espíritu, llenándose de
    sabiduría y la gracia de Dios estaba sobre él.
    002:041 Sus padres[26] iban cada año a Jerusalén para la Pascua.

    002:042 Cuando Jesús tenía doce años, fueron a Jerusalén como de
    costumbre a la fiesta,
    002:043 y cumplidos los días, cuando estaban regresando, el niño Jesús
    se quedo en Jerusalén. José y su madre no lo sabían,
    002:044 porque suponían que estaba en el grupo, viajaron durante un
    día y entonces lo buscaron entre sus familiares y conocidos.
    002:045 Como no lo encontraron regresaron a Jerusalén, buscándolo.
    002:046 Sucedió que después de tres días lo encontraron en el templo,
    sentado en medio de los maestros, tanto escuchándolos como
    formulándoles preguntas.
    002:047 Todos los que lo escuchaban se asombraban de su sabiduría[27]
    y de sus respuestas.
    002:048 Cuando lo vieron, se sorprendieron y su madre le dijo «Hijo,
    ¿Por qué nos has tratado de esta forma? Mira, tu padre y yo
    estábamos buscándote ansiosamente.»

    002:049 Él les dijo, «¿Por que me buscaban? ¿No sabían que yo debo
    estar en la casa de mi Padre?»
    002:050 Ellos no entendieron las palabras que Él les dijo.
    002:051 Jesús se fue con ellos, y llegaron a Nazaret. Él fue obediente
    con ellos, y su madre guardó todas estas palabras en su
    corazón.
    002:052 Y Jesús creció en sabiduría y estatura, y estaba en favor con
    Dios y con los hombres.

    3

    003:001 Entonces en el decimoquinto año del reinado del Cesar Tiberio,
    siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes siendo
    tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de la región
    de Iturea y Traconite y Lisanias tetrarca de Abilinia,
    003:002 siendo los sumos sacerdotes Anás y Caifás, la palabra de Dios
    llego a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto.
    003:003 Fue a las regiones alrededor del Jordán, predicando el
    bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.
    003:004 Como está escrito en el libro de las palabras de Isaías el
    profeta,
    «Una voz[28] gritando en el desierto ¡Preparen el camino del
    señor! ¡Hagan sus caminos rectos!
    003:005 Todo valle será llenado. Toda montaña y colina bajará. Lo
    torcido se hará recto[29], Y los caminos abruptos se
    aplanaran[30],
    003:006 Toda carne verá la salvación[31] de Dios.´»
    003:007 Por esto le decía a las multitudes que iban a ser bautizadas
    por él, «A ustedes raza de víboras, ¿Quién les ha dicho que
    huyeran del castigo que vendrá?
    003:008 Así que traigan frutos de arrepentimiento valederos, y no
    comiencen a decir entre ustedes, `Tenemos a Abraham como
    padre'; ¡porque les digo que Dios puede levantar hijos de
    Abraham de estas piedras!
    003:009 Justo ahora el hacha está en la raíz de los árboles. Y todo
    árbol que no de buenos frutos será cortado, y arrojado al
    fuego.»

    003:010 Las multitudes le preguntaban, «¿Qué debemos hacer?»

    003:011 Él les contestaba, «Aquel que tenga dos cabras, que le de al
    que no tiene. Aquel que tenga comida, que haga lo mismo.»

    003:012 Los recolectores de impuestos también vinieron a ser
    bautizados, y le decían, «Maestro, ¿Qué debemos hacer?»

    003:013 Él les decía, «No recolecten más de lo que les está
    establecido.»

    003:014 Unos soldados también le preguntaron, «¿Qué sobre nosotros?
    ¿Qué debemos hacer?» Él les dijo, «No ejerzan violencia sobre
    nadie, ni acusen a nadie erradamente. Estén contentos con su
    salario.»

    003:015 Como la gente estaba a la expectativa, todas las personas
    razonaban en sus corazones con respecto a Juan, si quizás él
    fuera el Cristo,
    003:016 Juan les contestaba a todos, «Yo de hecho los bautizo con
    agua, pero Él vendrá, quien es más fuerte que yo, a quien no
    soy digno de amarrar los cordones de las sandalias. Él los
    bautizará en el Espíritu Santo y en fuego,
    003:017 el rastrillo está en su mano, y Él limpiará su piso para
    separar granos, y reunirá el trigo en su granero; pero quemará
    el bagazo con fuego inextinguible.»

    003:018 Y con muchas otras exhortaciones predicaba la buena nueva a la
    gente[32],
    003:019 pero Herodes el tetrarca, era reprobado por Juan a causa de
    Herodías, la esposa de su hermano[33] y por todas las cosas
    malas que había hecho Herodes,
    003:020 agregando a todas ellas que encerró a Juan en prisión.
    003:021 Sucedió cuando todas las personas eran bautizadas, que Jesús
    también fue bautizado. Mientras oraba[34] el cielo se abrió,
    003:022 y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal como
    una paloma; y una voz salió del cielo diciendo, «Tu eres mi
    hijo amado. En ti estoy bien complacido.»

    003:023 Cuando Jesús comenzó a enseñar, tenía casi treinta años, era
    hijo (como se suponía) de José, el hijo de Eli,
    003:024 hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, hijo de Jana,
    hijo de José,
    003:025 hijo de Matatias, hijo de Amós, hijo de Nahúm, hijo de Esli,
    hijo de Nagai,
    003:026 hijo de Mat, hijo de Matatias, hijo de Semei, hijo de José,
    hijo de Judá,
    003:027 hijo de Joanán, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de
    Salatiel, hijo de Neri,
    003:028 hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de Elmadam,
    hijo de Er,
    003:029 hijo de Jesús, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matat,
    hijo de Levi,
    003:030 hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonam,
    hijo de Eliaquim,
    003:031 hijo de Melea, hijo de Mena, hijo de Matata, hijo de Natan,
    hijo de David,
    003:032 hijo de Isaí, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Sala, hijo
    de Naasón,
    003:033 hijo de Aminadab, [35]hijo de Arni, hijo de Esrom, hijo de
    Fares, hijo de Judá,
    003:034 hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré,
    hijo de Nacor
    003:035 hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Peleg, hijo de Heber,
    hijo de Sala,
    003:036 hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé,
    hijo de Lamec,
    003:037 hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de
    Mahalaleel, hijo de Cainán,
    003:038 hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios[36].

    4

    004:001 Jesús lleno del Espíritu Santo regresó del río Jordán, y fue
    guiado por el Espíritu al desierto
    004:002 por cuarenta días, allí fue tentado por el diablo[37]. No
    comió nada durante esos días. Luego cuando se completaron tuvo
    hambre.
    004:003 El diablo le dijo, «Si eres el hijo de Dios, ordena a esta
    piedra que se convierta en pan.»

    004:004 Jesús le contestó, «Esta escrito, ´El hombre no debe vivir
    sólo de pan, sino de cada palabra de Dios.´»

    004:005 El diablo guiándolo a una montaña alta le mostró todos los
    reinos del mundo en un momento.
    004:006 El diablo le dijo, «Yo te daré toda esta autoridad y su
    gloria, pues me ha sido entregada a mi; y yo se la doy a quien
    yo quiera.
    004:007 Si me adoras todo será tuyo.»

    004:008 Jesús le contesto, «¡Aléjate de mí Satanás![38] Pues está
    escrito, `Adorarás a tu Señor Dios y sólo a Él servirás.´»

    004:009 Lo condujo a Jerusalén, lo puso en la torre del templo, y le
    dijo, «Si eres el hijo de Dios, lánzate desde aquí,
    004:010 porque está escrito,
    `Él le dará a sus ángeles un encargo con respecto a ti, que te
    cuiden;´
    004:011 y,
    `En sus manos ellos te cargarán,' `Para evitar que tu pie
    pueda tropezar contra una piedra.´
    004:012 Jesús contestándole, le dijo, «Ha sido dicho, `No tentarás al
    Señor tu Dios.´»

    004:013 Cuando el diablo había completado cada tentación, se alejo de
    Él por cierto tiempo.

    004:014 Jesús retornó a Galilea, en el poder del Espíritu, y las
    noticias sobre Él se difundieron por todas las áreas vecinas.
    004:015 El enseñaba en las sinagogas, y era glorificado por todos.

    004:016 Llegó a Nazaret, donde Él había crecido. Entró, como era su
    costumbre, a la sinagoga el día sabático, y se levantó a leer.
    004:017 El libro del profeta Isaías le fue entregado. Abrió el libro,
    y encontró el lugar donde estaba escrito,

    004:018 «El Espíritu del Señor está en mí, Porque me ha ungido para
    predicar la buena nueva al pobre. Él me ha enviado a sanar a
    los que tiene el corazón roto, A proclamar la liberación e los
    cautivos, Devolver la vista a los ciegos, Para rescatar a
    aquellos que son oprimidos[39],
    004:019 Y para proclamar el glorioso año del Señor»
    004:020 Cerró el libro, lo devolvió a quienes asistían, y se sentó.
    Los ojos de todos los que estaban en la sinagoga estaban fijos
    en Él.
    004:021 Jesús comenzó a decirles, «Hoy, la Escritura se ha cumplido en
    lo que han oído.»

    004:022 Todos lo atestiguaron, y se preguntaban sobre las palabras
    llenas de gracia que procederían de su boca, y decían, «¿No es
    este el hijo de José?»

    004:023 Él les dijo, «Sin duda ustedes me dirán esta parábola,
    `Médico, ¡ sánate a ti mismo! lo que hayas hecho en Capernaum,
    hazlo también aquí en tu pueblo.´»
    004:024 Les dijo «Con seguridad les digo, ningún profeta es bienvenido
    en su propio pueblo.
    004:025 Pero en verdad les digo, había muchas viudas en Israel en los
    días de Elías, cuando el cielo se cerró tres años y seis
    meses, cuando hubo una gran hambruna en toda la tierra.
    004:026 Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a Sarapeta, en
    la tierra de Sidón, a una mujer que era viuda.
    004:027 Había muchos leprosos en Israel en el tiempo del profeta
    Eliseo, pero ninguno de ellos fue limpiado, excepto Naaman, de
    Siria.»

    004:028 Todos en la sinagoga se llenaron de ira, cuando oyeron estas
    cosas
    004:029 Se levantaron, lo sacaron de la ciudad, y lo llevaron al borde
    de la colina sobre la que su ciudad estaba construida, para
    lanzarlo por el precipicio.
    004:030 Pero Él, pasando por en medio de ellos, siguió su camino.

    004:031 Bajó a Capernaum, una ciudad de Galilea. Él estaba enseñando
    el día sabático
    004:032 y la gente se maravillaba de su enseñanza, porque sus palabra
    tenía autoridad.
    004:033 En la sinagoga había un hombre que tenía un espíritu de un
    demonio impuro, y gritaba con fuerte voz,
    004:034 «¡Ah! ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has
    venido a destruirnos? Se quien eres: ¡El Santo de Dios!»

    004:035 Jesús lo reprendió, diciendo, «Quédate en silencio y sal de
    él!» Cuando el demonio lo había tirado al suelo en medio de
    ellos, salió de él, sin haberle hecho daño.

    004:036 Todos se asombraron, y se hablaban unos a otros, diciendo,
    «¿Qué es esta palabra? ¡Pues con autoridad y poder da ordenes
    a los espíritus impuros, y ellos salen!
    004:037 Las noticias sobre Él se difundieron en todos los alrededores
    de la región.

    004:038 Él salió de la sinagoga, y entró a la casa de Simón. La suegra
    de Simón sufría de una gran fiebre, y le rogaron por ella.
    004:039 Él se le acercó, y reprendió a la fiebre, y esta la abandonó.
    Inmediatamente ella se levantó y les sirvió.
    004:040 Cuando el sol se estaba poniendo, todos los que tenían alguna
    enfermedad fueron llevados donde Él; y Jesús ponía sus manos
    sobre cada uno de ellos, y los sanaba.
    004:041 También salían demonios de muchos de ellos, gritando, «¡Tu
    eres el Cristo, el Hijo de Dios!» Reprendiéndolos, Él no los
    dejaba hablar, porque ellos sabían que Él era el Cristo.

    004:042 Cuando amaneció salió y fue a un lugar inhabitado, y las
    multitudes lo buscaban, y llegaron donde Él. Lo querían
    retener, para que no se fuera lejos de ellos.
    004:043 Pero Él les dijo, «Debo predicar la buena nueva del Reino de
    Dios en otras ciudades también. Porque por esa razón he sido
    enviado.»
    004:044 El enseñaba en las sinagogas de Galilea.

    5

    005:001 Ocurrió mientras estaba en le lago de Genesaret, que la gente
    lo presionaba[40] mientras escuchaba la palabra de Dios.
    005:002 Él vio dos botes en el lago, los pescadores habían salido, y
    estaban lavando sus redes.
    005:003 Entró en uno de los botes, que era de Simón, y le pidió que lo
    alejará un poco de la tierra. Se sentó y enseño a las
    multitudes desde el bote.
    005:004 Cuando había terminado de hablar, le dijo a Simón, «Ve a lo
    profundo, y lanza tu redes para pescar.»

    005:005 Simón le dijo, «Maestro, trabajamos toda la noche sin pescar
    nada; pero por tu palabra lanzaré la red.»
    005:006 Cuando hicieron esto, cogieron una cantidad tan grande de
    pescados, que su red estaba por romperse.
    005:007 Acudieron a sus compañeros de otro bote, para que les
    ayudaran. Fueron y llenaron ambos botes, tanto que casi se
    hundían.
    005:008 Pedro Simón, cuando vio esto, cayó ante los pies de Jesús,
    diciendo, «Aléjate de mí Señor, porque soy un pecador.»
    005:009 Porque él estaba asombrado, así como los que estaba con él,
    por la pesca que habían hecho;
    005:010 y también así estaban Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que
    eran compañeros de Simón.
    Jesús le dijo a Simón, «No te asustes. Desde ahora pescarás
    gente viva[41].»

    005:011 Después de llevar sus botes a tierra, dejaron todo, y lo
    siguieron.
    005:012 Ocurrió, mientras que estaban en una de las ciudades, que
    había un hombre lleno de lepra. Cuando vio a Jesús, cayó ante
    su rostro, y le rogó, diciendo «Señor, si tu quiere, puedes
    hacerme limpio.»

    005:013 Jesús estiró su mano, y lo tocó, diciendo, «Yo lo quiero.
    Queda limpio.» Y de inmediato la lepra lo abandonó.

    005:014 Jesús le encargo no decirle a nadie, «Pero sigue tu camino, y
    muéstrate al sacerdote, y haz una ofrenda por tu limpieza de
    acuerdo a los mandamientos de Moisés, como testimonio para
    ellos.»
    005:015 Pero la noticia sobre el caso se difundió ampliamente, y
    grandes multitudes se reunieron para oír a Jesús y para que
    sanara sus enfermedades.
    005:016 Pero Jesús se retiró al desierto y oró.

    005:017 Ocurrió que uno de esos días, cuando Él estaba enseñando; que
    había fariseos y maestros de la ley sentados, quienes habían
    llegado de todas las villas de Galilea, Judea y Jerusalén. El
    poder del Señor estaba con Él para sanarlos.
    005:018 Algunas personas le trajeron un hombre paralítico sobre una
    camilla, y buscaron ponerlo frente a Jesús.
    005:019 Como no encontraron camino debido a la multitud, subieron al
    techo, y lo deslizaron por entre las tejas con su camilla en
    el medio, frente a Jesús.
    005:020 Viendo su fe, Él le dijo, « Hombre, tus pecados te son
    perdonados.»

    005:021 Los escribas y los fariseos comenzaron a razonar, diciendo, «¿
    Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar
    pecados sino sólo Dios?»

    005:022 Pero Jesús, percibiendo sus pensamientos, les contesto, «¿Por
    qué piensan así en sus corazones?
    005:023 ¿Qué es más fácil decir,`Tus pecados te son perdonados´ o
    decir `Levántate y camina´?
    005:024 Pero sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad sobre la
    tierra para perdonar pecados» le dijo al hombre paralítico,
    «Te digo, levántate, toma tu camilla y ve a tu casa.»

    005:025 Inmediatamente se levantó frente a Él, tomó su camilla, y
    partió a su casa, dando gloria a Dios.
    005:026 El asombro se apoderó de todos, y glorificaron a Dios. Estaban
    llenos de miedo y decían, «Hemos visto cosas extrañas[42]
    hoy.»

    005:027 Después de esto Él salió, vio un recolector de impuestos de
    nombre Levi sentando en la oficina de impuestos, y le dijo, «¡
    Sígueme!»

    005:028 Él dejó todo, se levantó y lo siguió.
    005:029 Levi hizo un gran banquete para Jesús en su casa. Había una
    multitud de recolectores de impuestos y otros que se
    reclinaban con ellos.
    005:030 Los escribas y los fariseos murmuraban contra sus discípulos,
    diciendo, «¿Por qué ustedes comen y beben con recolectores de
    impuestos y pecadores?»
    005:031 Jesús les contestó «Aquellos que están saludables no necesitan
    un médico, pero si quienes están enfermos.
    005:032 No he venido a llamar a los justos al arrepentimiento, sino a
    los pecadores.»

    005:033 Ellos le dijeron, «¿Por qué los discípulos de Juan ayunan y
    oran continuamente, así como los discípulos de los fariseos,
    pero los tuyo comen y beben?

    005:034 Él les dijo, «¿Pueden ustedes hacer que los amigos[43] del
    novio ayunen, mientras el novio está con ellos?
    005:035 Pero vendrán días cuando les quitarán al novio. Entonces ellos
    ayunarán esos días.»
    005:036 También les dijo una parábola. «Nadie pone un retazo de un
    vestido nuevo sobre un vestido viejo, o de lo contrario se
    romperá el nuevo, y el pedazo nuevo no se ajustará al viejo.
    005:037 Nadie pone vino nuevo en odres viejos, o de lo contrario el
    vino nuevo romperá el cuero, se regará, y los cueros se
    destruirán.
    005:038 Así que el vino nuevo debe ponerse en odres frescos, y ambos
    serán preservados.
    005:039 Ningún hombre que ha tomado vino añejo, desea de inmediato el
    nuevo, porque dice, `El añejo es mejor.´»

    6

    006:001 Ocurrió en el segundo día sabático[44], que iban por los
    campos de grano. Sus discípulos arrancaban las espigas de los
    granos, y comían, frotándolas entre sus manos.
    006:002 Pero algunos de los fariseos les decían, «¿Por qué hacen eso
    que no es permitido hacer en el día sabático?»

    006:003 Jesús, contestándoles, dijo, «¿No han leído lo que David hizo
    cuando estuvo hambriento, él y los que estaban con él;
    006:004 como él entró en la casa de Dios, y tomó y comió el pan
    sagrado[45], y lo dio también a los que estaban con él, pan
    que no es permitido comer excepto para los sacerdotes?
    006:005 Les dijo, «El Hijo del Hombre es señor del día sabático.»

    006:006 También ocurrió otro día sabático que Él entró a la sinagoga y
    enseñó. Había allí un hombre cuya mano derecha estaba tullida.
    006:007 Los escribas y los fariseos lo miraban, para ver si lo sanaría
    en el día sabático, y así podrían encontrar una acusación
    contra Él.
    006:008 Pero Él conocía sus pensamientos; y le dijo al hombre que
    tenía la mano tullida, «Levántate, y párate en la mitad.» Él
    se levantó y se mantuvo de pie.
    006:009 Entonces Jesús les dijo, «Les preguntaré algo: ¿Es legal en el
    día sabático hacer el bien, o hacer daño? ¿Salvar una vida, o
    matar?
    006:010 Miro a todos a su alrededor, y le dijo al hombre, «Estira tu
    mano.» Así lo hizo, y su mano fue restaurada tan sana como la
    otra.
    006:011 Pero los escribas y los fariseos se llenaron de ira, y
    hablaron entre ellos sobre lo que podrían hacer a Jesús.

    006:012 Ocurrió en esos días, que salieron a una montaña a orar, y Él
    continuó toda la noche en oración a Dios.
    006:013 Cuando se hizo de día, Él llamó a sus discípulos, y de entre
    ellos escogió a doce, a quienes también llamó apóstoles:
    006:014 Simón, a quien también llamó Pedro; Andrés, su hermano;
    Santiago; Juan; Felipe; Bartolomé;
    006:015 Mateo; Tomas; Santiago, el hijo de Alfeo; Simón, quien era
    llamado el Celote;
    006:016 Judas el hijo de Santiago; y Judas Iscariote, quien se haría
    traidor.
    006:017 Jesús bajó con ellos a un lugar plano repleto de sus
    discípulos, y un gran número de personas de toda Judea y
    Jerusalén, y de las costas de Tiro y Sidón, quienes fueron a
    oírlo y a ser sanados de sus enfermedades[46];
    006:018 así como aquellos que eran afligidos por espíritus impuros, y
    estaban siendo sanados.
    006:019 Toda la multitud buscaba tocarlo, porque de Él salia un poder
    que los sanaba a todos.

    006:020 El levanto sus ojos a sus discípulos, y les dijo,
    «Benditos son ustedes que son pobres Porque de ustedes es el
    Reino de Dios.
    006:021 Benditos sean ustedes que tienen hambre hoy, Porque serán
    saciados. Benditos son ustedes que lloran ahora, porque
    reirán.
    006:022 Benditos son ustedes cuando a causa del Hijo del Hombre, sean
    odiados por hombres, cuando los excluyan, los insulten[47] y
    desprecien sus nombres como malos.
    006:023 Alégrense en ese día, y salten de felicidad, porque sepan, que
    su recompensa en el cielo es grande, porque sus padres
    hicieron lo mismo con los profetas.
    006:024 «¡Pero pobres de ustedes que son ricos! Porque ustedes ya han
    recibido su consuelo.
    006:025 ¡Pobres de ustedes, que están llenos hoy! Porque ustedes
    tendrán hambre. ¡Pobres de ustedes que ríen ahora! Porque
    ustedes se lamentarán y llorarán después.
    006:026 ¡Pobres,[48] cuando,[49] los hombres hablen bien de ustedes!
    Porque sus padres hicieron lo mismo con los falsos profetas.
    006:027 «Pero les diré a ustedes que oyen: amen a sus enemigos, hagan
    el bien a aquellos que los odian,
    006:028 bendigan a los que los maldigan, y oren por aquellos que los
    maltratan.
    006:029 A aquel que te golpea en la mejilla, ofrécele también la otra;
    y a aquel que te quita el abrigo, no le retengas tu túnica.
    006:030 Da a todo el que te pida, y no le reclames al que te ha
    quitado bienes para que te los devuelva.

    006:031 «Lo que desean que la gente haga con ustedes, hagan
    exactamente eso con ellos.
    006:032 Si aman a aquellos que los aman, ¿qué bendición esperan[50]?
    Si incluso los pecadores aman a los que los aman.
    006:033 Si hacen el bien a aquellos que les hacen el bien, ¿qué
    bendición esperan? Si incluso los pecadores hacen lo mismo.
    006:034 Si le prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué
    bendición es para ustedes? Si incluso los pecadores le prestan
    a pecadores, para que les devuelvan lo mismo.
    006:035 Pero amen a sus enemigos, y hagan el bien, presten sin esperar
    a cambio[51]; y su recompensa será grande y serán hijos del
    Más Alto; porque Él es benévolo con el desagradecido y el
    malo.

    006:036 Por eso sean piadosos, así como su Padre también es piadoso.
    006:037 No juzguen y no serán juzgados. No condenen y no serán
    condenados. Liberen y serán liberados.
    006:038 «Den, y les darán: en buena medida, recortado, vibrante y
    desbordante, se les dará a ustedes[52] Porque con la misma
    medida que midan, ustedes serán medidos.»
    006:039 Jesús les dijo una parábola. «¿Puede un ciego guiar a otro
    ciego? ¿No se caerán ambos a un hoyo?
    006:040 Un discípulo no está por encima de su maestro, pero todo el
    que este completamente entrenado[53] será como su maestro.
    006:041 ¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano, pero no
    consideras el tronco que está en tu propio ojo?
    006:042 ¿O cómo le puedes decir a tu hermano, `Hermano, déjame quitar
    la paja de tu ojo´; cuando tu mismo no te vez el tronco que
    tienes en tu propio ojo? ¡Hipócrita! Primero quita el tronco
    de tu propio ojo y luego puedes ver claramente para remover la
    paja del ojo de tu hermano,
    006:043 Pues no hay buen árbol que de frutos podridos; ni tampoco un
    árbol podrido que de frutos buenos.
    006:044 Pues cada árbol se reconoce por sus propios frutos. La gente
    no recoge higos de espinos, ni tampoco uvas de zarzas.
    006:045 El hombre bueno saca del buen tesoro de su corazón lo que es
    bueno, y el hombre malo saca del mal tesoro de su corazón lo
    que es malo, pues de lo que abunda en el corazón, habla la
    boca.
    006:046 ¿Porqué me llaman `Señor, Señor,´ y no hacen las cosas que yo
    les digo?
    006:047 Les voy a mostrar a quien se parece todo el que venga a mi,
    escuche mis palabras y las practique.
    006:048 Es como un hombre que construyó una casa, que cavó profundo y
    puso la base sobre la roca. Cuando hubo una inundación la
    corriente golpeó la casa y no la pudo mover, porque su base se
    encontraba sobre la roca.
    006:049 Pero aquel que escucha y no practica, es como el hombre que
    construyó una casa sobre la tierra sin una base, contra la
    cual golpeó la corriente e inmediatamente cayó y la ruina de
    esa casa fue grande.»

    7

    007:001 Tras haber terminado de hablar al pueblo, entró a Capernaum.
    007:002 Cierto siervo de un centurión, que era apreciado por su amo,
    estaba enfermo a punto de morir.
    007:003 Cuando oyó sobre Jesús, le envió a los ancianos de los Judíos,
    para que le pidieran ir y salvar[54] al siervo.
    007:004 Cuando llegaron donde Jesús, le rogaron fervientemente,
    diciendo «Vale la pena que hagas esto por él,
    007:005 porque ama nuestra nación, y construyó la sinagoga para
    nosotros.»
    007:006 Jesús salió con ellos. Cuando estaba no lejos de la casa, el
    centurión le envió amigos a decirle, «Señor, no te molestes,
    porque no soy digno de que entres bajo mi techo.
    007:007 Por eso ni yo mismo pensaba que fuera digno de venir a ti;
    pero dí una palabra, y mi siervo será sanado.
    007:008 Pues yo también soy un hombre[55] puesto bajo autoridad,
    teniendo a mis ordenes soldados. Le digo a este, `¡Ve!´ y él
    va; y a este otro, `¡Ven!´ y el viene; y a mi siervo, `Haz
    esto´ y él lo hace.»

    007:009 Cuando Jesús oyó esto, se maravilló de él, se volteó y dijo a
    la multitud que lo seguía, «Les digo, que en Israel no he
    encontrado una fe tan grande.»
    007:010 Los que fueron, al regresar a la casa, encontraron bien al
    siervo que había estado enfermo.

    007:011 Ocurrió poco después, que fue a una ciudad llamada Nain.
    Muchos de sus discípulos junto con una gran multitud, fueron
    con Él.
    007:012 Cuando se acercó a la puerta de la ciudad, un hombre que
    estaba muerto era sacado, era hijo único de su madre, quien
    era viuda. Mucha gente de la ciudad estaba con ella.
    007:013 Cuando el Señor la vio, tuvo compasión de ella y le dijo, «No
    llores.»
    007:014 Él se acercó y tocó el cofre, mientras que quienes lo cargaban
    se detenían. Dijo, «Joven, te digo, ¡Levántate!»
    007:015 Aquel que estaba muerto, se sentó, y comenzó a hablar. Y Jesús
    lo entregó a su madre.

    007:016 El temor se apoderó de todos, y glorificaron a Dios diciendo
    «¡Un gran profeta se ha levantado entre nosotros!» y «¡Dios ha
    visitado a su gente!»
    007:017 Esta noticia sobre Él se difundió por toda Judea, y por todas
    las regiones alrededor.

    007:018 Los discípulos de Juan le contaron sobre todas estas cosas.
    007:019 Juan, llamando a dos de sus discípulos, los envió a Jesús,
    diciendo, «¿Eres tu el que está por venir, o debemos buscar
    otro?»
    007:020 Cuando los hombres llegaron a Él le dijeron, «Juan el Bautista
    nos ha enviado a ti, para decirte, `¿Eres tu el que está por
    venir, o debemos buscar otro?´»

    007:021 En ese momento Él curaba muchas enfermedades, plagas y malos
    espíritus, y a muchos ciegos les daba vista.
    007:022 Jesús les contesto, «Vayan y digan a Juan las cosas que han
    visto y oído: los ciegos reciben la vista, los inválidos
    caminan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los
    muertos se levantan, y los pobres reciben la buena nueva.
    007:023 Bendito aquel que no es ofendido por mí[ 56].»

    007:024 Cuando los mensajes de Juan se habían ido, Él comenzó a
    decirle a las multitudes sobre Juan, «¿Qué fueron a ver al
    desierto? ¿Una caña agitada por el viento?
    007:025 ¿Pero qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido en ropas suaves?
    Porque, aquellos que se visten hermosamente, y viven
    delicadamente, están en las cortes de los reyes.
    007:026 ¿Pero qué fueron a ver? ¿Un profeta? Si, se los digo, mucho
    más que un profeta.
    007:027 Este es aquel de quien está escrito,
    `Observa, yo envío mi mensajero antes de tu gracia, Quien
    preparará tu camino antes de ti.´
    007:028 «Porque les digo, entre aquellos que son nacidos de mujer no
    hay un profeta más grande que Juan el Bautista, y aún así
    aquel que es menos en el Reino de Dios es más grande que él.»

    007:029 Cuando toda la gente y los recolectores de impuestos oyeron
    esto, declararon que Dios era justo, habiendo sido bautizados
    con el bautizo de Juan.
    007:030 Pero los fariseos y los maestros de la ley rechazaron la
    voluntad[57] de Dios, al no ser bautizados por él.

    007:031 Y el Señor dijo,[58]«¿Con qué compararé la gente de esta
    generación? ¿Cómo que son?
    007:032 Son como niños sentados en una plaza de mercado, que se llaman
    unos a otros, diciendo, `Tocamos la flauta para ti, y ustedes
    no bailaron. Nos lamentamos, y ustedes no lloraron.´
    007:033 Porque Juan el bautista vino sin comer pan ni beber vino y
    ustedes le dijeron, `Él tiene un demonio.´
    007:034 El Hijo del Hombre ha venido comiendo y bebiendo, y ustedes
    dicen, `Observen, un glotón y un bebedor; ¡un amigo de
    recolectores de impuestos y pecadores!´
    007:035 Aunque la sabiduría es justificada por todas sus obras[59].»

    007:036 Uno de los fariseos lo invitó a comer con él. Jesús entró en
    la casa del fariseo, y se sentó a la mesa.
    007:037 Ocurrió que una mujer de la ciudad, que era una pecadora,
    cuando supo que Él se reclinaba en la casa del fariseo, llevó
    un jarro de alabastro con aceite.
    007:038 Quedándose detrás, a sus pies, sollozando, comenzó a mojar sus
    pies con sus lágrimas, y a secarlos con el cabello de su
    cabeza, besaba sus pies, y los ungía con el aceite.
    007:039 Cuando el fariseo que lo había invitado vio esto, se dijo a si
    mismo, «Si este hombre fuera un profeta, habría percibido
    quien y que clase de mujer lo toca, porque ella es una
    pecadora.»

    007:040 Jesús le dijo, «Simón, tengo algo que decirte.» Él le
    contestó, « Maestro, dí.»

    007:041 «Cierto prestamista que tenía dos deudores. Uno le debía
    quinientos denarios, y el otro cincuenta.
    007:042 Cuando ambos no pudieron pagar, él los perdonó a los dos.
    ¿Cuál de ellos lo amará más?»

    007:043 Simón contestó, «Supongo, que aquel a quien perdonó más.»
    Jesús le dijo, «Haz juzgado correctamente.»
    007:044 Volteándose hacia la mujer, le dijo a Simón, «¿Ves esta mujer?
    Yo entré a tu casa y tu no me has dado agua para mis pies,
    pero ella ha mojado mis pies con sus lágrimas, y los ha secado
    con su cabello.
    007:045 Tu no me has besado, pero ella, desde que he llegado, no ha
    cesado de besar mis pies.
    007:046 Tu no ungiste mi cabeza con aceite, pero ella a ungido mis
    pies con aceite[60].
    007:047 Por eso te digo, sus pecados, que son muchos, son perdonados,
    porque ella ha amado tanto. Pero a aquel que poco se le
    perdona, también ama poco.»
    007:048 Él le dijo a ella, «Tus pecados son perdonados.»

    007:049 Aquellos que se sentaban a la mesa comenzaron a decir entre
    ellos, «¿Quien es este que hasta perdona pecados?»

    007:050 El le dijo a la mujer, «Tu fe te ha salvado. Ve en paz.»

    8

    008:001 Sucedió que después Jesús fue por ciudades y pueblos,
    predicando y llevando la Buena Nueva del Reino de Dios. Con Él
    estaban los doce,
    008:002 y ciertas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y
    sus enfermedades: María a quien llamaban Magdalena, de quien
    habían salido siete demonios;
    008:003 y Juana la esposa de Cuza, quien era administrador de Herodes;
    Susana y muchas otras que los[61] apoyaban con sus bienes.
    008:004 Cuando una gran multitud se reunió y personas de cada ciudad
    fueron donde Jesús, Él les habló con una parábola.
    008:005 «Un campesino salió a sembrar su semilla. Al sembrar algunas
    cayeron en la carretera; fueron pisoteadas y se las comieron
    los pájaros del cielo.
    008:006 Otras semillas cayeron encima de la roca, tan pronto como
    crecieron se secaron porque no tenían humedad.
    008:007 Otras cayeron entre los espinos, y los espinos crecieron con
    estas y las sofocaron.
    008:008 Otras cayeron en tierra buena; crecieron y dieron fruto, cien
    veces mas.» Después de decir estas cosas gritó, «¡Aquel que
    tiene oídos para escuchar, que escuche!»

    008:009 Entonces sus discípulos le preguntaron, «¿Qué significa esta
    parábola?»

    008:010 Él dijo, «A ustedes se les concede conocer los misterios del
    Reino Dios, pero al resto en parábolas; porque `viendo no
    pueden ver, y escuchando no pueden entender.'
    008:011 La parábola es esto: La semilla es la palabra de Dios.
    008:012 Las que están sobre el camino son los que escuchan, y después
    viene el diablo, y se lleva la palabra de su corazón, para que
    no pueda creer y salvarse.
    008:013 La que está encima de la roca son aquellos, que cuando la
    escuchan, reciben la palabra con alegría; pero no tiene
    raíces, aquellos creen por un rato, pero caen en el tiempo de
    la tentación.
    008:014 La que cae entre las espinas es quienes escuchan, y mientras
    van por su camino son sofocados por las preocupaciones, las
    riquezas y los placeres de la vida, y no dan fruto que madure.
    008:015 La que cae en tierra buena es la gente honesta y de buen
    corazón, que habiendo oído la palabra, la siguen
    estrictamente, y dan fruto con paciencia.

    008:016 «Nadie, cuando tiene una lampara, la cubre con un recipiente,
    o la pone debajo de una mesa; sino que la pone sobre un
    estante, para que quienes entren puedan ver la luz.
    008:017 Porque no hay nada escondido, que no vaya a ser revelado; ni
    nada secreto, que no vaya a ser conocido y llegue a la luz.
    008:018 Por eso sean cuidados en su forma de oír. Porque a quien
    tiene, se le dará más; y a quien no tiene se le quitará
    incluso lo que piensa que tiene.»

    008:019 Su madre y sus hermanos llegaron donde Él estaba, pero no
    pudieron acercarse debido a la multitud.
    008:020 Alguien le dijo, «Tu madre y tus hermanos están afuera,
    deseando verte.»

    008:021 Pero Él les contestó, «Mi madre y mis hermanos son quienes
    escuchan la palabra de Dios, y la practican.»

    008:022 Ocurrió uno de esos días, que Jesús entró en un bote junto con
    sus discípulos, y les dijo, «Vamos a la otra orilla del lago.»
    Así que comenzaron a andar[62].
    008:023 Pero después de zarpar Él se quedó dormido. Una tempestad
    llegó al lago, y estaban recibiendo cantidades peligrosas de
    agua.
    008:024 Fueron a Él, y lo despertaron, diciendo, «¡Maestro, maestro,
    estamos muriendo!» El despertó, reprendió al viento y a la
    furia del agua, y ambos cesaron y hubo calma.
    008:025 Él les dijo, «¿Donde está su fe?» Llenos de miedo se
    maravillaron, diciéndose unos a otros, «¿Quién es este,
    entonces, que ordena incluso a los vientos y al agua, y ellos
    le obedecen?»
    008:026 Llegaron al país de Gerasa, que está al lado opuesto de
    Galilea.

    008:027 Cuando Jesús desembarcó, cierto hombre de la ciudad que tenía
    demonios desde hacía mucho tiempo fue donde Él. No tenía ropa,
    y no vivía en una casa, sino en las tumbas.
    008:028 Cuando vio a Jesús, chillo, y cayó ante Él, y con fuerte voz
    le dijo, «¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, tu hijo del Más
    Alto Dios? ¡Te ruego, no me atormentes!
    008:029 Porque Jesús estaba ordenando al espíritu impuro salir del
    hombre. Pues el espíritu impuro se apoderaba con frecuencia de
    él. Tenía que ser mantenido bajo guardia, y atarse con cadenas
    y grilletes. Pero los rompía, y era llevado por el demonio al
    desierto.

    008:030 Jesús le preguntó, «¿Cuál es tu nombre?»
    Contestó «Legión», porque muchos demonios habían entrado en
    él.
    008:031 Le rogaban que no les ordenara ir al abismo.
    008:032 Había allí una piara de muchos cerdos que se alimentaba en la
    montaña, y ellos le rogaron que les permitiera entrar en
    estos. Jesús se los permitió.
    008:033 Los demonios salieron del hombre, y entraron a los cerdos, y
    la piara se precipitó por el barranco en el lago, y se
    ahogaron los cerdos.
    008:034 Cuando quienes los alimentaban, vieron lo que ocurrió,
    huyeron, y dijeron en la ciudad y en el campo.

    008:035 La gente salió para ver lo que había ocurrido. Fueron donde
    Jesús, encontraron al hombre del que habían salido los
    demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y con su mente
    lucida; y tuvieron miedo.
    008:036 Quienes vieron contaron como el que había estado poseído por
    demonios fue sanado.
    008:037 Toda la gente de las regiones que rodeaban Gadares le pidió
    que se fuera de allí, porque estaban muy asustados. Jesús
    subió al bote y regresó.
    008:038 El hombre de quien habían salido los demonios le suplicaba que
    le permitiera ir con Él, pero Jesús lo envió, diciendo,
    008:039 «Regresa a tu casa, y declara las grandes cosas que Dios ha
    hecho por ti.» Él siguió su camino, proclamando por toda la
    ciudad las grandes cosas que Jesús había hecho por él.

    008:040 Ocurrió que Jesús regresó, y que la multitud le dio la
    bienvenida, porque todos lo estaban esperando.
    008:041 Llegó un hombre llamado Jairo que era mandatario de la
    sinagoga. Cayó ante los pies de Jesús, y le rogó que fuera a
    su casa,
    008:042 porque tenía sólo una hija, de unos doce años, y ella estaba
    muriendo. Mientras Jesús iba, la multitud lo presionaba.
    008:043 Una mujer que tenía un flujo de sangre por más de doce años,
    que había gastado toda su vida en médicos, pero no había
    podido ser sanada por ellos,
    008:044 llegó detrás de Jesús, tocó el borde de su túnica y de
    inmediato el flujo se detuvo.
    008:045 Jesús dijo, «¿Quién me tocó?»
    Como todos lo negaban, Pedro y los que estaban con Él dijeron,
    « Maestro, la multitud te presiona y empuja, y dices, `¿Quién
    me tocó?´»

    008:046 Pero Jesús dijo, «Alguien me tocó, porque percibí un poder que
    salía de mí.»
    008:047 Cuando la mujer vio que no estaba escondida, se acercó
    temblando, y cayo ante Él declarándole en presencia de toda la
    gente la razón por la que lo había tocado, y como fue sanada
    de inmediato.
    008:048 Jesús le dijo, «Hija, alégrate. Tu fe te ha hecho bien. Ve en
    paz.»

    008:049 Mientras Jesús aún hablaba llegó uno de la casa del jefe de la
    sinagoga, diciéndole, «Tu hija esta muerta. No molestes al
    maestro. »

    008:050 Pero Jesús escuchó y le dijo, «No tengas miedo. Solo cree y
    ella será sanada[63].»

    008:051 Cuando llegó a la casa no permitió que nadie entrará, excepto
    Pedro, Juan, Santiago, el padre y la madre de la niña.
    008:052 Todos lloraban y se lamentaban por ella, pero Jesús dijo, «No
    lloren. Ella no está muerta solo está durmiendo.»

    008:053 Ellos lo ridiculizaban, sabiendo que ella estaba muerta.
    008:054 Pero Él los puso a todos afuera[64] y tomando a la niña de la
    mano, llamó diciendo, «¡Niña levántate!»
    008:055 Su espíritu regresó[65] y ella se levantó inmediatamente. Él
    mando que algo se le diera de comer.
    008:056 Sus padres estaban asombrados pero Jesús les pidió no decirle
    a nadie lo que había pasado.

    9

    009:001 Él reunió a los doce[66] y les dio poder y autoridad sobre
    todos los demonios y para curar enfermedades.
    009:002 Los mandó a predicar el Reino de Dios y a sanar los enfermos.
    009:003 Jesús les dijo, «No lleven nada para su viaje, ni bastón, ni
    billetera, ni pan, ni dinero; ni lleven dos abrigos.
    009:004 A cualquier casa que entren, quédense allí y salgan de allí.
    009:005 Si alguien no los recibe, cuando salgan de esa ciudad
    sacúdanse hasta el polvo de los pies como testimonio en contra
    de ellos.»

    009:006 Ellos salieron y fueron por todas los pueblos[67] predicando
    la Buena Nueva y curando en todas partes.
    009:007 Herodes el tetrarca escuchó todo lo que estaba siendo hecho
    por Jesús[68], y estaba perplejo porque algunos decían que
    Juan había resucitado de entre los muertos,
    009:008 otros decían que Elías había aparecido y otros que uno de los
    profetas antiguos había resucitado.
    009:009 Herodes dijo, «A Juan yo lo he decapitado, pero ¿quien es este
    de quien oigo tales cosas?» Él buscaba como verlo.
    009:010 Cuando los apóstoles regresaron, le contaron las cosas que
    habían hecho.
    Él los reunió, y se retiró a un lugar desierto de una ciudad
    llamada Betsaida.
    009:011 Pero las multitudes al percibirlo, lo siguieron. Él les dio la
    bienvenida, y les hablo del Reino de Dios, y curó a quienes
    necesitaban sanación.
    009:012 El día comenzó a apagarse; y los doce fueron y le dijeron,
    «Envía a la multitud de regreso, para que puedan ir a los
    pueblos de los alrededores a descansar y a comer, porque
    estamos en un lugar desierto.»

    009:013 Pero Él les dijo, «Ustedes, denles algo de comer.»
    Dijeron, «No tenemos más que cinco pedazos de pan y dos
    pescados, tendríamos que ir a comprar comida para todas estas
    personas.»
    009:014 Porque eran cerca de cinco mil personas.
    Él le dijo a sus discípulos, «Hagan que se sienten en grupos
    de unos cincuenta cada uno.»
    009:015 Así lo hicieron, e hicieron que todos se sentaran.
    009:016 Él tomó los 5 pedazos de pan y los dos pescados, y mirando al
    cielo, los bendijo, y los partió, y los dio a los discípulos
    para repartir entre la multitud.
    009:017 Comieron, y quedaron llenos. Reunieron doce canastos de los
    pedazos que quedaron.

    009:018 Ocurrió, mientras él rezaba sólo, que los discípulos estaban
    con Él y Él les preguntó «¿Quién dicen las multitudes que soy
    yo?»

    009:019 Ellos contestaron, «`Juan el Bautista,´ pero otros dicen,
    `Elías´ y otros, que uno de los antiguos profetas que ha
    resucitado.»

    009:020 Él les dijo, «Pero ¿quién dicen ustedes que soy yo?»
    Pedro contestó, «El Cristo de Dios.»

    009:021 Entonces Él les advirtió, y les ordenó no decir esto a nadie,
    009:022 diciendo, «El Hijo del Hombre debe sufrir muchas cosas, y será
    rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y los
    escribas, será asesinado, y al tercer día se levantará.»[69]

    009:023 Les dijo a todos, «Si alguien desea venir tras de mi, renuncie
    a si mismo, cargue su cruz diariamente[70] y sígame.
    009:024 Porque quien quiera salvar su vida la perderá[71], pero quien
    pierda su vida por mi causa, lo mismo la salvará.
    009:025 Porque ¿de qué le vale a un hombre, si gana el mundo entero,
    pero se pierde o se perjudica a si mismo[72]?
    009:026 Quien se avergüence de mí y de mis palabras, de Él se
    avergonzará el Hijo del Hombre, cuando llegue a su gloria y a
    la gloria del Padre, y de los santos ángeles.
    009:027 Les diré la verdad: Hay algunos de los que están aquí, que de
    ninguna forma probarán la muerte, hasta que vean el Reino de
    Dios.»

    009:028 Ocurrió como ocho días después de haber dicho esto, que Jesús
    salió con Pedro, Juan y Santiago, y fue a una montaña a orar.
    009:029 Mientras oraba, la apariencia de su rostro se alteró, y su
    vestido se hizo blanco y brillante.
    009:030 Dos hombre estaban hablando con Él, ellos eran Moisés y Elías,
    009:031 quienes aparecieron en la gloria[73], y hablaban de su
    partida,[74] la cual Jesús estaba por cumplir[75] en
    Jerusalén.

    009:032 Pedro y los que lo acompañaban estaban pesados por el sueño,
    pero cuando estuvieron totalmente despiertos, vieron su
    gloria, y a los dos hombres que estaban con Él.
    009:033 Ocurrió, mientras que se alejaban de Él, que Pedro le dijo a
    Jesús, «Maestro, es bueno que estemos aquí. Hagamos tres
    tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías» sin
    saber lo que decía.

    009:034 Mientras decía estas cosas, una nube vino y los cubrió, y
    tuvieron miedo cuando entraron[76] en la nube.
    009:035 Una voz salió de la nube diciendo, «Este es mi Hijo amado.
    ¡Escúchenlo!»
    009:036 Cuando la voz se fue, encontraron sólo a Jesús. Quedaron en
    silencio, y no le contaron a nadie en esos días sobre las
    cosas que habían visto.

    009:037 Ocurrió al día siguiente de haber bajado de la montaña, que
    una gran multitud lo encontró.
    009:038 Un hombre de la multitud llamó, diciendo, «Maestro, te ruego
    que mires a mi hijo, porque es mi único hijo.
    009:039 Un espíritu lo toma, repentinamente chilla y lo hace
    convulsionar, bota espuma, y difícilmente parte de él,
    hiriéndolo severamente.
    009:040 Yo rogué a tus discípulos que lo sacaran, pero ellos no
    pudieron.»

    009:041 Jesús contestó, «Generación perversa y sin fe, ¿Cuánto tiempo
    debo estar con ustedes y cargarlos? Trae aquí a tu hijo.»

    009:042 Mientras que venía, el demonio lo derribó y lo hizo
    convulsionar violentamente. Pero Jesús reprendió al espíritu
    impuro, sanó al niño, y lo dio de vuelta a su padre.
    009:043 Todos estaban asombrados por la majestad de Dios.
    Mientras todos se maravillaban por las cosas que Jesús hacia,
    Él dijo a sus discípulos,
    009:044 «Que estas palabras se sumerjan en sus oídos, porque el Hijo
    del Hombre será entregado a manos de los hombres.»
    009:045 Pero ellos no entendieron lo que decía. Estaba oculto para
    ellos, porque no percibían, y les asustaba preguntarle sobre
    sus palabras.

    009:046 Ocurrió una discusión entre los discípulos[77] sobre cual de
    ellos era el más grande.
    009:047 Jesús al percibir el razonamiento de sus corazones, tomo a un
    niño pequeño, lo puso a su lado,
    009:048 y les dijo, «Quien reciba a este pequeño en mi nombre, me
    recibe a mí. Quien me recibe a mí, recibe al que me envió.
    Porque quien sea menos entre todos ustedes, ese será grande.»

    009:049 Juan le contestó, «Maestro, vimos que alguien expulsaba
    demonios en tu nombre y se lo prohibimos, porque él no nos
    sigue.»

    009:050 Jesús le dijo, «No se lo prohíban, porque quien no está contra
    nosotros[78] está con nosotros.»

    009:051 Ocurrió, cuando se acercaba el día en el que debía ser
    entregado, que Jesús fijo su rostro hacia Jerusalén,
    009:052 y envió mensajeros antes que Él. Ellos fueron y entraron a un
    pueblo de Samaritanos, preparándolo para Jesús.
    009:053 Pero en el pueblo no lo recibieron, porque viajaba hacía
    Jerusalén.
    009:054 Cuando sus discípulos, Santiago y Juan, vieron esto, dijeron,
    «Señor, ¿deseas que ordenemos bajar fuego del cielo, y
    destruirlos, tal como Elías hizo?»

    009:055 Pero Él se dio vuelta y los reprendió, «No saben de que clase
    de espíritu son.
    009:056 Porque el Hijo del Hombre no vino a destruir vidas de hombres,
    sino a salvarlas.»[79]
    Y fueron a otra villa.
    009:057 Mientras iban por el camino, cierto hombre le dijo, «Quiero
    seguirte a donde quiera que vayas, Señor.»

    009:058 Jesús le dijo, «Los zorros tienen madrigueras, y los pájaros
    del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene un
    lugar para recostar su cabeza.»

    009:059 Él le dijo a otro, «¡Sígueme!»
    Él le dijo, «Señor, permíteme primero ir a enterrar a mi
    padre.»

    009:060 Pero Jesús le dijo, «Deja que los muertos entierren a sus
    muertos, pero tu ve y anuncia el Reino de Dios.»

    009:061 Otro también dijo, «Quiero seguirte, Señor, pero primero
    permíteme ofrecer una despedida a quienes están en mi casa.»

    009:062 Pero Jesús le dijo, «Nadie, que habiendo puesto su mano en el
    arado mire hacia atrás, es digno del Reino de Dios.»

    10

    010:001 Después de estas cosas, el Señor también señaló a otros
    setenta[80 ], y los envió de dos en dos delante de Él[81] a
    toda ciudad y lugar donde Él estaba por llegar.
    010:002 Entonces Jesús les dijo, «La cosecha es ciertamente abundante
    pero los trabajadores son pocos. Recen al Señor de la cosecha
    para que pueda mandar trabajadores a su cosecha.
    010:003 Vayan por sus caminos[82]. Los mando como ovejas entre lobos.
    010:004 No lleven bolso, ni billetera ni sandalias. No saluden a nadie
    en el camino.
    010:005 En cualquier casa que entren, digan primero `La paz esté en
    esta casa.´
    010:006 Si allí hay un hijo de la paz, tu paz descansará sobre él;
    pero si no es así regresará a ti.
    010:007 Quédense en la misma casa, comiendo y tomando lo que les den,
    pues el trabajador tiene derecho a su paga. No vayan de casa
    en casa.
    010:008 En cualquier ciudad que ustedes entren, y los reciban, coman
    las cosas que se les ofrezcan.
    010:009 Sanen a los enfermos que allí estén, y díganles `El Reino de
    Dios se ha acercado a ustedes.´
    010:010 Pero en toda ciudad que entren y no sean recibidos, vayan a
    las calles y digan,
    010:011 `Hasta el polvo de su ciudad que se nos pega, lo limpiamos
    para devolvérselo. Sin embargo sepan esto, que el Reino de
    Dios se ha acercado a ustedes.
    010:012 Les digo, será más tolerable en ese día para Sodoma que para
    esa ciudad.

    010:013 «¡Pobre de ti, Corazín! ¡Pobre de ti, Betsaida! Porque si las
    obras poderosas que fueron hechas en ustedes se hubieran hecho
    en Tiro y Sidón, ya se habrían arrepentido hace tiempo,
    sentándose en sacos de penitencia y cenizas.
    010:014 Pero será más tolerable para Tiro y Sido en el juicio que para
    ustedes.
    010:015 Ustedes, gente de Capernaum, que son exaltados al cielo, serán
    arrojados al Hades.[83 ]
    010:016 Quien los escuche a ustedes, me escucha a mí, y quien los
    rechace, me rechaza a mí. Quien me rechace a mí, rechaza a
    quien me envió.»

    010:017 Los setenta volvieron con alegría diciendo, «Señor, ¡incluso
    los demonios nos obedecen en tu nombre!»

    010:018 Él les dijo, «Vi a Satanás cayendo como rayo del cielo.
    010:019 Observen, les doy autoridad para caminar entre serpientes y
    escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo. Nada, en
    ninguna forma los herirá.
    010:020 Sin embargo, no se regocijen por esto, que los espíritus los
    obedezcan, sino alégrense porque sus nombres están escritos en
    el cielo.»

    010:021 En la misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu Santo, y
    dijo, «Te agradezco, O Padre, Señor del cielo y de la tierra,
    que has ocultado estas cosas para el sabio y entendido, y las
    has revelado a los niños pequeños. Si, Padre, porque así
    estuvo bien ante tu vista.»

    010:022 Dirigiéndose a los discípulos, Él dijo, «Todo me ha sido
    enviado por mi Padre. Nadie sabe quien es el Hijo, excepto el
    Padre, ni quien el Padre es, excepto el Hijo, y a quien el
    Hijo desee revelárselo.»

    010:023 Volteándose a sus discípulos, les dijo en privado, «Benditos
    son los ojos que ven lo que ustedes ven,
    010:024 porque les digo, que muchos profetas y reyes deseaban ver lo
    que ustedes ven, y no lo vieron, y escuchar lo que ustedes
    escuchan y no lo escucharon.»

    010:025 Ocurrió que cierto maestro de la ley[84] se levantó y lo puso
    a prueba diciendo, «Maestro, ¿Qué debo hacer para heredar la
    vida eterna?»

    010:026 Él le dijo, «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lo lees?»

    010:027 Él contestó, «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con
    toda tu alma, con toda tu fuerza, y toda tu mente; y a tu
    prójimo como a ti mismo.»

    010:028 Jesús le dijo, «Has contestado correctamente. Haz eso y
    vivirás.»

    010:029 Pero él deseando justificarse, le preguntó a Jesús, «¿Quién es
    mi prójimo?»

    010:030 Jesús le contestó, «Cierto hombre iba de Jerusalén a Jericó,
    pero cayo entre ladrones, quienes lo despojaron y golpearon, y
    se fueron dejándolo medio muerto.
    010:031 Por casualidad cierto sacerdote estaba pasando por ese camino.
    Cuando lo vio, pasó por el otro lado.
    010:032 De la misma forma un Levita, cuando llegó al lugar, y lo vio,
    paso por el otro lado.
    010:033 Pero cierto Samaritano, mientras viajaba, llegó donde él
    estaba. Cuando lo vio, fue movido por la compasión,
    010:034 fue donde él, y vendó sus heridas, derramando aceite y vino.
    Lo puso sobre su propio burro[85], lo llevó a una posada, y lo
    cuidó.
    010:035 Al día siguiente, cuando se fue, tomó dos denarios, y se los
    dio al dueño de la posada, y le dijo `Cuídalo. Lo que tengas
    que gastar además de esto, te lo pagaré cuando regrese.´
    010:036 ¿Cuál de estos tres, piensas que pareció ser un prójimo del
    que cayo entre los ladrones?»

    010:037 Él contesto, «Aquel que le mostró compasión.»
    Entonces Jesús le dijo, «Ve y haz lo mismo.»

    010:038 Ocurrió mientras iban por su camino, que Jesús entró a cierta
    villa, y cierta mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
    010:039 Tenía una hermana llamada Maria, quien entonces se sentó a los
    pies de Jesús, y escuchó su palabra.
    010:040 Pero Marta estaba distraída, sirviendo muchas cosas, se acercó
    a Él y dijo, «Señor, ¿no te preocupa que mi hermana me deje
    sirviendo sola? Pídele entonces que me ayude.»

    010:041 Jesús le contestó, «Marta, Marta, estás ansiosa y preocupada
    por muchas cosas,
    010:042 pero una cosa se necesita. Maria ha elegido la parte buena,
    que no podrá ser alejada de ella.»

    11

    011:001 Ocurrió, cuando Él terminaba de orar en cierto lugar, que uno
    de sus discípulos le dijo, «Señor, enséñanos a orar, así como
    Juan también le enseñó a sus discípulos.»

    011:002 Él les dijo, Cuando ustedes oren digan,
    `Nuestro Padre[86] en el cielo, Que tu nombre se mantenga
    santo [87]. Que tu reino venga. Que se haga tu voluntad en la
    tierra, como en el cielo[88].
    011:003 Danos día a día nuestro pan diario.
    011:004 Perdona nuestros pecados, Porque nosotros mismos también
    perdonamos a todos los que nos han ofendido[89]. No nos
    lleves a la tentación[90], Pero líbranos del malo[91].´
    011:005 Él les dijo, «¿Qué hará alguno de ustedes si[92] va donde un
    amigo a media noche y le dice, `Amigo, préstame tres panes,
    011:006 pues un amigo mio que ha llegado a mi de viaje y no tengo nada
    para ofrecerle,´
    011:007 y él desde adentro contesta, `No me molestes. La puerta está
    ahora cerrada y mis hijos están conmigo acostados. No puedo
    levantarme para dártelos.´?
    011:008 Yo les digo, aunque él no se levante a dárselos por ser su
    amigo lo hará por su insistencia, él se levantará y le dará
    tanto como necesite.

    011:009 «Les digo, manténganse pidiendo[93], y se les dará.
    Manténganse buscando y encontrarán. Manténganse golpeando y se
    les abrirá.
    011:010 Porque todo el que pide recibe. El que busca encuentra. Al que
    golpea la puerta se le abrirá.

    011:011 «¿Cuál de ustedes padres, si su hijo les pide un pan, le dará
    una piedra? ¿O si le pide un pescado, no le dará una serpiente
    en vez del pescado, cierto?
    011:012 ¿O si le pide un huevo, no le dará un escorpión, cierto?
    011:013 Si ustedes entonces, siendo malos, saben como dar buenos
    regalos a sus hijos, ¿cuánto más Espíritu Santo dará su Padre
    celestial a quienes le pidan?»

    011:014 Estaba sacando un demonio a un mudo. Y ocurrió, cuando el
    demonio se había ido, que el mudo habló; y las multitudes se
    maravillaron.
    011:015 Pero algunos de ellos decían, «Expulsa demonios por Beelzebú,
    el príncipe de los demonios.»
    011:016 Otros, lo probaban, buscando de Él una señal del cielo.
    011:017 Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo, «Todo reino
    dividido contra si mismo se llevado a la desolación. Una casa
    dividida contra si misma cae.
    011:018 Si Satanás también se divide contra si mismo, ¿Cómo se
    mantendrá su reino? Porque ustedes dicen que yo expulso
    demonios por Beelzebú.
    011:019 Pero si yo expulso demonios por Beelzebú, ¿Por quién los
    expulsarán los hijos de ustedes? Pues ellos serán sus jueces.
    011:020 Pero si yo por el dedo de Dios expulso demonios, entonces el
    Reino de Dios ha venido a ustedes[94].

    011:021 «Cuando el hombre fuerte, fuertemente armado, cuida su propia
    casa, sus bienes están seguros.
    011:022 Pero cuando alguien más fuerte lo ataca y lo subyuga, le quita
    su armadura completa, en la que él confiaba, y divide el
    botín.

    011:023 «El que no está conmigo está contra mí. El que no recoge
    conmigo, dispersa.
    011:024 El espíritu impuro, cuando ha salido del hombre, pasa por
    lugares secos buscando descanso y al no encontrar, dice,
    `Regresaré a la casa de la que he salido.´
    011:025 Cuando retorna, la encuentra barrida y ordenada.
    011:026 Entonces va, y toma otros siete espíritus más malos que el
    mismo, entran y habían allí. El estado final del hombre es
    peor que el inicial.»

    011:027 Ocurrió, mientras que decía estas cosas, que cierta mujer de
    la multitud alzó su voz, y le dijo, «¡Bendito es el vientre
    del que naciste, y los senos que te alimentaron!»

    011:028 Pero Él dijo, «Benditos[95] son los que escuchan la palabra de
    Dios y la siguen.»

    011:029 Cuando las multitudes se estaban reuniendo alrededor de Él,
    Jesús comenzó a decir, «Esta es una generación mala. Buscan
    una señal. Ninguna señal les será dada más que la señal de
    Jonas, el profeta.
    011:030 Porque así como Jonas llego a ser una señal para los
    Ninevitas, así también el Hijo del Hombre será para esta
    generación.
    011:031 La Reina del Sur se levantará en el día del juicio junto con
    los hombres de esta generación, y los condenará: porque ella
    vino de los confines del mundo para oír la sabiduría de
    Salomón; y observen que uno más grande que Salomón está aquí.
    011:032 Los hombres de Ninive se levantarán en el juicio con esta
    generación, y la condenarán: porque ellos se arrepintieron con
    la prédica de Jonas, y observen que uno más grande que Jonas
    está aquí.

    011:033 «Ningún hombre, cuando ha encendido una lampara, la pone en un
    sótano[96], ni bajo un recipiente, sino en un estante, para
    que quienes entren puedan ver la luz.
    011:034 La lampara del cuerpo es el ojo. Entonces cuando tu ojo es
    bueno, tu cuerpo entero también está lleno de luz; pero cuando
    es malo, tu cuerpo también está lleno de oscuridad[97].
    011:035 Entonces miren que la luz que hay en ustedes no sea oscuridad.
    011:036 Si tu cuerpo entero está lleno de luz, sin tener parte oscura,
    estará tan completamente lleno de luz, como cuando la lampara
    con su brillo te da luz.

    011:037 Mientras hablaba, cierto fariseo le pidió que almorzara con
    él. Él fue y se sentó a la mesa.
    011:038 Cuando el fariseo lo vio, se maravillo porque Jesús no se
    había lavado antes de comer.
    011:039 El Señor le dijo, «En cuanto a ustedes fariseos limpian el
    exterior de la copa y los platos, pero su parte interior está
    llena de extorsión y maldad.
    011:040 Ustedes necios, ¿quien hizo el exterior no hizo el interior
    también?
    011:041 Pero den como regalos a los necesitados las cosas que están
    adentro, y así, todas las cosas les quedarán limpias.
    011:042 ¡Pobres de ustedes fariseos! Porque pagan la décima parte de
    la menta, de la ruda y de toda hierba, pero ignoran la
    justicia y el amor de Dios. Deberían hacer esto, y no dejar de
    hacer lo otro.
    011:043 ¡Pobres de ustedes fariseos! Porque aman los mejores asientos
    en las sinagogas, y los saludos en la plaza de mercado.
    011:044 ¡Pobres de ustedes Fariseos, hipócritas! Porque son como
    tumbas ocultas, y los hombres que caminan sobre ellas no lo
    saben.»

    011:045 Uno de los maestros de la ley[98] le contesto, «Maestro, en
    tus palabras también nos insultas a nosotros.»

    011:046 Él dijo, «¡También pobres de ustedes maestros de la ley!
    Porque cargan a los hombres con pesos difíciles de cargar, y
    ustedes mismos no levantan un dedo para ayudar a cargar esos
    pesos.
    011:047 ¡ Pobres de ustedes! Porque construyen las tumbas de los
    profetas, y sus padres los mataron.
    011:048 Así dan testimonio y consienten las obras de sus padres.
    Porque ellos los mataron y ustedes construyen sus tumbas.
    011:049 Por esto también dijo la sabiduría de Dios, `Les envío
    profetas y apóstoles; y a algunos los mataran y los
    perseguirán,
    011:050 que la sangre de todos los profetas, que fue derramada desde
    la fundación del mundo, sea reclamada a esta generación.
    011:051 desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, quien fue
    asesinado[99] entre el altar y el santuario.´ Si, les dijo,
    será reclamada a esta generación.
    011:052 ¡Pobres de ustedes maestros de la ley! Porque tomaron la llave
    del conocimiento. No entraron ustedes mismo, y se lo
    impidieron a quienes estaban entrando.»

    011:053 Mientras les decía estas cosas, los escribas y los fariseos
    comenzaron a enfurecer terriblemente, y a criticar sus
    palabras[100 ];
    011:054 planeando en contra de Él y buscando atraparlo en algo que
    pudiera decir, para poder acusarlo.

    12

    012:001 Mientras tanto, cuando una multitud de varios miles se agrupó
    tanto que se pisoteaban unos a otros, comenzó Jesús a decirle
    a sus discípulos primero[101], «Tengan cuidado con la levadura
    de los fariseos, que es hipocresía.
    012:002 Pues no hay nada cubierto que no será revelado, ni nada
    escondido que no se llegue a saber.
    012:003 Por lo tanto, todo lo que ustedes hayan dicho en la oscuridad
    será escuchado en la luz. Lo que ustedes hayan hablado en el
    oído en el recinto interno será proclamado desde los techos de
    las casas.

    012:004 «Yo les digo mis amigos, no tengan miedo de aquellos que matan
    el cuerpo y después no tienen nada más que puedan hacer.
    012:005 Pero les voy a advertir a quien le deben tener miedo. Ténganle
    miedo a aquel que después de matar tiene poder para enviar a
    Gehena[102] Si, les digo ténganle miedo.

    012:006 «¿No son cinco gorriones vendidos por dos monedas
    asarión?[103] Ninguno de ellos es olvidado[104]olvidado por
    Dios.
    012:007 Pero hasta los cabellos de su cabeza están enumerados. Por eso
    no tengan miedo. Ustedes valen mas que muchos gorriones.

    012:008 «Yo les digo todo el que me reconoce a mi ante los hombres, a
    él también el Hijo del Hombre lo reconocerá ante los ángeles
    de Dios;
    012:009 pero aquel que me niega en la presencia de los hombres será
    negado en la presencia de los ángeles de Dios.
    012:010 Todo el que diga una palabra en contra del Hijo del Hombre
    será perdonado, pero los que blasfemen en contra del Espíritu
    Santo no serán perdonados.
    012:011 Cuando los lleven ante las sinagogas, los gobernantes y las
    autoridades no se preocupen sobre cómo o que van a
    contestar[105], o lo que van a decir;
    012:012 pues el Espíritu Santo les enseñara en ese momento lo que
    deben decir.»

    012:013 Uno de la multitud le dijo, «Maestro, dile a mi hermano que
    divida la herencia conmigo.»

    012:014 Pero Él le dijo, «Hombre, ¿Quién me hizo juez o árbitro sobre
    ustedes?
    012:015 Él les dijo, «¡Estén atentos! Cuídense de la codicia, porque
    la vida del hombre no consiste en la abundancia de las cosas
    que posee.»

    012:016 Él les contó una parábola, diciendo, «La tierra de cierto
    hombre rico, produjo abundantemente.
    012:017 Él razonaba consigo mismo diciendo, `¿Qué haré? pues no tengo
    espacio para almacenar mis frutos´
    012:018 Dijo, `Esto es lo que haré. Derribaré mis graneros, y
    construiré unos más grandes, y allí almacenaré todos mis
    granos y mis bienes.
    012:019 Y me diré a mí mismo, «Tienes muchos bienes amontonados por
    años. Toma tu descanso, come, bebe, se feliz.»´

    012:020 «Pero Dios le dijo, `Tu necio, esta noche será solicitada tu
    alma. ¿Para que serán las cosas que has preparado?´
    012:021 Así es con quien ha amontonado un tesoro para si mismo, y no
    es rico ante Dios.»

    012:022 Le dijo a sus discípulos, «Por eso les digo, no estén
    preocupados por su vida, con que comerán, ni por su cuerpo,
    con que vestirán.
    012:023 La vida es más que comida, y el cuerpo es más que vestido.
    012:024 Consideren los cuervos: ellos no cultivan, no recogen, no
    tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuanto más
    valiosos son ustedes que los pájaros!
    012:025 ¿Cuál de ustedes preocupándose puede aumentar en un codo su
    estatura[106]?
    012:026 Entonces si no pueden hacer siquiera las cosas mínimas, ¿cómo
    están preocupados por el resto?
    012:027 Consideren los lirios, como crecen. No se esfuerzan, ni tejen;
    pero les digo, ni Salomón en toda su gloria estuvo adornado
    como una de estas.
    012:028 Pero si así es como Dios viste el pasto en el campo, que hoy
    existe, y que mañana es arrojado al horno, ¿cuánto más los
    vestirá a ustedes, gente de poca fe?
    012:029 No busquen lo que comerán o lo que beberán; ni estén
    ansiosos[107].
    012:030 Porque las naciones del mundo buscan después de todo estas
    cosas, pero su Padre sabe que ustedes necesitan estas cosas.
    012:031 Pero busquen el Reino de Dios, y todas estas cosas se les
    añadirán.
    012:032 No estén asustados, pequeño rebaño, porque es un buen placer
    para su Padre darles el Reino.
    012:033 Vendan lo que tienen, y den regalos a quien los necesita.
    Hagan para ustedes mismos monederas que no envejecen, un
    tesoro en los cielos que no falla, donde ningún ladrón se
    aproxima, ni la polilla destruye.
    012:034 Porque donde este su tesoro, allí estará su corazón también.

    012:035 «Que su cintura esté vestida y sus lamparas encendidas.
    012:036 Sean como hombres que vigilan esperando a su señor, cuando él
    retorna de la fiesta de matrimonio; que cuando llegue y
    golpee, que puedan abrirle de inmediato.
    012:037 Benditos son esos siervos, a quienes el señor encuentre
    vigilando cuando llegue. Con seguridad les digo, que él se
    vestirá a si mismo, y los hará reclinar y vendrá y les
    servirá.
    012:038 Ellos serán bendecidos si él llega a la segunda o tercera
    hora, y los encuentra así.
    012:039 Pero sepan esto, si el señor de la casa hubiera sabido a que
    hora llegaba el ladrón, habría vigilado, y no habría permitido
    que entrará a su casa.
    012:040 Por esto, estén atentos también, porque el Hijo del Hombre
    viene a un hora que no lo esperan.»

    012:041 Pedro le dijo, «Señor, ¿Nos estás diciendo esta parábola a
    nosotros, o a todos?»

    012:042 El Señor le dijo, «¿Quién es el criado[108] sabio y con fe, a
    quien el señor pondrá en su casa, para darles su porción de
    comida a los demás a la hora correcta?
    012:043 Bendito es el siervo a quien el señor encuentre haciendo esto,
    cuando llegue.
    012:044 En verdad les digo, que lo pondrá sobre todo lo que tiene.
    012:045 Pero si el siervo dice en su corazón, `Mi señor tardará en
    llegar', y comienza a golpear a los siervos y siervas, a
    comer, a beber, y a embriagarse[109],
    012:046 entonces el señor de ese siervo vendrá en un día cuando él no
    lo espere, y a una hora que él no conoce, y lo dividirá[110],
    y pondrá su porción con los que no tienen fe.
    012:047 El siervo, que conocía la voluntad de su señor, y no se
    preparó, ni hizo lo que Él quería, será golpeado con muchas
    correas,
    012:048 pero él que no lo sabía e hizo cosas que merezcan correas,
    será golpeado con pocas correas. A quien mucho se le de, de él
    mucho se esperará; y a quien mucho se le confía, de él mucho
    se pedirá.

    012:049 «Vine a lanzar fuego sobre la tierra. Desearía que ya
    estuviera encendido.
    012:050 Pero tengo un bautizo con el que seré bautizado, y ¡ como
    estoy de afligido hasta cumplirlo!
    012:051 ¿Piensan que he venido a dar paz[111] en la tierra? Les digo,
    no, por el contrario división.
    012:052 Porque desde ahora, habrá cinco en una casa divididos, tres
    contra dos, y dos contra tres.
    012:053 Ellos se dividirán, padre contra hijo, e hijo contra padre;
    madre contra hija, e hija contra su madre; suegra contra su
    nuera, y nuera contra su suegra.»

    012:054 Le dijo a las multitudes también, «Cuando ustedes ven una nube
    levantándose desde el oeste, inmediatamente dicen `Viene
    lluvia,´ y así ocurre.
    012:055 Cuando un viento del sur sopla, ustedes dicen `Habrá un calor
    quemador,´ y así ocurre.
    012:056 ¡Ustedes hipócritas! Saben como interpretar la apariencia de
    la tierra y del cielo, ¿Pero cómo es que no interpretan este
    tiempo?
    012:057 ¿Por qué no juzgan por ustedes mismos lo que está bien?
    012:058 Pues cuando vayas con tu adversario frente al magistrado,
    durante el camino trata diligentemente de ser liberado por él,
    o tal vez él podría llevarte ante el juez, y el juez te
    enviaría al oficial, y el oficial te echaría a la prisión.
    012:059 Les digo, no saldrán de ahí por medio alguno, hasta que hayan
    pagado hasta el último centavo[112].»

    13

    013:001 Ocurrió que había algunos presentes en ese momento, quienes le
    contaron sobre los Galileos, cuya sangre Pilato había mezclado
    con sus sacrificios.
    013:002 Jesús les contesto, «¿Piensan que estos Galileos eran peores
    pecadores que todos los demás Galileos, porque sufrieron tal
    cosa?
    013:003 Les digo, no, pero a menos que se arrepientan perecerán de la
    misma forma.
    013:004 O esos dieciocho, sobre quienes cayó la torre de Siloé, y los
    mató; ¿piensan ustedes que eran peores pecadores que todos los
    hombres que habitan en Jerusalén?
    013:005 Les digo, no, pero a menos que se arrepientan perecerán de la
    misma forma.»

    013:006 Él dijo esta parábola «Cierto hombre que tenía una higuera
    plantada en su viña, llego buscando frutos de esta, y no
    encontró.
    013:007 Le dijo al viñador[113], `Observa, estos tres años he venido
    buscando frutas de la higuera, y no he encontrado. Córtala.
    ¿Para qué gastar la tierra?
    013:008 Él le contestó, `Señor, déjala sola este año también, hasta
    que yo cabe a su alrededor y la fertilice.
    013:009 Si trae frutos, bien; pero si no, después de esto[114], tu
    podrás cortarla. ´»

    013:010 Estaba enseñando en una de las sinagogas en el día sabático.
    013:011 Ocurrió que había una mujer que tenía un espíritu de
    enfermedad por dieciocho años, y ella estaba encorvada, y no
    conseguía enderezarse de forma alguna.
    013:012 Cuando Jesús la vio, la llamó, y le dijo, «Mujer, estás
    liberada de tu enfermedad.»
    013:013 Él puso sus manos sobre ella, e inmediatamente se levanto y
    enderezó, y dio gloria a Dios.

    013:014 El dirigente de la sinagoga estando indignado porque Jesús
    había sanado en día sabático, le dijo a la multitud, «Hay seis
    días en los que el hombre debe trabajar. ¡Así que vengan en
    esos días y sean sanados[115], pero no en día sabático!»

    013:015 Entonces el Señor le contestó, «¡Ustedes hipócritas! ¿Acaso
    cada uno de ustedes no libera su buey o su burro de su establo
    el día sabático, y lo lleva a beber agua?
    013:016 en cambio esta mujer, que siendo hija de Abraham, a quien
    Satanás había doblado durante dieciocho años, ¿No debió ser
    liberada de su esclavitud en el día sabático?

    013:017 Mientras decía estas cosas, todos sus adversarios quedaron
    desilusionados, y toda la multitud se regocijó por todas las
    cosas gloriosas que habían sido hechas por Él.

    013:018 Dijo, «¿Cómo qué es el Reino de Dios? ¿Con qué lo compararé?
    013:019 Es como un grano de la semilla de mostaza, que un hombre tomó,
    y puso en su propio jardín. Creció y se convirtió en un gran
    árbol, y los pájaros del cielos descansaban en sus ramas.»

    013:020 Nuevamente dijo, «¿Con qué compararé el Reino de Dios?
    013:021 Es como levadura, que una mujer toma y esconde en tres
    medidas[116] de harina, hasta que toda queda impregnada.»

    013:022 Siguió su camino por ciudades y villas, enseñando, y viajando
    hacía Jerusalén.
    013:023 Alguien le dijo, «Señor, ¿Son pocos lo que se salvan[117]?» Él
    les dijo,
    013:024 «Esfuércense por entrar por la puerta angosta, porque muchos,
    les digo, buscarán entrar, y no podrán.
    013:025 Una vez el Maestro de la casa se haya levantado, y haya
    cerrado la puerta, y ustedes comiencen a quedar afuera, y a
    golpear la puerta, diciendo, `¡Señor, Señor ábrenos!´ entonces
    Él les contestará y dirá, `No los conozco, ni se de donde
    provienen.´
    013:026 Entonces ustedes comenzarán a decir, `Comimos y bebimos en tu
    presencia, y enseñaste en nuestras calles.´
    013:027 Él les dirá, `Les digo, no se de donde vienen. Aléjense de mí,
    trabajadores de la injusticia[118].´
    013:028 Habrá sollozos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham,
    Isaac, Jacob y a todos los profetas, en el Reino de Dios, y a
    ustedes mismo siendo tirados afuera.
    013:029 Vendrán del este, oeste, norte y sur y se sentarán en el Reino
    de Dios.
    013:030 Observen, hay algunos que son últimos y que serán los
    primeros, y hay algunos que son los primeros y serán los
    últimos.»

    013:031 El mismo día, algunos Fariseos llegaron, diciéndole, «Sal de
    aquí, y vete, porque Herodes quiere matarte.»

    013:032 El les dijo, «Vayan y díganle a ese zorro, `Observa, expulso
    demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día,
    completo mi misión.
    013:033 Sin embargo, debo seguir mi camino hoy y mañana y el día
    siguiente, porque no puede ser que un profeta muera fuera de
    Jerusalén.´

    013:034 «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a
    quienes te son enviados! Que tanto quise reunir a tus hijos,
    como una gallina reúne sus polluelos bajo sus alas, ¡Y tu te
    negaste!
    013:035 Observa, tu casa queda desolada. Te digo, no me verás, hasta
    que digas, `¡Bendito es el que viene en el nombre del
    Señor!´»

    14

    014:001 Ocurrió que lo observaban, cuando fue a la casa de uno de los
    mandatarios de los fariseos en un día sabático a comer pan.
    014:002 En frente de Él estaba un hombre que tenía hidropesía.
    014:003 Jesús, dijo a los maestros de la ley y Fariseos, «¿Es legal
    curar en día sabático?»

    014:004 Pero ellos se mantuvieron en silencio.
    Él lo tomó, lo sanó, y lo dejó ir.
    014:005 Entonces Él les dijo, «¿Cuál de ustedes, si su hijo[119] o un
    buey cae en un pozo en el día sabático, no lo sacaría
    inmediatamente?»

    014:006 Ellos no pudieron responder con respecto a estas cosas.

    014:007 Él dijo una parábola a aquellos que estaba invitados, cuando
    notó como escogían los mejores asientos, y les dijo,
    014:008 «Cuando ustedes sean invitados por alguien a una fiesta de
    matrimonio, no se sienten en los mejores asientos, porque tal
    vez alguien más honorable que ustedes pudo haber sido
    invitado,
    014:009 y aquel que los invitó a los dos vendría y te diría, `Haz
    espacio para esta persona.´ Entonces tu comenzarías, con pena,
    a tomar un puesto más bajo[120].
    014:010 Por el contrario cuando seas invitado, ve y siéntate en el
    puesto más bajo, así cuando quien te invitó llegué, podrá
    decirte, `Amigo, muévete más arriba.´ Entonces serás honrado
    en presencia de todos los que se sientan a la mesa contigo.
    014:011 Porque todo el que se exalte a si mismo será humillado, y
    quien se humille a si mismo será exaltado.»

    014:012 También le dijo al que lo había invitado, «Cuando hagas un
    almuerzo o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus
    hermanos, ni a tus familiares, ni a vecinos ricos, porque
    quizás ellos podrían retornarte el favor, y recompensarte.
    014:013 Cuando hagas una fiesta, llama al pobre, al mutilado, al
    inválido, o al ciego;
    014:014 serás bendecido, porque ellos no tienen los recursos para
    recompensarte. Porque se te recompensará en la resurrección de
    los justos.»

    014:015 Cuando uno de los que estaban sentados a la mesa con Él oyó
    estas cosas, le dijo, «¡Bendito es el que festejará en el
    Reino de Dios!»

    014:016 Pero Él le dijo, «Cierto hombre hizo una gran cena, e invitó a
    mucha gente.
    014:017 Envió a su siervo a la hora de la cena para decirle a quienes
    estaba invitados. `Vengan, porque todo está listo ahora.´
    014:018 Todos a la vez comenzaron a darle excusas.
    «El primero dijo, `He comprado un terreno, y debo ir a verlo.
    Por favor excúseme.´

    014:019 «Otro dijo, `He comprado cinco yugos de bueyes, y debo ir a
    ensayarlos. Por favor excúseme.´

    014:020 «Otro dijo, `Me he casado con mi esposa, y por tanto no puedo
    ir. ´

    014:021 «El siervo fue, y le dijo a su señor estas cosas. Entonces el
    dueño de la casa, estando de mal genio, le dijo a su siervo,
    `Sal rápidamente a las calles y pasadizos de la ciudad, y trae
    a los pobres, a los mutilados, a los ciegos y a los
    inválidos.´

    014:022 «El siervo dijo, `Señor, está hecho como ordenaste, y aún hay
    espacio.´

    014:023 «El señor dijo al siervo, `Sal a los caminos y resguardos, y
    exhórtalos para que vengan, para que mi casa pueda estar
    llena.
    014:024 Porque te digo que ninguno de estos hombres a quienes he
    invitado probará mi sopa.´»

    014:025 Ocurrió que grandes multitudes iban a Él. Él se dio vuelta y
    les dijo,
    014:026 «Si alguien viene a mí, y no me ama más que[121] a su propio
    padre, madre, esposa, hijos, hermanos y hermanas, si, y más
    que a su propia vida también, entonces no puede ser mi
    discípulo.
    014:027 Quien no cargue su propia cruz, y venga tras de mí, no puede
    ser mi discípulo.
    014:028 Porque ¿Cuál de ustedes, deseando construir una torre, no se
    sienta primero y cuenta el costo, para ver si tiene suficiente
    para completarla?
    014:029 O tal vez cuando ha puesto una base, y no puede terminarla,
    todo el que vea comenzará a ridiculizarlo,
    014:030 diciendo, `Este hombre comenzó a construir, y no pudo
    terminar.´
    014:031 ¿O que rey, mientras va al encuentro de otro rey en guerra, no
    se sentará primero y considerará si es capaz con diez mil de
    encontrarse con el que viene contra él con veinte mil?
    014:032 O también, mientras el otro está aún a gran distancia, envía
    un mensajes, y pide condiciones de paz.
    014:033 Por tanto cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que
    tiene, no puede ser mi discípulo.
    014:034 La sal es buena, pero si la sal se vuelve insípida, ¿con que
    sazonarán?
    014:035 No sirve ni para tierra ni para fertilizar. Es arrojada lejos.
    El que tenga oídos para escuchar, que escuche.»

    15

    015:001 Ahora todos los recolectores de impuestos y pecadores se
    acercaban a Él para escucharlo.
    015:002 Los fariseos y los escribas murmuraron, « Este hombre da la
    bienvenida a pecadores y come con ellos.»

    015:003 Él les contó esta parábola.
    015:004 «¿Cuál hombre de ustedes, si tuviera cien ovejas y perdiera
    una no dejaría las noventa y nueve en el bosque para ir a
    buscar la perdida hasta encontrarla?
    015:005 Cuando la encuentra, con felicidad la carga en sus hombros.
    015:006 Cuando regresa a casa llama a todos sus amigos y vecinos
    diciéndoles, `¡Alégrense conmigo, pues he encontrado mi oveja
    perdida!´
    015:007 Yo les digo que así habrá mas felicidad en el cielo por un
    solo pecador que se arrepienta que por noventa y nueve
    personas correctas que no necesitan arrepentirse.
    015:008 O ¿Cuál mujer si tuviera diez monedas dracma,[122] si perdiera
    una, no prendería una lampara, barrería la casa y buscaría
    cuidadosamente hasta encontrarla?
    015:009 Cuando ella la encuentra, llama a sus amigas y vecinos
    diciendo, alégrense conmigo pues he encontrado mi Dracma
    perdido.
    015:010 Así mismo yo les digo, hay felicidad en la presencia de los
    ángeles de Dios por un pecador arrepintiéndose.»

    015:011 Jesús dijo, «Cierto hombre tenía dos hijos.
    015:012 El más joven dijo a su padre, `Padre, dame la parte que me
    corresponde de tu propiedad. ´ Él dividió sus pertenencias
    entre ellos.
    015:013 Pocos días después, el hijo menor junto todas las cosas y
    viajó a un país lejano. Allí gasto todas sus propiedades con
    una vida de excesos.
    015:014 Cuando había gastado todo, hubo un hambre severa en ese país y
    comenzó a tener necesidad.
    015:015 Él fue donde uno de los ciudadanos de ese país y aquel lo
    envió a trabajar a sus campos alimentando cerdos.
    015:016 Él quería llenarse el estómago con el pienso que comían los
    cerdos pero nadie le daba.
    015:017 Entonces cuando cayó en cuenta dijo, `Cuantos siervos
    contratados de mi padre tienen suficiente pan para guardar, ¡Y
    yo muriendo de hambre!
    015:018 Me levantaré e iré a la casa de mi padre, y le diré, «Padre,
    he pecado contra el cielo, y ante tus ojos.
    015:019 No merezco ser llamado tu hijo. Hazme uno de tus siervos
    contratados.» ´

    015:020 «Se levantó y fue donde su padre. Pero mientras iba y aún
    estaba lejos, su padre lo vio, y fue movido por la compasión,
    corrió y se arrojó a su cuello y lo besó.
    015:021 El hijo le dijo, `Padre, he pecado contra el cielo, y ante tus
    ojos. No merezco ser llamado tu hijo.´

    015:022 «Pero el padre le dijo a sus siervos, `Traigan el mejor
    vestido y pónganselo. Pongan un anillo en su mano, y zapatos
    en sus pies.
    015:023 Traigan el ternero engordado, mátenlo, comamos y celebremos;
    015:024 porque este, mi hijo, estaba muerto y vive de nuevo. Estaba
    perdido y fue encontrado.´ Entonces comenzaron a celebrar.

    015:025 «Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando llegó cerca a la
    casa, escuchó música y baile[123].
    015:026 Llamó a uno de los siervos, y le preguntó que ocurría.
    015:027 Él le dijo, `Tu hermano ha venido, y tu padre ha matado el
    ternero engordado, porque ha recibido a tu hermano sano y
    salvo.
    015:028 Pero él estaba enojado, y no entraría. Su padre salió, y le
    rogó.
    015:029 Pero él le contestó a su padre, `Mira todos estos años que te
    he servido, y nunca he desobedecido una de tus ordenes, pero
    nunca me diste una cabra, para celebrar con mis amigos.
    015:030 Pero cuando este, tu hijo, viene, él que se ha devorado tu
    fortuna con prostitutas, matas el ternero engordado para él.´

    015:031 «Él le dijo, `Hijo, siempre estás conmigo, y todo lo que es
    mio es tuyo.
    015:032 Pero era apropiado celebrar y estar contentos, porque este, tu
    hermano, estaba muerto, y vive de nuevo. Estaba perdido, y fue
    encontrado.´»

    16

    016:001 Jesús también le dijo a sus discípulos[124], «Había cierto
    hombre rico quien tenía un administrador. Se le hizo una
    acusación, que este administrador estaba malgastando sus
    posesiones.
    016:002 Él lo llamó y le dijo, `¿Qué es eso que escucho de ti? Dame
    cuentas de tu administración, pues no puedes ser más mi
    administrador.´

    016:003 «El administrador se dijo a si mismo, `¿Qué voy a hacer ya que
    mi amo me esta quitando el puesto de administrador? No tengo
    fuerzas para cavar[125]. Me da vergüenza pedir limosna.
    016:004 Ya se lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la
    administración ellos me reciban en sus casas.´
    016:005 Llamando a cada uno de los deudores de su amo le dice al
    primero, `¿Cuánto le debes a mi amo?´
    016:006 Él dice, `cien batos[126] de aceite.´ Le dijo `Toma tu recibo,
    siéntate rápido y escribe cincuenta.´
    016:007 Entonces le dijo a otro, `¿Cuánto debes?´ Él dijo, `cien
    cores[127] de trigo.´ Él le dijo, `Toma tu recibo y escribe
    ochenta.´

    016:008 «Su amo reconoció al administrador deshonesto porque había
    actuado sabiamente, porque[128] los niños de este mundo son,
    en su propia generación, mas sabios que los niños de la luz.
    016:009 Les digo, háganse amigos por medio de riquezas injustas, así
    cuando caigan, los podrán recibir en los campamentos eternos.
    016:010 Aquel que es honesto en lo poco es honesto en lo mucho. El que
    es deshonesto en lo poco también es deshonesto en lo mucho.
    016:011 Así, si ustedes no han sido honestos con el dinero injusto,
    ¿Quién les confiará las riquezas verdaderas[129]?
    016:012 Si no han sido honestos con aquello que es de otro, ¿Quién les
    dará lo que es propio de ustedes?
    016:013 Ningún siervo[ 130] puede servir a dos maestro, porque bien
    odiará uno y amará al otro; o bien se apegará a uno, y
    despreciará al otro. Ustedes no pueden servir a Dios y a las
    riquezas.»

    016:014 Los fariseos, que era amantes del dinero, también escucharon
    estas cosas, y se burlaron de él.
    016:015 Él les dijo, «Ustedes son aquellos que se justifican ante los
    ojos de los hombre, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo
    que es exaltado entre los hombres es abominable ante los ojos
    de Dios.
    016:016 La ley y los profetas fueron hasta Juan. De ahí en adelante la
    Buena Nueva del Reino de Dios es predicada y todos están
    forzando su camino hacia él.
    016:017 Pero es más fácil que el cielo y la tierra dejen de existir, a
    que un pequeño trazo de tinta[131] caiga de la ley.
    016:018 Todo aquel que se divorcie de su esposa y se case con otra
    comete adulterio. Aquel que se casa con una que está
    divorciada de su esposo comete adulterio.

    016:019 «Había cierto hombre rico que vestía de púrpura y con ropas
    finas, vivía lujosamente todos los días.
    016:020 Cierto mendigo llamado Lázaro se postró en su puerta lleno de
    llagas,
    016:021 deseoso por alimentarse de las boronas que caían de la mesa
    del rico. Sí, hasta los perros llegaban y le lamían las
    llagas.
    016:022 Sucedió que un día murió el mendigo y fue llevado por los
    ángeles al cuidado de Abraham. Él rico también murió y fue
    enterrado.
    016:023 En el hades, estando en el tormento, levantó sus ojos, y vio a
    Abraham lejos, y a Lázaro a su cuidado.
    016:024 Lloró y dijo, `¡Padre Abraham, ten piedad de mí, y envía a
    Lázaro, para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque
    mi lengua! porque estoy sufriendo en estas llamas.´

    016:025 «Pero Abraham le dijo, `Hijo, recuerda que tu en tu vida,
    recibiste cosas buenas y Lázaro, mientras tanto, cosas malas.
    Pero ahora aquí él está confortado y tu en sufrimiento.
    016:026 Además de esto, entre nosotros y tu hay un gran abismo fijado,
    quienes quieren pasar de aquí hacía ti no pueden, y nadie
    pueda cruzar de allá hacía nosotros.´

    016:027 «El le dijo, `Entonces te pido, padre, que lo envíes a la casa
    de mi padre;
    016:028 porque tengo cinco hermanos, para que él pueda darles
    testimonio, para que no vayan a llegar a este sitio de
    tormento.´

    016:029 «Pero Abraham le dijo, `Ellos tienen a Moisés y a los
    profetas. Que los escuchen.´

    016:030 «El le dijo, `No, padre Abraham, pero si uno va desde la
    muerte, ellos se arrepentirán.´

    016:031 «Él le dijo, `Si no escuchan a Moisés ni a los profetas,
    tampoco los persuadirá uno que se levante de la muerte.´»

    17

    017:001 Jesús dijo a sus discípulos, «Es imposible que no lleguen
    ocasiones para tropezar[132], ¡Pero pobre de aquel por quien
    llegan!
    017:002 Sería mejor para él si una piedra de un molino[133] se le
    colgara al cuello y fuera lanzado al mar, en vez de que haga
    que alguno de estos pequeños tropiece.
    017:003 Ten cuidado. Si tu hermano peca contra ti, repréndelo. Si se
    arrepiente, perdónalo.
    017:004 Si peca en tu contra siete veces al día y regresa siete veces
    diciendo, `Me arrepiento[134],´ perdónalo.»

    017:005 Los apóstoles le dijeron al Señor, «Aumenta nuestra fe.»

    017:006 El Señor dijo, «Si tuvieran fe como la semilla de un grano de
    mostaza, le podrían decir a este sicómoro[135],
    `Desentiérrate, y plántate en el océano´ y les obedecería.
    017:007 ¿Pero quién es entre ustedes, el que teniendo un siervo para
    sembrar o cuidar ovejas, le dirá cuando vuelva del campo, `Ven
    inmediatamente y siéntate a la mesa´
    017:008 en lugar de decirle, `Prepara mi sopa, vístete apropiadamente,
    y sírveme, mientras como y bebo. Después podrás comer y
    beber´?
    017:009 ¿Agradece al siervo porque hizo las cosas que le fueron
    ordenadas? Pienso que no.[136]
    017:010 Incluso ustedes también, cuando hayan hecho todo lo que tenían
    ordenado, digan, `Somos siervos que no lo merecemos. Sólo[137]
    hemos hecho nuestra labor.´»

    017:011 Ocurrió mientras estaba en su camino a Jerusalén, pasando por
    los bordes de Samaria y Galilea[138].
    017:012 Cuando entraba a cierto pueblo, diez hombres que eran
    leprosos, lo encontraron, y se detuvieron a cierta distancia.
    017:013 Elevaron sus voces, diciendo, «¡Jesús, Maestro, ten piedad de
    nosotros!»

    017:014 Cuando Él los vio, les dijo, «Vayan y muéstrense ante los
    sacerdotes.» Ocurrió mientras que iban, que fueron limpiados.
    017:015 Uno de ellos, cuando vio que estaba sano, se dio vuelta,
    glorificando a Dios con fuerte voz.
    017:016 Cayó con su rostro frente a los pies de Jesús, agradeciéndole;
    él era un Samaritano.
    017:017 Jesús contestó, «¿No fueron limpiados diez? ¿Pero donde están
    los nueve?
    017:018 ¿No se halló ninguno, regresando a dar gloria a Dios, excepto
    este extranjero?
    017:019 Entonces le dijo, «Levántate, y sigue tu camino. Tu fe te ha
    sanado.»

    017:020 Siendo cuestionado por los fariseos sobre cuando vendría el
    Reino de Dios, Él les contesto, «El Reino de Dios no viene con
    la observación;
    017:021 ni dirán, `¡Miren, aquí!´ o, `¡Miren allá!´ porque sepan que
    el Reino de Dios está entre ustedes»[139]

    017:022 Le dijo a los discípulos «Vendrán los días, que desearán ver
    uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo verán.
    017:023 Les dirán, `¡ Miren, aquí!´ o `¡Miren, allá!´ No vayan, ni los
    sigan,
    017:024 porque como el rayo, cuando se enciende en una parte del
    cielo, brilla la otra parte del cielo[140]; así será el Hijo
    del hombre en su día.
    017:025 Pero primero, debe sufrir muchas cosas y ser rechazado por
    esta generación.
    017:026 Como ocurrió en los días de Noé, así será en los días del Hijo
    del Hombre.
    017:027 Comían, bebían, se casaban, se entregaban en matrimonio, hasta
    el día en que Noe entró al arca, y la inundación vino, y los
    destruyó a todos.
    017:028 De la misma forma, como ocurrió en los días de Lot: comían,
    bebían, compraban y vendían, plantaban, construían;
    017:029 pero en el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre
    del cielo, y los destruyó a todos.
    017:030 Será de la misma forma el día que el Hijo del Hombre sea
    revelado.
    017:031 En ese día, el que esté en la parte alta de la casa, y sus
    bienes estén en la casa, que no baje a tomarlos. De la misma
    forma, quien esté en el campo que no regrese.
    017:032 ¡Recuerden a la esposa de Lot!
    017:033 Quien busque salvar su vida, la pierde, pero quien pierda su
    vida la preserva.
    017:034 Les digo, en esa noche de dos personas en una cama, uno será
    tomado, y el otro será dejado.
    017:035 De dos mujeres que estén moliendo granos juntas[141]. Una será
    tomada, y la otra será dejada.»
    017:036 _[142]

    017:037 Ellos preguntaron, «¿Dónde, Señor?»
    Él les dijo, «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán
    los buitres.»

    18

    018:001 También les dijo una parábola para que siempre rezaran, y no
    se rindieran,
    018:002 dijo, «Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios y
    que no respetaba a los hombres.
    018:003 Una viuda estaba en la ciudad, y con frecuencia iba a él y le
    decía, `¡Defiéndeme de mi adversario!´
    018:004 Por un tiempo él no lo haría[143], pero después se dijo,
    `Aunque yo no temo a Dios ni respeto a los hombres,
    018:005 como esta viuda me incomoda, la defenderé, o de lo contrario
    me desgastará con sus visitas continuas[144].´»

    018:006 El Señor dijo, «Escuchen lo que el juez injusto dice.
    018:007 ¿No defenderá[145] Dios a sus escogidos, quienes están
    gritándole día y noche sino que ejercerá paciencia con
    ellos[146]?
    018:008 Yo les digo que Él los defenderá[147] rápidamente. Sin
    embargo, ¿Encontrará el hijo del hombre fe en la tierra cuando
    venga?»

    018:009 Jesús contó está parábola a ciertas personas que estaban
    convencidas de su propia rectitud y despreciaban a todos los
    otros.
    018:010 «Dos hombres fueron al templo a rezar; uno era un fariseo y el
    otro un recolector de impuestos.
    018:011 El fariseo se puso de pie y rezó de la siguiente forma:`Dios,
    te agradezco que no soy como el resto de los hombres,
    extorsionadores, injustos, adúlteros ni como este recolector
    de impuestos.
    018:012 Ayuno dos veces a la semana. Doy el diezmo de todo lo que
    recibo.´
    018:013 Pero el recolector de impuestos que estaba lejos ni siquiera
    levantaba los ojos hacia el cielo, se golpeaba el pecho
    diciendo, `¡Dios, se piadoso conmigo que soy pecador!´
    018:014 Yo les digo, este hombre regresó a su casa perdonado[ 148] en
    lugar del otro; pues todo aquel que se exalta será humillado
    pero aquel que se humilla será exaltado.»

    018:015 También le estaban llevando niños para que los tocara. Pero
    los discípulos vieron esto y los reprendieron.
    018:016 Jesús los llamó diciendo, «Permitan que los niños vengan a mi,
    no se los impidan pues el Reino de Dios pertenece a los que
    son como ellos.
    018:017 Con seguridad les digo, quien no recibe el Reino de Dios como
    un niño, no entrará en él de ninguna manera.»

    018:018 Cierto dirigente le preguntó diciendo, «Maestro bueno, ¿Qué
    debo hacer para heredar la vida eterna?»

    018:019 Jesús le preguntó, «¿Porqué me llamas bueno? Nadie es bueno
    con excepción del único Dios.
    018:020 Tu conoces los mandamientos:`No cometas adulterio,´ `No
    mates,´ `No robes,´ `No des falsos testimonios,´ `Honra a
    padre y madre.´»

    018:021 Él dijo, «Todo esto lo he cumplido desde mi juventud.»

    018:022 Cuando Jesús escuchó esto le dijo, «Todavía te falta una cosa.
    Vende todo lo que tienes y distribúyelo a los pobres. Tendrás
    tesoros en el cielo. Ven, sígueme.»

    018:023 Pero cuando escuchó estas cosas se puso muy triste, pues era
    muy rico.

    018:024 Jesús viendo que se había entristecido mucho, dijo, «¡Que
    difícil es para quienes tienen riquezas entrar en el Reino de
    Dios!
    018:025 Es más fácil para un camello[149] pasar por el ojo de una
    aguja, que para un rico entrar en el Reino de Dios.»

    018:026 Los que lo oyeron dijeron, «¿Entonces quién puede
    salvarse[150]?»

    018:027 Pero Él contestó, «Las cosas que son imposibles con los
    hombres son posibles con Dios.»

    018:028 Pedro dijo, «Mira, hemos dejado todo, y te hemos seguido.»

    018:029 Él les dijo, «Con seguridad les digo, no hay quien haya dejado
    su casa, o esposa, o hermanos, o padres, o hijos, por causa
    del Reino de Dios,
    018:030 que no reciba muchas veces más en este tiempo, y en el mundo
    que vendrá, vida eterna.»

    018:031 Él reunió a los doce y les dijo, «Observen, vamos a Jerusalén
    y todas las cosas que están escritas a través de los profetas
    con respecto al hijo del hombre se cumplirán.
    018:032 Porque Él será entregado a los gentiles, será ridiculizado,
    tratado de forma aberrante y escupido[151].
    018:033 Lo castigarán y lo matarán. Al tercer día, resucitará de
    nuevo.»

    018:034 Ellos no entendía estas cosas. Sus palabras estaban ocultas
    para ellos y no entendían lo que decía.
    018:035 Ocurrió, cuando se acercaba a Jericó, que cierto hombre estaba
    sentado en el camino, mendigando.
    018:036 Al escuchar una multitud que pasaba, él pregunto que
    significaba.
    018:037 Le dijeron que Jesús de Nazaret estaba pasando.
    018:038 El ciego gritó, «¡Jesús, tu hijo de David, ten piedad de mí!»
    018:039 Los que iban adelante lo reprendieron, para que se quedara
    callado; pero el gritaba más fuerte, «¡Tu hijo de David, ten
    piedad de mí!»

    018:040 Deteniéndose, Jesús ordenó llevarlo a Él. Cuando estuvo cerca,
    le preguntó,
    018:041 «¿Qué quieres que haga por ti?»
    Él dijo, «Señor, que yo pueda ver de nuevo.»

    018:042 «Recibe tu vista. Tu fe te ha sanado[152].»

    018:043 Inmediatamente recibió su vista, y lo siguió, dando gloria a
    Dios. Toda la gente, cuando lo vio, alabó a Dios.

    19

    019:001 Cuando entró y pasó por Jericó,
    019:002 había cierto hombre llamado Zaqueo que era jefe de los
    recolectores de impuestos y muy rico.
    019:003 Él intentaba ver quien era Jesús, y no podía a causa de la
    multitud, pues él era bajo.
    019:004 Se adelantó corriendo y se subió a un sicomoro para verlo,
    porque iba a pasar por ese camino.
    019:005 Cuando Jesús llegó al lugar, miró hacia arriba, lo vio y le
    dijo, «Zaqueo, apúrate y baja, porque hoy debo quedarme en tu
    casa.»
    019:006 El se apuró, bajo, y lo recibió lleno de felicidad.
    019:007 Cuando vieron eso murmuraron diciendo, «Él ha ido a alojarse
    donde un hombre pecador. »

    019:008 Zaqueo se levantó y le dijo al Señor, «Mira Señor, la mitad de
    mis bienes se lo doy a los pobres. Si he cobrado
    incorrectamente cualquier cosa de cualquier persona, se los
    restauraré cuatro veces mas.»

    019:009 Jesús le dijo, «Hoy ha llegado la salvación[153] a esta casa,
    porque él también es hijo de Abraham.
    019:010 Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar[154] lo que
    estaba perdido.»

    019:011 Mientras escuchaban estas cosas, Jesús comenzó a decir una
    parábola, porque se encontraba cerca de Jerusalén y ellos
    suponían que el Reino de Dios sería revelado inmediatamente.
    019:012 Entonces Él les dijo, «Cierto hombre de la nobleza fue a un
    país lejano a recibir un reino para después regresar.
    019:013 Llamó a diez de sus sirvientes y les dio diez monedas
    mina,[155] y les dijo, `Hagan negocios hasta que yo venga.´
    019:014 Pero sus ciudadanos lo odiaban y mandaron una
    comisión[156]detrás de él diciendo, `No queremos que este
    hombre reine sobre nosotros.´

    019:015 «Sucedió cuando regresó otra vez, habiendo recibido el reino
    mandó llamar a los sirvientes a quienes les había entregado el
    dinero, quería saber cuanto habían ganado en los negocios que
    habían hecho.
    019:016 El primero llegó donde él diciéndole, `Señor su mina ha hecho
    diez minas más.´

    019:017 «Él le dijo, `¡Bien hecho buen sirviente! Porque fuiste fiel
    con tan poco tendrás autoridad sobre diez ciudades[157].´

    019:018 «El segundo vino y le dijo, `Su mina, señor, ha hecho cinco
    minas.´

    019:019 «Así que él le dijo, `y tu tendrás autoridad sobre cinco
    ciudades.´
    019:020 Otro llego diciendo, `Señor, mira tu mina que mantuve guardada
    en un pañuelo[158],
    019:021 pues tuve miedo de usted, porque usted es un hombre severo.
    Toma de lo que no puso, y recoge lo que no sembró.´

    019:022 Él le dijo, `¡De tu propia boca te juzgaré, malvado sirviente!
    Tu sabías que yo era un hombre severo, que toma de lo que no
    puso y recoge de lo que no sembró.
    019:023 Entonces ¿porque no depositaste mi dinero en el banco[159] y a
    mi llegada podría haber ganado intereses?
    019:024 Le dijo a los que estaban, `Tomen la mina que él tiene, y
    dénsela al que tiene diez minas.´

    019:025 «Ellos le dijeron, `¡Señor, él tiene diez minas!´
    019:026 `Porque les digo que a todo el que tiene, se le dará más; pero
    al que no tiene, incluso se le quitara lo que tenga.
    019:027 Pero traigan esos enemigos mios que no quiere que reine sobre
    ellos, y mátenlos frente a mí.´»
    019:028 Habiendo dicho esto, siguió adelante, andando hacía
    Jerusalén.

    019:029 Sucedió cuando estaba cerca de Betfagé[160] y Betania en la
    montaña llamada de los olivos[161], que mandó a dos de sus
    discípulos
    019:030 diciendo, «Vayan al pueblo del otro lado, en el cual al entrar
    encontrarán un burro amarrado que nadie ha montado.
    Desamárrenlo y traíganlo.
    019:031 Si alguien les pregunta, `¿Porqué están desamarrándolo?´
    díganle `El Señor lo necesita.´»

    019:032 Los enviados partieron y encontraron todo como Él les había
    dicho.
    019:033 Mientras estaban desamarrando al burro, los dueños les
    dijeron, «¿Porqué están desamarrando al burro?»
    019:034 Ellos les dijeron, «El Señor lo necesita.»
    019:035 Lo llevaron a Jesús. Colocaron sus ropas sobre el burro y
    montaron a Jesús.
    019:036 Mientras avanzaban, colocaban sus ropas en el camino.
    019:037 Cuando se acercaba al descenso del Monte de los Olivos, toda
    la multitud de discípulos comenzó a gritar alegremente y a
    alabar a Dios por todas las obras grandiosas [162] que habían
    visto,
    019:038 diciendo, «¡Bendito es el Rey que viene en el nombre del
    Señor! ¡Paz en el cielo, y gloria al altísimo!»

    019:039 Algunos de los fariseos de la multitud le dijeron, «¡Maestro,
    reprende a tus discípulos!»

    019:040 Él les contestó, «Les digo que si estos hombre callaran, las
    piedras gritarían.»

    019:041 Cuando estaba cerca, vio la ciudad y lloró por ella,
    019:042 diciendo, «¡Si tu, incluso tu, hubieras sabido hoy las cosas
    que son para tu paz[163]! Pero ahora, están escondidas a tus
    ojos.
    019:043 Porque vendrán los días sobre ti, en los que tus enemigos
    levantarán una barricada contra ti[164], te rodearán,
    acorralándote por todos lados,
    019:044 y los tirarán a ustedes y sus hijos con ustedes contra el
    piso. No dejarán una piedra sobre otra, porque ustedes no
    supieron la hora de su visita.»

    019:045 Entró al templo, y comenzó a sacar a los que compraban y
    vendían allí,
    019:046 diciéndoles, «Está escrito, `Mi casa es casa de oración,´ ¡
    pero ustedes la han convertido en `cueva de ladrones´!

    019:047 Él enseñaba a diario en el templo, pero los jefes de los
    sacerdotes y los líderes entre la gente[165] buscaban
    destruirlo.
    019:048 Ellos no podían encontrar como poder hacerlo, porque toda la
    gente se ceñía a cada palabra que decía[166].

    20

    020:001 Ocurrió en uno de esos días, que enseñaba a la gente en el
    templo y predicaba la Buena Nueva[167], que los
    sacerdotes[168] y escribas vinieron a Él con los ancianos.
    020:002 Le preguntaron, «Dinos: ¿Con que autoridad haces estas cosas?
    ¿O quien te está dando esta autoridad? »

    020:003 Él les contesto, «Yo también les haré una pregunta. Díganme:
    020:004 ¿El bautismo de Juan, era del cielo o de los hombres?»

    020:005 Ellos razonaron entre sí, diciendo, «Si decimos, `Del cielo´
    Él dirá `¿Por que no creyeron en él?´
    020:006 Pero si decimos, `De los hombres´ la gente nos apedreará,
    porque están persuadidos que Juan era una profeta.»
    020:007 Contestaron que no sabían de donde era.

    020:008 Jesús les dijo, «Tampoco les digo con que autoridad hago estas
    cosas.»

    020:009 Comenzó a decirle a la gente esta parábola. «Un[169] hombre
    plantó una viña, y la rentó a algunos campesinos, y se fue a
    otro país por un largo tiempo.
    020:010 En la estación apropiada, envió a un siervo donde los
    campesino para recolectar su parte del fruto de la viña. Pero
    los campesinos lo golpearon, y lo echaron con las manos
    vacías.
    020:011 Él entonces envió otro siervo, y ellos también lo golpearon,
    lo trataron de forma degradante y lo echaron con las manso
    vacías.
    020:012 Envió, incluso, un tercero, y también lo hirieron y lo
    expulsaron.
    020:013 El señor de la viña dijo, `¿Qué debo hacer? Enviaré a mi hijo
    amado. Puede ser que al verlo, lo respeten.´

    020:014 «Pero cuando los campesinos lo vieron, razonaron entre ellos,
    diciendo `Este es el heredero. Vengan, matémoslo, para que la
    herencia sea nuestra.´
    020:015 Lo sacaron de la viña y lo mataron. ¿ Entonces qué les hará el
    señor de la viña?
    020:016 Él vendrá y destruirá a estos campesinos, y le dará la viña a
    otros.»
    Cuando lo oyeron, dijeron, «¡Que no pueda ser!»

    020:017 Pero Él los miró, y dijo, «Entonces ¿Qué es esto que está
    escrito,
    `La piedra que los constructores rechazaron, la misma fue
    hecha piedra fundamental´?
    020:018 «Todo el que caiga sobre esta piedra será quebrado en pedazos,
    Y aplastará en el polvo a cualquiera sobre quien caiga.»
    020:019 Los jefes de los sacerdotes y los escribas buscaban poner sus
    manos sobre Él en ese momento, pero temían a la gente porque
    sabían que Él había dicho esta parábola en contra de ellos.
    020:020 Lo observaban, y enviaron espías, que pretendían ser justos,
    para que pudieran atraparlo en algo que dijera, para así
    enviarlo al poder[ 170] y autoridad del gobernador.
    020:021 Le preguntaron, «Maestro, sabemos que dices y enseñas lo que
    es correcto, y no estás parcializado por nadie[171], sino que
    verdaderamente enseñas el camino de Dios.
    020:022 ¿Es legal para nosotros pagar los impuestos al Cesar, o no?»

    020:023 Pero el percibió sus intenciones, y les dijo, ¿Por qué me
    prueban?
    020:024 Muéstrenme un denario. ¿De quien es la imagen y la inscripción
    sobre este?
    Ellos le contestaron, «del Cesar»

    020:025 Él les dijo, «Entonces denle al Cesar lo que es del Cesar y a
    Dios lo que es de Dios.»

    020:026 No fueron capaces de atraparlo por sus palabras[172] ante las
    personas. Estaban maravillados por su respuesta y callaron.
    020:027 Algunos de los saduceos fueron donde Él, aquellos que niegan
    que existe la resurrección.
    020:028 Le preguntaron, «Maestro, Moisés nos escribió que si el
    hermano de un hombre muere dejando una esposa y no tiene
    hijos, el hermano debería tomar la esposa y criar hijos para
    su hermano.
    020:029 Habían siete hermanos. El primero tomo a la esposa y murió sin
    hijos.
    020:030 El segundo la tomó como esposa y murió sin hijos.
    020:031 El tercero la tomó al igual que los otros, ninguno dejó hijos
    y murieron.
    020:032 Luego la mujer también murió.
    020:033 Entonces en la resurrección, ¿De quién será esposa la mujer?
    Pues los siete la tuvieron como esposa.»

    020:034 Jesús les dijo, «Los hijos de este mundo[173] se casan y son
    dados en matrimonio.
    020:035 Pero aquellos que son considerados merecederos de llegar a ese
    mundo y a la resurrección de los muertos ni se casan ni son
    dados en matrimonio.
    020:036 Pues ellos no pueden morir más, son como los ángeles y son
    hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección.
    020:037 Pero que los muertos resucitan, incluso lo mostró Moisés en la
    zarza, cuando llamó al Señor `El Dios de Abraham, Isaac y
    Jacob.´
    020:038 Porque Él no es Dios de los muertos, sino de los vivos, pues
    todos están vivos para Él.»

    020:039 Algunos de los escribas contestaron, «Maestro, tu hablas
    bien.»
    020:040 Y no se atrevieron a hacerle más preguntas.

    020:041 Él les dijo, «¿Por qué dicen que el Cristo es hijo de David?
    020:042 David mismo dice en el libro de los Salmos,
    `El Señor dijo a mi Señor, «Siéntate a mi mano derecha,
    020:043 Hasta que yo haga de tus enemigos un estrado para tus
    pies.»´
    020:044 «Así que David lo llama Señor, entonces ¿Cómo puede ser su
    hijo?»

    020:045 Cuando toda la gente escuchaba, Él dijo a los discípulos,
    020:046 « Cuídense de los escribas, a quienes les gusta caminar en
    largos y adornados vestidos, y aman los saludos en las plazas
    de mercado, las mejores sillas en las sinagogas, y los mejores
    lugares en los banquetes;
    020:047 que devoran las casas de las viudas, y por pretensión hacen
    largas oraciones: estos recibirán la mayor condena[174].»

    21

    021:001 Levantó la vista y vio a la gente rica que ponía sus regalos
    en el tesoro.[175]
    021:002 Vio cierta viuda pobre echando dos pequeñas monedas[ 176].
    021:003 Él dijo, «En verdad les digo, esta pobre viuda pone más que
    todos ellos
    021:004 porque todos estos ponen regalos para Dios de su abundancia,
    pero ella, de su pobreza pone todo lo que tiene para vivir.»

    021:005 Mientras algunos estaban hablando sobre el templo y como
    estaba decorado con bellas piedras y regalos, Él dijo,
    021:006 «En cuanto a estas cosas que ven, vendrán los días, en los que
    no quedará aquí una piedra sobre otra sin ser derribada.»

    021:007 Le preguntaron, «Maestro, entonces ¿cuándo serán estas cosas?
    ¿ Cuál será la señal de que las cosas están por ocurrir?»

    021:008 Él dijo, «Estén alerta para que no se dejen perder, porque
    muchos vendrán en mi nombre, diciendo, `YO SOY[177],´ `El
    tiempo está a la mano.´ Entonces no los sigan.
    021:009 Cuando escuchen de guerras y disturbios, no se aterroricen,
    porque estas cosas deben pasar primero, pero el fin no vendrá
    inmediatamente.»

    021:010 Entonces Él les dijo[178], «Nación se levantará contra nación,
    y reino contra reino.
    021:011 Habrán grandes terremotos, hambrunas y plagas en varios
    lugares. Habrá terror y grandes señales del cielo[179].
    021:012 Pero antes de todas estas cosas, pondrán sus manos sobre
    ustedes y los perseguirán, llevándolos a las sinagogas y
    prisiones, llevándolos frente a reyes y gobernantes por causa
    de mi nombre.
    021:013 Se convertirá en un testimonio para ustedes.
    021:014 Establezcan entonces en sus corazones no meditar por
    anticipado como contestar,
    021:015 porque les daré una boca y sabiduría que todos sus enemigos no
    podrán resistir ni contradecir.
    021:016 Serán entregados[180] incluso por padres, hermanos, parientes
    y amigos. Ellos harán que algunos de ustedes sean llevados a
    la muerte[181].
    021:017 Serán odiados por todos los hombres a causa de mi nombre.
    021:018 Pero ningún cabello de su cabeza perecerá.

    021:019 Por su resistencia ganarán sus vidas[182].

    021:020 «Y cuando vean a Jerusalén rodeada por ejércitos, sepan que la
    desolación está a mano.
    021:021 Entonces los que están en Judea huyan a las montañas. Los que
    estén en medio de esta que partan. Los que estén en el campo
    que no entren.
    021:022 Porque estos son días de venganza, para que todas las cosas
    que están escritas se cumplan.
    021:023 ¡Pobres de aquellas que estén embarazadas y de aquellas que
    amamanten niños en esos días! Porque habrá gran angustia en la
    tierra, e ira hacia esta gente.
    021:024 Caerán por el filo de la espada, y serán mantenidos en
    cautiverio en todas las naciones. Jerusalén será amenazada por
    los gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles se cumpla.
    021:025 Habrá señales en el cielo, luna y estrellas; y en la tierra
    ansiedad de naciones, y perplejidad por el rugido del mar y
    las olas;
    021:026 los hombres desmayarán de miedo, y por la expectativa de las
    cosas que vienen al mundo: porque los poderes de los cielos se
    agitarán.
    021:027 Entonces verán al Hijo del Hombre viniendo en una nube con
    poder y gran gloria.
    021:028 Pero cuando estas cosas comiencen a pasar, miren, y levanten
    sus cabezas, porque su redención está cerca.»

    021:029 Él les dijo una parábola. «Vean la higuera y todos los otros
    árboles.
    021:030 Cuando ya están brotando ustedes la ven y saben que el verano
    ya está cerca.
    021:031 Así mismo, cuando ustedes vean estas cosas pasar sepan que el
    Reino de Dios está cerca.
    021:032 Con seguridad les digo, esta generación no pasará hasta que
    todas las cosas se hayan cumplido.
    021:033 El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán por
    medio alguno.

    021:034 «Así que tengan cuidado, o sus corazones serán cargados con
    vicios, embriaguez y las preocupaciones de esta vida y ese día
    les vendrá de repente.
    021:035 Pues vendrá como una trampa para todos aquellos que se
    encuentran en la superficie de la tierra.
    021:036 Así que tengan cuidado siempre, recen para ser contados como
    dignos de escapar a todas estas cosas que pasarán, y para
    estar frente al Hijo del Hombre.»

