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  • Buena Nueva de acuerdo a Juan Traducción de dominio público abierta a mejoras

    Buena Nueva de acuerdo a Juan Traducción de dominio público abierta a mejoras

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    construcción del Reino de Dios que creemos se logra haciendo la
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    Buena Nueva de acuerdo a Juan

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    [1]

    1

    001:001 Al comienzo estaba la Palabra[2] la cual estaba con Dios y la
    Palabra era Dios [3].
    001:002 Lo mismo era al comienzo con Dios [4].
    001:003 Todas las cosas fueron creadas a través de Él. Sin Él no se
    habría creado nada de lo que se ha creado.
    001:004 En Él estaba la vida, y la vida fue la luz de los hombres.
    001:005 La luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no la
    subyugó[5].
    001:006 Llegó un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan.
    001:007 El mismo vino como un testigo, para atestiguar sobre la luz
    para que todos pudieran creer a través de él.
    001:008 Él no era la luz, pero fue enviado para poder dar testimonio
    sobre la luz.
    001:009 La luz verdadera que ilumina a todos estaba llegando al
    mundo[6].

    001:010 Él estaba en el mundo y el mundo fue hecho a través de Él, y
    el mundo no lo reconoció.
    001:011 Él vino a sus propios y aquellos que eran sus propios no lo
    recibieron.
    001:012 Pero a cuantos lo recibieron, a ellos les dio el derecho[7] de
    convertirse en hijos de Dios, aquellos que creyeron en su
    nombre:
    001:013 quienes no nacieron de la sangre, ni del deseo de carne, ni
    del deseo del hombre sino de Dios.
    001:014 La palabra se convirtió en carne y vivió entre nosotros. Vimos
    su gloria, tal gloria como la del único Hijo del Padre, lleno
    de gracia y verdad.
    001:015 Juan dio testimonio de Él. Gritó diciendo « Este es aquel del
    que yo decía, `Él que viene detrás mi me sobrepasa porque Él
    estaba antes que yo.´»
    001:016 De su abundancia todos hemos recibido gracia sobre gracia[8].
    001:017 Pues la ley fue dada a través de Moisés. La gracia y la
    verdad[9] llegaron a través de Jesús Cristo.
    001:018 Nadie ha visto a Dios en ningún momento. El único Hijo[10],
    que esta en el corazón del Padre, Él lo ha declarado.

    001:019 Este es el testimonio de Juan, cuando los Judíos mandaron
    sacerdotes y Levitas de Jerusalén a preguntarle, «¿Quien
    eres?»

    001:020 El confesó, y no lo negó, sino que declaró, «Yo no soy el
    Cristo. »

    001:021 Ellos le preguntaron, «¿Entonces quién? ¿Eres Elías?»
    Él dijo, «Yo no soy.»
    «¿Eres tu el Profeta?»
    Él contestó, «No»

    001:022 Ellos le dijeron entonces, «¿Quién eres? Danos una respuesta
    para llevarla a los que nos enviaron. ¿Qué dices sobre ti
    mismo?»

    001:023 Él dijo, «Soy la voz de alguien que grita en el desierto,
    `Enderecen el camino del Señor,´ como el profeta Isaías
    dijo.»

    001:024 Los que habían sido enviado eran de los fariseos.
    001:025 Le preguntaron, «¿Por qué bautizas, si no eres Cristo, ni
    Elías, ni el Profeta?»

    001:026 Juan les contestó, «Yo bautizo en agua, pero entre ustedes hay
    uno que ustedes no conocen.
    001:027 Él es quien viene después de mí, pero que está antes de
    mi[11], de quien no soy digno de amarrar sus sandalias.»
    001:028 Estas cosas ocurrieron en Betania más allá del Jordán [12] ,
    donde Juan estaba bautizando.

    001:029 Al día siguiente,vio a Jesús llegando donde él, y le dijo, «¡
    Observen, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!
    001:030 Este es de quien yo he dicho, `Después de mi viene un hombre
    que es preferido sobre mi, porque Él estaba antes que yo.´
    001:031 No lo conocía, pero por esta razón yo vine bautizando con
    agua: para que Él fuera revelado a Israel.»
    001:032 Juan dio testimonio diciendo, «He visto al Espíritu
    descendiendo como una paloma del cielo, y permaneció sobre Él.
    001:033 Yo no lo reconocía, pero aquel que me envió a bautizar en
    agua, me dijo, `En quien veas al Espíritu descendiendo y
    permaneciendo sobre Él, será el mismo que bautiza en el
    Espíritu Santo.´
    001:034 Yo he visto, y doy testimonio que este es el Hijo de Dios.»

    001:035 Nuevamente al día siguiente[13], Juan se encontraba con dos de
    sus discípulos,
    001:036 vio a Jesús cuando se acercaba y dijo, «¡ Observen, el Cordero
    de Dios!»
    001:037 Los dos discípulos lo escucharon hablar, y siguieron a Jesús.
    001:038 Jesús se dio vuelta, los vio siguiéndolo, y les dijo, «¿Qué
    están buscando?»
    Ellos le dijeron, «Rabí» (lo cual se interpreta como
    Maestro[14]) « ¿Dónde te estás quedando?»

    001:039 Él les dijo, «Vengan y vean.»
    Fueron y vieron donde se estaba quedando, y se quedaron con Él
    ese día. Era aproximadamente la décima hora[15].
    001:040 Uno de los dos que habían escuchado a Juan, y lo había seguido
    era Andrés, hermano de Simón Pedro.
    001:041 Primero encontró a su propio hermano Simón y le dijo «Hemos
    encontrado al Mesías!» (que se interpreta como Cristo [16]).
    001:042 Lo llevo donde Jesús. Jesús lo miró, y dijo, «Tu eres Simón,
    el hijo de Jonás[17] . Tu serás llamado Cefas» (que se
    interpreta como Pedro [18]).
    001:043 Al día siguiente, estaba determinado a ir a Galilea, y
    encontró a Felipe. Jesús le dijo, «Sígueme.»
    001:044 Ocurría que Felipe era de la ciudad de Betsaida[19], de la
    ciudad de Andrés y Pedro.
    001:045 Felipe encontró a Natanael, y le dijo, «Lo hemos encontrado, a
    aquel sobre quienes escribieron los profetas y Moisés en la
    ley: Jesús de Nazaret, el hijo de José.»

    001:046 Natanael le dijo, «¿Puede algo bueno venir de Nazaret?»
    Felipe le dijo, «Ven y ves.»

    001:047 Jesús vio a Natanael acercándose, y le dijo, «¡Observen, un
    Israelita de verdad, en quien no hay fraude!

    001:048 Natanael le dijo, «¿Cómo me conoces?»
    Jesús le contestó, «Antes de que Felipe te llamara, cuando
    estabas debajo del árbol de higos, te vi.»

    001:049 Natanael le contestó, «Rabí, ¡Tu eres el Hijo de Dios! ¡Tu
    eres el Rey de Israel!»

    001:050 Jesús le contestó, «¿Crees porque te dije, `Te vi debajo del
    árbol de higos´? ¡Verás cosas más grande que estas!»
    001:051 Le dijo, « Con seguridad, te digo, desde ahora verás el cielo
    abierto, y a los ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo
    sobre el Hijo del Hombre.»

    2

    002:001 Al tercer día, hubo una boda en Caná de Galilea. La madre de
    Jesús estaba allí.
    002:002 Jesús también fue invitado a la boda junto con sus discípulos.
    002:003 Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo, « No
    tienen más vino.»

    002:004 Jesús le dijo, «Mujer, ¿Qué tiene que ver eso contigo o
    conmigo[20 ]? Mi hora aún no ha llegado.»

    002:005 Su madre le dijo a los criado, «Lo que sea que él les diga,
    háganlo.»
    002:006 Habían seis jarras de piedra ubicadas de acuerdo a la forma
    Judía de purificar[21], contenían dos o tres metretes [22]
    cada una.
    002:007 Jesús les dijo, «Llenen las jarras con agua.» Ellos las
    llenaron hasta el borde.
    002:008 El les dijo, «Ahora saquen algo, y llévenlo al anfitrión de la
    fiesta.» Entonces así lo hicieron.
    002:009 Cuando el anfitrión de la fiesta probó el agua, entonces
    convertida en vino, sin saber de donde venia (aunque los
    criados que habían tomado el agua lo sabían), llamó al recién
    casado,
    002:010 y le dijo, «Todos sirven el vino bueno primero, y cuando los
    invitados han bebido libremente[23], el que es peor. ¡Tu has
    guardado el vino bueno hasta ahora!»
    002:011 Esto da comienzo a las señales que Jesús hizo en Caná de
    Galilea, y reveló su gloria; y sus discípulos creyeron en Él.

    002:012 Después de esto, siguió hacia Capernaum, Él, su madre, sus
    hermanos[24] , y sus discípulos; y permanecieron allí algunos
    días.
    002:013 La Pascua de los Judíos estaba a mano, y Jesús se dirigía a
    Jerusalén.
    002:014 En el templo encontró a algunos que vendían bueyes, ovejas y
    palomas y a cambiadores de dinero sentados.
    002:015 Hizo una correa con cuerdas, y los sacó a todos del templo,
    junto con ovejas y bueyes, regó el dinero de los cambiadores y
    y volteó sus mesas.
    002:016 A los que vendían palomas, les dijo, «¡Saquen de aquí estas
    cosas! ¡No hagan de la casa de mi Padre un mercado!
    002:017 Sus discípulos recordaron que estaba escrito «El fervor por tu
    casa me consume.»

    002:018 Los Judíos entonces le dijeron, «¿Qué señal nos muestras, en
    vista de que haces estas cosas?»

    002:019 Jesús les contestó, «Destruyan este templo, y en tres días lo
    levantaré.»

    002:020 Los Judíos entonces le dijeron, «Este templo estuvo en
    construcción durante cuarenta y seis años, ¿Y tu lo levantarás
    en tres días?»
    002:021 Pero Él hablaba del templo de su cuerpo.
    002:022 Después, cuando se levantó de entre los muertos, sus
    discípulos recordaron que había dicho esto, y creyeron en la
    Escritura, y en la palabra que Jesús había dicho.

    002:023 Cuando estuvo en Jerusalén en la Pascua, durante la fiesta,
    muchos creyeron en su nombre, al ver las señales que hacía.
    002:024 Pero Jesús no se confiaba de ellos, porque los conocía a todos
    002:025 y porque no necesitaba que alguien diera testimonio sobre los
    hombres; porque Él mismo conocía lo que estaba dentro de los
    hombres.

    3

    003:001 Ocurrió que había un hombre de los fariseos llamado Nicodemo,
    un dirigente de los Judíos.
    003:002 El mismo fue donde Jesús en la noche, y le dijo, «Rabí,
    sabemos que eres un maestro venido de Dios, porque nadie puede
    hacer estas señales que haces, a menos que Dios esté con él.»

    003:003 Jesús le contestó, «Con seguridad, te digo, a menos que se
    nazca de nuevo[25], no es posible ver el Reino de Dios.»

    003:004 Nicodemo le dijo, «¿Cómo puede un hombre nacer cuando es
    viejo? ¿ Puede entrar una segunda vez al vientre de su madre y
    nacer?»

    003:005 Jesús le contestó, «Con seguridad te digo, a menos que se
    nazca de agua y espíritu, ¡No se puede entrar al Reino de
    Dios!
    003:006 Porque lo que nace de carne es carne. Lo que nace del Espíritu
    es espíritu.
    003:007 No te maravilles porque te digo, `Debes nacer de nuevo.´
    003:008 El viento[26] sopla donde quiere, y tu escuchas su sonido,
    pero no sabes de donde viene ni a donde va. Así es todo aquel
    que nace del Espíritu.»

    003:009 Nicodemo le contestó, «¿Cómo pueden ser estas cosas?»

    003:010 Jesús le contestó, «¿Eres el profesor de Israel, y no
    entiendes estas cosas?
    003:011 Con seguridad te digo, hablamos de aquello que conocemos, y
    damos testimonio de aquello que hemos visto, y tu no haz
    recibido nuestro testimonio.
    003:012 Si yo les digo cosas terrenales y ustedes no creen, ¿Cómo
    creerán si les digo cosas del cielo?
    003:013 Nadie ha ascendido al cielo, excepto aquel que descendió del
    cielo, el Hijo del Hombre, quien está en el cielo[27].
    003:014 Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe
    ser levantado el Hijo del Hombre,
    003:015 para que cualquiera que crea en Él no perezca, sino que tenga
    vida eterna.
    003:016 Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su único Hijo,
    para que cualquiera que crean en Él no perezca, sino que tenga
    vida eterna.
    003:017 Porque Dios no envió su Hijo al mundo a juzgarlo[28], sino a
    que el mundo fuera salvado[29] por intermedio de Él.
    003:018 Aquel que cree en Él no es juzgado. Aquel que no crea ya ha
    sido juzgado, porque no ha creído en el nombre del único Hijo
    de Dios.
    003:019 Este es el juicio, que la luz ha venido al mundo, pero los
    hombres amaban la oscuridad en lugar de la luz; pues sus obras
    eran malas.
    003:020 Porque todo aquel que hace el mal odia la luz, y no viene a la
    luz por temor a que sus obras queden expuestas.
    003:021 Pero aquel que practica la verdad viene a la luz, para que sus
    obras puedan ser reveladas, pues han sido hechas en Dios.»

    003:022 Después de estas cosas, Jesús fue con sus discípulos a la
    tierra de Judea. Allí se quedaron, y bautizaron.
    003:023 Juan también estaba bautizando en Enón cerca de Salim, porque
    había mucha agua allí. Ellos fueron para ser bautizados[30].
    003:024 Porque Juan aún no había sido arrojado a la prisión.
    003:025 Allí se llego a una pregunta por parte de los discípulos de
    Juan[31]con algunos judíos [32] sobre la purificación.
    003:026 Llegaron donde Juan y le dijeron, «Rabí, aquel que estaba
    contigo mas allá del Jordán,[33] de quien has dado testimonio,
    bautiza también y todos van a Él.»

    003:027 Juan contestó, «Un hombre no puede recibir nada si no le ha
    sido dado por el cielo.
    003:028 Ustedes dan testimonio por lo que dije, `Yo no soy el Cristo,´
    sino[34] que, `he sido enviado antes de Él.´
    003:029 Aquel que tiene la novia es el novio; pero el amigo del novio,
    que se mantiene a la escucha, se alegra con la voz del novio.
    Esta, mi felicidad, está entonces completa.
    003:030 El debe crecer mientras que yo debo disminuir.
    003:031 Aquel que viene de arriba está arriba de todos. Aquel que es
    de la tierra pertenece a la tierra y habla sobre ella. Aquel
    que viene del cielo está sobre todos.
    003:032 Lo que Él ha escuchado y visto, de eso da testimonio; pero
    nadie recibe su testimonio.
    003:033 Aquel que reciba su testimonio ha puesto su sello en esto, que
    en verdad es Dios. [35]
    003:034 Porque aquel al que Dios ha enviado habla las palabras de
    Dios; pues Dios da Espíritu sin medida.
    003:035 El Padre ama al Hijo, y le ha dado todas las cosas en su mano.
    003:036 Quien cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien
    desobedece[36] al Hijo no verá la vida, sino que la
    indignación de Dios permanecerá en Él.»

    4

    004:001 Así que cuando el Señor[37] supo que los fariseos habían oído
    que Él estaba haciendo y bautizando más discípulos que Juan
    004:002 (aunque Jesús mismo no los bautizaba, sino sus discípulos),
    004:003 dejó Judea, y salió hacia Galilea.
    004:004 Necesitó pasar por Samaria.
    004:005 Así que fue a una ciudad de Samaria, llamada Sicar, cerca a la
    parcela de tierra que Jacob dio a su hijo, José.
    004:006 El pozo de Jacob[38] estaba allí. Jesús entonces, cansado de
    su viaje, se sentó cerca al pozo. Era cerca de la sexta
    hora[39].
    004:007 Una mujer de Samaria vino a sacar agua. Jesús le dijo, «Dame
    de beber.»
    004:008 Porque sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar
    alimentos.

    004:009 Entonces la mujer samaritana le dijo, «¿Cómo es esto que tu,
    siendo Judío, me pides de beber a mí, una mujer samaritana?»
    (Porque los Judíos no tenían trato con los samaritanos.)

    004:010 Jesús le contestó, «Si tu conocieras los regalos de Dios,[40]
    y quien es quien te dice, `Dame de beber,´ le habrías pedido y
    Él te habría dado agua viva.»

    004:011 La mujer le dijo, «Señor, tu no tienes con que sacarla, y el
    pozo es profundo. ¿De donde entonces tienes agua viva?
    004:012 ¿Eres más grande que nuestro padre, Jacob, quien nos dio este
    pozo, y bebió de aquí él mismo, como hicieron sus niños, y sus
    rebaños?»

    004:013 Jesús le contestó, «Todo aquel que beba de esta agua volverá a
    tener sed,
    004:014 pero aquel que beba del agua que yo le de, no volverá a tener
    sed; sino que el agua que yo le de será en él una fuente de
    agua que salta a la vida eterna [41].»

    004:015 La mujer le dijo, «Señor, dame de esa agua, para no tener sed
    de nuevo, y para no tener que recorrer todo el camino hasta
    aquí a sacar.»

    004:016 Jesús le dijo, «Ve, llama a tu marido, y vuelve.»

    004:017 La mujer le contestó, «No tengo marido.»
    Jesús le dijo, «Dijiste bien, `No tengo marido,´
    004:018 porque tuviste 5 maridos; y con el que estás ahora no es tu
    marido. Esto que has dicho es verdad.»

    004:019 La mujer le dijo, «Señor, percibo que eres un profeta.
    004:020 Nuestros padres alabaron en estas montañas, y ustedes los
    Judíos dicen que en Jerusalén es el sitio donde la gente
    debería adorar.»

    004:021 Jesús le dijo «Mujer, creeme, vendrá la hora, cuando ni en
    esta montaña, ni en Jerusalén, alabarán al Padre [42].
    004:022 Ustedes alaban lo que no conocen. Nosotros alabamos lo que
    conocemos; porque la salvación es de los Judíos.
    004:023 Pero la hora llega, y ahora es, cuando el verdadero adorador
    alabará al Padre en espíritu y verdad; porque el Padre busca
    aquellos para que sean quienes lo alaben[43].
    004:024 Dios es Espíritu, y aquellos que lo alaban, deben alabar en
    espíritu y verdad.»

    004:025 La mujer le dijo, «Yo se que el Mesías viene,» (aquel que es
    llamado Cristo[44]). «Cuando venga, nos declarará todas estas
    cosas.»

    004:026 Jesús le dijo, «Yo soy Él. Quien contigo habla.»
    004:027 Entonces llegaron sus discípulos. Se maravillaron porque Él
    hablaba con una mujer; aunque ninguno dijo, «¿Qué estás
    buscando?»[45] o «¿Por qué hablas con ella?»
    004:028 Así que la mujer dejó su jarra de agua, y fue a la ciudad, y
    le dijo a la gente,
    004:029 «Vengan, vean a un hombre que me ha dicho todo lo que he
    hecho. ¿Puede este ser el Cristo?»

    004:030 La gente salió de la ciudad, y fue donde Él.
    004:031 Mientras tanto, los discípulos lo apuraron diciendo, «Rabí,
    come.»

    004:032 Pero Él les dijo, «Tengo alimento para comer[46], del que
    ustedes no saben»

    004:033 Los discípulos entonces se dijeron unos a otros, «¿Alguien le
    ha traído algo de comer?»

    004:034 Jesús les dijo, «Mi alimento es hacer la voluntad del que me
    envió, y completar su trabajo[47].
    004:035 ¿No dicen ustedes, `Aún quedan cuatro meses para la cosecha?´
    Observen, les digo levanten sus ojos y vean los campos que ya
    están blancos[48] para la cosecha.
    004:036 Aquel que recoge recibe jornal, y recoge fruto para la vida
    eterna; para que tanto el que cultiva como el que recoge
    puedan disfrutar juntos.
    004:037 Porque esta frase es cierta, `Uno siembra, y otro recoge. ´
    004:038 Los envié a recoger aquello por lo que no han trabajado. Otros
    lo han trabajado, y ustedes han entrado en su trabajo.»

    004:039 Muchos de la ciudad de los Samaritanos creyeron en Él por las
    palabras de la mujer que había dado testimonio, «Me dijo todo
    lo que había hecho.»
    004:040 Así que cuando los samaritanos fueron donde Él, le rogaron
    quedarse con ellos. Él se quedó allí dos días.
    004:041 Muchos más creyeron por causa de su palabra.
    004:042 Le dijeron a la mujer, « Ahora creemos, no por lo que has
    dicho; sino porque lo hemos oído por nosotros mismos, y
    sabemos que de hecho este es el Cristo[49], el Salvador del
    mundo.»

    004:043 Después de dos días Él salio de allí y fue a Galilea.
    004:044 Porque Jesús mismo dio testimonio que un profeta no tiene
    honor en su propia tierra.
    004:045 Así que cuando fue a Galilea, la gente de Galilea lo recibió,
    habiendo visto todas las cosas que hizo en Jerusalén durante
    la fiesta, porque ellos también habían ido a la fiesta.
    004:046 Entonces Jesús fue de nuevo a Cana en Galilea, donde había
    convertido el agua en vino. Había cierto hombre noble[50] cuyo
    hijo estaba enfermo en Capernaum.
    004:047 Cuando escuchó que Jesús había salido de Judea hacia Galilea,
    fue donde Él, y le rogó que viniera y sanara a su hijo, porque
    estaba a punto de morir.
    004:048 Jesús entonces le dijo, «A menos que ustedes vean señales y
    maravillas, no creerán de forma alguna.»

    004:049 El hombre noble le dijo, «Señor, ven antes de que mi niño
    muera.»
    004:050 Jesús le dijo, «Ve por tu camino. Tu hijo vive.» El hombre
    creyó la palabra que Jesús le había dicho, y fue por su
    camino.
    004:051 Mientras se acercaba, sus siervos lo encontraron y le
    reportaron «¡Tu hijo vive!»
    004:052 Así que Él les preguntó la hora a la que había empezado a
    mejorar. Ellos entonces le dijeron, «Ayer a la séptima
    hora[51] la fiebre lo abandonó.»
    004:053 Así que el padre sabiendo que esa era la hora en la que Jesús
    le había dicho, «Tu hijo vive.» Creyó, así como su casa
    entera[52].
    004:054 Es es nuevamente la segunda señal que Jesús hizo, saliendo de
    Judea hacia Galilea.

    5

    005:001 Después de esto, hubo una fiesta de los Judíos, y Jesús fue a
    Jerusalén.
    005:002 En Jerusalén por la puerta de las ovejas[53], hay una
    piscina[54], llamada en Hebreo, «Betesda[55],» la cual tiene
    cinco pórticos.
    005:003 En estos yacía una gran multitud de enfermos, ciegos,
    inválidos y paralíticos que esperaban el movimiento del agua;
    005:004 porque un ángel del Señor bajaba en ocasiones a la piscina, y
    agitaba el agua. Quien entrara primero después de la agitación
    quedaba limpio de cualquier enfermedad que tuviera. [56]
    005:005 Cierto hombre estaba allí, había estado enfermo por treinta y
    ocho años.
    005:006 Cuando Jesús lo vio yaciendo allí, y supo que había estado
    enfermo por un largo tiempo, le preguntó, «¿Deseas ser
    sanado?»

    005:007 El hombre enfermo le contestó, «Señor, no tengo nadie que me
    ponga en la piscina cuando el agua se agita, mientras llego
    otro entra antes que yo.»

    005:008 Jesús le dijo, «Levántate, toma tu camilla y camina.»

    005:009 Inmediatamente, el hombre sanó, tomó su camilla y caminó.
    Ocurrió que ese día era sabático[57].
    005:010 Así que los Judíos le dijeron al que había sino sanado, «Es el
    día sabático. No es permitido para ti cargar la camilla.»

    005:011 Él les contestó, «Aquel que me sanó, también me dijo, `Toma tu
    camilla y camina.´»

    005:012 Después ellos le preguntaron, «¿Quién es el hombre que te
    dijo, `Toma tu camilla y camina´?»

    005:013 Pero aquel que fue curado no sabía quien lo había hecho,
    porque Jesús se había ido[58] y había una multitud en el
    lugar.

    005:014 Luego Jesús lo encontró en el templo, y le dijo «Pon atención,
    ya estas sano, no peques más, para que nada peor te suceda.»

    005:015 El hombre se fue, y le dijo a los judíos que había sido Jesús
    quien lo había sanado.
    005:016 Por esto los judíos persiguieron a Jesús, y buscaban matarlo,
    porque hizo estas cosas el día sabático.
    005:017 Pero Jesús les contestó, «Mi Padre aún está trabajando, así
    que yo estoy trabajando, también.»
    005:018 Por esta razón los judíos buscaban aún más matarlo, porque no
    sólo rompía el día sabático, sino también llamaba su Padre a
    Dios, haciéndose Él mismo igual a Dios.
    005:019 Jesús entonces les contestó, «Con seguridad, les digo, el Hijo
    no puede hacer nada por si mismo, sino lo que ve hacer al
    Padre. Porque cualquier cosa que Él haga, así mismo las hace
    el Hijo.
    005:020 Porque el Padre tiene afecto por el Hijo, y le muestra todas
    las cosas que Él mismo hace. Él le mostrará obras más grandes
    que está, para que puedan maravillarse.
    005:021 Porque así como el Padre resucita a los muertos y les da vida,
    también el Hijo le da vida a quien Él desee.
    005:022 Porque el Padre no juzga a nadie, pero le ha dado todo juicio
    al Hijo,
    005:023 para que todos puedan honrar al Hijo, así como alaban al
    Padre. Aquél que no honre al Hijo no honra al Padre que lo
    envió.

    005:024 «Con seguridad les digo, aquel que escuche mi palabra, y
    creerá en quien me envió, tiene vida eterna, y no va a
    juicios, sino que ha pasado de muerto a vivo.
    005:025 Con seguridad les digo, llega la hora, y es ahora, cuando los
    muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y aquellos que escuchen
    vivirán.
    005:026 Porque así como le Padre tiene vida en si mismo, así le dio al
    Hijo también para tener vida en si mismo.
    005:027 También le dio su autoridad para ejercer juicios, porque Él es
    un hijo de hombre[59].
    005:028 No se maravillen de esto, porque la hora llega, en la que
    todos los que están en las tumbas oirán su voz,
    005:029 y saldrán; aquellos que han hecho bien, a la resurrección de
    la vida; y aquellos que han hecho mal, a la resurrección del
    juicio.
    005:030 Por mi mismo no puedo hacer nada. Cuando escucho[60], juzgo, y
    mi juicio es justo; porque no busco mi propia voluntad, sino
    la voluntad de mi Padre quien me envió.

    005:031 «Si doy testimonio sobre mi mismo, mi testimonio no es
    válido.
    005:032 Es otro quien da testimonio sobre mi. Se que el testimonio que
    da sobre mí es cierto.
    005:033 Ustedes han sido[61] enviados a Juan, y él ha dado testimonio
    a la verdad.
    005:034 Pero el testimonio que recibo no es de hombres. Aunque, digo
    estas cosas para que se puedan salvar.
    005:035 Él era la lampara brillante y encendida, y ustedes estaban
    ansiosos por alegrarse un tiempo en su luz.
    005:036 Pero el testimonio que tengo es más grande que el de Juan,
    pues los trabajos que el Padre me dio para cumplir, los
    trabajos precisos que hago, dan testimonio sobre mi: que el
    Padre me ha enviado.
    005:037 El Padre mismo, quien me envió, ha dado testimonio sobre mí.
    Ustedes no han oído su voz en momento alguno, ni han visto su
    forma.
    005:038 Ustedes no tienen su palabra viva en ustedes; porque no creen
    en aquel que Él envío.

    005:039 «Buscan las Escrituras, porque piensan que en ellas tienen
    vida eterna; y estas son las que dan testimonio sobre mí.
    005:040 Pero ustedes no desean venir a mí[62], para poder tener vida.
    005:041 No recibo gloria de los hombres.
    005:042 Pero se, que ustedes no tienen el amor de Dios en ustedes
    mismos.
    005:043 Yo he venido en nombre de mi Padre, y ustedes no me reciben.
    Si otro viene en su propio nombre, ustedes lo recibirán.
    005:044 ¿Cómo pueden ustedes creer, que reciben gloria quienes se
    alaban unos a otros[63], y no buscan la gloria que viene del
    único Dios?

    005:045 «No piensen que los acusaré ante el Padre. Hay uno que los
    acusará, Moisés[64], en quien ustedes han puesto su
    esperanza.
    005:046 Porque si creyeran en Moisés, creerían en mí, pues él escribió
    sobre mi.
    005:047 Pero si no creen sus escritos, ¿Cómo creerán mis palabras?»

    6

    006:001 Después de estas cosas, Jesús fue al otro lado del lago[65]
    Galilea, que también es llamado el Lago de Tiberias[66].
    006:002 Una gran multitud lo seguía, porque habían visto los milagros
    que hizo con quienes estaban enfermos.
    006:003 Jesús subió a una montaña, y se sentó allí con sus discípulos.
    006:004 Ocurría que la Pascua, la fiesta de los Judíos, estaba a mano.
    006:005 Jesús entonces levantando sus ojos, y viendo que una gran
    multitud venía a Él, le dijo a Felipe, «¿Dónde vamos a comprar
    pan, para que estos puedan comer?»
    006:006 Esto lo dijo para probarlo, porque el mismo sabía lo que
    haría.

    006:007 Felipe contestó, «Doscientos denarios en pan no serían
    suficientes para que cada uno de ellos reciba un poco.»

    006:008 Uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Pedro, le dijo,
    006:009 «Hay un niño aquí que tiene cinco panes de cebada[67] y dos
    pescados, pero ¿Qué es esto para tantos?»

    006:010 Jesús dijo, «Hagan que la gente se siente.» En ese lugar había
    mucho espacio en el pasto. Así que los hombres se sentaron,
    quienes eran alrededor de cinco mil.
    006:011 Jesús tomó los pedazos, y habiendo dado gracias, comenzó a
    distribuirlos a los discípulos, y los discípulos a los que
    estaban sentados[68]; de la misma forma con los peces tanto
    como ellos deseaban.
    006:012 Cuando estuvieron llenos, le dijo a sus discípulos, «Recojan
    los pedazos que quedaron, para que nada se pierda.»
    006:013 Así que los recolectaron, y llenaron doce canastos con los
    restos de las cinco tajadas, que habían dejado los que habían
    comido[69].
    006:014 Entonces cuando la gente vio las señales que Jesús hizo,
    dijeron, «Este es verdaderamente el profeta que viene al
    mundo.»
    006:015 Entonces Jesús, percibiendo que iban a ir y tomarlo por la
    fuerza, para hacerlo rey, se retiró a la montaña. [ 70]

    006:016 Cuando se hizo noche, sus discípulos fueron al lago
    006:017 entraron al bote y fueron por el lago hacia Capernaum. Estaba
    oscuro y Jesús aún no había ido donde ellos.
    006:018 El lago era agitado por un gran viento que soplaba.
    006:019 Entonces, cuando habían remado cerca de veinticinco o treinta
    estadios[71] vieron a Jesús caminando sobre el lago, y
    acercándose al bote; y tuvieron miedo.
    006:020 Pero Él les dijo, «SOY YO. No tengan miedo.»
    006:021 Entonces deseaban recibirlo en el bote. Y de inmediato el bote
    quedó en tierra en el sitio al que se dirigían.

    006:022 Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del lago
    vio que no habían más botes allí excepto en el que se habían
    embarcado los discípulos, y que Jesús no había entrado con sus
    discípulos en el bote, sino que ellos se habían ido solos.
    006:023 Sin embargo llegaron botes de Tiberia cerca al sitio donde
    comieron pan después de que el Señor había dado gracias.
    006:024 Entonces cuando la multitud vio que Jesús no estaba allí, ni
    sus discípulos, ellos mismos entraron en los botes, y fueron a
    Capernaum, buscando a Jesús.
    006:025 Cuando lo encontraron al otro lado del lago, le preguntaron,
    «Rabí, ¿Cuándo viniste aquí?»

    006:026 Jesús les contestó, «Con seguridad les digo, me buscan, no
    porque vieron señales, sino porque comieron pan y quedaron
    llenos.
    006:027 No trabajen por la comida que perece, sino por la comida que
    permanece en la vida eterna, de la cual el Hijo del Hombre les
    dará. Porque Dios el Padre se lo ha concedido.»

    006:028 Ellos entonces le dijeron, «¿Qué debemos hacer, para poder
    realizar los trabajos de Dios?»

    006:029 Jesús les contestó, «Este es el trabajo de Dios, que ustedes
    crean en aquel que Él ha enviado.»

    006:030 Entonces ellos le dijeron, «¿Qué señal haces para que podamos
    ver y creerte? ¿Qué obras realizas?
    006:031 Nuestros padres comieron mana en el desierto. Como está
    escrito, `Él les dio pan del cielo[72] para comer.´»

    006:032 Jesús entonces les dijo, «Con seguridad, les digo, no fue
    Moisés quien les dio pan del cielo, sino mi Padre da el
    verdadero pan del cielo.
    006:033 Porque el pan de Dios es quien viene del cielo, y da vida a
    este mundo.»

    006:034 Entonces le dijeron, «Señor, danos siempre de este pan.»

    006:035 Jesús les dijo, «Soy el pan de la vida. Quien venga a mi no
    tendrá hambre, y aquel que crea en mi nunca estará sediento.
    006:036 Pero ya les dije, que ustedes me han visto, y aún no creen en
    mí.
    006:037 Todos aquellos que mi Padre me de, vendrán a mí. A aquel que
    venga a mí de ninguna forma lo rechazaré.
    006:038 Porque he venido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la
    voluntad de quien me envió.
    006:039 Esta es la voluntad de mi Padre que me ha enviado, que de
    todos los que me ha entregado, no debo perder nada[73], sino
    resucitarlos el último día.
    006:040 Esta es la voluntad del que me envió, que todo el que vea al
    Hijo y crea en Él, tendrá vida eterna; y yo lo resucitaré el
    último día.»

    006:041 Entonces los Judíos murmuraron contra Él, porque dijo, «Soy el
    pan que bajó del cielo.»
    006:042 Dijeron, «¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y
    madre conocemos? ¿Cómo entonces es que Él dice, `Yo he venido
    del cielo?´»

    006:043 Entonces Jesús les contestó, «No murmuren entre ustedes.
    006:044 Nadie puede venir a mí a menos que mi Padre que me envió, lo
    traiga, y yo lo resucitaré en el último día.
    006:045 Está escrito en los profetas, `Todos serán enseñados por
    Dios.´ Así que todo el que oiga del Padre, y haya aprendido,
    viene a mí.
    006:046 Nadie ha visto al Padre, excepto aquel que es de Dios[74]. Él
    ha visto al Padre.
    006:047 Con seguridad, les digo, [75] tiene vida eterna.
    006:048 Soy el pan de la vida[76].
    006:049 Sus padres comieron el mana del desierto, y murieron.
    006:050 Este es el pan que viene del cielo[77], para que cualquiera
    pueda comerlo y no morir.
    006:051 Soy el pan viviente que bajó del cielo. Si alguien come de
    este pan, vivirá por siempre. Si, el pan por el cual le daré
    la vida al mundo es mi carne.»

    006:052 Entonces los Judíos discutieron unos con otros, diciendo,
    «¿Cómo puede este hombre darnos su carne para comer?»

    006:053 Así que Jesús les dijo, «Con seguridad les digo, a menos que
    coman de la carne del Hijo del Hombre y beban su sangre,
    ustedes no tendrán vida en ustedes mismos.
    006:054 Aquel que coma mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna, y
    lo resucitaré en el último día.
    006:055 Porque en verdad mi carne es comida, y en verdad mi sangre es
    bebida.
    006:056 Aquel que coma mi carne y beba mi sangre vive en mí[78], y yo
    en él.
    006:057 Así como el Padre me envió, y yo vivo gracias al Padre; así
    mismo él que se alimente de mí, también vivirá gracias a mí.
    006:058 Este es el pan que bajó del cielo, no es como con el mana que
    nuestros padres comieron y murieron. Aquel que coma este pan
    vivirá por siempre.»
    006:059 Jesús dijo esto en la sinagoga, mientras enseñaba en
    Capernaum.

    006:060 Entonces muchos de sus discípulos, cuando lo escucharon,
    dijeron, «¡Estas son palabras fuertes! ¿Quién puede
    escucharlas?»[79]

    006:061 Pero Jesús sabiendo en su interior lo que los discípulos
    murmuraban sobre esto, les dijo, «¿Esto los perturba?[80]
    006:062 ¿Cómo sería si vieran al Hijo del Hombre ascendiendo al sitio
    donde estaba antes?
    006:063 Es el Espíritu quien da vida. La carne no da ganancia
    alguna[81]. Las palabras que les digo son espíritu, y son
    vida.
    006:064 Pero hay algunos de ustedes que no creen.» Porque desde el
    comienzo Jesús sabía quienes eran, quienes no creían, y quien
    sería el que lo traicionaría.
    006:065 Él dijo, «Por esto les he dicho que nadie viene a mi, a menos
    que le haya sido dado por el Padre.»

    006:066 En esto, muchos de sus discípulos regresaron, y no caminaron
    más con Él.
    006:067 Entonces Jesús les dijo a los doce, «Ustedes no quieren irse,
    ¿O si quieren?»

    006:068 Simón Pedro le contesto, «Señor, ¿A quien iríamos? Tu tienes
    las palabras de la vida eterna.
    006:069 Hemos llegado a creer y sabemos que tu eres Dios
    bendito[82].»

    006:070 Jesús les contesto, «¿No los escogí a los doce? Y uno de
    ustedes un demonio»
    006:071 Él hablaba de Judas, el hijo de Simón Iscariote, porque este
    era el que lo traicionaría, y era uno de los doce.

    7

    007:001 Después de estas cosas, Jesús anduvo por Galilea, no iba por
    Judea, porque los Judíos buscaban matarlo.
    007:002 Ocurría que la fiesta de los Judíos estaba a mano, la fiesta
    de Enramadas.
    007:003 Entonces sus hermanos[83] le dijeron, «Partan de aquí y vayan
    a Judea, para que tus discípulos también puedan ver las obras
    que haces.
    007:004 Porque nadie hace nada en secreto, y cada cual busca ser
    conocido ampliamente[84]. Si haces esto, te das a conocer al
    mundo.»
    007:005 Porque incluso sus hermanos no creían en Él.

    007:006 Entonces Jesús les dijo, «Mi hora no ha llegado, pero su
    tiempo siempre está listo.
    007:007 El mundo no puede odiarlos, pero me odia, porque doy
    testimonio de este, que sus obras son malas.
    007:008 Vayan ustedes a la fiesta. Pero yo no voy a esta fiesta,
    porque mi tiempo aún no se ha cumplido.»

    007:009 Habiéndoles dicho estas cosas, se quedó en Galilea.
    007:010 Pero cuando sus hermanos se habían ido a la fiesta, Él también
    fue, no públicamente sino en secreto.
    007:011 Los Judíos entonces lo buscaron en la fiesta, y dijeron,
    «¿Donde está Él?»
    007:012 Había muchos comentarios entre la multitud con respecto a Él.
    Algunos decían, «Él es un buen hombre.» Otros decían «No es
    así, sino que pierde a la multitud.»
    007:013 Pero nadie hablaba abiertamente de Él por temor a los Judíos.
    007:014 Y cuando estaban en la mitad de la fiesta, Jesús fue al templo
    y enseñó.
    007:015 Los Judíos entonces se maravillaron diciendo, «¿Cómo puede
    conocer este las letras[85], cuando nunca ha sido educado?»

    007:016 Jesús entonces les contestó, «Mi enseñanza no es mía, sino de
    aquél que me envió.
    007:017 Si alguien desea hacer su voluntad, sabrá reconocer la
    enseñanza, bien si viene de Dios, o si hablo por mi mismo.
    007:018 Aquel que habla de si mismo busca su propia gloria, pero aquel
    que busca la gloria del que lo envío es verdad[86], y no hay
    error en Él.
    007:019 ¿Acaso no les dio Moisés la ley, y sin embargo ninguno de
    ustedes acata la ley? ¿Por qué buscan matarme?

    007:020 La multitud le contestó, «¡Tienes un demonio! ¿Quién busca
    matarte?»

    007:021 Jesús les contestó, «Hice una obra, y todos ustedes se
    maravillaron de esta.
    007:022 Moisés les ha dado circuncisión (eso no es de Moisés, sino de
    los padres), y en el día sabático ustedes circuncidan un niño.
    007:023 Si un niño recibe circuncisión el día sabático, sin que la ley
    de Moisés sea quebrantada, ¿Acaso se enojan conmigo porque
    sané a un hombre por completo[87]en el día sabático?
    007:024 No juzguen por las apariencia, en cambio hagan juicios
    justos.»

    007:025 Entonces algunos de los de Jerusalén dijeron, «¿No es este al
    que buscan matar?
    007:026 Observen, habla abiertamente, y no dicen nada de Él. ¿Puede
    ser que los dirigentes de hecho saben que este verdaderamente
    es el Cristo?
    007:027 Sin embargo sabemos de donde viene este hombre, pero cuando el
    Cristo venga, nadie sabrá de donde viene.»

    007:028 Jesús entonces gritó en el templo, enseñando y diciendo,
    «Ustedes me conocen, y saben de donde vengo. No he venido por
    mi mismo, sino verdaderamente por quien me envió[88], a quien
    ustedes no conocen.
    007:029 Lo conozco porque vengo de Él, y Él me envió.»

    007:030 Entonces ellos querían atraparlo, pero nadie puso una mano
    sobre Él, porque su hora aún no había llegado.
    007:031 Pero de la multitud, muchos creían en Él. Decían, «Cuando el
    Cristo venga, no hará más señales que las que ha hecho este
    hombre, ¿No es así?»
    007:032 Los fariseos escucharon a la multitud murmurando estas cosas
    sobre Él, y los sacerdotes jefes y los fariseos enviaron
    oficiales para arrestarlo.

    007:033 Entonces Jesús dijo,
    007:034 «Estaré con ustedes un poco más de tiempo, entonces iré donde
    quien me envió. Me buscarán y no me encontrarán; y donde yo
    esté, ustedes no podrán ir.»

    007:035 Los Judíos entonces dijeron entre ellos, «¿A donde irá este
    hombre para que no podamos encontrarlo? ¿Irá a la diáspora[89]
    de los griegos, y les enseñará a los griegos?
    007:036 Cual es está palabra[ 90]que el ha dicho, `Me buscarán y no me
    encontrarán; y donde yo esté, ustedes no podrán ir?´

    007:037 Ocurrió que el último y más importante día de la fiesta, Jesús
    se levantó y gritó, «Si alguien está sediento, ¡Que venga a mí
    y beba!
    007:038 De aquel que crea en mí[91], como dicen las Escrituras,
    brotarán ríos de agua viva.»
    007:039 Pero el hablaba sobre el Espíritu, que quienes creían en Él
    estaba por recibir. Porque el Espíritu Santo aún no había sido
    dado, pues Jesús aún no había sido glorificado.

    007:040 Muchos de la multitud entonces, cuando escucharon estas
    palabras dijeron, «Este es verdaderamente un profeta.»
    007:041 Otros dijeron, « Este es el Cristo.» Pero algunos dijeron,
    «¿Acaso el Cristo viene de Galilea?
    007:042 ¿No ha dicho la escritura que el Cristo vendrá de la semilla
    de David, y de Belén, la villa donde David estaba?»
    007:043 Así que se creó un división entre la multitud por causa de
    Él.
    007:044 Algunos de ellos lo hubieran arrestado, pero nadie le puso las
    manos encima.
    007:045 Los oficiales, entonces, fueron donde los sacerdotes jefes y
    los fariseos, y ellos les dijeron, «¿Por qué no lo llevaron?»

    007:046 Los oficiales contestaron, «¡Ningún hombre ha hablado antes
    como este hombre!»

    007:047 Los fariseos entonces les contestaron, «¿Acaso se están
    dejando perder ustedes también?
    007:048 ¿Alguno de los dirigentes o de los fariseos ha creído en Él?
    007:049 Pero esta multitud que no conoce la ley está maldita.»

    007:050 Nicodemo (quien había buscado a Jesús[92], y siendo uno de
    ellos[ 93]) les dijo,
    007:051 «¿Juzga nuestra ley a un hombre, sin escucharlo personalmente
    primero y saber lo que hace?»

    007:052 Le contestaron, «¿También eres de Galilea?» Busca y
    observa[94] que ningún profeta ha salido de Galilea.»

    007:053 Todos se fueron a sus casas,

    8

    008:001 pero Jesús se fue al Monte de los Olivos[95].
    008:002 Bien temprano por la mañana regresó al templo de nuevo, y
    todos fueron a Él. Él se sentó y les enseñó.
    008:003 Los Escribas y los fariseos trajeron una mujer que había
    cometido adulterio. Habiéndola colocado en la mitad
    008:004 le dijeron, «Maestro, encontramos a esta mujer cometiendo
    adulterio, en el acto mismo.
    008:005 En nuestra ley, Moisés nos ordenó apedrear a estas. dices de
    ella?»
    008:006 Lo hicieron para probarlo, y así poder acusarlo de algo.
    Pero Jesús se agacho y escribió con el dedo en el suelo.
    008:007 Cuando continuaron preguntándole, alzó la mirada y les dijo,
    «Aquel de ustedes que este libre de pecado que lance la
    primera piedra.»
    008:008 De nuevo se agachó y escribió con su dedo en el suelo,

    008:009 Cuando escucharon esto, condenados por su conciencia[96],
    salieron uno por uno comenzando por los más ancianos hasta el
    último. Jesús fue dejado solo con la mujer, la cual se
    encontraba aún en la mitad.
    008:010 Jesús levantándose la miró y dijo, «Mujer, ¿Dónde están los
    que te acusan?[97] ¿Nadie te condenó?»

    008:011 Ella dijo, «Nadie Señor.»
    Jesús dijo, «Yo tampoco te condeno. Ve por tu camino. Desde
    ahora no peques más.»

    008:012 En otra ocasión Jesús les habló diciéndoles[98], «Yo soy la
    luz del mundo. El que me siga no caminará en la oscuridad,
    tendrá la luz de la vida.»

    008:013 Los fariseos entonces le dijeron, «Das testimonio de ti mismo.
    Tu testimonio no es válido.»

    008:014 Jesús les contestó, «Aún cuando doy testimonio de mi mismo, mi
    testimonio es cierto, porque se de donde vengo, y a donde voy;
    pero ustedes no saben de donde vengo ni a donde voy.
    008:015 Ustedes juzgan de acuerdo a la carne[99]. Yo no juzgo a nadie.
    008:016 Incluso si juzgo, mi juicio es cierto, porque no estoy sólo,
    sino con mi Padre quien me ha enviado.
    008:017 También está escrito en la ley que el testimonio de dos
    personas es válido.
    008:018 Yo soy uno de los que da testimonio de mi mismo, y el Padre
    que me envió da testimonio sobre mí.»

    008:019 Entonces le dijeron, «¿Donde está tu Padre?»
    Jesús les contestó, «Ustedes no me conocen ni tampoco a mi
    Padre. Si me conocieran, también sabrían quien es mi Padre.»
    008:020 Jesús dijo esto en el salón de la urna, mientras enseñaba en
    el templo. Aunque nadie lo arrestó porque su hora aún no había
    llegado.
    008:021 Jesús les dijo de nuevo, «Me voy, y ustedes me buscarán y
    morirán en sus pecados. A donde yo voy ustedes no podrán ir.»

    008:022 Los Judíos entonces dijeron, «¿Se matará a si mismo? pues
    dice, `A donde yo vaya ustedes no podrán ir.´»

    008:023 Él les dijo, «Ustedes son de abajo. Yo soy de arriba. Ustedes
    son de este mundo. Yo no soy de este mundo.
    008:024 Por eso les digo que ustedes morirán en sus pecados; a no ser
    de que ustedes crean que YO SOY Él[100], ustedes morirán en
    sus pecados.»

    008:025 Entonces ellos le dijeron, «¿Quién eres tu?»
    Jesús les dijo,«Lo que les he estado diciendo desde el
    principio[ 101].
    008:026 Tengo muchas cosas por decir[102] y por juzgar con respecto a
    ustedes. Sin embargo quien me envió es verdad[103]; y las
    cosas que oigo que Él, son las que digo al mundo.»

    008:027 Ellos no entendían que les hablaba acerca del Padre.
    008:028 Entonces Jesús les dijo, «Cuando ustedes hayan levantado al
    Hijo del Hombre, entonces sabrán que YO SOY Él, y que no hago
    nada por mi mismo, sino que digo estas cosas como mi Padre me
    ha enseñado.
    008:029 Aquel que me envió está conmigo. El Padre no me ha dejado
    sólo, porque siempre he hecho lo que le complace.»

    008:030 Mientras hablaba estas cosas, muchos creyeron en Él.
    008:031 Entonces Jesús les decía a los Judíos que habían creído en Él,
    «Si permanecen en mi palabra, entonces ustedes serán
    verdaderamente mis discípulos.
    008:032 Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.»

    008:033 Le contestaron, «Somos la semilla de Abraham, y nunca hemos
    sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices, `Ustedes serán
    liberados?´»

    008:034 Jesús les contestó, «Con seguridad les digo, todo aquel que
    cometa pecado es esclavo del pecado.
    008:035 Un esclavo no vive en una casa[104] por siempre. Un hijo
    permanece por siempre.
    008:036 Entonces si el Hijo los hace libres, ustedes serán de hecho
    liberados.
    008:037 Se que son la semilla de Abraham, pero buscan matarme, porque
    mis palabras no encuentran lugar en ustedes[105].
    008:038 Digo las cosas que he visto con mi Padre; y ustedes también
    hacen las cosas que han visto con[ 106] sus padres.»

    008:039 Le contestaron, «Nuestro padre es Abraham.»
    Jesús les dijo, «Si fueran hijos de Abraham, harían las obras
    de Abraham.
    008:040 Pero ahora ustedes buscan matarme, a un hombre que les ha
    dicho la verdad, verdad que he oído de Dios. Abraham no hizo
    esto.
    008:041 Ustedes hacen las obras de su padre.»
    Le dijeron, «No fuimos nacidos de inmoralidad sexual. Tenemos
    un Padre: Dios.»

    008:042 Entonces Jesús les dijo, «Si Dios fuera su padre, me amarían,
    porque he salido y he venido de Dios[107]. Pues no he venido
    de mi mismo[108], sino del que me envió.
    008:043 ¿Por qué no entienden lo que digo? Porque ustedes no están en
    capacidad[109] de oír mi palabra.
    008:044 Ustedes son de su padre, el diablo, y ustedes quieren hacer
    los deseos de su padre. El diablo fue un asesino desde el
    comienzo, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad
    en él. Cuando dice una mentira, habla por si mismo; porque es
    un mentiroso, y el padre de las mentiras[110].
    008:045 Pero como digo la verdad, ustedes no me creen.
    008:046 ¿Cuál de ustedes me acusa de pecado? ¿Si les digo la verdad,
    por qué no creen en mí?
    008:047 Él que es de Dios escucha las palabras de Dios. Por esto
    ustedes no oyen, porque ustedes no son de Dios.»

    008:048 Entonces los Judíos le contestaron, «¿No decimos bien que tu
    eres un Samaritano, y tienes un demonio?»

    008:049 Jesús contestó, «No tengo un demonio, sino que honró a mi
    Padre, y ustedes me deshonran.
    008:050 Pues yo no busco mi propia gloria. Hay alguien que la busca y
    que juzga[111].
    008:051 Con seguridad les digo, si una persona sigue mi palabra, nunca
    verá la muerte.»

    008:052 Entonces los Judíos le dijeron, «Ahora sabemos que tienes un
    demonio. Abraham y los profetas murieron; y tu dices, `Si un
    hombre sigue mi palabra, nunca probará la muerte.´
    008:053 ¿Eres más grande que nuestro padre, Abraham, quien murió? Los
    profetas murieron. ¿Quien pruebas ser?

    008:054 Jesús les contestó, «Si me doy gloria a mi mismo, mi gloria es
    nada. Es mi Padre quien me glorifica, de quien ustedes dicen:
    Él es nuestro Dios.
    008:055 Ustedes no lo han conocido, pero yo lo conozco. Si yo dijera,
    `No lo conozco,´ sería como ustedes, un mentiroso. Pero lo
    conozco, y sigo su palabra.
    008:056 Su padre Abraham se regocijó al ver mi día. Lo vio, y se
    alegró.»

    008:057 Entonces los Judíos le dijeron, «Aún no tienes cincuenta años,
    ¿ Pero ya has visto a Abraham?»

    008:058 Jesús les dijo, «Con seguridad, les digo, antes de que Abraham
    llegara a existir, YO ESTOY[112].»

    008:059 Entonces ellos cogieron piedras para arrojarle, pero Jesús fue
    escondido y salió del templo, pasando por en medio de ellos, y
    así continuando[113].

    9

    009:001 Mientras continuaba,vio a un hombre ciego de nacimiento.
    009:002 Sus discípulos le preguntaron, «Rabí, para que este hombre
    naciera ciego, ¿Quién pecó, él o sus padres?»

    009:003 Jesús le contestó, «No pecó este hombre, ni sus padres; sino
    es para que las obras de Dios puedan ser reveladas en él.
    009:004 Debo realizar las obras de aquel que me envió, mientras que es
    de día. Se acerca la noche, cuando nadie puede trabajar.
    009:005 Mientras yo esté en el mundo, soy la luz del mundo.»
    009:006 Mientras decía esto, ponía saliva en la tierra, hizo barro con
    su saliva, y ungió los ojos del ciego con el barro,
    009:007 y le dijo, «Ve, lávate en la piscina de Siloé» (que significa
    «Enviado»)[114]. Así que él fue, se lavó, y volvió viendo.
    009:008 Entonces los vecinos, y aquellos que vieron que estaba ciego
    antes[115], dijeron, «¿No es este el que estaba sentado y
    mendigaba?»
    009:009 Otros decían, «Es él.» Aún otros decían, «Se parece a él.»
    Él decía, «Soy ese.»
    009:010 La gente entonces le preguntó, «¿Cómo se abrieron tus ojos?»

    009:011 Él contestó, «Un hombre llamado Jesús hizo barro, ungió mis
    ojos, y me dijo, `Ve a la piscina de Siloé, y lávate.´ Así que
    fui, me lave y recibí la vista.»

    009:012 Entonces le preguntaron, «¿Dónde está Él?»
    Él dijo, «No lo se.»

    009:013 Llevaron al que había estado ciego[116] donde los fariseos.
    009:014 Era día sabático cuando Jesús hizo barro y abrió sus ojos.
    009:015 De nuevo le preguntaron los fariseos como había recibido la
    vista. Él les dijo, «Él puso barro en mis ojos, me lavé, y
    veo.»

    009:016 Entonces algunos de los Fariseos dijeron, «Ese hombre no es de
    Dios, porque no sigue el día sabático.» Otros decían, «¿Cómo
    puede un hombre pecador hacer tales señales?» Había división
    entre ellos.
    009:017 Entonces algunos de los Fariseos dijeron, «¿Qué dices sobre
    Él, pues Él ha abierto tus ojos?»
    Él dijo, «Es un profeta.»

    009:018 Los Judíos entonces no creyeron lo concerniente a él, que
    había estado ciego, ni que había recibido la vista, hasta que
    llamaron a los padres del que había recibido la vista,
    009:019 y les preguntaron, «¿ Es este su hijo, quien ustedes dicen que
    nació ciego? ¿Cómo entonces es que él ve ahora?»

    009:020 Sus padres les contestaron, «Sabemos que este es nuestro hijo,
    y que nació ciego;
    009:021 pero que ahora como ve, no lo sabemos; ni conocemos a quien
    abrió sus ojos. Él es de edad. Pregúntenle. Hablará por si
    mismo.»
    009:022 Sus padres dijeron estas cosas porque temían a los Judíos;
    pues los Judíos ya habían acordado expulsar de la sinagoga a
    quien confesara que Él era Cristo.
    009:023 Por esto sus padres dijeron, «El es de edad. Pregúntenle.»

    009:024 Así que llamaron al que había estado ciego por segunda vez, y
    le dijeron, «Da gloria a Dios[117]. Sabemos que este hombre es
    un pecador.»

    009:025 Él contestó, «No se si es un pecador. Una cosa se: que aunque
    yo estaba ciego, ahora veo.»

    009:026 Le dijeron nuevamente, «¿Qué te hizo? ¿Cómo abrió tus ojos?»

    009:027 Él les contestó, «Ya les dije, y ustedes no escuchan. ¿Por qué
    quieren oír de nuevo? ¿Es que también desean hacerse
    discípulos de Él?»

    009:028 Lo insultaron y dijeron, «Tú eres su discípulo, pero nosotros
    somos discípulos de Moisés.
    009:029 Sabemos que Dios ha hablado a Moisés. Pero con respecto a este
    hombre, no sabemos de donde viene.»

    009:030 El hombre les contestó, «¡Que sorprendente! No saben de donde
    viene, aunque ha abierto mis ojos.
    009:031 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si alguien
    adora a Dios[118], y hace su voluntad, Él lo escucha.
    009:032 Desde que el mundo comenzó, no se ha oído de alguien que
    abriera los ojos a un ciego de nacimiento.
    009:033 Si este hombre no fuera de Dios, Él no podría hacer nada.»

    009:034 Le contestaron, «Tu naciste por completo en pecado[119] ¿Pero
    nos enseñas?» Y lo expulsaron.

    009:035 Jesús escuchó que lo habían expulsado, y encontrándolo[120],
    le dijo, «¿Crees en el Hijo de Dios?»

    009:036 Él le contestó, «¿Quién es él, Señor, para que yo pueda
    creer?»

    009:037 Jesús le dijo, «Tu ya los has visto, y es quien habla
    contigo.»

    009:038 Él dijo, «¡Señor, yo creo!» y lo alabó[121].

    009:039 Jesús dijo, «Vine a este mundo a juzgar, para que aquellos que
    no ven puedan ver; y que aquellos que ven queden ciegos.»

    009:040 Algunos de los fariseos que estaban con Él, escucharon estas
    cosas, y le dijeron, «¿Estamos nosotros también ciegos?»

    009:041 Jesús les dijo, «Si estuvieran ciegos, no pecarían; pero ahora
    dicen `Vemos.´ Entonces sus pecados permanecen.»

    10

    010:001 «Con seguridad les digo, aquel que no entre por la puerta al
    rebaño de ovejas, sino que escale de alguna otra manera, es
    tanto un estafador como un ladrón.
    010:002 Pero quien entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
    010:003 El portero abre la puerta para él, y las ovejas escuchan su
    voz. Él llama sus ovejas por su nombre y las saca.
    010:004 Siempre que él saca sus ovejas, va delante de ellas, y las
    ovejas lo siguen porque conocen su voz.
    010:005 De ningún modo seguirán a un extraño, sino que huirán de él;
    porque no conocen la voz de extraños.»
    010:006 Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no entendieron lo que
    les decía.

    010:007 Jesús entonces les dijo de nuevo, «Con seguridad, les digo,
    soy la puerta de las ovejas.
    010:008 Todos los que vinieron antes de mi son estafadores y ladrones,
    pero las ovejas no los escucharon[122].
    010:009 Soy la puerta. Si alguien entra por mi, será salvado, y
    entrará y saldrá, y encontrará alimento.
    010:010 El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir. Vine para que
    puedan tener vida, y para que la tengan en abundancia.
    010:011 Soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.
    010:012 El que es empleado contratado en lugar de pastor, y a quien no
    le pertenezcan las ovejas, ve venir al lobo, deja las ovejas y
    huye. El lobo roba las ovejas, y las dispersa[123 ].
    010:013 El que es empleado contratado huye porque es contratado, y no
    le importan las ovejas.
    010:014 Soy el buen pastor. Conozco las mías, y soy conocido por las
    mías;
    010:015 así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre. Yo entrego
    mi vida por las ovejas.
    010:016 Tengo otras ovejas, que no son de este rebaño. También debo
    traerlas, y escucharán mi voz. Se convertirán en un rebaño con
    un pastor.
    010:017 Por esto el Padre me ama, porque entrego mi vida, para poderla
    tomar de nuevo.
    010:018 Nadie me la quita, sino que la entrego yo mismo. Tengo el
    poder para entregarla, y tengo poder para tomarla de nuevo.
    Recibí este mandamiento de mi Padre.»

    010:019 Entonces se creó una división entre los Judíos a causa de
    estas palabras.
    010:020 Muchos de ellos decían, «¡Tiene un demonio y está loco! ¿Por
    qué lo escuchan?»
    010:021 Otros decían, «Estas no son las palabras de alguien poseído
    por un demonio. ¿Acaso es posible para un demonio abrir los
    ojos de los ciegos?»

    010:022 Era la Fiesta de la Dedicación[124] en Jerusalén.
    010:023 Era invierno, y Jesús estaba caminando en el templo, en el
    pórtico de Salomón.
    010:024 Entonces los Judíos lo rodearon y le dijeron, «¿Cuanto tiempo
    nos mantendrás en suspenso? Si tu eres el Cristo, dínoslo
    directamente. »

    010:025 Jesús les contestó, «Yo ya les dije, y ustedes no me creen.
    Las obras que hago en nombre de mi Padre, dan testimonio sobre
    mí.
    010:026 Pero ustedes no creen, porque ustedes no son de mis ovejas,
    como les dije.
    010:027 Mis ovejas escucha mi voz, yo las conozco, y me siguen.
    010:028 Les doy vida eterna. Nunca perecerán, y nadie podrá
    arrebatarlas de mi mano.
    010:029 Mi Padre, quien me las ha dado, es más grande que todos[125].
    Para nadie es posible arrebatarlas de las mano de mi Padre.
    010:030 Yo y el Padre somos uno.»

    010:031 Entonces los Judíos tomaron piedras nuevamente para
    apedrearlo.
    010:032 Jesús les contestó, «Les he mostrado muchas obras buenas de mi
    Padre. ¿Por cuál de esas obras desean apedrearme?»

    010:033 Los Judíos le contestaron, «No te apedreamos por una buena
    obra, sino por blasfemia: porque tu, siendo un hombre, te
    crees Dios.»

    010:034 Jesús les contestó, «¿No está escrito en su ley, `Les dije,
    ustedes son dioses?´
    010:035 Si llama[126] dioses a aquellos a quienes la palabra de Dios
    llega (y la Escritura no puede quebrantarse),
    010:036 ¿ Cómo dicen `Blasfemas´ a aquel a quien el Padre
    santificó[127] y envió al mundo, porque les dije `Soy el Hijo
    de Dios?´
    010:037 Si yo no hago las obras de mi Padre[128], no me crean.
    010:038 Pero si yo las hago, aunque no me crean a mi, crean en las
    obras; para que puedan saber y creer que el Padre está en mí y
    yo en el Padre.»

    010:039 Nuevamente intentaron atraparlo, pero Él se alejo de su
    alcance.
    010:040 Se fue de nuevo más allá del Jordán[129] al lugar donde Juan
    estuvo bautizando al comienzo, y allí se quedó.
    010:041 Muchos vinieron a Él. Decían, «En realidad Juan no hizo
    señales, pero todo lo que Juan dijo sobre este hombre es
    verdad.»
    010:042 Muchos creyeron en Él allí.

    11

    011:001 Cierto hombre estaba enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de
    Maria y su hermana, Marta.
    011:002 Era aquella María que había ungido al Señor con aceite, y que
    había limpiado sus pies con el cabello, quien estaba enfermo
    era su hermano Lázaro.
    011:003 Las hermanas le mandaron decir, «Señor, observa, aquel por
    quien tienes gran afecto está enfermo.»
    011:004 Cuando Jesús lo escuchó, dijo, «Esta enfermedad no es mortal
    sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios pueda
    ser glorificado con esta.»
    011:005 Ocurría que Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
    011:006 Aunque[130] cuando supo que estaba enfermo, se quedó dos días
    más en el lugar donde estaba.
    011:007 Tras lo cual le dijo a los discípulos, «Vayamos de nuevo a
    Judea.»

    011:008 Los discípulos le dijeron, «Rabí, los Judíos están tratando de
    apedrearte, ¿Pero vas de nuevo allá?»

    011:009 Jesús les contestó, «¿No hay doce horas de luz al día? Si un
    hombre camina en el día, no tropieza, porque ve la luz de este
    mundo.
    011:010 Pero si un hombre camina en la noche, tropieza, porque la luz
    no está en él.»
    011:011 Dijo estas cosas, y después, les dijo « Nuestro amigo Lázaro
    yace dormido, pero voy a ir para poder despertarlo de su
    sueño.»

    011:012 Entonces los discípulos dijeron, «Señor, si yace dormido, se
    recobrará.»

    011:013 Jesús hablaba de su muerte, pero ellos pensaban que hablaba de
    descansar durmiendo.
    011:014 Así que Jesús les dijo directamente, «Lázaro está muerto.
    011:015 Por el bien de ustedes, me alegra no haber estado allí, para
    que puedan creer. Por esto, vamos donde él.»

    011:016 Entonces Tomas, que era llamado dídimo[131], dijo a los
    discípulos, «Vayamos también, para poder morir con Él.»

    011:017 Así que cuando Jesús fue, encontró que Lázaro ya llevaba
    cuatro días en la tumba.
    011:018 Betania estaba cerca a Jerusalén, como a quince estadios[132]
    de distancia.
    011:019 Muchos de los Judíos se habían unido a las mujeres que
    rodeaban a Marta y Maria, para consolarlas por lo concerniente
    a su hermano.
    011:020 Entonces cuando Marta escucho que Jesús venía, fue a
    encontrarlo, pero Maria se quedó en la casa.
    011:021 Entonces Marta le dijo a Jesús, «Señor, si hubieras estado
    aquí, mi hermano no hubiera muerto.
    011:022 Aunque yo ahora se, que cualquier cosa que le pidas a Dios,
    Dios te la concederá.»
    011:023 Jesús le dijo, « Tu hermano resucitará.»

    011:024 Marta le dijo, «Se que él resucitará en la resurrección del
    último día.»

    011:025 Jesús le dijo, «Yo soy la resurrección y la vida. Aquel que
    crea en mí vivirá, incluso si muere.
    011:026 Cualquier que viva y crea en mí no morirá nunca. ¿Crees
    esto?»

    011:027 Ella le dijo, «Si, Señor. He llegado a creer que tu eres
    Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

    011:028 Cuando había dicho esto, se fue, y llamó en secreto a María,
    su hermana, diciendo, «El Maestro está aquí, y te está
    llamando.»

    011:029 Cuando ella escucho esto, se levantó rápidamente y fue donde
    Él.
    011:030 Jesús aún no había llegado a la villa, sino que estaba en el
    sitio en el que Marta lo había encontrado.
    011:031 Entonces cuando los Judíos que estaba con ella en la casa, y
    que la consolaba, vieron que Maria se levantaba rápidamente y
    salia, la siguieron, diciendo, «Va a la tumba a llorara allí.»
    011:032 Entonces cuando Maria fue donde Jesús estaba, y lo vio, cayó a
    sus pies, diciéndole, «Señor, si hubieras estado aquí, mi
    hermano no hubiera muerto.»

    011:033 Cuando Jesús la vio llorando, junto con los Judíos que venían
    llorando con ella, suspiró en el espíritu, se conmovió,
    011:034 y dijo, « ¿Donde lo han dejado?»
    Le dijeron, «Señor, ven y mira.»

    011:035 Jesús lloró.

    011:036 Entonces los Judíos dijeron, «¡Miren cuanto afecto tenía por
    él!»
    011:037 Algunos de ellos dijeron, «¿No podría este hombre, que abrió
    los ojos del que estaba ciego, también haber evitado que este
    hombre muriera?»

    011:038 Jesús entonces, nuevamente suspirando en su interior, fue a la
    tumba, que estaba tapada con una piedra.
    011:039 Jesús dijo, «Retiren la piedra.»
    Marta, la hermana del que estaba muerto, le dijo, «Señor, en
    este momento debe oler mal, porque lleva cuatro días muerto.»

    011:040 Jesús le dijo, «¿No te dije que si creías, verías la gloria de
    Dios?»

    011:041 Así que corrieron la piedra del sitio donde el muerto yacía.
    Jesús levantó sus ojos, y dijo, «Padre, te agradezco por
    haberme escuchado.
    011:042 Se que siempre me escuchas, pero a causa de la multitud que me
    rodea digo esto, para que puedan creer que Tu me enviaste.»
    011:043 Después de decir esto, grito con fuerte voz, «¡Lázaro, sal!»

    011:044 El que había estado muerto salió, con manos y pies envueltas
    en vendas y su rostro envuelto en tela.
    Jesús les dijo, «Libérenlo, y permítanle andar.»

    011:045 Así que muchos de los Judíos que fueron donde María y vieron
    lo que Jesús hizo, creyeron en Él.
    011:046 Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos, y les
    contaron lo que habían hecho Jesús.
    011:047 Entonces los jefes de los sacerdotes y los fariseos se
    reunieron en un consejo y dijeron, «¿Que vamos a hacer? Pues
    este hombre hace muchas señales.
    011:048 Si lo dejamos sólo así, todos creerán en Él, y los romanos
    vendrán y nos arrebatarán tanto nuestro sitio[133] como
    nuestra nación.»

    011:049 Pero uno de ellos, Caifás, siendo el sumo sacerdote ese año,
    les dijo, «No saben nada,
    011:050 ni consideran que es ventajoso para nosotros[134] que un
    hombre muera por la gente, para que la nación entera no
    perezca.»
    011:051 Él no hablaba por si mismo, sino que siendo sumo sacerdote ese
    año, profetizaba[135] que Jesús moriría por la nación,
    011:052 y no solamente por la nación, sino que agruparía en uno a los
    hijos de Dios que están dispersos.
    011:053 Así que desde ese día decidieron que lo matarían.
    011:054 Entonces Jesús no volvió a caminar abiertamente entre los
    Judíos, sino que salió de allí a una tierra cercana en el
    desierto, a una ciudad llamada Efraín. Allí se quedó con sus
    discípulos.

    011:055 Ocurrió que la pascua de los judíos estaba cerca. Muchos
    fueron de los campos a Jerusalén antes de la pascua, para
    purificarse.
    011:056 Buscaban a Jesús y se decían unos a otros, mientras estaban en
    el templo, «Qué piensas, ¿Será que viene a la fiesta?»
    011:057 Los jefes de los sacerdotes y los fariseos habían ordenado que
    si alguno sabía donde estaba Él, debía reportarlo, para poder
    capturarlo.

    12

    012:001 Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde
    estaba Lázaro, el que había estado muerto, y fue resucitado de
    la muerte.
    012:002 Así que le hicieron una cena allí. Marta sirvió, mientras
    Lázaro era uno de los que se sentaron a la mesa con Él.
    012:003 María, entonces tomó una libra[136] de ungüento de nardo puro,
    muy costoso, y ungió los pies de Jesús, y seco los pies con su
    cabello. La casa se llenó de la fragancia del ungüento.
    012:004 Entonces Judas Iscariote, el hijo de Simón, uno de sus
    discípulos, quien lo traicionaría, dijo,
    012:005 «¿Por qué no fue vendido este ungüento por trescientos
    denarios[137], para darlo a los pobres?»
    012:006 Dijo esto, no porque le importaran los pobres, sino porque era
    un ladrón, y teniendo la caja del dinero, solía robar lo que
    allí se ponía.
    012:007 Pero Jesús le dijo, «Déjala en paz. Ella ha guardado esto para
    el día de mi entierro.
    012:008 Porque siempre tendrán a los pobres con ustedes, pero no
    siempre me tendrán a mí.»

    012:009 Entonces una gran multitud de los judíos se enteró de que Él
    estaba allí y fueron, no solo por Jesús sino porque de pronto
    podrían ver a Lázaro a quien Jesús había resucitado de la
    muerte.
    012:010 Pero los jefes de los sacerdotes conspiraban para asesinar
    también a Lázaro,
    012:011 porque por él muchos de los judíos se separaron y creyeron en
    Jesús.

    012:012 Al día siguiente una gran multitud fue a la fiesta. Cuando
    escucharon que Jesús iba hacia Jerusalén,
    012:013 tomaron ramas de las palmeras, y salieron a encontrarlo,
    gritando, «!Hosanna! !Bendito es el que viene en el nombre del
    Señor, el Rey de Israel!»

    012:014 Jesús, habiendo encontrado un burro joven, se sentó en este.
    Como está escrito,
    012:015 «No te asustes, hija de Sión[138]. Observa, tu Rey viene,
    sentado sobre un burro joven.»
    012:016 Sus discípulos no entendieron estas cosas al comienzo, pero
    cuando Jesús fue glorificado, recordaron que estas cosas
    estaban escritas sobre Él, y que ellos habían hecho esto[139].
    012:017 La multitud que había estado con Él cuando llamó a Lázaro para
    que saliera de la tumba y lo resucitó de la muerte, estaba
    dando testimonio de esto.
    012:018 También por esta razón mucha gente fue a encontrarlo, porque
    habían escuchado que Él había realizado tal señal.
    012:019 Los Fariseos entonces se dijeron entre ellos, «Miren como no
    han logrado nada. Observen, el mundo vas tras Él.»

    012:020 Ocurrió que había algunos griegos[140] entre la gente que
    habían ido a alabar durante la fiesta.
    012:021 Estos, entonces, fueron donde Felipe, quien era de Betsaida de
    Galilea, y le pidieron «Señor, queremos ver a Jesús.»
    012:022 Felipe fue y le contó a Andrés y él fue con Felipe a
    contárselo a Jesús.
    012:023 Jesús les contestó, «El tiempo para que el hijo del hombre sea
    glorificado ha llegado.
    012:024 Yo les aseguro, a no ser que un grano de trigo caiga en la
    tierra y muera, permanecerá solo. Pero si muere da muchos
    frutos.
    012:025 Aquel que ama su vida la perderá. Quien odia su vida en este
    mundo la mantendrá hasta la vida eterna.
    012:026 Si alguno me sirve, que me siga. Donde yo este, estará el que
    me sirva. Si alguno me sirve el Padre lo honrará.

    012:027 «Ahora mi alma está perturbada. ¿Qué debo decir `Padre,
    sálvame de este momento?´ Pero por esta causa llegue a este
    momento.
    012:028 ¡ Padre, glorifica tu nombre!»
    Entonces vino una voz del cielo diciendo, «Yo lo he
    glorificado y lo glorificaré de nuevo.»

    012:029 La multitud que estaba allí y la escuchó dijo que había
    tronado. Otros dijeron, «Un ángel le ha hablado.»

    012:030 Jesús contestó,«Esta voz no ha venido por mi causa sino por la
    de ustedes.
    012:031 Ahora es el juicio de este mundo. Ahora el príncipe de este
    mundo será expulsado.
    012:032 Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a mi.»
    012:033 Pero él dijo esto, refiriéndose a la forma de su muerte.
    012:034 La multitud le contestó, «Hemos escuchado de la ley que el
    Cristo[141] permanece para siempre. ¿Cómo dices que `El Hijo
    del Hombre debe ser levantado?´ ¿Quién es este Hijo del
    Hombre?»

    012:035 Entonces Jesús les dijo,«La luz aún estará con ustedes un poco
    más. Caminen mientras tengan la luz, para que la oscuridad no
    los sorprenda. Aquel que camina en la oscuridad no sabe a
    donde va.
    012:036 Mientras tengan la luz crean en ella, para que puedan
    convertirse en niños de la luz[142].» Jesús dijo estas cosas,
    se alejó y se escondió de ellos.
    012:037 Pero aunque Él había hecho tantas señales ante ellos, ellos
    aún no creían en Él,
    012:038 pues la palabra del profeta Isaías se tenía que cumplir, él
    dijo
    «Señor, ¿quién ha creído nuestro reporte?¿A quién ha sido
    revelado el brazo del Señor?»
    012:039 Por esta razón no podían creer, pues Isaías también dijo,

    012:040 Han[143] enceguecido sus ojos y han endurecido sus corazones[
    144], Para que no puedan ver con sus ojos, ni percibir con sus
    corazones, para que no regresen a mí, y que Yo no los sane.»
    012:041 Isaías dijo estas cosas cuando vio su gloria[145] y habló de
    Él.
    012:042 A pesar de esto muchos de los dirigentes creyeron en Él, pero
    por los fariseos no lo confesaban para no ser expulsados de
    las sinagogas,
    012:043 pues amaban mas la honra dada por los hombres que la dada por
    Dios.

    012:044 Jesús grito y dijo,«Quien crea en mí, no cree en mí[146] sino
    en el que me envió.
    012:045 El que me ve, ve al que me envió.
    012:046 He venido como una luz al mundo, para que el que crea en mi no
    permanezca en la oscuridad.
    012:047 Si alguien escucha mis palabras y no cree, no lo juzgo. Pues
    yo no vine a juzgar al mundo sino a salvarlo.
    012:048 Aquel que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo
    juzgue. La misma palabra que yo hablé lo juzgarán en el último
    día.
    012:049 Pues yo no hablé por mi cuenta, sino que el Padre que me
    mandó, me ordenó lo que debería decir y hablar[147].
    012:050 Yo se que su mandamiento es vida eterna. Por esto las cosas
    que yo hablo las digo tal como el Padre me lo ha indicado.»

    13

    013:001 Era antes de la fiesta de la pascua, Jesús sabía que su hora
    había llegado, que partiría de este mundo hacia el Padre,
    habiendo amado a los suyos de este mundo, y amándolos hasta el
    final.
    013:002 Después de la cena, el diablo ya había puesto en el corazón de
    Judas Iscariote, el hijo de Simón, que lo traicionaría,
    013:003 Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en
    sus manos[148], y que venía de Dios e iba hacia Dios,
    013:004 se levantó de la mesa, puso a un lado su vestido. Tomó una
    toalla, y la envolvió alrededor de su cintura.
    013:005 Entonces vertió agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies
    de los discípulos[149], y a secarlos con la toalla que
    llevaba.
    013:006 Entonces llego a Simón Pedro. Él le dijo, «¿Señor, lavas mis
    pies?»

    013:007 Jesús le contestó, «No sabes lo que hago ahora, pero lo
    entenderás después.»

    013:008 Pedro le dijo, «¡Nunca lavarás mis pies!»
    Jesús le contestó, «Si no lavo tus pies, no tomarás parte
    conmigo.»

    013:009 Simón Pedro le dijo, «¡Señor, en ese caso[150] no sólo mis
    pies, sino que también mis manos y mi cabeza!»

    013:010 Jesús le dijo, «Quien se ha bañado sólo necesita que se laven
    sus pies, para quedar completamente limpio. Tu estás limpio,
    pero no todos ustedes.»
    013:011 Porque Él conocía al que lo traicionaría, entonces dijo, «No
    todos ustedes están limpios.»
    013:012 Después de haber lavado su pies, se puso su abrigo, se sentó
    de nuevo y les dijo«¿ Saben lo que les he hecho?
    013:013 Me llaman, `Maestro´ y `Señor.´ Lo dicen correctamente pues
    eso soy.
    013:014 Entonces si yo, el Señor y el Maestro, he lavado sus pies,
    ustedes también deberían lavárselos unos a otros.
    013:015 Pues les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan tal como
    les he hecho.
    013:016 Con seguridad les digo, un sirviente no es más grande que su
    señor, ni el que es enviado es más grande que quien lo envió.
    013:017 Si saben estas cosas, benditos son si las hacen.
    013:018 No hablo con respecto a todos ustedes. Conozco a quienes he
    escogido. Pero para que la escritura se cumpla, `Aquel que
    come pan conmigo ha levantado el talón contra mí[151].´
    013:019 Desde ahora, antes de que ocurra se los digo, para que cuando
    ocurra ustedes puedan creer que YO SOY.
    013:020 Con seguridad les digo, aquel que recibe a cualquiera que yo
    haya enviado; me recibe a mí; y aquel que me recibe a mí,
    recibe al que me envió.»

    013:021 Mientras Jesús decía esto, su espíritu se perturbó, y dio
    testimonio, «Con seguridad les digo que uno de ustedes me
    traicionará.»

    013:022 Los discípulos se miraron unos a otros, preguntándose sobre
    quién hablaba.
    013:023 Uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba, estaba en la mesa,
    inclinado contra el pecho de Jesús[152].
    013:024 Entonces por señas [153], Simón Pedro le dijo, «Dinos quien es
    aquel de quien Él habla.»

    013:025 Inclinándose de nuevo como estaba, sobre el pecho de
    Jesús[154] le preguntó, «Señor, ¿Quién es?»

    013:026 Entonces Jesús le contestó, «Es aquel a quien yo de este
    pedazo de pan después de remojarlo.» Así que cuando había
    remojado el pedazo de pan, se lo entregó a Judas, el hijo de
    Simón Iscariote.
    013:027 Entonces, después de recibir[155] el pedazo de pan, satán
    entró en él.
    Entonces Jesús le dijo, «Lo que vas a hacer, hazlo pronto.»

    013:028 Ninguno de la mesa sabía porque le decía esto.
    013:029 Cómo Judas tenía la caja del dinero, algunos pensaron que
    Jesús le decía «Compra las cosas que necesitamos para la
    fiesta,» o que debería dar algo a los pobres.
    013:030 Entonces, habiendo recibido el pedazo de pan, salió de
    inmediato. Era de noche.

    013:031 Cuando se había ido, Jesús dijo, «Ahora el Hijo del Hombre ha
    sido glorificado[156], y Dios ha sido glorificado en Él.
    013:032 Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también lo glorificará
    en si mismo, y lo glorificará de inmediato.
    013:033 Niñitos, estaré con usted un poco más. Me buscarán, y como le
    dije a los Judíos, `A donde voy ustedes no pueden ir,´ así que
    ahora les digo.
    013:034 Les doy un nuevo mandamiento, que se amen los unos a los
    otros, como yo los he amado; que así se amen unos a otros.
    013:035 Por esto todos sabrán que ustedes son mis discípulos, si
    tienen amor unos por otros.»

    013:036 Simón Pedro le dijo, «Señor, ¿A donde vas?»
    Jesús le contestó «A donde voy, no me puedes seguir ahora,
    pero me seguirás después[157].»

    013:037 Pedro le dijo, «Señor, ¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo
    daré mi vida por ti.»

    013:038 Jesús le contestó, «¿Darás tu vida por mi? Con seguridad te
    digo, el gallo no habrá cantado tres veces sino hasta que me
    hayas negado tres veces.

    14

    014:001 «Que tu[158] su corazón no se angustie. Cree en Dios. Cree
    también en mí.
    014:002 En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera
    así, yo te lo diría. Voy a preparar un lugar para ti.
    014:003 Si yo voy y preparo un lugar para ti, volveré y te recibiré yo
    mismo; para que donde yo este, ustedes también puedan estar.
    014:004 Ustedes saben a donde voy y conocen el camino.»

    014:005 Tomás le dijo, «Señor no sabemos a donde vas. ¿Cómo podríamos
    saber el camino?»

    014:006 Jesús le dijo, «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie
    llega al Padre, excepto a través de mi.
    014:007 Si ustedes me hubieran conocido, habrían conocido a mi Padre
    también. Desde ahora, ustedes lo conocen, y lo han visto.»

    014:008 Felipe le dijo, «Señor, muestranos al Padre, y eso será
    suficiente para nosotros.»

    014:009 Jesús le dijo, «He estado con ustedes tanto tiempo, ¿Y no me
    conoces, Felipe? Aquél que me ha visto a mí, ha visto al
    Padre. ¿ Cómo es que dices, `Muestranos al Padre?´
    014:010 ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las
    palabras que les digo, no las digo por mi mismo; sino mi Padre
    quien vive en mí que hace sus obras.
    014:011 Creánme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; o en otro
    caso creánme por causa de las obras.
    014:012 Con seguridad les digo, aquel que crea en mí, en las obras que
    hago, también hará; y hará obras más grandes que estas, porque
    yo voy a mi Padre.
    014:013 Cualquier cosa que pidan en mi nombre, eso haré, para que el
    Padre pueda ser glorificado en el Hijo.
    014:014 Si piden algo en mi nombre, eso haré.
    014:015 Si me aman, sigan mis mandamientos.
    014:016 Yo oraré al Padre, y Él les dará otro Consejero[159] que podrá
    estar con ustedes por siempre,
    014:017 el Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir;
    porque no lo ha visto[160], ni lo conoce. Ustedes lo conocen,
    porque vive con ustedes, y estará en ustedes.
    014:018 No los dejaré huérfanos. Vendré a ustedes[161].
    014:019 Un corto tiempo más, y el mundo no me verá más; pero ustedes
    me verán. Porque yo vivo, ustedes vivirán también.
    014:020 Ese día ustedes sabrán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en
    mí, y yo en ustedes.
    014:021 Aquel que tenga mis mandamientos y los siga, esa persona es
    quien me ama. Quien me ama será amado por mi Padre, y yo lo
    amaré, y me revelaré ante él.»

    014:022 Judas (no Iscariote) le dijo, «Señor, ¿Qué ha pasado, para que
    te reveles a nosotros, pero no al mundo?»

    014:023 Jesús le contestó, «Si alguien me ama, Mi Padre lo amará, y
    nosotros iremos a él, y haremos nuestra casa con él[162].
    014:024 Quien no me ama, no sigue mis palabras. La voz que ustedes
    oyen no es la mía, sino del Padre que me envió.
    014:025 Les he dicho estas cosas mientras aún estoy viviendo con
    ustedes.
    014:026 Pero el Consejero[163], el Espíritu Santo, a quien el Padre
    enviará en mi nombré, Él les enseñará todas las cosas, y les
    recordará todo lo que les he dicho.
    014:027 Dejo Paz en ustedes. Les doy mi Paz; se las doy no como el
    mundo la da. No dejen que sus corazones se angustien, ni
    tengan miedo[164 ].
    014:028 Ustedes escucharon que les dije, `Me voy, y vendré a ustedes.´
    Si ustedes me amaran, ustedes se regocijarían, porque dije
    `Voy al Padre;´ pues el Padre es más grande que Yo.
    014:029 Les he dicho esto antes de que ocurra, para que cuando ocurra,
    ustedes puedan creer.
    014:030 No hablaré mucho más con ustedes, porque el príncipe del mundo
    viene, pero él no tiene nada en mí[165].
    014:031 Pero que el mundo sepa que amo al Padre, y el Padre me ha
    ordenado, y así obró. Levantémonos, vámonos de aquí.

    15

    015:001 «Soy la verdadera vid[166], y mi Padre es el sembrador.
    015:002 Toda rama de mi que no da fruto, Él la retira. Toda rama que
    da fruto, Él la poda[167] para que pueda dar más frutos.
    015:003 Ustedes ya están podados por la palabra que les he dicho.
    015:004 Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como la rama no puede
    dar fruto por si misma, a menos que permanezca en la vid, así
    ustedes tampoco pueden, a menos que permanezcan en mí.
    015:005 Soy la vid. Ustedes son las ramas. Quien permanezca en mí, y
    yo en él, dará muchos frutos, porque apartados de mí ustedes
    no pueden hacer nada.
    015:006 Si alguien no permanece en mí, será arrojado como una rama
    seca[168]; y los recogerán, los arrojarán al fuego y
    arderán[169].
    015:007 Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en
    ustedes[170], pidan cualquier cosa que deseen, y se les
    realizará.

    015:008 «En esto se da gloria a mi Padre, que ustedes den muchos
    frutos; y que así sean mis discípulos.
    015:009 Así como mi Padre me ha amado, así también los he amado.
    Mantenganse en mi amor.
    015:010 Si siguen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; tal como
    yo he seguido los mandamientos de mi Padre, y me mantengo en
    su amor.
    015:011 Les he dicho estas cosas, para que la felicidad perdure en
    ustedes, y para que su felicidad pueda ser completa.

    015:012 «Este es mi mandamiento, que se amen unos a otros, como yo los
    he amado.
    015:013 Nadie puede tener más amor, que quien entrega su vida por sus
    amigos.
    015:014 Ustedes son mis amigos, si hacen cualquier cosa que les
    ordene.
    015:015 No los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que su señor
    hace. Sino que los he llamado amigos, porque todo lo que he
    oído de mi padre, se los he dado a conocer.
    015:016 Ustedes no me escogieron, sino que yo los escogí, para que
    fueran y dieran fruto, y para que su fruto se mantuviera; para
    que el Padre pueda darles cualquier cosa que pidan en mi
    nombre.

    015:017 «Les ordeno esto, que se amen unos a otros.
    015:018 Si el mundo los odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a
    ustedes.
    015:019 Si fueran del mundo, el mundo amaría a los suyos. Pero como no
    son del mundo, porque yo los he elegido fuera del mundo[171],
    entonces el mundo los odia.
    015:020 Recuerden la palabra que les dije: `Un siervo no es más grande
    que su señor.´ Si me persiguieron, también los perseguirán.
    Los que sigan mi palabra, también seguirán la de ustedes.
    015:021 Pero todas estas cosas se las harán por causa de mi nombre,
    porque no conocen a quien me envió.
    015:022 Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, ellos no
    habrían pecado; pero ahora no tienen excusa para su pecado.
    015:023 Aquel que me odia a mí, odia a mi Padre también.
    015:024 Si yo no hubiera hecho entre ellos las obras que nadie más
    hizo, no habrían pecado. Pero ahora que han visto, también nos
    han odiado al Padre y a mí.
    015:025 Pero esto ha ocurrido para que la palabra que estaba escrita
    en su ley se cumpliera, `Me odiaron sin causa alguna.´

    015:026 «Cuando venga el Consejero , el espíritu de la Verdad que
    procede del Padre, a quien les enviaré desde el Padre, Él dará
    testimonio sobre mí.
    015:027 Ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo
    desde el comienzo.

    16

    016:001 «Les he dicho estas cosas, para que no tropiecen[172].
    016:002 Los sacarán de las sinagogas. Sí, vendrá el tiempo en el que
    cualquiera que los mate, pensará que ofrece un servicio a
    Dios.
    016:003 Harán estas cosas[173] porque no han conocido ni al Padre, ni
    a mí.
    016:004 Pero les he dicho estas cosas, para que cuando llegue el
    tiempo, puedan recordar que se las había dicho. No les dije
    estas cosas desde el comienzo, porque estaba con ustedes.
    016:005 Pero ahora me voy donde aquel que me envió, ¿Ninguno de
    ustedes me pregunta, `A donde vas?´
    016:006 Como les he dicho estas cosas, la preocupación ha embargado
    sus corazones.
    016:007 Sin embargo les digo la verdad: Es ventaja para ustedes que yo
    me vaya, porque si yo no me fuera, el Consejero no vendría a
    ustedes. Pero si me voy, se los enviaré.
    016:008 Cuando venga, condenará[ 174] al mundo por el pecado, por la
    rectitud y por el juicio;
    016:009 por el pecado, porque no creen en mí;
    016:010 por la rectitud, porque voy al Padre y no me verán más;
    016:011 por el juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido
    juzgado[175].

    016:012 «Tengo aún muchas cosas por decirles, pero ustedes no pueden
    soportarlas ahora.
    016:013 Pero cuando Él, el Espíritu de la Verdad, haya venido, Él los
    guiará a la verdad completa, porque no hablará por si mismo;
    sino que el hablará todo lo que escuche. Él les declarará
    cosas que vendrán.
    016:014 Él me glorificará, porque tomará de lo que es mio, y se los
    declara.
    016:015 Todas las cosas que el Padre tiene son mías; por esto les dije
    que Él toma[176] de lo que es mio, y se los declarará.
    016:016 Un poco más, y ya no me verán. Otro poco más y me
    verán[177].»

    016:017 Entonces algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros,
    «¿Qué es esto que Él nos dice, `Un poco más y ya no me verán.
    Otro poco más y me verán;´ y `Porque voy al Padre?´»
    016:018 Entonces dijeron, «¿ Que es esto que dice, `Un poco más?´ No
    sabemos de lo que habla.»

    016:019 Entonces Jesús percibió que ellos querían preguntarle, y les
    dijo, «¿Se preguntan entre ustedes sobre esto, que les he
    dicho, `Un poco más, y ya no me verán. Otro poco más y me
    verán?´
    016:020 Yo les aseguro, que llorarán y se lamentarán pero el mundo se
    alegrará. Estarán tristes pero su tristeza se convertirá en
    alegría.
    016:021 Una mujer cuando da a luz siente preocupación porque ha
    llegado su hora. Pero cuando ha traído al niño, no recuerda su
    angustia, por la alegría del nacimiento de un ser humano en el
    mundo.
    016:022 Entonces ustedes ahora sienten preocupación, pero los veré de
    nuevo, y sus corazones se alegrarán, y nadie les podrá quitar
    la felicidad.

    016:023 «Ese día no me harán preguntas. Con seguridad les digo,
    cualquier cosa que pidan al Padre en mi nombre, Él se la dará.
    016:024 Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan, y
    recibirán, para que su felicidad pueda ser completa.
    016:025 Les he dicho estas cosas en parábolas[178]. Pero se acerca el
    tiempo en el que no les hablaré más con parábolas, sino que
    les hablaré directamente sobre el Padre.
    016:026 En ese día, pedirán en mi nombre; y no les diré que oraré al
    Padre por ustedes,
    016:027 pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado, y
    han creído que vine de Dios.
    016:028 He venido del Padre[ 179], y he venido al mundo. De nuevo dejo
    el mundo y voy al Padre.»

    016:029 Sus discípulos le dijeron, «Observa, ahora hablas
    directamente, y no hablas con parábolas.
    016:030 Ahora sabemos que sabes todas las cosas, y no necesitas que
    nadie te pregunte. Por esto creemos que tu has venido del
    Padre.»

    016:031 Jesús les contestó, «¿Ahora creen?
    016:032 Observen, la hora se acerca, sí, ha llego, cuando ustedes se
    dispersarán, cada uno a su propio sitio, y me dejarán sólo.
    Pero no estoy sólo porque el Padre está conmigo.
    016:033 Les he dicho estas cosas, para que puedan tener paz en
    mí[180]. En el mundo tienen opresión, ¡Pero anímense! He
    conquistado el mundo.»

    17

    017:001 Jesús dijo estas cosas, y levantando los ojos al cielo dijo, «
    Padre el momento ha llegado. Glorifica a tu Hijo, que tu Hijo
    también te pueda glorificar;
    017:002 así como le diste autoridad sobre toda carne, Él dará vida
    eterna a todos los que le has dado.
    017:003 Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti el único y
    verdadero Dios, y a aquel a quien enviaste, Jesús Cristo.
    017:004 Yo te glorifique en la tierra. He logrado la labor que me has
    puesto.
    017:005 Ahora Padre, glorifícame contigo mismo, con la gloria que yo
    tenía antes de que el mundo existiera.
    017:006 Yo le revelé tu nombre a las personas que me has dado del
    mundo. Eran tuyos y me los has dado a mí. Ellos le han hecho
    caso a tu palabra.
    017:007 Ahora ellos saben que todas las cosas que me has dado vienen
    de ti[181],
    017:008 pues las palabras que me has dado se las he dado a ellos, y
    ellos las recibieron, y se aseguraron de que yo venía de ti, y
    han creído que tu me has enviado.
    017:009 Rezo por ellos. No rezo por el mundo sino por aquellos que me
    has dado, pues ellos son tuyos.
    017:010 Todas las cosas que son mías son tuyas, y las tuyas son mías,
    y yo estoy glorificado en ellas.
    017:011 Yo no seguiré en el mundo pero ellos si, yo voy a ti. Padre
    Santo, cuídalos en tu nombre el cual me has dado a mí, que
    sean uno así como nosotros lo somos.
    017:012 Mientras que estaba en el mundo con ellos los mantuve en tu
    nombre. Los que me has dado los he mantenido. Ninguno está
    perdido, excepto el hijo de la destrucción, para que la
    escritura se cumpliera.
    017:013 Pero ahora voy a Ti, y digo estas cosas en el mundo, para que
    puedan completar en ellos mi felicidad[182].
    017:014 Les he dado tu palabra. El mundo los ha odiado, porque no son
    del mundo, así como yo no soy del mundo.
    017:015 No oro para que los saques del mundo, sino para que los cuides
    del maligno.
    017:016 No son del mundo así como yo tampoco soy del mundo.
    017:017 Santifícalos[183] en tu verdad. Tu palabra es verdad.
    017:018 Tal como me enviaste al mundo, así los he enviado a ellos al
    mundo.
    017:019 Por su causa me santifico a mi mismo, para que ellos mismos
    puedan ser santificados en la verdad.
    017:020 No sólo por ellos oro, sino también por aquellos que creen en
    mí por medio de su palabra,
    017:021 que todos puedan ser uno; así como tu, Padre, estás en mí y yo
    en ti, que ellos también puedan ser uno en nosotros; para que
    el mundo pueda creer que tu me enviaste.
    017:022 La gloria que me has dado, se las he dado a ellos; para que
    puedan ser uno, así como nosotros somos uno;
    017:023 Yo en ellos, y tu en mí, para que puedan ser perfeccionados en
    uno; que el mundo pueda saber que tu me enviaste, y que los
    amaste, así como me amaste.
    017:024 Padre, también deseo que aquellos que me has dado, estén
    conmigo donde yo este, que puedan ver mi gloria, la cual tu me
    has dado, porque me amabas desde antes de la fundación del
    mundo.
    017:025 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocía; y
    ellos supieron que tu me enviaste.
    017:026 Les he dado a conocer tu nombre, y lo haré conocido; para que
    el amor con el que me has amado pueda estar en ellos, y yo en
    ellos.»

    18

    018:001 Cuando Jesús había dicho estas palabras, paso con sus
    discípulos sobre el puente Cedrón, donde había un jardín, al
    cual Él y sus discípulos entraron.
    018:002 Ocurrió que Judas, quien lo traicionó, también conocía el
    lugar, porque Jesús lo frecuentaba con sus discípulos.
    018:003 Entonces Judas, habiendo tomado una tropa de soldados y
    oficiales de los sacerdotes jefes y de los fariseos, fue allí
    con linternas, antorchas y armas.
    018:004 Jesús, sabiendo todas las cosas que le ocurrirían, avanzó y
    les dijo, «¿A quién buscan?»

    018:005 Le contestaron, «A Jesús de Nazaret.»
    Jesús les dijo, «YO SOY.»
    También Judas, quien lo traicionó, estaba con ellos.
    018:006 Y cuando Él les dijo «YO SOY», retrocedieron y cayeron al
    piso.

    018:007 De nuevo les pregunto Jesús, «¿A quién buscan?»
    Ellos dijeron, «Jesús de Nazaret.»

    018:008 Jesús les dijo, «Ya les dije que YO SOY. Entonces si me buscan
    a mí, dejen que estos sigan su camino,»
    018:009 para que se cumpliera la palabra[184] que dice, «De aquellos
    que me has dado, no he perdido ninguno.»

    018:010 Entonces Simón Pedro, quien tenía una espada, la sacó, y le
    dio al siervo del sumo sacerdote, cortando su oreja derecha.
    El nombre del siervo era Malco.
    018:011 Entonces Jesús le dijo a Pedro, «Pon la espada en su funda.
    ¿Acaso no debo beber la copa que el Padre me ha dado?»

    018:012 Entonces los soldados, el oficial a cargo y los oficiales de
    los judíos, apresaron a Jesús, lo ataron,
    018:013 y lo condujeron primero donde Anás, pues él era el suegro de
    Caifás, quien era el sumo sacerdote aquel año.
    018:014 Fue Caifás quien aconsejó a los Judíos que era apropiado que
    muriera un hombre por la gente.
    018:015 Simón Pedro siguió a Jesús, así como otro discípulo. Ocurría
    que ese discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró
    junto con Jesús a la corte del sumo sacerdote;
    018:016 pero Pedro permaneció afuera junto a la puerta. El otro
    discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, salió y habló
    a la que cuidaba la puerta, e hizo entrar a Pedro.
    018:017 Entonces la empleada que cuidaba la puerta le dijo a Pedro, «¿
    Eres también uno de los discípulos de ese hombre?»
    Él dijo, «No lo soy.»

    018:018 Los siervos y los oficiales estaba allí, pues habían hecho un
    fuego de carbón porque hacia frío, y permanecían allí
    calentándose. Pedro estaba con ellos y se calentaba.
    018:019 Entonces, el sumo sacerdote le preguntó a Jesús sobre sus
    discípulos y sobre su enseñanza.
    018:020 Jesús le contestó, «Hablé abiertamente al mundo. Siempre
    enseñe en las sinagogas, y en el templo, donde los judíos
    siempre se reúnen. No dije nada en secreto.
    018:021 ¿Por qué me preguntas? Pregúntale a quienes han oído lo que
    les he dicho. Ellos saben las cosas que he dicho.»

    018:022 Cuando dijo esto, uno de los oficiales se levantó y le dio una
    bofetada a Jesús con su mano, diciendo, «¿Le respondes al sumo
    sacerdote así?»

    018:023 Jesús le contestó, «Si he hablado mal, doy testimonio del
    mal[185 ]; pero si lo hice bien ¿Por qué me golpeas?

    018:024 Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.
    018:025 Simón Pedro se quedo allí y se calentaba. Entonces le dijeron,
    «Tu no eres uno de sus discípulos, ¿Lo eres?»
    Él lo negó, y dijo, «No lo soy.»

    018:026 Uno de los siervos del sumo sacerdote, siendo pariente de
    aquel a quien Pero había cortado la oreja, dijo, «¿No te vi en
    el jardín con Él?»

    018:027 Entonces Pedro lo negó de nuevo, y de inmediato el gallo
    cantó.

    018:028 Llevaron a Jesús de donde Caifás a la tienda del Pretor. Era
    temprano, y ellos mismos no entraron a la tienda, para no
    quedar impuros, y poder comer la pascua.
    018:029 Pilato entonces fue donde ellos, y les dijo, «¿Qué acusación
    traen contra este hombre?

    018:030 Le contestaron, «Si este hombre no fuera un malhechor, no te
    lo habríamos entregado.»

    018:031 Pilato entonces les dijo, «Tómenlo ustedes, y júzguenlo de
    acuerdo a su ley.»
    Entonces los judíos le dijeron, «No es legal para nosotros
    condenar a muerte a alguien, »
    018:032 para que la palabra de Jesús se pudiera cumplir, la que dijo,
    señalando la clase de muerte que tendría.

    018:033 Pilato entonces entró de nuevo a la tienda, llamó a Jesús, y
    le dijo, «¿Eres el Rey de los Judíos?»

    018:034 Jesús le contestó, «¿Dices esto por ti mismo, o otros te
    hablaron de mí?»

    018:035 Pilato respondió, «No soy Judío, ¿Acaso lo soy? Tu propia
    nación y los jefes de los sacerdotes te han enviado a mí. ¿Qué
    has hecho?»

    018:036 Jesús le contestó, «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino
    fuero de este mundo, mis siervos pelearían, para que yo no
    fuera entregado a los Judíos. Pero ocurre que mi Reino no es
    de aquí.»

    018:037 Pilato entonces le dijo, «¿Entonces eres un rey?»
    Jesús le contestó, «Dices que soy un rey. Por esta razón he
    nacido, y por esta razón he venido al mundo, para dar
    testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad
    escucha mi voz.»

    018:038 Pilato le dijo, «¿Qué es la verdad?»
    Después de haber dicho esto, fue de nuevo donde los judíos, y
    les dijo, «No encuentro bases para condenarlo.
    018:039 Pero ustedes tienen una costumbre, que yo les libere a alguien
    en la Pascua. Entonces ¿ Quieren que les libere al Rey de los
    Judíos?»

    018:040 Entonces todos gritaron, diciendo, «¡No a este hombre, sino a
    Barrabás!» Ocurría que Barrabás era un ladrón.

    19

    019:001 Así que Pilato tomó a Jesús[186], y lo flageló.
    019:002 Los soldados trenzaron espinas en una corona, la pusieron
    sobre su cabeza y lo vistieron con un manto púrpura.
    019:003 Se mantenían diciendo, «!Salve, Rey de los Judíos¡» y
    golpeándolo.

    019:004 Entonces Pilato salió de nuevo, y les dijo, «Observen, se los
    traigo, para que sepan que no encuentro bases para
    condenarlo.»

    019:005 Entonces Jesús salió, llevando el manto púrpura y la corona de
    espinas. Pilato les dijo, «¡Observen, al hombre!»

    019:006 Entonces cuando los jefes de los sacerdotes y los oficiales lo
    vieron, gritaron diciendo, «¡Crucifícalo¡ ¡Crucifícalo!»
    Pilato les dijo, «Tómenlo ustedes mismos, y crucifíquenlo,
    porque no encuentro bases para condenarlo.»

    019:007 Los judíos le contestaron, «Tenemos una ley, y de acuerdo a
    nuestra ley, Él debe morir, porque se ha creído el Hijo de
    Dios.»

    019:008 Entonces cuando Pilato escuchó esto, se asustó más.
    019:009 Entró a la tienda de nuevo, y le dijo a Jesús, «¿De donde
    eres?» Pero Jesús no le respondió.
    019:010 Pilato entonces le dijo, «¿No me estás hablando? ¿ No sabes
    que tengo el poder para liberarte, y tengo el poder para
    crucificarte?»

    019:011 Jesús le contestó, «No tendrías poder alguno contra mí, si no
    te hubiera sido dado desde arriba[187]. Así que quien me ha
    entregado a ti tiene mayor pecado.»

    019:012 Tras esto, Pilato buscaba liberarlo, pero los Judíos gritaron
    diciendo, «¡Si liberas a este hombre, no eres amigo del Cesar!
    ¡ Cualquiera que se crea rey habla contra el Cesar!»

    019:013 Entonces cuando Pilato escuchó estas palabras, sacó a Jesús,
    se sentó en la silla del juez en un lugar llamado «El
    Pavimento[188],» en Hebreo «Gabbatha.»
    019:014 Era el día de la preparación de la Pascua, era cerca de la
    sexta hora.[189]Le dijo a los Judíos, «¡Observen a su Rey!»

    019:015 Gritaron, «¡Lejos con Él!, ¡Lejos con Él! ¡Crucifícalo¡»
    Pilato les dijo, «¿Debo crucificar a su Rey?»
    Los jefes de los sacerdotes contestaron, «¡No tenemos más rey
    que al Cesar!»

    019:016 Así que se los entregó para que fuera crucificado. Tomaron a
    Jesús y lo sacaron.
    019:017 Salió, cargando su cruz, a un lugar llamado « El sitio de la
    calavera,» que en Hebreo es llamado, «Gólgota,»
    019:018 donde lo crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado,
    y Jesús en el medio.
    019:019 Pilato también escribió un título y lo puso sobre la cruz.
    Decía, «JESÚS DE NAZARET, EL REY DE LOS JUDÍOS.»
    019:020 Entonces muchos de los Judíos leyeron este título, pues el
    lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca a la ciudad; y
    estaba escrito en hebreo, latín y griego.
    019:021 Los jefes de los sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato,
    «No escribas, `El rey de los judíos,´ sino `dijo, soy el rey
    de los Judíos.´»

    019:022 Pilato contestó, «Lo que he escrito, escrito está.»

    019:023 Entonces los soldados, cuando habían crucificado a Jesús,
    tomaron su ropa, hicieron cuatro partes, una para cada
    soldado, y también la túnica. La túnica no tenía junturas, era
    tejida desde la parte de arriba.
    019:024 Entonces se dijeron unos a otros, «No lo dividamos, hagamos un
    sorteo para decidir de quien será,» para que se cumplieran las
    Escrituras, que dicen,
    «Repartieron mi ropa entre ellos. Por mi túnica echaron
    suertes.» Y esto fue lo que hicieron los soldados.
    019:025 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su
    madre, María la mujer de Clofás y María Magdalena.
    019:026 Entonces cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo que amaba
    allí, le dijo a su madre, «¡Mujer, mira a tu hijo¡»
    019:027 Entonces le dijo al discípulo, «¡Observa a tu madre!» Desde
    esa hora, el discípulo la acogió en su casa.

    019:028 Después de esto, Jesús vio[190] que todo estaba hecho. Para
    que las escrituras pudieran completarse, dijo, «Estoy
    sediento.»
    019:029 Había allí un recipiente lleno de vinagre[191], así que
    pusieron una esponja llena de vinagre sobre un hisopo, y se la
    pusieron en la boca.
    019:030 Cuando Jesús recibió el vinagre, dijo, «Está terminado[ 192].»
    Inclinó su cabeza, y entregó su espíritu.

    019:031 Entonces los Judíos, como era el día de la preparación, para
    que los cuerpos no permanecieran en la cruz el día sabático
    (pues el día sabático era especial), le pidieron a Pilato que
    rompiera sus piernas, y que pudieran ser retirados.
    019:032 Entonces los solados fueron y rompieron las piernas del
    primero, y del que estaba crucificado con él;
    019:033 pero cuando fueron donde Jesús, y vieron que ya estaba muerto,
    no rompieron sus piernas.
    019:034 Sin embargo uno de los soldados clavó su costado con una
    lanza, y de inmediato brotaron sangre y agua.
    019:035 Quien ha visto ha dado testimonio y su testimonio es cierto.
    Sabe que dice la verdad, para que ustedes pueda creer.
    019:036 Pues estas cosas ocurrieron para que las Escrituras pudieran
    cumplirse, «Ni uno de sus huesos será roto.»
    019:037 También otra Escritura dice, «Ellos mirarán a aquel que
    cortaron.»

    019:038 Después de esto, José de Arimatea, siendo discípulo de Jesús,
    en secreto por miedo a los judíos, le pidió a Pilato que le
    permitiera llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato le dio permiso.
    Entonces fue y se llevó el cuerpo.
    019:039 Nicodemo, quien había ido donde Jesús en la noche, también fue
    con una mezcla de mirra y aloe, como cien libras [193].
    019:040 Así que se llevaron el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en
    ropas de lino con la mezcla de hierbas de acuerdo a la
    costumbre judía para enterrar.
    019:041 En el lugar donde fue crucificado había un jardín. En el
    jardín había una tumba nueva donde ningún hombre había yacido
    antes.
    019:042 Entonces a causa del día de preparación de los judíos (pues la
    tumba estaba a mano) dejaron a Jesús allí.

    20

    020:001 Ocurrió que el primer día de la semana, María Magdalena fue
    temprano a la tumba, mientras aún estaba oscuro y vio que la
    piedra había sido retirada de la tumba.
    020:002 Entonces corrió y fue donde Simón Pedro, y el otro discípulo a
    quién Jesús amaba, y les dijo, «¡Se han llevado al Señor de la
    tumba, y no sabemos[194] donde lo han dejado!»

    020:003 Entonces Pedro y el otro discípulo salieron, y fueron hacia la
    tumba.
    020:004 Ambos corrieron. El otro discípulo sobrepasó a Pedro, y llegó
    primero a la tumba.
    020:005 Deteniéndose y mirando,vio las ropas de lino allí, pero no
    entró.
    020:006 Entonces Simón Pedro llegó siguiéndolo, y entró a la tumba.
    Vio la ropa de lino
    020:007 y la que había tenido sobre su cabeza, enrollada en otro
    lugar, separada del resto de ropa.
    020:008 Entonces el otro discípulo que había llegado primero también
    entró a la tumba,vio y creyó.
    020:009 Pues hasta entonces no conocían la Escritura, de acuerdo a la
    cual, Él debía resucitar de entre los muertos.
    020:010 Entonces los discípulos fueron de nuevo a sus casas.

    020:011 Pero Maria se mantuvo fuera de la tumba llorando. Mientras
    lloraba, se arrodilló[195], miró en la tumba,
    020:012 y vio dos ángeles vestidos de blanco, uno a la cabeza y otro a
    los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús.
    020:013 Le dijeron, «¿Mujer, por qué estás llorando?»
    Ella les dijo, «Porque se han llevado a mi Señor, y no se
    donde lo han dejado.»
    020:014 Cuando había dicho esto, dio vuelta y vio a Jesús de pie, pero
    no supo que era Jesús.

    020:015 Jesús le dijo, «¿Mujer, por qué estás llorando? ¿A quién
    buscas?»
    Ella, suponiendo que se trataba del jardinero, le dijo,
    «Señor, si te lo has llevado, dime donde lo has puesto, e iré
    a llevármelo.»

    020:016 Jesús le dijo, «María.»
    Ella se volteó y le dijo[196], «¡Rabuni!» que significa
    «¡Maestro!»

    020:017 Jesús le dijo, «No me toques[197], porque aún no he ascendido
    a mi Padre; pero ve donde mis hermanos a decirles, `Estoy
    ascendiendo a mi Padre y Padre de ustedes a mi Dios y Dios de
    ustedes.´»

    020:018 María Magdalena fue y le dijo a los discípulos que había visto
    al Señor, y que Él le había dicho estas cosas.
    020:019 Entonces cuando llegó la tarde, ese día, el primer día de la
    semana, y cuando las puertas del lugar donde estaban reunidos
    los discípulos estaban cerradas por temor a los judíos, Jesús
    llegó, apareció en medio de ellos, y les dijo, «La paz esté
    con ustedes.»

    020:020 Cuando les había dicho esto, les mostró sus manos y su
    costado. Entonces los discípulos se alegraron cuando vieron al
    Señor.
    020:021 Entonces Jesús les dijo de nuevo, «La paz esté con ustedes.
    Así como el Padre me ha enviado, así los envió yo.»
    020:022 Cuando había dicho esto, respiró sobre ellos, y les dijo,
    «¡Reciban al Espíritu Santo!
    020:023 Cualesquiera pecados que perdonen, esos son perdonados[198 ].
    Cualesquiera pecados retengan, esos son retenidos.

    020:024 Pero Tomás, uno de los doce, llamado dídimo, no estaba con
    ellos cuando Jesús llegó.
    020:025 Entonces los otros discípulos le dijeron, «¡ Hemos visto al
    Señor!»
    Pero él les dijo, «A menos que yo vea en sus manos la huella
    de los clavos, y ponga mi mano[199] en su costado, no
    creeré.»

    020:026 Después de ocho días sus discípulos estaban reunidos, y Tomás
    estaba con ellos. Jesús llegó, estando las puertas cerradas,
    apareció en el medio, y dijo, «La paz esté con ustedes.»
    020:027 Entonces le dijo a Tomás, «Acerca tu dedo, mira mis manos.
    Acerca tu mano, ponla en mi costado. No seas incrédulo,
    cree.»

    020:028 Tomás le contestó, «¡Mi Señor y mi Dios!»

    020:029 Jesús le dijo, «Porque me has visto [200], has creído.
    Benditos aquellos que no han visto, y han creído.»

    020:030 Entonces Jesús hizo muchas otras señales en la presencia de
    sus discípulos, que no se escriben en este libro;
    020:031 las que se escriben son para que tu puedas creer que Jesús es
    el Cristo, el Hijo de Dios, y que creyendo, puedas tener vida
    en su nombre.

    21

    021:001 Después de esto, Jesús se reveló nuevamente a sus discípulos
    en el lago de Tiberias. Él se reveló de esta forma.
    021:002 Simón Pedro, Tomás el llamado dídimo, Natanael de Cana en
    Galilea, los hijos de Cebedeo y otros dos discípulos estaban
    reunidos.
    021:003 Simón Pedro les dijo, «Voy a pescar.»
    Ellos le dijeron, «También vamos contigo.» Salieron de
    inmediato y entraron al bote. Esa noche, no pescaron nada.
    021:004 Cuando llegó el día, Jesús estaba en la playa, aunque sus
    discípulos no reconocieron que era Él.
    021:005 Entonces Jesús les dijo, Niños, ¿Tienen algo para comer?
    Ellos le contestaron, «No.»

    021:006 Él les dijo, «Arrojen la red a la derecha del bote, y
    encontrarán algunos.»
    Entonces la arrojaron, y no fueron capaces de sacarla por la
    cantidad de peces.
    021:007 El discípulo al que Jesús amaba le dijo a Pedro, «¡Es el
    Señor!»
    Así que cuando Simón Pedro escuchó que era el Señor, envolvió
    su saco a su alrededor (pues estaba desnudo), y se lanzó al
    mar[201].
    021:008 Los demás discípulos fueron en el botecito (pues no estaban
    lejos de la tierra, sino como a doscientos codos[202] de
    distancia), jalando la red llena de peces.
    021:009 Así que cuando llegaron a tierra, encontraron fuego de
    carbones allí, y pescado puesto en estos, y pan.
    021:010 Jesús les dijo, «Traigan algo del pescado que han cogido.»

    021:011 Simón Pedro fue y sacó la red a tierra, llena de grandes
    pescados, ciento cincuenta y tres; y aún habiendo tantos, la
    red no se rompió.

    021:012 Jesús le dijo, «Vengan y desayunen.»
    Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle «¿Quién
    eres?» sabiendo que era el Señor.

    021:013 Entonces Jesús tomó el pan, se los dio, y así mismo el
    pescado.
    021:014 Esta fue la tercera ocasión en la que Jesús se reveló a sus
    discípulos después de haberse levanto de la muerte.
    021:015 Cuando habían comido su desayuno, Jesús le dijo a Simón Pedro,
    «Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas más que estos?»
    Él le dijo, «Si, Señor; sabes el afecto que siento por ti.»
    Jesús le dijo, «Alimenta mis corderos[203].»
    021:016 Le dijo por segunda vez, «Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas?»
    Él le dijo, «Si, Señor; sabes el afecto que siento por ti.»
    Él le dijo, «Cuida mis ovejas.»
    021:017 Le dijo por tercera vez, «Simón, hijo de Jonás, ¿Sientes
    afecto por mí?»
    Pedro se afligió porque le preguntaba por tercera vez, «¿Me
    tienes afecto?» Él le dijo, «Señor, tu lo sabes todo. Sabes
    que te tengo afecto.»
    Jesús le dijo, «Alimenta mis ovejas[204].
    021:018 Con seguridad les digo, cuando eran jóvenes, se vestían por si
    mismos, y caminaban por donde querían. Pero que son viejos,
    estirarán sus manos y otro los vestirá, y los llevará a donde
    ustedes no quieren ir.»

    021:019 Dijo esto, queriendo decir con que clase de muerte le daría
    gloria a Dios. Después de decir esto, dijo «Sígueme.»

    021:020 Entonces Pedro, dándose vuelta,vio a un discípulo siguiéndolo.
    Este era el discípulo al que Jesús amaba sinceramente, el
    mismo que se había reclinado en el pecho de Jesús en la cena y
    le había preguntado, «¿Señor quien te va a traicionar?»
    021:021 Pedro al verlo, le dijo a Jesús, «Señor, ¿Qué respecto a este
    hombre?»

    021:022 Jesús le dijo, «Si yo deseo que se quede hasta que yo regrese,
    ¿ Qué significa para ti? Tu sígueme. »
    021:023 Entonces entre los hermanos[ 205] empezó a decirse, que ese
    discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría,
    sino que «Si yo deseo que se quede hasta que yo regrese, ¿Qué
    significa para ti?»
    021:024 Este es el discípulo que da testimonio sobre estas cosas, y
    que escribió estas cosas. Sabemos que su testimonio es cierto.
    021:025 Hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, si todas fueran
    escritas, supongo que no habría espacio suficiente en el mundo
    para los libros que se escribirían.

    ————–

    [1] Versión: 0.9. Damos gracias a Dios. Traducción basada
    especialmente en [WEB]. Los nombres en español han sido
    tomados de
    [DiosHablaHoy]. Algunos cambios en la traducción (anotados en
    pies
    de página) se basan en [DieBibel], [DiosHablaHoy], [Peshitta]
    y [
    Elberfelder]. Las comparaciones con [TR], [NU] y [MT] son
    tomadas
    de [WEB] y fueron realizadas por Michael Jhonson. Hasta el
    momento
    han colaborado traduciendo a español, comparando y
    corrigiendo:
    Melissa Giraldo y Vladimir Támara. Puede buscar una versión
    más
    actualizada en http://de.geocities.com/nuestroamigojesus/bdp o
    ayudar a mejorar esta traducción en la lista evangelios-dp a
    la que
    puede suscribirse en:
    http://groups.yahoo.com/group/evangelios-dp

    [2] [Peshitta] dice `Miltha´ con nota al pie de página:
    `"Miltha"
    … puede significar Palabra, Manifestación, Instancia o
    Substancia, entre muchas otras cosas.

    [3] [Peshitta] dice `estaba con Dios.´

    [4] [DieBibel], [DiosHablaHoy], [Peshitta] y [Elberfelder]
    dicen
    `Al comienzo estaba con Dios.´

    [5] La palabra traducida como «subyugó» (katelaben) también
    puede
    ser traducida «comprendido.» Se refiere a atrapar a un enemigo
    para
    acabar con él. [WEB], [Elberfelder] dicen `no la han
    subyugado,´ [
    Peshitta] dice `no la subyugó.´

    [6] [Peshitta] dice `Era la luz de la verdad que ilumina a
    todos
    los que vienen al mundo.´

    [7] [Peshitta] dice `la autoridad.´

    [8] En [DiosHablaHoy] dice bendición tras bendición,
    [DieBibel]
    dice `clemencia tras clemencia,´ [Peshitta] dice `gracia a
    cuenta
    de gracia.´

    [9] En [DiosHablaHoy] dice `El amor y la verdad.´

    [10] [NU] dice "Dios."

    [11] [WEB] dice `que es preferido antes de mí,´ [Peshitta]
    dice
    `pero que está antes de mi,´ esta parte no aparece en
    [Elberfelder]

    [12] En [DiosHablaHoy] dice `al oriente del Jordán,´
    [Peshitta]
    dice `en el cruce del Jordán.´

    [13] [Peshitta] dice `otro día.´

    [14] Esta parte no aparece en [Peshitta].

    [15] 4:00 PM.

    [16] «Mesías» (Hebreo) y «Cristo» (Griego) ambos significan
    «El
    Ungido.» La aclaración `que se interpreta como Cristo´ no
    aparece
    en [Peshitta].

    [17] En [WEB], [Peshitta] dice Jonás, [DiosHablaHoy] y en
    [DieBibel
    ] dice Juan. En [DieBibel] hay un pie de página que dice que
    el
    padre de Pedro en todo el evangelio de Juan es llamado Juan,
    aunque
    es llamado Jonás en Mateo 16,17.

    [18] [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `piedra´ en lugar de
    `Pedro.´
    La aclaración no aparece en [Peshitta], aunque está como pie
    de
    página.

    [19] [Peshitta] dice en nota al pie `Beth-Saida literalmente
    significa "Casa/Lugar de pesca", está situada sobre el lago de
    Galilea.´

    [20] [Elberfelder] dice sólo `conmigo.´

    [21] La traducción `de acuerdo a la forma Judía de purificar´
    concuerda con la de [DieBibel], aunque en [DiosHablaHoy] dice
    `para
    el agua que usan los judíos en sus ceremonias de
    purificación.´

    [22] 2 a 3 metretes son entre 20 y 30 galones de EUA, 16 a 25
    galones imperiales, o entre 75 y 115 litros.

    [23] [Peshitta] y [Elberfelder] dicen `están ebrios.´

    [24] De acuerdo al comentario en Mateo 12,35 de [DieBibel],
    "la
    palabras "hermano" y "hermana" por su uso en arameo, hebreo y
    griego, puede ser abreviación de familiar (e.g primo)".

    [25] La palabra traducida como "de nuevo" aquí y en Juan 3,7
    (anothen) también significa «otra vez» o «desde arriba.»

    [26] La misma palabra griega (pneuma) significa viento,
    aliento y
    espíritu.

    [27] La parte `quien está en el cielo´ no aparece en
    [DieBibel]

    [28] [Peshitta] dice `condenarlo.´

    [29] [Peshitta] dice `dar vida al mundo.´

    [30] [DieBibel] en lugar de `Ellos fueron para ser bautizados´
    dice
    `La gente iba, para ser bautizada.´

    [31] [Peshitta] dice `de un discípulo de Juan con un judío.´

    [32] [DiosHablaHoy] dice `con un hijo.´

    [33] [DiosHablaHoy] dice `al este del Jordán.´

    [34] [Peshitta] agrega `un mensajero que ha sido enviado antes
    de
    Él.´

    [35] `que en verdad es Dios´ es tomada de [DieBibel] que
    concuerda
    con [Elberfelder], [WEB] y [Peshitta] dicen `que Dios es la
    verdad´
    y [DiosHablaHoy] dice `que Dios dice la verdad.´

    [36] En este contexto, la misma palabra puede traducirse como
    «
    desobedece» o «no cree.»

    [37] En [DiosHablaHoy] dice `Los fariseos se enteraron de que
    Jesús
    tenía más seguidores y bautizaba más que Juan.´ El sentido es
    el
    mismo en [DieBibel], [WEB] y [Elberfelder].

    [38] [Elberfelder] dice `un pozo de Jacob.´

    [39] Medio día.

    [40] En [DieBibel] dice de donde provienen los dones de Dios.

    [41] En [DieBibel] dice `que regala vida eterna,´ en
    [DiosHablaHoy]
    dice `brotará en él como un manantial de vida eterna.´

    [42] En [DiosHablaHoy] dice `llega la hora en la que ustedes
    adorarán al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a
    Jerusalén.´

    [43] [DieBibel] dice `porque así el Padre desea ser alabado,´
    [
    DiosHablaHoy] dice lo mismo. Con la traducción escogida
    concuerdan
    [DieBibel], [Peshitta] y [Elberfelder].

    [44] [Peshitta] no incluye la aclaración `aquel que es llamado
    Cristo.´

    [45] [Elberfelder] no dice `¿Qué estás buscando?.´

    [46] [DieBibel] dice `Vivo de un alimento que ustedes no
    conocen.´

    [47] [WEB] dice `cumplir su trabajo,´ [DieBibel], [Peshitta],
    [
    Elberfelder] y [DiosHablaHoy] dicen `completar su trabajo.´

    [48] [Peshitta] dice `maduros.´

    [49] [Peshitta] y [WEB] dicen `el Cristo,´ ni [DieBibel], ni [
    DiosHablaHoy], ni [Elberfelder] lo dicen.

    [50] En [DieBibel] y [Peshitta] dicen `servidor real.´ [
    DiosHablaHoy] dice `oficial del rey.´

    [51] 1:00 P.M.

    [52] [DiosHablaHoy] dice `toda su familia.´

    [53] [Peshitta] no dice `por la puerta de las ovejas.´

    [54] [Peshitta] dice `un lugar de bautismo.´

    [55] [DiosHablaHoy] en lugar de `Betesda´ dice `Betzata.´

    [56] Ni [DieBibel] ni [DiosHablaHoy] agregan al final de 5,3
    `que
    esperaban el movimiento del agua;´ ni la explicación en 5,4,
    aunque
    están en notas al pie de página. [DieBibel] dice que es una
    adición
    a los textos antiguos.

    [57] El día sabático o de descanso era el sábado.

    [58] [Peshitta] dice `había sido presionado por la multitud.´

    [59] En [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `el Hijo del hombre,´
    [
    Peshitta] dice `de hombre.´

    [60] En [DieBibel] dice `juzgo, como escucho del Padre.´

    [61] [WEB] y [Peshitta] dicen `Ustedes han enviado a Juan,´ [
    Elberfelder] dice `Ustedes han sido enviados a Juan.´

    [62] [WEB] dice `no vendrán a mí,´ [Peshitta] dice `no desean
    venir
    a mí.´

    [63] [WEB] dice `en el que recibe gloria de otro,´ [DieBibel]
    dice
    `cuando ustedes reciben la gloria de otro?,´ [Peshitta] dice
    `que
    reciben gloria quienes se alaban unos a otros.´

    [64] [WEB] dice `incluso Moisés.´

    [65] El original dice `mar.´

    [66] [Peshitta] dice `de Tiberius.´

    [67] [WEB] dice tajadas de cebada.

    [68] En [DieBibel] dice `y los distribuyó a la gente,´
    [Peshitta] y
    [Elberfelder] tienen el mismo sentido.

    [69] [Peshitta] agrega `de las cinco tajadas de pan de
    cebada.´

    [70] En [WEB] y [Peshitta] dice al final `por si mismo,´ en [
    DieBibel] dice `solo,´ en [DiosHablaHoy] dice `a lo alto de la
    montaña para estar solo.´

    [71] 25 a 30 estadios corresponden aproximadamente de 5 a 6
    kilómetros o de 3 a 4 millas.

    [72] En Griego y Hebreo se usa la misma palabra para «cielo»,
    «los
    cielos», «el firmamento» y «el aire.»

    [73] En [DieBibel] dice `que no los deje yacer en tierra,´ en
    [
    DiosHablaHoy] dice `que yo no pierda a ninguno de los que me
    ha
    dado.´

    [74] En [DiosHablaHoy] dice `que ha venido de Dios.´

    [75] [Peshitta][WEB][Elberfelder][DieBibel][DiosHablaHoy]

    [76] En [DiosHablaHoy] dice `que da vida.´

    [77] [DieBibel] dice `Pero no es así con el pan que viene del
    cielo: Cuando alguien de este coma, no morirá.´

    [78] [DiosHablaHoy] dice `vive unido a mí.´

    [79] En [DiosHablaHoy] dice `Esto que dice es muy difícil de
    aceptar; ¿Quién puede hacerle caso?´

    [80] [DiosHablaHoy] y [Peshitta] dicen `¿Esto los ofende?´

    [81] [DiosHablaHoy] dice `el cuerpo no aprovecha

    [82] [Elberfelder] y [DieBibel] dicen `tu eres Dios bendito,´
    [
    Peshitta] , [WEB] y [DiosHablaHoy] dicen `el Cristo, el Hijo
    del
    Dios viviente.´

    [83] Ver nota de pie de página de Juan 2,12.

    [84] Tanto [DieBibel] como [DiosHablaHoy] dicen: aquel que
    quiere
    ser conocido no hace nada en secreto

    [85] [DieBibel] dice `la escritura,´ [DiosHablaHoy] dice `Cómo
    sabe
    este tantas cosas.´

    [86] [DieBibel] dice es `digno de confianza,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `dice la verdad.´

    [87] [WEB] dice `hice cada parte de un hombre completa.´

    [88] [DieBibel] dice `por quien me envió, garanticen la
    verdad,´ [
    DiosHablaHoy] dice `vengo enviado por uno que es digno de
    confianza.´

    [89] En [WEB] dice `dispersión.´ [DiosHablaHoy] dice `a los
    judíos
    que viven dispersos en el extranjero y a enseñar a los
    paganos.´ la
    traducción `diáspora´ es tomada de [DieBibel].

    [90] [DieBibel] dice `qué significa esto que Él ha dicho.´

    [91] [DiosHablaHoy] dice `del corazón del que cree en mí.´

    [92] Traducción tomada de [DieBibel], [WEB] dice `quien había
    ido
    donde Jesús en la noche

    [93] [DieBibel] aclara `uno de sus propias filas´

    [94] [DieBibel] dice `lee,´ [DiosHablaHoy] dice `estudia.´

    [95] [Peshitta] no incluye los versículos del 1 al 12 de este
    capítulo.

    [96] [Elberfelder] no dice `condenados por su conciencia.´

    [97] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dice `¿Donde están?´

    [98] [Peshitta] comienza el capítulo 8 en este versículo.

    [99] [DiosHablaHoy] dice `Ustedes juzgan según los criterios
    humanos.´

    [100] [DieBibel], [Elberfelder] y [Peshitta] dicen `Yo soy,´ [
    DiosHablaHoy] dice `Yo soy el que soy´

    [101] [DieBibel] dice `¿Por qué aún hablo con ustedes?´ con
    nota al
    pie de página `No es seguro que se encuentre el sentido del
    texto
    griego aquí,´ [DiosHablaHoy] dice `¿Por qué he de hablar con
    ustedes?´ con nota al pie de página `Otra posible traducción:
    Lo
    que desde el principio les digo,´ [Elberfelder] dice `Con
    seguridad, lo que también les he dicho,´ [Peshitta] dice `Aún
    si
    comenzara a hablar con ustedes.´

    [102] [Peshitta] dice `en contra de ustedes.´

    [103] [DieBibel] dice `garantiza la verdad,´ [DiosHablaHoy]
    dice
    `dice la verdad.´

    [104] [DiosHablaHoy] no dice `casa´ sino `familia.´

    [105] [Peshitta] dice `no están abiertos a mi palabra´ con
    nota al
    pie de página que aclara `No se vacían a ustedes mismos (para
    hacer
    espacio) para mi palabra.´

    [106] [DieBibel], [Elberfelder] y [DiosHablaHoy] dicen `oído
    de,´ [
    WEB] y [Peshitta] dice `visto.´

    [107] [DiosHablaHoy] dice `porque yo vengo de Dios y aquí
    estoy´

    [108] [Peshitta] dice `por mi propia voluntad.´

    [109] [WEB] dice `no pueden,´ la traducción escogida fue
    tomada de
    [DieBibel].

    [110] [WEB] dice `de estas,´ la traducción fue tomada de
    [DieBibel
    ].

    [111] [WEB] y [Peshitta] dicen `Hay uno que busca y juzga,´ [
    DiosHablaHoy] dice `Yo no quiero que me honren, aunque hay
    alguien
    que quiere que se me honre, y Él juzga,´ el mismo sentido
    tiene [
    Elberfelder].

    [112] [DiosHablaHoy] dice `yo existo desde antes que existiera
    Abraham.´

    [113] [WEB] y [Peshitta] coinciden en la traducción escogida,
    [
    DiosHablaHoy] y [Elberfelder] dicen `se escondió y salió del
    templo.´

    [114] [Peshitta] no incluye la aclaración (que significa
    «Enviado
    »).

    [115] [Peshitta] dice `que mendigaba desde el comienzo.´

    [116] [Peshitta] agrega `desde el comienzo.´

    [117] [DiosHablaHoy] dice `Dinos la verdad delante de Dios´

    [118] [DieBibel], [Peshitta] y [Elberfelder] dicen `teme a
    Dios.´

    [119] Redacción de [DieBibel]

    [120] [DiosHablaHoy] dice `cuando se encontró con él.´

    [121] [DiosHablaHoy] dice `se puso de rodillas´

    [122] [Peshitta] dice `Y todos los que han venido son
    estafadores y
    ladrones si las ovejas no los escucharon.´

    [123] [Peshitta] dice `las destruye.´

    [124] La «Fiesta de la Dedicación» es el nombre griego
    «Chanukkah,»
    una celebración de la rededicación del templo.

    [125] [DiosHablaHoy] dice `Lo que el Padre me ha dado es más
    grande
    que todo´ con nota al pie que señala la traducción aquí usada.

    [126] [DiosHablaHoy] dice `Si Dios llama´

    [127] [DiosHablaHoy] dice `apartó.´

    [128] [DiosHablaHoy] dice `que hace mi padre.´

    [129] [DieBibel] y [Elberfelder] dicen `al otro lado del
    Jordán,´ [
    DiosHablaHoy] dice `al oriente del Jordán,´ [Peshitta] dice
    `cruzando el Jordán.´

    [130] [WEB] dice `entonces,´ la traducción `aunque´ es tomada
    de [
    DiosHablaHoy].

    [131] «Dídimo» significa «Gemelo.»

    [132] 15 estadios es cerca de 2.8 kilómetros o 1.7 millas.

    [133] [DieBibel] dice `lugar sagrado´ con nota al pie de
    página `El
    lugar sagrado es el templo,´ [DiosHablaHoy] dice `nuestro
    templo.´

    [134] [Elberfelder], [DiosHablaHoy] y [DieBibel] dicen
    `ustedes,´ [
    WEB] y [Peshitta] dice `nosotros.´

    [135] [DiosHablaHoy] dice `como era sumo sacerdote aquel año,
    dijo
    por inspiración de Dios.´ [DieBibel] dice `con inspiración
    profética´ con nota al pie de página `Para los evangelistas es
    el
    sumo sacerdote de cada año la herramienta de Dios, es quien
    debe
    anunciar una verdad más profunda.´

    [136] Una libra romana de 12 onzas, o cerca de 340 gramos.

    [137] 300 denarios son casi los jornales de un año de un
    trabajador
    del campo.

    [138] [DiosHablaHoy] dice `ciudad de Sión.´

    [139] En [DiosHablaHoy] no aparece esta parte

    [140] [Peshitta] dice `gentiles.´

    [141] En [DieBibel] y en [DiosHablaHoy] dice `Mesías.´

    [142] En [DiosHablaHoy] dice `para que pertenezcan a la luz.´
    En [
    DieBibel] dice `para que sean hijos de la luz.´

    [143] [WEB], [Elberfelder], [DieBibel] dicen `él ha,´
    [DiosHablaHoy
    ] dice `Dios ha,´ [Peshitta] dice `ellos han´

    [144] En [DiosHablaHoy] dice entorpecido su mente en vez de
    endurecido corazones.

    [145] [DiosHablaHoy] dice `la gloria de Jesús´

    [146] [DiosHablaHoy] dice `no cree solamente en mi.´

    [147] [DiosHablaHoy] dice `enseñar.´

    [148] [DiosHablaHoy] dice `que Dios le había dado toda la
    autoridad.´

    [149] De acuerdo a nota al pie de [DieBibel], lavar los pies
    de
    alguien era una tarea de los esclavos.

    [150] [WEB] no dice `en ese caso,´ estas palabras son tomadas
    de [
    Peshitta].

    [151] [DieBibel] dice `me ha traicionado´ con nota al pie de
    página
    con la misma traducción, [DiosHablaHoy] dice `se ha vuelto
    contra
    mi,´ la misma traducción está en [Peshitta] y [Elberfelder].

    [152] [DieBibel] y [DiosHablaHoy] dicen `al lado de Jesús.,´ [
    DiosHablaHoy] agrega `de forma que podían conversar mientras
    cenaban.´

    [153] [DieBibel] dice `inclinando su cabeza, debía preguntar
    sobre
    quien hablaba Jesús,´ [DiosHablaHoy] dice `Simón Pedro le dijo
    por
    señas que le preguntara de quién estaba hablando.´

    [154] [DiosHablaHoy] dice `acercándose más a Jesús´

    [155] [WEB] dice 'después del pedazo de pan,´ agregamos
    `recibir´
    de [DieBibel]

    [156] [DiosHablaHoy] emplea `se muestra la gloria´ en lugar de
    `glorifica.´

    [157] [Peshitta] dice `al final.´

    [158] [DieBibel] en lugar de `tu´ usa `ustedes.´

    [159] Del griego Parakleton: Consejero, Ayudante, Intercesor,
    el
    que reconforta. [DiosHablaHoy] dice `el Defensor,´ [Peshitta]
    dice
    `redentor.´

    [160] [WEB] dice `lo ve,´ [Peshitta] dice `lo ha visto.´

    [161] [Peshitta] agrega `en corto tiempo´ al final de este
    versículo. Las demás traducciones agregan esto al comienzo del
    siguiente versículo, comenzando una nueva oración.

    [162] [DiosHablaHoy] dice `vendremos a vivir en él.´

    [163] [DiosHablaHoy] dice `el Defensor.´

    [164] [WEB] dice `ni dejen que se asusten,´ [Peshitta] dice
    `ni
    tengan miedo.´

    [165] [DieBibel] dice `pero él no tienen poder sobre mí.´

    [166] [Peshitta] dice `Vid de la Verdad.´

    [167] [Elberfelder] dice `limpia.´

    [168] [WEB] y [Elberfelder] dicen `como una rama y se seca,´ [
    Peshitta] dice `como una rama que está seca.´

    [169] [DiosHablaHoy] dice `como las ramas que se recogen y se
    queman en el fuego.´

    [170] [DiosHablaHoy] dice `permanecen fieles a mis enseñanzas´

    [171] [DiosHablaHoy] dice `Pero yo los escogí a ustedes entre
    los
    que son del mundo.´

    [172] [WEB] dice para que no los hagan tropezar,
    [DiosHablaHoy]
    dice `para que no pierdan su fe en mí,´ la traducción escogida
    coincide con la de [DieBibel].

    [173] [TR] dice `Les harán estas cosas.´

    [174] [DiosHablaHoy] dice `mostrará claramente a la gente del
    mundo,´ [DieBibel] dice "demostrará culpable al mundo,´
    [Peshitta]
    y [WEB] coinciden.

    [175] [DiosHablaHoy] dice `condenado.´

    [176] [TR] dice `tomará.´

    [177] [Peshitta] y [Elberfelder] agregan `porque voy al
    Padre.´

    [178] [WEB] dice `lenguaje figurado,´ [Peshitta] dice
    `parábolas.´

    [179] [DiosHablaHoy] y [Elberfelder] dicen `salí de la
    presencia
    del Padre.´

    [180] [DiosHablaHoy] dice `en su unión conmigo.´

    [181] [Peshitta] dice `de tu presencia.´

    [182] [DieBibel] dice `para que tengan mi felicidad completa
    en
    ellos.´

    [183] [DiosHablaHoy] dice `conságralos´

    [184] [DiosHablaHoy] dice `lo que Jesús mismo había dicho.´

    [185] [DieBibel] dice `así dirijo,´ en [DiosHablaHoy] dice
    `dime en
    que ha consistido,´ [Peshitta] dice `doy testimonio contra el
    mal,´
    [Elberfelder] dice `miseria´ en lugar de `mal.´

    [186] [Peshitta] no dice `tomó a Jesús.´

    [187] [DiosHablaHoy] dice `si Dios no te la hubiera dado.´

    [188] [DiosHablaHoy] dice `empedrado.´

    [189] Mediodía.

    [190] [NU] y [TR] dicen «supo» en lugar de «vio.»

    [191] [DiosHablaHoy] dice `vino agrio.´

    [192] [DiosHablaHoy] dice `Todo está cumplido.´

    [193] 100 libras romanas de 12 onzas cada una, o cerca de 72
    libras
    o 33 kilos.

    [194] [Peshitta] dice `se.´

    [195] [DiosHablaHoy] dice `se agacho para mirar dentro.´

    [196] [DiosHablaHoy] y [Peshitta] agregan `en hebreo´

    [197] [DiosHablaHoy] dice `suéltame´

    [198] [Peshitta] dice `Si le perdonan pecados a un hombre,
    estos le
    serán perdonados.´

    [199] [Elberfelder] agrega `y ponga mi mano en la huella de
    los
    clavos y en su costado.´

    [200] [TR] añade «Tomás.»

    [201] [Peshitta] agrega `para ir donde Jesús.´

    [202] 200 codos son cerca de 100 yardas o cerca de 91 metros.

    [203] [Peshitta] dice `cuida mis ovejas por mi.´

    [204] [Peshitta] dice `cuida mis ovejas hembras.´

    [205] La palabra «hermanos» aquí podría traducirse
    correctamente
    como «hermanos y hermanas.»

    Bibliografía

    [DieBibel] Einheitsübersetzung der Heiligen Schrift. Die
    Bibel.
    Gesamtausgabe. Otto Knoch, Heinrich Arenhe, Gerhard Barth, et
    al.
    Verlag Katholissches Bibelwerk GmbH. 1980. Todos los derechos
    reservados.

    [DiosHablaHoy] Dios Habla Hoy. La Biblia. Sociedades bíblicas
    unidas. 1995. Todos los derechos reservados.

    [Peshitta] Peshitta Aramaic/English Interlinear New Testament.
    Paul
    D. Younan. http://www.peshitta.org/ Permite uso o reproducción
    de
    cualquier parte en cualquier forma sin permiso previo.

    [WEB] World English Bible Michael Johnson con base en American
    Standard Bible de 1911. http://www.ebible.org 2002. Dominio
    público.

    [Elberfelder] Johannes Evangelium: mit Erklärungen von Werner
    Heukelbach. Elberfelder. Missionswerk Werner Heukelbach. Todos
    los
    derechos reservados.

    [esv] Las sagradas Escrituras Versión Antigua. Russell Martin
    Stendal. Copyright (c) 1999. Puede ser usada libremente
    siempre y
    cuando su contenido no sea alterado.

    [TR] Textus Receptus. Greek New Testament underlying the King
    James
    Version.

    [NU] Nestle-Aland ed. 27/UBS ed. 4.

    [MT] Majority Text Greek New Testament.

    ——————————————————————-

  • Biografia del libertador Simon Bolívar, ó La independencia de la América del sud

    Biografia del libertador Simon Bolívar, ó La independencia de la América del sud

    Aproximadamente 25.472 palavras.

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    nationale de France (BnF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr.

    [Ilustracion: SIMON BOLÍVAR]

    BIBLIOTECA DE LA JUVENTUD

    * * * * *

    BIOGRAFIA

    DEL LIBERTADOR

    SIMON BOLÍVAR

    ó

    LA INDEPENDENCIA DE LA AMÉRICA DEL SUD

    RESEÑA HISTÓRICO-BIOGRÁFICA

    POR L. C.

    PARIS

    LIBRERIA DE ROSA Y BOURET

    23, CALLE VISCOSTI, 23

    * * * * *

    1868

    El general Bolívar es delgado, y algo menos de una regular estatura.
    Viste bien, y tiene un modo de andar y presentarse franco y militar. Es
    ginete muy fuerte y atrevido, y capaz de resistir grandes fatigas. Sus
    maneras son buenas y su aire sin afectacion, pero que no predispone
    mucho á su favor. Se dice que en su juventud fué de buena figura; pero
    actualmente es de rostro pálido, pelo negro con canas, ojos negros y
    penetrantes; pero generalmente inclinados á tierra ó de lado cuando
    habla; nariz bien formada, frente alta y ancha y barba afilada; la
    expresion de su semblante es cautelosa, triste….

    * * * * *

    Su carácter, viciado por la adulacion, es arrogante y caprichoso…. Su
    imaginacion y su persona son de una actividad maravillosa…. Su voz es
    gruesa y áspera; pero habla elocuentemente en casi todas materias….

    * * * * *

    (Retrato hecho por el general SUCRE.)

    PROLOGO

    Ardua empresa es la de escribir la biografia de los hombres célebres
    contemporáneos. En todo tiempo, aquel que por sus méritos ha llegado á
    colocarse sobre el nivel de las gentes, siempre se ha visto atacado por
    la mordacidad de sus émulos y por muchos á quienes sus actos no podian
    menos de herir, ora en sus intereses, ora en sus familias. ¿Que
    resolucion se ha llevado á cabo sin lastimar intereses creados, sin
    sembrar la devastacion y la muerte por todas partes?

    Por mas que el hombre de que vamos á ocuparnos haya derramado en su
    camino la sangre de sus hermanos, no por eso dejará de ser el
    _Libertador_ de un pueblo que gemia bajo el yugo de la opresion.

    En la obra de la independencia de su pais que desde los primeros años
    del presente siglo fué iniciada, por el espíritu mismo de la época, en
    aquellas espléndidas regiones, el nombre de Bolívar fué conocido ya
    entre sus compatriotas; y desde el momento en que se le vé aparecer
    afiliado á la santa causa de la libertad, por su mérito personal es
    honrado con el alto cargo de los intereses de Venezuela cerca de los
    poderosos gobiernos de las naciones europeas.

    Aun cuando no se hallase adornado de otro alguno, bastarian su
    constancia, su amor sin limites ni resfriamiento por la libertad de su
    pais; bastarian su génio infatigable para administrar y allegar medios
    de sostener la lucha con gloria, su noble desinterés, su probidad y su
    grandeza de ánimo durante los reveses de que fué víctima; bastaria, en
    fin, su sana intencion, su respeto hácia el descubridor del Nuevo Mundo
    y 16 años de no interrumpidos servicios prestados por su patria, que al
    cabo habia de ultrajarle menospreciando sus servicios y la rectitud de
    sus sentimientos, para que nuestra pluma no vacilase un solo punto en
    distinguirle con el glorioso título de _héroe_, añadido á los que el
    mismo pueblo venezolano, y á nombre de él sus representantes, le dieron,
    sin duda con justicia, de _Libertador_ y _Padre de la Patria_.

    ¿El espíritu público podia llegar á estraviarse hasta el extremo de
    honrarle de una manera indebida, precisamente en los momentos en que las
    exigencias de la guerra, que siempre va acompañada del desórden y el
    dolor, venian á destrozar los intereses, el bienestar y aun el corazon
    de los mismos que asi le aclamaban? Esta y otras consideraciones no
    menos poderosos nos han dado valor para acometer la empresa de ofrecer
    el retrato del célebre guerrero americano; pero como el mejor medio
    indudablemente es el de pedir prestados los colores á los
    acontecimientos mismos en que figuró desde su juventud, ofrecemos un
    bosquejo de los mas principales en la larga lucha que los Sud-americanos
    sostuvieron para conquistar su independencia.

    Si nuestro pincel no ha sido empleado con acierto, no se culpe jamás á
    nuestro buen deseo.

    EL AUTOR.

    CAPITULO PRIMERO

    Introduccion.–Causas que influyeron en la sublevacion de la América del
    Sud.–Llegada de unos confinados á presidio.–Primeros movimientos
    revolucionarios de Venezuela.–Picton.–Publicidad de los futuros
    acontecimientos.–Carbonell y Rico.–Medidas represivas.–Expatriaciones
    y encarcelamientos.–Vasconcelos.–Actos con que se inauguraba en el
    mando.–Sus efectos.–Gestiones patrióticas.–Miranda.–Bolívar, su
    juventud, su regreso á Europa.

    Entre las nobles y dignas figuras que en el glorioso cuadro de la
    independencia se destacan majestuosamente durante la revolucion que
    dió la libertad á las antiguas colonias españolas de la América Central
    y de la América del Sud, la del esforzado caraqueño Simon Bolívar se
    encuentra en primera línea al lado de las de Miranda, San Martin y Sucre,
    orlada de inmortal auréola.

    El ejemplo de los Estados-Unidos del Norte influyó de una manera
    extraordinaria en el porvenir de los pueblos Sud-americanos, que desde
    muy atrás venian experimentando la tiránica opresion de los vireyes
    españoles, y el eco del santo grito de emancipacion dado por Washington
    en las márgenes del Potomac, poderoso á despertar el entusiasmo patrio,
    resonó en las del Magdalena, el Orinoco y el Plata, conmoviendo tambien
    el corazon de los Andes.

    Corria el año 1796, cuando en el puerto de la Guaira, remitidos desde
    España, desembarcaron Manuel Cortés Campomanes, José Laz, Sebastian
    Andrés y Juan Bautista Picornell con destino á los presidios de América,
    como cabezas de cierta conspiracion, cuyo fin era dar á la monarquia
    española una forma democrática despues de derribar el trono de Cárlos
    IV, rey incapaz de alcanzarse por sus actos el buen nombre con que su
    antecesor habla bajado al sepulcro.

    Iniciados estos hombres, como la mayor parte de los españoles ilustrados
    de su tiempo, en las doctrinas propaladas por la revolucion francesa, se
    anunciaron desde luego con el carácter de mártires de la causa
    republicana, dando pábulo por medio de sus sencillos y fáciles
    principios políticos al entusiasmo liberal que habia principiado á
    germinarse en el ánimo fogoso de la juventud.

    Conspirábase ya en favor de las nuevas ideas, cuando Sir Tomás Picton,
    gobernador inglés de la isla de la Trinidad, recibió un despacho en el
    cual su gobierno le encargaba favoreciese la causa de la independencia
    americana; pues por aquel entonces, rotas las buenas relaciones entre
    España é Inglaterra, ésta buscaba todos los medios hábiles de hacer la
    guerra á aquella, y el mencionado despacho, impreso de órden de Picton,
    circuló con gran rapidez entre todos los venezolanos.

    Esta determinacion del gobernador inglés tenia lugar el 26 de Junio, y
    cerca un año mas tarde, el 4 de igual mes de 1797, los conspiradores
    resolvian dar libertad á los encarcelados para que fuesen á buscar
    auxilios extranjeros, y facilitaban la evasion de todos ellos menos Laz,
    que habia sido ya remitido á su presidio hacia algun tiempo, sin que
    este hecho diese lugar por parte del gobierno á otra cosa que á algunas
    pobres é infructuosas averiguaciones.

    La gestion de aquellos hombres decididos en contra del gobierno que los
    habia expatriado, poniendo entre ellos y su suelo natural la inmensidad
    de los mares, fué bastante activa y produjo algunos buenos resultados,
    disponiendo favorablemente los ánimos de los americanos residentes en
    Europa á la causa de las libertades patrias.

    Casi todos los habitantes de la Guaira sabian que por el mes de Enero de
    1798 un grande acontecimiento tendria lugar en el pais, y hablaban de
    sus planes con poca reserva y sobrado calor.

    Era por entonces capitan general Don Pedro Carbonell, en cuyas manos
    vino la casualidad á poner el hilo de la trama, ó mas bien que la
    casualidad la poca discrecion de un comerciante de Carácas, llamado Don
    Manuel Montesinos y Rico, quien deseoso de hacer prosélitos se franqueó
    á su barbero, mancebo timorato y de pocas luces. Este, despues de haber
    descubierto el secreto á otros jóvenes de su clase, y previo acuerdo de
    todos, fué á consultar el caso con un sacerdote amigo suyo llamado Don
    Domingo Lander. Por boca de este y de otro clérigo llegó á oidos del
    provisor, quien lo notició al capitan general.

    Preso Rico y ocupados sus papeles, ofreció Carbonell á los conjurados el
    perdon y olvido de su delito, siempre que se presentasen en cierto
    término ante su autoridad. Semejante medida produjo grande alarma entre
    todos los iniciados, despertando en sus ánimos el temor de verse
    denunciados unos á otros, y corrieron de tropel á ponerse en manos de
    las autoridades, con la inocente credulidad de hombres novicios en el
    arte de conspirar.

    Pronto las cárceles se vieron atestadas de venezolanos honrados y
    laboriosos. Aun no habia corrido un mes desde la denuncia, cuando ya se
    oficiaba á la Córte de España diciéndole: "que á excepcion de dos, que
    habian buscado amparo en las colonias extranjeras, los demás cómplices
    se hallaban presos." Don Manuel Grial, capitan retirado y Don José Maria
    España eran los referidos prófugos.

    Pero en vez de perdonar y olvidar, conforme á la promesa, en Agosto del
    mismo año ordenaba la Audiencia que los detenidos fuesen desterrados á
    perpetuidad y trasladados unos á la metrópoli y otros á Puerto-Rico.

    Algunos meses despues, el capitan general era reemplazado por Don Manuel
    de Guevara Vasconcelos, quien haciendo un uso inhumano de las ámplias
    facultades de que iba investido, condenó á ser ahorcados y
    descuartizados á seis de los principales conspiradores. Este inicuo é
    injusto proceder exacerbó al pueblo venezolano, tanto mas cuanto que los
    promovedores de la conspiracion, Sebastian Andrés y José Laz, á pesar de
    su mayor delito por esta circunstancia y la de ser reincidentes no
    merecieron otra pena que la de reclusion en las provincias de Panamá y
    Puerto-Cabello.

    Asi inauguraba Guevara su entrada en el mando y la del año 1799, en cuyo
    mes de Abril fué apresado Don José Maria España, á quien su mala
    estrella trajo desde la Trinidad á la Guaira en busca de su esposa; la
    tierna solicitud de esta no bastó á tenerle bien oculto ni defendido
    contra las pesquisas de los agentes del gobierno. El 8 de Marzo, esto
    es, á los nueve dias de su captura, sufrió el desgraciado la pena de
    horca y su cabeza, dentro de una jaula de hierro, estuvo expuesta al
    público en la Guaira, mientras sus mutilados miembros fueron
    distribuidos entre varios pueblos y fijados en escarpias al borde de
    los caminos.

    Pero semejantes medidas de terror solo servian para enconar mas y mas
    los ánimos y excitar el ódio y general descontento de un pueblo digno de
    mejor suerte, tratado con tan cruel manera, como el mas abyecto de
    los esclavos.

    Asi cerraban los desaciertos de España el siglo XVIII, contribuyendo no
    poco de este modo á acelerar la emancipacion de Venezuela y la de todas
    las otras colonias, cuyos clamores, llevados á Europa por algunos de sus
    mas decididos patriotas, solicitaban de Francia é Inglaterra los
    necesarios socorros para emprender la obra santa de su independencia y
    tratar de sacudir para siempre el pesado, el ominoso yugo ejercido alli
    desde hacia tres siglos por los españoles con menoscabo, injusticia y
    fragrante impunidad de los sagrados derechos naturales de aquellos que
    llevaban su sangre, de aquellos cuyo sudor y afanes no eran aun
    bastantes á alimentar su insaciable codicia.

    Entre los celosos gestores de la mas noble de las causas figuraban el
    peruano Don José Caro, el granadino Don Antonio Nariño y, con sus vastas
    relaciones y gran nombre europeo, el caraqueño Don Francisco Miranda.
    Llenos todos tres de ardiente patriotismo, todos tres animados del
    mejor deseo, ponian en juego cuantos medios estaban á su mano para
    concertar en el antiguo continente la manera de cambiar la faz política
    de su pais, dándole un gobierno independiente y republicano que guiase
    los pueblos á la prosperidad y adelantos que el movimiento general de la
    época y la riqueza de la América reclamaban.

    Tal era la situacion de Venezuela al perderse en la inmensidad de los
    tiempos el siglo último, siglo que, al engendrar un Napoleon y un
    Washington, hizo participe de una chispa de su génio revolucionario al
    hombre que mas tarde habia de merecer el glorioso nombre de _Libertador
    de su pais_, y cuyos altos hechos vendrian á inmortalizar el cincel, el
    bronce y la pluma. Simon Bolívar pisaba los umbrales de la vida en la
    ciudad de Carácas el dia 24 de Julio de 1783. Nacia adornado de los
    talentos y dotes necesarias para consumar la obra de la independencia
    del Sud de América, y á ser el reparador de la injusticia que los
    hombres de otro tiempo habian inferido al intrépido y sábio descubridor
    del Nuevo Mundo, intentando, con la mas noble elevacion del espiritu al
    mismo tiempo que exponia su vida en los campos de batalla, perpetuar el
    recuerdo de Colon en la Confederacion que se esforzó en constituir bajo
    el título de _Colombia_.

    Este probo, inteligente, noble, infatigable y decidido patriota, tuvo la
    desgracia de perder sus padres en la mas tierna edad. Estos fueron Juan
    Vicente y Maria de la Concepcion Palacios. Su afecto filial, falto de
    objetos tan queridos, rebosaba en su pecho y le consagró lodo entero á
    su patria, única madre que el cielo le habia conservado y por la cual
    mas tarde sacrificaba gustoso su sangre y su fortuna.

    Diez años contaba apenas cuando pasó á Europa con la mira de completar
    su educacion y perfeccionarse en la carrera de las armas, hácia la cual
    le llamaba su natural inclinacion, sobreescitada por el mas ardiente
    amor de gloria. ¿Qué otra aspiracion mas digna y santa podia acariciar
    un corazon huérfano y un corazon sensible como el suyo?

    Despues de haber viajado por Francia é Italia, donde las ideas liberales
    y de progreso prestaron á las suyas el calor y solidez que mas tarde
    habian de producir la independencia de su pais natal, y á poco de haber
    buscado entro los brazos de una esposa en la córte de España el amor de
    la familia, se trasladó á Venezuela. Aqui, trascurridos pocos meses, la
    compañera que habia elegido pasó á mejor vida, dejándole de nuevo en la
    antigua soledad y lleno de tristeza.

    Entonces, por segunda vez, se encaminó hácia el Continente Europeo y
    presenció la coronacion de Napoleon I, de cuyo génio militar y político
    era apasionado admirador, y cuatro años despues vibraba en sus oidos el
    grito de _independencia ó muerte_ dado por los españoles al lanzarse al
    campo para estorbar por medio de las armas el poderoso vuelo de las
    águilas invasoras.

    CAPITULO II

    Aparente restablecimiento del órden.–Tentativas de Miranda.–Don Juan
    Casas.–Su situacion comprometida.–Los emisarios de Mural.–Actitud
    tomada por el pueblo venezolano.–La junta auxiliar.–Gestiones del
    Ayuntamiento.–Creacion de una junta suprema.–Bolívar y Emparan.–
    Aborto de conspiracion.–Confirmacion de los rumores acerca de los
    sucesos de España.–Primer paso hácia la revolucion.–Destitucion de
    Emparan.–Declaraciones del Ayuntamiento de Carácas.–Destierro de las
    antiguas autoridades españolas.–Pronunciamientos.–Los emisarios en la
    provincia de Coro.–Primera salida á campaña.–Mision de Bolívar en
    Europa.–Don Antonio Cortabarria.–Actos de la junta de Carácas.–Conato
    de levantamiento.–Prisiones y asesinatos.–Rómpense las
    hostilidades.–Vuelta de Miranda.–Conflicto de la Junta.–Demostracion
    popular.–Nombramiento de Miranda.

    Volvamos á anudar el hilo de los acontecimientos de Venezuela.

    Ahogada en la apariencia la revolucion, fermentó sordamente durante los
    primeros años del siglo actual entre la juventud venezolana. Las
    familias que tuvieron la desgracia de perder alguno de sus miembros, y
    aquellas que habian sufrido y sufrian aun las consecuencias del primer
    paso dado hácia el templo de la libertad, aleccionadas por la
    experiencia, se agitaban con cautela en favor de la santa causa y
    esperaban el momento oportuno de poder obrar con mayor acierto, con
    nueva decision y energia.

    Despues de mil y mil contrariedades, el 25 de Marzo de 1806 se
    presentaba Miranda en la Costa Firme, á vista de Ocumare, con una
    corbeta y dos goletas, únicos auxilios que pudo conseguir de la América
    del Norte. Sus fuerzas de desembarco se componian de unos 200 jóvenes
    que se le unieron un Haiti. Atacado de improviso por dos bergantines,
    despues de una vigorosa pero inútil pelea, con pérdida de las goletas,
    se retiró á Trinidad, donde impetró el auxilio de los ingleses y muy
    particularmente el de Cochrane, almirante de la escuadra que estacionaba
    entonces en las islas de Barlovento.

    De alli á cuatro meses guiaba quince diferentes buques con 500 hombres,
    y habiendo puesto en fuga á los enemigos que defendian la costa, penetró
    vencedor en la Vela de Coro el segundo dia de Agosto; pero no
    encontrando alli la acogida y proteccion que esperaba, renunció á su
    expedicion y regresó á Trinidad, pasando luego á Europa desde esta isla.
    Diez de los suyos, hechos prisioneros en el combate, fueron pasados por
    las armas en Puerto-Cabello y varios otros confinados á los presidios.

    Este fué el último de los actos del mando de Vasconcelos.

    Los acontecimientos de España en 1808 pusieron al capitan general
    sucesor, Don Juan Casas, en la mas crítica situacion. Los comisionados
    mandados alli por Murat que le exigian obediencia al nuevo monarca, y la
    presencia de un buque de guerra inglés en las costas, le envolvieron en
    una inmensa perplejidad. Por otra parte, la imprudente lectura que un
    oficial francés hizo en público de la _Gaceta de Bayona_ produjo un
    motin entre los oficiales criollos y españoles, que dieron el grito de
    "¡Viva Fernando VII y mueran los franceses!" Además, la actitud del
    pueblo le impidió decidir por si solo en tan árduas circunstancias, y
    acordó reunir una junta auxiliar compuesta de un miembro por cada
    tribunal, corporacion y clases de la sociedad.

    La junta, presidida por Casas, se hizo cargo de los despachos de Murat y
    de los que el gobierno británico habia enviado por medio de Colincour y
    de Cochrane, y optó decididamente por la conservacion del estado de
    cosas sin alteracion de ninguna especie. Esta medida, como era natural,
    mantuvo y sobreescitó la general inquietud, ocasionando motines y
    alborotos que el capitan general tuvo que castigar con mano fuerte.

    El ayuntamiento le instaba á que constituyese una junta como las de la
    metrópoli, algunos dias antes de la llegada de un comisionado mandado
    por la junta de Sevilla. El 28 de Julio Casas accedió á las instancias
    del ayuntamiento, y el 5 de Agosto se presentaba en Carácas el
    mencionado agente.

    Constituida la junta, no sin que antes hubiesen mediado contestaciones
    entre el cabildo y el capitan general que exigió de este obediencia
    ciega, subsistió hasta el 13 de Enero de 1809, en que fué reconocida la
    soberania de la central, instalada en Aranjuez por Setiembre del
    año anterior.

    Declarados como parte esencial é integrante de la monarquia española sus
    dominios ultramarinos, el valiente, antiguo y distinguido capitan de la
    marina real Don Vicente de Emparan fué nombrado, en reemplazo de Casas,
    como capitan general de Venezuela.

    Bolívar acompañó en su viaje al nuevo representante militar de España,
    pues como buen patriota no podia vivir lejos del suelo que le habia
    visto nacer y cuya precaria suerte tantas veces aceleraba los latidos de
    su noble y esforzado corazon. La idea de poder dar á su pais dias de
    dicha y prosperidad, abriéndole la senda de su futura independencia, en
    mas de una ocasion habia venido á interrumpir su sueño y á mecer sus
    halagüeñas esperanzas de gloria. El 17 de Mayo Emparan y Bolívar pisaban
    la Costa Firme. Las primeras disposiciones del nuevo capitan general
    fueron tan violentas y desacertadas, que todos, sin excepcion alguna,
    asi españoles como criollos, con ánimo de no separar la colonia de la
    madre patria, formaron el plan de derrocar su poder y de constituir en
    seguida un gobierno análogo al de aquella.

    Espiraba el mes de Marzo de 1810, y segun estaba convenido, el marqués
    del Toro, coronel del batallon miliciano de los valles de Aragua, debia
    señalar la entrada del de Abril apoderándose por sorpresa del capitan
    general, quien noticioso del proyecto, merced á un vil denunciador, dió
    un golpe de mano á los conspiradores.

    Contra lo que podia esperarse, y en desacuerdo con sus primeros actos
    de gobierno, se limitó Emparan á confinar en Maracaibo, Margarita y
    otros puntos de la provincia á los principales autores del
    abortado plan.

    Vagos rumores se esparcieron por este tiempo acerca de la disolucion de
    la Junta central y de la dispersion de sus miembros, rumores que fueron
    confirmados el 18 de Abril, dia de Miércoles Santo, de una manera muy
    ámplia, pues además se supo que toda la Península, menos Cádiz y la Isla
    de Leon, estaba ya ocupada por los franceses; lo cual hizo cundir la
    inquietud con la rapidez del rayo entre todas las clases del pueblo, y
    hasta los mismos españoles manifestaban temores, sobresaltos y
    desconfianza del gobierno.

    La ocasion se presentaba muy propicia para hacer renacer en los criollos
    las pasadas pretensiones, y conjurándose nuevamente, atrajeron á su
    partido á los principales jefes y oficiales de las tropas que guarnecian
    la ciudad; y hasta el cabildo, que estaba compuesto de españoles y
    americanos casi por partes iguales, se prestó á provocar una discusion
    con el capitan general.

    El dia siguiente, con motivo de la asistencia á la celebracion de los
    oficios de Jueves Santo, el ayuntamiento, fiel á su promesa, pasó una
    invitacion á Emparan, quien se presentó en la casa capitular y encontró
    al cuerpo municipal constituido en sesion extraordinaria, arrogándose
    agenas facultades y tratando del peligro que corria la América, de la
    política que debia adoptarse en aquellas circunstancias y de la
    perentoria necesidad de organizar un gobierno propio que la pusiera á
    cubierto de la anarquia.

    Emparan, despues de haber eludido hábilmente las consideraciones y
    dificultades que el ayuntamiento le presentaba, concluyó declarando:
    _"que seria inconvenientísima toda innovacion,"_ y salió de alli
    dirigiéndose luego hácia la iglesia metropolitana. Pero los
    conspiradores le siguen, le interceptan el paso, y uno de ellos, llamado
    Francisco Sálias, auxiliado del populacho, le obliga á volver á la casa
    capitular sin que los cuerpos de guardia que encuentran al paso opongan
    la menor resistencia, sino que, antes por el contrario, manifiestan su
    actitud amenazadora negando á su jefe los honores de ordenanza.

    Emparan tuvo que asentir á la idea de formar una Junta suprema; pero
    habiendo tenido los capitulares la debilidad de acceder por su parte á
    que este siguiera ocupando al frente de ella el cargo de Presidente, un
    doctor y canónigo de la catedral de Carácas, el Señor Don José Cortés
    Madariaga, que se anunció en el ayuntamiento como diputado del clero y
    del pueblo, en un interesante y elocuente discurso pidió la deposicion
    del capitan general.

    En tan críticas circunstancias, Emparan, presentándose en el balcon á la
    muchedumbre que cercaba la casa capitular, apeló á su voto; pero esta,
    siguiendo á los conjurados, gritó: _¡Afuera! ¡Afuera! No le
    queremos.–Ni yo tampoco quiero el mando_, dijo él despechado, si bien
    tratando de disimular su enojo y bochorno. Tomóse acta de estas palabras
    y se consideraron alli mismo como una renuncia voluntaria.

    El ayuntamiento, auxiliado por varios particulares llamados á su seno en
    calidad de diputados de las diferentes corporaciones y clases de la
    sociedad, declaró: _"Que las provincias de Venezuela procederian á
    constituir un gobierno encargado de ejercer la soberania á nombre y en
    representacion de Fernando VII_," neto por medio del cual desconoció la
    autoridad de la regencia, y luego expulsó de su territorio las
    autoridades principales que hasta alli habian representado á la nacion
    española, aboliendo al propio tiempo el odioso tributo de los indios y
    la Inútil de esclavos.

    Una vez desterrado el capitan general, el mando superior de las armas
    fué conferido á un sugeto de gran instruccion y valor personal; este era
    el coronel Fernando Toro, hermano del marqués de este nombre, que habia
    sido educado en España.

    Pronto las provincias de Barcelona, Cumaná, Margarita, Varinas y asi
    sucesivamente las demás, menos las de Coro y Maracaibo que se declararon
    fieles á la regencia, enviaron sus diputados á la junta, reconociendo
    asi el nuevo gobierno de Venezuela. Y si bien es cierto que á poco la
    Guayana se retractó de su primer acuerdo mandando presos á la metrópoli,
    á la Habana y Puerto-Rico á los adictos al nuevo órden de cosas, por
    otra parte, el reconocimiento hecho por Mérida del gobierno establecido
    en la capital, separándose de Maracaibo con noble entusiasmo, compensó
    en parte semejante defeccion.

    La Junta envió á Coro y Maracaibo algunos comisionados para tratar con
    las autoridades españolas, y estas los recibieron como traidores, y como
    á tales los remitieron sin vacilar un momento á las prisiones de
    Puerto-Rico. En vista de semejante atropello, ordenó la Junta que el
    marqués del Toro partiese al frente de alguna tropa contra la provincia
    de Coro; y dicho señor, cumpliendo con lo dispuesto por aquella, situó
    por lo pronto su cuartel general en Carora.

    Mientras estos sucesos tenian lugar, el coronel Simon Bolívar, investido
    de los poderes necesarios por la Junta y acompañado de Luis Lopez
    Mendez, se dirigia á Inglaterra para solicitar la proteccion de su
    gobierno contra el enemigo comun, en el caso de que este intentara
    apoderarse de Venezuela, y al propio tiempo impetrar su mediacion con el
    de España para que no se turbase la paz y buena armonia que hasta alli
    habian existido entre los habitantes de ambos hemisferios.

    Aunque Bolívar fué bien recibido por el marqués Wellesley, ministro de
    Negocios Extranjeros de la Gran-Bretaña, solo obtuvo contestaciones
    evasivas á causa de la alianza que por aquel tiempo tenian hecha las dos
    naciones. Cumplida esta mision, nuestro héroe se hizo á la vela de
    regreso para su pais nativo en compañia del general Miranda.

    Las Córtes generales y extraordinarias de la nacion española, instaladas
    el 24 de Setiembre en la Isla de Leon, dieron omnimoda facultades al
    ministro del Supremo Consejo de España é Indias Don Antonio Cortabarria
    para que, auxiliado por algunos buques de guerra, las tropas de
    Puerto-Rico, Cuba y Cartagena, interviniese en los asuntos de las
    colonias; pero con la prevencion de no apelar á la fuerza de las armas
    sino en el caso extremo de que los medios de persuasion fuesen de todo
    punto estériles. Para esto debia obrar de acuerdo con el gobernador de
    Maracaibo, Don Fernando Miyares, á quien el mismo Cortabarria llevaba el
    nombramiento de capitan general de Venezuela.

    La junta de Carácas se negó en un principio á reconocer y prestar
    obediencia á las Córtes generales; pero luego, accediendo á la opinion
    de sus miembros mas respetables, quiso dar una prueba de desinterés
    convocando á un Congreso nacional. Hubo por entonces un conato de
    sublevacion en sentido de reconocimiento del Consejo de regencia, y
    sorprendidos por la Junta, los revoltosos fueron condenados unos á
    encierro en las bóvedas de Puerto-Cabello y la Guaira, y otros
    desterrados á perpetuidad. Entre estos últimos figuraban los ricos
    hermanos peninsulares Don Francisco y Don Manuel Gonzalez y Linares, del
    comercio de Carácas.

    La noticia de horribles asesinatos perpetrados en Quito en las personas
    de varios decididos patriotas, produjo grande indignacion en el pueblo
    caraqueño, quien, cercando el palacio de la Junta, pedia la expulsion de
    los españoles y canarios; pero la Junta, decretando se hiciesen honores
    fúnebres á los desgraciados americanos, logró apaciguar el tumulto; y
    para evitar la reproduccion de semejantes escándalos y trastornos, la
    noche de aquel mismo dia, que era el 24 de Octubre, apresó y expulsó á
    los que suponia promovedores de disturbios. Estos fueron José Maria
    Gallegos, José Félix Ribas y tres hermanos suyos.

    Treinta y cinco dias despues de este acontecimiento, es decir, el 28 de
    Noviembre, el ejército de occidente, al mando de Toro, atacaba á las
    tropas de guarnicion en Coro, desalojándolas de un reducto y tomándoles
    un cañon; y dos dias despues ponia en fuga á las de Miyares, que le
    salió al paso en Sabaneta con 800 hombres entre infantes y caballos,
    haciéndole algunos prisioneros y ganando una pieza de campaña. En Carora
    dejó de picarles la retaguardia, y despues de guarnecer esta poblacion,
    asi como tambien la de Barquisimeto, se retiró á Carácas, donde corria
    la noticia de la llegada de Miranda al territorio venezolano.

    La Junta que gobernaba en nombre de Fernando VII, creyó que el dar asilo
    á tan ardiente republicano seria altamente contradictorio con la
    situacion en que se habia colocado, y trató de estorbar el desembarco de
    este general, y hasta llegó á brindarle con una dependencia diplomática
    á fin de alejarle. Pero el pueblo le tendió su mano protectora,
    recibiéndole con las mas singulares muestras de respeto y deferencia.
    Entonces el gobierno hizo alarde de entusiasmo y le confirió el título
    de teniente general, mandando que se buscasen y destruyesen todos los
    documentos que la anterior administracion formuló contra el buen nombre
    de tan distinguido militar y patriota.

    De este modo terminaba el año 1810, preparándose, merced á
    acontecimientos que casi nos atreveremos á calificar de providenciales,
    la realizacion de los deseos en que ardia el corazon de los venezolanos.

    CAPITULO III

    Entrada del año 1811.–Reunion y organizacion de un Congreso.
    –Disposiciones adoptadas por esto Cuerpo.–Conspiraciones.–Salida del
    general Toro para Valencia.–Nombramiento de Miranda como jefe del
    ejército.–Sus actos.–Constitucion de Venezuela.–La capital del
    Estado.–Monteverde.–Sucesos de la época y posteriores á la llegada de
    este personaje.–Molestar de la causa de Venezuela.–Terremoto.
    –Influencia de sus desastres unidos á los de la guerra.–Defeccion de
    algunas ciudades.–Suspension de la ley del Estado.–Donativos.–Proyectos
    de Miranda.–Elevacion de Bolívar al gobierno de Puerto-Cabello.–Esfuerzos
    inútiles.–Escenas sangrientos.–Descrédito de Miranda.–Ofrecimientos
    estériles.–Derrota del Dictador.–Bandolerismo.–Inminente peligro de
    Bolívar y su viaje á la Guaira.–Proposiciones de armisticio.–
    Capitulaciones.–Monteverde se hace dueño del pais.

    Inaugurábase el año 1811 con el bloqueo de las provincias venezolanas,
    bloqueo que Cortabarria mandaba ejecutar en cumplimiento de un decreto
    de la regencia, mientras que la junta, fiel á su convocatoria, llevaba á
    cabo la reunion del aplazado Congreso. Conforme á lo dispuesto por ella
    debia constar de cuarenta y cuatro diputados.

    El 2 de Marzo era el dia señalado para la reunion, la cual debia
    verificarse en la capital, donde aquel alto cuerpo quedó instalado,
    formando una Cámara, comun é indivisa, compuesta de respetables
    patricios enviados por las provincias de Barcelona, Varinas, Carácas,
    Cumaná, Margarita, Mérida y Trujillo. Entre sus dignos miembros
    figuraban el general Miranda, el marqués del Toro, Francisco Javier
    Ustáriz, Lino Clemente, Martin Tovar, Juan German Roscio, Antonio
    Nicolás Briceño, Francisco Javier Yánes y otros varios.

    Despues de haber organizado su servicio; el Congreso nombró tres
    individuos encargados de ejercer el poder ejecutivo, y otros tres como
    suplentes para los casos necesarios de ausencia ó enfermedad de los
    primeros, que fueron los señores Baltasar Padron, jurisconsulto
    acreditado; Juan Escalona, oficial de milicias elevado á la clase de
    coronel por la Junta Suprema, y Cristóbal Mendoza, que ejercia de
    abogado. Además estableció un Consejo Consultor.

    Uno de los acuerdos mas importantes del Cuerpo Legislativo fué el de la
    sancion de la famosa acta, por la cual se declaraba que las provincias
    de Venezuela en él representadas, formarian en lo sucesivo una
    Confederacion de Estados libres é independientes, con absoluta
    separacion de España. Cada uno de estos podria darse la forma de
    gobierno que mas le conviniera, conforme á la voluntad de sus pueblos.

    Pronto se hicieron sentir algunos movimientos revolucionarios,
    promovidos por los agentes de Cortabarria, que fueron sofocados por las
    fuerzas del gobierno, y condenadas á la última pena por sus tribunales
    las personas que aparecian como autoras de la rebelion. Pero una
    peligrosa sublevacion estalló en Valencia, donde los revoltosos,
    desconociendo la autoridad del Congreso, proclamaron la legitimidad de
    Fernando VII.

    El general Toro voló á reprimirla, logrando en un principio desalojar al
    enemigo de sus puestos avanzados, y concluyendo por ser rechazado á su
    vez hasta Maracay, desde cuyo punto envió emisarios á Carácas para que
    le auxiliaran con tropas de refuerzo. El gobierno entonces nombró á
    Miranda general en jefe del ejército; marchó este contra los españoles y
    les obligó á capitular, entrando en la ciudad sublevada el 13 de Julio.
    Pero por falta de la precaucion necesaria los vencidos, que habian
    conservado armas y municiones, saliendo de sus cuarteles cayeron sobre
    las tropas de Miranda, llevándolas en precipitada fuga hasta Guaraca.

    Despues de un hecho tan poco noble, Miranda, en ánimo de tomar venganza,
    allegó nuevas fuerzas y en los dias 12 y 15 de Agosto, reducidos los
    españoles al último extremo, se rindieron á discrecion por haberles sido
    rechazadas cuantas proposiciones de capitulacion habian presentado. Los
    prisioneros fueron condenados á muerte por los tribunales, pena que el
    Congreso determinó se conmutara por otras.

    Formulada, discutida y sancionada la Constitucion federal de las siete
    provincias venezolanas, se publicó el decreto en 21 de Diciembre.
    Reconocíase como base el sistema representativo, residiendo la soberania
    en el pueblo; dividíase el poder en legislativo, ejecutivo y judicial,
    formando cuerpos independientes entre sí; garantizábase el derecho
    popular y la inviolabilidad de domicilio; proscribíase para siempre el
    uso de la tortura y el fuero personal, y ninguna sentencia pronunciada
    por traicion contra el Estado tendria carácter difamatorio para los
    hijos del reo; abolíase la trata de negros y los indios eran igualados
    á los demás venezolanos en derechos y deberes: desarrollábase la
    instruccion pública; extinguíanse los títulos de nobleza hereditarios,
    asi como toda calificacion degradante de raza y, por último, quedaba
    adoptado el pabellon amarillo, azul y rojo, enarbolado por Miranda
    cuando su expedicion de 1806, considerándolo como distintivo de la
    federacion.

    La ciudad de Valencia fué declarada despues como capital del Estado; y
    el Congreso suspendió sus tareas el 15 de Febrero de 1812, aplazando su
    próxima reunion para el 1° de Marzo, no sin haber antes de disolverse
    ordenado guarnecer la márgen izquierda del Orinoco para colocarse á la
    defensiva.

    Desde esta fecha hasta la llegada del capitan de fragata Domingo
    Monteverde, natural de Canarias y al servicio de España, hubo algunos
    encuentros, prósperos unos y adversos otros, entre las tropas federales
    mandadas por los coroneles Francisco Gonzalez y Moreno, Manuel Villapol
    y Francisco Solá y las españolas; estos combates tuvieron lugar en Santa
    Cruz de la Soledad, en las aguas entre el caño de Macareo y el de
    Pedernales, en Barrancas, en Lorondo y en Angostura, donde, despues de
    un grave descalabro en que Villapol tuvo que fortificarse en Maturin
    para salvar su gente, Moreno y Solá desaparecieron, dejando sus soldados
    en el mas criminal abandono y á merced del enemigo.

    Monteverde llegó á Coro en compañia del brigadier Don Juan Manuel
    Cagigal y otros jefes militares, llevando consigo dinero, armas y demás
    necesario para hacer la guerra á las provincias sublevadas; y desde este
    momento los patriotas, no por falta de valor y decision sino á causa del
    menor número, fueron estrechados y acosados con mayor actividad
    cada dia.

    El 15 de Marzo protegia Monteverde la revolucion que en Liquisique
    acaudillaba deslealmente el indio Reyes Vargas, que sin grandes
    merecimientos habia recibido el nombramiento de capitan del gobierno de
    Venezuela; y á los seis dias de esta defeccion los patriotas, á quien
    una grave dolencia privaba de su jefe el comandante Gil, eran derrotados
    completamente en Carora.

    La causa de la independencia principiaba á perder terreno en Venezuela,
    viniendo un sacudimiento momentáneo de la naturaleza á juntarse con los
    de la guerra. El 28 de Marzo, dia de Jueves Santo, á las cuatro de la
    tarde, un espantoso terremoto destruyó la mayor parte de Carácas,
    sepultando millares de habitantes bajo sus minas. Igual desgracia
    afligió á la Guaira, Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras
    poblaciones, en las que, asi como en la primera, perecieron gran número
    de voluntarios al servicio de la Confederacion. No faltaron adeptos al
    antiguo régimen que hicieran correr la voz de que semejante natural
    suceso era un castigo del cielo, puesto que venia á cumplirse
    precisamente en el dia mismo en que dos años antes la revolucion habia
    depuesto y desterrado á las autoridades españolas.

    Este acontecimiento, unido á los desastres que la guerra hacia sentir á
    los pueblos, no dejó de influir en favor de la regencia, cuyas armas,
    guiadas por el general Monteverde, se presentaban favorecidas por la
    fortuna en todas partes y ocupaban la arruinada ciudad de Barquisimeto
    el 7 de Abril. Alli se detuvo su jefe algunos dias desenterrando
    pertrechos y armamentos, reclutando gente y dando acogida á algunas
    partidas que con sus oficiales desertaron de las filas republicanas. El
    dia 25 batia cerca de San Cárlos al coronel Miguel Ustáriz, bajo cuyas
    órdenes puso Jalon cerca de 1.400 hombres. En lo mas encarnizado de la
    pelea, y cuando el triunfo estaba aun indeciso, el escuadron de Pao se
    pasó á los realistas dándoles la victoria. Casi todos los soldados de
    Venezuela que habian tomado parte en la accion cayeron en el campo de
    batalla; y, con los pocos que se quedaban, Ustáriz se refugió
    en Valencia.

    Mérida, Trujillo y otras poblaciones de la parte occidental fueron
    declarándose por el invasor, que se disponia á proseguir su marcha; y en
    tan tristes circunstancias la idea de la dictadura vino á apoderarse del
    ánimo de los leales. El poder trató de realizarla delegando todas sus
    facultades en el marqués del Toro, quien rehusó esta distincion;
    entonces fué puesta la suerte de la santa causa en manos de Miranda;
    este no tuvo dificultad en admitir el alto cargo y peligrosa confianza
    con el título de Generalísimo, por juzgarlo menos pretencioso y mas
    modesto que el de dictador.

    La Constitucion, promulgada aun no hacia tres meses, quedó en suspenso
    de este modo; y mientras que el jefe absoluto fijaba su cuartel general
    en Maracay, y en Varinas se juntaba una fuerza considerable de
    caballeria, y salian emisarios en busca de hombres, buques y
    subsistencias, Ustáriz, elevado al cargo de gobernador de Valencia, se
    veia abandonado de sus tropas y, dejando la plaza en poder de
    Monteverde, se retiraba á la Cabrera.

    En medio de tantos desastres como sufria la causa de la independencia,
    los generosos donativos de muchos extranjeros, amantes del nuevo órden
    de cosas y de la libertad de América, vinieron á fortificar un tanto los
    abatidos ánimos, que recobraron su antigua esperanza viendo como al
    mismo tiempo se organizaba un cuerpo de franceses á las órdenes del
    coronel Ducaylá, y cómo algunos alemanes é ingleses de distincion, entre
    los cuales figuraban Sir Gregor MacGregor empuñaban las armas en defensa
    de Venezuela.

    Miranda formó entonces el plan de estrechar á Monteverde: al intento,
    despues de haberse asegurado de la custodia de Puerto-Cabello, poniendo
    en esta plaza un oficial de _toda confianza_ asi por su _aptitud_ como
    por su _valor y decision hácia la santa causa de la independencia_,
    cubrió el punto de los Guayos con un fuerte destacamento que á los pocos
    dias, mientras él avanzaba en la línea de las operaciones proyectadas,
    fué batido y desbaratado el 8 de Mayo por la deslealtad de algunas
    compañias que se pasaron al enemigo. En vista de esto volvió atrás y se
    dispuso á fortificar bien la Cabrera, Guayca y Magdalena para poder
    hacer frente á los ataques de Monteverde, quien se disponia á atacarle.

    El _hombre de confianza_, el militar experto, el valiente soldado, el
    inteligente y decidido patriota que Miranda colocó en el mando de
    Puerto-Cabello, aquel que habia merecido este cargo delicado y de cuya
    aptitud para el desempeño no podia dudarse un solo instante, no era otro
    que el coronel Simon Bolívar, á quien el Generalísimo consideraba como
    el oficial mas activo y de mas vasta instruccion de todo su ejército.

    A pesar de los esfuerzos de Miranda, de los auxilios que encontraba, de
    alguna que otra accion en que el enemigo era rechazado, no por eso
    dejaba de agravarse la causa de la independencia, siendo derrotados sus
    patriotas hasta en las llanuras de Carácas, en Calabozo y San Juan de
    los Morros, donde el jefe español Don Eusebio Antoñanzas pasó á
    cuchillo, sin piedad alguna, no solo á los prisioneros sino tambien á
    las mujeres y los niños.

    La autoridad y prestigio del dictador menguaban de dia en dia,
    haciéndose mas frecuentes las decepciones de sus subordinados; por lo
    que, para vigorizar su poder, se rodeó en Maracay de algunas personas
    notables pertenecientes á los altos cargos del poder ejecutivo, del
    Congreso y del gobierno peculiar de Carácas, y de todas formó una
    especie de Consejo Consultor que le auxiliaba en los casos graves y
    circunstancias apremiantes ó difíciles.

    Sin embargo, de nada sirvió que la promulgacion de una _ley marcial_
    llamando á las armas á todos los venezolanos, excepto los ordenados _in
    sacris_ y unos pocos empleados de la administracion civil, y la de un
    decreto ofreciendo la libertad á los esclavos que se alistasen por diez
    años, prometiendo indemnizar á sus amos en mejores circunstancias, le
    diesen una superioridad numérica sobre el enemigo; pues habiendo
    perdido el punto de Magdalena y las alturas que dominan á Maracay, el
    jefe venezolano se encontraba cortado en sus posiciones, viéndose
    forzado á retirarse y pegar fuego á los ricos depósitos de víveres y
    municiones que venia formando en aquella poblacion.

    Con sus fuerzas, las de Guayca y la Cabrera, se encaminó hácia la
    Victoria: pero Monteverde, sabedor de este movimiento, se adelantó hasta
    San Mateo y le sorprendió, poniendo en desordenada fuga á sus soldados.
    Mientras tanto la capital de la república se encontraba en un estado de
    continua alarma, pues los esclavos de Curiepe y otros puntos de la costa
    y de los valles orientales, á pretexto de defender los derechos de
    Fernando VII, desde el 24 de Junio, en que habian tomado las armas,
    andaban cometiendo todo género de desmanes, tropelias y vejaciones con
    el mas feroz vandalismo, y Monteverde avanzaba hácia alli, despues de
    haber dejado algunas tropas frente á la Victoria.

    En el punto que este movimiento del enemigo tenia lugar, una nueva
    decepcion ponia á Bolívar en inminente peligro y con él á la república.
    El último dia de Junio, el oficial de milicias Francisco Fernandez
    Vinoni, con alguna tropa, el presidio y varios reos de Estado,
    proclamaba á Fernando VII, enarbolando en el castillo de San Felipe de
    Puerto-Cabello una bandera roja, y despues de algunas intimaciones
    infructuosas rompia el fuego de su artilleria contra la plaza. En tan
    crítica situacion, y fuera de sí con un suceso que tal vez iba á decidir
    de la suerte del pais, trató Bolívar sin embargo de sostenerse, y lo
    hizo asi durante tres dias; pero al saber que los españoles de Valencia
    se dirigian ya hácia alli y que sus puestos avanzados se pasaban al
    enemigo, antes de abandonar Puerto-Cabello quiso tentar fortuna y mandó
    á su encuentro unos 200 hombres con los coroneles Mirés y Jalon. Estos
    fueron derrotados en San Estéban y habiendo quedado prisionero el último
    con solo siete soldados regresó el primero al lado de Bolívar.

    Con 40 hombres que le quedaban, despues de haber capitulado los
    habitantes de Puerto-Cabello temiendo la ruina de la poblacion, el digno
    jefe trató de defenderse todavia en las afueras desde el Trincheron:
    pero el dia 6 no contando sino 8 oficiales á su servicio, se embarcó con
    ellos en Borburata, arribó á la Guaira y comunicó á Miranda desde
    Carácas, algunos dias despues, los incidentes de tan lamentable
    acontecimiento.

    Asi que lo supo el Generalísimo, propuso á Monteverde, que se hallaba en
    Valencia, una suspension de hostilidades; pero el general español por
    toda respuesta se ofreció á concederle una capitulacion; la cual,
    admitida en principio por Miranda, pronto recibió este las condiciones
    que, despues de ajustadas, dieron lugar á algunas diferencias. Pero
    apremiado por Monteverde las ratificó Miranda el 25 de Julio de aquel
    año, el de 1812, _quedando la Confederacion,_ conforme á las
    capitulaciones, asi como el _armamento_ y _demás objetos militares_ en
    poder del general español _bajo garantia de respeto á las personas,
    cualesquiera que hubieren sido su conducta y opiniones durante la
    revolucion._

    Al dia siguiente las tropas españolas penetraban en la Victoria, y tres
    mas tarde en Carácas, de donde huyeron algunos patriotas con intencion
    de embarcarse en la Guaira, y entre los que asi se precipitaban, poco
    seguros del cumplimiento de lo estipulado, figuraba tambien el
    desgraciado Generalísimo de la efímera Confederacion venezolana.

    CAPITULO IV

    Bolívar se embarca para Curazao.–Tirios y Troyanos.–Constitucion de
    1812.–Complot de varios jóvenes patriotas.–Marino y Bermudez.–
    Atrocidades de Zuazola.–Sus consecuencias.–Sitio de Maturin.–La
    revolucion revive.–Bolívar en Cartagena.–Principia á ejecutar sus
    planes.–Paso del Zulia.–Asciende á brigadier.–Penetra en Venezuela.–
    La guerra á muerte.–Conquistas.–Proclama.–Nuevos triunfos.–Entrada
    de Bolívar en Carácas.

    Bolívar, cuyo ánimo acostumbrado desde la niñez á los grandes reveses y
    cuyo amor por la patria no se abatian en ninguna circunstancia, dominado
    en la que tan cruelmente pesaba sobre el pueblo venezolano por la idea
    de salvarle y de sacudir un dia el pesado yugo que venia á esclavizarle
    de nuevo, trató de conservarse, y merced á la buena amistad del español
    Don Francisco Iturbe, que gozaba de gran favor cerca de Monteverde,
    obtuvo un salvoconducto y se embarcó en seguida para Curazao.

    La terminacion de la campaña trajo la desavenencia entre el capitan
    general Miyares y Monteverde, que se negaba á reconocer su autoridad en
    los paises por él recuperados para la España, dando por resultado la
    destitucion del primero y la elevacion del pacificador á la dignidad
    superior de Venezuela. Entonces, alegando que se conspiraba nuevamente,
    apresó á muchos distinguidos americanos. Miranda siguió muchos meses en
    los calabozos de Puerto-Cabello, de donde fué trasladado á Cádiz y con
    destino al arsenal de la Carraca, que andando el tiempo le vió morir el
    dia 14 de Mayo de 1816. Juan Pablo Ayala, Madariaga, Mirés y Roscio,
    patriotas venerables, fueron tambien remitidos á España y encerrados en
    seguida en los presidios de África.

    La Constitucion española, jurada en Cádiz por Fernando VII, fué
    publicada por Monteverde el 3 de Diciembre y adoptada, cinco dias mas
    tarde, por el pueblo y el clero. Pero algunos jóvenes patriotas, llenos
    de intrepidez y desesperacion, concibieron el proyecto de sorprender,
    desembarcando en la Guaira, el destacamento realista que alli estaba y
    cuya fuerza consistia en 300 hombres, la mayor parte güireños. Eligieron
    como jefe al rico margariteño Santiago Mariño, quien para el golpe de
    mano intentado no contaba sino con el insignificante número de seis
    fusiles. Sin embargo, llegada la ocasion de obrar, la guarnicion del
    puerto, abandonando á sus jefes, se unió con los venezolanos.

    Pronto las fuerzas de Mariño, convenientemente distribuidas entre él,
    Bernardo Bermudez y José Francisco, derrotaron las tropas de Cervéris y
    ocuparon á Maturin, cuya guarnicion huyó tan luego como Bermudez se
    presentó en sus cercanias. Con no menos rapidez, las fuerzas destacadas
    por órden del capitan general al mando de Don Antonio Zuazola batieron á
    los patriotas, primero en los Magueyes, y el 16 de Marzo de 1813 en
    Aragua. Este jefe no solo fusiló á los prisioneros que hizo, sino que
    mostró la mayor inhumanidad mandando matar á inofensivas mujeres, á
    venerables ancianos y á inocentes niños.

    Una parte de los derrotados y otros muchos patriota, irritados en vista
    del proceder de Zuazola, se refugiaron en Maturin, donde Piar y Azcúa
    mandaban durante la ausencia de Bermudez, y cuyos jefes lograron
    desbaratar con solo 500 hombres, en una salida que hicieron de la plaza,
    á 1.500 mandados por Don Lorenzo de la Hoz, rechazando despues á fuerzas
    mayores todavia, y poniendo al capitan general en el caso de presentarse
    en el teatro de la guerra á dirigir por sí mismo las operaciones.

    Monteverde, á la vista ya de Maturin con mas de 2.000 hombres, intimó la
    rendicion de la plaza en el término de dos horas, so pena, en caso
    contrario, de entregarla al furor de sus soldados. La contestacion fué:
    "_Que el pueblo de Maturin estaba resuelto á perecer en defensa de las
    libertades patrias_." Entonces tuvo lugar un sostenido y encarnizado
    combate por ambas partes, retirándose al fin los españoles con pérdida
    de 500 hombres muertos en el campo de batalla, entre los que habia 27
    oficiales, y abandonando Monteverde al enemigo cinco cañones, muchas
    armas y pertrechos, su propio equipaje y mas de 6.000 pesos de plata.

    Este memorable hecho de armas tenia lugar el 25 de Mayo; y desde esta
    fecha la revolucion cobraba nueva vida. Entre tanto el general San
    Martin adelantaba tambien en la causa de la independencia en
    Buenos-Aires, y todo parecia anunciar dias de bonanza para la América.
    El abatido espíritu público volvia á levantarse, saliendo como del
    estupor de un terrible sueño á la realidad amable de la vida, cuando el
    leal Bolívar, á quien el gobierno de España habia confiscado los bienes,
    que eran cuantiosos, con anterioridad á los últimos sucesos referidos,
    se presentaba en Cartagena en los primeros dias de Octubre de 1812,
    decidido á inmolar su existencia en aras de la patria por su libertad y
    engrandecimiento. Venia acompañado de los hermanos Miguel, de Manuel
    Cortés Campomanes, de Fernando Carabaño, de José Félix Ribas y de varios
    distinguidos oficiales.

    El plan que guiaba sus pasos, mirado aun por los menos desconfiados como
    irrealizable, era el de dar la libertad á Venezuela con el concurso de
    la Nueva-Granada, que hasta cierto punto habia seguido la misma marcha
    en su revolucion contra los españoles realistas. En Cartagena obtuvo el
    mando de una pequeña fuerza, con la cual subió por las márgenes del
    Magdalena, y despues de haber batido varias partidas de las tropas
    enemigas en diferentes puntos de aquel rio, desde Ocaña solicitó el
    permiso del gobierno de Cartagena para pasar á Cúcuta.

    Obtenido el consentimiento, con grande esperanza y entusiasmo emprendia
    su obra el valeroso caudillo. Solicitó auxilios del gobierno de
    Cundinamarca, que le facilitó 500 hombres, y se puso en marcha con ánimo
    de llegar hasta Carácas conforme á su ofrecimiento. El coronel español
    Don Ramon Correa podia disponer hasta de unos 4.000 hombres que por
    aquella parte guardaban la frontera venezolana. Pero Bolívar, valiéndose
    de ingeniosas extratagemas, apoyado por el pueblo y con relaciones de
    falsos espias, hizo que el enemigo abandonase algunas fuertes
    posiciones, llegando asi á la vista de San José de Cúcuta, donde Correa
    habia concentrado mas de 800 hombres.

    Al amanecer del 28 de Febrero de 1813 ocupó Simon Bolívar las alturas
    sitas al Oeste de San José, para cuya operacion tuvo que atravesar el
    caudaloso Zulia con una miserable canoa, y cayendo sobre las tropas
    españolas, despues de arrojarlas de sus posiciones, cargándolas á la
    bayoneta las derrotó completamente, ocupó su artilleria, fusiles y
    cuantos pertrechos tenia Correa dentro de la villa, y retirándose á la
    Grita, los valles quedaron libres del todo. El empleo de brigadier, el
    título de ciudadano de la Union, y además el mando en jefe de la
    division, de Cúcuta, fueron las recompensas otorgadas á Bolívar por tan
    señalado triunfo.

    Unida su fuerza á la que trajo el coronel Manuel Castillo, jefe militar
    de Pamplona, ascendia ya á unos 1.200 hombres bien municionados y
    armados. Con 800 destacó al citado coronel para que atacase á Correa,
    quien el 13 de Abril se veia forzado á abandonar la angostura de la
    Grita, en donde estaba bien atrincherado. Entonces Bolívar se dirigió á
    Venezuela con sus exiguas fuerzas, pero con buenos oficiales. Entre
    estos iba en clase de mayor general de la expedicion el venezolano
    Rafaél Urdaneta, el valiente jóven José Félix Ribas y el comandante
    Atanasio Giraldot, asi como tambien el capitan Luciano D'Eluyar. Estos
    últimos eran dos bizarros granadinos. En Cúcuta quedaron Joaquin
    Ricaurte, segundo jefe del ejército, Francisco de Paula Santander y
    algunos otros.

    El jefe venezolano fué recibido en Mérida con grandes muestras de
    aprecio y entusiasmo el dia primero de Junio. Alli concibió el mas
    grande, el mas importante y trascendental de sus pensamientos
    revolucionarios. Desde el principio de la guerra eran condenados á
    muerte por los españoles cuantos individuos caian en su poder, con las
    armas en la mano, mientras que los suramericanos daban cuartel á sus
    enemigos. Esta ventajosa circunstancia hacia que los naturales, puestos
    en el duro trance de servir, se afiliasen con preferencia en las filas
    realistas. Asi, pues, la _guerra á muerte_ fué el grandioso pensamiento
    que habia de dar á Venezuela su deseada independencia. Antes de imprimir
    á su resolucion un carácter solemne, se limitó por el momento á publicar
    una proclama, fecha el 8 de Junio, en la cual lanzaba á los enemigos la
    amenaza de una guerra de exterminio si ellos seguian usando con los
    prisioneros el mismo rigor que hasta entonces. Y luego marchó sobre
    Trujillo, donde entró Giraldot sin encontrar la menor resistencia.

    Menos de un mes bastó á Bolívar para conquistar dos provincias
    venezolanas, libertando por una serie no interrumpida de triunfos el
    extenso pais que media entre Tenerife y Trujillo, desde cuyo último
    punto, el 15 de Julio, anunció á la república la solemne resolucion que
    desde aquel dia adoptaba, declarando la _guerra á muerte á los enemigos
    armados contra la patria_. "Españoles y canarios, decia en su
    manifiesto; contad con la muerte aun siendo indiferentes, si no obrais
    activamente en favor de la libertad de la América. Americanos, contad
    con la vida aun cuando seais culpables."

    Al siguiente dia, al pié de la cordillera que separa la comarca de
    Niquitao de las llanuras de Varinas, en el punto llamado las Mesitas,
    los oficiales Urdaneta y Ribas atacaban con 550 hombres á un cuerpo de
    realistas compuesto de 800 soldados, venciéndolos tras un reñido combate
    que duró desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Unos
    450 prisioneros y todas las armas de los realistas quedaron en poder de
    los vencedores.

    A esta victoria siguió la de los Horcones, nombre del territorio en que
    Ribas volvió á derrotar á los españoles y está situado entre el Tocuyo y
    la ciudad de Barquisimeto. Por fin, desbaratando aqui y alli cuantos
    obstáculos se oponian á su paso, el 7 de Agosto Simon Bolívar hacia su
    entrada triunfal en Carácas, victoreado por un pueblo entusiasta y
    numeroso que le saludaba con el glorioso nombre de _Libertador de
    su pais._

    CAPITULO V

    Situacion del partido independiente,–Consecuencias de la toma de Cumaná
    y del fusilamiento de Bernardo Bermudez.–Sitio de Puerto-Cabello.–
    Represalias.–Refuerzo de tropas españolas.–Muerte de un valiente
    granadino.–Es vengado por sus compatriotas.–Combate de
    Mosquitero.–Bolívar es nombrado general en jefe del ejército y titulado
    Libertador.–Nuevos triunfos de las armas republicanas.–Sus efectos
    sobre Monteverde.–El Libertador da cuenta de sus operaciones al pueblo
    de Carácas.–Continuan las victorias.–Fin de varios patriotas
    notables.–Rasgo heróico de Ricaurte.–Asedio de Valencia.–La situacion
    de los independientes se agrava.–Inútil tentativa.–Batalla de
    Carabobo.–Descalabros.–Triste espectáculo de la emigracion.–Bóves se
    declara como primer jefe del ejército español.–Sus primeros
    actos.–Desgraciado combate de Aragua.–Deliberacion.–Bolívar y Mariño
    se embarcan para Margarita.–El depósito sagrado.

    Antes de continuar la relacion de los sucesos que siguieron á la
    entrada del jefe venezolano en Carácas, preciso es echar una mirada al
    estado en que se encontraban los republicanos. Dos facciones distintas
    figuraban dentro del partido que se batia por la causa de la
    independencia. Una, partidaria de las divisiones provinciales, se
    esforzaba por el triunfo del federalismo, en tanto que la otra, aferrada
    al principio de la unidad como único medio de fuerza y consistencia,
    aspiraba á la concentracion del poder en el gobierno. A la cabeza de
    esta, lleno de la mas profunda conviccion, se hallaba Simon Bolívar.
    Tal era el estado de los independientes en Venezuela, despues de la
    reaccion provocada por los triunfos que sus armas habian obtenido desde
    el desembarco de Mariño, á principios de 1813, con los refugiados en
    Chacachacare, islote perteneciente al gobierno inglés de Trinidad.

    Luego que este valiente margariteño logró apoderarse de Cumaná auxiliado
    por un paisano, el coronel Juan Arismendi, primera autoridad militar de
    Margarita desde el 5 de Junio, fecha de su última proclamacion en pro de
    la independencia, Antoñanzas, herido de gravedad, huyó á morir en
    Curazao. Hacia el mismo tiempo, hecho prisionero por los realistas,
    Bernardo Bermudez habia sido fusilado por órden de Cervéris; pero
    recogido con vida el mismo jefe mandaba asesinarlo en su propio lecho al
    tener noticia de la victoria alcanzada por Mariño, quien luego añadió á
    este lauro el de la toma de Barcelona.

    Este acontecimiento obligó al jefe que defendia la ciudad, el mariscal
    de campo Don Juan Manuel Cajigal, á retirarse á Guayana; y entre los
    oficiales que lo acompañaron, Francisco Tomás Morales y José Tomás
    Bóves, adquirieron despues gran celebridad, lanzándose desde aquel
    momento, al frente de una division de caballeria, á recorrer en medio de
    mil azares las llanuras de Carácas. Volvamos ahora á seguir á Bolívar en
    su expedicion, diciendo antes que Monteverde huyó á encerrarse en
    Puerto-Cabello tan luego como supo que aquel, favorecido por su valor,
    su génio y la fortuna, se aproximaba á Valencia.

    Un año hacia que en los calabozos de Puerto-Cabello gemia prisionero el
    valiente Jalon, y Bolívar, tanto por salvarle cuanto por humillar á
    Monteverde, puso sitio á la plaza con las tropas de Urdaneta y la
    division de Ribas, mandadas por Giraldot. En una de las salidas que los
    de la plaza intentaban Zuazola cayó prisionero; y Bolívar propuso
    inmediatamente su cange con Jalon, propuesta que fué rechazada por
    Monteverde, quien persistia en su conducta de no querer tratar con los
    enemigos. Esto y el haber Monteverde fusilado algunos prisioneros,
    obligó al jefe venezolano a ordenar que Zuazola pagase sus desmanes
    siendo ahorcado al frente de la plaza. Crueles represalias se siguieron
    por parte del sitiado.

    Unos 1.200 hombres de desembarco, al mando del coronel Salomon,
    vinieron en auxilio de Monteverde el l6 de Setiembre, y Bolívar,
    levantando el sitio, se dirigió hácia Valencia. Á los pocos dias, el
    capitan general salia en persecucion de los sitiadores y destacaba una
    fuerza que ocupó el cerro de Bárbula, en el ramal de los montes de
    Guataparo; y el 50 del mismo mes las columnas de Giraldot, D'Eluyar y
    Urdaneta atacaban la vanguardia española, y trepando la montaña el arma
    al brazo ponian en fuga al enemigo, haciéndole gran número de
    prisioneros. En esta gloriosa accion el bizarro Giraldot, al tiempo que
    plantaba la bandera tricolor sobre la mas fuerte posicion de los
    realistas, herido de un balazo cayó para no levantarse mas.

    Entonces los soldados granadinos, para vengar la muerte de su heróico
    compatriota, pidieron y obtuvieron de Bolívar la formacion de un cuerpo
    aparte; y D'Eluyar, á la cabeza de mil valientes, derrotaba á los
    españoles en el sitio llamado las Trincheras, coronado por un triunfo
    completo, de cuyas resultas, herido en la cara de un balazo, Monteverde
    huia á encerrarse en Puerto-Cabello. El sitio de esta plaza quedó
    restablecido otra vez y Giraldot vengado al tercer dia de su muerte.

    Una semana mas tarde, á 11 de Octubre, el teniente coronel Campo Elias
    reunia algunas fuerzas á los mil fusileros con que, conforme á las
    órdenes de Bolívar, habia salido de Coro; y habiendo allegado hasta
    1.200 caballos, puesto á las órdenes de Miguel Ustáriz, alcanzaba una
    espléndida victoria en el sitio de Mosquitero sobre los 2.000 ginetes y
    500 peones que mandaban Bóves y Morales, quienes, acompañados de solo
    treinta hombres de caballeria, se refugiaron en Guayabal, sobre la
    izquierda del Apure. El jefe de la infanteria española, Francisco Tomás
    Morales, salió gravemente herido de la batalla.

    El mismo dia en que las armas republicanas se señalaban con tan glorioso
    hecho, se reunian en Carácas las autoridades civiles y el cabildo en
    medio de los victores, aplausos y aclamaciones del pueblo, y de comun
    acuerdo conferian á Simon Bolívar el empleo de capitan general del
    ejército y el título de LIBERTADOR DE VENEZUELA. Pero el célebre
    caudillo no se durmió sobre sus laureles ni interrumpió un solo instante
    la marcha de sus operaciones; y ordenando al general Ribas que acudiera
    de Carácas, salió él de Valencia, y el 25 de Noviembre, con 2.000
    hombres entre infantes y ginetes; estorbó el movimiento intentado por la
    division de Salomon sobre las alturas de Vijirima, y, batiéndola con
    grandes ventajas, la obligó á retirarse á Puerto-Cabello. De alli á diez
    dias Salomon procuraba un nuevo combate en Araure con fuerzas bastante
    superiores en número, y las armas republicanas, dirigidas por el mismo
    Bolívar, obtenian una señalada victoria, pues, con muy pocas pérdidas,
    ocuparon todo el tren militar del enemigo, que huyó dejando en el campo
    mas de mil muertos.

    En esta brillante jornada dieron heróicas pruebas el general Urdaneta,
    el coronel Florencio Palacios, el teniente coronel Manuel Manrique, los
    capitanes Campo Elias, Briceño, Ribas Dávila, Villapol, Mateo Salcedo y
    otros varios republicanos. Los soldados merecieron gracia de su jefe,
    que hizo de todos los mayores elogios en el parte detallado de esta
    brillante accion. Estas derrotas trajeron consigo el desaliento y la
    desconfianza en las filas españolas; y el 28 de Diciembre los
    defensores de la plaza de Puerto-Cabello, destituyeron del mando á
    Monteverde, quien once dias despues se retiraba á ocultar su humillacion
    en Curazao.

    Bolívar volvió á Carácas, y haciendo que el gobernador político
    Cristóbal Mendoza convocase á las corporaciones, vecinos mas notables y,
    en fin, á todos los padres de familia, el 2 de Enero de 1814, en el
    convento de San Francisco, ante una inmensa concurrencia, dió cuenta de
    los actos administrativos de su dictadura y esperó el fallo del pueblo.
    Á propuesta del gobernador, en medio de la mas viva, entusiasta y
    prolongada aclamacion, se confirmaron al Libertador los poderes de que
    hasta alli habia estado investido; y lleno este de gozo, dirigió frases,
    de gratitud al pueblo venezolano por la confianza con que lo honraba.

    Partió en seguida para el campo de batalla, y despues que Ribas
    rechazaba valerosamente á Bóves en la Victoria el 12 de Febrero,
    poniendo sus tropas en dispersion, si bien teniendo que lamentar entre
    otras la pérdida del distinguido Ribas Dávila, el 28 del mismo mes, con
    solos 1.800 hombres por parte de Bolívar y 7.000 por la de Bóves,
    vencido este tuvo que dejar el campo de la accion, que era el de San
    Mateo, despues de haber costado á los republicanos este triunfo 203
    hombres entre muertos y heridos. Entre los primeros habia que lamentar
    al valiente Villapol y otros dos oficiales, y entre los segundos habia,
    con Campo Elias, otros 30 oficiales; pero la pérdida del enemigo fué
    mucho mayor. Ricaurte guarnecia en la cima de un cerro cercano á San
    Mateo una casa perteneciente á Bolívar y destinada á servir de parque.
    [Nota: Algunos dicen que el Libertador nació en esta casa, que hoy se
    vé reedificada.] La fuerza de que disponia no era capaz de hacer frente
    el ataque de la fuerte columna que Bóves destacó contra la casa; y
    conociendo que su resistencia seria inútil, hace salir á sus soldados,
    se queda solo, pega fuego á los pertrechos del parque y destruye asi al
    enemigo, quedando sepultado con él entre los escombros.

    A fines de Marzo los realistas ponian sitio á Valencia con 4.000 hombres
    que Don José Cevallos traia de refresco de la provincia de Coro, pero
    sin artilleria. La ciudad estaba defendida por Urdaneta como primer
    jefe, Juan Escalona como segundo, y el Doctor Espejo como gobernador
    político. El comandante Taborda dirigia las baterias. Despues de varios
    incidentes, siempre ventajosos para los sitiados, el 5 de Abril,
    replegando sus fuerzas en la falda del Morro, el jefe sitiador
    desapareció por el camino del Tocuyito. Bolívar entró en la plaza el
    mismo dia, acompañado de algunos oficiales; y despues de tributar á los
    heróicos defensores los elogios que merecian se dirigió hácia
    Puerto-Cabello.

    A causa de la escasez de recursos y de algunos descalabros que por el
    espacio de un mes habian experimentado los patriotas, su situacion
    principiaba á hacerse un tanto embarazosa. Cagigal en persona mandaba el
    ejército que habia traido Cevallos, y hostilizaba activamente á los
    republicanos, cuando el 16 de Mayo resolvió Bolívar presentarle batalla,
    lo cual verificó el dia siguiente en los campos del Tocuyito, sin poder
    conseguir cosa alguna por haber paralizado la accion una fuerte lluvia,
    y el 18 se retiró tranquilamente acampando en las afueras de Valencia.

    Diez dias mas tarde Bolívar desplegaba los grandes recursos de su génio
    militar presentando un bien combinado plan de batalla á Cagigal en las
    llanuras de Carabobo. El jefe español, por su parte, se habia situado
    convenientemente y con admirable órden. La primera línea de los
    republicanos estaba mandada por Urdaneta, mientras el Libertador, Ribas,
    Mariño y otros jefes operaban en la segunda. La fuerza total ascendia á
    unos 5.200 hombres; el enemigo presentaba en línea mas de 6.000. Las
    acertadas disposiciones de Bolívar, hábilmente ejecutadas por sus jefes,
    dieron como resultado el exterminio de casi toda la infanteria enemiga,
    pues los ginetes huyeron ilesos á refugiarse en parte segura, por la
    derecha del camino del Pao. Con solo la pérdida de unos 60 hombres entre
    muertos y heridos obtuvo en este dia el jefe venezolano 8 banderas, toda
    la artilleria enemiga, mas de 500 fusiles, gran número de caballerias,
    municiones, provisiones y ganados, salvando asi por quinta vez á
    su patria.

    A pesar de las medidas preventivas tomadas por Bolívar, seguro como
    estaba de que Bóves allegaba gente para tomar desquite de la última
    derrota de los realistas, no pudo evitar que en la Puerta los 5.000
    ginetes y 5.000 infantes españoles derrotaran á Meriño, cuya fuerza no
    llegaba á una mitad de este número. Mas de l.000 republicanos quedaron
    sobre el campo de batalla, muchos de ellos asesinados despues de haber
    sido hechos prisioneros. El coronel Aldao y el comandante Freites fueron
    muertos en la accion; y entre los prisioneros el coronel Jalon, cangeado
    hacia algun tiempo por el teniente coronel Marimon. Tambien pereció en
    este aciago dia el secretario de Estado Antonio Muñoz y Tévar.

    Mientras Bolívar y Mariño, que habian salvado con bien, habiendo
    despachado emisarios á Escalona para que defendiese la plaza de
    Valencia, corrian á sacar recursos de la capital, Bóves, despues de
    perseguir á los vencidos hasta la Victoria y destacado su columna de
    1.500 hombres al mando del capitan Ramon Gonzalez para que se dirigiese
    á Carácas con el resto de su gente, se presentó el 19 delante de
    Valencia, y reduciendo á Escalona en ella al estrecho recinto de la
    Plaza Mayor, le obligó á capitular, ofreciéndole ante Dios que
    respetaria la vida y propiedad de cuantos ocupaban la plaza; pero á los
    dos dias el coronel Alcover, el Doctor Espejo, todos los oficiales,
    menos Escalona que pudo huir á favor de un disfraz, los sargentos y
    varios particulares de Valencia perecian vilmente asesinados.

    Poco antes de la toma de esta ciudad, Carácas fué tambien ocupada por
    los españoles, y el 6 de Julio Bolívar, afligido por el triste
    espectáculo de las numerosas familias que como un fúnebre cortejo
    seguian sus pasos, caminaba hácia Barcelona por la montaña de Capaya y
    la costa del mar. Bóves por este tiempo, á ejemplo de Monteverde, se
    apoderó del mando y erigido en señor absoluto de sus actos, dejó en
    Carácas como gobernador al traidor Quero, en Valencia al oficial Don
    Luis Dato, y ordenó á Morales que partiese en persecucion de Bolívar.
    Durante los diez dias que permaneció en Carácas hizo circular dos
    indultos, y despues ofició á todas las autoridades y justicias mayores
    de los pueblos para que de mano poderosa mandase fusilar á cuantos
    hubiesen tenido participacion en la muerte de unos prisioneros,
    ejecutada mientras el coronel Arismendi era gobernador interino de
    aquella capital.

    En el tránsito logró todavia Bolívar recojer y organizar hasta 2.000
    hombres, que hizo se posesionasen de Aragua de Barcelona. El coronel
    Bermudez acompañaba al jefe venezolano en calidad de su segundo. El 18
    de Agosto, y guiando la respetable fuerza de 8.000 bayonetas, Morales
    atacó á los republicanos; despues de un largo combate la victoria vino á
    declararse por los realistas, si bien es cierto á un precio muy alto,
    pues les costó mil hombres y mas de dos mil heridos. Lleno de furor el
    jefe español mandó pasar á cuchillo, además de los prisioneros, á gran
    parte de inofensivos vecinos, sin respetar sexo ni edad.

    Acosado por tan fatales reveses de fortuna, otro menos enérgico y de fé
    no tan pura ni entusiasta por la libertad de su cara patria, habria
    desesperado de su empresa; pero el Libertador, cuyo temple y constancia
    eran inquebrantables, oyendo los consejos de un prudente valor se
    dirigió á Cumaná, donde unido á Ribas, Mariño, Valdés, Azcúa y otros
    bravos oficiales, pesó, midió y estudió las circunstancias que hacian su
    situacion tan precaria, y, despues de un largo debate, decidieron la
    evacuacion de la ciudad. La poca tropa que alli habia salió el 25 de
    Agosto para Maturin; y en la escuadrilla que mandaba Bianchi, Mariño y
    Bolívar se hicieron á la veja con rumbo á la Margarita, pues el
    _Libertador_ tenia que poner á salvo el gran tesoro que el alto clero de
    Carácas habia colocado en sus manos para atender á las necesidades de la
    República. Aquel tesoro se componia de todas las joyas de las iglesias,
    y Bolívar en tan difíciles momentos, tenia que hacer uso de ellas para
    comprar el armamento y demás necesario á la creacion de un ejército
    respetable, capaz de ayudarle á salvar la madre patria, asegurando para
    siempre á sus hijos el goce de la libertad, objeto de sus mas ardientes
    deseos y por el cual sacrificaba, no solo la existencia, sino tambien la
    gran fortuna que sus padres le habian dejado.

    CAPITULO VI

    Un abuso de confianza.–Juicio contra Bolívar y Mariño por su
    ausencia.–Destitucion del Libertador–Nuevo asedio de Maturin.
    –Derrotas de Morales.–Muerte de Bóves.–La adversidad persigue
    á los republicanos.–Maturin cae en manos de Morales.–Triste fin de
    Ribas.–Ventajas de las armas españolas.–Entrevista de Urdaneta y
    Bolívar.–Este se presenta á dar cuenta de su conducta al gobierno y es
    bien acogido.–Conquista de Santa Fé de Bogotá.–Conflictos de Bolívar
    con el gobernador de Cartagena.–Consecuencias de la rebeldia.–Retirase
    el Libertador á Jamaica.–Cartagena es tomada por Morillo.–Nuevos
    derramamientos de sangre.–La república parece haber tocado á su
    fin.–Sucesos de Margarita.–Bolívar amenazado por el puñal de un
    traidor.–Preparativos hechos por Brion.

    La desgracia no habla cesado aun de afligir y poner á prueba el noble
    amor del heróico patricio; no habia cesado aun de acrisolar con el fuego
    de los mas rudos tormentos su lealtad y su constancia; aun no habia
    descargado sobre su cabeza el mayor y mas formidable de sus golpes. Una
    nueva defeccion, hija de la tentadora codicia, vino á cortar las alas á
    su patriótica y halagüeña esperanza. Las riquezas que llevaba
    embriagaron el avaro corazon de Bianchi, y con el mayor cinismo declaró
    á Bolívar que estaba dispuesto á despojarle, lo cual habria verificado
    por completo si las vivas reclamaciones de los portadores de aquel
    tesoro, destinado á comprar la libertad de la América del Sud, no
    hubieran conseguido que, avistando la Margarita, el desleal marino les
    cediese una parte muy pequeña de las alhajas y dos buques de su
    escuadrilla para que guiasen á Cartagena; pero desbaratados sus planes
    se dirigieron hácia Carúpano y desembarcaron en este punto el 5 de
    Setiembre.

    Pero otra nueva desventura les esperaba alli. Durante su ausencia los
    jefes militares de la provincia los juzgaron como traidores; y por haber
    abandonado el ejército, este era su juicio, se dió un decreto de
    proscripcion contra ellos, y Ribas y Piar habian merecido los dos
    primeros cargos militares. Ribas se presentó en Carúpano el dia
    siguiente á la llegada de Bolívar y Mariño; puso preso á este, y dejó
    libre, pero destituido, al noble cuanto desgraciado _Libertador_. Sin
    embargo, por uno de esos actos inexplicables en los hombres, por uno de
    esos caprichos de la suerte, el mismo que acababa de robarles se
    presentó en actitud amenazadora á protegerlos; y habiéndolos reclamado
    enérgicamente á Ribas, les prestó auxilios y partieron para Cartagena
    el dia 8, mas dispuestos que nunca á sacrificarse por su patria.

    Por este mismo tiempo, con cerca de 6.500 hombres, Morales se presentaba
    delante de Maturin é intimaba la rendicion, ofreciendo una honrosísima
    capitulacion á los que defendian este punto; pero el pueblo maturinense
    reproducia otra vez sus antiguas palabras, diciendo con entereza: _"Que
    preferia el exterminio á la esclavitud."_ Bermudez tenia á su lado al
    leal Pedro Zaraza, al sumiso y valiente Cedeño, al activo José Tadeo
    Monágas, á otros distinguidos jefes, 1.000 ginetes y como unos 300
    infantes, todos ellos valientes, todos buenos patricios.

    Grande fué la victoria que Bermudez alcanzó sobre Morales, á pesar de la
    superioridad numérica de las fuerzas mandadas por este, en la batalla
    que le presentó el dia 12 de Setiembre. Despues de haberle muerto mas de
    2.000 hombres, cogiéndole hasta 900 prisioneros, se hizo dueño de 2.100
    fusiles, 6.000 bestias de carga, 700 caballos con sus monturas, mas de
    150.000 cartuchos, gran número de reses y, otras provisiones de boca,
    sin otro sacrificio por su parte que el de 75 muertos y unos 120
    heridos. El jefe español huyó á Urica con la gente que le quedaba para
    esperar alli á Bóves.

    Llegó este general algunos dias despues, y el 5 de Diciembre sus fuerzas
    y las de Morales derrotaban cerca de Urica á Ribas y Bermudez. Cara
    costó esta victoria al general en jefe español, pues Morales recogió su
    cadáver en el campo de batalla, mientras los jefes republicanos, casi
    solos, de alli á poco tiempo regresaron á Maturin. No era solo esta la
    derrota que tenian que llorar los partidarios de la independencia
    americana, pues otras muchas iban experimentando por su division de
    pareceres, altivas presunciones é indigna insubordinacion los caudillos
    defensores de la libertad en la parte oriental de Venezuela.

    Inútil fué la resistencia que en Maturin pudieron oponer á Morales los
    que escaparon con vida de la última refriega. El nuevo general del
    ejército español, por tal le reconoció su oficialidad, llevándolo todo á
    sangre y fuego, degolló sin piedad y sin distincion de edad ni de sexo á
    los leales maturinenses. Bermudez se refugió con menos de 200 hombres
    en las montañas del Tigre; Ribas, en compañia de unos pocos, suponiendo
    encontrar á Urdaneta, se encaminó hácia la comarca de Barquisimeto.
    Apresado este valeroso guerrero mientras dormia en los montes de
    Tamanaco, su cabeza, con el mismo gorro frigio que constantemente solia
    usar, fué llevada á Carácas en una jaula de hierro y expuesta al público
    sobre el camino de la Guaira.

    En el curso del último mes de aquel año se hizo dueño Morales de toda la
    parte oriental, y su escuadrilla bloqueó las costas desde Irapa á
    Trinidad, impidiendo la huida á los patriotas. Sometido tambien al
    propio tiempo el occidente venezolano por las armas de España, Urdaneta
    se puso bajo la proteccion de la Nueva-Granada, esperando adquirir
    noticias algun dia de la reaparicion de Bolívar. Vióle con efecto en
    Pamplona, y le dejó camino de Tunja, á donde se dirigia para dar cuenta
    de su conducta al gobierno general, con ánimo tranquilo y lleno como
    siempre de su franca lealtad y de su nunca abatido entusiasmo.

    El gobierno le acogió benévolamente, aprobó todos sus actos, y como
    prueba de su cabal conviccion y confianza, le encargó tomar á Bogotá, lo
    que realizó el 12 de Diciembre, concediendo á los vencidos una
    capitulacion honrosa. Esta ciudad fué desde luego asiento del gobierno,
    que ordenó al ilustre caraqueño descendiese el Magdalena para obrar
    contra Santa Marta, y este partió al frente de la division de Urdaneta,
    reforzada por algunos reclutas granadinos. La sumision de Santa Fé de
    Bogotá trajo consigo el reconocimiento por las provincias del Congreso
    reunido en Tunja para juzgar á Bolívar, y un nuevo esfuerzo para
    establecer un gobierno constitucional.

    A fin de facilitar el buen resultado de la empresa, fué autorizado
    Bolívar á tomar en los arsenales de Cartagena algunos cañones y cuanto
    al intento necesitare; pero el jefe que mandaba en aquella plaza se negó
    á ello, y entonces se vió en el caso de sitiar á sus mismos
    coreligionarios. Mientras ejecutaba esta para él repugnante operacion
    con ánimo de castigar la desobediencia, á fin de mantener el órden y
    disciplina, sin las cuales era imposible marchar adelante en el camino
    de la emancipacion proclamada, el general español Don Pablo Morillo
    fondeaba en Puerto Santo, á 5 de Abril de 1815, al mando de una
    expedicion que, incluso la fuerza de marina, constaba de 15.000 hombres
    auxiliados por 18 piezas de artilleria, un regimiento de dragones, otro
    de húsares y algunas compañias de zapadores.

    A vista de tan formidable refuerzo, y cansado de luchar sin fruto contra
    un cúmulo tal de inconvenientes, hijos la mayor parte de la rastrera
    envidia, y sin desistir por eso de esperar tiempos mejores para empezar
    de nuevo la conquista de las libertades de su pais, puso á disposicion
    del jefe de Cartagena las fuerzas que llevaba, y á los tres dias de la
    llegada de Morillo se retiró á Jamaica, donde despues se le reunieron
    Mariño y algunos otros jefes y oficiales venezolanos.

    Poco despues el general Morillo puso sitio a Cartagena, que á causa del
    que le habia hecho sufrir el Libertador, se hallaba exhausta de viveres
    y no pudo resistir sino algunos dias. La toma de esta importante
    poblacion facilito á los realistas el medio de reconquistar la
    Nueva-Granada, y pronto corrió á torrentes en el patíbulo la sangre de
    sus decididos y honrados habitantes.

    La república habia dejado de existir en la apariencia; pero aun se
    albergaban en las montañas pequeñas y diseminadas algunas partidas, como
    vivo testimonio de que el fuego de la revolucion existia en el corazon
    de los bosques, preparado á producir nuevos incendios, lo mismo que en
    los corazones de los Sud-americanos, dispuestos ya favorablemente al
    recobro de sus siempre hollados derechos, por mas que en aquellos
    momentos se viesen ahogados por la fuerza brutal.

    Para gobernador de la isla de Margarita nombró Morillo á Don Antonio
    Herraiz, cuyo bondadoso carácter no estando en armonia con el violento
    sistema de secuestros y prisiones que en todas partes se llevaba á cabo,
    dió márgen á que al poco tiempo quedase destituido, y fué á reemplazarle
    persona mas idónea, mas dura de corazon, y por lo tanto en conformidad
    con las arbitrariedades y vejaciones por aquel entonces á la órden del
    dia. El reemplazante no era otro que el teniente coronel Don Joaquin
    Urreiztieta, que en seguida se inauguró haciendo una ruda persecucion á
    los principales sugetos de la isla. Entre otros que decidieron vender
    cara su vida en vez de esperar á que inicuamente se la quitaran,
    despojándolos de sus haciendas y encerrándolos en lóbregos calabozos,
    Arismendi se refugió en los montes decidido á rendir la suya, pero con
    las armas en la mano.

    Entretanto la Providencia parecia proteger los dias del Libertador en
    Jamaica, alejando de su pecho el puñal traidor que habia de atentar
    contra ellos. Un español, pagado por Don Salvador Moxó, que habia
    sustituido á Cevallos mientras un viaje de este á la Península, logró
    seducir en Kingstown á uno de los sirvientes de Bolívar; y cierta noche,
    acercándose á la hamaca en que solia dormir, clavó su acero homicida en
    el corazon de la persona que alli estaba acostada. Al ¡ay! lanzado por
    la victima Bolívar se levantó, hizo preso al criminal y lo entregó á la
    justicia, que oida la confesion del infiel servidor le condenó á sufrir
    la última pena.

    Este incidente necesita una explicacion. El Libertador y un emigrado de
    Carácas amigo suyo, llamado Amestoz, acostumbraban dormir en la misma
    habitacion. El primero se acostaba en una hamaca y el segundo en una
    cama. Pero aquel dia, en que el calor fué extraordinario, habiéndose
    retirado Amestoz mas temprano se acostó en la hamaca mientras volvia su
    amigo. Cogióle el sueño, y Bolívar á su llegada, por no molestarle,
    ocupó la cama que estaba vacia. Este cambio casual le salvó la vida. Sin
    embargo, el aguerrido soldado, el esforzado campeon de la independencia
    de Venezuela, si bien no pudo menos de lamentar el sangriento é inhumano
    fin de su querido amigo, no por eso se inquietó y siguió habitando en
    Kingstown hasta que sabedor de que el capitan propietario de la corbeta
    _Dardo_, Luis Brion, habia marchado hácia Cartagena con algun armamento,
    y se hallaba en los Cayos de San Luis allegando gente y acopiando
    víveres para acudir al socorro de la plaza, voló á ofrecerle su espada,
    entusiasta como siempre, como siempre alentado por el mismo noble valor
    y la misma imperturbable esperanza.

    CAPITULO VII

    Apertura de una nueva campada.–Presas hechas por la escuadrilla de
    Bolívar.–Su acogida en Margarita.–Expedicion á Costa-Firme.–Decretos
    dados por Bolívar en Ocumare.–Sucesos de Güiria.–Emigracion á Haiti.
    –MacGregor y Piar.–Nueva expedicion de Bolívar.–Desembarco en
    Juan Griego.–Nueva-Granada en poder de Morillo.–Reúnense en Venezuela
    algunos elementos dispersos.–Nombramientos inútiles.–La causa liberal
    á principios de 1817.–Regreso de Morillo.–Aspiracion de Mariño,
    simulacro de un Congreso y sus actos.–Conducta de Bolívar.
    –Arrepentimiento de Brion y sus buenos efectos.–Mas defecciones.
    –Fusilamiento de Piar.–Creacion de un Consejo de Estado.
    –Reparticion de bienes nacionales.–Planes militares de Bolívar.
    –Nuevo peligro de muerte.–Sublevacion de Paez.–Manifesto del
    Libertador.–Ascenso de Santander.–La fortuna vuelve la espalda á
    los republicanos.–Famoso decreto.–Bolívar deja la Guayana.

    Durante la terminacion del año 1810 y los cinco primeros meses de 1817
    la isla de Margarita iniciaba con buen éxito una nueva campaña.
    Arismendi habia logrado hacer frente á las armas españolas y desde
    mediados de Noviembre las tenia circunscritas á las fortificaciones de
    Pampetar y Santa Rosa; pero se esforzaba inútilmente por reducirlas del
    todo, disponiendo ya de mas de 1.500 combatientes medianamente armados.
    Entretanto, reunido á Brion, el Libertador disponia de siete goletas
    armadas de guerra y se hacia á la vela del puerto de Anquin con 250
    hombres, el 30 de Marzo, acompañado de Mariño como jefe de estado
    mayor, del coronel Cárlos Soublette en calidad de segundo y, además, del
    ilustre granadino Francisco Antonio Zea, de Piar, del escocés MacGregor
    y del coronel Pedro Briceño Mendez, secretario suyo.

    Esta expedicion, que llevaba abundantes fusiles y municiones, cerca de
    la isla de Santa Cruz apresó un buque mercante español, y el bergantin y
    la goleta de guerra _Intrépido_ y _Rita_, vispera de surgir felizmente
    en el puerto de Juan Griego, esto es, el dia 5 de Mayo. Los dos últimas
    presos bloqueaban la Margarita por el rumbo de Occidente. La isla toda
    recibió con júbilo á los expedicionarios; y reunidos luego en la iglesia
    de la villa del Norte los jefes y oficiales de la isla, los emigrados
    del continente y, en fin, muchos honrados y respetables moradores de
    Margarita, reconocieron por jefe supremo á Bolívar y como segundo al
    valiente general Mariño.

    Entonces dispuso una expedicion á Costa-Firme donde, asi que llegó, fué
    reconocida su autoridad por Monágas y otros jefes de guerrillas,
    logrando aumentar sus tropas hasta unos mil hombres; y para hacer una
    invasion en la provincia de Carácas, toda vez que el general Morillo se
    encontraba en Nueva-Granada realizando su reconquista, guió para la
    costa de Ocumare, que abordó el 6 de Julio. Alli publicó dos decretos;
    uno relativo á la pena de muerte y otro á la libertad de esclavos; pero
    los desgraciados encuentros que tuvo le obligaron á reembarcarse para la
    isla de Bonaire, donde el comandante Francisco Piñanzo organizaba un
    batallon que, á las órdenes de MacGregor, habia partido ya con objeto de
    reunirse á las fuerzas de Zaragoza y Monágas en los Llanos.

    Bolívar encontró á Brion en Bonaire, y, prévio algunas disposiciones
    relativas á la escuadrilla, acompañado de Bermudez dió á la vela para
    Güiria, punto en que desembarcó el 16 de Agosto, y donde una semana
    despues veia desconocida su autoridad, so protesto de haber abandonado
    la expedicion de Ocumare. Este hecho nació de una trama urdida por
    Mariño y Bermudez, que se arrogaron los primeros cargos en el ejército;
    y vendido otra vez mas por aquellos á quien él mismo habia elevado,
    partió para Haiti en seguida, fijando su residencia en Puerto-Príncipe
    luego de su llegada á esta isla.

    MacGregor realizaba mientras tanto sus planes y, en compañia de los
    caudillos que habia salido á buscar, mas algunos otros partidarios que
    se le reunieron, batió varias veces al enemigo; el 13 de Setiembre
    entraba con su victoriosa division en Barcelona y algunos dias despues
    se ponia á las órdenes de Piar, que llegó tras él á la ciudad. Pero á
    poco tiempo de este acontecimiento MacGregor marchaba á las Antillas, á
    consecuencia de disensiones habidas entre él y sus compañeros; y Piar,
    con 1.500 hombres, se dirigia hácia la provincia de Guayana con
    intencion de unir su fuerza á la que alli mandaba Cedeño. Tambien por
    entonces, á principios de Noviembre, despues de varios hechos de armas
    favorables á los patriotas y en los que se distinguió, entre otros, el
    capitan José Antonio Paez, los soldados españoles evacuaban la isla de
    Margarita.

    Retirado el Libertador en Puerto-Príncipe trabajaban en tanto para
    organizar una nueva expedicion, cediendo á las instancias que varios
    jefes y oficiales distinguidos del ejército le habian dirigido; y ya
    contaba de hecho con Brion, á cuyos buques, unidos los de Villaret
    formaron una escuadrilla respetable, y con varios oficiales italianos
    del disuelto ejército de Napoleon, que con el general español Francisco
    Javier Mina habian llegado á Haiti por aquel tiempo. Hechos sus
    preparativos salió del puerto de Jacmel y, el 28 de Diciembre, tras una
    navegacion de siete dias, desembarcando en Juan Griego expedia una
    proclama-manifiesto sobre las causas y motivos de su separacion del
    mando y la necesidad urgente de reunir un Congreso en Margarita para el
    establecimiento de un gobierno apropiado á las circunstancias, en
    consonancia con la voluntad de los pueblos libertados de la opresion; y
    el último dia del año, entrando en Barcelona, se puso nuevamente á la
    cabeza del ejército.

    Cumplíanse estos sucesos y al propio tiempo se refugiaban en el
    territorio venezolano los patriotas que pudieron escapar de la
    sanguinaria cuchilla de Morillo, dueño ya de la Nueva-Granada. Entre
    ellos se encontraban varios jefes y oficiales de mérito, tanto
    granadinos como venezolanos, y asi como hubieron llegado á Guadaslito
    para dar unidad y eficacia á los esfuerzos comunes–tal era al menos su
    propósito–establecieron un gobierno, nombrando como Presidente de la
    República al ex-gobernador de Pamplona, teniente coronel Fernando
    Serrano, y á Urdaneta, á Servier y al Doctor Francisco Javier Yánes por
    Consejeros de Estado, con el coronel Santander como jefe del ejército.
    Este gobierno nacia muerto porque los jefes venezolanos aspiraban á
    concentrar el poder en un solo jefe de confianza entre los llaneros,
    para que les condujese á la guerra investido de un carácter absoluto; y
    renunciando Santander el mando, recayó en Paez, á quien la junta elevó
    al grado de general de brigada. Pronto allegó gente y se hizo temible en
    las llanuras á las tropas realistas, derrotadas mas tarde por él en
    varios encuentros.

    A principios de 1817, libertada la isla de Margarita, recuperadas las
    provincias de Barcelona y Cumaná, y dueños ya los venezolanos de las
    llanuras de Carácas, Paez habia ocupado el territorio que se extiende
    entre el Arauca y el Apure, Piar seguia hostilizando al enemigo en la
    Guayana y merced á los desmanes de Morillo que habian enconado el ánimo
    de los llaneros, la guerra habia cambiado de faz y se hacia enteramente
    nacional, si bien aun quedaba por realizar la grande obra de disciplinar
    el ejército, cortando el vuelo á las ambiciones de algunos jefes,
    nacidas del mismo desórden en que hasta entonces estuvo envuelta la
    causa de la independencia.

    Coronado por algunos triunfos se encontraba Bolívar en Guayana, cuando
    tuvo noticia de que Morillo, de vuelta ya en Venezuela, reuniendo su
    gente con la del coronel Don José Aldama, en el Chaparro, el dia 13 de
    Mayo, se disponia á pasar el Orinoco al frente de 6.000 hombres, y que
    Mariño, aspirando como siempre al mando supremo, reunia en Cariaco un
    Congreso revistiéndole de poderes para legislar y ante el cual
    representaba la farsa de ofrecer la dimision del Libertador con la suya
    propia para obtener la distincion que ambicionaba.

    Este Congreso, sin autoridad legítima, nombró como funcionarios del
    poder legítimo á los generales Fernando Toro y Simon Bolívar, con el
    coronel Francisco Javier Maiz y por suplentes á Zea, al coronel
    Vallenilla y á Madariaga, que acababa de llegar de la Península
    española. Mariño quedaba en el soñado cargo de general en jefe del
    ejército; y Brion, cómplice en este descabellado negocio, ascendia nada
    menos que á almirante. Aunque Piar mostró su adhesion á semejante
    proyecto, la mayor parte de los jefes de division, asi como la
    oficialidad y la tropa, unánimes todos y conociendo los méritos de su
    verdadero jefe, manifestaron la firme resolucion de seguir á sus
    órdenes, y Bolívar reprobó pública y solemnemente la Asamblea
    de Cariaco.

    Al poco tiempo, profundamente convencido de su error, llevó Brion al
    Liberlador su escuadra, con la cual y la escuadrilla de Antonio Diaz
    salió de Pampalar el 31 del mismo mes de Mayo, y despues de algunos
    combates en que los patriotas pelearon con la acostumbrada bizarria,
    sometió á Guayana. Mientras verificaba esta operacion, el brigadier Don
    José de Canterac, al frente de 3.000 peninsulares, llegaba al Morro de
    Barcelona y el republicano Piar, movido por la ambicion, minaba
    lentamente la estabilidad de las posesiones alcanzadas, promoviendo la
    discordia entre los jefes, alentando la tropa á la rebeldia y haciendo
    renacer la ya olvidada idea de colores y diferencias de raza.

    Semejante proceder no podia ser tolerado en los momentos en que la union
    era tan necesaria para marchar viento en popa á la conquista de la
    independencia. Asi, pues, arrestado de órden de Bolívar, fué conducido á
    Angostura, juzgado en consejo de guerra y condenado á muerte. Brion
    desempeñó el papel de Presidente del tribunal; y la ejecucion de la
    sentencia pronunciada contra el reo tuvo lugar el 16 de Octubre de 1817,
    produciendo los mas excelentes resultados en el ejército, pues
    restableció algun tanto la disciplina, afirmó la autoridad suprema, y
    dió una alta idea á propios y extraños, á amigos y enemigos, de aquel
    gobierno militar, verdadero cáos hasta entonces.

    Despues de este acto, sensible para quien como el Libertador mil veces
    habia combatido al lado de tan valiente militar, puso jefes dignos de su
    confianza al frente de las libertadas provincias, creó un Consejo de
    Estado con derecho de consulta en las materias de guerra y en las
    gubernativas, con voto deliberativo en las administrativas y económicas,
    declarando al propio tiempo capital y residencia provisional del
    gobierno de Venezuela la ciudad de Angostura. Por último, dictó una ley
    en la cual se mandaba repartir los bienes nacionales con justa regla y
    proporcion entre sus compañeros de armas; y, despues de ordenar á Zaraza
    y á Monágas que cubriesen con su caballeria el primero las llanuras de
    Carácas y el segundo las de Barcelona, el Libertador remontó el Orinoco
    con todas sus fuerzas, yendo á reunirse al ejército que mandaba Paez en
    el Apure, lo cual realizó por Enero de 1818.

    El año que espiraba habia sido fecundo en buenos resultados para las
    armas republicanas, no solo en Venezuela sino tambien en Buenos-Aires, y
    por la proclamacion de independencia que hizo Chile; pero el año que
    daba principio habia de ser les infausto. En el sitio llamado Rincon de
    los Toros, cerca de San José de los Tiznados, la noche del 16 de Abril,
    una partida de realistas á favor de la oscuridad, penetró osadamente en
    el campamento de Bolívar, habiéndose este visto en peligro de perder la
    vida, que el cielo le conservó una vez mas como necesaria al triunfu de
    la santa causa.

    Hallábase despues en Guayana reorganizando sus tropas y separándose de
    los muchos desastres que las habian afligido desde aquella noche fatal,
    cuando un comisionado de la provincia granadina de Casanare se presentó
    á informarle de que Paez, desconociendo su autoridad y la del Consejo de
    gobierno, habia sido elevado por el ejército del Apure á la dignidad de
    primer jefe y director supremo del pais. El mismo mensajero traia el
    encargo de pedirle que nombrase una persona leal y capaz que, encargada
    del mando general, regularizase las operaciones en su provincia. Bolívar
    dió un manifiesto en que no solo se limitaba á reprobar la insurreccion,
    sino en el cual se extendia á dar en cara el villano proceder á cuantos
    bajo una hipócrita apariencia se vendian como amigos suyos y de la
    independencia nacional. En seguida ordenó que Francisco de Paula
    Santander, ascendido al grado de general de brigada, con Jacinto Lara,
    varios excelentes oficiales y los tenientes coroneles granadinos Antonio
    Obando, Francisco Vélez, Joaquin Paris y Vicente Gonzalez, con armas,
    municiones y demás pasase á Casanare como jefe de operaciones de un
    cuerpo avanzado que alli debia formarse y mantenerse para, mas adelante,
    invadir la Nueva-Granada y devolverle la libertad de que Morillo la
    habia privado.

    En vano la fortuna, volviendo la espalda al mas constante y benemérito
    de los venezolanos de su tiempo, pretendia humillar y arrebatarlo el
    entusiasta amor que á su patria profesaba; en vano descargaba sobre él,
    en formidable turbion, defecciones y crueles golpes; en medio de la
    tormenta, como la empinada palma que sacudida por el huracan se dobla
    para erguirse con gran fuerza, asi el ánimo altivo del inquebrantable
    guerrero se rehacia de los vaivenes que le azotaban y, siempre sereno,
    siempre confiado en la bondad de su causa, despreciando los embates que
    sus émulos promovian, continuaba ocupándose de la organizacion de un
    gobierno que, afianzando la libertad, á la cual habia consagrado su vida
    entera, labrase el bienestar futuro de su pais y, el 10 de Octubre,
    propuso al Consejo de Estado que al efecto convocase la reunion de
    un Congreso.

    Algo mas tarde, el 20 de Noviembre, temeroso de que las potencias
    europeas, solicitadas por el gobierno español, ya casi convencido de la
    inutilidad de sus esfuerzos, llegasen á prestarle apoyo para la
    conservacion de sus colonias, expidió un famoso decreto en el cual
    declaraba abiertamente "_que el pueblo de Venezuela estaba resuelto á
    sepultarse todo entero en medio de sus ruinas, por mas que la España, la
    Europa y aun el mundo entero, llegasen á tratar de encorvarle nuevaments
    bajo el yugo que pronto iban á sacudir_."

    Esto no obstante, la adversidad le perseguia este año hasta el último
    dia; viéndose al fin obligado á desprenderse de la Guayana, seguia el
    curso del Orinoco en direccion de las llanuras de Apure, al acercarse el
    nuevo año, con objeto de consolidar el poder del gobierno entre las
    tropas republicanas alli acantonadas, y con el de oponerse á Morillo en
    el teatro probable de sus operaciones, marchando, en medio de todos sus
    reveses, siempre fijo el pensamiento en dias de gloria para él y para su
    amada patria.

    CAPITULO VIII

    Vindicacion de Paez.–La reconciliacion.–El caudillo del Apure asciende
    á general.–Reunion del Congreso y abdicacion de Bolívar que es honrado
    con mas gloriosos nombres.–Ideas del padre de la patria respecto á la
    república.–Propuesta hecha por él al Congreso.–Provincias
    representadas en el Cuerpo Legislativo.–Persistencia de Bolívar en su
    renuncia. Por fin conserva su mando.–Refuerzos extranjeros–Nueva
    campaña.–Victoria de Paez.–Bolívar marcha á Nueva-Granada.–Disposiciones
    militares.–Viaje de la expedicion y sus resultados.–Triunfo de Bolívar
    en Boyacá.–Fuga del virey á Honda.–Entrada del Libertador en
    Bogotá.–Medidas gubernativas.–Bolívar en Angostura.–Sus gestiones
    respecto á la Confederacion.–Nacimiento de á República de Colombia.

    Muchos é importantísimos eran los servicios prestados á la causa de la
    independencia por el caudillo del Apure, y si la ambicion habia podido
    estraviarle, los medios empleados para llevarlo á cabo no se habian
    desviado del santo fin; no podian mirarse como disolventes, puesto que
    habian emanado del loco amor por la patria y hasta cierto punto daban
    una buena idea de su génio diplomático. Conservando en su gobierno al
    Libertador, rodeado de ilustres y beneméritas personas, solo habia
    buscado el medio de hacerle dejar vacio su puesto de general en jefe
    para entrar él á reemplazarle en el mando. Esto ni menoscababa el
    prestigio de la autoridad, ni minaba la disciplina, ni amenguaba lo mas
    mínimo el entusiasmo de los defensores de la libertad.

    Bolívar y Paez se vieron en San Juan de Payara el 16 de Enero de 1819, y
    pronto quedaron reconciliados por el deseo que en ambos existia de
    levantar el ánimo de sus soldados, algo abatido por los desastres del
    año anterior, y marchar en buena armonia desde enfonces al noble fin que
    les hacia exponer su vida en el campo de batalla. Asi reunieron un
    ejército de 2.000 ginetes y número igual de infantes, poco mas ó menos,
    inclusos mil hombres mandados por el general Anzuátegui y la division á
    cuyo frente se hallaba Cedeño; y como sello de esta alianza, elevado
    Paez á general de division, delegándole por entonces el mando de todas
    las tropas, con el fin de disponer lo necesario á la reunion del
    Congreso, aplazada para el mes de Febrero, Bolívar se puso en marcha con
    direccion á Angostura.

    Paez avanzaba victorioso por las llanuras, y el Congreso de Guayana se
    reunia el 15 de Febrero, dia en que Bolívar ante aquel deponia su
    autoridad suprema. Pero este alto Cuerpo, despues de confirmar
    unánimemente los actos y disposiciones del dimitente, le aclamó de nuevo
    _Libertador, padre de la patria_ y _terror del despotismo_, con la mas
    sincera expresion de gratitud y afecto.

    Conocidas eran desde 1815 las ideas del célebre campeon americano
    respecto á la Constitucion de la república, su forma de gobierno, su
    administracion y nombre que debia llevar. Llamariase _Colombia_, como
    tributo de justicia, gratitud y honor al grande hombre que dió al mundo
    antiguo un nuevo mundo, y en cuanto á lo demás, la forma de gobierno de
    Inglaterra creia ser la mas conveniente para la nueva república, que se
    compondria de Venezuela, Nueva-Granada y Quito. Á diferencia de la
    nacion que tomaba por modelo, el rey seria representado por un _poder
    ejecutivo_ de eleccion, vitalicio cuando mas, pero nunca hereditario,
    dado caso de que optara por la _República_; un _Senado legislativo_
    hereditario y una _Cámara,_ tambien legislativa, de libre eleccion, sin
    mas restricciones que las de la Baja de Inglaterra.

    Esto mismo propuso al Congreso tan luego como dió principio á sus
    sesiones, ampliando sus antiguas ideas con la formacion de cierto poder
    moral que llamó _Areópago_. Compondriase de dos distintas Cámaras, cuyas
    atribuciones eran: en la una, el velar de la educacion de los niños
    desde su cuna hasta la edad de 12 años; y en la otra, la de castigar los
    vicios con el oprobio y la infamia, y dar el premio conveniente á las
    virtudes públicas por medio de los honores. Semejante innovacion fué
    desechada, y en cuanto á la Constitucion que se votó, el Congreso se
    apartaba bastante de algunas de las disposiciones enunciadas
    por Bolívar.

    Un Congreso general, dividido en dos Cámaras de _Representantes_ y de
    _Senadores_, ejerceria el poder legislativo, siendo meramente vitalicios
    los segundos. Habria un _Presidente de la República_ por cuatro años, y
    reelegible por una sola vez, encargado de ejercer el poder ejecutivo.
    Este, aunque personalmente responsable ante el Congreso por usurpacion ó
    mal uso de las rentas públicas, traicion, venalidad ó conspiracion
    contra la ley del Estado, gozaba sin embargo de muy ámplias facultades.
    Además habria un Vice-Presidente sucesor en los casos de destitucion,
    renuncia ó muerte. En cuanto al resto era grande a afinidad que existia
    entre este y el código Constitucional sancionado en 1811 por el Congreso
    que Miranda reunió el 2 de Marzo.

    Carácas, Barcelona, Cumaná, Varinas, Guayana y Margarita por parte de
    Venezuela, y Casanare, única provincia granadina ocupada por las armas
    republicanas, se hallaban dignamente representadas en esta ocasion
    solemne. Bolívar manifestó repetidas veces al Congreso que no se
    encargaria mas de la suprema autoridad ejecutiva; pero despues de mil y
    mil vivas instancias por parte de sus compañeros, aceptó la presidencia,
    que fué investida de facultades mas ámplias, tanto políticas como
    militares, en las provincias que fuesen teatro de la guerra. Estas
    atribuciones podia delegarlas en caso de necesidad; y mientras se
    hallase en campaña, el ciudadano Francisco Antonio Zea, en calidad de
    Vice-Presidente, ejerceria la potestad ejecutiva. El ministerio de
    Estado quedó compuesto de los señores: coronel Pedro Briceño Mendez como
    ministro de Guerra y Marina, Diego Bautista Urbaneja del Interior y
    Justicia, y el Dr. Manuel Palacios de Hacienda.

    Hacia el mismo tiempo desembarcaban en Angostura y Margarita tres
    cuerpos de tropas reclutadas en Inglaterra, mandados por Elsom, English
    y Uzlar, sirviendo esto á Bolívar para completar su plan de campaña, á
    cuya combinacion se consagraba seriamente y con su habitual actividad.
    En su consecuencia, Urdaneta pasó á organizar en Margarita una division
    que debia componerse de los dos cuerpos de ingleses que alli habia con
    English y Uzlar, y ponerse al frente de ellos despues de haber
    organizado otro de gentes del pais. Hecho esto, con la escuadra de Brion
    debia dirigirse á tomar Carácas y entenderse luego por la retaguardia
    hasta enlazar sus fuerzas con las del ejército del Apure, que el
    Libertador mandaria en persona. Mientras tanto Mariño, con la division
    de Oriente, distraeria la atencion del enemigo en aquella direccion. El
    coronel Manuel Manrique, con los cuerpos organizados en Angostura y las
    tropas de Elsom, pasaria inmediatamente á reunirse á Paez.

    Principiadas las operaciones, y habiendo remontado el Orinoco, el 17 de
    Marzo Bolívar se reunia al ejército del Apure; y Paez, con solo 150
    caballos á sus órdenes, el 1° de Abril, en las Queseras del Medio,
    derrotó la division que mandaba Morillo. Poco despues Bolívar se dirigia
    á atacar la provincia de Varinas; pero un aviso del general Santander
    acerca de la buena disposicion de Nueva Granada, le hizo suspender su
    intento, y reuniendo una junta de guerra le expuso sus intenciones de
    aprovechar la ocasion, puesto que se presentaba favorable. Anzuátegui,
    Torres, Iribarren, Rangel, Briceño Mendez, Plaza y el jefe de Estado
    Mayor Soublette fueron sus vocales, y todos aprobaron el proyecto con el
    mayor entusiasmo. Al momento se despachó un emisario á Paez, que estaba
    en Guasdualito, y otros fueron con instrucciones y órdenes á los demás
    generales que habia en Venezuela.

    Reunido á Paez en el Mantecal, le mandó que permaneciese en Apure
    haciendo frente al enemigo acantonado en Varinas, y que tratase de
    interceptarlas comunicaciones entre Venezuela y Nueva Granada, ocupando
    á Pamplona, ó si posible fuera, á Suata. Bolívar pasó en seguida el
    Arauca con un regimiento de caballeria de guias del Apure, un escuadron
    de carabineros y dos de lanceros del Alto Llano de Carácas, los
    batallones Rifles, Albion, Barcelona y Bravos de Paez á las órdenes de
    Anzuátegui. Al cabo de veintiseis dias de un camino lleno de peligrosos
    accidentes á causa de las lluvias é inundaciones de la estacion, el 11
    de Junio se avistaban Santander y Bolívar en Tarne, y el 23 se reunia en
    Pore con la vanguardia de la division mandada por el primero, la que
    guiaba Anzuátegui, componiendo entre ambas unos 2.500 hombres.

    Convenia aprovechar el tiempo; Morillo se estacionaba en cuarteles de
    invierno, y la ocasion era propicia para la reconquista; leve fué el
    descanso concedido á la tropa, que Bolívar llevó inmediatamente por el
    camino de Morcote hácia la cordillera, logrando desalojar, sin grande
    esfuerzo, á la avanzada que defendia la formidable posicion de Paya el
    dia 27 de Junio y comenzar el paso de la Serrania. Á pesar de lo que en
    tan larga travesia padeció el ejército libertador, con el heróico
    esfuerzo y decidido concurso de venezolanos y granadinos, recogiendo
    laureles en todas las ocasiones que el enemigo se oponia al paso, el 5
    de Agosto Bolívar se apoderó de Tunja, derrotando una vez mas las tropas
    del virey Don Juan Sámano, mandadas por el brigadier Barreiro, á quien
    Morillo habia enviado en su auxilio.

    Desde esta ventajosa situacion el Libertador podia acechar los
    movimientos de Barreiro, cuyo fin era el de reunirse con el virey, y
    estorbar á todo trance que sus proyectos se realizasen. Asi sucedió,
    alcanzando un completo triunfo en Boyacá. El jefe realista mandaba 5.000
    hombres, Bolívar contaba con una tercera parte menos; pero gracias á su
    admirable estrategia, no solo consiguió derrotar al enemigo, sino que
    cercándole y acosándole por todas partes, despues de sembrar la muerte
    en el campo de batalla, cuantos lograron sobrevivir depusieron las armas
    y se entregaron á discrecion. Además del coronel Jimenez, segundo en el
    mando de aquella columna respetable, casi toda la oficialidad, 1.800
    soldados, artilleria, armamento, caballos y municiones quedaron on poder
    del vencedor, que á poco de esta victoria, con el ejército mayor que
    basta alli habia tenido la República, marchaba á batir las tropas
    de Sámano.

    Sobrecogido este por el terror, asi que recibió la noticia del desastre,
    huyó á Honda, pero con tal precipitacion, que abandonó depósitos,
    archivos, oficinas públicas y cerca de un millon de pesos que habia en
    la casa de moneda. Esto tenia lugar el 9 de Agosto, y al siguiente, dia
    de San Lorenzo, saludado por las expresiones de la mas viva alegria,
    entraba el Libertador en Santa Fé de Bogotá. Tres dias duraron los
    festejos del pueblo bogoteño, despues de los cuales Bolívar se ocupó
    asiduamente de los arreglos económicos, administrativos y militares,
    cuya operacion duró hasta el 13 de Setiembre, en que apareció un decreto
    por el cual se establecia un gobierno provisional para la Nueva-Granada,
    encargándole de él, como Vice-Presidente, al general Santander.

    Una semana despues, entre las aclamaciones del pueblo, el Presidente de
    Venezuela salia de Bogotá, y el 12 de Diciembre, cuando nadie le
    esperaba, penetró en Angostura á dar cuenta al Congreso de sus
    operaciones militares, recomendando el mérito de sus compañeros de
    armas, haciendo un justo elogio del heroismo con que el pueblo
    granadino se habia portado, y manifestando, por último, que la union
    entre Venezuela y Nueva-Granada, como ya cien veces, lo habia dicho, era
    la garantia mas segura de la emancipacion de toda la América del Sud.

    Entonces se sancionó una ley fundamental que establecia la reunion de la
    Nueva-Granada y Venezuela bajo el glorioso título de _República de
    Colombia_, dividiendo el nuevo Estado en los departamentos de Venezuela,
    Quito y Cundinamarca: y la reunion de un Congreso general en 1° de Enero
    del año siguiente en la villa del Rosario de Cúcuta para la formacion de
    una Constitucion, rigiéndose mientras tanto por un Presidente y un
    Vice-Presidente con carácter provisional. En seguida Bolívar dictó
    algunas disposiciones para la prosecucion de la campaña, y el 24 salió
    con direccion á Guasdualito, satisfecho de haber abierto los cimientos
    de la para él tan deseada República colombiana.

    CAPITULO IX

    Principios del año 1820.–Proposiciones de paz.–Resultado de las
    negociaciones.–Momentos de esperanza por la forma política que la
    España ha adoptado.–Estipulacion de un armisticio.–Entrevista de
    Morillo y Bolívar.–El general español se retira del mando.–Don Miguel
    de la Torre.–Estado de los asuntos del Perú.–Acantonamientos
    militares.–Ruptura de las hostilidades.–Batalla de Carabobo.–Sucesos
    que siguieron.–Tributo rendido al vencedor.–Entrada de Bolívar en
    Carácas.–Conquistas.–Estado próspero de la causa de la
    libertad.–Desgracia de la expedicion de Urdaneta contra Quito.–Sucre
    toma el mando de ella.–Prepárase para la nueva campaña.–Acciones de
    Yaguada y Riobamba.–Armisticio acordado por Aymeric.

    Fernando VII acababa de jurar en Cádiz la Constitucion de 1812, y á
    fines de Marzo Morillo recibia esta noticia proponiéndose, segun
    manifiesto fecha 11 de Abril, el restablecimiento de la paz por medio de
    una reconciliacion fraternal entre España y la República de Colombia. En
    su consecuencia, el 7 de Junio de 1820 el jefe español proclamaba el
    Código de la monarquia española en Carácas, solicitando en seguida una
    suspension de hostilidades de los caudillos patriotas, mientras se
    entablaban las negociaciones necesarias entre su gobierno y el Congreso.

    Nada consiguió con esta gestion, porque los patriotas contestaron:
    "_que solo podrian acceder cuando las órdenes partieran de la legítima
    autoridad por ellos reconocida_."

    En vano se dirigió despues al Congreso y particularmente á Bolívar,
    quien como el caso requeria hizo una convocatoria extraordinaria, en la
    cual, con toda dignidad y entereza, fueron rechazadas las proposiciones
    de Morillo. Los resultados de acto semejante probaron que el pueblo
    venezolano y granadino bajo pretexto alguno querian volver á estrechar
    relaciones con los españoles, adquiriendo de este modo gran importancia
    á los ojos de todo el mundo. Esto no obstante, como medida conveniente á
    los planes del Libertador, el 21 de Setiembre solicitó de Morillo
    únicamente el armisticio que antes le propusiera, siempre que le diesen
    á Colombia las garantias y seguridades necesarias, cosa que estaba en el
    caso de poder exigir; y despues de repetidas conferencias entre los
    comisionados por una y otra parte, Bolívar establecia su cuartel general
    en Sábana Grande y Morillo el suyo en Carache, pueblos ambos de la
    provincia de Trujillo.

    La forma liberal adoptada por la monarquia española daba lugar á
    esperar una convencion favorable á las miras é intereses de la América,
    cuyos triunfos se iban extendiendo por todos lados, y en la noche del 25
    de Noviembre se firmó un armisticio de seis meses, prorogables á
    conformidad de ambos contratantes por el tiempo que se estimase
    conveniente, en el caso de no haberse podido ajustar las condiciones de
    la paz dentro del término prescrito. Además de este se firmó el
    preliminar de otro tratado para regularizar la guerra, en todo evento,
    conforme lo reclamaban la humanidad y la justicia. Toda vez que fueron
    terminados estos tratos, á instancias del jefe español Bolívar marchó á
    celebrar una entrevista con él, el dia 27, en el pueblo de Santa Ana.
    Morillo salió á su encuentro hasta las afueras y le tendió amistosamente
    los brazos. Alli estuvieron juntos los dos caudillos hasta el siguiente
    dia, y despues de reiterar el juramento de eterna amistad, se
    despidieron victoreando á Colombia y á la madre España, llenos todos de
    la mas cordial alegria.

    Fatigado Morillo por la lucha que inútilmente habia sostenido contra la
    libertad, defendida por aquel pueblo heróico, solicitó su retiro del
    mando; aunque desatendida en un principio la súplica, al fin logró que
    le reemplazara el eminente y bizarro general Don Miguel de la Torre y se
    embarcó para Cádiz el 17 de Diciembre. Y mientras estos acontecimientos
    tenian lugar en Colombia, Buenos-Aires gemia envuelto en el cáos de la
    disolucion política y el general San Martin, al frente de veinte velas,
    montado en el navio de su nombre, zarpaba en el puerto de Valparaiso la
    tarde del 20 de Agosto, siendo bien recibido por el pais, donde mas
    tarde ocupó Lima y el Callao.

    Calabozo, Barquisimeto, Tocuyo, San Cárlos, Carácas, Cumaná, Maracaibo,
    Puerto-Cabello y la Guaira eran los puntos en que el ejército español,
    compuesto á principios de 1821 de solo 11.000 hombres, estaba
    acantonado. El armisticio, firmado hacia cosa de dos meses, fué roto por
    el pronunciamiento de Maracaibo en favor de la independencia el 28 de
    Enero y por la ocupacion que las tropas de Urdaneta hicieron de esta
    plaza. En vano La Torre protestó y representó contra tamaña violacion;
    frases de amistad, promesas, amenazas, todo fué inútil, y las
    hostilidades comenzaron de nuevo el 28 de Abril, dia aplazado de
    comun acuerdo.

    Favorables fueron los encuentros habidos desde esta fecha hasta mediados
    de Junio para las armas republicanas; pero el 24 lograron sobreponerse
    al poder de España en la batalla de Carabobo, Paez y Bolívar eran los
    campeones de aquellas; La Torre, al frente de mas de 5.000 soldados
    españoles, ocupaba las llanuras. Tres eran las divisiones del
    Libertador: mandaba Paez la primera, que se componia de 1.500 ginetes,
    el batallon Británico y el del Apure. Cedeño guiaba la segunda,
    compuesta del batallon de Tiradores, el de Vargas, el de Boyacá y el
    escuadron Sagrado. En la tercera, dirigida por el coronel Plaza,
    figuraban los batallones Rifles, Granaderos, Anzuátegui, vencedor en
    Boyacá y un regimiento de caballeria. El total de estas tres columnas
    era de unos 6.000 combatientes.

    Altamente gloriosa, y con la insignificante baja de 200 hombres entre
    muertos y heridos, fué la jornada de Carabobo. Á excepcion del valiente
    coronel Don Tomás Garcia que, al frente del primero de Valancey, supo
    retirarse con vida hasta Valencia, el resto del ejército quedó
    completamente derrotado. Batallones enteros cayeron prisioneros en manos
    de los patriotas, en tanto que otros, arrojando las armas, dispersos
    como aves espantadas, huyeron á guarecerse en los bosques. Entre los
    muertos del ejército de Bolívar hubo que lamentar dos pérdidas de
    consideracion: el general Cedeño y el coronel Ambrosio Plaza quedaron
    sepultados bajo sus propios laureles.

    Habíase reunido ya el Congreso en la villa del Rosario de Cúcuta y se
    ocupaba de formar la Constitucion del Estado cuando á consecuencia del
    éxito obtenido en Carabobo, decretó los honores del triunfo para el
    ejército y sus dignos jefes, ordenando al propio tiempo que el retrato
    del hijo ilustre de Carácas, del benemérito padre de la patria, fuese
    colocado en las Cámaras legislativas con la siguiente inscripcion: SIMON
    BOLÍVAR, LIBERTADOR DE COLOMBIA.

    Cinco dias despues de tan relevante hecho de armas, con el cual podia
    darse ya por asegurada la libertad de la República colombiana, el
    celebérrimo caudillo caraqueño entró en su pueblo natal, donde una vez
    mas fué acogido con extraordinaria y completa ovacion. Pero no era esto
    solo la consecuencia necesaria de la victoria de Carabobo; la Guaira se
    rindió el dia 2 de Julio, y mas tarde, el 11 de Octubre, segun
    disposicion de bloqueo que anteriormente habia dado el Presidente y jefe
    supremo del ejército al general Mariano Montilla, este tomaba la plaza
    de Cartagena.

    Todos los acontecimientos conspiraban ya en favor de la independencia
    general de la América del Sud, pues en el mismo año, sin contar la
    actitud favorable que habia tomado Quito, el general San Martin en el
    Perú minaba el poder del virey Pezuela que se vió depuesto del mando por
    sus mismas tropas, hecho inaudito en aquel pais; constituia un gobierno
    á cuya cabeza se ponia como dictador; daba al pueblo una Constitucion y
    derrotaba al enemigo comun. Como lo hemos indicado mas arriba, á fines
    del año último tambien Guayaquil habia proclamado su independencia, y á
    las órdenes del general Luis Urdaneta mandó una expedicion contra Quito;
    pero derrotado el 12 de Noviembre de 1820 en las cercanias de Guachi,
    este dejó á Miguel Valdés en el mando y se retiró de aquellos lejanos
    climas. A su vez Valdés fué batido en Genoi el 2 de Febrero siguiente,
    replegándose sobre el pueblo de Mercaderes, donde el general Antonio
    José de Sucre se hizo cargo del mando de aquella desgraciada expedicion.

    Por aquel tiempo se circuló la noticia del armisticio, y el nuevo jefe
    delegando sus funciones al general Pedro Leon Torres mientras su
    ausencia, pasó inmediatamente á Guayaquil, donde le llevaba la idea de
    organizar nuevas tropas para que la próxima campaña no le cogiese
    desprevenido. Asi, pues, á la ruptura de las hostilidades se encaminó á
    Quito, encontrándose que el coronel Don Francisco Gonzalez le salia al
    paso con una division por él organizada en Cuenca, fecundando de este
    modo el movimiento que hacia la de Don Melchor Aymeric, Presidente de la
    provincia á donde Sucre llevaba sus refuerzos revolucionarios.

    Gonzalez fué derrotado en Yaguachi, y su plan con Aymeric quedó
    desbaratado por completo. Este emprendió su retirada hácia la capital, y
    con el fin de rehacerse, se parapetó por lo pronto en Riobamba. Sucre
    entonces colocó su fuerza al otro lado de la cordillera del Chimborazo
    en el pueblo de Mocha, situado en el paralelo de Riobamba, y ambos
    ejércitos continuaron su camino hasta que, encontrándose en Guachi el 12
    de Setiembre, trabaron un encarnizado combate; el jefe republicano, á
    pesar de su valor y de la mortandad causada al enemigo, resultó vencido
    con pérdidas de consideracion.

    Trascurridos dos meses desde esta malaventurada accion de guerra,
    conforme á propuesta de Sucre, concedió Aymeric una suspension de armas
    de noventa dias, durante los cuales el general republicano, que era
    adorado en el pais por sus virtudes habia de prepararse y reclutar gente
    con objeto de reaparecer en su dia mas formidable que antes.

    CAPITULO X

    Primer Congreso de Colombia.–Este no admite la renuncia que hace
    Bolívar.–Publicacion de la Constitucion de Colombia.–Sancion de la ley
    política del Estado.–Eleccion de Bolívar para la presidencia del
    Congreso.–Proyecto de libertar Perú.–Preparativos de marcha.–Paso de
    Sucre por la cordillera occidental.–Ocupacion de la provincia de
    Loja.–Abrese la campaña de Quito.–Entrada del ejército libertador en
    Pasto.–Conquistas de Sucre.–Batalla de Pichincha.–Sumision de
    Quito.–Ovaciones.–Oferta hecha al Perú.–Entrevista de Bolívar y San
    Martin.–Estado del Perú.–Reunion del Congreso de Colombia.–Expedicion
    á Maracaibo.–Combate naval.–La fortuna se muestra propicia á la
    República.–Capitulacion de Morales.–Venezuela queda libre.

    Por un decreto de Roscio, expedido en Angostura el 9 de Noviembre de
    1820, á 6 de Mayo del siguiente año el primer Congreso de Colombia se
    instaló en la villa del Rosario de Cúcuta, con diputados elegidos libre
    y legalmente por las provincias emancipadas del poder de España, cuyo
    número era el de veintidos entre las de Venezuela y Nueva-Granada.
    Principió sus sesiones ocupándose de la renuncia que Bolívar habia hecho
    de su magistratura política, y determinó: que este leal y desinteresado
    patricio, mientras se daba al Estado un gobierno definitivo por medio
    de una Constitucion, siguiese como hasta alli en el desempeño de
    su cargo.

    Por fin, el 12 de Julio de 1821, despues de la batalla de Carabobo, se
    publicaba la ley fundamental que, bajo la denominacion de República de
    Colombia, reunia en un solo cuerpo nacional á Venezuela y Nueva-Granada
    con un gobierno popular representativo, declarando su independencia
    absoluta de toda dominacion extranjera y de todo dominio particular, y
    dividiendo el ejercicio del poder supremo en legislativo, ejecutivo y
    judicial. Santa Fé de Bogotá era declarada capital hasta tanto que, en
    mejores tiempos, se erigiese una ciudad al efecto con el nombre del
    Libertador Bolívar.

    El 30 de Agosto quedó sancionada la Constitucion del Estado, la cual
    diferia de las anteriores en algunos puntos esenciales. Los senadores no
    eran vitalicios, siguiéndose para todo cargo público los principios de
    eleccion periódica y alternativa; y el poder ejecutivo seria ejercido
    por un solo individuo. Entre las importantes leyes dadas al pais habia
    dos, una del 19 y otra del 28 de Julio, ambas notables. La primera
    declaraba que desde el dia de su publicacion se considerarian _libres_
    los hijos que nacieren de _esclavas_; la otra suprimia todos los
    conventos de regulares que no tuviesen por lo menos ocho religiosos de
    misa en aquella misma fecha, aplicándose á la educacion nacional todos
    los bienes y propiedades, derechos y acciones legados á las comunidades
    que se hallaren comprendidas en la citada ley. Esta exceptuaba á los
    hospitalarios, considerada la utilidad de sus servicios.

    El 7 de Setiembre, conforme á la facultad que la Constitucion concedia
    al Congreso de nombrar por la primera vez los cargos de Presidente y
    Vice-Presidente, la eleccion recayó en Bolívar y Santander, aquel para
    el primero de dichos empleos y este para el segundo. Luego, con fecha 2
    de Octubre, otra ley dividia el territorio en siete departamentos, que
    eran: Orinoco, Venezuela, Zulia, Boyacá, Cundinamarca, Cauca y
    Magdalena; y despues de otros varios trabajos del alto Cuerpo
    legislativo, dejando á Santander al frente de la administracion, el
    Libertador partió de Cúcuta para Bogotá, con objeto de hacer los
    preparativos necesarios á la campaña que habia proyectado hácia el Sud.

    Asi terminaba este año, fecundo en notables acontecimientos, y en los
    primeros dias de Enero del siguiente, 1822, en conformidad con lo
    dispuesto por un decreto del poder ejecutivo, la reunion del mando
    militar quedaba establecida en los departamentos de Venezuela, Orinoco y
    Zulia. El general Cárlos Soublette, con el cargo de intendente, quedaba
    en el primero al frente de la direccion de la guerra, y Paez en calidad
    de comandante general del mismo; Bermudez en el de Orinoco, y Lino
    Clemente en el de Zulia. Bolívar hácia este tiempo se dirigia de Cali á
    Popayan para esperar alli las fuerzas con que pensaba dar principio á la
    campaña de Quito. Mientras esta operacion se realizaba, ya próximo á
    espirar el plazo de los tres meses de armisticio, Sucre atravesaba la
    cordillera occidental el 9 de Febrero y ocupaba á Zaragoza en la
    provincia de Loja, punto en el cual las tropas enviadas del Perú por el
    dictador San Martin vinieron á reunirselo.

    Abierta la campaña de Quito, dirigiéndose hácia Pasto, el Libertador
    destrozó en Bomboná las tropas acaudilladas por Don Basilio Garcia el 7
    de Marzo; pero tuvo que lamentar la pérdida del general Pedro Leon
    Torres. El 8 de Junio entró victorioso en Pasto, haciendo prisionero á
    Garcia y las tropas que habian quedado á este jefe español. Entro tanto
    Sucre y Aymeric se batian encarnizadamente por el lado de Guayaquil,
    apoderándose el primero, una tras de otra, de las poblaciones de Cuenca
    y Alausi, teniendo que batirse siempre contra fuerzas superiores en
    número. La toma de Riobamba tuvo despues lugar el 22 de Abril, tras un
    brillante combate, en el que Sucre dió una prueba mas de sus buenas
    dotes militares.

    Por la llanura de Turubamba se dirigió de esta ciudad á Quito, logrando
    situarse al pié de las alturas que forman la cresta del Pichincha entre
    los pueblos de Chillogallo y Magdalena, flanqueando de este modo y por
    la retaguardia al enemigo. Movióse durante la noche del 23 de Mayo, y al
    siguiente dia, con sorpresa de sus burlados contrarios, apareció sobre
    la montaña, de donde aquellos intentaron desalojarle; pero derrotados
    completamente y careciendo de seguro refugio, rindieron, mediante
    capitulacion, la ciudad de Quito el 25 de Mayo, dia en que 280 años
    antes albergó la misma por primera vez las armas españolas. Aymeric, con
    el resto de sus tropas, quedó en poder de Sucre, el vencedor en la
    batalla de Pichincha. Cuatro dias despues los ciudadanos de la
    conquistada capital ratificaban solemnemente el pacto de union entre
    Quito, Venezuela y la Nueva-Granada.

    Las capitulaciones de Pasto y de Quito aseguraron la libertad en un
    vasto y hermoso pais, no hollado hasta entonces por plantas
    republicanas, quedando en poder de Sucre 14 piezas de artilleria, 1.260
    prisioneros, de los que 160 pertenecian á la clase de oficiales, y en
    fin, los fusiles y cuantos elementos de guerra poseian los enemigos. A
    poco de la toma de la capital de esta rica provincia, esto es, el 15 de
    Junio, entraba Bolívar en ella precedido de las mas calurosas y
    expresivas muestras de aprecio y entusiasmo de los pueblos del tránsito.
    De aqui se trasladó á Guayaquil, donde las aclamaciones de júbilo se
    reprodujeron, pasando despues á Cuenca, desde cuyo punto puso á
    disposicion del gobierno del Perú una division de 4.000 colombianos.

    San Martin corrió á encontrar á Bolívar, y el 25 de Julio se abrazaban
    en Guayaquil estos dos valientes guerreros, que habiendo partido desde
    ambos extremos del Nuevo Mundo, iban á conferenciar acerca de la
    independencia de su pais bajo el ardiente sol del Ecuador. Tres dias
    pasaron reunidos estos dos héroes americanos, sin que un solo momento se
    les viese al uno sin el otro; pero el resultado de sus conferencias
    quedó envuelto en la noche del misterio. Solo se sabe que aunque en las
    entrevistas reinó la mas atenta cordialidad entre ellos, su separacion,
    sin embargo, no fué de aquellas en que la amistad deja ver la efusion
    del entusiasmo ó la ternura de un vivo afecto. Entre las ideas políticas
    de estos dos hombres eminentes se alzaba tal vez una gran valla.

    Los realistas ocupaban por entonces, no solo todo el Alto Perú, sino
    tambien la mayor parte del Bajo, y se encontraban muy animados y llenos
    de esperanza á causa de sus recientes triunfos. Los patriotas poseian
    únicamente á Lima y los paises situados en la costa del Norte; además
    se hallaban separados en diferentes partidos políticos, que minaban por
    su base la fuerza de la causa comun del Sud de América, y sus recursos
    metálicos no eran sobrados, antes por el contrario, andaban escasos. Tal
    era la situacion del Perú desde fines de 1822 á mediados de 1823.

    El 8 de Abril de este año el Congreso de Colombia se reunia otra vez, y
    el 4 de Julio autorizaba al Libertador para que pasase á llevar sus
    auxilios al Perú, acto el mas notable de aquella legislatura. Ya
    conocemos la entrevista que luego tuvieron el llamado dictador de aquel
    pais y el ilustre caraqueño. En el trascurso del mismo año Montilla
    preparaba en la ciudad de Hacha una expedicion contra Maracaibo,
    combinándose al efecto con las fuerzas navales que mandaba el coronel
    jefe de la escuadra José Padilla, quien juzgó posible la arriesgada
    empresa de forzar la barra, operacion que se ofreció á cumplir y que
    cumplió el 8 de Mayo con solo la pérdida del bergantin _General
    Bolívar_, al mando y de la propiedad del capitan de navio Nicolás Joly.

    Una vez libre de cruzar las aguas del lago, en las cuales llegó á
    enseñorearse, á fines de Junio, y mientras el general Francisco Estéban
    Gomez, por enfermedad de Montilla, se dirigia contra Maracaibo, Morales
    reforzaba su escuadrilla con dos goletas que el capitan Laborde traia de
    Curazao. Reunida la flotilla española en Zaparas, fondeaba el 22 de
    Julio entre Maracaibo y el islote de Capitan-Chico. Los independientes
    hacian lo propio en Altagracia y Punta de Piedras. Ambos combatientes, á
    vista uno del otro, esperaban el viento para acometerse, cuando
    habiéndolo tenido favorable los patriotas, abordaron el 24, tres horas
    despues del medio dia, al enemigo, y trabando un reñidísimo combate
    quedó vencedor Padilla. Los realistas tuvieron 800 bajas entre muertos y
    heridos, mas 420 prisioneros entre oficiales, clase de tropa y
    marineria. Los patriotas contaron 44 muertos entre oficiales y tropa y
    119 heridos.

    Las armas republicanas, favorecidas por su valor y la buena causa,
    marchaban sembrando por su camino los laureles de la victoria y
    añadiendo cada dia una piedra mas al colosal edificio de su
    independencia. Alli donde se presentaban, desalentados por sus estériles
    esfuerzos los antiguos dominadores de Venezuela, cedian el campo á los
    ya aguerridos soldados de la libertad. El 3 de Agosto capituló Morales
    bajo las mas generosas condiciones de los republicanos, que haciéndolo
    asi se coronaban de gloria; y doce dias despues se hacia á la vela aquel
    memorable general con rumbo á la isla de Cuba. En el resto del año Coro
    y Puerto Cabello, últimos baluartes de la dominacion española en
    Venezuela, cayeron tambien en manos de los valientes y beneméritos hijos
    del Nuevo Mundo, cuya heróica sangre venia derramándose hacia tantos
    años, y por fin, al despedirse el de 1823, podian exclamar, enarbolando
    el pabellon de Colombia: "_Ya somos libres._"

    CAPITULO XI

    Bolívar en Lima.–El espíritu público en el Perú.–Pérdidas.
    –Disolucion del Congreso.–El Libertador organiza una gran
    expedicion.–Paso de los desfiladeros de los Andes.–Victoria de los
    colombianos en Junin.–Retirada de las tropas españolas.–Descanso.
    –Combinaciones estratégicas.–Bolívar se dirije al Alto Perú.–Batalla
    de Ayacucho.–Capitulaciones.–Entrada de Bolívar en Lima.–Convocatoria
    para la reunion de un Congreso.–Su reunion y sus actos.–República
    Bolívar.–Rendicion del Callao.–Emancipacion de la América del Sud
    realizada.–Consideraciones.–Principia á turbarse el órden entre los
    venezolanos.–Deposicion decretada contra Paez.–Sublevacion de Valencia.
    –Los partidos.–Asamblea provocada por los federalistas de Carácas.
    –Bolívar se dirije á Venezuela.–Proclama dada en Maracaibo.
    –Acontecimientos del Perú.

    El 1° de Setiembre de 1825 habia hecho el libertador su entrada en
    Lima, donde fué investido del poder dictatorial, con autorizacion de
    disponer libremente de todos los recursos del pais; pero en vista de la
    oposicion de algunos partidos políticos, y comprendiendo que con los
    elementos disolventes que minaban su noble empresa no seria posible
    llegar al término que se habia propuesto, se retiró á Trujillo.
    Abandonada asi la capital, pronto se vió ocupada por las tropas
    realistas al mando del general Canterac.

    A principios de 1824 el estado de la causa de la independencia era
    lastimoso en el Perú y marchaba desalentadamente á la ruina. Pérdidas el
    5 de Febrero las fortalezas del Callao, se disolvió el Congreso,
    depositando en Bolívar la esperanza de su salvacion. El ilustre jefe
    colombiano, aun cuando no fuera por su ardiente amor hácia la causa de
    la libertad de la América del Sud, no podia mirar con indiferencia los
    peligros que vendrian á amenazar la obra por él realizada hasta alli si
    las armas españolas llegasen á entronizarse en el Perú; y cuando recibió
    la triste noticia de los últimos desastres se hallaba en la provincia de
    Huamalies organizando tropas y esperando refuerzos de su república para
    continuar las operaciones de su cuenta y riesgo, pudiendo oponer de alli
    á poco á las desgracias ocurridas un ejército de 4.000 patriotas del
    pais y 6.000 colombianos.

    Cruzó entonces los desfiladeros de los Andes, mientras Canterac
    guarnecia los de Jauja y situaba sus puestos avanzados en Casas, y
    marchó decididamente sobre Pasco. El general español, que ignoraba la
    direccion seguida por su contrario, se encaminó hácia este mismo punto
    con objeto de practicar un reconocimiento. Aqui supo que el 5 de Agosto
    habia pasado Bolívar tomando por la derecha de la laguna de Junin, y
    retrocedió en el acto para estorbar que las fuerzas enemigas vinieran á
    situarse á su espalda. Al practicar este movimiento, y á los tres dias
    de haberlo emprendido, Canterac fué alcanzado por Bolívar y los
    realistas sufrieron una gran derrota en Junin ó Pampa de los Reyes.

    Los vencedores siguieron en persecucion de Canterac que, sucesivamente y
    en buen órden, fué retirándose á Tarma, Jauja, Huancayo y Huamanga,
    llegando por fin á Cuzco con una pérdida de mas de 2.000 hombres. El
    ejército libertador no pasó de Huamanga sino despues de haber descansado
    alli por espacio de un mes, en cuyo tiempo, segun lo dispuso su jefe, el
    general Sucre debia dirigirse sobre Challuanca para amenazar la
    retaguardia del enemigo, en tanto que él practicaba un reconocimiento
    hácia el Apurimac, operacion en la cual vino á sorprenderles el invierno
    y se suspendieron las que despues de esta debian verificarse. Entonces
    Bolívar, movido por causas poderosas, se separó de su ejército,
    dejándole en cuarteles de invierno, y se dirigió al Alto Perú con el
    fin de preparar los medios necesarios para cerrar la campaña y al propio
    tiempo organizar un buen gobierno en aquel pais.

    Mas tarde, el 9 de Diciembre, los tropas de Sucre se coronaban de
    laureles en Ayacucho, alcanzando una decisiva victoria sobre las armas
    españolas, mandadas por Laserna, virey entonces del Perú. Á cerca de
    9.500 hombres ascendian las fuerzas del virey, mientras que no llegaban
    á 6.000 las comandadas por el general republicano; pero bien combinado y
    hábilmente dirigido el plan de batalla, los realistas fueron deshechos
    completamente, quedando en poder de Sucre, además de Laserna, 15
    generales, 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 484 oficiales, 3.200
    soldados, cabos y sargentos, 11 piezas de artilleria, gran número de
    fusiles, municiones y en fin, todos los pertrechos de guerra
    pertenecientes al enemigo, que habia sido puesto en el caso de rendirse
    por capitulacion.

    En esta memorable jornada, la mas brillante de las que tuvieron lugar en
    la América del Sud, junto al jefe que la alcanzó se distinguieron
    heróicamente José Maria Córdoba, el inglés Miller y el general Lamar.
    Segun las bases de la capitulacion los españoles se obligaban á entregar
    los paises aun dominados por ellos en el Alto y Bajo Perú y los
    vencedores á respetar las vidas y haciendas de los vencidos y de sus
    partidarios, costeando además el viaje á la península á los individuos
    del ejército que asi lo solicitasen. La batalla de Ayacucho inmortalizó
    el nombre del valiente hijo de Cumaná, tan buen patriota como virtuoso
    ciudadano, tan hábil como noble general.

    Al siguiente dia de esta batalla Bolívar entraba en Lima y expedia un
    decreto por el cual convocaba un Congreso para el 10 de Febrero del
    próximo año. Llegada esta fecha y reunido ya, los primeros actos de este
    cuerpo se encaminaron á manifestar de una manera solemne su gratitud
    hácia los libertadores del pais, ordenando se abriese una medalla en
    honor del Libertador y que en la plaza principal de Lima se le erigiese
    una estátua. Además hízole presente de dos millones de pesos, para que
    uno lo distribuyese entre los generales y demás clases de ejército,
    reservándose el otro para si, lo cual rehusó dignamente; y al mismo
    tiempo distinguió al general Sucre con el título de mariscal de
    Ayacucho. Despues confirió á Bolívar el poder ejecutivo, y este pidió
    permiso á Colombia para poder aceptarlo, pues, segun sus palabras en
    esta ocasion, _reconocia monstruosa aquella autoridad é impropia de él._

    Bajo la denominacion de _República Bolívar_ (mas tarde Bolivia), se
    constituyeron por medio de una Asamblea general, declarando en
    independencia, las provincias del Alto Perú á 10 de Julio del mismo año
    1825 y confiaron al Libertador la autoridad ejecutiva por todo el tiempo
    de su permanencia en el territorio del Estado, y Sucre quedó encargado
    del mando inmediato de los departamentos en que aquel habia sido
    dividido. A los tres meses no cabales, esto es, el 6 de Octubre, despues
    de haber encargado al Libertador que formase una Constitucion política
    para el pais, se disolvió la Asamblea, aplazando la reunion del cuerpo
    constituyente, reunion que debia realizarse el 25 de Mayo del
    siguiente año.

    A pesar de los esfuerzos hechos por los partidarios de la independencia,
    el general Rodil, refugiado en el Callao, sostuvo durante mas de un año
    esta plaza, rendida por fin el 23 de Enero de 1826, dia en que el Perú,
    á consecuencia de este acontecimiento quedaba totalmente emancipado de
    España y la América del Sud veia terminarse la sangrienta y larga lucha
    comenzada y llevada á feliz término por los valientes hijos de
    Venezuela, bajo la gloriosa direccion del celebérrimo Bolívar.

    Pero el pueblo colombiano, como sucede con todos los pueblos colocados
    en análogas circunstancias, si bien cediendo á un natural impulso, habia
    desplegado todas sus fuerzas para sacudir el yugo de la esclavitud, no
    bien dispuesto aun á recibir la nueva forma de gobierno, poco ilustrado
    para conocer los medios de aprovecharse de la libertad que habia
    conquistado, y no comprendiendo el valor de los deberes que adquiria al
    adquirir nuevos derechos, pronto se vió envuelto en las discordias
    civiles por no prestarse de buen grado á ellos. Resistiéndose los
    caraqueños á la tercera invitacion hecha por Paez, que queria dar
    cumplimiento al decreto sobre la organizacion de milicias, se vió este
    jefe obligado á hacer algunas prisiones, y con tal motivo Carácas
    presentó 17 dias antes á la toma del Callao la imágen de una espantosa
    revolucion.

    So color de haber sido hollados los derechos del pueblo en la manera de
    dar cumplimiento á los decretos del gobierno, la Cámara de los
    representantes fulminó contra Paez una acusacion, que en 30 de Marzo
    admitió el Senado, suspendiéndole de su empleo y citándole á dar cuenta
    de su conducta. No solo desobedeció esta órden trasmitida por medio del
    poder ejecutivo, sino que por disposicion de la Asamblea municipal de
    Valencia, en cuya ciudad se hallaba Paez entonces, el 30 de Abril
    reasumió el mando de que el Senado le habia separado, dando lugar este
    hecho á que todos los pueblos se creyeran autorizados á desconocer el
    legítimo gobierno, y pronto se vió la República envuelta en las
    discordias civiles.

    Dos fueron los bandos que se alzaron: uno _federal_ y otro _central_,
    siendo los partidarios del primero de los sistemas quienes marchaban á
    su fin con mayor unidad, con mas perfecta armonia. Los federalistas de
    Carácas concitaron á Paez para que convocara y presidiera una Asamblea
    general con objeto de fijar el destino político de Venezuela en
    aquellas circunstancias; y verificada la reunion el 7 de Noviembre,
    despues de mediar violentas discusiones y una incalificable votacion,
    Paez quedó autorizado; conforme á los poderes de que la Asamblea le
    habia investido, dió un decreto señalando el 10 de Diciembre para la
    reunion de los colegios electorales y para la instalacion del Cuerpo
    constituyente en Valencia fijó igual dia de Enero de 1827.

    Bolívar, noticioso de los escándalos promovidos en Venezuela, partió de
    Lima el 4 de Setiembre y cuarenta dias mas tarde entraba en Santa Fé de
    Bogotá, siendo recibido con generales muestras de afecto. El 25 de
    Noviembre se dirigió á Venezuela y durante su travesia hasta Cúcuta fué
    reuniendo tropas para presentarse con imponente actitud. El 16 del
    siguiente mes dió una proclama desde Maracaibo en que, ofreciendo
    acelerar la gran Convencion nacional para que legalmente tuviera el
    pueblo leyes fundamentales, decia: _solo él_ (el pueblo) _conoce su bien
    y es dueño de su suerte, y no un poderoso, ni un partido, ni una sola
    fraccion del mismo pueblo_. El Libertador, al cual volvian algunos de
    los extraviados patricios, llegó por Coro á Puerto-Cabello el último dia
    del año, época en que Paez se encontraba en Valencia.

    Los acontecimientos del Perú mientras el trascurso del año que asi
    espiraba fueron: la reunion del Congreso constituyente de Bolivia, que
    con lijeras variantes aceptó el proyecto que le habia enviado Bolívar,
    acompañado del reconocimiento de aquella república por el Consejo de
    gobierno del Perú; el nombramiento del general Sucre como Presidente
    vitalicio del Estado, dignidad que solo admitió por dos años; la
    declaracion de nulidad en los poderes otorgados por los colegios de
    algunas provincias á sus representantes, hecha por el Consejo de
    gobierno peruano en su primer Congreso constitucional; la disolucion de
    este; la reunion del colegio electoral de la provincia de Lima, en
    virtud de decreto de la autoridad competente, el 16 de Agosto; la
    aceptacion que el mismo hizo de la Constitucion boliviana como Código
    fundamental del Perú, y el nombramiento de Bolívar para Presidente
    perpetuo de la República, actos sancionados por el Consejo de gobierno,
    en vista de la unanimidad conque los colegios electorales habian
    procedido en todos sus acuerdos.

    CAPITULO XII

    Disposiciones conciliatorias.–Bolívar y Paez se reconcilian.–Error
    político.–Reclamaciones de Nueva-Granada y del Perú.–Dimision del
    Libertador ante el quinto Congreso reunido en Bogotá.–No es admitida
    su dimision.–Se levantan facciones en Venezuela.–El Congreso
    Constituyente del Perú.–Agitaciones políticas y desunion de Colombia.
    –Fracasa la Convencion de Ocaña.–Acta del 15 de Junio de 1828.
    –Conjuracion á mano armada.–Peligro del Libertador.–Acto de justicia
    contra los conspiradores.–Nueva convocacion á un Congreso
    Constituyente.–Trabajos de zapa de los descontentos.–Manifiesto de
    Bolívar.–Consecuencias del manifiesto.–Es llamado el Libertador por
    algunos miembros del Congreso de Colombia.–Sancion del Código
    político.–Cesacion de la dictadura y de la representacion de la
    Colombia.–Viaje de Bolívar á Cartagena.–Decretos de Paez.–Instalacion
    del Congreso en Valencia.–Nueva Constitucion de
    Venezuela.–Fallecimiento del Libertador.

    El año 1827 era inaugurado por el Libertador de una manera política y
    conciliatoria. El primer dia de aquel desde Puerto Cabello publicó un
    decreto de amnistia, confirmando á Paez la autoridad de jefe civil y
    militar que al principio de la revolucion le habia sido conferido por
    los concejos municipales. Este dictó al siguiente otro decreto por el
    cual reconocia y mandaba reconocer á Bolívar como Presidente de la
    República, anulando al propio tiempo todas sus anteriores resoluciones,
    inclusa la de reunion de un Congreso. El 4, á las dos de la tarde, ambos
    jefes se habian visto y abrazado al pié del cerro de Naguanagua,
    entrando luego juntos en Valencia entre las aclamaciones entusiastas del
    pueblo; y el 10 del mismo mes todo Carácas se deshacia en expresiones de
    la mas grande admiracion al acoger en su recinto á su ilustre hijo, el
    Libertador de la América del Sud.

    El excesivo amor de este grande hombre por la causa que tan constante y
    noblemente habia defendido, el vivo deseo que le agitaba de consolidar
    su grande obra, le hizo cometer un error, perdonable bajo este punto de
    vista. Pero ¿quién que sintiese como él sentia, quién que como él se
    viese rodeado de tan rebeldes circunstancias cuando apenas lucia la
    primer aurora de la libertad de su patria, quién que como él la
    encontrase amenazada de ser envuelta entre las sombras de una
    devastadora tempestad en el momento mismo de nacer, no hubiera tratado
    de evitar á toda costa las tristes consecuencias que resultarian de la
    desunion entre los elementos políticos que debian formar entonces su mas
    firme apoyo? Esto fué sin duda lo que le hizo halagar á los disidentes,
    lo que le obligó á apagar su desenfrenada ambicion y deseo de mando,
    produciendo entre sus amigos el descontento y la envidia. ¡Amigos!…¡Qué
    lastimoso abusó se ha hecho de esta bella frase, empleándola sin
    razon en vez de _adeptos_ al tratarse de aquellos hombres que, como
    Bolívar, llegan á tener entre sus manos los destinos de una nacion!

    En la Nueva-Granada, lo mismo que en el Perú, muchos militares dirigian
    representaciones al gobierno reprobando las reformas introducidas en la
    primitiva ley del Estado; y despues de tantos y tan inmensos
    sacrificios, despues de tanta y tan preciosa sangre vertida en aras de
    la patria, mezquinos intereses, miras egoistas de dominio, envidias y
    rencores mal comprimidos, encienden los ánimos y los concitan á la
    guerra mas inicua que la humanidad conoce entre la iniquidad misma de la
    guerra, á la que el génio del mal despierta y mantiene en el corazon de
    los que debiera unir el vínculo fraternal de las costumbres, del idioma,
    del pais y la familia. Asi, pues, por desgracia, al triunfo de la
    independencia sucedia la discordia civil en la América del Sud, enconada
    y sobreexcitada por medidas cuyo espíritu, cuyo fin no era otro que el
    de la conciliacion, el bienestar y la fuerza. Pero el hombre propone y
    Dios dispone.

    Ante el quinto Congreso, reunido en Bogotá, dimitió Bolívar su cargo de
    Presidente, y despues de largos y acalorados debates, por 50 contra 24
    votos no fué atendido. Esta dimision la hizo desde su pueblo natal; en
    vista de la negativa, el 10 de Setiembre pasó á Bogotá, jurando
    nuevamente ante el Congreso, al efecto reunido en sesion extraordinaria,
    sostener y defender como hasta alli la Constitucion de la República. En
    Venezuela mientras tanto se habian levantado facciones que, como la de
    Cisneros en Carácas, llevaban la devastacion á todas partes.

    El Congreso constituyente del Perú se habia reunido, con antelacion á
    los hechos últimamente citados, el 1° de Mayo, y declaró que la
    Constitucion jurada en 9 de Diciembre del año anterior _era nula y sin
    ningun efecto, por haber sido sancionada de un modo ilegal y atentatoria
    á la soberania del pueblo_; restableciendo provisionalmente en su fuerza
    y vigor, con supresion de algunos capitulos, interin el Cuerpo
    Legislativo se ocupaba de formar otra nueva, la admitida y votada en
    1823. Don José de Lamar, gran mariscal, y Don Manuel Salazar y
    Barquijano fueron elegidos, el primero como Presidente y el segundo como
    Vice-Presidente de la República. Tales fueron los hechos mas notables ó
    importantes de la América del Sud en este año.

    En el siguiente de 1828 dos eran los grandes partidos que se agitaban en
    el seno de la Colombia. Los que aspiraban con la mejor buena fé del
    mundo á hacer alteraciones liberales en la ley fundamental,–cuyo medio,
    á los ojos de sus émulos, era el mas á propósito para derrocar al
    Libertador, asi como tambien para los que deseaban dividir el territorio
    colombiano en tres distintos estados independientes entre si,–formaban
    el primero de estos partidos. En el segundo estaban afiliados la mayor
    parte de los generales, jefes y oficiales venezolanos, mas todos los
    extranjeros que subsistian al servicio de la Colombia y los deudos y
    amigos de Bolívar, que se esforzaban en sostener la integridad de la
    república creada por la union de Venezuela, Quito y la Nueva-Granada.
    Esta era precisamente la division intentada por los de la faccion
    contraria.

    Despues de haber fracasado la Convencion nacional reunida en Ocaña el 9
    de Abril, á causa de lo encontrado de las opiniones y principios
    políticos alli representados, una junta de personas notables, formada en
    Bogotá, suscribia el 13 de Junio una acta en la cual hacian solemne
    protesta contra toda reforma que emanase de la Convencion, depositando
    el cargo supremo de la República y su entera confianza en el general
    Bolívar, ejemplo que luego fué imitado y seguido en toda su latitud por
    los demás pueblos. De una manera tan pública y esplicita fué reconocido
    el ilustre Libertador como jefe supremo del Estado y revestido de las
    mas ámplias facultades.

    El 24 del mismo mes, este hombre, objeto de tantos y tan continuos
    ataques, doblemente realzados por ellos, por sus actos de desinterés y
    por su heróica perseverancia en el fin que se habia propuesto desde el
    principio de la campaña de la independencia; este hombre, digno de un
    pueblo, no mejor, pero sí mas ilustrado, comenzó á legislar en
    importantes materias, suprimiendo la Vice-Presidencia y dando al Consejo
    de Estado una forma nueva y mas adecuada á las necesidades que
    le rodeaban.

    Llegó á tan alto grado el encono de sus adversarios políticos, que
    conjurándose contra él, dominados por el criminal objeto de arrancarle
    el mando con la vida á un mismo tiempo, apellidándole _tirano de la
    patria_, el 25 de Setiembre atacaron de mano armada en Bogotá el palacio
    á la hora de la media noche, despues de asesinar á los centinelas, y
    lograron penetrar hasta la estancia del Libertador; afortunadamente pudo
    este salvarse arrojándose á la calle desde una ventana que por falta de
    prevision de parte de los agresores habia quedado sin custodia alguna.
    Una vez libre, pudo luego con su actividad y energia de costumbre tomar
    las medidas necesarias; y habiendo sido aprehendidos los conjurados,
    todos pagaron con la vida su temeraria empresa menos el general
    Santander, complicado tambien en la trama y á quien la última pena fué
    conmutada por Consejo de gobierno en la de destierro con privacion
    del empleo.

    De esta manera, y con la convocacion de un Congreso en Bogotá para el 2
    de Enero de 1830, el cual vendria investido con el carácter de
    Constituyente, cerraba sus puertas el año 1828, año lleno de malestar
    por la efervescencia de los partidos en que estaba dividida la opinion
    pública del pais, tanto mas temible cuanto que se alzaba en el corazon
    de hombres vigorosos y avezados á los azares de la guerra.

    Fácil es comprender que á pesar de tan enérgicas medidas el mal no
    habria cesado; y asi era en efecto. Siguió sorda y lentamente bullendo
    en los ánimos de los descontentos durante el año 1829, y arraigándose
    mas profundamente toda vez que el peso del poder no le permitia salir á
    la superficie; pero como el momento señalado para la instalacion del
    Congreso se acercase, publicó Bolívar un manifiesto en que autorizaba á
    los pueblos para que pudiesen emitir libremente su dictamen, ya por
    medio de la imprenta, ya por otro cualquiera de los permitidos por
    la ley.

    A una reunion provocada por el jefe general de policia, que lo era
    Arismendi, acudieron varios vecinos notables de Carácas con el fin de
    tratar de las peticiones que debian elevarse al Congreso. Una carta
    circular de Paez los animaba tambien á emitir sus opiniones con plena
    franqueza y libertad. Asi es que acordaron pedir á la autoridad superior
    civil de su provincia se convocase el pueblo á una Asamblea general,
    súplica que fué atendida, ordenándose inmediatamente la convocatoria.
    Esta Asamblea, legalmente constituida en la capital el 26 de Noviembre,
    resolvió: "desconocer la autoridad del Libertador; separar á Venezuela
    del gobierno de Bogotá; consultar la voluntad de los antiguos
    departamentos de aquella, invitándoles á que por medio de un cuerpo
    constituyente reconociesen, defendiesen y manifestasen públicamente la
    separacion que de aquel gobierno intentaban los venezolanos, todo lo
    cual quedó consignado." Por último, decidieron "que el general Paez se
    encargase del mando de los departamentos en tanto se verificara la
    instalacion del nuevo Congreso."

    No reinaba menos agitacion entre los granadinos. El 2 de Enero de 1830,
    constituidos en comision preparatoria varios miembros del Congreso de
    Colombia en Bogotá, dieron principio á sus tareas, y el 4 se pusieron de
    acuerdo sobre la conveniencia de hacer que Bolívar en persona instalase
    el Congreso para demostrar á los pueblos la buena armonia en que sus
    representantes se hallaban con el padre de la patria, llamándole á fin
    de combinar los medios mas acertados de conjurar las calamidades que
    amenazaban al pais. Acudió Bolívar al llamamiento, y el 20 del mismo
    mes, cinco dias despues de su llegada á Bogotá, dejó instalado el
    Congreso, renunciando formalmente á la presidencia que se le habia
    conferido; pero su renuncia fué desechada, exigiéndole que hasta que la
    Constitucion quedase sancionada y nombrados los funcionarios superiores
    en el órden político, para cortar las alas á la anarquia conservase su
    autoridad, único medio que el Congreso estimaba hábil en aquellas
    amenazadoras circunstancias.

    En efecto, el 29 de Abril quedó sancionado el Código político y,
    nombrados como Presidente y Vice-Presidente, para el primer cargo
    Joaquin Mosquera y para el segundo el general Domingo Caicedo, tuvo fin
    la dictadura. Doce dias despues cerraba el Congreso las sesiones de
    aquella Asamblea legislativa, que fué la postrera de las reunidas á
    nombre y en representacion de Colombia.

    El Libertador de la América del Sud, reducido ya á la simple condicion
    de ciudadano, el 8 de Mayo salió para Cartagena con objeto de pasar á
    Europa; y al despedirse de los constituyentes, herido en lo intimo de su
    noble corazon de patriota, no por su separacion del alto cargo que hasta
    alli habia ejercido, el cual tantas y tantas veces como al presente
    renunciara leal y dignamente, ni tampoco lastimado en su ambicion,
    puesto que solo se retiraba "rico de honores y de gloria;" pronunció
    estas notables palabras: _Me ruborizo al pensarlo, pero la independencia
    es el único bien que hemos conquistado á costa de todos los demás._

    En Venezuela, mientras tanto, con fecha 13 de Enero, el general Paez
    expedia dos decretos, uno por el cual creaba para el despacho de un
    gobierno provisional tres ministerios de Estado, cuyas funciones debian
    ejercer, en Guerra y Marina, el general Soublette; en Interior, Justicia
    y Policia, el Dr. Miguel Peña; en Hacienda y Relaciones exteriores, el
    Licenciado Diego Bautista Urbaneja; y el otro concerniente á la manera
    con que debia precederse para las elecciones del Congreso
    Constituyente, que constando al menos de las dos terceras partes, debia
    reunirse en Valencia el dia 30 de Abril.

    Instalado este el 8 de Mayo, su primer acto fué la confirmacion del
    poder ejecutivo de que Paez estaba investido hasta nueva resolucion del
    Congreso, cuyas tareas quedaron terminadas el 22 de Setiembre,
    sancionando un Código fundamental por el que declaraba: "que el gobierno
    de Venezuela es y será siempre republicano, popular, representativo,
    responsable y de eleccion," dividiendo la potestad suprema en judicial,
    legislativa y ejecutiva, con un cuarto poder exclusivamente destinado á
    entender en la parte municipal. De este modo la forma adoptada era un
    término medio entre el centralismo y el federalismo. El poder ejecutivo
    quedaba á cargo de un magistrado con el título de Presidente de la
    República, y tanto este cargo como el de Vice-Presidente, cesaban á los
    cuatro años en sus funciones, no siendo reelegibles sino despues de
    pasar por lo menos un período constitucional. Cuatro secretarios
    responsables serian elegidos por el Presidente para el ejercicio de su
    ministerio. El poder legislativo constaria de un Congreso popular,
    dividido en dos Cámaras, una de diputados representantes y otra de
    senadores, elegidos tambien por solo cuatro años.

    Este fué el último resultado que alcanzó á ver Bolívar, el hombre cuyos
    esfuerzos bastaron á conquistar la independencia de su pais, y los
    cuales fueron impotentes para conservar la integridad de Colombia. Desde
    este momento, perseguido por la idea de la inevitable ruina de la nacion
    que á costa de su sangre y de casi toda su fortuna habia logrado sacar
    de la nada, herido mortalmente en su tierna y constante afeccion hácia
    su adorada patria, el 17 de Diciembre, á la una de la tarde y los 47
    años de edad, espiró en la quinta de San Pedro, situada á corta
    distancia de Santa Marta, dirigiendo la expresion de su último
    sacrificio á los pueblos de Colombia en estos memorables palabra: Si _mi
    muerte contribuye á que cesen los partidos y la union se consolide, yo
    bajaré tranquilo al sepulcro_.

    ¿Podia exigirse mas del heróico Libertador de la América del Sud? Sus
    restos descansan en la Santa Iglesia metropolitana de Carácas desde el
    17 de Diciembre de 1842, despues de haber permanecido doce años justos
    entre los granadinos. ¡Cosa extraña! el general José Antonio Paez era
    Presidente de la República de Venezuela cuando el Congreso sancionaba la
    traslacion de las preciosas cenizas del Padre de la Patria.

    FIN.

  • La dame aux camélias

    La dame aux camélias

    Aproximadamente 69.129 palavras.

    À la voix de Prudence, Marguerite se leva, et, venant à nous après avoir
    échangé un regard de remerciements avec madame Duvernoy, elle nous dit:

    –Entrez, messieurs, et soyez les bienvenus.

    Chapitre IX

    –Bonsoir, mon cher Gaston, dit Marguerite à mon compagnon, je suis bien
    aise de vous voir. Pourquoi n'êtes-vous pas entré dans ma loge aux
    Variétés?

    –Je craignais d'être indiscret.

    –Les amis, et Marguerite appuya sur ce mot, comme si elle eût voulu
    faire comprendre à ceux qui étaient là que, malgré la façon familière
    dont elle l'accueillait, Gaston n'était et n'avait toujours été qu'un
    ami, les amis ne sont jamais indiscrets.

    –Alors, vous me permettez de vous présenter M. Armand Duval!

    –J'avais déjà autorisé Prudence à le faire.

    –Du reste, madame, dis-je alors en m'inclinant et en parvenant à rendre
    des sons à peu près intelligibles, j'ai déjà eu l'honneur de vous être
    présenté.

    L'œil charmant de Marguerite sembla chercher dans son souvenir, mais
    elle ne se souvint point, ou parut ne point se souvenir.

    –Madame, repris-je alors, je vous suis reconnaissant d'avoir oublié
    cette première présentation, car j'y fus très ridicule et dus vous
    paraître très ennuyeux. C'était, il y a deux ans, à l'Opéra-Comique;
    j'étais avec Ernest de ***…

    –Ah! je me rappelle! reprit Marguerite avec un sourire. Ce n'est pas
    vous qui étiez ridicule, c'est moi qui étais taquine, comme je le suis
    encore un peu, mais moins cependant. Vous m'avez pardonné, monsieur?

    Et elle me tendit sa main que je baisai.

    –C'est vrai, reprit-elle. Figurez-vous que j'ai la mauvaise habitude de
    vouloir embarrasser les gens que je vois pour la première fois. C'est
    très sot. Mon médecin dit que c'est parce que je suis nerveuse et
    toujours souffrante: croyez mon médecin.

    –Mais vous paraissez très bien portante.

    –Oh! j'ai été bien malade.

    –Je le sais.

    –Qui vous l'a dit?

    –Tout le monde le savait; je suis venu souvent savoir de vos nouvelles,
    et j'ai appris avec plaisir votre convalescence.

    –On ne m'a jamais remis votre carte.

    –Je ne l'ai jamais laissée.

    –Serait-ce vous, ce jeune homme qui venait tous les jours s'informer de
    moi pendant ma maladie, et qui n'a jamais voulu dire son nom?

    –C'est moi.

    –Alors, vous êtes plus qu'indulgent, vous êtes généreux. Ce n'est pas
    vous, comte, qui auriez fait cela, ajouta-t-elle en se tournant vers M.
    de N…, et après avoir jeté sur moi un de ces regards par lesquels les
    femmes complètent leur opinion sur un homme.

    –Je ne vous connais que depuis deux mois, répliqua le comte.

    –Et monsieur qui ne me connaît que depuis cinq minutes! Vous répondez
    toujours des niaiseries.

    Les femmes sont impitoyables avec les gens qu'elles n'aiment pas.

    Le comte rougit et se mordit les lèvres.

    J'eus pitié de lui, car il paraissait être amoureux comme moi, et la
    dure franchise de Marguerite devait le rendre bien malheureux, surtout
    en présence de deux étrangers.

    –Vous faisiez de la musique quand nous sommes entrés, dis-je alors pour
    changer la conversation, ne me ferez-vous pas le plaisir de me traiter
    en vieille connaissance, et ne continuerez-vous pas?

    –Oh! fit-elle en se jetant sur le canapé et en nous faisant signe de
    nous y asseoir, Gaston sait bien quel genre de musique je fais. C'est
    bon quand je suis seule avec le comte, mais je ne voudrais pas vous
    faire endurer pareil supplice.

    –Vous avez cette préférence pour moi? Répliqua M. de N… avec un
    sourire qu'il essaya de rendre fin et ironique.

    –Vous avez tort de me la reprocher; c'est la seule.

    Il était décidé que ce pauvre garçon ne dirait pas un mot. Il jeta sur
    la jeune femme un regard vraiment suppliant.

    –Dites donc, Prudence, continua-t-elle, avez-vous fait ce que je vous
    avais priée de faire?

    –Oui.

    –C'est bien, vous me conterez cela plus tard. Nous avons à causer, vous
    ne vous en irez pas sans que je vous parle.

    –Nous sommes sans doute indiscrets, dis-je alors, et, maintenant que
    nous avons ou plutôt que j'ai obtenu une seconde présentation pour faire
    oublier la première, nous allons nous retirer, Gaston et moi.

    –Pas le moins du monde; ce n'est pas pour vous que je dis cela. Je veux
    au contraire que vous restiez.

    Le comte tira une montre fort élégante, à laquelle il regarda l'heure:

    –Il est temps que j'aille au club, dit-il.

    Marguerite ne répondit rien.

    Le comte quitta alors la cheminée, et venant à elle:

    –Adieu, madame.

    Marguerite se leva.

    –Adieu, mon cher comte, vous vous en allez déjà?

    –Oui, je crains de vous ennuyer.

    –Vous ne m'ennuyez pas plus aujourd'hui que les autres jours. Quand
    vous verra-t-on?

    –Quand vous le permettrez.

    –Adieu, alors!

    C'était cruel, vous l'avouerez.

    Le comte avait heureusement une fort bonne éducation et un excellent
    caractère. Il se contenta de baiser la main que Marguerite lui tendait
    assez nonchalamment, et de sortir après nous avoir salués.

    Au moment où il franchissait la porte, il regarda Prudence.

    Celle-ci leva les épaules d'un air qui signifiait:

    –Que voulez-vous, j'ai fait tout ce que j'ai pu.

    –Nanine! cria Marguerite, éclaire M. le comte.

    Nous entendîmes ouvrir et fermer la porte.

    –Enfin! s'écria Marguerite en reparaissant, le voilà parti; ce
    garçon-là me porte horriblement sur les nerfs.

    –Ma chère enfant, dit Prudence, vous êtes vraiment trop méchante avec
    lui, lui qui est si bon et si prévenant pour vous. Voilà encore sur
    votre cheminée une montre qu'il vous a donnée, et qui lui a coûté au
    moins mille écus, j'en suis sûre.

    Et madame Duvernoy, qui s'était approchée de la cheminée, jouait avec le
    bijou dont elle parlait, et jetait dessus des regards de convoitise.

    –Ma chère, dit Marguerite en s'asseyant à son piano quand je pèse d'un
    côté ce qu'il me donne et de l'autre ce qu'il me dit, je trouve que je
    lui passe ses visites bon marché.

    –Ce pauvre garçon est amoureux de vous.

    –S'il fallait que j'écoutasse tous ceux qui sont amoureux de moi, je
    n'aurais seulement pas le temps de dîner.

    Et elle fit courir ses doigts sur le piano, après quoi se retournant
    elle nous dit:

    –Voulez-vous prendre quelque chose? Moi, je boirais bien un peu de
    punch.

    –Et moi, je mangerais bien un peu de poulet, dit Prudence; si nous
    soupions?

    –C'est cela, allons souper, dit Gaston.

    –Non, nous allons souper ici.

    Elle sonna. Nanine parut.

    –Envoie chercher à souper.

    –Que faut-il prendre?

    –Ce que tu voudras, mais tout de suite, tout de suite.

    Nanine sortit.

    –C'est cela, dit Marguerite en sautant comme une enfant, nous allons
    souper. Que cet imbécile de comte est ennuyeux!

    Plus je voyais cette femme, plus elle m'enchantait. Elle était belle à
    ravir. Sa maigreur même était une grâce.

    J'étais en contemplation.

    Ce qui se passait en moi, j'aurais peine à l'expliquer. J'étais plein
    d'indulgence pour sa vie, plein d'admiration pour sa beauté. Cette
    preuve de désintéressement qu'elle donnait en n'acceptant pas un homme
    jeune, élégant et riche, tout prêt à se ruiner pour elle, excusait à mes
    yeux toutes ses fautes passées.

    Il y avait dans cette femme quelque chose comme de la candeur.

    On voyait qu'elle en était encore à la virginité du vice. Sa marche
    assurée, sa taille souple, ses narines roses et ouvertes, ses grands
    yeux légèrement cerclés de bleu, dénotaient une de ces natures ardentes
    qui répandent autour d'elles un parfum de volupté, comme ces flacons
    d'Orient qui, si bien fermés qu'ils soient, laissent échapper le parfum
    de la liqueur qu'ils renferment.

    Enfin, soit nature, soit conséquence de son état maladif, il passait de
    temps en temps dans les yeux de cette femme des éclairs de désirs dont
    l'expansion eût été une révélation du ciel pour celui qu'elle eût aimé.
    Mais ceux qui avaient aimé Marguerite ne se comptaient plus, et ceux
    qu'elle avait aimés ne se comptaient pas encore.

    Bref, on reconnaissait dans cette fille la vierge qu'un rien avait faite
    courtisane, et la courtisane dont un rien eût fait la vierge la plus
    amoureuse et la plus pure. Il y avait encore chez Marguerite de la
    fierté et de l'indépendance: deux sentiments qui, blessés, sont capables
    de faire ce que fait la pudeur. Je ne disais rien, mon âme semblait être
    passée toute dans mon cœur et mon cœur dans mes yeux.

    –Ainsi, reprit-elle tout à coup, c'est vous qui veniez savoir de mes
    nouvelles quand j'étais malade?

    –Oui.

    –Savez-vous que c'est très beau, cela! Et que puis-je faire pour vous
    remercier?

    –Me permettre de venir de temps en temps vous voir.

    –Tant que vous voudrez, de cinq heures à six, de onze heures à minuit.
    Dites donc, Gaston, jouez-moi l'Invitation à la valse.

    –Pourquoi?

    –Pour me faire plaisir d'abord, et ensuite parce que je ne puis pas
    arriver à la jouer seule.

    –Qu'est-ce qui vous embarrasse donc?

    –La troisième partie, le passage en dièse.

    Gaston se leva, se mit au piano et commença cette merveilleuse mélodie
    de Weber, dont la musique était ouverte sur le pupitre.

    Marguerite, une main appuyée sur le piano, regardait le cahier, suivait
    des yeux chaque note qu'elle accompagnait tout bas de la voix, et, quand
    Gaston en arriva au passage qu'elle lui avait indiqué, elle chantonna en
    faisant aller ses doigts sur le dos du piano:

    –Ré, mi, ré, do, ré, fa, mi, ré, voilà ce que je ne puis faire.
    Recommencez.

    Gaston recommença, après quoi Marguerite lui dit:

    –Maintenant laissez-moi essayer.

    Elle prit sa place et joua à son tour; mais ses doigts rebelles se
    trompaient toujours sur l'une des notes que nous venons de dire.

    –Est-ce incroyable, dit-elle avec une véritable intonation d'enfant,
    que je ne puisse pas arriver à jouer ce passage! Croiriez-vous que je
    reste quelquefois jusqu'à deux heures du matin dessus! Et quand je pense
    que cet imbécile de comte le joue sans musique et admirablement, c'est
    cela qui me rend furieuse contre lui, je crois.

    Et elle recommença, toujours avec les mêmes résultats.

    –Que le diable emporte Weber, la musique et les pianos! dit-elle en
    jetant le cahier à l'autre bout de la chambre; comprend-on que je ne
    puisse pas faire huit dièses de suite?

    Et elle se croisait les bras en nous regardant et en frappant du pied.

    Le sang lui monta aux joues et une toux légère entr'ouvrit ses lèvres.

    –Voyons, voyons, dit Prudence, qui avait ôté son chapeau et qui lissait
    ses bandeaux devant la glace, vous allez encore vous mettre en colère et
    vous faire mal; allons souper, cela vaudra mieux; moi, je meurs de faim.

    Marguerite sonna de nouveau, puis elle se remit au piano et commença à
    demi-voix une chanson libertine, dans l'accompagnement de laquelle elle
    ne s'embrouilla point.

    Gaston savait cette chanson, et ils en firent une espèce de duo.

    –Ne chantez donc pas ces saletés-là, dis-je familièrement à Marguerite
    et avec un ton de prière.

    –Oh! comme vous êtes chaste! me dit-elle en souriant et en me tendant
    la main.

    –Ce n'est pas pour moi, c'est pour vous.

    Marguerite fit un geste qui voulait dire: oh! il y a longtemps que j'en
    ai fini, moi, avec la chasteté.

    En ce moment Nanine parut.

    –Le souper est-il prêt? demanda Marguerite.

    –Oui, madame, dans un instant.

    –À propos, me dit Prudence, vous n'avez pas vu l'appartement; venez,
    que je vous le montre.

    Vous le savez, le salon était une merveille.

    Marguerite nous accompagna un peu, puis elle appela Gaston et passa avec
    lui dans la salle à manger pour voir si le souper était prêt.

    –Tiens, dit tout haut Prudence en regardant sur une étagère et en y
    prenant une figure de Saxe, je ne vous connaissais pas ce petit
    bonhomme-là!

    –Lequel?

    –Un petit berger qui tient une cage avec un oiseau.

    –Prenez-le, s'il vous fait plaisir.

    –Ah! Mais je crains de vous en priver.

    –Je voulais le donner à ma femme de chambre, je le trouve hideux; mais
    puisqu'il vous plaît, prenez-le.

    Prudence ne vit que le cadeau et non la manière dont il était fait. Elle
    mit son bonhomme de côté, et m'emmena dans le cabinet de toilette, où,
    me montrant deux miniatures qui se faisaient pendant, elle me dit:

    –Voilà le comte de G… qui a été très amoureux de Marguerite; c'est
    lui qui l'a lancée. Le connaissez-vous?

    –Non. Et celui-ci? demandai-je en montrant l'autre miniature.

    –C'est le petit vicomte de L… il a été forcé de partir.

    –Pourquoi?

    –Parce qu'il était à peu près ruiné. En voilà un qui aimait Marguerite!

    –Et elle l'aimait beaucoup sans doute?

    –C'est une si drôle de fille, on ne sait jamais à quoi s'en tenir. Le
    soir du jour où il est parti, elle était au spectacle, comme d'habitude,
    et cependant elle avait pleuré au moment du départ.

    En ce moment, Nanine parut, nous annonçant que le souper était servi.

    Quand nous entrâmes dans la salle à manger, Marguerite était appuyée
    contre le mur, et Gaston, lui tenant les mains, lui parlait tout bas.

    –Vous êtes fou, lui répondait Marguerite, vous savez bien que je ne
    veux pas de vous. Ce n'est pas au bout de deux ans que l'on connaît une
    femme comme moi, qu'on lui demande à être son amant. Nous autres, nous
    nous donnons tout de suite ou jamais. Allons, messieurs, à table.

    Et, s'échappant des mains de Gaston, Marguerite le fit asseoir à sa
    droite, moi à sa gauche, puis elle dit à Nanine:

    –Avant de t'asseoir, recommande à la cuisine que l'on n'ouvre pas si
    l'on vient sonner.

    Cette recommandation était faite à une heure du matin.

    On rit, on but et l'on mangea beaucoup à ce souper. Au bout de quelques
    instants, la gaieté était descendue aux dernières limites, et ces mots
    qu'un certain monde trouve plaisants et qui salissent toujours la bouche
    qui les dit éclataient de temps à autre, aux grandes acclamations de
    Nanine, de Prudence et de Marguerite. Gaston s'amusait franchement;
    c'était un garçon plein de cœur, mais dont l'esprit avait été un peu
    faussé par les premières habitudes. Un moment, j'avais voulu m'étourdir,
    faire mon cœur et ma pensée indifférents au spectacle que j'avais sous
    les yeux et prendre ma part de cette gaieté qui semblait un des mets du
    repas; mais peu à peu, je m'étais isolé de ce bruit, mon verre était
    resté plein, et j'étais devenu presque triste en voyant cette belle
    créature de vingt ans boire, parler comme un portefaix, et rire d'autant
    plus que ce que l'on disait était plus scandaleux.

    Cependant cette gaieté, cette façon de parler et de boire, qui me
    paraissaient chez les autres convives les résultats de la débauche, de
    l'habitude ou de la force, me semblaient chez Marguerite un besoin
    d'oublier, une fièvre, une irritabilité nerveuse. À chaque verre de vin
    de Champagne, ses joues se couvraient d'un rouge fiévreux, et une toux,
    légère au commencement du souper, était devenue à la longue assez forte
    pour la forcer à renverser sa tête sur le dos de sa chaise et à
    comprimer sa poitrine dans ses mains toutes les fois qu'elle toussait.

    Je souffrais du mal que devaient faire à cette frêle organisation ces
    excès de tous les jours.

    Enfin arriva une chose que j'avais prévue et que je redoutais. Vers la
    fin du souper, Marguerite fut prise d'un accès de toux plus fort que
    tous ceux qu'elle avait eus depuis que j'étais là. Il me sembla que sa
    poitrine se déchirait intérieurement. La pauvre fille devint pourpre,
    ferma les yeux sous la douleur et porta à ses lèvres sa serviette qu'une
    goutte de sang rougit. Alors elle se leva et courut dans son cabinet de
    toilette.

    –Qu'a donc Marguerite? demanda Gaston.

    –Elle a qu'elle a trop ri et qu'elle crache le sang, fit Prudence. Oh!
    ce ne sera rien, cela lui arrive tous les jours. Elle va revenir.
    Laissons-la seule, elle aime mieux cela.

    Quant à moi, je ne pus y tenir, et, au grand ébahissement de Prudence et
    de Nanine qui me rappelaient, j'allai rejoindre Marguerite.

    Chapitre X

    La chambre où elle s'était réfugiée n'était éclairée que par une seule
    bougie posée sur une table. Renversée sur un grand canapé, sa robe
    défaite, elle tenait une main sur son cœur et laissait pendre l'autre.
    Sur la table il y avait une cuvette d'argent à moitié pleine d'eau;
    cette eau était marbrée de filets de sang.

    Marguerite, très pâle et la bouche entr'ouverte, essayait de reprendre
    haleine. Par moments, sa poitrine se gonflait d'un long soupir qui,
    exhalé, paraissait la soulager un peu, et la laissait pendant quelques
    secondes dans un sentiment de bien-être.

    Je m'approchai d'elle, sans qu'elle fît un mouvement, je m'assis et pris
    celle de ses mains qui reposait sur le canapé.

    –Ah! c'est vous? me dit-elle avec un sourire.

    Il paraît que j'avais la figure bouleversée, car elle ajouta:

    –Est-ce que vous êtes malade aussi?

    –Non; mais vous, souffrez-vous encore?

    –Très peu; et elle essuya avec son mouchoir les larmes que la toux
    avait fait venir à ses yeux; je suis habituée à cela maintenant.

    –Vous vous tuez, madame, lui dis-je alors d'une voix émue; je voudrais
    être votre ami, votre parent, pour vous empêcher de vous faire mal
    ainsi.

    –Ah! cela ne vaut vraiment pas la peine que vous vous alarmiez,
    répliqua-t-elle d'un ton un peu amer; voyez si les autres s'occupent de
    moi: c'est qu'ils savent bien qu'il n'y a rien à faire à ce mal-là.

    Après quoi elle se leva et, prenant la bougie, elle la mit sur la
    cheminée et se regarda dans la glace.

    –Comme je suis pâle! dit-elle en rattachant sa robe et en passant ses
    doigts sur ses cheveux délissés. Ah! bah! allons nous remettre à table.
    Venez-vous?

    Mais j'étais assis et je ne bougeais pas.

    Elle comprit l'émotion que cette scène m'avait causée, car elle
    s'approcha de moi et, me tendant la main, elle me dit:

    –Voyons, venez.

    Je pris sa main, je la portai à mes lèvres en la mouillant malgré moi de
    deux larmes longtemps contenues.

    –Eh bien, mais êtes-vous enfant! dit-elle en se rasseyant auprès de
    moi; voilà que vous pleurez! Qu'avez-vous?

    –Je dois vous paraître bien niais, mais ce que je viens de voir m'a
    fait un mal affreux.

    –Vous êtes bien bon! Que voulez-vous? Je ne puis pas dormir, il faut
    bien que je me distraie un peu. Et puis des filles comme moi, une de
    plus ou de moins, qu'est-ce que cela fait? Les médecins me disent que le
    sang que je crache vient des bronches; j'ai l'air de les croire, c'est
    tout ce que je puis faire pour eux.

    –Écoutez, Marguerite, dis-je alors avec une expansion que je ne pus
    retenir, je ne sais pas l'influence que vous devez prendre sur ma vie,
    mais ce que je sais, c'est qu'à l'heure qu'il est, il n'y a personne,
    pas même ma sœur, à qui je m'intéresse comme à vous. C'est ainsi depuis
    que je vous ai vue. Eh bien, au nom du ciel, soignez-vous, et ne vivez
    plus comme vous le faites.

    –Si je me soignais, je mourrais. Ce qui me soutient, c'est la vie
    fiévreuse que je mène. Puis, se soigner, c'est bon pour les femmes du
    monde qui ont une famille et des amis; mais nous, dès que nous ne
    pouvons plus servir à la vanité ou au plaisir de nos amants, ils nous
    abandonnent, et les longues soirées succèdent aux longs jours. Je le
    sais bien, allez, j'ai été deux mois dans mon lit; au bout de trois
    semaines, personne ne venait plus me voir.

    –Il est vrai que je ne vous suis rien, repris-je; mais si vous le
    vouliez je vous soignerais comme un frère, je ne vous quitterais pas, et
    je vous guérirais. Alors, quand vous en auriez la force, vous
    reprendriez la vie que vous menez, si bon vous semblait; mais j'en suis
    sûr, vous aimeriez mieux une existence tranquille qui vous ferait plus
    heureuse et vous garderait jolie.

    –Vous pensez comme cela ce soir, parce que vous avez le vin triste,
    mais vous n'auriez pas la patience dont vous vous vantez.

    –Permettez-moi de vous dire, Marguerite, que vous avez été malade
    pendant deux mois, et que, pendant ces deux mois, je suis venu tous les
    jours savoir de vos nouvelles.

    –C'est vrai; mais pourquoi ne montiez-vous pas?

    –Parce que je ne vous connaissais pas alors.

    –Est-ce qu'on se gêne avec une fille comme moi?

    –On se gêne toujours avec une femme; c'est mon avis du moins.

    –Ainsi, vous me soigneriez?

    –Oui.

    –Vous resteriez tous les jours auprès de moi?

    –Oui.

    –Et même toutes les nuits?

    –Tout le temps que je ne vous ennuierais pas.

    –Comment appelez-vous cela?

    –Du dévouement.

    –Et d'où vient ce dévouement?

    –D'une sympathie irrésistible que j'ai pour vous.

    –Ainsi vous êtes amoureux de moi? dites-le tout de suite, c'est bien
    plus simple.

    –C'est possible; mais si je dois vous le dire un jour, ce n'est pas
    aujourd'hui.

    –Vous ferez mieux de ne me le dire jamais.

    –Pourquoi?

    –Parce qu'il ne peut résulter que deux choses de cet aveu.

    –Lesquelles?

    –Ou que je ne vous accepte pas, alors vous m'en voudrez, ou que je vous
    accepte, alors vous aurez une triste maîtresse; une femme nerveuse,
    malade, triste, ou gaie d'une gaieté plus triste que le chagrin, une
    femme qui crache le sang et qui dépense cent mille francs par an, c'est
    bon pour un vieux richard comme le duc; mais c'est bien ennuyeux pour un
    jeune homme comme vous, et la preuve, c'est que tous les jeunes amants
    que j'ai eus m'ont bien vite quittée.

    Je ne répondais rien: j'écoutais. Cette franchise qui tenait presque de
    la confession, cette vie douloureuse que j'entrevoyais sous le voile
    doré qui la couvrait, et dont la pauvre fille fuyait la réalité dans la
    débauche, l'ivresse et l'insomnie, tout cela m'impressionnait tellement
    que je ne trouvais pas une seule parole.

    –Allons, continua Marguerite, nous disons là des enfantillages.
    Donnez-moi la main et rentrons dans la salle à manger. On ne doit pas
    savoir ce que notre absence veut dire.

    –Rentrez, si bon vous semble, mais je vous demande la permission de
    rester ici.

    –Pourquoi?

    –Parce que votre gaieté me fait trop de mal.

    –Eh bien, je serai triste.

    –Tenez, Marguerite, laissez-moi vous dire une chose que l'on vous a
    dite souvent sans doute, et à laquelle l'habitude de l'entendre vous
    empêchera peut-être d'ajouter foi, mais qui n'en est pas moins réelle,
    et que je ne vous répéterai jamais.

    –C'est?… dit-elle avec le sourire que prennent les jeunes mères pour
    écouter une folie de leur enfant.

    –C'est que, depuis que je vous ai vue, je ne sais comment ni pourquoi,
    vous avez pris une place dans ma vie; c'est que j'ai eu beau chasser
    votre image de ma pensée, elle y est toujours revenue; c'est
    qu'aujourd'hui, quand je vous ai rencontrée, après être resté deux ans
    sans vous voir, vous avez pris sur mon cœur et mon esprit un ascendant
    plus grand encore; c'est qu'enfin, maintenant que vous m'avez reçu, que
    je vous connais, que je sais tout ce qu'il y a d'étrange en vous, vous
    m'êtes devenue indispensable, et que je deviendrai fou, non pas
    seulement si vous ne m'aimez pas, mais si vous ne me laissez pas vous
    aimer.

    –Mais, malheureux que vous êtes, je vous dirai ce que disait madame
    D…: vous êtes donc bien riche! Mais vous ne savez donc pas que je
    dépense six ou sept mille francs par mois, et que cette dépense est
    devenue nécessaire à ma vie? mais vous ne savez donc pas, mon pauvre
    ami, que je vous ruinerais en un rien de temps, et que votre famille
    vous ferait interdire pour vous apprendre à vivre avec une créature
    comme moi? Aimez-moi bien, comme un bon ami, mais pas autrement. Venez
    me voir, nous rirons, nous causerons; mais ne vous exagérez pas ce que
    je vaux, car je ne vaux pas grand-chose. Vous avez un bon cœur, vous
    avez besoin d'être aimé, vous êtes trop jeune et trop sensible pour
    vivre dans notre monde. Prenez une femme mariée. Vous voyez que je suis
    une bonne fille et que je vous parle franchement.

    –Ah çà! que diable faites-vous là? cria Prudence, que nous n'avions pas
    entendue venir, et qui apparaissait sur le seuil de la chambre avec ses
    cheveux à moitié défaits et sa robe ouverte. Je reconnaissais dans ce
    désordre la main de Gaston.

    –Nous parlons raison, dit Marguerite, laissez-nous un peu; nous vous
    rejoindrons tout à l'heure.

    –Bien, bien, causez, mes enfants, dit Prudence en s'en allant et en
    fermant la porte comme pour ajouter encore au ton dont elle avait
    prononcé ces dernières paroles.

    –Ainsi, c'est convenu, reprit Marguerite, quand nous fûmes seuls, vous
    ne m'aimerez plus?

    –Je partirai.

    –C'est à ce point-là?

    J'étais trop avancé pour reculer, et d'ailleurs cette fille me
    bouleversait. Ce mélange de gaieté, de tristesse, de candeur, de
    prostitution, cette maladie même qui devait développer chez elle la
    sensibilité des impressions comme l'irritabilité des nerfs, tout me
    faisait comprendre que si, dès la première fois, je ne prenais pas
    d'empire sur cette nature oublieuse et légère, elle était perdue pour
    moi.

    –Voyons, c'est donc sérieux ce que vous dites? fit-elle.

    –Très sérieux.

    –Mais pourquoi ne m'avez-vous pas dit cela plus tôt?

    –Quand vous l'aurais-je dit?

    –Le lendemain du jour où vous m'avez été présenté à l'Opéra-Comique.

    –Je crois que vous m'auriez fort mal reçu, si j'étais venu vous voir.

    –Pourquoi?

    –Parce que j'avais été stupide la veille.

    –Cela, c'est vrai. Mais cependant vous m'aimiez déjà à cette époque?

    –Oui.

    –Ce qui ne vous a pas empêché d'aller vous coucher et de dormir bien
    tranquillement après le spectacle. Nous savons ce que sont ces grands
    amours-là.

    –Eh bien, c'est ce qui vous trompe. Savez-vous ce que j'ai fait le soir
    de l'Opéra-Comique?

    –Non.

    –Je vous ai attendue à la porte du café Anglais. J'ai suivi la voiture
    qui vous a emmenés, vous et vos trois amis, et, quand je vous ai vue
    descendre seule et rentrer seule chez vous, j'ai été bien heureux.

    Marguerite se mit à rire.

    –De quoi riez-vous?

    –De rien.

    –Dites-le-moi, je vous en supplie, ou je vais croire que vous vous
    moquez encore de moi.

    –Vous ne vous fâcherez pas?

    –De quel droit me fâcherais-je?

    –Eh bien, il y avait une bonne raison pour que je rentrasse seule.

    –Laquelle?

    –On m'attendait ici.

    Elle m'eût donné un coup de couteau qu'elle ne m'eût pas fait plus de
    mal. Je me levai, et, lui tendant la main:

    –Adieu, lui dis-je.

    –Je savais bien que vous vous fâcheriez, dit-elle. Les hommes ont la
    rage de vouloir apprendre ce qui doit leur faire de la peine.

    –Mais je vous assure, ajoutai-je d'un ton froid, comme si j'avais voulu
    prouver que j'étais à jamais guéri de ma passion, je vous assure que je
    ne suis pas fâché. Il était tout naturel que quelqu'un vous attendît,
    comme il est tout naturel que je m'en aille à trois heures du matin.

    –Est-ce que vous avez aussi quelqu'un qui vous attend chez vous?

    –Non, mais il faut que je parte.

    –Adieu, alors.

    –Vous me renvoyez?

    –Pas le moins du monde.

    –Pourquoi me faites-vous de la peine?

    –Quelle peine vous ai-je faite?

    –Vous me dites que quelqu'un vous attendait.

    –Je n'ai pas pu m'empêcher de rire à l'idée que vous aviez été si
    heureux de me voir rentrer seule, quand il y avait une si bonne raison
    pour cela.

    –On se fait souvent une joie d'un enfantillage, et il est méchant de
    détruire cette joie, quand, en la laissant subsister, on peut rendre
    plus heureux encore celui qui la trouve.

    –Mais à qui croyez-vous donc avoir affaire? Je ne suis ni une vierge ni
    une duchesse. Je ne vous connais que d'aujourd'hui et ne vous dois pas
    compte de mes actions. En admettant que je devienne un jour votre
    maîtresse, il faut que vous sachiez bien que j'ai eu d'autres amants que
    vous. Si vous me faites déjà des scènes de jalousie avant, qu'est-ce que
    ce sera donc après, si jamais l'après existe! Je n'ai jamais vu un homme
    comme vous.

    –C'est que personne ne vous a jamais aimée comme je vous aime.

    –Voyons, franchement, vous m'aimez donc bien?

    –Autant qu'il est possible d'aimer, je crois.

    –Et cela dure depuis…?

    –Depuis un jour que je vous ai vue descendre de calèche et entrer chez
    Susse, il y a trois ans.

    –Savez-vous que c'est très beau? Eh bien, que faut-il que je fasse pour
    reconnaître ce grand amour?

    –Il faut m'aimer un peu, dis-je avec un battement de cœur qui
    m'empêchait presque de parler; car, malgré les sourires demi-moqueurs
    dont elle avait accompagné toute cette conversation, il me semblait que
    Marguerite commençait à partager mon trouble, et que j'approchais de
    l'heure attendue depuis si longtemps.

    –Eh bien, et le duc?

    –Quel duc?

    –Mon vieux jaloux.

    –Il n'en saura rien.

    –Et s'il le sait?

    –Il vous pardonnera.

    –Hé non! Il m'abandonnera, et qu'est-ce que je deviendrai?

    –Vous risquez bien cet abandon pour un autre.

    –Comment le savez-vous?

    –Par la recommandation que vous avez faite de ne laisser entrer
    personne cette nuit.

    –C'est vrai; mais celui-là est un ami sérieux.

    –Auquel vous ne tenez guère, puisque vous lui faites défendre votre
    porte à pareille heure.

    –Ce n'est pas à vous de me le reprocher, puisque c'était pour vous
    recevoir, vous et votre ami.

    Peu à peu je m'étais rapproché de Marguerite, j'avais passé mes mains
    autour de sa taille et je sentais son corps souple peser légèrement sur
    mes mains jointes.

    –Si vous saviez comme je vous aime! lui disais-je tout bas.

    –Bien vrai?

    –Je vous jure.

    –Eh bien, si vous me promettez de faire toutes mes volontés sans dire
    un mot, sans me faire une observation, sans me questionner, je vous
    aimerai peut-être.

    –Tout ce que vous voudrez!

    –Mais je vous en préviens, je veux être libre de faire ce que bon me
    semblera, sans vous donner le moindre détail sur ma vie. Il y a
    longtemps que je cherche un amant jeune, sans volonté, amoureux sans
    défiance, aimé sans droits. Je n'ai jamais pu en trouver un. Les hommes,
    au lieu d'être satisfaits qu'on leur accorde longtemps ce qu'ils eussent
    à peine espéré obtenir une fois, demandent à leur maîtresse compte du
    présent, du passé et de l'avenir même. À mesure qu'ils s'habituent à
    elle, ils veulent la dominer, et ils deviennent d'autant plus exigeants
    qu'on leur donne tout ce qu'ils veulent. Si je me décide à prendre un
    nouvel amant maintenant, je veux qu'il ait trois qualités bien rares,
    qu'il soit confiant, soumis et discret.

    –Eh bien, je serai tout ce que vous voudrez.

    –Nous verrons.

    –Et quand verrons-nous?

    –Plus tard.

    –Pourquoi?

    –Parce que, dit Marguerite en se dégageant de mes bras et en prenant
    dans un gros bouquet de camélias rouges apporté le matin un camélia
    qu'elle passa à ma boutonnière, parce qu'on ne peut pas toujours
    exécuter les traités le jour où on les signe. C'est facile à comprendre.

    –Et quand vous reverrai-je? dis-je en la pressant dans mes bras.

    –Quand ce camélia changera de couleur.

    –Et quand changera-t-il de couleur?

    –Demain, de onze heures à minuit. Êtes-vous content?

    –Vous me le demandez?

    –Pas un mot de tout cela ni à votre ami, ni à Prudence, ni à qui que ce
    soit.

    –Je vous le promets.

    –Maintenant, embrassez-moi et rentrons dans la salle à manger.

    Elle me tendit ses lèvres, lissa de nouveau ses cheveux, et nous
    sortîmes de cette chambre, elle en chantant, moi à moitié fou.

    Dans le salon elle me dit tout bas, en s'arrêtant:

    –Cela doit vous paraître étrange que j'aie l'air d'être prête à vous
    accepter ainsi tout de suite; savez-vous d'où cela vient? Cela vient,
    continua-t-elle en prenant ma main et en la posant contre son cœur, dont
    je sentis les palpitations violentes et répétées, cela vient de ce que,
    devant vivre moins longtemps que les autres, je me suis promis de vivre
    plus vite.

    –Ne me parlez plus de la sorte, je vous en supplie.

    –Oh! consolez-vous, continua-t-elle en riant. Si peu de temps que j'aie
    à vivre, je vivrai plus longtemps que vous ne m'aimerez.

    Et elle entra en chantant dans la salle à manger.

    –Où est Nanine? dit-elle en voyant Gaston et Prudence seuls.

    –Elle dort dans votre chambre, en attendant que vous vous couchiez,
    répondit Prudence.

    –La malheureuse! Je la tue! Allons, messieurs, retirez-vous; il est
    temps.

    Dix minutes après, Gaston et moi nous sortions. Marguerite me serrait la
    main en me disant adieu et restait avec Prudence.

    –Eh bien, me demanda Gaston, quand nous fûmes dehors, que dites-vous de
    Marguerite?

    –C'est un ange, et j'en suis fou.

    –Je m'en doutais; le lui avez-vous dit?

    –Oui.

    –Et vous a-t-elle promis de vous croire.

    –Non.

    –Ce n'est pas comme Prudence.

    –Elle vous l'a promis?

    –Elle a fait mieux, mon cher! On ne le croirait pas, elle est encore
    très bien, cette grosse Duvernoy!

    Chapitre XI

    En cet endroit de son récit, Armand s'arrêta.

    –Voulez-vous fermer la fenêtre? me dit-il, je commence à avoir froid.
    Pendant ce temps, je vais me coucher.

    Je fermai la fenêtre. Armand, qui était très faible encore, ôta sa robe
    de chambre et se mit au lit, laissant pendant quelques instants reposer
    sa tête sur l'oreiller comme un homme fatigué d'une longue course ou
    agité de pénibles souvenirs.

    –Vous avez peut-être trop parlé, lui dis-je; voulez-vous que je m'en
    aille et que je vous laisse dormir? Vous me raconterez un autre jour la
    fin de cette histoire.

    –Est-ce qu'elle vous ennuie?

    –Au contraire.

    –Je vais continuer alors; si vous me laissiez seul, je ne dormirais
    pas.

    –Quand je rentrai chez moi, reprit-il, sans avoir besoin de se
    recueillir, tant tous ces détails étaient encore présents à sa pensée,
    je ne me couchai pas; je me mis à réfléchir sur l'aventure de la
    journée. La rencontre, la présentation, l'engagement de Marguerite
    vis-à-vis de moi, tout avait été si rapide, si inespéré, qu'il y avait
    des moments où je croyais avoir rêvé. Cependant ce n'était pas la
    première fois qu'une fille comme Marguerite se promettait à un homme
    pour le lendemain du jour où il le lui demandait.

    J'avais beau me faire cette réflexion, la première impression produite
    par ma future maîtresse sur moi avait été si forte qu'elle subsistait
    toujours. Je m'entêtais encore à ne pas voir en elle une fille semblable
    aux autres, et, avec la vanité si commune à tous les hommes, j'étais
    prêt à croire qu'elle partageait invinciblement pour moi l'attraction
    que j'avais pour elle.

    Cependant j'avais sous les yeux des exemples bien contradictoires, et
    j'avais entendu dire souvent que l'amour de Marguerite était passé à
    l'état de denrée plus ou moins chère, selon la saison.

    Mais comment aussi, d'un autre côté, concilier cette réputation avec les
    refus continuels faits au jeune comte que nous avions trouvé chez elle?

    Vous me direz qu'il lui déplaisait et que, comme elle était
    splendidement entretenue par le duc, pour faire tant que de prendre un
    autre amant, elle aimait mieux un homme qui lui plût. Alors, pourquoi ne
    voulait-elle pas de Gaston, charmant, spirituel, riche, et
    paraissait-elle vouloir de moi qu'elle avait trouvé si ridicule la
    première fois qu'elle m'avait vu?

    Il est vrai qu'il y a des incidents d'une minute qui font plus qu'une
    cour d'une année.

    De ceux qui se trouvaient au souper, j'étais le seul qui se fût inquiété
    en la voyant quitter la table. Je l'avais suivie, j'avais été ému à ne
    pouvoir le cacher, j'avais pleuré en lui baisant la main. Cette
    circonstance, réunie à mes visites quotidiennes pendant les deux mois de
    sa maladie, avait pu lui faire voir en moi un autre homme que ceux
    connus jusqu'alors, et peut-être s'était-elle dit qu'elle pouvait bien
    faire pour un amour exprimé de cette façon ce qu'elle avait fait tant de
    fois, que cela n'avait déjà plus de conséquence pour elle.

    Toutes ces suppositions, comme vous le voyez, étaient assez
    vraisemblables; mais quelle que fût la raison à son consentement, il y
    avait une chose certaine, c'est qu'elle avait consenti.

    Or, j'étais amoureux de Marguerite, j'allais l'avoir, je ne pouvais rien
    lui demander de plus. Cependant, je vous le répète, quoique ce fût une
    fille entretenue, je m'étais tellement, peut-être pour la poétiser, fait
    de cet amour un amour sans espoir, que plus le moment approchait où je
    n'aurais même plus besoin d'espérer, plus je doutais.

    Je ne fermai pas les yeux de la nuit.

    Je ne me reconnaissais pas. J'étais à moitié fou. Tantôt je ne me
    trouvais ni assez beau, ni assez riche, ni assez élégant pour posséder
    une pareille femme, tantôt je me sentais plein de vanité à l'idée de
    cette possession: puis je me mettais à craindre que Marguerite n'eût
    pour moi qu'un caprice de quelques jours, et, pressentant un malheur
    dans une rupture prompte, je ferais peut-être mieux, me disais-je, de ne
    pas aller le soir chez elle, et de partir en lui écrivant mes craintes.
    De là, je passais à des espérances sans limites, à une confiance sans
    bornes. Je faisais des rêves d'avenir incroyables; je me disais que
    cette fille me devrait sa guérison physique et morale, que je passerais
    toute ma vie avec elle, et que son amour me rendrait plus heureux que
    les plus virginales amours.

    Enfin, je ne pourrais vous répéter les mille pensées qui montaient de
    mon cœur à ma tête et qui s'éteignirent peu à peu dans le sommeil qui me
    gagna au jour.

    Quand je me réveillai, il était deux heures. Le temps était magnifique.
    Je ne me rappelle pas que la vie m'ait jamais paru aussi belle et aussi
    pleine. Les souvenirs de la veille se représentaient à mon esprit, sans
    ombres, sans obstacles et gaiement escortés des espérances du soir. Je
    m'habillai à la hâte. J'étais content et capable des meilleures actions.
    De temps en temps mon cœur bondissait de joie et d'amour dans ma
    poitrine. Une douce fièvre m'agitait. Je ne m'inquiétais plus des
    raisons qui m'avaient préoccupé avant que je m'endormisse. Je ne voyais
    que le résultat, je ne songeais qu'à l'heure où je devais revoir
    Marguerite.

    Il me fut impossible de rester chez moi. Ma chambre me semblait trop
    petite pour contenir mon bonheur; j'avais besoin de la nature entière
    pour m'épancher.

    Je sortis.

    Je passai par la rue d'Antin. Le coupé de Marguerite l'attendait à sa
    porte; je me dirigeai du côté des Champs-Elysées. J'aimais, sans même
    les connaître, tous les gens que je rencontrais.

    Comme l'amour rend bon!

    Au bout d'une heure que je me promenais des chevaux de Marly au
    rond-point et du rond-point aux chevaux de Marly, je vis de loin la
    voiture de Marguerite; je ne la reconnus pas, je la devinai.

    Au moment de tourner l'angle des Champs-Elysées, elle se fit arrêter, et
    un grand jeune homme se détacha d'un groupe où il causait pour venir
    causer avec elle.

    Ils causèrent quelques instants; le jeune homme rejoignit ses amis, les
    chevaux repartirent, et moi, qui m'étais approché du groupe, je reconnus
    dans celui qui avait parlé à Marguerite ce comte de G… dont j'avais vu
    le portrait et que Prudence m'avait signalé comme celui à qui Marguerite
    devait sa position.

    C'était à lui qu'elle avait fait défendre sa porte, la veille; je
    supposai qu'elle avait fait arrêter sa voiture pour lui donner la raison
    de cette défense, et j'espérai qu'en même temps elle avait trouvé
    quelque nouveau prétexte pour ne pas le recevoir la nuit suivante.

    Comment le reste de la journée se passa, je l'ignore; je marchai, je
    fumai, je causai, mais de ce que je dis, de ceux que je rencontrai, à
    dix heures du soir, je n'avais aucun souvenir.

    Tout ce que je me rappelle, c'est que je rentrai chez moi, que je passai
    trois heures à ma toilette, et que je regardai cent fois ma pendule et
    ma montre, qui malheureusement allaient l'une comme l'autre.

    Quand dix heures et demie sonnèrent, je me dis qu'il était temps de
    partir.

    Je demeurais à cette époque rue de Provence: je suivis la rue du
    Mont-Blanc, je traversai le boulevard, pris la rue Louis-le-Grand, la
    rue de Port-Mahon, et la rue d'Antin. Je regardai aux fenêtres de
    Marguerite.

    Il y avait de la lumière.

    Je sonnai.

    Je demandai au portier si mademoiselle Gautier était chez elle.

    Il me répondit qu'elle ne rentrait jamais avant onze heures ou onze
    heures un quart.

    Je regardai ma montre.

    J'avais cru venir tout doucement, je n'avais mis que cinq minutes pour
    venir de la rue de Provence chez Marguerite.

    Alors, je me promenai dans cette rue sans boutiques, et déserte à cette
    heure.

    Au bout d'une demi-heure Marguerite arriva. Elle descendit de son coupé
    en regardant autour d'elle, comme si elle eût cherché quelqu'un.

    La voiture repartit au pas, les écuries et la remise n'étant pas dans la
    maison. Au moment où Marguerite allait sonner, je m'approchai et lui
    dis:

    –Bonsoir!

    –Ah! c'est vous? me dit-elle d'un ton peu rassurant sur le plaisir
    qu'elle avait à me trouver là.

    –Ne m'avez-vous pas permis de venir vous faire visite aujourd'hui?

    –C'est juste; je l'avais oublié.

    Ce mot renversait toutes mes réflexions du matin, toutes mes espérances
    de la journée. Cependant, je commençais à m'habituer à ces façons et je
    ne m'en allai pas, ce que j'eusse évidemment fait autrefois.

    Nous entrâmes.

    Nanine avait ouvert la porte d'avance.

    –Prudence est-elle rentrée? demanda Marguerite.

    –Non, madame.

    –Va dire que dès qu'elle rentrera elle vienne. Auparavant, éteins la
    lampe du salon, et, s'il vient quelqu'un, réponds que je ne suis pas
    rentrée et que je ne rentrerai pas.

    C'était bien là une femme préoccupée de quelque chose et peut-être
    ennuyée d'un importun. Je ne savais quelle figure faire ni que dire.
    Marguerite se dirigea du côté de sa chambre à coucher; je restai où
    j'étais.

    –Venez, me dit-elle.

    Elle ôta son chapeau, son manteau de velours et les jeta sur son lit,
    puis se laissa tomber dans un grand fauteuil, auprès du feu qu'elle
    faisait faire jusqu'au commencement de l'été, et me dit en jouant avec
    la chaîne de sa montre:

    –Eh bien, que me conterez-vous de neuf?

    –Rien, sinon que j'ai eu tort de venir ce soir.

    –Pourquoi?

    –Parce que vous paraissez contrariée et que, sans doute, je vous
    ennuie.

    –Vous ne m'ennuyez pas; seulement je suis malade, j'ai souffert toute
    la journée, je n'ai pas dormi et j'ai une migraine affreuse.

    –Voulez-vous que je me retire pour vous laisser mettre au lit?

    –Oh! vous pouvez rester; si je veux me coucher, je me coucherai bien
    devant vous.

    En ce moment on sonna.

    –Qui vient encore? dit-elle avec un mouvement d'impatience.

    Quelques instants après, on sonna de nouveau.

    –Il n'y a donc personne pour ouvrir? Il va falloir que j'ouvre
    moi-même.

    En effet, elle se leva en me disant:

    –Attendez ici.

    Elle traversa l'appartement, et j'entendis ouvrir la porte d'entrée.

    –J'écoutai.

    Celui à qui elle avait ouvert s'arrêta dans la salle à manger. Aux
    premiers mots, je reconnus la voix du jeune comte de N…

    –Comment vous portez-vous ce soir? disait-il.

    –Mal, répondit sèchement Marguerite.

    –Est-ce que je vous dérange?

    –Peut-être.

    –Comme vous me recevez! Que vous ai-je fait, ma chère Marguerite?

    –Mon cher ami, vous ne m'avez rien fait. Je suis malade, il faut que je
    me couche; ainsi vous allez me faire le plaisir de vous en aller. Cela
    m'assomme de ne pas pouvoir rentrer le soir sans vous voir apparaître
    cinq minutes après. Qu'est-ce que vous voulez? que je sois votre
    maîtresse? Eh bien, je vous ai déjà dit cent fois que non, que vous
    m'agacez horriblement, et que vous pouvez vous adresser autre part. Je
    vous le répète aujourd'hui pour la dernière fois: je ne veux pas de
    vous, c'est bien convenu; adieu. Tenez, voici Nanine qui rentre; elle va
    vous éclairer. Bonsoir.

    Et, sans ajouter un mot, sans écouter ce que balbutiait le jeune homme,
    Marguerite revint dans sa chambre et referma violemment la porte, par
    laquelle Nanine, à son tour, rentra presque immédiatement.

    –Tu m'entends, lui dit Marguerite, tu diras toujours à cet imbécile que
    je n'y suis pas ou que je ne veux pas le recevoir. Je suis lasse, à la
    fin, de voir sans cesse des gens qui viennent me demander la même chose,
    qui me payent et qui se croient quittes avec moi. Si celles qui
    commencent notre honteux métier savaient ce que c'est, elles se feraient
    plutôt femmes de chambre. Mais non; la vanité d'avoir des robes, des
    voitures, des diamants nous entraîne; on croit à ce que l'on entend, car
    la prostitution a sa foi, et l'on use peu à peu son cœur, son corps, sa
    beauté; on est redoutée comme une bête fauve, méprisée comme un paria,
    on n'est entourée que de gens qui vous prennent toujours plus qu'ils ne
    vous donnent, et on s'en va un beau jour crever comme un chien, après
    avoir perdu les autres et s'être perdue soi-même.

    –Voyons, madame, calmez-vous, dit Nanine; vous avez mal aux nerfs ce
    soir.

    –Cette robe me gêne, reprit Marguerite en faisant sauter les agrafes de
    son corsage; donne-moi un peignoir. Eh bien, et Prudence?

    –Elle n'était pas rentrée, mais on l'enverra à madame dès qu'elle
    rentrera.

    –En voilà encore une, continua Marguerite en ôtant sa robe et en
    passant un peignoir blanc, en voilà encore une qui sait bien me trouver
    quand elle a besoin de moi, et qui ne peut pas me rendre un service de
    bonne grâce. Elle sait que j'attends cette réponse ce soir, qu'il me la
    faut, que je suis inquiète, et je suis sûre qu'elle est allée courir
    sans s'occuper de moi.

    –Peut-être a-t-elle été retenue?

    –Fais-nous donner le punch.

    –Vous allez encore vous faire du mal, dit Nanine.

    –Tant mieux! Apporte-moi aussi des fruits, du pâté ou une aile de
    poulet, quelque chose tout de suite, j'ai faim.

    Vous dire l'impression que cette scène me causait, c'est inutile; vous
    le devinez, n'est-ce pas?

    –Vous allez souper avec moi, me dit-elle; en attendant, prenez un
    livre, je vais passer un instant dans mon cabinet de toilette.

    Elle alluma les bougies d'un candélabre, ouvrit une porte au pied de son
    lit et disparut.

    Pour moi, je me mis à réfléchir sur la vie de cette fille, et mon amour
    s'augmenta de pitié.

    Je me promenais à grands pas dans cette chambre, tout en songeant, quand
    Prudence entra.

    –Tiens, vous voilà? me dit-elle: où est Marguerite?

    –Dans son cabinet de toilette.

    –Je vais l'attendre. Dites donc, elle vous trouve charmant; saviez-vous
    cela?

    –Non.

    –Elle ne vous l'a pas dit un peu?

    –Pas du tout.

    –Comment êtes-vous ici?

    –Je viens lui faire une visite.

    –À minuit?

    –Pourquoi pas?

    –Farceur!

    –Elle m'a même très mal reçu.

    –Elle va mieux vous recevoir.

    –Vous croyez?

    –Je lui apporte une bonne nouvelle.

    –Il n'y a pas de mal; ainsi elle vous a parlé de moi?

    –Hier au soir, ou plutôt cette nuit, quand vous avez été parti avec
    votre ami… à propos, comment va-t-il, votre ami? C'est Gaston R…, je
    crois, qu'on l'appelle?

    –Oui, dis-je, sans pouvoir m'empêcher de sourire en me rappelant la
    confidence que Gaston m'avait faite, et en voyant que Prudence savait à
    peine son nom.

    –Il est gentil, ce garçon-là; qu'est-ce qu'il fait?

    –Il a vingt-cinq mille francs de rente.

    –Ah! vraiment! eh bien, pour en revenir à vous, Marguerite m'a
    questionnée sur votre compte; elle m'a demandé qui vous étiez, ce que
    vous faisiez, quelles avaient été vos maîtresses; enfin tout ce qu'on
    peut demander sur un homme de votre âge. Je lui ai dit tout ce que je
    sais, en ajoutant que vous êtes un charmant garçon, et voilà.

    –Je vous remercie; maintenant, dites-moi donc de quelle commission elle
    vous avait chargée hier.

    –D'aucune; c'était pour faire partir le comte, ce qu'elle disait, mais
    elle m'en a chargée d'une pour aujourd'hui, et c'est la réponse que je
    lui apporte ce soir.

    En ce moment, Marguerite sortit de son cabinet de toilette, coquettement
    coiffée de son bonnet de nuit orné de touffes de rubans jaunes, appelées
    techniquement des choux.

    Elle était ravissante ainsi.

    Elle avait ses pieds nus dans des pantoufles de satin, et achevait la
    toilette de ses ongles.

    –Eh bien, dit-elle en voyant Prudence, avez-vous vu le duc?

    –Parbleu!

    –Et que vous a-t-il dit?

    –Il m'a donné.

    –Combien?

    –Six mille.

    –Vous les avez?

    –Oui.

    –A-t-il eu l'air contrarié?

    –Non.

    –Pauvre homme!

    Ce pauvre homme! fut dit d'un ton impossible à rendre. Marguerite prit
    les six billets de mille francs.

    –Il était temps, dit-elle. Ma chère Prudence, avez-vous besoin
    d'argent?

    –Vous savez, mon enfant, que c'est dans deux jours le 15, si vous
    pouviez me prêter trois ou quatre cents francs, vous me rendriez
    service.

    –Envoyez demain matin, il est trop tard pour faire changer.

    –N'oubliez pas.

    –Soyez tranquille. Soupez-vous avec nous?

    –Non, Charles m'attend chez moi.

    –Vous en êtes donc toujours folle?

    –Toquée, ma chère! A demain. Adieu, Armand.

    Madame Duvernoy sortit.

    Marguerite ouvrit son étagère et jeta dedans les billets de banque.

    –Vous permettez que je me couche! dit-elle en souriant et en se
    dirigeant vers son lit.

    –Non seulement je vous le permets, mais encore je vous en prie.

    Elle rejeta sur le pied de son lit la guipure qui le couvrait et se
    coucha.

    –Maintenant, dit-elle, venez vous asseoir près de moi et causons.

    Prudence avait raison: la réponse qu'elle avait apportée à Marguerite
    l'égayait.

    –Vous me pardonnez ma mauvaise humeur de ce soir? me dit-elle en me
    prenant la main.

    –Je suis prêt à vous en pardonner bien d'autres.

    –Et vous m'aimez?

    –À en devenir fou.

    –Malgré mon mauvais caractère?

    –Malgré tout.

    –Vous me le jurez!

    –Oui, lui dis-je tout bas.

    Nanine entra alors portant des assiettes, un poulet froid, une bouteille
    de bordeaux, des fraises et deux couverts.

    –Je ne vous ai pas fait faire du punch, dit Nanine, le bordeaux est
    meilleur pour vous. N'est-ce pas, monsieur?

    –Certainement, répondis-je, tout ému encore des dernières paroles de
    Marguerite et les yeux ardemment fixés sur elle.

    –Bien, dit-elle, mets tout cela sur la petite table, approche-la du
    lit; nous nous servirons nous-mêmes. Voilà trois nuits que tu passes, tu
    dois avoir envie de dormir, va te coucher; je n'ai plus besoin de rien.

    –Faut-il fermer la porte à double tour?

    –Je le crois bien! Et surtout dis qu'on ne laisse entrer personne
    demain avant midi.

    Chapitre XII

    À cinq heures du matin, quand le jour commença à paraître à travers les
    rideaux, Marguerite me dit:

    –Pardonne-moi si je te chasse, mais il le faut. Le duc vient tous les
    matins; on va lui répondre que je dors, quand il va venir, et il
    attendra peut-être que je me réveille.

    Je pris dans mes mains la tête de Marguerite, dont les cheveux défaits
    ruisselaient autour d'elle, et je lui donnai un dernier baiser, en lui
    disant:

    –Quand te reverrai-je?

    –Écoute, reprit-elle, prends cette petite clef dorée qui est sur la
    cheminée, va ouvrir cette porte; rapporte la clef ici et va-t'en. Dans
    la journée, tu recevras une lettre et mes ordres, car tu sais que tu
    dois obéir aveuglément.

    –Oui, et si je demandais déjà quelque chose?

    –Quoi donc?

    –Que tu me laissasses cette clef.

    –Je n'ai jamais fait pour personne ce que tu me demandes là.

    –Eh bien, fais-le pour moi, car je te jure que, moi, je ne t'aime pas
    comme les autres t'aimaient.

    –Eh bien, garde-la; mais je te préviens qu'il ne dépend que de moi que
    cette clef ne te serve à rien.

    –Pourquoi?

    –Il y a des verrous en dedans de la porte.

    –Méchante!

    –Je les ferai ôter.

    –Tu m'aimes donc un peu?

    –Je ne sais pas comment cela se fait, mais il me semble que oui.
    Maintenant va-t'en; je tombe de sommeil.

    Nous restâmes quelques secondes dans les bras l'un de l'autre, et je
    partis.

    Les rues étaient désertes, la grande ville dormait encore, une douce
    fraîcheur courait dans ces quartiers que le bruit des hommes allait
    envahir quelques heures plus tard.

    Il me sembla que cette ville endormie m'appartenait; je cherchais dans
    mon souvenir les noms de ceux dont j'avais jusqu'alors envié le bonheur;
    et je ne m'en rappelais pas un sans me trouver plus heureux que lui.

    Être aimé d'une jeune fille chaste, lui révéler le premier cet étrange
    mystère de l'amour, certes, c'est une grande félicité, mais c'est la
    chose du monde la plus simple. S'emparer d'un cœur qui n'a pas
    l'habitude des attaques, c'est entrer dans une ville ouverte et sans
    garnison. L'éducation, le sentiment des devoirs et la famille sont de
    très fortes sentinelles; mais il n'y a sentinelles si vigilantes que ne
    trompe une fille de seize ans, à qui, par la voix de l'homme qu'elle
    aime, la nature donne ses premiers conseils d'amour qui sont d'autant
    plus ardents qu'ils paraissent plus purs.

    Plus la jeune fille croit au bien, plus elle s'abandonne facilement,
    sinon à l'amant, du moins à l'amour, car étant sans défiance, elle est
    sans force, et se faire aimer d'elle est un triomphe que tout homme de
    vingt-cinq ans pourra se donner quand il voudra. Et cela est si vrai que
    voyez comme on entoure les jeunes filles de surveillance et de remparts!
    Les couvents n'ont pas de murs assez hauts, les mères de serrures assez
    fortes, la religion de devoirs assez continus pour renfermer tous ces
    charmants oiseaux dans leur cage, sur laquelle on ne se donne même pas
    la peine de jeter des fleurs. Aussi comme elles doivent désirer ce monde
    qu'on leur cache, comme elles doivent croire qu'il est tentant, comme
    elles doivent écouter la première voix qui, à travers les barreaux,
    vient leur en raconter les secrets, et bénir la main qui lève, la
    première, un coin du voile mystérieux.

    Mais être réellement aimé d'une courtisane, c'est une victoire bien
    autrement difficile. Chez elles, le corps a usé l'âme, les sens ont
    brûlé le cœur, la débauche a cuirassé les sentiments. Les mots qu'on
    leur dit, elles les savent depuis longtemps; les moyens que l'on
    emploie, elles les connaissent, l'amour même qu'elles inspirent, elles
    l'ont vendu. Elles aiment par métier et non par entraînement. Elles sont
    mieux gardées par leurs calculs qu'une vierge par sa mère et son
    couvent; aussi ont-elles inventé le mot caprice pour ces amours sans
    trafic qu'elles se donnent de temps en temps comme repos, comme excuse,
    ou comme consolation; semblables à ces usuriers qui rançonnent mille
    individus, et qui croient tout racheter en prêtant un jour vingt francs
    à quelque pauvre diable qui meurt de faim, sans exiger d'intérêt et sans
    lui demander de reçu.

    Puis, quand Dieu permet l'amour à une courtisane, cet amour, qui semble
    d'abord un pardon, devient presque toujours pour elle un châtiment. Il
    n'y a pas d'absolution sans pénitence. Quand une créature, qui a tout
    son passé à se reprocher, se sent tout à coup prise d'un amour profond,
    sincère, irrésistible, dont elle ne se fût jamais crue capable; quand
    elle a avoué cet amour, comme l'homme aimé ainsi la domine! Comme il se
    sent fort avec ce droit cruel de lui dire: «vous ne faites pas plus pour
    de l'amour que vous n'avez fait pour de l'argent.»

    Alors elles ne savent quelles preuves donner. Un enfant, raconte la
    fable, après s'être longtemps amusé dans un champ à crier: «au secours!»
    Pour déranger des travailleurs, fut dévoré un jour par un ours, sans que
    ceux qu'il avait trompés si souvent crussent cette fois aux cris réels
    qu'il poussait. Il en est de même de ces malheureuses filles, quand
    elles aiment sérieusement. Elles ont menti tant de fois qu'on ne veut
    plus les croire, et elles sont, au milieu de leurs remords, dévorées par
    leur amour.

    De là, ces grands dévouements, ces austères retraites dont quelques-unes
    ont donné l'exemple.

    Mais, quand l'homme qui inspire cet amour rédempteur a l'âme assez
    généreuse pour l'accepter sans se souvenir du passé, quand il s'y
    abandonne, quand il aime enfin, comme il est aimé, cet homme épuise d'un
    coup toutes les émotions terrestres, et après cet amour son cœur sera
    fermé à tout autre.

    Ces réflexions, je ne les faisais pas le matin où je rentrais chez moi.
    Elles n'eussent pu être que le pressentiment de ce qui allait m'arriver,
    et malgré mon amour pour Marguerite, je n'entrevoyais pas de semblables
    conséquences; aujourd'hui je les fais. Tout étant irrévocablement fini,
    elles résultent naturellement de ce qui a eu lieu.

    Mais revenons au premier jour de cette liaison. Quand je rentrai,
    j'étais d'une gaieté folle. En songeant que les barrières placées par
    mon imagination entre Marguerite et moi avaient disparu, que je la
    possédais, que j'occupais un peu sa pensée, que j'avais dans ma poche la
    clef de son appartement et le droit de me servir de cette clef, j'étais
    content de la vie, fier de moi, et j'aimais Dieu qui permettait tout
    cela.

    Un jour, un jeune homme passe dans une rue, il y coudoie une femme, il
    la regarde, il se retourne, il passe. Cette femme, il ne la connaît pas,
    elle a des plaisirs, des chagrins, des amours où il n'a aucune part. Il
    n'existe pas pour elle, et peut-être, s'il lui parlait, se
    moquerait-elle de lui comme Marguerite avait fait de moi. Des semaines,
    des mois, des années s'écoulent, et tout à coup, quand ils ont suivi
    chacun leur destinée dans un ordre différent, la logique du hasard les
    ramène en face l'un de l'autre. Cette femme devient la maîtresse de cet
    homme et l'aime. Comment? Pourquoi? Leurs deux existences n'en font plus
    qu'une; à peine l'intimité existe-t-elle, qu'elle leur semble avoir
    existé toujours, et tout ce qui a précédé s'efface de la mémoire des
    deux amants. C'est curieux, avouons-le.

    Quant à moi, je ne me rappelais plus comment j'avais vécu avant la
    veille. Tout mon être s'exaltait en joie au souvenir des mots échangés
    pendant cette première nuit. Ou Marguerite était habile à tromper, ou
    elle avait pour moi une de ces passions subites qui se révèlent dès le
    premier baiser, et qui meurent quelquefois, du reste, comme elles sont
    nées.

    Plus j'y réfléchissais, plus je me disais que Marguerite n'avait aucune
    raison de feindre un amour qu'elle n'aurait pas ressenti, et je me
    disais aussi que les femmes ont deux façons d'aimer qui peuvent résulter
    l'une de l'autre: elles aiment avec le cœur ou avec les sens. Souvent
    une femme prend un amant pour obéir à la seule volonté de ses sens, et
    apprend, sans s'y être attendue, le mystère de l'amour immatériel et ne
    vit plus que par son cœur; souvent une jeune fille, ne cherchant dans le
    mariage que la réunion de deux affections pures, reçoit cette soudaine
    révélation de l'amour physique, cette énergique conclusion des plus
    chastes impressions de l'âme.

    Je m'endormis au milieu de ces pensées. Je fus réveillé par une lettre
    de Marguerite, lettre contenant ces mots:

    «Voici mes ordres: ce soir au Vaudeville. Venez pendant le troisième
    entr'acte.

    «M. G.»

    Je serrai ce billet dans un tiroir, afin d'avoir toujours la réalité
    sous la main, dans le cas où je douterais, comme cela m'arrivait par
    moments.

    Elle ne me disait pas de l'aller voir dans le jour, je n'osai me
    présenter chez elle; mais j'avais un si grand désir de la rencontrer
    avant le soir que j'allai aux Champs-Elysées, où, comme la veille, je la
    vis passer et redescendre.

    À sept heures, j'étais au Vaudeville.

    Jamais je n'étais entré si tôt dans un théâtre.

    Toutes les loges s'emplirent les unes après les autres. Une seule
    restait vide: l'avant-scène du rez-de-chaussée.

    Au commencement du troisième acte, j'entendis ouvrir la porte de cette
    loge, sur laquelle j'avais presque constamment les yeux fixés,
    Marguerite parut.

    Elle passa tout de suite sur le devant, chercha à l'orchestre, m'y vit
    et me remercia du regard.

    Elle était merveilleusement belle ce soir-là.

    Etais-je la cause de cette coquetterie? M'aimait-elle assez pour croire
    que, plus je la trouverais belle, plus je serais heureux? Je l'ignorais
    encore; mais si telle avait été son intention, elle réussissait, car,
    lorsqu'elle se montra, les têtes ondulèrent les unes vers les autres, et
    l'acteur alors en scène regarda lui-même celle qui troublait ainsi les
    spectateurs par sa seule apparition.

    Et j'avais la clef de l'appartement de cette femme, et dans trois ou
    quatre heures elle allait de nouveau être à moi.

    On blâme ceux qui se ruinent pour des actrices et des femmes
    entretenues; ce qui m'étonne, c'est qu'ils ne fassent pas pour elles
    vingt fois plus de folies. Il faut avoir vécu, comme moi, de cette
    vie-là, pour savoir combien les petites vanités de tous les jours
    qu'elles donnent à leur amant soudent fortement dans le cœur, puisque
    nous n'avons pas d'autre mot, l'amour qu'il a pour elle.

    Prudence prit place ensuite dans la loge, et un homme que je reconnus
    pour le comte de G… s'assit au fond.

    À sa vue, un froid me passa sur le cœur.

    Sans doute, Marguerite s'apercevait de l'impression produite sur moi par
    la présence de cet homme dans sa loge, car elle me sourit de nouveau, et
    tournant le dos au comte, elle parut fort attentive à la pièce. Au
    troisième entr'acte, elle se retourna, dit deux mots; le comte quitta la
    loge, et Marguerite me fit signe de venir la voir.

    –Bonsoir! me dit-elle quand j'entrai, et elle me tendit la main.

    –Bonsoir! répondis-je en m'adressant à Marguerite et à Prudence.

    –Asseyez-vous.

    –Mais je prends la place de quelqu'un. Est-ce que M. le comte de G…
    ne va pas revenir?

    –Si; je l'ai envoyé me chercher des bonbons pour que nous puissions
    causer seuls un instant. Madame Duvernoy est dans la confidence.

    –Oui, mes enfants, dit celle-ci; mais soyez tranquilles, je ne dirai
    rien.

    –Qu'avez-vous donc ce soir? dit Marguerite en se levant et en venant
    dans l'ombre de la loge m'embrasser sur le front.

    –Je suis un peu souffrant.

    –Il faut aller vous coucher, reprit-elle avec cet air ironique si bien
    fait pour sa tête fine et spirituelle.

    –Où?

    –Chez vous.

    –Vous savez bien que je n'y dormirai pas.

    –Alors, il ne faut pas venir nous faire la moue ici parce que vous avez
    vu un homme dans ma loge.

    –Ce n'est pas pour cette raison.

    –Si fait, je m'y connais, et vous avez tort; ainsi ne parlons plus de
    cela. Vous viendrez après le spectacle chez Prudence, et vous y resterez
    jusqu'à ce que je vous appelle. Entendez-vous?

    –Oui.

    Est-ce que je pouvais désobéir?

    –Vous m'aimez toujours? reprit-elle.

    –Vous me le demandez!

    –Vous avez pensé à moi?

    –Tout le jour.

    –Savez-vous que je crains décidément de devenir amoureuse de vous?
    demandez plutôt à Prudence.

    –Ah! répondit la grosse fille, c'en est assommant.

    –Maintenant, vous allez retourner à votre stalle; le comte va rentrer,
    et il est inutile qu'il vous trouve ici.

    –Pourquoi?

    –Parce que cela vous est désagréable de le voir.

    –Non; seulement si vous m'aviez dit désirer venir au Vaudeville ce
    soir, j'aurais pu vous envoyer cette loge aussi bien que lui.

    –Malheureusement, il me l'a apportée sans que je la lui demande, en
    m'offrant de m'accompagner. Vous le savez très bien, je ne pouvais pas
    refuser. Tout ce que je pouvais faire, c'était de vous écrire où
    j'allais pour que vous me vissiez, et parce que moi-même j'avais du
    plaisir à vous revoir plus tôt; mais, puisque c'est ainsi que vous me
    remerciez, je profite de la leçon.

    –J'ai tort, pardonnez-moi.

    –À la bonne heure, retournez gentiment à votre place, et surtout ne
    faites plus le jaloux.

    Elle m'embrassa de nouveau, et je sortis.

    Dans le couloir, je rencontrai le comte qui revenait.

    Je retournai à ma stalle.

    Après tout, la présence de M. de G… dans la loge de Marguerite était
    la chose la plus simple. Il avait été son amant, il lui apportait une
    loge, il l'accompagnait au spectacle, tout cela était fort naturel, et,
    du moment où j'avais pour maîtresse une fille comme Marguerite, il me
    fallait bien accepter ses habitudes.

    Je n'en fus pas moins très malheureux le reste de la soirée, et j'étais
    fort triste en m'en allant, après avoir vu Prudence, le comte et
    Marguerite monter dans la calèche qui les attendait à la porte.

    Et cependant, un quart d'heure après, j'étais chez Prudence. Elle
    rentrait à peine.

    Chapitre XIII

    –Vous êtes venu presque aussi vite que nous, me dit Prudence.

    –Oui, répondis-je machinalement. Où est Marguerite?

    –Chez elle.

    –Toute seule?

    –Avec M. de G…

    Je me promenai à grands pas dans le salon.

    –Eh bien, qu'avez-vous?

    –Croyez-vous que je trouve drôle d'attendre ici que M. de G… sorte de
    chez Marguerite?

    –Vous n'êtes pas raisonnable non plus. Comprenez donc que Marguerite ne
    peut pas mettre le comte à la porte. M. de G… a été longtemps avec
    elle, il lui a toujours donné beaucoup d'argent; il lui en donne encore.
    Marguerite dépense plus de cent mille francs par an; elle a beaucoup de
    dettes. Le duc lui envoie ce qu'elle lui demande, mais elle n'ose pas
    toujours lui demander tout ce dont elle a besoin. Il ne faut pas qu'elle
    se brouille avec le comte qui lui fait une dizaine de mille francs par
    an au moins. Marguerite vous aime bien, mon cher ami, mais votre liaison
    avec elle, dans son intérêt et dans le vôtre, ne doit pas être sérieuse.
    Ce n'est pas avec vos sept ou huit mille francs de pension que vous
    soutiendrez le luxe de cette fille-là; ils ne suffiraient pas à
    l'entretien de sa voiture. Prenez Marguerite pour ce qu'elle est, pour
    une bonne fille spirituelle et jolie; soyez son amant pendant un mois,
    deux mois; donnez-lui des bouquets, des bonbons et des loges; mais ne
    vous mettez rien de plus en tête, et ne lui faites pas des scènes de
    jalousie ridicule. Vous savez bien à qui vous avez affaire; Marguerite
    n'est pas une vertu. Vous lui plaisez, vous l'aimez bien, ne vous
    inquiétez pas du reste. Je vous trouve charmant de faire le susceptible!
    Vous avez la plus agréable maîtresse de Paris! Elle vous reçoit dans un
    appartement magnifique, elle est couverte de diamants, elle ne vous
    coûtera pas un sou, si vous le voulez, et vous n'êtes pas content. Que
    diable! Vous en demandez trop.

    –Vous avez raison, mais c'est plus fort que moi, l'idée que cet homme
    est son amant me fait un mal affreux.

    –D'abord, reprit Prudence, est-il encore son amant? C'est un homme dont
    elle a besoin, voilà tout. Depuis deux jours, elle lui fait fermer sa
    porte; il est venu ce matin, elle n'a pas pu faire autrement que
    d'accepter sa loge et de le laisser l'accompagner. Il l'a reconduite, il
    monte un instant chez elle, il n'y reste pas, puisque vous attendez ici.
    Tout cela est bien naturel, il me semble. D'ailleurs vous acceptez bien
    le duc?

    –Oui, mais celui-là est un vieillard, et je suis sûr que Marguerite
    n'est pas sa maîtresse. Puis, on peut souvent accepter une liaison et
    n'en pas accepter deux. Cette facilité ressemble trop à un calcul et
    rapproche l'homme qui y consent, même par amour, de ceux qui, un étage
    plus bas, font un métier de ce consentement et un profit de ce métier.

    –Ah! Mon cher, que vous êtes arriéré! Combien en ai-je vus, et des plus
    nobles, des plus élégants, des plus riches, faire ce que je vous
    conseille et cela, sans efforts, sans honte, sans remords! Mais cela se
    voit tous les jours. Mais comment voudriez-vous que les femmes
    entretenues de Paris fissent pour soutenir le train qu'elles mènent, si
    elles n'avaient pas trois ou quatre amants à la fois? Il n'y a pas de
    fortune, si considérable qu'elle soit, qui puisse subvenir seule aux
    dépenses d'une femme comme Marguerite. Une fortune de cinq cent mille
    francs de rente est une fortune énorme en France; eh bien, mon cher ami,
    cinq cent mille francs de rente n'en viendraient pas à bout, et voici
    pourquoi: un homme qui a un pareil revenu a une maison montée, des
    chevaux, des domestiques, des voitures, des chasses, des amis; souvent
    il est marié, il a des enfants, il fait courir, il joue, il voyage, que
    sais-je, moi! Toutes ces habitudes sont prises de telle façon qu'il ne
    peut s'en défaire sans passer pour être ruiné et sans faire scandale.
    Tout compte fait, avec cinq cent mille francs par an, il ne peut pas
    donner à une femme plus de quarante ou cinquante mille francs dans
    l'année, et encore c'est beaucoup. Eh bien, d'autres amours complètent
    la dépense annuelle de la femme. Avec Marguerite, c'est encore plus
    commode; elle est tombée par un miracle du ciel sur un vieillard riche à
    dix millions, dont la femme et la fille sont mortes, qui n'a plus que
    des neveux riches eux-mêmes, qui lui donne tout ce qu'elle veut sans
    rien lui demander en échange; mais elle ne peut pas lui demander plus de
    soixante-dix mille francs par an, et je suis sûre que si elle lui en
    demandait davantage, malgré sa fortune et l'affection qu'il a pour elle,
    il le lui refuserait.

    «Tous ces jeunes gens ayant vingt ou trente mille livres de rente à
    Paris, c'est-à-dire à peine de quoi vivre dans le monde qu'ils
    fréquentent, savent très bien, quand ils sont les amants d'une femme
    comme Marguerite, qu'elle ne pourrait pas seulement payer son
    appartement et ses domestiques avec ce qu'ils lui donnent. Ils ne lui
    disent pas qu'ils le savent, ils ont l'air de ne rien voir, et quand ils
    en ont assez ils s'en vont. S'ils ont la vanité de suffire à tout, ils
    se ruinent comme des sots et vont se faire tuer en Afrique après avoir
    laissé cent mille francs de dettes à Paris. Croyez-vous que la femme
    leur en soit reconnaissante? Pas le moins du monde. Au contraire, elle
    dit qu'elle leur a sacrifié sa position et que, pendant qu'elle était
    avec eux, elle perdait de l'argent. Ah! vous trouvez tous ces détails
    honteux, n'est-ce pas? Ils sont vrais. Vous êtes un charmant garçon, que
    j'aime de tout mon cœur; je vis depuis vingt ans parmi les femmes
    entretenues, je sais ce qu'elles sont et ce qu'elles valent, et je ne
    voudrais pas vous voir prendre au sérieux le caprice qu'une jolie fille
    a pour vous.

    «Puis, outre cela, admettons, continua Prudence, que Marguerite vous
    aime assez pour renoncer au comte et au duc, dans le cas où celui-ci
    s'apercevrait de votre liaison et lui dirait de choisir entre vous et
    lui, le sacrifice qu'elle vous ferait serait énorme, c'est
    incontestable. Quel sacrifice égal pourriez-vous lui faire, vous? Quand
    la satiété serait venue, quand vous n'en voudriez plus enfin, que
    feriez-vous pour la dédommager de ce que vous lui auriez fait perdre?
    Rien. Vous l'auriez isolée du monde dans lequel étaient sa fortune et
    son avenir, elle vous aurait donné ses plus belles années, et elle
    serait oubliée. Ou vous seriez un homme ordinaire, alors, lui jetant son
    passé à la face, vous lui diriez qu'en la quittant vous ne faites
    qu'agir comme ses autres amants, et vous l'abandonneriez à une misère
    certaine; ou vous seriez un honnête homme, et, vous croyant forcé de la
    garder auprès de vous, vous vous livreriez vous-même à un malheur
    inévitable, car cette liaison, excusable chez le jeune homme, ne l'est
    plus chez l'homme mûr. Elle devient un obstacle à tout, elle ne permet
    ni la famille, ni l'ambition, ces secondes et dernières amours de
    l'homme. Croyez-m'en donc, mon ami, prenez les choses pour ce qu'elles
    valent, les femmes pour ce qu'elles sont, et ne donnez pas à une fille
    entretenue le droit de se dire votre créancière en quoi que ce soit.

    C'était sagement raisonné et d'une logique dont j'aurais cru Prudence
    incapable. Je ne trouvai rien à lui répondre, sinon qu'elle avait
    raison; je lui donnai la main et la remerciai de ses conseils.

    –Allons, allons, me dit-elle, chassez-moi ces mauvaises théories, et
    riez; la vie est charmante, mon cher, c'est selon le verre par lequel on
    la regarde. Tenez, consultez votre ami Gaston, en voilà un qui me fait
    l'effet de comprendre l'amour comme je le comprends. Ce dont il faut que
    vous soyez convaincu, sans quoi vous deviendrez un garçon insipide,
    c'est qu'il y a à côté d'ici une belle fille qui attend impatiemment que
    l'homme qui est chez elle s'en aille, qui pense à vous, qui vous garde
    sa nuit et qui vous aime, j'en suis certaine. Maintenant venez vous
    mettre à la fenêtre avec moi, et regardons partir le comte qui ne va pas
    tarder à nous laisser la place.

    Prudence ouvrit une fenêtre, et nous nous accoudâmes à côté l'un de
    l'autre sur le balcon.

    Elle regardait les rares passants, moi je rêvais.

    Tout ce qu'elle m'avait dit me bourdonnait dans la tête, et je ne
    pouvais m'empêcher de convenir qu'elle avait raison; mais l'amour réel
    que j'avais pour Marguerite avait peine à s'accommoder de cette
    raison-là. Aussi poussais-je de temps en temps des soupirs qui faisaient
    retourner Prudence, et lui faisaient hausser les épaules comme un
    médecin qui désespère d'un malade.

    «Comme on s'aperçoit que la vie doit être courte, disais-je en moi-même,
    par la rapidité des sensations! Je ne connais Marguerite que depuis deux
    jours, elle n'est ma maîtresse que depuis hier, et elle a déjà tellement
    envahi ma pensée, mon cœur et ma vie, que la visite de ce comte de G…
    est un malheur pour moi.»

    Enfin le comte sortit, remonta dans sa voiture et disparut. Prudence
    ferma sa fenêtre.

    Au même moment Marguerite nous appelait.

    –Venez vite, on met la table, disait-elle, nous allons souper.

    Quand j'entrai chez elle, Marguerite courut à moi, me sauta au cou et
    m'embrassa de toutes ses forces.

    –Sommes-nous toujours maussade? me dit-elle.

    –Non, c'est fini, répondit Prudence, je lui ai fait de la morale, et il
    a promis d'être sage.

    –À la bonne heure!

    Malgré moi, je jetai les yeux sur le lit, il n'était pas défait; quant à
    Marguerite, elle était déjà en peignoir blanc.

    On se mit à table.

    Charme, douceur, expansion, Marguerite avait tout, et j'étais bien forcé
    de temps en temps de reconnaître que je n'avais pas le droit de lui
    demander autre chose; que bien des gens seraient heureux à ma place, et
    que, comme le berger de Virgile, je n'avais qu'à jouir des loisirs qu'un
    dieu ou plutôt qu'une déesse me faisait.

    J'essayai de mettre en pratique les théories de Prudence et d'être aussi
    gai que mes deux compagnes; mais ce qui chez elles était nature, chez
    moi était effort, et le rire nerveux que j'avais, et auquel elles se
    trompèrent, touchait de bien près aux larmes.

    Enfin le souper cessa, et je restai seul avec Marguerite. Elle alla,
    comme elle en avait l'habitude, s'asseoir sur son tapis devant le feu et
    regarder d'un air triste la flamme du foyer.

    Elle songeait! A quoi? Je l'ignore; moi, je la regardais avec amour et
    presque avec terreur en pensant à ce que j'étais prêt à souffrir pour
    elle.

    –Sais-tu à quoi je pensais?

    –Non.

    –À une combinaison que j'ai trouvée.

    –Et quelle est cette combinaison?

    –Je ne puis pas encore te la confier, mais je puis te dire ce qui en
    résulterait. Il en résulterait que dans un mois d'ici je serais libre,
    je ne devrais plus rien, et nous irions passer ensemble l'été à la
    campagne.

    –Et vous ne pouvez pas me dire par quel moyen?

    –Non, il faut seulement que tu m'aimes comme je t'aime, et tout
    réussira.

    –Et c'est vous seule qui avez trouvé cette combinaison?

    –Oui.

    –Et vous l'exécuterez seule?

    –Moi seule aurai les ennuis, me dit Marguerite avec un sourire que je
    n'oublierai jamais, mais nous partagerons les bénéfices.

    Je ne pus m'empêcher de rougir à ce mot de bénéfices; je me rappelai
    Manon Lescaut mangeant avec Desgrieux l'argent de M. de B…

    Je répondis d'un ton un peu dur et en me levant:

    –Vous me permettrez, ma chère Marguerite, de ne partager les bénéfices
    que des entreprises que je conçois et que j'exploite moi-même.

    –Qu'est-ce que cela signifie?

    –Cela signifie que je soupçonne fort M. le comte de G… d'être votre
    associé dans cette heureuse combinaison dont je n'accepte ni les charges
    ni les bénéfices.

    –Vous êtes un enfant. Je croyais que vous m'aimiez, je me suis trompée,
    c'est bien.

    Et, en même temps, elle se leva, ouvrit son piano et se remit à jouer
    l'Invitation à la valse, jusqu'à ce fameux passage en majeur qui
    l'arrêtait toujours.

    Etait-ce par habitude, ou pour me rappeler le jour où nous nous étions
    connus? Tout ce que je sais, c'est qu'avec cette mélodie les souvenirs
    me revinrent, et, m'approchant d'elle, je lui pris la tête entre mes
    mains et l'embrassai.

    –Vous me pardonnez? Lui dis-je.

    –Vous le voyez bien, me répondit-elle; mais remarquez que nous n'en
    sommes qu'au second jour, et que déjà j'ai quelque chose à vous
    pardonner. Vous tenez bien mal vos promesses d'obéissance aveugle.

    –Que voulez-vous, Marguerite, je vous aime trop, et je suis jaloux de
    la moindre de vos pensées. Ce que vous m'avez proposé tout à l'heure me
    rendrait fou de joie, mais le mystère qui précède l'exécution de ce
    projet me serre le cœur.

    –Voyons, raisonnons un peu, reprit-elle en me prenant les deux mains et
    en me regardant avec un charmant sourire auquel il m'était impossible de
    résister; vous m'aimez, n'est-ce pas? et vous seriez heureux de passer
    trois ou quatre mois à la campagne avec moi seule; moi aussi, je serais
    heureuse de cette solitude à deux, non seulement j'en serais heureuse,
    mais j'en ai besoin pour ma santé. Je ne puis quitter Paris pour un si
    long temps sans mettre ordre à mes affaires, et les affaires d'une femme
    comme moi sont toujours très embrouillées; eh bien, j'ai trouvé le moyen
    de tout concilier, mes affaires et mon amour pour vous, oui, pour vous,
    ne riez pas, j'ai la folie de vous aimer! Et voilà que vous prenez vos
    grands airs et me dites des grands mots. Enfant, trois fois enfant,
    rappelez-vous seulement que je vous aime, et ne vous inquiétez de
    rien.–Est-ce convenu, voyons?

    –Tout ce que vous voulez est convenu, vous le savez bien.

    –Alors, avant un mois, nous serons dans quelque village, à nous
    promener au bord de l'eau et à boire du lait. Cela vous semble étrange
    que je parle ainsi, moi, Marguerite Gautier; cela vient, mon ami, de ce
    que quand cette vie de Paris, qui semble me rendre si heureuse, ne me
    brûle pas, elle m'ennuie, et alors j'ai des aspirations soudaines vers
    une existence plus calme qui me rappellerait mon enfance. On a toujours
    eu une enfance, quoi que l'on soit devenue. Oh! soyez tranquille, je ne
    vais pas vous dire que je suis la fille d'un colonel en retraite et que
    j'ai été élevée à Saint-Denis. Je suis une pauvre fille de la campagne,
    et je ne savais pas écrire mon nom il y a six ans. Vous voilà rassuré,
    n'est-ce pas? Pourquoi est-ce à vous le premier à qui je m'adresse pour
    partager la joie du désir qui m'est venu? Sans doute parce que j'ai
    reconnu que vous m'aimiez pour moi et non pour vous, tandis que les
    autres ne m'ont jamais aimée que pour eux.

    «J'ai été bien souvent à la campagne, mais jamais comme j'aurais voulu y
    aller. C'est sur vous que je compte pour ce bonheur facile, ne soyez
    donc pas méchant et accordez-le-moi. Dites-vous ceci: elle ne doit pas
    vivre vieille, et je me repentirais un jour de n'avoir pas fait pour
    elle la première chose qu'elle m'a demandée, et qu'il était si facile de
    faire.

    Que répondre à de pareilles paroles, surtout avec le souvenir d'une
    première nuit d'amour, et dans l'attente d'une seconde?

    Une heure après, je tenais Marguerite dans mes bras, et elle m'eût
    demandé de commettre un crime que je lui eusse obéi.

    À six heures du matin je partis, et avant de partir je lui dis:

    –À ce soir?

    Elle m'embrassa plus fort, mais elle ne me répondit pas.

    Dans la journée, je reçus une lettre qui contenait ces mots:

    «Cher enfant, je suis un peu souffrante, et le médecin m'ordonne le
    repos. Je me coucherai de bonne heure ce soir et ne vous verrai pas.
    Mais, pour vous récompenser, je vous attendrai demain à midi. Je vous
    aime.»

    Mon premier mot fut: «elle me trompe!»

    Une sueur glacée passa sur mon front, car j'aimais déjà trop cette femme
    pour que ce soupçon ne me bouleversât point.

    Et cependant je devais m'attendre à cet événement presque tous les jours
    avec Marguerite, et cela m'était arrivé souvent avec mes autres
    maîtresses, sans que je m'en préoccupasse fort. D'où venait donc
    l'empire que cette femme prenait sur ma vie?

    Alors je songeai, puisque j'avais la clef de chez elle, à aller la voir
    comme de coutume. De cette façon, je saurais bien vite la vérité, et, si
    je trouvais un homme, je le souffletterais.

    En attendant, j'allai aux Champs-Elysées. J'y restai quatre heures. Elle
    ne parut pas. Le soir, j'entrai dans tous les théâtres où elle avait
    l'habitude d'aller. Elle n'était dans aucun.

    À onze heures, je me rendis rue d'Antin.

    Il n'y avait pas de lumière aux fenêtres de Marguerite. Je sonnai
    néanmoins. Le portier me demanda où j'allais.

    –Chez mademoiselle Gautier, lui dis-je.

    –Elle n'est pas rentrée.

    –Je vais monter l'attendre.

    –Il n'y a personne chez elle.

    Evidemment c'était là une consigne que je pouvais forcer puisque j'avais
    la clef, mais je craignis un esclandre ridicule, et je sortis.

    Seulement, je ne rentrai pas chez moi, je ne pouvais quitter la rue, et
    ne perdais pas des yeux la maison de Marguerite. Il me semblait que
    j'avais encore quelque chose à apprendre, ou du moins que mes soupçons
    allaient se confirmer.

    Vers minuit, un coupé que je connaissais bien s'arrêta vers le numéro 9.

    Le comte de G… en descendit et entra dans la maison, après avoir
    congédié sa voiture.

    Un moment j'espérai que, comme à moi, on allait lui dire que Marguerite
    n'était pas chez elle, et que j'allais le voir sortir; mais à quatre
    heures du matin j'attendais encore.

    J'ai bien souffert depuis trois semaines, mais ce n'est rien, je crois,
    en comparaison de ce que je souffris cette nuit-là.

    Chapitre XIV

    Rentré chez moi, je me mis à pleurer comme un enfant. Il n'y a pas
    d'homme qui n'ait été trompé au moins une fois, et qui ne sache ce que
    l'on souffre.

    Je me dis, sous le poids de ces résolutions de la fièvre que l'on croit
    toujours avoir la force de tenir, qu'il fallait rompre immédiatement
    avec cet amour, et j'attendis le jour avec impatience pour aller retenir
    ma place, retourner auprès de mon père et de ma sœur, double amour dont
    j'étais certain, et qui ne me tromperait pas, lui.

    Cependant je ne voulais pas partir sans que Marguerite sût bien pourquoi
    je partais. Seul, un homme qui n'aime décidément plus sa maîtresse la
    quitte sans lui écrire.

    Je fis et refis vingt lettres dans ma tête.

    J'avais eu affaire à une fille semblable à toutes les filles
    entretenues, je l'avais beaucoup trop poétisée, elle m'avait traité en
    écolier, en employant, pour me tromper, une ruse d'une simplicité
    insultante, c'était clair. Mon amour-propre prit alors le dessus. Il
    fallait quitter cette femme sans lui donner la satisfaction de savoir ce
    que cette rupture me faisait souffrir, et voici ce que je lui écrivis de
    mon écriture la plus élégante, et des larmes de rage et de douleur dans
    les yeux:

    «Ma chère Marguerite,

    «J'espère que votre indisposition d'hier aura été peu de chose. J'ai
    été, à onze heures du soir, demander de vos nouvelles, et l'on m'a
    répondu que vous n'étiez pas rentrée. M. de G… a été plus heureux que
    moi, car il s'est présenté quelques instants après, et à quatre heures
    du matin il était encore chez vous.

    «Pardonnez-moi les quelques heures ennuyeuses que je vous ai fait
    passer, et soyez sûre que je n'oublierai jamais les moments heureux que
    je vous dois.

    «Je serais bien allé savoir de vos nouvelles aujourd'hui, mais je compte
    retourner près de mon père.

    «Adieu, ma chère Marguerite; je ne suis ni assez riche pour vous aimer
    comme je le voudrais, ni assez pauvre pour vous aimer comme vous le
    voudriez. Oublions donc, vous, un nom qui doit vous être à peu près
    indifférent, moi, un bonheur qui me devient impossible.

    «Je vous renvoie votre clef, qui ne m'a jamais servi et qui pourra vous
    être utile, si vous êtes souvent malade comme vous l'étiez hier.»

    Vous le voyez, je n'avais pas eu la force de finir cette lettre sans une
    impertinente ironie, ce qui prouvait combien j'étais encore amoureux.

    Je lus et relus dix fois cette lettre, et l'idée qu'elle ferait de la
    peine à Marguerite me calma un peu. J'essayai de m'enhardir dans les
    sentiments qu'elle affectait, et quand, à huit heures, mon domestique
    entra chez moi, je la lui remis pour qu'il la portât tout de suite.

    –Faudra-t-il attendre une réponse? Me demanda Joseph (mon domestique
    s'appelait Joseph, comme tous les domestiques).

    –Si l'on vous demande s'il y a une réponse, vous direz que vous n'en
    savez rien et vous attendrez.

    Je me rattachais à cette espérance qu'elle allait me répondre.

    Pauvres et faibles que nous sommes!

    Tout le temps que mon domestique resta dehors, je fus dans une agitation
    extrême. Tantôt me rappelant comment Marguerite s'était donnée à moi, je
    me demandais de quel droit je lui écrivais une lettre impertinente,
    quand elle pouvait me répondre que ce n'était pas M. de G… qui me
    trompait, mais moi qui trompais M. de G…; raisonnement qui permet à
    bien des femmes d'avoir plusieurs amants. Tantôt, me rappelant les
    serments de cette fille, je voulais me convaincre que ma lettre était
    trop douce encore et qu'il n'y avait pas d'expressions assez fortes pour
    flétrir une femme qui se riait d'un amour aussi sincère que le mien.
    Puis, je me disais que j'aurais mieux fait de ne pas lui écrire, d'aller
    chez elle dans la journée, et que, de cette façon, j'aurais joui des
    larmes que je lui aurais fait répandre.

    Enfin, je me demandais ce qu'elle allait me répondre, déjà prêt à croire
    l'excuse qu'elle me donnerait.

    Joseph revint.

    –Eh bien? Lui dis-je.

    –Monsieur, me répondit-il, madame était couchée et dormait encore, mais
    dès qu'elle sonnera, on lui remettra la lettre, et s'il y a une réponse
    on l'apportera.

    Elle dormait!

    Vingt fois je fus sur le point de renvoyer chercher cette lettre, mais
    je me disais toujours:

    –On la lui a peut-être déjà remise, et j'aurais l'air de me repentir.

    Plus l'heure à laquelle il était vraisemblable qu'elle me répondît
    approchait, plus je regrettais d'avoir écrit.

    Dix heures, onze heures, midi sonnèrent.

    À midi, je fus au moment d'aller au rendez-vous, comme si rien ne
    s'était passé. Enfin, je ne savais qu'imaginer pour sortir du cercle de
    fer qui m'étreignait.

    Alors, je crus, avec cette superstition des gens qui attendent, que, si
    je sortais un peu, à mon retour je trouverais une réponse. Les réponses
    impatiemment attendues arrivent toujours quand on n'est pas chez soi.

    Je sortis sous prétexte d'aller déjeuner.

    Au lieu de déjeuner au café Foy, au coin du boulevard, comme j'avais
    l'habitude de le faire, je préférai aller déjeuner au Palais-Royal et
    passer par la rue d'Antin. Chaque fois que de loin j'apercevais une
    femme, je croyais voir Nanine m'apportant une réponse. Je passai rue
    d'Antin sans avoir même rencontré un commissionnaire. J'arrivai au
    Palais-Royal, j'entrai chez Véry. Le garçon me fit manger ou plutôt me
    servit ce qu'il voulut, car je ne mangeai pas.

    Malgré moi, mes yeux se fixaient toujours sur la pendule.

    Je rentrai, convaincu que j'allais trouver une lettre de Marguerite.

    Le portier n'avait rien reçu. J'espérais encore dans mon domestique.
    Celui-ci n'avait vu personne depuis mon départ.

    Si Marguerite avait dû me répondre, elle m'eût répondu depuis longtemps.

    Alors, je me mis à regretter les termes de ma lettre; j'aurais dû me
    taire complètement, ce qui eût sans doute fait faire une démarche à son
    inquiétude; car, ne me voyant pas venir au rendez-vous la veille, elle
    m'eût demandé les raisons de mon absence, et alors seulement j'eusse dû
    les lui donner. De cette façon, elle n'eût pu faire autrement que de se
    disculper, et ce que je voulais, c'était qu'elle se disculpât. Je
    sentais déjà que, quelques raisons qu'elle m'eût objectées, je les
    aurais crues, et que j'aurais mieux tout aimé que de ne plus la voir.

    J'en arrivai à croire qu'elle allait venir elle-même chez moi, mais les
    heures se passèrent et elle ne vint pas.

    Décidément, Marguerite n'était pas comme toutes les femmes, car il y en
    a bien peu qui, en recevant une lettre semblable à celle que je venais
    d'écrire, ne répondent pas quelque chose.

    À cinq heures, je courus aux Champs-Elysées.

    –Si je la rencontre, pensais-je, j'affecterai un air indifférent, et
    elle sera convaincue que je ne songe déjà plus à elle.

    Au tournant de la rue Royale, je la vis passer dans sa voiture; la
    rencontre fut si brusque que je pâlis. J'ignore si elle vit mon émotion;
    moi, j'étais si troublé que je ne vis que sa voiture.

    Je ne continuai pas ma promenade aux Champs-Elysées. Je regardai les
    affiches des théâtres, car j'avais encore une chance de la voir.

    Il y avait une première représentation au Palais-Royal. Marguerite
    devait évidemment y assister.

    J'étais au théâtre à sept heures.

    Toutes les loges s'emplirent, mais Marguerite ne parut pas.

    Alors, je quittai le Palais-Royal, et j'entrai dans tous les théâtres où
    elle allait le plus souvent, au Vaudeville, aux Variétés, à
    l'Opéra-Comique.

    Elle n'était nulle part.

    Ou ma lettre lui avait fait trop de peine pour qu'elle s'occupât de
    spectacle, ou elle craignait de se trouver avec moi, et voulait éviter
    une explication.

    Voilà ce que ma vanité me soufflait sur le boulevard, quand je
    rencontrai Gaston qui me demanda d'où je venais.

    –Du Palais-Royal.

    –Et moi de l'Opéra, me dit-il; je croyais même vous y voir.

    –Pourquoi?

    –Parce que Marguerite y était.

    –Ah! Elle y était?

    –Oui.

    –Seule?

    –Non, avec une de ses amies.

    –Voilà tout?

    –Le comte de G… est venu un instant dans sa loge; mais elle s'en est
    allée avec le duc. À chaque instant, je croyais vous voir paraître. Il y
    avait à côté de moi une stalle qui est restée vide toute la soirée, et
    j'étais convaincu qu'elle était louée par vous.

    –Mais pourquoi irais-je où Marguerite va?

    –Parce que vous êtes son amant, pardieu!

    –Et qui vous a dit cela?

    –Prudence, que j'ai rencontrée hier. Je vous en félicite, mon cher;
    c'est une jolie maîtresse que n'a pas qui veut. Gardez-la, elle vous
    fera honneur.

    Cette simple réflexion de Gaston me montra combien mes susceptibilités
    étaient ridicules.

    Si je l'avais rencontré la veille et qu'il m'eût parlé ainsi, je n'eusse
    certainement pas écrit la sotte lettre du matin.

    Je fus au moment d'aller chez Prudence et de l'envoyer dire à Marguerite
    que j'avais à lui parler; mais je craignis que pour se venger elle ne me
    répondît qu'elle ne pouvait pas me recevoir, et je rentrai chez moi
    après être passé par la rue d'Antin.

    Je demandai de nouveau à mon portier s'il avait une lettre pour moi.

    Rien! Elle aura voulu voir si je ferais quelque nouvelle démarche et si
    je rétracterais ma lettre aujourd'hui, me dis-je en me couchant; mais,
    voyant que je ne lui écris pas, elle m'écrira demain.

    Ce soir-là surtout je me repentis de ce que j'avais fait. J'étais seul
    chez moi, ne pouvant dormir, dévoré d'inquiétude et de jalousie quand,
    en laissant suivre aux choses leur véritable cours, j'aurais dû être
    auprès de Marguerite et m'entendre dire les mots charmants que je
    n'avais entendus que deux fois, et qui me brûlaient les oreilles dans ma
    solitude.

    Ce qu'il y avait d'affreux dans ma situation, c'est que le raisonnement
    me donnait tort; en effet, tout me disait que Marguerite m'aimait.
    D'abord, ce projet de passer un été avec moi seul à la campagne, puis
    cette certitude que rien ne la forçait à être ma maîtresse, puisque ma
    fortune était insuffisante à ses besoins et même à ses caprices. Il n'y
    avait donc eu chez elle que l'espérance de trouver en moi une affection
    sincère, capable de la reposer des amours mercenaires au milieu
    desquelles elle vivait, et dès le second jour je détruisais cette
    espérance, et je payais en ironie impertinente l'amour accepté pendant
    deux nuits. Ce que je faisais était donc plus que ridicule, c'était
    indélicat. Avais-je seulement payé cette femme, pour avoir le droit de
    blâmer sa vie, et n'avais-je pas l'air, en me retirant dès le second
    jour, d'un parasite d'amour qui craint qu'on ne lui donne la carte de
    son dîner? Comment! Il y avait trente-six heures que je connaissais
    Marguerite; il y en avait vingt-quatre que j'étais son amant, et je
    faisais le susceptible; et au lieu de me trouver trop heureux qu'elle
    partageât pour moi, je voulais avoir tout à moi seul, et la contraindre
    à briser d'un coup les relations de son passé qui étaient les revenus de
    son avenir. Qu'avais-je à lui reprocher? Rien. Elle m'avait écrit
    qu'elle était souffrante, quand elle eût pu me dire tout crûment, avec
    la hideuse franchise de certaines femmes, qu'elle avait un amant à
    recevoir; et au lieu de croire à sa lettre, au lieu d'aller me promener
    dans toutes les rues de Paris, excepté dans la rue d'Antin; au lieu de
    passer ma soirée avec mes amis et de me présenter le lendemain à l'heure
    qu'elle m'indiquait, je faisais l'Othello, je l'espionnais, et je
    croyais la punir en ne la voyant plus. Mais elle devait être enchantée
    au contraire de cette séparation; mais elle devait me trouver
    souverainement sot, et son silence n'était pas même de la rancune;
    c'était du dédain.

    J'aurais dû alors faire à Marguerite un cadeau qui ne lui laissât aucun
    doute sur ma générosité, et qui m'eût permis, la traitant comme une
    fille entretenue, de me croire quitte avec elle; mais j'eusse cru
    offenser par la moindre apparence de trafic, sinon l'amour qu'elle avait
    pour moi, du moins l'amour que j'avais pour elle, et puisque cet amour
    était si pur qu'il n'admettait pas le partage, il ne pouvait payer par
    un présent, si beau qu'il fût, le bonheur qu'on lui avait donné, si
    court qu'eût été ce bonheur.

    Voilà ce que je me répétais la nuit, et ce qu'à chaque instant j'étais
    prêt à aller dire à Marguerite.

    Quand le jour parut, je ne dormais pas encore, j'avais la fièvre; il
    m'était impossible de penser à autre chose qu'à Marguerite.

    Comme vous le comprenez, il fallait prendre un parti décisif, et en
    finir avec la femme ou avec mes scrupules, si toutefois elle consentait
    encore à me recevoir.

    Mais, vous le savez, on retarde toujours un parti décisif: aussi, ne
    pouvant rester chez moi, n'osant me présenter chez Marguerite, j'essayai
    un moyen de me rapprocher d'elle, moyen que mon amour-propre pourrait
    mettre sur le compte du hasard, dans le cas où il réussirait.

    Il était neuf heures; je courus chez Prudence, qui me demanda à quoi
    elle devait cette visite matinale.

    Je n'osai pas lui dire franchement ce qui m'amenait. Je lui répondis que
    j'étais sorti de bonne heure pour retenir une place à la diligence de
    C…, où demeurait mon père.

    –Vous êtes bien heureux, me dit-elle, de pouvoir quitter Paris par ce
    beau temps-là.

    Je regardai Prudence, me demandant si elle se moquait de moi.

    Mais son visage était sérieux.

    –Irez-vous dire adieu à Marguerite? reprit-elle toujours sérieusement.

    –Non.

    –Vous faites bien.

    –Vous trouvez?

    –Naturellement. Puisque vous avez rompu avec elle, à quoi bon la
    revoir?

    –Vous savez donc notre rupture?

    –Elle m'a montré votre lettre.

    –Et que vous a-t-elle dit?

    –Elle m'a dit: «Ma chère Prudence, votre protégé n'est pas poli: on
    pense ces lettres-là, mais on ne les écrit pas!»

    –Et de quel ton vous a-t-elle dit cela?

    –En riant et elle a ajouté: «Il a soupé deux fois chez moi, et il ne me
    fait même pas de visite de digestion.»

    Voilà l'effet que ma lettre et mes jalousies avaient produit. Je fus
    cruellement humilié dans la vanité de mon amour.

    –Et qu'a-t-elle fait hier au soir?

    –Elle est allée à l'opéra.

    –Je le sais. Et ensuite?

    –Elle a soupé chez elle.

    –Seule?

    –Avec le comte de G…, je crois.

    Ainsi ma rupture n'avait rien changé dans les habitudes de Marguerite.

    C'est pour ces circonstances-là que certaines gens vous disent: «Il
    fallait ne plus penser à cette femme qui ne vous aimait pas.»

    –Allons, je suis bien aise de voir que Marguerite ne se désole pas pour
    moi, repris-je avec un sourire forcé.

    –Et elle a grandement raison. Vous avez fait ce que vous deviez faire,
    vous avez été plus raisonnable qu'elle, car cette fille-là vous aimait,
    elle ne faisait que parler de vous, et aurait été capable de quelque
    folie.

    –Pourquoi ne m'a-t-elle pas répondu, puisqu'elle m'aime?

    –Parce qu'elle a compris qu'elle avait tort de vous aimer. Puis les
    femmes permettent quelquefois qu'on trompe leur amour, jamais qu'on
    blesse leur amour-propre, et l'on blesse toujours l'amour-propre d'une
    femme quand, deux jours après qu'on est son amant, on la quitte, quelles
    que soient les raisons que l'on donne à cette rupture. Je connais
    Marguerite, elle mourrait plutôt que de vous répondre.

    –Que faut-il que je fasse alors?

    –Rien. Elle vous oubliera, vous l'oublierez, et vous n'aurez rien à
    vous reprocher l'un à l'autre.

    –Mais si je lui écrivais pour lui demander pardon?

    –Gardez-vous-en bien, elle vous pardonnerait.

    Je fus sur le point de sauter au cou de Prudence.

    Un quart d'heure après, j'étais rentré chez moi et j'écrivais à
    Marguerite:

    «Quelqu'un qui se repent d'une lettre qu'il a écrite hier, qui partira
    demain si vous ne lui pardonnez, voudrait savoir à quelle heure il
    pourra déposer son repentir à vos pieds.

    «Quand vous trouvera-t-il seule? Car, vous le savez, les confessions
    doivent être faites sans témoins.»

    Je pliai cette espèce de madrigal en prose, et je l'envoyai par Joseph,
    qui remit la lettre à Marguerite elle-même, laquelle lui répondit
    qu'elle répondrait plus tard.

    Je ne sortis qu'un instant pour aller dîner, et à onze heures du soir je
    n'avais pas encore de réponse.

    Je résolus alors de ne pas souffrir plus longtemps et de partir le
    lendemain.

    En conséquence de cette résolution, convaincu que je ne m'endormirais
    pas si je me couchais, je me mis à faire mes malles.

    Chapitre XV

    Il y avait à peu près une heure que Joseph et moi nous préparions tout
    pour mon départ, lorsqu'on sonna violemment à ma porte.

    –Faut-il ouvrir? me dit Joseph.

    –Ouvrez, lui dis-je, me demandant qui pouvait venir à pareille heure
    chez moi, et n'osant croire que ce fût Marguerite.

    –Monsieur, me dit Joseph en rentrant, ce sont deux dames.

    –C'est nous, Armand, me cria une voix que je reconnus pour celle de
    Prudence.

    Je sortis de ma chambre.

    Prudence, debout, regardait les quelques curiosités de mon salon;
    Marguerite, assise sur le canapé, réfléchissait.

    Quand j'entrai, j'allai à elle, je m'agenouillai, je lui pris les deux
    mains, et, tout ému, je lui dis: pardon.

    Elle m'embrassa au front et me dit:

    –Voilà déjà trois fois que je vous pardonne.

    –J'allais partir demain.

    –En quoi ma visite peut-elle changer votre résolution? Je ne viens pas
    pour vous empêcher de quitter Paris. Je viens parce que je n'ai pas eu
    dans la journée le temps de vous répondre, et que je n'ai pas voulu vous
    laisser croire que je fusse fâchée contre vous. Encore Prudence ne
    voulait-elle pas que je vinsse; elle disait que je vous dérangerais
    peut-être.

    –Vous, me déranger, vous, Marguerite! Et comment?

    –Dame! Vous pouviez avoir une femme chez vous, répondit Prudence, et
    cela n'aurait pas été amusant pour elle d'en voir arriver deux.

    Pendant cette observation de Prudence, Marguerite me regardait
    attentivement.

    –Ma chère Prudence, répondis-je, vous ne savez pas ce que vous dites.

    –C'est qu'il est très gentil votre appartement, répliqua Prudence;
    peut-on voir la chambre à coucher!

    –Oui.

    Prudence passa dans ma chambre, moins pour la visiter que pour réparer
    la sottise qu'elle venait de dire, et nous laisser seuls, Marguerite et
    moi.

    –Pourquoi avez-vous amené Prudence? lui dis-je alors.

    –Parce qu'elle était avec moi au spectacle, et qu'en partant d'ici je
    voulais avoir quelqu'un pour m'accompagner.

    –N'étais-je pas là?

    –Oui; mais outre que je ne voulais pas vous déranger, j'étais bien sûre
    qu'en venant jusqu'à ma porte, vous me demanderiez à monter chez moi,
    et, comme je ne pouvais pas vous l'accorder, je ne voulais pas que vous
    partissiez avec le droit de me reprocher un refus.

    –Et pourquoi ne pouviez-vous pas me recevoir?

    –Parce que je suis très surveillée, et que le moindre soupçon pourrait
    me faire le plus grand tort.

    –Est-ce bien la seule raison?

    –S'il y en avait une autre, je vous la dirais; nous n'en sommes plus à
    avoir des secrets l'un pour l'autre.

    –Voyons, Marguerite, je ne veux pas prendre plusieurs chemins pour en
    arriver à ce que je veux vous dire. Franchement, m'aimez-vous un peu?

    –Beaucoup.

    –Alors, pourquoi m'avez-vous trompé?

    –Mon ami, si j'étais madame la duchesse telle ou telle, si j'avais deux
    cent mille livres de rente, que je fusse votre maîtresse et que j'eusse
    un autre amant que vous, vous auriez le droit de me demander pourquoi je
    vous trompe; mais je suis mademoiselle Marguerite Gautier, j'ai quarante
    mille francs de dettes, pas un sou de fortune, et je dépense cent mille
    francs par an; votre question devient oiseuse et ma réponse inutile.

    –C'est juste, dis-je en laissant tomber ma tête sur les genoux de
    Marguerite; mais moi je vous aime comme un fou.

    –Eh bien, mon ami, il fallait m'aimer un peu moins ou me comprendre un
    peu mieux. Votre lettre m'a fait beaucoup de peine. Si j'avais été
    libre, d'abord je n'aurais pas reçu le comte avant-hier, ou, l'ayant
    reçu, je serais venue vous demander le pardon que vous me demandiez tout
    à l'heure, et je n'aurais pas à l'avenir d'autre amant que vous. J'ai
    cru un moment que je pourrais me donner ce bonheur-là pendant six mois;
    vous ne l'avez pas voulu; vous teniez à connaître les moyens, eh! mon
    Dieu, les moyens étaient bien faciles à deviner. C'était un sacrifice
    plus grand que vous ne croyez que je faisais en les employant. J'aurais
    pu vous dire: j'ai besoin de vingt mille francs; vous étiez amoureux de
    moi, vous les eussiez trouvés, au risque de me les reprocher plus tard.
    J'ai mieux aimé ne rien vous devoir; vous n'avez pas compris cette
    délicatesse, car c'en est une. Nous autres, quand nous avons encore un
    peu de cœur, nous donnons aux mots et aux choses une extension et un
    développement inconnus aux autres femmes; je vous répète donc que, de la
    part de Marguerite Gautier, le moyen qu'elle trouvait de payer ses
    dettes sans vous demander l'argent nécessaire pour cela était une
    délicatesse dont vous devriez profiter sans rien dire. Si vous ne
    m'aviez connue qu'aujourd'hui, vous seriez trop heureux de ce que je
    vous promettrais, et vous ne me demanderiez pas ce que j'ai fait
    avant-hier. Nous sommes quelquefois forcées d'acheter une satisfaction
    pour notre âme aux dépens de notre corps, et nous souffrons bien
    davantage quand, après, cette satisfaction nous échappe.

    J'écoutais et je regardais Marguerite avec admiration. Quand je songeais
    que cette merveilleuse créature, dont j'eusse envié autrefois de baiser
    les pieds, consentait à me faire entrer pour quelque chose dans sa
    pensée, à me donner un rôle dans sa vie, et que je ne me contentais pas
    encore de ce qu'elle me donnait, je me demandais si le désir de l'homme
    a des bornes, quand, satisfait aussi promptement que le mien l'avait
    été, il tend encore à autre chose.

  • La Chartreuse De Parme

    La Chartreuse De Parme

    Aproximadamente 194.827 palavras.

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    LA CHARTREUSE DE PARME

    par Stendhal

    LIVRE PREMIER

    Gia mi fur dolci inviti a empir le carte
    I luoghi ameni.

    Ariost, sat. IV.

    CHAPITRE PREMIER

    Milan en 1796

    Le 15 mai 1796, le général Bonaparte fit son entrée dans Milan à la
    tête de cette jeune armée qui venait de passer le pont de Lodi, et
    d’apprendre au monde qu’après tant de siècles César et Alexandre avaient
    un successeur. Les miracles de bravoure et de génie dont l’Italie fut
    témoin en quelques mois réveillèrent un peuple endormi; huit jours
    encore avant l’arrivée des Français, les Milanais ne voyaient en eux
    qu’un ramassis de brigands, habitués à fuir toujours devant les troupes
    de Sa Majesté Impériale et Royale: c’était du moins ce que leur répétait
    trois fois la semaine un petit journal grand comme la main, imprimé sur
    du papier sale.

    Au Moyen Age, les Lombards républicains avaient fait preuve d’une
    bravoure égale à celle des Français, et ils méritèrent de voir leur
    ville entièrement rasée par les empereurs d’Allemagne. Depuis qu’ils
    étaient devenus de fidèles sujets, leur grande affaire était d’imprimer
    des sonnets sur de petits mouchoirs de taffetas rose quand arrivait le
    mariage d’une jeune fille appartenant à quelque famille noble ou riche.
    Deux ou trois ans après cette grande époque de sa vie, cette jeune fille
    prenait un cavalier servant: quelquefois le nom du sigisbée choisi par
    la famille du mari occupait une place honorable dans le contrat de
    mariage. Il y avait loin de ces mœurs efféminées aux émotions profondes
    que donna l’arrivée imprévue de l’armée française. Bientôt surgirent
    des mœurs nouvelles et passionnées. Un peuple tout entier s’aperçut,
    le 15 mai 1796, que tout ce qu’il avait respecté jusque-là était
    souverainement ridicule et quelquefois odieux. Le départ du dernier
    régiment de l’Autriche marqua la chute des idées anciennes: exposer sa
    vie devint à la mode; on vit que pour être heureux après des siècles
    de sensations affadissantes, il fallait aimer la patrie d’un amour
    réel et chercher les actions héroïques. On était plongé dans une nuit
    profonde par la continuation du despotisme jaloux de Charles Quint et de
    Philippe II; on renversa leurs statues, et tout à coup l’on se trouva
    inondé de lumière. Depuis une cinquantaine d’années, et à mesure que
    l’Encyclopédie et Voltaire éclataient en France, les moines criaient au
    bon peuple de Milan, qu’apprendre à lire ou quelque chose au monde était
    une peine fort inutile, et qu’en payant bien exactement la dîme à son
    curé, et lui racontant fidèlement tous ses petits péchés, on était à
    peu près sûr d’avoir une belle place au paradis. Pour achever d’énerver
    ce peuple autrefois si terrible et si raisonneur, l’Autriche lui avait
    vendu à bon marché le privilège de ne point fournir de recrues à son
    armée.

    En 1796, l’armée milanaise se composait de vingt-quatre faquins habillés
    de rouge, lesquels gardaient la ville de concert avec quatre magnifiques
    régiments de grenadiers hongrois. La liberté des mœurs était extrême,
    mais la passion fort rare; d’ailleurs, outre le désagrément de devoir
    tout raconter au curé, sous peine de ruine même en ce monde, le bon
    peuple de Milan était encore soumis à certaines petites entraves
    monarchiques qui ne laissaient pas que d’être vexantes. Par exemple
    l’archiduc, qui résidait à Milan et gouvernait au nom de l’Empereur,
    son cousin, avait eu l’idée lucrative de faire le commerce des blés. En
    conséquence, défense aux paysans de vendre leurs grains jusqu’à ce que
    Son Altesse eût rempli ses magasins.

    En mai 1796, trois jours après l’entrée des Français, un jeune peintre
    en miniature, un peu fou, nommé Gros, célèbre depuis, et qui était venu
    avec l’armée, entendant raconter au grand café des Servi (à la mode
    alors) les exploits de l’archiduc, qui de plus était énorme, prit la
    liste des glaces imprimée en placard sur une feuille de vilain papier
    jaune. Sur le revers de la feuille il dessina le gros archiduc; un
    soldat français lui donnait un coup de baïonnette dans le ventre, et,
    au lieu de sang, il en sortait une quantité de blé incroyable. La chose
    nommée plaisanterie ou caricature n’était pas connue en ce pays de
    despotisme cauteleux. Le dessin laissé par Gros sur la table du café
    des Servi parut un miracle descendu du ciel; il fut gravé dans la nuit,
    et le lendemain on en vendit vingt mille exemplaires.

    Le même jour, on affichait l’avis d’une contribution de guerre de six
    millions, frappée pour les besoins de l’armée française, laquelle,
    venant de gagner six batailles et de conquérir vingt provinces, manquait
    seulement de souliers, de pantalons, d’habits et de chapeaux.

    La masse de bonheur et de plaisir qui fit irruption en Lombardie avec
    ces Français si pauvres fut telle que les prêtres seuls et quelques
    nobles s’aperçurent de la lourdeur de cette contribution de six
    millions, qui, bientôt, fut suivie de beaucoup d’autres. Ces soldats
    français riaient et chantaient toute la journée; ils avaient moins
    de vingt-cinq ans, et leur général en chef, qui en avait vingt-sept,
    passait pour l’homme le plus âgé de son armée. Cette gaieté, cette
    jeunesse, cette insouciance, répondaient d’une façon plaisante aux
    prédications furibondes des moines qui, depuis six mois, annonçaient du
    haut de la chaire sacrée que les Français étaient des monstres, obligés,
    sous peine de mort, à tout brûler et à couper la tête à tout le monde. A
    cet effet, chaque régiment marchait avec la guillotine en tête.

    Dans les campagnes l’on voyait sur la porte des chaumières le soldat
    français occupé à bercer le petit enfant de la maîtresse du logis, et
    presque chaque soir quelque tambour, jouant du violon, improvisait un
    bal. Les contredanses se trouvant beaucoup trop savantes et compliquées
    pour que les soldats, qui d’ailleurs ne les savaient guère, pussent les
    apprendre aux femmes du pays, c’étaient celles-ci qui montraient aux
    jeunes Français la Monférine, la Sauteuse et autres danses italiennes.

    Les officiers avaient été logés, autant que possible, chez les gens
    riches; ils avaient bon besoin de se refaire. Par exemple, un lieutenant
    nommé Robert eut un billet de logement pour le palais de la marquise
    del Dongo. Cet officier, jeune réquisitionnaire assez leste, possédait
    pour tout bien, en entrant dans ce palais, un écu de six francs qu’il
    venait de recevoir à Plaisance. Après le passage du pont de Lodi, il
    prit à un bel officier autrichien tué par un boulet un magnifique
    pantalon de nankin tout neuf, et jamais vêtement ne vint plus à propos.
    Ses épaulettes d’officier étaient en laine, et le drap de son habit
    était cousu à la doublure des manches pour que les morceaux tinssent
    ensemble; mais il y avait une circonstance plus triste: les semelles
    de ses souliers étaient en morceaux de chapeau également pris sur le
    champ de bataille, au-delà du pont de Lodi. Ces semelles improvisées
    tenaient au-dessus des souliers par des ficelles fort visibles, de façon
    que lorsque le majordome de la maison se présenta dans la chambre du
    lieutenant Robert pour l’inviter à dîner avec Mme la marquise, celui-ci
    fut plongé dans un mortel embarras. Son voltigeur et lui passèrent les
    deux heures qui les séparaient de ce fatal dîner à tâcher de recoudre
    un peu l’habit et à teindre en noir avec de l’encre les malheureuses
    ficelles des souliers. Enfin le moment terrible arriva. «De la vie je
    ne fus plus mal à mon aise, me disait le lieutenant Robert; ces dames
    pensaient que j’allais leur faire peur, et moi j’étais plus tremblant
    qu’elles. Je regardais mes souliers et ne savais comment marcher avec
    grâce. La marquise del Dongo, ajoutait-il, était alors dans tout l’éclat
    de sa beauté: vous l’avez connue avec ses yeux si beaux et d’une douceur
    angélique et ses jolis cheveux d’un blond foncé qui dessinaient si
    bien l’ovale de cette figure charmante. J’avais dans ma chambre une
    Hérodiade de Léonard de Vinci qui semblait son portrait. Dieu voulut
    que je fusse tellement saisi de cette beauté surnaturelle que j’en
    oubliai mon costume. Depuis deux ans je ne voyais que des choses laides
    et misérables dans les montagnes du pays de Gênes: j’osai lui adresser
    quelques mots sur mon ravissement.

    «Mais j’avais trop de sens pour m’arrêter longtemps dans le genre
    complimenteur. Tout en tournant mes phrases, je voyais, dans une salle
    à manger toute de marbre, douze laquais et des valets de chambre vêtus
    avec ce qui me semblait alors le comble de la magnificence. Figurez-vous
    que ces coquins-là avaient non seulement de bons souliers, mais encore
    des boucles d’argent. Je voyais du coin de l’œil tous ces regards
    stupides fixés sur mon habit, et peut-être aussi sur mes souliers, ce
    qui me perçait le cœur. J’aurais pu d’un mot faire peur à tous ces gens;
    mais comment les mettre à leur place sans courir le risque d’effaroucher
    les dames? car la marquise pour se donner un peu de courage, comme elle
    me l’a dit cent fois depuis, avait envoyé prendre au couvent où elle
    était pensionnaire en ce temps-là, Gina del Dongo, sœur de son mari,
    qui fut depuis cette charmante comtesse Pietranera: personne dans la
    prospérité ne la surpassa par la gaieté et l’esprit aimable, comme
    personne ne la surpassa par le courage et la sérénité d’âme dans la
    fortune contraire.

    «Gina, qui pouvait avoir alors treize ans, mais qui en paraissait
    dix-huit, vive et franche, comme vous savez, avait tant de peur
    d’éclater de rire en présence de mon costume, qu’elle n’osait
    pas manger; la marquise, au contraire, m’accablait de politesses
    contraintes; elle voyait fort bien dans mes yeux des mouvements
    d’impatience. En un mot, je faisais une sotte figure, je mâchais le
    mépris, chose qu’on dit impossible à un Français. Enfin une idée
    descendue du ciel vint m’illuminer: je me mis à raconter à ces dames
    ma misère, et ce que nous avions souffert depuis deux ans dans les
    montagnes du pays de Gênes où nous retenaient de vieux généraux
    imbéciles. Là, disais-je, on nous donnait des assignats qui n’avaient
    pas cours dans le pays, et trois onces de pain par jour. Je n’avais pas
    parlé deux minutes, que la bonne marquise avait les larmes aux yeux, et
    la Gina était devenue sérieuse.

    «–Quoi, monsieur le lieutenant, me disait celle-ci, trois onces de pain!

    «–Oui, mademoiselle; mais en revanche la distribution manquait trois
    fois la semaine, et comme les paysans chez lesquels nous logions étaient
    encore plus misérables que nous, nous leur donnions un peu de notre pain.

    «En sortant de table, j’offris mon bras à la marquise jusqu’à la porte
    du salon, puis, revenant rapidement sur mes pas, je donnai au domestique
    qui m’avait servi à table cet unique écu de six francs sur l’emploi
    duquel j’avais fait tant de châteaux en Espagne.

    «Huit jours après, continuait Robert, quand il fut bien avéré que les
    Français ne guillotinaient personne, le marquis del Dongo revint de son
    château de Grianta, sur le lac de Côme, où bravement il s’était réfugié
    à l’approche de l’armée, abandonnant aux hasards de la guerre sa jeune
    femme si belle et sa sœur. La haine que ce marquis avait pour nous était
    égale à sa peur, c’est-à-dire incommensurable: sa grosse figure pâle
    et dévote était amusante à voir quand il me faisait des politesses. Le
    lendemain de son retour à Milan, je reçus trois aunes de drap et deux
    cents francs sur la contribution des six millions: je me remplumai, et
    devins le chevalier de ces dames, car les bals commencèrent.

    L’histoire du lieutenant Robert fut à peu près celle de tous les
    Français; au lieu de se moquer de la misère de ces braves soldats, on en
    eut pitié, et on les aima.

    Cette époque de bonheur imprévu et d’ivresse ne dura que deux petites
    années; la folie avait été si excessive et si générale, qu’il me serait
    impossible d’en donner une idée, si ce n’est par cette réflexion
    historique et profonde: ce peuple s’ennuyait depuis cent ans.

    La volupté naturelle aux pays méridionaux avait régné jadis à la cour
    des Visconti et des Sforce, ces fameux ducs de Milan. Mais depuis l’an
    1635, que les Espagnols s’étaient emparés du Milanais, et emparés en
    maîtres taciturnes, soupçonneux, orgueilleux, et craignant toujours la
    révolte, la gaieté s’était enfuie. Les peuples, prenant les mœurs de
    leurs maîtres, songeaient plutôt à se venger de la moindre insulte par
    un coup de poignard qu’à jouir du moment présent.

    La joie folle, la gaieté, la volupté, l’oubli de tous les sentiments
    tristes, ou seulement raisonnables, furent poussés à un tel point,
    depuis le 15 mai 1796, que les Français entrèrent à Milan, jusqu’en
    avril 1799, qu’ils en furent chassés à la suite de la bataille de
    Cassano, que l’on a pu citer de vieux marchands millionnaires, de vieux
    usuriers, de vieux notaires qui, pendant cet intervalle, avaient oublié
    d’être moroses et de gagner de l’argent.

    Tout au plus eût-il été possible de compter quelques familles
    appartenant à la haute noblesse, qui s’étaient retirées dans leurs
    palais à la campagne, comme pour bouder contre l’allégresse générale
    et l’épanouissement de tous les cœurs. Il est véritable aussi que ces
    familles nobles et riches avaient été distinguées d’une manière fâcheuse
    dans la répartition des contributions de guerre demandées pour l’armée
    française.

    Le marquis del Dongo, contrarié de voir tant de gaieté, avait été un des
    premiers à regagner son magnifique château de Grianta, au-delà de Côme,
    où les dames menèrent le lieutenant Robert. Ce château, situé dans une
    position peut-être unique au monde, sur un plateau de cent cinquante
    pieds au-dessus de ce lac sublime dont il domine une grande partie,
    avait été une place forte. La famille del Dongo le fit construire au
    quinzième siècle, comme le témoignaient de toutes parts les marbres
    chargés de ses armes; on y voyait encore des ponts-levis et des fossés
    profonds, à la vérité privés d’eau; mais avec ces murs de quatre-vingts
    pieds de haut et de six pieds d’épaisseur, ce château était à l’abri
    d’un coup de main; et c’est pour cela qu’il était cher au soupçonneux
    marquis. Entouré de vingt-cinq ou trente domestiques qu’il supposait
    dévoués, apparemment parce qu’il ne leur parlait jamais que l’injure à
    la bouche, il était moins tourmenté par la peur qu’à Milan.

    Cette peur n’était pas tout à fait gratuite: il correspondait fort
    activement avec un espion placé par l’Autriche sur la frontière suisse
    à trois lieues de Grianta, pour faire évader les prisonniers faits sur
    le champ de bataille, ce qui aurait pu être pris au sérieux par les
    généraux français.

    Le marquis avait laissé sa jeune femme à Milan: elle y dirigeait
    les affaires de la famille, elle était chargée de faire face aux
    contributions imposées à la casa del Dongo, comme on dit dans le pays;
    elle cherchait à les faire diminuer, ce qui l’obligeait à voir ceux des
    nobles qui avaient accepté des fonctions publiques, et même quelques
    non nobles fort influents. Il survint un grand événement dans cette
    famille. Le marquis avait arrangé le mariage de sa jeune sœur Gina avec
    un personnage fort riche et de la plus haute naissance; mais il portait
    de la poudre: à ce titre, Gina le recevait avec des éclats de rire, et
    bientôt elle fit la folie d’épouser le comte Pietranera. C’était à la
    vérité un fort bon gentilhomme, très bien fait de sa personne, mais
    ruiné de père en fils, et, pour comble de disgrâce, partisan fougueux
    des idées nouvelles. Pietranera était sous-lieutenant dans la légion
    italienne, surcroît de désespoir pour le marquis.

    Après ces deux années de folie et de bonheur, le Directoire de Paris,
    se donnant des airs de souverain bien établi, montra une haine mortelle
    pour tout ce qui n’était pas médiocre. Les généraux ineptes qu’il donna
    à l’armée d’Italie perdirent une suite de batailles dans ces mêmes
    plaines de Vérone, témoins deux ans auparavant des prodiges d’Arcole
    et de Lonato. Les Autrichiens se rapprochèrent de Milan; le lieutenant
    Robert, devenu chef de bataillon et blessé à la bataille de Cassano,
    vint loger pour la dernière fois chez son amie la marquise del Dongo.
    Les adieux furent tristes; Robert partit avec le comte Pietranera qui
    suivait les Français dans leur retraite sur Novi. La jeune comtesse, à
    laquelle son frère refusa de payer sa légitime, suivit l’armée montée
    sur une charrette.

    Alors commença cette époque de réaction et de retour aux idées
    anciennes, que les Milanais appellent «i tredici mesi» (les treize
    mois), parce qu’en effet leur bonheur voulut que ce retour à la sottise
    ne durât que treize mois, jusqu’à Marengo. Tout ce qui était vieux,
    dévot, morose, reparut à la tête des affaires, et reprit la direction
    de la société: bientôt les gens restés fidèles aux bonnes doctrines
    publièrent dans les villages que Napoléon avait été pendu par les
    Mameluks en Egypte, comme il le méritait à tant de titres.

    Parmi ces hommes qui étaient allés bouder dans leurs terres et qui
    revenaient altérés de vengeance, le marquis del Dongo se distinguait par
    sa fureur; son exagération le porta naturellement à la tête du parti.
    Ces messieurs, fort honnêtes gens quand ils n’avaient pas peur, mais qui
    tremblaient toujours, parvinrent à circonvenir le général autrichien:
    assez bon homme, il se laissa persuader que la sévérité était de la
    haute politique, et fit arrêter cent cinquante patriotes: c’était bien
    alors ce qu’il y avait de mieux en Italie.

    Bientôt on les déporta aux bouches de Cattaro, et jetés dans des grottes
    souterraines, l’humidité et surtout le manque de pain firent bonne et
    prompte justice de tous ces coquins.

    Le marquis del Dongo eut une grande place, et, comme il joignait une
    avarice sordide à une foule d’autres belles qualités, il se vanta
    publiquement de ne pas envoyer un écu à sa sœur, la comtesse Pietranera:
    toujours folle d’amour, elle ne voulait pas quitter son mari, et mourait
    de faim en France avec lui. La bonne marquise était désespérée; enfin
    elle réussit à dérober quelques petits diamants dans son écrin, que son
    mari lui reprenait tous les soirs pour l’enfermer sous son lit dans une
    caisse de fer: la marquise avait apporté huit cent mille francs de dot
    à son mari, et recevait quatre-vingts francs par mois pour ses dépenses
    personnelles. Pendant les treize mois que les Français passèrent hors de
    Milan, cette femme si timide trouva des prétextes et ne quitta pas le
    noir.

    Nous avouerons que, suivant l’exemple de beaucoup de graves auteurs,
    nous avons commencé l’histoire de notre héros une année avant sa
    naissance. Ce personnage essentiel n’est autre, en effet, que Fabrice
    Valserra, marchesino del Dongo, comme on dit à Milan 1. Il venait
    justement de se donner la peine de naître lorsque les Français furent
    chassés, et se trouvait, par le hasard de la naissance, le second fils
    de ce marquis del Dongo si grand seigneur, et dont vous connaissez déjà
    le gros visage blême, le sourire faux et la haine sans bornes pour les
    idées nouvelles. Toute la fortune de la maison était substituée au fils
    aîné Ascanio del Dongo, le digne portrait de son père. Il avait huit
    ans, et Fabrice deux, lorsque tout à coup ce général Bonaparte, que
    tous les gens bien nés croyaient pendu depuis longtemps, descendit du
    mont Saint-Bernard. Il entra dans Milan: ce moment est encore unique
    dans l’histoire; figurez-vous tout un peuple amoureux fou. Peu de jours
    après, Napoléon gagna la bataille de Marengo. Le reste est inutile à
    dire. L’ivresse des Milanais fut au comble; mais, cette fois, elle
    était mélangée d’idées de vengeance: on avait appris la haine à ce bon
    peuple. Bientôt l’on vit arriver ce qui restait des patriotes déportés
    aux bouches de Cattaro; leur retour fut célébré par une fête nationale.
    Leurs figures pâles, leurs grands yeux étonnés, leurs membres amaigris,
    faisaient un étrange contraste avec la joie qui éclatait de toutes
    parts. Leur arrivée fut le signal du départ pour les familles les plus
    compromises. Le marquis del Dongo fut des premiers à s’enfuir à son
    château de Grianta. Les chefs des grandes familles étaient remplis
    de haine et de peur; mais leurs femmes, leurs filles, se rappelaient
    les joies du premier séjour des Français, et regrettaient Milan et
    les bals si gais, qui aussitôt après Marengo s’organisèrent à la Casa
    Tanzi. Peu de jours après la victoire, le général français, chargé de
    maintenir la tranquillité dans la Lombardie, s’aperçut que tous les
    fermiers des nobles, que toutes les vieilles femmes de la campagne,
    bien loin de songer encore à cette étonnante victoire de Marengo qui
    avait changé les destinées de l’Italie, et reconquis treize places
    fortes en un jour, n’avaient l’âme occupée que d’une prophétie de saint
    Giovita, le premier patron de Brescia. Suivant cette parole sacrée,
    les prospérités des Français et de Napoléon devaient cesser treize
    semaines juste après Marengo. Ce qui excuse un peu le marquis del Dongo
    et tous les nobles boudeurs des campagnes, c’est que réellement et sans
    comédie ils croyaient à la prophétie. Tous ces gens-là n’avaient pas lu
    quatre volumes en leur vie; ils faisaient ouvertement leurs préparatifs
    pour rentrer à Milan au bout des treize semaines, mais le temps, en
    s’écoulant, marquait de nouveaux succès pour la cause de la France. De
    retour à Paris, Napoléon, par de sages décrets, sauvait la révolution
    à l’intérieur, comme il l’avait sauvée à Marengo contre les étrangers.
    Alors les nobles lombards, réfugiés dans leurs châteaux, découvrirent
    que d’abord ils avaient mal compris la prédiction du saint patron de
    Brescia: il ne s’agissait pas de treize semaines, mais bien de treize
    mois. Les treize mois s’écoulèrent, et la prospérité de la France
    semblait s’augmenter tous les jours.

    Nous glissons sur dix années de progrès et de bonheur, de 1800 à
    1810; Fabrice passa les premières au château de Grianta, donnant et
    recevant force coups de poing au milieu des petits paysans du village,
    et n’apprenant rien, pas même à lire. Plus tard, on l’envoya au
    collège des jésuites à Milan. Le marquis son père exigea qu’on lui
    montrât le latin, non point d’après ces vieux auteurs qui parlent
    toujours des républiques, mais sur un magnifique volume orné de plus
    de cent gravures, chef-d’œuvre des artistes du XVIIe siècle; c’était
    la généalogie latine des Valserra, marquis del Dongo, publiée en 1650
    par Fabrice del Dongo, archevêque de Parme. La fortune des Valserra
    étant surtout militaire, les gravures représentaient force batailles,
    et toujours on voyait quelque héros de ce nom donnant de grands coups
    d’épée. Ce livre plaisait fort au jeune Fabrice. Sa mère, qui l’adorait,
    obtenait de temps en temps la permission de venir le voir à Milan; mais
    son mari ne lui offrant jamais d’argent pour ces voyages, c’était sa
    belle-sœur, l’aimable comtesse Pietranera, qui lui en prêtait. Après le
    retour des Français, la comtesse était devenue l’une des femmes les plus
    brillantes de la cour du prince Eugène, vice-roi d’Italie.

    Lorsque Fabrice eut fait sa première communion, elle obtint du marquis,
    toujours exilé volontaire, la permission de le faire sortir quelquefois
    de son collège. Elle le trouva singulier, spirituel, fort sérieux, mais
    joli garçon, et ne déparant point trop le salon d’une femme à la mode;
    du reste, ignorant à plaisir, et sachant à peine écrire. La comtesse,
    qui portait en toutes choses son caractère enthousiaste, promit sa
    protection au chef de l’établissement, si son neveu Fabrice faisait
    des progrès étonnants, et à la fin de l’année avait beaucoup de prix.
    Pour lui donner les moyens de les mériter, elle l’envoyait chercher
    tous les samedis soir, et souvent ne le rendait à ses maîtres que le
    mercredi ou le jeudi. Les jésuites, quoique tendrement chéris par le
    prince vice-roi, étaient repoussés d’Italie par les lois du royaume,
    et le supérieur du collège, homme habile, sentit tout le parti qu’il
    pourrait tirer de ses relations avec une femme toute-puissante à la
    cour. Il n’eut garde de se plaindre des absences de Fabrice, qui, plus
    ignorant que jamais, à la fin de l’année obtint cinq premiers prix. A
    cette condition, la brillante comtesse Pietranera, suivie de son mari,
    général commandant une des divisions de la garde, et de cinq ou six
    des plus grands personnages de la cour du vice-roi, vint assister à la
    distribution des prix chez les jésuites. Le supérieur fut complimenté
    par ses chefs.

    La comtesse conduisait son neveu à toutes ces fêtes brillantes qui
    marquèrent le règne trop court de l’aimable prince Eugène. Elle
    l’avait créé de son autorité officier de hussards, et Fabrice, âgé de
    douze ans, portait cet uniforme. Un jour, la comtesse, enchantée de
    sa jolie tournure, demanda pour lui au prince une place de page, ce
    qui voulait dire que la famille del Dongo se ralliait. Le lendemain,
    elle eut besoin de tout son crédit pour obtenir que le vice-roi voulût
    bien ne pas se souvenir de cette demande, à laquelle rien ne manquait
    que le consentement du père du futur page, et ce consentement eût été
    refusé avec éclat. A la suite de cette folie, qui fit frémir le marquis
    boudeur, il trouva un prétexte pour rappeler à Grianta le jeune Fabrice.
    La comtesse méprisait souverainement son frère; elle le regardait comme
    un sot triste, et qui serait méchant si jamais il en avait le pouvoir.
    Mais elle était folle de Fabrice, et, après dix ans de silence, elle
    écrivit au marquis pour réclamer son neveu: sa lettre fut laissée sans
    réponse.

    A son retour dans ce palais formidable, bâti par le plus belliqueux de
    ses ancêtres, Fabrice ne savait rien au monde que faire l’exercice et
    monter à cheval. Souvent le comte Pietranera, aussi fou de cet enfant
    que sa femme, le faisait monter à cheval, et le menait avec lui à la
    parade.

    En arrivant au château de Grianta, Fabrice, les yeux encore bien
    rouges des larmes répandues en quittant les beaux salons de sa tante,
    ne trouva que les caresses passionnées de sa mère et de ses sœurs. Le
    marquis était enfermé dans son cabinet avec son fils aîné, le marchesino
    Ascanio. Ils y fabriquaient des lettres chiffrées qui avaient l’honneur
    d’être envoyées à Vienne; le père et le fils ne paraissaient qu’aux
    heures des repas. Le marquis répétait avec affectation qu’il apprenait à
    son successeur naturel à tenir, en partie double, le compte des produits
    de chacune de ses terres. Dans le fait, le marquis était trop jaloux de
    son pouvoir pour parler de ces choses-là à un fils, héritier nécessaire
    de toutes ces terres substituées. Il l’employait à chiffrer des dépêches
    de quinze ou vingt pages que deux ou trois fois la semaine il faisait
    passer en Suisse, d’où on les acheminait à Vienne. Le marquis prétendait
    faire connaître à ses souverains légitimes l’état intérieur du royaume
    d’Italie qu’il ne connaissait pas lui-même, et toutefois ses lettres
    avaient beaucoup de succès; voici comment. Le marquis faisait compter
    sur la grande route, par quelque agent sûr, le nombre des soldats de tel
    régiment français ou italien qui changeait de garnison, et, en rendant
    compte du fait à la cour de Vienne, il avait soin de diminuer d’un grand
    quart le nombre des soldats présents. Ces lettres, d’ailleurs ridicules,
    avaient le mérite d’en démentir d’autres plus véridiques, et elles
    plaisaient. Aussi, peu de temps avant l’arrivée de Fabrice au château,
    le marquis avait-il reçu la plaque d’un ordre renommé: c’était la
    cinquième qui ornait son habit de chambellan. A la vérité, il avait le
    chagrin de ne pas oser arborer cet habit hors de son cabinet; mais il ne
    se permettait jamais de dicter une dépêche sans avoir revêtu le costume
    brodé, garni de tous ses ordres. Il eût cru manquer de respect d’en agir
    autrement.

    La marquise fut émerveillée des grâces de son fils. Mais elle avait
    conservé l’habitude d’écrire deux ou trois fois par an au général comte
    d’A***; c’était le nom actuel du lieutenant Robert. La marquise avait
    horreur de mentir aux gens qu’elle aimait; elle interrogea son fils et
    fut épouvantée de son ignorance.

    «S’il me semble peu instruit, se disait-elle, à moi qui ne sais rien,
    Robert, qui est si savant, trouverait son éducation absolument manquée;
    or maintenant il faut du mérite.» Une autre particularité qui l’étonna
    presque autant, c’est que Fabrice avait pris au sérieux toutes les
    choses religieuses qu’on lui avait enseignées chez les jésuites. Quoique
    fort pieuse elle-même, le fanatisme de cet enfant la fit frémir. «Si
    le marquis a l’esprit de deviner ce moyen d’influence, il va m’enlever
    l’amour de mon fils.» Elle pleura beaucoup, et sa passion pour Fabrice
    s’en augmenta.

    La vie de ce château, peuplé de trente ou quarante domestiques, était
    fort triste; aussi Fabrice passait-il toutes ses journées à la chasse
    ou à courir le lac sur une barque. Bientôt il fut étroitement lié avec
    les cochers et les hommes des écuries; tous étaient partisans fous des
    Français et se moquaient ouvertement des valets de chambre dévots,
    attachés à la personne du marquis ou à celle de son fils aîné. Le grand
    sujet de plaisanterie contre ces personnages graves, c’est qu’ils
    portaient de la poudre à l’instar de leurs maîtres.

    CHAPITRE II

    …Alors que Vesper vint embrunir nos yeux,
    Tout épris d’avenir, je contemple les cieux,
    En qui Dieu nous escrit, par notes non obscures,
    Les sorts et les destins de toutes créatures.
    Car lui, du fond des cieux regardant un humain,
    Parfois mû de pitié, lui montre le chemin;
    Par les astres du ciel qui sont ses caractères,
    Les choses nous prédit et bonnes et contraires;
    Mais les hommes, chargés de terre et de trépas,
    Méprisent tel écrit, et ne le lisent pas.
    Ronsard

    Le marquis professait une haine vigoureuse pour les lumières: «Ce
    sont les idées, disait-il, qui ont perdu l’Italie.» Il ne savait trop
    comment concilier cette sainte horreur de l’instruction, avec le désir
    de voir son fils Fabrice perfectionner l’éducation si brillamment
    commencée chez les jésuites. Pour courir le moins de risques possible,
    il chargea le bon abbé Blanès, curé de Grianta, de faire continuer à
    Fabrice ses études en latin. Il eût fallu que le curé lui-même sût
    cette langue; or elle était l’objet de ses mépris; ses connaissances en
    ce genre se bornaient à réciter, par cœur, les prières de son missel,
    dont il pouvait rendre à peu près le sens à ses ouailles. Mais ce curé
    n’en était pas moins fort respecté et même redouté dans le canton; il
    avait toujours dit que ce n’était point en treize semaines ni même en
    treize mois, que l’on verrait s’accomplir la célèbre prophétie de saint
    Giovita, le patron de Brescia. Il ajoutait, quand il parlait à des
    amis sûrs, que ce nombre treize devait être interprété d’une façon qui
    étonnerait bien du monde, s’il était permis de tout dire (1813).

    Le fait est que l’abbé Blanès, personnage d’une honnêteté et d’une vertu
    primitives, et de plus homme d’esprit, passait toutes les nuits au haut
    de son clocher; il était fou d’astrologie. Après avoir usé ses journées
    à calculer des conjonctions et des positions d’étoiles, il employait la
    meilleure part de ses nuits à les suivre dans le ciel. Par suite de sa
    pauvreté, il n’avait d’autre instrument qu’une longue lunette à tuyau
    de carton. On peut juger du mépris qu’avait pour l’étude des langues un
    homme qui passait sa vie à découvrir l’époque précise de la chute des
    empires et des révolutions qui changent la face du monde. «Que sais-je
    de plus sur un cheval, disait-il à Fabrice, depuis qu’on m’a appris
    qu’en latin il s’appelle equus?»

    Les paysans redoutaient l’abbé Blanès comme un grand magicien: pour lui,
    à l’aide de la peur qu’inspiraient ses stations dans le clocher, il les
    empêchait de voler. Ses confrères les curés des environs, fort jaloux de
    son influence, le détestaient; le marquis del Dongo le méprisait tout
    simplement parce qu’il raisonnait trop pour un homme de si bas étage.
    Fabrice l’adorait: pour lui plaire il passait quelquefois des soirées
    entières à faire des additions ou des multiplications énormes. Puis
    il montait au clocher: c’était une grande faveur et que l’abbé Blanès
    n’avait jamais accordée à personne; mais il aimait cet enfant pour sa
    naïveté.

    –Si tu ne deviens pas hypocrite, lui disait-il, peut-être tu seras un
    homme.

    Deux ou trois fois par an, Fabrice, intrépide et passionné dans ses
    plaisirs, était sur le point de se noyer dans le lac. Il était le chef
    de toutes les grandes expéditions des petits paysans de Grianta et de
    la Cadenabia. Ces enfants s’étaient procuré quelques petites clefs, et
    quand la nuit était bien noire, ils essayaient d’ouvrir les cadenas
    de ces chaînes qui attachent les bateaux à quelque grosse pierre ou
    à quelque arbre voisin du rivage. Il faut savoir que sur le lac de
    Côme l’industrie des pêcheurs place des lignes dormantes à une grande
    distance des bords. L’extrémité supérieure de la corde est attachée
    à une planchette doublée de liège, et une branche de coudrier très
    flexible, fichée sur cette planchette, soutient une petite sonnette qui
    tinte lorsque le poisson, pris à la ligne, donne des secousses à la
    corde.

    Le grand objet de ces expéditions nocturnes, que Fabrice commandait en
    chef, était d’aller visiter les lignes dormantes, avant que les pêcheurs
    eussent entendu l’avertissement donné par les petites clochettes.
    On choisissait les temps d’orage; et, pour ces parties hasardeuses,
    on s’embarquait le matin, une heure avant l’aube. En montant dans
    la barque, ces enfants croyaient se précipiter dans les plus grands
    dangers, c’était là le beau côté de leur action; et, suivant l’exemple
    de leurs pères, ils récitaient dévotement un Ave Maria. Or, il arrivait
    souvent qu’au moment du départ, et à l’instant qui suivait l’Ave
    Maria, Fabrice était frappé d’un présage. C’était là le fruit qu’il
    avait retiré des études astrologiques de son ami l’abbé Blanès, aux
    prédictions duquel il ne croyait point. Suivant sa jeune imagination,
    ce présage lui annonçait avec certitude le bon ou le mauvais succès;
    et comme il avait plus de résolution qu’aucun de ses camarades, peu à
    peu toute la troupe prit tellement l’habitude des présages, que si, au
    moment de s’embarquer, on apercevait sur la côte un prêtre, ou si l’on
    voyait un corbeau s’envoler à main gauche, on se hâtait de remettre le
    cadenas à la chaîne du bateau, et chacun allait se recoucher. Ainsi
    l’abbé Blanès n’avait pas communiqué sa science assez difficile à
    Fabrice; mais à son insu, il lui avait inoculé une confiance illimitée
    dans les signes qui peuvent prédire l’avenir.

    Le marquis sentait qu’un accident arrivé à sa correspondance chiffrée
    pouvait le mettre à la merci de sa sœur; aussi tous les ans, à l’époque
    de la Sainte-Angela, fête de la comtesse Pietranera, Fabrice obtenait la
    permission d’aller passer huit jours à Milan. Il vivait toute l’année
    dans l’espérance ou le regret de ces huit jours. En cette grande
    occasion, pour accomplir ce voyage politique, le marquis remettait à
    son fils quatre écus, et, suivant l’usage, ne donnait rien à sa femme,
    qui le menait. Mais un des cuisiniers, six laquais et un cocher avec
    deux chevaux, partaient pour Côme, la veille du voyage, et chaque jour,
    à Milan, la marquise trouvait une voiture à ses ordres, et un dîner de
    douze couverts.

    Le genre de vie boudeur que menait le marquis del Dongo était assurément
    fort peu divertissant; mais il avait cet avantage qu’il enrichissait
    à jamais les familles qui avaient la bonté de s’y livrer. Le marquis,
    qui avait plus de deux cent mille livres de rente, n’en dépensait pas
    le quart; il vivait d’espérances. Pendant les treize années de 1800 à
    1813, il crut constamment et fermement que Napoléon serait renversé
    avant six mois. Qu’on juge de son ravissement quand, au commencement
    de 1813, il apprit les désastres de la Bérésina! La prise de Paris et
    la chute de Napoléon faillirent lui faire perdre la tête; il se permit
    alors les propos les plus outrageants envers sa femme et sa sœur. Enfin,
    après quatorze années d’attente, il eut cette joie inexprimable de
    voir les troupes autrichiennes rentrer dans Milan. D’après les ordres
    venus de Vienne, le général autrichien reçut le marquis del Dongo avec
    une considération voisine du respect; on se hâta de lui offrir une
    des premières places dans le gouvernement, et il l’accepta comme le
    paiement d’une dette. Son fils aîné eut une lieutenance dans l’un des
    plus beaux régiments de la monarchie; mais le second ne voulut jamais
    accepter une place de cadet qui lui était offerte. Ce triomphe, dont
    le marquis jouissait avec une insolence rare, ne dura que quelques
    mois, et fut suivi d’un revers humiliant. Jamais il n’avait eu le
    talent des affaires, et quatorze années passées à la campagne, entre
    ses valets, son notaire et son médecin, jointes à la mauvaise humeur
    de la vieillesse qui était survenue, en avaient fait un homme tout
    à fait incapable. Or il n’est pas possible, en pays autrichien, de
    conserver une place importante sans avoir le genre de talent que réclame
    l’administration lente et compliquée, mais fort raisonnable, de cette
    vieille monarchie. Les bévues du marquis del Dongo scandalisaient
    les employés et même arrêtaient la marche des affaires. Ses propos
    ultra-monarchiques irritaient les populations qu’on voulait plonger
    dans le sommeil et l’incurie. Un beau jour, il apprit que Sa Majesté
    avait daigné accepter gracieusement la démission qu’il donnait de son
    emploi dans l’administration, et en même temps lui conférait la place de
    second grand majordome major du royaume lombardo-vénitien. Le marquis
    fut indigné de l’injustice atroce dont il était victime; il fit imprimer
    une lettre à un ami, lui qui exécrait tellement la liberté de la presse.
    Enfin il écrivit à l’Empereur que ses ministres le trahissaient, et
    n’étaient que des jacobins. Ces choses faites, il revint tristement
    à son château de Grianta. Il eut une consolation. Après la chute de
    Napoléon, certains personnages puissants à Milan firent assommer dans
    les rues le comte Prina, ancien ministre du roi d’Italie, et homme du
    premier mérite. Le comte Pietranera exposa sa vie pour sauver celle du
    ministre, qui fut tué à coups de parapluie, et dont le supplice dura
    cinq heures. Un prêtre, confesseur du marquis del Dongo, eût pu sauver
    Prina en lui ouvrant la grille de l’église de San Giovanni, devant
    laquelle on traînait le malheureux ministre, qui même un instant fut
    abandonné dans le ruisseau, au milieu de la rue; mais il refusa d’ouvrir
    sa grille avec dérision, et, six mois après, le marquis eut le bonheur
    de lui faire obtenir un bel avancement.

    Il exécrait le comte Pietranera, son beau-frère, lequel, n’ayant pas
    cinquante louis de rente, osait être assez content, s’avisait de se
    montrer fidèle à ce qu’il avait aimé toute sa vie, et avait l’insolence
    de prôner cet esprit de justice sans acceptation de personnes, que le
    marquis appelait un jacobinisme infâme. Le comte avait refusé de prendre
    du service en Autriche, on fit valoir ce refus, et, quelques mois après
    la mort de Prina, les mêmes personnages qui avaient payé les assassins
    obtinrent que le général Pietranera serait jeté en prison. Sur quoi la
    comtesse, sa femme, prit un passeport et demanda des chevaux de poste
    pour aller à Vienne dire la vérité à l’Empereur. Les assassins de Prina
    eurent peur, et l’un d’eux, cousin de Mme Pietranera, vint lui apporter
    à minuit, une heure avant son départ pour Vienne, l’ordre de mettre
    en liberté son mari. Le lendemain, le général autrichien fit appeler
    le comte Pietranera, le reçut avec toute la distinction possible, et
    l’assura que sa pension de retraite ne tarderait pas à être liquidée sur
    le pied le plus avantageux. Le brave général Bubna, homme d’esprit et de
    cœur, avait l’air tout honteux de l’assassinat de Prina et de la prison
    du comte.

    Après cette bourrasque, conjurée par le caractère ferme de la comtesse,
    les deux époux vécurent, tant bien que mal, avec la pension de retraite,
    qui, grâce à la recommandation du général Bubna, ne se fit pas attendre.

    Par bonheur, il se trouva que, depuis cinq ou six ans, la comtesse avait
    beaucoup d’amitié pour un jeune homme fort riche, lequel était aussi
    ami intime du comte, et ne manquait pas de mettre à leur disposition le
    plus bel attelage de chevaux anglais qui fût alors à Milan, sa loge au
    théâtre de la Scala, et son château à la campagne. Mais le comte avait
    la conscience de sa bravoure, son âme était généreuse, il s’emportait
    facilement, et alors se permettait d’étranges propos. Un jour qu’il
    était à la chasse avec des jeunes gens, l’un d’eux, qui avait servi
    sous d’autres drapeaux que lui, se mit à faire des plaisanteries sur la
    bravoure des soldats de la république cisalpine; le comte lui donna un
    soufflet, l’on se battit aussitôt, et le comte, qui était seul de son
    bord, au milieu de tous ces jeunes gens, fut tué. On parla beaucoup de
    cette espèce de duel, et les personnes qui s’y étaient trouvées prirent
    le parti d’aller voyager en Suisse.

    Ce courage ridicule qu’on appelle résignation, le courage d’un sot qui
    se laisse prendre sans mot dire n’était point à l’usage de la comtesse.
    Furieuse de la mort de son mari, elle aurait voulu que Limercati, ce
    jeune homme riche, son ami intime, prît aussi la fantaisie de voyager en
    Suisse, et de donner un coup de carabine ou un soufflet au meurtrier du
    comte Pietranera.

    Limercati trouva ce projet d’un ridicule achevé et la comtesse s’aperçut
    que chez elle le mépris avait tué l’amour. Elle redoubla d’attention
    pour Limercati; elle voulait réveiller son amour, et ensuite le
    planter là et le mettre au désespoir. Pour rendre ce plan de vengeance
    intelligible en France, je dirai qu’à Milan, pays fort éloigné du
    nôtre, on est encore au désespoir par amour. La comtesse, qui, dans
    ses habits de deuil, éclipsait de bien loin toutes ses rivales, fit
    des coquetteries aux jeunes gens qui tenaient le haut du pavé, et l’un
    d’eux, le comte N…, qui, de tout temps, avait dit qu’il trouvait le
    mérite de Limercati un peu lourd, un peu empesé pour une femme d’autant
    d’esprit, devint amoureux fou de la comtesse. Elle écrivit à Limercati:

    Voulez-vous agir une fois en homme d’esprit?
    Figurez-vous que vous ne m’avez jamais connue.
    Je suis, avec un peu de mépris peut-être,
    votre très humble servante.
    G<small>INA</small> P<small>IETRANERA</small>.

    A la lecture de ce billet, Limercati partit pour un de ses châteaux;
    son amour s’exalta, il devint fou, et parla de se brûler la cervelle,
    chose inusitée dans les pays à enfer. Dès le lendemain de son arrivée
    à la campagne, il avait écrit à la comtesse pour lui offrir sa main et
    ses deux cent mille livres de rente. Elle lui renvoya sa lettre non
    décachetée par le groom du comte N… Sur quoi Limercati a passé trois
    ans dans ses terres, revenant tous les deux mois à Milan, mais sans
    avoir jamais le courage d’y rester, et ennuyant tous ses amis de son
    amour passionné pour la comtesse, et du récit circonstancié des bontés
    que jadis elle avait pour lui. Dans les commencements, il ajoutait
    qu’avec le comte N… elle se perdait, et qu’une telle liaison la
    déshonorait.

    Le fait est que la comtesse n’avait aucune sorte d’amour pour le comte
    N…, et c’est ce qu’elle lui déclara quand elle fut tout à fait sûre du
    désespoir de Limercati. Le comte, qui avait de l’usage, la pria de ne
    point divulguer la triste vérité dont elle lui faisait confidence:

    –Si vous avez l’extrême indulgence, ajouta-t-il, de continuer à me
    recevoir avec toutes les distinctions extérieures accordées à l’amant
    régnant, je trouverai peut-être une place convenable.

    Après cette déclaration héroïque la comtesse ne voulut plus des chevaux
    ni de la loge du comte N… Mais depuis quinze ans elle était accoutumée
    à la vie la plus élégante: elle eut à résoudre ce problème difficile ou
    pour mieux dire impossible: vivre à Milan avec une pension de quinze
    cents francs. Elle quitta son palais, loua deux chambres à un cinquième
    étage, renvoya tous ses gens et jusqu’à sa femme de chambre remplacée
    par une pauvre vieille faisant des ménages. Ce sacrifice était dans le
    fait moins héroïque et moins pénible qu’il ne nous semble; à Milan la
    pauvreté n’est pas un ridicule, et partant ne se montre pas aux âmes
    effrayées comme le pire des maux. Après quelques mois de cette pauvreté
    noble, assiégée par les lettres continuelles de Limercati, et même du
    comte N… qui lui aussi voulait épouser, il arriva que le marquis del
    Dongo, ordinairement d’une avarice exécrable, vint à penser que ses
    ennemis pourraient bien triompher de la misère de sa sœur. Quoi! une del
    Dongo être réduite à vivre avec la pension que la cour de Vienne, dont
    il avait tant à se plaindre, accorde aux veuves de ses généraux!

    Il lui écrivit qu’un appartement et un traitement dignes de sa sœur
    l’attendaient au château de Grianta. L’âme mobile de la comtesse
    embrassa avec enthousiasme l’idée de ce nouveau genre de vie; il y avait
    vingt ans qu’elle n’avait pas habité ce château vénérable s’élevant
    majestueusement au milieu des vieux châtaigniers plantés du temps des
    Sforce. «Là, se disait-elle, je trouverai le repos, et, à mon âge,
    n’est-ce pas le bonheur? (Comme elle avait trente et un ans elle se
    croyait arrivée au moment de la retraite.) Sur ce lac sublime où je suis
    née, m’attend enfin une vie heureuse et paisible.»

    Je ne sais si elle se trompait, mais ce qu’il y a de sûr c’est que cette
    âme passionnée, qui venait de refuser si lestement l’offre de deux
    immenses fortunes, apporta le bonheur au château de Grianta. Ses deux
    nièces étaient folles de joie.

    –Tu m’as rendu les beaux jours de la jeunesse, lui disait la marquise
    en l’embrassant; la veille de ton arrivée, j’avais cent ans. La comtesse
    se mit à revoir, avec Fabrice, tous ces lieux enchanteurs voisins de
    Grianta, et si célébrés par les voyageurs: la villa Melzi de l’autre
    côté du lac, vis-à-vis le château, et qui lui sert de point de vue,
    au-dessus le bois sacré des Sfondrata, et le hardi promontoire qui
    sépare les deux branches du lac, celle de Côme, si voluptueuse, et celle
    qui court vers Lecco, pleine de sévérité: aspects sublimes et gracieux,
    que le site le plus renommé du monde, la baie de Naples, égale, mais
    ne surpasse point. C’était avec ravissement que la comtesse retrouvait
    les souvenirs de sa première jeunesse et les comparait à ses sensations
    actuelles. «Le lac de Côme, se disait-elle, n’est point environné, comme
    le lac de Genève, de grandes pièces de terre bien closes et cultivées
    selon les meilleures méthodes, choses qui rappellent l’argent et la
    spéculation. Ici de tous côtés je vois des collines d’inégales hauteurs
    couvertes de bouquets d’arbres plantés par le hasard, et que la main
    de l’homme n’a point encore gâtés et forcés à rendre du revenu. Au
    milieu de ces collines aux formes admirables et se précipitant vers le
    lac par des pentes si singulières, je puis garder toutes les illusions
    des descriptions du Tasse et de l’Arioste. Tout est noble et tendre,
    tout parle d’amour, rien ne rappelle les laideurs de la civilisation.
    Les villages situés à mi-côte sont cachés par de grands arbres, et
    au-dessus des sommets des arbres s’élève l’architecture charmante de
    leurs jolis clochers. Si quelque petit champ de cinquante pas de large
    vient interrompre de temps à autre les bouquets de châtaigniers et de
    cerisiers sauvages, l’œil satisfait y voit croître des plantes plus
    vigoureuses et plus heureuses là qu’ailleurs. Par-delà ces collines,
    dont le faîte offre des ermitages qu’on voudrait tous habiter, l’œil
    étonné aperçoit les pics des Alpes, toujours couverts de neige, et leur
    austérité sévère lui rappelle des malheurs de la vie ce qu’il en faut
    pour accroître la volupté présente. L’imagination est touchée par le son
    lointain de la cloche de quelque petit village caché sous les arbres:
    ces sons portés sur les eaux qui les adoucissent prennent une teinte de
    douce mélancolie et de résignation, et semblent dire à l’homme: La vie
    s’enfuit, ne te montre donc point si difficile envers le bonheur qui se
    présente, hâte-toi de jouir.» Le langage de ces lieux ravissants, et qui
    n’ont point de pareils au monde, rendit à la comtesse son cœur de seize
    ans. Elle ne concevait pas comment elle avait pu passer tant d’années
    sans revoir le lac. «Est-ce donc au commencement de la vieillesse,
    se disait-elle, que le bonheur se serait réfugié?» Elle acheta une
    barque que Fabrice, la marquise et elle ornèrent de leurs mains, car
    on manquait d’argent pour tout, au milieu de l’état de maison le plus
    splendide; depuis sa disgrâce le marquis del Dongo avait redoublé de
    faste aristocratique. Par exemple, pour gagner dix pas de terrain sur le
    lac, près de la fameuse allée de platanes, à côté de la Cadenabia, il
    faisait construire une digue dont le devis allait à quatre-vingt mille
    francs. A l’extrémité de la digue on voyait s’élever, sur les dessins
    du fameux marquis Cagnola, une chapelle bâtie tout entière en blocs de
    granit énormes, et, dans la chapelle, Marchesi, le sculpteur à la mode
    de Milan, lui bâtissait un tombeau sur lequel des bas-reliefs nombreux
    devaient représenter les belles actions de ses ancêtres.

    Le frère aîné de Fabrice, le marchesino Ascagne, voulut se mettre des
    promenades de ces dames; mais sa tante jetait de l’eau sur ses cheveux
    poudrés, et avait tous les jours quelque nouvelle niche à lancer à sa
    gravité. Enfin il délivra de l’aspect de sa grosse figure blafarde la
    joyeuse troupe qui n’osait rire en sa présence. On pensait qu’il était
    l’espion du marquis son père, et il fallait ménager ce despote sévère et
    toujours furieux depuis sa démission forcée.

    Ascagne jura de se venger de Fabrice.

    Il y eut une tempête où l’on courut des dangers; quoiqu’on eût
    infiniment peu d’argent, on paya généreusement les deux bateliers
    pour qu’ils ne dissent rien au marquis, qui déjà témoignait beaucoup
    d’humeur de ce qu’on emmenait ses deux filles. On rencontra une seconde
    tempête; elles sont terribles et imprévues sur ce beau lac: des rafales
    de vent sortent à l’improviste de deux gorges de montagnes placées
    dans des directions opposées et luttent sur les eaux. La comtesse
    voulut débarquer au milieu de l’ouragan et des coups de tonnerre; elle
    prétendait que, placée sur un rocher isolé au milieu du lac, et grand
    comme une petite chambre, elle aurait un spectacle singulier; elle se
    verrait assiégée de toutes parts par des vagues furieuses, mais, en
    sautant de la barque, elle tomba dans l’eau. Fabrice se jeta après elle
    pour la sauver, et tous deux furent entraînés assez loin. Sans doute
    il n’est pas beau de se noyer, mais l’ennui, tout étonné, était banni
    du château féodal. La comtesse s’était passionnée pour le caractère
    primitif et pour l’astrologie de l’abbé Blanès. Le peu d’argent qui lui
    restait après l’acquisition de la barque avait été employé à acheter un
    petit télescope de rencontre, et presque tous les soirs, avec ses nièces
    et Fabrice, elle allait s’établir sur la plate-forme d’une des tours
    gothiques du château. Fabrice était le savant de la troupe, et l’on
    passait là plusieurs heures fort gaiement, loin des espions.

    Il faut avouer qu’il y avait des journées où la comtesse n’adressait la
    parole à personne; on la voyait se promener sous les hauts châtaigniers,
    plongée dans de sombres rêveries; elle avait trop d’esprit pour ne pas
    sentir parfois l’ennui qu’il y a à ne pas échanger ses idées. Mais le
    lendemain elle riait comme la veille: c’étaient les doléances de la
    marquise, sa belle-sœur, qui produisaient ces impressions sombres sur
    cette âme naturellement si agissante.

    –Passerons-nous donc ce qui nous reste de jeunesse dans ce triste
    château! s’écriait la marquise.

    Avant l’arrivée de la comtesse, elle n’avait pas même le courage d’avoir
    de ces regrets.

    L’on vécut ainsi pendant l’hiver de 1814 à 1815. Deux fois, malgré sa
    pauvreté, la comtesse vint passer quelques jours à Milan; il s’agissait
    de voir un ballet sublime de Vigano, donné au théâtre de la Scala, et le
    marquis ne défendait point à sa femme d’accompagner sa belle-sœur. On
    allait toucher les quartiers de la petite pension, et c’était la pauvre
    veuve du général cisalpin qui prêtait quelques sequins à la richissime
    marquise del Dongo. Ces parties étaient charmantes; on invitait à dîner
    de vieux amis, et l’on se consolait en riant de tout, comme de vrais
    enfants. Cette gaieté italienne, pleine de brio et d’imprévu, faisait
    oublier la tristesse sombre que les regards du marquis et de son fils
    aîné répandaient autour d’eux à Grianta. Fabrice, à peine âgé de seize
    ans, représentait fort bien le chef de la maison.

    Le 7 mars 1815, les dames étaient de retour, depuis l’avant-veille, d’un
    charmant petit voyage de Milan; elles se promenaient dans la belle allée
    de platanes récemment prolongée sur l’extrême bord du lac. Une barque
    parut, venant du côté de Côme, et fit des signes singuliers. Un agent
    du marquis sauta sur la digue: Napoléon venait de débarquer au golfe
    de Juan. L’Europe eut la bonhomie d’être surprise de cet événement,
    qui ne surprit point le marquis del Dongo; il écrivit à son souverain
    une lettre pleine d’effusion de cœur; il lui offrait ses talents et
    plusieurs millions, et lui répétait que ses ministres étaient des
    jacobins d’accord avec les meneurs de Paris.

    Le 8 mars, à six heures du matin, le marquis, revêtu de ses insignes,
    se faisait dicter, par son fils aîné, le brouillon d’une troisième
    dépêche politique; il s’occupait avec gravité à la transcrire de sa
    belle écriture soignée, sur du papier portant en filigrane l’effigie du
    souverain. Au même instant, Fabrice se faisait annoncer chez la comtesse
    Pietranera.

    –Je pars, lui dit-il, je vais rejoindre l’Empereur, qui est aussi roi
    d’Italie; il avait tant d’amitié pour ton mari! Je passe par la Suisse.
    Cette nuit, à Menagio, mon ami Vasi, le marchand de baromètres, m’a
    donné son passeport; maintenant donne-moi quelques napoléons, car je
    n’en ai que deux à moi; mais s’il le faut, j’irai à pied.

    La comtesse pleurait de joie et d’angoisse.

    –Grand Dieu! pourquoi faut-il que cette idée te soit venue!
    s’écriait-elle en saisissant les mains de Fabrice.

    Elle se leva et alla prendre dans l’armoire au linge, où elle était
    soigneusement cachée, une petite bourse ornée de perles; c’était tout ce
    qu’elle possédait au monde.

    –Prends, dit-elle à Fabrice; mais au nom de Dieu! ne te fais pas tuer.
    Que restera-t-il à ta malheureuse mère et à moi, si tu nous manques?
    Quant au succès de Napoléon, il est impossible, mon pauvre ami; nos
    messieurs sauront bien le faire périr. N’as-tu pas entendu, il y a huit
    jours, à Milan, l’histoire des vingt-trois projets d’assassinat tous
    si bien combinés et auxquels il n’échappa que par miracle? et alors
    il était tout-puissant. Et tu as vu que ce n’est pas la volonté de le
    perdre qui manque à nos ennemis; la France n’était plus rien depuis son
    départ.

    C’était avec l’accent de l’émotion la plus vive que la comtesse parlait
    à Fabrice des futures destinées de Napoléon.

    –En te permettant d’aller le rejoindre, je lui sacrifie ce que j’ai de
    plus cher au monde, disait-elle. Les yeux de Fabrice se mouillèrent, il
    répandit des larmes en embrassant la comtesse, mais sa résolution de
    partir ne fut pas un instant ébranlée. Il expliquait avec effusion à
    cette amie si chère toutes les raisons qui le déterminaient, et que nous
    prenons la liberté de trouver bien plaisantes.

    –Hier soir, il était six heures moins sept minutes, nous nous
    promenions, comme tu sais, sur le bord du lac dans l’allée de platanes,
    au-dessous de la Casa Sommariva, et nous marchions vers le sud. Là,
    pour la première fois, j’ai remarqué au loin le bateau qui venait de
    Côme, porteur d’une si grande nouvelle. Comme je regardais ce bateau
    sans songer à l’Empereur, et seulement enviant le sort de ceux qui
    peuvent voyager, tout à coup j’ai été saisi d’une émotion profonde. Le
    bateau a pris terre, l’agent a parlé bas à mon père, qui a changé de
    couleur, et nous a pris à part pour nous annoncer la terrible nouvelle.
    Je me tournai vers le lac sans autre but que de cacher les larmes de
    joie dont mes yeux étaient inondés. Tout à coup, à une hauteur immense
    et à ma droite j’ai vu un aigle, l’oiseau de Napoléon; il volait
    majestueusement, se dirigeant vers la Suisse, et par conséquent vers
    Paris. Et moi aussi, me suis-je dit à l’instant, je traverserai la
    Suisse avec la rapidité de l’aigle, et j’irai offrir à ce grand homme
    bien peu de chose, mais enfin tout ce que je puis offrir, le secours de
    mon faible bras. Il voulut nous donner une patrie et il aima mon oncle.
    A l’instant, quand je voyais encore l’aigle, par un effet singulier
    mes larmes se sont taries; et la preuve que cette idée vient d’en
    haut, c’est qu’au même moment, sans discuter, j’ai pris ma résolution
    et j’ai vu les moyens d’exécuter ce voyage. En un clin d’œil toutes
    les tristesses qui, comme tu sais, empoisonnent ma vie, surtout les
    dimanches, ont été comme enlevées par un souffle divin. J’ai vu cette
    grande image de l’Italie se relever de la fange où les Allemands la
    retiennent plongée 2; elle étendait ses bras meurtris et encore à demi
    chargés de chaînes vers son roi et son libérateur. Et moi, me suis-je
    dit, fils encore inconnu de cette mère malheureuse, je partirai, j’irai
    mourir ou vaincre avec cet homme marqué par le destin, et qui voulut
    nous laver du mépris que nous jettent même les plus esclaves et les plus
    vils parmi les habitants de l’Europe.

    «Tu sais, ajouta-t-il à voix basse en se rapprochant de la comtesse,
    et fixant sur elle ses yeux d’où jaillissaient des flammes, tu sais ce
    jeune marronnier que ma mère, l’hiver de ma naissance, planta elle-même
    au bord de la grande fontaine dans notre forêt, à deux lieues d’ici:
    avant de rien faire, j’ai voulu l’aller visiter. Le printemps n’est pas
    trop avancé, me disais-je: eh bien! si mon arbre a des feuilles, ce sera
    un signe pour moi. Moi aussi je dois sortir de l’état de torpeur où je
    languis dans ce triste et froid château. Ne trouves-tu pas que ces vieux
    murs noircis, symboles maintenant et autrefois moyens du despotisme,
    sont une véritable image du triste hiver? ils sont pour moi ce que
    l’hiver est pour mon arbre.

    «Le croirais-tu, Gina? hier soir à sept heures et demie j’arrivais à mon
    marronnier; il avait des feuilles, de jolies petites feuilles déjà assez
    grandes! Je les baisai sans leur faire de mal. J’ai bêché la terre avec
    respect à l’entour de l’arbre chéri. Aussitôt, rempli d’un transport
    nouveau, j’ai traversé la montagne; je suis arrivé à Menagio: il me
    fallait un passeport pour entrer en Suisse. Le temps avait volé, il
    était déjà une heure du matin quand je me suis vu à la porte de Vasi. Je
    pensais devoir frapper longtemps pour le réveiller; mais il était debout
    avec trois de ses amis. A mon premier mot: «Tu vas rejoindre Napoléon!»
    s’est-il écrié, et il m’a sauté au cou. Les autres aussi m’ont embrassé
    avec transport. «Pourquoi suis-je marié!» disait l’un d’eux.

    Mme Pietranera était devenue pensive; elle crut devoir présenter
    quelques objections. Si Fabrice eût eu la moindre expérience, il eût
    bien vu que la comtesse elle-même ne croyait pas aux bonnes raisons
    qu’elle se hâtait de lui donner. Mais, à défaut d’expérience, il avait
    de la résolution; il ne daigna pas même écouter ces raisons. La comtesse
    se réduisit bientôt à obtenir de lui que du moins il fît part de son
    projet à sa mère.

    –Elle le dira à mes sœurs, et ces femmes me trahiront à leur insu!
    s’écria Fabrice avec une sorte de hauteur héroïque.

    –Parlez donc avec plus de respect, dit la comtesse souriant au milieu
    de ses larmes, du sexe qui fera votre fortune; car vous déplairez
    toujours aux hommes, vous avez trop de feu pour les âmes prosaïques.

    La marquise fondit en larmes en apprenant l’étrange projet de son
    fils; elle n’en sentait pas l’héroïsme, et fit tout son possible pour
    le retenir. Quand elle fut convaincue que rien au monde, excepté les
    murs d’une prison, ne pourrait l’empêcher de partir, elle lui remit
    le peu d’argent qu’elle possédait; puis elle se souvint qu’elle avait
    depuis la veille huit ou dix petits diamants valant peut-être dix mille
    francs, que le marquis lui avait confiés pour les faire monter à Milan.
    Les sœurs de Fabrice entrèrent chez leur mère tandis que la comtesse
    cousait ces diamants dans l’habit de voyage de notre héros; il rendait à
    ces pauvres femmes leurs chétifs napoléons. Ses sœurs furent tellement
    enthousiasmées de son projet, elles l’embrassaient avec une joie si
    bruyante qu’il prit à la main quelques diamants qui restaient encore à
    cacher, et voulut partir sur-le-champ.

    –Vous me trahiriez à votre insu, dit-il à ses sœurs. Puisque j’ai
    tant d’argent, il est inutile d’emporter des hardes; on en trouve
    partout. Il embrassa ces personnes qui lui étaient si chères, et partit
    à l’instant même sans vouloir rentrer dans sa chambre. Il marcha si
    vite, craignant toujours d’être poursuivi par des gens à cheval, que le
    soir même il entrait à Lugano. Grâce à Dieu, il était dans une ville
    suisse, et ne craignait plus d’être violenté sur la route solitaire par
    des gendarmes payés par son père. De ce lieu, il lui écrivit une belle
    lettre, faiblesse d’enfant qui donna de la consistance à la colère du
    marquis. Fabrice prit la poste, passa le Saint-Gothard; son voyage
    fut rapide, et il entra en France par Pontarlier. L’Empereur était à
    Paris. Là commencèrent les malheurs de Fabrice; il était parti dans la
    ferme intention de parler à l’Empereur: jamais il ne lui était venu
    à l’esprit que ce fût chose difficile. A Milan, dix fois par jour il
    voyait le prince Eugène et eût pu lui adresser la parole. A Paris, tous
    les matins, il allait dans la cour du château des Tuileries assister
    aux revues passées par Napoléon; mais jamais il ne put approcher de
    l’Empereur. Notre héros croyait tous les Français profondément émus
    comme lui de l’extrême danger que courait la patrie. A la table de
    l’hôtel où il était descendu, il ne fit point mystère de ses projets
    et de son dévouement; il trouva des jeunes gens d’une douceur aimable,
    encore plus enthousiastes que lui, et qui, en peu de jours, ne
    manquèrent pas de lui voler tout l’argent qu’il possédait. Heureusement,
    par pure modestie, il n’avait pas parlé des diamants donnés par sa mère.
    Le matin où, à la suite d’une orgie, il se trouva décidément volé,
    il acheta deux beaux chevaux, prit pour domestique un ancien soldat
    palefrenier du maquignon, et, dans son mépris pour les jeunes Parisiens
    beaux parleurs, partit pour l’armée. Il ne savait rien, sinon qu’elle se
    rassemblait vers Maubeuge. A peine fut-il arrivé sur la frontière, qu’il
    trouva ridicule de se tenir dans une maison, occupé à se chauffer devant
    une bonne cheminée, tandis que des soldats bivouaquaient. Quoi que pût
    lui dire son domestique, qui ne manquait pas de bon sens, il courut se
    mêler imprudemment aux bivouacs de l’extrême frontière, sur la route de
    Belgique. A peine fut-il arrivé au premier bataillon placé à côté de la
    route, que les soldats se mirent à regarder ce jeune bourgeois, dont la
    mise n’avait rien qui rappelât l’uniforme. La nuit tombait, il faisait
    un vent froid. Fabrice s’approcha d’un feu, et demanda l’hospitalité en
    payant. Les soldats se regardèrent étonnés surtout de l’idée de payer,
    et lui accordèrent avec bonté une place au feu; son domestique lui
    fit un abri. Mais, une heure après, l’adjudant du régiment passant à
    portée du bivouac, les soldats allèrent lui raconter l’arrivée de cet
    étranger parlant mal français. L’adjudant interrogea Fabrice, qui lui
    parla de son enthousiasme pour l’Empereur avec un accent fort suspect;
    sur quoi ce sous-officier le pria de le suivre jusque chez le colonel,
    établi dans une ferme voisine. Le domestique de Fabrice s’approcha
    avec les deux chevaux. Leur vue parut frapper si vivement l’adjudant
    sous-officier, qu’aussitôt il changea de pensée, et se mit à interroger
    aussi le domestique. Celui-ci, ancien soldat, devinant d’abord le plan
    de campagne de son interlocuteur, parla des protections qu’avait son
    maître, ajoutant que, certes, on ne lui chiperait pas ses beaux chevaux.
    Aussitôt un soldat appelé par l’adjudant lui mit la main sur le collet;
    un autre soldat prit soin des chevaux, et, d’un air sévère, l’adjudant
    ordonna à Fabrice de le suivre sans répliquer.

    Après lui avoir fait faire une bonne lieue, à pied, dans l’obscurité
    rendue plus profonde en apparence par le feu des bivouacs qui de toutes
    parts éclairaient l’horizon, l’adjudant remit Fabrice à un officier
    de gendarmerie qui, d’un air grave, lui demanda ses papiers. Fabrice
    montra son passeport qui le qualifiait marchand de baromètres portant sa
    marchandise.

    –Sont-ils bêtes, s’écria l’officier, c’est aussi trop fort!

    Il fit des questions à notre héros qui parla de l’Empereur et de la
    liberté dans les termes du plus vif enthousiasme; sur quoi l’officier de
    gendarmerie fut saisi d’un rire fou.

    –Parbleu! tu n’es pas trop adroit! s’écria-t-il. Il est un peu fort de
    café que l’on ose nous expédier des blancs-becs de ton espèce!

    Et quoi que pût dire Fabrice, qui se tuait à expliquer qu’en effet il
    n’était pas marchand de baromètres, l’officier l’envoya à la prison de
    B…, petite ville du voisinage où notre héros arriva sur les trois
    heures du matin, outré de fureur et mort de fatigue.

    Fabrice, d’abord étonné, puis furieux, ne comprenant absolument rien
    à ce qui lui arrivait, passa trente-trois longues journées dans cette
    misérable prison; il écrivait lettres sur lettres au commandant de la
    place, et c’était la femme du geôlier, belle Flamande de trente-six
    ans, qui se chargeait de les faire parvenir. Mais comme elle n’avait
    nulle envie de faire fusiller un aussi joli garçon, et que d’ailleurs
    il payait bien, elle ne manquait pas de jeter au feu toutes ces
    lettres. Le soir, fort tard, elle daignait venir écouter les doléances
    du prisonnier; elle avait dit à son mari que le blanc-bec avait de
    l’argent, sur quoi le prudent geôlier lui avait donné carte blanche.
    Elle usa de la permission et reçut quelques napoléons d’or, car
    l’adjudant n’avait enlevé que les chevaux, et l’officier de gendarmerie
    n’avait rien confisqué du tout. Une après-midi du mois de juin, Fabrice
    entendit une forte canonnade assez éloignée. On se battait donc enfin!
    son cœur bondissait d’impatience. Il entendit aussi beaucoup de bruit
    dans la ville; en effet un grand mouvement s’opérait, trois divisions
    traversaient B… Quand, sur les onze heures du soir, la femme du
    geôlier vint partager ses peines, Fabrice fut plus aimable encore que de
    coutume; puis lui prenant les mains:

    –Faites-moi sortir d’ici, je jurerai sur l’honneur de revenir dans la
    prison dès qu’on aura cessé de se battre.

    –Balivernes que tout cela! As-tu du <i>quibus</i>? Il parut inquiet, il ne
    comprenait pas le mot <i>quibus</i>. La geôlière, voyant ce mouvement, jugea
    que les eaux étaient basses, et, au lieu de parler de napoléons d’or
    comme elle l’avait résolu, elle ne parla plus que de francs.

    –Ecoute, lui dit-elle, si tu peux donner une centaine de francs, je
    mettrai un double napoléon sur chacun des yeux du caporal qui va venir
    relever la garde pendant la nuit. Il ne pourra te voir partir de prison,
    et si son régiment doit filer dans la journée, il acceptera.

    Le marché fut bientôt conclu. La geôlière consentit même à cacher
    Fabrice dans sa chambre d’où il pourrait plus facilement s’évader le
    lendemain matin.

    Le lendemain, avant l’aube, cette femme tout attendrie dit à Fabrice:

    –Mon cher petit, tu es encore bien jeune pour faire ce vilain métier:
    crois-moi, n’y reviens plus.

    –Mais quoi! répétait Fabrice, il est donc criminel de vouloir défendre
    la patrie?

    –Suffit. Rappelle-toi toujours que je t’ai sauvé la vie; ton cas
    était net, tu aurais été fusillé, mais ne le dis à personne, car tu
    nous ferais perdre notre place à mon mari et à moi; surtout ne répète
    jamais ton mauvais conte d’un gentilhomme de Milan déguisé en marchand
    de baromètres, c’est trop bête. Ecoute-moi bien, je vais te donner
    les habits d’un hussard mort avant-hier dans la prison: n’ouvre la
    bouche que le moins possible, mais enfin, si un maréchal des logis ou
    un officier t’interroge de façon à te forcer de répondre, dis que tu
    es resté malade chez un paysan qui t’a recueilli par charité comme
    tu tremblais la fièvre dans un fossé de la route. Si l’on n’est pas
    satisfait de cette réponse, ajoute que tu vas rejoindre ton régiment. On
    t’arrêtera peut-être à cause de ton accent: alors dis que tu es né en
    Piémont, que tu es un conscrit resté en France l’année passée, etc.

    Pour la première fois, après trente-trois jours de fureur, Fabrice
    comprit le fin mot de tout ce qui lui arrivait. On le prenait pour un
    espion. Il raisonna avec la geôlière, qui, ce matin-là, était fort
    tendre, et enfin tandis qu’armée d’une aiguille elle rétrécissait les
    habits du hussard, il raconta son histoire bien clairement à cette femme
    étonnée. Elle y crut un instant; il avait l’air si naïf, et il était si
    joli habillé en hussard!

    –Puisque tu as tant de bonne volonté pour te battre, lui dit-elle enfin
    à demi persuadée, il fallait donc en arrivant à Paris t’engager dans
    un régiment. En payant à boire à un maréchal des logis, ton affaire
    était faite! La geôlière ajouta beaucoup de bons avis pour l’avenir, et
    enfin, à la petite pointe du jour, mit Fabrice hors de chez elle, après
    lui avoir fait jurer cent et cent fois que jamais il ne prononcerait
    son nom, quoi qu’il pût arriver. Dès que Fabrice fut sorti de la petite
    ville, marchant gaillardement le sabre de hussard sous le bras, il lui
    vint un scrupule. Me voici, se dit-il, avec l’habit et la feuille de
    route d’un hussard mort en prison, où l’avait conduit, dit-on, le vol
    d’une vache et de quelques couverts d’argent! j’ai pour ainsi dire
    succédé à son être… et cela sans le vouloir ni le prévoir en aucune
    manière! Gare la prison!… Le présage est clair, j’aurai beaucoup à
    souffrir de la prison!

    Il n’y avait pas une heure que Fabrice avait quitté sa bienfaitrice,
    lorsque la pluie commença à tomber avec une telle force qu’à peine le
    nouvel hussard pouvait-il marcher, embarrassé par des bottes grossières
    qui n’étaient pas faites pour lui. Il fit rencontre d’un paysan monté
    sur un méchant cheval, il acheta le cheval en s’expliquant par signes;
    la geôlière lui avait recommandé de parler le moins possible, à cause de
    son accent.

    Ce jour-là l’armée, qui venait de gagner la bataille de Ligny, était
    en pleine marche sur Bruxelles; on était à la veille de la bataille de
    Waterloo. Sur le midi, la pluie à verse continuant toujours, Fabrice
    entendit le bruit du canon; ce bonheur lui fit oublier tout à fait les
    affreux moments de désespoir que venait de lui donner cette prison si
    injuste. Il marcha jusqu’à la nuit très avancée, et comme il commençait
    à avoir quelque bon sens, il alla prendre son logement dans une maison
    de paysan fort éloignée de la route. Ce paysan pleurait et prétendait
    qu’on lui avait tout pris; Fabrice lui donna un écu, et il trouva de
    l’avoine. Mon cheval n’est pas beau, se dit Fabrice; mais qu’importe,
    il pourrait bien se trouver du goût de quelque adjudant, et il alla
    coucher à l’écurie à ses côtés. Une heure avant le jour, le lendemain,
    Fabrice était sur la route, et, à force de caresses, il était parvenu à
    faire prendre le trot à son cheval. Sur les cinq heures, il entendit la
    canonnade: c’étaient les préliminaires de Waterloo.

    CHAPITRE III

    Fabrice trouva bientôt des vivandières, et l’extrême reconnaissance
    qu’il avait pour la geôlière de B… le porta à leur adresser la parole:
    il demanda à l’une d’elles où était le 4^{e} régiment de hussards, auquel
    il appartenait.

    –Tu ferais tout aussi bien de ne pas tant te presser mon petit soldat,
    dit la cantinière touchée par la pâleur et les beaux yeux de Fabrice. Tu
    n’as pas encore la poigne assez ferme pour les coups de sabre qui vont
    se donner aujourd’hui. Encore si tu avais un fusil, je ne dis pas, tu
    pourrais lâcher ta balle tout comme un autre.

    Ce conseil déplut à Fabrice; mais il avait beau pousser son cheval, il
    ne pouvait aller plus vite que la charrette de la cantinière. De temps
    à autre le bruit du canon semblait se rapprocher et les empêchait de
    s’entendre, car Fabrice était tellement hors de lui d’enthousiasme et de
    bonheur, qu’il avait renoué la conversation. Chaque mot de la cantinière
    redoublait son bonheur en le lui faisant comprendre. A l’exception de
    son vrai nom et de sa fuite de prison, il finit par tout dire à cette
    femme qui semblait si bonne. Elle était fort étonnée et ne comprenait
    rien du tout à ce que lui racontait ce beau jeune soldat.

    –Je vois le fin mot, s’écria-t-elle enfin d’un air de triomphe: vous
    êtes un jeune bourgeois amoureux de la femme de quelque capitaine du 4^{e}
    de hussards. Votre amoureuse vous aura fait cadeau de l’uniforme que
    vous portez, et vous courez après elle. Vrai, comme Dieu est là-haut,
    vous n’avez jamais été soldat; mais, comme un brave garçon que vous
    êtes, puisque votre régiment est au feu, vous voulez y paraître, et ne
    pas passer pour un capon.

    Fabrice convint de tout: c’était le seul moyen qu’il eût de recevoir de
    bons conseils. «J’ignore toutes les façons d’agir de ces Français, se
    disait-il, et, si je ne suis pas guidé par quelqu’un, je parviendrai
    encore à me faire jeter en prison, et l’on me volera mon cheval.

    –D’abord, mon petit, lui dit la cantinière, qui devenait de plus en
    plus son amie, conviens que tu n’as pas vingt et un ans: c’est tout le
    bout du monde si tu en as dix-sept.

    C’était la vérité, et Fabrice l’avoua de bonne grâce.

    –Ainsi, tu n’es pas même conscrit; c’est uniquement à cause des beaux
    yeux de la madame que tu vas te faire casser les os. Peste! elle n’est
    pas dégoûtée. Si tu as encore quelques-uns de ces jaunets qu’elle t’a
    remis, il faut primo que tu achètes un autre cheval; vois comme ta rosse
    dresse les oreilles quand le bruit du canon ronfle d’un peu près; c’est
    là un cheval de paysan qui te fera tuer dès que tu seras en ligne. Cette
    fumée blanche, que tu vois là-bas par-dessus la haie, ce sont des feux
    de peloton, mon petit! Ainsi, prépare-toi à avoir une fameuse venette,
    quand tu vas entendre siffler les balles. Tu ferais aussi bien de manger
    un morceau tandis que tu en as encore le temps.

    Fabrice suivit ce conseil, et, présentant un napoléon à la vivandière,
    la pria de se payer.

    –C’est pitié de le voir! s’écria cette femme; le pauvre petit ne sait
    pas seulement dépenser son argent! Tu mériterais bien qu’après avoir
    empoigné ton napoléon je fisse prendre son grand trot à Cocotte; du
    diable si ta rosse pourrait me suivre. Que ferais-tu, nigaud, en me
    voyant détaler? Apprends que, quand le brutal gronde, on ne montre
    jamais d’or. Tiens, lui dit-elle, voilà dix-huit francs cinquante
    centimes, et ton déjeuner te coûte trente sous. Maintenant, nous allons
    bientôt avoir des chevaux à revendre. Si la bête est petite, tu en
    donneras dix francs, et, dans tous les cas, jamais plus de vingt francs,
    quand ce serait le cheval des quatre fils Aymon.

    Le déjeuner fini, la vivandière, qui pérorait toujours, fut interrompue
    par une femme qui s’avançait à travers champs, et qui passa sur la route.

    –Holà, hé! lui cria cette femme; holà! Margot! ton 6^{e} léger est sur la
    droite.

    –Il faut que je te quitte, mon petit, dit la vivandière à notre héros;
    mais en vérité tu me fais pitié; j’ai de l’amitié pour toi, sacré dié!
    Tu ne sais rien de rien, tu vas te faire moucher, comme Dieu est Dieu!
    Viens-t’en au 6^{e} léger avec moi.

    –Je comprends bien que je ne sais rien, lui dit Fabrice, mais je veux
    me battre et suis résolu d’aller là-bas vers cette fumée blanche.

    –Regarde comme ton cheval remue les oreilles! Dès qu’il sera là-bas,
    quelque peu de vigueur qu’il ait, il te forcera la main, il se mettra à
    galoper, et Dieu sait où il te mènera. Veux-tu m’en croire? Dès que tu
    seras avec les petits soldats, ramasse un fusil et une giberne, mets-toi
    à côté des soldats et fais comme eux, exactement. Mais, mon Dieu, je
    parie que tu ne sais pas seulement déchirer une cartouche.

    Fabrice, fort piqué, avoua cependant à sa nouvelle amie qu’elle avait
    deviné juste.

    –Pauvre petit! il va être tué tout de suite; vrai comme Dieu! ça ne
    sera pas long. Il faut absolument que tu viennes avec moi, reprit la
    cantinière d’un air d’autorité.

    –Mais je veux me battre.

    –Tu te battras aussi; va, le 6^{e} léger est un fameux, et aujourd’hui il
    y en a pour tout le monde.

    –Mais serons-nous bientôt à votre régiment?

    –Dans un quart d’heure tout au plus.

    «Recommandé par cette brave femme, se dit Fabrice, mon ignorance de
    toutes choses ne me fera pas prendre pour un espion, et je pourrai me
    battre.» A ce moment, le bruit du canon redoubla, un coup n’attendait
    pas l’autre.

    –C’est comme un chapelet, dit Fabrice.

    –On commence à distinguer les feux de peloton, dit la vivandière en
    donnant un coup de fouet à son petit cheval qui semblait tout animé par
    le feu.

    La cantinière tourna à droite et prit un chemin de traverse au milieu
    des prairies; il y avait un pied de boue; la petite charrette fut sur
    le point d’y rester: Fabrice poussa à la roue. Son cheval tomba deux
    fois; bientôt le chemin, moins rempli d’eau, ne fut plus qu’un sentier
    au milieu du gazon. Fabrice n’avait pas fait cinq cents pas que sa rosse
    s’arrêta tout court: c’était un cadavre, posé en travers du sentier, qui
    faisait horreur au cheval et au cavalier.

    La figure de Fabrice, très pâle naturellement, prit une teinte verte
    fort prononcée: la cantinière, après avoir regardé le mort, dit, comme
    se parlant à elle-même:

    –Ça n’est pas de notre division. Puis, levant les yeux sur notre héros,
    elle éclata de rire.

    –Ah! ah! mon petit! s’écria-t-elle, en voilà du nanan!

    Fabrice restait glacé. Ce qui le frappait surtout c’était la saleté des
    pieds de ce cadavre qui déjà était dépouillé de ses souliers, et auquel
    on n’avait laissé qu’un mauvais pantalon tout souillé de sang.

    –Approche, lui dit la cantinière; descends de cheval; il faut que tu
    t’y accoutumes; tiens, s’écria-t-elle, il en a eu par la tête.

    Une balle, entrée à côté du nez, était sortie par la tempe opposée, et
    défigurait ce cadavre d’une façon hideuse; il était resté avec un œil
    ouvert.

    –Descends donc de cheval, petit, dit la cantinière, et donne-lui une
    poignée de main pour voir s’il te la rendra.

    Sans hésiter, quoique prêt à rendre l’âme de dégoût, Fabrice se jeta à
    bas de cheval et prit la main du cadavre qu’il secoua ferme; puis il
    resta comme anéanti; il sentait qu’il n’avait pas la force de remonter à
    cheval. Ce qui lui faisait horreur surtout c’était cet œil ouvert.

    «La vivandière va me croire un lâche», se disait-il avec amertume; mais
    il sentait l’impossibilité de faire un mouvement: il serait tombé. Ce
    moment fut affreux; Fabrice fut sur le point de se trouver mal tout à
    fait. La vivandière s’en aperçut, sauta lestement à bas de sa petite
    voiture, et lui présenta, sans mot dire, un verre d’eau-de-vie qu’il
    avala d’un trait; il put remonter sur sa rosse, et continua la route
    sans dire une parole. La vivandière le regardait de temps à autre du
    coin de l’œil.

    –Tu te battras demain, mon petit, lui dit-elle enfin, aujourd’hui tu
    resteras avec moi. Tu vois bien qu’il faut que tu apprennes le métier de
    soldat.

    –Au contraire, je veux me battre tout de suite, s’écria notre héros
    d’un air sombre, qui sembla de bon augure à la vivandière. Le bruit
    du canon redoublait et semblait s’approcher. Les coups commençaient à
    former comme une basse continue; un coup n’était séparé du coup voisin
    par aucun intervalle, et sur cette basse continue, qui rappelait le
    bruit d’un torrent lointain, on distinguait fort bien les feux de
    peloton.

    Dans ce moment la route s’enfonçait au milieu d’un bouquet de bois; la
    vivandière vit trois ou quatre soldats des nôtres qui venaient à elle
    courant à toutes jambes; elle sauta lestement à bas de sa voiture et
    courut se cacher à quinze ou vingt pas du chemin. Elle se blottit dans
    un trou qui était resté au lieu où l’on venait d’arracher un grand
    arbre. «Donc, se dit Fabrice, je vais voir si je suis un lâche!» Il
    s’arrêta auprès de la petite voiture abandonnée par la cantinière et
    tira son sabre. Les soldats ne firent pas attention à lui et passèrent
    en courant le long du bois, à gauche de la route.

    –Ce sont des nôtres, dit tranquillement la vivandière en revenant tout
    essoufflée vers sa petite voiture… Si ton cheval était capable de
    galoper, je te dirais: pousse en avant jusqu’au bout du bois, vois s’il
    y a quelqu’un dans la plaine. Fabrice ne se le fit pas dire deux fois,
    il arracha une branche à un peuplier, l’effeuilla et se mit à battre son
    cheval à tour de bras; la rosse prit le galop un instant puis revint à
    son petit trot accoutumé. La vivandière avait mis son cheval au galop:

    –Arrête-toi donc, arrête! criait-elle à Fabrice.

    Bientôt tous les deux furent hors du bois; en arrivant au bord de
    la plaine, ils entendirent un tapage effroyable, le canon et la
    mousqueterie tonnaient de tous les côtés, à droite, à gauche, derrière.
    Et comme le bouquet de bois d’où ils sortaient occupait un tertre élevé
    de huit ou dix pieds au-dessus de la plaine, ils aperçurent assez bien
    un coin de la bataille; mais enfin il n’y avait personne dans le pré
    au-delà du bois. Ce pré était bordé, à mille pas de distance, par une
    longue rangée de saules, très touffus; au-dessus des saules paraissait
    une fumée blanche qui quelquefois s’élevait dans le ciel en tournoyant.

    –Si je savais seulement où est le régiment! disait la cantinière
    embarrassée. Il ne faut pas traverser ce grand pré tout droit. A propos,
    toi, dit-elle à Fabrice, si tu vois un soldat ennemi, pique-le avec la
    pointe de ton sabre, ne va pas t’amuser à le sabrer.

    A ce moment, la cantinière aperçut les quatre soldats dont nous venons
    de parler, ils débouchaient du bois dans la plaine à gauche de la route.
    L’un d’eux était à cheval.

    –Voilà ton affaire, dit-elle à Fabrice. Holà! ho! cria-t-elle à celui
    qui était à cheval, viens donc ici boire le verre d’eau-de-vie; les
    soldats s’approchèrent.

    –Où est le 6^{e} léger? cria-t-elle.

    –Là-bas, à cinq minutes d’ici, en avant de ce canal qui est le long des
    saules; même que le colonel Macon vient d’être tué.

    –Veux-tu cinq francs de ton cheval, toi?

    –Cinq francs! tu ne plaisantes pas mal, petite mère, un cheval
    d’officier que je vais vendre cinq napoléons avant un quart d’heure.

    –Donne-m’en un de tes napoléons, dit la vivandière à Fabrice.

    Puis s’approchant du soldat à cheval:

    –Descends vivement, lui dit-elle, voilà ton napoléon.

    Le soldat descendit, Fabrice sauta en selle gaiement, la vivandière
    détachait le petit portemanteau qui était sur la rosse.

    –Aidez-moi donc, vous autres! dit-elle aux soldats, c’est comme ça que
    vous laissez travailler une dame!

    Mais à peine le cheval de prise sentit le portemanteau, qu’il se mit à
    se cabrer, et Fabrice, qui montait fort bien, eut besoin de toute sa
    force pour le contenir.

    –Bon signe! dit la vivandière, le monsieur n’est pas accoutumé au
    chatouillement du portemanteau.

    –Un cheval de général, s’écriait le soldat qui l’avait vendu, un cheval
    qui vaut dix napoléons comme un liard!

    –Voilà vingt francs, lui dit Fabrice, qui ne se sentait pas de joie de
    se trouver entre les jambes un cheval qui eût du mouvement.

    A ce moment, un boulet donna dans la ligne de saules, qu’il prit de
    biais, et Fabrice eut le curieux spectacle de toutes ces petites
    branches volant de côté et d’autre comme rasées par un coup de faux.

    –Tiens, voilà le brutal qui s’avance, lui dit le soldat en prenant ses
    vingt francs.

    Il pouvait être deux heures.

    Fabrice était encore dans l’enchantement de ce spectacle curieux,
    lorsqu’une troupe de généraux, suivis d’une vingtaine de hussards,
    traversèrent au galop un des angles de la vaste prairie au bord de
    laquelle il était arrêté: son cheval hennit, se cabra deux ou trois fois
    de suite, puis donna des coups de tête violents contre la bride qui le
    retenait. «Eh bien, soit!» se dit Fabrice.

    Le cheval laissé à lui-même partit ventre à terre et alla rejoindre
    l’escorte qui suivait les généraux. Fabrice compta quatre chapeaux
    bordés. Un quart d’heure après, par quelques mots que dit un hussard son
    voisin, Fabrice comprit qu’un de ces généraux était le célèbre maréchal
    Ney. Son bonheur fut au comble; toutefois il ne put deviner lequel des
    quatre généraux était le maréchal Ney; il eût donné tout au monde pour
    le savoir, mais il se rappela qu’il ne fallait pas parler. L’escorte
    s’arrêta pour passer un large fossé rempli d’eau par la pluie de la
    veille, il était bordé de grands arbres et terminait sur la gauche la
    prairie à l’entrée de laquelle Fabrice avait acheté le cheval. Presque
    tous les hussards avaient mis pied à terre; le bord du fossé était à
    pic et fort glissant, et l’eau se trouvait bien à trois ou quatre pieds
    en contrebas au-dessous de la prairie. Fabrice, distrait par sa joie,
    songeait plus au maréchal Ney et à la gloire qu’à son cheval, lequel
    étant fort animé, sauta dans le canal; ce qui fit rejaillir l’eau à une
    hauteur considérable. Un des généraux fut entièrement mouillé par la
    nappe d’eau, et s’écria en jurant:

    –Au diable la f… bête!

    Fabrice se sentit profondément blessé de cette injure. «Puis-je en
    demander raison?» se dit-il. En attendant, pour prouver qu’il n’était
    pas si gauche, il entreprit de faire monter à son cheval la rive
    opposée du fossé; mais elle était à pic et haute de cinq à six pieds.
    Il fallut y renoncer; alors il remonta le courant, son cheval ayant de
    l’eau jusqu’à la tête, et enfin trouva une sorte d’abreuvoir; par cette
    pente douce il gagna facilement le champ de l’autre côté du canal. Il
    fut le premier homme de l’escorte qui y parut, il se mit à trotter
    fièrement le long du bord: au fond du canal les hussards se démenaient,
    assez embarrassés de leur position; car en beaucoup d’endroits l’eau
    avait cinq pieds de profondeur. Deux ou trois chevaux prirent peur et
    voulurent nager, ce qui fit un barbotement épouvantable. Un maréchal des
    logis s’aperçut de la manœuvre que venait de faire ce blanc-bec, qui
    avait l’air si peu militaire.

    –Remontez! il y a un abreuvoir à gauche! s’écria-t-il, et peu à peu
    tous passèrent.

    En arrivant sur l’autre rive, Fabrice y avait trouvé les généraux tout
    seuls; le bruit du canon lui sembla redoubler; ce fut à peine s’il
    entendit le général, par lui si bien mouillé, qui criait à son oreille:

    –Où as-tu pris ce cheval?

    Fabrice était tellement troublé qu’il répondit en italien:

    –L’ho comprato poco fa. (Je viens de l’acheter à l’instant.)

    –Que dis-tu? lui cria le général.

    Mais le tapage devint tellement fort en ce moment, que Fabrice ne put
    lui répondre. Nous avouerons que notre héros était fort peu héros en ce
    moment. Toutefois la peur ne venait chez lui qu’en seconde ligne; il
    était surtout scandalisé de ce bruit qui lui faisait mal aux oreilles.
    L’escorte prit le galop; on traversait une grande pièce de terre
    labourée, située au-delà du canal, et ce champ était jonché de cadavres.

    –Les habits rouges! les habits rouges! criaient avec joie les hussards
    de l’escorte.

    Et d’abord Fabrice ne comprenait pas; enfin il remarqua qu’en effet
    presque tous les cadavres étaient vêtus de rouge. Une circonstance lui
    donna un frisson d’horreur; il remarqua que beaucoup de ces malheureux
    habits rouges vivaient encore, ils criaient évidemment pour demander du
    secours, et personne ne s’arrêtait pour leur en donner. Notre héros,
    fort humain, se donnait toutes les peines du monde pour que son cheval
    ne mît les pieds sur aucun habit rouge. L’escorte s’arrêta; Fabrice,
    qui ne faisait pas assez d’attention à son devoir de soldat, galopait
    toujours en regardant un malheureux blessé.

    –Veux-tu bien t’arrêter, blanc-bec! lui cria le maréchal des logis.
    Fabrice s’aperçut qu’il était à vingt pas sur la droite en avant
    des généraux, et précisément du côté où ils regardaient avec leurs
    lorgnettes. En revenant se ranger à la queue des autres hussards restés
    à quelques pas en arrière, il vit le plus gros de ces généraux qui
    parlait à son voisin, général aussi, d’un air d’autorité et presque de
    réprimande; il jurait. Fabrice ne put retenir sa curiosité; et, malgré
    le conseil de ne point parler, à lui donné par son amie la geôlière, il
    arrangea une petite phrase bien française, bien correcte, et dit à son
    voisin:

    –Quel est-il ce général qui gourmande son voisin?

    –Pardi, c’est le maréchal!

    –Quel maréchal?

    –Le maréchal Ney, bêta! Ah çà! où as-tu servi jusqu’ici?

    Fabrice, quoique fort susceptible, ne songea point à se fâcher de
    l’injure; il contemplait, perdu dans une admiration enfantine, ce fameux
    prince de la Moskova, le brave des braves.

    Tout à coup on partit au grand galop. Quelques instants après, Fabrice
    vit, à vingt pas en avant, une terre labourée qui était remuée d’une
    façon singulière. Le fond des sillons était plein d’eau, et la terre
    fort humide, qui formait la crête de ces sillons, volait en petits
    fragments noirs lancés à trois ou quatre pieds de haut. Fabrice remarqua
    en passant cet effet singulier; puis sa pensée se remit à songer à la
    gloire du maréchal. Il entendit un cri sec auprès de lui: c’étaient
    deux hussards qui tombaient atteints par des boulets; et, lorsqu’il les
    regarda, ils étaient déjà à vingt pas de l’escorte. Ce qui lui sembla
    horrible, ce fut un cheval tout sanglant qui se débattait sur la terre
    labourée, en engageant ses pieds dans ses propres entrailles; il voulait
    suivre les autres: le sang coulait dans la boue.

    «Ah! m’y voilà donc enfin au feu! se dit-il. J’ai vu le feu! se
    répétait-il avec satisfaction. Me voici un vrai militaire.» A ce moment,
    l’escorte allait ventre à terre, et notre héros comprit que c’étaient
    des boulets qui faisaient voler la terre de toutes parts. Il avait beau
    regarder du côté d’où venaient les boulets, il voyait la fumée blanche
    de la batterie à une distance énorme, et, au milieu du ronflement égal
    et continu produit par les coups de canon, il lui semblait entendre des
    décharges beaucoup plus voisines; il n’y comprenait rien du tout.

    A ce moment, les généraux et l’escorte descendirent dans un petit chemin
    plein d’eau, qui était à cinq pieds en contrebas.

    Le maréchal s’arrêta, et regarda de nouveau avec sa lorgnette. Fabrice,
    cette fois, put le voir tout à son aise; il le trouva très blond, avec
    une grosse tête rouge. «Nous n’avons point des figures comme celle-là
    en Italie, se dit-il. Jamais, moi qui suis si pâle et qui ai des
    cheveux châtains, je ne serai comme ça», ajoutait-il avec tristesse.
    Pour lui ces paroles voulaient dire: «Jamais je ne serai un héros.»
    Il regarda les hussards; à l’exception d’un seul, tous avaient des
    moustaches jaunes. Si Fabrice regardait les hussards de l’escorte,
    tous le regardaient aussi. Ce regard le fit rougir, et, pour finir son
    embarras, il tourna la tête vers l’ennemi. C’étaient des lignes fort
    étendues d’hommes rouges; mais, ce qui l’étonna fort, ces hommes lui
    semblaient tout petits. Leurs longues files, qui étaient des régiments
    ou des divisions, ne lui paraissaient pas plus hautes que des haies.
    Une ligne de cavaliers rouges trottait pour se rapprocher du chemin en
    contrebas que le maréchal et l’escorte s’étaient mis à suivre au petit
    pas, pataugeant dans la boue. La fumée empêchait de rien distinguer du
    côté vers lequel on s’avançait; l’on voyait quelquefois des hommes au
    galop se détacher sur cette fumée blanche.

    Tout à coup, du côté de l’ennemi, Fabrice vit quatre hommes qui
    arrivaient ventre à terre. «Ah! nous sommes attaqués», se dit-il; puis
    il vit deux de ces hommes parler au maréchal. Un des généraux de la
    suite de ce dernier partit au galop du côté de l’ennemi, suivi de deux
    hussards de l’escorte et des quatre hommes qui venaient d’arriver. Après
    un petit canal que tout le monde passa, Fabrice se trouva à côté d’un
    maréchal des logis qui avait l’air fort bon enfant. «Il faut que je
    parle à celui-là, se dit-il, peut-être ils cesseront de me regarder.» Il
    médita longtemps.

    –Monsieur, c’est la première fois que j’assiste à la bataille, dit-il
    enfin au maréchal des logis; mais ceci est-il une véritable bataille?

    –Un peu. Mais vous, qui êtes-vous?

    –Je suis le frère de la femme d’un capitaine.

    –Et comment l’appelez-vous, ce capitaine?

    Notre héros fut terriblement embarrassé; il n’avait point prévu cette
    question. Par bonheur, le maréchal et l’escorte repartaient au galop.
    Quel nom français dirai-je? pensait-il. Enfin il se rappela le nom du
    maître d’hôtel où il avait logé à Paris; il rapprocha son cheval de
    celui du maréchal des logis, et lui cria de toutes ses forces:

    –Le capitaine Meunier!

    L’autre, entendant mal à cause du roulement du canon, lui répondit:

    –Ah! le capitaine Teulier? Eh bien! il a été tué.

    «Bravo! se dit Fabrice. Le capitaine Teulier; il faut faire l’affligé.»

    –Ah, mon Dieu! cria-t-il, et il prit une mine piteuse.

    On était sorti du chemin en contrebas, on traversait un petit pré, on
    allait ventre à terre, les boulets arrivaient de nouveau, le maréchal se
    porta vers une division de cavalerie. L’escorte se trouvait au milieu de
    cadavres et de blessés; mais ce spectacle ne faisait déjà plus autant
    d’impression sur notre héros; il avait autre chose à penser.

    Pendant que l’escorte était arrêtée, il aperçut la petite voiture d’une
    cantinière, et sa tendresse pour ce corps respectable l’emportant sur
    tout, il partit au galop pour la rejoindre.

    –Restez donc, s…! lui cria le maréchal des logis.

    «Que peut-il me faire ici?» pensa Fabrice, et il continua de galoper
    vers la cantinière. En donnant de l’éperon à son cheval, il avait eu
    quelque espoir que c’était sa bonne cantinière du matin; les chevaux
    et les petites charrettes se ressemblaient fort, mais la propriétaire
    était tout autre, et notre héros lui trouva l’air fort méchant. Comme il
    l’abordait, Fabrice l’entendit qui disait:

    –Il était pourtant bien bel homme!

    Un fort vilain spectacle attendait là le nouveau soldat; on coupait
    la cuisse à un cuirassier, beau jeune homme de cinq pieds dix pouces.
    Fabrice ferma les yeux et but coup sur coup quatre verres d’eau-de-vie.

    –Comme tu y vas, gringalet! s’écria la cantinière. L’eau-de-vie lui
    donna une idée: il faut que j’achète la bienveillance de mes camarades
    les hussards de l’escorte.

    –Donnez-moi le reste de la bouteille, dit-il à la vivandière.

    –Mais sais-tu, répondit-elle, que ce reste-là coûte dix francs, un jour
    comme aujourd’hui?

    Comme il regagnait l’escorte au galop:

    –Ah! tu nous rapportes la goutte! s’écria le maréchal des logis, c’est
    pour ça que tu désertais? Donne.

    La bouteille circula; le dernier qui la prit la jeta en l’air après
    avoir bu.

    –Merci, camarade! cria-t-il à Fabrice.

    –Tous les yeux le regardèrent avec bienveillance. Ces regards ôtèrent
    un poids de cent livres de dessus le cœur de Fabrice: c’était un de ces
    cœurs de fabrique trop fine qui ont besoin de l’amitié de ce qui les
    entoure. Enfin il n’était plus mal vu de ses compagnons, il y avait
    liaison entre eux! Fabrice respira profondément, puis d’une voix libre,
    il dit au maréchal des logis:

    –Et si le capitaine Teulier a été tué, où pourrais-je rejoindre ma sœur?

    Il se croyait un petit Machiavel, de dire si bien Teulier au lieu de
    Meunier.

    –C’est ce que vous saurez ce soir, lui répondit le maréchal des logis.

    L’escorte repartit et se porta vers des divisions d’infanterie. Fabrice
    se sentait tout à fait enivré; il avait bu trop d’eau-de-vie, il roulait
    un peu sur sa selle: il se souvint fort à propos d’un mot que répétait
    le cocher de sa mère: «Quand on a levé le coude, il faut regarder entre
    les oreilles de son cheval, et faire comme fait le voisin.» Le maréchal
    s’arrêta longtemps auprès de plusieurs corps de cavalerie qu’il fit
    charger; mais pendant une heure ou deux notre héros n’eut guère la
    conscience de ce qui se passait autour de lui. Il se sentait fort las,
    et quand son cheval galopait il retombait sur la selle comme un morceau
    de plomb.

    Tout à coup le maréchal des logis cria à ses hommes:

    –Vous ne voyez donc pas l’Empereur, s…! Sur-le-champ l’escorte cria
    vive l’Empereur! à tue-tête. On peut penser si notre héros regarda de
    tous ses yeux, mais il ne vit que des généraux qui galopaient, suivis,
    eux aussi, d’une escorte. Les longues crinières pendantes que portaient
    à leurs casques les dragons de la suite l’empêchèrent de distinguer les
    figures. «Ainsi, je n’ai pu voir l’Empereur sur un champ de bataille, à
    cause de ces maudits verres d’eau-de-vie!» Cette réflexion le réveilla
    tout à fait.

    On redescendit dans un chemin rempli d’eau, les chevaux voulurent boire.

    –C’est donc l’Empereur qui a passé là? dit-il à son voisin.

    –Eh! certainement, celui qui n’avait pas d’habit brodé. Comment ne
    l’avez-vous pas vu? lui répondit le camarade avec bienveillance.

    Fabrice eut grande envie de galoper après l’escorte de l’Empereur et de
    s’y incorporer. Quel bonheur de faire réellement la guerre à la suite
    de ce héros! C’était pour cela qu’il était venu en France. «J’en suis
    parfaitement le maître, se dit-il, car enfin je n’ai d’autre raison pour
    faire le service que je fais, que la volonté de mon cheval qui s’est mis
    à galoper pour suivre ces généraux.»

    Ce qui détermina Fabrice à rester, c’est que les hussards ses nouveaux
    camarades lui faisaient bonne mine; il commençait à se croire l’ami
    intime de tous les soldats avec lesquels il galopait depuis quelques
    heures. Il voyait entre eux et lui cette noble amitié des héros du Tasse
    et de l’Arioste. S’il se joignait à l’escorte de l’Empereur, il y aurait
    une nouvelle connaissance à faire; peut-être même on lui ferait la mine
    car ces autres cavaliers étaient des dragons et lui portait l’uniforme
    de hussard ainsi que tout ce qui suivait le maréchal. La façon dont on
    le regardait maintenant mit notre héros au comble du bonheur; il eût
    fait tout au monde pour ses camarades; son âme et son esprit étaient
    dans les nues. Tout lui semblait avoir changé de face depuis qu’il était
    avec des amis, il mourait d’envie de faire des questions. «Mais je
    suis encore un peu ivre, se dit-il, il faut que je me souvienne de la
    geôlière.» Il remarqua en sortant du chemin creux que l’escorte n’était
    plus avec le maréchal Ney; le général qu’ils suivaient était grand,
    mince, et avait la figure sèche et l’œil terrible.

    Ce général n’était autre que le comte d’A…, le lieutenant Robert du 15
    mai 1796. Quel bonheur il eût trouvé à voir Fabrice del Dongo.

    Il y avait déjà longtemps que Fabrice n’apercevait plus la terre volant
    en miettes noires sous l’action des boulets; on arriva derrière un
    régiment de cuirassiers, il entendit distinctement les biscaïens frapper
    sur les cuirasses et il vit tomber plusieurs hommes.

    Le soleil était déjà fort bas, et il allait se coucher lorsque
    l’escorte, sortant d’un chemin creux, monta une petite pente de trois
    ou quatre pieds pour entrer dans une terre labourée. Fabrice entendit
    un petit bruit singulier tout près de lui: il tourna la tête, quatre
    hommes étaient tombés avec leurs chevaux; le général lui-même avait été
    renversé, mais il se relevait tout couvert de sang. Fabrice regardait
    les hussards jetés par terre: trois faisaient encore quelques mouvements
    convulsifs, le quatrième criait:

    –Tirez-moi de dessous.

    Le maréchal des logis et deux ou trois hommes avaient mis pied à terre
    pour secourir le général qui, s’appuyant sur son aide de camp, essayait
    de faire quelques pas; il cherchait à s’éloigner de son cheval qui se
    débattait renversé par terre et lançait des coups de pied furibonds.

    Le maréchal des logis s’approcha de Fabrice. A ce moment notre héros
    entendit dire derrière lui et tout près de son oreille:

    –C’est le seul qui puisse encore galoper.

    Il se sentit saisir les pieds; on les élevait en même temps qu’on lui
    soutenait le corps par-dessous les bras; on le fit passer par-dessus la
    croupe de son cheval, puis on le laissa glisser jusqu’à terre, où il
    tomba assis.

    L’aide de camp prit le cheval de Fabrice par la bride; le général,
    aidé par le maréchal des logis, monta et partit au galop; il fut suivi
    rapidement par les six hommes qui restaient. Fabrice se releva furieux,
    et se mit à courir après eux en criant:

    –Ladri! ladri!(voleurs! voleurs!)

    Il était plaisant de courir après des voleurs au milieu d’un champ de
    bataille.

    L’escorte et le général, comte d’A…, disparurent bientôt derrière une
    rangée de saules. Fabrice, ivre de colère, arriva aussi à cette ligne de
    saules; il se trouva tout contre un canal fort profond qu’il traversa.
    Puis, arrivé de l’autre côté, il se remit à jurer en apercevant de
    nouveau, mais à une très grande distance, le général et l’escorte qui se
    perdaient dans les arbres.

    –Voleurs! voleurs! criait-il maintenant en français.

    Désespéré, bien moins de la perte de son cheval que de la trahison,
    il se laissa tomber au bord du fossé, fatigué et mourant de faim. Si
    son beau cheval lui eût été enlevé par l’ennemi, il n’y eût pas songé;
    mais se voir trahir et voler par ce maréchal des logis qu’il aimait
    tant et par ces hussards qu’il regardait comme des frères! c’est ce qui
    lui brisait le cœur. Il ne pouvait se consoler de tant d’infamie, et,
    le dos appuyé contre un saule, il se mit à pleurer à chaudes larmes.
    Il défaisait un à un tous ses beaux rêves d’amitié chevaleresque et
    sublime, comme celle des héros de la Jérusalem délivrée. Voir arriver la
    mort n’était rien, entouré d’âmes héroïques et tendres, de nobles amis
    qui vous serrent la main au moment du dernier soupir! mais garder son
    enthousiasme, entouré de vils fripons!!! Fabrice exagérait comme tout
    homme indigné. Au bout d’un quart d’heure d’attendrissement, il remarqua
    que les boulets commençaient à arriver jusqu’à la rangée d’arbres à
    l’ombre desquels il méditait. Il se leva et chercha à s’orienter. Il
    regardait ces prairies bordées par un large canal et la rangée de saules
    touffus: il crut se reconnaître. Il aperçut un corps d’infanterie qui
    passait le fossé et entrait dans les prairies, à un quart de lieue en
    avant de lui. «J’allais m’endormir, se dit-il; il s’agit de n’être
    pas prisonnier»; et il se mit à marcher très vite. En avançant il fut
    rassuré, il reconnut l’uniforme, les régiments par lesquels il craignait
    d’être coupé étaient français. Il obliqua à droite pour les rejoindre.

    Après la douleur morale d’avoir été si indignement trahi et volé, il en
    était une autre qui, à chaque instant, se faisait sentir plus vivement:
    il mourait de faim. Ce fut donc avec une joie extrême qu’après avoir
    marché, ou plutôt couru pendant dix minutes, il s’aperçut que le corps
    d’infanterie, qui allait très vite aussi, s’arrêtait comme pour prendre
    position. Quelques minutes plus tard, il se trouvait au milieu des
    premiers soldats.

    –Camarades, pourriez-vous me vendre un morceau de pain?

    –Tiens, cet autre qui nous prend pour des boulangers!

    Ce mot dur et le ricanement général qui le suivit accablèrent Fabrice.
    La guerre n’était donc plus ce noble et commun élan d’âmes amantes de
    la gloire qu’il s’était figuré d’après les proclamations de Napoléon!
    Il s’assit, ou plutôt se laissa tomber sur le gazon; il devint très
    pâle. Le soldat qui lui avait parlé, et qui s’était arrêté à dix pas
    pour nettoyer la batterie de son fusil avec son mouchoir, s’approcha et
    lui jeta un morceau de pain, puis, voyant qu’il ne le ramassait pas, le
    soldat lui mit un morceau de ce pain dans la bouche. Fabrice ouvrit les
    yeux, et mangea ce pain sans avoir la force de parler. Quand enfin il
    chercha des yeux le soldat pour le payer, il se trouva seul, les soldats
    les plus voisins de lui étaient éloignés de cent pas et marchaient. Il
    se leva machinalement et les suivit. Il entra dans un bois; il allait
    tomber de fatigue et cherchait déjà de l’œil une place commode; mais
    quelle ne fut pas sa joie en reconnaissant d’abord le cheval, puis la
    voiture, et enfin la cantinière du matin! Elle accourut à lui et fut
    effrayée de sa mine.

    –Marche encore, mon petit, lui dit-elle; tu es donc blessé? et ton beau
    cheval? En parlant ainsi elle le conduisait vers sa voiture, où elle
    le fit monter, en le soutenant par-dessous les bras. A peine dans la
    voiture, notre héros, excédé de fatigue, s’endormit profondément. 3

    CHAPITRE IV

    Rien ne put le réveiller, ni les coups de fusil tirés fort près de la
    petite charrette, ni le trot du cheval que la cantinière fouettait
    à tour de bras. Le régiment attaqué à l’improviste par des nuées de
    cavalerie prussienne, après avoir cru à la victoire toute la journée,
    battait en retraite, ou plutôt s’enfuyait du côté de la France.

    Le colonel, beau jeune homme, bien ficelé, qui venait de succéder
    à Macon, fut sabré; le chef de bataillon qui le remplaça dans le
    commandement, vieillard à cheveux blancs, fit faire halte au régiment.

    –F…! dit-il aux soldats, du temps de la république on attendait pour
    filer d’y être forcé par l’ennemi… Défendez chaque pouce de terrain et
    faites-vous tuer, s’écriait-il en jurant; c’est maintenant le sol de la
    patrie que ces Prussiens veulent envahir!

    La petite charrette s’arrêta, Fabrice se réveilla tout à coup. Le
    soleil était couché depuis longtemps; il fut tout étonné de voir qu’il
    était presque nuit. Les soldats couraient de côté et d’autre dans une
    confusion qui surprit fort notre héros; il trouva qu’ils avaient l’air
    penaud.

    –Qu’est-ce donc? dit-il à la cantinière.

    –Rien du tout. C’est que nous sommes flambés, mon petit; c’est la
    cavalerie des Prussiens qui nous sabre, rien que ça. Le bêta de général
    a d’abord cru que c’était la nôtre. Allons, vivement, aide-moi à réparer
    le trait de Cocotte qui s’est cassé.

    Jim Blog https://blog.mabo.cc Jim — Accessible Converter - Em vez de obrigar os usuários a baixar arquivos, ele torna o conteúdo navegável na web. Thu, 15 Oct 2026 02:07:42 +0000 pt-BR hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.1.3 https://blog.mabo.cc/wp-content/uploads/2026/10/cropped-logo-32x32.png Jim Blog https://blog.mabo.cc 32 32 257901688 La Chartreuse De Parme https://blog.mabo.cc/la-chartreuse-de-parme/ https://blog.mabo.cc/la-chartreuse-de-parme/#respond Thu, 15 Oct 2026 02:07:42 +0000 https://blog.mabo.cc/la-chartreuse-de-parme/

    La Chartreuse De Parme

    Aproximadamente 194.827 palavras.

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    Project Gutenberg Volunteer.

    LA CHARTREUSE DE PARME

    par Stendhal

    LIVRE PREMIER

    Gia mi fur dolci inviti a empir le carte
    I luoghi ameni.

    Ariost, sat. IV.

    CHAPITRE PREMIER

    Milan en 1796

    Le 15 mai 1796, le général Bonaparte fit son entrée dans Milan à la
    tête de cette jeune armée qui venait de passer le pont de Lodi, et
    d’apprendre au monde qu’après tant de siècles César et Alexandre avaient
    un successeur. Les miracles de bravoure et de génie dont l’Italie fut
    témoin en quelques mois réveillèrent un peuple endormi; huit jours
    encore avant l’arrivée des Français, les Milanais ne voyaient en eux
    qu’un ramassis de brigands, habitués à fuir toujours devant les troupes
    de Sa Majesté Impériale et Royale: c’était du moins ce que leur répétait
    trois fois la semaine un petit journal grand comme la main, imprimé sur
    du papier sale.

    Au Moyen Age, les Lombards républicains avaient fait preuve d’une
    bravoure égale à celle des Français, et ils méritèrent de voir leur
    ville entièrement rasée par les empereurs d’Allemagne. Depuis qu’ils
    étaient devenus de fidèles sujets, leur grande affaire était d’imprimer
    des sonnets sur de petits mouchoirs de taffetas rose quand arrivait le
    mariage d’une jeune fille appartenant à quelque famille noble ou riche.
    Deux ou trois ans après cette grande époque de sa vie, cette jeune fille
    prenait un cavalier servant: quelquefois le nom du sigisbée choisi par
    la famille du mari occupait une place honorable dans le contrat de
    mariage. Il y avait loin de ces mœurs efféminées aux émotions profondes
    que donna l’arrivée imprévue de l’armée française. Bientôt surgirent
    des mœurs nouvelles et passionnées. Un peuple tout entier s’aperçut,
    le 15 mai 1796, que tout ce qu’il avait respecté jusque-là était
    souverainement ridicule et quelquefois odieux. Le départ du dernier
    régiment de l’Autriche marqua la chute des idées anciennes: exposer sa
    vie devint à la mode; on vit que pour être heureux après des siècles
    de sensations affadissantes, il fallait aimer la patrie d’un amour
    réel et chercher les actions héroïques. On était plongé dans une nuit
    profonde par la continuation du despotisme jaloux de Charles Quint et de
    Philippe II; on renversa leurs statues, et tout à coup l’on se trouva
    inondé de lumière. Depuis une cinquantaine d’années, et à mesure que
    l’Encyclopédie et Voltaire éclataient en France, les moines criaient au
    bon peuple de Milan, qu’apprendre à lire ou quelque chose au monde était
    une peine fort inutile, et qu’en payant bien exactement la dîme à son
    curé, et lui racontant fidèlement tous ses petits péchés, on était à
    peu près sûr d’avoir une belle place au paradis. Pour achever d’énerver
    ce peuple autrefois si terrible et si raisonneur, l’Autriche lui avait
    vendu à bon marché le privilège de ne point fournir de recrues à son
    armée.

    En 1796, l’armée milanaise se composait de vingt-quatre faquins habillés
    de rouge, lesquels gardaient la ville de concert avec quatre magnifiques
    régiments de grenadiers hongrois. La liberté des mœurs était extrême,
    mais la passion fort rare; d’ailleurs, outre le désagrément de devoir
    tout raconter au curé, sous peine de ruine même en ce monde, le bon
    peuple de Milan était encore soumis à certaines petites entraves
    monarchiques qui ne laissaient pas que d’être vexantes. Par exemple
    l’archiduc, qui résidait à Milan et gouvernait au nom de l’Empereur,
    son cousin, avait eu l’idée lucrative de faire le commerce des blés. En
    conséquence, défense aux paysans de vendre leurs grains jusqu’à ce que
    Son Altesse eût rempli ses magasins.

    En mai 1796, trois jours après l’entrée des Français, un jeune peintre
    en miniature, un peu fou, nommé Gros, célèbre depuis, et qui était venu
    avec l’armée, entendant raconter au grand café des Servi (à la mode
    alors) les exploits de l’archiduc, qui de plus était énorme, prit la
    liste des glaces imprimée en placard sur une feuille de vilain papier
    jaune. Sur le revers de la feuille il dessina le gros archiduc; un
    soldat français lui donnait un coup de baïonnette dans le ventre, et,
    au lieu de sang, il en sortait une quantité de blé incroyable. La chose
    nommée plaisanterie ou caricature n’était pas connue en ce pays de
    despotisme cauteleux. Le dessin laissé par Gros sur la table du café
    des Servi parut un miracle descendu du ciel; il fut gravé dans la nuit,
    et le lendemain on en vendit vingt mille exemplaires.

    Le même jour, on affichait l’avis d’une contribution de guerre de six
    millions, frappée pour les besoins de l’armée française, laquelle,
    venant de gagner six batailles et de conquérir vingt provinces, manquait
    seulement de souliers, de pantalons, d’habits et de chapeaux.

    La masse de bonheur et de plaisir qui fit irruption en Lombardie avec
    ces Français si pauvres fut telle que les prêtres seuls et quelques
    nobles s’aperçurent de la lourdeur de cette contribution de six
    millions, qui, bientôt, fut suivie de beaucoup d’autres. Ces soldats
    français riaient et chantaient toute la journée; ils avaient moins
    de vingt-cinq ans, et leur général en chef, qui en avait vingt-sept,
    passait pour l’homme le plus âgé de son armée. Cette gaieté, cette
    jeunesse, cette insouciance, répondaient d’une façon plaisante aux
    prédications furibondes des moines qui, depuis six mois, annonçaient du
    haut de la chaire sacrée que les Français étaient des monstres, obligés,
    sous peine de mort, à tout brûler et à couper la tête à tout le monde. A
    cet effet, chaque régiment marchait avec la guillotine en tête.

    Dans les campagnes l’on voyait sur la porte des chaumières le soldat
    français occupé à bercer le petit enfant de la maîtresse du logis, et
    presque chaque soir quelque tambour, jouant du violon, improvisait un
    bal. Les contredanses se trouvant beaucoup trop savantes et compliquées
    pour que les soldats, qui d’ailleurs ne les savaient guère, pussent les
    apprendre aux femmes du pays, c’étaient celles-ci qui montraient aux
    jeunes Français la Monférine, la Sauteuse et autres danses italiennes.

    Les officiers avaient été logés, autant que possible, chez les gens
    riches; ils avaient bon besoin de se refaire. Par exemple, un lieutenant
    nommé Robert eut un billet de logement pour le palais de la marquise
    del Dongo. Cet officier, jeune réquisitionnaire assez leste, possédait
    pour tout bien, en entrant dans ce palais, un écu de six francs qu’il
    venait de recevoir à Plaisance. Après le passage du pont de Lodi, il
    prit à un bel officier autrichien tué par un boulet un magnifique
    pantalon de nankin tout neuf, et jamais vêtement ne vint plus à propos.
    Ses épaulettes d’officier étaient en laine, et le drap de son habit
    était cousu à la doublure des manches pour que les morceaux tinssent
    ensemble; mais il y avait une circonstance plus triste: les semelles
    de ses souliers étaient en morceaux de chapeau également pris sur le
    champ de bataille, au-delà du pont de Lodi. Ces semelles improvisées
    tenaient au-dessus des souliers par des ficelles fort visibles, de façon
    que lorsque le majordome de la maison se présenta dans la chambre du
    lieutenant Robert pour l’inviter à dîner avec Mme la marquise, celui-ci
    fut plongé dans un mortel embarras. Son voltigeur et lui passèrent les
    deux heures qui les séparaient de ce fatal dîner à tâcher de recoudre
    un peu l’habit et à teindre en noir avec de l’encre les malheureuses
    ficelles des souliers. Enfin le moment terrible arriva. «De la vie je
    ne fus plus mal à mon aise, me disait le lieutenant Robert; ces dames
    pensaient que j’allais leur faire peur, et moi j’étais plus tremblant
    qu’elles. Je regardais mes souliers et ne savais comment marcher avec
    grâce. La marquise del Dongo, ajoutait-il, était alors dans tout l’éclat
    de sa beauté: vous l’avez connue avec ses yeux si beaux et d’une douceur
    angélique et ses jolis cheveux d’un blond foncé qui dessinaient si
    bien l’ovale de cette figure charmante. J’avais dans ma chambre une
    Hérodiade de Léonard de Vinci qui semblait son portrait. Dieu voulut
    que je fusse tellement saisi de cette beauté surnaturelle que j’en
    oubliai mon costume. Depuis deux ans je ne voyais que des choses laides
    et misérables dans les montagnes du pays de Gênes: j’osai lui adresser
    quelques mots sur mon ravissement.

    «Mais j’avais trop de sens pour m’arrêter longtemps dans le genre
    complimenteur. Tout en tournant mes phrases, je voyais, dans une salle
    à manger toute de marbre, douze laquais et des valets de chambre vêtus
    avec ce qui me semblait alors le comble de la magnificence. Figurez-vous
    que ces coquins-là avaient non seulement de bons souliers, mais encore
    des boucles d’argent. Je voyais du coin de l’œil tous ces regards
    stupides fixés sur mon habit, et peut-être aussi sur mes souliers, ce
    qui me perçait le cœur. J’aurais pu d’un mot faire peur à tous ces gens;
    mais comment les mettre à leur place sans courir le risque d’effaroucher
    les dames? car la marquise pour se donner un peu de courage, comme elle
    me l’a dit cent fois depuis, avait envoyé prendre au couvent où elle
    était pensionnaire en ce temps-là, Gina del Dongo, sœur de son mari,
    qui fut depuis cette charmante comtesse Pietranera: personne dans la
    prospérité ne la surpassa par la gaieté et l’esprit aimable, comme
    personne ne la surpassa par le courage et la sérénité d’âme dans la
    fortune contraire.

    «Gina, qui pouvait avoir alors treize ans, mais qui en paraissait
    dix-huit, vive et franche, comme vous savez, avait tant de peur
    d’éclater de rire en présence de mon costume, qu’elle n’osait
    pas manger; la marquise, au contraire, m’accablait de politesses
    contraintes; elle voyait fort bien dans mes yeux des mouvements
    d’impatience. En un mot, je faisais une sotte figure, je mâchais le
    mépris, chose qu’on dit impossible à un Français. Enfin une idée
    descendue du ciel vint m’illuminer: je me mis à raconter à ces dames
    ma misère, et ce que nous avions souffert depuis deux ans dans les
    montagnes du pays de Gênes où nous retenaient de vieux généraux
    imbéciles. Là, disais-je, on nous donnait des assignats qui n’avaient
    pas cours dans le pays, et trois onces de pain par jour. Je n’avais pas
    parlé deux minutes, que la bonne marquise avait les larmes aux yeux, et
    la Gina était devenue sérieuse.

    «--Quoi, monsieur le lieutenant, me disait celle-ci, trois onces de pain!

    «--Oui, mademoiselle; mais en revanche la distribution manquait trois
    fois la semaine, et comme les paysans chez lesquels nous logions étaient
    encore plus misérables que nous, nous leur donnions un peu de notre pain.

    «En sortant de table, j’offris mon bras à la marquise jusqu’à la porte
    du salon, puis, revenant rapidement sur mes pas, je donnai au domestique
    qui m’avait servi à table cet unique écu de six francs sur l’emploi
    duquel j’avais fait tant de châteaux en Espagne.

    «Huit jours après, continuait Robert, quand il fut bien avéré que les
    Français ne guillotinaient personne, le marquis del Dongo revint de son
    château de Grianta, sur le lac de Côme, où bravement il s’était réfugié
    à l’approche de l’armée, abandonnant aux hasards de la guerre sa jeune
    femme si belle et sa sœur. La haine que ce marquis avait pour nous était
    égale à sa peur, c’est-à-dire incommensurable: sa grosse figure pâle
    et dévote était amusante à voir quand il me faisait des politesses. Le
    lendemain de son retour à Milan, je reçus trois aunes de drap et deux
    cents francs sur la contribution des six millions: je me remplumai, et
    devins le chevalier de ces dames, car les bals commencèrent.

    L’histoire du lieutenant Robert fut à peu près celle de tous les
    Français; au lieu de se moquer de la misère de ces braves soldats, on en
    eut pitié, et on les aima.

    Cette époque de bonheur imprévu et d’ivresse ne dura que deux petites
    années; la folie avait été si excessive et si générale, qu’il me serait
    impossible d’en donner une idée, si ce n’est par cette réflexion
    historique et profonde: ce peuple s’ennuyait depuis cent ans.

    La volupté naturelle aux pays méridionaux avait régné jadis à la cour
    des Visconti et des Sforce, ces fameux ducs de Milan. Mais depuis l’an
    1635, que les Espagnols s’étaient emparés du Milanais, et emparés en
    maîtres taciturnes, soupçonneux, orgueilleux, et craignant toujours la
    révolte, la gaieté s’était enfuie. Les peuples, prenant les mœurs de
    leurs maîtres, songeaient plutôt à se venger de la moindre insulte par
    un coup de poignard qu’à jouir du moment présent.

    La joie folle, la gaieté, la volupté, l’oubli de tous les sentiments
    tristes, ou seulement raisonnables, furent poussés à un tel point,
    depuis le 15 mai 1796, que les Français entrèrent à Milan, jusqu’en
    avril 1799, qu’ils en furent chassés à la suite de la bataille de
    Cassano, que l’on a pu citer de vieux marchands millionnaires, de vieux
    usuriers, de vieux notaires qui, pendant cet intervalle, avaient oublié
    d’être moroses et de gagner de l’argent.

    Tout au plus eût-il été possible de compter quelques familles
    appartenant à la haute noblesse, qui s’étaient retirées dans leurs
    palais à la campagne, comme pour bouder contre l’allégresse générale
    et l’épanouissement de tous les cœurs. Il est véritable aussi que ces
    familles nobles et riches avaient été distinguées d’une manière fâcheuse
    dans la répartition des contributions de guerre demandées pour l’armée
    française.

    Le marquis del Dongo, contrarié de voir tant de gaieté, avait été un des
    premiers à regagner son magnifique château de Grianta, au-delà de Côme,
    où les dames menèrent le lieutenant Robert. Ce château, situé dans une
    position peut-être unique au monde, sur un plateau de cent cinquante
    pieds au-dessus de ce lac sublime dont il domine une grande partie,
    avait été une place forte. La famille del Dongo le fit construire au
    quinzième siècle, comme le témoignaient de toutes parts les marbres
    chargés de ses armes; on y voyait encore des ponts-levis et des fossés
    profonds, à la vérité privés d’eau; mais avec ces murs de quatre-vingts
    pieds de haut et de six pieds d’épaisseur, ce château était à l’abri
    d’un coup de main; et c’est pour cela qu’il était cher au soupçonneux
    marquis. Entouré de vingt-cinq ou trente domestiques qu’il supposait
    dévoués, apparemment parce qu’il ne leur parlait jamais que l’injure à
    la bouche, il était moins tourmenté par la peur qu’à Milan.

    Cette peur n’était pas tout à fait gratuite: il correspondait fort
    activement avec un espion placé par l’Autriche sur la frontière suisse
    à trois lieues de Grianta, pour faire évader les prisonniers faits sur
    le champ de bataille, ce qui aurait pu être pris au sérieux par les
    généraux français.

    Le marquis avait laissé sa jeune femme à Milan: elle y dirigeait
    les affaires de la famille, elle était chargée de faire face aux
    contributions imposées à la casa del Dongo, comme on dit dans le pays;
    elle cherchait à les faire diminuer, ce qui l’obligeait à voir ceux des
    nobles qui avaient accepté des fonctions publiques, et même quelques
    non nobles fort influents. Il survint un grand événement dans cette
    famille. Le marquis avait arrangé le mariage de sa jeune sœur Gina avec
    un personnage fort riche et de la plus haute naissance; mais il portait
    de la poudre: à ce titre, Gina le recevait avec des éclats de rire, et
    bientôt elle fit la folie d’épouser le comte Pietranera. C’était à la
    vérité un fort bon gentilhomme, très bien fait de sa personne, mais
    ruiné de père en fils, et, pour comble de disgrâce, partisan fougueux
    des idées nouvelles. Pietranera était sous-lieutenant dans la légion
    italienne, surcroît de désespoir pour le marquis.

    Après ces deux années de folie et de bonheur, le Directoire de Paris,
    se donnant des airs de souverain bien établi, montra une haine mortelle
    pour tout ce qui n’était pas médiocre. Les généraux ineptes qu’il donna
    à l’armée d’Italie perdirent une suite de batailles dans ces mêmes
    plaines de Vérone, témoins deux ans auparavant des prodiges d’Arcole
    et de Lonato. Les Autrichiens se rapprochèrent de Milan; le lieutenant
    Robert, devenu chef de bataillon et blessé à la bataille de Cassano,
    vint loger pour la dernière fois chez son amie la marquise del Dongo.
    Les adieux furent tristes; Robert partit avec le comte Pietranera qui
    suivait les Français dans leur retraite sur Novi. La jeune comtesse, à
    laquelle son frère refusa de payer sa légitime, suivit l’armée montée
    sur une charrette.

    Alors commença cette époque de réaction et de retour aux idées
    anciennes, que les Milanais appellent «i tredici mesi» (les treize
    mois), parce qu’en effet leur bonheur voulut que ce retour à la sottise
    ne durât que treize mois, jusqu’à Marengo. Tout ce qui était vieux,
    dévot, morose, reparut à la tête des affaires, et reprit la direction
    de la société: bientôt les gens restés fidèles aux bonnes doctrines
    publièrent dans les villages que Napoléon avait été pendu par les
    Mameluks en Egypte, comme il le méritait à tant de titres.

    Parmi ces hommes qui étaient allés bouder dans leurs terres et qui
    revenaient altérés de vengeance, le marquis del Dongo se distinguait par
    sa fureur; son exagération le porta naturellement à la tête du parti.
    Ces messieurs, fort honnêtes gens quand ils n’avaient pas peur, mais qui
    tremblaient toujours, parvinrent à circonvenir le général autrichien:
    assez bon homme, il se laissa persuader que la sévérité était de la
    haute politique, et fit arrêter cent cinquante patriotes: c’était bien
    alors ce qu’il y avait de mieux en Italie.

    Bientôt on les déporta aux bouches de Cattaro, et jetés dans des grottes
    souterraines, l’humidité et surtout le manque de pain firent bonne et
    prompte justice de tous ces coquins.

    Le marquis del Dongo eut une grande place, et, comme il joignait une
    avarice sordide à une foule d’autres belles qualités, il se vanta
    publiquement de ne pas envoyer un écu à sa sœur, la comtesse Pietranera:
    toujours folle d’amour, elle ne voulait pas quitter son mari, et mourait
    de faim en France avec lui. La bonne marquise était désespérée; enfin
    elle réussit à dérober quelques petits diamants dans son écrin, que son
    mari lui reprenait tous les soirs pour l’enfermer sous son lit dans une
    caisse de fer: la marquise avait apporté huit cent mille francs de dot
    à son mari, et recevait quatre-vingts francs par mois pour ses dépenses
    personnelles. Pendant les treize mois que les Français passèrent hors de
    Milan, cette femme si timide trouva des prétextes et ne quitta pas le
    noir.

    Nous avouerons que, suivant l’exemple de beaucoup de graves auteurs,
    nous avons commencé l’histoire de notre héros une année avant sa
    naissance. Ce personnage essentiel n’est autre, en effet, que Fabrice
    Valserra, marchesino del Dongo, comme on dit à Milan 1. Il venait
    justement de se donner la peine de naître lorsque les Français furent
    chassés, et se trouvait, par le hasard de la naissance, le second fils
    de ce marquis del Dongo si grand seigneur, et dont vous connaissez déjà
    le gros visage blême, le sourire faux et la haine sans bornes pour les
    idées nouvelles. Toute la fortune de la maison était substituée au fils
    aîné Ascanio del Dongo, le digne portrait de son père. Il avait huit
    ans, et Fabrice deux, lorsque tout à coup ce général Bonaparte, que
    tous les gens bien nés croyaient pendu depuis longtemps, descendit du
    mont Saint-Bernard. Il entra dans Milan: ce moment est encore unique
    dans l’histoire; figurez-vous tout un peuple amoureux fou. Peu de jours
    après, Napoléon gagna la bataille de Marengo. Le reste est inutile à
    dire. L’ivresse des Milanais fut au comble; mais, cette fois, elle
    était mélangée d’idées de vengeance: on avait appris la haine à ce bon
    peuple. Bientôt l’on vit arriver ce qui restait des patriotes déportés
    aux bouches de Cattaro; leur retour fut célébré par une fête nationale.
    Leurs figures pâles, leurs grands yeux étonnés, leurs membres amaigris,
    faisaient un étrange contraste avec la joie qui éclatait de toutes
    parts. Leur arrivée fut le signal du départ pour les familles les plus
    compromises. Le marquis del Dongo fut des premiers à s’enfuir à son
    château de Grianta. Les chefs des grandes familles étaient remplis
    de haine et de peur; mais leurs femmes, leurs filles, se rappelaient
    les joies du premier séjour des Français, et regrettaient Milan et
    les bals si gais, qui aussitôt après Marengo s’organisèrent à la Casa
    Tanzi. Peu de jours après la victoire, le général français, chargé de
    maintenir la tranquillité dans la Lombardie, s’aperçut que tous les
    fermiers des nobles, que toutes les vieilles femmes de la campagne,
    bien loin de songer encore à cette étonnante victoire de Marengo qui
    avait changé les destinées de l’Italie, et reconquis treize places
    fortes en un jour, n’avaient l’âme occupée que d’une prophétie de saint
    Giovita, le premier patron de Brescia. Suivant cette parole sacrée,
    les prospérités des Français et de Napoléon devaient cesser treize
    semaines juste après Marengo. Ce qui excuse un peu le marquis del Dongo
    et tous les nobles boudeurs des campagnes, c’est que réellement et sans
    comédie ils croyaient à la prophétie. Tous ces gens-là n’avaient pas lu
    quatre volumes en leur vie; ils faisaient ouvertement leurs préparatifs
    pour rentrer à Milan au bout des treize semaines, mais le temps, en
    s’écoulant, marquait de nouveaux succès pour la cause de la France. De
    retour à Paris, Napoléon, par de sages décrets, sauvait la révolution
    à l’intérieur, comme il l’avait sauvée à Marengo contre les étrangers.
    Alors les nobles lombards, réfugiés dans leurs châteaux, découvrirent
    que d’abord ils avaient mal compris la prédiction du saint patron de
    Brescia: il ne s’agissait pas de treize semaines, mais bien de treize
    mois. Les treize mois s’écoulèrent, et la prospérité de la France
    semblait s’augmenter tous les jours.

    Nous glissons sur dix années de progrès et de bonheur, de 1800 à
    1810; Fabrice passa les premières au château de Grianta, donnant et
    recevant force coups de poing au milieu des petits paysans du village,
    et n’apprenant rien, pas même à lire. Plus tard, on l’envoya au
    collège des jésuites à Milan. Le marquis son père exigea qu’on lui
    montrât le latin, non point d’après ces vieux auteurs qui parlent
    toujours des républiques, mais sur un magnifique volume orné de plus
    de cent gravures, chef-d’œuvre des artistes du XVIIe siècle; c’était
    la généalogie latine des Valserra, marquis del Dongo, publiée en 1650
    par Fabrice del Dongo, archevêque de Parme. La fortune des Valserra
    étant surtout militaire, les gravures représentaient force batailles,
    et toujours on voyait quelque héros de ce nom donnant de grands coups
    d’épée. Ce livre plaisait fort au jeune Fabrice. Sa mère, qui l’adorait,
    obtenait de temps en temps la permission de venir le voir à Milan; mais
    son mari ne lui offrant jamais d’argent pour ces voyages, c’était sa
    belle-sœur, l’aimable comtesse Pietranera, qui lui en prêtait. Après le
    retour des Français, la comtesse était devenue l’une des femmes les plus
    brillantes de la cour du prince Eugène, vice-roi d’Italie.

    Lorsque Fabrice eut fait sa première communion, elle obtint du marquis,
    toujours exilé volontaire, la permission de le faire sortir quelquefois
    de son collège. Elle le trouva singulier, spirituel, fort sérieux, mais
    joli garçon, et ne déparant point trop le salon d’une femme à la mode;
    du reste, ignorant à plaisir, et sachant à peine écrire. La comtesse,
    qui portait en toutes choses son caractère enthousiaste, promit sa
    protection au chef de l’établissement, si son neveu Fabrice faisait
    des progrès étonnants, et à la fin de l’année avait beaucoup de prix.
    Pour lui donner les moyens de les mériter, elle l’envoyait chercher
    tous les samedis soir, et souvent ne le rendait à ses maîtres que le
    mercredi ou le jeudi. Les jésuites, quoique tendrement chéris par le
    prince vice-roi, étaient repoussés d’Italie par les lois du royaume,
    et le supérieur du collège, homme habile, sentit tout le parti qu’il
    pourrait tirer de ses relations avec une femme toute-puissante à la
    cour. Il n’eut garde de se plaindre des absences de Fabrice, qui, plus
    ignorant que jamais, à la fin de l’année obtint cinq premiers prix. A
    cette condition, la brillante comtesse Pietranera, suivie de son mari,
    général commandant une des divisions de la garde, et de cinq ou six
    des plus grands personnages de la cour du vice-roi, vint assister à la
    distribution des prix chez les jésuites. Le supérieur fut complimenté
    par ses chefs.

    La comtesse conduisait son neveu à toutes ces fêtes brillantes qui
    marquèrent le règne trop court de l’aimable prince Eugène. Elle
    l’avait créé de son autorité officier de hussards, et Fabrice, âgé de
    douze ans, portait cet uniforme. Un jour, la comtesse, enchantée de
    sa jolie tournure, demanda pour lui au prince une place de page, ce
    qui voulait dire que la famille del Dongo se ralliait. Le lendemain,
    elle eut besoin de tout son crédit pour obtenir que le vice-roi voulût
    bien ne pas se souvenir de cette demande, à laquelle rien ne manquait
    que le consentement du père du futur page, et ce consentement eût été
    refusé avec éclat. A la suite de cette folie, qui fit frémir le marquis
    boudeur, il trouva un prétexte pour rappeler à Grianta le jeune Fabrice.
    La comtesse méprisait souverainement son frère; elle le regardait comme
    un sot triste, et qui serait méchant si jamais il en avait le pouvoir.
    Mais elle était folle de Fabrice, et, après dix ans de silence, elle
    écrivit au marquis pour réclamer son neveu: sa lettre fut laissée sans
    réponse.

    A son retour dans ce palais formidable, bâti par le plus belliqueux de
    ses ancêtres, Fabrice ne savait rien au monde que faire l’exercice et
    monter à cheval. Souvent le comte Pietranera, aussi fou de cet enfant
    que sa femme, le faisait monter à cheval, et le menait avec lui à la
    parade.

    En arrivant au château de Grianta, Fabrice, les yeux encore bien
    rouges des larmes répandues en quittant les beaux salons de sa tante,
    ne trouva que les caresses passionnées de sa mère et de ses sœurs. Le
    marquis était enfermé dans son cabinet avec son fils aîné, le marchesino
    Ascanio. Ils y fabriquaient des lettres chiffrées qui avaient l’honneur
    d’être envoyées à Vienne; le père et le fils ne paraissaient qu’aux
    heures des repas. Le marquis répétait avec affectation qu’il apprenait à
    son successeur naturel à tenir, en partie double, le compte des produits
    de chacune de ses terres. Dans le fait, le marquis était trop jaloux de
    son pouvoir pour parler de ces choses-là à un fils, héritier nécessaire
    de toutes ces terres substituées. Il l’employait à chiffrer des dépêches
    de quinze ou vingt pages que deux ou trois fois la semaine il faisait
    passer en Suisse, d’où on les acheminait à Vienne. Le marquis prétendait
    faire connaître à ses souverains légitimes l’état intérieur du royaume
    d’Italie qu’il ne connaissait pas lui-même, et toutefois ses lettres
    avaient beaucoup de succès; voici comment. Le marquis faisait compter
    sur la grande route, par quelque agent sûr, le nombre des soldats de tel
    régiment français ou italien qui changeait de garnison, et, en rendant
    compte du fait à la cour de Vienne, il avait soin de diminuer d’un grand
    quart le nombre des soldats présents. Ces lettres, d’ailleurs ridicules,
    avaient le mérite d’en démentir d’autres plus véridiques, et elles
    plaisaient. Aussi, peu de temps avant l’arrivée de Fabrice au château,
    le marquis avait-il reçu la plaque d’un ordre renommé: c’était la
    cinquième qui ornait son habit de chambellan. A la vérité, il avait le
    chagrin de ne pas oser arborer cet habit hors de son cabinet; mais il ne
    se permettait jamais de dicter une dépêche sans avoir revêtu le costume
    brodé, garni de tous ses ordres. Il eût cru manquer de respect d’en agir
    autrement.

    La marquise fut émerveillée des grâces de son fils. Mais elle avait
    conservé l’habitude d’écrire deux ou trois fois par an au général comte
    d’A***; c’était le nom actuel du lieutenant Robert. La marquise avait
    horreur de mentir aux gens qu’elle aimait; elle interrogea son fils et
    fut épouvantée de son ignorance.

    «S’il me semble peu instruit, se disait-elle, à moi qui ne sais rien,
    Robert, qui est si savant, trouverait son éducation absolument manquée;
    or maintenant il faut du mérite.» Une autre particularité qui l’étonna
    presque autant, c’est que Fabrice avait pris au sérieux toutes les
    choses religieuses qu’on lui avait enseignées chez les jésuites. Quoique
    fort pieuse elle-même, le fanatisme de cet enfant la fit frémir. «Si
    le marquis a l’esprit de deviner ce moyen d’influence, il va m’enlever
    l’amour de mon fils.» Elle pleura beaucoup, et sa passion pour Fabrice
    s’en augmenta.

    La vie de ce château, peuplé de trente ou quarante domestiques, était
    fort triste; aussi Fabrice passait-il toutes ses journées à la chasse
    ou à courir le lac sur une barque. Bientôt il fut étroitement lié avec
    les cochers et les hommes des écuries; tous étaient partisans fous des
    Français et se moquaient ouvertement des valets de chambre dévots,
    attachés à la personne du marquis ou à celle de son fils aîné. Le grand
    sujet de plaisanterie contre ces personnages graves, c’est qu’ils
    portaient de la poudre à l’instar de leurs maîtres.

    CHAPITRE II

    ...Alors que Vesper vint embrunir nos yeux,
    Tout épris d’avenir, je contemple les cieux,
    En qui Dieu nous escrit, par notes non obscures,
    Les sorts et les destins de toutes créatures.
    Car lui, du fond des cieux regardant un humain,
    Parfois mû de pitié, lui montre le chemin;
    Par les astres du ciel qui sont ses caractères,
    Les choses nous prédit et bonnes et contraires;
    Mais les hommes, chargés de terre et de trépas,
    Méprisent tel écrit, et ne le lisent pas.
    Ronsard

    Le marquis professait une haine vigoureuse pour les lumières: «Ce
    sont les idées, disait-il, qui ont perdu l’Italie.» Il ne savait trop
    comment concilier cette sainte horreur de l’instruction, avec le désir
    de voir son fils Fabrice perfectionner l’éducation si brillamment
    commencée chez les jésuites. Pour courir le moins de risques possible,
    il chargea le bon abbé Blanès, curé de Grianta, de faire continuer à
    Fabrice ses études en latin. Il eût fallu que le curé lui-même sût
    cette langue; or elle était l’objet de ses mépris; ses connaissances en
    ce genre se bornaient à réciter, par cœur, les prières de son missel,
    dont il pouvait rendre à peu près le sens à ses ouailles. Mais ce curé
    n’en était pas moins fort respecté et même redouté dans le canton; il
    avait toujours dit que ce n’était point en treize semaines ni même en
    treize mois, que l’on verrait s’accomplir la célèbre prophétie de saint
    Giovita, le patron de Brescia. Il ajoutait, quand il parlait à des
    amis sûrs, que ce nombre treize devait être interprété d’une façon qui
    étonnerait bien du monde, s’il était permis de tout dire (1813).

    Le fait est que l’abbé Blanès, personnage d’une honnêteté et d’une vertu
    primitives, et de plus homme d’esprit, passait toutes les nuits au haut
    de son clocher; il était fou d’astrologie. Après avoir usé ses journées
    à calculer des conjonctions et des positions d’étoiles, il employait la
    meilleure part de ses nuits à les suivre dans le ciel. Par suite de sa
    pauvreté, il n’avait d’autre instrument qu’une longue lunette à tuyau
    de carton. On peut juger du mépris qu’avait pour l’étude des langues un
    homme qui passait sa vie à découvrir l’époque précise de la chute des
    empires et des révolutions qui changent la face du monde. «Que sais-je
    de plus sur un cheval, disait-il à Fabrice, depuis qu’on m’a appris
    qu’en latin il s’appelle equus?»

    Les paysans redoutaient l’abbé Blanès comme un grand magicien: pour lui,
    à l’aide de la peur qu’inspiraient ses stations dans le clocher, il les
    empêchait de voler. Ses confrères les curés des environs, fort jaloux de
    son influence, le détestaient; le marquis del Dongo le méprisait tout
    simplement parce qu’il raisonnait trop pour un homme de si bas étage.
    Fabrice l’adorait: pour lui plaire il passait quelquefois des soirées
    entières à faire des additions ou des multiplications énormes. Puis
    il montait au clocher: c’était une grande faveur et que l’abbé Blanès
    n’avait jamais accordée à personne; mais il aimait cet enfant pour sa
    naïveté.

    --Si tu ne deviens pas hypocrite, lui disait-il, peut-être tu seras un
    homme.

    Deux ou trois fois par an, Fabrice, intrépide et passionné dans ses
    plaisirs, était sur le point de se noyer dans le lac. Il était le chef
    de toutes les grandes expéditions des petits paysans de Grianta et de
    la Cadenabia. Ces enfants s’étaient procuré quelques petites clefs, et
    quand la nuit était bien noire, ils essayaient d’ouvrir les cadenas
    de ces chaînes qui attachent les bateaux à quelque grosse pierre ou
    à quelque arbre voisin du rivage. Il faut savoir que sur le lac de
    Côme l’industrie des pêcheurs place des lignes dormantes à une grande
    distance des bords. L’extrémité supérieure de la corde est attachée
    à une planchette doublée de liège, et une branche de coudrier très
    flexible, fichée sur cette planchette, soutient une petite sonnette qui
    tinte lorsque le poisson, pris à la ligne, donne des secousses à la
    corde.

    Le grand objet de ces expéditions nocturnes, que Fabrice commandait en
    chef, était d’aller visiter les lignes dormantes, avant que les pêcheurs
    eussent entendu l’avertissement donné par les petites clochettes.
    On choisissait les temps d’orage; et, pour ces parties hasardeuses,
    on s’embarquait le matin, une heure avant l’aube. En montant dans
    la barque, ces enfants croyaient se précipiter dans les plus grands
    dangers, c’était là le beau côté de leur action; et, suivant l’exemple
    de leurs pères, ils récitaient dévotement un Ave Maria. Or, il arrivait
    souvent qu’au moment du départ, et à l’instant qui suivait l’Ave
    Maria, Fabrice était frappé d’un présage. C’était là le fruit qu’il
    avait retiré des études astrologiques de son ami l’abbé Blanès, aux
    prédictions duquel il ne croyait point. Suivant sa jeune imagination,
    ce présage lui annonçait avec certitude le bon ou le mauvais succès;
    et comme il avait plus de résolution qu’aucun de ses camarades, peu à
    peu toute la troupe prit tellement l’habitude des présages, que si, au
    moment de s’embarquer, on apercevait sur la côte un prêtre, ou si l’on
    voyait un corbeau s’envoler à main gauche, on se hâtait de remettre le
    cadenas à la chaîne du bateau, et chacun allait se recoucher. Ainsi
    l’abbé Blanès n’avait pas communiqué sa science assez difficile à
    Fabrice; mais à son insu, il lui avait inoculé une confiance illimitée
    dans les signes qui peuvent prédire l’avenir.

    Le marquis sentait qu’un accident arrivé à sa correspondance chiffrée
    pouvait le mettre à la merci de sa sœur; aussi tous les ans, à l’époque
    de la Sainte-Angela, fête de la comtesse Pietranera, Fabrice obtenait la
    permission d’aller passer huit jours à Milan. Il vivait toute l’année
    dans l’espérance ou le regret de ces huit jours. En cette grande
    occasion, pour accomplir ce voyage politique, le marquis remettait à
    son fils quatre écus, et, suivant l’usage, ne donnait rien à sa femme,
    qui le menait. Mais un des cuisiniers, six laquais et un cocher avec
    deux chevaux, partaient pour Côme, la veille du voyage, et chaque jour,
    à Milan, la marquise trouvait une voiture à ses ordres, et un dîner de
    douze couverts.

    Le genre de vie boudeur que menait le marquis del Dongo était assurément
    fort peu divertissant; mais il avait cet avantage qu’il enrichissait
    à jamais les familles qui avaient la bonté de s’y livrer. Le marquis,
    qui avait plus de deux cent mille livres de rente, n’en dépensait pas
    le quart; il vivait d’espérances. Pendant les treize années de 1800 à
    1813, il crut constamment et fermement que Napoléon serait renversé
    avant six mois. Qu’on juge de son ravissement quand, au commencement
    de 1813, il apprit les désastres de la Bérésina! La prise de Paris et
    la chute de Napoléon faillirent lui faire perdre la tête; il se permit
    alors les propos les plus outrageants envers sa femme et sa sœur. Enfin,
    après quatorze années d’attente, il eut cette joie inexprimable de
    voir les troupes autrichiennes rentrer dans Milan. D’après les ordres
    venus de Vienne, le général autrichien reçut le marquis del Dongo avec
    une considération voisine du respect; on se hâta de lui offrir une
    des premières places dans le gouvernement, et il l’accepta comme le
    paiement d’une dette. Son fils aîné eut une lieutenance dans l’un des
    plus beaux régiments de la monarchie; mais le second ne voulut jamais
    accepter une place de cadet qui lui était offerte. Ce triomphe, dont
    le marquis jouissait avec une insolence rare, ne dura que quelques
    mois, et fut suivi d’un revers humiliant. Jamais il n’avait eu le
    talent des affaires, et quatorze années passées à la campagne, entre
    ses valets, son notaire et son médecin, jointes à la mauvaise humeur
    de la vieillesse qui était survenue, en avaient fait un homme tout
    à fait incapable. Or il n’est pas possible, en pays autrichien, de
    conserver une place importante sans avoir le genre de talent que réclame
    l’administration lente et compliquée, mais fort raisonnable, de cette
    vieille monarchie. Les bévues du marquis del Dongo scandalisaient
    les employés et même arrêtaient la marche des affaires. Ses propos
    ultra-monarchiques irritaient les populations qu’on voulait plonger
    dans le sommeil et l’incurie. Un beau jour, il apprit que Sa Majesté
    avait daigné accepter gracieusement la démission qu’il donnait de son
    emploi dans l’administration, et en même temps lui conférait la place de
    second grand majordome major du royaume lombardo-vénitien. Le marquis
    fut indigné de l’injustice atroce dont il était victime; il fit imprimer
    une lettre à un ami, lui qui exécrait tellement la liberté de la presse.
    Enfin il écrivit à l’Empereur que ses ministres le trahissaient, et
    n’étaient que des jacobins. Ces choses faites, il revint tristement
    à son château de Grianta. Il eut une consolation. Après la chute de
    Napoléon, certains personnages puissants à Milan firent assommer dans
    les rues le comte Prina, ancien ministre du roi d’Italie, et homme du
    premier mérite. Le comte Pietranera exposa sa vie pour sauver celle du
    ministre, qui fut tué à coups de parapluie, et dont le supplice dura
    cinq heures. Un prêtre, confesseur du marquis del Dongo, eût pu sauver
    Prina en lui ouvrant la grille de l’église de San Giovanni, devant
    laquelle on traînait le malheureux ministre, qui même un instant fut
    abandonné dans le ruisseau, au milieu de la rue; mais il refusa d’ouvrir
    sa grille avec dérision, et, six mois après, le marquis eut le bonheur
    de lui faire obtenir un bel avancement.

    Il exécrait le comte Pietranera, son beau-frère, lequel, n’ayant pas
    cinquante louis de rente, osait être assez content, s’avisait de se
    montrer fidèle à ce qu’il avait aimé toute sa vie, et avait l’insolence
    de prôner cet esprit de justice sans acceptation de personnes, que le
    marquis appelait un jacobinisme infâme. Le comte avait refusé de prendre
    du service en Autriche, on fit valoir ce refus, et, quelques mois après
    la mort de Prina, les mêmes personnages qui avaient payé les assassins
    obtinrent que le général Pietranera serait jeté en prison. Sur quoi la
    comtesse, sa femme, prit un passeport et demanda des chevaux de poste
    pour aller à Vienne dire la vérité à l’Empereur. Les assassins de Prina
    eurent peur, et l’un d’eux, cousin de Mme Pietranera, vint lui apporter
    à minuit, une heure avant son départ pour Vienne, l’ordre de mettre
    en liberté son mari. Le lendemain, le général autrichien fit appeler
    le comte Pietranera, le reçut avec toute la distinction possible, et
    l’assura que sa pension de retraite ne tarderait pas à être liquidée sur
    le pied le plus avantageux. Le brave général Bubna, homme d’esprit et de
    cœur, avait l’air tout honteux de l’assassinat de Prina et de la prison
    du comte.

    Après cette bourrasque, conjurée par le caractère ferme de la comtesse,
    les deux époux vécurent, tant bien que mal, avec la pension de retraite,
    qui, grâce à la recommandation du général Bubna, ne se fit pas attendre.

    Par bonheur, il se trouva que, depuis cinq ou six ans, la comtesse avait
    beaucoup d’amitié pour un jeune homme fort riche, lequel était aussi
    ami intime du comte, et ne manquait pas de mettre à leur disposition le
    plus bel attelage de chevaux anglais qui fût alors à Milan, sa loge au
    théâtre de la Scala, et son château à la campagne. Mais le comte avait
    la conscience de sa bravoure, son âme était généreuse, il s’emportait
    facilement, et alors se permettait d’étranges propos. Un jour qu’il
    était à la chasse avec des jeunes gens, l’un d’eux, qui avait servi
    sous d’autres drapeaux que lui, se mit à faire des plaisanteries sur la
    bravoure des soldats de la république cisalpine; le comte lui donna un
    soufflet, l’on se battit aussitôt, et le comte, qui était seul de son
    bord, au milieu de tous ces jeunes gens, fut tué. On parla beaucoup de
    cette espèce de duel, et les personnes qui s’y étaient trouvées prirent
    le parti d’aller voyager en Suisse.

    Ce courage ridicule qu’on appelle résignation, le courage d’un sot qui
    se laisse prendre sans mot dire n’était point à l’usage de la comtesse.
    Furieuse de la mort de son mari, elle aurait voulu que Limercati, ce
    jeune homme riche, son ami intime, prît aussi la fantaisie de voyager en
    Suisse, et de donner un coup de carabine ou un soufflet au meurtrier du
    comte Pietranera.

    Limercati trouva ce projet d’un ridicule achevé et la comtesse s’aperçut
    que chez elle le mépris avait tué l’amour. Elle redoubla d’attention
    pour Limercati; elle voulait réveiller son amour, et ensuite le
    planter là et le mettre au désespoir. Pour rendre ce plan de vengeance
    intelligible en France, je dirai qu’à Milan, pays fort éloigné du
    nôtre, on est encore au désespoir par amour. La comtesse, qui, dans
    ses habits de deuil, éclipsait de bien loin toutes ses rivales, fit
    des coquetteries aux jeunes gens qui tenaient le haut du pavé, et l’un
    d’eux, le comte N..., qui, de tout temps, avait dit qu’il trouvait le
    mérite de Limercati un peu lourd, un peu empesé pour une femme d’autant
    d’esprit, devint amoureux fou de la comtesse. Elle écrivit à Limercati:

    Voulez-vous agir une fois en homme d’esprit?
    Figurez-vous que vous ne m’avez jamais connue.
    Je suis, avec un peu de mépris peut-être,
    votre très humble servante.
    G<small>INA</small> P<small>IETRANERA</small>.

    A la lecture de ce billet, Limercati partit pour un de ses châteaux;
    son amour s’exalta, il devint fou, et parla de se brûler la cervelle,
    chose inusitée dans les pays à enfer. Dès le lendemain de son arrivée
    à la campagne, il avait écrit à la comtesse pour lui offrir sa main et
    ses deux cent mille livres de rente. Elle lui renvoya sa lettre non
    décachetée par le groom du comte N... Sur quoi Limercati a passé trois
    ans dans ses terres, revenant tous les deux mois à Milan, mais sans
    avoir jamais le courage d’y rester, et ennuyant tous ses amis de son
    amour passionné pour la comtesse, et du récit circonstancié des bontés
    que jadis elle avait pour lui. Dans les commencements, il ajoutait
    qu’avec le comte N... elle se perdait, et qu’une telle liaison la
    déshonorait.

    Le fait est que la comtesse n’avait aucune sorte d’amour pour le comte
    N..., et c’est ce qu’elle lui déclara quand elle fut tout à fait sûre du
    désespoir de Limercati. Le comte, qui avait de l’usage, la pria de ne
    point divulguer la triste vérité dont elle lui faisait confidence:

    --Si vous avez l’extrême indulgence, ajouta-t-il, de continuer à me
    recevoir avec toutes les distinctions extérieures accordées à l’amant
    régnant, je trouverai peut-être une place convenable.

    Après cette déclaration héroïque la comtesse ne voulut plus des chevaux
    ni de la loge du comte N... Mais depuis quinze ans elle était accoutumée
    à la vie la plus élégante: elle eut à résoudre ce problème difficile ou
    pour mieux dire impossible: vivre à Milan avec une pension de quinze
    cents francs. Elle quitta son palais, loua deux chambres à un cinquième
    étage, renvoya tous ses gens et jusqu’à sa femme de chambre remplacée
    par une pauvre vieille faisant des ménages. Ce sacrifice était dans le
    fait moins héroïque et moins pénible qu’il ne nous semble; à Milan la
    pauvreté n’est pas un ridicule, et partant ne se montre pas aux âmes
    effrayées comme le pire des maux. Après quelques mois de cette pauvreté
    noble, assiégée par les lettres continuelles de Limercati, et même du
    comte N... qui lui aussi voulait épouser, il arriva que le marquis del
    Dongo, ordinairement d’une avarice exécrable, vint à penser que ses
    ennemis pourraient bien triompher de la misère de sa sœur. Quoi! une del
    Dongo être réduite à vivre avec la pension que la cour de Vienne, dont
    il avait tant à se plaindre, accorde aux veuves de ses généraux!

    Il lui écrivit qu’un appartement et un traitement dignes de sa sœur
    l’attendaient au château de Grianta. L’âme mobile de la comtesse
    embrassa avec enthousiasme l’idée de ce nouveau genre de vie; il y avait
    vingt ans qu’elle n’avait pas habité ce château vénérable s’élevant
    majestueusement au milieu des vieux châtaigniers plantés du temps des
    Sforce. «Là, se disait-elle, je trouverai le repos, et, à mon âge,
    n’est-ce pas le bonheur? (Comme elle avait trente et un ans elle se
    croyait arrivée au moment de la retraite.) Sur ce lac sublime où je suis
    née, m’attend enfin une vie heureuse et paisible.»

    Je ne sais si elle se trompait, mais ce qu’il y a de sûr c’est que cette
    âme passionnée, qui venait de refuser si lestement l’offre de deux
    immenses fortunes, apporta le bonheur au château de Grianta. Ses deux
    nièces étaient folles de joie.

    --Tu m’as rendu les beaux jours de la jeunesse, lui disait la marquise
    en l’embrassant; la veille de ton arrivée, j’avais cent ans. La comtesse
    se mit à revoir, avec Fabrice, tous ces lieux enchanteurs voisins de
    Grianta, et si célébrés par les voyageurs: la villa Melzi de l’autre
    côté du lac, vis-à-vis le château, et qui lui sert de point de vue,
    au-dessus le bois sacré des Sfondrata, et le hardi promontoire qui
    sépare les deux branches du lac, celle de Côme, si voluptueuse, et celle
    qui court vers Lecco, pleine de sévérité: aspects sublimes et gracieux,
    que le site le plus renommé du monde, la baie de Naples, égale, mais
    ne surpasse point. C’était avec ravissement que la comtesse retrouvait
    les souvenirs de sa première jeunesse et les comparait à ses sensations
    actuelles. «Le lac de Côme, se disait-elle, n’est point environné, comme
    le lac de Genève, de grandes pièces de terre bien closes et cultivées
    selon les meilleures méthodes, choses qui rappellent l’argent et la
    spéculation. Ici de tous côtés je vois des collines d’inégales hauteurs
    couvertes de bouquets d’arbres plantés par le hasard, et que la main
    de l’homme n’a point encore gâtés et forcés à rendre du revenu. Au
    milieu de ces collines aux formes admirables et se précipitant vers le
    lac par des pentes si singulières, je puis garder toutes les illusions
    des descriptions du Tasse et de l’Arioste. Tout est noble et tendre,
    tout parle d’amour, rien ne rappelle les laideurs de la civilisation.
    Les villages situés à mi-côte sont cachés par de grands arbres, et
    au-dessus des sommets des arbres s’élève l’architecture charmante de
    leurs jolis clochers. Si quelque petit champ de cinquante pas de large
    vient interrompre de temps à autre les bouquets de châtaigniers et de
    cerisiers sauvages, l’œil satisfait y voit croître des plantes plus
    vigoureuses et plus heureuses là qu’ailleurs. Par-delà ces collines,
    dont le faîte offre des ermitages qu’on voudrait tous habiter, l’œil
    étonné aperçoit les pics des Alpes, toujours couverts de neige, et leur
    austérité sévère lui rappelle des malheurs de la vie ce qu’il en faut
    pour accroître la volupté présente. L’imagination est touchée par le son
    lointain de la cloche de quelque petit village caché sous les arbres:
    ces sons portés sur les eaux qui les adoucissent prennent une teinte de
    douce mélancolie et de résignation, et semblent dire à l’homme: La vie
    s’enfuit, ne te montre donc point si difficile envers le bonheur qui se
    présente, hâte-toi de jouir.» Le langage de ces lieux ravissants, et qui
    n’ont point de pareils au monde, rendit à la comtesse son cœur de seize
    ans. Elle ne concevait pas comment elle avait pu passer tant d’années
    sans revoir le lac. «Est-ce donc au commencement de la vieillesse,
    se disait-elle, que le bonheur se serait réfugié?» Elle acheta une
    barque que Fabrice, la marquise et elle ornèrent de leurs mains, car
    on manquait d’argent pour tout, au milieu de l’état de maison le plus
    splendide; depuis sa disgrâce le marquis del Dongo avait redoublé de
    faste aristocratique. Par exemple, pour gagner dix pas de terrain sur le
    lac, près de la fameuse allée de platanes, à côté de la Cadenabia, il
    faisait construire une digue dont le devis allait à quatre-vingt mille
    francs. A l’extrémité de la digue on voyait s’élever, sur les dessins
    du fameux marquis Cagnola, une chapelle bâtie tout entière en blocs de
    granit énormes, et, dans la chapelle, Marchesi, le sculpteur à la mode
    de Milan, lui bâtissait un tombeau sur lequel des bas-reliefs nombreux
    devaient représenter les belles actions de ses ancêtres.

    Le frère aîné de Fabrice, le marchesino Ascagne, voulut se mettre des
    promenades de ces dames; mais sa tante jetait de l’eau sur ses cheveux
    poudrés, et avait tous les jours quelque nouvelle niche à lancer à sa
    gravité. Enfin il délivra de l’aspect de sa grosse figure blafarde la
    joyeuse troupe qui n’osait rire en sa présence. On pensait qu’il était
    l’espion du marquis son père, et il fallait ménager ce despote sévère et
    toujours furieux depuis sa démission forcée.

    Ascagne jura de se venger de Fabrice.

    Il y eut une tempête où l’on courut des dangers; quoiqu’on eût
    infiniment peu d’argent, on paya généreusement les deux bateliers
    pour qu’ils ne dissent rien au marquis, qui déjà témoignait beaucoup
    d’humeur de ce qu’on emmenait ses deux filles. On rencontra une seconde
    tempête; elles sont terribles et imprévues sur ce beau lac: des rafales
    de vent sortent à l’improviste de deux gorges de montagnes placées
    dans des directions opposées et luttent sur les eaux. La comtesse
    voulut débarquer au milieu de l’ouragan et des coups de tonnerre; elle
    prétendait que, placée sur un rocher isolé au milieu du lac, et grand
    comme une petite chambre, elle aurait un spectacle singulier; elle se
    verrait assiégée de toutes parts par des vagues furieuses, mais, en
    sautant de la barque, elle tomba dans l’eau. Fabrice se jeta après elle
    pour la sauver, et tous deux furent entraînés assez loin. Sans doute
    il n’est pas beau de se noyer, mais l’ennui, tout étonné, était banni
    du château féodal. La comtesse s’était passionnée pour le caractère
    primitif et pour l’astrologie de l’abbé Blanès. Le peu d’argent qui lui
    restait après l’acquisition de la barque avait été employé à acheter un
    petit télescope de rencontre, et presque tous les soirs, avec ses nièces
    et Fabrice, elle allait s’établir sur la plate-forme d’une des tours
    gothiques du château. Fabrice était le savant de la troupe, et l’on
    passait là plusieurs heures fort gaiement, loin des espions.

    Il faut avouer qu’il y avait des journées où la comtesse n’adressait la
    parole à personne; on la voyait se promener sous les hauts châtaigniers,
    plongée dans de sombres rêveries; elle avait trop d’esprit pour ne pas
    sentir parfois l’ennui qu’il y a à ne pas échanger ses idées. Mais le
    lendemain elle riait comme la veille: c’étaient les doléances de la
    marquise, sa belle-sœur, qui produisaient ces impressions sombres sur
    cette âme naturellement si agissante.

    --Passerons-nous donc ce qui nous reste de jeunesse dans ce triste
    château! s’écriait la marquise.

    Avant l’arrivée de la comtesse, elle n’avait pas même le courage d’avoir
    de ces regrets.

    L’on vécut ainsi pendant l’hiver de 1814 à 1815. Deux fois, malgré sa
    pauvreté, la comtesse vint passer quelques jours à Milan; il s’agissait
    de voir un ballet sublime de Vigano, donné au théâtre de la Scala, et le
    marquis ne défendait point à sa femme d’accompagner sa belle-sœur. On
    allait toucher les quartiers de la petite pension, et c’était la pauvre
    veuve du général cisalpin qui prêtait quelques sequins à la richissime
    marquise del Dongo. Ces parties étaient charmantes; on invitait à dîner
    de vieux amis, et l’on se consolait en riant de tout, comme de vrais
    enfants. Cette gaieté italienne, pleine de brio et d’imprévu, faisait
    oublier la tristesse sombre que les regards du marquis et de son fils
    aîné répandaient autour d’eux à Grianta. Fabrice, à peine âgé de seize
    ans, représentait fort bien le chef de la maison.

    Le 7 mars 1815, les dames étaient de retour, depuis l’avant-veille, d’un
    charmant petit voyage de Milan; elles se promenaient dans la belle allée
    de platanes récemment prolongée sur l’extrême bord du lac. Une barque
    parut, venant du côté de Côme, et fit des signes singuliers. Un agent
    du marquis sauta sur la digue: Napoléon venait de débarquer au golfe
    de Juan. L’Europe eut la bonhomie d’être surprise de cet événement,
    qui ne surprit point le marquis del Dongo; il écrivit à son souverain
    une lettre pleine d’effusion de cœur; il lui offrait ses talents et
    plusieurs millions, et lui répétait que ses ministres étaient des
    jacobins d’accord avec les meneurs de Paris.

    Le 8 mars, à six heures du matin, le marquis, revêtu de ses insignes,
    se faisait dicter, par son fils aîné, le brouillon d’une troisième
    dépêche politique; il s’occupait avec gravité à la transcrire de sa
    belle écriture soignée, sur du papier portant en filigrane l’effigie du
    souverain. Au même instant, Fabrice se faisait annoncer chez la comtesse
    Pietranera.

    --Je pars, lui dit-il, je vais rejoindre l’Empereur, qui est aussi roi
    d’Italie; il avait tant d’amitié pour ton mari! Je passe par la Suisse.
    Cette nuit, à Menagio, mon ami Vasi, le marchand de baromètres, m’a
    donné son passeport; maintenant donne-moi quelques napoléons, car je
    n’en ai que deux à moi; mais s’il le faut, j’irai à pied.

    La comtesse pleurait de joie et d’angoisse.

    --Grand Dieu! pourquoi faut-il que cette idée te soit venue!
    s’écriait-elle en saisissant les mains de Fabrice.

    Elle se leva et alla prendre dans l’armoire au linge, où elle était
    soigneusement cachée, une petite bourse ornée de perles; c’était tout ce
    qu’elle possédait au monde.

    --Prends, dit-elle à Fabrice; mais au nom de Dieu! ne te fais pas tuer.
    Que restera-t-il à ta malheureuse mère et à moi, si tu nous manques?
    Quant au succès de Napoléon, il est impossible, mon pauvre ami; nos
    messieurs sauront bien le faire périr. N’as-tu pas entendu, il y a huit
    jours, à Milan, l’histoire des vingt-trois projets d’assassinat tous
    si bien combinés et auxquels il n’échappa que par miracle? et alors
    il était tout-puissant. Et tu as vu que ce n’est pas la volonté de le
    perdre qui manque à nos ennemis; la France n’était plus rien depuis son
    départ.

    C’était avec l’accent de l’émotion la plus vive que la comtesse parlait
    à Fabrice des futures destinées de Napoléon.

    --En te permettant d’aller le rejoindre, je lui sacrifie ce que j’ai de
    plus cher au monde, disait-elle. Les yeux de Fabrice se mouillèrent, il
    répandit des larmes en embrassant la comtesse, mais sa résolution de
    partir ne fut pas un instant ébranlée. Il expliquait avec effusion à
    cette amie si chère toutes les raisons qui le déterminaient, et que nous
    prenons la liberté de trouver bien plaisantes.

    --Hier soir, il était six heures moins sept minutes, nous nous
    promenions, comme tu sais, sur le bord du lac dans l’allée de platanes,
    au-dessous de la Casa Sommariva, et nous marchions vers le sud. Là,
    pour la première fois, j’ai remarqué au loin le bateau qui venait de
    Côme, porteur d’une si grande nouvelle. Comme je regardais ce bateau
    sans songer à l’Empereur, et seulement enviant le sort de ceux qui
    peuvent voyager, tout à coup j’ai été saisi d’une émotion profonde. Le
    bateau a pris terre, l’agent a parlé bas à mon père, qui a changé de
    couleur, et nous a pris à part pour nous annoncer la terrible nouvelle.
    Je me tournai vers le lac sans autre but que de cacher les larmes de
    joie dont mes yeux étaient inondés. Tout à coup, à une hauteur immense
    et à ma droite j’ai vu un aigle, l’oiseau de Napoléon; il volait
    majestueusement, se dirigeant vers la Suisse, et par conséquent vers
    Paris. Et moi aussi, me suis-je dit à l’instant, je traverserai la
    Suisse avec la rapidité de l’aigle, et j’irai offrir à ce grand homme
    bien peu de chose, mais enfin tout ce que je puis offrir, le secours de
    mon faible bras. Il voulut nous donner une patrie et il aima mon oncle.
    A l’instant, quand je voyais encore l’aigle, par un effet singulier
    mes larmes se sont taries; et la preuve que cette idée vient d’en
    haut, c’est qu’au même moment, sans discuter, j’ai pris ma résolution
    et j’ai vu les moyens d’exécuter ce voyage. En un clin d’œil toutes
    les tristesses qui, comme tu sais, empoisonnent ma vie, surtout les
    dimanches, ont été comme enlevées par un souffle divin. J’ai vu cette
    grande image de l’Italie se relever de la fange où les Allemands la
    retiennent plongée 2; elle étendait ses bras meurtris et encore à demi
    chargés de chaînes vers son roi et son libérateur. Et moi, me suis-je
    dit, fils encore inconnu de cette mère malheureuse, je partirai, j’irai
    mourir ou vaincre avec cet homme marqué par le destin, et qui voulut
    nous laver du mépris que nous jettent même les plus esclaves et les plus
    vils parmi les habitants de l’Europe.

    «Tu sais, ajouta-t-il à voix basse en se rapprochant de la comtesse,
    et fixant sur elle ses yeux d’où jaillissaient des flammes, tu sais ce
    jeune marronnier que ma mère, l’hiver de ma naissance, planta elle-même
    au bord de la grande fontaine dans notre forêt, à deux lieues d’ici:
    avant de rien faire, j’ai voulu l’aller visiter. Le printemps n’est pas
    trop avancé, me disais-je: eh bien! si mon arbre a des feuilles, ce sera
    un signe pour moi. Moi aussi je dois sortir de l’état de torpeur où je
    languis dans ce triste et froid château. Ne trouves-tu pas que ces vieux
    murs noircis, symboles maintenant et autrefois moyens du despotisme,
    sont une véritable image du triste hiver? ils sont pour moi ce que
    l’hiver est pour mon arbre.

    «Le croirais-tu, Gina? hier soir à sept heures et demie j’arrivais à mon
    marronnier; il avait des feuilles, de jolies petites feuilles déjà assez
    grandes! Je les baisai sans leur faire de mal. J’ai bêché la terre avec
    respect à l’entour de l’arbre chéri. Aussitôt, rempli d’un transport
    nouveau, j’ai traversé la montagne; je suis arrivé à Menagio: il me
    fallait un passeport pour entrer en Suisse. Le temps avait volé, il
    était déjà une heure du matin quand je me suis vu à la porte de Vasi. Je
    pensais devoir frapper longtemps pour le réveiller; mais il était debout
    avec trois de ses amis. A mon premier mot: «Tu vas rejoindre Napoléon!»
    s’est-il écrié, et il m’a sauté au cou. Les autres aussi m’ont embrassé
    avec transport. «Pourquoi suis-je marié!» disait l’un d’eux.

    Mme Pietranera était devenue pensive; elle crut devoir présenter
    quelques objections. Si Fabrice eût eu la moindre expérience, il eût
    bien vu que la comtesse elle-même ne croyait pas aux bonnes raisons
    qu’elle se hâtait de lui donner. Mais, à défaut d’expérience, il avait
    de la résolution; il ne daigna pas même écouter ces raisons. La comtesse
    se réduisit bientôt à obtenir de lui que du moins il fît part de son
    projet à sa mère.

    --Elle le dira à mes sœurs, et ces femmes me trahiront à leur insu!
    s’écria Fabrice avec une sorte de hauteur héroïque.

    --Parlez donc avec plus de respect, dit la comtesse souriant au milieu
    de ses larmes, du sexe qui fera votre fortune; car vous déplairez
    toujours aux hommes, vous avez trop de feu pour les âmes prosaïques.

    La marquise fondit en larmes en apprenant l’étrange projet de son
    fils; elle n’en sentait pas l’héroïsme, et fit tout son possible pour
    le retenir. Quand elle fut convaincue que rien au monde, excepté les
    murs d’une prison, ne pourrait l’empêcher de partir, elle lui remit
    le peu d’argent qu’elle possédait; puis elle se souvint qu’elle avait
    depuis la veille huit ou dix petits diamants valant peut-être dix mille
    francs, que le marquis lui avait confiés pour les faire monter à Milan.
    Les sœurs de Fabrice entrèrent chez leur mère tandis que la comtesse
    cousait ces diamants dans l’habit de voyage de notre héros; il rendait à
    ces pauvres femmes leurs chétifs napoléons. Ses sœurs furent tellement
    enthousiasmées de son projet, elles l’embrassaient avec une joie si
    bruyante qu’il prit à la main quelques diamants qui restaient encore à
    cacher, et voulut partir sur-le-champ.

    --Vous me trahiriez à votre insu, dit-il à ses sœurs. Puisque j’ai
    tant d’argent, il est inutile d’emporter des hardes; on en trouve
    partout. Il embrassa ces personnes qui lui étaient si chères, et partit
    à l’instant même sans vouloir rentrer dans sa chambre. Il marcha si
    vite, craignant toujours d’être poursuivi par des gens à cheval, que le
    soir même il entrait à Lugano. Grâce à Dieu, il était dans une ville
    suisse, et ne craignait plus d’être violenté sur la route solitaire par
    des gendarmes payés par son père. De ce lieu, il lui écrivit une belle
    lettre, faiblesse d’enfant qui donna de la consistance à la colère du
    marquis. Fabrice prit la poste, passa le Saint-Gothard; son voyage
    fut rapide, et il entra en France par Pontarlier. L’Empereur était à
    Paris. Là commencèrent les malheurs de Fabrice; il était parti dans la
    ferme intention de parler à l’Empereur: jamais il ne lui était venu
    à l’esprit que ce fût chose difficile. A Milan, dix fois par jour il
    voyait le prince Eugène et eût pu lui adresser la parole. A Paris, tous
    les matins, il allait dans la cour du château des Tuileries assister
    aux revues passées par Napoléon; mais jamais il ne put approcher de
    l’Empereur. Notre héros croyait tous les Français profondément émus
    comme lui de l’extrême danger que courait la patrie. A la table de
    l’hôtel où il était descendu, il ne fit point mystère de ses projets
    et de son dévouement; il trouva des jeunes gens d’une douceur aimable,
    encore plus enthousiastes que lui, et qui, en peu de jours, ne
    manquèrent pas de lui voler tout l’argent qu’il possédait. Heureusement,
    par pure modestie, il n’avait pas parlé des diamants donnés par sa mère.
    Le matin où, à la suite d’une orgie, il se trouva décidément volé,
    il acheta deux beaux chevaux, prit pour domestique un ancien soldat
    palefrenier du maquignon, et, dans son mépris pour les jeunes Parisiens
    beaux parleurs, partit pour l’armée. Il ne savait rien, sinon qu’elle se
    rassemblait vers Maubeuge. A peine fut-il arrivé sur la frontière, qu’il
    trouva ridicule de se tenir dans une maison, occupé à se chauffer devant
    une bonne cheminée, tandis que des soldats bivouaquaient. Quoi que pût
    lui dire son domestique, qui ne manquait pas de bon sens, il courut se
    mêler imprudemment aux bivouacs de l’extrême frontière, sur la route de
    Belgique. A peine fut-il arrivé au premier bataillon placé à côté de la
    route, que les soldats se mirent à regarder ce jeune bourgeois, dont la
    mise n’avait rien qui rappelât l’uniforme. La nuit tombait, il faisait
    un vent froid. Fabrice s’approcha d’un feu, et demanda l’hospitalité en
    payant. Les soldats se regardèrent étonnés surtout de l’idée de payer,
    et lui accordèrent avec bonté une place au feu; son domestique lui
    fit un abri. Mais, une heure après, l’adjudant du régiment passant à
    portée du bivouac, les soldats allèrent lui raconter l’arrivée de cet
    étranger parlant mal français. L’adjudant interrogea Fabrice, qui lui
    parla de son enthousiasme pour l’Empereur avec un accent fort suspect;
    sur quoi ce sous-officier le pria de le suivre jusque chez le colonel,
    établi dans une ferme voisine. Le domestique de Fabrice s’approcha
    avec les deux chevaux. Leur vue parut frapper si vivement l’adjudant
    sous-officier, qu’aussitôt il changea de pensée, et se mit à interroger
    aussi le domestique. Celui-ci, ancien soldat, devinant d’abord le plan
    de campagne de son interlocuteur, parla des protections qu’avait son
    maître, ajoutant que, certes, on ne lui chiperait pas ses beaux chevaux.
    Aussitôt un soldat appelé par l’adjudant lui mit la main sur le collet;
    un autre soldat prit soin des chevaux, et, d’un air sévère, l’adjudant
    ordonna à Fabrice de le suivre sans répliquer.

    Après lui avoir fait faire une bonne lieue, à pied, dans l’obscurité
    rendue plus profonde en apparence par le feu des bivouacs qui de toutes
    parts éclairaient l’horizon, l’adjudant remit Fabrice à un officier
    de gendarmerie qui, d’un air grave, lui demanda ses papiers. Fabrice
    montra son passeport qui le qualifiait marchand de baromètres portant sa
    marchandise.

    --Sont-ils bêtes, s’écria l’officier, c’est aussi trop fort!

    Il fit des questions à notre héros qui parla de l’Empereur et de la
    liberté dans les termes du plus vif enthousiasme; sur quoi l’officier de
    gendarmerie fut saisi d’un rire fou.

    --Parbleu! tu n’es pas trop adroit! s’écria-t-il. Il est un peu fort de
    café que l’on ose nous expédier des blancs-becs de ton espèce!

    Et quoi que pût dire Fabrice, qui se tuait à expliquer qu’en effet il
    n’était pas marchand de baromètres, l’officier l’envoya à la prison de
    B..., petite ville du voisinage où notre héros arriva sur les trois
    heures du matin, outré de fureur et mort de fatigue.

    Fabrice, d’abord étonné, puis furieux, ne comprenant absolument rien
    à ce qui lui arrivait, passa trente-trois longues journées dans cette
    misérable prison; il écrivait lettres sur lettres au commandant de la
    place, et c’était la femme du geôlier, belle Flamande de trente-six
    ans, qui se chargeait de les faire parvenir. Mais comme elle n’avait
    nulle envie de faire fusiller un aussi joli garçon, et que d’ailleurs
    il payait bien, elle ne manquait pas de jeter au feu toutes ces
    lettres. Le soir, fort tard, elle daignait venir écouter les doléances
    du prisonnier; elle avait dit à son mari que le blanc-bec avait de
    l’argent, sur quoi le prudent geôlier lui avait donné carte blanche.
    Elle usa de la permission et reçut quelques napoléons d’or, car
    l’adjudant n’avait enlevé que les chevaux, et l’officier de gendarmerie
    n’avait rien confisqué du tout. Une après-midi du mois de juin, Fabrice
    entendit une forte canonnade assez éloignée. On se battait donc enfin!
    son cœur bondissait d’impatience. Il entendit aussi beaucoup de bruit
    dans la ville; en effet un grand mouvement s’opérait, trois divisions
    traversaient B... Quand, sur les onze heures du soir, la femme du
    geôlier vint partager ses peines, Fabrice fut plus aimable encore que de
    coutume; puis lui prenant les mains:

    --Faites-moi sortir d’ici, je jurerai sur l’honneur de revenir dans la
    prison dès qu’on aura cessé de se battre.

    --Balivernes que tout cela! As-tu du <i>quibus</i>? Il parut inquiet, il ne
    comprenait pas le mot <i>quibus</i>. La geôlière, voyant ce mouvement, jugea
    que les eaux étaient basses, et, au lieu de parler de napoléons d’or
    comme elle l’avait résolu, elle ne parla plus que de francs.

    --Ecoute, lui dit-elle, si tu peux donner une centaine de francs, je
    mettrai un double napoléon sur chacun des yeux du caporal qui va venir
    relever la garde pendant la nuit. Il ne pourra te voir partir de prison,
    et si son régiment doit filer dans la journée, il acceptera.

    Le marché fut bientôt conclu. La geôlière consentit même à cacher
    Fabrice dans sa chambre d’où il pourrait plus facilement s’évader le
    lendemain matin.

    Le lendemain, avant l’aube, cette femme tout attendrie dit à Fabrice:

    --Mon cher petit, tu es encore bien jeune pour faire ce vilain métier:
    crois-moi, n’y reviens plus.

    --Mais quoi! répétait Fabrice, il est donc criminel de vouloir défendre
    la patrie?

    --Suffit. Rappelle-toi toujours que je t’ai sauvé la vie; ton cas
    était net, tu aurais été fusillé, mais ne le dis à personne, car tu
    nous ferais perdre notre place à mon mari et à moi; surtout ne répète
    jamais ton mauvais conte d’un gentilhomme de Milan déguisé en marchand
    de baromètres, c’est trop bête. Ecoute-moi bien, je vais te donner
    les habits d’un hussard mort avant-hier dans la prison: n’ouvre la
    bouche que le moins possible, mais enfin, si un maréchal des logis ou
    un officier t’interroge de façon à te forcer de répondre, dis que tu
    es resté malade chez un paysan qui t’a recueilli par charité comme
    tu tremblais la fièvre dans un fossé de la route. Si l’on n’est pas
    satisfait de cette réponse, ajoute que tu vas rejoindre ton régiment. On
    t’arrêtera peut-être à cause de ton accent: alors dis que tu es né en
    Piémont, que tu es un conscrit resté en France l’année passée, etc.

    Pour la première fois, après trente-trois jours de fureur, Fabrice
    comprit le fin mot de tout ce qui lui arrivait. On le prenait pour un
    espion. Il raisonna avec la geôlière, qui, ce matin-là, était fort
    tendre, et enfin tandis qu’armée d’une aiguille elle rétrécissait les
    habits du hussard, il raconta son histoire bien clairement à cette femme
    étonnée. Elle y crut un instant; il avait l’air si naïf, et il était si
    joli habillé en hussard!

    --Puisque tu as tant de bonne volonté pour te battre, lui dit-elle enfin
    à demi persuadée, il fallait donc en arrivant à Paris t’engager dans
    un régiment. En payant à boire à un maréchal des logis, ton affaire
    était faite! La geôlière ajouta beaucoup de bons avis pour l’avenir, et
    enfin, à la petite pointe du jour, mit Fabrice hors de chez elle, après
    lui avoir fait jurer cent et cent fois que jamais il ne prononcerait
    son nom, quoi qu’il pût arriver. Dès que Fabrice fut sorti de la petite
    ville, marchant gaillardement le sabre de hussard sous le bras, il lui
    vint un scrupule. Me voici, se dit-il, avec l’habit et la feuille de
    route d’un hussard mort en prison, où l’avait conduit, dit-on, le vol
    d’une vache et de quelques couverts d’argent! j’ai pour ainsi dire
    succédé à son être... et cela sans le vouloir ni le prévoir en aucune
    manière! Gare la prison!... Le présage est clair, j’aurai beaucoup à
    souffrir de la prison!

    Il n’y avait pas une heure que Fabrice avait quitté sa bienfaitrice,
    lorsque la pluie commença à tomber avec une telle force qu’à peine le
    nouvel hussard pouvait-il marcher, embarrassé par des bottes grossières
    qui n’étaient pas faites pour lui. Il fit rencontre d’un paysan monté
    sur un méchant cheval, il acheta le cheval en s’expliquant par signes;
    la geôlière lui avait recommandé de parler le moins possible, à cause de
    son accent.

    Ce jour-là l’armée, qui venait de gagner la bataille de Ligny, était
    en pleine marche sur Bruxelles; on était à la veille de la bataille de
    Waterloo. Sur le midi, la pluie à verse continuant toujours, Fabrice
    entendit le bruit du canon; ce bonheur lui fit oublier tout à fait les
    affreux moments de désespoir que venait de lui donner cette prison si
    injuste. Il marcha jusqu’à la nuit très avancée, et comme il commençait
    à avoir quelque bon sens, il alla prendre son logement dans une maison
    de paysan fort éloignée de la route. Ce paysan pleurait et prétendait
    qu’on lui avait tout pris; Fabrice lui donna un écu, et il trouva de
    l’avoine. Mon cheval n’est pas beau, se dit Fabrice; mais qu’importe,
    il pourrait bien se trouver du goût de quelque adjudant, et il alla
    coucher à l’écurie à ses côtés. Une heure avant le jour, le lendemain,
    Fabrice était sur la route, et, à force de caresses, il était parvenu à
    faire prendre le trot à son cheval. Sur les cinq heures, il entendit la
    canonnade: c’étaient les préliminaires de Waterloo.

    CHAPITRE III

    Fabrice trouva bientôt des vivandières, et l’extrême reconnaissance
    qu’il avait pour la geôlière de B... le porta à leur adresser la parole:
    il demanda à l’une d’elles où était le 4^{e} régiment de hussards, auquel
    il appartenait.

    --Tu ferais tout aussi bien de ne pas tant te presser mon petit soldat,
    dit la cantinière touchée par la pâleur et les beaux yeux de Fabrice. Tu
    n’as pas encore la poigne assez ferme pour les coups de sabre qui vont
    se donner aujourd’hui. Encore si tu avais un fusil, je ne dis pas, tu
    pourrais lâcher ta balle tout comme un autre.

    Ce conseil déplut à Fabrice; mais il avait beau pousser son cheval, il
    ne pouvait aller plus vite que la charrette de la cantinière. De temps
    à autre le bruit du canon semblait se rapprocher et les empêchait de
    s’entendre, car Fabrice était tellement hors de lui d’enthousiasme et de
    bonheur, qu’il avait renoué la conversation. Chaque mot de la cantinière
    redoublait son bonheur en le lui faisant comprendre. A l’exception de
    son vrai nom et de sa fuite de prison, il finit par tout dire à cette
    femme qui semblait si bonne. Elle était fort étonnée et ne comprenait
    rien du tout à ce que lui racontait ce beau jeune soldat.

    --Je vois le fin mot, s’écria-t-elle enfin d’un air de triomphe: vous
    êtes un jeune bourgeois amoureux de la femme de quelque capitaine du 4^{e}
    de hussards. Votre amoureuse vous aura fait cadeau de l’uniforme que
    vous portez, et vous courez après elle. Vrai, comme Dieu est là-haut,
    vous n’avez jamais été soldat; mais, comme un brave garçon que vous
    êtes, puisque votre régiment est au feu, vous voulez y paraître, et ne
    pas passer pour un capon.

    Fabrice convint de tout: c’était le seul moyen qu’il eût de recevoir de
    bons conseils. «J’ignore toutes les façons d’agir de ces Français, se
    disait-il, et, si je ne suis pas guidé par quelqu’un, je parviendrai
    encore à me faire jeter en prison, et l’on me volera mon cheval.

    --D’abord, mon petit, lui dit la cantinière, qui devenait de plus en
    plus son amie, conviens que tu n’as pas vingt et un ans: c’est tout le
    bout du monde si tu en as dix-sept.

    C’était la vérité, et Fabrice l’avoua de bonne grâce.

    --Ainsi, tu n’es pas même conscrit; c’est uniquement à cause des beaux
    yeux de la madame que tu vas te faire casser les os. Peste! elle n’est
    pas dégoûtée. Si tu as encore quelques-uns de ces jaunets qu’elle t’a
    remis, il faut primo que tu achètes un autre cheval; vois comme ta rosse
    dresse les oreilles quand le bruit du canon ronfle d’un peu près; c’est
    là un cheval de paysan qui te fera tuer dès que tu seras en ligne. Cette
    fumée blanche, que tu vois là-bas par-dessus la haie, ce sont des feux
    de peloton, mon petit! Ainsi, prépare-toi à avoir une fameuse venette,
    quand tu vas entendre siffler les balles. Tu ferais aussi bien de manger
    un morceau tandis que tu en as encore le temps.

    Fabrice suivit ce conseil, et, présentant un napoléon à la vivandière,
    la pria de se payer.

    --C’est pitié de le voir! s’écria cette femme; le pauvre petit ne sait
    pas seulement dépenser son argent! Tu mériterais bien qu’après avoir
    empoigné ton napoléon je fisse prendre son grand trot à Cocotte; du
    diable si ta rosse pourrait me suivre. Que ferais-tu, nigaud, en me
    voyant détaler? Apprends que, quand le brutal gronde, on ne montre
    jamais d’or. Tiens, lui dit-elle, voilà dix-huit francs cinquante
    centimes, et ton déjeuner te coûte trente sous. Maintenant, nous allons
    bientôt avoir des chevaux à revendre. Si la bête est petite, tu en
    donneras dix francs, et, dans tous les cas, jamais plus de vingt francs,
    quand ce serait le cheval des quatre fils Aymon.

    Le déjeuner fini, la vivandière, qui pérorait toujours, fut interrompue
    par une femme qui s’avançait à travers champs, et qui passa sur la route.

    --Holà, hé! lui cria cette femme; holà! Margot! ton 6^{e} léger est sur la
    droite.

    --Il faut que je te quitte, mon petit, dit la vivandière à notre héros;
    mais en vérité tu me fais pitié; j’ai de l’amitié pour toi, sacré dié!
    Tu ne sais rien de rien, tu vas te faire moucher, comme Dieu est Dieu!
    Viens-t’en au 6^{e} léger avec moi.

    --Je comprends bien que je ne sais rien, lui dit Fabrice, mais je veux
    me battre et suis résolu d’aller là-bas vers cette fumée blanche.

    --Regarde comme ton cheval remue les oreilles! Dès qu’il sera là-bas,
    quelque peu de vigueur qu’il ait, il te forcera la main, il se mettra à
    galoper, et Dieu sait où il te mènera. Veux-tu m’en croire? Dès que tu
    seras avec les petits soldats, ramasse un fusil et une giberne, mets-toi
    à côté des soldats et fais comme eux, exactement. Mais, mon Dieu, je
    parie que tu ne sais pas seulement déchirer une cartouche.

    Fabrice, fort piqué, avoua cependant à sa nouvelle amie qu’elle avait
    deviné juste.

    --Pauvre petit! il va être tué tout de suite; vrai comme Dieu! ça ne
    sera pas long. Il faut absolument que tu viennes avec moi, reprit la
    cantinière d’un air d’autorité.

    --Mais je veux me battre.

    --Tu te battras aussi; va, le 6^{e} léger est un fameux, et aujourd’hui il
    y en a pour tout le monde.

    --Mais serons-nous bientôt à votre régiment?

    --Dans un quart d’heure tout au plus.

    «Recommandé par cette brave femme, se dit Fabrice, mon ignorance de
    toutes choses ne me fera pas prendre pour un espion, et je pourrai me
    battre.» A ce moment, le bruit du canon redoubla, un coup n’attendait
    pas l’autre.

    --C’est comme un chapelet, dit Fabrice.

    --On commence à distinguer les feux de peloton, dit la vivandière en
    donnant un coup de fouet à son petit cheval qui semblait tout animé par
    le feu.

    La cantinière tourna à droite et prit un chemin de traverse au milieu
    des prairies; il y avait un pied de boue; la petite charrette fut sur
    le point d’y rester: Fabrice poussa à la roue. Son cheval tomba deux
    fois; bientôt le chemin, moins rempli d’eau, ne fut plus qu’un sentier
    au milieu du gazon. Fabrice n’avait pas fait cinq cents pas que sa rosse
    s’arrêta tout court: c’était un cadavre, posé en travers du sentier, qui
    faisait horreur au cheval et au cavalier.

    La figure de Fabrice, très pâle naturellement, prit une teinte verte
    fort prononcée: la cantinière, après avoir regardé le mort, dit, comme
    se parlant à elle-même:

    --Ça n’est pas de notre division. Puis, levant les yeux sur notre héros,
    elle éclata de rire.

    --Ah! ah! mon petit! s’écria-t-elle, en voilà du nanan!

    Fabrice restait glacé. Ce qui le frappait surtout c’était la saleté des
    pieds de ce cadavre qui déjà était dépouillé de ses souliers, et auquel
    on n’avait laissé qu’un mauvais pantalon tout souillé de sang.

    --Approche, lui dit la cantinière; descends de cheval; il faut que tu
    t’y accoutumes; tiens, s’écria-t-elle, il en a eu par la tête.

    Une balle, entrée à côté du nez, était sortie par la tempe opposée, et
    défigurait ce cadavre d’une façon hideuse; il était resté avec un œil
    ouvert.

    --Descends donc de cheval, petit, dit la cantinière, et donne-lui une
    poignée de main pour voir s’il te la rendra.

    Sans hésiter, quoique prêt à rendre l’âme de dégoût, Fabrice se jeta à
    bas de cheval et prit la main du cadavre qu’il secoua ferme; puis il
    resta comme anéanti; il sentait qu’il n’avait pas la force de remonter à
    cheval. Ce qui lui faisait horreur surtout c’était cet œil ouvert.

    «La vivandière va me croire un lâche», se disait-il avec amertume; mais
    il sentait l’impossibilité de faire un mouvement: il serait tombé. Ce
    moment fut affreux; Fabrice fut sur le point de se trouver mal tout à
    fait. La vivandière s’en aperçut, sauta lestement à bas de sa petite
    voiture, et lui présenta, sans mot dire, un verre d’eau-de-vie qu’il
    avala d’un trait; il put remonter sur sa rosse, et continua la route
    sans dire une parole. La vivandière le regardait de temps à autre du
    coin de l’œil.

    --Tu te battras demain, mon petit, lui dit-elle enfin, aujourd’hui tu
    resteras avec moi. Tu vois bien qu’il faut que tu apprennes le métier de
    soldat.

    --Au contraire, je veux me battre tout de suite, s’écria notre héros
    d’un air sombre, qui sembla de bon augure à la vivandière. Le bruit
    du canon redoublait et semblait s’approcher. Les coups commençaient à
    former comme une basse continue; un coup n’était séparé du coup voisin
    par aucun intervalle, et sur cette basse continue, qui rappelait le
    bruit d’un torrent lointain, on distinguait fort bien les feux de
    peloton.

    Dans ce moment la route s’enfonçait au milieu d’un bouquet de bois; la
    vivandière vit trois ou quatre soldats des nôtres qui venaient à elle
    courant à toutes jambes; elle sauta lestement à bas de sa voiture et
    courut se cacher à quinze ou vingt pas du chemin. Elle se blottit dans
    un trou qui était resté au lieu où l’on venait d’arracher un grand
    arbre. «Donc, se dit Fabrice, je vais voir si je suis un lâche!» Il
    s’arrêta auprès de la petite voiture abandonnée par la cantinière et
    tira son sabre. Les soldats ne firent pas attention à lui et passèrent
    en courant le long du bois, à gauche de la route.

    --Ce sont des nôtres, dit tranquillement la vivandière en revenant tout
    essoufflée vers sa petite voiture... Si ton cheval était capable de
    galoper, je te dirais: pousse en avant jusqu’au bout du bois, vois s’il
    y a quelqu’un dans la plaine. Fabrice ne se le fit pas dire deux fois,
    il arracha une branche à un peuplier, l’effeuilla et se mit à battre son
    cheval à tour de bras; la rosse prit le galop un instant puis revint à
    son petit trot accoutumé. La vivandière avait mis son cheval au galop:

    --Arrête-toi donc, arrête! criait-elle à Fabrice.

    Bientôt tous les deux furent hors du bois; en arrivant au bord de
    la plaine, ils entendirent un tapage effroyable, le canon et la
    mousqueterie tonnaient de tous les côtés, à droite, à gauche, derrière.
    Et comme le bouquet de bois d’où ils sortaient occupait un tertre élevé
    de huit ou dix pieds au-dessus de la plaine, ils aperçurent assez bien
    un coin de la bataille; mais enfin il n’y avait personne dans le pré
    au-delà du bois. Ce pré était bordé, à mille pas de distance, par une
    longue rangée de saules, très touffus; au-dessus des saules paraissait
    une fumée blanche qui quelquefois s’élevait dans le ciel en tournoyant.

    --Si je savais seulement où est le régiment! disait la cantinière
    embarrassée. Il ne faut pas traverser ce grand pré tout droit. A propos,
    toi, dit-elle à Fabrice, si tu vois un soldat ennemi, pique-le avec la
    pointe de ton sabre, ne va pas t’amuser à le sabrer.

    A ce moment, la cantinière aperçut les quatre soldats dont nous venons
    de parler, ils débouchaient du bois dans la plaine à gauche de la route.
    L’un d’eux était à cheval.

    --Voilà ton affaire, dit-elle à Fabrice. Holà! ho! cria-t-elle à celui
    qui était à cheval, viens donc ici boire le verre d’eau-de-vie; les
    soldats s’approchèrent.

    --Où est le 6^{e} léger? cria-t-elle.

    --Là-bas, à cinq minutes d’ici, en avant de ce canal qui est le long des
    saules; même que le colonel Macon vient d’être tué.

    --Veux-tu cinq francs de ton cheval, toi?

    --Cinq francs! tu ne plaisantes pas mal, petite mère, un cheval
    d’officier que je vais vendre cinq napoléons avant un quart d’heure.

    --Donne-m’en un de tes napoléons, dit la vivandière à Fabrice.

    Puis s’approchant du soldat à cheval:

    --Descends vivement, lui dit-elle, voilà ton napoléon.

    Le soldat descendit, Fabrice sauta en selle gaiement, la vivandière
    détachait le petit portemanteau qui était sur la rosse.

    --Aidez-moi donc, vous autres! dit-elle aux soldats, c’est comme ça que
    vous laissez travailler une dame!

    Mais à peine le cheval de prise sentit le portemanteau, qu’il se mit à
    se cabrer, et Fabrice, qui montait fort bien, eut besoin de toute sa
    force pour le contenir.

    --Bon signe! dit la vivandière, le monsieur n’est pas accoutumé au
    chatouillement du portemanteau.

    --Un cheval de général, s’écriait le soldat qui l’avait vendu, un cheval
    qui vaut dix napoléons comme un liard!

    --Voilà vingt francs, lui dit Fabrice, qui ne se sentait pas de joie de
    se trouver entre les jambes un cheval qui eût du mouvement.

    A ce moment, un boulet donna dans la ligne de saules, qu’il prit de
    biais, et Fabrice eut le curieux spectacle de toutes ces petites
    branches volant de côté et d’autre comme rasées par un coup de faux.

    --Tiens, voilà le brutal qui s’avance, lui dit le soldat en prenant ses
    vingt francs.

    Il pouvait être deux heures.

    Fabrice était encore dans l’enchantement de ce spectacle curieux,
    lorsqu’une troupe de généraux, suivis d’une vingtaine de hussards,
    traversèrent au galop un des angles de la vaste prairie au bord de
    laquelle il était arrêté: son cheval hennit, se cabra deux ou trois fois
    de suite, puis donna des coups de tête violents contre la bride qui le
    retenait. «Eh bien, soit!» se dit Fabrice.

    Le cheval laissé à lui-même partit ventre à terre et alla rejoindre
    l’escorte qui suivait les généraux. Fabrice compta quatre chapeaux
    bordés. Un quart d’heure après, par quelques mots que dit un hussard son
    voisin, Fabrice comprit qu’un de ces généraux était le célèbre maréchal
    Ney. Son bonheur fut au comble; toutefois il ne put deviner lequel des
    quatre généraux était le maréchal Ney; il eût donné tout au monde pour
    le savoir, mais il se rappela qu’il ne fallait pas parler. L’escorte
    s’arrêta pour passer un large fossé rempli d’eau par la pluie de la
    veille, il était bordé de grands arbres et terminait sur la gauche la
    prairie à l’entrée de laquelle Fabrice avait acheté le cheval. Presque
    tous les hussards avaient mis pied à terre; le bord du fossé était à
    pic et fort glissant, et l’eau se trouvait bien à trois ou quatre pieds
    en contrebas au-dessous de la prairie. Fabrice, distrait par sa joie,
    songeait plus au maréchal Ney et à la gloire qu’à son cheval, lequel
    étant fort animé, sauta dans le canal; ce qui fit rejaillir l’eau à une
    hauteur considérable. Un des généraux fut entièrement mouillé par la
    nappe d’eau, et s’écria en jurant:

    --Au diable la f... bête!

    Fabrice se sentit profondément blessé de cette injure. «Puis-je en
    demander raison?» se dit-il. En attendant, pour prouver qu’il n’était
    pas si gauche, il entreprit de faire monter à son cheval la rive
    opposée du fossé; mais elle était à pic et haute de cinq à six pieds.
    Il fallut y renoncer; alors il remonta le courant, son cheval ayant de
    l’eau jusqu’à la tête, et enfin trouva une sorte d’abreuvoir; par cette
    pente douce il gagna facilement le champ de l’autre côté du canal. Il
    fut le premier homme de l’escorte qui y parut, il se mit à trotter
    fièrement le long du bord: au fond du canal les hussards se démenaient,
    assez embarrassés de leur position; car en beaucoup d’endroits l’eau
    avait cinq pieds de profondeur. Deux ou trois chevaux prirent peur et
    voulurent nager, ce qui fit un barbotement épouvantable. Un maréchal des
    logis s’aperçut de la manœuvre que venait de faire ce blanc-bec, qui
    avait l’air si peu militaire.

    --Remontez! il y a un abreuvoir à gauche! s’écria-t-il, et peu à peu
    tous passèrent.

    En arrivant sur l’autre rive, Fabrice y avait trouvé les généraux tout
    seuls; le bruit du canon lui sembla redoubler; ce fut à peine s’il
    entendit le général, par lui si bien mouillé, qui criait à son oreille:

    --Où as-tu pris ce cheval?

    Fabrice était tellement troublé qu’il répondit en italien:

    --L’ho comprato poco fa. (Je viens de l’acheter à l’instant.)

    --Que dis-tu? lui cria le général.

    Mais le tapage devint tellement fort en ce moment, que Fabrice ne put
    lui répondre. Nous avouerons que notre héros était fort peu héros en ce
    moment. Toutefois la peur ne venait chez lui qu’en seconde ligne; il
    était surtout scandalisé de ce bruit qui lui faisait mal aux oreilles.
    L’escorte prit le galop; on traversait une grande pièce de terre
    labourée, située au-delà du canal, et ce champ était jonché de cadavres.

    --Les habits rouges! les habits rouges! criaient avec joie les hussards
    de l’escorte.

    Et d’abord Fabrice ne comprenait pas; enfin il remarqua qu’en effet
    presque tous les cadavres étaient vêtus de rouge. Une circonstance lui
    donna un frisson d’horreur; il remarqua que beaucoup de ces malheureux
    habits rouges vivaient encore, ils criaient évidemment pour demander du
    secours, et personne ne s’arrêtait pour leur en donner. Notre héros,
    fort humain, se donnait toutes les peines du monde pour que son cheval
    ne mît les pieds sur aucun habit rouge. L’escorte s’arrêta; Fabrice,
    qui ne faisait pas assez d’attention à son devoir de soldat, galopait
    toujours en regardant un malheureux blessé.

    --Veux-tu bien t’arrêter, blanc-bec! lui cria le maréchal des logis.
    Fabrice s’aperçut qu’il était à vingt pas sur la droite en avant
    des généraux, et précisément du côté où ils regardaient avec leurs
    lorgnettes. En revenant se ranger à la queue des autres hussards restés
    à quelques pas en arrière, il vit le plus gros de ces généraux qui
    parlait à son voisin, général aussi, d’un air d’autorité et presque de
    réprimande; il jurait. Fabrice ne put retenir sa curiosité; et, malgré
    le conseil de ne point parler, à lui donné par son amie la geôlière, il
    arrangea une petite phrase bien française, bien correcte, et dit à son
    voisin:

    --Quel est-il ce général qui gourmande son voisin?

    --Pardi, c’est le maréchal!

    --Quel maréchal?

    --Le maréchal Ney, bêta! Ah çà! où as-tu servi jusqu’ici?

    Fabrice, quoique fort susceptible, ne songea point à se fâcher de
    l’injure; il contemplait, perdu dans une admiration enfantine, ce fameux
    prince de la Moskova, le brave des braves.

    Tout à coup on partit au grand galop. Quelques instants après, Fabrice
    vit, à vingt pas en avant, une terre labourée qui était remuée d’une
    façon singulière. Le fond des sillons était plein d’eau, et la terre
    fort humide, qui formait la crête de ces sillons, volait en petits
    fragments noirs lancés à trois ou quatre pieds de haut. Fabrice remarqua
    en passant cet effet singulier; puis sa pensée se remit à songer à la
    gloire du maréchal. Il entendit un cri sec auprès de lui: c’étaient
    deux hussards qui tombaient atteints par des boulets; et, lorsqu’il les
    regarda, ils étaient déjà à vingt pas de l’escorte. Ce qui lui sembla
    horrible, ce fut un cheval tout sanglant qui se débattait sur la terre
    labourée, en engageant ses pieds dans ses propres entrailles; il voulait
    suivre les autres: le sang coulait dans la boue.

    «Ah! m’y voilà donc enfin au feu! se dit-il. J’ai vu le feu! se
    répétait-il avec satisfaction. Me voici un vrai militaire.» A ce moment,
    l’escorte allait ventre à terre, et notre héros comprit que c’étaient
    des boulets qui faisaient voler la terre de toutes parts. Il avait beau
    regarder du côté d’où venaient les boulets, il voyait la fumée blanche
    de la batterie à une distance énorme, et, au milieu du ronflement égal
    et continu produit par les coups de canon, il lui semblait entendre des
    décharges beaucoup plus voisines; il n’y comprenait rien du tout.

    A ce moment, les généraux et l’escorte descendirent dans un petit chemin
    plein d’eau, qui était à cinq pieds en contrebas.

    Le maréchal s’arrêta, et regarda de nouveau avec sa lorgnette. Fabrice,
    cette fois, put le voir tout à son aise; il le trouva très blond, avec
    une grosse tête rouge. «Nous n’avons point des figures comme celle-là
    en Italie, se dit-il. Jamais, moi qui suis si pâle et qui ai des
    cheveux châtains, je ne serai comme ça», ajoutait-il avec tristesse.
    Pour lui ces paroles voulaient dire: «Jamais je ne serai un héros.»
    Il regarda les hussards; à l’exception d’un seul, tous avaient des
    moustaches jaunes. Si Fabrice regardait les hussards de l’escorte,
    tous le regardaient aussi. Ce regard le fit rougir, et, pour finir son
    embarras, il tourna la tête vers l’ennemi. C’étaient des lignes fort
    étendues d’hommes rouges; mais, ce qui l’étonna fort, ces hommes lui
    semblaient tout petits. Leurs longues files, qui étaient des régiments
    ou des divisions, ne lui paraissaient pas plus hautes que des haies.
    Une ligne de cavaliers rouges trottait pour se rapprocher du chemin en
    contrebas que le maréchal et l’escorte s’étaient mis à suivre au petit
    pas, pataugeant dans la boue. La fumée empêchait de rien distinguer du
    côté vers lequel on s’avançait; l’on voyait quelquefois des hommes au
    galop se détacher sur cette fumée blanche.

    Tout à coup, du côté de l’ennemi, Fabrice vit quatre hommes qui
    arrivaient ventre à terre. «Ah! nous sommes attaqués», se dit-il; puis
    il vit deux de ces hommes parler au maréchal. Un des généraux de la
    suite de ce dernier partit au galop du côté de l’ennemi, suivi de deux
    hussards de l’escorte et des quatre hommes qui venaient d’arriver. Après
    un petit canal que tout le monde passa, Fabrice se trouva à côté d’un
    maréchal des logis qui avait l’air fort bon enfant. «Il faut que je
    parle à celui-là, se dit-il, peut-être ils cesseront de me regarder.» Il
    médita longtemps.

    --Monsieur, c’est la première fois que j’assiste à la bataille, dit-il
    enfin au maréchal des logis; mais ceci est-il une véritable bataille?

    --Un peu. Mais vous, qui êtes-vous?

    --Je suis le frère de la femme d’un capitaine.

    --Et comment l’appelez-vous, ce capitaine?

    Notre héros fut terriblement embarrassé; il n’avait point prévu cette
    question. Par bonheur, le maréchal et l’escorte repartaient au galop.
    Quel nom français dirai-je? pensait-il. Enfin il se rappela le nom du
    maître d’hôtel où il avait logé à Paris; il rapprocha son cheval de
    celui du maréchal des logis, et lui cria de toutes ses forces:

    --Le capitaine Meunier!

    L’autre, entendant mal à cause du roulement du canon, lui répondit:

    --Ah! le capitaine Teulier? Eh bien! il a été tué.

    «Bravo! se dit Fabrice. Le capitaine Teulier; il faut faire l’affligé.»

    --Ah, mon Dieu! cria-t-il, et il prit une mine piteuse.

    On était sorti du chemin en contrebas, on traversait un petit pré, on
    allait ventre à terre, les boulets arrivaient de nouveau, le maréchal se
    porta vers une division de cavalerie. L’escorte se trouvait au milieu de
    cadavres et de blessés; mais ce spectacle ne faisait déjà plus autant
    d’impression sur notre héros; il avait autre chose à penser.

    Pendant que l’escorte était arrêtée, il aperçut la petite voiture d’une
    cantinière, et sa tendresse pour ce corps respectable l’emportant sur
    tout, il partit au galop pour la rejoindre.

    --Restez donc, s...! lui cria le maréchal des logis.

    «Que peut-il me faire ici?» pensa Fabrice, et il continua de galoper
    vers la cantinière. En donnant de l’éperon à son cheval, il avait eu
    quelque espoir que c’était sa bonne cantinière du matin; les chevaux
    et les petites charrettes se ressemblaient fort, mais la propriétaire
    était tout autre, et notre héros lui trouva l’air fort méchant. Comme il
    l’abordait, Fabrice l’entendit qui disait:

    --Il était pourtant bien bel homme!

    Un fort vilain spectacle attendait là le nouveau soldat; on coupait
    la cuisse à un cuirassier, beau jeune homme de cinq pieds dix pouces.
    Fabrice ferma les yeux et but coup sur coup quatre verres d’eau-de-vie.

    --Comme tu y vas, gringalet! s’écria la cantinière. L’eau-de-vie lui
    donna une idée: il faut que j’achète la bienveillance de mes camarades
    les hussards de l’escorte.

    --Donnez-moi le reste de la bouteille, dit-il à la vivandière.

    --Mais sais-tu, répondit-elle, que ce reste-là coûte dix francs, un jour
    comme aujourd’hui?

    Comme il regagnait l’escorte au galop:

    --Ah! tu nous rapportes la goutte! s’écria le maréchal des logis, c’est
    pour ça que tu désertais? Donne.

    La bouteille circula; le dernier qui la prit la jeta en l’air après
    avoir bu.

    --Merci, camarade! cria-t-il à Fabrice.

    --Tous les yeux le regardèrent avec bienveillance. Ces regards ôtèrent
    un poids de cent livres de dessus le cœur de Fabrice: c’était un de ces
    cœurs de fabrique trop fine qui ont besoin de l’amitié de ce qui les
    entoure. Enfin il n’était plus mal vu de ses compagnons, il y avait
    liaison entre eux! Fabrice respira profondément, puis d’une voix libre,
    il dit au maréchal des logis:

    --Et si le capitaine Teulier a été tué, où pourrais-je rejoindre ma sœur?

    Il se croyait un petit Machiavel, de dire si bien Teulier au lieu de
    Meunier.

    --C’est ce que vous saurez ce soir, lui répondit le maréchal des logis.

    L’escorte repartit et se porta vers des divisions d’infanterie. Fabrice
    se sentait tout à fait enivré; il avait bu trop d’eau-de-vie, il roulait
    un peu sur sa selle: il se souvint fort à propos d’un mot que répétait
    le cocher de sa mère: «Quand on a levé le coude, il faut regarder entre
    les oreilles de son cheval, et faire comme fait le voisin.» Le maréchal
    s’arrêta longtemps auprès de plusieurs corps de cavalerie qu’il fit
    charger; mais pendant une heure ou deux notre héros n’eut guère la
    conscience de ce qui se passait autour de lui. Il se sentait fort las,
    et quand son cheval galopait il retombait sur la selle comme un morceau
    de plomb.

    Tout à coup le maréchal des logis cria à ses hommes:

    --Vous ne voyez donc pas l’Empereur, s...! Sur-le-champ l’escorte cria
    vive l’Empereur! à tue-tête. On peut penser si notre héros regarda de
    tous ses yeux, mais il ne vit que des généraux qui galopaient, suivis,
    eux aussi, d’une escorte. Les longues crinières pendantes que portaient
    à leurs casques les dragons de la suite l’empêchèrent de distinguer les
    figures. «Ainsi, je n’ai pu voir l’Empereur sur un champ de bataille, à
    cause de ces maudits verres d’eau-de-vie!» Cette réflexion le réveilla
    tout à fait.

    On redescendit dans un chemin rempli d’eau, les chevaux voulurent boire.

    --C’est donc l’Empereur qui a passé là? dit-il à son voisin.

    --Eh! certainement, celui qui n’avait pas d’habit brodé. Comment ne
    l’avez-vous pas vu? lui répondit le camarade avec bienveillance.

    Fabrice eut grande envie de galoper après l’escorte de l’Empereur et de
    s’y incorporer. Quel bonheur de faire réellement la guerre à la suite
    de ce héros! C’était pour cela qu’il était venu en France. «J’en suis
    parfaitement le maître, se dit-il, car enfin je n’ai d’autre raison pour
    faire le service que je fais, que la volonté de mon cheval qui s’est mis
    à galoper pour suivre ces généraux.»

    Ce qui détermina Fabrice à rester, c’est que les hussards ses nouveaux
    camarades lui faisaient bonne mine; il commençait à se croire l’ami
    intime de tous les soldats avec lesquels il galopait depuis quelques
    heures. Il voyait entre eux et lui cette noble amitié des héros du Tasse
    et de l’Arioste. S’il se joignait à l’escorte de l’Empereur, il y aurait
    une nouvelle connaissance à faire; peut-être même on lui ferait la mine
    car ces autres cavaliers étaient des dragons et lui portait l’uniforme
    de hussard ainsi que tout ce qui suivait le maréchal. La façon dont on
    le regardait maintenant mit notre héros au comble du bonheur; il eût
    fait tout au monde pour ses camarades; son âme et son esprit étaient
    dans les nues. Tout lui semblait avoir changé de face depuis qu’il était
    avec des amis, il mourait d’envie de faire des questions. «Mais je
    suis encore un peu ivre, se dit-il, il faut que je me souvienne de la
    geôlière.» Il remarqua en sortant du chemin creux que l’escorte n’était
    plus avec le maréchal Ney; le général qu’ils suivaient était grand,
    mince, et avait la figure sèche et l’œil terrible.

    Ce général n’était autre que le comte d’A..., le lieutenant Robert du 15
    mai 1796. Quel bonheur il eût trouvé à voir Fabrice del Dongo.

    Il y avait déjà longtemps que Fabrice n’apercevait plus la terre volant
    en miettes noires sous l’action des boulets; on arriva derrière un
    régiment de cuirassiers, il entendit distinctement les biscaïens frapper
    sur les cuirasses et il vit tomber plusieurs hommes.

    Le soleil était déjà fort bas, et il allait se coucher lorsque
    l’escorte, sortant d’un chemin creux, monta une petite pente de trois
    ou quatre pieds pour entrer dans une terre labourée. Fabrice entendit
    un petit bruit singulier tout près de lui: il tourna la tête, quatre
    hommes étaient tombés avec leurs chevaux; le général lui-même avait été
    renversé, mais il se relevait tout couvert de sang. Fabrice regardait
    les hussards jetés par terre: trois faisaient encore quelques mouvements
    convulsifs, le quatrième criait:

    --Tirez-moi de dessous.

    Le maréchal des logis et deux ou trois hommes avaient mis pied à terre
    pour secourir le général qui, s’appuyant sur son aide de camp, essayait
    de faire quelques pas; il cherchait à s’éloigner de son cheval qui se
    débattait renversé par terre et lançait des coups de pied furibonds.

    Le maréchal des logis s’approcha de Fabrice. A ce moment notre héros
    entendit dire derrière lui et tout près de son oreille:

    --C’est le seul qui puisse encore galoper.

    Il se sentit saisir les pieds; on les élevait en même temps qu’on lui
    soutenait le corps par-dessous les bras; on le fit passer par-dessus la
    croupe de son cheval, puis on le laissa glisser jusqu’à terre, où il
    tomba assis.

    L’aide de camp prit le cheval de Fabrice par la bride; le général,
    aidé par le maréchal des logis, monta et partit au galop; il fut suivi
    rapidement par les six hommes qui restaient. Fabrice se releva furieux,
    et se mit à courir après eux en criant:

    --Ladri! ladri!(voleurs! voleurs!)

    Il était plaisant de courir après des voleurs au milieu d’un champ de
    bataille.

    L’escorte et le général, comte d’A..., disparurent bientôt derrière une
    rangée de saules. Fabrice, ivre de colère, arriva aussi à cette ligne de
    saules; il se trouva tout contre un canal fort profond qu’il traversa.
    Puis, arrivé de l’autre côté, il se remit à jurer en apercevant de
    nouveau, mais à une très grande distance, le général et l’escorte qui se
    perdaient dans les arbres.

    --Voleurs! voleurs! criait-il maintenant en français.

    Désespéré, bien moins de la perte de son cheval que de la trahison,
    il se laissa tomber au bord du fossé, fatigué et mourant de faim. Si
    son beau cheval lui eût été enlevé par l’ennemi, il n’y eût pas songé;
    mais se voir trahir et voler par ce maréchal des logis qu’il aimait
    tant et par ces hussards qu’il regardait comme des frères! c’est ce qui
    lui brisait le cœur. Il ne pouvait se consoler de tant d’infamie, et,
    le dos appuyé contre un saule, il se mit à pleurer à chaudes larmes.
    Il défaisait un à un tous ses beaux rêves d’amitié chevaleresque et
    sublime, comme celle des héros de la Jérusalem délivrée. Voir arriver la
    mort n’était rien, entouré d’âmes héroïques et tendres, de nobles amis
    qui vous serrent la main au moment du dernier soupir! mais garder son
    enthousiasme, entouré de vils fripons!!! Fabrice exagérait comme tout
    homme indigné. Au bout d’un quart d’heure d’attendrissement, il remarqua
    que les boulets commençaient à arriver jusqu’à la rangée d’arbres à
    l’ombre desquels il méditait. Il se leva et chercha à s’orienter. Il
    regardait ces prairies bordées par un large canal et la rangée de saules
    touffus: il crut se reconnaître. Il aperçut un corps d’infanterie qui
    passait le fossé et entrait dans les prairies, à un quart de lieue en
    avant de lui. «J’allais m’endormir, se dit-il; il s’agit de n’être
    pas prisonnier»; et il se mit à marcher très vite. En avançant il fut
    rassuré, il reconnut l’uniforme, les régiments par lesquels il craignait
    d’être coupé étaient français. Il obliqua à droite pour les rejoindre.

    Après la douleur morale d’avoir été si indignement trahi et volé, il en
    était une autre qui, à chaque instant, se faisait sentir plus vivement:
    il mourait de faim. Ce fut donc avec une joie extrême qu’après avoir
    marché, ou plutôt couru pendant dix minutes, il s’aperçut que le corps
    d’infanterie, qui allait très vite aussi, s’arrêtait comme pour prendre
    position. Quelques minutes plus tard, il se trouvait au milieu des
    premiers soldats.

    --Camarades, pourriez-vous me vendre un morceau de pain?

    --Tiens, cet autre qui nous prend pour des boulangers!

    Ce mot dur et le ricanement général qui le suivit accablèrent Fabrice.
    La guerre n’était donc plus ce noble et commun élan d’âmes amantes de
    la gloire qu’il s’était figuré d’après les proclamations de Napoléon!
    Il s’assit, ou plutôt se laissa tomber sur le gazon; il devint très
    pâle. Le soldat qui lui avait parlé, et qui s’était arrêté à dix pas
    pour nettoyer la batterie de son fusil avec son mouchoir, s’approcha et
    lui jeta un morceau de pain, puis, voyant qu’il ne le ramassait pas, le
    soldat lui mit un morceau de ce pain dans la bouche. Fabrice ouvrit les
    yeux, et mangea ce pain sans avoir la force de parler. Quand enfin il
    chercha des yeux le soldat pour le payer, il se trouva seul, les soldats
    les plus voisins de lui étaient éloignés de cent pas et marchaient. Il
    se leva machinalement et les suivit. Il entra dans un bois; il allait
    tomber de fatigue et cherchait déjà de l’œil une place commode; mais
    quelle ne fut pas sa joie en reconnaissant d’abord le cheval, puis la
    voiture, et enfin la cantinière du matin! Elle accourut à lui et fut
    effrayée de sa mine.

    --Marche encore, mon petit, lui dit-elle; tu es donc blessé? et ton beau
    cheval? En parlant ainsi elle le conduisait vers sa voiture, où elle
    le fit monter, en le soutenant par-dessous les bras. A peine dans la
    voiture, notre héros, excédé de fatigue, s’endormit profondément. 3

    CHAPITRE IV

    Rien ne put le réveiller, ni les coups de fusil tirés fort près de la
    petite charrette, ni le trot du cheval que la cantinière fouettait
    à tour de bras. Le régiment attaqué à l’improviste par des nuées de
    cavalerie prussienne, après avoir cru à la victoire toute la journée,
    battait en retraite, ou plutôt s’enfuyait du côté de la France.

    Le colonel, beau jeune homme, bien ficelé, qui venait de succéder
    à Macon, fut sabré; le chef de bataillon qui le remplaça dans le
    commandement, vieillard à cheveux blancs, fit faire halte au régiment.

    --F...! dit-il aux soldats, du temps de la république on attendait pour
    filer d’y être forcé par l’ennemi... Défendez chaque pouce de terrain et
    faites-vous tuer, s’écriait-il en jurant; c’est maintenant le sol de la
    patrie que ces Prussiens veulent envahir!

    La petite charrette s’arrêta, Fabrice se réveilla tout à coup. Le
    soleil était couché depuis longtemps; il fut tout étonné de voir qu’il
    était presque nuit. Les soldats couraient de côté et d’autre dans une
    confusion qui surprit fort notre héros; il trouva qu’ils avaient l’air
    penaud.

    --Qu’est-ce donc? dit-il à la cantinière.

    --Rien du tout. C’est que nous sommes flambés, mon petit; c’est la
    cavalerie des Prussiens qui nous sabre, rien que ça. Le bêta de général
    a d’abord cru que c’était la nôtre. Allons, vivement, aide-moi à réparer
    le trait de Cocotte qui s’est cassé.

    ]]> https://blog.mabo.cc/la-chartreuse-de-parme/feed/ 0 1442 Jusqu’à l’extrême regard Poésie https://blog.mabo.cc/jusqua-lextreme-regard-poesie/ https://blog.mabo.cc/jusqua-lextreme-regard-poesie/#respond Thu, 15 Oct 2026 02:07:42 +0000 https://blog.mabo.cc/jusqua-lextreme-regard-poesie/

    Jusqu’à l’extrême regard Poésie

    Aproximadamente 3.997 palavras.

    Huguette Bertrand

    JUSQU'À L'EXTRÊME REGARD

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Suis en amour avec le jour qui passe
    près de ma fenêtre
    par-dessus ma chair ruisselante d'avenir
    sous un amoncellement de gestes fous
    que l'histoire raconte pour bercer la petite fille
    Suis en amour avec la nuit qui passe
    près de mon lit
    dans les hauts-fonds de mon âme
    parmi les spasmes et tous ces bruits
    arrachés au plaisir d'être là
    comme un fruit dans son nectar

    Suis en amour avec les mots d'amour
    près de la vie
    comme des semences d'éternité

    ___________________________

    Devant toi comme quelqu'un qui attend
    qui attend que la nuit soit consommée
    en attendant que tu sois là
    l'âme à nue
    en plein coeur du rire
    envoyée dans tous les sens
    débridée par les mots écrits comme ça
    en plein jour
    en pleine nuit
    alors que les coeurs s'entrechoquent à travers les ondes
    provoquent des signes amourachés tendres

    Comment résister aux mots désordonnés
    sans faux pli
    des mots qui provoquent la rencontre l'amitié
    la vie jusqu'au bord du risque
    le risque de perdre son âme dans l'âme de l'autre
    cet autre soi-même accordé à la vie
    ses rythmes
    ses accords à travers les saisons provocantes
    une provocation d'images chauffées à blanc
    pour le bonheur de l'instant

    Comment résister aux heures arrogantes
    ce trajet de l'esprit en voyage sur les sens
    quand le regard touche les courbes brûlantes du délire
    quand la main vient se poser sur le cri

    Un silence dérobé à l'envie d'être là
    jusqu'au bout

    ___________________________

    Parmi les feux de la nuit
    ce parcours du silence de ton âme secrète
    s'abreuve à la source de nos avenues intimes
    jusqu'au tréfonds de nos corps lancinants
    comme un puits si profond
    d'où surgissent les vertiges du matin
    ses accords sur la portée du coeur
    à n'en plus finir

    L'amour se consume
    à travers une nuée de caresses étonnées

    ___________________________

    Les doigts du ciel effleurent le sanctuaire de la folle amante
    gonflée dans la poitrine du vent
    et d'inutiles colères se heurtent aux douleurs des griffes
    emprisonnées dans les veines du temps

    Les lèvres s'habituent aux désirs
    quand la crue des souffles inonde l'espace
    jusqu'à l'épuisement des gestes

    Cernées les images passent
    l'amour délire

    ___________________________

    Le temps
    mon frère
    vient d'arriver avec en poche
    le poids de ma fragilité
    déposée aux pieds de la tendresse
    parfois emportée par le vent du large
    ses milliers de p'tits papiers accrochés au fil des jours
    et du printemps venu râteler ses émotions
    éparpillées sur le gazon

    ___________________________

    Dans la prison du désir
    je tue les heures une à une
    sans blesser les instants de l'espace amoureux
    sans piétiner les sourires
    sans mélanger la couleur des gris trop gris
    sans mourir sous le toit indigné par la caresse des jours
    sans suivre le cours du rêve inachevé
    des lendemains avides de temps

    À même cette prison
    j'habitue mes mots au délire
    pour contrôler les enchantements
    pour nager dans les attentes trop vives

    ___________________________

    Oui je rêve que je ne rêve pas
    dans le délire de tes nuits
    dans la conscience du jour
    cette envie de colorer tes arcs-en-ciel aux prises avec les nuages
    assise sous le chêne
    à brouter des impatiences dans la gueule du temps
    ce temps empanaché d'étoiles
    de fils d'araignée
    quand la voix cherche les contours d'une présence
    pour la suite du jour

    ___________________________

    Ma vie se berce au creux de la mémoire
    d'un amour retrouvé comme un mystère
    entre les seins affolés
    par une nuée d'interdits

    En proie aux fièvres
    mes rêves glissent sous le poids de la démesure
    sur les rives chaudes et parfumées du sommeil
    quand mes pores se tordent
    dans la nuit peuplée de sueurs
    de doux désirs entr'ouverts
    entre le souffle et les ongles

    Les bouches lasses se cueillent
    devant la lune éclose

    ___________________________

    Demain est toujours un autre jour
    qui nous suit pas à pas
    dans les décombres de la nuit
    ses rêves immobiles sous l'oreiller
    poursuivis dans le plein des silences
    qui charrient à distance les feux de l'âme
    cette distance que l'oeil inonde
    pour nettoyer les passions refoulées
    dans les abîmes d'un poème qui ne veut pas se taire
    un poème à la mesure du coeur
    aiguisé par la lenteur des heures à bout de cris

    ___________________________

    À l'approche de ton corps nu
    ma chair goûte tes fièvres
    de la courbe de tes rêves à la pointe du vertige
    et l'ivresse de mes lèvres déclenche le délire
    cette sauvage volupté
    quand mon souffle te parcourt satiné

    Se cambre ta raison
    sous mes doigts agités
    sans rancune
    de laisser échapper ce mouvement ondulé
    cette vague
    comme un spasme
    au bout du cri

    ___________________________

    L'amour veille dans le silence advenu
    ce silence ému par le vertige des jours
    jours de peurs
    jours des alentours défaits
    jours qui parlent tout bas
    jours évidés des sens
    jour dans la descente du jour
    long cortège des jours abandonnés à leurs songes

    ___________________________

    Ce jour n'en peut plus de dormir si tard dans son lit
    cette âme qui dort tout bonnement dans sa nuit
    un pan de nuit accrochée à la vie
    quand la vie se mesure à nos pas piétinés
    quand la vie nous rassure dans le délire des ombres

    De toutes ses coutures elle craque
    dans la charpie des heures
    s'effiloche en petites rivières nocturnes
    se rabat dans la dorure d'un soleil emprisonné
    dans un espace trop étroit
    un espace de temps trop vieux
    que la main pose sur la détresse du jour

    ___________________________

    Le soleil me joue des tours
    projette dans mon regard
    les jours étourdis par de trop grandes extases
    accrochées au clou de mon âme
    en attente du prochain soir violacé

    Par une fenêtre du coeur
    gémissent des musiques
    des gestes interrompus
    dans ce piège adossé au réveil

    ___________________________

    Tu peux toujours croquer quelques mots pour déjeuner
    pour accrocher les soucis
    dans l'oeil figé du temps qu'il fait dehors
    les branches tendues aux quatre vents

    ___________________________

    Quand un grand vent souffla sur la peau de l'automne
    elle prit la fuite
    et une chemise au hasard
    en parlant de rentrer dans un portrait de famille
    sans parlure
    sans ambiance
    puis revint ranger cette randonnée
    là où elle l'avait laissée
    juste sous le ciel étoilé de son lit

    Elle rêvait tout simplement

    ___________________________

    Suite de nuits
    que l'amour embrase de toute éternité
    pourchassée par le crime de n'être pas assouvie
    quand le souffle brusquement s'arrête
    dans le regard plongé au coeur d'un arbre d'automne
    comme une bête blessée
    fouettée par le vent
    et toutes ses feuilles qui gisent sur le sol défait

    Vive mémoire emportée par les rafales du temps

    ___________________________

    Il pleut des joies dans mes yeux
    des arcs-en-ciel sur mes épaules
    des délires crachés par la mer
    ramassés par une vague silencieuse
    à la lumière d'un vieux rêve taillé sur mesure

    Il pleut des odeurs de cheminées
    à l'image des hautes forêts
    des murmures échappés du rire
    qui bousculent mon espace intime
    pour tuer la peur
    ses durs reflets

    ___________________________

    Connectés à l'amour
    aux cordes des guitares
    celles trempées dans l'acier de l'aujourd'hui
    les lendemains paralysent le retour de quelques larmes
    appuyées sur les murs
    des maisons de novembre

    Que viennent les musiques à pleines mains
    sur la portée du coeur
    dans les sillons du jour accordés au plaisir d'être
    enfin

    ___________________________

    Dans la blancheur de l'être
    le coeur cultive un rêve abandonné dans les couloirs de la nuit
    parmi les angles
    et les assauts du regard
    venus explorer les fractures de l'âme
    ces traces fragiles qu'un silence inonde

    ___________________________

    Froid comme un hiver
    le bonheur se cherche un abri dans le bleuté des nuits
    porte le vague souvenir d'une main affolée
    comme une caresse sur l'éveil du jour
    en attendant une brassée de coeurs flottants

    L'amour et ses trouvailles
    ont rendu la brise à l'hiver

    ___________________________

    Côté coeur
    y a rien d'neuf
    à part le feu qui ronge ma langue
    quand les jours se cachent dans l'ombre

    Y a rien d'neuf au bout du jour
    quand les images s'ensablent dans ma mémoire
    que les nuits brûlent sous ma peau

    Y a rien d'neuf au bout d'la semaine
    à part les bruits
    les graffiti
    mes pieds en tête au bout d'la rue

    Y a rien d'neuf au bout du coeur
    à part tes yeux
    à part tes rêves
    pour caresser le bout d'ma vie

    ___________________________

    Quand tes musiques folles m'écoutent trop longtemps
    j'ai envie de faire trembler le jour
    qui se promène dans ma nuit
    d'envoyer mon âme en voyage
    pour la faire durer
    de chatouiller le soleil
    en faisant ma valise
    d'écrire des mots d'avance
    en cas de panne
    te parler au creux de mes phrases
    te chuchoter mes souvenirs ramassés en petits paquets d'émotions

    À travers la buée de mes espérances
    et la poussière des routes
    je m'abandonne dans un respir

    ___________________________

    Derrière les montagnes
    on aperçoit des regards vagabonder çà et là
    entre les arbres
    comme des sourires prolongés
    jusqu'au faîte de l'âme

    On aperçoit dans le tard des nuits
    quelques espaces de tendresse
    pour étouffer l'ennui
    quand le coeur fauve vient s'échouer
    aux abords des yeux ensablés
    par de trop longues heures d'attente

    Les jours nous regardent dormir entre les branches

    ___________________________

    Dans la cambrure du geste apparenté à l'infinie démesure
    ce temps passé tout contre vous
    enjolive les anciens printemps
    demeurés soudainement muets par temps de grands vents
    quand le destin fait rage

    Le corps comme un oiseau partage les tempêtes
    sur le chemin pavé de mots
    d'ardeurs arrachées à l'histoire

    ___________________________

    Comme une brise roucoulante
    venue s'échouer dans le cou de l'aube
    le corps transperce les nuages de mon âme
    et la chair de l'image
    qu'au loin je contemple tout près
    pour étancher la soif
    pour apprivoiser les battements du coeur dans l'instant

    ___________________________

    Déchirée par les départs toujours présents
    la douleur s'apaise
    quand le souffle rejoint le geste
    ce battement de vie
    à même ton âme greffée à la mienne

    Coincée entre l'espace et le temps
    mes mots en se taisant crient à tue-tête
    dans ce rêve sorti tout droit des nues
    habitat du coeur devenu oxygène

    À travers une verrière
    l'univers s'incline à genoux sur la nuit

    ___________________________

    Allongée sur les paumes du quotidien
    une femme de connivence avec le bonheur
    s'abandonne dans un fou rire
    pose délicate comme un fruit incandescent
    qu'enrobent les désirs
    venus valser sur ses nuits apprivoisées
    une femme moulée dans ses parures
    pour une fête empirique
    transparente parfumée
    visitée par les saisons
    inscrite au calendrier
    revue et corrigée par le mouvement perpétuel de la tendresse

    On imagine aussi les mains déployées d'un homme à plaisir
    venu raser ce rêve dans le jus des sens
    devant une bière enivrée d'illusions
    quand le temps forge des douleurs sous nos pieds désarmés
    échange l'amour contre la mort
    ses pitiés naissantes au bord des lèvres
    pour inquiéter nos nuits

    ___________________________

    Quand la vie m'étire à n'en plus finir
    j'étire l'avenir jusqu'à demain
    j'étire demain pour en finir avec l'avenir
    j'étire mes mots pour allonger le verbe
    je m'étire dans mon verbe pour conjuguer le désir à l'être
    et n'être plus que l'étirement d'un désir
    sur une distance allongée posée sur le temps
    un temps étiré par le hasard d'une rencontre
    une rencontre qui s'étire sur le devenir
    comme si demain n'existait pas

    Pour en finir
    le verbe me plonge dans ce désir de l'être
    en son devenir

    ___________________________

    Juste un peu plus de vie pour prendre l'amour par le goût
    quand le goût a le goût d'aller dormir près de la nuit
    cette nuit qui veille sur l'amour
    comme une vieille amante échevelée au goût du jour
    pas trop tannée
    juste encore en vie
    pour goûter aux nuits échevelées par l'amour

    ___________________________

    Elle est venue
    elle était peut-être déjà là
    debout en pyjama sur son destin
    dans sa chambre virginale
    appuyée sur un dégoût
    en attendant la conquête des seins des reins
    et autres viscères
    dépliant sa nuit sur le coeur englué
    dans son imagerie

    Finalement
    elle est peut-être venue
    mais je n'y étais pas

    ___________________________

    Devant les jours de banlieues
    le temps s'attriste
    ces îles roses à l'intimité fragile
    îles boiteuses à des années-lumière
    îles poisseuses dans le varech des regards
    îles érigées à la gloire de l'éphémère
    îles savantes pour dérouter le mouvement des foules
    îles languissant comme des pluies
    îles mortes déclarées sans avenue
    îles ennuyeuses remplies de crépuscules
    îles éclatées en plein visage de la vie

    ___________________________

    Vous avez dit amour
    quand on vous aperçoit aujourd'hui plongé dans un bain de tendresse
    pour savonner les mercredis oubliés
    vous écrivez amour sur le bout d'une table
    entre deux feuilles grises
    deux colères
    et vos gestes dévastés par de trop longues heures

    Se grave enfin sur la chair de l'autre
    votre coeur démesuré
    et vous buvez l'amour
    quand le corps presse la détente
    comme au premier jour
    en cette mi-temps de février

    ___________________________

    Je bois à la source de vos mots délivrés
    temporaires
    quand la vague soupire
    quand le corps n'en peut plus de vous regarder dans l'embrasure des montagnes
    à travers le songe de vos regards venus si près de toucher l'indécence
    ce velouté du coeur jusqu'au vacillement des sens
    déboutonnés jusqu'à l'os

    C'est de l'amour
    dans le concentré des jours
    quand l'impuissance du geste s'étire à n'en plus finir
    pour espacer les désirs qui se heurtent aux vives absences

    C'est de l'amour
    comme un fruit arraché haut et court à l'automne
    un fruit d'hiver mûri à même les délicaresses
    quand le printemps s'allume allègrement
    aux abords de l'été

    ___________________________

    Qu'avons-nous à dérober ces gestes
    qui ne craignent plus la pudeur d'embrasser le poète
    dans les eaux grouillantes du délire
    ni même de tremper nos doigts dans le suc de l'amour
    comme une rosée sur le bonheur d'être assouvie par de tendres ébats
    ce repas que le coeur attend avidement
    à travers la bruine des jours
    ce doux mensonge pour un monde inventé par la blessure
    de ne pouvoir aimer à n'en plus finir

    ___________________________

    Quand il fait trop nuit
    un nouveau regard vient border mes rêves abandonnés sur le rivage
    qu'une simple lueur vient consteller

    Mémoire de la main qui effleure la mémoire
    mémoire des yeux qui arpente la nuit
    mémoire de la nuit qui parfume l'ennui

    Une flamme ardente vient chanter sous ma lampe
    des airs sauvages
    accompagnés de petites ronflettes
    hallucinées

    ___________________________

    Ne pillez plus ces nouveaux jours
    quand le soleil verse son or sur nos chairs attendries par l'âge des pierres
    quand nos yeux pavoisent devant ce rêve emmitouflé dans un rayon de lune
    quand le galbe soyeusement apprivoisé cherche les contours de la main qui effleure

    Sous l'écorce de nos vies
    le temps est à l'oeuvre
    sculpte dans cette argile
    des lumières frêles
    que les mots épuisent aux confins de la mémoire

    Surgissent alors des amours effrontées

    ___________________________

    Dans la savane de nos âmes
    des loups s'y promènent
    avec un goût de représailles à portée de hurlement
    étrangeté qui ressemble à une vocation
    jusque-là étendue sur une plage
    devant une mer de naufrages
    de cris douteux

    ___________________________

    En vérité
    c'est de toi cette senteur du jardin
    jusqu'à l'extrême regard incendiaire
    à la poursuite des patiences
    et des pluies venues

    Encore toi
    ce pays sans avenue
    que l'on transporte en soi dans la terre fertile du désir

    Toujours toi
    à la cadence des jours
    blottis entre chaque phrase
    sans mesure
    comme une certitude du présent

    ___________________________

    L'hiver ne pensait pas qu'il était rendu là où il était
    sous une pluie de glaçons barbares
    venue blesser la conscience des arbres nus
    leurs bras ballants comme chômeur sans cause
    et pour cause

    L'hiver venu a dérapé sur sa neige fondante
    à la dérive
    sur la noire habitude de nos gestes gelés

    ___________________________

    Encore tout chaud
    mon jour incendié par l'abondance du rêve
    sème dans les sillons de l'amour
    un visage habité de réels immenses
    une gueule à désir
    flanqué d'un sourire limité par la séduction d'un regard efficace
    une peau de sable fin arrachée aux plages

    Entre des pieds acrobates
    un vertige se répand sur le droit fil funambule

    ___________________________

    Les yeux assoupis dans une vague d'espoir
    retournent au rivage
    cette écume de l'émoi

    Dérive des jours insensés vers l'abîme des tendresses
    où le galbe rocheux s'étale sur la surface des eaux
    dans l'ébène du soir
    d'un enfant infini projeté dans le regard de l'aube

    ___________________________

    Ce corps inouï emprisonne le soleil dans un doute
    que supporte mal le ciel blafard

    Ciel de tous les regards portés sur la chose
    ciel enculé par des évidences
    semences du ciel dans le ventre du passé
    enfants éventrés dans les décharges du ciel
    ciel baisé en silence par des nuits épousées
    ciel de vie détrempée dans la sueur des jours

    De feu de sang
    le ciel me désire

    ___________________________

    Après maints combats
    le coeur essoufflé s'endort ensoleillé
    porte en moi ce plaisir de brûler dans l'ombre

    Ces seules lignes décochées sur la cible
    ressemblent à une coïncidence
    quand la raison perd la tête

    Posez un timbre de voix sur le mot
    envoyez cette bizarrerie au hasard
    comme un mot d'amour à la mer

    ___________________________

    Assoupis
    des fragments d'été brûlent sous la peau
    comme une promesse aux herbes folles
    dans un corps à corps avec les étoiles

    Lents mouvements inclinés sur l'âme affamée
    suspendue sur un mur de glace
    dans lequel résonne un cri d'enfant
    assassiné par de trop longues années

    ___________________________

    Où veux-tu que je dépose mes caresses
    lorsque la lune est rouge
    lorsque mon cri échevelé vient te dire que l'amour fermente sous le lichen
    lorsque tu danses près d'un gouffre de lumière
    lorsque tu marches sur des plages garnies d'apothéoses et de galets hors saison
    lorsque la mer me confie son silence me propose ses regrets comme la terre ses alarmes
    lorsque tu ruisselles sous l'écorce de tes nuits inventées
    lorsque je traverse le pont de tes rires téméraires
    lorsque enfin nos mains fleurissent sous un grand pin argenté

    ___________________________

    Dans les chairs roses du ciel
    une lune magique pose sous le regard des jours irrités par la rage des heures folles

    Heures de plomb à l'épaule
    heures des portes battantes
    heures tranchées dans le sens du cadavre
    heures lacérées par les visages fuyants
    heures déshabillées dans un respir
    heures qui se bousculent à la porte des foules
    heures bleues heures grises comme des pierres étranglées
    vive douleur des heures incendiées
    heures fragiles et nues dans les chairs roses du ciel

    ___________________________

    Votre folie m'habille comme un gant
    si près de la lumière
    si près des heures libérées par la foudre de vos rires en relief
    sur mes mots éventrés par les silences
    les oubliances que je suis
    à même ce jour
    imprégnée d'alliances
    d'enfances étalées sur mes crépuscules
    ce foutu mensonge

    ___________________________

    J'ai les écluses fragiles dans le regard de l'aube
    quand mes mains s'abandonnent au vertige des mots
    devant ce phare absent
    devant l'image rebelle d'une nuit furieuse
    pluvieuse

    ___________________________

    Au passage
    les baisers creusent des habitudes au hasard des fatigues
    lèchent le destin étroit d'un visage oublié dans le givre des heures
    visage abandonné sous le doux regard d'une étoile lointaine
    quand la fête déjoue les ruses d'un soir exténué

    ___________________________

    Une promesse de chairs odorantes provoque des printemps délurés
    des échanges de rêves effrontés
    derrière une foule triste
    essuie gestes et marées sur les visages à portée de l'esclave

    ___________________________

    Sur ma page
    des mots ondulés me respirent jusqu'au sein du rêve
    me ramènent au coeur des choses
    à travers le cristallin de l'âme
    ses ébats
    dans la chaleur des sexes poétiques
    évanouis comme des mystères déraisonnables

    ___________________________

    Un cheptel de mots avance lentement
    vers l'écrin fertile de mes pensées
    en meuglant des souvenirs désespérés
    sous le dernier quartier d'une lune d'hiver

    ___________________________

    Ce brasier du coeur brûle les ailes d'un horizon étonné
    invente des poursuites
    dans la brousse des prunelles
    des déesses éplorées

    Femmes de bois
    fibres de terre
    de sang trop mûr
    assises sur l'humus des âges sacrés
    fiançailles englouties dans un bleu éternel

    ___________________________

    Frémissante
    elle reconnaît les cris
    comme une exaltation secrète de la source
    ses passions qu'elle boit à même la bouche des échos rythmés
    des instants convertis à l'être
    autrefois bafoués
    sans mémoire
    rejette par ses paumes entrouvertes
    la raison trébuchante
    qu'aucune foi ne peut atteindre
    dans l'aube assassinée

    ___________________________

    Il fait jaune feu dehors
    à travers les arbres déchus et mauves
    devant ce jour poudré d'indifférence
    égaré dans le vin de l'aube
    ennivrée

    Comme un rendez-vous avec la mémoire
    ce feu à côté de moi
    me projette dans le plein des choses à écrire

    Tranquillement demain me lira
    apaisera le fer à 23 heures pile
    mais comment en être sûre ?

    ___________________________

    Une mémoire constellée glane les langues assoiffées
    mystère des mots sanctifiés par le poète
    sous l'emprise d'un verre offert
    pour évaporer les désirs inconscients de l'Être
    dévorantes failles engorgées de désirs
    décapsulés
    bus jusqu'à la lie

    ___________________________

    Au coeur de l'essentiel
    le silence mijote des réponses
    condamnées à éblouir les peurs
    à hauteur du vrai
    en ce jour dessiné
    inévitable

    Le coeur aux aguets

    ___________________________

    Rage folle des amours punitives
    doux labeur de questions pour nos âmes affamées

    Rage folle des amours démembrées
    par les jours indomptés d'un coeur fauve insondable

    Rage folle des amours déchiquetées
    ensevelies sous les bruits de nos pas inévitables

    Rage folle des amours libertaires
    abandonnées dans un cri

    ___________________________

    Cette femme désertique apprend en silence
    mais le silence ne lui répond pas

    Elle se chuchote les mots amoureux du temps
    répand ses cris en rafales
    sur des tissus brodés d'étoiles
    retenant la pluie d'un visage abruti

    Elle rêve
    elle rêve aux doux gémissements amarrés au quai d'un grand lit
    sème sur des pierres
    les fines herbes de son coeur éclaté

    Abandonnée devant un soleil trop pur
    la joie s'écrira peu à peu
    sur le blanc de l'âme imaginée trop grise
    que les couleurs transporteront sur les ailes du vent

    Le meilleur s'en vient !

    =====================================
    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    Dépôt légal / mai 1997
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-921818-14-0
    Tous droits réservés - All rights reserved

    ===========================================================

    Ce recueil de poésie est aussi édité sur le site web de la
    Bibliothèque nationale du Canada dans sa collection électronique
    à l'adresse suivante :
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    in it's electronic collection at the following URL :
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    Ce document fut présenté en lecture gratuite sur le site du "Project Gutenberg"
    en janvier 2002 par l'auteure Huguette Bertrand, (Québec) Canada

    This document has been released for free reading on "Project Gutenberg"
    on January 2002 by the author Huguette Bertrand, (Quebec) Canada

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    Jeannot et Colin

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    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE.

    TOME XXXIII

    DE L' IMPRIMERIE DE A. FIRMIN DIDOT,

    RUE JACOB, N° 24.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE

    PRÉFACES, AVERTISSEMENTS, NOTES, ETC.

    PAR M. BEUCHOT.

    TOME XXXIII.

    ROMANS. TOME I.

    A PARIS,

    CHEZ LEFÈVRE, LIBRAIRE,

    RUE DE L'ÉPERON, K° 6. WERDET ET LEQUIEN FILS,

    RUE DU BATTOIR, N° 2O.

    MDCCCXXIX.

    JEANNOT ET COLIN.

    Préface de l'Éditeur

    Les deux contes, _Le blanc et le noir_, _Jeannot et Colin_, font
    partie du volume qui parut, en 1764, sous le titre de Contes de
    Guillaume Fade.

    ------

    Les notes sans signature, et qui sont indiquées par des lettres,
    sont de Voltaire.

    Les notes signées d'un K sont des éditeurs de Kehl, MM. Condorcet
    et Decroix. Il est impossible de faire rigoureusement la part de
    chacun.

    Les additions que j'ai faites aux notes de Voltaire ou aux notes
    des éditeurs de Kehl, en sont séparées par un--, et sont, comme
    mes notes, signées de l'initiale de mon nom.

    BEUCHOT.

    4 octobre 1829.

    JEANNOT ET COLIN.

    Plusieurs personnes dignes de foi ont vu Jeannot et Colin à
    l'école dans la ville d'Issoire, en Auvergne, ville fameuse dans
    tout l'univers par son collège et par ses chaudrons. Jeannot
    était fils d'un marchand de mulets très renommé; Colin devait le
    jour à un brave laboureur des environs, qui cultivait la terre
    avec quatre mulets, et qui, après avoir payé la taille, le
    taillon, les aides et gabelles, le sou pour livre, la capitation,
    et les vingtièmes, ne se trouvait pas puissamment riche au bout
    de l'année.

    Jeannot et Colin étaient fort jolis pour des Auvergnats; ils
    s'aimaient beaucoup; et ils avaient ensemble de petites
    privautés, de petites familiarités, dont on se ressouvient
    toujours avec agrément quand on se rencontre ensuite dans le
    monde.

    Le temps de leurs études était sur le point de finir, quand un
    tailleur apporta à Jeannot un habit de velours à trois couleurs,
    avec une veste de Lyon de fort bon goût; le tout était accompagné
    d'une lettre à M. de La Jeannotière. Colin admira l'habit, et ne
    fut point jaloux; mais Jeannot prit un air de supériorité qui
    affligea Colin. Dès ce moment Jeannot n'étudia plus, se regarda
    au miroir, et méprisa tout le monde. Quelque temps après un
    valet de chambre arrive en poste, et apporte une seconde lettre à
    monsieur le marquis de La Jeannotière; c'était un ordre de
    monsieur son père de faire venir monsieur son fils à Paris.
    Jeannot monta en chaise en tendant la main à Colin avec un
    sourire de protection assez noble. Colin sentit son néant, et
    pleura. Jeannot partit dans toute la pompe de sa gloire.

    Les lecteurs qui aiment à s'instruire doivent savoir que
    M. Jeannot, le père, avait acquis assez rapidement des biens
    immenses dans les affaires. Vous demandez comment on fait ces
    grandes fortunes? C'est parcequ'on est heureux. M. Jeannot
    était bien fait, sa femme aussi, et elle avait encore de la
    fraîcheur. Ils allèrent à Paris pour un procès qui les ruinait,
    lorsque la fortune, qui élève et qui abaisse les hommes à son
    gré, les présenta à la femme d'un entrepreneur des hôpitaux des
    armées, homme d'un grand talent, et qui pouvait se vanter d'avoir
    tué plus de soldats en un an que le canon n'en fait périr en dix.
    Jeannot plut à madame; la femme de Jeannot plut à monsieur.
    Jeannot fut bientôt de part dans l'entreprise; il entra dans
    d'autres affaires. Dès qu'on est dans le fil de l'eau, il n'y a
    qu'à se laisser aller; on fait sans peine une fortune immense.
    Les gredins, qui du rivage vous regardent voguer à pleines
    voiles, ouvrent des yeux étonnés; ils ne savent comment vous avez
    pu parvenir; ils vous envient au hasard, et font contre vous des
    brochures que vous ne lisez point. C'est ce qui arriva à Jeannot
    le père, qui fut bientôt M. de La Jeannotière, et qui, ayant
    acheté un marquisat au bout de six mois, retira de l'école
    monsieur le marquis son fils, pour le mettre à Paris dans le beau
    monde.

    Colin, toujours tendre, écrivit une lettre de compliments à son
    ancien camarade, et lui fit ces lignes pour le congratuler. Le
    petit marquis ne lui fit point de réponse: Colin en fut malade de
    douleur.

    Le père et la mère donnèrent d'abord un gouverneur au jeune
    marquis: ce gouverneur, qui était un homme du bel air, et qui ne
    savait rien, ne put rien enseigner à son pupille. Monsieur
    voulait que son fils apprît le latin, madame ne le voulait pas.
    Ils prirent pour arbitre un auteur qui était célèbre alors par
    des ouvrages agréables. Il fut prié à dîner. Le maître de la
    maison commença par lui dire: Monsieur, comme vous savez le
    latin, et que vous êtes un homme de la cour.... Moi, monsieur,
    du latin! je n'en sais pas un mot, répondit le bel esprit, et
    bien m'en a pris: il est clair qu'on parle beaucoup mieux sa
    langue quand on ne partage pas son application entre elle et les
    langues étrangères. Voyez toutes nos dames, elles ont l'esprit
    plus agréable que les hommes; leurs lettres sont écrites avec
    cent fois plus de grâce; elles n'ont sur nous cette supériorité
    que parcequ'elles ne savent pas le latin.

    Eh bien! n'avais-je pas raison? dit madame. Je veux que mon
    fils soit un homme d'esprit, qu'il réussisse dans le monde; et
    vous voyez bien que, s'il savait le latin, il serait perdu.
    Joue-t-on, s'il vous plaît, la comédie et l'opéra en latin?
    plaide-t-on en latin quand on a un procès? fait-on l'amour en
    latin? Monsieur, ébloui de ces raisons, passa condamnation, et
    il fut conclu que le jeune marquis ne perdrait point son temps à
    connaître Cicéron, Horace, et Virgile. Mais qu'apprendra-t-il
    donc? car encore faut-il qu'il sache quelque chose; ne
    pourrait-on pas lui montrer un peu de géographie? A quoi, cela
    lui servira-t-il? répondit le gouverneur. Quand monsieur le
    marquis ira dans ses terres, les postillons ne sauront-ils pas
    les chemins? ils ne l'égareront certainement pas. On n'a pas
    besoin d'un quart de cercle pour voyager, et on va très
    commodément de Paris en Auvergne, sans qu'il soit besoin de
    savoir sous quelle latitude on se trouve.

    Vous avez raison, répliqua le père; mais j'ai entendu parler
    d'une belle science qu'on appelle, je crois, l'astronomie.
    Quelle pitié! repartit le gouverneur; se conduit-on par les
    astres dans ce monde? et faudra-t-il que monsieur le marquis se
    tue à calculer une éclipse, quand il la trouve à point nommé dans
    l'almanach, qui lui enseigne de plus les fêtes mobiles, l'âge de
    la lune, et celui de toutes les princesses de l'Europe?

    Madame fut entièrement de l'avis du gouverneur. Le petit marquis
    était au comble de la joie; le père était très indécis. Que
    faudra-t-il donc apprendre à mon fils? disait-il. A être
    aimable, répondit l'ami que l'on consultait; et s'il sait les
    moyens de plaire, il saura tout: c'est un art qu'il apprendra
    chez madame sa mère, sans que ni l'un ni l'autre se donnent la
    moindre peine.

    Madame, à ce discours, embrassa le gracieux ignorant, et lui dit:
    On voit bien, monsieur, que vous êtes l'homme du monde le plus
    savant; mon fils vous devra toute son éducation: je m'imagine
    pourtant qu'il ne serait pas mal qu'il sût un peu d'histoire.
    Hélas! madame, à quoi cela est-il bon? répondit-il; il n'y a
    certainement d'agréable et d'utile que l'histoire du jour.
    Toutes les histoires anciennes, comme le disait un de nos beaux
    esprits[1], ne sont que des fables convenues; et pour les
    modernes, c'est un chaos qu'on ne peut débrouiller. Qu'importe à
    monsieur votre fils que Charlemagne ait institué les douze pairs
    de France, et que son successeur ait été bègue?

    [1] Fontenelle. B.

    Rien n'est mieux dit! s'écria le gouverneur: on étouffe l'esprit
    des enfants sous un amas de connaissances inutiles; mais de
    toutes les sciences la plus absurde, à mon avis, et celle qui est
    la plus capable d'étouffer toute espèce de génie, c'est la
    géométrie. Cette science ridicule a pour objet des surfaces ,
    des lignes, et des points, qui n'existent pas dans la nature. On
    fait passer en esprit cent mille lignes courbes entre un cercle
    et une ligne droite qui le touche, quoique dans la réalité on n'y
    puisse pas passer un fétu. La géométrie, en vérité, n'est qu'une
    mauvaise plaisanterie.

    Monsieur et madame n'entendaient pas trop ce que le gouverneur
    voulait dire; mais ils furent entièrement de son avis.

    Un seigneur comme monsieur le marquis, continua-t-il , ne doit
    pas se dessécher le cerveau dans ces vaines études. Si un jour
    il a besoin d'un géomètre sublime, pour lever le plan de ses
    terres, il les fera arpenter pour son argent. S'il veut
    débrouiller l'antiquité de sa noblesse, qui remonte aux temps les
    plus reculés, il enverra chercher un bénédictin. Il en est de
    même de tous les arts. Un jeune seigneur heureusement né n'est
    ni peintre, ni musicien, ni architecte, ni sculpteur; mais il
    fait fleurir tous ces arts en les encourageant par sa
    magnificence. Il vaut sans doute mieux les protéger que de les
    exercer; il suffit que monsieur le marquis ait du goût; c'est aux
    artistes à travailler pour lui; et c'est en quoi on a très grande
    raison de dire que les gens de qualité (j'entends ceux qui sont
    très riches) savent tout sans avoir rien appris, parcequ'en effet
    ils savent à la longue juger de toutes les choses qu'ils
    commandent et qu'ils paient.

    L'aimable ignorant prit alors la parole, et dit: Vous avez très
    bien remarqué, madame, que la grande fin de l'homme est de
    réussir dans la société. De bonne foi, est-ce par les sciences
    qu'on obtient ce succès? s'est-on jamais avisé dans la bonne
    compagnie de parler de géométrie? demande-t-on jamais à un
    honnête homme quel astre se lève aujourd'hui avec le soleil?
    s'informe-t-on à souper si Clodion-le-Chevelu passa le Rhin?
    Non, sans doute, s'écria la marquise de La Jeannotière, que ses
    charmes avaient initiée quelquefois dans le beau monde, et
    monsieur mon fils ne doit point éteindre son génie par l'étude de
    tous ces fatras; mais enfin que lui apprendra-t-on? car il est
    bon qu'un jeune seigneur puisse briller dans l'occasion, comme
    dit monsieur mon mari. Je me souviens d'avoir ouï dire à un abbé
    que la plus agréable des sciences était une chose dont j'ai
    oublié le nom, mais qui commence par un _B_.--Par un _B_, madame?
    ne serait-ce point la botanique?--Non, ce n'était point de
    botanique qu'il me parlait; elle commençait, vous dis-je, par un
    _B_, et finissait par un _on_.--Ah! j'entends, madame; c'est le
    blason: c'est, à la vérité, une science fort profonde; mais elle
    n'est plus à la mode depuis qu'on a perdu l'habitude de faire
    peindre ses armes aux portières de son carrosse; c'était la chose
    du monde la plus utile dans un état bien policé. D'ailleurs
    cette étude serait infinie; il n'y a point aujourd'hui de barbier
    qui n'ait ses armoiries; et vous savez que tout ce qui devient
    commun est peu fêté. Enfin, après avoir examiné le fort et le
    faible des sciences, il fut décidé que monsieur le marquis
    apprendrait à danser.

    La nature, qui fait tout, lui avait donné un talent qui se
    développa bientôt avec un succès prodigieux; c'était de chanter
    agréablement des vaudevilles. Les grâces de la jeunesse, jointes
    à ce don supérieur, le firent regarder comme le jeune homme de la
    plus grande espérance. Il fut aimé des femmes; et ayant la tête
    toute pleine de chansons, il en fit pour ses maîtresses. Il
    pillait _Bacchus_ et _l'Amour_ dans un vaudeville, la nuit et le
    jour dans un autre, les charmes et les alarmes dans un troisième;
    mais, comme il y avait toujours dans ses vers quelques pieds de
    plus ou de moins qu'il ne fallait, il les fesait corriger
    moyennant vingt louis d'or par chanson; et il fut mis dans
    l'_Année_ littéraire au rang des La Fare, des Chaulieu, des
    Hamilton, des Sarrasin, et des Voiture.

    Madame la marquise crut alors être la mère d'un bel esprit, et
    donna à souper aux beaux esprits de Paris. La tête du jeune
    homme fut bientôt renversée; il acquit l'art de parler sans
    s'entendre, et se perfectionna dans l'habitude de n'être propre à
    rien. Quand son père le vit si éloquent, il regretta vivement de
    ne lui avoir pas fait apprendre le latin, car il lui aurait
    acheté une grande charge dans la robe. La mère, qui avait des
    sentiments plus nobles, se chargea de solliciter un régiment pour
    son fils; et en attendant il fit l'amour. L'amour est
    quelquefois plus cher qu'un régiment. Il dépensa beaucoup,
    pendant que ses parents s'épuisaient encore davantage à vivre en
    grands seigneurs.

    Une jeune veuve de qualité, leur voisine, qui n'avait qu'une
    fortune médiocre, voulut bien se résoudre à mettre en sûreté les
    grands biens de monsieur et de madame de La Jeannotière, en se
    les appropriant, et en épousant le jeune marquis. Elle l'attira
    chez elle, se laissa aimer, lui fit entrevoir qu'il ne lui était
    pas indifférent, le conduisit par degrés, l'enchanta, le subjugua
    sans peine. Elle lui donnait tantôt des éloges, tantôt des
    conseils; elle devint la meilleure amie du père et de la mère.
    Une vieille voisine proposa le mariage; les parents, éblouis de
    la splendeur de cette alliance, acceptèrent avec joie la
    proposition: ils donnèrent leur fils unique à leur amie intime.
    Le jeune marquis allait épouser une femme qu'il adorait et dont
    il était aimé; les amis de la maison le félicitaient; on allait
    rédiger les articles, en travaillant aux habits de noce et à
    l'épithalame.

    Il était un matin aux genoux de la charmante épouse que l'amour,
    l'estime, et l'amitié, allaient lui donner; ils goûtaient, dans
    une conversation tendre et animée, les prémices de leur bonheur;
    ils s'arrangeaient pour mener une vie délicieuse, lorsqu'un valet
    de chambre de madame la mère arrive tout effaré. Voici bien
    d'autres nouvelles, dit-il; des huissiers déménagent la maison de
    monsieur et de madame; tout est saisi par des créanciers; on
    parle de prise de corps, et je vais faire mes diligences pour
    être payé de mes gages. Voyons un peu, dit le marquis, ce que
    c'est que ça, ce que c'est que cette aventure-là. Oui, dit la
    veuve, allez punir ces coquins-là, allez vite. Il y court, il
    arrive à la maison; son père était déjà emprisonné: tous les
    domestiques avaient fui chacun de leur côté, en emportant tout ce
    qu'ils avaient pu. Sa mère était seule, sans secours, sans
    consolation , noyée dans les larmes; il ne lui restait rien que
    le souvenir de sa fortune, de sa beauté, de ses fautes, et de ses
    folles dépenses.

    Après que le fils eut long-temps pleuré avec la mère, il lui dit
    enfin: Ne nous désespérons pas; cette jeune veuve m'aime
    éperdument; elle est plus généreuse encore que riche, je réponds
    d'elle; je vole à elle, et je vais vous l'amener. Il retourne
    donc chez sa maîtresse, il la trouve tête à tête avec un jeune
    officier fort aimable. Quoi! c'est vous, M. de La Jeannotière;
    que venez-vous faire ici? abandonne-t-on ainsi sa mère? Allez
    chez cette pauvre femme, et dites-lui que je lui veux toujours du
    bien: j'ai besoin d'une femme de chambre, et je lui donnerai la
    préférence. Mon garçon, tu me parais assez bien tourné, lui dit
    l'officier; si tu veux entrer dans ma compagnie, je te donnerai
    un bon engagement.

    Le marquis stupéfait, la rage dans le coeur, alla chercher son
    ancien gouverneur, déposa ses douleurs dans son sein, et lui
    demanda des conseils. Celui-ci lui proposa de se faire, comme
    lui, gouverneur d'enfants. Hélas! je ne sais rien, vous ne
    m'avez rien appris, et vous êtes la première cause de mon
    malheur; et il sanglotait en lui parlant ainsi. Faites des
    romans, lui dit un bel esprit qui était là; c'est une excellente
    ressource à Paris.

    Le jeune homme, plus désespéré que jamais, courut chez le
    confesseur de sa mère; c'était un théatin très accrédité, qui ne
    dirigeait que les femmes de la première considération; dès qu'il
    le vit, il se précipita vers lui. Eh! mon Dieu! monsieur le
    marquis, où est votre carrosse? comment se porte la respectable
    madame la marquise votre mère? Le pauvre malheureux lui conta le
    désastre de sa famille. A mesure qu'il s'expliquait, le théatin
    prenait une mine plus grave, plus indifférente, plus imposante:
    Mon fils, voilà où Dieu vous voulait; les richesses ne servent
    qu'à corrompre le coeur; Dieu a donc fait la grâce à votre mère
    de la réduire à la mendicité?

    Oui, monsieur.--Tant mieux, elle est sûre de son salut.--Mais,
    mon père, en attendant, n'y aurait-il pas moyen d'obtenir
    quelques secours dans ce monde?--Adieu, mon fils; il y a une dame
    de la cour qui m'attend. Le marquis fut prêt à s'évanouir; il
    fut traité à peu près de même par tous ses amis, et apprit mieux
    à connaître le monde dans une demi-journée que dans tout le reste
    de sa vie.

    Comme il était plongé dans l'accablement du désespoir, il vit
    avancer une chaise roulante, à l'antique, espèce de tombereau
    couvert, accompagné de rideaux de cuir, suivi de quatre
    charrettes énormes toutes chargées. Il y avait dans la chaise un
    jeune homme grossièrement vêtu; c'était un visage rond et frais
    qui respirait la douceur et la gaieté. Sa petite femme brune, et
    assez grossièrement agréable, était cahotée à côté de lui. La
    voiture n'allait pas comme le char d'un petit-maître: le voyageur
    eut tout le temps de contempler le marquis immobile, abîmé dans
    sa douleur. Eh! mon Dieu! s'écria-t-il, je crois que c'est là
    Jeannot. A ce nom le marquis lève les yeux, la voiture s'arrête:
    C'est Jeannot lui-même, c'est Jeannot. Le petit homme rebondi ne
    fait qu'un saut, et court embrasser son ancien camarade. Jeannot
    reconnut Colin; la honte et les pleurs couvrirent son visage. Tu
    m'as abandonné, dit Colin; mais tu as beau être grand seigneur,
    je t'aimerai toujours. Jeannot, confus et attendri, lui conta,
    en sanglotant, une partie de son histoire. Viens dans
    l'hôtellerie où je loge me conter le reste, lui dit Colin;
    embrasse ma petite femme, et allons dîner ensemble.

    Ils vont tous trois à pied, suivis du bagage. Qu'est-ce donc que
    tout cet attirail? vous appartient-il?--Oui, tout est à moi et à
    ma femme. Nous arrivons du pays; je suis à la tête d'une bonne
    manufacture de fer étamé et de cuivre. J'ai épousé la fille d'un
    riche négociant en ustensiles nécessaires aux grands et aux
    petits; nous travaillons beaucoup; Dieu nous bénit; nous n'avons
    point changé d'état, nous sommes heureux, nous aiderons notre ami
    Jeannot. Ne sois plus marquis; toutes les grandeurs de ce monde
    ne valent pas un bon ami. Tu reviendras avec moi au pays, je
    t'apprendrai le métier, il n'est pas bien difficile; je te
    mettrai de part, et nous vivrons gaiement dans le coin de terre
    où nous sommes nés.

    Jeannot éperdu se sentait partagé entre la douleur et la joie, la
    tendresse et la honte; et il se disait tout bas: Tous mes amis du
    bel air m'ont trahi, et Colin, que j'ai méprisé, vient seul à mon
    secours. Quelle instruction! La bonté d'âme de Colin développe
    dans le coeur de Jeannot le germe du bon naturel, que le monde
    n'avait pas encore étouffé. Il sentit qu'il ne pouvait
    abandonner son père et sa mère. Nous aurons soin de ta mère, dit
    Colin; et quant à ton bon-homme de père, qui est en prison,
    j'entends un peu les affaires; ses créanciers, voyant qu'il n'a
    plus rien, s'accommoderont pour peu de chose; je me charge de
    tout. Colin fit tant qu'il tira le père de prison. Jeannot
    retourna dans sa patrie avec ses parents , qui reprirent leur
    première profession. Il épousa une soeur de Colin, laquelle
    étant de même humeur que le frère, le rendit très heureux. Et
    Jeannot le père, et Jeannotte la mère, et Jeannot le fils, virent
    que le bonheur n'est pas dans la vanité.

    FIN DE JEANNOT ET COLIN.

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    Histoire des voyages de Scarmentado

    Aproximadamente 3.527 palavras.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE.

    TOME XXXIII

    DE L' IMPRIMERIE DE A. FIRMIN DIDOT,

    RUE JACOB, N° 24.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE

    PRÉFACES, AVERTISSEMENTS, NOTES, ETC.

    PAR M. BEUCHOT.

    TOME XXXIII.

    ROMANS. TOME I.

    A PARIS,

    CHEZ LEFÈVRE, LIBRAIRE,

    RUE DE L'ÉPERON, K° 6. WERDET ET LEQUIEN FILS,

    RUE DU BATTOIR, N° 2O.

    MDCCCXXIX.

    HISTOIRE DES VOYAGES DE SCARMENTADO

    Préface de l'Éditeur

    Le prospectus des frères Cramer, pour leur édition de 1756,
    comprend les trois romans _Les deux consolés_, _Histoire des
    voyages de Scarmentado_, _Le songe de Platon_, au nombre des
    _morceaux neufs_ qu'ils allaient publier.

    Cependant la table chronologique qui est dans le tome LXX de
    l'édition in-8°de Kehl range les _Voyages de Scarmentado_ à
    l'année 1747. Longchamp[i] dit qu'ils furent composés en octobre
    1746, avec plusieurs autres romans, pendant la retraite de
    Voltaire à Sceaux. S'il fallait en croire Colini[ii], Voltaire
    aurait écrit les Voyages de Scarmentado après l'aventure de
    Francfort, en 1753. «Encore froissé des injustices qu'il venait
    d'éprouver, il composa les Voyages de Scarmentado, conte
    ingénieux, qui renferme des allusions visiblement applicables aux
    événements dans lesquels il avait figuré.» C'est au lecteur à
    prononcer si ce roman contient les allusions dont parle Colini.
    Pour moi, je ne les y ai point aperçues.

    [i] _Mémoires_, etc., page 140.

    [ii] _Mon séjour_, etc., page 61.

    Une édition de la Princesse de Babylone, qui parut en 1768 , est
    présentée comme une Suite des Voyages de Scarmentado.

    ------

    Les notes sans signature, et qui sont indiquées par des lettres,
    sont de Voltaire.

    Les notes signées d'un K sont des éditeurs de Kehl, MM. Condorcet
    et Decroix. Il est impossible de faire rigoureusement la part de
    chacun.

    Les additions que j'ai faites aux notes de Voltaire ou aux notes
    des éditeurs de Kehl, en sont séparées par un--, et sont, comme
    mes notes, signées de l'initiale de mon nom.

    BEUCHOT.

    4 octobre 1829.

    HISTOIRE
    DES VOYAGES
    DE SCARMENTADO,

    ÉCRITE PAR LUI-MÊME.

    1756.

    Je naquis dans la ville de Candie, en 1600. Mon père en était
    gouverneur; et je me souviens qu'un poète médiocre, qui n'était
    pas médiocrement dur, nommé _Iro_[1], fit de mauvais vers à ma
    louange, dans lesquels il me fesait descendre de Minos en droite
    ligne; mais mon père ayant été disgracié, il fit d'autres vers où
    je ne descendais plus que de Pasiphaé et de son amant. C'était
    un bien méchant homme que cet Iro, et le plus ennuyeux coquin qui
    fût dans l'île.

    [1] Anagramme de Roi, poète né avec des talents que son
    penchant pour la satire, les aventures qui en furent la suite,
    sa jalousie contre les hommes de la littérature qui lui étaient
    supérieurs, avilirent et rendirent malheureux. Le ballet des
    _Éléments_ et l'opéra de _Callirhoé_ sont les seuls de ses
    ouvrages qui lui aient survécu: il mourut vieux, et avait fini
    par se faire dévot. K.

    Mon père m'envoya, à l'âge de quinze ans, étudier à Rome.
    J'arrivai dans l'espérance d'apprendre toutes les vérités; car
    jusque-là on m'avait enseigné tout le contraire, selon l'usage de
    ce bas monde, depuis la Chine jusqu'aux Alpes. Monsignor
    Profondo, à qui j'étais recommandé, était un homme singulier, et
    un des plus terribles savants qu'il y eût au monde. Il voulut
    m'apprendre les catégories d'Aristote, et fut sur le point de me
    mettre dans la catégorie de ses mignons: je l'échappai belle. Je
    vis des processions, des exorcismes, et quelques rapines. On
    disait, mais très faussement, que la signora Olimpia, personne
    d'une grande prudence, vendait beaucoup de choses qu'on ne doit
    point vendre. J'étais dans un âge où tout cela me paraissait
    fort plaisant. Une jeune dame de moeurs très douces, nommée _la
    signora Fatelo_, s'avisa de m'aimer. Elle était courtisée par le
    révérend P. _Poignardini_, et par le révérend P. _Aconiti_,
    jeunes profès d'un ordre qui ne subsiste plus: elle les mit
    d'accord en me donnant ses bonnes grâces; mais en même temps je
    courus risque d'être excommunié et empoisonné. Je partis, très
    content de l'architecture de Saint-Pierre.

    Je voyageai en France; c'était le temps du règne de
    Louis-le-Juste[2]. La première chose qu'on me demanda, ce fut,
    Si je voulais à mon déjeuner un petit morceau du maréchal
    d'Ancre, dont le peuple avait fait rôtir la chair[3], et qu'on
    distribuait à fort bon compte à ceux qui en voulaient.

    [2] Louis XIII eut dès son enfance , dit Voltaire, le surnom de
    Juste, pai'cequ'il était né sous le signe de la Balance. Voyez
    tome XIX, _Le Siècle de Louis XIV_, chapitre 2. B.

    [3] Voyez: tome XVIII, page 177. B.

    Cet état était continuellement en proie aux guerres civiles,
    quelquefois pour une place au conseil, quelquefois pour deux
    pages de controverse. Il y avait plus de soixante ans que ce
    feu, tantôt couvert et tantôt soufflé avec violence, désolait ces
    beaux climats. C'étaient là les libertés de l'Église gallicane.
    Hélas! dis-je, ce peuple est pourtant né doux: qui peut l'avoir
    tiré ainsi de son caractère? Il plaisante, et il fait des
    Saint-Barthélemi. Heureux le temps où il ne fera que plaisanter!

    Je passai en Angleterre: les mêmes querelles y excitaient les
    mêmes fureurs. De saints catholiques avaient résolu, pour le
    bien de l'Église, de faire sauter en l'air, avec de la poudre, le
    roi, la famille royale, et tout le parlement, et de délivrer
    l'Angleterre de ces hérétiques. On me montra la place où la
    bienheureuse reine Marie, fille de Henri VIII, avait fait brûler
    plus de cinq cents de ses sujets. Un prêtre ibernois m'assura
    que c'était une très bonne action: premièrement parceque ceux
    qu'on avait brûlés étaient Anglais; en second lieu parcequ'ils ne
    prenaient jamais d'eau bénite, et qu'ils ne croyaient pas au trou
    de saint Patrice[4].Il s'étonnait surtout que la reine Marie ne
    fût pas encore canonisée; mais il espérait qu'elle le serait
    bientôt, quand le cardinal neveu aurait un peu de loisir.

    [4] Sur le trou de Saint-Patrice , voyez tome XXXII, page 177;
    et dans les _Mélanges_, année 1763, la septième des _Lettres
    sur les miracles_. B.

    J'allai en Hollande, où j'espérais trouver plus de tranquillité
    chez des peuples plus flegmatiques. On coupait la tête à un
    vieillard vénérable lorsque j'arrivai à La Haye. C'était la tête
    chauve du premier ministre Barneveldt, l'homme qui avait le mieux
    mérité de la république. Touché de pitié, je demandai quel était
    son crime, et s'il avait trahi l'état. Il a fait bien pis, me
    répondit un prédicant à manteau noir; c'est un homme qui croit
    que l'on peut se, sauver par les bonnes oeuvres aussi bien que
    par la foi. Vous sentez bien que, si de telles opinions
    s'établissaient, une république ne pourrait subsister, et qu'il
    faut des lois sévères pour réprimer de si scandaleuses horreurs.
    Un profond politique du pays me dit en soupirant: Hélas!
    monsieur, le bon temps ne durera pas toujours; ce n'est que par
    hasard que ce peuple est si zélé; le fond de son caractère est
    porté au dogme abominable de la tolérance, un jour il y viendra:
    cela fait frémir. Pour moi, en attendant que ce temps funeste de
    la modération et de l'indulgence fût arrivé, je quittai bien vite
    un pays où la sévérité n'était adoucie par aucun agrément, et je
    m'embarquai pour l'Espagne.

    La cour était à Séville, les galions étaient arrivés, tout
    respirait l'abondance et la joie dans la plus belle saison de
    l'année. Je vis au bout d'une allée d'orangers et de citronniers
    une espèce de lice immense entourée de gradins couverts d'étoffes
    précieuses. Le roi, la reine, les infants, les infantes, étaient
    sous un dais superbe. Vis-à-vis de cette auguste famille était
    un autre trône, mais plus élevé. Je dis à un de mes compagnons
    de voyage: A moins que ce trône ne soit réservé pour Dieu, je ne
    vois pas à quoi il peut servir. Ces indiscrètes paroles furent
    entendues d'un grave Espagnol, et me coûtèrent cher. Cependant
    je m'imaginais que nous allions voir quelque carrousel ou quelque
    fête de taureaux, lorsque le grand-inquisiteur parut sur ce
    trône, d'où il bénit le roi et le peuple.

    Ensuite vint une armée de moines défilant deux à deux, blancs,
    noirs, gris, chaussés, déchaussés, avec barbe, sans barbe, avec
    capuchon pointu, et sans capuchon; puis marchait le bourreau;
    puis on voyait au milieu des alguazils et des grands environ
    quarante personnes couvertes de sacs sur lesquels on avait peint
    des diables et des flammes. C'étaient des juifs qui n'avaient
    pas voulu renoncer absolument à Moïse, c'étaient des chrétiens
    qui avaient épousé leurs commères, ou qui n'avaient pas adoré
    Notre-Dame d'Atocha[5], ou qui n'avaient pas voulu se défaire de
    leur argent comptant en faveur des frères hiéronymites. On
    chanta dévotement de très belles prières, après quoi on brûla à
    petit feu tous les coupables; de quoi toute la famille royale
    parut extrêmement édifiée.

    [5] Sur Notre-Dame d'Atocha, voyez dans les _Mélanges_, année
    1769, une des notes de Voltaire sur son _Extrait d'un journal_
    (ou Mémoires du Dangeau). B.

    Le soir, dans le temps que j'allais me mettre au lit, arrivèrent
    chez moi deux familiers de l'inquisition avec la sainte
    Hermandad: ils m'embrassèrent tendrement, et me menèrent, sans me
    dire un seul mot, dans un cachot très frais, meublé d'un lit de
    natte et d'un beau crucifix. Je restai là six semaines, au bout
    desquelles le révérend père inquisiteur m'envoya prier de venir
    lui parler: il me serra quelque temps entre ses bras, avec une
    affection toute paternelle; il me dit qu'il était sincèrement
    affligé d'avoir appris que je fusse si mal logé; mais que tous
    les appartements de la maison étaient remplis, et qu'une autre
    fois il espérait que je serais plus à mon aise. Ensuite il me
    demanda cordialement si je ne savais pas pourquoi j'étais là. Je
    dis au révérend père que c'était apparemment pour mes péchés. Eh
    bien! mon cher enfant, pour quel péché? parlez-moi avec
    confiance. J'eus beau imaginer, je ne devinai point; il me mit
    charitablement sur les voies.

    Enfin je me souvins de mes indiscrètes paroles. J'en fus quitte
    pour la discipline et une amende de trente mille réales. On me
    mena faire la révérence au grand-inquisiteur: c'était un homme
    poli, qui me demanda comment j'avais trouvé sa petite fête. Je
    lui dis que cela était délicieux, et j'allai presser mes
    compagnons de voyage de quitter ce pays, tout beau qu'il est.
    Ils avaient eu le temps de s'instruire de toutes les grandes
    choses que les Espagnols avaient faites pour la religion. Ils
    avaient lu les mémoires du fameux évêque de Chiapa[6], par
    lesquels il paraît qu'on avait égorgé, ou brûlé, ou noyé dix
    millions d'infidèles en Amérique pour les convertir. Je crus que
    cet évêque exagérait; mais quand on réduirait ces sacrifices à
    cinq millions de victimes, cela serait encore admirable.

    [6] Las Cases: voyez tome XVII, pages 399, 426; et tome XXXII,
    pages 490-91. B.

    Le désir de voyager me pressait toujours. J'avais compté finir
    mon tour de l'Europe par la Turquie; nous en prîmes la route. Je
    me proposai bien de ne plus dire mon avis sur les fêtes que je
    verrais. Ces Turcs, dis-je à mes compagnons, sont des mécréants
    qui n'ont point été baptisés, et qui par conséquent seront bien
    plus cruels que les révérends pères inquisiteurs. Gardons le
    silence quand nous serons chez les mahométans.

    J'allai donc chez eux. Je fus étrangement surpris de voir en
    Turquie beaucoup plus d'églises chrétiennes qu'il n'y en avait
    dans Candie. J'y vis jusqu'à des troupes nombreuses de moines
    qu'on laissait prier la vierge Marie librement, et maudire
    Mahomet, ceux-ci en grec, ceux-là en latin, quelques autres en
    arménien[7]. Les bonnes gens que les Turcs! m'écriai-je. Les
    chrétiens grecs et les chrétiens latins étaient ennemis mortels
    dans Constantinople; ces esclaves se persécutaient les uns les
    autres, comme des chiens qui se mordent dans la rue, et à qui
    leurs maîtres donnent des coups de bâton pour les séparer. Le
    grand-vizir protégeait alors les Grecs. Le patriarche grec
    m'accusa d'avoir soupé chez le patriarche latin, et je fus
    condamné en plein divan à cent coups de latte sur la plante des
    pieds, rachetables de cinq cents sequins. Le lendemain le
    grand-vizir fut étranglé; le surlendemain son successeur, qui
    était pour le parti des Latins, et qui ne fut étranglé qu'un mois
    après, me condamna à la même amende, pour avoir soupé chez le
    patriarche grec. Je fus dans la triste nécessité de ne plus
    fréquenter ni l'église grecque ni la latine. Pour m'en consoler,
    je pris à loyer une fort belle Circassienne, qui était la
    personne la plus tendre dans le tête-à-tête, et la plus dévote à
    la mosquée. Une nuit, dans les doux transports de son amour,
    elle s'écria en m'embrassant, _Alla, Illa, Alla!_ ce sont les
    paroles sacramentales des Turcs; je crus que c'étaient celles de
    l'amour: je m'écriai aussi fort tendrement, _Alla, Illa, Alla!_
    Ah! me dit-elle, le Dieu miséricordieux soit loué! vous êtes
    Turc. Je lui dis que je le bénissais de m'en avoir donné la
    force, et je me crus trop heureux. Le matin l'iman vint pour me
    circoncire; et, comme je fis quelque difficulté, le cadi du
    quartier, homme loyal, me proposa de m'empaler: je sauvai mon
    prépuce et mon derrière avec mille sequins, et je m'enfuis vite
    en Perse, résolu de ne plus entendre ni messe grecque ni latine
    en Turquie, et de ne plus crier, _Alla, Illa, Alla_, dans un
    rendez-vous.

    [7] Voyez tome XVI, page 493. B.

    En arrivant à Ispahan on me demanda si j'étais pour le mouton
    noir ou pour le mouton blanc. Je répondis que cela m'était fort
    indifférent, pourvu qu'il fût tendre. Il faut savoir que les
    factions du _mouton blanc_ et du _mouton noir_[8] partageaient
    encore les Persans. On crut que je me moquais des deux partis;
    de sorte que je me trouvai déjà une violente affaire sur les bras
    aux portes de la ville: il m'en coûta encore grand nombre de
    sequins pour me débarrasser des moutons.

    [8] Voyez tome XVI, page 478. B.

    Je poussai jusqu'à la Chine avec un interprète, qui m'assura que
    c'était là le pays où l'on vivait librement et gaiement. Les
    Tartares s'en étaient rendus maîtres[9], après avoir tout mis à
    feu et à sang; et les révérends Pères jésuites d'un côté, comme
    les révérends Pères dominicains de l'autre, disaient qu'ils y
    gagnaient des âmes à Dieu, sans que personne en sût rien. On n'a
    jamais vu de convertisseurs si zélés; car ils se persécutaient
    les uns les autres tour-à-tour: ils écrivaient à Rome des volumes
    de calomnies; ils se traitaient d'infidèles et de prévaricateurs
    pour une âme. Il y avait surtout une horrible querelle entre eux
    sur la manière de faire la révérence. Les jésuites voulaient que
    les Chinois saluassent leurs pères et leurs mères à la mode de la
    Chine, et les dominicains voulaient qu'on les saluât à la mode de
    Rome[10]. Il m'arriva d'être pris par les jésuites pour un
    dominicain. On me fit passer chez sa majesté tartare pour un
    espion du pape. Le conseil suprême chargea un premier mandarin ,
    qui ordonna à un sergent qui commanda à quatre sbires du pays de
    m'arrêter et de me lier en cérémonie. Je fus conduit après cent
    quarante génuflexions devant sa majesté. Elle me fit demander si
    j'étais l'espion du pape, et s'il était vrai que ce prince dût
    venir en personne le détrôner. Je lui répondis que le pape était
    un prêtre de soixante-dix ans[11]; qu'il demeurait à quatre mille
    lieues de sa sacrée majesté tartaro-chinoise; qu'il avait environ
    deux mille soldats qui montaient la garde avec un parasol; qu'il
    ne détrônait personne, et que sa majesté pouvait dormir en
    sûreté. Ce fut l'aventure la moins funeste de ma vie. On
    m'envoya à Macao, d'où je m'embarquai pour l'Europe.

    [9] Voyez tome XVIIl, page 457. B.

    [10] Sur les querelles des cérémonies chinoises, voyez, tome XX.
    le chapitre XXXIX du _Siècle de Louis XIV_. B.

    [11] Innocent X, qui a régné de 1644 à 1655. B.

    Mon vaisseau eut besoin d'être radoubé vers les côtes de
    Golconde. Je pris ce temps pour aller voir la cour du grand
    Aureng-Zeb, dont on disait des merveilles dans le monde: il était
    alors dans Delhi. J'eus la consolation de l'envisager le jour de
    la pompeuse cérémonie dans laquelle il reçut le présent céleste
    que lui envoyait le shérif de la Mecque. C'était le balai avec
    lequel on avait balayé la maison sainte, le _caaba_, le _beth
    Alla_. Ce balai est le symbole du balai divin qui balaie toutes
    les ordures de l'âme. Aureng-Zeb ne paraissait pas en avoir
    besoin; c'était l'homme le plus pieux de tout l'Indoustan. Il
    est vrai qu'il avait égorgé un de ses frères et empoisonné son
    père; vingt raïas et autant d'omras étaient morts dans les
    supplices; mais cela n'était rien, et on ne parlait que de sa
    dévotion. On ne lui comparait que la sacrée majesté du
    sérénissime empereur de Maroc, Muley Ismael[10], qui coupait des
    têtes tous les vendredis après la prière.

    [12] Voltaire a parlé d'Aureng-Zeb et de Muley Ismael, tome
    XVIII, page 420; voyez aussi la table de ce tome XVIII. B.

    Je ne disais mot; les voyages m'avaient formé, et je sentais
    qu'il ne m'appartenait pas de décider entre ces deux augustes
    souverains. Un jeune Français, avec qui je logeais, manqua, je
    l'avoue, de respect à l'empereur des Indes et à celui de Maroc.
    Il s'avisa de dire très indiscrètement qu'il y avait en Europe de
    très pieux souverains qui gouvernaient bien leurs états et qui
    fréquentaient même les églises, sans pourtant tuer leurs pères et
    leurs frères, et sans couper les têtes de leurs sujets. Notre
    interprète transmit en indou le discours impie de mon jeune
    homme. Instruit par le passé, je fis vite seller mes chameaux:
    nous partîmes le Français et moi. J'ai su depuis que la nuit
    même les officiers du grand Aureng-Zeb étant venus pour nous
    prendre, ils ne trouvèrent que l'interprète. Il fut exécuté en
    place publique, et tous les courtisans avouèrent sans flatterie
    que sa mort était très juste.

    Il me restait de voir l'Afrique, pour jouir de toutes les
    douceurs de notre continent. Je la vis en effet. Mon vaisseau
    fut pris par des corsaires nègres. Notre patron fit de grandes
    plaintes, il leur demanda pourquoi ils violaient ainsi les lois
    des nations. Le capitaine nègre lui répondit: Vous avez le nez
    long, et nous l'avons plat; vos cheveux sont tout droits, et
    notre laine est frisée; vous avez la peau de couleur de cendre,
    et nous de couleur d'ébène; par conséquent nous devons, par les
    lois sacrées de la nature, être toujours ennemis. Vous nous
    achetez aux foires de la côte de Guinée, comme des bêtes de
    somme, pour nous faire travailler à je ne sais quel emploi aussi
    pénible que ridicule. Vous nous faites fouiller à coups de nerfs
    de boeuf dans des montagnes, pour en tirer une espèce de terre
    jaune qui par elle-même n'est bonne à rien, et qui ne vaut pas, à
    beaucoup près, un bon ognon d'Egypte; aussi quand nous vous
    rencontrons, et que nous sommes les plus forts, nous vous fesons
    labourer nos champs, ou nous vous coupons le nez et les oreilles.

    On n'avait rien à répliquer à un discours si sage. J'allai
    labourer le champ d'une vieille négresse, pour conserver mes
    oreilles et mon nez. On me racheta au bout d'un an. J'avais vu
    tout ce qu'il y a de beau, de bon, et d'admirable sur la terre:
    je résolus de ne plus voir que mes pénates. Je me mariai chez
    moi: je fus cocu , et je vis que c'était l'état le plus doux de
    la vie.

    FIN DE L'HISTOIRE DES VOYAGES DE SCARMENTADO.

    ----- Transcriber's Note: -----

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    Henri III et sa Cour

    Aproximadamente 22.510 palavras.

    Text entered by Penelope Papangelis
    Proofread by Maurice M. Mizrahi
    Encoded to ISO-8859-1 by Laurent Vogel

    Note: The version below may be missing Acte I, Scène 6

    Henri III et sa cour
    par
    Alexandre Dumas (Père)

    PERSONNAGES

    HENRI III, roi de France
    CATHERINE DE MEDICIS, reine mère
    HENRI DE LORRAINE, DUC DE GUISE
    CATHERINE DE CLEVES, DUCHESSE DE GUISE
    PAUL ESTUERT, COMTE DE SAINT-MEGRIN
    NOGARET DE LA VALETTE, BARON D'EPERNON; ANNE D'ARQUES,
    VICOMTE DE JOYEUSE (favoris du roi)
    SAINT-LUC
    BUSSY D'AMBOISE, favori du duc d'Anjou
    BALZAC D'ENTRAGUES, plus souvent appelé ANTRAGUET
    COME RUGGIERI, astrologue
    SAINT-PAUL, aide de camp du duc de Guise
    ARTHUR, page de madame la duchesse de Guise
    BRIGARD, boutiquier
    BUSSY-LECLERC, procureur; LA CHAPELLE-MARTEAU, maître
    des comptes; CRUCE (ligueurs)
    DU HALDE
    GEORGES, domestique de Saint-Mégrin
    MADAME DE COSSE; MARIE (femmes de madame la duchesse de Guise)
    Un Page d'Antraguet

    ACTE PREMIER

    Un grand cabinet de travail chez Côme Ruggieri; quelques instruments
    de physique et de chimie; une fenêtre entr'ouverte au fond de
    l'appartement, avec un téléscope.

    SCENE PREMIERE

    RUGGIERI, puis CATHERINE DE MEDICIS

    RUGGIERI, appuyé sur son coude, un livre d'astrologie ouvert devant
    lui; il y mesure des figures avec un compas; une lampe posée sur une
    table, à droite, éclaire la scène.

    Oui!...cette conjuration me paraît plus puissante et plus sûre.
    (Regardant un sablier) Neuf heures bientôt...Qu'il me tarde d'être à
    minuit pour en faire l'épreuve? Réussirai-je enfin? parviendrai-je à
    évoquer un de ces génies que l'homme, dit-on, peut contraindre à lui
    obéir, quoiqu'ils soient plus puissants que lui?...Mais, si la chaîne
    des êtres créés se brisait à l'homme!...(Catherine de Médicis entre
    par une porte secrète; elle ôte son demi-masque noir, tandis que
    Ruggieri ouvre une autre volume, paraît comparer, et s'écrie:) Le
    doute partout!...

    CATHERINE

    Mon père...(Le touchant) Mon père!...

    RUGGIERI

    Qui?...Ah! Votre Majesté!...Comment, si tard, à neuf heures du soir,
    vous hasarder dans cette rue de Grenelle, si déserte et si
    dangereuse!

    CATHERINE

    Je ne viens point du Louvre, mon père; je viens de l'hôtel de
    Soissons, qui communique avec votre retraite par ce passage secret.

    RUGGIERI

    J'étais loin de m'attendre à l'honneur...

    CATHERINE

    Pardon, Ruggieri, si j'interromps vos doctes travaux; en toute autre
    circonstance, je vous demanderais la permission d'y prendre
    part...Mais ce soir...

    RUGGIERI

    Quelque malheur?

    CATHERINE

    Non; tous les malheurs sont encore dans l'avenir. Vous-même avez
    tiré l'horoscope de ce mois de juillet, et le résultat de vos calculs
    a été qu'aucun malheur réel ne menaçait notre personne, ni celle de
    notre auguste fils, pendant sa durée...Nous sommes aujourd'hui au 20,
    et rien n'a démenti votre prédiction. Avec l'aide de Dieu, elle
    s'accomplira tout entière.

    RUGGIERI

    C'est donc un nouvel horoscope que vous désirez, ma fille? Si vous
    voulez monter avec moi à la tour, vos connaissances en astronomie
    sont assez grandes pour que vous puissiez suivre mes opérations et
    les comprendre. Les constellations sont brillantes.

    CATHERINE

    Non, Ruggieri; c'est sur la terre que mes yeux sont fixés maintenant.
    Autour du soleil de la royauté se meuvent aussi des astres brillants
    et funestes; ce sont ceux-là qu'avec votre aide, mon père, je compte
    parvenir à conjurer.

    RUGGIERI

    Commandez, ma fille; je suis prêt à vous obéir.

    CATHERINE

    Oui,...vous m'êtes tout dévoué...Mais aussi ma protection, quoique
    ignorée de tous, ne vous est pas inutile...Votre réputation vous a
    fait bien des ennemis, mon père...

    RUGGIERI

    Je le sais.

    CATHERINE

    La Mole, en expirant, a avoué que les figures de cire à la
    ressemblance du roi, que l'on a trouvées sur l'autel, percées d'un
    poignard à la place du coeur, avaient été fournies par vous; et
    peut-être les mêmes juges qui l'ont condamné trouveraient-ils, sous
    les cendres chaudes encore de son bûcher, assez de feu pour allumer
    celui de Côme Ruggieri.

    RUGGIERI, avec crainte

    Je le sais,...je le sais.

    CATHERINE

    Ne l'oubliez pas...Restez moi fidèle...et, tant que le ciel laissera
    à Catherine de Médicis existence et pouvoir, ne craignez rien.
    Aidez-la donc à conserver l'un et l'autre.

    RUGGIERI

    Que puis-je faire pour Votre Majesté?

    CATHERINE

    D'abord, mon père, avez-vous signé la Ligue, comme je vous avais
    écrit de le faire?

    RUGGIERI

    Oui, ma fille; la première réunion des ligueurs doit même avoir lieu
    ici; car nul d'entre eux ne soupçonne la haute protection dont
    m'honore Votre Majesté...Vous voyez que je vous ai comprise et que
    j'ai été au delà de vos ordres.

    CATHERINE

    Et vous avez compris aussi que l'écho de leurs paroles devait
    retentir dans mon cabinet, et non dans celui du roi?

    RUGGIERI

    Oui, oui...

    CATHERINE

    Et maintenant, mon père, écoutez...Votre profonde retraite, vos
    travaux scientifiques, vous laissent peu de temps pour suivre les
    intrigues de la cour...Et, d'ailleurs, vos yeux, habitués à lire dans
    un ciel pur, perceraient mal l'atmosphère épaisse et trompeuse qui
    l'environne.

    RUGGIERI

    Pardon, ma fille!...les bruits du monde arrivent parfois jusqu'ici:
    je sais que le roi de Navarre et le duc d'Anjou ont fui la cour et se
    sont retirés, l'un dans son royaume, l'autre dans son gouvernement.

    CATHERINE

    Qu'ils y restent; ils m'inquiètent moins en province qu'à Paris... Le
    caractère franc du Béarnais, le caractère irrésolu du duc d'Anjou, ne
    nous menacent point de grands dangers; c'est plus près de nous que
    sont nos ennemis...Vous avez entendu parler du duel sanglant qui a eu
    lieu, le 27 avril dernier, près la porte Saint-Antoine, entre six
    jeunes gens de la cour; parmi les quatre qui ont été tués, trois
    étaient les favoris du roi.

    RUGGIERI

    J'ai su sa douleur; j'ai vu les magnifiques tombeaux qu'il a fait
    élever à Quélus, Schomberg et Maugiron; car il leur portait une
    grande amitié...Il avait promis, assure-t-on, cent mille livres aux
    chirurgiens, en cas que Quélus vînt en convalescence...Mais que
    pouvait la science de la terre contre les dix-neuf coups d'épée qu'il
    avait reçus?...Antraguet, son meurtrier, a du moins été puni par
    l'exil...

    CATHERINE

    Oui, mon père...Mais cette douleur s'apaise d'autant plus vite,
    qu'elle a été exagérée. Quélus, Schomberg et Maugiron ont été
    remplacés par d'Epernon, Joyeuse et Saint-Mégrin. Antraguet
    reparaîtra demain à la cour; le duc de Guise l'exige, et Henri n'a
    rien à refuser à son cousin de Guise. Saint-Mégrin et lui sont mes
    ennemis. Ce jeune gentilhomme bordelais m'inquiète. Plus instruit,
    moins frivole surtout que Joyeuse et d'Epernon, il a pris sur
    l'esprit de Henri un ascendant qui m'effraye...Mon père, il en ferait
    un roi.

    RUGGIERI

    Et le duc de Guise?

    CATHERINE

    En ferait un moine, lui...Je ne veux ni l'un ni l'autre...Il me faut
    un peu plus qu'un enfant, un peu moins qu'un homme...Aurais-je donc
    abâtardi son coeur à force de voluptés, éteint sa raison par des
    pratiques superstitieuses, pour qu'un autre que moi s'emparât de son
    esprit et le dirigeât à son gré?...Non; je lui ai donné un caractère
    factice, pour que ce caractère m'appartînt...Tous les calculs de ma
    politique, toutes les ressources de mon imagination ont tendu là...Il
    fallait rester régente de la France, quoique la France eût un roi; il
    fallait qu'on pût dire un jour: «Henri III a regné sous Catherine de
    Médicis...» J'y ai réussi jusqu'à présent...Mais ces deux hommes!...

    RUGGIERI

    Eh bien, René, votre valet de chambre, ne peut-il préparer pour eux
    des pommes de senteur, pareilles à celles que vous envoyâtes à Jeanne
    d'Albret, deux heures avant sa mort?...

    CATHERINE

    Non...Ils me sont nécessaires: ils entretiennent dans l'âme du roi
    cette irrésolution qui fait ma force. Je n'ai besoin que de jeter
    d'autres passions au travers de leurs projets politiques, pour les en
    distraire un instant; alors je me fais jour entre eux; j'arrive au
    roi, que j'aurai isolé avec sa faiblesse, et je ressaisis ma
    puissance...J'ai trouvé un moyen. Le jeune Saint-Mégrin est amoureux
    de la duchesse de Guise.

    RUGGIERI

    Et celle-ci?...

    CATHERINE

    L'aime aussi, mais sans se l'avouer encore à elle-même,
    peut-être...Elle est esclave de sa réputation de vertu...Ils en sont
    à ce point où il ne faut qu'une occasion, une rencontre, un
    tête-à-tête, pour que l'intrigue se noue; elle-même craint sa
    faiblesse, car elle le fuit...Mon père, ils se verront aujourd'hui;
    ils se verront seuls.

    RUGGIERI

    Où se verront-ils?

    CATHERINE

    Ici...Hier, au cercle, j'ai entendu Joyeuse et d'Epernon lier, avec
    Saint-Mégrin, la partie de venir faire tirer leur horoscope par
    vous...Dites aux deux premiers ce que bon vous semblera sur leur
    fortune future, que le roi veut porter à son comble, puisqu'il compte
    en faire ses beaux-frères...Mais trouvez le moyen d'éloigner ces
    jeunes fous...Restez seul avec Saint-Mégrin; arrachez-lui l'aveu de
    son amour; exaltez sa passion; dites-lui qu'il est aimé, que grâce à
    votre art, vous pouvez le servir; offrez-lui un tête-à-tête.
    (Montrant une alcôve cachée dans la boiserie) La duchesse de Guise
    est déjà là, dans ce cabinet si bien caché dans la boiserie, que vous
    avez fait faire pour que je puisse voir et entendre au besoin, sans
    être vue. Par Notre-Dame! il nous a déjà été utile, à moi pour mes
    expériences politiques, et à vous pour vos magiques opérations.

    RUGGIERI

    Et comment l'avez-vous déterminée à venir?...

    CATHERINE, ouvrant la porte du passage secret

    Pensez-vous que j'aie consulté sa volonté?

    RUGGIERI

    Vous l'avez donc fait entrer par la porte qui donne dans le passage
    secret?

    CATHERINE

    Sans doute...

    RUGGIERI

    Et vous avez songé aux périls auxquels vous exposiez Catherine de
    Clèves, votre filleule!...L'amour du Saint-Mégrin, la jalousie du duc
    de Guise...

    CATHERINE

    Et c'est justement de cet amour et de cette jalousie que j'ai
    besoin...M. de Guise irait trop loin, si nous ne l'arrêtions pas.
    Donnons-lui de l'occupation...D'ailleurs, vous connaissez ma maxime:

    Il faut tout tenter et faire,
    Pour son ennemi défaire.

    RUGGIERI

    Ainsi, ma fille, vous avez consenti à lui découvrir le secret de
    cette alcôve.

    CATHERINE

    Elle dort. Je l'ai invitée à prendre avec moi une tasse de cette
    liqueur que l'on tire de fèves arabes que vous avez rapportées de vos
    voyages, et j'y ai mêlé quelques gouttes du narcotique que je vous
    avais demandé pour cet usage.

    RUGGIERI

    Son sommeil a dû être profond; car la vertu de cette liqueur est
    souveraine.

    CATHERINE

    Oui...Et vous pourrez la tirer de ce sommeil à votre volonté?

    RUGGIERI

    A l'instant, si vous le voulez.

    CATHERINE

    Gardez-vous en bien!

    RUGGIERI

    Je crois vous avoir dit aussi qu'à son réveil toutes ses idées
    seraient quelque temps confuses, et que sa mémoire ne reviendrait
    qu'à mesure que les objets frapperaient les yeux.

    CATHERINE

    Oui...tant mieux! elle sera moins à même de se rendre compte de votre
    magie...Quant à Saint-Mégrin, il est, comme tous ces jeunes gens,
    superstitieux et crédule: il aime, il croira...D'ailleurs, vous ne
    lui laisserez pas le temps de se reconnaître. Vous devez avoir un
    moyen d'ouvrir cette alcôve, sans quitter cette chambre?

    RUGGIERI

    Il ne faut qu'appuyer sur un ressort caché dans les ornements de ce
    miroir magique. (Il appuie sur le ressort, et la porte de l'alcôve
    se lève à moitié)

    CATHERINE

    Votre adresse fera le reste, mon père, et je m'en rapporte à
    vous...Quelle heure comptez-vous?...

    RUGGIERI

    Je ne puis vous le dire...La présence de Votre Majesté m'a fait
    oublier de retourner ce sablier, et il faudrait appeler quelqu'un.

    CATHERINE

    C'est inutile; ils ne doivent pas tarder; voilà
    l'important...Seulement, mon père, je ferai venir d'Italie une
    horloge;...je la ferai venir pour vous...Ou plutôt, écrivez vous-même
    à Florence et demandez-la, quelque prix qu'elle coûte.

    RUGGIERI

    Votre Majesté comble tous mes désirs...Depuis longtemps, j'en eusse
    acheté une, si le prix exorbitant qu'il faut y mettre...

    CATHERINE

    Pourquoi ne pas vous adresser à moi, mon père?...Par Notre-Dame! il
    ferait beau voir que je laissasse manquer d'argent un savant tel que
    vous...Non...Venez demain, soit au Louvre, soit à notre hôtel de
    Soissons, et un bon de notre royale main, sur le surintendant de nos
    finances, vous prouvera que nous ne sommes ni oublieuse ni ingrate.
    Dieu soit avec vous, mon père! (Elle remet son masque et sort par la
    porte secrète)

    SCENE II

    RUGGIERI, LA DUCHESSE DE GUISE, endormie

    RUGGIERI

    Oui, j'irai te rappeler ta promesse...Ce n'est qu'à prix d'or que je
    puis me procurer ces manuscrits précieux qui me sont si
    nécessaires...(Ecoutant) On frappe...Ce sont eux. (Il va refermer la
    porte de l'alcôve)

    D'EPERNON, derrière le théâtre

    Holà! hé!

    RUGGIERI

    On y va, mes gentilshommes, on y va.

    SCENE III

    RUGGIERI, D'EPERNON, SAINT-MEGRIN, JOYEUSE

    D'EPERNON, à Joyeuse, qui entre appuyé sur une sarbacane et sur le
    bras de Saint-Mégrin

    Allons, allons, courage, Joyeuse! Voilà enfin notre sorcier...Vive
    Dieu! mon père, il faut avoir des jambes de chamois et des yeux de
    chat-huant pour arriver jusqu'à vous.

    RUGGIERI

    L'aigle bâtit son aire à la cime des rochers pour y voir de plus loin.

    JOYEUSE, s'étendant dans un fauteuil

    Oui; mais on voit clair pour y arriver, au moins.

    SAINT-MEGRIN

    Allons, allons, messieurs, il est probable que le savant Ruggieri ne
    comptait pas sur notre visite. Sans cela, nous aurions trouvé
    l'antichambre mieux éclairée...

    RUGGIERI

    Vous vous trompez, comte de Saint-Mégrin. Je vous attendais...

    D'EPERNON

    Tu lui avais donc écrit?

    SAINT-MEGRIN

    Non, sur mon âme; je n'en ai parlé à personne...

    D'EPERNON, à Joyeuse

    Et toi?

    JOYEUSE

    Moi? Tu sais que je n'écris que quand j'y suis forcé...Cela me fatigue.

    RUGGIERI

    Je vous attendais, messieurs, et je m'occupais de vous.

    SAINT-MEGRIN

    En ce cas, tu sais ce qui nous amène.

    RUGGIERI

    Oui.

    (D'Epernon et Saint-Mégrin se rapprochent de lui. Joyeuse se
    rapproche aussi, mais sans se lever de son fauteuil)

    D'EPERNON

    Alors toutes tes sorcelleries sont faites d'avances; nous pouvons
    t'interroger, tu vas nous répondre?

    RUGGIERI

    Oui...

    JOYEUSE

    Un instant, tête-Dieu!...(Tirant à lui Ruggieri) Venez ici, mon
    père...On dit que vous êtes en commerce avec Satan...Si cela était, si
    cet entretien avec vous pouvait compromettre notre salut,...j'espère que
    vous y regarderiez à deux fois, avant de damner trois gentilshommes des
    premières maisons de France?

    D'EPERNON

    Joyeuse a raison, et nous sommes trop bons chrétiens!...

    RUGGIERI

    Rassurez-vous, messieurs, je suis aussi bon chrétien que vous.

    D'EPERNON

    Puisque tu nous assures que ta sorcellerie n'a rien de commun avec
    l'enfer, eh bien, voyons, que te faut-il, ma tête ou ma main?...

    RUGGIERI

    Ni l'une ni l'autre; ces formalités sont bonnes pour le vulgaire;
    mais, toi, jeune homme, tu es placé assez au-dessus de lui pour que
    ce soit dans un astre brillant entre tous les astres que je lise ta
    destinée...Nogaret de la Valette, baron d'Epernon...

    D'EPERNON

    Comment! tu me connais aussi, moi?...Au fait, il n'y a rien là
    d'étonnant...Je suis devenu si populaire!

    RUGGIERI, reprenant

    Nogaret de la Valette, baron d'Epernon, ta faveur passée n'est rien
    auprès de ce que sera ta faveur future.

    D'EPERNON

    Vive Dieu! mon père, et comment irai-je plus loin?...Le roi m'appelle
    son fils.

    RUGGIERI

    Ce titre, son amitié seule te le donne, et l'amitié des rois est
    inconstante...Il t'appellera son frère, et les liens du sang le lui
    commanderont.

    D'EPERNON

    Comment! tu connais le projet du mariage...?

    RUGGIERI

    Elle est belle, la princesse Christine! Heureux sera celui qui la
    possédera!

    D'EPERNON

    Mais qui a pu t'apprendre?...

    RUGGIERI

    Ne t'ai-je pas dit, jeune homme, que ton astre était brillant entre
    tous les astres?...Et maintenant à vous, Anne d'Arques, vicomte de
    Joyeuse; à vous que le roi appelle aussi son enfant.

    JOYEUSE

    Eh bien; mon père, puisque vous lisez si bien dans le ciel, vous
    devez y voir tout le désir que j'ai de rester dans cet excellent
    fauteuil, si toutefois cela ne nuit pas à mon horoscope...Non? Eh
    bien, allez, je vous écoute.

    RUGGIERI

    Jeune homme, as-tu songé quelquefois, dans tes rêves d'ambition, que
    la vicomté de Joyeuse pût être érigée en duché;...que le titre de
    pair qu'on y joindrait te donnerait le pas sur tous les pairs de
    France, excepté les princes du sang royal, et ceux des maisons
    souveraines de Savoie, Lorraine et Clèves?...Oui...Eh bien, tu n'as
    fait que pressentir la moitié de ta fortune...Salut à l'époux de
    Marguerite de Vaudemont, soeur de la reine!...Salut au grand amiral
    du royaume de France!...

    JOYEUSE, se levant vivement

    Avec l'aide de Dieu et de mon épée, mon père, nous y arriverons.
    (Lui donnant sa bourse) Tenez, c'est bien mal récompenser la
    prédiction de si hautes destinées; mais c'est tout ce que j'ai sur
    moi.

    D'EPERNON

    De par Dieu! tu m'y fais penser, et moi qui oubliais...(Il fouille à
    son escarcelle) Eh bien, des dragées à sarbacane, voilà tout...Je ne
    pensais plus que j'avais perdu à la prime jusqu'à mon dernier
    philippus...Je ne sais ce que devient ce maudit argent; il faut qu'il
    soit trépassé...Vive Dieu! Saint-Mégrin, toi qui es ami de Ronsard,
    tu devrais bien le charger de faire son épitaphe...

    SAINT-MEGRIN

    Il est enterré dans les poches de ces coquins de ligueurs...Je crois
    qu'il n'y a plus guère que là qu'on puisse trouver les écus à la rose
    et les doublons d'Espagne...Cependant il m'en reste encore
    quelques-uns, et si tu veux...

    D'EPERNON, riant

    Non, non, garde-les pour acheter de l'ellébore; car il faut que vous
    sachiez, mon père, que, depuis quelque temps, notre camarade
    Saint-Mégrin est fou...Seulement, sa folie n'est pas gaie...Cependant,
    il vient de me donner une bonne idée...Il faut que je vous fasse payer
    mon horoscope par un ligueur...Voyons, sur lequel vais-je vous donne un
    bon?...Aide-moi, duc de Joyeuse. Ce titre sonne bien, n'est-ce pas?
    Voyons, cherche...

    JOYEUSE

    Que dis-tu de notre maître des comptes, La Chapelle-Marteau?...

    D'EPERNON

    Insolvable...En huit jours, il épuiserait les trésors de Philippe II.

    SAINT-MEGRIN

    Et le petit Brigard?...

    D'EPERNON

    Bah!...un prévot de boutiquiers! il offrirait de s'acquitter en
    cannelle et en herbe à la reine.

    RUGGIERI

    Thomas Crucé?...

    D'EPERNON

    Si je vous prenais au mot, mon père, vos épaules pourraient garder
    pendant quelque temps rancune à votre langue...Il n'est pas endurant.

    JOYEUSE

    Eh bien, Bussy Leclerc?

    D'EPERNON

    Vive Dieu....un procureur...Tu es de bon conseil, Joyeuse...(A
    Ruggieri) Tiens, voilà un bon de dix écus noble rose. Fais bien
    attention que la noble rose n'est pas démonétisée comme l'écu sol et
    le ducat polonais, et qu'elle vaut douze livres. Va chez ce coquin
    de ligueur de la part de d'Epernon et fais-toi payer; s'il refuse,
    dis-lui que j'irai moi-même avec vingt-cinq gentilshommes et dix ou
    douze pages...

    SAINT-MEGRIN

    Allons, maintenant que ton compte est réglé, je te rappellerai qu'on
    doit nous attendre au Louvre...Il faut rentrer, messieurs; partons!

    JOYEUSE

    Tu as raison; nous ne trouverions plus de chaises à porteurs.

    RUGGIERI, arrêtant Saint-Mégrin

    Comment! jeune homme, tu t'éloignes sans me consulter!...

    SAINT-MEGRIN

    Je ne suis pas ambitieux, mon père; que pourriez-vous me promettre?

    RUGGIERI

    Tu n'es pas ambitieux!...Ce n'est pas en amour du moins.

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous, mon père! Parlez bas!

    RUGGIERI

    Tu n'es pas ambitieux, jeune homme, et, pour devenir la dame de tes
    pensées, il a fallu qu'une femme réunît dans son blason les armes de
    deux maisons souveraines, surmontées d'une couronne ducale...

    SAINT-MEGRIN

    Plus bas, mon père, plus bas!

    RUGGIERI

    Eh bien, doutes-tu encore de la science?

    SAINT-MEGRIN

    Non...

    RUGGIERI

    Veux-tu partir encore sans me consulter?

    SAINT-MEGRIN

    Je le devrais, peut-être...

    RUGGIERI

    J'ai cependant bien des révélations à te faire.

    SAINT-MEGRIN

    Qu'elles viennent du ciel ou de l'enfer, je les entendrai...Joyeuse,
    d'Epernon, laissez-moi: je vous rejoindrai bientôt dans
    l'antichambre...

    JOYEUSE

    Un instant, un instant!...ma sarbacane...De par sainte Anne! si
    j'aperçois une maison de ligueur à cinquante pas à la ronde, je ne
    veux pas lui laisser un seul carreau.

    D'EPERNON, à Saint-Mégrin

    Allons, dépêche-toi!...et nous te ferons bonne garde pendant ce
    temps. (Ils sortent.)

    SCENE IV

    RUGGIERI, SAINT-MEGRIN, puis LA DUCHESSE DE GUISE

    SAINT-MEGRIN, poussant la porte

    Bien, bien...(Revenant) Mon père... un seul mot... M'aime-t-elle?...
    Vous vous taisez, mon père... Malédiction!... Oh! faites...faites
    qu'elle m'aime! On dit que votre art a des ressources inconnues et
    certaines, des breuvages, des philtres! Quels que soient vos moyens,
    je les accepte, dussent-ils compromettre ma vie en ce monde et mon
    salut dans l'autre...Je suis riche. Tout ce que j'ai est à vous. De
    l'or, des bijoux; ah! votre science peut-être méprise ces trésors du
    monde! Eh bien, écoutez-moi, mon père! On dit que les magiciens
    quelquefois ont besoin, pour leurs expériences cabalistiques, du sang
    d'un homme vivant encore. (Lui présentant son bras nu) Tenez, mon
    père...Engagez-vous seulement à me faire aimer d'elle...

    RUGGIERI

    Mais es-tu sûr qu'elle ne t'aime pas?

    SAINT-MEGRIN

    Que vous dirai-je, mon père? jusqu'à l'heure du désespoir, ne
    reste-t-il pas au fond du coeur une espérance sourde?...Oui,
    quelquefois j'ai cru lire dans ses yeux, lorsqu'ils ne se
    détournaient pas assez vite...Mais je puis me tromper...Elle me fuit,
    et jamais je ne suis parvenu à me trouver seul avec elle.

    RUGGIERI

    Et si tu y réussissais enfin?

    SAINT-MEGRIN

    Cela étant, mon père!...son premier mot m'apprendrait ce que j'ai à
    craindre ou à espérer.

    RUGGIERI

    Et bien, viens et regarde dans cette glace...On l'appelle le miroir
    de réflexion...Quelle est la personne que tu désires y voir?

    SAINT-MEGRIN

    Elle, mon père!...

    (Pendant qu'il regarde, l'alcôve s'ouvre derrière lui et laisse
    apercevoir la duchesse de Guise endormie)

    RUGGIERI

    Regarde!

    SAINT-MEGRIN

    Dieu!...vrai Dieu!...c'est elle!...elle, endormie! Ah! Catherine!
    (L'alcôve se referme) Catherine! Rien...(regardant derrière) Rien
    non plus par ici...Tout a disparu: c'est un rêve, une illusion...Mon
    père, que je la voie...que je la revoie encore!...

    RUGGIERI

    Elle dormait, dis-tu?

    SAINT-MEGRIN

    Oui...

    RUGGIERI

    Ecoute: c'est surtout pendant le sommeil que notre pouvoir est plus
    grand...Je puis profiter du sien pour la transporter ici.

    SAINT-MEGRIN

    Ici, près de moi?

    RUGGIERI

    Mais, dès qu'elle est réveillée, rappelle-toi que toute ma puissance
    ne peut rien contre sa volonté...

    SAINT-MEGRIN

    Bien, mais hâtez-vous, mon père!...hâtez-vous!...

    RUGGIERI

    Prends ce flacon; il suffira de le lui faire respirer pour qu'elle
    revienne à elle...

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui; mais hâtez-vous...

    RUGGIERI

    T'engages-tu par serment à ne jamais révéler?...

    SAINT-MEGRIN

    Sur la part que j'espère dans le paradis, je vous le jure...

    RUGGIERI

    Eh bien, lis...(Tandis que Saint-Megrin parcourt quelques lignes du
    livre ouvert par Ruggieri, l'alcôve s'ouvre derrière lui; un ressort
    fait avancer le sofa dans la chambre, et la boiserie se referme)
    Regarde! (Il sort)

    SCENE V

    SAINT-MEGRIN, LA DUCHESSE DE GUISE

    SAINT-MEGRIN

    Elle!...c'est elle!...la voilà...(Il s'élance vers elle, puis
    s'arrête tout à coup) Dieu! j'ai lu que parfois des magiciens
    enlevaient au tombeau des corps qui, par la force de leurs
    enchantements, prenaient la ressemblance d'une personne vivante.
    Si...Que Dieu me protège! Ah!...rien ne change...Ce n'est donc pas
    un prestige, un rêve du ciel...Oh! son coeur bat à peine!...sa
    main...elle est glacée!...Catherine! réveille-toi: ce sommeil
    m'épouvante! Catherine!...Elle dort...Que faire?...Ah! ce
    flacon,.....j'oubliais...Ma tête est perdue!...(Il lui fait respirer
    le flacon)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah!...

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui,...respire!...lève-toi!...parle, parle!...j'aime mieux
    entendre ta voix, dût-elle me bannir à jamais de ta présence, que de
    te voir dormir de ce sommeil froid.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! que je suis faible!...(Elle se lève en s'appuyant sur la tête de
    Saint-Mégrin, qui est à ses pieds) J'ai dormi longtemps...Mes
    femmes...comment s'appellent-elles?...(Apercevant Saint-Mégrin) Ah!
    c'est vous, comte? (Elle lui tend la main)

    SAINT-MEGRIN

    Oui...oui...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous!...mais pourquoi vous? Ce n'était pas vous que j'étais habituée
    à voir à mon réveil...Mon front est si lourd, que je ne puis y
    rassembler deux idées...

    SAINT-MEGRIN

    Oh! Catherine, qu'une seule s'y présente, qu'une seule y
    reste!...celle de mon amour pour toi...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui,...oui,...vous m'aimez...Oh! depuis longtemps, je m'en suis
    aperçue... Et moi aussi, je vous aimais, et je vous le cachais...
    Pourquoi donc?...Il me semble pourtant qu'il y a bien du bonheur à le
    dire!...

    SAINT-MEGRIN

    Oh! redis-le donc encore!...redis-le, car il y a bien du bonheur à
    l'entendre!...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais j'avais un motif pour vous le cacher...Quel était-il donc?...
    Ah!... ce n'était pas vous que je devais aimer...(Se levant, et
    oubliant son mouchoir sur le sofa) Sainte Mère de Dieu! aurais-je dit
    que je vous aimais?...Malheureuse que je suis!...mon amour s'est
    réveillée avant ma raison.

    SAINT-MEGRIN

    Catherine! n'écoute que ton coeur. Tu m'aimes! tu m'aimes!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi? Je n'ai pas dit cela, monsieur le comte; cela n'est pas; ne
    croyez pas que cela soit...C'était un songe,...le sommeil,... le...
    Mais comment se fait-il que je sois ici?...Quelle est cette chambre?
    ...Marie!...Madame de Cossé!... Laissez-moi, monsieur de
    Saint-Mégrin, éloignez-vous...

    SAINT-MEGRIN

    M'éloigner! et pourquoi?...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    O mon Dieu! mon Dieu! que m'arrive-t-il?...

    SAINT-MEGRIN

    Madame, je me vois ici, je vous y trouve, je ne sais comment...Il y a
    de l'enchantement, de la magie.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis perdue!...moi qui jusqu'à présent vous ai fui, moi que déjà
    les soupçons de M. de Guise, mon seigneur et maître...

    SAINT-MEGRIN

    M. de Guise!...mille damnations!...M. de Guise, votre seigneur et
    maître!...Oh! puisse-t-il ne pas vous soupçonner à tort...et que tout
    son sang...tout le mien...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte, vous m'effrayez.

    SAINT-MEGRIN

    Pardon!...mais quand je pense que je pouvais vous connaître libre,
    être aimé de vous, devenir aussi votre seigneur et maître...Il me
    fait bien mal, M. de Guise; mais que mon bon ange me manque au jour
    du jugement si je ne le lui rends pas...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte!...Mais enfin...où suis-je? dites-le moi...
    Aidez-moi à sortir d'ici, à me rendre à l'hôtel de Guise, et je vous
    pardonne...

    SAINT-MEGRIN

    Me pardonner! et quel est donc mon crime?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis ici...et vous me le demandez...Vous avez profité de son
    sommeil pour enlever une femme qui vous est étrangère, qui ne peut
    vous aimer, qui ne vous aime pas, monsieur le comte...

    SAINT-MEGRIN

    Qui ne m'aime pas!...Ah! madame, on n'aime pas comme j'aime, pour ne
    pas être aimé. J'en crois vos premières paroles, j'en crois...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Silence!

    SAINT-MEGRIN

    Ne craignez rien.

    JOYEUSE, dans l'antichambre

    Vive Dieu!...nous sommes en sentinelle, et on ne passe pas...

    LE DUC DE GUISE, derrière le théâtre

    Tête-Dieu! messieurs, prenez garde, en croyant jouer avec un renard,
    d'éveiller un lion...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Sainte Marie!...c'est la voix du duc de Guise!...où fuir? où me
    cacher?

    SAINT-MEGRIN, s'élançant vers la porte

    C'est le duc de Guise?...Eh bien...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arrêtez, monsieur, au nom du ciel! vous me perdez.

    SAINT-MEGRIN

    C'est vrai...

    (Il court à la porte, passe entre les deux anneaux de fer la barre
    qui sert de verrou)

    RUGGIERI, entrant et prenant la duchesse par la main

    Silence, madame...Suivez-moi...

    (Il ouvre la porte secrète; la duchesse de Guise s'y élance, Ruggieri
    la suit; la porte se referme derrière eux)

    LE DUC DE GUISE, avec impatience

    Messieurs!...

    D'EPERNON

    Ne trouves-tu pas qu'il a un petit accent lorrain tout à fait
    agréable?...

    SAINT-MEGRIN, se retournant

    Maintenant, madame,...nous pouvons...Eh bien, où est-elle?...Tout
    cela ne serait-il pas l'oeuvre du démon? Que croire? Oh! ma tête!
    ma tête!...Maintenant, qu'il entre. (Il ouvre la porte)

    LE DUC DE GUISE, entrant

    J'aurais dû deviner, par ceux de l'antichambre, celui qui me ferait
    les honneurs de l'appartement...

    SAINT-MEGRIN

    Ne vous en prenez qu'à la circonstance, monsieur le duc, si je ne
    profite pas de ce moment pour vous rendre tous ceux dont je vous
    crois digne...Cela viendra, je l'espère...

    JOYEUSE

    Comment, Saint-Mégrin, c'est le Balafré lui-même?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui, messieurs, c'est lui...Mais il se fait tard; partons!
    partons! (Ils sortent)

    SCENE VII

    LES MEMES, CRUCE; puis BUSSY-LECLERC, LA CHAPELLE-MARTEAU et BRIGARD

    LE DUC DE GUISE

    C'est vous, Crucé? quelles nouvelles?

    CRUCE

    Mauvaises, monseigneur, mauvaises! rien ne marche,...tout dégénère.
    Morbleu! nous sommes des conspirateurs à l'eau rose.

    LE DUC DE GUISE

    Comment cela?

    CRUCE

    Eh! oui...Nous perdons le temps en fadaises politiques; nous courons
    de porte en porte pour faire signer l'Union. Par saint Thomas! vous
    n'avez qu'à vous montrer, monsieur le duc; quand ils vous regardent,
    les huguenots sont de la Ligue...

    LE DUC DE GUISE

    Est-ce que votre liste?...

    CRUCE

    Trois ou quatre cents zélés l'ont signée; cent cinquante politiques y
    ont mis leur parafe; une trentaine de huguenots ont refusé en faisant
    la grimace...Quant à ceux-là, morbleu! j'ai fait une croix blanche
    sur leur porte, et, si jamais l'occasion se présente de décrocher ma
    pauvre arquebuse qui est au repos depuis six ans...Mais je n'aurai
    pas ce bonheur-là, monseigneur; les bonnes traditions se
    perdent...Tête-Dieu! si j'étais à votre place...

    LE DUC DE GUISE

    Et la liste?...

    CRUCE

    La voici...Faites-en des bourres, monsieur le duc, et plus tôt que
    plus tard.

    LE DUC DE GUISE

    Cela viendra, mon brave, cela viendra.

    CRUCE

    Dieu le veuille!...Ah! ah! voilà les camarades.

    (Entrent Bussy-Leclerc, La Chapelle-Marteau et Brigard)

    LE DUC DE GUISE

    Eh bien, messieurs, la récolte a-t-elle été bonne?

    BUSSY-LECLERC

    Pas mauvaise; deux ou trois cents signatures, pour ma part; des
    avocats, des procureurs.

    CRUCE

    Et toi, mon petit Brigard, as-tu fait marcher les boutiquiers?

    BRIGARD

    Ils ont tous signé.

    CRUCE, lui frappant sur l'épaule

    Vive Dieu! monsieur le duc, voilà un zélé. Tous ceux de l'Union peuvent
    se présenter à sa boutique, au coin de la rue Aubry-le-Boucher; ils y
    auront un rabais de trente deniers par livre sur tout ce qu'ils
    achèteront.

    LE DUC DE GUISE

    Et vous, monsieur Marteau?

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    J'ai été moins heureux, monseigneur...Les maîtres des comptes ont
    peur, et M. le président de Thou n'a signé qu'avec restriction.

    LE DUC DE GUISE

    Il a donc ses fleurs de lis bien avant dans le coeur, votre président
    de Thou?...Est-ce qu'il n'a pas vu que l'on promet obéissance au roi
    et à sa famille?

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    Oui; mais on se réunit sans sa permission.

    LE DUC DE GUISE

    Il a raison, M. de Thou...Je me rendrai demain au lever de Sa
    Majesté, messieurs...Mon premier soin aurait dû être d'obtenir la
    sanction du roi, il n'aurait pas osé me la refuser...Mais, Dieu
    merci! il n'est point encore trop tard. Demain, je mettrai sous les
    yeux de Henri de Valois la situation de son royaume; je me ferai
    l'interprête de ses sujets mécontents. Il a déjà reconnu tacitement
    la Ligue; je veux qu'il lui nomme publiquement un chef.

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    Prenez garde, monseigneur! il n'y a pas loin du bassinet à la mèche
    d'un pistolet, et quelque nouveau Poltrot...

    LE DUC DE GUISE

    Il n'oserait!...D'ailleurs, j'irai armé.

    CRUCE

    Que Dieu soit pour vous et la bonne cause!...Cela fait, monseigneur,
    je crois qu'il sera temps de vous décider.

    LE DUC DE GUISE

    Oh! ma décision est prise depuis longtemps; ce que je ne décide pas
    en une heure, je ne le déciderai de ma vie.

    CRUCE

    Oui,...et, avec votre prudence, toute votre vie ne suffira peut-être
    pas à exécuter ce que vous aurez décidé en un quart d'heure...

    LE DUC DE GUISE

    Monsieur Crucé, dans un projet comme le nôtre, le temps est l'allié
    le plus sûr.

    CRUCE

    Tête-Dieu!...vous avez le temps d'attendre, vous; mais, moi, je suis
    pressé; et puisque tout le monde signe...

    LE DUC DE GUISE

    Oui...Et les douze mille hommes, tant Suisses que reîtres, que Sa
    Majesté vient de faire entrer dans sa bonne ville de Paris...ont-ils
    signé?...Chacun d'eux porte une arquebuse ornée d'une belle et bonne
    mèche, monsieur Crucé; sans compter les fauconneaux de la
    Bastille...Fiez-vous-en à moi pour marquer le jour; et, quand il sera
    venu...

    BUSSY-LECLERC

    Eh bien, que ferons-nous au Valois?

    LE DUC DE GUISE

    Ce que lui promettait hier madame de Montpensier, en me montrant une
    paire de ciseaux: une troisième couronne.

    BUSSY-LECLERC

    Ainsi soit-il!...n'est-ce pas, mon vieux sorcier? car je présume que
    tu es de notre avis, puisque tu ne dis rien...

    RUGGIERI

    J'attendais l'occasion favorable de vous présenter une petite
    requête.

    BUSSY-LECLERC

    Laquelle?

    RUGGIERI, lui donnant le billet de d'Epernon

    La voici...

    BUSSY-LECLERC

    Comment! un bon du d'Epernon...sur moi? C'est une plaisanterie.

    RUGGIERI

    Il a dit que, si vous n'y faisiez pas honneur, il irait vous trouver,
    et le ferait acquitter lui-même...

    BUSSY-LECLERC

    Qu'il vienne, morbleu!...a-t-il oublié qu'avant d'être procureur,
    j'ai été maître d'armes au régiment de Lorraine?...Je crois que le
    cher favori est jaloux des statues qui ornent les tombeaux de Quélus
    et de Maugiron? Eh bien, qu'à cela ne tienne: nous le ferons
    tailler en marbre à son tour.

    LE DUC DE GUISE

    Gardez-vous-en bien, maître Bussy! Je ne voudrais pas, pour
    vingt-cinq de mes amis, ne pas avoir un tel ennemi...Son insolence
    recrute pour nous...Donne-moi ce billet, Ruggieri. Dix écus noble
    rose, c'est cent vingt livres tournois...Les voici.

    BUSSY-LECLERC

    Que faites-vous donc, monseigneur?...

    LE DUC DE GUISE

    Soyez tranquille; quand le moment de régler nos comptes sera arrivé,
    je m'arrangerai de manière qu'il ne reste pas mon débiteur...Mais il
    se fait tard...A demain soir, messieurs. Les portes de l'hôtel de
    Guise seront ouvertes à tous nos amis; madame de Montpensier en fera
    les honneurs; et seront doublement bien reçus par elle ceux qui
    viendront avec la double croix! Ruggieri, reconduis ces messieurs.
    Ainsi, c'est dit; à demain soir, à l'hôtel de Guise.

    CRUCE

    Oui, monseigneur...(Ils sortent)

    SCENE VIII

    LE DUC DE GUISE, seul

    (Il s'assied sur le sofa où la duchesse a oublié son mouchoir)

    Par saint Henri de Lorraine! c'est un rude métier que celui que j'ai
    entrepris...Ces gens-là croient qu'on arrive au trône de France comme
    à un bénéfice de province. Le duc de Guise roi de France! c'est un
    beau rêve...Cela sera pourtant; mais, auparavant, que de rivaux à
    combattre! Le duc d'Anjou, d'abord;...c'est le moins à craindre; il
    est haï également du peuple et de la noblesse, et on le déclarerait
    facilement hérétique et inhabile à succéder...Mais, à son défaut
    l'Espagnol n'est-il pas là pour réclamer, à titre de beau-frère,
    l'héritage du Valois?...Le duc de Savoie, son oncle par alliance,
    voudra élever des prétentions. Un duc de Lorraine a épousé sa
    soeur...Peut-être y aurait-il un moyen: ce serait de faire passer la
    couronne de France sur la tête du vieux cardinal de Bourbon, et de le
    forcer à me reconnaître comme héritier...J'y songerai...Que de
    peines! de tourments!...pour qu'à la fin peut-être la balle d'un
    pistolet ou la lame d'un poignard...Ah! (Il laisse tomber sa main
    avec découragement; elle se pose sur le mouchoir oublié par la
    duchesse.) Qu'est cela?...Mille damnations! ce mouchoir appartient à
    la duchesse de Guise! voilà les armes réunies de Clèves et de
    Lorraine...Elle serait venue ici!...Saint-Mégrin!...O Mayenne!
    Mayenne! tu ne t'étais donc pas trompé! et lui...lui...(Appelant)
    Saint-Paul! (Son écuyer entre) Je vais...Saint-Paul! qu'on me
    cherche les mêmes hommes qui ont assassiné Dugast.

    ACTE DEUXIEME

    Une salle du Louvre.--A gauche, deux fauteuils et quelques tabourets
    préparés pour le roi, la reine mère et les courtisans. Joyeuse est
    couché dans l'un de ces fauteuils, et Saint-Mégrin, debout, appuyé
    sur le dossier de l'autre. Du côté opposé, d'Epernon est assis à une
    table sur laquelle est posé un échiquier. Au fond, Saint-Luc fait
    des armes avec du Halde. Chacun d'eux a près de lui un page à ses
    couleurs.

    SCENE PREMIERE

    JOYEUSE, SAINT-MEGRIN, D'EPERNON, SAINT-LUC, DU HALDE, Pages

    D'EPERNON

    Messieurs, qui de vous fait ma partie d'échecs, en attendant le
    retour du roi? Saint-Mégrin, ta revanche?

    SAINT-MEGRIN

    Non, je suis distrait aujourd'hui.

    JOYEUSE

    Oh! décidément, c'est la prédiction de l'astrologue...Vrai Dieu!
    c'est un véritable sorcier. Sais-tu bien qu'il avait prédit à Dugast
    qu'il n'avait plus que quelques jours à vivre, quand la reine
    Marguerite l'a fait assassiner? Je parie que c'est un horoscope du
    même genre qui occupe Saint-Mégrin, et que quelque grande dame dont
    il est amoureux...

    SAINT-MEGRIN, l'interrompant vivement

    Mais toi-même, Joyeuse, que ne fais-tu la partie de d'Epernon?

    JOYEUSE

    Non, merci.

    D'EPERNON

    Est-ce que tu veux réfléchir aussi, toi?

    JOYEUSE

    C'est, au contraire, pour ne pas être obligé de réfléchir.

    SAINT-LUC

    Eh bien, veux-tu faire des armes avec moi, vicomte?

    JOYEUSE

    C'est trop fatigant, et puis tu n'es pas de ma force. Fais une
    oeuvre charitable, tire d'Epernon d'embarras...

    SAINT-LUC

    Soit.

    JOYEUSE, tirant un bilboquet de son escarcelle

    Vive Dieu! messieurs, voilà un jeu...Celui-là ne fatigue ni le corps
    ni l'esprit...Sais-tu bien que cette nouvelle invention a eu un
    succès prodigieux chez la présidente? A propos, tu n'y étais pas,
    Saint-Luc; qu'es-tu donc devenu?

    SAINT-LUC

    J'ai été voir les Gelosi; tu sais, ces comédiens italiens qui ont
    obtenu la permission de représenter des mystères à l'hôtel de
    Bourbon.

    JOYEUSE

    Ah! oui,...moyennant quatre sous par personne.

    SAINT-LUC

    Et puis, en passant...Un instant, d'Epernon, je n'ai pas joué.

    JOYEUSE

    Et puis, en passant?...

    SAINT-LUC

    Où?

    JOYEUSE

    En passant, disais-tu?

    SAINT-LUC

    Oui...Je me suis arrêté en face de Nesle, pour y voir poser la
    première pierre d'un pont qu'on appellera le pont Neuf.

    D'EPERNON

    C'est Ducerceau qui l'a entrepris...On dit que le roi va lui accorder
    des lettres de noblesse.

    JOYEUSE

    Et justice sera faite...Sais-tu bien qu'il m'épargnera au moins six
    cents pas, toutes les fois que je voudrais aller à l'Ecole
    Saint-Germain? (Il laisse tomber son bilboquet, et appelle son page,
    qui est à l'autre bout de la salle) Bertrand, mon bilboquet...

    SAINT-LUC

    Messieurs, grande réforme! Ce matin, madame de Sauve m'a dit en
    confidence que le roi avait abandonné les fraises gaudronnées pour
    prendre les collets renversés à l'italienne.

    D'EPERNON

    Eh! que ne nous disais-tu pas cela!...Nous serons en retard d'un
    jour...Tiens, Saint-Mégrin le savait, lui...(A son page) Que je
    trouve demain un collet renversé au lieu de cette fraise...

    SAINT-LUC, riant

    Ah! ah!...tu te souviens que le roi t'a exilé quinze jours, parce
    qu'il manquait un bouton à ton pourpoint...

    JOYEUSE

    Eh bien, moi, je vais te rendre nouvelle pour nouvelle. Antraguet
    rentre aujourd'hui en grâce.

    SAINT-LUC

    Vrai?...

    JOYEUSE

    Oui, il est décidément guisard...C'est le Balafré qui a exigé du roi
    qu'il lui rendît son commandement...Depuis quelque temps, le roi fait
    tout ce qu'il veut.

    D'EPERNON

    C'est qu'il a besoin de lui...Il paraît que le Béarnais est en
    campagne, le harnais sur le dos...

    JOYEUSE

    Vous verrez que ce damné d'hérétique nous fera battre pendant
    l'été...Mettez-vous donc en campagne de cette chaleur-là,...avec cent
    cinquante livres de fer sur le corps!...pour revenir hâlé comme un
    Andalou...

    SAINT-LUC

    Ce serait un mauvais tour à te faire, Joyeuse...

    JOYEUSE

    Je l'avoue; j'ai plus peur d'un coup de soleil que d'un coup
    d'épée...et, si je le pouvais, je me battrais toujours, comme Bussy
    d'Amboise l'a fait dans son dernier duel, au clair de la lune...

    SAINT-LUC

    Quelqu'un a-t-il de ses nouvelles?

    D'EPERNON

    Il est toujours dans l'Anjou, près de Monsieur...C'est encore un
    ennemi de moins pour le guisard.

    JOYEUSE

    A propos de guisard, Saint-Mégrin, sais-tu ce qu'en dit la maréchale
    de Retz? Elle dit qu'auprès du duc de Guise, tous les princes
    paraissent peuple.

    SAINT-MEGRIN

    Guise!...toujours Guise!...Vive Dieu!...que l'occasion se présente
    (tirant son poignard et coupant son gant en morceaux), et, de par
    saint Paul de Bordeaux! je veux hacher tous ces petits princes
    lorrains comme ce gant.

    JOYEUSE

    Bravo, Saint-Mégrin!...Vrai-Dieu! je le hais autant que toi.

    SAINT-MEGRIN

    Autant que moi! Malédiction! si cela est possible; je donnerais mon
    titre de comte pour sentir, cinq minutes seulement, son épée contre
    la mienne...Cela viendra peut-être...

    DU HALDE

    Messieurs, messieurs, voilà Bussy...

    SAINT-MEGRIN

    Comment! Bussy d'Amboise?...

    SCENE II

    LES MEMES, BUSSY D'AMBOISE

    BUSSY D'AMBOISE

    Eh! oui, messieurs, lui-même, en personne...Aux amis,
    salut...Bonjour, Saint-Mégrin...

    SAINT-MEGRIN

    Et nous qui te croyions à cent lieues d'ici.

    BUSSY D'AMBOISE

    J'y étais, il y a trois jours...Aujourd'hui, me voilà.

    JOYEUSE

    Ah! ah!...vous êtes donc raccommodés?...Il voulait te tuer avec
    Quélus...Il n'y a pas de sa faute, si le coup n'a pas réussi...

    BUSSY D'AMBOISE

    Oui, pour la dame de Sauve...Mais, depuis, nous avons mesuré nos
    épées, et elles se sont trouvées de la même longueur...

    SAINT-LUC

    A propos de la dame de Sauve, on dit que, pour qu'elle soit plus sûre
    de ta fidélité, tu lui écris avec ton sang, comme Henri III écrivait
    de Pologne à la belle Renée de Chateauneuf...Sans doute elle était
    prévenue de ton arrivée, elle...

    BUSSY D'AMBOISE

    Non. Nous voyageons incognito...Mais je n'ai pas voulu passer si
    près de vous, sans venir vous demander s'il n'y avait pas quelqu'un
    de vous qui eût besoin d'un second...

    SAINT-MEGRIN

    Cela se pourra faire, si tu ne nous quittes pas trop tôt.

    BUSSY D'AMBOISE

    Tête-Dieu!...le cas échéant, je suis homme à retarder mon
    départ;...ainsi ne te gêne pas. Il y a si longtemps que cela ne
    m'est arrivé...c'est tout au plus si, en province, on trouve à se
    battre une fois par semaine...Heureusement que j'avais là, sous la
    main, mon ami Saint-Phal; nous nous sommes battus trois fois, parce
    qu'il soutenait avoir vu des X sur les boutons d'un habit, où je
    crois qu'il y avait des Y...

    SAINT-MEGRIN

    Bah! pas possible...

    BUSSY D'AMBOISE

    Parole d'honneur! Crillon était mon second...

    JOYEUSE

    Et qui avait raison?

    BUSSY D'AMBOISE

    Nous n'en savons rien encore: la quatrième rencontre en
    décidera...Mais que vois-je donc là-bas? Les pages d'Antraguet!...Je
    croyais que, depuis la mort de Quélus...

    SAINT-LUC

    Le duc de Guise a sollicité sa grâce.

    BUSSY D'AMBOISE

    Ah! oui, sollicité,...j'entends...Il est donc toujours insolent,
    notre beau cousin de Guise?...

    SAINT-MEGRIN

    Pas encore assez...

    D'EPERNON

    Vrai-Dieu! tu es difficile...Je suis sûr qu'au fond du coeur, le roi
    n'est pas de ton avis.

    SAINT-MEGRIN

    Qu'il dise donc un mot...

    D'EPERNON

    Ah! vois-tu, c'est qu'il est trop occupé dans ce moment, il apprend
    le latin.

    SAINT-MEGRIN

    Tête-Dieu! qu'a-t-il besoin de latin pour parler à des Français?
    Qu'il dise seulement: «A moi, ma brave noblesse!» et un millier
    d'épées qui coupent bien, sortiront des fourreaux où elles se
    rouillent. N'a-t-il plus dans la poitrine le même coeur qui battait
    à Jarnac et à Moncontour, ou ses gants parfumés ont-ils amolli ses
    mains, au point qu'elles ne puissent plus serrer la garde d'une épée?

    D'EPERNON

    Silence, Saint-Mégrin!...le voilà...

    UN PAGE, entrant

    Le roi!...

    BUSSY D'AMBOISE

    Je vais me tenir un peu à l'écart...Je ne me montrerai que s'il est
    de bonne humeur...

    UN SECOND PAGE

    Le roi! (Tout le monde se lève et se groupe)

    UN TROISIEME PAGE

    Le roi!

    SCENE III

    LES MEMES, HENRI, puis CATHERINE

    HENRI

    Salut, messieurs, salut...Villequier, qu'on prévienne madame ma mère
    de mon retour, et qu'on s'informe si l'on a apporté mon nouvel habit
    d'amazone...Ah! dites à la reine que je passerai chez elle, afin de
    fixer le jour de notre départ pour Chartres; car vous savez,
    Messieurs, que la reine et moi faisons un pèlerinage à Notre-Dame de
    Chartres, afin d'obtenir du ciel ce qu'il nous a refusé jusqu'à
    présent, un héritier de notre couronne. Ceux qui voudront nous
    suivre seront les bienvenus.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, si, au lieu d'un pèlerinage à Notre-Dame de Chartres, vous
    ordonniez une campagne dans l'Anjou...si vos gentilshommes étaient
    revêtus de cuirasses au lieu de cilices, et portaient des épées en
    guise de cierges, Votre Majesté ne manquerait pas de pénitents, et
    vous me verriez au premier rang, sire, dussé-je faire la moitié de la
    route pieds nus sur des charbons ardents.

    HENRI

    Chaque chose aura son tour, mon enfant. Nous ne resterons pas en
    arrière dès qu'il le faudra; mais, en ce moment, grâce à Dieu, notre
    beau royaume de France est en paix, et le temps ne nous manque pas
    pour nous occuper de nos dévotions. Mais que vois-je! vous à ma
    cour, seigneur de Bussy? (A Catherine de Médicis qui entre) Venez,
    ma mère, venez: vous allez avoir des nouvelles de votre fils
    bien-aimé, qui, s'il eût été frère soumis et sujet respectueux,
    n'aurait jamais dû quitter notre cour...

    CATHERINE

    Il y revient, peut-être, mon fils...

    HENRI, s'asseyant

    C'est ce que nous allons savoir...Asseyez-vous, ma mère...Approchez,
    seigneur de Bussy...Où avez-vous quitté notre frère?

    BUSSY D'AMBOISE

    A Paris, sire.

    HENRI

    A Paris!...Serait-il dans notre bonne ville de Paris?

    BUSSY D'AMBOISE

    Non; mais il y est passé cette nuit.

    HENRI

    Et il se rend?...

    BUSSY D'AMBOISE

    Dans la Flandre...

    HENRI

    Vous l'entendez, ma mère. Nous allons sans doute avoir dans notre
    famille un duc de Brabant. Et pourquoi a-t-il passé si près de nous,
    sans venir nous présenter son hommage de fidélité, comme à son aîné
    et à son roi?...

    BUSSY D'AMBOISE

    Sire,...il connaît la grande amitié que lui porte Votre Majesté, et
    il a craint qu'une fois rentré au Louvre, vous ne l'en laissiez plus
    sortir.

    HENRI

    Et il a raison, monsieur; mais, en ce moment, l'absence de son bon
    serviteur et de sa fidèle épée doit lui faire faute; car peut-être
    bientôt compte-t-il se servir contre nous de l'un et de l'autre.
    Arrangez-vous donc, seigneur de Bussy, pour le rejoindre au plus
    vite, et pour nous quitter au plus tôt. (Un Page entre) Eh bien,
    qu'y a-t-il?

    CATHERINE

    Mon fils, c'est sans doute Antraguet qui profite de la permission que
    vous lui avez volontairement accordée de reparaître en votre royale
    présence...

    HENRI

    Oui, oui, volontairement!...Le meurtrier!...Ma mère, mon cousin de
    Guise m'impose un grand sacrifice; mais pour mes péchés, Dieu veut
    qu'il soit complet. (Au Page) Parlez.

    LE PAGE

    Charles Balzac d'Entragues, baron de Dunes, comte de Graville,
    ex-lieutenant général au gouvernement d'Orléans, demande à déposer
    aux pieds de Votre Majesté l'hommage de sa fidélité et de son
    respect.

    HENRI

    Oui, oui;...tout à l'heure nous recevrons notre sujet fidèle et
    respectueux; mais, auparavant, je veux me séparer de tous ce qui
    pourrait me rappeler cet affreux duel...Tiens, Joyeuse, tiens!...(Il
    tire de sa poitrine une espèce de sachet) Voilà les pendants
    d'oreilles de Quélus; porte-les en mémoire de notre ami
    commun...D'Epernon, voici la chaîne d'or de Maugiron...Saint-Mégrin,
    je te donnerai l'épée de Schomberg; elle était bien pesante pour un
    bras de dix-huit ans!...qu'elle te défende mieux que lui, en pareille
    circonstance. Et maintenant, messieurs, faites comme moi, ne les
    oubliez pas dans vos prières.

    Que Dieu reçoive en son giron
    Quélus, Schomberg et Maugiron.

    Restez autour de moi, mes amis, et asseyez-vous...Faites entrer...(A
    la vue d'Antraguet, il prend dans sa bourse un flacon qu'il respire)
    Approchez ici, baron, et fléchissez le genou...Charles Balzac
    d'Entragues, nous vous avons accordé la faveur de notre présence
    royale, au milieu de notre cour, pour vous rendre, là où nous vous
    les avions ôtés, vos dignités et vos titres...Relevez-vous, baron de
    Dunes, comte de Graville, gouverneur général de notre province
    d'Orléans, et reprenez près de notre personne royale les fonctions
    que vous y remplissiez autrefois...Relevez-vous.

    D'ENTRAGUES

    Non, sire,...je ne me relèverai pas, que Votre Majesté n'ait reconnu
    publiquement que ma conduite, dans ce funeste duel, a été celle d'un
    loyal et honorable cavalier.

    HENRI

    Oui,...nous le reconnaissons, car c'est la vérité...Mais vous avez
    porté des coups bien malheureux!...

    D'ENTRAGUES

    Et maintenant, sire, votre main à baiser, comme gage de pardon et
    d'oubli.

    HENRI

    Non, non, monsieur, ne l'espérez pas.

    CATHERINE

    Mon fils, que faites-vous?

    HENRI

    Non, madame, non...J'ai pu lui pardonner, comme chrétien, le mal
    qu'il m'a fait; mais je ne l'oublierai de ma vie.

    D'ENTRAGUES

    Sire,...j'appelle le temps à mon secours; peut-être ma fidélité et ma
    soumission finiront-elles par fléchir le courroux de Votre Majesté.

    HENRI

    C'est possible. Mais votre gouvernement doit avoir besoin de votre
    présence; il en est privé depuis longtemps, baron de Dunes, et le
    bien de nos fidèles sujets pourraient en souffrir...Qui fait ce
    bruit?

    D'EPERNON

    Ce sont ceux de Guise...

    HENRI

    Notre beau cousin de Lorraine ne profite pas du privilège qu'ont les
    princes souverains de paraître devant nous sans être annoncés...Ses
    pages ont toujours soin de faire assez de bruit pour que son arrivée
    ne soit pas un mystère...

    SAINT-MEGRIN

    Il traite, avec Votre Majesté, de puissance à puissance...Il a ses
    sujets comme vous avez les vôtres, et sans doute qu'il vient, armé de
    pied en cap, présenter en leur nom une humble requête à Votre
    Majesté.

    SCENE IV

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    (Il est couvert d'une armure complète, précédé de deux Pages, et suivi
    par quatre, dont l'un porte son casque)

    HENRI

    Venez, monsieur le duc, venez...Quelqu'un qui s'est retourné au bruit
    que faisaient vos pages, et qui vous a aperçu de loin, offrait de
    parier que vous veniez encore nous supplier de réformer quelque abus,
    de supprimer quelque impôt...Mon peuple est un peuple bien heureux,
    mon beau cousin, d'avoir en vous un représentant si infatigable, et
    en moi un roi si patient!

    LE DUC DE GUISE

    Il est vrai que Votre Majesté m'a accordé bien des grâces,...et je
    suis fier d'avoir si souvent servi d'intermédiaire entre elle et ses
    sujets.

    SAINT-MEGRIN, à part

    Oui, comme le faucon entre le chasseur et le gibier...

    LE DUC DE GUISE

    Mais, aujourd'hui, sire, un motif plus puissant m'amène encore devant
    Votre Majesté, puisque c'est à la fois des intérêts de son peuple et
    des siens que j'ai à l'entretenir...

    HENRI

    Si l'affaire est si sérieuse, monsieur le duc, ne pourriez-vous pas
    attendre nos prochains états de Blois?...Les trois ordres de la
    nation ont là des représentants qui, du moins, ont reçu de nous
    mission de me parler au nom de leurs mandataires.

    LE DUC DE GUISE

    Votre Majesté voudra-t-elle bien songer que les états de Blois
    viennent de se dissoudre, et ne se rassembleront qu'au mois de
    novembre?...Lorsque le danger est pressant, il me semble qu'un
    conseil privé...

    HENRI

    Lorsque le danger est pressant!...Mais vous nous effrayez, monsieur
    de Guise...Eh bien, toutes les personnes qui composent notre conseil
    privé sont ici...Parlez, monsieur le duc, parlez.

    CATHERINE

    Mon fils, permettez que je me retire.

    HENRI

    Non, madame, non; M. le duc sait bien que nous n'avons rien de caché
    pour notre auguste mère, et que, dans plus d'une affaire importante,
    ses conseils nous ont même été d'un utile secours.

    LE DUC DE GUISE

    Sire, la démarche que je fais près de vous est hardie, peut-être trop
    hardie...Mais hésiter plus longtemps ne serait pas d'un bon et loyal
    sujet.

    HENRI

    Au fait, monsieur le duc, au fait...

    LE DUC DE GUISE

    Sire, des dépenses immenses, mais nécessaires, puisque Votre Majesté
    les a faites, ont épuisé le trésor de l'Etat...Jusqu'à présent, Votre
    Majesté, avec l'aide de ses fidèles sujets, a trouvé moyen de le
    remplir...Mais cela ne peut durer...L'approbation du saint-père a
    permis d'aliéner pour deux cent mille livres de rente sur les biens
    du clergé. Un emprunt a été fait aux membres du Parlement sous
    prétexte de faire sortir les gens de guerre étrangers...Les diamants
    de la couronne sont en gage pour la sûreté des trois millions dûs au
    duc Casimir...Les deniers destinés aux rentes de l'hôtel de ville ont
    été détournés pour un autre usage, et les états généraux ont eu
    l'audace de répondre par un refus, lorsque Votre Majesté a proposé
    d'aliéner les domaines.

    HENRI

    Oui, oui, monsieur le duc, je sais que nos finances sont en assez
    mauvais état...Nous prendrons un autre surintendant.

    LE DUC DE GUISE

    Cette mesure pourrait être suffisante en temps de paix, sire...mais
    Votre Majesté va se voir contrainte à la guerre. Les huguenots, que
    votre indulgence encourage, font des progrès effrayants. Favas s'est
    emparé de la Réole; Montferrand, de Périgueux; Condé de Dijon. Le
    Navarrois a été vu sous les murs d'Orléans; la Saintonge, l'Agénois
    et la Gascogne sont en armes, et les Espagnols, profitant de nos
    troubles, ont pillé Anvers, brûlé huit cents maisons, et passé sept
    mille habitants au fil de l'épée.

    HENRI

    Par la mort-Dieu! si ce que vous me dites là est vrai, il faut
    châtier les huguenots au dedans et les Espagnols au dehors. Nous ne
    craignons pas la guerre, mon beau cousin; et, s'il le fallait, nous
    irions nous-même sur le tombeau de notre aïeul Louis IX saisir
    l'oriflamme, et nous marcherions à la tête de notre brave armée, au
    cri de guerre de Jarnac et de Moncontour.

    SAINT-MEGRIN

    Et, si l'argent vous manque, sire, votre brave noblesse est là pour
    rendre à Votre Majesté ce qu'elle a reçu d'elle. Nos maisons, nos
    terres, nos bijoux peuvent se monnayer, monsieur le duc; et,
    vive-Dieu! en fondant les seules broderies de nos manteaux et les
    chiffres de nos dames, nous aurions de quoi envoyer à l'ennemi,
    pendant toute une campagne, des balles d'or et des boulets d'argent.

    HENRI

    Vous l'entendez, monsieur le duc?

    LE DUC DE GUISE

    Oui, sire. Mais, avant que cette idée vînt à M. le comte de
    Saint-Mégrin, trente mille de vos braves sujets l'avaient eue; ils
    s'étaient engagés par écrit à fournir de l'argent au trésor et des
    hommes à l'armée; ce fut le but de la sainte Ligue, sire, et elle le
    remplira, lorsque le moment en sera venu...Mais je ne puis cacher à
    Votre Majesté les craintes qu'éprouvent ses fidèles sujets, en ne la
    voyant pas reconnaître hautement cette grande association.

    HENRI

    Et que faudrait-il pour cela?

    LE DUC DE GUISE

    Lui nommer un chef, sire, d'une grande maison souveraine, digne de sa
    confiance et de son amour, par son courage et sa naissance, et qui
    surtout ait assez fait ses preuves comme bon catholique, pour
    rassurer les zélés sur la manière dont il agirait dans les
    circonstances difficiles...

    HENRI

    Par la mort-Dieu! monsieur le duc, je crois que votre zèle pour notre
    personne royale est tel, que vous seriez tout prêt à lui épargner
    l'embarras de chercher bien loin ce chef...Nous y penserons à loisir,
    mon beau cousin, nous y penserons à loisir.

    LE DUC DE GUISE

    Mais Votre Majesté devrait peut-être à l'instant...

    HENRI

    Monsieur le duc, quand je voudrai entendre un prêche, je me ferai
    huguenot...Messieurs, c'est assez nous occuper des affaires de
    l'Etat, songeons un peu à nos plaisirs. J'espère que vous avez reçu
    nos invitations pour ce soir, et que madame de Guise, madame de
    Montpensier, et vous, mon cousin, voudrez bien embellir notre bal
    masqué.

    SAINT-MEGRIN, montrant la cuirasse du duc

    Votre Majesté ne voit-elle pas que M. le duc est déjà en costume de
    chercheur d'aventures?

    LE DUC DE GUISE

    Et de redresseur de torts, monsieur le comte.

    HENRI

    En effet, mon beau cousin, cet habit me paraît bien chaud pour le
    temps qui court.

    LE DUC DE GUISE

    C'est que, pour le temps qui court, sire, mieux vaut une cuirasse
    d'acier qu'un justaucorps de satin.

    SAINT-MEGRIN

    M. le duc croit toujours entendre la balle de Poltrot siffler à ses
    oreilles.

    LE DUC DE GUISE

    Quand les balles m'arrivent en face, monsieur le comte (montrant sa
    blessure à la joue), voilà qui fait foi que je ne détourne pas la
    tête pour les éviter.

    JOYEUSE, prenant sa sarbacane

    C'est ce que nous allons voir...

    SAINT-MEGRIN, lui arrachant la sarbacane

    Attends!...il ne sera pas dit qu'un autre que moi en aura fait
    l'expérience. (Lui envoyant une dragée au milieu de la poitrine) A
    vous, monsieur le duc.

    TOUS

    Bravo! bravo!

    LE DUC DE GUISE, portant la main à son poignard

    Malédiction! (Saint-Paul l'arrête)

    SAINT-PAUL

    Qu'allez-vous faire!...

    HENRI

    Par la mort-Dieu! mon cousin de Guise, j'aurais cru que cette belle
    et bonne cuirasse de Milan était à l'épreuve de la balle...

    LE DUC DE GUISE

    Et vous aussi, sire!...Qu'ils rendent grâce à la présence de Votre
    Majesté.

    HENRI

    Oh! qu'à cela ne tienne, monsieur le duc, qu'à cela ne tienne;
    agissez comme si nous n'y étions pas...

    LE DUC DE GUISE

    Votre Majesté permet donc que je descende jusqu'à lui?...

    HENRI

    Non, monsieur le duc; mais je puis l'élever jusqu'à vous...Nous
    trouverons bien, dans notre beau royaume de France, un fief vacant,
    pour en doter notre fidèle sujet le comte de Saint-Mégrin.

    LE DUC DE GUISE

    Vous en êtes le maître, sire...Mais d'ici là?...

    HENRI

    Eh bien, nous ne vous ferons pas attendre...Comte Paul Estuert, nous
    te faisons marquis de Caussade.

    LE DUC DE GUISE

    Je suis duc, sire.

    HENRI

    Comte Paul Estuert, marquis de Caussade, nous te faisons duc de
    Saint-Mégrin; et maintenant, monsieur de Guise, répondez-lui...car il
    est votre égal.

    SAINT-MEGRIN

    Merci, sire, merci; je n'ai pas besoin de cette nouvelle faveur; et,
    puisque Votre Majesté ne s'y oppose pas, je veux le défier de manière
    à ce qu'il s'ensuive combat ou déshonneur...Or, écoutez, messieurs:
    moi, Paul Estuert, seigneur de Cassade, comte de Saint-Mégrin, à toi,
    Henri de Lorraine, duc de Guise; prenons à témoin tous ceux ici
    présents, que nous te défions au combat à outrance, toi et tous les
    princes de ta maison, soit à l'épée seule, soit à la dague et au
    poignard, tant que le coeur battra au corps, tant que la lame tiendra
    à la poignée; renonçant d'avance à ta merci, comme tu dois renoncer à
    la mienne; et, sur ce, que Dieu et Saint Paul me soient en aide!
    (Jetant son gant) A toi seul, ou à plusieurs!

    D'EPERNON

    Bravo, Saint-Mégrin! bien défié.

    LE DUC DE GUISE, montrant le gant.

    Saint-Paul...

    BUSSY D'AMBOISE

    Un instant, messieurs!...un instant! Moi, Louis de Clermont,
    seigneur de Bussy d'Amboise, me déclare ici parrain et second de Paul
    Estuert de Saint-Mégrin; offrant le combat à outrance à quiconque se
    déclarera parrain et second de Henri de Lorraine, duc de Guise; et,
    comme signe de défi et gage du combat, voici mon gant.

    JOYEUSE

    Vive-Dieu! Bussy, c'est un véritable vol que tu me fais...tu ne m'as
    pas donné le temps...Mais sois tranquille, si tu es tué...

    LE DUC DE GUISE

    Saint-Paul! (A part) Tu me provoques trop tard, ton sort est décidé.
    (Haut) Antraguet, tu seras mon second...Vous le voyez, messieurs, je
    vous fais beau jeu: je vous offre un moyen de venger Quélus...
    Saint-Paul, tu prépareras mon épée de bal; elle est juste de la même
    longueur que l'épée de combat de ces messieurs.

    SAINT-MEGRIN

    Vous avez raison, monsieur le duc: cette épée serait bien faible
    pour entamer une cuirasse aussi prudemment solide que celle-ci...Mais
    nous pouvons en venir aux mains, nus jusqu'à la ceinture, monsieur le
    duc, et l'on verra celui dont le coeur battra.

    HENRI

    Assez, messieurs, assez! nous honorerons le combat de notre
    présence, et nous le fixons à demain...Maintenant, chacun de vous
    peut réclamer un don, et, s'il est en notre puissance royale de vous
    l'accorder, vous serez satisfaits à l'instant...Que veux-tu,
    Saint-Mégrin?

    SAINT-MEGRIN

    Un égal partage du terrain et du soleil; pour le reste, je m'en
    rapporte à Dieu et à mon épée.

    HENRI

    Et vous, monsieur le duc, que demandez-vous?

    LE DUC DE GUISE

    La promesse formelle qu'avant le combat Votre Majesté reconnaîtra la
    Ligue, et nommera son chef. J'ai dit.

    HENRI

    Quoique nous ne nous attendissions pas à cette demande, nous vous
    l'octroyons, mon beau cousin...Messieurs, puisque M. de Guise nous y
    force, au lieu du bal masqué de cette nuit, nous aurons un conseil
    d'Etat...Je vous y convoque tous, messieurs. Quant aux deux
    champions, nous les invitons à profiter de cet intervalle, pour bien
    songer au salut de leur âme. Allez, messieurs, allez.

    SCENE V

    HENRI, CATHERINE

    HENRI

    Eh bien, ma mère, vous devez être contente, vos deux grands ennemis
    vont se détruire eux-mêmes, et vous devez m'en remercier; car j'ai
    autorisé un combat que j'aurais pu empêcher.

    CATHERINE

    Auriez-vous agi ainsi, mon fils, si vous eussiez su qu'une des
    conditions de ce combat serait de nommer un chef à la Ligue?

    HENRI

    Non, sur mon âme, ma mère; je comptais sur une diversion.

    CATHERINE

    Et vous avez résolu?

    HENRI

    Rien encore, car les chances du combat sont incertaines...Si M. de
    Guise était tué,...eh bien, on enterrerait la Ligue avec son chef;
    s'il ne l'était pas,...alors je prierais Dieu de m'éclairer...Mais,
    en tout cas, ma résolution une fois prise, je vous en avertis, rien
    ne m'en fera changer...La vue de mon trône me donne de temps en temps
    des envies d'être roi, ma mère, et je suis dans un de ces moments-là.

    CATHERINE

    Eh! mon fils, qui plus que moi désire vous voir une volonté ferme et
    puissante?...Miron me recommande le repos. Et, plus que jamais, je
    désire n'avoir aucune part du fardeau de l'Etat.

    HENRI

    Si je ne m'abuse, ma mère, j'ai vu s'étendre aujourd'hui vers mon
    trône un bras bardé de fer qui avait volonté de me débarrasser d'une
    partie, si ce n'est du tout.

    CATHERINE

    Et probablement vous lui accorderez ce qu'il demande, car ce chef que
    la Ligue exige par sa voix...

    HENRI

    Oui, oui, j'ai bien vu qu'il plaidait pour lui-même; et peut-être, ma
    mère, m'épargnerais-je bien des tourments en m'abandonnant à lui...
    comme l'a fait mon frère François II, après la conjuration
    d'Amboise... Et cependant, je n'aime pas qu'on vienne me prier armé
    comme l'était mon cousin de Guise; les genoux plient mal dans des
    cuissards d'acier.

    CATHERINE

    Et jamais votre cousin de Guise n'a plié le genou devant vous, qu'il
    n'ait, en se relevant, emporté un morceau de votre manteau royal.

    HENRI

    Par la mort-Dieu! il n'a jamais forcé notre volonté, cependant...Ce
    que nous lui avons accordé a toujours été de notre plein gré...et,
    cette fois encore, si nous le nommons chef de la Ligue, ce sera un
    devoir que nous lui imposerons comme son maître.

    CATHERINE

    Tous ces devoirs le rapprochent du trône, mon fils!...et malheur...
    malheur à vous, s'il met jamais le pied sur le velours de la première
    marche!

    HENRI

    Ce que vous dites là, ma mère, l'appuyeriez-vous sur quelques
    raisons?

    CATHERINE

    Cette Ligue, que vous allez autoriser, savez-vous quel est son
    but?...

    HENRI

    De soutenir l'autel et le trône.

    CATHERINE

    C'est du moins ce que dit votre cousin de Guise; mais du moment qu'un
    sujet se constitue, de sa propre autorité, défenseur de son roi, mon
    fils,...il n'est pas loin d'être un rebelle.

    HENRI

    M. le duc aurait-il de si coupables desseins?

    CATHERINE

    Les circonstances l'accusent, du moins...Hélas! mon fils, je ne puis
    veiller sur vous comme je le faisais autrefois, et cependant,
    peut-être aurai-je encore le bonheur de déjouer un grand complot.

    HENRI

    Un complot! on conspirerait contre moi?...Dites, dites, ma mère...
    Quel est ce papier?...

    CATHERINE

    Un agent du duc de Guise, l'avocat Jean David, est mort à Lyon... Son
    valet était un homme à moi; tous ses papiers m'ont été envoyés,
    celui-ci en faisait partie.

    HENRI

    Voyons, ma mère, voyons...(Après avoir jeté un coup d'oeil sur le
    papier) Comment! un traité entre don Juan d'Autriche et le duc de
    Guise!...un traité par lequel ils s'engagent à s'aider mutuellement à
    monter, l'un sur le trône des Pays-Bas, l'autre sur le trône de
    France! Sur le trône de France? que comptaient-ils donc faire de
    moi, ma mère?...

    CATHERINE

    Voyez le dernier article de l'acte d'association des ligueurs, car le
    voici tel...non pas que vous le connaissez, mon cher Henri, mais tel
    qu'il a été présenté à la sanction du saint-père, qui a refusé de
    l'approuver.

    HENRI, lisant

    «Puis, quand le duc de Guise aura exterminé les huguenots, se sera
    rendu maître des principales villes du royaume, et que tout pliera
    sous la puissance de la Ligue, il fera faire le procès à Monsieur,
    comme à un fauteur manifeste des hérétiques, et, après avoir rasé le
    roi et l'avoir confiné dans un couvent...» Dans un couvent!...Ils
    veulent m'ensevelir dans un cloître!...

    CATHERINE

    Oui, mon fils; ils disent que c'est là que votre dernière couronne
    vous attend...

    HENRI

    Ma mère, est-ce que Monsieur le duc l'oserait?

    CATHERINE

    Pépin a fondé une dynastie, mon fils: et qu'a donné Pépin à
    Childéric, en échange de son manteau royal?...

    HENRI

    Un cilice, ma mère; un cilice, je le sais; mais les temps sont
    changés; pour arriver au trône de France, il faut que la naissance y
    donne des droits.

    CATHERINE

    Ne peut-on en supposer?...Voyez cette généalogie.

    HENRI

    La maison de Lorraine remonterait à Charlemagne: Cela n'est pas,
    vous savez bien que cela n'est pas.

    CATHERINE

    Vous voyez que les mesures sont prises pour qu'on croie que cela est.

    HENRI

    Ah! notre cousin de Guise, vous en voulez terriblement à notre belle
    couronne de France...Ma mère, ne pourrait-on pas le punir d'oser y
    prétendre sans notre permission?

    CATHERINE

    Je vous comprends, mon fils; mais ce n'est pas le tout de couper, il
    faut recoudre.

    HENRI

    Mais il se bat demain avec Saint-Mégrin. Saint-Mégrin est brave et
    adroit.

    CATHERINE

    Et croyez-vous que le duc de Guise soit moins brave et moins adroit
    que lui?

    HENRI

    Ma mère, si nous faisions bénir l'épée de Saint-Mégrin...

    CATHERINE

    Mon fils, si le duc de Guise fait bénir la sienne...

    HENRI

    Vous avez raison...Mais qui m'empêche de nommer Saint-Mégrin chef de
    la Ligue?

    CATHERINE

    Et qui voudra le reconnaître? a-t-il un parti?...Peut-être y
    aurait-il un moyen de tout conjurer, mon fils; mais il faudrait de la
    résolution.

    HENRI, hésitant

    De la résolution!

    CATHERINE

    Oui; soyez roi, M. de Guise deviendra sujet soumis, sinon
    respectueux. Je le connais mieux que vous, Henri; il n'est fort que
    parce que vous êtes faible; sous son énergie apparente, il cache un
    caractère irrésolu...C'est un roseau peint en fer...Appuyez, il
    pliera.

    HENRI

    Oui, oui, il pliera. Mais quel est ce moyen? Voyons!...faut-il les
    exiler tous deux? Je suis prêt à signer leur exil.

    CATHERINE

    Non; peut-être ai-je un autre moyen...Mais jurez-moi qu'à l'avenir
    vous me consulterez avant eux sur tout ce que vous voudrez faire.

    HENRI

    N'est-ce que cela, ma mère? Je vous le jure.

    CATHERINE

    Mon fils, les serments prononcées devant l'autel sont plus agréables
    à Dieu.

    HENRI

    Et lient mieux les hommes, n'est-ce pas? Eh bien, venez, ma mère, je
    m'abandonne entièrement à vous.

    CATHERINE

    Oui, mon fils, passons dans votre oratoire.

    SCENE VI

    LE DUC DE GUISE, puis RUGGIERI

    LE DUC DE GUISE

    Quand donc une bonne arquebusade de favoris nous délivera-t-elle de ces
    insolents petits muguets? M. le comte Caussade de Saint-Mégrin...Le roi
    l'a fait comte; et qui sait où s'arrêtera ce champignon de fortune?
    Mayenne, avant son départ, me l'avait recommandé. Je dois m'en défier,
    dit-il: il a cru s'apercevoir qu'il aimait la duchesse de Guise et m'en
    a fait prévenir par Bassompierre...Tête-Dieu! si je n'étais aussi sûr de
    la vertu de ma femme, M. de Saint-Mégrin payerait cher ce soupçon!
    (Entre Ruggieri) Ah! c'est toi, Ruggieri.

    RUGGIERI

    Oui, monseigneur duc...

    LE DUC DE GUISE

    J'ai avancé d'un jour la réunion qui devait avoir lieu chez
    toi...Dans quelques minutes, nos amis seront ici...Je suis venu le
    premier, parce que je désirais te trouver seul. Nicolas Poulain m'a
    dit que je pouvais compter sur toi.

    RUGGIERI

    Il a dit vrai...Et mon art...

    LE DUC DE GUISE

    Laissons là ton art. Que j'y croie ou que je n'y croie pas, je suis
    trop bon chrétien pour y avoir recours. Mais je sais que tu es
    savant, versé dans la connaissance des manuscrits et des
    archives...C'est de cette science que j'ai besoin. Ecoute-moi.
    L'avocat Jean David n'a pu obtenir du saint-père qu'il ratifiât la
    Ligue; il est rentré en France...

    RUGGIERI

    Oui; les dernières lettres que j'ai reçues de lui étaient datées de
    Lyon.

    LE DUC DE GUISE

    Il y est mort; il était porteur de papiers importants...Ces papiers
    ont été soustraits. Parmi eux se trouvait une généalogie que le duc
    de Guise, mon père, de glorieuse mémoire, avait fait faire, en 1535,
    par François Rosières. On y prouvait que les princes lorrains
    étaient la seule et vraie posterité de Charlemagne. Mon père, il
    faut me refaire un nouvel arbre généalogique qui prenne sa racine
    dans celui des Carolingiens; il faut l'appuyer de nouvelles preuves.
    C'est un travail pénible et difficile, qui veut être bien payé.
    Voici un à-compte.

    RUGGIERI

    Vous serez content de moi, monseigneur.

    LE DUC DE GUISE

    Bien...Et que venaient faire ici ces jeunes papillons de cour que j'y
    ai trouvés?

    RUGGIERI

    Me consulter sur l'avenir.

    LE DUC DE GUISE

    Sont-ils donc mécontents du présent?...Ils seraient bien difficiles.
    Ils se sont éloignés, n'est-ce pas?

    RUGGIERI

    Oui, monseigneur; ils sont au Louvre maintenant.

    LE DUC DE GUISE

    Que le Valois s'endorme au bruit de leur bourdonnement, pour ne
    s'éveiller qu'à celui de la cloche qui lui sonnera matines...Mais il
    y a quelqu'un dans l'antichambre...Ah! ah! c'est le père Crucé.

    ACTE TROISIEME

    L'oratoire de la duchesse de Guise

    SCENE PREMIERE

    ARTHUR, MADAME DE COSSE, MARIE

    MADAME DE COSSE, déposant sur une table de toilette un domino noir

    Concevez-vous, Marie, madame la duchesse de Guise, qui veut aller au
    bal de la cour en simple domino?

    MARIE, déposant des fleurs sur la même table

    C'est que madame la duchesse n'est pas coquette...

    MADAME DE COSSE

    Mais, sans être coquette, on peut tirer parti de ses avantages...A
    quoi servira-t-il d'être jolie et bien faite, si l'on se couvre la
    figure de ce masque noir, et si l'on s'enveloppe la taille de ce
    domino large comme une robe d'ermite? pourquoi ne pas se mettre en
    Diane ou en Hébé?

    ARTHUR

    C'est qu'elle veut vous laisser ce costume, madame de Cossé.

    MADAME DE COSSE

    Voyez donc ce petit muguet!...Allez ramasser l'éventail de votre
    maîtresse, ou porter la queue de sa robe, et ne parlez pas toilette;
    vous n'y connaissez encore rien...Dans trois ou quatre ans, à la
    bonne heure!

    ARTHUR

    Tiens...Je vais avoir quinze ans.

    MADAME DE COSSE

    Quatorze ans, mon beau page, ne vous déplaise...

    MARIE

    Ce domino, d'ailleurs, n'est que pour entrer dans la salle de bal.
    Une partie des dames, vous le savez, ne se masquent que pour jouir du
    premier coup d'oeil, et reviennent ensuite en costume de ville.

    MADAME DE COSSE

    Et voilà le tort...Autrefois, on conservait son déguisement toute la
    nuit...Par exemple, au fameux bal masqué qui eut lieu lors de
    l'avènement au trône de Henri II, il y a vingt-cinq ans...Je n'en
    avais que vingt.

    ARTHUR

    Il y a trente ans, madame de Cossé, ne vous en déplaise.

    MADAME DE COSSE

    Vingt-cinq ou trente, peu importe...Alors je n'en avais que quinze.
    Eh bien, tout le monde resta en costume, jusqu'au moment où
    l'astronome Lucas Gaudric prédit au roi qu'il serait tué dans un
    combat singulier. Onze ans après Montgomery accomplit la prédiction.

    ARTHUR

    C'est bien malheureux! depuis ce temps, il n'y a plus de tournois.

    MADAME DE COSSE

    C'est effectivement quelque chose de bien fâcheux...Il ferait beau
    voir jouter les jeunes gens de votre époque: voilà de plaisants
    damerets, en comparaison des chevaliers de Henri II.

    ARTHUR

    Vous pourriez même dire, en comparaison des chevaliers du roi
    François Ier. Vous les avez vus, madame de Cossé.

    MADAME DE COSSE

    J'étais un enfant...Je ne m'en souviens pas...Un enfant au berceau,
    entendez-vous?

    MARIE

    Mais il me semble, madame, que le baron-duc d'Epernon, le vicomte de
    Joyeuse, le seigneur de Bussy, le baron de Dunes...

    ARTHUR

    Et le comte de Saint-Mégrin, donc!...

    MADAME DE COSSE

    Ah! vous voilà encore avec votre petit bordelais...J'aurais bien
    voulu le voir, avec une armure de deux cents livres, comme celle que
    portait M. de Cossé, mon noble époux, quand il me couronna dame de la
    beauté et des amours, et brisa en mon honneur cinq lances, dont M. de
    Saint-Mégrin ne pourrait pas remuer la plus petite avec les deux
    mains...C'était au fameux tournoi de Soissons...

    MARIE

    Au fameux tournoi de Soissons?...

    ARTHUR

    Eh! oui...au fameux tournoi de Soissons, en 1546, un an avant la mort
    du roi François Ier, quand madame de Cossé était encore au berceau...

    MADAME DE COSSE

    Petit drôle!...vous vous fiez bien à ce que vous êtes le parent de
    madame la duchesse de Guise.

    SCENE II

    LES MEMES, LA DUCHESSE DE GUISE

    ARTHUR, courant à elle

    Oh! venez, ma belle cousine et maîtresse! et protégez-moi contre le
    courroux de votre première dame d'honneur...

    LA DUCHESSE DE GUISE, distraite

    Qu'avez-vous fait? encore quelque espièglerie?...

    ARTHUR

    Chevalier discourtois, je me souviens des dates.

    MADAME DE COSSE, interrompant

    Madame la duchesse paraît préoccupée.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi? Non...N'auriez-vous pas trouvé ici un mouchoir à mes armes?

    MARIE

    Non, madame.

    ARTHUR

    Je vais le chercher; et, si je le trouve, quelle sera ma récompense?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ta récompense, enfant?...Un mouchoir mérite-t-il donc une grande
    récompense? Eh bien, cherche-le, Arthur.

    MARIE

    Pendant que Madame était retirée dans son appartement, où elle avait
    dit, en rentrant, qu'elle voulait rester seule, la reine Louise est
    venue pour lui faire une visite; elle avait dans sa bourse le plus
    joli petit sapajou...

    MADAME DE COSSE

    Oui, elle désirait connaître le déguisement de madame. Elle est
    entrée chez madame de Montpensier; et, comme j'y étais, je connais
    tous les costumes des seigneurs et dames de la cour.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à Arthur, qui revient s'asseoir à ses pieds

    Eh bien?

    ARTHUR

    Je n'ai rien trouvé...

    MADAME DE COSSE

    M. de Joyeuse est en Alcibiade...Il a un casque d'or massif...Son
    costume lui coûte, dit-on, dix mille livres tournois. M. d'Epernon
    est...

    ARTHUR

    Et M. de Saint-Mégrin? (La duchesse tressaille)

    MADAME DE COSSE

    Ah!...M. de Saint-Mégrin? Il avait aussi un costume très-brillant;
    mais, aujourd'hui, il en a commandé un autre, tout simple, un costume
    d'astrologue, semblable à celui que porte Côme Ruggieri.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ruggieri?...Dites-moi, Ruggieri ne demeure-t-il pas rue de Grenelle,
    près de l'hôtel de Soissons?

    MARIE

    Oui.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à part

    Plus de doute!...c'était chez lui...J'avais cru le
    reconnaître...(Haut) N'est-il venu aucune autre personne?

    MADAME DE COSSE

    Si...M. Brantôme, pour vous offrir le volume de ses _Dames
    galantes_... Je l'ai déposé sur cette table...La reine de Navarre y
    joue un grand rôle...Et puis M. Ronsard est aussi venu...il voulait
    absolument vous voir...Vous lui avez reproché, l'autre jour, chez
    madame de Montpensier, de ne pas assez soigner ses rimes, et il vous
    apportait une petite pièce de vers.

    LA DUCHESSE DE GUISE, avec distraction

    Sur la rime?...

    MADAME DE COSSE

    Non, madame; mais mieux rimée qu'il n'a coutume de le faire. Madame
    la duchesse veut-elle les entendre?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Donnez à Arthur, il les lira.

    ARTHUR, lisant

    Mignonne, allons voir si la rose
    Qui, ce matin, avoit desclose
    Sa robe de pourpre au soleil
    N'a point perdu, cette vesprée,
    Les plis de sa robe pourprée
    Et son teint au vostre pareil.

    Las! voyez comme en peu d'espace,
    Mignonne, elle a, dessus la place,
    Là, là, ses beautés laissé choir.
    O vrayment marastre nature!
    Puisqu'une telle fleur ne dure
    Que du matin jusques au soir!

    Or donc, écoutez-moi, mignonne,
    Tandis que votre âge fleuronne,
    Dans sa plus verte nouveauté,
    Cueillez, cueillez votre jeunesse;
    Comme à cette fleur, la vieillesse
    Fera ternir votre beauté.

    LA DUCHESSE DE GUISE, toujours distraite

    Mais il me semble qu'ils sont bien, ces vers.

    ARTHUR

    Oh! M. de Saint-Mégrin en fait au moins d'aussi jolis...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    M. de Saint-Mégrin?...

    MADAME DE COSSE

    Ce ne sont pas des vers amoureux, toujours...

    ARTHUR

    Et pourquoi cela?

    MADAME DE COSSE

    Il est probable qu'il n'a encore trouvé aucune femme digne de son
    amour, puisqu'il est le seul, parmi tous les jeunes gens de la cour,
    qui ne porte pas le chiffre de sa dame sur son manteau.

    ARTHUR

    Et s'il aimait quelqu'un dont il ne pût porter le chiffre?...Cela
    peut être.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui,...cela peut être.

    MADAME DE COSSE, à Arthur

    Mais qu'a donc de si remarquable ce petit comte de Saint-Mégrin, pour
    être l'objet de votre enthousiasme?

    ARTHUR

    Si remarquable?...Ah! je ne demande rien que d'être digne de devenir
    son page, quand je ne pourrai plus être celui de ma belle cousine.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Tu l'aimes donc bien?

    ARTHUR

    Si j'étais femme, je n'aurais pas d'autre chevalier.

    LA DUCHESSE DE GUISE, vivement

    Mesdames, je puis achever ma toilette; je vous rappellerai, si j'ai
    besoin de vous...Reste, Arthur, reste; j'ai quelques commissions à te
    donner.

    SCENE III

    LA DUCHESSE DE GUISE, ARTHUR

    ARTHUR

    J'attends vos ordres.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Bien; mais je ne sais plus ce que j'avais à d'ordonner. Je suis
    distraite, préoccupée...Que tu es bizarre, avec ton fanatisme pour ce
    jeune vicomte de Joyeuse!

    ARTHUR

    Joyeuse?...Non...Saint-Mégrin.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! oui,...c'est vrai; mais que trouves-tu de si extraordinaire en ce
    jeune homme? Moi, je cherche en vain.

    ARTHUR

    Vous ne l'avez donc pas vu courir la bague avec le roi?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Si.

    ARTHUR

    Et qui donc pourriez-vous lui comparer pour l'adresse? S'il monte à
    cheval, c'est toujours le cheval le plus fougueux qui est le sien;
    s'il se bat moins souvent que les autres, c'est que l'on connaît sa
    force, et qu'on hésite à lui chercher querelle. Le roi seul,
    peut-être, pourrait se défendre contre lui. Tous nos jeunes
    seigneurs de la cour lui portent envie, et cependant la coupe de leur
    pourpoint et de leur manteau est toujours reglée sur celle des siens.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui, oui, c'est vrai...Il est homme de bon goût; mais madame de Cossé
    parlait de sa froideur pour les dames, et tu ne voudrais pas prendre
    pour modèle chevalier qui ne les aimât pas.

    ARTHUR

    La dame de Sauve est là pour témoigner du contraire.

    LA DUCHESSE DE GUISE, vivement

    La dame de Sauve!...On dit qu'il ne l'a jamais aimée.

    ARTHUR

    S'il ne l'aime plus, il en aime certainement un autre.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    T'aurait-il choisi pour son confident?...Il ne ferait pas preuve de
    prudence, en le prenant si jeune...

    ARTHUR

    Si j'étais son confident, ma belle cousine, on me tuerait plutôt que
    de m'arracher son secret...Mais il ne m'a rien confié...J'ai vu.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Tu as vu...quoi?...qu'as-tu vu?

    ARTHUR

    Vous vous rappelez le jour ou le roi invita toute la cour à visiter
    les lions qu'il avait fait venir de Tunis, et qu'on avait placés au
    Louvre avec ceux qu'il y nourrit déjà?...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! oui...Leur aspect seul m'a effrayée, quoique je les visse d'une
    galerie élevée de dix pieds au-dessus d'eux.

    ARTHUR

    Eh bien, à peine en étions-nous sortis que leur gardien poussa un
    cri; je rentrai: M. de Saint-Mégrin venait de s'élancer dans
    l'enceinte des animaux pour y ramasser un bouquet qu'y avait laissé
    tomber une dame...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Le malheureux! ce bouquet était le mien.

    ARTHUR

    Le vôtre, ma belle cousine?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ai-je dit le mien?...Oui, le mien, ou celui de Madame de Sauve...Vous
    savez qu'il a éperdument aimé madame de Sauve...Le fou!...Et que
    faisait-il de ce bouquet?

    ARTHUR

    Oh! il l'appuyait avec passion sur sa bouche, il le pressait contre
    son coeur...Le gardien ouvrit une porte, et le fit sortir presque de
    force...Il riait comme un insensé, lui jetait de l'argent; puis il
    m'aperçut, cacha le bouquet dans sa poitrine, s'élança sur un cheval
    qui l'attendait dans la cour du Louvre, et disparut.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Est-ce tout?...est-ce tout?...Oh! encore, encore!...parle-moi encore
    de lui!

    ARTHUR

    Et depuis, je l'ai vu, il...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Silence, enfant!...M. le duc...Reste près de moi, Arthur; ne me
    quitte pas que je ne te l'ordonne...

    SCENE IV

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    LE DUC DE GUISE

    Vous étiez levée, madame...Alliez-vous rentrer dans votre
    appartement?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non, monsieur le duc, j'allais appeler mes femmes, pour ma toilette.

    LE DUC DE GUISE

    Elle est inutile, madame: le bal n'a pas lieu, et vous devez en être
    contente, vous paraissiez n'y aller qu'à contre-coeur?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suivais vos ordres, et j'ai fait ce que j'ai pu pour que vous ne
    vissiez pas qu'ils m'étaient pénibles.

    LE DUC DE GUISE

    Que voulez-vous!...J'ai compris que cette conclusion à laquelle vous
    vous condamniez était ridicule à votre âge...et qu'il fallait, de
    temps en temps, vous montrer à la cour; certaines personnes, madame,
    pourraient y remarquer votre absence, et l'attribuer à des motifs...
    Mais il s'agit d'autre chose, madame... Arthur, laissez-moi...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Et pourquoi éloigner cet enfant, monsieur le duc? est-ce donc un
    entretien secret que vous voudriez?...

    LE DUC DE GUISE

    Et pourquoi le retenir, madame? Craindriez-vous de rester seule avec
    moi?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, monsieur! et pourquoi?

    LE DUC DE GUISE

    En ce cas, sortez, Arthur...Eh bien?...

    ARTHUR

    J'attends les ordres de ma maîtresse, monsieur le duc.

    LE DUC DE GUISE

    Vous l'entendez, madame?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arthur, éloignez-vous.

    ARTHUR

    J'obéis. (Il sort)

    SCENE V

    LA DUCHESSE DE GUISE, LE DUC DE GUISE

    LE DUC DE GUISE

    Vrai-Dieu! madame, il est bizarre que les ordres donnés par ma bouche
    aient besoin d'être ratifiés par la vôtre...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ce jeune homme m'appartient, et il a cru devoir attendre de
    moi-même...

    LE DUC DE GUISE

    Cette obstination n'est pas naturelle, madame; on connaît Henri de
    Lorraine, et l'on sait qu'il a toujours chargé son poignard de
    réitérer un ordre de sa bouche.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh! monsieur, quelle conséquence pouvez-vous tirer de plus ou moins
    d'obéissance de cet enfant?

    LE DUC DE GUISE

    Moi? Aucune...Mais j'avais besoin de son absence pour vous exposer
    plus librement le motif qui m'amène...Voulez-vous bien me servir de
    secrétaire?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, monsieur! Et pour écrire à qui?

    LE DUC DE GUISE

    Que vous importe! c'est moi qui dicterai. (En approchant une plume
    et du papier) Voilà ce qu'il vous faut.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je crains de ne pouvoir former un seul mot; ma main tremble; ne
    pourriez-vous par une autre personne?...

    LE DUC DE GUISE

    Non, madame, il est indispensable que ce soit vous.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais, au moins, remettez à plus tard...

    LE DUC DE GUISE

    Cela ne peut se remettre, madame; d'ailleurs, il suffira que votre
    écriture soit lisible...Ecrivez donc.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis prête...

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «Plusieurs membres de la Sainte-Union se rassemblent cette nuit à
    l'Hôtel de Guise; les portes en resteront ouvertes jusqu'à une heure
    du matin; vous pouvez, à l'aide d'un costume de ligueur, passer sans
    être aperçu...L'appartement de madame la duchesse de Guise est au
    deuxième étage...»

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je n'écrirai pas davantage, que je ne sache à qui est destiné ce
    billet...

    LE DUC DE GUISE

    Vous le verrez, madame, en mettant l'adresse.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Elle ne peut être pour vous, monsieur; et à tout autre, elle
    compromet mon honneur...

    LE DUC DE GUISE

    Votre honneur...Vive-Dieu! madame; et qui doit en être plus jaloux
    que moi?...Laissez-m'en juge, et suivez mon désir...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Votre désir?...Je dois m'y refuser.

    LE DUC DE GUISE

    Obéissez à mes ordres, alors...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    A vos ordres?...Peut-être ai-je le droit d'en demander la cause...

    LE DUC DE GUISE

    La cause, madame? Tous ces retardements me prouvent que vous la
    connaissez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi! et comment?

    LE DUC DE GUISE

    Peu importe!...écrivez...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Permettez que je me retire...

    LE DUC DE GUISE

    Vous ne sortirez pas...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous n'obtiendrez rien de moi en me contraignant à rester.

    LE DUC DE GUISE, la forçant à s'asseoir

    Peut-être, vous réfléchirez, madame: mes ordres, méprisés par vous,
    ne le sont point encore par tout le monde...et, d'un mot, je puis
    substituer à l'oratoire élégant de l'hôtel de Guise l'humble cellule
    d'un cloître.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Désignez-moi le couvent où je dois me retirer, monsieur le duc; les
    biens que je vous ai apportés comme princesse de Porcian y payeront
    la dot de la duchesse de Guise.

    LE DUC DE GUISE

    Oui, madame; sans doute, vous jugez en vous-même que ce ne serait
    qu'une faible expiation. D'ailleurs, l'espoir vous suivrait au delà
    de la grille; il n'est point de murs si élevés qu'on ne puisse
    franchir, surtout si on y est aidé par un chevalier adroit, puissant
    et dévoué...Non, madame, non, je ne vous laisserai pas cette chance.
    Mais revenons à cette lettre; il faut qu'elle s'achève.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Jamais, monsieur, jamais!

    LE DUC DE GUISE

    Ne me poussez pas à bout, madame; c'est déjà beaucoup que j'aie
    consenti à vous menacer deux fois.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh bien, je préfère une reclusion éternelle.

    LE DUC DE GUISE

    Mort et damnation! croyez-vous donc que je n'aie que ce moyen?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Et quel autre?...(Le duc verse le contenu d'un flacon dans une petite
    coupe) Ah! vous ne voudriez pas m'assassiner...Que faites-vous,
    monsieur de Guise? que faites-vous?

    LE DUC DE GUISE

    Rien...J'espère seulement que la vue de ce breuvage aura une vertu
    que n'ont point mes paroles.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh quoi!...vous pourriez?...Ah!

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez, madame, ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non, non. Oh! mon Dieu! mon Dieu!

    LE DUC DE GUISE, saisissant la coupe

    Eh bien?...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Henri, au nom du ciel! Je suis innocente, je vous le jure...Que la
    mort d'une femme faible ne souille pas votre nom. Henri, ce serait
    un crime affreux, car je ne suis pas coupable; j'embrasse vos genoux;
    que voulez-vous de plus? Oui, oui, je crains la mort.

    LE DUC DE GUISE

    Il y a moyen de vous y soustraire.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Il est plus affreux qu'elle encore...Mais non, tout cela n'est qu'un
    jeu pour m'épouvanter. Vous n'avez pas pu avoir, vous n'avez pas eu
    cette exécrable idée.

    LE DUC DE GUISE, riant

    Un jeu, madame!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non...Votre sourire m'a tout dit...Laissez-moi un instant pour me
    recueillir. (Elle abaisse la tête entre ses mains, et prie.)

    LE DUC DE GUISE

    Un instant, madame, rien qu'un instant.

    LA DUCHESSE DE GUISE, après s'être recueillie

    Et maintenant, ô mon Dieu! aie pitié de moi!

    LE DUC DE GUISE

    Etes-vous décidée?

    LA DUCHESSE DE GUISE, se relevant toute seule

    Je le suis.

    LE DUC DE GUISE

    A l'obéissance?

    LA DUCHESSE DE GUISE, prenant la coupe

    A la mort!

    LE DUC DE GUISE, lui arrachant la coupe et la jetant à terre

    Vous l'aimiez bien, madame!...Elle a préféré...Malédiction!
    malediction sur vous et sur lui!...sur lui surtout qui est tant aimé!
    Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Malheur! malheur à moi!

    LE DUC DE GUISE

    Oui, malheur! car il est plus facile à une femme d'expirer que de
    souffrir. (Lui saisissant le bras avec son gant de fer) Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! laissez-moi.

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE, essayant de dégager son bras

    Vous me faites mal, Henri.

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez, vous dis-je!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous me faites bien mal, Henri; vous me faites horriblement
    mal...Grâce! grâce! ah!

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez donc.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Le puis-je? Ma vue se trouble...Une sueur froide...O mon Dieu! mon
    Dieu! je te remercie, je vais mourir. (Elle s'évanouit)

    LE DUC DE GUISE

    Eh! non, madame.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Qu'exigez-vous de moi?

    LE DUC DE GUISE

    Que vous m'obéissiez.

    LA DUCHESSE DE GUISE, accablée

    Oui! oui! j'obéis. Mon Dieu! tu le sais, j'ai bravé la mort...la
    douleur seule m'a vaincue...elle a été au delà de mes forces. Tu
    l'as permis, ô mon Dieu! le reste est entre tes mains.

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «L'appartement de madame la duchesse de Guise est au deuxième étage,
    et cette clef en ouvre la porte.» L'adresse maintenant. (Pendant
    qu'il plie la lettre, madame de Guise relève sa manche, et l'on voit
    sur son bras des traces bleuâtres)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Que dirait la noblesse de France, si elle savait que le duc de Guise
    a meurtri un bras de femme avec un gantelet de chevalier?

    LE DUC DE GUISE

    Le duc de Guise en rendra raison à quiconque viendra la lui demander.
    Achevez: «A Monsieur le comte de Saint-Mégrin.»

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'était donc bien à lui?

    LE DUC DE GUISE

    Ne l'aviez-vous pas deviné?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le duc, ma conscience me permettait d'en douter, du moins.

    LE DUC DE GUISE

    Assez, assez. Appelez un de vos pages, et remettez-lui cette lettre
    (allant à la porte du salon et ôtant la clef) et cette clef.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! monsieur de Guise! puisse-t-on avoir plus pitié de vous que vous
    n'avez eu pitié de moi!

    LE DUC DE GUISE

    Appelez un page.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Aucun n'est là...

    LE DUC DE GUISE

    Arthur, votre page favori, ne doit pas être loin; appelez-le, je vous
    l'ordonne! appelez-le!...Mais, auparavant, madame, faites bien
    attention que je suis là, derrière cette portière...Un seul signe, un
    seul mot, cet enfant est mort...et c'est vous qui l'aurez tué...(Il
    siffle) Songez-y, madame...

    LA DUCHESSE, appelant

    Arthur!

    SCENE VI

    LES MEMES, ARTHUR

    ARTHUR

    Me voilà, madame, Dieu!...grand Dieu! que vous êtes pâle!...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, pâle? Non, non...tu te trompes...(Lui tendant la lettre et la
    retirant) Ce n'est rien...Eloigne-toi, Arthur, éloigne-toi...

    ARTHUR

    Moi, vous quitter, quand vous souffrez!...Voulez-vous que j'appelle
    vos femmes?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Garde-t'en bien, Arthur!...Prends cette lettre,...cette clef,...et
    va-t'en...Pars!...pars!...

    ARTHUR, lisant

    «A Monsieur le comte de Saint-Mégrin...» Oh! qu'il sera heureux,
    madame!...Je cours... (Il sort)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Heureux?...Oh! non...non, reviens!...reviens, Arthur!...Arthur!...

    LE DUC DE GUISE, lui mettant la main sur la bouche

    Silence, madame!

    LA DUCHESSE DE GUISE, tombant dans ses bras

    Ah!...

    LE DUC DE GUISE, l'emportant dans le salon, et refermant la porte
    avec une double clef

    Et, maintenant, que cette porte ne se rouvre plus que pour lui!

    ACTE QUATRIEME

    Même décoration qu'au deuxième acte

    SCENE PREMIERE

    ARTHUR, puis SAINT-MEGRIN

    ARTHUR

    Dans la salle du conseil, l'appartement de M. de Saint-Mégrin, à
    gauche... (Saint-Mégrin sort de son appartement) Pour vous, comte.

    SAINT-MEGRIN

    Cette lettre et cette clef sont pour moi, dis-tu? Oui... «A Monsieur
    le comte de Saint-Mégrin.» De qui les tiens-tu?

    ARTHUR

    Quoique vous ne les attendissiez de personne, ne pouviez-vous les
    espérer de quelqu'un?

    SAINT-MEGRIN

    De quelqu'un?...Comment?...Et qui es-tu, toi-même?

    ARTHUR

    Etes-vous si ignorant en blason, comte, que vous ne puissiez
    reconnaître les armes réunies de deux maisons souveraines?...

    SAINT-MEGRIN

    La duchesse de Guise!... (Lui mettant la main sur la bouche)
    Tais-toi!...Je sais tout... (Il lit) Elle-même t'a remis cette
    lettre?...

    ARTHUR

    Elle-même.

    SAINT-MEGRIN

    Elle-même!...Jeune homme, ne cherche pas à m'abuser!...Je ne connais
    pas son écriture...Avoue-le-moi, tu as voulu me tromper...

    ARTHUR

    Moi, vous tromper?...Ah!...

    SAINT-MEGRIN

    Où t'a-t-elle remis cette lettre?

    ARTHUR

    Dans son oratoire.

    SAINT-MEGRIN

    Elle était seule?

    ARTHUR

    Seule.

    SAINT-MEGRIN

    Et que paraissait-elle éprouver?

    ARTHUR

    Je ne sais, mais elle était pâle, et tremblante.

    SAINT-MEGRIN

    Dans son oratoire! seule, pâle et tremblante!...Tout cela devait
    être, et cependant j'étais si loin de m'attendre...Non, c'est
    impossible. (Il relit) «Plusieurs membres de la Sainte-Union se
    rassemblent cette nuit à l'Hôtel de Guise; les portes en resteront
    ouvertes jusqu'à une heure du matin. A l'aide d'un déguisement de
    ligueur, vous pouvez passer sans être aperçu. L'appartement de
    madame la duchesse de Guise est au deuxième étage, et cette clef en
    ouvre la porte. --A Monsieur le comte de Saint-Mégrin.» C'est bien
    à moi...pour moi; ce n'est point un songe,...ma tête ne s'égare
    pas...Cette clef,...ce papier,...ces lignes tracées, tout est
    réel!...il n'y a point là d'illusion... (Il porte la lettre à ses
    lèvres) Je suis aimé!...aimé!...

    ARTHUR

    A votre tour, comte, silence!...

    SAINT-MEGRIN

    Oui, tu as raison, silence! et à toi aussi, jeune homme, silence!...
    Sois muet comme la tombe...Oublie ce que tu as fait, ce que tu as vu,
    ne te rappelle plus mon nom, ne te rappelle plus celui de ta
    maîtresse. Elle a montré de la prudence en te chargeant de ce
    message. Ce n'est point parmi les enfants qu'on doit craindre les
    délateurs.

    ARTHUR

    Et moi, comte, je suis fier d'avoir un secret à nous deux.

    SAINT-MEGRIN

    Oui;...mais un secret terrible; un de ces secrets qui tuent. Ah!
    fais en sorte que ta physionomie ne le trahisse pas, que tes yeux ne
    le révèlent jamais...Tu es jeune: conserve la gaieté et
    l'insouciance de ton âge. S'il arrive que nous nous rencontrions,
    passe sans me connaître, sans m'apercevoir; si tu avais encore dans
    l'avenir quelque chose à m'apprendre, ne l'exprime point par des
    paroles, ne le confie pas au papier; un signe, un regard me dira
    tout...Je devinerai le moindre de tes gestes; je comprendrai ta plus
    secrète pensée. Je ne puis te récompenser du bonheur que je te
    dois...Mais, si jamais tu avais besoin de mon aide ou de mon secours,
    viens à moi, parle...et ce que tu demanderas, tu l'auras, sur mon
    âme, fût-ce mon sang. Sors, sors, maintenant, et garde que personne
    ne te voie...Adieu, adieu!

    ARTHUR, lui pressant la main

    Adieu, comte, adieu!

    SCENE II

    SAINT-MEGRIN, puis GEORGES

    SAINT-MEGRIN

    Va, jeune homme, et que le ciel veille sur toi! Ah! je suis
    aimé!...Mais il est dix heures; j'ai à peine le temps de me procurer
    le costume à l'aide duquel...Georges! Georges! (Son valet entre)
    Il me faut pour ce soir un costume de ligueur; occupe-toi à l'instant
    de te le procurer. Que je le trouve ici quand j'en aurai besoin; va.
    (Georges sort) Mais qui vient ici?...Ah! c'est Côme Ruggieri.

    SCENE III

    SAINT-MEGRIN, RUGGIERI

    SAINT-MEGRIN

    Viens, oh! viens, mon père, que je te remercie. Eh bien, toutes tes
    prédictions se sont réalisées. Je te rends grâce, car je suis
    heureux; oh! oui, oui, plus heureux que tu ne peux le croire...Tu ne
    me réponds pas, tu m'examines!

    RUGGIERI, le conduisant vers la lumière

    Jeune homme, avance avec moi.

    SAINT-MEGRIN

    Oh! que peux-tu lire sur mon front, si ce n'est un avenir d'amour et
    de bonheur?

    RUGGIERI

    La mort, peut-être.

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous, mon père!...

    RUGGIERI

    La mort!...

    SAINT-MEGRIN, riant

    Ah! mon père, de grâce, laissez-moi vivre jusqu'à demain, c'est tout
    ce que je vous demande.

    RUGGIERI

    Mon fils, souviens-toi de Dugast.

    SAINT-MEGRIN

    Dugast!...Il est vrai que je cours un danger; demain, je me bats avec
    le duc de Guise.

    RUGGIERI

    Demain! à quelle heure?

    SAINT-MEGRIN

    A dix heures.

    RUGGIERI

    Ce n'est pas cela. Si demain, à dix heures, tu vois encore la
    lumière du ciel, compte alors sur des jours longs et heureux.
    (Allant à la fenêtre) Vois-tu cette étoile?

    SAINT-MEGRIN

    Qui brille près d'une autre plus brillante encore?

    RUGGIERI

    Oui; et, à l'occident, distingues-tu ce nuage sombre qui n'est encore
    qu'un point dans l'immensité?

    SAINT-MEGRIN

    Oui; eh bien?...

    RUGGIERI

    Eh bien, dans une heure, cette étoile aura disparu sous ce nuage, et
    cette étoile, c'est la tienne. (Il sort)

    SCENE IV

    SAINT-MEGRIN, puis JOYEUSE

    SAINT-MEGRIN

    Cette étoile, c'est la mienne! Ruggieri, arrête!...Il ne m'entend
    pas; il entre chez la reine mère. Cette étoile, c'est la mienne; et
    ce nuage!...Vive-Dieu! je suis bien insensé de croire aux paroles de
    ce visionnaire...Ces signes ne l'ont jamais trompé, dit-il. Dugast,
    Dugast! et toi aussi, tu volais comme moi à un rendez-vous d'amour,
    lorsque tu es tombé assassiné; et ton sang, en sortant de tes
    vingt-deux blessures, bouillait encore d'espérance et de bonheur.
    Ah! si je dois mourir aussi, mon Dieu! mon Dieu! que je ne meure du
    moins qu'au retour! (Entre Joyeuse)

    JOYEUSE

    Je te cherchais, Saint-Mégrin. Eh bien, que fais-tu là? Est-ce que
    tu lis dans les astres, toi?

    SAINT-MEGRIN

    Moi? Non.

    JOYEUSE

    Je t'avais pris en entrant pour un astrologue. Quoi! encore? Mais
    qu'as-tu donc?

    SAINT-MEGRIN

    Rien, rien: je regarde le ciel.

    JOYEUSE

    Il est superbe! les étoiles étincellent.

    SAINT-MEGRIN, avec mélancolie

    Joyeuse, crois-tu qu'après notre mort, notre âme doive habiter un des
    ces globes brillants, sur lesquels notre vue s'est arrêtée tant de
    fois pendant notre vie?

    JOYEUSE

    Ces pensées ne me sont jamais venues, sur mon âme; elles sont trop
    tristes...Tu connais ma devise: *Hilariter*, joyeusement!...voilà
    pour ce monde...Quant à l'autre, peu m'importe ce qu'il sera, pourvu
    que je m'y trouve bien.

    SAINT-MEGRIN, sans l'écouter

    Crois-tu que, là, nous serons réunis aux personnes que nous avons
    aimées ici-bas?...Dis; crois-tu que l'éternité puisse être le
    bonheur?...

    JOYEUSE

    Vrai-Dieu! tu deviens fou, Saint-Mégrin; quel diable de langage me
    parles-tu là? Arrange-toi de manière que, demain, à pareille heure,
    M. de Guise puisse t'en donner des nouvelles sûres, et ne me demande
    pas cela, à moi. J'ai déjà le cou tout disloqué d'avoir regardé en
    l'air.

    SAINT-MEGRIN

    Tu as raison; oui, je suis un insensé...

    JOYEUSE

    Voici le roi...Voyons, éloigne cet air soucieux. On dirait, sur mon
    âme, que ce duel t'inquiète. Est-ce que tu serais fâché?...

    SAINT-MEGRIN

    Moi, fâché?...Vrai-Dieu! s'il me tue, Joyeuse, ce ne sera pas ma vie
    que je regretterai, ce sera de lui laisser la sienne.

    SCENE V

    LES MEMES, HENRI, D'EPERNON, SAINT-LUC, BUSSY, DU HALDE, Plusieurs
    Pages et Seigneurs; puis CATHERINE DE MEDICIS

    HENRI

    Soyez tranquilles, messieurs, soyez tranquilles: toutes nos mesures
    sont prises. Seigneur de Bussy, nous vous rendons notre amitié, en
    récompense de la manière dont vous avez secondé notre brave sujet le
    comte de Saint-Mégrin.

    BUSSY D'AMBOISE

    Sire!

    HENRI, à SAINT-MEGRIN

    Te voilà, mon digne ami; pourquoi n'es-tu pas venu me voir?
    Messieurs, ma mère assistera à la séance; prévenez-la qu'elle va
    s'ouvrir. Ah! auparavant, sur la première marche, placez un tabouret
    pour M. le comte de Saint-Mégrin. (A Saint-Mégrin) J'ai à te
    parler...Par la mort-Dieu! nous voilà tous rassemblés, messieurs; il
    ne nous manque plus que notre beau cousin de Guise...

    CATHERINE, entrant

    Il ne se fera pas attendre, mon fils; j'ai aperçu ses pages dans
    l'antichambre.

    HENRI

    Ils seront les bienvenus, ma mère. Messieurs, prenez vos places.
    D'Epernon, la tienne est devant cette table; c'est toi qui seras
    notre secrétaire, en l'absence de Morvilliers...

    CATHERINE

    Surtout, sire...

    HENRI

    Soyez tranquille, ma mère, soyez tranquille, vous avez ma parole.

    SCENE VI

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    HENRI

    Entrez, mon beau cousin, entrez. Nous avions songé d'abord à faire
    dresser, nous-même, l'acte de reconnaissance que nous avions promis;
    mais nous avons pensé, depuis, que celui que M. d'Humières a fait
    signer aux nobles de Péronne et de la Picardie serait ce qu'il y
    aurait de mieux. Quant à celui de nomination du chef, un article au
    bas du premier suffira, et déjà vous avez sans doute quelques idées
    pour sa rédaction?

    LE DUC DE GUISE

    Oui, sire, je m'en suis occupé. J'ai voulu épargner à Votre Majesté
    la peine...l'ennui.

    HENRI

    Vous êtes bien aimable, mon cousin; veuillez donner cet acte à M. le
    baron d'Epernon: lisez-le-nous à haute et intelligible voix, baron.
    Or, écoutez, messieurs.

    D'EPERNON, lisant

    «Association faite entre les princes, seigneurs, gentilshommes et
    autres, tant de l'état écclésiastique que de la noblesse de Picardie.
    Premièrement...»

    HENRI

    Attends, d'Epernon. Messieurs, nous connaissons tous cet acte, dont
    je vous ai montré copie; il est donc inutile de lire les dix-huit
    articles dont il se compose: passez à la fin; et vous, monsieur le
    duc, approchez et dictez vous-même. Réfléchissez qu'il s'agit de
    nommer un chef à une grande association! Il faut donc que ce chef
    ait de grands pouvoirs...Enfin, mon beau cousin, faites comme pour
    vous.

    LE DUC DE GUISE

    Je vous remercie de votre confiance, sire, vous serez content.

    SAINT-MEGRIN

    Que faites-vous, sire?...

    HENRI

    Laisse-moi.

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «1º L'homme que Sa Majesté honorera de son choix devra être issu
    d'une maison souveraine, digne de l'amour et de la confiance des
    Français par sa conduite passée et sa foi à la religion catholique.
    2º Le titre de lieutenant général du royaume de France lui sera
    octroyé, et les troupes seront mises à sa disposition. 3º Comme ses
    actions auront pour but le plus grand bien de la cause, il ne devra
    en rendre compte qu'à Dieu et à sa conscience.»

    HENRI

    Très-bien.

    SAINT-MEGRIN

    Bien!...Et vous pouvez approuver de semblables conditions, sire!...
    revêtir un homme d'une pareille puissance!

    HENRI

    Silence!

    JOYEUSE

    Mais, sire...

    HENRI

    Silence, messieurs! nous désirons, entendez-vous, nous désirons
    positivement que, quel que soit le choix que nous allons faire, il
    vous soit agréable. Mon cousin, donnez-leur donc, en bon et loyal
    sujet, un exemple de soumission. Vous êtes le premier de mon royaume
    après moi, mon beau cousin, et dans ce cas surtout, vous êtes
    intéressé à ce qu'on m'obéisse...

    LE DUC DE GUISE

    Sire, je reconnais d'avance pour chef de la Sainte-Union celui que
    vous allez désigner, et je regarderai comme rebelle quiconque osera
    braver ses ordres.

    HENRI

    C'est bien, monsieur le duc. Ecris, d'Epernon. (Se levant devant
    son trône) «Nous, Henri de Valois, par la grâce de Dieu, roi de
    France et de Pologne, approuvons, par le présent acte rédigé par
    notre féal et aimé cousin Henri de Lorraine, duc de Guise,
    l'association connue sous le nom de la Sainte-Union...et, de notre
    autorité, nous nous en déclarons le chef.»

    LE DUC DE GUISE

    Comment!...

    HENRI

    «En foi de quoi, nous l'avons fait revêtir de notre sceau royal
    (descendant du trône et prenant la plume), et l'avons signé de notre
    main. Henri de Valois.» (Passant la plume au duc de Guise) A vous,
    mon cousin; à vous qui êtes le premier du royaume, après moi...Eh
    bien, vous hésitez? Croyez-vous que le nom de Henri de Valois et les
    trois fleurs de lis de France ne figurent pas aussi dignement au bas
    de cet acte que le nom de Henri de Guise et les trois merlettes de
    Lorraine? Par la mort-Dieu! vous vouliez un homme que possédât
    l'amour des Français...Est-ce que nous ne sommes pas aimé, monsieur
    le duc? Répondez d'après votre coeur. Vous vouliez un homme d'une
    haute noblesse; je me crois aussi bon gentilhomme que qui que ce soit
    ici. Signez donc, monsieur le duc, signez; car vous avez dit
    vous-même que quiconque ne signerait pas, serait un rebelle.

    LE DUC DE GUISE, à Catherine à part

    O Catherine, Catherine!

    HENRI, indiquant la place où Guise doit signer

    Là, monsieur le duc, au-dessous de moi.

    JOYEUSE

    Vive-Dieu! je ne m'attendais pas à celle-là. (Tendant la main pour
    prendre la plume) Après vous, monsieur de Guise.

    HENRI

    Oui, messieurs, signez, signez tous. D'Epernon, tu veilleras à ce
    que des copies de cet acte soient envoyées dans toutes les provinces
    de notre royaume.

    D'EPERNON

    Oui, sire.

    SAINT-PAUL, à demi-voix, au duc de Guise

    Nous n'avons pas été heureux, monsieur le duc, dans notre première
    entreprise.

    LE DUC DE GUISE, de même, à Saint-Paul

    La fortune nous doit un dédommagement; la seconde réussira. Mayenne
    est arrivé. Vous prendrez ses ordres.

    HENRI

    Messieurs, nous vous demandons bien pardon de cette longue séance;
    cela n'a pas été tout à fait aussi amusant qu'un bal masqué; mais
    prenez-vous-en à notre beau cousin de Guise; c'est lui qui nous y a
    forcé. Adieu, monsieur le duc, adieu. Veillez toujours sur les
    besoins de l'Etat, en bon et fidèle sujet, comme vous venez de le
    faire, et n'oubliez pas que quiconque n'obéira pas au chef que j'ai
    nommé sera déclaré coupable de haute trahison. Sur ce, je vous
    abandonne à la garde de Dieu, messieurs. Reste, Saint-Mégrin...
    Etes-vous contente de moi, ma mère?

    CATHERINE

    Oui, mon fils; mais n'oubliez pas que c'est moi...

    HENRI

    Non, non, ma mère; d'ailleurs, vous vous chargeriez de m'en faire
    souvenir,...n'est-ce pas?

    SAINT-MEGRIN, à part

    Elle m'attend, et le roi m'a dit de rester. (Tous sortent sauf Henri
    et Saint-Mégrin)

    SCENE VII

    HENRI, SAINT-MEGRIN

    HENRI

    Eh bien, Saint-Mégrin, j'ai profité, je l'espère, de tes conseils;
    j'ai détrôné mon cousin de Guise, et me voilà roi des ligueurs, à sa
    place.

    SAINT-MEGRIN

    Puissiez-vous ne pas vous en repentir, sire! mais cette idée n'est
    pas de vous. J'y ai reconnu...

    HENRI

    Eh bien, quoi?...Parle...

    SAINT-MEGRIN

    La politique cauteleuse de votre mère...Elle croit avoir tout gagné,
    lorsqu'elle a gagné du temps. Je me doutais qu'elle machinait
    quelque chose contre le duc de Guise...Je l'avais entendue, en lui
    parlant, l'appeler son ami. Quant à vous, sire, c'est à regret que
    je vous ai vu signer cet acte. Vous étiez roi, vous n'êtes plus
    qu'un chef de parti.

    HENRI

    Et que fallait-il donc faire?

    SAINT-MEGRIN

    Repousser la politique florentine, et agir franchement.

    HENRI

    De quelle manière?

    SAINT-MEGRIN

    En roi...Vive-Dieu! les preuves de la rebellion de M. le duc de Guise
    ne vous auraient pas manqué.

    HENRI

    Je les avais.

    SAINT-MEGRIN

    Il fallait donc vous en servir et le faire juger.

    HENRI

    Les parlements sont pour lui.

    SAINT-MEGRIN

    Il fallait imposer aux parlements la puissance de votre volonté. La
    Bastille a de bonnes murailles, de larges fossés, un gouverneur
    fidèle; et M. de Guise, en s'y rendant, n'aurait eu qu'à suivre les
    traces des maréchaux de Montmorency et de Cossé.

    HENRI

    Mon ami, il n'y a pas de murailles assez solides pour enfermer un tel
    prisonnier...Je ne connais qu'un cercueil de plomb et un tombeau de
    marbre qui puissent m'en répondre...Mets-le seulement en état d'y
    entrer, Saint-Mégrin,...et je me charge de faire fondre l'un et
    d'élever l'autre.

    SAINT-MEGRIN

    Et, cela étant, sire, il sera puni, il est vrai, mais non pas comme
    il l'aura mérité.

    HENRI

    Peu m'importe la différence des moyens, quand le résultat est le
    même...J'espère, Saint-Mégrin, que tu n'as rien négligé pour te
    préparer à ce combat.

    SAINT-MEGRIN

    Non sire; mais je n'ai pas encore eu le temps d'accomplir mes devoirs
    religieux.

    HENRI

    Comment, tu n'en as pas eu le temps?...As-tu donc oublié le duel de
    Jarnac et de la Chataigneraie?...Il avait été fixé à quinze jours de
    celui du défi...Eh bien, ces quinze jours, Jarnac les a passés en
    prières, tandis que Chataigneraie courait de plaisirs en plaisirs,
    sans penser autrement à Dieu...Aussi, Dieu l'a puni, Saint-Mégrin.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, mon intention est d'accomplir tous mes devoirs de chrétien;
    mais, auparavant, il en est d'autres qui m'appellent...Permettez...

    HENRI

    Comment, d'autres?

    SAINT-MEGRIN

    Sire, ma vie est entre les mains de Dieu...et, s'il a décide ma mort,
    sa volonté soit faite!

    HENRI

    Eh!...que dites-vous là...Votre existence vous appartient-elle,
    monsieur, pour en faire si peu de cas?...Non, par la mort-Dieu! elle
    est à nous qui sommes votre roi et votre ami. Quand il s'agira de
    vos affaires, vous vous laisserez tuer, si tel est votre bon plaisir;
    mais, quand il s'agira des nôtres, monsieur le comte, nous vous
    prions d'y regarder à deux fois.

    SAINT-MEGRIN

    Vrai-Dieu! sire, je ferai de mon mieux; soyez tranquille.

    HENRI

    Tu feras de ton mieux?...Ce n'est point assez: fais-lui jurer qu'il
    n'a ni plastron, ni talisman, ni armes cachées; et, quand il l'aura
    fait, alors rappelle toute ta force, tout ton courage; pousse
    vivement à lui.

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire.

    HENRI

    Une fois délivré de lui, vois-tu, nous ne sommes plus deux en France,
    je suis vraiment roi,...vraiment libre...Ma mère va être fière du
    conseil qu'elle m'a donné; car, tu avais raison, il vient d'elle, et
    il faudra que je le paye en obéissance...

    SAINT-MEGRIN

    Sire, Dieu et mon épée me seront en aide.

    HENRI

    Ton épée, je veux en juger par moi-même... (Il appelle) Du Halde!
    apporte des épeés émoussées.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, est-ce à une pareille heure, quand Votre Majesté doit avoir
    besoin de repos?...

    HENRI

    Du repos!...du repos!...Ils sont tous à me parler de repos!...
    Crois-tu qu'il dorme, lui?...ou, s'il dort, que rêve-t-il? Qu'il
    commande insolemment sur le trône de France, et que moi...moi, son
    roi...je prie humblement dans un cloître...Un roi ne dort pas,
    Saint-Mégrin. (Appelant) Du Halde! donne-nous ces épées.

    SAINT-MEGRIN

    L'heure s'envole; elle m'attend. (Haut) Sire, il m'est impossible;
    vous m'avez rappelé des devoirs sacrés, il faut que je les
    accomplisse.

    HENRI

    Eh bien, écoute, demain... (L'heure sonne) Attends, c'est minuit je
    crois?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire, c'est minuit.

    HENRI

    Chaque fois que sonne cette heure, je prie Dieu de bénir le jour où
    je vais entrer...Il faut que je te quitte; mais viens me trouver
    demain avant le combat. Du Halde, porte ces épées dans ma chambre.

    SAINT-MEGRIN

    J'irai, sire, j'irai.

    HENRI

    Bien, je compte sur toi.

    SAINT-MEGRIN

    Maintenant, je puis me retirer. Votre Majesté est satisfaite.

    HENRI

    Oui, le roi est si content, que l'ami veut faire quelque chose pour
    toi...Tiens, voici un talisman sur lequel Ruggieri a prononcé des
    charmes; celui qui le porte ne peut mourir, ni par le fer, ni par le
    feu. Je te le prête; tu me le rendras, au moins, après le combat?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire...

    HENRI

    Adieu, Saint-Mégrin.

    SAINT-MEGRIN

    Adieu, sire, adieu!... (Le roi sort)

    SCENE VIII

    SAINT-MEGRIN, GEORGES

    SAINT-MEGRIN

    Je suis seul, enfin. (Appelant) Georges!...Ah! te voilà...Mon
    costume...Bien...Aide-moi!...Aide-moi!...

    GEORGES

    Vous allez sortir...Voulez-vous que je fasse venir une chaise à
    porteurs?

    SAINT-MEGRIN

    Non...

    GEORGES

    Le temps est à l'orage.

    SAINT-MEGRIN

    Oui. (Allant à la fenêtre, avec un rire convulsif) Il n'y aura
    bientôt plus une étoile au ciel...

    GEORGES

    Et vous allez sortir à pied?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, à pied...

    GEORGES

    Sans armes?...

    SAINT-MEGRIN

    J'ai mon épée et mon poignard, cela suffit...Cependant, donne-moi
    l'épée de Schomberg; elle est plus forte. (A part) Je vais la voir;
    encore un instant et je suis à ses pieds.

    GEORGES

    La voici...Voulez-vous que je vous accompagne?

    SAINT-MEGRIN

    Non. Il faut que je sorte seul.

    GEORGES

    A minuit passé!...que dirait votre mère si elle savait?

    SAINT-MEGRIN

    Ma mère!...oui, oui, tu as raison...L'orage s'étend...Ma pauvre
    mère!...je voudrais bien la revoir,...ne fût-ce qu'un instant.
    Ecoute: tu lui donneras cette chaîne (coupant une boucle de ses
    cheveux avec son poignard), ces cheveux, demain, si tu ne me vois
    pas, entends-tu?

    GEORGES

    Et pourquoi, pourquoi?...

    SAINT-MEGRIN

    Tu ne sais pas, tu ne sais pas...Donne-moi mon manteau...

    GEORGES

    Mon maître,...mon jeune maître,...ne sortez pas, au nom du ciel!...la
    nuit sera terrible.

    SAINT-MEGRIN

    Oui, peut-être terrible... (A part) n'importe, il le faut, elle
    m'attend; j'ai tardé beaucoup...Malédiction! s'il était trop tard...

    GEORGES

    Au nom du ciel, laissez-moi vous suivre.

    SAINT-MEGRIN, avec colère

    Reste, je te l'ordonne.

    GEORGES

    Mon maître!

    SAINT-MEGRIN, lui tendant la main

    Non! embrasse-moi...Adieu...N'oublie pas ma mère.

    ACTE CINQUIEME

    Le salon dans lequel la duchesse de Guise est enfermée

    SCENE PREMIERE

    LA DUCHESSE DE GUISE, seule

    (Elle a encore sur la tête les fleurs dont elle était parée au
    troisième acte; elle écoute sonner l'heure)

    Minuit et demi...Avec quelle lenteur l'heure se traîne...Oh! s'il
    pouvait m'aimer assez peu pour ne pas venir...Jusqu'à une heure du
    matin, les portes de l'hôtel resteront ouvertes; déjà j'y ai vu
    entrer les ligueurs qui doivent s'y réunir. Sans doute, il n'était
    pas avec eux. Encore une demi-heure d'angoisses et de tourments...
    et, depuis deux heures que je suis enfermée dans cette chambre, je
    n'ai fait qu'écouter si je n'entendais point le bruit de ses pas.
    J'ai voulu prier;...prier!... (Ecoutant en se rapprochant de la
    porte) Ah! mon Dieu! Non...non...ce n'est pas encore lui... (Allant
    à la fenêtre) Si cette nuit était moins sombre, je pourrais
    l'apercevoir, et, par quelque signe, peut-être, l'avertir du danger;
    mais nul espoir!...La porte de l'hôtel se referme!...il est sauvé!
    pour cette nuit du moins...Quelque obstacle l'aura arrêté loin de
    moi. Arthur n'aura pu le trouver; et peut-être, demain, sera-t-il
    quelque moyen de lui faire connaître le piège où on voulait
    l'attirer. Oh! oui, j'en trouverai...je... (Ecoutant) J'ai cru
    entendre. (S'approchant de la porte) Des pas, encore! Sont-ce ceux
    de M. de Guise?...Non, non,...On monte; on s'arrête. Ah! on se
    rapproche...On vient! (Avec effroi) N'entrez pas! n'entrez pas!
    fuyez! Fuir, et comment? C'était derrière lui que la porte s'était
    refermée. Ah! mon Dieu! plus d'espoir!

    (La porte s'ouvre; elle recule à mesure que Saint-Mégrin s'avance)

    SCENE II

    LA DUCHESSE DE GUISE, SAINT-MEGRIN

    SAINT-MEGRIN

    Je ne m'étais donc pas trompé; c'était votre voix que j'avais
    entendue; elle m'a guidé!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ma voix! ma voix! elle vous disait de fuir.

    SAINT-MEGRIN

    Que j'étais insensé! je ne pouvais croire à tant de bonheur!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Cette porte est encore ouverte! fuyez, monsieur le comte, fuyez!

    SAINT-MEGRIN

    Ouverte! oui...Imprudent que je suis! (Il la referme)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte, écoutez-moi!

    SAINT-MEGRIN

    Oh! oui, oui! parle! j'ai besoin de t'entendre, pour croire à ma
    félicité.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Fuyez, fuyez! la mort est là!...des assassins!

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous! quels sont ces mots de mort et d'assassins?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! écoutez-moi,...écoutez-moi...Au nom du ciel! sortez de ce délire
    insensé...Il y va de la vie, vous dis-je! ils vous ont attiré dans un
    piège infernal; ils veulent vous assassiner.

    SAINT-MEGRIN

    M'assassiner! cette lettre n'était donc pas de vous?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Elle était de moi; mais la violence, la torture...Voyez! (Elle lui
    montre son bras) Voyez...

    SAINT-MEGRIN

    Ah!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'est moi qui ai écrit ce billet;...mais c'est le duc qui l'a dicté.

    SAINT-MEGRIN, le déchirant

    Le duc! et j'ai pu croire?...Non, non, je ne l'ai pas cru un seul
    instant. Mon Dieu! mon Dieu! mon Dieu! elle ne m'aime pas!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Maintenant que vous savez tout, fuyez, fuyez! je vous l'ai dit, il y
    va de la vie.

    SAINT-MEGRIN

    Elle ne m'aime pas...

    (Il met sa main dans sa poitrine, et la meurtrit)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh mon Dieu! mon Dieu!

    SAINT-MEGRIN, riant

    C'est ma vie, dites-vous, qu'ils veulent? Eh bien, je vais la leur
    porter, mais sans rien conserver de vous! tenez, voilà ce bouquet,
    que mon existence a failli payer. D'un mot, vous m'avez détaché de
    la vie, comme ces fleurs de leur tige...Adieu! adieu! pour jamais!
    (Il veut rouvrir la porte) Cette porte est renfermée.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'est lui! il sait déjà que vous êtes ici.

    SAINT-MEGRIN

    Ah! qu'il vienne! qu'il vienne! Henri! n'auras-tu de courage que
    pour meurtrir les bras d'une femme?...Ah! viens! viens!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ne l'appelez pas! ne l'appelez pas! il doit venir!...

    SAINT-MEGRIN

    Que vous importe? je vous suis indifférent. Ah! la pitié! oui...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais, si vous m'aidiez, peut-être pourriez-vous fuir.

    SAINT-MEGRIN

    Moi, fuir! et pourquoi? ma mort et ma vie ne sont-elles pas des
    événements également étrangers dans votre existence?...Fuir! et
    fuirais-je aussi votre indifférence, votre haine peut-être?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mon indifférence! ma haine! ah! plût au ciel!...

    SAINT-MEGRIN

    Plût au ciel! dis-tu? Un mot, un mot encore, et je t'obéirai
    aveuglement...Dis; ma mort doit-elle être pour toi plus affreuse que
    l'assassinat d'un homme?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Grand Dieu! il le demande...Oh! oui, oui.

    SAINT-MEGRIN

    Tu ne me trompes pas! je te rends grâce! Tu parlais de fuir! de
    moyens! Quels sont-ils? Fuir, moi, fuir devant le duc de Guise?...
    Jamais!...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ce n'est pas devant le duc de Guise que vous fuiriez, c'est devant
    des assassins. Retenu dans une autre partie de l'hôtel, par cette
    réunion de ligueurs, il a voulu s'assurer qu'une fois ici, vous ne
    sauriez lui échapper. Si nous pouvions seulement fermer cette porte,
    nous aurions encore quelques instants; mais la barre en a été
    enlevée; une seconde clef est entre ses mains (cherchant), et
    l'autre...

    SAINT-MEGRIN

    N'est-ce que cela? Attendez. (Il brise la pointe de son poignard
    dans la serrure) Maintenant, cette porte ne s'ouvrira plus qu'on ne
    l'enfonce.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Bien! bien! cherchons un moyen, une issue...Mes idées se heurtent! ma
    tête se brise!...

    SAINT-MEGRIN, s'élançant vers la fenêtre

    Cette fenêtre...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Gardez-vous-en bien! vous vous tueriez!

    SAINT-MEGRIN

    Me tuer sans vengeance! Vous avez raison; je les attendrai.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    O mon Dieu! mon Dieu! secourez-nous! Oh! toutes les mesures de
    vengeance ne sont que trop bien prises...Et c'est moi, moi qui n'ai
    pas pu souffrir... (Tombant à genoux) Comte, au nom du ciel! votre
    pardon (se relevant), ou plutôt, non, non, ne me pardonnez pas...et,
    si vous mourez, je mourrai avec vous. (Elle tombe dans un fauteuil)

    SAINT-MEGRIN, à ses pieds

    Eh bien, rends-moi donc la mort plus douce. Dis, dis-moi que tu
    m'aimes...C'est un pied dans la tombe que je t'en conjure. Je ne
    suis plus pour toi qu'un mourant. Les préjugés du monde
    disparaissent, les liens de la société se brisent devant l'agonie.
    Entoure mes derniers moments des félicités du ciel...Ah! dis, dis-moi
    que je suis aimé.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh bien, oui, je vous aime! et depuis longtemps. Que de combats je
    me suis livrés pour fuir vos yeux, pour m'éloigner de votre voix!
    Vos regards, vos paroles me poursuivaient partout. Non! pour nous,
    la société n'a plus de liens, le monde n'a plus de préjugés...
    Ecoute-moi donc: oui, oui, je t'aime...Ici, dans cette même chambre,
    que de fois j'ai fui un monde que ton absence dépeuplait pour moi!
    que de fois je suis venue m'isoler avec mon amour et mes pleurs! Et,
    alors, je revoyais tes yeux, j'entendais encore tes paroles, et je te
    répondais. Eh bien, ces moments, ils ont été les plus doux de ma
    vie.

    SAINT-MEGRIN

    Oh! assez! assez! tu ne veux donc pas que je puisse mourir?...
    Malédiction!...Là, toutes les félicités de la terre, et là, la mort,
    l'enfer...Oh! tais-toi, ne me dis plus que tu m'aimes...Avec ta
    haine, j'aurais bravé leurs poignards; et, maintenant, ah! je crois
    que j'ai peur! Tais-toi! tais-toi!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Saint-Mégrin, oh! ne me maudis pas.

    SAINT-MEGRIN

    Si, si, je te maudis, pour ton amour qui me fait entrevoir le ciel et
    mourir!...mourir, jeune, aimé de toi! Est-ce que je puis mourir?...
    Non, non; redis-moi que tout cela n'était qu'illusion et mensonge!

    (On entend du bruit)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ecoutez!...Ah! ce sont eux!

    SAINT-MEGRIN

    Ce sont eux. (Tirant son épée et s'appuyant dessus avec calme)
    Eloigne-toi; tu m'as vu faible, insensé; en face de la mort, je
    redeviens un homme...Eloigne-toi!

    LA DUCHESSE DE GUISE, après un moment de réflexion

    Saint-Mégrin! écoutez,...écoutez. Cette fenêtre, oui, oui! je m'en
    souviens...Il y a un balcon au premier étage; si vous l'atteignez une
    fois,...une ceinture,...une corde; vous pouvez descendre jusque-là,
    et alors vous êtes sauvé. (Cherchant) Mon Dieu! rien, rien.

    SAINT-MEGRIN

    Calme-toi! calme-toi! (Allant à la fenêtre) Si je pouvais seulement
    distinguer ce balcon!...mais rien qu'un gouffre.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ecoute...On entend du bruit dans la rue. (Se précipitant vers la
    fenêtre) Qui que vous soyez, au secours! au secours!

    SAINT-MEGRIN, l'arrachant de la fenêtre

    Que fais-tu? veux-tu les avertir? (Un paquet de cordes tombe dans la
    chambre) Qu'est cela?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! vous êtes sauvé! (Elle prend la corde) D'où cela vient-il? Un
    billet. (Elle lit) «Quelques mots que j'ai entendus m'ont tout
    appris. Je n'ai que ce moyen de vous sauver et je l'emploie.
    ARTHUR.» Arthur! O cher enfant! (A Saint-Mégrin) C'est Arthur;
    fuyez, fuyez vite!

    SAINT-MEGRIN, attachant la corde

    En aurai-je le temps? Cette porte (on l'agite violemment), cette
    porte...

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Attendez.

    (Elle passe son bras entre les deux anneaux de fer)

    SAINT-MEGRIN

    Ah! Dieu! que faites-vous?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Laisse! Laisse! c'est le bras qu'il a déjà meurtri.

    SAINT-MEGRIN

    J'aime mieux mourir.

    LE DUC DE GUISE, ébranlant la porte

    Ouvrez, madame, ouvrez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Fuyez, fuyez! En fuyant, vous sauvez ma vie; si vous restez, je jure
    de mourir avec vous, et je mourrai déshonorée...Fuyez, fuyez!

    SAINT-MEGRIN

    Tu m'aimeras toujours?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui, oui.

    LE DUC DE GUISE, en dehors

    Des leviers, des haches,...que j'enfonce cette porte.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Pars donc! oui...oui...adieu!

    SAINT-MEGRIN

    Adieu!...Vengeance!

    (Il met son épée entre ses dents et descend par la fenêtre)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mon Dieu! mon Dieu! je te remercie, il est sauvé. (Un moment de
    silence; puis tout à coup des cris, un cliquetis d'armes) Ah! (Elle
    quitte la porte, court à la fenêtre) Arthur! Saint-Mégrin!

    (Elle pousse un second cri, et revient tomber au milieu de la scène)

    SCENE III

    LA DUCHESSE DE GUISE, presque évanouie; LE DUC DE GUISE, suivi de
    SAINT-PAUL, et de PLUSIEURS HOMMES

    LE DUC DE GUISE, après un coup d'oeil rapide

    Il sera descendu par cette fenêtre...Mais Mayenne était dans la rue
    avec vingt hommes, et le bruit des armes...Va, Saint-Paul; vous,
    suivez-le. Va, et tu me diras si tout est fini. (Heurtant du pied la
    duchesse) Ah! c'est vous, madame. Eh bien, je vous ai ménagé un
    tête-à-tête.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le duc, vous l'avez fait assassiner!

    LE DUC DE GUISE

    Laissez-moi, madame; laissez-moi.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à genoux, le prenant à bras-le-corps

    Non, je m'attache à vous.

    LE DUC DE GUISE

    Laissez-moi, vous dis-je!...ou bien, oui, oui. Venez! à la lueur des
    torches, vous pourrez le revoir encore une fois. (Il la traîne
    jusqu'à la fenêtre) Eh bien, Saint-Paul?

    SAINT-PAUL, dans la rue

    Attendez; il n'est pas tombé seul. Ah! ah!

    LE DUC DE GUISE

    Est-ce lui?

    SAINT-PAUL

    Non, c'est le petit page.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arthur! Ah! pauvre enfant!

    LE DUC DE GUISE

    L'auraient-ils laissé fuir?...Les misérables!...

    LA DUCHESSE DE GUISE, avec espoir

    Oh!...

    SAINT-PAUL

    Le voici.

    LE DUC DE GUISE

    Mort?

    SAINT-PAUL

    Non, couvert de blessures, mais respirant encore.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Il respire! On peut le sauver. Monsieur le duc, au nom du ciel...

    SAINT-PAUL

    Il faut qu'il ait quelque talisman contre le fer et contre le feu...

    LE DUC DE GUISE, jetant par la croisée le mouchoir de la duchesse de
    Guise

    Eh bien, serre-lui la gorge avec ce mouchoir; la mort lui sera plus
    douce; il est aux armes de la duchesse de Guise.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! (Elle tombe)

    LE DUC DE GUISE, après avoir regardé un instant dans la rue

    Bien! et maintenant que nous avons fini avec le valet, occupons-nous
    du maître.

    End of Project Gutenberg's Henri III et sa Cour, by Alexandre Dumas (Père)

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    Espace Perdu Poésie

    Aproximadamente 3.795 palavras.

    Copyright (C) 2002 by Huguette Bertrand

    Huguette Bertrand

    ESPACE PERDU

    imageries

    Éditions Naaman

    =========================================

    La folie m'engendre
    sous d'épaisses couvertures vertueuses
    les breloques m'étouffent l'oeil
    sclérose d'âme en devenir
    pétrie à même les nuances

    Corps d'avant
    corps mutant
    corpusculaire
    ouïr pour actionner le Verbe
    perdre la clef des champs

    Au grand Mât
    attachez vos ceintures
    on part en Vie
    en chemise de nuit
    par les méandres de l'irraisonnable
    vers le mausolée du Mot Dit

    ___________________________

    En vol plané
    je me perçois en délire
    l'ordre me rejoint en dégringolade
    je succombe aux jugements incrédules
    affolée de discours frénétiques
    j'accueille le silence
    Majesté immobile
    dépouillée

    ___________________________

    Les mots s'orgasmisent
    se contractent à souffle perdu
    on a dissous le corps
    le Vrai rejaillit
    en nuée d'images indélébiles
    suant de strangulation
    la phrase s'embryonne
    sur les pages labourées
    des lignes à la pelle ramassées
    jetées en défécations
    en bordure de falaises engouffrées

    ___________________________

    J'habite les mots signifiants
    d'une inconnue sagesse
    circulant sur les ondes
    éprise de vent libre

    Recrudescence de tempêtes abattues
    sur la cime perdue
    des regards avides
    cherchent la pulpe des chemins sinueux

    Grisée d'absolu
    d'insanité
    d'accords brisés
    du temps arrogant

    ___________________________

    Je flotte en moi
    à l'envers
    à l'endroit
    je pose sur mon autel
    tous mes sacrilèges de vie abandonnée
    je file vers mon désert
    accrochant ici
    une pensée fétide
    et là
    une bouée pour mes futurs naufrages

    Mon chemin habité d'images
    sillonne une froide vallée
    pays traqué et saturé de richesses interminables
    qui n'en finissent plus d'appauvrir

    Sur ma dune
    je compte mes moments d'amour
    enveloppée d'une cape tissée de rares visages
    attrapés au hasard du temps

    ___________________________

    Les images au rivage s'entrelacent
    roucoulent d'aise
    me provoquent

    Je les bois
    comme grâce en coupe
    à tire d'âme

    ___________________________

    Je cherche des mots

    abri de mes souffrances
    abri de mes attentes
    abri de mes lassitudes

    Je cherche des corps

    abri de chaleur
    abri de tendresse
    abri d'épanchements nouveaux

    Je cherche l'univers

    abri des nulles parts
    abri des ailleurs
    abri d'yeux perdus

    Je cherche des images

    abri des solitudes
    abri des habitudes
    abri des naufrages

    ___________________________

    Étreins le bouquet de pensées éparses
    tires-en le jus fabuleux des mots entendus
    distille le secret du langage perdu
    au fil des siècles vécus d'abus

    Abuse l'âme
    embaume de musique l'atmosphère en flammes
    brisée de morts subites
    je survis de grâces en songes

    Atterrée de phrases communes
    en échange de berceaux vides
    sueurs crépusculaires au goût enfiévré
    jette le manteau déjà trop usé
    par le fouet des vampires célestes

    Reviens me chuchoter l'éther où jadis je fus
    trempée de lumière
    transparente de sagesse
    fierté initiale

    J'essuie les chemins ancestraux
    je marche sur le feu des poètes maudits
    brûlée de frayeurs extatiques
    le lointain flambeau clignote des mots enchevêtrés
    qui m'enguirlandent d'extravagance

    Ô grandiose tourmente
    projette la pâleur de l'innocence
    au cerceau de vie restante
    sur le mur de la ressemblance

    ___________________________

    Musique des sons
    rapatriée et caressée par l'oreille écoutante
    choix déluré
    plaisir savoureux
    la matière grise se complait
    au glissement des mots choisis

    Bruissement sur l'âme qui s'enivre et se perd
    au fond du puits délabré de sa conscience
    surhumaine

    Passible de ravivance acharnée
    jointe au corps universel
    emballée

    au son dégagé de piètre chair
    ensorcelée d'infini et d'excroissance

    ___________________________

    Je rage
    j'éclate
    et me fonds dans l'abîme de ma foudre
    j'enchaîne mes désespoirs
    à l'arbre mort de l'existence
    j'élève le pilier de mes attitudes
    résistant ainsi au bourdonnement de la solitude

    Je reconnais enfin la vie
    espace aux dimensions inconnues
    ravie de couleurs transparentes et nues
    j'entrevois le feu d'un désir inassouvi
    là où une pâle lueur attise cette soif
    dénaturée

    Par-delà le temps
    par-delà l'espace
    des chimères se déversent en rosée bouillonnante
    sur mes rêves emmêlés
    mes nuits de blanc vêtues
    s'égorgent aux souvenirs des matins
    d'une vie non vécue

    ___________________________

    Je parle des roches qui pensent
    Je parles des arbres qui pleurent
    Je parle du sable qui rit
    Je parle de la terre qui grogne

    Je croque la barre du jour
    Je croque mes peines d'amour
    Je croque les fruits d'hiver
    Je croque les âmes d'hier

    J'écris les mots perdus
    J'écris les saisons nues
    J'écris sur l'écorce du temps

    d'intimes pensées qui jaillissent
    de l'étang des murmures

    ___________________________

    La nudité du temps s'enroule
    autour des matins refleuris

    Je baigne mon corps
    dans la rosée limpide des herbes suspendues

    Je goûte la beauté
    d'une fleur éveillée
    au doux froissement
    d'une aile brisée

    ___________________________

    Ai découvert l'entrée du tunnel
    qui me sillonne au plus loin du plus loin
    comme au tréfonds du volcan
    la vie filtre le sens des choses
    les purifie
    les asperge d'un fluide nouveau
    les émotions réalisent de nouvelles ombres
    comme des ombrelles
    pour rafraîchir les passions toutes neuves

    Départ

    Silence

    La mort n'existe plus
    on l'a enterrée hier
    derrière le paysage broque en loque
    une nouvelle toile représente les armées de soleils
    le chemin prend feu à leur passage
    un sillage à suivre
    embrasant l'âme en ébullition

    ___________________________

    J'ai vu la gloire d'un matin à jamais disparu
    j'ai vu une longue journée s'abattre sur le soir
    un fracas de nuit à perte de sommeil

    J'ai vu la marche de l'inconscience
    couvrir le brasier d'indolente survivance
    j'ai vu le plafond dissimulé des étouffantes villes
    j'ai vu le spectre
    l'ai apprivoisé comme hirondelles en cage bronzée

    ___________________________

    Je me retire de ma peau
    pour mieux voir les couleurs opaques
    de l'oeil qui s'ennuie
    vertige de l'arbre qui tombe sur l'os

    Je chausse mes pas en marche avant
    pour surprendre le temps qu'il fera
    à l'appel du bras levé
    je plie mon espace
    à la recherche d'un lieu vide
    exploration mutilée aux portes closes
    l'élan s'abat en trombe
    percussion qui retentit
    sur le mur de l'infini
    gestation de vie d'ailleurs

    Ne jamais rencontrer l'ailleurs
    objet du songe
    signe de turbulence
    retour

    ___________________________

    Qui es-tu
    Où est-tu
    Grand Invisible

    Hier fut
    demain sera
    mais aujourd'hui n'est pas

    Serais-tu à la mesure de mes aspirations
    fixé au coin de l'oeil
    en larme coincée

    ma joue t'aspire
    tu n'y es pas
    reflet opaque qui me retransmet mon image

    ___________________________

    Je me promène en tenue de mort
    laissant mon vieux manteau rapiécé
    sur une chaise pliante d'usure

    Je couche mon corps dans une nuée humide
    terrassée d'ignorance figée
    prête à l'emploi du temps

    Je rêve d'étrangetés sympathiques
    osées et laconiques
    pudeur indélébile

    Je regorge de fantasmes impudiques
    paroxysme de vertus oubliées
    je bois ma liberté à plein verre

    À ta santé ma vie

    ___________________________

    Ô Terre
    toi que j'ai choisie pour naître
    tu regorges d'exploits meurtriers
    tes millénaires t'angoissent
    on t'as extirpé ton harmonie
    déréglé ton train de vie
    tu te suffis à toi-même
    impotente
    nos pieds te sont lourds
    agressée
    tu t'éteins comme un ancien soleil
    étouffée
    tu rétrécis à nos quatre milliards
    de paires d'yeux

    Fruit d'azur confit
    notre désordre n'a nul refuge
    qu'une étoile morte-née

    Adam nous a trompés
    jardin délicieux abandonné
    source d'avenir tarie
    je me vomis
    attendant d'être cueillie
    par quelques gueux affamés
    de l'au-delà

    Et que le spectacle continue
    malgré le rideau tombé

    ___________________________

    Je me baigne dans la pourriture
    de ma sécheresse
    m'abreuvant au fiel de la terre
    j'enfonce mon corps en lambeaux
    dans les sables verts d'un tombeau

    Je meurs d'espoir d'en sortir
    du jour où j'emboîterai le pas
    vers un nouveau trépas

    Refaçonnée par les ténèbres
    habituée d'espace réduit
    je marcherai d'appuis nouveaux
    sur les sentiers battus
    refleuris par les tombeaux

    ___________________________

    Le ruisseau me traverse
    rafraîchit mes passions
    de tendres tempêtes m'étranglent
    aux passages cloisonnés
    de frayeurs indignes
    la flèche dorée indique la proue du naufrage
    à jamais récupérée

    Brune brume
    blanche frange
    du temps effrité
    à chercher le lointain
    sublime désir
    pensée qui sourit au vent nonchalant

    Branle-bas ébruité de chaleur posthume
    d'ogives à perdre la tête
    renversé de poussière insidieuse
    enflammé de vampires attablés
    au festin de champignons brûlants
    assaisonné de chairs fumantes
    douces aux palais languissants
    des pantins sans fil
    et filant sans rêve

    Obscurci de mauves images
    l'Univers bouillonne
    attendant le renouveau
    des amours endurcies

    ___________________________

    Assise au bord du temps
    pieds flottant dans l'espace
    je mesure l'immensité
    pur coucher mon impatience

    Une spirale s'installe sur un vague regard
    elle s'étale et se contracte
    aux battements de paupières
    une minuscule bille s'en détache d'instinct
    et manipule son destin
    suspendue à l'horizon
    elle me fait révérence
    et s'agite à mes sombres pensées
    à tâtons
    elle roule sur mes genoux
    se découvre sans pudeur
    laissant apercevoir ses cicatrices
    en champ de bataille

    Mes pensées frémissent à ce spectacle
    je pleure pour éteindre ces haines
    les murs honteux et sordides
    fondent en tristesse
    d'où s'échappent
    quelques rares ombres de vie

    ___________________________

    Pas renchaussés aux fenêtres aperçus
    abîme de lassitude
    le pas de deux gesticule
    en crescendo torturé
    se dédouble aux mesures
    en saccades refoulées
    corps démembré
    articulé d'un sourire
    d'une faiblesse incontinente
    cherche des yeux attendris
    attendant ton bol de riz
    bavure de guerre
    crachat d'homme
    indigne humanité
    aux vertus sombrées dans l'oubli
    jungle humaine
    que le plus fort l'emporte
    éhonté de tendresses ensommeillées
    au profondeur des charniers
    repoussante vérité évitée
    en homélies endimanchées
    entachant la sainteté des bêtes bien pensantes
    orgueil des clochers qui s'agenouillent
    en vapeurs cristallisées
    voilée en myopie déambulante
    les regrets développés en chambre noire
    apparaissent en négatif mythique

    Le pas de deux s'éternise
    de sale en sale
    de mal en pieds
    de pieds sans pied
    de sang séché
    au bord des routes oubliées

    ___________________________

    Au menu du jour
    la paix
    au fond des déserts
    au bord de la mer
    la paix
    dans les salons
    sur les balcons
    la paix
    aux lèvres des canons
    en tête des nations
    la paix
    Au fond des chaudrons
    il brûle un lampion
    la paix

    MAUDITE PAIX

    Crache le feu
    la tête sur la pierre
    en avant la guerre
    mange-la ta misère
    dévorons tous nos frères
    en avant la guerre
    passe en avant
    moi je n'sais pas comment
    en avant la guerre

    Rongé de rouille
    rouillé de guerre

    LA PAIX

    ___________________________

    Masque craqué de plâtre rance
    respire aux fentes obstruées
    de suffisance inculte
    narcissique beauté
    au fond des rivières abruptes
    reflet de croquants péchés passionnés
    aux idées molles et délavées

    Soubresaut de brillance éteinte
    bleuté de marbre choisi
    insipide et saturé
    regret du temps inodore
    d'espace incolore
    ratisse les gouttes de vie
    qui s'effilochent à l'horizon muré et désespéré

    Le doigt s'imprime sur la barre du jour
    symphonie oblique
    chant de blé d'or terni
    le vermeil émerveille le regard cicatrisé
    de pleurs chaleureux et menacés

    ___________________________

    Sombre dent du temps
    dévorant les masses plissées
    yeux ternis par des regards aveugles
    rageuses dimensions illuminées de néant
    engloutissant les regards affamés

    Gorgée de vie amère
    ciguë des morts-vivants
    assoupis le corps
    enivré d'écoeurement
    crache ta mort
    aux oubliettes de temps

    ___________________________

    Ô Bêtise
    grande favorite humaine
    asperge la musique doucereuse
    des grandes frustrations
    à l'auberge des passions gélatineuses
    insatiable au coeur
    des chauves enlacements épars
    nourrie de miel suri
    holocauste des gratte-ciel
    emmurés de douleur

    Épines de pieds et humeur de têtes
    fourrée de dates millénaires
    charge les trépas
    de brillantes chaussées
    amusée de folles arabesques
    monture de chastes amazones nues et froides
    embuées de chaudes aisselles musclées
    de tendresse avertie

    ___________________________

    Clairvoyance néfaste
    souci des mythes
    aspergée de lait divin
    labeur de seins rajeunis
    aux lèvres gauches et gloutonnes
    assombrie de désirs d'absolu
    de lointains soubresauts

    Humeur du temps en broussaille
    jetée de lierres éperdues
    ensommeillée sur fond d'azur
    entachée de fuyants désirs

    L'innommable plaisir
    s'arrache les cervelles essoufflées
    apaisant les arpèges lancinants
    des complaintes tremblotantes

    ___________________________

    Source d'épanchements insalubres
    sotte vertu aux moeurs vétustes
    accrochée au mur des mémoires sauvages

    Pillage des forces vives et machinales
    détale les pentes glaciaires et déchaînées
    étouffé de mots vides et inversés

    Crache les histoires confondues
    de salive verdâtre et silencieuse
    coulant des crevasses multiples
    ouvertes au profond silence de froide terre

    ___________________________

    Qu'est que je lègue à mes enfants
    un dépotoir
    nos détritus
    nos chagrins
    nos abîmes

    Une lampe veille sur la commode
    immuable
    créative
    elle réinvente mes rêves
    mon engouement de vie
    elle réchauffe mon essence
    embrase l'éclat des jours subtils
    qui n'en finissent plus

    Qu'est-ce que je lègue à mes enfants
    un espace d'univers
    un soir de veille
    ou tout s'éteint sur la vastitude
    reste le temps des soupirs endormis
    au large de l'immensité redevenue claire
    à leurs toujours yeux d'enfants
    ébahis d'amour
    seul héritage

    ___________________________

    Je suis d'eau
    d'air
    de feu
    mes racines desséchées s'abreuvent
    aux souvenirs des astres fidèles
    dès que s'éteint le soleil
    à mon giron je retourne
    dessinant des rêves occultes
    aux parois de mes pensées
    j'étreins mon énergie
    pour raviver mes espérances

    Blottie au sein d'une eau nouvelle
    je me raconte l'histoire perdue du temps
    ce temps limpide
    au chêne rajeuni
    paré de feuilles éternelles

    ___________________________

    Je joue de l'émotion
    comme un piano railleur
    les notes de baladent
    en cris
    en pleurs

    Symphonie délirante
    jubilation
    extase
    accords torturés

    ___________________________

    Peur de jour
    peur de nuit
    brûlée d'amour latent
    choix de plumes endurcies au chagrin

    Bouche soyeuse
    orifice attendri
    aux couleurs sales et malveillantes
    en dimensions incomprises
    d'aspect lourd et aveuglant

    Trame de vie suspecte
    océan de stupeur
    glaise informe chavirée en poussière de lune

    Les déserts fourmillent de pluie desséchée
    de frêles senteurs rassurantes
    ornés de sentiers éperdus
    d'un bouquet de temps non éclos

    ___________________________

    Brebis galeuse à l'ouest
    tendre soupir à l'est
    que peut-on te reprocher
    d'être au rendez-vous
    toujours ponctuelle et joyeuse
    tu nous emportes dans tes bras
    quelques peu osseux
    mais qu'importe
    tu sais où tu vas
    tu embroches grands et petits
    tu dénoues les fils de vie
    et secoues la poussière couleur de terre
    emportée par le vent lunaire ou solaire

    Réalité mystérieuse
    tu essuies les mares de peines des regards
    appauvris
    les sombres taches pâlissent au fil des adieux

    Les ombres retournent à leurs nombrils
    et marchent à reculons
    comme pour espacer le temps
    retournant à leurs berceaux
    pour éviter ton spectre affolant

    Mais toi
    tu es printemps
    attendant le signal
    du prochain rendez-vous

    ___________________________

    La grisaille pleure
    sur le triste regard
    des ombres décharnées
    sépulture de vie
    aux rêves désertiques
    nonchalance du temps
    suspendue à l'espace indécis

    Ressuscitez bandes d'abrutis

    Suspendez cette grisaille
    au placard des arrière-cours
    laissez consumer vos songes affolants
    étreignez-les
    à en sortir le nectar enivrant
    soulez-vous en
    pour rallumer vos orbites closes

    Ainsi régénérés
    vous ferez de plus beaux cadavres

    ___________________________

    Semer des doutes en vos entrailles
    vous agresser et vous troubler
    planter en vos yeux
    des regards de mélancolie
    contourner vos nuits sèches
    et vos jours arides

    Torpeur

    Moisir dans vos greniers sans âge
    gémir sous vos langues mortes
    pour effacer vos mots creux
    ramasser les miettes de vos déserts
    en faire germer vos mornes amours

    ___________________________

    Chercher le dur
    trouver le mou
    enfilade trépassée
    ne revenir qu'au décan

    Toujours
    partout
    le bruit métallisé se meurt aux oreilles
    entonnoir d'ivresse haletante
    jeux de particules
    matrice décomposée

    Tromper l'oubli
    se moquer du noir tombé
    essuyer la trace de gauches pas
    sur la ligne du temps décadent

    Retenir le mot d'Amour
    marteler le temps brisé
    écorchure vive

    Baume

    ___________________________

    Accablante reprise de mélodies perdues
    charmes renouvelés de danses limpides
    enjambées célestes
    cycles obscurs à jamais rajeunis
    temps enflés de cruels désirs
    objet cataclysmique
    d'auréoles étouffantes et chancelantes
    mélancolie spectaculaire

    ___________________________

    Nue devant l'orage
    je saisis sa foudre
    pour ceindre mes reins brisés
    enfiévrée
    je bois à même les nuages
    pour étancher la brûlure qui perdure
    au coeur brut
    je sens poindre en moi
    un goût de nature suffocante
    rebelle au bois abandonné
    menu temps accompli en douceur primaire
    ajustée en sursaut
    cercle organique

    ___________________________

    L'accueil de la nature se fait pressant
    envoûtée de maladresse
    la solitude risque un pas chancelant
    vers une cathédrale verdoyante
    arrimée aux racines d'arbres
    elle s'incline devant beauté et rutilance
    risquer d'aventure un songe
    paraît malvenu en si bel enchantement
    nul besoin est de grossière mode

    En choeur déluré
    les têtes de violon sonorisent l'air du temps
    les chants sombrent au coeur
    en remous dépouillés
    le silence s'effrite
    à l'approche des grands arbres
    leur écorce s'enduit de sève
    laissant poindre l'aurore tant attendu
    enracinés l'un à l'autre
    leurs feuilles rougissent de contentement

    ___________________________

    Sautille la pluie
    sur tendres feuilles jaunies
    par le temps épars
    rose matin assombri
    au réveil des humains
    humecte la droiture du temps revenu
    soubresaut bouleversé
    à souillure approprié
    aux déchets terreux
    saute à rebrousse-poil
    en longs cheveux embroussaillés
    vers les espaces refleuris
    aux matins gris

    Assoupi de vertes langues assassines
    d'immondices endiablées
    luttant tête froide aux clochers ramurés
    stature titanesque
    aux rameaux tentaculaires
    pernicieux

    Beauté rattachée au cri voyant
    ébranlée de torpeur odieuse
    effilée de mélancolie sableuse

    ___________________________

    Le temps s'endort
    sur branche fragile
    transporté de rêves rajeunis
    il enjambe ses horizons flétris
    et sursaute aux gémissements
    des peines englouties

    * * * *

    Les folles voiles s'emportent
    aux légères brises de brume parfumée
    les décombres des flots
    engloutissent leur candeur
    enchevêtrées
    elles s'affolent
    crissant
    se rabattant sur l'horizon muet

    ___________________________

    Accoudés aux quais
    les chalands explorent les eaux noires
    d'une terre démente
    en brise étreinte
    loin derrière l'écume

    Mer éreintée de souffle perdu
    entre deux eaux de faune germée
    salvatrice d'indigènes
    elle attend l'hommage sacrificiel

    Qui viendra s'ébattre au rivage
    larmes à l'oeil ouvert
    glissant sur plumages
    au gré de mouettes en cage
    prisonnières du ciel en rage

    Erreur saisonnière
    le phare se cherche un écueil
    où briser ses feux complices

    ___________________________

    Les amants s'allument
    s'éteignent
    comme chant d'elles
    en dentelle

    Les escarmouches de nuit
    vident les tendresses
    happent les soupirs

    ___________________________

    Lorsque ton prolongement
    ébranle la cloison du délire
    la flamme jaillit de la source
    ravit les pensées obscures
    effaçant la détresse qui s'ennuie

    Le feu pleure sur ses cendres grises
    englouties dans l'abîme
    où les vagues écourtées
    se fracassent sur l'infini

    ___________________________

    Ô jouissance trop brève
    de corps emmêlés
    tu fais frissonner l'ombre brûlante
    des désirs consommés

    Que d'amours ont jailli
    de frêles chevauchées inertes
    étalant sur l'infini
    les bruits desséchés des soupirs

    L'ombre glaciaire sombrera
    vers les entrailles des passions brisées
    d'où jailliront les sueurs
    d'une trop légère brise

    ___________________________

    Coeur imbibé de lointains regrets
    sèche à l'aube
    des désirs à venir

    Ô gerbe cueillie du temps refleuri
    goûte le parfum
    d'une beauté éclatée

    ___________________________

    Semblable au sel de la mer
    semblable au feu de la terre
    tu ronges et fais trembler
    les épaves de la chair
    tu déchires le cosmos
    et délivres l'éros
    des abîmes de l'ignorance

    Enveloppe de tendresse
    le souffle des paresses
    ravive le temps
    d'une fable d'amants

    ___________________________

    Coeur séché derrière les volets entrouverts
    refus de tendresse mendiée aux portes closes
    les rires saccadés cachent la pendaison
    des oiseaux morts
    tu restes couchée sur ta dépendance
    tu abîmes la couleur de tes pensées
    en t'abritant sous l'ombre de ton ennui
    ta solitude s'entache de notes vides
    tu t'extasies devant tes murs gris peints en rose
    morose
    tes amours glissent au plancher froid et dur
    giseante
    tu fais l'amour en peau de vache
    entortillée autour de ton illusion

    ___________________________

    Vie démesurée
    vie en repli
    vie encerclée
    vie enchaînée
    vie à l'enchère
    vie rétrécie
    vie encadrée
    vie castrée

    L'esclave s'amenuise
    à n'en devenir qu'une idée libre

    Liberté macérée
    liberté inextinguible
    liberté d'assaut de mots inaudibles
    liberté clignotante aux coins des rues
    liberté qui aiguise la lame au coeur transpercé
    liberté qui brise le néant
    liberté
    liberté

    ___________________________

    En toile suspendue
    en jet d'humeur nocturne
    la forme s'informe de traits adroits
    en lignes détachées
    brisée d'espace inégaux
    de masses indécises
    elle projette un oeil oblique
    comme pour attendrir
    esseulée
    elle se superpose d'aise
    disparaît en elle-même
    réapparue en sons différents
    son chant attise
    retire ce qu'il a donné
    en mouvement inchangé
    elle se perçoit
    intouchable
    vit par couleurs
    nous danse dans l'oeil
    irrésistible

    ___________________________

    Ta main encerclant le cou
    repliée sur l'épaule
    en serre d'aigle affranchi
    regard de pauvre
    croisant ta désillusion
    ton maigre corps teigneux
    vogue sur le néant
    habité de volcans éteints
    ne demandant qu'à éclore en luminosité

    Tu ramasses ta tristesse desséchée
    au pied de l'escalier en lambeau
    transformée en flambeau
    tu chauffes comme un volcan réanimé
    tu surchauffes
    tu sursautes à ton verbe ignoré
    suite de vies fragmentées

    ___________________________

    Métalarmant
    chairs clinquantes
    roseargent
    en pot froid
    bois brillant
    toit hurlant ENTER

    Râ Soleil
    rameau séché
    martelé ENTER

    Effets spéciaux
    masses trouées
    éclaboussées
    fosses asceptiques ENTER

    Écho cuivré
    son brut
    verbe in vitro ENTER

    Blindage chromatique
    au fil ténu
    pucelage
    envolés mes bits
    bibites encéphaliques ENTER

    Chaos pack
    Blind colors RUN

    Bit... Bit... envolés en phrases à dentelle
    Bit... Bit... en chemise détach....Bit...Bit...
    couleurs à jam... Bit... Bit... touj... Bzzzzz

    ___________________________

    Star familiale
    berceau intime
    apaisement de faim
    de cris
    de maux écoutés
    chaussée d'aurore
    tu pleures d'inliberté
    tu habiles les habitudes d'essoufflement
    tu chantes l'ennui à bout de voix
    en secret
    tu mijotes dans tes chaudrons
    tu es sale à force de laver les autres
    tu boudes les amours à force d'aimer
    ta tendresse s'échappe comme une fuite de gaz
    tu essuies les paroles aux murs incrustées

    Ferme la porte
    ouvre la fenêtre
    ta tête aérée n'oxygène personne
    le branle-bas s'installe bras ballants
    les contraires s'attirent
    mais les satyres ne se contrarient plus
    tu laves tes chagrins aux cuves qui coulent
    et se meurent
    en avanit les machines
    jubilez

    Moi
    je rêve ma réalité
    en réalisant mes rêves
    mon fil de vie ne tient qu'au plomb gravé
    de mots rendus
    de mots réchappés
    de mots vivants
    images et sons enfin libres

    =====================================

    © Éditions Naaman et Huguette Bertrand
    Sherbrooke (Québec) Canada
    coll. AMORCES, no 44
    Dépôt légal / Deuxième trimestre 1985
    BNQ et BNC - ISBN 2-89040-343-2
    Tous droits réservés - All rights reserved

    ===========================================================

    End of Project Gutenberg's Espace perdu, poésie, by Huguette Bertrand

    Jim Blog https://blog.mabo.cc Jim — Accessible Converter - Em vez de obrigar os usuários a baixar arquivos, ele torna o conteúdo navegável na web. Wed, 14 Oct 2026 21:29:59 +0000 pt-BR hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.1.3 https://blog.mabo.cc/wp-content/uploads/2026/10/cropped-logo-32x32.png Jim Blog https://blog.mabo.cc 32 32 257901688 Espace Perdu Poésie https://blog.mabo.cc/espace-perdu-poesie/ https://blog.mabo.cc/espace-perdu-poesie/#respond Wed, 14 Oct 2026 21:29:59 +0000 https://blog.mabo.cc/espace-perdu-poesie/

    Espace Perdu Poésie

    Aproximadamente 3.795 palavras.

    Copyright (C) 2002 by Huguette Bertrand

    Huguette Bertrand

    ESPACE PERDU

    imageries

    Éditions Naaman

    =========================================

    La folie m'engendre
    sous d'épaisses couvertures vertueuses
    les breloques m'étouffent l'oeil
    sclérose d'âme en devenir
    pétrie à même les nuances

    Corps d'avant
    corps mutant
    corpusculaire
    ouïr pour actionner le Verbe
    perdre la clef des champs

    Au grand Mât
    attachez vos ceintures
    on part en Vie
    en chemise de nuit
    par les méandres de l'irraisonnable
    vers le mausolée du Mot Dit

    ___________________________

    En vol plané
    je me perçois en délire
    l'ordre me rejoint en dégringolade
    je succombe aux jugements incrédules
    affolée de discours frénétiques
    j'accueille le silence
    Majesté immobile
    dépouillée

    ___________________________

    Les mots s'orgasmisent
    se contractent à souffle perdu
    on a dissous le corps
    le Vrai rejaillit
    en nuée d'images indélébiles
    suant de strangulation
    la phrase s'embryonne
    sur les pages labourées
    des lignes à la pelle ramassées
    jetées en défécations
    en bordure de falaises engouffrées

    ___________________________

    J'habite les mots signifiants
    d'une inconnue sagesse
    circulant sur les ondes
    éprise de vent libre

    Recrudescence de tempêtes abattues
    sur la cime perdue
    des regards avides
    cherchent la pulpe des chemins sinueux

    Grisée d'absolu
    d'insanité
    d'accords brisés
    du temps arrogant

    ___________________________

    Je flotte en moi
    à l'envers
    à l'endroit
    je pose sur mon autel
    tous mes sacrilèges de vie abandonnée
    je file vers mon désert
    accrochant ici
    une pensée fétide
    et là
    une bouée pour mes futurs naufrages

    Mon chemin habité d'images
    sillonne une froide vallée
    pays traqué et saturé de richesses interminables
    qui n'en finissent plus d'appauvrir

    Sur ma dune
    je compte mes moments d'amour
    enveloppée d'une cape tissée de rares visages
    attrapés au hasard du temps

    ___________________________

    Les images au rivage s'entrelacent
    roucoulent d'aise
    me provoquent

    Je les bois
    comme grâce en coupe
    à tire d'âme

    ___________________________

    Je cherche des mots

    abri de mes souffrances
    abri de mes attentes
    abri de mes lassitudes

    Je cherche des corps

    abri de chaleur
    abri de tendresse
    abri d'épanchements nouveaux

    Je cherche l'univers

    abri des nulles parts
    abri des ailleurs
    abri d'yeux perdus

    Je cherche des images

    abri des solitudes
    abri des habitudes
    abri des naufrages

    ___________________________

    Étreins le bouquet de pensées éparses
    tires-en le jus fabuleux des mots entendus
    distille le secret du langage perdu
    au fil des siècles vécus d'abus

    Abuse l'âme
    embaume de musique l'atmosphère en flammes
    brisée de morts subites
    je survis de grâces en songes

    Atterrée de phrases communes
    en échange de berceaux vides
    sueurs crépusculaires au goût enfiévré
    jette le manteau déjà trop usé
    par le fouet des vampires célestes

    Reviens me chuchoter l'éther où jadis je fus
    trempée de lumière
    transparente de sagesse
    fierté initiale

    J'essuie les chemins ancestraux
    je marche sur le feu des poètes maudits
    brûlée de frayeurs extatiques
    le lointain flambeau clignote des mots enchevêtrés
    qui m'enguirlandent d'extravagance

    Ô grandiose tourmente
    projette la pâleur de l'innocence
    au cerceau de vie restante
    sur le mur de la ressemblance

    ___________________________

    Musique des sons
    rapatriée et caressée par l'oreille écoutante
    choix déluré
    plaisir savoureux
    la matière grise se complait
    au glissement des mots choisis

    Bruissement sur l'âme qui s'enivre et se perd
    au fond du puits délabré de sa conscience
    surhumaine

    Passible de ravivance acharnée
    jointe au corps universel
    emballée

    au son dégagé de piètre chair
    ensorcelée d'infini et d'excroissance

    ___________________________

    Je rage
    j'éclate
    et me fonds dans l'abîme de ma foudre
    j'enchaîne mes désespoirs
    à l'arbre mort de l'existence
    j'élève le pilier de mes attitudes
    résistant ainsi au bourdonnement de la solitude

    Je reconnais enfin la vie
    espace aux dimensions inconnues
    ravie de couleurs transparentes et nues
    j'entrevois le feu d'un désir inassouvi
    là où une pâle lueur attise cette soif
    dénaturée

    Par-delà le temps
    par-delà l'espace
    des chimères se déversent en rosée bouillonnante
    sur mes rêves emmêlés
    mes nuits de blanc vêtues
    s'égorgent aux souvenirs des matins
    d'une vie non vécue

    ___________________________

    Je parle des roches qui pensent
    Je parles des arbres qui pleurent
    Je parle du sable qui rit
    Je parle de la terre qui grogne

    Je croque la barre du jour
    Je croque mes peines d'amour
    Je croque les fruits d'hiver
    Je croque les âmes d'hier

    J'écris les mots perdus
    J'écris les saisons nues
    J'écris sur l'écorce du temps

    d'intimes pensées qui jaillissent
    de l'étang des murmures

    ___________________________

    La nudité du temps s'enroule
    autour des matins refleuris

    Je baigne mon corps
    dans la rosée limpide des herbes suspendues

    Je goûte la beauté
    d'une fleur éveillée
    au doux froissement
    d'une aile brisée

    ___________________________

    Ai découvert l'entrée du tunnel
    qui me sillonne au plus loin du plus loin
    comme au tréfonds du volcan
    la vie filtre le sens des choses
    les purifie
    les asperge d'un fluide nouveau
    les émotions réalisent de nouvelles ombres
    comme des ombrelles
    pour rafraîchir les passions toutes neuves

    Départ

    Silence

    La mort n'existe plus
    on l'a enterrée hier
    derrière le paysage broque en loque
    une nouvelle toile représente les armées de soleils
    le chemin prend feu à leur passage
    un sillage à suivre
    embrasant l'âme en ébullition

    ___________________________

    J'ai vu la gloire d'un matin à jamais disparu
    j'ai vu une longue journée s'abattre sur le soir
    un fracas de nuit à perte de sommeil

    J'ai vu la marche de l'inconscience
    couvrir le brasier d'indolente survivance
    j'ai vu le plafond dissimulé des étouffantes villes
    j'ai vu le spectre
    l'ai apprivoisé comme hirondelles en cage bronzée

    ___________________________

    Je me retire de ma peau
    pour mieux voir les couleurs opaques
    de l'oeil qui s'ennuie
    vertige de l'arbre qui tombe sur l'os

    Je chausse mes pas en marche avant
    pour surprendre le temps qu'il fera
    à l'appel du bras levé
    je plie mon espace
    à la recherche d'un lieu vide
    exploration mutilée aux portes closes
    l'élan s'abat en trombe
    percussion qui retentit
    sur le mur de l'infini
    gestation de vie d'ailleurs

    Ne jamais rencontrer l'ailleurs
    objet du songe
    signe de turbulence
    retour

    ___________________________

    Qui es-tu
    Où est-tu
    Grand Invisible

    Hier fut
    demain sera
    mais aujourd'hui n'est pas

    Serais-tu à la mesure de mes aspirations
    fixé au coin de l'oeil
    en larme coincée

    ma joue t'aspire
    tu n'y es pas
    reflet opaque qui me retransmet mon image

    ___________________________

    Je me promène en tenue de mort
    laissant mon vieux manteau rapiécé
    sur une chaise pliante d'usure

    Je couche mon corps dans une nuée humide
    terrassée d'ignorance figée
    prête à l'emploi du temps

    Je rêve d'étrangetés sympathiques
    osées et laconiques
    pudeur indélébile

    Je regorge de fantasmes impudiques
    paroxysme de vertus oubliées
    je bois ma liberté à plein verre

    À ta santé ma vie

    ___________________________

    Ô Terre
    toi que j'ai choisie pour naître
    tu regorges d'exploits meurtriers
    tes millénaires t'angoissent
    on t'as extirpé ton harmonie
    déréglé ton train de vie
    tu te suffis à toi-même
    impotente
    nos pieds te sont lourds
    agressée
    tu t'éteins comme un ancien soleil
    étouffée
    tu rétrécis à nos quatre milliards
    de paires d'yeux

    Fruit d'azur confit
    notre désordre n'a nul refuge
    qu'une étoile morte-née

    Adam nous a trompés
    jardin délicieux abandonné
    source d'avenir tarie
    je me vomis
    attendant d'être cueillie
    par quelques gueux affamés
    de l'au-delà

    Et que le spectacle continue
    malgré le rideau tombé

    ___________________________

    Je me baigne dans la pourriture
    de ma sécheresse
    m'abreuvant au fiel de la terre
    j'enfonce mon corps en lambeaux
    dans les sables verts d'un tombeau

    Je meurs d'espoir d'en sortir
    du jour où j'emboîterai le pas
    vers un nouveau trépas

    Refaçonnée par les ténèbres
    habituée d'espace réduit
    je marcherai d'appuis nouveaux
    sur les sentiers battus
    refleuris par les tombeaux

    ___________________________

    Le ruisseau me traverse
    rafraîchit mes passions
    de tendres tempêtes m'étranglent
    aux passages cloisonnés
    de frayeurs indignes
    la flèche dorée indique la proue du naufrage
    à jamais récupérée

    Brune brume
    blanche frange
    du temps effrité
    à chercher le lointain
    sublime désir
    pensée qui sourit au vent nonchalant

    Branle-bas ébruité de chaleur posthume
    d'ogives à perdre la tête
    renversé de poussière insidieuse
    enflammé de vampires attablés
    au festin de champignons brûlants
    assaisonné de chairs fumantes
    douces aux palais languissants
    des pantins sans fil
    et filant sans rêve

    Obscurci de mauves images
    l'Univers bouillonne
    attendant le renouveau
    des amours endurcies

    ___________________________

    Assise au bord du temps
    pieds flottant dans l'espace
    je mesure l'immensité
    pur coucher mon impatience

    Une spirale s'installe sur un vague regard
    elle s'étale et se contracte
    aux battements de paupières
    une minuscule bille s'en détache d'instinct
    et manipule son destin
    suspendue à l'horizon
    elle me fait révérence
    et s'agite à mes sombres pensées
    à tâtons
    elle roule sur mes genoux
    se découvre sans pudeur
    laissant apercevoir ses cicatrices
    en champ de bataille

    Mes pensées frémissent à ce spectacle
    je pleure pour éteindre ces haines
    les murs honteux et sordides
    fondent en tristesse
    d'où s'échappent
    quelques rares ombres de vie

    ___________________________

    Pas renchaussés aux fenêtres aperçus
    abîme de lassitude
    le pas de deux gesticule
    en crescendo torturé
    se dédouble aux mesures
    en saccades refoulées
    corps démembré
    articulé d'un sourire
    d'une faiblesse incontinente
    cherche des yeux attendris
    attendant ton bol de riz
    bavure de guerre
    crachat d'homme
    indigne humanité
    aux vertus sombrées dans l'oubli
    jungle humaine
    que le plus fort l'emporte
    éhonté de tendresses ensommeillées
    au profondeur des charniers
    repoussante vérité évitée
    en homélies endimanchées
    entachant la sainteté des bêtes bien pensantes
    orgueil des clochers qui s'agenouillent
    en vapeurs cristallisées
    voilée en myopie déambulante
    les regrets développés en chambre noire
    apparaissent en négatif mythique

    Le pas de deux s'éternise
    de sale en sale
    de mal en pieds
    de pieds sans pied
    de sang séché
    au bord des routes oubliées

    ___________________________

    Au menu du jour
    la paix
    au fond des déserts
    au bord de la mer
    la paix
    dans les salons
    sur les balcons
    la paix
    aux lèvres des canons
    en tête des nations
    la paix
    Au fond des chaudrons
    il brûle un lampion
    la paix

    MAUDITE PAIX

    Crache le feu
    la tête sur la pierre
    en avant la guerre
    mange-la ta misère
    dévorons tous nos frères
    en avant la guerre
    passe en avant
    moi je n'sais pas comment
    en avant la guerre

    Rongé de rouille
    rouillé de guerre

    LA PAIX

    ___________________________

    Masque craqué de plâtre rance
    respire aux fentes obstruées
    de suffisance inculte
    narcissique beauté
    au fond des rivières abruptes
    reflet de croquants péchés passionnés
    aux idées molles et délavées

    Soubresaut de brillance éteinte
    bleuté de marbre choisi
    insipide et saturé
    regret du temps inodore
    d'espace incolore
    ratisse les gouttes de vie
    qui s'effilochent à l'horizon muré et désespéré

    Le doigt s'imprime sur la barre du jour
    symphonie oblique
    chant de blé d'or terni
    le vermeil émerveille le regard cicatrisé
    de pleurs chaleureux et menacés

    ___________________________

    Sombre dent du temps
    dévorant les masses plissées
    yeux ternis par des regards aveugles
    rageuses dimensions illuminées de néant
    engloutissant les regards affamés

    Gorgée de vie amère
    ciguë des morts-vivants
    assoupis le corps
    enivré d'écoeurement
    crache ta mort
    aux oubliettes de temps

    ___________________________

    Ô Bêtise
    grande favorite humaine
    asperge la musique doucereuse
    des grandes frustrations
    à l'auberge des passions gélatineuses
    insatiable au coeur
    des chauves enlacements épars
    nourrie de miel suri
    holocauste des gratte-ciel
    emmurés de douleur

    Épines de pieds et humeur de têtes
    fourrée de dates millénaires
    charge les trépas
    de brillantes chaussées
    amusée de folles arabesques
    monture de chastes amazones nues et froides
    embuées de chaudes aisselles musclées
    de tendresse avertie

    ___________________________

    Clairvoyance néfaste
    souci des mythes
    aspergée de lait divin
    labeur de seins rajeunis
    aux lèvres gauches et gloutonnes
    assombrie de désirs d'absolu
    de lointains soubresauts

    Humeur du temps en broussaille
    jetée de lierres éperdues
    ensommeillée sur fond d'azur
    entachée de fuyants désirs

    L'innommable plaisir
    s'arrache les cervelles essoufflées
    apaisant les arpèges lancinants
    des complaintes tremblotantes

    ___________________________

    Source d'épanchements insalubres
    sotte vertu aux moeurs vétustes
    accrochée au mur des mémoires sauvages

    Pillage des forces vives et machinales
    détale les pentes glaciaires et déchaînées
    étouffé de mots vides et inversés

    Crache les histoires confondues
    de salive verdâtre et silencieuse
    coulant des crevasses multiples
    ouvertes au profond silence de froide terre

    ___________________________

    Qu'est que je lègue à mes enfants
    un dépotoir
    nos détritus
    nos chagrins
    nos abîmes

    Une lampe veille sur la commode
    immuable
    créative
    elle réinvente mes rêves
    mon engouement de vie
    elle réchauffe mon essence
    embrase l'éclat des jours subtils
    qui n'en finissent plus

    Qu'est-ce que je lègue à mes enfants
    un espace d'univers
    un soir de veille
    ou tout s'éteint sur la vastitude
    reste le temps des soupirs endormis
    au large de l'immensité redevenue claire
    à leurs toujours yeux d'enfants
    ébahis d'amour
    seul héritage

    ___________________________

    Je suis d'eau
    d'air
    de feu
    mes racines desséchées s'abreuvent
    aux souvenirs des astres fidèles
    dès que s'éteint le soleil
    à mon giron je retourne
    dessinant des rêves occultes
    aux parois de mes pensées
    j'étreins mon énergie
    pour raviver mes espérances

    Blottie au sein d'une eau nouvelle
    je me raconte l'histoire perdue du temps
    ce temps limpide
    au chêne rajeuni
    paré de feuilles éternelles

    ___________________________

    Je joue de l'émotion
    comme un piano railleur
    les notes de baladent
    en cris
    en pleurs

    Symphonie délirante
    jubilation
    extase
    accords torturés

    ___________________________

    Peur de jour
    peur de nuit
    brûlée d'amour latent
    choix de plumes endurcies au chagrin

    Bouche soyeuse
    orifice attendri
    aux couleurs sales et malveillantes
    en dimensions incomprises
    d'aspect lourd et aveuglant

    Trame de vie suspecte
    océan de stupeur
    glaise informe chavirée en poussière de lune

    Les déserts fourmillent de pluie desséchée
    de frêles senteurs rassurantes
    ornés de sentiers éperdus
    d'un bouquet de temps non éclos

    ___________________________

    Brebis galeuse à l'ouest
    tendre soupir à l'est
    que peut-on te reprocher
    d'être au rendez-vous
    toujours ponctuelle et joyeuse
    tu nous emportes dans tes bras
    quelques peu osseux
    mais qu'importe
    tu sais où tu vas
    tu embroches grands et petits
    tu dénoues les fils de vie
    et secoues la poussière couleur de terre
    emportée par le vent lunaire ou solaire

    Réalité mystérieuse
    tu essuies les mares de peines des regards
    appauvris
    les sombres taches pâlissent au fil des adieux

    Les ombres retournent à leurs nombrils
    et marchent à reculons
    comme pour espacer le temps
    retournant à leurs berceaux
    pour éviter ton spectre affolant

    Mais toi
    tu es printemps
    attendant le signal
    du prochain rendez-vous

    ___________________________

    La grisaille pleure
    sur le triste regard
    des ombres décharnées
    sépulture de vie
    aux rêves désertiques
    nonchalance du temps
    suspendue à l'espace indécis

    Ressuscitez bandes d'abrutis

    Suspendez cette grisaille
    au placard des arrière-cours
    laissez consumer vos songes affolants
    étreignez-les
    à en sortir le nectar enivrant
    soulez-vous en
    pour rallumer vos orbites closes

    Ainsi régénérés
    vous ferez de plus beaux cadavres

    ___________________________

    Semer des doutes en vos entrailles
    vous agresser et vous troubler
    planter en vos yeux
    des regards de mélancolie
    contourner vos nuits sèches
    et vos jours arides

    Torpeur

    Moisir dans vos greniers sans âge
    gémir sous vos langues mortes
    pour effacer vos mots creux
    ramasser les miettes de vos déserts
    en faire germer vos mornes amours

    ___________________________

    Chercher le dur
    trouver le mou
    enfilade trépassée
    ne revenir qu'au décan

    Toujours
    partout
    le bruit métallisé se meurt aux oreilles
    entonnoir d'ivresse haletante
    jeux de particules
    matrice décomposée

    Tromper l'oubli
    se moquer du noir tombé
    essuyer la trace de gauches pas
    sur la ligne du temps décadent

    Retenir le mot d'Amour
    marteler le temps brisé
    écorchure vive

    Baume

    ___________________________

    Accablante reprise de mélodies perdues
    charmes renouvelés de danses limpides
    enjambées célestes
    cycles obscurs à jamais rajeunis
    temps enflés de cruels désirs
    objet cataclysmique
    d'auréoles étouffantes et chancelantes
    mélancolie spectaculaire

    ___________________________

    Nue devant l'orage
    je saisis sa foudre
    pour ceindre mes reins brisés
    enfiévrée
    je bois à même les nuages
    pour étancher la brûlure qui perdure
    au coeur brut
    je sens poindre en moi
    un goût de nature suffocante
    rebelle au bois abandonné
    menu temps accompli en douceur primaire
    ajustée en sursaut
    cercle organique

    ___________________________

    L'accueil de la nature se fait pressant
    envoûtée de maladresse
    la solitude risque un pas chancelant
    vers une cathédrale verdoyante
    arrimée aux racines d'arbres
    elle s'incline devant beauté et rutilance
    risquer d'aventure un songe
    paraît malvenu en si bel enchantement
    nul besoin est de grossière mode

    En choeur déluré
    les têtes de violon sonorisent l'air du temps
    les chants sombrent au coeur
    en remous dépouillés
    le silence s'effrite
    à l'approche des grands arbres
    leur écorce s'enduit de sève
    laissant poindre l'aurore tant attendu
    enracinés l'un à l'autre
    leurs feuilles rougissent de contentement

    ___________________________

    Sautille la pluie
    sur tendres feuilles jaunies
    par le temps épars
    rose matin assombri
    au réveil des humains
    humecte la droiture du temps revenu
    soubresaut bouleversé
    à souillure approprié
    aux déchets terreux
    saute à rebrousse-poil
    en longs cheveux embroussaillés
    vers les espaces refleuris
    aux matins gris

    Assoupi de vertes langues assassines
    d'immondices endiablées
    luttant tête froide aux clochers ramurés
    stature titanesque
    aux rameaux tentaculaires
    pernicieux

    Beauté rattachée au cri voyant
    ébranlée de torpeur odieuse
    effilée de mélancolie sableuse

    ___________________________

    Le temps s'endort
    sur branche fragile
    transporté de rêves rajeunis
    il enjambe ses horizons flétris
    et sursaute aux gémissements
    des peines englouties

    * * * *

    Les folles voiles s'emportent
    aux légères brises de brume parfumée
    les décombres des flots
    engloutissent leur candeur
    enchevêtrées
    elles s'affolent
    crissant
    se rabattant sur l'horizon muet

    ___________________________

    Accoudés aux quais
    les chalands explorent les eaux noires
    d'une terre démente
    en brise étreinte
    loin derrière l'écume

    Mer éreintée de souffle perdu
    entre deux eaux de faune germée
    salvatrice d'indigènes
    elle attend l'hommage sacrificiel

    Qui viendra s'ébattre au rivage
    larmes à l'oeil ouvert
    glissant sur plumages
    au gré de mouettes en cage
    prisonnières du ciel en rage

    Erreur saisonnière
    le phare se cherche un écueil
    où briser ses feux complices

    ___________________________

    Les amants s'allument
    s'éteignent
    comme chant d'elles
    en dentelle

    Les escarmouches de nuit
    vident les tendresses
    happent les soupirs

    ___________________________

    Lorsque ton prolongement
    ébranle la cloison du délire
    la flamme jaillit de la source
    ravit les pensées obscures
    effaçant la détresse qui s'ennuie

    Le feu pleure sur ses cendres grises
    englouties dans l'abîme
    où les vagues écourtées
    se fracassent sur l'infini

    ___________________________

    Ô jouissance trop brève
    de corps emmêlés
    tu fais frissonner l'ombre brûlante
    des désirs consommés

    Que d'amours ont jailli
    de frêles chevauchées inertes
    étalant sur l'infini
    les bruits desséchés des soupirs

    L'ombre glaciaire sombrera
    vers les entrailles des passions brisées
    d'où jailliront les sueurs
    d'une trop légère brise

    ___________________________

    Coeur imbibé de lointains regrets
    sèche à l'aube
    des désirs à venir

    Ô gerbe cueillie du temps refleuri
    goûte le parfum
    d'une beauté éclatée

    ___________________________

    Semblable au sel de la mer
    semblable au feu de la terre
    tu ronges et fais trembler
    les épaves de la chair
    tu déchires le cosmos
    et délivres l'éros
    des abîmes de l'ignorance

    Enveloppe de tendresse
    le souffle des paresses
    ravive le temps
    d'une fable d'amants

    ___________________________

    Coeur séché derrière les volets entrouverts
    refus de tendresse mendiée aux portes closes
    les rires saccadés cachent la pendaison
    des oiseaux morts
    tu restes couchée sur ta dépendance
    tu abîmes la couleur de tes pensées
    en t'abritant sous l'ombre de ton ennui
    ta solitude s'entache de notes vides
    tu t'extasies devant tes murs gris peints en rose
    morose
    tes amours glissent au plancher froid et dur
    giseante
    tu fais l'amour en peau de vache
    entortillée autour de ton illusion

    ___________________________

    Vie démesurée
    vie en repli
    vie encerclée
    vie enchaînée
    vie à l'enchère
    vie rétrécie
    vie encadrée
    vie castrée

    L'esclave s'amenuise
    à n'en devenir qu'une idée libre

    Liberté macérée
    liberté inextinguible
    liberté d'assaut de mots inaudibles
    liberté clignotante aux coins des rues
    liberté qui aiguise la lame au coeur transpercé
    liberté qui brise le néant
    liberté
    liberté

    ___________________________

    En toile suspendue
    en jet d'humeur nocturne
    la forme s'informe de traits adroits
    en lignes détachées
    brisée d'espace inégaux
    de masses indécises
    elle projette un oeil oblique
    comme pour attendrir
    esseulée
    elle se superpose d'aise
    disparaît en elle-même
    réapparue en sons différents
    son chant attise
    retire ce qu'il a donné
    en mouvement inchangé
    elle se perçoit
    intouchable
    vit par couleurs
    nous danse dans l'oeil
    irrésistible

    ___________________________

    Ta main encerclant le cou
    repliée sur l'épaule
    en serre d'aigle affranchi
    regard de pauvre
    croisant ta désillusion
    ton maigre corps teigneux
    vogue sur le néant
    habité de volcans éteints
    ne demandant qu'à éclore en luminosité

    Tu ramasses ta tristesse desséchée
    au pied de l'escalier en lambeau
    transformée en flambeau
    tu chauffes comme un volcan réanimé
    tu surchauffes
    tu sursautes à ton verbe ignoré
    suite de vies fragmentées

    ___________________________

    Métalarmant
    chairs clinquantes
    roseargent
    en pot froid
    bois brillant
    toit hurlant ENTER

    Râ Soleil
    rameau séché
    martelé ENTER

    Effets spéciaux
    masses trouées
    éclaboussées
    fosses asceptiques ENTER

    Écho cuivré
    son brut
    verbe in vitro ENTER

    Blindage chromatique
    au fil ténu
    pucelage
    envolés mes bits
    bibites encéphaliques ENTER

    Chaos pack
    Blind colors RUN

    Bit... Bit... envolés en phrases à dentelle
    Bit... Bit... en chemise détach....Bit...Bit...
    couleurs à jam... Bit... Bit... touj... Bzzzzz

    ___________________________

    Star familiale
    berceau intime
    apaisement de faim
    de cris
    de maux écoutés
    chaussée d'aurore
    tu pleures d'inliberté
    tu habiles les habitudes d'essoufflement
    tu chantes l'ennui à bout de voix
    en secret
    tu mijotes dans tes chaudrons
    tu es sale à force de laver les autres
    tu boudes les amours à force d'aimer
    ta tendresse s'échappe comme une fuite de gaz
    tu essuies les paroles aux murs incrustées

    Ferme la porte
    ouvre la fenêtre
    ta tête aérée n'oxygène personne
    le branle-bas s'installe bras ballants
    les contraires s'attirent
    mais les satyres ne se contrarient plus
    tu laves tes chagrins aux cuves qui coulent
    et se meurent
    en avanit les machines
    jubilez

    Moi
    je rêve ma réalité
    en réalisant mes rêves
    mon fil de vie ne tient qu'au plomb gravé
    de mots rendus
    de mots réchappés
    de mots vivants
    images et sons enfin libres

    =====================================

    © Éditions Naaman et Huguette Bertrand
    Sherbrooke (Québec) Canada
    coll. AMORCES, no 44
    Dépôt légal / Deuxième trimestre 1985
    BNQ et BNC - ISBN 2-89040-343-2
    Tous droits réservés - All rights reserved

    ===========================================================

    End of Project Gutenberg's Espace perdu, poésie, by Huguette Bertrand

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    Entre la chair et l’âme Poésie

    Aproximadamente 2.555 palavras.

    Huguette Bertrand

    ENTRE LA CHAIR ET L'ÂME

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Dans la mouvance
    d'une âme conquise
    une déesse s'installe
    aux abords des yeux
    toujours repliés
    dans une nuit éternellement nuit
    que les jours entraînent
    vers le grand remous
    d'une Vénus travestie
    en ange dérisoire
    qu'effleurent les courbes
    infiniment courbes
    mains d'anges
    serties de roses
    dans la joyeuseté des villes
    agrippées au noir soleil
    du désespoir

    14 déc. 97

    _________________________

    Exilé dans l'abandon
    le regard immobile
    fixe le vide inattendu
    refait le plein trop avide
    d'une silhouette apaisée
    qu'accompagne un soleil complice
    de tous les départs
    sans pardonner les sourires espérés
    et la danse d'un espoir rompu
    danse des ombres sur les murs enrichis
    divinement habités
    le rêve s'est endormi sous les paupières
    épuisé

    2 déc. 97

    _________________________

    À l'image du soleil
    un face-à-face amoureux
    s'éternise dans l'âme
    des yeux qui voient
    plus haut que le soleil
    plus loin que les étoiles
    toujours là
    dans le silence du jour
    emménager en soi
    aller mourir
    dans un espace lumineux
    poétique

    1er déc.97

    _________________________

    Faut être déjà mort
    pour oublier l'amour
    oublier qu'on est mort
    en amour pour toujours
    Faut être un peu mort
    retenu par le jour
    rattraper les retards
    sans compter les retours

    Faut être toujours mort
    pour l'amour pour la vie
    essuyer au dehors
    toutes traces de l'oubli

    21 nov. 97

    _________________________

    Si les dieux m'aiment
    je transporterai mes souvenirs
    sur des routes reliées au secret
    d'un amour incongru
    terrassé par la distance
    d'une âme singulière
    retrouvée à la page 54
    des jours heureux
    devenus bêtement
    acidulés
    Si les dieux m'aiment
    je transporterai sur mes épaules grises
    les chevauchées retentissantes
    des faux désirs
    des fausses amours
    accouplés à l'indécence
    d'un féminin qui perdure
    sans allure
    entre les bras des siècles féconds

    S les dieux m'aiment
    j'ajouterai à ma vie
    une essence amoureuse
    abreuvée
    une fois pour toutes

    16 nov. 97

    _________________________

    Dans une prison de glace
    un été doux hurle ses souvenirs
    semences de tendresse
    dans une terre vierge
    que piétine un amour dilué
    par les rêves refroidis
    joyeusement
    au chant des cigales
    ayant pleuré toute l'année
    noire année sous la lune rose
    et ronde
    engrossée rare

    joyeusement
    l'amour dans l'instantané
    d'une année rose

    16 nov. 97

    _________________________

    Hiver de vie blanche
    en mal de vertiges
    sur les pentes instables
    d'un amour affûté
    par le cri d'un délire
    retenu dans l'âme
    son désir somptueux
    sur les pentes malheureuses
    viennent glisser les vertiges
    jusqu'aux hanches délirantes
    d'un amour achevé

    16 nov. 97

    _________________________

    Imbibée de jours fragiles
    la nuit apaisée
    s'abandonne
    dans les vastes
    étendues
    de vos regards
    garnis de rêves
    figés dans l'oeil
    d'un passé arrimé
    aux départs fragiles
    que viennent agiter
    les bruits
    des pas sourds
    de l'ennui
    livré au hasard
    d'un horizon docile
    muet

    15 nov. 97

    _________________________

    Follement attendrie
    l'âme errante
    se retire de son nid
    trop regard
    trop foudre
    trop oubli
    sur le tranchant de l'aube
    trop abîme
    par la brise amusée
    trop peine
    noyée dans l'oeil
    d'un soleil efficace
    échevelé
    dans l'oeil se noie
    une peine efficace

    11 nov. 97

    _________________________

    Devant un ciel trop clair de lune
    une âme bleue
    s'habitue aux départs
    du corps instantané
    toujours attiré sur des pistes fragiles
    vers les sous-bois
    condamnés aux ivresses
    d'un rêve spontané
    poésie chavirante
    qui bascule dans le regard
    d'un pur moment embrassé
    à travers des vagues tapageuses
    venues s'échouer
    au pied d'un escalier

    8 nov. 97

    _________________________

    Les couleurs de l'âme
    ne se voient qu'à la lueur
    des yeux abandonnés au désir
    que prolongent les doigts agiles
    de la volupté
    sur le noir sommeil aspiré
    vers de plus hautes cimes
    tendues et rares
    scintille dans la chair de l'âme
    une étoile incrustée
    venue de nulle part
    de nulle part retournée

    30 oct. 97

    _________________________

    Répandue dans l'infini regard
    une rosée de lourdes promesses
    assèche le sol aride
    d'espoirs évidés
    d'heures avides
    de doux temps gris
    entre jour et nuit
    entre blanc et noir
    entre mort et vie
    entre toi et moi
    ce long silence
    entouré de bruits
    et ce temps minuscule
    qui nous tue
    entre soleil et lune
    qui se pavanent en nous
    gonflés de plein jour
    de vie chaude et ronde
    dans la chair infiniment âme
    infiniment amour
    à mourir

    29 oct. 97

    _________________________

    On a tué la parole sur la place
    on l'a recouverte d'un silence
    long comme le temps
    puis on s'est accoudé
    à une fenêtre du passé
    en essuyant un simple prénom
    sur la glace de l'oubli
    on a surveillé l'impénétrable
    et parfait destin
    demeuré évasif
    ne reste qu'un vertige embué
    d'où émergent d'inavouables instants
    multicolores
    répandus sur le feu de l'âme
    en sursis

    29 oct. 97

    _________________________

    âme
    âmour
    âmourir
    à la lisière des passions
    condamnées
    au désir
    au désert
    dans l'enflure d'un instant
    d'une épave
    d'un rivage
    d'un message
    vertige dans l'oeil
    dans le sang
    condamné au présent
    d'une aube grisée

    19 oct. 97

    _________________________

    Taillé dans l'espoir
    un nu se faufile
    à travers l'onde d'une parole
    retenue entre les murs
    des recommencements
    gelés sous les draps
    volupté d'une image féconde
    adaptée au silence stupéfait
    silence d'algues répandues
    en flaques rondes
    auréolées de présents inventés
    et mauves

    _________________________

    Sur l'enclume des attentes
    des étoiles
    remplies de nuit
    m'observent
    dans les yeux du silence
    étrange nuit
    sous les sables envoûtés
    que transportent des ombres
    qui sombrent dans l'oubli

    _________________________

    Un peu de soleil un peu de lumière
    à travers les feuilles jaunies
    du temps suspendu aux lèvres
    empêchées d'annoncer
    l'approche du soir
    dans la béance de la nuit
    le silence parle au silence
    sur l'indomptable pavé du désir
    venu piller le brasier exténué
    des grandes forêts
    foulées aux pieds des attentes
    à faire rougir la démence
    au coeur des secrets

    _________________________

    Ma main telle une étoile
    vient se poser sur ton visage apeuré
    illumine tes ailes immenses
    pour ton envol
    vers tes rêves illimités
    en plein azur
    en plein éveil
    vivaces au coeur de l'intime
    à travers mes douces brises
    effilochées

    _________________________

    Je n'ai encore rien fait
    pas pris le temps de marcher
    sur des étoiles dont le reflet
    s'incruste dans vos pas
    investis de couleurs diaphanes

    pas pris le temps de grignoter
    vos syllabes en faire des mots
    que la brise transporte
    vers un ailleurs dénudé de larmes

    pas pris le temps d'avaler
    des douceurs offertes
    au temps trop court brisé
    par des vagues violentes échouées
    sur le rivage de nos vivants

    pas pris le temps d'entendre
    la symphonie des regards qui croisent
    les passés présents et à venir

    pas pris le temps d'éviter
    les morsures de l'amour dispersé
    dans le vernis du temps

    _________________________

    À demeure ailleurs
    passer par une voix tellement puissante
    que pas même un seul regard
    ne peut soutenir l'ineffable demeure en soi
    jugée trop petite
    trop petite pour être habitée
    par un trop-plein si grand
    que même un ailleurs
    ne pourrait le contenir

    mais ailleurs n'est nulle part
    c'est trop plein de vides trop vides
    de désespoirs qui se perdent
    à l'orée du soir
    s'infiltre comme une eau qui entre
    par les fentes de l'âme
    insidieusement

    _________________________

    Sur l'écran brûlant du rêve
    la chaleur de ta peau
    vient caresser le souvenir
    de mes mots que transporte
    le désir à mon âme assoiffée
    emportée en ce noir éternel
    d'un amour écourté
    indécent

    noirs lendemains d'une blessure
    à lécher de nuit
    vivante et fauve

    _________________________

    Bêtement
    la tête s'enroule
    autour des heures
    poursuivie par la mémoire des jours
    devenus bêtes
    lors d'un tête-à-tête avec l'ombre
    de nos histoires indigestes
    et la lumière venue trancher les départs

    à faire périr
    d'un coup sec

    _________________________

    Longues chevauchées du temps
    que les nuits respirent
    à travers des silences affectueux
    au seuil des jours malades

    Longues chevauchées des jours
    qu'une Parole respire
    à travers la nuit aimable
    d'un désir emmuré

    Longues chevauchées des nuits
    expirées dans le temps
    quand la Parole prononce
    le corps devenu silence

    l e

    d é s i r

    e m m u r é

    s e

    m e u r t

    _________________________

    D
    É
    L
    I
    R
    E

    Espace de feu
    que le temps attise
    dans le corridor des attentes
    en quête de durée

    Espace de pluie
    qu'asperge le temps
    ultimes orgasmes
    des continents

    Espace de terre
    qu'ensemence le temps
    de grâces enfuies
    des temples incontinents

    Espace de l'intime
    murmuré par le temps
    souvenance à nos lèvres
    prononcé

    _________________________

    Craintif
    l'oeil murmure des beautés
    que promène une image solitaire
    au-dessus d'un sourire blessé

    image à angle ouvert
    sur des mots couverts
    image à angle indiscret
    sur des mots discrets
    image entourée d'angles
    couverts et discrets
    retournée à l'âme
    solitaire

    _________________________

    Paradis symptomatique
    de chairs de femmes offertes
    aux abords de leurs fruits
    achevés

    Symptôme d'anges
    agrippés aux solitudes
    écartelées entre deux tristesses
    longuement approuvées

    Symptôme de solitude
    d'un regard d'un sourire
    prolonge l'âme
    jusqu'aux sommets impardonnés

    Symptôme du hasard
    quand viennent mourir les heures
    aux pieds d'une peine
    sans rire
    sans rien
    rien

    Ange écartelé
    entre deux douleurs
    que la chair approuve
    solitaire

    _________________________

    Mots à rire
    Mots à pleurer
    s'en vont mourir sur une page blanche
    vivante au coeur de soi
    vivante au coeur vivante en soi
    à mourir de rire et blanche
    quand les matins s'en vont pleurer sous les arbres
    quand les arbres vont déposer
    le coeur sur le temps
    quand ce temps vient jeter l'ancre
    au coeur des mots
    en silence

    Au coeur des mots
    un silence pleure
    sur le temps

    _________________________

    Pendu au bout d'une ficelle noire
    le corps attend menu
    ce dépôt des chairs
    entre deux phrases grises
    que l'on porte jusqu'au seuil de la voix
    résidus d'une foule venue applaudir
    le spectacle des heures
    en ce jour déchu

    au seuil de l'âme

    le poème s'enivre

    de jours

    déçus

    _________________________

    Au fin fond de mon univers
    je chevauche les étoiles pour faire rêver
    les impatiences des alentours
    vieille habitude offerte au temple
    des croyances qui bavent
    sur les amours inachevées

    semer le vent
    semer le temps
    de ce lointain paysage
    sur nos paresses
    endormies

    _________________________

    Quand cette pomme tomba de l'arbre
    l'automne venu a dégusté
    le fruit le jus les coloris
    d'un très vaste pays
    abandonné
    dans le courant du feu des femmes
    trop morcelées

    un songe d'été
    colore les arbres
    de leur automne gris

    _________________________

    Les mots ont quelque chose à dire
    à nos essentiels

    cherchez-les
    trouvez-les
    mâchez-les
    digérez-les

    ne resteront
    que les mots essentiels
    parmi les vôtres
    les miens
    et ceux des autres

    Essentiellement vôtre,

    le mot

    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots Un les
    mots les mots les mots les mot les les mots lesm
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots seul les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les

    _________________________

    Sur le rivage insondable des abandons
    la mer raconte ses insomnies
    croise la douleur
    réveille les muses
    de mots crus et frais
    poésie explosive
    au bout d'une main tendue qui se brise
    dans un décor inattendu

    _________________________

    À l'heure où le ciel s'endort
    ne sait-on pas
    que les poètes graves
    doivent curieusement aller dormir
    à l'ombre de leurs rêves
    parmi un peuple de mots
    dont les blessures s'épanchent
    sur l'épaule de l'oreiller
    nourries à même le plein des jours
    délicieusement habité

    dehors le temps grisaille
    le vent s'accroche aux arbres
    pendant que pleure le poème
    sur la nuit esseulée

    _________________________

    Y a des tranches de vie indigènes
    d'où s'échappent des amours interdites
    piétinées sous les pieds de l'oubli
    Y a des tranches de vie comestibles
    plongées dans le secret des blessures
    sous le ramage d'une étoile solitaire

    Y a des tranches de vie liquide
    harnachées
    qui produisent des ondes de choc
    qui vous arrivent dans la gorge
    comme un déluge venu inonder la peur

    Y a des tranches de vie qui font des ronds
    dans le liquide le comestible
    des amours indigènes

    _________________________

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces gestes
    sur une fleur enivrée
    qu'un doux regard
    est venu désarmer

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces mots
    jetés au sort
    qu'une simple brise
    est venue balayer

    tendres
    tendrement tendres
    tous les mots
    tous les gestes
    bus à même ces lèvres
    emprisonnées dans un délire

    tendre
    tendrement tendre
    ce rêve nu
    échoué entre la chair et l'âme

    _________________________

    Sans cris
    sans joies
    la vie cette impatiente
    vient saturer le temps
    et tous ses heurts
    qui vous aiguisent l'âme
    magnifiquement approfondie
    comme un coup de grâce
    dans la continuité des choses belles

    _________________________

    la vie bête fauve
    de ses crocs vient mordre
    les échines langoureuses
    entre ses griffes empoigne
    cet amour spontané
    arraché à la flamme
    d'une âme enivrée
    vie fauve
    vie sèche
    au coeur du tendre
    dérive sur un fleuve
    appelé liberté

    _________________________

    Cette chair qui nous déchire
    vient mourir à l'ombre d'un poème
    habité par les mots par les sons
    d'un volcan balafré
    par tant de braises
    par tant de pluies
    par tant de cendres
    sur le visage de l'âme abîmée
    ramassée par les peurs qui filent
    entre les dents des jours trop aiguisés

    _________________________

    À la dérive
    quelques mots tendres se répondent
    entre la lumière et l'ombre
    par vagues successives
    viennent s'échouer sur le rivage
    d'une âme emportée
    sur la mer
    déchirée
    joie paix santé bonheur
    dans la dureté des jours
    quand les nuits scintillent
    au coeur du rêve en allé
    sans appel

    _________________________

    Atteint au coeur du crépuscule
    le jour se meurt gris
    enchaîné aux mots
    sur banc de pierres
    qu'un simple rêve
    a terrassé
    était-ce un rêve
    ou bien l'amour
    trop fasciné
    par tant de bruits
    autour d'un personnage
    étoilé

    _________________________

    Noire pluie noire
    sur la chair abritée
    quand la beauté perdure
    dans un souffle vert émeraude
    s'abandonne dans la sève
    des regards endormis
    Noire pluie noire
    sur la peur détrempée
    par tant de vains mots
    qui racontent des peines
    affichées à l'écran
    d'un grand ciel trop aimé

    _________________________

    Enivrée d'un silence
    je titube vers les mots
    murmurés à l'oreille
    de mon âme profanée
    emportés par la vague
    que vient bercer ma nuit
    jusqu'à l'aube
    dégrisée

    _________________________

    Éternel dur pays
    en mon âme givrée
    que portage le soleil
    sur les rives sanglantes
    de mille lacs mille rivières
    vers le flot de l'oubli
    cette marche du feu
    vient brûler les attentes
    arrachées à nos pas
    trop fragiles
    et brisés

    ]]>
    https://blog.mabo.cc/entre-la-chair-et-lame-poesie/feed/ 0 1436
    Du côté de chez Swann https://blog.mabo.cc/du-cote-de-chez-swann/ https://blog.mabo.cc/du-cote-de-chez-swann/#respond Wed, 14 Oct 2026 20:09:16 +0000 https://blog.mabo.cc/du-cote-de-chez-swann/

    Du côté de chez Swann

    Aproximadamente 181.513 palavras.

    MARCEL PROUST

    À la RECHERCHE DU TEMPS PERDU

    TOME I

    Du Côté de Chez Swann

    À Monsieur Gaston Calmette

    _Comme un témoignage de profonde
    et affectueuse reconnaissance_,

    Marcel Proust.

    PREMIÈRE PARTIE
    COMBRAY

    I.

    Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Parfois, à peine ma
    bougie éteinte, mes yeux se fermaient si vite que je n’avais pas le
    temps de me dire: «Je m’endors.» Et, une demi-heure après, la pensée
    qu’il était temps de chercher le sommeil m’éveillait; je voulais poser
    le volume que je croyais avoir encore dans les mains et souffler ma
    lumière; je n’avais pas cessé en dormant de faire des réflexions sur
    ce que je venais de lire, mais ces réflexions avaient pris un tour un
    peu particulier; il me semblait que j’étais moi-même ce dont parlait
    l’ouvrage: une église, un quatuor, la rivalité de François Ier et de
    Charles Quint. Cette croyance survivait pendant quelques secondes à
    mon réveil; elle ne choquait pas ma raison mais pesait comme des
    écailles sur mes yeux et les empêchait de se rendre compte que le
    bougeoir n’était plus allumé. Puis elle commençait à me devenir
    inintelligible, comme après la métempsycose les pensées d’une
    existence antérieure; le sujet du livre se détachait de moi, j’étais
    libre de m’y appliquer ou non; aussitôt je recouvrais la vue et
    j’étais bien étonné de trouver autour de moi une obscurité, douce et
    reposante pour mes yeux, mais peut-être plus encore pour mon esprit, à
    qui elle apparaissait comme une chose sans cause, incompréhensible,
    comme une chose vraiment obscure. Je me demandais quelle heure il
    pouvait être; j’entendais le sifflement des trains qui, plus ou moins
    éloigné, comme le chant d’un oiseau dans une forêt, relevant les
    distances, me décrivait l’étendue de la campagne déserte où le
    voyageur se hâte vers la station prochaine; et le petit chemin qu’il
    suit va être gravé dans son souvenir par l’excitation qu’il doit à des
    lieux nouveaux, à des actes inaccoutumés, à la causerie récente et aux
    adieux sous la lampe étrangère qui le suivent encore dans le silence
    de la nuit, à la douceur prochaine du retour.

    J’appuyais tendrement mes joues contre les belles joues de l’oreiller
    qui, pleines et fraîches, sont comme les joues de notre enfance. Je
    frottais une allumette pour regarder ma montre. Bientôt minuit. C’est
    l’instant où le malade, qui a été obligé de partir en voyage et a dû
    coucher dans un hôtel inconnu, réveillé par une crise, se réjouit en
    apercevant sous la porte une raie de jour. Quel bonheur, c’est déjà le
    matin! Dans un moment les domestiques seront levés, il pourra sonner,
    on viendra lui porter secours. L’espérance d’être soulagé lui donne du
    courage pour souffrir. Justement il a cru entendre des pas; les pas se
    rapprochent, puis s’éloignent. Et la raie de jour qui était sous sa
    porte a disparu. C’est minuit; on vient d’éteindre le gaz; le dernier
    domestique est parti et il faudra rester toute la nuit à souffrir sans
    remède.

    Je me rendormais, et parfois je n’avais plus que de courts réveils
    d’un instant, le temps d’entendre les craquements organiques des
    boiseries, d’ouvrir les yeux pour fixer le kaléidoscope de
    l’obscurité, de goûter grâce à une lueur momentanée de conscience le
    sommeil où étaient plongés les meubles, la chambre, le tout dont je
    n’étais qu’une petite partie et à l’insensibilité duquel je retournais
    vite m’unir. Ou bien en dormant j’avais rejoint sans effort un âge à
    jamais révolu de ma vie primitive, retrouvé telle de mes terreurs
    enfantines comme celle que mon grand-oncle me tirât par mes boucles et
    qu’avait dissipée le jour,--date pour moi d’une ère nouvelle,--où on les
    avait coupées. J’avais oublié cet événement pendant mon sommeil, j’en
    retrouvais le souvenir aussitôt que j’avais réussi à m’éveiller pour
    échapper aux mains de mon grand-oncle, mais par mesure de précaution
    j’entourais complètement ma tête de mon oreiller avant de retourner
    dans le monde des rêves.

    Quelquefois, comme Ève naquit d’une côte d’Adam, une femme naissait
    pendant mon sommeil d’une fausse position de ma cuisse. Formée du
    plaisir que j’étais sur le point de goûter, je m’imaginais que c’était
    elle qui me l’offrait. Mon corps qui sentait dans le sien ma propre
    chaleur voulait s’y rejoindre, je m’éveillais. Le reste des humains
    m’apparaissait comme bien lointain auprès de cette femme que j’avais
    quittée il y avait quelques moments à peine; ma joue était chaude
    encore de son baiser, mon corps courbaturé par le poids de sa taille.
    Si, comme il arrivait quelquefois, elle avait les traits d’une femme
    que j’avais connue dans la vie, j’allais me donner tout entier à ce
    but: la retrouver, comme ceux qui partent en voyage pour voir de leurs
    yeux une cité désirée et s’imaginent qu’on peut goûter dans une
    réalité le charme du songe. Peu à peu son souvenir s’évanouissait,
    j’avais oublié la fille de mon rêve.

    Un homme qui dort, tient en cercle autour de lui le fil des heures,
    l’ordre des années et des mondes. Il les consulte d’instinct en
    s’éveillant et y lit en une seconde le point de la terre qu’il occupe,
    le temps qui s’est écoulé jusqu’à son réveil; mais leurs rangs peuvent
    se mêler, se rompre. Que vers le matin après quelque insomnie, le
    sommeil le prenne en train de lire, dans une posture trop différente
    de celle où il dort habituellement, il suffit de son bras soulevé pour
    arrêter et faire reculer le soleil, et à la première minute de son
    réveil, il ne saura plus l’heure, il estimera qu’il vient à peine de
    se coucher. Que s’il s’assoupit dans une position encore plus déplacée
    et divergente, par exemple après dîner assis dans un fauteuil, alors
    le bouleversement sera complet dans les mondes désorbités, le fauteuil
    magique le fera voyager à toute vitesse dans le temps et dans
    l’espace, et au moment d’ouvrir les paupières, il se croira couché
    quelques mois plus tôt dans une autre contrée. Mais il suffisait que,
    dans mon lit même, mon sommeil fût profond et détendît entièrement mon
    esprit; alors celui-ci lâchait le plan du lieu où je m’étais endormi,
    et quand je m’éveillais au milieu de la nuit, comme j’ignorais où je
    me trouvais, je ne savais même pas au premier instant qui j’étais;
    j’avais seulement dans sa simplicité première, le sentiment de
    l’existence comme il peut frémir au fond d’un animal: j’étais plus
    dénué que l’homme des cavernes; mais alors le souvenir--non encore du
    lieu où j’étais, mais de quelques-uns de ceux que j’avais habités et
    où j’aurais pu être--venait à moi comme un secours d’en haut pour me
    tirer du néant d’où je n’aurais pu sortir tout seul; je passais en une
    seconde par-dessus des siècles de civilisation, et l’image confusément
    entrevue de lampes à pétrole, puis de chemises à col rabattu,
    recomposaient peu à peu les traits originaux de mon moi.

    Peut-être l’immobilité des choses autour de nous leur est-elle imposée
    par notre certitude que ce sont elles et non pas d’autres, par
    l’immobilité de notre pensée en face d’elles. Toujours est-il que,
    quand je me réveillais ainsi, mon esprit s’agitant pour chercher, sans
    y réussir, à savoir où j’étais, tout tournait autour de moi dans
    l’obscurité, les choses, les pays, les années. Mon corps, trop
    engourdi pour remuer, cherchait, d’après la forme de sa fatigue, à
    repérer la position de ses membres pour en induire la direction du
    mur, la place des meubles, pour reconstruire et pour nommer la demeure
    où il se trouvait. Sa mémoire, la mémoire de ses côtes, de ses genoux,
    de ses épaules, lui présentait successivement plusieurs des chambres
    où il avait dormi, tandis qu’autour de lui les murs invisibles,
    changeant de place selon la forme de la pièce imaginée,
    tourbillonnaient dans les ténèbres. Et avant même que ma pensée, qui
    hésitait au seuil des temps et des formes, eût identifié le logis en
    rapprochant les circonstances, lui,--mon corps,--se rappelait pour
    chacun le genre du lit, la place des portes, la prise de jour des
    fenêtres, l’existence d’un couloir, avec la pensée que j’avais en m’y
    endormant et que je retrouvais au réveil. Mon côté ankylosé, cherchant
    à deviner son orientation, s’imaginait, par exemple, allongé face au
    mur dans un grand lit à baldaquin et aussitôt je me disais: «Tiens,
    j’ai fini par m’endormir quoique maman ne soit pas venue me dire
    bonsoir», j’étais à la campagne chez mon grand-père, mort depuis bien
    des années; et mon corps, le côté sur lequel je reposais, gardiens
    fidèles d’un passé que mon esprit n’aurait jamais dû oublier, me
    rappelaient la flamme de la veilleuse de verre de Bohême, en forme
    d’urne, suspendue au plafond par des chaînettes, la cheminée en marbre
    de Sienne, dans ma chambre à coucher de Combray, chez mes
    grands-parents, en des jours lointains qu’en ce moment je me figurais
    actuels sans me les représenter exactement et que je reverrais mieux
    tout à l’heure quand je serais tout à fait éveillé.

    Puis renaissait le souvenir d’une nouvelle attitude; le mur filait
    dans une autre direction: j’étais dans ma chambre chez Mme de
    Saint-Loup, à la campagne; mon Dieu! Il est au moins dix heures, on
    doit avoir fini de dîner! J’aurai trop prolongé la sieste que je fais
    tous les soirs en rentrant de ma promenade avec Mme de Saint-Loup,
    avant d’endosser mon habit. Car bien des années ont passé depuis
    Combray, où, dans nos retours les plus tardifs, c’était les reflets
    rouges du couchant que je voyais sur le vitrage de ma fenêtre. C’est
    un autre genre de vie qu’on mène à Tansonville, chez Mme de
    Saint-Loup, un autre genre de plaisir que je trouve à ne sortir qu’à
    la nuit, à suivre au clair de lune ces chemins où je jouais jadis au
    soleil; et la chambre où je me serai endormi au lieu de m’habiller
    pour le dîner, de loin je l’aperçois, quand nous rentrons, traversée
    par les feux de la lampe, seul phare dans la nuit.

    Ces évocations tournoyantes et confuses ne duraient jamais que
    quelques secondes; souvent, ma brève incertitude du lieu où je me
    trouvais ne distinguait pas mieux les unes des autres les diverses
    suppositions dont elle était faite, que nous n’isolons, en voyant un
    cheval courir, les positions successives que nous montre le
    kinétoscope. Mais j’avais revu tantôt l’une, tantôt l’autre, des
    chambres que j’avais habitées dans ma vie, et je finissais par me les
    rappeler toutes dans les longues rêveries qui suivaient mon réveil;
    chambres d’hiver où quand on est couché, on se blottit la tête dans un
    nid qu’on se tresse avec les choses les plus disparates: un coin de
    l’oreiller, le haut des couvertures, un bout de châle, le bord du lit,
    et un numéro des Débats roses, qu’on finit par cimenter ensemble selon
    la technique des oiseaux en s’y appuyant indéfiniment; où, par un
    temps glacial le plaisir qu’on goûte est de se sentir séparé du dehors
    (comme l’hirondelle de mer qui a son nid au fond d’un souterrain dans
    la chaleur de la terre), et où, le feu étant entretenu toute la nuit
    dans la cheminée, on dort dans un grand manteau d’air chaud et fumeux,
    traversé des lueurs des tisons qui se rallument, sorte d’impalpable
    alcôve, de chaude caverne creusée au sein de la chambre même, zone
    ardente et mobile en ses contours thermiques, aérée de souffles qui
    nous rafraîchissent la figure et viennent des angles, des parties
    voisines de la fenêtre ou éloignées du foyer et qui se sont
    refroidies;--chambres d’été où l’on aime être uni à la nuit tiède, où
    le clair de lune appuyé aux volets entr’ouverts, jette jusqu’au pied
    du lit son échelle enchantée, où on
    dort presque en plein air, comme la mésange balancée par la brise à la
    pointe d’un rayon--; parfois la chambre Louis XVI, si gaie que même le
    premier soir je n’y avais pas été trop malheureux et où les
    colonnettes qui soutenaient légèrement le plafond s’écartaient avec
    tant de grâce pour montrer et réserver la place du lit; parfois au
    contraire celle, petite et si élevée de plafond, creusée en forme de
    pyramide dans la hauteur de deux étages et partiellement revêtue
    d’acajou, où dès la première seconde j’avais été intoxiqué moralement
    par l’odeur inconnue du vétiver, convaincu de l’hostilité des rideaux
    violets et de l’insolente indifférence de la pendule qui jacassait
    tout haut comme si je n’eusse pas été là;--où une étrange et
    impitoyable glace à pieds quadrangulaires, barrant obliquement un des
    angles de la pièce, se creusait à vif dans la douce plénitude de mon
    champ visuel accoutumé un emplacement qui n’y était pas prévu;--où ma
    pensée, s’efforçant pendant des heures de se disloquer, de s’étirer en
    hauteur pour prendre exactement la forme de la chambre et arriver à
    remplir jusqu’en haut son gigantesque entonnoir, avait souffert bien
    de dures nuits, tandis que j’étais étendu dans mon lit, les yeux
    levés, l’oreille anxieuse, la narine rétive, le cœur battant: jusqu’à
    ce que l’habitude eût changé la couleur des rideaux, fait taire la
    pendule, enseigné la pitié à la glace oblique et cruelle, dissimulé,
    sinon chassé complètement, l’odeur du vétiver et notablement diminué
    la hauteur apparente du plafond. L’habitude! aménageuse habile mais
    bien lente et qui commence par laisser souffrir notre esprit pendant
    des semaines dans une installation provisoire; mais que malgré tout il
    est bien heureux de trouver, car sans l’habitude et réduit à ses seuls
    moyens il serait impuissant à nous rendre un logis habitable.

    Certes, j’étais bien éveillé maintenant, mon corps avait viré une
    dernière fois et le bon ange de la certitude avait tout arrêté autour
    de moi, m’avait couché sous mes couvertures, dans ma chambre, et avait
    mis approximativement à leur place dans l’obscurité ma commode, mon
    bureau, ma cheminée, la fenêtre sur la rue et les deux portes. Mais
    j’avais beau savoir que je n’étais pas dans les demeures dont
    l’ignorance du réveil m’avait en un instant sinon présenté l’image
    distincte, du moins fait croire la présence possible, le branle était
    donné à ma mémoire; généralement je ne cherchais pas à me rendormir
    tout de suite; je passais la plus grande partie de la nuit à me
    rappeler notre vie d’autrefois, à Combray chez ma grand’tante, à
    Balbec, à Paris, à Doncières, à Venise, ailleurs encore, à me rappeler
    les lieux, les personnes que j’y avais connues, ce que j’avais vu
    d’elles, ce qu’on m’en avait raconté.

    A Combray, tous les jours dès la fin de l’après-midi, longtemps avant
    le moment où il faudrait me mettre au lit et rester, sans dormir, loin
    de ma mère et de ma grand’mère, ma chambre à coucher redevenait le
    point fixe et douloureux de mes préoccupations. On avait bien inventé,
    pour me distraire les soirs où on me trouvait l’air trop malheureux,
    de me donner une lanterne magique, dont, en attendant l’heure du
    dîner, on coiffait ma lampe; et, à l’instar des premiers architectes
    et maîtres verriers de l’âge gothique, elle substituait à l’opacité
    des murs d’impalpables irisations, de surnaturelles apparitions
    multicolores, où des légendes étaient dépeintes comme dans un vitrail
    vacillant et momentané. Mais ma tristesse n’en était qu’accrue, parce
    que rien que le changement d’éclairage détruisait l’habitude que
    j’avais de ma chambre et grâce à quoi, sauf le supplice du coucher,
    elle m’était devenue supportable. Maintenant je ne la reconnaissais
    plus et j’y étais inquiet, comme dans une chambre d’hôtel ou de
    «chalet», où je fusse arrivé pour la première fois en descendant de
    chemin de fer.

    Au pas saccadé de son cheval, Golo, plein d’un affreux dessein,
    sortait de la petite forêt triangulaire qui veloutait d’un vert sombre
    la pente d’une colline, et s’avançait en tressautant vers le château
    de la pauvre Geneviève de Brabant. Ce château était coupé selon une
    ligne courbe qui n’était autre que la limite d’un des ovales de verre
    ménagés dans le châssis qu’on glissait entre les coulisses de la
    lanterne. Ce n’était qu’un pan de château et il avait devant lui une
    lande où rêvait Geneviève qui portait une ceinture bleue. Le château
    et la lande étaient jaunes et je n’avais pas attendu de les voir pour
    connaître leur couleur car, avant les verres du châssis, la sonorité
    mordorée du nom de Brabant me l’avait montrée avec évidence. Golo
    s’arrêtait un instant pour écouter avec tristesse le boniment lu à
    haute voix par ma grand’tante et qu’il avait l’air de comprendre
    parfaitement, conformant son attitude avec une docilité qui n’excluait
    pas une certaine majesté, aux indications du texte; puis il
    s’éloignait du même pas saccadé. Et rien ne pouvait arrêter sa lente
    chevauchée. Si on bougeait la lanterne, je distinguais le cheval de
    Golo qui continuait à s’avancer sur les rideaux de la fenêtre, se
    bombant de leurs plis, descendant dans leurs fentes. Le corps de Golo
    lui-même, d’une essence aussi surnaturelle que celui de sa monture,
    s’arrangeait de tout obstacle matériel, de tout objet gênant qu’il
    rencontrait en le prenant comme ossature et en se le rendant
    intérieur, fût-ce le bouton de la porte sur lequel s’adaptait aussitôt
    et surnageait invinciblement sa robe rouge ou sa figure pâle toujours
    aussi noble et aussi mélancolique, mais qui ne laissait paraître aucun
    trouble de cette transvertébration.

    Certes je leur trouvais du charme à ces brillantes projections qui
    semblaient émaner d’un passé mérovingien et promenaient autour de moi
    des reflets d’histoire si anciens. Mais je ne peux dire quel malaise
    me causait pourtant cette intrusion du mystère et de la beauté dans
    une chambre que j’avais fini par remplir de mon moi au point de ne pas
    faire plus attention à elle qu’à lui-même. L’influence anesthésiante
    de l’habitude ayant cessé, je me mettais à penser, à sentir, choses si
    tristes. Ce bouton de la porte de ma chambre, qui différait pour moi
    de tous les autres boutons de porte du monde en ceci qu’il semblait
    ouvrir tout seul, sans que j’eusse besoin de le tourner, tant le
    maniement m’en était devenu inconscient, le voilà qui servait
    maintenant de corps astral à Golo. Et dès qu’on sonnait le dîner,
    j’avais hâte de courir à la salle à manger, où la grosse lampe de la
    suspension, ignorante de Golo et de Barbe-Bleue, et qui connaissait
    mes parents et le bœuf à la casserole, donnait sa lumière de tous les
    soirs; et de tomber dans les bras de maman que les malheurs de
    Geneviève de Brabant me rendaient plus chère, tandis que les crimes de
    Golo me faisaient examiner ma propre conscience avec plus de
    scrupules.

    Après le dîner, hélas, j’étais bientôt obligé de quitter maman qui
    restait à causer avec les autres, au jardin s’il faisait beau, dans le
    petit salon où tout le monde se retirait s’il faisait mauvais. Tout le
    monde, sauf ma grand’mère qui trouvait que «c’est une pitié de rester
    enfermé à la campagne» et qui avait d’incessantes discussions avec mon
    père, les jours de trop grande pluie, parce qu’il m’envoyait lire dans
    ma chambre au lieu de rester dehors. «Ce n’est pas comme cela que vous
    le rendrez robuste et énergique, disait-elle tristement, surtout ce
    petit qui a tant besoin de prendre des forces et de la volonté.» Mon
    père haussait les épaules et il examinait le baromètre, car il aimait
    la météorologie, pendant que ma mère, évitant de faire du bruit pour
    ne pas le troubler, le regardait avec un respect attendri, mais pas
    trop fixement pour ne pas chercher à percer le mystère de ses
    supériorités. Mais ma grand’mère, elle, par tous les temps, même quand
    la pluie faisait rage et que Françoise avait précipitamment rentré les
    précieux fauteuils d’osier de peur qu’ils ne fussent mouillés, on la
    voyait dans le jardin vide et fouetté par l’averse, relevant ses
    mèches désordonnées et grises pour que son front s’imbibât mieux de la
    salubrité du vent et de la pluie. Elle disait: «Enfin, on respire!» et
    parcourait les allées détrempées,--trop symétriquement alignées à son
    gré par le nouveau jardinier dépourvu du sentiment de la nature et
    auquel mon père avait demandé depuis le matin si le temps
    s’arrangerait,--de son petit pas enthousiaste et saccadé, réglé sur les
    mouvements divers qu’excitaient dans son âme l’ivresse de l’orage, la
    puissance de l’hygiène, la stupidité de mon éducation et la symétrie
    des jardins, plutôt que sur le désir inconnu d’elle d’éviter à sa jupe
    prune les taches de boue sous lesquelles elle disparaissait jusqu’à
    une hauteur qui était toujours pour sa femme de chambre un désespoir
    et un problème.

    Quand ces tours de jardin de ma grand’mère avaient lieu après dîner,
    une chose avait le pouvoir de la faire rentrer: c’était, à un des
    moments où la révolution de sa promenade la ramenait périodiquement,
    comme un insecte, en face des lumières du petit salon où les liqueurs
    étaient servies sur la table à jeu,--si ma grand’tante lui criait:
    «Bathilde! viens donc empêcher ton mari de boire du cognac!» Pour la
    taquiner, en effet (elle avait apporté dans la famille de mon père un
    esprit si différent que tout le monde la plaisantait et la
    tourmentait), comme les liqueurs étaient défendues à mon grand-père,
    ma grand’tante lui en faisait boire quelques gouttes. Ma pauvre
    grand’mère entrait, priait ardemment son mari de ne pas goûter au
    cognac; il se fâchait, buvait tout de même sa gorgée, et ma grand’mère
    repartait, triste, découragée, souriante pourtant, car elle était si
    humble de cœur et si douce que sa tendresse pour les autres et le peu
    de cas qu’elle faisait de sa propre personne et de ses souffrances, se
    conciliaient dans son regard en un sourire où, contrairement à ce
    qu’on voit dans le visage de beaucoup d’humains, il n’y avait
    d’ironie que pour elle-même, et pour nous tous comme un baiser de ses
    yeux qui ne pouvaient voir ceux qu’elle chérissait sans les caresser
    passionnément du regard. Ce supplice que lui infligeait ma
    grand’tante, le spectacle des vaines prières de ma grand’mère et de sa
    faiblesse, vaincue d’avance, essayant inutilement d’ôter à mon
    grand-père le verre à liqueur, c’était de ces choses à la vue
    desquelles on s’habitue plus tard jusqu’à les considérer en riant et à
    prendre le parti du persécuteur assez résolument et gaiement pour se
    persuader à soi-même qu’il ne s’agit pas de persécution; elles me
    causaient alors une telle horreur, que j’aurais aimé battre ma
    grand’tante. Mais dès que j’entendais: «Bathilde, viens donc empêcher
    ton mari de boire du cognac!» déjà homme par la lâcheté, je faisais ce
    que nous faisons tous, une fois que nous sommes grands, quand il y a
    devant nous des souffrances et des injustices: je ne voulais pas les
    voir; je montais sangloter tout en haut de la maison à côté de la
    salle d’études, sous les toits, dans une petite pièce sentant l’iris,
    et que parfumait aussi un cassis sauvage poussé au dehors entre les
    pierres de la muraille et qui passait une branche de fleurs par la
    fenêtre entr’ouverte. Destinée à un usage plus spécial et plus
    vulgaire, cette pièce, d’où l’on voyait pendant le jour jusqu’au
    donjon de Roussainville-le-Pin, servit longtemps de refuge pour moi,
    sans doute parce qu’elle était la seule qu’il me fût permis de fermer
    à clef, à toutes celles de mes occupations qui réclamaient une
    inviolable solitude: la lecture, la rêverie, les larmes et la volupté.
    Hélas! je ne savais pas que, bien plus tristement que les petits
    écarts de régime de son mari, mon manque de volonté, ma santé
    délicate, l’incertitude qu’ils projetaient sur mon avenir,
    préoccupaient ma grand’mère, au cours de ces déambulations
    incessantes, de l’après-midi et du soir, où on voyait passer et
    repasser, obliquement levé vers le ciel, son beau visage aux joues
    brunes et sillonnées, devenues au retour de l’âge presque mauves comme
    les labours à l’automne, barrées, si elle sortait, par une voilette à
    demi relevée, et sur lesquelles, amené là par le froid ou quelque
    triste pensée, était toujours en train de sécher un pleur
    involontaire.

    Ma seule consolation, quand je montais me coucher, était que maman
    viendrait m’embrasser quand je serais dans mon lit. Mais ce bonsoir
    durait si peu de temps, elle redescendait si vite, que le moment où je
    l’entendais monter, puis où passait dans le couloir à double porte le
    bruit léger de sa robe de jardin en mousseline bleue, à laquelle
    pendaient de petits cordons de paille tressée, était pour moi un
    moment douloureux. Il annonçait celui qui allait le suivre, où elle
    m’aurait quitté, où elle serait redescendue. De sorte que ce bonsoir
    que j’aimais tant, j’en arrivais à souhaiter qu’il vînt le plus tard
    possible, à ce que se prolongeât le temps de répit où maman n’était
    pas encore venue. Quelquefois quand, après m’avoir embrassé, elle
    ouvrait la porte pour partir, je voulais la rappeler, lui dire
    «embrasse-moi une fois encore», mais je savais qu’aussitôt elle aurait
    son visage fâché, car la concession qu’elle faisait à ma tristesse et
    à mon agitation en montant m’embrasser, en m’apportant ce baiser de
    paix, agaçait mon père qui trouvait ces rites absurdes, et elle eût
    voulu tâcher de m’en faire perdre le besoin, l’habitude, bien loin de
    me laisser prendre celle de lui demander, quand elle était déjà sur le
    pas de la porte, un baiser de plus. Or la voir fâchée détruisait tout
    le calme qu’elle m’avait apporté un instant avant, quand elle avait
    penché vers mon lit sa figure aimante, et me l’avait tendue comme une
    hostie pour une communion de paix où mes lèvres puiseraient sa
    présence réelle et le pouvoir de m’endormir. Mais ces soirs-là, où
    maman en somme restait si peu de temps dans ma chambre, étaient doux
    encore en comparaison de ceux où il y avait du monde à dîner et où, à
    cause de cela, elle ne montait pas me dire bonsoir. Le monde se
    bornait habituellement à M. Swann, qui, en dehors de quelques
    étrangers de passage, était à peu près la seule personne qui vînt chez
    nous à Combray, quelquefois pour dîner en voisin (plus rarement depuis
    qu’il avait fait ce mauvais mariage, parce que mes parents ne
    voulaient pas recevoir sa femme), quelquefois après le dîner, à
    l’improviste. Les soirs où, assis devant la maison sous le grand
    marronnier, autour de la table de fer, nous entendions au bout du
    jardin, non pas le grelot profus et criard qui arrosait, qui
    étourdissait au passage de son bruit ferrugineux, intarissable et
    glacé, toute personne de la maison qui le déclenchait en entrant «sans
    sonner», mais le double tintement timide, ovale et doré de la
    clochette pour les étrangers, tout le monde aussitôt se demandait:
    «Une visite, qui cela peut-il être?» mais on savait bien que cela ne
    pouvait être que M. Swann; ma grand’tante parlant à haute voix, pour
    prêcher d’exemple, sur un ton qu’elle s’efforçait de rendre naturel,
    disait de ne pas chuchoter ainsi; que rien n’est plus désobligeant
    pour une personne qui arrive et à qui cela fait croire qu’on est en
    train de dire des choses qu’elle ne doit pas entendre; et on envoyait
    en éclaireur ma grand’mère, toujours heureuse d’avoir un prétexte pour
    faire un tour de jardin de plus, et qui en profitait pour arracher
    subrepticement au passage quelques tuteurs de rosiers afin de rendre
    aux roses un peu de naturel, comme une mère qui, pour les faire
    bouffer, passe la main dans les cheveux de son fils que le coiffeur a
    trop aplatis.

    Nous restions tous suspendus aux nouvelles que ma grand’mère allait
    nous apporter de l’ennemi, comme si on eût pu hésiter entre un grand
    nombre possible d’assaillants, et bientôt après mon grand-père disait:
    «Je reconnais la voix de Swann.» On ne le reconnaissait en effet qu’à
    la voix, on distinguait mal son visage au nez busqué, aux yeux verts,
    sous un haut front entouré de cheveux blonds presque roux, coiffés à
    la Bressant, parce que nous gardions le moins de lumière possible au
    jardin pour ne pas attirer les moustiques et j’allais, sans en avoir
    l’air, dire qu’on apportât les sirops; ma grand’mère attachait
    beaucoup d’importance, trouvant cela plus aimable, à ce qu’ils
    n’eussent pas l’air de figurer d’une façon exceptionnelle, et pour les
    visites seulement. M. Swann, quoique beaucoup plus jeune que lui,
    était très lié avec mon grand-père qui avait été un des meilleurs amis
    de son père, homme excellent mais singulier, chez qui, paraît-il, un
    rien suffisait parfois pour interrompre les élans du cœur, changer le
    cours de la pensée. J’entendais plusieurs fois par an mon grand-père
    raconter à table des anecdotes toujours les mêmes sur l’attitude
    qu’avait eue M. Swann le père, à la mort de sa femme qu’il avait
    veillée jour et nuit. Mon grand-père qui ne l’avait pas vu depuis
    longtemps était accouru auprès de lui dans la propriété que les Swann
    possédaient aux environs de Combray, et avait réussi, pour qu’il
    n’assistât pas à la mise en bière, à lui faire quitter un moment, tout
    en pleurs, la chambre mortuaire. Ils firent quelques pas dans le parc
    où il y avait un peu de soleil. Tout d’un coup, M. Swann prenant mon
    grand-père par le bras, s’était écrié: «Ah! mon vieil ami, quel
    bonheur de se promener ensemble par ce beau temps. Vous ne trouvez pas
    ça joli tous ces arbres, ces aubépines et mon étang dont vous ne
    m’avez jamais félicité? Vous avez l’air comme un bonnet de nuit.
    Sentez-vous ce petit vent? Ah! on a beau dire, la vie a du bon tout de
    même, mon cher Amédée!» Brusquement le souvenir de sa femme morte lui
    revint, et trouvant sans doute trop compliqué de chercher comment il
    avait pu à un pareil moment se laisser aller à un mouvement de joie,
    il se contenta, par un geste qui lui était familier chaque fois qu’une
    question ardue se présentait à son esprit, de passer la main sur son
    front, d’essuyer ses yeux et les verres de son lorgnon. Il ne put
    pourtant pas se consoler de la mort de sa femme, mais pendant les deux
    années qu’il lui survécut, il disait à mon grand-père: «C’est drôle,
    je pense très souvent à ma pauvre femme, mais je ne peux y penser
    beaucoup à la fois.» «Souvent, mais peu à la fois, comme le pauvre
    père Swann», était devenu une des phrases favorites de mon grand-père
    qui la prononçait à propos des choses les plus différentes. Il
    m’aurait paru que ce père de Swann était un monstre, si mon grand-père
    que je considérais comme meilleur juge et dont la sentence faisant
    jurisprudence pour moi, m’a souvent servi dans la suite à absoudre des
    fautes que j’aurais été enclin à condamner, ne s’était récrié: «Mais
    comment? c’était un cœur d’or!»

    Pendant bien des années, où pourtant, surtout avant son mariage, M.
    Swann, le fils, vint souvent les voir à Combray, ma grand’tante et mes
    grands-parents ne soupçonnèrent pas qu’il ne vivait plus du tout dans
    la société qu’avait fréquentée sa famille et que sous l’espèce
    d’incognito que lui faisait chez nous ce nom de Swann, ils
    hébergeaient,--avec la parfaite innocence d’honnêtes hôteliers qui ont
    chez eux, sans le savoir, un célèbre brigand,--un des membres les plus
    élégants du Jockey-Club, ami préféré du comte de Paris et du prince de
    Galles, un des hommes les plus choyés de la haute société du faubourg
    Saint-Germain.

    L’ignorance où nous étions de cette brillante vie mondaine que menait
    Swann tenait évidemment en partie à la réserve et à la discrétion de
    son caractère, mais aussi à ce que les bourgeois d’alors se faisaient
    de la société une idée un peu hindoue et la considéraient comme
    composée de castes fermées où chacun, dès sa naissance, se trouvait
    placé dans le rang qu’occupaient ses parents, et d’où rien, à moins
    des hasards d’une carrière exceptionnelle ou d’un mariage inespéré, ne
    pouvait vous tirer pour vous faire pénétrer dans une caste supérieure.
    M. Swann, le père, était agent de change; le «fils Swann» se trouvait
    faire partie pour toute sa vie d’une caste où les fortunes, comme dans
    une catégorie de contribuables, variaient entre tel et tel revenu. On
    savait quelles avaient été les fréquentations de son père, on savait
    donc quelles étaient les siennes, avec quelles personnes il était «en
    situation» de frayer. S’il en connaissait d’autres, c’étaient
    relations de jeune homme sur lesquelles des amis anciens de sa
    famille, comme étaient mes parents, fermaient d’autant plus
    bienveillamment les yeux qu’il continuait, depuis qu’il était
    orphelin, à venir très fidèlement nous voir; mais il y avait fort à
    parier que ces gens inconnus de nous qu’il voyait, étaient de ceux
    qu’il n’aurait pas osé saluer si, étant avec nous, il les avait
    rencontrés. Si l’on avait voulu à toute force appliquer à Swann un
    coefficient social qui lui fût personnel, entre les autres fils
    d’agents de situation égale à celle de ses parents, ce coefficient eût
    été pour lui un peu inférieur parce que, très simple de façon et ayant
    toujours eu une «toquade» d’objets anciens et de peinture, il
    demeurait maintenant dans un vieil hôtel où il entassait ses
    collections et que ma grand’mère rêvait de visiter, mais qui était
    situé quai d’Orléans, quartier que ma grand’tante trouvait infamant
    d’habiter. «Êtes-vous seulement connaisseur? je vous demande cela dans
    votre intérêt, parce que vous devez vous faire repasser des croûtes
    par les marchands», lui disait ma grand’tante; elle ne lui supposait
    en effet aucune compétence et n’avait pas haute idée même au point de
    vue intellectuel d’un homme qui dans la conversation évitait les
    sujets sérieux et montrait une précision fort prosaïque non seulement
    quand il nous donnait, en entrant dans les moindres détails, des
    recettes de cuisine, mais même quand les sœurs de ma grand’mère
    parlaient de sujets artistiques. Provoqué par elles à donner son avis,
    à exprimer son admiration pour un tableau, il gardait un silence
    presque désobligeant et se rattrapait en revanche s’il pouvait fournir
    sur le musée où il se trouvait, sur la date où il avait été peint, un
    renseignement matériel. Mais d’habitude il se contentait de chercher à
    nous amuser en racontant chaque fois une histoire nouvelle qui venait
    de lui arriver avec des gens choisis parmi ceux que nous connaissions,
    avec le pharmacien de Combray, avec notre cuisinière, avec notre
    cocher. Certes ces récits faisaient rire ma grand’tante, mais sans
    qu’elle distinguât bien si c’était à cause du rôle ridicule que s’y
    donnait toujours Swann ou de l’esprit qu’il mettait à les conter: «On
    peut dire que vous êtes un vrai type, monsieur Swann!» Comme elle
    était la seule personne un peu vulgaire de notre famille, elle avait
    soin de faire remarquer aux étrangers, quand on parlait de Swann,
    qu’il aurait pu, s’il avait voulu, habiter boulevard Haussmann ou
    avenue de l’Opéra, qu’il était le fils de M. Swann qui avait dû lui
    laisser quatre ou cinq millions, mais que c’était sa fantaisie.
    Fantaisie qu’elle jugeait du reste devoir être si divertissante pour
    les autres, qu’à Paris, quand M. Swann venait le 1er janvier lui
    apporter son sac de marrons glacés, elle ne manquait pas, s’il y avait
    du monde, de lui dire: «Eh bien! M. Swann, vous habitez toujours près
    de l’Entrepôt des vins, pour être sûr de ne pas manquer le train quand
    vous prenez le chemin de Lyon?» Et elle regardait du coin de l’œil,
    par-dessus son lorgnon, les autres visiteurs.

    Mais si l’on avait dit à ma grand’mère que ce Swann qui, en tant que
    fils Swann était parfaitement «qualifié» pour être reçu par toute la
    «belle bourgeoisie», par les notaires ou les avoués les plus estimés
    de Paris (privilège qu’il semblait laisser tomber un peu en
    quenouille), avait, comme en cachette, une vie toute différente; qu’en
    sortant de chez nous, à Paris, après nous avoir dit qu’il rentrait se
    coucher, il rebroussait chemin à peine la rue tournée et se rendait
    dans tel salon que jamais l’œil d’aucun agent ou associé d’agent ne
    contempla, cela eût paru aussi extraordinaire à ma tante qu’aurait pu
    l’être pour une dame plus lettrée la pensée d’être personnellement
    liée avec Aristée dont elle aurait compris qu’il allait, après avoir
    causé avec elle, plonger au sein des royaumes de Thétis, dans un
    empire soustrait aux yeux des mortels et où Virgile nous le montre
    reçu à bras ouverts; ou, pour s’en tenir à une image qui avait plus de
    chance de lui venir à l’esprit, car elle l’avait vue peinte sur nos
    assiettes à petits fours de Combray--d’avoir eu à dîner Ali-Baba,
    lequel quand il se saura seul, pénétrera dans la caverne, éblouissante
    de trésors insoupçonnés.

    Un jour qu’il était venu nous voir à Paris après dîner en s’excusant
    d’être en habit, Françoise ayant, après son départ, dit tenir du
    cocher qu’il avait dîné «chez une princesse»,--«Oui, chez une princesse
    du demi-monde!» avait répondu ma tante en haussant les épaules sans
    lever les yeux de sur son tricot, avec une ironie sereine.

    Aussi, ma grand’tante en usait-elle cavalièrement avec lui. Comme elle
    croyait qu’il devait être flatté par nos invitations, elle trouvait
    tout naturel qu’il ne vînt pas nous voir l’été sans avoir à la main un
    panier de pêches ou de framboises de son jardin et que de chacun de
    ses voyages d’Italie il m’eût rapporté des photographies de
    chefs-d’œuvre.

    On ne se gênait guère pour l’envoyer quérir dès qu’on avait besoin
    d’une recette de sauce gribiche ou de salade à l’ananas pour des
    grands dîners où on ne l’invitait pas, ne lui trouvant pas un prestige
    suffisant pour qu’on pût le servir à des étrangers qui venaient pour
    la première fois. Si la conversation tombait sur les princes de la
    Maison de France: «des gens que nous ne connaîtrons jamais ni vous ni
    moi et nous nous en passons, n’est-ce pas», disait ma grand’tante à
    Swann qui avait peut-être dans sa poche une lettre de Twickenham; elle
    lui faisait pousser le piano et tourner les pages les soirs où la sœur
    de ma grand’mère chantait, ayant pour manier cet être ailleurs si
    recherché, la naïve brusquerie d’un enfant qui joue avec un bibelot de
    collection sans plus de précautions qu’avec un objet bon marché. Sans
    doute le Swann que connurent à la même époque tant de clubmen était
    bien différent de celui que créait ma grand’tante, quand le soir, dans
    le petit jardin de Combray, après qu’avaient retenti les deux coups
    hésitants de la clochette, elle injectait et vivifiait de tout ce
    qu’elle savait sur la famille Swann, l’obscur et incertain personnage
    qui se détachait, suivi de ma grand’mère, sur un fond de ténèbres, et
    qu’on reconnaissait à la voix. Mais même au point de vue des plus
    insignifiantes choses de la vie, nous ne sommes pas un tout
    matériellement constitué, identique pour tout le monde et dont chacun
    n’a qu’à aller prendre connaissance comme d’un cahier des charges ou
    d’un testament; notre personnalité sociale est une création de la
    pensée des autres. Même l’acte si simple que nous appelons «voir une
    personne que nous connaissons» est en partie un acte intellectuel.
    Nous remplissons l’apparence physique de l’être que nous voyons, de
    toutes les notions que nous avons sur lui et dans l’aspect total que
    nous nous représentons, ces notions ont certainement la plus grande
    part. Elles finissent par gonfler si parfaitement les joues, par
    suivre en une adhérence si exacte la ligne du nez, elles se mêlent si
    bien de nuancer la sonorité de la voix comme si celle-ci n’était
    qu’une transparente enveloppe, que chaque fois que nous voyons ce
    visage et que nous entendons cette voix, ce sont ces notions que nous
    retrouvons, que nous écoutons. Sans doute, dans le Swann qu’ils
    s’étaient constitué, mes parents avaient omis par ignorance de faire
    entrer une foule de particularités de sa vie mondaine qui étaient
    cause que d’autres personnes, quand elles étaient en sa présence,
    voyaient les élégances régner dans son visage et s’arrêter à son nez
    busqué comme à leur frontière naturelle; mais aussi ils avaient pu
    entasser dans ce visage désaffecté de son prestige, vacant et
    spacieux, au fond de ces yeux dépréciés, le vague et doux
    résidu,--mi-mémoire, mi-oubli,--des heures oisives passées ensemble
    après nos dîners hebdomadaires, autour de la table de jeu ou au
    jardin, durant notre vie de bon voisinage campagnard. L’enveloppe
    corporelle de notre ami en avait été si bien bourrée, ainsi que de
    quelques souvenirs relatifs à ses parents, que ce Swann-là était
    devenu un être complet et vivant, et que j’ai l’impression de quitter
    une personne pour aller vers une autre qui en est distincte, quand,
    dans ma mémoire, du Swann que j’ai connu plus tard avec exactitude je
    passe à ce premier Swann,--à ce premier Swann dans lequel je retrouve
    les erreurs charmantes de ma jeunesse, et qui d’ailleurs ressemble
    moins à l’autre qu’aux personnes que j’ai connues à la même époque,
    comme s’il en était de notre vie ainsi que d’un musée où tous les
    portraits d’un même temps ont un air de famille, une même tonalité--à
    ce premier Swann rempli de loisir, parfumé par l’odeur du grand
    marronnier, des paniers de framboises et d’un brin d’estragon.

    Pourtant un jour que ma grand’mère était allée demander un service à
    une dame qu’elle avait connue au Sacré-Cœur (et avec laquelle, à cause
    de notre conception des castes elle n’avait pas voulu rester en
    relations malgré une sympathie réciproque), la marquise de
    Villeparisis, de la célèbre famille de Bouillon, celle-ci lui avait
    dit: «Je crois que vous connaissez beaucoup M. Swann qui est un grand
    ami de mes neveux des Laumes». Ma grand’mère était revenue de sa
    visite enthousiasmée par la maison qui donnait sur des jardins et où
    Mme de Villeparisis lui conseillait de louer, et aussi par un giletier
    et sa fille, qui avaient leur boutique dans la cour et chez qui elle
    était entrée demander qu’on fît un point à sa jupe qu’elle avait
    déchirée dans l’escalier. Ma grand’mère avait trouvé ces gens
    parfaits, elle déclarait que la petite était une perle et que le
    giletier était l’homme le plus distingué, le mieux qu’elle eût jamais
    vu. Car pour elle, la distinction était quelque chose d’absolument
    indépendant du rang social. Elle s’extasiait sur une réponse que le
    giletier lui avait faite, disant à maman: «Sévigné n’aurait pas mieux
    dit!» et en revanche, d’un neveu de Mme de Villeparisis qu’elle avait
    rencontré chez elle: «Ah! ma fille, comme il est commun!»

    Or le propos relatif à Swann avait eu pour effet non pas de relever
    celui-ci dans l’esprit de ma grand’tante, mais d’y abaisser Mme de
    Villeparisis. Il semblait que la considération que, sur la foi de ma
    grand’mère, nous accordions à Mme de Villeparisis, lui créât un devoir
    de ne rien faire qui l’en rendît moins digne et auquel elle avait
    manqué en apprenant l’existence de Swann, en permettant à des parents
    à elle de le fréquenter. «Comment elle connaît Swann? Pour une
    personne que tu prétendais parente du maréchal de Mac-Mahon!» Cette
    opinion de mes parents sur les relations de Swann leur parut ensuite
    confirmée par son mariage avec une femme de la pire société, presque
    une cocotte que, d’ailleurs, il ne chercha jamais à présenter,
    continuant à venir seul chez nous, quoique de moins en moins, mais
    d’après laquelle ils crurent pouvoir juger--supposant que c’était là
    qu’il l’avait prise--le milieu, inconnu d’eux, qu’il fréquentait
    habituellement.

    Mais une fois, mon grand-père lut dans un journal que M. Swann était
    un des plus fidèles habitués des déjeuners du dimanche chez le duc de
    X..., dont le père et l’oncle avaient été les hommes d’État les plus
    en vue du règne de Louis-Philippe. Or mon grand-père était curieux de
    tous les petits faits qui pouvaient l’aider à entrer par la pensée
    dans la vie privée d’hommes comme Molé, comme le duc Pasquier, comme
    le duc de Broglie. Il fut enchanté d’apprendre que Swann fréquentait
    des gens qui les avaient connus. Ma grand’tante au contraire
    interpréta cette nouvelle dans un sens défavorable à Swann: quelqu’un
    qui choisissait ses fréquentations en dehors de la caste où il était
    né, en dehors de sa «classe» sociale, subissait à ses yeux un fâcheux
    déclassement. Il lui semblait qu’on renonçât d’un coup au fruit de
    toutes les belles relations avec des gens bien posés, qu’avaient
    honorablement entretenues et engrangées pour leurs enfants les
    familles prévoyantes; (ma grand’tante avait même cessé de voir le fils
    d’un notaire de nos amis parce qu’il avait épousé une altesse et était
    par là descendu pour elle du rang respecté de fils de notaire à celui
    d’un de ces aventuriers, anciens valets de chambre ou garçons
    d’écurie, pour qui on raconte que les reines eurent parfois des
    bontés). Elle blâma le projet qu’avait mon grand-père d’interroger
    Swann, le soir prochain où il devait venir dîner, sur ces amis que
    nous lui découvrions. D’autre part les deux sœurs de ma grand’mère,
    vieilles filles qui avaient sa noble nature mais non son esprit,
    déclarèrent ne pas comprendre le plaisir que leur beau-frère pouvait
    trouver à parler de niaiseries pareilles. C’étaient des personnes
    d’aspirations élevées et qui à cause de cela même étaient incapables
    de s’intéresser à ce qu’on appelle un potin, eût-il même un intérêt
    historique, et d’une façon générale à tout ce qui ne se rattachait pas
    directement à un objet esthétique ou vertueux. Le désintéressement de
    leur pensée était tel, à l’égard de tout ce qui, de près ou de loin
    semblait se rattacher à la vie mondaine, que leur sens auditif,--ayant
    fini par comprendre son inutilité momentanée dès qu’à dîner la
    conversation prenait un ton frivole ou seulement terre à terre sans
    que ces deux vieilles demoiselles aient pu la ramener aux sujets qui
    leur étaient chers,--mettait alors au repos ses organes récepteurs et
    leur laissait subir un véritable commencement d’atrophie. Si alors mon
    grand-père avait besoin d’attirer l’attention des deux sœurs, il
    fallait qu’il eût recours à ces avertissements physiques dont usent
    les médecins aliénistes à l’égard de certains maniaques de la
    distraction: coups frappés à plusieurs reprises sur un verre avec la
    lame d’un couteau, coïncidant avec une brusque interpellation de la
    voix et du regard, moyens violents que ces psychiatres transportent
    souvent dans les rapports courants avec des gens bien portants, soit
    par habitude professionnelle, soit qu’ils croient tout le monde un peu
    fou.

    Elles furent plus intéressées quand la veille du jour où Swann devait
    venir dîner, et leur avait personnellement envoyé une caisse de vin
    d’Asti, ma tante, tenant un numéro du Figaro où à côté du nom d’un
    tableau qui était à une Exposition de Corot, il y avait ces mots: «de
    la collection de M. Charles Swann», nous dit: «Vous avez vu que Swann
    a «les honneurs» du Figaro?»--«Mais je vous ai toujours dit qu’il avait
    beaucoup de goût», dit ma grand’mère. «Naturellement toi, du moment
    qu’il s’agit d’être d’un autre avis que nous», répondit ma grand’tante
    qui, sachant que ma grand’mère n’était jamais du même avis qu’elle, et
    n’étant bien sûre que ce fût à elle-même que nous donnions toujours
    raison, voulait nous arracher une condamnation en bloc des opinions de
    ma grand’mère contre lesquelles elle tâchait de nous solidariser de
    force avec les siennes. Mais nous restâmes silencieux. Les sœurs de ma
    grand’mère ayant manifesté l’intention de parler à Swann de ce mot du
    Figaro, ma grand’tante le leur déconseilla. Chaque fois qu’elle voyait
    aux autres un avantage si petit fût-il qu’elle n’avait pas, elle se
    persuadait que c’était non un avantage mais un mal et elle les
    plaignait pour ne pas avoir à les envier. «Je crois que vous ne lui
    feriez pas plaisir; moi je sais bien que cela me serait très
    désagréable de voir mon nom imprimé tout vif comme cela dans le
    journal, et je ne serais pas flattée du tout qu’on m’en parlât.» Elle
    ne s’entêta pas d’ailleurs à persuader les sœurs de ma grand’mère; car
    celles-ci par horreur de la vulgarité poussaient si loin l’art de
    dissimuler sous des périphrases ingénieuses une allusion personnelle
    qu’elle passait souvent inaperçue de celui même à qui elle
    s’adressait. Quant à ma mère elle ne pensait qu’à tâcher d’obtenir de
    mon père qu’il consentît à parler à Swann non de sa femme mais de sa
    fille qu’il adorait et à cause de laquelle disait-on il avait fini par
    faire ce mariage. «Tu pourrais ne lui dire qu’un mot, lui demander
    comment elle va. Cela doit être si cruel pour lui.» Mais mon père se
    fâchait: «Mais non! tu as des idées absurdes. Ce serait ridicule.»

    Mais le seul d’entre nous pour qui la venue de Swann devint l’objet
    d’une préoccupation douloureuse, ce fut moi. C’est que les soirs où
    des étrangers, ou seulement M. Swann, étaient là, maman ne montait pas
    dans ma chambre. Je ne dînais pas à table, je venais après dîner au
    jardin, et à neuf heures je disais bonsoir et allais me coucher. Je
    dînais avant tout le monde et je venais ensuite m’asseoir à table,
    jusqu’à huit heures où il était convenu que je devais monter; ce
    baiser précieux et fragile que maman me confiait d’habitude dans mon
    lit au moment de m’endormir il me fallait le transporter de la salle à
    manger dans ma chambre et le garder pendant tout le temps que je me
    déshabillais, sans que se brisât sa douceur, sans que se répandît et
    s’évaporât sa vertu volatile et, justement ces soirs-là où j’aurais eu
    besoin de le recevoir avec plus de précaution, il fallait que je le
    prisse, que je le dérobasse brusquement, publiquement, sans même avoir
    le temps et la liberté d’esprit nécessaires pour porter à ce que je
    faisais cette attention des maniaques qui s’efforcent de ne pas penser
    à autre chose pendant qu’ils ferment une porte, pour pouvoir, quand
    l’incertitude maladive leur revient, lui opposer victorieusement le
    souvenir du moment où ils l’ont fermée. Nous étions tous au jardin
    quand retentirent les deux coups hésitants de la clochette. On savait
    que c’était Swann; néanmoins tout le monde se regarda d’un air
    interrogateur et on envoya ma grand’mère en reconnaissance. «Pensez à
    le remercier intelligiblement de son vin, vous savez qu’il est
    délicieux et la caisse est énorme, recommanda mon grand-père à ses
    deux belles-sœurs.» «Ne commencez pas à chuchoter, dit ma grand’tante.
    Comme c’est confortable d’arriver dans une maison où tout le monde
    parle bas.» «Ah! voilà M. Swann. Nous allons lui demander s’il croit
    qu’il fera beau demain», dit mon père. Ma mère pensait qu’un mot
    d’elle effacerait toute la peine que dans notre famille on avait pu
    faire à Swann depuis son mariage. Elle trouva le moyen de l’emmener un
    peu à l’écart. Mais je la suivis; je ne pouvais me décider à la
    quitter d’un pas en pensant que tout à l’heure il faudrait que je la
    laisse dans la salle à manger et que je remonte dans ma chambre sans
    avoir comme les autres soirs la consolation qu’elle vînt m’embrasser.
    «Voyons, monsieur Swann, lui dit-elle, parlez-moi un peu de votre
    fille; je suis sûre qu’elle a déjà le goût des belles œuvres comme son
    papa.» «Mais venez donc vous asseoir avec nous tous sous la véranda»,
    dit mon grand-père en s’approchant. Ma mère fut obligée de
    s’interrompre, mais elle tira de cette contrainte même une pensée
    délicate de plus, comme les bons poètes que la tyrannie de la rime
    force à trouver leurs plus grandes beautés: «Nous reparlerons d’elle
    quand nous serons tous les deux, dit-elle à mi-voix à Swann. Il n’y a
    qu’une maman qui soit digne de vous comprendre. Je suis sûre que la
    sienne serait de mon avis.» Nous nous assîmes tous autour de la table
    de fer. J’aurais voulu ne pas penser aux heures d’angoisse que je
    passerais ce soir seul dans ma chambre sans pouvoir m’endormir; je
    tâchais de me persuader qu’elles n’avaient aucune importance, puisque
    je les aurais oubliées demain matin, de m’attacher à des idées
    d’avenir qui auraient dû me conduire comme sur un pont au delà de
    l’abîme prochain qui m’effrayait. Mais mon esprit tendu par ma
    préoccupation, rendu convexe comme le regard que je dardais sur ma
    mère, ne se laissait pénétrer par aucune impression étrangère. Les
    pensées entraient bien en lui, mais à condition de laisser dehors tout
    élément de beauté ou simplement de drôlerie qui m’eût touché ou
    distrait. Comme un malade, grâce à un anesthésique, assiste avec une
    pleine lucidité à l’opération qu’on pratique sur lui, mais sans rien
    sentir, je pouvais me réciter des vers que j’aimais ou observer les
    efforts que mon grand-père faisait pour parler à Swann du duc
    d’Audiffret-Pasquier, sans que les premiers me fissent éprouver aucune
    émotion, les seconds aucune gaîté. Ces efforts furent infructueux. A
    peine mon grand-père eut-il posé à Swann une question relative à cet
    orateur qu’une des sœurs de ma grand’mère aux oreilles de qui cette
    question résonna comme un silence profond mais intempestif et qu’il
    était poli de rompre, interpella l’autre: «Imagine-toi, Céline, que
    j’ai fait la connaissance d’une jeune institutrice suédoise qui m’a
    donné sur les coopératives dans les pays scandinaves des détails tout
    ce qu’il y a de plus intéressants. Il faudra qu’elle vienne dîner ici
    un soir.» «Je crois bien! répondit sa sœur Flora, mais je n’ai pas
    perdu mon temps non plus. J’ai rencontré chez M. Vinteuil un vieux
    savant qui connaît beaucoup Maubant, et à qui Maubant a expliqué dans
    le plus grand détail comment il s’y prend pour composer un rôle. C’est
    tout ce qu’il y a de plus intéressant. C’est un voisin de M. Vinteuil,
    je n’en savais rien; et il est très aimable.» «Il n’y a pas que M.
    Vinteuil qui ait des voisins aimables», s’écria ma tante Céline d’une
    voix que la timidité rendait forte et la préméditation, factice, tout
    en jetant sur Swann ce qu’elle appelait un regard significatif. En
    même temps ma tante Flora qui avait compris que cette phrase était le
    remerciement de Céline pour le vin d’Asti, regardait également Swann
    avec un air mêlé de congratulation et d’ironie, soit simplement pour
    souligner le trait d’esprit de sa sœur, soit qu’elle enviât Swann de
    l’avoir inspiré, soit qu’elle ne pût s’empêcher de se moquer de lui
    parce qu’elle le croyait sur la sellette. «Je crois qu’on pourra
    réussir à avoir ce monsieur à dîner, continua Flora; quand on le met
    sur Maubant ou sur Mme Materna, il parle des heures sans s’arrêter.»
    «Ce doit être délicieux», soupira mon grand-père dans l’esprit de qui
    la nature avait malheureusement aussi complètement omis d’inclure la
    possibilité de s’intéresser passionnément aux coopératives suédoises
    ou à la composition des rôles de Maubant, qu’elle avait oublié de
    fournir celui des sœurs de ma grand’mère du petit grain de sel qu’il
    faut ajouter soi-même pour y trouver quelque saveur, à un récit sur la
    vie intime de Molé ou du comte de Paris. «Tenez, dit Swann à mon
    grand-père, ce que je vais vous dire a plus de rapports que cela n’en
    a l’air avec ce que vous me demandiez, car sur certains points les
    choses n’ont pas énormément changé. Je relisais ce matin dans
    Saint-Simon quelque chose qui vous aurait amusé. C’est dans le volume
    sur son ambassade d’Espagne; ce n’est pas un des meilleurs, ce n’est
    guère qu’un journal, mais du moins un journal merveilleusement écrit,
    ce qui fait déjà une première différence avec les assommants journaux
    que nous nous croyons obligés de lire matin et soir.» «Je ne suis pas
    de votre avis, il y a des jours où la lecture des journaux me semble
    fort agréable...», interrompit ma tante Flora, pour montrer qu’elle
    avait lu la phrase sur le Corot de Swann dans le Figaro. «Quand ils
    parlent de choses ou de gens qui nous intéressent!» enchérit ma tante
    Céline. «Je ne dis pas non, répondit Swann étonné. Ce que je reproche
    aux journaux c’est de nous faire faire attention tous les jours à des
    choses insignifiantes tandis que nous lisons trois ou quatre fois dans
    notre vie les livres où il y a des choses essentielles. Du moment que
    nous déchirons fiévreusement chaque matin la bande du journal, alors
    on devrait changer les choses et mettre dans le journal, moi je ne
    sais pas, les... Pensées de Pascal! (il détacha ce mot d’un ton
    d’emphase ironique pour ne pas avoir l’air pédant). Et c’est dans le
    volume doré sur tranches que nous n’ouvrons qu’une fois tous les dix
    ans, ajouta-t-il en témoignant pour les choses mondaines ce dédain
    qu’affectent certains hommes du monde, que nous lirions que la reine
    de Grèce est allée à Cannes ou que la princesse de Léon a donné un bal
    costumé. Comme cela la juste proportion serait rétablie.» Mais
    regrettant de s’être laissé aller à parler même légèrement de choses
    sérieuses: «Nous avons une bien belle conversation, dit-il
    ironiquement, je ne sais pas pourquoi nous abordons ces «sommets», et
    se tournant vers mon grand-père: «Donc Saint-Simon raconte que
    Maulevrier avait eu l’audace de tendre la main à ses fils. Vous savez,
    c’est ce Maulevrier dont il dit: «Jamais je ne vis dans cette épaisse
    bouteille que de l’humeur, de la grossièreté et des sottises.»
    «Épaisses ou non, je connais des bouteilles où il y a tout autre
    chose», dit vivement Flora, qui tenait à avoir remercié Swann elle
    aussi, car le présent de vin d’Asti s’adressait aux deux. Céline se
    mit à rire. Swann interloqué reprit: «Je ne sais si ce fut ignorance
    ou panneau, écrit Saint-Simon, il voulut donner la main à mes enfants.
    Je m’en aperçus assez tôt pour l’en empêcher.» Mon grand-père
    s’extasiait déjà sur «ignorance ou panneau», mais Mlle Céline, chez
    qui le nom de Saint-Simon,--un littérateur,--avait empêché l’anesthésie
    complète des facultés auditives, s’indignait déjà: «Comment? vous
    admirez cela? Eh bien! c’est du joli! Mais qu’est-ce que cela peut
    vouloir dire; est-ce qu’un homme n’est pas autant qu’un autre?
    Qu’est-ce que cela peut faire qu’il soit duc ou cocher s’il a de
    l’intelligence et du cœur? Il avait une belle manière d’élever ses
    enfants, votre Saint-Simon, s’il ne leur disait pas de donner la main
    à tous les honnêtes gens. Mais c’est abominable, tout simplement. Et
    vous osez citer cela?» Et mon grand-père navré, sentant
    l’impossibilité, devant cette obstruction, de chercher à faire
    raconter à Swann, les histoires qui l’eussent amusé disait à voix
    basse à maman: «Rappelle-moi donc le vers que tu m’as appris et qui me
    soulage tant dans ces moments-là. Ah! oui: «Seigneur, que de vertus
    vous nous faites haïr!» Ah! comme c’est bien!»

    Je ne quittais pas ma mère des yeux, je savais que quand on serait à
    table, on ne me permettrait pas de rester pendant toute la durée du
    dîner et que pour ne pas contrarier mon père, maman ne me laisserait
    pas l’embrasser à plusieurs reprises devant le monde, comme si ç’avait
    été dans ma chambre. Aussi je me promettais, dans la salle à manger,
    pendant qu’on commencerait à dîner et que je sentirais approcher
    l’heure, de faire d’avance de ce baiser qui serait si court et furtif,
    tout ce que j’en pouvais faire seul, de choisir avec mon regard la
    place de la joue que j’embrasserais, de préparer ma pensée pour
    pouvoir grâce à ce commencement mental de baiser consacrer toute la
    minute que m’accorderait maman à sentir sa joue contre mes lèvres,
    comme un peintre qui ne peut obtenir que de courtes séances de pose,
    prépare sa palette, et a fait d’avance de souvenir, d’après ses notes,
    tout ce pour quoi il pouvait à la rigueur se passer de la présence du
    modèle. Mais voici qu’avant que le dîner fût sonné mon grand-père eut
    la férocité inconsciente de dire: «Le petit a l’air fatigué, il
    devrait monter se coucher. On dîne tard du reste ce soir.» Et mon
    père, qui ne gardait pas aussi scrupuleusement que ma grand’mère et
    que ma mère la foi des traités, dit: «Oui, allons, vas te coucher.» Je
    voulus embrasser maman, à cet instant on entendit la cloche du dîner.
    «Mais non, voyons, laisse ta mère, vous vous êtes assez dit bonsoir
    comme cela, ces manifestations sont ridicules. Allons, monte!» Et il
    me fallut partir sans viatique; il me fallut monter chaque marche de
    l’escalier, comme dit l’expression populaire, à «contre-cœur», montant
    contre mon cœur qui voulait retourner près de ma mère parce qu’elle ne
    lui avait pas, en m’embrassant, donné licence de me suivre. Cet
    escalier détesté où je m’engageais toujours si tristement, exhalait
    une odeur de vernis qui avait en quelque sorte absorbé, fixé, cette
    sorte particulière de chagrin que je ressentais chaque soir et la
    rendait peut-être plus cruelle encore pour ma sensibilité parce que
    sous cette forme olfactive mon intelligence n’en pouvait plus prendre
    sa part. Quand nous dormons et qu’une rage de dents n’est encore
    perçue par nous que comme une jeune fille que nous nous efforçons deux
    cents fois de suite de tirer de l’eau ou que comme un vers de Molière
    que nous nous répétons sans arrêter, c’est un grand soulagement de
    nous réveiller et que notre intelligence puisse débarrasser l’idée de
    rage de dents, de tout déguisement héroïque ou cadencé. C’est
    l’inverse de ce soulagement que j’éprouvais quand mon chagrin de
    monter dans ma chambre entrait en moi d’une façon infiniment plus
    rapide, presque instantanée, à la fois insidieuse et brusque, par
    l’inhalation,--beaucoup plus toxique que la pénétration morale,--de
    l’odeur de vernis particulière à cet escalier. Une fois dans ma
    chambre, il fallut boucher toutes les issues, fermer les volets,
    creuser mon propre tombeau, en défaisant mes couvertures, revêtir le
    suaire de ma chemise de nuit. Mais avant de m’ensevelir dans le lit de
    fer qu’on avait ajouté dans la chambre parce que j’avais trop chaud
    l’été sous les courtines de reps du grand lit, j’eus un mouvement de
    révolte, je voulus essayer d’une ruse de condamné. J’écrivis à ma mère
    en la suppliant de monter pour une chose grave que je ne pouvais lui
    dire dans ma lettre. Mon effroi était que Françoise, la cuisinière de
    ma tante qui était chargée de s’occuper de moi quand j’étais à
    Combray, refusât de porter mon mot. Je me doutais que pour elle, faire
    une commission à ma mère quand il y avait du monde lui paraîtrait
    aussi impossible que pour le portier d’un théâtre de remettre une
    lettre à un acteur pendant qu’il est en scène. Elle possédait à
    l’égard des choses qui peuvent ou ne peuvent pas se faire un code
    impérieux, abondant, subtil et intransigeant sur des distinctions
    insaisissables ou oiseuses (ce qui lui donnait l’apparence de ces lois
    antiques qui, à côté de prescriptions féroces comme de massacrer les
    enfants à la mamelle, défendent avec une délicatesse exagérée de faire
    bouillir le chevreau dans le lait de sa mère, ou de manger dans un
    animal le nerf de la cuisse). Ce code, si l’on en jugeait par
    l’entêtement soudain qu’elle mettait à ne pas vouloir faire certaines
    commissions que nous lui donnions, semblait avoir prévu des
    complexités sociales et des raffinements mondains tels que rien dans
    l’entourage de Françoise et dans sa vie de domestique de village
    n’avait pu les lui suggérer; et l’on était obligé de se dire qu’il y
    avait en elle un passé français très ancien, noble et mal compris,
    comme dans ces cités manufacturières où de vieux hôtels témoignent
    qu’il y eut jadis une vie de cour, et où les ouvriers d’une usine de
    produits chimiques travaillent au milieu de délicates sculptures qui
    représentent le miracle de saint Théophile ou les quatre fils Aymon.
    Dans le cas particulier, l’article du code à cause duquel il était peu
    probable que sauf le cas d’incendie Françoise allât déranger maman en
    présence de M. Swann pour un aussi petit personnage que moi, exprimait
    simplement le respect qu’elle professait non seulement pour les
    parents,--comme pour les morts, les prêtres et les rois,--mais encore
    pour l’étranger à qui on donne l’hospitalité, respect qui m’aurait
    peut-être touché dans un livre mais qui m’irritait toujours dans sa
    bouche, à cause du ton grave et attendri qu’elle prenait pour en
    parler, et davantage ce soir où le caractère sacré qu’elle conférait
    au dîner avait pour effet qu’elle refuserait d’en troubler la
    cérémonie. Mais pour mettre une chance de mon côté, je n’hésitai pas à
    mentir et à lui dire que ce n’était pas du tout moi qui avais voulu
    écrire à maman, mais que c’était maman qui, en me quittant, m’avait
    recommandé de ne pas oublier de lui envoyer une réponse relativement à
    un objet qu’elle m’avait prié de chercher; et elle serait certainement
    très fâchée si on ne lui remettait pas ce mot. Je pense que Françoise
    ne me crut pas, car, comme les hommes primitifs dont les sens étaient
    plus puissants que les nôtres, elle discernait immédiatement, à des
    signes insaisissables pour nous, toute vérité que nous voulions lui
    cacher; elle regarda pendant cinq minutes l’enveloppe comme si
    l’examen du papier et l’aspect de l’écriture allaient la renseigner
    sur la nature du contenu ou lui apprendre à quel article de son code
    elle devait se référer. Puis elle sortit d’un air résigné qui semblait
    signifier: «C’est-il pas malheureux pour des parents d’avoir un enfant
    pareil!» Elle revint au bout d’un moment me dire qu’on n’en était
    encore qu’à la glace, qu’il était impossible au maître d’hôtel de
    remettre la lettre en ce moment devant tout le monde, mais que, quand
    on serait aux rince-bouche, on trouverait le moyen de la faire passer
    à maman. Aussitôt mon anxiété tomba; maintenant ce n’était plus comme
    tout à l’heure pour jusqu’à demain que j’avais quitté ma mère, puisque
    mon petit mot allait, la fâchant sans doute (et doublement parce que
    ce manège me rendrait ridicule aux yeux de Swann), me faire du moins
    entrer invisible et ravi dans la même pièce qu’elle, allait lui parler
    de moi à l’oreille; puisque cette salle à manger interdite, hostile,
    où, il y avait un instant encore, la glace elle-même--le «granité»--et
    les rince-bouche me semblaient recéler des plaisirs malfaisants et
    mortellement tristes parce que maman les goûtait loin de moi,
    s’ouvrait à moi et, comme un fruit devenu doux qui brise son
    enveloppe, allait faire jaillir, projeter jusqu’à mon cœur enivré
    l’attention de maman tandis qu’elle lirait mes lignes. Maintenant je
    n’étais plus séparé d’elle; les barrières étaient tombées, un fil
    délicieux nous réunissait. Et puis, ce n’était pas tout: maman allait
    sans doute venir!

    L’angoisse que je venais d’éprouver, je pensais que Swann s’en serait
    bien moqué s’il avait lu ma lettre et en avait deviné le but; or, au
    contraire, comme je l’ai appris plus tard, une angoisse semblable fut
    le tourment de longues années de sa vie et personne, aussi bien que
    lui peut-être, n’aurait pu me comprendre; lui, cette angoisse qu’il y
    a à sentir l’être qu’on aime dans un lieu de plaisir où l’on n’est
    pas, où l’on ne peut pas le rejoindre, c’est l’amour qui la lui a fait
    connaître, l’amour auquel elle est en quelque sorte prédestinée, par
    lequel elle sera accaparée, spécialisée; mais quand, comme pour moi,
    elle est entrée en nous avant qu’il ait encore fait son apparition
    dans notre vie, elle flotte en l’attendant, vague et libre, sans
    affectation déterminée, au service un jour d’un sentiment, le
    lendemain d’un autre, tantôt de la tendresse filiale ou de l’amitié
    pour un camarade. Et la joie avec laquelle je fis mon premier
    apprentissage quand Françoise revint me dire que ma lettre serait
    remise, Swann l’avait bien connue aussi cette joie trompeuse que nous
    donne quelque ami, quelque parent de la femme que nous aimons, quand
    arrivant à l’hôtel ou au théâtre où elle se trouve, pour quelque bal,
    redoute, ou première où il va la retrouver, cet ami nous aperçoit
    errant dehors, attendant désespérément quelque occasion de communiquer
    avec elle. Il nous reconnaît, nous aborde familièrement, nous demande
    ce que nous faisons là. Et comme nous inventons que nous avons quelque
    chose d’urgent à dire à sa parente ou amie, il nous assure que rien
    n’est plus simple, nous fait entrer dans le vestibule et nous promet
    de nous l’envoyer avant cinq minutes. Que nous l’aimons--comme en ce
    moment j’aimais Françoise--, l’intermédiaire bien intentionné qui d’un
    mot vient de nous rendre supportable, humaine et presque propice la
    fête inconcevable, infernale, au sein de laquelle nous croyions que
    des tourbillons ennemis, pervers et délicieux entraînaient loin de
    nous, la faisant rire de nous, celle que nous aimons. Si nous en
    jugeons par lui, le parent qui nous a accosté et qui est lui aussi un
    des initiés des cruels mystères, les autres invités de la fête ne
    doivent rien avoir de bien démoniaque. Ces heures inaccessibles et
    suppliciantes où elle allait goûter des plaisirs inconnus, voici que
    par une brèche inespérée nous y pénétrons; voici qu’un des moments
    dont la succession les aurait composées, un moment aussi réel que les
    autres, même peut-être plus important pour nous, parce que notre
    maîtresse y est plus mêlée, nous nous le représentons, nous le
    possédons, nous y intervenons, nous l’avons créé presque: le moment où
    on va lui dire que nous sommes là, en bas. Et sans doute les autres
    moments de la fête ne devaient pas être d’une essence bien différente
    de celui-là, ne devaient rien avoir de plus délicieux et qui dût tant
    nous faire souffrir puisque l’ami bienveillant nous a dit: «Mais elle
    sera ravie de descendre! Cela lui fera beaucoup plus de plaisir de
    causer avec vous que de s’ennuyer là-haut.» Hélas! Swann en avait fait
    l’expérience, les bonnes intentions d’un tiers sont sans pouvoir sur
    une femme qui s’irrite de se sentir poursuivie jusque dans une fête
    par quelqu’un qu’elle n’aime pas. Souvent, l’ami redescend seul.

    Ma mère ne vint pas, et sans ménagements pour mon amour-propre (engagé
    à ce que la fable de la recherche dont elle était censée m’avoir prié
    de lui dire le résultat ne fût pas démentie) me fit dire par Françoise
    ces mots: «Il n’y a pas de réponse» que depuis j’ai si souvent entendu
    des concierges de «palaces» ou des valets de pied de tripots,
    rapporter à quelque pauvre fille qui s’étonne: «Comment, il n’a rien
    dit, mais c’est impossible! Vous avez pourtant bien remis ma lettre.
    C’est bien, je vais attendre encore.» Et--de même qu’elle assure
    invariablement n’avoir pas besoin du bec supplémentaire que le
    concierge veut allumer pour elle, et reste là, n’entendant plus que
    les rares propos sur le temps qu’il fait échangés entre le concierge
    et un chasseur qu’il envoie tout d’un coup en s’apercevant de l’heure,
    faire rafraîchir dans la glace la boisson d’un client,--ayant décliné
    l’offre de Françoise de me faire de la tisane ou de rester auprès de
    moi, je la laissai retourner à l’office, je me couchai et je fermai
    les yeux en tâchant de ne pas entendre la voix de mes parents qui
    prenaient le café au jardin. Mais au bout de quelques secondes, je
    sentis qu’en écrivant ce mot à maman, en m’approchant, au risque de la
    fâcher, si près d’elle que j’avais cru toucher le moment de la revoir,
    je m’étais barré la possibilité de m’endormir sans l’avoir revue, et
    les battements de mon cœur, de minute en minute devenaient plus
    douloureux parce que j’augmentais mon agitation en me prêchant un
    calme qui était l’acceptation de mon infortune. Tout à coup mon
    anxiété tomba, une félicité m’envahit comme quand un médicament
    puissant commence à agir et nous enlève une douleur: je venais de
    prendre la résolution de ne plus essayer de m’endormir sans avoir revu
    maman, de l’embrasser coûte que coûte, bien que ce fût avec la
    certitude d’être ensuite fâché pour longtemps avec elle, quand elle
    remonterait se coucher. Le calme qui résultait de mes angoisses finies
    me mettait dans un allégresse extraordinaire, non moins que l’attente,
    la soif et la peur du danger. J’ouvris la fenêtre sans bruit et
    m’assis au pied de mon lit; je ne faisais presque aucun mouvement afin
    qu’on ne m’entendît pas d’en bas. Dehors, les choses semblaient, elles
    aussi, figées en une muette attention à ne pas troubler le clair de
    lune, qui doublant et reculant chaque chose par l’extension devant
    elle de son reflet, plus dense et concret qu’elle-même, avait à la
    fois aminci et agrandi le paysage comme un plan replié jusque-là,
    qu’on développe. Ce qui avait besoin de bouger, quelque feuillage de
    marronnier, bougeait. Mais son frissonnement minutieux, total, exécuté
    jusque dans ses moindres nuances et ses dernières délicatesses, ne
    bavait pas sur le reste, ne se fondait pas avec lui, restait
    circonscrit. Exposés sur ce silence qui n’en absorbait rien, les
    bruits les plus éloignés, ceux qui devaient venir de jardins situés à
    l’autre bout de la ville, se percevaient détaillés avec un tel «fini»
    qu’ils semblaient ne devoir cet effet de lointain qu’à leur
    pianissimo, comme ces motifs en sourdine si bien exécutés par
    l’orchestre du Conservatoire que quoiqu’on n’en perde pas une note on
    croit les entendre cependant loin de la salle du concert et que tous
    les vieux abonnés,--les sœurs de ma grand’mère aussi quand Swann leur
    avait donné ses places,--tendaient l’oreille comme s’ils avaient écouté
    les progrès lointains d’une armée en marche qui n’aurait pas encore
    tourné la rue de Trévise.

    Je savais que le cas dans lequel je me mettais était de tous celui qui
    pouvait avoir pour moi, de la part de mes parents, les conséquences
    les plus graves, bien plus graves en vérité qu’un étranger n’aurait pu
    le supposer, de celles qu’il aurait cru que pouvaient produire seules
    des fautes vraiment honteuses. Mais dans l’éducation qu’on me donnait,
    l’ordre des fautes n’était pas le même que dans l’éducation des autres
    enfants et on m’avait habitué à placer avant toutes les autres (parce
    que sans doute il n’y en avait pas contre lesquelles j’eusse besoin
    d’être plus soigneusement gardé) celles dont je comprends maintenant
    que leur caractère commun est qu’on y tombe en cédant à une impulsion
    nerveuse. Mais alors on ne prononçait pas ce mot, on ne déclarait pas
    cette origine qui aurait pu me faire croire que j’étais excusable d’y
    succomber ou même peut-être incapable d’y résister. Mais je les
    reconnaissais bien à l’angoisse qui les précédait comme à la rigueur
    du châtiment qui les suivait; et je savais que celle que je venais de
    commettre était de la même famille que d’autres pour lesquelles
    j’avais été sévèrement puni, quoique infiniment plus grave. Quand
    j’irais me mettre sur le chemin de ma mère au moment où elle monterait
    se coucher, et qu’elle verrait que j’étais resté levé pour lui redire
    bonsoir dans le couloir, on ne me laisserait plus rester à la maison,
    on me mettrait au collège le lendemain, c’était certain. Eh bien!
    dusse-je me jeter par la fenêtre cinq minutes après, j’aimais encore
    mieux cela. Ce que je voulais maintenant c’était maman, c’était lui
    dire bonsoir, j’étais allé trop loin dans la voie qui menait à la
    réalisation de ce désir pour pouvoir rebrousser chemin.

    J’entendis les pas de mes parents qui accompagnaient Swann; et quand
    le grelot de la porte m’eut averti qu’il venait de partir, j’allai à
    la fenêtre. Maman demandait à mon père s’il avait trouvé la langouste
    bonne et si M. Swann avait repris de la glace au café et à la
    pistache. «Je l’ai trouvée bien quelconque, dit ma mère; je crois que
    la prochaine fois il faudra essayer d’un autre parfum.» «Je ne peux
    pas dire comme je trouve que Swann change, dit ma grand’tante, il est
    d’un vieux!» Ma grand’tante avait tellement l’habitude de voir
    toujours en Swann un même adolescent, qu’elle s’étonnait de le trouver
    tout à coup moins jeune que l’âge qu’elle continuait à lui donner. Et
    mes parents du reste commençaient à lui trouver cette vieillesse
    anormale, excessive, honteuse et méritée des célibataires, de tous
    ceux pour qui il semble que le grand jour qui n’a pas de lendemain
    soit plus long que pour les autres, parce que pour eux il est vide et
    que les moments s’y additionnent depuis le matin sans se diviser
    ensuite entre des enfants. «Je crois qu’il a beaucoup de soucis avec
    sa coquine de femme qui vit au su de tout Combray avec un certain
    monsieur de Charlus. C’est la fable de la ville.» Ma mère fit
    remarquer qu’il avait pourtant l’air bien moins triste depuis quelque
    temps. «Il fait aussi moins souvent ce geste qu’il a tout à fait comme
    son père de s’essuyer les yeux et de se passer la main sur le front.
    Moi je crois qu’au fond il n’aime plus cette femme.» «Mais
    naturellement il ne l’aime plus, répondit mon grand-père. J’ai reçu de
    lui il y a déjà longtemps une lettre à ce sujet, à laquelle je me suis
    empressé de ne pas me conformer, et qui ne laisse aucun doute sur ses
    sentiments au moins d’amour, pour sa femme. Hé bien! vous voyez, vous
    ne l’avez pas remercié pour l’Asti», ajouta mon grand-père en se
    tournant vers ses deux belles-sœurs. «Comment, nous ne l’avons pas
    remercié? je crois, entre nous, que je lui ai même tourné cela assez
    délicatement», répondit ma tante Flora. «Oui, tu as très bien arrangé
    cela: je t’ai admirée», dit ma tante Céline. «Mais toi tu as été très
    bien aussi.» «Oui j’étais assez fière de ma phrase sur les voisins
    aimables.» «Comment, c’est cela que vous appelez remercier! s’écria
    mon grand-père. J’ai bien entendu cela, mais du diable si j’ai cru que
    c’était pour Swann. Vous pouvez être sûres qu’il n’a rien compris.»
    «Mais voyons, Swann n’est pas bête, je suis certaine qu’il a apprécié.
    Je ne pouvais cependant pas lui dire le nombre de bouteilles et le
    prix du vin!» Mon père et ma mère restèrent seuls, et s’assirent un
    instant; puis mon père dit: «Hé bien! si tu veux, nous allons monter
    nous coucher.» «Si tu veux, mon ami, bien que je n’aie pas l’ombre de
    sommeil; ce n’est pas cette glace au café si anodine qui a pu pourtant
    me tenir si éveillée; mais j’aperçois de la lumière dans l’office et
    puisque la pauvre Françoise m’a attendue, je vais lui demander de
    dégrafer mon corsage pendant que tu vas te déshabiller.» Et ma mère
    ouvrit la porte treillagée du vestibule qui donnait sur l’escalier.
    Bientôt, je l’entendis qui montait fermer sa fenêtre. J’allai sans
    bruit dans le couloir; mon cœur battait si fort que j’avais de la
    peine à avancer, mais du moins il ne battait plus d’anxiété, mais
    d’épouvante et de joie. Je vis dans la cage de l’escalier la lumière
    projetée par la bougie de maman. Puis je la vis elle-même; je
    m’élançai. À la première seconde, elle me regarda avec étonnement, ne
    comprenant pas ce qui était arrivé. Puis sa figure prit une expression
    de colère, elle ne me disait même pas un mot, et en effet pour bien
    moins que cela on ne m’adressait plus la parole pendant plusieurs
    jours. Si maman m’avait dit un mot, ç’aurait été admettre qu’on
    pouvait me reparler et d’ailleurs cela peut-être m’eût paru plus
    terrible encore, comme un signe que devant la gravité du châtiment qui
    allait se préparer, le silence, la brouille, eussent été puérils. Une
    parole c’eût été le calme avec lequel on répond à un domestique quand
    on vient de décider de le renvoyer; le baiser qu’on donne à un fils
    qu’on envoie s’engager alors qu’on le lui aurait refusé si on devait
    se contenter d’être fâché deux jours avec lui. Mais elle entendit mon
    père qui montait du cabinet de toilette où il était allé se
    déshabiller et pour éviter la scène qu’il me ferait, elle me dit d’une
    voix entrecoupée par la colère: «Sauve-toi, sauve-toi, qu’au moins ton
    père ne t’ait vu ainsi attendant comme un fou!» Mais je lui répétais:
    «Viens me dire bonsoir», terrifié en voyant que le reflet de la bougie
    de mon père s’élevait déjà sur le mur, mais aussi usant de son
    approche comme d’un moyen de chantage et espérant que maman, pour
    éviter que mon père me trouvât encore là si elle continuait à refuser,
    allait me dire: «Rentre dans ta chambre, je vais venir.» Il était trop
    tard, mon père était devant nous. Sans le vouloir, je murmurai ces
    mots que personne n’entendit: «Je suis perdu!»

    Il n’en fut pas ainsi. Mon père me refusait constamment des
    permissions qui m’avaient été consenties dans les pactes plus larges
    octroyés par ma mère et ma grand’mère parce qu’il ne se souciait pas
    des «principes» et qu’il n’y avait pas avec lui de «Droit des gens».
    Pour une raison toute contingente, ou même sans raison, il me
    supprimait au dernier moment telle promenade si habituelle, si
    consacrée, qu’on ne pouvait m’en priver sans parjure, ou bien, comme
    il avait encore fait ce soir, longtemps avant l’heure rituelle, il me
    disait: «Allons, monte te coucher, pas d’explication!» Mais aussi,
    parce qu’il n’avait pas de principes (dans le sens de ma grand’mère),
    il n’avait pas à proprement parler d’intransigeance. Il me regarda un
    instant d’un air étonné et fâché, puis dès que maman lui eut expliqué
    en quelques mots embarrassés ce qui était arrivé, il lui dit: «Mais va
    donc avec lui, puisque tu disais justement que tu n’as pas envie de
    dormir, reste un peu dans sa chambre, moi je n’ai besoin de rien.»
    «Mais, mon ami, répondit timidement ma mère, que j’aie envie ou non de
    dormir, ne change rien à la chose, on ne peut pas habituer cet
    enfant...» «Mais il ne s’agit pas d’habituer, dit mon père en haussant
    les épaules, tu vois bien que ce petit a du chagrin, il a l’air
    désolé, cet enfant; voyons, nous ne sommes pas des bourreaux! Quand tu
    l’auras rendu malade, tu seras bien avancée! Puisqu’il y a deux lits
    dans sa chambre, dis donc à Françoise de te préparer le grand lit et
    couche pour cette nuit auprès de lui. Allons, bonsoir, moi qui ne suis
    pas si nerveux que vous, je vais me coucher.»

    On ne pouvait pas remercier mon père; on l’eût agacé par ce qu’il
    appelait des sensibleries. Je restai sans oser faire un mouvement; il
    était encore devant nous, grand, dans sa robe de nuit blanche sous le
    cachemire de l’Inde violet et rose qu’il nouait autour de sa tête
    depuis qu’il avait des névralgies, avec le geste d’Abraham dans la
    gravure d’après Benozzo Gozzoli que m’avait donnée M. Swann, disant à
    Sarah qu’elle a à se départir du côté d’Isaac. Il y a bien des années
    de cela. La muraille de l’escalier, où je vis monter le reflet de sa
    bougie n’existe plus depuis longtemps. En moi aussi bien des choses
    ont été détruites que je croyais devoir durer toujours et de nouvelles
    se sont édifiées donnant naissance à des peines et à des joies
    nouvelles que je n’aurais pu prévoir alors, de même que les anciennes
    me sont devenues difficiles à comprendre. Il y a bien longtemps aussi
    que mon père a cessé de pouvoir dire à maman: «Va avec le petit.» La
    possibilité de telles heures ne renaîtra jamais pour moi. Mais depuis
    peu de temps, je recommence à très bien percevoir si je prête
    l’oreille, les sanglots que j’eus la force de contenir devant mon père
    et qui n’éclatèrent que quand je me retrouvai seul avec maman. En
    réalité ils n’ont jamais cessé; et c’est seulement parce que la vie se
    tait maintenant davantage autour de moi que je les entends de nouveau,
    comme ces cloches de couvents que couvrent si bien les bruits de la
    ville pendant le jour qu’on les croirait arrêtées mais qui se
    remettent à sonner dans le silence du soir.

    Maman passa cette nuit-là dans ma chambre; au moment où je venais de
    commettre une faute telle que je m’attendais à être obligé de quitter
    la maison, mes parents m’accordaient plus que je n’eusse jamais obtenu
    d’eux comme récompense d’une belle action. Même à l’heure où elle se
    manifestait par cette grâce, la conduite de mon père à mon égard
    gardait ce quelque chose d’arbitraire et d’immérité qui la
    caractérisait et qui tenait à ce que généralement elle résultait
    plutôt de convenances fortuites que d’un plan prémédité. Peut-être
    même que ce que j’appelais sa sévérité, quand il m’envoyait me
    coucher, méritait moins ce nom que celle de ma mère ou ma grand’mère,
    car sa nature, plus différente en certains points de la mienne que
    n’était la leur, n’avait probablement pas deviné jusqu’ici combien
    j’étais malheureux tous les soirs, ce que ma mère et ma grand’mère
    savaient bien; mais elles m’aimaient assez pour ne pas consentir à
    m’épargner de la souffrance, elles voulaient m’apprendre à la dominer
    afin de diminuer ma sensibilité nerveuse et fortifier ma volonté. Pour
    mon père, dont l’affection pour moi était d’une autre sorte, je ne
    sais pas s’il aurait eu ce courage: pour une fois où il venait de
    comprendre que j’avais du chagrin, il avait dit à ma mère: «Va donc le
    consoler.» Maman resta cette nuit-là dans ma chambre et, comme pour ne
    gâter d’aucun remords ces heures si différentes de ce que j’avais eu
    le droit d’espérer, quand Françoise, comprenant qu’il se passait
    quelque chose d’extraordinaire en voyant maman assise près de moi, qui
    me tenait la main et me laissait pleurer sans me gronder, lui demanda:
    «Mais Madame, qu’a donc Monsieur à pleurer ainsi?» maman lui répondit:
    «Mais il ne sait pas lui-même, Françoise, il est énervé; préparez-moi
    vite le grand lit et montez vous coucher.» Ainsi, pour la première
    fois, ma tristesse n’était plus considérée comme une faute punissable
    mais comme un mal involontaire qu’on venait de reconnaître
    officiellement, comme un état nerveux dont je n’étais pas responsable;
    j’avais le soulagement de n’avoir plus à mêler de scrupules à
    l’amertume de mes larmes, je pouvais pleurer sans péché. Je n’étais
    pas non plus médiocrement fier vis-à-vis de Françoise de ce retour des
    choses humaines, qui, une heure après que maman avait refusé de monter
    dans ma chambre et m’avait fait dédaigneusement répondre que je
    devrais dormir, m’élevait à la dignité de grande personne et m’avait
    fait atteindre tout d’un coup à une sorte de puberté du chagrin,
    d’émancipation des larmes. J’aurais dû être heureux: je ne l’étais
    pas. Il me semblait que ma mère venait de me faire une première
    concession qui devait lui être douloureuse, que c’était une première
    abdication de sa part devant l’idéal qu’elle avait conçu pour moi, et
    que pour la première fois, elle, si courageuse, s’avouait vaincue. Il
    me semblait que si je venais de remporter une victoire c’était contre
    elle, que j’avais réussi comme auraient pu faire la maladie, des
    chagrins, ou l’âge, à détendre sa volonté, à faire fléchir sa raison
    et que cette soirée commençait une ère, resterait comme une triste
    date. Si j’avais osé maintenant, j’aurais dit à maman: «Non je ne veux
    pas, ne couche pas ici.» Mais je connaissais la sagesse pratique,
    réaliste comme on dirait aujourd’hui, qui tempérait en elle la nature
    ardemment idéaliste de ma grand’mère, et je savais que, maintenant que
    le mal était fait, elle aimerait mieux m’en laisser du moins goûter le
    plaisir calmant et ne pas déranger mon père. Certes, le beau visage de
    ma mère brillait encore de jeunesse ce soir-là où elle me tenait si
    doucement les mains et cherchait à arrêter mes larmes; mais justement
    il me semblait que cela n’aurait pas dû être, sa colère eût été moins
    triste pour moi que cette douceur nouvelle que n’avait pas connue mon
    enfance; il me semblait que je venais d’une main impie et secrète de
    tracer dans son âme une première ride et d’y faire apparaître un
    premier cheveu blanc. Cette pensée redoubla mes sanglots et alors je
    vis maman, qui jamais ne se laissait aller à aucun attendrissement
    avec moi, être tout d’un coup gagnée par le mien et essayer de retenir
    une envie de pleurer. Comme elle sentit que je m’en étais aperçu, elle
    me dit en riant: «Voilà mon petit jaunet, mon petit serin, qui va
    rendre sa maman aussi bêtasse que lui, pour peu que cela continue.
    Voyons, puisque tu n’as pas sommeil ni ta maman non plus, ne restons
    pas à nous énerver, faisons quelque chose, prenons un de tes livres.»
    Mais je n’en avais pas là. «Est-ce que tu aurais moins de plaisir si
    je sortais déjà les livres que ta grand’mère doit te donner pour ta
    fête? Pense bien: tu ne seras pas déçu de ne rien avoir après-demain?»
    J’étais au contraire enchanté et maman alla chercher un paquet de
    livres dont je ne pus deviner, à travers le papier qui les
    enveloppait, que la taille courte et large, mais qui, sous ce premier
    aspect, pourtant sommaire et voilé, éclipsaient déjà la boîte à
    couleurs du Jour de l’An et les vers à soie de l’an dernier. C’était
    la Mare au Diable, François le Champi, la Petite Fadette et les
    Maîtres Sonneurs. Ma grand’mère, ai-je su depuis, avait d’abord choisi
    les poésies de Musset, un volume de Rousseau et Indiana; car si elle
    jugeait les lectures futiles aussi malsaines que les bonbons et les
    pâtisseries, elles ne pensait pas que les grands souffles du génie
    eussent sur l’esprit même d’un enfant une influence plus dangereuse et
    moins vivifiante que sur son corps le grand air et le vent du large.
    Mais mon père l’ayant presque traitée de folle en apprenant les livres
    qu’elle voulait me donner, elle était retournée elle-même à
    Jouy-le-Vicomte chez le libraire pour que je ne risquasse pas de ne
    pas avoir mon cadeau (c’était un jour brûlant et elle était rentrée si
    souffrante que le médecin avait averti ma mère de ne pas la laisser se
    fatiguer ainsi) et elle s’était rabattue sur les quatre romans
    champêtres de George Sand. «Ma fille, disait-elle à maman, je ne
    pourrais me décider à donner à cet enfant quelque chose de mal écrit.»

    En réalité, elle ne se résignait jamais à rien acheter dont on ne pût
    tirer un profit intellectuel, et surtout celui que nous procurent les
    belles choses en nous apprenant à chercher notre plaisir ailleurs que
    dans les satisfactions du bien-être et de la vanité. Même quand elle
    avait à faire à quelqu’un un cadeau dit utile, quand elle avait à
    donner un fauteuil, des couverts, une canne, elle les cherchait
    «anciens», comme si leur longue désuétude ayant effacé leur caractère
    d’utilité, ils paraissaient plutôt disposés pour nous raconter la vie
    des hommes d’autrefois que pour servir aux besoins de la nôtre. Elle
    eût aimé que j’eusse dans ma chambre des photographies des monuments
    ou des paysages les plus beaux. Mais au moment d’en faire l’emplette,
    et bien que la chose représentée eût une valeur esthétique, elle
    trouvait que la vulgarité, l’utilité reprenaient trop vite leur place
    dans le mode mécanique de représentation, la photographie. Elle
    essayait de ruser et sinon d’éliminer entièrement la banalité
    commerciale, du moins de la réduire, d’y substituer pour la plus
    grande partie de l’art encore, d’y introduire comme plusieurs
    «épaisseurs» d’art: au lieu de photographies de la Cathédrale de
    Chartres, des Grandes Eaux de Saint-Cloud, du Vésuve, elle se
    renseignait auprès de Swann si quelque grand peintre ne les avait pas
    représentés, et préférait me donner des photographies de la Cathédrale
    de Chartres par Corot, des Grandes Eaux de Saint-Cloud par Hubert
    Robert, du Vésuve par Turner, ce qui faisait un degré d’art de plus.
    Mais si le photographe avait été écarté de la représentation du
    chef-d’œuvre ou de la nature et remplacé par un grand artiste, il
    reprenait ses droits pour reproduire cette interprétation même.
    Arrivée à l’échéance de la vulgarité, ma grand’mère tâchait de la
    reculer encore. Elle demandait à Swann si l’œuvre n’avait pas été
    gravée, préférant, quand c’était possible, des gravures anciennes et
    ayant encore un intérêt au delà d’elles-mêmes, par exemple celles qui
    représentent un chef-d’œuvre dans un état où nous ne pouvons plus le
    voir aujourd’hui (comme la gravure de la Cène de Léonard avant sa
    dégradation, par Morgan). Il faut dire que les résultats de cette
    manière de comprendre l’art de faire un cadeau ne furent pas toujours
    très brillants. L’idée que je pris de Venise d’après un dessin du
    Titien qui est censé avoir pour fond la lagune, était certainement
    beaucoup moins exacte que celle que m’eussent donnée de simples
    photographies. On ne pouvait plus faire le compte à la maison, quand
    ma grand’tante voulait dresser un réquisitoire contre ma grand’mère,
    des fauteuils offerts par elle à de jeunes fiancés ou à de vieux
    époux, qui, à la première tentative qu’on avait faite pour s’en
    servir, s’étaient immédiatement effondrés sous le poids d’un des
    destinataires. Mais ma grand’mère aurait cru mesquin de trop s’occuper
    de la solidité d’une boiserie où se distinguaient encore une
    fleurette, un sourire, quelquefois une belle imagination du passé.
    Même ce qui dans ces meubles répondait à un besoin, comme c’était
    d’une façon à laquelle nous ne sommes plus habitués, la charmait comme
    les vieilles manières de dire où nous voyons une métaphore, effacée,
    dans notre moderne langage, par l’usure de l’habitude. Or, justement,
    les romans champêtres de George Sand qu’elle me donnait pour ma fête,
    étaient pleins ainsi qu’un mobilier ancien, d’expressions tombées en
    désuétude et redevenues imagées, comme on n’en trouve plus qu’à la
    campagne. Et ma grand’mère les avait achetés de préférence à d’autres
    comme elle eût loué plus volontiers une propriété où il y aurait eu un
    pigeonnier gothique ou quelqu’une de ces vieilles choses qui exercent
    sur l’esprit une heureuse influence en lui donnant la nostalgie
    d’impossibles voyages dans le temps.

    Maman s’assit à côté de mon lit; elle avait pris François le Champi à
    qui sa couverture rougeâtre et son titre incompréhensible, donnaient
    pour moi une personnalité distincte et un attrait mystérieux. Je
    n’avais jamais lu encore de vrais romans. J’avais entendu dire que
    George Sand était le type du romancier. Cela me disposait déjà à
    imaginer dans François le Champi quelque chose d’indéfinissable et de
    délicieux. Les procédés de narration destinés à exciter la curiosité
    ou l’attendrissement, certaines façons de dire qui éveillent
    l’inquiétude et la mélancolie, et qu’un lecteur un peu instruit
    reconnaît pour communs à beaucoup de romans, me paraissaient simples--à
    moi qui considérais un livre nouveau non comme une chose ayant
    beaucoup de semblables, mais comme une personne unique, n’ayant de
    raison d’exister qu’en soi,--une émanation troublante de l’essence
    particulière à François le Champi. Sous ces événements si journaliers,
    ces choses si communes, ces mots si courants, je sentais comme une
    intonation, une accentuation étrange. L’action s’engagea; elle me
    parut d’autant plus obscure que dans ce temps-là, quand je lisais, je
    rêvassais souvent, pendant des pages entières, à tout autre chose. Et
    aux lacunes que cette distraction laissait dans le récit, s’ajoutait,
    quand c’était maman qui me lisait à haute voix, qu’elle passait toutes
    les scènes d’amour. Aussi tous les changements bizarres qui se
    produisent dans l’attitude respective de la meunière et de l’enfant et
    qui ne trouvent leur explication que dans les progrès d’un amour
    naissant me paraissaient empreints d’un profond mystère dont je me
    figurais volontiers que la source devait être dans ce nom inconnu et
    si doux de «Champi» qui mettait sur l’enfant, qui le portait sans que
    je susse pourquoi, sa couleur vive, empourprée et charmante. Si ma
    mère était une lectrice infidèle c’était aussi, pour les ouvrages où
    elle trouvait l’accent d’un sentiment vrai, une lectrice admirable par
    le respect et la simplicité de l’interprétation, par la beauté et la
    douceur du son. Même dans la vie, quand c’étaient des êtres et non des
    œuvres d’art qui excitaient ainsi son attendrissement ou son
    admiration, c’était touchant de voir avec quelle déférence elle
    écartait de sa voix, de son geste, de ses propos, tel éclat de gaîté
    qui eût pu faire mal à cette mère qui avait autrefois perdu un enfant,
    tel rappel de fête, d’anniversaire, qui aurait pu faire penser ce
    vieillard à son grand âge, tel propos de ménage qui aurait paru
    fastidieux à ce jeune savant. De même, quand elle lisait la prose de
    George Sand, qui respire toujours cette bonté, cette distinction
    morale que maman avait appris de ma grand’mère à tenir pour
    supérieures à tout dans la vie, et que je ne devais lui apprendre que
    bien plus tard à ne pas tenir également pour supérieures à tout dans
    les livres, attentive à bannir de sa voix toute petitesse, toute
    affectation qui eût pu empêcher le flot puissant d’y être reçu, elle
    fournissait toute la tendresse naturelle, toute l’ample douceur
    qu’elles réclamaient à ces phrases qui semblaient écrites pour sa voix
    et qui pour ainsi dire tenaient tout entières dans le registre de sa
    sensibilité. Elle retrouvait pour les attaquer dans le ton qu’il faut,
    l’accent cordial qui leur préexiste et les dicta, mais que les mots
    n’indiquent pas; grâce à lui elle amortissait au passage toute crudité
    dans les temps des verbes, donnait à l’imparfait et au passé défini la
    douceur qu’il y a dans la bonté, la mélancolie qu’il y a dans la
    tendresse, dirigeait la phrase qui finissait vers celle qui allait
    commencer, tantôt pressant, tantôt ralentissant la marche des syllabes
    pour les faire entrer, quoique leurs quantités fussent différentes,
    dans un rythme uniforme, elle insufflait à cette prose si commune une
    sorte de vie sentimentale et continue.

    Mes remords étaient calmés, je me laissais aller à la douceur de cette
    nuit où j’avais ma mère auprès de moi. Je savais qu’une telle nuit ne
    pourrait se renouveler; que le plus grand désir que j’eusse au monde,
    garder ma mère dans ma chambre pendant ces tristes heures nocturnes,
    était trop en opposition avec les nécessités de la vie et le vœu de
    tous, pour que l’accomplissement qu’on lui avait accordé ce soir pût
    être autre chose que factice et exceptionnel. Demain mes angoisses
    reprendraient et maman ne resterait pas là. Mais quand mes angoisses
    étaient calmées, je ne les comprenais plus; puis demain soir était
    encore lointain; je me disais que j’aurais le temps d’aviser, bien que
    ce temps-là ne pût m’apporter aucun pouvoir de plus, qu’il s’agissait
    de choses qui ne dépendaient pas de ma volonté et que seul me faisait
    paraître plus évitables l’intervalle qui les séparait encore de moi.

    ...

    C’est ainsi que, pendant longtemps, quand, réveillé la nuit, je me
    ressouvenais de Combray, je n’en revis jamais que cette sorte de pan
    lumineux, découpé au milieu d’indistinctes ténèbres, pareil à ceux que
    l’embrasement d’un feu de Bengale ou quelque projection électrique
    éclairent et sectionnent dans un édifice dont les autres parties
    restent plongées dans la nuit: à la base assez large, le petit salon,
    la salle à manger, l’amorce de l’allée obscure par où arriverait M.
    Swann, l’auteur inconscient de mes tristesses, le vestibule où je
    m’acheminais vers la première marche de l’escalier, si cruel à monter,
    qui constituait à lui seul le tronc fort étroit de cette pyramide
    irrégulière; et, au faîte, ma chambre à coucher avec le petit couloir
    à porte vitrée pour l’entrée de maman; en un mot, toujours vu à la
    même heure, isolé de tout ce qu’il pouvait y avoir autour, se
    détachant seul sur l’obscurité, le décor strictement nécessaire (comme
    celui qu’on voit indiqué en tête des vieilles pièces pour les
    représentations en province), au drame de mon déshabillage; comme si
    Combray n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince
    escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir.
    A vrai dire, j’aurais pu répondre à qui m’eût interrogé que Combray
    comprenait encore autre chose et existait à d’autres heures. Mais
    comme ce que je m’en serais rappelé m’eût été fourni seulement par la
    mémoire volontaire, la mémoire de l’intelligence, et comme les
    renseignements qu’elle donne sur le passé ne conservent rien de lui,
    je n’aurais jamais eu envie de songer à ce reste de Combray. Tout cela
    était en réalité mort pour moi.

    Mort à jamais? C’était possible.

    Il y a beaucoup de hasard en tout ceci, et un second hasard, celui de
    notre mort, souvent ne nous permet pas d’attendre longtemps les
    faveurs du premier.

    Je trouve très raisonnable la croyance celtique que les âmes de ceux
    que nous avons perdus sont captives dans quelque être inférieur, dans
    une bête, un végétal, une chose inanimée, perdues en effet pour nous
    jusqu’au jour, qui pour beaucoup ne vient jamais, où nous nous
    trouvons passer près de l’arbre, entrer en possession de l’objet qui
    est leur prison. Alors elles tressaillent, nous appellent, et sitôt
    que nous les avons reconnues, l’enchantement est brisé. Délivrées par
    nous, elles ont vaincu la mort et reviennent vivre avec nous.

    Il en est ainsi de notre passé. C’est peine perdue que nous cherchions
    à l’évoquer, tous les efforts de notre intelligence sont inutiles. Il
    est caché hors de son domaine et de sa portée, en quelque objet
    matériel (en la sensation que nous donnerait cet objet matériel), que
    nous ne soupçonnons pas. Cet objet, il dépend du hasard que nous le
    rencontrions avant de mourir, ou que nous ne le rencontrions pas.

    Il y avait déjà bien des années que, de Combray, tout ce qui n’était
    pas le théâtre et le drame de mon coucher, n’existait plus pour moi,
    quand un jour d’hiver, comme je rentrais à la maison, ma mère, voyant
    que j’avais froid, me proposa de me faire prendre, contre mon
    habitude, un peu de thé. Je refusai d’abord et, je ne sais pourquoi,
    me ravisai. Elle envoya chercher un de ces gâteaux courts et dodus
    appelés Petites Madeleines qui semblent avoir été moulés dans la
    valve rainurée d’une coquille de Saint-Jacques. Et bientôt,
    machinalement, accablé par la morne journée et la perspective d’un
    triste lendemain, je portai à mes lèvres une cuillerée du thé où
    j’avais laissé s’amollir un morceau de madeleine. Mais à l’instant
    même où la gorgée mêlée des miettes du gâteau toucha mon palais, je
    tressaillis, attentif à ce qui se passait d’extraordinaire en moi. Un
    plaisir délicieux m’avait envahi, isolé, sans la notion de sa cause.
    Il m’avait aussitôt rendu les vicissitudes de la vie indifférentes,
    ses désastres inoffensifs, sa brièveté illusoire, de la même façon
    qu’opère l’amour, en me remplissant d’une essence précieuse: ou plutôt
    cette essence n’était pas en moi, elle était moi. J’avais cessé de me
    sentir médiocre, contingent, mortel. D’où avait pu me venir cette
    puissante joie? Je sentais qu’elle était liée au goût du thé et du
    gâteau, mais qu’elle le dépassait infiniment, ne devait pas être de
    même nature. D’où venait-elle? Que signifiait-elle? Où l’appréhender?
    Je bois une seconde gorgée où je ne trouve rien de plus que dans la
    première, une troisième qui m’apporte un peu moins que la seconde. Il
    est temps que je m’arrête, la vertu du breuvage semble diminuer. Il
    est clair que la vérité que je cherche n’est pas en lui, mais en moi.
    Il l’y a éveillée, mais ne la connaît pas, et ne peut que répéter
    indéfiniment, avec de moins en moins de force, ce même témoignage que
    je ne sais pas interpréter et que je veux au moins pouvoir lui
    redemander et retrouver intact, à ma disposition, tout à l’heure, pour
    un éclaircissement décisif. Je pose la tasse et me tourne vers mon
    esprit. C’est à lui de trouver la vérité. Mais comment? Grave
    incertitude, toutes les fois que l’esprit se sent dépassé par
    lui-même; quand lui, le chercheur, est tout ensemble le pays obscur où
    il doit chercher et où tout son bagage ne lui sera de rien. Chercher?
    pas seulement: créer. Il est en face de quelque chose qui n’est pas
    encore et que seul il peut réaliser, puis faire entrer dans sa
    lumière.

    Et je recommence à me demander quel pouvait être cet état inconnu, qui
    n’apportait aucune preuve logique, mais l’évidence de sa félicité, de
    sa réalité devant laquelle les autres s’évanouissaient. Je veux
    essayer de le faire réapparaître. Je rétrograde par la pensée au
    moment où je pris la première cuillerée de thé. Je retrouve le même
    état, sans une clarté nouvelle. Je demande à mon esprit un effort de
    plus, de ramener encore une fois la sensation qui s’enfuit. Et pour
    que rien ne brise l’élan dont il va tâcher de la ressaisir, j’écarte
    tout obstacle, toute idée étrangère, j’abrite mes oreilles et mon
    attention contre les bruits de la chambre voisine. Mais sentant mon
    esprit qui se fatigue sans réussir, je le force au contraire à prendre
    cette distraction que je lui refusais, à penser à autre chose, à se
    refaire avant une tentative suprême. Puis une deuxième fois, je fais
    le vide devant lui, je remets en face de lui la saveur encore récente
    de cette première gorgée et je sens tressaillir en moi quelque chose
    qui se déplace, voudrait s’élever, quelque chose qu’on aurait
    désancré, à une grande profondeur; je ne sais ce que c’est, mais cela
    monte lentement; j’éprouve la résistance et j’entends la rumeur des
    distances traversées.

    Certes, ce qui palpite ainsi au fond de moi, ce doit être l’image, le
    souvenir visuel, qui, lié à cette saveur, tente de la suivre jusqu’à
    moi. Mais il se débat trop loin, trop confusément; à peine si je
    perçois le reflet neutre où se confond l’insaisissable tourbillon des
    couleurs remuées; mais je ne puis distinguer la forme, lui demander
    comme au seul interprète possible, de me traduire le témoignage de sa
    contemporaine, de son inséparable compagne, la saveur, lui demander de
    m’apprendre de quelle circonstance particulière, de quelle époque du
    passé il s’agit.

    Arrivera-t-il jusqu’à la surface de ma claire conscience, ce souvenir,
    l’instant ancien que l’attraction d’un instant identique est venue de
    si loin solliciter, émouvoir, soulever tout au fond de moi? Je ne
    sais. Maintenant je ne sens plus rien, il est arrêté, redescendu
    peut-être; qui sait s’il remontera jamais de sa nuit? Dix fois il me
    faut recommencer, me pencher vers lui. Et chaque fois la lâcheté qui
    nous détourne de toute tâche difficile, de toute œuvre important, m’a
    conseillé de laisser cela, de boire mon thé en pensant simplement à
    mes ennuis d’aujourd’hui, à mes désirs de demain qui se laissent
    remâcher sans peine.

    Et tout d’un coup le souvenir m’est apparu. Ce goût c’était celui du petit
    morceau de madeleine que le dimanche matin à Combray (parce que ce
    jour-là je ne sortais pas avant l’heure de la messe), quand j’allais
    lui dire bonjour dans sa chambre, ma tante Léonie m’offrait après
    l’avoir trempé dans son infusion de thé ou de tilleul. La vue de la
    petite madeleine ne m’avait rien rappelé avant que je n’y eusse goûté;
    peut-être parce que, en ayant souvent aperçu depuis, sans en manger,
    sur les tablettes des pâtissiers, leur image avait quitté ces jours de
    Combray pour se lier à d’autres plus récents; peut-être parce que de
    ces souvenirs abandonnés si longtemps hors de la mémoire, rien ne
    survivait, tout s’était désagrégé; les formes,--et celle aussi du petit
    coquillage de pâtisserie, si grassement sensuel, sous son plissage
    sévère et dévot--s’étaient abolies, ou, ensommeillées, avaient perdu la
    force d’expansion qui leur eût permis de rejoindre la conscience.
    Mais, quand d’un passé ancien rien ne subsiste, après la mort des
    êtres, après la destruction des choses, seules, plus frêles mais plus
    vivaces, plus immatérielles, plus persistantes, plus fidèles, l’odeur
    et la saveur restent encore longtemps, comme des âmes, à se rappeler,
    à attendre, à espérer, sur la ruine de tout le reste, à porter sans
    fléchir, sur leur gouttelette presque impalpable, l’édifice immense du
    souvenir.

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    De la terre à la lune trajet direct en 97 heures 20 minutes

    Aproximadamente 57.180 palavras.

    Produced by John Walker

    De la Terre à la Lune

    Trajet Direct

    en 97 Heures 20 Minutes

    par Jules Verne

    I
    --------------------
    LE GUN-CLUB

    Pendant la guerre fédérale des États-Unis, un nouveau club très
    influent s'établit dans la ville de Baltimore, en plein Maryland. On
    sait avec quelle énergie l'instinct militaire se développa chez ce
    peuple d'armateurs, de marchands et de mécaniciens. De simples
    négociants enjambèrent leur comptoir pour s'improviser capitaines,
    colonels, généraux, sans avoir passé par les écoles d'application de
    West-Point [École militaire des États-Unis.]; ils égalèrent bientôt
    dans «L'art de la guerre» leurs collègues du vieux continent, et comme
    eux ils remportèrent des victoires à force de prodiguer les boulets,
    les millions et les hommes.

    Mais en quoi les Américains surpassèrent singulièrement les Européens,
    ce fut dans la science de la balistique. Non que leurs armes
    atteignissent un plus haut degré de perfection, mais elles offrirent
    des dimensions inusitées, et eurent par conséquent des portées
    inconnues jusqu'alors. En fait de tirs rasants, plongeants ou de
    plein fouet, de feux d'écharpe, d'enfilade ou de revers, les Anglais,
    les Français, les Prussiens, n'ont plus rien à apprendre; mais leurs
    canons, leurs obusiers, leurs mortiers ne sont que des pistolets de
    poche auprès des formidables engins de l'artillerie américaine.

    Ceci ne doit étonner personne. Les Yankees, ces premiers mécaniciens
    du monde, sont ingénieurs, comme les Italiens sont musiciens et les
    Allemands métaphysiciens,--de naissance. Rien de plus naturel, dès
    lors, que de les voir apporter dans la science de la balistique leur
    audacieuse ingéniosité. De là ces canons gigantesques, beaucoup moins
    utiles que les machines à coudre, mais aussi étonnants et encore plus
    admirés. On connaît en ce genre les merveilles de Parrott, de
    Dahlgreen, de Rodman. Les Armstrong, les Pallisser et les Treuille de
    Beaulieu n'eurent plus qu'à s'incliner devant leurs rivaux
    d'outre-mer.

    Donc, pendant cette terrible lutte des Nordistes et des Sudistes, les
    artilleurs tinrent le haut du pavé; les journaux de l'Union
    célébraient leurs inventions avec enthousiasme, et il n'était si mince
    marchand, si naïf «booby» [Badaud.], qui ne se cassât jour et nuit la
    tête à calculer des trajectoires insensées.

    Or, quand un Américain a une idée, il cherche un second Américain qui
    la partage. Sont-ils trois, ils élisent un président et deux
    secrétaires. Quatre, ils nomment un archiviste, et le bureau
    fonctionne. Cinq, ils se convoquent en assemblée générale, et le club
    est constitué. Ainsi arriva-t-il à Baltimore. Le premier qui inventa
    un nouveau canon s'associa avec le premier qui le fondit et le premier
    qui le fora. Tel fut le noyau du Gun-Club [Littéralement
    «Club-Canon».]. Un mois après sa formation, il comptait dix-huit cent
    trente-trois membres effectifs et trente mille cinq cent
    soixante-quinze membres correspondants.

    Une condition _sine qua non_ était imposée à toute personne qui
    voulait entrer dans l'association, la condition d'avoir imaginé ou,
    tout au moins, perfectionné un canon; à défaut de canon, une arme à
    feu quelconque. Mais, pour tout dire, les inventeurs de revolvers à
    quinze coups, de carabines pivotantes ou de sabres-pistolets ne
    jouissaient pas d'une grande considération. Les artilleurs les
    primaient en toute circonstance.

    «L'estime qu'ils obtiennent, dit un jour un des plus savants orateurs
    du Gun-Club, est proportionnelle «aux masses» de leur canon, et «en
    raison directe du carré des distances» atteintes par leurs
    projectiles!

    Un peu plus, c'était la loi de Newton sur la gravitation universelle
    transportée dans l'ordre moral.

    Le Gun-Club fondé, on se figure aisément ce que produisit en ce genre
    le génie inventif des Américains. Les engins de guerre prirent des
    proportions colossales, et les projectiles allèrent, au-delà des
    limites permises, couper en deux les promeneurs inoffensifs. Toutes
    ces inventions laissèrent loin derrière elles les timides instruments
    de l'artillerie européenne. Qu'on en juge par les chiffres suivants.

    Jadis, «au bon temps», un boulet de trente-six, à une distance de
    trois cents pieds, traversait trente-six chevaux pris de flanc et
    soixante-huit hommes. C'était l'enfance de l'art. Depuis lors, les
    projectiles ont fait du chemin. Le canon Rodman, qui portait à sept
    milles [Le mille vaut 1609 mètres 31 centimètres. Cela fait donc près
    de trois lieues.] un boulet pesant une demi-tonne [Cinq cents
    kilogrammes.] aurait facilement renversé cent cinquante chevaux et
    trois cents hommes. Il fut même question au Gun-Club d'en faire une
    épreuve solennelle. Mais, si les chevaux consentirent à tenter
    l'expérience, les hommes firent malheureusement défaut.

    Quoi qu'il en soit, l'effet de ces canons était très meurtrier, et à
    chaque décharge les combattants tombaient comme des épis sous la faux.
    Que signifiaient, auprès de tels projectiles, ce fameux boulet qui, à
    Coutras, en 1587, mit vingt-cinq hommes hors de combat, et cet autre
    qui, à Zorndoff, en 1758, tua quarante fantassins, et, en 1742, ce
    canon autrichien de Kesselsdorf, dont chaque coup jetait soixante-dix
    ennemis par terre? Qu'étaient ces feux surprenants d'Iéna ou
    d'Austerlitz qui décidaient du sort de la bataille? On en avait vu
    bien d'autres pendant la guerre fédérale! Au combat de Gettysburg, un
    projectile conique lancé par un canon rayé atteignit cent
    soixante-treize confédérés; et, au passage du Potomac, un boulet
    Rodman envoya deux cent quinze Sudistes dans un monde évidemment
    meilleur. Il faut mentionner également un mortier formidable
    inventé par J.-T. Maston, membre distingué et secrétaire perpétuel du
    Gun-Club, dont le résultat fut bien autrement meurtrier, puisque, à
    son coup d'essai, il tua trois cent trente-sept personnes,--en
    éclatant, il est vrai!

    Qu'ajouter à ces nombres si éloquents par eux-mêmes? Rien. Aussi
    admettra-t-on sans conteste le calcul suivant, obtenu par le
    statisticien Pitcairn: en divisant le nombre des victimes tombées sous
    les boulets par celui des membres du Gun-Club, il trouva que chacun de
    ceux-ci avait tué pour son compte une «moyenne» de deux mille trois
    cent soixante-quinze hommes et une fraction.

    A considérer un pareil chiffre, il est évident que l'unique
    préoccupation de cette société savante fut la destruction de
    l'humanité dans un but philanthropique, et le perfectionnement des
    armes de guerre, considérées comme instruments de civilisation.

    C'était une réunion d'Anges Exterminateurs, au demeurant les meilleurs
    fils du monde.

    Il faut ajouter que ces Yankees, braves à toute épreuve, ne s'en
    tinrent pas seulement aux formules et qu'ils payèrent de leur
    personne. On comptait parmi eux des officiers de tout grade,
    lieutenants ou généraux, des militaires de tout âge, ceux qui
    débutaient dans la carrière des armes et ceux qui vieillissaient sur
    leur affût. Beaucoup restèrent sur le champ de bataille dont les noms
    figuraient au livre d'honneur du Gun-Club, et de ceux qui revinrent la
    plupart portaient les marques de leur indiscutable intrépidité.
    Béquilles, jambes de bois, bras articulés, mains à crochets, mâchoires
    en caoutchouc, crânes en argent, nez en platine, rien ne manquait à la
    collection, et le susdit Pitcairn calcula également que, dans le
    Gun-Club, il n'y avait pas tout à fait un bras pour quatre personnes,
    et seulement deux jambes pour six.

    Mais ces vaillants artilleurs n'y regardaient pas de si près, et ils
    se sentaient fiers à bon droit, quand le bulletin d'une bataille
    relevait un nombre de victimes décuple de la quantité de projectiles
    dépensés.

    Un jour, pourtant, triste et lamentable jour, la paix fut signée par
    les survivants de la guerre, les détonations cessèrent peu à peu, les
    mortiers se turent, les obusiers muselés pour longtemps et les canons,
    la tête basse, rentrèrent aux arsenaux, les boulets s'empilèrent dans
    les parcs, les souvenirs sanglants s'effacèrent, les cotonniers
    poussèrent magnifiquement sur les champs largement engraissés, les
    vêtements de deuil achevèrent de s'user avec les douleurs, et le
    Gun-Club demeura plongé dans un désœuvrement profond.

    Certains piocheurs, des travailleurs acharnés, se livraient bien
    encore à des calculs de balistique; ils rêvaient toujours de bombes
    gigantesques et d'obus incomparables. Mais, sans la pratique,
    pourquoi ces vaines théories? Aussi les salles devenaient désertes,
    les domestiques dormaient dans les antichambres, les journaux
    moisissaient sur les tables, les coins obscurs retentissaient de
    ronflements tristes, et les membres du Gun-Club, jadis si bruyants,
    maintenant réduits au silence par une paix désastreuse, s'endormaient
    dans les rêveries de l'artillerie platonique!

    «C'est désolant, dit un soir le brave Tom Hunter, pendant que ses
    jambes de bois se carbonisaient dans la cheminée du fumoir. Rien à
    faire! rien à espérer! Quelle existence fastidieuse! Où est le
    temps où le canon vous réveillait chaque matin par ses joyeuses
    détonations?

    --Ce temps-là n'est plus, répondit le fringant Bilsby, en cherchant à
    se détirer les bras qui lui manquaient. C'était un plaisir alors!
    On inventait son obusier, et, à peine fondu, on courait l'essayer
    devant l'ennemi; puis on rentrait au camp avec un encouragement de
    Sherman ou une poignée de main de MacClellan! Mais, aujourd'hui, les
    généraux sont retournés à leur comptoir, et, au lieu de projectiles,
    ils expédient d'inoffensives balles de coton! Ah! par sainte Barbe!
    l'avenir de l'artillerie est perdu en Amérique!

    --Oui, Bilsby, s'écria le colonel Blomsberry, voilà de cruelles
    déceptions! Un jour on quitte ses habitudes tranquilles, on s'exerce
    au maniement des armes, on abandonne Baltimore pour les champs de
    bataille, on se conduit en héros, et, deux ans, trois ans plus tard,
    il faut perdre le fruit de tant de fatigues, s'endormir dans une
    déplorable oisiveté et fourrer ses mains dans ses poches.

    Quoi qu'il pût dire, le vaillant colonel eût été fort empêché de
    donner une pareille marque de son désœuvrement, et cependant, ce
    n'étaient pas les poches qui lui manquaient.

    «Et nulle guerre en perspective! dit alors le fameux J.-T. Maston,
    en grattant de son crochet de fer son crâne en gutta-percha. Pas un
    nuage à l'horizon, et cela quand il y a tant à faire dans la science
    de l'artillerie! Moi qui vous parle, j'ai terminé ce matin une
    épure, avec plan, coupe et élévation, d'un mortier destiné à changer
    les lois de la guerre!

    --Vraiment? répliqua Tom Hunter, en songeant involontairement au
    dernier essai de l'honorable J.-T. Maston.

    --Vraiment, répondit celui-ci. Mais à quoi serviront tant d'études
    menées à bonne fin, tant de difficultés vaincues? N'est-ce pas
    travailler en pure perte? Les peuples du Nouveau Monde semblent
    s'être donné le mot pour vivre en paix, et notre belliqueux _Tribune_
    [Le plus fougueux journal abolitionniste de l'Union.] en arrive à
    pronostiquer de prochaines catastrophes dues à l'accroissement
    scandaleux des populations!

    --Cependant, Maston, reprit le colonel Blomsberry, on se bat toujours
    en Europe pour soutenir le principe des nationalités!

    --Eh bien?

    --Eh bien! il y aurait peut-être quelque chose à tenter là-bas, et si
    l'on acceptait nos services...

    --Y pensez-vous? s'écria Bilsby. Faire de la balistique au profit
    des étrangers!

    --Cela vaudrait mieux que de n'en pas faire du tout, riposta le
    colonel.

    --Sans doute, dit J.-T. Maston, cela vaudrait mieux, mais il ne faut
    même pas songer à cet expédient.

    --Et pourquoi cela? demanda le colonel.

    --Parce qu'ils ont dans le Vieux Monde des idées sur l'avancement qui
    contrarieraient toutes nos habitudes américaines. Ces gens-là ne
    s'imaginent pas qu'on puisse devenir général en chef avant d'avoir
    servi comme sous-lieutenant, ce qui reviendrait à dire qu'on ne
    saurait être bon pointeur à moins d'avoir fondu le canon soi-même!
    Or, c'est tout simplement...

    --Absurde! répliqua Tom Hunter en déchiquetant les bras de son
    fauteuil à coups de «bowie-knife» [Couteau à large lame.], et puisque
    les choses en sont là, il ne nous reste plus qu'à planter du tabac ou
    à distiller de l'huile de baleine!

    --Comment! s'écria J.-T. Maston d'une voix retentissante, ces
    dernières années de notre existence, nous ne les emploierons pas au
    perfectionnement des armes à feu! Une nouvelle occasion ne se
    rencontrera pas d'essayer la portée de nos projectiles! L'atmosphère
    ne s'illuminera plus sous l'éclair de nos canons! Il ne surgira pas
    une difficulté internationale qui nous permette de déclarer la guerre
    à quelque puissance transatlantique! Les Français ne couleront pas un
    seul de nos steamers, et les Anglais ne pendront pas, au mépris du
    droit des gens, trois ou quatre de nos nationaux!

    --Non, Maston, répondit le colonel Blomsberry, nous n'aurons pas ce
    bonheur! Non! pas un de ces incidents ne se produira, et, se
    produisît-il, nous n'en profiterions même pas! La susceptibilité
    américaine s'en va de jour en jour, et nous tombons en quenouille!

    --Oui, nous nous humilions! répliqua Bilsby.

    --Et on nous humilie! riposta Tom Hunter.

    --Tout cela n'est que trop vrai, répliqua J.-T. Maston avec une
    nouvelle véhémence. Il y a dans l'air mille raisons de se battre et
    l'on ne se bat pas! On économise des bras et des jambes, et cela au
    profit de gens qui n'en savent que faire! Et tenez, sans chercher si
    loin un motif de guerre, l'Amérique du Nord n'a-t-elle pas appartenu
    autrefois aux Anglais?

    --Sans doute, répondit Tom Hunter en tisonnant avec rage du bout de sa
    béquille.

    --Eh bien! reprit J.-T. Maston, pourquoi l'Angleterre à son tour
    n'appartiendrait-elle pas aux Américains?

    --Ce ne serait que justice, riposta le colonel Blomsberry.

    --Allez proposer cela au président des États-Unis, s'écria J.-T.
    Maston, et vous verrez comme il vous recevra!

    --Il nous recevra mal, murmura Bilsby entre les quatre dents qu'il
    avait sauvées de la bataille.

    --Par ma foi, s'écria J.-T. Maston, aux prochaines élections il n'a
    que faire de compter sur ma voix!

    --Ni sur les nôtres, répondirent d'un commun accord ces belliqueux
    invalides.

    --En attendant, reprit J.-T. Maston, et pour conclure, si l'on ne me
    fournit pas l'occasion d'essayer mon nouveau mortier sur un vrai champ
    de bataille, je donne ma démission de membre du Gun-Club, et je cours
    m'enterrer dans les savanes de l'Arkansas!

    --Nous vous y suivrons», répondirent les interlocuteurs de
    l'audacieux J.-T. Maston.

    Or, les choses en étaient là, les esprits se montaient de plus en
    plus, et le club était menacé d'une dissolution prochaine, quand un
    événement inattendu vint empêcher cette regrettable catastrophe.

    Le lendemain même de cette conversation, chaque membre du cercle
    recevait une circulaire libellée en ces termes:

    _Baltimore, 3 octobre._

    _Le président du Gun-Club a l'honneur de prévenir ses collègues qu'à
    la séance du 5 courant il leur fera une communication de nature à les
    intéresser vivement. En conséquence, il les prie, toute affaire
    cessante, de se rendre à l'invitation qui leur est faite par la
    présente._

    _Très cordialement leur_
    IMPEY BARBICANE, P. G.-C.

    II
    --------------------
    COMMUNICATION DU PRÉSIDENT BARBICANE

    Le 5 octobre, à huit heures du soir, une foule compacte se pressait
    dans les salons du Gun-Club, 21, Union-Square. Tous les membres du
    cercle résidant à Baltimore s'étaient rendus à l'invitation de leur
    président. Quant aux membres correspondants, les express les
    débarquaient par centaines dans les rues de la ville, et si grand que
    fût le «hall» des séances, ce monde de savants n'avait pu y trouver
    place; aussi refluait-il dans les salles voisines, au fond des
    couloirs et jusqu'au milieu des cours extérieures; là, il rencontrait
    le simple populaire qui se pressait aux portes, chacun cherchant à
    gagner les premiers rangs, tous avides de connaître l'importante
    communication du président Barbicane, se poussant, se bousculant,
    s'écrasant avec cette liberté d'action particulière aux masses élevées
    dans les idées du «self government» [Gouvernement personnel.].

    Ce soir-là, un étranger qui se fût trouvé à Baltimore n'eût pas
    obtenu, même à prix d'or, de pénétrer dans la grande salle; celle-ci
    était exclusivement réservée aux membres résidants ou correspondants;
    nul autre n'y pouvait prendre place, et les notables de la cité, les
    magistrats du conseil des selectmen [Administrateurs de la ville élus
    par la population.] avaient dû se mêler à la foule de leurs
    administrés, pour saisir au vol les nouvelles de l'intérieur.

    Cependant l'immense «hall» offrait aux regards un curieux spectacle.
    Ce vaste local était merveilleusement approprié à sa destination. De
    hautes colonnes formées de canons superposés auxquels d'épais mortiers
    servaient de base soutenaient les fines armatures de la voûte,
    véritables dentelles de fonte frappées à l'emporte-pièce. Des
    panoplies d'espingoles, de tromblons, d'arquebuses, de carabines, de
    toutes les armes à feu anciennes ou modernes s'écartelaient sur les
    murs dans un entrelacement pittoresque. Le gaz sortait pleine flamme
    d'un millier de revolvers groupés en forme de lustres, tandis que des
    girandoles de pistolets et des candélabres faits de fusils réunis en
    faisceaux, complétaient ce splendide éclairage. Les modèles de
    canons, les échantillons de bronze, les mires criblées de coups, les
    plaques brisées au choc des boulets du Gun-Club, les assortiments de
    refouloirs et d'écouvillons, les chapelets de bombes, les colliers de
    projectiles, les guirlandes d'obus, en un mot, tous les outils de
    l'artilleur surprenaient l'œil par leur étonnante disposition et
    laissaient à penser que leur véritable destination était plus
    décorative que meurtrière.

    A la place d'honneur, on voyait, abrité par une splendide vitrine, un
    morceau de culasse, brisé et tordu sous l'effort de la poudre,
    précieux débris du canon de J.-T. Maston.

    A l'extrémité de la salle, le président, assisté de quatre
    secrétaires, occupait une large esplanade. Son siège, élevé sur un
    affût sculpté, affectait dans son ensemble les formes puissantes d'un
    mortier de trente-deux pouces; il était braque sous un angle de
    quatre-vingt-dix degrés et suspendu à des tourillons, de telle sorte
    que le président pouvait lui imprimer, comme aux «rocking-chairs»
    [Chaises à bascule en usage aux États-Unis.], un balancement fort
    agréable par les grandes chaleurs. Sur le bureau, vaste plaque de
    tôle supportée par six caronades, on voyait un encrier d'un goût
    exquis, fait d'un biscaïen délicieusement ciselé, et un timbre à
    détonation qui éclatait, à l'occasion, comme un revolver. Pendant les
    discussions véhémentes, cette sonnette d'un nouveau genre suffisait à
    peine à couvrir la voix de cette légion d'artilleurs surexcités.

    Devant le bureau, des banquettes disposées en zigzags, comme les
    circonvallations d'un retranchement, formaient une succession de
    bastions et de courtines où prenaient place tous les membres du
    Gun-Club, et ce soir-là, on peut le dire, «il y avait du monde sur les
    remparts». On connaissait assez le président pour savoir qu'il n'eût
    pas dérangé ses collègues sans un motif de la plus haute gravité.

    Impey Barbicane était un homme de quarante ans, calme, froid, austère,
    d'un esprit éminemment sérieux et concentré; exact comme un
    chronomètre, d'un tempérament à toute épreuve, d'un caractère
    inébranlable; peu chevaleresque, aventureux cependant, mais apportant
    des idées pratiques jusque dans ses entreprises les plus téméraires;
    l'homme par excellence de la Nouvelle-Angleterre, le Nordiste
    colonisateur, le descendant de ces Têtes-Rondes si funestes aux
    Stuarts, et l'implacable ennemi des gentlemen du Sud, ces anciens
    Cavaliers de la mère patrie. En un mot, un Yankee coulé d'un seul
    bloc.

    Barbicane avait fait une grande fortune dans le commerce des bois;
    nommé directeur de l'artillerie pendant la guerre, il se montra
    fertile en inventions; audacieux dans ses idées, il contribua
    puissamment aux progrès de cette arme, et donna aux choses
    expérimentales un incomparable élan.

    C'était un personnage de taille moyenne, ayant, par une rare exception
    dans le Gun-Club, tous ses membres intacts. Ses traits accentués
    semblaient tracés à l'équerre et au tire-ligne, et s'il est vrai que,
    pour deviner les instincts d'un homme, on doive le regarder de profil,
    Barbicane, vu ainsi, offrait les indices les plus certains de
    l'énergie, de l'audace et du sang-froid.

    En cet instant, il demeurait immobile dans son fauteuil, muet,
    absorbé, le regard en dedans, abrité sous son chapeau à haute forme,
    cylindre de soie noire qui semble vissé sur les crânes américains.

    Ses collègues causaient bruyamment autour de lui sans le distraire;
    ils s'interrogeaient, ils se lançaient dans le champ des suppositions,
    ils examinaient leur président et cherchaient, mais en vain, à dégager
    l'X de son imperturbable physionomie.

    Lorsque huit heures sonnèrent à l'horloge fulminante de la grande
    salle, Barbicane, comme s'il eût été mû par un ressort, se redressa
    subitement; il se fit un silence général, et l'orateur, d'un ton un
    peu emphatique, prit la parole en ces termes:

    «Braves collègues, depuis trop longtemps déjà une paix inféconde est
    venue plonger les membres du Gun-Club dans un regrettable
    désœuvrement. Après une période de quelques années, si pleine
    d'incidents, il a fallu abandonner nos travaux et nous arrêter net sur
    la route du progrès. Je ne crains pas de le proclamer à haute voix,
    toute guerre qui nous remettrait les armes à la main serait bien
    venue...

    --Oui, la guerre! s'écria l'impétueux J.-T. Maston.

    --Écoutez! écoutez! répliqua-t-on de toutes parts.

    --Mais la guerre, dit Barbicane, la guerre est impossible dans les
    circonstances actuelles, et, quoi que puisse espérer mon honorable
    interrupteur, de longues années s'écouleront encore avant que nos
    canons tonnent sur un champ de bataille. Il faut donc en prendre son
    parti et chercher dans un autre ordre d'idées un aliment à l'activité
    qui nous dévore!

    L'assemblée sentit que son président allait aborder le point délicat.
    Elle redoubla d'attention.

    «Depuis quelques mois, mes braves collègues, reprit Barbicane, je me
    suis demandé si, tout en restant dans notre spécialité, nous ne
    pourrions pas entreprendre quelque grande expérience digne du XIXe
    siècle, et si les progrès de la balistique ne nous permettraient pas
    de la mener à bonne fin. J'ai donc cherché, travaillé, calculé, et de
    mes études est résultée cette conviction que nous devons réussir dans
    une entreprise qui paraîtrait impraticable à tout autre pays. Ce
    projet, longuement élaboré, va faire l'objet de ma communication; il
    est digne de vous, digne du passé du Gun-Club, et il ne pourra manquer
    de faire du bruit dans le monde!

    --Beaucoup de bruit? s'écria un artilleur passionné.

    --Beaucoup de bruit dans le vrai sens du mot, répondit Barbicane.

    --N'interrompez pas! répétèrent plusieurs voix.

    --Je vous prie donc, braves collègues, reprit le président, de
    m'accorder toute votre attention.

    Un frémissement courut dans l'assemblée. Barbicane, ayant d'un geste
    rapide assuré son chapeau sur sa tête, continua son discours d'une
    voix calme:

    «Il n'est aucun de vous, braves collègues, qui n'ait vu la Lune, ou
    tout au moins, qui n'en ait entendu parler. Ne vous étonnez pas si je
    viens vous entretenir ici de l'astre des nuits. Il nous est peut-être
    réservé d'être les Colombs de ce monde inconnu. Comprenez-moi,
    secondez-moi de tout votre pouvoir, je vous mènerai à sa conquête, et
    son nom se joindra à ceux des trente-six États qui forment ce grand
    pays de l'Union!

    --Hurrah pour la Lune! s'écria le Gun-Club d'une seule voix.

    --On a beaucoup étudié la Lune, reprit Barbicane; sa masse, sa densité,
    son poids, son volume, sa constitution, ses mouvements, sa distance, son
    rôle dans le monde solaire, sont parfaitement déterminés; on a dressé
    des cartes sélénographiques[*] avec une perfection qui égale, si même
    elle ne surpasse pas, celle des cartes terrestres; la photographie a
    donné de notre satellite des épreuves d'une incomparable beauté [Voir
    les magnifiques clichés de la Lune, obtenus par M. Waren de la Rue.]. En
    un mot, on sait de la Lune tout ce que les sciences mathématiques,
    l'astronomie, la géologie, l'optique peuvent en apprendre; mais
    jusqu'ici il n'a jamais été établi de communication directe avec elle.

    [* De σελἡνη, mot grec qui signifie Lune.]

    Un violent mouvement d'intérêt et de surprise accueillit ces paroles.

    «Permettez-moi, reprit-il, de vous rappeler en quelques mots comment
    certains esprits ardents, embarqués pour des voyages imaginaires,
    prétendirent avoir pénétré les secrets de notre satellite. Au XVIIe
    siècle, un certain David Fabricius se vanta d'avoir vu de ses yeux des
    habitants de la Lune. En 1649, un Français, Jean Baudoin, publia le
    _Voyage fait au monde de la Lune par Dominique Gonzalès_, aventurier
    espagnol. A la même époque, Cyrano de Bergerac fit paraître cette
    expédition célèbre qui eut tant de succès en France. Plus tard, un
    autre Français--ces gens-là s'occupent beaucoup de la Lune--, le nommé
    Fontenelle, écrivit la _Pluralité des Mondes_, un chef-d'œuvre en son
    temps; mais la science, en marchant, écrase même les chefs-d'œuvre!
    Vers 1835, un opuscule traduit du _New York American_ raconta que Sir
    John Herschell, envoyé au cap de Bonne-Espérance pour y faire des
    études astronomiques, avait, au moyen d'un télescope perfectionné par
    un éclairage intérieur, ramené la Lune à une distance de quatre-vingts
    yards [Le yard vaut un peu moins que le mètre, soit 91 cm.]. Alors
    il aurait aperçu distinctement des cavernes dans lesquelles vivaient
    des hippopotames, de vertes montagnes frangées de dentelles d'or, des
    moutons aux cornes d'ivoire, des chevreuils blancs, des habitants avec
    des ailes membraneuses comme celles de la chauve-souris. Cette
    brochure, œuvre d'un Américain nommé Locke [Cette brochure fut
    publiée en France par le républicain Laviron, qui fut tué au siège de
    Rome en 1840.], eut un très grand succès. Mais bientôt on reconnut
    que c'était une mystification scientifique, et les Français furent les
    premiers à en rire.

    --Rire d'un Américain! s'écria J.-T. Maston, mais voilà un _casus
    belli_!...

    --Rassurez-vous, mon digne ami. Les Français, avant d'en rire,
    avaient été parfaitement dupés de notre compatriote. Pour terminer ce
    rapide historique, j'ajouterai qu'un certain Hans Pfaal de Rotterdam,
    s'élançant dans un ballon rempli d'un gaz tiré de l'azote, et
    trente-sept fois plus léger que l'hydrogène, atteignit la Lune après
    dix-neuf jours de traversée. Ce voyage, comme les tentatives
    précédentes, était simplement imaginaire, mais ce fut l'œuvre d'un
    écrivain populaire en Amérique, d'un génie étrange et contemplatif.
    J'ai nommé Poe!

    --Hurrah pour Edgard Poe! s'écria l'assemblée, électrisée par les
    paroles de son président.

    --J'en ai fini, reprit Barbicane, avec ces tentatives que j'appellerai
    purement littéraires, et parfaitement insuffisantes pour établir des
    relations sérieuses avec l'astre des nuits. Cependant, je dois
    ajouter que quelques esprits pratiques essayèrent de se mettre en
    communication sérieuse avec lui. Ainsi, il y a quelques années, un
    géomètre allemand proposa d'envoyer une commission de savants dans les
    steppes de la Sibérie. Là, sur de vastes plaines, on devait établir
    d'immenses figures géométriques, dessinées au moyen de réflecteurs
    lumineux, entre autres le carré de l'hypoténuse, vulgairement appelé
    le «Pont aux ânes» par les Français. «Tout être intelligent, disait
    le géomètre, doit comprendre la destination scientifique de cette
    figure. Les Sélénites [Habitants de la Lune.], s'ils existent,
    répondront par une figure semblable, et la communication une fois
    établie, il sera facile de créer un alphabet a qui permettra de
    s'entretenir avec les habitants de la Lune.» Ainsi parlait le géomètre
    allemand, mais son projet ne fut pas mis à exécution, et jusqu'ici
    aucun lien direct n'a existé entre la Terre et son satellite. Mais il
    est réservé au génie pratique des Américains de se mettre en rapport
    avec le monde sidéral. Le moyen d'y parvenir est simple, facile,
    certain, immanquable, et il va faire l'objet de ma proposition.

    Un brouhaha, une tempête d'exclamations accueillit ces paroles. Il
    n'était pas un seul des assistants qui ne fût dominé, entraîné, enlevé
    par les paroles de l'orateur.

    «Écoutez! écoutez! Silence donc!» s'écria-t-on de toutes parts.

    Lorsque l'agitation fut calmée, Barbicane reprit d'une voix plus grave
    son discours interrompu:

    «Vous savez, dit-il, quels progrès la balistique a faits depuis
    quelques années et à quel degré de perfection les armes à feu seraient
    parvenues, si la guerre eût continué. Vous n'ignorez pas non plus
    que, d'une façon générale, la force de résistance des canons et la
    puissance expansive de la poudre sont illimitées. Eh bien! partant
    de ce principe, je me suis demandé si, au moyen d'un appareil
    suffisant, établi dans des conditions de résistance déterminées, il ne
    serait pas possible d'envoyer un boulet dans la Lune.

    A ces paroles, un «oh!» de stupéfaction s'échappa de mille poitrines
    haletantes; puis il se fit un moment de silence, semblable à ce calme
    profond qui précède les coups de tonnerre. Et, en effet, le tonnerre
    éclata, mais un tonnerre d'applaudissements, de cris, de clameurs, qui
    fit trembler la salle des séances. Le président voulait parler; il ne
    le pouvait pas. Ce ne fut qu'au bout de dix minutes qu'il parvint à
    se faire entendre.

    «Laissez-moi achever, reprit-il froidement. J'ai pris la question
    sous toutes ses faces, je l'ai abordée résolument, et de mes calculs
    indiscutables il résulte que tout projectile doué d'une vitesse
    initiale de douze mille yards [Environ 11,000 mètres.] par seconde, et
    dirigé vers la Lune, arrivera nécessairement jusqu'à elle. J'ai donc
    l'honneur de vous proposer, mes braves collègues, de tenter cette
    petite expérience!

    III
    --------------------
    EFFET DE LA COMMUNICATION BARBICANE

    Il est impossible de peindre l'effet produit par les dernières paroles
    de l'honorable président. Quels cris! quelles vociférations! quelle
    succession de grognements, de hurrahs, de «hip! hip! hip!» et de
    toutes ces onomatopées qui foisonnent dans la langue américaine!
    C'était un désordre, un brouhaha indescriptible! Les bouches
    criaient, les mains battaient, les pieds ébranlaient le plancher des
    salles. Toutes les armes de ce musée d'artillerie, partant à la fois,
    n'auraient pas agité plus violemment les ondes sonores. Cela ne peut
    surprendre. Il y a des canonniers presque aussi bruyants que leurs
    canons.

    Barbicane demeurait calme au milieu de ces clameurs enthousiastes;
    peut-être voulait-il encore adresser quelques paroles à ses collègues,
    car ses gestes réclamèrent le silence, et son timbre fulminant
    s'épuisa en violentes détonations. On ne l'entendit même pas.
    Bientôt il fut arraché de son siège, porté en triomphe, et des mains
    de ses fidèles camarades il passa dans les bras d'une foule non moins
    surexcitée.

    Rien ne saurait étonner un Américain. On a souvent répété que le mot
    «impossible» n'était pas français; on s'est évidemment trompé de
    dictionnaire. En Amérique, tout est facile, tout est simple, et quant
    aux difficultés mécaniques, elles sont mortes avant d'être nées.
    Entre le projet Barbicane et sa réalisation, pas un véritable Yankee
    ne se fût permis d'entrevoir l'apparence d'une difficulté. Chose
    dite, chose faite.

    La promenade triomphale du président se prolongea dans la soirée. Une
    véritable marche aux flambeaux. Irlandais, Allemands, Français,
    Écossais, tous ces individus hétérogènes dont se compose la population
    du Maryland, criaient dans leur langue maternelle, et les vivats, les
    hurrahs, les bravos s'entremêlaient dans un inexprimable élan.

    Précisément, comme si elle eût compris qu'il s'agissait d'elle, la
    Lune brillait alors avec une sereine magnificence, éclipsant de son
    intense irradiation les feux environnants. Tous les Yankees
    dirigeaient leurs yeux vers son disque étincelant; les uns la
    saluaient de la main, les autres l'appelaient des plus doux noms;
    ceux-ci la mesuraient du regard, ceux-là la menaçaient du poing; de
    huit heures à minuit, un opticien de Jone's-Fall-Street fit sa fortune
    à vendre des lunettes. L'astre des nuits était lorgné comme une lady
    de haute volée. Les Américains en agissaient avec un sans-façon de
    propriétaires. Il semblait que la blonde Phoebé appartînt à ces
    audacieux conquérants et fît déjà partie du territoire de l'Union. Et
    pourtant il n'était question que de lui envoyer un projectile, façon
    assez brutale d'entrer en relation, même avec un satellite, mais fort
    en usage parmi les nations civilisées.

    Minuit venait de sonner, et l'enthousiasme ne baissait pas; il se
    maintenait à dose égale dans toutes les classes de la population; le
    magistrat, le savant, le négociant, le marchand, le portefaix, les
    hommes intelligents aussi bien que les gens «verts [Expression tout
    fait américaine pour désigner des gens naïfs.]», se sentaient remués
    dans leur fibre la plus délicate; il s'agissait là d'une entreprise
    nationale; aussi la ville haute, la ville basse, les quais baignés par
    les eaux du Patapsco, les navires emprisonnés dans leurs bassins
    regorgeaient d'une foule ivre de joie, de gin et de whisky; chacun
    conversait, pérorait, discutait, disputait, approuvait, applaudissait,
    depuis le gentleman nonchalamment étendu sur le canapé des bar-rooms
    devant sa chope de sherry-cobbler [Mélange de rhum, de jus d'orange,
    de sucre, de cannelle et de muscade. Cette boisson de couleur
    jaunâtre s'aspire dans des chopes au moyen d'un chalumeau de verre.
    Les bar-rooms sont des espèces de cafés.], jusqu'au waterman qui se
    grisait de «casse-poitrine [Boisson effrayante du bas peuple.
    Littéralement, en anglais: _thorough knock me down_.] » dans les
    sombres tavernes du Fells-Point.

    Cependant, vers deux heures, l'émotion se calma. Le président
    Barbicane parvint à rentrer chez lui, brisé, écrasé, moulu. Un
    hercule n'eût pas résisté à un enthousiasme pareil. La foule
    abandonna peu à peu les places et les rues. Les quatre rails-roads de
    l'Ohio, de Susquehanna, de Philadelphie et de Washington, qui
    convergent à Baltimore, jetèrent le public hexogène aux quatre coins
    des États-Unis, et la ville se reposa dans une tranquillité relative.

    Ce serait d'ailleurs une erreur de croire que, pendant cette soirée
    mémorable, Baltimore fût seule en proie à cette agitation. Les
    grandes villes de l'Union, New York, Boston, Albany, Washington,
    Richmond, Crescent-City [Surnom de La Nouvelle-Orléans.], Charleston,
    la Mobile, du Texas au Massachusetts, du Michigan aux Florides, toutes
    prenaient leur part de ce délire. En effet, les trente mille
    correspondants du Gun-Club connaissaient la lettre de leur président,
    et ils attendaient avec une égale impatience la fameuse communication
    du 5 octobre. Aussi, le soir même, à mesure que les paroles
    s'échappaient des lèvres de l'orateur, elles couraient sur les fils
    télégraphiques, à travers les États de l'Union, avec une vitesse de
    deux cent quarante-huit mille quatre cent quarante-sept milles [Cent
    mille lieues. C'est la vitesse de l'électricité.] à la seconde. On
    peut donc dire avec une certitude absolue qu'au même instant les
    États-Unis d'Amérique, dix fois grands comme la France, poussèrent un
    seul hurrah, et que vingt-cinq millions de cœurs, gonflés d'orgueil,
    battirent de la même pulsation.

    Le lendemain, quinze cents journaux quotidiens, hebdomadaires,
    bi-mensuels ou mensuels, s'emparèrent de la question; ils
    l'examinèrent sous ses différents aspects physiques, météorologiques,
    économiques ou moraux, au point de vue de la prépondérance politique
    ou de la civilisation. Ils se demandèrent si la Lune était un monde
    achevé, si elle ne subissait plus aucune transformation.
    Ressemblait-elle à la Terre au temps où l'atmosphère n'existait pas
    encore? Quel spectacle présentait cette face invisible au sphéroïde
    terrestre? Bien qu'il ne s'agît encore que d'envoyer un boulet à
    l'astre des nuits, tous voyaient là le point de départ d'une série
    d'expériences; tous espéraient qu'un jour l'Amérique pénétrerait les
    derniers secrets de ce disque mystérieux, et quelques-uns même
    semblèrent craindre que sa conquête ne dérangeât sensiblement
    l'équilibre européen.

    Le projet discuté, pas une feuille ne mit en doute sa réalisation; les
    recueils, les brochures, les bulletins, les «magazines» publiés par
    les sociétés savantes, littéraires ou religieuses, en firent ressortir
    les avantages, et «la Société d'Histoire naturelle» de Boston, «la
    Société américaine des sciences et des arts» d'Albany, «la Société
    géographique et statistique» de New York, «la Société philosophique
    américaine» de Philadelphie, «l'Institution Smithsonienne» de
    Washington, envoyèrent dans mille lettres leurs félicitations au
    Gun-Club, avec des offres immédiates de service et d'argent.

    Aussi, on peut le dire, jamais proposition ne réunit un pareil nombre
    d'adhérents; d'hésitations, de doutes, d'inquiétudes, il ne fut même
    pas question. Quant aux plaisanteries, aux caricatures, aux chansons
    qui eussent accueilli en Europe, et particulièrement en France, l'idée
    d'envoyer un projectile à la Lune, elles auraient fort mal servi leur
    auteur; tous les «lifepreservers [Arme de poche faite en baleine
    flexible et d'une boule de métal.]» du monde eussent été impuissants à
    le garantir contre l'indignation générale. Il y a des choses dont on
    ne rit pas dans le Nouveau Monde. Impey Barbicane devint donc, à
    partir de ce jour, un des plus grands citoyens des États-Unis, quelque
    chose comme le Washington de la science, et un trait, entre plusieurs,
    montrera jusqu'où allait cette inféodation subite d'un peuple à un
    homme.

    Quelques jours après la fameuse séance du Gun-Club, le directeur d'une
    troupe anglaise annonça au théâtre de Baltimore la représentation de
    _Much ado about nothing_ [_Beaucoup de bruit pour rien_, une des
    comédies de Shakespeare.]. Mais la population de la ville, voyant dans
    ce titre une allusion blessante aux projets du président Barbicane,
    envahit la salle, brisa les banquettes et obligea le malheureux
    directeur à changer son affiche. Celui-ci, en homme d'esprit,
    s'inclinant devant la volonté publique, remplaça la malencontreuse
    comédie par _As you like it_ [_Comme il vous plaira_, de
    Shakespeare.], et, pendant plusieurs semaines, il fit des recettes
    phénoménales.

    IV
    --------------------
    RÉPONSE DE L'OBSERVATOIRE DE CAMBRIDGE

    Cependant Barbicane ne perdit pas un instant au milieu des ovations
    dont il était l'objet. Son premier soin fut de réunir ses collègues
    dans les bureaux du Gun-Club. Là, après discussion, on convint de
    consulter les astronomes sur la partie astronomique de l'entreprise;
    leur réponse une fois connue, on discuterait alors les moyens
    mécaniques, et rien ne serait négligé pour assurer le succès de cette
    grande expérience.

    Une note très précise, contenant des questions spéciales, fut donc
    rédigée et adressée à l'Observatoire de Cambridge, dans le
    Massachusetts. Cette ville, où fut fondée la première Université des
    États-Unis, est justement célèbre par son bureau astronomique. Là se
    trouvent réunis des savants du plus haut mérite; là fonctionne la
    puissante lunette qui permit à Bond de résoudre la nébuleuse
    d'Andromède et à Clarke de découvrir le satellite de Sirius. Cet
    établissement célèbre justifiait donc à tous les titres la confiance
    du Gun-Club.

    Aussi, deux jours après, sa réponse, si impatiemment attendue,
    arrivait entre les mains du président Barbicane. Elle était conçue en
    ces termes:

    _Le Directeur de l'Observatoire de Cambridge au Président du Gun-Club,
    à Baltimore._

    «Cambridge, 7 octobre.

    «Au reçu de votre honorée du 6 courant, adressée à l'Observatoire de
    Cambridge au nom des membres du Gun-Club de Baltimore, notre bureau
    s'est immédiatement réuni, et il a jugé à propos [Il y a dans le texte
    le mot _expedient_, qui est absolument intraduisible en français.] de
    répondre comme suit:

    «Les questions qui lui ont été posées sont celles-ci:

    «1º Est-il possible d'envoyer un projectile dans la Lune?

    «2º Quelle est la distance exacte qui sépare la Terre de son
    satellite?

    «3º Quelle sera la durée du trajet du projectile auquel aura été
    imprimée une vitesse initiale suffisante, et, par conséquent, à quel
    moment devra-t-on le lancer pour qu'il rencontre la Lune en un point
    déterminé?

    «4º A quel moment précis la Lune se présentera-t-elle dans la
    position la plus favorable pour être atteinte par le projectile?

    «5º Quel point du ciel devra-t-on viser avec le canon destiné à
    lancer le projectile?

    «6º Quelle place la Lune occupera-t-elle dans le ciel au moment où
    partira le projectile?

    «Sur la première question:--Est-il possible d'envoyer un projectile
    dans la Lune?

    «Oui, il est possible d'envoyer un projectile dans la Lune, si l'on
    parvient à animer ce projectile d'une vitesse initiale de douze mille
    yards par seconde. Le calcul démontre que cette vitesse est
    suffisante. A mesure que l'on s'éloigne de la Terre, l'action de la
    pesanteur diminue en raison inverse du carré des distances,
    c'est-à-dire que, pour une distance trois fois plus grande, cette
    action est neuf fois moins forte. En conséquence, la pesanteur du
    boulet décroîtra rapidement, et finira par s'annuler complètement au
    moment où l'attraction de la Lune fera équilibre à celle de la Terre,
    c'est-à-dire aux quarante-sept cinquante-deuxièmes du trajet. En ce
    moment, le projectile ne pèsera plus, et, s'il franchit ce point, il
    tombera sur la Lune par l'effet seul de l'attraction lunaire. La
    possibilité théorique de l'expérience est donc absolument démontrée;
    quant à sa réussite, elle dépend uniquement de la puissance de l'engin
    employé.

    «Sur la deuxième question:--Quelle est la distance exacte qui sépare
    la Terre de son satellite?

    «La Lune ne décrit pas autour de la Terre une circonférence, mais bien
    une ellipse dont notre globe occupe l'un des foyers; de là cette
    conséquence que la Lune se trouve tantôt plus rapprochée de la Terre,
    et tantôt plus éloignée, ou, en termes astronomiques, tantôt dans son
    apogée, tantôt dans son périgée. Or, la différence entre sa plus
    grande et sa plus petite distance est assez considérable, dans
    l'espèce, pour qu'on ne doive pas la négliger. En effet, dans son
    apogée, la Lune est à deux cent quarante-sept mille cinq cent
    cinquante-deux milles (--99,640 lieues de 4 kilomètres), et dans son
    périgée à deux cent dix-huit mille six cent cinquante-sept milles
    seulement (-- 88,010 lieues), ce qui fait une différence de vingt-huit
    mille huit cent quatre-vingt-quinze milles (-- 11,630 lieues), ou plus
    du neuvième du parcours. C'est donc la distance périgéenne de la Lune
    qui doit servir de base aux calculs.

    «Sur la troisième question:--Quelle sera la durée du trajet du
    projectile auquel aura été imprimée une vitesse initiale suffisante,
    et, par conséquent, à quel moment devra-t-on le lancer pour qu'il
    rencontre la Lune en un point déterminé?

    «Si le boulet conservait indéfiniment la vitesse initiale de douze
    mille yards par seconde qui lui aura été imprimée à son départ, il ne
    mettrait que neuf heures environ à se rendre à sa destination; mais
    comme cette vitesse initiale ira continuellement en décroissant, il se
    trouve, tout calcul fait, que le projectile emploiera trois cent mille
    secondes, soit quatre-vingt-trois heures et vingt minutes, pour
    atteindre le point où les attractions terrestre et lunaire se font
    équilibre, et de ce point il tombera sur la Lune en cinquante mille
    secondes, ou treize heures cinquante-trois minutes et vingt secondes.
    Il conviendra donc de le lancer quatre-vingt-dix-sept heures treize
    minutes et vingt secondes avant l'arrivée de la Lune au point visé.

    «Sur la quatrième question:--A quel moment précis la Lune se
    présentera-t-elle dans la position la plus favorable pour être
    atteinte par le projectile?

    «D'après ce qui vient d'être dit ci-dessus, il faut d'abord choisir
    l'époque où la Lune sera dans son périgée, et en même temps le moment
    où elle passera au zénith, ce qui diminuera encore le parcours d'une
    distance égale au rayon terrestre, soit trois mille neuf cent dix-neuf
    milles; de telle sorte que le trajet définitif sera de deux cent
    quatorze mille neuf cent soixante-seize milles (--86,410 lieues).
    Mais, si chaque mois la Lune passe à son périgée, elle ne se trouve
    pas toujours au zénith à ce moment. Elle ne se présente dans ces deux
    conditions qu'à de longs intervalles. Il faudra donc attendre la
    coïncidence du passage au périgée et au zénith. Or, par une heureuse
    circonstance, le 4 décembre de l'année prochaine, la Lune offrira ces
    deux conditions: à minuit, elle sera dans son périgée, c'est-à-dire à
    sa plus courte distance de la Terre, et elle passera en même temps au
    zénith.

    «Sur la cinquième question:--Quel point du ciel devra-t-on viser avec
    le canon destiné à lancer le projectile?

    «Les observations précédentes étant admises, le canon devra être
    braqué sur le zénith [Le zénith est le point du ciel situé
    verticalement au-dessus de la tête d'un observateur.] du lieu; de la
    sorte, le tir sera perpendiculaire au plan de l'horizon, et le
    projectile se dérobera plus rapidement aux effets de l'attraction
    terrestre. Mais, pour que la Lune monte au zénith d'un lieu, il faut
    que ce lieu ne soit pas plus haut en latitude que la déclinaison de
    cet astre, autrement dit, qu'il soit compris entre 0° et 28° de
    latitude nord ou sud [Il n'y a en effet que les régions du globe
    comprises entre l'équateur et le vingt-huitième parallèle, dans
    lesquels la culmination de la Lune l'amène au zénith; au-delà du 28e
    degré, la Lune s'approche d'autant moins du zénith que l'on s'avance
    vers les pôles.]. En tout autre endroit, le tir devrait être
    nécessairement oblique, ce qui nuirait à la réussite de l'expérience.

    «Sur la sixième question:--Quelle place la Lune occupera-t-elle dans
    le ciel au moment où partira le projectile?

    «Au moment où le projectile sera lancé dans l'espace, la Lune, qui
    avance chaque jour de treize degrés dix minutes et trente-cinq
    secondes, devra se trouver éloignée du point zénithal de quatre fois
    ce nombre, soit cinquante-deux degrés quarante-deux minutes et vingt
    secondes, espace qui correspond au chemin qu'elle fera pendant la
    durée du parcours du projectile. Mais comme il faut également tenir
    compte de la déviation que fera éprouver au boulet le mouvement de
    rotation de la terre, et comme le boulet n'arrivera à la Lune qu'après
    avoir dévié d'une distance égale à seize rayons terrestres, qui,
    comptés sur l'orbite de la Lune, font environ onze degrés, on doit
    ajouter ces onze degrés à ceux qui expriment le retard de la Lune déjà
    mentionné, soit soixante-quatre degrés en chiffres ronds. Ainsi donc,
    au moment du tir, le rayon visuel mené à la Lune fera avec la
    verticale du lieu un angle de soixante-quatre degrés.

    «Telles sont les réponses aux questions posées à l'Observatoire de
    Cambridge par les membres du Gun-Club.

    «En résumé:

    «1º Le canon devra être établi dans un pays situé entre 0° et 28° de
    latitude nord ou sud.

    «2º Il devra être braqué sur le zénith du lieu.

    «3º Le projectile devra être animé d'une vitesse initiale de douze
    mille yards par seconde.

    «4º Il devra être lancé le 1er décembre de l'année prochaine, à onze
    heures moins treize minutes et vingt secondes.

    «5º Il rencontrera la Lune quatre jours après son départ, le 4
    décembre à minuit précis, au moment où elle passera au zénith.

    «Les membres du Gun-Club doivent donc commencer sans retard les
    travaux nécessités par une pareille entreprise et être prêts à opérer
    au moment déterminé, car, s'ils laissaient passer cette date du 4
    décembre, ils ne retrouveraient la Lune dans les mêmes conditions de
    périgée et de zénith que dix-huit ans et onze jours après.

    «Le bureau de l'Observatoire de Cambridge se met entièrement à leur
    disposition pour les questions d'astronomie théorique, et il joint par
    la présente ses félicitations à celles de l'Amérique tout entière.

    «Pour le bureau:

    «J.-M. BELFAST,
    «_Directeur de l'Observatoire de Cambridge._

    V
    --------------------
    LE ROMAN DE LA LUNE

    Un observateur doué d'une vue infiniment pénétrante, et placé à ce
    centre inconnu autour duquel gravite le monde, aurait vu des myriades
    d'atomes remplir l'espace à l'époque chaotique de l'univers. Mais peu
    à peu, avec les siècles, un changement se produisit; une loi
    d'attraction se manifesta, à laquelle obéirent les atomes errants
    jusqu'alors; ces atomes se combinèrent chimiquement suivant leurs
    affinités, se firent molécules et formèrent ces amas nébuleux dont
    sont parsemées les profondeurs du ciel.

    Ces amas furent aussitôt animés d'un mouvement de rotation autour de
    leur point central. Ce centre, formé de molécules vagues, se prit à
    tourner sur lui-même en se condensant progressivement; d'ailleurs,
    suivant des lois immuables de la mécanique, à mesure que son volume
    diminuait par la condensation, son mouvement de rotation s'accélérait,
    et ces deux effets persistant, il en résulta une étoile principale,
    centre de l'amas nébuleux.

    En regardant attentivement, l'observateur eût alors vu les autres
    molécules de l'amas se comporter comme l'étoile centrale, se condenser
    à sa façon par un mouvement de rotation progressivement accéléré, et
    graviter autour d'elle sous forme d'étoiles innombrables. La
    nébuleuse, dont les astronomes comptent près de cinq mille
    actuellement, était formée.

    Parmi ces cinq mille nébuleuses, il en est une que les hommes ont
    nommée la Voie lactée[*], et qui renferme dix-huit millions d'étoiles,
    dont chacune est devenue le centre d'un monde solaire.

    [* Du mot grec γαλαχτος,qui signifie lait.]

    Si l'observateur eût alors spécialement examiné entre ces dix-huit
    millions d'astres l'un des plus modestes et des moins brillants [Le
    diamètre de Sirius, suivant Wollaston, doit égaler douze fois celui du
    Soleil, soit 4,300,000 lieues.], une étoile de quatrième ordre, celle
    qui s'appelle orgueilleusement le Soleil, tous les phénomènes auxquels
    est due la formation de l'univers se seraient successivement accomplis
    à ses yeux.

    En effet, ce Soleil, encore à l'état gazeux et composé de molécules
    mobiles, il l'eût aperçu tournant sur son axe pour achever son travail
    de concentration. Ce mouvement, fidèle aux lois de la mécanique, se
    fût accéléré avec la diminution de volume, et un moment serait arrivé
    où la force centrifuge l'aurait emporté sur la force centripète, qui
    tend à repousser les molécules vers le centre.

    Alors un autre phénomène se serait passé devant les yeux de
    l'observateur, et les molécules situées dans le plan de l'équateur,
    s'échappant comme la pierre d'une fronde dont la corde vient à se
    briser subitement, auraient été former autour du Soleil plusieurs
    anneaux concentriques semblables à celui de Saturne. A leur tour, ces
    anneaux de matière cosmique, pris d'un mouvement de rotation autour de
    la masse centrale, se seraient brisés et décomposés en nébulosités
    secondaires, c'est-à-dire en planètes.

    Si l'observateur eût alors concentré toute son attention sur ces
    planètes, il les aurait vues se comporter exactement comme le Soleil
    et donner naissance à un ou plusieurs anneaux cosmiques, origines de
    ces astres d'ordre inférieur qu'on appelle satellites.

    Ainsi donc, en remontant de l'atome à la molécule, de la molécule à
    l'amas nébuleux, de l'amas nébuleux à la nébuleuse, de la nébuleuse à
    l'étoile principale, de l'étoile principale au Soleil, du Soleil à la
    planète, et de la planète au satellite, on a toute la série des
    transformations subies par les corps célestes depuis les premiers
    jours du monde.

    Le Soleil semble perdu dans les immensités du monde stellaire, et
    cependant il est rattaché, par les théories actuelles de la science, à
    la nébuleuse de la Voie lactée. Centre d'un monde, et si petit qu'il
    paraisse au milieu des régions éthérées, il est cependant énorme, car
    sa grosseur est quatorze cent mille fois celle de la Terre. Autour de
    lui gravitent huit planètes, sorties de ses entrailles mêmes aux
    premiers temps de la Création. Ce sont, en allant du plus proche de
    ces astres au plus éloigné, Mercure, Vénus, la Terre, Mars Jupiter,
    Saturne, Uranus et Neptune. De plus entre Mars et Jupiter circulent
    régulièrement d'autres corps moins considérables, peut-être les débris
    errants d'un astre brisé en plusieurs milliers de morceaux, dont le
    télescope a reconnu quatre-vingt-dix-sept jusqu'à ce jour.
    [Quelques-uns de ces astéroïdes sont assez petits pour qu'on puisse en
    faire le tour dans l'espace d'une seule journée en marchant au pas
    gymnastique.]

    De ces serviteurs que le Soleil maintient dans leur orbite elliptique
    par la grande loi de la gravitation, quelques-uns possèdent à leur
    tour des satellites. Uranus en a huit, Saturne huit, Jupiter quatre,
    Neptune trois peut-être, la Terre un; ce dernier, l'un des moins
    importants du monde solaire, s'appelle la Lune, et c'est lui que le
    génie audacieux des Américains prétendait conquérir.

    L'astre des nuits, par sa proximité relative et le spectacle
    rapidement renouvelé de ses phases diverses, a tout d'abord partagé
    avec le Soleil l'attention des habitants de la Terre; mais le Soleil
    est fatigant au regard, et les splendeurs de sa lumière obligent ses
    contemplateurs à baisser les yeux.

    La blonde Phoebé, plus humaine au contraire, se laisse complaisamment
    voir dans sa grâce modeste; elle est douce à l'œil, peu ambitieuse,
    et cependant, elle se permet parfois d'éclipser son frère, le radieux
    Apollon, sans jamais être éclipsée par lui. Les mahométans ont
    compris la reconnaissance qu'ils devaient à cette fidèle amie de la
    Terre, et ils ont réglé leur mois sur sa révolution [Vingt-neuf jours
    et demi environ.].

    Les premiers peuples vouèrent un culte particulier à cette chaste
    déesse. Les Égyptiens l'appelaient Isis; les Phéniciens la nommaient
    Astarté; les Grecs l'adorèrent sous le nom de Phoebé, fille de Latone
    et de Jupiter, et ils expliquaient ses éclipses par les visites
    mystérieuses de Diane au bel Endymion. A en croire la légende
    mythologique, le lion de Némée parcourut les campagnes de la Lune
    avant son apparition sur la Terre, et le poète Agésianax, cité par
    Plutarque, célébra dans ses vers ces doux yeux, ce nez charmant et
    cette bouche aimable, formés par les parties lumineuses de l'adorable
    Séléné.

    Mais si les Anciens comprirent bien le caractère, le tempérament, en
    un mot, les qualités morales de la Lune au point de vue mythologique,
    les plus savants d'entre eux demeurèrent fort ignorants en
    sélénographie.

    Cependant, plusieurs astronomes des époques reculées découvrirent
    certaines particularités confirmées aujourd'hui par la science. Si
    les Arcadiens prétendirent avoir habité la Terre à une époque où la
    Lune n'existait pas encore, si Tatius la regarda comme un fragment
    détaché du disque solaire, si Cléarque, le disciple d'Aristote, en fit
    un miroir poli sur lequel se réfléchissaient les images de l'Océan, si
    d'autres enfin ne virent en elle qu'un amas de vapeurs exhalées par la
    Terre, ou un globe moitié feu, moitié glace, qui tournait sur
    lui-même, quelques savants, au moyen d'observations sagaces, à défaut
    d'instruments d'optique, soupçonnèrent la plupart des lois qui
    régissent l'astre des nuits.

    Ainsi Thalès de Milet, 460 ans avant J.-C., émit l'opinion que la Lune
    était éclairée par le Soleil. Aristarque de Samos donna la véritable
    explication de ses phases. Cléomène enseigna qu'elle brillait d'une
    lumière réfléchie. Le Chaldéen Bérose découvrit que la durée de son
    mouvement de rotation était égale à celle de son mouvement de
    révolution, et il expliqua de la sorte le fait que la Lune présente
    toujours la même face. Enfin Hipparque, deux siècles avant l'ère
    chrétienne, reconnut quelques inégalités dans les mouvements apparents
    du satellite de la Terre.

    Ces diverses observations se confirmèrent par la suite et profitèrent
    aux nouveaux astronomes. Ptolémée, au IIe siècle, l'Arabe Aboul-Wéfa,
    au Xe, complétèrent les remarques d'Hipparque sur les inégalités que
    subit la Lune en suivant la ligne ondulée de son orbite sous l'action
    du Soleil. Puis Copernic [Voir _Les Fondateurs de l'Astronomie
    moderne_, un livre admirable de M. J. Bertrand, de l'Institut.], au
    XVe siècle, et Tycho Brahé, au XVIe, exposèrent complètement le
    système du monde et le rôle que joue la Lune dans l'ensemble des corps
    célestes.

    A cette époque, ses mouvements étaient à peu près déterminés; mais de
    sa constitution physique on savait peu de chose. Ce fut alors que
    Galilée expliqua les phénomènes de lumière produits dans certaines
    phases par l'existence de montagnes auxquelles il donna une hauteur
    moyenne de quatre mille cinq cents toises.

    Après lui, Hevelius, un astronome de Dantzig, rabaissa les plus hautes
    altitudes à deux mille six cents toises; mais son confrère Riccioli
    les reporta à sept mille.

    Herschell, à la fin du XVIIIe siècle, armé d'un puissant télescope,
    réduisit singulièrement les mesures précédentes. Il donna dix-neuf
    cents toises aux montagnes les plus élevées, et ramena la moyenne des
    différentes hauteurs à quatre cents toises seulement. Mais Herschell
    se trompait encore, et il fallut les observations de Shroeter,
    Louville, Halley, Nasmyth, Bianchini, Pastorf, Lohrman, Gruithuysen,
    et surtout les patientes études de MM. Beer et Moedeler, pour
    résoudre définitivement la question. Grâce à ces savants, l'élévation
    des montagnes de la Lune est parfaitement connue aujourd'hui. MM.
    Beer et Moedeler ont mesuré dix-neuf cent cinq hauteurs, dont six sont
    au-dessus de deux mille six cents toises, et vingt-deux au-dessus de
    deux mille quatre cents [La hauteur du mont Blanc au-dessus de la mer
    est de 4813 mètres.]. Leur plus haut sommet domine de trois mille
    huit cent et une toises la surface du disque lunaire.

    En même temps, la reconnaissance de la Lune se complétait; cet astre
    apparaissait criblé de cratères, et sa nature essentiellement
    volcanique s'affirmait à chaque observation. Du défaut de réfraction
    dans les rayons des planètes occultées par elle, on conclut que
    l'atmosphère devait presque absolument lui manquer. Cette absence
    d'air entraînait l'absence d'eau. Il devenait donc manifeste que les
    Sélénites, pour vivre dans ces conditions, devaient avoir une
    organisation spéciale et différer singulièrement des habitants de la
    Terre.

    Enfin, grâce aux méthodes nouvelles, les instruments plus
    perfectionnés fouillèrent la Lune sans relâche, ne laissant pas un
    point de sa face inexploré, et cependant son diamètre mesure deux
    mille cent cinquante milles [Huit cent soixante-neuf lieues,
    c'est-à-dire un peu plus du quart du rayon terrestre.], sa surface est
    la treizième partie de la surface du globe [Trente-huit millions de
    kilomètres carrés.], son volume la quarante-neuvième partie du volume
    du sphéroïde terrestre; mais aucun de ses secrets ne pouvait échapper
    à l'œil des astronomes, et ces habiles savants portèrent plus loin
    encore leurs prodigieuses observations.

    Ainsi ils remarquèrent que, pendant la pleine Lune, le disque
    apparaissait dans certaines parties rayé de lignes blanches, et
    pendant les phases, rayé de lignes noires. En étudiant avec une plus
    grande précision, ils parvinrent à se rendre un compte exact de la
    nature de ces lignes. C'étaient des sillons longs et étroits, creusés
    entre des bords parallèles, aboutissant généralement aux contours des
    cratères; ils avaient une longueur comprise entre dix et cent milles
    et une largeur de huit cents toises. Les astronomes les appelèrent
    des rainures, mais tout ce qu'ils surent faire, ce fut de les nommer
    ainsi. Quant à la question de savoir si ces rainures étaient des lits
    desséchés d'anciennes rivières ou non, ils ne purent la résoudre d'une
    manière complète. Aussi les Américains espéraient bien déterminer, un
    jour ou l'autre, ce fait géologique. Ils se réservaient également de
    reconnaître cette série de remparts parallèles découverts à la surface
    de la Lune par Gruithuysen, savant professeur de Munich, qui les
    considéra comme un système de fortifications élevées par les
    ingénieurs sélénites. Ces deux points, encore obscurs, et bien
    d'autres sans doute, ne pouvaient être définitivement réglés qu'après
    une communication directe avec la Lune.

    Quant à l'intensité de sa lumière, il n'y avait plus rien à apprendre
    à cet égard; on savait qu'elle est trois cent mille fois plus faible
    que celle du Soleil, et que sa chaleur n'a pas d'action appréciable
    sur les thermomètres; quant au phénomène connu sous le nom de lumière
    cendrée, il s'explique naturellement par l'effet des rayons du Soleil
    renvoyés de la Terre à la Lune, et qui semblent compléter le disque
    lunaire, lorsque celui-ci se présente sous la forme d'un croissant
    dans ses première et dernière phases.

    Tel était l'état des connaissances acquises sur le satellite de la
    Terre, que le Gun-Club se proposait de compléter à tous les points de
    vue, cosmographiques, géologiques, politiques et moraux.

    VI
    --------------------
    CE QU'IL N'EST PAS POSSIBLE D'IGNORER ET CE QU'IL N'EST
    PLUS PERMIS DE CROIRE DANS LES ÉTATS-UNIS

    La proposition Barbicane avait eu pour résultat immédiat de remettre à
    l'ordre du jour tous les faits astronomiques relatifs à l'astre des
    nuits. Chacun se mit à l'étudier assidûment. Il semblait que la Lune
    apparût pour la première fois sur l'horizon et que personne ne l'eût
    encore entrevue dans les cieux. Elle devint à la mode; elle fut la
    lionne du jour sans en paraître moins modeste, et prit rang parmi les
    «étoiles» sans en montrer plus de fierté. Les journaux ravivèrent les
    vieilles anecdotes dans lesquelles ce «Soleil des loups» jouait un
    rôle; ils rappelèrent les influences que lui prêtait l'ignorance des
    premiers âges; ils le chantèrent sur tous les tons; un peu plus, ils
    eussent cité de ses bons mots; l'Amérique entière fut prise de
    sélénomanie.

    De leur côté, les revues scientifiques traitèrent plus spécialement
    les questions qui touchaient à l'entreprise du Gun-Club; la lettre de
    l'Observatoire de Cambridge fut publiée par elles, commentée et
    approuvée sans réserve.

    Bref, il ne fut plus permis, même au moins lettré des Yankees,
    d'ignorer un seul des faits relatifs à son satellite, ni à la plus
    bornée des vieilles mistress d'admettre encore de superstitieuses
    erreurs à son endroit. La science leur arrivait sous toutes les
    formes; elle les pénétrait par les yeux et les oreilles; impossible
    d'être un âne...en astronomie.

    Jusqu'alors, bien des gens ignoraient comment on avait pu calculer la
    distance qui sépare la Lune de la Terre. On profita de la
    circonstance pour leur apprendre que cette distance s'obtenait par la
    mesure de la parallaxe de la Lune. Si le mot parallaxe semblait les
    étonner, on leur disait que c'était l'angle formé par deux lignes
    droites menées de chaque extrémité du rayon terrestre jusqu'à la Lune.
    Doutaient-ils de la perfection de cette méthode, on leur prouvait
    immédiatement que, non seulement cette distance moyenne était bien de
    deux cent trente-quatre mille trois cent quarante-sept milles
    (-- 94,330 lieues), mais encore que les astronomes ne se trompaient
    pas de soixante-dix milles (-- 30 lieues).

    A ceux qui n'étaient pas familiarisés avec les mouvements de la Lune,
    les journaux démontraient quotidiennement qu'elle possède deux
    mouvements distincts, le premier dit de rotation sur un axe, le second
    dit de révolution autour de la Terre, s'accomplissant tous les deux
    dans un temps égal, soit vingt-sept jours et un tiers [C'est la durée
    de la révolution sidérale, c'est-à-dire le temps que la Lune met à
    revenir à une même étoile.].

    Le mouvement de rotation est celui qui crée le jour et la nuit à la
    surface de la Lune; seulement il n'y a qu'un jour, il n'y a qu'une
    nuit par mois lunaire, et ils durent chacun trois cent
    cinquante-quatre heures et un tiers. Mais, heureusement pour elle, la
    face tournée vers le globe terrestre est éclairée par lui avec une
    intensité égale à la lumière de quatorze Lunes. Quant à l'autre face,
    toujours invisible, elle a naturellement trois cent cinquante-quatre
    heures d'une nuit absolue, tempérée seulement par cette «pâle clarté
    qui tombe des étoiles». Ce phénomène est uniquement dû à cette
    particularité que les mouvements de rotation et de révolution
    s'accomplissent dans un temps rigoureusement égal, phénomène commun,
    suivant Cassini et Herschell, aux satellites de Jupiter, et très
    probablement à tous les autres satellites.

    Quelques esprits bien disposés, mais un peu rétifs, ne comprenaient
    pas tout d'abord que, si la Lune montrait invariablement la même face
    à la Terre pendant sa révolution, c'est que, dans le même laps de
    temps, elle faisait un tour sur elle-même. A ceux-là on disait:
    «Allez dans votre salle à manger, et tournez autour de la table de
    manière à toujours en regarder le centre; quand votre promenade
    circulaire sera achevée, vous aurez fait un tour sur vous-même,
    puisque votre œil aura parcouru successivement tous les points de la
    salle. Eh bien! la salle, c'est le Ciel, la table, c'est la Terre,
    et la Lune, c'est vous!» Et ils s'en allaient enchantés de la
    comparaison.

    Ainsi donc, la Lune montre sans cesse la même face à la Terre;
    cependant, pour être exact, il faut ajouter que, par suite d'un
    certain balancement du nord au sud et de l'ouest à l'est appelé
    «libration», elle laisse apercevoir un peu plus de la moitié de son
    disque, soit les cinquante-sept centièmes environ.

    Lorsque les ignorants en savaient autant que le directeur de
    l'Observatoire de Cambridge sur le mouvement de rotation de la Lune,
    ils s'inquiétaient beaucoup de son mouvement de révolution autour de
    la Terre, et vingt revues scientifiques avaient vite fait de les
    instruire. Ils apprenaient alors que le firmament, avec son infinité
    d'étoiles, peut être considéré comme un vaste cadran sur lequel la
    Lune se promène en indiquant l'heure vraie à tous les habitants de la
    Terre; que c'est dans ce mouvement que l'astre des nuits présente ses
    différentes phases; que la Lune est pleine, quand elle est en
    opposition avec le Soleil, c'est-à-dire lorsque les trois astres sont
    sur la même ligne, la Terre étant au milieu; que la Lune est nouvelle
    quand elle est en conjonction avec le Soleil, c'est-à-dire lorsqu'elle
    se trouve entre la Terre et lui; enfin que la Lune est dans son
    premier ou dans son dernier quartier, quand elle fait avec le Soleil
    et la Terre un angle droit dont elle occupe le sommet.

    Quelques Yankees perspicaces en déduisaient alors cette conséquence,
    que les éclipses ne pouvaient se produire qu'aux époques de
    conjonction ou d'opposition, et ils raisonnaient bien. En
    conjonction, la Lune peut éclipser le Soleil, tandis qu'en opposition,
    c'est la Terre qui peut l'éclipser à son tour, et si ces éclipses
    n'arrivent pas deux fois par lunaison, c'est parce que le plan suivant
    lequel se meut la Lune est incliné sur l'écliptique, autrement dit,
    sur le plan suivant lequel se meut la Terre.

    Quant à la hauteur que l'astre des nuits peut atteindre au-dessus de
    l'horizon, la lettre de l'Observatoire de Cambridge avait tout dit à
    cet égard. Chacun savait que cette hauteur varie suivant la latitude
    du lieu où on l'observe. Mais les seules zones du globe pour
    lesquelles la Lune passe au zénith, c'est-à-dire vient se placer
    directement au-dessus de la tête de ses contemplateurs, sont
    nécessairement comprises entre les vingt-huitièmes parallèles et
    l'équateur. De là cette recommandation importante de tenter
    l'expérience sur un point quelconque de cette partie du globe, afin
    que le projectile pût être lancé perpendiculairement et échapper ainsi
    plus vite à l'action de la pesanteur. C'était une condition
    essentielle pour le succès de l'entreprise, et elle ne laissait pas de
    préoccuper vivement l'opinion publique.

    Quant à la ligne suivie par la Lune dans sa révolution autour de la
    Terre, l'Observatoire de Cambridge avait suffisamment appris, même aux
    ignorants de tous les pays, que cette ligne est une courbe rentrante,
    non pas un cercle, mais bien une ellipse, dont la Terre occupe un des
    foyers. Ces orbites elliptiques sont communes à toutes les planètes
    aussi bien qu'à tous les satellites, et la mécanique rationnelle
    prouve rigoureusement qu'il ne pouvait en être autrement. Il était
    bien entendu que la Lune dans son apogée se trouvait plus éloignée de
    la Terre, et plus rapprochée dans son périgée.

    Voilà donc ce que tout Américain savait bon gré mal gré, ce que
    personne ne pouvait décemment ignorer. Mais si ces vrais principes se
    vulgarisèrent rapidement, beaucoup d'erreurs, certaines craintes
    illusoires, furent moins faciles à déraciner.

    Ainsi, quelques braves gens, par exemple, soutenaient que la Lune
    était une ancienne comète, laquelle, en parcourant son orbite allongée
    autour du Soleil, vint à passer près de la Terre et se trouva retenue
    dans son cercle d'attraction. Ces astronomes de salon prétendaient
    expliquer ainsi l'aspect brûlé de la Lune, malheur irréparable dont
    ils se prenaient à l'astre radieux. Seulement, quand on leur faisait
    observer que les comètes ont une atmosphère et que la Lune n'en a que
    peu ou pas, ils restaient fort empêchés de répondre.

    D'autres, appartenant à la race des trembleurs, manifestaient
    certaines craintes à l'endroit de la Lune; ils avaient entendu dire
    que, depuis les observations faites au temps des Califes, son
    mouvement de révolution s'accélérait dans une certaine proportion; ils
    en déduisaient de là, fort logiquement d'ailleurs, qu'à une
    accélération de mouvement devait correspondre une diminution dans la
    distance des deux astres, et que, ce double effet se prolongeant à
    l'infini, la Lune finirait un jour par tomber sur la Terre.
    Cependant, ils durent se rassurer et cesser de craindre pour les
    générations futures, quand on leur apprit que, suivant les calculs de
    Laplace, un illustre mathématicien français, cette accélération de
    mouvement se renferme dans des limites fort restreintes, et qu'une
    diminution proportionnelle ne tardera pas à lui succéder. Ainsi donc,
    l'équilibre du monde solaire ne pouvait être dérangé dans les siècles
    à venir.

    Restait en dernier lieu la classe superstitieuse des ignorants;
    ceux-là ne se contentent pas d'ignorer, ils savent ce qui n'est pas,
    et à propos de la Lune ils en savaient long. Les uns regardaient son
    disque comme un miroir poli au moyen duquel on pouvait se voir des
    divers points de la Terre et se communiquer ses pensées. Les autres
    prétendaient que sur mille nouvelles Lunes observées, neuf cent
    cinquante avaient amené des changements notables, tels que
    cataclysmes, révolutions, tremblements de terre, déluges, etc.; ils
    croyaient donc à l'influence mystérieuse de l'astre des nuits sur les
    destinées humaines; ils le regardaient comme le «véritable contre
    poids» de l'existence; ils pensaient que chaque Sélénite était
    rattaché à chaque habitant de la Terre par un lien sympathique; avec
    le docteur Mead, ils soutenaient que le système vital lui est
    entièrement soumis, prétendant, sans en démordre, que les garçons
    naissent surtout pendant la nouvelle Lune, et les filles pendant le
    dernier quartier, etc., etc. Mais enfin il fallut renoncer à ces
    vulgaires erreurs, revenir à la seule vérité, et si la Lune,
    dépouillée de son influence, perdit dans l'esprit de certains
    courtisans de tous les pouvoirs, si quelques dos lui furent tournés,
    l'immense majorité se prononça pour elle. Quant aux Yankees, ils
    n'eurent plus d'autre ambition que de prendre possession de ce nouveau
    continent des airs et d'arborer à son plus haut sommet le pavillon
    étoilé des États-Unis d'Amérique.

    VII
    --------------------
    L'HYMNE DU BOULET

    L'Observatoire de Cambridge avait, dans sa mémorable lettre du 7
    octobre, traité la question au point de vue astronomique; il
    s'agissait désormais de la résoudre mécaniquement. C'est alors que
    les difficultés pratiques eussent paru insurmontables en tout autre
    pays que l'Amérique. Ici ce ne fut qu'un jeu.

    Le président Barbicane avait, sans perdre de temps, nommé dans le sein
    du Gun-Club un Comité d'exécution. Ce Comité devait en trois séances
    élucider les trois grandes questions du canon, du projectile et des
    poudres; il fut composé de quatre membres très savants sur ces
    matières: Barbicane, avec voix prépondérante en cas de partage, le
    général Morgan, le major Elphiston, et enfin l'inévitable J.-T.
    Maston, auquel furent confiées les fonctions de secrétaire-rapporteur.

    Le 8 octobre, le Comité se réunit chez le président Barbicane, 3,
    Republican-street. Comme il était important que l'estomac ne vînt pas
    troubler par ses cris une aussi sérieuse discussion, les quatre
    membres du Gun-Club prirent place à une table couverte de sandwiches
    et de théières considérables. Aussitôt J.-T. Maston vissa sa plume à
    son crochet de fer, et la séance commença.

    Barbicane prit la parole:

    «Mes chers collègues, dit-il, nous avons à résoudre un des plus
    importants problèmes de la balistique, cette science par excellence,
    qui traite du mouvement des projectiles, c'est-à-dire des corps lancés
    dans l'espace par une force d'impulsion quelconque, puis abandonnés à
    eux-mêmes.

    --Oh! la balistique! la balistique! s'écria J.-T. Maston d'une
    voix émue.

    --Peut-être eût-il paru plus logique, reprit Barbicane, de consacrer
    cette première séance à la discussion de l'engin...

    --En effet, répondit le général Morgan.

    --Cependant, reprit Barbicane, après mûres réflexions, il m'a semblé
    que la question du projectile devait primer celle du canon, et que les
    dimensions de celui-ci devaient dépendre des dimensions de celui-là.

    --Je demande la parole», s'écria J.-T. Maston.

    La parole lui fut accordée avec l'empressement que méritait son passé
    magnifique.

    «Mes braves amis, dit-il d'un accent inspiré, notre président a raison
    de donner à la question du projectile le pas sur toutes les autres!
    Ce boulet que nous allons lancer à la Lune, c'est notre messager,
    notre ambassadeur, et je vous demande la permission de le considérer à
    un point de vue purement moral.

    Cette façon nouvelle d'envisager un projectile piqua singulièrement la
    curiosité des membres du Comité; ils accordèrent donc la plus vive
    attention aux paroles de J.-T. Maston.

    «Mes chers collègues, reprit ce dernier, je serai bref; je laisserai
    de côté le boulet physique, le boulet qui tue, pour n'envisager que le
    boulet mathématique, le boulet moral. Le boulet est pour moi la plus
    éclatante manifestation de la puissance humaine; c'est en lui qu'elle
    se résume tout entière; c'est en le créant que l'homme s'est le plus
    rapproché du Créateur!

    --Très bien! dit le major Elphiston.

    --En effet, s'écria l'orateur, si Dieu a fait les étoiles et les
    planètes, l'homme a fait le boulet, ce critérium des vitesses
    terrestres, cette réduction des astres errant dans l'espace, et qui ne
    sont, à vrai dire, que des projectiles! A Dieu la vitesse de
    l'électricité, la vitesse de la lumière, la vitesse des étoiles, la
    vitesse des comètes, la vitesse des planètes, la vitesse des
    satellites, la vitesse du son, la vitesse du vent! Mais à nous la
    vitesse du boulet, cent fois supérieure à la vitesse des trains et des
    chevaux les plus rapides!

    J.-T. Maston était transporté; sa voix prenait des accents lyriques
    en chantant cet hymne sacré du boulet.

    «Voulez-vous des chiffres? reprit-il, en voilà d'éloquents! Prenez
    simplement le modeste boulet de vingt-quatre [C'est-à-dire pesant
    vingt-quatre livres.]; s'il court huit cent mille fois moins vite que
    l'électricité, six cent quarante fois moins vite que la lumière,
    soixante-seize fois moins vite que la Terre dans son mouvement de
    translation autour du Soleil, cependant, à la sortie du canon, il
    dépasse la rapidité du son [Ainsi, quand on a entendu la détonation de
    la bouche à feu on ne peut plus être frappé par le boulet.], il fait
    deux cents toises à la seconde, deux mille toises en dix secondes,
    quatorze milles à la minute (-- 6 lieues), huit cent quarante milles à
    l'heure (-- 360 lieues), vingt mille cent milles par jour (-- 8,640
    lieues), c'est-à-dire la vitesse des points de l'équateur dans le
    mouvement de rotation du globe, sept millions trois cent trente-six
    mille cinq cents milles par an (-- 3,155,760 lieues). Il mettrait donc
    onze jours à se rendre à la Lune, douze ans à parvenir au Soleil,
    trois cent soixante ans à atteindre Neptune aux limites du monde
    solaire. Voilà ce que ferait ce modeste boulet, l'ouvrage de nos
    mains! Que sera-ce donc quand, vingtuplant cette vitesse, nous le
    lancerons avec une rapidité de sept milles à la seconde! Ah! boulet
    superbe! splendide projectile! j'aime à penser que tu seras reçu
    là-haut avec les honneurs dus à un ambassadeur terrestre!

    Des hurrahs accueillirent cette ronflante péroraison, et J.-T.
    Maston, tout ému, s'assit au milieu des félicitations de ses
    collègues.

    «Et maintenant, dit Barbicane, que nous avons fait une large part à la
    poésie, attaquons directement la question.

    --Nous sommes prêts, répondirent les membres du Comité en absorbant
    chacun une demi-douzaine de sandwiches.

    --Vous savez quel est le problème à résoudre, reprit le président; il
    s'agit d'imprimer à un projectile une vitesse de douze mille yards par
    seconde. J'ai lieu de penser que nous y réussirons. Mais, en ce
    moment, examinons les vitesses obtenues jusqu'ici; le général Morgan
    pourra nous édifier à cet égard.

    --D'autant plus facilement, répondit le général, que, pendant la
    guerre, j'étais membre de la commission d'expérience. Je vous dirai
    donc que les canons de cent de Dahlgreen, qui portaient à deux mille
    cinq cents toises, imprimaient à leur projectile une vitesse initiale
    de cinq cents yards à la seconde.

    --Bien. Et la Columbiad [Les Américains donnaient le nom de Columbiad
    à ces énormes engins de destruction.] Rodman? demanda le président.

    --La Columbiad Rodman, essayée au fort Hamilton, près de New York,
    lançait un boulet pesant une demi-tonne à une distance de six milles,
    avec une vitesse de huit cents yards par seconde, résultat que n'ont
    jamais obtenu Armstrong et Palliser en Angleterre.

    --Oh! les Anglais! fit J.-T. Maston en tournant vers l'horizon de
    l'est son redoutable crochet.

    --Ainsi donc, reprit Barbicane, ces huit cents yards seraient la
    vitesse maximum atteinte jusqu'ici?

    --Oui, répondit Morgan.

    --Je dirai, cependant, répliqua J.-T. Maston, que si mon mortier
    n'eût pas éclaté...

    --Oui, mais il a éclaté, répondit Barbicane avec un geste
    bienveillant. Prenons donc pour point de départ cette vitesse de huit
    cents yards. Il faudra la vingtupler. Aussi, réservant pour une
    autre séance la discussion des moyens destinés à produire cette
    vitesse, j'appellerai votre attention, mes chers collègues, sur les
    dimensions qu'il convient de donner au boulet. Vous pensez bien qu'il
    ne s'agit plus ici de projectiles pesant au plus une demi-tonne!

    --Pourquoi pas? demanda le major.

    --Parce que ce boulet, répondit vivement J.-T. Maston, doit être
    assez gros pour attirer l'attention des habitants de la Lune, s'il en
    existe toutefois.

    --Oui, répondit Barbicane, et pour une autre raison plus importante
    encore.

    --Que voulez-vous dire, Barbicane? demanda le major.

    --Je veux dire qu'il ne suffit pas d'envoyer un projectile et de ne
    plus s'en occuper; il faut que nous le suivions pendant son parcours
    jusqu'au moment où il atteindra le but.

    --Hein! firent le général et le major, un peu surpris de la
    proposition.

    --Sans doute, reprit Barbicane en homme sûr de lui, sans doute, ou
    notre expérience ne produira aucun résultat.

    --Mais alors, répliqua le major, vous allez donner à ce projectile des
    dimensions énormes?

    --Non. Veuillez bien m'écouter. Vous savez que les instruments
    d'optique ont acquis une grande perfection; avec certains télescopes
    on est déjà parvenu à obtenir des grossissements de six mille fois, et
    à ramener la Lune à quarante milles environ (-- 16 lieues). Or, à
    cette distance, les objets ayant soixante pieds de côté sont
    parfaitement visibles. Si l'on n'a pas poussé plus loin la puissance
    de pénétration des télescopes, c'est que cette puissance ne s'exerce
    qu'au détriment de leur clarté, et la Lune, qui n'est qu'un miroir
    réfléchissant, n'envoie pas une lumière assez intense pour qu'on
    puisse porter les grossissements au-delà de cette limite.

    --Eh bien! que ferez-vous alors? demanda le général. Donnerez-vous
    à votre projectile un diamètre de soixante pieds?

    --Non pas!

    --Vous vous chargerez donc de rendre la Lune plus lumineuse?

    --Parfaitement.

    --Voilà qui est fort! s'écria J.-T. Maston.

    --Oui, fort simple, répondit Barbicane. En effet, si je parviens à
    diminuer l'épaisseur de l'atmosphère que traverse la lumière de la
    Lune, n'aurais-je pas rendu cette lumière plus intense?

    --Évidemment.

    --Eh bien! pour obtenir ce résultat, il me suffira d'établir un
    télescope sur quelque montagne élevée. Ce que nous ferons.

    --Je me rends, je me rends, répondit le major. Vous avez une façon de
    simplifier les choses!... Et quel grossissement espérez-vous obtenir
    ainsi?

    --Un grossissement de quarante-huit mille fois, qui ramènera la Lune à
    cinq milles seulement, et, pour être visibles, les objets n'auront
    plus besoin d'avoir que neuf pieds de diamètre.

    --Parfait! s'écria J.-T. Maston, notre projectile aura donc neuf
    pieds de diamètre?

    --Précisément.

    --Permettez-moi de vous dire, cependant, reprit le major Elphiston,
    qu'il sera encore d'un poids tel, que...

    --Oh! major, répondit Barbicane, avant de discuter son poids,
    laissez-moi vous dire que nos pères faisaient des merveilles en ce
    genre. Loin de moi la pensée de prétendre que la balistique n'ait pas
    progressé, mais il est bon de savoir que, dès le Moyen Age, on
    obtenait des résultats surprenants, j'oserai ajouter, plus surprenants
    que les nôtres.

    --Par exemple! répliqua Morgan.

    --Justifiez vos paroles, s'écria vivement J.-T. Maston.

    --Rien n'est plus facile, répondit Barbicane; j'ai des exemples à
    l'appui de ma proposition. Ainsi, au siège de Constantinople par
    Mahomet II, en 1453, on lança des boulets de pierre qui pesaient
    dix-neuf cents livres, et qui devaient être d'une belle taille.

    --Oh! oh! fit le major, dix-neuf cents livres, c'est un gros
    chiffre!

    --A Malte, au temps des chevaliers, un certain canon du fort
    Saint-Elme lançait des projectiles pesant deux mille cinq cents
    livres.

    --Pas possible!

    --Enfin, d'après un historien français, sous Louis XI, un mortier
    lançait une bombe de cinq cents livres seulement; mais cette bombe,
    partie de la Bastille, un endroit où les fous enfermaient les sages,
    allait tomber à Charenton, un endroit où les sages enferment les fous.

    --Très bien! dit J.-T. Maston.

    --Depuis, qu'avons-nous vu, en somme? Les canons Armstrong lancer des
    boulets de cinq cents livres, et les Columbiads Rodman des projectiles
    d'une demi-tonne! Il semble donc que, si les projectiles ont gagné en
    portée, ils ont perdu en pesanteur. Or, si nous tournons nos efforts
    de ce côté, nous devons arriver avec le progrès de la science, à
    décupler le poids des boulets de Mahomet II, et des chevaliers de
    Malte.

    --C'est évident, répondit le major, mais quel métal comptez-vous donc
    employer pour le projectile?

    --De la fonte de fer, tout simplement, dit le général Morgan.

    --Peuh! de la fonte! s'écria J.-T. Maston avec un profond dédain,
    c'est bien commun pour un boulet destiné à se rendre à la Lune.

    --N'exagérons pas, mon honorable ami, répondit Morgan; la fonte
    suffira.

    --Eh bien! alors, reprit le major Elphiston, puisque la pesanteur est
    proportionnelle à son volume, un boulet de fonte, mesurant neuf pieds
    de diamètre, sera encore d'un poids épouvantable!

    --Oui, s'il est plein; non, s'il est creux, dit Barbicane.

    --Creux! ce sera donc un obus?

    --Où l'on pourra mettre des dépêches, répliqua J.-T. Maston, et des
    échantillons de nos productions terrestres!

    --Oui, un obus, répondit Barbicane; il le faut absolument; un boulet
    plein de cent huit pouces pèserait plus de deux cent mille livres,
    poids évidemment trop considérable; cependant, comme il faut conserver
    une certaine stabilité au projectile, je propose de lui donner un
    poids de cinq mille livres.

    --Quelle sera donc l'épaisseur de ses parois? demanda le major.

    --Si nous suivons la proportion réglementaire, reprit Morgan, un
    diamètre de cent huit pouces exigera des parois de deux pieds au
    moins.

    --Ce serait beaucoup trop, répondit Barbicane; remarquez-le bien, il
    ne s'agit pas ici d'un boulet destiné à percer des plaques; il suffira
    donc de lui donner des parois assez fortes pour résister à la pression
    des gaz de la poudre. Voici donc le problème: quelle épaisseur doit
    avoir un obus en fonte de fer pour ne peser que vingt mille livres?
    Notre habile calculateur, le brave Maston, va nous l'apprendre séance
    tenante.

    --Rien n'est plus facile», répliqua l'honorable secrétaire du Comité.

    Et ce disant, il traça quelques formules algébriques sur le papier; on
    vit apparaître sous la plume des (pi) et des (x) élevés à la
    deuxième puissance. Il eut même l'air d'extraire, sans y toucher, une
    certaine racine cubique, et dit:

    «Les parois auront à peine deux pouces d'épaisseur.

    --Sera-ce suffisant? demanda le major d'un air de doute.

    --Non, répondit le président Barbicane, non, évidemment.

    --Eh bien! alors, que faire? reprit Elphiston d'un air assez
    embarrassé.

    --Employer un autre métal que la fonte.

    --Du cuivre? dit Morgan.

    --Non, c'est encore trop lourd; et j'ai mieux que cela à vous
    proposer.

    --Quoi donc? dit le major.

    --De l'aluminium, répondit Barbicane.

    --De l'aluminium! s'écrièrent les trois collègues du président.

    --Sans doute, mes amis. Vous savez qu'un illustre chimiste français,
    Henri Sainte-Claire Deville, est parvenu, en 1854, à obtenir
    l'aluminium en masse compacte. Or, ce précieux métal a la blancheur
    de l'argent, l'inaltérabilité de l'or, la ténacité du fer, la
    fusibilité du cuivre et la légèreté du verre; il se travaille
    facilement, il est extrêmement répandu dans la nature, puisque
    l'alumine forme la base de la plupart des roches, il est trois fois
    plus léger que le fer, et il semble avoir été créé tout exprès pour
    nous fournir la matière de notre projectile!

    --Hurrah pour l'aluminium! s'écria le secrétaire du Comité, toujours
    très bruyant dans ses moments d'enthousiasme.

    --Mais, mon cher président, dit le major, est-ce que le prix de
    revient de l'aluminium n'est pas extrêmement élevé?

    --Il l'était, répondit Barbicane; aux premiers temps de sa découverte,
    la livre d'aluminium coûtait deux cent soixante à deux cent
    quatre-vingts dollars (-- environ 1,500 francs); puis elle est tombée
    à vingt-sept dollars (-- 150 F), et aujourd'hui, enfin, elle vaut neuf
    dollars (-- 48.75 F).

    --Mais neuf dollars la livre, répliqua le major, qui ne se rendait pas
    facilement, c'est encore un prix énorme!

    --Sans doute, mon cher major, mais non pas inabordable.

    --Que pèsera donc le projectile? demanda Morgan.

    --Voici ce qui résulte de mes calculs, répondit Barbicane; un boulet
    de cent huit pouces de diamètre et de douze pouces [Trente
    centimètres; le pouce américain vaut 25 millimètres.] d'épaisseur
    pèserait, s'il était en fonte de fer, soixante-sept mille quatre cent
    quarante livres; en fonte d'aluminium, son poids sera réduit à
    dix-neuf mille deux cent cinquante livres.

    --Parfait! s'écria Maston, voilà qui rentre dans notre programme.

    --Parfait! parfait! répliqua le major, mais ne savez-vous pas qu'à
    dix-huit dollars la livre, ce projectile coûtera...

    --Cent soixante-treize mille deux cent cinquante dollars (--
    928,437.50 F), je le sais parfaitement; mais ne craignez rien, mes
    amis, l'argent ne fera pas défaut à notre entreprise, je vous en
    réponds.

    --Il pleuvra dans nos caisses, répliqua J.-T. Maston.

    --Eh bien! que pensez-vous de l'aluminium? demanda le président.

    --Adopté, répondirent les trois membres du Comité.

    --Quant à la forme du boulet, reprit Barbicane, elle importe peu,
    puisque, l'atmosphère une fois dépassée, le projectile se trouvera
    dans le vide; je propose donc le boulet rond, qui tournera sur
    lui-même, si cela lui plaît, et se comportera à sa fantaisie.

    Ainsi se termina la première séance du Comité; la question du projectile
    était définitivement résolue, et J.-T. Maston se réjouit fort de la
    pensée d'envoyer un boulet d'aluminium aux Sélénites, «ce qui leur
    donnerait une crâne idée des habitants de la Terre»!

    VIII
    --------------------
    L'HISTOIRE DU CANON

    Les résolutions prises dans cette séance produisirent un grand effet
    au-dehors. Quelques gens timorés s'effrayaient un peu à l'idée d'un
    boulet, pesant vingt mille livres, lancé à travers l'espace. On se
    demandait quel canon pourrait jamais transmettre une vitesse initiale
    suffisante à une pareille masse. Le procès verbal de la seconde
    séance du Comité devait répondre victorieusement à ces questions.

    Le lendemain soir, les quatre membres du Gun-Club s'attablaient devant
    de nouvelles montagnes de sandwiches et au bord d'un véritable océan
    de thé. La discussion reprit aussitôt son cours, et, cette fois, sans
    préambule.

    «Mes chers collègues, dit Barbicane, nous allons nous occuper de
    l'engin à construire, de sa longueur, de sa forme, de sa composition
    et de son poids. Il est probable que nous arriverons à lui donner des
    dimensions gigantesques; mais si grandes que soient les difficultés,
    notre génie industriel en aura facilement raison. Veuillez donc
    m'écouter, et ne m'épargnez pas les objections à bout portant. Je ne
    les crains pas!

    Un grognement approbateur accueillit cette déclaration.

    «N'oublions pas, reprit Barbicane, à quel point notre discussion nous
    a conduits hier; le problème se présente maintenant sous cette forme:
    imprimer une vitesse initiale de douze mille yards par seconde à un
    obus de cent huit pouces de diamètre et d'un poids de vingt mille
    livres.

    --Voilà bien le problème, en effet, répondit le major Elphiston.

    --Je continue, reprit Barbicane. Quand un projectile est lancé dans
    l'espace, que se passe-t-il? Il est sollicité par trois forces
    indépendantes, la résistance du milieu, l'attraction de la Terre et la
    force d'impulsion dont il est animé. Examinons ces trois forces. La
    résistance du milieu, c'est-à-dire la résistance de l'air, sera peu
    importante. En effet, l'atmosphère terrestre n'a que quarante milles
    (-- 16 lieues environ). Or, avec une rapidité de douze mille yards,
    le projectile l'aura traversée en cinq secondes, et ce temps est assez
    court pour que la résistance du milieu soit regardée comme
    insignifiante. Passons alors à l'attraction de la Terre, c'est-à-dire
    à la pesanteur de l'obus. Nous savons que cette pesanteur diminuera
    en raison inverse du carré des distances; en effet, voici ce que la
    physique nous apprend: quand un corps abandonné à lui-même tombe à la
    surface de la Terre, sa chute est de quinze pieds [Soit 4 mètres 90
    centimètres dans la première seconde; à la distance où se trouve la
    Lune, la chute ne serait plus que de 1 mm 1/3, ou 590 millièmes de
    ligne.] dans la première seconde, et si ce même corps était transporté
    à deux cent cinquante-sept mille cent quarante-deux milles, autrement
    dit, à la distance où se trouve la Lune, sa chute serait réduite à une
    demi-ligne environ dans la première seconde. C'est presque
    l'immobilité. Il s'agit donc de vaincre progressivement cette action
    de la pesanteur. Comment y parviendrons-nous? Par la force
    d'impulsion.

    --Voilà la difficulté, répondit le major.

    --La voilà, en effet, reprit le président, mais nous en triompherons,
    car cette force d'impulsion qui nous est nécessaire résultera de la
    longueur de l'engin et de la quantité de poudre employée, celle-ci
    n'étant limitée que par la résistance de celui-là. Occupons-nous donc
    aujourd'hui des dimensions à donner au canon. Il est bien entendu que
    nous pouvons l'établir dans des conditions de résistance pour ainsi
    dire infinie, puisqu'il n'est pas destiné à être manœuvré.

    --Tout ceci est évident, répondit le général.

    --Jusqu'ici, dit Barbicane, les canons les plus longs, nos énormes
    Columbiads, n'ont pas dépassé vingt-cinq pieds en longueur; nous
    allons donc étonner bien des gens par les dimensions que nous serons
    forcés d'adopter.

    --Eh! sans doute, s'écria J.-T. Maston. Pour mon compte, je demande
    un canon d'un demi-mille au moins!

    --Un demi-mille! s'écrièrent le major et le général.

    --Oui! un demi-mille, et il sera encore trop court de moitié.

    --Allons, Maston, répondit Morgan, vous exagérez.

    --Non pas! répliqua le bouillant secrétaire, et je ne sais vraiment
    pourquoi vous me taxez d'exagération.

    --Parce que vous allez trop loin!

    --Sachez, monsieur, répondit J.-T. Maston en prenant ses grands airs,
    sachez qu'un artilleur est comme un boulet, il ne peut jamais aller
    trop loin!

    La discussion tournait aux personnalités, mais le président intervint.

    «Du calme, mes amis, et raisonnons; il faut évidemment un canon d'une
    grande volée, puisque la longueur de la pièce accroîtra la détente des
    gaz accumulés sous le projectile, mais il est inutile de dépasser
    certaines limites.

    --Parfaitement, dit le major.

    --Quelles sont les règles usitées en pareil cas? Ordinairement la
    longueur d'un canon est vingt à vingt-cinq fois le diamètre du boulet,
    et il pèse deux cent trente-cinq à deux cent quarante fois son poids.

    --Ce n'est pas assez, s'écria J.-T. Maston avec impétuosité.

    --J'en conviens, mon digne ami, et, en effet, en suivant cette
    proportion, pour un projectile large de neuf pieds pesant vingt mille
    livres, l'engin n'aurait qu'une longueur de deux cent vingt-cinq pieds
    et un poids de sept millions deux cent mille livres.

    --C'est ridicule, répartit J.-T. Maston. Autant prendre un pistolet!

    --Je le pense aussi, répondit Barbicane, c'est pourquoi je me propose
    de quadrupler cette longueur et de construire un canon de neuf cents
    pieds.

    Le général et le major firent quelques objections; mais néanmoins
    cette proposition, vivement soutenue par le secrétaire du Gun-Club,
    fut définitivement adoptée.

    «Maintenant, dit Elphiston, quelle épaisseur donner à ses parois.

    --Une épaisseur de six pieds, répondit Barbicane.

    --Vous ne pensez sans doute pas à dresser une pareille masse sur un
    affût? demanda le major.

    --Ce serait pourtant superbe! dit J.-T. Maston.

    --Mais impraticable, répondit Barbicane. Non, je songe à couler cet
    engin dans le sol même, à le fretter avec des cercles de fer forgé, et
    enfin à l'entourer d'un épais massif de maçonnerie à pierre et à
    chaux, de telle façon qu'il participe de toute la résistance du
    terrain environnant. Une fois la pièce fondue, l'âme sera
    soigneusement alésée et calibrée, de manière à empêcher le vent [C'est
    l'espace qui existe quelquefois entre le projectile et l'âme de la
    pièce.] du boulet; ainsi il n'y aura aucune déperdition de gaz, et
    toute la force expansive de la poudre sera employée à l'impulsion.

    --Hurrah! hurrah! fit J.-T. Maston, nous tenons notre canon.

    --Pas encore! répondit Barbicane en calmant de la main son impatient
    ami.

    --Et pourquoi?

    --Parce que nous n'avons pas discuté sa forme. Sera-ce un canon, un
    obusier ou un mortier?

    --Un canon, répliqua Morgan.

    --Un obusier, repartit le major.

    --Un mortier!» s'écria J.-T. Maston.

    Une nouvelle discussion assez vive allait s'engager, chacun
    préconisant son arme favorite, lorsque le président l'arrêta net.

    «Mes amis, dit-il, je vais vous mettre tous d'accord; notre Columbiad
    tiendra de ces trois bouches à feu à la fois. Ce sera un canon,
    puisque la chambre de la poudre aura le même diamètre que l'âme. Ce
    sera un obusier, puisqu'il lancera un obus. Enfin, ce sera un
    mortier, puisqu'il sera braqué sous un angle de quatre-vingt-dix
    degrés, et que, sans recul possible, inébranlablement fixé au sol, il
    communiquera au projectile toute la puissance d'impulsion accumulée
    dans ses flancs.

    --Adopté, adopté, répondirent les membres du Comité.

    --Une simple réflexion, dit Elphiston, ce can-obuso-mortier sera-t-il
    rayé?

    --Non, répondit Barbicane, non; il nous faut une vitesse initiale
    énorme, et vous savez bien que le boulet sort moins rapidement des
    canons rayés que des canons à âme lisse.

    --C'est juste.

    --Enfin, nous le tenons, cette fois! répéta J.-T. Maston.

    --Pas tout à fait encore, répliqua le président.

    --Et pourquoi?

    --Parce que nous ne savons pas encore de quel métal il sera fait.

    --Décidons-le sans retard.

    --J'allais vous le proposer.

    Les quatre membres du Comité avalèrent chacun une douzaine de
    sandwiches suivis d'un bol de thé, et la discussion recommença.

    «Mes braves collègues, dit Barbicane, notre canon doit être d'une
    grande ténacité, d'une grande dureté, infusible à la chaleur,
    indissoluble et inoxydable à l'action corrosive des acides.

    --Il n'y a pas de doute à cet égard, répondit le major, et comme il
    faudra employer une quantité considérable de métal, nous n'aurons pas
    l'embarras du choix.

    --Eh bien! alors, dit Morgan, je propose pour la fabrication de la
    Columbiad le meilleur alliage connu jusqu'ici, c'est-à-dire cent
    parties de cuivre, douze parties d'étain et six parties de laiton.

    --Mes amis, répondit le président, j'avoue que cette composition a
    donné des résultats excellents; mais, dans l'espèce, elle coûterait
    trop cher et serait d'un emploi fort difficile. Je pense donc qu'il
    faut adopter une matière excellente, mais à bas prix, telle que la
    fonte de fer. N'est-ce pas votre avis, major?

    --Parfaitement, répondit Elphiston.

    --En effet, reprit Barbicane, la fonte de fer coûte dix fois moins que
    le bronze; elle est facile à fondre, elle se coule simplement dans des
    moules de sable, elle est d'une manipulation rapide; c'est donc à la
    fois économie d'argent et de temps. D'ailleurs, cette matière est
    excellente, et je me rappelle que pendant la guerre, au siège
    d'Atlanta, des pièces en fonte ont tiré mille coups chacune de vingt
    minutes en vingt minutes, sans en avoir souffert.

    --Cependant, la fonte est très cassante, répondit Morgan.

    --Oui, mais très résistante aussi; d'ailleurs, nous n'éclaterons pas,
    je vous en réponds.

    --On peut éclater et être honnête, répliqua sentencieusement J.-T.
    Maston.

    --Évidemment, répondit Barbicane. Je vais donc prier notre digne
    secrétaire de calculer le poids d'un canon de fonte long de neuf cents
    pieds, d'un diamètre intérieur de neuf pieds, avec parois de six pieds
    d'épaisseur.

    --A l'instant», répondit J.-T. Maston.

    Et, ainsi qu'il avait fait la veille, il aligna ses formules avec une
    merveilleuse facilité, et dit au bout d'une minute:

    «Ce canon pèsera soixante-huit mille quarante tonnes (--68,040,000
    kg).

    --Et à deux _cents_ la livre (-- 10 centimes), il coûtera?...

    --Deux millions cinq cent dix mille sept cent un dollars (--
    13,608,000 francs).

    J.-T. Maston, le major et le général regardèrent Barbicane d'un air
    inquiet.

    «Eh bien! messieurs, dit le président, je vous répéterai ce que je
    vous disais hier, soyez tranquilles, les millions ne nous manqueront
    pas!

    Sur cette assurance de son président, le Comité se sépara, après avoir
    remis au lendemain soir sa troisième séance.

    IX
    --------------------
    LA QUESTION DES POUDRES

    Restait à traiter la question des poudres. Le public attendait avec
    anxiété cette dernière décision. La grosseur du projectile, la
    longueur du canon étant données, quelle serait la quantité de poudre
    nécessaire pour produire l'impulsion? Cet agent terrible, dont
    l'homme a cependant maîtrisé les effets, allait être appelé à jouer
    son rôle dans des proportions inaccoutumées.

    On sait généralement et l'on répète volontiers que la poudre fut
    inventée au XIVe siècle par le moine Schwartz, qui paya de sa vie sa
    grande découverte. Mais il est à peu près prouvé maintenant que cette
    histoire doit être rangée parmi les légendes du Moyen Age. La poudre
    n'a été inventée par personne; elle dérive directement des feux
    grégeois, composés comme elle de soufre et de salpêtre. Seulement,
    depuis cette époque, ces mélanges, qui n'étaient que des mélanges
    fusants, se sont transformés en mélanges détonants.

    Mais si les érudits savent parfaitement la fausse histoire de la
    poudre, peu de gens se rendent compte de sa puissance mécanique. Or,
    c'est ce qu'il faut connaître pour comprendre l'importance de la
    question soumise au Comité.

    Ainsi un litre de poudre pèse environ deux livres (-- 900 grammes [La
    livre américaine est de 453 g.]); il produit en s'enflammant quatre
    cents litres de gaz, ces gaz rendus libres, et sous l'action d'une
    température portée à deux mille quatre cents degrés, occupent l'espace
    de quatre mille litres. Donc le volume de la poudre est aux volumes
    des gaz produits par sa déflagration comme un est à quatre mille. Que
    l'on juge alors de l'effrayante poussée de ces gaz lorsqu'ils sont
    comprimés dans un espace quatre mille fois trop resserré.

    Voilà ce que savaient parfaitement les membres du Comité quand le
    lendemain ils entrèrent en séance. Barbicane donna la parole au major
    Elphiston, qui avait été directeur des poudres pendant la guerre.

    «Mes chers camarades, dit ce chimiste distingué, je vais commencer par
    des chiffres irrécusables qui nous serviront de base. Le boulet de
    vingt-quatre dont nous parlait avant-hier l'honorable J.-T. Maston en
    termes si poétiques, n'est chassé de la bouche à feu que par seize
    livres de poudre seulement.

    --Vous êtes certain du chiffre? demanda Barbicane.

    --Absolument certain, répondit le major. Le canon Armstrong n'emploie
    que soixante-quinze livres de poudre pour un projectile de huit cents
    livres, et la Columbiad Rodman ne dépense que cent soixante livres de
    poudre pour envoyer à six milles son boulet d'une demi-tonne. Ces
    faits ne peuvent être mis en doute, car je les ai relevés moi-même
    dans les procès-verbaux du Comité d'artillerie.

    --Parfaitement, répondit le général.

    --Eh bien! reprit le major, voici la conséquence à tirer de ces
    chiffres, c'est que la quantité de poudre n'augmente pas avec le poids
    du boulet: en effet, s'il fallait seize livres de poudre pour un
    boulet de vingt-quatre; en d'autres termes, si, dans les canons
    ordinaires, on emploie une quantité de poudre pesant les deux tiers du
    poids du projectile, cette proportionnalité n'est pas constante.
    Calculez, et vous verrez que, pour le boulet d'une demi-tonne, au lieu
    de trois cent trente-trois livres de poudre, cette quantité a été
    réduite à cent soixante livres seulement.

    ]]>
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    Dans Le Fondu Des Mots Poésie

    Aproximadamente 2.108 palavras.

    Huguette Bertrand

    DANS LE FONDU DES MOTS

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Zone de tendresse
    libertés permises
    si tant loin du corps
    une douceur fluide
    de l'aimante obscure
    ses paroles translucides
    répandues sur les noeuds
    troublants d'une blessure
    sur velours parfumé
    en ses songes repose
    inaltérée
    désir secoué
    par tant de baisers
    allés se rejoindre
    dans le tourbillon
    des mots rouges
    _______________________

    Ce carnage dans les mots
    suspendus sur le temps
    carnet rieur
    de tous nos maux
    accomplissent l'automne
    d'un présent à l'autre
    repasse dans la mémoire
    un vieux cri d'amour
    brisé s'enchaîne
    autour des formes
    courroux d'une chair
    pulse le sang
    les sens tendus

    10.10.00
    _________________________

    Sous un ciel écorché
    la mort ose
    devenir saison
    dépouillée se repose
    de ses soeurs frivoles
    surannées
    bouillonne sous l'écorce
    en ses sens
    épuisés

    cette morose
    ose la mort
    peu de chose
    à l'aurore

    19.10.00
    _____________________

    En un clin d'oeil
    les encres anéantissent la nuit
    d'un trait
    tracent des silences rouge sanguin
    au coeur des pierres
    au rythme des sens
    s'animent les formes
    dans un regard
    oppressé

    24.10.00
    _________________________

    Vie
    secrets
    ascension
    jusqu'au sommet des sens
    en plein désir
    en plein délire
    se consument
    dans le feu du poème
    ses frémissements

    25.10.00
    _________________________

    Assis sur le temps
    le coeur trempe dans l'attente
    étale sur le blanc
    des pensées brumeuses
    spontanées
    en mouvement

    25.10.00
    _________________________

    Étoilé
    l'automne fou
    en ces douces colères
    annonce un hiver sombre
    rage sage
    son innocence

    27.10.00
    _________________________

    Bel espoir
    dont les lèvres
    sont la pulpe de mes désirs

    29.10.00
    _________________________

    Faut-il s'en vouloir
    d'être là
    à crier des mots
    qu'on ne veut plus entendre
    passant par le noir des incertitudes
    collées sur le pavé d'un monde
    à fric à freak
    dans l'entre-deux langues
    la nôtre extensible
    à n'en plus finir de vivre
    mais toujours en cette langue
    du poème que nous sommes
    surprend nos moments fous
    exaltés
    en nos âmes harnachées
    par des silences mous
    persistants
    _________________________

    Rire rouge
    devant la lune folle
    poussière d'espace
    rôdeuse vieille rôdeuse
    allègrement se promène
    sur la voie des songes
    sous facettes multiples
    s'éprend des va-nu-coeurs
    épave flottante frivole
    sur la noirceur d'une page
    glisse entre les mots
    pose son regard unique
    sur le multiple
    reconnaît et recrée le monde
    à chaque instant

    31.10.00
    _________________________

    L'INNÉ DIT

    Cette ébauche m'a éveillée
    m'a emmenée par la main
    jusqu'aux murmures
    ses vibrations
    à travers le miroir d'une harmonie
    lourd trésor
    à peine délivré
    se déplie sur le tracé du feu
    suit le contour du corps
    au risque de brûlures
    effleure le gémissement de la vague
    contorsion du ciel en son ventre
    glisse sur les eaux trouble du désir
    emporté en son remous
    vers aussi loin
    que les distances qui les séparent

    14.11.00
    _________________________

    Des brins de nostalgies
    par vagues poudreuses
    emportent les espoirs
    vers de lointains lendemains
    sans lendemain
    vers des horizons spontanés
    aussitôt vus puis disparus
    vers d'interminables saisons
    que la vie égrène
    sur un fauteuil sur mesure
    à la mesure des recommencements
    sans demi-mesure
    ni le quart d'heure appréhendé
    ni l'instant d'après
    échoué sur le corps des mots
    en leur plus doux paysage
    entrevu au large
    par ce va-et-vient
    des gestes luxuriants

    18.11.00
    _________________________

    Enfants du Sud
    Enfants du Nord
    qui du dehors avez froid
    quand le dedans s'éprend d'un geste
    d'une parole unique
    venue dire
    je t'aime

    03.12.00
    _________________________

    DE CONFIDENCES EN ÉVIDENCES

    Séducteur le temps
    se joue des époques
    reprend sa marche
    secoue la soif
    en un respir redit le tendre
    refait les gestes
    posés sur l'affranchie

    vent doux
    vent d'âmes
    souffle sur l'immense
    grise le temps
    ses évidences

    04.12.00
    _________________________

    Un soupir moribond
    trainait sur la place
    de l'espoir
    respirait les échos
    d'un lointain plaisir
    incrusté dans l'âme
    de son présent
    toujours soupirait
    entre les attentes
    désordonnées

    04.12.00
    _________________________

    OSER BAS

    Je pense
    J'ose
    Je fais
    Je dis
    J'écris
    emportés par les tempêtes du Nord
    mes mots se dispersent
    entre silence et ombre
    en petits tas de cendres
    s'affaissent sur l'éphémère
    quelques braises encore
    veillent sur la folie des gestes
    improvisés

    05.12.00
    _________________________

    Un ciel rose m'est tombé dans l'oeil
    par mon unique fenêtre
    m'a montré des femmes de silence
    femmes de pluie
    marchent dans leur nuit
    voilées
    murmurent sans écho
    abandonnées dans leur regard
    clos

    07.12.00
    _________________________

    Il pleut des jours glacés
    sur un amas de mots effarouchés
    déployés sur l'aujourd'hui
    que demain rassemblera en un texte
    long comme l'hier

    16.12.00
    _________________________

    La dureté des pierres
    me prononce à chaque instant
    me porte vers les mots
    danse des mots sur les lignes
    danse sur ma toile
    débordent le cadre des tristesses
    toujours combattues
    dans l'amplitude du mouvement

    17.12.00
    _________________________

    À l'eau toit, là-haut
    sous une pluie d'étoiles
    quand la peur rebelle hurle ses maux
    défie les couleurs confuses
    délirante projette sur la toile
    l'infini d'un mouvement en pointillés
    que la main trace d'un instant à l'autre
    en ses durs silences
    parmi ses jeux de lumières incandescentes
    éclate
    marque le temps
    ce temps d'être là
    dans l'instant
    instant des recommencements

    17.12.00
    _________________________

    Les mots immobiles
    tracent mes silences
    sur le mouvement des choses tues
    mots tuant les maux
    couleur des mots
    au fil d'instants morts
    morts des maux
    mots des morts
    mortellement mots
    incarnés dans le mouvement
    des maux
    tus

    17.12.00
    _________________________

    Rage de vie
    rage de mots
    rage de couleurs
    répandue douce
    au coeur de l'événement
    reprend le geste
    refait les mots
    recrée la forme
    retour au cercle
    renaît la vie
    son mouvement
    ondulé

    18.12.00
    _________________________

    À coeur à corps perdu
    de l'oeil aux pieds
    par les deux bouts
    entre midi et quatorze heures
    courir pattes blanches
    derrière un lièvre
    trébucher sur le rêve des autres
    noyer ses peines dans l'eau remuante
    des désirs
    changer de cap
    s'asseoir sur une branche
    surveiller le temps
    se moucher de temps en temps
    semer des feux
    ça et là
    embrasser quatre chemins
    puis ensuite s'endormir
    entre les bras d'une étoile
    à mourir de rire
    dans un plume
    éphémère

    23.12.00
    _________________________

    Au rythme de la mémoire
    un long poème s'écrit
    sans fin épelle l'amour
    en d'intimes enlacements
    déposés dans l'écrin des jours
    d'images en musiques
    de musiques en paroles
    paroles assidues
    de connivence avec la terre brute
    ses arrogances
    ses manigances
    à la croisée des regards
    nus

    23.12.00
    _________________________

    Oui la vie
    ce long poème agité
    par le rouge et le noir des saisons
    reprend la clé s'ouvre la porte
    cherche la trace
    du temps recueilli
    se chuchote
    en mille mots
    transperce la peau
    jusqu'au coeur se faufile
    à travers pulsations
    inédites

    25.12.00
    _________________________

    Dans l'obscurité
    j'avance dans mes pas bleus
    sans trahir la lumière autour
    traces d'argile
    sur les silences
    en nos chairs s'abreuvent
    à la source des désirs
    éclatés en sanglots
    coulent sur la dure
    emplissent les murs de mille voix
    par vagues et chuchotements
    d'une caresse se conjuguent
    aux embrassements des lendemains
    effrayés

    25.12.00
    _________________________

    En ses doux murmures
    me convie à la table des silences
    durs silences
    en son poème
    dévoilés

    à la frontière
    une caresse enserre l'obscur
    dépose en son centre
    un regard neuf

    25.12.00
    _________________________

    Avait-il mal à son monde
    poète qu'il était
    s'abreuvait à sa source
    en ses fibres
    par son sang l'écrivait
    l'oeil coquin
    souvent le buvait
    d'un verre à l'autre
    à travers ses larmes rieuses
    écrivit son long poème
    jusqu'à sa fin

    26.12.00
    _________________________

    Si loin
    le soleil s'abandonne
    dans le chaud regard de l'oeil
    que transpercent les mots
    les uns derrière les autres
    sans fin redisent
    l'amour en pointillés
    d'ébats en combats
    par le sang
    la vie l'écrit
    le boit le lie
    au dernier regard
    ennivré

    04.01.01
    _________________________

    Dans les veines
    d'un horizon glacé
    la substance des jours
    traîne sa longue plainte
    sur la langueur des solitudes
    verse le sang
    rougi au feu des amours
    sur la page
    incendiée

    04.01.01
    _________________________

    Ne tirez pas sur le poète
    il marche dans sa chair glaise
    entre les regards apaisés
    et les bouffées de silence
    que l'amour ému
    toujours remue
    jusqu'à l'ivre-mort
    mort ivre du vivant nonchalant
    toujours il marche
    dans sa glaise
    glaise de vie
    amour à vie
    amour à mort

    13.01.01
    _________________________

    Étendu blanc
    sur un long souffle
    l'hiver murmure des flocons
    à n'en plus finir
    s'attaque à nos endurances
    apprises par coeur
    quand déjà s'entend
    le ruissellement des sèves
    dans les veines d'avril
    sous la glace
    rompue

    17.01.01
    _________________________

    À bout de souffle
    le dernier mot
    s'écrase sur les phrases
    glisse dans les abysses du coeur
    sans retour givré dans la splendeur
    d'un instant mort d'amour

    c'était l'autre histoire
    une histoire imaginée
    dans le nu d'un instant
    une fièvre passagère
    un passage démentiel vers le haut pavé du ciel
    un ciel incarné dans un corps bien né
    gémissante tendresse en corps accord
    perle douce perle rare
    d'une autre histoire
    ses mouvements
    passagers

    20.01.01
    _________________________

    En l'absence du désert
    j'ai longé l'avenue des échanges
    dans une ville étrangère
    j'accentuai mon pas
    sur une toile vierge offerte
    aux reflets du soleil
    emprisonnés dans la passion
    de mes gestes spontanés
    mouvements crépusculaires
    allés se noyer rebelles
    dans les fragrances de l'aube
    emportée dans le remous d'un horizon
    estompé

    29.01.01
    _________________________

    Désir au pair
    perdre l'idée
    l'idée des mots
    mots m'ont tuée
    tué le nous
    encore debout
    le bout de tout
    tout à l'envers
    retour autour
    d'un tour de taille
    entaille le verbe
    verborescence
    à sens unique
    nids d'hirondelles
    ne riront d'elle
    d'une aile à l'autre
    sauter des mots
    sauter des monts
    montée de vie
    via l'amour

    29.01.01
    _________________________

    Histoire de parole
    parole du sens
    sens en mouvement
    musique des mots
    mouvement rythmé
    cadence du corps
    d'accords brisés
    reprend son souffle
    retour aux sens
    remet les mots
    rejoint le sens
    son mouvement

    05.02.01
    _________________________

    Le temps ne m'aime plus
    le temps ne m'aime plus
    que dans l'éphémère des instants
    dérive d'instants sur l'âme fragmentée
    dérive les fragments sur les mots
    beauté mouvante d'une parole
    au-dessus de l'abyme
    prison de soie
    prison de chair
    assiégée par la vague
    d'une mer amoureuse
    son repli

    10.02.01
    _________________________

    Lui parler près du coeur
    murmurer en son centre
    ce doux temps
    cet espace
    à travers le silence
    à jamais
    poétique

    16.02.01

    _________________________

    Affaissée dans ses mots
    une femme sur un lit
    de désirs se replie
    quand l'esprit d'un oiseau
    de l'épaule s'évade
    d'une douce emprise
    des distances
    d'une parole
    à demeure en son être
    exposée
    au soleil des durées

    17.02.01
    _________________________

    L'AMER ARRIMÉ

    Charmes de chair de serpent
    rampant sur ses misères
    déployées sur le temps
    d'une nuit mensongère

    s'est dressée une barrière
    en mon coeur de métal
    faisant trève de tout mal
    que mon âme ne tolère

    excusez-la
    excusez-moi
    ça va oui merci
    et vous moi non plus
    s'arrime de vous à moi
    sans moi la détente
    s'abandonne la jouissance
    jouirez-vous non pas du tout
    tout à vous en mille bisous
    dans le délire du tout à nous

    18.02.01
    _________________________

    EN TOUT SENS

    Magnétique
    elle est sans cesse en mouvement
    elle bouge beau dans ses heures
    chaque instant la ramène
    sur le douillet du tendre
    son corps roule exalté
    dans les flammes du coeur
    trempé dans la gourmandise
    d'un regard neuf
    plonge dans le plaisir nu
    jusqu'au seuil de l'abandon
    s'accorde aux ondes de qui l'a vue
    à travers l'absolu de son infinitude

    20.02.01

    =====================================

    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    Dépôt légal / mars 2001
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-921818-22-1
    Tous droits réservés - All rights reserved

    ===========================================================

    Ce recueil de poésie est aussi édité sur le site web de la
    Bibliothèque nationale du Canada dans sa collection électronique
    à l'adresse suivante :
    [ http://collection.nlc-bnc.ca/100/200/300/huguette_bertrand/dans_fondu_mots/01-06/fondumots1.html ]

    This poetry book is also edited on the National Library of Canada's website
    in it's electronic collection at the following URL :
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    Ce document fut présenté en lecture gratuite sur le site du "Project Gutenberg"
    en janvier 2002 par l'auteure Huguette Bertrand, (Québec) Canada

    This document has been released for free reading on "Project Gutenberg"
    on January 2002 by the author Huguette Bertrand, (Quebec) Canada

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    Cyrano de Bergerac https://blog.mabo.cc/cyrano-de-bergerac/ https://blog.mabo.cc/cyrano-de-bergerac/#respond Wed, 14 Oct 2026 20:09:16 +0000 https://blog.mabo.cc/cyrano-de-bergerac/

    Cyrano de Bergerac

    Aproximadamente 36.247 palavras.

    This etext was prepared by Sue Asscher

    CYRANO DE BERGERAC

    Edmond Rostand

    Comédie Héroïque en Cinq Actes
    en vers

    Représentée à Paris, sur le Théâtre de la Porte-Saint-Martin
    le 28 décembre 1897

    C'est à l'âme de CYRANO que je voulais dédier ce poème.

    Mais puisqu'elle a passé en vous, COQUELIN, c'est à vous
    que je le dédie.

    E. R.

    Personnages:

    CYRANO DE BERGERAC
    CHRISTIAN DE NEUVILLETTE
    COMTE DE GUICHE
    RAGUENEAU
    LE BRET
    CARBON DE CASTEL-JALOUX
    LES CADETS
    LIGNIÈRE
    DE VALVERT
    UN MARQUIS
    DEUXIÈME MARQUIS
    TROISIÈME MARQUIS
    MONTFLEURY
    BELLEROSE
    JODELET
    CUIGY
    BRISSAILLE
    UN FÂCHEUX
    UN MOUSQUETAIRE
    UN AUTRE
    UN OFFICIER ESPAGNOL
    UN CHEVAU-LÉGER
    LE PORTIER
    UN BOURGEOIS
    SON FILS
    UN TIRE-LAINE
    UN SPECTATEUR
    UN GARDE
    BERTRANDOU LE FIFRE
    LE CAPUCIN
    DEUX MUSICIENS
    LES POÈTES
    LES PATISSIERS
    ROXANE
    SŒUR MARTHE
    LISE
    LA DISTRIBUTRICE
    MÈRE MARGUERITE DE JÉSUS
    LA DUÈGNE
    SŒUR CLAIRE
    UNE COMÉDIENNE
    LA SOUBRETTE
    LES PAGES
    LA BOUQUETIÈRE

    La foule, bourgeois, marquis, mousquetaires, tire-laine, pâtissiers,
    poètes, cadets gascons, comédiens, violons, pages, enfants, soldats,
    espagnols, spectateurs, spectatrices, précieuses, comédiennes,
    bourgeoises, religieuses, etc.

    (Les quatre premiers actes en 1640, le cinquième en 1655.)

    Acte I.

    Une Représentation à l'Hôtel de Bourgogne.

    La salle de l'Hôtel de Bourgogne, en 1640. Sorte de hangar de jeu de
    paume aménagé et embelli pour des représentations.

    La salle est un carré long; on la voit en biais, de sorte qu'un de ses
    côtés forme le fond qui part du premier plan, à droite, et va au dernier
    plan, à gauche, faire angle avec la scène, qu'on aperçoit en pan coupé.

    Cette scène est encombrée, des deux côtés, le long des coulisses, par
    des banquettes. Le rideau est formé par deux tapisseries qui peuvent
    s'écarter. Au-dessus du manteau d'Arlequin, les armes royales. On
    descend de l'estrade dans la salle par de larges marches. De chaque côté
    de ces marches, la place des violons. Rampe de chandelles.

    Deux rangs superposés de galeries latérales: le rang supérieur est
    divisé en loges. Pas de sièges au parterre, qui est la scène même du
    théâtre; au fond de ce parterre, c'est-à-dire à droite, premier plan,
    quelques bancs formant gradins et, sous un escalier qui monte vers des
    places supérieures, et dont on ne voit que le départ, une sorte de
    buffet orné de petits lustres, de vases fleuris, de verres de cristal,
    d'assiettes de gâteaux, de flacons, etc.

    Au fond, au milieu, sous la galerie de loges, l'entrée du théâtre.
    Grande porte qui s'entre-bâille pour laisser passer les spectateurs. Sur
    les battants de cette porte, ainsi que dans plusieurs coins et au-dessus
    du buffet, des affiches rouges sur lesquelles on lit: La Clorise.

    Au lever du rideau, la salle est dans une demi-obscurité, vide encore.
    Les lustres sont baissés au milieu du parterre, attendant d'être
    allumés.

    Scène 1.I.

    Le public, qui arrive peu à peu. Cavaliers, bourgeois, laquais, pages,
    tire-laine, le portier, etc., puis les marquis, Cuigy, Brissaille, la
    distributrice, les violons, etc.

    (On entend derrière la porte un tumulte de voix, puis un cavalier
    entre brusquement.)

    LE PORTIER (le poursuivant):
    Holà ! vos quinze sols !

    LE CAVALIER:
    J'entre gratis !

    LE PORTIER:
    Pourquoi ?

    LE CAVALIER:
    Je suis chevau-léger de la maison du Roi !

    LE PORTIER (à un autre cavalier qui vient d'entrer):
    Vous ?

    DEUXIÈME CAVALIER:
    Je ne paye pas !

    LE PORTIER:
    Mais. . .

    DEUXIÈME CAVALIER:
    Je suis mousquetaire.

    PREMIER CAVALIER (au deuxième):
    On ne commence qu'à deux heures. Le parterre
    Est vide. Exerçons-nous au fleuret.
    (Ils font des armes avec des fleurets qu'ils ont apportés.)

    UN LAQUAIS (entrant):
    Pst. . .Flanquin. . . !

    UN AUTRE (déjà arrivé):
    Champagne ?. . .

    LE PREMIER (lui montrant des jeux qu'il sort de son pourpoint):
    Cartes. Dés.
    (Il s'assied par terre):
    Jouons.

    LE DEUXIÈME (même jeu):
    Oui, mon coquin.

    PREMIER LAQUAIS (tirant de sa poche un bout de chandelle qu'il allume
    et colle par terre):
    J'ai soustrait à mon maître un peu de luminaire.

    UN GARDE (à une bouquetière qui s'avance):
    C'est gentil de venir avant que l'on n'éclaire !. . .
    (Il lui prend la taille.)

    UN DES BRETTEURS (recevant un coup de fleuret):
    Touche !

    UN DES JOUEURS:
    Trèfle !

    LE GARDE (poursuivant la fille):
    Un baiser !

    LA BOUQUETIÈRE (se dégageant):
    On voit !. . .

    LE GARDE (l'entraînant dans les coins sombres):
    Pas de danger !

    UN HOMME (s'asseyant par terre avec d'autres porteurs de provisions
    de bouche):
    Lorsqu'on vient en avance, on est bien pour manger.

    UN BOURGEOIS (conduisant son fils):
    Plaçons-nous là, mon fils.

    UN JOUEUR:
    Brelan d'as !

    UN HOMME (tirant une bouteille de sous son manteau et s'asseyant aussi):
    Un ivrogne
    Doit boire son bourgogne. . .
    (il boit):
    À l'hôtel de Bourgogne !

    LE BOURGEOIS (à son fils):
    Ne se croirait-on pas en quelque mauvais lieu ?
    (Il montre l'ivrogne du bout de sa canne):
    Buveurs. . .
    (En rompant, un des cavaliers le bouscule):
    Bretteurs !
    (Il tombe au milieu des joueurs):
    Joueurs !

    LE GARDE (derrière lui, lutinant toujours la femme):
    Un baiser !

    LE BOURGEOIS (éloignant vivement son fils):
    Jour de Dieu !
    --Et penser que c'est dans une salle pareille
    Qu'on joua du Rotrou, mon fils.

    LE JEUNE HOMME:
    Et du Corneille !

    UNE BANDE DE PAGES (se tenant par la main, entre en farandole et chante):
    Tra la la la la la la la la la la lère. . .

    LE PORTIER (sévèrement aux pages):
    Les pages, pas de farce !. . .

    PREMIER PAGE (avec une dignité blessée):
    Oh ! Monsieur ! ce soupçon !. . .
    (Vivement au deuxième, dès que le portier a tourné le dos):
    As-tu de la ficelle ?

    LE DEUXIÈME:
    Avec un hameçon.

    PREMIER PAGE:
    On pourra de là-haut pêcher quelque perruque.

    UN TIRE-LAINE (groupant autour de lui plusieurs hommes de mauvaise mine):
    Or çà, jeunes escrocs, venez qu'on vous éduque:
    Puis donc que vous volez pour la première fois. . .

    DEUXIÈME PAGE (criant à d'autres pages déjà placés aux galeries supérieures):
    Hep ! Avez-vous des sarbacanes ?

    TROISIÈME PAGE (d'en haut):
    Et des pois !
    (Il souffle et les crible de pois.)

    LE JEUNE HOMME (à son père):
    Que va-t-on nous jouer ?

    LE BOURGEOIS:
    Clorise.

    LE JEUNE HOMME:
    De qui est-ce ?

    LE BOURGEOIS:
    De monsieur Balthazar Baro. C'est une pièce !. . .
    (Il remonte au bras de son fils.)

    LE TIRE-LAINE (à ses acolytes):
    . . .La dentelle surtout des canons, coupez-la !

    UN SPECTATEUR (à un autre, lui montrant une encoignure élevée):
    Tenez, à la première du Cid, j'étais là !

    LE TIRE-LAINE (faisant avec ses doigts le geste de subtiliser):
    Les montres. . .

    LE BOURGEOIS (redescendant, à son fils):
    Vous verrez des acteurs très illustres. . .

    LE TIRE-LAINE (faisant le geste de tirer par petites secousses furtives):
    Les mouchoirs. . .

    LE BOURGEOIS:
    Montfleury. . .

    QUELQU'UN (criant de la galerie supérieure):
    Allumez donc les lustres !

    LE BOURGEOIS:
    . . .Bellerose, L'Epy, la Beaupré, Jodelet !

    UN PAGE (au parterre):
    Ah ! voici la distributrice !

    LA DISTRIBUTRICE (paraissant derrière le buffet):
    Oranges, lait,
    Eau de frambroise, aigre de cèdre !
    (Brouhaha à la porte.)

    UNE VOIX DE FAUSSET:
    Place, brutes !

    UN LAQUAIS (s'étonnant):
    Les marquis !. . .au parterre ?. . .

    UN AUTRE LAQUAIS:
    Oh ! pour quelques minutes.
    (Entre une bande de petits marquis.)

    UN MARQUIS (voyant la salle à moitié vide):
    Hé quoi ! Nous arrivons ainsi que les drapiers,
    Sans déranger les gens ? sans marcher sur les pieds ?
    Ah, fi ! fi ! fi !
    (Is se trouve devant d'autres gentilshommes entrés peu avant):
    Cuigy ! Brissaille !
    (Grandes embrassades.)

    CUIGY:
    Des fidèles !. . .
    Mais oui, nous arrivons devant que les chandelles. . .

    LE MARQUIS:
    Ah, ne m'en parlez pas ! Je suis dans une humeur. . .

    UN AUTRE:
    Console-toi, marquis, car voici l'allumeur !

    LA SALLE (saluant l'entrée de l'allumeur):
    Ah !. . .
    (On se groupe autour des lustres qu'il allume. Quelques personnes ont
    pris place aux galeries. Lignière entre au parterre, donnant le bras à
    Christian de Neuvillette. Lignière, un peu débraillé, figure d'ivrogne
    distingué. Christian, vêtu élégamment, mais d'une façon un peu
    démodée, paraît préoccupé et regarde les loges.)

    Scène 1.II.

    Les mêmes, Christian, Lignière, puis Ragueneau et Le Bret.

    CUIGY:
    Lignière !

    BRISSAILLE (riant):
    Pas encor gris !. . .

    LIGNIÈRE (bas à Christian):
    Je vous présente ?
    (Signe d'assentiment de Christian):
    Baron de Neuvillette.
    (Saluts.)

    LA SALLE (acclamant l'ascension du premier lustre allumé):
    Ah !

    CUIGY (à Brissaille, en regardant Christian):
    La tête est charmante.

    PREMIER MARQUIS (qui a entendu):
    Peuh !. . .

    LIGNIÈRE (présentant à Christian):
    Messieurs de Cuigy, de Brissaille. . .

    CHRISTIAN (s'inclinant):
    Enchanté !. . .

    PREMIER MARQUIS (au deuxième):
    Il est assez joli, mais n'est pas ajusté
    Au dernier goût.

    LIGNIÈRE (à Cuigy):
    Monsieur débarque de Touraine.

    CHRISTIAN:
    Oui, je suis à Paris depuis vingt jours à peine.
    J'entre aux gardes demain, dans les Cadets.

    PREMIER MARQUIS (regardant les personnes qui entrent dans les loges):
    Voilà
    La présidente Aubry !

    LA DISTRIBUTRICE:
    Oranges, lait. . .

    LES VIOLONS (s'accordant):
    La. . .la. . .

    CUIGY (à Christian, lui désignant la salle qui se garnit):
    Du monde !

    CHRISTIAN:
    Eh, oui, beaucoup,

    PREMIER MARQUIS:
    Tout le bel air !
    (Ils nomment les femmes à mesure qu'elles entrent, très parées, dans
    les loges. Envois de saluts, réponses de sourires.)

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Mesdames
    De Guéméné. . .

    CUIGY:
    De Bois-Dauphin. . .

    PREMIER MARQUIS:
    Que nous aimâmes. . .

    BRISSAILLE:
    De Chavigny. . .

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Qui de nos cœurs va se jouant !

    LIGNIÈRE:
    Tiens, monsieur de Corneille est arrivé de Rouen.

    LE JEUNE HOMME (à son père):
    L'Académie est là ?

    LE BOURGEOIS:
    Mais. . .j'en vois plus d'un membre;
    Voici Boudu, Boissat, et Cureau de la Chambre;
    Porchères, Colomby, Bourzeys, Bourdon, Arbaud. . .
    Tous ces noms dont pas un ne mourra, que c'est beau !

    PREMIER MARQUIS:
    Attention ! nos précieuses prennent place:
    Barthénoïde, Urimédonte, Cassandace,
    Félixérie. . .

    DEUXIÈME MARQUIS (se pâmant):
    Ah ! Dieu ! leurs surnoms sont exquis !
    Marquis, tu les sais tous ?

    PREMIER MARQUIS:
    Je les sais tous, marquis !

    LIGNIÈRE (prenant Christian à part):
    Mon cher, je suis entré pour vous rendre service:
    La dame ne vient pas. Je retourne à mon vice !

    CHRISTIAN (suppliant):
    Non !. . .Vous, qui chansonnez et la ville et la cour,
    Restez: vous me direz pour qui je meurs d'amour.

    LE CHEF DES VIOLONS (frappant sur son pupitre, avec son archet):
    Messieurs les violons !. . .
    (Il lève son archet.)

    LA DISTRIBUTRICE:
    Macarons, citronnée. . .
    (Les violons commencent à jouer.)

    CHRISTIAN:
    J'ai peur qu'elle ne soit coquette et raffinée,
    Je n'ose lui parler car je n'ai pas d'esprit.
    Le langage aujourd'hui qu'on parle et qu'on écrit,
    Me trouble. Je ne suis qu'un bon soldat timide.
    --Elle est toujours à droite, au fond: la loge vide.

    LIGNIÈRE (faisant mine de sortir):
    Je pars.

    CHRISTIAN (le retenant encore):
    Oh ! non, restez !

    LIGNIÈRE:
    Je ne peux. D'Assoucy
    M'attend au cabaret. On meurt de soif, ici.

    LA DISTRIBUTRICE (passant devant lui avec un plateau):
    Orangeade ?

    LIGNIÈRE:
    Fi !

    LA DISTRIBUTRICE:
    Lait ?

    LIGNIÈRE:
    Pouah !

    LA DISTRIBUTRICE:
    Rivesalte ?

    LIGNIÈRE:
    Halte !
    (A Christian):
    Je reste encore un peu.--Voyons ce rivesalte ?
    (Il s'assied près du buffet. La distributrice lui verse du rivesalte.)

    CRIS (dans le public à l'entrée d'un petit homme grassouillet et réjoui):
    Ah ! Ragueneau !. . .

    LIGNIÈRE (à Christian):
    Le grand rôtisseur Ragueneau.

    RAGUENEAU (costume de pâtissier endimanché, s'avançant vivement vers
    Lignière):
    Monsieur, avez-vous vu monsieur de Cyrano ?

    LIGNIÈRE (présentant Ragueneau à Christian):
    Le pâtissier des comédiens et des poètes !

    RAGUENEAU (se confondant):
    Trop d'honneur. . .

    LIGNIÈRE:
    Taisez-vous, Mécène que vous êtes !

    RAGUENEAU:
    Oui, ces messieurs chez moi se servent. . .

    LIGNIÈRE:
    A crédit.
    Poète de talent lui-même. . .

    RAGUENEAU:
    Ils me l'ont dit.

    LIGNIÈRE:
    Fou de vers !

    RAGUENEAU:
    Il est vrai que pour une odelette. . .

    LIGNIÈRE:
    Vous donnez une tarte. . .

    RAGUENEAU:
    Oh ! une tartelette !

    LIGNIÈRE:
    Brave homme, il s'en excuse ! Et pour un triolet
    Ne donnâtes-vous pas ?. . .

    RAGUENEAU:
    Des petits pains !

    LIGNIÈRE (sévèrement):
    Au lait.
    --Et le théâtre, vous l'aimez ?

    RAGUENEAU:
    Je l'idolâtre.

    LIGNIÈRE:
    Vous payez en gâteaux vos billets de théâtre !
    Votre place, aujourd'hui, là, voyons, entre nous,
    Vous a coûté combien ?

    RAGUENEAU:
    Quatre flans. Quinze choux.
    (Il regarde de tous côtés):
    Monsieur de Cyrano n'est pas là ? Je m'étonne.

    LIGNIÈRE:
    Pourquoi ?

    RAGUENEAU:
    Montfleury joue !

    LIGNIÈRE:
    En effet, cette tonne
    Va nous jouer ce soir le rôle de Phédon.
    Qu'importe à Cyrano ?

    RAGUENEAU:
    Mais vous ignorez donc ?
    Il fit à Montfleury, messieurs, qu'il prit en haine,
    Défense, pour un mois, de reparaître en scène.

    LIGNIÈRE (qui en est à son quatrième petit verre):
    Eh bien ?

    RAGUENEAU:
    Montfleury joue !

    CUIGY (qui s'est rapproché de son groupe):
    Il n'y peut rien.

    RAGUENEAU:
    Oh ! oh !
    Moi, je suis venu voir !

    PREMIER MARQUIS:
    Quel est ce Cyrano ?

    CUIGY:
    C'est un garcon versé dan les colichemardes.

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Noble ?

    CUIGY:
    Suffisamment. Il est cadet aux gardes.
    (Montrant un gentilhomme qui va et vient dans la salle comme s'il
    cherchait quelqu'un):
    Mais son ami Le Bret peut vous dire. . .
    (Il appelle):
    Le Bret !
    (Le Bret descend vers eux):
    Vous cherchez Bergerac ?

    LE BRET:
    Oui, je suis inquiet !. . .

    CUIGY:
    N'est-ce pas que cet homme est des moins ordinaires ?

    LE BRET (avec tendresse):
    Ah, c'est le plus exquis des êtres sublunaires !

    RAGUENEAU:
    Rimeur !

    CUIGY:
    Bretteur !

    BRISSAILLE:
    Physicien !

    LE BRET:
    Musicien !

    LIGNIÈRE:
    Et quel aspect hétéroclite que le sien !

    RAGENEAU:
    Certes, je ne crois pas que jamais nous le peigne
    Le solennel monsieur Philippe de Champaigne;
    Mais bizarre, excessif, extravagant, falot,
    Il eût fourni, je pense, à feu Jacques Callot
    Le plus fol spadassin à mettre entre ses masques:
    Feutre à panache triple et pourpoint à six basques,
    Cape que par derrière, avec pompe, l'estoc
    Lève, comme une queue insolente de coq,
    Plus fier que tous les Artabans dont la Gascogne
    Fut et sera toujours l'alme Mère Gigogne,
    Il promène, en sa fraise à la Pulcinella,
    Un nez !. . .Ah ! messeigneurs, quel nez que ce nez-là !. . .
    On ne peut voir passer un pareil nasigère
    Sans s'écrier: "Oh ! non, vraiment, il exagère !"
    Puis on sourit, on dit: "Il va l'enlever. . ." Mais
    Monsieur de Bergerac ne l'enlève jamais.

    LE BRET (hochant la tête):
    Il le porte,--et pourfend quiconque le remarque !

    RAGUENEAU (fièrement):
    Son glaive est la moitié des ciseaux de la Parque !

    PREMIER MARQUIS (haussant les épaules):
    Il ne viendra pas !

    RAGUENEAU:
    Si !. . .Je parie un poulet
    A la Ragueneau !

    LE MARQUIS (riant):
    Soit !
    (Rumeurs d'admiration dan la salle. Roxane vient de paraître dans sa
    loge. Elle s'assied sur le devant, sa duègne prend place au fond.
    Christian, occupé à payer la distributrice, ne regarde pas.)

    DEUXIÈME MARQUIS (avec des petit cris):
    Ah, messieurs ! mais elle est
    Épouvantablement ravissante !

    PREMIER MARQUIS:
    Une pêche
    Qui sourirait avec une fraise !

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Et si fraîche
    Qu'on pourrait, l'approchant, prendre un rhume de cœur !

    CHRISTIAN (lève la tête, aperçoit Roxane, et saisit vivement Lignière
    par le bras):
    C'est elle !

    LIGNIÈRE (regardant):
    Ah ! c'est elle ?. . .

    CHRISTIAN:
    Oui. Dites vite. J'ai peur.

    LIGNIÈRE (dégustant son rivesalte à petits coups):
    Magdaleine Robin, dite Roxane.--Fine.
    Précieuse.

    CHRISTIAN:
    Hélas !

    LIGNIÈRE:
    Libre. Orpheline. Cousine
    De Cyrano,--dont on parlait. . .
    (A ce moment, un seigneur très élégant, le cordon bleu en sautoir,
    entre dans la loge et, debout, cause un instant avec Roxane.)

    CHRISTIAN (tressaillant):
    Cet homme ?. . .

    LIGNIÈRE (qui commence à être gris, clignant de l'œil):
    Hé ! hé !. . .
    --Comte de Guiche. Épris d'elle. Mais marié
    A la nièce d'Armand de Richelieu. Désire
    Faire épouser Roxane à certain triste sire,
    Un monsieur de Valvert, vicomte. . .et complaisant.
    Elle n'y souscrit pas, mais de Guiche est puissant:
    Il peut persécuter une simple bourgeoise.
    D'ailleurs j'ai dévoilé sa manœuvre sournoise
    Dans une chanson qui. . .Ho ! il doit m'en vouloir !
    --La fin était méchante. . .Écoutez. . .
    (Il se lève en titubant, le verre haut, prêt a chanter.)

    CHRISTIAN:
    Non. Bonsoir.

    LIGNIÈRE:
    Vous allez ?

    CHRISTIAN:
    Chez monsieur de Valvert !

    LIGNIÈRE:
    Prenez garde:
    C'est lui qui vous tuera !
    (Lui désignant du coin de l'œil Roxane):
    Restez. On vous regarde.

    CHRISTIAN:
    C'est vrai !
    (Il reste en contemplation. Le groupe de tire-laine, à partir de ce
    moment, le voyant la tête en l'air et bouche bée, se rapproche de
    lui.)

    LIGNIÈRE:
    C'est moi qui pars. J'ai soif ! Et l'on m'attend
    --Dans les tavernes !
    (Il sort, zigzaguant.)

    LE BRET (qui a fait le tour de la salle, revenant vers Ragueneau, d'une
    voix rassurée):
    Pas de Cyrano.

    RAGUENEAU (incrédule):
    Pourtant. . .

    LE BRET:
    Ah ! je veux espérer qu'il n'a pas vu l'affiche !

    LA SALLE:
    Commencez ! Commencez !

    Scène 1.III.

    Les mêmes, moins Lignière; De Guiche, Valvert, puis Montfleury.

    UN MARQUIS (voyant de Guiche, qui descend de la loge de Roxane, traverse
    le parterre, entouré de seigneurs obséquieux, parmi lesquels le vicomte
    de Valvert):
    Quelle cour, ce de Guiche !

    UN AUTRE:
    Fi !. . .Encore un Gascon !

    LE PREMIER:
    Le Gascon souple et froid,
    Celui qui réussit !. . .Saluons-le, crois-moi.
    (Ils vont vers de Guiche.)

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Les beaux rubans ! Quelle couleur, comte de Guiche ?
    Baise-moi-ma-mignonne ou bien Ventre-de-biche ?

    DE GUICHE:
    C'est couleur Espagnol malade.

    PREMIER MARQUIS:
    La couleur
    Ne ment pas, car bientôt, grâce à votre valeur,
    L'Espagnol ira mal, dans les Flandres !

    DE GUICHE:
    Je monte
    Sur scène. Venez-vous ?
    (Il se dirige, suivi de tous les marquis et gentilshommes, vers le
    théâtre. Il se retourne et appelle):
    Viens, Valvert !

    CHRISTIAN (qui les écoute et les observe, tressaille en entendant ce nom):
    Le vicomte !
    Ah ! je vais lui jeter à la face mon. . .
    (Il met la main dans sa poche, et y rencontre celle d'un tire-laine en
    train de le dévaliser. Il se retourne):
    Hein ?

    LE TIRE-LAINE:
    Ay !. . .

    CHRISTIAN (sans le lâcher):
    Je cherchais un gant !

    LE TIRE-LAINE (avec un sourire piteux):
    Vous trouvez une main.
    (Changeant de ton, bas et vite):
    Lâchez-moi. Je vous livre un secret.

    CHRISTIAN (le tenant toujours):
    Quel ?

    LE TIRE-LAINE:
    Lignière. . .
    Qui vous quitte. . .

    CHRISTIAN (de même):
    Eh ! bien ?

    LE TIRE-LAINE:
    . . .touche à son heure dernière.
    Une chanson qu'il fit blessa quelqu'un de grand,
    Et cent hommes--j'en suis--ce soir sont postés !. . .

    CHRISTIAN:
    Cent !
    Par qui ?

    LE TIRE-LAINE:
    Discrétion. . .

    CHRISTIAN (haussant les épaules):
    Oh !

    LE TIRE-LAINE (avec beaucoup de dignité):
    Professionnelle !

    CHRISTIAN:
    Où seront-ils postés ?

    LE TIRE-LAINE:
    À la porte de Nesle.
    Sur son chemin. Prévenez-le !

    CHRISTIAN (qui lui lâche enfin le poignet):
    Mais où le voir !

    LE TIRE-LAINE:
    Allez courir tous les cabarets: le Pressoir
    D'Or, la Pomme de Pin, la Ceinture qui craque,
    Les Deux Torches, les Trois Entonnoirs,--et dans chaque,
    Laissez un petit mot d'écrit l'avertissant.

    CHRISTIAN:
    Oui, je cours ! Ah ! les gueux ! Contre un seul homme, cent !
    (Regardant Roxane avec amour):
    La quitter. . .elle !
    (Avec fureur, Valvert):
    Et lui !. . .--Mais il faut que je sauve
    Lignière !. . .
    (Il sort en courant.--De Guiche, le vicomte, les marquis, tous les
    gentilshommes ont disparu derrière le rideau pour prendre place sur
    les banquettes de la scène. Le parterre est complètement rempli. Plus
    une place vide aux galeries et aux loges.)

    LA SALLE:
    Commencez.

    UN BOURGEOIS (dont la perruque s'envole au bout d'une ficelle, pêchée
    par un page de la galerie supérieure):
    Ma perruque !

    CRIS DE JOIE:
    Il est chauve !. . .
    Bravo, les pages !. . .Ha ! ha ! ha !. . .

    LE BOURGEOIS (furieux, montrant le poing):
    Petit gredin !

    RIRES ET CRIS (qui commencent très fort et vont décroissant):
    Ha ! ha ! ha ! ha ! ha ! ha !
    (Silence complet.)

    LE BRET (étonné):
    Ce silence soudain ?. . .
    (Un spectateur lui parle bas):
    Ah ?

    LE SPECTATEUR:
    La chose me vient d'être certifiée.

    MURMURES (qui courent):
    Chut !--Il paraît ?. . .--Non !. . .--Si !--Dans la loge grillée.--
    Le Cardinal !--Le Cardinal ?--Le Cardinal !

    UN PAGE:
    Ah ! diable, on ne va pas pouvoir se tenir mal !. . .
    (On frappe sur la scène. Tout le monde s'immobilise. Attente.)

    LA VOIX D'UN MARQUIS (dans le silence, derrière le rideau):
    Mouchez cette chandelle !

    UN AUTRE MARQUIS (passant la tête par la fente du rideau):
    Une chaise !
    (Une chaise est passée, de main en main, au-dessus des têtes. Le
    marquis la prend et disparaît, non sans avoir envoyé quelques baisers
    aux loges.)

    UN SPECTATEUR:
    Silence !
    (On refrappe les trois coups. Le rideau s'ouvre. Tableau. Les marquis
    assis sur les côtés, dans des poses insolentes. Toile de fond
    représentant un décor bleuâtre de pastorale. Quatre petits lustres de
    cristal éclairent la scène. Les violons jouent doucement.)

    LE BRET (à Ragueneau, bas):
    Montfleury entre en scène ?

    RAGUENEAU (bas aussi):
    Oui, c'est lui qui commence.

    LE BRET:
    Cyrano n'est pas là.

    RAGUENEAU:
    J'ai perdu mon pari.

    LE BRET:
    Tant mieux ! tant mieux !
    (On entend un air de musette, et Montfleury paraît en scène, énorme,
    dans un costume de berger de pastorale, un chapeau garni de roses
    penché sur l'oreille, et soufflant dans une cornemuse enrubannée.)

    LE PARTERRE (applaudissant):
    Bravo, Montfleury ! Montfleury !

    MONTFLEURY (après avoir salué, jouant le rôle de Phédon):
    Heureux qui loin des cours, dans un lieu solitaire,
    Se prescrit à soi-même un exil volontaire,
    Et qui, lorsque Zéphire a soufflé sur les bois. . .

    UNE VOIX (au milieu du parterre):
    Coquin, ne t'ai-je pas interdit pour un mois ?
    (Stupeur. Tout le monde se retourne. Murmures.)

    VOIX DIVERSES:
    Hein ?--Quoi ?--Qu'est-ce ?. . .
    (On se lève dans les loges, pour voir.)

    CUIGY:
    C'est lui !

    LE BRET (terrifié):
    Cyrano !

    LA VOIX:
    Roi des pitres !
    Hors de scène a l'instant !

    TOUTE LA SALLE (indignée):
    Oh !

    MONTFLEURY:
    Mais. . .

    LA VOIX:
    Tu récalcitres ?

    VOIX DIVERSES (du parterre, des loges):
    Chut !--Assez !--Montfleury, jouez !--Ne craignez rien !. . .

    MONTFLEURY (d'une voix mal assurée):
    Heureux qui loin des cours dans un lieu sol. . .

    LA VOIX (plus menaçante):
    Eh bien !
    Faudra-t-il que je fasse, ô Monarque des drôles,
    Une plantation de bois sur vos épaules ?
    (Une canne au bout d'un bras jaillit au-dessus des têtes.)

    MONTFLEURY (d'une voix de plus en plus faible):
    Heureux qui. . .
    (La canne s'agite.)

    LA VOIX:
    Sortez !

    LE PARTERRE:
    Oh !

    MONTFLEURY (s'étranglant):
    Heureux qui loin des cours. . .

    CYRANO (surgissant du parterre, debout sur une chaise, les bras croisés,
    son feutre en bataille, la moustache hérissée, le nez terrible):
    Ah ! je vais me fâcher !. . .
    (Sensation à sa vue.)

    Scène 1.IV.

    Les mêmes, Cyrano, puis Bellerose, Jodelet.

    MONTFLEURY (aux marquis):
    Venez à mon secours,
    Messieurs !

    UN MARQUIS (nonchalamment):
    Mais jouez donc !

    CYRANO:
    Gros homme, si tu joues
    Je vais être obligé de te fesser les joues !

    LE MARQUIS:
    Assez !

    CYRANO:
    Que les marquis se taisent sur leurs bancs,
    Ou bien je fais tâter ma canne à leurs rubans !

    TOUS LES MARQUIS (debout):
    C'en est trop !. . .Montfleury. . .

    CYRANO:
    Que Montfleury s'en aille,
    Ou bien je l'essorille et le désentripaille !

    UNE VOIX:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Qu'il sorte !

    UNE AUTRE VOIX:
    Pourtant. . .

    CYRANO:
    Ce n'est pas encor fait ?
    (Avec le geste de retrousser ses manches):
    Bon ! je vais sur la scène en guise de buffet,
    Découper cette mortadelle d'Italie !

    MONTFLEURY (rassemblant toute sa dignité):
    En m'insultant, Monsieur, vous insultez Thalie !

    CYRANO (très poli):
    Si cette Muse, à qui, Monsieur, vous n'êtes rien,
    Avait l'honneur de vous connaître, croyez bien
    Qu'en vous voyant si gros et bête comme une urne,
    Elle vous flanquerait quelque part son cothurne.

    LE PARTERRE:
    Montfleury ! Montfleury !--La pièce de Baro !--

    CYRANO (à ceux qui crient autour de lui):
    Je vous en prie, ayez pitié de mon fourreau:
    Si vous continuez, il va rendre sa lame !
    (Le cercle s'élargit.)

    LA FOULE (reculant):
    Hé ! là !. . .

    CYRANO (à Montfleury):
    Sortez de scène !

    LA FOULE (se rapprochant et grondant):
    Oh ! oh !

    CYRANO (se retournant vivement):
    Quelqu'un réclame ?
    (Nouveau recul.)

    UNE VOIX (chantant au fond):
    Monsieur de Cyrano
    Vraiment nous tyrannise,
    Malgré ce tyranneau
    On jouera la Clorise.

    TOUTE LA SALLE (chantant):
    La Clorise, la Clorise !. . .

    CYRANO:
    Si j'entends une fois encor cette chanson,
    Je vous assomme tous.

    UN BOURGEOIS:
    Vous n'êtes pas Samson !

    CYRANO:
    Voulez-vous me prêter, Monsieur, votre mâchoire ?

    UNE DAME (dans les loges):
    C'est inouï !

    UN SEIGNEUR:
    C'est scandaleux !

    UN BOURGEOIS:
    C'est vexatoire !

    UN PAGE:
    Ce qu'on s'amuse !

    LE PARTERRE:
    Kss !--Montfleury !--Cyrano !

    CYRANO:
    Silence !

    LE PARTERRE (en délire):
    Hi han ! Bêê ! Ouah, ouah ! Cocorico !

    CYRANO:
    Je vous. . .

    UN PAGE:
    Miâou !

    CYRANO:
    Je vous ordonne de vous taire !
    Et j'adresse un défi collectif au parterre !
    --J'inscris les noms !--Approchez-vous, jeunes héros !
    Chacun son tour ! Je vais donner des numéros !--
    Allons, quel est celui qui veut ouvrir la liste ?
    Vous, Monsieur ? Non ! Vous ? Non ! Le premier duelliste,
    Je l'expédie avec les honneurs qu'on lui doit !
    --Que tous ceux qui veulent mourir lèvent le doigt.
    (Silence):
    La pudeur vous défend de voir ma lame nue ?
    Pas un nom ?--Pas un doigt ?--C'est bien. Je continue.
    (Se retournant vers la scène où Montfleury attend avec angoisse):
    Donc, je désire voir le théâtre guéri
    De cette fluxion. Sinon. . .
    (La main à son épée):
    le bistouri !

    MONTFLEURY:
    Je. . .

    CYRANO (descend de sa chaise, s'assied au milieu du rond qui s'est
    formé, s'installe comme chez lui):
    Mes mains vont frapper trois claques, pleine lune !
    Vous vous éclipserez à la troisième.

    LE PARTERRE (amusé):
    Ah ?. . .

    CYRANO (frappant dans ses mains):
    Une !

    MONTFLEURY:
    Je. . .

    UNE VOIX (des loges):
    Restez !

    LE PARTERRE:
    Restera. . .restera pas. . .

    MONTFLEURY:
    Je crois,
    Messieurs. . .

    CYRANO:
    Deux !

    MONTFLEURY:
    Je suis sûr qu'il vaudrait mieux que. . .

    CYRANO:
    Trois !
    (Montfleury disparaît comme dans une trappe. Tempête de rires, de
    sifflets et de huées.)

    LA SALLE:
    Hu !. . .hu !. . .Lâche !. . .Reviens !. . .

    CYRANO (épanoui, se renverse sur sa chaise, et croise ses jambes):
    Qu'il revienne, s'il l'ose !

    UN BOURGEOIS:
    L'orateur de la troupe !
    (Bellerose s'avance et salue.)

    LES LOGES:
    Ah !. . .Voilà Bellerose !

    BELLEROSE (avec élégance):
    Nobles seigneurs. . .

    LE PARTERRE:
    Non ! Non ! Jodelet !

    JODELET (s'avance, et, nasillard):
    Tas de veaux !

    LE PARTERRE:
    Ah ! Ah ! Bravo ! très bien ! bravo !

    JODELET:
    Pas de bravos !
    Le gros tragédien dont vous aimez le ventre
    S'est senti. . .

    LE PARTERRE:
    C'est un lâche !

    JODELET:
    Il dut sortir !

    LE PARTERRE:
    Qu'il rentre !

    LES UNS:
    Non !

    LES AUTRES:
    Si !

    UN JEUNE HOMME (à Cyrano):
    Mais à la fin, monsieur, quelle raison
    Avez-vous de haïr Montfleury ?

    CYRANO (gracieux, toujours assis):
    Jeune oison,
    J'ai deux raisons, dont chaque est suffisante seule.
    Primo: c'est un acteur déplorable, qui gueule,
    Et qui soulève avec des han ! de porteur d'eau,
    Le vers qu'il faut laisser s'envoler !--Secundo:
    Est mon secret. . .

    LE VIEUX BOURGEOIS (derrière lui):
    Mais vous nous privez sans scrupule
    De la Clorise ! Je m'entête. . .

    CYRANO (tournant sa chaise vers le bourgeois, respecteusement):
    Vieille mule !
    Les vers du vieux Baro valant moins que zéro,
    J'interromps sans remords !

    LES PRÉCIEUSES (dans les loges):
    Ha !--Ho !--Notre Baro !
    Ma chère !--Peut-on dire ?. . .Ah ! Dieu !. . .

    CYRANO (tournant sa chaise vers les loges, galant):
    Belles personnes,
    Rayonnez, fleurissez, soyez des échansonnes
    De rêve, d'un sourire enchantez un trépas,
    Inspirez-nous des vers. . .mais ne les jugez pas !

    BELLEROSE:
    Et l'argent qu'il va falloir rendre !

    CYRANO (tournant sa chaise vers la scène):
    Bellerose,
    Vous avez dit la seule intelligente chose !
    Au manteau de Thespis je ne fais pas de trous:
    (Il se lève, et lançant un sac sur la scène):
    Attrapez cette bourse au vol, et taisez-vous !

    LA SALLE (éblouie):
    Ah !. . .Oh !. . .

    JODELET (ramassant prestement la bourse et la soupesant):
    A ce prix-là, monsieur, je t'autorise
    A venir chaque jour empêcher la Clorise !. . .

    LA SALLE
    Hu !. . .Hu !. . .

    JODELET:
    Dussions-nous même ensemble être hués !. . .

    BELLEROSE:
    Il faut évacuer la salle !. . .

    JODELET:
    Évacuez !. . .
    (On commence à sortir, pendant que Cyrano regarde d'un air satisfait.
    Mais la foule s'arrête bientôt en entendant la scène suivante, et la
    sortie cesse. Les femmes qui, dans les loges, étaient déjà debout,
    leur manteau remis, s'arrêtent pour écouter, et finissent par se
    rasseoir.)

    LE BRET (à Cyrano):
    C'est fou !. . .

    UN FÂCHEUX (qui s'est approché de Cyrano):
    Le comédien Montfleury ! quel scandale !
    Mais il est protégé par le duc de Candale !
    Avez-vous un patron ?

    CYRANO:
    Non !

    LE FÂCHEUX:
    Vous n'avez pas ?. . .

    CYRANO:
    Non !

    LE FÂCHEUX:
    Quoi, pas un grand seigneur pour couvrir de son nom ?. . .

    CYRANO (agacé):
    Non, ai-je dit deux fois. Faut-il donc que je trisse ?
    Non, pas de protecteur. . .
    (La main à son épée):
    mais une protectrice !

    LE FÂCHEUX:
    Mais vous allez quitter la ville ?

    CYRANO:
    C'est selon.

    LE FÂCHEUX:
    Mais le duc de Candale a le bras long !

    CYRANO:
    Moins long
    Que n'est le mien. . .
    (Montrant son épée):
    quand je lui mets cette rallonge !

    LE FÂCHEUX:
    Mais vous ne songez pas à prétendre. . .

    CYRANO:
    J'y songe.

    LE FÂCHEUX:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Tournez les talons, maintenant.

    LE FÂCHEUX:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Tournez !
    --Ou dites-moi pourquoi vous regardez mon nez.

    LE FÂCHEUX (ahuri):
    Je. . .

    CYRANO (marchant sur lui):
    Qu'a-t-il d'étonnant ?

    LE FÂCHEUX (reculant):
    Votre Grâce se trompe. . .

    CYRANO:
    Est-il mol et ballant, monsieur, comme une trompe ?. . .

    LE FÂCHEUX (même jeu):
    Je n'ai pas. . .

    CYRANO:
    Ou crochu comme un bec de hibou ?

    LE FÂCHEUX:
    Je. . .

    CYRANO:
    Y distingue-t-on une verrue au bout ?

    LE FÂCHEUX:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Ou si quelque mouche, à pas lents, s'y promène ?
    Qu'a-t-il d'hétéroclite ?

    LE FÂCHEUX:
    Oh !. . .

    CYRANO:
    Est-ce un phénomène ?

    LE FÂCHEUX:
    Mais d'y porter les yeux j'avais su me garder !

    CYRANO:
    Et pourquoi, s'il vous plaît, ne pas le regarder ?

    LE FÂCHEUX:
    J'avais. . .

    CYRANO:
    Il vous dégoûte alors ?

    LE FÂCHEUX:
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Malsaine
    Vous semble sa couleur ?

    LE FÂCHEUX:
    Monsieur !

    CYRANO:
    Sa forme, obscène ?

    LE FÂCHEUX:
    Mais du tout !. . .

    CYRANO:
    Pourquoi donc prendre un air dénigrant ?
    --Peut-être que monsieur le trouve un peu trop grand ?

    LE FÂCHEUX (balbutiant):
    Je le trouve petit, tout petit, minuscule !

    CYRANO:
    Hein ? comment ? m'accuser d'un pareil ridicule ?
    Petit, mon nez ? Holà !

    LE FÂCHEUX:
    Ciel !

    CYRANO:
    Énorme, mon nez !
    --Vil camus, sot camard, tête plate, apprenez
    Que je m'enorgueillis d'un pareil appendice,
    Attendu qu'un grand nez est proprement l'indice
    D'un homme affable, bon, courtois, spirituel,
    Libéral, courageux, tel que je suis, et tel
    Qu'il vous est interdit à jamais de vous croire,
    Déplorable maraud ! car la face sans gloire
    Que va chercher ma main en haut de votre col,
    Est aussi dénuée. . .
    (Il le soufflette.)

    LE FÂCHEUX:
    Aï !

    CYRANO:
    De fierté, d'envol,
    De lyrisme, de pittoresque, d'étincelle,
    De somptuosité, de Nez enfin, que celle. . .
    (Il se retourne par les épaules, joignant le geste à la parole):
    Que va chercher ma botte au bas de votre dos !

    LE FÂCHEUX (se sauvant):
    Au secours ! A la garde !

    CYRANO:
    Avis donc aux badauds
    Qui trouveraient plaisant mon milieu de visage,
    Et si le plaisantin est noble, mon usage
    Est de lui mettre, avant de le laisser s'enfuir,
    Pas devant, et plus haut, du fer, et non du cuir !

    DE GUICHE (qui est descendu de la scène, avec les marquis):
    Mais à la fin il nous ennuie !

    LE VICOMTE DE VALVERT (haussant les épaules):
    Il fanfaronne !

    DE GUICHE:
    Personne ne va donc lui répondre ?. . .

    LE VICOMTE:
    Personne ?
    Attendez ! Je vais lui lancer un de ces traits !. . .
    (Il s'avance vers Cyrano qui l'observe, et se campant devant lui d'un
    air fat):
    Vous. . .vous avez un nez. . .heu. . .un nez. . .très grand.

    CYRANO (gravement):
    Très !

    LE VICOMTE (riant):
    Ha !

    CYRANO (imperturbable):
    C'est tout ?. . .

    LE VICOMTE:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Ah ! non ! c'est un peu court, jeune homme !
    On pouvait dire. . .Oh ! Dieu !. . .bien des choses en somme. . .
    En variant le ton,--par exemple, tenez:
    Agressif: "Moi, monsieur, si j'avais un tel nez
    Il faudrait sur-le-champ que je me l'amputasse !"
    Amical: "Mais il doit tremper dans votre tasse !
    Pour boire, faites-vous fabriquer un hanap !"
    Descriptif: "C'est un roc !. . .c'est un pic !. . .c'est un cap !
    Que dis-je, c'est un cap ?. . .C'est une péninsule !"
    Curieux: "De quoi sert cette oblongue capsule ?
    D'écritoire, monsieur, ou de boîte à ciseaux ?"
    Gracieux: "Aimez-vous à ce point les oiseaux
    Que paternellement vous vous préoccupâtes
    De tendre ce perchoir à leur petites pattes ?"
    Truculent: "Ça, monsieur, lorsque vous pétunez,
    La vapeur du tabac vous sort-elle du nez
    Sans qu'un voisin ne crie au feu de cheminée ?"
    Prévenant: "Gardez-vous, votre tête entraînée
    Par ce poids, de tomber en avant sur le sol !"
    Tendre: "Faites-lui faire un petit parasol
    De peur que sa couleur au soleil ne se fane !"
    Pédant: "L'animal seul, monsieur, qu'Aristophane
    Appelle Hippocampelephantocamélos
    Dut avoir sous le front tant de chair sur tant d'os !"
    Cavalier: 'Quoi, l'ami, ce croc est à la mode ?
    Pour pendre son chapeau, c'est vraiment très commode !'
    Emphatique: "Aucun vent ne peut, nez magistral,
    T'enrhumer tout entier, excepté le mistral !"
    Dramatique: "C'est la Mer Rouge quand il saigne !"
    Admiratif: "Pour un parfumeur, quelle enseigne !"
    Lyrique: "Est-ce une conque, êtes-vous un triton ?"
    Naïf: "Ce monument, quand le visite-t-on ?"
    Respectueux: "Souffrez, monsieur, qu'on vous salue,
    C'est là ce qui s'appelle avoir pignon sur rue !"
    Campagnard: "Hé, ardé ! C'est-y un nez ? Nanain !
    C'est queuqu'navet géant ou ben queuqu'melon nain !"
    Militaire: "Pointez contre cavalerie !"
    Pratique: "Voulez-vous le mettre en loterie ?
    Assurément, monsieur, ce sera le gros lot !"
    Enfin, parodiant Pyrame en un sanglot:
    "Le voilà donc ce nez qui des traits de son maître
    A détruit l'harmonie ! Il en rougit, le traître !"
    --Voilà ce qu'à peu près, mon cher, vous m'auriez dit
    Si vous aviez un peu de lettres et d'esprit:
    Mais d'esprit, ô le plus lamentable des êtres,
    Vous n'en eûtes jamais un atome, et de lettres
    Vous n'avez que les trois qui forment le mot: sot !
    Eussiez-vous eu, d'ailleurs, l'invention qu'il faut
    Pour pouvoir là, devant ces nobles galeries,
    Me servir toutes ces folles plaisanteries,
    Que vous n'en eussiez pas articulé le quart
    De la moitié du commencement d'une, car
    Je me les sers moi-même, avec assez de verve,
    Mais je ne permets pas qu'un autre me les serve.

    DE GUICHE (voulant emmener le vicomte pétrifié):
    Vicomte, laissez donc !

    LE VICOMTE (suffoqué):
    Ces grands airs arrogants !
    Un hobereau qui. . .qui. . .n'a même pas de gants !
    Et qui sort sans rubans, sans bouffettes, sans ganses !

    CYRANO:
    Moi, c'est moralement que j'ai mes élégances.
    Je ne m'attife pas ainsi qu'un freluquet,
    Mais je suis plus soigné si je suis moins coquet;
    Je ne sortirais pas avec, par négligence,
    Un affront pas très bien lavé, la conscience
    Jaune encor de sommeil dans le coin de son œil,
    Un honneur chiffonné, des scrupules en deuil.
    Mais je marche sans rien sur moi qui ne reluise,
    Empanaché d'indépendance et de franchise;
    Ce n'est pas une taille avantageuse, c'est
    Mon âme que je cambre ainsi qu'en un corset,
    Et tout couvert d'exploits qu'en rubans je m'attache,
    Retroussant mon esprit ainsi qu'une moustache,
    Je fais, en traversant les groupes et les ronds,
    Sonner les vérités comme des éperons.

    LE VICOMTE:
    Mais, monsieur. . .

    CYRANO:
    Je n'ai pas de gants ?. . .la belle affaire !
    Il m'en restait un seul. . .d'une très vieille paire !
    --Lequel m'était d'ailleurs encor fort importun:
    Je l'ai laissé dans la figure de quelqu'un.

    LE VICOMTE:
    Maraud, faquin, butor de pied plat ridicule !

    CYRANO (ôtant son chapeau et saluant comme si le vicomte venait de se
    présenter):
    Ah ?. . .Et moi, Cyrano-Savinien-Hercule
    De Bergerac.
    (Rires.)

    LE VICOMTE (exaspéré):
    Bouffon !

    CYRANO (poussant un cri comme lorsqu'on est saisi d'une crampe):
    Ay !. . .

    LE VICOMTE (qui remontait, se retournant):
    Qu'est-ce encor qu'il dit ?

    CYRANO (avec des grimaces de douleur):
    Il faut la remuer car elle s'engourdit. . .
    --Ce que c'est que de la laisser inoccupée !--
    Ay !. . .

    LE VICOMTE:
    Qu'avez-vous ?

    CYRANO:
    J'ai des fourmis dans mon épée !

    LE VICOMTE (tirant la sienne):
    Soit !

    CYRANO:
    Je vais vous donner un petit coup charmant.

    LE VICOMTE (méprisant):
    Poète !. . .

    CYRANO:
    Oui, monsieur, poète ! et tellement,
    Qu'en ferraillant je vais--hop !--à l'improvisade,
    Vous composer une ballade.

    LE VICOMTE:
    Une ballade ?

    CYRANO:
    Vous ne vous doutez pas de ce que c'est, je crois ?

    LE VICOMTE:
    Mais. . .

    CYRANO (récitant comme une leçon):
    La ballade, donc, se compose de trois
    Couplets de huit vers. . .

    LE VICOMTE (piétinant):
    Oh !

    CYRANO (continuant):
    Et d'un envoi de quatre. . .

    LE VICOMTE:
    Vous. . .

    CYRANO:
    Je vais tout ensemble en faire une et me battre,
    Et vous toucher, monsieur, au dernier vers.

    LE VICOMTE:
    Non !

    CYRANO:
    Non ?
    (Déclamant):
    Ballade du duel qu'en l'hôtel bourguignon
    Monsieur de Bergerac eut avec un bélître !

    LE VICOMTE:
    Qu'est-ce que c'est que ça, s'il vous plaît ?

    CYRANO:
    C'est le titre.

    LA SALLE (surexcitée au plus haut point):
    Place !--Très amusant !--Rangez-vous !--Pas de bruits !
    (Tableau. Cercle de curieux au parterre, les marquis et les officiers
    mêlés aux bourgeois et aux gens du peuple; les pages grimpés sur des
    épaules pour mieux voir. Toutes les femmes debout dans les loges. A
    droite, De Guiche et ses gentilshommes. A gauche, Le Bret, Ragueneau,
    Cuigy, etc.)

    CYRANO (fermant une seconde les yeux):
    Attendez !. . .je choisis mes rimes. . .Là, j'y suis.
    (Il fait ce qu'il dit, à mesure):
    Je jette avec grâce mon feutre,
    Je fais lentement l'abandon
    Du grand manteau qui me calfeutre,
    Et je tire mon espadon;
    Élégant comme Céladon,
    Agile comme Scaramouche,
    Je vous préviens, cher Mirmydon,
    Qu'à la fin de l'envoi je touche !
    (Premiers engagements de fer):
    Vous auriez bien dû rester neutre;
    Où vais-je vous larder, dindon ?. . .
    Dans le flanc, sous votre maheutre ?. . .
    Au cœur, sous votre bleu cordon ?. . .
    --Les coquilles tintent, ding-don !
    Ma pointe voltige: une mouche !
    Décidément. . .c'est au bedon,
    Qu'à la fin de l'envoi, je touche.
    Il me manque une rime en eutre. . .
    Vous rompez, plus blanc qu'amidon ?
    C'est pour me fournir le mot pleutre !
    --Tac ! je pare la pointe dont
    Vous espériez me faire don;--
    J'ouvre la ligne,--je la bouche. . .
    Tiens bien ta broche, Laridon !
    A la fin de l'envoi, je touche.
    (Il annonce solennellement):
    Envoi.
    Prince, demande à Dieu pardon !
    Je quarte du pied, j'escarmouche,
    Je coupe, je feinte. . .
    (Se fendant):
    Hé ! là, donc !
    (Le vicomte chancelle; Cyrano salue):
    A la fin de l'envoi, je touche !
    (Acclamations. Applaudissements dans les loges. Des fleurs et des
    mouchoirs tombent. Les officiers entourent et félicitent Cyrano.
    Ragueneau danse d'enthousiasme. Le Bret est heureux et navré. Les amis
    du vicomte le soutiennent et l'emmènent.)

    LA FOULE (en un long cri):
    Ah !. . .

    UN CHEVAU-LÉGER:
    Superbe !

    UNE FEMME:
    Joli !

    RAGUENEAU:
    Pharamineux !

    UN MARQUIS:
    Nouveau !. . .

    LE BRET:
    Insensé !

    BOUSCULADE (autour de Cyrano. On entend):
    . . .Compliments !. . .félicite. . .bravo. . .

    VOIX DE FEMME:
    C'est un héros !. . .

    UN MOUSQUETAIRE (s'avançant vivement vers Cyrano, la main tendue):
    Monsieur, voulez-vous me permettre ?. . .
    C'est tout à fait très bien, et je crois m'y connaître;
    J'ai du reste exprimé ma joie en trépignant !. . .
    (Il s'éloigne.)

    CYRANO (à Cuigy):
    Comment s'appelle donc ce monsieur ?

    CUIGY:
    D'Artagnan.

    LE BRET (à Cyrano, lui prenant le bras):
    Çà, causons !. . .

    CYRANO:
    Laisse un peu sortir cette cohue. . .
    (A Bellerose):
    Je peux rester ?

    BELLEROSE (respecteusement):
    Mais oui !. . .
    (On entend des cris au dehors.)

    JODELET (qui a regardé):
    C'est Montfleury qu'on hue !

    BELLEROSE (solennellement):
    Sic transit !. . .
    (Changeant de ton, au portier et au moucheur de chandelles):
    Balayez. Fermez. N'éteignez pas.
    Nous allons revenir après notre repas,
    Répéter pour demain une nouvelle farce.
    (Jodelet et Bellerose sortent, après de grands saluts à Cyrano.)

    LE PORTIER (à Cyrano):
    Vous ne dînez donc pas ?

    CYRANO:
    Moi ?. . .Non.
    (Le portier se retire.)

    LE BRET (à Cyrano):
    Parce que ?

    CYRANO (fièrement):
    Parce. . .
    (Changeant de ton, en voyant que le portier est loin):
    Que je n'ai pas d'argent !. . .

    LE BRET (faisant le geste de lancer un sac):
    Comment ! le sac d'écus ?. . .

    CYRANO:
    Pension paternelle, en un jour, tu vécus !

    LE BRET:
    Pour vivre tout un mois, alors ?. . .

    CYRANO:
    Rien ne me reste.

    LE BRET:
    Jeter ce sac, quelle sottise !

    CYRANO:
    Mais quel geste !. . .

    LA DISTRIBUTRICE (toussant derrière son petit comptoir):
    Hum !. . .
    (Cyrano et Le Bret se retournent. Elle s'avance intimidée):
    Monsieur. . .Vous savoir jeûner. . .le cœur me fend. . .
    (Montrant le buffet):
    J'ai là tout ce qu'il faut. . .
    (Avec élan):
    Prenez !

    CYRANO (se découvrant):
    Ma chère enfant,
    Encor que mon orgeuil de Gascon m'interdise
    D'accepter de vos doigts la moindre friandise,
    J'ai trop peur qu'un refus ne vous soit un chagrin,
    Et j'accepterai donc. . .
    (Il va au buffet et choisit):
    Oh ! peu de chose !--un grain
    De ce raisin. . .
    (Elle veut lui donner la grappe, il cueille un grain):
    Un seul !. . .ce verre d'eau. . .
    (Elle veut y verser du vin, il l'arrête):
    limpide !
    --Et la moitié d'un macaron !
    (Il rend l'autre moitié.)

    LE BRET:
    Mais c'est stupide !

    LA DISTRIBUTRICE:
    Oh ! quelque chose encor !

    CYRANO:
    Oui. La main à baiser.
    (Il baise, comme la main d'une princesse, la main qu'elle lui tend.)

    LA DISTRIBUTRICE:
    Merci, monsieur.
    (Révérence):
    Bonsoir.
    (Elle sort.)

    Scène 1.V.

    Cyrano, Le Bret, puis le portier.

    CYRANO (à Le Bret):
    Je t'écoute causer.
    (Il s'installe devant le buffet et rangeant devant lui le macaron):
    Dîner !. . .
    (. . .le verre d'eau):
    Boisson !. . .
    (. . .le grain de raisin):
    Dessert !. . .
    (Il s'assied):
    Là, je me mets à table !
    --Ah !. . .j'avais une faim, mon cher, épouvantable !
    (Mangeant):
    --Tu disais ?

    LE BRET:
    Que ces fats aux grands airs belliqueux
    Te fausseront l'esprit si tu n'écoutes qu'eux !. . .
    Va consulter des gens de bon sens, et t'informe
    De l'effet qu'a produit ton algarade.

    CYRANO (achevant son macaron):
    Énorme.

    LE BRET:
    Le Cardinal. . .

    CYRANO (s'épanouissant):
    Il était là, le Cardinal ?

    LE BRET:
    A dû trouver cela. . .

    CYRANO:
    Mais très original.

    LE BRET:
    Pourtant. . .

    CYRANO:
    C'est un auteur. Il ne peut lui déplaire
    Que l'on vienne troubler la pièce d'un confrère.

    LE BRET:
    Tu te mets sur les bras, vraiment, trop d'ennemis !

    CYRANO (attaquant son grain de raisin):
    Combien puis-je, à peu près, ce soir, m'en être mis ?

    LE BRET:
    Quarante-huit. Sans compter les femmes.

    CYRANO:
    Voyons, compte !

    LE BRET:
    Montfleury, le bourgeois, de Guiche, le vicomte,
    Baro, l'Académie. . .

    CYRANO:
    Assez ! tu me ravis !

    LE BRET:
    Mais où te mènera la façon dont tu vis ?
    Quel système est le tien ?

    CYRANO:
    J'errais dans un méandre;
    J'avais trop de partis, trop compliqués, à prendre;
    J'ai pris. . .

    LE BRET:
    Lequel ?

    CYRANO:
    Mais le plus simple, de beaucoup.
    J'ai décidé d'être admirable, en tout, pour tout !

    LE BRET (haussant les épaules):
    Soit !--Mais enfin, à moi, le motif de ta haine
    Pour Montfleury, le vrai, dis-le-moi !

    CYRANO (se levant):
    Ce Silène,
    Si ventru que son doigt n'atteint pas son nombril,
    Pour les femmes encor se croit un doux péril,
    Et leur fait, cependant qu'en jouant il bredouille,
    Des yeux de carpe avec ses gros yeux de grenouille !. . .
    Et je le hais depuis qu'il se permit, un soir,
    De poser son regard, sur celle. . .Oh ! j'ai cru voir
    Glisser sur une fleur une longue limace !

    LE BRET (stupéfait):
    Hein ? Comment ? Serait-il possible ?. . .

    CYRANO (avec un rire amer):
    Que j'aimasse ?. . .
    (Changeant de ton et gravement):
    J'aime.

    LE BRET:
    Et peut-on savoir ? tu ne m'as jamais dit ?. . .

    CYRANO:
    Qui j'aime ?. . .Réfléchis, voyons. Il m'interdit
    Le rêve d'être aimé même par une laide,
    Ce nez qui d'un quart d'heure en tous lieux me précède;
    Alors, moi, j'aime qui ?. . .Mais cela va de soi !
    J'aime--mais c'est forcé !--la plus belle qui soit !

    LE BRET:
    La plus belle ?. . .

    CYRANO:
    Tout simplement, qui soit au monde !
    La plus brillante, la plus fine,
    (Avec accablement):
    la plus blonde !

    LE BRET:
    Eh ! mon Dieu, quelle est donc cette femme ?. . .

    CYRANO:
    Un danger
    Mortel sans le vouloir, exquis sans y songer,
    Un piège de nature, une rose muscade
    Dans laquelle l'amour se tient en embuscade !
    Qui connaît son sourire a connu le parfait.
    Elle fait de la grâce avec rien, elle fait
    Tenir tout le divin dans un geste quelconque,
    Et tu ne saurais pas, Vénus, monter en conque,
    Ni toi, Diane, marcher dans les grands bois fleuris,
    Comme elle monte en chaise et marche dans Paris !. . .

    LE BRET:
    Sapristi ! je comprends. C'est clair !

    CYRANO:
    C'est diaphane.

    LE BRET:
    Magdeleine Robin, ta cousine ?

    CYRANO:
    Oui,--Roxane.

    LE BRET:
    Eh bien, mais c'est au mieux ! Tu l'aimes ? Dis-le-lui !
    Tu t'es couvert de gloire à ses yeux aujourd'hui !

    CYRANO:
    Regarde-moi, mon cher, et dis quelle espérance
    Pourrait bien me laisser cette protubérance !
    Oh ! je ne me fais pas d'illusion !--Parbleu,
    Oui, quelquefois, je m'attendris, dans le soir bleu;
    J'entre en quelque jardin où l'heure se parfume;
    Avec mon pauvre grand diable de nez je hume
    L'avril,--je suis des yeux, sous un rayon d'argent,
    Au bras d'un cavalier, quelque femme, en songeant
    Que pour marcher, à petits pas, dans de la lune,
    Aussi moi j'aimerais au bras en avoir une,
    Je m'exalte, j'oublie. . .et j'aperçois soudain
    L'ombre de mon profil sur le mur du jardin !

    LE BRET (ému):
    Mon ami !. . .

    CYRANO:
    Mon ami, j'ai de mauvaises heures !
    De me sentir si laid, parfois, tout seul. . .

    LE BRET (vivement, lui prenant la main):
    Tu pleures ?

    CYRANO:
    Ah ! non, cela, jamais ! Non, ce serait trop laid,
    Si le long de ce nez une larme coulait !
    Je ne laisserai pas, tant que j'en serai maître,
    La divine beauté des larmes se commettre
    Avec tant de laideur grossière !. . .Vois-tu bien,
    Les larmes, il n'est rien de plus sublime, rien,
    Et je ne voudrais pas qu'excitant la risée,
    Une seule, par moi, fût ridiculisée !. . .

    LE BRET:
    Va, ne t'attriste pas ! L'amour n'est que hasard !

    CYRANO (secouant la tête):
    Non ! J'aime Cléopâtre: ai-je l'air d'un César ?
    J'adore Bérénice: ai-je l'aspect d'un Tite ?

    LE BRET:
    Mais ton courage ! ton esprit !--Cette petite
    Qui t'offrait là, tantôt, ce modeste repas,
    Ses yeux, tu l'as bien vu, ne te détestaient pas !

    CYRANO (saisi):
    C'est vrai !

    LE BRET:
    Hé ! bien ! alors ?. . .Mais, Roxane, elle-même,
    Toute blême a suivi ton duel !

    CYRANO:
    Toute blême ?

    LE BRET:
    Son cœur et son esprit déjà sont étonnés !
    Ose, et lui parle, afin. . .

    CYRANO:
    Qu'elle me rie au nez ?
    Non !--C'est la seule chose au monde que je craigne !

    LE PORTIER (introduisant quelqu'un à Cyrano):
    Monsieur, on vous demande. . .

    CYRANO (voyant la duègne):
    Ah ! mon Dieu ! Sa duègne !

    Scène 1.VI.

    Cyrano, Le Bret, la duègne.

    LA DUÈGNE (avec un grand salut):
    De son vaillant cousin on désire savoir
    Où l'on peut, en secret, le voir.

    CYRANO (bouleversé):
    Me voir ?

    LA DUÈGNE (avec une révérence):
    Vous voir.
    --On a des choses à vous dire.

    CYRANO:
    Des ?. . .

    LA DUÈGNE (nouvelle révérence):
    Des choses !

    CYRANO (chancelant):
    Ah, mon Dieu !

    LA DUÈGNE:
    L'on ira, demain, aux primes roses
    D'aurore,--ouïr la messe à Saint-Roch.

    CYRANO (se soutenant sur Le Bret):
    Ah ! mon Dieu !

    LA DUÈGNE:
    En sortant,--où peut-on entrer, causer un peu ?

    CYRANO (affolé):
    Où ?. . .Je. . .mais. . .Ah ! mon Dieu !. . .

    LA DUÈGNE:
    Dites vite.

    CYRANO:
    Je cherche !. . .

    LA DUÈGNE:
    Où ?

    CYRANO:
    Chez. . .chez. . .Ragueneau. . .le pâtissier. . .

    LA DUÈGNE:
    Il perche ?

    CYRANO:
    Dans la rue--Ah ! mon Dieu, mon Dieu !--Saint-Honoré !

    LA DUÈGNE (remontant):
    On ira. Soyez-y. Sept heures.

    CYRANO:
    J'y serai.
    (La duègne sort.)

    Scène 1.VII.

    Cyrano, Le Bret, puis les comédiens, les comédiennes, Cuigy, Brissaille,
    Lignière, le portier, les violons.)

    CYRANO (tombant dans les bras de Le Bret):
    Moi !. . .D'elle !. . .Un rendez-vous !. . .

    LE BRET:
    Eh bien ! tu n'es plus triste ?

    CYRANO:
    Ah ! pour quoi que ce soit, elle sait que j'existe !

    LE BRET:
    Maintenant, tu vas être calme ?

    CYRANO (hors de lui):
    Maintenant. . .
    Mais je vais être frénétique et fulminant !
    Il me faut une armée entière a déconfire !
    J'ai dix cœurs; j'ai vingt bras; il ne peut me suffire
    De pourfendre des nains. . .
    (Il crie à tue-tête):
    Il me faut des géants !
    (Depuis un moment, sur la scène, au fond, des ombres de comédiens et
    de comédiennes s'agitent, chuchotent: on commence à répéter. Les
    violons ont repris leur place.)

    UNE VOIX (de la scène):
    Hé ! pst ! là-bas ! Silence ! on répète céans !

    CYRANO (riant):
    Nous partons !
    (Il remonte; par la grande porte du fond; entrent Cuigy, Brissaille,
    plusieurs officiers, qui soutiennent Lignière complètement ivre.)

    CUIGY:
    Cyrano !

    CYRANO:
    Qu'est-ce ?

    CUIGY:
    Une énorme grive
    Qu'on t'apporte !

    CYRANO (le reconnaissant):
    Lignière !. . .Hé, qu'est-ce qui t'arrive ?

    CUIGY:
    Il te cherche !

    BRISSAILLE:
    Il ne peut rentrer chez lui !

    CYRANO:
    Pourquoi ?

    LIGNIÈRE (d'une voix pâteuse, lui montrant un billet tout chiffonné):
    Ce billet m'avertit. . .cent hommes contre moi. . .
    A cause de. . .chanson. . .grand danger me menace. . .
    Porte de Nesle. . .Il faut, pour rentrer, que j'y passe. . .
    Permets-moi donc d'aller coucher sous. . .sous ton toit !

    CYRANO:
    Cent hommes, m'as-tu dit ? Tu coucheras chez toi !

    LIGNIÈRE (épouvanté):
    Mais. . .

    CYRANO (d'une voix terrible, lui montrant la lanterne allumée que le
    portier balance en écoutant curieusement cette scène):
    Prends cette lanterne !. . .
    (Lignière saisit précipitamment la lanterne):
    Et marche !--Je te jure
    Que c'est moi qui ferai ce soir ta couverture !. . .
    (Aux officiers):
    Vous, suivez à distance, et vous serez témoins !

    CUIGY:
    Mais cent hommes !. . .

    CYRANO:
    Ce soir, il ne m'en faut pas moins !
    (Les comédiens et les comédiennes, descendus de scène, se sont
    rapprochés dans leurs divers costumes.)

    LE BRET:
    Mais pourquoi protéger. . .

    CYRANO:
    Voilà Le Bret qui grogne !

    LE BRET:
    Cet ivrogne banal ?. . .

    CYRANO (frappant sur l'épaule de Lignière):
    Parce que cet ivrogne,
    Ce tonneau de muscat, ce fût de rossoli,
    Fit quelque chose un jour de tout à fait joli:
    Au sortir d'une messe ayant, selon le rite,
    Vu celle qu'il aimait prendre de l'eau bénite,
    Lui que l'eau fait sauver, courut au bénitier,
    Se pencha sur sa conque et le but tout entier !. . .

    UNE COMÉDIENNE (en costume de soubrette):
    Tiens, c'est gentil, cela !

    CYRANO:
    N'est-ce pas, la soubrette ?

    LA COMÉDIENNE (aux autres):
    Mais pourquoi sont-ils cent contre un pauvre poète ?

    CYRANO:
    Marchons !
    (Aux officiers):
    Et vous, messieurs, en me voyant charger,
    Ne me secondez pas, quel que soit le danger !

    UNE AUTRE COMÉDIENNE (sautant de la scène):
    Oh ! mais, moi, je vais voir !

    CYRANO:
    Venez !. . .

    UNE AUTRE (sautant aussi, à un vieux comédien):
    Viens-tu, Cassandre ?. . .

    CYRANO:
    Venez tous, le Docteur, Isabelle, Léandre,
    Tous ! Car vous allez joindre, essaim charmant et fol,
    La farce italienne à ce drame espagnol,
    Et, sur son ronflement tintant un bruit fantasque,
    L'entourer de grelots comme un tambour de basque !. . .

    TOUTES LES FEMMES (sautant de joie):
    Bravo !--Vite, une mante !--Un capuchon !

    JODELET:
    Allons !

    CYRANO (aux violons):
    Vous nous jouerez un air, messieurs les violons !
    (Les violons se joignent au cortège qui se forme. On s'empare des
    chandelles allumées de la rampe et on se les distribue. Cela devient
    une retraite aux flambeaux):
    Bravo ! des officiers, des femmes en costume,
    Et, vingt pas en avant. . .
    (Il se place comme il dit):
    Moi, tout seul, sous la plume
    Que la gloire elle-même à ce feutre piqua,
    Fier comme un Scipion triplement Nasica !. . .
    --C'est compris ? Défendu de me prêter main-forte !--
    On y est ?. . .Un, deux, trois ! Portier, ouvre la porte !
    (Le portier ouvre à deux battants. Un coin du vieux Paris pittoresque
    et lunaire paraît):
    Ah !. . .Paris fuit, nocturne et quasi nébuleux;
    Le clair de lune coule aux pentes des toits bleus;
    Un cadre se prépare, exquis, pour cette scène;
    Là-bas, sous des vapeurs en écharpe, la Seine,
    Comme un mystérieux et magique miroir,
    Tremble. . .Et vous allez voir ce que vous allez voir !

    TOUS:
    A la porte de Nesle !

    CYRANO (debout sur le seuil):
    A la porte de Nesle !
    (Se retournant avant de sortir, à la soubrette):
    Ne demandiez-vous pas pourquoi, mademoiselle,
    Contre ce seul rimeur cent hommes furent mis ?
    (Il tire l'épée et, tranquillement):
    C'est parce qu'on savait qu'il est de mes amis !
    (Il sort. Le cortège,--Lignière zigzaguant en tête,--puis les
    comédiennes aux bras des officiers,--puis les comédiens gambadant,--se
    met en marche dans la nuit au son des violons, et à la lueur falote
    des chandelles.)

    Rideau.

    Acte II.

    La Rôtisserie Des Poètes.

    La boutique de Ragueneau, rôtisseur-pâtissier, vaste ouvroir au coin
    de la rue Saint-Honoré et de la rue de l'Arbre-Sec qu'on aperçoit
    largement au fond, par le vitrage de la porte, grises dans les
    premières lueurs de l'aube.

    À gauche, premier plan, comptoir surmonté d'un dais en fer forgé,
    auquel sont accrochés des oies, des canards, des paons blancs. Dans de
    grands vases de faïence de hauts bouquets de fleurs naïves,
    principalement des tournesols jaunes. Du même côté, second plan,
    immense cheminée devant laquelle, entre de monstrueux chenets, dont
    chacun supporte une petite marmite, les rôtis pleurent dans les
    lèchefrites.

    À droite, premier plan avec porte. Deuxième plan, un escalier montant
    à une petite salle en soupente, dont on aperçoit l'intérieur par des
    volets ouverts; une table y est dressée, un menu lustre flamand y
    luit: c'est un réduit où l'on va manger et boire. Une galerie de bois,
    faisant suite à l'escalier, semble mener à d'autres petites salles
    analogues.

    Au milieu de la rôtisserie, un cercle en fer que l'on peut faire
    descendre avec une corde, et auquel de grosses pièces sont accrochées,
    fait un lustre de gibier.

    Les fours, dans l'ombre, sous l'escalier, rougeoient. Des cuivres
    étincellent. Des broches tournent. Des pièces montées pyramident, des
    jambons pendent. C'est le coup de feu matinal. Bousculade de marmitons
    effarés, d'énormes cuisiniers et de minuscules gâte-sauces.
    Foisonnement de bonnets à plume de poulet ou à aile de pintade. On
    apporte, sur des plaques de tôle et des clayons d'osier, des
    quinconces de brioches, des villages de petits-fours.

    Des tables sont couvertes de gâteaux et de plats. D'autres, entourées
    de chaises, attendent les mangeurs et les buveurs. Une plus petite,
    dans un coin, disparaît sous les papiers. Ragueneau y est assis au
    lever du rideau; il écrit.

    Scène 2.I.

    Ragueneau, pâtissiers, puis Lise; Ragueneau, à la petite table,
    écrivant d'un air inspiré, et comptant sur ses doigts.

    PREMIER PATISSIER (apportant une pièce montée):
    Fruits en nougat !

    DEUXIÈME PATISSIER (apportant un plat):
    Flan !

    TROISIÈME PATISSIER (apportant un rôti paré de plumes):
    Paon !

    QUATRIÈME PATISSIER (apportant une plaque de gâteaux):
    Roinsoles !

    CINQUIÈME PATISSIER (apportant une sorte de terrine):
    Bœuf en daube !

    RAGUENEAU (cessant d'écrire et levant la tête):
    Sur les cuivres, déjà, glisse l'argent de l'aube !
    Étouffe en toi le dieu qui chante, Ragueneau !
    L'heure du luth viendra,--c'est l'heure du fourneau !
    (Il se lève. A un cuisinier):
    Vous, veuillez m'allonger cette sauce, elle est courte !

    LE CUISINIER:
    De combien ?

    RAGUENEAU:
    De trois pieds.
    (Il passe.)

    LE CUISINIER:
    Hein ?

    PREMIER PATISSIER:
    La tarte !

    DEUXIÈME PATISSIER:
    La tourte !

    RAGUENEAU (devant la cheminée):
    Ma Muse, éloigne-toi, pour que tes yeux charmants
    N'aillent pas se rougir au feu de ces sarments !
    (A un pâtissier, lui montrant des pains):
    Vous avez mal placé la fente de ces miches:
    Au milieu la césure,--entre les hémistiches !
    (A un autre, lui montrant un pâté inachevé):
    A ce palais de croûte, il faut, vous, mettre un toit. . .
    (A un jeune apprenti, qui, assis par terre, embroche des volailles):
    Et toi, sur cette broche interminable, toi,
    Le modeste poulet et la dinde superbe,
    Alterne-les, mon fils, comme le vieux Malherbe
    Alternait les grands vers avec les plus petits,
    Et fais tourner au feu des strophes de rôtis !

    UN AUTRE APPRENTI (s'avançant avec un plateau recouvert d'une assiette):
    Maître, en pensant à vous, dans le four, j'ai fait cuire
    Ceci, qui vous plaira, je l'espère.
    (Il découvre le plateau, on voit une grande lyre de pâtisserie.)

    RAGUENEAU (ébloui):
    Une lyre !

    L'APPRENTI:
    En pâte de brioche.

    RAGUENEAU (ému):
    Avec des fruits confits !
    L'APPRENTI:
    Et les cordes, voyez, en sucre je les fis.

    RAGUENEAU (lui donnant de l'argent):
    Va boire à ma santé !
    (Apercevant Lise qui entre):
    Chut ! ma femme ! Circule,
    Et cache cet argent !
    (A Lise, lui montrant la lyre d'un air gêné):
    C'est beau ?

    LISE:
    C'est ridicule !
    (Elle pose sur le comptoir une pile de sacs en papier.)

    RAGUENEAU:
    Des sacs ?. . .Bon. Merci.
    (Il les regarde):
    Ciel ! Mes livres vénérés !
    Les vers de mes amis ! déchirés ! démembrés !
    Pour en faire des sacs à mettre des croquantes. . .
    Ah ! vous renouvelez Orphée et les bacchantes !

    LISE (sèchement):
    Et n'ai-je pas le droit d'utiliser vraiment
    Ce que laissent ici, pour unique paiement,
    Vos méchants écriveurs de lignes inégales !

    RAGUENEAU:
    Fourmi !. . .n'insulte pas ces divines cigales !

    LISE:
    Avant de fréquenter ces gens-là, mon ami,
    Vous ne m'appeliez pas bacchante,--ni fourmi !

    RAGUENEAU:
    Avec des vers, faire cela !

    LISE:
    Pas autre chose.

    RAGUENEAU:
    Que faites-vous, alors, madame, avec la prose ?

    Scène 2.II.

    Les mêmes, deux enfants, qui viennent d'entrer dans la pâtisserie.

    RAGUENEAU:
    Vous désirez, petits ?

    PREMIER ENFANT:
    Trois pâtés.

    RAGUENEAU (les servant):
    Là, bien roux. . .
    Et bien chauds.

    DEUXIÈME ENFANT:
    S'il vous plaît, enveloppez-les-nous ?

    RAGUENEAU (saisi, à part):
    Hélas ! un de mes sacs !
    (Aux enfants):
    Que je les enveloppe ?. . .
    (Il prend un sac et au moment d'y mettre les pâtés, il lit):
    Tel Ulysse, le jour qu'il quitta Pénélope. . .
    Pas celui-ci !. . .
    (Il le met de côté et en prend un autre. Au moment d'y mettre les
    pâtés, il lit):
    Le blond Phœbus. . . Pas celui-là !
    (Même jeu.)

    LISE (impatientée):
    Eh bien ! qu'attendez-vous ?

    RAGUENEAU:
    Voilà, voilà, voilà !
    (Il en prend un troisième et se résigne):
    Le sonnet à Philis !. . .mais c'est dur tout de même !

    LISE:
    C'est heureux qu'il se soit décidé !
    (Haussant les épaules):
    Nicodème !
    (Elle monte sur une chaise et se met à ranger des plats sur une crédence.)

    RAGUENEAU (profitant de ce qu'elle tourne le dos, rappelle les enfants
    déjà à la porte):
    Pst !. . .Petits !. . .Rendez-moi le sonnet à Philis,
    Au lieu de trois pâtés je vous en donne six.
    (Les enfants lui rendent le sac, prennent vivement les gâteaux et
    sortent. Ragueneau, défripant le papier, se met à lire en déclamant):
    Philis !. . . Sur ce doux nom, une tache de beurre !. . .
    Philis !. . .
    (CYRANO entre brusquement.)

    Scène 2.III.

    Ragueneau, Lise, Cyrano, puis le mousquetaire.

    CYRANO:
    Quelle heure est-il ?

    RAGUENEAU (le saluant avec empressement):
    Six heures.

    CYRANO (avec émotion):
    Dans une heure !
    (Il va et vient dans la boutique.)

    RAGUENEAU (le suivant):
    Bravo ! J'ai vu. . .

    CYRANO:
    Quoi donc !

    RAGUENEAU:
    Votre combat !. . .

    CYRANO:
    Lequel ?

    RAGUENEAU:
    Celui de l'hôtel de Bourgogne !

    CYRANO (avec dédain):
    Ah !. . .Le duel !

    RAGUENEAU (admiratif):
    Oui, le duel en vers !. . .

    LISE:
    Il en a plein la bouche !

    CYRANO:
    Allons ! tant mieux !

    RAGUENEAU (se fendant avec une broche qu'il a saisi):
    A la fin de l'envoi, je touche !. . .
    A la fin de l'envoi, je touche !. . .Que c'est beau !
    (Avec un enthousiasme croissant):
    A la fin de l'envoi. . .

    CYRANO:
    Quelle heure, Ragueneau ?

    RAGUENEAU (restant fendu pour regarder l'horloge):
    Six heures cinq !. . .. . .je touche !
    (Il se relève):
    . . .Oh ! faire une ballade !

    LISE (à Cyrano, qui en passant devant son comptoir lui a serré
    distraitement la main):
    Qu'avez-vous à la main ?

    CYRANO:
    Rien. Une estafilade.

    RAGUENEAU:
    Courûtes-vous quelque péril ?

    CYRANO:
    Aucun péril.

    LISE (le menaçant du doigt):
    Je crois que vous mentez !

    CYRANO:
    Mon nez remuerait-il ?
    Il faudrait que ce fût pour un mensonge énorme !
    (Changeant de ton):
    J'attends ici quelqu'un. Si ce n'est pas sous l'orme,
    Vous nous laisserez seuls.

    RAGUENEAU:
    C'est que je ne peux pas;
    Mes rimeurs vont venir. . .

    LISE (ironique):
    Pour leur premier repas.

    CYRANO:
    Tu les éloigneras quand je te ferai signe. . .
    L'heure ?

    RAGUENEAU:
    Six heures dix.

    CYRANO (s'asseyant nerveusement à la table de Ragueneau et prenant du
    papier):
    Une plume ?. . .

    RAGUENEAU (lui offrant celle qu'il a à son oreille):
    De cygne.

    UN MOUSQUETAIRE (superbement moustachu, entre et d'une voix de stentor):
    Salut !
    (Lise remonte vivement vers lui.)

    CYRANO (se retournant):
    Qu'est-ce ?

    RAGUENEAU:
    Un ami de ma femme. Un guerrier
    Terrible,--à ce qu'il dit !. . .

    CYRANO (reprenant la plume et éloignant du geste Ragueneau):
    Chut !. . .
    Écrire,--plier,--
    (A lui-même):
    Lui donner,--me sauver. . .
    (Jetant la plume):
    Lâche !. . .Mais que je meure,
    Si j'ose lui parler, lui dire un seul mot. . .
    (A Ragueneau):
    L'heure ?

    RAGUENEAU:
    Six et quart !. . .

    CYRANO (frappant sa poitrine):
    --un seul mot de tous ceux que j'ai là !
    Tandis qu'en écrivant. . .
    (Il reprend la plume):
    Eh bien ! écrivons-la,
    Cette lettre d'amour qu'en moi-même j'ai faite
    Et refaite cent fois, de sorte qu'elle est prête,
    Et que mettant mon âme à côté du papier,
    Je n'ai tout simplement qu'à la recopier.
    (Il écrit.--Derrière le vitrage de la porte on voit s'agiter des
    silhouettes maigres et hésitantes.)

    Scène 2.IV.

    Ragueneau, Lise, le mousquetaire, Cyrano, à la petite table, écrivant,
    les poètes, vêtus de noir, les bas tombants, couverts de boue.

    LISE (entrant, à Ragueneau):
    Les voici vos crottés !

    PREMIER POÈTE (entrant, à Ragueneau):
    Confrère !. . .

    DEUXIÈME POÈTE (de même, lui secouant les mains):
    Cher confrère !

    TROISIÈME POÈTE:
    Aigle des pâtissiers !
    (Il renifle):
    Ça sent bon dans votre aire,

    QUATRIÈME POÈTE:
    O Phœbus-Rôtisseur !

    CINQUIÈME POÈTE:
    Apollon maître-queux !. . .

    RAGUENEAU (entouré, embrassé, secoué):
    Comme on est tout de suite à son aise avec eux !. . .

    PREMIER POÈTE:
    Nous fûmes retardés par la foule attroupée
    A la porte de Nesle !. . .

    DEUXIÈME POÈTE:
    Ouverts à coups d'épée,
    Huit malandrins sanglants illustraient les pavés !

    CYRANO (levant une seconde la tête):
    Huit ?. . .Tiens, je croyais sept.
    (Il reprend sa lettre.)

    RAGUENEAU (à Cyrano):
    Est-ce que vous savez
    Le héros du combat ?

    CYRANO (négligemment):
    Moi ?. . .Non !

    LISE (au mousquetaire):
    Et vous ?

    LE MOUSQUETAIRE (se frisant la moustache):
    Peut-être !

    CYRANO (écrivant, à part,--on l'entend murmurer de temps en temps):
    Je vous aime. . .

    PREMIER POÈTE:
    Un seul homme, assurait-on, sut mettre
    Toute une bande en fuite !. . .

    DEUXIÈME POÈTE:
    Oh ! c'etait curieux !
    Des piques, des bâtons jonchaient le sol !. . .

    CYRANO (écrivant):
    . . .vos yeux. . .

    TROISIÈME POÈTE:
    On trouvait des chapeaux jusqu'au quai des Orfèvres !

    PREMIER POÈTE:
    Sapristi ! ce dut être un féroce. . .

    CYRANO (même jeu):
    . . .vos lèvres. . .

    PREMIER POÈTE:
    Un terrible géant, l'auteur de ces exploits !

    CYRANO (même jeu):
    . . .Et je m'évanouis de peur quand je vous vois.

    DEUXIÈME POÈTE (happant un gâteau):
    Qu'as-tu rimé de neuf, Ragueneau ?

    CYRANO (même jeu):
    . . .qui vous aime. . .
    (Il s'arrête au moment de signer, et se lève, mettant sa lettre dans
    son pourpoint):
    Pas besoin de signer. Je la donne moi-même.

    RAGUENEAU (au deuxième poète):
    J'ai mis une recette en vers.

    TROISIÈME POÈTE (s'installant près d'un plateau de choux à la crème):
    Oyons ces vers !

    QUATRIÈME POÈTE (regardant une brioche qu'il a prise):
    Cette brioche a mis son bonnet de travers.
    (Il la décoiffe d'un coup de dent.)

    PREMIER POÈTE:
    Ce pain d'épice suit le rimeur famélique,
    De ses yeux en amande aux sourcils d'angélique !
    (Il happe le morceau de pain d'épice.)

    DEUXIÈME POÈTE:
    Nous écoutons.

    TROISIÈME POÈTE (serrant légèrement un chou entre ses doigts):
    Ce chou bave sa crème. Il rit.

    DEUXIÈME POÈTE (mordant à même la grande lyre de pâtisserie):
    Pour la première fois la Lyre me nourrit !

    RAGUENEAU (qui s'est préparé à réciter, qui a toussé, assuré son bonnet,
    pris une pose):
    Une recette en vers. . .

    DEUXIÈME POÈTE (au premier, lui donnant un coup de coude):
    Tu déjeunes ?

    PREMIER POÈTE (au deuxième):
    Tu dînes !

    RAGUENEAU:
    Comment on fait les tartelettes amandines.
    Battez, pour qu'ils soient mousseux,
    Quelques œufs;
    Incorporez à leur mousse
    Un jus de cédrat choisi;
    Versez-y
    Un bon lait d'amande douce;
    Mettez de la pâte à flan
    Dans le flanc
    De moules à tartelette;
    D'un doigt preste, abricotez
    Les côtés;
    Versez goutte à gouttelette
    Votre mousse en ces puits, puis
    Que ces puits
    Passent au four, et, blondines,
    Sortant en gais troupelets,
    Ce sont les
    Tartelettes amandines !

    LES POÈTES (la bouche pleine):
    Exquis ! Délicieux !

    UN POÈTE (s'étouffant):
    Homph !
    (Ils remontent vers le fond, en mangeant.)

    CYRANO (qui a observé s'avance vers Ragueneau):
    Bercés par ta voix,
    Ne vois-tu pas comme ils s'empiffrent ?

    RAGUENEAU (plus bas, avec un sourire):
    Je le vois. . .
    Sans regarder, de peur que cela ne les trouble;
    Et dire ainsi mes vers me donne un plaisir double,
    Puisque je satisfais un doux faible que j'ai
    Tout en laissant manger ceux qui n'ont pas mangé !

    CYRANO (lui frappant sur l'épaule):
    Toi, tu me plais !. . .
    (Ragueneau va rejoindre ses amis. Cyrano le suit des yeux, puis, un
    peu brusquement):
    Hé là, Lise ?
    (Lise, en conversation tendre avec le mousquetaire, tressaille et
    descend vers Cyrano):
    Ce capitaine. . .
    Vous assiège ?

    LISE (offensée):
    Oh ! mes yeux, d'une œillade hautaine,
    Savent vaincre quiconque attaque mes vertus.

    CYRANO:
    Euh ! pour des yeux vainqueurs, je les trouve battus.

    LISE (suffoquée):
    Mais. . .

    CYRANO (nettement):
    Ragueneau me plaît. C'est pourquoi, dame Lise,
    Je défends que quelqu'un le ridicoculise.

    LISE:
    Mais. . .

    CYRANO (qui a élevé la voix assez pour être entendu du galant):
    A bon entendeur. . .
    (Il salue le mousquetaire, et va se mettre en observation, à la porte
    du fond, après avoir regardé l'horloge.)

    LISE (au mousquetaire qui a simplement rendu son salut à Cyrano):
    Vraiment, vous m'étonnez !. . .
    Répondez. . .sur son nez. . .

    LE MOUSQUETAIRE:
    Sur son nez. . .sur son nez. . .
    (Il s'éloigne vivement, Lise le suit.)

    CYRANO (de la porte du fond, faisant signe à Ragueneau d'emmener les
    poètes):
    Pst !. . .

    RAGUENEAU (montrant aux poètes la porte de droite):
    Nous serons bien mieux par là. . .

    CYRANO (s'impatientant):
    Pst ! pst !. . .

    RAGUENEAU (les entraînant):
    Pour lire
    Des vers. . .

    PREMIER POÈTE (désespéré, la bouche pleine):
    Mais les gâteaux !. . .

    DEUXIÈME POÈTE:
    Emportons-les !
    (Ils sortent tous derrière Ragueneau, processionellement, et après
    avoir fait une râfle de plateaux.)

    Scène 2.V.

    Cyrano, Roxane, la duègne.

    CYRANO:
    Je tire
    Ma lettre si je sens seulement qu'il y a
    Le moindre espoir !. . .
    (Roxane, masquée, suivie de la duègne, paraît derrière le vitrage. Il
    ouvre vivement la porte):
    Entrez !. . .
    (Marchant sur la duègne):
    Vous, deux mots, duègna !

    LA DUÈGNE:
    Quatre.

    CYRANO:
    Êtes-vous gourmande ?

    LA DUÈGNE:
    A m'en rendre malade.

    CYRANO (prenant vivement des sacs de papier sur le comptoir):
    Bon. Voici deux sonnets de monsieur Benserade. . .

    LA DUÈGNE (piteuse):
    Heu !. . .

    CYRANO:
    . . .que je vous remplis de darioles.

    LA DUÈGNE (changeant de figure):
    Hou !

    CYRANO:
    Aimez-vous le gâteau qu'on nomme petit chou ?

    LA DUÈGNE (avec dignité):
    Monsieur, j'en fais état, lorsqu'il est à la crème.

    CYRANO:
    J'en plonge six pour vous dans le sein d'un poème
    De Saint-Amant ! Et dans ces vers de Chapelain
    Je dépose un fragment, moins lourd, de poupelin.
    --Ah ! Vous aimez les gâteaux frais ?

    LA DUÈGNE:
    J'en suis férue !

    CYRANO (lui chargeant les bras de sacs remplis):
    Veuillez aller manger tous ceux-ci dans la rue.

    LA DUÈGNE:
    Mais. . .

    CYRANO (la poussant dehors):
    Et ne revenez qu'après avoir fini !
    (Il referme la porte, redescend vers Roxane, et s'arrête, découvert,
    à une distance respectueuse.)

    Scène 2.VI.

    Cyrano, Roxane, la duègne, un instant.

    CYRANO:
    Que l'instant entre tous les instants soit béni,
    Où, cessant d'oublier qu'humblement je respire
    Vous venez jusqu'ici pour me dire. . .me dire ?. . .

    ROXANE (qui s'est démasquée):
    Mais tout d'abord merci, car ce drôle, ce fat
    Qu'au brave jeu d'épée, hier, vous avez fait mat,
    C'est lui qu'un grand seigneur. . .épris de moi. . .

    CYRANO:
    De Guiche ?

    ROXANE (baissant les yeux):
    Cherchait à m'imposer . . .comme mari. . .

    CYRANO:
    Postiche ?
    (Saluant):
    Je me suis donc battu, madame, et c'est tant mieux,
    Non pour mon vilain nez, mais bien pour vos beaux yeux.

    ROXANE:
    Puis. . .je voulais. . .Mais pour l'aveu que je viens faire,
    Il faut que je revoie en vous le. . .presque frère,
    Avec qui je jouais, dans le parc--près du lac !. . .

    CYRANO:
    Oui. . .vous veniez tous les étés à Bergerac !

    ROXANE:
    Les roseaux fournissaient le bois pour vos épées ?. . .

    CYRANO:
    Et les maïs, les cheveux blonds pour vos poupées !

    ROXANE:
    C'était le temps des jeux. . .

    CYRANO:
    Des mûrons aigrelets. . .

    ROXANE:
    Le temps où vous faisiez tout ce que je voulais !. . .

    CYRANO:
    Roxane, en jupons courts, s'appelait Madeleine. . .

    ROXANE:
    J'étais jolie, alors ?

    CYRANO:
    Vous n'étiez pas vilaine.

    ROXANE:
    Parfois, la main en sang de quelque grimpement,
    Vous accouriez !--Alors, jouant à la maman,
    Je disais d'une voix qui tâchait d'être dure:
    (Elle lui prend la main):
    'Qu'est-ce que c'est encor que cette égratignure ?'
    (Elle s'arrête stupéfaite):
    Oh ! C'est trop fort ! Et celle-ci !
    (Cyrano veut retirer sa main):
    Non ! Montrez-la !
    Hein ? à votre âge, encor !--Où t'es-tu fait cela ?

    CYRANO:
    En jouant, du côté de la porte de Nesle.

    ROXANE (s'asseyant à une table, et trempant son mouchoir dans un verre
    d'eau):
    Donnez !

    CYRANO (s'asseyant aussi):
    Si gentiment ! Si gaiement maternelle !

    ROXANE:
    Et, dites-moi,--pendant que j'ôte un peu le sang,--
    Ils étaient contre vous ?

    CYRANO:
    Oh ! pas tout à fait cent.

    ROXANE:
    Racontez !

    CYRANO:
    Non. Laissez. Mais vous, dites la chose
    Que vous n'osiez tantôt me dire. . .

    ROXANE (sans quitter sa main):
    A présent, j'ose,
    Car le passé m'encouragea de son parfum !
    Oui, j'ose maintenant. Voilà. J'aime quelqu'un.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Qui ne le sait pas d'ailleurs.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Pas encore.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Mais qui va bientôt le savoir, s'il l'ignore.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Un pauvre garçon qui jusqu'ici m'aima
    Timidement, de loin, sans oser le dire. . .

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Laissez-moi votre main, voyons, elle a la fièvre.--
    Mais moi, j'ai vu trembler les aveux sur sa lèvre.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE (achevant de lui faire un petit bandage avec son mouchoir):
    Et figurez-vous, tenez, que, justement
    Oui, mon cousin, il sert dans votre régiment !

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE (riant):
    Puisqu'il est cadet dans votre compagnie !

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Il a sur son front de l'esprit, du génie,
    Il est fier, noble, jeune, intrépide, beau. . .

    CYRANO (se levant tout pâle):
    Beau !

    ROXANE:
    Quoi ? Qu'avez-vous ?

    CYRANO:
    Moi, rien. . .C'est. . .c'est. . .
    (Il montre sa main, avec un sourire):
    C'est ce bobo.

    ROXANE:
    Enfin, je l'aime. Il faut d'ailleurs que je vous die
    Que je ne l'ai jamais vu qu'à la Comédie. . .

    CYRANO:
    Vous ne vous êtes donc pas parlé ?

    ROXANE:
    Nos yeux seuls.

    CYRANO:
    Mais comment savez-vous, alors ?

    ROXANE:
    Sous les tilleuls
    De la place Royale, on cause. . .Des bavardes
    M'ont renseignée. . .

    CYRANO:
    Il est cadet ?

    ROXANE:
    Cadet aux gardes.

    CYRANO:
    Son nom ?

    ROXANE:
    Baron Christian de Neuvillette.

    CYRANO:
    Hein ?. . .
    Il n'est pas aux cadets.

    ROXANE:
    Si, depuis ce matin:
    Capitaine Carbon de Castel-Jaloux.

    CYRANO:
    Vite,
    Vite, on lance son cœur !. . .Mais, ma pauvre petite. . .

    LA DUÈGNE (ouvrant la porte du fond):
    J'ai fini les gâteaux, monsieur de Bergerac !

    CYRANO:
    Eh bien ! lisez les vers imprimés sur le sac !
    (La duègne disparaît):
    . . .Ma pauvre enfant, vous qui n'aimez que beau langage,
    Bel esprit,--si c'était un profane, un sauvage.

    ROXANE:
    Non, il a les cheveux d'un héros de d'Urfe !

    CYRANO:
    S'il était aussi maldisant que bien coiffé !

    ROXANE:
    Non, tous les mots qu'il dit sont fins, je le devine !

    CYRANO:
    Oui, tous les mots sont fins quand la moustache est fine.
    --Mais si c'était un sot !. . .

    ROXANE (frappant du pied):
    Eh bien ! j'en mourrais, là !

    CYRANO (après un temps):
    Vous m'avez fait venir pour me dire cela ?
    Je n'en sens pas très bien l'utilité, madame.

    ROXANE:
    Ah, c'est que quelqu'un hier m'a mis la mort dans l'âme,
    Et me disant que tous, vous êtes tous Gascons
    Dans votre compagnie. . .

    CYRANO:
    Et que nous provoquons
    Tous les blancs-becs qui, par faveur, se font admettre
    Parmis les purs Gascons que nous sommes, sans l'être ?
    C'est ce qu'on vous a dit ?

    ROXANE:
    Et vous pensez si j'ai
    Tremblé pour lui !

    CYRANO (entre ses dents):
    Non sans raison !

    ROXANE:
    Mais j'ai songé
    Lorsque invincible et grand, hier, vous nous apparûtes,
    Châtiant ce coquin, tenant tête à ces brutes,--
    J'ai songé: s'il voulait, lui que tous ils craindront. . .

    CYRANO:
    C'est bien, je défendrai votre petit baron.

    ROXANE:
    Oh ! n'est-ce pas que vous allez me le défendre ?
    J'ai toujours eu pour vous une amitié si tendre.

    CYRANO:
    Oui, oui.

    ROXANE:
    Vous serez son ami ?

    CYRANO:
    Je le serai.

    ROXANE:
    Et jamais il n'aura de duel ?

    CYRANO:
    C'est juré.

    ROXANE:
    Oh ! je vous aime bien. Il faut que je m'en aille.
    (Elle remet vivement son masque, une dentelle sur son front, et,
    distraitement):
    Mais vous ne m'avez pas raconté la bataille
    De cette nuit. Vraiment ce dut être inouï !. . .
    --Dites-lui qu'il m'écrive.
    (Elle lui envoie un petit baiser de la main):
    Oh ! je vous aime !

    CYRANO:
    Oui, oui.

    ROXANE:
    Cent hommes contre vous ? Allons, adieu.--Nous sommes
    De grands amis !

    CYRANO:
    Oui, oui.

    ROXANE:
    Qu'il m'écrive !--Cent hommes !--
    Vous me direz plus tard. Maintenant, je ne puis.
    Cent hommes ! Quel courage !

    CYRANO (la saluant):
    Oh ! j'ai fait mieux depuis.
    (Elle sort. Cyrano reste immobile, les yeux à terre. Un silence. La
    porte de droite s'ouvre. Ragueneau passe sa tête.)

    Scène 2.VII.

    Cyrano, Ragueneau, les poètes, Carbon de Castel-Jaloux, les cadets, la
    foule, etc., puis De Guiche.

    RAGUENEAU:
    Peut-on rentrer ?

    CYRANO (sans bouger):
    Oui. . .
    (Ragueneau fait signe et ses amis rentrent. En même temps, à la porte
    du fond paraît Carbon de Castel-Jaloux, costume de capitaine aux
    gardes, qui fait de grands gestes en apercevant Cyrano.)

    CARBON DE CASTEL-JALOUX:
    Le voilà !

    CYRANO (levant la tête):
    Mon capitaine !. . .

    CARBON (exultant):
    Notre héros ! Nous savons tout ! Une trentaine
    De mes cadets sont là !. . .

    CYRANO (reculant):
    Mais. . .

    CARBON (voulant l'entraîner):
    Viens ! on veut te voir !

    CYRANO:
    Non !

    CARBON:
    Il boivent en face, à la Croix du Trahoir.

    CYRANO:
    Je. . .

    CARBON (remontant à la porte, et criant à la cantonade, d'une voix de
    tonnerre):
    Le héros refuse. Il est d'humeur bourrue !

    UNE VOIX (au dehors):
    Ah ! Sandious !
    (Tumulte au dehors, bruit d'épées et de bottes qui se rapprochent.)

    CARBON (se frottant les mains):
    Les voici qui traversent la rue !

    LES CADETS (entrant dans la rôtisserie):
    Mille dious !--Capdedious !--Mordious !--Pocapdedious !

    RAGUENEAU (reculant épouvanté):
    Messieurs, vous êtes donc tous de Gascogne !

    LES CADETS:
    Tous !

    UN CADET (à Cyrano):
    Bravo !

    CYRANO:
    Baron !

    UN AUTRE (lui secouant les mains):
    Vivat !

    CYRANO:
    Baron !

    TROISIÈME CADET:
    Que je t'embrasse !

    CYRANO:
    Baron !. . .

    PLUSIEURS GASCONS:
    Embrassons-le !

    CYRANO (ne sachant auquel répondre):
    Baron !. . .baron !. . .de grâce. . .

    RAGUENEAU:
    Vous êtes tous barons, messieurs ?

    LES CADETS:
    Tous ?

    RAGUENEAU:
    Le sont-ils ?. . .

    PREMIER CADET:
    On ferait une tour rien qu'avec nos tortils !

    LE BRET (entrant, et courant à Cyrano):
    On te cherche ! Une foule en délire conduite
    Par ceux qui cette nuit marchèrent à ta suite. . .

    CYRANO (épouvanté):
    Tu ne leur as pas dit où je me trouve ?. . .

    LE BRET (se frottant les mains):
    Si !

    UN BOURGEOIS (entrant suivi d'un groupe):
    Monsieur, tout le Marais se fait porter ici !
    (Au dehors la rue s'est remplie de monde. Des chaises à porteurs, des
    carrosses s'arrêtent.)

    LE BRET (bas, souriant, à Cyrano):
    Et Roxane ?

    CYRANO (vivement):
    Tais-toi !

    LA FOULE (criant dehors):
    Cyrano !. . .
    (Une cohue se précipite dans la pâtisserie. Bousculade. Acclamations.)

    RAGUENEAU (debout sur une table):
    Ma boutique
    Est envahie ! On casse tout ! C'est magnifique !

    DES GENS (autour de Cyrano):
    Mon ami. . .mon ami. . .

    CYRANO:
    Je n'avais pas hier
    Tant d'amis !

    LE BRET (ravi):
    Le succès !

    UN PETIT MARQUIS (accourant, les mains tendues):
    Si tu savais, mon cher. . .

    CYRANO:
    Si tu ?. . .Tu ?. . .Qu'est-ce donc qu'ensemble nous gardâmes ?

    UN AUTRE:
    Je veux vous présenter, Monsieur, à quelques dames
    Qui là, dans mon carrosse. . .

    CYRANO (froidement):
    Et vous d'abord, à moi,
    Qui vous présentera ?

    LE BRET (stupéfait):
    Mais qu'as-tu donc ?

    CYRANO:
    Tais-toi !

    UN HOMME DE LETTRES (avec une écritoire):
    Puis-je avoir des détails sur ?. . .

    CYRANO:
    Non.

    LE BRET (lui poussant le coude):
    C'est Théophraste,
    Renaudot ! l'inventeur de la gazette.

    CYRANO:
    Baste !

    LE BRET:
    Cette feuille où l'on fait tant de choses tenir !
    On dit que cette idée a beaucoup d'avenir !

    LE POÈTE (s'avançant):
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Encor !

    LE POÈTE:
    Je veux faire un pentacrostiche
    Sur votre nom. . .

    QUELQU'UN (s'avançant encore):
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Assez !
    (Mouvement. On se range. De Guiche paraît, escorté d'officiers. Cuigy,
    Brissaille, les officiers qui sont partis avec Cyrano à la fin du
    premier acte. Cuigy vient vivement à Cyrano.)

    CUIGY (à Cyrano):
    Monsieur de Guiche !
    (Murmure. Tout le monde se range):
    Vient de la part du maréchal de Gassion !

    DE GUICHE (saluant Cyrano):
    . . .Qui tient à vous mander son admiration
    Pour le nouvel exploit dont le bruit vient de courre.

    LA FOULE:
    Bravo !. . .

    CYRANO (s'inclinant):
    Le maréchal s'y connaît en bravoure.

    DE GUICHE:
    Il n'aurait jamais cru le fait si ces messieurs
    N'avaient pu lui jurer l'avoir vu.

    CUIGY:
    De nos yeux !

    LE BRET (bas à Cyrano, qui a l'air absent):
    Mais. . .

    CYRANO:
    Tais-toi !

    LE BRET:
    Tu parais souffrir !

    CYRANO (tressaillant et se redressant vivement):
    Devant ce monde ?. . .
    (Sa moustache se hérisse; il poitrine):
    Moi souffrir ?. . .Tu vas voir !

    DE GUICHE (auquel Cuigy a parlé à l'oreille):
    Votre carière abonde
    De beaux exploits, déjà.--Vous servez chez ces fous
    De Gascons, n'est-ce pas ?

    CYRANO:
    Aux cadets, oui.

    UN CADET (d'une voix terrible):
    Chez nous !

    DE GUICHE (regardant les Gascons, rangés derrière Cyrano):
    Ah ! ah !. . .Tous ces messieurs à la mine hautaine,
    Ce sont donc les fameux ?. . .

    CARBON DE CASTEL-JALOUX:
    Cyrano !

    CYRANO:
    Capitaine ?

    CARBON:
    Puisque ma compagnie est, je crois, au complet,
    Veuillez la présenter au comte, s'il vous plaît.

    CYRANO (faisant deux pas vers De Guiche et montrant les cadets):
    Ce sont les cadets de Gascogne
    De Carbon de Castel-Jaloux !
    Bretteurs et menteurs sans vergogne,
    Ce sont les cadets de Gascogne !
    Parlant blason, lambel, bastogne,
    Tous plus nobles que des filous,
    Ce sont les cadets de Gascogne
    De Carbon de Castel-Jaloux:
    Œil d'aigle, jambe de cigogne,
    Moustache de chat, dents de loups,
    Fendant la canaille qui grogne,
    Œil d'aigle, jambe de cigogne,
    Ils vont,--coiffés d'un vieux vigogne
    Dont la plume cache les trous !--
    Œil d'aigle, jambe de cigogne,
    Moustache de chat, dents de loups !
    Perce-Bedaine et Casse-Trogne
    Sont leurs sobriquets les plus doux;
    De gloire, leur âme est ivrogne !
    Perce-Bedaine et Casse-Trogne,
    Dans tous les endroits où l'on cogne
    Ils se donnent des rendez-vous. . .
    Perce-Bedaine et Casse-Trogne
    Sont leurs sobriquets les plus doux !
    Voici les cadets de Gascogne
    Qui font cocus tous les jaloux !
    O femme, adorable carogne,
    Voici les cadets de Gascogne !
    Que le vieil époux se renfrogne:
    Sonnez, clairons ! chantez, coucous !
    Voici les cadets de Gascogne
    Qui font cocus tous les jaloux !

    DE GUICHE (nonchalamment assis dans un fauteuil que Ragueneau a vite
    apporté):
    Un poète est un luxe, aujourd'hui, qu'on se donne.
    --Voulez-vous être à moi ?

    CYRANO:
    Non, Monsieur, à personne.

    DE GUICHE:
    Votre verve amusa mon oncle Richelieu,
    Hier. Je veux vous servir auprès de lui.

    LE BRET (ébloui):
    Grand Dieu !

    DE GUICHE:
    Vous avez bien rimé cinq actes, j'imagine ?

    LE BRET (à l'oreille de Cyrano):
    Tu vas faire jouer, mon cher, ton Agrippine !

    DE GUICHE:
    Portez-les-lui.

    CYRANO (tenté et un peu charmé):
    Vraiment. . .

    DE GUICHE:
    Il est des plus experts.
    Il vous corrigera seulement quelques vers. . .

    CYRANO (dont le visage s'est immédiatement rembruni):
    Impossible, Monsieur; mon sang se coagule
    En pensant qu'on y peut changer une virgule.

    DE GUICHE:
    Mais quand un vers lui plaît, en revanche, mon cher,
    Il le paye très cher.

    CYRANO:
    Il le paye moins cher
    Que moi, lorsque j'ai fait un vers, et que je l'aime,
    Je me le paye, en me le chantant à moi-même !

    DE GUICHE:
    Vous êtes fier.

    CYRANO:
    Vraiment, vous l'avez remarqué ?

    UN CADET (entrant avec, enfilés à son épée, des chapeaux aux plumets
    miteux, aux coiffes trouées, défoncées):
    Regarde, Cyrano ! ce matin, sur le quai
    Le bizarre gibier à plumes que nous prîmes !
    Les feutres des fuyards !. . .

    CARBON:
    Des dépouilles opimes !

    TOUT LE MONDE (riant):
    Ah ! Ah ! Ah !

    CUIGY:
    Celui qui posta ces gueux, ma foi,
    Doit rager aujourd'hui.

    BRISSAILLE:
    Sait-on qui c'est ?

    DE GUICHE:
    C'est moi.
    (Les rires s'arrêtent):
    Je les avais chargés de châtier,--besogne
    Qu'on ne fait pas soi-même,--un rimailleur ivrogne.
    (Silence gêné.)

    LE CADET (à mi-voix, à Cyrano, lui montrant les feutres):
    Que faut-il qu'on en fasse ? Ils sont gras. . .Un salmis ?

    CYRANO (prenant l'épée où ils sont enfilés, et les faisant, dans un
    salut, tous glisser aux pieds de De Guiche):
    Monsieur, si vous voulez les rendre à vos amis ?

    DE GUICHE (se levant et d'une voix brève):
    Ma chaise et mes porteurs, tout de suite: je monte.
    (A Cyrano, violemment):
    Vous, Monsieur !. . .

    UNE VOIX (dans la rue, criant):
    Les porteurs de monseigneur le comte
    De Guiche !

    DE GUICHE (qui s'est dominé, avec un sourire):
    . . .Avez-vous lu Don Quichot ?

    CYRANO:
    Je l'ai lu.
    Et me découvre au nom de cet hurluberlu.

    DE GUICHE:
    Veuillez donc méditer alors. . .

    UN PORTEUR (paraissant au fond):
    Voici la chaise.

    DE GUICHE:
    Sur le chapitre des moulins !

    CYRANO (saluant):
    Chapitre treize.

    DE GUICHE:
    Car, lorsqu'on les attaque, il arrive souvent. . .

    CYRANO:
    J'attaque donc des gens qui tournent à tout vent ?

    DE GUICHE:
    Qu'un moulinet de leurs grands bras chargés de toiles
    Vous lance dans la boue !. . .

    CYRANO:
    Ou bien dans les étoiles !
    (De Guiche sort. On le voit remonter en chaise. Les seigneurs
    s'éloignent en chuchotant. Le Bret les réaccompagne. La foule sort.)

    Scène 2.VIII.

    Cyrano, Le Bret, les cadets, qui se sont attablés à droite et à gauche
    et auxquels on sert à boire et à manger.

    CYRANO (saluant d'un air goguenard ceux qui sortent sans oser le saluer):
    Messieurs. . .Messieurs. . .Messieurs. . .

    LE BRET (désolé, redescendant, les bras au ciel):
    Ah ! dans quels jolis draps.

    CYRANO:
    Oh ! toi ! tu vas grogner !

    LE BRET:
    Enfin, tu conviendras
    Qu'assassiner toujours la chance passagère,
    Devient exagéré.

    CYRANO:
    Hé bien oui, j'exagère !

    LE BRET (triomphant):
    Ah !

    CYRANO:
    Mais pour le principe, et pour l'exemple aussi,
    Je trouve qu'il est bon d'exagérer ainsi.

    LE BRET:
    Si tu laissais un peu ton âme mousquetaire,
    La fortune et la gloire. . .

    CYRANO:
    Et que faudrait-il faire ?
    Chercher un protecteur puissant, prendre un patron,
    Et comme un lierre obscur qui circonvient un tronc
    Et s'en fait un tuteur en lui léchant l'écorce,
    Grimper par ruse au lieu de s'élever par force ?
    Non, merci. Dédier, comme tous il le font,
    Des vers aux financiers ? se changer en bouffon
    Dans l'espoir vil de voir, aux lèvres d'un ministre,
    Naître un sourire, enfin, qui ne soit pas sinistre ?
    Non, merci. Déjeuner, chaque jour, d'un crapaud ?
    Avoir un ventre usé par la marche ? une peau
    Qui plus vite, à l'endroit des genoux, devient sale ?
    Exécuter des tours de souplesse dorsale ?. . .
    Non, merci. D'une main flatter la chèvre au cou
    Cependant que, de l'autre, on arrose le chou,
    Et, donneur de séné par désir de rhubarbe,
    Avoir son encensoir, toujours, dans quelque barbe ?
    Non, merci ! Se pousser de giron en giron,
    Devenir un petit grand homme dans un rond,
    Et naviguer, avec des madrigaux pour rames,
    Et dans ses voiles des soupirs de vieilles dames ?
    Non, merci ! Chez le bon éditeur de Sercy
    Faire éditer ses vers en payant ? Non, merci !
    S'aller faire nommer pape par les conciles
    Que dans des cabarets tiennent des imbéciles ?
    Non, merci ! Travailler à se construire un nom
    Sur un sonnet, au lieu d'en faire d'autres ? Non,
    Merci ! Ne découvrir du talent qu'aux mazettes ?
    Être terrorisé par de vagues gazettes,
    Et se dire sans cesse: "Oh, pourvu que je sois
    Dans les petits papiers du Mercure François ?". . .
    Non, merci ! Calculer, avoir peur, être blême,
    Aimer mieux faire une visite qu'un poème,
    Rédiger des placets, se faire présenter ?
    Non, merci ! non, merci ! non, merci ! Mais. . .chanter,
    Rêver, rire, passer, être seul, être libre,
    Avoir l'œil qui regarde bien, la voix qui vibre,
    Mettre, quand il vous plaît, son feutre de travers,
    Pour un oui, pour un non, se battre,--ou faire un vers !
    Travailler sans souci de gloire ou de fortune,
    A tel voyage, auquel on pense, dans la lune !
    N'écrire jamais rien qui de soi ne sortît,
    Et modeste d'ailleurs, se dire: mon petit,
    Soit satisfait des fleurs, des fruits, même des feuilles,
    Si c'est dans ton jardin à toi que tu les cueilles !
    Puis, s'il advient d'un peu triompher, par hasard,
    Ne pas être obligé d'en rien rendre à César,
    Vis-à-vis de soi-même en garder le mérite,
    Bref, dédaignant d'être le lierre parasite,
    Lors même qu'on n'est pas le chêne ou le tilleul,
    Ne pas monter bien haut, peut-être, mais tout seul !

    LE BRET:
    Tout seul, soit ! Mais non pas contre tous ! Comment diable
    As-tu donc contracté la manie effroyable
    De te faire toujours, partout, des ennemis ?

    CYRANO:
    A force de vous voir vous faire des amis,
    Et rire à ces amis dont vous avez des foules,
    D'une bouche empruntée au derrière des poules !
    J'aime raréfier sur mes pas les saluts,
    Et m'écrie avec joie: un ennemi de plus !

    LE BRET:
    Quelle aberration !

    CYRANO:
    Eh bien, oui, c'est mon vice.
    Déplaire est mon plaisir. J'aime qu'on me haïsse.
    Mon cher, si tu savais comme l'on marche mieux
    Sous la pistolétade excitante des yeux !
    Comme, sur les pourpoints, font d'amusantes taches
    Le fiel des envieux et la bave des lâches !
    --Vous, la molle amitié dont vous vous entourez,
    Ressemble à ces grands cols d'Italie, ajourés
    Et flottants, dans lesquels votre cou s'effémine:
    On y est plus à l'aise. . .et de moins haute mine,
    Car le front n'ayant pas de maintien ni de loi,
    S'abandonne à pencher dans tous les sens. Mais moi,
    La Haine, chaque jour, me tuyaute et m'apprête
    La fraise dont l'empois force à lever la tête;
    Chaque ennemi de plus est un nouveau godron
    Qui m'ajoute une gêne, et m'ajoute un rayon:
    Car, pareille en tous points à la fraise espagnole,
    La Haine est un carcan, mais c'est une auréole !

    LE BRET (après un silence, passant son bras sous le sien):
    Fais tout haut l'orgueilleux et l'amer, mais, tout bas
    Dis-moi tout simplement qu'elle ne t'aime pas !

    CYRANO (vivement):
    Tais-toi !
    (Depuis un moment, Christian est entré, s'est mêlé aux cadets; ceux-ci
    ne lui adressent pas la parole; il a fini par s'asseoir seul à une
    petite table, où Lise le sert.)

    Scène 2.IX.

    Cyrano, Le Bret, les cadets, Christian de Neuvillette.

    UN CADET (assis à une table du fond, le verre en main):
    Hé ! Cyrano !
    (Cyrano se retourne):
    Le récit ?

    CYRANO:
    Tout à l'heure !
    (Il remonte au bras de Le Bret. Ils causent bas.)

    LE CADET (se levant, et descendant):
    Le récit du combat ! Ce sera la meilleure
    Leçon
    (Il s'arrête devant la table où est Christian):
    pour ce timide apprentif !

    CHRISTIAN (levant la tête):
    Apprentif ?

    UN AUTRE CADET:
    Oui, septentrional maladif !

    CHRISTIAN:
    Maladif ?

    PREMIER CADET (goguenard):
    Monsieur de Neuvillette, apprenez quelque chose:
    C'est qu'il est un objet, chez nous, dont on ne cause
    Pas plus que de cordon dans l'hôtel d'un pendu !

    CHRISTIAN:
    Qu'est-ce ?

    UN AUTRE CADET (d'une voix terrible):
    Regardez-moi !
    (Il pose trois fois, mystérieusement, son doigt sur son nez):
    M'avez-vous entendu ?

    CHRISTIAN:
    Ah ! c'est le. . .

    UN AUTRE:
    Chut !. . .jamais ce mot ne se profère !
    (Il montre Cyrano qui cause au fond avec Le Bret.)
    Ou c'est à lui, là-bas, que l'on aurait affaire !

    UN AUTRE (qui, pendant qu'il était tourné vers les premiers, est venu
    sans bruit s'asseoir sur la table, dans son dos):
    Deux nasillards par lui furent exterminés
    Parce qu'il lui déplut qu'ils parlassent du nez !

    UN AUTRE (d'une voix caverneuse,--surgissant de sous la table où il
    s'est glissé à quatre pattes):
    On ne peut faire, sans défuncter avant l'âge,
    La moindre allusion au fatal cartilage !

    UN AUTRE (lui posant la main sur l'épaule):
    Un mot suffit ! Que dis-je, un mot ? Un geste, un seul !
    Et tirer son mouchoir, c'est tirer son linceul !
    (Silence. Tous autour de lui, les bras croisés, le regardent. Il se
    lève et va à Carbon de Castel-Jaloux qui, causant avec un officier, a
    l'air de ne rien voir.)

    CHRISTIAN:
    Capitaine !

    CARBON (se retournant et le toisant):
    Monsieur ?

    CHRISTIAN:
    Que fait-on quand on trouve
    Des Méridionaux trop vantards ?. . .

    CARBON:
    On leur prouve
    Qu'on peut être du Nord, et courageux.
    (Il lui tourne le dos.)

    CHRISTIAN:
    Merci.

    PREMIER CADET (à Cyrano):
    Maintenant, ton récit !

    TOUS:
    Son récit !

    CYRANO (redescendant vers eux):
    Mon récit ?. . .
    (Tous rapprochent leurs escabeaux, se groupent autour de lui, tendent
    le col. Christian s'est mis à cheval sur une chaise):
    Eh bien ! donc je marchais tout seul, à leur rencontre.
    La lune, dans le ciel, luisait comme une montre,
    Quand soudain, je ne sais quel soigneux horloger
    S'étant mis à passer un coton nuager
    Sur le boîtier d'argent de cette montre ronde,
    Il se fit une nuit la plus noire du monde,
    Et les quais n'étant pas du tout illuminés,
    Mordious ! on n'y voyait pas plus loin. . .

    CHRISTIAN:
    Que son nez.
    (Silence. Tous le monde se lève lentement. On regarde Cyrano avec
    terreur. Celui-ci s'est interrompu, stupéfait. Attente.)

    CYRANO:
    Qu'est-ce que c'est que cet homme-là ?

    UN CADET (à mi-voix):
    C'est un homme
    Arrivé ce matin.

    CYRANO (faisant un pas vers Christian):
    Ce matin ?

    CARBON (à mi-voix):
    Il se nomme
    Le baron de Neuvil. . .

    CYRANO (vivement, s'arrêtant):
    Ah ! C'est bien. . .
    (Il pâlit, rougit, a encore un mouvement pour se jeter sur Christian):
    Je. . .
    (Puis, il se domine, et dit d'une voix sourde):
    Très bien. . .
    (Il reprend):
    Je disais donc. . .
    (Avec un éclat de rage dans la voix):
    Mordious !. . .
    (Il continue d'un ton naturel):
    que l'on n'y voyait rien.
    (Stupeur. On se rassied en se regardant):
    Et je marchais, songeant que pour un gueux fort mince
    J'allais mécontenter quelque grand, quelque prince,
    Qui m'aurait sûrement. . .

    CHRISTIAN:
    Dans le nez !. . .
    (Tout le monde se lève. Christian se balance sur sa chaise.)

    CYRANO (d'une voix étranglée):
    Une dent,--
    Qui m'aurait une dent. . .et qu'en somme, imprudent,
    J'allais fourrer. . .

    CHRISTIAN:
    Le nez. . .

    CYRANO:
    Le doigt. . .entre l'écorce
    Et l'arbre, car ce grand pouvait être de force
    À me faire donner. . .'

    CHRISTIAN:
    Sur le nez. . .

    CYRANO (essuyant la sueur à son front):
    Sur les doigts.
    --Mais j'ajoutai: Marche, Gascon, fais ce que dois !
    Va, Cyrano ! Et ce disant, je me hasarde,
    Quand, dans l'ombre, quelqu'un me porte. . .

    CHRISTIAN:
    Une nasarde.

    CYRANO:
    Je la pare, et soudain me trouve. . .

    CHRISTIAN:
    Nez à nez. . .

    CYRANO (bondissant vers lui):
    Ventre-Saint-Gris !
    (Tous les Gascons se précipitent pour voir, arrivé sur Christian,
    il se maîtrise et continue):
    avec cent braillards avinés
    Qui puaient. . .

    CHRISTIAN:
    À plein nez. . .

    CYRANO (blême et souriant):
    L'oignon et la litharge !
    Je bondis, front baissé. . .

    CHRISTIAN:
    Nez au vent !

    CYRANO:
    et je charge !
    J'en estomaque deux ! J'en empale un tout vif !
    Quelqu'un m'ajuste: Paf ! et je riposte. . .

    CHRISTIAN:
    Pif !

    CYRANO (éclatant):
    Tonnerre ! Sortez tous !
    (Tous les cadets se précipitent vers les portes.)

    PREMIER CADET:
    C'est le réveil du tigre !

    CYRANO:
    Tous ! Et laissez-moi seul avec cet homme !

    DEUXIÈME CADET:
    Bigre !
    On va le retrouver en hachis !

    RAGUENEAU:
    En hachis ?

    UN AUTRE CADET:
    Dans un de vos pâtés !

    RAGUENEAU:
    Je sens que je blanchis,
    Et que je m'amollis comme une serviette !

    CARBON:
    Sortons !

    UN AUTRE:
    Il n'en va pas laisser une miette !

    UN AUTRE:
    Ce qui va se passer ici, j'en meurs d'effroi !

    UN AUTRE (refermant la porte de droite):
    Quelque chose d'épouvantable !
    (Ils sont tous sortis,--soit par le fond, soit par les
    côtés,--quelques-uns ont disparu par l'escalier. Cyrano et Christian
    restent face à face, et se regardent un moment.)

    Scène 2.X.

    Cyrano, Christian.

    CYRANO:
    Embrasse-moi !

    CHRISTIAN:
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Brave.

    CHRISTIAN:
    Ah ça ! mais !. . .

    CYRANO:
    Très brave. Je préfère.

    CHRISTIAN:
    Me direz-vous ?. . .

    CYRANO:
    Embrasse-moi. Je suis son frère.

    CHRISTIAN:
    De qui ?

    CYRANO:
    Mais d'elle !

    CHRISTIAN:
    Hein ?. . .

    CYRANO:
    Mais de Roxane !

    CHRISTIAN (courant à lui):
    Ciel !
    Vous, son frère ?

    CYRANO:
    Ou tout comme: un cousin fraternel.

    CHRISTIAN:
    Elle vous a ?. . .

    CYRANO:
    Tout dit !

    CHRISTIAN:
    M'aime-t-elle ?

    CYRANO:
    Peut-être !

    CHRISTIAN (lui prenant les mains):
    Comme je suis heureux, Monsieur, de vous connaître !

    CYRANO:
    Voilà ce qui s'appelle un sentiment soudain.

    CHRISTIAN:
    Pardonnez-moi. . .

    CYRANO (le regardant, et lui mettant la main sur l'épaule):
    C'est vrai qu'il est beau, le gredin !

    CHRISTIAN:
    Si vous saviez, Monsieur, comme je vous admire !

    CYRANO:
    Mais tous ces nez que vous m'avez. . .

    CHRISTIAN:
    Je les retire !

    CYRANO:
    Roxane attend ce soir une lettre. . .

    CHRISTIAN:
    Hélas !

    CYRANO:
    Quoi ?

    CHRISTIAN:
    C'est me perdre que de cesser de rester coi !

    CYRANO:
    Comment ?

    CHRISTIAN:
    Las ! je suis sot à m'en tuer de honte !

    CYRANO:
    Mais non, tu ne l'es pas, puisque tu t'en rends compte.
    D'ailleurs, tu ne m'as pas attaqué comme un sot.

    CHRISTIAN:
    Bah ! on trouve des mots quand on monte à l'assaut !
    Oui, j'ai certain esprit facile et militaire,
    Mais je ne sais, devant les femmes, que me taire.
    Oh ! leurs yeux, quand je passe, ont pour moi des bontés. . .

    CYRANO:
    Leurs cœurs n'en ont-ils plus quand vous vous arrêtez ?

    CHRISTIAN:
    Non ! car je suis de ceux,--je le sais. . .et je tremble !--
    Qui ne savent parler d'amour.

    CYRANO:
    Tiens !. . .Il me semble
    Que si l'on eût pris soin de me mieux modeler,
    J'aurais été de ceux qui savent en parler.

    CHRISTIAN:
    Oh ! pouvoir exprimer les choses avec grâce !

    CYRANO:
    Être un joli petit mousquetaire qui passe !

    CHRISTIAN:
    Roxane est précieuse et sûrement je vais
    Désillusionner Roxane !

    CYRANO (regardant Christian):
    Si j'avais
    Pour exprime mon âme un pareil interprète !

    CHRISTIAN (avec désespoir):
    Il me faudrait de l'éloquence !

    CYRANO (brusquement):
    Je t'en prête !
    Toi, du charme physique et vainqueur, prête-m'en:
    Et faisons à nous deux un héros de roman !

    CHRISTIAN:
    Quoi ?

    CYRANO:
    Te sens-tu de force à répéter les choses
    Que chaque jour je t'apprendrai ?. . .

    CHRISTIAN:
    Tu me proposes ?. . .

    CYRANO:
    Roxane n'aura pas de désillusions !
    Dis, veux-tu qu'à nous deux nous la séduisions ?
    Veux-tu sentir passer, de mon pourpoint de buffle
    Dans ton pourpoint brodé, l'âme que je t'insuffle !. . .

    CHRISTIAN:
    Mais, Cyrano !. . .

    CYRANO:
    Christian, veux-tu ?

    CHRISTIAN:
    Tu me fais peur !

    CYRANO:
    Puisque tu crains, tout seul, de refroidir son cœur,
    Veux-tu que nous fassions--et bientôt tu l'embrases !--
    Collaborer un peu tes lèvres et mes phrases ?. . .

    CHRISTIAN:
    Tes yeux brillent !. . .

    CYRANO:
    Veux-tu ?

    CHRISTIAN:
    Quoi ! cela te ferait
    Tant de plaisir ?. . .

    CYRANO (avec enivrement):
    Cela. . .
    (Se reprenant, et en artiste):
    Cela m'amuserait !
    C'est une expérience à tenter un poète.
    Veux-tu me compléter et que je te complète ?
    Tu marcheras, j'irai dans l'ombre à ton côté:
    Je serai ton esprit, tu seras ma beauté.

    CHRISTIAN:
    Mais la lettre qu'il faut, au plus tôt, lui remettre !
    Je ne pourrai jamais. . .

    CYRANO (sortant de son pourpoint la lettre qu'il a écrite):
    Tiens, la voilà, ta lettre !

    CHRISTIAN:
    Comment ?

    CYRANO:
    Hormis l'adresse, il n'y manque plus rien.

    CHRISTIAN:
    Je. . .

    CYRANO:
    Tu peux l'envoyer. Sois tranquille. Elle est bien.

    CHRISTIAN:
    Vous aviez ?. . .

    CYRANO:
    Nous avons toujours, nous, dans nos poches,
    Des épîtres à des Chloris. . .de nos caboches,
    Car nous sommes ceux-là qui pour amante n'ont
    Que du rêve soufflé dans la bulle d'un nom !. . .
    Prends, et tu changeras en vérités ces feintes;
    Je lançais au hasard ces aveux et ces plaintes:
    Tu verras se poser tous ces oiseaux errants.
    Tu verras que je fus dans cette lettre--prends !--
    D'autant plus éloquent que j'étais moins sincère !
    --Prends donc, et finissons !

    CHRISTIAN:
    N'est-il pas nécessaire
    De changer quelques mots ? Écrite en divaguant,
    Ira-t-elle à Roxane ?

    CYRANO:
    Elle ira comme un gant !

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    CYRANO:
    La crédulité de l'amour-propre est telle,
    Que Roxane croira que c'est écrit pour elle !

    CHRISTIAN:
    Ah ! mon ami !
    (Il se jette dans les bras de Cyrano. Ils restent embrassés.)

    Scène 2.XI.

    Cyrano, Christian, les Gascons, le mousquetaire, Lise.

    UN CADET (entr'ouvrant la porte):
    Plus rien. . .Un silence de mort. . .
    Je n'ose regarder. . .
    (Il passe la tête):
    Hein ?

    TOUS LES CADETS (entrant et voyant Cyrano et Christian qui s'embrassent):
    Ah !. . .Oh !. . .

    UN CADET:
    C'est trop fort !
    (Consternation.)

    LE MOUSQUETAIRE (goguenard):
    Ouais ?. . .

    CARBON:
    Notre démon est doux comme un apôtre !
    Quand sur une narine on le frappe,--il tend l'autre !

    LE MOUSQUETAIRE:
    On peut donc lui parler de son nez, maintenant ?. . .
    (Appelant Lise, d'un air triomphant):
    --Eh ! Lise ! Tu vas voir !
    (Humant l'air avec affectation):
    Oh !. . .oh !. . .c'est surprenant !
    Quelle odeur !. . .
    (Allant à Cyrano, dont il regarde le nez avec impertinence):
    Mais monsieur doit l'avoir reniflée ?
    Qu'est-ce que cela sent ici ?. . .

    CYRANO (le souffletant):
    La giroflée !
    (Joie. Les cadets ont retrouvé Cyrano: ils font des culbutes.)

    Rideau.

    Acte III.

    Le Baiser de Roxane.

    Une petite place dans l'ancien Marais. Vieille maisons. Perspectives
    de ruelles. À droite, la maison de Roxane et le mur de son jardin que
    débordent de larges feuillages. Au-dessus de la porte, fenêtre et
    balcon. Un banc devant le seuil.

    Du lierre grimpe au mur, du jasmin enguirlande le balcon, frissonne et
    retombe.

    Par le banc et les pierres en saillie du mur, on peut facilement grimper
    au balcon.

    En face, une ancienne maison de même style, brique et pierre, avec une
    porte d'entrée. Le heurtoir de cette porte est emmailloté de linge comme
    un pouce malade.

    Au lever du rideau, la duègne est assise sur le banc. La fenêtre est
    grande ouverte sur le balcon de Roxane.

    Près de la duègne se tient debout Ragueneau, vêtu d'une sorte de livrée:
    il termine un récit, en s'essuyant les yeux.

    Scène 3.I.

    Ragueneau, la duègne, puis Roxane, Cyrano, et deux pages.

    RAGUENEAU:
    . . .Et puis, elle est partie avec un mousquetaire !
    Seul, ruiné, je me pends. J'avais quitté la terre.
    Monsieur de Bergerac entre, et, me dépendant,
    Me vient à sa cousine offrir comme intendant.

    LA DUÈGNE:
    Mais comment expliquer cette ruine où vous êtes ?

    RAGUENEAU:
    Lise aimait les guerriers, et j'aimais les poètes !
    Mars mangeait les gâteaux qui laissait Apollon:
    --Alors, vous comprenez, cela ne fut pas long !

    LA DUÈGNE (se levant et appelant vers la fenêtre ouverte):
    Roxane, êtes-vous prête ?. . .On nous attend !

    LA VOIX DE ROXANE (par la fenêtre):
    Je passe
    Une mante !

    LA DUÈGNE (à Ragueneau, lui montrant la porte d'en face):
    C'est là qu'on nous attend, en face.
    Chez Clomire. Elle tient bureau, dans son réduit.
    On y lit un discours sur le Tendre, aujourd'hui.

    RAGUENEAU:
    Sur le Tendre ?

    LA DUÈGNE (minaudant):
    Mais oui !. . .
    (Criant vers la fenêtre):
    Roxane, il faut descendre,
    Ou nous allons manquer le discours sur le Tendre !

    LA VOIX DE ROXANE:
    Je viens !
    (On entend un bruit d'instruments à cordes qui se rapproche.)

    LA VOIX DE CYRANO (chantant dans la coulisse):
    La ! la ! la ! la !

    LA DUÈGNE (surprise):
    On nous joue un morceau ?

    CYRANO (suivi de deux pages porteurs de théorbes):
    Je vous dis que la croche est triple, triple sot !

    PREMIER PAGE (ironique):
    Vous savez donc, Monsieur, si les croches sont triples ?

    CYRANO:
    Je suis musicien, comme tous les disciples
    De Gassendi !

    LE PAGE (jouant et chantant):
    La ! la !

    CYRANO (lui arrachant le théorbe et continuant la phrase musicale):
    Je peux continuer !. . .
    La ! la ! la ! la !

    ROXANE (paraissant sur le balcon):
    C'est vous ?

    CYRANO (chantant sur l'air qu'il continue):
    Moi qui viens saluer
    Vos lys, et présenter mes respects à vos ro. . .ses !

    ROXANE:
    Je descends !
    (Elle quitte le balcon.)

    LA DUÈGNE (montrant les pages):
    Qu'est-ce donc que ces deux virtuoses ?

    CYRANO:
    C'est un pari que j'ai gagné sur d'Assoucy.
    Nous discutions un point de grammaire.--Non !--Si !--
    Quand soudain me montrant ces deux grands escogriffes
    Habiles à gratter les cordes de leurs griffes,
    Et dont il fait toujours son escorte, il me dit:
    "Je te parie un jour de musique !" Il perdit.
    Jusqu'à ce que Phœbus recommence son orbe,
    J'ai donc sur mes talons ces joueurs de théorbe,
    De tout ce que je fais harmonieux témoins !. . .
    Ce fut d'abord charmant, et ce l'est déjà moins.
    (Aux musiciens):
    Hep !. . .Allez de ma part jouer une pavane
    A Montfleury !. . .
    (Les pages remontent pour sortir.--A la duègne):
    Je viens demander à Roxane
    Ainsi que chaque soir. . .
    (Aux pages qui sortent):
    Jouez longtemps,--et faux !
    (A la duègne):
    . . .Si l'ami de son âme est toujours sans défauts ?

    ROXANE (sortant de la maison):
    Ah ! qu'il est beau, qu'il a d'esprit, et que je l'aime !

    CYRANO (souriant):
    Christian a tant d'esprit ?. . .

    ROXANE:
    Mon cher, plus que vous-même !

    CYRANO:
    J'y consens.

    ROXANE:
    Il ne peut exister à mon goût
    Plus fin diseur de ces jolis riens qui sont tout.
    Parfois il est distrait, ses Muses sont absentes;
    Puis, tout à coup, il dit des choses ravissantes !

    CYRANO (incrédule):
    Non ?

    ROXANE:
    C'est trop fort ! Voilà comme les hommes sont:
    Il n'aura pas d'esprit puisqu'il est beau garçon !

    CYRANO:
    Il sait parler du cœur d'une façon experte ?

    ROXANE:
    Mais il n'en parle pas, Monsieur, il en disserte !

    CYRANO:
    Il écrit ?

    ROXANE:
    Mieux encor ! Écoutez donc un peu:
    (Déclamant):
    Plus tu me prends de cœur, plus j'en ai !. . .
    (Triomphante, à Cyrano):
    Hé ! bien ?

    CYRANO:
    Peuh !. . .

    ROXANE:
    Et ceci: Pour souffrir, puisqu'il m'en faut un autre,
    Si vous gardez mon cœur, envoyez-moi le vôtre !

    CYRANO:
    Tantôt il en a trop et tantôt pas assez.
    Qu'est-ce au juste qu'il veut, de cœur ?. . .

    ROXANE (frappant du pied):
    Vous m'agacez !
    C'est la jalousie. . .

    CYRANO (tressaillant):
    Hein !. . .

    ROXANE:
    . . .d'auteur qui vous dévore !
    --Et ceci, n'est-il pas du dernier tendre encore ?
    Croyez que devers vous mon cœur ne fait qu'un cri,
    Et que si les baisers s'envoyaient par écrit,
    Madame, vous liriez ma lettre avec les lèvres !. . .

    CYRANO (souriant malgré lui de satisfaction):
    Ha ! ha ! ces lignes-là sont. . .hé ! hé !
    (Se reprenant et avec dédain):
    mais bien mièvres !

    ROXANE:
    Et ceci. . .

    CYRANO (ravi):
    Vous savez donc ses lettres par cœur ?

    ROXANE:
    Toutes !

    CYRANO (frisant sa moustache):
    Il n'y a pas à dire: c'est flatteur !

    ROXANE:
    C'est un maître !

    CYRANO (modeste):
    Oh !. . .un maître !. . .

    ROXANE (péremptoire):
    Un maître !. . .

    CYRANO (saluant):
    Soit !. . .un maître !

    LA DUÈGNE (qui était remontée, redescendant vivement):
    Monsieur de Guiche !
    (A Cyrano, le poussant vers la maison):
    Entrez !. . .car il vaut mieux, peut-être,
    Qu'il ne vous trouve pas ici; cela pourrait
    Le mettre sur la piste. . .

    ROXANE (à Cyrano):
    Oui, de mon cher secret !
    Il m'aime, il est puissant, il ne faut pas qu'il sache !
    Il peut dans mes amours donner un coup de hache !

    CYRANO (entrant dans la maison):
    Bien ! bien ! bien !
    (De Guiche paraît.)

    Scène 3.II.

    Roxane, De Guiche, la duègne, à l'écart.

    ROXANE (à De Guiche, lui faisant une révérence):
    Je sortais.

    DE GUICHE:
    Je viens prendre congé.

    ROXANE:
    Vous partez ?

    DE GUICHE:
    Pour la guerre.

    ROXANE:
    Ah !

    DE GUICHE:
    Ce soir même.

    ROXANE:
    Ah !

    DE GUICHE:
    J'ai
    Des ordres. On assiège Arras.

    ROXANE:
    Ah. . .on assiège ?. . .

    DE GUICHE:
    Oui. . .Mon départ a l'air de vous laisser de neige.

    ROXANE (poliment):
    Oh !. . .

    DE GUICHE:
    Moi, je suis navré. Vous reverrai-je ?. . .Quand ?
    --Vous savez que je suis nommé mestre de camp ?

    ROXANE (indifférente):
    Bravo.

    DE GUICHE:
    Du régiment des gardes.

    ROXANE (saisie):
    Ah ? des gardes ?

    DE GUICHE:
    Où sert votre cousin, l'homme aux phrases vantardes.
    Je saurai me venger de lui, là-bas.

    ROXANE (suffoquée):
    Comment !
    Les gardes vont là-bas ?

    DE GUICHE (riant):
    Tiens ! c'est mon régiment !

    ROXANE (tombant assise sur le banc,--à part):
    Christian !

    DE GUICHE:
    Qu'avez-vous ?

    ROXANE (toute émue):
    Ce. . .départ. . .me désespère !
    Quand on tient à quelqu'un, le savoir à la guerre !

    DE GUICHE (surpris et charmé):
    Pour la première fois me dire un mot si doux,
    Le jour de mon départ !

    ROXANE (changeant de ton et s'éventant):
    Alors,--vous allez vous
    Venger de mon cousin ?. . .

    DE GUICHE (souriant):
    On est pour lui ?

    ROXANE:
    Non,--contre !

    DE GUICHE:
    Vous le voyez ?

    ROXANE:
    Très peu.

    DE GUICHE:
    Partout on le rencontre
    Avec un des cadets. . .
    (Il cherche le nom):
    ce Neu. . .villen. . .viller. . .

    ROXANE:
    Un grand ?

    DE GUICHE:
    Blond.

    ROXANE:
    Roux.

    DE GUICHE:
    Beau !. . .

    ROXANE:
    Peuh !

    DE GUICHE:
    Mais bête.

    ROXANE:
    Il en a l'air !
    (Changeant de tone):
    . . .Votre vengeance envers Cyrano ?--c'est peut-être
    De l'exposer au feu, qu'il adore ?. . .Elle est piètre !
    Je sais bien, moi, ce qui lui serait sanglant !

    DE GUICHE:
    C'est ?. . .

    ROXANE:
    Mais, si le régiment, en partant, le laissait
    Avec ses chers cadets, pendant toute la guerre,
    A Paris, bras croisés !. . .C'est la seule manière,
    Un homme comme lui, de le faire enrager:
    Vous voulez le punir ? privez-le de danger.

    DE GUICHE:
    Une femme ! une femme ! il n'y a qu'une femme
    Pour inventer ce tour !

    ROXANE:
    Il se rongera l'âme,
    Et ses amis les poings, de n'être pas au feu:
    Et vous serez vengé !

    DE GUICHE (se rapprochant):
    Vous m'aimez donc un peu ?
    (Elle sourit):
    Je veux voir dans ce fait d'épouser ma rancune
    Une preuve d'amour, Roxane !. . .

    ROXANE:
    C'en est une.

    DE GUICHE (montrant plusieurs plis cachetés):
    J'ai les ordres sur moi qui vont être transmis
    A chaque compagnie, a l'instant même, hormis. . .
    (Il en détache un):
    Celui-ci ! C'est celui des cadets.
    (Il le met dans sa poche):
    Je le garde.
    (Riant):
    Ah ! ah ! ah ! Cyrano !. . .Son humeur bataillarde !. . .
    --Vous jouez donc des tours aux gens, vous ?. . .

    ROXANE (le regardant):
    Quelquefois.

    DE GUICHE (tout près d'elle):
    Vous m'affolez ! Ce soir--écoutez--oui, je dois
    Être parti. Mais fuir quand je vous sens émue !. . .
    Écoutez. Il y a, près d'ici, dans la rue
    D'Orléans, un couvent fondé par le syndic
    Des capucins, le Père Athanase. Un laïc
    N'y peut entrer. Mais les bons Pères, je m'en charge !. . .
    Il peuvent me cacher dans leur manche: elle est large.
    --Ce sont les capucins qui servent Richelieu
    Chez lui; redoutant l'oncle, ils craignent le neveu.
    --On me croira parti. Je viendrai sous le masque.
    Laissez-moi retarder d'un jour, chère fantasque !. . .

    ROXANE (vivement):
    Mais si cela s'apprend, votre gloire. . .

    DE GUICHE:
    Bah !

    ROXANE:
    Mais
    Le siège, Arras. . .

    DE GUICHE:
    Tant pis ! Permettez !

    ROXANE:
    Non !

    DE GUICHE:
    Permets !

    ROXANE (tendrement):
    Je dois vous le défendre !

    DE GUICHE:
    Ah !

    ROXANE:
    Partez !
    (A part):
    Christian reste.
    (Haut):
    Je vous veux héroïque,--Antoine !

    DE GUICHE:
    Mot céleste !
    Vous aimez donc celui ?. . .

    ROXANE:
    Pour lequel j'ai frémi.

    DE GUICHE (transporté de joie):
    Ah ! je pars !
    (Il lui baise la main):
    Êtes-vous contente ?

    ROXANE:
    Oui, mon ami !
    (Il sort.)

    LA DUÈGNE (lui faisant dans le dos une révérence comique):
    Oui, mon ami !

    ROXANE (à la duègne):
    Taisons ce que je viens de faire:
    Cyrano m'en voudrait de lui voler sa guerre !
    (Elle appelle vers la maison):
    Cousin !

    Scène 3.III.

    Roxane, la duègne, Cyrano.

    ROXANE:
    Nous allons chez Clomire.
    (Elle désigne la porte d'en face):
    Alcandre y doit
    Parler, et Lysimon !

    LA DUÈGNE (mettant son petit doigt dans son oreille):
    Oui ! mais mon petit doigt
    Dit qu'on va les manquer !

    CYRANO (à Roxane):
    Ne manquez pas ces singes.
    (Ils sont arrivés devant la porte de Clomire.)

    LA DUÈGNE (avec ravissement):
    Oh, voyez ! le heurtoir est entouré de linges !. . .
    (Au heurtoir):
    On vous a baillonné pour que votre métal
    Ne troublât pas les beaux discours,--petit brutal !
    (Elle le soulève avec des soins infinis et frappe doucement.)

    ROXANE (voyant qu'on ouvre):
    Entrons !. . .
    (Du seuil, à Cyrano):
    Si Christian vient, comme je le présume,
    Qu'il m'attende !

    CYRANO (vivement, comme elle va disparaître):
    Ah !. . .
    (Elle se retourne):
    Sur quoi, selon votre coutume,
    Comptez-vous aujourd'hui l'interroger !

    ROXANE:
    Sur. . .

    CYRANO (vivement):
    Sur ?

    ROXANE:
    Mais vous serez muet, là-dessus !

    CYRANO:
    Comme un mur.

    ROXANE:
    Sur rien !. . .Je vais lui dire: Allez ! Partez sans bride !
    Improvisez. Parlez d'amour. Soyez splendide !

    CYRANO (souriant):
    Bon.

    ROXANE:
    Chut !. . .

    CYRANO:
    Chut !. . .

    ROXANE:
    Pas un mot !. . .
    (Elle rentre et referme la porte.)

    CYRANO (la saluant, la porte une fois fermée):
    En vous remerciant.
    (La porte se rouvre et Roxane passe la tête.)

    ROXANE:
    Il se préparerait !. . .

    CYRANO:
    Diable, non !. . .

    TOUS LES DEUX (ensemble):
    Chut !. . .
    (La porte se ferme.)

    CYRANO (appelant):
    Christian !

    Scène 3.IV.

    Cyrano, Christian.

    CYRANO:
    Je sais tout ce qu'il faut. Prépare ta mémoire.
    Voici l'occasion de se couvrir de gloire.
    Ne perdons pas de temps. Ne prends pas l'air grognon.
    Vite, rentrons chez toi, je vais t'apprendre. . .

    CHRISTIAN:
    Non !

    CYRANO:
    Hein ?

    CHRISTIAN:
    Non ! J'attends Roxane ici.

    CYRANO:
    De quel vertige
    Es-tu frappé ? Viens vite apprendre. . .

    CHRISTIAN:
    Non, te dis-je !
    Je suis las d'emprunter mes lettres, mes discours,
    Et de jouer ce rôle, et de trembler toujours !. . .
    C'était bon au début ! Mais je sens qu'elle m'aime !
    Merci. Je n'ai plus peur. Je vais parler moi-même.

    CYRANO:
    Ouais !

    CHRISTIAN:
    Et qui te dit que je ne saurais pas ?. . .
    Je ne suis pas si bête à la fin ! Tu verras !
    Mais, mon cher, tes leçons m'ont été profitables.
    Je saurai parler seul ! Et, de par tous les diables,
    Je saurai bien toujours la prendre dans mes bras !. . .
    (Apercevant Roxane, qui ressort de chez Clomire):
    --C'est elle ! Cyrano, non, ne me quitte pas !

    CYRANO (le saluant):
    Parlez tout seul, Monsieur.
    (Il disparaît derrière le mur du jardin.)

    Scène 3.V.

    Christian, Roxane, quelques précieux et précieuses, et la duègne,
    un instant.

    ROXANE (sortant de la maison de Clomire avec une compagnie qu'elle
    quitte: révérences et saluts):
    Barthénoïde !--Alcandre !--Grémione !. . .

    LA DUÈGNE (désespérée):
    On a manqué le discours sur le Tendre !
    (Elle rentre chez Roxane.)

    ROXANE (saluant encore):
    Urimédonte !. . .Adieu !. . .
    (Tous saluent Roxane, se resaluent entre eux, se séparent et
    s'éloignent par différentes rues. Roxane voit Christian):
    C'est vous !. . .
    (Elle va à lui):
    Le soir descend.
    Attendez. Ils sont loin. L'air est doux. Nul passant.
    Asseyons-nous. Parlez. J'écoute.

    CHRISTIAN (s'assied près d'elle, sur le banc. Un silence):
    Je vous aime.

    ROXANE (fermant les yeux):
    Oui, parlez-moi d'amour.

    CHRISTIAN:
    Je t'aime.

    ROXANE:
    C'est le thème.
    Brodez, brodez.

    CHRISTIAN:
    Je vous. . .

    ROXANE:
    Brodez !

    CHRISTIAN:
    Je t'aime tant.

    ROXANE:
    Sans doute ! Et puis ?

    CHRISTIAN:
    Et puis. . .je serais si content
    Si vous m'aimiez !--Dis-moi, Roxane, que tu m'aimes !

    ROXANE (avec une moue):
    Vous m'offrez du brouet quand j'espérais des crèmes !
    Dites un peu comment vous m'aimez ?. . .

    CHRISTIAN:
    Mais. . .beaucoup.

    ROXANE:
    Oh !. . .Délabyrinthez vos sentiments !

    CHRISTIAN (qui s'est rapproché et dévore des yeux la nuque blonde):
    Ton cou !
    Je voudrais l'embrasser !. . .

    ROXANE:
    Christian !

    CHRISTIAN:
    Je t'aime !

    ROXANE (voulant se lever):
    Encore !

    CHRISTIAN (vivement, la retenant):
    Non ! je ne t'aime pas !

    ROXANE (se rasseyant):
    C'est heureux !

    CHRISTIAN:
    Je t'adore !

    ROXANE (se levant et s'éloignant):
    Oh !

    CHRISTIAN:
    Oui. . .je deviens sot !

    ROXANE (sèchement):
    Et cela me déplaît !
    Comme il me déplairait que vous devinssiez laid.

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    ROXANE:
    Allez rassembler votre éloquence en fuite !

    CHRISTIAN:
    Je. . .

    ROXANE:
    Vous m'aimez, je sais. Adieu.
    (Elle va vers la maison.)

    CHRISTIAN:
    Pas tout de suite !
    Je vous dirai. . .

    ROXANE (poussant la porte pour rentrer):
    Que vous m'adorez. . .oui, je sais.
    Non ! Non ! Allez-vous-en !

    CHRISTIAN:
    Mais je. . .
    (Elle lui ferme la porte au nez.)

    CYRANO (qui depuis un moment est rentré sans être vu):
    C'est un succès.

    Scène 3.VI.

    Christian, Cyrano, les pages, un instant.

    CHRISTIAN:
    Au secours !

    CYRANO:
    Non monsieur.

    CHRISTIAN:
    Je meurs si je ne rentre
    En grâce, à l'instant même. . .

    CYRANO:
    Et comment puis-je, diantre !
    Vous faire à l'instant même, apprendre ?. . .

    CHRISTIAN (lui saisissant le bras):
    Oh ! là, tiens, vois !
    (La fenêtre du balcon s'est éclairée):

    CYRANO (ému):
    Sa fenêtre !

    CHRISTIAN (criant):
    Je vais mourir !

    CYRANO:
    Baissez la voix !

    CHRISTIAN (tout bas):
    Mourir !. . .

    CYRANO:
    La nuit est noire. . .

    CHRISTIAN:
    Eh ! bien ?

    CYRANO:
    C'est réparable.
    Vous ne méritez pas. . .Mets-toi là, misérable !
    Là, devant le balcon ! Je me mettrai dessous. . .
    Et je te soufflerai tes mots.

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Taisez-vous !

    LES PAGES (reparaissant au fond, à Cyrano):
    Hep !

    CYRANO:
    Chut !. . .
    (Il leur fait signe de parler bas.)

    PREMIER PAGE (à mi-voix):
    Nous venons de donner la sérénade
    A Montfleury !. . .

    CYRANO (bas, vite):
    Allez-vous mettre en embuscade
    L'un à ce coin de rue, et l'autre à celui-ci;
    Et si quelque passant gênant vient par ici,
    Jouez un air !

    DEUXIÈME PAGE:
    Quel air, monsieur le gassendiste ?

    CYRANO:
    Joyeux pour une femme, et pour un homme, triste !
    (Les pages disparaissent, un à chaque coin de rue.--A Christian):
    Appelle-la !

    CHRISTIAN:
    Roxane !

    CYRANO (ramassant des cailloux qu'il jette dans les vitres):
    Attends ! Quelques cailloux.

    Scène VII.

    Roxane, Christian, Cyrano, d'abord caché sous le balcon.

    ROXANE (entr'ouvrant sa fenêtre):
    Qui donc m'appelle ?

    CHRISTIAN:
    Moi.

    ROXANE:
    Qui, moi ?

    CHRISTIAN:
    Christian.

    ROXANE (avec dédain):
    C'est vous ?

    CHRISTIAN:
    Je voudrais vous parler.

    CYRANO (sous le balcon, à Christian):
    Bien. Bien. Presque à voix basse.

    ROXANE:
    Non ! Vous parlez trop mal. Allez-vous-en !

    CHRISTIAN:
    De grâce !. . .

    ROXANE:
    Non ! Vous ne m'aimez plus !

    CHRISTIAN (à qui Cyrano souffle ses mots):
    M'accuser,--justes dieux !--
    De n'aimer plus. . .quand. . .j'aime plus !

    ROXANE (qui allait refermer sa fenêtre, s'arrêtant):
    Tiens ! mais c'est mieux !

    CHRISTIAN (même jeu):
    L'amour grandit bercé dans mon âme inquiète. . .
    Que ce. . .cruel marmot prit pour. . .barcelonnette !

    ROXANE (s'avançant sur le balcon):
    C'est mieux !--Mais, puisqu'il est cruel, vous fûtes sot
    De ne pas, cet amour, l'étouffer au berceau !

    CHRISTIAN (même jeu):
    Aussi l'ai-je tenté, mais. . .tentative nulle:
    Ce. . .nouveau-né, Madame, est un petit. . .Hercule.

    ROXANE:
    C'est mieux !

    CHRISTIAN (même jeu):
    De sorte qu'il. . .strangula comme rien. . .
    Les deux serpents. . .Orgueil et. . .Doute.

    ROXANE (s'accoudant au balcon):
    Ah ! c'est très bien.
    --Mais pourquoi parlez-vous de façon peu hâtive ?
    Auriez-vous donc la goutte à l'imaginative ?

    CYRANO (tirant Christian sous le balcon, et se glissant à sa place):
    Chut ! Cela devient trop difficile !. . .

    ROXANE:
    Aujourd'hui. . .
    Vos mots sont hésitants. Pourquoi ?

    CYRANO (parlant à mi-voix, comme Christian):
    C'est qu'il fait nuit,
    Dans cette ombre, à tâtons, ils cherchent votre oreille.

    ROXANE:
    Les miens n'éprouvent pas difficulté pareille.

    CYRANO:
    Ils trouvent tout de suite ? Oh ! cela va de soi,
    Puisque c'est dans mon cœur, eux, que je les reçois;
    Or, moi, j'ai le cœur grand, vous, l'oreille petite.
    D'ailleurs vos mots à vous, descendent: ils vont vite.
    Les miens montent, Madame: il leur faut plus de temps !

    ROXANE:
    Mais ils montent bien mieux depuis quelques instants.

    CYRANO:
    De cette gymnastique, ils ont pris l'habitude !

    ROXANE:
    Je vous parle, en effet, d'une vraie altitude !

    CYRANO:
    Certe, et vous me tueriez si de cette hauteur
    Vous me laissiez tomber un mot dur sur le cœur !

    ROXANE (avec un mouvement):
    Je descends.

    CYRANO (vivement)
    Non !

    ROXANE (lui montrant le banc qui est sous le balcon):
    Grimpez sur le banc, alors, vite !

    CYRANO (reculant avec effroi dans la nuit):
    Non !

    ROXANE:
    Comment. . .non ?

    CYRANO (que l'émotion gagne de plus en plus):
    Laissez un peu que l'on profite. . .
    De cette occasion qui s'offre. . .de pouvoir
    Se parler doucement, sans se voir.

    ROXANE:
    Sans se voir ?

    CYRANO:
    Mais oui, c'est adorable. On se devine à peine.
    Vous voyez la noirceur d'un long manteau qui traîne,
    J'aperçois la blancheur d'une robe d'été:
    Moi je ne suis qu'une ombre, et vous qu'une clarté !
    Vous ignorez pour moi ce que sont ces minutes !
    Si quelquefois je fus éloquent. . .

    ROXANE:
    Vous le fûtes !

    CYRANO:
    Mon langage jamais jusqu'ici n'est sorti
    De mon vrai cœur. . .

    ROXANE:
    Pourquoi ?

    CYRANO:
    Parce que. . .jusqu'ici
    Je parlais à travers. . .

    ROXANE:
    Quoi ?

    CYRANO:
    . . .le vertige où tremble
    Quiconque est sous vos yeux !. . .Mais, ce soir, il me semble. . .
    Que je vais vous parler pour la première fois !

    ROXANE:
    C'est vrai que vous avez une tout autre voix.

    CYRANO (se rapprochant avec fièvre):
    Oui, tout autre, car dans la nuit qui me protège
    J'ose être enfin moi-même, et j'ose. . .
    (Il s'arrête et avec égarement):
    Où en étais-je ?
    Je ne sais. . .tout ceci,--pardonnez mon émoi,--
    C'est si délicieux,. . .c'est si nouveau pour moi !

    ROXANE:
    Si nouveau ?

    CYRANO (bouleversé, et essayant toujours de rattraper ses mots):
    Si nouveau. . .mais oui. . .d'être sincère:
    La peur d'être raillé, toujours au cœur me serre. . .

    ROXANE:
    Raillé de quoi ?

    CYRANO:
    Mais de. . .d'un élan !. . .Oui, mon cœur
    Toujours, de mon esprit s'habille, par pudeur:
    Je pars pour décrocher l'étoile, et je m'arrête
    Par peur du ridicule, à cueillir la fleurette !

    ROXANE:
    La fleurette a du bon.

    CYRANO:
    Ce soir, dédaignons-la !

    ROXANE:
    Vous ne m'aviez jamais parlé comme cela !

    CYRANO:
    Ah ! si loin des carquois, des torches et des flèches,
    On se sauvait un peu vers des choses. . .plus fraîches !
    Au lieu de boire goutte à goutte, en un mignon
    Dé à coudre d'or fin, l'eau fade du Lignon,
    Si l'on tentait de voir comment l'âme s'abreuve
    En buvant largement à même le grand fleuve !

    ROXANE:
    Mais l'esprit ?. . .

    CYRANO:
    J'en ai fait pour vous faire rester
    D'abord, mais maintenant ce serait insulter
    Cette nuit, ces parfums, cette heure, la Nature,
    Que de parler comme un billet doux de Voiture !
    --Laissons, d'un seul regard de ses astres, le ciel
    Nous désarmer de tout notre artificiel:
    Je crains tant que parmi notre alchimie exquise
    Le vrai du sentiment ne se volatilise,
    Que l'âme ne se vide à ces passe-temps vains,
    Et que le fin du fin ne soit la fin des fins !

    ROXANE:
    Mais l'esprit ?. . .

    CYRANO:
    Je le hais dans l'amour ! C'est un crime
    Lorsqu'on aime de trop prolonger cette escrime !
    Le moment vient d'ailleurs inévitablement,
    --Et je plains ceux pour qui ne vient pas ce moment !--
    Où nous sentons qu'en nous une amour noble existe
    Que chaque joli mot que nous disons rend triste !

    ROXANE:
    Eh bien ! si ce moment est venu pour nous deux,
    Quels mots me direz-vous ?

    CYRANO:
    Tous ceux, tous ceux, tous ceux
    Qui me viendront, je vais vous les jeter, en touffe,
    Sans les mettre en bouquet: je vous aime, j'étouffe,
    Je t'aime, je suis fou, je n'en peux plus, c'est trop;
    Ton nom est dans mon cœur comme dans un grelot,
    Et comme tout le temps, Roxane, je frissonne,
    Tout le temps, le grelot s'agite, et le nom sonne !
    De toi, je me souviens de tout, j'ai tout aimé:
    Je sais que l'an dernier, un jour, le douze mai,
    Pour sortir le matin tu changeas de coiffure !
    J'ai tellement pris pour clarté ta chevelure
    Que, comme lorsqu'on a trop fixé le soleil,
    On voit sur toute chose ensuite un rond vermeil,
    Sur tout, quand j'ai quitté les feux dont tu m'inondes,
    Mon regard ébloui pose des taches blondes !

    ROXANE (d'une voix troublée):
    Oui, c'est bien de l'amour. . .

    CYRANO:
    Certes, ce sentiment
    Qui m'envahit, terrible et jaloux, c'est vraiment
    De l'amour, il en a toute la fureur triste !
    De l'amour,--et pourtant il n'est pas égoïste !
    Ah ! que pour ton bonheur je donnerais le mien,
    Quand même tu devrais n'en savoir jamais rien,
    S'il se pouvait, parfois, que de loin, j'entendisse
    Rire un peu le bonheur né de mon sacrifice !
    --Chaque regard de toi suscite une vertu
    Nouvelle, une vaillance en moi ! Commences-tu
    À comprendre, à présent ? voyons, te rends-tu compte ?
    Sens-tu mon âme, un peu, dans cette ombre, qui monte ?. . .
    Oh ! mais vraiment, ce soir, c'est trop beau, c'est trop doux !
    Je vous dis tout cela, vous m'écoutez, moi, vous !
    C'est trop ! Dans mon espoir même le moins modeste,
    Je n'ai jamais espéré tant ! Il ne me reste
    Qu'à mourir maintenant ! C'est à cause des mots
    Que je dis qu'elle tremble entre les bleus rameaux !
    Car vous tremblez, comme une feuille entre les feuilles !
    Car tu trembles ! car j'ai senti, que tu le veuilles
    Ou non, le tremblement adoré de ta main
    Descendre tout le long des branches du jasmin !
    (Il baise éperdument l'extrémité d'une branche pendante.)

    ROXANE:
    Oui, je tremble, et je pleure, et je t'aime, et suis tienne !
    Et tu m'as enivrée !

    CYRANO:
    Alors, que la mort vienne !
    Cette ivresse, c'est moi, moi, qui l'ai su causer !
    Je ne demande plus qu'une chose. . .

    CHRISTIAN (sous le balcon):
    Un baiser !

    ROXANE (se rejetant en arrière):
    Hein ?

    CYRANO:
    Oh !

    ROXANE:
    Vous demandez ?

    CYRANO:
    Oui. . .je. . .
    (A Christian bas):
    Tu vas trop vite.

    CHRISTIAN:
    Puisqu'elle est si troublée, il faut que j'en profite !

    CYRANO (à Roxane):
    Oui, je. . .j'ai demandé, c'est vrai. . .mais justes cieux !
    Je comprends que je fus bien trop audacieux.

    ROXANE (un peu déçue):
    Vous n'insistez pas plus que cela ?

    CYRANO:
    Si ! j'insiste. . .
    Sans insister !. . .Oui, oui ! votre pudeur s'attriste !
    Eh bien ! mais, ce baiser. . .ne me l'accordez pas !

    CHRISTIAN (à Cyrano, le tirant par son manteau):
    Pourquoi ?

    CYRANO:
    Tais-toi, Christian !

    ROXANE (se penchant):
    Que dites-vous tout bas ?

    CYRANO:
    Mais d'être allé trop loin, moi-même je me gronde;
    Je me disais: tais toi, Christian !. . .
    (Les théorbes se mettent à jouer):
    Une seconde !. . .
    On vient !
    (Roxane referme la fenêtre. Cyrano écoute les théorbes, dont l'un joue
    un air folâtre et l'autre un air lugubre):
    Air triste ? Air gai ?. . .Quel est donc leur dessein ?
    Est-ce un homme ? Une femme ?--Ah ! c'est un capucin !
    (Entre un capucin qui va de maison en maison, une lanterne à la main,
    regardant les portes.)

    Scène 3.VIII.

    Cyrano, Christian, un capucin.

    CYRANO (au capucin):
    Quel est ce jeu renouvelé de Diogène ?

    LE CAPUCIN:
    Je cherche la maison de madame. . .

    CHRISTIAN:
    Il nous gêne !

    LE CAPUCIN:
    Magdeleine Robin. . .

    CHRISTIAN:
    Que veut-il ?. . .

    CYRANO (lui montrant une rue montante):
    Par ici !
    Tout droit,--toujours tout droit. . .

    LE CAPUCIN
    Je vais pour vous !--Merci
    Dire mon chapelet jusqu'au grain majuscule.
    (Il sort.)

    CYRANO:
    Bonne chance ! Mes vœux suivent votre cuculle !
    (Il redescend vers Christian.)

    Scène 3.IX.

    Cyrano, Christian.

    CHRISTIAN:
    Obtiens-moi ce baiser !. . .

    CYRANO:
    Non !

    CHRISTIAN:
    Tôt ou tard !. . .

    CYRANO:
    C'est vrai !
    Il viendra, ce moment de vertige enivré
    Où vos bouches iront l'une vers l'autre, à cause
    De ta moustache blonde et de sa lèvre rose !
    (A lui-même):
    J'aime mieux que ce soit à cause de. . .
    (Bruit des volets qui se rouvrent, Christian se cache sous le balcon.)

    Scène 3.X.

    Cyrano, Christian, Roxane.

    ROXANE (s'avançant sur le balcon):
    C'est vous ?
    Nous parlions de. . .de. . .d'un. . .

    CYRANO:
    Baiser ! Le mot est doux.
    Je ne vois pas pourquoi votre lèvre ne l'ose;
    S'il la brûle déjà, que sera-ce la chose ?
    Ne vous en faites pas un épouvantement:
    N'avez-vous pas tantôt, presque insensiblement,
    Quitté le badinage et glissé sans alarmes
    Du sourire au soupir, et du soupir aux larmes !
    Glissez encore un peu d'insensible façon:
    Des larmes au baiser il n'y a qu'un frisson !

    ROXANE:
    Taisez-vous !

    CYRANO:
    Un baiser, mais à tout prendre, qu'est-ce ?
    Un serment fait d'un peu plus près, une promesse
    Plus précise, un aveu qui veut se confirmer,
    Un point rose qu'on met sur l'i du verbe aimer;
    C'est un secret qui prend la bouche pour oreille,
    Un instant d'infini qui fait un bruit d'abeille,
    Une communion ayant un goût de fleur,
    Une façon d'un peu se respirer le cœur,
    Et d'un peu se goûter, au bord des lèvres, l'âme !

    ROXANE:
    Taisez-vous !

    CYRANO:
    Un baiser, c'est si noble, Madame,
    Que la reine de France, au plus heureux des lords,
    En a laissé prendre un, la reine même !

    ROXANE:
    Alors !

    CYRANO (s'exaltant):
    J'eus comme Buckingham des souffrances muettes,
    J'adore comme lui la reine que vous êtes,
    Comme lui je suis triste et fidèle. . .

    ROXANE:
    Et tu es
    Beau comme lui !

    CYRANO (à part, dégrisé):
    C'est vrai, je suis beau, j'oubliais !

    ROXANE:
    Eh bien ! montez cueillir cette fleur sans pareille. . .

    CYRANO (poussant Christian vers le balcon):
    Monte !

    ROXANE:
    Ce goût de cœur. . .

    CYRANO:
    Monte !

    ROXANE:
    Ce bruit d'abeille. . .

    CYRANO:
    Monte !

    CHRISTIAN (hésitant):
    Mais il me semble, à présent, que c'est mal !

    ROXANE:
    Cet instant d'infini !. . .

    CYRANO (le poussant):
    Monte donc, animal !
    (Christian s'élance, et par le banc, le feuillage, les piliers,
    atteint les balustres qu'il enjambe.)

    CHRISTIAN:
    Ah, Roxane !
    (Il l'enlace et se penche sur ses lèvres.)

    CYRANO:
    Aïe ! au cœur, quel pincement bizarre !
    --Baiser, festin d'amour dont je suis le Lazare !
    Il me vient dans cette ombre une miette de toi,--
    Mais oui, je sens un peu mon cœur qui te reçoit,
    Puisque sur cette lèvre où Roxane se leurre
    Elle baise les mots que j'ai dits tout à l'heure !
    (On entend les théorbes):
    Un air triste, un air gai: le capucin !
    (Il feint de courir comme s'il arrivait de loin, et d'une voix claire):
    Holà !

    ROXANE:
    Qu'est ce ?

    CYRANO:
    Moi. Je passais. . .Christian est encor là ?

    CHRISTIAN (très étonné):
    Tiens Cyrano !

    ROXANE:
    Bonjour, cousin !

    CYRANO:
    Bonjour, cousine !

    ROXANE:
    Je descends !
    (Elle disparaît dans la maison. Au fond rentre le capucin.)

    CHRISTIAN (l'apercevant):
    Oh ! encor !
    (Il suit Roxane.)

    Scène 3.XI.

    Cyrano, Christian, Roxane, le capucin, Ragueneau.

    LE CAPUCIN:
    C'est ici,--je m'obstine--
    Magdeleine Robin !

    CYRANO:
    Vous aviez dit: Ro-lin.

    LE CAPUCIN:
    Non: Bin. B, i, n, bin !

    ROXANE (paraissant sur le seuil de la maison, suivie de Ragueneau qui
    porte une lanterne, et de Christian):
    Qu'est-ce ?

    LE CAPUCIN:
    Une lettre.

    CHRISTIAN:
    Hein ?

    LE CAPUCIN (à Roxane):
    Oh ! il ne peut s'agir que d'une sainte chose !
    C'est un digne seigneur qui. . .

    ROXANE (à Christian):
    C'est De Guiche !

    CHRISTIAN:
    Il ose ?. . .

    ROXANE:
    Oh ! mais il ne va pas m'importuner toujours !
    (Décachetant la lettre):
    Je t'aime, et si. . .
    (A la lueur de la lanterne de Ragueneau, elle lit, à l'écart, à voix basse):
    Mademoiselle,
    Les tambours
    Battent; mon régiment boucle sa soubreveste;
    Il part; moi, l'on me croit déjà parti: je reste.
    Je vous désobéis. Je suis dans ce couvent.
    Je vais venir, et vous le mande auparavant
    Par un religieux simple comme une chèvre
    Qui ne peut rien comprendre à ceci. Votre lèvre
    M'a trop souri tantôt: j'ai voulu la revoir.
    Éloignez un chacun, et daignez recevoir
    L'audacieux déjà pardonné, je l'espère,
    Qui signe votre très. . .et caetera. . .
    (Au capucin):
    Mon Père,
    Voici ce que me dit cette lettre. Écoutez:
    (Tous se rapprochent, elle lit à haute voix):
    Mademoiselle,
    Il faut souscrire aux volontés
    Du cardinal, si dur que cela vous puisse être.
    C'est la raison pourquoi j'ai fait choix, pour remettre
    Ces lignes en vos mains charmantes, d'un très saint,
    D'un très intelligent et discret capucin;
    Nous voulons qu'il vous donne, et dans votre demeure,
    La bénédiction
    (Elle tourne la page):
    nuptiale sur l'heure.
    Christian doit en secret devenir votre époux;
    Je vous l'envoie. Il vous déplaît. Résignez-vous.
    Songez bien que le ciel bénira votre zèle,
    Et tenez pour tout assuré, Mademoiselle,
    Le respect de celui qui fut et qui sera
    Toujours votre très humble et très. . .et cætera.

    LE CAPUCIN (rayonnant):
    Digne seigneur !. . .Je l'avais dit. J'étais sans crainte !
    Il ne pouvait s'agir que d'une chose sainte !

    ROXANE (bas à Christian):
    N'est-ce pas que je lis très bien les lettres ?

    CHRISTIAN:
    Hum !

    ROXANE (haut, avec désespoir):
    Ah !. . .c'est affreux !

    LE CAPUCIN (qui a dirigé sur Cyrano la clarté de sa lanterne):
    C'est vous ?

    CHRISTIAN:
    C'est moi !

    LE CAPUCIN (tournant la lumière vers lui, et, comme si un doute lui
    venait, en voyant sa beauté):
    Mais. . .

    ROXANE (vivement):
    Post-scriptum:
    Donnez pour le couvent cent vingt pistoles.

    LE CAPUCIN:
    Digne,
    Digne seigneur !
    (A Roxane):
    Résignez-vous ?

    ROXANE (en martyre):
    Je me résigne !
    (Pendant que Ragueneau ouvre la porte au capucin que Christian invite
    à entrer, elle dit bas à Cyrano):
    Vous, retenez ici De Guiche ! Il va venir !
    Qu'il n'entre pas tant que. . .

    CYRANO:
    Compris !
    (Au capucin):
    Pour les bénir
    Il vous faut ?. . .

    LE CAPUCIN:
    Un quart d'heure.

    CYRANO (les poussant tous vers la maison):
    Allez ! moi, je demeure !

    ROXANE (à Christian):
    Viens !. . .
    (Ils entrent.)

    Scène XII.

    Cyrano, seul.

    CYRANO:
    Comment faire perdre à De Guiche un quart d'heure.
    (Il se précipite sur le banc, grimpe au mur, vers le balcon):
    Là !. . .Grimpons !. . .J'ai mon plan !. . .
    (Les théorbes se mettent à jouer une phrase lugubre):
    Ho ! c'est un homme !
    (Le trémolo devient sinistre):
    Ho ! ho !
    Cette fois, c'en est un !. . .
    (Il est sur le balcon, il rabaisse son feutre sur ses yeux, ôte son
    épée, se drape dans sa cape, puis se penche et regarde au dehors):
    Non, ce n'est pas trop haut !. . .
    (Il enjambe les balustres et attirant à lui la longue branche d'un des
    arbres qui débordent le mur du jardin, il s'y accroche des deux mains,
    prêt a se laisser tomber):
    Je vais légèrement troubler cette atmosphère !. . .

    Scène 3.XIII.

    Cyrano, De Guiche.

    DE GUICHE (qui entre, masqué, tâtonnant dans la nuit):
    Qu'est-ce que ce maudit capucin peut bien faire ?

    CYRANO:
    Diable ! Et ma voix ?. . .S'il la reconnaissait ?
    (Lâchant d'une main, il a l'air de tourner une invisible clef):
    Cric ! Crac !
    (Solennellement):
    Cyrano, reprenez l'accent de Bergerac !. . .

    DE GUICHE (regardant la maison):
    Oui, c'est là. J'y vois mal. Ce masque m'importune !
    (Il va pour entrer, Cyrano saute du balcon en se tenant à la branche,
    qui plie, et le dépose entre la porte et De Guiche; il feint de tomber
    lourdement, comme si c'était de très haut, et s'aplatit par terre, où
    il reste immobile, comme étourdi. De Guiche fait un bond en arrière):
    Hein ? quoi ?
    (Quand il lève les yeux, la branche s'est redressée; il ne voit que le
    ciel; il ne comprend pas):
    D'où tombe donc cet homme ?

    CYRANO (se mettant sur son séant, et avec l'accent de Gascogne):
    De la lune !

    DE GUICHE:
    De la ?. . .

    CYRANO (d'une voix de rêve):
    Quelle heure est-il ?

    DE GUICHE:
    N'a-t-il plus sa raison ?

    CYRANO:
    Quelle heure ? Quel pays ? Quel jour ? Quelle saison ?

    DE GUICHE:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Je suis étourdi !

    DE GUICHE:
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Comme une bombe
    Je tombe de la lune !

    DE GUICHE (impatienté):
    Ah ça ! Monsieur !

    CYRANO (se relevant, d'une voix terrible):
    J'en tombe !

    DE GUICHE (reculant):
    Soit ! soit ! vous en tombez !. . .c'est peut-être un dément !

    CYRANO (marchant sur lui):
    Et je n'en tombe pas métaphoriquement !. . .

    DE GUICHE:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Il y a cent ans, ou bien une minute,
    --J'ignore tout à fait ce que dura ma chute !--
    J'étais dans cette boule à couleur de safran !

    DE GUICHE (haussant les épaules):
    Oui. Laissez-moi passer !

    CYRANO (s'interposant):
    Où suis-je ? soyez franc !
    Ne me déguisez rien ! En quel lieu, dans quel site,
    Viens-je de choir, Monsieur, comme un aérolithe ?

    DE GUICHE:
    Morbleu !. . .

    CYRANO:
    Tout en cheyant je n'ai pu faire choix
    De mon point d'arrivée,--et j'ignore où je chois !
    Est-ce dans une lune ou bien dans une terre,
    Que vient de m'entraîner le poids de mon postère ?

    DE GUICHE:
    Mais je vous dis, Monsieur. . .

    CYRANO (avec un cri de terreur qui fait reculer de Guiche):
    Ha ! grand Dieu !. . .je crois voir
    Qu'on a dans ce pays le visage tout noir !

    DE GUICHE (portant la main à son visage):
    Comment ?

    CYRANO (avec une peur emphatique):
    Suis-je en Alger ? Êtes-vous indigène ?. . .

    DE GUICHE (qui a senti son masque):
    Ce masque !. . .

    CYRANO (feignant de se rassurer un peu):
    Je suis donc dans Venise, ou dans Gêne ?

    DE GUICHE (voulant passer):
    Une dame m'attend !. . .

    CYRANO (complètement rassuré):
    Je suis donc à Paris.

    DE GUICHE (souriant malgré lui):
    Le drôle est assez drôle !

    CYRANO:
    Ah ! vous riez ?

    DE GUICHE:
    Je ris,
    Mais veux passer !

    CYRANO (rayonnant):
    C'est à Paris que je retombe !
    (Tout à fait à son aise, riant, s'époussetant, saluant):
    J'arrive--excusez-moi !--par la dernière trombe.
    Je suis un peu couvert d'éther. J'ai voyagé !
    J'ai les yeux tout remplis de poudre d'astres. J'ai
    Aux éperons, encor, quelques poils de planète !
    (Cueillant quelque chose sur sa manche):
    Tenez, sur mon pourpoint, un cheveu de comète !. . .
    (Il souffle comme pour le faire envoler.)

    DE GUICHE (hors de lui):
    Monsieur !. . .

    CYRANO (au moment où il va passer, tend sa jambe comme pour y montrer
    quelque chose et l'arrête):
    Dans mon mollet je rapporte une dent
    De la Grande Ourse,--et comme, en frôlant le Trident,
    Je voulais éviter une de ses trois lances,
    Je suis allé tomber assis dans les Balances,--
    Dont l'aiguille, à présent, là-haut, marque mon poids !
    (Empêchant vivement de Guiche de passer et le prenant à un bouton du
    pourpoint):
    Si vous serriez mon nez, Monsieur, entre vos doigts,
    Il jaillirait du lait !

    DE GUICHE:
    Hein ? du lait ?. . .

    CYRANO:
    De la Voie
    Lactée !. . .

    DE GUICHE:
    Oh ! Par l'enfer !

    CYRANO:
    C'est le ciel qui m'envoie !
    (Se croisant les bras):
    Non ! croiriez-vous, je viens de le voir en tombant,
    Que Sirius, la nuit, s'affuble d'un turban ?
    (Confidentiel):
    L'autre Ourse est trop petite encor pour qu'elle morde !
    (Riant):
    J'ai traversé la Lyre en cassant une corde !
    (Superbe):
    Mais je compte en un livre écrire tout ceci,
    Et les étoiles d'or qu'en mon manteau roussi
    Je viens de rapporter à mes périls et risques,
    Quand on l'imprimera, serviront d'astérisques !

    DE GUICHE:
    A la parfin, je veux. . .

    CYRANO:
    Vous, je vous vois venir !

    DE GUICHE:
    Monsieur !

    CYRANO:
    Vous voudriez de ma bouche tenir
    Comment la lune est faite, et si quelqu'un habite
    Dans la rotondité de cette cucurbite ?

    DE GUICHE (criant):
    Mais non ! Je veux. . .

    CYRANO:
    Savoir comment j'y suis monté.
    Ce fut par un moyen que j'avais inventé.

    DE GUICHE (découragé):
    C'est un fou !

    CYRANO (dédaigneux):
    Je n'ai pas refait l'aigle stupide
    De Regiomontanus, ni le pigeon timide
    D'Archytas !. . .

    DE GUICHE:
    C'est un fou,--mais c'est un fou savant.

    CYRANO:
    Non, je n'imitai rien de ce qu'on fit avant !
    (De Guiche a réussi à passer et il marche vers la porte de Roxane.
    Cyrano le suit, prêt a l'empoigner):
    J'inventai six moyens de violer l'azur vierge !

    DE GUICHE (se retournant):
    Six ?

    CYRANO (avec volubilité):
    Je pouvais, mettant mon corps nu comme un cierge,
    La caparaçonner de fioles de cristal
    Toutes pleines des pleurs d'un ciel matutinal,
    Et ma personne, alors, au soleil exposée,
    L'astre l'aurait humée en humant la rosée !

    DE GUICHE (surpris et faisant un pas vers Cyrano):
    Tiens ! Oui, cela fait un !

    CYRANO (reculant pour l'entraîner de l'autre côté):
    Et je pouvais encor
    Faire engouffrer du vent, pour prendre mon essor,
    En raréfiant l'air dans un coffre de cèdre
    Par des miroirs ardents, mis en icosaèdre !

    DE GUICHE (fait encore un pas):
    Deux !

    CYRANO (reculant toujours):
    Ou bien, machiniste autant qu'artificier,
    Sur une sauterelle aux détentes d'acier,
    Me faire, par des feux successifs de salpêtre,
    Lancer dans les prés bleus où les astres vont paître !

    DE GUICHE (le suivant, sans s'en douter, et comptant sur ses doigts):
    Trois !

    CYRANO:
    Puisque la fumée a tendance à monter,
    En souffler dans un globe assez pour m'emporter !

    DE GUICHE (même jeu, de plus en plus étonné):
    Quatre !

    CYRANO:
    Puisque Phœbé, quand son arc est le moindre,
    Aime sucer, ô bœufs, votre moëlle. . .m'en oindre !

    DE GUICHE (stupéfait):
    Cinq !

    CYRANO (qui en parlant l'a amené jusqu'à l'autre côté de la place, près
    d'un banc):
    Enfin, me plaçant sur un plateau de fer,
    Prendre un morceau d'aimant et le lancer en l'air !
    Ça, c'est un bon moyen: le fer se précipite,
    Aussitôt que l'aimant s'envole, à sa poursuite;
    On relance l'aimant bien vite, et cadédis !
    On peut monter ainsi indéfiniment.

    DE GUICHE:
    Six !
    --Mais voilà six moyens excellents !. . .Quel système
    Choisîtes-vous des six, Monsieur ?

    CYRANO:
    Un septième !

    DE GUICHE:
    Par exemple ! Et lequel ?

    CYRANO:
    Je vous le donne en cent !. . .

    DE GUICHE:
    C'est que ce mâtin-là devient intéressant !

    CYRANO (faisant le bruit des vagues avec de grands gestes mystérieux):
    Houüh ! houüh !

    DE GUICHE:
    Eh bien !

    CYRANO:
    Vous devinez ?

    DE GUICHE:
    Non !

    CYRANO:
    La marée !. . .
    A l'heure où l'onde par la lune est attirée,
    Je me mis sur la sable--après un bain de mer--
    Et la tête partant la première, mon cher,
    --Car les cheveux, surtout, gardent l'eau dans leur frange !--
    Je m'enlevai dans l'air, droit, tout droit, comme un ange.
    Je montais, je montais doucement, sans efforts,
    Quand je sentis un choc !. . .Alors. . .

    DE GUICHE (entraîné par la curiosité, et s'asseyant sur le banc):
    Alors ?

    CYRANO:
    Alors. . .
    (Reprenant sa voix naturelle):
    Le quart d'heure est passé, Monsieur, je vous délivre:
    Le mariage est fait.

    DE GUICHE (se relevant d'un bond):
    Çà, voyons, je suis ivre !. . .
    Cette voix ?
    (La porte de la maison s'ouvre, des laquais paraissent portant des
    candélabres allumés. Lumière. Cyrano ôte son chapeau au bord abaissé):
    Et ce nez--Cyrano ?

    CYRANO (saluant):
    Cyrano.
    --Ils viennent à l'instant d'échanger leur anneau.

    DE GUICHE:
    Qui cela ?
    (Il se retourne.--Tableau. Derrière les laquais, Roxane et Christian
    se tiennent par la main. Le capucin les suit en souriant. Ragueneau
    élève aussi un flambeau. La duègne ferme la marche, ahurie, en petit
    saut de lit):
    Ciel !

    Scène 3.XIV.

    Les mêmes, Roxane, Christian, le capucin, Ragueneau, laquais, la duègne.

    DE GUICHE (à Roxane):
    Vous ?
    (Reconnaissant Christian avec stupeur):
    Lui ?
    (Saluant Roxane avec admiration):
    Vous êtes des plus fines !
    (A Cyrano):
    Mes compliments, Monsieur l'inventeur des machines:
    Votre récit eût fait s'arrêter au portail
    Du paradis, un saint ! Notez-en le détail,
    Car vraiment cela peut resservir dans un livre !

    CYRANO (s'inclinant):
    Monsieur, c'est un conseil que je m'engage à suivre.

    LE CAPUCIN (montrant les amants à De Guiche et hochant avec satisfaction
    sa grande barbe blanche):
    Un beau couple, mon fils, réuni là par vous !

    DE GUICHE (le regardant d'un œil glacé):
    Oui.
    (A Roxane):
    Veuillez dire adieu, Madame, à votre époux.

    ROXANE:
    Comment ?

    DE GUICHE (à Christian):
    Le régiment déjà se met en route.
    Joignez-le !

    ROXANE:
    Pour aller à la guerre ?

    DE GUICHE:
    Sans doute !

    ROXANE:
    Mais, Monsieur, les cadets n'y vont pas !

    DE GUICHE:
    Ils iront.
    (Tirant le papier qu'il avait mis dans sa poche):
    Voici l'ordre.
    (A Christian):
    Courez le porter, vous, baron.

    ROXANE (se jetant dans les bras de Christian):
    Christian !

    DE GUICHE (ricanant, à Cyrano):
    La nuit de noce est encore lointaine !

    CYRANO (à part):
    Dire qu'il croit me faire énormément de peine !

    CHRISTIAN (à Roxane):
    Oh ! tes lèvres encor !

    CYRANO:
    Allons, voyons, assez !

    CHRISTIAN (continuant à embrasser Roxane):
    C'est dur de la quitter. . .Tu ne sais pas. . .

    CYRANO (cherchant à l'entraîner):
    Je sais.
    (On entend au loin des tambours qui battent une marche.)

    DE GUICHE (qui est remonté au fond):
    Le régiment qui part !

    ROXANE (à Cyrano, en retenant Christian qu'il essaye toujours d'entraîner):
    Oh !. . .je vous le confie !
    Promettez-moi que rien ne va mettre sa vie
    En danger !

    CYRANO:
    J'essaierai. . .mais ne peux cependant
    Promettre. . .

    ROXANE (même jeu):
    Promettez qu'il sera très prudent !

    CYRANO:
    Oui, je tâcherai, mais. . .

    ROXANE (même jeu):
    Qu'à ce siège terrible
    Il n'aura jamais froid !

    CYRANO:
    Je ferai mon possible.
    Mais. . .

    ROXANE (même jeu):
    Qu'il sera fidèle !

    CYRANO:
    Eh oui ! sans doute, mais. . .

    ROXANE (même jeu):
    Qu'il m'écrira souvent !

    CYRANO (s'arrêtant):
    Ça,--je vous le promets !

    Rideau.

    Acte IV.

    Les Cadets de Gascogne.

    Le poste qu'occupe la compagnie de Carbon de Castel-Jaloux au siège
    d'Arras.

    Au fond, talus traversant toute la scène. Au delà s'aperçoit un horizon
    de plaine: le pays couvert de travaux de siège. Les murs d'Arras et la
    silhouette de ses toits sur le ciel, très loin.

    Tentes; armes éparses; tambours, etc.--Le jour va se lever. Jaune
    Orient.--Sentinelles espacées. Feux.

    Roulés dans leurs manteaux, les Cadets de Gascogne dorment. Carbon de
    Castel-Jaloux et Le Bret veillent. Ils sont très pâles et très maigris.
    Christian dort, parmi les autres, dans sa cape, au premier plan, le
    visage éclairé par un feu. Silence.

    Scène 4.I.

    Christian, Carbon de Castel-Jaloux, Le Bret, les cadets, puis Cyrano.

    LE BRET:
    C'est affreux !

    CARBON:
    Oui. Plus rien.

    LE BRET:
    Mordious !

    CARBON (lui faisant signe de parler plus bas):
    Jure en sourdine !
    Tu vas les réveiller.
    (Aux cadets):
    Chut ! Dormez !
    (A Le Bret):
    Qui dort dîne !

    LE BRET:
    Quand on a l'insomnie on trouve que c'est peu !
    Quelle famine !
    (On entend au loin quelques coups de feu.)

    CARBON:
    Ah ! maugrébis des coups de feu !. . .
    Ils vont me réveiller mes enfants !
    (Aux cadets qui lèvent la tête):
    Dormez !
    (On se recouche. Nouveaux coups de feu plus rapprochés.)

    UN CADET (s'agitant):
    Diantre !
    Encore ?

    CARBON:
    Ce n'est rien ! C'est Cyrano qui rentre !
    (Les têtes qui s'étaient relevées se recouchent.)

    UNE SENTINELLE (au dehors):
    Ventrebieu ! qui va là ?

    LA VOIX DE CYRANO:
    Bergerac !

    LA SENTINELLE (qui est sur le talus):
    Ventrebieu !
    Qui va là ?

    CYRANO (paraissant sur la crête):
    Bergerac, imbécile !
    (Il descend. Le Bret va au-devant de lui, inquiet):

    LE BRET:
    Ah ! grand Dieu !

    CYRANO (lui faisant signe de ne réveiller personne):
    Chut !

    LE BRET:
    Blessé ?

    CYRANO:
    Tu sais bien qu'ils ont pris l'habitude
    De me manquer tous les matins !

    LE BRET:
    C'est un peu rude,
    Pour porter une lettre, à chaque jour levant,
    De risquer !

    CYRANO (s'arrêtant devant Christian):
    J'ai promis qu'il écrirait souvent !
    (Il le regarde):
    Il dort. Il est pâli. Si la pauvre petite
    Savait qu'il meurt de faim. . .Mais toujours beau !

    LE BRET:
    Va vite
    Dormir !

    CYRANO:
    Ne grogne pas, Le Bret !. . .Sache ceci:
    Pour traverser les rangs espagnols, j'ai choisi
    Un endroit où je sais, chaque nuit, qu'ils sont ivres.

    LE BRET:
    Tu devrais bien un jour nous rapporter des vivres.

    CYRANO:
    Il faut être léger pour passer !--Mais je sais
    Qu'il y aura ce soir du nouveau. Les Français
    Mangeront ou mourront,--si j'ai bien vu. . .

    LE BRET:
    Raconte !

    CYRANO:
    Non. Je ne suis pas sûr. . .vous verrez !

    CARBON:
    Quelle honte,
    Lorsqu'on est assiégeant, d'être affamé !

    LE BRET:
    Hélas !
    Rien de plus compliqué que ce siège d'Arras:
    Nous assiégeons Arras,--nous-mêmes, pris au piège,
    Le cardinal infant d'Espagne nous assiège. . .

    CYRANO:
    Quelqu'un devrait venir l'assiéger à son tour.

    LE BRET:
    Je ne ris pas.

    CYRANO:
    Oh ! oh !

    LE BRET:
    Penser que chaque jour
    Vous risquez une vie, ingrat, comme la vôtre,
    Pour porter. . .
    (Le voyant qui se dirige vers une tente):
    Où vas-tu ?

    CYRANO:
    J'en vais écrire une autre.
    (Il soulève la toile et disparaît.)

    Scène 4.II.

    Les mêmes, moins Cyrano.

    (Le jour s'est un peu levé. Lueurs roses. La ville d' Arras se dore à
    l'horizon. On entend un coup de canon immédiatement suivi d'une
    batterie de tambours, très au loin, vers la gauche. D'autres tambours
    battent plus près. Les batteries vont se répondant, et se rapprochant,
    éclatent presque en scène et s'éloignent vers la droite, parcourant le
    camp. Rumeurs de réveil. Voix lointaines d'officiers.)

    CARBON (avec un soupir):
    La diane !. . .Hélas !
    (Les cadets s'agitent dans leurs manteaux, s'étirent):
    Sommeil succulent, tu prends fin !. . .
    Je sais trop quel sera leur premier cri !

    UN CADET (se mettant sur son séant):
    J'ai faim !

    UN AUTRE:
    Je meurs !

    TOUS:
    Oh !

    CARBON:
    Levez-vous !

    TROISIÈME CADET:
    Plus un pas !

    QUATRIÈME CADET:
    Plus un geste !

    LE PREMIER (se regardant dans un morceau de cuirasse):
    Ma langue est jaune: l'air du temps est indigeste !

    UN AUTRE:
    Mon tortil de baron pour un peu de Chester !

    UN AUTRE:
    Moi, si l'on ne veut pas fournir à mon gaster
    De quoi m'élaborer une pinte de chyle,
    Je me retire sous ma tente--comme Achille !

    UN AUTRE:
    Oui, du pain !

    CARBON (allant à la tente où est entré Cyrano, à mi-voix):
    Cyrano !

    D'AUTRES:
    Nous mourons !

    CARBON (toujours à mi-voix, à la porte de la tente):
    Au secours !
    Toi qui sais si gaiement leur répliquer toujours,
    Viens les ragaillardir !

    DEUXIÈME CADET (se précipitant vers le premier qui mâchonne quelque chose):
    Qu'est-ce que tu grignotes !

    LE PREMIER:
    De l'étoupe à canon que dans les bourguignotes
    On fait frire en la graisse à graisser les moyeux,
    Les environs d'Arras sont très peu giboyeux !

    UN AUTRE (entrant):
    Moi, je viens de chasser !

    UN AUTRE (même jeu):
    J'ai pêché, dans la Scarpe !

    TOUS (debout, se ruant sur les deux nouveaux venus):
    Quoi !--Que rapportez-vous ?--Un faisan ?--Une carpe ?--
    Vite, vite, montrez !

    LE PÊCHEUR:
    Un goujon !

    LE CHASSEUR:
    Un moineau !

    TOUS (exaspérés):
    Assez !--Révoltons-nous !

    CARBON:
    Au secours, Cyrano !
    (Il fait maintenant tout à fait jour.)

    Scène 4.III.

    Les mêmes, Cyrano.

    CYRANO (sortant de sa tente, tranquille, une plume à l'oreille, un livre
    à la main):
    Hein ?
    (Silence. Au premier cadet):
    Pourquoi t'en vas-tu, toi, de ce pas qui traîne ?

    LE CADET:
    J'ai quelque chose, dans les talons, qui me gêne !. . .

    CYRANO:
    Et quoi donc ?

    LE CADET:
    L'estomac !

    CYRANO:
    Moi de même, pardi !

    LE CADET:
    Cela doit te gêner ?

    CYRANO:
    Non, cela me grandit.

    DEUXIÈME CADET:
    J'ai les dents longues !

    CYRANO:
    Tu n'en mordras que plus large.

    UN TROISIÈME:
    Mon ventre sonne creux !

    CYRANO:
    Nous y battrons la charge.

    UN AUTRE:
    Dans les oreilles, moi, j'ai des bourdonnements.

    CYRANO:
    Non, non; ventre affamé, pas d'oreilles: tu mens !

    UN AUTRE:
    Oh ! manger quelque chose,--à l'huile !

    CYRANO (le décoiffant et lui mettant son casque dans la main):
    Ta salade.

    UN AUTRE:
    Qu'est-ce qu'on pourrait bien dévorer ?

    CYRANO (lui jetant le livre qu'il tient à la main):
    L'Iliade.

    UN AUTRE:
    Le ministre, à Paris, fait ses quatre repas !

    CYRANO:
    Il devrait t'envoyer du perdreau ?

    LE MÊME:
    Pourquoi pas ?
    Et du vin !

    CYRANO:
    Richelieu, du Bourgogne, if you please ?

    LE MÊME:
    Par quelque capucin !

    CYRANO:
    L'éminence qui grise ?

    UN AUTRE:
    J'ai des faims d'ogre !

    CYRANO:
    Eh ! bien !. . .tu croques le marmot !

    LE PREMIER CADET (haussant les épaules):
    Toujours le mot, la pointe !

    CYRANO:
    Oui, la pointe, le mot !
    Et je voudrais mourir, un soir, sous un ciel rose,
    En faisant un bon mot, pour une belle cause !
    --Oh ! frappé par la seule arme noble qui soit,
    Et par un ennemi qu'on sait digne de soi,
    Sur un gazon de gloire et loin d'un lit de fièvres,
    Tomber la pointe au cœur en même temps qu'aux lèvres !

    CRIS DE TOUS:
    J'ai faim !

    CYRANO (se croisant les bras):
    Ah çà ! mais vous ne pensez qu'à manger ?. . .
    --Approche, Bertrandou le fifre, ancien berger;
    Du double étui de cuir tire l'un de tes fifres,
    Souffle, et joue à ce tas de goinfres et de piffres
    Ces vieux airs du pays, au doux rythme obsesseur,
    Dont chaque note est comme une petite sœur,
    Dans lesquels restent pris des sons de voix aimées,
    Ces airs dont la lenteur est celle des fumées
    Que le hameau natal exhale de ses toits,
    Ces airs dont la musique a l'air d'être en patois !. . .
    (Le vieux s'assied et prépare son fifre):
    Que la flûte, aujourd'hui, guerrière qui s'afflige,
    Se souvienne un moment, pendant que sur sa tige
    Tes doigts semblent danser un menuet d'oiseau,
    Qu'avant d'être d'ébène, elle fut de roseau;
    Que sa chanson l'étonne, et qu'elle y reconnaisse
    L'âme de sa rustique et paisible jeunesse !. . .
    (Le vieux commence à jouer des airs languedociens):
    Écoutez, les Gascons. . .Ce n'est plus, sous ses doigts,
    Le fifre aigu des camps, c'est la flûte des bois !
    Ce n'est plus le sifflet du combat, sous ses lèvres,
    C'est le lent galoubet de nos meneurs de chèvres !. . .
    Écoutez. . .C'est le val, la lande, la forêt,
    Le petit pâtre brun sous son rouge béret,
    C'est la verte douceur des soirs sur la Dordogne,
    Écoutez, les Gascons: c'est toute la Gascogne !
    (Toutes les têtes se sont inclinées;--tous les yeux rêvent;--et des
    larmes sont furtivement essuyées, avec un revers de manche, un coin de
    manteau.)

    CARBON (à Cyrano, bas):
    Mais tu les fais pleurer !

    CYRANO:
    De nostalgie !. . .Un mal
    Plus noble que la faim !. . . pas physique: moral !
    J'aime que leur souffrance ait changé de viscère,
    Et que ce soit leur cœur, maintenant, qui se serre !

    CARBON:
    Tu vas les affaiblir en les attendrissant !

    CYRANO (qui a fait signe au tambour d'approcher):
    Laisse donc ! Les héros qu'ils portent dans leur sang
    Sont vite réveillés ! Il suffit. . .
    (Il fait un geste. Le tambour roule.)

    TOUS (se levant et se précipitant sur leurs armes):
    Hein ?. . .Quoi ?. . .Qu'est-ce ?

    CYRANO (souriant):
    Tu vois, il a suffi d'un roulement de caisse !
    Adieu, rêves, regrets, vieille province, amour. . .
    Ce qui du fifre vient s'en va par le tambour !

    UN CADET (qui regarde au fond):
    Ah ! Ah ! Voici monsieur de Guiche.

    TOUS LES CADETS (murmurant):
    Hou. . .

    CYRANO (souriant):
    Murmure
    Flatteur !

    UN CADET:
    Il nous ennuie !

    UN AUTRE:
    Avec, sur son armure,
    Son grand col de dentelle, il vient faire le fier !

    UN AUTRE:
    Comme si l'on portait du linge sur du fer !

    LE PREMIER:
    C'est bon lorsque à son cou l'on a quelque furoncle !

    LE DEUXIÈME:
    Encore un courtisan !

    UN AUTRE:
    Le neveu de son oncle !

    CARBON:
    C'est un Gascon pourtant !

    LE PREMIER:
    Un faux !. . .Méfiez-vous !
    Parce que, les Gascons. . .ils doivent être fous:
    Rien de plus dangereux qu'un Gascon raisonnable.

    LE BRET:
    Il est pâle !

    UN AUTRE:
    Il a faim. . .autant qu'un pauvre diable !
    Mais comme sa cuirasse a des clous de vermeil,
    Sa crampe d'estomac étincelle au soleil !

    CYRANO (vivement):
    N'ayons pas l'air non plus de souffrir ! Vous, vos cartes,
    Vos pipes et vos dés. . .
    (Tous rapidement se mettent à jouer sur des tambours, sur des
    escabeaux et par terre, sur leurs manteaux, et ils allument de longues
    pipes de pétun):
    Et moi, je lis Descartes.
    (Il se promène de long en large et lit dans un petit livre qu'il a
    tiré de sa poche.--Tableau.--De Guiche entre. Tout le monde a l'air
    absorbé et content. Il est très pâle. Il va vers Carbon.)

    Scène 4.IV.

    Les mêmes, de Guiche.

    DE GUICHE (à Carbon):
    Ah !--Bonjour !
    (Ils s'observent tous les deux. A part, avec satisfaction):
    Il est vert.

    CARBON (de même):
    Il n'a plus que les yeux.

    DE GUICHE (regardant les cadets):
    Voici donc les mauvaises têtes ?. . .Oui, messieurs,
    Il me revient de tous côtés qu'on me brocarde
    Chez vous, que les cadets, noblesse montagnarde,
    Hobereaux béarnais, barons périgourdins,
    N'ont pour leur colonel pas assez de dédains,
    M'appellent intrigant, courtisan,--qu'il les gêne
    De voir sur ma cuirasse un col en point de Gêne,--
    Et qu'ils ne cessent pas de s'indigner entre eux
    Qu'on puisse être Gascon et ne pas être gueux !
    (Silence. On joue. On fume):
    Vous ferai-je punir par votre capitaine ?
    Non.

    CARBON:
    D'ailleurs, je suis libre et n'inflige de peine. . .

    DE GUICHE:
    Ah ?

    CARBON:
    J'ai payé ma compagnie, elle est à moi.
    Je n'obéis qu'aux ordres de guerre.

    DE GUICHE:
    Ah ?. . .Ma foi !
    Cela suffit.
    (S'adressant aux cadets):
    Je peux mépriser vos bravades.
    On connaît ma façon d'aller aux mousquetades;
    Hier, à Bapaume, on vit la furie avec quoi
    J'ai fait lâcher le pied au comte de Bucquoi;
    Ramenant sur ses gens les miens en avalanche,
    J'ai chargé par trois fois !

    CYRANO (sans lever le nez de son livre):
    Et votre écharpe blanche ?

    DE GUICHE (surpris et satisfait):
    Vous savez ce détail ?. . .En effet, il advint,
    Durant que je faisais ma caracole afin
    De rassembler mes gens la troisième charge,
    Qu'un remous de fuyards m'entraîna sur la marge
    Des ennemis; j'étais en danger qu'on me prît
    Et qu'on m'arquebusât, quand j'eus le bon esprit
    De dénouer et de laisser couler à terre
    L'écharpe qui disait mon grade militaire;
    En sorte que je pus, sans attirer les yeux,
    Quitter les Espagnols, et revenant sur eux,
    Suivi de tous les miens réconfortés, les battre !
    --Eh bien ! que dites-vous de ce trait ?
    (Les cadets n'ont pas l'air d'écouter; mais ici les cartes et les
    cornets à dés restent en l'air, la fumée des pipes demeure dans les
    joues: attente.)

    CYRANO:
    Qu'Henri quatre
    N'eût jamais consenti, le nombre l'accablant,
    A se diminuer de son panache blanc.
    (Joie silencieuse. Les cartes s'abattent. Les dés tombe. La fumée
    s'échappe.)

    DE GUICHE:
    L'adresse a réussi, cependant !
    (Même attente suspendant les jeux et les pipes.)

    CYRANO:
    C'est possible.
    Mais on n'abdique pas l'honneur d'être une cible.
    (Cartes, dés, fumées, s'abattent, tombent, s'envolent avec une
    satisfaction croissante):
    Si j'eusse été présent quand l'écharpe coula
    --Nos courages, monsieur, diffèrent en cela--
    Je l'aurais ramassée et me la serais mise.

    DE GUICHE:
    Oui, vantardise, encor, de gascon !

    CYRANO:
    Vantardise ?. . .
    Prêtez-la-moi. Je m'offre à monter, dès ce soir,
    A l'assaut, le premier, avec elle en sautoir.

    DE GUICHE:
    Offre encor de gascon ! Vous savez que l'écharpe
    Resta chez l'ennemi, sur les bords de la Scarpe,
    En un lieu que depuis la mitraille cribla,--
    Où nul ne peut aller la chercher !

    CYRANO (tirant de sa poche l'écharpe blanche et la lui tendant):
    La voilà.
    (Silence. Les cadets étouffent leurs rires dans les cartes et dans les
    cornets à dés. De Guiche se retourne, les regarde: immédiatement ils
    reprennent leur gravité, leurs jeux; l'un d'eux sifflote avec
    indifférence l'air montagnard joué par le fifre.)

    DE GUICHE (prenant l'écharpe):
    Merci. Je vais, avec ce bout d'étoffe claire,
    Pouvoir faire un signal,--que j'hésitais à faire.
    (Il va au talus, y grimpe, et agite plusieurs fois l'écharpe en l'air.)

    TOUS:
    Hein !

    LA SENTINELLE (en haut du talus):
    Cet homme, là-bas qui se sauve en courant !. . .

    DE GUICHE (redescendant):
    C'est un faux espion espagnol. Il nous rend
    De grands services. Les renseignements qu'il porte
    Aux ennemis sont ceux que je lui donne, en sorte
    Que l'on peut influer sur leurs décisions.

    CYRANO:
    C'est un gredin !

    DE GUICHE (se nouant nonchalamment son écharpe):
    C'est très commode. Nous disions ?. . .
    --Ah ! J'allais vous apprendre un fait. Cette nuit même,
    Pour nous ravitailler tentant un coup suprême,
    Le maréchal s'en fut vers Dourlens, sans tambours;
    Les vivandiers du Roi sont là; par les labours
    Il les joindra; mais pour revenir sans encombre,
    Il a pris avec lui des troupes en tel nombre
    Que l'on aurait beau jeu, certe, en nous attaquant:
    La moitié de l'armée est absente du camp !

    CARBON:
    Oui, si les Espagnols savaient, ce serait grave.
    Mais ils ne savent pas ce départ ?

    DE GUICHE:
    Ils le savent.
    Ils vont nous attaquer.

    CARBON:
    Ah !

    DE GUICHE:
    Mon faux espion
    M'est venu prévenir de leur agression.
    Il ajouta: "J'en peux déterminer la place;
    Sur quel point voulez-vous que l'attaque se fasse ?
    Je dirai que de tous c'est le moins défendu,
    Et l'effort portera sur lui."--J'ai répondu:
    "C'est bon. Sortez du camp. Suivez des yeux la ligne:
    Ce sera sur le point d'où je vous ferai signe."

    CARBON (aux cadets):
    Messieurs, préparez-vous !
    (Tous se lèvent. Bruit d'épées et de ceinturons qu'on boucle.)

    DE GUICHE:
    C'est dans une heure.

    PREMIER CADET:
    Ah !. . .bien !. . .
    (Ils se rasseyent tous. On reprend la partie interrompue.)

    DE GUICHE (à Carbon):
    Il faut gagner du temps. Le maréchal revient.

    CARBON:
    Et pour gagner du temps ?

    DE GUICHE:
    Vous aurez l'obligeance
    De vous faire tuer.

    CYRANO:
    Ah ! voilà la vengeance ?

    DE GUICHE:
    Je ne prétendrai pas que si je vous aimais
    Je vous eusse choisis vous et les vôtres, mais,
    Comme à votre bravoure on n'en compare aucune,
    C'est mon Roi que je sers en servant ma rancune.

    CYRANO (saluant):
    Souffrez que je vous sois, monsieur, reconnaissant.

    DE GUICHE (saluant):
    Je sais que vous aimez vous battre un contre cent.
    Vous ne vous plaindrez pas de manquer de besogne.
    (Il remonte, avec Carbon.)

    CYRANO (aux cadets):
    Eh bien donc ! nous allons au blason de Gascogne,
    Qui porte six chevrons, messieurs, d'azur et d'or,
    Joindre un chevron de sang qui lui manquait encor !
    (De Guiche cause bas avec Carbon de Castel-Jaloux, au fond. On donne
    des ordres. La résistance se prépare. Cyrano va vers Christian qui est
    resté immobile, les bras croisés.)

    CYRANO (lui mettant la main sur l'épaule):
    Christian ?

    CHRISTIAN (secouant la tête):
    Roxane !

    CYRANO:
    Hélas !

    CHRISTIAN:
    Au moins, je voudrais mettre
    Tout l'adieu de mon cœur dans une belle lettre !. . .

    CYRANO:
    Je me doutais que ce serait pour aujourd'hui.
    (Il tire un billet de son pourpoint):
    Et j'ai fait tes adieux.

    CHRISTIAN:
    Montre !. . .

    CYRANO:
    Tu veux ?. . .

    CHRISTIAN (lui prenant la lettre):
    Mais oui !
    (Il l'ouvre, lit et s'arrête):
    Tiens !

    CYRANO:
    Quoi ?

    CHRISTIAN:
    Ce petit rond ?. . .

    CYRANO (reprenant la lettre vivement, et regardant d'un air naïf):
    Un rond ?. . .

    CHRISTIAN:
    C'est une larme !

    CYRANO:
    Oui. . .Poète, on se prend à son jeu, c'est le charme !. . .
    Tu comprends. . .ce billet,--c'était très émouvant:
    Je me suis fait pleurer moi-même en l'écrivant.

    CHRISTIAN:
    Pleurer ?. . .

    CYRANO:
    Oui. . .parce que. . .mourir n'est pas terrible.
    Mais. . .ne plus la revoir jamais. . .voilà l'horrible !
    Car enfin je ne la. . .
    (Christian le regarde):
    nous ne la. . .
    (Vivement):
    tu ne la. . .

    CHRISTIAN (lui arrachant la lettre):
    Donne-moi ce billet !
    (On entend une rumeur, au loin, dans le camp.)

    LA VOIX D'UNE SENTINELLE:
    Ventrebieu, qui va là ?
    (Coups de feu. Bruits de voix. Grelots.)

    CARBON:
    Qu'est-ce ?. . .

    LA SENTINELLE (qui est sur le talus):
    Un carrosse !
    (On se précipite pour voir.)

    CRIS:
    Quoi ! Dans le camp ?--Il y entre !
    --Il a l'air de venir de chez l'ennemi !--Diantre !
    Tirez !--Non ! Le cocher a crié !--Crié quoi ?--
    Il a crié: Service du Roi !
    (Tout le monde est sur le talus et regarde au dehors. Les grelots se
    rapprochent.)

    DE GUICHE:
    Hein ? Du Roi !. . .
    (On redescend, on s'aligne.)

    CARBON:
    Chapeau bas, tous !

    DE GUICHE (à la cantonade):
    Du Roi !--Rangez-vous, vile tourbe,
    Pour qu'il puisse décrire avec pompe sa courbe !
    (Le carrosse entre au grand trot. Il est couvert de boue et de
    poussière. Les rideaux sont tirés. Deux laquais derrière. Il s'arrête
    net.)

    CARBON (criant):
    Battez aux champs !
    (Roulement de tambours. Tous les cadets se découvrent.)

    DE GUICHE:
    Baissez le marchepied !
    (Deux hommes se précipitent. La portière s'ouvre.)

    ROXANE (sautant du carrosse):
    Bonjour !
    (Le son d'une voix de femme relève d'un seul coup tout ce monde
    profondément incliné.--Stupeur.)

    Scène 4.V.

    Les mêmes, Roxane.

    DE GUICHE:
    Service du Roi ! Vous ?

    ROXANE:
    Mais du seul roi, l'Amour !

    CYRANO:
    Ah ! grand Dieu !

    CHRISTIAN (s'élancant):
    Vous ! Pourquoi ?

    ROXANE:
    C'était trop long, ce siège !

    CHRISTIAN:
    Pourquoi ?. . .

    ROXANE:
    Je te dirai !

    CYRANO (qui, au son de sa voix, est resté cloué immobile, sans oser
    tourner les yeux vers elle):
    Dieu ! La regarderai-je ?

    DE GUICHE:
    Vous ne pouvez rester ici !

    ROXANE (gaiement):
    Mais si ! mais si !
    Voulez-vous m'avancer un tambour ?. . .
    (Elle s'assied sur un tambour qu'on avance):
    Là, merci !
    (Elle rit):
    On a tiré sur mon carrosse !
    (Fièrement):
    Une patrouille !
    --Il a l'air d'être fait avec une citrouille,
    N'est-ce pas ? comme dans le conte, et les laquais
    Avec des rats.
    (Envoyant des lèvres un baiser à Christian):
    Bonjour !
    (Les regardant tous):
    Vous n'avez pas l'air gais !
    --Savez-vous que c'est loin, Arras ?
    (Apercevant Cyrano):
    Cousin, charmée !

    CYRANO (a'avançant):
    Ah çà ! comment ?. . .

    ROXANE:
    Comment j'ai retrouvé l'armée ?
    Oh ! mon Dieu, mon ami, mais c'est tout simple: j'ai
    Marché tant que j'ai vu le pays ravagé.
    Ah ! ces horreurs, il a fallu que je les visse
    Pour y croire ! Messieurs, si c'est là le service
    De votre Roi, le mien vaut mieux !

    CYRANO:
    Voyons, c'est fou !
    Par où diable avez-vous bien pu passer ?

    ROXANE:
    Par où ?
    Par chez les Espagnols.

    PREMIER CADET:
    Ah ! qu'elles sont malignes !

    DE GUICHE:
    Comment avez-vous fait pour traverser leurs lignes ?

    LE BRET:
    Cela dut être très difficile !. . .

    ROXANE:
    Pas trop.
    J'ai simplement passé dans mon carrosse, au trot.
    Si quelque hidalgo montrait sa mine altière,
    Je mettais mon plus beau sourire à la portière,
    Et ces messieurs étant, n'en déplaise aux Français,
    Les plus galantes gens du monde,--je passais !

    CARBON:
    Oui, c'est un passe-port, certes, que ce sourire !
    Mais on a fréquemment dû vous sommer de dire
    Où vous alliez ainsi, madame ?

    ROXANE:
    Fréquemment.
    Alors je répondais: "Je vais voir mon amant."
    --Aussitôt l'Espagnol à l'air le plus féroce
    Refermait gravement la porte du carrosse,
    D'un geste de la main à faire envie au Roi
    Relevait les mousquets déjà braqués sur moi,
    Et superbe de grâce, à la fois, et de morgue,
    L'ergot tendu sous la dentelle en tuyau d'orgue,
    Le feutre au vent pour que la plume palpitât,
    S'inclinait en disant: "Passez, señorita !"

    CHRISTIAN:
    Mais, Roxane. . .

    ROXANE:
    J'ai dit: mon amant, oui. . .pardonne !
    Tu comprends, si j'avais dit: mon mari, personne
    Ne m'eût laissé passer !

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    ROXANE:
    Qu'avez-vous ?

    DE GUICHE:
    Il faut
    Vous en aller d'ici !

    ROXANE:
    Moi ?

    CYRANO:
    Bien vite !

    LE BRET:
    Au plus tôt !

    CHRISTIAN:
    Oui !

    ROXANE:
    Mais comment ?

    CHRISTIAN (embarrassé):
    C'est que. . .

    CYRANO (de même):
    Dans trois quarts d'heure. . .

    DE GUICHE (de même):
    . . .ou quatre. . .

    CARBON (de même):
    Il vaut mieux. . .

    LE BRET (de même):
    Vous pourriez. . .

    ROXANE:
    Je reste. On va se battre.

    TOUS:
    Oh ! non !

    ROXANE:
    C'est mon mari !
    (Elle se jette dans les bras de Christian):
    Qu'on me tue avec toi !

    CHRISTIAN:
    Mais quels yeux vous avez !

    ROXANE:
    Je te dirai pourquoi !

    DE GUICHE (désespéré):
    C'est un poste terrible !

    ROXANE (se retournant):
    Hein ! terrible ?

    CYRANO:
    Et la preuve
    C'est qu'il nous l'a donné !

    ROXANE (à De Guiche):
    Ah ! vous me vouliez veuve ?

    DE GUICHE:
    Oh ! je vous jure !. . .

    ROXANE:
    Non ! Je suis folle à présent !
    Et je ne m'en vais plus !--D'ailleurs, c'est amusant.

    CYRANO:
    Eh quoi ! la précieuse était une héroïne ?

    ROXANE:
    Monsieur de Bergerac, je suis votre cousine.

    UN CADET:
    Nous vous défendrons bien !

    ROXANE (enfiévrée de plus en plus):
    Je le crois, mes amis !

    UN AUTRE (avec enivrement):
    Tout le camp sent l'iris !

    ROXANE:
    Et j'ai justement mis
    Un chapeau qui fera très bien dans la bataille !. . .
    (Regardant de Guiche):
    Mais peut-être est-il temps que le comte s'en aille:
    On pourrait commencer.

    DE GUICHE:
    Ah ! c'en est trop ! Je vais
    Inspecter mes canons, et reviens. . .Vous avez
    Le temps encor: changez d'avis !

    ROXANE:
    Jamais !
    (De Guiche sort.)

    Scène 4.VI.

    Les mêmes, moins De Guiche.

    CHRISTIAN (suppliant):
    Roxane !. . .

    ROXANE:
    Non !

    PREMIER CADET (aux autres):
    Elle reste !

    TOUS (se précipitant, se bousculant, s'astiquant):
    Un peigne !--Un savon !--Ma basane
    Est trouée: une aiguille !--Un ruban !--Ton miroir !--
    Mes manchettes !--Ton fer à moustache !--Un rasoir !. . .

    ROXANE (à Cyrano qui la supplie encore):
    Non ! rien ne me fera bouger de cette place !

    CARBON (après s'être, comme les autres, sanglé, épousseté, avoir brossé
    son chapeau, redressé sa plume et tiré ses manchettes, s'avance vers
    Roxane, et cérémonieusement):
    Peut-être siérait-il que je vous présentasse,
    Puisqu'il en est ainsi, quelques de ces messieurs
    Qui vont avoir l'honneur de mourir sous vos yeux.
    (Roxane s'incline et elle attend, debout au bras de Christian. Carbon
    présente):
    Baron de Peyrescous de Colignac !

    LE CADET (saluant):
    Madame. . .

    CARBON (continuant):
    Baron de Casterac de Cahuzac.--Vidame
    De Malgouyre Estressac Lésbas d'Escarabiot.--
    Chevalier d'Antignac-Juzet.--Baron Hillot
    De Blagnac-Saléchan de Castel Crabioules. . .

    ROXANE:
    Mais combien avez-vous de noms, chacun ?

    LE BARON HILLOT:
    Des foules !

    CARBON (à Roxane):
    Ouvrez la main qui tient votre mouchoir.

    ROXANE (ouvre la main et le mouchoir tombe):
    Pourquoi ?
    (Toute la compagnie fait le mouvement de s'élancer pour le ramasser.)

    CARBON (le ramassant vivement):
    Ma compagnie était sans drapeau ! Mais ma foi,
    C'est le plus beau du camp qui flottera sur elle !

    ROXANE (souriant):
    Il est un peu petit.

    CARBON (attachant le mouchoir à la hampe de sa lance de capitaine):
    Mais il est en dentelle !

    UN CADET (aux autres):
    Je mourrais sans regret ayant vu ce minois,
    Si j'avais seulement dans le ventre une noix !. . .

    CARBON (qui l'a entendu, indigné):
    Fi ! parler de manger lorsqu'une exquise femme !. . .

    ROXANE:
    Mais l'air du camp est vif et, moi-même, m'affame:
    Pâtés, chaud-froids, vins fins:--mon menu, le voilà !
    --Voulez-vous m'apporter tout cela !
    (Consternation.)

    UN CADET:
    Tout cela !

    UN AUTRE:
    Où le prendrions-nous, grand Dieu ?

    ROXANE (tranquillement):
    Dans mon carrosse.

    TOUS:
    Hein ?

    ROXANE:
    Mais il faut qu'on serve et découpe, et désosse !
    Regardez mon cocher d'un peu plus près, messieurs,
    Et vous reconnaîtrez un homme précieux:
    Chaque sauce sera, si l'on veut, réchauffée !

    LES CADETS (se ruant vers le carrosse):
    C'est Ragueneau !
    (Acclamations):
    Oh ! Oh !

    ROXANE (les suivant des yeux):
    Pauvre gens !

    CYRANO (lui baisant la main):
    Bonne fée !

    RAGUENEAU (debout sur le siège comme un charlatan en place publique):
    Messieurs !. . .
    (Enthousiasme.)

    LES CADETS:
    Bravo ! Bravo !

    RAGUENEAU:
    Les Espagnols n'ont pas,
    Quand passaient tant d'appas, vu passer le repas !
    (Applaudissements.)

    CYRANO (bas à Christian):
    Hum ! hum ! Christian !

    RAGUENEAU:
    Distraits par la galanterie
    Ils n'ont pas vu. . .
    (Il tire de son siège un plat qu'il élève):
    la galantine !. . .
    (Applaudissements. La galantine passe de mains en mains.)

    CYRANO (bas à Christian):
    Je t'en prie,
    Un seul mot !. . .

    RAGUENEAU:
    Et Vénus sut occuper leur œil
    Pour que Diane en secret, pût passer. . .
    (Il brandit un gigot):
    son chevreuil !
    (Enthousiasme. Le gigot est saisi par vingt mains tendues.)

    CYRANO (bas à Christian):
    Je voudrais te parler !

    ROXANE (aux cadets qui redescendent, les bras chargés de victuailles):
    Posez cela par terre !
    (Elle met le couvert sur l'herbe, aidée des deux laquais
    imperturbables qui étaient derrière le carrosse):

    ROXANE (à Christian, au moment où Cyrano allait l'entraîner à part):
    Vous, rendez-vous utile ?
    (Christian vient l'aider. Mouvement d'inquiétude de Cyrano.)

    RAGUENEAU:
    Un paon truffé !

    PREMIER CADET (épanoui, qui descend en coupant une large tranche de
    jambon):
    Tonnerre !
    Nous n'aurons pas couru notre dernier hasard
    Sans faire un gueuleton. . .
    (Se reprenant vivement en voyant Roxane):
    pardon ! un balthazar !

    RAGUENEAU (lançant les coussins du carrosse):
    Les coussins sont remplis d'ortolans !
    (Tumulte. On éventre les coussins. Rires. Joie.)

    TROISIÈME CADET:
    Ah ! Viédaze !

    RAGUENEAU (lançant des flacons de vin rouge):
    Des flacons de rubis !--
    (De vin blanc):
    Des flacons de topaze !

    ROXANE (jetant une nappe pliée à la figure de Cyrano):
    Défaites cette nappe !. . .Eh ! hop ! Soyez léger !

    RAGUENEAU (brandissant une lanterne arrachée):
    Chaque lanterne est un petit garde-manger !

    CYRANO (bas à Christian, pendant qu'ils arrangent la nappe ensemble):
    Il faut que je te parle avant que tu lui parles !

    RAGUENEAU (de plus en plus lyrique):
    Le manche de mon fouet est un saucisson d'Arles !

    ROXANE (versant du vin, servant):
    Puisqu'on nous fait tuer, morbleu ! nous nous moquons
    Du reste de l'armée !--Oui ! tout pour les Gascons !
    Et si De Guiche vient, personne ne l'invite !
    (Allant de l'un à l'autre):
    Là, vous avez le temps.--Ne manger pas si vite !--
    Buvez un peu.--Pourquoi pleurez-vous ?

    PREMIER CADET:
    C'est trop bon !. . .

    ROXANE:
    Chut !--Rouge ou blanc ?--Du pain pour monsieur de Carbon !
    --Un couteau !--Votre assiette !--Un peu de croûte ?--Encore ?
    Je vous sers !--Du bourgogne ?--Une aile ?

    CYRANO (qui la suit, les bras chargés de plats, l'aidant à servir):
    Je l'adore !

    ROXANE (allant vers Christian):
    Vous ?

    CHRISTIAN:
    Rien.

    ROXANE:
    Si ! ce biscuit, dans du muscat. . .deux doigts !

    CHRISTIAN (essayant de la retenir):
    Oh ! dites-moi pourquoi vous vîntes ?

    ROXANE:
    Je me dois
    A ces malheureux. . .Chut ! Tout à l'heure !. . .

    LE BRET (qui était remonté au fond, pour passer, au bout d'une lance, un
    pain à la sentinelle du talus):
    De Guiche !

    CYRANO:
    Vite, cachez flacon, plat, terrine, bourriche !
    Hop !--N'ayons l'air de rien !. . .
    (A Ragueneau):
    Toi, remonte d'un bond
    Sur ton siège !--Tout est caché ?. . .
    (En un clin d'œil tout a été repoussé dans les tentes, ou caché sous
    les vêtements, sous les manteaux, dans les feutres.--De Guiche entre
    vivement--et s'arrête, tout d'un coup, reniflant.--Silence.)

    Scène 4.VII.

    Les mêmes, De Guiche.

    DE GUICHE:
    Cela sent bon.

    UN CADET (chantonnant d'un air détaché):
    To lo lo !. . .

    DE GUICHE (s'arrêtant et le regardant):
    Qu'avez-vous, vous ?. . .Vous êtes tout rouge !

    LE CADET:
    Moi ?. . .Mais rien. C'est le sang. On va se battre: il bouge !

    UN AUTRE:
    Poum. . .poum. . .poum. . .

    DE GUICHE (se retournant):
    Qu'est cela ?

    LE CADET (légèrement gris):
    Rien ! C'est une chanson !
    Une petite. . .

    DE GUICHE:
    Vous êtes gai, mon garçon !

    LE CADET:
    L'approche du danger !

    DE GUICHE (appelant Carbon de Castel-Jaloux, pour donner un ordre):
    Capitaine ! je. . .
    (Il s'arrête en le voyant):
    Peste !
    Vous avez bonne mine aussi !

    CARBON (cramoisi, et cachant une bouteille derrière son dos, avec an
    geste évasif):
    Oh !. . .

    DE GUICHE:
    Il me reste
    Un canon que j'ai fait porter. . .
    (Il montre un endroit dans la coulisse):
    là, dans ce coin,
    Et vos hommes pourront s'en servir au besoin.

    UN CADET (se dandinant):
    Charmante attention !

    UN AUTRE (lui souriant gracieusement):
    Douce sollicitude !

    DE GUICHE:
    Ah ça ! mais ils sont fous !--
    (Sèchement):
    N'ayant pas l'habitude
    Du canon, prenez garde au recul.

    LE PREMIER CADET:
    Ah ! pfftt !

    DE GUICHE (allant à lui, furieux):
    Mais !. . .

    LE CADET:
    Le canon des Gascons ne recule jamais !

    DE GUICHE (le prenant par le bras et le secouant):
    Vous êtes gris !. . .De quoi ?

    LE CADET (superbe):
    De l'odeur de la poudre !

    DE GUICHE (haussant les épaules, le repousse et va vivement à Roxane):
    Vite, à quoi daignez-vous, madame, vous résoudre ?

    ROXANE:
    Je reste !

    DE GUICHE:
    Fuyez !

    ROXANE:
    Non !

    DE GUICHE:
    Puisqu'il en est ainsi,
    Qu'on me donne un mousquet !

    CARBON:
    Comment ?

    DE GUICHE:
    Je reste aussi.

    CYRANO:
    Enfin, Monsieur ! voilà de la bravoure pure !

    PREMIER CADET:
    Seriez-vous un Gascon malgré votre guipure ?

    ROXANE:
    Quoi !. . .

    DE GUICHE:
    Je ne quitte pas une femme en danger.

    DEUXIÈME CADET (au premier):
    Dis donc ! Je crois qu'on peut lui donner à manger !
    (Toutes les victuailles reparaissent comme par enchantement.)

    DE GUICHE (dont les yeux s'allument):
    Des vivres !

    UN TROISIÈME CADET:
    Il en sort de sous toutes les vestes !

    DE GUICHE (se maîtrisant, avec hauteur):
    Est-ce que vous croyez que je mange vos restes ?

    CYRANO (saluant):
    Vous faites des progrès !

    DE GUICHE (fièrement, et à qui échappe sur le dernier mot une légère
    pointe d'accent):
    Je vais me battre à jeun !

    PREMIER CADET (exultant de joie):
    A jeung ! Il vient d'avoir l'accent !

    DE GUICHE (riant):
    Moi ?

    LE CADET:
    C'en est un !
    (Ils se mettent tous à danser.)

    CARBON DE CASTEL-JALOUX (qui a disparu depuis un moment derrière le
    talus, reparaissant sur la crête):
    J'ai rangé mes piquiers, leur troupe est résolue !
    (Il montre une ligne de piques qui dépasse la crête.)

    DE GUICHE (à Roxane, en s'inclinant):
    Acceptez-vous ma main pour passer leur revue ?. . .
    (Elle la prend, ils remontent vers le talus. Tous le monde se découvre
    et les suit.)

    CHRISTIAN (allant à Cyrano, vivement):
    Parle vite !
    (Au moment où Roxane paraît sur la crête, les lances disparaissent,
    abaissées pour le salut, un cri s'élève: elle s'incline.)

    LES PIQUIERS (au dehors):
    Vivat !

    CHRISTIAN:
    Quel était ce secret ?. . .

    CYRANO:
    Dans le cas où Roxane. . .

    CHRISTIAN:
    Eh bien ?. . .

    CYRANO:
    Te parlerait
    Des lettres ?. . .

    CHRISTIAN:
    Oui, je sais !. . .

    CYRANO:
    Ne fais pas la sottise
    De t'étonner. . .

    CHRISTIAN:
    De quoi ?

    CYRANO:
    Il faut que je te dise !. . .
    Oh ! mon Dieu, c'est tout simple, et j'y pense aujourd'hui
    En la voyant. Tu lui. . .

    CHRISTIAN:
    Parle vite !

    CYRANO:
    Tu lui. . .
    As écrit plus souvent que tu ne crois.

    CHRISTIAN:
    Hein ?

    CYRANO:
    Dame !
    Je m'en étais chargé: j'interprétais ta flamme !
    J'écrivais quelquefois sans te dire: j'écris !

    CHRISTIAN:
    Ah ?

    CYRANO:
    C'est tout simple !

    CHRISTIAN:
    Mais comment t'y es-tu pris,
    Depuis qu'on est bloqué pour ?. . .

    CYRANO:
    Oh !. . .avant l'aurore
    Je pouvais traverser. . .

    CHRISTIAN (se croisant les bras):
    Ah ! c'est tout simple encore ?
    Et qu'ai-je écrit de fois par semaine ?. . .Deux ?--Trois ?--
    Quatre ?--

    CYRANO:
    Plus.

    CHRISTIAN:
    Tous les jours ?

    CYRANO:
    Oui, tous les jours.--Deux fois.

    CHRISTIAN (violemment):
    Et cela t'enivrait, et l'ivresse était telle
    Que tu bravais la mort. . .

    CYRANO (voyant Roxane qui revient):
    Tais-toi ! Pas devant elle !
    (Il rentre vivement dans sa tente.)

    Scène 4.VIII.

    Roxane, Christian; au fond, allées et venues de cadets. Carbon et De
    Guiche donnent des ordres.

    ROXANE (courant à Christian):
    Et maintenant, Christian !. . .

    CHRISTIAN (lui prenant les mains):
    Et maintenant, dis-moi
    Pourquoi, par ces chemins effroyables, pourquoi
    A travers tous ces rangs de soudards et de reîtres,
    Tu m'a rejoint ici ?

    ROXANE:
    C'est à cause des lettres !

    CHRISTIAN:
    Tu dis ?

    ROXANE:
    Tant pis pour vous si je cours ces dangers !
    Ce sont vos lettres qui m'ont grisée ! Ah ! songez
    Combien depuis un mois vous m'en avez écrites,
    Et plus belles toujours !

    CHRISTIAN:
    Quoi ! pour quelques petites
    Lettres d'amour. . .

    ROXANE:
    Tais-toi ! Tu ne peux pas savoir !
    Mon Dieu, je t'adorais, c'est vrai, depuis qu'un soir,
    D'une voix que je t'ignorais, sous ma fenêtre,
    Ton âme commença de se faire connaître. . .
    Eh bien ! tes lettres, c'est, vois-tu, depuis un mois,
    Comme si tout le temps je l'entendais, ta voix
    De ce soir-là, si tendre, et qui vous enveloppe !
    Tant pis pour toi, j'accours. La sage Pénélope
    Ne fût pas demeurée à broder sous son toit,
    Si le seigneur Ulysse eût écrit comme toi,
    Mais pour le joindre, elle eût, aussi folle qu'Hélène,
    Envoyé promener ses pelotons de laine !. . .

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    ROXANE:
    Je lisais, je relisais, je défaillais,
    J'étais à toi. Chacun de ces petits feuillets
    Était comme un pétale envolé de ton âme.
    On sent à chaque mot de ces lettres de flamme
    L'amour puissant, sincère. . .

    CHRISTIAN:
    Ah ! sincère et puissant ?
    Cela se sent, Roxane ?. . .

    ROXANE:
    Oh ! si cela se sent !

    CHRISTIAN:
    Et vous venez ?. . .

    ROXANE:
    Je viens (ô mon Christian, mon maître !
    Vous me relèveriez si je voulais me mettre
    A vos genoux, c'est donc mon âme que j'y mets,
    Et vous ne pourrez plus la relever jamais !)
    Je viens te demander pardon (et c'est bien l'heure
    De demander pardon, puisqu'il se peut qu'on meure !)
    De t'avoir fait d'abord, dans ma frivolité,
    L'insulte de t'aimer pour ta seule beauté !

    CHRISTIAN (avec épouvante):
    Ah ! Roxane !

    ROXANE:
    Et plus tard, mon ami, moins frivole,
    --Oiseau qui saute avant tout à fait qu'il s'envole,--
    Ta beauté m'arrêtant, ton âme m'entraînant,
    Je t'aimais pour les deux ensemble !. . .

    CHRISTIAN:
    Et maintenant ?

    ROXANE:
    Eh bien ! toi-même enfin l'emporte sur toi-même,
    Et ce n'est plus que pour ton âme que je t'aime !

    CHRISTIAN (reculant):
    Ah ! Roxane !

    ROXANE:
    Sois donc heureux. Car n'être aimé
    Que pour ce dont on est un instant costumé,
    Doit mettre un cœur avide et noble à la torture;
    Mais ta chère pensée efface ta figure,
    Et la beauté par quoi tout d'abord tu me plus,
    Maintenant j'y vois mieux. . .et je ne la vois plus !

    CHRISTIAN:
    Oh !. . .

    ROXANE:
    Tu doutes encor d'une telle victoire ?. . .

    CHRISTIAN (douloureusement):
    Roxane !

    ROXANE:
    Je comprends, tu ne peux pas y croire,
    A cet amour ?. . .

    CHRISTIAN:
    Je ne veux pas de cet amour !
    Moi, je veux être aimé plus simplement pour. . .

    ROXANE:
    Pour
    Ce qu'en vous elles ont aimé jusqu'à cette heure ?
    Laissez-vous donc aimer d'une façon meilleure !

    CHRISTIAN:
    Non ! c'était mieux avant !

    ROXANE:
    Ah ! tu n'y entends rien !
    C'est maintenant que j'aime mieux, que j'aime bien !
    C'est ce qui te fait toi, tu m'entends, que j'adore !
    Et moins brillant. . .

    CHRISTIAN:
    Tais-toi !

    ROXANE:
    Je t'aimerais encore !
    Si toute ta beauté tout d'un coup s'envolait. . .

    CHRISTIAN:
    Oh ! ne dis pas cela !

    ROXANE:
    Si, je le dis !

    CHRISTIAN:
    Quoi ? laid ?

    ROXANE:
    Laid ! je le jure !

    CHRISTIAN:
    Dieu !

    ROXANE:
    Et ta joie est profonde ?

    CHRISTIAN (d'une voix étouffée):
    Oui. . .

    ROXANE:
    Qu'as-tu ?

    CHRISTIAN (la repoussant doucement):
    Rien. Deux mots à dire: une seconde. . .

    ROXANE:
    Mais ?. . .

    CHRISTIAN (lui montrant un groupe de cadets, au fond):
    A ces pauvres gens mon amour t'enleva:
    Va leur sourire un peu puisqu'ils vont mourir. . .va !

    ROXANE (attendrie):
    Cher Christian !. . .
    (Elle remonte vers les Gascons qui s'empressent repectueusement autour
    d'elle.)

    Scène 4.IX.

    Christian, Cyrano; au fond Roxane causant avec Carbon et quelques cadets.

    CHRISTIAN (appelant vers la tente de Cyrano):
    Cyrano ?

    CYRANO (reparaissant, armé pour la bataille):
    Qu'est-ce ? Te voilà blême !

    CHRISTIAN:
    Elle ne m'aime plus !

    CYRANO:
    Comment ?

    CHRISTIAN:
    C'est toi qu'elle aime !

    CYRANO:
    Non !

    CHRISTIAN:
    Elle n'aime plus que mon âme !

    CYRANO:
    Non !

    CHRISTIAN:
    Si !
    C'est donc bien toi qu'elle aime,--et tu l'aimes aussi !

    CYRANO:
    Moi ?

    CHRISTIAN:
    Je le sais.

    CYRANO:
    C'est vrai.

    CHRISTIAN:
    Comme un fou.

    CYRANO:
    Davantage.

    CHRISTIAN:
    Dis-le-lui !

    CYRANO:
    Non !

    CHRISTIAN:
    Pourquoi ?

    CYRANO:
    Regarde mon visage !

    CHRISTIAN:
    Elle m'aimerait laid !

    CYRANO:
    Elle te l'a dit !

    CHRISTIAN:
    Là !

    CYRANO:
    Ah ! je suis bien content qu'elle t'ait dit cela !
    Mais va, va, ne crois pas cette chose insensée !
    --Mon Dieu, je suis content qu'elle ait eu la pensée
    De la dire,--mais va, ne la prend pas au mot,
    Va, ne deviens pas laid: elle m'en voudrait trop !

    CHRISTIAN:
    C'est ce que je veux voir !

    CYRANO:
    Non, non !

    CHRISTIAN:
    Qu'elle choisisse !
    Tu vas lui dire tout !

    CYRANO:
    Non, non ! Pas ce supplice.

    CHRISTIAN:
    Je tuerais ton bonheur parce que je suis beau ?
    C'est trop injuste !

    CYRANO:
    Et moi, je mettrais au tombeau
    Le tien parce que, grâce au hasard qui fait naître,
    J'ai le don d'exprimer. . .ce que tu sens peut-être ?

    CHRISTIAN:
    Dis-lui tout !

    CYRANO:
    Il s'obstine à me tenter, c'est mal !

    CHRISTIAN:
    Je suis las de porter en moi-même un rival !

    CYRANO:
    Christian !

    CHRISTIAN:
    Notre union--sans témoins--clandestine,
    --Peut se rompre,--si nous survivons !

    CYRANO:
    Il s'obstine !. . .

    CHRISTIAN:
    Oui, je veux être aimé moi-même, ou pas du tout !
    --Je vais voir ce qu'on fait, tiens ! Je vais jusqu'au bout
    Du poste; je reviens: parle, et qu'elle préfère
    L'un de nous deux !

    CYRANO:
    Ce sera toi !

    CHRISTIAN:
    Mais. . .je l'espère !
    (Il appelle):
    Roxane !

    CYRANO:
    Non ! Non !

    ROXANE (accourant):
    Quoi ?

    CHRISTIAN:
    Cyrano vous dira
    Une chose importante. . .
    (Elle va vivement à Cyrano. Christian sort.)

    Scène 4.X.

    Roxane, Cyrano, puis Le Bret, Carbon de Castel-Jaloux, les cadets,
    Ragueneau, de Guiche, etc.

    ROXANE:
    Importante ?

    CYRANO (éperdu):
    Il s'en va !. . .
    (A Roxane):
    Rien !. . .Il attache,--oh ! Dieu ! vous devez le connaître !--
    De l'importance à rien !

    ROXANE (vivement):
    Il a douté peut-être
    De ce que j'ai dit là ?. . .J'ai vu qu'il a douté !. . .

    CYRANO (lui prenant la main):
    Mais avez-vous bien dit, d'ailleurs, la vérité ?

    ROXANE:
    Oui, oui, je l'aimerais même. . .
    (Elle hésite une seconde.)

    CYRANO (souriant tristement):
    Le mot vous gêne
    Devant moi ?

    ROXANE:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Il ne me fera pas de peine !
    --Même laid ?

    ROXANE:
    Même laid !
    (Mousqueterie au dehors):
    Ah ! tiens, on a tiré !

    CYRANO (ardemment):
    Affreux ?

    ROXANE:
    Affreux !

    CYRANO:
    Défiguré !

    ROXANE:
    Défiguré !

    CYRANO:
    Grotesque ?

    ROXANE:
    Rien ne peut me le rendre grotesque !

    CYRANO:
    Vous l'aimeriez encore ?

    ROXANE:
    Et davantage presque !

    CYRANO (perdant la tête, à part):
    Mon Dieu, c'est vrai, peut-être, et le bonheur est là !
    (A Roxane):
    Je. . .Roxane. . .écoutez !. . .

    LE BRET (entrant rapidement, appelle à mi-voix):
    Cyrano !

    CYRANO (se retournant):
    Hein ?

    LE BRET:
    Chut !
    (Il lui dit un mot tout bas.)

    CYRANO (laissant échapper la main de Roxane, avec un cri):
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Qu'avez vous ?

    CYRANO (à lui-même, avec stupeur):
    C'est fini.
    (Détonations nouvelles.)

    ROXANE:
    Quoi ? Qu'est-ce encore ? On tire ?
    (Elle remonte pour regarder au dehors.)

    CYRANO:
    C'est fini, jamais plus je ne pourrai le dire !

    ROXANE (voulant s'élancer):
    Que se passe-t-il ?

    CYRANO (vivement, l'arrêtant):
    Rien !
    (Des cadets sont entrés, cachant quelque chose qu'ils portent, et ils
    forment un groupe empêchant Roxane d'approcher.)

    ROXANE:
    Ces hommes ?

    CYRANO (l'éloignant):
    Laissez-les !. . .

    ROXANE:
    Mais qu'alliez-vous me dire avant ?. . .

    CYRANO:
    Ce que j'allais
    Vous dire ?. . .rien, oh ! rien, je le jure, madame !
    (Solennellement):
    Je jure que l'esprit de Christian, que son âme
    Étaient. . .
    (Se reprenant avec terreur):
    sont les plus grands. . .

    ROXANE:
    Étaient ?
    (Avec un grand cri):
    Ah !. . .
    (Elle se précipite et écarte tout le monde.)

    CYRANO:
    C'est fini !

    ROXANE (voyant Christian couché dans son manteau):
    Christian !

    LE BRET (à Cyrano):
    Le premier coup de feu le l'ennemi !
    (Roxane se jette sur le corps de Christian. Nouveaux coups de feu.
    Cliquetis. Rumeurs. Tambours.)

    CARBON DE CASTEL-JALOUX (l'épée au poing):
    C'est l'attaque ! Aux mousquets !
    (Suivi des cadets, il passe de l'autre côté du talus.)

    ROXANE:
    Christian !

    LA VOIX DE CARBON (derrière le talus):
    Qu'on se dépêche !

    ROXANE:
    Christian !

    CARBON:
    Alignez-vous !

    ROXANE:
    Christian !

    CARBON:
    Mesurez. . .mèche !
    (Ragueneau est accouru, apportant de l'eau dans un casque.)

    CHRISTIAN (d'une voix mourante):
    Roxane !. . .

    CYRANO (vite et bas à l'oreille de Christian, pendant que Roxane affolée
    trempe dans l'eau, pour le panser, un morceau de linge arraché à sa
    poitrine):
    J'ai tout dit. Ce toi qu'elle aime encor !
    (Christian ferme les yeux.)

    ROXANE:
    Quoi, mon amour ?

    CARBON:
    Baguette haute !

    ROXANE (à Cyrano):
    Il n'est pas mort ?. . .

    CARBON:
    Ouvrez la charge avec les dents !

    ROXANE:
    Je sens sa joue
    Devenir froide, là, contre la mienne !

    CARBON:
    En joue !

    ROXANE:
    Une lettre sur lui !
    (Elle l'ouvre):
    Pour moi !

    CYRANO (à part):
    Ma lettre !

    CARBON:
    Feu !
    (Mousqueterie. Cris. Bruit de bataille.)

    CYRANO (voulant dégager sa main que tient Roxane agenouillée):
    Mais, Roxane, on se bat !

    ROXANE (le retenant):
    Restez encore un peu.
    Il est mort. Vous étiez le seul à le connaître.
    (Elle pleure doucement):
    --N'est-ce pas que c'était un être exquis, un être
    Merveilleux ?

    CYRANO (debout, tête nue):
    Oui, Roxane.

    ROXANE:
    Un poète inouï.
    Adorable ?

    CYRANO:
    Oui, Roxane.

    ROXANE:
    Un esprit sublime ?

    CYRANO:
    Oui,
    Roxane !

    ROXANE:
    Un cœur profond, inconnu du profane,
    Une âme magnifique et charmante ?

    CYRANO (fermement):
    Oui, Roxane !

    ROXANE (se jetant sur le corps de Christian):
    Il est mort !

    CYRANO (à part, tirant l'épée):
    Et je n'ai qu'à mourir aujourd'hui,
    Puisque, sans le savoir, elle me pleure en lui !
    (Trompettes au loin.)

    DE GUICHE (qui reparaît sur le talus, décoiffé, blessé au front, d'une
    voix tonnante):
    C'est le signal promis ! Des fanfares de cuivres !
    Les Français vont rentrer au camp avec des vivres !
    Tenez encore un peu !

    ROXANE:
    Sur sa lettre, du sang,
    Des pleurs !

    UNE VOIX (au dehors, criant):
    Rendez-vous !

    VOIX DES CADETS:
    Non !

    RAGUENEAU (qui, grimpé sur son carrosse, regarde la bataille par-dessus
    le talus):
    Le péril va croissant !

    CYRANO (à de Guiche, lui montrant Roxane):
    Emportez-la ! Je vais charger !

    ROXANE (baisant la lettre, d'une voix mourante):
    Son sang ! ses larmes !. . .

    RAGUENEAU (sautant à bas du carrosse pour courir vers elle):
    Elle s'évanouit !

    DE GUICHE (sur le talus, aux cadets, avec rage):
    Tenez bon !

    UNE VOIX (au dehors):
    Bas les armes !

    VOIX DES CADETS:
    Non !

    CYRANO (à de Guiche):
    Vous avez prouvé, Monsieur, votre valeur:
    (Lui montrant Roxane):
    Fuyez en la sauvant !

    DE GUICHE (qui court à Roxane et l'enlève dans ses bras):
    Soit ! Mais on est vainqueur
    Si vous gagnez du temps !

    CYRANO:
    C'est bon !
    (Criant vers Roxane que de Guiche, aidé de Ragueneau, emporte évanouie):
    Adieu, Roxane !
    (Tumulte. Cris. Des cadets reparaissent blessés et viennent tomber en
    scène. Cyrano se précipitant au combat est arrêté sur la crête par
    Carbon de Castel-Jaloux, couvert de sang.)

    CARBON:
    Nous plions ! J'ai reçu deux coups de pertuisane !

    CYRANO (criant aux Gascons):
    Hardi ! Reculès pas, drollos !
    (A Carbon, qu'il soutient):
    N'ayez pas peur !
    J'ai deux morts à venger: Christian et mon bonheur !
    (Ils redescendent. Cyrano brandit la lance où est attaché le mouchoir
    de Roxane):
    Flotte, petit drapeau de dentelle à son chiffre !
    (Il la plante en terre; il crie aux cadets):
    Toumbé dèssus ! Escrasas lous !
    (Au fifre):
    Un air de fifre !
    (Le fifre joue. Des blessés se relèvent. Des cadets dégringolant le
    talus, viennent se grouper autour de Cyrano et du petit drapeau. Le
    carrosse se couvre et se remplit d'hommes, se hérisse d'arquebuses, se
    transforme en redoute.)

    UN CADET (paraissant, à reculons, sur la crête, se battant toujours, crie):
    Ils montent le talus !
    (et tombe mort.)

    CYRANO:
    On va les saluer !
    (Le talus se couronne en un instant d'une rangée terrible d'ennemis.
    Les grands étendards des Impériaux se lèvent):
    Feu !
    (Décharge générale.)

    CRI (dans les rangs ennemis):
    Feu !
    (Riposte meurtrière. Les cadets tombent de tous côtés.)

    UN OFFICIER ESPAGNOL (se découvrant):
    Quels sont ces gens qui se font tous tuer ?

    CYRANO (récitant debout au milieu des balles):
    Ce sont les cadets de Gascogne,
    De Carbon de Castel-Jaloux;
    Bretteurs et menteurs sans vergogne. . .
    (Il s'élance, suivi des quelques survivants):
    Ce sont les cadets. . .
    (Le reste se perd dans la bataille.)

    Rideau.

    Acte V.

    La Gazette de Cyrano.

    Quinze ans après, en 1655. Le parc du couvent que les Dames de la Croix
    occupaient à Paris.

    Superbes ombrages. A gauche, la maison; vaste perron sur lequel ouvrent
    plusieurs portes. Un arbre énorme au milieu de la scène, isolé au milieu
    d'une petite place ovale. A droite, premier plan, parmi de grands buis,
    un banc de pierre demi-circulaire.

    Tout le fond du théâtre est traversé par une allée de marroniers qui
    aboutit à droite, quatrième plan, à la porte d'une chapelle entre-vue
    parmi les branches. A travers le double rideau d'arbres de cette allée,
    on aperçoit des fuites de pelouses, d'autres allées, des bosquets, les
    profondeurs du parc, le ciel.

    La chapelle ouvre une porte latérale sur une colonnade enguirlandée de
    vigne rougie, qui vient se perdre à droite, au premier plan, derrière
    les buis.

    C'est l'automne. Toute la frondaison est rousse au-dessus des pelouses
    fraîches. Taches sombres des buis et des ifs restés verts. Une plaque de
    feuilles jaunes sous chaque arbre. Les feuilles jonchent toute la scène,
    craquent sous les pas dans les allées, couvrent à demi le perron et les
    bancs.

    Entre le banc de droite et l'arbre, un grand métier à broder devant
    lequel une petite chaise a été apportée. Paniers pleins d'écheveaux et
    de pelotons. Tapisserie commencée.

    Au lever du rideau, des sœurs vont et viennent dans le parc;
    quelques-unes sont assises sur le banc autour d'une religieuse plus
    âgée. Des feuilles tombent.

    Scène 5.I.

    Mère Marguerite, Sœur Marthe, Sœur Claire, les sœurs.

    SŒUR MARTHE (à Mère Marguerite):
    Sœur Claire a regardé deux fois comment allait
    Sa cornette, devant la glace.
    MÈRE MARGUERITE (à sœur Claire):
    C'est très laid.

    SŒUR CLAIRE:
    Mais sœur Marthe a repris un pruneau de la tarte,
    Ce matin: je l'ai vu.
    MÈRE MARGUERITE (à sœur Marthe):
    C'est très vilain, sœur Marthe.

    SŒUR CLAIRE:
    Un tout petit regard !

    SŒUR MARTHE:
    Un tout petit pruneau !
    MÈRE MARGUERITE (sévèrement):
    Je le dirai, ce soir, à monsieur Cyrano.

    SŒUR CLAIRE (épouvantée):
    Non, il va se moquer !

    SŒUR MARTHE:
    Il dira que les nonnes
    Sont très coquettes !

    SŒUR CLAIRE:
    Très gourmandes !

    MÈRE MARGUERITE (souriant):
    Et très bonnes.

    SŒUR CLAIRE:
    N'est-ce pas, Mère Marguerite de Jésus,
    Qu'il vient, le samedi, depuis dix ans !

    MÈRE MARGUERITE:
    Et plus !
    Depuis que sa cousine à nos béguins de toile
    Mêla le deuil mondain de sa coiffe de voile,
    Qui chez nous vint s'abattre, il y a quatorze ans,
    Comme un grand oiseau noir parmi les oiseaux blancs !

    SŒUR MARTHE:
    Lui seul, depuis qu'elle a pris chambre dans ce cloître,
    Sait distraire un chagrin qui ne veut pas décroître.

    TOUTES LES SŒURS:
    Il est si drôle !--C'est amusant quand il vient !
    --Il nous taquine !--Il est gentil !--Nous l'aimons bien !
    --Nous fabriquons pour lui des pâtes d'angélique !

    SŒUR MARTHE:
    Mais enfin, ce n'est pas un très bon catholique !

    SŒUR CLAIRE:
    Nous le convertirons.

    LES SŒURS:
    Oui ! oui !

    MÈRE MARGUERITE:
    Je vous défends
    De l'entreprendre encor sur ce point, mes enfants.
    Ne le tourmentez pas: il viendrait moins peut-être !

    SŒUR MARTHE:
    Mais. . .Dieu !. . .

    MÈRE MARGUERITE:
    Rassurez-vous: Dieu doit bien le connaître.

    SŒUR MARTHE:
    Mais chaque samedi, quand il vient d'un air fier,
    Il me dit en entrant: 'Ma sœur, j'ai fait gras, hier !'

    MÈRE MARGUERITE:
    Ah ! il vous dit cela ?. . .Eh bien ! la fois dernière
    Il n'avait pas mangé depuis deux jours !

    SŒUR MARTHE:
    Ma Mère !

    MÈRE MARGUERITE:
    Il est pauvre.

    SŒUR MARTHE:
    Qui vous l'a dit ?

    MÈRE MARGUERITE:
    Monsieur Le Bret.

    SŒUR MARTHE:
    On ne le secourt pas ?

    MÈRE MARGUERITE:
    Non, il se fâcherait.
    (Dans une allée du fond, on voit apparaître Roxane, vêtue de noir,
    avec la coiffe des veuves et de long voiles; de Guiche, magnifique et
    vieillissant, marche auprès d'elle. Ils vont à pas lents. Mère
    Marguerite se lève):
    --Allons, il faut rentrer. . .Madame Madeleine,
    Avec un visiteur, dans le parc se promène.

    SŒUR MARTHE (bas à sœur Claire):
    C'est le duc-maréchal de Grammont ?

    SŒUR CLAIRE (regardant):
    Oui, je crois.

    SŒUR MARTHE:
    Il n'était plus venu la voir depuis des mois !

    LES SŒURS:
    Il est très pris !--La cour !--Les camps !

    SŒUR CLAIRE:
    Les soins du monde !
    (Elles sortent. De Guiche et Roxane descendent en silence et
    s'arrêtent près du métier. Un temps.)

    Scène 5.II.

    Roxane; le duc de Grammont, ancien comte de Guiche, puis Le Bret et
    Ragueneau.

    LE DUC:
    Et vous demeurerez ici, vainement blonde,
    Toujours en deuil ?

    ROXANE:
    Toujours.

    LE DUC:
    Aussi fidèle ?

    ROXANE:
    Aussi.

    LE DUC (après un temps):
    Vous m'avez pardonné ?

    ROXANE (simplement, regardant la croix du couvent):
    Puisque je suis ici.
    (Nouveau silence.)

    LE DUC:
    Vraiment c'était un être ?. . .

    ROXANE:
    Il fallait le connaître !

    LE DUC:
    Ah ! Il fallait ?. . .Je l'ai trop peu connu, peut-être !
    . . .Et son dernier billet, sur votre cœur, toujours ?

    ROXANE:
    Comme un doux scapulaire, il pend à ce velours.

    LE DUC:
    Même mort, vous l'aimez ?

    ROXANE:
    Quelquefois il me semble
    Qu'il n'est mort qu'à demi, que nos cœurs sont ensemble,
    Et que son amour flotte, autour de moi, vivant !

    LE DUC (après un silence encore):
    Est-ce que Cyrano vient vous voir ?

    ROXANE:
    Oui, souvent.
    --Ce vieil ami, pour moi, remplace les gazettes.
    Il vient; c'est régulier; sous cet arbre où vous êtes
    On place son fauteuil, s'il fait beau; je l'attends
    En brodant; l'heure sonne; au dernier coup, j'entends
    --Car je ne tourne plus même le front !--sa canne
    Descendre le perron; il s'assied; il ricane
    De ma tapisserie éternelle; il me fait
    La chronique de la semaine, et. . .
    (Le Bret paraît sur le perron):
    Tiens, Le Bret !
    (Le Bret descend):
    Comment va notre ami ?

    LE BRET:
    Mal.

    LE DUC:
    Oh !

    ROXANE (au duc):
    Il exagère !

    LE BRET:
    Tout ce que j'ai prédit: l'abandon, la misère !. . .
    Ses épîtres lui font des ennemis nouveaux !
    Il attaque les faux nobles, les faux dévots,
    Les faux braves, les plagiaires,--tout le monde.

    ROXANE:
    Mais son épée inspire une terreur profonde.
    On ne viendra jamais à bout de lui.

    LE DUC (hochant la tête):
    Qui sait ?

    LE BRET:
    Ce que je crains, ce n'est pas les attaques, c'est
    La solitude, la famine, c'est Décembre
    Entrant à pas de loup dans son obscure chambre:
    Voilà les spadassins qui plutôt le tueront !
    --Il serre chaque jour, d'un cran, son ceinturon.
    Son pauvre nez a pris des tons de vieil ivoire.
    Il n'a plus qu'un petit habit de serge noire.

    LE DUC:
    Ah ! celui-là n'est pas parvenu !--C'est égal,
    Ne le plaignez pas trop.

    LE BRET (avec un sourire amer):
    Monsieur le maréchal !. . .

    LE DUC:
    Ne le plaignez pas trop: il a vécu sans pactes,
    Libre dans sa pensée autant que dans ses actes.

    LE BRET (de même):
    Monsieur le duc !. . .

    LE DUC (hautainement):
    Je sais, oui: j'ai tout; il n'a rien. . .
    Mais je lui serrerais bien volontiers la main.
    (Saluant Roxane):
    Adieu.

    ROXANE:
    Je vous conduis.
    (Le duc salue Le Bret et se dirige avec Roxane vers le perron.)

    LE DUC (s'arrêtant, tandis qu'elle monte):
    Oui, parfois, je l'envie.
    --Voyez-vous, lorsqu'on a trop réussi sa vie,
    On sent,--n'ayant rien fait, mon Dieu, de vraiment mal !--
    Mille petits dégoûts de soi, dont le total
    Ne fait pas un remords, mais une gêne obscure;
    Et les manteaux de duc traînent dans leur fourrure,
    Pendant que des grandeurs on monte les degrés,
    Un bruit d'illusions sèches et de regrets,
    Comme, quand vous montez lentement vers ces portes,
    Votre robe de deuil traîne des feuilles mortes.

    ROXANE (ironique):
    Vous voilà bien rêveur ?. . .

    LE DUC:
    Eh ! oui !
    (Au moment de sortir, brusquement):
    Monsieur Le Bret !
    (A Roxane):
    Vous permettez ? Un mot.
    (Il va à Le Bret, et à mi-voix):
    C'est vrai: nul n'oserait
    Attaquer votre ami; mais beaucoup l'ont en haine;
    Et quelqu'un me disait, hier, au jeu, chez la Reine:
    "Ce Cyrano pourrait mourir d'un accident."

    LE BRET:
    Ah ?

    LE DUC:
    Oui. Qu'il sorte peu. Qu'il soit prudent.

    LE BRET (levant les bras au ciel):
    Prudent !
    Il va venir. Je vais l'avertir. Oui, mais !. . .

    ROXANE (qui est restée sur le perron, à une sœur qui s'avance vers elle):
    Qu'est-ce ?

    LA SŒUR:
    Ragueneau vent vous voir, Madame.

    ROXANE:
    Qu'on le laisse
    Entrer.
    (Au duc et à Le Bret):
    Il vient crier misère. Étant un jour
    Parti pour être auteur, il devint tour à tour
    Chantre. . .

    LE BRET:
    Étuviste. . .

    ROXANE:
    Acteur. . .

    LE BRET:
    Bedeau. . .

    ROXANE:
    Perruquier. . .

    LE BRET:
    Maître
    De théorbe. . .

    ROXANE:
    Aujourd'hui que pourrait-il bien être ?

    RAGUENEAU (entrant précipitamment):
    Ah ! Madame !
    (Il aperçoit Le Bret):
    Monsieur !

    ROXANE (souriant):
    Racontez vos malheurs
    A Le Bret. Je reviens.

    RAGUENEAU:
    Mais, Madame. . .
    (Roxane sort sans l'écouter, avec le duc. Il redescend vers le Bret.)

    Scène 5.III.

    Le Bret, Ragueneau.

    RAGUENEAU:
    D'ailleurs,
    Puisque vous êtes là, j'aime mieux qu'elle ignore !
    --J'allais voir votre ami tantôt. J'étais encore
    A vingt pas de chez lui. . .quand je le vois de loin,
    Qui sort. Je veux le joindre. Il va tourner le coin
    De la rue. . .et je cours. . .lorsque d'une fenêtre
    Sous laquelle il passait--est-ce un hasard ?. . .peut-être !--
    Un laquais laisse choir une pièce de bois.

    LE BRET:
    Les lâches !. . .Cyrano !

    RAGUENEAU:
    J'arrive et je le vois. . .

    LE BRET:
    C'est affreux !

    RAGUENEAU:
    Notre ami, Monsieur, notre poète,
    Je le vois, là, par terre, un grand trou dans la tête !

    LE BRET:
    Il est mort ?

    RAGUENEAU:
    Non ! mais. . .Dieu ! je l'ai porté chez lui.
    Dans sa chambre. . .Ah ! sa chambre ! il faut voir ce réduit !

    LE BRET:
    Il souffre ?

    RAGUENEAU:
    Non, Monsieur, il est sans connaissance,

    LE BRET:
    Un médecin ?

    RAGUENEAU:
    Il en vint un par complaisance,

    LE BRET:
    Mon pauvre Cyrano !--Ne disons pas cela
    Tout d'un coup à Roxane !--Et ce docteur ?

    RAGUENEAU:
    Il a
    Parlé,--je ne sais plus,--de fièvre, de méninges !. . .
    Ah ! si vous le voyiez--la tête dans des linges !. . .
    Courons vite !--Il n'y a personne à son chevet !--
    C'est qu'il pourrait mourir, Monsieur, s'il se levait !

    LE BRET (l'entraînant vers la droite):
    Passons par là ! Viens, c'est plus court ! Par la chapelle !

    ROXANE (paraissant sur le perron et voyant Le Bret s'éloigner par la
    colonnade qui mène a la petite porte de la chapelle):
    Monsieur Le Bret !
    (Le Bret et Ragueneau se sauvent sans répondre):
    Le Bret s'en va quand on l'appelle ?
    C'est quelque histoire encor de ce bon Ragueneau !
    (Elle descend le perron.)

    Scène 5.IV.

    Roxane seule, puis deux sœurs, un instant.

    ROXANE:
    Ah ! que ce dernier jour de septembre est donc beau !
    Ma tristesse sourit. Elle qu'Avril offusque,
    Se laisse décider par l'automne, moins brusque.
    (Elle s'assied à son métier. Deux sœurs sortent de la maison et
    apportent un grand fauteuil sous l'arbre):
    Ah ! voici le fauteuil classique où vient s'asseoir
    Mon vieil ami !

    SŒUR MARTHE:
    Mais c'est le meilleur du parloir !

    ROXANE:
    Merci, ma sœur.
    (Les sœurs s'éloignent):
    Il va venir.
    (Elle s'installe. On entend sonner l'heure):
    Là. . .l'heure sonne.
    --Mes écheveaux !--L'heure a sonné ? Ceci m'étonne !
    Serait-il en retard pour la première fois ?
    La sœur tourière doit--mon dé ?. . .là, je le vois !--
    L'exhorter à la pénitence.
    (Un temps):
    Elle l'exhorte !
    --Il ne peut plus tarder.--Tiens ! une feuille morte !--
    (Elle repousse du doigt la feuille tombée sur son métier):
    D'ailleurs, rien ne pourrait.--Mes ciseaux ?. . .dans mon sac !--
    L'empêcher de venir !

    UNE SŒUR (paraissant sur le perron):
    Monsieur de Bergerac.

    Scène 5.V.

    Roxane, Cyrano et, un moment, sœur Marthe.

    ROXANE (sans se retourner):
    Qu'est-ce que je disais ?. . .
    (Et elle brode. Cyrano, très pâle, le feutre enfoncé sur les yeux,
    paraît. La sœur qui l'a introduit rentre. Il se met à descendre le
    perron lentement, avec un effort visible pour se tenir debout, et en
    s'appuyant sur sa canne. Roxane travaille à sa tapisserie):
    Ah ! ces teintes fanées. . .
    Comment les rassortir ?
    (A Cyrano, sur un ton d'amicale gronderie):
    Depuis quatorze années,
    Pour la première fois, en retard !

    CYRANO (qui est parvenu au fauteuil et s'est assis, d'une voix gaie,
    contrastant avec son visage):
    Oui, c'est fou !
    J'enrage. Je fus mis en retard, vertuchou !. . .

    ROXANE:
    Par ?. . .

    CYRANO:
    Par une visite assez inopportune.

    ROXANE (distraite, travaillant):
    Ah ! oui ! quelque fâcheux ?

    CYRANO:
    Cousine, c'était une
    Fâcheuse.

    ROXANE:
    Vous l'avez renvoyée ?

    CYRANO:
    Oui, j'ai dit:
    Excusez-moi, mais c'est aujourd'hui samedi,
    Jour où je dois me rendre en certaine demeure;
    Rien ne m'y fait manquer: repassez dans une heure !

    ROXANE (légèrement):
    Eh bien ! cette personne attendra pour vous voir:
    Je ne vous laisse pas partir avant ce soir.

    CYRANO (avec douceur):
    Peut-être un peu plus tôt faudra-t-il que je parte.
    (Il ferme les yeux et se tait un instant. Sœur Marthe traverse le
    parc de la chapelle au perron. Roxane l'aperçoit, lui fait un petit
    signe de tête.)

    ROXANE (à Cyrano):
    Vous ne taquinez pas sœur Marthe ?

    CYRANO (vivement, ouvrant les yeux):
    Si !
    (Avec une grosse voix comique):
    Sœur Marthe !
    Approchez !
    (La sœur glisse vers lui):
    Ha ! ha ! ha ! Beaux yeux toujours baissés !

    SŒUR MARTHE (levant les yeux en souriant):
    Mais. . .
    (Elle voit sa figure et fait un geste d'étonnement):
    Oh !

    CYRANO (bas, lui montrant Roxane):
    Chut ! Ce n'est rien !--
    (D'une voix fanfaronne. Haut):
    Hier, j'ai fait gras.

    SŒUR MARTHE:
    Je sais.
    (A part):
    C'est pour cela qu'il est si pâle !
    (Vite et bas):
    Au réfectoire
    Vous viendrez tout à l'heure, et je vous ferai boire
    Un grand bol de bouillon. . .Vous viendrez ?

    CYRANO:
    Oui, oui, oui.

    SŒUR MARTHE:
    Ah ! vous êtes un peu raisonnable, aujourd'hui !

    ROXANE (qui les entend chuchoter):
    Elle essaye de vous convertir ?

    SŒUR MARTHE:
    Je m'en garde !

    CYRANO:
    Tiens, c'est vrai ! Vous toujours si saintement bavarde,
    Vous ne me prêchez pas ? c'est étonnant, ceci !. . .
    (Avec une fureur bouffonne):
    Sabre de bois ! Je veux vous étonner aussi !
    Tenez, je vous permets. . .
    (Il a l'air de chercher une bonne taquinerie, et de la trouver):
    Ah ! la chose est nouvelle ?. . .
    De. . .de prier pour moi, ce soir, à la chapelle.

    ROXANE:
    Oh ! oh !

    CYRANO (riant):
    Sœur Marthe est dans la stupéfaction !

    SŒUR MARTHE (doucement):
    Je n'ai pas attendu votre permission.
    (Elle rentre.)

    CYRANO (revenant à Roxane, penchée sur son métier):
    Du diable si je peux jamais, tapisserie,
    Voir ta fin !

    ROXANE:
    J'attendais cette plaisanterie.
    (A ce moment un peu de brise fait tomber les feuilles.)

    CYRANO:
    Les feuilles !

    ROXANE (levant la tête, et regardant au loin, dans les allées):
    Elles sont d'un blond vénitien.
    Regardez-les tomber.

    CYRANO:
    Comme elles tombent bien !
    Dans ce trajet si court de la branche à la terre,
    Comme elles savent mettre une beauté dernière,
    Et malgré leur terreur de pourrir sur le sol,
    Veulent que cette chute ait la grâce d'un vol !

    ROXANE:
    Mélancolique, vous ?

    CYRANO (se reprenant):
    Mais pas du tout, Roxane !

    ROXANE:
    Allons, laissez tomber les feuilles de platane. . .
    Et racontez un peu ce qu'il y a de neuf.
    Ma gazette ?

    CYRANO:
    Voici !

    ROXANE:
    Ah !

    CYRANO (de plus en plus pâle, et luttant contre la douleur):
    Samedi, dix-neuf:
    Ayant mangé huit fois du raisiné de Cette,
    Le Roi fut pris de fièvre; à deux coups de lancette
    Son mal fut condamné pour lèse-majesté,
    Et cet auguste pouls n'a plus fébricité !
    Au grand bal, chez la reine, on a brûlé, dimanche,
    Sept cent soixante-trois flambeaux de cire blanche;
    Nos troupes ont battu, dit-on, Jean l'Autrichien;
    On a pendu quatre sorciers; le petit chien
    De madame d'Athis a dû prendre un clystère. . .

    ROXANE:
    Monsieur de Bergerac, voulez-vous bien vous taire !

    CYRANO:
    Lundi. . .rien. Lygdamire a changé d'amant.

    ROXANE:
    Oh !

    CYRANO (dont le visage s'altère de plus en plus):
    Mardi, toute la cour est à Fontainebleau.
    Mercredi, la Montglat dit au comte de Fiesque:
    Non ! Jeudi: Mancini, Reine de France,--ou presque !
    Le vingt-cinq, la Monglat à de Fiesque dit: Oui;
    Et samedi, vingt-six. . .
    (Il ferme les yeux. Sa tête tombe. Silence.)

    ROXANE (surprise de ne plus rien entendre, se retourne, le regarde, et
    se levant effrayée):
    Il est évanoui ?
    (Elle court vers lui en criant):
    Cyrano !

    CYRANO (rouvrant les yeux, d'une voix vague):
    Qu'est-ce ?. . .Quoi ?. . .
    (Il voit Roxane penchée sur lui et, vivement, assurant son chapeau sur
    sa tête et reculant avec effroi dans son fauteuil):
    Non ! non ! je vous assure,
    Ce n'est rien ! Laissez-moi !

    ROXANE:
    Pourtant. . .

    CYRANO:
    C'est ma blessure
    D'Arras. . .qui. . .quelquefois. . .vous savez. . .

    ROXANE:
    Pauvre ami !

    CYRANO:
    Mais ce n'est rien. Cela va finir.
    (Il sourit avec effort):
    C'est fini.

    ROXANE (debout près de lui):
    Chacun de nous a sa blessure: j'ai la mienne.
    Toujours vive, elle est là, cette blessure ancienne,
    (Elle met la main sur sa poitrine):
    Elle est là, sous la lettre au papier jaunissant
    Où l'on peut voir encor des larmes et du sang !
    (Le crépuscule commence à venir.)

    CYRANO:
    Sa lettre !. . .N'aviez-vous pas dit qu'un jour, peut-être,
    Vous me la feriez lire ?

    ROXANE:
    Ah ! vous voulez ?. . .Sa lettre ?

    CYRANO:
    Oui. . .Je veux. . .Aujourd'hui. . .

    ROXANE (lui donnant le sachet pendu à son cou):
    Tenez !

    CYRANO (le prenant):
    Je peux ouvrir ?

    ROXANE:
    Ouvrez. . .lisez !. . .
    (Elle revient à son métier, le replie, range ses laines.)

    CYRANO (lisant):
    Roxane, adieu, je vais mourir !. . .

    ROXANE (s'arrêtant, étonnée):
    Tout haut ?

    CYRANO (lisant):
    C'est pour ce soir, je crois, ma bien-aimée !
    J'ai l'âme lourde encor d'amour inexprimée,
    Et je meurs ! jamais plus, jamais mes yeux grisés,
    Mes regards dont c'était. . .

    ROXANE:
    Comment vous la lisez,
    Sa lettre !

    CYRANO (continuant):
    . . .dont c'était les frémissantes fêtes,
    Ne baiseront au vol les gestes que vous faites;
    J'en revois un petit qui vous est familier
    Pour toucher votre front, et je voudrais crier. . .

    ROXANE (troublée):
    Comme vous la lisez,--cette lettre !
    (La nuit vient insensiblement.)

    CYRANO:
    Et je crie:
    Adieu !. . .

    ROXANE:
    Vous la lisez. . .

    CYRANO:
    Ma chère, ma chérie,
    Mon trésor. . .

    ROXANE (rêveuse):
    D'une voix. . .

    CYRANO:
    Mon amour !. . .

    ROXANE:
    D'une voix. . .
    (Elle tressaille):
    Mais. . .que je n'entends pas pour la première fois !
    (Elle s'approche tout doucement, sans qu'il s'en aperçoive, passe
    derrière le fauteuil, se penche sans bruit, regarde la
    lettre.--L'ombre augmente.)

    CYRANO:
    Mon cœur ne vous quitta jamais une seconde,
    Et je suis et serai jusque dans l'autre monde
    Celui qui vous aima sans mesure, celui. . .

    ROXANE (lui posant la main sur l'épaule):
    Comment pouvez-vous lire à présent ? Il fait nuit.
    (Il tressaille, se retourne, la voit là tout près, fait un geste
    d'effroi, baisse la tête. Un long silence. Puis, dans l'ombre
    complètement venue, elle dit avec lenteur, joignant les mains):
    Et pendant quatorze ans, il a joué ce rôle
    D'être le vieil ami qui vient pour être drôle !

    CYRANO:
    Roxane !

    ROXANE:
    C'était vous !

    CYRANO:
    Non, non, Roxane, non !

    ROXANE:
    J'aurais dû deviner quand il disait mon nom !

    CYRANO:
    Non, ce n'était pas moi !

    ROXANE:
    C'était vous !

    CYRANO:
    Je vous jure. . .

    ROXANE:
    J'aperçois toute la généreuse imposture:
    Les lettres, c'était vous. . .

    CYRANO:
    Non !

    ROXANE:
    Les mots chers et fous,
    C'était vous. . .

    CYRANO:
    Non !

    ROXANE:
    La voix dans la nuit, c'était vous !

    CYRANO:
    Je vous jure que non !

    ROXANE:
    L'âme, c'était la vôtre !

    CYRANO:
    Je ne vous aimais pas.

    ROXANE:
    Vous m'aimiez !

    CYRANO (se débattant):
    C'était l'autre !

    ROXANE:
    Vous m'aimiez !

    CYRANO (d'une voix qui faiblit):
    Non !

    ROXANE:
    Déjà vous le dites plus bas !

    CYRANO:
    Non, non, mon cher amour, je ne vous aimais pas !

    ROXANE:
    Ah ! que de choses qui sont mortes. . .qui sont nées !
    --Pourquoi vous être tu pendant quatorze années,
    Puisque sur cette lettre où, lui, n'était pour rien,
    Ces pleurs étaient de vous ?

    CYRANO (lui tendant la lettre):
    Ce sang était le sien.

    ROXANE:
    Alors pourquoi laisser ce sublime silence
    Se briser aujourd'hui ?

    CYRANO:
    Pourquoi ?. . .
    (Le Bret et Ragueneau entrent en courant.)

    Scène 5.VI.

    Les mêmes, Le Bret et Ragueneau.

    LE BRET:
    Quelle imprudence !
    Ah ! j'en étais bien sûr ! il est là !

    CYRANO (souriant et se redressant):
    Tiens, parbleu !

    LE BRET:
    Il s'est tué, Madame, en se levant !

    ROXANE:
    Grand Dieu !
    Mais tout à l'heure alors. . .cette faiblesse ?. . .cette ?. . .

    CYRANO:
    C'est vrai ! je n'avais pas terminé ma gazette:
    . . .Et samedi, vingt-six, une heure avant dîné,
    Monsieur de Bergerac est mort assassiné.
    (Il se découvre; on voit sa tête entourée de linges.)

    ROXANE:
    Que dit-il ?--Cyrano !--Sa tête enveloppée !. . .
    Ah, que vous a-t-on fait ? Pourquoi ?

    CYRANO:
    "D'un coup d'épée,
    Frappé par un héros, tomber la pointe au cœur !". . .
    --Oui, je disais cela !. . .Le destin est railleur !. . .
    Et voilà que je suis tué dans une embûche,
    Par derrière, par un laquais, d'un coup de bûche !
    C'est très bien. J'aurai tout manqué, même ma mort.

    RAGUENEAU:
    Ah, Monsieur !. . .

    CYRANO:
    Ragueneau ne pleure pas si fort !. . .
    (Il lui tend la main):
    Qu'est-ce que tu deviens, maintenant, mon confrère ?

    RAGUENEAU (à travers ses larmes):
    Je suis moucheur de. . .de. . .chandelles, chez Molière.

    CYRANO:
    Molière !

    RAGUENEAU:
    Mais je veux le quitter, dès demain:
    Oui, je suis indigné !. . .Hier, on jouer Scapin,
    Et j'ai vu qu'il vous a pris une scène !

    LE BRET:
    Entière !

    RAGUENEAU:
    Oui, Monsieur, le fameux: "Que Diable allait-il faire ?. . ."

    LE BRET (furieux):
    Molière te l'a pris !

    CYRANO:
    Chut ! chut ! Il a bien fait !. . .
    (A Ragueneau):
    La scène, n'est-ce pas, produit beaucoup d'effet ?

    RAGUENEAU (sanglotant):
    Ah ! Monsieur, on riait ! on riait !

    CYRANO:
    Oui, ma vie
    Ce fut d'être celui qui souffle--et qu'on oublie !
    (A Roxane):
    Vous souvient-il du soir où Christian vous parla
    Sous le balcon ? