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  • Buena Nueva de acuerdo a Juan Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Buena Nueva de acuerdo a Juan Traducción de dominio público abierta a mejoras

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    construcción del Reino de Dios que creemos se logra haciendo la
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    Buena Nueva de acuerdo a Juan

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    [1]

    1

    001:001 Al comienzo estaba la Palabra[2] la cual estaba con Dios y la
    Palabra era Dios [3].
    001:002 Lo mismo era al comienzo con Dios [4].
    001:003 Todas las cosas fueron creadas a través de Él. Sin Él no se
    habría creado nada de lo que se ha creado.
    001:004 En Él estaba la vida, y la vida fue la luz de los hombres.
    001:005 La luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no la
    subyugó[5].
    001:006 Llegó un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan.
    001:007 El mismo vino como un testigo, para atestiguar sobre la luz
    para que todos pudieran creer a través de él.
    001:008 Él no era la luz, pero fue enviado para poder dar testimonio
    sobre la luz.
    001:009 La luz verdadera que ilumina a todos estaba llegando al
    mundo[6].

    001:010 Él estaba en el mundo y el mundo fue hecho a través de Él, y
    el mundo no lo reconoció.
    001:011 Él vino a sus propios y aquellos que eran sus propios no lo
    recibieron.
    001:012 Pero a cuantos lo recibieron, a ellos les dio el derecho[7] de
    convertirse en hijos de Dios, aquellos que creyeron en su
    nombre:
    001:013 quienes no nacieron de la sangre, ni del deseo de carne, ni
    del deseo del hombre sino de Dios.
    001:014 La palabra se convirtió en carne y vivió entre nosotros. Vimos
    su gloria, tal gloria como la del único Hijo del Padre, lleno
    de gracia y verdad.
    001:015 Juan dio testimonio de Él. Gritó diciendo « Este es aquel del
    que yo decía, `Él que viene detrás mi me sobrepasa porque Él
    estaba antes que yo.´»
    001:016 De su abundancia todos hemos recibido gracia sobre gracia[8].
    001:017 Pues la ley fue dada a través de Moisés. La gracia y la
    verdad[9] llegaron a través de Jesús Cristo.
    001:018 Nadie ha visto a Dios en ningún momento. El único Hijo[10],
    que esta en el corazón del Padre, Él lo ha declarado.

    001:019 Este es el testimonio de Juan, cuando los Judíos mandaron
    sacerdotes y Levitas de Jerusalén a preguntarle, «¿Quien
    eres?»

    001:020 El confesó, y no lo negó, sino que declaró, «Yo no soy el
    Cristo. »

    001:021 Ellos le preguntaron, «¿Entonces quién? ¿Eres Elías?»
    Él dijo, «Yo no soy.»
    «¿Eres tu el Profeta?»
    Él contestó, «No»

    001:022 Ellos le dijeron entonces, «¿Quién eres? Danos una respuesta
    para llevarla a los que nos enviaron. ¿Qué dices sobre ti
    mismo?»

    001:023 Él dijo, «Soy la voz de alguien que grita en el desierto,
    `Enderecen el camino del Señor,´ como el profeta Isaías
    dijo.»

    001:024 Los que habían sido enviado eran de los fariseos.
    001:025 Le preguntaron, «¿Por qué bautizas, si no eres Cristo, ni
    Elías, ni el Profeta?»

    001:026 Juan les contestó, «Yo bautizo en agua, pero entre ustedes hay
    uno que ustedes no conocen.
    001:027 Él es quien viene después de mí, pero que está antes de
    mi[11], de quien no soy digno de amarrar sus sandalias.»
    001:028 Estas cosas ocurrieron en Betania más allá del Jordán [12] ,
    donde Juan estaba bautizando.

    001:029 Al día siguiente,vio a Jesús llegando donde él, y le dijo, «¡
    Observen, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!
    001:030 Este es de quien yo he dicho, `Después de mi viene un hombre
    que es preferido sobre mi, porque Él estaba antes que yo.´
    001:031 No lo conocía, pero por esta razón yo vine bautizando con
    agua: para que Él fuera revelado a Israel.»
    001:032 Juan dio testimonio diciendo, «He visto al Espíritu
    descendiendo como una paloma del cielo, y permaneció sobre Él.
    001:033 Yo no lo reconocía, pero aquel que me envió a bautizar en
    agua, me dijo, `En quien veas al Espíritu descendiendo y
    permaneciendo sobre Él, será el mismo que bautiza en el
    Espíritu Santo.´
    001:034 Yo he visto, y doy testimonio que este es el Hijo de Dios.»

    001:035 Nuevamente al día siguiente[13], Juan se encontraba con dos de
    sus discípulos,
    001:036 vio a Jesús cuando se acercaba y dijo, «¡ Observen, el Cordero
    de Dios!»
    001:037 Los dos discípulos lo escucharon hablar, y siguieron a Jesús.
    001:038 Jesús se dio vuelta, los vio siguiéndolo, y les dijo, «¿Qué
    están buscando?»
    Ellos le dijeron, «Rabí» (lo cual se interpreta como
    Maestro[14]) « ¿Dónde te estás quedando?»

    001:039 Él les dijo, «Vengan y vean.»
    Fueron y vieron donde se estaba quedando, y se quedaron con Él
    ese día. Era aproximadamente la décima hora[15].
    001:040 Uno de los dos que habían escuchado a Juan, y lo había seguido
    era Andrés, hermano de Simón Pedro.
    001:041 Primero encontró a su propio hermano Simón y le dijo «Hemos
    encontrado al Mesías!» (que se interpreta como Cristo [16]).
    001:042 Lo llevo donde Jesús. Jesús lo miró, y dijo, «Tu eres Simón,
    el hijo de Jonás[17] . Tu serás llamado Cefas» (que se
    interpreta como Pedro [18]).
    001:043 Al día siguiente, estaba determinado a ir a Galilea, y
    encontró a Felipe. Jesús le dijo, «Sígueme.»
    001:044 Ocurría que Felipe era de la ciudad de Betsaida[19], de la
    ciudad de Andrés y Pedro.
    001:045 Felipe encontró a Natanael, y le dijo, «Lo hemos encontrado, a
    aquel sobre quienes escribieron los profetas y Moisés en la
    ley: Jesús de Nazaret, el hijo de José.»

    001:046 Natanael le dijo, «¿Puede algo bueno venir de Nazaret?»
    Felipe le dijo, «Ven y ves.»

    001:047 Jesús vio a Natanael acercándose, y le dijo, «¡Observen, un
    Israelita de verdad, en quien no hay fraude!

    001:048 Natanael le dijo, «¿Cómo me conoces?»
    Jesús le contestó, «Antes de que Felipe te llamara, cuando
    estabas debajo del árbol de higos, te vi.»

    001:049 Natanael le contestó, «Rabí, ¡Tu eres el Hijo de Dios! ¡Tu
    eres el Rey de Israel!»

    001:050 Jesús le contestó, «¿Crees porque te dije, `Te vi debajo del
    árbol de higos´? ¡Verás cosas más grande que estas!»
    001:051 Le dijo, « Con seguridad, te digo, desde ahora verás el cielo
    abierto, y a los ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo
    sobre el Hijo del Hombre.»

    2

    002:001 Al tercer día, hubo una boda en Caná de Galilea. La madre de
    Jesús estaba allí.
    002:002 Jesús también fue invitado a la boda junto con sus discípulos.
    002:003 Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo, « No
    tienen más vino.»

    002:004 Jesús le dijo, «Mujer, ¿Qué tiene que ver eso contigo o
    conmigo[20 ]? Mi hora aún no ha llegado.»

    002:005 Su madre le dijo a los criado, «Lo que sea que él les diga,
    háganlo.»
    002:006 Habían seis jarras de piedra ubicadas de acuerdo a la forma
    Judía de purificar[21], contenían dos o tres metretes [22]
    cada una.
    002:007 Jesús les dijo, «Llenen las jarras con agua.» Ellos las
    llenaron hasta el borde.
    002:008 El les dijo, «Ahora saquen algo, y llévenlo al anfitrión de la
    fiesta.» Entonces así lo hicieron.
    002:009 Cuando el anfitrión de la fiesta probó el agua, entonces
    convertida en vino, sin saber de donde venia (aunque los
    criados que habían tomado el agua lo sabían), llamó al recién
    casado,
    002:010 y le dijo, «Todos sirven el vino bueno primero, y cuando los
    invitados han bebido libremente[23], el que es peor. ¡Tu has
    guardado el vino bueno hasta ahora!»
    002:011 Esto da comienzo a las señales que Jesús hizo en Caná de
    Galilea, y reveló su gloria; y sus discípulos creyeron en Él.

    002:012 Después de esto, siguió hacia Capernaum, Él, su madre, sus
    hermanos[24] , y sus discípulos; y permanecieron allí algunos
    días.
    002:013 La Pascua de los Judíos estaba a mano, y Jesús se dirigía a
    Jerusalén.
    002:014 En el templo encontró a algunos que vendían bueyes, ovejas y
    palomas y a cambiadores de dinero sentados.
    002:015 Hizo una correa con cuerdas, y los sacó a todos del templo,
    junto con ovejas y bueyes, regó el dinero de los cambiadores y
    y volteó sus mesas.
    002:016 A los que vendían palomas, les dijo, «¡Saquen de aquí estas
    cosas! ¡No hagan de la casa de mi Padre un mercado!
    002:017 Sus discípulos recordaron que estaba escrito «El fervor por tu
    casa me consume.»

    002:018 Los Judíos entonces le dijeron, «¿Qué señal nos muestras, en
    vista de que haces estas cosas?»

    002:019 Jesús les contestó, «Destruyan este templo, y en tres días lo
    levantaré.»

    002:020 Los Judíos entonces le dijeron, «Este templo estuvo en
    construcción durante cuarenta y seis años, ¿Y tu lo levantarás
    en tres días?»
    002:021 Pero Él hablaba del templo de su cuerpo.
    002:022 Después, cuando se levantó de entre los muertos, sus
    discípulos recordaron que había dicho esto, y creyeron en la
    Escritura, y en la palabra que Jesús había dicho.

    002:023 Cuando estuvo en Jerusalén en la Pascua, durante la fiesta,
    muchos creyeron en su nombre, al ver las señales que hacía.
    002:024 Pero Jesús no se confiaba de ellos, porque los conocía a todos
    002:025 y porque no necesitaba que alguien diera testimonio sobre los
    hombres; porque Él mismo conocía lo que estaba dentro de los
    hombres.

    3

    003:001 Ocurrió que había un hombre de los fariseos llamado Nicodemo,
    un dirigente de los Judíos.
    003:002 El mismo fue donde Jesús en la noche, y le dijo, «Rabí,
    sabemos que eres un maestro venido de Dios, porque nadie puede
    hacer estas señales que haces, a menos que Dios esté con él.»

    003:003 Jesús le contestó, «Con seguridad, te digo, a menos que se
    nazca de nuevo[25], no es posible ver el Reino de Dios.»

    003:004 Nicodemo le dijo, «¿Cómo puede un hombre nacer cuando es
    viejo? ¿ Puede entrar una segunda vez al vientre de su madre y
    nacer?»

    003:005 Jesús le contestó, «Con seguridad te digo, a menos que se
    nazca de agua y espíritu, ¡No se puede entrar al Reino de
    Dios!
    003:006 Porque lo que nace de carne es carne. Lo que nace del Espíritu
    es espíritu.
    003:007 No te maravilles porque te digo, `Debes nacer de nuevo.´
    003:008 El viento[26] sopla donde quiere, y tu escuchas su sonido,
    pero no sabes de donde viene ni a donde va. Así es todo aquel
    que nace del Espíritu.»

    003:009 Nicodemo le contestó, «¿Cómo pueden ser estas cosas?»

    003:010 Jesús le contestó, «¿Eres el profesor de Israel, y no
    entiendes estas cosas?
    003:011 Con seguridad te digo, hablamos de aquello que conocemos, y
    damos testimonio de aquello que hemos visto, y tu no haz
    recibido nuestro testimonio.
    003:012 Si yo les digo cosas terrenales y ustedes no creen, ¿Cómo
    creerán si les digo cosas del cielo?
    003:013 Nadie ha ascendido al cielo, excepto aquel que descendió del
    cielo, el Hijo del Hombre, quien está en el cielo[27].
    003:014 Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe
    ser levantado el Hijo del Hombre,
    003:015 para que cualquiera que crea en Él no perezca, sino que tenga
    vida eterna.
    003:016 Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su único Hijo,
    para que cualquiera que crean en Él no perezca, sino que tenga
    vida eterna.
    003:017 Porque Dios no envió su Hijo al mundo a juzgarlo[28], sino a
    que el mundo fuera salvado[29] por intermedio de Él.
    003:018 Aquel que cree en Él no es juzgado. Aquel que no crea ya ha
    sido juzgado, porque no ha creído en el nombre del único Hijo
    de Dios.
    003:019 Este es el juicio, que la luz ha venido al mundo, pero los
    hombres amaban la oscuridad en lugar de la luz; pues sus obras
    eran malas.
    003:020 Porque todo aquel que hace el mal odia la luz, y no viene a la
    luz por temor a que sus obras queden expuestas.
    003:021 Pero aquel que practica la verdad viene a la luz, para que sus
    obras puedan ser reveladas, pues han sido hechas en Dios.»

    003:022 Después de estas cosas, Jesús fue con sus discípulos a la
    tierra de Judea. Allí se quedaron, y bautizaron.
    003:023 Juan también estaba bautizando en Enón cerca de Salim, porque
    había mucha agua allí. Ellos fueron para ser bautizados[30].
    003:024 Porque Juan aún no había sido arrojado a la prisión.
    003:025 Allí se llego a una pregunta por parte de los discípulos de
    Juan[31]con algunos judíos [32] sobre la purificación.
    003:026 Llegaron donde Juan y le dijeron, «Rabí, aquel que estaba
    contigo mas allá del Jordán,[33] de quien has dado testimonio,
    bautiza también y todos van a Él.»

    003:027 Juan contestó, «Un hombre no puede recibir nada si no le ha
    sido dado por el cielo.
    003:028 Ustedes dan testimonio por lo que dije, `Yo no soy el Cristo,´
    sino[34] que, `he sido enviado antes de Él.´
    003:029 Aquel que tiene la novia es el novio; pero el amigo del novio,
    que se mantiene a la escucha, se alegra con la voz del novio.
    Esta, mi felicidad, está entonces completa.
    003:030 El debe crecer mientras que yo debo disminuir.
    003:031 Aquel que viene de arriba está arriba de todos. Aquel que es
    de la tierra pertenece a la tierra y habla sobre ella. Aquel
    que viene del cielo está sobre todos.
    003:032 Lo que Él ha escuchado y visto, de eso da testimonio; pero
    nadie recibe su testimonio.
    003:033 Aquel que reciba su testimonio ha puesto su sello en esto, que
    en verdad es Dios. [35]
    003:034 Porque aquel al que Dios ha enviado habla las palabras de
    Dios; pues Dios da Espíritu sin medida.
    003:035 El Padre ama al Hijo, y le ha dado todas las cosas en su mano.
    003:036 Quien cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien
    desobedece[36] al Hijo no verá la vida, sino que la
    indignación de Dios permanecerá en Él.»

    4

    004:001 Así que cuando el Señor[37] supo que los fariseos habían oído
    que Él estaba haciendo y bautizando más discípulos que Juan
    004:002 (aunque Jesús mismo no los bautizaba, sino sus discípulos),
    004:003 dejó Judea, y salió hacia Galilea.
    004:004 Necesitó pasar por Samaria.
    004:005 Así que fue a una ciudad de Samaria, llamada Sicar, cerca a la
    parcela de tierra que Jacob dio a su hijo, José.
    004:006 El pozo de Jacob[38] estaba allí. Jesús entonces, cansado de
    su viaje, se sentó cerca al pozo. Era cerca de la sexta
    hora[39].
    004:007 Una mujer de Samaria vino a sacar agua. Jesús le dijo, «Dame
    de beber.»
    004:008 Porque sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar
    alimentos.

    004:009 Entonces la mujer samaritana le dijo, «¿Cómo es esto que tu,
    siendo Judío, me pides de beber a mí, una mujer samaritana?»
    (Porque los Judíos no tenían trato con los samaritanos.)

    004:010 Jesús le contestó, «Si tu conocieras los regalos de Dios,[40]
    y quien es quien te dice, `Dame de beber,´ le habrías pedido y
    Él te habría dado agua viva.»

    004:011 La mujer le dijo, «Señor, tu no tienes con que sacarla, y el
    pozo es profundo. ¿De donde entonces tienes agua viva?
    004:012 ¿Eres más grande que nuestro padre, Jacob, quien nos dio este
    pozo, y bebió de aquí él mismo, como hicieron sus niños, y sus
    rebaños?»

    004:013 Jesús le contestó, «Todo aquel que beba de esta agua volverá a
    tener sed,
    004:014 pero aquel que beba del agua que yo le de, no volverá a tener
    sed; sino que el agua que yo le de será en él una fuente de
    agua que salta a la vida eterna [41].»

    004:015 La mujer le dijo, «Señor, dame de esa agua, para no tener sed
    de nuevo, y para no tener que recorrer todo el camino hasta
    aquí a sacar.»

    004:016 Jesús le dijo, «Ve, llama a tu marido, y vuelve.»

    004:017 La mujer le contestó, «No tengo marido.»
    Jesús le dijo, «Dijiste bien, `No tengo marido,´
    004:018 porque tuviste 5 maridos; y con el que estás ahora no es tu
    marido. Esto que has dicho es verdad.»

    004:019 La mujer le dijo, «Señor, percibo que eres un profeta.
    004:020 Nuestros padres alabaron en estas montañas, y ustedes los
    Judíos dicen que en Jerusalén es el sitio donde la gente
    debería adorar.»

    004:021 Jesús le dijo «Mujer, creeme, vendrá la hora, cuando ni en
    esta montaña, ni en Jerusalén, alabarán al Padre [42].
    004:022 Ustedes alaban lo que no conocen. Nosotros alabamos lo que
    conocemos; porque la salvación es de los Judíos.
    004:023 Pero la hora llega, y ahora es, cuando el verdadero adorador
    alabará al Padre en espíritu y verdad; porque el Padre busca
    aquellos para que sean quienes lo alaben[43].
    004:024 Dios es Espíritu, y aquellos que lo alaban, deben alabar en
    espíritu y verdad.»

    004:025 La mujer le dijo, «Yo se que el Mesías viene,» (aquel que es
    llamado Cristo[44]). «Cuando venga, nos declarará todas estas
    cosas.»

    004:026 Jesús le dijo, «Yo soy Él. Quien contigo habla.»
    004:027 Entonces llegaron sus discípulos. Se maravillaron porque Él
    hablaba con una mujer; aunque ninguno dijo, «¿Qué estás
    buscando?»[45] o «¿Por qué hablas con ella?»
    004:028 Así que la mujer dejó su jarra de agua, y fue a la ciudad, y
    le dijo a la gente,
    004:029 «Vengan, vean a un hombre que me ha dicho todo lo que he
    hecho. ¿Puede este ser el Cristo?»

    004:030 La gente salió de la ciudad, y fue donde Él.
    004:031 Mientras tanto, los discípulos lo apuraron diciendo, «Rabí,
    come.»

    004:032 Pero Él les dijo, «Tengo alimento para comer[46], del que
    ustedes no saben»

    004:033 Los discípulos entonces se dijeron unos a otros, «¿Alguien le
    ha traído algo de comer?»

    004:034 Jesús les dijo, «Mi alimento es hacer la voluntad del que me
    envió, y completar su trabajo[47].
    004:035 ¿No dicen ustedes, `Aún quedan cuatro meses para la cosecha?´
    Observen, les digo levanten sus ojos y vean los campos que ya
    están blancos[48] para la cosecha.
    004:036 Aquel que recoge recibe jornal, y recoge fruto para la vida
    eterna; para que tanto el que cultiva como el que recoge
    puedan disfrutar juntos.
    004:037 Porque esta frase es cierta, `Uno siembra, y otro recoge. ´
    004:038 Los envié a recoger aquello por lo que no han trabajado. Otros
    lo han trabajado, y ustedes han entrado en su trabajo.»

    004:039 Muchos de la ciudad de los Samaritanos creyeron en Él por las
    palabras de la mujer que había dado testimonio, «Me dijo todo
    lo que había hecho.»
    004:040 Así que cuando los samaritanos fueron donde Él, le rogaron
    quedarse con ellos. Él se quedó allí dos días.
    004:041 Muchos más creyeron por causa de su palabra.
    004:042 Le dijeron a la mujer, « Ahora creemos, no por lo que has
    dicho; sino porque lo hemos oído por nosotros mismos, y
    sabemos que de hecho este es el Cristo[49], el Salvador del
    mundo.»

    004:043 Después de dos días Él salio de allí y fue a Galilea.
    004:044 Porque Jesús mismo dio testimonio que un profeta no tiene
    honor en su propia tierra.
    004:045 Así que cuando fue a Galilea, la gente de Galilea lo recibió,
    habiendo visto todas las cosas que hizo en Jerusalén durante
    la fiesta, porque ellos también habían ido a la fiesta.
    004:046 Entonces Jesús fue de nuevo a Cana en Galilea, donde había
    convertido el agua en vino. Había cierto hombre noble[50] cuyo
    hijo estaba enfermo en Capernaum.
    004:047 Cuando escuchó que Jesús había salido de Judea hacia Galilea,
    fue donde Él, y le rogó que viniera y sanara a su hijo, porque
    estaba a punto de morir.
    004:048 Jesús entonces le dijo, «A menos que ustedes vean señales y
    maravillas, no creerán de forma alguna.»

    004:049 El hombre noble le dijo, «Señor, ven antes de que mi niño
    muera.»
    004:050 Jesús le dijo, «Ve por tu camino. Tu hijo vive.» El hombre
    creyó la palabra que Jesús le había dicho, y fue por su
    camino.
    004:051 Mientras se acercaba, sus siervos lo encontraron y le
    reportaron «¡Tu hijo vive!»
    004:052 Así que Él les preguntó la hora a la que había empezado a
    mejorar. Ellos entonces le dijeron, «Ayer a la séptima
    hora[51] la fiebre lo abandonó.»
    004:053 Así que el padre sabiendo que esa era la hora en la que Jesús
    le había dicho, «Tu hijo vive.» Creyó, así como su casa
    entera[52].
    004:054 Es es nuevamente la segunda señal que Jesús hizo, saliendo de
    Judea hacia Galilea.

    5

    005:001 Después de esto, hubo una fiesta de los Judíos, y Jesús fue a
    Jerusalén.
    005:002 En Jerusalén por la puerta de las ovejas[53], hay una
    piscina[54], llamada en Hebreo, «Betesda[55],» la cual tiene
    cinco pórticos.
    005:003 En estos yacía una gran multitud de enfermos, ciegos,
    inválidos y paralíticos que esperaban el movimiento del agua;
    005:004 porque un ángel del Señor bajaba en ocasiones a la piscina, y
    agitaba el agua. Quien entrara primero después de la agitación
    quedaba limpio de cualquier enfermedad que tuviera. [56]
    005:005 Cierto hombre estaba allí, había estado enfermo por treinta y
    ocho años.
    005:006 Cuando Jesús lo vio yaciendo allí, y supo que había estado
    enfermo por un largo tiempo, le preguntó, «¿Deseas ser
    sanado?»

    005:007 El hombre enfermo le contestó, «Señor, no tengo nadie que me
    ponga en la piscina cuando el agua se agita, mientras llego
    otro entra antes que yo.»

    005:008 Jesús le dijo, «Levántate, toma tu camilla y camina.»

    005:009 Inmediatamente, el hombre sanó, tomó su camilla y caminó.
    Ocurrió que ese día era sabático[57].
    005:010 Así que los Judíos le dijeron al que había sino sanado, «Es el
    día sabático. No es permitido para ti cargar la camilla.»

    005:011 Él les contestó, «Aquel que me sanó, también me dijo, `Toma tu
    camilla y camina.´»

    005:012 Después ellos le preguntaron, «¿Quién es el hombre que te
    dijo, `Toma tu camilla y camina´?»

    005:013 Pero aquel que fue curado no sabía quien lo había hecho,
    porque Jesús se había ido[58] y había una multitud en el
    lugar.

    005:014 Luego Jesús lo encontró en el templo, y le dijo «Pon atención,
    ya estas sano, no peques más, para que nada peor te suceda.»

    005:015 El hombre se fue, y le dijo a los judíos que había sido Jesús
    quien lo había sanado.
    005:016 Por esto los judíos persiguieron a Jesús, y buscaban matarlo,
    porque hizo estas cosas el día sabático.
    005:017 Pero Jesús les contestó, «Mi Padre aún está trabajando, así
    que yo estoy trabajando, también.»
    005:018 Por esta razón los judíos buscaban aún más matarlo, porque no
    sólo rompía el día sabático, sino también llamaba su Padre a
    Dios, haciéndose Él mismo igual a Dios.
    005:019 Jesús entonces les contestó, «Con seguridad, les digo, el Hijo
    no puede hacer nada por si mismo, sino lo que ve hacer al
    Padre. Porque cualquier cosa que Él haga, así mismo las hace
    el Hijo.
    005:020 Porque el Padre tiene afecto por el Hijo, y le muestra todas
    las cosas que Él mismo hace. Él le mostrará obras más grandes
    que está, para que puedan maravillarse.
    005:021 Porque así como el Padre resucita a los muertos y les da vida,
    también el Hijo le da vida a quien Él desee.
    005:022 Porque el Padre no juzga a nadie, pero le ha dado todo juicio
    al Hijo,
    005:023 para que todos puedan honrar al Hijo, así como alaban al
    Padre. Aquél que no honre al Hijo no honra al Padre que lo
    envió.

    005:024 «Con seguridad les digo, aquel que escuche mi palabra, y
    creerá en quien me envió, tiene vida eterna, y no va a
    juicios, sino que ha pasado de muerto a vivo.
    005:025 Con seguridad les digo, llega la hora, y es ahora, cuando los
    muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y aquellos que escuchen
    vivirán.
    005:026 Porque así como le Padre tiene vida en si mismo, así le dio al
    Hijo también para tener vida en si mismo.
    005:027 También le dio su autoridad para ejercer juicios, porque Él es
    un hijo de hombre[59].
    005:028 No se maravillen de esto, porque la hora llega, en la que
    todos los que están en las tumbas oirán su voz,
    005:029 y saldrán; aquellos que han hecho bien, a la resurrección de
    la vida; y aquellos que han hecho mal, a la resurrección del
    juicio.
    005:030 Por mi mismo no puedo hacer nada. Cuando escucho[60], juzgo, y
    mi juicio es justo; porque no busco mi propia voluntad, sino
    la voluntad de mi Padre quien me envió.

    005:031 «Si doy testimonio sobre mi mismo, mi testimonio no es
    válido.
    005:032 Es otro quien da testimonio sobre mi. Se que el testimonio que
    da sobre mí es cierto.
    005:033 Ustedes han sido[61] enviados a Juan, y él ha dado testimonio
    a la verdad.
    005:034 Pero el testimonio que recibo no es de hombres. Aunque, digo
    estas cosas para que se puedan salvar.
    005:035 Él era la lampara brillante y encendida, y ustedes estaban
    ansiosos por alegrarse un tiempo en su luz.
    005:036 Pero el testimonio que tengo es más grande que el de Juan,
    pues los trabajos que el Padre me dio para cumplir, los
    trabajos precisos que hago, dan testimonio sobre mi: que el
    Padre me ha enviado.
    005:037 El Padre mismo, quien me envió, ha dado testimonio sobre mí.
    Ustedes no han oído su voz en momento alguno, ni han visto su
    forma.
    005:038 Ustedes no tienen su palabra viva en ustedes; porque no creen
    en aquel que Él envío.

    005:039 «Buscan las Escrituras, porque piensan que en ellas tienen
    vida eterna; y estas son las que dan testimonio sobre mí.
    005:040 Pero ustedes no desean venir a mí[62], para poder tener vida.
    005:041 No recibo gloria de los hombres.
    005:042 Pero se, que ustedes no tienen el amor de Dios en ustedes
    mismos.
    005:043 Yo he venido en nombre de mi Padre, y ustedes no me reciben.
    Si otro viene en su propio nombre, ustedes lo recibirán.
    005:044 ¿Cómo pueden ustedes creer, que reciben gloria quienes se
    alaban unos a otros[63], y no buscan la gloria que viene del
    único Dios?

    005:045 «No piensen que los acusaré ante el Padre. Hay uno que los
    acusará, Moisés[64], en quien ustedes han puesto su
    esperanza.
    005:046 Porque si creyeran en Moisés, creerían en mí, pues él escribió
    sobre mi.
    005:047 Pero si no creen sus escritos, ¿Cómo creerán mis palabras?»

    6

    006:001 Después de estas cosas, Jesús fue al otro lado del lago[65]
    Galilea, que también es llamado el Lago de Tiberias[66].
    006:002 Una gran multitud lo seguía, porque habían visto los milagros
    que hizo con quienes estaban enfermos.
    006:003 Jesús subió a una montaña, y se sentó allí con sus discípulos.
    006:004 Ocurría que la Pascua, la fiesta de los Judíos, estaba a mano.
    006:005 Jesús entonces levantando sus ojos, y viendo que una gran
    multitud venía a Él, le dijo a Felipe, «¿Dónde vamos a comprar
    pan, para que estos puedan comer?»
    006:006 Esto lo dijo para probarlo, porque el mismo sabía lo que
    haría.

    006:007 Felipe contestó, «Doscientos denarios en pan no serían
    suficientes para que cada uno de ellos reciba un poco.»

    006:008 Uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Pedro, le dijo,
    006:009 «Hay un niño aquí que tiene cinco panes de cebada[67] y dos
    pescados, pero ¿Qué es esto para tantos?»

    006:010 Jesús dijo, «Hagan que la gente se siente.» En ese lugar había
    mucho espacio en el pasto. Así que los hombres se sentaron,
    quienes eran alrededor de cinco mil.
    006:011 Jesús tomó los pedazos, y habiendo dado gracias, comenzó a
    distribuirlos a los discípulos, y los discípulos a los que
    estaban sentados[68]; de la misma forma con los peces tanto
    como ellos deseaban.
    006:012 Cuando estuvieron llenos, le dijo a sus discípulos, «Recojan
    los pedazos que quedaron, para que nada se pierda.»
    006:013 Así que los recolectaron, y llenaron doce canastos con los
    restos de las cinco tajadas, que habían dejado los que habían
    comido[69].
    006:014 Entonces cuando la gente vio las señales que Jesús hizo,
    dijeron, «Este es verdaderamente el profeta que viene al
    mundo.»
    006:015 Entonces Jesús, percibiendo que iban a ir y tomarlo por la
    fuerza, para hacerlo rey, se retiró a la montaña. [ 70]

    006:016 Cuando se hizo noche, sus discípulos fueron al lago
    006:017 entraron al bote y fueron por el lago hacia Capernaum. Estaba
    oscuro y Jesús aún no había ido donde ellos.
    006:018 El lago era agitado por un gran viento que soplaba.
    006:019 Entonces, cuando habían remado cerca de veinticinco o treinta
    estadios[71] vieron a Jesús caminando sobre el lago, y
    acercándose al bote; y tuvieron miedo.
    006:020 Pero Él les dijo, «SOY YO. No tengan miedo.»
    006:021 Entonces deseaban recibirlo en el bote. Y de inmediato el bote
    quedó en tierra en el sitio al que se dirigían.

    006:022 Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del lago
    vio que no habían más botes allí excepto en el que se habían
    embarcado los discípulos, y que Jesús no había entrado con sus
    discípulos en el bote, sino que ellos se habían ido solos.
    006:023 Sin embargo llegaron botes de Tiberia cerca al sitio donde
    comieron pan después de que el Señor había dado gracias.
    006:024 Entonces cuando la multitud vio que Jesús no estaba allí, ni
    sus discípulos, ellos mismos entraron en los botes, y fueron a
    Capernaum, buscando a Jesús.
    006:025 Cuando lo encontraron al otro lado del lago, le preguntaron,
    «Rabí, ¿Cuándo viniste aquí?»

    006:026 Jesús les contestó, «Con seguridad les digo, me buscan, no
    porque vieron señales, sino porque comieron pan y quedaron
    llenos.
    006:027 No trabajen por la comida que perece, sino por la comida que
    permanece en la vida eterna, de la cual el Hijo del Hombre les
    dará. Porque Dios el Padre se lo ha concedido.»

    006:028 Ellos entonces le dijeron, «¿Qué debemos hacer, para poder
    realizar los trabajos de Dios?»

    006:029 Jesús les contestó, «Este es el trabajo de Dios, que ustedes
    crean en aquel que Él ha enviado.»

    006:030 Entonces ellos le dijeron, «¿Qué señal haces para que podamos
    ver y creerte? ¿Qué obras realizas?
    006:031 Nuestros padres comieron mana en el desierto. Como está
    escrito, `Él les dio pan del cielo[72] para comer.´»

    006:032 Jesús entonces les dijo, «Con seguridad, les digo, no fue
    Moisés quien les dio pan del cielo, sino mi Padre da el
    verdadero pan del cielo.
    006:033 Porque el pan de Dios es quien viene del cielo, y da vida a
    este mundo.»

    006:034 Entonces le dijeron, «Señor, danos siempre de este pan.»

    006:035 Jesús les dijo, «Soy el pan de la vida. Quien venga a mi no
    tendrá hambre, y aquel que crea en mi nunca estará sediento.
    006:036 Pero ya les dije, que ustedes me han visto, y aún no creen en
    mí.
    006:037 Todos aquellos que mi Padre me de, vendrán a mí. A aquel que
    venga a mí de ninguna forma lo rechazaré.
    006:038 Porque he venido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la
    voluntad de quien me envió.
    006:039 Esta es la voluntad de mi Padre que me ha enviado, que de
    todos los que me ha entregado, no debo perder nada[73], sino
    resucitarlos el último día.
    006:040 Esta es la voluntad del que me envió, que todo el que vea al
    Hijo y crea en Él, tendrá vida eterna; y yo lo resucitaré el
    último día.»

    006:041 Entonces los Judíos murmuraron contra Él, porque dijo, «Soy el
    pan que bajó del cielo.»
    006:042 Dijeron, «¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y
    madre conocemos? ¿Cómo entonces es que Él dice, `Yo he venido
    del cielo?´»

    006:043 Entonces Jesús les contestó, «No murmuren entre ustedes.
    006:044 Nadie puede venir a mí a menos que mi Padre que me envió, lo
    traiga, y yo lo resucitaré en el último día.
    006:045 Está escrito en los profetas, `Todos serán enseñados por
    Dios.´ Así que todo el que oiga del Padre, y haya aprendido,
    viene a mí.
    006:046 Nadie ha visto al Padre, excepto aquel que es de Dios[74]. Él
    ha visto al Padre.
    006:047 Con seguridad, les digo, [75] tiene vida eterna.
    006:048 Soy el pan de la vida[76].
    006:049 Sus padres comieron el mana del desierto, y murieron.
    006:050 Este es el pan que viene del cielo[77], para que cualquiera
    pueda comerlo y no morir.
    006:051 Soy el pan viviente que bajó del cielo. Si alguien come de
    este pan, vivirá por siempre. Si, el pan por el cual le daré
    la vida al mundo es mi carne.»

    006:052 Entonces los Judíos discutieron unos con otros, diciendo,
    «¿Cómo puede este hombre darnos su carne para comer?»

    006:053 Así que Jesús les dijo, «Con seguridad les digo, a menos que
    coman de la carne del Hijo del Hombre y beban su sangre,
    ustedes no tendrán vida en ustedes mismos.
    006:054 Aquel que coma mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna, y
    lo resucitaré en el último día.
    006:055 Porque en verdad mi carne es comida, y en verdad mi sangre es
    bebida.
    006:056 Aquel que coma mi carne y beba mi sangre vive en mí[78], y yo
    en él.
    006:057 Así como el Padre me envió, y yo vivo gracias al Padre; así
    mismo él que se alimente de mí, también vivirá gracias a mí.
    006:058 Este es el pan que bajó del cielo, no es como con el mana que
    nuestros padres comieron y murieron. Aquel que coma este pan
    vivirá por siempre.»
    006:059 Jesús dijo esto en la sinagoga, mientras enseñaba en
    Capernaum.

    006:060 Entonces muchos de sus discípulos, cuando lo escucharon,
    dijeron, «¡Estas son palabras fuertes! ¿Quién puede
    escucharlas?»[79]

    006:061 Pero Jesús sabiendo en su interior lo que los discípulos
    murmuraban sobre esto, les dijo, «¿Esto los perturba?[80]
    006:062 ¿Cómo sería si vieran al Hijo del Hombre ascendiendo al sitio
    donde estaba antes?
    006:063 Es el Espíritu quien da vida. La carne no da ganancia
    alguna[81]. Las palabras que les digo son espíritu, y son
    vida.
    006:064 Pero hay algunos de ustedes que no creen.» Porque desde el
    comienzo Jesús sabía quienes eran, quienes no creían, y quien
    sería el que lo traicionaría.
    006:065 Él dijo, «Por esto les he dicho que nadie viene a mi, a menos
    que le haya sido dado por el Padre.»

    006:066 En esto, muchos de sus discípulos regresaron, y no caminaron
    más con Él.
    006:067 Entonces Jesús les dijo a los doce, «Ustedes no quieren irse,
    ¿O si quieren?»

    006:068 Simón Pedro le contesto, «Señor, ¿A quien iríamos? Tu tienes
    las palabras de la vida eterna.
    006:069 Hemos llegado a creer y sabemos que tu eres Dios
    bendito[82].»

    006:070 Jesús les contesto, «¿No los escogí a los doce? Y uno de
    ustedes un demonio»
    006:071 Él hablaba de Judas, el hijo de Simón Iscariote, porque este
    era el que lo traicionaría, y era uno de los doce.

    7

    007:001 Después de estas cosas, Jesús anduvo por Galilea, no iba por
    Judea, porque los Judíos buscaban matarlo.
    007:002 Ocurría que la fiesta de los Judíos estaba a mano, la fiesta
    de Enramadas.
    007:003 Entonces sus hermanos[83] le dijeron, «Partan de aquí y vayan
    a Judea, para que tus discípulos también puedan ver las obras
    que haces.
    007:004 Porque nadie hace nada en secreto, y cada cual busca ser
    conocido ampliamente[84]. Si haces esto, te das a conocer al
    mundo.»
    007:005 Porque incluso sus hermanos no creían en Él.

    007:006 Entonces Jesús les dijo, «Mi hora no ha llegado, pero su
    tiempo siempre está listo.
    007:007 El mundo no puede odiarlos, pero me odia, porque doy
    testimonio de este, que sus obras son malas.
    007:008 Vayan ustedes a la fiesta. Pero yo no voy a esta fiesta,
    porque mi tiempo aún no se ha cumplido.»

    007:009 Habiéndoles dicho estas cosas, se quedó en Galilea.
    007:010 Pero cuando sus hermanos se habían ido a la fiesta, Él también
    fue, no públicamente sino en secreto.
    007:011 Los Judíos entonces lo buscaron en la fiesta, y dijeron,
    «¿Donde está Él?»
    007:012 Había muchos comentarios entre la multitud con respecto a Él.
    Algunos decían, «Él es un buen hombre.» Otros decían «No es
    así, sino que pierde a la multitud.»
    007:013 Pero nadie hablaba abiertamente de Él por temor a los Judíos.
    007:014 Y cuando estaban en la mitad de la fiesta, Jesús fue al templo
    y enseñó.
    007:015 Los Judíos entonces se maravillaron diciendo, «¿Cómo puede
    conocer este las letras[85], cuando nunca ha sido educado?»

    007:016 Jesús entonces les contestó, «Mi enseñanza no es mía, sino de
    aquél que me envió.
    007:017 Si alguien desea hacer su voluntad, sabrá reconocer la
    enseñanza, bien si viene de Dios, o si hablo por mi mismo.
    007:018 Aquel que habla de si mismo busca su propia gloria, pero aquel
    que busca la gloria del que lo envío es verdad[86], y no hay
    error en Él.
    007:019 ¿Acaso no les dio Moisés la ley, y sin embargo ninguno de
    ustedes acata la ley? ¿Por qué buscan matarme?

    007:020 La multitud le contestó, «¡Tienes un demonio! ¿Quién busca
    matarte?»

    007:021 Jesús les contestó, «Hice una obra, y todos ustedes se
    maravillaron de esta.
    007:022 Moisés les ha dado circuncisión (eso no es de Moisés, sino de
    los padres), y en el día sabático ustedes circuncidan un niño.
    007:023 Si un niño recibe circuncisión el día sabático, sin que la ley
    de Moisés sea quebrantada, ¿Acaso se enojan conmigo porque
    sané a un hombre por completo[87]en el día sabático?
    007:024 No juzguen por las apariencia, en cambio hagan juicios
    justos.»

    007:025 Entonces algunos de los de Jerusalén dijeron, «¿No es este al
    que buscan matar?
    007:026 Observen, habla abiertamente, y no dicen nada de Él. ¿Puede
    ser que los dirigentes de hecho saben que este verdaderamente
    es el Cristo?
    007:027 Sin embargo sabemos de donde viene este hombre, pero cuando el
    Cristo venga, nadie sabrá de donde viene.»

    007:028 Jesús entonces gritó en el templo, enseñando y diciendo,
    «Ustedes me conocen, y saben de donde vengo. No he venido por
    mi mismo, sino verdaderamente por quien me envió[88], a quien
    ustedes no conocen.
    007:029 Lo conozco porque vengo de Él, y Él me envió.»

    007:030 Entonces ellos querían atraparlo, pero nadie puso una mano
    sobre Él, porque su hora aún no había llegado.
    007:031 Pero de la multitud, muchos creían en Él. Decían, «Cuando el
    Cristo venga, no hará más señales que las que ha hecho este
    hombre, ¿No es así?»
    007:032 Los fariseos escucharon a la multitud murmurando estas cosas
    sobre Él, y los sacerdotes jefes y los fariseos enviaron
    oficiales para arrestarlo.

    007:033 Entonces Jesús dijo,
    007:034 «Estaré con ustedes un poco más de tiempo, entonces iré donde
    quien me envió. Me buscarán y no me encontrarán; y donde yo
    esté, ustedes no podrán ir.»

    007:035 Los Judíos entonces dijeron entre ellos, «¿A donde irá este
    hombre para que no podamos encontrarlo? ¿Irá a la diáspora[89]
    de los griegos, y les enseñará a los griegos?
    007:036 Cual es está palabra[ 90]que el ha dicho, `Me buscarán y no me
    encontrarán; y donde yo esté, ustedes no podrán ir?´

    007:037 Ocurrió que el último y más importante día de la fiesta, Jesús
    se levantó y gritó, «Si alguien está sediento, ¡Que venga a mí
    y beba!
    007:038 De aquel que crea en mí[91], como dicen las Escrituras,
    brotarán ríos de agua viva.»
    007:039 Pero el hablaba sobre el Espíritu, que quienes creían en Él
    estaba por recibir. Porque el Espíritu Santo aún no había sido
    dado, pues Jesús aún no había sido glorificado.

    007:040 Muchos de la multitud entonces, cuando escucharon estas
    palabras dijeron, «Este es verdaderamente un profeta.»
    007:041 Otros dijeron, « Este es el Cristo.» Pero algunos dijeron,
    «¿Acaso el Cristo viene de Galilea?
    007:042 ¿No ha dicho la escritura que el Cristo vendrá de la semilla
    de David, y de Belén, la villa donde David estaba?»
    007:043 Así que se creó un división entre la multitud por causa de
    Él.
    007:044 Algunos de ellos lo hubieran arrestado, pero nadie le puso las
    manos encima.
    007:045 Los oficiales, entonces, fueron donde los sacerdotes jefes y
    los fariseos, y ellos les dijeron, «¿Por qué no lo llevaron?»

    007:046 Los oficiales contestaron, «¡Ningún hombre ha hablado antes
    como este hombre!»

    007:047 Los fariseos entonces les contestaron, «¿Acaso se están
    dejando perder ustedes también?
    007:048 ¿Alguno de los dirigentes o de los fariseos ha creído en Él?
    007:049 Pero esta multitud que no conoce la ley está maldita.»

    007:050 Nicodemo (quien había buscado a Jesús[92], y siendo uno de
    ellos[ 93]) les dijo,
    007:051 «¿Juzga nuestra ley a un hombre, sin escucharlo personalmente
    primero y saber lo que hace?»

    007:052 Le contestaron, «¿También eres de Galilea?» Busca y
    observa[94] que ningún profeta ha salido de Galilea.»

    007:053 Todos se fueron a sus casas,

    8

    008:001 pero Jesús se fue al Monte de los Olivos[95].
    008:002 Bien temprano por la mañana regresó al templo de nuevo, y
    todos fueron a Él. Él se sentó y les enseñó.
    008:003 Los Escribas y los fariseos trajeron una mujer que había
    cometido adulterio. Habiéndola colocado en la mitad
    008:004 le dijeron, «Maestro, encontramos a esta mujer cometiendo
    adulterio, en el acto mismo.
    008:005 En nuestra ley, Moisés nos ordenó apedrear a estas. dices de
    ella?»
    008:006 Lo hicieron para probarlo, y así poder acusarlo de algo.
    Pero Jesús se agacho y escribió con el dedo en el suelo.
    008:007 Cuando continuaron preguntándole, alzó la mirada y les dijo,
    «Aquel de ustedes que este libre de pecado que lance la
    primera piedra.»
    008:008 De nuevo se agachó y escribió con su dedo en el suelo,

    008:009 Cuando escucharon esto, condenados por su conciencia[96],
    salieron uno por uno comenzando por los más ancianos hasta el
    último. Jesús fue dejado solo con la mujer, la cual se
    encontraba aún en la mitad.
    008:010 Jesús levantándose la miró y dijo, «Mujer, ¿Dónde están los
    que te acusan?[97] ¿Nadie te condenó?»

    008:011 Ella dijo, «Nadie Señor.»
    Jesús dijo, «Yo tampoco te condeno. Ve por tu camino. Desde
    ahora no peques más.»

    008:012 En otra ocasión Jesús les habló diciéndoles[98], «Yo soy la
    luz del mundo. El que me siga no caminará en la oscuridad,
    tendrá la luz de la vida.»

    008:013 Los fariseos entonces le dijeron, «Das testimonio de ti mismo.
    Tu testimonio no es válido.»

    008:014 Jesús les contestó, «Aún cuando doy testimonio de mi mismo, mi
    testimonio es cierto, porque se de donde vengo, y a donde voy;
    pero ustedes no saben de donde vengo ni a donde voy.
    008:015 Ustedes juzgan de acuerdo a la carne[99]. Yo no juzgo a nadie.
    008:016 Incluso si juzgo, mi juicio es cierto, porque no estoy sólo,
    sino con mi Padre quien me ha enviado.
    008:017 También está escrito en la ley que el testimonio de dos
    personas es válido.
    008:018 Yo soy uno de los que da testimonio de mi mismo, y el Padre
    que me envió da testimonio sobre mí.»

    008:019 Entonces le dijeron, «¿Donde está tu Padre?»
    Jesús les contestó, «Ustedes no me conocen ni tampoco a mi
    Padre. Si me conocieran, también sabrían quien es mi Padre.»
    008:020 Jesús dijo esto en el salón de la urna, mientras enseñaba en
    el templo. Aunque nadie lo arrestó porque su hora aún no había
    llegado.
    008:021 Jesús les dijo de nuevo, «Me voy, y ustedes me buscarán y
    morirán en sus pecados. A donde yo voy ustedes no podrán ir.»

    008:022 Los Judíos entonces dijeron, «¿Se matará a si mismo? pues
    dice, `A donde yo vaya ustedes no podrán ir.´»

    008:023 Él les dijo, «Ustedes son de abajo. Yo soy de arriba. Ustedes
    son de este mundo. Yo no soy de este mundo.
    008:024 Por eso les digo que ustedes morirán en sus pecados; a no ser
    de que ustedes crean que YO SOY Él[100], ustedes morirán en
    sus pecados.»

    008:025 Entonces ellos le dijeron, «¿Quién eres tu?»
    Jesús les dijo,«Lo que les he estado diciendo desde el
    principio[ 101].
    008:026 Tengo muchas cosas por decir[102] y por juzgar con respecto a
    ustedes. Sin embargo quien me envió es verdad[103]; y las
    cosas que oigo que Él, son las que digo al mundo.»

    008:027 Ellos no entendían que les hablaba acerca del Padre.
    008:028 Entonces Jesús les dijo, «Cuando ustedes hayan levantado al
    Hijo del Hombre, entonces sabrán que YO SOY Él, y que no hago
    nada por mi mismo, sino que digo estas cosas como mi Padre me
    ha enseñado.
    008:029 Aquel que me envió está conmigo. El Padre no me ha dejado
    sólo, porque siempre he hecho lo que le complace.»

    008:030 Mientras hablaba estas cosas, muchos creyeron en Él.
    008:031 Entonces Jesús les decía a los Judíos que habían creído en Él,
    «Si permanecen en mi palabra, entonces ustedes serán
    verdaderamente mis discípulos.
    008:032 Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.»

    008:033 Le contestaron, «Somos la semilla de Abraham, y nunca hemos
    sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices, `Ustedes serán
    liberados?´»

    008:034 Jesús les contestó, «Con seguridad les digo, todo aquel que
    cometa pecado es esclavo del pecado.
    008:035 Un esclavo no vive en una casa[104] por siempre. Un hijo
    permanece por siempre.
    008:036 Entonces si el Hijo los hace libres, ustedes serán de hecho
    liberados.
    008:037 Se que son la semilla de Abraham, pero buscan matarme, porque
    mis palabras no encuentran lugar en ustedes[105].
    008:038 Digo las cosas que he visto con mi Padre; y ustedes también
    hacen las cosas que han visto con[ 106] sus padres.»

    008:039 Le contestaron, «Nuestro padre es Abraham.»
    Jesús les dijo, «Si fueran hijos de Abraham, harían las obras
    de Abraham.
    008:040 Pero ahora ustedes buscan matarme, a un hombre que les ha
    dicho la verdad, verdad que he oído de Dios. Abraham no hizo
    esto.
    008:041 Ustedes hacen las obras de su padre.»
    Le dijeron, «No fuimos nacidos de inmoralidad sexual. Tenemos
    un Padre: Dios.»

    008:042 Entonces Jesús les dijo, «Si Dios fuera su padre, me amarían,
    porque he salido y he venido de Dios[107]. Pues no he venido
    de mi mismo[108], sino del que me envió.
    008:043 ¿Por qué no entienden lo que digo? Porque ustedes no están en
    capacidad[109] de oír mi palabra.
    008:044 Ustedes son de su padre, el diablo, y ustedes quieren hacer
    los deseos de su padre. El diablo fue un asesino desde el
    comienzo, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad
    en él. Cuando dice una mentira, habla por si mismo; porque es
    un mentiroso, y el padre de las mentiras[110].
    008:045 Pero como digo la verdad, ustedes no me creen.
    008:046 ¿Cuál de ustedes me acusa de pecado? ¿Si les digo la verdad,
    por qué no creen en mí?
    008:047 Él que es de Dios escucha las palabras de Dios. Por esto
    ustedes no oyen, porque ustedes no son de Dios.»

    008:048 Entonces los Judíos le contestaron, «¿No decimos bien que tu
    eres un Samaritano, y tienes un demonio?»

    008:049 Jesús contestó, «No tengo un demonio, sino que honró a mi
    Padre, y ustedes me deshonran.
    008:050 Pues yo no busco mi propia gloria. Hay alguien que la busca y
    que juzga[111].
    008:051 Con seguridad les digo, si una persona sigue mi palabra, nunca
    verá la muerte.»

    008:052 Entonces los Judíos le dijeron, «Ahora sabemos que tienes un
    demonio. Abraham y los profetas murieron; y tu dices, `Si un
    hombre sigue mi palabra, nunca probará la muerte.´
    008:053 ¿Eres más grande que nuestro padre, Abraham, quien murió? Los
    profetas murieron. ¿Quien pruebas ser?

    008:054 Jesús les contestó, «Si me doy gloria a mi mismo, mi gloria es
    nada. Es mi Padre quien me glorifica, de quien ustedes dicen:
    Él es nuestro Dios.
    008:055 Ustedes no lo han conocido, pero yo lo conozco. Si yo dijera,
    `No lo conozco,´ sería como ustedes, un mentiroso. Pero lo
    conozco, y sigo su palabra.
    008:056 Su padre Abraham se regocijó al ver mi día. Lo vio, y se
    alegró.»

    008:057 Entonces los Judíos le dijeron, «Aún no tienes cincuenta años,
    ¿ Pero ya has visto a Abraham?»

    008:058 Jesús les dijo, «Con seguridad, les digo, antes de que Abraham
    llegara a existir, YO ESTOY[112].»

    008:059 Entonces ellos cogieron piedras para arrojarle, pero Jesús fue
    escondido y salió del templo, pasando por en medio de ellos, y
    así continuando[113].

    9

    009:001 Mientras continuaba,vio a un hombre ciego de nacimiento.
    009:002 Sus discípulos le preguntaron, «Rabí, para que este hombre
    naciera ciego, ¿Quién pecó, él o sus padres?»

    009:003 Jesús le contestó, «No pecó este hombre, ni sus padres; sino
    es para que las obras de Dios puedan ser reveladas en él.
    009:004 Debo realizar las obras de aquel que me envió, mientras que es
    de día. Se acerca la noche, cuando nadie puede trabajar.
    009:005 Mientras yo esté en el mundo, soy la luz del mundo.»
    009:006 Mientras decía esto, ponía saliva en la tierra, hizo barro con
    su saliva, y ungió los ojos del ciego con el barro,
    009:007 y le dijo, «Ve, lávate en la piscina de Siloé» (que significa
    «Enviado»)[114]. Así que él fue, se lavó, y volvió viendo.
    009:008 Entonces los vecinos, y aquellos que vieron que estaba ciego
    antes[115], dijeron, «¿No es este el que estaba sentado y
    mendigaba?»
    009:009 Otros decían, «Es él.» Aún otros decían, «Se parece a él.»
    Él decía, «Soy ese.»
    009:010 La gente entonces le preguntó, «¿Cómo se abrieron tus ojos?»

    009:011 Él contestó, «Un hombre llamado Jesús hizo barro, ungió mis
    ojos, y me dijo, `Ve a la piscina de Siloé, y lávate.´ Así que
    fui, me lave y recibí la vista.»

    009:012 Entonces le preguntaron, «¿Dónde está Él?»
    Él dijo, «No lo se.»

    009:013 Llevaron al que había estado ciego[116] donde los fariseos.
    009:014 Era día sabático cuando Jesús hizo barro y abrió sus ojos.
    009:015 De nuevo le preguntaron los fariseos como había recibido la
    vista. Él les dijo, «Él puso barro en mis ojos, me lavé, y
    veo.»

    009:016 Entonces algunos de los Fariseos dijeron, «Ese hombre no es de
    Dios, porque no sigue el día sabático.» Otros decían, «¿Cómo
    puede un hombre pecador hacer tales señales?» Había división
    entre ellos.
    009:017 Entonces algunos de los Fariseos dijeron, «¿Qué dices sobre
    Él, pues Él ha abierto tus ojos?»
    Él dijo, «Es un profeta.»

    009:018 Los Judíos entonces no creyeron lo concerniente a él, que
    había estado ciego, ni que había recibido la vista, hasta que
    llamaron a los padres del que había recibido la vista,
    009:019 y les preguntaron, «¿ Es este su hijo, quien ustedes dicen que
    nació ciego? ¿Cómo entonces es que él ve ahora?»

    009:020 Sus padres les contestaron, «Sabemos que este es nuestro hijo,
    y que nació ciego;
    009:021 pero que ahora como ve, no lo sabemos; ni conocemos a quien
    abrió sus ojos. Él es de edad. Pregúntenle. Hablará por si
    mismo.»
    009:022 Sus padres dijeron estas cosas porque temían a los Judíos;
    pues los Judíos ya habían acordado expulsar de la sinagoga a
    quien confesara que Él era Cristo.
    009:023 Por esto sus padres dijeron, «El es de edad. Pregúntenle.»

    009:024 Así que llamaron al que había estado ciego por segunda vez, y
    le dijeron, «Da gloria a Dios[117]. Sabemos que este hombre es
    un pecador.»

    009:025 Él contestó, «No se si es un pecador. Una cosa se: que aunque
    yo estaba ciego, ahora veo.»

    009:026 Le dijeron nuevamente, «¿Qué te hizo? ¿Cómo abrió tus ojos?»

    009:027 Él les contestó, «Ya les dije, y ustedes no escuchan. ¿Por qué
    quieren oír de nuevo? ¿Es que también desean hacerse
    discípulos de Él?»

    009:028 Lo insultaron y dijeron, «Tú eres su discípulo, pero nosotros
    somos discípulos de Moisés.
    009:029 Sabemos que Dios ha hablado a Moisés. Pero con respecto a este
    hombre, no sabemos de donde viene.»

    009:030 El hombre les contestó, «¡Que sorprendente! No saben de donde
    viene, aunque ha abierto mis ojos.
    009:031 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si alguien
    adora a Dios[118], y hace su voluntad, Él lo escucha.
    009:032 Desde que el mundo comenzó, no se ha oído de alguien que
    abriera los ojos a un ciego de nacimiento.
    009:033 Si este hombre no fuera de Dios, Él no podría hacer nada.»

    009:034 Le contestaron, «Tu naciste por completo en pecado[119] ¿Pero
    nos enseñas?» Y lo expulsaron.

    009:035 Jesús escuchó que lo habían expulsado, y encontrándolo[120],
    le dijo, «¿Crees en el Hijo de Dios?»

    009:036 Él le contestó, «¿Quién es él, Señor, para que yo pueda
    creer?»

    009:037 Jesús le dijo, «Tu ya los has visto, y es quien habla
    contigo.»

    009:038 Él dijo, «¡Señor, yo creo!» y lo alabó[121].

    009:039 Jesús dijo, «Vine a este mundo a juzgar, para que aquellos que
    no ven puedan ver; y que aquellos que ven queden ciegos.»

    009:040 Algunos de los fariseos que estaban con Él, escucharon estas
    cosas, y le dijeron, «¿Estamos nosotros también ciegos?»

    009:041 Jesús les dijo, «Si estuvieran ciegos, no pecarían; pero ahora
    dicen `Vemos.´ Entonces sus pecados permanecen.»

    10

    010:001 «Con seguridad les digo, aquel que no entre por la puerta al
    rebaño de ovejas, sino que escale de alguna otra manera, es
    tanto un estafador como un ladrón.
    010:002 Pero quien entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
    010:003 El portero abre la puerta para él, y las ovejas escuchan su
    voz. Él llama sus ovejas por su nombre y las saca.
    010:004 Siempre que él saca sus ovejas, va delante de ellas, y las
    ovejas lo siguen porque conocen su voz.
    010:005 De ningún modo seguirán a un extraño, sino que huirán de él;
    porque no conocen la voz de extraños.»
    010:006 Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no entendieron lo que
    les decía.

    010:007 Jesús entonces les dijo de nuevo, «Con seguridad, les digo,
    soy la puerta de las ovejas.
    010:008 Todos los que vinieron antes de mi son estafadores y ladrones,
    pero las ovejas no los escucharon[122].
    010:009 Soy la puerta. Si alguien entra por mi, será salvado, y
    entrará y saldrá, y encontrará alimento.
    010:010 El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir. Vine para que
    puedan tener vida, y para que la tengan en abundancia.
    010:011 Soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.
    010:012 El que es empleado contratado en lugar de pastor, y a quien no
    le pertenezcan las ovejas, ve venir al lobo, deja las ovejas y
    huye. El lobo roba las ovejas, y las dispersa[123 ].
    010:013 El que es empleado contratado huye porque es contratado, y no
    le importan las ovejas.
    010:014 Soy el buen pastor. Conozco las mías, y soy conocido por las
    mías;
    010:015 así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre. Yo entrego
    mi vida por las ovejas.
    010:016 Tengo otras ovejas, que no son de este rebaño. También debo
    traerlas, y escucharán mi voz. Se convertirán en un rebaño con
    un pastor.
    010:017 Por esto el Padre me ama, porque entrego mi vida, para poderla
    tomar de nuevo.
    010:018 Nadie me la quita, sino que la entrego yo mismo. Tengo el
    poder para entregarla, y tengo poder para tomarla de nuevo.
    Recibí este mandamiento de mi Padre.»

    010:019 Entonces se creó una división entre los Judíos a causa de
    estas palabras.
    010:020 Muchos de ellos decían, «¡Tiene un demonio y está loco! ¿Por
    qué lo escuchan?»
    010:021 Otros decían, «Estas no son las palabras de alguien poseído
    por un demonio. ¿Acaso es posible para un demonio abrir los
    ojos de los ciegos?»

    010:022 Era la Fiesta de la Dedicación[124] en Jerusalén.
    010:023 Era invierno, y Jesús estaba caminando en el templo, en el
    pórtico de Salomón.
    010:024 Entonces los Judíos lo rodearon y le dijeron, «¿Cuanto tiempo
    nos mantendrás en suspenso? Si tu eres el Cristo, dínoslo
    directamente. »

    010:025 Jesús les contestó, «Yo ya les dije, y ustedes no me creen.
    Las obras que hago en nombre de mi Padre, dan testimonio sobre
    mí.
    010:026 Pero ustedes no creen, porque ustedes no son de mis ovejas,
    como les dije.
    010:027 Mis ovejas escucha mi voz, yo las conozco, y me siguen.
    010:028 Les doy vida eterna. Nunca perecerán, y nadie podrá
    arrebatarlas de mi mano.
    010:029 Mi Padre, quien me las ha dado, es más grande que todos[125].
    Para nadie es posible arrebatarlas de las mano de mi Padre.
    010:030 Yo y el Padre somos uno.»

    010:031 Entonces los Judíos tomaron piedras nuevamente para
    apedrearlo.
    010:032 Jesús les contestó, «Les he mostrado muchas obras buenas de mi
    Padre. ¿Por cuál de esas obras desean apedrearme?»

    010:033 Los Judíos le contestaron, «No te apedreamos por una buena
    obra, sino por blasfemia: porque tu, siendo un hombre, te
    crees Dios.»

    010:034 Jesús les contestó, «¿No está escrito en su ley, `Les dije,
    ustedes son dioses?´
    010:035 Si llama[126] dioses a aquellos a quienes la palabra de Dios
    llega (y la Escritura no puede quebrantarse),
    010:036 ¿ Cómo dicen `Blasfemas´ a aquel a quien el Padre
    santificó[127] y envió al mundo, porque les dije `Soy el Hijo
    de Dios?´
    010:037 Si yo no hago las obras de mi Padre[128], no me crean.
    010:038 Pero si yo las hago, aunque no me crean a mi, crean en las
    obras; para que puedan saber y creer que el Padre está en mí y
    yo en el Padre.»

    010:039 Nuevamente intentaron atraparlo, pero Él se alejo de su
    alcance.
    010:040 Se fue de nuevo más allá del Jordán[129] al lugar donde Juan
    estuvo bautizando al comienzo, y allí se quedó.
    010:041 Muchos vinieron a Él. Decían, «En realidad Juan no hizo
    señales, pero todo lo que Juan dijo sobre este hombre es
    verdad.»
    010:042 Muchos creyeron en Él allí.

    11

    011:001 Cierto hombre estaba enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de
    Maria y su hermana, Marta.
    011:002 Era aquella María que había ungido al Señor con aceite, y que
    había limpiado sus pies con el cabello, quien estaba enfermo
    era su hermano Lázaro.
    011:003 Las hermanas le mandaron decir, «Señor, observa, aquel por
    quien tienes gran afecto está enfermo.»
    011:004 Cuando Jesús lo escuchó, dijo, «Esta enfermedad no es mortal
    sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios pueda
    ser glorificado con esta.»
    011:005 Ocurría que Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
    011:006 Aunque[130] cuando supo que estaba enfermo, se quedó dos días
    más en el lugar donde estaba.
    011:007 Tras lo cual le dijo a los discípulos, «Vayamos de nuevo a
    Judea.»

    011:008 Los discípulos le dijeron, «Rabí, los Judíos están tratando de
    apedrearte, ¿Pero vas de nuevo allá?»

    011:009 Jesús les contestó, «¿No hay doce horas de luz al día? Si un
    hombre camina en el día, no tropieza, porque ve la luz de este
    mundo.
    011:010 Pero si un hombre camina en la noche, tropieza, porque la luz
    no está en él.»
    011:011 Dijo estas cosas, y después, les dijo « Nuestro amigo Lázaro
    yace dormido, pero voy a ir para poder despertarlo de su
    sueño.»

    011:012 Entonces los discípulos dijeron, «Señor, si yace dormido, se
    recobrará.»

    011:013 Jesús hablaba de su muerte, pero ellos pensaban que hablaba de
    descansar durmiendo.
    011:014 Así que Jesús les dijo directamente, «Lázaro está muerto.
    011:015 Por el bien de ustedes, me alegra no haber estado allí, para
    que puedan creer. Por esto, vamos donde él.»

    011:016 Entonces Tomas, que era llamado dídimo[131], dijo a los
    discípulos, «Vayamos también, para poder morir con Él.»

    011:017 Así que cuando Jesús fue, encontró que Lázaro ya llevaba
    cuatro días en la tumba.
    011:018 Betania estaba cerca a Jerusalén, como a quince estadios[132]
    de distancia.
    011:019 Muchos de los Judíos se habían unido a las mujeres que
    rodeaban a Marta y Maria, para consolarlas por lo concerniente
    a su hermano.
    011:020 Entonces cuando Marta escucho que Jesús venía, fue a
    encontrarlo, pero Maria se quedó en la casa.
    011:021 Entonces Marta le dijo a Jesús, «Señor, si hubieras estado
    aquí, mi hermano no hubiera muerto.
    011:022 Aunque yo ahora se, que cualquier cosa que le pidas a Dios,
    Dios te la concederá.»
    011:023 Jesús le dijo, « Tu hermano resucitará.»

    011:024 Marta le dijo, «Se que él resucitará en la resurrección del
    último día.»

    011:025 Jesús le dijo, «Yo soy la resurrección y la vida. Aquel que
    crea en mí vivirá, incluso si muere.
    011:026 Cualquier que viva y crea en mí no morirá nunca. ¿Crees
    esto?»

    011:027 Ella le dijo, «Si, Señor. He llegado a creer que tu eres
    Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

    011:028 Cuando había dicho esto, se fue, y llamó en secreto a María,
    su hermana, diciendo, «El Maestro está aquí, y te está
    llamando.»

    011:029 Cuando ella escucho esto, se levantó rápidamente y fue donde
    Él.
    011:030 Jesús aún no había llegado a la villa, sino que estaba en el
    sitio en el que Marta lo había encontrado.
    011:031 Entonces cuando los Judíos que estaba con ella en la casa, y
    que la consolaba, vieron que Maria se levantaba rápidamente y
    salia, la siguieron, diciendo, «Va a la tumba a llorara allí.»
    011:032 Entonces cuando Maria fue donde Jesús estaba, y lo vio, cayó a
    sus pies, diciéndole, «Señor, si hubieras estado aquí, mi
    hermano no hubiera muerto.»

    011:033 Cuando Jesús la vio llorando, junto con los Judíos que venían
    llorando con ella, suspiró en el espíritu, se conmovió,
    011:034 y dijo, « ¿Donde lo han dejado?»
    Le dijeron, «Señor, ven y mira.»

    011:035 Jesús lloró.

    011:036 Entonces los Judíos dijeron, «¡Miren cuanto afecto tenía por
    él!»
    011:037 Algunos de ellos dijeron, «¿No podría este hombre, que abrió
    los ojos del que estaba ciego, también haber evitado que este
    hombre muriera?»

    011:038 Jesús entonces, nuevamente suspirando en su interior, fue a la
    tumba, que estaba tapada con una piedra.
    011:039 Jesús dijo, «Retiren la piedra.»
    Marta, la hermana del que estaba muerto, le dijo, «Señor, en
    este momento debe oler mal, porque lleva cuatro días muerto.»

    011:040 Jesús le dijo, «¿No te dije que si creías, verías la gloria de
    Dios?»

    011:041 Así que corrieron la piedra del sitio donde el muerto yacía.
    Jesús levantó sus ojos, y dijo, «Padre, te agradezco por
    haberme escuchado.
    011:042 Se que siempre me escuchas, pero a causa de la multitud que me
    rodea digo esto, para que puedan creer que Tu me enviaste.»
    011:043 Después de decir esto, grito con fuerte voz, «¡Lázaro, sal!»

    011:044 El que había estado muerto salió, con manos y pies envueltas
    en vendas y su rostro envuelto en tela.
    Jesús les dijo, «Libérenlo, y permítanle andar.»

    011:045 Así que muchos de los Judíos que fueron donde María y vieron
    lo que Jesús hizo, creyeron en Él.
    011:046 Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos, y les
    contaron lo que habían hecho Jesús.
    011:047 Entonces los jefes de los sacerdotes y los fariseos se
    reunieron en un consejo y dijeron, «¿Que vamos a hacer? Pues
    este hombre hace muchas señales.
    011:048 Si lo dejamos sólo así, todos creerán en Él, y los romanos
    vendrán y nos arrebatarán tanto nuestro sitio[133] como
    nuestra nación.»

    011:049 Pero uno de ellos, Caifás, siendo el sumo sacerdote ese año,
    les dijo, «No saben nada,
    011:050 ni consideran que es ventajoso para nosotros[134] que un
    hombre muera por la gente, para que la nación entera no
    perezca.»
    011:051 Él no hablaba por si mismo, sino que siendo sumo sacerdote ese
    año, profetizaba[135] que Jesús moriría por la nación,
    011:052 y no solamente por la nación, sino que agruparía en uno a los
    hijos de Dios que están dispersos.
    011:053 Así que desde ese día decidieron que lo matarían.
    011:054 Entonces Jesús no volvió a caminar abiertamente entre los
    Judíos, sino que salió de allí a una tierra cercana en el
    desierto, a una ciudad llamada Efraín. Allí se quedó con sus
    discípulos.

    011:055 Ocurrió que la pascua de los judíos estaba cerca. Muchos
    fueron de los campos a Jerusalén antes de la pascua, para
    purificarse.
    011:056 Buscaban a Jesús y se decían unos a otros, mientras estaban en
    el templo, «Qué piensas, ¿Será que viene a la fiesta?»
    011:057 Los jefes de los sacerdotes y los fariseos habían ordenado que
    si alguno sabía donde estaba Él, debía reportarlo, para poder
    capturarlo.

    12

    012:001 Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde
    estaba Lázaro, el que había estado muerto, y fue resucitado de
    la muerte.
    012:002 Así que le hicieron una cena allí. Marta sirvió, mientras
    Lázaro era uno de los que se sentaron a la mesa con Él.
    012:003 María, entonces tomó una libra[136] de ungüento de nardo puro,
    muy costoso, y ungió los pies de Jesús, y seco los pies con su
    cabello. La casa se llenó de la fragancia del ungüento.
    012:004 Entonces Judas Iscariote, el hijo de Simón, uno de sus
    discípulos, quien lo traicionaría, dijo,
    012:005 «¿Por qué no fue vendido este ungüento por trescientos
    denarios[137], para darlo a los pobres?»
    012:006 Dijo esto, no porque le importaran los pobres, sino porque era
    un ladrón, y teniendo la caja del dinero, solía robar lo que
    allí se ponía.
    012:007 Pero Jesús le dijo, «Déjala en paz. Ella ha guardado esto para
    el día de mi entierro.
    012:008 Porque siempre tendrán a los pobres con ustedes, pero no
    siempre me tendrán a mí.»

    012:009 Entonces una gran multitud de los judíos se enteró de que Él
    estaba allí y fueron, no solo por Jesús sino porque de pronto
    podrían ver a Lázaro a quien Jesús había resucitado de la
    muerte.
    012:010 Pero los jefes de los sacerdotes conspiraban para asesinar
    también a Lázaro,
    012:011 porque por él muchos de los judíos se separaron y creyeron en
    Jesús.

    012:012 Al día siguiente una gran multitud fue a la fiesta. Cuando
    escucharon que Jesús iba hacia Jerusalén,
    012:013 tomaron ramas de las palmeras, y salieron a encontrarlo,
    gritando, «!Hosanna! !Bendito es el que viene en el nombre del
    Señor, el Rey de Israel!»

    012:014 Jesús, habiendo encontrado un burro joven, se sentó en este.
    Como está escrito,
    012:015 «No te asustes, hija de Sión[138]. Observa, tu Rey viene,
    sentado sobre un burro joven.»
    012:016 Sus discípulos no entendieron estas cosas al comienzo, pero
    cuando Jesús fue glorificado, recordaron que estas cosas
    estaban escritas sobre Él, y que ellos habían hecho esto[139].
    012:017 La multitud que había estado con Él cuando llamó a Lázaro para
    que saliera de la tumba y lo resucitó de la muerte, estaba
    dando testimonio de esto.
    012:018 También por esta razón mucha gente fue a encontrarlo, porque
    habían escuchado que Él había realizado tal señal.
    012:019 Los Fariseos entonces se dijeron entre ellos, «Miren como no
    han logrado nada. Observen, el mundo vas tras Él.»

    012:020 Ocurrió que había algunos griegos[140] entre la gente que
    habían ido a alabar durante la fiesta.
    012:021 Estos, entonces, fueron donde Felipe, quien era de Betsaida de
    Galilea, y le pidieron «Señor, queremos ver a Jesús.»
    012:022 Felipe fue y le contó a Andrés y él fue con Felipe a
    contárselo a Jesús.
    012:023 Jesús les contestó, «El tiempo para que el hijo del hombre sea
    glorificado ha llegado.
    012:024 Yo les aseguro, a no ser que un grano de trigo caiga en la
    tierra y muera, permanecerá solo. Pero si muere da muchos
    frutos.
    012:025 Aquel que ama su vida la perderá. Quien odia su vida en este
    mundo la mantendrá hasta la vida eterna.
    012:026 Si alguno me sirve, que me siga. Donde yo este, estará el que
    me sirva. Si alguno me sirve el Padre lo honrará.

    012:027 «Ahora mi alma está perturbada. ¿Qué debo decir `Padre,
    sálvame de este momento?´ Pero por esta causa llegue a este
    momento.
    012:028 ¡ Padre, glorifica tu nombre!»
    Entonces vino una voz del cielo diciendo, «Yo lo he
    glorificado y lo glorificaré de nuevo.»

    012:029 La multitud que estaba allí y la escuchó dijo que había
    tronado. Otros dijeron, «Un ángel le ha hablado.»

    012:030 Jesús contestó,«Esta voz no ha venido por mi causa sino por la
    de ustedes.
    012:031 Ahora es el juicio de este mundo. Ahora el príncipe de este
    mundo será expulsado.
    012:032 Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a mi.»
    012:033 Pero él dijo esto, refiriéndose a la forma de su muerte.
    012:034 La multitud le contestó, «Hemos escuchado de la ley que el
    Cristo[141] permanece para siempre. ¿Cómo dices que `El Hijo
    del Hombre debe ser levantado?´ ¿Quién es este Hijo del
    Hombre?»

    012:035 Entonces Jesús les dijo,«La luz aún estará con ustedes un poco
    más. Caminen mientras tengan la luz, para que la oscuridad no
    los sorprenda. Aquel que camina en la oscuridad no sabe a
    donde va.
    012:036 Mientras tengan la luz crean en ella, para que puedan
    convertirse en niños de la luz[142].» Jesús dijo estas cosas,
    se alejó y se escondió de ellos.
    012:037 Pero aunque Él había hecho tantas señales ante ellos, ellos
    aún no creían en Él,
    012:038 pues la palabra del profeta Isaías se tenía que cumplir, él
    dijo
    «Señor, ¿quién ha creído nuestro reporte?¿A quién ha sido
    revelado el brazo del Señor?»
    012:039 Por esta razón no podían creer, pues Isaías también dijo,

    012:040 Han[143] enceguecido sus ojos y han endurecido sus corazones[
    144], Para que no puedan ver con sus ojos, ni percibir con sus
    corazones, para que no regresen a mí, y que Yo no los sane.»
    012:041 Isaías dijo estas cosas cuando vio su gloria[145] y habló de
    Él.
    012:042 A pesar de esto muchos de los dirigentes creyeron en Él, pero
    por los fariseos no lo confesaban para no ser expulsados de
    las sinagogas,
    012:043 pues amaban mas la honra dada por los hombres que la dada por
    Dios.

    012:044 Jesús grito y dijo,«Quien crea en mí, no cree en mí[146] sino
    en el que me envió.
    012:045 El que me ve, ve al que me envió.
    012:046 He venido como una luz al mundo, para que el que crea en mi no
    permanezca en la oscuridad.
    012:047 Si alguien escucha mis palabras y no cree, no lo juzgo. Pues
    yo no vine a juzgar al mundo sino a salvarlo.
    012:048 Aquel que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo
    juzgue. La misma palabra que yo hablé lo juzgarán en el último
    día.
    012:049 Pues yo no hablé por mi cuenta, sino que el Padre que me
    mandó, me ordenó lo que debería decir y hablar[147].
    012:050 Yo se que su mandamiento es vida eterna. Por esto las cosas
    que yo hablo las digo tal como el Padre me lo ha indicado.»

    13

    013:001 Era antes de la fiesta de la pascua, Jesús sabía que su hora
    había llegado, que partiría de este mundo hacia el Padre,
    habiendo amado a los suyos de este mundo, y amándolos hasta el
    final.
    013:002 Después de la cena, el diablo ya había puesto en el corazón de
    Judas Iscariote, el hijo de Simón, que lo traicionaría,
    013:003 Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en
    sus manos[148], y que venía de Dios e iba hacia Dios,
    013:004 se levantó de la mesa, puso a un lado su vestido. Tomó una
    toalla, y la envolvió alrededor de su cintura.
    013:005 Entonces vertió agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies
    de los discípulos[149], y a secarlos con la toalla que
    llevaba.
    013:006 Entonces llego a Simón Pedro. Él le dijo, «¿Señor, lavas mis
    pies?»

    013:007 Jesús le contestó, «No sabes lo que hago ahora, pero lo
    entenderás después.»

    013:008 Pedro le dijo, «¡Nunca lavarás mis pies!»
    Jesús le contestó, «Si no lavo tus pies, no tomarás parte
    conmigo.»

    013:009 Simón Pedro le dijo, «¡Señor, en ese caso[150] no sólo mis
    pies, sino que también mis manos y mi cabeza!»

    013:010 Jesús le dijo, «Quien se ha bañado sólo necesita que se laven
    sus pies, para quedar completamente limpio. Tu estás limpio,
    pero no todos ustedes.»
    013:011 Porque Él conocía al que lo traicionaría, entonces dijo, «No
    todos ustedes están limpios.»
    013:012 Después de haber lavado su pies, se puso su abrigo, se sentó
    de nuevo y les dijo«¿ Saben lo que les he hecho?
    013:013 Me llaman, `Maestro´ y `Señor.´ Lo dicen correctamente pues
    eso soy.
    013:014 Entonces si yo, el Señor y el Maestro, he lavado sus pies,
    ustedes también deberían lavárselos unos a otros.
    013:015 Pues les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan tal como
    les he hecho.
    013:016 Con seguridad les digo, un sirviente no es más grande que su
    señor, ni el que es enviado es más grande que quien lo envió.
    013:017 Si saben estas cosas, benditos son si las hacen.
    013:018 No hablo con respecto a todos ustedes. Conozco a quienes he
    escogido. Pero para que la escritura se cumpla, `Aquel que
    come pan conmigo ha levantado el talón contra mí[151].´
    013:019 Desde ahora, antes de que ocurra se los digo, para que cuando
    ocurra ustedes puedan creer que YO SOY.
    013:020 Con seguridad les digo, aquel que recibe a cualquiera que yo
    haya enviado; me recibe a mí; y aquel que me recibe a mí,
    recibe al que me envió.»

    013:021 Mientras Jesús decía esto, su espíritu se perturbó, y dio
    testimonio, «Con seguridad les digo que uno de ustedes me
    traicionará.»

    013:022 Los discípulos se miraron unos a otros, preguntándose sobre
    quién hablaba.
    013:023 Uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba, estaba en la mesa,
    inclinado contra el pecho de Jesús[152].
    013:024 Entonces por señas [153], Simón Pedro le dijo, «Dinos quien es
    aquel de quien Él habla.»

    013:025 Inclinándose de nuevo como estaba, sobre el pecho de
    Jesús[154] le preguntó, «Señor, ¿Quién es?»

    013:026 Entonces Jesús le contestó, «Es aquel a quien yo de este
    pedazo de pan después de remojarlo.» Así que cuando había
    remojado el pedazo de pan, se lo entregó a Judas, el hijo de
    Simón Iscariote.
    013:027 Entonces, después de recibir[155] el pedazo de pan, satán
    entró en él.
    Entonces Jesús le dijo, «Lo que vas a hacer, hazlo pronto.»

    013:028 Ninguno de la mesa sabía porque le decía esto.
    013:029 Cómo Judas tenía la caja del dinero, algunos pensaron que
    Jesús le decía «Compra las cosas que necesitamos para la
    fiesta,» o que debería dar algo a los pobres.
    013:030 Entonces, habiendo recibido el pedazo de pan, salió de
    inmediato. Era de noche.

    013:031 Cuando se había ido, Jesús dijo, «Ahora el Hijo del Hombre ha
    sido glorificado[156], y Dios ha sido glorificado en Él.
    013:032 Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también lo glorificará
    en si mismo, y lo glorificará de inmediato.
    013:033 Niñitos, estaré con usted un poco más. Me buscarán, y como le
    dije a los Judíos, `A donde voy ustedes no pueden ir,´ así que
    ahora les digo.
    013:034 Les doy un nuevo mandamiento, que se amen los unos a los
    otros, como yo los he amado; que así se amen unos a otros.
    013:035 Por esto todos sabrán que ustedes son mis discípulos, si
    tienen amor unos por otros.»

    013:036 Simón Pedro le dijo, «Señor, ¿A donde vas?»
    Jesús le contestó «A donde voy, no me puedes seguir ahora,
    pero me seguirás después[157].»

    013:037 Pedro le dijo, «Señor, ¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo
    daré mi vida por ti.»

    013:038 Jesús le contestó, «¿Darás tu vida por mi? Con seguridad te
    digo, el gallo no habrá cantado tres veces sino hasta que me
    hayas negado tres veces.

    14

    014:001 «Que tu[158] su corazón no se angustie. Cree en Dios. Cree
    también en mí.
    014:002 En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera
    así, yo te lo diría. Voy a preparar un lugar para ti.
    014:003 Si yo voy y preparo un lugar para ti, volveré y te recibiré yo
    mismo; para que donde yo este, ustedes también puedan estar.
    014:004 Ustedes saben a donde voy y conocen el camino.»

    014:005 Tomás le dijo, «Señor no sabemos a donde vas. ¿Cómo podríamos
    saber el camino?»

    014:006 Jesús le dijo, «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie
    llega al Padre, excepto a través de mi.
    014:007 Si ustedes me hubieran conocido, habrían conocido a mi Padre
    también. Desde ahora, ustedes lo conocen, y lo han visto.»

    014:008 Felipe le dijo, «Señor, muestranos al Padre, y eso será
    suficiente para nosotros.»

    014:009 Jesús le dijo, «He estado con ustedes tanto tiempo, ¿Y no me
    conoces, Felipe? Aquél que me ha visto a mí, ha visto al
    Padre. ¿ Cómo es que dices, `Muestranos al Padre?´
    014:010 ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las
    palabras que les digo, no las digo por mi mismo; sino mi Padre
    quien vive en mí que hace sus obras.
    014:011 Creánme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; o en otro
    caso creánme por causa de las obras.
    014:012 Con seguridad les digo, aquel que crea en mí, en las obras que
    hago, también hará; y hará obras más grandes que estas, porque
    yo voy a mi Padre.
    014:013 Cualquier cosa que pidan en mi nombre, eso haré, para que el
    Padre pueda ser glorificado en el Hijo.
    014:014 Si piden algo en mi nombre, eso haré.
    014:015 Si me aman, sigan mis mandamientos.
    014:016 Yo oraré al Padre, y Él les dará otro Consejero[159] que podrá
    estar con ustedes por siempre,
    014:017 el Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir;
    porque no lo ha visto[160], ni lo conoce. Ustedes lo conocen,
    porque vive con ustedes, y estará en ustedes.
    014:018 No los dejaré huérfanos. Vendré a ustedes[161].
    014:019 Un corto tiempo más, y el mundo no me verá más; pero ustedes
    me verán. Porque yo vivo, ustedes vivirán también.
    014:020 Ese día ustedes sabrán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en
    mí, y yo en ustedes.
    014:021 Aquel que tenga mis mandamientos y los siga, esa persona es
    quien me ama. Quien me ama será amado por mi Padre, y yo lo
    amaré, y me revelaré ante él.»

    014:022 Judas (no Iscariote) le dijo, «Señor, ¿Qué ha pasado, para que
    te reveles a nosotros, pero no al mundo?»

    014:023 Jesús le contestó, «Si alguien me ama, Mi Padre lo amará, y
    nosotros iremos a él, y haremos nuestra casa con él[162].
    014:024 Quien no me ama, no sigue mis palabras. La voz que ustedes
    oyen no es la mía, sino del Padre que me envió.
    014:025 Les he dicho estas cosas mientras aún estoy viviendo con
    ustedes.
    014:026 Pero el Consejero[163], el Espíritu Santo, a quien el Padre
    enviará en mi nombré, Él les enseñará todas las cosas, y les
    recordará todo lo que les he dicho.
    014:027 Dejo Paz en ustedes. Les doy mi Paz; se las doy no como el
    mundo la da. No dejen que sus corazones se angustien, ni
    tengan miedo[164 ].
    014:028 Ustedes escucharon que les dije, `Me voy, y vendré a ustedes.´
    Si ustedes me amaran, ustedes se regocijarían, porque dije
    `Voy al Padre;´ pues el Padre es más grande que Yo.
    014:029 Les he dicho esto antes de que ocurra, para que cuando ocurra,
    ustedes puedan creer.
    014:030 No hablaré mucho más con ustedes, porque el príncipe del mundo
    viene, pero él no tiene nada en mí[165].
    014:031 Pero que el mundo sepa que amo al Padre, y el Padre me ha
    ordenado, y así obró. Levantémonos, vámonos de aquí.

    15

    015:001 «Soy la verdadera vid[166], y mi Padre es el sembrador.
    015:002 Toda rama de mi que no da fruto, Él la retira. Toda rama que
    da fruto, Él la poda[167] para que pueda dar más frutos.
    015:003 Ustedes ya están podados por la palabra que les he dicho.
    015:004 Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como la rama no puede
    dar fruto por si misma, a menos que permanezca en la vid, así
    ustedes tampoco pueden, a menos que permanezcan en mí.
    015:005 Soy la vid. Ustedes son las ramas. Quien permanezca en mí, y
    yo en él, dará muchos frutos, porque apartados de mí ustedes
    no pueden hacer nada.
    015:006 Si alguien no permanece en mí, será arrojado como una rama
    seca[168]; y los recogerán, los arrojarán al fuego y
    arderán[169].
    015:007 Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en
    ustedes[170], pidan cualquier cosa que deseen, y se les
    realizará.

    015:008 «En esto se da gloria a mi Padre, que ustedes den muchos
    frutos; y que así sean mis discípulos.
    015:009 Así como mi Padre me ha amado, así también los he amado.
    Mantenganse en mi amor.
    015:010 Si siguen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; tal como
    yo he seguido los mandamientos de mi Padre, y me mantengo en
    su amor.
    015:011 Les he dicho estas cosas, para que la felicidad perdure en
    ustedes, y para que su felicidad pueda ser completa.

    015:012 «Este es mi mandamiento, que se amen unos a otros, como yo los
    he amado.
    015:013 Nadie puede tener más amor, que quien entrega su vida por sus
    amigos.
    015:014 Ustedes son mis amigos, si hacen cualquier cosa que les
    ordene.
    015:015 No los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que su señor
    hace. Sino que los he llamado amigos, porque todo lo que he
    oído de mi padre, se los he dado a conocer.
    015:016 Ustedes no me escogieron, sino que yo los escogí, para que
    fueran y dieran fruto, y para que su fruto se mantuviera; para
    que el Padre pueda darles cualquier cosa que pidan en mi
    nombre.

    015:017 «Les ordeno esto, que se amen unos a otros.
    015:018 Si el mundo los odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a
    ustedes.
    015:019 Si fueran del mundo, el mundo amaría a los suyos. Pero como no
    son del mundo, porque yo los he elegido fuera del mundo[171],
    entonces el mundo los odia.
    015:020 Recuerden la palabra que les dije: `Un siervo no es más grande
    que su señor.´ Si me persiguieron, también los perseguirán.
    Los que sigan mi palabra, también seguirán la de ustedes.
    015:021 Pero todas estas cosas se las harán por causa de mi nombre,
    porque no conocen a quien me envió.
    015:022 Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, ellos no
    habrían pecado; pero ahora no tienen excusa para su pecado.
    015:023 Aquel que me odia a mí, odia a mi Padre también.
    015:024 Si yo no hubiera hecho entre ellos las obras que nadie más
    hizo, no habrían pecado. Pero ahora que han visto, también nos
    han odiado al Padre y a mí.
    015:025 Pero esto ha ocurrido para que la palabra que estaba escrita
    en su ley se cumpliera, `Me odiaron sin causa alguna.´

    015:026 «Cuando venga el Consejero , el espíritu de la Verdad que
    procede del Padre, a quien les enviaré desde el Padre, Él dará
    testimonio sobre mí.
    015:027 Ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo
    desde el comienzo.

    16

    016:001 «Les he dicho estas cosas, para que no tropiecen[172].
    016:002 Los sacarán de las sinagogas. Sí, vendrá el tiempo en el que
    cualquiera que los mate, pensará que ofrece un servicio a
    Dios.
    016:003 Harán estas cosas[173] porque no han conocido ni al Padre, ni
    a mí.
    016:004 Pero les he dicho estas cosas, para que cuando llegue el
    tiempo, puedan recordar que se las había dicho. No les dije
    estas cosas desde el comienzo, porque estaba con ustedes.
    016:005 Pero ahora me voy donde aquel que me envió, ¿Ninguno de
    ustedes me pregunta, `A donde vas?´
    016:006 Como les he dicho estas cosas, la preocupación ha embargado
    sus corazones.
    016:007 Sin embargo les digo la verdad: Es ventaja para ustedes que yo
    me vaya, porque si yo no me fuera, el Consejero no vendría a
    ustedes. Pero si me voy, se los enviaré.
    016:008 Cuando venga, condenará[ 174] al mundo por el pecado, por la
    rectitud y por el juicio;
    016:009 por el pecado, porque no creen en mí;
    016:010 por la rectitud, porque voy al Padre y no me verán más;
    016:011 por el juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido
    juzgado[175].

    016:012 «Tengo aún muchas cosas por decirles, pero ustedes no pueden
    soportarlas ahora.
    016:013 Pero cuando Él, el Espíritu de la Verdad, haya venido, Él los
    guiará a la verdad completa, porque no hablará por si mismo;
    sino que el hablará todo lo que escuche. Él les declarará
    cosas que vendrán.
    016:014 Él me glorificará, porque tomará de lo que es mio, y se los
    declara.
    016:015 Todas las cosas que el Padre tiene son mías; por esto les dije
    que Él toma[176] de lo que es mio, y se los declarará.
    016:016 Un poco más, y ya no me verán. Otro poco más y me
    verán[177].»

    016:017 Entonces algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros,
    «¿Qué es esto que Él nos dice, `Un poco más y ya no me verán.
    Otro poco más y me verán;´ y `Porque voy al Padre?´»
    016:018 Entonces dijeron, «¿ Que es esto que dice, `Un poco más?´ No
    sabemos de lo que habla.»

    016:019 Entonces Jesús percibió que ellos querían preguntarle, y les
    dijo, «¿Se preguntan entre ustedes sobre esto, que les he
    dicho, `Un poco más, y ya no me verán. Otro poco más y me
    verán?´
    016:020 Yo les aseguro, que llorarán y se lamentarán pero el mundo se
    alegrará. Estarán tristes pero su tristeza se convertirá en
    alegría.
    016:021 Una mujer cuando da a luz siente preocupación porque ha
    llegado su hora. Pero cuando ha traído al niño, no recuerda su
    angustia, por la alegría del nacimiento de un ser humano en el
    mundo.
    016:022 Entonces ustedes ahora sienten preocupación, pero los veré de
    nuevo, y sus corazones se alegrarán, y nadie les podrá quitar
    la felicidad.

    016:023 «Ese día no me harán preguntas. Con seguridad les digo,
    cualquier cosa que pidan al Padre en mi nombre, Él se la dará.
    016:024 Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan, y
    recibirán, para que su felicidad pueda ser completa.
    016:025 Les he dicho estas cosas en parábolas[178]. Pero se acerca el
    tiempo en el que no les hablaré más con parábolas, sino que
    les hablaré directamente sobre el Padre.
    016:026 En ese día, pedirán en mi nombre; y no les diré que oraré al
    Padre por ustedes,
    016:027 pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado, y
    han creído que vine de Dios.
    016:028 He venido del Padre[ 179], y he venido al mundo. De nuevo dejo
    el mundo y voy al Padre.»

    016:029 Sus discípulos le dijeron, «Observa, ahora hablas
    directamente, y no hablas con parábolas.
    016:030 Ahora sabemos que sabes todas las cosas, y no necesitas que
    nadie te pregunte. Por esto creemos que tu has venido del
    Padre.»

    016:031 Jesús les contestó, «¿Ahora creen?
    016:032 Observen, la hora se acerca, sí, ha llego, cuando ustedes se
    dispersarán, cada uno a su propio sitio, y me dejarán sólo.
    Pero no estoy sólo porque el Padre está conmigo.
    016:033 Les he dicho estas cosas, para que puedan tener paz en
    mí[180]. En el mundo tienen opresión, ¡Pero anímense! He
    conquistado el mundo.»

    17

    017:001 Jesús dijo estas cosas, y levantando los ojos al cielo dijo, «
    Padre el momento ha llegado. Glorifica a tu Hijo, que tu Hijo
    también te pueda glorificar;
    017:002 así como le diste autoridad sobre toda carne, Él dará vida
    eterna a todos los que le has dado.
    017:003 Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti el único y
    verdadero Dios, y a aquel a quien enviaste, Jesús Cristo.
    017:004 Yo te glorifique en la tierra. He logrado la labor que me has
    puesto.
    017:005 Ahora Padre, glorifícame contigo mismo, con la gloria que yo
    tenía antes de que el mundo existiera.
    017:006 Yo le revelé tu nombre a las personas que me has dado del
    mundo. Eran tuyos y me los has dado a mí. Ellos le han hecho
    caso a tu palabra.
    017:007 Ahora ellos saben que todas las cosas que me has dado vienen
    de ti[181],
    017:008 pues las palabras que me has dado se las he dado a ellos, y
    ellos las recibieron, y se aseguraron de que yo venía de ti, y
    han creído que tu me has enviado.
    017:009 Rezo por ellos. No rezo por el mundo sino por aquellos que me
    has dado, pues ellos son tuyos.
    017:010 Todas las cosas que son mías son tuyas, y las tuyas son mías,
    y yo estoy glorificado en ellas.
    017:011 Yo no seguiré en el mundo pero ellos si, yo voy a ti. Padre
    Santo, cuídalos en tu nombre el cual me has dado a mí, que
    sean uno así como nosotros lo somos.
    017:012 Mientras que estaba en el mundo con ellos los mantuve en tu
    nombre. Los que me has dado los he mantenido. Ninguno está
    perdido, excepto el hijo de la destrucción, para que la
    escritura se cumpliera.
    017:013 Pero ahora voy a Ti, y digo estas cosas en el mundo, para que
    puedan completar en ellos mi felicidad[182].
    017:014 Les he dado tu palabra. El mundo los ha odiado, porque no son
    del mundo, así como yo no soy del mundo.
    017:015 No oro para que los saques del mundo, sino para que los cuides
    del maligno.
    017:016 No son del mundo así como yo tampoco soy del mundo.
    017:017 Santifícalos[183] en tu verdad. Tu palabra es verdad.
    017:018 Tal como me enviaste al mundo, así los he enviado a ellos al
    mundo.
    017:019 Por su causa me santifico a mi mismo, para que ellos mismos
    puedan ser santificados en la verdad.
    017:020 No sólo por ellos oro, sino también por aquellos que creen en
    mí por medio de su palabra,
    017:021 que todos puedan ser uno; así como tu, Padre, estás en mí y yo
    en ti, que ellos también puedan ser uno en nosotros; para que
    el mundo pueda creer que tu me enviaste.
    017:022 La gloria que me has dado, se las he dado a ellos; para que
    puedan ser uno, así como nosotros somos uno;
    017:023 Yo en ellos, y tu en mí, para que puedan ser perfeccionados en
    uno; que el mundo pueda saber que tu me enviaste, y que los
    amaste, así como me amaste.
    017:024 Padre, también deseo que aquellos que me has dado, estén
    conmigo donde yo este, que puedan ver mi gloria, la cual tu me
    has dado, porque me amabas desde antes de la fundación del
    mundo.
    017:025 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocía; y
    ellos supieron que tu me enviaste.
    017:026 Les he dado a conocer tu nombre, y lo haré conocido; para que
    el amor con el que me has amado pueda estar en ellos, y yo en
    ellos.»

    18

    018:001 Cuando Jesús había dicho estas palabras, paso con sus
    discípulos sobre el puente Cedrón, donde había un jardín, al
    cual Él y sus discípulos entraron.
    018:002 Ocurrió que Judas, quien lo traicionó, también conocía el
    lugar, porque Jesús lo frecuentaba con sus discípulos.
    018:003 Entonces Judas, habiendo tomado una tropa de soldados y
    oficiales de los sacerdotes jefes y de los fariseos, fue allí
    con linternas, antorchas y armas.
    018:004 Jesús, sabiendo todas las cosas que le ocurrirían, avanzó y
    les dijo, «¿A quién buscan?»

    018:005 Le contestaron, «A Jesús de Nazaret.»
    Jesús les dijo, «YO SOY.»
    También Judas, quien lo traicionó, estaba con ellos.
    018:006 Y cuando Él les dijo «YO SOY», retrocedieron y cayeron al
    piso.

    018:007 De nuevo les pregunto Jesús, «¿A quién buscan?»
    Ellos dijeron, «Jesús de Nazaret.»

    018:008 Jesús les dijo, «Ya les dije que YO SOY. Entonces si me buscan
    a mí, dejen que estos sigan su camino,»
    018:009 para que se cumpliera la palabra[184] que dice, «De aquellos
    que me has dado, no he perdido ninguno.»

    018:010 Entonces Simón Pedro, quien tenía una espada, la sacó, y le
    dio al siervo del sumo sacerdote, cortando su oreja derecha.
    El nombre del siervo era Malco.
    018:011 Entonces Jesús le dijo a Pedro, «Pon la espada en su funda.
    ¿Acaso no debo beber la copa que el Padre me ha dado?»

    018:012 Entonces los soldados, el oficial a cargo y los oficiales de
    los judíos, apresaron a Jesús, lo ataron,
    018:013 y lo condujeron primero donde Anás, pues él era el suegro de
    Caifás, quien era el sumo sacerdote aquel año.
    018:014 Fue Caifás quien aconsejó a los Judíos que era apropiado que
    muriera un hombre por la gente.
    018:015 Simón Pedro siguió a Jesús, así como otro discípulo. Ocurría
    que ese discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró
    junto con Jesús a la corte del sumo sacerdote;
    018:016 pero Pedro permaneció afuera junto a la puerta. El otro
    discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, salió y habló
    a la que cuidaba la puerta, e hizo entrar a Pedro.
    018:017 Entonces la empleada que cuidaba la puerta le dijo a Pedro, «¿
    Eres también uno de los discípulos de ese hombre?»
    Él dijo, «No lo soy.»

    018:018 Los siervos y los oficiales estaba allí, pues habían hecho un
    fuego de carbón porque hacia frío, y permanecían allí
    calentándose. Pedro estaba con ellos y se calentaba.
    018:019 Entonces, el sumo sacerdote le preguntó a Jesús sobre sus
    discípulos y sobre su enseñanza.
    018:020 Jesús le contestó, «Hablé abiertamente al mundo. Siempre
    enseñe en las sinagogas, y en el templo, donde los judíos
    siempre se reúnen. No dije nada en secreto.
    018:021 ¿Por qué me preguntas? Pregúntale a quienes han oído lo que
    les he dicho. Ellos saben las cosas que he dicho.»

    018:022 Cuando dijo esto, uno de los oficiales se levantó y le dio una
    bofetada a Jesús con su mano, diciendo, «¿Le respondes al sumo
    sacerdote así?»

    018:023 Jesús le contestó, «Si he hablado mal, doy testimonio del
    mal[185 ]; pero si lo hice bien ¿Por qué me golpeas?

    018:024 Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.
    018:025 Simón Pedro se quedo allí y se calentaba. Entonces le dijeron,
    «Tu no eres uno de sus discípulos, ¿Lo eres?»
    Él lo negó, y dijo, «No lo soy.»

    018:026 Uno de los siervos del sumo sacerdote, siendo pariente de
    aquel a quien Pero había cortado la oreja, dijo, «¿No te vi en
    el jardín con Él?»

    018:027 Entonces Pedro lo negó de nuevo, y de inmediato el gallo
    cantó.

    018:028 Llevaron a Jesús de donde Caifás a la tienda del Pretor. Era
    temprano, y ellos mismos no entraron a la tienda, para no
    quedar impuros, y poder comer la pascua.
    018:029 Pilato entonces fue donde ellos, y les dijo, «¿Qué acusación
    traen contra este hombre?

    018:030 Le contestaron, «Si este hombre no fuera un malhechor, no te
    lo habríamos entregado.»

    018:031 Pilato entonces les dijo, «Tómenlo ustedes, y júzguenlo de
    acuerdo a su ley.»
    Entonces los judíos le dijeron, «No es legal para nosotros
    condenar a muerte a alguien, »
    018:032 para que la palabra de Jesús se pudiera cumplir, la que dijo,
    señalando la clase de muerte que tendría.

    018:033 Pilato entonces entró de nuevo a la tienda, llamó a Jesús, y
    le dijo, «¿Eres el Rey de los Judíos?»

    018:034 Jesús le contestó, «¿Dices esto por ti mismo, o otros te
    hablaron de mí?»

    018:035 Pilato respondió, «No soy Judío, ¿Acaso lo soy? Tu propia
    nación y los jefes de los sacerdotes te han enviado a mí. ¿Qué
    has hecho?»

    018:036 Jesús le contestó, «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino
    fuero de este mundo, mis siervos pelearían, para que yo no
    fuera entregado a los Judíos. Pero ocurre que mi Reino no es
    de aquí.»

    018:037 Pilato entonces le dijo, «¿Entonces eres un rey?»
    Jesús le contestó, «Dices que soy un rey. Por esta razón he
    nacido, y por esta razón he venido al mundo, para dar
    testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad
    escucha mi voz.»

    018:038 Pilato le dijo, «¿Qué es la verdad?»
    Después de haber dicho esto, fue de nuevo donde los judíos, y
    les dijo, «No encuentro bases para condenarlo.
    018:039 Pero ustedes tienen una costumbre, que yo les libere a alguien
    en la Pascua. Entonces ¿ Quieren que les libere al Rey de los
    Judíos?»

    018:040 Entonces todos gritaron, diciendo, «¡No a este hombre, sino a
    Barrabás!» Ocurría que Barrabás era un ladrón.

    19

    019:001 Así que Pilato tomó a Jesús[186], y lo flageló.
    019:002 Los soldados trenzaron espinas en una corona, la pusieron
    sobre su cabeza y lo vistieron con un manto púrpura.
    019:003 Se mantenían diciendo, «!Salve, Rey de los Judíos¡» y
    golpeándolo.

    019:004 Entonces Pilato salió de nuevo, y les dijo, «Observen, se los
    traigo, para que sepan que no encuentro bases para
    condenarlo.»

    019:005 Entonces Jesús salió, llevando el manto púrpura y la corona de
    espinas. Pilato les dijo, «¡Observen, al hombre!»

    019:006 Entonces cuando los jefes de los sacerdotes y los oficiales lo
    vieron, gritaron diciendo, «¡Crucifícalo¡ ¡Crucifícalo!»
    Pilato les dijo, «Tómenlo ustedes mismos, y crucifíquenlo,
    porque no encuentro bases para condenarlo.»

    019:007 Los judíos le contestaron, «Tenemos una ley, y de acuerdo a
    nuestra ley, Él debe morir, porque se ha creído el Hijo de
    Dios.»

    019:008 Entonces cuando Pilato escuchó esto, se asustó más.
    019:009 Entró a la tienda de nuevo, y le dijo a Jesús, «¿De donde
    eres?» Pero Jesús no le respondió.
    019:010 Pilato entonces le dijo, «¿No me estás hablando? ¿ No sabes
    que tengo el poder para liberarte, y tengo el poder para
    crucificarte?»

    019:011 Jesús le contestó, «No tendrías poder alguno contra mí, si no
    te hubiera sido dado desde arriba[187]. Así que quien me ha
    entregado a ti tiene mayor pecado.»

    019:012 Tras esto, Pilato buscaba liberarlo, pero los Judíos gritaron
    diciendo, «¡Si liberas a este hombre, no eres amigo del Cesar!
    ¡ Cualquiera que se crea rey habla contra el Cesar!»

    019:013 Entonces cuando Pilato escuchó estas palabras, sacó a Jesús,
    se sentó en la silla del juez en un lugar llamado «El
    Pavimento[188],» en Hebreo «Gabbatha.»
    019:014 Era el día de la preparación de la Pascua, era cerca de la
    sexta hora.[189]Le dijo a los Judíos, «¡Observen a su Rey!»

    019:015 Gritaron, «¡Lejos con Él!, ¡Lejos con Él! ¡Crucifícalo¡»
    Pilato les dijo, «¿Debo crucificar a su Rey?»
    Los jefes de los sacerdotes contestaron, «¡No tenemos más rey
    que al Cesar!»

    019:016 Así que se los entregó para que fuera crucificado. Tomaron a
    Jesús y lo sacaron.
    019:017 Salió, cargando su cruz, a un lugar llamado « El sitio de la
    calavera,» que en Hebreo es llamado, «Gólgota,»
    019:018 donde lo crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado,
    y Jesús en el medio.
    019:019 Pilato también escribió un título y lo puso sobre la cruz.
    Decía, «JESÚS DE NAZARET, EL REY DE LOS JUDÍOS.»
    019:020 Entonces muchos de los Judíos leyeron este título, pues el
    lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca a la ciudad; y
    estaba escrito en hebreo, latín y griego.
    019:021 Los jefes de los sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato,
    «No escribas, `El rey de los judíos,´ sino `dijo, soy el rey
    de los Judíos.´»

    019:022 Pilato contestó, «Lo que he escrito, escrito está.»

    019:023 Entonces los soldados, cuando habían crucificado a Jesús,
    tomaron su ropa, hicieron cuatro partes, una para cada
    soldado, y también la túnica. La túnica no tenía junturas, era
    tejida desde la parte de arriba.
    019:024 Entonces se dijeron unos a otros, «No lo dividamos, hagamos un
    sorteo para decidir de quien será,» para que se cumplieran las
    Escrituras, que dicen,
    «Repartieron mi ropa entre ellos. Por mi túnica echaron
    suertes.» Y esto fue lo que hicieron los soldados.
    019:025 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su
    madre, María la mujer de Clofás y María Magdalena.
    019:026 Entonces cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo que amaba
    allí, le dijo a su madre, «¡Mujer, mira a tu hijo¡»
    019:027 Entonces le dijo al discípulo, «¡Observa a tu madre!» Desde
    esa hora, el discípulo la acogió en su casa.

    019:028 Después de esto, Jesús vio[190] que todo estaba hecho. Para
    que las escrituras pudieran completarse, dijo, «Estoy
    sediento.»
    019:029 Había allí un recipiente lleno de vinagre[191], así que
    pusieron una esponja llena de vinagre sobre un hisopo, y se la
    pusieron en la boca.
    019:030 Cuando Jesús recibió el vinagre, dijo, «Está terminado[ 192].»
    Inclinó su cabeza, y entregó su espíritu.

    019:031 Entonces los Judíos, como era el día de la preparación, para
    que los cuerpos no permanecieran en la cruz el día sabático
    (pues el día sabático era especial), le pidieron a Pilato que
    rompiera sus piernas, y que pudieran ser retirados.
    019:032 Entonces los solados fueron y rompieron las piernas del
    primero, y del que estaba crucificado con él;
    019:033 pero cuando fueron donde Jesús, y vieron que ya estaba muerto,
    no rompieron sus piernas.
    019:034 Sin embargo uno de los soldados clavó su costado con una
    lanza, y de inmediato brotaron sangre y agua.
    019:035 Quien ha visto ha dado testimonio y su testimonio es cierto.
    Sabe que dice la verdad, para que ustedes pueda creer.
    019:036 Pues estas cosas ocurrieron para que las Escrituras pudieran
    cumplirse, «Ni uno de sus huesos será roto.»
    019:037 También otra Escritura dice, «Ellos mirarán a aquel que
    cortaron.»

    019:038 Después de esto, José de Arimatea, siendo discípulo de Jesús,
    en secreto por miedo a los judíos, le pidió a Pilato que le
    permitiera llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato le dio permiso.
    Entonces fue y se llevó el cuerpo.
    019:039 Nicodemo, quien había ido donde Jesús en la noche, también fue
    con una mezcla de mirra y aloe, como cien libras [193].
    019:040 Así que se llevaron el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en
    ropas de lino con la mezcla de hierbas de acuerdo a la
    costumbre judía para enterrar.
    019:041 En el lugar donde fue crucificado había un jardín. En el
    jardín había una tumba nueva donde ningún hombre había yacido
    antes.
    019:042 Entonces a causa del día de preparación de los judíos (pues la
    tumba estaba a mano) dejaron a Jesús allí.

    20

    020:001 Ocurrió que el primer día de la semana, María Magdalena fue
    temprano a la tumba, mientras aún estaba oscuro y vio que la
    piedra había sido retirada de la tumba.
    020:002 Entonces corrió y fue donde Simón Pedro, y el otro discípulo a
    quién Jesús amaba, y les dijo, «¡Se han llevado al Señor de la
    tumba, y no sabemos[194] donde lo han dejado!»

    020:003 Entonces Pedro y el otro discípulo salieron, y fueron hacia la
    tumba.
    020:004 Ambos corrieron. El otro discípulo sobrepasó a Pedro, y llegó
    primero a la tumba.
    020:005 Deteniéndose y mirando,vio las ropas de lino allí, pero no
    entró.
    020:006 Entonces Simón Pedro llegó siguiéndolo, y entró a la tumba.
    Vio la ropa de lino
    020:007 y la que había tenido sobre su cabeza, enrollada en otro
    lugar, separada del resto de ropa.
    020:008 Entonces el otro discípulo que había llegado primero también
    entró a la tumba,vio y creyó.
    020:009 Pues hasta entonces no conocían la Escritura, de acuerdo a la
    cual, Él debía resucitar de entre los muertos.
    020:010 Entonces los discípulos fueron de nuevo a sus casas.

    020:011 Pero Maria se mantuvo fuera de la tumba llorando. Mientras
    lloraba, se arrodilló[195], miró en la tumba,
    020:012 y vio dos ángeles vestidos de blanco, uno a la cabeza y otro a
    los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús.
    020:013 Le dijeron, «¿Mujer, por qué estás llorando?»
    Ella les dijo, «Porque se han llevado a mi Señor, y no se
    donde lo han dejado.»
    020:014 Cuando había dicho esto, dio vuelta y vio a Jesús de pie, pero
    no supo que era Jesús.

    020:015 Jesús le dijo, «¿Mujer, por qué estás llorando? ¿A quién
    buscas?»
    Ella, suponiendo que se trataba del jardinero, le dijo,
    «Señor, si te lo has llevado, dime donde lo has puesto, e iré
    a llevármelo.»

    020:016 Jesús le dijo, «María.»
    Ella se volteó y le dijo[196], «¡Rabuni!» que significa
    «¡Maestro!»

    020:017 Jesús le dijo, «No me toques[197], porque aún no he ascendido
    a mi Padre; pero ve donde mis hermanos a decirles, `Estoy
    ascendiendo a mi Padre y Padre de ustedes a mi Dios y Dios de
    ustedes.´»

    020:018 María Magdalena fue y le dijo a los discípulos que había visto
    al Señor, y que Él le había dicho estas cosas.
    020:019 Entonces cuando llegó la tarde, ese día, el primer día de la
    semana, y cuando las puertas del lugar donde estaban reunidos
    los discípulos estaban cerradas por temor a los judíos, Jesús
    llegó, apareció en medio de ellos, y les dijo, «La paz esté
    con ustedes.»

    020:020 Cuando les había dicho esto, les mostró sus manos y su
    costado. Entonces los discípulos se alegraron cuando vieron al
    Señor.
    020:021 Entonces Jesús les dijo de nuevo, «La paz esté con ustedes.
    Así como el Padre me ha enviado, así los envió yo.»
    020:022 Cuando había dicho esto, respiró sobre ellos, y les dijo,
    «¡Reciban al Espíritu Santo!
    020:023 Cualesquiera pecados que perdonen, esos son perdonados[198 ].
    Cualesquiera pecados retengan, esos son retenidos.

    020:024 Pero Tomás, uno de los doce, llamado dídimo, no estaba con
    ellos cuando Jesús llegó.
    020:025 Entonces los otros discípulos le dijeron, «¡ Hemos visto al
    Señor!»
    Pero él les dijo, «A menos que yo vea en sus manos la huella
    de los clavos, y ponga mi mano[199] en su costado, no
    creeré.»

    020:026 Después de ocho días sus discípulos estaban reunidos, y Tomás
    estaba con ellos. Jesús llegó, estando las puertas cerradas,
    apareció en el medio, y dijo, «La paz esté con ustedes.»
    020:027 Entonces le dijo a Tomás, «Acerca tu dedo, mira mis manos.
    Acerca tu mano, ponla en mi costado. No seas incrédulo,
    cree.»

    020:028 Tomás le contestó, «¡Mi Señor y mi Dios!»

    020:029 Jesús le dijo, «Porque me has visto [200], has creído.
    Benditos aquellos que no han visto, y han creído.»

    020:030 Entonces Jesús hizo muchas otras señales en la presencia de
    sus discípulos, que no se escriben en este libro;
    020:031 las que se escriben son para que tu puedas creer que Jesús es
    el Cristo, el Hijo de Dios, y que creyendo, puedas tener vida
    en su nombre.

    21

    021:001 Después de esto, Jesús se reveló nuevamente a sus discípulos
    en el lago de Tiberias. Él se reveló de esta forma.
    021:002 Simón Pedro, Tomás el llamado dídimo, Natanael de Cana en
    Galilea, los hijos de Cebedeo y otros dos discípulos estaban
    reunidos.
    021:003 Simón Pedro les dijo, «Voy a pescar.»
    Ellos le dijeron, «También vamos contigo.» Salieron de
    inmediato y entraron al bote. Esa noche, no pescaron nada.
    021:004 Cuando llegó el día, Jesús estaba en la playa, aunque sus
    discípulos no reconocieron que era Él.
    021:005 Entonces Jesús les dijo, Niños, ¿Tienen algo para comer?
    Ellos le contestaron, «No.»

    021:006 Él les dijo, «Arrojen la red a la derecha del bote, y
    encontrarán algunos.»
    Entonces la arrojaron, y no fueron capaces de sacarla por la
    cantidad de peces.
    021:007 El discípulo al que Jesús amaba le dijo a Pedro, «¡Es el
    Señor!»
    Así que cuando Simón Pedro escuchó que era el Señor, envolvió
    su saco a su alrededor (pues estaba desnudo), y se lanzó al
    mar[201].
    021:008 Los demás discípulos fueron en el botecito (pues no estaban
    lejos de la tierra, sino como a doscientos codos[202] de
    distancia), jalando la red llena de peces.
    021:009 Así que cuando llegaron a tierra, encontraron fuego de
    carbones allí, y pescado puesto en estos, y pan.
    021:010 Jesús les dijo, «Traigan algo del pescado que han cogido.»

    021:011 Simón Pedro fue y sacó la red a tierra, llena de grandes
    pescados, ciento cincuenta y tres; y aún habiendo tantos, la
    red no se rompió.

    021:012 Jesús le dijo, «Vengan y desayunen.»
    Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle «¿Quién
    eres?» sabiendo que era el Señor.

    021:013 Entonces Jesús tomó el pan, se los dio, y así mismo el
    pescado.
    021:014 Esta fue la tercera ocasión en la que Jesús se reveló a sus
    discípulos después de haberse levanto de la muerte.
    021:015 Cuando habían comido su desayuno, Jesús le dijo a Simón Pedro,
    «Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas más que estos?»
    Él le dijo, «Si, Señor; sabes el afecto que siento por ti.»
    Jesús le dijo, «Alimenta mis corderos[203].»
    021:016 Le dijo por segunda vez, «Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas?»
    Él le dijo, «Si, Señor; sabes el afecto que siento por ti.»
    Él le dijo, «Cuida mis ovejas.»
    021:017 Le dijo por tercera vez, «Simón, hijo de Jonás, ¿Sientes
    afecto por mí?»
    Pedro se afligió porque le preguntaba por tercera vez, «¿Me
    tienes afecto?» Él le dijo, «Señor, tu lo sabes todo. Sabes
    que te tengo afecto.»
    Jesús le dijo, «Alimenta mis ovejas[204].
    021:018 Con seguridad les digo, cuando eran jóvenes, se vestían por si
    mismos, y caminaban por donde querían. Pero que son viejos,
    estirarán sus manos y otro los vestirá, y los llevará a donde
    ustedes no quieren ir.»

    021:019 Dijo esto, queriendo decir con que clase de muerte le daría
    gloria a Dios. Después de decir esto, dijo «Sígueme.»

    021:020 Entonces Pedro, dándose vuelta,vio a un discípulo siguiéndolo.
    Este era el discípulo al que Jesús amaba sinceramente, el
    mismo que se había reclinado en el pecho de Jesús en la cena y
    le había preguntado, «¿Señor quien te va a traicionar?»
    021:021 Pedro al verlo, le dijo a Jesús, «Señor, ¿Qué respecto a este
    hombre?»

    021:022 Jesús le dijo, «Si yo deseo que se quede hasta que yo regrese,
    ¿ Qué significa para ti? Tu sígueme. »
    021:023 Entonces entre los hermanos[ 205] empezó a decirse, que ese
    discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría,
    sino que «Si yo deseo que se quede hasta que yo regrese, ¿Qué
    significa para ti?»
    021:024 Este es el discípulo que da testimonio sobre estas cosas, y
    que escribió estas cosas. Sabemos que su testimonio es cierto.
    021:025 Hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, si todas fueran
    escritas, supongo que no habría espacio suficiente en el mundo
    para los libros que se escribirían.

    ————–

    [1] Versión: 0.9. Damos gracias a Dios. Traducción basada
    especialmente en [WEB]. Los nombres en español han sido
    tomados de
    [DiosHablaHoy]. Algunos cambios en la traducción (anotados en
    pies
    de página) se basan en [DieBibel], [DiosHablaHoy], [Peshitta]
    y [
    Elberfelder]. Las comparaciones con [TR], [NU] y [MT] son
    tomadas
    de [WEB] y fueron realizadas por Michael Jhonson. Hasta el
    momento
    han colaborado traduciendo a español, comparando y
    corrigiendo:
    Melissa Giraldo y Vladimir Támara. Puede buscar una versión
    más
    actualizada en http://de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp o
    ayudar a mejorar esta traducción en la lista evangelios-dp a
    la que
    puede suscribirse en:
    http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp

    [2] [Peshitta] dice `Miltha´ con nota al pie de página:
    `"Miltha"
    … puede significar Palabra, Manifestación, Instancia o
    Substancia, entre muchas otras cosas.

    [3] [Peshitta] dice `estaba con Dios.´

    [4] [DieBibel], [DiosHablaHoy], [Peshitta] y [Elberfelder]
    dicen
    `Al comienzo estaba con Dios.´

    [5] La palabra traducida como «subyugó» (katelaben) también
    puede
    ser traducida «comprendido.» Se refiere a atrapar a un enemigo
    para
    acabar con él. [WEB], [Elberfelder] dicen `no la han
    subyugado,´ [
    Peshitta] dice `no la subyugó.´

    [6] [Peshitta] dice `Era la luz de la verdad que ilumina a
    todos
    los que vienen al mundo.´

    [7] [Peshitta] dice `la autoridad.´

    [8] En [DiosHablaHoy] dice bendición tras bendición,
    [DieBibel]
    dice `clemencia tras clemencia,´ [Peshitta] dice `gracia a
    cuenta
    de gracia.´

    [9] En [DiosHablaHoy] dice `El amor y la verdad.´

    [10] [NU] dice "Dios."

    [11] [WEB] dice `que es preferido antes de mí,´ [Peshitta]
    dice
    `pero que está antes de mi,´ esta parte no aparece en
    [Elberfelder]

    [12] En [DiosHablaHoy] dice `al oriente del Jordán,´
    [Peshitta]
    dice `en el cruce del Jordán.´

    [13] [Peshitta] dice `otro día.´

    [14] Esta parte no aparece en [Peshitta].

    [15] 4:00 PM.

    [16] «Mesías» (Hebreo) y «Cristo» (Griego) ambos significan
    «El
    Ungido.» La aclaración `que se interpreta como Cristo´ no
    aparece
    en [Peshitta].

    [17] En [WEB], [Peshitta] dice Jonás, [DiosHablaHoy] y en
    [DieBibel
    ] dice Juan. En [DieBibel] hay un pie de página que dice que
    el
    padre de Pedro en todo el evangelio de Juan es llamado Juan,
    aunque
    es llamado Jonás en Mateo 16,17.

    [18] [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `piedra´ en lugar de
    `Pedro.´
    La aclaración no aparece en [Peshitta], aunque está como pie
    de
    página.

    [19] [Peshitta] dice en nota al pie `Beth-Saida literalmente
    significa "Casa/Lugar de pesca", está situada sobre el lago de
    Galilea.´

    [20] [Elberfelder] dice sólo `conmigo.´

    [21] La traducción `de acuerdo a la forma Judía de purificar´
    concuerda con la de [DieBibel], aunque en [DiosHablaHoy] dice
    `para
    el agua que usan los judíos en sus ceremonias de
    purificación.´

    [22] 2 a 3 metretes son entre 20 y 30 galones de EUA, 16 a 25
    galones imperiales, o entre 75 y 115 litros.

    [23] [Peshitta] y [Elberfelder] dicen `están ebrios.´

    [24] De acuerdo al comentario en Mateo 12,35 de [DieBibel],
    "la
    palabras "hermano" y "hermana" por su uso en arameo, hebreo y
    griego, puede ser abreviación de familiar (e.g primo)".

    [25] La palabra traducida como "de nuevo" aquí y en Juan 3,7
    (anothen) también significa «otra vez» o «desde arriba.»

    [26] La misma palabra griega (pneuma) significa viento,
    aliento y
    espíritu.

    [27] La parte `quien está en el cielo´ no aparece en
    [DieBibel]

    [28] [Peshitta] dice `condenarlo.´

    [29] [Peshitta] dice `dar vida al mundo.´

    [30] [DieBibel] en lugar de `Ellos fueron para ser bautizados´
    dice
    `La gente iba, para ser bautizada.´

    [31] [Peshitta] dice `de un discípulo de Juan con un judío.´

    [32] [DiosHablaHoy] dice `con un hijo.´

    [33] [DiosHablaHoy] dice `al este del Jordán.´

    [34] [Peshitta] agrega `un mensajero que ha sido enviado antes
    de
    Él.´

    [35] `que en verdad es Dios´ es tomada de [DieBibel] que
    concuerda
    con [Elberfelder], [WEB] y [Peshitta] dicen `que Dios es la
    verdad´
    y [DiosHablaHoy] dice `que Dios dice la verdad.´

    [36] En este contexto, la misma palabra puede traducirse como
    «
    desobedece» o «no cree.»

    [37] En [DiosHablaHoy] dice `Los fariseos se enteraron de que
    Jesús
    tenía más seguidores y bautizaba más que Juan.´ El sentido es
    el
    mismo en [DieBibel], [WEB] y [Elberfelder].

    [38] [Elberfelder] dice `un pozo de Jacob.´

    [39] Medio día.

    [40] En [DieBibel] dice de donde provienen los dones de Dios.

    [41] En [DieBibel] dice `que regala vida eterna,´ en
    [DiosHablaHoy]
    dice `brotará en él como un manantial de vida eterna.´

    [42] En [DiosHablaHoy] dice `llega la hora en la que ustedes
    adorarán al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a
    Jerusalén.´

    [43] [DieBibel] dice `porque así el Padre desea ser alabado,´
    [
    DiosHablaHoy] dice lo mismo. Con la traducción escogida
    concuerdan
    [DieBibel], [Peshitta] y [Elberfelder].

    [44] [Peshitta] no incluye la aclaración `aquel que es llamado
    Cristo.´

    [45] [Elberfelder] no dice `¿Qué estás buscando?.´

    [46] [DieBibel] dice `Vivo de un alimento que ustedes no
    conocen.´

    [47] [WEB] dice `cumplir su trabajo,´ [DieBibel], [Peshitta],
    [
    Elberfelder] y [DiosHablaHoy] dicen `completar su trabajo.´

    [48] [Peshitta] dice `maduros.´

    [49] [Peshitta] y [WEB] dicen `el Cristo,´ ni [DieBibel], ni [
    DiosHablaHoy], ni [Elberfelder] lo dicen.

    [50] En [DieBibel] y [Peshitta] dicen `servidor real.´ [
    DiosHablaHoy] dice `oficial del rey.´

    [51] 1:00 P.M.

    [52] [DiosHablaHoy] dice `toda su familia.´

    [53] [Peshitta] no dice `por la puerta de las ovejas.´

    [54] [Peshitta] dice `un lugar de bautismo.´

    [55] [DiosHablaHoy] en lugar de `Betesda´ dice `Betzata.´

    [56] Ni [DieBibel] ni [DiosHablaHoy] agregan al final de 5,3
    `que
    esperaban el movimiento del agua;´ ni la explicación en 5,4,
    aunque
    están en notas al pie de página. [DieBibel] dice que es una
    adición
    a los textos antiguos.

    [57] El día sabático o de descanso era el sábado.

    [58] [Peshitta] dice `había sido presionado por la multitud.´

    [59] En [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `el Hijo del hombre,´
    [
    Peshitta] dice `de hombre.´

    [60] En [DieBibel] dice `juzgo, como escucho del Padre.´

    [61] [WEB] y [Peshitta] dicen `Ustedes han enviado a Juan,´ [
    Elberfelder] dice `Ustedes han sido enviados a Juan.´

    [62] [WEB] dice `no vendrán a mí,´ [Peshitta] dice `no desean
    venir
    a mí.´

    [63] [WEB] dice `en el que recibe gloria de otro,´ [DieBibel]
    dice
    `cuando ustedes reciben la gloria de otro?,´ [Peshitta] dice
    `que
    reciben gloria quienes se alaban unos a otros.´

    [64] [WEB] dice `incluso Moisés.´

    [65] El original dice `mar.´

    [66] [Peshitta] dice `de Tiberius.´

    [67] [WEB] dice tajadas de cebada.

    [68] En [DieBibel] dice `y los distribuyó a la gente,´
    [Peshitta] y
    [Elberfelder] tienen el mismo sentido.

    [69] [Peshitta] agrega `de las cinco tajadas de pan de
    cebada.´

    [70] En [WEB] y [Peshitta] dice al final `por si mismo,´ en [
    DieBibel] dice `solo,´ en [DiosHablaHoy] dice `a lo alto de la
    montaña para estar solo.´

    [71] 25 a 30 estadios corresponden aproximadamente de 5 a 6
    kilómetros o de 3 a 4 millas.

    [72] En Griego y Hebreo se usa la misma palabra para «cielo»,
    «los
    cielos», «el firmamento» y «el aire.»

    [73] En [DieBibel] dice `que no los deje yacer en tierra,´ en
    [
    DiosHablaHoy] dice `que yo no pierda a ninguno de los que me
    ha
    dado.´

    [74] En [DiosHablaHoy] dice `que ha venido de Dios.´

    [75] [Peshitta][WEB][Elberfelder][DieBibel][DiosHablaHoy]

    [76] En [DiosHablaHoy] dice `que da vida.´

    [77] [DieBibel] dice `Pero no es así con el pan que viene del
    cielo: Cuando alguien de este coma, no morirá.´

    [78] [DiosHablaHoy] dice `vive unido a mí.´

    [79] En [DiosHablaHoy] dice `Esto que dice es muy difícil de
    aceptar; ¿Quién puede hacerle caso?´

    [80] [DiosHablaHoy] y [Peshitta] dicen `¿Esto los ofende?´

    [81] [DiosHablaHoy] dice `el cuerpo no aprovecha

    [82] [Elberfelder] y [DieBibel] dicen `tu eres Dios bendito,´
    [
    Peshitta] , [WEB] y [DiosHablaHoy] dicen `el Cristo, el Hijo
    del
    Dios viviente.´

    [83] Ver nota de pie de página de Juan 2,12.

    [84] Tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] dicen: aquel que
    quiere
    ser conocido no hace nada en secreto

    [85] [DieBibel] dice `la escritura,´ [DiosHablaHoy] dice `Cómo
    sabe
    este tantas cosas.´

    [86] [DieBibel] dice es `digno de confianza,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `dice la verdad.´

    [87] [WEB] dice `hice cada parte de un hombre completa.´

    [88] [DieBibel] dice `por quien me envió, garanticen la
    verdad,´ [
    DiosHablaHoy] dice `vengo enviado por uno que es digno de
    confianza.´

    [89] En [WEB] dice `dispersión.´ [DiosHablaHoy] dice `a los
    judíos
    que viven dispersos en el extranjero y a enseñar a los
    paganos.´ la
    traducción `diáspora´ es tomada de [DieBibel].

    [90] [DieBibel] dice `qué significa esto que Él ha dicho.´

    [91] [DiosHablaHoy] dice `del corazón del que cree en mí.´

    [92] Traducción tomada de [DieBibel], [WEB] dice `quien había
    ido
    donde Jesús en la noche

    [93] [DieBibel] aclara `uno de sus propias filas´

    [94] [DieBibel] dice `lee,´ [DiosHablaHoy] dice `estudia.´

    [95] [Peshitta] no incluye los versículos del 1 al 12 de este
    capítulo.

    [96] [Elberfelder] no dice `condenados por su conciencia.´

    [97] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dice `¿Donde están?´

    [98] [Peshitta] comienza el capítulo 8 en este versículo.

    [99] [DiosHablaHoy] dice `Ustedes juzgan según los criterios
    humanos.´

    [100] [DieBibel], [Elberfelder] y [Peshitta] dicen `Yo soy,´ [
    DiosHablaHoy] dice `Yo soy el que soy´

    [101] [DieBibel] dice `¿Por qué aún hablo con ustedes?´ con
    nota al
    pie de página `No es seguro que se encuentre el sentido del
    texto
    griego aquí,´ [DiosHablaHoy] dice `¿Por qué he de hablar con
    ustedes?´ con nota al pie de página `Otra posible traducción:
    Lo
    que desde el principio les digo,´ [Elberfelder] dice `Con
    seguridad, lo que también les he dicho,´ [Peshitta] dice `Aún
    si
    comenzara a hablar con ustedes.´

    [102] [Peshitta] dice `en contra de ustedes.´

    [103] [DieBibel] dice `garantiza la verdad,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `dice la verdad.´

    [104] [DiosHablaHoy] no dice `casa´ sino `familia.´

    [105] [Peshitta] dice `no están abiertos a mi palabra´ con
    nota al
    pie de página que aclara `No se vacían a ustedes mismos (para
    hacer
    espacio) para mi palabra.´

    [106] [DieBibel], [Elberfelder] y [DiosHablaHoy] dicen `oído
    de,´ [
    WEB] y [Peshitta] dice `visto.´

    [107] [DiosHablaHoy] dice `porque yo vengo de Dios y aquí
    estoy´

    [108] [Peshitta] dice `por mi propia voluntad.´

    [109] [WEB] dice `no pueden,´ la traducción escogida fue
    tomada de
    [DieBibel].

    [110] [WEB] dice `de estas,´ la traducción fue tomada de
    [DieBibel
    ].

    [111] [WEB] y [Peshitta] dicen `Hay uno que busca y juzga,´ [
    DiosHablaHoy] dice `Yo no quiero que me honren, aunque hay
    alguien
    que quiere que se me honre, y Él juzga,´ el mismo sentido
    tiene [
    Elberfelder].

    [112] [DiosHablaHoy] dice `yo existo desde antes que existiera
    Abraham.´

    [113] [WEB] y [Peshitta] coinciden en la traducción escogida,
    [
    DiosHablaHoy] y [Elberfelder] dicen `se escondió y salió del
    templo.´

    [114] [Peshitta] no incluye la aclaración (que significa
    «Enviado
    »).

    [115] [Peshitta] dice `que mendigaba desde el comienzo.´

    [116] [Peshitta] agrega `desde el comienzo.´

    [117] [DiosHablaHoy] dice `Dinos la verdad delante de Dios´

    [118] [DieBibel], [Peshitta] y [Elberfelder] dicen `teme a
    Dios.´

    [119] Redacción de [DieBibel]

    [120] [DiosHablaHoy] dice `cuando se encontró con él.´

    [121] [DiosHablaHoy] dice `se puso de rodillas´

    [122] [Peshitta] dice `Y todos los que han venido son
    estafadores y
    ladrones si las ovejas no los escucharon.´

    [123] [Peshitta] dice `las destruye.´

    [124] La «Fiesta de la Dedicación» es el nombre griego
    «Chanukkah,»
    una celebración de la rededicación del templo.

    [125] [DiosHablaHoy] dice `Lo que el Padre me ha dado es más
    grande
    que todo´ con nota al pie que señala la traducción aquí usada.

    [126] [DiosHablaHoy] dice `Si Dios llama´

    [127] [DiosHablaHoy] dice `apartó.´

    [128] [DiosHablaHoy] dice `que hace mi padre.´

    [129] [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `al otro lado del
    Jordán,´ [
    DiosHablaHoy] dice `al oriente del Jordán,´ [Peshitta] dice
    `cruzando el Jordán.´

    [130] [WEB] dice `entonces,´ la traducción `aunque´ es tomada
    de [
    DiosHablaHoy].

    [131] «Dídimo» significa «Gemelo.»

    [132] 15 estadios es cerca de 2.8 kilómetros o 1.7 millas.

    [133] [DieBibel] dice `lugar sagrado´ con nota al pie de
    página `El
    lugar sagrado es el templo,´ [DiosHablaHoy] dice `nuestro
    templo.´

    [134] [Elberfelder], [DiosHablaHoy] y [DieBibel] dicen
    `ustedes,´ [
    WEB] y [Peshitta] dice `nosotros.´

    [135] [DiosHablaHoy] dice `como era sumo sacerdote aquel año,
    dijo
    por inspiración de Dios.´ [DieBibel] dice `con inspiración
    profética´ con nota al pie de página `Para los evangelistas es
    el
    sumo sacerdote de cada año la herramienta de Dios, es quien
    debe
    anunciar una verdad más profunda.´

    [136] Una libra romana de 12 onzas, o cerca de 340 gramos.

    [137] 300 denarios son casi los jornales de un año de un
    trabajador
    del campo.

    [138] [DiosHablaHoy] dice `ciudad de Sión.´

    [139] En [DiosHablaHoy] no aparece esta parte

    [140] [Peshitta] dice `gentiles.´

    [141] En [DieBibel] y en [DiosHablaHoy] dice `Mesías.´

    [142] En [DiosHablaHoy] dice `para que pertenezcan a la luz.´
    En [
    DieBibel] dice `para que sean hijos de la luz.´

    [143] [WEB], [Elberfelder], [DieBibel] dicen `él ha,´
    [DiosHablaHoy
    ] dice `Dios ha,´ [Peshitta] dice `ellos han´

    [144] En [DiosHablaHoy] dice entorpecido su mente en vez de
    endurecido corazones.

    [145] [DiosHablaHoy] dice `la gloria de Jesús´

    [146] [DiosHablaHoy] dice `no cree solamente en mi.´

    [147] [DiosHablaHoy] dice `enseñar.´

    [148] [DiosHablaHoy] dice `que Dios le había dado toda la
    autoridad.´

    [149] De acuerdo a nota al pie de [DieBibel], lavar los pies
    de
    alguien era una tarea de los esclavos.

    [150] [WEB] no dice `en ese caso,´ estas palabras son tomadas
    de [
    Peshitta].

    [151] [DieBibel] dice `me ha traicionado´ con nota al pie de
    página
    con la misma traducción, [DiosHablaHoy] dice `se ha vuelto
    contra
    mi,´ la misma traducción está en [Peshitta] y [Elberfelder].

    [152] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `al lado de Jesús.,´ [
    DiosHablaHoy] agrega `de forma que podían conversar mientras
    cenaban.´

    [153] [DieBibel] dice `inclinando su cabeza, debía preguntar
    sobre
    quien hablaba Jesús,´ [DiosHablaHoy] dice `Simón Pedro le dijo
    por
    señas que le preguntara de quién estaba hablando.´

    [154] [DiosHablaHoy] dice `acercándose más a Jesús´

    [155] [WEB] dice 'después del pedazo de pan,´ agregamos
    `recibir´
    de [DieBibel]

    [156] [DiosHablaHoy] emplea `se muestra la gloria´ en lugar de
    `glorifica.´

    [157] [Peshitta] dice `al final.´

    [158] [DieBibel] en lugar de `tu´ usa `ustedes.´

    [159] Del griego Parakleton: Consejero, Ayudante, Intercesor,
    el
    que reconforta. [DiosHablaHoy] dice `el Defensor,´ [Peshitta]
    dice
    `redentor.´

    [160] [WEB] dice `lo ve,´ [Peshitta] dice `lo ha visto.´

    [161] [Peshitta] agrega `en corto tiempo´ al final de este
    versículo. Las demás traducciones agregan esto al comienzo del
    siguiente versículo, comenzando una nueva oración.

    [162] [DiosHablaHoy] dice `vendremos a vivir en él.´

    [163] [DiosHablaHoy] dice `el Defensor.´

    [164] [WEB] dice `ni dejen que se asusten,´ [Peshitta] dice
    `ni
    tengan miedo.´

    [165] [DieBibel] dice `pero él no tienen poder sobre mí.´

    [166] [Peshitta] dice `Vid de la Verdad.´

    [167] [Elberfelder] dice `limpia.´

    [168] [WEB] y [Elberfelder] dicen `como una rama y se seca,´ [
    Peshitta] dice `como una rama que está seca.´

    [169] [DiosHablaHoy] dice `como las ramas que se recogen y se
    queman en el fuego.´

    [170] [DiosHablaHoy] dice `permanecen fieles a mis enseñanzas´

    [171] [DiosHablaHoy] dice `Pero yo los escogí a ustedes entre
    los
    que son del mundo.´

    [172] [WEB] dice para que no los hagan tropezar,
    [DiosHablaHoy]
    dice `para que no pierdan su fe en mí,´ la traducción escogida
    coincide con la de [DieBibel].

    [173] [TR] dice `Les harán estas cosas.´

    [174] [DiosHablaHoy] dice `mostrará claramente a la gente del
    mundo,´ [DieBibel] dice "demostrará culpable al mundo,´
    [Peshitta]
    y [WEB] coinciden.

    [175] [DiosHablaHoy] dice `condenado.´

    [176] [TR] dice `tomará.´

    [177] [Peshitta] y [Elberfelder] agregan `porque voy al
    Padre.´

    [178] [WEB] dice `lenguaje figurado,´ [Peshitta] dice
    `parábolas.´

    [179] [DiosHablaHoy] y [Elberfelder] dicen `salí de la
    presencia
    del Padre.´

    [180] [DiosHablaHoy] dice `en su unión conmigo.´

    [181] [Peshitta] dice `de tu presencia.´

    [182] [DieBibel] dice `para que tengan mi felicidad completa
    en
    ellos.´

    [183] [DiosHablaHoy] dice `conságralos´

    [184] [DiosHablaHoy] dice `lo que Jesús mismo había dicho.´

    [185] [DieBibel] dice `así dirijo,´ en [DiosHablaHoy] dice
    `dime en
    que ha consistido,´ [Peshitta] dice `doy testimonio contra el
    mal,´
    [Elberfelder] dice `miseria´ en lugar de `mal.´

    [186] [Peshitta] no dice `tomó a Jesús.´

    [187] [DiosHablaHoy] dice `si Dios no te la hubiera dado.´

    [188] [DiosHablaHoy] dice `empedrado.´

    [189] Mediodía.

    [190] [NU] y [TR] dicen «supo» en lugar de «vio.»

    [191] [DiosHablaHoy] dice `vino agrio.´

    [192] [DiosHablaHoy] dice `Todo está cumplido.´

    [193] 100 libras romanas de 12 onzas cada una, o cerca de 72
    libras
    o 33 kilos.

    [194] [Peshitta] dice `se.´

    [195] [DiosHablaHoy] dice `se agacho para mirar dentro.´

    [196] [DiosHablaHoy] y [Peshitta] agregan `en hebreo´

    [197] [DiosHablaHoy] dice `suéltame´

    [198] [Peshitta] dice `Si le perdonan pecados a un hombre,
    estos le
    serán perdonados.´

    [199] [Elberfelder] agrega `y ponga mi mano en la huella de
    los
    clavos y en su costado.´

    [200] [TR] añade «Tomás.»

    [201] [Peshitta] agrega `para ir donde Jesús.´

    [202] 200 codos son cerca de 100 yardas o cerca de 91 metros.

    [203] [Peshitta] dice `cuida mis ovejas por mi.´

    [204] [Peshitta] dice `cuida mis ovejas hembras.´

    [205] La palabra «hermanos» aquí podría traducirse
    correctamente
    como «hermanos y hermanas.»

    Bibliografía

    [DieBibel] Einheitsübersetzung der Heiligen Schrift. Die
    Bibel.
    Gesamtausgabe. Otto Knoch, Heinrich Arenhe, Gerhard Barth, et
    al.
    Verlag Katholissches Bibelwerk GmbH. 1980. Todos los derechos
    reservados.

    [DiosHablaHoy] Dios Habla Hoy. La Biblia. Sociedades bíblicas
    unidas. 1995. Todos los derechos reservados.

    [Peshitta] Peshitta Aramaic/English Interlinear New Testament.
    Paul
    D. Younan. http://www.peshitta.org/ Permite uso o reproducción
    de
    cualquier parte en cualquier forma sin permiso previo.

    [WEB] World English Bible Michael Johnson con base en American
    Standard Bible de 1911. http://www.ebible.org 2002. Dominio
    público.

    [Elberfelder] Johannes Evangelium: mit Erklärungen von Werner
    Heukelbach. Elberfelder. Missionswerk Werner Heukelbach. Todos
    los
    derechos reservados.

    [esv] Las sagradas Escrituras Versión Antigua. Russell Martin
    Stendal. Copyright (c) 1999. Puede ser usada libremente
    siempre y
    cuando su contenido no sea alterado.

    [TR] Textus Receptus. Greek New Testament underlying the King
    James
    Version.

    [NU] Nestle-Aland ed. 27/UBS ed. 4.

    [MT] Majority Text Greek New Testament.

    ——————————————————————-

  • Biografia del libertador Simon Bolívar, ó La independencia de la América del sud

    Biografia del libertador Simon Bolívar, ó La independencia de la América del sud

    Aproximadamente 25.472 palavras.

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    nationale de France (BnF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr.

    [Ilustracion: SIMON BOLÍVAR]

    BIBLIOTECA DE LA JUVENTUD

    * * * * *

    BIOGRAFIA

    DEL LIBERTADOR

    SIMON BOLÍVAR

    ó

    LA INDEPENDENCIA DE LA AMÉRICA DEL SUD

    RESEÑA HISTÓRICO-BIOGRÁFICA

    POR L. C.

    PARIS

    LIBRERIA DE ROSA Y BOURET

    23, CALLE VISCOSTI, 23

    * * * * *

    1868

    El general Bolívar es delgado, y algo menos de una regular estatura.
    Viste bien, y tiene un modo de andar y presentarse franco y militar. Es
    ginete muy fuerte y atrevido, y capaz de resistir grandes fatigas. Sus
    maneras son buenas y su aire sin afectacion, pero que no predispone
    mucho á su favor. Se dice que en su juventud fué de buena figura; pero
    actualmente es de rostro pálido, pelo negro con canas, ojos negros y
    penetrantes; pero generalmente inclinados á tierra ó de lado cuando
    habla; nariz bien formada, frente alta y ancha y barba afilada; la
    expresion de su semblante es cautelosa, triste….

    * * * * *

    Su carácter, viciado por la adulacion, es arrogante y caprichoso…. Su
    imaginacion y su persona son de una actividad maravillosa…. Su voz es
    gruesa y áspera; pero habla elocuentemente en casi todas materias….

    * * * * *

    (Retrato hecho por el general SUCRE.)

    PROLOGO

    Ardua empresa es la de escribir la biografia de los hombres célebres
    contemporáneos. En todo tiempo, aquel que por sus méritos ha llegado á
    colocarse sobre el nivel de las gentes, siempre se ha visto atacado por
    la mordacidad de sus émulos y por muchos á quienes sus actos no podian
    menos de herir, ora en sus intereses, ora en sus familias. ¿Que
    resolucion se ha llevado á cabo sin lastimar intereses creados, sin
    sembrar la devastacion y la muerte por todas partes?

    Por mas que el hombre de que vamos á ocuparnos haya derramado en su
    camino la sangre de sus hermanos, no por eso dejará de ser el
    _Libertador_ de un pueblo que gemia bajo el yugo de la opresion.

    En la obra de la independencia de su pais que desde los primeros años
    del presente siglo fué iniciada, por el espíritu mismo de la época, en
    aquellas espléndidas regiones, el nombre de Bolívar fué conocido ya
    entre sus compatriotas; y desde el momento en que se le vé aparecer
    afiliado á la santa causa de la libertad, por su mérito personal es
    honrado con el alto cargo de los intereses de Venezuela cerca de los
    poderosos gobiernos de las naciones europeas.

    Aun cuando no se hallase adornado de otro alguno, bastarian su
    constancia, su amor sin limites ni resfriamiento por la libertad de su
    pais; bastarian su génio infatigable para administrar y allegar medios
    de sostener la lucha con gloria, su noble desinterés, su probidad y su
    grandeza de ánimo durante los reveses de que fué víctima; bastaria, en
    fin, su sana intencion, su respeto hácia el descubridor del Nuevo Mundo
    y 16 años de no interrumpidos servicios prestados por su patria, que al
    cabo habia de ultrajarle menospreciando sus servicios y la rectitud de
    sus sentimientos, para que nuestra pluma no vacilase un solo punto en
    distinguirle con el glorioso título de _héroe_, añadido á los que el
    mismo pueblo venezolano, y á nombre de él sus representantes, le dieron,
    sin duda con justicia, de _Libertador_ y _Padre de la Patria_.

    ¿El espíritu público podia llegar á estraviarse hasta el extremo de
    honrarle de una manera indebida, precisamente en los momentos en que las
    exigencias de la guerra, que siempre va acompañada del desórden y el
    dolor, venian á destrozar los intereses, el bienestar y aun el corazon
    de los mismos que asi le aclamaban? Esta y otras consideraciones no
    menos poderosos nos han dado valor para acometer la empresa de ofrecer
    el retrato del célebre guerrero americano; pero como el mejor medio
    indudablemente es el de pedir prestados los colores á los
    acontecimientos mismos en que figuró desde su juventud, ofrecemos un
    bosquejo de los mas principales en la larga lucha que los Sud-americanos
    sostuvieron para conquistar su independencia.

    Si nuestro pincel no ha sido empleado con acierto, no se culpe jamás á
    nuestro buen deseo.

    EL AUTOR.

    CAPITULO PRIMERO

    Introduccion.–Causas que influyeron en la sublevacion de la América del
    Sud.–Llegada de unos confinados á presidio.–Primeros movimientos
    revolucionarios de Venezuela.–Picton.–Publicidad de los futuros
    acontecimientos.–Carbonell y Rico.–Medidas represivas.–Expatriaciones
    y encarcelamientos.–Vasconcelos.–Actos con que se inauguraba en el
    mando.–Sus efectos.–Gestiones patrióticas.–Miranda.–Bolívar, su
    juventud, su regreso á Europa.

    Entre las nobles y dignas figuras que en el glorioso cuadro de la
    independencia se destacan majestuosamente durante la revolucion que
    dió la libertad á las antiguas colonias españolas de la América Central
    y de la América del Sud, la del esforzado caraqueño Simon Bolívar se
    encuentra en primera línea al lado de las de Miranda, San Martin y Sucre,
    orlada de inmortal auréola.

    El ejemplo de los Estados-Unidos del Norte influyó de una manera
    extraordinaria en el porvenir de los pueblos Sud-americanos, que desde
    muy atrás venian experimentando la tiránica opresion de los vireyes
    españoles, y el eco del santo grito de emancipacion dado por Washington
    en las márgenes del Potomac, poderoso á despertar el entusiasmo patrio,
    resonó en las del Magdalena, el Orinoco y el Plata, conmoviendo tambien
    el corazon de los Andes.

    Corria el año 1796, cuando en el puerto de la Guaira, remitidos desde
    España, desembarcaron Manuel Cortés Campomanes, José Laz, Sebastian
    Andrés y Juan Bautista Picornell con destino á los presidios de América,
    como cabezas de cierta conspiracion, cuyo fin era dar á la monarquia
    española una forma democrática despues de derribar el trono de Cárlos
    IV, rey incapaz de alcanzarse por sus actos el buen nombre con que su
    antecesor habla bajado al sepulcro.

    Iniciados estos hombres, como la mayor parte de los españoles ilustrados
    de su tiempo, en las doctrinas propaladas por la revolucion francesa, se
    anunciaron desde luego con el carácter de mártires de la causa
    republicana, dando pábulo por medio de sus sencillos y fáciles
    principios políticos al entusiasmo liberal que habia principiado á
    germinarse en el ánimo fogoso de la juventud.

    Conspirábase ya en favor de las nuevas ideas, cuando Sir Tomás Picton,
    gobernador inglés de la isla de la Trinidad, recibió un despacho en el
    cual su gobierno le encargaba favoreciese la causa de la independencia
    americana; pues por aquel entonces, rotas las buenas relaciones entre
    España é Inglaterra, ésta buscaba todos los medios hábiles de hacer la
    guerra á aquella, y el mencionado despacho, impreso de órden de Picton,
    circuló con gran rapidez entre todos los venezolanos.

    Esta determinacion del gobernador inglés tenia lugar el 26 de Junio, y
    cerca un año mas tarde, el 4 de igual mes de 1797, los conspiradores
    resolvian dar libertad á los encarcelados para que fuesen á buscar
    auxilios extranjeros, y facilitaban la evasion de todos ellos menos Laz,
    que habia sido ya remitido á su presidio hacia algun tiempo, sin que
    este hecho diese lugar por parte del gobierno á otra cosa que á algunas
    pobres é infructuosas averiguaciones.

    La gestion de aquellos hombres decididos en contra del gobierno que los
    habia expatriado, poniendo entre ellos y su suelo natural la inmensidad
    de los mares, fué bastante activa y produjo algunos buenos resultados,
    disponiendo favorablemente los ánimos de los americanos residentes en
    Europa á la causa de las libertades patrias.

    Casi todos los habitantes de la Guaira sabian que por el mes de Enero de
    1798 un grande acontecimiento tendria lugar en el pais, y hablaban de
    sus planes con poca reserva y sobrado calor.

    Era por entonces capitan general Don Pedro Carbonell, en cuyas manos
    vino la casualidad á poner el hilo de la trama, ó mas bien que la
    casualidad la poca discrecion de un comerciante de Carácas, llamado Don
    Manuel Montesinos y Rico, quien deseoso de hacer prosélitos se franqueó
    á su barbero, mancebo timorato y de pocas luces. Este, despues de haber
    descubierto el secreto á otros jóvenes de su clase, y previo acuerdo de
    todos, fué á consultar el caso con un sacerdote amigo suyo llamado Don
    Domingo Lander. Por boca de este y de otro clérigo llegó á oidos del
    provisor, quien lo notició al capitan general.

    Preso Rico y ocupados sus papeles, ofreció Carbonell á los conjurados el
    perdon y olvido de su delito, siempre que se presentasen en cierto
    término ante su autoridad. Semejante medida produjo grande alarma entre
    todos los iniciados, despertando en sus ánimos el temor de verse
    denunciados unos á otros, y corrieron de tropel á ponerse en manos de
    las autoridades, con la inocente credulidad de hombres novicios en el
    arte de conspirar.

    Pronto las cárceles se vieron atestadas de venezolanos honrados y
    laboriosos. Aun no habia corrido un mes desde la denuncia, cuando ya se
    oficiaba á la Córte de España diciéndole: "que á excepcion de dos, que
    habian buscado amparo en las colonias extranjeras, los demás cómplices
    se hallaban presos." Don Manuel Grial, capitan retirado y Don José Maria
    España eran los referidos prófugos.

    Pero en vez de perdonar y olvidar, conforme á la promesa, en Agosto del
    mismo año ordenaba la Audiencia que los detenidos fuesen desterrados á
    perpetuidad y trasladados unos á la metrópoli y otros á Puerto-Rico.

    Algunos meses despues, el capitan general era reemplazado por Don Manuel
    de Guevara Vasconcelos, quien haciendo un uso inhumano de las ámplias
    facultades de que iba investido, condenó á ser ahorcados y
    descuartizados á seis de los principales conspiradores. Este inicuo é
    injusto proceder exacerbó al pueblo venezolano, tanto mas cuanto que los
    promovedores de la conspiracion, Sebastian Andrés y José Laz, á pesar de
    su mayor delito por esta circunstancia y la de ser reincidentes no
    merecieron otra pena que la de reclusion en las provincias de Panamá y
    Puerto-Cabello.

    Asi inauguraba Guevara su entrada en el mando y la del año 1799, en cuyo
    mes de Abril fué apresado Don José Maria España, á quien su mala
    estrella trajo desde la Trinidad á la Guaira en busca de su esposa; la
    tierna solicitud de esta no bastó á tenerle bien oculto ni defendido
    contra las pesquisas de los agentes del gobierno. El 8 de Marzo, esto
    es, á los nueve dias de su captura, sufrió el desgraciado la pena de
    horca y su cabeza, dentro de una jaula de hierro, estuvo expuesta al
    público en la Guaira, mientras sus mutilados miembros fueron
    distribuidos entre varios pueblos y fijados en escarpias al borde de
    los caminos.

    Pero semejantes medidas de terror solo servian para enconar mas y mas
    los ánimos y excitar el ódio y general descontento de un pueblo digno de
    mejor suerte, tratado con tan cruel manera, como el mas abyecto de
    los esclavos.

    Asi cerraban los desaciertos de España el siglo XVIII, contribuyendo no
    poco de este modo á acelerar la emancipacion de Venezuela y la de todas
    las otras colonias, cuyos clamores, llevados á Europa por algunos de sus
    mas decididos patriotas, solicitaban de Francia é Inglaterra los
    necesarios socorros para emprender la obra santa de su independencia y
    tratar de sacudir para siempre el pesado, el ominoso yugo ejercido alli
    desde hacia tres siglos por los españoles con menoscabo, injusticia y
    fragrante impunidad de los sagrados derechos naturales de aquellos que
    llevaban su sangre, de aquellos cuyo sudor y afanes no eran aun
    bastantes á alimentar su insaciable codicia.

    Entre los celosos gestores de la mas noble de las causas figuraban el
    peruano Don José Caro, el granadino Don Antonio Nariño y, con sus vastas
    relaciones y gran nombre europeo, el caraqueño Don Francisco Miranda.
    Llenos todos tres de ardiente patriotismo, todos tres animados del
    mejor deseo, ponian en juego cuantos medios estaban á su mano para
    concertar en el antiguo continente la manera de cambiar la faz política
    de su pais, dándole un gobierno independiente y republicano que guiase
    los pueblos á la prosperidad y adelantos que el movimiento general de la
    época y la riqueza de la América reclamaban.

    Tal era la situacion de Venezuela al perderse en la inmensidad de los
    tiempos el siglo último, siglo que, al engendrar un Napoleon y un
    Washington, hizo participe de una chispa de su génio revolucionario al
    hombre que mas tarde habia de merecer el glorioso nombre de _Libertador
    de su pais_, y cuyos altos hechos vendrian á inmortalizar el cincel, el
    bronce y la pluma. Simon Bolívar pisaba los umbrales de la vida en la
    ciudad de Carácas el dia 24 de Julio de 1783. Nacia adornado de los
    talentos y dotes necesarias para consumar la obra de la independencia
    del Sud de América, y á ser el reparador de la injusticia que los
    hombres de otro tiempo habian inferido al intrépido y sábio descubridor
    del Nuevo Mundo, intentando, con la mas noble elevacion del espiritu al
    mismo tiempo que exponia su vida en los campos de batalla, perpetuar el
    recuerdo de Colon en la Confederacion que se esforzó en constituir bajo
    el título de _Colombia_.

    Este probo, inteligente, noble, infatigable y decidido patriota, tuvo la
    desgracia de perder sus padres en la mas tierna edad. Estos fueron Juan
    Vicente y Maria de la Concepcion Palacios. Su afecto filial, falto de
    objetos tan queridos, rebosaba en su pecho y le consagró lodo entero á
    su patria, única madre que el cielo le habia conservado y por la cual
    mas tarde sacrificaba gustoso su sangre y su fortuna.

    Diez años contaba apenas cuando pasó á Europa con la mira de completar
    su educacion y perfeccionarse en la carrera de las armas, hácia la cual
    le llamaba su natural inclinacion, sobreescitada por el mas ardiente
    amor de gloria. ¿Qué otra aspiracion mas digna y santa podia acariciar
    un corazon huérfano y un corazon sensible como el suyo?

    Despues de haber viajado por Francia é Italia, donde las ideas liberales
    y de progreso prestaron á las suyas el calor y solidez que mas tarde
    habian de producir la independencia de su pais natal, y á poco de haber
    buscado entro los brazos de una esposa en la córte de España el amor de
    la familia, se trasladó á Venezuela. Aqui, trascurridos pocos meses, la
    compañera que habia elegido pasó á mejor vida, dejándole de nuevo en la
    antigua soledad y lleno de tristeza.

    Entonces, por segunda vez, se encaminó hácia el Continente Europeo y
    presenció la coronacion de Napoleon I, de cuyo génio militar y político
    era apasionado admirador, y cuatro años despues vibraba en sus oidos el
    grito de _independencia ó muerte_ dado por los españoles al lanzarse al
    campo para estorbar por medio de las armas el poderoso vuelo de las
    águilas invasoras.

    CAPITULO II

    Aparente restablecimiento del órden.–Tentativas de Miranda.–Don Juan
    Casas.–Su situacion comprometida.–Los emisarios de Mural.–Actitud
    tomada por el pueblo venezolano.–La junta auxiliar.–Gestiones del
    Ayuntamiento.–Creacion de una junta suprema.–Bolívar y Emparan.–
    Aborto de conspiracion.–Confirmacion de los rumores acerca de los
    sucesos de España.–Primer paso hácia la revolucion.–Destitucion de
    Emparan.–Declaraciones del Ayuntamiento de Carácas.–Destierro de las
    antiguas autoridades españolas.–Pronunciamientos.–Los emisarios en la
    provincia de Coro.–Primera salida á campaña.–Mision de Bolívar en
    Europa.–Don Antonio Cortabarria.–Actos de la junta de Carácas.–Conato
    de levantamiento.–Prisiones y asesinatos.–Rómpense las
    hostilidades.–Vuelta de Miranda.–Conflicto de la Junta.–Demostracion
    popular.–Nombramiento de Miranda.

    Volvamos á anudar el hilo de los acontecimientos de Venezuela.

    Ahogada en la apariencia la revolucion, fermentó sordamente durante los
    primeros años del siglo actual entre la juventud venezolana. Las
    familias que tuvieron la desgracia de perder alguno de sus miembros, y
    aquellas que habian sufrido y sufrian aun las consecuencias del primer
    paso dado hácia el templo de la libertad, aleccionadas por la
    experiencia, se agitaban con cautela en favor de la santa causa y
    esperaban el momento oportuno de poder obrar con mayor acierto, con
    nueva decision y energia.

    Despues de mil y mil contrariedades, el 25 de Marzo de 1806 se
    presentaba Miranda en la Costa Firme, á vista de Ocumare, con una
    corbeta y dos goletas, únicos auxilios que pudo conseguir de la América
    del Norte. Sus fuerzas de desembarco se componian de unos 200 jóvenes
    que se le unieron un Haiti. Atacado de improviso por dos bergantines,
    despues de una vigorosa pero inútil pelea, con pérdida de las goletas,
    se retiró á Trinidad, donde impetró el auxilio de los ingleses y muy
    particularmente el de Cochrane, almirante de la escuadra que estacionaba
    entonces en las islas de Barlovento.

    De alli á cuatro meses guiaba quince diferentes buques con 500 hombres,
    y habiendo puesto en fuga á los enemigos que defendian la costa, penetró
    vencedor en la Vela de Coro el segundo dia de Agosto; pero no
    encontrando alli la acogida y proteccion que esperaba, renunció á su
    expedicion y regresó á Trinidad, pasando luego á Europa desde esta isla.
    Diez de los suyos, hechos prisioneros en el combate, fueron pasados por
    las armas en Puerto-Cabello y varios otros confinados á los presidios.

    Este fué el último de los actos del mando de Vasconcelos.

    Los acontecimientos de España en 1808 pusieron al capitan general
    sucesor, Don Juan Casas, en la mas crítica situacion. Los comisionados
    mandados alli por Murat que le exigian obediencia al nuevo monarca, y la
    presencia de un buque de guerra inglés en las costas, le envolvieron en
    una inmensa perplejidad. Por otra parte, la imprudente lectura que un
    oficial francés hizo en público de la _Gaceta de Bayona_ produjo un
    motin entre los oficiales criollos y españoles, que dieron el grito de
    "¡Viva Fernando VII y mueran los franceses!" Además, la actitud del
    pueblo le impidió decidir por si solo en tan árduas circunstancias, y
    acordó reunir una junta auxiliar compuesta de un miembro por cada
    tribunal, corporacion y clases de la sociedad.

    La junta, presidida por Casas, se hizo cargo de los despachos de Murat y
    de los que el gobierno británico habia enviado por medio de Colincour y
    de Cochrane, y optó decididamente por la conservacion del estado de
    cosas sin alteracion de ninguna especie. Esta medida, como era natural,
    mantuvo y sobreescitó la general inquietud, ocasionando motines y
    alborotos que el capitan general tuvo que castigar con mano fuerte.

    El ayuntamiento le instaba á que constituyese una junta como las de la
    metrópoli, algunos dias antes de la llegada de un comisionado mandado
    por la junta de Sevilla. El 28 de Julio Casas accedió á las instancias
    del ayuntamiento, y el 5 de Agosto se presentaba en Carácas el
    mencionado agente.

    Constituida la junta, no sin que antes hubiesen mediado contestaciones
    entre el cabildo y el capitan general que exigió de este obediencia
    ciega, subsistió hasta el 13 de Enero de 1809, en que fué reconocida la
    soberania de la central, instalada en Aranjuez por Setiembre del
    año anterior.

    Declarados como parte esencial é integrante de la monarquia española sus
    dominios ultramarinos, el valiente, antiguo y distinguido capitan de la
    marina real Don Vicente de Emparan fué nombrado, en reemplazo de Casas,
    como capitan general de Venezuela.

    Bolívar acompañó en su viaje al nuevo representante militar de España,
    pues como buen patriota no podia vivir lejos del suelo que le habia
    visto nacer y cuya precaria suerte tantas veces aceleraba los latidos de
    su noble y esforzado corazon. La idea de poder dar á su pais dias de
    dicha y prosperidad, abriéndole la senda de su futura independencia, en
    mas de una ocasion habia venido á interrumpir su sueño y á mecer sus
    halagüeñas esperanzas de gloria. El 17 de Mayo Emparan y Bolívar pisaban
    la Costa Firme. Las primeras disposiciones del nuevo capitan general
    fueron tan violentas y desacertadas, que todos, sin excepcion alguna,
    asi españoles como criollos, con ánimo de no separar la colonia de la
    madre patria, formaron el plan de derrocar su poder y de constituir en
    seguida un gobierno análogo al de aquella.

    Espiraba el mes de Marzo de 1810, y segun estaba convenido, el marqués
    del Toro, coronel del batallon miliciano de los valles de Aragua, debia
    señalar la entrada del de Abril apoderándose por sorpresa del capitan
    general, quien noticioso del proyecto, merced á un vil denunciador, dió
    un golpe de mano á los conspiradores.

    Contra lo que podia esperarse, y en desacuerdo con sus primeros actos
    de gobierno, se limitó Emparan á confinar en Maracaibo, Margarita y
    otros puntos de la provincia á los principales autores del
    abortado plan.

    Vagos rumores se esparcieron por este tiempo acerca de la disolucion de
    la Junta central y de la dispersion de sus miembros, rumores que fueron
    confirmados el 18 de Abril, dia de Miércoles Santo, de una manera muy
    ámplia, pues además se supo que toda la Península, menos Cádiz y la Isla
    de Leon, estaba ya ocupada por los franceses; lo cual hizo cundir la
    inquietud con la rapidez del rayo entre todas las clases del pueblo, y
    hasta los mismos españoles manifestaban temores, sobresaltos y
    desconfianza del gobierno.

    La ocasion se presentaba muy propicia para hacer renacer en los criollos
    las pasadas pretensiones, y conjurándose nuevamente, atrajeron á su
    partido á los principales jefes y oficiales de las tropas que guarnecian
    la ciudad; y hasta el cabildo, que estaba compuesto de españoles y
    americanos casi por partes iguales, se prestó á provocar una discusion
    con el capitan general.

    El dia siguiente, con motivo de la asistencia á la celebracion de los
    oficios de Jueves Santo, el ayuntamiento, fiel á su promesa, pasó una
    invitacion á Emparan, quien se presentó en la casa capitular y encontró
    al cuerpo municipal constituido en sesion extraordinaria, arrogándose
    agenas facultades y tratando del peligro que corria la América, de la
    política que debia adoptarse en aquellas circunstancias y de la
    perentoria necesidad de organizar un gobierno propio que la pusiera á
    cubierto de la anarquia.

    Emparan, despues de haber eludido hábilmente las consideraciones y
    dificultades que el ayuntamiento le presentaba, concluyó declarando:
    _"que seria inconvenientísima toda innovacion,"_ y salió de alli
    dirigiéndose luego hácia la iglesia metropolitana. Pero los
    conspiradores le siguen, le interceptan el paso, y uno de ellos, llamado
    Francisco Sálias, auxiliado del populacho, le obliga á volver á la casa
    capitular sin que los cuerpos de guardia que encuentran al paso opongan
    la menor resistencia, sino que, antes por el contrario, manifiestan su
    actitud amenazadora negando á su jefe los honores de ordenanza.

    Emparan tuvo que asentir á la idea de formar una Junta suprema; pero
    habiendo tenido los capitulares la debilidad de acceder por su parte á
    que este siguiera ocupando al frente de ella el cargo de Presidente, un
    doctor y canónigo de la catedral de Carácas, el Señor Don José Cortés
    Madariaga, que se anunció en el ayuntamiento como diputado del clero y
    del pueblo, en un interesante y elocuente discurso pidió la deposicion
    del capitan general.

    En tan críticas circunstancias, Emparan, presentándose en el balcon á la
    muchedumbre que cercaba la casa capitular, apeló á su voto; pero esta,
    siguiendo á los conjurados, gritó: _¡Afuera! ¡Afuera! No le
    queremos.–Ni yo tampoco quiero el mando_, dijo él despechado, si bien
    tratando de disimular su enojo y bochorno. Tomóse acta de estas palabras
    y se consideraron alli mismo como una renuncia voluntaria.

    El ayuntamiento, auxiliado por varios particulares llamados á su seno en
    calidad de diputados de las diferentes corporaciones y clases de la
    sociedad, declaró: _"Que las provincias de Venezuela procederian á
    constituir un gobierno encargado de ejercer la soberania á nombre y en
    representacion de Fernando VII_," neto por medio del cual desconoció la
    autoridad de la regencia, y luego expulsó de su territorio las
    autoridades principales que hasta alli habian representado á la nacion
    española, aboliendo al propio tiempo el odioso tributo de los indios y
    la Inútil de esclavos.

    Una vez desterrado el capitan general, el mando superior de las armas
    fué conferido á un sugeto de gran instruccion y valor personal; este era
    el coronel Fernando Toro, hermano del marqués de este nombre, que habia
    sido educado en España.

    Pronto las provincias de Barcelona, Cumaná, Margarita, Varinas y asi
    sucesivamente las demás, menos las de Coro y Maracaibo que se declararon
    fieles á la regencia, enviaron sus diputados á la junta, reconociendo
    asi el nuevo gobierno de Venezuela. Y si bien es cierto que á poco la
    Guayana se retractó de su primer acuerdo mandando presos á la metrópoli,
    á la Habana y Puerto-Rico á los adictos al nuevo órden de cosas, por
    otra parte, el reconocimiento hecho por Mérida del gobierno establecido
    en la capital, separándose de Maracaibo con noble entusiasmo, compensó
    en parte semejante defeccion.

    La Junta envió á Coro y Maracaibo algunos comisionados para tratar con
    las autoridades españolas, y estas los recibieron como traidores, y como
    á tales los remitieron sin vacilar un momento á las prisiones de
    Puerto-Rico. En vista de semejante atropello, ordenó la Junta que el
    marqués del Toro partiese al frente de alguna tropa contra la provincia
    de Coro; y dicho señor, cumpliendo con lo dispuesto por aquella, situó
    por lo pronto su cuartel general en Carora.

    Mientras estos sucesos tenian lugar, el coronel Simon Bolívar, investido
    de los poderes necesarios por la Junta y acompañado de Luis Lopez
    Mendez, se dirigia á Inglaterra para solicitar la proteccion de su
    gobierno contra el enemigo comun, en el caso de que este intentara
    apoderarse de Venezuela, y al propio tiempo impetrar su mediacion con el
    de España para que no se turbase la paz y buena armonia que hasta alli
    habian existido entre los habitantes de ambos hemisferios.

    Aunque Bolívar fué bien recibido por el marqués Wellesley, ministro de
    Negocios Extranjeros de la Gran-Bretaña, solo obtuvo contestaciones
    evasivas á causa de la alianza que por aquel tiempo tenian hecha las dos
    naciones. Cumplida esta mision, nuestro héroe se hizo á la vela de
    regreso para su pais nativo en compañia del general Miranda.

    Las Córtes generales y extraordinarias de la nacion española, instaladas
    el 24 de Setiembre en la Isla de Leon, dieron omnimoda facultades al
    ministro del Supremo Consejo de España é Indias Don Antonio Cortabarria
    para que, auxiliado por algunos buques de guerra, las tropas de
    Puerto-Rico, Cuba y Cartagena, interviniese en los asuntos de las
    colonias; pero con la prevencion de no apelar á la fuerza de las armas
    sino en el caso extremo de que los medios de persuasion fuesen de todo
    punto estériles. Para esto debia obrar de acuerdo con el gobernador de
    Maracaibo, Don Fernando Miyares, á quien el mismo Cortabarria llevaba el
    nombramiento de capitan general de Venezuela.

    La junta de Carácas se negó en un principio á reconocer y prestar
    obediencia á las Córtes generales; pero luego, accediendo á la opinion
    de sus miembros mas respetables, quiso dar una prueba de desinterés
    convocando á un Congreso nacional. Hubo por entonces un conato de
    sublevacion en sentido de reconocimiento del Consejo de regencia, y
    sorprendidos por la Junta, los revoltosos fueron condenados unos á
    encierro en las bóvedas de Puerto-Cabello y la Guaira, y otros
    desterrados á perpetuidad. Entre estos últimos figuraban los ricos
    hermanos peninsulares Don Francisco y Don Manuel Gonzalez y Linares, del
    comercio de Carácas.

    La noticia de horribles asesinatos perpetrados en Quito en las personas
    de varios decididos patriotas, produjo grande indignacion en el pueblo
    caraqueño, quien, cercando el palacio de la Junta, pedia la expulsion de
    los españoles y canarios; pero la Junta, decretando se hiciesen honores
    fúnebres á los desgraciados americanos, logró apaciguar el tumulto; y
    para evitar la reproduccion de semejantes escándalos y trastornos, la
    noche de aquel mismo dia, que era el 24 de Octubre, apresó y expulsó á
    los que suponia promovedores de disturbios. Estos fueron José Maria
    Gallegos, José Félix Ribas y tres hermanos suyos.

    Treinta y cinco dias despues de este acontecimiento, es decir, el 28 de
    Noviembre, el ejército de occidente, al mando de Toro, atacaba á las
    tropas de guarnicion en Coro, desalojándolas de un reducto y tomándoles
    un cañon; y dos dias despues ponia en fuga á las de Miyares, que le
    salió al paso en Sabaneta con 800 hombres entre infantes y caballos,
    haciéndole algunos prisioneros y ganando una pieza de campaña. En Carora
    dejó de picarles la retaguardia, y despues de guarnecer esta poblacion,
    asi como tambien la de Barquisimeto, se retiró á Carácas, donde corria
    la noticia de la llegada de Miranda al territorio venezolano.

    La Junta que gobernaba en nombre de Fernando VII, creyó que el dar asilo
    á tan ardiente republicano seria altamente contradictorio con la
    situacion en que se habia colocado, y trató de estorbar el desembarco de
    este general, y hasta llegó á brindarle con una dependencia diplomática
    á fin de alejarle. Pero el pueblo le tendió su mano protectora,
    recibiéndole con las mas singulares muestras de respeto y deferencia.
    Entonces el gobierno hizo alarde de entusiasmo y le confirió el título
    de teniente general, mandando que se buscasen y destruyesen todos los
    documentos que la anterior administracion formuló contra el buen nombre
    de tan distinguido militar y patriota.

    De este modo terminaba el año 1810, preparándose, merced á
    acontecimientos que casi nos atreveremos á calificar de providenciales,
    la realizacion de los deseos en que ardia el corazon de los venezolanos.

    CAPITULO III

    Entrada del año 1811.–Reunion y organizacion de un Congreso.
    –Disposiciones adoptadas por esto Cuerpo.–Conspiraciones.–Salida del
    general Toro para Valencia.–Nombramiento de Miranda como jefe del
    ejército.–Sus actos.–Constitucion de Venezuela.–La capital del
    Estado.–Monteverde.–Sucesos de la época y posteriores á la llegada de
    este personaje.–Molestar de la causa de Venezuela.–Terremoto.
    –Influencia de sus desastres unidos á los de la guerra.–Defeccion de
    algunas ciudades.–Suspension de la ley del Estado.–Donativos.–Proyectos
    de Miranda.–Elevacion de Bolívar al gobierno de Puerto-Cabello.–Esfuerzos
    inútiles.–Escenas sangrientos.–Descrédito de Miranda.–Ofrecimientos
    estériles.–Derrota del Dictador.–Bandolerismo.–Inminente peligro de
    Bolívar y su viaje á la Guaira.–Proposiciones de armisticio.–
    Capitulaciones.–Monteverde se hace dueño del pais.

    Inaugurábase el año 1811 con el bloqueo de las provincias venezolanas,
    bloqueo que Cortabarria mandaba ejecutar en cumplimiento de un decreto
    de la regencia, mientras que la junta, fiel á su convocatoria, llevaba á
    cabo la reunion del aplazado Congreso. Conforme á lo dispuesto por ella
    debia constar de cuarenta y cuatro diputados.

    El 2 de Marzo era el dia señalado para la reunion, la cual debia
    verificarse en la capital, donde aquel alto cuerpo quedó instalado,
    formando una Cámara, comun é indivisa, compuesta de respetables
    patricios enviados por las provincias de Barcelona, Varinas, Carácas,
    Cumaná, Margarita, Mérida y Trujillo. Entre sus dignos miembros
    figuraban el general Miranda, el marqués del Toro, Francisco Javier
    Ustáriz, Lino Clemente, Martin Tovar, Juan German Roscio, Antonio
    Nicolás Briceño, Francisco Javier Yánes y otros varios.

    Despues de haber organizado su servicio; el Congreso nombró tres
    individuos encargados de ejercer el poder ejecutivo, y otros tres como
    suplentes para los casos necesarios de ausencia ó enfermedad de los
    primeros, que fueron los señores Baltasar Padron, jurisconsulto
    acreditado; Juan Escalona, oficial de milicias elevado á la clase de
    coronel por la Junta Suprema, y Cristóbal Mendoza, que ejercia de
    abogado. Además estableció un Consejo Consultor.

    Uno de los acuerdos mas importantes del Cuerpo Legislativo fué el de la
    sancion de la famosa acta, por la cual se declaraba que las provincias
    de Venezuela en él representadas, formarian en lo sucesivo una
    Confederacion de Estados libres é independientes, con absoluta
    separacion de España. Cada uno de estos podria darse la forma de
    gobierno que mas le conviniera, conforme á la voluntad de sus pueblos.

    Pronto se hicieron sentir algunos movimientos revolucionarios,
    promovidos por los agentes de Cortabarria, que fueron sofocados por las
    fuerzas del gobierno, y condenadas á la última pena por sus tribunales
    las personas que aparecian como autoras de la rebelion. Pero una
    peligrosa sublevacion estalló en Valencia, donde los revoltosos,
    desconociendo la autoridad del Congreso, proclamaron la legitimidad de
    Fernando VII.

    El general Toro voló á reprimirla, logrando en un principio desalojar al
    enemigo de sus puestos avanzados, y concluyendo por ser rechazado á su
    vez hasta Maracay, desde cuyo punto envió emisarios á Carácas para que
    le auxiliaran con tropas de refuerzo. El gobierno entonces nombró á
    Miranda general en jefe del ejército; marchó este contra los españoles y
    les obligó á capitular, entrando en la ciudad sublevada el 13 de Julio.
    Pero por falta de la precaucion necesaria los vencidos, que habian
    conservado armas y municiones, saliendo de sus cuarteles cayeron sobre
    las tropas de Miranda, llevándolas en precipitada fuga hasta Guaraca.

    Despues de un hecho tan poco noble, Miranda, en ánimo de tomar venganza,
    allegó nuevas fuerzas y en los dias 12 y 15 de Agosto, reducidos los
    españoles al último extremo, se rindieron á discrecion por haberles sido
    rechazadas cuantas proposiciones de capitulacion habian presentado. Los
    prisioneros fueron condenados á muerte por los tribunales, pena que el
    Congreso determinó se conmutara por otras.

    Formulada, discutida y sancionada la Constitucion federal de las siete
    provincias venezolanas, se publicó el decreto en 21 de Diciembre.
    Reconocíase como base el sistema representativo, residiendo la soberania
    en el pueblo; dividíase el poder en legislativo, ejecutivo y judicial,
    formando cuerpos independientes entre sí; garantizábase el derecho
    popular y la inviolabilidad de domicilio; proscribíase para siempre el
    uso de la tortura y el fuero personal, y ninguna sentencia pronunciada
    por traicion contra el Estado tendria carácter difamatorio para los
    hijos del reo; abolíase la trata de negros y los indios eran igualados
    á los demás venezolanos en derechos y deberes: desarrollábase la
    instruccion pública; extinguíanse los títulos de nobleza hereditarios,
    asi como toda calificacion degradante de raza y, por último, quedaba
    adoptado el pabellon amarillo, azul y rojo, enarbolado por Miranda
    cuando su expedicion de 1806, considerándolo como distintivo de la
    federacion.

    La ciudad de Valencia fué declarada despues como capital del Estado; y
    el Congreso suspendió sus tareas el 15 de Febrero de 1812, aplazando su
    próxima reunion para el 1° de Marzo, no sin haber antes de disolverse
    ordenado guarnecer la márgen izquierda del Orinoco para colocarse á la
    defensiva.

    Desde esta fecha hasta la llegada del capitan de fragata Domingo
    Monteverde, natural de Canarias y al servicio de España, hubo algunos
    encuentros, prósperos unos y adversos otros, entre las tropas federales
    mandadas por los coroneles Francisco Gonzalez y Moreno, Manuel Villapol
    y Francisco Solá y las españolas; estos combates tuvieron lugar en Santa
    Cruz de la Soledad, en las aguas entre el caño de Macareo y el de
    Pedernales, en Barrancas, en Lorondo y en Angostura, donde, despues de
    un grave descalabro en que Villapol tuvo que fortificarse en Maturin
    para salvar su gente, Moreno y Solá desaparecieron, dejando sus soldados
    en el mas criminal abandono y á merced del enemigo.

    Monteverde llegó á Coro en compañia del brigadier Don Juan Manuel
    Cagigal y otros jefes militares, llevando consigo dinero, armas y demás
    necesario para hacer la guerra á las provincias sublevadas; y desde este
    momento los patriotas, no por falta de valor y decision sino á causa del
    menor número, fueron estrechados y acosados con mayor actividad
    cada dia.

    El 15 de Marzo protegia Monteverde la revolucion que en Liquisique
    acaudillaba deslealmente el indio Reyes Vargas, que sin grandes
    merecimientos habia recibido el nombramiento de capitan del gobierno de
    Venezuela; y á los seis dias de esta defeccion los patriotas, á quien
    una grave dolencia privaba de su jefe el comandante Gil, eran derrotados
    completamente en Carora.

    La causa de la independencia principiaba á perder terreno en Venezuela,
    viniendo un sacudimiento momentáneo de la naturaleza á juntarse con los
    de la guerra. El 28 de Marzo, dia de Jueves Santo, á las cuatro de la
    tarde, un espantoso terremoto destruyó la mayor parte de Carácas,
    sepultando millares de habitantes bajo sus minas. Igual desgracia
    afligió á la Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras
    poblaciones, en las que, asi como en la primera, perecieron gran número
    de voluntarios al servicio de la Confederacion. No faltaron adeptos al
    antiguo régimen que hicieran correr la voz de que semejante natural
    suceso era un castigo del cielo, puesto que venia á cumplirse
    precisamente en el dia mismo en que dos años antes la revolucion habia
    depuesto y desterrado á las autoridades españolas.

    Este acontecimiento, unido á los desastres que la guerra hacia sentir á
    los pueblos, no dejó de influir en favor de la regencia, cuyas armas,
    guiadas por el general Monteverde, se presentaban favorecidas por la
    fortuna en todas partes y ocupaban la arruinada ciudad de Barquisimeto
    el 7 de Abril. Alli se detuvo su jefe algunos dias desenterrando
    pertrechos y armamentos, reclutando gente y dando acogida á algunas
    partidas que con sus oficiales desertaron de las filas republicanas. El
    dia 25 batia cerca de San Cárlos al coronel Miguel Ustáriz, bajo cuyas
    órdenes puso Jalon cerca de 1.400 hombres. En lo mas encarnizado de la
    pelea, y cuando el triunfo estaba aun indeciso, el escuadron de Pao se
    pasó á los realistas dándoles la victoria. Casi todos los soldados de
    Venezuela que habian tomado parte en la accion cayeron en el campo de
    batalla; y, con los pocos que se quedaban, Ustáriz se refugió
    en Valencia.

    Mérida, Trujillo y otras poblaciones de la parte occidental fueron
    declarándose por el invasor, que se disponia á proseguir su marcha; y en
    tan tristes circunstancias la idea de la dictadura vino á apoderarse del
    ánimo de los leales. El poder trató de realizarla delegando todas sus
    facultades en el marqués del Toro, quien rehusó esta distincion;
    entonces fué puesta la suerte de la santa causa en manos de Miranda;
    este no tuvo dificultad en admitir el alto cargo y peligrosa confianza
    con el título de Generalísimo, por juzgarlo menos pretencioso y mas
    modesto que el de dictador.

    La Constitucion, promulgada aun no hacia tres meses, quedó en suspenso
    de este modo; y mientras que el jefe absoluto fijaba su cuartel general
    en Maracay, y en Varinas se juntaba una fuerza considerable de
    caballeria, y salian emisarios en busca de hombres, buques y
    subsistencias, Ustáriz, elevado al cargo de gobernador de Valencia, se
    veia abandonado de sus tropas y, dejando la plaza en poder de
    Monteverde, se retiraba á la Cabrera.

    En medio de tantos desastres como sufria la causa de la independencia,
    los generosos donativos de muchos extranjeros, amantes del nuevo órden
    de cosas y de la libertad de América, vinieron á fortificar un tanto los
    abatidos ánimos, que recobraron su antigua esperanza viendo como al
    mismo tiempo se organizaba un cuerpo de franceses á las órdenes del
    coronel Ducaylá, y cómo algunos alemanes é ingleses de distincion, entre
    los cuales figuraban Sir Gregor MacGregor empuñaban las armas en defensa
    de Venezuela.

    Miranda formó entonces el plan de estrechar á Monteverde: al intento,
    despues de haberse asegurado de la custodia de Puerto-Cabello, poniendo
    en esta plaza un oficial de _toda confianza_ asi por su _aptitud_ como
    por su _valor y decision hácia la santa causa de la independencia_,
    cubrió el punto de los Guayos con un fuerte destacamento que á los pocos
    dias, mientras él avanzaba en la línea de las operaciones proyectadas,
    fué batido y desbaratado el 8 de Mayo por la deslealtad de algunas
    compañias que se pasaron al enemigo. En vista de esto volvió atrás y se
    dispuso á fortificar bien la Cabrera, Guayca y Magdalena para poder
    hacer frente á los ataques de Monteverde, quien se disponia á atacarle.

    El _hombre de confianza_, el militar experto, el valiente soldado, el
    inteligente y decidido patriota que Miranda colocó en el mando de
    Puerto-Cabello, aquel que habia merecido este cargo delicado y de cuya
    aptitud para el desempeño no podia dudarse un solo instante, no era otro
    que el coronel Simon Bolívar, á quien el Generalísimo consideraba como
    el oficial mas activo y de mas vasta instruccion de todo su ejército.

    A pesar de los esfuerzos de Miranda, de los auxilios que encontraba, de
    alguna que otra accion en que el enemigo era rechazado, no por eso
    dejaba de agravarse la causa de la independencia, siendo derrotados sus
    patriotas hasta en las llanuras de Carácas, en Calabozo y San Juan de
    los Morros, donde el jefe español Don Eusebio Antoñanzas pasó á
    cuchillo, sin piedad alguna, no solo á los prisioneros sino tambien á
    las mujeres y los niños.

    La autoridad y prestigio del dictador menguaban de dia en dia,
    haciéndose mas frecuentes las decepciones de sus subordinados; por lo
    que, para vigorizar su poder, se rodeó en Maracay de algunas personas
    notables pertenecientes á los altos cargos del poder ejecutivo, del
    Congreso y del gobierno peculiar de Carácas, y de todas formó una
    especie de Consejo Consultor que le auxiliaba en los casos graves y
    circunstancias apremiantes ó difíciles.

    Sin embargo, de nada sirvió que la promulgacion de una _ley marcial_
    llamando á las armas á todos los venezolanos, excepto los ordenados _in
    sacris_ y unos pocos empleados de la administracion civil, y la de un
    decreto ofreciendo la libertad á los esclavos que se alistasen por diez
    años, prometiendo indemnizar á sus amos en mejores circunstancias, le
    diesen una superioridad numérica sobre el enemigo; pues habiendo
    perdido el punto de Magdalena y las alturas que dominan á Maracay, el
    jefe venezolano se encontraba cortado en sus posiciones, viéndose
    forzado á retirarse y pegar fuego á los ricos depósitos de víveres y
    municiones que venia formando en aquella poblacion.

    Con sus fuerzas, las de Guayca y la Cabrera, se encaminó hácia la
    Victoria: pero Monteverde, sabedor de este movimiento, se adelantó hasta
    San Mateo y le sorprendió, poniendo en desordenada fuga á sus soldados.
    Mientras tanto la capital de la república se encontraba en un estado de
    continua alarma, pues los esclavos de Curiepe y otros puntos de la costa
    y de los valles orientales, á pretexto de defender los derechos de
    Fernando VII, desde el 24 de Junio, en que habian tomado las armas,
    andaban cometiendo todo género de desmanes, tropelias y vejaciones con
    el mas feroz vandalismo, y Monteverde avanzaba hácia alli, despues de
    haber dejado algunas tropas frente á la Victoria.

    En el punto que este movimiento del enemigo tenia lugar, una nueva
    decepcion ponia á Bolívar en inminente peligro y con él á la república.
    El último dia de Junio, el oficial de milicias Francisco Fernandez
    Vinoni, con alguna tropa, el presidio y varios reos de Estado,
    proclamaba á Fernando VII, enarbolando en el castillo de San Felipe de
    Puerto-Cabello una bandera roja, y despues de algunas intimaciones
    infructuosas rompia el fuego de su artilleria contra la plaza. En tan
    crítica situacion, y fuera de sí con un suceso que tal vez iba á decidir
    de la suerte del pais, trató Bolívar sin embargo de sostenerse, y lo
    hizo asi durante tres dias; pero al saber que los españoles de Valencia
    se dirigian ya hácia alli y que sus puestos avanzados se pasaban al
    enemigo, antes de abandonar Puerto-Cabello quiso tentar fortuna y mandó
    á su encuentro unos 200 hombres con los coroneles Mirés y Jalon. Estos
    fueron derrotados en San Estéban y habiendo quedado prisionero el último
    con solo siete soldados regresó el primero al lado de Bolívar.

    Con 40 hombres que le quedaban, despues de haber capitulado los
    habitantes de Puerto-Cabello temiendo la ruina de la poblacion, el digno
    jefe trató de defenderse todavia en las afueras desde el Trincheron:
    pero el dia 6 no contando sino 8 oficiales á su servicio, se embarcó con
    ellos en Borburata, arribó á la Guaira y comunicó á Miranda desde
    Carácas, algunos dias despues, los incidentes de tan lamentable
    acontecimiento.

    Asi que lo supo el Generalísimo, propuso á Monteverde, que se hallaba en
    Valencia, una suspension de hostilidades; pero el general español por
    toda respuesta se ofreció á concederle una capitulacion; la cual,
    admitida en principio por Miranda, pronto recibió este las condiciones
    que, despues de ajustadas, dieron lugar á algunas diferencias. Pero
    apremiado por Monteverde las ratificó Miranda el 25 de Julio de aquel
    año, el de 1812, _quedando la Confederacion,_ conforme á las
    capitulaciones, asi como el _armamento_ y _demás objetos militares_ en
    poder del general español _bajo garantia de respeto á las personas,
    cualesquiera que hubieren sido su conducta y opiniones durante la
    revolucion._

    Al dia siguiente las tropas españolas penetraban en la Victoria, y tres
    mas tarde en Carácas, de donde huyeron algunos patriotas con intencion
    de embarcarse en la Guaira, y entre los que asi se precipitaban, poco
    seguros del cumplimiento de lo estipulado, figuraba tambien el
    desgraciado Generalísimo de la efímera Confederacion venezolana.

    CAPITULO IV

    Bolívar se embarca para Curazao.–Tirios y Troyanos.–Constitucion de
    1812.–Complot de varios jóvenes patriotas.–Marino y Bermudez.–
    Atrocidades de Zuazola.–Sus consecuencias.–Sitio de Maturin.–La
    revolucion revive.–Bolívar en Cartagena.–Principia á ejecutar sus
    planes.–Paso del Zulia.–Asciende á brigadier.–Penetra en Venezuela.–
    La guerra á muerte.–Conquistas.–Proclama.–Nuevos triunfos.–Entrada
    de Bolívar en Carácas.

    Bolívar, cuyo ánimo acostumbrado desde la niñez á los grandes reveses y
    cuyo amor por la patria no se abatian en ninguna circunstancia, dominado
    en la que tan cruelmente pesaba sobre el pueblo venezolano por la idea
    de salvarle y de sacudir un dia el pesado yugo que venia á esclavizarle
    de nuevo, trató de conservarse, y merced á la buena amistad del español
    Don Francisco Iturbe, que gozaba de gran favor cerca de Monteverde,
    obtuvo un salvoconducto y se embarcó en seguida para Curazao.

    La terminacion de la campaña trajo la desavenencia entre el capitan
    general Miyares y Monteverde, que se negaba á reconocer su autoridad en
    los paises por él recuperados para la España, dando por resultado la
    destitucion del primero y la elevacion del pacificador á la dignidad
    superior de Venezuela. Entonces, alegando que se conspiraba nuevamente,
    apresó á muchos distinguidos americanos. Miranda siguió muchos meses en
    los calabozos de Puerto-Cabello, de donde fué trasladado á Cádiz y con
    destino al arsenal de la Carraca, que andando el tiempo le vió morir el
    dia 14 de Mayo de 1816. Juan Pablo Ayala, Madariaga, Mirés y Roscio,
    patriotas venerables, fueron tambien remitidos á España y encerrados en
    seguida en los presidios de África.

    La Constitucion española, jurada en Cádiz por Fernando VII, fué
    publicada por Monteverde el 3 de Diciembre y adoptada, cinco dias mas
    tarde, por el pueblo y el clero. Pero algunos jóvenes patriotas, llenos
    de intrepidez y desesperacion, concibieron el proyecto de sorprender,
    desembarcando en la Guaira, el destacamento realista que alli estaba y
    cuya fuerza consistia en 300 hombres, la mayor parte güireños. Eligieron
    como jefe al rico margariteño Santiago Mariño, quien para el golpe de
    mano intentado no contaba sino con el insignificante número de seis
    fusiles. Sin embargo, llegada la ocasion de obrar, la guarnicion del
    puerto, abandonando á sus jefes, se unió con los venezolanos.

    Pronto las fuerzas de Mariño, convenientemente distribuidas entre él,
    Bernardo Bermudez y José Francisco, derrotaron las tropas de Cervéris y
    ocuparon á Maturin, cuya guarnicion huyó tan luego como Bermudez se
    presentó en sus cercanias. Con no menos rapidez, las fuerzas destacadas
    por órden del capitan general al mando de Don Antonio Zuazola batieron á
    los patriotas, primero en los Magueyes, y el 16 de Marzo de 1813 en
    Aragua. Este jefe no solo fusiló á los prisioneros que hizo, sino que
    mostró la mayor inhumanidad mandando matar á inofensivas mujeres, á
    venerables ancianos y á inocentes niños.

    Una parte de los derrotados y otros muchos patriota, irritados en vista
    del proceder de Zuazola, se refugiaron en Maturin, donde Piar y Azcúa
    mandaban durante la ausencia de Bermudez, y cuyos jefes lograron
    desbaratar con solo 500 hombres, en una salida que hicieron de la plaza,
    á 1.500 mandados por Don Lorenzo de la Hoz, rechazando despues á fuerzas
    mayores todavia, y poniendo al capitan general en el caso de presentarse
    en el teatro de la guerra á dirigir por sí mismo las operaciones.

    Monteverde, á la vista ya de Maturin con mas de 2.000 hombres, intimó la
    rendicion de la plaza en el término de dos horas, so pena, en caso
    contrario, de entregarla al furor de sus soldados. La contestacion fué:
    "_Que el pueblo de Maturin estaba resuelto á perecer en defensa de las
    libertades patrias_." Entonces tuvo lugar un sostenido y encarnizado
    combate por ambas partes, retirándose al fin los españoles con pérdida
    de 500 hombres muertos en el campo de batalla, entre los que habia 27
    oficiales, y abandonando Monteverde al enemigo cinco cañones, muchas
    armas y pertrechos, su propio equipaje y mas de 6.000 pesos de plata.

    Este memorable hecho de armas tenia lugar el 25 de Mayo; y desde esta
    fecha la revolucion cobraba nueva vida. Entre tanto el general San
    Martin adelantaba tambien en la causa de la independencia en
    Buenos-Aires, y todo parecia anunciar dias de bonanza para la América.
    El abatido espíritu público volvia á levantarse, saliendo como del
    estupor de un terrible sueño á la realidad amable de la vida, cuando el
    leal Bolívar, á quien el gobierno de España habia confiscado los bienes,
    que eran cuantiosos, con anterioridad á los últimos sucesos referidos,
    se presentaba en Cartagena en los primeros dias de Octubre de 1812,
    decidido á inmolar su existencia en aras de la patria por su libertad y
    engrandecimiento. Venia acompañado de los hermanos Miguel, de Manuel
    Cortés Campomanes, de Fernando Carabaño, de José Félix Ribas y de varios
    distinguidos oficiales.

    El plan que guiaba sus pasos, mirado aun por los menos desconfiados como
    irrealizable, era el de dar la libertad á Venezuela con el concurso de
    la Nueva-Granada, que hasta cierto punto habia seguido la misma marcha
    en su revolucion contra los españoles realistas. En Cartagena obtuvo el
    mando de una pequeña fuerza, con la cual subió por las márgenes del
    Magdalena, y despues de haber batido varias partidas de las tropas
    enemigas en diferentes puntos de aquel rio, desde Ocaña solicitó el
    permiso del gobierno de Cartagena para pasar á Cúcuta.

    Obtenido el consentimiento, con grande esperanza y entusiasmo emprendia
    su obra el valeroso caudillo. Solicitó auxilios del gobierno de
    Cundinamarca, que le facilitó 500 hombres, y se puso en marcha con ánimo
    de llegar hasta Carácas conforme á su ofrecimiento. El coronel español
    Don Ramon Correa podia disponer hasta de unos 4.000 hombres que por
    aquella parte guardaban la frontera venezolana. Pero Bolívar, valiéndose
    de ingeniosas extratagemas, apoyado por el pueblo y con relaciones de
    falsos espias, hizo que el enemigo abandonase algunas fuertes
    posiciones, llegando asi á la vista de San José de Cúcuta, donde Correa
    habia concentrado mas de 800 hombres.

    Al amanecer del 28 de Febrero de 1813 ocupó Simon Bolívar las alturas
    sitas al Oeste de San José, para cuya operacion tuvo que atravesar el
    caudaloso Zulia con una miserable canoa, y cayendo sobre las tropas
    españolas, despues de arrojarlas de sus posiciones, cargándolas á la
    bayoneta las derrotó completamente, ocupó su artilleria, fusiles y
    cuantos pertrechos tenia Correa dentro de la villa, y retirándose á la
    Grita, los valles quedaron libres del todo. El empleo de brigadier, el
    título de ciudadano de la Union, y además el mando en jefe de la
    division, de Cúcuta, fueron las recompensas otorgadas á Bolívar por tan
    señalado triunfo.

    Unida su fuerza á la que trajo el coronel Manuel Castillo, jefe militar
    de Pamplona, ascendia ya á unos 1.200 hombres bien municionados y
    armados. Con 800 destacó al citado coronel para que atacase á Correa,
    quien el 13 de Abril se veia forzado á abandonar la angostura de la
    Grita, en donde estaba bien atrincherado. Entonces Bolívar se dirigió á
    Venezuela con sus exiguas fuerzas, pero con buenos oficiales. Entre
    estos iba en clase de mayor general de la expedicion el venezolano
    Rafaél Urdaneta, el valiente jóven José Félix Ribas y el comandante
    Atanasio Giraldot, asi como tambien el capitan Luciano D'Eluyar. Estos
    últimos eran dos bizarros granadinos. En Cúcuta quedaron Joaquin
    Ricaurte, segundo jefe del ejército, Francisco de Paula Santander y
    algunos otros.

    El jefe venezolano fué recibido en Mérida con grandes muestras de
    aprecio y entusiasmo el dia primero de Junio. Alli concibió el mas
    grande, el mas importante y trascendental de sus pensamientos
    revolucionarios. Desde el principio de la guerra eran condenados á
    muerte por los españoles cuantos individuos caian en su poder, con las
    armas en la mano, mientras que los suramericanos daban cuartel á sus
    enemigos. Esta ventajosa circunstancia hacia que los naturales, puestos
    en el duro trance de servir, se afiliasen con preferencia en las filas
    realistas. Asi, pues, la _guerra á muerte_ fué el grandioso pensamiento
    que habia de dar á Venezuela su deseada independencia. Antes de imprimir
    á su resolucion un carácter solemne, se limitó por el momento á publicar
    una proclama, fecha el 8 de Junio, en la cual lanzaba á los enemigos la
    amenaza de una guerra de exterminio si ellos seguian usando con los
    prisioneros el mismo rigor que hasta entonces. Y luego marchó sobre
    Trujillo, donde entró Giraldot sin encontrar la menor resistencia.

    Menos de un mes bastó á Bolívar para conquistar dos provincias
    venezolanas, libertando por una serie no interrumpida de triunfos el
    extenso pais que media entre Tenerife y Trujillo, desde cuyo último
    punto, el 15 de Julio, anunció á la república la solemne resolucion que
    desde aquel dia adoptaba, declarando la _guerra á muerte á los enemigos
    armados contra la patria_. "Españoles y canarios, decia en su
    manifiesto; contad con la muerte aun siendo indiferentes, si no obrais
    activamente en favor de la libertad de la América. Americanos, contad
    con la vida aun cuando seais culpables."

    Al siguiente dia, al pié de la cordillera que separa la comarca de
    Niquitao de las llanuras de Varinas, en el punto llamado las Mesitas,
    los oficiales Urdaneta y Ribas atacaban con 550 hombres á un cuerpo de
    realistas compuesto de 800 soldados, venciéndolos tras un reñido combate
    que duró desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Unos
    450 prisioneros y todas las armas de los realistas quedaron en poder de
    los vencedores.

    A esta victoria siguió la de los Horcones, nombre del territorio en que
    Ribas volvió á derrotar á los españoles y está situado entre el Tocuyo y
    la ciudad de Barquisimeto. Por fin, desbaratando aqui y alli cuantos
    obstáculos se oponian á su paso, el 7 de Agosto Simon Bolívar hacia su
    entrada triunfal en Carácas, victoreado por un pueblo entusiasta y
    numeroso que le saludaba con el glorioso nombre de _Libertador de
    su pais._

    CAPITULO V

    Situacion del partido independiente,–Consecuencias de la toma de Cumaná
    y del fusilamiento de Bernardo Bermudez.–Sitio de Puerto-Cabello.–
    Represalias.–Refuerzo de tropas españolas.–Muerte de un valiente
    granadino.–Es vengado por sus compatriotas.–Combate de
    Mosquitero.–Bolívar es nombrado general en jefe del ejército y titulado
    Libertador.–Nuevos triunfos de las armas republicanas.–Sus efectos
    sobre Monteverde.–El Libertador da cuenta de sus operaciones al pueblo
    de Carácas.–Continuan las victorias.–Fin de varios patriotas
    notables.–Rasgo heróico de Ricaurte.–Asedio de Valencia.–La situacion
    de los independientes se agrava.–Inútil tentativa.–Batalla de
    Carabobo.–Descalabros.–Triste espectáculo de la emigracion.–Bóves se
    declara como primer jefe del ejército español.–Sus primeros
    actos.–Desgraciado combate de Aragua.–Deliberacion.–Bolívar y Mariño
    se embarcan para Margarita.–El depósito sagrado.

    Antes de continuar la relacion de los sucesos que siguieron á la
    entrada del jefe venezolano en Carácas, preciso es echar una mirada al
    estado en que se encontraban los republicanos. Dos facciones distintas
    figuraban dentro del partido que se batia por la causa de la
    independencia. Una, partidaria de las divisiones provinciales, se
    esforzaba por el triunfo del federalismo, en tanto que la otra, aferrada
    al principio de la unidad como único medio de fuerza y consistencia,
    aspiraba á la concentracion del poder en el gobierno. A la cabeza de
    esta, lleno de la mas profunda conviccion, se hallaba Simon Bolívar.
    Tal era el estado de los independientes en Venezuela, despues de la
    reaccion provocada por los triunfos que sus armas habian obtenido desde
    el desembarco de Mariño, á principios de 1813, con los refugiados en
    Chacachacare, islote perteneciente al gobierno inglés de Trinidad.

    Luego que este valiente margariteño logró apoderarse de Cumaná auxiliado
    por un paisano, el coronel Juan Arismendi, primera autoridad militar de
    Margarita desde el 5 de Junio, fecha de su última proclamacion en pro de
    la independencia, Antoñanzas, herido de gravedad, huyó á morir en
    Curazao. Hacia el mismo tiempo, hecho prisionero por los realistas,
    Bernardo Bermudez habia sido fusilado por órden de Cervéris; pero
    recogido con vida el mismo jefe mandaba asesinarlo en su propio lecho al
    tener noticia de la victoria alcanzada por Mariño, quien luego añadió á
    este lauro el de la toma de Barcelona.

    Este acontecimiento obligó al jefe que defendia la ciudad, el mariscal
    de campo Don Juan Manuel Cajigal, á retirarse á Guayana; y entre los
    oficiales que lo acompañaron, Francisco Tomás Morales y José Tomás
    Bóves, adquirieron despues gran celebridad, lanzándose desde aquel
    momento, al frente de una division de caballeria, á recorrer en medio de
    mil azares las llanuras de Carácas. Volvamos ahora á seguir á Bolívar en
    su expedicion, diciendo antes que Monteverde huyó á encerrarse en
    Puerto-Cabello tan luego como supo que aquel, favorecido por su valor,
    su génio y la fortuna, se aproximaba á Valencia.

    Un año hacia que en los calabozos de Puerto-Cabello gemia prisionero el
    valiente Jalon, y Bolívar, tanto por salvarle cuanto por humillar á
    Monteverde, puso sitio á la plaza con las tropas de Urdaneta y la
    division de Ribas, mandadas por Giraldot. En una de las salidas que los
    de la plaza intentaban Zuazola cayó prisionero; y Bolívar propuso
    inmediatamente su cange con Jalon, propuesta que fué rechazada por
    Monteverde, quien persistia en su conducta de no querer tratar con los
    enemigos. Esto y el haber Monteverde fusilado algunos prisioneros,
    obligó al jefe venezolano a ordenar que Zuazola pagase sus desmanes
    siendo ahorcado al frente de la plaza. Crueles represalias se siguieron
    por parte del sitiado.

    Unos 1.200 hombres de desembarco, al mando del coronel Salomon,
    vinieron en auxilio de Monteverde el l6 de Setiembre, y Bolívar,
    levantando el sitio, se dirigió hácia Valencia. Á los pocos dias, el
    capitan general salia en persecucion de los sitiadores y destacaba una
    fuerza que ocupó el cerro de Bárbula, en el ramal de los montes de
    Guataparo; y el 50 del mismo mes las columnas de Giraldot, D'Eluyar y
    Urdaneta atacaban la vanguardia española, y trepando la montaña el arma
    al brazo ponian en fuga al enemigo, haciéndole gran número de
    prisioneros. En esta gloriosa accion el bizarro Giraldot, al tiempo que
    plantaba la bandera tricolor sobre la mas fuerte posicion de los
    realistas, herido de un balazo cayó para no levantarse mas.

    Entonces los soldados granadinos, para vengar la muerte de su heróico
    compatriota, pidieron y obtuvieron de Bolívar la formacion de un cuerpo
    aparte; y D'Eluyar, á la cabeza de mil valientes, derrotaba á los
    españoles en el sitio llamado las Trincheras, coronado por un triunfo
    completo, de cuyas resultas, herido en la cara de un balazo, Monteverde
    huia á encerrarse en Puerto-Cabello. El sitio de esta plaza quedó
    restablecido otra vez y Giraldot vengado al tercer dia de su muerte.

    Una semana mas tarde, á 11 de Octubre, el teniente coronel Campo Elias
    reunia algunas fuerzas á los mil fusileros con que, conforme á las
    órdenes de Bolívar, habia salido de Coro; y habiendo allegado hasta
    1.200 caballos, puesto á las órdenes de Miguel Ustáriz, alcanzaba una
    espléndida victoria en el sitio de Mosquitero sobre los 2.000 ginetes y
    500 peones que mandaban Bóves y Morales, quienes, acompañados de solo
    treinta hombres de caballeria, se refugiaron en Guayabal, sobre la
    izquierda del Apure. El jefe de la infanteria española, Francisco Tomás
    Morales, salió gravemente herido de la batalla.

    El mismo dia en que las armas republicanas se señalaban con tan glorioso
    hecho, se reunian en Carácas las autoridades civiles y el cabildo en
    medio de los victores, aplausos y aclamaciones del pueblo, y de comun
    acuerdo conferian á Simon Bolívar el empleo de capitan general del
    ejército y el título de LIBERTADOR DE VENEZUELA. Pero el célebre
    caudillo no se durmió sobre sus laureles ni interrumpió un solo instante
    la marcha de sus operaciones; y ordenando al general Ribas que acudiera
    de Carácas, salió él de Valencia, y el 25 de Noviembre, con 2.000
    hombres entre infantes y ginetes; estorbó el movimiento intentado por la
    division de Salomon sobre las alturas de Vijirima, y, batiéndola con
    grandes ventajas, la obligó á retirarse á Puerto-Cabello. De alli á diez
    dias Salomon procuraba un nuevo combate en Araure con fuerzas bastante
    superiores en número, y las armas republicanas, dirigidas por el mismo
    Bolívar, obtenian una señalada victoria, pues, con muy pocas pérdidas,
    ocuparon todo el tren militar del enemigo, que huyó dejando en el campo
    mas de mil muertos.

    En esta brillante jornada dieron heróicas pruebas el general Urdaneta,
    el coronel Florencio Palacios, el teniente coronel Manuel Manrique, los
    capitanes Campo Elias, Briceño, Ribas Dávila, Villapol, Mateo Salcedo y
    otros varios republicanos. Los soldados merecieron gracia de su jefe,
    que hizo de todos los mayores elogios en el parte detallado de esta
    brillante accion. Estas derrotas trajeron consigo el desaliento y la
    desconfianza en las filas españolas; y el 28 de Diciembre los
    defensores de la plaza de Puerto-Cabello, destituyeron del mando á
    Monteverde, quien once dias despues se retiraba á ocultar su humillacion
    en Curazao.

    Bolívar volvió á Carácas, y haciendo que el gobernador político
    Cristóbal Mendoza convocase á las corporaciones, vecinos mas notables y,
    en fin, á todos los padres de familia, el 2 de Enero de 1814, en el
    convento de San Francisco, ante una inmensa concurrencia, dió cuenta de
    los actos administrativos de su dictadura y esperó el fallo del pueblo.
    Á propuesta del gobernador, en medio de la mas viva, entusiasta y
    prolongada aclamacion, se confirmaron al Libertador los poderes de que
    hasta alli habia estado investido; y lleno este de gozo, dirigió frases,
    de gratitud al pueblo venezolano por la confianza con que lo honraba.

    Partió en seguida para el campo de batalla, y despues que Ribas
    rechazaba valerosamente á Bóves en la Victoria el 12 de Febrero,
    poniendo sus tropas en dispersion, si bien teniendo que lamentar entre
    otras la pérdida del distinguido Ribas Dávila, el 28 del mismo mes, con
    solos 1.800 hombres por parte de Bolívar y 7.000 por la de Bóves,
    vencido este tuvo que dejar el campo de la accion, que era el de San
    Mateo, despues de haber costado á los republicanos este triunfo 203
    hombres entre muertos y heridos. Entre los primeros habia que lamentar
    al valiente Villapol y otros dos oficiales, y entre los segundos habia,
    con Campo Elias, otros 30 oficiales; pero la pérdida del enemigo fué
    mucho mayor. Ricaurte guarnecia en la cima de un cerro cercano á San
    Mateo una casa perteneciente á Bolívar y destinada á servir de parque.
    [Nota: Algunos dicen que el Libertador nació en esta casa, que hoy se
    vé reedificada.] La fuerza de que disponia no era capaz de hacer frente
    el ataque de la fuerte columna que Bóves destacó contra la casa; y
    conociendo que su resistencia seria inútil, hace salir á sus soldados,
    se queda solo, pega fuego á los pertrechos del parque y destruye asi al
    enemigo, quedando sepultado con él entre los escombros.

    A fines de Marzo los realistas ponian sitio á Valencia con 4.000 hombres
    que Don José Cevallos traia de refresco de la provincia de Coro, pero
    sin artilleria. La ciudad estaba defendida por Urdaneta como primer
    jefe, Juan Escalona como segundo, y el Doctor Espejo como gobernador
    político. El comandante Taborda dirigia las baterias. Despues de varios
    incidentes, siempre ventajosos para los sitiados, el 5 de Abril,
    replegando sus fuerzas en la falda del Morro, el jefe sitiador
    desapareció por el camino del Tocuyito. Bolívar entró en la plaza el
    mismo dia, acompañado de algunos oficiales; y despues de tributar á los
    heróicos defensores los elogios que merecian se dirigió hácia
    Puerto-Cabello.

    A causa de la escasez de recursos y de algunos descalabros que por el
    espacio de un mes habian experimentado los patriotas, su situacion
    principiaba á hacerse un tanto embarazosa. Cagigal en persona mandaba el
    ejército que habia traido Cevallos, y hostilizaba activamente á los
    republicanos, cuando el 16 de Mayo resolvió Bolívar presentarle batalla,
    lo cual verificó el dia siguiente en los campos del Tocuyito, sin poder
    conseguir cosa alguna por haber paralizado la accion una fuerte lluvia,
    y el 18 se retiró tranquilamente acampando en las afueras de Valencia.

    Diez dias mas tarde Bolívar desplegaba los grandes recursos de su génio
    militar presentando un bien combinado plan de batalla á Cagigal en las
    llanuras de Carabobo. El jefe español, por su parte, se habia situado
    convenientemente y con admirable órden. La primera línea de los
    republicanos estaba mandada por Urdaneta, mientras el Libertador, Ribas,
    Mariño y otros jefes operaban en la segunda. La fuerza total ascendia á
    unos 5.200 hombres; el enemigo presentaba en línea mas de 6.000. Las
    acertadas disposiciones de Bolívar, hábilmente ejecutadas por sus jefes,
    dieron como resultado el exterminio de casi toda la infanteria enemiga,
    pues los ginetes huyeron ilesos á refugiarse en parte segura, por la
    derecha del camino del Pao. Con solo la pérdida de unos 60 hombres entre
    muertos y heridos obtuvo en este dia el jefe venezolano 8 banderas, toda
    la artilleria enemiga, mas de 500 fusiles, gran número de caballerias,
    municiones, provisiones y ganados, salvando asi por quinta vez á
    su patria.

    A pesar de las medidas preventivas tomadas por Bolívar, seguro como
    estaba de que Bóves allegaba gente para tomar desquite de la última
    derrota de los realistas, no pudo evitar que en la Puerta los 5.000
    ginetes y 5.000 infantes españoles derrotaran á Meriño, cuya fuerza no
    llegaba á una mitad de este número. Mas de l.000 republicanos quedaron
    sobre el campo de batalla, muchos de ellos asesinados despues de haber
    sido hechos prisioneros. El coronel Aldao y el comandante Freites fueron
    muertos en la accion; y entre los prisioneros el coronel Jalon, cangeado
    hacia algun tiempo por el teniente coronel Marimon. Tambien pereció en
    este aciago dia el secretario de Estado Antonio Muñoz y Tévar.

    Mientras Bolívar y Mariño, que habian salvado con bien, habiendo
    despachado emisarios á Escalona para que defendiese la plaza de
    Valencia, corrian á sacar recursos de la capital, Bóves, despues de
    perseguir á los vencidos hasta la Victoria y destacado su columna de
    1.500 hombres al mando del capitan Ramon Gonzalez para que se dirigiese
    á Carácas con el resto de su gente, se presentó el 19 delante de
    Valencia, y reduciendo á Escalona en ella al estrecho recinto de la
    Plaza Mayor, le obligó á capitular, ofreciéndole ante Dios que
    respetaria la vida y propiedad de cuantos ocupaban la plaza; pero á los
    dos dias el coronel Alcover, el Doctor Espejo, todos los oficiales,
    menos Escalona que pudo huir á favor de un disfraz, los sargentos y
    varios particulares de Valencia perecian vilmente asesinados.

    Poco antes de la toma de esta ciudad, Carácas fué tambien ocupada por
    los españoles, y el 6 de Julio Bolívar, afligido por el triste
    espectáculo de las numerosas familias que como un fúnebre cortejo
    seguian sus pasos, caminaba hácia Barcelona por la montaña de Capaya y
    la costa del mar. Bóves por este tiempo, á ejemplo de Monteverde, se
    apoderó del mando y erigido en señor absoluto de sus actos, dejó en
    Carácas como gobernador al traidor Quero, en Valencia al oficial Don
    Luis Dato, y ordenó á Morales que partiese en persecucion de Bolívar.
    Durante los diez dias que permaneció en Carácas hizo circular dos
    indultos, y despues ofició á todas las autoridades y justicias mayores
    de los pueblos para que de mano poderosa mandase fusilar á cuantos
    hubiesen tenido participacion en la muerte de unos prisioneros,
    ejecutada mientras el coronel Arismendi era gobernador interino de
    aquella capital.

    En el tránsito logró todavia Bolívar recojer y organizar hasta 2.000
    hombres, que hizo se posesionasen de Aragua de Barcelona. El coronel
    Bermudez acompañaba al jefe venezolano en calidad de su segundo. El 18
    de Agosto, y guiando la respetable fuerza de 8.000 bayonetas, Morales
    atacó á los republicanos; despues de un largo combate la victoria vino á
    declararse por los realistas, si bien es cierto á un precio muy alto,
    pues les costó mil hombres y mas de dos mil heridos. Lleno de furor el
    jefe español mandó pasar á cuchillo, además de los prisioneros, á gran
    parte de inofensivos vecinos, sin respetar sexo ni edad.

    Acosado por tan fatales reveses de fortuna, otro menos enérgico y de fé
    no tan pura ni entusiasta por la libertad de su cara patria, habria
    desesperado de su empresa; pero el Libertador, cuyo temple y constancia
    eran inquebrantables, oyendo los consejos de un prudente valor se
    dirigió á Cumaná, donde unido á Ribas, Mariño, Valdés, Azcúa y otros
    bravos oficiales, pesó, midió y estudió las circunstancias que hacian su
    situacion tan precaria, y, despues de un largo debate, decidieron la
    evacuacion de la ciudad. La poca tropa que alli habia salió el 25 de
    Agosto para Maturin; y en la escuadrilla que mandaba Bianchi, Mariño y
    Bolívar se hicieron á la veja con rumbo á la Margarita, pues el
    _Libertador_ tenia que poner á salvo el gran tesoro que el alto clero de
    Carácas habia colocado en sus manos para atender á las necesidades de la
    República. Aquel tesoro se componia de todas las joyas de las iglesias,
    y Bolívar en tan difíciles momentos, tenia que hacer uso de ellas para
    comprar el armamento y demás necesario á la creacion de un ejército
    respetable, capaz de ayudarle á salvar la madre patria, asegurando para
    siempre á sus hijos el goce de la libertad, objeto de sus mas ardientes
    deseos y por el cual sacrificaba, no solo la existencia, sino tambien la
    gran fortuna que sus padres le habian dejado.

    CAPITULO VI

    Un abuso de confianza.–Juicio contra Bolívar y Mariño por su
    ausencia.–Destitucion del Libertador–Nuevo asedio de Maturin.
    –Derrotas de Morales.–Muerte de Bóves.–La adversidad persigue
    á los republicanos.–Maturin cae en manos de Morales.–Triste fin de
    Ribas.–Ventajas de las armas españolas.–Entrevista de Urdaneta y
    Bolívar.–Este se presenta á dar cuenta de su conducta al gobierno y es
    bien acogido.–Conquista de Santa Fé de Bogotá.–Conflictos de Bolívar
    con el gobernador de Cartagena.–Consecuencias de la rebeldia.–Retirase
    el Libertador á Jamaica.–Cartagena es tomada por Morillo.–Nuevos
    derramamientos de sangre.–La república parece haber tocado á su
    fin.–Sucesos de Margarita.–Bolívar amenazado por el puñal de un
    traidor.–Preparativos hechos por Brion.

    La desgracia no habla cesado aun de afligir y poner á prueba el noble
    amor del heróico patricio; no habia cesado aun de acrisolar con el fuego
    de los mas rudos tormentos su lealtad y su constancia; aun no habia
    descargado sobre su cabeza el mayor y mas formidable de sus golpes. Una
    nueva defeccion, hija de la tentadora codicia, vino á cortar las alas á
    su patriótica y halagüeña esperanza. Las riquezas que llevaba
    embriagaron el avaro corazon de Bianchi, y con el mayor cinismo declaró
    á Bolívar que estaba dispuesto á despojarle, lo cual habria verificado
    por completo si las vivas reclamaciones de los portadores de aquel
    tesoro, destinado á comprar la libertad de la América del Sud, no
    hubieran conseguido que, avistando la Margarita, el desleal marino les
    cediese una parte muy pequeña de las alhajas y dos buques de su
    escuadrilla para que guiasen á Cartagena; pero desbaratados sus planes
    se dirigieron hácia Carúpano y desembarcaron en este punto el 5 de
    Setiembre.

    Pero otra nueva desventura les esperaba alli. Durante su ausencia los
    jefes militares de la provincia los juzgaron como traidores; y por haber
    abandonado el ejército, este era su juicio, se dió un decreto de
    proscripcion contra ellos, y Ribas y Piar habian merecido los dos
    primeros cargos militares. Ribas se presentó en Carúpano el dia
    siguiente á la llegada de Bolívar y Mariño; puso preso á este, y dejó
    libre, pero destituido, al noble cuanto desgraciado _Libertador_. Sin
    embargo, por uno de esos actos inexplicables en los hombres, por uno de
    esos caprichos de la suerte, el mismo que acababa de robarles se
    presentó en actitud amenazadora á protegerlos; y habiéndolos reclamado
    enérgicamente á Ribas, les prestó auxilios y partieron para Cartagena
    el dia 8, mas dispuestos que nunca á sacrificarse por su patria.

    Por este mismo tiempo, con cerca de 6.500 hombres, Morales se presentaba
    delante de Maturin é intimaba la rendicion, ofreciendo una honrosísima
    capitulacion á los que defendian este punto; pero el pueblo maturinense
    reproducia otra vez sus antiguas palabras, diciendo con entereza: _"Que
    preferia el exterminio á la esclavitud."_ Bermudez tenia á su lado al
    leal Pedro Zaraza, al sumiso y valiente Cedeño, al activo José Tadeo
    Monágas, á otros distinguidos jefes, 1.000 ginetes y como unos 300
    infantes, todos ellos valientes, todos buenos patricios.

    Grande fué la victoria que Bermudez alcanzó sobre Morales, á pesar de la
    superioridad numérica de las fuerzas mandadas por este, en la batalla
    que le presentó el dia 12 de Setiembre. Despues de haberle muerto mas de
    2.000 hombres, cogiéndole hasta 900 prisioneros, se hizo dueño de 2.100
    fusiles, 6.000 bestias de carga, 700 caballos con sus monturas, mas de
    150.000 cartuchos, gran número de reses y, otras provisiones de boca,
    sin otro sacrificio por su parte que el de 75 muertos y unos 120
    heridos. El jefe español huyó á Urica con la gente que le quedaba para
    esperar alli á Bóves.

    Llegó este general algunos dias despues, y el 5 de Diciembre sus fuerzas
    y las de Morales derrotaban cerca de Urica á Ribas y Bermudez. Cara
    costó esta victoria al general en jefe español, pues Morales recogió su
    cadáver en el campo de batalla, mientras los jefes republicanos, casi
    solos, de alli á poco tiempo regresaron á Maturin. No era solo esta la
    derrota que tenian que llorar los partidarios de la independencia
    americana, pues otras muchas iban experimentando por su division de
    pareceres, altivas presunciones é indigna insubordinacion los caudillos
    defensores de la libertad en la parte oriental de Venezuela.

    Inútil fué la resistencia que en Maturin pudieron oponer á Morales los
    que escaparon con vida de la última refriega. El nuevo general del
    ejército español, por tal le reconoció su oficialidad, llevándolo todo á
    sangre y fuego, degolló sin piedad y sin distincion de edad ni de sexo á
    los leales maturinenses. Bermudez se refugió con menos de 200 hombres
    en las montañas del Tigre; Ribas, en compañia de unos pocos, suponiendo
    encontrar á Urdaneta, se encaminó hácia la comarca de Barquisimeto.
    Apresado este valeroso guerrero mientras dormia en los montes de
    Tamanaco, su cabeza, con el mismo gorro frigio que constantemente solia
    usar, fué llevada á Carácas en una jaula de hierro y expuesta al público
    sobre el camino de la Guaira.

    En el curso del último mes de aquel año se hizo dueño Morales de toda la
    parte oriental, y su escuadrilla bloqueó las costas desde Irapa á
    Trinidad, impidiendo la huida á los patriotas. Sometido tambien al
    propio tiempo el occidente venezolano por las armas de España, Urdaneta
    se puso bajo la proteccion de la Nueva-Granada, esperando adquirir
    noticias algun dia de la reaparicion de Bolívar. Vióle con efecto en
    Pamplona, y le dejó camino de Tunja, á donde se dirigia para dar cuenta
    de su conducta al gobierno general, con ánimo tranquilo y lleno como
    siempre de su franca lealtad y de su nunca abatido entusiasmo.

    El gobierno le acogió benévolamente, aprobó todos sus actos, y como
    prueba de su cabal conviccion y confianza, le encargó tomar á Bogotá, lo
    que realizó el 12 de Diciembre, concediendo á los vencidos una
    capitulacion honrosa. Esta ciudad fué desde luego asiento del gobierno,
    que ordenó al ilustre caraqueño descendiese el Magdalena para obrar
    contra Santa Marta, y este partió al frente de la division de Urdaneta,
    reforzada por algunos reclutas granadinos. La sumision de Santa Fé de
    Bogotá trajo consigo el reconocimiento por las provincias del Congreso
    reunido en Tunja para juzgar á Bolívar, y un nuevo esfuerzo para
    establecer un gobierno constitucional.

    A fin de facilitar el buen resultado de la empresa, fué autorizado
    Bolívar á tomar en los arsenales de Cartagena algunos cañones y cuanto
    al intento necesitare; pero el jefe que mandaba en aquella plaza se negó
    á ello, y entonces se vió en el caso de sitiar á sus mismos
    coreligionarios. Mientras ejecutaba esta para él repugnante operacion
    con ánimo de castigar la desobediencia, á fin de mantener el órden y
    disciplina, sin las cuales era imposible marchar adelante en el camino
    de la emancipacion proclamada, el general español Don Pablo Morillo
    fondeaba en Puerto Santo, á 5 de Abril de 1815, al mando de una
    expedicion que, incluso la fuerza de marina, constaba de 15.000 hombres
    auxiliados por 18 piezas de artilleria, un regimiento de dragones, otro
    de húsares y algunas compañias de zapadores.

    A vista de tan formidable refuerzo, y cansado de luchar sin fruto contra
    un cúmulo tal de inconvenientes, hijos la mayor parte de la rastrera
    envidia, y sin desistir por eso de esperar tiempos mejores para empezar
    de nuevo la conquista de las libertades de su pais, puso á disposicion
    del jefe de Cartagena las fuerzas que llevaba, y á los tres dias de la
    llegada de Morillo se retiró á Jamaica, donde despues se le reunieron
    Mariño y algunos otros jefes y oficiales venezolanos.

    Poco despues el general Morillo puso sitio a Cartagena, que á causa del
    que le habia hecho sufrir el Libertador, se hallaba exhausta de viveres
    y no pudo resistir sino algunos dias. La toma de esta importante
    poblacion facilito á los realistas el medio de reconquistar la
    Nueva-Granada, y pronto corrió á torrentes en el patíbulo la sangre de
    sus decididos y honrados habitantes.

    La república habia dejado de existir en la apariencia; pero aun se
    albergaban en las montañas pequeñas y diseminadas algunas partidas, como
    vivo testimonio de que el fuego de la revolucion existia en el corazon
    de los bosques, preparado á producir nuevos incendios, lo mismo que en
    los corazones de los Sud-americanos, dispuestos ya favorablemente al
    recobro de sus siempre hollados derechos, por mas que en aquellos
    momentos se viesen ahogados por la fuerza brutal.

    Para gobernador de la isla de Margarita nombró Morillo á Don Antonio
    Herraiz, cuyo bondadoso carácter no estando en armonia con el violento
    sistema de secuestros y prisiones que en todas partes se llevaba á cabo,
    dió márgen á que al poco tiempo quedase destituido, y fué á reemplazarle
    persona mas idónea, mas dura de corazon, y por lo tanto en conformidad
    con las arbitrariedades y vejaciones por aquel entonces á la órden del
    dia. El reemplazante no era otro que el teniente coronel Don Joaquin
    Urreiztieta, que en seguida se inauguró haciendo una ruda persecucion á
    los principales sugetos de la isla. Entre otros que decidieron vender
    cara su vida en vez de esperar á que inicuamente se la quitaran,
    despojándolos de sus haciendas y encerrándolos en lóbregos calabozos,
    Arismendi se refugió en los montes decidido á rendir la suya, pero con
    las armas en la mano.

    Entretanto la Providencia parecia proteger los dias del Libertador en
    Jamaica, alejando de su pecho el puñal traidor que habia de atentar
    contra ellos. Un español, pagado por Don Salvador Moxó, que habia
    sustituido á Cevallos mientras un viaje de este á la Península, logró
    seducir en Kingstown á uno de los sirvientes de Bolívar; y cierta noche,
    acercándose á la hamaca en que solia dormir, clavó su acero homicida en
    el corazon de la persona que alli estaba acostada. Al ¡ay! lanzado por
    la victima Bolívar se levantó, hizo preso al criminal y lo entregó á la
    justicia, que oida la confesion del infiel servidor le condenó á sufrir
    la última pena.

    Este incidente necesita una explicacion. El Libertador y un emigrado de
    Carácas amigo suyo, llamado Amestoz, acostumbraban dormir en la misma
    habitacion. El primero se acostaba en una hamaca y el segundo en una
    cama. Pero aquel dia, en que el calor fué extraordinario, habiéndose
    retirado Amestoz mas temprano se acostó en la hamaca mientras volvia su
    amigo. Cogióle el sueño, y Bolívar á su llegada, por no molestarle,
    ocupó la cama que estaba vacia. Este cambio casual le salvó la vida. Sin
    embargo, el aguerrido soldado, el esforzado campeon de la independencia
    de Venezuela, si bien no pudo menos de lamentar el sangriento é inhumano
    fin de su querido amigo, no por eso se inquietó y siguió habitando en
    Kingstown hasta que sabedor de que el capitan propietario de la corbeta
    _Dardo_, Luis Brion, habia marchado hácia Cartagena con algun armamento,
    y se hallaba en los Cayos de San Luis allegando gente y acopiando
    víveres para acudir al socorro de la plaza, voló á ofrecerle su espada,
    entusiasta como siempre, como siempre alentado por el mismo noble valor
    y la misma imperturbable esperanza.

    CAPITULO VII

    Apertura de una nueva campada.–Presas hechas por la escuadrilla de
    Bolívar.–Su acogida en Margarita.–Expedicion á Costa-Firme.–Decretos
    dados por Bolívar en Ocumare.–Sucesos de Güiria.–Emigracion á Haiti.
    –MacGregor y Piar.–Nueva expedicion de Bolívar.–Desembarco en
    Juan Griego.–Nueva-Granada en poder de Morillo.–Reúnense en Venezuela
    algunos elementos dispersos.–Nombramientos inútiles.–La causa liberal
    á principios de 1817.–Regreso de Morillo.–Aspiracion de Mariño,
    simulacro de un Congreso y sus actos.–Conducta de Bolívar.
    –Arrepentimiento de Brion y sus buenos efectos.–Mas defecciones.
    –Fusilamiento de Piar.–Creacion de un Consejo de Estado.
    –Reparticion de bienes nacionales.–Planes militares de Bolívar.
    –Nuevo peligro de muerte.–Sublevacion de Paez.–Manifesto del
    Libertador.–Ascenso de Santander.–La fortuna vuelve la espalda á
    los republicanos.–Famoso decreto.–Bolívar deja la Guayana.

    Durante la terminacion del año 1810 y los cinco primeros meses de 1817
    la isla de Margarita iniciaba con buen éxito una nueva campaña.
    Arismendi habia logrado hacer frente á las armas españolas y desde
    mediados de Noviembre las tenia circunscritas á las fortificaciones de
    Pampetar y Santa Rosa; pero se esforzaba inútilmente por reducirlas del
    todo, disponiendo ya de mas de 1.500 combatientes medianamente armados.
    Entretanto, reunido á Brion, el Libertador disponia de siete goletas
    armadas de guerra y se hacia á la vela del puerto de Anquin con 250
    hombres, el 30 de Marzo, acompañado de Mariño como jefe de estado
    mayor, del coronel Cárlos Soublette en calidad de segundo y, además, del
    ilustre granadino Francisco Antonio Zea, de Piar, del escocés MacGregor
    y del coronel Pedro Briceño Mendez, secretario suyo.

    Esta expedicion, que llevaba abundantes fusiles y municiones, cerca de
    la isla de Santa Cruz apresó un buque mercante español, y el bergantin y
    la goleta de guerra _Intrépido_ y _Rita_, vispera de surgir felizmente
    en el puerto de Juan Griego, esto es, el dia 5 de Mayo. Los dos últimas
    presos bloqueaban la Margarita por el rumbo de Occidente. La isla toda
    recibió con júbilo á los expedicionarios; y reunidos luego en la iglesia
    de la villa del Norte los jefes y oficiales de la isla, los emigrados
    del continente y, en fin, muchos honrados y respetables moradores de
    Margarita, reconocieron por jefe supremo á Bolívar y como segundo al
    valiente general Mariño.

    Entonces dispuso una expedicion á Costa-Firme donde, asi que llegó, fué
    reconocida su autoridad por Monágas y otros jefes de guerrillas,
    logrando aumentar sus tropas hasta unos mil hombres; y para hacer una
    invasion en la provincia de Carácas, toda vez que el general Morillo se
    encontraba en Nueva-Granada realizando su reconquista, guió para la
    costa de Ocumare, que abordó el 6 de Julio. Alli publicó dos decretos;
    uno relativo á la pena de muerte y otro á la libertad de esclavos; pero
    los desgraciados encuentros que tuvo le obligaron á reembarcarse para la
    isla de Bonaire, donde el comandante Francisco Piñanzo organizaba un
    batallon que, á las órdenes de MacGregor, habia partido ya con objeto de
    reunirse á las fuerzas de Zaragoza y Monágas en los Llanos.

    Bolívar encontró á Brion en Bonaire, y, prévio algunas disposiciones
    relativas á la escuadrilla, acompañado de Bermudez dió á la vela para
    Güiria, punto en que desembarcó el 16 de Agosto, y donde una semana
    despues veia desconocida su autoridad, so protesto de haber abandonado
    la expedicion de Ocumare. Este hecho nació de una trama urdida por
    Mariño y Bermudez, que se arrogaron los primeros cargos en el ejército;
    y vendido otra vez mas por aquellos á quien él mismo habia elevado,
    partió para Haiti en seguida, fijando su residencia en Puerto-Príncipe
    luego de su llegada á esta isla.

    MacGregor realizaba mientras tanto sus planes y, en compañia de los
    caudillos que habia salido á buscar, mas algunos otros partidarios que
    se le reunieron, batió varias veces al enemigo; el 13 de Setiembre
    entraba con su victoriosa division en Barcelona y algunos dias despues
    se ponia á las órdenes de Piar, que llegó tras él á la ciudad. Pero á
    poco tiempo de este acontecimiento MacGregor marchaba á las Antillas, á
    consecuencia de disensiones habidas entre él y sus compañeros; y Piar,
    con 1.500 hombres, se dirigia hácia la provincia de Guayana con
    intencion de unir su fuerza á la que alli mandaba Cedeño. Tambien por
    entonces, á principios de Noviembre, despues de varios hechos de armas
    favorables á los patriotas y en los que se distinguió, entre otros, el
    capitan José Antonio Paez, los soldados españoles evacuaban la isla de
    Margarita.

    Retirado el Libertador en Puerto-Príncipe trabajaban en tanto para
    organizar una nueva expedicion, cediendo á las instancias que varios
    jefes y oficiales distinguidos del ejército le habian dirigido; y ya
    contaba de hecho con Brion, á cuyos buques, unidos los de Villaret
    formaron una escuadrilla respetable, y con varios oficiales italianos
    del disuelto ejército de Napoleon, que con el general español Francisco
    Javier Mina habian llegado á Haiti por aquel tiempo. Hechos sus
    preparativos salió del puerto de Jacmel y, el 28 de Diciembre, tras una
    navegacion de siete dias, desembarcando en Juan Griego expedia una
    proclama-manifiesto sobre las causas y motivos de su separacion del
    mando y la necesidad urgente de reunir un Congreso en Margarita para el
    establecimiento de un gobierno apropiado á las circunstancias, en
    consonancia con la voluntad de los pueblos libertados de la opresion; y
    el último dia del año, entrando en Barcelona, se puso nuevamente á la
    cabeza del ejército.

    Cumplíanse estos sucesos y al propio tiempo se refugiaban en el
    territorio venezolano los patriotas que pudieron escapar de la
    sanguinaria cuchilla de Morillo, dueño ya de la Nueva-Granada. Entre
    ellos se encontraban varios jefes y oficiales de mérito, tanto
    granadinos como venezolanos, y asi como hubieron llegado á Guadaslito
    para dar unidad y eficacia á los esfuerzos comunes–tal era al menos su
    propósito–establecieron un gobierno, nombrando como Presidente de la
    República al ex-gobernador de Pamplona, teniente coronel Fernando
    Serrano, y á Urdaneta, á Servier y al Doctor Francisco Javier Yánes por
    Consejeros de Estado, con el coronel Santander como jefe del ejército.
    Este gobierno nacia muerto porque los jefes venezolanos aspiraban á
    concentrar el poder en un solo jefe de confianza entre los llaneros,
    para que les condujese á la guerra investido de un carácter absoluto; y
    renunciando Santander el mando, recayó en Paez, á quien la junta elevó
    al grado de general de brigada. Pronto allegó gente y se hizo temible en
    las llanuras á las tropas realistas, derrotadas mas tarde por él en
    varios encuentros.

    A principios de 1817, libertada la isla de Margarita, recuperadas las
    provincias de Barcelona y Cumaná, y dueños ya los venezolanos de las
    llanuras de Carácas, Paez habia ocupado el territorio que se extiende
    entre el Arauca y el Apure, Piar seguia hostilizando al enemigo en la
    Guayana y merced á los desmanes de Morillo que habian enconado el ánimo
    de los llaneros, la guerra habia cambiado de faz y se hacia enteramente
    nacional, si bien aun quedaba por realizar la grande obra de disciplinar
    el ejército, cortando el vuelo á las ambiciones de algunos jefes,
    nacidas del mismo desórden en que hasta entonces estuvo envuelta la
    causa de la independencia.

    Coronado por algunos triunfos se encontraba Bolívar en Guayana, cuando
    tuvo noticia de que Morillo, de vuelta ya en Venezuela, reuniendo su
    gente con la del coronel Don José Aldama, en el Chaparro, el dia 13 de
    Mayo, se disponia á pasar el Orinoco al frente de 6.000 hombres, y que
    Mariño, aspirando como siempre al mando supremo, reunia en Cariaco un
    Congreso revistiéndole de poderes para legislar y ante el cual
    representaba la farsa de ofrecer la dimision del Libertador con la suya
    propia para obtener la distincion que ambicionaba.

    Este Congreso, sin autoridad legítima, nombró como funcionarios del
    poder legítimo á los generales Fernando Toro y Simon Bolívar, con el
    coronel Francisco Javier Maiz y por suplentes á Zea, al coronel
    Vallenilla y á Madariaga, que acababa de llegar de la Península
    española. Mariño quedaba en el soñado cargo de general en jefe del
    ejército; y Brion, cómplice en este descabellado negocio, ascendia nada
    menos que á almirante. Aunque Piar mostró su adhesion á semejante
    proyecto, la mayor parte de los jefes de division, asi como la
    oficialidad y la tropa, unánimes todos y conociendo los méritos de su
    verdadero jefe, manifestaron la firme resolucion de seguir á sus
    órdenes, y Bolívar reprobó pública y solemnemente la Asamblea
    de Cariaco.

    Al poco tiempo, profundamente convencido de su error, llevó Brion al
    Liberlador su escuadra, con la cual y la escuadrilla de Antonio Diaz
    salió de Pampalar el 31 del mismo mes de Mayo, y despues de algunos
    combates en que los patriotas pelearon con la acostumbrada bizarria,
    sometió á Guayana. Mientras verificaba esta operacion, el brigadier Don
    José de Canterac, al frente de 3.000 peninsulares, llegaba al Morro de
    Barcelona y el republicano Piar, movido por la ambicion, minaba
    lentamente la estabilidad de las posesiones alcanzadas, promoviendo la
    discordia entre los jefes, alentando la tropa á la rebeldia y haciendo
    renacer la ya olvidada idea de colores y diferencias de raza.

    Semejante proceder no podia ser tolerado en los momentos en que la union
    era tan necesaria para marchar viento en popa á la conquista de la
    independencia. Asi, pues, arrestado de órden de Bolívar, fué conducido á
    Angostura, juzgado en consejo de guerra y condenado á muerte. Brion
    desempeñó el papel de Presidente del tribunal; y la ejecucion de la
    sentencia pronunciada contra el reo tuvo lugar el 16 de Octubre de 1817,
    produciendo los mas excelentes resultados en el ejército, pues
    restableció algun tanto la disciplina, afirmó la autoridad suprema, y
    dió una alta idea á propios y extraños, á amigos y enemigos, de aquel
    gobierno militar, verdadero cáos hasta entonces.

    Despues de este acto, sensible para quien como el Libertador mil veces
    habia combatido al lado de tan valiente militar, puso jefes dignos de su
    confianza al frente de las libertadas provincias, creó un Consejo de
    Estado con derecho de consulta en las materias de guerra y en las
    gubernativas, con voto deliberativo en las administrativas y económicas,
    declarando al propio tiempo capital y residencia provisional del
    gobierno de Venezuela la ciudad de Angostura. Por último, dictó una ley
    en la cual se mandaba repartir los bienes nacionales con justa regla y
    proporcion entre sus compañeros de armas; y, despues de ordenar á Zaraza
    y á Monágas que cubriesen con su caballeria el primero las llanuras de
    Carácas y el segundo las de Barcelona, el Libertador remontó el Orinoco
    con todas sus fuerzas, yendo á reunirse al ejército que mandaba Paez en
    el Apure, lo cual realizó por Enero de 1818.

    El año que espiraba habia sido fecundo en buenos resultados para las
    armas republicanas, no solo en Venezuela sino tambien en Buenos-Aires, y
    por la proclamacion de independencia que hizo Chile; pero el año que
    daba principio habia de ser les infausto. En el sitio llamado Rincon de
    los Toros, cerca de San José de los Tiznados, la noche del 16 de Abril,
    una partida de realistas á favor de la oscuridad, penetró osadamente en
    el campamento de Bolívar, habiéndose este visto en peligro de perder la
    vida, que el cielo le conservó una vez mas como necesaria al triunfu de
    la santa causa.

    Hallábase despues en Guayana reorganizando sus tropas y separándose de
    los muchos desastres que las habian afligido desde aquella noche fatal,
    cuando un comisionado de la provincia granadina de Casanare se presentó
    á informarle de que Paez, desconociendo su autoridad y la del Consejo de
    gobierno, habia sido elevado por el ejército del Apure á la dignidad de
    primer jefe y director supremo del pais. El mismo mensajero traia el
    encargo de pedirle que nombrase una persona leal y capaz que, encargada
    del mando general, regularizase las operaciones en su provincia. Bolívar
    dió un manifiesto en que no solo se limitaba á reprobar la insurreccion,
    sino en el cual se extendia á dar en cara el villano proceder á cuantos
    bajo una hipócrita apariencia se vendian como amigos suyos y de la
    independencia nacional. En seguida ordenó que Francisco de Paula
    Santander, ascendido al grado de general de brigada, con Jacinto Lara,
    varios excelentes oficiales y los tenientes coroneles granadinos Antonio
    Obando, Francisco Vélez, Joaquin Paris y Vicente Gonzalez, con armas,
    municiones y demás pasase á Casanare como jefe de operaciones de un
    cuerpo avanzado que alli debia formarse y mantenerse para, mas adelante,
    invadir la Nueva-Granada y devolverle la libertad de que Morillo la
    habia privado.

    En vano la fortuna, volviendo la espalda al mas constante y benemérito
    de los venezolanos de su tiempo, pretendia humillar y arrebatarlo el
    entusiasta amor que á su patria profesaba; en vano descargaba sobre él,
    en formidable turbion, defecciones y crueles golpes; en medio de la
    tormenta, como la empinada palma que sacudida por el huracan se dobla
    para erguirse con gran fuerza, asi el ánimo altivo del inquebrantable
    guerrero se rehacia de los vaivenes que le azotaban y, siempre sereno,
    siempre confiado en la bondad de su causa, despreciando los embates que
    sus émulos promovian, continuaba ocupándose de la organizacion de un
    gobierno que, afianzando la libertad, á la cual habia consagrado su vida
    entera, labrase el bienestar futuro de su pais y, el 10 de Octubre,
    propuso al Consejo de Estado que al efecto convocase la reunion de
    un Congreso.

    Algo mas tarde, el 20 de Noviembre, temeroso de que las potencias
    europeas, solicitadas por el gobierno español, ya casi convencido de la
    inutilidad de sus esfuerzos, llegasen á prestarle apoyo para la
    conservacion de sus colonias, expidió un famoso decreto en el cual
    declaraba abiertamente "_que el pueblo de Venezuela estaba resuelto á
    sepultarse todo entero en medio de sus ruinas, por mas que la España, la
    Europa y aun el mundo entero, llegasen á tratar de encorvarle nuevaments
    bajo el yugo que pronto iban á sacudir_."

    Esto no obstante, la adversidad le perseguia este año hasta el último
    dia; viéndose al fin obligado á desprenderse de la Guayana, seguia el
    curso del Orinoco en direccion de las llanuras de Apure, al acercarse el
    nuevo año, con objeto de consolidar el poder del gobierno entre las
    tropas republicanas alli acantonadas, y con el de oponerse á Morillo en
    el teatro probable de sus operaciones, marchando, en medio de todos sus
    reveses, siempre fijo el pensamiento en dias de gloria para él y para su
    amada patria.

    CAPITULO VIII

    Vindicacion de Paez.–La reconciliacion.–El caudillo del Apure asciende
    á general.–Reunion del Congreso y abdicacion de Bolívar que es honrado
    con mas gloriosos nombres.–Ideas del padre de la patria respecto á la
    república.–Propuesta hecha por él al Congreso.–Provincias
    representadas en el Cuerpo Legislativo.–Persistencia de Bolívar en su
    renuncia. Por fin conserva su mando.–Refuerzos extranjeros–Nueva
    campaña.–Victoria de Paez.–Bolívar marcha á Nueva-Granada.–Disposiciones
    militares.–Viaje de la expedicion y sus resultados.–Triunfo de Bolívar
    en Boyacá.–Fuga del virey á Honda.–Entrada del Libertador en
    Bogotá.–Medidas gubernativas.–Bolívar en Angostura.–Sus gestiones
    respecto á la Confederacion.–Nacimiento de á República de Colombia.

    Muchos é importantísimos eran los servicios prestados á la causa de la
    independencia por el caudillo del Apure, y si la ambicion habia podido
    estraviarle, los medios empleados para llevarlo á cabo no se habian
    desviado del santo fin; no podian mirarse como disolventes, puesto que
    habian emanado del loco amor por la patria y hasta cierto punto daban
    una buena idea de su génio diplomático. Conservando en su gobierno al
    Libertador, rodeado de ilustres y beneméritas personas, solo habia
    buscado el medio de hacerle dejar vacio su puesto de general en jefe
    para entrar él á reemplazarle en el mando. Esto ni menoscababa el
    prestigio de la autoridad, ni minaba la disciplina, ni amenguaba lo mas
    mínimo el entusiasmo de los defensores de la libertad.

    Bolívar y Paez se vieron en San Juan de Payara el 16 de Enero de 1819, y
    pronto quedaron reconciliados por el deseo que en ambos existia de
    levantar el ánimo de sus soldados, algo abatido por los desastres del
    año anterior, y marchar en buena armonia desde enfonces al noble fin que
    les hacia exponer su vida en el campo de batalla. Asi reunieron un
    ejército de 2.000 ginetes y número igual de infantes, poco mas ó menos,
    inclusos mil hombres mandados por el general Anzuátegui y la division á
    cuyo frente se hallaba Cedeño; y como sello de esta alianza, elevado
    Paez á general de division, delegándole por entonces el mando de todas
    las tropas, con el fin de disponer lo necesario á la reunion del
    Congreso, aplazada para el mes de Febrero, Bolívar se puso en marcha con
    direccion á Angostura.

    Paez avanzaba victorioso por las llanuras, y el Congreso de Guayana se
    reunia el 15 de Febrero, dia en que Bolívar ante aquel deponia su
    autoridad suprema. Pero este alto Cuerpo, despues de confirmar
    unánimemente los actos y disposiciones del dimitente, le aclamó de nuevo
    _Libertador, padre de la patria_ y _terror del despotismo_, con la mas
    sincera expresion de gratitud y afecto.

    Conocidas eran desde 1815 las ideas del célebre campeon americano
    respecto á la Constitucion de la república, su forma de gobierno, su
    administracion y nombre que debia llevar. Llamariase _Colombia_, como
    tributo de justicia, gratitud y honor al grande hombre que dió al mundo
    antiguo un nuevo mundo, y en cuanto á lo demás, la forma de gobierno de
    Inglaterra creia ser la mas conveniente para la nueva república, que se
    compondria de Venezuela, Nueva-Granada y Quito. Á diferencia de la
    nacion que tomaba por modelo, el rey seria representado por un _poder
    ejecutivo_ de eleccion, vitalicio cuando mas, pero nunca hereditario,
    dado caso de que optara por la _República_; un _Senado legislativo_
    hereditario y una _Cámara,_ tambien legislativa, de libre eleccion, sin
    mas restricciones que las de la Baja de Inglaterra.

    Esto mismo propuso al Congreso tan luego como dió principio á sus
    sesiones, ampliando sus antiguas ideas con la formacion de cierto poder
    moral que llamó _Areópago_. Compondriase de dos distintas Cámaras, cuyas
    atribuciones eran: en la una, el velar de la educacion de los niños
    desde su cuna hasta la edad de 12 años; y en la otra, la de castigar los
    vicios con el oprobio y la infamia, y dar el premio conveniente á las
    virtudes públicas por medio de los honores. Semejante innovacion fué
    desechada, y en cuanto á la Constitucion que se votó, el Congreso se
    apartaba bastante de algunas de las disposiciones enunciadas
    por Bolívar.

    Un Congreso general, dividido en dos Cámaras de _Representantes_ y de
    _Senadores_, ejerceria el poder legislativo, siendo meramente vitalicios
    los segundos. Habria un _Presidente de la República_ por cuatro años, y
    reelegible por una sola vez, encargado de ejercer el poder ejecutivo.
    Este, aunque personalmente responsable ante el Congreso por usurpacion ó
    mal uso de las rentas públicas, traicion, venalidad ó conspiracion
    contra la ley del Estado, gozaba sin embargo de muy ámplias facultades.
    Además habria un Vice-Presidente sucesor en los casos de destitucion,
    renuncia ó muerte. En cuanto al resto era grande a afinidad que existia
    entre este y el código Constitucional sancionado en 1811 por el Congreso
    que Miranda reunió el 2 de Marzo.

    Carácas, Barcelona, Cumaná, Varinas, Guayana y Margarita por parte de
    Venezuela, y Casanare, única provincia granadina ocupada por las armas
    republicanas, se hallaban dignamente representadas en esta ocasion
    solemne. Bolívar manifestó repetidas veces al Congreso que no se
    encargaria mas de la suprema autoridad ejecutiva; pero despues de mil y
    mil vivas instancias por parte de sus compañeros, aceptó la presidencia,
    que fué investida de facultades mas ámplias, tanto políticas como
    militares, en las provincias que fuesen teatro de la guerra. Estas
    atribuciones podia delegarlas en caso de necesidad; y mientras se
    hallase en campaña, el ciudadano Francisco Antonio Zea, en calidad de
    Vice-Presidente, ejerceria la potestad ejecutiva. El ministerio de
    Estado quedó compuesto de los señores: coronel Pedro Briceño Mendez como
    ministro de Guerra y Marina, Diego Bautista Urbaneja del Interior y
    Justicia, y el Dr. Manuel Palacios de Hacienda.

    Hacia el mismo tiempo desembarcaban en Angostura y Margarita tres
    cuerpos de tropas reclutadas en Inglaterra, mandados por Elsom, English
    y Uzlar, sirviendo esto á Bolívar para completar su plan de campaña, á
    cuya combinacion se consagraba seriamente y con su habitual actividad.
    En su consecuencia, Urdaneta pasó á organizar en Margarita una division
    que debia componerse de los dos cuerpos de ingleses que alli habia con
    English y Uzlar, y ponerse al frente de ellos despues de haber
    organizado otro de gentes del pais. Hecho esto, con la escuadra de Brion
    debia dirigirse á tomar Carácas y entenderse luego por la retaguardia
    hasta enlazar sus fuerzas con las del ejército del Apure, que el
    Libertador mandaria en persona. Mientras tanto Mariño, con la division
    de Oriente, distraeria la atencion del enemigo en aquella direccion. El
    coronel Manuel Manrique, con los cuerpos organizados en Angostura y las
    tropas de Elsom, pasaria inmediatamente á reunirse á Paez.

    Principiadas las operaciones, y habiendo remontado el Orinoco, el 17 de
    Marzo Bolívar se reunia al ejército del Apure; y Paez, con solo 150
    caballos á sus órdenes, el 1° de Abril, en las Queseras del Medio,
    derrotó la division que mandaba Morillo. Poco despues Bolívar se dirigia
    á atacar la provincia de Varinas; pero un aviso del general Santander
    acerca de la buena disposicion de Nueva Granada, le hizo suspender su
    intento, y reuniendo una junta de guerra le expuso sus intenciones de
    aprovechar la ocasion, puesto que se presentaba favorable. Anzuátegui,
    Torres, Iribarren, Rangel, Briceño Mendez, Plaza y el jefe de Estado
    Mayor Soublette fueron sus vocales, y todos aprobaron el proyecto con el
    mayor entusiasmo. Al momento se despachó un emisario á Paez, que estaba
    en Guasdualito, y otros fueron con instrucciones y órdenes á los demás
    generales que habia en Venezuela.

    Reunido á Paez en el Mantecal, le mandó que permaneciese en Apure
    haciendo frente al enemigo acantonado en Varinas, y que tratase de
    interceptarlas comunicaciones entre Venezuela y Nueva Granada, ocupando
    á Pamplona, ó si posible fuera, á Suata. Bolívar pasó en seguida el
    Arauca con un regimiento de caballeria de guias del Apure, un escuadron
    de carabineros y dos de lanceros del Alto Llano de Carácas, los
    batallones Rifles, Albion, Barcelona y Bravos de Paez á las órdenes de
    Anzuátegui. Al cabo de veintiseis dias de un camino lleno de peligrosos
    accidentes á causa de las lluvias é inundaciones de la estacion, el 11
    de Junio se avistaban Santander y Bolívar en Tarne, y el 23 se reunia en
    Pore con la vanguardia de la division mandada por el primero, la que
    guiaba Anzuátegui, componiendo entre ambas unos 2.500 hombres.

    Convenia aprovechar el tiempo; Morillo se estacionaba en cuarteles de
    invierno, y la ocasion era propicia para la reconquista; leve fué el
    descanso concedido á la tropa, que Bolívar llevó inmediatamente por el
    camino de Morcote hácia la cordillera, logrando desalojar, sin grande
    esfuerzo, á la avanzada que defendia la formidable posicion de Paya el
    dia 27 de Junio y comenzar el paso de la Serrania. Á pesar de lo que en
    tan larga travesia padeció el ejército libertador, con el heróico
    esfuerzo y decidido concurso de venezolanos y granadinos, recogiendo
    laureles en todas las ocasiones que el enemigo se oponia al paso, el 5
    de Agosto Bolívar se apoderó de Tunja, derrotando una vez mas las tropas
    del virey Don Juan Sámano, mandadas por el brigadier Barreiro, á quien
    Morillo habia enviado en su auxilio.

    Desde esta ventajosa situacion el Libertador podia acechar los
    movimientos de Barreiro, cuyo fin era el de reunirse con el virey, y
    estorbar á todo trance que sus proyectos se realizasen. Asi sucedió,
    alcanzando un completo triunfo en Boyacá. El jefe realista mandaba 5.000
    hombres, Bolívar contaba con una tercera parte menos; pero gracias á su
    admirable estrategia, no solo consiguió derrotar al enemigo, sino que
    cercándole y acosándole por todas partes, despues de sembrar la muerte
    en el campo de batalla, cuantos lograron sobrevivir depusieron las armas
    y se entregaron á discrecion. Además del coronel Jimenez, segundo en el
    mando de aquella columna respetable, casi toda la oficialidad, 1.800
    soldados, artilleria, armamento, caballos y municiones quedaron on poder
    del vencedor, que á poco de esta victoria, con el ejército mayor que
    basta alli habia tenido la República, marchaba á batir las tropas
    de Sámano.

    Sobrecogido este por el terror, asi que recibió la noticia del desastre,
    huyó á Honda, pero con tal precipitacion, que abandonó depósitos,
    archivos, oficinas públicas y cerca de un millon de pesos que habia en
    la casa de moneda. Esto tenia lugar el 9 de Agosto, y al siguiente, dia
    de San Lorenzo, saludado por las expresiones de la mas viva alegria,
    entraba el Libertador en Santa Fé de Bogotá. Tres dias duraron los
    festejos del pueblo bogoteño, despues de los cuales Bolívar se ocupó
    asiduamente de los arreglos económicos, administrativos y militares,
    cuya operacion duró hasta el 13 de Setiembre, en que apareció un decreto
    por el cual se establecia un gobierno provisional para la Nueva-Granada,
    encargándole de él, como Vice-Presidente, al general Santander.

    Una semana despues, entre las aclamaciones del pueblo, el Presidente de
    Venezuela salia de Bogotá, y el 12 de Diciembre, cuando nadie le
    esperaba, penetró en Angostura á dar cuenta al Congreso de sus
    operaciones militares, recomendando el mérito de sus compañeros de
    armas, haciendo un justo elogio del heroismo con que el pueblo
    granadino se habia portado, y manifestando, por último, que la union
    entre Venezuela y Nueva-Granada, como ya cien veces, lo habia dicho, era
    la garantia mas segura de la emancipacion de toda la América del Sud.

    Entonces se sancionó una ley fundamental que establecia la reunion de la
    Nueva-Granada y Venezuela bajo el glorioso título de _República de
    Colombia_, dividiendo el nuevo Estado en los departamentos de Venezuela,
    Quito y Cundinamarca: y la reunion de un Congreso general en 1° de Enero
    del año siguiente en la villa del Rosario de Cúcuta para la formacion de
    una Constitucion, rigiéndose mientras tanto por un Presidente y un
    Vice-Presidente con carácter provisional. En seguida Bolívar dictó
    algunas disposiciones para la prosecucion de la campaña, y el 24 salió
    con direccion á Guasdualito, satisfecho de haber abierto los cimientos
    de la para él tan deseada República colombiana.

    CAPITULO IX

    Principios del año 1820.–Proposiciones de paz.–Resultado de las
    negociaciones.–Momentos de esperanza por la forma política que la
    España ha adoptado.–Estipulacion de un armisticio.–Entrevista de
    Morillo y Bolívar.–El general español se retira del mando.–Don Miguel
    de la Torre.–Estado de los asuntos del Perú.–Acantonamientos
    militares.–Ruptura de las hostilidades.–Batalla de Carabobo.–Sucesos
    que siguieron.–Tributo rendido al vencedor.–Entrada de Bolívar en
    Carácas.–Conquistas.–Estado próspero de la causa de la
    libertad.–Desgracia de la expedicion de Urdaneta contra Quito.–Sucre
    toma el mando de ella.–Prepárase para la nueva campaña.–Acciones de
    Yaguada y Riobamba.–Armisticio acordado por Aymeric.

    Fernando VII acababa de jurar en Cádiz la Constitucion de 1812, y á
    fines de Marzo Morillo recibia esta noticia proponiéndose, segun
    manifiesto fecha 11 de Abril, el restablecimiento de la paz por medio de
    una reconciliacion fraternal entre España y la República de Colombia. En
    su consecuencia, el 7 de Junio de 1820 el jefe español proclamaba el
    Código de la monarquia española en Carácas, solicitando en seguida una
    suspension de hostilidades de los caudillos patriotas, mientras se
    entablaban las negociaciones necesarias entre su gobierno y el Congreso.

    Nada consiguió con esta gestion, porque los patriotas contestaron:
    "_que solo podrian acceder cuando las órdenes partieran de la legítima
    autoridad por ellos reconocida_."

    En vano se dirigió despues al Congreso y particularmente á Bolívar,
    quien como el caso requeria hizo una convocatoria extraordinaria, en la
    cual, con toda dignidad y entereza, fueron rechazadas las proposiciones
    de Morillo. Los resultados de acto semejante probaron que el pueblo
    venezolano y granadino bajo pretexto alguno querian volver á estrechar
    relaciones con los españoles, adquiriendo de este modo gran importancia
    á los ojos de todo el mundo. Esto no obstante, como medida conveniente á
    los planes del Libertador, el 21 de Setiembre solicitó de Morillo
    únicamente el armisticio que antes le propusiera, siempre que le diesen
    á Colombia las garantias y seguridades necesarias, cosa que estaba en el
    caso de poder exigir; y despues de repetidas conferencias entre los
    comisionados por una y otra parte, Bolívar establecia su cuartel general
    en Sábana Grande y Morillo el suyo en Carache, pueblos ambos de la
    provincia de Trujillo.

    La forma liberal adoptada por la monarquia española daba lugar á
    esperar una convencion favorable á las miras é intereses de la América,
    cuyos triunfos se iban extendiendo por todos lados, y en la noche del 25
    de Noviembre se firmó un armisticio de seis meses, prorogables á
    conformidad de ambos contratantes por el tiempo que se estimase
    conveniente, en el caso de no haberse podido ajustar las condiciones de
    la paz dentro del término prescrito. Además de este se firmó el
    preliminar de otro tratado para regularizar la guerra, en todo evento,
    conforme lo reclamaban la humanidad y la justicia. Toda vez que fueron
    terminados estos tratos, á instancias del jefe español Bolívar marchó á
    celebrar una entrevista con él, el dia 27, en el pueblo de Santa Ana.
    Morillo salió á su encuentro hasta las afueras y le tendió amistosamente
    los brazos. Alli estuvieron juntos los dos caudillos hasta el siguiente
    dia, y despues de reiterar el juramento de eterna amistad, se
    despidieron victoreando á Colombia y á la madre España, llenos todos de
    la mas cordial alegria.

    Fatigado Morillo por la lucha que inútilmente habia sostenido contra la
    libertad, defendida por aquel pueblo heróico, solicitó su retiro del
    mando; aunque desatendida en un principio la súplica, al fin logró que
    le reemplazara el eminente y bizarro general Don Miguel de la Torre y se
    embarcó para Cádiz el 17 de Diciembre. Y mientras estos acontecimientos
    tenian lugar en Colombia, Buenos-Aires gemia envuelto en el cáos de la
    disolucion política y el general San Martin, al frente de veinte velas,
    montado en el navio de su nombre, zarpaba en el puerto de Valparaiso la
    tarde del 20 de Agosto, siendo bien recibido por el pais, donde mas
    tarde ocupó Lima y el Callao.

    Calabozo, Barquisimeto, Tocuyo, San Cárlos, Carácas, Cumaná, Maracaibo,
    Puerto-Cabello y la Guaira eran los puntos en que el ejército español,
    compuesto á principios de 1821 de solo 11.000 hombres, estaba
    acantonado. El armisticio, firmado hacia cosa de dos meses, fué roto por
    el pronunciamiento de Maracaibo en favor de la independencia el 28 de
    Enero y por la ocupacion que las tropas de Urdaneta hicieron de esta
    plaza. En vano La Torre protestó y representó contra tamaña violacion;
    frases de amistad, promesas, amenazas, todo fué inútil, y las
    hostilidades comenzaron de nuevo el 28 de Abril, dia aplazado de
    comun acuerdo.

    Favorables fueron los encuentros habidos desde esta fecha hasta mediados
    de Junio para las armas republicanas; pero el 24 lograron sobreponerse
    al poder de España en la batalla de Carabobo, Paez y Bolívar eran los
    campeones de aquellas; La Torre, al frente de mas de 5.000 soldados
    españoles, ocupaba las llanuras. Tres eran las divisiones del
    Libertador: mandaba Paez la primera, que se componia de 1.500 ginetes,
    el batallon Británico y el del Apure. Cedeño guiaba la segunda,
    compuesta del batallon de Tiradores, el de Vargas, el de Boyacá y el
    escuadron Sagrado. En la tercera, dirigida por el coronel Plaza,
    figuraban los batallones Rifles, Granaderos, Anzuátegui, vencedor en
    Boyacá y un regimiento de caballeria. El total de estas tres columnas
    era de unos 6.000 combatientes.

    Altamente gloriosa, y con la insignificante baja de 200 hombres entre
    muertos y heridos, fué la jornada de Carabobo. Á excepcion del valiente
    coronel Don Tomás Garcia que, al frente del primero de Valancey, supo
    retirarse con vida hasta Valencia, el resto del ejército quedó
    completamente derrotado. Batallones enteros cayeron prisioneros en manos
    de los patriotas, en tanto que otros, arrojando las armas, dispersos
    como aves espantadas, huyeron á guarecerse en los bosques. Entre los
    muertos del ejército de Bolívar hubo que lamentar dos pérdidas de
    consideracion: el general Cedeño y el coronel Ambrosio Plaza quedaron
    sepultados bajo sus propios laureles.

    Habíase reunido ya el Congreso en la villa del Rosario de Cúcuta y se
    ocupaba de formar la Constitucion del Estado cuando á consecuencia del
    éxito obtenido en Carabobo, decretó los honores del triunfo para el
    ejército y sus dignos jefes, ordenando al propio tiempo que el retrato
    del hijo ilustre de Carácas, del benemérito padre de la patria, fuese
    colocado en las Cámaras legislativas con la siguiente inscripcion: SIMON
    BOLÍVAR, LIBERTADOR DE COLOMBIA.

    Cinco dias despues de tan relevante hecho de armas, con el cual podia
    darse ya por asegurada la libertad de la República colombiana, el
    celebérrimo caudillo caraqueño entró en su pueblo natal, donde una vez
    mas fué acogido con extraordinaria y completa ovacion. Pero no era esto
    solo la consecuencia necesaria de la victoria de Carabobo; la Guaira se
    rindió el dia 2 de Julio, y mas tarde, el 11 de Octubre, segun
    disposicion de bloqueo que anteriormente habia dado el Presidente y jefe
    supremo del ejército al general Mariano Montilla, este tomaba la plaza
    de Cartagena.

    Todos los acontecimientos conspiraban ya en favor de la independencia
    general de la América del Sud, pues en el mismo año, sin contar la
    actitud favorable que habia tomado Quito, el general San Martin en el
    Perú minaba el poder del virey Pezuela que se vió depuesto del mando por
    sus mismas tropas, hecho inaudito en aquel pais; constituia un gobierno
    á cuya cabeza se ponia como dictador; daba al pueblo una Constitucion y
    derrotaba al enemigo comun. Como lo hemos indicado mas arriba, á fines
    del año último tambien Guayaquil habia proclamado su independencia, y á
    las órdenes del general Luis Urdaneta mandó una expedicion contra Quito;
    pero derrotado el 12 de Noviembre de 1820 en las cercanias de Guachi,
    este dejó á Miguel Valdés en el mando y se retiró de aquellos lejanos
    climas. A su vez Valdés fué batido en Genoi el 2 de Febrero siguiente,
    replegándose sobre el pueblo de Mercaderes, donde el general Antonio
    José de Sucre se hizo cargo del mando de aquella desgraciada expedicion.

    Por aquel tiempo se circuló la noticia del armisticio, y el nuevo jefe
    delegando sus funciones al general Pedro Leon Torres mientras su
    ausencia, pasó inmediatamente á Guayaquil, donde le llevaba la idea de
    organizar nuevas tropas para que la próxima campaña no le cogiese
    desprevenido. Asi, pues, á la ruptura de las hostilidades se encaminó á
    Quito, encontrándose que el coronel Don Francisco Gonzalez le salia al
    paso con una division por él organizada en Cuenca, fecundando de este
    modo el movimiento que hacia la de Don Melchor Aymeric, Presidente de la
    provincia á donde Sucre llevaba sus refuerzos revolucionarios.

    Gonzalez fué derrotado en Yaguachi, y su plan con Aymeric quedó
    desbaratado por completo. Este emprendió su retirada hácia la capital, y
    con el fin de rehacerse, se parapetó por lo pronto en Riobamba. Sucre
    entonces colocó su fuerza al otro lado de la cordillera del Chimborazo
    en el pueblo de Mocha, situado en el paralelo de Riobamba, y ambos
    ejércitos continuaron su camino hasta que, encontrándose en Guachi el 12
    de Setiembre, trabaron un encarnizado combate; el jefe republicano, á
    pesar de su valor y de la mortandad causada al enemigo, resultó vencido
    con pérdidas de consideracion.

    Trascurridos dos meses desde esta malaventurada accion de guerra,
    conforme á propuesta de Sucre, concedió Aymeric una suspension de armas
    de noventa dias, durante los cuales el general republicano, que era
    adorado en el pais por sus virtudes habia de prepararse y reclutar gente
    con objeto de reaparecer en su dia mas formidable que antes.

    CAPITULO X

    Primer Congreso de Colombia.–Este no admite la renuncia que hace
    Bolívar.–Publicacion de la Constitucion de Colombia.–Sancion de la ley
    política del Estado.–Eleccion de Bolívar para la presidencia del
    Congreso.–Proyecto de libertar Perú.–Preparativos de marcha.–Paso de
    Sucre por la cordillera occidental.–Ocupacion de la provincia de
    Loja.–Abrese la campaña de Quito.–Entrada del ejército libertador en
    Pasto.–Conquistas de Sucre.–Batalla de Pichincha.–Sumision de
    Quito.–Ovaciones.–Oferta hecha al Perú.–Entrevista de Bolívar y San
    Martin.–Estado del Perú.–Reunion del Congreso de Colombia.–Expedicion
    á Maracaibo.–Combate naval.–La fortuna se muestra propicia á la
    República.–Capitulacion de Morales.–Venezuela queda libre.

    Por un decreto de Roscio, expedido en Angostura el 9 de Noviembre de
    1820, á 6 de Mayo del siguiente año el primer Congreso de Colombia se
    instaló en la villa del Rosario de Cúcuta, con diputados elegidos libre
    y legalmente por las provincias emancipadas del poder de España, cuyo
    número era el de veintidos entre las de Venezuela y Nueva-Granada.
    Principió sus sesiones ocupándose de la renuncia que Bolívar habia hecho
    de su magistratura política, y determinó: que este leal y desinteresado
    patricio, mientras se daba al Estado un gobierno definitivo por medio
    de una Constitucion, siguiese como hasta alli en el desempeño de
    su cargo.

    Por fin, el 12 de Julio de 1821, despues de la batalla de Carabobo, se
    publicaba la ley fundamental que, bajo la denominacion de República de
    Colombia, reunia en un solo cuerpo nacional á Venezuela y Nueva-Granada
    con un gobierno popular representativo, declarando su independencia
    absoluta de toda dominacion extranjera y de todo dominio particular, y
    dividiendo el ejercicio del poder supremo en legislativo, ejecutivo y
    judicial. Santa Fé de Bogotá era declarada capital hasta tanto que, en
    mejores tiempos, se erigiese una ciudad al efecto con el nombre del
    Libertador Bolívar.

    El 30 de Agosto quedó sancionada la Constitucion del Estado, la cual
    diferia de las anteriores en algunos puntos esenciales. Los senadores no
    eran vitalicios, siguiéndose para todo cargo público los principios de
    eleccion periódica y alternativa; y el poder ejecutivo seria ejercido
    por un solo individuo. Entre las importantes leyes dadas al pais habia
    dos, una del 19 y otra del 28 de Julio, ambas notables. La primera
    declaraba que desde el dia de su publicacion se considerarian _libres_
    los hijos que nacieren de _esclavas_; la otra suprimia todos los
    conventos de regulares que no tuviesen por lo menos ocho religiosos de
    misa en aquella misma fecha, aplicándose á la educacion nacional todos
    los bienes y propiedades, derechos y acciones legados á las comunidades
    que se hallaren comprendidas en la citada ley. Esta exceptuaba á los
    hospitalarios, considerada la utilidad de sus servicios.

    El 7 de Setiembre, conforme á la facultad que la Constitucion concedia
    al Congreso de nombrar por la primera vez los cargos de Presidente y
    Vice-Presidente, la eleccion recayó en Bolívar y Santander, aquel para
    el primero de dichos empleos y este para el segundo. Luego, con fecha 2
    de Octubre, otra ley dividia el territorio en siete departamentos, que
    eran: Orinoco, Venezuela, Zulia, Boyacá, Cundinamarca, Cauca y
    Magdalena; y despues de otros varios trabajos del alto Cuerpo
    legislativo, dejando á Santander al frente de la administracion, el
    Libertador partió de Cúcuta para Bogotá, con objeto de hacer los
    preparativos necesarios á la campaña que habia proyectado hácia el Sud.

    Asi terminaba este año, fecundo en notables acontecimientos, y en los
    primeros dias de Enero del siguiente, 1822, en conformidad con lo
    dispuesto por un decreto del poder ejecutivo, la reunion del mando
    militar quedaba establecida en los departamentos de Venezuela, Orinoco y
    Zulia. El general Cárlos Soublette, con el cargo de intendente, quedaba
    en el primero al frente de la direccion de la guerra, y Paez en calidad
    de comandante general del mismo; Bermudez en el de Orinoco, y Lino
    Clemente en el de Zulia. Bolívar hácia este tiempo se dirigia de Cali á
    Popayan para esperar alli las fuerzas con que pensaba dar principio á la
    campaña de Quito. Mientras esta operacion se realizaba, ya próximo á
    espirar el plazo de los tres meses de armisticio, Sucre atravesaba la
    cordillera occidental el 9 de Febrero y ocupaba á Zaragoza en la
    provincia de Loja, punto en el cual las tropas enviadas del Perú por el
    dictador San Martin vinieron á reunirselo.

    Abierta la campaña de Quito, dirigiéndose hácia Pasto, el Libertador
    destrozó en Bomboná las tropas acaudilladas por Don Basilio Garcia el 7
    de Marzo; pero tuvo que lamentar la pérdida del general Pedro Leon
    Torres. El 8 de Junio entró victorioso en Pasto, haciendo prisionero á
    Garcia y las tropas que habian quedado á este jefe español. Entro tanto
    Sucre y Aymeric se batian encarnizadamente por el lado de Guayaquil,
    apoderándose el primero, una tras de otra, de las poblaciones de Cuenca
    y Alausi, teniendo que batirse siempre contra fuerzas superiores en
    número. La toma de Riobamba tuvo despues lugar el 22 de Abril, tras un
    brillante combate, en el que Sucre dió una prueba mas de sus buenas
    dotes militares.

    Por la llanura de Turubamba se dirigió de esta ciudad á Quito, logrando
    situarse al pié de las alturas que forman la cresta del Pichincha entre
    los pueblos de Chillogallo y Magdalena, flanqueando de este modo y por
    la retaguardia al enemigo. Movióse durante la noche del 23 de Mayo, y al
    siguiente dia, con sorpresa de sus burlados contrarios, apareció sobre
    la montaña, de donde aquellos intentaron desalojarle; pero derrotados
    completamente y careciendo de seguro refugio, rindieron, mediante
    capitulacion, la ciudad de Quito el 25 de Mayo, dia en que 280 años
    antes albergó la misma por primera vez las armas españolas. Aymeric, con
    el resto de sus tropas, quedó en poder de Sucre, el vencedor en la
    batalla de Pichincha. Cuatro dias despues los ciudadanos de la
    conquistada capital ratificaban solemnemente el pacto de union entre
    Quito, Venezuela y la Nueva-Granada.

    Las capitulaciones de Pasto y de Quito aseguraron la libertad en un
    vasto y hermoso pais, no hollado hasta entonces por plantas
    republicanas, quedando en poder de Sucre 14 piezas de artilleria, 1.260
    prisioneros, de los que 160 pertenecian á la clase de oficiales, y en
    fin, los fusiles y cuantos elementos de guerra poseian los enemigos. A
    poco de la toma de la capital de esta rica provincia, esto es, el 15 de
    Junio, entraba Bolívar en ella precedido de las mas calurosas y
    expresivas muestras de aprecio y entusiasmo de los pueblos del tránsito.
    De aqui se trasladó á Guayaquil, donde las aclamaciones de júbilo se
    reprodujeron, pasando despues á Cuenca, desde cuyo punto puso á
    disposicion del gobierno del Perú una division de 4.000 colombianos.

    San Martin corrió á encontrar á Bolívar, y el 25 de Julio se abrazaban
    en Guayaquil estos dos valientes guerreros, que habiendo partido desde
    ambos extremos del Nuevo Mundo, iban á conferenciar acerca de la
    independencia de su pais bajo el ardiente sol del Ecuador. Tres dias
    pasaron reunidos estos dos héroes americanos, sin que un solo momento se
    les viese al uno sin el otro; pero el resultado de sus conferencias
    quedó envuelto en la noche del misterio. Solo se sabe que aunque en las
    entrevistas reinó la mas atenta cordialidad entre ellos, su separacion,
    sin embargo, no fué de aquellas en que la amistad deja ver la efusion
    del entusiasmo ó la ternura de un vivo afecto. Entre las ideas políticas
    de estos dos hombres eminentes se alzaba tal vez una gran valla.

    Los realistas ocupaban por entonces, no solo todo el Alto Perú, sino
    tambien la mayor parte del Bajo, y se encontraban muy animados y llenos
    de esperanza á causa de sus recientes triunfos. Los patriotas poseian
    únicamente á Lima y los paises situados en la costa del Norte; además
    se hallaban separados en diferentes partidos políticos, que minaban por
    su base la fuerza de la causa comun del Sud de América, y sus recursos
    metálicos no eran sobrados, antes por el contrario, andaban escasos. Tal
    era la situacion del Perú desde fines de 1822 á mediados de 1823.

    El 8 de Abril de este año el Congreso de Colombia se reunia otra vez, y
    el 4 de Julio autorizaba al Libertador para que pasase á llevar sus
    auxilios al Perú, acto el mas notable de aquella legislatura. Ya
    conocemos la entrevista que luego tuvieron el llamado dictador de aquel
    pais y el ilustre caraqueño. En el trascurso del mismo año Montilla
    preparaba en la ciudad de Hacha una expedicion contra Maracaibo,
    combinándose al efecto con las fuerzas navales que mandaba el coronel
    jefe de la escuadra José Padilla, quien juzgó posible la arriesgada
    empresa de forzar la barra, operacion que se ofreció á cumplir y que
    cumplió el 8 de Mayo con solo la pérdida del bergantin _General
    Bolívar_, al mando y de la propiedad del capitan de navio Nicolás Joly.

    Una vez libre de cruzar las aguas del lago, en las cuales llegó á
    enseñorearse, á fines de Junio, y mientras el general Francisco Estéban
    Gomez, por enfermedad de Montilla, se dirigia contra Maracaibo, Morales
    reforzaba su escuadrilla con dos goletas que el capitan Laborde traia de
    Curazao. Reunida la flotilla española en Zaparas, fondeaba el 22 de
    Julio entre Maracaibo y el islote de Capitan-Chico. Los independientes
    hacian lo propio en Altagracia y Punta de Piedras. Ambos combatientes, á
    vista uno del otro, esperaban el viento para acometerse, cuando
    habiéndolo tenido favorable los patriotas, abordaron el 24, tres horas
    despues del medio dia, al enemigo, y trabando un reñidísimo combate
    quedó vencedor Padilla. Los realistas tuvieron 800 bajas entre muertos y
    heridos, mas 420 prisioneros entre oficiales, clase de tropa y
    marineria. Los patriotas contaron 44 muertos entre oficiales y tropa y
    119 heridos.

    Las armas republicanas, favorecidas por su valor y la buena causa,
    marchaban sembrando por su camino los laureles de la victoria y
    añadiendo cada dia una piedra mas al colosal edificio de su
    independencia. Alli donde se presentaban, desalentados por sus estériles
    esfuerzos los antiguos dominadores de Venezuela, cedian el campo á los
    ya aguerridos soldados de la libertad. El 3 de Agosto capituló Morales
    bajo las mas generosas condiciones de los republicanos, que haciéndolo
    asi se coronaban de gloria; y doce dias despues se hacia á la vela aquel
    memorable general con rumbo á la isla de Cuba. En el resto del año Coro
    y Puerto Cabello, últimos baluartes de la dominacion española en
    Venezuela, cayeron tambien en manos de los valientes y beneméritos hijos
    del Nuevo Mundo, cuya heróica sangre venia derramándose hacia tantos
    años, y por fin, al despedirse el de 1823, podian exclamar, enarbolando
    el pabellon de Colombia: "_Ya somos libres._"

    CAPITULO XI

    Bolívar en Lima.–El espíritu público en el Perú.–Pérdidas.
    –Disolucion del Congreso.–El Libertador organiza una gran
    expedicion.–Paso de los desfiladeros de los Andes.–Victoria de los
    colombianos en Junin.–Retirada de las tropas españolas.–Descanso.
    –Combinaciones estratégicas.–Bolívar se dirije al Alto Perú.–Batalla
    de Ayacucho.–Capitulaciones.–Entrada de Bolívar en Lima.–Convocatoria
    para la reunion de un Congreso.–Su reunion y sus actos.–República
    Bolívar.–Rendicion del Callao.–Emancipacion de la América del Sud
    realizada.–Consideraciones.–Principia á turbarse el órden entre los
    venezolanos.–Deposicion decretada contra Paez.–Sublevacion de Valencia.
    –Los partidos.–Asamblea provocada por los federalistas de Carácas.
    –Bolívar se dirije á Venezuela.–Proclama dada en Maracaibo.
    –Acontecimientos del Perú.

    El 1° de Setiembre de 1825 habia hecho el libertador su entrada en
    Lima, donde fué investido del poder dictatorial, con autorizacion de
    disponer libremente de todos los recursos del pais; pero en vista de la
    oposicion de algunos partidos políticos, y comprendiendo que con los
    elementos disolventes que minaban su noble empresa no seria posible
    llegar al término que se habia propuesto, se retiró á Trujillo.
    Abandonada asi la capital, pronto se vió ocupada por las tropas
    realistas al mando del general Canterac.

    A principios de 1824 el estado de la causa de la independencia era
    lastimoso en el Perú y marchaba desalentadamente á la ruina. Pérdidas el
    5 de Febrero las fortalezas del Callao, se disolvió el Congreso,
    depositando en Bolívar la esperanza de su salvacion. El ilustre jefe
    colombiano, aun cuando no fuera por su ardiente amor hácia la causa de
    la libertad de la América del Sud, no podia mirar con indiferencia los
    peligros que vendrian á amenazar la obra por él realizada hasta alli si
    las armas españolas llegasen á entronizarse en el Perú; y cuando recibió
    la triste noticia de los últimos desastres se hallaba en la provincia de
    Huamalies organizando tropas y esperando refuerzos de su república para
    continuar las operaciones de su cuenta y riesgo, pudiendo oponer de alli
    á poco á las desgracias ocurridas un ejército de 4.000 patriotas del
    pais y 6.000 colombianos.

    Cruzó entonces los desfiladeros de los Andes, mientras Canterac
    guarnecia los de Jauja y situaba sus puestos avanzados en Casas, y
    marchó decididamente sobre Pasco. El general español, que ignoraba la
    direccion seguida por su contrario, se encaminó hácia este mismo punto
    con objeto de practicar un reconocimiento. Aqui supo que el 5 de Agosto
    habia pasado Bolívar tomando por la derecha de la laguna de Junin, y
    retrocedió en el acto para estorbar que las fuerzas enemigas vinieran á
    situarse á su espalda. Al practicar este movimiento, y á los tres dias
    de haberlo emprendido, Canterac fué alcanzado por Bolívar y los
    realistas sufrieron una gran derrota en Junin ó Pampa de los Reyes.

    Los vencedores siguieron en persecucion de Canterac que, sucesivamente y
    en buen órden, fué retirándose á Tarma, Jauja, Huancayo y Huamanga,
    llegando por fin á Cuzco con una pérdida de mas de 2.000 hombres. El
    ejército libertador no pasó de Huamanga sino despues de haber descansado
    alli por espacio de un mes, en cuyo tiempo, segun lo dispuso su jefe, el
    general Sucre debia dirigirse sobre Challuanca para amenazar la
    retaguardia del enemigo, en tanto que él practicaba un reconocimiento
    hácia el Apurimac, operacion en la cual vino á sorprenderles el invierno
    y se suspendieron las que despues de esta debian verificarse. Entonces
    Bolívar, movido por causas poderosas, se separó de su ejército,
    dejándole en cuarteles de invierno, y se dirigió al Alto Perú con el
    fin de preparar los medios necesarios para cerrar la campaña y al propio
    tiempo organizar un buen gobierno en aquel pais.

    Mas tarde, el 9 de Diciembre, los tropas de Sucre se coronaban de
    laureles en Ayacucho, alcanzando una decisiva victoria sobre las armas
    españolas, mandadas por Laserna, virey entonces del Perú. Á cerca de
    9.500 hombres ascendian las fuerzas del virey, mientras que no llegaban
    á 6.000 las comandadas por el general republicano; pero bien combinado y
    hábilmente dirigido el plan de batalla, los realistas fueron deshechos
    completamente, quedando en poder de Sucre, además de Laserna, 15
    generales, 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 484 oficiales, 3.200
    soldados, cabos y sargentos, 11 piezas de artilleria, gran número de
    fusiles, municiones y en fin, todos los pertrechos de guerra
    pertenecientes al enemigo, que habia sido puesto en el caso de rendirse
    por capitulacion.

    En esta memorable jornada, la mas brillante de las que tuvieron lugar en
    la América del Sud, junto al jefe que la alcanzó se distinguieron
    heróicamente José Maria Córdoba, el inglés Miller y el general Lamar.
    Segun las bases de la capitulacion los españoles se obligaban á entregar
    los paises aun dominados por ellos en el Alto y Bajo Perú y los
    vencedores á respetar las vidas y haciendas de los vencidos y de sus
    partidarios, costeando además el viaje á la península á los individuos
    del ejército que asi lo solicitasen. La batalla de Ayacucho inmortalizó
    el nombre del valiente hijo de Cumaná, tan buen patriota como virtuoso
    ciudadano, tan hábil como noble general.

    Al siguiente dia de esta batalla Bolívar entraba en Lima y expedia un
    decreto por el cual convocaba un Congreso para el 10 de Febrero del
    próximo año. Llegada esta fecha y reunido ya, los primeros actos de este
    cuerpo se encaminaron á manifestar de una manera solemne su gratitud
    hácia los libertadores del pais, ordenando se abriese una medalla en
    honor del Libertador y que en la plaza principal de Lima se le erigiese
    una estátua. Además hízole presente de dos millones de pesos, para que
    uno lo distribuyese entre los generales y demás clases de ejército,
    reservándose el otro para si, lo cual rehusó dignamente; y al mismo
    tiempo distinguió al general Sucre con el título de mariscal de
    Ayacucho. Despues confirió á Bolívar el poder ejecutivo, y este pidió
    permiso á Colombia para poder aceptarlo, pues, segun sus palabras en
    esta ocasion, _reconocia monstruosa aquella autoridad é impropia de él._

    Bajo la denominacion de _República Bolívar_ (mas tarde Bolivia), se
    constituyeron por medio de una Asamblea general, declarando en
    independencia, las provincias del Alto Perú á 10 de Julio del mismo año
    1825 y confiaron al Libertador la autoridad ejecutiva por todo el tiempo
    de su permanencia en el territorio del Estado, y Sucre quedó encargado
    del mando inmediato de los departamentos en que aquel habia sido
    dividido. A los tres meses no cabales, esto es, el 6 de Octubre, despues
    de haber encargado al Libertador que formase una Constitucion política
    para el pais, se disolvió la Asamblea, aplazando la reunion del cuerpo
    constituyente, reunion que debia realizarse el 25 de Mayo del
    siguiente año.

    A pesar de los esfuerzos hechos por los partidarios de la independencia,
    el general Rodil, refugiado en el Callao, sostuvo durante mas de un año
    esta plaza, rendida por fin el 23 de Enero de 1826, dia en que el Perú,
    á consecuencia de este acontecimiento quedaba totalmente emancipado de
    España y la América del Sud veia terminarse la sangrienta y larga lucha
    comenzada y llevada á feliz término por los valientes hijos de
    Venezuela, bajo la gloriosa direccion del celebérrimo Bolívar.

    Pero el pueblo colombiano, como sucede con todos los pueblos colocados
    en análogas circunstancias, si bien cediendo á un natural impulso, habia
    desplegado todas sus fuerzas para sacudir el yugo de la esclavitud, no
    bien dispuesto aun á recibir la nueva forma de gobierno, poco ilustrado
    para conocer los medios de aprovecharse de la libertad que habia
    conquistado, y no comprendiendo el valor de los deberes que adquiria al
    adquirir nuevos derechos, pronto se vió envuelto en las discordias
    civiles por no prestarse de buen grado á ellos. Resistiéndose los
    caraqueños á la tercera invitacion hecha por Paez, que queria dar
    cumplimiento al decreto sobre la organizacion de milicias, se vió este
    jefe obligado á hacer algunas prisiones, y con tal motivo Carácas
    presentó 17 dias antes á la toma del Callao la imágen de una espantosa
    revolucion.

    So color de haber sido hollados los derechos del pueblo en la manera de
    dar cumplimiento á los decretos del gobierno, la Cámara de los
    representantes fulminó contra Paez una acusacion, que en 30 de Marzo
    admitió el Senado, suspendiéndole de su empleo y citándole á dar cuenta
    de su conducta. No solo desobedeció esta órden trasmitida por medio del
    poder ejecutivo, sino que por disposicion de la Asamblea municipal de
    Valencia, en cuya ciudad se hallaba Paez entonces, el 30 de Abril
    reasumió el mando de que el Senado le habia separado, dando lugar este
    hecho á que todos los pueblos se creyeran autorizados á desconocer el
    legítimo gobierno, y pronto se vió la República envuelta en las
    discordias civiles.

    Dos fueron los bandos que se alzaron: uno _federal_ y otro _central_,
    siendo los partidarios del primero de los sistemas quienes marchaban á
    su fin con mayor unidad, con mas perfecta armonia. Los federalistas de
    Carácas concitaron á Paez para que convocara y presidiera una Asamblea
    general con objeto de fijar el destino político de Venezuela en
    aquellas circunstancias; y verificada la reunion el 7 de Noviembre,
    despues de mediar violentas discusiones y una incalificable votacion,
    Paez quedó autorizado; conforme á los poderes de que la Asamblea le
    habia investido, dió un decreto señalando el 10 de Diciembre para la
    reunion de los colegios electorales y para la instalacion del Cuerpo
    constituyente en Valencia fijó igual dia de Enero de 1827.

    Bolívar, noticioso de los escándalos promovidos en Venezuela, partió de
    Lima el 4 de Setiembre y cuarenta dias mas tarde entraba en Santa Fé de
    Bogotá, siendo recibido con generales muestras de afecto. El 25 de
    Noviembre se dirigió á Venezuela y durante su travesia hasta Cúcuta fué
    reuniendo tropas para presentarse con imponente actitud. El 16 del
    siguiente mes dió una proclama desde Maracaibo en que, ofreciendo
    acelerar la gran Convencion nacional para que legalmente tuviera el
    pueblo leyes fundamentales, decia: _solo él_ (el pueblo) _conoce su bien
    y es dueño de su suerte, y no un poderoso, ni un partido, ni una sola
    fraccion del mismo pueblo_. El Libertador, al cual volvian algunos de
    los extraviados patricios, llegó por Coro á Puerto-Cabello el último dia
    del año, época en que Paez se encontraba en Valencia.

    Los acontecimientos del Perú mientras el trascurso del año que asi
    espiraba fueron: la reunion del Congreso constituyente de Bolivia, que
    con lijeras variantes aceptó el proyecto que le habia enviado Bolívar,
    acompañado del reconocimiento de aquella república por el Consejo de
    gobierno del Perú; el nombramiento del general Sucre como Presidente
    vitalicio del Estado, dignidad que solo admitió por dos años; la
    declaracion de nulidad en los poderes otorgados por los colegios de
    algunas provincias á sus representantes, hecha por el Consejo de
    gobierno peruano en su primer Congreso constitucional; la disolucion de
    este; la reunion del colegio electoral de la provincia de Lima, en
    virtud de decreto de la autoridad competente, el 16 de Agosto; la
    aceptacion que el mismo hizo de la Constitucion boliviana como Código
    fundamental del Perú, y el nombramiento de Bolívar para Presidente
    perpetuo de la República, actos sancionados por el Consejo de gobierno,
    en vista de la unanimidad conque los colegios electorales habian
    procedido en todos sus acuerdos.

    CAPITULO XII

    Disposiciones conciliatorias.–Bolívar y Paez se reconcilian.–Error
    político.–Reclamaciones de Nueva-Granada y del Perú.–Dimision del
    Libertador ante el quinto Congreso reunido en Bogotá.–No es admitida
    su dimision.–Se levantan facciones en Venezuela.–El Congreso
    Constituyente del Perú.–Agitaciones políticas y desunion de Colombia.
    –Fracasa la Convencion de Ocaña.–Acta del 15 de Junio de 1828.
    –Conjuracion á mano armada.–Peligro del Libertador.–Acto de justicia
    contra los conspiradores.–Nueva convocacion á un Congreso
    Constituyente.–Trabajos de zapa de los descontentos.–Manifiesto de
    Bolívar.–Consecuencias del manifiesto.–Es llamado el Libertador por
    algunos miembros del Congreso de Colombia.–Sancion del Código
    político.–Cesacion de la dictadura y de la representacion de la
    Colombia.–Viaje de Bolívar á Cartagena.–Decretos de Paez.–Instalacion
    del Congreso en Valencia.–Nueva Constitucion de
    Venezuela.–Fallecimiento del Libertador.

    El año 1827 era inaugurado por el Libertador de una manera política y
    conciliatoria. El primer dia de aquel desde Puerto Cabello publicó un
    decreto de amnistia, confirmando á Paez la autoridad de jefe civil y
    militar que al principio de la revolucion le habia sido conferido por
    los concejos municipales. Este dictó al siguiente otro decreto por el
    cual reconocia y mandaba reconocer á Bolívar como Presidente de la
    República, anulando al propio tiempo todas sus anteriores resoluciones,
    inclusa la de reunion de un Congreso. El 4, á las dos de la tarde, ambos
    jefes se habian visto y abrazado al pié del cerro de Naguanagua,
    entrando luego juntos en Valencia entre las aclamaciones entusiastas del
    pueblo; y el 10 del mismo mes todo Carácas se deshacia en expresiones de
    la mas grande admiracion al acoger en su recinto á su ilustre hijo, el
    Libertador de la América del Sud.

    El excesivo amor de este grande hombre por la causa que tan constante y
    noblemente habia defendido, el vivo deseo que le agitaba de consolidar
    su grande obra, le hizo cometer un error, perdonable bajo este punto de
    vista. Pero ¿quién que sintiese como él sentia, quién que como él se
    viese rodeado de tan rebeldes circunstancias cuando apenas lucia la
    primer aurora de la libertad de su patria, quién que como él la
    encontrase amenazada de ser envuelta entre las sombras de una
    devastadora tempestad en el momento mismo de nacer, no hubiera tratado
    de evitar á toda costa las tristes consecuencias que resultarian de la
    desunion entre los elementos políticos que debian formar entonces su mas
    firme apoyo? Esto fué sin duda lo que le hizo halagar á los disidentes,
    lo que le obligó á apagar su desenfrenada ambicion y deseo de mando,
    produciendo entre sus amigos el descontento y la envidia. ¡Amigos!…¡Qué
    lastimoso abusó se ha hecho de esta bella frase, empleándola sin
    razon en vez de _adeptos_ al tratarse de aquellos hombres que, como
    Bolívar, llegan á tener entre sus manos los destinos de una nacion!

    En la Nueva-Granada, lo mismo que en el Perú, muchos militares dirigian
    representaciones al gobierno reprobando las reformas introducidas en la
    primitiva ley del Estado; y despues de tantos y tan inmensos
    sacrificios, despues de tanta y tan preciosa sangre vertida en aras de
    la patria, mezquinos intereses, miras egoistas de dominio, envidias y
    rencores mal comprimidos, encienden los ánimos y los concitan á la
    guerra mas inicua que la humanidad conoce entre la iniquidad misma de la
    guerra, á la que el génio del mal despierta y mantiene en el corazon de
    los que debiera unir el vínculo fraternal de las costumbres, del idioma,
    del pais y la familia. Asi, pues, por desgracia, al triunfo de la
    independencia sucedia la discordia civil en la América del Sud, enconada
    y sobreexcitada por medidas cuyo espíritu, cuyo fin no era otro que el
    de la conciliacion, el bienestar y la fuerza. Pero el hombre propone y
    Dios dispone.

    Ante el quinto Congreso, reunido en Bogotá, dimitió Bolívar su cargo de
    Presidente, y despues de largos y acalorados debates, por 50 contra 24
    votos no fué atendido. Esta dimision la hizo desde su pueblo natal; en
    vista de la negativa, el 10 de Setiembre pasó á Bogotá, jurando
    nuevamente ante el Congreso, al efecto reunido en sesion extraordinaria,
    sostener y defender como hasta alli la Constitucion de la República. En
    Venezuela mientras tanto se habian levantado facciones que, como la de
    Cisneros en Carácas, llevaban la devastacion á todas partes.

    El Congreso constituyente del Perú se habia reunido, con antelacion á
    los hechos últimamente citados, el 1° de Mayo, y declaró que la
    Constitucion jurada en 9 de Diciembre del año anterior _era nula y sin
    ningun efecto, por haber sido sancionada de un modo ilegal y atentatoria
    á la soberania del pueblo_; restableciendo provisionalmente en su fuerza
    y vigor, con supresion de algunos capitulos, interin el Cuerpo
    Legislativo se ocupaba de formar otra nueva, la admitida y votada en
    1823. Don José de Lamar, gran mariscal, y Don Manuel Salazar y
    Barquijano fueron elegidos, el primero como Presidente y el segundo como
    Vice-Presidente de la República. Tales fueron los hechos mas notables ó
    importantes de la América del Sud en este año.

    En el siguiente de 1828 dos eran los grandes partidos que se agitaban en
    el seno de la Colombia. Los que aspiraban con la mejor buena fé del
    mundo á hacer alteraciones liberales en la ley fundamental,–cuyo medio,
    á los ojos de sus émulos, era el mas á propósito para derrocar al
    Libertador, asi como tambien para los que deseaban dividir el territorio
    colombiano en tres distintos estados independientes entre si,–formaban
    el primero de estos partidos. En el segundo estaban afiliados la mayor
    parte de los generales, jefes y oficiales venezolanos, mas todos los
    extranjeros que subsistian al servicio de la Colombia y los deudos y
    amigos de Bolívar, que se esforzaban en sostener la integridad de la
    república creada por la union de Venezuela, Quito y la Nueva-Granada.
    Esta era precisamente la division intentada por los de la faccion
    contraria.

    Despues de haber fracasado la Convencion nacional reunida en Ocaña el 9
    de Abril, á causa de lo encontrado de las opiniones y principios
    políticos alli representados, una junta de personas notables, formada en
    Bogotá, suscribia el 13 de Junio una acta en la cual hacian solemne
    protesta contra toda reforma que emanase de la Convencion, depositando
    el cargo supremo de la República y su entera confianza en el general
    Bolívar, ejemplo que luego fué imitado y seguido en toda su latitud por
    los demás pueblos. De una manera tan pública y esplicita fué reconocido
    el ilustre Libertador como jefe supremo del Estado y revestido de las
    mas ámplias facultades.

    El 24 del mismo mes, este hombre, objeto de tantos y tan continuos
    ataques, doblemente realzados por ellos, por sus actos de desinterés y
    por su heróica perseverancia en el fin que se habia propuesto desde el
    principio de la campaña de la independencia; este hombre, digno de un
    pueblo, no mejor, pero sí mas ilustrado, comenzó á legislar en
    importantes materias, suprimiendo la Vice-Presidencia y dando al Consejo
    de Estado una forma nueva y mas adecuada á las necesidades que
    le rodeaban.

    Llegó á tan alto grado el encono de sus adversarios políticos, que
    conjurándose contra él, dominados por el criminal objeto de arrancarle
    el mando con la vida á un mismo tiempo, apellidándole _tirano de la
    patria_, el 25 de Setiembre atacaron de mano armada en Bogotá el palacio
    á la hora de la media noche, despues de asesinar á los centinelas, y
    lograron penetrar hasta la estancia del Libertador; afortunadamente pudo
    este salvarse arrojándose á la calle desde una ventana que por falta de
    prevision de parte de los agresores habia quedado sin custodia alguna.
    Una vez libre, pudo luego con su actividad y energia de costumbre tomar
    las medidas necesarias; y habiendo sido aprehendidos los conjurados,
    todos pagaron con la vida su temeraria empresa menos el general
    Santander, complicado tambien en la trama y á quien la última pena fué
    conmutada por Consejo de gobierno en la de destierro con privacion
    del empleo.

    De esta manera, y con la convocacion de un Congreso en Bogotá para el 2
    de Enero de 1830, el cual vendria investido con el carácter de
    Constituyente, cerraba sus puertas el año 1828, año lleno de malestar
    por la efervescencia de los partidos en que estaba dividida la opinion
    pública del pais, tanto mas temible cuanto que se alzaba en el corazon
    de hombres vigorosos y avezados á los azares de la guerra.

    Fácil es comprender que á pesar de tan enérgicas medidas el mal no
    habria cesado; y asi era en efecto. Siguió sorda y lentamente bullendo
    en los ánimos de los descontentos durante el año 1829, y arraigándose
    mas profundamente toda vez que el peso del poder no le permitia salir á
    la superficie; pero como el momento señalado para la instalacion del
    Congreso se acercase, publicó Bolívar un manifiesto en que autorizaba á
    los pueblos para que pudiesen emitir libremente su dictamen, ya por
    medio de la imprenta, ya por otro cualquiera de los permitidos por
    la ley.

    A una reunion provocada por el jefe general de policia, que lo era
    Arismendi, acudieron varios vecinos notables de Carácas con el fin de
    tratar de las peticiones que debian elevarse al Congreso. Una carta
    circular de Paez los animaba tambien á emitir sus opiniones con plena
    franqueza y libertad. Asi es que acordaron pedir á la autoridad superior
    civil de su provincia se convocase el pueblo á una Asamblea general,
    súplica que fué atendida, ordenándose inmediatamente la convocatoria.
    Esta Asamblea, legalmente constituida en la capital el 26 de Noviembre,
    resolvió: "desconocer la autoridad del Libertador; separar á Venezuela
    del gobierno de Bogotá; consultar la voluntad de los antiguos
    departamentos de aquella, invitándoles á que por medio de un cuerpo
    constituyente reconociesen, defendiesen y manifestasen públicamente la
    separacion que de aquel gobierno intentaban los venezolanos, todo lo
    cual quedó consignado." Por último, decidieron "que el general Paez se
    encargase del mando de los departamentos en tanto se verificara la
    instalacion del nuevo Congreso."

    No reinaba menos agitacion entre los granadinos. El 2 de Enero de 1830,
    constituidos en comision preparatoria varios miembros del Congreso de
    Colombia en Bogotá, dieron principio á sus tareas, y el 4 se pusieron de
    acuerdo sobre la conveniencia de hacer que Bolívar en persona instalase
    el Congreso para demostrar á los pueblos la buena armonia en que sus
    representantes se hallaban con el padre de la patria, llamándole á fin
    de combinar los medios mas acertados de conjurar las calamidades que
    amenazaban al pais. Acudió Bolívar al llamamiento, y el 20 del mismo
    mes, cinco dias despues de su llegada á Bogotá, dejó instalado el
    Congreso, renunciando formalmente á la presidencia que se le habia
    conferido; pero su renuncia fué desechada, exigiéndole que hasta que la
    Constitucion quedase sancionada y nombrados los funcionarios superiores
    en el órden político, para cortar las alas á la anarquia conservase su
    autoridad, único medio que el Congreso estimaba hábil en aquellas
    amenazadoras circunstancias.

    En efecto, el 29 de Abril quedó sancionado el Código político y,
    nombrados como Presidente y Vice-Presidente, para el primer cargo
    Joaquin Mosquera y para el segundo el general Domingo Caicedo, tuvo fin
    la dictadura. Doce dias despues cerraba el Congreso las sesiones de
    aquella Asamblea legislativa, que fué la postrera de las reunidas á
    nombre y en representacion de Colombia.

    El Libertador de la América del Sud, reducido ya á la simple condicion
    de ciudadano, el 8 de Mayo salió para Cartagena con objeto de pasar á
    Europa; y al despedirse de los constituyentes, herido en lo intimo de su
    noble corazon de patriota, no por su separacion del alto cargo que hasta
    alli habia ejercido, el cual tantas y tantas veces como al presente
    renunciara leal y dignamente, ni tampoco lastimado en su ambicion,
    puesto que solo se retiraba "rico de honores y de gloria;" pronunció
    estas notables palabras: _Me ruborizo al pensarlo, pero la independencia
    es el único bien que hemos conquistado á costa de todos los demás._

    En Venezuela, mientras tanto, con fecha 13 de Enero, el general Paez
    expedia dos decretos, uno por el cual creaba para el despacho de un
    gobierno provisional tres ministerios de Estado, cuyas funciones debian
    ejercer, en Guerra y Marina, el general Soublette; en Interior, Justicia
    y Policia, el Dr. Miguel Peña; en Hacienda y Relaciones exteriores, el
    Licenciado Diego Bautista Urbaneja; y el otro concerniente á la manera
    con que debia precederse para las elecciones del Congreso
    Constituyente, que constando al menos de las dos terceras partes, debia
    reunirse en Valencia el dia 30 de Abril.

    Instalado este el 8 de Mayo, su primer acto fué la confirmacion del
    poder ejecutivo de que Paez estaba investido hasta nueva resolucion del
    Congreso, cuyas tareas quedaron terminadas el 22 de Setiembre,
    sancionando un Código fundamental por el que declaraba: "que el gobierno
    de Venezuela es y será siempre republicano, popular, representativo,
    responsable y de eleccion," dividiendo la potestad suprema en judicial,
    legislativa y ejecutiva, con un cuarto poder exclusivamente destinado á
    entender en la parte municipal. De este modo la forma adoptada era un
    término medio entre el centralismo y el federalismo. El poder ejecutivo
    quedaba á cargo de un magistrado con el título de Presidente de la
    República, y tanto este cargo como el de Vice-Presidente, cesaban á los
    cuatro años en sus funciones, no siendo reelegibles sino despues de
    pasar por lo menos un período constitucional. Cuatro secretarios
    responsables serian elegidos por el Presidente para el ejercicio de su
    ministerio. El poder legislativo constaria de un Congreso popular,
    dividido en dos Cámaras, una de diputados representantes y otra de
    senadores, elegidos tambien por solo cuatro años.

    Este fué el último resultado que alcanzó á ver Bolívar, el hombre cuyos
    esfuerzos bastaron á conquistar la independencia de su pais, y los
    cuales fueron impotentes para conservar la integridad de Colombia. Desde
    este momento, perseguido por la idea de la inevitable ruina de la nacion
    que á costa de su sangre y de casi toda su fortuna habia logrado sacar
    de la nada, herido mortalmente en su tierna y constante afeccion hácia
    su adorada patria, el 17 de Diciembre, á la una de la tarde y los 47
    años de edad, espiró en la quinta de San Pedro, situada á corta
    distancia de Santa Marta, dirigiendo la expresion de su último
    sacrificio á los pueblos de Colombia en estos memorables palabra: Si _mi
    muerte contribuye á que cesen los partidos y la union se consolide, yo
    bajaré tranquilo al sepulcro_.

    ¿Podia exigirse mas del heróico Libertador de la América del Sud? Sus
    restos descansan en la Santa Iglesia metropolitana de Carácas desde el
    17 de Diciembre de 1842, despues de haber permanecido doce años justos
    entre los granadinos. ¡Cosa extraña! el general José Antonio Paez era
    Presidente de la República de Venezuela cuando el Congreso sancionaba la
    traslacion de las preciosas cenizas del Padre de la Patria.

    FIN.

  • La dame aux camélias

    La dame aux camélias

    Aproximadamente 69.129 palavras.

    LA DAME AUX CAMÉLIAS

    par Alexandre Dumas, fils

    Chapitre I

    Mon avis est qu'on ne peut créer des personnages que lorsque l'on a
    beaucoup étudié les hommes, comme on ne peut parler une langue qu'à la
    condition de l'avoir sérieusement apprise.

    N'ayant pas encore l'âge où l'on invente, je me contente de raconter.

    J'engage donc le lecteur à être convaincu de la réalité de cette
    histoire, dont tous les personnages, à l'exception de l'héroïne, vivent
    encore.

    D'ailleurs, il y a à Paris des témoins de la plupart des faits que je
    recueille ici, et qui pourraient les confirmer, si mon témoignage ne
    suffisait pas. Par une circonstance particulière, seul je pouvais les
    écrire, car seul j'ai été le confident des derniers détails sans
    lesquels il eût été impossible de faire un récit intéressant et complet.

    Or, voici comment ces détails sont parvenus à ma connaissance.–Le 12 du
    mois de mars 1847, je lus, dans la rue Laffitte, une grande affiche
    jaune annonçant une vente de meubles et de riches objets de curiosité.
    Cette vente avait lieu après décès. L'affiche ne nommait pas la personne
    morte, mais la vente devait se faire rue d'Antin, nº 9, le 16, de midi à
    cinq heures.

    L'affiche portait en outre que l'on pourrait, le 13 et le 14, visiter
    l'appartement et les meubles.

    J'ai toujours été amateur de curiosités. Je me promis de ne pas manquer
    cette occasion, sinon d'en acheter, du moins d'en voir.

    Le lendemain, je me rendis rue d'Antin, nº 9.

    Il était de bonne heure, et cependant il y avait déjà dans l'appartement
    des visiteurs et même des visiteuses, qui, quoique vêtues de velours,
    couvertes de cachemires et attendues à la porte par leurs élégants
    coupés, regardaient avec étonnement, avec admiration même, le luxe qui
    s'étalait sous leurs yeux.

    Plus tard, je compris cette admiration et cet étonnement, car, m'étant
    mis aussi à examiner, je reconnus aisément que j'étais dans
    l'appartement d'une femme entretenue. Or, s'il y a une chose que les
    femmes du monde désirent voir, et il y avait là des femmes du monde,
    c'est l'intérieur de ces femmes, dont les équipages éclaboussent chaque
    jour le leur, qui ont, comme elles et à côté d'elles, leur loge à
    l'Opéra et aux Italiens, et qui étalent, à Paris, l'insolente opulence
    de leur beauté, de leurs bijoux et de leurs scandales.

    Celle chez qui je me trouvais était morte: les femmes les plus
    vertueuses pouvaient donc pénétrer jusque dans sa chambre. La mort avait
    purifié l'air de ce cloaque splendide, et d'ailleurs elles avaient pour
    excuse, s'il en était besoin, qu'elles venaient à une vente sans savoir
    chez qui elles venaient. Elles avaient lu des affiches, elles voulaient
    visiter ce que ces affiches promettaient et faire leur choix à l'avance;
    rien de plus simple; ce qui ne les empêchait pas de chercher, au milieu
    de toutes ces merveilles, les traces de cette vie de courtisane dont on
    leur avait fait, sans doute, de si étranges récits.

    Malheureusement les mystères étaient morts avec la déesse, et, malgré
    toute leur bonne volonté, ces dames ne surprirent que ce qui était à
    vendre depuis le décès, et rien de ce qui se vendait du vivant de la
    locataire.

    Du reste, il y avait de quoi faire des emplettes. Le mobilier était
    superbe. Meubles de bois de rose et de Boule, vases de Sèvres et de
    Chine, statuettes de Saxe, satin, velours et dentelle, rien n'y
    manquait.

    Je me promenai dans l'appartement et je suivis les nobles curieuses qui
    m'y avaient précédé. Elles entrèrent dans une chambre tendue d'étoffe
    perse, et j'allais y entrer aussi, quand elles en sortirent presque
    aussitôt en souriant et comme si elles eussent eu honte de cette
    nouvelle curiosité. Je n'en désirai que plus vivement pénétrer dans
    cette chambre. C'était le cabinet de toilette, revêtu de ses plus
    minutieux détails, dans lesquels paraissait s'être développée au plus
    haut point la prodigalité de la morte.

    Sur une grande table, adossée au mur, table de trois pieds de large sur
    six de long, brillaient tous les trésors d'Aucoc et d'Odiot. C'était là
    une magnifique collection, et pas un de ces mille objets, si nécessaires
    à la toilette d'une femme comme celle chez qui nous étions, n'était en
    autre métal qu'or ou argent. Cependant cette collection n'avait pu se
    faire que peu à peu, et ce n'était pas le même amour qui l'avait
    complétée.

    Moi qui ne m'effarouchais pas à la vue du cabinet de toilette d'une
    femme entretenue, je m'amusais à en examiner les détails, quels qu'ils
    fussent, et je m'aperçus que tous ces ustensiles magnifiquement ciselés
    portaient des initiales variées et des couronnes différentes.

    Je regardais toutes ces choses dont chacune me représentait une
    prostitution de la pauvre fille, et je me disais que Dieu avait été
    clément pour elle, puisqu'il n'avait pas permis qu'elle en arrivât au
    châtiment ordinaire, et qu'il l'avait laissée mourir dans son luxe et sa
    beauté, avant la vieillesse, cette première mort des courtisanes.

    En effet, quoi de plus triste à voir que la vieillesse du vice, surtout
    chez la femme? Elle ne renferme aucune dignité et n'inspire aucun
    intérêt. Ce repentir éternel, non pas de la mauvaise route suivie, mais
    des calculs mal faits et de l'argent mal employé, est une des plus
    attristantes choses que l'on puisse entendre. J'ai connu une ancienne
    femme galante à qui il ne restait plus de son passé qu'une fille presque
    aussi belle que, au dire de ses contemporains, avait été sa mère. Cette
    pauvre enfant à qui sa mère n'avait jamais dit: tu es ma fille, que pour
    lui ordonner de nourrir sa vieillesse comme elle-même avait nourri son
    enfance, cette pauvre créature se nommait Louise, et, obéissant à sa
    mère, elle se livrait sans volonté, sans passion, sans plaisir, comme
    elle eût fait un métier si l'on eût songé à lui en apprendre un.

    La vue continuelle de la débauche, une débauche précoce, alimentée par
    l'état continuellement maladif de cette fille, avait éteint en elle
    l'intelligence du mal et du bien que Dieu lui avait donnée peut-être,
    mais qu'il n'était venu à l'idée de personne de développer.

    Je me rappellerai toujours cette jeune fille, qui passait sur les
    boulevards presque tous les jours à la même heure. Sa mère
    l'accompagnait sans cesse, aussi assidûment qu'une vraie mère eût
    accompagné sa vraie fille. J'étais bien jeune alors, et prêt à accepter
    pour moi la facile morale de mon siècle. Je me souviens cependant que la
    vue de cette surveillance scandaleuse m'inspirait le mépris et le
    dégoût.

    Joignez à cela que jamais visage de vierge n'eut un pareil sentiment
    d'innocence, une pareille expression de souffrance mélancolique.

    On eût dit une figure de la Résignation.

    Un jour, le visage de cette fille s'éclaira. Au milieu des débauches
    dont sa mère tenait le programme, il sembla à la pécheresse que Dieu lui
    permettait un bonheur. Et pourquoi, après tout, Dieu, qui l'avait faite
    sans force, l'aurait-il laissée sans consolation, sous le poids
    douloureux de sa vie? Un jour donc, elle s'aperçut qu'elle était
    enceinte, et ce qu'il y avait en elle de chaste encore tressaillit de
    joie. L'âme a d'étranges refuges. Louise courut annoncer à sa mère cette
    nouvelle qui la rendait si joyeuse. C'est honteux à dire, cependant nous
    ne faisons pas ici de l'immoralité à plaisir, nous racontons un fait
    vrai, que nous ferions peut-être mieux de taire, si nous ne croyions
    qu'il faut de temps en temps révéler les martyres de ces êtres, que l'on
    condamne sans les entendre, que l'on méprise sans les juger; c'est
    honteux, disons-nous, mais la mère répondit à sa fille qu'elles
    n'avaient déjà pas trop pour deux et qu'elles n'auraient pas assez pour
    trois; que de pareils enfants sont inutiles et qu'une grossesse est du
    temps perdu.

    Le lendemain, une sage-femme, que nous signalons seulement comme l'amie
    de la mère, vint voir Louise, qui resta quelques jours au lit, et s'en
    releva plus pâle et plus faible qu'autrefois.

    Trois mois après, un homme se prit de pitié pour elle et entreprit sa
    guérison morale et physique; mais la dernière secousse avait été trop
    violente, et Louise mourut des suites de la fausse couche qu'elle avait
    faite.

    La mère vit encore: comment? Dieu le sait.

    Cette histoire m'était revenue à l'esprit pendant que je contemplais les
    nécessaires d'argent, et un certain temps s'était écoulé, à ce qu'il
    paraît, dans ces réflexions, car il n'y avait plus dans l'appartement
    que moi et un gardien qui, de la porte, examinait avec attention si je
    ne dérobais rien.

    Je m'approchai de ce brave homme à qui j'inspirais de si graves
    inquiétudes.

    –Monsieur, lui dis-je, pourriez-vous me dire le nom de la personne qui
    demeurait ici?

    –Mademoiselle Marguerite Gautier.

    Je connaissais cette fille de nom et de vue.

    –Comment! Dis-je au gardien, Marguerite Gautier est morte?

    –Oui, monsieur.

    –Et quand cela?

    –Il y a trois semaines, je crois.

    –Et pourquoi laisse-t-on visiter l'appartement?

    –Les créanciers ont pensé que cela ne pouvait que faire monter la
    vente. Les personnes peuvent voir d'avance l'effet que font les étoffes
    et les meubles; vous comprenez, cela encourage à acheter.

    –Elle avait donc des dettes?

    –Oh! Monsieur, en quantité.

    –Mais la vente les couvrira sans doute?

    –Et au-delà.

    –À qui reviendra le surplus, alors?

    –À sa famille.

    –Elle a donc une famille?

    –À ce qu'il paraît.

    –Merci, monsieur.

    Le gardien, rassuré sur mes intentions, me salua, et je sortis.

    –Pauvre fille! me disais-je en rentrant chez moi, elle a dû mourir bien
    tristement, car, dans son monde, on n'a d'amis qu'à la condition qu'on
    se portera bien. Et malgré moi je m'apitoyais sur le sort de Marguerite
    Gautier.

    Cela paraîtra peut-être ridicule à bien des gens, mais j'ai une
    indulgence inépuisable pour les courtisanes, et je ne me donne même pas
    la peine de discuter cette indulgence.

    Un jour, en allant prendre un passeport à la préfecture, je vis dans une
    des rues adjacentes une fille que deux gendarmes emmenaient. J'ignore ce
    qu'avait fait cette fille; tout ce que je puis dire, c'est qu'elle
    pleurait à chaudes larmes en embrassant un enfant de quelques mois dont
    son arrestation la séparait. Depuis ce jour, je n'ai plus su mépriser
    une femme à première vue.

    Chapitre II

    La vente était pour le 16.

    Un jour d'intervalle avait été laissé entre les visites et la vente pour
    donner aux tapissiers le temps de déclouer les tentures, rideaux, etc.

    À cette époque, je revenais de voyage. Il était assez naturel que l'on
    ne m'eût pas appris la mort de Marguerite comme une de ces grandes
    nouvelles que ses amis apprennent toujours à celui qui revient dans la
    capitale des nouvelles. Marguerite était jolie, mais autant la vie
    recherchée de ces femmes fait de bruit, autant leur mort en fait peu. Ce
    sont de ces soleils qui se couchent comme ils se sont levés, sans éclat.
    Leur mort, quand elles meurent jeunes, est apprise de tous leurs amants
    en même temps, car, à Paris presque tous les amants d'une fille connue
    vivent en intimité. Quelques souvenirs s'échangent à son sujet, et la
    vie des uns et des autres continue sans que cet incident la trouble même
    d'une larme.

    Aujourd'hui, quand on a vingt-cinq ans, les larmes deviennent une chose
    si rare qu'on ne peut les donner à la première venue. C'est tout au plus
    si les parents qui payent pour être pleurés le sont en raison du prix
    qu'ils y mettent.

    Quant à moi, quoique mon chiffre ne se retrouvât sur aucun des
    nécessaires de Marguerite, cette indulgence instinctive, cette pitié
    naturelle que je viens d'avouer tout à l'heure me faisaient songer à sa
    mort plus longtemps qu'elle ne méritait peut-être que j'y songeasse.

    Je me rappelais avoir rencontré Marguerite très souvent aux
    Champs-Elysées, où elle venait assidûment, tous les jours, dans un petit
    coupé bleu attelé de deux magnifiques chevaux bais, et avoir alors
    remarqué en elle une distinction peu commune à ses semblables,
    distinction que rehaussait encore une beauté vraiment exceptionnelle.

    Ces malheureuses créatures sont toujours, quand elles sortent,
    accompagnées on ne sait de qui.

    Comme aucun homme ne consent à afficher publiquement l'amour nocturne
    qu'il a pour elles, comme elles ont horreur de la solitude, elles
    emmènent ou celles qui, moins heureuses, n'ont pas de voiture, ou
    quelques-unes de ces vieilles élégantes dont rien ne motive l'élégance,
    et à qui l'on peut s'adresser sans crainte, quand on veut avoir quelques
    détails que ce soient sur la femme qu'elles accompagnent.

    Il n'en était pas ainsi pour Marguerite. Elle arrivait aux
    Champs-Elysées toujours seule, dans sa voiture, où elle s'effaçait le
    plus possible, l'hiver enveloppée d'un grand cachemire, l'été vêtue de
    robes fort simples; et, quoiqu'il y eût sur sa promenade favorite bien
    des gens qu'elle connût, quand par hasard elle leur souriait, le sourire
    était visible pour eux seuls, et une duchesse eût pu sourire ainsi.

    Elle ne se promenait pas du rond-point à l'entrée des Champs-Elysées,
    comme le font et le faisaient toutes ses collègues. Ses deux chevaux
    l'emportaient rapidement au Bois. Là, elle descendait de voiture,
    marchait pendant une heure, remontait dans son coupé, et rentrait chez
    elle au grand trot de son attelage.

    Toutes ces circonstances, dont j'avais quelquefois été le témoin,
    repassaient devant moi, et je regrettais la mort de cette fille comme on
    regrette la destruction totale d'une belle œuvre.

    Or, il était impossible de voir une plus charmante beauté que celle de
    Marguerite.

    Grande et mince jusqu'à l'exagération, elle possédait au suprême degré
    l'art de faire disparaître cet oubli de la nature par le simple
    arrangement des choses qu'elle revêtait. Son cachemire, dont la pointe
    touchait à terre, laissait échapper de chaque côté les larges volants
    d'une robe de soie, et l'épais manchon qui cachait ses mains et qu'elle
    appuyait contre sa poitrine, était entouré de plis si habilement
    ménagés, que l'œil n'avait rien à redire, si exigeant qu'il fut, au
    contour des lignes.

    La tête, une merveille, était l'objet d'une coquetterie particulière.
    Elle était toute petite, et sa mère, comme dirait de Musset, semblait
    l'avoir faite ainsi pour la faire avec soin.

    Dans un ovale d'une grâce indescriptible, mettez des yeux noirs
    surmontés de sourcils d'un arc si pur qu'il semblait peint; voilez ces
    yeux de grands cils qui, lorsqu'ils s'abaissaient, jetaient de l'ombre
    sur la teinte rose des joues; tracez un nez fin, droit, spirituel, aux
    narines un peu ouvertes par une aspiration ardente vers la vie
    sensuelle; dessinez une bouche régulière, dont les lèvres s'ouvraient
    gracieusement sur des dents blanches comme du lait; colorez la peau de
    ce velouté qui couvre les pêches qu'aucune main n'a touchées, et vous
    aurez l'ensemble de cette charmante tête.

    Les cheveux, noirs comme du jais, ondés naturellement ou non,
    s'ouvraient sur le front en deux larges bandeaux, et se perdaient
    derrière la tête, en laissant voir un bout des oreilles, auxquelles
    brillaient deux diamants d'une valeur de quatre à cinq mille francs
    chacun.

    Comment sa vie ardente laissait-elle au visage de Marguerite
    l'expression virginale, enfantine même qui le caractérisait? C'est ce
    que nous sommes forcés de constater sans le comprendre.

    Marguerite avait d'elle un merveilleux portrait fait par Vidal, le seul
    homme dont le crayon pouvait la reproduire. J'ai eu depuis sa mort ce
    portrait pendant quelques jours à ma disposition, et il était d'une si
    étonnante ressemblance qu'il m'a servi à donner les renseignements pour
    lesquels ma mémoire ne m'eût peut-être pas suffi.

    Parmi les détails de ce chapitre, quelques-uns ne me sont parvenus que
    plus tard; mais je les écris tout de suite pour n'avoir pas à y revenir,
    lorsque commencera l'histoire anecdotique de cette femme.

    Marguerite assistait à toutes les premières représentations et passait
    toutes ses soirées au spectacle ou au bal. Chaque fois que l'on jouait
    une pièce nouvelle, on était sûr de l'y voir, avec trois choses qui ne
    la quittaient jamais, et qui occupaient toujours le devant de sa loge de
    rez-de-chaussée: sa lorgnette, un sac de bonbons et un bouquet de
    camélias.

    Pendant vingt-cinq jours du mois, les camélias étaient blancs, et
    pendant cinq ils étaient rouges; on n'a jamais su la raison de cette
    variété de couleurs, que je signale sans pouvoir l'expliquer, et que les
    habitués des théâtres où elle allait le plus fréquemment et ses amis
    avaient remarquée comme moi.

    On n'avait jamais vu à Marguerite d'autres fleurs que des camélias.
    Aussi chez madame Barjon, sa fleuriste, avait-on fini par la surnommer
    la Dame aux Camélias, et ce surnom lui était resté.

    Je savais, en outre, comme tous ceux qui vivent dans un certain monde, à
    Paris, que Marguerite avait été la maîtresse des jeunes gens les plus
    élégants, qu'elle le disait hautement, et qu'eux-mêmes s'en vantaient,
    ce qui prouvait qu'amants et maîtresse étaient contents l'un de l'autre.

    Cependant, depuis trois ans environ, depuis un voyage à Bagnères, elle
    ne vivait plus, disait-on, qu'avec un vieux duc étranger, énormément
    riche et qui avait essayé de la détacher le plus possible de sa vie
    passée, ce que, du reste, elle avait paru se laisser faire d'assez bonne
    grâce.

    Voici ce qu'on m'a raconté à ce sujet.

    Au printemps de 1842, Marguerite était si faible, si changée que les
    médecins lui ordonnèrent les eaux, et qu'elle partit pour Bagnères.

    Là, parmi les malades, se trouvait la fille de ce duc, laquelle avait
    non seulement la même maladie, mais encore le même visage que
    Marguerite, au point qu'on eût pu les prendre pour les deux sœurs.
    Seulement la jeune duchesse était au troisième degré de la phtisie, et
    peu de jours après l'arrivée de Marguerite elle succombait.

    Un matin, le duc, resté à Bagnères comme on reste sur le sol qui
    ensevelit une partie du cœur, aperçut Marguerite au détour d'une allée.

    Il lui sembla voir passer l'ombre de son enfant et, marchant vers elle,
    il lui prit les mains, l'embrassa en pleurant, et, sans lui demander qui
    elle était, implora la permission de la voir et d'aimer en elle l'image
    vivante de sa fille morte.

    Marguerite, seule à Bagnères avec sa femme de chambre, et d'ailleurs
    n'ayant aucune crainte de se compromettre, accorda au duc ce qu'il lui
    demandait.

    Il se trouvait à Bagnères des gens qui la connaissaient, et qui vinrent
    officiellement avertir le duc de la véritable position de mademoiselle
    Gautier. Ce fut un coup pour le vieillard, car là cessait la
    ressemblance avec sa fille; mais il était trop tard. La jeune femme
    était devenue un besoin de son cœur et son seul prétexte, sa seule
    excuse de vivre encore.

    Il ne lui fit aucun reproche, il n'avait pas le droit de lui en faire,
    mais il lui demanda si elle se sentait capable de changer sa vie, lui
    offrant en échange de ce sacrifice toutes les compensations qu'elle
    pourrait désirer. Elle promit.

    Il faut dire qu'à cette époque, Marguerite, nature enthousiaste, était
    malade. Le passé lui apparaissait comme une des causes principales de sa
    maladie, et une sorte de superstition lui fit espérer que Dieu lui
    laisserait la beauté et la santé, en échange de son repentir et de sa
    conversion.

    En effet, les eaux, les promenades, la fatigue naturelle et le sommeil
    l'avaient à peu près rétablie quand vint la fin de l'été.

    Le duc accompagna Marguerite à Paris, où il continua de venir la voir
    comme à Bagnères.

    Cette liaison, dont on ne connaissait ni la véritable origine, ni le
    véritable motif, causa une grande sensation ici, car le duc, connu par
    sa grande fortune, se faisait connaître maintenant par sa prodigalité.

    On attribua au libertinage, fréquent chez les vieillards riches, ce
    rapprochement du vieux duc et de la jeune femme. On supposa tout,
    excepté ce qui était.

    Cependant le sentiment de ce père pour Marguerite avait une cause si
    chaste, que tout autre rapport que des rapports de cœur avec elle lui
    eût semblé un inceste, et jamais il ne lui avait dit un mot que sa fille
    n'eût pu entendre.

    Loin de nous la pensée de faire de notre héroïne autre chose que ce
    qu'elle était. Nous dirons donc que tant qu'elle était restée à
    Bagnères, la promesse faite au duc n'avait pas été difficile à tenir, et
    qu'elle avait été tenue; mais une fois de retour à Paris, il avait
    semblé à cette fille habituée à la vie dissipée, aux bals, aux orgies
    même, que sa solitude, troublée seulement par les visites périodiques du
    duc, la ferait mourir d'ennui, et les souffles brûlants de sa vie
    d'autrefois passaient à la fois sur sa tête et sur son cœur.

    Ajoutez que Marguerite était revenue de ce voyage plus belle qu'elle
    n'avait jamais été, qu'elle avait vingt ans, et que la maladie endormie,
    mais non vaincue, continuait à lui donner ces désirs fiévreux qui sont
    presque toujours le résultat des affections de poitrine.

    Le duc eut donc une grande douleur le jour où ses amis, sans cesse aux
    aguets pour surprendre un scandale de la part de la jeune femme avec
    laquelle il se compromettait, disaient-ils, vinrent lui dire et lui
    prouver qu'à l'heure où elle était sûre de ne pas le voir venir, elle
    recevait des visites, et que ces visites se prolongeaient souvent
    jusqu'au lendemain.

    Interrogée, Marguerite avoua tout au duc, lui conseillant, sans
    arrière-pensée, de cesser de s'occuper d'elle, car elle ne se sentait
    pas la force de tenir les engagements pris, et ne voulait pas recevoir
    plus longtemps les bienfaits d'un homme qu'elle trompait.

    Le duc resta huit jours sans paraître; ce fut tout ce qu'il put faire,
    et, le huitième jour, il vint supplier Marguerite de l'admettre encore,
    lui promettant de l'accepter telle qu'elle serait, pourvu qu'il la vît,
    et lui jurant que, dût-il mourir, il ne lui ferait jamais un reproche.

    Voilà où en étaient les choses trois mois après le retour de Marguerite,
    c'est-à-dire en novembre ou décembre 1842.

    Chapitre III

    Le 16, à une heure, je me rendis rue d'Antin.

    De la porte cochère on entendait crier les commissaires-priseurs.

    L'appartement était plein de curieux.

    Il y avait là toutes les célébrités du vice élégant, sournoisement
    examinées par quelques grandes dames qui avaient pris encore une fois le
    prétexte de la vente, pour avoir le droit de voir de près des femmes
    avec qui elles n'auraient jamais eu occasion de se retrouver, et dont
    elles enviaient peut-être en secret les faciles plaisirs.

    Madame la duchesse de F… coudoyait Mademoiselle A…, une des plus
    tristes épreuves de nos courtisanes modernes; madame la marquise de T…
    hésitait pour acheter un meuble sur lequel enchérissait madame D…, la
    femme adultère la plus élégante et la plus connue de notre époque; le
    duc d'Y… qui passe à Madrid pour se ruiner à Paris, à Paris pour se
    ruiner à Madrid, et qui, somme toute, ne dépense même pas son revenu,
    tout en causant avec madame M…, une de nos plus spirituelles conteuses
    qui veut bien de temps en temps écrire ce qu'elle dit et signer ce
    qu'elle écrit, échangeait des regards confidentiels avec madame de N…,
    cette belle promeneuse des Champs-Elysées, presque toujours vêtue de
    rose ou de bleu et qui fait traîner sa voiture par deux grands chevaux
    noirs, que Tony lui a vendus dix mille francs et… qu'elle lui a payés;
    enfin mademoiselle R… qui se fait avec son seul talent le double de ce
    que les femmes du monde se font avec leur dot, et le triple de ce que
    les autres se font avec leurs amours, était, malgré le froid, venue
    faire quelques emplettes, et ce n'était pas elle qu'on regardait le
    moins.

    Nous pourrions citer encore les initiales de bien des gens réunis dans
    ce salon, et bien étonnés de se trouver ensemble; mais nous craindrions
    de lasser le lecteur.

    Disons seulement que tout le monde était d'une gaieté folle, et que
    parmi toutes celles qui se trouvaient là beaucoup avaient connu la
    morte, et ne paraissaient pas s'en souvenir.

    On riait fort; les commissaires criaient à tue-tête; les marchands qui
    avaient envahi les bancs disposés devant les tables de vente essayaient
    en vain d'imposer silence, pour faire leurs affaires tranquillement.
    Jamais réunion ne fut plus variée, plus bruyante.

    Je me glissai humblement au milieu de ce tumulte attristant, quand je
    songeais qu'il avait lieu près de la chambre où avait expiré la pauvre
    créature dont on vendait les meubles pour payer les dettes. Venu pour
    examiner plus que pour acheter, je regardais les figures des
    fournisseurs qui faisaient vendre, et dont les traits s'épanouissaient
    chaque fois qu'un objet arrivait à un prix qu'ils n'eussent pas espéré.

    Honnêtes gens qui avaient spéculé sur la prostitution de cette femme,
    qui avaient gagné cent pour cent sur elle, qui avaient poursuivi de
    papiers timbrés les derniers moments de sa vie, et qui venaient après sa
    mort recueillir les fruits de leurs honorables calculs en même temps que
    les intérêts de leur honteux crédit.

    Combien avaient raison les anciens qui n'avaient qu'un même dieu pour
    les marchands et pour les voleurs!

    Robes, cachemires, bijoux se vendaient avec une rapidité incroyable.
    Rien de tout cela ne me convenait, et j'attendais toujours.

    Tout à coup j'entendis crier:

    –Un volume, parfaitement relié, doré sur tranche, intitulé: Manon
    Lescaut. Il y a quelque chose d'écrit sur la première page: dix francs.

    –Douze, dit une voix après un silence assez long.

    –Quinze, dis-je.

    Pourquoi? Je n'en savais rien. Sans doute pour ce quelque chose d'écrit.

    –Quinze, répéta le commissaire-priseur.

    –Trente, fit le premier enchérisseur d'un ton qui semblait défier qu'on
    mît davantage.

    Cela devenait une lutte.

    –Trente-cinq! Criai-je alors du même ton.

    –Quarante.

    –Cinquante.

    –Soixante.

    –Cent.

    J'avoue que si j'avais voulu faire de l'effet, j'aurais complètement
    réussi, car à cette enchère un grand silence se fit, et l'on me regarda
    pour savoir quel était ce monsieur qui paraissait si résolu à posséder
    ce volume.

    Il paraît que l'accent donné à mon dernier mot avait convaincu mon
    antagoniste: il préféra donc abandonner un combat qui n'eût servi qu'à
    me faire payer ce volume dix fois sa valeur, et, s'inclinant, il me dit
    fort gracieusement, quoique un peu tard:

    –Je cède, monsieur.

    Personne n'ayant plus rien dit, le livre me fut adjugé.

    Comme je redoutais un nouvel entêtement que mon amour-propre eût
    peut-être soutenu, mais dont ma bourse se fût certainement trouvée très
    mal, je fis inscrire mon nom, mettre de côté le volume, et je descendis.
    Je dus donner beaucoup à penser aux gens qui, témoins de cette scène, se
    demandèrent sans doute dans quel but j'étais venu payer cent francs un
    livre que je pouvais avoir partout pour dix ou quinze francs au plus.

    Une heure après j'avais envoyé chercher mon achat.

    Sur la première page était écrite à la plume, et d'une écriture
    élégante, la dédicace du donataire de ce livre. Cette dédicace portait
    ces seuls mots:

    /*
    MANON À MARGUERITE,

    HUMILITÉ.
    */

    Elle était signée: Armand Duval.

    Que voulait dire ce mot: humilité?

    Manon reconnaissait-elle dans Marguerite, par l'opinion de ce M. Armand
    Duval, une supériorité de débauche ou de cœur?

    La seconde interprétation était la plus vraisemblable, car la première
    n'eût été qu'une impertinente franchise que n'eût pas acceptée
    Marguerite, malgré son opinion sur elle-même.

    Je sortis de nouveau et je ne m'occupai plus de ce livre que le soir
    lorsque je me couchai.

    Certes, Manon Lescaut est une touchante histoire dont pas un détail ne
    m'est inconnu, et cependant lorsque je trouve ce volume sous ma main, ma
    sympathie pour lui m'attire toujours, je l'ouvre et pour la centième
    fois je revis avec l'héroïne de l'abbé Prévost. Or, cette héroïne est
    tellement vraie, qu'il me semble l'avoir connue. Dans ces circonstances
    nouvelles, l'espèce de comparaison faite entre elle et Marguerite
    donnait pour moi un attrait inattendu à cette lecture, et mon indulgence
    s'augmenta de pitié, presque d'amour pour la pauvre fille à l'héritage
    de laquelle je devais ce volume. Manon était morte dans un désert, il
    est vrai, mais dans les bras de l'homme qui l'aimait avec toutes les
    énergies de l'âme, qui, morte, lui creusa une fosse, l'arrosa de ses
    larmes et y ensevelit son cœur; tandis que Marguerite, pécheresse comme
    Manon, et peut-être convertie comme elle, était morte au sein d'un luxe
    somptueux, s'il fallait en croire ce que j'avais vu, dans le lit de son
    passé, mais aussi au milieu de ce désert du cœur, bien plus aride, bien
    plus vaste, bien plus impitoyable que celui dans lequel avait été
    enterrée Manon.

    Marguerite, en effet, comme je l'avais appris de quelques amis informés
    des dernières circonstances de sa vie, n'avait pas vu s'asseoir une
    réelle consolation à son chevet, pendant les deux mois qu'avait duré sa
    lente et douloureuse agonie.

    Puis de Manon et de Marguerite ma pensée se reportait sur celles que je
    connaissais et que je voyais s'acheminer en chantant vers une mort
    presque toujours invariable.

    Pauvres créatures! Si c'est un tort de les aimer, c'est bien le moins
    qu'on les plaigne. Vous plaignez l'aveugle qui n'a jamais vu les rayons
    du jour, le sourd qui n'a jamais entendu les accords de la nature, le
    muet qui n'a jamais pu rendre la voix de son âme, et, sous un faux
    prétexte de pudeur, vous ne voulez pas plaindre cette cécité du cœur,
    cette surdité de l'âme, ce mutisme de la conscience qui rendent folle la
    malheureuse affligée et qui la font malgré elle incapable de voir le
    bien, d'entendre le Seigneur et de parler la langue pure de l'amour et
    de la foi.

    Hugo a fait Marion Delorme, Musset a fait Bernerette, Alexandre Dumas a
    fait Fernande, les penseurs et les poètes de tous les temps ont apporté
    à la courtisane l'offrande de leur miséricorde, et quelquefois un grand
    homme les a réhabilitées de son amour et même de son nom. Si j'insiste
    ainsi sur ce point, c'est que, parmi ceux qui vont me lire, beaucoup
    peut-être sont déjà prêts à rejeter ce livre, dans lequel ils craignent
    de ne voir qu'une apologie du vice et de la prostitution, et l'âge de
    l'auteur contribue sans doute encore à motiver cette crainte. Que ceux
    qui penseraient ainsi se détrompent, et qu'ils continuent, si cette
    crainte seule les retenait.

    Je suis tout simplement convaincu d'un principe qui est que: pour la
    femme à qui l'éducation n'a pas enseigné le bien, Dieu ouvre presque
    toujours deux sentiers qui l'y ramènent; ces sentiers sont la douleur et
    l'amour. Ils sont difficiles; celles qui s'y engagent s'y ensanglantent
    les pieds, s'y déchirent les mains, mais elles laissent en même temps
    aux ronces de la route les parures du vice et arrivent au but avec cette
    nudité dont on ne rougit pas devant le Seigneur.

    Ceux qui rencontrent ces voyageuses hardies doivent les soutenir et dire
    à tous qu'ils les ont rencontrées, car, en le publiant ils montrent la
    voie.

    Il ne s'agit pas de mettre tout bonnement à l'entrée de la vie deux
    poteaux, portant l'un cette inscription: Route du bien, l'autre cet
    avertissement: Route du mal, et de dire à ceux qui se présentent:
    Choisissez; il faut, comme le Christ, montrer des chemins qui ramènent
    de la seconde route à la première ceux qui s'étaient laissé tenter par
    les abords; et il ne faut pas surtout que le commencement de ces chemins
    soit trop douloureux, ni paraisse trop impénétrable.

    Le christianisme est là avec sa merveilleuse parabole de l'enfant
    prodigue pour nous conseiller l'indulgence et le pardon. Jésus était
    plein d'amour pour ces âmes blessées par les passions des hommes, et
    dont il aimait à panser les plaies en tirant le baume qui devait les
    guérir des plaies elles-mêmes. Ainsi, il disait à Madeleine: «Il te sera
    beaucoup remis parce que tu as beaucoup aimé», sublime pardon qui devait
    éveiller une foi sublime.

    Pourquoi nous ferions-nous plus rigides que le Christ? Pourquoi, nous en
    tenant obstinément aux opinions de ce monde qui se fait dur pour qu'on
    le croie fort, rejetterions-nous avec lui des âmes saignantes souvent de
    blessures par où, comme le mauvais sang d'un malade, s'épanche le mal de
    leur passé, et n'attendant qu'une main amie qui les panse et leur rende
    la convalescence du cœur?

    C'est à ma génération que je m'adresse, à ceux pour qui les théories de
    M. de Voltaire n'existent heureusement plus, à ceux qui, comme moi,
    comprennent que l'humanité est depuis quinze ans dans un de ses plus
    audacieux élans. La science du bien et du mal est à jamais acquise; la
    foi se reconstruit, le respect des choses saintes nous est rendu, et si
    le monde ne se fait pas tout à fait bon, il se fait du moins meilleur.
    Les efforts de tous les hommes intelligents tendent au même but, et
    toutes les grandes volontés s'attellent au même principe: soyons bons,
    soyons jeunes, soyons vrais! Le mal n'est qu'une vanité, ayons l'orgueil
    du bien, et surtout ne désespérons pas. Ne méprisons pas la femme qui
    n'est ni mère, ni sœur, ni fille, ni épouse. Ne réduisons pas l'estime à
    la famille, l'indulgence à l'égoïsme. Puisque le ciel est plus en joie
    pour le repentir d'un pécheur que pour cent justes qui n'ont jamais
    péché, essayons de réjouir le ciel. Il peut nous le rendre avec usure.
    Laissons sur notre chemin l'aumône de notre pardon à ceux que les désirs
    terrestres ont perdus, que sauvera peut-être une espérance divine, et,
    comme disent les bonnes vieilles femmes quand elles conseillent un
    remède de leur façon, si cela ne fait pas de bien, cela ne peut pas
    faire de mal.

    Certes, il doit paraître bien hardi à moi de vouloir faire sortir ces
    grands résultats du mince sujet que je traite; mais je suis de ceux qui
    croient que tout est dans peu. L'enfant est petit, et il renferme
    l'homme; le cerveau est étroit, et il abrite la pensée; l'œil n'est
    qu'un point, et il embrasse des lieues.

    Chapitre IV

    Deux jours après, la vente était complètement terminée. Elle avait
    produit cent cinquante mille francs.

    Les créanciers s'en étaient partagés les deux tiers, et la famille,
    composée d'une sœur et d'un petit-neveu, avait hérité du reste.

    Cette sœur avait ouvert de grands yeux quand l'homme d'affaires lui
    avait écrit qu'elle héritait de cinquante mille francs.

    Il y avait six ou sept ans que cette jeune fille n'avait vu sa sœur,
    laquelle avait disparu un jour sans que l'on sût, ni par elle ni par
    d'autres, le moindre détail sur sa vie depuis le moment de sa
    disparition.

    Elle était donc arrivée en toute hâte à Paris, et l'étonnement de ceux
    qui connaissaient Marguerite avait été grand quand ils avaient vu que
    son unique héritière était une grosse et belle fille de campagne qui
    jusqu'alors n'avait jamais quitté son village.

    Sa fortune se trouva faite d'un seul coup, sans qu'elle sût même de
    quelle source lui venait cette fortune inespérée.

    Elle retourna, m'a-t-on dit depuis, à sa campagne, emportant de la mort
    de sa sœur une grande tristesse que compensait néanmoins le placement à
    quatre et demi qu'elle venait de faire.

    Toutes ces circonstances répétées dans Paris, la ville mère du scandale,
    commençaient à être oubliées, et j'oubliais même à peu près en quoi
    j'avais pris part à ces événements, quand un nouvel incident me fit
    connaître toute la vie de Marguerite et m'apprit des détails si
    touchants, que l'envie me prit d'écrire cette histoire et que je
    l'écris.

    Depuis trois ou quatre jours, l'appartement, vide de tous ses meubles
    vendus, était à louer, quand on sonna un matin chez moi.

    Mon domestique, ou plutôt mon portier qui me servait de domestique, alla
    ouvrir et me rapporta une carte, en me disant que la personne qui la lui
    avait remise désirait me parler.

    Je jetai les yeux sur cette carte et j'y lus ces deux mots: Armand
    Duval.

    Je cherchai où j'avais déjà vu ce nom, et je me rappelai la première
    feuille du volume de Manon Lescaut.

    Que pouvait me vouloir la personne qui avait donné ce livre à
    Marguerite? Je dis de faire entrer tout de suite celui qui attendait.

    Je vis alors un jeune homme blond, grand, pâle, vêtu d'un costume de
    voyage qu'il semblait ne pas avoir quitté depuis quelques jours et ne
    s'être même pas donné la peine de brosser en arrivant à Paris, car il
    était couvert de poussière.

    M Duval, fortement ému, ne fit aucun effort pour cacher son émotion, et
    ce fut des larmes dans les yeux et un tremblement dans la voix qu'il me
    dit:

    –Monsieur, vous excuserez, je vous prie, ma visite et mon costume;
    mais, outre qu'entre jeunes gens on ne se gêne pas beaucoup, je désirais
    tant vous voir aujourd'hui, que je n'ai pas même pris le temps de
    descendre à l'hôtel où j'ai envoyé mes malles et je suis accouru chez
    vous craignant encore, quoiqu'il soit de bonne heure, de ne pas vous
    rencontrer.

    Je priai M. Duval de s'asseoir auprès du feu, ce qu'il fit, tout en
    tirant de sa poche un mouchoir avec lequel il cacha un moment sa figure.

    –Vous ne devez pas comprendre, reprit-il en soupirant tristement, ce
    que vous veut ce visiteur inconnu, à pareille heure, dans une pareille
    tenue et pleurant comme il le fait. Je viens tout simplement, monsieur,
    vous demander un grand service.

    –Parlez, monsieur, je suis tout à votre disposition?

    –Vous avez assisté à la vente de Marguerite Gautier?

    A ce mot, l'émotion dont ce jeune homme avait triomphé un instant fut
    plus forte que lui, et il fut forcé de porter les mains à ses yeux.

    –Je dois vous paraître bien ridicule, ajouta-t-il, excusez-moi encore
    pour cela, et croyez que je n'oublierai jamais la patience avec laquelle
    vous voulez bien m'écouter.

    –Monsieur, répliquai-je, si le service que je parais pouvoir vous
    rendre doit calmer un peu le chagrin que vous éprouvez, dites-moi vite à
    quoi je puis vous être bon, et vous trouverez en moi un homme heureux de
    vous obliger.

    La douleur de M. Duval était sympathique, et malgré moi j'aurais voulu
    lui être agréable.

    Il me dit alors:

    –Vous avez acheté quelque chose à la vente de Marguerite?

    –Oui, monsieur, un livre.

    –Manon Lescaut?

    –Justement.

    –Avez-vous encore ce livre?

    –Il est dans ma chambre à coucher.

    Armand Duval, à cette nouvelle, parut soulagé d'un grand poids et me
    remercia comme si j'avais déjà commencé à lui rendre un service en
    gardant ce volume.

    Je me levai alors, j'allai dans ma chambre prendre le livre et je le lui
    remis.

    –C'est bien cela, fit-il en regardant la dédicace de la première page
    et en feuilletant, c'est bien cela.

    Et deux grosses larmes tombèrent sur les pages.

    –Eh bien, monsieur, dit-il en relevant la tête sur moi, en n'essayant
    même plus de me cacher qu'il avait pleuré et qu'il était près de pleurer
    encore, tenez-vous beaucoup à ce livre?

    –Pourquoi, monsieur?

    –Parce que je viens vous demander de me le céder.

    –Pardonnez-moi ma curiosité, dis-je alors; mais c'est donc vous qui
    l'avez donné à Marguerite Gautier?

    –C'est moi-même.

    –Ce livre est à vous, monsieur, reprenez-le, je suis heureux de pouvoir
    vous le rendre.

    –Mais, reprit M. Duval avec embarras, c'est bien le moins que je vous
    en donne le prix que vous l'avez payé.

    –Permettez-moi de vous l'offrir. Le prix d'un seul volume dans une
    vente pareille est une bagatelle, et je ne me rappelle plus combien j'ai
    payé celui-ci.

    –Vous l'avez payé cent francs.

    –C'est vrai, fis-je embarrassé à mon tour, comment le savez-vous?

    –C'est bien simple, j'espérais arriver à Paris à temps pour la vente de
    Marguerite, et je ne suis arrivé que ce matin. Je voulais absolument
    avoir un objet qui vînt d'elle, et je courus chez le commissaire-priseur
    lui demander la permission de visiter la liste des objets vendus et des
    noms des acheteurs. Je vis que ce volume avait été acheté par vous, je
    me résolus à vous prier de me le céder, quoique le prix que vous y aviez
    mis me fît craindre que vous n'eussiez attaché vous-même un souvenir
    quelconque à la possession de ce volume.

    En parlant ainsi, Armand paraissait évidemment craindre que je n'eusse
    connu Marguerite comme lui l'avait connue.

    Je m'empressai de le rassurer.

    –Je n'ai connu Mademoiselle Gautier que de vue, lui dis-je; sa mort m'a
    fait l'impression que fait toujours sur un jeune homme la mort d'une
    jolie femme qu'il avait du plaisir à rencontrer. J'ai voulu acheter
    quelque chose à sa vente et je me suis entêté à renchérir sur ce volume,
    je ne sais pourquoi, pour le plaisir de faire enrager un monsieur qui
    s'acharnait dessus et semblait me défier de l'avoir. Je vous le répète
    donc, monsieur, ce livre est à votre disposition et je vous prie de
    nouveau de l'accepter pour que vous ne le teniez pas de moi comme je le
    tiens d'un commissaire-priseur, et pour qu'il soit entre nous
    l'engagement d'une connaissance plus longue et de relations plus
    intimes.

    –C'est bien, monsieur, me dit Armand en me tendant la main et en
    serrant la mienne, j'accepte et je vous serai reconnaissant toute ma
    vie.

    J'avais bien envie de questionner Armand sur Marguerite, car la dédicace
    du livre, le voyage du jeune homme, son désir de posséder ce volume
    piquaient ma curiosité; mais je craignais en questionnant mon visiteur
    de paraître n'avoir refusé son argent que pour avoir le droit de me
    mêler de ses affaires.

    On eût dit qu'il devinait mon désir, car il me dit:

    –Vous avez lu ce volume?

    –En entier.

    –Qu'avez-vous pensé des deux lignes que j'ai écrites?

    –J'ai compris tout de suite qu'à vos yeux la pauvre fille à qui vous
    aviez donné ce volume sortait de la catégorie ordinaire, car je ne
    voulais pas ne voir dans ces lignes qu'un compliment banal.

    –Et vous aviez raison, monsieur. Cette fille était un ange. Tenez, me
    dit-il, lisez cette lettre.

    Et il me tendit un papier qui paraissait avoir été relu bien des fois.

    Je l'ouvris, voici ce qu'il contenait:

    «Mon cher Armand, j'ai reçu votre lettre, vous êtes resté bon et j'en
    remercie Dieu. Oui, mon ami, je suis malade, et d'une de ces maladies
    qui ne pardonnent pas; mais l'intérêt que vous voulez bien prendre
    encore à moi diminue beaucoup ce que je souffre. Je ne vivrai sans doute
    pas assez longtemps pour avoir le bonheur de serrer la main qui a écrit
    la bonne lettre que je viens de recevoir et dont les paroles me
    guériraient, si quelque chose pouvait me guérir. Je ne vous verrai pas,
    car je suis tout près de la mort, et des centaines de lieues vous
    séparent de moi. Pauvre ami! Votre Marguerite d'autrefois est bien
    changée, et il vaut peut-être mieux que vous ne la revoyiez plus que de
    la voir telle qu'elle est. Vous me demandez si je vous pardonne? Oh! de
    grand cœur, ami, car le mal que vous avez voulu me faire n'était qu'une
    preuve de l'amour que vous aviez pour moi. Il y a un mois que je suis au
    lit, et je tiens tant à votre estime que chaque jour j'écris le journal
    de ma vie, depuis le moment où nous nous sommes quittés jusqu'au moment
    où je n'aurai plus la force d'écrire.

    «Si l'intérêt que vous prenez à moi est réel, Armand, à votre retour,
    allez chez Julie Duprat. Elle vous remettra ce journal. Vous y trouverez
    la raison et l'excuse de ce qui s'est passé entre nous. Julie est bien
    bonne pour moi; nous causons souvent de vous ensemble. Elle était là
    quand votre lettre est arrivée, nous avons pleuré en la lisant.

    «Dans le cas où vous ne m'auriez pas donné de vos nouvelles, elle était
    chargée de vous remettre ces papiers à votre arrivée en France. Ne m'en
    soyez pas reconnaissant. Ce retour quotidien sur les seuls moments
    heureux de ma vie me fait un bien énorme, et, si vous devez trouver dans
    cette lecture l'excuse du passé, j'y trouve, moi, un continuel
    soulagement.

    «Je voudrais vous laisser quelque chose qui me rappelât toujours à votre
    esprit, mais tout est saisi chez moi, et rien ne m'appartient.

    «Comprenez-vous, mon ami? Je vais mourir, et de ma chambre à coucher
    j'entends marcher dans le salon le gardien que mes créanciers ont mis là
    pour qu'on n'emporte rien et qu'il ne me reste rien dans le cas où je ne
    mourrais pas. Il faut espérer qu'ils attendront la fin pour vendre.

    «Oh! Les hommes sont impitoyables! ou plutôt, je me trompe, c'est Dieu
    qui est juste et inflexible.

    «Eh bien, cher aimé, vous viendrez à ma vente, et vous achèterez quelque
    chose, car si je mettais de côté le moindre objet pour vous et qu'on
    l'apprît, on serait capable de vous attaquer en détournement d'objets
    saisis.

    «Triste vie que celle que je quitte!

    «Que Dieu serait bon, s'il permettait que je vous revisse avant de
    mourir! Selon toutes probabilités, adieu, mon ami; pardonnez-moi si je
    ne vous en écris pas plus long, mais ceux qui disent qu'ils me guériront
    m'épuisent de saignées, et ma main se refuse à écrire davantage.

    «MARGUERITE GAUTIER.»

    En effet, les derniers mots étaient à peine lisibles.

    Je rendis cette lettre à Armand, qui venait de la relire sans doute dans
    sa pensée comme moi je l'avais lue sur le papier, car il me dit en la
    reprenant:

    –Qui croirait jamais que c'est une fille entretenue qui a écrit cela!
    Et tout ému de ses souvenirs, il considéra quelque temps l'écriture de
    cette lettre qu'il finit par porter à ses lèvres.

    –Et quand je pense, reprit-il, que celle-ci est morte sans que j'aie pu
    la revoir et que je ne la reverrai jamais; quand je pense qu'elle a fait
    pour moi ce qu'une sœur n'eût pas fait, je ne me pardonne pas de l'avoir
    laissée mourir ainsi. Morte! Morte! En pensant à moi, en écrivant et en
    disant mon nom, pauvre chère Marguerite!

    Et Armand, donnant un libre cours à ses pensées et à ses larmes, me
    tendait la main et continuait:

    –On me trouverait bien enfant, si l'on me voyait me lamenter ainsi sur
    une pareille morte; c'est que l'on ne saurait pas ce que je lui ai fait
    souffrir à cette femme, combien j'ai été cruel, combien elle a été bonne
    et résignée. Je croyais qu'il m'appartenait de lui pardonner, et
    aujourd'hui, je me trouve indigne du pardon qu'elle m'accorde. Oh! je
    donnerais dix ans de ma vie pour pleurer une heure à ses pieds.

    Il est toujours difficile de consoler une douleur que l'on ne connaît
    pas, et cependant j'étais pris d'une si vive sympathie pour ce jeune
    homme, il me faisait avec tant de franchise le confident de son chagrin,
    que je crus que ma parole ne lui serait pas indifférente, et je lui dis:

    –N'avez-vous pas des parents, des amis? Espérez, voyez-les, et ils vous
    consoleront, car moi je ne puis que vous plaindre.

    –C'est juste, dit-il en se levant et en se promenant à grands pas dans
    ma chambre, je vous ennuie. Excusez-moi, je ne réfléchissais pas que ma
    douleur doit vous importer peu, et que je vous importune d'une chose qui
    ne peut et ne doit vous intéresser en rien.

    –Vous vous trompez au sens de mes paroles, je suis tout à votre
    service; seulement je regrette mon insuffisance à calmer votre chagrin.
    Si ma société et celle de mes amis peuvent vous distraire, si enfin vous
    avez besoin de moi en quoi que ce soit, je veux que vous sachiez bien
    tout le plaisir que j'aurai à vous être agréable.

    –Pardon, pardon, me dit-il, la douleur exagère les sensations.
    Laissez-moi rester quelques minutes encore, le temps de m'essuyer les
    yeux, pour que les badauds de la rue ne regardent pas comme une
    curiosité ce grand garçon qui pleure. Vous venez de me rendre bien
    heureux en me donnant ce livre; je ne saurai jamais comment reconnaître
    ce que je vous dois.

    –En m'accordant un peu de votre amitié, dis-je à Armand, et en me
    disant la cause de votre chagrin. On se console en racontant ce qu'on
    souffre.

    –Vous avez raison; mais aujourd'hui j'ai trop besoin de pleurer, et je
    ne vous dirais que des paroles sans suite. Un jour, je vous ferai part
    de cette histoire, et vous verrez si j'ai raison de regretter la pauvre
    fille. Et maintenant, ajouta-t-il en se frottant une dernière fois les
    yeux et en se regardant dans la glace, dites-moi que vous ne me trouvez
    pas trop niais, et permettez-moi de revenir vous voir.

    Le regard de ce jeune homme était bon et doux; je fus au moment de
    l'embrasser.

    Quant à lui, ses yeux commençaient de nouveau à se voiler de larmes; il
    vit que je m'en apercevais, et il détourna son regard de moi.

    –Voyons, lui dis-je, du courage.

    –Adieu, me dit-il alors.

    Et, faisant un effort inouï pour ne pas pleurer, il se sauva de chez moi
    plutôt qu'il n'en sortit.

    Je soulevai le rideau de ma fenêtre, et je le vis remonter dans le
    cabriolet qui l'attendait à la porte; mais à peine y était-il qu'il
    fondit en larmes et cacha son visage dans son mouchoir.

    Chapitre V

    Un assez long temps s'écoula sans que j'entendisse parler d'Armand;
    mais, en revanche, il avait souvent été question de Marguerite.

    Je ne sais pas si vous l'avez remarqué, il suffit que le nom d'une
    personne qui paraissait devoir vous rester inconnue ou tout au moins
    indifférente soit prononcé une fois devant vous, pour que des détails
    viennent peu à peu se grouper autour de ce nom, et pour que vous
    entendiez alors tous vos amis vous parler d'une chose dont ils ne vous
    avaient jamais entretenu auparavant. Vous découvrez alors que cette
    personne vous touchait presque, vous vous apercevez qu'elle a passé bien
    des fois dans votre vie sans être remarquée; vous trouvez dans les
    événements que l'on vous raconte une coïncidence, une affinité réelles
    avec certains événements de votre propre existence. Je n'en étais pas
    positivement là avec Marguerite, puisque je l'avais vue, rencontrée, et
    que je la connaissais de visage et d'habitudes; cependant, depuis cette
    vente, son nom était revenu si fréquemment à mes oreilles, et dans la
    circonstance que j'ai dite au dernier chapitre, ce nom s'était trouvé
    mêlé à un chagrin si profond, que mon étonnement en avait grandi, en
    augmentant ma curiosité.

    Il en était résulté que je n'abordais plus mes amis auxquels je n'avais
    jamais parlé de Marguerite, qu'en disant:

    –Avez-vous connu une nommée Marguerite Gautier?

    –La Dame aux Camélias?

    –Justement.

    –Beaucoup! Ces «beaucoup!» étaient quelquefois accompagnés de sourires
    incapables de laisser aucun doute sur leur signification.

    –Eh bien, qu'est-ce que c'était que cette fille-là? continuais-je.

    –Une bonne fille.

    –Voilà tout?

    –Mon Dieu! oui, plus d'esprit et peut-être un peu plus de cœur que les
    autres.

    –Et vous ne savez rien de particulier sur elle?

    –Elle a ruiné le baron de G…

    –Seulement?

    –Elle a été la maîtresse du vieux duc de…

    –Etait-elle bien sa maîtresse?

    –On le dit: en tous cas, il lui donnait beaucoup d'argent.

    Toujours les mêmes détails généraux.

    Cependant j'aurais été curieux d'apprendre quelque chose sur la liaison
    de Marguerite et d'Armand.

    Je rencontrai un jour un de ceux qui vivent continuellement dans
    l'intimité des femmes connues. Je le questionnai.

    –Avez-vous connu Marguerite Gautier?

    Le même beaucoup me fut répondu.

    –Quelle fille était-ce?

    –Belle et bonne fille. Sa mort m'a fait une grande peine.

    –N'a-t-elle pas eu un amant nommé Armand Duval?

    –Un grand blond?

    –Oui.

    –C'est vrai.

    –Qu'est-ce que c'était que cet Armand?

    –Un garçon qui a mangé avec elle le peu qu'il avait, je crois, et qui a
    été forcé de la quitter. On dit qu'il en a été fou.

    –Et elle?

    –Elle l'aimait beaucoup aussi, dit-on toujours, mais comme ces
    filles-là aiment. Il ne faut pas leur demander plus qu'elles ne peuvent
    donner.

    –Qu'est devenu Armand?

    –Je l'ignore. Nous l'avons très peu connu. Il est resté cinq ou six
    mois avec Marguerite, mais à la campagne. Quand elle est revenue, il est
    parti.

    –Et vous ne l'avez pas revu depuis?

    –Jamais.

    Moi non plus je n'avais pas revu Armand. J'en étais arrivé à me demander
    si, lorsqu'il s'était présenté chez moi, la nouvelle récente de la mort
    de Marguerite n'avait pas exagéré son amour d'autrefois et par
    conséquent sa douleur, et je me disais que peut-être il avait déjà
    oublié avec la morte la promesse faite de revenir me voir.

    Cette supposition eût été assez vraisemblable à l'égard d'un autre, mais
    il y avait eu dans le désespoir d'Armand des accents sincères, et
    passant d'un extrême à l'autre, je me figurai que le chagrin s'était
    changé en maladie, et que, si je n'avais pas de ses nouvelles, c'est
    qu'il était malade et peut-être bien mort.

    Je m'intéressais malgré moi à ce jeune homme. Peut-être dans cet intérêt
    y avait-il de l'égoïsme; peut-être avais-je entrevu sous cette douleur
    une touchante histoire de cœur, peut-être enfin mon désir de la
    connaître était-il pour beaucoup dans le souci que je prenais du silence
    d'Armand.

    Puisque M. Duval ne revenait pas chez moi, je résolus d'aller chez lui.
    Le prétexte n'était pas difficile à trouver; malheureusement je ne
    savais pas son adresse, et, parmi tous ceux que j'avais questionnés,
    personne n'avait pu me la dire.

    Je me rendis rue d'Antin. Le portier de Marguerite savait peut-être où
    demeurait Armand. C'était un nouveau portier. Il l'ignorait comme moi.
    Je m'informai alors du cimetière où avait été enterrée Mademoiselle
    Gautier. C'était le cimetière Montmartre.

    Avril avait reparu, le temps était beau, les tombes ne devaient plus
    avoir cet aspect douloureux et désolé que leur donne l'hiver; enfin, il
    faisait déjà assez chaud pour que les vivants se souvinssent des morts
    et les visitassent. Je me rendis au cimetière, en me disant: à la seule
    inspection de la tombe de Marguerite, je verrai bien si la douleur
    d'Armand existe encore, et j'apprendrai peut-être ce qu'il est devenu.

    J'entrai dans la loge du gardien, et je lui demandai si, le 22 du mois
    de février, une femme nommée Marguerite Gautier n'avait pas été enterrée
    au cimetière Montmartre.

    Cet homme feuilleta un gros livre où sont inscrits et numérotés tous
    ceux qui entrent dans ce dernier asile, et me répondit qu'en effet le 22
    février, à midi, une femme de ce nom avait été inhumée.

    Je le priai de me faire conduire à la tombe, car il n'y a pas moyen de
    se reconnaître, sans cicérone, dans cette ville des morts qui a ses rues
    comme la ville des vivants. Le gardien appela un jardinier à qui il
    donna les indications nécessaires et qui l'interrompit en disant:

    –Je sais, je sais… Oh! la tombe est bien facile à reconnaître,
    continua-t-il en se tournant vers moi.

    –Pourquoi? lui dis-je.

    –Parce qu'elle a des fleurs bien différentes des autres.

    –C'est vous qui en prenez soin?

    –Oui, monsieur, et je voudrais que tous les parents eussent soin des
    décédés comme le jeune homme qui m'a recommandé celle-là.

    Après quelques détours, le jardinier s'arrêta et me dit:

    –Nous y voici.

    En effet, j'avais sous les yeux un carré de fleurs qu'on n'eût jamais
    pris pour une tombe, si un marbre blanc portant un nom ne l'eût
    constaté.

    Ce marbre était posé droit, un treillage de fer limitait le terrain
    acheté, et ce terrain était couvert de camélias blancs.

    –Que dites-vous de cela? me dit le jardinier.

    –C'est très beau.

    –Et chaque fois qu'un camélia se fane, j'ai ordre de le renouveler.

    –Et qui vous a donné cet ordre?

    –Un jeune homme qui a bien pleuré, la première fois qu'il est venu; un
    ancien à la morte, sans doute, car il paraît que c'était une gaillarde,
    celle-là. On dit qu'elle était très jolie. Monsieur l'a-t-il connue?

    –Oui.

    –Comme l'autre? me dit le jardinier avec un sourire malin.

    –Non, je ne lui ai jamais parlé.

    –Et vous venez la voir ici; c'est bien gentil de votre part, car ceux
    qui viennent voir la pauvre fille n'encombrent pas le cimetière.

    –Personne ne vient donc?

    –Personne, excepté ce jeune monsieur qui est venu une fois.

    –Une seule fois?

    –Oui, monsieur.

    –Et il n'est pas revenu depuis?

    –Non, mais il reviendra à son retour.

    –Il est donc en voyage?

    –Oui.

    –Et vous savez où il est?

    –Il est, je crois, chez la sœur de mademoiselle Gautier.

    –Et que fait-il là?

    –Il va lui demander l'autorisation de faire exhumer la morte, pour la
    faire mettre autre part.

    –Pourquoi ne la laisserait-il pas ici?

    –Vous savez, monsieur, que pour les morts on a des idées. Nous voyons
    cela tous les jours, nous autres. Ce terrain n'est acheté que pour cinq
    ans, et ce jeune homme veut une concession à perpétuité et un terrain
    plus grand; dans le quartier neuf ce sera mieux.

    –Qu'appelez-vous le quartier neuf?

    –Les terrains nouveaux que l'on vend maintenant, à gauche. Si le
    cimetière avait toujours été tenu comme maintenant, il n'y en aurait pas
    un pareil au monde; mais il y a encore bien à faire avant que ce soit
    tout à fait comme ce doit être. Et puis les gens sont si drôles.

    –Que voulez-vous dire?

    –Je veux dire qu'il y a des gens qui sont fiers jusqu'ici. Ainsi, cette
    demoiselle Gautier, il paraît qu'elle a fait un peu la vie, passez-moi
    l'expression. Maintenant, la pauvre demoiselle, elle est morte; et il en
    reste autant que de celles dont on n'a rien à dire et que nous arrosons
    tous les jours; eh bien, quand les parents des personnes qui sont
    enterrées à côté d'elle ont appris qui elle était, ne se sont-ils pas
    imaginé de dire qu'ils s'opposeraient à ce qu'on la mît ici, et qu'il
    devait y avoir des terrains à part pour ces sortes de femmes comme pour
    les pauvres. A-t-on jamais vu cela? Je les ai joliment relevés, moi; des
    gros rentiers qui ne viennent pas quatre fois l'an visiter leurs
    défunts, qui apportent leurs fleurs eux-mêmes, et voyez quelles fleurs!
    Qui regardent à un entretien pour ceux qu'ils disent pleurer, qui
    écrivent sur leurs tombes des larmes qu'ils n'ont jamais versées, et qui
    viennent faire les difficiles pour le voisinage. Vous me croirez si vous
    voulez, monsieur, je ne connaissais pas cette demoiselle, je ne sais pas
    ce qu'elle a fait; eh bien, je l'aime, cette pauvre petite, et j'ai soin
    d'elle, et je lui passe les camélias au plus juste prix. C'est ma morte
    de prédilection. Nous autres, monsieur, nous sommes bien forcés d'aimer
    les morts, car nous sommes si occupés, que nous n'avons presque pas le
    temps d'aimer autre chose.

    Je regardais cet homme, et quelques-uns de mes lecteurs comprendront,
    sans que j'aie besoin de le leur expliquer, l'émotion que j'éprouvais à
    l'entendre.

    Il s'en aperçut sans doute, car il continua:

    –On dit qu'il y avait des gens qui se ruinaient pour cette fille-là, et
    qu'elle avait des amants qui l'adoraient; eh bien, quand je pense qu'il
    n'y en a pas un qui vienne lui acheter une fleur seulement, c'est cela
    qui est curieux et triste. Et encore, celle-ci n'a pas à se plaindre,
    car elle a sa tombe, et s'il n'y en a qu'un qui se souvienne d'elle, il
    fait les choses pour les autres. Mais nous avons ici de pauvres filles
    du même genre et du même âge qu'on jette dans la fosse commune, et cela
    me fend le cœur quand j'entends tomber leurs pauvres corps dans la
    terre. Et pas un être ne s'occupe d'elles, une fois qu'elles sont
    mortes! Ce n'est pas toujours gai, le métier que nous faisons, surtout
    tant qu'il nous reste un peu de cœur. Que voulez-vous? C'est plus fort
    que moi. J'ai une belle grande fille de vingt ans, et, quand on apporte
    ici une morte de son âge, je pense à elle, et, que ce soit une grande
    dame ou une vagabonde, je ne peux pas m'empêcher d'être ému.

    «Mais je vous ennuie sans doute avec mes histoires et ce n'est pas pour
    les écouter que vous voilà ici. On m'a dit de vous amener à la tombe de
    mademoiselle Gautier, vous y voilà; puis-je vous être bon encore à
    quelque chose?

    –Savez-vous l'adresse de M. Armand Duval? demandai-je à cet homme.

    –Oui, il demeure rue de… c'est là du moins que je suis allé toucher
    le prix de toutes les fleurs que vous voyez.

    –Merci, mon ami.

    Je jetai un dernier regard sur cette tombe fleurie, dont malgré moi
    j'eusse voulu sonder les profondeurs pour voir ce que la terre avait
    fait de la belle créature qu'on lui avait jetée, et je m'éloignai tout
    triste.

    –Est-ce que monsieur veut voir M. Duval? reprit le jardinier qui
    marchait à côté de moi.

    –Oui.

    –C'est que je suis bien sûr qu'il n'est pas encore de retour, sans quoi
    je l'aurais déjà vu ici.

    –Vous êtes donc convaincu qu'il n'a pas oublié Marguerite?

    –Non seulement j'en suis convaincu, mais je parierais que son désir de
    la changer de tombe n'est que le désir de la revoir.

    –Comment cela?

    –Le premier mot qu'il m'a dit en venant au cimetière a été: «Comment
    faire pour la voir encore?» Cela ne pouvait avoir lieu que par le
    changement de tombe, et je l'ai renseigné sur toutes les formalités à
    remplir pour obtenir ce changement, car vous savez que pour transférer
    les morts d'un tombeau dans un autre, il faut les reconnaître, et la
    famille seule peut autoriser cette opération, à laquelle doit présider
    un commissaire de police. C'est pour avoir cette autorisation que M.
    Duval est allé chez la sœur de mademoiselle Gautier, et sa première
    visite sera évidemment pour nous.

    Nous étions arrivés à la porte du cimetière; je remerciai de nouveau le
    jardinier en lui mettant quelques pièces de monnaie dans la main et je
    me rendis à l'adresse qu'il m'avait donnée.

    Armand n'était pas de retour.

    Je laissai un mot chez lui, le priant de me venir voir dès son arrivée,
    ou de me faire dire où je pourrais le trouver.

    Le lendemain, au matin, je reçus une lettre de Duval, qui m'informait de
    son retour, et me priait de passer chez lui, ajoutant qu'épuisé de
    fatigue, il lui était impossible de sortir.

    Chapitre VI

    Je trouvai Armand dans son lit.

    En me voyant, il me tendit sa main brûlante.

    –Vous avez la fièvre, lui dis-je.

    –Ce ne sera rien, la fatigue d'un voyage rapide, voilà tout.

    –Vous venez de chez la sœur de Marguerite?

    –Oui, qui vous l'a dit?

    –Je le sais, et vous avez obtenu ce que vous vouliez?

    –Oui encore; mais qui vous a informé du voyage et du but que j'avais en
    le faisant?

    –Le jardinier du cimetière.

    –Vous avez vu la tombe?

    C'est à peine si j'osais répondre, car le ton de cette phrase me
    prouvait que celui qui me l'avait dite était toujours en proie à
    l'émotion dont j'avais été le témoin, et que chaque fois que sa pensée
    ou la parole d'un autre le reporterait sur ce douloureux sujet, pendant
    longtemps encore cette émotion trahirait sa volonté.

    Je me contentai donc de répondre par un signe de tête.

    –Il en a eu bien soin? continua Armand.

    Deux grosses larmes roulèrent sur les joues du malade qui détourna la
    tête pour me les cacher. J'eus l'air de ne pas les voir et j'essayai de
    changer la conversation.

    –Voilà trois semaines que vous êtes parti? lui dis-je.

    Armand passa la main sur ses yeux et me répondit:

    –Trois semaines juste.

    –Votre voyage a été long.

    –Oh! je n'ai pas toujours voyagé, j'ai été malade quinze jours, sans
    quoi je fusse revenu depuis longtemps; mais, à peine arrivé là-bas, la
    fièvre m'a pris, et j'ai été forcé de garder la chambre.

    –Et vous êtes reparti sans être bien guéri?

    –Si j'étais resté huit jours de plus dans ce pays, j'y serais mort.

    –Mais maintenant que vous voilà de retour, il faut vous soigner; vos
    amis viendront vous voir. Moi, tout le premier, si vous me le permettez.

    –Dans deux heures je me lèverai.

    –Quelle imprudence!

    –Il le faut.

    –Qu'avez-vous donc à faire de si pressé?

    –Il faut que j'aille chez le commissaire de police.

    –Pourquoi ne chargez-vous pas quelqu'un de cette mission qui peut vous
    rendre plus malade encore?

    –C'est la seule chose qui puisse me guérir. Il faut que je la voie.
    Depuis que j'ai appris sa mort, et surtout depuis que j'ai vu sa tombe,
    je ne dors plus. Je ne peux pas me figurer que cette femme que j'ai
    quittée si jeune et si belle est morte. Il faut que je m'en assure par
    moi-même. Il faut que je voie ce que Dieu a fait de cet être que j'ai
    tant aimé, et peut-être le dégoût du spectacle remplacera-t-il le
    désespoir du souvenir; vous m'accompagnerez, n'est-ce pas… si cela ne
    vous ennuie pas trop?

    –Que vous a dit sa sœur?

    –Rien. Elle a paru fort étonnée qu'un étranger voulût acheter un
    terrain et faire faire une tombe à Marguerite, et elle m'a signé tout de
    suite l'autorisation que je lui demandais.

    –Croyez-moi, attendez pour cette translation que vous soyez bien guéri.

    –Oh! Je serai fort, soyez tranquille. D'ailleurs je deviendrais fou, si
    je n'en finissais au plus vite avec cette résolution dont
    l'accomplissement est devenu un besoin de ma douleur. Je vous jure que
    je ne puis être calme que lorsque j'aurai vu Marguerite. C'est peut-être
    une soif de la fièvre qui me brûle, un rêve de mes insomnies, un
    résultat de mon délire; mais dussé-je me faire trappiste, comme M. de
    Rancé, après avoir vu, je verrai.

    –Je comprends cela, dis-je à Armand, et je suis tout à vous; avez-vous
    vu Julie Duprat?

    –Oui. Oh! je l'ai vue le jour même de mon premier retour.

    –Vous a-t-elle remis les papiers que Marguerite lui avait laissés pour
    vous?

    –Les voici.

    Armand tira un rouleau de dessous son oreiller, et l'y replaça
    immédiatement.

    –Je sais par cœur ce que ces papiers renferment, me dit-il. Depuis
    trois semaines je les ai relus dix fois par jour. Vous les lirez aussi,
    mais plus tard, quand je serai plus calme et quand je pourrai vous faire
    comprendre tout ce que cette confession révèle de cœur et d'amour. Pour
    le moment, j'ai un service à réclamer de vous.

    –Lequel?

    –Vous avez une voiture en bas?

    –Oui.

    –Eh bien, voulez-vous prendre mon passeport et aller demander à la
    poste restante s'il y a des lettres pour moi? Mon père et ma sœur ont dû
    m'écrire à Paris, et je suis parti avec une telle précipitation que je
    n'ai pas pris le temps de m'en informer avant mon départ. Lorsque vous
    reviendrez, nous irons ensemble prévenir le commissaire de police de la
    cérémonie de demain.

    Armand me remit son passeport, et je me rendis rue Jean-Jacques
    Rousseau.

    Il y avait deux lettres au nom de Duval, je les pris et je revins.

    Quand je reparus, Armand était tout habillé et prêt à sortir.

    –Merci, me dit-il en prenant ses lettres. Oui, ajouta-t-il après avoir
    regardé les adresses, oui, c'est de mon père et de ma sœur. Ils ont dû
    ne rien comprendre à mon silence.

    Il ouvrit les lettres, et les devina plutôt qu'il ne les lut, car elles
    étaient de quatre pages chacune, et au bout d'un instant il les avait
    repliées.

    –Partons, me dit-il, je répondrai demain.

    Nous allâmes chez le commissaire de police, à qui Armand remit la
    procuration de la sœur de Marguerite.

    Le commissaire lui donna en échange une lettre d'avis pour le gardien du
    cimetière; il fut convenu que la translation aurait lieu le lendemain, à
    dix heures du matin, que je viendrais le prendre une heure auparavant,
    et que nous nous rendrions ensemble au cimetière.

    Moi aussi, j'étais curieux d'assister à ce spectacle, et j'avoue que la
    nuit je ne dormis pas.

    À en juger par les pensées qui m'assaillirent, ce dut être une longue
    nuit pour Armand.

    Quand le lendemain, à neuf heures, j'entrai chez lui, il était
    horriblement pâle, mais il paraissait calme.

    Il me sourit et me tendit la main.

    Ses bougies étaient brûlées jusqu'au bout, et, avant de sortir, Armand
    prit une lettre fort épaisse, adressée à son père, et confidente sans
    doute de ses impressions de la nuit.

    Une demi-heure après nous arrivions à Montmartre.

    Le commissaire nous attendait déjà.

    On s'achemina lentement dans la direction de la tombe de Marguerite. Le
    commissaire marchait le premier, Armand et moi nous le suivions à
    quelques pas.

    De temps en temps, je sentais tressaillir convulsivement le bras de mon
    compagnon, comme si des frissons l'eussent parcouru tout à coup. Alors,
    je le regardais; il comprenait mon regard et me souriait, mais, depuis
    que nous étions sortis de chez lui, nous n'avions pas échangé une
    parole.

    Un peu avant la tombe, Armand s'arrêta pour essuyer son visage
    qu'inondaient de grosses gouttes de sueur.

    Je profitai de cette halte pour respirer, car moi-même j'avais le cœur
    comprimé comme dans un étau.

    D'où vient le douloureux plaisir qu'on prend à ces sortes de spectacles!
    Quand nous arrivâmes à la tombe, le jardinier avait retiré tous les pots
    de fleurs, le treillage de fer avait été enlevé, et deux hommes
    piochaient la terre.

    Armand s'appuya contre un arbre et regarda.

    Toute sa vie semblait être passée dans ses yeux.

    Tout à coup une des deux pioches grinça contre une pierre.

    À ce bruit, Armand recula comme à une commotion électrique, et me serra
    la main avec une telle force qu'il me fit mal.

    Un fossoyeur prit une large pelle et vida peu à peu la fosse; puis,
    quand il n'y eut plus que les pierres dont on couvre la bière, il les
    jeta dehors une à une.

    J'observais Armand, car je craignais à chaque minute que ses sensations
    qu'il concentrait visiblement ne le brisassent; mais il regardait
    toujours, les yeux fixes et ouverts comme dans la folie, et un léger
    tremblement des joues et des lèvres prouvait seul qu'il était en proie à
    une violente crise nerveuse.

    Quant à moi, je ne puis dire qu'une chose, c'est que je regrettais
    d'être venu.

    Quand la bière fut tout à fait découverte, le commissaire dit aux
    fossoyeurs:

    –Ouvrez.

    Ces hommes obéirent, comme si c'eût été la chose du monde la plus
    simple.

    La bière était en chêne, et ils se mirent à dévisser la paroi supérieure
    qui faisait couvercle. L'humidité de la terre avait rouillé les vis, et
    ce ne fut pas sans efforts que la bière s'ouvrit. Une odeur infecte s'en
    exhala, malgré les plantes aromatiques dont elle était semée.

    –Ô mon Dieu! mon Dieu! murmura Armand, et il pâlit encore.

    Les fossoyeurs eux-mêmes se reculèrent.

    Un grand linceul blanc couvrait le cadavre, dont il dessinait quelques
    sinuosités. Ce linceul était presque complètement mangé à l'un des
    bouts, et laissait passer un pied de la morte.

    J'étais bien près de me trouver mal, et, à l'heure où j'écris ces
    lignes, le souvenir de cette scène m'apparaît encore dans son imposante
    réalité.

    –Hâtons-nous, dit le commissaire.

    Alors un des deux hommes étendit la main, se mit à découdre le linceul,
    et, le prenant par le bout, découvrit brusquement le visage de
    Marguerite.

    C'était terrible à voir, c'est horrible à raconter.

    Les yeux ne faisaient plus que deux trous, les lèvres avaient disparu,
    et les dents blanches étaient serrées les unes contre les autres. Les
    longs cheveux noirs et secs étaient collés sur les tempes et voilaient
    un peu les cavités vertes des joues, et cependant je reconnaissais dans
    ce visage le visage blanc, rose et joyeux que j'avais vu si souvent.

    Armand, sans pouvoir détourner son regard de cette figure, avait porté
    son mouchoir à sa bouche et le mordait.

    Pour moi, il me sembla qu'un cercle de fer m'étreignait la tête, un
    voile couvrit mes yeux, des bourdonnements m'emplirent les oreilles, et
    tout ce que je pus faire fut d'ouvrir un flacon que j'avais apporté à
    tout hasard et de respirer fortement les sels qu'il renfermait.

    Au milieu de cet éblouissement, j'entendis le commissaire dire à M.
    Duval:

    –Reconnaissez-vous?

    –Oui, répondit sourdement le jeune homme.

    –Alors fermez et emportez, dit le commissaire.

    Les fossoyeurs rejetèrent le linceul sur le visage de la morte,
    fermèrent la bière, la prirent chacun par un bout et se dirigèrent vers
    l'endroit qui leur avait été désigné.

    Armand ne bougeait pas. Ses yeux étaient rivés à cette fosse vide; il
    était pâle comme le cadavre que nous venions de voir… On l'eût dit
    pétrifié.

    Je compris ce qui allait arriver lorsque la douleur diminuerait par
    l'absence du spectacle, et par conséquent ne le soutiendrait plus.

    Je m'approchai du commissaire.

    –La présence de monsieur, lui dis-je en montrant Armand, est-elle
    nécessaire encore?

    –Non, me dit-il, et même je vous conseille de l'emmener, car il paraît
    malade.

    –Venez, dis-je alors à Armand en lui prenant le bras.

    –Quoi? fit-il en me regardant, comme s'il ne m'eût pas reconnu.

    –C'est fini, ajoutai-je, il faut vous en aller, mon ami, vous êtes
    pâle, vous avez froid, vous vous tuerez avec ces émotions-là.

    –Vous avez raison, allons-nous-en, répondit-il machinalement, mais sans
    faire un pas.

    Alors je le saisis par le bras et je l'entraînai.

    Il se laissait conduire comme un enfant, murmurant seulement de temps à
    autre:

    –Avez-vous vu les yeux?

    Et il se retournait comme si cette vision l'eût rappelé.

    Cependant sa marche devint saccadée; il semblait ne plus avancer que par
    secousses; ses dents claquaient, ses mains étaient froides, une violente
    agitation nerveuse s'emparait de toute sa personne.

    Je lui parlai, il ne me répondit pas.

    Tout ce qu'il pouvait faire, c'était de se laisser conduire.

    À la porte nous retrouvâmes une voiture. Il était temps.

    À peine y eut-il pris place, que le frisson augmenta et qu'il eut une
    véritable attaque de nerfs, au milieu de laquelle la crainte de
    m'effrayer lui faisait murmurer en me pressant la main:

    –Ce n'est rien, ce n'est rien, je voudrais pleurer.

    Et j'entendais sa poitrine se gonfler, et le sang se portait à ses yeux,
    mais les larmes n'y venaient pas.

    Je lui fis respirer le flacon qui m'avait servi, et, quand nous
    arrivâmes chez lui, le frisson seul se manifestait encore.

    Avec l'aide du domestique, je le couchai, je fis allumer un grand feu
    dans sa chambre, et je courus chercher mon médecin à qui je racontai ce
    qui venait de se passer.

    Il accourut.

    Armand était pourpre, il avait le délire et bégayait des mots sans
    suite, à travers lesquels le nom seul de Marguerite se faisait entendre
    distinctement.

    –Eh bien? dis-je au docteur quand il eut examiné le malade.

    –Eh bien, il a une fièvre cérébrale, ni plus ni moins, et c'est bien
    heureux, car je crois, Dieu me pardonne, qu'il serait devenu fou.
    Heureusement la maladie physique tuera la maladie morale, et dans un
    mois il sera sauvé de l'une et de l'autre peut-être.

    Chapitre VII

    Les maladies comme celle dont Armand avait été atteint ont cela
    d'agréable qu'elles tuent sur le coup ou se laissent vaincre très vite.

    Quinze jours après les événements que je viens de raconter, Armand était
    en pleine convalescence, et nous étions liés d'une étroite amitié. À
    peine si j'avais quitté sa chambre tout le temps qu'avait duré sa
    maladie.

    Le printemps avait semé à profusion ses fleurs, ses feuilles, ses
    oiseaux, ses chansons, et la fenêtre de mon ami s'ouvrait gaiement sur
    son jardin dont les saines exhalaisons montaient jusqu'à lui.

    Le médecin avait permis qu'il se levât, et nous restions souvent à
    causer, assis auprès de la fenêtre ouverte à l'heure où le soleil est le
    plus chaud, de midi à deux heures.

    Je me gardais bien de l'entretenir de Marguerite, craignant toujours que
    ce nom ne réveillât un triste souvenir endormi sous le calme apparent du
    malade; mais Armand, au contraire, semblait prendre plaisir à parler
    d'elle, non plus comme autrefois, avec des larmes dans les yeux, mais
    avec un doux sourire qui me rassurait sur l'état de son âme.

    J'avais remarqué que, depuis sa dernière visite au cimetière, depuis le
    spectacle qui avait déterminé en lui cette crise violente, la mesure de
    la douleur morale semblait avoir été comblée par la maladie, et que la
    mort de Marguerite ne lui apparaissait plus sous l'aspect du passé. Une
    sorte de consolation était résultée de la certitude acquise, et pour
    chasser l'image sombre qui se représentait souvent à lui, il s'enfonçait
    dans les souvenirs heureux de sa liaison avec Marguerite, et ne semblait
    plus vouloir accepter que ceux-là.

    Le corps était trop épuisé par l'atteinte et même par la guérison de la
    fièvre pour permettre à l'esprit une émotion violente, et la joie
    printanière et universelle dont Armand était entouré reportait malgré
    lui sa pensée aux images riantes.

    Il s'était toujours obstinément refusé à informer sa famille du danger
    qu'il courait, et, lorsqu'il avait été sauvé, son père ignorait encore
    sa maladie.

    Un soir, nous étions restés à la fenêtre plus tard que de coutume; le
    temps avait été magnifique et le soleil s'endormait dans un crépuscule
    éclatant d'azur et d'or. Quoique nous fussions dans Paris, la verdure
    qui nous entourait semblait nous isoler du monde, et à peine si, de
    temps en temps, le bruit d'une voiture troublait notre conversation.

    –C'est à peu près à cette époque de l'année et le soir d'un jour comme
    celui-ci que je connus Marguerite, me dit Armand, écoutant ses propres
    pensées et non ce que je lui disais.

    Je ne répondis rien. Alors, il se retourna vers moi, et me dit:

    –Il faut pourtant que je vous raconte cette histoire; vous en ferez un
    livre auquel on ne croira pas, mais qui sera peut-être intéressant à
    faire.

    –Vous me conterez cela plus tard, mon ami, lui dis-je; vous n'êtes pas
    encore assez bien rétabli.

    –La soirée est chaude, j'ai mangé mon blanc de poulet, me dit-il en
    souriant; je n'ai pas la fièvre, nous n'avons rien à faire, je vais tout
    vous dire.

    –Puisque vous le voulez absolument, j'écoute.

    –C'est une bien simple histoire, ajouta-t-il alors, et que je vous
    raconterai en suivant l'ordre des événements. Si vous en faites quelque
    chose plus tard, libre à vous de la conter autrement.

    Voici ce qu'il me raconta, et c'est à peine si j'ai changé quelques mots
    à ce touchant récit.

    –Oui, reprit Armand, en laissant retomber sa tête sur le dos de son
    fauteuil, oui, c'était par une soirée comme celle-ci! J'avais passé ma
    journée à la campagne avec un de mes amis, Gaston R… Le soir, nous
    étions revenus à Paris, et, ne sachant que faire, nous étions entrés au
    théâtre des Variétés.

    Pendant un entr'acte nous sortîmes, et, dans le corridor, nous vîmes
    passer une grande femme que mon ami salua.

    –Qui saluez-vous donc là? lui demandai-je.

    –Marguerite Gautier, me dit-il.

    –Il me semble qu'elle est bien changée, car je ne l'ai pas reconnue,
    dis-je avec une émotion que vous comprendrez tout à l'heure.

    –Elle a été malade; la pauvre fille n'ira pas loin.

    Je me rappelle ces paroles comme si elles m'avaient été dites hier.

    Il faut que vous sachiez, mon ami, que depuis deux ans la vue de cette
    fille, lorsque je la rencontrais, me causait une impression étrange.

    Sans que je susse pourquoi, je devenais pâle et mon cœur battait
    violemment. J'ai un de mes amis qui s'occupe de sciences occultes, et
    qui appellerait ce que j'éprouvais l'affinité des fluides; moi, je crois
    tout simplement que j'étais destiné à devenir amoureux de Marguerite, et
    que je le pressentais.

    Toujours est-il qu'elle me causait une impression réelle, que plusieurs
    de mes amis en avaient été témoins, et qu'ils avaient beaucoup ri en
    reconnaissant de qui cette impression me venait.

    La première fois que je l'avais vue, c'était place de la Bourse, à la
    porte de Susse. Une calèche découverte y stationnait, et une femme vêtue
    de blanc en était descendue. Un murmure d'admiration avait accueilli son
    entrée dans le magasin. Quant à moi, je restai cloué à ma place, depuis
    le moment où elle entra jusqu'au moment où elle sortit. À travers les
    vitres, je la regardai choisir dans la boutique ce qu'elle venait y
    acheter. J'aurais pu entrer, mais je n'osais. Je ne savais quelle était
    cette femme, et je craignais qu'elle ne devinât la cause de mon entrée
    dans le magasin et ne s'en offensât. Cependant je ne me croyais pas
    appelé à la revoir.

    Elle était élégamment vêtue; elle portait une robe de mousseline tout
    entourée de volants, un châle de l'Inde carré aux coins brodés d'or et
    de fleurs de soie, un chapeau de paille d'Italie et un unique bracelet,
    grosse chaîne d'or dont la mode commençait à cette époque.

    Elle remonta dans sa calèche et partit.

    Un des garçons du magasin resta sur la porte, suivant des yeux la
    voiture de l'élégante acheteuse. Je m'approchai de lui et le priai de me
    dire le nom de cette femme.

    –C'est mademoiselle Marguerite Gautier, me répondit-il.

    Je n'osai pas lui demander l'adresse, et je m'éloignai.

    Le souvenir de cette vision, car c'en était une véritable, ne me sortit
    pas de l'esprit, comme bien des visions que j'avais eues déjà, et je
    cherchais partout cette femme blanche si royalement belle.

    À quelques jours de là, une grande représentation eut lieu à
    l'Opéra-Comique. J'y allai. La première personne que j'aperçus dans une
    loge d'avant-scène de la galerie fut Marguerite Gautier.

    Le jeune homme avec qui j'étais la reconnut aussi, car il me dit, en me
    la nommant:

    –Voyez donc cette jolie fille.

    En ce moment, Marguerite lorgnait de notre côté; elle aperçut mon ami,
    lui sourit et lui fit signe de venir lui faire visite.

    –Je vais lui dire bonsoir, me dit-il, et je reviens dans un instant.

    Je ne pus m'empêcher de lui dire:

    –Vous êtes bien heureux!

    –De quoi?

    –D'aller voir cette femme.

    –Est-ce que vous en êtes amoureux?

    –Non, dis-je en rougissant, car je ne savais vraiment pas à quoi m'en
    tenir là-dessus; mais je voudrais bien la connaître.

    –Venez avec moi, je vous présenterai.

    –Demandez-lui-en d'abord la permission.

    –Ah! Pardieu, il n'y a pas besoin de se gêner avec elle; venez.

    Ce qu'il disait là me faisait peine. Je tremblais d'acquérir la
    certitude que Marguerite ne méritait pas ce que j'éprouvais pour elle.

    Il y a dans un livre d'Alphonse Karr, intitulé: Am Rauchen, un homme qui
    suit, le soir, une femme très élégante, et dont, à la première vue, il
    est devenu amoureux, tant elle est belle. Pour baiser la main de cette
    femme, il se sent la force de tout entreprendre, la volonté de tout
    conquérir, le courage de tout faire. À peine s'il ose regarder le bas de
    jambe coquet qu'elle dévoile pour ne pas souiller sa robe au contact de
    la terre. Pendant qu'il rêve à tout ce qu'il ferait pour posséder cette
    femme, elle l'arrête au coin d'une rue et lui demande s'il veut monter
    chez elle.

    Il détourne la tête, traverse la rue et rentre tout triste chez lui.

    Je me rappelais cette étude, et moi qui aurais voulu souffrir pour cette
    femme, je craignais qu'elle ne m'acceptât trop vite et ne me donnât trop
    promptement un amour que j'eusse voulu payer d'une longue attente ou
    d'un grand sacrifice. Nous sommes ainsi, nous autres hommes; et il est
    bien heureux que l'imagination laisse cette poésie aux sens, et que les
    désirs du corps fassent cette concession aux rêves de l'âme.

    Enfin, on m'eût dit: vous aurez cette femme ce soir, et vous serez tué
    demain, j'eusse accepté. On m'eût dit: donnez dix louis, et vous serez
    son amant, j'eusse refusé et pleuré, comme un enfant qui voit s'évanouir
    au réveil le château entrevu la nuit.

    Cependant, je voulais la connaître; c'était un moyen, et même le seul,
    de savoir à quoi m'en tenir sur son compte.

    Je dis donc à mon ami que je tenais à ce qu'elle lui accordât la
    permission de me présenter, et je rôdai dans les corridors, me figurant
    qu'à partir de ce moment elle allait me voir, et que je ne saurais
    quelle contenance prendre sous son regard.

    Je tâchais de lier à l'avance les paroles que j'allais lui dire.

    Quel sublime enfantillage que l'amour!

    Un instant après mon ami redescendit.

    –Elle nous attend, me dit-il.

    –Est-elle seule? Demandai-je.

    –Avec une autre femme.

    –Il n'y a pas d'hommes?

    –Non.

    –Allons.

    Mon ami se dirigea vers la porte du théâtre.

    –Eh bien, ce n'est pas par là, lui dis-je.

    –Nous allons chercher des bonbons. Elle m'en a demandé.

    Nous entrâmes chez un confiseur du passage de l'Opéra.

    J'aurais voulu acheter toute la boutique, et je regardais même de quoi
    l'on pouvait composer le sac, quand mon ami demanda:

    –Une livre de raisins glacés.

    –Savez-vous si elle les aime?

    –Elle ne mange jamais d'autres bonbons, c'est connu.

    «Ah! continua-t-il quand nous fûmes sortis, savez-vous à quelle femme je
    vous présente? Ne vous figurez pas que c'est à une duchesse, c'est tout
    simplement à une femme entretenue, tout ce qu'il y a de plus entretenue,
    mon cher; ne vous gênez donc pas, et dites tout ce qui vous passera par
    la tête.

    –Bien, bien, balbutiai-je, et je le suivis, en me disant que j'allais
    me guérir de ma passion.

    Quand j'entrai dans la loge, Marguerite riait aux éclats.

    J'aurais voulu qu'elle fût triste.

    Mon ami me présenta. Marguerite me fit une légère inclination de tête,
    et dit:

    –Et mes bonbons?

    –Les voici.

    En les prenant, elle me regarda. Je baissai les yeux, je rougis.

    Elle se pencha à l'oreille de sa voisine, lui dit quelques mots tout
    bas, et toutes deux éclatèrent de rire.

    Bien certainement j'étais la cause de cette hilarité; mon embarras en
    redoubla. À cette époque, j'avais pour maîtresse une petite bourgeoise
    fort tendre et fort sentimentale, dont le sentiment et les lettres
    mélancoliques me faisaient rire. Je compris le mal que j'avais dû lui
    faire par celui que j'éprouvais, et, pendant cinq minutes, je l'aimai
    comme jamais on n'aima une femme.

    Marguerite mangeait ses raisins sans plus s'occuper de moi.

    Mon introducteur ne voulut pas me laisser dans cette position ridicule.

    –Marguerite, fit-il, il ne faut pas vous étonner si M. Duval ne vous
    dit rien, vous le bouleversez tellement qu'il ne trouve pas un mot.

    –Je crois plutôt que monsieur vous a accompagné ici parce que cela vous
    ennuyait d'y venir seul.

    –Si cela était vrai, dis-je à mon tour, je n'aurais pas prié Ernest de
    vous demander la permission de me présenter.

    –Ce n'était peut-être qu'un moyen de retarder le moment fatal.

    Pour peu que l'on ait vécu avec les filles du genre de Marguerite, on
    sait le plaisir qu'elles prennent à faire de l'esprit à faux et à
    taquiner les gens qu'elles voient pour la première fois. C'est sans
    doute une revanche des humiliations qu'elles sont souvent forcées de
    subir de la part de ceux qu'elles voient tous les jours.

    Aussi faut-il pour leur répondre une certaine habitude de leur monde,
    habitude que je n'avais pas; puis, l'idée que je m'étais faite de
    Marguerite m'exagéra sa plaisanterie. Rien ne m'était indifférent de la
    part de cette femme. Aussi je me levai en lui disant, avec une
    altération de voix qu'il me fut impossible de cacher complètement:

    –Si c'est là ce que vous pensez de moi, madame, il ne me reste plus
    qu'à vous demander pardon de mon indiscrétion, et à prendre congé de
    vous en vous assurant qu'elle ne se renouvellera pas.

    Là-dessus, je saluai et je sortis.

    À peine eus-je fermé la porte, que j'entendis un troisième éclat de
    rire. J'aurais bien voulu que quelqu'un me coudoyât en ce moment.

    Je retournai à ma stalle.

    On frappa le lever de la toile.

    Ernest revint auprès de moi.

    –Comme vous y allez! me dit-il en s'asseyant; elles vous croient fou.

    –Qu'a dit Marguerite, quand j'ai été parti?

    –Elle a ri et m'a assuré qu'elle n'avait jamais rien vu d'aussi drôle
    que vous. Mais il ne faut pas vous tenir pour battu; seulement ne faites
    pas à ces filles-là l'honneur de les prendre au sérieux. Elles ne savent
    pas ce que c'est que l'élégance et la politesse; c'est comme les chiens
    auxquels on met des parfums, ils trouvent que cela sent mauvais et vont
    se rouler dans le ruisseau.

    –Après tout, que m'importe? dis-je en essayant de prendre un ton
    dégagé, je ne reverrai jamais cette femme, et si elle me plaisait avant
    que je la connusse, c'est bien changé maintenant que je la connais.

    –Bah! je ne désespère pas de vous voir un jour dans le fond de sa loge,
    et d'entendre dire que vous vous ruinez pour elle. Du reste, vous aurez
    raison, elle est mal élevée, mais c'est une jolie maîtresse à avoir.

    Heureusement, on leva le rideau et mon ami se tut. Vous dire ce que l'on
    jouait me serait impossible. Tout ce que je me rappelle, c'est que de
    temps en temps je levais les yeux sur la loge que j'avais si brusquement
    quittée, et que des figures de visiteurs nouveaux s'y succédaient à
    chaque instant.

    Cependant, j'étais loin de ne plus penser à Marguerite. Un autre
    sentiment s'emparait de moi. Il me semblait que j'avais son insulte et
    mon ridicule à faire oublier; je me disais que, dussé-je y dépenser ce
    que je possédais, j'aurais cette fille et prendrais de droit la place
    que j'avais abandonnée si vite.

    Avant que le spectacle fût terminé, Marguerite et son amie quittèrent
    leur loge.

    Malgré moi, je quittai ma stalle.

    –Vous vous en allez? me dit Ernest.

    –Oui.

    –Pourquoi?

    En ce moment, il s'aperçut que la loge était vide.

    –Allez, allez, dit-il, et bonne chance, ou plutôt meilleure chance.

    Je sortis.

    J'entendis dans l'escalier des frôlements de robes et des bruits de
    voix. Je me mis à l'écart et je vis passer, sans être vu, les deux
    femmes et les deux jeunes gens qui les accompagnaient.

    Sous le péristyle du théâtre se présenta à elles un petit domestique.

    –Va dire au cocher d'attendre à la porte du café Anglais, dit
    Marguerite; nous irons à pied jusque-là.

    Quelques minutes après, en rôdant sur le boulevard, je vis, à une
    fenêtre d'un des grands cabinets du restaurant, Marguerite, appuyée sur
    le balcon, effeuillant un à un les camélias de son bouquet.

    Un des deux hommes était penché sur son épaule et lui parlait tout bas.

    J'allai m'installer à la Maison d'Or, dans les salons du premier étage,
    et je ne perdis pas de vue la fenêtre en question.

    À une heure du matin, Marguerite remontait dans sa voiture avec ses
    trois amis.

    Je pris un cabriolet et je la suivis.

    La voiture s'arrêta rue d'Antin, nº 9.

    Marguerite en descendit et rentra seule chez elle.

    C'était sans doute un hasard, mais ce hasard me rendit bien heureux.

    À partir de ce jour, je rencontrai souvent Marguerite au spectacle, aux
    Champs-Elysées. Toujours même gaieté chez elle, toujours même émotion
    chez moi.

    Quinze jours se passèrent cependant sans que je la revisse nulle part.
    Je me trouvai avec Gaston, à qui je demandai de ses nouvelles.

    –La pauvre fille est bien malade, me répondit-il.

    –Qu'a-t-elle donc?

    –Elle a qu'elle est poitrinaire, et que, comme elle a fait une vie qui
    n'est pas destinée à la guérir, elle est dans son lit et qu'elle se
    meurt.

    Le cœur est étrange; je fus presque content de cette maladie.

    J'allai tous les jours savoir des nouvelles de la malade, sans cependant
    m'inscrire, ni laisser ma carte. J'appris ainsi sa convalescence et son
    départ pour Bagnères.

    Puis, le temps s'écoula, l'impression, sinon le souvenir, parut
    s'effacer peu à peu de mon esprit. Je voyageai; des liaisons, des
    habitudes, des travaux prirent la place de cette pensée, et, lorsque je
    songeais à cette première aventure, je ne voulais voir ici qu'une de ces
    passions comme on en a lorsque l'on est tout jeune, et dont on rit peu
    de temps après.

    Du reste, il n'y aurait pas eu de mérite à triompher de ce souvenir, car
    j'avais perdu Marguerite de vue depuis son départ, et, comme je vous
    l'ai dit, quand elle passa près de moi, dans le corridor des Variétés,
    je ne la reconnus pas.

    Elle était voilée, il est vrai; mais si voilée qu'elle eût été, deux ans
    plus tôt, je n'aurais pas eu besoin de la voir pour la reconnaître: je
    l'aurais devinée.

    Ce qui n'empêcha pas mon cœur de battre quand je sus que c'était elle;
    et les deux années passées sans la voir et les résultats que cette
    séparation avait paru amener s'évanouirent dans la même fumée au seul
    toucher de sa robe.

    Chapitre VIII

    Cependant, continua Armand après une pause, tout en comprenant que
    j'étais encore amoureux, je me sentais plus fort qu'autrefois, et, dans
    mon désir de me retrouver avec Marguerite, il y avait aussi la volonté
    de lui faire voir que je lui étais devenu supérieur.

    Que de routes prend et que de raisons se donne le cœur pour en arriver à
    ce qu'il veut! Aussi, je ne pus rester longtemps dans les corridors, et
    je retournai prendre ma place à l'orchestre, en jetant un coup d'œil
    rapide dans la salle, pour voir dans quelle loge elle était.

    Elle était dans l'avant-scène du rez-de-chaussée, et toute seule. Elle
    était changée, comme je vous l'ai dit, je ne retrouvais plus sur sa
    bouche son sourire indifférent. Elle avait souffert, elle souffrait
    encore.

    Quoiqu'on fût déjà en avril, elle était encore vêtue comme en hiver et
    toute couverte de velours.

    Je la regardais si obstinément que mon regard attira le sien.

    Elle me considéra quelques instants, prit sa lorgnette pour mieux me
    voir, et crut sans doute me reconnaître, sans pouvoir positivement dire
    qui j'étais, car lorsqu'elle reposa sa lorgnette, un sourire, ce
    charmant salut des femmes, erra sur ses lèvres, pour répondre au salut
    qu'elle avait l'air d'attendre de moi; mais je n'y répondis point, comme
    pour prendre barres sur elle et paraître avoir oublié, quand elle se
    souvenait.

    Elle crut s'être trompée et détourna la tête.

    On leva le rideau.

    J'ai vu bien des fois Marguerite au spectacle, je ne l'ai jamais vue
    prêter la moindre attention à ce qu'on jouait.

    Quant à moi, le spectacle m'intéressait aussi fort peu, et je ne
    m'occupais que d'elle, mais en faisant tous mes efforts pour qu'elle ne
    s'en aperçût pas.

    Je la vis ainsi échanger des regards avec la personne occupant la loge
    en face de la sienne; je portai mes yeux sur cette loge, et je reconnus
    dedans une femme avec qui j'étais assez familier.

    Cette femme était une ancienne femme entretenue, qui avait essayé
    d'entrer au théâtre, qui n'y avait pas réussi, et qui, comptant sur ses
    relations avec les élégantes de Paris, s'était mise dans le commerce et
    avait pris un magasin de modes.

    Je vis en elle un moyen de me rencontrer avec Marguerite, et je profitai
    d'un moment où elle regardait de mon côté pour lui dire bonsoir de la
    main et des yeux.

    Ce que j'avais prévu arriva, elle m'appela dans sa loge.

    Prudence Duvernoy, c'était l'heureux nom de la modiste, était une de ces
    grosses femmes de quarante ans avec lesquelles il n'y a pas besoin d'une
    grande diplomatie pour leur faire dire ce que l'on veut savoir, surtout
    quand ce que l'on veut savoir est aussi simple que ce que j'avais à lui
    demander.

    Je profitai d'un moment où elle recommençait ses correspondances avec
    Marguerite pour lui dire:

    –Qui regardez-vous ainsi?

    –Marguerite Gautier.

    –Vous la connaissez?

    –Oui; je suis sa modiste, et elle est ma voisine.

    –Vous demeurez donc rue d'Antin?

    –Nº 7. La fenêtre de son cabinet de toilette donne sur la fenêtre du
    mien.

    –On dit que c'est une charmante fille.

    –Vous ne la connaissez pas?

    –Non, mais je voudrais bien la connaître.

    –Voulez-vous que je lui dise de venir dans notre loge?

    –Non, j'aime mieux que vous me présentiez à elle.

    –Chez elle?

    –Oui.

    –C'est plus difficile.

    –Pourquoi?

    –Parce qu'elle est protégée par un vieux duc très jaloux.

    –Protégée est charmant.

    –Oui, protégée, reprit Prudence. Le pauvre vieux, il serait bien
    embarrassé d'être son amant.

    Prudence me raconta alors comment Marguerite avait fait connaissance du
    duc à Bagnères.

    –C'est pour cela, continuai-je, qu'elle est seule ici?

    –Justement.

    –Mais, qui la reconduira?

    –Lui.

    –Il va donc venir la prendre?

    –Dans un instant.

    –Et vous, qui vous reconduit?

    –Personne.

    –Je m'offre.

    –Mais vous êtes avec un ami, je crois.

    –Nous nous offrons alors.

    –Qu'est-ce que c'est que votre ami?

    –C'est un charmant garçon, fort spirituel, et qui sera enchanté de
    faire votre connaissance.

    –Eh bien, c'est convenu, nous partirons tous les quatre après cette
    pièce, car je connais la dernière.

    –Volontiers, je vais prévenir mon ami.

    –Allez.

    –Ah! me dit Prudence au moment où j'allais sortir, voilà le duc qui
    entre dans la loge de Marguerite.

    Je regardai.

    Un homme de soixante-dix ans, en effet, venait de s'asseoir derrière la
    jeune femme et lui remettait un sac de bonbons dans lequel elle puisa
    aussitôt en souriant, puis elle l'avança sur le devant de sa loge en
    faisant à Prudence un signe qui pouvait se traduire par:

    –En voulez-vous?

    –Non, fit Prudence.

    Marguerite reprit le sac et, se retournant, se mit à causer avec le duc.

    Le récit de tous ces détails ressemble à de l'enfantillage, mais tout ce
    qui avait rapport à cette fille est si présent à ma mémoire, que je ne
    puis m'empêcher de le rappeler aujourd'hui.

    Je descendis prévenir Gaston de ce que je venais d'arranger pour lui et
    pour moi.

    Il accepta.

    Nous quittâmes nos stalles pour monter dans la loge de Madame Duvernoy.

    À peine avions-nous ouvert la porte des orchestres que nous fûmes forcés
    de nous arrêter pour laisser passer Marguerite et le duc qui s'en
    allaient.

    J'aurais donné dix ans de ma vie pour être à la place de ce vieux
    bonhomme.

    Arrivé sur le boulevard, il lui fit prendre place dans un phaéton qu'il
    conduisait lui-même, et ils disparurent emportés au trot de deux
    superbes chevaux.

    Nous entrâmes dans la loge de Prudence.

    Quand la pièce fut finie, nous descendîmes prendre un simple fiacre qui
    nous conduisit rue d'Antin, nº 7. A la porte de sa maison, Prudence nous
    offrit de monter chez elle pour nous faire voir ses magasins que nous ne
    connaissions pas et dont elle paraissait être très fière. Vous jugez
    avec quel empressement j'acceptai.

    Il me semblait que je me rapprochais peu à peu de Marguerite. J'eus
    bientôt fait retomber la conversation sur elle.

    –Le vieux duc est chez votre voisine? dis-je à Prudence.

    –Non pas; elle doit être seule.

    –Mais elle va s'ennuyer horriblement, dit Gaston.

    –Nous passons presque toutes nos soirées ensemble, ou, lorsqu'elle
    rentre, elle m'appelle. Elle ne se couche jamais avant deux heures du
    matin. Elle ne peut pas dormir plus tôt.

    –Pourquoi?

    –Parce qu'elle est malade de la poitrine et qu'elle a presque toujours
    la fièvre.

    –Elle n'a pas d'amants? demandai-je.

    –Je ne vois jamais personne rester quand je m'en vais; mais je ne
    réponds pas qu'il ne vient personne quand je suis partie; souvent je
    rencontre chez elle, le soir, un certain comte de N… qui croit avancer
    ses affaires en faisant ses visites à onze heures, en lui envoyant des
    bijoux tant qu'elle en veut; mais elle ne peut pas le voir en peinture.
    Elle a tort, c'est un garçon très riche. J'ai beau lui dire de temps en
    temps: ma chère enfant, c'est l'homme qu'il vous faut! Elle qui m'écoute
    assez ordinairement, elle me tourne le dos et me répond qu'il est trop
    bête. Qu'il soit bête, j'en conviens; mais ce serait pour elle une
    position, tandis que ce vieux duc peut mourir d'un jour à l'autre. Les
    vieillards sont égoïstes; sa famille lui reproche sans cesse son
    affection pour Marguerite: voilà deux raisons pour qu'il ne lui laisse
    rien. Je lui fais de la morale, à laquelle elle répond qu'il sera
    toujours temps de prendre le comte à la mort du duc.

    «Cela n'est pas toujours drôle, continua Prudence, de vivre comme elle
    vit. Je sais bien, moi, que cela ne m'irait pas et que j'enverrais bien
    vite promener le bonhomme. Il est insipide, ce vieux; il l'appelle sa
    fille, il a soin d'elle comme d'un enfant, il est toujours sur son dos.
    Je suis sûre qu'à cette heure un de ses domestiques rôde dans la rue
    pour voir qui sort, et surtout qui entre.

    –Ah! cette pauvre Marguerite! dit Gaston en se mettant au piano et en
    jouant une valse, je ne savais pas cela, moi. Cependant je lui trouvais
    l'air moins gai depuis quelque temps.

    –Chut! dit Prudence en prêtant l'oreille.

    Gaston s'arrêta.

    –Elle m'appelle, je crois.

    Nous écoutâmes.

    En effet, une voix appelait Prudence.

    –Allons, messieurs, allez-vous-en, nous dit madame Duvernoy.

    –Ah! c'est comme cela que vous entendez l'hospitalité, dit Gaston en
    riant, nous nous en irons quand bon nous semblera.

    –Pourquoi nous en irions-nous?

    –Je vais chez Marguerite.

    –Nous attendrons ici.

    –Cela ne se peut pas.

    –Alors, nous irons avec vous.

    –Encore moins.

    –Je connais Marguerite, moi, fit Gaston, je puis bien aller lui faire
    une visite.

    –Mais Armand ne la connaît pas.

    –Je le présenterai.

    –C'est impossible.

    Nous entendîmes de nouveau la voix de Marguerite appelant toujours
    Prudence. Celle-ci courut à son cabinet de toilette. Je l'y suivis avec
    Gaston. Elle ouvrit la fenêtre.

    Nous nous cachâmes de façon à ne pas être vus du dehors.

    –Il y a dix minutes que je vous appelle, dit Marguerite de sa fenêtre
    et d'un ton presque impérieux.

    –Que me voulez-vous?

    –Je veux que vous veniez tout de suite.

    –Pourquoi?

    –Parce que le comte de N… est encore là et qu'il m'ennuie à périr.

    –Je ne peux pas maintenant.

    –Qui vous en empêche?

    –J'ai chez moi deux jeunes gens qui ne veulent pas s'en aller.

    –Dites-leur qu'il faut que vous sortiez.

    –Je le leur ai dit.

    –Eh bien, laissez-les chez vous; quand ils vous verront sortie, ils
    s'en iront.

    –Après avoir mis tout sens dessus dessous!

    –Mais qu'est-ce qu'ils veulent?

    –Ils veulent vous voir.

    –Comment se nomment-ils?

    –Vous en connaissez un, M. Gaston R…

    –Ah! oui, je le connais; et l'autre?

    –M Armand Duval. Vous ne le connaissez pas?

    –Non; mais amenez-les toujours, j'aime mieux tout que le comte. Je vous
    attends, venez vite.

    Marguerite referma sa fenêtre, Prudence la sienne.

    Marguerite, qui s'était un instant rappelé mon visage, ne se rappelait
    pas mon nom. J'aurais mieux aimé un souvenir à mon désavantage que cet
    oubli.

    –Je savais bien, dit Gaston, qu'elle serait enchantée de nous voir.

    –Enchantée n'est pas le mot, répondit Prudence en mettant son châle et
    son chapeau, elle vous reçoit pour faire partir le comte. Tâchez d'être
    plus aimables que lui, ou, je connais Marguerite, elle se brouillera
    avec moi.

    Nous suivîmes Prudence qui descendait.

    Je tremblais; il me semblait que cette visite allait avoir une grande
    influence sur ma vie.

    J'étais encore plus ému que le soir de ma présentation dans la loge de
    l'Opéra-Comique.

    En arrivant à la porte de l'appartement que vous connaissez, le cœur me
    battait si fort que la pensée m'échappait.

    Quelques accords de piano arrivaient jusqu'à nous.

    Prudence sonna.

    Le piano se tut.

    Une femme qui avait plutôt l'air d'une dame de compagnie que d'une femme
    de chambre vint nous ouvrir.

    Nous passâmes dans le salon, du salon dans le boudoir, qui était à cette
    époque ce que vous l'avez vu depuis.

    Un jeune homme était appuyé contre la cheminée.

    Marguerite, assise devant son piano, laissait courir ses doigts sur les
    touches, et commençait des morceaux qu'elle n'achevait pas.

    L'aspect de cette scène était l'ennui, résultant pour l'homme de
    l'embarras de sa nullité, pour la femme de la visite de ce lugubre
    personnage.

  • La Chartreuse De Parme

    La Chartreuse De Parme

    Aproximadamente 194.827 palavras.

    Bientôt les jours de courrier firent événement pour la comtesse; ces
    courriers apportaient des fleurs, des fruits, de petits cadeaux sans
    valeur, mais qui l’amusaient ainsi que sa belle-sœur. Le souvenir
    du comte se mêlait à l’idée de son grand pouvoir; la comtesse était
    devenue curieuse de tout ce qu’on disait de lui, les libéraux eux-mêmes
    rendaient hommage à ses talents. La principale source de mauvaise
    réputation pour le comte, c’est qu’il passait pour le chef du parti
    ultra à la cour de Parme, et que le parti libéral avait à sa tête une
    intrigante capable de tout, et même de réussir, la marquise Raversi,
    immensément riche. Le prince était fort attentif à ne pas décourager
    celui des deux partis qui n’était pas au pouvoir; il savait bien qu’il
    serait toujours le maître, même avec un ministère pris dans le salon
    de Mme Raversi. On donnait à Grianta mille détails sur ces intrigues;
    l’absence de Mosca, que tout le monde peignait comme un ministre du
    premier talent et un homme d’action, permettait de ne plus songer aux
    cheveux poudrés, symbole de tout ce qui est lent et triste, c’était
    un détail sans conséquence, une des obligations de la cour, où il
    jouait d’ailleurs un si beau rôle. «Une cour, c’est ridicule, disait la
    comtesse à la marquise, mais c’est amusant; c’est un jeu qui intéresse,
    mais dont il faut accepter les règles. Qui s’est jamais avisé de se
    récrier contre le ridicule des règles du whist? Et pourtant une fois
    qu’on s’est accoutumé aux règles, il est agréable de faire l’adversaire
    repic et capot.»

    La comtesse pensait souvent à l’auteur de tant de lettres aimables. Le
    jour où elle les recevait était agréable pour elle; elle prenait sa
    barque et allait les lire dans les beaux sites du lac, à la Pliniana,
    à Bélan, au bois des Sfondrata. Ces lettres semblaient la consoler un
    peu de l’absence de Fabrice. Elle ne pouvait du moins refuser au comte
    d’être fort amoureux; un mois ne s’était pas écoulé, qu’elle songeait à
    lui avec une amitié tendre. De son côté, le comte Mosca était presque
    de bonne foi quand il lui offrait de donner sa démission, de quitter le
    ministère, et de venir passer sa vie avec elle à Milan ou ailleurs.

    –J’ai 400 000 francs, ajoutait-il, ce qui nous fera toujours 15 000
    livres de rente.

    «De nouveau une loge, des chevaux! etc.», se disait la comtesse,
    c’étaient des rêves aimables. Les sublimes beautés des aspects du lac
    de Côme recommençaient à la charmer. Elle allait rêver sur ses bords à
    ce retour de vie brillante et singulière qui, contre toute apparence,
    redevenait possible pour elle. Elle se voyait sur le Corso, à Milan,
    heureuse et gaie comme au temps du vice-roi.

    «La jeunesse, ou du moins la vie active recommencerait pour moi!»

    Quelquefois son imagination ardente lui cachait les choses, mais jamais
    avec elle il n’y avait de ces illusions volontaires que donne la
    lâcheté. C’était surtout une femme de bonne foi avec elle-même. «Si je
    suis un peu trop âgée pour faire des folies, se disait-elle, l’envie,
    qui se fait des illusions comme l’amour, peut empoisonner pour moi le
    séjour de Milan. Après la mort de mon mari, ma pauvreté noble eut du
    succès, ainsi que le refus de deux grandes fortunes. Mon pauvre petit
    comte Mosca n’a pas la vingtième partie de l’opulence que mettaient à
    mes pieds ces deux nigauds Limercati et Nani. La chétive pension de
    veuve péniblement obtenue, les gens congédiés, ce qui eut de l’éclat,
    la petite chambre au cinquième qui amenait vingt carrosses à la porte,
    tout cela forma jadis un spectacle singulier. Mais j’aurai des moments
    désagréables, quelque adresse que j’y mette, si, ne possédant toujours
    pour fortune que la pension de veuve, je reviens vivre à Milan avec
    la bonne petite aisance bourgeoise que peuvent nous donner les 15
    000 livres qui resteront à Mosca après sa démission. Une puissante
    objection, dont l’envie se fera une arme terrible, c’est que le comte,
    quoique séparé de sa femme depuis longtemps, est marié. Cette séparation
    se sait à Parme, mais à Milan elle sera nouvelle, et on me l’attribuera.
    Ainsi, mon beau théâtre de la Scala, mon divin lac de Côme… adieu!
    adieu!»

    Malgré toutes ces prévisions, si la comtesse avait eu la moindre
    fortune, elle eût accepté l’offre de la démission de Mosca. Elle se
    croyait une femme âgée, et la cour lui faisait peur; mais, ce qui
    paraîtra de la dernière invraisemblance de ce côté-ci des Alpes, c’est
    que le comte eût donné cette démission avec bonheur. C’est du moins
    ce qu’il parvint à persuader à son amie. Dans toutes ses lettres il
    sollicitait avec une folie toujours croissante une seconde entrevue à
    Milan, on la lui accorda.

    –Vous jurer que j’ai pour vous une passion folle, lui disait la
    comtesse, un jour à Milan, ce serait mentir; je serais trop heureuse
    d’aimer aujourd’hui, à trente ans passés, comme jadis j’aimais à
    vingt-deux! Mais j’ai vu tomber tant de choses que j’avais crues
    éternelles! J’ai pour vous la plus tendre amitié, je vous accorde une
    confiance sans bornes, et de tous les hommes, vous êtes celui que je
    préfère.

    La comtesse se croyait parfaitement sincère, pourtant vers la fin,
    cette déclaration contenait un petit mensonge. Peut-être, si Fabrice
    l’eût voulu, il l’eût emporté sur tout dans son cœur. Mais Fabrice
    n’était qu’un enfant aux yeux du comte Mosca; celui-ci arriva à Milan
    trois jours après le départ du jeune étourdi pour Novare, et il se hâta
    d’aller parler en sa faveur au baron Binder. Le comte pensa que l’exil
    était une affaire sans remède.

    Il n’était point arrivé seul à Milan, il avait dans sa voiture le duc
    Sanseverina-Taxis, joli petit vieillard de soixante-huit ans, gris
    pommelé, bien poli, bien propre, immensément riche, mais pas assez
    noble. C’était son grand-père seulement qui avait amassé des millions
    par le métier de fermier général des revenus de l’Etat de Parme. Son
    père s’était fait nommer ambassadeur du prince de Parme à la cour de
    ***, à la suite du raisonnement que voici:

    –Votre Altesse accorde 30 000 francs à son envoyé à la cour de ***,
    lequel y fait une figure fort médiocre. Si elle daigne me donner cette
    place, j’accepterai 6 000 francs d’appointements. Ma dépense à la
    cour de *** ne sera jamais au-dessous de 100 000 francs par an et mon
    intendant remettra chaque année 20 000 francs à la caisse des affaires
    étrangères à Parme. Avec cette somme, l’on pourra placer auprès de
    moi tel secrétaire d’ambassade que l’on voudra, et je ne me montrerai
    nullement jaloux des secrets diplomatiques, s’il y en a. Mon but est de
    donner de l’éclat à ma maison nouvelle encore, et de l’illustrer par une
    des grandes charges du pays.

    Le duc actuel, fils de cet ambassadeur, avait eu la gaucherie de se
    montrer à demi libéral, et, depuis deux ans, il était au désespoir.
    Du temps de Napoléon, il avait perdu deux ou trois millions par
    son obstination à rester à l’étranger, et toutefois, depuis le
    rétablissement de l’ordre en Europe, il n’avait pu obtenir un certain
    grand cordon qui ornait le portrait de son père; l’absence de ce cordon
    le faisait dépérir.

    Au point d’intimité qui suit l’amour en Italie, il n’y avait plus
    d’objection de vanité entre les deux amants. Ce fut donc avec la plus
    parfaite simplicité que Mosca dit à la femme qu’il adorait:

    –J’ai deux ou trois plans de conduite à vous offrir, tous assez bien
    combinés; je ne rêve qu’à cela depuis trois mois.

    «1º Je donne ma démission, et nous vivons en bons bourgeois à Milan, à
    Florence, à Naples, où vous voudrez. Nous avons quinze mille livres de
    rente, indépendamment des bienfaits du prince qui dureront plus ou moins.

    «2º Vous daignez venir dans le pays où je puis quelque chose, vous
    achetez une terre, Sacca, par exemple, maison charmante, au milieu d’une
    forêt, dominant le cours du Pô, vous pouvez avoir le contrat de vente
    signé d’ici à huit jours. Le prince vous attache à sa cour. Mais ici
    se présente une immense objection. On vous recevra bien à cette cour;
    personne ne s’aviserait de broncher devant moi; d’ailleurs la princesse
    se croit malheureuse, et je viens de lui rendre des services à votre
    intention. Mais je vous rappellerai une objection capitale: le prince
    est parfaitement dévot, et comme vous le savez encore, la fatalité veut
    que je sois marié. De là un million de désagréments de détail. Vous êtes
    veuve, c’est un beau titre qu’il faudrait échanger contre un autre, et
    ceci fait l’objet de ma troisième proposition.

    «On pourrait trouver un nouveau mari point gênant. Mais d’abord il le
    faudrait fort avancé en âge, car pourquoi me refuseriez-vous l’espoir
    de le remplacer un jour? Eh bien? j’ai conclu cette affaire singulière
    avec le duc Sanseverina-Taxis, qui, bien entendu, ne sait pas le nom
    de la future duchesse. Il sait seulement qu’elle le fera ambassadeur
    et lui donnera un grand cordon qu’avait son père, et dont l’absence le
    rend le plus infortuné des mortels. A cela près, ce duc n’est point
    trop imbécile; il fait venir de Paris ses habits et ses perruques. Ce
    n’est nullement un homme à méchancetés pour pensées d’avance, il croit
    sérieusement que l’honneur consiste à avoir un cordon, et il a honte de
    son bien. Il vint il y a un an me proposer de fonder un hôpital pour
    gagner ce cordon; je me moquai de lui, mais il ne s’est point moqué de
    moi quand je lui ai proposé un mariage; ma première condition a été,
    bien entendu, que jamais il ne remettrait le pied dans Parme.

    –Mais savez-vous que ce que vous me proposez là est fort immoral? dit
    la comtesse.

    –Pas plus immoral que tout ce qu’on fait à notre cour et dans vingt
    autres. Le pouvoir absolu à cela de commode qu’il sanctifie tout aux
    yeux des peuples; or, qu’est-ce qu’un ridicule que personne n’aperçoit?
    Notre politique, pendant vingt ans, va consister à avoir peur des
    jacobins, et quelle peur! Chaque année nous nous croirons à la veille
    de 93. Vous entendrez, j’espère, les phrases que je fais là-dessus à
    mes réceptions! C’est beau! Tout ce qui pourra diminuer un peu cette
    peur sera souverainement moral aux yeux des nobles et des dévots. Or, à
    Parme, tout ce qui n’est pas noble ou dévot est en prison, ou fait ses
    paquets pour y entrer; soyez bien convaincue que ce mariage ne semblera
    singulier chez nous que du jour où je serai disgracié. Cet arrangement
    n’est une friponnerie envers personne, voilà l’essentiel, ce me semble.
    Le prince, de la faveur duquel nous faisons métier et marchandise, n’a
    mis qu’une condition à son consentement, c’est que la future duchesse
    fût née noble. L’an passé, ma place, tout calculé, m’a valu cent sept
    mille francs; mon revenu a dû être au total de cent vingt-deux mille;
    j’en ai placé vingt mille à Lyon. Eh bien! choisissez: 1º une grande
    existence basée sur cent vingt-deux mille francs à dépenser, qui, à
    Parme, font au moins comme quatre cent mille à Milan; mais avec ce
    mariage qui vous donne le nom d’un homme passable et que vous ne verrez
    jamais qu’à l’autel, 2º ou bien la petite vie bourgeoise avec quinze
    mille francs à Florence ou à Naples, car je suis de votre avis, on vous
    a trop admirée à Milan; l’envie nous y persécuterait, et peut-être
    parviendrait-elle à nous donner de l’humeur. La grande existence à Parme
    aura, je l’espère, quelques nuances de nouveauté, même à vos yeux qui
    ont vu la cour du prince Eugène; il serait sage de la connaître avant de
    s’en fermer la porte. Ne croyez pas que je cherche à influencer votre
    opinion. Quant à moi, mon choix est bien arrêté: j’aime mieux vivre
    dans un quatrième étage avec vous que de continuer seul cette grande
    existence.

    La possibilité de cet étrange mariage fut débattue chaque jour
    entre les deux amants. La comtesse vit au bal de la Scala le duc
    Sanseverina-Taxis qui lui sembla fort présentable. Dans une de leurs
    dernières conversations, Mosca résumait ainsi sa proposition: il faut
    prendre un parti décisif, si nous voulons passer le reste de notre vie
    d’une façon allègre et n’être pas vieux avant le temps. Le prince a
    donné son approbation; Sanseverina est un personnage plutôt bien que
    mal; il possède le plus beau palais de Parme et une fortune sans bornes;
    il a soixante-huit ans et une passion folle pour le grand cordon; mais
    une grande tache gâte sa vie, il acheta jadis dix mille francs un buste
    de Napoléon par Canova. Son second péché qui le fera mourir, si vous
    ne venez pas à son secours, c’est d’avoir prêté vingt-cinq napoléons à
    Ferrante Palla, un fou de notre pays, mais quelque peu homme de génie,
    que depuis nous avons condamné à mort, heureusement par contumace. Ce
    Ferrante a fait deux cents vers en sa vie, dont rien n’approche; je
    vous les réciterai, c’est aussi beau que le Dante. Le prince envoie
    Sanseverina à la cour de ***, il vous épouse le jour de son départ,
    et la seconde année de son voyage, qu’il appellera une ambassade, il
    reçoit ce cordon de *** sans lequel il ne peut vivre. Vous aurez en lui
    un frère qui ne sera nullement désagréable, il signe d’avance tous les
    papiers que je veux, et d’ailleurs vous le verrez peu ou jamais, comme
    il vous conviendra. Il ne demande pas mieux que de ne point se montrer à
    Parme où son grand-père fermier et son prétendu libéralisme le gênent.
    Rassi, notre bourreau, prétend que le duc a été abonné en secret au
    <i>Constitutionnel</i> par l’intermédiaire de Ferrante Pella le poète, et
    cette calomnie a fait longtemps obstacle sérieux au consentement du
    prince.

    Pourquoi l’historien qui suit fidèlement les moindres détails du récit
    qu’on lui a fait serait-il coupable? Est-ce sa faute si les personnages,
    séduits par des passions qu’il ne partage point, malheureusement pour
    lui, tombent dans des actions profondément immorales? Il est vrai que
    des choses de cette sorte ne se font plus dans un pays où l’unique
    passion survivante à toutes les autres est l’argent, moyen de vanité.

    Trois mois après les événements racontés jusqu’ici, la duchesse
    Sanseverina-Taxis étonnait la cour de Parme par son amabilité facile
    et par la noble sérénité de son esprit; sa maison fut sans comparaison
    la plus agréable de la ville. C’est ce que le comte Mosca avait promis
    à son maître. Ranuce-Ernest IV, le prince régnant, et la princesse sa
    femme, auxquels elle fut présentée par deux des plus grandes dames
    du pays, lui firent un accueil fort distingué. La duchesse était
    curieuse de voir ce prince maître du sort de l’homme qu’elle aimait,
    elle voulut lui plaire et y réussit trop. Elle trouva un homme d’une
    taille élevée, mais un peu épaisse; ses cheveux, ses moustaches, ses
    énormes favoris étaient d’un beau blond selon ses courtisans; ailleurs
    ils eussent provoqué, par leur couleur effacée, le mot ignoble de
    <i>filasse</i>. Au milieu d’un gros visage s’élevait fort peu un tout petit
    nez presque féminin. Mais la duchesse remarqua que pour apercevoir tous
    ces motifs de laideur, il fallait chercher à détailler les traits du
    prince. Au total, il avait l’air d’un homme d’esprit et d’un caractère
    ferme. Le port du prince, sa manière de se tenir n’étaient point sans
    majesté, mais souvent il voulait imposer à son interlocuteur; alors il
    s’embarrassait lui-même et tombait dans un balancement d’une jambe à
    l’autre presque continuel. Du reste, Ernest IV avait un regard pénétrant
    et dominateur; les gestes de ses bras avaient de la noblesse, et ses
    paroles étaient à la fois mesurées et concises.

    Mosca avait prévenu la duchesse que le prince avait, dans le grand
    cabinet où il recevait en audience, un portrait en pied de Louis XIV,
    et une table fort belle descagliola de Florence. Elle trouva que
    l’imitation était frappante; évidemment il cherchait le regard et la
    parole noble de Louis XIV, et il s’appuyait sur la table descagliola,
    de façon à se donner la tournure de Joseph II. Il s’assit aussitôt
    après les premières paroles adressées par lui à la duchesse, afin de
    lui donner l’occasion de faire usage du tabouret qui appartenait à son
    rang. A cette cour, les duchesses, les princesses et les femmes des
    grands d’Espagne s’assoient seules; les autres femmes attendent que le
    prince ou la princesse les y engagent; et, pour marquer la différence
    des rangs, ces personnes augustes ont toujours soin de laisser passer un
    petit intervalle avant de convier les dames non duchesses à s’asseoir.
    La duchesse trouva qu’en de certains moments l’imitation de Louis XIV
    était un peu trop marquée chez le prince; par exemple, dans sa façon de
    sourire avec bonté tout en renversant la tête.

    Ernest IV portait un frac à la mode arrivant de Paris; on lui envoyait
    tous les mois de cette ville, qu’il abhorrait, un frac, une redingote
    et un chapeau. Mais, par un bizarre mélange de costumes, le jour où la
    duchesse fut reçue il avait pris une culotte rouge, des bas de soie et
    des souliers fort couverts, dont on peut trouver les modèles dans les
    portraits de Joseph II.

    Il reçut Mme Sanseverina avec grâce; il lui dit des choses spirituelles
    et fines; mais elle remarqua fort bien qu’il n’y avait pas excès dans la
    bonne réception.

    –Savez-vous pourquoi? lui dit le comte Mosca au retour de l’audience,
    c’est que Milan est une ville plus grande et plus belle que Parme. Il
    eût craint, en vous faisant l’accueil auquel je m’attendais et qu’il
    m’avait fait espérer, d’avoir l’air d’un provincial en extase devant
    les grâces d’une belle dame arrivant de la capitale. Sans doute aussi
    il est encore contrarié d’une particularité que je n’ose vous dire: le
    prince ne voit à sa cour aucune femme qui puisse vous le disputer en
    beauté. Tel a été hier soir, à son petit coucher, l’unique sujet de son
    entretien avec Pernice, son premier valet de chambre, qui a des bontés
    pour moi. Je prévois une petite révolution dans l’étiquette; mon plus
    grand ennemi à cette cour est un sot qu’on appelle le général Fabio
    Conti. Figurez-vous un original qui a été à la guerre un jour peut-être
    en sa vie, et qui part de là pour imiter la tenue de Frédéric le Grand.
    De plus, il tient aussi à reproduire l’affabilité noble du général
    Lafayette, et cela parce qu’il est ici le chef du parti libéral. (Dieu
    sait quels libéraux!)

    –Je connais le Fabio Conti, dit la duchesse; j’en ai eu la vision près
    de Côme; il se disputait avec la gendarmerie.

    Elle raconta la petite aventure dont le lecteur se souvient peut-être.

    –Vous saurez un jour, madame, si votre esprit parvient jamais à se
    pénétrer des profondeurs de notre étiquette, que les demoiselles ne
    paraissent à la cour qu’après leur mariage. Eh bien, le prince a pour la
    supériorité de sa ville de Parme sur toutes les autres un patriotisme
    tellement brûlant, que je parierais qu’il va trouver un moyen de se
    faire présenter la petite Clélia Conti, fille de notre Lafayette. Elle
    est ma foi charmante, et passait encore, il y a huit jours, pour la plus
    belle personne des Etats du prince.

    «Je ne sais, continua le comte, si les horreurs que les ennemis du
    souverain ont publiées sur son compte sont arrivées jusqu’au château
    de Grianta; on en a fait un monstre, un ogre. Le fait est qu’Ernest
    IV avait tout plein de bonnes petites vertus, et l’on peut ajouter
    que, s’il eût été invulnérable comme Achille, il eût continué à être
    le modèle des potentats. Mais dans un moment d’ennui et de colère, et
    aussi un peu pour imiter Louis XIV faisant couper la tête à je ne sais
    quel héros de la Fronde que l’on découvrit vivant tranquillement et
    insolemment dans une terre à côté de Versailles, cinquante ans après la
    Fronde, Ernest IV a fait pendre un jour deux libéraux. Il paraît que ces
    imprudents se réunissaient à jour fixe pour dire du mal du prince et
    adresser au ciel des vœux ardents, afin que la peste pût venir à Parme,
    et les délivrer du tyran. Le mot <i>tyran</i> a été prouvé. Rassi appela cela
    conspirer; il les fit condamner à mort, et l’exécution de l’un d’eux,
    le comte L…, fut atroce. Ceci se passait avant moi. Depuis ce moment
    fatal, ajouta le comte en baissant la voix, le prince est sujet à des
    accès de peur indignes d’un homme, mais qui sont la source unique de
    la faveur dont je jouis. Sans la peur souveraine, j’aurais un genre de
    mérite trop brusque, trop âpre pour cette cour, où l’imbécile foisonne.
    Croiriez-vous que le prince regarde sous les lits de son appartement
    avant de se coucher, et dépense un million, ce qui à Parme est comme
    quatre millions à Milan, pour avoir une bonne police, et vous voyez
    devant vous, madame la duchesse, le chef de cette police terrible. Par
    la police, c’est-à-dire par la peur, je suis devenu ministre de la
    guerre et des finances; et comme le ministre de l’Intérieur est mon chef
    nominal, en tant qu’il a la police dans ses attributions, j’ai fait
    donner ce portefeuille au comte Zurla-Contarini, un imbécile bourreau
    de travail, qui se donne le plaisir d’écrire quatre-vingts lettres
    chaque jour. Je viens d’en recevoir une ce matin sur laquelle le comte
    Zurla-Contarini a eu la satisfaction d’écrire de sa propre main le
    numéro 20 715.

    La duchesse Sanseverina fut présentée à la triste princesse de Parme
    Clara-Paolina, qui, parce que son mari avait une maîtresse (une assez
    jolie femme, la marquise Balbi), se croyait la plus malheureuse personne
    de l’univers, ce qui l’en avait rendue peut-être la plus ennuyeuse.
    La duchesse trouva une femme fort grande et fort maigre, qui n’avait
    pas trente-six ans et en paraissait cinquante. Une figure régulière et
    noble eût pu passer pour belle, quoique un peu déparée par de gros yeux
    ronds qui n’y voyaient guère, si la princesse ne se fût pas abandonnée
    elle-même. Elle reçut la duchesse avec une timidité si marquée, que
    quelques courtisans ennemis du comte Mosca osèrent dire que la princesse
    avait l’air de la femme qu’on présente, et la duchesse de la souveraine.
    La duchesse, surprise et presque déconcertée, ne savait où trouver des
    termes pour se mettre à une place inférieure à celle que la princesse
    se donnait à elle-même. Pour rendre quelque sang-froid à cette pauvre
    princesse, qui au fond ne manquait point d’esprit, la duchesse ne trouva
    rien de mieux que d’entamer et de faire durer une longue dissertation
    sur la botanique. La princesse était réellement savante en ce genre;
    elle avait de fort belles serres avec force plantes des tropiques. La
    duchesse, en cherchant tout simplement à se tirer d’embarras, fit à
    jamais la conquête de la princesse Clara-Paolina, qui, de timide et
    d’interdite qu’elle avait été au commencement de l’audience, se trouva
    vers la fin tellement à son aise, que, contre toutes les règles de
    l’étiquette, cette première audience ne dura pas moins de cinq quarts
    d’heure. Le lendemain, la duchesse fit acheter des plantes exotiques, et
    se porta pour grand amateur de botanique.

    La princesse passait sa vie avec le vénérable père Landriani, archevêque
    de Parme, homme de science, homme d’esprit même, et parfaitement honnête
    homme, mais qui offrait un singulier spectacle quand il était assis
    dans sa chaise de velours cramoisi (c’était le droit de sa place),
    vis-à-vis le fauteuil de la princesse, entourée de ses dames d’honneur
    et de ses deux dames pour accompagner. Le vieux prélat en longs cheveux
    blancs était encore plus timide, s’il se peut, que la princesse; ils se
    voyaient tous les jours, et toutes les audiences commençaient par un
    silence d’un gros quart d’heure. C’est au point que la comtesse Alvizi,
    une des dames pour accompagner, était devenue une sorte de favorite,
    parce qu’elle avait l’art de les encourager à se parler et de les faire
    rompre le silence.

    Pour terminer le cours de ses présentations, la duchesse fut admise chez
    S.A.S. le prince héréditaire, personnage d’une plus haute taille que
    son père, et plus timide que sa mère. Il était fort en minéralogie, et
    avait seize ans. Il rougit excessivement en voyant entrer la duchesse,
    et fut tellement désorienté, que jamais il ne put inventer un mot à dire
    à cette belle dame. Il était fort bel homme, et passait sa vie dans
    les bois un marteau à la main. Au moment où la duchesse se levait pour
    mettre fin à cette audience silencieuse:

    –Mon Dieu! madame, que vous êtes jolie! s’écria le prince héréditaire,
    ce qui ne fut pas trouvé de trop mauvais goût par la dame présentée.

    La marquise Balbi, jeune femme de vingt-cinq ans, pouvait encore passer
    pour le plus parfait modèle du joli italien, deux ou trois ans avant
    l’arrivée de la duchesse Sanseverina à Parme. Maintenant c’étaient
    toujours les plus beaux yeux du monde et les petites mines les plus
    gracieuses; mais, vue de près, sa peau était parsemée d’un nombre infini
    de petites rides fines, qui faisaient de la marquise comme une jeune
    vieille. Aperçue à une certaine distance, par exemple au théâtre, dans
    sa loge, c’était encore une beauté; et les gens du parterre trouvaient
    le prince de fort bon goût. Il passait toutes les soirées chez la
    marquise Balbi, mais souvent sans ouvrir la bouche, et l’ennui où elle
    voyait le prince avait fait tomber cette pauvre femme dans une maigreur
    extraordinaire. Elle prétendait à une finesse sans bornes, et toujours
    souriait avec malice; elle avait les plus belles dents du monde, et
    à tout hasard, n’ayant guère de sens, elle voulait, par un sourire
    malin, faire entendre autre chose que ce que disaient ses paroles.
    Le comte Mosca disait que c’étaient ces sourires continuels, tandis
    qu’elle bâillait intérieurement, qui lui donnaient tant de rides. La
    Balbi entrait dans toutes les affaires, et l’Etat ne faisait pas un
    marché de mille francs, sans qu’il y eût un souvenir pour la marquise
    (c’était le mot honnête à Parme). Le bruit public voulait qu’elle
    eût placé dix millions de francs en Angleterre, mais sa fortune, à
    la vérité de fraîche date, ne s’élevait pas en réalité à quinze cent
    mille francs. C’était pour être à l’abri de ses finesses, et pour
    l’avoir dans sa dépendance, que le comte Mosca s’était fait ministre
    des finances. La seule passion de la marquise était la peur déguisée en
    avarice sordide: Je mourrai sur la paille, disait-elle quelquefois au
    prince que ce propos outrait. La duchesse remarqua que l’antichambre,
    resplendissante de dorures, du palais de la Balbi, était éclairée par
    une seule chandelle coulant sur une table de marbre précieux, et les
    portes de son salon étaient noircies par les doigts des laquais.

    –Elle m’a reçue, dit la duchesse à son ami, comme si elle eût attendu
    de moi une gratification de cinquante francs.

    Le cours des succès de la duchesse fut un peu interrompu par la
    réception que lui fit la femme la plus adroite de la cour, la célèbre
    marquise Raversi, intrigante consommée qui se trouvait à la tête du
    parti opposé à celui du comte Mosca. Elle voulait le renverser, et
    d’autant plus depuis quelques mois, qu’elle était nièce du comte
    Sanseverina, et craignait de voir attaquer l’héritage par les grâces de
    la nouvelle duchesse.

    –La Raversi n’est point une femme à mépriser, disait le comte à son
    amie, je la tiens pour tellement capable de tout que je me suis séparé
    de ma femme uniquement parce qu’elle s’obstinait à prendre pour amant le
    chevalier Bentivoglio, l’un des amis de la Raversi.

    Cette dame, grande virago aux cheveux fort noirs, remarquable par
    les diamants qu’elle portait dès le matin, et par le rouge dont elle
    couvrait ses joues, s’était déclarée d’avance l’ennemie de la duchesse,
    et en la recevant chez elle prit à tâche de commencer la guerre. Le
    duc Sanseverina, dans les lettres qu’il écrivait de ***, paraissait
    tellement enchanté de son ambassade et surtout de l’espoir du grand
    cordon, que sa famille craignait qu’il ne laissât une partie de sa
    fortune à sa femme qu’il accablait de petits cadeaux. La Raversi,
    quoique régulièrement laide, avait pour amant le comte Balbi, le plus
    joli homme de la cour: en général elle réussissait à tout ce qu’elle
    entreprenait.

    La duchesse tenait le plus grand état de maison. Le palais Sanseverina
    avait toujours été un des plus magnifiques de la ville de Parme, et
    le duc, à l’occasion de son ambassade et de son futur grand cordon,
    dépensait de fort grosses sommes pour l’embellir: la duchesse dirigeait
    les réparations.

    Le comte avait deviné juste: peu de jours après la présentation de
    la duchesse, la jeune Clélia Conti vint à la cour, on l’avait faite
    chanoinesse. Afin de parer le coup que cette faveur pouvait avoir l’air
    de porter au crédit du comte, la duchesse donna une fête sous prétexte
    d’inaugurer le jardin de son palais, et, par ses façons pleines de
    grâces, elle fit de Clélia, qu’elle appelait sa jeune amie du lac de
    Côme, la reine de la soirée. Son chiffre se trouva comme par hasard sur
    les principaux transparents. La jeune Clélia, quoique un peu pensive,
    fut aimable dans ses façons de parler de la petite aventure près du lac,
    et de sa vive reconnaissance. On la disait fort dévote et fort amie de
    la solitude.

    –Je parierais, disait le comte, qu’elle a assez d’esprit pour avoir
    honte de son père.

    La duchesse fit son amie de cette jeune fille, elle se sentait de
    l’inclination pour elle; elle ne voulait pas paraître jalouse, et la
    mettait de toutes ses parties de plaisir; enfin son système était de
    chercher à diminuer toutes les haines dont le comte était l’objet.

    Tout souriait à la duchesse; elle s’amusait de cette existence de cour
    où la tempête est toujours à craindre; il lui semblait recommencer la
    vie. Elle était tendrement attachée au comte, qui littéralement était
    fou de bonheur. Cette aimable situation lui avait procuré un sang-froid
    parfait pour tout ce qui ne regardait que ses intérêts d’ambition. Aussi
    deux mois à peine après l’arrivée de la duchesse, il obtint la patente
    et les honneurs de premier ministre, lesquels approchent fort de ceux
    que l’on rend au souverain lui-même. Le comte pouvait tout sur l’esprit
    de son maître, on en eut à Parme une preuve qui frappa tous les esprits.

    Au sud-est, et à dix minutes de la ville, s’élève cette fameuse
    citadelle si renommée en Italie, et dont la grosse tour a cent
    quatre-vingts pieds de haut et s’aperçoit de si loin. Cette tour,
    bâtie sur le modèle du mausolée d’Adrien, à Rome, par les Farnèse,
    petits-fils de Paul III, vers le commencement du XVIe siècle, est
    tellement épaisse, que sur l’esplanade qui la termine on a pu bâtir un
    palais pour le gouverneur de la citadelle et une nouvelle prison appelée
    la tour Farnèse. Cette prison, construite en l’honneur du fils aîné de
    Ranuce-Ernest II, lequel était devenu l’amant aimé de sa belle-mère,
    passe pour belle et singulière dans le pays. La duchesse eut la
    curiosité de la voir; le jour de sa visite, la chaleur était accablante
    à Parme, et là-haut, dans cette position élevée, elle trouva de l’air,
    ce dont elle fut tellement ravie, qu’elle y passa plusieurs heures. On
    s’empressa de lui ouvrir les salles de la tour Farnèse.

    La duchesse rencontra sur l’esplanade de la grosse tour un pauvre
    libéral prisonnier, qui était venu jouir de la demi-heure de promenade
    qu’on lui accordait tous les trois jours. Redescendue à Parme, et
    n’ayant pas encore la discrétion nécessaire dans une cour absolue, elle
    parla de cet homme qui lui avait raconté toute son histoire. Le parti
    de la marquise Raversi s’empara de ces propos de la duchesse et les
    répéta beaucoup, espérant fort qu’ils choqueraient le prince. En effet,
    Ernest IV répétait souvent que l’essentiel était surtout de frapper les
    imaginations.

    –Toujours est un grand mot, disait-il, et plus terrible en Italie
    qu’ailleurs.

    En conséquence, de sa vie il n’avait accordé de grâce. Huit jours après
    sa visite à la forteresse, la duchesse reçut une lettre de commutation
    de peine signée du prince et du ministre, avec le nom en blanc. Le
    prisonnier dont elle écrirait le nom devait obtenir la restitution de
    ses biens, et la permission d’aller passer en Amérique le reste de ses
    jours. La duchesse écrivit le nom de l’homme qui lui avait parlé. Par
    malheur cet homme se trouva un demi-coquin, une âme faible; c’était sur
    ses aveux que le fameux Ferrante Palla avait été condamné à mort.

    La singularité de cette grâce mit le comble à l’agrément de la position
    de Mme Sanseverina. Le comte Mosca était fou de bonheur, ce fut une
    belle époque de sa vie, et elle eut une influence décisive sur les
    destinées de Fabrice. Celui-ci était toujours à Romagnan près de Novare,
    se confessant, chassant, ne lisant point et faisant la cour à une femme
    noble comme le portaient ses instructions. La duchesse était toujours un
    peu choquée de cette dernière nécessité. Un autre signe qui ne valait
    rien pour le comte, c’est qu’étant avec lui de la dernière franchise sur
    tout au monde, et pensant tout haut en sa présence, elle ne lui parlait
    jamais de Fabrice qu’après avoir songé à la tournure de sa phrase.

    –Si vous voulez, lui disait un jour le comte, j’écrirai à cet aimable
    frère que vous avez sur le lac de Côme, et je forcerai bien ce marquis
    del Dongo, avec un peu de peine pour moi et mes amis de ***, à demander
    la grâce de votre aimable Fabrice. S’il est vrai, comme je me garderais
    bien d’en douter, que Fabrice soit un peu au-dessus des jeunes gens qui
    promènent leurs chevaux anglais dans les rues de Milan, quelle vie que
    celle qui à dix-huit ans ne fait rien et a la perspective de ne jamais
    rien faire! Si le ciel lui avait accordé une vraie passion pour quoi
    que ce soit, fût-ce pour la pêche à la ligne, je la respecterais; mais
    que fera-t-il à Milan même après sa grâce obtenue? Il montera un cheval
    qu’il aurait fait venir d’Angleterre à une certaine heure, à une autre
    le désœuvrement le conduira chez sa maîtresse qu’il aimera moins que son
    cheval… Mais si vous m’en donnez l’ordre, je tâcherai de procurer ce
    genre de vie à votre neveu.

    –Je le voudrais officier, dit la duchesse.

    –Conseilleriez-vous à un souverain de confier un poste qui, dans
    un jour donné, peut être de quelque importance à un jeune homme 1º
    susceptible d’enthousiasme; 2º qui a montré de l’enthousiasme pour
    Napoléon, au point d’aller le rejoindre à Waterloo? Songez à ce que
    nous serions tous si Napoléon eût vaincu à Waterloo! Nous n’aurions
    point de libéraux à craindre, il est vrai, mais les souverains des
    anciennes familles ne pourraient régner qu’en épousant les filles de ses
    maréchaux. Ainsi la carrière militaire pour Fabrice, c’est la vie de
    l’écureuil dans la cage qui tourne: beaucoup de mouvement pour n’avancer
    en rien. Il aura le chagrin de se voir primer par tous les dévouements
    plébéiens. La première qualité chez un jeune homme aujourd’hui,
    c’est-à-dire pendant cinquante ans peut-être, tant que nous aurons
    peur et que la religion ne sera point rétablie, c’est de n’être pas
    susceptible d’enthousiasme et de n’avoir pas d’esprit.

    «J’ai pensé à une chose, mais qui va vous faire jeter les hauts cris
    d’abord, et qui me donnera à moi des peines infinies et pendant plus
    d’un jour, c’est une folie que je veux faire pour vous. Mais, dites-moi,
    si vous le savez, quelle folie je ne ferais pas pour obtenir un sourire.

    –Eh bien? dit la duchesse.

    –Eh bien! nous avons eu pour archevêques à Parme trois membres de votre
    famille: Ascagne del Dongo qui a écrit, en 16…, Fabrice en 1699, et
    un second Ascagne en 1740. Si Fabrice veut entrer dans la prélature et
    marquer par des vertus du premier ordre, je le fais évêque quelque part,
    puis archevêque ici, si toutefois mon influence dure. L’objection réelle
    est celle-ci: resterai-je ministre assez longtemps pour réaliser ce beau
    plan qui exige plusieurs années? Le prince peut mourir, il peut avoir le
    mauvais goût de me renvoyer. Mais enfin c’est le seul moyen que j’aie de
    faire pour Fabrice quelque chose qui soit digne de vous.

    On discuta longtemps: cette idée répugnait fort à la duchesse.

    –Reprouvez-moi, dit-elle au comte, que toute autre carrière est
    impossible pour Fabrice.

    Le comte prouva.

    –Vous regrettez, ajouta-t-il, le brillant uniforme; mais à cela je ne
    sais que faire.

    Après un mois que la duchesse avait demandé pour réfléchir, elle se
    rendit en soupirant aux vues sages du ministre.

    –Monter d’un air empesé un cheval anglais dans quelque grande ville,
    répétait le comte, ou prendre un état qui ne jure pas avec sa naissance;
    je ne vois pas de milieu. Par malheur, un gentilhomme ne peut se faire
    ni médecin, ni avocat, et le siècle est aux avocats.

    «Rappelez-vous toujours, madame, répétait le comte, que vous faites à
    votre neveu, sur le pavé de Milan, le sort dont jouissent les jeunes
    gens de son âge qui passent pour les plus fortunés. Sa grâce obtenue,
    vous lui donnez quinze, vingt, trente mille francs; peu vous importe, ni
    vous ni moi ne prétendons faire des économies.

    La duchesse était sensible à la gloire; elle ne voulait pas que Fabrice
    fût un simple mangeur d’argent; elle revint au plan de son amant.

    –Remarquez, lui disait le comte, que je ne prétends pas faire de
    Fabrice un prêtre exemplaire comme vous en voyez tant. Non; c’est un
    grand seigneur avant tout; il pourra rester parfaitement ignorant si
    bon lui semble, et n’en deviendra pas moins évêque et archevêque, si le
    prince continue à me regarder comme un homme utile.

    «Si vos ordres daignent changer ma proposition en décret immuable,
    ajouta le comte, il ne faut point que Parme voie notre protégé dans une
    petite fortune. La sienne choquera, si on l’a vu ici simple prêtre: il
    ne doit paraître à Parme qu’avec les bas violets 5 et dans un équipage
    convenable. Tout le monde alors devinera que votre neveu doit être
    évêque, et personne ne sera choqué.

    «Si vous m’en croyez, vous enverrez Fabrice faire sa théologie, et
    passer trois années à Naples. Pendant les vacances de l’Académie
    ecclésiastique, il ira, s’il veut, voir Paris et Londres; mais il ne se
    montrera jamais à Parme.

    Ce mot donna comme un frisson à la duchesse.

    Elle envoya un courrier à son neveu, et lui donna rendez-vous à
    Plaisance. Faut-il dire que ce courrier était porteur de tous les moyens
    d’argent et de tous les passeports nécessaires?

    Arrivé le premier à Plaisance, Fabrice courut au-devant de la duchesse,
    et l’embrassa avec des transports qui la firent fondre en larmes. Elle
    fut heureuse que le comte ne fût pas présent; depuis leurs amours,
    c’était la première fois qu’elle éprouvait cette sensation.

    Fabrice fut profondément touché, et ensuite affligé des plans que la
    duchesse avait faits pour lui; son espoir avait toujours été que, son
    affaire de Waterloo arrangée, il finirait par être militaire. Une chose
    frappa la duchesse et augmenta encore l’opinion romanesque qu’elle
    s’était formée de son neveu; il refusa absolument de mener la vie de
    café dans une des grandes villes d’Italie.

    –Te vois-tu au corso de Florence ou de Naples, disait la duchesse, avec
    des chevaux anglais de pur sang! Pour le soir, une voiture, un joli
    appartement, etc.

    Elle insistait avec délices sur la description de ce bonheur vulgaire
    qu’elle voyait Fabrice repousser avec dédain. «C’est un héros»,
    pensait-elle.

    –Et après dix ans de cette vie agréable, qu’aurai-je fait? disait
    Fabrice; que serai-je? Un jeune homme mûr qui doit céder le haut du pavé
    au premier bel adolescent qui débute dans le monde, lui aussi sur un
    cheval anglais.

    Fabrice rejeta d’abord bien loin le parti de l’Eglise; il parlait
    d’aller à New York, de se faire citoyen et soldat républicain en
    Amérique.

    –Quelle erreur est la tienne! Tu n’auras pas la guerre, et tu retombes
    dans la vie de café, seulement sans élégance, sans musique, sans amours,
    répliqua la duchesse. Crois-moi, pour toi comme pour moi, ce serait une
    triste vie que celle d’Amérique.

    Elle lui expliqua le culte du dieu dollar, et ce respect qu’il faut
    avoir pour les artisans de la rue, qui par leurs votes décident de tout.
    On revint au parti de l’Eglise.

    –Avant de te gendarmer, lui dit la duchesse, comprends donc ce que le
    comte te demande: il ne s’agit pas du tout d’être un pauvre prêtre plus
    ou moins exemplaire et vertueux, comme l’abbé Blanès. Rappelle-toi ce
    que furent tes oncles les archevêques de Parme; relis les notices sur
    leurs vies, dans le supplément à la généalogie. Avant tout il convient à
    un homme de ton nom d’être un grand seigneur, noble généreux, protecteur
    de la justice, destiné d’avance à se trouver à la tête de son ordre…
    et dans toute sa vie ne faisant qu’une coquinerie, mais celle-là fort
    utile.

    –Ainsi voilà toutes mes illusions à vau-l’eau, disait Fabrice en
    soupirant profondément; le sacrifice est cruel! je l’avoue, je n’avais
    pas réfléchi à cette horreur pour l’enthousiasme et l’esprit, même
    exercés à leur profit, qui désormais va régner parmi les souverains
    absolus.

    –Songe qu’une proclamation, qu’un caprice du cœur précipite l’homme
    enthousiaste dans le parti contraire à celui qu’il a servi toute la vie!

    –Moi enthousiaste! répéta Fabrice; étrange accusation! je ne puis pas
    même être amoureux!

    –Comment? s’écria la duchesse.

    –Quand j’ai l’honneur de faire la cour à une beauté, même de bonne
    naissance, et dévote, je ne puis penser à elle que quand je la vois.

    Cet aveu fit une étrange impression sur la duchesse.

    –Je te demande un mois, reprit Fabrice, pour prendre congé de Mme C. de
    Novare et, ce qui est encore plus difficile, des châteaux en Espagne de
    toute ma vie. J’écrirai à ma mère, qui sera assez bonne pour venir me
    voir à Belgirate, sur la rive piémontaise du lac Majeur, et le trente et
    unième jour après celui-ci, je serai incognito dans Parme.

    –Garde-t’en bien! s’écria la duchesse.

    Elle ne voulait pas que le comte Mosca la vît parler à Fabrice.

    Les mêmes personnages se revirent à Plaisance; la duchesse cette fois
    était fort agitée; un orage s’était élevé à la cour, le parti de la
    marquise Raversi touchait au triomphe; il était possible que le comte
    Mosca fût remplacé par le général Fabio Conti, chef de ce qu’on appelait
    à Parme le parti libéral. Excepté le nom du rival qui croissait dans
    la faveur du prince, la duchesse dit tout à Fabrice. Elle discuta de
    nouveau les chances de son avenir, même avec la perspective de manquer
    de la toute-puissante protection du comte.

    –Je vais passer trois ans à l’Académie ecclésiastique de Naples,
    s’écria Fabrice; mais puisque je dois être avant tout un jeune
    gentilhomme, et que tu ne m’astreins pas à mener la vie sévère d’un
    séminariste vertueux, ce séjour à Naples ne m’effraie nullement, cette
    vie-là vaudra bien celle de Romagnano; la bonne compagnie de l’endroit
    commençait à me trouver jacobin. Dans mon exil j’ai découvert que je ne
    sais rien, pas même le latin, pas même l’orthographe. J’avais le projet
    de refaire mon éducation à Novare, j’étudierai volontiers la théologie à
    Naples: c’est une science compliquée.

    La duchesse fut ravie.

    –Si nous sommes chassés, lui dit-elle, nous irons te voir à Naples.
    Mais puisque tu acceptes jusqu’à nouvel ordre le parti des bas violets,
    le comte, qui connaît bien l’Italie actuelle, m’a chargé d’une idée
    pour toi. Crois ou ne crois pas à ce qu’on t’enseignera, mais ne fais
    jamais aucune objection. Figure-toi qu’on t’enseigne les règles du jeu
    de whist; est-ce que tu ferais des objections aux règles du whist? J’ai
    dit au comte que tu croyais, et il s’en est félicité; cela est utile
    dans ce monde et dans l’autre. Mais si tu crois, ne tombe point dans
    la vulgarité de parler avec horreur de Voltaire, Diderot, Raynal, et
    de tous ces écervelés de Français précurseurs des deux chambres. Que
    ces noms-là se trouvent rarement dans ta bouche; mais enfin quand il
    le faut, parle de ces messieurs avec une ironie calme; ce sont gens
    depuis longtemps réfutés, et dont les attaques ne sont plus d’aucune
    conséquence. Crois aveuglément tout ce que l’on te dira à l’Académie.
    Songe qu’il y a des gens qui tiendront note fidèle de tes moindres
    objections; on te pardonnera une petite intrigue galante si elle est
    bien menée, et non pas un doute; l’âge supprime l’intrigue et augmente
    le doute. Agis sur ce principe au tribunal de la pénitence. Tu auras une
    lettre de recommandation pour un évêque factotum du cardinal archevêque
    de Naples; à lui seul tu dois avouer ton escapade en France, et ta
    présence, le 18 juin, dans les environs de Waterloo. Du reste abrège
    beaucoup, diminue cette aventure, avoue-la seulement pour qu’on ne
    puisse pas te reprocher de l’avoir cachée; tu étais si jeune alors!

    «La seconde idée que le comte t’envoie est celle-ci: S’il te vient une
    raison brillante, une réplique victorieuse qui change le cours de la
    conversation, ne cède point à la tentation de briller, garde le silence;
    les gens fins verront ton esprit dans tes yeux. Il sera temps d’avoir de
    l’esprit quand tu seras évêque.

    Fabrice débuta à Naples avec une voiture modeste et quatre domestiques,
    bons Milanais, que sa tante lui avait envoyés. Après une année d’étude
    personne ne disait que c’était un homme d’esprit, on le regardait comme
    un grand seigneur appliqué, fort généreux, mais un peu libertin.

    Cette année, assez amusante pour Fabrice, fut terrible pour la duchesse.
    Le comte fut trois ou quatre fois à deux doigts de sa perte; le prince,
    plus peureux que jamais parce qu’il était malade cette année-là,
    croyait, en le renvoyant, se débarrasser de l’odieux des exécutions
    faites avant l’entrée du comte au ministère. Le Rassi était le favori
    du cœur qu’on voulait garder avant tout. Les périls du comte lui
    attachèrent passionnément la duchesse, elle ne songeait plus à Fabrice.
    Pour donner une couleur à leur retraite possible, il se trouva que l’air
    de Parme, un peu humide en effet, comme celui de toute la Lombardie,
    ne convenait nullement à sa santé. Enfin après des intervalles de
    disgrâce, qui allèrent pour le comte, premier ministre, jusqu’à passer
    quelquefois vingt jours entiers sans voir son maître en particulier,
    Mosca l’emporta; il fit nommer le général Fabio Conti, le prétendu
    libéral, gouverneur de la citadelle où l’on enfermait les libéraux jugés
    par Rassi. Si Conti use d’indulgence envers ses prisonniers, disait
    Mosca à son amie, on le disgracie comme un jacobin auquel ses idées
    politiques font oublier ses devoirs de général; s’il se montre sévère
    et impitoyable, et c’est ce me semble de ce côté-là qu’il inclinera,
    il cesse d’être le chef de son propre parti, et s’aliène toutes les
    familles qui ont un des leurs à la citadelle. Ce pauvre homme sait
    prendre un air tout confit de respect à l’approche du prince; au besoin
    il change de costume quatre fois en un jour; il peut discuter une
    question d’étiquette, mais ce n’est point une tête capable de suivre le
    chemin difficile par lequel seulement il peut se sauver; et dans tous
    les cas je suis là.

    Le lendemain de la nomination du général Fabio Conti, qui terminait
    la crise ministérielle, on apprit que Parme aurait un journal
    ultra-monarchique.

    –Que de querelles ce journal va faire naître! disait la duchesse.

    –Ce journal, dont l’idée est peut-être mon chef-d’œuvre, répondait
    le comte en riant, peu à peu je m’en laisserai bien malgré moi ôter
    la direction par les ultra-furibonds. J’ai fait attacher de beaux
    appointements aux places de rédacteur. De tous côtés on va solliciter
    ces places: cette affaire va nous faire passer un mois ou deux, et l’on
    oubliera les périls que je viens de courir. Les graves personnages P. et
    D. sont déjà sur les rangs.

    –Mais ce journal sera d’une absurdité révoltante.

    –J’y compte bien, répliquait le comte. Le prince le lira tous les
    matins et admirera ma doctrine à moi qui l’ai fondé. Pour les détails,
    il approuvera ou sera choqué; des heures qu’il consacre au travail en
    voilà deux de prises. Le journal se fera des affaires, mais à l’époque
    où arriveront les plaintes sérieuses, dans huit ou dix mois, il sera
    entièrement dans les mains des ultra-furibonds. Ce sera ce parti qui
    me gêne qui devra répondre, moi j’élèverai des objections contre le
    journal; au fond, j’aime mieux cent absurdités atroces qu’un seul pendu.
    Qui se souvient d’une absurdité deux ans après le numéro du journal
    officiel? Au lieu que les fils et la famille du pendu me vouent une
    haine qui durera autant que moi et qui peut-être abrégera ma vie.

    La duchesse, toujours passionnée pour quelque chose, toujours agissante,
    jamais oisive, avait plus d’esprit que toute la cour de Parme; mais elle
    manquait de patience et d’impassibilité pour réussir dans les intrigues.
    Toutefois, elle était parvenue à suivre avec passion les intérêts des
    diverses coteries, elle commençait même à avoir un crédit personnel
    auprès du prince. Clara-Paolina, la princesse régnante, environnée
    d’honneurs, mais emprisonnée dans l’étiquette la plus surannée, se
    regardait comme la plus malheureuse des femmes. La duchesse Sanseverina
    lui fit la cour, et entreprit de lui prouver qu’elle n’était point
    si malheureuse. Il faut savoir que le prince ne voyait sa femme qu’à
    dîner: ce repas durait trente minutes et le prince passait des semaines
    entières sans adresser la parole à Clara-Paolina. Mme Sanseverina essaya
    de changer tout cela; elle amusait le prince, et d’autant plus qu’elle
    avait su conserver toute son indépendance. Quand elle l’eût voulu,
    elle n’eût pas pu ne jamais blesser aucun des sots qui pullulaient à
    cette cour. C’était cette parfaite inhabileté de sa part qui la faisait
    exécrer du vulgaire des courtisans, tous comtes ou marquis, jouissant
    en général de cinq mille livres de rentes. Elle comprit ce malheur dès
    les premiers jours, et s’attacha exclusivement à plaire au souverain
    et à sa femme, laquelle dominait absolument le prince héréditaire. La
    duchesse savait amuser le souverain et profitait de l’extrême attention
    qu’il accordait à ses moindres paroles pour donner de bons ridicules aux
    courtisans qui la haïssaient. Depuis les sottises que Rassi lui avait
    fait faire, et les sottises de sang ne se réparent pas, le prince avait
    peur quelquefois, et s’ennuyait souvent, ce qui l’avait conduit à la
    triste envie; il sentait qu’il ne s’amusait guère, et devenait sombre
    quand il croyait voir que d’autres s’amusaient; l’aspect du bonheur le
    rendait furieux. «Il faut cacher nos amours», dit la duchesse à son
    ami; et elle laissa deviner au prince qu’elle n’était plus que fort
    médiocrement éprise du comte, homme d’ailleurs si estimable.

    Cette découverte avait donné un jour heureux à Son Altesse. De temps
    à autre, la duchesse laissait tomber quelques mots du projet qu’elle
    aurait de se donner chaque année un congé de quelques mois qu’elle
    emploierait à voir l’Italie qu’elle ne connaissait point: elle irait
    visiter Naples, Florence, Rome. Or, rien au monde ne pouvait faire plus
    de peine au prince qu’une telle apparence de désertion: c’était là une
    de ses faiblesses les plus marquées, les démarches qui pouvaient être
    imputées à mépris pour sa ville capitale lui perçaient le cœur. Il
    sentait qu’il n’avait aucun moyen de retenir Mme Sanseverina, et Mme
    Sanseverina était de bien loin la femme la plus brillante de Parme.
    Chose unique avec la paresse italienne, on revenait des campagnes
    environnantes pour assister à ses jeudis; c’étaient de véritables
    fêtes; presque toujours la duchesse y avait quelque chose de neuf et
    de piquant. Le prince mourait d’envie de voir un de ces jeudis; mais
    comment s’y prendre? Aller chez un simple particulier! c’était une chose
    que ni son père ni lui n’avaient jamais faite!

    Un certain jeudi, il pleuvait, il faisait froid; à chaque instant de
    la soirée le duc entendait des voitures qui ébranlaient le pavé de la
    place du palais, en allant chez Mme Sanseverina. Il eut un mouvement
    d’impatience: d’autres s’amusaient, et lui, prince souverain, maître
    absolu, qui devait s’amuser plus que personne au monde, il connaissait
    l’ennui! Il sonna son aide de camp, il fallut le temps de placer une
    douzaine de gens affidés dans la rue qui conduisait du palais de Son
    Altesse au palais Sanseverina. Enfin, après une heure qui parut un
    siècle au prince, et pendant laquelle il fut vingt fois tenté de braver
    les poignards et de sortir à l’étourdie et sans nulle précaution,
    il parut dans le premier salon de Mme Sanseverina. La foudre serait
    tombée dans ce salon qu’elle n’eût pas produit une pareille surprise.
    En un clin d’œil, et à mesure que le prince s’avançait, s’établissait
    dans ces salons si bruyants et si gais un silence de stupeur; tous les
    yeux, fixés sur le prince, s’ouvraient outre mesure. Les courtisans
    paraissaient déconcertés; la duchesse elle seule n’eut point l’air
    étonné. Quand enfin l’on eut retrouvé la force de parler, la grande
    préoccupation de toutes les personnes présentes fut de décider cette
    importante question: la duchesse avait-elle été avertie de cette visite,
    ou bien a-t-elle été surprise comme tout le monde?

    Le prince s’amusa, et l’on va juger du caractère tout de premier
    mouvement de la duchesse, et du pouvoir infini que les idées vagues de
    départ adroitement jetées lui avaient laissé prendre.

    En reconduisant le prince qui lui adressait des mots fort aimables,
    il lui vint une idée singulière et qu’elle osa bien lui dire tout
    simplement, et comme une chose des plus ordinaires.

    –Si Votre Altesse Sérénissime voulait adresser à la princesse trois ou
    quatre de ces phrases charmantes qu’elle me prodigue, elle ferait mon
    bonheur bien plus sûrement qu’en me disant ici que je suis jolie. C’est
    que je ne voudrais pas pour tout au monde que la princesse pût voir
    de mauvais œil l’insigne marque de faveur dont Votre Altesse vient de
    m’honorer.

    Le prince la regarda fixement et répliqua d’un air sec:

    –Apparemment que je suis le maître d’aller où il me plaît.

    La duchesse rougit.

    –Je voulais seulement, reprit-elle à l’instant, ne pas exposer Son
    Altesse à faire une course inutile, car ce jeudi sera le dernier; je
    vais aller passer quelques jours à Bologne ou à Florence.

    Comme elle rentrait dans ses salons, tout le monde la croyait au comble
    de la faveur, et elle venait de hasarder ce que de mémoire d’homme
    personne n’avait osé à Parme. Elle fit un signe au comte qui quitta sa
    table de whist et la suivit dans un petit salon éclairé, mais solitaire.

    –Ce que vous avez fait est bien hardi, lui dit-il; je ne vous l’aurais
    pas conseillé; mais dans les cœurs bien épris, ajouta-t-il en riant,
    le bonheur augmente l’amour, et si vous partez demain matin, je vous
    suis demain soir. Je ne serai retardé que par cette corvée du ministère
    des finances dont j’ai eu la sottise de me charger, mais en quatre
    heures de temps bien employées on peut faire la remise de bien des
    caisses. Rentrons, chère amie, et faisons de la fatuité ministérielle
    en toute liberté, et sans nulle retenue, c’est peut-être la dernière
    représentation que nous donnons en cette ville. S’il se croit bravé,
    l’homme est capable de tout; il appellera cela faire un exemple. Quand
    ce monde sera parti, nous aviserons aux moyens de vous barricader
    pour cette nuit; le mieux serait peut-être de partir sans délai pour
    votre maison de Sacca, près du Pô, qui a l’avantage de n’être qu’à une
    demi-heure de distance des Etats autrichiens.

    L’amour et l’amour-propre de la duchesse eurent un moment délicieux;
    elle regarda le comte, et ses yeux se mouillèrent de larmes. Un ministre
    si puissant, environné de cette foule de courtisans qui l’accablaient
    d’hommages égaux à ceux qu’ils adressaient au prince lui-même, tout
    quitter pour elle et avec cette aisance!

    En rentrant dans les salons, elle était folle de joie. Tout le monde se
    prosternait devant elle.

    «Comme le bonheur change la duchesse, disaient de toutes parts les
    courtisans, c’est à ne pas la reconnaître. Enfin cette âme romaine et
    au-dessus de tout daigne pourtant apprécier la faveur exorbitante dont
    elle vient d’être l’objet de la part du souverain!»

    Vers la fin de la soirée, le comte vint à elle:

    –Il faut que je vous dise des nouvelles.

    Aussitôt les personnes qui se trouvaient auprès de la duchesse
    s’éloignèrent.

    –Le prince en rentrant au palais, continua le comte, s’est fait
    annoncer chez sa femme. Jugez de la surprise! Je viens vous rendre
    compte, lui a-t-il dit, d’une soirée fort aimable, en vérité, que j’ai
    passée chez la Sanseverina. C’est elle qui m’a prié de vous faire le
    détail de la façon dont elle a arrangé ce vieux palais enfumé. Alors le
    prince, après s’être assis, s’est mis à faire la description de chacun
    de vos salons.

    «Il a passé plus de vingt-cinq minutes chez sa femme qui pleurait de
    joie; malgré son esprit, elle n’a pas pu trouver un mot pour soutenir la
    conversation sur le ton léger que Son Altesse voulait bien lui donner.

    Ce prince n’était point un méchant homme, quoi qu’en pussent dire les
    libéraux d’Italie. A la vérité, il avait fait jeter dans les prisons
    un assez bon nombre d’entre eux, mais c’était par peur, et il répétait
    quelquefois comme pour se consoler de certains souvenirs: Il vaut mieux
    tuer le diable que si le diable nous tue. Le lendemain de la soirée dont
    nous venons de parler, il était tout joyeux, il avait fait deux belles
    actions: aller au jeudi et parler à sa femme. A dîner, il lui adressa
    la parole; en un mot, ce jeudi de Mme Sanseverina amena une révolution
    d’intérieur dont tout Parme retentit; la Raversi fut consternée, et la
    duchesse eut une double joie: elle avait pu être utile à son amant et
    l’avait trouvé plus épris que jamais.

    –Tout cela à cause d’une idée bien imprudente qui m’est venue!
    disait-elle au comte. Je serais plus libre sans doute à Rome ou à
    Naples, mais y trouverais-je un jeu aussi attachant? Non, en vérité, mon
    cher comte, et vous faites mon bonheur.

    CHAPITRE VII

    C’est de petits détails de cour aussi insignifiants que celui que nous
    venons de raconter qu’il faudrait remplir l’histoire des quatre années
    qui suivirent. Chaque printemps, la marquise venait avec ses filles
    passer deux mois au palais Sanseverina ou à la terre de Sacca, aux bords
    du Pô; il y avait des moments bien doux, et l’on parlait de Fabrice;
    mais le comte ne voulut jamais lui permettre une seule visite à Parme.
    La duchesse et le ministre eurent bien à réparer quelques étourderies,
    mais en général Fabrice suivait assez sagement la ligne de conduite
    qu’on lui avait indiquée: un grand seigneur qui étudie la théologie et
    qui ne compte point absolument sur sa vertu pour faire son avancement. A
    Naples, il s’était pris d’un goût très vif pour l’étude de l’antiquité,
    il faisait des fouilles; cette passion avait presque remplacé celle des
    chevaux. Il avait vendu ses chevaux anglais pour continuer des fouilles
    à Misène, où il avait trouvé un buste de Tibère, jeune encore, qui avait
    pris rang parmi les plus beaux restes de l’antiquité. La découverte
    de ce buste fut presque le plaisir le plus vif qu’il eût rencontré à
    Naples. Il avait l’âme trop haute pour chercher à imiter les autres
    jeunes gens, et, par exemple, pour vouloir jouer avec un certain sérieux
    le rôle d’amoureux. Sans doute il ne manquait point de maîtresses, mais
    elles n’étaient pour lui d’aucune conséquence, et, malgré son âge, on
    pouvait dire de lui qu’il ne connaissait point l’amour; il n’en était
    que plus aimé. Rien ne l’empêchait d’agir avec le plus beau sang-froid,
    car pour lui une femme jeune et jolie était toujours l’égale d’une autre
    femme jeune et jolie; seulement la dernière connue lui semblait la plus
    piquante. Une des dames les plus admirées à Naples avait fait des folies
    en son honneur pendant la dernière année de son séjour, ce qui d’abord
    l’avait amusé, et avait fini par l’excéder d’ennui, tellement qu’un des
    bonheurs de son départ fut d’être délivré des attentions de la charmante
    duchesse d’A… Ce fut en 1821, qu’ayant subi passablement tous ses
    examens, son directeur d’études ou gouverneur eut une croix et un
    cadeau, et lui partit pour voir enfin cette ville de Parme, à laquelle
    il songeait souvent. Il était monsignore, et il avait quatre chevaux à
    sa voiture; à la poste avant Parme, il n’en prit que deux, et dans la
    ville fit arrêter devant l’église de Saint-Jean. Là se trouvait le riche
    tombeau de l’archevêque Ascagne del Dongo, son arrière-grand-oncle,
    l’auteur de la généalogie latine. Il pria auprès du tombeau, puis arriva
    à pied au palais de la duchesse qui ne l’attendait que quelques jours
    plus tard. Elle avait grand monde dans son salon, bientôt on la laissa
    seule.

    –Eh bien! es-tu contente de moi? lui dit-il en se jetant dans ses bras:
    grâce à toi, j’ai passé quatre années assez heureuses à Naples, au lieu
    de m’ennuyer à Novare avec ma maîtresse autorisée par la police.

    La duchesse ne revenait pas de son étonnement, elle ne l’eût pas reconnu
    à le voir passer dans la rue; elle le trouvait ce qu’il était en effet,
    l’un des plus jolis hommes de l’Italie; il avait surtout une physionomie
    charmante. Elle l’avait envoyé à Naples avec la tournure d’un hardi
    casse-cou; la cravache qu’il portait toujours alors semblait faire
    partie inhérente de son être: maintenant il avait l’air le plus noble et
    le plus mesuré devant les étrangers, et dans le particulier, elle lui
    trouvait tout le feu de sa première jeunesse. C’était un diamant qui
    n’avait rien perdu à être poli. Il n’y avait pas une heure que Fabrice
    était arrivé, lorsque le comte Mosca survint; il arriva un peu trop
    tôt. Le jeune homme lui parla en si bons termes de la croix de Parme
    accordée à son gouverneur, et il exprima sa vive reconnaissance pour
    d’autres bienfaits dont il n’osait parler d’une façon aussi claire, avec
    une mesure si parfaite, que du premier coup d’œil le ministre le jugea
    favorablement.

    –Ce neveu, dit-il tout bas à la duchesse, est fait pour orner toutes
    les dignités auxquelles vous voudrez l’élever par la suite.

    Tout allait à merveille jusque-là, mais quand le ministre, fort content
    de Fabrice, et jusque-là attentif uniquement à ses faits et gestes,
    regarda la duchesse, il lui trouva des yeux singuliers. «Ce jeune
    homme fait ici une étrange impression», se dit-il. Cette réflexion
    fut amère; le comte avait atteint la cinquantaine, c’est un mot bien
    cruel et dont peut-être un homme éperdument amoureux peut seul sentir
    tout le retentissement. Il était fort bon, fort digne d’être aimé,
    à ses sévérités près comme ministre. Mais, à ses yeux, ce mot cruel
    la cinquantaine jetait du noir sur toute sa vie et eût été capable
    de le faire cruel pour son propre compte. Depuis cinq années qu’il
    avait décidé la duchesse à venir à Parme, elle avait souvent excité sa
    jalousie surtout dans les premiers temps, mais jamais elle ne lui avait
    donné de sujet de plainte réel. Il croyait même, et il avait raison, que
    c’était dans le dessein de mieux s’assurer de son cœur que la duchesse
    avait eu recours à ces apparences de distinction en faveur de quelques
    jeunes beaux de la cour. Il était sûr, par exemple, qu’elle avait refusé
    les hommages du prince, qui même, à cette occasion, avait dit un mot
    instructif.

    –Mais si j’acceptais les hommages de Votre Altesse, lui disait la
    duchesse en riant, de quel front oser reparaître devant le comte?

    –Je serais presque aussi décontenancé que vous. Le cher comte! mon ami!
    Mais c’est un embarras bien facile à tourner et auquel j’ai songé: le
    comte serait mis à la citadelle pour le reste de ses jours.

    Au moment de l’arrivée de Fabrice, la duchesse fut tellement transportée
    de bonheur, qu’elle ne songea pas du tout aux idées que ses yeux
    pourraient donner au comte. L’effet fut profond et les soupçons sans
    remède.

    Fabrice fut reçu par le prince deux heures après son arrivée; la
    duchesse, prévoyant le bon effet que cette audience impromptue devait
    produire dans le public, la sollicitait depuis deux mois: cette faveur
    mettait Fabrice hors de pair dès le premier instant; le prétexte avait
    été qu’il ne faisait que passer à Parme pour aller voir sa mère en
    Piémont. Au moment où un petit billet charmant de la duchesse vint dire
    au prince que Fabrice attendait ses ordres, Son Altesse s’ennuyait.
    «Je vais voir, se dit-elle, un petit saint bien niais, une mine plate
    ou sournoise.» Le commandant de la place avait déjà rendu compte de la
    première visite au tombeau de l’oncle archevêque. Le prince vit entrer
    un grand jeune homme, que, sans ses bas violets, il eût pris pour
    quelque jeune officier.

    Cette petite surprise chassa l’ennui: «Voilà un gaillard, se dit-il,
    pour lequel on va me demander Dieu sait quelles faveurs, toutes celles
    dont je puis disposer. Il arrive, il doit être ému: je m’en vais faire
    de la politique jacobine; nous verrons un peu comment il répondra.»

    Après les premiers mots gracieux de la part du prince:

    –Eh bien! Monsignore, dit-il à Fabrice, les peuples de Naples sont-ils
    heureux? Le roi est-il aimé?

    –Altesse Sérénissime, répondit Fabrice sans hésiter un instant,
    j’admirais, en passant dans la rue, l’excellente tenue des soldats des
    divers régiments de S.M. le Roi; la bonne compagnie est respectueuse
    envers ses maîtres comme elle doit l’être; mais j’avouerai que de la vie
    je n’ai souffert que les gens des basses classes me parlassent d’autre
    chose que du travail pour lequel je les paie.

    –Peste! dit le prince, quel sacre! voici un oiseau bien stylé, c’est
    l’esprit de la Sanseverina.

    Piqué au jeu, le prince employa beaucoup d’adresse à faire parler
    Fabrice sur ce sujet si scabreux. Le jeune homme, animé par le danger,
    eut le bonheur de trouver des réponses admirables:

    –C’est presque de l’insolence que d’afficher de l’amour pour son roi,
    disait-il, c’est de l’obéissance aveugle qu’on lui doit.

    A la vue de tant de prudence le prince eut presque de l’humeur. «Il
    paraît que voici un homme d’esprit qui nous arrive de Naples, et je
    n’aime pas cette engeance; un homme d’esprit a beau marcher dans les
    meilleurs principes et même de bonne foi, toujours par quelque côté il
    est cousin germain de Voltaire et de Rousseau.»

    Le prince se trouvait comme bravé par les manières si convenables et
    les réponses tellement inattaquables du jeune échappé de collège; ce
    qu’il avait prévu n’arrivait point: en un clin d’œil il prit le ton de
    la bonhomie, et, remontant, en quelques mots, jusqu’aux grands principes
    des sociétés et du gouvernement, il débita, en les adaptant à la
    circonstance, quelques phrases de Fénelon qu’on lui avait fait apprendre
    par cœur dès l’enfance pour les audiences publiques.

    –Ces principes vous étonnent, jeune homme, dit-il à Fabrice (il l’avait
    appelé monsignore au commencement de l’audience, et il comptait lui
    donner du monsignore en le congédiant, mais dans le courant de la
    conversation il trouvait plus adroit, plus favorable aux tournures
    pathétiques, de l’interpeller par un petit nom d’amitié); ces principes
    vous étonnent, jeune homme, j’avoue qu’ils ne ressemblent guère aux
    tartines d’absolutisme (ce fut le mot) que l’on peut lire tous les jours
    dans mon journal officiel… Mais, grand Dieu! qu’est-ce que je vais
    vous citer là? ces écrivains du journal sont pour vous bien inconnus.

    –Je demande pardon à Votre Altesse Sérénissime; non seulement je lis le
    journal de Parme, qui me semble assez bien écrit, mais encore je tiens,
    avec lui, que tout ce qui a été fait depuis la mort de Louis XIV, en
    1715, est à la fois un crime et une sottise. Le plus grand intérêt de
    l’homme, c’est son salut, il ne peut pas y avoir deux façons de voir à
    ce sujet, et ce bonheur-là doit durer une éternité. Les mots liberté,
    justice, bonheur du plus grand nombre, sont infâmes et criminels: ils
    donnent aux esprits l’habitude de la discussion et de la méfiance.
    Une chambre des députés se défie de ce que ces gens-là appellent le
    ministère. Cette fatale habitude de la méfiance une fois contractée, la
    faiblesse humaine l’applique à tout, l’homme arrive à se méfier de la
    Bible, des ordres de l’Eglise, de la tradition, etc.; dès lors il est
    perdu. Quand bien même, ce qui est horriblement faux et criminel à dire,
    cette méfiance envers l’autorité des princes établis de Dieu donnerait
    le bonheur pendant les vingt ou trente années de vie que chacun de nous
    peut prétendre, qu’est-ce qu’un demi-siècle ou un siècle tout entier,
    comparé à une éternité de supplices? etc.

    On voyait, à l’air dont Fabrice parlait, qu’il cherchait à arranger ses
    idées de façon à les faire saisir le plus facilement possible par son
    auditeur, il était clair qu’il ne récitait pas une leçon.

    Bientôt le prince ne se soucia plus de lutter avec ce jeune homme dont
    les manières simples et graves le gênaient.

    –Adieu, monsignore, lui dit-il brusquement, je vois qu’on donne une
    excellente éducation dans l’Académie ecclésiastique de Naples, et il est
    tout simple que quand ces bons préceptes tombent sur un esprit aussi
    distingué, on obtienne des résultats brillants. Adieu; et il lui tourna
    le dos.

    «Je n’ai point plu à cet animal-là», se dit Fabrice.

    «Maintenant il nous reste à voir, dit le prince dès qu’il fut seul,
    si ce beau jeune homme est susceptible de passion pour quelque chose;
    en ce cas il serait complet… Peut-on répéter avec plus d’esprit les
    leçons de la tante? Il me semblait l’entendre parler; s’il y avait une
    révolution chez moi, ce serait elle qui rédigerait le <i>Moniteur</i>, comme
    jadis la San Felice à Naples! Mais la San Felice, malgré ses vingt-cinq
    ans et sa beauté, fut un peu pendue! Avis aux femmes de trop d’esprit.»
    En croyant Fabrice l’élève de sa tante, le prince se trompait: les
    gens d’esprit qui naissent sur le trône ou à côté perdent bientôt
    toute finesse de tact; ils proscrivent, autour d’eux, la liberté de
    conversation qui leur paraît grossièreté; ils ne veulent voir que des
    masques et prétendent juger de la beauté du teint; le plaisant c’est
    qu’ils se croient beaucoup de tact. Dans ce cas-ci, par exemple, Fabrice
    croyait à peu près tout ce que nous lui avons entendu dire; il est vrai
    qu’il ne songeait pas deux fois par mois à tous ces grands principes. Il
    avait des goûts vifs, il avait de l’esprit, mais il avait la foi.

    Le goût de la liberté, la mode et le culte du bonheur du plus grand
    nombre, dont le XIXe siècle s’est entiché, n’étaient à ses yeux qu’une
    hérésie qui passera comme les autres, mais après avoir tué beaucoup
    d’âmes, comme la peste tandis qu’elle règne dans une contrée tue
    beaucoup de corps. Et malgré tout cela Fabrice lisait avec délices les
    journaux français, et faisait même des imprudences pour s’en procurer.

    Comme Fabrice revenait tout ébouriffé de son audience au palais, et
    racontait à sa tante les diverses attaques du prince:

    –Il faut, lui dit-elle, que tu ailles tout présentement chez le père
    Landriani, notre excellent archevêque; vas-y à pied, monte doucement
    l’escalier, fais peu de bruit dans les antichambres; si l’on te fait
    attendre, tant mieux, mille fois tant mieux! en un mot, sois apostolique!

    –J’entends, dit Fabrice, notre homme est un Tartufe.

    –Pas le moins du monde, c’est la vertu même.

    –Même après ce qu’il a fait, reprit Fabrice étonné, lors du supplice du
    comte Palanza?

    –Oui, mon ami, après ce qu’il a fait: le père de notre archevêque
    était un commis au ministère des finances, un petit bourgeois, voilà
    qui explique tout. Monseigneur Landriani est un homme d’un esprit vif,
    étendu, profond; il est sincère, il aime la vertu: je suis convaincue
    que si un empereur Décius revenait au monde, il subirait le martyre
    comme le Polyeucte de l’Opéra, qu’on nous donnait la semaine passée.
    Voilà le beau côté de la médaille, voici le revers: dès qu’il est en
    présence du souverain, ou seulement du premier ministre, il est ébloui
    de tant de grandeur, il se trouble, il rougit; il lui est matériellement
    impossible de dire non. De là les choses qu’il a faites, et qui lui ont
    valu cette cruelle réputation dans toute l’Italie; mais ce qu’on ne sait
    pas, c’est que, lorsque l’opinion publique vint l’éclairer sur le procès
    du comte Palanza, il s’imposa pour pénitence de vivre au pain et à l’eau
    pendant treize semaines, autant de semaines qu’il y a de lettres dans
    les noms Davide Palanza. Nous avons à cette cour un coquin d’infiniment
    d’esprit, nommé Rassi, grand juge ou fiscal général, qui, lors de la
    mort du comte Palanza, ensorcela le père Landriani. A l’époque de la
    pénitence des treize semaines, le comte Mosca, par pitié et un peu par
    malice, l’invitait à dîner une et même deux fois par semaine; le bon
    archevêque, pour faire sa cour, dînait comme tout le monde. Il eût cru
    qu’il y avait rébellion et jacobinisme à afficher une pénitence pour
    une action approuvée du souverain. Mais l’on savait que, pour chaque
    dîner, où son devoir de fidèle sujet l’avait obligé à manger comme tout
    le monde, il s’imposait une pénitence de deux journées de nourriture au
    pain et à l’eau.

    «Monseigneur Landriani, esprit supérieur, savant du premier ordre, n’a
    qu’un faible, il veut être aimé: ainsi, attendris-toi en le regardant,
    et, à la troisième visite, aime-le tout à fait. Cela, joint à ta
    naissance, te fera adorer tout de suite. Ne marque pas de surprise s’il
    te reconduit jusque sur l’escalier, aie l’air d’être accoutumé à ces
    façons; c’est un homme né à genoux devant la noblesse. Du reste, sois
    simple, apostolique, pas d’esprit, pas de brillant, pas de repartie
    prompte; si tu ne l’effarouches point, il se plaira avec toi; songe
    qu’il faut que de son propre mouvement il te fasse son grand vicaire.
    Le comte et moi nous serons surpris et même fâchés de ce trop rapide
    avancement, cela est essentiel vis-à-vis du souverain.

    Fabrice courut à l’archevêché: par un bonheur singulier, le valet de
    chambre du bon prélat, un peu sourd, n’entendit pas le nom del Dongo; il
    annonça un jeune prêtre, nommé Fabrice; l’archevêque se trouvait avec
    un curé de mœurs peu exemplaires, et qu’il avait fait venir pour le
    gronder. Il était en train de faire une réprimande, chose très pénible
    pour lui, et ne voulait pas avoir ce chagrin sur le cœur plus longtemps;
    il fit donc attendre trois quarts d’heure le petit neveu du grand
    archevêque Ascanio del Dongo.

    Comment peindre ses excuses et son désespoir quand, après avoir
    reconduit le curé jusqu’à la seconde antichambre, et lorsqu’il demandait
    en repassant à cet homme qui attendait, en quoi il pouvait le servir,
    il aperçut les bas violets et entendit le nom Fabrice del Dongo? La
    chose parut si plaisante à notre héros, que, dès cette première visite,
    il hasarda de baiser la main du saint prélat, dans un transport de
    tendresse. Il fallait entendre l’archevêque répéter avec désespoir:

    –Un del Dongo attendre dans mon antichambre!

    Il se crut obligé, en forme d’excuse, de lui raconter toute l’anecdote
    du curé, ses torts, ses réponses, etc.

    «Est-il bien possible, se disait Fabrice en revenant au palais
    Sanseverina, que ce soit là l’homme qui a fait hâter le supplice de ce
    pauvre comte Palanza!»

    –Que pense Votre Excellence, lui dit en riant le comte Mosca, en le
    voyant rentrer chez la duchesse (le comte ne voulait pas que Fabrice
    l’appelât Excellence).

    –Je tombe des nues; je ne connais rien au caractère des hommes:
    j’aurais parié, si je n’avais pas su son nom, que celui-ci ne peut voir
    saigner un poulet.

    –Et vous auriez gagné, reprit le comte; mais quand il est devant le
    prince, ou seulement devant moi, il ne peut dire non. A la vérité, pour
    que je produise tout mon effet, il faut que j’aie le grand cordon jaune
    passé par-dessus l’habit; en frac il me contredirait, aussi je prends
    toujours un uniforme pour le recevoir. Ce n’est pas à nous à détruire
    le prestige du pouvoir, les journaux français le démolissent bien assez
    vite; à peine si la manie respectante vivra autant que nous, et vous,
    mon neveu, vous survivrez au respect. Vous, vous serez bon homme!

    Fabrice se plaisait fort dans la société du comte: c’était le premier
    homme supérieur qui eût daigné lui parler sans comédie; d’ailleurs
    ils avaient un goût commun, celui des antiquités et des fouilles. Le
    comte, de son côté, était flatté de l’extrême attention avec laquelle le
    jeune homme l’écoutait; mais il y avait une objection capitale: Fabrice
    occupait un appartement dans le palais Sanseverina, passait sa vie
    avec la duchesse, laissait voir en toute innocence que cette intimité
    faisait son bonheur, et Fabrice avait des yeux, un teint d’une fraîcheur
    désespérante.

    De longue main, Ranuce-Ernest IV, qui trouvait rarement de cruelles,
    était piqué de ce que la vertu de la duchesse, bien connue à la cour,
    n’avait pas fait une exception en sa faveur. Nous l’avons vu, l’esprit
    et la présence d’esprit de Fabrice l’avaient choqué dès le premier
    jour. Il prit mal l’extrême amitié que sa tante et lui se montraient à
    l’étourdie; il prêta l’oreille avec une extrême attention aux propos
    de ses courtisans, qui furent infinis. L’arrivée de ce jeune homme et
    l’audience si extraordinaire qu’il avait obtenue firent pendant un mois
    à la cour la nouvelle et l’étonnement; sur quoi le prince eut une idée.

    Il avait dans sa garde un simple soldat qui supportait le vin d’une
    admirable façon; cet homme passait sa vie au cabaret, et rendait compte
    de l’esprit du militaire directement au souverain. Carlone manquait
    d’éducation, sans quoi depuis longtemps il eût obtenu de l’avancement.
    Or, sa consigne était de se trouver devant le palais tous les jours
    quand midi sonnait à la grande horloge. Le prince alla lui-même un peu
    avant midi disposer d’une certaine façon la persienne d’un entresol
    tenant à la pièce où Son Altesse s’habillait. Il retourna dans cet
    entresol un peu après que midi eut sonné, il y trouva le soldat; le
    prince avait dans sa poche une feuille de papier et une écritoire, il
    dicta au soldat le billet que voici:

    Votre Excellence a beaucoup d’esprit, sans doute, et c’est grâce à sa
    profonde sagacité que nous voyons cet Etat si bien gouverné. Mais, mon
    cher comte, de si grands succès ne marchent point sans un peu d’envie,
    et je crains fort qu’on ne rie un peu à vos dépens, si votre sagacité ne
    devine pas qu’un certain beau jeune homme a eu le bonheur d’inspirer,
    malgré lui peut-être, un amour des plus singuliers. Cet heureux mortel
    n’a, dit-on, que vingt-trois ans, et, cher comte, ce qui complique la
    question, c’est que vous et moi nous avons beaucoup plus que le double
    de cet âge. Le soir, à une certaine distance, le comte est charmant,
    sémillant, homme d’esprit, aimable au possible; mais le matin, dans
    l’intimité, à bien prendre les choses, le nouveau venu a peut-être plus
    d’agréments. Or, nous autres femmes, nous faisons grand cas de cette
    fraîcheur de la jeunesse, surtout quand nous avons passé la trentaine.
    Ne parle-t-on pas déjà de fixer cet aimable adolescent à notre cour, par
    quelque belle place? Et quelle est donc la personne qui en parle le plus
    souvent à votre Excellence?

    Le prince prit la lettre et donna deux écus au soldat.

    –Ceci outre vos appointements, lui dit-il d’un air morne; le silence
    absolu envers tout le monde, ou bien la plus humide des basses fosses à
    la citadelle.

    Le prince avait dans son bureau une collection d’enveloppes avec les
    adresses de la plupart des gens de la cour, de la main de ce même soldat
    qui passait pour ne pas savoir écrire, et n’écrivait jamais même ses
    rapports de police: le prince choisit celle qu’il fallait.

    Quelques heures plus tard, le comte Mosca reçut une lettre par la poste;
    on avait calculé l’heure où elle pourrait arriver, et au moment où le
    facteur, qu’on avait vu entrer tenant une petite lettre à la main,
    sortit du palais du ministère, Mosca fut appelé chez Son Altesse. Jamais
    le favori n’avait paru dominé par une plus noire tristesse; pour en
    jouir plus à l’aise, le prince lui cria en le voyant:

    –J’ai besoin de me délasser en jasant au hasard avec l’ami, et non pas
    de travailler avec le ministre. Je jouis ce soir d’un mal à la tête fou,
    et de plus il me vient des idées noires.

    Faut-il parler de l’humeur abominable qui agitait le Premier ministre,
    comte Mosca de la Rovère, à l’instant où il lui fut permis de quitter
    son auguste maître? Ranuce-Ernest IV était parfaitement habile
    dans l’art de torturer un cœur, et je pourrais faire ici sans trop
    d’injustice la comparaison du tigre qui aime à jouer avec sa proie.

    Le comte se fit reconduire chez lui au galop; il cria en passant qu’on
    ne laissât monter âme qui vive, fit dire à l’auditeur de service qu’il
    lui rendait la liberté (savoir un être humain à portée de sa voix lui
    était odieux), et courut s’enfermer dans la grande galerie de tableaux.
    Là enfin il put se livrer à toute sa fureur; là il passa la soirée
    sans lumières à se promener au hasard, comme un homme hors de lui.
    Il cherchait à imposer silence à son cœur, pour concentrer toute la
    force de son attention dans la discussion du parti à prendre. Plongé
    dans des angoisses qui eussent fait pitié à son plus cruel ennemi,
    il se disait: «L’homme que j’abhorre loge chez la duchesse, passe
    tous ses moments avec elle. Dois-je tenter de faire parler une de ses
    femmes? Rien de plus dangereux; elle est si bonne; elle les paie bien!
    elle en est adorée! (Et de qui, grand Dieu, n’est-elle pas adorée!)
    Voici la question, reprenait-il avec rage: Faut-il laisser deviner la
    jalousie qui me dévore, ou ne pas en parler? Si je me tais, on ne se
    cachera point de moi. Je connais Gina, c’est une femme toute de premier
    mouvement; sa conduite est imprévue même pour elle; si elle veut se
    tracer un rôle d’avance, elle s’embrouille; toujours, au moment de
    l’action, il lui vient une nouvelle idée qu’elle suit avec transport
    comme étant ce qu’il y a de mieux au monde, et qui gâte tout.

    «Ne disant mot de mon martyre, on ne se cache point de moi et je vois
    tout ce qui peut se passer…

    «Oui, mais en parlant, je fais naître d’autres circonstances; je fais
    faire des réflexions; je préviens beaucoup de ces choses horribles qui
    peuvent arriver… Peut-être on l’éloigne (le comte respira), alors j’ai
    presque partie gagnée; quand même on aurait un peu d’humeur dans le
    moment, je la calmerai… et cette humeur, quoi de plus naturel?… elle
    l’aime comme un fils depuis quinze ans. Là gît tout mon espoir: comme
    un fils… mais elle a cessé de le voir depuis sa fuite pour Waterloo;
    mais en revenant de Naples, surtout pour elle, c’est un autre homme.
    Un autre homme, répéta-t-il avec rage, et cet homme est charmant; il a
    surtout cet air naïf et tendre et cet œil souriant qui promettent tant
    de bonheur! et ces yeux-là la duchesse ne doit pas être accoutumée à
    les trouver à notre cour!… Ils y sont remplacés par le regard morne
    et sardonique. Moi-même, poursuivi par les affaires, ne régnant que par
    mon influence sur un homme qui voudrait me tourner en ridicule, quels
    regards dois-je avoir souvent? Ah! quelques soins que je prenne, c’est
    surtout mon regard qui doit être vieux en moi! Ma gaieté n’est-elle
    pas toujours voisine de l’ironie?… Je dirai plus, ici il faut être
    sincère, ma gaieté ne laisse-t-elle pas entrevoir, comme chose toute
    proche, le pouvoir absolu… et la méchanceté? Est-ce que quelquefois
    je ne me dis pas à moi-même, surtout quand on m’irrite: Je puis ce
    que je veux? et même j’ajoute une sottise: je dois être plus heureux
    qu’un autre, puisque je possède ce que les autres n’ont pas: le pouvoir
    souverain dans les trois quarts des choses. Eh bien! soyons juste;
    l’habitude de cette pensée doit gâter mon sourire… doit me donner un
    air d’égoïsme… content… Et, comme son sourire à lui est charmant! il
    respire le bonheur facile de la première jeunesse, et il le fait naître.»

    Par malheur pour le comte, ce soir-là le temps était chaud, étouffé,
    annonçant la tempête; de ces temps, en un mot, qui, dans ces pays-là,
    portent aux résolutions extrêmes. Comment rapporter tous les
    raisonnements, toutes les façons de voir ce qui lui arrivait, qui,
    durant trois mortelles heures, mirent à la torture cet homme passionné?
    Enfin le parti de la prudence l’emporta, uniquement par suite de cette
    réflexion: «Je suis fou, probablement; en croyant raisonner, je ne
    raisonne pas; je me retourne seulement pour chercher une position moins
    cruelle, je passe sans la voir à côté de quelque raison décisive.
    Puisque je suis aveuglé par l’excessive douleur, suivons cette règle,
    approuvée de tous les gens sages, qu’on appelle prudence.

    «D’ailleurs, une fois que j’ai prononcé le mot fatal <i>jalousie</i>, mon
    rôle est tracé à tout jamais. Au contraire, ne disant rien aujourd’hui,
    je puis parler demain, je reste maître de tout.»

    La crise était trop forte, le comte serait devenu fou, si elle eût duré.
    Il fut soulagé pour quelques instants, son attention vint à s’arrêter
    sur la lettre anonyme. De quelle part pouvait-elle venir? Il y eut là
    une recherche de noms, et un jugement à propos de chacun d’eux, qui fit
    diversion. A la fin le comte se rappela un éclair de malice qui avait
    jailli de l’œil du souverain quand il en était venu à dire vers la fin
    de l’audience:

    –Oui, cher ami, convenons-en, les plaisirs et les soins de l’ambition
    la plus heureuse, même du pouvoir sans bornes, ne sont rien auprès du
    bonheur intime que donnent les relations de tendresse et d’amour. Je
    suis homme avant d’être prince, et, quand j’ai le bonheur d’aimer, ma
    maîtresse s’adresse à l’homme et non au prince.

    Le comte rapprocha ce moment de bonheur malin de cette phrase de la
    lettre: C’est grâce à votre profonde sagacité que nous voyons cet Etat si
    bien gouverné.

    «Cette phrase est du prince, s’écria-t-il, chez un courtisan elle serait
    d’une imprudence gratuite; la lettre vient de Son Altesse.»

    Ce problème résolu, la petite joie causée par le plaisir de deviner
    fut bientôt effacée par la cruelle apparition des grâces charmantes de
    Fabrice, qui revint de nouveau. Ce fut comme un poids énorme qui retomba
    sur le cœur du malheureux.

    –Qu’importe de qui soit la lettre anonyme! s’écria-t-il avec fureur, le
    fait qu’elle me dénonce en existe-t-il moins? Ce caprice peut changer
    ma vie, dit-il comme pour s’excuser d’être tellement fou. Au premier
    moment, si elle l’aime d’une certaine façon, elle part avec lui pour
    Belgirate, pour la Suisse, pour quelque coin du monde. Elle est riche,
    et d’ailleurs, dût-elle vivre avec quelques louis chaque année, que lui
    importe? Ne m’avouait-elle pas, il n’y a pas huit jours, que son palais,
    si bien arrangé, si magnifique, l’ennuie? Il faut du nouveau à cette âme
    si jeune! Et avec quelle simplicité se présente cette félicité nouvelle!
    elle sera entraînée avant d’avoir songé au danger, avant d’avoir songé à
    me plaindre! Et je suis pourtant si malheureux! s’écria le comte fondant
    en larmes.

    Il s’était juré de ne pas aller chez la duchesse ce soir-là, mais il n’y
    put tenir; jamais ses yeux n’avaient eu une telle soif de la regarder.
    Sur le minuit il se présenta chez elle; il la trouva seule avec son
    neveu, à dix heures elle avait renvoyé tout le monde et fait fermer sa
    porte.

    A l’aspect de l’intimité tendre qui régnait entre ces deux êtres, et de
    la joie naïve de la duchesse, une affreuse difficulté s’éleva devant
    les yeux du comte, et à l’improviste! il n’y avait pas songé durant
    la longue délibération dans la galerie de tableaux: comment cacher sa
    jalousie?

    Ne sachant à quel prétexte avoir recours, il prétendit que ce soir-là,
    il avait trouvé le prince excessivement prévenu contre lui, contredisant
    toutes ses assertions, etc. Il eut la douleur de voir la duchesse
    l’écouter à peine, et ne faire aucune attention à ces circonstances qui,
    l’avant-veille encore, l’auraient jetée dans des raisonnements infinis.
    Le comte regarda Fabrice: jamais cette belle figure lombarde ne lui
    avait paru si simple et si noble! Fabrice faisait plus d’attention que
    la duchesse aux embarras qu’il racontait.

    «Réellement, se dit-il, cette tête joint l’extrême bonté à l’expression
    d’une certaine joie naïve et tendre qui est irrésistible. Elle semble
    dire: il n’y a que l’amour et le bonheur qu’il donne qui soient choses
    sérieuses en ce monde. Et pourtant arrive-t-on à quelque détail où
    l’esprit soit nécessaire, son regard se réveille et vous étonne, et l’on
    reste confondu.

    «Tout est simple à ses yeux parce que tout est vu de haut. Grand Dieu!
    comment combattre un tel ennemi? Et après tout, qu’est-ce que la vie
    sans l’amour de Gina? Avec quel ravissement elle semble écouter les
    charmantes saillies de cet esprit si jeune, et qui, pour une femme, doit
    sembler unique au monde!»

    Une idée atroce saisit le comte comme une crampe: «Le poignarder là
    devant elle, et me tuer après?»

    Il fit un tour dans la chambre, se soutenant à peine sur ses jambes,
    mais la main serrée convulsivement autour du manche de son poignard.
    Aucun des deux ne faisait attention à ce qu’il pouvait faire. Il dit
    qu’il allait donner un ordre à son laquais, on ne l’entendit même
    pas; la duchesse riait tendrement d’un mot que Fabrice venait de lui
    adresser. Le comte s’approcha d’une lampe dans le premier salon, et
    regarda si la pointe de son poignard était bien affilée. «Il faut être
    gracieux et de manières parfaites envers ce jeune homme», se disait-il
    en revenant et se rapprochant d’eux.

    Il devenait fou; il lui sembla qu’en se penchant ils se donnaient des
    baisers, là, sous ses yeux. «Cela est impossible en ma présence, se
    dit-il; ma raison s’égare. Il faut se calmer; si j’ai des manières
    rudes, la duchesse est capable, par simple pique de vanité, de le suivre
    à Belgirate; et là, ou pendant le voyage, le hasard peut amener un mot
    qui donnera un nom à ce qu’ils sentent l’un pour l’autre; et après, en
    un instant, toutes les conséquences.

    «La solitude rendra ce mot décisif, et d’ailleurs, une fois la duchesse
    loin de moi, que devenir? et si, après beaucoup de difficultés
    surmontées du côté du prince, je vais montrer ma figure vieille et
    soucieuse à Belgirate, quel rôle jouerais-je au milieu de ces gens fous
    de bonheur?

    «Ici même que suis-je autre chose que le terzo incomodo (cette belle
    langue italienne est toute faite pour l’amour)! Terzo incomodo (un tiers
    présent qui incommode)! Quelle douleur pour un homme d’esprit de sentir
    qu’on joue ce rôle exécrable, et de ne pouvoir prendre sur soi de se
    lever et de s’en aller!»

    Le comte allait éclater ou du moins trahir sa douleur par la
    décomposition de ses traits. Comme en faisant des tours dans le salon,
    il se trouvait près de la porte, il prit la fuite en criant d’un air bon
    et intime:

    –Adieu vous autres!

    «Il faut éviter le sang», se dit-il.

    Le lendemain de cette horrible soirée, après une nuit passée tantôt à se
    détailler les avantages de Fabrice, tantôt dans les affreux transports
    de la plus cruelle jalousie, le comte eut l’idée de faire appeler un
    jeune valet de chambre à lui; cet homme faisait la cour à une jeune
    fille nommée Chékina, l’une des femmes de chambre de la duchesse et
    sa favorite. Par bonheur ce jeune domestique était fort rangé dans sa
    conduite, avare même, et il désirait une place de concierge dans l’un
    des établissements publics de Parme. Le comte ordonna à cet homme de
    faire venir à l’instant Chékina, sa maîtresse. L’homme obéit, et une
    heure plus tard le comte parut à l’improviste dans la chambre où cette
    fille se trouvait avec son prétendu. Le comte les effraya tous deux par
    la quantité d’or qu’il leur donna puis il adressa ce peu de mots à la
    tremblante Chékina en la regardant entre les deux yeux.

    –La duchesse fait-elle l’amour avec Monsignore?

    –Non, dit cette fille prenant sa résolution après un moment de
    silence;… non, pas encore, mais il baise souvent les mains de Madame,
    en riant il est vrai, mais avec transport.

    Ce témoignage fut complété par cent réponses à autant de questions
    furibondes du comte; sa passion inquiète fit bien gagner à ces pauvres
    gens l’argent qu’il leur avait jeté: il finit par croire à ce qu’on lui
    disait, et fut moins malheureux.

    –Si jamais la duchesse se doute de cet entretien, dit-il à Chékina,
    j’enverrai votre prétendu passer vingt ans à la forteresse, et vous ne
    le reverrez qu’en cheveux blancs.

    Quelques jours se passèrent pendant lesquels Fabrice à son tour perdit
    toute sa gaieté.

    –Je t’assure, disait-il à la duchesse, que le comte Mosca a de
    l’antipathie pour moi.

    –Tant pis pour Son Excellence, répondait-elle avec une sorte d’humeur.

    Ce n’était point là le véritable sujet d’inquiétude qui avait fait
    disparaître la gaieté de Fabrice. «La position où le hasard me place
    n’est pas tenable, se disait-il. Je suis bien sûr qu’elle ne parlera
    jamais, elle aurait horreur d’un mot trop significatif comme d’un
    inceste. Mais si un soir, après une journée imprudente et folle elle
    vient à faire l’examen de sa conscience, si elle croit que j’ai pu
    deviner le goût qu’elle semble prendre pour moi, quel rôle jouerais-je
    à ses yeux? exactement le casto Giuseppe (proverbe italien, allusion au
    rôle ridicule de Joseph avec la femme de l’eunuque Putiphar).

    «Faire entendre par une belle confidence que je ne suis pas susceptible
    d’amour sérieux? je n’ai pas assez de tenue dans l’esprit pour énoncer
    ce fait de façon à ce qu’il ne ressemble pas comme deux gouttes d’eau à
    une impertinence. Il ne me reste que la ressource d’une grande passion
    laissée à Naples, en ce cas, y retourner pour vingt-quatre heures: ce
    parti est sage, mais c’est bien de la peine! Resterait un petit amour
    de bas étage à Parme, ce qui peut déplaire; mais tout est préférable
    au rôle affreux de l’homme qui ne veut pas deviner. Ce dernier parti
    pourrait, il est vrai, compromettre mon avenir; il faudrait, à force de
    prudence et en achetant la discrétion, diminuer le danger.»

    Ce qu’il y avait de cruel au milieu de toutes ces pensées, c’est que
    réellement Fabrice aimait la duchesse de bien loin plus qu’aucun être
    au monde. «Il faut être bien maladroit, se disait-il avec colère, pour
    tant redouter de ne pouvoir persuader ce qui est si vrai!» Manquant
    d’habileté pour se tirer de cette position, il devint sombre et chagrin.
    «Que serait-il de moi, grand Dieu! si je me brouillais avec le seul être
    au monde pour qui j’aie un attachement passionné?» D’un autre côté,
    Fabrice ne pouvait se résoudre à gâter un bonheur si délicieux par un
    mot indiscret. Sa position était si remplie de charmes! l’amitié intime
    d’une femme si aimable et si jolie était si douce! Sous les rapports
    plus vulgaires de la vie, sa protection lui faisait une position si
    agréable à cette cour, dont les grandes intrigues, grâce à elle qui les
    lui expliquait, l’amusaient comme une comédie! «Mais au premier moment
    je puis être réveillé par un coup de foudre! se disait-il. Ces soirées
    si gaies, si tendres, passées presque en tête à tête avec une femme si
    piquante, si elles conduisent à quelque chose de mieux, elle croira
    trouver en moi un amant; elle me demandera des transports, de la folie,
    et je n’aurai toujours à lui offrir que l’amitié la plus vive, mais
    sans amour; la nature m’a privé de cette sorte de folie sublime. Que de
    reproches n’ai-je pas eu à essuyer à cet égard! Je crois encore entendre
    la duchesse d’A…, et je me moquais de la duchesse! Elle croira que je
    manque d’amour pour elle, tandis que c’est l’amour qui manque en moi;
    jamais elle ne voudra me comprendre. Souvent à la suite d’une anecdote
    sur la cour contée par elle avec cette grâce, cette folie qu’elle seule
    au monde possède, et d’ailleurs nécessaire à mon instruction, je lui
    baise les mains et quelquefois la joue. Que devenir si cette main presse
    la mienne d’une certaine façon?»

    Fabrice paraissait chaque jour dans les maisons les plus considérées
    et les moins gaies de Parme. Dirigé par les conseils habiles de la
    duchesse, il faisait une cour savante aux deux princes père et fils,
    à la princesse Clara-Paolina et à monseigneur l’archevêque. Il avait
    des succès, mais qui ne le consolaient point de la peur mortelle de se
    brouiller avec la duchesse.

    CHAPITRE VIII

    Ainsi moins d’un mois seulement après son arrivée à la cour, Fabrice
    avait tous les chagrins d’un courtisan, et l’amitié intime qui faisait
    le bonheur de sa vie était empoisonnée. Un soir, tourmenté par ces
    idées, il sortit de ce salon de la duchesse où il avait trop l’air
    d’un amant régnant; errant au hasard dans la ville, il passa devant le
    théâtre qu’il vit éclairé; il entra. C’était une imprudence gratuite
    chez un homme de sa robe et qu’il s’était bien promis d’éviter à Parme,
    qui après tout n’est qu’une petite ville de quarante mille habitants. Il
    est vrai que dès les premiers jours il s’était affranchi de son costume
    officiel; le soir, quand il n’allait pas dans le très grand monde, il
    était simplement vêtu de noir comme un homme en deuil.

    Au théâtre il prit une loge du troisième rang pour n’être pas vu; l’on
    donnait La Jeune Hôtesse, de Goldoni. Il regardait l’architecture de
    la salle: à peine tournait-il les yeux vers la scène. Mais le public
    nombreux éclatait de rire à chaque instant; Fabrice jeta les yeux sur
    la jeune actrice qui faisait le rôle de l’hôtesse, il la trouva drôle.
    Il regarda avec plus d’attention, elle lui sembla tout à fait gentille
    et surtout remplie de naturel: c’était une jeune fille naïve qui riait
    la première des jolies choses que Goldoni mettait dans sa bouche, et
    qu’elle avait l’air tout étonnée de prononcer. Il demanda comment elle
    s’appelait, on lui dit:

    –Marietta Valserra.

    «Ah! pensa-t-il, elle a pris mon nom, c’est singulier.» Malgré ses
    projets il ne quitta le théâtre qu’à la fin de la pièce. Le lendemain il
    revint; trois jours après il savait l’adresse de la Marietta Valserra.

    Le soir même du jour où il s’était procuré cette adresse avec assez
    de peine, il remarqua que le comte lui faisait une mine charmante. Le
    pauvre amant jaloux, qui avait toutes les peines du monde à se tenir
    dans les bornes de la prudence, avait mis des espions à la suite du
    jeune homme, et son équipée du théâtre lui plaisait. Comment peindre
    la joie du comte lorsque le lendemain du jour où il avait pu prendre
    sur lui d’être aimable avec Fabrice, il apprit que celui-ci, à la
    vérité à demi déguisé par une longue redingote bleue, avait monté
    jusqu’au misérable appartement que la Marietta Valserra occupait au
    quatrième étage d’une vieille maison derrière le théâtre? Sa joie
    redoubla lorsqu’il sut que Fabrice s’était présenté sous un faux nom, et
    avait eu l’honneur d’exciter la jalousie d’un mauvais garnement nommé
    Giletti, lequel à la ville jouait les troisièmes rôles de valet, et dans
    les villages dansait sur la corde. Ce noble amant de la Marietta se
    répandait en injures contre Fabrice et disait qu’il voulait le tuer.

    Les troupes d’opéra sont formées par un impresario qui engage de côté et
    d’autre les sujets qu’il peut payer ou qu’il trouve libres, et la troupe
    amassée au hasard reste ensemble une saison ou deux tout au plus. Il
    n’en est pas de même des compagnies comiques; tout en courant de ville
    en ville et changeant de résidence tous les deux ou trois mois, elle
    n’en forme pas moins comme une famille dont tous les membres s’aiment
    ou se haïssent. Il y a dans ces compagnies des ménages établis que les
    beaux des villes où la troupe va jouer trouvent quelquefois beaucoup de
    difficultés à désunir. C’est précisément ce qui arrivait à notre héros:
    la petite Marietta l’aimait assez, mais elle avait une peur horrible
    du Giletti qui prétendait être son maître unique et la surveillait de
    près. Il protestait partout qu’il tuerait le monsignore, car il avait
    suivi Fabrice et était parvenu à découvrir son nom. Ce Giletti était
    bien l’être le plus laid et le moins fait pour l’amour: démesurément
    grand, il était horriblement maigre, fort marqué de la petite vérole
    et un peu louche. Du reste, plein des grâces de son métier, il entrait
    ordinairement dans les coulisses où ses camarades étaient réunis,
    en faisant la roue sur les pieds et sur les mains ou quelque autre
    tour gentil. Il triomphait dans les rôles où l’acteur doit paraître
    la figure blanchie avec de la farine et recevoir ou donner un nombre
    infini de coups de bâton. Ce digne rival de Fabrice avait 32 francs
    d’appointements par mois et se trouvait fort riche.

    Il sembla au comte Mosca revenir des portes du tombeau, quand ses
    observateurs lui donnèrent la certitude de tous ces détails. L’esprit
    aimable reparut; il sembla plus gai et de meilleure compagnie que jamais
    dans le salon de la duchesse, et se garda bien de rien lui dire de la
    petite aventure qui le rendait à la vie. Il prit même des précautions
    pour qu’elle fût informée de tout ce qui se passait le plus tard
    possible. Enfin il eut le courage d’écouter la raison qui lui criait en
    vain depuis un mois que toutes les fois que le mérite d’un amant pâlit,
    cet amant doit voyager.

    Une affaire importante l’appela à Bologne, et deux fois par jour des
    courriers du cabinet lui apportaient bien moins les papiers officiels de
    ses bureaux que des nouvelles des amours de la petite Marietta, de la
    colère du terrible Giletti et des entreprises de Fabrice.

    Un des agents du comte demanda plusieurs fois Arlequin squelette et
    pâté, l’un des triomphes de Giletti (il sort du pâté au moment où son
    rival Brighella l’entame et le bâtonne); ce fut un prétexte pour lui
    faire passer cent francs. Giletti, criblé de dettes, se garda bien de
    parler de cette bonne aubaine, mais devint d’une fierté étonnante.

    La fantaisie de Fabrice se changea en pique d’amour-propre (à son âge,
    les soucis l’avaient déjà réduit à avoir des fantaisies)! La vanité
    le conduisait au spectacle; la petite fille jouait fort gaiement et
    l’amusait; au sortir du théâtre il était amoureux pour une heure. Le
    comte revint à Parme sur la nouvelle que Fabrice courait des dangers
    réels; le Giletti, qui avait été dragon dans le beau régiment des
    dragons Napoléon, parlait sérieusement de tuer Fabrice et prenait des
    mesures pour s’enfuir ensuite en Romagne. Si le lecteur est très jeune,
    il se scandalisera de notre admiration pour ce beau trait de vertu. Ce
    ne fut pas cependant un petit effort d’héroïsme de la part du comte que
    celui de revenir de Bologne; car enfin, souvent, le matin, il avait le
    teint fatigué, et Fabrice avait tant de fraîcheur, tant de sérénité!
    Qui eût songé à lui faire un sujet de reproche de la mort de Fabrice,
    arrivée en son absence, et pour une si sotte cause? Mais il avait une
    de ces âmes rares qui se font un remords éternel d’une action généreuse
    qu’elles pouvaient faire et qu’elles n’ont pas faite; d’ailleurs il ne
    put supporter l’idée de voir la duchesse triste, et par sa faute.

    Il la trouva, à son arrivée, silencieuse et morne; voici ce qui s’était
    passé: la petite femme de chambre, Chékina, tourmentée par les remords,
    et jugeant de l’importance de sa faute par l’énormité de la somme
    qu’elle avait reçue pour la commettre, était tombée malade. Un soir,
    la duchesse qui l’aimait monta jusqu’à sa chambre. La petite fille ne
    put résister à cette marque de bonté, elle fondit en larmes, voulut
    remettre à sa maîtresse ce qu’elle possédait encore sur l’argent qu’elle
    avait reçu, et enfin eut le courage de lui avouer les questions faites
    par le comte et ses réponses. La duchesse courut vers la lampe qu’elle
    éteignit, puis dit à la petite Chékina qu’elle lui pardonnait, mais à
    condition qu’elle ne dirait jamais un mot de cette étrange scène à qui
    que ce fût:

    –Le pauvre comte, ajouta-t-elle d’un air léger, craint le ridicule;
    tous les hommes sont ainsi.

    La duchesse se hâta de descendre chez elle. A peine enfermée dans sa
    chambre, elle fondit en larmes; elle trouvait quelque chose d’horrible
    dans l’idée de faire l’amour avec ce Fabrice qu’elle avait vu naître, et
    pourtant que voulait dire sa conduite?

    Telle avait été la première cause de la noire mélancolie dans laquelle
    le comte la trouva plongée; lui arrivé, elle eut des accès d’impatience
    contre lui, et presque contre Fabrice; elle eût voulu ne plus les revoir
    ni l’un ni l’autre; elle était dépitée du rôle ridicule à ses yeux que
    Fabrice jouait auprès de la petite Marietta; car le comte lui avait
    tout dit en véritable amoureux incapable de garder un secret. Elle ne
    pouvait s’accoutumer à ce malheur: son idole avait un défaut; enfin
    dans un moment de bonne amitié elle demanda conseil au comte, ce fut
    pour celui-ci un instant délicieux et une belle récompense du mouvement
    honnête qui l’avait fait revenir à Parme.

    –Quoi de plus simple! dit le comte en riant; les jeunes gens veulent
    avoir toutes les femmes, puis le lendemain, ils n’y pensent plus. Ne
    doit-il pas aller à Belgirate, voir la marquise del Dongo? Eh bien!
    qu’il parte. Pendant son absence je prierai la troupe comique de porter
    ailleurs ses talents, je paierai les frais de route; mais bientôt
    nous le verrons amoureux de la première jolie femme que le hasard
    conduira sur ses pas: c’est dans l’ordre, et je ne voudrais pas le voir
    autrement… S’il est nécessaire, faites écrire par la marquise.

    Cette idée, donnée avec l’air d’une complète indifférence, fut un trait
    de lumière pour la duchesse, elle avait peur de Giletti. Le soir le
    comte annonça, comme par hasard, qu’il y avait un courrier qui, allant
    à Vienne passait par Milan; trois jours après Fabrice recevait une
    lettre de sa mère. Il partit fort piqué de n’avoir pu encore, grâce à la
    jalousie de Giletti, profiter des excellentes intentions dont la petite
    Marietta lui faisait porter l’assurance par une mammacia, vieille femme
    qui lui servait de mère.

    Fabrice trouva sa mère et une des ses sœurs à Belgirate, gros village
    piémontais, sur la rive droite du lac Majeur; la rive gauche appartient
    au Milanais, et par conséquent à l’Autriche. Ce lac, parallèle au lac
    de Côme, et qui court aussi du nord au midi, est situé à une vingtaine
    de lieues plus au couchant. L’air des montagnes, l’aspect majestueux
    et tranquille de ce lac superbe qui lui rappelait celui près duquel il
    avait passé son enfance, tout contribua à changer en douce mélancolie
    le chagrin de Fabrice, voisin de la colère. C’était avec une tendresse
    infinie que le souvenir de la duchesse se présentait maintenant à lui;
    il lui semblait que de loin il prenait pour elle cet amour qu’il n’avait
    jamais éprouvé pour aucune femme; rien ne lui eût été plus pénible que
    d’en être à jamais séparé, et dans ces dispositions, si la duchesse
    eût daigné avoir recours à la moindre coquetterie, elle eût conquis ce
    cœur, par exemple, en lui opposant un rival. Mais bien loin de prendre
    un parti aussi décisif, ce n’était pas sans se faire de vifs reproches
    qu’elle trouvait sa pensée toujours attachée aux pas du jeune voyageur.
    Elle se reprochait ce qu’elle appelait encore une fantaisie, comme si
    c’eût été une horreur; elle redoubla d’attentions et de prévenances pour
    le comte qui, séduit par tant de grâces, n’écoutait pas la saine raison
    qui prescrivait un second voyage à Bologne.

  • Jusqu’à l’extrême regard Poésie

    Jusqu’à l’extrême regard Poésie

    Aproximadamente 3.997 palavras.

    Huguette Bertrand

    JUSQU'À L'EXTRÊME REGARD

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Suis en amour avec le jour qui passe
    près de ma fenêtre
    par-dessus ma chair ruisselante d'avenir
    sous un amoncellement de gestes fous
    que l'histoire raconte pour bercer la petite fille
    Suis en amour avec la nuit qui passe
    près de mon lit
    dans les hauts-fonds de mon âme
    parmi les spasmes et tous ces bruits
    arrachés au plaisir d'être là
    comme un fruit dans son nectar

    Suis en amour avec les mots d'amour
    près de la vie
    comme des semences d'éternité

    ___________________________

    Devant toi comme quelqu'un qui attend
    qui attend que la nuit soit consommée
    en attendant que tu sois là
    l'âme à nue
    en plein coeur du rire
    envoyée dans tous les sens
    débridée par les mots écrits comme ça
    en plein jour
    en pleine nuit
    alors que les coeurs s'entrechoquent à travers les ondes
    provoquent des signes amourachés tendres

    Comment résister aux mots désordonnés
    sans faux pli
    des mots qui provoquent la rencontre l'amitié
    la vie jusqu'au bord du risque
    le risque de perdre son âme dans l'âme de l'autre
    cet autre soi-même accordé à la vie
    ses rythmes
    ses accords à travers les saisons provocantes
    une provocation d'images chauffées à blanc
    pour le bonheur de l'instant

    Comment résister aux heures arrogantes
    ce trajet de l'esprit en voyage sur les sens
    quand le regard touche les courbes brûlantes du délire
    quand la main vient se poser sur le cri

    Un silence dérobé à l'envie d'être là
    jusqu'au bout

    ___________________________

    Parmi les feux de la nuit
    ce parcours du silence de ton âme secrète
    s'abreuve à la source de nos avenues intimes
    jusqu'au tréfonds de nos corps lancinants
    comme un puits si profond
    d'où surgissent les vertiges du matin
    ses accords sur la portée du coeur
    à n'en plus finir

    L'amour se consume
    à travers une nuée de caresses étonnées

    ___________________________

    Les doigts du ciel effleurent le sanctuaire de la folle amante
    gonflée dans la poitrine du vent
    et d'inutiles colères se heurtent aux douleurs des griffes
    emprisonnées dans les veines du temps

    Les lèvres s'habituent aux désirs
    quand la crue des souffles inonde l'espace
    jusqu'à l'épuisement des gestes

    Cernées les images passent
    l'amour délire

    ___________________________

    Le temps
    mon frère
    vient d'arriver avec en poche
    le poids de ma fragilité
    déposée aux pieds de la tendresse
    parfois emportée par le vent du large
    ses milliers de p'tits papiers accrochés au fil des jours
    et du printemps venu râteler ses émotions
    éparpillées sur le gazon

    ___________________________

    Dans la prison du désir
    je tue les heures une à une
    sans blesser les instants de l'espace amoureux
    sans piétiner les sourires
    sans mélanger la couleur des gris trop gris
    sans mourir sous le toit indigné par la caresse des jours
    sans suivre le cours du rêve inachevé
    des lendemains avides de temps

    À même cette prison
    j'habitue mes mots au délire
    pour contrôler les enchantements
    pour nager dans les attentes trop vives

    ___________________________

    Oui je rêve que je ne rêve pas
    dans le délire de tes nuits
    dans la conscience du jour
    cette envie de colorer tes arcs-en-ciel aux prises avec les nuages
    assise sous le chêne
    à brouter des impatiences dans la gueule du temps
    ce temps empanaché d'étoiles
    de fils d'araignée
    quand la voix cherche les contours d'une présence
    pour la suite du jour

    ___________________________

    Ma vie se berce au creux de la mémoire
    d'un amour retrouvé comme un mystère
    entre les seins affolés
    par une nuée d'interdits

    En proie aux fièvres
    mes rêves glissent sous le poids de la démesure
    sur les rives chaudes et parfumées du sommeil
    quand mes pores se tordent
    dans la nuit peuplée de sueurs
    de doux désirs entr'ouverts
    entre le souffle et les ongles

    Les bouches lasses se cueillent
    devant la lune éclose

    ___________________________

    Demain est toujours un autre jour
    qui nous suit pas à pas
    dans les décombres de la nuit
    ses rêves immobiles sous l'oreiller
    poursuivis dans le plein des silences
    qui charrient à distance les feux de l'âme
    cette distance que l'oeil inonde
    pour nettoyer les passions refoulées
    dans les abîmes d'un poème qui ne veut pas se taire
    un poème à la mesure du coeur
    aiguisé par la lenteur des heures à bout de cris

    ___________________________

    À l'approche de ton corps nu
    ma chair goûte tes fièvres
    de la courbe de tes rêves à la pointe du vertige
    et l'ivresse de mes lèvres déclenche le délire
    cette sauvage volupté
    quand mon souffle te parcourt satiné

    Se cambre ta raison
    sous mes doigts agités
    sans rancune
    de laisser échapper ce mouvement ondulé
    cette vague
    comme un spasme
    au bout du cri

    ___________________________

    L'amour veille dans le silence advenu
    ce silence ému par le vertige des jours
    jours de peurs
    jours des alentours défaits
    jours qui parlent tout bas
    jours évidés des sens
    jour dans la descente du jour
    long cortège des jours abandonnés à leurs songes

    ___________________________

    Ce jour n'en peut plus de dormir si tard dans son lit
    cette âme qui dort tout bonnement dans sa nuit
    un pan de nuit accrochée à la vie
    quand la vie se mesure à nos pas piétinés
    quand la vie nous rassure dans le délire des ombres

    De toutes ses coutures elle craque
    dans la charpie des heures
    s'effiloche en petites rivières nocturnes
    se rabat dans la dorure d'un soleil emprisonné
    dans un espace trop étroit
    un espace de temps trop vieux
    que la main pose sur la détresse du jour

    ___________________________

    Le soleil me joue des tours
    projette dans mon regard
    les jours étourdis par de trop grandes extases
    accrochées au clou de mon âme
    en attente du prochain soir violacé

    Par une fenêtre du coeur
    gémissent des musiques
    des gestes interrompus
    dans ce piège adossé au réveil

    ___________________________

    Tu peux toujours croquer quelques mots pour déjeuner
    pour accrocher les soucis
    dans l'oeil figé du temps qu'il fait dehors
    les branches tendues aux quatre vents

    ___________________________

    Quand un grand vent souffla sur la peau de l'automne
    elle prit la fuite
    et une chemise au hasard
    en parlant de rentrer dans un portrait de famille
    sans parlure
    sans ambiance
    puis revint ranger cette randonnée
    là où elle l'avait laissée
    juste sous le ciel étoilé de son lit

    Elle rêvait tout simplement

    ___________________________

    Suite de nuits
    que l'amour embrase de toute éternité
    pourchassée par le crime de n'être pas assouvie
    quand le souffle brusquement s'arrête
    dans le regard plongé au coeur d'un arbre d'automne
    comme une bête blessée
    fouettée par le vent
    et toutes ses feuilles qui gisent sur le sol défait

    Vive mémoire emportée par les rafales du temps

    ___________________________

    Il pleut des joies dans mes yeux
    des arcs-en-ciel sur mes épaules
    des délires crachés par la mer
    ramassés par une vague silencieuse
    à la lumière d'un vieux rêve taillé sur mesure

    Il pleut des odeurs de cheminées
    à l'image des hautes forêts
    des murmures échappés du rire
    qui bousculent mon espace intime
    pour tuer la peur
    ses durs reflets

    ___________________________

    Connectés à l'amour
    aux cordes des guitares
    celles trempées dans l'acier de l'aujourd'hui
    les lendemains paralysent le retour de quelques larmes
    appuyées sur les murs
    des maisons de novembre

    Que viennent les musiques à pleines mains
    sur la portée du coeur
    dans les sillons du jour accordés au plaisir d'être
    enfin

    ___________________________

    Dans la blancheur de l'être
    le coeur cultive un rêve abandonné dans les couloirs de la nuit
    parmi les angles
    et les assauts du regard
    venus explorer les fractures de l'âme
    ces traces fragiles qu'un silence inonde

    ___________________________

    Froid comme un hiver
    le bonheur se cherche un abri dans le bleuté des nuits
    porte le vague souvenir d'une main affolée
    comme une caresse sur l'éveil du jour
    en attendant une brassée de coeurs flottants

    L'amour et ses trouvailles
    ont rendu la brise à l'hiver

    ___________________________

    Côté coeur
    y a rien d'neuf
    à part le feu qui ronge ma langue
    quand les jours se cachent dans l'ombre

    Y a rien d'neuf au bout du jour
    quand les images s'ensablent dans ma mémoire
    que les nuits brûlent sous ma peau

    Y a rien d'neuf au bout d'la semaine
    à part les bruits
    les graffiti
    mes pieds en tête au bout d'la rue

    Y a rien d'neuf au bout du coeur
    à part tes yeux
    à part tes rêves
    pour caresser le bout d'ma vie

    ___________________________

    Quand tes musiques folles m'écoutent trop longtemps
    j'ai envie de faire trembler le jour
    qui se promène dans ma nuit
    d'envoyer mon âme en voyage
    pour la faire durer
    de chatouiller le soleil
    en faisant ma valise
    d'écrire des mots d'avance
    en cas de panne
    te parler au creux de mes phrases
    te chuchoter mes souvenirs ramassés en petits paquets d'émotions

    À travers la buée de mes espérances
    et la poussière des routes
    je m'abandonne dans un respir

    ___________________________

    Derrière les montagnes
    on aperçoit des regards vagabonder çà et là
    entre les arbres
    comme des sourires prolongés
    jusqu'au faîte de l'âme

    On aperçoit dans le tard des nuits
    quelques espaces de tendresse
    pour étouffer l'ennui
    quand le coeur fauve vient s'échouer
    aux abords des yeux ensablés
    par de trop longues heures d'attente

    Les jours nous regardent dormir entre les branches

    ___________________________

    Dans la cambrure du geste apparenté à l'infinie démesure
    ce temps passé tout contre vous
    enjolive les anciens printemps
    demeurés soudainement muets par temps de grands vents
    quand le destin fait rage

    Le corps comme un oiseau partage les tempêtes
    sur le chemin pavé de mots
    d'ardeurs arrachées à l'histoire

    ___________________________

    Comme une brise roucoulante
    venue s'échouer dans le cou de l'aube
    le corps transperce les nuages de mon âme
    et la chair de l'image
    qu'au loin je contemple tout près
    pour étancher la soif
    pour apprivoiser les battements du coeur dans l'instant

    ___________________________

    Déchirée par les départs toujours présents
    la douleur s'apaise
    quand le souffle rejoint le geste
    ce battement de vie
    à même ton âme greffée à la mienne

    Coincée entre l'espace et le temps
    mes mots en se taisant crient à tue-tête
    dans ce rêve sorti tout droit des nues
    habitat du coeur devenu oxygène

    À travers une verrière
    l'univers s'incline à genoux sur la nuit

    ___________________________

    Allongée sur les paumes du quotidien
    une femme de connivence avec le bonheur
    s'abandonne dans un fou rire
    pose délicate comme un fruit incandescent
    qu'enrobent les désirs
    venus valser sur ses nuits apprivoisées
    une femme moulée dans ses parures
    pour une fête empirique
    transparente parfumée
    visitée par les saisons
    inscrite au calendrier
    revue et corrigée par le mouvement perpétuel de la tendresse

    On imagine aussi les mains déployées d'un homme à plaisir
    venu raser ce rêve dans le jus des sens
    devant une bière enivrée d'illusions
    quand le temps forge des douleurs sous nos pieds désarmés
    échange l'amour contre la mort
    ses pitiés naissantes au bord des lèvres
    pour inquiéter nos nuits

    ___________________________

    Quand la vie m'étire à n'en plus finir
    j'étire l'avenir jusqu'à demain
    j'étire demain pour en finir avec l'avenir
    j'étire mes mots pour allonger le verbe
    je m'étire dans mon verbe pour conjuguer le désir à l'être
    et n'être plus que l'étirement d'un désir
    sur une distance allongée posée sur le temps
    un temps étiré par le hasard d'une rencontre
    une rencontre qui s'étire sur le devenir
    comme si demain n'existait pas

    Pour en finir
    le verbe me plonge dans ce désir de l'être
    en son devenir

    ___________________________

    Juste un peu plus de vie pour prendre l'amour par le goût
    quand le goût a le goût d'aller dormir près de la nuit
    cette nuit qui veille sur l'amour
    comme une vieille amante échevelée au goût du jour
    pas trop tannée
    juste encore en vie
    pour goûter aux nuits échevelées par l'amour

    ___________________________

    Elle est venue
    elle était peut-être déjà là
    debout en pyjama sur son destin
    dans sa chambre virginale
    appuyée sur un dégoût
    en attendant la conquête des seins des reins
    et autres viscères
    dépliant sa nuit sur le coeur englué
    dans son imagerie

    Finalement
    elle est peut-être venue
    mais je n'y étais pas

    ___________________________

    Devant les jours de banlieues
    le temps s'attriste
    ces îles roses à l'intimité fragile
    îles boiteuses à des années-lumière
    îles poisseuses dans le varech des regards
    îles érigées à la gloire de l'éphémère
    îles savantes pour dérouter le mouvement des foules
    îles languissant comme des pluies
    îles mortes déclarées sans avenue
    îles ennuyeuses remplies de crépuscules
    îles éclatées en plein visage de la vie

    ___________________________

    Vous avez dit amour
    quand on vous aperçoit aujourd'hui plongé dans un bain de tendresse
    pour savonner les mercredis oubliés
    vous écrivez amour sur le bout d'une table
    entre deux feuilles grises
    deux colères
    et vos gestes dévastés par de trop longues heures

    Se grave enfin sur la chair de l'autre
    votre coeur démesuré
    et vous buvez l'amour
    quand le corps presse la détente
    comme au premier jour
    en cette mi-temps de février

    ___________________________

    Je bois à la source de vos mots délivrés
    temporaires
    quand la vague soupire
    quand le corps n'en peut plus de vous regarder dans l'embrasure des montagnes
    à travers le songe de vos regards venus si près de toucher l'indécence
    ce velouté du coeur jusqu'au vacillement des sens
    déboutonnés jusqu'à l'os

    C'est de l'amour
    dans le concentré des jours
    quand l'impuissance du geste s'étire à n'en plus finir
    pour espacer les désirs qui se heurtent aux vives absences

    C'est de l'amour
    comme un fruit arraché haut et court à l'automne
    un fruit d'hiver mûri à même les délicaresses
    quand le printemps s'allume allègrement
    aux abords de l'été

    ___________________________

    Qu'avons-nous à dérober ces gestes
    qui ne craignent plus la pudeur d'embrasser le poète
    dans les eaux grouillantes du délire
    ni même de tremper nos doigts dans le suc de l'amour
    comme une rosée sur le bonheur d'être assouvie par de tendres ébats
    ce repas que le coeur attend avidement
    à travers la bruine des jours
    ce doux mensonge pour un monde inventé par la blessure
    de ne pouvoir aimer à n'en plus finir

    ___________________________

    Quand il fait trop nuit
    un nouveau regard vient border mes rêves abandonnés sur le rivage
    qu'une simple lueur vient consteller

    Mémoire de la main qui effleure la mémoire
    mémoire des yeux qui arpente la nuit
    mémoire de la nuit qui parfume l'ennui

    Une flamme ardente vient chanter sous ma lampe
    des airs sauvages
    accompagnés de petites ronflettes
    hallucinées

    ___________________________

    Ne pillez plus ces nouveaux jours
    quand le soleil verse son or sur nos chairs attendries par l'âge des pierres
    quand nos yeux pavoisent devant ce rêve emmitouflé dans un rayon de lune
    quand le galbe soyeusement apprivoisé cherche les contours de la main qui effleure

    Sous l'écorce de nos vies
    le temps est à l'oeuvre
    sculpte dans cette argile
    des lumières frêles
    que les mots épuisent aux confins de la mémoire

    Surgissent alors des amours effrontées

    ___________________________

    Dans la savane de nos âmes
    des loups s'y promènent
    avec un goût de représailles à portée de hurlement
    étrangeté qui ressemble à une vocation
    jusque-là étendue sur une plage
    devant une mer de naufrages
    de cris douteux

    ___________________________

    En vérité
    c'est de toi cette senteur du jardin
    jusqu'à l'extrême regard incendiaire
    à la poursuite des patiences
    et des pluies venues

    Encore toi
    ce pays sans avenue
    que l'on transporte en soi dans la terre fertile du désir

    Toujours toi
    à la cadence des jours
    blottis entre chaque phrase
    sans mesure
    comme une certitude du présent

    ___________________________

    L'hiver ne pensait pas qu'il était rendu là où il était
    sous une pluie de glaçons barbares
    venue blesser la conscience des arbres nus
    leurs bras ballants comme chômeur sans cause
    et pour cause

    L'hiver venu a dérapé sur sa neige fondante
    à la dérive
    sur la noire habitude de nos gestes gelés

    ___________________________

    Encore tout chaud
    mon jour incendié par l'abondance du rêve
    sème dans les sillons de l'amour
    un visage habité de réels immenses
    une gueule à désir
    flanqué d'un sourire limité par la séduction d'un regard efficace
    une peau de sable fin arrachée aux plages

    Entre des pieds acrobates
    un vertige se répand sur le droit fil funambule

    ___________________________

    Les yeux assoupis dans une vague d'espoir
    retournent au rivage
    cette écume de l'émoi

    Dérive des jours insensés vers l'abîme des tendresses
    où le galbe rocheux s'étale sur la surface des eaux
    dans l'ébène du soir
    d'un enfant infini projeté dans le regard de l'aube

    ___________________________

    Ce corps inouï emprisonne le soleil dans un doute
    que supporte mal le ciel blafard

    Ciel de tous les regards portés sur la chose
    ciel enculé par des évidences
    semences du ciel dans le ventre du passé
    enfants éventrés dans les décharges du ciel
    ciel baisé en silence par des nuits épousées
    ciel de vie détrempée dans la sueur des jours

    De feu de sang
    le ciel me désire

    ___________________________

    Après maints combats
    le coeur essoufflé s'endort ensoleillé
    porte en moi ce plaisir de brûler dans l'ombre

    Ces seules lignes décochées sur la cible
    ressemblent à une coïncidence
    quand la raison perd la tête

    Posez un timbre de voix sur le mot
    envoyez cette bizarrerie au hasard
    comme un mot d'amour à la mer

    ___________________________

    Assoupis
    des fragments d'été brûlent sous la peau
    comme une promesse aux herbes folles
    dans un corps à corps avec les étoiles

    Lents mouvements inclinés sur l'âme affamée
    suspendue sur un mur de glace
    dans lequel résonne un cri d'enfant
    assassiné par de trop longues années

    ___________________________

    Où veux-tu que je dépose mes caresses
    lorsque la lune est rouge
    lorsque mon cri échevelé vient te dire que l'amour fermente sous le lichen
    lorsque tu danses près d'un gouffre de lumière
    lorsque tu marches sur des plages garnies d'apothéoses et de galets hors saison
    lorsque la mer me confie son silence me propose ses regrets comme la terre ses alarmes
    lorsque tu ruisselles sous l'écorce de tes nuits inventées
    lorsque je traverse le pont de tes rires téméraires
    lorsque enfin nos mains fleurissent sous un grand pin argenté

    ___________________________

    Dans les chairs roses du ciel
    une lune magique pose sous le regard des jours irrités par la rage des heures folles

    Heures de plomb à l'épaule
    heures des portes battantes
    heures tranchées dans le sens du cadavre
    heures lacérées par les visages fuyants
    heures déshabillées dans un respir
    heures qui se bousculent à la porte des foules
    heures bleues heures grises comme des pierres étranglées
    vive douleur des heures incendiées
    heures fragiles et nues dans les chairs roses du ciel

    ___________________________

    Votre folie m'habille comme un gant
    si près de la lumière
    si près des heures libérées par la foudre de vos rires en relief
    sur mes mots éventrés par les silences
    les oubliances que je suis
    à même ce jour
    imprégnée d'alliances
    d'enfances étalées sur mes crépuscules
    ce foutu mensonge

    ___________________________

    J'ai les écluses fragiles dans le regard de l'aube
    quand mes mains s'abandonnent au vertige des mots
    devant ce phare absent
    devant l'image rebelle d'une nuit furieuse
    pluvieuse

    ___________________________

    Au passage
    les baisers creusent des habitudes au hasard des fatigues
    lèchent le destin étroit d'un visage oublié dans le givre des heures
    visage abandonné sous le doux regard d'une étoile lointaine
    quand la fête déjoue les ruses d'un soir exténué

    ___________________________

    Une promesse de chairs odorantes provoque des printemps délurés
    des échanges de rêves effrontés
    derrière une foule triste
    essuie gestes et marées sur les visages à portée de l'esclave

    ___________________________

    Sur ma page
    des mots ondulés me respirent jusqu'au sein du rêve
    me ramènent au coeur des choses
    à travers le cristallin de l'âme
    ses ébats
    dans la chaleur des sexes poétiques
    évanouis comme des mystères déraisonnables

    ___________________________

    Un cheptel de mots avance lentement
    vers l'écrin fertile de mes pensées
    en meuglant des souvenirs désespérés
    sous le dernier quartier d'une lune d'hiver

    ___________________________

    Ce brasier du coeur brûle les ailes d'un horizon étonné
    invente des poursuites
    dans la brousse des prunelles
    des déesses éplorées

    Femmes de bois
    fibres de terre
    de sang trop mûr
    assises sur l'humus des âges sacrés
    fiançailles englouties dans un bleu éternel

    ___________________________

    Frémissante
    elle reconnaît les cris
    comme une exaltation secrète de la source
    ses passions qu'elle boit à même la bouche des échos rythmés
    des instants convertis à l'être
    autrefois bafoués
    sans mémoire
    rejette par ses paumes entrouvertes
    la raison trébuchante
    qu'aucune foi ne peut atteindre
    dans l'aube assassinée

    ___________________________

    Il fait jaune feu dehors
    à travers les arbres déchus et mauves
    devant ce jour poudré d'indifférence
    égaré dans le vin de l'aube
    ennivrée

    Comme un rendez-vous avec la mémoire
    ce feu à côté de moi
    me projette dans le plein des choses à écrire

    Tranquillement demain me lira
    apaisera le fer à 23 heures pile
    mais comment en être sûre ?

    ___________________________

    Une mémoire constellée glane les langues assoiffées
    mystère des mots sanctifiés par le poète
    sous l'emprise d'un verre offert
    pour évaporer les désirs inconscients de l'Être
    dévorantes failles engorgées de désirs
    décapsulés
    bus jusqu'à la lie

    ___________________________

    Au coeur de l'essentiel
    le silence mijote des réponses
    condamnées à éblouir les peurs
    à hauteur du vrai
    en ce jour dessiné
    inévitable

    Le coeur aux aguets

    ___________________________

    Rage folle des amours punitives
    doux labeur de questions pour nos âmes affamées

    Rage folle des amours démembrées
    par les jours indomptés d'un coeur fauve insondable

    Rage folle des amours déchiquetées
    ensevelies sous les bruits de nos pas inévitables

    Rage folle des amours libertaires
    abandonnées dans un cri

    ___________________________

    Cette femme désertique apprend en silence
    mais le silence ne lui répond pas

    Elle se chuchote les mots amoureux du temps
    répand ses cris en rafales
    sur des tissus brodés d'étoiles
    retenant la pluie d'un visage abruti

    Elle rêve
    elle rêve aux doux gémissements amarrés au quai d'un grand lit
    sème sur des pierres
    les fines herbes de son coeur éclaté

    Abandonnée devant un soleil trop pur
    la joie s'écrira peu à peu
    sur le blanc de l'âme imaginée trop grise
    que les couleurs transporteront sur les ailes du vent

    Le meilleur s'en vient !

    =====================================
    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    Dépôt légal / mai 1997
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-921818-14-0
    Tous droits réservés – All rights reserved

    ===========================================================

    Ce recueil de poésie est aussi édité sur le site web de la
    Bibliothèque nationale du Canada dans sa collection électronique
    à l'adresse suivante :
    [ http://collection.nlc-bnc.ca/100/200/300/huguette_bertrand/jusqua/regard.html ]

    This poetry book is also edited on the National Library of Canada's website
    in it's electronic collection at the following URL :
    [ http://collection.nlc-bnc.ca/100/200/300/huguette_bertrand/jusqua/regard.html ]

    ************
    Ce document fut présenté en lecture gratuite sur le site du "Project Gutenberg"
    en janvier 2002 par l'auteure Huguette Bertrand, (Québec) Canada

    This document has been released for free reading on "Project Gutenberg"
    on January 2002 by the author Huguette Bertrand, (Quebec) Canada

    ************
    Site personnel de l'auteure / The author's personal website :

    Espace poétique de Huguette Bertrand : [ http://www.espacepoetique.com ]

    Synopsis du site / Map site : [ http://www.espacepoetique.com/poete/map.html ]

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  • Jeannot et Colin

    Jeannot et Colin

    Aproximadamente 3.649 palavras.

    This eBook was produced by Carlo Traverso.

    We thank the Bibliotheque Nationale de France that has made available
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    of the etext through OCR.

    Nous remercions la Bibliothèque Nationale de France qui a mis à
    dispositions les images dans www://gallica.bnf.fr, et a donné
    l'authorization à les utilizer pour preparer ce texte.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE.

    TOME XXXIII

    DE L' IMPRIMERIE DE A. FIRMIN DIDOT,

    RUE JACOB, N° 24.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE

    PRÉFACES, AVERTISSEMENTS, NOTES, ETC.

    PAR M. BEUCHOT.

    TOME XXXIII.

    ROMANS. TOME I.

    A PARIS,

    CHEZ LEFÈVRE, LIBRAIRE,

    RUE DE L'ÉPERON, K° 6. WERDET ET LEQUIEN FILS,

    RUE DU BATTOIR, N° 2O.

    MDCCCXXIX.

    JEANNOT ET COLIN.

    Préface de l'Éditeur

    Les deux contes, _Le blanc et le noir_, _Jeannot et Colin_, font
    partie du volume qui parut, en 1764, sous le titre de Contes de
    Guillaume Fade.

    ——

    Les notes sans signature, et qui sont indiquées par des lettres,
    sont de Voltaire.

    Les notes signées d'un K sont des éditeurs de Kehl, MM. Condorcet
    et Decroix. Il est impossible de faire rigoureusement la part de
    chacun.

    Les additions que j'ai faites aux notes de Voltaire ou aux notes
    des éditeurs de Kehl, en sont séparées par un–, et sont, comme
    mes notes, signées de l'initiale de mon nom.

    BEUCHOT.

    4 octobre 1829.

    JEANNOT ET COLIN.

    Plusieurs personnes dignes de foi ont vu Jeannot et Colin à
    l'école dans la ville d'Issoire, en Auvergne, ville fameuse dans
    tout l'univers par son collège et par ses chaudrons. Jeannot
    était fils d'un marchand de mulets très renommé; Colin devait le
    jour à un brave laboureur des environs, qui cultivait la terre
    avec quatre mulets, et qui, après avoir payé la taille, le
    taillon, les aides et gabelles, le sou pour livre, la capitation,
    et les vingtièmes, ne se trouvait pas puissamment riche au bout
    de l'année.

    Jeannot et Colin étaient fort jolis pour des Auvergnats; ils
    s'aimaient beaucoup; et ils avaient ensemble de petites
    privautés, de petites familiarités, dont on se ressouvient
    toujours avec agrément quand on se rencontre ensuite dans le
    monde.

    Le temps de leurs études était sur le point de finir, quand un
    tailleur apporta à Jeannot un habit de velours à trois couleurs,
    avec une veste de Lyon de fort bon goût; le tout était accompagné
    d'une lettre à M. de La Jeannotière. Colin admira l'habit, et ne
    fut point jaloux; mais Jeannot prit un air de supériorité qui
    affligea Colin. Dès ce moment Jeannot n'étudia plus, se regarda
    au miroir, et méprisa tout le monde. Quelque temps après un
    valet de chambre arrive en poste, et apporte une seconde lettre à
    monsieur le marquis de La Jeannotière; c'était un ordre de
    monsieur son père de faire venir monsieur son fils à Paris.
    Jeannot monta en chaise en tendant la main à Colin avec un
    sourire de protection assez noble. Colin sentit son néant, et
    pleura. Jeannot partit dans toute la pompe de sa gloire.

    Les lecteurs qui aiment à s'instruire doivent savoir que
    M. Jeannot, le père, avait acquis assez rapidement des biens
    immenses dans les affaires. Vous demandez comment on fait ces
    grandes fortunes? C'est parcequ'on est heureux. M. Jeannot
    était bien fait, sa femme aussi, et elle avait encore de la
    fraîcheur. Ils allèrent à Paris pour un procès qui les ruinait,
    lorsque la fortune, qui élève et qui abaisse les hommes à son
    gré, les présenta à la femme d'un entrepreneur des hôpitaux des
    armées, homme d'un grand talent, et qui pouvait se vanter d'avoir
    tué plus de soldats en un an que le canon n'en fait périr en dix.
    Jeannot plut à madame; la femme de Jeannot plut à monsieur.
    Jeannot fut bientôt de part dans l'entreprise; il entra dans
    d'autres affaires. Dès qu'on est dans le fil de l'eau, il n'y a
    qu'à se laisser aller; on fait sans peine une fortune immense.
    Les gredins, qui du rivage vous regardent voguer à pleines
    voiles, ouvrent des yeux étonnés; ils ne savent comment vous avez
    pu parvenir; ils vous envient au hasard, et font contre vous des
    brochures que vous ne lisez point. C'est ce qui arriva à Jeannot
    le père, qui fut bientôt M. de La Jeannotière, et qui, ayant
    acheté un marquisat au bout de six mois, retira de l'école
    monsieur le marquis son fils, pour le mettre à Paris dans le beau
    monde.

    Colin, toujours tendre, écrivit une lettre de compliments à son
    ancien camarade, et lui fit ces lignes pour le congratuler. Le
    petit marquis ne lui fit point de réponse: Colin en fut malade de
    douleur.

    Le père et la mère donnèrent d'abord un gouverneur au jeune
    marquis: ce gouverneur, qui était un homme du bel air, et qui ne
    savait rien, ne put rien enseigner à son pupille. Monsieur
    voulait que son fils apprît le latin, madame ne le voulait pas.
    Ils prirent pour arbitre un auteur qui était célèbre alors par
    des ouvrages agréables. Il fut prié à dîner. Le maître de la
    maison commença par lui dire: Monsieur, comme vous savez le
    latin, et que vous êtes un homme de la cour…. Moi, monsieur,
    du latin! je n'en sais pas un mot, répondit le bel esprit, et
    bien m'en a pris: il est clair qu'on parle beaucoup mieux sa
    langue quand on ne partage pas son application entre elle et les
    langues étrangères. Voyez toutes nos dames, elles ont l'esprit
    plus agréable que les hommes; leurs lettres sont écrites avec
    cent fois plus de grâce; elles n'ont sur nous cette supériorité
    que parcequ'elles ne savent pas le latin.

    Eh bien! n'avais-je pas raison? dit madame. Je veux que mon
    fils soit un homme d'esprit, qu'il réussisse dans le monde; et
    vous voyez bien que, s'il savait le latin, il serait perdu.
    Joue-t-on, s'il vous plaît, la comédie et l'opéra en latin?
    plaide-t-on en latin quand on a un procès? fait-on l'amour en
    latin? Monsieur, ébloui de ces raisons, passa condamnation, et
    il fut conclu que le jeune marquis ne perdrait point son temps à
    connaître Cicéron, Horace, et Virgile. Mais qu'apprendra-t-il
    donc? car encore faut-il qu'il sache quelque chose; ne
    pourrait-on pas lui montrer un peu de géographie? A quoi, cela
    lui servira-t-il? répondit le gouverneur. Quand monsieur le
    marquis ira dans ses terres, les postillons ne sauront-ils pas
    les chemins? ils ne l'égareront certainement pas. On n'a pas
    besoin d'un quart de cercle pour voyager, et on va très
    commodément de Paris en Auvergne, sans qu'il soit besoin de
    savoir sous quelle latitude on se trouve.

    Vous avez raison, répliqua le père; mais j'ai entendu parler
    d'une belle science qu'on appelle, je crois, l'astronomie.
    Quelle pitié! repartit le gouverneur; se conduit-on par les
    astres dans ce monde? et faudra-t-il que monsieur le marquis se
    tue à calculer une éclipse, quand il la trouve à point nommé dans
    l'almanach, qui lui enseigne de plus les fêtes mobiles, l'âge de
    la lune, et celui de toutes les princesses de l'Europe?

    Madame fut entièrement de l'avis du gouverneur. Le petit marquis
    était au comble de la joie; le père était très indécis. Que
    faudra-t-il donc apprendre à mon fils? disait-il. A être
    aimable, répondit l'ami que l'on consultait; et s'il sait les
    moyens de plaire, il saura tout: c'est un art qu'il apprendra
    chez madame sa mère, sans que ni l'un ni l'autre se donnent la
    moindre peine.

    Madame, à ce discours, embrassa le gracieux ignorant, et lui dit:
    On voit bien, monsieur, que vous êtes l'homme du monde le plus
    savant; mon fils vous devra toute son éducation: je m'imagine
    pourtant qu'il ne serait pas mal qu'il sût un peu d'histoire.
    Hélas! madame, à quoi cela est-il bon? répondit-il; il n'y a
    certainement d'agréable et d'utile que l'histoire du jour.
    Toutes les histoires anciennes, comme le disait un de nos beaux
    esprits[1], ne sont que des fables convenues; et pour les
    modernes, c'est un chaos qu'on ne peut débrouiller. Qu'importe à
    monsieur votre fils que Charlemagne ait institué les douze pairs
    de France, et que son successeur ait été bègue?

    [1] Fontenelle. B.

    Rien n'est mieux dit! s'écria le gouverneur: on étouffe l'esprit
    des enfants sous un amas de connaissances inutiles; mais de
    toutes les sciences la plus absurde, à mon avis, et celle qui est
    la plus capable d'étouffer toute espèce de génie, c'est la
    géométrie. Cette science ridicule a pour objet des surfaces ,
    des lignes, et des points, qui n'existent pas dans la nature. On
    fait passer en esprit cent mille lignes courbes entre un cercle
    et une ligne droite qui le touche, quoique dans la réalité on n'y
    puisse pas passer un fétu. La géométrie, en vérité, n'est qu'une
    mauvaise plaisanterie.

    Monsieur et madame n'entendaient pas trop ce que le gouverneur
    voulait dire; mais ils furent entièrement de son avis.

    Un seigneur comme monsieur le marquis, continua-t-il , ne doit
    pas se dessécher le cerveau dans ces vaines études. Si un jour
    il a besoin d'un géomètre sublime, pour lever le plan de ses
    terres, il les fera arpenter pour son argent. S'il veut
    débrouiller l'antiquité de sa noblesse, qui remonte aux temps les
    plus reculés, il enverra chercher un bénédictin. Il en est de
    même de tous les arts. Un jeune seigneur heureusement né n'est
    ni peintre, ni musicien, ni architecte, ni sculpteur; mais il
    fait fleurir tous ces arts en les encourageant par sa
    magnificence. Il vaut sans doute mieux les protéger que de les
    exercer; il suffit que monsieur le marquis ait du goût; c'est aux
    artistes à travailler pour lui; et c'est en quoi on a très grande
    raison de dire que les gens de qualité (j'entends ceux qui sont
    très riches) savent tout sans avoir rien appris, parcequ'en effet
    ils savent à la longue juger de toutes les choses qu'ils
    commandent et qu'ils paient.

    L'aimable ignorant prit alors la parole, et dit: Vous avez très
    bien remarqué, madame, que la grande fin de l'homme est de
    réussir dans la société. De bonne foi, est-ce par les sciences
    qu'on obtient ce succès? s'est-on jamais avisé dans la bonne
    compagnie de parler de géométrie? demande-t-on jamais à un
    honnête homme quel astre se lève aujourd'hui avec le soleil?
    s'informe-t-on à souper si Clodion-le-Chevelu passa le Rhin?
    Non, sans doute, s'écria la marquise de La Jeannotière, que ses
    charmes avaient initiée quelquefois dans le beau monde, et
    monsieur mon fils ne doit point éteindre son génie par l'étude de
    tous ces fatras; mais enfin que lui apprendra-t-on? car il est
    bon qu'un jeune seigneur puisse briller dans l'occasion, comme
    dit monsieur mon mari. Je me souviens d'avoir ouï dire à un abbé
    que la plus agréable des sciences était une chose dont j'ai
    oublié le nom, mais qui commence par un _B_.–Par un _B_, madame?
    ne serait-ce point la botanique?–Non, ce n'était point de
    botanique qu'il me parlait; elle commençait, vous dis-je, par un
    _B_, et finissait par un _on_.–Ah! j'entends, madame; c'est le
    blason: c'est, à la vérité, une science fort profonde; mais elle
    n'est plus à la mode depuis qu'on a perdu l'habitude de faire
    peindre ses armes aux portières de son carrosse; c'était la chose
    du monde la plus utile dans un état bien policé. D'ailleurs
    cette étude serait infinie; il n'y a point aujourd'hui de barbier
    qui n'ait ses armoiries; et vous savez que tout ce qui devient
    commun est peu fêté. Enfin, après avoir examiné le fort et le
    faible des sciences, il fut décidé que monsieur le marquis
    apprendrait à danser.

    La nature, qui fait tout, lui avait donné un talent qui se
    développa bientôt avec un succès prodigieux; c'était de chanter
    agréablement des vaudevilles. Les grâces de la jeunesse, jointes
    à ce don supérieur, le firent regarder comme le jeune homme de la
    plus grande espérance. Il fut aimé des femmes; et ayant la tête
    toute pleine de chansons, il en fit pour ses maîtresses. Il
    pillait _Bacchus_ et _l'Amour_ dans un vaudeville, la nuit et le
    jour dans un autre, les charmes et les alarmes dans un troisième;
    mais, comme il y avait toujours dans ses vers quelques pieds de
    plus ou de moins qu'il ne fallait, il les fesait corriger
    moyennant vingt louis d'or par chanson; et il fut mis dans
    l'_Année_ littéraire au rang des La Fare, des Chaulieu, des
    Hamilton, des Sarrasin, et des Voiture.

    Madame la marquise crut alors être la mère d'un bel esprit, et
    donna à souper aux beaux esprits de Paris. La tête du jeune
    homme fut bientôt renversée; il acquit l'art de parler sans
    s'entendre, et se perfectionna dans l'habitude de n'être propre à
    rien. Quand son père le vit si éloquent, il regretta vivement de
    ne lui avoir pas fait apprendre le latin, car il lui aurait
    acheté une grande charge dans la robe. La mère, qui avait des
    sentiments plus nobles, se chargea de solliciter un régiment pour
    son fils; et en attendant il fit l'amour. L'amour est
    quelquefois plus cher qu'un régiment. Il dépensa beaucoup,
    pendant que ses parents s'épuisaient encore davantage à vivre en
    grands seigneurs.

    Une jeune veuve de qualité, leur voisine, qui n'avait qu'une
    fortune médiocre, voulut bien se résoudre à mettre en sûreté les
    grands biens de monsieur et de madame de La Jeannotière, en se
    les appropriant, et en épousant le jeune marquis. Elle l'attira
    chez elle, se laissa aimer, lui fit entrevoir qu'il ne lui était
    pas indifférent, le conduisit par degrés, l'enchanta, le subjugua
    sans peine. Elle lui donnait tantôt des éloges, tantôt des
    conseils; elle devint la meilleure amie du père et de la mère.
    Une vieille voisine proposa le mariage; les parents, éblouis de
    la splendeur de cette alliance, acceptèrent avec joie la
    proposition: ils donnèrent leur fils unique à leur amie intime.
    Le jeune marquis allait épouser une femme qu'il adorait et dont
    il était aimé; les amis de la maison le félicitaient; on allait
    rédiger les articles, en travaillant aux habits de noce et à
    l'épithalame.

    Il était un matin aux genoux de la charmante épouse que l'amour,
    l'estime, et l'amitié, allaient lui donner; ils goûtaient, dans
    une conversation tendre et animée, les prémices de leur bonheur;
    ils s'arrangeaient pour mener une vie délicieuse, lorsqu'un valet
    de chambre de madame la mère arrive tout effaré. Voici bien
    d'autres nouvelles, dit-il; des huissiers déménagent la maison de
    monsieur et de madame; tout est saisi par des créanciers; on
    parle de prise de corps, et je vais faire mes diligences pour
    être payé de mes gages. Voyons un peu, dit le marquis, ce que
    c'est que ça, ce que c'est que cette aventure-là. Oui, dit la
    veuve, allez punir ces coquins-là, allez vite. Il y court, il
    arrive à la maison; son père était déjà emprisonné: tous les
    domestiques avaient fui chacun de leur côté, en emportant tout ce
    qu'ils avaient pu. Sa mère était seule, sans secours, sans
    consolation , noyée dans les larmes; il ne lui restait rien que
    le souvenir de sa fortune, de sa beauté, de ses fautes, et de ses
    folles dépenses.

    Après que le fils eut long-temps pleuré avec la mère, il lui dit
    enfin: Ne nous désespérons pas; cette jeune veuve m'aime
    éperdument; elle est plus généreuse encore que riche, je réponds
    d'elle; je vole à elle, et je vais vous l'amener. Il retourne
    donc chez sa maîtresse, il la trouve tête à tête avec un jeune
    officier fort aimable. Quoi! c'est vous, M. de La Jeannotière;
    que venez-vous faire ici? abandonne-t-on ainsi sa mère? Allez
    chez cette pauvre femme, et dites-lui que je lui veux toujours du
    bien: j'ai besoin d'une femme de chambre, et je lui donnerai la
    préférence. Mon garçon, tu me parais assez bien tourné, lui dit
    l'officier; si tu veux entrer dans ma compagnie, je te donnerai
    un bon engagement.

    Le marquis stupéfait, la rage dans le coeur, alla chercher son
    ancien gouverneur, déposa ses douleurs dans son sein, et lui
    demanda des conseils. Celui-ci lui proposa de se faire, comme
    lui, gouverneur d'enfants. Hélas! je ne sais rien, vous ne
    m'avez rien appris, et vous êtes la première cause de mon
    malheur; et il sanglotait en lui parlant ainsi. Faites des
    romans, lui dit un bel esprit qui était là; c'est une excellente
    ressource à Paris.

    Le jeune homme, plus désespéré que jamais, courut chez le
    confesseur de sa mère; c'était un théatin très accrédité, qui ne
    dirigeait que les femmes de la première considération; dès qu'il
    le vit, il se précipita vers lui. Eh! mon Dieu! monsieur le
    marquis, où est votre carrosse? comment se porte la respectable
    madame la marquise votre mère? Le pauvre malheureux lui conta le
    désastre de sa famille. A mesure qu'il s'expliquait, le théatin
    prenait une mine plus grave, plus indifférente, plus imposante:
    Mon fils, voilà où Dieu vous voulait; les richesses ne servent
    qu'à corrompre le coeur; Dieu a donc fait la grâce à votre mère
    de la réduire à la mendicité?

    Oui, monsieur.–Tant mieux, elle est sûre de son salut.–Mais,
    mon père, en attendant, n'y aurait-il pas moyen d'obtenir
    quelques secours dans ce monde?–Adieu, mon fils; il y a une dame
    de la cour qui m'attend. Le marquis fut prêt à s'évanouir; il
    fut traité à peu près de même par tous ses amis, et apprit mieux
    à connaître le monde dans une demi-journée que dans tout le reste
    de sa vie.

    Comme il était plongé dans l'accablement du désespoir, il vit
    avancer une chaise roulante, à l'antique, espèce de tombereau
    couvert, accompagné de rideaux de cuir, suivi de quatre
    charrettes énormes toutes chargées. Il y avait dans la chaise un
    jeune homme grossièrement vêtu; c'était un visage rond et frais
    qui respirait la douceur et la gaieté. Sa petite femme brune, et
    assez grossièrement agréable, était cahotée à côté de lui. La
    voiture n'allait pas comme le char d'un petit-maître: le voyageur
    eut tout le temps de contempler le marquis immobile, abîmé dans
    sa douleur. Eh! mon Dieu! s'écria-t-il, je crois que c'est là
    Jeannot. A ce nom le marquis lève les yeux, la voiture s'arrête:
    C'est Jeannot lui-même, c'est Jeannot. Le petit homme rebondi ne
    fait qu'un saut, et court embrasser son ancien camarade. Jeannot
    reconnut Colin; la honte et les pleurs couvrirent son visage. Tu
    m'as abandonné, dit Colin; mais tu as beau être grand seigneur,
    je t'aimerai toujours. Jeannot, confus et attendri, lui conta,
    en sanglotant, une partie de son histoire. Viens dans
    l'hôtellerie où je loge me conter le reste, lui dit Colin;
    embrasse ma petite femme, et allons dîner ensemble.

    Ils vont tous trois à pied, suivis du bagage. Qu'est-ce donc que
    tout cet attirail? vous appartient-il?–Oui, tout est à moi et à
    ma femme. Nous arrivons du pays; je suis à la tête d'une bonne
    manufacture de fer étamé et de cuivre. J'ai épousé la fille d'un
    riche négociant en ustensiles nécessaires aux grands et aux
    petits; nous travaillons beaucoup; Dieu nous bénit; nous n'avons
    point changé d'état, nous sommes heureux, nous aiderons notre ami
    Jeannot. Ne sois plus marquis; toutes les grandeurs de ce monde
    ne valent pas un bon ami. Tu reviendras avec moi au pays, je
    t'apprendrai le métier, il n'est pas bien difficile; je te
    mettrai de part, et nous vivrons gaiement dans le coin de terre
    où nous sommes nés.

    Jeannot éperdu se sentait partagé entre la douleur et la joie, la
    tendresse et la honte; et il se disait tout bas: Tous mes amis du
    bel air m'ont trahi, et Colin, que j'ai méprisé, vient seul à mon
    secours. Quelle instruction! La bonté d'âme de Colin développe
    dans le coeur de Jeannot le germe du bon naturel, que le monde
    n'avait pas encore étouffé. Il sentit qu'il ne pouvait
    abandonner son père et sa mère. Nous aurons soin de ta mère, dit
    Colin; et quant à ton bon-homme de père, qui est en prison,
    j'entends un peu les affaires; ses créanciers, voyant qu'il n'a
    plus rien, s'accommoderont pour peu de chose; je me charge de
    tout. Colin fit tant qu'il tira le père de prison. Jeannot
    retourna dans sa patrie avec ses parents , qui reprirent leur
    première profession. Il épousa une soeur de Colin, laquelle
    étant de même humeur que le frère, le rendit très heureux. Et
    Jeannot le père, et Jeannotte la mère, et Jeannot le fils, virent
    que le bonheur n'est pas dans la vanité.

    FIN DE JEANNOT ET COLIN.

  • Histoire des voyages de Scarmentado

    Histoire des voyages de Scarmentado

    Aproximadamente 3.527 palavras.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE.

    TOME XXXIII

    DE L' IMPRIMERIE DE A. FIRMIN DIDOT,

    RUE JACOB, N° 24.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE

    PRÉFACES, AVERTISSEMENTS, NOTES, ETC.

    PAR M. BEUCHOT.

    TOME XXXIII.

    ROMANS. TOME I.

    A PARIS,

    CHEZ LEFÈVRE, LIBRAIRE,

    RUE DE L'ÉPERON, K° 6. WERDET ET LEQUIEN FILS,

    RUE DU BATTOIR, N° 2O.

    MDCCCXXIX.

    HISTOIRE DES VOYAGES DE SCARMENTADO

    Préface de l'Éditeur

    Le prospectus des frères Cramer, pour leur édition de 1756,
    comprend les trois romans _Les deux consolés_, _Histoire des
    voyages de Scarmentado_, _Le songe de Platon_, au nombre des
    _morceaux neufs_ qu'ils allaient publier.

    Cependant la table chronologique qui est dans le tome LXX de
    l'édition in-8°de Kehl range les _Voyages de Scarmentado_ à
    l'année 1747. Longchamp[i] dit qu'ils furent composés en octobre
    1746, avec plusieurs autres romans, pendant la retraite de
    Voltaire à Sceaux. S'il fallait en croire Colini[ii], Voltaire
    aurait écrit les Voyages de Scarmentado après l'aventure de
    Francfort, en 1753. «Encore froissé des injustices qu'il venait
    d'éprouver, il composa les Voyages de Scarmentado, conte
    ingénieux, qui renferme des allusions visiblement applicables aux
    événements dans lesquels il avait figuré.» C'est au lecteur à
    prononcer si ce roman contient les allusions dont parle Colini.
    Pour moi, je ne les y ai point aperçues.

    [i] _Mémoires_, etc., page 140.

    [ii] _Mon séjour_, etc., page 61.

    Une édition de la Princesse de Babylone, qui parut en 1768 , est
    présentée comme une Suite des Voyages de Scarmentado.

    ——

    Les notes sans signature, et qui sont indiquées par des lettres,
    sont de Voltaire.

    Les notes signées d'un K sont des éditeurs de Kehl, MM. Condorcet
    et Decroix. Il est impossible de faire rigoureusement la part de
    chacun.

    Les additions que j'ai faites aux notes de Voltaire ou aux notes
    des éditeurs de Kehl, en sont séparées par un–, et sont, comme
    mes notes, signées de l'initiale de mon nom.

    BEUCHOT.

    4 octobre 1829.

    HISTOIRE
    DES VOYAGES
    DE SCARMENTADO,

    ÉCRITE PAR LUI-MÊME.

    1756.

    Je naquis dans la ville de Candie, en 1600. Mon père en était
    gouverneur; et je me souviens qu'un poète médiocre, qui n'était
    pas médiocrement dur, nommé _Iro_[1], fit de mauvais vers à ma
    louange, dans lesquels il me fesait descendre de Minos en droite
    ligne; mais mon père ayant été disgracié, il fit d'autres vers où
    je ne descendais plus que de Pasiphaé et de son amant. C'était
    un bien méchant homme que cet Iro, et le plus ennuyeux coquin qui
    fût dans l'île.

    [1] Anagramme de Roi, poète né avec des talents que son
    penchant pour la satire, les aventures qui en furent la suite,
    sa jalousie contre les hommes de la littérature qui lui étaient
    supérieurs, avilirent et rendirent malheureux. Le ballet des
    _Éléments_ et l'opéra de _Callirhoé_ sont les seuls de ses
    ouvrages qui lui aient survécu: il mourut vieux, et avait fini
    par se faire dévot. K.

    Mon père m'envoya, à l'âge de quinze ans, étudier à Rome.
    J'arrivai dans l'espérance d'apprendre toutes les vérités; car
    jusque-là on m'avait enseigné tout le contraire, selon l'usage de
    ce bas monde, depuis la Chine jusqu'aux Alpes. Monsignor
    Profondo, à qui j'étais recommandé, était un homme singulier, et
    un des plus terribles savants qu'il y eût au monde. Il voulut
    m'apprendre les catégories d'Aristote, et fut sur le point de me
    mettre dans la catégorie de ses mignons: je l'échappai belle. Je
    vis des processions, des exorcismes, et quelques rapines. On
    disait, mais très faussement, que la signora Olimpia, personne
    d'une grande prudence, vendait beaucoup de choses qu'on ne doit
    point vendre. J'étais dans un âge où tout cela me paraissait
    fort plaisant. Une jeune dame de moeurs très douces, nommée _la
    signora Fatelo_, s'avisa de m'aimer. Elle était courtisée par le
    révérend P. _Poignardini_, et par le révérend P. _Aconiti_,
    jeunes profès d'un ordre qui ne subsiste plus: elle les mit
    d'accord en me donnant ses bonnes grâces; mais en même temps je
    courus risque d'être excommunié et empoisonné. Je partis, très
    content de l'architecture de Saint-Pierre.

    Je voyageai en France; c'était le temps du règne de
    Louis-le-Juste[2]. La première chose qu'on me demanda, ce fut,
    Si je voulais à mon déjeuner un petit morceau du maréchal
    d'Ancre, dont le peuple avait fait rôtir la chair[3], et qu'on
    distribuait à fort bon compte à ceux qui en voulaient.

    [2] Louis XIII eut dès son enfance , dit Voltaire, le surnom de
    Juste, pai'cequ'il était né sous le signe de la Balance. Voyez
    tome XIX, _Le Siècle de Louis XIV_, chapitre 2. B.

    [3] Voyez: tome XVIII, page 177. B.

    Cet état était continuellement en proie aux guerres civiles,
    quelquefois pour une place au conseil, quelquefois pour deux
    pages de controverse. Il y avait plus de soixante ans que ce
    feu, tantôt couvert et tantôt soufflé avec violence, désolait ces
    beaux climats. C'étaient là les libertés de l'Église gallicane.
    Hélas! dis-je, ce peuple est pourtant né doux: qui peut l'avoir
    tiré ainsi de son caractère? Il plaisante, et il fait des
    Saint-Barthélemi. Heureux le temps où il ne fera que plaisanter!

    Je passai en Angleterre: les mêmes querelles y excitaient les
    mêmes fureurs. De saints catholiques avaient résolu, pour le
    bien de l'Église, de faire sauter en l'air, avec de la poudre, le
    roi, la famille royale, et tout le parlement, et de délivrer
    l'Angleterre de ces hérétiques. On me montra la place où la
    bienheureuse reine Marie, fille de Henri VIII, avait fait brûler
    plus de cinq cents de ses sujets. Un prêtre ibernois m'assura
    que c'était une très bonne action: premièrement parceque ceux
    qu'on avait brûlés étaient Anglais; en second lieu parcequ'ils ne
    prenaient jamais d'eau bénite, et qu'ils ne croyaient pas au trou
    de saint Patrice[4].Il s'étonnait surtout que la reine Marie ne
    fût pas encore canonisée; mais il espérait qu'elle le serait
    bientôt, quand le cardinal neveu aurait un peu de loisir.

    [4] Sur le trou de Saint-Patrice , voyez tome XXXII, page 177;
    et dans les _Mélanges_, année 1763, la septième des _Lettres
    sur les miracles_. B.

    J'allai en Hollande, où j'espérais trouver plus de tranquillité
    chez des peuples plus flegmatiques. On coupait la tête à un
    vieillard vénérable lorsque j'arrivai à La Haye. C'était la tête
    chauve du premier ministre Barneveldt, l'homme qui avait le mieux
    mérité de la république. Touché de pitié, je demandai quel était
    son crime, et s'il avait trahi l'état. Il a fait bien pis, me
    répondit un prédicant à manteau noir; c'est un homme qui croit
    que l'on peut se, sauver par les bonnes oeuvres aussi bien que
    par la foi. Vous sentez bien que, si de telles opinions
    s'établissaient, une république ne pourrait subsister, et qu'il
    faut des lois sévères pour réprimer de si scandaleuses horreurs.
    Un profond politique du pays me dit en soupirant: Hélas!
    monsieur, le bon temps ne durera pas toujours; ce n'est que par
    hasard que ce peuple est si zélé; le fond de son caractère est
    porté au dogme abominable de la tolérance, un jour il y viendra:
    cela fait frémir. Pour moi, en attendant que ce temps funeste de
    la modération et de l'indulgence fût arrivé, je quittai bien vite
    un pays où la sévérité n'était adoucie par aucun agrément, et je
    m'embarquai pour l'Espagne.

    La cour était à Séville, les galions étaient arrivés, tout
    respirait l'abondance et la joie dans la plus belle saison de
    l'année. Je vis au bout d'une allée d'orangers et de citronniers
    une espèce de lice immense entourée de gradins couverts d'étoffes
    précieuses. Le roi, la reine, les infants, les infantes, étaient
    sous un dais superbe. Vis-à-vis de cette auguste famille était
    un autre trône, mais plus élevé. Je dis à un de mes compagnons
    de voyage: A moins que ce trône ne soit réservé pour Dieu, je ne
    vois pas à quoi il peut servir. Ces indiscrètes paroles furent
    entendues d'un grave Espagnol, et me coûtèrent cher. Cependant
    je m'imaginais que nous allions voir quelque carrousel ou quelque
    fête de taureaux, lorsque le grand-inquisiteur parut sur ce
    trône, d'où il bénit le roi et le peuple.

    Ensuite vint une armée de moines défilant deux à deux, blancs,
    noirs, gris, chaussés, déchaussés, avec barbe, sans barbe, avec
    capuchon pointu, et sans capuchon; puis marchait le bourreau;
    puis on voyait au milieu des alguazils et des grands environ
    quarante personnes couvertes de sacs sur lesquels on avait peint
    des diables et des flammes. C'étaient des juifs qui n'avaient
    pas voulu renoncer absolument à Moïse, c'étaient des chrétiens
    qui avaient épousé leurs commères, ou qui n'avaient pas adoré
    Notre-Dame d'Atocha[5], ou qui n'avaient pas voulu se défaire de
    leur argent comptant en faveur des frères hiéronymites. On
    chanta dévotement de très belles prières, après quoi on brûla à
    petit feu tous les coupables; de quoi toute la famille royale
    parut extrêmement édifiée.

    [5] Sur Notre-Dame d'Atocha, voyez dans les _Mélanges_, année
    1769, une des notes de Voltaire sur son _Extrait d'un journal_
    (ou Mémoires du Dangeau). B.

    Le soir, dans le temps que j'allais me mettre au lit, arrivèrent
    chez moi deux familiers de l'inquisition avec la sainte
    Hermandad: ils m'embrassèrent tendrement, et me menèrent, sans me
    dire un seul mot, dans un cachot très frais, meublé d'un lit de
    natte et d'un beau crucifix. Je restai là six semaines, au bout
    desquelles le révérend père inquisiteur m'envoya prier de venir
    lui parler: il me serra quelque temps entre ses bras, avec une
    affection toute paternelle; il me dit qu'il était sincèrement
    affligé d'avoir appris que je fusse si mal logé; mais que tous
    les appartements de la maison étaient remplis, et qu'une autre
    fois il espérait que je serais plus à mon aise. Ensuite il me
    demanda cordialement si je ne savais pas pourquoi j'étais là. Je
    dis au révérend père que c'était apparemment pour mes péchés. Eh
    bien! mon cher enfant, pour quel péché? parlez-moi avec
    confiance. J'eus beau imaginer, je ne devinai point; il me mit
    charitablement sur les voies.

    Enfin je me souvins de mes indiscrètes paroles. J'en fus quitte
    pour la discipline et une amende de trente mille réales. On me
    mena faire la révérence au grand-inquisiteur: c'était un homme
    poli, qui me demanda comment j'avais trouvé sa petite fête. Je
    lui dis que cela était délicieux, et j'allai presser mes
    compagnons de voyage de quitter ce pays, tout beau qu'il est.
    Ils avaient eu le temps de s'instruire de toutes les grandes
    choses que les Espagnols avaient faites pour la religion. Ils
    avaient lu les mémoires du fameux évêque de Chiapa[6], par
    lesquels il paraît qu'on avait égorgé, ou brûlé, ou noyé dix
    millions d'infidèles en Amérique pour les convertir. Je crus que
    cet évêque exagérait; mais quand on réduirait ces sacrifices à
    cinq millions de victimes, cela serait encore admirable.

    [6] Las Cases: voyez tome XVII, pages 399, 426; et tome XXXII,
    pages 490-91. B.

    Le désir de voyager me pressait toujours. J'avais compté finir
    mon tour de l'Europe par la Turquie; nous en prîmes la route. Je
    me proposai bien de ne plus dire mon avis sur les fêtes que je
    verrais. Ces Turcs, dis-je à mes compagnons, sont des mécréants
    qui n'ont point été baptisés, et qui par conséquent seront bien
    plus cruels que les révérends pères inquisiteurs. Gardons le
    silence quand nous serons chez les mahométans.

    J'allai donc chez eux. Je fus étrangement surpris de voir en
    Turquie beaucoup plus d'églises chrétiennes qu'il n'y en avait
    dans Candie. J'y vis jusqu'à des troupes nombreuses de moines
    qu'on laissait prier la vierge Marie librement, et maudire
    Mahomet, ceux-ci en grec, ceux-là en latin, quelques autres en
    arménien[7]. Les bonnes gens que les Turcs! m'écriai-je. Les
    chrétiens grecs et les chrétiens latins étaient ennemis mortels
    dans Constantinople; ces esclaves se persécutaient les uns les
    autres, comme des chiens qui se mordent dans la rue, et à qui
    leurs maîtres donnent des coups de bâton pour les séparer. Le
    grand-vizir protégeait alors les Grecs. Le patriarche grec
    m'accusa d'avoir soupé chez le patriarche latin, et je fus
    condamné en plein divan à cent coups de latte sur la plante des
    pieds, rachetables de cinq cents sequins. Le lendemain le
    grand-vizir fut étranglé; le surlendemain son successeur, qui
    était pour le parti des Latins, et qui ne fut étranglé qu'un mois
    après, me condamna à la même amende, pour avoir soupé chez le
    patriarche grec. Je fus dans la triste nécessité de ne plus
    fréquenter ni l'église grecque ni la latine. Pour m'en consoler,
    je pris à loyer une fort belle Circassienne, qui était la
    personne la plus tendre dans le tête-à-tête, et la plus dévote à
    la mosquée. Une nuit, dans les doux transports de son amour,
    elle s'écria en m'embrassant, _Alla, Illa, Alla!_ ce sont les
    paroles sacramentales des Turcs; je crus que c'étaient celles de
    l'amour: je m'écriai aussi fort tendrement, _Alla, Illa, Alla!_
    Ah! me dit-elle, le Dieu miséricordieux soit loué! vous êtes
    Turc. Je lui dis que je le bénissais de m'en avoir donné la
    force, et je me crus trop heureux. Le matin l'iman vint pour me
    circoncire; et, comme je fis quelque difficulté, le cadi du
    quartier, homme loyal, me proposa de m'empaler: je sauvai mon
    prépuce et mon derrière avec mille sequins, et je m'enfuis vite
    en Perse, résolu de ne plus entendre ni messe grecque ni latine
    en Turquie, et de ne plus crier, _Alla, Illa, Alla_, dans un
    rendez-vous.

    [7] Voyez tome XVI, page 493. B.

    En arrivant à Ispahan on me demanda si j'étais pour le mouton
    noir ou pour le mouton blanc. Je répondis que cela m'était fort
    indifférent, pourvu qu'il fût tendre. Il faut savoir que les
    factions du _mouton blanc_ et du _mouton noir_[8] partageaient
    encore les Persans. On crut que je me moquais des deux partis;
    de sorte que je me trouvai déjà une violente affaire sur les bras
    aux portes de la ville: il m'en coûta encore grand nombre de
    sequins pour me débarrasser des moutons.

    [8] Voyez tome XVI, page 478. B.

    Je poussai jusqu'à la Chine avec un interprète, qui m'assura que
    c'était là le pays où l'on vivait librement et gaiement. Les
    Tartares s'en étaient rendus maîtres[9], après avoir tout mis à
    feu et à sang; et les révérends Pères jésuites d'un côté, comme
    les révérends Pères dominicains de l'autre, disaient qu'ils y
    gagnaient des âmes à Dieu, sans que personne en sût rien. On n'a
    jamais vu de convertisseurs si zélés; car ils se persécutaient
    les uns les autres tour-à-tour: ils écrivaient à Rome des volumes
    de calomnies; ils se traitaient d'infidèles et de prévaricateurs
    pour une âme. Il y avait surtout une horrible querelle entre eux
    sur la manière de faire la révérence. Les jésuites voulaient que
    les Chinois saluassent leurs pères et leurs mères à la mode de la
    Chine, et les dominicains voulaient qu'on les saluât à la mode de
    Rome[10]. Il m'arriva d'être pris par les jésuites pour un
    dominicain. On me fit passer chez sa majesté tartare pour un
    espion du pape. Le conseil suprême chargea un premier mandarin ,
    qui ordonna à un sergent qui commanda à quatre sbires du pays de
    m'arrêter et de me lier en cérémonie. Je fus conduit après cent
    quarante génuflexions devant sa majesté. Elle me fit demander si
    j'étais l'espion du pape, et s'il était vrai que ce prince dût
    venir en personne le détrôner. Je lui répondis que le pape était
    un prêtre de soixante-dix ans[11]; qu'il demeurait à quatre mille
    lieues de sa sacrée majesté tartaro-chinoise; qu'il avait environ
    deux mille soldats qui montaient la garde avec un parasol; qu'il
    ne détrônait personne, et que sa majesté pouvait dormir en
    sûreté. Ce fut l'aventure la moins funeste de ma vie. On
    m'envoya à Macao, d'où je m'embarquai pour l'Europe.

    [9] Voyez tome XVIIl, page 457. B.

    [10] Sur les querelles des cérémonies chinoises, voyez, tome XX.
    le chapitre XXXIX du _Siècle de Louis XIV_. B.

    [11] Innocent X, qui a régné de 1644 à 1655. B.

    Mon vaisseau eut besoin d'être radoubé vers les côtes de
    Golconde. Je pris ce temps pour aller voir la cour du grand
    Aureng-Zeb, dont on disait des merveilles dans le monde: il était
    alors dans Delhi. J'eus la consolation de l'envisager le jour de
    la pompeuse cérémonie dans laquelle il reçut le présent céleste
    que lui envoyait le shérif de la Mecque. C'était le balai avec
    lequel on avait balayé la maison sainte, le _caaba_, le _beth
    Alla_. Ce balai est le symbole du balai divin qui balaie toutes
    les ordures de l'âme. Aureng-Zeb ne paraissait pas en avoir
    besoin; c'était l'homme le plus pieux de tout l'Indoustan. Il
    est vrai qu'il avait égorgé un de ses frères et empoisonné son
    père; vingt raïas et autant d'omras étaient morts dans les
    supplices; mais cela n'était rien, et on ne parlait que de sa
    dévotion. On ne lui comparait que la sacrée majesté du
    sérénissime empereur de Maroc, Muley Ismael[10], qui coupait des
    têtes tous les vendredis après la prière.

    [12] Voltaire a parlé d'Aureng-Zeb et de Muley Ismael, tome
    XVIII, page 420; voyez aussi la table de ce tome XVIII. B.

    Je ne disais mot; les voyages m'avaient formé, et je sentais
    qu'il ne m'appartenait pas de décider entre ces deux augustes
    souverains. Un jeune Français, avec qui je logeais, manqua, je
    l'avoue, de respect à l'empereur des Indes et à celui de Maroc.
    Il s'avisa de dire très indiscrètement qu'il y avait en Europe de
    très pieux souverains qui gouvernaient bien leurs états et qui
    fréquentaient même les églises, sans pourtant tuer leurs pères et
    leurs frères, et sans couper les têtes de leurs sujets. Notre
    interprète transmit en indou le discours impie de mon jeune
    homme. Instruit par le passé, je fis vite seller mes chameaux:
    nous partîmes le Français et moi. J'ai su depuis que la nuit
    même les officiers du grand Aureng-Zeb étant venus pour nous
    prendre, ils ne trouvèrent que l'interprète. Il fut exécuté en
    place publique, et tous les courtisans avouèrent sans flatterie
    que sa mort était très juste.

    Il me restait de voir l'Afrique, pour jouir de toutes les
    douceurs de notre continent. Je la vis en effet. Mon vaisseau
    fut pris par des corsaires nègres. Notre patron fit de grandes
    plaintes, il leur demanda pourquoi ils violaient ainsi les lois
    des nations. Le capitaine nègre lui répondit: Vous avez le nez
    long, et nous l'avons plat; vos cheveux sont tout droits, et
    notre laine est frisée; vous avez la peau de couleur de cendre,
    et nous de couleur d'ébène; par conséquent nous devons, par les
    lois sacrées de la nature, être toujours ennemis. Vous nous
    achetez aux foires de la côte de Guinée, comme des bêtes de
    somme, pour nous faire travailler à je ne sais quel emploi aussi
    pénible que ridicule. Vous nous faites fouiller à coups de nerfs
    de boeuf dans des montagnes, pour en tirer une espèce de terre
    jaune qui par elle-même n'est bonne à rien, et qui ne vaut pas, à
    beaucoup près, un bon ognon d'Egypte; aussi quand nous vous
    rencontrons, et que nous sommes les plus forts, nous vous fesons
    labourer nos champs, ou nous vous coupons le nez et les oreilles.

    On n'avait rien à répliquer à un discours si sage. J'allai
    labourer le champ d'une vieille négresse, pour conserver mes
    oreilles et mon nez. On me racheta au bout d'un an. J'avais vu
    tout ce qu'il y a de beau, de bon, et d'admirable sur la terre:
    je résolus de ne plus voir que mes pénates. Je me mariai chez
    moi: je fus cocu , et je vis que c'était l'état le plus doux de
    la vie.

    FIN DE L'HISTOIRE DES VOYAGES DE SCARMENTADO.

    —– Transcriber's Note: —–

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  • Henri III et sa Cour

    Henri III et sa Cour

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    Henri III et sa cour
    par
    Alexandre Dumas (Père)

    PERSONNAGES

    HENRI III, roi de France
    CATHERINE DE MEDICIS, reine mère
    HENRI DE LORRAINE, DUC DE GUISE
    CATHERINE DE CLEVES, DUCHESSE DE GUISE
    PAUL ESTUERT, COMTE DE SAINT-MEGRIN
    NOGARET DE LA VALETTE, BARON D'EPERNON; ANNE D'ARQUES,
    VICOMTE DE JOYEUSE (favoris du roi)
    SAINT-LUC
    BUSSY D'AMBOISE, favori du duc d'Anjou
    BALZAC D'ENTRAGUES, plus souvent appelé ANTRAGUET
    COME RUGGIERI, astrologue
    SAINT-PAUL, aide de camp du duc de Guise
    ARTHUR, page de madame la duchesse de Guise
    BRIGARD, boutiquier
    BUSSY-LECLERC, procureur; LA CHAPELLE-MARTEAU, maître
    des comptes; CRUCE (ligueurs)
    DU HALDE
    GEORGES, domestique de Saint-Mégrin
    MADAME DE COSSE; MARIE (femmes de madame la duchesse de Guise)
    Un Page d'Antraguet

    ACTE PREMIER

    Un grand cabinet de travail chez Côme Ruggieri; quelques instruments
    de physique et de chimie; une fenêtre entr'ouverte au fond de
    l'appartement, avec un téléscope.

    SCENE PREMIERE

    RUGGIERI, puis CATHERINE DE MEDICIS

    RUGGIERI, appuyé sur son coude, un livre d'astrologie ouvert devant
    lui; il y mesure des figures avec un compas; une lampe posée sur une
    table, à droite, éclaire la scène.

    Oui!…cette conjuration me paraît plus puissante et plus sûre.
    (Regardant un sablier) Neuf heures bientôt…Qu'il me tarde d'être à
    minuit pour en faire l'épreuve? Réussirai-je enfin? parviendrai-je à
    évoquer un de ces génies que l'homme, dit-on, peut contraindre à lui
    obéir, quoiqu'ils soient plus puissants que lui?…Mais, si la chaîne
    des êtres créés se brisait à l'homme!…(Catherine de Médicis entre
    par une porte secrète; elle ôte son demi-masque noir, tandis que
    Ruggieri ouvre une autre volume, paraît comparer, et s'écrie:) Le
    doute partout!…

    CATHERINE

    Mon père…(Le touchant) Mon père!…

    RUGGIERI

    Qui?…Ah! Votre Majesté!…Comment, si tard, à neuf heures du soir,
    vous hasarder dans cette rue de Grenelle, si déserte et si
    dangereuse!

    CATHERINE

    Je ne viens point du Louvre, mon père; je viens de l'hôtel de
    Soissons, qui communique avec votre retraite par ce passage secret.

    RUGGIERI

    J'étais loin de m'attendre à l'honneur…

    CATHERINE

    Pardon, Ruggieri, si j'interromps vos doctes travaux; en toute autre
    circonstance, je vous demanderais la permission d'y prendre
    part…Mais ce soir…

    RUGGIERI

    Quelque malheur?

    CATHERINE

    Non; tous les malheurs sont encore dans l'avenir. Vous-même avez
    tiré l'horoscope de ce mois de juillet, et le résultat de vos calculs
    a été qu'aucun malheur réel ne menaçait notre personne, ni celle de
    notre auguste fils, pendant sa durée…Nous sommes aujourd'hui au 20,
    et rien n'a démenti votre prédiction. Avec l'aide de Dieu, elle
    s'accomplira tout entière.

    RUGGIERI

    C'est donc un nouvel horoscope que vous désirez, ma fille? Si vous
    voulez monter avec moi à la tour, vos connaissances en astronomie
    sont assez grandes pour que vous puissiez suivre mes opérations et
    les comprendre. Les constellations sont brillantes.

    CATHERINE

    Non, Ruggieri; c'est sur la terre que mes yeux sont fixés maintenant.
    Autour du soleil de la royauté se meuvent aussi des astres brillants
    et funestes; ce sont ceux-là qu'avec votre aide, mon père, je compte
    parvenir à conjurer.

    RUGGIERI

    Commandez, ma fille; je suis prêt à vous obéir.

    CATHERINE

    Oui,…vous m'êtes tout dévoué…Mais aussi ma protection, quoique
    ignorée de tous, ne vous est pas inutile…Votre réputation vous a
    fait bien des ennemis, mon père…

    RUGGIERI

    Je le sais.

    CATHERINE

    La Mole, en expirant, a avoué que les figures de cire à la
    ressemblance du roi, que l'on a trouvées sur l'autel, percées d'un
    poignard à la place du coeur, avaient été fournies par vous; et
    peut-être les mêmes juges qui l'ont condamné trouveraient-ils, sous
    les cendres chaudes encore de son bûcher, assez de feu pour allumer
    celui de Côme Ruggieri.

    RUGGIERI, avec crainte

    Je le sais,…je le sais.

    CATHERINE

    Ne l'oubliez pas…Restez moi fidèle…et, tant que le ciel laissera
    à Catherine de Médicis existence et pouvoir, ne craignez rien.
    Aidez-la donc à conserver l'un et l'autre.

    RUGGIERI

    Que puis-je faire pour Votre Majesté?

    CATHERINE

    D'abord, mon père, avez-vous signé la Ligue, comme je vous avais
    écrit de le faire?

    RUGGIERI

    Oui, ma fille; la première réunion des ligueurs doit même avoir lieu
    ici; car nul d'entre eux ne soupçonne la haute protection dont
    m'honore Votre Majesté…Vous voyez que je vous ai comprise et que
    j'ai été au delà de vos ordres.

    CATHERINE

    Et vous avez compris aussi que l'écho de leurs paroles devait
    retentir dans mon cabinet, et non dans celui du roi?

    RUGGIERI

    Oui, oui…

    CATHERINE

    Et maintenant, mon père, écoutez…Votre profonde retraite, vos
    travaux scientifiques, vous laissent peu de temps pour suivre les
    intrigues de la cour…Et, d'ailleurs, vos yeux, habitués à lire dans
    un ciel pur, perceraient mal l'atmosphère épaisse et trompeuse qui
    l'environne.

    RUGGIERI

    Pardon, ma fille!…les bruits du monde arrivent parfois jusqu'ici:
    je sais que le roi de Navarre et le duc d'Anjou ont fui la cour et se
    sont retirés, l'un dans son royaume, l'autre dans son gouvernement.

    CATHERINE

    Qu'ils y restent; ils m'inquiètent moins en province qu'à Paris… Le
    caractère franc du Béarnais, le caractère irrésolu du duc d'Anjou, ne
    nous menacent point de grands dangers; c'est plus près de nous que
    sont nos ennemis…Vous avez entendu parler du duel sanglant qui a eu
    lieu, le 27 avril dernier, près la porte Saint-Antoine, entre six
    jeunes gens de la cour; parmi les quatre qui ont été tués, trois
    étaient les favoris du roi.

    RUGGIERI

    J'ai su sa douleur; j'ai vu les magnifiques tombeaux qu'il a fait
    élever à Quélus, Schomberg et Maugiron; car il leur portait une
    grande amitié…Il avait promis, assure-t-on, cent mille livres aux
    chirurgiens, en cas que Quélus vînt en convalescence…Mais que
    pouvait la science de la terre contre les dix-neuf coups d'épée qu'il
    avait reçus?…Antraguet, son meurtrier, a du moins été puni par
    l'exil…

    CATHERINE

    Oui, mon père…Mais cette douleur s'apaise d'autant plus vite,
    qu'elle a été exagérée. Quélus, Schomberg et Maugiron ont été
    remplacés par d'Epernon, Joyeuse et Saint-Mégrin. Antraguet
    reparaîtra demain à la cour; le duc de Guise l'exige, et Henri n'a
    rien à refuser à son cousin de Guise. Saint-Mégrin et lui sont mes
    ennemis. Ce jeune gentilhomme bordelais m'inquiète. Plus instruit,
    moins frivole surtout que Joyeuse et d'Epernon, il a pris sur
    l'esprit de Henri un ascendant qui m'effraye…Mon père, il en ferait
    un roi.

    RUGGIERI

    Et le duc de Guise?

    CATHERINE

    En ferait un moine, lui…Je ne veux ni l'un ni l'autre…Il me faut
    un peu plus qu'un enfant, un peu moins qu'un homme…Aurais-je donc
    abâtardi son coeur à force de voluptés, éteint sa raison par des
    pratiques superstitieuses, pour qu'un autre que moi s'emparât de son
    esprit et le dirigeât à son gré?…Non; je lui ai donné un caractère
    factice, pour que ce caractère m'appartînt…Tous les calculs de ma
    politique, toutes les ressources de mon imagination ont tendu là…Il
    fallait rester régente de la France, quoique la France eût un roi; il
    fallait qu'on pût dire un jour: «Henri III a regné sous Catherine de
    Médicis…» J'y ai réussi jusqu'à présent…Mais ces deux hommes!…

    RUGGIERI

    Eh bien, René, votre valet de chambre, ne peut-il préparer pour eux
    des pommes de senteur, pareilles à celles que vous envoyâtes à Jeanne
    d'Albret, deux heures avant sa mort?…

    CATHERINE

    Non…Ils me sont nécessaires: ils entretiennent dans l'âme du roi
    cette irrésolution qui fait ma force. Je n'ai besoin que de jeter
    d'autres passions au travers de leurs projets politiques, pour les en
    distraire un instant; alors je me fais jour entre eux; j'arrive au
    roi, que j'aurai isolé avec sa faiblesse, et je ressaisis ma
    puissance…J'ai trouvé un moyen. Le jeune Saint-Mégrin est amoureux
    de la duchesse de Guise.

    RUGGIERI

    Et celle-ci?…

    CATHERINE

    L'aime aussi, mais sans se l'avouer encore à elle-même,
    peut-être…Elle est esclave de sa réputation de vertu…Ils en sont
    à ce point où il ne faut qu'une occasion, une rencontre, un
    tête-à-tête, pour que l'intrigue se noue; elle-même craint sa
    faiblesse, car elle le fuit…Mon père, ils se verront aujourd'hui;
    ils se verront seuls.

    RUGGIERI

    Où se verront-ils?

    CATHERINE

    Ici…Hier, au cercle, j'ai entendu Joyeuse et d'Epernon lier, avec
    Saint-Mégrin, la partie de venir faire tirer leur horoscope par
    vous…Dites aux deux premiers ce que bon vous semblera sur leur
    fortune future, que le roi veut porter à son comble, puisqu'il compte
    en faire ses beaux-frères…Mais trouvez le moyen d'éloigner ces
    jeunes fous…Restez seul avec Saint-Mégrin; arrachez-lui l'aveu de
    son amour; exaltez sa passion; dites-lui qu'il est aimé, que grâce à
    votre art, vous pouvez le servir; offrez-lui un tête-à-tête.
    (Montrant une alcôve cachée dans la boiserie) La duchesse de Guise
    est déjà là, dans ce cabinet si bien caché dans la boiserie, que vous
    avez fait faire pour que je puisse voir et entendre au besoin, sans
    être vue. Par Notre-Dame! il nous a déjà été utile, à moi pour mes
    expériences politiques, et à vous pour vos magiques opérations.

    RUGGIERI

    Et comment l'avez-vous déterminée à venir?…

    CATHERINE, ouvrant la porte du passage secret

    Pensez-vous que j'aie consulté sa volonté?

    RUGGIERI

    Vous l'avez donc fait entrer par la porte qui donne dans le passage
    secret?

    CATHERINE

    Sans doute…

    RUGGIERI

    Et vous avez songé aux périls auxquels vous exposiez Catherine de
    Clèves, votre filleule!…L'amour du Saint-Mégrin, la jalousie du duc
    de Guise…

    CATHERINE

    Et c'est justement de cet amour et de cette jalousie que j'ai
    besoin…M. de Guise irait trop loin, si nous ne l'arrêtions pas.
    Donnons-lui de l'occupation…D'ailleurs, vous connaissez ma maxime:

    Il faut tout tenter et faire,
    Pour son ennemi défaire.

    RUGGIERI

    Ainsi, ma fille, vous avez consenti à lui découvrir le secret de
    cette alcôve.

    CATHERINE

    Elle dort. Je l'ai invitée à prendre avec moi une tasse de cette
    liqueur que l'on tire de fèves arabes que vous avez rapportées de vos
    voyages, et j'y ai mêlé quelques gouttes du narcotique que je vous
    avais demandé pour cet usage.

    RUGGIERI

    Son sommeil a dû être profond; car la vertu de cette liqueur est
    souveraine.

    CATHERINE

    Oui…Et vous pourrez la tirer de ce sommeil à votre volonté?

    RUGGIERI

    A l'instant, si vous le voulez.

    CATHERINE

    Gardez-vous en bien!

    RUGGIERI

    Je crois vous avoir dit aussi qu'à son réveil toutes ses idées
    seraient quelque temps confuses, et que sa mémoire ne reviendrait
    qu'à mesure que les objets frapperaient les yeux.

    CATHERINE

    Oui…tant mieux! elle sera moins à même de se rendre compte de votre
    magie…Quant à Saint-Mégrin, il est, comme tous ces jeunes gens,
    superstitieux et crédule: il aime, il croira…D'ailleurs, vous ne
    lui laisserez pas le temps de se reconnaître. Vous devez avoir un
    moyen d'ouvrir cette alcôve, sans quitter cette chambre?

    RUGGIERI

    Il ne faut qu'appuyer sur un ressort caché dans les ornements de ce
    miroir magique. (Il appuie sur le ressort, et la porte de l'alcôve
    se lève à moitié)

    CATHERINE

    Votre adresse fera le reste, mon père, et je m'en rapporte à
    vous…Quelle heure comptez-vous?…

    RUGGIERI

    Je ne puis vous le dire…La présence de Votre Majesté m'a fait
    oublier de retourner ce sablier, et il faudrait appeler quelqu'un.

    CATHERINE

    C'est inutile; ils ne doivent pas tarder; voilà
    l'important…Seulement, mon père, je ferai venir d'Italie une
    horloge;…je la ferai venir pour vous…Ou plutôt, écrivez vous-même
    à Florence et demandez-la, quelque prix qu'elle coûte.

    RUGGIERI

    Votre Majesté comble tous mes désirs…Depuis longtemps, j'en eusse
    acheté une, si le prix exorbitant qu'il faut y mettre…

    CATHERINE

    Pourquoi ne pas vous adresser à moi, mon père?…Par Notre-Dame! il
    ferait beau voir que je laissasse manquer d'argent un savant tel que
    vous…Non…Venez demain, soit au Louvre, soit à notre hôtel de
    Soissons, et un bon de notre royale main, sur le surintendant de nos
    finances, vous prouvera que nous ne sommes ni oublieuse ni ingrate.
    Dieu soit avec vous, mon père! (Elle remet son masque et sort par la
    porte secrète)

    SCENE II

    RUGGIERI, LA DUCHESSE DE GUISE, endormie

    RUGGIERI

    Oui, j'irai te rappeler ta promesse…Ce n'est qu'à prix d'or que je
    puis me procurer ces manuscrits précieux qui me sont si
    nécessaires…(Ecoutant) On frappe…Ce sont eux. (Il va refermer la
    porte de l'alcôve)

    D'EPERNON, derrière le théâtre

    Holà! hé!

    RUGGIERI

    On y va, mes gentilshommes, on y va.

    SCENE III

    RUGGIERI, D'EPERNON, SAINT-MEGRIN, JOYEUSE

    D'EPERNON, à Joyeuse, qui entre appuyé sur une sarbacane et sur le
    bras de Saint-Mégrin

    Allons, allons, courage, Joyeuse! Voilà enfin notre sorcier…Vive
    Dieu! mon père, il faut avoir des jambes de chamois et des yeux de
    chat-huant pour arriver jusqu'à vous.

    RUGGIERI

    L'aigle bâtit son aire à la cime des rochers pour y voir de plus loin.

    JOYEUSE, s'étendant dans un fauteuil

    Oui; mais on voit clair pour y arriver, au moins.

    SAINT-MEGRIN

    Allons, allons, messieurs, il est probable que le savant Ruggieri ne
    comptait pas sur notre visite. Sans cela, nous aurions trouvé
    l'antichambre mieux éclairée…

    RUGGIERI

    Vous vous trompez, comte de Saint-Mégrin. Je vous attendais…

    D'EPERNON

    Tu lui avais donc écrit?

    SAINT-MEGRIN

    Non, sur mon âme; je n'en ai parlé à personne…

    D'EPERNON, à Joyeuse

    Et toi?

    JOYEUSE

    Moi? Tu sais que je n'écris que quand j'y suis forcé…Cela me fatigue.

    RUGGIERI

    Je vous attendais, messieurs, et je m'occupais de vous.

    SAINT-MEGRIN

    En ce cas, tu sais ce qui nous amène.

    RUGGIERI

    Oui.

    (D'Epernon et Saint-Mégrin se rapprochent de lui. Joyeuse se
    rapproche aussi, mais sans se lever de son fauteuil)

    D'EPERNON

    Alors toutes tes sorcelleries sont faites d'avances; nous pouvons
    t'interroger, tu vas nous répondre?

    RUGGIERI

    Oui…

    JOYEUSE

    Un instant, tête-Dieu!…(Tirant à lui Ruggieri) Venez ici, mon
    père…On dit que vous êtes en commerce avec Satan…Si cela était, si
    cet entretien avec vous pouvait compromettre notre salut,…j'espère que
    vous y regarderiez à deux fois, avant de damner trois gentilshommes des
    premières maisons de France?

    D'EPERNON

    Joyeuse a raison, et nous sommes trop bons chrétiens!…

    RUGGIERI

    Rassurez-vous, messieurs, je suis aussi bon chrétien que vous.

    D'EPERNON

    Puisque tu nous assures que ta sorcellerie n'a rien de commun avec
    l'enfer, eh bien, voyons, que te faut-il, ma tête ou ma main?…

    RUGGIERI

    Ni l'une ni l'autre; ces formalités sont bonnes pour le vulgaire;
    mais, toi, jeune homme, tu es placé assez au-dessus de lui pour que
    ce soit dans un astre brillant entre tous les astres que je lise ta
    destinée…Nogaret de la Valette, baron d'Epernon…

    D'EPERNON

    Comment! tu me connais aussi, moi?…Au fait, il n'y a rien là
    d'étonnant…Je suis devenu si populaire!

    RUGGIERI, reprenant

    Nogaret de la Valette, baron d'Epernon, ta faveur passée n'est rien
    auprès de ce que sera ta faveur future.

    D'EPERNON

    Vive Dieu! mon père, et comment irai-je plus loin?…Le roi m'appelle
    son fils.

    RUGGIERI

    Ce titre, son amitié seule te le donne, et l'amitié des rois est
    inconstante…Il t'appellera son frère, et les liens du sang le lui
    commanderont.

    D'EPERNON

    Comment! tu connais le projet du mariage…?

    RUGGIERI

    Elle est belle, la princesse Christine! Heureux sera celui qui la
    possédera!

    D'EPERNON

    Mais qui a pu t'apprendre?…

    RUGGIERI

    Ne t'ai-je pas dit, jeune homme, que ton astre était brillant entre
    tous les astres?…Et maintenant à vous, Anne d'Arques, vicomte de
    Joyeuse; à vous que le roi appelle aussi son enfant.

    JOYEUSE

    Eh bien; mon père, puisque vous lisez si bien dans le ciel, vous
    devez y voir tout le désir que j'ai de rester dans cet excellent
    fauteuil, si toutefois cela ne nuit pas à mon horoscope…Non? Eh
    bien, allez, je vous écoute.

    RUGGIERI

    Jeune homme, as-tu songé quelquefois, dans tes rêves d'ambition, que
    la vicomté de Joyeuse pût être érigée en duché;…que le titre de
    pair qu'on y joindrait te donnerait le pas sur tous les pairs de
    France, excepté les princes du sang royal, et ceux des maisons
    souveraines de Savoie, Lorraine et Clèves?…Oui…Eh bien, tu n'as
    fait que pressentir la moitié de ta fortune…Salut à l'époux de
    Marguerite de Vaudemont, soeur de la reine!…Salut au grand amiral
    du royaume de France!…

    JOYEUSE, se levant vivement

    Avec l'aide de Dieu et de mon épée, mon père, nous y arriverons.
    (Lui donnant sa bourse) Tenez, c'est bien mal récompenser la
    prédiction de si hautes destinées; mais c'est tout ce que j'ai sur
    moi.

    D'EPERNON

    De par Dieu! tu m'y fais penser, et moi qui oubliais…(Il fouille à
    son escarcelle) Eh bien, des dragées à sarbacane, voilà tout…Je ne
    pensais plus que j'avais perdu à la prime jusqu'à mon dernier
    philippus…Je ne sais ce que devient ce maudit argent; il faut qu'il
    soit trépassé…Vive Dieu! Saint-Mégrin, toi qui es ami de Ronsard,
    tu devrais bien le charger de faire son épitaphe…

    SAINT-MEGRIN

    Il est enterré dans les poches de ces coquins de ligueurs…Je crois
    qu'il n'y a plus guère que là qu'on puisse trouver les écus à la rose
    et les doublons d'Espagne…Cependant il m'en reste encore
    quelques-uns, et si tu veux…

    D'EPERNON, riant

    Non, non, garde-les pour acheter de l'ellébore; car il faut que vous
    sachiez, mon père, que, depuis quelque temps, notre camarade
    Saint-Mégrin est fou…Seulement, sa folie n'est pas gaie…Cependant,
    il vient de me donner une bonne idée…Il faut que je vous fasse payer
    mon horoscope par un ligueur…Voyons, sur lequel vais-je vous donne un
    bon?…Aide-moi, duc de Joyeuse. Ce titre sonne bien, n'est-ce pas?
    Voyons, cherche…

    JOYEUSE

    Que dis-tu de notre maître des comptes, La Chapelle-Marteau?…

    D'EPERNON

    Insolvable…En huit jours, il épuiserait les trésors de Philippe II.

    SAINT-MEGRIN

    Et le petit Brigard?…

    D'EPERNON

    Bah!…un prévot de boutiquiers! il offrirait de s'acquitter en
    cannelle et en herbe à la reine.

    RUGGIERI

    Thomas Crucé?…

    D'EPERNON

    Si je vous prenais au mot, mon père, vos épaules pourraient garder
    pendant quelque temps rancune à votre langue…Il n'est pas endurant.

    JOYEUSE

    Eh bien, Bussy Leclerc?

    D'EPERNON

    Vive Dieu….un procureur…Tu es de bon conseil, Joyeuse…(A
    Ruggieri) Tiens, voilà un bon de dix écus noble rose. Fais bien
    attention que la noble rose n'est pas démonétisée comme l'écu sol et
    le ducat polonais, et qu'elle vaut douze livres. Va chez ce coquin
    de ligueur de la part de d'Epernon et fais-toi payer; s'il refuse,
    dis-lui que j'irai moi-même avec vingt-cinq gentilshommes et dix ou
    douze pages…

    SAINT-MEGRIN

    Allons, maintenant que ton compte est réglé, je te rappellerai qu'on
    doit nous attendre au Louvre…Il faut rentrer, messieurs; partons!

    JOYEUSE

    Tu as raison; nous ne trouverions plus de chaises à porteurs.

    RUGGIERI, arrêtant Saint-Mégrin

    Comment! jeune homme, tu t'éloignes sans me consulter!…

    SAINT-MEGRIN

    Je ne suis pas ambitieux, mon père; que pourriez-vous me promettre?

    RUGGIERI

    Tu n'es pas ambitieux!…Ce n'est pas en amour du moins.

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous, mon père! Parlez bas!

    RUGGIERI

    Tu n'es pas ambitieux, jeune homme, et, pour devenir la dame de tes
    pensées, il a fallu qu'une femme réunît dans son blason les armes de
    deux maisons souveraines, surmontées d'une couronne ducale…

    SAINT-MEGRIN

    Plus bas, mon père, plus bas!

    RUGGIERI

    Eh bien, doutes-tu encore de la science?

    SAINT-MEGRIN

    Non…

    RUGGIERI

    Veux-tu partir encore sans me consulter?

    SAINT-MEGRIN

    Je le devrais, peut-être…

    RUGGIERI

    J'ai cependant bien des révélations à te faire.

    SAINT-MEGRIN

    Qu'elles viennent du ciel ou de l'enfer, je les entendrai…Joyeuse,
    d'Epernon, laissez-moi: je vous rejoindrai bientôt dans
    l'antichambre…

    JOYEUSE

    Un instant, un instant!…ma sarbacane…De par sainte Anne! si
    j'aperçois une maison de ligueur à cinquante pas à la ronde, je ne
    veux pas lui laisser un seul carreau.

    D'EPERNON, à Saint-Mégrin

    Allons, dépêche-toi!…et nous te ferons bonne garde pendant ce
    temps. (Ils sortent.)

    SCENE IV

    RUGGIERI, SAINT-MEGRIN, puis LA DUCHESSE DE GUISE

    SAINT-MEGRIN, poussant la porte

    Bien, bien…(Revenant) Mon père… un seul mot… M'aime-t-elle?…
    Vous vous taisez, mon père… Malédiction!… Oh! faites…faites
    qu'elle m'aime! On dit que votre art a des ressources inconnues et
    certaines, des breuvages, des philtres! Quels que soient vos moyens,
    je les accepte, dussent-ils compromettre ma vie en ce monde et mon
    salut dans l'autre…Je suis riche. Tout ce que j'ai est à vous. De
    l'or, des bijoux; ah! votre science peut-être méprise ces trésors du
    monde! Eh bien, écoutez-moi, mon père! On dit que les magiciens
    quelquefois ont besoin, pour leurs expériences cabalistiques, du sang
    d'un homme vivant encore. (Lui présentant son bras nu) Tenez, mon
    père…Engagez-vous seulement à me faire aimer d'elle…

    RUGGIERI

    Mais es-tu sûr qu'elle ne t'aime pas?

    SAINT-MEGRIN

    Que vous dirai-je, mon père? jusqu'à l'heure du désespoir, ne
    reste-t-il pas au fond du coeur une espérance sourde?…Oui,
    quelquefois j'ai cru lire dans ses yeux, lorsqu'ils ne se
    détournaient pas assez vite…Mais je puis me tromper…Elle me fuit,
    et jamais je ne suis parvenu à me trouver seul avec elle.

    RUGGIERI

    Et si tu y réussissais enfin?

    SAINT-MEGRIN

    Cela étant, mon père!…son premier mot m'apprendrait ce que j'ai à
    craindre ou à espérer.

    RUGGIERI

    Et bien, viens et regarde dans cette glace…On l'appelle le miroir
    de réflexion…Quelle est la personne que tu désires y voir?

    SAINT-MEGRIN

    Elle, mon père!…

    (Pendant qu'il regarde, l'alcôve s'ouvre derrière lui et laisse
    apercevoir la duchesse de Guise endormie)

    RUGGIERI

    Regarde!

    SAINT-MEGRIN

    Dieu!…vrai Dieu!…c'est elle!…elle, endormie! Ah! Catherine!
    (L'alcôve se referme) Catherine! Rien…(regardant derrière) Rien
    non plus par ici…Tout a disparu: c'est un rêve, une illusion…Mon
    père, que je la voie…que je la revoie encore!…

    RUGGIERI

    Elle dormait, dis-tu?

    SAINT-MEGRIN

    Oui…

    RUGGIERI

    Ecoute: c'est surtout pendant le sommeil que notre pouvoir est plus
    grand…Je puis profiter du sien pour la transporter ici.

    SAINT-MEGRIN

    Ici, près de moi?

    RUGGIERI

    Mais, dès qu'elle est réveillée, rappelle-toi que toute ma puissance
    ne peut rien contre sa volonté…

    SAINT-MEGRIN

    Bien, mais hâtez-vous, mon père!…hâtez-vous!…

    RUGGIERI

    Prends ce flacon; il suffira de le lui faire respirer pour qu'elle
    revienne à elle…

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui; mais hâtez-vous…

    RUGGIERI

    T'engages-tu par serment à ne jamais révéler?…

    SAINT-MEGRIN

    Sur la part que j'espère dans le paradis, je vous le jure…

    RUGGIERI

    Eh bien, lis…(Tandis que Saint-Megrin parcourt quelques lignes du
    livre ouvert par Ruggieri, l'alcôve s'ouvre derrière lui; un ressort
    fait avancer le sofa dans la chambre, et la boiserie se referme)
    Regarde! (Il sort)

    SCENE V

    SAINT-MEGRIN, LA DUCHESSE DE GUISE

    SAINT-MEGRIN

    Elle!…c'est elle!…la voilà…(Il s'élance vers elle, puis
    s'arrête tout à coup) Dieu! j'ai lu que parfois des magiciens
    enlevaient au tombeau des corps qui, par la force de leurs
    enchantements, prenaient la ressemblance d'une personne vivante.
    Si…Que Dieu me protège! Ah!…rien ne change…Ce n'est donc pas
    un prestige, un rêve du ciel…Oh! son coeur bat à peine!…sa
    main…elle est glacée!…Catherine! réveille-toi: ce sommeil
    m'épouvante! Catherine!…Elle dort…Que faire?…Ah! ce
    flacon,…..j'oubliais…Ma tête est perdue!…(Il lui fait respirer
    le flacon)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah!…

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui,…respire!…lève-toi!…parle, parle!…j'aime mieux
    entendre ta voix, dût-elle me bannir à jamais de ta présence, que de
    te voir dormir de ce sommeil froid.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! que je suis faible!…(Elle se lève en s'appuyant sur la tête de
    Saint-Mégrin, qui est à ses pieds) J'ai dormi longtemps…Mes
    femmes…comment s'appellent-elles?…(Apercevant Saint-Mégrin) Ah!
    c'est vous, comte? (Elle lui tend la main)

    SAINT-MEGRIN

    Oui…oui…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous!…mais pourquoi vous? Ce n'était pas vous que j'étais habituée
    à voir à mon réveil…Mon front est si lourd, que je ne puis y
    rassembler deux idées…

    SAINT-MEGRIN

    Oh! Catherine, qu'une seule s'y présente, qu'une seule y
    reste!…celle de mon amour pour toi…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui,…oui,…vous m'aimez…Oh! depuis longtemps, je m'en suis
    aperçue… Et moi aussi, je vous aimais, et je vous le cachais…
    Pourquoi donc?…Il me semble pourtant qu'il y a bien du bonheur à le
    dire!…

    SAINT-MEGRIN

    Oh! redis-le donc encore!…redis-le, car il y a bien du bonheur à
    l'entendre!…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais j'avais un motif pour vous le cacher…Quel était-il donc?…
    Ah!… ce n'était pas vous que je devais aimer…(Se levant, et
    oubliant son mouchoir sur le sofa) Sainte Mère de Dieu! aurais-je dit
    que je vous aimais?…Malheureuse que je suis!…mon amour s'est
    réveillée avant ma raison.

    SAINT-MEGRIN

    Catherine! n'écoute que ton coeur. Tu m'aimes! tu m'aimes!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi? Je n'ai pas dit cela, monsieur le comte; cela n'est pas; ne
    croyez pas que cela soit…C'était un songe,…le sommeil,… le…
    Mais comment se fait-il que je sois ici?…Quelle est cette chambre?
    …Marie!…Madame de Cossé!… Laissez-moi, monsieur de
    Saint-Mégrin, éloignez-vous…

    SAINT-MEGRIN

    M'éloigner! et pourquoi?…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    O mon Dieu! mon Dieu! que m'arrive-t-il?…

    SAINT-MEGRIN

    Madame, je me vois ici, je vous y trouve, je ne sais comment…Il y a
    de l'enchantement, de la magie.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis perdue!…moi qui jusqu'à présent vous ai fui, moi que déjà
    les soupçons de M. de Guise, mon seigneur et maître…

    SAINT-MEGRIN

    M. de Guise!…mille damnations!…M. de Guise, votre seigneur et
    maître!…Oh! puisse-t-il ne pas vous soupçonner à tort…et que tout
    son sang…tout le mien…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte, vous m'effrayez.

    SAINT-MEGRIN

    Pardon!…mais quand je pense que je pouvais vous connaître libre,
    être aimé de vous, devenir aussi votre seigneur et maître…Il me
    fait bien mal, M. de Guise; mais que mon bon ange me manque au jour
    du jugement si je ne le lui rends pas…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte!…Mais enfin…où suis-je? dites-le moi…
    Aidez-moi à sortir d'ici, à me rendre à l'hôtel de Guise, et je vous
    pardonne…

    SAINT-MEGRIN

    Me pardonner! et quel est donc mon crime?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis ici…et vous me le demandez…Vous avez profité de son
    sommeil pour enlever une femme qui vous est étrangère, qui ne peut
    vous aimer, qui ne vous aime pas, monsieur le comte…

    SAINT-MEGRIN

    Qui ne m'aime pas!…Ah! madame, on n'aime pas comme j'aime, pour ne
    pas être aimé. J'en crois vos premières paroles, j'en crois…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Silence!

    SAINT-MEGRIN

    Ne craignez rien.

    JOYEUSE, dans l'antichambre

    Vive Dieu!…nous sommes en sentinelle, et on ne passe pas…

    LE DUC DE GUISE, derrière le théâtre

    Tête-Dieu! messieurs, prenez garde, en croyant jouer avec un renard,
    d'éveiller un lion…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Sainte Marie!…c'est la voix du duc de Guise!…où fuir? où me
    cacher?

    SAINT-MEGRIN, s'élançant vers la porte

    C'est le duc de Guise?…Eh bien…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arrêtez, monsieur, au nom du ciel! vous me perdez.

    SAINT-MEGRIN

    C'est vrai…

    (Il court à la porte, passe entre les deux anneaux de fer la barre
    qui sert de verrou)

    RUGGIERI, entrant et prenant la duchesse par la main

    Silence, madame…Suivez-moi…

    (Il ouvre la porte secrète; la duchesse de Guise s'y élance, Ruggieri
    la suit; la porte se referme derrière eux)

    LE DUC DE GUISE, avec impatience

    Messieurs!…

    D'EPERNON

    Ne trouves-tu pas qu'il a un petit accent lorrain tout à fait
    agréable?…

    SAINT-MEGRIN, se retournant

    Maintenant, madame,…nous pouvons…Eh bien, où est-elle?…Tout
    cela ne serait-il pas l'oeuvre du démon? Que croire? Oh! ma tête!
    ma tête!…Maintenant, qu'il entre. (Il ouvre la porte)

    LE DUC DE GUISE, entrant

    J'aurais dû deviner, par ceux de l'antichambre, celui qui me ferait
    les honneurs de l'appartement…

    SAINT-MEGRIN

    Ne vous en prenez qu'à la circonstance, monsieur le duc, si je ne
    profite pas de ce moment pour vous rendre tous ceux dont je vous
    crois digne…Cela viendra, je l'espère…

    JOYEUSE

    Comment, Saint-Mégrin, c'est le Balafré lui-même?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui, messieurs, c'est lui…Mais il se fait tard; partons!
    partons! (Ils sortent)

    SCENE VII

    LES MEMES, CRUCE; puis BUSSY-LECLERC, LA CHAPELLE-MARTEAU et BRIGARD

    LE DUC DE GUISE

    C'est vous, Crucé? quelles nouvelles?

    CRUCE

    Mauvaises, monseigneur, mauvaises! rien ne marche,…tout dégénère.
    Morbleu! nous sommes des conspirateurs à l'eau rose.

    LE DUC DE GUISE

    Comment cela?

    CRUCE

    Eh! oui…Nous perdons le temps en fadaises politiques; nous courons
    de porte en porte pour faire signer l'Union. Par saint Thomas! vous
    n'avez qu'à vous montrer, monsieur le duc; quand ils vous regardent,
    les huguenots sont de la Ligue…

    LE DUC DE GUISE

    Est-ce que votre liste?…

    CRUCE

    Trois ou quatre cents zélés l'ont signée; cent cinquante politiques y
    ont mis leur parafe; une trentaine de huguenots ont refusé en faisant
    la grimace…Quant à ceux-là, morbleu! j'ai fait une croix blanche
    sur leur porte, et, si jamais l'occasion se présente de décrocher ma
    pauvre arquebuse qui est au repos depuis six ans…Mais je n'aurai
    pas ce bonheur-là, monseigneur; les bonnes traditions se
    perdent…Tête-Dieu! si j'étais à votre place…

    LE DUC DE GUISE

    Et la liste?…

    CRUCE

    La voici…Faites-en des bourres, monsieur le duc, et plus tôt que
    plus tard.

    LE DUC DE GUISE

    Cela viendra, mon brave, cela viendra.

    CRUCE

    Dieu le veuille!…Ah! ah! voilà les camarades.

    (Entrent Bussy-Leclerc, La Chapelle-Marteau et Brigard)

    LE DUC DE GUISE

    Eh bien, messieurs, la récolte a-t-elle été bonne?

    BUSSY-LECLERC

    Pas mauvaise; deux ou trois cents signatures, pour ma part; des
    avocats, des procureurs.

    CRUCE

    Et toi, mon petit Brigard, as-tu fait marcher les boutiquiers?

    BRIGARD

    Ils ont tous signé.

    CRUCE, lui frappant sur l'épaule

    Vive Dieu! monsieur le duc, voilà un zélé. Tous ceux de l'Union peuvent
    se présenter à sa boutique, au coin de la rue Aubry-le-Boucher; ils y
    auront un rabais de trente deniers par livre sur tout ce qu'ils
    achèteront.

    LE DUC DE GUISE

    Et vous, monsieur Marteau?

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    J'ai été moins heureux, monseigneur…Les maîtres des comptes ont
    peur, et M. le président de Thou n'a signé qu'avec restriction.

    LE DUC DE GUISE

    Il a donc ses fleurs de lis bien avant dans le coeur, votre président
    de Thou?…Est-ce qu'il n'a pas vu que l'on promet obéissance au roi
    et à sa famille?

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    Oui; mais on se réunit sans sa permission.

    LE DUC DE GUISE

    Il a raison, M. de Thou…Je me rendrai demain au lever de Sa
    Majesté, messieurs…Mon premier soin aurait dû être d'obtenir la
    sanction du roi, il n'aurait pas osé me la refuser…Mais, Dieu
    merci! il n'est point encore trop tard. Demain, je mettrai sous les
    yeux de Henri de Valois la situation de son royaume; je me ferai
    l'interprête de ses sujets mécontents. Il a déjà reconnu tacitement
    la Ligue; je veux qu'il lui nomme publiquement un chef.

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    Prenez garde, monseigneur! il n'y a pas loin du bassinet à la mèche
    d'un pistolet, et quelque nouveau Poltrot…

    LE DUC DE GUISE

    Il n'oserait!…D'ailleurs, j'irai armé.

    CRUCE

    Que Dieu soit pour vous et la bonne cause!…Cela fait, monseigneur,
    je crois qu'il sera temps de vous décider.

    LE DUC DE GUISE

    Oh! ma décision est prise depuis longtemps; ce que je ne décide pas
    en une heure, je ne le déciderai de ma vie.

    CRUCE

    Oui,…et, avec votre prudence, toute votre vie ne suffira peut-être
    pas à exécuter ce que vous aurez décidé en un quart d'heure…

    LE DUC DE GUISE

    Monsieur Crucé, dans un projet comme le nôtre, le temps est l'allié
    le plus sûr.

    CRUCE

    Tête-Dieu!…vous avez le temps d'attendre, vous; mais, moi, je suis
    pressé; et puisque tout le monde signe…

    LE DUC DE GUISE

    Oui…Et les douze mille hommes, tant Suisses que reîtres, que Sa
    Majesté vient de faire entrer dans sa bonne ville de Paris…ont-ils
    signé?…Chacun d'eux porte une arquebuse ornée d'une belle et bonne
    mèche, monsieur Crucé; sans compter les fauconneaux de la
    Bastille…Fiez-vous-en à moi pour marquer le jour; et, quand il sera
    venu…

    BUSSY-LECLERC

    Eh bien, que ferons-nous au Valois?

    LE DUC DE GUISE

    Ce que lui promettait hier madame de Montpensier, en me montrant une
    paire de ciseaux: une troisième couronne.

    BUSSY-LECLERC

    Ainsi soit-il!…n'est-ce pas, mon vieux sorcier? car je présume que
    tu es de notre avis, puisque tu ne dis rien…

    RUGGIERI

    J'attendais l'occasion favorable de vous présenter une petite
    requête.

    BUSSY-LECLERC

    Laquelle?

    RUGGIERI, lui donnant le billet de d'Epernon

    La voici…

    BUSSY-LECLERC

    Comment! un bon du d'Epernon…sur moi? C'est une plaisanterie.

    RUGGIERI

    Il a dit que, si vous n'y faisiez pas honneur, il irait vous trouver,
    et le ferait acquitter lui-même…

    BUSSY-LECLERC

    Qu'il vienne, morbleu!…a-t-il oublié qu'avant d'être procureur,
    j'ai été maître d'armes au régiment de Lorraine?…Je crois que le
    cher favori est jaloux des statues qui ornent les tombeaux de Quélus
    et de Maugiron? Eh bien, qu'à cela ne tienne: nous le ferons
    tailler en marbre à son tour.

    LE DUC DE GUISE

    Gardez-vous-en bien, maître Bussy! Je ne voudrais pas, pour
    vingt-cinq de mes amis, ne pas avoir un tel ennemi…Son insolence
    recrute pour nous…Donne-moi ce billet, Ruggieri. Dix écus noble
    rose, c'est cent vingt livres tournois…Les voici.

    BUSSY-LECLERC

    Que faites-vous donc, monseigneur?…

    LE DUC DE GUISE

    Soyez tranquille; quand le moment de régler nos comptes sera arrivé,
    je m'arrangerai de manière qu'il ne reste pas mon débiteur…Mais il
    se fait tard…A demain soir, messieurs. Les portes de l'hôtel de
    Guise seront ouvertes à tous nos amis; madame de Montpensier en fera
    les honneurs; et seront doublement bien reçus par elle ceux qui
    viendront avec la double croix! Ruggieri, reconduis ces messieurs.
    Ainsi, c'est dit; à demain soir, à l'hôtel de Guise.

    CRUCE

    Oui, monseigneur…(Ils sortent)

    SCENE VIII

    LE DUC DE GUISE, seul

    (Il s'assied sur le sofa où la duchesse a oublié son mouchoir)

    Par saint Henri de Lorraine! c'est un rude métier que celui que j'ai
    entrepris…Ces gens-là croient qu'on arrive au trône de France comme
    à un bénéfice de province. Le duc de Guise roi de France! c'est un
    beau rêve…Cela sera pourtant; mais, auparavant, que de rivaux à
    combattre! Le duc d'Anjou, d'abord;…c'est le moins à craindre; il
    est haï également du peuple et de la noblesse, et on le déclarerait
    facilement hérétique et inhabile à succéder…Mais, à son défaut
    l'Espagnol n'est-il pas là pour réclamer, à titre de beau-frère,
    l'héritage du Valois?…Le duc de Savoie, son oncle par alliance,
    voudra élever des prétentions. Un duc de Lorraine a épousé sa
    soeur…Peut-être y aurait-il un moyen: ce serait de faire passer la
    couronne de France sur la tête du vieux cardinal de Bourbon, et de le
    forcer à me reconnaître comme héritier…J'y songerai…Que de
    peines! de tourments!…pour qu'à la fin peut-être la balle d'un
    pistolet ou la lame d'un poignard…Ah! (Il laisse tomber sa main
    avec découragement; elle se pose sur le mouchoir oublié par la
    duchesse.) Qu'est cela?…Mille damnations! ce mouchoir appartient à
    la duchesse de Guise! voilà les armes réunies de Clèves et de
    Lorraine…Elle serait venue ici!…Saint-Mégrin!…O Mayenne!
    Mayenne! tu ne t'étais donc pas trompé! et lui…lui…(Appelant)
    Saint-Paul! (Son écuyer entre) Je vais…Saint-Paul! qu'on me
    cherche les mêmes hommes qui ont assassiné Dugast.

    ACTE DEUXIEME

    Une salle du Louvre.–A gauche, deux fauteuils et quelques tabourets
    préparés pour le roi, la reine mère et les courtisans. Joyeuse est
    couché dans l'un de ces fauteuils, et Saint-Mégrin, debout, appuyé
    sur le dossier de l'autre. Du côté opposé, d'Epernon est assis à une
    table sur laquelle est posé un échiquier. Au fond, Saint-Luc fait
    des armes avec du Halde. Chacun d'eux a près de lui un page à ses
    couleurs.

    SCENE PREMIERE

    JOYEUSE, SAINT-MEGRIN, D'EPERNON, SAINT-LUC, DU HALDE, Pages

    D'EPERNON

    Messieurs, qui de vous fait ma partie d'échecs, en attendant le
    retour du roi? Saint-Mégrin, ta revanche?

    SAINT-MEGRIN

    Non, je suis distrait aujourd'hui.

    JOYEUSE

    Oh! décidément, c'est la prédiction de l'astrologue…Vrai Dieu!
    c'est un véritable sorcier. Sais-tu bien qu'il avait prédit à Dugast
    qu'il n'avait plus que quelques jours à vivre, quand la reine
    Marguerite l'a fait assassiner? Je parie que c'est un horoscope du
    même genre qui occupe Saint-Mégrin, et que quelque grande dame dont
    il est amoureux…

    SAINT-MEGRIN, l'interrompant vivement

    Mais toi-même, Joyeuse, que ne fais-tu la partie de d'Epernon?

    JOYEUSE

    Non, merci.

    D'EPERNON

    Est-ce que tu veux réfléchir aussi, toi?

    JOYEUSE

    C'est, au contraire, pour ne pas être obligé de réfléchir.

    SAINT-LUC

    Eh bien, veux-tu faire des armes avec moi, vicomte?

    JOYEUSE

    C'est trop fatigant, et puis tu n'es pas de ma force. Fais une
    oeuvre charitable, tire d'Epernon d'embarras…

    SAINT-LUC

    Soit.

    JOYEUSE, tirant un bilboquet de son escarcelle

    Vive Dieu! messieurs, voilà un jeu…Celui-là ne fatigue ni le corps
    ni l'esprit…Sais-tu bien que cette nouvelle invention a eu un
    succès prodigieux chez la présidente? A propos, tu n'y étais pas,
    Saint-Luc; qu'es-tu donc devenu?

    SAINT-LUC

    J'ai été voir les Gelosi; tu sais, ces comédiens italiens qui ont
    obtenu la permission de représenter des mystères à l'hôtel de
    Bourbon.

    JOYEUSE

    Ah! oui,…moyennant quatre sous par personne.

    SAINT-LUC

    Et puis, en passant…Un instant, d'Epernon, je n'ai pas joué.

    JOYEUSE

    Et puis, en passant?…

    SAINT-LUC

    Où?

    JOYEUSE

    En passant, disais-tu?

    SAINT-LUC

    Oui…Je me suis arrêté en face de Nesle, pour y voir poser la
    première pierre d'un pont qu'on appellera le pont Neuf.

    D'EPERNON

    C'est Ducerceau qui l'a entrepris…On dit que le roi va lui accorder
    des lettres de noblesse.

    JOYEUSE

    Et justice sera faite…Sais-tu bien qu'il m'épargnera au moins six
    cents pas, toutes les fois que je voudrais aller à l'Ecole
    Saint-Germain? (Il laisse tomber son bilboquet, et appelle son page,
    qui est à l'autre bout de la salle) Bertrand, mon bilboquet…

    SAINT-LUC

    Messieurs, grande réforme! Ce matin, madame de Sauve m'a dit en
    confidence que le roi avait abandonné les fraises gaudronnées pour
    prendre les collets renversés à l'italienne.

    D'EPERNON

    Eh! que ne nous disais-tu pas cela!…Nous serons en retard d'un
    jour…Tiens, Saint-Mégrin le savait, lui…(A son page) Que je
    trouve demain un collet renversé au lieu de cette fraise…

    SAINT-LUC, riant

    Ah! ah!…tu te souviens que le roi t'a exilé quinze jours, parce
    qu'il manquait un bouton à ton pourpoint…

    JOYEUSE

    Eh bien, moi, je vais te rendre nouvelle pour nouvelle. Antraguet
    rentre aujourd'hui en grâce.

    SAINT-LUC

    Vrai?…

    JOYEUSE

    Oui, il est décidément guisard…C'est le Balafré qui a exigé du roi
    qu'il lui rendît son commandement…Depuis quelque temps, le roi fait
    tout ce qu'il veut.

    D'EPERNON

    C'est qu'il a besoin de lui…Il paraît que le Béarnais est en
    campagne, le harnais sur le dos…

    JOYEUSE

    Vous verrez que ce damné d'hérétique nous fera battre pendant
    l'été…Mettez-vous donc en campagne de cette chaleur-là,…avec cent
    cinquante livres de fer sur le corps!…pour revenir hâlé comme un
    Andalou…

    SAINT-LUC

    Ce serait un mauvais tour à te faire, Joyeuse…

    JOYEUSE

    Je l'avoue; j'ai plus peur d'un coup de soleil que d'un coup
    d'épée…et, si je le pouvais, je me battrais toujours, comme Bussy
    d'Amboise l'a fait dans son dernier duel, au clair de la lune…

    SAINT-LUC

    Quelqu'un a-t-il de ses nouvelles?

    D'EPERNON

    Il est toujours dans l'Anjou, près de Monsieur…C'est encore un
    ennemi de moins pour le guisard.

    JOYEUSE

    A propos de guisard, Saint-Mégrin, sais-tu ce qu'en dit la maréchale
    de Retz? Elle dit qu'auprès du duc de Guise, tous les princes
    paraissent peuple.

    SAINT-MEGRIN

    Guise!…toujours Guise!…Vive Dieu!…que l'occasion se présente
    (tirant son poignard et coupant son gant en morceaux), et, de par
    saint Paul de Bordeaux! je veux hacher tous ces petits princes
    lorrains comme ce gant.

    JOYEUSE

    Bravo, Saint-Mégrin!…Vrai-Dieu! je le hais autant que toi.

    SAINT-MEGRIN

    Autant que moi! Malédiction! si cela est possible; je donnerais mon
    titre de comte pour sentir, cinq minutes seulement, son épée contre
    la mienne…Cela viendra peut-être…

    DU HALDE

    Messieurs, messieurs, voilà Bussy…

    SAINT-MEGRIN

    Comment! Bussy d'Amboise?…

    SCENE II

    LES MEMES, BUSSY D'AMBOISE

    BUSSY D'AMBOISE

    Eh! oui, messieurs, lui-même, en personne…Aux amis,
    salut…Bonjour, Saint-Mégrin…

    SAINT-MEGRIN

    Et nous qui te croyions à cent lieues d'ici.

    BUSSY D'AMBOISE

    J'y étais, il y a trois jours…Aujourd'hui, me voilà.

    JOYEUSE

    Ah! ah!…vous êtes donc raccommodés?…Il voulait te tuer avec
    Quélus…Il n'y a pas de sa faute, si le coup n'a pas réussi…

    BUSSY D'AMBOISE

    Oui, pour la dame de Sauve…Mais, depuis, nous avons mesuré nos
    épées, et elles se sont trouvées de la même longueur…

    SAINT-LUC

    A propos de la dame de Sauve, on dit que, pour qu'elle soit plus sûre
    de ta fidélité, tu lui écris avec ton sang, comme Henri III écrivait
    de Pologne à la belle Renée de Chateauneuf…Sans doute elle était
    prévenue de ton arrivée, elle…

    BUSSY D'AMBOISE

    Non. Nous voyageons incognito…Mais je n'ai pas voulu passer si
    près de vous, sans venir vous demander s'il n'y avait pas quelqu'un
    de vous qui eût besoin d'un second…

    SAINT-MEGRIN

    Cela se pourra faire, si tu ne nous quittes pas trop tôt.

    BUSSY D'AMBOISE

    Tête-Dieu!…le cas échéant, je suis homme à retarder mon
    départ;…ainsi ne te gêne pas. Il y a si longtemps que cela ne
    m'est arrivé…c'est tout au plus si, en province, on trouve à se
    battre une fois par semaine…Heureusement que j'avais là, sous la
    main, mon ami Saint-Phal; nous nous sommes battus trois fois, parce
    qu'il soutenait avoir vu des X sur les boutons d'un habit, où je
    crois qu'il y avait des Y…

    SAINT-MEGRIN

    Bah! pas possible…

    BUSSY D'AMBOISE

    Parole d'honneur! Crillon était mon second…

    JOYEUSE

    Et qui avait raison?

    BUSSY D'AMBOISE

    Nous n'en savons rien encore: la quatrième rencontre en
    décidera…Mais que vois-je donc là-bas? Les pages d'Antraguet!…Je
    croyais que, depuis la mort de Quélus…

    SAINT-LUC

    Le duc de Guise a sollicité sa grâce.

    BUSSY D'AMBOISE

    Ah! oui, sollicité,…j'entends…Il est donc toujours insolent,
    notre beau cousin de Guise?…

    SAINT-MEGRIN

    Pas encore assez…

    D'EPERNON

    Vrai-Dieu! tu es difficile…Je suis sûr qu'au fond du coeur, le roi
    n'est pas de ton avis.

    SAINT-MEGRIN

    Qu'il dise donc un mot…

    D'EPERNON

    Ah! vois-tu, c'est qu'il est trop occupé dans ce moment, il apprend
    le latin.

    SAINT-MEGRIN

    Tête-Dieu! qu'a-t-il besoin de latin pour parler à des Français?
    Qu'il dise seulement: «A moi, ma brave noblesse!» et un millier
    d'épées qui coupent bien, sortiront des fourreaux où elles se
    rouillent. N'a-t-il plus dans la poitrine le même coeur qui battait
    à Jarnac et à Moncontour, ou ses gants parfumés ont-ils amolli ses
    mains, au point qu'elles ne puissent plus serrer la garde d'une épée?

    D'EPERNON

    Silence, Saint-Mégrin!…le voilà…

    UN PAGE, entrant

    Le roi!…

    BUSSY D'AMBOISE

    Je vais me tenir un peu à l'écart…Je ne me montrerai que s'il est
    de bonne humeur…

    UN SECOND PAGE

    Le roi! (Tout le monde se lève et se groupe)

    UN TROISIEME PAGE

    Le roi!

    SCENE III

    LES MEMES, HENRI, puis CATHERINE

    HENRI

    Salut, messieurs, salut…Villequier, qu'on prévienne madame ma mère
    de mon retour, et qu'on s'informe si l'on a apporté mon nouvel habit
    d'amazone…Ah! dites à la reine que je passerai chez elle, afin de
    fixer le jour de notre départ pour Chartres; car vous savez,
    Messieurs, que la reine et moi faisons un pèlerinage à Notre-Dame de
    Chartres, afin d'obtenir du ciel ce qu'il nous a refusé jusqu'à
    présent, un héritier de notre couronne. Ceux qui voudront nous
    suivre seront les bienvenus.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, si, au lieu d'un pèlerinage à Notre-Dame de Chartres, vous
    ordonniez une campagne dans l'Anjou…si vos gentilshommes étaient
    revêtus de cuirasses au lieu de cilices, et portaient des épées en
    guise de cierges, Votre Majesté ne manquerait pas de pénitents, et
    vous me verriez au premier rang, sire, dussé-je faire la moitié de la
    route pieds nus sur des charbons ardents.

    HENRI

    Chaque chose aura son tour, mon enfant. Nous ne resterons pas en
    arrière dès qu'il le faudra; mais, en ce moment, grâce à Dieu, notre
    beau royaume de France est en paix, et le temps ne nous manque pas
    pour nous occuper de nos dévotions. Mais que vois-je! vous à ma
    cour, seigneur de Bussy? (A Catherine de Médicis qui entre) Venez,
    ma mère, venez: vous allez avoir des nouvelles de votre fils
    bien-aimé, qui, s'il eût été frère soumis et sujet respectueux,
    n'aurait jamais dû quitter notre cour…

    CATHERINE

    Il y revient, peut-être, mon fils…

    HENRI, s'asseyant

    C'est ce que nous allons savoir…Asseyez-vous, ma mère…Approchez,
    seigneur de Bussy…Où avez-vous quitté notre frère?

    BUSSY D'AMBOISE

    A Paris, sire.

    HENRI

    A Paris!…Serait-il dans notre bonne ville de Paris?

    BUSSY D'AMBOISE

    Non; mais il y est passé cette nuit.

    HENRI

    Et il se rend?…

    BUSSY D'AMBOISE

    Dans la Flandre…

    HENRI

    Vous l'entendez, ma mère. Nous allons sans doute avoir dans notre
    famille un duc de Brabant. Et pourquoi a-t-il passé si près de nous,
    sans venir nous présenter son hommage de fidélité, comme à son aîné
    et à son roi?…

    BUSSY D'AMBOISE

    Sire,…il connaît la grande amitié que lui porte Votre Majesté, et
    il a craint qu'une fois rentré au Louvre, vous ne l'en laissiez plus
    sortir.

    HENRI

    Et il a raison, monsieur; mais, en ce moment, l'absence de son bon
    serviteur et de sa fidèle épée doit lui faire faute; car peut-être
    bientôt compte-t-il se servir contre nous de l'un et de l'autre.
    Arrangez-vous donc, seigneur de Bussy, pour le rejoindre au plus
    vite, et pour nous quitter au plus tôt. (Un Page entre) Eh bien,
    qu'y a-t-il?

    CATHERINE

    Mon fils, c'est sans doute Antraguet qui profite de la permission que
    vous lui avez volontairement accordée de reparaître en votre royale
    présence…

    HENRI

    Oui, oui, volontairement!…Le meurtrier!…Ma mère, mon cousin de
    Guise m'impose un grand sacrifice; mais pour mes péchés, Dieu veut
    qu'il soit complet. (Au Page) Parlez.

    LE PAGE

    Charles Balzac d'Entragues, baron de Dunes, comte de Graville,
    ex-lieutenant général au gouvernement d'Orléans, demande à déposer
    aux pieds de Votre Majesté l'hommage de sa fidélité et de son
    respect.

    HENRI

    Oui, oui;…tout à l'heure nous recevrons notre sujet fidèle et
    respectueux; mais, auparavant, je veux me séparer de tous ce qui
    pourrait me rappeler cet affreux duel…Tiens, Joyeuse, tiens!…(Il
    tire de sa poitrine une espèce de sachet) Voilà les pendants
    d'oreilles de Quélus; porte-les en mémoire de notre ami
    commun…D'Epernon, voici la chaîne d'or de Maugiron…Saint-Mégrin,
    je te donnerai l'épée de Schomberg; elle était bien pesante pour un
    bras de dix-huit ans!…qu'elle te défende mieux que lui, en pareille
    circonstance. Et maintenant, messieurs, faites comme moi, ne les
    oubliez pas dans vos prières.

    Que Dieu reçoive en son giron
    Quélus, Schomberg et Maugiron.

    Restez autour de moi, mes amis, et asseyez-vous…Faites entrer…(A
    la vue d'Antraguet, il prend dans sa bourse un flacon qu'il respire)
    Approchez ici, baron, et fléchissez le genou…Charles Balzac
    d'Entragues, nous vous avons accordé la faveur de notre présence
    royale, au milieu de notre cour, pour vous rendre, là où nous vous
    les avions ôtés, vos dignités et vos titres…Relevez-vous, baron de
    Dunes, comte de Graville, gouverneur général de notre province
    d'Orléans, et reprenez près de notre personne royale les fonctions
    que vous y remplissiez autrefois…Relevez-vous.

    D'ENTRAGUES

    Non, sire,…je ne me relèverai pas, que Votre Majesté n'ait reconnu
    publiquement que ma conduite, dans ce funeste duel, a été celle d'un
    loyal et honorable cavalier.

    HENRI

    Oui,…nous le reconnaissons, car c'est la vérité…Mais vous avez
    porté des coups bien malheureux!…

    D'ENTRAGUES

    Et maintenant, sire, votre main à baiser, comme gage de pardon et
    d'oubli.

    HENRI

    Non, non, monsieur, ne l'espérez pas.

    CATHERINE

    Mon fils, que faites-vous?

    HENRI

    Non, madame, non…J'ai pu lui pardonner, comme chrétien, le mal
    qu'il m'a fait; mais je ne l'oublierai de ma vie.

    D'ENTRAGUES

    Sire,…j'appelle le temps à mon secours; peut-être ma fidélité et ma
    soumission finiront-elles par fléchir le courroux de Votre Majesté.

    HENRI

    C'est possible. Mais votre gouvernement doit avoir besoin de votre
    présence; il en est privé depuis longtemps, baron de Dunes, et le
    bien de nos fidèles sujets pourraient en souffrir…Qui fait ce
    bruit?

    D'EPERNON

    Ce sont ceux de Guise…

    HENRI

    Notre beau cousin de Lorraine ne profite pas du privilège qu'ont les
    princes souverains de paraître devant nous sans être annoncés…Ses
    pages ont toujours soin de faire assez de bruit pour que son arrivée
    ne soit pas un mystère…

    SAINT-MEGRIN

    Il traite, avec Votre Majesté, de puissance à puissance…Il a ses
    sujets comme vous avez les vôtres, et sans doute qu'il vient, armé de
    pied en cap, présenter en leur nom une humble requête à Votre
    Majesté.

    SCENE IV

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    (Il est couvert d'une armure complète, précédé de deux Pages, et suivi
    par quatre, dont l'un porte son casque)

    HENRI

    Venez, monsieur le duc, venez…Quelqu'un qui s'est retourné au bruit
    que faisaient vos pages, et qui vous a aperçu de loin, offrait de
    parier que vous veniez encore nous supplier de réformer quelque abus,
    de supprimer quelque impôt…Mon peuple est un peuple bien heureux,
    mon beau cousin, d'avoir en vous un représentant si infatigable, et
    en moi un roi si patient!

    LE DUC DE GUISE

    Il est vrai que Votre Majesté m'a accordé bien des grâces,…et je
    suis fier d'avoir si souvent servi d'intermédiaire entre elle et ses
    sujets.

    SAINT-MEGRIN, à part

    Oui, comme le faucon entre le chasseur et le gibier…

    LE DUC DE GUISE

    Mais, aujourd'hui, sire, un motif plus puissant m'amène encore devant
    Votre Majesté, puisque c'est à la fois des intérêts de son peuple et
    des siens que j'ai à l'entretenir…

    HENRI

    Si l'affaire est si sérieuse, monsieur le duc, ne pourriez-vous pas
    attendre nos prochains états de Blois?…Les trois ordres de la
    nation ont là des représentants qui, du moins, ont reçu de nous
    mission de me parler au nom de leurs mandataires.

    LE DUC DE GUISE

    Votre Majesté voudra-t-elle bien songer que les états de Blois
    viennent de se dissoudre, et ne se rassembleront qu'au mois de
    novembre?…Lorsque le danger est pressant, il me semble qu'un
    conseil privé…

    HENRI

    Lorsque le danger est pressant!…Mais vous nous effrayez, monsieur
    de Guise…Eh bien, toutes les personnes qui composent notre conseil
    privé sont ici…Parlez, monsieur le duc, parlez.

    CATHERINE

    Mon fils, permettez que je me retire.

    HENRI

    Non, madame, non; M. le duc sait bien que nous n'avons rien de caché
    pour notre auguste mère, et que, dans plus d'une affaire importante,
    ses conseils nous ont même été d'un utile secours.

    LE DUC DE GUISE

    Sire, la démarche que je fais près de vous est hardie, peut-être trop
    hardie…Mais hésiter plus longtemps ne serait pas d'un bon et loyal
    sujet.

    HENRI

    Au fait, monsieur le duc, au fait…

    LE DUC DE GUISE

    Sire, des dépenses immenses, mais nécessaires, puisque Votre Majesté
    les a faites, ont épuisé le trésor de l'Etat…Jusqu'à présent, Votre
    Majesté, avec l'aide de ses fidèles sujets, a trouvé moyen de le
    remplir…Mais cela ne peut durer…L'approbation du saint-père a
    permis d'aliéner pour deux cent mille livres de rente sur les biens
    du clergé. Un emprunt a été fait aux membres du Parlement sous
    prétexte de faire sortir les gens de guerre étrangers…Les diamants
    de la couronne sont en gage pour la sûreté des trois millions dûs au
    duc Casimir…Les deniers destinés aux rentes de l'hôtel de ville ont
    été détournés pour un autre usage, et les états généraux ont eu
    l'audace de répondre par un refus, lorsque Votre Majesté a proposé
    d'aliéner les domaines.

    HENRI

    Oui, oui, monsieur le duc, je sais que nos finances sont en assez
    mauvais état…Nous prendrons un autre surintendant.

    LE DUC DE GUISE

    Cette mesure pourrait être suffisante en temps de paix, sire…mais
    Votre Majesté va se voir contrainte à la guerre. Les huguenots, que
    votre indulgence encourage, font des progrès effrayants. Favas s'est
    emparé de la Réole; Montferrand, de Périgueux; Condé de Dijon. Le
    Navarrois a été vu sous les murs d'Orléans; la Saintonge, l'Agénois
    et la Gascogne sont en armes, et les Espagnols, profitant de nos
    troubles, ont pillé Anvers, brûlé huit cents maisons, et passé sept
    mille habitants au fil de l'épée.

    HENRI

    Par la mort-Dieu! si ce que vous me dites là est vrai, il faut
    châtier les huguenots au dedans et les Espagnols au dehors. Nous ne
    craignons pas la guerre, mon beau cousin; et, s'il le fallait, nous
    irions nous-même sur le tombeau de notre aïeul Louis IX saisir
    l'oriflamme, et nous marcherions à la tête de notre brave armée, au
    cri de guerre de Jarnac et de Moncontour.

    SAINT-MEGRIN

    Et, si l'argent vous manque, sire, votre brave noblesse est là pour
    rendre à Votre Majesté ce qu'elle a reçu d'elle. Nos maisons, nos
    terres, nos bijoux peuvent se monnayer, monsieur le duc; et,
    vive-Dieu! en fondant les seules broderies de nos manteaux et les
    chiffres de nos dames, nous aurions de quoi envoyer à l'ennemi,
    pendant toute une campagne, des balles d'or et des boulets d'argent.

    HENRI

    Vous l'entendez, monsieur le duc?

    LE DUC DE GUISE

    Oui, sire. Mais, avant que cette idée vînt à M. le comte de
    Saint-Mégrin, trente mille de vos braves sujets l'avaient eue; ils
    s'étaient engagés par écrit à fournir de l'argent au trésor et des
    hommes à l'armée; ce fut le but de la sainte Ligue, sire, et elle le
    remplira, lorsque le moment en sera venu…Mais je ne puis cacher à
    Votre Majesté les craintes qu'éprouvent ses fidèles sujets, en ne la
    voyant pas reconnaître hautement cette grande association.

    HENRI

    Et que faudrait-il pour cela?

    LE DUC DE GUISE

    Lui nommer un chef, sire, d'une grande maison souveraine, digne de sa
    confiance et de son amour, par son courage et sa naissance, et qui
    surtout ait assez fait ses preuves comme bon catholique, pour
    rassurer les zélés sur la manière dont il agirait dans les
    circonstances difficiles…

    HENRI

    Par la mort-Dieu! monsieur le duc, je crois que votre zèle pour notre
    personne royale est tel, que vous seriez tout prêt à lui épargner
    l'embarras de chercher bien loin ce chef…Nous y penserons à loisir,
    mon beau cousin, nous y penserons à loisir.

    LE DUC DE GUISE

    Mais Votre Majesté devrait peut-être à l'instant…

    HENRI

    Monsieur le duc, quand je voudrai entendre un prêche, je me ferai
    huguenot…Messieurs, c'est assez nous occuper des affaires de
    l'Etat, songeons un peu à nos plaisirs. J'espère que vous avez reçu
    nos invitations pour ce soir, et que madame de Guise, madame de
    Montpensier, et vous, mon cousin, voudrez bien embellir notre bal
    masqué.

    SAINT-MEGRIN, montrant la cuirasse du duc

    Votre Majesté ne voit-elle pas que M. le duc est déjà en costume de
    chercheur d'aventures?

    LE DUC DE GUISE

    Et de redresseur de torts, monsieur le comte.

    HENRI

    En effet, mon beau cousin, cet habit me paraît bien chaud pour le
    temps qui court.

    LE DUC DE GUISE

    C'est que, pour le temps qui court, sire, mieux vaut une cuirasse
    d'acier qu'un justaucorps de satin.

    SAINT-MEGRIN

    M. le duc croit toujours entendre la balle de Poltrot siffler à ses
    oreilles.

    LE DUC DE GUISE

    Quand les balles m'arrivent en face, monsieur le comte (montrant sa
    blessure à la joue), voilà qui fait foi que je ne détourne pas la
    tête pour les éviter.

    JOYEUSE, prenant sa sarbacane

    C'est ce que nous allons voir…

    SAINT-MEGRIN, lui arrachant la sarbacane

    Attends!…il ne sera pas dit qu'un autre que moi en aura fait
    l'expérience. (Lui envoyant une dragée au milieu de la poitrine) A
    vous, monsieur le duc.

    TOUS

    Bravo! bravo!

    LE DUC DE GUISE, portant la main à son poignard

    Malédiction! (Saint-Paul l'arrête)

    SAINT-PAUL

    Qu'allez-vous faire!…

    HENRI

    Par la mort-Dieu! mon cousin de Guise, j'aurais cru que cette belle
    et bonne cuirasse de Milan était à l'épreuve de la balle…

    LE DUC DE GUISE

    Et vous aussi, sire!…Qu'ils rendent grâce à la présence de Votre
    Majesté.

    HENRI

    Oh! qu'à cela ne tienne, monsieur le duc, qu'à cela ne tienne;
    agissez comme si nous n'y étions pas…

    LE DUC DE GUISE

    Votre Majesté permet donc que je descende jusqu'à lui?…

    HENRI

    Non, monsieur le duc; mais je puis l'élever jusqu'à vous…Nous
    trouverons bien, dans notre beau royaume de France, un fief vacant,
    pour en doter notre fidèle sujet le comte de Saint-Mégrin.

    LE DUC DE GUISE

    Vous en êtes le maître, sire…Mais d'ici là?…

    HENRI

    Eh bien, nous ne vous ferons pas attendre…Comte Paul Estuert, nous
    te faisons marquis de Caussade.

    LE DUC DE GUISE

    Je suis duc, sire.

    HENRI

    Comte Paul Estuert, marquis de Caussade, nous te faisons duc de
    Saint-Mégrin; et maintenant, monsieur de Guise, répondez-lui…car il
    est votre égal.

    SAINT-MEGRIN

    Merci, sire, merci; je n'ai pas besoin de cette nouvelle faveur; et,
    puisque Votre Majesté ne s'y oppose pas, je veux le défier de manière
    à ce qu'il s'ensuive combat ou déshonneur…Or, écoutez, messieurs:
    moi, Paul Estuert, seigneur de Cassade, comte de Saint-Mégrin, à toi,
    Henri de Lorraine, duc de Guise; prenons à témoin tous ceux ici
    présents, que nous te défions au combat à outrance, toi et tous les
    princes de ta maison, soit à l'épée seule, soit à la dague et au
    poignard, tant que le coeur battra au corps, tant que la lame tiendra
    à la poignée; renonçant d'avance à ta merci, comme tu dois renoncer à
    la mienne; et, sur ce, que Dieu et Saint Paul me soient en aide!
    (Jetant son gant) A toi seul, ou à plusieurs!

    D'EPERNON

    Bravo, Saint-Mégrin! bien défié.

    LE DUC DE GUISE, montrant le gant.

    Saint-Paul…

    BUSSY D'AMBOISE

    Un instant, messieurs!…un instant! Moi, Louis de Clermont,
    seigneur de Bussy d'Amboise, me déclare ici parrain et second de Paul
    Estuert de Saint-Mégrin; offrant le combat à outrance à quiconque se
    déclarera parrain et second de Henri de Lorraine, duc de Guise; et,
    comme signe de défi et gage du combat, voici mon gant.

    JOYEUSE

    Vive-Dieu! Bussy, c'est un véritable vol que tu me fais…tu ne m'as
    pas donné le temps…Mais sois tranquille, si tu es tué…

    LE DUC DE GUISE

    Saint-Paul! (A part) Tu me provoques trop tard, ton sort est décidé.
    (Haut) Antraguet, tu seras mon second…Vous le voyez, messieurs, je
    vous fais beau jeu: je vous offre un moyen de venger Quélus…
    Saint-Paul, tu prépareras mon épée de bal; elle est juste de la même
    longueur que l'épée de combat de ces messieurs.

    SAINT-MEGRIN

    Vous avez raison, monsieur le duc: cette épée serait bien faible
    pour entamer une cuirasse aussi prudemment solide que celle-ci…Mais
    nous pouvons en venir aux mains, nus jusqu'à la ceinture, monsieur le
    duc, et l'on verra celui dont le coeur battra.

    HENRI

    Assez, messieurs, assez! nous honorerons le combat de notre
    présence, et nous le fixons à demain…Maintenant, chacun de vous
    peut réclamer un don, et, s'il est en notre puissance royale de vous
    l'accorder, vous serez satisfaits à l'instant…Que veux-tu,
    Saint-Mégrin?

    SAINT-MEGRIN

    Un égal partage du terrain et du soleil; pour le reste, je m'en
    rapporte à Dieu et à mon épée.

    HENRI

    Et vous, monsieur le duc, que demandez-vous?

    LE DUC DE GUISE

    La promesse formelle qu'avant le combat Votre Majesté reconnaîtra la
    Ligue, et nommera son chef. J'ai dit.

    HENRI

    Quoique nous ne nous attendissions pas à cette demande, nous vous
    l'octroyons, mon beau cousin…Messieurs, puisque M. de Guise nous y
    force, au lieu du bal masqué de cette nuit, nous aurons un conseil
    d'Etat…Je vous y convoque tous, messieurs. Quant aux deux
    champions, nous les invitons à profiter de cet intervalle, pour bien
    songer au salut de leur âme. Allez, messieurs, allez.

    SCENE V

    HENRI, CATHERINE

    HENRI

    Eh bien, ma mère, vous devez être contente, vos deux grands ennemis
    vont se détruire eux-mêmes, et vous devez m'en remercier; car j'ai
    autorisé un combat que j'aurais pu empêcher.

    CATHERINE

    Auriez-vous agi ainsi, mon fils, si vous eussiez su qu'une des
    conditions de ce combat serait de nommer un chef à la Ligue?

    HENRI

    Non, sur mon âme, ma mère; je comptais sur une diversion.

    CATHERINE

    Et vous avez résolu?

    HENRI

    Rien encore, car les chances du combat sont incertaines…Si M. de
    Guise était tué,…eh bien, on enterrerait la Ligue avec son chef;
    s'il ne l'était pas,…alors je prierais Dieu de m'éclairer…Mais,
    en tout cas, ma résolution une fois prise, je vous en avertis, rien
    ne m'en fera changer…La vue de mon trône me donne de temps en temps
    des envies d'être roi, ma mère, et je suis dans un de ces moments-là.

    CATHERINE

    Eh! mon fils, qui plus que moi désire vous voir une volonté ferme et
    puissante?…Miron me recommande le repos. Et, plus que jamais, je
    désire n'avoir aucune part du fardeau de l'Etat.

    HENRI

    Si je ne m'abuse, ma mère, j'ai vu s'étendre aujourd'hui vers mon
    trône un bras bardé de fer qui avait volonté de me débarrasser d'une
    partie, si ce n'est du tout.

    CATHERINE

    Et probablement vous lui accorderez ce qu'il demande, car ce chef que
    la Ligue exige par sa voix…

    HENRI

    Oui, oui, j'ai bien vu qu'il plaidait pour lui-même; et peut-être, ma
    mère, m'épargnerais-je bien des tourments en m'abandonnant à lui…
    comme l'a fait mon frère François II, après la conjuration
    d'Amboise… Et cependant, je n'aime pas qu'on vienne me prier armé
    comme l'était mon cousin de Guise; les genoux plient mal dans des
    cuissards d'acier.

    CATHERINE

    Et jamais votre cousin de Guise n'a plié le genou devant vous, qu'il
    n'ait, en se relevant, emporté un morceau de votre manteau royal.

    HENRI

    Par la mort-Dieu! il n'a jamais forcé notre volonté, cependant…Ce
    que nous lui avons accordé a toujours été de notre plein gré…et,
    cette fois encore, si nous le nommons chef de la Ligue, ce sera un
    devoir que nous lui imposerons comme son maître.

    CATHERINE

    Tous ces devoirs le rapprochent du trône, mon fils!…et malheur…
    malheur à vous, s'il met jamais le pied sur le velours de la première
    marche!

    HENRI

    Ce que vous dites là, ma mère, l'appuyeriez-vous sur quelques
    raisons?

    CATHERINE

    Cette Ligue, que vous allez autoriser, savez-vous quel est son
    but?…

    HENRI

    De soutenir l'autel et le trône.

    CATHERINE

    C'est du moins ce que dit votre cousin de Guise; mais du moment qu'un
    sujet se constitue, de sa propre autorité, défenseur de son roi, mon
    fils,…il n'est pas loin d'être un rebelle.

    HENRI

    M. le duc aurait-il de si coupables desseins?

    CATHERINE

    Les circonstances l'accusent, du moins…Hélas! mon fils, je ne puis
    veiller sur vous comme je le faisais autrefois, et cependant,
    peut-être aurai-je encore le bonheur de déjouer un grand complot.

    HENRI

    Un complot! on conspirerait contre moi?…Dites, dites, ma mère…
    Quel est ce papier?…

    CATHERINE

    Un agent du duc de Guise, l'avocat Jean David, est mort à Lyon… Son
    valet était un homme à moi; tous ses papiers m'ont été envoyés,
    celui-ci en faisait partie.

    HENRI

    Voyons, ma mère, voyons…(Après avoir jeté un coup d'oeil sur le
    papier) Comment! un traité entre don Juan d'Autriche et le duc de
    Guise!…un traité par lequel ils s'engagent à s'aider mutuellement à
    monter, l'un sur le trône des Pays-Bas, l'autre sur le trône de
    France! Sur le trône de France? que comptaient-ils donc faire de
    moi, ma mère?…

    CATHERINE

    Voyez le dernier article de l'acte d'association des ligueurs, car le
    voici tel…non pas que vous le connaissez, mon cher Henri, mais tel
    qu'il a été présenté à la sanction du saint-père, qui a refusé de
    l'approuver.

    HENRI, lisant

    «Puis, quand le duc de Guise aura exterminé les huguenots, se sera
    rendu maître des principales villes du royaume, et que tout pliera
    sous la puissance de la Ligue, il fera faire le procès à Monsieur,
    comme à un fauteur manifeste des hérétiques, et, après avoir rasé le
    roi et l'avoir confiné dans un couvent…» Dans un couvent!…Ils
    veulent m'ensevelir dans un cloître!…

    CATHERINE

    Oui, mon fils; ils disent que c'est là que votre dernière couronne
    vous attend…

    HENRI

    Ma mère, est-ce que Monsieur le duc l'oserait?

    CATHERINE

    Pépin a fondé une dynastie, mon fils: et qu'a donné Pépin à
    Childéric, en échange de son manteau royal?…

    HENRI

    Un cilice, ma mère; un cilice, je le sais; mais les temps sont
    changés; pour arriver au trône de France, il faut que la naissance y
    donne des droits.

    CATHERINE

    Ne peut-on en supposer?…Voyez cette généalogie.

    HENRI

    La maison de Lorraine remonterait à Charlemagne: Cela n'est pas,
    vous savez bien que cela n'est pas.

    CATHERINE

    Vous voyez que les mesures sont prises pour qu'on croie que cela est.

    HENRI

    Ah! notre cousin de Guise, vous en voulez terriblement à notre belle
    couronne de France…Ma mère, ne pourrait-on pas le punir d'oser y
    prétendre sans notre permission?

    CATHERINE

    Je vous comprends, mon fils; mais ce n'est pas le tout de couper, il
    faut recoudre.

    HENRI

    Mais il se bat demain avec Saint-Mégrin. Saint-Mégrin est brave et
    adroit.

    CATHERINE

    Et croyez-vous que le duc de Guise soit moins brave et moins adroit
    que lui?

    HENRI

    Ma mère, si nous faisions bénir l'épée de Saint-Mégrin…

    CATHERINE

    Mon fils, si le duc de Guise fait bénir la sienne…

    HENRI

    Vous avez raison…Mais qui m'empêche de nommer Saint-Mégrin chef de
    la Ligue?

    CATHERINE

    Et qui voudra le reconnaître? a-t-il un parti?…Peut-être y
    aurait-il un moyen de tout conjurer, mon fils; mais il faudrait de la
    résolution.

    HENRI, hésitant

    De la résolution!

    CATHERINE

    Oui; soyez roi, M. de Guise deviendra sujet soumis, sinon
    respectueux. Je le connais mieux que vous, Henri; il n'est fort que
    parce que vous êtes faible; sous son énergie apparente, il cache un
    caractère irrésolu…C'est un roseau peint en fer…Appuyez, il
    pliera.

    HENRI

    Oui, oui, il pliera. Mais quel est ce moyen? Voyons!…faut-il les
    exiler tous deux? Je suis prêt à signer leur exil.

    CATHERINE

    Non; peut-être ai-je un autre moyen…Mais jurez-moi qu'à l'avenir
    vous me consulterez avant eux sur tout ce que vous voudrez faire.

    HENRI

    N'est-ce que cela, ma mère? Je vous le jure.

    CATHERINE

    Mon fils, les serments prononcées devant l'autel sont plus agréables
    à Dieu.

    HENRI

    Et lient mieux les hommes, n'est-ce pas? Eh bien, venez, ma mère, je
    m'abandonne entièrement à vous.

    CATHERINE

    Oui, mon fils, passons dans votre oratoire.

    SCENE VI

    LE DUC DE GUISE, puis RUGGIERI

    LE DUC DE GUISE

    Quand donc une bonne arquebusade de favoris nous délivera-t-elle de ces
    insolents petits muguets? M. le comte Caussade de Saint-Mégrin…Le roi
    l'a fait comte; et qui sait où s'arrêtera ce champignon de fortune?
    Mayenne, avant son départ, me l'avait recommandé. Je dois m'en défier,
    dit-il: il a cru s'apercevoir qu'il aimait la duchesse de Guise et m'en
    a fait prévenir par Bassompierre…Tête-Dieu! si je n'étais aussi sûr de
    la vertu de ma femme, M. de Saint-Mégrin payerait cher ce soupçon!
    (Entre Ruggieri) Ah! c'est toi, Ruggieri.

    RUGGIERI

    Oui, monseigneur duc…

    LE DUC DE GUISE

    J'ai avancé d'un jour la réunion qui devait avoir lieu chez
    toi…Dans quelques minutes, nos amis seront ici…Je suis venu le
    premier, parce que je désirais te trouver seul. Nicolas Poulain m'a
    dit que je pouvais compter sur toi.

    RUGGIERI

    Il a dit vrai…Et mon art…

    LE DUC DE GUISE

    Laissons là ton art. Que j'y croie ou que je n'y croie pas, je suis
    trop bon chrétien pour y avoir recours. Mais je sais que tu es
    savant, versé dans la connaissance des manuscrits et des
    archives…C'est de cette science que j'ai besoin. Ecoute-moi.
    L'avocat Jean David n'a pu obtenir du saint-père qu'il ratifiât la
    Ligue; il est rentré en France…

    RUGGIERI

    Oui; les dernières lettres que j'ai reçues de lui étaient datées de
    Lyon.

    LE DUC DE GUISE

    Il y est mort; il était porteur de papiers importants…Ces papiers
    ont été soustraits. Parmi eux se trouvait une généalogie que le duc
    de Guise, mon père, de glorieuse mémoire, avait fait faire, en 1535,
    par François Rosières. On y prouvait que les princes lorrains
    étaient la seule et vraie posterité de Charlemagne. Mon père, il
    faut me refaire un nouvel arbre généalogique qui prenne sa racine
    dans celui des Carolingiens; il faut l'appuyer de nouvelles preuves.
    C'est un travail pénible et difficile, qui veut être bien payé.
    Voici un à-compte.

    RUGGIERI

    Vous serez content de moi, monseigneur.

    LE DUC DE GUISE

    Bien…Et que venaient faire ici ces jeunes papillons de cour que j'y
    ai trouvés?

    RUGGIERI

    Me consulter sur l'avenir.

    LE DUC DE GUISE

    Sont-ils donc mécontents du présent?…Ils seraient bien difficiles.
    Ils se sont éloignés, n'est-ce pas?

    RUGGIERI

    Oui, monseigneur; ils sont au Louvre maintenant.

    LE DUC DE GUISE

    Que le Valois s'endorme au bruit de leur bourdonnement, pour ne
    s'éveiller qu'à celui de la cloche qui lui sonnera matines…Mais il
    y a quelqu'un dans l'antichambre…Ah! ah! c'est le père Crucé.

    ACTE TROISIEME

    L'oratoire de la duchesse de Guise

    SCENE PREMIERE

    ARTHUR, MADAME DE COSSE, MARIE

    MADAME DE COSSE, déposant sur une table de toilette un domino noir

    Concevez-vous, Marie, madame la duchesse de Guise, qui veut aller au
    bal de la cour en simple domino?

    MARIE, déposant des fleurs sur la même table

    C'est que madame la duchesse n'est pas coquette…

    MADAME DE COSSE

    Mais, sans être coquette, on peut tirer parti de ses avantages…A
    quoi servira-t-il d'être jolie et bien faite, si l'on se couvre la
    figure de ce masque noir, et si l'on s'enveloppe la taille de ce
    domino large comme une robe d'ermite? pourquoi ne pas se mettre en
    Diane ou en Hébé?

    ARTHUR

    C'est qu'elle veut vous laisser ce costume, madame de Cossé.

    MADAME DE COSSE

    Voyez donc ce petit muguet!…Allez ramasser l'éventail de votre
    maîtresse, ou porter la queue de sa robe, et ne parlez pas toilette;
    vous n'y connaissez encore rien…Dans trois ou quatre ans, à la
    bonne heure!

    ARTHUR

    Tiens…Je vais avoir quinze ans.

    MADAME DE COSSE

    Quatorze ans, mon beau page, ne vous déplaise…

    MARIE

    Ce domino, d'ailleurs, n'est que pour entrer dans la salle de bal.
    Une partie des dames, vous le savez, ne se masquent que pour jouir du
    premier coup d'oeil, et reviennent ensuite en costume de ville.

    MADAME DE COSSE

    Et voilà le tort…Autrefois, on conservait son déguisement toute la
    nuit…Par exemple, au fameux bal masqué qui eut lieu lors de
    l'avènement au trône de Henri II, il y a vingt-cinq ans…Je n'en
    avais que vingt.

    ARTHUR

    Il y a trente ans, madame de Cossé, ne vous en déplaise.

    MADAME DE COSSE

    Vingt-cinq ou trente, peu importe…Alors je n'en avais que quinze.
    Eh bien, tout le monde resta en costume, jusqu'au moment où
    l'astronome Lucas Gaudric prédit au roi qu'il serait tué dans un
    combat singulier. Onze ans après Montgomery accomplit la prédiction.

    ARTHUR

    C'est bien malheureux! depuis ce temps, il n'y a plus de tournois.

    MADAME DE COSSE

    C'est effectivement quelque chose de bien fâcheux…Il ferait beau
    voir jouter les jeunes gens de votre époque: voilà de plaisants
    damerets, en comparaison des chevaliers de Henri II.

    ARTHUR

    Vous pourriez même dire, en comparaison des chevaliers du roi
    François Ier. Vous les avez vus, madame de Cossé.

    MADAME DE COSSE

    J'étais un enfant…Je ne m'en souviens pas…Un enfant au berceau,
    entendez-vous?

    MARIE

    Mais il me semble, madame, que le baron-duc d'Epernon, le vicomte de
    Joyeuse, le seigneur de Bussy, le baron de Dunes…

    ARTHUR

    Et le comte de Saint-Mégrin, donc!…

    MADAME DE COSSE

    Ah! vous voilà encore avec votre petit bordelais…J'aurais bien
    voulu le voir, avec une armure de deux cents livres, comme celle que
    portait M. de Cossé, mon noble époux, quand il me couronna dame de la
    beauté et des amours, et brisa en mon honneur cinq lances, dont M. de
    Saint-Mégrin ne pourrait pas remuer la plus petite avec les deux
    mains…C'était au fameux tournoi de Soissons…

    MARIE

    Au fameux tournoi de Soissons?…

    ARTHUR

    Eh! oui…au fameux tournoi de Soissons, en 1546, un an avant la mort
    du roi François Ier, quand madame de Cossé était encore au berceau…

    MADAME DE COSSE

    Petit drôle!…vous vous fiez bien à ce que vous êtes le parent de
    madame la duchesse de Guise.

    SCENE II

    LES MEMES, LA DUCHESSE DE GUISE

    ARTHUR, courant à elle

    Oh! venez, ma belle cousine et maîtresse! et protégez-moi contre le
    courroux de votre première dame d'honneur…

    LA DUCHESSE DE GUISE, distraite

    Qu'avez-vous fait? encore quelque espièglerie?…

    ARTHUR

    Chevalier discourtois, je me souviens des dates.

    MADAME DE COSSE, interrompant

    Madame la duchesse paraît préoccupée.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi? Non…N'auriez-vous pas trouvé ici un mouchoir à mes armes?

    MARIE

    Non, madame.

    ARTHUR

    Je vais le chercher; et, si je le trouve, quelle sera ma récompense?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ta récompense, enfant?…Un mouchoir mérite-t-il donc une grande
    récompense? Eh bien, cherche-le, Arthur.

    MARIE

    Pendant que Madame était retirée dans son appartement, où elle avait
    dit, en rentrant, qu'elle voulait rester seule, la reine Louise est
    venue pour lui faire une visite; elle avait dans sa bourse le plus
    joli petit sapajou…

    MADAME DE COSSE

    Oui, elle désirait connaître le déguisement de madame. Elle est
    entrée chez madame de Montpensier; et, comme j'y étais, je connais
    tous les costumes des seigneurs et dames de la cour.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à Arthur, qui revient s'asseoir à ses pieds

    Eh bien?

    ARTHUR

    Je n'ai rien trouvé…

    MADAME DE COSSE

    M. de Joyeuse est en Alcibiade…Il a un casque d'or massif…Son
    costume lui coûte, dit-on, dix mille livres tournois. M. d'Epernon
    est…

    ARTHUR

    Et M. de Saint-Mégrin? (La duchesse tressaille)

    MADAME DE COSSE

    Ah!…M. de Saint-Mégrin? Il avait aussi un costume très-brillant;
    mais, aujourd'hui, il en a commandé un autre, tout simple, un costume
    d'astrologue, semblable à celui que porte Côme Ruggieri.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ruggieri?…Dites-moi, Ruggieri ne demeure-t-il pas rue de Grenelle,
    près de l'hôtel de Soissons?

    MARIE

    Oui.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à part

    Plus de doute!…c'était chez lui…J'avais cru le
    reconnaître…(Haut) N'est-il venu aucune autre personne?

    MADAME DE COSSE

    Si…M. Brantôme, pour vous offrir le volume de ses _Dames
    galantes_… Je l'ai déposé sur cette table…La reine de Navarre y
    joue un grand rôle…Et puis M. Ronsard est aussi venu…il voulait
    absolument vous voir…Vous lui avez reproché, l'autre jour, chez
    madame de Montpensier, de ne pas assez soigner ses rimes, et il vous
    apportait une petite pièce de vers.

    LA DUCHESSE DE GUISE, avec distraction

    Sur la rime?…

    MADAME DE COSSE

    Non, madame; mais mieux rimée qu'il n'a coutume de le faire. Madame
    la duchesse veut-elle les entendre?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Donnez à Arthur, il les lira.

    ARTHUR, lisant

    Mignonne, allons voir si la rose
    Qui, ce matin, avoit desclose
    Sa robe de pourpre au soleil
    N'a point perdu, cette vesprée,
    Les plis de sa robe pourprée
    Et son teint au vostre pareil.

    Las! voyez comme en peu d'espace,
    Mignonne, elle a, dessus la place,
    Là, là, ses beautés laissé choir.
    O vrayment marastre nature!
    Puisqu'une telle fleur ne dure
    Que du matin jusques au soir!

    Or donc, écoutez-moi, mignonne,
    Tandis que votre âge fleuronne,
    Dans sa plus verte nouveauté,
    Cueillez, cueillez votre jeunesse;
    Comme à cette fleur, la vieillesse
    Fera ternir votre beauté.

    LA DUCHESSE DE GUISE, toujours distraite

    Mais il me semble qu'ils sont bien, ces vers.

    ARTHUR

    Oh! M. de Saint-Mégrin en fait au moins d'aussi jolis…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    M. de Saint-Mégrin?…

    MADAME DE COSSE

    Ce ne sont pas des vers amoureux, toujours…

    ARTHUR

    Et pourquoi cela?

    MADAME DE COSSE

    Il est probable qu'il n'a encore trouvé aucune femme digne de son
    amour, puisqu'il est le seul, parmi tous les jeunes gens de la cour,
    qui ne porte pas le chiffre de sa dame sur son manteau.

    ARTHUR

    Et s'il aimait quelqu'un dont il ne pût porter le chiffre?…Cela
    peut être.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui,…cela peut être.

    MADAME DE COSSE, à Arthur

    Mais qu'a donc de si remarquable ce petit comte de Saint-Mégrin, pour
    être l'objet de votre enthousiasme?

    ARTHUR

    Si remarquable?…Ah! je ne demande rien que d'être digne de devenir
    son page, quand je ne pourrai plus être celui de ma belle cousine.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Tu l'aimes donc bien?

    ARTHUR

    Si j'étais femme, je n'aurais pas d'autre chevalier.

    LA DUCHESSE DE GUISE, vivement

    Mesdames, je puis achever ma toilette; je vous rappellerai, si j'ai
    besoin de vous…Reste, Arthur, reste; j'ai quelques commissions à te
    donner.

    SCENE III

    LA DUCHESSE DE GUISE, ARTHUR

    ARTHUR

    J'attends vos ordres.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Bien; mais je ne sais plus ce que j'avais à d'ordonner. Je suis
    distraite, préoccupée…Que tu es bizarre, avec ton fanatisme pour ce
    jeune vicomte de Joyeuse!

    ARTHUR

    Joyeuse?…Non…Saint-Mégrin.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! oui,…c'est vrai; mais que trouves-tu de si extraordinaire en ce
    jeune homme? Moi, je cherche en vain.

    ARTHUR

    Vous ne l'avez donc pas vu courir la bague avec le roi?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Si.

    ARTHUR

    Et qui donc pourriez-vous lui comparer pour l'adresse? S'il monte à
    cheval, c'est toujours le cheval le plus fougueux qui est le sien;
    s'il se bat moins souvent que les autres, c'est que l'on connaît sa
    force, et qu'on hésite à lui chercher querelle. Le roi seul,
    peut-être, pourrait se défendre contre lui. Tous nos jeunes
    seigneurs de la cour lui portent envie, et cependant la coupe de leur
    pourpoint et de leur manteau est toujours reglée sur celle des siens.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui, oui, c'est vrai…Il est homme de bon goût; mais madame de Cossé
    parlait de sa froideur pour les dames, et tu ne voudrais pas prendre
    pour modèle chevalier qui ne les aimât pas.

    ARTHUR

    La dame de Sauve est là pour témoigner du contraire.

    LA DUCHESSE DE GUISE, vivement

    La dame de Sauve!…On dit qu'il ne l'a jamais aimée.

    ARTHUR

    S'il ne l'aime plus, il en aime certainement un autre.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    T'aurait-il choisi pour son confident?…Il ne ferait pas preuve de
    prudence, en le prenant si jeune…

    ARTHUR

    Si j'étais son confident, ma belle cousine, on me tuerait plutôt que
    de m'arracher son secret…Mais il ne m'a rien confié…J'ai vu.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Tu as vu…quoi?…qu'as-tu vu?

    ARTHUR

    Vous vous rappelez le jour ou le roi invita toute la cour à visiter
    les lions qu'il avait fait venir de Tunis, et qu'on avait placés au
    Louvre avec ceux qu'il y nourrit déjà?…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! oui…Leur aspect seul m'a effrayée, quoique je les visse d'une
    galerie élevée de dix pieds au-dessus d'eux.

    ARTHUR

    Eh bien, à peine en étions-nous sortis que leur gardien poussa un
    cri; je rentrai: M. de Saint-Mégrin venait de s'élancer dans
    l'enceinte des animaux pour y ramasser un bouquet qu'y avait laissé
    tomber une dame…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Le malheureux! ce bouquet était le mien.

    ARTHUR

    Le vôtre, ma belle cousine?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ai-je dit le mien?…Oui, le mien, ou celui de Madame de Sauve…Vous
    savez qu'il a éperdument aimé madame de Sauve…Le fou!…Et que
    faisait-il de ce bouquet?

    ARTHUR

    Oh! il l'appuyait avec passion sur sa bouche, il le pressait contre
    son coeur…Le gardien ouvrit une porte, et le fit sortir presque de
    force…Il riait comme un insensé, lui jetait de l'argent; puis il
    m'aperçut, cacha le bouquet dans sa poitrine, s'élança sur un cheval
    qui l'attendait dans la cour du Louvre, et disparut.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Est-ce tout?…est-ce tout?…Oh! encore, encore!…parle-moi encore
    de lui!

    ARTHUR

    Et depuis, je l'ai vu, il…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Silence, enfant!…M. le duc…Reste près de moi, Arthur; ne me
    quitte pas que je ne te l'ordonne…

    SCENE IV

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    LE DUC DE GUISE

    Vous étiez levée, madame…Alliez-vous rentrer dans votre
    appartement?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non, monsieur le duc, j'allais appeler mes femmes, pour ma toilette.

    LE DUC DE GUISE

    Elle est inutile, madame: le bal n'a pas lieu, et vous devez en être
    contente, vous paraissiez n'y aller qu'à contre-coeur?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suivais vos ordres, et j'ai fait ce que j'ai pu pour que vous ne
    vissiez pas qu'ils m'étaient pénibles.

    LE DUC DE GUISE

    Que voulez-vous!…J'ai compris que cette conclusion à laquelle vous
    vous condamniez était ridicule à votre âge…et qu'il fallait, de
    temps en temps, vous montrer à la cour; certaines personnes, madame,
    pourraient y remarquer votre absence, et l'attribuer à des motifs…
    Mais il s'agit d'autre chose, madame… Arthur, laissez-moi…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Et pourquoi éloigner cet enfant, monsieur le duc? est-ce donc un
    entretien secret que vous voudriez?…

    LE DUC DE GUISE

    Et pourquoi le retenir, madame? Craindriez-vous de rester seule avec
    moi?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, monsieur! et pourquoi?

    LE DUC DE GUISE

    En ce cas, sortez, Arthur…Eh bien?…

    ARTHUR

    J'attends les ordres de ma maîtresse, monsieur le duc.

    LE DUC DE GUISE

    Vous l'entendez, madame?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arthur, éloignez-vous.

    ARTHUR

    J'obéis. (Il sort)

    SCENE V

    LA DUCHESSE DE GUISE, LE DUC DE GUISE

    LE DUC DE GUISE

    Vrai-Dieu! madame, il est bizarre que les ordres donnés par ma bouche
    aient besoin d'être ratifiés par la vôtre…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ce jeune homme m'appartient, et il a cru devoir attendre de
    moi-même…

    LE DUC DE GUISE

    Cette obstination n'est pas naturelle, madame; on connaît Henri de
    Lorraine, et l'on sait qu'il a toujours chargé son poignard de
    réitérer un ordre de sa bouche.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh! monsieur, quelle conséquence pouvez-vous tirer de plus ou moins
    d'obéissance de cet enfant?

    LE DUC DE GUISE

    Moi? Aucune…Mais j'avais besoin de son absence pour vous exposer
    plus librement le motif qui m'amène…Voulez-vous bien me servir de
    secrétaire?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, monsieur! Et pour écrire à qui?

    LE DUC DE GUISE

    Que vous importe! c'est moi qui dicterai. (En approchant une plume
    et du papier) Voilà ce qu'il vous faut.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je crains de ne pouvoir former un seul mot; ma main tremble; ne
    pourriez-vous par une autre personne?…

    LE DUC DE GUISE

    Non, madame, il est indispensable que ce soit vous.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais, au moins, remettez à plus tard…

    LE DUC DE GUISE

    Cela ne peut se remettre, madame; d'ailleurs, il suffira que votre
    écriture soit lisible…Ecrivez donc.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis prête…

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «Plusieurs membres de la Sainte-Union se rassemblent cette nuit à
    l'Hôtel de Guise; les portes en resteront ouvertes jusqu'à une heure
    du matin; vous pouvez, à l'aide d'un costume de ligueur, passer sans
    être aperçu…L'appartement de madame la duchesse de Guise est au
    deuxième étage…»

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je n'écrirai pas davantage, que je ne sache à qui est destiné ce
    billet…

    LE DUC DE GUISE

    Vous le verrez, madame, en mettant l'adresse.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Elle ne peut être pour vous, monsieur; et à tout autre, elle
    compromet mon honneur…

    LE DUC DE GUISE

    Votre honneur…Vive-Dieu! madame; et qui doit en être plus jaloux
    que moi?…Laissez-m'en juge, et suivez mon désir…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Votre désir?…Je dois m'y refuser.

    LE DUC DE GUISE

    Obéissez à mes ordres, alors…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    A vos ordres?…Peut-être ai-je le droit d'en demander la cause…

    LE DUC DE GUISE

    La cause, madame? Tous ces retardements me prouvent que vous la
    connaissez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi! et comment?

    LE DUC DE GUISE

    Peu importe!…écrivez…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Permettez que je me retire…

    LE DUC DE GUISE

    Vous ne sortirez pas…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous n'obtiendrez rien de moi en me contraignant à rester.

    LE DUC DE GUISE, la forçant à s'asseoir

    Peut-être, vous réfléchirez, madame: mes ordres, méprisés par vous,
    ne le sont point encore par tout le monde…et, d'un mot, je puis
    substituer à l'oratoire élégant de l'hôtel de Guise l'humble cellule
    d'un cloître.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Désignez-moi le couvent où je dois me retirer, monsieur le duc; les
    biens que je vous ai apportés comme princesse de Porcian y payeront
    la dot de la duchesse de Guise.

    LE DUC DE GUISE

    Oui, madame; sans doute, vous jugez en vous-même que ce ne serait
    qu'une faible expiation. D'ailleurs, l'espoir vous suivrait au delà
    de la grille; il n'est point de murs si élevés qu'on ne puisse
    franchir, surtout si on y est aidé par un chevalier adroit, puissant
    et dévoué…Non, madame, non, je ne vous laisserai pas cette chance.
    Mais revenons à cette lettre; il faut qu'elle s'achève.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Jamais, monsieur, jamais!

    LE DUC DE GUISE

    Ne me poussez pas à bout, madame; c'est déjà beaucoup que j'aie
    consenti à vous menacer deux fois.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh bien, je préfère une reclusion éternelle.

    LE DUC DE GUISE

    Mort et damnation! croyez-vous donc que je n'aie que ce moyen?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Et quel autre?…(Le duc verse le contenu d'un flacon dans une petite
    coupe) Ah! vous ne voudriez pas m'assassiner…Que faites-vous,
    monsieur de Guise? que faites-vous?

    LE DUC DE GUISE

    Rien…J'espère seulement que la vue de ce breuvage aura une vertu
    que n'ont point mes paroles.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh quoi!…vous pourriez?…Ah!

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez, madame, ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non, non. Oh! mon Dieu! mon Dieu!

    LE DUC DE GUISE, saisissant la coupe

    Eh bien?…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Henri, au nom du ciel! Je suis innocente, je vous le jure…Que la
    mort d'une femme faible ne souille pas votre nom. Henri, ce serait
    un crime affreux, car je ne suis pas coupable; j'embrasse vos genoux;
    que voulez-vous de plus? Oui, oui, je crains la mort.

    LE DUC DE GUISE

    Il y a moyen de vous y soustraire.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Il est plus affreux qu'elle encore…Mais non, tout cela n'est qu'un
    jeu pour m'épouvanter. Vous n'avez pas pu avoir, vous n'avez pas eu
    cette exécrable idée.

    LE DUC DE GUISE, riant

    Un jeu, madame!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non…Votre sourire m'a tout dit…Laissez-moi un instant pour me
    recueillir. (Elle abaisse la tête entre ses mains, et prie.)

    LE DUC DE GUISE

    Un instant, madame, rien qu'un instant.

    LA DUCHESSE DE GUISE, après s'être recueillie

    Et maintenant, ô mon Dieu! aie pitié de moi!

    LE DUC DE GUISE

    Etes-vous décidée?

    LA DUCHESSE DE GUISE, se relevant toute seule

    Je le suis.

    LE DUC DE GUISE

    A l'obéissance?

    LA DUCHESSE DE GUISE, prenant la coupe

    A la mort!

    LE DUC DE GUISE, lui arrachant la coupe et la jetant à terre

    Vous l'aimiez bien, madame!…Elle a préféré…Malédiction!
    malediction sur vous et sur lui!…sur lui surtout qui est tant aimé!
    Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Malheur! malheur à moi!

    LE DUC DE GUISE

    Oui, malheur! car il est plus facile à une femme d'expirer que de
    souffrir. (Lui saisissant le bras avec son gant de fer) Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! laissez-moi.

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE, essayant de dégager son bras

    Vous me faites mal, Henri.

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez, vous dis-je!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous me faites bien mal, Henri; vous me faites horriblement
    mal…Grâce! grâce! ah!

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez donc.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Le puis-je? Ma vue se trouble…Une sueur froide…O mon Dieu! mon
    Dieu! je te remercie, je vais mourir. (Elle s'évanouit)

    LE DUC DE GUISE

    Eh! non, madame.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Qu'exigez-vous de moi?

    LE DUC DE GUISE

    Que vous m'obéissiez.

    LA DUCHESSE DE GUISE, accablée

    Oui! oui! j'obéis. Mon Dieu! tu le sais, j'ai bravé la mort…la
    douleur seule m'a vaincue…elle a été au delà de mes forces. Tu
    l'as permis, ô mon Dieu! le reste est entre tes mains.

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «L'appartement de madame la duchesse de Guise est au deuxième étage,
    et cette clef en ouvre la porte.» L'adresse maintenant. (Pendant
    qu'il plie la lettre, madame de Guise relève sa manche, et l'on voit
    sur son bras des traces bleuâtres)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Que dirait la noblesse de France, si elle savait que le duc de Guise
    a meurtri un bras de femme avec un gantelet de chevalier?

    LE DUC DE GUISE

    Le duc de Guise en rendra raison à quiconque viendra la lui demander.
    Achevez: «A Monsieur le comte de Saint-Mégrin.»

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'était donc bien à lui?

    LE DUC DE GUISE

    Ne l'aviez-vous pas deviné?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le duc, ma conscience me permettait d'en douter, du moins.

    LE DUC DE GUISE

    Assez, assez. Appelez un de vos pages, et remettez-lui cette lettre
    (allant à la porte du salon et ôtant la clef) et cette clef.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! monsieur de Guise! puisse-t-on avoir plus pitié de vous que vous
    n'avez eu pitié de moi!

    LE DUC DE GUISE

    Appelez un page.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Aucun n'est là…

    LE DUC DE GUISE

    Arthur, votre page favori, ne doit pas être loin; appelez-le, je vous
    l'ordonne! appelez-le!…Mais, auparavant, madame, faites bien
    attention que je suis là, derrière cette portière…Un seul signe, un
    seul mot, cet enfant est mort…et c'est vous qui l'aurez tué…(Il
    siffle) Songez-y, madame…

    LA DUCHESSE, appelant

    Arthur!

    SCENE VI

    LES MEMES, ARTHUR

    ARTHUR

    Me voilà, madame, Dieu!…grand Dieu! que vous êtes pâle!…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, pâle? Non, non…tu te trompes…(Lui tendant la lettre et la
    retirant) Ce n'est rien…Eloigne-toi, Arthur, éloigne-toi…

    ARTHUR

    Moi, vous quitter, quand vous souffrez!…Voulez-vous que j'appelle
    vos femmes?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Garde-t'en bien, Arthur!…Prends cette lettre,…cette clef,…et
    va-t'en…Pars!…pars!…

    ARTHUR, lisant

    «A Monsieur le comte de Saint-Mégrin…» Oh! qu'il sera heureux,
    madame!…Je cours… (Il sort)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Heureux?…Oh! non…non, reviens!…reviens, Arthur!…Arthur!…

    LE DUC DE GUISE, lui mettant la main sur la bouche

    Silence, madame!

    LA DUCHESSE DE GUISE, tombant dans ses bras

    Ah!…

    LE DUC DE GUISE, l'emportant dans le salon, et refermant la porte
    avec une double clef

    Et, maintenant, que cette porte ne se rouvre plus que pour lui!

    ACTE QUATRIEME

    Même décoration qu'au deuxième acte

    SCENE PREMIERE

    ARTHUR, puis SAINT-MEGRIN

    ARTHUR

    Dans la salle du conseil, l'appartement de M. de Saint-Mégrin, à
    gauche… (Saint-Mégrin sort de son appartement) Pour vous, comte.

    SAINT-MEGRIN

    Cette lettre et cette clef sont pour moi, dis-tu? Oui… «A Monsieur
    le comte de Saint-Mégrin.» De qui les tiens-tu?

    ARTHUR

    Quoique vous ne les attendissiez de personne, ne pouviez-vous les
    espérer de quelqu'un?

    SAINT-MEGRIN

    De quelqu'un?…Comment?…Et qui es-tu, toi-même?

    ARTHUR

    Etes-vous si ignorant en blason, comte, que vous ne puissiez
    reconnaître les armes réunies de deux maisons souveraines?…

    SAINT-MEGRIN

    La duchesse de Guise!… (Lui mettant la main sur la bouche)
    Tais-toi!…Je sais tout… (Il lit) Elle-même t'a remis cette
    lettre?…

    ARTHUR

    Elle-même.

    SAINT-MEGRIN

    Elle-même!…Jeune homme, ne cherche pas à m'abuser!…Je ne connais
    pas son écriture…Avoue-le-moi, tu as voulu me tromper…

    ARTHUR

    Moi, vous tromper?…Ah!…

    SAINT-MEGRIN

    Où t'a-t-elle remis cette lettre?

    ARTHUR

    Dans son oratoire.

    SAINT-MEGRIN

    Elle était seule?

    ARTHUR

    Seule.

    SAINT-MEGRIN

    Et que paraissait-elle éprouver?

    ARTHUR

    Je ne sais, mais elle était pâle, et tremblante.

    SAINT-MEGRIN

    Dans son oratoire! seule, pâle et tremblante!…Tout cela devait
    être, et cependant j'étais si loin de m'attendre…Non, c'est
    impossible. (Il relit) «Plusieurs membres de la Sainte-Union se
    rassemblent cette nuit à l'Hôtel de Guise; les portes en resteront
    ouvertes jusqu'à une heure du matin. A l'aide d'un déguisement de
    ligueur, vous pouvez passer sans être aperçu. L'appartement de
    madame la duchesse de Guise est au deuxième étage, et cette clef en
    ouvre la porte. –A Monsieur le comte de Saint-Mégrin.» C'est bien
    à moi…pour moi; ce n'est point un songe,…ma tête ne s'égare
    pas…Cette clef,…ce papier,…ces lignes tracées, tout est
    réel!…il n'y a point là d'illusion… (Il porte la lettre à ses
    lèvres) Je suis aimé!…aimé!…

    ARTHUR

    A votre tour, comte, silence!…

    SAINT-MEGRIN

    Oui, tu as raison, silence! et à toi aussi, jeune homme, silence!…
    Sois muet comme la tombe…Oublie ce que tu as fait, ce que tu as vu,
    ne te rappelle plus mon nom, ne te rappelle plus celui de ta
    maîtresse. Elle a montré de la prudence en te chargeant de ce
    message. Ce n'est point parmi les enfants qu'on doit craindre les
    délateurs.

    ARTHUR

    Et moi, comte, je suis fier d'avoir un secret à nous deux.

    SAINT-MEGRIN

    Oui;…mais un secret terrible; un de ces secrets qui tuent. Ah!
    fais en sorte que ta physionomie ne le trahisse pas, que tes yeux ne
    le révèlent jamais…Tu es jeune: conserve la gaieté et
    l'insouciance de ton âge. S'il arrive que nous nous rencontrions,
    passe sans me connaître, sans m'apercevoir; si tu avais encore dans
    l'avenir quelque chose à m'apprendre, ne l'exprime point par des
    paroles, ne le confie pas au papier; un signe, un regard me dira
    tout…Je devinerai le moindre de tes gestes; je comprendrai ta plus
    secrète pensée. Je ne puis te récompenser du bonheur que je te
    dois…Mais, si jamais tu avais besoin de mon aide ou de mon secours,
    viens à moi, parle…et ce que tu demanderas, tu l'auras, sur mon
    âme, fût-ce mon sang. Sors, sors, maintenant, et garde que personne
    ne te voie…Adieu, adieu!

    ARTHUR, lui pressant la main

    Adieu, comte, adieu!

    SCENE II

    SAINT-MEGRIN, puis GEORGES

    SAINT-MEGRIN

    Va, jeune homme, et que le ciel veille sur toi! Ah! je suis
    aimé!…Mais il est dix heures; j'ai à peine le temps de me procurer
    le costume à l'aide duquel…Georges! Georges! (Son valet entre)
    Il me faut pour ce soir un costume de ligueur; occupe-toi à l'instant
    de te le procurer. Que je le trouve ici quand j'en aurai besoin; va.
    (Georges sort) Mais qui vient ici?…Ah! c'est Côme Ruggieri.

    SCENE III

    SAINT-MEGRIN, RUGGIERI

    SAINT-MEGRIN

    Viens, oh! viens, mon père, que je te remercie. Eh bien, toutes tes
    prédictions se sont réalisées. Je te rends grâce, car je suis
    heureux; oh! oui, oui, plus heureux que tu ne peux le croire…Tu ne
    me réponds pas, tu m'examines!

    RUGGIERI, le conduisant vers la lumière

    Jeune homme, avance avec moi.

    SAINT-MEGRIN

    Oh! que peux-tu lire sur mon front, si ce n'est un avenir d'amour et
    de bonheur?

    RUGGIERI

    La mort, peut-être.

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous, mon père!…

    RUGGIERI

    La mort!…

    SAINT-MEGRIN, riant

    Ah! mon père, de grâce, laissez-moi vivre jusqu'à demain, c'est tout
    ce que je vous demande.

    RUGGIERI

    Mon fils, souviens-toi de Dugast.

    SAINT-MEGRIN

    Dugast!…Il est vrai que je cours un danger; demain, je me bats avec
    le duc de Guise.

    RUGGIERI

    Demain! à quelle heure?

    SAINT-MEGRIN

    A dix heures.

    RUGGIERI

    Ce n'est pas cela. Si demain, à dix heures, tu vois encore la
    lumière du ciel, compte alors sur des jours longs et heureux.
    (Allant à la fenêtre) Vois-tu cette étoile?

    SAINT-MEGRIN

    Qui brille près d'une autre plus brillante encore?

    RUGGIERI

    Oui; et, à l'occident, distingues-tu ce nuage sombre qui n'est encore
    qu'un point dans l'immensité?

    SAINT-MEGRIN

    Oui; eh bien?…

    RUGGIERI

    Eh bien, dans une heure, cette étoile aura disparu sous ce nuage, et
    cette étoile, c'est la tienne. (Il sort)

    SCENE IV

    SAINT-MEGRIN, puis JOYEUSE

    SAINT-MEGRIN

    Cette étoile, c'est la mienne! Ruggieri, arrête!…Il ne m'entend
    pas; il entre chez la reine mère. Cette étoile, c'est la mienne; et
    ce nuage!…Vive-Dieu! je suis bien insensé de croire aux paroles de
    ce visionnaire…Ces signes ne l'ont jamais trompé, dit-il. Dugast,
    Dugast! et toi aussi, tu volais comme moi à un rendez-vous d'amour,
    lorsque tu es tombé assassiné; et ton sang, en sortant de tes
    vingt-deux blessures, bouillait encore d'espérance et de bonheur.
    Ah! si je dois mourir aussi, mon Dieu! mon Dieu! que je ne meure du
    moins qu'au retour! (Entre Joyeuse)

    JOYEUSE

    Je te cherchais, Saint-Mégrin. Eh bien, que fais-tu là? Est-ce que
    tu lis dans les astres, toi?

    SAINT-MEGRIN

    Moi? Non.

    JOYEUSE

    Je t'avais pris en entrant pour un astrologue. Quoi! encore? Mais
    qu'as-tu donc?

    SAINT-MEGRIN

    Rien, rien: je regarde le ciel.

    JOYEUSE

    Il est superbe! les étoiles étincellent.

    SAINT-MEGRIN, avec mélancolie

    Joyeuse, crois-tu qu'après notre mort, notre âme doive habiter un des
    ces globes brillants, sur lesquels notre vue s'est arrêtée tant de
    fois pendant notre vie?

    JOYEUSE

    Ces pensées ne me sont jamais venues, sur mon âme; elles sont trop
    tristes…Tu connais ma devise: *Hilariter*, joyeusement!…voilà
    pour ce monde…Quant à l'autre, peu m'importe ce qu'il sera, pourvu
    que je m'y trouve bien.

    SAINT-MEGRIN, sans l'écouter

    Crois-tu que, là, nous serons réunis aux personnes que nous avons
    aimées ici-bas?…Dis; crois-tu que l'éternité puisse être le
    bonheur?…

    JOYEUSE

    Vrai-Dieu! tu deviens fou, Saint-Mégrin; quel diable de langage me
    parles-tu là? Arrange-toi de manière que, demain, à pareille heure,
    M. de Guise puisse t'en donner des nouvelles sûres, et ne me demande
    pas cela, à moi. J'ai déjà le cou tout disloqué d'avoir regardé en
    l'air.

    SAINT-MEGRIN

    Tu as raison; oui, je suis un insensé…

    JOYEUSE

    Voici le roi…Voyons, éloigne cet air soucieux. On dirait, sur mon
    âme, que ce duel t'inquiète. Est-ce que tu serais fâché?…

    SAINT-MEGRIN

    Moi, fâché?…Vrai-Dieu! s'il me tue, Joyeuse, ce ne sera pas ma vie
    que je regretterai, ce sera de lui laisser la sienne.

    SCENE V

    LES MEMES, HENRI, D'EPERNON, SAINT-LUC, BUSSY, DU HALDE, Plusieurs
    Pages et Seigneurs; puis CATHERINE DE MEDICIS

    HENRI

    Soyez tranquilles, messieurs, soyez tranquilles: toutes nos mesures
    sont prises. Seigneur de Bussy, nous vous rendons notre amitié, en
    récompense de la manière dont vous avez secondé notre brave sujet le
    comte de Saint-Mégrin.

    BUSSY D'AMBOISE

    Sire!

    HENRI, à SAINT-MEGRIN

    Te voilà, mon digne ami; pourquoi n'es-tu pas venu me voir?
    Messieurs, ma mère assistera à la séance; prévenez-la qu'elle va
    s'ouvrir. Ah! auparavant, sur la première marche, placez un tabouret
    pour M. le comte de Saint-Mégrin. (A Saint-Mégrin) J'ai à te
    parler…Par la mort-Dieu! nous voilà tous rassemblés, messieurs; il
    ne nous manque plus que notre beau cousin de Guise…

    CATHERINE, entrant

    Il ne se fera pas attendre, mon fils; j'ai aperçu ses pages dans
    l'antichambre.

    HENRI

    Ils seront les bienvenus, ma mère. Messieurs, prenez vos places.
    D'Epernon, la tienne est devant cette table; c'est toi qui seras
    notre secrétaire, en l'absence de Morvilliers…

    CATHERINE

    Surtout, sire…

    HENRI

    Soyez tranquille, ma mère, soyez tranquille, vous avez ma parole.

    SCENE VI

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    HENRI

    Entrez, mon beau cousin, entrez. Nous avions songé d'abord à faire
    dresser, nous-même, l'acte de reconnaissance que nous avions promis;
    mais nous avons pensé, depuis, que celui que M. d'Humières a fait
    signer aux nobles de Péronne et de la Picardie serait ce qu'il y
    aurait de mieux. Quant à celui de nomination du chef, un article au
    bas du premier suffira, et déjà vous avez sans doute quelques idées
    pour sa rédaction?

    LE DUC DE GUISE

    Oui, sire, je m'en suis occupé. J'ai voulu épargner à Votre Majesté
    la peine…l'ennui.

    HENRI

    Vous êtes bien aimable, mon cousin; veuillez donner cet acte à M. le
    baron d'Epernon: lisez-le-nous à haute et intelligible voix, baron.
    Or, écoutez, messieurs.

    D'EPERNON, lisant

    «Association faite entre les princes, seigneurs, gentilshommes et
    autres, tant de l'état écclésiastique que de la noblesse de Picardie.
    Premièrement…»

    HENRI

    Attends, d'Epernon. Messieurs, nous connaissons tous cet acte, dont
    je vous ai montré copie; il est donc inutile de lire les dix-huit
    articles dont il se compose: passez à la fin; et vous, monsieur le
    duc, approchez et dictez vous-même. Réfléchissez qu'il s'agit de
    nommer un chef à une grande association! Il faut donc que ce chef
    ait de grands pouvoirs…Enfin, mon beau cousin, faites comme pour
    vous.

    LE DUC DE GUISE

    Je vous remercie de votre confiance, sire, vous serez content.

    SAINT-MEGRIN

    Que faites-vous, sire?…

    HENRI

    Laisse-moi.

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «1º L'homme que Sa Majesté honorera de son choix devra être issu
    d'une maison souveraine, digne de l'amour et de la confiance des
    Français par sa conduite passée et sa foi à la religion catholique.
    2º Le titre de lieutenant général du royaume de France lui sera
    octroyé, et les troupes seront mises à sa disposition. 3º Comme ses
    actions auront pour but le plus grand bien de la cause, il ne devra
    en rendre compte qu'à Dieu et à sa conscience.»

    HENRI

    Très-bien.

    SAINT-MEGRIN

    Bien!…Et vous pouvez approuver de semblables conditions, sire!…
    revêtir un homme d'une pareille puissance!

    HENRI

    Silence!

    JOYEUSE

    Mais, sire…

    HENRI

    Silence, messieurs! nous désirons, entendez-vous, nous désirons
    positivement que, quel que soit le choix que nous allons faire, il
    vous soit agréable. Mon cousin, donnez-leur donc, en bon et loyal
    sujet, un exemple de soumission. Vous êtes le premier de mon royaume
    après moi, mon beau cousin, et dans ce cas surtout, vous êtes
    intéressé à ce qu'on m'obéisse…

    LE DUC DE GUISE

    Sire, je reconnais d'avance pour chef de la Sainte-Union celui que
    vous allez désigner, et je regarderai comme rebelle quiconque osera
    braver ses ordres.

    HENRI

    C'est bien, monsieur le duc. Ecris, d'Epernon. (Se levant devant
    son trône) «Nous, Henri de Valois, par la grâce de Dieu, roi de
    France et de Pologne, approuvons, par le présent acte rédigé par
    notre féal et aimé cousin Henri de Lorraine, duc de Guise,
    l'association connue sous le nom de la Sainte-Union…et, de notre
    autorité, nous nous en déclarons le chef.»

    LE DUC DE GUISE

    Comment!…

    HENRI

    «En foi de quoi, nous l'avons fait revêtir de notre sceau royal
    (descendant du trône et prenant la plume), et l'avons signé de notre
    main. Henri de Valois.» (Passant la plume au duc de Guise) A vous,
    mon cousin; à vous qui êtes le premier du royaume, après moi…Eh
    bien, vous hésitez? Croyez-vous que le nom de Henri de Valois et les
    trois fleurs de lis de France ne figurent pas aussi dignement au bas
    de cet acte que le nom de Henri de Guise et les trois merlettes de
    Lorraine? Par la mort-Dieu! vous vouliez un homme que possédât
    l'amour des Français…Est-ce que nous ne sommes pas aimé, monsieur
    le duc? Répondez d'après votre coeur. Vous vouliez un homme d'une
    haute noblesse; je me crois aussi bon gentilhomme que qui que ce soit
    ici. Signez donc, monsieur le duc, signez; car vous avez dit
    vous-même que quiconque ne signerait pas, serait un rebelle.

    LE DUC DE GUISE, à Catherine à part

    O Catherine, Catherine!

    HENRI, indiquant la place où Guise doit signer

    Là, monsieur le duc, au-dessous de moi.

    JOYEUSE

    Vive-Dieu! je ne m'attendais pas à celle-là. (Tendant la main pour
    prendre la plume) Après vous, monsieur de Guise.

    HENRI

    Oui, messieurs, signez, signez tous. D'Epernon, tu veilleras à ce
    que des copies de cet acte soient envoyées dans toutes les provinces
    de notre royaume.

    D'EPERNON

    Oui, sire.

    SAINT-PAUL, à demi-voix, au duc de Guise

    Nous n'avons pas été heureux, monsieur le duc, dans notre première
    entreprise.

    LE DUC DE GUISE, de même, à Saint-Paul

    La fortune nous doit un dédommagement; la seconde réussira. Mayenne
    est arrivé. Vous prendrez ses ordres.

    HENRI

    Messieurs, nous vous demandons bien pardon de cette longue séance;
    cela n'a pas été tout à fait aussi amusant qu'un bal masqué; mais
    prenez-vous-en à notre beau cousin de Guise; c'est lui qui nous y a
    forcé. Adieu, monsieur le duc, adieu. Veillez toujours sur les
    besoins de l'Etat, en bon et fidèle sujet, comme vous venez de le
    faire, et n'oubliez pas que quiconque n'obéira pas au chef que j'ai
    nommé sera déclaré coupable de haute trahison. Sur ce, je vous
    abandonne à la garde de Dieu, messieurs. Reste, Saint-Mégrin…
    Etes-vous contente de moi, ma mère?

    CATHERINE

    Oui, mon fils; mais n'oubliez pas que c'est moi…

    HENRI

    Non, non, ma mère; d'ailleurs, vous vous chargeriez de m'en faire
    souvenir,…n'est-ce pas?

    SAINT-MEGRIN, à part

    Elle m'attend, et le roi m'a dit de rester. (Tous sortent sauf Henri
    et Saint-Mégrin)

    SCENE VII

    HENRI, SAINT-MEGRIN

    HENRI

    Eh bien, Saint-Mégrin, j'ai profité, je l'espère, de tes conseils;
    j'ai détrôné mon cousin de Guise, et me voilà roi des ligueurs, à sa
    place.

    SAINT-MEGRIN

    Puissiez-vous ne pas vous en repentir, sire! mais cette idée n'est
    pas de vous. J'y ai reconnu…

    HENRI

    Eh bien, quoi?…Parle…

    SAINT-MEGRIN

    La politique cauteleuse de votre mère…Elle croit avoir tout gagné,
    lorsqu'elle a gagné du temps. Je me doutais qu'elle machinait
    quelque chose contre le duc de Guise…Je l'avais entendue, en lui
    parlant, l'appeler son ami. Quant à vous, sire, c'est à regret que
    je vous ai vu signer cet acte. Vous étiez roi, vous n'êtes plus
    qu'un chef de parti.

    HENRI

    Et que fallait-il donc faire?

    SAINT-MEGRIN

    Repousser la politique florentine, et agir franchement.

    HENRI

    De quelle manière?

    SAINT-MEGRIN

    En roi…Vive-Dieu! les preuves de la rebellion de M. le duc de Guise
    ne vous auraient pas manqué.

    HENRI

    Je les avais.

    SAINT-MEGRIN

    Il fallait donc vous en servir et le faire juger.

    HENRI

    Les parlements sont pour lui.

    SAINT-MEGRIN

    Il fallait imposer aux parlements la puissance de votre volonté. La
    Bastille a de bonnes murailles, de larges fossés, un gouverneur
    fidèle; et M. de Guise, en s'y rendant, n'aurait eu qu'à suivre les
    traces des maréchaux de Montmorency et de Cossé.

    HENRI

    Mon ami, il n'y a pas de murailles assez solides pour enfermer un tel
    prisonnier…Je ne connais qu'un cercueil de plomb et un tombeau de
    marbre qui puissent m'en répondre…Mets-le seulement en état d'y
    entrer, Saint-Mégrin,…et je me charge de faire fondre l'un et
    d'élever l'autre.

    SAINT-MEGRIN

    Et, cela étant, sire, il sera puni, il est vrai, mais non pas comme
    il l'aura mérité.

    HENRI

    Peu m'importe la différence des moyens, quand le résultat est le
    même…J'espère, Saint-Mégrin, que tu n'as rien négligé pour te
    préparer à ce combat.

    SAINT-MEGRIN

    Non sire; mais je n'ai pas encore eu le temps d'accomplir mes devoirs
    religieux.

    HENRI

    Comment, tu n'en as pas eu le temps?…As-tu donc oublié le duel de
    Jarnac et de la Chataigneraie?…Il avait été fixé à quinze jours de
    celui du défi…Eh bien, ces quinze jours, Jarnac les a passés en
    prières, tandis que Chataigneraie courait de plaisirs en plaisirs,
    sans penser autrement à Dieu…Aussi, Dieu l'a puni, Saint-Mégrin.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, mon intention est d'accomplir tous mes devoirs de chrétien;
    mais, auparavant, il en est d'autres qui m'appellent…Permettez…

    HENRI

    Comment, d'autres?

    SAINT-MEGRIN

    Sire, ma vie est entre les mains de Dieu…et, s'il a décide ma mort,
    sa volonté soit faite!

    HENRI

    Eh!…que dites-vous là…Votre existence vous appartient-elle,
    monsieur, pour en faire si peu de cas?…Non, par la mort-Dieu! elle
    est à nous qui sommes votre roi et votre ami. Quand il s'agira de
    vos affaires, vous vous laisserez tuer, si tel est votre bon plaisir;
    mais, quand il s'agira des nôtres, monsieur le comte, nous vous
    prions d'y regarder à deux fois.

    SAINT-MEGRIN

    Vrai-Dieu! sire, je ferai de mon mieux; soyez tranquille.

    HENRI

    Tu feras de ton mieux?…Ce n'est point assez: fais-lui jurer qu'il
    n'a ni plastron, ni talisman, ni armes cachées; et, quand il l'aura
    fait, alors rappelle toute ta force, tout ton courage; pousse
    vivement à lui.

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire.

    HENRI

    Une fois délivré de lui, vois-tu, nous ne sommes plus deux en France,
    je suis vraiment roi,…vraiment libre…Ma mère va être fière du
    conseil qu'elle m'a donné; car, tu avais raison, il vient d'elle, et
    il faudra que je le paye en obéissance…

    SAINT-MEGRIN

    Sire, Dieu et mon épée me seront en aide.

    HENRI

    Ton épée, je veux en juger par moi-même… (Il appelle) Du Halde!
    apporte des épeés émoussées.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, est-ce à une pareille heure, quand Votre Majesté doit avoir
    besoin de repos?…

    HENRI

    Du repos!…du repos!…Ils sont tous à me parler de repos!…
    Crois-tu qu'il dorme, lui?…ou, s'il dort, que rêve-t-il? Qu'il
    commande insolemment sur le trône de France, et que moi…moi, son
    roi…je prie humblement dans un cloître…Un roi ne dort pas,
    Saint-Mégrin. (Appelant) Du Halde! donne-nous ces épées.

    SAINT-MEGRIN

    L'heure s'envole; elle m'attend. (Haut) Sire, il m'est impossible;
    vous m'avez rappelé des devoirs sacrés, il faut que je les
    accomplisse.

    HENRI

    Eh bien, écoute, demain… (L'heure sonne) Attends, c'est minuit je
    crois?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire, c'est minuit.

    HENRI

    Chaque fois que sonne cette heure, je prie Dieu de bénir le jour où
    je vais entrer…Il faut que je te quitte; mais viens me trouver
    demain avant le combat. Du Halde, porte ces épées dans ma chambre.

    SAINT-MEGRIN

    J'irai, sire, j'irai.

    HENRI

    Bien, je compte sur toi.

    SAINT-MEGRIN

    Maintenant, je puis me retirer. Votre Majesté est satisfaite.

    HENRI

    Oui, le roi est si content, que l'ami veut faire quelque chose pour
    toi…Tiens, voici un talisman sur lequel Ruggieri a prononcé des
    charmes; celui qui le porte ne peut mourir, ni par le fer, ni par le
    feu. Je te le prête; tu me le rendras, au moins, après le combat?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire…

    HENRI

    Adieu, Saint-Mégrin.

    SAINT-MEGRIN

    Adieu, sire, adieu!… (Le roi sort)

    SCENE VIII

    SAINT-MEGRIN, GEORGES

    SAINT-MEGRIN

    Je suis seul, enfin. (Appelant) Georges!…Ah! te voilà…Mon
    costume…Bien…Aide-moi!…Aide-moi!…

    GEORGES

    Vous allez sortir…Voulez-vous que je fasse venir une chaise à
    porteurs?

    SAINT-MEGRIN

    Non…

    GEORGES

    Le temps est à l'orage.

    SAINT-MEGRIN

    Oui. (Allant à la fenêtre, avec un rire convulsif) Il n'y aura
    bientôt plus une étoile au ciel…

    GEORGES

    Et vous allez sortir à pied?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, à pied…

    GEORGES

    Sans armes?…

    SAINT-MEGRIN

    J'ai mon épée et mon poignard, cela suffit…Cependant, donne-moi
    l'épée de Schomberg; elle est plus forte. (A part) Je vais la voir;
    encore un instant et je suis à ses pieds.

    GEORGES

    La voici…Voulez-vous que je vous accompagne?

    SAINT-MEGRIN

    Non. Il faut que je sorte seul.

    GEORGES

    A minuit passé!…que dirait votre mère si elle savait?

    SAINT-MEGRIN

    Ma mère!…oui, oui, tu as raison…L'orage s'étend…Ma pauvre
    mère!…je voudrais bien la revoir,…ne fût-ce qu'un instant.
    Ecoute: tu lui donneras cette chaîne (coupant une boucle de ses
    cheveux avec son poignard), ces cheveux, demain, si tu ne me vois
    pas, entends-tu?

    GEORGES

    Et pourquoi, pourquoi?…

    SAINT-MEGRIN

    Tu ne sais pas, tu ne sais pas…Donne-moi mon manteau…

    GEORGES

    Mon maître,…mon jeune maître,…ne sortez pas, au nom du ciel!…la
    nuit sera terrible.

    SAINT-MEGRIN

    Oui, peut-être terrible… (A part) n'importe, il le faut, elle
    m'attend; j'ai tardé beaucoup…Malédiction! s'il était trop tard…

    GEORGES

    Au nom du ciel, laissez-moi vous suivre.

    SAINT-MEGRIN, avec colère

    Reste, je te l'ordonne.

    GEORGES

    Mon maître!

    SAINT-MEGRIN, lui tendant la main

    Non! embrasse-moi…Adieu…N'oublie pas ma mère.

    ACTE CINQUIEME

    Le salon dans lequel la duchesse de Guise est enfermée

    SCENE PREMIERE

    LA DUCHESSE DE GUISE, seule

    (Elle a encore sur la tête les fleurs dont elle était parée au
    troisième acte; elle écoute sonner l'heure)

    Minuit et demi…Avec quelle lenteur l'heure se traîne…Oh! s'il
    pouvait m'aimer assez peu pour ne pas venir…Jusqu'à une heure du
    matin, les portes de l'hôtel resteront ouvertes; déjà j'y ai vu
    entrer les ligueurs qui doivent s'y réunir. Sans doute, il n'était
    pas avec eux. Encore une demi-heure d'angoisses et de tourments…
    et, depuis deux heures que je suis enfermée dans cette chambre, je
    n'ai fait qu'écouter si je n'entendais point le bruit de ses pas.
    J'ai voulu prier;…prier!… (Ecoutant en se rapprochant de la
    porte) Ah! mon Dieu! Non…non…ce n'est pas encore lui… (Allant
    à la fenêtre) Si cette nuit était moins sombre, je pourrais
    l'apercevoir, et, par quelque signe, peut-être, l'avertir du danger;
    mais nul espoir!…La porte de l'hôtel se referme!…il est sauvé!
    pour cette nuit du moins…Quelque obstacle l'aura arrêté loin de
    moi. Arthur n'aura pu le trouver; et peut-être, demain, sera-t-il
    quelque moyen de lui faire connaître le piège où on voulait
    l'attirer. Oh! oui, j'en trouverai…je… (Ecoutant) J'ai cru
    entendre. (S'approchant de la porte) Des pas, encore! Sont-ce ceux
    de M. de Guise?…Non, non,…On monte; on s'arrête. Ah! on se
    rapproche…On vient! (Avec effroi) N'entrez pas! n'entrez pas!
    fuyez! Fuir, et comment? C'était derrière lui que la porte s'était
    refermée. Ah! mon Dieu! plus d'espoir!

    (La porte s'ouvre; elle recule à mesure que Saint-Mégrin s'avance)

    SCENE II

    LA DUCHESSE DE GUISE, SAINT-MEGRIN

    SAINT-MEGRIN

    Je ne m'étais donc pas trompé; c'était votre voix que j'avais
    entendue; elle m'a guidé!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ma voix! ma voix! elle vous disait de fuir.

    SAINT-MEGRIN

    Que j'étais insensé! je ne pouvais croire à tant de bonheur!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Cette porte est encore ouverte! fuyez, monsieur le comte, fuyez!

    SAINT-MEGRIN

    Ouverte! oui…Imprudent que je suis! (Il la referme)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte, écoutez-moi!

    SAINT-MEGRIN

    Oh! oui, oui! parle! j'ai besoin de t'entendre, pour croire à ma
    félicité.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Fuyez, fuyez! la mort est là!…des assassins!

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous! quels sont ces mots de mort et d'assassins?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! écoutez-moi,…écoutez-moi…Au nom du ciel! sortez de ce délire
    insensé…Il y va de la vie, vous dis-je! ils vous ont attiré dans un
    piège infernal; ils veulent vous assassiner.

    SAINT-MEGRIN

    M'assassiner! cette lettre n'était donc pas de vous?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Elle était de moi; mais la violence, la torture…Voyez! (Elle lui
    montre son bras) Voyez…

    SAINT-MEGRIN

    Ah!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'est moi qui ai écrit ce billet;…mais c'est le duc qui l'a dicté.

    SAINT-MEGRIN, le déchirant

    Le duc! et j'ai pu croire?…Non, non, je ne l'ai pas cru un seul
    instant. Mon Dieu! mon Dieu! mon Dieu! elle ne m'aime pas!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Maintenant que vous savez tout, fuyez, fuyez! je vous l'ai dit, il y
    va de la vie.

    SAINT-MEGRIN

    Elle ne m'aime pas…

    (Il met sa main dans sa poitrine, et la meurtrit)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh mon Dieu! mon Dieu!

    SAINT-MEGRIN, riant

    C'est ma vie, dites-vous, qu'ils veulent? Eh bien, je vais la leur
    porter, mais sans rien conserver de vous! tenez, voilà ce bouquet,
    que mon existence a failli payer. D'un mot, vous m'avez détaché de
    la vie, comme ces fleurs de leur tige…Adieu! adieu! pour jamais!
    (Il veut rouvrir la porte) Cette porte est renfermée.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'est lui! il sait déjà que vous êtes ici.

    SAINT-MEGRIN

    Ah! qu'il vienne! qu'il vienne! Henri! n'auras-tu de courage que
    pour meurtrir les bras d'une femme?…Ah! viens! viens!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ne l'appelez pas! ne l'appelez pas! il doit venir!…

    SAINT-MEGRIN

    Que vous importe? je vous suis indifférent. Ah! la pitié! oui…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais, si vous m'aidiez, peut-être pourriez-vous fuir.

    SAINT-MEGRIN

    Moi, fuir! et pourquoi? ma mort et ma vie ne sont-elles pas des
    événements également étrangers dans votre existence?…Fuir! et
    fuirais-je aussi votre indifférence, votre haine peut-être?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mon indifférence! ma haine! ah! plût au ciel!…

    SAINT-MEGRIN

    Plût au ciel! dis-tu? Un mot, un mot encore, et je t'obéirai
    aveuglement…Dis; ma mort doit-elle être pour toi plus affreuse que
    l'assassinat d'un homme?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Grand Dieu! il le demande…Oh! oui, oui.

    SAINT-MEGRIN

    Tu ne me trompes pas! je te rends grâce! Tu parlais de fuir! de
    moyens! Quels sont-ils? Fuir, moi, fuir devant le duc de Guise?…
    Jamais!…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ce n'est pas devant le duc de Guise que vous fuiriez, c'est devant
    des assassins. Retenu dans une autre partie de l'hôtel, par cette
    réunion de ligueurs, il a voulu s'assurer qu'une fois ici, vous ne
    sauriez lui échapper. Si nous pouvions seulement fermer cette porte,
    nous aurions encore quelques instants; mais la barre en a été
    enlevée; une seconde clef est entre ses mains (cherchant), et
    l'autre…

    SAINT-MEGRIN

    N'est-ce que cela? Attendez. (Il brise la pointe de son poignard
    dans la serrure) Maintenant, cette porte ne s'ouvrira plus qu'on ne
    l'enfonce.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Bien! bien! cherchons un moyen, une issue…Mes idées se heurtent! ma
    tête se brise!…

    SAINT-MEGRIN, s'élançant vers la fenêtre

    Cette fenêtre…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Gardez-vous-en bien! vous vous tueriez!

    SAINT-MEGRIN

    Me tuer sans vengeance! Vous avez raison; je les attendrai.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    O mon Dieu! mon Dieu! secourez-nous! Oh! toutes les mesures de
    vengeance ne sont que trop bien prises…Et c'est moi, moi qui n'ai
    pas pu souffrir… (Tombant à genoux) Comte, au nom du ciel! votre
    pardon (se relevant), ou plutôt, non, non, ne me pardonnez pas…et,
    si vous mourez, je mourrai avec vous. (Elle tombe dans un fauteuil)

    SAINT-MEGRIN, à ses pieds

    Eh bien, rends-moi donc la mort plus douce. Dis, dis-moi que tu
    m'aimes…C'est un pied dans la tombe que je t'en conjure. Je ne
    suis plus pour toi qu'un mourant. Les préjugés du monde
    disparaissent, les liens de la société se brisent devant l'agonie.
    Entoure mes derniers moments des félicités du ciel…Ah! dis, dis-moi
    que je suis aimé.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh bien, oui, je vous aime! et depuis longtemps. Que de combats je
    me suis livrés pour fuir vos yeux, pour m'éloigner de votre voix!
    Vos regards, vos paroles me poursuivaient partout. Non! pour nous,
    la société n'a plus de liens, le monde n'a plus de préjugés…
    Ecoute-moi donc: oui, oui, je t'aime…Ici, dans cette même chambre,
    que de fois j'ai fui un monde que ton absence dépeuplait pour moi!
    que de fois je suis venue m'isoler avec mon amour et mes pleurs! Et,
    alors, je revoyais tes yeux, j'entendais encore tes paroles, et je te
    répondais. Eh bien, ces moments, ils ont été les plus doux de ma
    vie.

    SAINT-MEGRIN

    Oh! assez! assez! tu ne veux donc pas que je puisse mourir?…
    Malédiction!…Là, toutes les félicités de la terre, et là, la mort,
    l'enfer…Oh! tais-toi, ne me dis plus que tu m'aimes…Avec ta
    haine, j'aurais bravé leurs poignards; et, maintenant, ah! je crois
    que j'ai peur! Tais-toi! tais-toi!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Saint-Mégrin, oh! ne me maudis pas.

    SAINT-MEGRIN

    Si, si, je te maudis, pour ton amour qui me fait entrevoir le ciel et
    mourir!…mourir, jeune, aimé de toi! Est-ce que je puis mourir?…
    Non, non; redis-moi que tout cela n'était qu'illusion et mensonge!

    (On entend du bruit)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ecoutez!…Ah! ce sont eux!

    SAINT-MEGRIN

    Ce sont eux. (Tirant son épée et s'appuyant dessus avec calme)
    Eloigne-toi; tu m'as vu faible, insensé; en face de la mort, je
    redeviens un homme…Eloigne-toi!

    LA DUCHESSE DE GUISE, après un moment de réflexion

    Saint-Mégrin! écoutez,…écoutez. Cette fenêtre, oui, oui! je m'en
    souviens…Il y a un balcon au premier étage; si vous l'atteignez une
    fois,…une ceinture,…une corde; vous pouvez descendre jusque-là,
    et alors vous êtes sauvé. (Cherchant) Mon Dieu! rien, rien.

    SAINT-MEGRIN

    Calme-toi! calme-toi! (Allant à la fenêtre) Si je pouvais seulement
    distinguer ce balcon!…mais rien qu'un gouffre.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ecoute…On entend du bruit dans la rue. (Se précipitant vers la
    fenêtre) Qui que vous soyez, au secours! au secours!

    SAINT-MEGRIN, l'arrachant de la fenêtre

    Que fais-tu? veux-tu les avertir? (Un paquet de cordes tombe dans la
    chambre) Qu'est cela?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! vous êtes sauvé! (Elle prend la corde) D'où cela vient-il? Un
    billet. (Elle lit) «Quelques mots que j'ai entendus m'ont tout
    appris. Je n'ai que ce moyen de vous sauver et je l'emploie.
    ARTHUR.» Arthur! O cher enfant! (A Saint-Mégrin) C'est Arthur;
    fuyez, fuyez vite!

    SAINT-MEGRIN, attachant la corde

    En aurai-je le temps? Cette porte (on l'agite violemment), cette
    porte…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Attendez.

    (Elle passe son bras entre les deux anneaux de fer)

    SAINT-MEGRIN

    Ah! Dieu! que faites-vous?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Laisse! Laisse! c'est le bras qu'il a déjà meurtri.

    SAINT-MEGRIN

    J'aime mieux mourir.

    LE DUC DE GUISE, ébranlant la porte

    Ouvrez, madame, ouvrez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Fuyez, fuyez! En fuyant, vous sauvez ma vie; si vous restez, je jure
    de mourir avec vous, et je mourrai déshonorée…Fuyez, fuyez!

    SAINT-MEGRIN

    Tu m'aimeras toujours?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui, oui.

    LE DUC DE GUISE, en dehors

    Des leviers, des haches,…que j'enfonce cette porte.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Pars donc! oui…oui…adieu!

    SAINT-MEGRIN

    Adieu!…Vengeance!

    (Il met son épée entre ses dents et descend par la fenêtre)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mon Dieu! mon Dieu! je te remercie, il est sauvé. (Un moment de
    silence; puis tout à coup des cris, un cliquetis d'armes) Ah! (Elle
    quitte la porte, court à la fenêtre) Arthur! Saint-Mégrin!

    (Elle pousse un second cri, et revient tomber au milieu de la scène)

    SCENE III

    LA DUCHESSE DE GUISE, presque évanouie; LE DUC DE GUISE, suivi de
    SAINT-PAUL, et de PLUSIEURS HOMMES

    LE DUC DE GUISE, après un coup d'oeil rapide

    Il sera descendu par cette fenêtre…Mais Mayenne était dans la rue
    avec vingt hommes, et le bruit des armes…Va, Saint-Paul; vous,
    suivez-le. Va, et tu me diras si tout est fini. (Heurtant du pied la
    duchesse) Ah! c'est vous, madame. Eh bien, je vous ai ménagé un
    tête-à-tête.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le duc, vous l'avez fait assassiner!

    LE DUC DE GUISE

    Laissez-moi, madame; laissez-moi.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à genoux, le prenant à bras-le-corps

    Non, je m'attache à vous.

    LE DUC DE GUISE

    Laissez-moi, vous dis-je!…ou bien, oui, oui. Venez! à la lueur des
    torches, vous pourrez le revoir encore une fois. (Il la traîne
    jusqu'à la fenêtre) Eh bien, Saint-Paul?

    SAINT-PAUL, dans la rue

    Attendez; il n'est pas tombé seul. Ah! ah!

    LE DUC DE GUISE

    Est-ce lui?

    SAINT-PAUL

    Non, c'est le petit page.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arthur! Ah! pauvre enfant!

    LE DUC DE GUISE

    L'auraient-ils laissé fuir?…Les misérables!…

    LA DUCHESSE DE GUISE, avec espoir

    Oh!…

    SAINT-PAUL

    Le voici.

    LE DUC DE GUISE

    Mort?

    SAINT-PAUL

    Non, couvert de blessures, mais respirant encore.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Il respire! On peut le sauver. Monsieur le duc, au nom du ciel…

    SAINT-PAUL

    Il faut qu'il ait quelque talisman contre le fer et contre le feu…

    LE DUC DE GUISE, jetant par la croisée le mouchoir de la duchesse de
    Guise

    Eh bien, serre-lui la gorge avec ce mouchoir; la mort lui sera plus
    douce; il est aux armes de la duchesse de Guise.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! (Elle tombe)

    LE DUC DE GUISE, après avoir regardé un instant dans la rue

    Bien! et maintenant que nous avons fini avec le valet, occupons-nous
    du maître.

    End of Project Gutenberg's Henri III et sa Cour, by Alexandre Dumas (Père)

  • Espace Perdu Poésie

    Espace Perdu Poésie

    Aproximadamente 3.795 palavras.

    Copyright (C) 2002 by Huguette Bertrand

    Huguette Bertrand

    ESPACE PERDU

    imageries

    Éditions Naaman

    =========================================

    La folie m'engendre
    sous d'épaisses couvertures vertueuses
    les breloques m'étouffent l'oeil
    sclérose d'âme en devenir
    pétrie à même les nuances

    Corps d'avant
    corps mutant
    corpusculaire
    ouïr pour actionner le Verbe
    perdre la clef des champs

    Au grand Mât
    attachez vos ceintures
    on part en Vie
    en chemise de nuit
    par les méandres de l'irraisonnable
    vers le mausolée du Mot Dit

    ___________________________

    En vol plané
    je me perçois en délire
    l'ordre me rejoint en dégringolade
    je succombe aux jugements incrédules
    affolée de discours frénétiques
    j'accueille le silence
    Majesté immobile
    dépouillée

    ___________________________

    Les mots s'orgasmisent
    se contractent à souffle perdu
    on a dissous le corps
    le Vrai rejaillit
    en nuée d'images indélébiles
    suant de strangulation
    la phrase s'embryonne
    sur les pages labourées
    des lignes à la pelle ramassées
    jetées en défécations
    en bordure de falaises engouffrées

    ___________________________

    J'habite les mots signifiants
    d'une inconnue sagesse
    circulant sur les ondes
    éprise de vent libre

    Recrudescence de tempêtes abattues
    sur la cime perdue
    des regards avides
    cherchent la pulpe des chemins sinueux

    Grisée d'absolu
    d'insanité
    d'accords brisés
    du temps arrogant

    ___________________________

    Je flotte en moi
    à l'envers
    à l'endroit
    je pose sur mon autel
    tous mes sacrilèges de vie abandonnée
    je file vers mon désert
    accrochant ici
    une pensée fétide
    et là
    une bouée pour mes futurs naufrages

    Mon chemin habité d'images
    sillonne une froide vallée
    pays traqué et saturé de richesses interminables
    qui n'en finissent plus d'appauvrir

    Sur ma dune
    je compte mes moments d'amour
    enveloppée d'une cape tissée de rares visages
    attrapés au hasard du temps

    ___________________________

    Les images au rivage s'entrelacent
    roucoulent d'aise
    me provoquent

    Je les bois
    comme grâce en coupe
    à tire d'âme

    ___________________________

    Je cherche des mots

    abri de mes souffrances
    abri de mes attentes
    abri de mes lassitudes

    Je cherche des corps

    abri de chaleur
    abri de tendresse
    abri d'épanchements nouveaux

    Je cherche l'univers

    abri des nulles parts
    abri des ailleurs
    abri d'yeux perdus

    Je cherche des images

    abri des solitudes
    abri des habitudes
    abri des naufrages

    ___________________________

    Étreins le bouquet de pensées éparses
    tires-en le jus fabuleux des mots entendus
    distille le secret du langage perdu
    au fil des siècles vécus d'abus

    Abuse l'âme
    embaume de musique l'atmosphère en flammes
    brisée de morts subites
    je survis de grâces en songes

    Atterrée de phrases communes
    en échange de berceaux vides
    sueurs crépusculaires au goût enfiévré
    jette le manteau déjà trop usé
    par le fouet des vampires célestes

    Reviens me chuchoter l'éther où jadis je fus
    trempée de lumière
    transparente de sagesse
    fierté initiale

    J'essuie les chemins ancestraux
    je marche sur le feu des poètes maudits
    brûlée de frayeurs extatiques
    le lointain flambeau clignote des mots enchevêtrés
    qui m'enguirlandent d'extravagance

    Ô grandiose tourmente
    projette la pâleur de l'innocence
    au cerceau de vie restante
    sur le mur de la ressemblance

    ___________________________

    Musique des sons
    rapatriée et caressée par l'oreille écoutante
    choix déluré
    plaisir savoureux
    la matière grise se complait
    au glissement des mots choisis

    Bruissement sur l'âme qui s'enivre et se perd
    au fond du puits délabré de sa conscience
    surhumaine

    Passible de ravivance acharnée
    jointe au corps universel
    emballée

    au son dégagé de piètre chair
    ensorcelée d'infini et d'excroissance

    ___________________________

    Je rage
    j'éclate
    et me fonds dans l'abîme de ma foudre
    j'enchaîne mes désespoirs
    à l'arbre mort de l'existence
    j'élève le pilier de mes attitudes
    résistant ainsi au bourdonnement de la solitude

    Je reconnais enfin la vie
    espace aux dimensions inconnues
    ravie de couleurs transparentes et nues
    j'entrevois le feu d'un désir inassouvi
    là où une pâle lueur attise cette soif
    dénaturée

    Par-delà le temps
    par-delà l'espace
    des chimères se déversent en rosée bouillonnante
    sur mes rêves emmêlés
    mes nuits de blanc vêtues
    s'égorgent aux souvenirs des matins
    d'une vie non vécue

    ___________________________

    Je parle des roches qui pensent
    Je parles des arbres qui pleurent
    Je parle du sable qui rit
    Je parle de la terre qui grogne

    Je croque la barre du jour
    Je croque mes peines d'amour
    Je croque les fruits d'hiver
    Je croque les âmes d'hier

    J'écris les mots perdus
    J'écris les saisons nues
    J'écris sur l'écorce du temps

    d'intimes pensées qui jaillissent
    de l'étang des murmures

    ___________________________

    La nudité du temps s'enroule
    autour des matins refleuris

    Je baigne mon corps
    dans la rosée limpide des herbes suspendues

    Je goûte la beauté
    d'une fleur éveillée
    au doux froissement
    d'une aile brisée

    ___________________________

    Ai découvert l'entrée du tunnel
    qui me sillonne au plus loin du plus loin
    comme au tréfonds du volcan
    la vie filtre le sens des choses
    les purifie
    les asperge d'un fluide nouveau
    les émotions réalisent de nouvelles ombres
    comme des ombrelles
    pour rafraîchir les passions toutes neuves

    Départ

    Silence

    La mort n'existe plus
    on l'a enterrée hier
    derrière le paysage broque en loque
    une nouvelle toile représente les armées de soleils
    le chemin prend feu à leur passage
    un sillage à suivre
    embrasant l'âme en ébullition

    ___________________________

    J'ai vu la gloire d'un matin à jamais disparu
    j'ai vu une longue journée s'abattre sur le soir
    un fracas de nuit à perte de sommeil

    J'ai vu la marche de l'inconscience
    couvrir le brasier d'indolente survivance
    j'ai vu le plafond dissimulé des étouffantes villes
    j'ai vu le spectre
    l'ai apprivoisé comme hirondelles en cage bronzée

    ___________________________

    Je me retire de ma peau
    pour mieux voir les couleurs opaques
    de l'oeil qui s'ennuie
    vertige de l'arbre qui tombe sur l'os

    Je chausse mes pas en marche avant
    pour surprendre le temps qu'il fera
    à l'appel du bras levé
    je plie mon espace
    à la recherche d'un lieu vide
    exploration mutilée aux portes closes
    l'élan s'abat en trombe
    percussion qui retentit
    sur le mur de l'infini
    gestation de vie d'ailleurs

    Ne jamais rencontrer l'ailleurs
    objet du songe
    signe de turbulence
    retour

    ___________________________

    Qui es-tu
    Où est-tu
    Grand Invisible

    Hier fut
    demain sera
    mais aujourd'hui n'est pas

    Serais-tu à la mesure de mes aspirations
    fixé au coin de l'oeil
    en larme coincée

    ma joue t'aspire
    tu n'y es pas
    reflet opaque qui me retransmet mon image

    ___________________________

    Je me promène en tenue de mort
    laissant mon vieux manteau rapiécé
    sur une chaise pliante d'usure

    Je couche mon corps dans une nuée humide
    terrassée d'ignorance figée
    prête à l'emploi du temps

    Je rêve d'étrangetés sympathiques
    osées et laconiques
    pudeur indélébile

    Je regorge de fantasmes impudiques
    paroxysme de vertus oubliées
    je bois ma liberté à plein verre

    À ta santé ma vie

    ___________________________

    Ô Terre
    toi que j'ai choisie pour naître
    tu regorges d'exploits meurtriers
    tes millénaires t'angoissent
    on t'as extirpé ton harmonie
    déréglé ton train de vie
    tu te suffis à toi-même
    impotente
    nos pieds te sont lourds
    agressée
    tu t'éteins comme un ancien soleil
    étouffée
    tu rétrécis à nos quatre milliards
    de paires d'yeux

    Fruit d'azur confit
    notre désordre n'a nul refuge
    qu'une étoile morte-née

    Adam nous a trompés
    jardin délicieux abandonné
    source d'avenir tarie
    je me vomis
    attendant d'être cueillie
    par quelques gueux affamés
    de l'au-delà

    Et que le spectacle continue
    malgré le rideau tombé

    ___________________________

    Je me baigne dans la pourriture
    de ma sécheresse
    m'abreuvant au fiel de la terre
    j'enfonce mon corps en lambeaux
    dans les sables verts d'un tombeau

    Je meurs d'espoir d'en sortir
    du jour où j'emboîterai le pas
    vers un nouveau trépas

    Refaçonnée par les ténèbres
    habituée d'espace réduit
    je marcherai d'appuis nouveaux
    sur les sentiers battus
    refleuris par les tombeaux

    ___________________________

    Le ruisseau me traverse
    rafraîchit mes passions
    de tendres tempêtes m'étranglent
    aux passages cloisonnés
    de frayeurs indignes
    la flèche dorée indique la proue du naufrage
    à jamais récupérée

    Brune brume
    blanche frange
    du temps effrité
    à chercher le lointain
    sublime désir
    pensée qui sourit au vent nonchalant

    Branle-bas ébruité de chaleur posthume
    d'ogives à perdre la tête
    renversé de poussière insidieuse
    enflammé de vampires attablés
    au festin de champignons brûlants
    assaisonné de chairs fumantes
    douces aux palais languissants
    des pantins sans fil
    et filant sans rêve

    Obscurci de mauves images
    l'Univers bouillonne
    attendant le renouveau
    des amours endurcies

    ___________________________

    Assise au bord du temps
    pieds flottant dans l'espace
    je mesure l'immensité
    pur coucher mon impatience

    Une spirale s'installe sur un vague regard
    elle s'étale et se contracte
    aux battements de paupières
    une minuscule bille s'en détache d'instinct
    et manipule son destin
    suspendue à l'horizon
    elle me fait révérence
    et s'agite à mes sombres pensées
    à tâtons
    elle roule sur mes genoux
    se découvre sans pudeur
    laissant apercevoir ses cicatrices
    en champ de bataille

    Mes pensées frémissent à ce spectacle
    je pleure pour éteindre ces haines
    les murs honteux et sordides
    fondent en tristesse
    d'où s'échappent
    quelques rares ombres de vie

    ___________________________

    Pas renchaussés aux fenêtres aperçus
    abîme de lassitude
    le pas de deux gesticule
    en crescendo torturé
    se dédouble aux mesures
    en saccades refoulées
    corps démembré
    articulé d'un sourire
    d'une faiblesse incontinente
    cherche des yeux attendris
    attendant ton bol de riz
    bavure de guerre
    crachat d'homme
    indigne humanité
    aux vertus sombrées dans l'oubli
    jungle humaine
    que le plus fort l'emporte
    éhonté de tendresses ensommeillées
    au profondeur des charniers
    repoussante vérité évitée
    en homélies endimanchées
    entachant la sainteté des bêtes bien pensantes
    orgueil des clochers qui s'agenouillent
    en vapeurs cristallisées
    voilée en myopie déambulante
    les regrets développés en chambre noire
    apparaissent en négatif mythique

    Le pas de deux s'éternise
    de sale en sale
    de mal en pieds
    de pieds sans pied
    de sang séché
    au bord des routes oubliées

    ___________________________

    Au menu du jour
    la paix
    au fond des déserts
    au bord de la mer
    la paix
    dans les salons
    sur les balcons
    la paix
    aux lèvres des canons
    en tête des nations
    la paix
    Au fond des chaudrons
    il brûle un lampion
    la paix

    MAUDITE PAIX

    Crache le feu
    la tête sur la pierre
    en avant la guerre
    mange-la ta misère
    dévorons tous nos frères
    en avant la guerre
    passe en avant
    moi je n'sais pas comment
    en avant la guerre

    Rongé de rouille
    rouillé de guerre

    LA PAIX

    ___________________________

    Masque craqué de plâtre rance
    respire aux fentes obstruées
    de suffisance inculte
    narcissique beauté
    au fond des rivières abruptes
    reflet de croquants péchés passionnés
    aux idées molles et délavées

    Soubresaut de brillance éteinte
    bleuté de marbre choisi
    insipide et saturé
    regret du temps inodore
    d'espace incolore
    ratisse les gouttes de vie
    qui s'effilochent à l'horizon muré et désespéré

    Le doigt s'imprime sur la barre du jour
    symphonie oblique
    chant de blé d'or terni
    le vermeil émerveille le regard cicatrisé
    de pleurs chaleureux et menacés

    ___________________________

    Sombre dent du temps
    dévorant les masses plissées
    yeux ternis par des regards aveugles
    rageuses dimensions illuminées de néant
    engloutissant les regards affamés

    Gorgée de vie amère
    ciguë des morts-vivants
    assoupis le corps
    enivré d'écoeurement
    crache ta mort
    aux oubliettes de temps

    ___________________________

    Ô Bêtise
    grande favorite humaine
    asperge la musique doucereuse
    des grandes frustrations
    à l'auberge des passions gélatineuses
    insatiable au coeur
    des chauves enlacements épars
    nourrie de miel suri
    holocauste des gratte-ciel
    emmurés de douleur

    Épines de pieds et humeur de têtes
    fourrée de dates millénaires
    charge les trépas
    de brillantes chaussées
    amusée de folles arabesques
    monture de chastes amazones nues et froides
    embuées de chaudes aisselles musclées
    de tendresse avertie

    ___________________________

    Clairvoyance néfaste
    souci des mythes
    aspergée de lait divin
    labeur de seins rajeunis
    aux lèvres gauches et gloutonnes
    assombrie de désirs d'absolu
    de lointains soubresauts

    Humeur du temps en broussaille
    jetée de lierres éperdues
    ensommeillée sur fond d'azur
    entachée de fuyants désirs

    L'innommable plaisir
    s'arrache les cervelles essoufflées
    apaisant les arpèges lancinants
    des complaintes tremblotantes

    ___________________________

    Source d'épanchements insalubres
    sotte vertu aux moeurs vétustes
    accrochée au mur des mémoires sauvages

    Pillage des forces vives et machinales
    détale les pentes glaciaires et déchaînées
    étouffé de mots vides et inversés

    Crache les histoires confondues
    de salive verdâtre et silencieuse
    coulant des crevasses multiples
    ouvertes au profond silence de froide terre

    ___________________________

    Qu'est que je lègue à mes enfants
    un dépotoir
    nos détritus
    nos chagrins
    nos abîmes

    Une lampe veille sur la commode
    immuable
    créative
    elle réinvente mes rêves
    mon engouement de vie
    elle réchauffe mon essence
    embrase l'éclat des jours subtils
    qui n'en finissent plus

    Qu'est-ce que je lègue à mes enfants
    un espace d'univers
    un soir de veille
    ou tout s'éteint sur la vastitude
    reste le temps des soupirs endormis
    au large de l'immensité redevenue claire
    à leurs toujours yeux d'enfants
    ébahis d'amour
    seul héritage

    ___________________________

    Je suis d'eau
    d'air
    de feu
    mes racines desséchées s'abreuvent
    aux souvenirs des astres fidèles
    dès que s'éteint le soleil
    à mon giron je retourne
    dessinant des rêves occultes
    aux parois de mes pensées
    j'étreins mon énergie
    pour raviver mes espérances

    Blottie au sein d'une eau nouvelle
    je me raconte l'histoire perdue du temps
    ce temps limpide
    au chêne rajeuni
    paré de feuilles éternelles

    ___________________________

    Je joue de l'émotion
    comme un piano railleur
    les notes de baladent
    en cris
    en pleurs

    Symphonie délirante
    jubilation
    extase
    accords torturés

    ___________________________

    Peur de jour
    peur de nuit
    brûlée d'amour latent
    choix de plumes endurcies au chagrin

    Bouche soyeuse
    orifice attendri
    aux couleurs sales et malveillantes
    en dimensions incomprises
    d'aspect lourd et aveuglant

    Trame de vie suspecte
    océan de stupeur
    glaise informe chavirée en poussière de lune

    Les déserts fourmillent de pluie desséchée
    de frêles senteurs rassurantes
    ornés de sentiers éperdus
    d'un bouquet de temps non éclos

    ___________________________

    Brebis galeuse à l'ouest
    tendre soupir à l'est
    que peut-on te reprocher
    d'être au rendez-vous
    toujours ponctuelle et joyeuse
    tu nous emportes dans tes bras
    quelques peu osseux
    mais qu'importe
    tu sais où tu vas
    tu embroches grands et petits
    tu dénoues les fils de vie
    et secoues la poussière couleur de terre
    emportée par le vent lunaire ou solaire

    Réalité mystérieuse
    tu essuies les mares de peines des regards
    appauvris
    les sombres taches pâlissent au fil des adieux

    Les ombres retournent à leurs nombrils
    et marchent à reculons
    comme pour espacer le temps
    retournant à leurs berceaux
    pour éviter ton spectre affolant

    Mais toi
    tu es printemps
    attendant le signal
    du prochain rendez-vous

    ___________________________

    La grisaille pleure
    sur le triste regard
    des ombres décharnées
    sépulture de vie
    aux rêves désertiques
    nonchalance du temps
    suspendue à l'espace indécis

    Ressuscitez bandes d'abrutis

    Suspendez cette grisaille
    au placard des arrière-cours
    laissez consumer vos songes affolants
    étreignez-les
    à en sortir le nectar enivrant
    soulez-vous en
    pour rallumer vos orbites closes

    Ainsi régénérés
    vous ferez de plus beaux cadavres

    ___________________________

    Semer des doutes en vos entrailles
    vous agresser et vous troubler
    planter en vos yeux
    des regards de mélancolie
    contourner vos nuits sèches
    et vos jours arides

    Torpeur

    Moisir dans vos greniers sans âge
    gémir sous vos langues mortes
    pour effacer vos mots creux
    ramasser les miettes de vos déserts
    en faire germer vos mornes amours

    ___________________________

    Chercher le dur
    trouver le mou
    enfilade trépassée
    ne revenir qu'au décan

    Toujours
    partout
    le bruit métallisé se meurt aux oreilles
    entonnoir d'ivresse haletante
    jeux de particules
    matrice décomposée

    Tromper l'oubli
    se moquer du noir tombé
    essuyer la trace de gauches pas
    sur la ligne du temps décadent

    Retenir le mot d'Amour
    marteler le temps brisé
    écorchure vive

    Baume

    ___________________________

    Accablante reprise de mélodies perdues
    charmes renouvelés de danses limpides
    enjambées célestes
    cycles obscurs à jamais rajeunis
    temps enflés de cruels désirs
    objet cataclysmique
    d'auréoles étouffantes et chancelantes
    mélancolie spectaculaire

    ___________________________

    Nue devant l'orage
    je saisis sa foudre
    pour ceindre mes reins brisés
    enfiévrée
    je bois à même les nuages
    pour étancher la brûlure qui perdure
    au coeur brut
    je sens poindre en moi
    un goût de nature suffocante
    rebelle au bois abandonné
    menu temps accompli en douceur primaire
    ajustée en sursaut
    cercle organique

    ___________________________

    L'accueil de la nature se fait pressant
    envoûtée de maladresse
    la solitude risque un pas chancelant
    vers une cathédrale verdoyante
    arrimée aux racines d'arbres
    elle s'incline devant beauté et rutilance
    risquer d'aventure un songe
    paraît malvenu en si bel enchantement
    nul besoin est de grossière mode

    En choeur déluré
    les têtes de violon sonorisent l'air du temps
    les chants sombrent au coeur
    en remous dépouillés
    le silence s'effrite
    à l'approche des grands arbres
    leur écorce s'enduit de sève
    laissant poindre l'aurore tant attendu
    enracinés l'un à l'autre
    leurs feuilles rougissent de contentement

    ___________________________

    Sautille la pluie
    sur tendres feuilles jaunies
    par le temps épars
    rose matin assombri
    au réveil des humains
    humecte la droiture du temps revenu
    soubresaut bouleversé
    à souillure approprié
    aux déchets terreux
    saute à rebrousse-poil
    en longs cheveux embroussaillés
    vers les espaces refleuris
    aux matins gris

    Assoupi de vertes langues assassines
    d'immondices endiablées
    luttant tête froide aux clochers ramurés
    stature titanesque
    aux rameaux tentaculaires
    pernicieux

    Beauté rattachée au cri voyant
    ébranlée de torpeur odieuse
    effilée de mélancolie sableuse

    ___________________________

    Le temps s'endort
    sur branche fragile
    transporté de rêves rajeunis
    il enjambe ses horizons flétris
    et sursaute aux gémissements
    des peines englouties

    * * * *

    Les folles voiles s'emportent
    aux légères brises de brume parfumée
    les décombres des flots
    engloutissent leur candeur
    enchevêtrées
    elles s'affolent
    crissant
    se rabattant sur l'horizon muet

    ___________________________

    Accoudés aux quais
    les chalands explorent les eaux noires
    d'une terre démente
    en brise étreinte
    loin derrière l'écume

    Mer éreintée de souffle perdu
    entre deux eaux de faune germée
    salvatrice d'indigènes
    elle attend l'hommage sacrificiel

    Qui viendra s'ébattre au rivage
    larmes à l'oeil ouvert
    glissant sur plumages
    au gré de mouettes en cage
    prisonnières du ciel en rage

    Erreur saisonnière
    le phare se cherche un écueil
    où briser ses feux complices

    ___________________________

    Les amants s'allument
    s'éteignent
    comme chant d'elles
    en dentelle

    Les escarmouches de nuit
    vident les tendresses
    happent les soupirs

    ___________________________

    Lorsque ton prolongement
    ébranle la cloison du délire
    la flamme jaillit de la source
    ravit les pensées obscures
    effaçant la détresse qui s'ennuie

    Le feu pleure sur ses cendres grises
    englouties dans l'abîme
    où les vagues écourtées
    se fracassent sur l'infini

    ___________________________

    Ô jouissance trop brève
    de corps emmêlés
    tu fais frissonner l'ombre brûlante
    des désirs consommés

    Que d'amours ont jailli
    de frêles chevauchées inertes
    étalant sur l'infini
    les bruits desséchés des soupirs

    L'ombre glaciaire sombrera
    vers les entrailles des passions brisées
    d'où jailliront les sueurs
    d'une trop légère brise

    ___________________________

    Coeur imbibé de lointains regrets
    sèche à l'aube
    des désirs à venir

    Ô gerbe cueillie du temps refleuri
    goûte le parfum
    d'une beauté éclatée

    ___________________________

    Semblable au sel de la mer
    semblable au feu de la terre
    tu ronges et fais trembler
    les épaves de la chair
    tu déchires le cosmos
    et délivres l'éros
    des abîmes de l'ignorance

    Enveloppe de tendresse
    le souffle des paresses
    ravive le temps
    d'une fable d'amants

    ___________________________

    Coeur séché derrière les volets entrouverts
    refus de tendresse mendiée aux portes closes
    les rires saccadés cachent la pendaison
    des oiseaux morts
    tu restes couchée sur ta dépendance
    tu abîmes la couleur de tes pensées
    en t'abritant sous l'ombre de ton ennui
    ta solitude s'entache de notes vides
    tu t'extasies devant tes murs gris peints en rose
    morose
    tes amours glissent au plancher froid et dur
    giseante
    tu fais l'amour en peau de vache
    entortillée autour de ton illusion

    ___________________________

    Vie démesurée
    vie en repli
    vie encerclée
    vie enchaînée
    vie à l'enchère
    vie rétrécie
    vie encadrée
    vie castrée

    L'esclave s'amenuise
    à n'en devenir qu'une idée libre

    Liberté macérée
    liberté inextinguible
    liberté d'assaut de mots inaudibles
    liberté clignotante aux coins des rues
    liberté qui aiguise la lame au coeur transpercé
    liberté qui brise le néant
    liberté
    liberté

    ___________________________

    En toile suspendue
    en jet d'humeur nocturne
    la forme s'informe de traits adroits
    en lignes détachées
    brisée d'espace inégaux
    de masses indécises
    elle projette un oeil oblique
    comme pour attendrir
    esseulée
    elle se superpose d'aise
    disparaît en elle-même
    réapparue en sons différents
    son chant attise
    retire ce qu'il a donné
    en mouvement inchangé
    elle se perçoit
    intouchable
    vit par couleurs
    nous danse dans l'oeil
    irrésistible

    ___________________________

    Ta main encerclant le cou
    repliée sur l'épaule
    en serre d'aigle affranchi
    regard de pauvre
    croisant ta désillusion
    ton maigre corps teigneux
    vogue sur le néant
    habité de volcans éteints
    ne demandant qu'à éclore en luminosité

    Tu ramasses ta tristesse desséchée
    au pied de l'escalier en lambeau
    transformée en flambeau
    tu chauffes comme un volcan réanimé
    tu surchauffes
    tu sursautes à ton verbe ignoré
    suite de vies fragmentées

    ___________________________

    Métalarmant
    chairs clinquantes
    roseargent
    en pot froid
    bois brillant
    toit hurlant ENTER

    Râ Soleil
    rameau séché
    martelé ENTER

    Effets spéciaux
    masses trouées
    éclaboussées
    fosses asceptiques ENTER

    Écho cuivré
    son brut
    verbe in vitro ENTER

    Blindage chromatique
    au fil ténu
    pucelage
    envolés mes bits
    bibites encéphaliques ENTER

    Chaos pack
    Blind colors RUN

    Bit… Bit… envolés en phrases à dentelle
    Bit… Bit… en chemise détach….Bit…Bit…
    couleurs à jam… Bit… Bit… touj… Bzzzzz

    ___________________________

    Star familiale
    berceau intime
    apaisement de faim
    de cris
    de maux écoutés
    chaussée d'aurore
    tu pleures d'inliberté
    tu habiles les habitudes d'essoufflement
    tu chantes l'ennui à bout de voix
    en secret
    tu mijotes dans tes chaudrons
    tu es sale à force de laver les autres
    tu boudes les amours à force d'aimer
    ta tendresse s'échappe comme une fuite de gaz
    tu essuies les paroles aux murs incrustées

    Ferme la porte
    ouvre la fenêtre
    ta tête aérée n'oxygène personne
    le branle-bas s'installe bras ballants
    les contraires s'attirent
    mais les satyres ne se contrarient plus
    tu laves tes chagrins aux cuves qui coulent
    et se meurent
    en avanit les machines
    jubilez

    Moi
    je rêve ma réalité
    en réalisant mes rêves
    mon fil de vie ne tient qu'au plomb gravé
    de mots rendus
    de mots réchappés
    de mots vivants
    images et sons enfin libres

    =====================================

    © Éditions Naaman et Huguette Bertrand
    Sherbrooke (Québec) Canada
    coll. AMORCES, no 44
    Dépôt légal / Deuxième trimestre 1985
    BNQ et BNC – ISBN 2-89040-343-2
    Tous droits réservés – All rights reserved

    ===========================================================

    End of Project Gutenberg's Espace perdu, poésie, by Huguette Bertrand

  • Entre la chair et l’âme Poésie

    Entre la chair et l’âme Poésie

    Aproximadamente 2.555 palavras.

    Huguette Bertrand

    ENTRE LA CHAIR ET L'ÂME

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Dans la mouvance
    d'une âme conquise
    une déesse s'installe
    aux abords des yeux
    toujours repliés
    dans une nuit éternellement nuit
    que les jours entraînent
    vers le grand remous
    d'une Vénus travestie
    en ange dérisoire
    qu'effleurent les courbes
    infiniment courbes
    mains d'anges
    serties de roses
    dans la joyeuseté des villes
    agrippées au noir soleil
    du désespoir

    14 déc. 97

    _________________________

    Exilé dans l'abandon
    le regard immobile
    fixe le vide inattendu
    refait le plein trop avide
    d'une silhouette apaisée
    qu'accompagne un soleil complice
    de tous les départs
    sans pardonner les sourires espérés
    et la danse d'un espoir rompu
    danse des ombres sur les murs enrichis
    divinement habités
    le rêve s'est endormi sous les paupières
    épuisé

    2 déc. 97

    _________________________

    À l'image du soleil
    un face-à-face amoureux
    s'éternise dans l'âme
    des yeux qui voient
    plus haut que le soleil
    plus loin que les étoiles
    toujours là
    dans le silence du jour
    emménager en soi
    aller mourir
    dans un espace lumineux
    poétique

    1er déc.97

    _________________________

    Faut être déjà mort
    pour oublier l'amour
    oublier qu'on est mort
    en amour pour toujours
    Faut être un peu mort
    retenu par le jour
    rattraper les retards
    sans compter les retours

    Faut être toujours mort
    pour l'amour pour la vie
    essuyer au dehors
    toutes traces de l'oubli

    21 nov. 97

    _________________________

    Si les dieux m'aiment
    je transporterai mes souvenirs
    sur des routes reliées au secret
    d'un amour incongru
    terrassé par la distance
    d'une âme singulière
    retrouvée à la page 54
    des jours heureux
    devenus bêtement
    acidulés
    Si les dieux m'aiment
    je transporterai sur mes épaules grises
    les chevauchées retentissantes
    des faux désirs
    des fausses amours
    accouplés à l'indécence
    d'un féminin qui perdure
    sans allure
    entre les bras des siècles féconds

    S les dieux m'aiment
    j'ajouterai à ma vie
    une essence amoureuse
    abreuvée
    une fois pour toutes

    16 nov. 97

    _________________________

    Dans une prison de glace
    un été doux hurle ses souvenirs
    semences de tendresse
    dans une terre vierge
    que piétine un amour dilué
    par les rêves refroidis
    joyeusement
    au chant des cigales
    ayant pleuré toute l'année
    noire année sous la lune rose
    et ronde
    engrossée rare

    joyeusement
    l'amour dans l'instantané
    d'une année rose

    16 nov. 97

    _________________________

    Hiver de vie blanche
    en mal de vertiges
    sur les pentes instables
    d'un amour affûté
    par le cri d'un délire
    retenu dans l'âme
    son désir somptueux
    sur les pentes malheureuses
    viennent glisser les vertiges
    jusqu'aux hanches délirantes
    d'un amour achevé

    16 nov. 97

    _________________________

    Imbibée de jours fragiles
    la nuit apaisée
    s'abandonne
    dans les vastes
    étendues
    de vos regards
    garnis de rêves
    figés dans l'oeil
    d'un passé arrimé
    aux départs fragiles
    que viennent agiter
    les bruits
    des pas sourds
    de l'ennui
    livré au hasard
    d'un horizon docile
    muet

    15 nov. 97

    _________________________

    Follement attendrie
    l'âme errante
    se retire de son nid
    trop regard
    trop foudre
    trop oubli
    sur le tranchant de l'aube
    trop abîme
    par la brise amusée
    trop peine
    noyée dans l'oeil
    d'un soleil efficace
    échevelé
    dans l'oeil se noie
    une peine efficace

    11 nov. 97

    _________________________

    Devant un ciel trop clair de lune
    une âme bleue
    s'habitue aux départs
    du corps instantané
    toujours attiré sur des pistes fragiles
    vers les sous-bois
    condamnés aux ivresses
    d'un rêve spontané
    poésie chavirante
    qui bascule dans le regard
    d'un pur moment embrassé
    à travers des vagues tapageuses
    venues s'échouer
    au pied d'un escalier

    8 nov. 97

    _________________________

    Les couleurs de l'âme
    ne se voient qu'à la lueur
    des yeux abandonnés au désir
    que prolongent les doigts agiles
    de la volupté
    sur le noir sommeil aspiré
    vers de plus hautes cimes
    tendues et rares
    scintille dans la chair de l'âme
    une étoile incrustée
    venue de nulle part
    de nulle part retournée

    30 oct. 97

    _________________________

    Répandue dans l'infini regard
    une rosée de lourdes promesses
    assèche le sol aride
    d'espoirs évidés
    d'heures avides
    de doux temps gris
    entre jour et nuit
    entre blanc et noir
    entre mort et vie
    entre toi et moi
    ce long silence
    entouré de bruits
    et ce temps minuscule
    qui nous tue
    entre soleil et lune
    qui se pavanent en nous
    gonflés de plein jour
    de vie chaude et ronde
    dans la chair infiniment âme
    infiniment amour
    à mourir

    29 oct. 97

    _________________________

    On a tué la parole sur la place
    on l'a recouverte d'un silence
    long comme le temps
    puis on s'est accoudé
    à une fenêtre du passé
    en essuyant un simple prénom
    sur la glace de l'oubli
    on a surveillé l'impénétrable
    et parfait destin
    demeuré évasif
    ne reste qu'un vertige embué
    d'où émergent d'inavouables instants
    multicolores
    répandus sur le feu de l'âme
    en sursis

    29 oct. 97

    _________________________

    âme
    âmour
    âmourir
    à la lisière des passions
    condamnées
    au désir
    au désert
    dans l'enflure d'un instant
    d'une épave
    d'un rivage
    d'un message
    vertige dans l'oeil
    dans le sang
    condamné au présent
    d'une aube grisée

    19 oct. 97

    _________________________

    Taillé dans l'espoir
    un nu se faufile
    à travers l'onde d'une parole
    retenue entre les murs
    des recommencements
    gelés sous les draps
    volupté d'une image féconde
    adaptée au silence stupéfait
    silence d'algues répandues
    en flaques rondes
    auréolées de présents inventés
    et mauves

    _________________________

    Sur l'enclume des attentes
    des étoiles
    remplies de nuit
    m'observent
    dans les yeux du silence
    étrange nuit
    sous les sables envoûtés
    que transportent des ombres
    qui sombrent dans l'oubli

    _________________________

    Un peu de soleil un peu de lumière
    à travers les feuilles jaunies
    du temps suspendu aux lèvres
    empêchées d'annoncer
    l'approche du soir
    dans la béance de la nuit
    le silence parle au silence
    sur l'indomptable pavé du désir
    venu piller le brasier exténué
    des grandes forêts
    foulées aux pieds des attentes
    à faire rougir la démence
    au coeur des secrets

    _________________________

    Ma main telle une étoile
    vient se poser sur ton visage apeuré
    illumine tes ailes immenses
    pour ton envol
    vers tes rêves illimités
    en plein azur
    en plein éveil
    vivaces au coeur de l'intime
    à travers mes douces brises
    effilochées

    _________________________

    Je n'ai encore rien fait
    pas pris le temps de marcher
    sur des étoiles dont le reflet
    s'incruste dans vos pas
    investis de couleurs diaphanes

    pas pris le temps de grignoter
    vos syllabes en faire des mots
    que la brise transporte
    vers un ailleurs dénudé de larmes

    pas pris le temps d'avaler
    des douceurs offertes
    au temps trop court brisé
    par des vagues violentes échouées
    sur le rivage de nos vivants

    pas pris le temps d'entendre
    la symphonie des regards qui croisent
    les passés présents et à venir

    pas pris le temps d'éviter
    les morsures de l'amour dispersé
    dans le vernis du temps

    _________________________

    À demeure ailleurs
    passer par une voix tellement puissante
    que pas même un seul regard
    ne peut soutenir l'ineffable demeure en soi
    jugée trop petite
    trop petite pour être habitée
    par un trop-plein si grand
    que même un ailleurs
    ne pourrait le contenir

    mais ailleurs n'est nulle part
    c'est trop plein de vides trop vides
    de désespoirs qui se perdent
    à l'orée du soir
    s'infiltre comme une eau qui entre
    par les fentes de l'âme
    insidieusement

    _________________________

    Sur l'écran brûlant du rêve
    la chaleur de ta peau
    vient caresser le souvenir
    de mes mots que transporte
    le désir à mon âme assoiffée
    emportée en ce noir éternel
    d'un amour écourté
    indécent

    noirs lendemains d'une blessure
    à lécher de nuit
    vivante et fauve

    _________________________

    Bêtement
    la tête s'enroule
    autour des heures
    poursuivie par la mémoire des jours
    devenus bêtes
    lors d'un tête-à-tête avec l'ombre
    de nos histoires indigestes
    et la lumière venue trancher les départs

    à faire périr
    d'un coup sec

    _________________________

    Longues chevauchées du temps
    que les nuits respirent
    à travers des silences affectueux
    au seuil des jours malades

    Longues chevauchées des jours
    qu'une Parole respire
    à travers la nuit aimable
    d'un désir emmuré

    Longues chevauchées des nuits
    expirées dans le temps
    quand la Parole prononce
    le corps devenu silence

    l e

    d é s i r

    e m m u r é

    s e

    m e u r t

    _________________________

    D
    É
    L
    I
    R
    E

    Espace de feu
    que le temps attise
    dans le corridor des attentes
    en quête de durée

    Espace de pluie
    qu'asperge le temps
    ultimes orgasmes
    des continents

    Espace de terre
    qu'ensemence le temps
    de grâces enfuies
    des temples incontinents

    Espace de l'intime
    murmuré par le temps
    souvenance à nos lèvres
    prononcé

    _________________________

    Craintif
    l'oeil murmure des beautés
    que promène une image solitaire
    au-dessus d'un sourire blessé

    image à angle ouvert
    sur des mots couverts
    image à angle indiscret
    sur des mots discrets
    image entourée d'angles
    couverts et discrets
    retournée à l'âme
    solitaire

    _________________________

    Paradis symptomatique
    de chairs de femmes offertes
    aux abords de leurs fruits
    achevés

    Symptôme d'anges
    agrippés aux solitudes
    écartelées entre deux tristesses
    longuement approuvées

    Symptôme de solitude
    d'un regard d'un sourire
    prolonge l'âme
    jusqu'aux sommets impardonnés

    Symptôme du hasard
    quand viennent mourir les heures
    aux pieds d'une peine
    sans rire
    sans rien
    rien

    Ange écartelé
    entre deux douleurs
    que la chair approuve
    solitaire

    _________________________

    Mots à rire
    Mots à pleurer
    s'en vont mourir sur une page blanche
    vivante au coeur de soi
    vivante au coeur vivante en soi
    à mourir de rire et blanche
    quand les matins s'en vont pleurer sous les arbres
    quand les arbres vont déposer
    le coeur sur le temps
    quand ce temps vient jeter l'ancre
    au coeur des mots
    en silence

    Au coeur des mots
    un silence pleure
    sur le temps

    _________________________

    Pendu au bout d'une ficelle noire
    le corps attend menu
    ce dépôt des chairs
    entre deux phrases grises
    que l'on porte jusqu'au seuil de la voix
    résidus d'une foule venue applaudir
    le spectacle des heures
    en ce jour déchu

    au seuil de l'âme

    le poème s'enivre

    de jours

    déçus

    _________________________

    Au fin fond de mon univers
    je chevauche les étoiles pour faire rêver
    les impatiences des alentours
    vieille habitude offerte au temple
    des croyances qui bavent
    sur les amours inachevées

    semer le vent
    semer le temps
    de ce lointain paysage
    sur nos paresses
    endormies

    _________________________

    Quand cette pomme tomba de l'arbre
    l'automne venu a dégusté
    le fruit le jus les coloris
    d'un très vaste pays
    abandonné
    dans le courant du feu des femmes
    trop morcelées

    un songe d'été
    colore les arbres
    de leur automne gris

    _________________________

    Les mots ont quelque chose à dire
    à nos essentiels

    cherchez-les
    trouvez-les
    mâchez-les
    digérez-les

    ne resteront
    que les mots essentiels
    parmi les vôtres
    les miens
    et ceux des autres

    Essentiellement vôtre,

    le mot

    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots Un les
    mots les mots les mots les mot les les mots lesm
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots seul les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les

    _________________________

    Sur le rivage insondable des abandons
    la mer raconte ses insomnies
    croise la douleur
    réveille les muses
    de mots crus et frais
    poésie explosive
    au bout d'une main tendue qui se brise
    dans un décor inattendu

    _________________________

    À l'heure où le ciel s'endort
    ne sait-on pas
    que les poètes graves
    doivent curieusement aller dormir
    à l'ombre de leurs rêves
    parmi un peuple de mots
    dont les blessures s'épanchent
    sur l'épaule de l'oreiller
    nourries à même le plein des jours
    délicieusement habité

    dehors le temps grisaille
    le vent s'accroche aux arbres
    pendant que pleure le poème
    sur la nuit esseulée

    _________________________

    Y a des tranches de vie indigènes
    d'où s'échappent des amours interdites
    piétinées sous les pieds de l'oubli
    Y a des tranches de vie comestibles
    plongées dans le secret des blessures
    sous le ramage d'une étoile solitaire

    Y a des tranches de vie liquide
    harnachées
    qui produisent des ondes de choc
    qui vous arrivent dans la gorge
    comme un déluge venu inonder la peur

    Y a des tranches de vie qui font des ronds
    dans le liquide le comestible
    des amours indigènes

    _________________________

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces gestes
    sur une fleur enivrée
    qu'un doux regard
    est venu désarmer

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces mots
    jetés au sort
    qu'une simple brise
    est venue balayer

    tendres
    tendrement tendres
    tous les mots
    tous les gestes
    bus à même ces lèvres
    emprisonnées dans un délire

    tendre
    tendrement tendre
    ce rêve nu
    échoué entre la chair et l'âme

    _________________________

    Sans cris
    sans joies
    la vie cette impatiente
    vient saturer le temps
    et tous ses heurts
    qui vous aiguisent l'âme
    magnifiquement approfondie
    comme un coup de grâce
    dans la continuité des choses belles

    _________________________

    la vie bête fauve
    de ses crocs vient mordre
    les échines langoureuses
    entre ses griffes empoigne
    cet amour spontané
    arraché à la flamme
    d'une âme enivrée
    vie fauve
    vie sèche
    au coeur du tendre
    dérive sur un fleuve
    appelé liberté

    _________________________

    Cette chair qui nous déchire
    vient mourir à l'ombre d'un poème
    habité par les mots par les sons
    d'un volcan balafré
    par tant de braises
    par tant de pluies
    par tant de cendres
    sur le visage de l'âme abîmée
    ramassée par les peurs qui filent
    entre les dents des jours trop aiguisés

    _________________________

    À la dérive
    quelques mots tendres se répondent
    entre la lumière et l'ombre
    par vagues successives
    viennent s'échouer sur le rivage
    d'une âme emportée
    sur la mer
    déchirée
    joie paix santé bonheur
    dans la dureté des jours
    quand les nuits scintillent
    au coeur du rêve en allé
    sans appel

    _________________________

    Atteint au coeur du crépuscule
    le jour se meurt gris
    enchaîné aux mots
    sur banc de pierres
    qu'un simple rêve
    a terrassé
    était-ce un rêve
    ou bien l'amour
    trop fasciné
    par tant de bruits
    autour d'un personnage
    étoilé

    _________________________

    Noire pluie noire
    sur la chair abritée
    quand la beauté perdure
    dans un souffle vert émeraude
    s'abandonne dans la sève
    des regards endormis
    Noire pluie noire
    sur la peur détrempée
    par tant de vains mots
    qui racontent des peines
    affichées à l'écran
    d'un grand ciel trop aimé

    _________________________

    Enivrée d'un silence
    je titube vers les mots
    murmurés à l'oreille
    de mon âme profanée
    emportés par la vague
    que vient bercer ma nuit
    jusqu'à l'aube
    dégrisée

    _________________________

    Éternel dur pays
    en mon âme givrée
    que portage le soleil
    sur les rives sanglantes
    de mille lacs mille rivières
    vers le flot de l'oubli
    cette marche du feu
    vient brûler les attentes
    arrachées à nos pas
    trop fragiles
    et brisés