    021:037 Todos los días estaba Jesús enseñando en el templo, y todas
    las noches iba y pasaba la noche en el monte llamado
    Olivos[183].
    021:038 Todas las personas llegaban temprano en la mañana al templo
    para escucharlo.

    22

    022:001 Ahora estaba cerca la festividad en la que se come pan sin
    levadura y que es llamaba fiesta de la Pascua.
    022:002 Los jefes de los sacerdotes y los escribas buscaban como
    podrían matarlo, pues le tenían miedo a la gente.
    022:003 Satanás entró en Judas que también era llamado Iscariote y que
    estaba contado entre los doce.
    022:004 Fue, y habló con los jefes de los sacerdotes[184] y capitanes
    sobre la forma como podría entregarlo.
    022:005 Ellos se alegraron, y acordaron darle dinero.
    022:006 El aceptó, y buscó una oportunidad para entregarlo en ausencia
    de la multitud.
    022:007 Llegó el día del pan sin levadura, en el cual el cordero de
    Pascua[185] debe ser sacrificado.
    022:008 Jesús envió a Pedro y Juan, diciendo, «Vayan y preparen la
    Pascua para nosotros, para que podamos comer.»

    022:009 Ellos le dijeron, «¿Donde deseas que la preparemos?»

    022:010 Él les dijo, «Observen, cuando hayan entrado a la ciudad, se
    encontrarán con un hombre que carga una jarra de agua. Síganlo
    a la casa en la que entre.
    022:011 Díganle al dueño de la casa, `El Maestro te dice, «¿Donde está
    el cuarto para invitados, donde podré comer el cordero de
    Pascua con mis discípulos?»´
    022:012 Él les mostrará un cuarto en el segundo piso, amplio y
    amoblado. Hagan los preparativos allí. »

    022:013 Ellos fueron, encontraron las cosas como Jesús había dicho, y
    prepararon la Pascua.
    022:014 Cuando la hora había llegado se sentó con los doce apóstoles.
    022:015 Les dijo, «Realmente he deseado comer esta cena de pascua con
    ustedes antes de sufrir,
    022:016 porque les digo, no volveré a comer de esta por medio alguno
    hasta que se cumpla en el Reino de Dios.»
    022:017 Recibió una copa, y cuando había dado gracias, dijo, «Tomen
    esto, y compártanlo entre ustedes[186],
    022:018 porque les digo, no beberé más del fruto de la vid, hasta que
    venga el Reino de Dios[187].»

    022:019 Tomó pan, y cuando había dado gracias, lo partió, y se los
    entregó, diciendo, «Este es mi cuerpo que es entregado por
    ustedes. Hagan esto en memoria mía.»
    022:020 De la misma forma, tomó la copa después de la cena, diciendo,
    «Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que será
    derramada por ustedes.
    022:021 Pero observen, la mano del que me traiciona está conmigo en la
    mesa.
    022:022 El Hijo del Hombre de hecho se va, como ha sido determinado,
    ¡Pero pobre del hombre por intermedio del cual Él es
    traicionado!»

    022:023 Comenzaron a cuestionarse entre ellos, cual de ellos era quien
    haría esto.
    022:024 Allí se levantó también una controversia entre ellos, sobre
    cual de ellos era considerado el más grande.
    022:025 Jesús les dijo, «Los reyes de las naciones[188] reinan sobre
    ellas, y los que tienen autoridad sobre estas son llamados
    `benefactores.´
    022:026 Pero no es así con ustedes. Sino quien es el mayor entre
    ustedes, que se convierta como el más joven, y quien gobierna
    que sea como quien sirve.
    022:027 Porque ¿quién es más grande, el que se sienta a la mesa, o el
    que la sirve? ¿No es el que se sienta en la mesa? Pero yo
    estoy en medio de ustedes como quien sirve.
    022:028 Pero ustedes son los que han continuado conmigo en mis
    pruebas.
    022:029 Yo confiero en ustedes un reino[189], así como mi Padre me
    confirió uno,
    022:030 para que ustedes puedan comer y beber en mi mesa en mi Reino.
    Ustedes se sentarán en tronos, juzgando a las doce tribus de
    Israel.»

    022:031 El Señor dijo, «Simón, Simón, mira Satanás ha pedido tenerte
    para colarte como harina,
    022:032 pero recé por ti para que tu fe no te falle. Cuando hayas
    regresado de nuevo, fortalece a tus hermanos[190].»

    022:033 Él le dijo, «¡Señor, estoy listo para ir contigo tanto a la
    prisión como a la muerte!»

    022:034 Él dijo, «Yo te digo Pedro, el gallo de ninguna forma cantará
    hoy hasta que hallas negado conocerme tres veces.»

    022:035 Él les dijo, «Cuando los envié sin cartera, ni billetera y sin
    zapatos ¿Les hizo falta algo?»
    Ellos dijeron, «Nada.»

    022:036 Entonces Él les dijo, «Pero ahora, quien tiene una cartera que
    se la lleve y lo mismo con una billetera. El que nada tiene,
    que venda su abrigo y se compre una espada.
    022:037 Porque les digo que esto que está escrito aún debe cumplirse
    en mi: `Fue contando entre los ilegales.´ Porque lo que
    concierne a mí tiene un objetivo[191].»

    022:038 Ellos dijeron, «Señor, observa, aquí hay dos espadas.»
    Él les dijo, «Basta ya[192].»

    022:039 Salió, y fue, como era su costumbre, al Monte de los Olivos.
    Sus discípulos también lo siguieron.
    022:040 Cuando estaba en el lugar, les dijo, «Oren para que no caigan
    en tentación.»

    022:041 Se alejó de ellos tanto como una piedra que se lanza, se
    arrodilló y oró
    022:042 diciendo, «Padre, si tu lo deseas, quita esta copa de mi. Sin
    embargo que no se haga mi voluntad sino la tuya.»

    022:043 Un ángel del cielo se le apareció, fortaleciéndolo.
    022:044 Estando en agonía Él oraba con más fuerza. Su sudor se hizo
    como grandes gotas de sangre que caían sobre la tierra.

    022:045 Cuando se levantó de su oración, fue donde los discípulos, y
    los encontró durmiendo a causa de la preocupación
    022:046 y les dijo, «¿Por qué duermen? Levántense y recen para que no
    caigan en tentación.»

    022:047 Mientras aún hablaba, llegó una multitud, y el que era llamado
    Judas, uno de los doce, la encabezaba. Se acercó a Jesús para
    besarlo[193].
    022:048 Pero Jesús le dijo, «Judas, ¿Traicionas al Hijo del Hombre con
    un beso?»

    022:049 Cuando los que estaba a su alrededor vieron lo que iba a
    ocurrir, le dijeron, «¿Señor, debemos golpear con la espada?»
    022:050 Y uno de ellos golpeó al siervo del sumo sacerdote, y le cortó
    su oreja derecha.

    022:051 Pero Jesús contestó, «¡Basta[194]!» y tocó su oreja, y lo
    sanó.
    022:052 Jesús les dijo a los jefes de los sacerdotes, a los lideres
    del templo y a los ancianos, que habían ido en contra de Él,
    «¿Han venido como contra un ladrón, con espadas y palos?
    022:053 Cuando estaba con ustedes en el templo diariamente, no
    estiraron sus manos contra mi. Pero esta es su hora, y la del
    poder de la oscuridad[195].»

    022:054 Lo apresaron y lo condujeron[196] a la casa del sumo
    sacerdote. Y Pedro los siguió a cierta distancia.
    022:055 Cuando habían encendido un fuego en medio del patio, y se
    habían sentado, Pedro se sentó entre ellos.
    022:056 Cierta sierva joven lo vio cuando se sentaba a la luz, y
    mirándolo fijamente, dijo, «Este hombre también estaba con
    Él.»

    022:057 Él negó a Jesús, diciendo, «Mujer, no lo conozco.»

    022:058 Después de un tiempo cuando otro lo vio, dijo, «¡Tu también
    eres uno de ellos[197]!»
    Pero Pedro contesto, «¡Hombre, yo no soy!»

    022:059 Después de que había pasado como una hora, otro dijo con
    seguridad, «¡En verdad este hombre también estaba con Él,
    porque es de Galilea! »

    022:060 Pero Pedro dijo, «¡Hombre, no se de lo que estás hablando!» De
    inmediato, mientras aún hablaba, cantó un gallo.
    022:061 El Señor dio la vuelta y miró a Pedro. Entonces Pedro recordó
    la palabra del Señor, cuando le dijo, «Antes de que el gallo
    cante me negarás tres veces. »
    022:062 El se fue, y lloró amargamente.

    022:063 Los hombres que tenían a Jesús lo ridiculizaban y lo
    golpeaban[ 198].
    022:064 Habiéndole tapado los ojos, lo golpeaban en la cara y le
    preguntaban, «¡Profetiza! ¿Quién es el que te golpea?»
    022:065 Decían[199 ] muchas otras cosas contra Él, insultándolo.

    022:066 Tan pronto como amaneció, la asamblea de los ancianos del
    pueblo se reunió con ambos, con jefes de sacerdotes y con
    escribas, y lo condujeron a su consejo, diciendo,
    022:067 «Si tu eres el Cristo, dinos.»
    Pero Él les dijo, «Si les digo, no me creerán,
    022:068 y si les pregunto, ustedes no me contestarán de forma alguna
    ni me dejarán ir.
    022:069 Desde ahora, el Hijo del Hombre se sentará a la mano derecha
    del Poder de Dios.»

    022:070 Todos le dijeron, «¿Eres tu entonces el Hijo de Dios?»
    El les dijo, «Ustedes lo dicen, porque YO SOY.»

    022:071 Ellos dijeron, «¿Para qué necesitamos más testigos? ¡Cuando
    nosotros mismos lo hemos escuchado de su boca!»

    23

    023:001 La compañía completa se levantó y lo llevó ante Pilato.
    023:002 Comenzaron a acusarlo, diciendo, «Encontramos a este hombre
    pervirtiendo la nación, prohibiendo pagar impuestos al Cesar,
    y diciendo que Él mismo es Cristo, un rey.»

    023:003 Pilato le preguntó, «¿Eres el Rey de los Judíos?»
    Él le contestó, «Tal como dices.»

    023:004 Pilato dijo al jefe de los sacerdotes y a las multitudes, «No
    encuentro bases para hacer un cargo en contra de este
    hombre.»

    023:005 Pero ellos insistieron, diciendo, «Él perturba a la gente,
    enseñando por toda Judea, comenzando en Galilea y hasta este
    lugar. »
    023:006 Cuando Pilato escuchó Galilea mencionado, preguntó si el
    hombre era de Galilea.
    023:007 Cuando encontró que era de la jurisdicción de Herodes, se lo
    envió a Herodes, quien también estaba en Jerusalén en esos
    días.

    023:008 Cuando Herodes vio a Jesús, estaba excesivamente contento,
    porque había querido verlo por largo tiempo, pues había
    escuchado muchas cosas sobre Él. Esperaba ver algunos
    milagros[200] que Él hiciera.
    023:009 Lo cuestionaba con muchas palabras, pero Jesús no daba
    respuestas.
    023:010 Los jefes de los sacerdotes y los escribas se mantenían
    acusándolo vehementemente.
    023:011 Herodes con sus solados lo humillaron y lo ridiculizaron.
    Vistiéndolo con vestidos lujosos[201], lo enviaron de vuelta a
    Pilato.
    023:012 Herodes y Pilato se hicieron amigos desde ese preciso día,
    porque antes de eso eran enemigos el uno del otro[202].

    023:013 Pilato llamó a los jefes de los sacerdotes, a los mandatarios
    y a la gente[203],
    023:014 y les dijo, «Ustedes me trajeron a este hombre como a uno que
    corrompe a la gente, y vean, lo he examinado delante de
    ustedes y no he encontrado bases para hacer un cargo contra
    este hombre por los hechos por los que lo acusan.
    023:015 Tampoco Herodes, porque los envié con él, y vean, Él no ha
    hecho nada que lo haga merecedor de la muerte.
    023:016 Por lo tanto lo azotaré y lo soltaré.»

    023:017 Ocurrió que él tenía que liberarles un prisionero en la
    fiesta[ 204].
    023:018 Y todos gritaron juntos, diciendo «¡Llévese a ese hombre! ¡
    Libérenos a Barrabás!»
    023:019 uno que había sido metido en la cárcel por cierta revuelta en
    la ciudad y asesinato.

    023:020 Entonces Pilato habló con ellos de nuevo, queriendo liberar a
    Jesús,
    023:021 pero ellos gritaron, diciendo, «¡Crucifixión! ¡ Crucifícalo!»

    023:022 Él les dijo por tercera vez, «¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho este
    hombre? No he encontrado ningún delito capital en Él. Por lo
    tanto lo azotaré y lo liberaré.»
    023:023 Pero ellos presionaban con voces duras, pidiendo que fuera
    crucificado. Sus voces y las voces de los jefes de los
    sacerdotes lo convencieron.
    023:024 Pilato ordenó que se hiciera lo que pedían.
    023:025 Él libero al que había sido encarcelado por insurrección y
    asesinato, el que la gente había pedido, pero les dio a Jesús
    como querían.

    023:026 Cuando lo conducían afuera, cogieron a uno, a Simón de
    Cirenea, que venía del campo, y cargaron sobre él la cruz,
    para que la llevara detrás de Jesús.
    023:027 Una gran multitud de gente lo siguió, incluyendo mujeres que
    también lloraban y se lamentaban por Él.
    023:028 Pero Jesús, volteándose hacia ellas, les dijo, «Hijas de
    Jerusalén, no lloren por mí, pero lloren por ustedes y por sus
    hijos.
    023:029 Porque observen, vendrán los días en los que ellos dirán,
    `Benditos son las estériles, los vientres que nunca engendran,
    y los pechos que nunca alimentan.´
    023:030 Entonces comenzarán a decir a las montañas, `¡Caigan sobre
    nosotros!´ y decir a las colinas `Cubranos.´
    023:031 Porque si hacen estas cosas al árbol verde, ¿Qué se le hará al
    seco?»

    023:032 También había dos criminales que iban con Él para ser
    ejecutados.
    023:033 Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera lo crucificaron
    allí con los criminales, uno al lado derecho y el otro al
    izquierdo.

    023:034 Jesús dijo, «Padre perdónalos, pues no saben lo que están
    haciendo.»
    Echaron suertes para dividir su ropa entre ellos.
    023:035 La gente estaba de pie mirando. Las autoridades que estaban
    con ellos también lo ridiculizaban diciendo, «Él salvo[205] a
    otros. ¡Que se salve el mismo si este es el Cristo de Dios, su
    escogido!»

    023:036 Los soldados también se burlaron de Él, acercándose y
    ofreciéndole vinagre,
    023:037 y diciendo, «¡Si eres el Rey de los Judíos sálvate!»

    023:038 Se escribió una inscripción sobre Él con letras en Griego,
    Latín y Hebreo: «ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS.»

    023:039 Uno de los criminales que estaba colgado lo insulto[206]
    diciendo, «¡Si eres el Cristo, sálvate y sálvanos!»

    023:040 Pero el otro contestó y lo reprendió diciendo, «¿Ni si quiera
    le temes a Dios, viendo que estás bajo la misma condena?
    023:041 Y nosotros en realidad justamente, porque recibimos la
    recompensa merecida por nuestros actos, pero este hombre no ha
    hecho nada malo.»
    023:042 Le dijo a Jesús, «Señor, recuérdame cuando entres a tu
    Reino.»

    023:043 «Con seguridad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

    023:044 Era casi la sexta hora[207], vino una oscuridad sobre toda la
    tierra hasta la novena hora. [208]
    023:045 El sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó en dos.
    023:046 Jesús, grito con fuerte voz, diciendo, «¡Padre, en tus manos
    encomiendo mi espíritu!» Diciendo esto, dio su último
    suspiro[209].

    023:047 Cuando el centurión vio lo que ocurrió, dio gloria a Dios,
    diciendo, «Ciertamente este era un hombre correcto.»
    023:048 Todas las multitudes que vinieron a verlo, cuando vieron lo
    que se hizo, regresaron a sus casas golpeando sus pechos.
    023:049 Todas las personas cercanas a Él, y las mujeres que lo seguían
    desde Galilea, se mantuvieron a distancia, viendo estas
    cosas.

    023:050 Un nombre llamado José, que era miembro del consejo[210],
    quien era justo y correcto
    023:051 (no había estado de acuerdo con el consejo y el resultado),
    que era de Arimatea, una ciudad de los Judíos, también
    esperaba el Reino de Dios:
    023:052 este hombre fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.
    023:053 Lo bajó, y lo envolvió en un vestido de lino, y lo puso en una
    tumba cavada en un piedra, donde nadie había yacido antes.
    023:054 Era el día de la preparación[211], y el día sabático se estaba
    acercando.
    023:055 Las mujeres que habían venido con Él desde Galilea, lo
    siguieron, y vieron la tumba, y como su cuerpo era puesto.
    023:056 Regresaron, y prepararon especias y ungüentos. El día sabático
    descansaron de acuerdo al mandamiento.

    24

    024:001 El primer día de la semana, temprano al amanecer, ellas y
    otros[ 212] fueron a la tumba, llevando la especias que habían
    preparado.
    024:002 Encontraron la piedra rodada lejos de la tumba.
    024:003 Entraron y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús.
    024:004 Ocurrió, mientras aún estaban perplejas por esto, que dos
    hombres aparecieron junto a ellas en vestidos muy brillantes.
    024:005 Llenas de terror, inclinaron sus caras hacia la tierra.
    Ellos les dijeron, «¿Por qué buscan al vivo entre los
    muertos?»
    024:006 Él no está aquí, sino que ha resucitado. ¿Recuerdan lo que les
    dijo cuando aún estaba en Galilea?
    024:007 Que el Hijo del Hombre debía ser entregado a manos de hombres
    pecadores, y ser crucificado y al tercer día resucitaría de
    nuevo»

    024:008 Ellas recordaron sus palabras,
    024:009 regresaron de la tumba, y le contaron todas estas cosas a los
    once, y a todo el resto.
    024:010 Eran María Magdalena, Juana y Maria la madre de Santiago. Las
    otras mujeres que estaban con ellas contaron estas cosas a los
    apóstoles[ 213].
    024:011 Estas palabras les parecieron sin sentido, y no les creyeron.
    024:012 Pero Pedro se levantó y corrió a la tumba. Al detenerse y
    mirar, vio sólo las tiras de lino, y partió a su casa,
    preguntándose que había ocurrido.

    024:013 Ocurrió que dos de ellos fueron justamente ese día a un pueblo
    llamado Emmaus, que estaba a sesenta estadios[214] de
    Jerusalén.
    024:014 Hablaban entre ellos sobre todas las cosas que habían
    ocurrido.
    024:015 Ocurrió, mientras hablaban y se cuestionaba, que Jesús mismo
    se les acercó y anduvo con ellos.
    024:016 Pero sus ojos les impidieron reconocerlo.
    024:017 Él les dijo, «¿De que hablan mientras caminan entristecidos?

    024:018 Uno de ellos, llamado Cleofas, le contestó, «¿Eres tu el único
    extranjero en Jerusalén que no sabe las cosas que han ocurrido
    en estos días?»

    024:019 Él les dijo, «¿Qué cosas?»
    Ellos le dijeron, «Lo concerniente a Jesús, el Nazareno, que
    era un profeta poderoso en acción y palabra ante Dios y ante
    toda la gente;
    024:020 y como los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo
    entregaron para condenarlo a muerte y crucificarlo.
    024:021 Pero esperábamos que fuera Él quien redimiera a Israel. Si y
    además, ahora es el tercer día desde que estas cosas
    ocurrieron.
    024:022 También, ciertas mujeres de nuestra compañía, nos
    sorprendieron, pues habiendo llegado temprano a la tumba;
    024:023 al no encontrar su cuerpo, vinieron diciendo que habían visto
    una visión de ángeles, que decían que Él estaba vivo.
    024:024 Algunos de nosotros[215]fuimos a la tumba, y la encontramos
    tal como las mujeres habían dicho, pero no lo vimos.»

    024:025 Él les dijo, «¡Hombres necios, y lentos de corazón para creer
    todo lo que los profetas han hablado!
    024:026 ¿No tuvo Cristo que sufrir todas estas cosas para entrar en su
    gloria?»
    024:027 Comenzando desde Moisés y todos los profetas, les explicó los
    hechos concernientes a Él en todas las Escrituras.
    024:028 Se acercaron al pueblo al que ellos iban, y Él hizo como si
    fuera más adelante[216].

    024:029 Ellos lo convencieron, diciendo, «Ven con nosotros, porque ya
    casi es noche y el día termina.»
    Él fue a quedarse con ellos.
    024:030 Ocurrió, que cuando Él se sentó a la mesa con ellos, tomó el
    pan y dio las gracias. Partiéndolo, se los entrego.
    024:031 Los ojos de los discípulos se abrieron, y lo reconocieron, y
    Él desapareció de su vista.
    024:032 Se dijeron unos a otros, «¿No estaban nuestros corazones
    quemándonos, mientras hablaba en el camino, y mientras nos
    explicaba las escrituras?»
    024:033 Se levantaron en aquel momento, y regresaron a Jerusalén, y
    encontraron a los once reunidos, y a quienes estaban con
    ellos,
    024:034 les dijeron, «¡El Señor ha resucitado en realidad, y se ha
    aparecido a Simón!
    024:035 Contaron lo que había ocurrido durante el camino, y como lo
    reconocieron cuando partía el pan.

    024:036 Mientras decían estas cosas, Jesús mismo apareció entre ellos,
    y les dijo, «La Paz esté con ustedes[217].»

    024:037 Pero ellos estaban aterrorizados y llenos de miedos, y
    suponían que habían visto un espíritu.

    024:038 Él les dijo, «¿Por qué están preocupados? ¿Por qué se levantan
    dudas en sus corazones?
    024:039 Miren mis manos y mis pies, soy en verdad yo. Toquen y vean,
    porque un espíritu no tiene carne y huesos, como ustedes ven
    que yo tengo.»
    024:040 Después de decir esto, les mostró sus manos y sus pies.
    024:041 Mientras que aún no podían creerlo de la felicidad y se
    cuestionaba, Él les dijo, «¿Tienen aquí algo para comer?»

    024:042 Le dieron un pedazo de pescado cocido y algo de miel[218].
    024:043 Él los tomó y los comió frente a ellos.
    024:044 Les dijo, «Esto es lo que les había dicho, mientras estuve con
    ustedes, que todas las cosas que están escritas en la ley de
    Moisés, los profetas y los salmos, con respecto a mí deben
    cumplirse.»

    024:045 Entonces abrió sus mentes, y ellos pudieron entender las
    Escrituras.
    024:046 Les dijo, «Así que esto estaba escrito, y entonces era
    necesario para el Cristo sufrir y resucitar de entre los
    muertos al tercer día,
    024:047 y el arrepentimiento y el perdón de los pecados debe ser
    predicado en su nombre por todas las naciones, comenzando en
    Jerusalén[219].
    024:048 Ustedes son testigos de estas cosas.
    024:049 Observen, yo envío sobre ustedes la promesa de mi Padre. Pero
    esperen en la ciudad de Jerusalén hasta que estén revestidos
    de poder desde lo alto.»

    024:050 Los guió hasta Betania, y levantó sus manos, y los bendijo.
    024:051 Ocurrió, mientras los bendecía, que fue tomado de su lado, y
    fue llevado al cielo.
    024:052 Ellos lo alabaron, y regresaron a Jerusalén con gran alegría,
    024:053 y estuvieron continuamente en el templo, alabando y
    bendiciendo a Dios. Amen.

    ————–

    [1] Versión: 0.9. Damos gracias a Dios. Traducción basada
    especialmente en [WEB]. Los nombres en español han sido
    tomados de
    [DiosHablaHoy]. Algunos cambios en la traducción (anotados en
    pies
    de página) se basan en [DieBibel], [DiosHablaHoy] y
    [Peshitta].
    Hasta el momento han colaborado traduciendo a español,
    comparando y
    corrigiendo: Melissa Giraldo y Vladimir Támara. Las
    comparaciones
    con [TR], [NU] y [MT] son tomadas de [WEB] y fueron realizadas
    por
    Michael Jhonson. Puede buscar una versión más actualizada en
    http:/
    /de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdpo ayudar a mejorar esta
    traducción en la lista evangelios-dp a la que puede
    suscribirse en:
    http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp

    [2] [Peshitta] dice `en la rectitud.´

    [3] [Peshitta] dice `perfecta.´

    [4] [Peshitta] dice `Paz contigo, llena de gracia.´

    [5] [DieBibel] dice `que soy virgen,´ la traducción escogida
    es
    tomada de [Peshitta].

    [6] [WEB] dice `Porque todo lo que es dicho por Dios es
    posible,´
    la traducción escogida concuerda con [Peshitta], [DieBibel] y
    [
    DiosHablaHoy].

    [7] [Peshitta] dice `ha logrado la victoria con su brazo,´ [
    DieBibel] dice `Con su brazo realiza obras poderosas,´ [
    DiosHablaHoy] dice `Actuó con todo su poder.´

    [8] [Peshitta] dice `pensamiento´ en lugar de `imaginación,´ [
    DieBibel] dice `Destruye a los que están llenos de orgullo en
    el
    corazón,´ [DiosHablaHoy] dice `deshizo los planes de los
    orgullosos.´

    [9] [WEB] dice `príncipes.´ `poderosos´ concuerda con
    [Peshitta] y
    [DieBibel], [DiosHablaHoy] dice `reyes.´

    [10] [Peshitta] dice `y Él ha recordado su piedad,´
    [DiosHablaHoy]
    dice `y no se olvido de tratarlo con misericordia,´ [DieBibel]
    dice
    `y piensa en su piedad.´

    [11] [DiosHablaHoy] y [DieBibel] dicen `descendientes.´

    [12] [Peshitta] dice `ninguno de su clan.´

    [13] Esta traducción coincide con la de [WEB] y [Peshitta]. [
    DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `Nos ha enviado un poderosos
    salvador.´

    [14] `Y nos daría,´ no aparece en [WEB], pero si en
    [Peshitta].

    [15] [Peshitta] y [DieBibel] dicen `su camino,´ [WEB] y [
    DiosHablaHoy] dicen `sus caminos.´

    [16] [Peshitta] dice `la vida.´

    [17] [Peshitta] dice `un rayo.´

    [18] [WEB] y [DiosHablaHoy] dicen `todo el mundo,´ [DieBibel]
    dice
    `los habitantes del reino,´ la traducción escogida es de
    [Peshitta]

    [19] [Peshitta] dice `esperanza a los buenos hijos del
    hombre,´ [
    DiosHablaHoy] dice `entre los hombres que gozan de Su favor,´
    [
    DieBibel] dice `a los hombres de Su gracia.´

    [20] «Cristo» (Griego) y «Mesías» (Hebreo) significan «El
    Ungido.»

    [21] [Peshitta] dice `piedad.´

    [22] [WEB] y [DiosHablaHoy] dice `personas,´ [DieBibel] dice
    `pueblos,´ [Peshitta] dice `naciones.´

    [23] [WEB] y [DiosHablaHoy] dicen `todas las naciones,´
    [Peshitta]
    y [DieBibel] dicen `los gentiles.´

    [24] [WEB] dice `que habla en contra,´ [DiosHablaHoy] dice
    `que
    muchos rechazarán,´ [DieBibel] dice `contradictoria.´

    [25] [WEB] dice `peticiones,´ [DieBibel], [DiosHablaHoy] y [
    Peshitta] dicen `oración.´

    [26] [Peshitta] dice `su gente.´

    [27] [DieBibel] y [WEB] dicen `entendimiento,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `inteligencia,´ [Peshitta] dice `sabiduría.´

    [28] [WEB] dice `La voz de uno gritando en el desierto,´
    [Peshitta
    ], [DiosHablaHoy] y [DieBibel] dicen `Una voz.´

    [29] [DiosHablaHoy] dice `los caminos torcidos serán
    enderezados,´
    [Peshitta] dice `lo abrupto se suavizará.´

    [30] [Peshitta] dice `y la tierra difícil se hará plana.´

    [31] [Peshitta] dice `vida,´ [DieBibel] dice `santidad,´ [WEB]
    y [
    DiosHablaHoy] dicen `salvación.´

    [32] [Peshitta] dice `también enseñaba muchas otras cosas y
    declaraba ante la gente,´ [DieBibel] dice `Con estas y muchas
    otras
    palabras aconsejaba al pueblo en su predica,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `de este modo y con muchos otros consejos, Juan anunciaba las
    buenas noticias a la gente.´

    [33] [TR], [DiosHablaHoy] y [Peshitta] dicen `de su hermano
    Felipe.
    ´

    [34] [WEB] une `y oraba´ a la oración anterior.

    [35] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] agregan Admin como padre de
    Aminadab e hijo de Arni. La genealogía presentada concuerda en
    [WEB
    ] y [Peshitta]. [WEB] agrega como nota al pie de página
    `Algunos
    textos agregan, «el hijo de Joram.»´

    [36] [DieBibel] dice `de la estirpe de Dios,´ [Peshitta] dice
    `que
    era de Dios.´

    [37] [Peshitta] dice `el acusador.´

    [38] Esta parte no aparece en [Peshitta].

    [39] [Peshitta] agrega `con perdón.´

    [40] [Peshitta] dice `se reunía a su alrededor.´

    [41] [Peshitta] dice `los hijos del hombre serán pescados para
    la
    vida.´

    [42] [Peshitta] y [DiosHablaHoy] dicen `maravillas,´
    [DieBibel]
    dice `cosas increíbles.´

    [43] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `invitados a la boda,´
    [
    Peshitta] dice `hijos.´

    [44] [WEB] dice `el segundo sabático después del primero.´ Ni
    [
    Peshitta], ni [DieBibel], ni [DiosHablaHoy] mencionan
    `segundo.´

    [45] [WEB] dice `el pan para exhibir,´ [Peshitta] dice `el pan
    de
    la mesa del Señor,´ [DieBibel] dice `sagrado,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `consagrado a Dios.´

    [46] En [Peshitta] y [DieBibel] está parte aparece en el
    versículo
    18.

    [47] [WEB] dice `ridiculicen,´ `insulten´ aparece en
    [DiosHablaHoy]
    y [DieBibel]. [Peshitta] dice `reprochen.´

    [48] [TR] agrega «de ustedes.»

    [49] [TR] agrega «todos.»

    [50] [Peshitta] dice `que bendición es para ustedes,´
    [DiosHablaHoy
    ] dice `que hacen de extraordinario,´ [DieBibel] dice `que
    gracias
    esperan.´

    [51] [Peshitta] dice `y no corten las esperanzas de los
    hombres.´

    [52] Literalmente, en sus pechos. [DiosHablaHoy] dice `en sus
    bolsas.´

    [53] [Peshitta] dice `que sea perfecto.´

    [54] [WEB] y [DieBibel] dicen `salvar,´ [DiosHablaHoy] dice
    `sanar,
    ´ [Peshitta] dice `dar vida.´

    [55] [Peshitta] agrega `siervo.´

    [56] [DiosHablaHoy] dice `Dichoso aquel que no pierda su
    confianza
    en mí,´ el mismo sentido tiene [DieBibel].

    [57] [WEB] dice `autoridad.,´ [Peshitta] y [DieBibel] dicen
    `voluntad.´

    [58] Así dice en [TR]. [MT], [DieBibel], [DiosHablaHoy] y
    [Peshitta
    ] omiten «Y el Señor dijo.»

    [59] [WEB] y [DieBibel] dicen `sus hijos,´ [Peshitta] y [
    DiosHablaHoy] dicen `obras.´

    [60] [Peshitta] dice `aceite de incienso.´

    [61] [TR] dice «lo» en vez de «los.»

    [62] Esta parte no aparece en [Peshitta].

    [63] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dice `salvada,´ [Peshitta]
    dice
    `vivirá.´

    [64] En [DiosHablaHoy] y [DieBibel] no dice que los puso a
    todos
    afuera.

    [65] En [DiosHablaHoy] dice `ella volvió a la vida,´ en
    [DieBibel]
    dice `la vida regreso a ella.´

    [66] [TR] dice «sus doce discípulos» en vez de «los doce.»

    [67] [Peshitta] agrega `y ciudades.´

    [68] [Peshitta] dice `por sus manos´ (las de los apóstoles).

    [69] En [Peshitta] esta parte aparece pero no como palabras de
    Jesús.

    [70] [WEB] no dice `diariamente,´ aunque si lo dicen TR, [NU],
    [
    Peshitta], [DieBibel] y [DiosHablaHoy] lo agregan.

    [71] [Peshitta] dice `hacer vivir su alma la destruirá.´

    [72] [Peshitta] dice `destruye o pierde su alma.´

    [73] [DieBibel] dice `resplandeciente luz,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `rodeados de un resplandor glorioso.´

    [74] Literalmente «éxodo.»

    [75] [Peshitta] dice `estaba por cumplirse.´

    [76] [Peshitta] dice `cuando Moisés y Elías entraron a la
    nube.´

    [77] [Peshitta] dice `entró un pensamiento en ellos.´

    [78] [Peshitta] y [DieBibel] dicen `ustedes.´

    [79] La frase «No saben de que clase de espíritu son. Porque
    el
    Hijo del Hombre no vino a destruir vidas de hombres, sino a
    salvarlas.» no aparece ni en [DieBibel] ni en [DiosHablaHoy],
    aunque [DieBibel] tiene una nota de pie de página que dice que
    algunos textos la añaden.

    [80] [Peshitta] agrega `de sus discípulos,´ [DieBibel] y [
    DiosHablaHoy] dicen `setenta y dos.´

    [81] literalmente, «antes de su rostro»

    [82] [Peshitta] sólo dice `vayan.´

    [83] Hades es la región más baja de la muerte, o infierno.

    [84] [WEB] dice `abogado.´

    [85] [WEB] dice `animal,´ [Peshitta] dice `burro,´
    [DiosHablaHoy] y
    [DieBibel] dicen `cabalgadura.´

    [86] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen sólo `Padre.´

    [87] En [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dice `santificado sea tu
    nombre.´

    [88] En [DieBibel] y [DiosHablaHoy] no dice esta oración.
    [Peshitta
    ] y [WEB] si la incluyen.

    [89] [WEB] dice `están en deuda con nosotros,´ [DieBibel] y [
    DiosHablaHoy] dicen `a todos los que nos han hecho mal.´

    [90] [Peshitta] dice `no nos guíes a pruebas.´

    [91] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] no dicen esta parte,
    [Peshitta]
    dice `sálvanos del malo.´

    [92] [WEB] y en [Peshitta] dicen `Cuál de ustedes', [DieBibel]
    dice
    `Cuando uno de ustedes', [DiosHablaHoy] dice `Supongamos que
    uno de
    ustedes'.

    [93] [Peshitta] dice `pidan.´

    [94] [Peshitta] dice `se ha acercado a ustedes.´

    [95] [WEB] comienza con `Por el contrario,´ [DieBibel] dice
    `Más
    benditos,´ [DiosHablaHoy] dice `dichosos más bien.´

    [96] [Peshitta] y [DiosHablaHoy] dicen `lugar escondido,´
    [DieBibel
    ] dice `esquina escondida.´

    [97] [DieBibel] dice `tu ojo da luz a tu cuerpo, cuando el ojo
    está
    sano entonces también el cuerpo entero será claro. Pero cuando
    esté
    enfermo el cuerpo estará en oscuridad.´

    [98] [WEB] dice `abogados,´ [Peshitta] dice `escribas,´
    [DieBibel]
    y [DiosHablaHoy] dicen `maestros de la ley.´

    [99] [WEB] dice `pereció,´ [Peshitta] dice `fue asesinado.´

    [100] [WEB] dice `a sacar muchas cosas de Él,´ [DieBibel] y [
    DiosHablaHoy] dicen `comenzaron a molestarlo con muchas
    preguntas,´
    [Peshitta] dice `a criticar sus palabras.´

    [101] En [Peshitta] lo que Jesús dice a sus discípulos
    comienza con
    `primero que todo.´

    [102] o infierno

    [103] Un asarión era un pequeña moneda de cobre que equivalía
    aproximadamente a una hora de pago por el trabajo de un
    agricultor.

    [104] [Peshitta] dice `perdido ante Dios.´

    [105] [Peshitta] dice `cómo van a respirar,´ [DiosHablaHoy] y
    [
    DieBibel] dicen `cómo van a defenderse.´

    [106] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen puede alargar un
    instante/
    una hora su vida.

    [107] [Peshitta] añade `por estas cosas.´

    [108] [DieBibel] dice `administrador,´ [DiosHablaHoy] dice
    `mayordomo.´

    [109] [Peshitta] dice `intoxicarse´

    [110] [WEB] dice `cortará en dos,´ [Peshitta] dice `dividirá,´
    [
    DiosHablaHoy] dice `lo castigará,´ [DieBibel] dice `lo cortará
    en
    pedazos.´

    [111] [WEB], [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `paz,´
    [Peshitta]
    dice `tranquilidad.´

    [112] Literalmente `lepton.´ Un lepton es una moneda Judía muy
    pequeña de cobre y zinc, cuyo valor es medio cuadrante romano,
    que
    es un cuarto de un asarión de cobre.

    [113] [Peshitta] dice `a los trabajadores.´

    [114] [Peshitta] dice `el próximo año.´

    [115] En [DieBibel] dice `no permitan ser sanados en día
    sabático.´

    [116] literalmente, tres sata. 3 sata son cerca de 39 litros.

    [117] [Peshitta] dice `vivirán.´

    [118] [Peshitta] dice `trabajadores de la falsedad,´
    [DiosHablaHoy]
    dice `malhechores,´ [DieBibel] `todos ustedes que han hecho
    injusticias.´

    [119] [TR] dice «burro» en lugar de «hijo»

    [120] [DieBibel] dice `el puesto más bajo.´

    [121] En [WEB], [Peshitta] dice 'no odia'. La traducción aquí
    escogida 'no me ama más que' es tomada de [DiosHablaHoy].

    [122] Un moneda dracma equivalía aproximadamente al sueldo de
    dos
    días de trabajo agrícola.

    [123] [Peshitta] dice `de muchos.´

    [124] [Peshitta] agrega `una parábola.´

    [125] [DieBibel] dice `para trabajo pesado no sirvo,´
    [DiosHablaHoy
    ] dice `no tengo fuerzas para trabajar la tierra,´ [Peshitta]
    dice
    `no puedo cavar.´

    [126] 100 batos son aproximadamente 395 litros, 104 galones
    E.U.A.
    o 87 galones imperiales.

    [127] 100 cores son aproximadamente 3,910 litros.

    [128] En [DieBibel] dice `él dijo.´

    [129] [Peshitta] dice `verdaderamente les creerá.´

    [130] [DieBibel] dice `esclavo.´

    [131] [WEB] dice `trazo de esfero,´ [Peshitta] dice `una
    letra.´

    [132] [Peshitta] dice `ofensas.´

    [133] [Peshitta] agrega `de un burro.´

    [134] En [DiosHablaHoy] dice `no lo volveré a hacer,´
    [DieBibel]
    dice `cambiaré.´

    [135] [Peshitta] dice `árbol,´ [DiosHablaHoy] dice `morera´

    [136] Ni [DieBibel] ni [DiosHablaHoy] dicen 'Pienso que no'.

    [137] Ni [WEB], ni [Peshitta] dicen `Sólo.´

    [138] [Peshitta] dice `se cruzó con los samaritanos de
    Galilea.´

    [139] [WEB] y [Peshitta] dicen `dentro de ustedes,´ [DieBibel]
    dice: "El Reino de Dios está (ya) entre ustedes", con nota de
    pie
    de página que dice que hay otras posibilidades de traducción:
    "El
    Reino de Dios está un día/repentinamente entre ustedes", o "El
    Reino de Dios está en ustedes". Dice que la última forma no
    concuerda con la forma de nombrar las obras de Dios en el
    interior
    de los hombres en los evangelios. [DiosHablaHoy] dice "entre
    ustedes" con nota al pie de página que dice otra posibilidad
    de
    traducción "dentro de ustedes".

    [140] [Peshitta] dice `brilla todo el cielo.´

    [141] [WEB] dice `De dos,´ [Peshitta], [DiosHablaHoy] y
    [DieBibel]
    dicen `De dos mujeres.´

    [142] Algunos manuscritos en griego y [Peshitta] agregan como
    versículo 36: «De dos que estén en el campo, uno será tomado y
    el
    otro dejado.»

    [143] [Peshitta] dice `Él no deseaba.´

    [144] [DieBibel] agrega `O de lo contrario al final vendrá y
    me
    golpeará la cara.´

    [145] [Peshitta] dice `vengará.´

    [146] [Peshitta] dice `y su largo sufrimiento con ellos,´
    [DieBibel
    ] dice `no los ayudará sino dudará en hacerlo?´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `¿Los hará esperar?´

    [147] [Peshitta] dice `vengará.´

    [148] [Peshitta] dice `más recto.´

    [149] [Peshitta] dice `cuerda.´

    [150] [Peshitta] dice `vivir.´

    [151] [Peshitta] no dice `tratado de forma aberrante´ sino `lo
    escupirán en su cara.´

    [152] [Peshitta] dice `te ha dado vida.´

    [153] [DieBibel] dice `se ha regalado santidad,´ [Peshitta]
    dice
    `vida.´

    [154] [Peshitta] dice `hacer vivir.´

    [155] 10 minas eran mas de tres años de paga de un agricultor.

    [156] [Peshitta] dice `embajadores.´

    [157] [Peshitta] dice `talentos.´

    [158] [Peshitta] dice `monedero.´

    [159] [Peshitta] dice `a intercambio´

    [160] En la versión en inglés dice «Bethsphage», mientras que
    [TR]
    y [NU] dicen «Bethpage.»

    [161] [Peshitta] dice `Beth Zayteh.´

    [162] [Peshitta] dice `milagros.´

    [163] [WEB] dice `hacen parte de tu paz,´ [Peshitta] dice
    `eran
    para tu paz.´

    [164] [Peshitta] no dice esto.

    [165] [Peshitta] dice `los escribas y los ancianos del
    pueblo.´

    [166] [DieBibel] dice `la gente lo oía gustosa.´

    [167] [Peshitta] no dice `Buena Nueva.´

    [168] [TR] y [Peshitta] dicen "jefes de los sacerdotes".

    [169] [NU] (en paréntesis cuadrados), [TR] y [Peshitta]
    agregan «
    cierto.»

    [170] [Peshitta] dice `juicio.´

    [171] [Peshitta] dice `no eres hipócrita.´

    [172] [Peshitta] dice `de obtener de él una palabra.´

    [173] [WEB] dice `esta época,´ [Peshitta], [DieBibel] y [
    DiosHablaHoy] dicen `mundo.´

    [174] [DieBibel] y [Peshitta] dicen `un juicio más severo.´

    [175] Se refiere a la urna para ofrendas del templo.

    [176] En [WEB] dice `dos pequeñas monedas de cobre y zinc,´ y
    una
    nota al pie de página que dice, `literalmente «dos lepta.» 2
    lepta
    eran cerca del 1% del jornal diario de un trabajador
    agrícola.´

    [177] [Peshitta] dice `Yo soy el Mesías.´

    [178] [Peshitta] no dice esto

    [179] [Peshitta] agrega `y los inviernos serán severos.´

    [180] [Peshitta] dice `traicionados.´

    [181] [Peshitta] dice `y ellos matarán a algunos de ustedes.´

    [182] [Peshitta] dice `almas.´

    [183] [Peshitta] dice `Casa de los Olivos.´

    [184] [Peshitta] agrega `y los escribas.´

    [185] En [WEB] y [Peshitta] dice `en el que la Pascua debe ser
    sacrificada.´

    [186] 22,17 es omitido en [Peshitta].

    [187] 22,18 omitido en [Peshitta].

    [188] [Peshitta] dice `los reyes de los gentiles son sus
    señores´

    [189] [Peshitta] dice `les prometo así como el padre me ha
    prometido.´

    [190] La palabra para «hermanos» acá también puede traducirse
    correctamente como «hermanos y hermanas.»

    [191] [DieBibel] y [Peshitta] dicen `porque todo lo que está
    dicho
    sobre mí debe cumplirse.´

    [192] [WEB] dice `es suficiente,´ [Peshitta] dice `son
    suficientes,
    ´ [DiosHablaHoy] dice `basta ya.´

    [193] [Peshitta] agrega «pues esta era la señal que él les
    había
    dado `al que bese, ese es.´»

    [194] [WEB] dice `Al menos déjenme hacer esto´; [DieBibel]
    dice
    `Basta de eso!´; [DiosHablaHoy] dice `Déjenlos; ya basta´; [
    Peshitta] dice `Eso es suficiente.´

    [195] [DieBibel] dice `ahora la oscuridad tiene el poder.´

    [196] [WEB] agrega `y lo llevaron´

    [197] [Peshitta] dice `también estás con ellos.´

    [198] [Peshitta] no dice `y lo golpeaban.´

    [199] [Peshitta] dice `blasfemaban.´

    [200] [Peshitta] dice `algunas señales.´

    [201] [Peshitta] dice `un vestido púrpura.´

    [202] [Peshitta] dice `eran enemigos desde el comienzo.´

    [203] [Peshitta] dice `mandatarios de la gente.´

    [204] [DieBibel] no dice esta parte, aunque la agrega en un
    pie de
    página indicando que algunos textos la incluyen. [Peshitta]
    dice
    `Era una costumbre que les liberara a un preso en la fiesta.´

    [205] [Peshitta] dice `hizo vivir a otros.´

    [206] [Peshitta] dice `blasfemaba y le dijo.´

    [207] El tiempo se contaba desde la salida del sol, así que la
    sexta hora esa cerca del mediodía.

    [208] 3:00 PM

    [209] [Peshitta] dice `y se terminó.´

    [210] [Peshitta] agrega `de Arimatea, una ciudad de Judea.´

    [211] [Peshitta] dice `el día se estaba terminando.´

    [212] [DieBibel] no dice `y otros.´

    [213] En [DiosHablaHoy] dice `Las que llevaron la noticia a
    los
    apóstoles fueron María Magdalena, Juana, María madre de
    Santiago y
    las otras mujeres.´

    [214] 60 estadios = cerca de 11 kilómetros o cerca de 7
    millas.

    [215] [Peshitta] dice `Algunas de nuestras mujeres.´

    [216] [Peshitta] dice `y el los hizo suponer que iba a un
    lugar
    distante.´

    [217] [Peshitta] agrega `Soy yo, no tengan miedo.´

    [218] [DieBibel] no menciona la miel.

    [219] [DieBibel] dice `predicar para la conversión y así el
    perdón
    de los pecados.´

    Bibliografía

    [DieBibel] Einheitsübersetzung der Heiligen Schrift. Die
    Bibel.
    Gesamtausgabe. Otto Knoch, Heinrich Arenhe, Gerhard Barth, et
    al.
    Verlag Katholissches Bibelwerk GmbH. 1980. Todos los derechos
    reservados.

    [DiosHablaHoy] Dios Habla Hoy. La Biblia. Sociedades bíblicas
    unidas. 1995. Todos los derechos reservados.

    [Peshitta] Peshitta Aramaic/English Interlinear New Testament.
    Paul
    D. Younan. http://www.peshitta.org/ Permite uso o reproducción
    de
    cualquier parte en cualquier forma sin permiso previo.

    [WEB] World English Bible Michael Johnson con base en American
    Standard Bible de 1911. http://www.ebible.org 2002. Dominio
    público.

    [Elberfelder] Johannes Evangelium: mit Erklärungen von Werner
    Heukelbach. Elberfelder. Missionswerk Werner Heukelbach. Todos
    los
    derechos reservados.

    [esv] Las sagradas Escrituras Versión Antigua. Russell Martin
    Stendal. Copyright (c) 1999. Puede ser usada libremente
    siempre y
    cuando su contenido no sea alterado.

    [TR] Textus Receptus. Greek New Testament underlying the King
    James
    Version.

    [NU] Nestle-Aland ed. 27/UBS ed. 4.

    [MT] Majority Text Greek New Testament.

    ——————————————————————-

  • Buena Nueva de acuerdo a Juan Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Buena Nueva de acuerdo a Juan Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Aproximadamente 20.281 palavras.

    Development site http://de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp

    ——————————————————————-

    Esta traducción se basa especialmente en la biblia World English
    Bible – WEB (http://www.ebible.org). Así como la biblia World
    English Bible, esta traducción y sus fuentes se liberan al dominio
    público. En particular están permitidos por siempre el uso
    ilimitado, la redistribución, reproducción y retransmisión por
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    Nosotros, los traductores, no ofrecemos garantía alguna, sólo
    quisiéramos hacer la voluntad de Dios (aunque no estamos seguros de
    estar haciéndola bien). Sin los conocimientos, ni autoridad que
    requiere una traducción de un texto inspirado por Dios, nos
    atrevimos a comenzar porque no habíamos encontrado una versión de
    este texto en español y de dominio público. Probablemente al
    traducir hemos introducido errores y eventualmente la versión en la
    que nos basamos también tenga (aunque hemos procurado comparar con
    otras traducciones). Quien movido por su fe en Jesús desee mejorar
    esta traducción está cordialmente invitados al grupo virtual
    evangelios-dp http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp Puede
    buscar actualizaciones o citar como fuente de la traducción:
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    Lo invitamos a difundir
    esta traducción, a mejorarla pero sobre todo a colaborar en la
    construcción del Reino de Dios que creemos se logra haciendo la
    voluntad de Dios, siguiendo a Jesús.

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    Buena Nueva de acuerdo a Juan

    ——————————————————————-
    [1]

    1

    001:001 Al comienzo estaba la Palabra[2] la cual estaba con Dios y la
    Palabra era Dios [3].
    001:002 Lo mismo era al comienzo con Dios [4].
    001:003 Todas las cosas fueron creadas a través de Él. Sin Él no se
    habría creado nada de lo que se ha creado.
    001:004 En Él estaba la vida, y la vida fue la luz de los hombres.
    001:005 La luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no la
    subyugó[5].
    001:006 Llegó un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan.
    001:007 El mismo vino como un testigo, para atestiguar sobre la luz
    para que todos pudieran creer a través de él.
    001:008 Él no era la luz, pero fue enviado para poder dar testimonio
    sobre la luz.
    001:009 La luz verdadera que ilumina a todos estaba llegando al
    mundo[6].

    001:010 Él estaba en el mundo y el mundo fue hecho a través de Él, y
    el mundo no lo reconoció.
    001:011 Él vino a sus propios y aquellos que eran sus propios no lo
    recibieron.
    001:012 Pero a cuantos lo recibieron, a ellos les dio el derecho[7] de
    convertirse en hijos de Dios, aquellos que creyeron en su
    nombre:
    001:013 quienes no nacieron de la sangre, ni del deseo de carne, ni
    del deseo del hombre sino de Dios.
    001:014 La palabra se convirtió en carne y vivió entre nosotros. Vimos
    su gloria, tal gloria como la del único Hijo del Padre, lleno
    de gracia y verdad.
    001:015 Juan dio testimonio de Él. Gritó diciendo « Este es aquel del
    que yo decía, `Él que viene detrás mi me sobrepasa porque Él
    estaba antes que yo.´»
    001:016 De su abundancia todos hemos recibido gracia sobre gracia[8].
    001:017 Pues la ley fue dada a través de Moisés. La gracia y la
    verdad[9] llegaron a través de Jesús Cristo.
    001:018 Nadie ha visto a Dios en ningún momento. El único Hijo[10],
    que esta en el corazón del Padre, Él lo ha declarado.

    001:019 Este es el testimonio de Juan, cuando los Judíos mandaron
    sacerdotes y Levitas de Jerusalén a preguntarle, «¿Quien
    eres?»

    001:020 El confesó, y no lo negó, sino que declaró, «Yo no soy el
    Cristo. »

    001:021 Ellos le preguntaron, «¿Entonces quién? ¿Eres Elías?»
    Él dijo, «Yo no soy.»
    «¿Eres tu el Profeta?»
    Él contestó, «No»

    001:022 Ellos le dijeron entonces, «¿Quién eres? Danos una respuesta
    para llevarla a los que nos enviaron. ¿Qué dices sobre ti
    mismo?»

    001:023 Él dijo, «Soy la voz de alguien que grita en el desierto,
    `Enderecen el camino del Señor,´ como el profeta Isaías
    dijo.»

    001:024 Los que habían sido enviado eran de los fariseos.
    001:025 Le preguntaron, «¿Por qué bautizas, si no eres Cristo, ni
    Elías, ni el Profeta?»

    001:026 Juan les contestó, «Yo bautizo en agua, pero entre ustedes hay
    uno que ustedes no conocen.
    001:027 Él es quien viene después de mí, pero que está antes de
    mi[11], de quien no soy digno de amarrar sus sandalias.»
    001:028 Estas cosas ocurrieron en Betania más allá del Jordán [12] ,
    donde Juan estaba bautizando.

    001:029 Al día siguiente,vio a Jesús llegando donde él, y le dijo, «¡
    Observen, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!
    001:030 Este es de quien yo he dicho, `Después de mi viene un hombre
    que es preferido sobre mi, porque Él estaba antes que yo.´
    001:031 No lo conocía, pero por esta razón yo vine bautizando con
    agua: para que Él fuera revelado a Israel.»
    001:032 Juan dio testimonio diciendo, «He visto al Espíritu
    descendiendo como una paloma del cielo, y permaneció sobre Él.
    001:033 Yo no lo reconocía, pero aquel que me envió a bautizar en
    agua, me dijo, `En quien veas al Espíritu descendiendo y
    permaneciendo sobre Él, será el mismo que bautiza en el
    Espíritu Santo.´
    001:034 Yo he visto, y doy testimonio que este es el Hijo de Dios.»

    001:035 Nuevamente al día siguiente[13], Juan se encontraba con dos de
    sus discípulos,
    001:036 vio a Jesús cuando se acercaba y dijo, «¡ Observen, el Cordero
    de Dios!»
    001:037 Los dos discípulos lo escucharon hablar, y siguieron a Jesús.
    001:038 Jesús se dio vuelta, los vio siguiéndolo, y les dijo, «¿Qué
    están buscando?»
    Ellos le dijeron, «Rabí» (lo cual se interpreta como
    Maestro[14]) « ¿Dónde te estás quedando?»

    001:039 Él les dijo, «Vengan y vean.»
    Fueron y vieron donde se estaba quedando, y se quedaron con Él
    ese día. Era aproximadamente la décima hora[15].
    001:040 Uno de los dos que habían escuchado a Juan, y lo había seguido
    era Andrés, hermano de Simón Pedro.
    001:041 Primero encontró a su propio hermano Simón y le dijo «Hemos
    encontrado al Mesías!» (que se interpreta como Cristo [16]).
    001:042 Lo llevo donde Jesús. Jesús lo miró, y dijo, «Tu eres Simón,
    el hijo de Jonás[17] . Tu serás llamado Cefas» (que se
    interpreta como Pedro [18]).
    001:043 Al día siguiente, estaba determinado a ir a Galilea, y
    encontró a Felipe. Jesús le dijo, «Sígueme.»
    001:044 Ocurría que Felipe era de la ciudad de Betsaida[19], de la
    ciudad de Andrés y Pedro.
    001:045 Felipe encontró a Natanael, y le dijo, «Lo hemos encontrado, a
    aquel sobre quienes escribieron los profetas y Moisés en la
    ley: Jesús de Nazaret, el hijo de José.»

    001:046 Natanael le dijo, «¿Puede algo bueno venir de Nazaret?»
    Felipe le dijo, «Ven y ves.»

    001:047 Jesús vio a Natanael acercándose, y le dijo, «¡Observen, un
    Israelita de verdad, en quien no hay fraude!

    001:048 Natanael le dijo, «¿Cómo me conoces?»
    Jesús le contestó, «Antes de que Felipe te llamara, cuando
    estabas debajo del árbol de higos, te vi.»

    001:049 Natanael le contestó, «Rabí, ¡Tu eres el Hijo de Dios! ¡Tu
    eres el Rey de Israel!»

    001:050 Jesús le contestó, «¿Crees porque te dije, `Te vi debajo del
    árbol de higos´? ¡Verás cosas más grande que estas!»
    001:051 Le dijo, « Con seguridad, te digo, desde ahora verás el cielo
    abierto, y a los ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo
    sobre el Hijo del Hombre.»

    2

    002:001 Al tercer día, hubo una boda en Caná de Galilea. La madre de
    Jesús estaba allí.
    002:002 Jesús también fue invitado a la boda junto con sus discípulos.
    002:003 Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo, « No
    tienen más vino.»

    002:004 Jesús le dijo, «Mujer, ¿Qué tiene que ver eso contigo o
    conmigo[20 ]? Mi hora aún no ha llegado.»

    002:005 Su madre le dijo a los criado, «Lo que sea que él les diga,
    háganlo.»
    002:006 Habían seis jarras de piedra ubicadas de acuerdo a la forma
    Judía de purificar[21], contenían dos o tres metretes [22]
    cada una.
    002:007 Jesús les dijo, «Llenen las jarras con agua.» Ellos las
    llenaron hasta el borde.
    002:008 El les dijo, «Ahora saquen algo, y llévenlo al anfitrión de la
    fiesta.» Entonces así lo hicieron.
    002:009 Cuando el anfitrión de la fiesta probó el agua, entonces
    convertida en vino, sin saber de donde venia (aunque los
    criados que habían tomado el agua lo sabían), llamó al recién
    casado,
    002:010 y le dijo, «Todos sirven el vino bueno primero, y cuando los
    invitados han bebido libremente[23], el que es peor. ¡Tu has
    guardado el vino bueno hasta ahora!»
    002:011 Esto da comienzo a las señales que Jesús hizo en Caná de
    Galilea, y reveló su gloria; y sus discípulos creyeron en Él.

    002:012 Después de esto, siguió hacia Capernaum, Él, su madre, sus
    hermanos[24] , y sus discípulos; y permanecieron allí algunos
    días.
    002:013 La Pascua de los Judíos estaba a mano, y Jesús se dirigía a
    Jerusalén.
    002:014 En el templo encontró a algunos que vendían bueyes, ovejas y
    palomas y a cambiadores de dinero sentados.
    002:015 Hizo una correa con cuerdas, y los sacó a todos del templo,
    junto con ovejas y bueyes, regó el dinero de los cambiadores y
    y volteó sus mesas.
    002:016 A los que vendían palomas, les dijo, «¡Saquen de aquí estas
    cosas! ¡No hagan de la casa de mi Padre un mercado!
    002:017 Sus discípulos recordaron que estaba escrito «El fervor por tu
    casa me consume.»

    002:018 Los Judíos entonces le dijeron, «¿Qué señal nos muestras, en
    vista de que haces estas cosas?»

    002:019 Jesús les contestó, «Destruyan este templo, y en tres días lo
    levantaré.»

    002:020 Los Judíos entonces le dijeron, «Este templo estuvo en
    construcción durante cuarenta y seis años, ¿Y tu lo levantarás
    en tres días?»
    002:021 Pero Él hablaba del templo de su cuerpo.
    002:022 Después, cuando se levantó de entre los muertos, sus
    discípulos recordaron que había dicho esto, y creyeron en la
    Escritura, y en la palabra que Jesús había dicho.

    002:023 Cuando estuvo en Jerusalén en la Pascua, durante la fiesta,
    muchos creyeron en su nombre, al ver las señales que hacía.
    002:024 Pero Jesús no se confiaba de ellos, porque los conocía a todos
    002:025 y porque no necesitaba que alguien diera testimonio sobre los
    hombres; porque Él mismo conocía lo que estaba dentro de los
    hombres.

    3

    003:001 Ocurrió que había un hombre de los fariseos llamado Nicodemo,
    un dirigente de los Judíos.
    003:002 El mismo fue donde Jesús en la noche, y le dijo, «Rabí,
    sabemos que eres un maestro venido de Dios, porque nadie puede
    hacer estas señales que haces, a menos que Dios esté con él.»

    003:003 Jesús le contestó, «Con seguridad, te digo, a menos que se
    nazca de nuevo[25], no es posible ver el Reino de Dios.»

    003:004 Nicodemo le dijo, «¿Cómo puede un hombre nacer cuando es
    viejo? ¿ Puede entrar una segunda vez al vientre de su madre y
    nacer?»

    003:005 Jesús le contestó, «Con seguridad te digo, a menos que se
    nazca de agua y espíritu, ¡No se puede entrar al Reino de
    Dios!
    003:006 Porque lo que nace de carne es carne. Lo que nace del Espíritu
    es espíritu.
    003:007 No te maravilles porque te digo, `Debes nacer de nuevo.´
    003:008 El viento[26] sopla donde quiere, y tu escuchas su sonido,
    pero no sabes de donde viene ni a donde va. Así es todo aquel
    que nace del Espíritu.»

    003:009 Nicodemo le contestó, «¿Cómo pueden ser estas cosas?»

    003:010 Jesús le contestó, «¿Eres el profesor de Israel, y no
    entiendes estas cosas?
    003:011 Con seguridad te digo, hablamos de aquello que conocemos, y
    damos testimonio de aquello que hemos visto, y tu no haz
    recibido nuestro testimonio.
    003:012 Si yo les digo cosas terrenales y ustedes no creen, ¿Cómo
    creerán si les digo cosas del cielo?
    003:013 Nadie ha ascendido al cielo, excepto aquel que descendió del
    cielo, el Hijo del Hombre, quien está en el cielo[27].
    003:014 Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe
    ser levantado el Hijo del Hombre,
    003:015 para que cualquiera que crea en Él no perezca, sino que tenga
    vida eterna.
    003:016 Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su único Hijo,
    para que cualquiera que crean en Él no perezca, sino que tenga
    vida eterna.
    003:017 Porque Dios no envió su Hijo al mundo a juzgarlo[28], sino a
    que el mundo fuera salvado[29] por intermedio de Él.
    003:018 Aquel que cree en Él no es juzgado. Aquel que no crea ya ha
    sido juzgado, porque no ha creído en el nombre del único Hijo
    de Dios.
    003:019 Este es el juicio, que la luz ha venido al mundo, pero los
    hombres amaban la oscuridad en lugar de la luz; pues sus obras
    eran malas.
    003:020 Porque todo aquel que hace el mal odia la luz, y no viene a la
    luz por temor a que sus obras queden expuestas.
    003:021 Pero aquel que practica la verdad viene a la luz, para que sus
    obras puedan ser reveladas, pues han sido hechas en Dios.»

    003:022 Después de estas cosas, Jesús fue con sus discípulos a la
    tierra de Judea. Allí se quedaron, y bautizaron.
    003:023 Juan también estaba bautizando en Enón cerca de Salim, porque
    había mucha agua allí. Ellos fueron para ser bautizados[30].
    003:024 Porque Juan aún no había sido arrojado a la prisión.
    003:025 Allí se llego a una pregunta por parte de los discípulos de
    Juan[31]con algunos judíos [32] sobre la purificación.
    003:026 Llegaron donde Juan y le dijeron, «Rabí, aquel que estaba
    contigo mas allá del Jordán,[33] de quien has dado testimonio,
    bautiza también y todos van a Él.»

    003:027 Juan contestó, «Un hombre no puede recibir nada si no le ha
    sido dado por el cielo.
    003:028 Ustedes dan testimonio por lo que dije, `Yo no soy el Cristo,´
    sino[34] que, `he sido enviado antes de Él.´
    003:029 Aquel que tiene la novia es el novio; pero el amigo del novio,
    que se mantiene a la escucha, se alegra con la voz del novio.
    Esta, mi felicidad, está entonces completa.
    003:030 El debe crecer mientras que yo debo disminuir.
    003:031 Aquel que viene de arriba está arriba de todos. Aquel que es
    de la tierra pertenece a la tierra y habla sobre ella. Aquel
    que viene del cielo está sobre todos.
    003:032 Lo que Él ha escuchado y visto, de eso da testimonio; pero
    nadie recibe su testimonio.
    003:033 Aquel que reciba su testimonio ha puesto su sello en esto, que
    en verdad es Dios. [35]
    003:034 Porque aquel al que Dios ha enviado habla las palabras de
    Dios; pues Dios da Espíritu sin medida.
    003:035 El Padre ama al Hijo, y le ha dado todas las cosas en su mano.
    003:036 Quien cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien
    desobedece[36] al Hijo no verá la vida, sino que la
    indignación de Dios permanecerá en Él.»

    4

    004:001 Así que cuando el Señor[37] supo que los fariseos habían oído
    que Él estaba haciendo y bautizando más discípulos que Juan
    004:002 (aunque Jesús mismo no los bautizaba, sino sus discípulos),
    004:003 dejó Judea, y salió hacia Galilea.
    004:004 Necesitó pasar por Samaria.
    004:005 Así que fue a una ciudad de Samaria, llamada Sicar, cerca a la
    parcela de tierra que Jacob dio a su hijo, José.
    004:006 El pozo de Jacob[38] estaba allí. Jesús entonces, cansado de
    su viaje, se sentó cerca al pozo. Era cerca de la sexta
    hora[39].
    004:007 Una mujer de Samaria vino a sacar agua. Jesús le dijo, «Dame
    de beber.»
    004:008 Porque sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar
    alimentos.

    004:009 Entonces la mujer samaritana le dijo, «¿Cómo es esto que tu,
    siendo Judío, me pides de beber a mí, una mujer samaritana?»
    (Porque los Judíos no tenían trato con los samaritanos.)

    004:010 Jesús le contestó, «Si tu conocieras los regalos de Dios,[40]
    y quien es quien te dice, `Dame de beber,´ le habrías pedido y
    Él te habría dado agua viva.»

    004:011 La mujer le dijo, «Señor, tu no tienes con que sacarla, y el
    pozo es profundo. ¿De donde entonces tienes agua viva?
    004:012 ¿Eres más grande que nuestro padre, Jacob, quien nos dio este
    pozo, y bebió de aquí él mismo, como hicieron sus niños, y sus
    rebaños?»

    004:013 Jesús le contestó, «Todo aquel que beba de esta agua volverá a
    tener sed,
    004:014 pero aquel que beba del agua que yo le de, no volverá a tener
    sed; sino que el agua que yo le de será en él una fuente de
    agua que salta a la vida eterna [41].»

    004:015 La mujer le dijo, «Señor, dame de esa agua, para no tener sed
    de nuevo, y para no tener que recorrer todo el camino hasta
    aquí a sacar.»

    004:016 Jesús le dijo, «Ve, llama a tu marido, y vuelve.»

    004:017 La mujer le contestó, «No tengo marido.»
    Jesús le dijo, «Dijiste bien, `No tengo marido,´
    004:018 porque tuviste 5 maridos; y con el que estás ahora no es tu
    marido. Esto que has dicho es verdad.»

    004:019 La mujer le dijo, «Señor, percibo que eres un profeta.
    004:020 Nuestros padres alabaron en estas montañas, y ustedes los
    Judíos dicen que en Jerusalén es el sitio donde la gente
    debería adorar.»

    004:021 Jesús le dijo «Mujer, creeme, vendrá la hora, cuando ni en
    esta montaña, ni en Jerusalén, alabarán al Padre [42].
    004:022 Ustedes alaban lo que no conocen. Nosotros alabamos lo que
    conocemos; porque la salvación es de los Judíos.
    004:023 Pero la hora llega, y ahora es, cuando el verdadero adorador
    alabará al Padre en espíritu y verdad; porque el Padre busca
    aquellos para que sean quienes lo alaben[43].
    004:024 Dios es Espíritu, y aquellos que lo alaban, deben alabar en
    espíritu y verdad.»

    004:025 La mujer le dijo, «Yo se que el Mesías viene,» (aquel que es
    llamado Cristo[44]). «Cuando venga, nos declarará todas estas
    cosas.»

    004:026 Jesús le dijo, «Yo soy Él. Quien contigo habla.»
    004:027 Entonces llegaron sus discípulos. Se maravillaron porque Él
    hablaba con una mujer; aunque ninguno dijo, «¿Qué estás
    buscando?»[45] o «¿Por qué hablas con ella?»
    004:028 Así que la mujer dejó su jarra de agua, y fue a la ciudad, y
    le dijo a la gente,
    004:029 «Vengan, vean a un hombre que me ha dicho todo lo que he
    hecho. ¿Puede este ser el Cristo?»

    004:030 La gente salió de la ciudad, y fue donde Él.
    004:031 Mientras tanto, los discípulos lo apuraron diciendo, «Rabí,
    come.»

    004:032 Pero Él les dijo, «Tengo alimento para comer[46], del que
    ustedes no saben»

    004:033 Los discípulos entonces se dijeron unos a otros, «¿Alguien le
    ha traído algo de comer?»

    004:034 Jesús les dijo, «Mi alimento es hacer la voluntad del que me
    envió, y completar su trabajo[47].
    004:035 ¿No dicen ustedes, `Aún quedan cuatro meses para la cosecha?´
    Observen, les digo levanten sus ojos y vean los campos que ya
    están blancos[48] para la cosecha.
    004:036 Aquel que recoge recibe jornal, y recoge fruto para la vida
    eterna; para que tanto el que cultiva como el que recoge
    puedan disfrutar juntos.
    004:037 Porque esta frase es cierta, `Uno siembra, y otro recoge. ´
    004:038 Los envié a recoger aquello por lo que no han trabajado. Otros
    lo han trabajado, y ustedes han entrado en su trabajo.»

    004:039 Muchos de la ciudad de los Samaritanos creyeron en Él por las
    palabras de la mujer que había dado testimonio, «Me dijo todo
    lo que había hecho.»
    004:040 Así que cuando los samaritanos fueron donde Él, le rogaron
    quedarse con ellos. Él se quedó allí dos días.
    004:041 Muchos más creyeron por causa de su palabra.
    004:042 Le dijeron a la mujer, « Ahora creemos, no por lo que has
    dicho; sino porque lo hemos oído por nosotros mismos, y
    sabemos que de hecho este es el Cristo[49], el Salvador del
    mundo.»

    004:043 Después de dos días Él salio de allí y fue a Galilea.
    004:044 Porque Jesús mismo dio testimonio que un profeta no tiene
    honor en su propia tierra.
    004:045 Así que cuando fue a Galilea, la gente de Galilea lo recibió,
    habiendo visto todas las cosas que hizo en Jerusalén durante
    la fiesta, porque ellos también habían ido a la fiesta.
    004:046 Entonces Jesús fue de nuevo a Cana en Galilea, donde había
    convertido el agua en vino. Había cierto hombre noble[50] cuyo
    hijo estaba enfermo en Capernaum.
    004:047 Cuando escuchó que Jesús había salido de Judea hacia Galilea,
    fue donde Él, y le rogó que viniera y sanara a su hijo, porque
    estaba a punto de morir.
    004:048 Jesús entonces le dijo, «A menos que ustedes vean señales y
    maravillas, no creerán de forma alguna.»

    004:049 El hombre noble le dijo, «Señor, ven antes de que mi niño
    muera.»
    004:050 Jesús le dijo, «Ve por tu camino. Tu hijo vive.» El hombre
    creyó la palabra que Jesús le había dicho, y fue por su
    camino.
    004:051 Mientras se acercaba, sus siervos lo encontraron y le
    reportaron «¡Tu hijo vive!»
    004:052 Así que Él les preguntó la hora a la que había empezado a
    mejorar. Ellos entonces le dijeron, «Ayer a la séptima
    hora[51] la fiebre lo abandonó.»
    004:053 Así que el padre sabiendo que esa era la hora en la que Jesús
    le había dicho, «Tu hijo vive.» Creyó, así como su casa
    entera[52].
    004:054 Es es nuevamente la segunda señal que Jesús hizo, saliendo de
    Judea hacia Galilea.

    5

    005:001 Después de esto, hubo una fiesta de los Judíos, y Jesús fue a
    Jerusalén.
    005:002 En Jerusalén por la puerta de las ovejas[53], hay una
    piscina[54], llamada en Hebreo, «Betesda[55],» la cual tiene
    cinco pórticos.
    005:003 En estos yacía una gran multitud de enfermos, ciegos,
    inválidos y paralíticos que esperaban el movimiento del agua;
    005:004 porque un ángel del Señor bajaba en ocasiones a la piscina, y
    agitaba el agua. Quien entrara primero después de la agitación
    quedaba limpio de cualquier enfermedad que tuviera. [56]
    005:005 Cierto hombre estaba allí, había estado enfermo por treinta y
    ocho años.
    005:006 Cuando Jesús lo vio yaciendo allí, y supo que había estado
    enfermo por un largo tiempo, le preguntó, «¿Deseas ser
    sanado?»

    005:007 El hombre enfermo le contestó, «Señor, no tengo nadie que me
    ponga en la piscina cuando el agua se agita, mientras llego
    otro entra antes que yo.»

    005:008 Jesús le dijo, «Levántate, toma tu camilla y camina.»

    005:009 Inmediatamente, el hombre sanó, tomó su camilla y caminó.
    Ocurrió que ese día era sabático[57].
    005:010 Así que los Judíos le dijeron al que había sino sanado, «Es el
    día sabático. No es permitido para ti cargar la camilla.»

    005:011 Él les contestó, «Aquel que me sanó, también me dijo, `Toma tu
    camilla y camina.´»

    005:012 Después ellos le preguntaron, «¿Quién es el hombre que te
    dijo, `Toma tu camilla y camina´?»

    005:013 Pero aquel que fue curado no sabía quien lo había hecho,
    porque Jesús se había ido[58] y había una multitud en el
    lugar.

    005:014 Luego Jesús lo encontró en el templo, y le dijo «Pon atención,
    ya estas sano, no peques más, para que nada peor te suceda.»

    005:015 El hombre se fue, y le dijo a los judíos que había sido Jesús
    quien lo había sanado.
    005:016 Por esto los judíos persiguieron a Jesús, y buscaban matarlo,
    porque hizo estas cosas el día sabático.
    005:017 Pero Jesús les contestó, «Mi Padre aún está trabajando, así
    que yo estoy trabajando, también.»
    005:018 Por esta razón los judíos buscaban aún más matarlo, porque no
    sólo rompía el día sabático, sino también llamaba su Padre a
    Dios, haciéndose Él mismo igual a Dios.
    005:019 Jesús entonces les contestó, «Con seguridad, les digo, el Hijo
    no puede hacer nada por si mismo, sino lo que ve hacer al
    Padre. Porque cualquier cosa que Él haga, así mismo las hace
    el Hijo.
    005:020 Porque el Padre tiene afecto por el Hijo, y le muestra todas
    las cosas que Él mismo hace. Él le mostrará obras más grandes
    que está, para que puedan maravillarse.
    005:021 Porque así como el Padre resucita a los muertos y les da vida,
    también el Hijo le da vida a quien Él desee.
    005:022 Porque el Padre no juzga a nadie, pero le ha dado todo juicio
    al Hijo,
    005:023 para que todos puedan honrar al Hijo, así como alaban al
    Padre. Aquél que no honre al Hijo no honra al Padre que lo
    envió.

    005:024 «Con seguridad les digo, aquel que escuche mi palabra, y
    creerá en quien me envió, tiene vida eterna, y no va a
    juicios, sino que ha pasado de muerto a vivo.
    005:025 Con seguridad les digo, llega la hora, y es ahora, cuando los
    muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y aquellos que escuchen
    vivirán.
    005:026 Porque así como le Padre tiene vida en si mismo, así le dio al
    Hijo también para tener vida en si mismo.
    005:027 También le dio su autoridad para ejercer juicios, porque Él es
    un hijo de hombre[59].
    005:028 No se maravillen de esto, porque la hora llega, en la que
    todos los que están en las tumbas oirán su voz,
    005:029 y saldrán; aquellos que han hecho bien, a la resurrección de
    la vida; y aquellos que han hecho mal, a la resurrección del
    juicio.
    005:030 Por mi mismo no puedo hacer nada. Cuando escucho[60], juzgo, y
    mi juicio es justo; porque no busco mi propia voluntad, sino
    la voluntad de mi Padre quien me envió.

    005:031 «Si doy testimonio sobre mi mismo, mi testimonio no es
    válido.
    005:032 Es otro quien da testimonio sobre mi. Se que el testimonio que
    da sobre mí es cierto.
    005:033 Ustedes han sido[61] enviados a Juan, y él ha dado testimonio
    a la verdad.
    005:034 Pero el testimonio que recibo no es de hombres. Aunque, digo
    estas cosas para que se puedan salvar.
    005:035 Él era la lampara brillante y encendida, y ustedes estaban
    ansiosos por alegrarse un tiempo en su luz.
    005:036 Pero el testimonio que tengo es más grande que el de Juan,
    pues los trabajos que el Padre me dio para cumplir, los
    trabajos precisos que hago, dan testimonio sobre mi: que el
    Padre me ha enviado.
    005:037 El Padre mismo, quien me envió, ha dado testimonio sobre mí.
    Ustedes no han oído su voz en momento alguno, ni han visto su
    forma.
    005:038 Ustedes no tienen su palabra viva en ustedes; porque no creen
    en aquel que Él envío.

    005:039 «Buscan las Escrituras, porque piensan que en ellas tienen
    vida eterna; y estas son las que dan testimonio sobre mí.
    005:040 Pero ustedes no desean venir a mí[62], para poder tener vida.
    005:041 No recibo gloria de los hombres.
    005:042 Pero se, que ustedes no tienen el amor de Dios en ustedes
    mismos.
    005:043 Yo he venido en nombre de mi Padre, y ustedes no me reciben.
    Si otro viene en su propio nombre, ustedes lo recibirán.
    005:044 ¿Cómo pueden ustedes creer, que reciben gloria quienes se
    alaban unos a otros[63], y no buscan la gloria que viene del
    único Dios?

    005:045 «No piensen que los acusaré ante el Padre. Hay uno que los
    acusará, Moisés[64], en quien ustedes han puesto su
    esperanza.
    005:046 Porque si creyeran en Moisés, creerían en mí, pues él escribió
    sobre mi.
    005:047 Pero si no creen sus escritos, ¿Cómo creerán mis palabras?»

    6

    006:001 Después de estas cosas, Jesús fue al otro lado del lago[65]
    Galilea, que también es llamado el Lago de Tiberias[66].
    006:002 Una gran multitud lo seguía, porque habían visto los milagros
    que hizo con quienes estaban enfermos.
    006:003 Jesús subió a una montaña, y se sentó allí con sus discípulos.
    006:004 Ocurría que la Pascua, la fiesta de los Judíos, estaba a mano.
    006:005 Jesús entonces levantando sus ojos, y viendo que una gran
    multitud venía a Él, le dijo a Felipe, «¿Dónde vamos a comprar
    pan, para que estos puedan comer?»
    006:006 Esto lo dijo para probarlo, porque el mismo sabía lo que
    haría.

    006:007 Felipe contestó, «Doscientos denarios en pan no serían
    suficientes para que cada uno de ellos reciba un poco.»

    006:008 Uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Pedro, le dijo,
    006:009 «Hay un niño aquí que tiene cinco panes de cebada[67] y dos
    pescados, pero ¿Qué es esto para tantos?»

    006:010 Jesús dijo, «Hagan que la gente se siente.» En ese lugar había
    mucho espacio en el pasto. Así que los hombres se sentaron,
    quienes eran alrededor de cinco mil.
    006:011 Jesús tomó los pedazos, y habiendo dado gracias, comenzó a
    distribuirlos a los discípulos, y los discípulos a los que
    estaban sentados[68]; de la misma forma con los peces tanto
    como ellos deseaban.
    006:012 Cuando estuvieron llenos, le dijo a sus discípulos, «Recojan
    los pedazos que quedaron, para que nada se pierda.»
    006:013 Así que los recolectaron, y llenaron doce canastos con los
    restos de las cinco tajadas, que habían dejado los que habían
    comido[69].
    006:014 Entonces cuando la gente vio las señales que Jesús hizo,
    dijeron, «Este es verdaderamente el profeta que viene al
    mundo.»
    006:015 Entonces Jesús, percibiendo que iban a ir y tomarlo por la
    fuerza, para hacerlo rey, se retiró a la montaña. [ 70]

    006:016 Cuando se hizo noche, sus discípulos fueron al lago
    006:017 entraron al bote y fueron por el lago hacia Capernaum. Estaba
    oscuro y Jesús aún no había ido donde ellos.
    006:018 El lago era agitado por un gran viento que soplaba.
    006:019 Entonces, cuando habían remado cerca de veinticinco o treinta
    estadios[71] vieron a Jesús caminando sobre el lago, y
    acercándose al bote; y tuvieron miedo.
    006:020 Pero Él les dijo, «SOY YO. No tengan miedo.»
    006:021 Entonces deseaban recibirlo en el bote. Y de inmediato el bote
    quedó en tierra en el sitio al que se dirigían.

    006:022 Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del lago
    vio que no habían más botes allí excepto en el que se habían
    embarcado los discípulos, y que Jesús no había entrado con sus
    discípulos en el bote, sino que ellos se habían ido solos.
    006:023 Sin embargo llegaron botes de Tiberia cerca al sitio donde
    comieron pan después de que el Señor había dado gracias.
    006:024 Entonces cuando la multitud vio que Jesús no estaba allí, ni
    sus discípulos, ellos mismos entraron en los botes, y fueron a
    Capernaum, buscando a Jesús.
    006:025 Cuando lo encontraron al otro lado del lago, le preguntaron,
    «Rabí, ¿Cuándo viniste aquí?»

    006:026 Jesús les contestó, «Con seguridad les digo, me buscan, no
    porque vieron señales, sino porque comieron pan y quedaron
    llenos.
    006:027 No trabajen por la comida que perece, sino por la comida que
    permanece en la vida eterna, de la cual el Hijo del Hombre les
    dará. Porque Dios el Padre se lo ha concedido.»

    006:028 Ellos entonces le dijeron, «¿Qué debemos hacer, para poder
    realizar los trabajos de Dios?»

    006:029 Jesús les contestó, «Este es el trabajo de Dios, que ustedes
    crean en aquel que Él ha enviado.»

    006:030 Entonces ellos le dijeron, «¿Qué señal haces para que podamos
    ver y creerte? ¿Qué obras realizas?
    006:031 Nuestros padres comieron mana en el desierto. Como está
    escrito, `Él les dio pan del cielo[72] para comer.´»

    006:032 Jesús entonces les dijo, «Con seguridad, les digo, no fue
    Moisés quien les dio pan del cielo, sino mi Padre da el
    verdadero pan del cielo.
    006:033 Porque el pan de Dios es quien viene del cielo, y da vida a
    este mundo.»

    006:034 Entonces le dijeron, «Señor, danos siempre de este pan.»

    006:035 Jesús les dijo, «Soy el pan de la vida. Quien venga a mi no
    tendrá hambre, y aquel que crea en mi nunca estará sediento.
    006:036 Pero ya les dije, que ustedes me han visto, y aún no creen en
    mí.
    006:037 Todos aquellos que mi Padre me de, vendrán a mí. A aquel que
    venga a mí de ninguna forma lo rechazaré.
    006:038 Porque he venido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la
    voluntad de quien me envió.
    006:039 Esta es la voluntad de mi Padre que me ha enviado, que de
    todos los que me ha entregado, no debo perder nada[73], sino
    resucitarlos el último día.
    006:040 Esta es la voluntad del que me envió, que todo el que vea al
    Hijo y crea en Él, tendrá vida eterna; y yo lo resucitaré el
    último día.»

    006:041 Entonces los Judíos murmuraron contra Él, porque dijo, «Soy el
    pan que bajó del cielo.»
    006:042 Dijeron, «¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y
    madre conocemos? ¿Cómo entonces es que Él dice, `Yo he venido
    del cielo?´»

    006:043 Entonces Jesús les contestó, «No murmuren entre ustedes.
    006:044 Nadie puede venir a mí a menos que mi Padre que me envió, lo
    traiga, y yo lo resucitaré en el último día.
    006:045 Está escrito en los profetas, `Todos serán enseñados por
    Dios.´ Así que todo el que oiga del Padre, y haya aprendido,
    viene a mí.
    006:046 Nadie ha visto al Padre, excepto aquel que es de Dios[74]. Él
    ha visto al Padre.
    006:047 Con seguridad, les digo, [75] tiene vida eterna.
    006:048 Soy el pan de la vida[76].
    006:049 Sus padres comieron el mana del desierto, y murieron.
    006:050 Este es el pan que viene del cielo[77], para que cualquiera
    pueda comerlo y no morir.
    006:051 Soy el pan viviente que bajó del cielo. Si alguien come de
    este pan, vivirá por siempre. Si, el pan por el cual le daré
    la vida al mundo es mi carne.»

    006:052 Entonces los Judíos discutieron unos con otros, diciendo,
    «¿Cómo puede este hombre darnos su carne para comer?»

    006:053 Así que Jesús les dijo, «Con seguridad les digo, a menos que
    coman de la carne del Hijo del Hombre y beban su sangre,
    ustedes no tendrán vida en ustedes mismos.
    006:054 Aquel que coma mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna, y
    lo resucitaré en el último día.
    006:055 Porque en verdad mi carne es comida, y en verdad mi sangre es
    bebida.
    006:056 Aquel que coma mi carne y beba mi sangre vive en mí[78], y yo
    en él.
    006:057 Así como el Padre me envió, y yo vivo gracias al Padre; así
    mismo él que se alimente de mí, también vivirá gracias a mí.
    006:058 Este es el pan que bajó del cielo, no es como con el mana que
    nuestros padres comieron y murieron. Aquel que coma este pan
    vivirá por siempre.»
    006:059 Jesús dijo esto en la sinagoga, mientras enseñaba en
    Capernaum.

    006:060 Entonces muchos de sus discípulos, cuando lo escucharon,
    dijeron, «¡Estas son palabras fuertes! ¿Quién puede
    escucharlas?»[79]

    006:061 Pero Jesús sabiendo en su interior lo que los discípulos
    murmuraban sobre esto, les dijo, «¿Esto los perturba?[80]
    006:062 ¿Cómo sería si vieran al Hijo del Hombre ascendiendo al sitio
    donde estaba antes?
    006:063 Es el Espíritu quien da vida. La carne no da ganancia
    alguna[81]. Las palabras que les digo son espíritu, y son
    vida.
    006:064 Pero hay algunos de ustedes que no creen.» Porque desde el
    comienzo Jesús sabía quienes eran, quienes no creían, y quien
    sería el que lo traicionaría.
    006:065 Él dijo, «Por esto les he dicho que nadie viene a mi, a menos
    que le haya sido dado por el Padre.»

    006:066 En esto, muchos de sus discípulos regresaron, y no caminaron
    más con Él.
    006:067 Entonces Jesús les dijo a los doce, «Ustedes no quieren irse,
    ¿O si quieren?»

    006:068 Simón Pedro le contesto, «Señor, ¿A quien iríamos? Tu tienes
    las palabras de la vida eterna.
    006:069 Hemos llegado a creer y sabemos que tu eres Dios
    bendito[82].»

    006:070 Jesús les contesto, «¿No los escogí a los doce? Y uno de
    ustedes un demonio»
    006:071 Él hablaba de Judas, el hijo de Simón Iscariote, porque este
    era el que lo traicionaría, y era uno de los doce.

    7

    007:001 Después de estas cosas, Jesús anduvo por Galilea, no iba por
    Judea, porque los Judíos buscaban matarlo.
    007:002 Ocurría que la fiesta de los Judíos estaba a mano, la fiesta
    de Enramadas.
    007:003 Entonces sus hermanos[83] le dijeron, «Partan de aquí y vayan
    a Judea, para que tus discípulos también puedan ver las obras
    que haces.
    007:004 Porque nadie hace nada en secreto, y cada cual busca ser
    conocido ampliamente[84]. Si haces esto, te das a conocer al
    mundo.»
    007:005 Porque incluso sus hermanos no creían en Él.

    007:006 Entonces Jesús les dijo, «Mi hora no ha llegado, pero su
    tiempo siempre está listo.
    007:007 El mundo no puede odiarlos, pero me odia, porque doy
    testimonio de este, que sus obras son malas.
    007:008 Vayan ustedes a la fiesta. Pero yo no voy a esta fiesta,
    porque mi tiempo aún no se ha cumplido.»

    007:009 Habiéndoles dicho estas cosas, se quedó en Galilea.
    007:010 Pero cuando sus hermanos se habían ido a la fiesta, Él también
    fue, no públicamente sino en secreto.
    007:011 Los Judíos entonces lo buscaron en la fiesta, y dijeron,
    «¿Donde está Él?»
    007:012 Había muchos comentarios entre la multitud con respecto a Él.
    Algunos decían, «Él es un buen hombre.» Otros decían «No es
    así, sino que pierde a la multitud.»
    007:013 Pero nadie hablaba abiertamente de Él por temor a los Judíos.
    007:014 Y cuando estaban en la mitad de la fiesta, Jesús fue al templo
    y enseñó.
    007:015 Los Judíos entonces se maravillaron diciendo, «¿Cómo puede
    conocer este las letras[85], cuando nunca ha sido educado?»

    007:016 Jesús entonces les contestó, «Mi enseñanza no es mía, sino de
    aquél que me envió.
    007:017 Si alguien desea hacer su voluntad, sabrá reconocer la
    enseñanza, bien si viene de Dios, o si hablo por mi mismo.
    007:018 Aquel que habla de si mismo busca su propia gloria, pero aquel
    que busca la gloria del que lo envío es verdad[86], y no hay
    error en Él.
    007:019 ¿Acaso no les dio Moisés la ley, y sin embargo ninguno de
    ustedes acata la ley? ¿Por qué buscan matarme?

    007:020 La multitud le contestó, «¡Tienes un demonio! ¿Quién busca
    matarte?»

    007:021 Jesús les contestó, «Hice una obra, y todos ustedes se
    maravillaron de esta.
    007:022 Moisés les ha dado circuncisión (eso no es de Moisés, sino de
    los padres), y en el día sabático ustedes circuncidan un niño.
    007:023 Si un niño recibe circuncisión el día sabático, sin que la ley
    de Moisés sea quebrantada, ¿Acaso se enojan conmigo porque
    sané a un hombre por completo[87]en el día sabático?
    007:024 No juzguen por las apariencia, en cambio hagan juicios
    justos.»

    007:025 Entonces algunos de los de Jerusalén dijeron, «¿No es este al
    que buscan matar?
    007:026 Observen, habla abiertamente, y no dicen nada de Él. ¿Puede
    ser que los dirigentes de hecho saben que este verdaderamente
    es el Cristo?
    007:027 Sin embargo sabemos de donde viene este hombre, pero cuando el
    Cristo venga, nadie sabrá de donde viene.»

    007:028 Jesús entonces gritó en el templo, enseñando y diciendo,
    «Ustedes me conocen, y saben de donde vengo. No he venido por
    mi mismo, sino verdaderamente por quien me envió[88], a quien
    ustedes no conocen.
    007:029 Lo conozco porque vengo de Él, y Él me envió.»

    007:030 Entonces ellos querían atraparlo, pero nadie puso una mano
    sobre Él, porque su hora aún no había llegado.
    007:031 Pero de la multitud, muchos creían en Él. Decían, «Cuando el
    Cristo venga, no hará más señales que las que ha hecho este
    hombre, ¿No es así?»
    007:032 Los fariseos escucharon a la multitud murmurando estas cosas
    sobre Él, y los sacerdotes jefes y los fariseos enviaron
    oficiales para arrestarlo.

    007:033 Entonces Jesús dijo,
    007:034 «Estaré con ustedes un poco más de tiempo, entonces iré donde
    quien me envió. Me buscarán y no me encontrarán; y donde yo
    esté, ustedes no podrán ir.»

    007:035 Los Judíos entonces dijeron entre ellos, «¿A donde irá este
    hombre para que no podamos encontrarlo? ¿Irá a la diáspora[89]
    de los griegos, y les enseñará a los griegos?
    007:036 Cual es está palabra[ 90]que el ha dicho, `Me buscarán y no me
    encontrarán; y donde yo esté, ustedes no podrán ir?´

    007:037 Ocurrió que el último y más importante día de la fiesta, Jesús
    se levantó y gritó, «Si alguien está sediento, ¡Que venga a mí
    y beba!
    007:038 De aquel que crea en mí[91], como dicen las Escrituras,
    brotarán ríos de agua viva.»
    007:039 Pero el hablaba sobre el Espíritu, que quienes creían en Él
    estaba por recibir. Porque el Espíritu Santo aún no había sido
    dado, pues Jesús aún no había sido glorificado.

    007:040 Muchos de la multitud entonces, cuando escucharon estas
    palabras dijeron, «Este es verdaderamente un profeta.»
    007:041 Otros dijeron, « Este es el Cristo.» Pero algunos dijeron,
    «¿Acaso el Cristo viene de Galilea?
    007:042 ¿No ha dicho la escritura que el Cristo vendrá de la semilla
    de David, y de Belén, la villa donde David estaba?»
    007:043 Así que se creó un división entre la multitud por causa de
    Él.
    007:044 Algunos de ellos lo hubieran arrestado, pero nadie le puso las
    manos encima.
    007:045 Los oficiales, entonces, fueron donde los sacerdotes jefes y
    los fariseos, y ellos les dijeron, «¿Por qué no lo llevaron?»

    007:046 Los oficiales contestaron, «¡Ningún hombre ha hablado antes
    como este hombre!»

    007:047 Los fariseos entonces les contestaron, «¿Acaso se están
    dejando perder ustedes también?
    007:048 ¿Alguno de los dirigentes o de los fariseos ha creído en Él?
    007:049 Pero esta multitud que no conoce la ley está maldita.»

    007:050 Nicodemo (quien había buscado a Jesús[92], y siendo uno de
    ellos[ 93]) les dijo,
    007:051 «¿Juzga nuestra ley a un hombre, sin escucharlo personalmente
    primero y saber lo que hace?»

    007:052 Le contestaron, «¿También eres de Galilea?» Busca y
    observa[94] que ningún profeta ha salido de Galilea.»

    007:053 Todos se fueron a sus casas,

    8

    008:001 pero Jesús se fue al Monte de los Olivos[95].
    008:002 Bien temprano por la mañana regresó al templo de nuevo, y
    todos fueron a Él. Él se sentó y les enseñó.
    008:003 Los Escribas y los fariseos trajeron una mujer que había
    cometido adulterio. Habiéndola colocado en la mitad
    008:004 le dijeron, «Maestro, encontramos a esta mujer cometiendo
    adulterio, en el acto mismo.
    008:005 En nuestra ley, Moisés nos ordenó apedrear a estas. dices de
    ella?»
    008:006 Lo hicieron para probarlo, y así poder acusarlo de algo.
    Pero Jesús se agacho y escribió con el dedo en el suelo.
    008:007 Cuando continuaron preguntándole, alzó la mirada y les dijo,
    «Aquel de ustedes que este libre de pecado que lance la
    primera piedra.»
    008:008 De nuevo se agachó y escribió con su dedo en el suelo,

    008:009 Cuando escucharon esto, condenados por su conciencia[96],
    salieron uno por uno comenzando por los más ancianos hasta el
    último. Jesús fue dejado solo con la mujer, la cual se
    encontraba aún en la mitad.
    008:010 Jesús levantándose la miró y dijo, «Mujer, ¿Dónde están los
    que te acusan?[97] ¿Nadie te condenó?»

    008:011 Ella dijo, «Nadie Señor.»
    Jesús dijo, «Yo tampoco te condeno. Ve por tu camino. Desde
    ahora no peques más.»

    008:012 En otra ocasión Jesús les habló diciéndoles[98], «Yo soy la
    luz del mundo. El que me siga no caminará en la oscuridad,
    tendrá la luz de la vida.»

    008:013 Los fariseos entonces le dijeron, «Das testimonio de ti mismo.
    Tu testimonio no es válido.»

    008:014 Jesús les contestó, «Aún cuando doy testimonio de mi mismo, mi
    testimonio es cierto, porque se de donde vengo, y a donde voy;
    pero ustedes no saben de donde vengo ni a donde voy.
    008:015 Ustedes juzgan de acuerdo a la carne[99]. Yo no juzgo a nadie.
    008:016 Incluso si juzgo, mi juicio es cierto, porque no estoy sólo,
    sino con mi Padre quien me ha enviado.
    008:017 También está escrito en la ley que el testimonio de dos
    personas es válido.
    008:018 Yo soy uno de los que da testimonio de mi mismo, y el Padre
    que me envió da testimonio sobre mí.»

    008:019 Entonces le dijeron, «¿Donde está tu Padre?»
    Jesús les contestó, «Ustedes no me conocen ni tampoco a mi
    Padre. Si me conocieran, también sabrían quien es mi Padre.»
    008:020 Jesús dijo esto en el salón de la urna, mientras enseñaba en
    el templo. Aunque nadie lo arrestó porque su hora aún no había
    llegado.
    008:021 Jesús les dijo de nuevo, «Me voy, y ustedes me buscarán y
    morirán en sus pecados. A donde yo voy ustedes no podrán ir.»

    008:022 Los Judíos entonces dijeron, «¿Se matará a si mismo? pues
    dice, `A donde yo vaya ustedes no podrán ir.´»

    008:023 Él les dijo, «Ustedes son de abajo. Yo soy de arriba. Ustedes
    son de este mundo. Yo no soy de este mundo.
    008:024 Por eso les digo que ustedes morirán en sus pecados; a no ser
    de que ustedes crean que YO SOY Él[100], ustedes morirán en
    sus pecados.»

    008:025 Entonces ellos le dijeron, «¿Quién eres tu?»
    Jesús les dijo,«Lo que les he estado diciendo desde el
    principio[ 101].
    008:026 Tengo muchas cosas por decir[102] y por juzgar con respecto a
    ustedes. Sin embargo quien me envió es verdad[103]; y las
    cosas que oigo que Él, son las que digo al mundo.»

    008:027 Ellos no entendían que les hablaba acerca del Padre.
    008:028 Entonces Jesús les dijo, «Cuando ustedes hayan levantado al
    Hijo del Hombre, entonces sabrán que YO SOY Él, y que no hago
    nada por mi mismo, sino que digo estas cosas como mi Padre me
    ha enseñado.
    008:029 Aquel que me envió está conmigo. El Padre no me ha dejado
    sólo, porque siempre he hecho lo que le complace.»

    008:030 Mientras hablaba estas cosas, muchos creyeron en Él.
    008:031 Entonces Jesús les decía a los Judíos que habían creído en Él,
    «Si permanecen en mi palabra, entonces ustedes serán
    verdaderamente mis discípulos.
    008:032 Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.»

    008:033 Le contestaron, «Somos la semilla de Abraham, y nunca hemos
    sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices, `Ustedes serán
    liberados?´»

    008:034 Jesús les contestó, «Con seguridad les digo, todo aquel que
    cometa pecado es esclavo del pecado.
    008:035 Un esclavo no vive en una casa[104] por siempre. Un hijo
    permanece por siempre.
    008:036 Entonces si el Hijo los hace libres, ustedes serán de hecho
    liberados.
    008:037 Se que son la semilla de Abraham, pero buscan matarme, porque
    mis palabras no encuentran lugar en ustedes[105].
    008:038 Digo las cosas que he visto con mi Padre; y ustedes también
    hacen las cosas que han visto con[ 106] sus padres.»

    008:039 Le contestaron, «Nuestro padre es Abraham.»
    Jesús les dijo, «Si fueran hijos de Abraham, harían las obras
    de Abraham.
    008:040 Pero ahora ustedes buscan matarme, a un hombre que les ha
    dicho la verdad, verdad que he oído de Dios. Abraham no hizo
    esto.
    008:041 Ustedes hacen las obras de su padre.»
    Le dijeron, «No fuimos nacidos de inmoralidad sexual. Tenemos
    un Padre: Dios.»

    008:042 Entonces Jesús les dijo, «Si Dios fuera su padre, me amarían,
    porque he salido y he venido de Dios[107]. Pues no he venido
    de mi mismo[108], sino del que me envió.
    008:043 ¿Por qué no entienden lo que digo? Porque ustedes no están en
    capacidad[109] de oír mi palabra.
    008:044 Ustedes son de su padre, el diablo, y ustedes quieren hacer
    los deseos de su padre. El diablo fue un asesino desde el
    comienzo, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad
    en él. Cuando dice una mentira, habla por si mismo; porque es
    un mentiroso, y el padre de las mentiras[110].
    008:045 Pero como digo la verdad, ustedes no me creen.
    008:046 ¿Cuál de ustedes me acusa de pecado? ¿Si les digo la verdad,
    por qué no creen en mí?
    008:047 Él que es de Dios escucha las palabras de Dios. Por esto
    ustedes no oyen, porque ustedes no son de Dios.»

    008:048 Entonces los Judíos le contestaron, «¿No decimos bien que tu
    eres un Samaritano, y tienes un demonio?»

    008:049 Jesús contestó, «No tengo un demonio, sino que honró a mi
    Padre, y ustedes me deshonran.
    008:050 Pues yo no busco mi propia gloria. Hay alguien que la busca y
    que juzga[111].
    008:051 Con seguridad les digo, si una persona sigue mi palabra, nunca
    verá la muerte.»

    008:052 Entonces los Judíos le dijeron, «Ahora sabemos que tienes un
    demonio. Abraham y los profetas murieron; y tu dices, `Si un
    hombre sigue mi palabra, nunca probará la muerte.´
    008:053 ¿Eres más grande que nuestro padre, Abraham, quien murió? Los
    profetas murieron. ¿Quien pruebas ser?

    008:054 Jesús les contestó, «Si me doy gloria a mi mismo, mi gloria es
    nada. Es mi Padre quien me glorifica, de quien ustedes dicen:
    Él es nuestro Dios.
    008:055 Ustedes no lo han conocido, pero yo lo conozco. Si yo dijera,
    `No lo conozco,´ sería como ustedes, un mentiroso. Pero lo
    conozco, y sigo su palabra.
    008:056 Su padre Abraham se regocijó al ver mi día. Lo vio, y se
    alegró.»

    008:057 Entonces los Judíos le dijeron, «Aún no tienes cincuenta años,
    ¿ Pero ya has visto a Abraham?»

    008:058 Jesús les dijo, «Con seguridad, les digo, antes de que Abraham
    llegara a existir, YO ESTOY[112].»

    008:059 Entonces ellos cogieron piedras para arrojarle, pero Jesús fue
    escondido y salió del templo, pasando por en medio de ellos, y
    así continuando[113].

    9

    009:001 Mientras continuaba,vio a un hombre ciego de nacimiento.
    009:002 Sus discípulos le preguntaron, «Rabí, para que este hombre
    naciera ciego, ¿Quién pecó, él o sus padres?»

    009:003 Jesús le contestó, «No pecó este hombre, ni sus padres; sino
    es para que las obras de Dios puedan ser reveladas en él.
    009:004 Debo realizar las obras de aquel que me envió, mientras que es
    de día. Se acerca la noche, cuando nadie puede trabajar.
    009:005 Mientras yo esté en el mundo, soy la luz del mundo.»
    009:006 Mientras decía esto, ponía saliva en la tierra, hizo barro con
    su saliva, y ungió los ojos del ciego con el barro,
    009:007 y le dijo, «Ve, lávate en la piscina de Siloé» (que significa
    «Enviado»)[114]. Así que él fue, se lavó, y volvió viendo.
    009:008 Entonces los vecinos, y aquellos que vieron que estaba ciego
    antes[115], dijeron, «¿No es este el que estaba sentado y
    mendigaba?»
    009:009 Otros decían, «Es él.» Aún otros decían, «Se parece a él.»
    Él decía, «Soy ese.»
    009:010 La gente entonces le preguntó, «¿Cómo se abrieron tus ojos?»

    009:011 Él contestó, «Un hombre llamado Jesús hizo barro, ungió mis
    ojos, y me dijo, `Ve a la piscina de Siloé, y lávate.´ Así que
    fui, me lave y recibí la vista.»

    009:012 Entonces le preguntaron, «¿Dónde está Él?»
    Él dijo, «No lo se.»

    009:013 Llevaron al que había estado ciego[116] donde los fariseos.
    009:014 Era día sabático cuando Jesús hizo barro y abrió sus ojos.
    009:015 De nuevo le preguntaron los fariseos como había recibido la
    vista. Él les dijo, «Él puso barro en mis ojos, me lavé, y
    veo.»

    009:016 Entonces algunos de los Fariseos dijeron, «Ese hombre no es de
    Dios, porque no sigue el día sabático.» Otros decían, «¿Cómo
    puede un hombre pecador hacer tales señales?» Había división
    entre ellos.
    009:017 Entonces algunos de los Fariseos dijeron, «¿Qué dices sobre
    Él, pues Él ha abierto tus ojos?»
    Él dijo, «Es un profeta.»

    009:018 Los Judíos entonces no creyeron lo concerniente a él, que
    había estado ciego, ni que había recibido la vista, hasta que
    llamaron a los padres del que había recibido la vista,
    009:019 y les preguntaron, «¿ Es este su hijo, quien ustedes dicen que
    nació ciego? ¿Cómo entonces es que él ve ahora?»

    009:020 Sus padres les contestaron, «Sabemos que este es nuestro hijo,
    y que nació ciego;
    009:021 pero que ahora como ve, no lo sabemos; ni conocemos a quien
    abrió sus ojos. Él es de edad. Pregúntenle. Hablará por si
    mismo.»
    009:022 Sus padres dijeron estas cosas porque temían a los Judíos;
    pues los Judíos ya habían acordado expulsar de la sinagoga a
    quien confesara que Él era Cristo.
    009:023 Por esto sus padres dijeron, «El es de edad. Pregúntenle.»

    009:024 Así que llamaron al que había estado ciego por segunda vez, y
    le dijeron, «Da gloria a Dios[117]. Sabemos que este hombre es
    un pecador.»

    009:025 Él contestó, «No se si es un pecador. Una cosa se: que aunque
    yo estaba ciego, ahora veo.»

    009:026 Le dijeron nuevamente, «¿Qué te hizo? ¿Cómo abrió tus ojos?»

    009:027 Él les contestó, «Ya les dije, y ustedes no escuchan. ¿Por qué
    quieren oír de nuevo? ¿Es que también desean hacerse
    discípulos de Él?»

    009:028 Lo insultaron y dijeron, «Tú eres su discípulo, pero nosotros
    somos discípulos de Moisés.
    009:029 Sabemos que Dios ha hablado a Moisés. Pero con respecto a este
    hombre, no sabemos de donde viene.»

    009:030 El hombre les contestó, «¡Que sorprendente! No saben de donde
    viene, aunque ha abierto mis ojos.
    009:031 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si alguien
    adora a Dios[118], y hace su voluntad, Él lo escucha.
    009:032 Desde que el mundo comenzó, no se ha oído de alguien que
    abriera los ojos a un ciego de nacimiento.
    009:033 Si este hombre no fuera de Dios, Él no podría hacer nada.»

    009:034 Le contestaron, «Tu naciste por completo en pecado[119] ¿Pero
    nos enseñas?» Y lo expulsaron.

    009:035 Jesús escuchó que lo habían expulsado, y encontrándolo[120],
    le dijo, «¿Crees en el Hijo de Dios?»

    009:036 Él le contestó, «¿Quién es él, Señor, para que yo pueda
    creer?»

    009:037 Jesús le dijo, «Tu ya los has visto, y es quien habla
    contigo.»

    009:038 Él dijo, «¡Señor, yo creo!» y lo alabó[121].

    009:039 Jesús dijo, «Vine a este mundo a juzgar, para que aquellos que
    no ven puedan ver; y que aquellos que ven queden ciegos.»

    009:040 Algunos de los fariseos que estaban con Él, escucharon estas
    cosas, y le dijeron, «¿Estamos nosotros también ciegos?»

    009:041 Jesús les dijo, «Si estuvieran ciegos, no pecarían; pero ahora
    dicen `Vemos.´ Entonces sus pecados permanecen.»

    10

    010:001 «Con seguridad les digo, aquel que no entre por la puerta al
    rebaño de ovejas, sino que escale de alguna otra manera, es
    tanto un estafador como un ladrón.
    010:002 Pero quien entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
    010:003 El portero abre la puerta para él, y las ovejas escuchan su
    voz. Él llama sus ovejas por su nombre y las saca.
    010:004 Siempre que él saca sus ovejas, va delante de ellas, y las
    ovejas lo siguen porque conocen su voz.
    010:005 De ningún modo seguirán a un extraño, sino que huirán de él;
    porque no conocen la voz de extraños.»
    010:006 Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no entendieron lo que
    les decía.

    010:007 Jesús entonces les dijo de nuevo, «Con seguridad, les digo,
    soy la puerta de las ovejas.
    010:008 Todos los que vinieron antes de mi son estafadores y ladrones,
    pero las ovejas no los escucharon[122].
    010:009 Soy la puerta. Si alguien entra por mi, será salvado, y
    entrará y saldrá, y encontrará alimento.
    010:010 El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir. Vine para que
    puedan tener vida, y para que la tengan en abundancia.
    010:011 Soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.
    010:012 El que es empleado contratado en lugar de pastor, y a quien no
    le pertenezcan las ovejas, ve venir al lobo, deja las ovejas y
    huye. El lobo roba las ovejas, y las dispersa[123 ].
    010:013 El que es empleado contratado huye porque es contratado, y no
    le importan las ovejas.
    010:014 Soy el buen pastor. Conozco las mías, y soy conocido por las
    mías;
    010:015 así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre. Yo entrego
    mi vida por las ovejas.
    010:016 Tengo otras ovejas, que no son de este rebaño. También debo
    traerlas, y escucharán mi voz. Se convertirán en un rebaño con
    un pastor.
    010:017 Por esto el Padre me ama, porque entrego mi vida, para poderla
    tomar de nuevo.
    010:018 Nadie me la quita, sino que la entrego yo mismo. Tengo el
    poder para entregarla, y tengo poder para tomarla de nuevo.
    Recibí este mandamiento de mi Padre.»

    010:019 Entonces se creó una división entre los Judíos a causa de
    estas palabras.
    010:020 Muchos de ellos decían, «¡Tiene un demonio y está loco! ¿Por
    qué lo escuchan?»
    010:021 Otros decían, «Estas no son las palabras de alguien poseído
    por un demonio. ¿Acaso es posible para un demonio abrir los
    ojos de los ciegos?»

    010:022 Era la Fiesta de la Dedicación[124] en Jerusalén.
    010:023 Era invierno, y Jesús estaba caminando en el templo, en el
    pórtico de Salomón.
    010:024 Entonces los Judíos lo rodearon y le dijeron, «¿Cuanto tiempo
    nos mantendrás en suspenso? Si tu eres el Cristo, dínoslo
    directamente. »

    010:025 Jesús les contestó, «Yo ya les dije, y ustedes no me creen.
    Las obras que hago en nombre de mi Padre, dan testimonio sobre
    mí.
    010:026 Pero ustedes no creen, porque ustedes no son de mis ovejas,
    como les dije.
    010:027 Mis ovejas escucha mi voz, yo las conozco, y me siguen.
    010:028 Les doy vida eterna. Nunca perecerán, y nadie podrá
    arrebatarlas de mi mano.
    010:029 Mi Padre, quien me las ha dado, es más grande que todos[125].
    Para nadie es posible arrebatarlas de las mano de mi Padre.
    010:030 Yo y el Padre somos uno.»

    010:031 Entonces los Judíos tomaron piedras nuevamente para
    apedrearlo.
    010:032 Jesús les contestó, «Les he mostrado muchas obras buenas de mi
    Padre. ¿Por cuál de esas obras desean apedrearme?»

    010:033 Los Judíos le contestaron, «No te apedreamos por una buena
    obra, sino por blasfemia: porque tu, siendo un hombre, te
    crees Dios.»

    010:034 Jesús les contestó, «¿No está escrito en su ley, `Les dije,
    ustedes son dioses?´
    010:035 Si llama[126] dioses a aquellos a quienes la palabra de Dios
    llega (y la Escritura no puede quebrantarse),
    010:036 ¿ Cómo dicen `Blasfemas´ a aquel a quien el Padre
    santificó[127] y envió al mundo, porque les dije `Soy el Hijo
    de Dios?´
    010:037 Si yo no hago las obras de mi Padre[128], no me crean.
    010:038 Pero si yo las hago, aunque no me crean a mi, crean en las
    obras; para que puedan saber y creer que el Padre está en mí y
    yo en el Padre.»

    010:039 Nuevamente intentaron atraparlo, pero Él se alejo de su
    alcance.
    010:040 Se fue de nuevo más allá del Jordán[129] al lugar donde Juan
    estuvo bautizando al comienzo, y allí se quedó.
    010:041 Muchos vinieron a Él. Decían, «En realidad Juan no hizo
    señales, pero todo lo que Juan dijo sobre este hombre es
    verdad.»
    010:042 Muchos creyeron en Él allí.

    11

    011:001 Cierto hombre estaba enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de
    Maria y su hermana, Marta.
    011:002 Era aquella María que había ungido al Señor con aceite, y que
    había limpiado sus pies con el cabello, quien estaba enfermo
    era su hermano Lázaro.
    011:003 Las hermanas le mandaron decir, «Señor, observa, aquel por
    quien tienes gran afecto está enfermo.»
    011:004 Cuando Jesús lo escuchó, dijo, «Esta enfermedad no es mortal
    sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios pueda
    ser glorificado con esta.»
    011:005 Ocurría que Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
    011:006 Aunque[130] cuando supo que estaba enfermo, se quedó dos días
    más en el lugar donde estaba.
    011:007 Tras lo cual le dijo a los discípulos, «Vayamos de nuevo a
    Judea.»

    011:008 Los discípulos le dijeron, «Rabí, los Judíos están tratando de
    apedrearte, ¿Pero vas de nuevo allá?»

    011:009 Jesús les contestó, «¿No hay doce horas de luz al día? Si un
    hombre camina en el día, no tropieza, porque ve la luz de este
    mundo.
    011:010 Pero si un hombre camina en la noche, tropieza, porque la luz
    no está en él.»
    011:011 Dijo estas cosas, y después, les dijo « Nuestro amigo Lázaro
    yace dormido, pero voy a ir para poder despertarlo de su
    sueño.»

    011:012 Entonces los discípulos dijeron, «Señor, si yace dormido, se
    recobrará.»

    011:013 Jesús hablaba de su muerte, pero ellos pensaban que hablaba de
    descansar durmiendo.
    011:014 Así que Jesús les dijo directamente, «Lázaro está muerto.
    011:015 Por el bien de ustedes, me alegra no haber estado allí, para
    que puedan creer. Por esto, vamos donde él.»

    011:016 Entonces Tomas, que era llamado dídimo[131], dijo a los
    discípulos, «Vayamos también, para poder morir con Él.»

    011:017 Así que cuando Jesús fue, encontró que Lázaro ya llevaba
    cuatro días en la tumba.
    011:018 Betania estaba cerca a Jerusalén, como a quince estadios[132]
    de distancia.
    011:019 Muchos de los Judíos se habían unido a las mujeres que
    rodeaban a Marta y Maria, para consolarlas por lo concerniente
    a su hermano.
    011:020 Entonces cuando Marta escucho que Jesús venía, fue a
    encontrarlo, pero Maria se quedó en la casa.
    011:021 Entonces Marta le dijo a Jesús, «Señor, si hubieras estado
    aquí, mi hermano no hubiera muerto.
    011:022 Aunque yo ahora se, que cualquier cosa que le pidas a Dios,
    Dios te la concederá.»
    011:023 Jesús le dijo, « Tu hermano resucitará.»

    011:024 Marta le dijo, «Se que él resucitará en la resurrección del
    último día.»

    011:025 Jesús le dijo, «Yo soy la resurrección y la vida. Aquel que
    crea en mí vivirá, incluso si muere.
    011:026 Cualquier que viva y crea en mí no morirá nunca. ¿Crees
    esto?»

    011:027 Ella le dijo, «Si, Señor. He llegado a creer que tu eres
    Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

    011:028 Cuando había dicho esto, se fue, y llamó en secreto a María,
    su hermana, diciendo, «El Maestro está aquí, y te está
    llamando.»

    011:029 Cuando ella escucho esto, se levantó rápidamente y fue donde
    Él.
    011:030 Jesús aún no había llegado a la villa, sino que estaba en el
    sitio en el que Marta lo había encontrado.
    011:031 Entonces cuando los Judíos que estaba con ella en la casa, y
    que la consolaba, vieron que Maria se levantaba rápidamente y
    salia, la siguieron, diciendo, «Va a la tumba a llorara allí.»
    011:032 Entonces cuando Maria fue donde Jesús estaba, y lo vio, cayó a
    sus pies, diciéndole, «Señor, si hubieras estado aquí, mi
    hermano no hubiera muerto.»

    011:033 Cuando Jesús la vio llorando, junto con los Judíos que venían
    llorando con ella, suspiró en el espíritu, se conmovió,
    011:034 y dijo, « ¿Donde lo han dejado?»
    Le dijeron, «Señor, ven y mira.»

    011:035 Jesús lloró.

    011:036 Entonces los Judíos dijeron, «¡Miren cuanto afecto tenía por
    él!»
    011:037 Algunos de ellos dijeron, «¿No podría este hombre, que abrió
    los ojos del que estaba ciego, también haber evitado que este
    hombre muriera?»

    011:038 Jesús entonces, nuevamente suspirando en su interior, fue a la
    tumba, que estaba tapada con una piedra.
    011:039 Jesús dijo, «Retiren la piedra.»
    Marta, la hermana del que estaba muerto, le dijo, «Señor, en
    este momento debe oler mal, porque lleva cuatro días muerto.»

    011:040 Jesús le dijo, «¿No te dije que si creías, verías la gloria de
    Dios?»

    011:041 Así que corrieron la piedra del sitio donde el muerto yacía.
    Jesús levantó sus ojos, y dijo, «Padre, te agradezco por
    haberme escuchado.
    011:042 Se que siempre me escuchas, pero a causa de la multitud que me
    rodea digo esto, para que puedan creer que Tu me enviaste.»
    011:043 Después de decir esto, grito con fuerte voz, «¡Lázaro, sal!»

    011:044 El que había estado muerto salió, con manos y pies envueltas
    en vendas y su rostro envuelto en tela.
    Jesús les dijo, «Libérenlo, y permítanle andar.»

    011:045 Así que muchos de los Judíos que fueron donde María y vieron
    lo que Jesús hizo, creyeron en Él.
    011:046 Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos, y les
    contaron lo que habían hecho Jesús.
    011:047 Entonces los jefes de los sacerdotes y los fariseos se
    reunieron en un consejo y dijeron, «¿Que vamos a hacer? Pues
    este hombre hace muchas señales.
    011:048 Si lo dejamos sólo así, todos creerán en Él, y los romanos
    vendrán y nos arrebatarán tanto nuestro sitio[133] como
    nuestra nación.»

    011:049 Pero uno de ellos, Caifás, siendo el sumo sacerdote ese año,
    les dijo, «No saben nada,
    011:050 ni consideran que es ventajoso para nosotros[134] que un
    hombre muera por la gente, para que la nación entera no
    perezca.»
    011:051 Él no hablaba por si mismo, sino que siendo sumo sacerdote ese
    año, profetizaba[135] que Jesús moriría por la nación,
    011:052 y no solamente por la nación, sino que agruparía en uno a los
    hijos de Dios que están dispersos.
    011:053 Así que desde ese día decidieron que lo matarían.
    011:054 Entonces Jesús no volvió a caminar abiertamente entre los
    Judíos, sino que salió de allí a una tierra cercana en el
    desierto, a una ciudad llamada Efraín. Allí se quedó con sus
    discípulos.

    011:055 Ocurrió que la pascua de los judíos estaba cerca. Muchos
    fueron de los campos a Jerusalén antes de la pascua, para
    purificarse.
    011:056 Buscaban a Jesús y se decían unos a otros, mientras estaban en
    el templo, «Qué piensas, ¿Será que viene a la fiesta?»
    011:057 Los jefes de los sacerdotes y los fariseos habían ordenado que
    si alguno sabía donde estaba Él, debía reportarlo, para poder
    capturarlo.

    12

    012:001 Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde
    estaba Lázaro, el que había estado muerto, y fue resucitado de
    la muerte.
    012:002 Así que le hicieron una cena allí. Marta sirvió, mientras
    Lázaro era uno de los que se sentaron a la mesa con Él.
    012:003 María, entonces tomó una libra[136] de ungüento de nardo puro,
    muy costoso, y ungió los pies de Jesús, y seco los pies con su
    cabello. La casa se llenó de la fragancia del ungüento.
    012:004 Entonces Judas Iscariote, el hijo de Simón, uno de sus
    discípulos, quien lo traicionaría, dijo,
    012:005 «¿Por qué no fue vendido este ungüento por trescientos
    denarios[137], para darlo a los pobres?»
    012:006 Dijo esto, no porque le importaran los pobres, sino porque era
    un ladrón, y teniendo la caja del dinero, solía robar lo que
    allí se ponía.
    012:007 Pero Jesús le dijo, «Déjala en paz. Ella ha guardado esto para
    el día de mi entierro.
    012:008 Porque siempre tendrán a los pobres con ustedes, pero no
    siempre me tendrán a mí.»

    012:009 Entonces una gran multitud de los judíos se enteró de que Él
    estaba allí y fueron, no solo por Jesús sino porque de pronto
    podrían ver a Lázaro a quien Jesús había resucitado de la
    muerte.
    012:010 Pero los jefes de los sacerdotes conspiraban para asesinar
    también a Lázaro,
    012:011 porque por él muchos de los judíos se separaron y creyeron en
    Jesús.

    012:012 Al día siguiente una gran multitud fue a la fiesta. Cuando
    escucharon que Jesús iba hacia Jerusalén,
    012:013 tomaron ramas de las palmeras, y salieron a encontrarlo,
    gritando, «!Hosanna! !Bendito es el que viene en el nombre del
    Señor, el Rey de Israel!»

    012:014 Jesús, habiendo encontrado un burro joven, se sentó en este.
    Como está escrito,
    012:015 «No te asustes, hija de Sión[138]. Observa, tu Rey viene,
    sentado sobre un burro joven.»
    012:016 Sus discípulos no entendieron estas cosas al comienzo, pero
    cuando Jesús fue glorificado, recordaron que estas cosas
    estaban escritas sobre Él, y que ellos habían hecho esto[139].
    012:017 La multitud que había estado con Él cuando llamó a Lázaro para
    que saliera de la tumba y lo resucitó de la muerte, estaba
    dando testimonio de esto.
    012:018 También por esta razón mucha gente fue a encontrarlo, porque
    habían escuchado que Él había realizado tal señal.
    012:019 Los Fariseos entonces se dijeron entre ellos, «Miren como no
    han logrado nada. Observen, el mundo vas tras Él.»

    012:020 Ocurrió que había algunos griegos[140] entre la gente que
    habían ido a alabar durante la fiesta.
    012:021 Estos, entonces, fueron donde Felipe, quien era de Betsaida de
    Galilea, y le pidieron «Señor, queremos ver a Jesús.»
    012:022 Felipe fue y le contó a Andrés y él fue con Felipe a
    contárselo a Jesús.
    012:023 Jesús les contestó, «El tiempo para que el hijo del hombre sea
    glorificado ha llegado.
    012:024 Yo les aseguro, a no ser que un grano de trigo caiga en la
    tierra y muera, permanecerá solo. Pero si muere da muchos
    frutos.
    012:025 Aquel que ama su vida la perderá. Quien odia su vida en este
    mundo la mantendrá hasta la vida eterna.
    012:026 Si alguno me sirve, que me siga. Donde yo este, estará el que
    me sirva. Si alguno me sirve el Padre lo honrará.

    012:027 «Ahora mi alma está perturbada. ¿Qué debo decir `Padre,
    sálvame de este momento?´ Pero por esta causa llegue a este
    momento.
    012:028 ¡ Padre, glorifica tu nombre!»
    Entonces vino una voz del cielo diciendo, «Yo lo he
    glorificado y lo glorificaré de nuevo.»

    012:029 La multitud que estaba allí y la escuchó dijo que había
    tronado. Otros dijeron, «Un ángel le ha hablado.»

    012:030 Jesús contestó,«Esta voz no ha venido por mi causa sino por la
    de ustedes.
    012:031 Ahora es el juicio de este mundo. Ahora el príncipe de este
    mundo será expulsado.
    012:032 Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a mi.»
    012:033 Pero él dijo esto, refiriéndose a la forma de su muerte.
    012:034 La multitud le contestó, «Hemos escuchado de la ley que el
    Cristo[141] permanece para siempre. ¿Cómo dices que `El Hijo
    del Hombre debe ser levantado?´ ¿Quién es este Hijo del
    Hombre?»

    012:035 Entonces Jesús les dijo,«La luz aún estará con ustedes un poco
    más. Caminen mientras tengan la luz, para que la oscuridad no
    los sorprenda. Aquel que camina en la oscuridad no sabe a
    donde va.
    012:036 Mientras tengan la luz crean en ella, para que puedan
    convertirse en niños de la luz[142].» Jesús dijo estas cosas,
    se alejó y se escondió de ellos.
    012:037 Pero aunque Él había hecho tantas señales ante ellos, ellos
    aún no creían en Él,
    012:038 pues la palabra del profeta Isaías se tenía que cumplir, él
    dijo
    «Señor, ¿quién ha creído nuestro reporte?¿A quién ha sido
    revelado el brazo del Señor?»
    012:039 Por esta razón no podían creer, pues Isaías también dijo,

    012:040 Han[143] enceguecido sus ojos y han endurecido sus corazones[
    144], Para que no puedan ver con sus ojos, ni percibir con sus
    corazones, para que no regresen a mí, y que Yo no los sane.»
    012:041 Isaías dijo estas cosas cuando vio su gloria[145] y habló de
    Él.
    012:042 A pesar de esto muchos de los dirigentes creyeron en Él, pero
    por los fariseos no lo confesaban para no ser expulsados de
    las sinagogas,
    012:043 pues amaban mas la honra dada por los hombres que la dada por
    Dios.

    012:044 Jesús grito y dijo,«Quien crea en mí, no cree en mí[146] sino
    en el que me envió.
    012:045 El que me ve, ve al que me envió.
    012:046 He venido como una luz al mundo, para que el que crea en mi no
    permanezca en la oscuridad.
    012:047 Si alguien escucha mis palabras y no cree, no lo juzgo. Pues
    yo no vine a juzgar al mundo sino a salvarlo.
    012:048 Aquel que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo
    juzgue. La misma palabra que yo hablé lo juzgarán en el último
    día.
    012:049 Pues yo no hablé por mi cuenta, sino que el Padre que me
    mandó, me ordenó lo que debería decir y hablar[147].
    012:050 Yo se que su mandamiento es vida eterna. Por esto las cosas
    que yo hablo las digo tal como el Padre me lo ha indicado.»

    13

    013:001 Era antes de la fiesta de la pascua, Jesús sabía que su hora
    había llegado, que partiría de este mundo hacia el Padre,
    habiendo amado a los suyos de este mundo, y amándolos hasta el
    final.
    013:002 Después de la cena, el diablo ya había puesto en el corazón de
    Judas Iscariote, el hijo de Simón, que lo traicionaría,
    013:003 Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en
    sus manos[148], y que venía de Dios e iba hacia Dios,
    013:004 se levantó de la mesa, puso a un lado su vestido. Tomó una
    toalla, y la envolvió alrededor de su cintura.
    013:005 Entonces vertió agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies
    de los discípulos[149], y a secarlos con la toalla que
    llevaba.
    013:006 Entonces llego a Simón Pedro. Él le dijo, «¿Señor, lavas mis
    pies?»

    013:007 Jesús le contestó, «No sabes lo que hago ahora, pero lo
    entenderás después.»

    013:008 Pedro le dijo, «¡Nunca lavarás mis pies!»
    Jesús le contestó, «Si no lavo tus pies, no tomarás parte
    conmigo.»

    013:009 Simón Pedro le dijo, «¡Señor, en ese caso[150] no sólo mis
    pies, sino que también mis manos y mi cabeza!»

    013:010 Jesús le dijo, «Quien se ha bañado sólo necesita que se laven
    sus pies, para quedar completamente limpio. Tu estás limpio,
    pero no todos ustedes.»
    013:011 Porque Él conocía al que lo traicionaría, entonces dijo, «No
    todos ustedes están limpios.»
    013:012 Después de haber lavado su pies, se puso su abrigo, se sentó
    de nuevo y les dijo«¿ Saben lo que les he hecho?
    013:013 Me llaman, `Maestro´ y `Señor.´ Lo dicen correctamente pues
    eso soy.
    013:014 Entonces si yo, el Señor y el Maestro, he lavado sus pies,
    ustedes también deberían lavárselos unos a otros.
    013:015 Pues les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan tal como
    les he hecho.
    013:016 Con seguridad les digo, un sirviente no es más grande que su
    señor, ni el que es enviado es más grande que quien lo envió.
    013:017 Si saben estas cosas, benditos son si las hacen.
    013:018 No hablo con respecto a todos ustedes. Conozco a quienes he
    escogido. Pero para que la escritura se cumpla, `Aquel que
    come pan conmigo ha levantado el talón contra mí[151].´
    013:019 Desde ahora, antes de que ocurra se los digo, para que cuando
    ocurra ustedes puedan creer que YO SOY.
    013:020 Con seguridad les digo, aquel que recibe a cualquiera que yo
    haya enviado; me recibe a mí; y aquel que me recibe a mí,
    recibe al que me envió.»

    013:021 Mientras Jesús decía esto, su espíritu se perturbó, y dio
    testimonio, «Con seguridad les digo que uno de ustedes me
    traicionará.»

    013:022 Los discípulos se miraron unos a otros, preguntándose sobre
    quién hablaba.
    013:023 Uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba, estaba en la mesa,
    inclinado contra el pecho de Jesús[152].
    013:024 Entonces por señas [153], Simón Pedro le dijo, «Dinos quien es
    aquel de quien Él habla.»

    013:025 Inclinándose de nuevo como estaba, sobre el pecho de
    Jesús[154] le preguntó, «Señor, ¿Quién es?»

    013:026 Entonces Jesús le contestó, «Es aquel a quien yo de este
    pedazo de pan después de remojarlo.» Así que cuando había
    remojado el pedazo de pan, se lo entregó a Judas, el hijo de
    Simón Iscariote.
    013:027 Entonces, después de recibir[155] el pedazo de pan, satán
    entró en él.
    Entonces Jesús le dijo, «Lo que vas a hacer, hazlo pronto.»

    013:028 Ninguno de la mesa sabía porque le decía esto.
    013:029 Cómo Judas tenía la caja del dinero, algunos pensaron que
    Jesús le decía «Compra las cosas que necesitamos para la
    fiesta,» o que debería dar algo a los pobres.
    013:030 Entonces, habiendo recibido el pedazo de pan, salió de
    inmediato. Era de noche.

    013:031 Cuando se había ido, Jesús dijo, «Ahora el Hijo del Hombre ha
    sido glorificado[156], y Dios ha sido glorificado en Él.
    013:032 Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también lo glorificará
    en si mismo, y lo glorificará de inmediato.
    013:033 Niñitos, estaré con usted un poco más. Me buscarán, y como le
    dije a los Judíos, `A donde voy ustedes no pueden ir,´ así que
    ahora les digo.
    013:034 Les doy un nuevo mandamiento, que se amen los unos a los
    otros, como yo los he amado; que así se amen unos a otros.
    013:035 Por esto todos sabrán que ustedes son mis discípulos, si
    tienen amor unos por otros.»

    013:036 Simón Pedro le dijo, «Señor, ¿A donde vas?»
    Jesús le contestó «A donde voy, no me puedes seguir ahora,
    pero me seguirás después[157].»

    013:037 Pedro le dijo, «Señor, ¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo
    daré mi vida por ti.»

    013:038 Jesús le contestó, «¿Darás tu vida por mi? Con seguridad te
    digo, el gallo no habrá cantado tres veces sino hasta que me
    hayas negado tres veces.

    14

    014:001 «Que tu[158] su corazón no se angustie. Cree en Dios. Cree
    también en mí.
    014:002 En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera
    así, yo te lo diría. Voy a preparar un lugar para ti.
    014:003 Si yo voy y preparo un lugar para ti, volveré y te recibiré yo
    mismo; para que donde yo este, ustedes también puedan estar.
    014:004 Ustedes saben a donde voy y conocen el camino.»

    014:005 Tomás le dijo, «Señor no sabemos a donde vas. ¿Cómo podríamos
    saber el camino?»

    014:006 Jesús le dijo, «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie
    llega al Padre, excepto a través de mi.
    014:007 Si ustedes me hubieran conocido, habrían conocido a mi Padre
    también. Desde ahora, ustedes lo conocen, y lo han visto.»

    014:008 Felipe le dijo, «Señor, muestranos al Padre, y eso será
    suficiente para nosotros.»

    014:009 Jesús le dijo, «He estado con ustedes tanto tiempo, ¿Y no me
    conoces, Felipe? Aquél que me ha visto a mí, ha visto al
    Padre. ¿ Cómo es que dices, `Muestranos al Padre?´
    014:010 ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las
    palabras que les digo, no las digo por mi mismo; sino mi Padre
    quien vive en mí que hace sus obras.
    014:011 Creánme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; o en otro
    caso creánme por causa de las obras.
    014:012 Con seguridad les digo, aquel que crea en mí, en las obras que
    hago, también hará; y hará obras más grandes que estas, porque
    yo voy a mi Padre.
    014:013 Cualquier cosa que pidan en mi nombre, eso haré, para que el
    Padre pueda ser glorificado en el Hijo.
    014:014 Si piden algo en mi nombre, eso haré.
    014:015 Si me aman, sigan mis mandamientos.
    014:016 Yo oraré al Padre, y Él les dará otro Consejero[159] que podrá
    estar con ustedes por siempre,
    014:017 el Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir;
    porque no lo ha visto[160], ni lo conoce. Ustedes lo conocen,
    porque vive con ustedes, y estará en ustedes.
    014:018 No los dejaré huérfanos. Vendré a ustedes[161].
    014:019 Un corto tiempo más, y el mundo no me verá más; pero ustedes
    me verán. Porque yo vivo, ustedes vivirán también.
    014:020 Ese día ustedes sabrán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en
    mí, y yo en ustedes.
    014:021 Aquel que tenga mis mandamientos y los siga, esa persona es
    quien me ama. Quien me ama será amado por mi Padre, y yo lo
    amaré, y me revelaré ante él.»

    014:022 Judas (no Iscariote) le dijo, «Señor, ¿Qué ha pasado, para que
    te reveles a nosotros, pero no al mundo?»

    014:023 Jesús le contestó, «Si alguien me ama, Mi Padre lo amará, y
    nosotros iremos a él, y haremos nuestra casa con él[162].
    014:024 Quien no me ama, no sigue mis palabras. La voz que ustedes
    oyen no es la mía, sino del Padre que me envió.
    014:025 Les he dicho estas cosas mientras aún estoy viviendo con
    ustedes.
    014:026 Pero el Consejero[163], el Espíritu Santo, a quien el Padre
    enviará en mi nombré, Él les enseñará todas las cosas, y les
    recordará todo lo que les he dicho.
    014:027 Dejo Paz en ustedes. Les doy mi Paz; se las doy no como el
    mundo la da. No dejen que sus corazones se angustien, ni
    tengan miedo[164 ].
    014:028 Ustedes escucharon que les dije, `Me voy, y vendré a ustedes.´
    Si ustedes me amaran, ustedes se regocijarían, porque dije
    `Voy al Padre;´ pues el Padre es más grande que Yo.
    014:029 Les he dicho esto antes de que ocurra, para que cuando ocurra,
    ustedes puedan creer.
    014:030 No hablaré mucho más con ustedes, porque el príncipe del mundo
    viene, pero él no tiene nada en mí[165].
    014:031 Pero que el mundo sepa que amo al Padre, y el Padre me ha
    ordenado, y así obró. Levantémonos, vámonos de aquí.

    15

    015:001 «Soy la verdadera vid[166], y mi Padre es el sembrador.
    015:002 Toda rama de mi que no da fruto, Él la retira. Toda rama que
    da fruto, Él la poda[167] para que pueda dar más frutos.
    015:003 Ustedes ya están podados por la palabra que les he dicho.
    015:004 Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como la rama no puede
    dar fruto por si misma, a menos que permanezca en la vid, así
    ustedes tampoco pueden, a menos que permanezcan en mí.
    015:005 Soy la vid. Ustedes son las ramas. Quien permanezca en mí, y
    yo en él, dará muchos frutos, porque apartados de mí ustedes
    no pueden hacer nada.
    015:006 Si alguien no permanece en mí, será arrojado como una rama
    seca[168]; y los recogerán, los arrojarán al fuego y
    arderán[169].
    015:007 Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en
    ustedes[170], pidan cualquier cosa que deseen, y se les
    realizará.

    015:008 «En esto se da gloria a mi Padre, que ustedes den muchos
    frutos; y que así sean mis discípulos.
    015:009 Así como mi Padre me ha amado, así también los he amado.
    Mantenganse en mi amor.
    015:010 Si siguen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; tal como
    yo he seguido los mandamientos de mi Padre, y me mantengo en
    su amor.
    015:011 Les he dicho estas cosas, para que la felicidad perdure en
    ustedes, y para que su felicidad pueda ser completa.

    015:012 «Este es mi mandamiento, que se amen unos a otros, como yo los
    he amado.
    015:013 Nadie puede tener más amor, que quien entrega su vida por sus
    amigos.
    015:014 Ustedes son mis amigos, si hacen cualquier cosa que les
    ordene.
    015:015 No los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que su señor
    hace. Sino que los he llamado amigos, porque todo lo que he
    oído de mi padre, se los he dado a conocer.
    015:016 Ustedes no me escogieron, sino que yo los escogí, para que
    fueran y dieran fruto, y para que su fruto se mantuviera; para
    que el Padre pueda darles cualquier cosa que pidan en mi
    nombre.

    015:017 «Les ordeno esto, que se amen unos a otros.
    015:018 Si el mundo los odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a
    ustedes.
    015:019 Si fueran del mundo, el mundo amaría a los suyos. Pero como no
    son del mundo, porque yo los he elegido fuera del mundo[171],
    entonces el mundo los odia.
    015:020 Recuerden la palabra que les dije: `Un siervo no es más grande
    que su señor.´ Si me persiguieron, también los perseguirán.
    Los que sigan mi palabra, también seguirán la de ustedes.
    015:021 Pero todas estas cosas se las harán por causa de mi nombre,
    porque no conocen a quien me envió.
    015:022 Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, ellos no
    habrían pecado; pero ahora no tienen excusa para su pecado.
    015:023 Aquel que me odia a mí, odia a mi Padre también.
    015:024 Si yo no hubiera hecho entre ellos las obras que nadie más
    hizo, no habrían pecado. Pero ahora que han visto, también nos
    han odiado al Padre y a mí.
    015:025 Pero esto ha ocurrido para que la palabra que estaba escrita
    en su ley se cumpliera, `Me odiaron sin causa alguna.´

    015:026 «Cuando venga el Consejero , el espíritu de la Verdad que
    procede del Padre, a quien les enviaré desde el Padre, Él dará
    testimonio sobre mí.
    015:027 Ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo
    desde el comienzo.

    16

    016:001 «Les he dicho estas cosas, para que no tropiecen[172].
    016:002 Los sacarán de las sinagogas. Sí, vendrá el tiempo en el que
    cualquiera que los mate, pensará que ofrece un servicio a
    Dios.
    016:003 Harán estas cosas[173] porque no han conocido ni al Padre, ni
    a mí.
    016:004 Pero les he dicho estas cosas, para que cuando llegue el
    tiempo, puedan recordar que se las había dicho. No les dije
    estas cosas desde el comienzo, porque estaba con ustedes.
    016:005 Pero ahora me voy donde aquel que me envió, ¿Ninguno de
    ustedes me pregunta, `A donde vas?´
    016:006 Como les he dicho estas cosas, la preocupación ha embargado
    sus corazones.
    016:007 Sin embargo les digo la verdad: Es ventaja para ustedes que yo
    me vaya, porque si yo no me fuera, el Consejero no vendría a
    ustedes. Pero si me voy, se los enviaré.
    016:008 Cuando venga, condenará[ 174] al mundo por el pecado, por la
    rectitud y por el juicio;
    016:009 por el pecado, porque no creen en mí;
    016:010 por la rectitud, porque voy al Padre y no me verán más;
    016:011 por el juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido
    juzgado[175].

    016:012 «Tengo aún muchas cosas por decirles, pero ustedes no pueden
    soportarlas ahora.
    016:013 Pero cuando Él, el Espíritu de la Verdad, haya venido, Él los
    guiará a la verdad completa, porque no hablará por si mismo;
    sino que el hablará todo lo que escuche. Él les declarará
    cosas que vendrán.
    016:014 Él me glorificará, porque tomará de lo que es mio, y se los
    declara.
    016:015 Todas las cosas que el Padre tiene son mías; por esto les dije
    que Él toma[176] de lo que es mio, y se los declarará.
    016:016 Un poco más, y ya no me verán. Otro poco más y me
    verán[177].»

    016:017 Entonces algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros,
    «¿Qué es esto que Él nos dice, `Un poco más y ya no me verán.
    Otro poco más y me verán;´ y `Porque voy al Padre?´»
    016:018 Entonces dijeron, «¿ Que es esto que dice, `Un poco más?´ No
    sabemos de lo que habla.»

    016:019 Entonces Jesús percibió que ellos querían preguntarle, y les
    dijo, «¿Se preguntan entre ustedes sobre esto, que les he
    dicho, `Un poco más, y ya no me verán. Otro poco más y me
    verán?´
    016:020 Yo les aseguro, que llorarán y se lamentarán pero el mundo se
    alegrará. Estarán tristes pero su tristeza se convertirá en
    alegría.
    016:021 Una mujer cuando da a luz siente preocupación porque ha
    llegado su hora. Pero cuando ha traído al niño, no recuerda su
    angustia, por la alegría del nacimiento de un ser humano en el
    mundo.
    016:022 Entonces ustedes ahora sienten preocupación, pero los veré de
    nuevo, y sus corazones se alegrarán, y nadie les podrá quitar
    la felicidad.

    016:023 «Ese día no me harán preguntas. Con seguridad les digo,
    cualquier cosa que pidan al Padre en mi nombre, Él se la dará.
    016:024 Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan, y
    recibirán, para que su felicidad pueda ser completa.
    016:025 Les he dicho estas cosas en parábolas[178]. Pero se acerca el
    tiempo en el que no les hablaré más con parábolas, sino que
    les hablaré directamente sobre el Padre.
    016:026 En ese día, pedirán en mi nombre; y no les diré que oraré al
    Padre por ustedes,
    016:027 pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado, y
    han creído que vine de Dios.
    016:028 He venido del Padre[ 179], y he venido al mundo. De nuevo dejo
    el mundo y voy al Padre.»

    016:029 Sus discípulos le dijeron, «Observa, ahora hablas
    directamente, y no hablas con parábolas.
    016:030 Ahora sabemos que sabes todas las cosas, y no necesitas que
    nadie te pregunte. Por esto creemos que tu has venido del
    Padre.»

    016:031 Jesús les contestó, «¿Ahora creen?
    016:032 Observen, la hora se acerca, sí, ha llego, cuando ustedes se
    dispersarán, cada uno a su propio sitio, y me dejarán sólo.
    Pero no estoy sólo porque el Padre está conmigo.
    016:033 Les he dicho estas cosas, para que puedan tener paz en
    mí[180]. En el mundo tienen opresión, ¡Pero anímense! He
    conquistado el mundo.»

    17

    017:001 Jesús dijo estas cosas, y levantando los ojos al cielo dijo, «
    Padre el momento ha llegado. Glorifica a tu Hijo, que tu Hijo
    también te pueda glorificar;
    017:002 así como le diste autoridad sobre toda carne, Él dará vida
    eterna a todos los que le has dado.
    017:003 Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti el único y
    verdadero Dios, y a aquel a quien enviaste, Jesús Cristo.
    017:004 Yo te glorifique en la tierra. He logrado la labor que me has
    puesto.
    017:005 Ahora Padre, glorifícame contigo mismo, con la gloria que yo
    tenía antes de que el mundo existiera.
    017:006 Yo le revelé tu nombre a las personas que me has dado del
    mundo. Eran tuyos y me los has dado a mí. Ellos le han hecho
    caso a tu palabra.
    017:007 Ahora ellos saben que todas las cosas que me has dado vienen
    de ti[181],
    017:008 pues las palabras que me has dado se las he dado a ellos, y
    ellos las recibieron, y se aseguraron de que yo venía de ti, y
    han creído que tu me has enviado.
    017:009 Rezo por ellos. No rezo por el mundo sino por aquellos que me
    has dado, pues ellos son tuyos.
    017:010 Todas las cosas que son mías son tuyas, y las tuyas son mías,
    y yo estoy glorificado en ellas.
    017:011 Yo no seguiré en el mundo pero ellos si, yo voy a ti. Padre
    Santo, cuídalos en tu nombre el cual me has dado a mí, que
    sean uno así como nosotros lo somos.
    017:012 Mientras que estaba en el mundo con ellos los mantuve en tu
    nombre. Los que me has dado los he mantenido. Ninguno está
    perdido, excepto el hijo de la destrucción, para que la
    escritura se cumpliera.
    017:013 Pero ahora voy a Ti, y digo estas cosas en el mundo, para que
    puedan completar en ellos mi felicidad[182].
    017:014 Les he dado tu palabra. El mundo los ha odiado, porque no son
    del mundo, así como yo no soy del mundo.
    017:015 No oro para que los saques del mundo, sino para que los cuides
    del maligno.
    017:016 No son del mundo así como yo tampoco soy del mundo.
    017:017 Santifícalos[183] en tu verdad. Tu palabra es verdad.
    017:018 Tal como me enviaste al mundo, así los he enviado a ellos al
    mundo.
    017:019 Por su causa me santifico a mi mismo, para que ellos mismos
    puedan ser santificados en la verdad.
    017:020 No sólo por ellos oro, sino también por aquellos que creen en
    mí por medio de su palabra,
    017:021 que todos puedan ser uno; así como tu, Padre, estás en mí y yo
    en ti, que ellos también puedan ser uno en nosotros; para que
    el mundo pueda creer que tu me enviaste.
    017:022 La gloria que me has dado, se las he dado a ellos; para que
    puedan ser uno, así como nosotros somos uno;
    017:023 Yo en ellos, y tu en mí, para que puedan ser perfeccionados en
    uno; que el mundo pueda saber que tu me enviaste, y que los
    amaste, así como me amaste.
    017:024 Padre, también deseo que aquellos que me has dado, estén
    conmigo donde yo este, que puedan ver mi gloria, la cual tu me
    has dado, porque me amabas desde antes de la fundación del
    mundo.
    017:025 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocía; y
    ellos supieron que tu me enviaste.
    017:026 Les he dado a conocer tu nombre, y lo haré conocido; para que
    el amor con el que me has amado pueda estar en ellos, y yo en
    ellos.»

    18

    018:001 Cuando Jesús había dicho estas palabras, paso con sus
    discípulos sobre el puente Cedrón, donde había un jardín, al
    cual Él y sus discípulos entraron.
    018:002 Ocurrió que Judas, quien lo traicionó, también conocía el
    lugar, porque Jesús lo frecuentaba con sus discípulos.
    018:003 Entonces Judas, habiendo tomado una tropa de soldados y
    oficiales de los sacerdotes jefes y de los fariseos, fue allí
    con linternas, antorchas y armas.
    018:004 Jesús, sabiendo todas las cosas que le ocurrirían, avanzó y
    les dijo, «¿A quién buscan?»

    018:005 Le contestaron, «A Jesús de Nazaret.»
    Jesús les dijo, «YO SOY.»
    También Judas, quien lo traicionó, estaba con ellos.
    018:006 Y cuando Él les dijo «YO SOY», retrocedieron y cayeron al
    piso.

    018:007 De nuevo les pregunto Jesús, «¿A quién buscan?»
    Ellos dijeron, «Jesús de Nazaret.»

    018:008 Jesús les dijo, «Ya les dije que YO SOY. Entonces si me buscan
    a mí, dejen que estos sigan su camino,»
    018:009 para que se cumpliera la palabra[184] que dice, «De aquellos
    que me has dado, no he perdido ninguno.»

    018:010 Entonces Simón Pedro, quien tenía una espada, la sacó, y le
    dio al siervo del sumo sacerdote, cortando su oreja derecha.
    El nombre del siervo era Malco.
    018:011 Entonces Jesús le dijo a Pedro, «Pon la espada en su funda.
    ¿Acaso no debo beber la copa que el Padre me ha dado?»

    018:012 Entonces los soldados, el oficial a cargo y los oficiales de
    los judíos, apresaron a Jesús, lo ataron,
    018:013 y lo condujeron primero donde Anás, pues él era el suegro de
    Caifás, quien era el sumo sacerdote aquel año.
    018:014 Fue Caifás quien aconsejó a los Judíos que era apropiado que
    muriera un hombre por la gente.
    018:015 Simón Pedro siguió a Jesús, así como otro discípulo. Ocurría
    que ese discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró
    junto con Jesús a la corte del sumo sacerdote;
    018:016 pero Pedro permaneció afuera junto a la puerta. El otro
    discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, salió y habló
    a la que cuidaba la puerta, e hizo entrar a Pedro.
    018:017 Entonces la empleada que cuidaba la puerta le dijo a Pedro, «¿
    Eres también uno de los discípulos de ese hombre?»
    Él dijo, «No lo soy.»

    018:018 Los siervos y los oficiales estaba allí, pues habían hecho un
    fuego de carbón porque hacia frío, y permanecían allí
    calentándose. Pedro estaba con ellos y se calentaba.
    018:019 Entonces, el sumo sacerdote le preguntó a Jesús sobre sus
    discípulos y sobre su enseñanza.
    018:020 Jesús le contestó, «Hablé abiertamente al mundo. Siempre
    enseñe en las sinagogas, y en el templo, donde los judíos
    siempre se reúnen. No dije nada en secreto.
    018:021 ¿Por qué me preguntas? Pregúntale a quienes han oído lo que
    les he dicho. Ellos saben las cosas que he dicho.»

    018:022 Cuando dijo esto, uno de los oficiales se levantó y le dio una
    bofetada a Jesús con su mano, diciendo, «¿Le respondes al sumo
    sacerdote así?»

    018:023 Jesús le contestó, «Si he hablado mal, doy testimonio del
    mal[185 ]; pero si lo hice bien ¿Por qué me golpeas?

    018:024 Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.
    018:025 Simón Pedro se quedo allí y se calentaba. Entonces le dijeron,
    «Tu no eres uno de sus discípulos, ¿Lo eres?»
    Él lo negó, y dijo, «No lo soy.»

    018:026 Uno de los siervos del sumo sacerdote, siendo pariente de
    aquel a quien Pero había cortado la oreja, dijo, «¿No te vi en
    el jardín con Él?»

    018:027 Entonces Pedro lo negó de nuevo, y de inmediato el gallo
    cantó.

    018:028 Llevaron a Jesús de donde Caifás a la tienda del Pretor. Era
    temprano, y ellos mismos no entraron a la tienda, para no
    quedar impuros, y poder comer la pascua.
    018:029 Pilato entonces fue donde ellos, y les dijo, «¿Qué acusación
    traen contra este hombre?

    018:030 Le contestaron, «Si este hombre no fuera un malhechor, no te
    lo habríamos entregado.»

    018:031 Pilato entonces les dijo, «Tómenlo ustedes, y júzguenlo de
    acuerdo a su ley.»
    Entonces los judíos le dijeron, «No es legal para nosotros
    condenar a muerte a alguien, »
    018:032 para que la palabra de Jesús se pudiera cumplir, la que dijo,
    señalando la clase de muerte que tendría.

    018:033 Pilato entonces entró de nuevo a la tienda, llamó a Jesús, y
    le dijo, «¿Eres el Rey de los Judíos?»

    018:034 Jesús le contestó, «¿Dices esto por ti mismo, o otros te
    hablaron de mí?»

    018:035 Pilato respondió, «No soy Judío, ¿Acaso lo soy? Tu propia
    nación y los jefes de los sacerdotes te han enviado a mí. ¿Qué
    has hecho?»

    018:036 Jesús le contestó, «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino
    fuero de este mundo, mis siervos pelearían, para que yo no
    fuera entregado a los Judíos. Pero ocurre que mi Reino no es
    de aquí.»

    018:037 Pilato entonces le dijo, «¿Entonces eres un rey?»
    Jesús le contestó, «Dices que soy un rey. Por esta razón he
    nacido, y por esta razón he venido al mundo, para dar
    testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad
    escucha mi voz.»

    018:038 Pilato le dijo, «¿Qué es la verdad?»
    Después de haber dicho esto, fue de nuevo donde los judíos, y
    les dijo, «No encuentro bases para condenarlo.
    018:039 Pero ustedes tienen una costumbre, que yo les libere a alguien
    en la Pascua. Entonces ¿ Quieren que les libere al Rey de los
    Judíos?»

    018:040 Entonces todos gritaron, diciendo, «¡No a este hombre, sino a
    Barrabás!» Ocurría que Barrabás era un ladrón.

    19

    019:001 Así que Pilato tomó a Jesús[186], y lo flageló.
    019:002 Los soldados trenzaron espinas en una corona, la pusieron
    sobre su cabeza y lo vistieron con un manto púrpura.
    019:003 Se mantenían diciendo, «!Salve, Rey de los Judíos¡» y
    golpeándolo.

    019:004 Entonces Pilato salió de nuevo, y les dijo, «Observen, se los
    traigo, para que sepan que no encuentro bases para
    condenarlo.»

    019:005 Entonces Jesús salió, llevando el manto púrpura y la corona de
    espinas. Pilato les dijo, «¡Observen, al hombre!»

    019:006 Entonces cuando los jefes de los sacerdotes y los oficiales lo
    vieron, gritaron diciendo, «¡Crucifícalo¡ ¡Crucifícalo!»
    Pilato les dijo, «Tómenlo ustedes mismos, y crucifíquenlo,
    porque no encuentro bases para condenarlo.»

    019:007 Los judíos le contestaron, «Tenemos una ley, y de acuerdo a
    nuestra ley, Él debe morir, porque se ha creído el Hijo de
    Dios.»

    019:008 Entonces cuando Pilato escuchó esto, se asustó más.
    019:009 Entró a la tienda de nuevo, y le dijo a Jesús, «¿De donde
    eres?» Pero Jesús no le respondió.
    019:010 Pilato entonces le dijo, «¿No me estás hablando? ¿ No sabes
    que tengo el poder para liberarte, y tengo el poder para
    crucificarte?»

    019:011 Jesús le contestó, «No tendrías poder alguno contra mí, si no
    te hubiera sido dado desde arriba[187]. Así que quien me ha
    entregado a ti tiene mayor pecado.»

    019:012 Tras esto, Pilato buscaba liberarlo, pero los Judíos gritaron
    diciendo, «¡Si liberas a este hombre, no eres amigo del Cesar!
    ¡ Cualquiera que se crea rey habla contra el Cesar!»

    019:013 Entonces cuando Pilato escuchó estas palabras, sacó a Jesús,
    se sentó en la silla del juez en un lugar llamado «El
    Pavimento[188],» en Hebreo «Gabbatha.»
    019:014 Era el día de la preparación de la Pascua, era cerca de la
    sexta hora.[189]Le dijo a los Judíos, «¡Observen a su Rey!»

    019:015 Gritaron, «¡Lejos con Él!, ¡Lejos con Él! ¡Crucifícalo¡»
    Pilato les dijo, «¿Debo crucificar a su Rey?»
    Los jefes de los sacerdotes contestaron, «¡No tenemos más rey
    que al Cesar!»

    019:016 Así que se los entregó para que fuera crucificado. Tomaron a
    Jesús y lo sacaron.
    019:017 Salió, cargando su cruz, a un lugar llamado « El sitio de la
    calavera,» que en Hebreo es llamado, «Gólgota,»
    019:018 donde lo crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado,
    y Jesús en el medio.
    019:019 Pilato también escribió un título y lo puso sobre la cruz.
    Decía, «JESÚS DE NAZARET, EL REY DE LOS JUDÍOS.»
    019:020 Entonces muchos de los Judíos leyeron este título, pues el
    lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca a la ciudad; y
    estaba escrito en hebreo, latín y griego.
    019:021 Los jefes de los sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato,
    «No escribas, `El rey de los judíos,´ sino `dijo, soy el rey
    de los Judíos.´»

    019:022 Pilato contestó, «Lo que he escrito, escrito está.»

    019:023 Entonces los soldados, cuando habían crucificado a Jesús,
    tomaron su ropa, hicieron cuatro partes, una para cada
    soldado, y también la túnica. La túnica no tenía junturas, era
    tejida desde la parte de arriba.
    019:024 Entonces se dijeron unos a otros, «No lo dividamos, hagamos un
    sorteo para decidir de quien será,» para que se cumplieran las
    Escrituras, que dicen,
    «Repartieron mi ropa entre ellos. Por mi túnica echaron
    suertes.» Y esto fue lo que hicieron los soldados.
    019:025 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su
    madre, María la mujer de Clofás y María Magdalena.
    019:026 Entonces cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo que amaba
    allí, le dijo a su madre, «¡Mujer, mira a tu hijo¡»
    019:027 Entonces le dijo al discípulo, «¡Observa a tu madre!» Desde
    esa hora, el discípulo la acogió en su casa.

    019:028 Después de esto, Jesús vio[190] que todo estaba hecho. Para
    que las escrituras pudieran completarse, dijo, «Estoy
    sediento.»
    019:029 Había allí un recipiente lleno de vinagre[191], así que
    pusieron una esponja llena de vinagre sobre un hisopo, y se la
    pusieron en la boca.
    019:030 Cuando Jesús recibió el vinagre, dijo, «Está terminado[ 192].»
    Inclinó su cabeza, y entregó su espíritu.

    019:031 Entonces los Judíos, como era el día de la preparación, para
    que los cuerpos no permanecieran en la cruz el día sabático
    (pues el día sabático era especial), le pidieron a Pilato que
    rompiera sus piernas, y que pudieran ser retirados.
    019:032 Entonces los solados fueron y rompieron las piernas del
    primero, y del que estaba crucificado con él;
    019:033 pero cuando fueron donde Jesús, y vieron que ya estaba muerto,
    no rompieron sus piernas.
    019:034 Sin embargo uno de los soldados clavó su costado con una
    lanza, y de inmediato brotaron sangre y agua.
    019:035 Quien ha visto ha dado testimonio y su testimonio es cierto.
    Sabe que dice la verdad, para que ustedes pueda creer.
    019:036 Pues estas cosas ocurrieron para que las Escrituras pudieran
    cumplirse, «Ni uno de sus huesos será roto.»
    019:037 También otra Escritura dice, «Ellos mirarán a aquel que
    cortaron.»

    019:038 Después de esto, José de Arimatea, siendo discípulo de Jesús,
    en secreto por miedo a los judíos, le pidió a Pilato que le
    permitiera llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato le dio permiso.
    Entonces fue y se llevó el cuerpo.
    019:039 Nicodemo, quien había ido donde Jesús en la noche, también fue
    con una mezcla de mirra y aloe, como cien libras [193].
    019:040 Así que se llevaron el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en
    ropas de lino con la mezcla de hierbas de acuerdo a la
    costumbre judía para enterrar.
    019:041 En el lugar donde fue crucificado había un jardín. En el
    jardín había una tumba nueva donde ningún hombre había yacido
    antes.
    019:042 Entonces a causa del día de preparación de los judíos (pues la
    tumba estaba a mano) dejaron a Jesús allí.

    20

    020:001 Ocurrió que el primer día de la semana, María Magdalena fue
    temprano a la tumba, mientras aún estaba oscuro y vio que la
    piedra había sido retirada de la tumba.
    020:002 Entonces corrió y fue donde Simón Pedro, y el otro discípulo a
    quién Jesús amaba, y les dijo, «¡Se han llevado al Señor de la
    tumba, y no sabemos[194] donde lo han dejado!»

    020:003 Entonces Pedro y el otro discípulo salieron, y fueron hacia la
    tumba.
    020:004 Ambos corrieron. El otro discípulo sobrepasó a Pedro, y llegó
    primero a la tumba.
    020:005 Deteniéndose y mirando,vio las ropas de lino allí, pero no
    entró.
    020:006 Entonces Simón Pedro llegó siguiéndolo, y entró a la tumba.
    Vio la ropa de lino
    020:007 y la que había tenido sobre su cabeza, enrollada en otro
    lugar, separada del resto de ropa.
    020:008 Entonces el otro discípulo que había llegado primero también
    entró a la tumba,vio y creyó.
    020:009 Pues hasta entonces no conocían la Escritura, de acuerdo a la
    cual, Él debía resucitar de entre los muertos.
    020:010 Entonces los discípulos fueron de nuevo a sus casas.

    020:011 Pero Maria se mantuvo fuera de la tumba llorando. Mientras
    lloraba, se arrodilló[195], miró en la tumba,
    020:012 y vio dos ángeles vestidos de blanco, uno a la cabeza y otro a
    los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús.
    020:013 Le dijeron, «¿Mujer, por qué estás llorando?»
    Ella les dijo, «Porque se han llevado a mi Señor, y no se
    donde lo han dejado.»
    020:014 Cuando había dicho esto, dio vuelta y vio a Jesús de pie, pero
    no supo que era Jesús.

    020:015 Jesús le dijo, «¿Mujer, por qué estás llorando? ¿A quién
    buscas?»
    Ella, suponiendo que se trataba del jardinero, le dijo,
    «Señor, si te lo has llevado, dime donde lo has puesto, e iré
    a llevármelo.»

    020:016 Jesús le dijo, «María.»
    Ella se volteó y le dijo[196], «¡Rabuni!» que significa
    «¡Maestro!»

    020:017 Jesús le dijo, «No me toques[197], porque aún no he ascendido
    a mi Padre; pero ve donde mis hermanos a decirles, `Estoy
    ascendiendo a mi Padre y Padre de ustedes a mi Dios y Dios de
    ustedes.´»

    020:018 María Magdalena fue y le dijo a los discípulos que había visto
    al Señor, y que Él le había dicho estas cosas.
    020:019 Entonces cuando llegó la tarde, ese día, el primer día de la
    semana, y cuando las puertas del lugar donde estaban reunidos
    los discípulos estaban cerradas por temor a los judíos, Jesús
    llegó, apareció en medio de ellos, y les dijo, «La paz esté
    con ustedes.»

    020:020 Cuando les había dicho esto, les mostró sus manos y su
    costado. Entonces los discípulos se alegraron cuando vieron al
    Señor.
    020:021 Entonces Jesús les dijo de nuevo, «La paz esté con ustedes.
    Así como el Padre me ha enviado, así los envió yo.»
    020:022 Cuando había dicho esto, respiró sobre ellos, y les dijo,
    «¡Reciban al Espíritu Santo!
    020:023 Cualesquiera pecados que perdonen, esos son perdonados[198 ].
    Cualesquiera pecados retengan, esos son retenidos.

    020:024 Pero Tomás, uno de los doce, llamado dídimo, no estaba con
    ellos cuando Jesús llegó.
    020:025 Entonces los otros discípulos le dijeron, «¡ Hemos visto al
    Señor!»
    Pero él les dijo, «A menos que yo vea en sus manos la huella
    de los clavos, y ponga mi mano[199] en su costado, no
    creeré.»

    020:026 Después de ocho días sus discípulos estaban reunidos, y Tomás
    estaba con ellos. Jesús llegó, estando las puertas cerradas,
    apareció en el medio, y dijo, «La paz esté con ustedes.»
    020:027 Entonces le dijo a Tomás, «Acerca tu dedo, mira mis manos.
    Acerca tu mano, ponla en mi costado. No seas incrédulo,
    cree.»

    020:028 Tomás le contestó, «¡Mi Señor y mi Dios!»

    020:029 Jesús le dijo, «Porque me has visto [200], has creído.
    Benditos aquellos que no han visto, y han creído.»

    020:030 Entonces Jesús hizo muchas otras señales en la presencia de
    sus discípulos, que no se escriben en este libro;
    020:031 las que se escriben son para que tu puedas creer que Jesús es
    el Cristo, el Hijo de Dios, y que creyendo, puedas tener vida
    en su nombre.

    21

    021:001 Después de esto, Jesús se reveló nuevamente a sus discípulos
    en el lago de Tiberias. Él se reveló de esta forma.
    021:002 Simón Pedro, Tomás el llamado dídimo, Natanael de Cana en
    Galilea, los hijos de Cebedeo y otros dos discípulos estaban
    reunidos.
    021:003 Simón Pedro les dijo, «Voy a pescar.»
    Ellos le dijeron, «También vamos contigo.» Salieron de
    inmediato y entraron al bote. Esa noche, no pescaron nada.
    021:004 Cuando llegó el día, Jesús estaba en la playa, aunque sus
    discípulos no reconocieron que era Él.
    021:005 Entonces Jesús les dijo, Niños, ¿Tienen algo para comer?
    Ellos le contestaron, «No.»

    021:006 Él les dijo, «Arrojen la red a la derecha del bote, y
    encontrarán algunos.»
    Entonces la arrojaron, y no fueron capaces de sacarla por la
    cantidad de peces.
    021:007 El discípulo al que Jesús amaba le dijo a Pedro, «¡Es el
    Señor!»
    Así que cuando Simón Pedro escuchó que era el Señor, envolvió
    su saco a su alrededor (pues estaba desnudo), y se lanzó al
    mar[201].
    021:008 Los demás discípulos fueron en el botecito (pues no estaban
    lejos de la tierra, sino como a doscientos codos[202] de
    distancia), jalando la red llena de peces.
    021:009 Así que cuando llegaron a tierra, encontraron fuego de
    carbones allí, y pescado puesto en estos, y pan.
    021:010 Jesús les dijo, «Traigan algo del pescado que han cogido.»

    021:011 Simón Pedro fue y sacó la red a tierra, llena de grandes
    pescados, ciento cincuenta y tres; y aún habiendo tantos, la
    red no se rompió.

    021:012 Jesús le dijo, «Vengan y desayunen.»
    Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle «¿Quién
    eres?» sabiendo que era el Señor.

    021:013 Entonces Jesús tomó el pan, se los dio, y así mismo el
    pescado.
    021:014 Esta fue la tercera ocasión en la que Jesús se reveló a sus
    discípulos después de haberse levanto de la muerte.
    021:015 Cuando habían comido su desayuno, Jesús le dijo a Simón Pedro,
    «Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas más que estos?»
    Él le dijo, «Si, Señor; sabes el afecto que siento por ti.»
    Jesús le dijo, «Alimenta mis corderos[203].»
    021:016 Le dijo por segunda vez, «Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas?»
    Él le dijo, «Si, Señor; sabes el afecto que siento por ti.»
    Él le dijo, «Cuida mis ovejas.»
    021:017 Le dijo por tercera vez, «Simón, hijo de Jonás, ¿Sientes
    afecto por mí?»
    Pedro se afligió porque le preguntaba por tercera vez, «¿Me
    tienes afecto?» Él le dijo, «Señor, tu lo sabes todo. Sabes
    que te tengo afecto.»
    Jesús le dijo, «Alimenta mis ovejas[204].
    021:018 Con seguridad les digo, cuando eran jóvenes, se vestían por si
    mismos, y caminaban por donde querían. Pero que son viejos,
    estirarán sus manos y otro los vestirá, y los llevará a donde
    ustedes no quieren ir.»

    021:019 Dijo esto, queriendo decir con que clase de muerte le daría
    gloria a Dios. Después de decir esto, dijo «Sígueme.»

    021:020 Entonces Pedro, dándose vuelta,vio a un discípulo siguiéndolo.
    Este era el discípulo al que Jesús amaba sinceramente, el
    mismo que se había reclinado en el pecho de Jesús en la cena y
    le había preguntado, «¿Señor quien te va a traicionar?»
    021:021 Pedro al verlo, le dijo a Jesús, «Señor, ¿Qué respecto a este
    hombre?»

    021:022 Jesús le dijo, «Si yo deseo que se quede hasta que yo regrese,
    ¿ Qué significa para ti? Tu sígueme. »
    021:023 Entonces entre los hermanos[ 205] empezó a decirse, que ese
    discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría,
    sino que «Si yo deseo que se quede hasta que yo regrese, ¿Qué
    significa para ti?»
    021:024 Este es el discípulo que da testimonio sobre estas cosas, y
    que escribió estas cosas. Sabemos que su testimonio es cierto.
    021:025 Hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, si todas fueran
    escritas, supongo que no habría espacio suficiente en el mundo
    para los libros que se escribirían.

    ————–

    [1] Versión: 0.9. Damos gracias a Dios. Traducción basada
    especialmente en [WEB]. Los nombres en español han sido
    tomados de
    [DiosHablaHoy]. Algunos cambios en la traducción (anotados en
    pies
    de página) se basan en [DieBibel], [DiosHablaHoy], [Peshitta]
    y [
    Elberfelder]. Las comparaciones con [TR], [NU] y [MT] son
    tomadas
    de [WEB] y fueron realizadas por Michael Jhonson. Hasta el
    momento
    han colaborado traduciendo a español, comparando y
    corrigiendo:
    Melissa Giraldo y Vladimir Támara. Puede buscar una versión
    más
    actualizada en http://de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp o
    ayudar a mejorar esta traducción en la lista evangelios-dp a
    la que
    puede suscribirse en:
    http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp

    [2] [Peshitta] dice `Miltha´ con nota al pie de página:
    `"Miltha"
    … puede significar Palabra, Manifestación, Instancia o
    Substancia, entre muchas otras cosas.

    [3] [Peshitta] dice `estaba con Dios.´

    [4] [DieBibel], [DiosHablaHoy], [Peshitta] y [Elberfelder]
    dicen
    `Al comienzo estaba con Dios.´

    [5] La palabra traducida como «subyugó» (katelaben) también
    puede
    ser traducida «comprendido.» Se refiere a atrapar a un enemigo
    para
    acabar con él. [WEB], [Elberfelder] dicen `no la han
    subyugado,´ [
    Peshitta] dice `no la subyugó.´

    [6] [Peshitta] dice `Era la luz de la verdad que ilumina a
    todos
    los que vienen al mundo.´

    [7] [Peshitta] dice `la autoridad.´

    [8] En [DiosHablaHoy] dice bendición tras bendición,
    [DieBibel]
    dice `clemencia tras clemencia,´ [Peshitta] dice `gracia a
    cuenta
    de gracia.´

    [9] En [DiosHablaHoy] dice `El amor y la verdad.´

    [10] [NU] dice "Dios."

    [11] [WEB] dice `que es preferido antes de mí,´ [Peshitta]
    dice
    `pero que está antes de mi,´ esta parte no aparece en
    [Elberfelder]

    [12] En [DiosHablaHoy] dice `al oriente del Jordán,´
    [Peshitta]
    dice `en el cruce del Jordán.´

    [13] [Peshitta] dice `otro día.´

    [14] Esta parte no aparece en [Peshitta].

    [15] 4:00 PM.

    [16] «Mesías» (Hebreo) y «Cristo» (Griego) ambos significan
    «El
    Ungido.» La aclaración `que se interpreta como Cristo´ no
    aparece
    en [Peshitta].

    [17] En [WEB], [Peshitta] dice Jonás, [DiosHablaHoy] y en
    [DieBibel
    ] dice Juan. En [DieBibel] hay un pie de página que dice que
    el
    padre de Pedro en todo el evangelio de Juan es llamado Juan,
    aunque
    es llamado Jonás en Mateo 16,17.

    [18] [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `piedra´ en lugar de
    `Pedro.´
    La aclaración no aparece en [Peshitta], aunque está como pie
    de
    página.

    [19] [Peshitta] dice en nota al pie `Beth-Saida literalmente
    significa "Casa/Lugar de pesca", está situada sobre el lago de
    Galilea.´

    [20] [Elberfelder] dice sólo `conmigo.´

    [21] La traducción `de acuerdo a la forma Judía de purificar´
    concuerda con la de [DieBibel], aunque en [DiosHablaHoy] dice
    `para
    el agua que usan los judíos en sus ceremonias de
    purificación.´

    [22] 2 a 3 metretes son entre 20 y 30 galones de EUA, 16 a 25
    galones imperiales, o entre 75 y 115 litros.

    [23] [Peshitta] y [Elberfelder] dicen `están ebrios.´

    [24] De acuerdo al comentario en Mateo 12,35 de [DieBibel],
    "la
    palabras "hermano" y "hermana" por su uso en arameo, hebreo y
    griego, puede ser abreviación de familiar (e.g primo)".

    [25] La palabra traducida como "de nuevo" aquí y en Juan 3,7
    (anothen) también significa «otra vez» o «desde arriba.»

    [26] La misma palabra griega (pneuma) significa viento,
    aliento y
    espíritu.

    [27] La parte `quien está en el cielo´ no aparece en
    [DieBibel]

    [28] [Peshitta] dice `condenarlo.´

    [29] [Peshitta] dice `dar vida al mundo.´

    [30] [DieBibel] en lugar de `Ellos fueron para ser bautizados´
    dice
    `La gente iba, para ser bautizada.´

    [31] [Peshitta] dice `de un discípulo de Juan con un judío.´

    [32] [DiosHablaHoy] dice `con un hijo.´

    [33] [DiosHablaHoy] dice `al este del Jordán.´

    [34] [Peshitta] agrega `un mensajero que ha sido enviado antes
    de
    Él.´

    [35] `que en verdad es Dios´ es tomada de [DieBibel] que
    concuerda
    con [Elberfelder], [WEB] y [Peshitta] dicen `que Dios es la
    verdad´
    y [DiosHablaHoy] dice `que Dios dice la verdad.´

    [36] En este contexto, la misma palabra puede traducirse como
    «
    desobedece» o «no cree.»

    [37] En [DiosHablaHoy] dice `Los fariseos se enteraron de que
    Jesús
    tenía más seguidores y bautizaba más que Juan.´ El sentido es
    el
    mismo en [DieBibel], [WEB] y [Elberfelder].

    [38] [Elberfelder] dice `un pozo de Jacob.´

    [39] Medio día.

    [40] En [DieBibel] dice de donde provienen los dones de Dios.

    [41] En [DieBibel] dice `que regala vida eterna,´ en
    [DiosHablaHoy]
    dice `brotará en él como un manantial de vida eterna.´

    [42] En [DiosHablaHoy] dice `llega la hora en la que ustedes
    adorarán al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a
    Jerusalén.´

    [43] [DieBibel] dice `porque así el Padre desea ser alabado,´
    [
    DiosHablaHoy] dice lo mismo. Con la traducción escogida
    concuerdan
    [DieBibel], [Peshitta] y [Elberfelder].

    [44] [Peshitta] no incluye la aclaración `aquel que es llamado
    Cristo.´

    [45] [Elberfelder] no dice `¿Qué estás buscando?.´

    [46] [DieBibel] dice `Vivo de un alimento que ustedes no
    conocen.´

    [47] [WEB] dice `cumplir su trabajo,´ [DieBibel], [Peshitta],
    [
    Elberfelder] y [DiosHablaHoy] dicen `completar su trabajo.´

    [48] [Peshitta] dice `maduros.´

    [49] [Peshitta] y [WEB] dicen `el Cristo,´ ni [DieBibel], ni [
    DiosHablaHoy], ni [Elberfelder] lo dicen.

    [50] En [DieBibel] y [Peshitta] dicen `servidor real.´ [
    DiosHablaHoy] dice `oficial del rey.´

    [51] 1:00 P.M.

    [52] [DiosHablaHoy] dice `toda su familia.´

    [53] [Peshitta] no dice `por la puerta de las ovejas.´

    [54] [Peshitta] dice `un lugar de bautismo.´

    [55] [DiosHablaHoy] en lugar de `Betesda´ dice `Betzata.´

    [56] Ni [DieBibel] ni [DiosHablaHoy] agregan al final de 5,3
    `que
    esperaban el movimiento del agua;´ ni la explicación en 5,4,
    aunque
    están en notas al pie de página. [DieBibel] dice que es una
    adición
    a los textos antiguos.

    [57] El día sabático o de descanso era el sábado.

    [58] [Peshitta] dice `había sido presionado por la multitud.´

    [59] En [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `el Hijo del hombre,´
    [
    Peshitta] dice `de hombre.´

    [60] En [DieBibel] dice `juzgo, como escucho del Padre.´

    [61] [WEB] y [Peshitta] dicen `Ustedes han enviado a Juan,´ [
    Elberfelder] dice `Ustedes han sido enviados a Juan.´

    [62] [WEB] dice `no vendrán a mí,´ [Peshitta] dice `no desean
    venir
    a mí.´

    [63] [WEB] dice `en el que recibe gloria de otro,´ [DieBibel]
    dice
    `cuando ustedes reciben la gloria de otro?,´ [Peshitta] dice
    `que
    reciben gloria quienes se alaban unos a otros.´

    [64] [WEB] dice `incluso Moisés.´

    [65] El original dice `mar.´

    [66] [Peshitta] dice `de Tiberius.´

    [67] [WEB] dice tajadas de cebada.

    [68] En [DieBibel] dice `y los distribuyó a la gente,´
    [Peshitta] y
    [Elberfelder] tienen el mismo sentido.

    [69] [Peshitta] agrega `de las cinco tajadas de pan de
    cebada.´

    [70] En [WEB] y [Peshitta] dice al final `por si mismo,´ en [
    DieBibel] dice `solo,´ en [DiosHablaHoy] dice `a lo alto de la
    montaña para estar solo.´

    [71] 25 a 30 estadios corresponden aproximadamente de 5 a 6
    kilómetros o de 3 a 4 millas.

    [72] En Griego y Hebreo se usa la misma palabra para «cielo»,
    «los
    cielos», «el firmamento» y «el aire.»

    [73] En [DieBibel] dice `que no los deje yacer en tierra,´ en
    [
    DiosHablaHoy] dice `que yo no pierda a ninguno de los que me
    ha
    dado.´

    [74] En [DiosHablaHoy] dice `que ha venido de Dios.´

    [75] [Peshitta][WEB][Elberfelder][DieBibel][DiosHablaHoy]

    [76] En [DiosHablaHoy] dice `que da vida.´

    [77] [DieBibel] dice `Pero no es así con el pan que viene del
    cielo: Cuando alguien de este coma, no morirá.´

    [78] [DiosHablaHoy] dice `vive unido a mí.´

    [79] En [DiosHablaHoy] dice `Esto que dice es muy difícil de
    aceptar; ¿Quién puede hacerle caso?´

    [80] [DiosHablaHoy] y [Peshitta] dicen `¿Esto los ofende?´

    [81] [DiosHablaHoy] dice `el cuerpo no aprovecha

    [82] [Elberfelder] y [DieBibel] dicen `tu eres Dios bendito,´
    [
    Peshitta] , [WEB] y [DiosHablaHoy] dicen `el Cristo, el Hijo
    del
    Dios viviente.´

    [83] Ver nota de pie de página de Juan 2,12.

    [84] Tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] dicen: aquel que
    quiere
    ser conocido no hace nada en secreto

    [85] [DieBibel] dice `la escritura,´ [DiosHablaHoy] dice `Cómo
    sabe
    este tantas cosas.´

    [86] [DieBibel] dice es `digno de confianza,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `dice la verdad.´

    [87] [WEB] dice `hice cada parte de un hombre completa.´

    [88] [DieBibel] dice `por quien me envió, garanticen la
    verdad,´ [
    DiosHablaHoy] dice `vengo enviado por uno que es digno de
    confianza.´

    [89] En [WEB] dice `dispersión.´ [DiosHablaHoy] dice `a los
    judíos
    que viven dispersos en el extranjero y a enseñar a los
    paganos.´ la
    traducción `diáspora´ es tomada de [DieBibel].

    [90] [DieBibel] dice `qué significa esto que Él ha dicho.´

    [91] [DiosHablaHoy] dice `del corazón del que cree en mí.´

    [92] Traducción tomada de [DieBibel], [WEB] dice `quien había
    ido
    donde Jesús en la noche

    [93] [DieBibel] aclara `uno de sus propias filas´

    [94] [DieBibel] dice `lee,´ [DiosHablaHoy] dice `estudia.´

    [95] [Peshitta] no incluye los versículos del 1 al 12 de este
    capítulo.

    [96] [Elberfelder] no dice `condenados por su conciencia.´

    [97] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dice `¿Donde están?´

    [98] [Peshitta] comienza el capítulo 8 en este versículo.

    [99] [DiosHablaHoy] dice `Ustedes juzgan según los criterios
    humanos.´

    [100] [DieBibel], [Elberfelder] y [Peshitta] dicen `Yo soy,´ [
    DiosHablaHoy] dice `Yo soy el que soy´

    [101] [DieBibel] dice `¿Por qué aún hablo con ustedes?´ con
    nota al
    pie de página `No es seguro que se encuentre el sentido del
    texto
    griego aquí,´ [DiosHablaHoy] dice `¿Por qué he de hablar con
    ustedes?´ con nota al pie de página `Otra posible traducción:
    Lo
    que desde el principio les digo,´ [Elberfelder] dice `Con
    seguridad, lo que también les he dicho,´ [Peshitta] dice `Aún
    si
    comenzara a hablar con ustedes.´

    [102] [Peshitta] dice `en contra de ustedes.´

    [103] [DieBibel] dice `garantiza la verdad,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `dice la verdad.´

    [104] [DiosHablaHoy] no dice `casa´ sino `familia.´

    [105] [Peshitta] dice `no están abiertos a mi palabra´ con
    nota al
    pie de página que aclara `No se vacían a ustedes mismos (para
    hacer
    espacio) para mi palabra.´

    [106] [DieBibel], [Elberfelder] y [DiosHablaHoy] dicen `oído
    de,´ [
    WEB] y [Peshitta] dice `visto.´

    [107] [DiosHablaHoy] dice `porque yo vengo de Dios y aquí
    estoy´

    [108] [Peshitta] dice `por mi propia voluntad.´

    [109] [WEB] dice `no pueden,´ la traducción escogida fue
    tomada de
    [DieBibel].

    [110] [WEB] dice `de estas,´ la traducción fue tomada de
    [DieBibel
    ].

    [111] [WEB] y [Peshitta] dicen `Hay uno que busca y juzga,´ [
    DiosHablaHoy] dice `Yo no quiero que me honren, aunque hay
    alguien
    que quiere que se me honre, y Él juzga,´ el mismo sentido
    tiene [
    Elberfelder].

    [112] [DiosHablaHoy] dice `yo existo desde antes que existiera
    Abraham.´

    [113] [WEB] y [Peshitta] coinciden en la traducción escogida,
    [
    DiosHablaHoy] y [Elberfelder] dicen `se escondió y salió del
    templo.´

    [114] [Peshitta] no incluye la aclaración (que significa
    «Enviado
    »).

    [115] [Peshitta] dice `que mendigaba desde el comienzo.´

    [116] [Peshitta] agrega `desde el comienzo.´

    [117] [DiosHablaHoy] dice `Dinos la verdad delante de Dios´

    [118] [DieBibel], [Peshitta] y [Elberfelder] dicen `teme a
    Dios.´

    [119] Redacción de [DieBibel]

    [120] [DiosHablaHoy] dice `cuando se encontró con él.´

    [121] [DiosHablaHoy] dice `se puso de rodillas´

    [122] [Peshitta] dice `Y todos los que han venido son
    estafadores y
    ladrones si las ovejas no los escucharon.´

    [123] [Peshitta] dice `las destruye.´

    [124] La «Fiesta de la Dedicación» es el nombre griego
    «Chanukkah,»
    una celebración de la rededicación del templo.

    [125] [DiosHablaHoy] dice `Lo que el Padre me ha dado es más
    grande
    que todo´ con nota al pie que señala la traducción aquí usada.

    [126] [DiosHablaHoy] dice `Si Dios llama´

    [127] [DiosHablaHoy] dice `apartó.´

    [128] [DiosHablaHoy] dice `que hace mi padre.´

    [129] [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `al otro lado del
    Jordán,´ [
    DiosHablaHoy] dice `al oriente del Jordán,´ [Peshitta] dice
    `cruzando el Jordán.´

    [130] [WEB] dice `entonces,´ la traducción `aunque´ es tomada
    de [
    DiosHablaHoy].

    [131] «Dídimo» significa «Gemelo.»

    [132] 15 estadios es cerca de 2.8 kilómetros o 1.7 millas.

    [133] [DieBibel] dice `lugar sagrado´ con nota al pie de
    página `El
    lugar sagrado es el templo,´ [DiosHablaHoy] dice `nuestro
    templo.´

    [134] [Elberfelder], [DiosHablaHoy] y [DieBibel] dicen
    `ustedes,´ [
    WEB] y [Peshitta] dice `nosotros.´

    [135] [DiosHablaHoy] dice `como era sumo sacerdote aquel año,
    dijo
    por inspiración de Dios.´ [DieBibel] dice `con inspiración
    profética´ con nota al pie de página `Para los evangelistas es
    el
    sumo sacerdote de cada año la herramienta de Dios, es quien
    debe
    anunciar una verdad más profunda.´

    [136] Una libra romana de 12 onzas, o cerca de 340 gramos.

    [137] 300 denarios son casi los jornales de un año de un
    trabajador
    del campo.

    [138] [DiosHablaHoy] dice `ciudad de Sión.´

    [139] En [DiosHablaHoy] no aparece esta parte

    [140] [Peshitta] dice `gentiles.´

    [141] En [DieBibel] y en [DiosHablaHoy] dice `Mesías.´

    [142] En [DiosHablaHoy] dice `para que pertenezcan a la luz.´
    En [
    DieBibel] dice `para que sean hijos de la luz.´

    [143] [WEB], [Elberfelder], [DieBibel] dicen `él ha,´
    [DiosHablaHoy
    ] dice `Dios ha,´ [Peshitta] dice `ellos han´

    [144] En [DiosHablaHoy] dice entorpecido su mente en vez de
    endurecido corazones.

    [145] [DiosHablaHoy] dice `la gloria de Jesús´

    [146] [DiosHablaHoy] dice `no cree solamente en mi.´

    [147] [DiosHablaHoy] dice `enseñar.´

    [148] [DiosHablaHoy] dice `que Dios le había dado toda la
    autoridad.´

    [149] De acuerdo a nota al pie de [DieBibel], lavar los pies
    de
    alguien era una tarea de los esclavos.

    [150] [WEB] no dice `en ese caso,´ estas palabras son tomadas
    de [
    Peshitta].

    [151] [DieBibel] dice `me ha traicionado´ con nota al pie de
    página
    con la misma traducción, [DiosHablaHoy] dice `se ha vuelto
    contra
    mi,´ la misma traducción está en [Peshitta] y [Elberfelder].

    [152] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `al lado de Jesús.,´ [
    DiosHablaHoy] agrega `de forma que podían conversar mientras
    cenaban.´

    [153] [DieBibel] dice `inclinando su cabeza, debía preguntar
    sobre
    quien hablaba Jesús,´ [DiosHablaHoy] dice `Simón Pedro le dijo
    por
    señas que le preguntara de quién estaba hablando.´

    [154] [DiosHablaHoy] dice `acercándose más a Jesús´

    [155] [WEB] dice 'después del pedazo de pan,´ agregamos
    `recibir´
    de [DieBibel]

    [156] [DiosHablaHoy] emplea `se muestra la gloria´ en lugar de
    `glorifica.´

    [157] [Peshitta] dice `al final.´

    [158] [DieBibel] en lugar de `tu´ usa `ustedes.´

    [159] Del griego Parakleton: Consejero, Ayudante, Intercesor,
    el
    que reconforta. [DiosHablaHoy] dice `el Defensor,´ [Peshitta]
    dice
    `redentor.´

    [160] [WEB] dice `lo ve,´ [Peshitta] dice `lo ha visto.´

    [161] [Peshitta] agrega `en corto tiempo´ al final de este
    versículo. Las demás traducciones agregan esto al comienzo del
    siguiente versículo, comenzando una nueva oración.

    [162] [DiosHablaHoy] dice `vendremos a vivir en él.´

    [163] [DiosHablaHoy] dice `el Defensor.´

    [164] [WEB] dice `ni dejen que se asusten,´ [Peshitta] dice
    `ni
    tengan miedo.´

    [165] [DieBibel] dice `pero él no tienen poder sobre mí.´

    [166] [Peshitta] dice `Vid de la Verdad.´

    [167] [Elberfelder] dice `limpia.´

    [168] [WEB] y [Elberfelder] dicen `como una rama y se seca,´ [
    Peshitta] dice `como una rama que está seca.´

    [169] [DiosHablaHoy] dice `como las ramas que se recogen y se
    queman en el fuego.´

    [170] [DiosHablaHoy] dice `permanecen fieles a mis enseñanzas´

    [171] [DiosHablaHoy] dice `Pero yo los escogí a ustedes entre
    los
    que son del mundo.´

    [172] [WEB] dice para que no los hagan tropezar,
    [DiosHablaHoy]
    dice `para que no pierdan su fe en mí,´ la traducción escogida
    coincide con la de [DieBibel].

    [173] [TR] dice `Les harán estas cosas.´

    [174] [DiosHablaHoy] dice `mostrará claramente a la gente del
    mundo,´ [DieBibel] dice "demostrará culpable al mundo,´
    [Peshitta]
    y [WEB] coinciden.

    [175] [DiosHablaHoy] dice `condenado.´

    [176] [TR] dice `tomará.´

    [177] [Peshitta] y [Elberfelder] agregan `porque voy al
    Padre.´

    [178] [WEB] dice `lenguaje figurado,´ [Peshitta] dice
    `parábolas.´

    [179] [DiosHablaHoy] y [Elberfelder] dicen `salí de la
    presencia
    del Padre.´

    [180] [DiosHablaHoy] dice `en su unión conmigo.´

    [181] [Peshitta] dice `de tu presencia.´

    [182] [DieBibel] dice `para que tengan mi felicidad completa
    en
    ellos.´

    [183] [DiosHablaHoy] dice `conságralos´

    [184] [DiosHablaHoy] dice `lo que Jesús mismo había dicho.´

    [185] [DieBibel] dice `así dirijo,´ en [DiosHablaHoy] dice
    `dime en
    que ha consistido,´ [Peshitta] dice `doy testimonio contra el
    mal,´
    [Elberfelder] dice `miseria´ en lugar de `mal.´

    [186] [Peshitta] no dice `tomó a Jesús.´

    [187] [DiosHablaHoy] dice `si Dios no te la hubiera dado.´

    [188] [DiosHablaHoy] dice `empedrado.´

    [189] Mediodía.

    [190] [NU] y [TR] dicen «supo» en lugar de «vio.»

    [191] [DiosHablaHoy] dice `vino agrio.´

    [192] [DiosHablaHoy] dice `Todo está cumplido.´

    [193] 100 libras romanas de 12 onzas cada una, o cerca de 72
    libras
    o 33 kilos.

    [194] [Peshitta] dice `se.´

    [195] [DiosHablaHoy] dice `se agacho para mirar dentro.´

    [196] [DiosHablaHoy] y [Peshitta] agregan `en hebreo´

    [197] [DiosHablaHoy] dice `suéltame´

    [198] [Peshitta] dice `Si le perdonan pecados a un hombre,
    estos le
    serán perdonados.´

    [199] [Elberfelder] agrega `y ponga mi mano en la huella de
    los
    clavos y en su costado.´

    [200] [TR] añade «Tomás.»

    [201] [Peshitta] agrega `para ir donde Jesús.´

    [202] 200 codos son cerca de 100 yardas o cerca de 91 metros.

    [203] [Peshitta] dice `cuida mis ovejas por mi.´

    [204] [Peshitta] dice `cuida mis ovejas hembras.´

    [205] La palabra «hermanos» aquí podría traducirse
    correctamente
    como «hermanos y hermanas.»

    Bibliografía

    [DieBibel] Einheitsübersetzung der Heiligen Schrift. Die
    Bibel.
    Gesamtausgabe. Otto Knoch, Heinrich Arenhe, Gerhard Barth, et
    al.
    Verlag Katholissches Bibelwerk GmbH. 1980. Todos los derechos
    reservados.

    [DiosHablaHoy] Dios Habla Hoy. La Biblia. Sociedades bíblicas
    unidas. 1995. Todos los derechos reservados.

    [Peshitta] Peshitta Aramaic/English Interlinear New Testament.
    Paul
    D. Younan. http://www.peshitta.org/ Permite uso o reproducción
    de
    cualquier parte en cualquier forma sin permiso previo.

    [WEB] World English Bible Michael Johnson con base en American
    Standard Bible de 1911. http://www.ebible.org 2002. Dominio
    público.

    [Elberfelder] Johannes Evangelium: mit Erklärungen von Werner
    Heukelbach. Elberfelder. Missionswerk Werner Heukelbach. Todos
    los
    derechos reservados.

    [esv] Las sagradas Escrituras Versión Antigua. Russell Martin
    Stendal. Copyright (c) 1999. Puede ser usada libremente
    siempre y
    cuando su contenido no sea alterado.

    [TR] Textus Receptus. Greek New Testament underlying the King
    James
    Version.

    [NU] Nestle-Aland ed. 27/UBS ed. 4.

    [MT] Majority Text Greek New Testament.

    ——————————————————————-

  • Biografia del libertador Simon Bolívar, ó La independencia de la América del sud

    Biografia del libertador Simon Bolívar, ó La independencia de la América del sud

    Aproximadamente 25.472 palavras.

    Produced by Miranda van de Heijning, Virginia Paque and
    PG Distributed Proofreaders. This file was produced from
    images generously made available by the Bibliotheque
    nationale de France (BnF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr.

    [Ilustracion: SIMON BOLÍVAR]

    BIBLIOTECA DE LA JUVENTUD

    * * * * *

    BIOGRAFIA

    DEL LIBERTADOR

    SIMON BOLÍVAR

    ó

    LA INDEPENDENCIA DE LA AMÉRICA DEL SUD

    RESEÑA HISTÓRICO-BIOGRÁFICA

    POR L. C.

    PARIS

    LIBRERIA DE ROSA Y BOURET

    23, CALLE VISCOSTI, 23

    * * * * *

    1868

    El general Bolívar es delgado, y algo menos de una regular estatura.
    Viste bien, y tiene un modo de andar y presentarse franco y militar. Es
    ginete muy fuerte y atrevido, y capaz de resistir grandes fatigas. Sus
    maneras son buenas y su aire sin afectacion, pero que no predispone
    mucho á su favor. Se dice que en su juventud fué de buena figura; pero
    actualmente es de rostro pálido, pelo negro con canas, ojos negros y
    penetrantes; pero generalmente inclinados á tierra ó de lado cuando
    habla; nariz bien formada, frente alta y ancha y barba afilada; la
    expresion de su semblante es cautelosa, triste….

    * * * * *

    Su carácter, viciado por la adulacion, es arrogante y caprichoso…. Su
    imaginacion y su persona son de una actividad maravillosa…. Su voz es
    gruesa y áspera; pero habla elocuentemente en casi todas materias….

    * * * * *

    (Retrato hecho por el general SUCRE.)

    PROLOGO

    Ardua empresa es la de escribir la biografia de los hombres célebres
    contemporáneos. En todo tiempo, aquel que por sus méritos ha llegado á
    colocarse sobre el nivel de las gentes, siempre se ha visto atacado por
    la mordacidad de sus émulos y por muchos á quienes sus actos no podian
    menos de herir, ora en sus intereses, ora en sus familias. ¿Que
    resolucion se ha llevado á cabo sin lastimar intereses creados, sin
    sembrar la devastacion y la muerte por todas partes?

    Por mas que el hombre de que vamos á ocuparnos haya derramado en su
    camino la sangre de sus hermanos, no por eso dejará de ser el
    _Libertador_ de un pueblo que gemia bajo el yugo de la opresion.

    En la obra de la independencia de su pais que desde los primeros años
    del presente siglo fué iniciada, por el espíritu mismo de la época, en
    aquellas espléndidas regiones, el nombre de Bolívar fué conocido ya
    entre sus compatriotas; y desde el momento en que se le vé aparecer
    afiliado á la santa causa de la libertad, por su mérito personal es
    honrado con el alto cargo de los intereses de Venezuela cerca de los
    poderosos gobiernos de las naciones europeas.

    Aun cuando no se hallase adornado de otro alguno, bastarian su
    constancia, su amor sin limites ni resfriamiento por la libertad de su
    pais; bastarian su génio infatigable para administrar y allegar medios
    de sostener la lucha con gloria, su noble desinterés, su probidad y su
    grandeza de ánimo durante los reveses de que fué víctima; bastaria, en
    fin, su sana intencion, su respeto hácia el descubridor del Nuevo Mundo
    y 16 años de no interrumpidos servicios prestados por su patria, que al
    cabo habia de ultrajarle menospreciando sus servicios y la rectitud de
    sus sentimientos, para que nuestra pluma no vacilase un solo punto en
    distinguirle con el glorioso título de _héroe_, añadido á los que el
    mismo pueblo venezolano, y á nombre de él sus representantes, le dieron,
    sin duda con justicia, de _Libertador_ y _Padre de la Patria_.

    ¿El espíritu público podia llegar á estraviarse hasta el extremo de
    honrarle de una manera indebida, precisamente en los momentos en que las
    exigencias de la guerra, que siempre va acompañada del desórden y el
    dolor, venian á destrozar los intereses, el bienestar y aun el corazon
    de los mismos que asi le aclamaban? Esta y otras consideraciones no
    menos poderosos nos han dado valor para acometer la empresa de ofrecer
    el retrato del célebre guerrero americano; pero como el mejor medio
    indudablemente es el de pedir prestados los colores á los
    acontecimientos mismos en que figuró desde su juventud, ofrecemos un
    bosquejo de los mas principales en la larga lucha que los Sud-americanos
    sostuvieron para conquistar su independencia.

    Si nuestro pincel no ha sido empleado con acierto, no se culpe jamás á
    nuestro buen deseo.

    EL AUTOR.

    CAPITULO PRIMERO

    Introduccion.–Causas que influyeron en la sublevacion de la América del
    Sud.–Llegada de unos confinados á presidio.–Primeros movimientos
    revolucionarios de Venezuela.–Picton.–Publicidad de los futuros
    acontecimientos.–Carbonell y Rico.–Medidas represivas.–Expatriaciones
    y encarcelamientos.–Vasconcelos.–Actos con que se inauguraba en el
    mando.–Sus efectos.–Gestiones patrióticas.–Miranda.–Bolívar, su
    juventud, su regreso á Europa.

    Entre las nobles y dignas figuras que en el glorioso cuadro de la
    independencia se destacan majestuosamente durante la revolucion que
    dió la libertad á las antiguas colonias españolas de la América Central
    y de la América del Sud, la del esforzado caraqueño Simon Bolívar se
    encuentra en primera línea al lado de las de Miranda, San Martin y Sucre,
    orlada de inmortal auréola.

    El ejemplo de los Estados-Unidos del Norte influyó de una manera
    extraordinaria en el porvenir de los pueblos Sud-americanos, que desde
    muy atrás venian experimentando la tiránica opresion de los vireyes
    españoles, y el eco del santo grito de emancipacion dado por Washington
    en las márgenes del Potomac, poderoso á despertar el entusiasmo patrio,
    resonó en las del Magdalena, el Orinoco y el Plata, conmoviendo tambien
    el corazon de los Andes.

    Corria el año 1796, cuando en el puerto de la Guaira, remitidos desde
    España, desembarcaron Manuel Cortés Campomanes, José Laz, Sebastian
    Andrés y Juan Bautista Picornell con destino á los presidios de América,
    como cabezas de cierta conspiracion, cuyo fin era dar á la monarquia
    española una forma democrática despues de derribar el trono de Cárlos
    IV, rey incapaz de alcanzarse por sus actos el buen nombre con que su
    antecesor habla bajado al sepulcro.

    Iniciados estos hombres, como la mayor parte de los españoles ilustrados
    de su tiempo, en las doctrinas propaladas por la revolucion francesa, se
    anunciaron desde luego con el carácter de mártires de la causa
    republicana, dando pábulo por medio de sus sencillos y fáciles
    principios políticos al entusiasmo liberal que habia principiado á
    germinarse en el ánimo fogoso de la juventud.

    Conspirábase ya en favor de las nuevas ideas, cuando Sir Tomás Picton,
    gobernador inglés de la isla de la Trinidad, recibió un despacho en el
    cual su gobierno le encargaba favoreciese la causa de la independencia
    americana; pues por aquel entonces, rotas las buenas relaciones entre
    España é Inglaterra, ésta buscaba todos los medios hábiles de hacer la
    guerra á aquella, y el mencionado despacho, impreso de órden de Picton,
    circuló con gran rapidez entre todos los venezolanos.

    Esta determinacion del gobernador inglés tenia lugar el 26 de Junio, y
    cerca un año mas tarde, el 4 de igual mes de 1797, los conspiradores
    resolvian dar libertad á los encarcelados para que fuesen á buscar
    auxilios extranjeros, y facilitaban la evasion de todos ellos menos Laz,
    que habia sido ya remitido á su presidio hacia algun tiempo, sin que
    este hecho diese lugar por parte del gobierno á otra cosa que á algunas
    pobres é infructuosas averiguaciones.

    La gestion de aquellos hombres decididos en contra del gobierno que los
    habia expatriado, poniendo entre ellos y su suelo natural la inmensidad
    de los mares, fué bastante activa y produjo algunos buenos resultados,
    disponiendo favorablemente los ánimos de los americanos residentes en
    Europa á la causa de las libertades patrias.

    Casi todos los habitantes de la Guaira sabian que por el mes de Enero de
    1798 un grande acontecimiento tendria lugar en el pais, y hablaban de
    sus planes con poca reserva y sobrado calor.

    Era por entonces capitan general Don Pedro Carbonell, en cuyas manos
    vino la casualidad á poner el hilo de la trama, ó mas bien que la
    casualidad la poca discrecion de un comerciante de Carácas, llamado Don
    Manuel Montesinos y Rico, quien deseoso de hacer prosélitos se franqueó
    á su barbero, mancebo timorato y de pocas luces. Este, despues de haber
    descubierto el secreto á otros jóvenes de su clase, y previo acuerdo de
    todos, fué á consultar el caso con un sacerdote amigo suyo llamado Don
    Domingo Lander. Por boca de este y de otro clérigo llegó á oidos del
    provisor, quien lo notició al capitan general.

    Preso Rico y ocupados sus papeles, ofreció Carbonell á los conjurados el
    perdon y olvido de su delito, siempre que se presentasen en cierto
    término ante su autoridad. Semejante medida produjo grande alarma entre
    todos los iniciados, despertando en sus ánimos el temor de verse
    denunciados unos á otros, y corrieron de tropel á ponerse en manos de
    las autoridades, con la inocente credulidad de hombres novicios en el
    arte de conspirar.

    Pronto las cárceles se vieron atestadas de venezolanos honrados y
    laboriosos. Aun no habia corrido un mes desde la denuncia, cuando ya se
    oficiaba á la Córte de España diciéndole: "que á excepcion de dos, que
    habian buscado amparo en las colonias extranjeras, los demás cómplices
    se hallaban presos." Don Manuel Grial, capitan retirado y Don José Maria
    España eran los referidos prófugos.

    Pero en vez de perdonar y olvidar, conforme á la promesa, en Agosto del
    mismo año ordenaba la Audiencia que los detenidos fuesen desterrados á
    perpetuidad y trasladados unos á la metrópoli y otros á Puerto-Rico.

    Algunos meses despues, el capitan general era reemplazado por Don Manuel
    de Guevara Vasconcelos, quien haciendo un uso inhumano de las ámplias
    facultades de que iba investido, condenó á ser ahorcados y
    descuartizados á seis de los principales conspiradores. Este inicuo é
    injusto proceder exacerbó al pueblo venezolano, tanto mas cuanto que los
    promovedores de la conspiracion, Sebastian Andrés y José Laz, á pesar de
    su mayor delito por esta circunstancia y la de ser reincidentes no
    merecieron otra pena que la de reclusion en las provincias de Panamá y
    Puerto-Cabello.

    Asi inauguraba Guevara su entrada en el mando y la del año 1799, en cuyo
    mes de Abril fué apresado Don José Maria España, á quien su mala
    estrella trajo desde la Trinidad á la Guaira en busca de su esposa; la
    tierna solicitud de esta no bastó á tenerle bien oculto ni defendido
    contra las pesquisas de los agentes del gobierno. El 8 de Marzo, esto
    es, á los nueve dias de su captura, sufrió el desgraciado la pena de
    horca y su cabeza, dentro de una jaula de hierro, estuvo expuesta al
    público en la Guaira, mientras sus mutilados miembros fueron
    distribuidos entre varios pueblos y fijados en escarpias al borde de
    los caminos.

    Pero semejantes medidas de terror solo servian para enconar mas y mas
    los ánimos y excitar el ódio y general descontento de un pueblo digno de
    mejor suerte, tratado con tan cruel manera, como el mas abyecto de
    los esclavos.

    Asi cerraban los desaciertos de España el siglo XVIII, contribuyendo no
    poco de este modo á acelerar la emancipacion de Venezuela y la de todas
    las otras colonias, cuyos clamores, llevados á Europa por algunos de sus
    mas decididos patriotas, solicitaban de Francia é Inglaterra los
    necesarios socorros para emprender la obra santa de su independencia y
    tratar de sacudir para siempre el pesado, el ominoso yugo ejercido alli
    desde hacia tres siglos por los españoles con menoscabo, injusticia y
    fragrante impunidad de los sagrados derechos naturales de aquellos que
    llevaban su sangre, de aquellos cuyo sudor y afanes no eran aun
    bastantes á alimentar su insaciable codicia.

    Entre los celosos gestores de la mas noble de las causas figuraban el
    peruano Don José Caro, el granadino Don Antonio Nariño y, con sus vastas
    relaciones y gran nombre europeo, el caraqueño Don Francisco Miranda.
    Llenos todos tres de ardiente patriotismo, todos tres animados del
    mejor deseo, ponian en juego cuantos medios estaban á su mano para
    concertar en el antiguo continente la manera de cambiar la faz política
    de su pais, dándole un gobierno independiente y republicano que guiase
    los pueblos á la prosperidad y adelantos que el movimiento general de la
    época y la riqueza de la América reclamaban.

    Tal era la situacion de Venezuela al perderse en la inmensidad de los
    tiempos el siglo último, siglo que, al engendrar un Napoleon y un
    Washington, hizo participe de una chispa de su génio revolucionario al
    hombre que mas tarde habia de merecer el glorioso nombre de _Libertador
    de su pais_, y cuyos altos hechos vendrian á inmortalizar el cincel, el
    bronce y la pluma. Simon Bolívar pisaba los umbrales de la vida en la
    ciudad de Carácas el dia 24 de Julio de 1783. Nacia adornado de los
    talentos y dotes necesarias para consumar la obra de la independencia
    del Sud de América, y á ser el reparador de la injusticia que los
    hombres de otro tiempo habian inferido al intrépido y sábio descubridor
    del Nuevo Mundo, intentando, con la mas noble elevacion del espiritu al
    mismo tiempo que exponia su vida en los campos de batalla, perpetuar el
    recuerdo de Colon en la Confederacion que se esforzó en constituir bajo
    el título de _Colombia_.

    Este probo, inteligente, noble, infatigable y decidido patriota, tuvo la
    desgracia de perder sus padres en la mas tierna edad. Estos fueron Juan
    Vicente y Maria de la Concepcion Palacios. Su afecto filial, falto de
    objetos tan queridos, rebosaba en su pecho y le consagró lodo entero á
    su patria, única madre que el cielo le habia conservado y por la cual
    mas tarde sacrificaba gustoso su sangre y su fortuna.

    Diez años contaba apenas cuando pasó á Europa con la mira de completar
    su educacion y perfeccionarse en la carrera de las armas, hácia la cual
    le llamaba su natural inclinacion, sobreescitada por el mas ardiente
    amor de gloria. ¿Qué otra aspiracion mas digna y santa podia acariciar
    un corazon huérfano y un corazon sensible como el suyo?

    Despues de haber viajado por Francia é Italia, donde las ideas liberales
    y de progreso prestaron á las suyas el calor y solidez que mas tarde
    habian de producir la independencia de su pais natal, y á poco de haber
    buscado entro los brazos de una esposa en la córte de España el amor de
    la familia, se trasladó á Venezuela. Aqui, trascurridos pocos meses, la
    compañera que habia elegido pasó á mejor vida, dejándole de nuevo en la
    antigua soledad y lleno de tristeza.

    Entonces, por segunda vez, se encaminó hácia el Continente Europeo y
    presenció la coronacion de Napoleon I, de cuyo génio militar y político
    era apasionado admirador, y cuatro años despues vibraba en sus oidos el
    grito de _independencia ó muerte_ dado por los españoles al lanzarse al
    campo para estorbar por medio de las armas el poderoso vuelo de las
    águilas invasoras.

    CAPITULO II

    Aparente restablecimiento del órden.–Tentativas de Miranda.–Don Juan
    Casas.–Su situacion comprometida.–Los emisarios de Mural.–Actitud
    tomada por el pueblo venezolano.–La junta auxiliar.–Gestiones del
    Ayuntamiento.–Creacion de una junta suprema.–Bolívar y Emparan.–
    Aborto de conspiracion.–Confirmacion de los rumores acerca de los
    sucesos de España.–Primer paso hácia la revolucion.–Destitucion de
    Emparan.–Declaraciones del Ayuntamiento de Carácas.–Destierro de las
    antiguas autoridades españolas.–Pronunciamientos.–Los emisarios en la
    provincia de Coro.–Primera salida á campaña.–Mision de Bolívar en
    Europa.–Don Antonio Cortabarria.–Actos de la junta de Carácas.–Conato
    de levantamiento.–Prisiones y asesinatos.–Rómpense las
    hostilidades.–Vuelta de Miranda.–Conflicto de la Junta.–Demostracion
    popular.–Nombramiento de Miranda.

    Volvamos á anudar el hilo de los acontecimientos de Venezuela.

    Ahogada en la apariencia la revolucion, fermentó sordamente durante los
    primeros años del siglo actual entre la juventud venezolana. Las
    familias que tuvieron la desgracia de perder alguno de sus miembros, y
    aquellas que habian sufrido y sufrian aun las consecuencias del primer
    paso dado hácia el templo de la libertad, aleccionadas por la
    experiencia, se agitaban con cautela en favor de la santa causa y
    esperaban el momento oportuno de poder obrar con mayor acierto, con
    nueva decision y energia.

    Despues de mil y mil contrariedades, el 25 de Marzo de 1806 se
    presentaba Miranda en la Costa Firme, á vista de Ocumare, con una
    corbeta y dos goletas, únicos auxilios que pudo conseguir de la América
    del Norte. Sus fuerzas de desembarco se componian de unos 200 jóvenes
    que se le unieron un Haiti. Atacado de improviso por dos bergantines,
    despues de una vigorosa pero inútil pelea, con pérdida de las goletas,
    se retiró á Trinidad, donde impetró el auxilio de los ingleses y muy
    particularmente el de Cochrane, almirante de la escuadra que estacionaba
    entonces en las islas de Barlovento.

    De alli á cuatro meses guiaba quince diferentes buques con 500 hombres,
    y habiendo puesto en fuga á los enemigos que defendian la costa, penetró
    vencedor en la Vela de Coro el segundo dia de Agosto; pero no
    encontrando alli la acogida y proteccion que esperaba, renunció á su
    expedicion y regresó á Trinidad, pasando luego á Europa desde esta isla.
    Diez de los suyos, hechos prisioneros en el combate, fueron pasados por
    las armas en Puerto-Cabello y varios otros confinados á los presidios.

    Este fué el último de los actos del mando de Vasconcelos.

    Los acontecimientos de España en 1808 pusieron al capitan general
    sucesor, Don Juan Casas, en la mas crítica situacion. Los comisionados
    mandados alli por Murat que le exigian obediencia al nuevo monarca, y la
    presencia de un buque de guerra inglés en las costas, le envolvieron en
    una inmensa perplejidad. Por otra parte, la imprudente lectura que un
    oficial francés hizo en público de la _Gaceta de Bayona_ produjo un
    motin entre los oficiales criollos y españoles, que dieron el grito de
    "¡Viva Fernando VII y mueran los franceses!" Además, la actitud del
    pueblo le impidió decidir por si solo en tan árduas circunstancias, y
    acordó reunir una junta auxiliar compuesta de un miembro por cada
    tribunal, corporacion y clases de la sociedad.

    La junta, presidida por Casas, se hizo cargo de los despachos de Murat y
    de los que el gobierno británico habia enviado por medio de Colincour y
    de Cochrane, y optó decididamente por la conservacion del estado de
    cosas sin alteracion de ninguna especie. Esta medida, como era natural,
    mantuvo y sobreescitó la general inquietud, ocasionando motines y
    alborotos que el capitan general tuvo que castigar con mano fuerte.

    El ayuntamiento le instaba á que constituyese una junta como las de la
    metrópoli, algunos dias antes de la llegada de un comisionado mandado
    por la junta de Sevilla. El 28 de Julio Casas accedió á las instancias
    del ayuntamiento, y el 5 de Agosto se presentaba en Carácas el
    mencionado agente.

    Constituida la junta, no sin que antes hubiesen mediado contestaciones
    entre el cabildo y el capitan general que exigió de este obediencia
    ciega, subsistió hasta el 13 de Enero de 1809, en que fué reconocida la
    soberania de la central, instalada en Aranjuez por Setiembre del
    año anterior.

    Declarados como parte esencial é integrante de la monarquia española sus
    dominios ultramarinos, el valiente, antiguo y distinguido capitan de la
    marina real Don Vicente de Emparan fué nombrado, en reemplazo de Casas,
    como capitan general de Venezuela.

    Bolívar acompañó en su viaje al nuevo representante militar de España,
    pues como buen patriota no podia vivir lejos del suelo que le habia
    visto nacer y cuya precaria suerte tantas veces aceleraba los latidos de
    su noble y esforzado corazon. La idea de poder dar á su pais dias de
    dicha y prosperidad, abriéndole la senda de su futura independencia, en
    mas de una ocasion habia venido á interrumpir su sueño y á mecer sus
    halagüeñas esperanzas de gloria. El 17 de Mayo Emparan y Bolívar pisaban
    la Costa Firme. Las primeras disposiciones del nuevo capitan general
    fueron tan violentas y desacertadas, que todos, sin excepcion alguna,
    asi españoles como criollos, con ánimo de no separar la colonia de la
    madre patria, formaron el plan de derrocar su poder y de constituir en
    seguida un gobierno análogo al de aquella.

    Espiraba el mes de Marzo de 1810, y segun estaba convenido, el marqués
    del Toro, coronel del batallon miliciano de los valles de Aragua, debia
    señalar la entrada del de Abril apoderándose por sorpresa del capitan
    general, quien noticioso del proyecto, merced á un vil denunciador, dió
    un golpe de mano á los conspiradores.

    Contra lo que podia esperarse, y en desacuerdo con sus primeros actos
    de gobierno, se limitó Emparan á confinar en Maracaibo, Margarita y
    otros puntos de la provincia á los principales autores del
    abortado plan.

    Vagos rumores se esparcieron por este tiempo acerca de la disolucion de
    la Junta central y de la dispersion de sus miembros, rumores que fueron
    confirmados el 18 de Abril, dia de Miércoles Santo, de una manera muy
    ámplia, pues además se supo que toda la Península, menos Cádiz y la Isla
    de Leon, estaba ya ocupada por los franceses; lo cual hizo cundir la
    inquietud con la rapidez del rayo entre todas las clases del pueblo, y
    hasta los mismos españoles manifestaban temores, sobresaltos y
    desconfianza del gobierno.

    La ocasion se presentaba muy propicia para hacer renacer en los criollos
    las pasadas pretensiones, y conjurándose nuevamente, atrajeron á su
    partido á los principales jefes y oficiales de las tropas que guarnecian
    la ciudad; y hasta el cabildo, que estaba compuesto de españoles y
    americanos casi por partes iguales, se prestó á provocar una discusion
    con el capitan general.

    El dia siguiente, con motivo de la asistencia á la celebracion de los
    oficios de Jueves Santo, el ayuntamiento, fiel á su promesa, pasó una
    invitacion á Emparan, quien se presentó en la casa capitular y encontró
    al cuerpo municipal constituido en sesion extraordinaria, arrogándose
    agenas facultades y tratando del peligro que corria la América, de la
    política que debia adoptarse en aquellas circunstancias y de la
    perentoria necesidad de organizar un gobierno propio que la pusiera á
    cubierto de la anarquia.

    Emparan, despues de haber eludido hábilmente las consideraciones y
    dificultades que el ayuntamiento le presentaba, concluyó declarando:
    _"que seria inconvenientísima toda innovacion,"_ y salió de alli
    dirigiéndose luego hácia la iglesia metropolitana. Pero los
    conspiradores le siguen, le interceptan el paso, y uno de ellos, llamado
    Francisco Sálias, auxiliado del populacho, le obliga á volver á la casa
    capitular sin que los cuerpos de guardia que encuentran al paso opongan
    la menor resistencia, sino que, antes por el contrario, manifiestan su
    actitud amenazadora negando á su jefe los honores de ordenanza.

    Emparan tuvo que asentir á la idea de formar una Junta suprema; pero
    habiendo tenido los capitulares la debilidad de acceder por su parte á
    que este siguiera ocupando al frente de ella el cargo de Presidente, un
    doctor y canónigo de la catedral de Carácas, el Señor Don José Cortés
    Madariaga, que se anunció en el ayuntamiento como diputado del clero y
    del pueblo, en un interesante y elocuente discurso pidió la deposicion
    del capitan general.

    En tan críticas circunstancias, Emparan, presentándose en el balcon á la
    muchedumbre que cercaba la casa capitular, apeló á su voto; pero esta,
    siguiendo á los conjurados, gritó: _¡Afuera! ¡Afuera! No le
    queremos.–Ni yo tampoco quiero el mando_, dijo él despechado, si bien
    tratando de disimular su enojo y bochorno. Tomóse acta de estas palabras
    y se consideraron alli mismo como una renuncia voluntaria.

    El ayuntamiento, auxiliado por varios particulares llamados á su seno en
    calidad de diputados de las diferentes corporaciones y clases de la
    sociedad, declaró: _"Que las provincias de Venezuela procederian á
    constituir un gobierno encargado de ejercer la soberania á nombre y en
    representacion de Fernando VII_," neto por medio del cual desconoció la
    autoridad de la regencia, y luego expulsó de su territorio las
    autoridades principales que hasta alli habian representado á la nacion
    española, aboliendo al propio tiempo el odioso tributo de los indios y
    la Inútil de esclavos.

    Una vez desterrado el capitan general, el mando superior de las armas
    fué conferido á un sugeto de gran instruccion y valor personal; este era
    el coronel Fernando Toro, hermano del marqués de este nombre, que habia
    sido educado en España.

    Pronto las provincias de Barcelona, Cumaná, Margarita, Varinas y asi
    sucesivamente las demás, menos las de Coro y Maracaibo que se declararon
    fieles á la regencia, enviaron sus diputados á la junta, reconociendo
    asi el nuevo gobierno de Venezuela. Y si bien es cierto que á poco la
    Guayana se retractó de su primer acuerdo mandando presos á la metrópoli,
    á la Habana y Puerto-Rico á los adictos al nuevo órden de cosas, por
    otra parte, el reconocimiento hecho por Mérida del gobierno establecido
    en la capital, separándose de Maracaibo con noble entusiasmo, compensó
    en parte semejante defeccion.

    La Junta envió á Coro y Maracaibo algunos comisionados para tratar con
    las autoridades españolas, y estas los recibieron como traidores, y como
    á tales los remitieron sin vacilar un momento á las prisiones de
    Puerto-Rico. En vista de semejante atropello, ordenó la Junta que el
    marqués del Toro partiese al frente de alguna tropa contra la provincia
    de Coro; y dicho señor, cumpliendo con lo dispuesto por aquella, situó
    por lo pronto su cuartel general en Carora.

    Mientras estos sucesos tenian lugar, el coronel Simon Bolívar, investido
    de los poderes necesarios por la Junta y acompañado de Luis Lopez
    Mendez, se dirigia á Inglaterra para solicitar la proteccion de su
    gobierno contra el enemigo comun, en el caso de que este intentara
    apoderarse de Venezuela, y al propio tiempo impetrar su mediacion con el
    de España para que no se turbase la paz y buena armonia que hasta alli
    habian existido entre los habitantes de ambos hemisferios.

    Aunque Bolívar fué bien recibido por el marqués Wellesley, ministro de
    Negocios Extranjeros de la Gran-Bretaña, solo obtuvo contestaciones
    evasivas á causa de la alianza que por aquel tiempo tenian hecha las dos
    naciones. Cumplida esta mision, nuestro héroe se hizo á la vela de
    regreso para su pais nativo en compañia del general Miranda.

    Las Córtes generales y extraordinarias de la nacion española, instaladas
    el 24 de Setiembre en la Isla de Leon, dieron omnimoda facultades al
    ministro del Supremo Consejo de España é Indias Don Antonio Cortabarria
    para que, auxiliado por algunos buques de guerra, las tropas de
    Puerto-Rico, Cuba y Cartagena, interviniese en los asuntos de las
    colonias; pero con la prevencion de no apelar á la fuerza de las armas
    sino en el caso extremo de que los medios de persuasion fuesen de todo
    punto estériles. Para esto debia obrar de acuerdo con el gobernador de
    Maracaibo, Don Fernando Miyares, á quien el mismo Cortabarria llevaba el
    nombramiento de capitan general de Venezuela.

    La junta de Carácas se negó en un principio á reconocer y prestar
    obediencia á las Córtes generales; pero luego, accediendo á la opinion
    de sus miembros mas respetables, quiso dar una prueba de desinterés
    convocando á un Congreso nacional. Hubo por entonces un conato de
    sublevacion en sentido de reconocimiento del Consejo de regencia, y
    sorprendidos por la Junta, los revoltosos fueron condenados unos á
    encierro en las bóvedas de Puerto-Cabello y la Guaira, y otros
    desterrados á perpetuidad. Entre estos últimos figuraban los ricos
    hermanos peninsulares Don Francisco y Don Manuel Gonzalez y Linares, del
    comercio de Carácas.

    La noticia de horribles asesinatos perpetrados en Quito en las personas
    de varios decididos patriotas, produjo grande indignacion en el pueblo
    caraqueño, quien, cercando el palacio de la Junta, pedia la expulsion de
    los españoles y canarios; pero la Junta, decretando se hiciesen honores
    fúnebres á los desgraciados americanos, logró apaciguar el tumulto; y
    para evitar la reproduccion de semejantes escándalos y trastornos, la
    noche de aquel mismo dia, que era el 24 de Octubre, apresó y expulsó á
    los que suponia promovedores de disturbios. Estos fueron José Maria
    Gallegos, José Félix Ribas y tres hermanos suyos.

    Treinta y cinco dias despues de este acontecimiento, es decir, el 28 de
    Noviembre, el ejército de occidente, al mando de Toro, atacaba á las
    tropas de guarnicion en Coro, desalojándolas de un reducto y tomándoles
    un cañon; y dos dias despues ponia en fuga á las de Miyares, que le
    salió al paso en Sabaneta con 800 hombres entre infantes y caballos,
    haciéndole algunos prisioneros y ganando una pieza de campaña. En Carora
    dejó de picarles la retaguardia, y despues de guarnecer esta poblacion,
    asi como tambien la de Barquisimeto, se retiró á Carácas, donde corria
    la noticia de la llegada de Miranda al territorio venezolano.

    La Junta que gobernaba en nombre de Fernando VII, creyó que el dar asilo
    á tan ardiente republicano seria altamente contradictorio con la
    situacion en que se habia colocado, y trató de estorbar el desembarco de
    este general, y hasta llegó á brindarle con una dependencia diplomática
    á fin de alejarle. Pero el pueblo le tendió su mano protectora,
    recibiéndole con las mas singulares muestras de respeto y deferencia.
    Entonces el gobierno hizo alarde de entusiasmo y le confirió el título
    de teniente general, mandando que se buscasen y destruyesen todos los
    documentos que la anterior administracion formuló contra el buen nombre
    de tan distinguido militar y patriota.

    De este modo terminaba el año 1810, preparándose, merced á
    acontecimientos que casi nos atreveremos á calificar de providenciales,
    la realizacion de los deseos en que ardia el corazon de los venezolanos.

    CAPITULO III

    Entrada del año 1811.–Reunion y organizacion de un Congreso.
    –Disposiciones adoptadas por esto Cuerpo.–Conspiraciones.–Salida del
    general Toro para Valencia.–Nombramiento de Miranda como jefe del
    ejército.–Sus actos.–Constitucion de Venezuela.–La capital del
    Estado.–Monteverde.–Sucesos de la época y posteriores á la llegada de
    este personaje.–Molestar de la causa de Venezuela.–Terremoto.
    –Influencia de sus desastres unidos á los de la guerra.–Defeccion de
    algunas ciudades.–Suspension de la ley del Estado.–Donativos.–Proyectos
    de Miranda.–Elevacion de Bolívar al gobierno de Puerto-Cabello.–Esfuerzos
    inútiles.–Escenas sangrientos.–Descrédito de Miranda.–Ofrecimientos
    estériles.–Derrota del Dictador.–Bandolerismo.–Inminente peligro de
    Bolívar y su viaje á la Guaira.–Proposiciones de armisticio.–
    Capitulaciones.–Monteverde se hace dueño del pais.

    Inaugurábase el año 1811 con el bloqueo de las provincias venezolanas,
    bloqueo que Cortabarria mandaba ejecutar en cumplimiento de un decreto
    de la regencia, mientras que la junta, fiel á su convocatoria, llevaba á
    cabo la reunion del aplazado Congreso. Conforme á lo dispuesto por ella
    debia constar de cuarenta y cuatro diputados.

    El 2 de Marzo era el dia señalado para la reunion, la cual debia
    verificarse en la capital, donde aquel alto cuerpo quedó instalado,
    formando una Cámara, comun é indivisa, compuesta de respetables
    patricios enviados por las provincias de Barcelona, Varinas, Carácas,
    Cumaná, Margarita, Mérida y Trujillo. Entre sus dignos miembros
    figuraban el general Miranda, el marqués del Toro, Francisco Javier
    Ustáriz, Lino Clemente, Martin Tovar, Juan German Roscio, Antonio
    Nicolás Briceño, Francisco Javier Yánes y otros varios.

    Despues de haber organizado su servicio; el Congreso nombró tres
    individuos encargados de ejercer el poder ejecutivo, y otros tres como
    suplentes para los casos necesarios de ausencia ó enfermedad de los
    primeros, que fueron los señores Baltasar Padron, jurisconsulto
    acreditado; Juan Escalona, oficial de milicias elevado á la clase de
    coronel por la Junta Suprema, y Cristóbal Mendoza, que ejercia de
    abogado. Además estableció un Consejo Consultor.

    Uno de los acuerdos mas importantes del Cuerpo Legislativo fué el de la
    sancion de la famosa acta, por la cual se declaraba que las provincias
    de Venezuela en él representadas, formarian en lo sucesivo una
    Confederacion de Estados libres é independientes, con absoluta
    separacion de España. Cada uno de estos podria darse la forma de
    gobierno que mas le conviniera, conforme á la voluntad de sus pueblos.

    Pronto se hicieron sentir algunos movimientos revolucionarios,
    promovidos por los agentes de Cortabarria, que fueron sofocados por las
    fuerzas del gobierno, y condenadas á la última pena por sus tribunales
    las personas que aparecian como autoras de la rebelion. Pero una
    peligrosa sublevacion estalló en Valencia, donde los revoltosos,
    desconociendo la autoridad del Congreso, proclamaron la legitimidad de
    Fernando VII.

    El general Toro voló á reprimirla, logrando en un principio desalojar al
    enemigo de sus puestos avanzados, y concluyendo por ser rechazado á su
    vez hasta Maracay, desde cuyo punto envió emisarios á Carácas para que
    le auxiliaran con tropas de refuerzo. El gobierno entonces nombró á
    Miranda general en jefe del ejército; marchó este contra los españoles y
    les obligó á capitular, entrando en la ciudad sublevada el 13 de Julio.
    Pero por falta de la precaucion necesaria los vencidos, que habian
    conservado armas y municiones, saliendo de sus cuarteles cayeron sobre
    las tropas de Miranda, llevándolas en precipitada fuga hasta Guaraca.

    Despues de un hecho tan poco noble, Miranda, en ánimo de tomar venganza,
    allegó nuevas fuerzas y en los dias 12 y 15 de Agosto, reducidos los
    españoles al último extremo, se rindieron á discrecion por haberles sido
    rechazadas cuantas proposiciones de capitulacion habian presentado. Los
    prisioneros fueron condenados á muerte por los tribunales, pena que el
    Congreso determinó se conmutara por otras.

    Formulada, discutida y sancionada la Constitucion federal de las siete
    provincias venezolanas, se publicó el decreto en 21 de Diciembre.
    Reconocíase como base el sistema representativo, residiendo la soberania
    en el pueblo; dividíase el poder en legislativo, ejecutivo y judicial,
    formando cuerpos independientes entre sí; garantizábase el derecho
    popular y la inviolabilidad de domicilio; proscribíase para siempre el
    uso de la tortura y el fuero personal, y ninguna sentencia pronunciada
    por traicion contra el Estado tendria carácter difamatorio para los
    hijos del reo; abolíase la trata de negros y los indios eran igualados
    á los demás venezolanos en derechos y deberes: desarrollábase la
    instruccion pública; extinguíanse los títulos de nobleza hereditarios,
    asi como toda calificacion degradante de raza y, por último, quedaba
    adoptado el pabellon amarillo, azul y rojo, enarbolado por Miranda
    cuando su expedicion de 1806, considerándolo como distintivo de la
    federacion.

    La ciudad de Valencia fué declarada despues como capital del Estado; y
    el Congreso suspendió sus tareas el 15 de Febrero de 1812, aplazando su
    próxima reunion para el 1° de Marzo, no sin haber antes de disolverse
    ordenado guarnecer la márgen izquierda del Orinoco para colocarse á la
    defensiva.

    Desde esta fecha hasta la llegada del capitan de fragata Domingo
    Monteverde, natural de Canarias y al servicio de España, hubo algunos
    encuentros, prósperos unos y adversos otros, entre las tropas federales
    mandadas por los coroneles Francisco Gonzalez y Moreno, Manuel Villapol
    y Francisco Solá y las españolas; estos combates tuvieron lugar en Santa
    Cruz de la Soledad, en las aguas entre el caño de Macareo y el de
    Pedernales, en Barrancas, en Lorondo y en Angostura, donde, despues de
    un grave descalabro en que Villapol tuvo que fortificarse en Maturin
    para salvar su gente, Moreno y Solá desaparecieron, dejando sus soldados
    en el mas criminal abandono y á merced del enemigo.

    Monteverde llegó á Coro en compañia del brigadier Don Juan Manuel
    Cagigal y otros jefes militares, llevando consigo dinero, armas y demás
    necesario para hacer la guerra á las provincias sublevadas; y desde este
    momento los patriotas, no por falta de valor y decision sino á causa del
    menor número, fueron estrechados y acosados con mayor actividad
    cada dia.

    El 15 de Marzo protegia Monteverde la revolucion que en Liquisique
    acaudillaba deslealmente el indio Reyes Vargas, que sin grandes
    merecimientos habia recibido el nombramiento de capitan del gobierno de
    Venezuela; y á los seis dias de esta defeccion los patriotas, á quien
    una grave dolencia privaba de su jefe el comandante Gil, eran derrotados
    completamente en Carora.

    La causa de la independencia principiaba á perder terreno en Venezuela,
    viniendo un sacudimiento momentáneo de la naturaleza á juntarse con los
    de la guerra. El 28 de Marzo, dia de Jueves Santo, á las cuatro de la
    tarde, un espantoso terremoto destruyó la mayor parte de Carácas,
    sepultando millares de habitantes bajo sus minas. Igual desgracia
    afligió á la Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras
    poblaciones, en las que, asi como en la primera, perecieron gran número
    de voluntarios al servicio de la Confederacion. No faltaron adeptos al
    antiguo régimen que hicieran correr la voz de que semejante natural
    suceso era un castigo del cielo, puesto que venia á cumplirse
    precisamente en el dia mismo en que dos años antes la revolucion habia
    depuesto y desterrado á las autoridades españolas.

    Este acontecimiento, unido á los desastres que la guerra hacia sentir á
    los pueblos, no dejó de influir en favor de la regencia, cuyas armas,
    guiadas por el general Monteverde, se presentaban favorecidas por la
    fortuna en todas partes y ocupaban la arruinada ciudad de Barquisimeto
    el 7 de Abril. Alli se detuvo su jefe algunos dias desenterrando
    pertrechos y armamentos, reclutando gente y dando acogida á algunas
    partidas que con sus oficiales desertaron de las filas republicanas. El
    dia 25 batia cerca de San Cárlos al coronel Miguel Ustáriz, bajo cuyas
    órdenes puso Jalon cerca de 1.400 hombres. En lo mas encarnizado de la
    pelea, y cuando el triunfo estaba aun indeciso, el escuadron de Pao se
    pasó á los realistas dándoles la victoria. Casi todos los soldados de
    Venezuela que habian tomado parte en la accion cayeron en el campo de
    batalla; y, con los pocos que se quedaban, Ustáriz se refugió
    en Valencia.

    Mérida, Trujillo y otras poblaciones de la parte occidental fueron
    declarándose por el invasor, que se disponia á proseguir su marcha; y en
    tan tristes circunstancias la idea de la dictadura vino á apoderarse del
    ánimo de los leales. El poder trató de realizarla delegando todas sus
    facultades en el marqués del Toro, quien rehusó esta distincion;
    entonces fué puesta la suerte de la santa causa en manos de Miranda;
    este no tuvo dificultad en admitir el alto cargo y peligrosa confianza
    con el título de Generalísimo, por juzgarlo menos pretencioso y mas
    modesto que el de dictador.

    La Constitucion, promulgada aun no hacia tres meses, quedó en suspenso
    de este modo; y mientras que el jefe absoluto fijaba su cuartel general
    en Maracay, y en Varinas se juntaba una fuerza considerable de
    caballeria, y salian emisarios en busca de hombres, buques y
    subsistencias, Ustáriz, elevado al cargo de gobernador de Valencia, se
    veia abandonado de sus tropas y, dejando la plaza en poder de
    Monteverde, se retiraba á la Cabrera.

    En medio de tantos desastres como sufria la causa de la independencia,
    los generosos donativos de muchos extranjeros, amantes del nuevo órden
    de cosas y de la libertad de América, vinieron á fortificar un tanto los
    abatidos ánimos, que recobraron su antigua esperanza viendo como al
    mismo tiempo se organizaba un cuerpo de franceses á las órdenes del
    coronel Ducaylá, y cómo algunos alemanes é ingleses de distincion, entre
    los cuales figuraban Sir Gregor MacGregor empuñaban las armas en defensa
    de Venezuela.

    Miranda formó entonces el plan de estrechar á Monteverde: al intento,
    despues de haberse asegurado de la custodia de Puerto-Cabello, poniendo
    en esta plaza un oficial de _toda confianza_ asi por su _aptitud_ como
    por su _valor y decision hácia la santa causa de la independencia_,
    cubrió el punto de los Guayos con un fuerte destacamento que á los pocos
    dias, mientras él avanzaba en la línea de las operaciones proyectadas,
    fué batido y desbaratado el 8 de Mayo por la deslealtad de algunas
    compañias que se pasaron al enemigo. En vista de esto volvió atrás y se
    dispuso á fortificar bien la Cabrera, Guayca y Magdalena para poder
    hacer frente á los ataques de Monteverde, quien se disponia á atacarle.

    El _hombre de confianza_, el militar experto, el valiente soldado, el
    inteligente y decidido patriota que Miranda colocó en el mando de
    Puerto-Cabello, aquel que habia merecido este cargo delicado y de cuya
    aptitud para el desempeño no podia dudarse un solo instante, no era otro
    que el coronel Simon Bolívar, á quien el Generalísimo consideraba como
    el oficial mas activo y de mas vasta instruccion de todo su ejército.

    A pesar de los esfuerzos de Miranda, de los auxilios que encontraba, de
    alguna que otra accion en que el enemigo era rechazado, no por eso
    dejaba de agravarse la causa de la independencia, siendo derrotados sus
    patriotas hasta en las llanuras de Carácas, en Calabozo y San Juan de
    los Morros, donde el jefe español Don Eusebio Antoñanzas pasó á
    cuchillo, sin piedad alguna, no solo á los prisioneros sino tambien á
    las mujeres y los niños.

    La autoridad y prestigio del dictador menguaban de dia en dia,
    haciéndose mas frecuentes las decepciones de sus subordinados; por lo
    que, para vigorizar su poder, se rodeó en Maracay de algunas personas
    notables pertenecientes á los altos cargos del poder ejecutivo, del
    Congreso y del gobierno peculiar de Carácas, y de todas formó una
    especie de Consejo Consultor que le auxiliaba en los casos graves y
    circunstancias apremiantes ó difíciles.

    Sin embargo, de nada sirvió que la promulgacion de una _ley marcial_
    llamando á las armas á todos los venezolanos, excepto los ordenados _in
    sacris_ y unos pocos empleados de la administracion civil, y la de un
    decreto ofreciendo la libertad á los esclavos que se alistasen por diez
    años, prometiendo indemnizar á sus amos en mejores circunstancias, le
    diesen una superioridad numérica sobre el enemigo; pues habiendo
    perdido el punto de Magdalena y las alturas que dominan á Maracay, el
    jefe venezolano se encontraba cortado en sus posiciones, viéndose
    forzado á retirarse y pegar fuego á los ricos depósitos de víveres y
    municiones que venia formando en aquella poblacion.

    Con sus fuerzas, las de Guayca y la Cabrera, se encaminó hácia la
    Victoria: pero Monteverde, sabedor de este movimiento, se adelantó hasta
    San Mateo y le sorprendió, poniendo en desordenada fuga á sus soldados.
    Mientras tanto la capital de la república se encontraba en un estado de
    continua alarma, pues los esclavos de Curiepe y otros puntos de la costa
    y de los valles orientales, á pretexto de defender los derechos de
    Fernando VII, desde el 24 de Junio, en que habian tomado las armas,
    andaban cometiendo todo género de desmanes, tropelias y vejaciones con
    el mas feroz vandalismo, y Monteverde avanzaba hácia alli, despues de
    haber dejado algunas tropas frente á la Victoria.

    En el punto que este movimiento del enemigo tenia lugar, una nueva
    decepcion ponia á Bolívar en inminente peligro y con él á la república.
    El último dia de Junio, el oficial de milicias Francisco Fernandez
    Vinoni, con alguna tropa, el presidio y varios reos de Estado,
    proclamaba á Fernando VII, enarbolando en el castillo de San Felipe de
    Puerto-Cabello una bandera roja, y despues de algunas intimaciones
    infructuosas rompia el fuego de su artilleria contra la plaza. En tan
    crítica situacion, y fuera de sí con un suceso que tal vez iba á decidir
    de la suerte del pais, trató Bolívar sin embargo de sostenerse, y lo
    hizo asi durante tres dias; pero al saber que los españoles de Valencia
    se dirigian ya hácia alli y que sus puestos avanzados se pasaban al
    enemigo, antes de abandonar Puerto-Cabello quiso tentar fortuna y mandó
    á su encuentro unos 200 hombres con los coroneles Mirés y Jalon. Estos
    fueron derrotados en San Estéban y habiendo quedado prisionero el último
    con solo siete soldados regresó el primero al lado de Bolívar.

    Con 40 hombres que le quedaban, despues de haber capitulado los
    habitantes de Puerto-Cabello temiendo la ruina de la poblacion, el digno
    jefe trató de defenderse todavia en las afueras desde el Trincheron:
    pero el dia 6 no contando sino 8 oficiales á su servicio, se embarcó con
    ellos en Borburata, arribó á la Guaira y comunicó á Miranda desde
    Carácas, algunos dias despues, los incidentes de tan lamentable
    acontecimiento.

    Asi que lo supo el Generalísimo, propuso á Monteverde, que se hallaba en
    Valencia, una suspension de hostilidades; pero el general español por
    toda respuesta se ofreció á concederle una capitulacion; la cual,
    admitida en principio por Miranda, pronto recibió este las condiciones
    que, despues de ajustadas, dieron lugar á algunas diferencias. Pero
    apremiado por Monteverde las ratificó Miranda el 25 de Julio de aquel
    año, el de 1812, _quedando la Confederacion,_ conforme á las
    capitulaciones, asi como el _armamento_ y _demás objetos militares_ en
    poder del general español _bajo garantia de respeto á las personas,
    cualesquiera que hubieren sido su conducta y opiniones durante la
    revolucion._

    Al dia siguiente las tropas españolas penetraban en la Victoria, y tres
    mas tarde en Carácas, de donde huyeron algunos patriotas con intencion
    de embarcarse en la Guaira, y entre los que asi se precipitaban, poco
    seguros del cumplimiento de lo estipulado, figuraba tambien el
    desgraciado Generalísimo de la efímera Confederacion venezolana.

    CAPITULO IV

    Bolívar se embarca para Curazao.–Tirios y Troyanos.–Constitucion de
    1812.–Complot de varios jóvenes patriotas.–Marino y Bermudez.–
    Atrocidades de Zuazola.–Sus consecuencias.–Sitio de Maturin.–La
    revolucion revive.–Bolívar en Cartagena.–Principia á ejecutar sus
    planes.–Paso del Zulia.–Asciende á brigadier.–Penetra en Venezuela.–
    La guerra á muerte.–Conquistas.–Proclama.–Nuevos triunfos.–Entrada
    de Bolívar en Carácas.

    Bolívar, cuyo ánimo acostumbrado desde la niñez á los grandes reveses y
    cuyo amor por la patria no se abatian en ninguna circunstancia, dominado
    en la que tan cruelmente pesaba sobre el pueblo venezolano por la idea
    de salvarle y de sacudir un dia el pesado yugo que venia á esclavizarle
    de nuevo, trató de conservarse, y merced á la buena amistad del español
    Don Francisco Iturbe, que gozaba de gran favor cerca de Monteverde,
    obtuvo un salvoconducto y se embarcó en seguida para Curazao.

    La terminacion de la campaña trajo la desavenencia entre el capitan
    general Miyares y Monteverde, que se negaba á reconocer su autoridad en
    los paises por él recuperados para la España, dando por resultado la
    destitucion del primero y la elevacion del pacificador á la dignidad
    superior de Venezuela. Entonces, alegando que se conspiraba nuevamente,
    apresó á muchos distinguidos americanos. Miranda siguió muchos meses en
    los calabozos de Puerto-Cabello, de donde fué trasladado á Cádiz y con
    destino al arsenal de la Carraca, que andando el tiempo le vió morir el
    dia 14 de Mayo de 1816. Juan Pablo Ayala, Madariaga, Mirés y Roscio,
    patriotas venerables, fueron tambien remitidos á España y encerrados en
    seguida en los presidios de África.

    La Constitucion española, jurada en Cádiz por Fernando VII, fué
    publicada por Monteverde el 3 de Diciembre y adoptada, cinco dias mas
    tarde, por el pueblo y el clero. Pero algunos jóvenes patriotas, llenos
    de intrepidez y desesperacion, concibieron el proyecto de sorprender,
    desembarcando en la Guaira, el destacamento realista que alli estaba y
    cuya fuerza consistia en 300 hombres, la mayor parte güireños. Eligieron
    como jefe al rico margariteño Santiago Mariño, quien para el golpe de
    mano intentado no contaba sino con el insignificante número de seis
    fusiles. Sin embargo, llegada la ocasion de obrar, la guarnicion del
    puerto, abandonando á sus jefes, se unió con los venezolanos.

    Pronto las fuerzas de Mariño, convenientemente distribuidas entre él,
    Bernardo Bermudez y José Francisco, derrotaron las tropas de Cervéris y
    ocuparon á Maturin, cuya guarnicion huyó tan luego como Bermudez se
    presentó en sus cercanias. Con no menos rapidez, las fuerzas destacadas
    por órden del capitan general al mando de Don Antonio Zuazola batieron á
    los patriotas, primero en los Magueyes, y el 16 de Marzo de 1813 en
    Aragua. Este jefe no solo fusiló á los prisioneros que hizo, sino que
    mostró la mayor inhumanidad mandando matar á inofensivas mujeres, á
    venerables ancianos y á inocentes niños.

    Una parte de los derrotados y otros muchos patriota, irritados en vista
    del proceder de Zuazola, se refugiaron en Maturin, donde Piar y Azcúa
    mandaban durante la ausencia de Bermudez, y cuyos jefes lograron
    desbaratar con solo 500 hombres, en una salida que hicieron de la plaza,
    á 1.500 mandados por Don Lorenzo de la Hoz, rechazando despues á fuerzas
    mayores todavia, y poniendo al capitan general en el caso de presentarse
    en el teatro de la guerra á dirigir por sí mismo las operaciones.

    Monteverde, á la vista ya de Maturin con mas de 2.000 hombres, intimó la
    rendicion de la plaza en el término de dos horas, so pena, en caso
    contrario, de entregarla al furor de sus soldados. La contestacion fué:
    "_Que el pueblo de Maturin estaba resuelto á perecer en defensa de las
    libertades patrias_." Entonces tuvo lugar un sostenido y encarnizado
    combate por ambas partes, retirándose al fin los españoles con pérdida
    de 500 hombres muertos en el campo de batalla, entre los que habia 27
    oficiales, y abandonando Monteverde al enemigo cinco cañones, muchas
    armas y pertrechos, su propio equipaje y mas de 6.000 pesos de plata.

    Este memorable hecho de armas tenia lugar el 25 de Mayo; y desde esta
    fecha la revolucion cobraba nueva vida. Entre tanto el general San
    Martin adelantaba tambien en la causa de la independencia en
    Buenos-Aires, y todo parecia anunciar dias de bonanza para la América.
    El abatido espíritu público volvia á levantarse, saliendo como del
    estupor de un terrible sueño á la realidad amable de la vida, cuando el
    leal Bolívar, á quien el gobierno de España habia confiscado los bienes,
    que eran cuantiosos, con anterioridad á los últimos sucesos referidos,
    se presentaba en Cartagena en los primeros dias de Octubre de 1812,
    decidido á inmolar su existencia en aras de la patria por su libertad y
    engrandecimiento. Venia acompañado de los hermanos Miguel, de Manuel
    Cortés Campomanes, de Fernando Carabaño, de José Félix Ribas y de varios
    distinguidos oficiales.

    El plan que guiaba sus pasos, mirado aun por los menos desconfiados como
    irrealizable, era el de dar la libertad á Venezuela con el concurso de
    la Nueva-Granada, que hasta cierto punto habia seguido la misma marcha
    en su revolucion contra los españoles realistas. En Cartagena obtuvo el
    mando de una pequeña fuerza, con la cual subió por las márgenes del
    Magdalena, y despues de haber batido varias partidas de las tropas
    enemigas en diferentes puntos de aquel rio, desde Ocaña solicitó el
    permiso del gobierno de Cartagena para pasar á Cúcuta.

    Obtenido el consentimiento, con grande esperanza y entusiasmo emprendia
    su obra el valeroso caudillo. Solicitó auxilios del gobierno de
    Cundinamarca, que le facilitó 500 hombres, y se puso en marcha con ánimo
    de llegar hasta Carácas conforme á su ofrecimiento. El coronel español
    Don Ramon Correa podia disponer hasta de unos 4.000 hombres que por
    aquella parte guardaban la frontera venezolana. Pero Bolívar, valiéndose
    de ingeniosas extratagemas, apoyado por el pueblo y con relaciones de
    falsos espias, hizo que el enemigo abandonase algunas fuertes
    posiciones, llegando asi á la vista de San José de Cúcuta, donde Correa
    habia concentrado mas de 800 hombres.

    Al amanecer del 28 de Febrero de 1813 ocupó Simon Bolívar las alturas
    sitas al Oeste de San José, para cuya operacion tuvo que atravesar el
    caudaloso Zulia con una miserable canoa, y cayendo sobre las tropas
    españolas, despues de arrojarlas de sus posiciones, cargándolas á la
    bayoneta las derrotó completamente, ocupó su artilleria, fusiles y
    cuantos pertrechos tenia Correa dentro de la villa, y retirándose á la
    Grita, los valles quedaron libres del todo. El empleo de brigadier, el
    título de ciudadano de la Union, y además el mando en jefe de la
    division, de Cúcuta, fueron las recompensas otorgadas á Bolívar por tan
    señalado triunfo.

    Unida su fuerza á la que trajo el coronel Manuel Castillo, jefe militar
    de Pamplona, ascendia ya á unos 1.200 hombres bien municionados y
    armados. Con 800 destacó al citado coronel para que atacase á Correa,
    quien el 13 de Abril se veia forzado á abandonar la angostura de la
    Grita, en donde estaba bien atrincherado. Entonces Bolívar se dirigió á
    Venezuela con sus exiguas fuerzas, pero con buenos oficiales. Entre
    estos iba en clase de mayor general de la expedicion el venezolano
    Rafaél Urdaneta, el valiente jóven José Félix Ribas y el comandante
    Atanasio Giraldot, asi como tambien el capitan Luciano D'Eluyar. Estos
    últimos eran dos bizarros granadinos. En Cúcuta quedaron Joaquin
    Ricaurte, segundo jefe del ejército, Francisco de Paula Santander y
    algunos otros.

    El jefe venezolano fué recibido en Mérida con grandes muestras de
    aprecio y entusiasmo el dia primero de Junio. Alli concibió el mas
    grande, el mas importante y trascendental de sus pensamientos
    revolucionarios. Desde el principio de la guerra eran condenados á
    muerte por los españoles cuantos individuos caian en su poder, con las
    armas en la mano, mientras que los suramericanos daban cuartel á sus
    enemigos. Esta ventajosa circunstancia hacia que los naturales, puestos
    en el duro trance de servir, se afiliasen con preferencia en las filas
    realistas. Asi, pues, la _guerra á muerte_ fué el grandioso pensamiento
    que habia de dar á Venezuela su deseada independencia. Antes de imprimir
    á su resolucion un carácter solemne, se limitó por el momento á publicar
    una proclama, fecha el 8 de Junio, en la cual lanzaba á los enemigos la
    amenaza de una guerra de exterminio si ellos seguian usando con los
    prisioneros el mismo rigor que hasta entonces. Y luego marchó sobre
    Trujillo, donde entró Giraldot sin encontrar la menor resistencia.

    Menos de un mes bastó á Bolívar para conquistar dos provincias
    venezolanas, libertando por una serie no interrumpida de triunfos el
    extenso pais que media entre Tenerife y Trujillo, desde cuyo último
    punto, el 15 de Julio, anunció á la república la solemne resolucion que
    desde aquel dia adoptaba, declarando la _guerra á muerte á los enemigos
    armados contra la patria_. "Españoles y canarios, decia en su
    manifiesto; contad con la muerte aun siendo indiferentes, si no obrais
    activamente en favor de la libertad de la América. Americanos, contad
    con la vida aun cuando seais culpables."

    Al siguiente dia, al pié de la cordillera que separa la comarca de
    Niquitao de las llanuras de Varinas, en el punto llamado las Mesitas,
    los oficiales Urdaneta y Ribas atacaban con 550 hombres á un cuerpo de
    realistas compuesto de 800 soldados, venciéndolos tras un reñido combate
    que duró desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Unos
    450 prisioneros y todas las armas de los realistas quedaron en poder de
    los vencedores.

    A esta victoria siguió la de los Horcones, nombre del territorio en que
    Ribas volvió á derrotar á los españoles y está situado entre el Tocuyo y
    la ciudad de Barquisimeto. Por fin, desbaratando aqui y alli cuantos
    obstáculos se oponian á su paso, el 7 de Agosto Simon Bolívar hacia su
    entrada triunfal en Carácas, victoreado por un pueblo entusiasta y
    numeroso que le saludaba con el glorioso nombre de _Libertador de
    su pais._

    CAPITULO V

    Situacion del partido independiente,–Consecuencias de la toma de Cumaná
    y del fusilamiento de Bernardo Bermudez.–Sitio de Puerto-Cabello.–
    Represalias.–Refuerzo de tropas españolas.–Muerte de un valiente
    granadino.–Es vengado por sus compatriotas.–Combate de
    Mosquitero.–Bolívar es nombrado general en jefe del ejército y titulado
    Libertador.–Nuevos triunfos de las armas republicanas.–Sus efectos
    sobre Monteverde.–El Libertador da cuenta de sus operaciones al pueblo
    de Carácas.–Continuan las victorias.–Fin de varios patriotas
    notables.–Rasgo heróico de Ricaurte.–Asedio de Valencia.–La situacion
    de los independientes se agrava.–Inútil tentativa.–Batalla de
    Carabobo.–Descalabros.–Triste espectáculo de la emigracion.–Bóves se
    declara como primer jefe del ejército español.–Sus primeros
    actos.–Desgraciado combate de Aragua.–Deliberacion.–Bolívar y Mariño
    se embarcan para Margarita.–El depósito sagrado.

    Antes de continuar la relacion de los sucesos que siguieron á la
    entrada del jefe venezolano en Carácas, preciso es echar una mirada al
    estado en que se encontraban los republicanos. Dos facciones distintas
    figuraban dentro del partido que se batia por la causa de la
    independencia. Una, partidaria de las divisiones provinciales, se
    esforzaba por el triunfo del federalismo, en tanto que la otra, aferrada
    al principio de la unidad como único medio de fuerza y consistencia,
    aspiraba á la concentracion del poder en el gobierno. A la cabeza de
    esta, lleno de la mas profunda conviccion, se hallaba Simon Bolívar.
    Tal era el estado de los independientes en Venezuela, despues de la
    reaccion provocada por los triunfos que sus armas habian obtenido desde
    el desembarco de Mariño, á principios de 1813, con los refugiados en
    Chacachacare, islote perteneciente al gobierno inglés de Trinidad.

    Luego que este valiente margariteño logró apoderarse de Cumaná auxiliado
    por un paisano, el coronel Juan Arismendi, primera autoridad militar de
    Margarita desde el 5 de Junio, fecha de su última proclamacion en pro de
    la independencia, Antoñanzas, herido de gravedad, huyó á morir en
    Curazao. Hacia el mismo tiempo, hecho prisionero por los realistas,
    Bernardo Bermudez habia sido fusilado por órden de Cervéris; pero
    recogido con vida el mismo jefe mandaba asesinarlo en su propio lecho al
    tener noticia de la victoria alcanzada por Mariño, quien luego añadió á
    este lauro el de la toma de Barcelona.

    Este acontecimiento obligó al jefe que defendia la ciudad, el mariscal
    de campo Don Juan Manuel Cajigal, á retirarse á Guayana; y entre los
    oficiales que lo acompañaron, Francisco Tomás Morales y José Tomás
    Bóves, adquirieron despues gran celebridad, lanzándose desde aquel
    momento, al frente de una division de caballeria, á recorrer en medio de
    mil azares las llanuras de Carácas. Volvamos ahora á seguir á Bolívar en
    su expedicion, diciendo antes que Monteverde huyó á encerrarse en
    Puerto-Cabello tan luego como supo que aquel, favorecido por su valor,
    su génio y la fortuna, se aproximaba á Valencia.

    Un año hacia que en los calabozos de Puerto-Cabello gemia prisionero el
    valiente Jalon, y Bolívar, tanto por salvarle cuanto por humillar á
    Monteverde, puso sitio á la plaza con las tropas de Urdaneta y la
    division de Ribas, mandadas por Giraldot. En una de las salidas que los
    de la plaza intentaban Zuazola cayó prisionero; y Bolívar propuso
    inmediatamente su cange con Jalon, propuesta que fué rechazada por
    Monteverde, quien persistia en su conducta de no querer tratar con los
    enemigos. Esto y el haber Monteverde fusilado algunos prisioneros,
    obligó al jefe venezolano a ordenar que Zuazola pagase sus desmanes
    siendo ahorcado al frente de la plaza. Crueles represalias se siguieron
    por parte del sitiado.

    Unos 1.200 hombres de desembarco, al mando del coronel Salomon,
    vinieron en auxilio de Monteverde el l6 de Setiembre, y Bolívar,
    levantando el sitio, se dirigió hácia Valencia. Á los pocos dias, el
    capitan general salia en persecucion de los sitiadores y destacaba una
    fuerza que ocupó el cerro de Bárbula, en el ramal de los montes de
    Guataparo; y el 50 del mismo mes las columnas de Giraldot, D'Eluyar y
    Urdaneta atacaban la vanguardia española, y trepando la montaña el arma
    al brazo ponian en fuga al enemigo, haciéndole gran número de
    prisioneros. En esta gloriosa accion el bizarro Giraldot, al tiempo que
    plantaba la bandera tricolor sobre la mas fuerte posicion de los
    realistas, herido de un balazo cayó para no levantarse mas.

    Entonces los soldados granadinos, para vengar la muerte de su heróico
    compatriota, pidieron y obtuvieron de Bolívar la formacion de un cuerpo
    aparte; y D'Eluyar, á la cabeza de mil valientes, derrotaba á los
    españoles en el sitio llamado las Trincheras, coronado por un triunfo
    completo, de cuyas resultas, herido en la cara de un balazo, Monteverde
    huia á encerrarse en Puerto-Cabello. El sitio de esta plaza quedó
    restablecido otra vez y Giraldot vengado al tercer dia de su muerte.

    Una semana mas tarde, á 11 de Octubre, el teniente coronel Campo Elias
    reunia algunas fuerzas á los mil fusileros con que, conforme á las
    órdenes de Bolívar, habia salido de Coro; y habiendo allegado hasta
    1.200 caballos, puesto á las órdenes de Miguel Ustáriz, alcanzaba una
    espléndida victoria en el sitio de Mosquitero sobre los 2.000 ginetes y
    500 peones que mandaban Bóves y Morales, quienes, acompañados de solo
    treinta hombres de caballeria, se refugiaron en Guayabal, sobre la
    izquierda del Apure. El jefe de la infanteria española, Francisco Tomás
    Morales, salió gravemente herido de la batalla.

    El mismo dia en que las armas republicanas se señalaban con tan glorioso
    hecho, se reunian en Carácas las autoridades civiles y el cabildo en
    medio de los victores, aplausos y aclamaciones del pueblo, y de comun
    acuerdo conferian á Simon Bolívar el empleo de capitan general del
    ejército y el título de LIBERTADOR DE VENEZUELA. Pero el célebre
    caudillo no se durmió sobre sus laureles ni interrumpió un solo instante
    la marcha de sus operaciones; y ordenando al general Ribas que acudiera
    de Carácas, salió él de Valencia, y el 25 de Noviembre, con 2.000
    hombres entre infantes y ginetes; estorbó el movimiento intentado por la
    division de Salomon sobre las alturas de Vijirima, y, batiéndola con
    grandes ventajas, la obligó á retirarse á Puerto-Cabello. De alli á diez
    dias Salomon procuraba un nuevo combate en Araure con fuerzas bastante
    superiores en número, y las armas republicanas, dirigidas por el mismo
    Bolívar, obtenian una señalada victoria, pues, con muy pocas pérdidas,
    ocuparon todo el tren militar del enemigo, que huyó dejando en el campo
    mas de mil muertos.

    En esta brillante jornada dieron heróicas pruebas el general Urdaneta,
    el coronel Florencio Palacios, el teniente coronel Manuel Manrique, los
    capitanes Campo Elias, Briceño, Ribas Dávila, Villapol, Mateo Salcedo y
    otros varios republicanos. Los soldados merecieron gracia de su jefe,
    que hizo de todos los mayores elogios en el parte detallado de esta
    brillante accion. Estas derrotas trajeron consigo el desaliento y la
    desconfianza en las filas españolas; y el 28 de Diciembre los
    defensores de la plaza de Puerto-Cabello, destituyeron del mando á
    Monteverde, quien once dias despues se retiraba á ocultar su humillacion
    en Curazao.

    Bolívar volvió á Carácas, y haciendo que el gobernador político
    Cristóbal Mendoza convocase á las corporaciones, vecinos mas notables y,
    en fin, á todos los padres de familia, el 2 de Enero de 1814, en el
    convento de San Francisco, ante una inmensa concurrencia, dió cuenta de
    los actos administrativos de su dictadura y esperó el fallo del pueblo.
    Á propuesta del gobernador, en medio de la mas viva, entusiasta y
    prolongada aclamacion, se confirmaron al Libertador los poderes de que
    hasta alli habia estado investido; y lleno este de gozo, dirigió frases,
    de gratitud al pueblo venezolano por la confianza con que lo honraba.

    Partió en seguida para el campo de batalla, y despues que Ribas
    rechazaba valerosamente á Bóves en la Victoria el 12 de Febrero,
    poniendo sus tropas en dispersion, si bien teniendo que lamentar entre
    otras la pérdida del distinguido Ribas Dávila, el 28 del mismo mes, con
    solos 1.800 hombres por parte de Bolívar y 7.000 por la de Bóves,
    vencido este tuvo que dejar el campo de la accion, que era el de San
    Mateo, despues de haber costado á los republicanos este triunfo 203
    hombres entre muertos y heridos. Entre los primeros habia que lamentar
    al valiente Villapol y otros dos oficiales, y entre los segundos habia,
    con Campo Elias, otros 30 oficiales; pero la pérdida del enemigo fué
    mucho mayor. Ricaurte guarnecia en la cima de un cerro cercano á San
    Mateo una casa perteneciente á Bolívar y destinada á servir de parque.
    [Nota: Algunos dicen que el Libertador nació en esta casa, que hoy se
    vé reedificada.] La fuerza de que disponia no era capaz de hacer frente
    el ataque de la fuerte columna que Bóves destacó contra la casa; y
    conociendo que su resistencia seria inútil, hace salir á sus soldados,
    se queda solo, pega fuego á los pertrechos del parque y destruye asi al
    enemigo, quedando sepultado con él entre los escombros.

    A fines de Marzo los realistas ponian sitio á Valencia con 4.000 hombres
    que Don José Cevallos traia de refresco de la provincia de Coro, pero
    sin artilleria. La ciudad estaba defendida por Urdaneta como primer
    jefe, Juan Escalona como segundo, y el Doctor Espejo como gobernador
    político. El comandante Taborda dirigia las baterias. Despues de varios
    incidentes, siempre ventajosos para los sitiados, el 5 de Abril,
    replegando sus fuerzas en la falda del Morro, el jefe sitiador
    desapareció por el camino del Tocuyito. Bolívar entró en la plaza el
    mismo dia, acompañado de algunos oficiales; y despues de tributar á los
    heróicos defensores los elogios que merecian se dirigió hácia
    Puerto-Cabello.

    A causa de la escasez de recursos y de algunos descalabros que por el
    espacio de un mes habian experimentado los patriotas, su situacion
    principiaba á hacerse un tanto embarazosa. Cagigal en persona mandaba el
    ejército que habia traido Cevallos, y hostilizaba activamente á los
    republicanos, cuando el 16 de Mayo resolvió Bolívar presentarle batalla,
    lo cual verificó el dia siguiente en los campos del Tocuyito, sin poder
    conseguir cosa alguna por haber paralizado la accion una fuerte lluvia,
    y el 18 se retiró tranquilamente acampando en las afueras de Valencia.

    Diez dias mas tarde Bolívar desplegaba los grandes recursos de su génio
    militar presentando un bien combinado plan de batalla á Cagigal en las
    llanuras de Carabobo. El jefe español, por su parte, se habia situado
    convenientemente y con admirable órden. La primera línea de los
    republicanos estaba mandada por Urdaneta, mientras el Libertador, Ribas,
    Mariño y otros jefes operaban en la segunda. La fuerza total ascendia á
    unos 5.200 hombres; el enemigo presentaba en línea mas de 6.000. Las
    acertadas disposiciones de Bolívar, hábilmente ejecutadas por sus jefes,
    dieron como resultado el exterminio de casi toda la infanteria enemiga,
    pues los ginetes huyeron ilesos á refugiarse en parte segura, por la
    derecha del camino del Pao. Con solo la pérdida de unos 60 hombres entre
    muertos y heridos obtuvo en este dia el jefe venezolano 8 banderas, toda
    la artilleria enemiga, mas de 500 fusiles, gran número de caballerias,
    municiones, provisiones y ganados, salvando asi por quinta vez á
    su patria.

    A pesar de las medidas preventivas tomadas por Bolívar, seguro como
    estaba de que Bóves allegaba gente para tomar desquite de la última
    derrota de los realistas, no pudo evitar que en la Puerta los 5.000
    ginetes y 5.000 infantes españoles derrotaran á Meriño, cuya fuerza no
    llegaba á una mitad de este número. Mas de l.000 republicanos quedaron
    sobre el campo de batalla, muchos de ellos asesinados despues de haber
    sido hechos prisioneros. El coronel Aldao y el comandante Freites fueron
    muertos en la accion; y entre los prisioneros el coronel Jalon, cangeado
    hacia algun tiempo por el teniente coronel Marimon. Tambien pereció en
    este aciago dia el secretario de Estado Antonio Muñoz y Tévar.

    Mientras Bolívar y Mariño, que habian salvado con bien, habiendo
    despachado emisarios á Escalona para que defendiese la plaza de
    Valencia, corrian á sacar recursos de la capital, Bóves, despues de
    perseguir á los vencidos hasta la Victoria y destacado su columna de
    1.500 hombres al mando del capitan Ramon Gonzalez para que se dirigiese
    á Carácas con el resto de su gente, se presentó el 19 delante de
    Valencia, y reduciendo á Escalona en ella al estrecho recinto de la
    Plaza Mayor, le obligó á capitular, ofreciéndole ante Dios que
    respetaria la vida y propiedad de cuantos ocupaban la plaza; pero á los
    dos dias el coronel Alcover, el Doctor Espejo, todos los oficiales,
    menos Escalona que pudo huir á favor de un disfraz, los sargentos y
    varios particulares de Valencia perecian vilmente asesinados.

    Poco antes de la toma de esta ciudad, Carácas fué tambien ocupada por
    los españoles, y el 6 de Julio Bolívar, afligido por el triste
    espectáculo de las numerosas familias que como un fúnebre cortejo
    seguian sus pasos, caminaba hácia Barcelona por la montaña de Capaya y
    la costa del mar. Bóves por este tiempo, á ejemplo de Monteverde, se
    apoderó del mando y erigido en señor absoluto de sus actos, dejó en
    Carácas como gobernador al traidor Quero, en Valencia al oficial Don
    Luis Dato, y ordenó á Morales que partiese en persecucion de Bolívar.
    Durante los diez dias que permaneció en Carácas hizo circular dos
    indultos, y despues ofició á todas las autoridades y justicias mayores
    de los pueblos para que de mano poderosa mandase fusilar á cuantos
    hubiesen tenido participacion en la muerte de unos prisioneros,
    ejecutada mientras el coronel Arismendi era gobernador interino de
    aquella capital.

    En el tránsito logró todavia Bolívar recojer y organizar hasta 2.000
    hombres, que hizo se posesionasen de Aragua de Barcelona. El coronel
    Bermudez acompañaba al jefe venezolano en calidad de su segundo. El 18
    de Agosto, y guiando la respetable fuerza de 8.000 bayonetas, Morales
    atacó á los republicanos; despues de un largo combate la victoria vino á
    declararse por los realistas, si bien es cierto á un precio muy alto,
    pues les costó mil hombres y mas de dos mil heridos. Lleno de furor el
    jefe español mandó pasar á cuchillo, además de los prisioneros, á gran
    parte de inofensivos vecinos, sin respetar sexo ni edad.

    Acosado por tan fatales reveses de fortuna, otro menos enérgico y de fé
    no tan pura ni entusiasta por la libertad de su cara patria, habria
    desesperado de su empresa; pero el Libertador, cuyo temple y constancia
    eran inquebrantables, oyendo los consejos de un prudente valor se
    dirigió á Cumaná, donde unido á Ribas, Mariño, Valdés, Azcúa y otros
    bravos oficiales, pesó, midió y estudió las circunstancias que hacian su
    situacion tan precaria, y, despues de un largo debate, decidieron la
    evacuacion de la ciudad. La poca tropa que alli habia salió el 25 de
    Agosto para Maturin; y en la escuadrilla que mandaba Bianchi, Mariño y
    Bolívar se hicieron á la veja con rumbo á la Margarita, pues el
    _Libertador_ tenia que poner á salvo el gran tesoro que el alto clero de
    Carácas habia colocado en sus manos para atender á las necesidades de la
    República. Aquel tesoro se componia de todas las joyas de las iglesias,
    y Bolívar en tan difíciles momentos, tenia que hacer uso de ellas para
    comprar el armamento y demás necesario á la creacion de un ejército
    respetable, capaz de ayudarle á salvar la madre patria, asegurando para
    siempre á sus hijos el goce de la libertad, objeto de sus mas ardientes
    deseos y por el cual sacrificaba, no solo la existencia, sino tambien la
    gran fortuna que sus padres le habian dejado.

    CAPITULO VI

    Un abuso de confianza.–Juicio contra Bolívar y Mariño por su
    ausencia.–Destitucion del Libertador–Nuevo asedio de Maturin.
    –Derrotas de Morales.–Muerte de Bóves.–La adversidad persigue
    á los republicanos.–Maturin cae en manos de Morales.–Triste fin de
    Ribas.–Ventajas de las armas españolas.–Entrevista de Urdaneta y
    Bolívar.–Este se presenta á dar cuenta de su conducta al gobierno y es
    bien acogido.–Conquista de Santa Fé de Bogotá.–Conflictos de Bolívar
    con el gobernador de Cartagena.–Consecuencias de la rebeldia.–Retirase
    el Libertador á Jamaica.–Cartagena es tomada por Morillo.–Nuevos
    derramamientos de sangre.–La república parece haber tocado á su
    fin.–Sucesos de Margarita.–Bolívar amenazado por el puñal de un
    traidor.–Preparativos hechos por Brion.

    La desgracia no habla cesado aun de afligir y poner á prueba el noble
    amor del heróico patricio; no habia cesado aun de acrisolar con el fuego
    de los mas rudos tormentos su lealtad y su constancia; aun no habia
    descargado sobre su cabeza el mayor y mas formidable de sus golpes. Una
    nueva defeccion, hija de la tentadora codicia, vino á cortar las alas á
    su patriótica y halagüeña esperanza. Las riquezas que llevaba
    embriagaron el avaro corazon de Bianchi, y con el mayor cinismo declaró
    á Bolívar que estaba dispuesto á despojarle, lo cual habria verificado
    por completo si las vivas reclamaciones de los portadores de aquel
    tesoro, destinado á comprar la libertad de la América del Sud, no
    hubieran conseguido que, avistando la Margarita, el desleal marino les
    cediese una parte muy pequeña de las alhajas y dos buques de su
    escuadrilla para que guiasen á Cartagena; pero desbaratados sus planes
    se dirigieron hácia Carúpano y desembarcaron en este punto el 5 de
    Setiembre.

    Pero otra nueva desventura les esperaba alli. Durante su ausencia los
    jefes militares de la provincia los juzgaron como traidores; y por haber
    abandonado el ejército, este era su juicio, se dió un decreto de
    proscripcion contra ellos, y Ribas y Piar habian merecido los dos
    primeros cargos militares. Ribas se presentó en Carúpano el dia
    siguiente á la llegada de Bolívar y Mariño; puso preso á este, y dejó
    libre, pero destituido, al noble cuanto desgraciado _Libertador_. Sin
    embargo, por uno de esos actos inexplicables en los hombres, por uno de
    esos caprichos de la suerte, el mismo que acababa de robarles se
    presentó en actitud amenazadora á protegerlos; y habiéndolos reclamado
    enérgicamente á Ribas, les prestó auxilios y partieron para Cartagena
    el dia 8, mas dispuestos que nunca á sacrificarse por su patria.

    Por este mismo tiempo, con cerca de 6.500 hombres, Morales se presentaba
    delante de Maturin é intimaba la rendicion, ofreciendo una honrosísima
    capitulacion á los que defendian este punto; pero el pueblo maturinense
    reproducia otra vez sus antiguas palabras, diciendo con entereza: _"Que
    preferia el exterminio á la esclavitud."_ Bermudez tenia á su lado al
    leal Pedro Zaraza, al sumiso y valiente Cedeño, al activo José Tadeo
    Monágas, á otros distinguidos jefes, 1.000 ginetes y como unos 300
    infantes, todos ellos valientes, todos buenos patricios.

    Grande fué la victoria que Bermudez alcanzó sobre Morales, á pesar de la
    superioridad numérica de las fuerzas mandadas por este, en la batalla
    que le presentó el dia 12 de Setiembre. Despues de haberle muerto mas de
    2.000 hombres, cogiéndole hasta 900 prisioneros, se hizo dueño de 2.100
    fusiles, 6.000 bestias de carga, 700 caballos con sus monturas, mas de
    150.000 cartuchos, gran número de reses y, otras provisiones de boca,
    sin otro sacrificio por su parte que el de 75 muertos y unos 120
    heridos. El jefe español huyó á Urica con la gente que le quedaba para
    esperar alli á Bóves.

    Llegó este general algunos dias despues, y el 5 de Diciembre sus fuerzas
    y las de Morales derrotaban cerca de Urica á Ribas y Bermudez. Cara
    costó esta victoria al general en jefe español, pues Morales recogió su
    cadáver en el campo de batalla, mientras los jefes republicanos, casi
    solos, de alli á poco tiempo regresaron á Maturin. No era solo esta la
    derrota que tenian que llorar los partidarios de la independencia
    americana, pues otras muchas iban experimentando por su division de
    pareceres, altivas presunciones é indigna insubordinacion los caudillos
    defensores de la libertad en la parte oriental de Venezuela.

    Inútil fué la resistencia que en Maturin pudieron oponer á Morales los
    que escaparon con vida de la última refriega. El nuevo general del
    ejército español, por tal le reconoció su oficialidad, llevándolo todo á
    sangre y fuego, degolló sin piedad y sin distincion de edad ni de sexo á
    los leales maturinenses. Bermudez se refugió con menos de 200 hombres
    en las montañas del Tigre; Ribas, en compañia de unos pocos, suponiendo
    encontrar á Urdaneta, se encaminó hácia la comarca de Barquisimeto.
    Apresado este valeroso guerrero mientras dormia en los montes de
    Tamanaco, su cabeza, con el mismo gorro frigio que constantemente solia
    usar, fué llevada á Carácas en una jaula de hierro y expuesta al público
    sobre el camino de la Guaira.

    En el curso del último mes de aquel año se hizo dueño Morales de toda la
    parte oriental, y su escuadrilla bloqueó las costas desde Irapa á
    Trinidad, impidiendo la huida á los patriotas. Sometido tambien al
    propio tiempo el occidente venezolano por las armas de España, Urdaneta
    se puso bajo la proteccion de la Nueva-Granada, esperando adquirir
    noticias algun dia de la reaparicion de Bolívar. Vióle con efecto en
    Pamplona, y le dejó camino de Tunja, á donde se dirigia para dar cuenta
    de su conducta al gobierno general, con ánimo tranquilo y lleno como
    siempre de su franca lealtad y de su nunca abatido entusiasmo.

    El gobierno le acogió benévolamente, aprobó todos sus actos, y como
    prueba de su cabal conviccion y confianza, le encargó tomar á Bogotá, lo
    que realizó el 12 de Diciembre, concediendo á los vencidos una
    capitulacion honrosa. Esta ciudad fué desde luego asiento del gobierno,
    que ordenó al ilustre caraqueño descendiese el Magdalena para obrar
    contra Santa Marta, y este partió al frente de la division de Urdaneta,
    reforzada por algunos reclutas granadinos. La sumision de Santa Fé de
    Bogotá trajo consigo el reconocimiento por las provincias del Congreso
    reunido en Tunja para juzgar á Bolívar, y un nuevo esfuerzo para
    establecer un gobierno constitucional.

    A fin de facilitar el buen resultado de la empresa, fué autorizado
    Bolívar á tomar en los arsenales de Cartagena algunos cañones y cuanto
    al intento necesitare; pero el jefe que mandaba en aquella plaza se negó
    á ello, y entonces se vió en el caso de sitiar á sus mismos
    coreligionarios. Mientras ejecutaba esta para él repugnante operacion
    con ánimo de castigar la desobediencia, á fin de mantener el órden y
    disciplina, sin las cuales era imposible marchar adelante en el camino
    de la emancipacion proclamada, el general español Don Pablo Morillo
    fondeaba en Puerto Santo, á 5 de Abril de 1815, al mando de una
    expedicion que, incluso la fuerza de marina, constaba de 15.000 hombres
    auxiliados por 18 piezas de artilleria, un regimiento de dragones, otro
    de húsares y algunas compañias de zapadores.

    A vista de tan formidable refuerzo, y cansado de luchar sin fruto contra
    un cúmulo tal de inconvenientes, hijos la mayor parte de la rastrera
    envidia, y sin desistir por eso de esperar tiempos mejores para empezar
    de nuevo la conquista de las libertades de su pais, puso á disposicion
    del jefe de Cartagena las fuerzas que llevaba, y á los tres dias de la
    llegada de Morillo se retiró á Jamaica, donde despues se le reunieron
    Mariño y algunos otros jefes y oficiales venezolanos.

    Poco despues el general Morillo puso sitio a Cartagena, que á causa del
    que le habia hecho sufrir el Libertador, se hallaba exhausta de viveres
    y no pudo resistir sino algunos dias. La toma de esta importante
    poblacion facilito á los realistas el medio de reconquistar la
    Nueva-Granada, y pronto corrió á torrentes en el patíbulo la sangre de
    sus decididos y honrados habitantes.

    La república habia dejado de existir en la apariencia; pero aun se
    albergaban en las montañas pequeñas y diseminadas algunas partidas, como
    vivo testimonio de que el fuego de la revolucion existia en el corazon
    de los bosques, preparado á producir nuevos incendios, lo mismo que en
    los corazones de los Sud-americanos, dispuestos ya favorablemente al
    recobro de sus siempre hollados derechos, por mas que en aquellos
    momentos se viesen ahogados por la fuerza brutal.

    Para gobernador de la isla de Margarita nombró Morillo á Don Antonio
    Herraiz, cuyo bondadoso carácter no estando en armonia con el violento
    sistema de secuestros y prisiones que en todas partes se llevaba á cabo,
    dió márgen á que al poco tiempo quedase destituido, y fué á reemplazarle
    persona mas idónea, mas dura de corazon, y por lo tanto en conformidad
    con las arbitrariedades y vejaciones por aquel entonces á la órden del
    dia. El reemplazante no era otro que el teniente coronel Don Joaquin
    Urreiztieta, que en seguida se inauguró haciendo una ruda persecucion á
    los principales sugetos de la isla. Entre otros que decidieron vender
    cara su vida en vez de esperar á que inicuamente se la quitaran,
    despojándolos de sus haciendas y encerrándolos en lóbregos calabozos,
    Arismendi se refugió en los montes decidido á rendir la suya, pero con
    las armas en la mano.

    Entretanto la Providencia parecia proteger los dias del Libertador en
    Jamaica, alejando de su pecho el puñal traidor que habia de atentar
    contra ellos. Un español, pagado por Don Salvador Moxó, que habia
    sustituido á Cevallos mientras un viaje de este á la Península, logró
    seducir en Kingstown á uno de los sirvientes de Bolívar; y cierta noche,
    acercándose á la hamaca en que solia dormir, clavó su acero homicida en
    el corazon de la persona que alli estaba acostada. Al ¡ay! lanzado por
    la victima Bolívar se levantó, hizo preso al criminal y lo entregó á la
    justicia, que oida la confesion del infiel servidor le condenó á sufrir
    la última pena.

    Este incidente necesita una explicacion. El Libertador y un emigrado de
    Carácas amigo suyo, llamado Amestoz, acostumbraban dormir en la misma
    habitacion. El primero se acostaba en una hamaca y el segundo en una
    cama. Pero aquel dia, en que el calor fué extraordinario, habiéndose
    retirado Amestoz mas temprano se acostó en la hamaca mientras volvia su
    amigo. Cogióle el sueño, y Bolívar á su llegada, por no molestarle,
    ocupó la cama que estaba vacia. Este cambio casual le salvó la vida. Sin
    embargo, el aguerrido soldado, el esforzado campeon de la independencia
    de Venezuela, si bien no pudo menos de lamentar el sangriento é inhumano
    fin de su querido amigo, no por eso se inquietó y siguió habitando en
    Kingstown hasta que sabedor de que el capitan propietario de la corbeta
    _Dardo_, Luis Brion, habia marchado hácia Cartagena con algun armamento,
    y se hallaba en los Cayos de San Luis allegando gente y acopiando
    víveres para acudir al socorro de la plaza, voló á ofrecerle su espada,
    entusiasta como siempre, como siempre alentado por el mismo noble valor
    y la misma imperturbable esperanza.

    CAPITULO VII

    Apertura de una nueva campada.–Presas hechas por la escuadrilla de
    Bolívar.–Su acogida en Margarita.–Expedicion á Costa-Firme.–Decretos
    dados por Bolívar en Ocumare.–Sucesos de Güiria.–Emigracion á Haiti.
    –MacGregor y Piar.–Nueva expedicion de Bolívar.–Desembarco en
    Juan Griego.–Nueva-Granada en poder de Morillo.–Reúnense en Venezuela
    algunos elementos dispersos.–Nombramientos inútiles.–La causa liberal
    á principios de 1817.–Regreso de Morillo.–Aspiracion de Mariño,
    simulacro de un Congreso y sus actos.–Conducta de Bolívar.
    –Arrepentimiento de Brion y sus buenos efectos.–Mas defecciones.
    –Fusilamiento de Piar.–Creacion de un Consejo de Estado.
    –Reparticion de bienes nacionales.–Planes militares de Bolívar.
    –Nuevo peligro de muerte.–Sublevacion de Paez.–Manifesto del
    Libertador.–Ascenso de Santander.–La fortuna vuelve la espalda á
    los republicanos.–Famoso decreto.–Bolívar deja la Guayana.

    Durante la terminacion del año 1810 y los cinco primeros meses de 1817
    la isla de Margarita iniciaba con buen éxito una nueva campaña.
    Arismendi habia logrado hacer frente á las armas españolas y desde
    mediados de Noviembre las tenia circunscritas á las fortificaciones de
    Pampetar y Santa Rosa; pero se esforzaba inútilmente por reducirlas del
    todo, disponiendo ya de mas de 1.500 combatientes medianamente armados.
    Entretanto, reunido á Brion, el Libertador disponia de siete goletas
    armadas de guerra y se hacia á la vela del puerto de Anquin con 250
    hombres, el 30 de Marzo, acompañado de Mariño como jefe de estado
    mayor, del coronel Cárlos Soublette en calidad de segundo y, además, del
    ilustre granadino Francisco Antonio Zea, de Piar, del escocés MacGregor
    y del coronel Pedro Briceño Mendez, secretario suyo.

    Esta expedicion, que llevaba abundantes fusiles y municiones, cerca de
    la isla de Santa Cruz apresó un buque mercante español, y el bergantin y
    la goleta de guerra _Intrépido_ y _Rita_, vispera de surgir felizmente
    en el puerto de Juan Griego, esto es, el dia 5 de Mayo. Los dos últimas
    presos bloqueaban la Margarita por el rumbo de Occidente. La isla toda
    recibió con júbilo á los expedicionarios; y reunidos luego en la iglesia
    de la villa del Norte los jefes y oficiales de la isla, los emigrados
    del continente y, en fin, muchos honrados y respetables moradores de
    Margarita, reconocieron por jefe supremo á Bolívar y como segundo al
    valiente general Mariño.

    Entonces dispuso una expedicion á Costa-Firme donde, asi que llegó, fué
    reconocida su autoridad por Monágas y otros jefes de guerrillas,
    logrando aumentar sus tropas hasta unos mil hombres; y para hacer una
    invasion en la provincia de Carácas, toda vez que el general Morillo se
    encontraba en Nueva-Granada realizando su reconquista, guió para la
    costa de Ocumare, que abordó el 6 de Julio. Alli publicó dos decretos;
    uno relativo á la pena de muerte y otro á la libertad de esclavos; pero
    los desgraciados encuentros que tuvo le obligaron á reembarcarse para la
    isla de Bonaire, donde el comandante Francisco Piñanzo organizaba un
    batallon que, á las órdenes de MacGregor, habia partido ya con objeto de
    reunirse á las fuerzas de Zaragoza y Monágas en los Llanos.

    Bolívar encontró á Brion en Bonaire, y, prévio algunas disposiciones
    relativas á la escuadrilla, acompañado de Bermudez dió á la vela para
    Güiria, punto en que desembarcó el 16 de Agosto, y donde una semana
    despues veia desconocida su autoridad, so protesto de haber abandonado
    la expedicion de Ocumare. Este hecho nació de una trama urdida por
    Mariño y Bermudez, que se arrogaron los primeros cargos en el ejército;
    y vendido otra vez mas por aquellos á quien él mismo habia elevado,
    partió para Haiti en seguida, fijando su residencia en Puerto-Príncipe
    luego de su llegada á esta isla.

    MacGregor realizaba mientras tanto sus planes y, en compañia de los
    caudillos que habia salido á buscar, mas algunos otros partidarios que
    se le reunieron, batió varias veces al enemigo; el 13 de Setiembre
    entraba con su victoriosa division en Barcelona y algunos dias despues
    se ponia á las órdenes de Piar, que llegó tras él á la ciudad. Pero á
    poco tiempo de este acontecimiento MacGregor marchaba á las Antillas, á
    consecuencia de disensiones habidas entre él y sus compañeros; y Piar,
    con 1.500 hombres, se dirigia hácia la provincia de Guayana con
    intencion de unir su fuerza á la que alli mandaba Cedeño. Tambien por
    entonces, á principios de Noviembre, despues de varios hechos de armas
    favorables á los patriotas y en los que se distinguió, entre otros, el
    capitan José Antonio Paez, los soldados españoles evacuaban la isla de
    Margarita.

    Retirado el Libertador en Puerto-Príncipe trabajaban en tanto para
    organizar una nueva expedicion, cediendo á las instancias que varios
    jefes y oficiales distinguidos del ejército le habian dirigido; y ya
    contaba de hecho con Brion, á cuyos buques, unidos los de Villaret
    formaron una escuadrilla respetable, y con varios oficiales italianos
    del disuelto ejército de Napoleon, que con el general español Francisco
    Javier Mina habian llegado á Haiti por aquel tiempo. Hechos sus
    preparativos salió del puerto de Jacmel y, el 28 de Diciembre, tras una
    navegacion de siete dias, desembarcando en Juan Griego expedia una
    proclama-manifiesto sobre las causas y motivos de su separacion del
    mando y la necesidad urgente de reunir un Congreso en Margarita para el
    establecimiento de un gobierno apropiado á las circunstancias, en
    consonancia con la voluntad de los pueblos libertados de la opresion; y
    el último dia del año, entrando en Barcelona, se puso nuevamente á la
    cabeza del ejército.

    Cumplíanse estos sucesos y al propio tiempo se refugiaban en el
    territorio venezolano los patriotas que pudieron escapar de la
    sanguinaria cuchilla de Morillo, dueño ya de la Nueva-Granada. Entre
    ellos se encontraban varios jefes y oficiales de mérito, tanto
    granadinos como venezolanos, y asi como hubieron llegado á Guadaslito
    para dar unidad y eficacia á los esfuerzos comunes–tal era al menos su
    propósito–establecieron un gobierno, nombrando como Presidente de la
    República al ex-gobernador de Pamplona, teniente coronel Fernando
    Serrano, y á Urdaneta, á Servier y al Doctor Francisco Javier Yánes por
    Consejeros de Estado, con el coronel Santander como jefe del ejército.
    Este gobierno nacia muerto porque los jefes venezolanos aspiraban á
    concentrar el poder en un solo jefe de confianza entre los llaneros,
    para que les condujese á la guerra investido de un carácter absoluto; y
    renunciando Santander el mando, recayó en Paez, á quien la junta elevó
    al grado de general de brigada. Pronto allegó gente y se hizo temible en
    las llanuras á las tropas realistas, derrotadas mas tarde por él en
    varios encuentros.

    A principios de 1817, libertada la isla de Margarita, recuperadas las
    provincias de Barcelona y Cumaná, y dueños ya los venezolanos de las
    llanuras de Carácas, Paez habia ocupado el territorio que se extiende
    entre el Arauca y el Apure, Piar seguia hostilizando al enemigo en la
    Guayana y merced á los desmanes de Morillo que habian enconado el ánimo
    de los llaneros, la guerra habia cambiado de faz y se hacia enteramente
    nacional, si bien aun quedaba por realizar la grande obra de disciplinar
    el ejército, cortando el vuelo á las ambiciones de algunos jefes,
    nacidas del mismo desórden en que hasta entonces estuvo envuelta la
    causa de la independencia.

    Coronado por algunos triunfos se encontraba Bolívar en Guayana, cuando
    tuvo noticia de que Morillo, de vuelta ya en Venezuela, reuniendo su
    gente con la del coronel Don José Aldama, en el Chaparro, el dia 13 de
    Mayo, se disponia á pasar el Orinoco al frente de 6.000 hombres, y que
    Mariño, aspirando como siempre al mando supremo, reunia en Cariaco un
    Congreso revistiéndole de poderes para legislar y ante el cual
    representaba la farsa de ofrecer la dimision del Libertador con la suya
    propia para obtener la distincion que ambicionaba.

    Este Congreso, sin autoridad legítima, nombró como funcionarios del
    poder legítimo á los generales Fernando Toro y Simon Bolívar, con el
    coronel Francisco Javier Maiz y por suplentes á Zea, al coronel
    Vallenilla y á Madariaga, que acababa de llegar de la Península
    española. Mariño quedaba en el soñado cargo de general en jefe del
    ejército; y Brion, cómplice en este descabellado negocio, ascendia nada
    menos que á almirante. Aunque Piar mostró su adhesion á semejante
    proyecto, la mayor parte de los jefes de division, asi como la
    oficialidad y la tropa, unánimes todos y conociendo los méritos de su
    verdadero jefe, manifestaron la firme resolucion de seguir á sus
    órdenes, y Bolívar reprobó pública y solemnemente la Asamblea
    de Cariaco.

    Al poco tiempo, profundamente convencido de su error, llevó Brion al
    Liberlador su escuadra, con la cual y la escuadrilla de Antonio Diaz
    salió de Pampalar el 31 del mismo mes de Mayo, y despues de algunos
    combates en que los patriotas pelearon con la acostumbrada bizarria,
    sometió á Guayana. Mientras verificaba esta operacion, el brigadier Don
    José de Canterac, al frente de 3.000 peninsulares, llegaba al Morro de
    Barcelona y el republicano Piar, movido por la ambicion, minaba
    lentamente la estabilidad de las posesiones alcanzadas, promoviendo la
    discordia entre los jefes, alentando la tropa á la rebeldia y haciendo
    renacer la ya olvidada idea de colores y diferencias de raza.

    Semejante proceder no podia ser tolerado en los momentos en que la union
    era tan necesaria para marchar viento en popa á la conquista de la
    independencia. Asi, pues, arrestado de órden de Bolívar, fué conducido á
    Angostura, juzgado en consejo de guerra y condenado á muerte. Brion
    desempeñó el papel de Presidente del tribunal; y la ejecucion de la
    sentencia pronunciada contra el reo tuvo lugar el 16 de Octubre de 1817,
    produciendo los mas excelentes resultados en el ejército, pues
    restableció algun tanto la disciplina, afirmó la autoridad suprema, y
    dió una alta idea á propios y extraños, á amigos y enemigos, de aquel
    gobierno militar, verdadero cáos hasta entonces.

    Despues de este acto, sensible para quien como el Libertador mil veces
    habia combatido al lado de tan valiente militar, puso jefes dignos de su
    confianza al frente de las libertadas provincias, creó un Consejo de
    Estado con derecho de consulta en las materias de guerra y en las
    gubernativas, con voto deliberativo en las administrativas y económicas,
    declarando al propio tiempo capital y residencia provisional del
    gobierno de Venezuela la ciudad de Angostura. Por último, dictó una ley
    en la cual se mandaba repartir los bienes nacionales con justa regla y
    proporcion entre sus compañeros de armas; y, despues de ordenar á Zaraza
    y á Monágas que cubriesen con su caballeria el primero las llanuras de
    Carácas y el segundo las de Barcelona, el Libertador remontó el Orinoco
    con todas sus fuerzas, yendo á reunirse al ejército que mandaba Paez en
    el Apure, lo cual realizó por Enero de 1818.

    El año que espiraba habia sido fecundo en buenos resultados para las
    armas republicanas, no solo en Venezuela sino tambien en Buenos-Aires, y
    por la proclamacion de independencia que hizo Chile; pero el año que
    daba principio habia de ser les infausto. En el sitio llamado Rincon de
    los Toros, cerca de San José de los Tiznados, la noche del 16 de Abril,
    una partida de realistas á favor de la oscuridad, penetró osadamente en
    el campamento de Bolívar, habiéndose este visto en peligro de perder la
    vida, que el cielo le conservó una vez mas como necesaria al triunfu de
    la santa causa.

    Hallábase despues en Guayana reorganizando sus tropas y separándose de
    los muchos desastres que las habian afligido desde aquella noche fatal,
    cuando un comisionado de la provincia granadina de Casanare se presentó
    á informarle de que Paez, desconociendo su autoridad y la del Consejo de
    gobierno, habia sido elevado por el ejército del Apure á la dignidad de
    primer jefe y director supremo del pais. El mismo mensajero traia el
    encargo de pedirle que nombrase una persona leal y capaz que, encargada
    del mando general, regularizase las operaciones en su provincia. Bolívar
    dió un manifiesto en que no solo se limitaba á reprobar la insurreccion,
    sino en el cual se extendia á dar en cara el villano proceder á cuantos
    bajo una hipócrita apariencia se vendian como amigos suyos y de la
    independencia nacional. En seguida ordenó que Francisco de Paula
    Santander, ascendido al grado de general de brigada, con Jacinto Lara,
    varios excelentes oficiales y los tenientes coroneles granadinos Antonio
    Obando, Francisco Vélez, Joaquin Paris y Vicente Gonzalez, con armas,
    municiones y demás pasase á Casanare como jefe de operaciones de un
    cuerpo avanzado que alli debia formarse y mantenerse para, mas adelante,
    invadir la Nueva-Granada y devolverle la libertad de que Morillo la
    habia privado.

    En vano la fortuna, volviendo la espalda al mas constante y benemérito
    de los venezolanos de su tiempo, pretendia humillar y arrebatarlo el
    entusiasta amor que á su patria profesaba; en vano descargaba sobre él,
    en formidable turbion, defecciones y crueles golpes; en medio de la
    tormenta, como la empinada palma que sacudida por el huracan se dobla
    para erguirse con gran fuerza, asi el ánimo altivo del inquebrantable
    guerrero se rehacia de los vaivenes que le azotaban y, siempre sereno,
    siempre confiado en la bondad de su causa, despreciando los embates que
    sus émulos promovian, continuaba ocupándose de la organizacion de un
    gobierno que, afianzando la libertad, á la cual habia consagrado su vida
    entera, labrase el bienestar futuro de su pais y, el 10 de Octubre,
    propuso al Consejo de Estado que al efecto convocase la reunion de
    un Congreso.

    Algo mas tarde, el 20 de Noviembre, temeroso de que las potencias
    europeas, solicitadas por el gobierno español, ya casi convencido de la
    inutilidad de sus esfuerzos, llegasen á prestarle apoyo para la
    conservacion de sus colonias, expidió un famoso decreto en el cual
    declaraba abiertamente "_que el pueblo de Venezuela estaba resuelto á
    sepultarse todo entero en medio de sus ruinas, por mas que la España, la
    Europa y aun el mundo entero, llegasen á tratar de encorvarle nuevaments
    bajo el yugo que pronto iban á sacudir_."

    Esto no obstante, la adversidad le perseguia este año hasta el último
    dia; viéndose al fin obligado á desprenderse de la Guayana, seguia el
    curso del Orinoco en direccion de las llanuras de Apure, al acercarse el
    nuevo año, con objeto de consolidar el poder del gobierno entre las
    tropas republicanas alli acantonadas, y con el de oponerse á Morillo en
    el teatro probable de sus operaciones, marchando, en medio de todos sus
    reveses, siempre fijo el pensamiento en dias de gloria para él y para su
    amada patria.

    CAPITULO VIII

    Vindicacion de Paez.–La reconciliacion.–El caudillo del Apure asciende
    á general.–Reunion del Congreso y abdicacion de Bolívar que es honrado
    con mas gloriosos nombres.–Ideas del padre de la patria respecto á la
    república.–Propuesta hecha por él al Congreso.–Provincias
    representadas en el Cuerpo Legislativo.–Persistencia de Bolívar en su
    renuncia. Por fin conserva su mando.–Refuerzos extranjeros–Nueva
    campaña.–Victoria de Paez.–Bolívar marcha á Nueva-Granada.–Disposiciones
    militares.–Viaje de la expedicion y sus resultados.–Triunfo de Bolívar
    en Boyacá.–Fuga del virey á Honda.–Entrada del Libertador en
    Bogotá.–Medidas gubernativas.–Bolívar en Angostura.–Sus gestiones
    respecto á la Confederacion.–Nacimiento de á República de Colombia.

    Muchos é importantísimos eran los servicios prestados á la causa de la
    independencia por el caudillo del Apure, y si la ambicion habia podido
    estraviarle, los medios empleados para llevarlo á cabo no se habian
    desviado del santo fin; no podian mirarse como disolventes, puesto que
    habian emanado del loco amor por la patria y hasta cierto punto daban
    una buena idea de su génio diplomático. Conservando en su gobierno al
    Libertador, rodeado de ilustres y beneméritas personas, solo habia
    buscado el medio de hacerle dejar vacio su puesto de general en jefe
    para entrar él á reemplazarle en el mando. Esto ni menoscababa el
    prestigio de la autoridad, ni minaba la disciplina, ni amenguaba lo mas
    mínimo el entusiasmo de los defensores de la libertad.

    Bolívar y Paez se vieron en San Juan de Payara el 16 de Enero de 1819, y
    pronto quedaron reconciliados por el deseo que en ambos existia de
    levantar el ánimo de sus soldados, algo abatido por los desastres del
    año anterior, y marchar en buena armonia desde enfonces al noble fin que
    les hacia exponer su vida en el campo de batalla. Asi reunieron un
    ejército de 2.000 ginetes y número igual de infantes, poco mas ó menos,
    inclusos mil hombres mandados por el general Anzuátegui y la division á
    cuyo frente se hallaba Cedeño; y como sello de esta alianza, elevado
    Paez á general de division, delegándole por entonces el mando de todas
    las tropas, con el fin de disponer lo necesario á la reunion del
    Congreso, aplazada para el mes de Febrero, Bolívar se puso en marcha con
    direccion á Angostura.

    Paez avanzaba victorioso por las llanuras, y el Congreso de Guayana se
    reunia el 15 de Febrero, dia en que Bolívar ante aquel deponia su
    autoridad suprema. Pero este alto Cuerpo, despues de confirmar
    unánimemente los actos y disposiciones del dimitente, le aclamó de nuevo
    _Libertador, padre de la patria_ y _terror del despotismo_, con la mas
    sincera expresion de gratitud y afecto.

    Conocidas eran desde 1815 las ideas del célebre campeon americano
    respecto á la Constitucion de la república, su forma de gobierno, su
    administracion y nombre que debia llevar. Llamariase _Colombia_, como
    tributo de justicia, gratitud y honor al grande hombre que dió al mundo
    antiguo un nuevo mundo, y en cuanto á lo demás, la forma de gobierno de
    Inglaterra creia ser la mas conveniente para la nueva república, que se
    compondria de Venezuela, Nueva-Granada y Quito. Á diferencia de la
    nacion que tomaba por modelo, el rey seria representado por un _poder
    ejecutivo_ de eleccion, vitalicio cuando mas, pero nunca hereditario,
    dado caso de que optara por la _República_; un _Senado legislativo_
    hereditario y una _Cámara,_ tambien legislativa, de libre eleccion, sin
    mas restricciones que las de la Baja de Inglaterra.

    Esto mismo propuso al Congreso tan luego como dió principio á sus
    sesiones, ampliando sus antiguas ideas con la formacion de cierto poder
    moral que llamó _Areópago_. Compondriase de dos distintas Cámaras, cuyas
    atribuciones eran: en la una, el velar de la educacion de los niños
    desde su cuna hasta la edad de 12 años; y en la otra, la de castigar los
    vicios con el oprobio y la infamia, y dar el premio conveniente á las
    virtudes públicas por medio de los honores. Semejante innovacion fué
    desechada, y en cuanto á la Constitucion que se votó, el Congreso se
    apartaba bastante de algunas de las disposiciones enunciadas
    por Bolívar.

    Un Congreso general, dividido en dos Cámaras de _Representantes_ y de
    _Senadores_, ejerceria el poder legislativo, siendo meramente vitalicios
    los segundos. Habria un _Presidente de la República_ por cuatro años, y
    reelegible por una sola vez, encargado de ejercer el poder ejecutivo.
    Este, aunque personalmente responsable ante el Congreso por usurpacion ó
    mal uso de las rentas públicas, traicion, venalidad ó conspiracion
    contra la ley del Estado, gozaba sin embargo de muy ámplias facultades.
    Además habria un Vice-Presidente sucesor en los casos de destitucion,
    renuncia ó muerte. En cuanto al resto era grande a afinidad que existia
    entre este y el código Constitucional sancionado en 1811 por el Congreso
    que Miranda reunió el 2 de Marzo.

    Carácas, Barcelona, Cumaná, Varinas, Guayana y Margarita por parte de
    Venezuela, y Casanare, única provincia granadina ocupada por las armas
    republicanas, se hallaban dignamente representadas en esta ocasion
    solemne. Bolívar manifestó repetidas veces al Congreso que no se
    encargaria mas de la suprema autoridad ejecutiva; pero despues de mil y
    mil vivas instancias por parte de sus compañeros, aceptó la presidencia,
    que fué investida de facultades mas ámplias, tanto políticas como
    militares, en las provincias que fuesen teatro de la guerra. Estas
    atribuciones podia delegarlas en caso de necesidad; y mientras se
    hallase en campaña, el ciudadano Francisco Antonio Zea, en calidad de
    Vice-Presidente, ejerceria la potestad ejecutiva. El ministerio de
    Estado quedó compuesto de los señores: coronel Pedro Briceño Mendez como
    ministro de Guerra y Marina, Diego Bautista Urbaneja del Interior y
    Justicia, y el Dr. Manuel Palacios de Hacienda.

    Hacia el mismo tiempo desembarcaban en Angostura y Margarita tres
    cuerpos de tropas reclutadas en Inglaterra, mandados por Elsom, English
    y Uzlar, sirviendo esto á Bolívar para completar su plan de campaña, á
    cuya combinacion se consagraba seriamente y con su habitual actividad.
    En su consecuencia, Urdaneta pasó á organizar en Margarita una division
    que debia componerse de los dos cuerpos de ingleses que alli habia con
    English y Uzlar, y ponerse al frente de ellos despues de haber
    organizado otro de gentes del pais. Hecho esto, con la escuadra de Brion
    debia dirigirse á tomar Carácas y entenderse luego por la retaguardia
    hasta enlazar sus fuerzas con las del ejército del Apure, que el
    Libertador mandaria en persona. Mientras tanto Mariño, con la division
    de Oriente, distraeria la atencion del enemigo en aquella direccion. El
    coronel Manuel Manrique, con los cuerpos organizados en Angostura y las
    tropas de Elsom, pasaria inmediatamente á reunirse á Paez.

    Principiadas las operaciones, y habiendo remontado el Orinoco, el 17 de
    Marzo Bolívar se reunia al ejército del Apure; y Paez, con solo 150
    caballos á sus órdenes, el 1° de Abril, en las Queseras del Medio,
    derrotó la division que mandaba Morillo. Poco despues Bolívar se dirigia
    á atacar la provincia de Varinas; pero un aviso del general Santander
    acerca de la buena disposicion de Nueva Granada, le hizo suspender su
    intento, y reuniendo una junta de guerra le expuso sus intenciones de
    aprovechar la ocasion, puesto que se presentaba favorable. Anzuátegui,
    Torres, Iribarren, Rangel, Briceño Mendez, Plaza y el jefe de Estado
    Mayor Soublette fueron sus vocales, y todos aprobaron el proyecto con el
    mayor entusiasmo. Al momento se despachó un emisario á Paez, que estaba
    en Guasdualito, y otros fueron con instrucciones y órdenes á los demás
    generales que habia en Venezuela.

    Reunido á Paez en el Mantecal, le mandó que permaneciese en Apure
    haciendo frente al enemigo acantonado en Varinas, y que tratase de
    interceptarlas comunicaciones entre Venezuela y Nueva Granada, ocupando
    á Pamplona, ó si posible fuera, á Suata. Bolívar pasó en seguida el
    Arauca con un regimiento de caballeria de guias del Apure, un escuadron
    de carabineros y dos de lanceros del Alto Llano de Carácas, los
    batallones Rifles, Albion, Barcelona y Bravos de Paez á las órdenes de
    Anzuátegui. Al cabo de veintiseis dias de un camino lleno de peligrosos
    accidentes á causa de las lluvias é inundaciones de la estacion, el 11
    de Junio se avistaban Santander y Bolívar en Tarne, y el 23 se reunia en
    Pore con la vanguardia de la division mandada por el primero, la que
    guiaba Anzuátegui, componiendo entre ambas unos 2.500 hombres.

    Convenia aprovechar el tiempo; Morillo se estacionaba en cuarteles de
    invierno, y la ocasion era propicia para la reconquista; leve fué el
    descanso concedido á la tropa, que Bolívar llevó inmediatamente por el
    camino de Morcote hácia la cordillera, logrando desalojar, sin grande
    esfuerzo, á la avanzada que defendia la formidable posicion de Paya el
    dia 27 de Junio y comenzar el paso de la Serrania. Á pesar de lo que en
    tan larga travesia padeció el ejército libertador, con el heróico
    esfuerzo y decidido concurso de venezolanos y granadinos, recogiendo
    laureles en todas las ocasiones que el enemigo se oponia al paso, el 5
    de Agosto Bolívar se apoderó de Tunja, derrotando una vez mas las tropas
    del virey Don Juan Sámano, mandadas por el brigadier Barreiro, á quien
    Morillo habia enviado en su auxilio.

    Desde esta ventajosa situacion el Libertador podia acechar los
    movimientos de Barreiro, cuyo fin era el de reunirse con el virey, y
    estorbar á todo trance que sus proyectos se realizasen. Asi sucedió,
    alcanzando un completo triunfo en Boyacá. El jefe realista mandaba 5.000
    hombres, Bolívar contaba con una tercera parte menos; pero gracias á su
    admirable estrategia, no solo consiguió derrotar al enemigo, sino que
    cercándole y acosándole por todas partes, despues de sembrar la muerte
    en el campo de batalla, cuantos lograron sobrevivir depusieron las armas
    y se entregaron á discrecion. Además del coronel Jimenez, segundo en el
    mando de aquella columna respetable, casi toda la oficialidad, 1.800
    soldados, artilleria, armamento, caballos y municiones quedaron on poder
    del vencedor, que á poco de esta victoria, con el ejército mayor que
    basta alli habia tenido la República, marchaba á batir las tropas
    de Sámano.

    Sobrecogido este por el terror, asi que recibió la noticia del desastre,
    huyó á Honda, pero con tal precipitacion, que abandonó depósitos,
    archivos, oficinas públicas y cerca de un millon de pesos que habia en
    la casa de moneda. Esto tenia lugar el 9 de Agosto, y al siguiente, dia
    de San Lorenzo, saludado por las expresiones de la mas viva alegria,
    entraba el Libertador en Santa Fé de Bogotá. Tres dias duraron los
    festejos del pueblo bogoteño, despues de los cuales Bolívar se ocupó
    asiduamente de los arreglos económicos, administrativos y militares,
    cuya operacion duró hasta el 13 de Setiembre, en que apareció un decreto
    por el cual se establecia un gobierno provisional para la Nueva-Granada,
    encargándole de él, como Vice-Presidente, al general Santander.

    Una semana despues, entre las aclamaciones del pueblo, el Presidente de
    Venezuela salia de Bogotá, y el 12 de Diciembre, cuando nadie le
    esperaba, penetró en Angostura á dar cuenta al Congreso de sus
    operaciones militares, recomendando el mérito de sus compañeros de
    armas, haciendo un justo elogio del heroismo con que el pueblo
    granadino se habia portado, y manifestando, por último, que la union
    entre Venezuela y Nueva-Granada, como ya cien veces, lo habia dicho, era
    la garantia mas segura de la emancipacion de toda la América del Sud.

    Entonces se sancionó una ley fundamental que establecia la reunion de la
    Nueva-Granada y Venezuela bajo el glorioso título de _República de
    Colombia_, dividiendo el nuevo Estado en los departamentos de Venezuela,
    Quito y Cundinamarca: y la reunion de un Congreso general en 1° de Enero
    del año siguiente en la villa del Rosario de Cúcuta para la formacion de
    una Constitucion, rigiéndose mientras tanto por un Presidente y un
    Vice-Presidente con carácter provisional. En seguida Bolívar dictó
    algunas disposiciones para la prosecucion de la campaña, y el 24 salió
    con direccion á Guasdualito, satisfecho de haber abierto los cimientos
    de la para él tan deseada República colombiana.

    CAPITULO IX

    Principios del año 1820.–Proposiciones de paz.–Resultado de las
    negociaciones.–Momentos de esperanza por la forma política que la
    España ha adoptado.–Estipulacion de un armisticio.–Entrevista de
    Morillo y Bolívar.–El general español se retira del mando.–Don Miguel
    de la Torre.–Estado de los asuntos del Perú.–Acantonamientos
    militares.–Ruptura de las hostilidades.–Batalla de Carabobo.–Sucesos
    que siguieron.–Tributo rendido al vencedor.–Entrada de Bolívar en
    Carácas.–Conquistas.–Estado próspero de la causa de la
    libertad.–Desgracia de la expedicion de Urdaneta contra Quito.–Sucre
    toma el mando de ella.–Prepárase para la nueva campaña.–Acciones de
    Yaguada y Riobamba.–Armisticio acordado por Aymeric.

    Fernando VII acababa de jurar en Cádiz la Constitucion de 1812, y á
    fines de Marzo Morillo recibia esta noticia proponiéndose, segun
    manifiesto fecha 11 de Abril, el restablecimiento de la paz por medio de
    una reconciliacion fraternal entre España y la República de Colombia. En
    su consecuencia, el 7 de Junio de 1820 el jefe español proclamaba el
    Código de la monarquia española en Carácas, solicitando en seguida una
    suspension de hostilidades de los caudillos patriotas, mientras se
    entablaban las negociaciones necesarias entre su gobierno y el Congreso.

    Nada consiguió con esta gestion, porque los patriotas contestaron:
    "_que solo podrian acceder cuando las órdenes partieran de la legítima
    autoridad por ellos reconocida_."

    En vano se dirigió despues al Congreso y particularmente á Bolívar,
    quien como el caso requeria hizo una convocatoria extraordinaria, en la
    cual, con toda dignidad y entereza, fueron rechazadas las proposiciones
    de Morillo. Los resultados de acto semejante probaron que el pueblo
    venezolano y granadino bajo pretexto alguno querian volver á estrechar
    relaciones con los españoles, adquiriendo de este modo gran importancia
    á los ojos de todo el mundo. Esto no obstante, como medida conveniente á
    los planes del Libertador, el 21 de Setiembre solicitó de Morillo
    únicamente el armisticio que antes le propusiera, siempre que le diesen
    á Colombia las garantias y seguridades necesarias, cosa que estaba en el
    caso de poder exigir; y despues de repetidas conferencias entre los
    comisionados por una y otra parte, Bolívar establecia su cuartel general
    en Sábana Grande y Morillo el suyo en Carache, pueblos ambos de la
    provincia de Trujillo.

    La forma liberal adoptada por la monarquia española daba lugar á
    esperar una convencion favorable á las miras é intereses de la América,
    cuyos triunfos se iban extendiendo por todos lados, y en la noche del 25
    de Noviembre se firmó un armisticio de seis meses, prorogables á
    conformidad de ambos contratantes por el tiempo que se estimase
    conveniente, en el caso de no haberse podido ajustar las condiciones de
    la paz dentro del término prescrito. Además de este se firmó el
    preliminar de otro tratado para regularizar la guerra, en todo evento,
    conforme lo reclamaban la humanidad y la justicia. Toda vez que fueron
    terminados estos tratos, á instancias del jefe español Bolívar marchó á
    celebrar una entrevista con él, el dia 27, en el pueblo de Santa Ana.
    Morillo salió á su encuentro hasta las afueras y le tendió amistosamente
    los brazos. Alli estuvieron juntos los dos caudillos hasta el siguiente
    dia, y despues de reiterar el juramento de eterna amistad, se
    despidieron victoreando á Colombia y á la madre España, llenos todos de
    la mas cordial alegria.

    Fatigado Morillo por la lucha que inútilmente habia sostenido contra la
    libertad, defendida por aquel pueblo heróico, solicitó su retiro del
    mando; aunque desatendida en un principio la súplica, al fin logró que
    le reemplazara el eminente y bizarro general Don Miguel de la Torre y se
    embarcó para Cádiz el 17 de Diciembre. Y mientras estos acontecimientos
    tenian lugar en Colombia, Buenos-Aires gemia envuelto en el cáos de la
    disolucion política y el general San Martin, al frente de veinte velas,
    montado en el navio de su nombre, zarpaba en el puerto de Valparaiso la
    tarde del 20 de Agosto, siendo bien recibido por el pais, donde mas
    tarde ocupó Lima y el Callao.

    Calabozo, Barquisimeto, Tocuyo, San Cárlos, Carácas, Cumaná, Maracaibo,
    Puerto-Cabello y la Guaira eran los puntos en que el ejército español,
    compuesto á principios de 1821 de solo 11.000 hombres, estaba
    acantonado. El armisticio, firmado hacia cosa de dos meses, fué roto por
    el pronunciamiento de Maracaibo en favor de la independencia el 28 de
    Enero y por la ocupacion que las tropas de Urdaneta hicieron de esta
    plaza. En vano La Torre protestó y representó contra tamaña violacion;
    frases de amistad, promesas, amenazas, todo fué inútil, y las
    hostilidades comenzaron de nuevo el 28 de Abril, dia aplazado de
    comun acuerdo.

    Favorables fueron los encuentros habidos desde esta fecha hasta mediados
    de Junio para las armas republicanas; pero el 24 lograron sobreponerse
    al poder de España en la batalla de Carabobo, Paez y Bolívar eran los
    campeones de aquellas; La Torre, al frente de mas de 5.000 soldados
    españoles, ocupaba las llanuras. Tres eran las divisiones del
    Libertador: mandaba Paez la primera, que se componia de 1.500 ginetes,
    el batallon Británico y el del Apure. Cedeño guiaba la segunda,
    compuesta del batallon de Tiradores, el de Vargas, el de Boyacá y el
    escuadron Sagrado. En la tercera, dirigida por el coronel Plaza,
    figuraban los batallones Rifles, Granaderos, Anzuátegui, vencedor en
    Boyacá y un regimiento de caballeria. El total de estas tres columnas
    era de unos 6.000 combatientes.

    Altamente gloriosa, y con la insignificante baja de 200 hombres entre
    muertos y heridos, fué la jornada de Carabobo. Á excepcion del valiente
    coronel Don Tomás Garcia que, al frente del primero de Valancey, supo
    retirarse con vida hasta Valencia, el resto del ejército quedó
    completamente derrotado. Batallones enteros cayeron prisioneros en manos
    de los patriotas, en tanto que otros, arrojando las armas, dispersos
    como aves espantadas, huyeron á guarecerse en los bosques. Entre los
    muertos del ejército de Bolívar hubo que lamentar dos pérdidas de
    consideracion: el general Cedeño y el coronel Ambrosio Plaza quedaron
    sepultados bajo sus propios laureles.

    Habíase reunido ya el Congreso en la villa del Rosario de Cúcuta y se
    ocupaba de formar la Constitucion del Estado cuando á consecuencia del
    éxito obtenido en Carabobo, decretó los honores del triunfo para el
    ejército y sus dignos jefes, ordenando al propio tiempo que el retrato
    del hijo ilustre de Carácas, del benemérito padre de la patria, fuese
    colocado en las Cámaras legislativas con la siguiente inscripcion: SIMON
    BOLÍVAR, LIBERTADOR DE COLOMBIA.

    Cinco dias despues de tan relevante hecho de armas, con el cual podia
    darse ya por asegurada la libertad de la República colombiana, el
    celebérrimo caudillo caraqueño entró en su pueblo natal, donde una vez
    mas fué acogido con extraordinaria y completa ovacion. Pero no era esto
    solo la consecuencia necesaria de la victoria de Carabobo; la Guaira se
    rindió el dia 2 de Julio, y mas tarde, el 11 de Octubre, segun
    disposicion de bloqueo que anteriormente habia dado el Presidente y jefe
    supremo del ejército al general Mariano Montilla, este tomaba la plaza
    de Cartagena.

    Todos los acontecimientos conspiraban ya en favor de la independencia
    general de la América del Sud, pues en el mismo año, sin contar la
    actitud favorable que habia tomado Quito, el general San Martin en el
    Perú minaba el poder del virey Pezuela que se vió depuesto del mando por
    sus mismas tropas, hecho inaudito en aquel pais; constituia un gobierno
    á cuya cabeza se ponia como dictador; daba al pueblo una Constitucion y
    derrotaba al enemigo comun. Como lo hemos indicado mas arriba, á fines
    del año último tambien Guayaquil habia proclamado su independencia, y á
    las órdenes del general Luis Urdaneta mandó una expedicion contra Quito;
    pero derrotado el 12 de Noviembre de 1820 en las cercanias de Guachi,
    este dejó á Miguel Valdés en el mando y se retiró de aquellos lejanos
    climas. A su vez Valdés fué batido en Genoi el 2 de Febrero siguiente,
    replegándose sobre el pueblo de Mercaderes, donde el general Antonio
    José de Sucre se hizo cargo del mando de aquella desgraciada expedicion.

    Por aquel tiempo se circuló la noticia del armisticio, y el nuevo jefe
    delegando sus funciones al general Pedro Leon Torres mientras su
    ausencia, pasó inmediatamente á Guayaquil, donde le llevaba la idea de
    organizar nuevas tropas para que la próxima campaña no le cogiese
    desprevenido. Asi, pues, á la ruptura de las hostilidades se encaminó á
    Quito, encontrándose que el coronel Don Francisco Gonzalez le salia al
    paso con una division por él organizada en Cuenca, fecundando de este
    modo el movimiento que hacia la de Don Melchor Aymeric, Presidente de la
    provincia á donde Sucre llevaba sus refuerzos revolucionarios.

    Gonzalez fué derrotado en Yaguachi, y su plan con Aymeric quedó
    desbaratado por completo. Este emprendió su retirada hácia la capital, y
    con el fin de rehacerse, se parapetó por lo pronto en Riobamba. Sucre
    entonces colocó su fuerza al otro lado de la cordillera del Chimborazo
    en el pueblo de Mocha, situado en el paralelo de Riobamba, y ambos
    ejércitos continuaron su camino hasta que, encontrándose en Guachi el 12
    de Setiembre, trabaron un encarnizado combate; el jefe republicano, á
    pesar de su valor y de la mortandad causada al enemigo, resultó vencido
    con pérdidas de consideracion.

    Trascurridos dos meses desde esta malaventurada accion de guerra,
    conforme á propuesta de Sucre, concedió Aymeric una suspension de armas
    de noventa dias, durante los cuales el general republicano, que era
    adorado en el pais por sus virtudes habia de prepararse y reclutar gente
    con objeto de reaparecer en su dia mas formidable que antes.

    CAPITULO X

    Primer Congreso de Colombia.–Este no admite la renuncia que hace
    Bolívar.–Publicacion de la Constitucion de Colombia.–Sancion de la ley
    política del Estado.–Eleccion de Bolívar para la presidencia del
    Congreso.–Proyecto de libertar Perú.–Preparativos de marcha.–Paso de
    Sucre por la cordillera occidental.–Ocupacion de la provincia de
    Loja.–Abrese la campaña de Quito.–Entrada del ejército libertador en
    Pasto.–Conquistas de Sucre.–Batalla de Pichincha.–Sumision de
    Quito.–Ovaciones.–Oferta hecha al Perú.–Entrevista de Bolívar y San
    Martin.–Estado del Perú.–Reunion del Congreso de Colombia.–Expedicion
    á Maracaibo.–Combate naval.–La fortuna se muestra propicia á la
    República.–Capitulacion de Morales.–Venezuela queda libre.

    Por un decreto de Roscio, expedido en Angostura el 9 de Noviembre de
    1820, á 6 de Mayo del siguiente año el primer Congreso de Colombia se
    instaló en la villa del Rosario de Cúcuta, con diputados elegidos libre
    y legalmente por las provincias emancipadas del poder de España, cuyo
    número era el de veintidos entre las de Venezuela y Nueva-Granada.
    Principió sus sesiones ocupándose de la renuncia que Bolívar habia hecho
    de su magistratura política, y determinó: que este leal y desinteresado
    patricio, mientras se daba al Estado un gobierno definitivo por medio
    de una Constitucion, siguiese como hasta alli en el desempeño de
    su cargo.

    Por fin, el 12 de Julio de 1821, despues de la batalla de Carabobo, se
    publicaba la ley fundamental que, bajo la denominacion de República de
    Colombia, reunia en un solo cuerpo nacional á Venezuela y Nueva-Granada
    con un gobierno popular representativo, declarando su independencia
    absoluta de toda dominacion extranjera y de todo dominio particular, y
    dividiendo el ejercicio del poder supremo en legislativo, ejecutivo y
    judicial. Santa Fé de Bogotá era declarada capital hasta tanto que, en
    mejores tiempos, se erigiese una ciudad al efecto con el nombre del
    Libertador Bolívar.

    El 30 de Agosto quedó sancionada la Constitucion del Estado, la cual
    diferia de las anteriores en algunos puntos esenciales. Los senadores no
    eran vitalicios, siguiéndose para todo cargo público los principios de
    eleccion periódica y alternativa; y el poder ejecutivo seria ejercido
    por un solo individuo. Entre las importantes leyes dadas al pais habia
    dos, una del 19 y otra del 28 de Julio, ambas notables. La primera
    declaraba que desde el dia de su publicacion se considerarian _libres_
    los hijos que nacieren de _esclavas_; la otra suprimia todos los
    conventos de regulares que no tuviesen por lo menos ocho religiosos de
    misa en aquella misma fecha, aplicándose á la educacion nacional todos
    los bienes y propiedades, derechos y acciones legados á las comunidades
    que se hallaren comprendidas en la citada ley. Esta exceptuaba á los
    hospitalarios, considerada la utilidad de sus servicios.

    El 7 de Setiembre, conforme á la facultad que la Constitucion concedia
    al Congreso de nombrar por la primera vez los cargos de Presidente y
    Vice-Presidente, la eleccion recayó en Bolívar y Santander, aquel para
    el primero de dichos empleos y este para el segundo. Luego, con fecha 2
    de Octubre, otra ley dividia el territorio en siete departamentos, que
    eran: Orinoco, Venezuela, Zulia, Boyacá, Cundinamarca, Cauca y
    Magdalena; y despues de otros varios trabajos del alto Cuerpo
    legislativo, dejando á Santander al frente de la administracion, el
    Libertador partió de Cúcuta para Bogotá, con objeto de hacer los
    preparativos necesarios á la campaña que habia proyectado hácia el Sud.

    Asi terminaba este año, fecundo en notables acontecimientos, y en los
    primeros dias de Enero del siguiente, 1822, en conformidad con lo
    dispuesto por un decreto del poder ejecutivo, la reunion del mando
    militar quedaba establecida en los departamentos de Venezuela, Orinoco y
    Zulia. El general Cárlos Soublette, con el cargo de intendente, quedaba
    en el primero al frente de la direccion de la guerra, y Paez en calidad
    de comandante general del mismo; Bermudez en el de Orinoco, y Lino
    Clemente en el de Zulia. Bolívar hácia este tiempo se dirigia de Cali á
    Popayan para esperar alli las fuerzas con que pensaba dar principio á la
    campaña de Quito. Mientras esta operacion se realizaba, ya próximo á
    espirar el plazo de los tres meses de armisticio, Sucre atravesaba la
    cordillera occidental el 9 de Febrero y ocupaba á Zaragoza en la
    provincia de Loja, punto en el cual las tropas enviadas del Perú por el
    dictador San Martin vinieron á reunirselo.

    Abierta la campaña de Quito, dirigiéndose hácia Pasto, el Libertador
    destrozó en Bomboná las tropas acaudilladas por Don Basilio Garcia el 7
    de Marzo; pero tuvo que lamentar la pérdida del general Pedro Leon
    Torres. El 8 de Junio entró victorioso en Pasto, haciendo prisionero á
    Garcia y las tropas que habian quedado á este jefe español. Entro tanto
    Sucre y Aymeric se batian encarnizadamente por el lado de Guayaquil,
    apoderándose el primero, una tras de otra, de las poblaciones de Cuenca
    y Alausi, teniendo que batirse siempre contra fuerzas superiores en
    número. La toma de Riobamba tuvo despues lugar el 22 de Abril, tras un
    brillante combate, en el que Sucre dió una prueba mas de sus buenas
    dotes militares.

    Por la llanura de Turubamba se dirigió de esta ciudad á Quito, logrando
    situarse al pié de las alturas que forman la cresta del Pichincha entre
    los pueblos de Chillogallo y Magdalena, flanqueando de este modo y por
    la retaguardia al enemigo. Movióse durante la noche del 23 de Mayo, y al
    siguiente dia, con sorpresa de sus burlados contrarios, apareció sobre
    la montaña, de donde aquellos intentaron desalojarle; pero derrotados
    completamente y careciendo de seguro refugio, rindieron, mediante
    capitulacion, la ciudad de Quito el 25 de Mayo, dia en que 280 años
    antes albergó la misma por primera vez las armas españolas. Aymeric, con
    el resto de sus tropas, quedó en poder de Sucre, el vencedor en la
    batalla de Pichincha. Cuatro dias despues los ciudadanos de la
    conquistada capital ratificaban solemnemente el pacto de union entre
    Quito, Venezuela y la Nueva-Granada.

    Las capitulaciones de Pasto y de Quito aseguraron la libertad en un
    vasto y hermoso pais, no hollado hasta entonces por plantas
    republicanas, quedando en poder de Sucre 14 piezas de artilleria, 1.260
    prisioneros, de los que 160 pertenecian á la clase de oficiales, y en
    fin, los fusiles y cuantos elementos de guerra poseian los enemigos. A
    poco de la toma de la capital de esta rica provincia, esto es, el 15 de
    Junio, entraba Bolívar en ella precedido de las mas calurosas y
    expresivas muestras de aprecio y entusiasmo de los pueblos del tránsito.
    De aqui se trasladó á Guayaquil, donde las aclamaciones de júbilo se
    reprodujeron, pasando despues á Cuenca, desde cuyo punto puso á
    disposicion del gobierno del Perú una division de 4.000 colombianos.

    San Martin corrió á encontrar á Bolívar, y el 25 de Julio se abrazaban
    en Guayaquil estos dos valientes guerreros, que habiendo partido desde
    ambos extremos del Nuevo Mundo, iban á conferenciar acerca de la
    independencia de su pais bajo el ardiente sol del Ecuador. Tres dias
    pasaron reunidos estos dos héroes americanos, sin que un solo momento se
    les viese al uno sin el otro; pero el resultado de sus conferencias
    quedó envuelto en la noche del misterio. Solo se sabe que aunque en las
    entrevistas reinó la mas atenta cordialidad entre ellos, su separacion,
    sin embargo, no fué de aquellas en que la amistad deja ver la efusion
    del entusiasmo ó la ternura de un vivo afecto. Entre las ideas políticas
    de estos dos hombres eminentes se alzaba tal vez una gran valla.

    Los realistas ocupaban por entonces, no solo todo el Alto Perú, sino
    tambien la mayor parte del Bajo, y se encontraban muy animados y llenos
    de esperanza á causa de sus recientes triunfos. Los patriotas poseian
    únicamente á Lima y los paises situados en la costa del Norte; además
    se hallaban separados en diferentes partidos políticos, que minaban por
    su base la fuerza de la causa comun del Sud de América, y sus recursos
    metálicos no eran sobrados, antes por el contrario, andaban escasos. Tal
    era la situacion del Perú desde fines de 1822 á mediados de 1823.

    El 8 de Abril de este año el Congreso de Colombia se reunia otra vez, y
    el 4 de Julio autorizaba al Libertador para que pasase á llevar sus
    auxilios al Perú, acto el mas notable de aquella legislatura. Ya
    conocemos la entrevista que luego tuvieron el llamado dictador de aquel
    pais y el ilustre caraqueño. En el trascurso del mismo año Montilla
    preparaba en la ciudad de Hacha una expedicion contra Maracaibo,
    combinándose al efecto con las fuerzas navales que mandaba el coronel
    jefe de la escuadra José Padilla, quien juzgó posible la arriesgada
    empresa de forzar la barra, operacion que se ofreció á cumplir y que
    cumplió el 8 de Mayo con solo la pérdida del bergantin _General
    Bolívar_, al mando y de la propiedad del capitan de navio Nicolás Joly.

    Una vez libre de cruzar las aguas del lago, en las cuales llegó á
    enseñorearse, á fines de Junio, y mientras el general Francisco Estéban
    Gomez, por enfermedad de Montilla, se dirigia contra Maracaibo, Morales
    reforzaba su escuadrilla con dos goletas que el capitan Laborde traia de
    Curazao. Reunida la flotilla española en Zaparas, fondeaba el 22 de
    Julio entre Maracaibo y el islote de Capitan-Chico. Los independientes
    hacian lo propio en Altagracia y Punta de Piedras. Ambos combatientes, á
    vista uno del otro, esperaban el viento para acometerse, cuando
    habiéndolo tenido favorable los patriotas, abordaron el 24, tres horas
    despues del medio dia, al enemigo, y trabando un reñidísimo combate
    quedó vencedor Padilla. Los realistas tuvieron 800 bajas entre muertos y
    heridos, mas 420 prisioneros entre oficiales, clase de tropa y
    marineria. Los patriotas contaron 44 muertos entre oficiales y tropa y
    119 heridos.

    Las armas republicanas, favorecidas por su valor y la buena causa,
    marchaban sembrando por su camino los laureles de la victoria y
    añadiendo cada dia una piedra mas al colosal edificio de su
    independencia. Alli donde se presentaban, desalentados por sus estériles
    esfuerzos los antiguos dominadores de Venezuela, cedian el campo á los
    ya aguerridos soldados de la libertad. El 3 de Agosto capituló Morales
    bajo las mas generosas condiciones de los republicanos, que haciéndolo
    asi se coronaban de gloria; y doce dias despues se hacia á la vela aquel
    memorable general con rumbo á la isla de Cuba. En el resto del año Coro
    y Puerto Cabello, últimos baluartes de la dominacion española en
    Venezuela, cayeron tambien en manos de los valientes y beneméritos hijos
    del Nuevo Mundo, cuya heróica sangre venia derramándose hacia tantos
    años, y por fin, al despedirse el de 1823, podian exclamar, enarbolando
    el pabellon de Colombia: "_Ya somos libres._"

    CAPITULO XI

    Bolívar en Lima.–El espíritu público en el Perú.–Pérdidas.
    –Disolucion del Congreso.–El Libertador organiza una gran
    expedicion.–Paso de los desfiladeros de los Andes.–Victoria de los
    colombianos en Junin.–Retirada de las tropas españolas.–Descanso.
    –Combinaciones estratégicas.–Bolívar se dirije al Alto Perú.–Batalla
    de Ayacucho.–Capitulaciones.–Entrada de Bolívar en Lima.–Convocatoria
    para la reunion de un Congreso.–Su reunion y sus actos.–República
    Bolívar.–Rendicion del Callao.–Emancipacion de la América del Sud
    realizada.–Consideraciones.–Principia á turbarse el órden entre los
    venezolanos.–Deposicion decretada contra Paez.–Sublevacion de Valencia.
    –Los partidos.–Asamblea provocada por los federalistas de Carácas.
    –Bolívar se dirije á Venezuela.–Proclama dada en Maracaibo.
    –Acontecimientos del Perú.

    El 1° de Setiembre de 1825 habia hecho el libertador su entrada en
    Lima, donde fué investido del poder dictatorial, con autorizacion de
    disponer libremente de todos los recursos del pais; pero en vista de la
    oposicion de algunos partidos políticos, y comprendiendo que con los
    elementos disolventes que minaban su noble empresa no seria posible
    llegar al término que se habia propuesto, se retiró á Trujillo.
    Abandonada asi la capital, pronto se vió ocupada por las tropas
    realistas al mando del general Canterac.

    A principios de 1824 el estado de la causa de la independencia era
    lastimoso en el Perú y marchaba desalentadamente á la ruina. Pérdidas el
    5 de Febrero las fortalezas del Callao, se disolvió el Congreso,
    depositando en Bolívar la esperanza de su salvacion. El ilustre jefe
    colombiano, aun cuando no fuera por su ardiente amor hácia la causa de
    la libertad de la América del Sud, no podia mirar con indiferencia los
    peligros que vendrian á amenazar la obra por él realizada hasta alli si
    las armas españolas llegasen á entronizarse en el Perú; y cuando recibió
    la triste noticia de los últimos desastres se hallaba en la provincia de
    Huamalies organizando tropas y esperando refuerzos de su república para
    continuar las operaciones de su cuenta y riesgo, pudiendo oponer de alli
    á poco á las desgracias ocurridas un ejército de 4.000 patriotas del
    pais y 6.000 colombianos.

    Cruzó entonces los desfiladeros de los Andes, mientras Canterac
    guarnecia los de Jauja y situaba sus puestos avanzados en Casas, y
    marchó decididamente sobre Pasco. El general español, que ignoraba la
    direccion seguida por su contrario, se encaminó hácia este mismo punto
    con objeto de practicar un reconocimiento. Aqui supo que el 5 de Agosto
    habia pasado Bolívar tomando por la derecha de la laguna de Junin, y
    retrocedió en el acto para estorbar que las fuerzas enemigas vinieran á
    situarse á su espalda. Al practicar este movimiento, y á los tres dias
    de haberlo emprendido, Canterac fué alcanzado por Bolívar y los
    realistas sufrieron una gran derrota en Junin ó Pampa de los Reyes.

    Los vencedores siguieron en persecucion de Canterac que, sucesivamente y
    en buen órden, fué retirándose á Tarma, Jauja, Huancayo y Huamanga,
    llegando por fin á Cuzco con una pérdida de mas de 2.000 hombres. El
    ejército libertador no pasó de Huamanga sino despues de haber descansado
    alli por espacio de un mes, en cuyo tiempo, segun lo dispuso su jefe, el
    general Sucre debia dirigirse sobre Challuanca para amenazar la
    retaguardia del enemigo, en tanto que él practicaba un reconocimiento
    hácia el Apurimac, operacion en la cual vino á sorprenderles el invierno
    y se suspendieron las que despues de esta debian verificarse. Entonces
    Bolívar, movido por causas poderosas, se separó de su ejército,
    dejándole en cuarteles de invierno, y se dirigió al Alto Perú con el
    fin de preparar los medios necesarios para cerrar la campaña y al propio
    tiempo organizar un buen gobierno en aquel pais.

    Mas tarde, el 9 de Diciembre, los tropas de Sucre se coronaban de
    laureles en Ayacucho, alcanzando una decisiva victoria sobre las armas
    españolas, mandadas por Laserna, virey entonces del Perú. Á cerca de
    9.500 hombres ascendian las fuerzas del virey, mientras que no llegaban
    á 6.000 las comandadas por el general republicano; pero bien combinado y
    hábilmente dirigido el plan de batalla, los realistas fueron deshechos
    completamente, quedando en poder de Sucre, además de Laserna, 15
    generales, 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 484 oficiales, 3.200
    soldados, cabos y sargentos, 11 piezas de artilleria, gran número de
    fusiles, municiones y en fin, todos los pertrechos de guerra
    pertenecientes al enemigo, que habia sido puesto en el caso de rendirse
    por capitulacion.

    En esta memorable jornada, la mas brillante de las que tuvieron lugar en
    la América del Sud, junto al jefe que la alcanzó se distinguieron
    heróicamente José Maria Córdoba, el inglés Miller y el general Lamar.
    Segun las bases de la capitulacion los españoles se obligaban á entregar
    los paises aun dominados por ellos en el Alto y Bajo Perú y los
    vencedores á respetar las vidas y haciendas de los vencidos y de sus
    partidarios, costeando además el viaje á la península á los individuos
    del ejército que asi lo solicitasen. La batalla de Ayacucho inmortalizó
    el nombre del valiente hijo de Cumaná, tan buen patriota como virtuoso
    ciudadano, tan hábil como noble general.

    Al siguiente dia de esta batalla Bolívar entraba en Lima y expedia un
    decreto por el cual convocaba un Congreso para el 10 de Febrero del
    próximo año. Llegada esta fecha y reunido ya, los primeros actos de este
    cuerpo se encaminaron á manifestar de una manera solemne su gratitud
    hácia los libertadores del pais, ordenando se abriese una medalla en
    honor del Libertador y que en la plaza principal de Lima se le erigiese
    una estátua. Además hízole presente de dos millones de pesos, para que
    uno lo distribuyese entre los generales y demás clases de ejército,
    reservándose el otro para si, lo cual rehusó dignamente; y al mismo
    tiempo distinguió al general Sucre con el título de mariscal de
    Ayacucho. Despues confirió á Bolívar el poder ejecutivo, y este pidió
    permiso á Colombia para poder aceptarlo, pues, segun sus palabras en
    esta ocasion, _reconocia monstruosa aquella autoridad é impropia de él._

    Bajo la denominacion de _República Bolívar_ (mas tarde Bolivia), se
    constituyeron por medio de una Asamblea general, declarando en
    independencia, las provincias del Alto Perú á 10 de Julio del mismo año
    1825 y confiaron al Libertador la autoridad ejecutiva por todo el tiempo
    de su permanencia en el territorio del Estado, y Sucre quedó encargado
    del mando inmediato de los departamentos en que aquel habia sido
    dividido. A los tres meses no cabales, esto es, el 6 de Octubre, despues
    de haber encargado al Libertador que formase una Constitucion política
    para el pais, se disolvió la Asamblea, aplazando la reunion del cuerpo
    constituyente, reunion que debia realizarse el 25 de Mayo del
    siguiente año.

    A pesar de los esfuerzos hechos por los partidarios de la independencia,
    el general Rodil, refugiado en el Callao, sostuvo durante mas de un año
    esta plaza, rendida por fin el 23 de Enero de 1826, dia en que el Perú,
    á consecuencia de este acontecimiento quedaba totalmente emancipado de
    España y la América del Sud veia terminarse la sangrienta y larga lucha
    comenzada y llevada á feliz término por los valientes hijos de
    Venezuela, bajo la gloriosa direccion del celebérrimo Bolívar.

    Pero el pueblo colombiano, como sucede con todos los pueblos colocados
    en análogas circunstancias, si bien cediendo á un natural impulso, habia
    desplegado todas sus fuerzas para sacudir el yugo de la esclavitud, no
    bien dispuesto aun á recibir la nueva forma de gobierno, poco ilustrado
    para conocer los medios de aprovecharse de la libertad que habia
    conquistado, y no comprendiendo el valor de los deberes que adquiria al
    adquirir nuevos derechos, pronto se vió envuelto en las discordias
    civiles por no prestarse de buen grado á ellos. Resistiéndose los
    caraqueños á la tercera invitacion hecha por Paez, que queria dar
    cumplimiento al decreto sobre la organizacion de milicias, se vió este
    jefe obligado á hacer algunas prisiones, y con tal motivo Carácas
    presentó 17 dias antes á la toma del Callao la imágen de una espantosa
    revolucion.

    So color de haber sido hollados los derechos del pueblo en la manera de
    dar cumplimiento á los decretos del gobierno, la Cámara de los
    representantes fulminó contra Paez una acusacion, que en 30 de Marzo
    admitió el Senado, suspendiéndole de su empleo y citándole á dar cuenta
    de su conducta. No solo desobedeció esta órden trasmitida por medio del
    poder ejecutivo, sino que por disposicion de la Asamblea municipal de
    Valencia, en cuya ciudad se hallaba Paez entonces, el 30 de Abril
    reasumió el mando de que el Senado le habia separado, dando lugar este
    hecho á que todos los pueblos se creyeran autorizados á desconocer el
    legítimo gobierno, y pronto se vió la República envuelta en las
    discordias civiles.

    Dos fueron los bandos que se alzaron: uno _federal_ y otro _central_,
    siendo los partidarios del primero de los sistemas quienes marchaban á
    su fin con mayor unidad, con mas perfecta armonia. Los federalistas de
    Carácas concitaron á Paez para que convocara y presidiera una Asamblea
    general con objeto de fijar el destino político de Venezuela en
    aquellas circunstancias; y verificada la reunion el 7 de Noviembre,
    despues de mediar violentas discusiones y una incalificable votacion,
    Paez quedó autorizado; conforme á los poderes de que la Asamblea le
    habia investido, dió un decreto señalando el 10 de Diciembre para la
    reunion de los colegios electorales y para la instalacion del Cuerpo
    constituyente en Valencia fijó igual dia de Enero de 1827.

    Bolívar, noticioso de los escándalos promovidos en Venezuela, partió de
    Lima el 4 de Setiembre y cuarenta dias mas tarde entraba en Santa Fé de
    Bogotá, siendo recibido con generales muestras de afecto. El 25 de
    Noviembre se dirigió á Venezuela y durante su travesia hasta Cúcuta fué
    reuniendo tropas para presentarse con imponente actitud. El 16 del
    siguiente mes dió una proclama desde Maracaibo en que, ofreciendo
    acelerar la gran Convencion nacional para que legalmente tuviera el
    pueblo leyes fundamentales, decia: _solo él_ (el pueblo) _conoce su bien
    y es dueño de su suerte, y no un poderoso, ni un partido, ni una sola
    fraccion del mismo pueblo_. El Libertador, al cual volvian algunos de
    los extraviados patricios, llegó por Coro á Puerto-Cabello el último dia
    del año, época en que Paez se encontraba en Valencia.

    Los acontecimientos del Perú mientras el trascurso del año que asi
    espiraba fueron: la reunion del Congreso constituyente de Bolivia, que
    con lijeras variantes aceptó el proyecto que le habia enviado Bolívar,
    acompañado del reconocimiento de aquella república por el Consejo de
    gobierno del Perú; el nombramiento del general Sucre como Presidente
    vitalicio del Estado, dignidad que solo admitió por dos años; la
    declaracion de nulidad en los poderes otorgados por los colegios de
    algunas provincias á sus representantes, hecha por el Consejo de
    gobierno peruano en su primer Congreso constitucional; la disolucion de
    este; la reunion del colegio electoral de la provincia de Lima, en
    virtud de decreto de la autoridad competente, el 16 de Agosto; la
    aceptacion que el mismo hizo de la Constitucion boliviana como Código
    fundamental del Perú, y el nombramiento de Bolívar para Presidente
    perpetuo de la República, actos sancionados por el Consejo de gobierno,
    en vista de la unanimidad conque los colegios electorales habian
    procedido en todos sus acuerdos.

    CAPITULO XII

    Disposiciones conciliatorias.–Bolívar y Paez se reconcilian.–Error
    político.–Reclamaciones de Nueva-Granada y del Perú.–Dimision del
    Libertador ante el quinto Congreso reunido en Bogotá.–No es admitida
    su dimision.–Se levantan facciones en Venezuela.–El Congreso
    Constituyente del Perú.–Agitaciones políticas y desunion de Colombia.
    –Fracasa la Convencion de Ocaña.–Acta del 15 de Junio de 1828.
    –Conjuracion á mano armada.–Peligro del Libertador.–Acto de justicia
    contra los conspiradores.–Nueva convocacion á un Congreso
    Constituyente.–Trabajos de zapa de los descontentos.–Manifiesto de
    Bolívar.–Consecuencias del manifiesto.–Es llamado el Libertador por
    algunos miembros del Congreso de Colombia.–Sancion del Código
    político.–Cesacion de la dictadura y de la representacion de la
    Colombia.–Viaje de Bolívar á Cartagena.–Decretos de Paez.–Instalacion
    del Congreso en Valencia.–Nueva Constitucion de
    Venezuela.–Fallecimiento del Libertador.

    El año 1827 era inaugurado por el Libertador de una manera política y
    conciliatoria. El primer dia de aquel desde Puerto Cabello publicó un
    decreto de amnistia, confirmando á Paez la autoridad de jefe civil y
    militar que al principio de la revolucion le habia sido conferido por
    los concejos municipales. Este dictó al siguiente otro decreto por el
    cual reconocia y mandaba reconocer á Bolívar como Presidente de la
    República, anulando al propio tiempo todas sus anteriores resoluciones,
    inclusa la de reunion de un Congreso. El 4, á las dos de la tarde, ambos
    jefes se habian visto y abrazado al pié del cerro de Naguanagua,
    entrando luego juntos en Valencia entre las aclamaciones entusiastas del
    pueblo; y el 10 del mismo mes todo Carácas se deshacia en expresiones de
    la mas grande admiracion al acoger en su recinto á su ilustre hijo, el
    Libertador de la América del Sud.

    El excesivo amor de este grande hombre por la causa que tan constante y
    noblemente habia defendido, el vivo deseo que le agitaba de consolidar
    su grande obra, le hizo cometer un error, perdonable bajo este punto de
    vista. Pero ¿quién que sintiese como él sentia, quién que como él se
    viese rodeado de tan rebeldes circunstancias cuando apenas lucia la
    primer aurora de la libertad de su patria, quién que como él la
    encontrase amenazada de ser envuelta entre las sombras de una
    devastadora tempestad en el momento mismo de nacer, no hubiera tratado
    de evitar á toda costa las tristes consecuencias que resultarian de la
    desunion entre los elementos políticos que debian formar entonces su mas
    firme apoyo? Esto fué sin duda lo que le hizo halagar á los disidentes,
    lo que le obligó á apagar su desenfrenada ambicion y deseo de mando,
    produciendo entre sus amigos el descontento y la envidia. ¡Amigos!…¡Qué
    lastimoso abusó se ha hecho de esta bella frase, empleándola sin
    razon en vez de _adeptos_ al tratarse de aquellos hombres que, como
    Bolívar, llegan á tener entre sus manos los destinos de una nacion!

    En la Nueva-Granada, lo mismo que en el Perú, muchos militares dirigian
    representaciones al gobierno reprobando las reformas introducidas en la
    primitiva ley del Estado; y despues de tantos y tan inmensos
    sacrificios, despues de tanta y tan preciosa sangre vertida en aras de
    la patria, mezquinos intereses, miras egoistas de dominio, envidias y
    rencores mal comprimidos, encienden los ánimos y los concitan á la
    guerra mas inicua que la humanidad conoce entre la iniquidad misma de la
    guerra, á la que el génio del mal despierta y mantiene en el corazon de
    los que debiera unir el vínculo fraternal de las costumbres, del idioma,
    del pais y la familia. Asi, pues, por desgracia, al triunfo de la
    independencia sucedia la discordia civil en la América del Sud, enconada
    y sobreexcitada por medidas cuyo espíritu, cuyo fin no era otro que el
    de la conciliacion, el bienestar y la fuerza. Pero el hombre propone y
    Dios dispone.

    Ante el quinto Congreso, reunido en Bogotá, dimitió Bolívar su cargo de
    Presidente, y despues de largos y acalorados debates, por 50 contra 24
    votos no fué atendido. Esta dimision la hizo desde su pueblo natal; en
    vista de la negativa, el 10 de Setiembre pasó á Bogotá, jurando
    nuevamente ante el Congreso, al efecto reunido en sesion extraordinaria,
    sostener y defender como hasta alli la Constitucion de la República. En
    Venezuela mientras tanto se habian levantado facciones que, como la de
    Cisneros en Carácas, llevaban la devastacion á todas partes.

    El Congreso constituyente del Perú se habia reunido, con antelacion á
    los hechos últimamente citados, el 1° de Mayo, y declaró que la
    Constitucion jurada en 9 de Diciembre del año anterior _era nula y sin
    ningun efecto, por haber sido sancionada de un modo ilegal y atentatoria
    á la soberania del pueblo_; restableciendo provisionalmente en su fuerza
    y vigor, con supresion de algunos capitulos, interin el Cuerpo
    Legislativo se ocupaba de formar otra nueva, la admitida y votada en
    1823. Don José de Lamar, gran mariscal, y Don Manuel Salazar y
    Barquijano fueron elegidos, el primero como Presidente y el segundo como
    Vice-Presidente de la República. Tales fueron los hechos mas notables ó
    importantes de la América del Sud en este año.

    En el siguiente de 1828 dos eran los grandes partidos que se agitaban en
    el seno de la Colombia. Los que aspiraban con la mejor buena fé del
    mundo á hacer alteraciones liberales en la ley fundamental,–cuyo medio,
    á los ojos de sus émulos, era el mas á propósito para derrocar al
    Libertador, asi como tambien para los que deseaban dividir el territorio
    colombiano en tres distintos estados independientes entre si,–formaban
    el primero de estos partidos. En el segundo estaban afiliados la mayor
    parte de los generales, jefes y oficiales venezolanos, mas todos los
    extranjeros que subsistian al servicio de la Colombia y los deudos y
    amigos de Bolívar, que se esforzaban en sostener la integridad de la
    república creada por la union de Venezuela, Quito y la Nueva-Granada.
    Esta era precisamente la division intentada por los de la faccion
    contraria.

    Despues de haber fracasado la Convencion nacional reunida en Ocaña el 9
    de Abril, á causa de lo encontrado de las opiniones y principios
    políticos alli representados, una junta de personas notables, formada en
    Bogotá, suscribia el 13 de Junio una acta en la cual hacian solemne
    protesta contra toda reforma que emanase de la Convencion, depositando
    el cargo supremo de la República y su entera confianza en el general
    Bolívar, ejemplo que luego fué imitado y seguido en toda su latitud por
    los demás pueblos. De una manera tan pública y esplicita fué reconocido
    el ilustre Libertador como jefe supremo del Estado y revestido de las
    mas ámplias facultades.

    El 24 del mismo mes, este hombre, objeto de tantos y tan continuos
    ataques, doblemente realzados por ellos, por sus actos de desinterés y
    por su heróica perseverancia en el fin que se habia propuesto desde el
    principio de la campaña de la independencia; este hombre, digno de un
    pueblo, no mejor, pero sí mas ilustrado, comenzó á legislar en
    importantes materias, suprimiendo la Vice-Presidencia y dando al Consejo
    de Estado una forma nueva y mas adecuada á las necesidades que
    le rodeaban.

    Llegó á tan alto grado el encono de sus adversarios políticos, que
    conjurándose contra él, dominados por el criminal objeto de arrancarle
    el mando con la vida á un mismo tiempo, apellidándole _tirano de la
    patria_, el 25 de Setiembre atacaron de mano armada en Bogotá el palacio
    á la hora de la media noche, despues de asesinar á los centinelas, y
    lograron penetrar hasta la estancia del Libertador; afortunadamente pudo
    este salvarse arrojándose á la calle desde una ventana que por falta de
    prevision de parte de los agresores habia quedado sin custodia alguna.
    Una vez libre, pudo luego con su actividad y energia de costumbre tomar
    las medidas necesarias; y habiendo sido aprehendidos los conjurados,
    todos pagaron con la vida su temeraria empresa menos el general
    Santander, complicado tambien en la trama y á quien la última pena fué
    conmutada por Consejo de gobierno en la de destierro con privacion
    del empleo.

    De esta manera, y con la convocacion de un Congreso en Bogotá para el 2
    de Enero de 1830, el cual vendria investido con el carácter de
    Constituyente, cerraba sus puertas el año 1828, año lleno de malestar
    por la efervescencia de los partidos en que estaba dividida la opinion
    pública del pais, tanto mas temible cuanto que se alzaba en el corazon
    de hombres vigorosos y avezados á los azares de la guerra.

    Fácil es comprender que á pesar de tan enérgicas medidas el mal no
    habria cesado; y asi era en efecto. Siguió sorda y lentamente bullendo
    en los ánimos de los descontentos durante el año 1829, y arraigándose
    mas profundamente toda vez que el peso del poder no le permitia salir á
    la superficie; pero como el momento señalado para la instalacion del
    Congreso se acercase, publicó Bolívar un manifiesto en que autorizaba á
    los pueblos para que pudiesen emitir libremente su dictamen, ya por
    medio de la imprenta, ya por otro cualquiera de los permitidos por
    la ley.

    A una reunion provocada por el jefe general de policia, que lo era
    Arismendi, acudieron varios vecinos notables de Carácas con el fin de
    tratar de las peticiones que debian elevarse al Congreso. Una carta
    circular de Paez los animaba tambien á emitir sus opiniones con plena
    franqueza y libertad. Asi es que acordaron pedir á la autoridad superior
    civil de su provincia se convocase el pueblo á una Asamblea general,
    súplica que fué atendida, ordenándose inmediatamente la convocatoria.
    Esta Asamblea, legalmente constituida en la capital el 26 de Noviembre,
    resolvió: "desconocer la autoridad del Libertador; separar á Venezuela
    del gobierno de Bogotá; consultar la voluntad de los antiguos
    departamentos de aquella, invitándoles á que por medio de un cuerpo
    constituyente reconociesen, defendiesen y manifestasen públicamente la
    separacion que de aquel gobierno intentaban los venezolanos, todo lo
    cual quedó consignado." Por último, decidieron "que el general Paez se
    encargase del mando de los departamentos en tanto se verificara la
    instalacion del nuevo Congreso."

    No reinaba menos agitacion entre los granadinos. El 2 de Enero de 1830,
    constituidos en comision preparatoria varios miembros del Congreso de
    Colombia en Bogotá, dieron principio á sus tareas, y el 4 se pusieron de
    acuerdo sobre la conveniencia de hacer que Bolívar en persona instalase
    el Congreso para demostrar á los pueblos la buena armonia en que sus
    representantes se hallaban con el padre de la patria, llamándole á fin
    de combinar los medios mas acertados de conjurar las calamidades que
    amenazaban al pais. Acudió Bolívar al llamamiento, y el 20 del mismo
    mes, cinco dias despues de su llegada á Bogotá, dejó instalado el
    Congreso, renunciando formalmente á la presidencia que se le habia
    conferido; pero su renuncia fué desechada, exigiéndole que hasta que la
    Constitucion quedase sancionada y nombrados los funcionarios superiores
    en el órden político, para cortar las alas á la anarquia conservase su
    autoridad, único medio que el Congreso estimaba hábil en aquellas
    amenazadoras circunstancias.

    En efecto, el 29 de Abril quedó sancionado el Código político y,
    nombrados como Presidente y Vice-Presidente, para el primer cargo
    Joaquin Mosquera y para el segundo el general Domingo Caicedo, tuvo fin
    la dictadura. Doce dias despues cerraba el Congreso las sesiones de
    aquella Asamblea legislativa, que fué la postrera de las reunidas á
    nombre y en representacion de Colombia.

    El Libertador de la América del Sud, reducido ya á la simple condicion
    de ciudadano, el 8 de Mayo salió para Cartagena con objeto de pasar á
    Europa; y al despedirse de los constituyentes, herido en lo intimo de su
    noble corazon de patriota, no por su separacion del alto cargo que hasta
    alli habia ejercido, el cual tantas y tantas veces como al presente
    renunciara leal y dignamente, ni tampoco lastimado en su ambicion,
    puesto que solo se retiraba "rico de honores y de gloria;" pronunció
    estas notables palabras: _Me ruborizo al pensarlo, pero la independencia
    es el único bien que hemos conquistado á costa de todos los demás._

    En Venezuela, mientras tanto, con fecha 13 de Enero, el general Paez
    expedia dos decretos, uno por el cual creaba para el despacho de un
    gobierno provisional tres ministerios de Estado, cuyas funciones debian
    ejercer, en Guerra y Marina, el general Soublette; en Interior, Justicia
    y Policia, el Dr. Miguel Peña; en Hacienda y Relaciones exteriores, el
    Licenciado Diego Bautista Urbaneja; y el otro concerniente á la manera
    con que debia precederse para las elecciones del Congreso
    Constituyente, que constando al menos de las dos terceras partes, debia
    reunirse en Valencia el dia 30 de Abril.

    Instalado este el 8 de Mayo, su primer acto fué la confirmacion del
    poder ejecutivo de que Paez estaba investido hasta nueva resolucion del
    Congreso, cuyas tareas quedaron terminadas el 22 de Setiembre,
    sancionando un Código fundamental por el que declaraba: "que el gobierno
    de Venezuela es y será siempre republicano, popular, representativo,
    responsable y de eleccion," dividiendo la potestad suprema en judicial,
    legislativa y ejecutiva, con un cuarto poder exclusivamente destinado á
    entender en la parte municipal. De este modo la forma adoptada era un
    término medio entre el centralismo y el federalismo. El poder ejecutivo
    quedaba á cargo de un magistrado con el título de Presidente de la
    República, y tanto este cargo como el de Vice-Presidente, cesaban á los
    cuatro años en sus funciones, no siendo reelegibles sino despues de
    pasar por lo menos un período constitucional. Cuatro secretarios
    responsables serian elegidos por el Presidente para el ejercicio de su
    ministerio. El poder legislativo constaria de un Congreso popular,
    dividido en dos Cámaras, una de diputados representantes y otra de
    senadores, elegidos tambien por solo cuatro años.

    Este fué el último resultado que alcanzó á ver Bolívar, el hombre cuyos
    esfuerzos bastaron á conquistar la independencia de su pais, y los
    cuales fueron impotentes para conservar la integridad de Colombia. Desde
    este momento, perseguido por la idea de la inevitable ruina de la nacion
    que á costa de su sangre y de casi toda su fortuna habia logrado sacar
    de la nada, herido mortalmente en su tierna y constante afeccion hácia
    su adorada patria, el 17 de Diciembre, á la una de la tarde y los 47
    años de edad, espiró en la quinta de San Pedro, situada á corta
    distancia de Santa Marta, dirigiendo la expresion de su último
    sacrificio á los pueblos de Colombia en estos memorables palabra: Si _mi
    muerte contribuye á que cesen los partidos y la union se consolide, yo
    bajaré tranquilo al sepulcro_.

    ¿Podia exigirse mas del heróico Libertador de la América del Sud? Sus
    restos descansan en la Santa Iglesia metropolitana de Carácas desde el
    17 de Diciembre de 1842, despues de haber permanecido doce años justos
    entre los granadinos. ¡Cosa extraña! el general José Antonio Paez era
    Presidente de la República de Venezuela cuando el Congreso sancionaba la
    traslacion de las preciosas cenizas del Padre de la Patria.

    FIN.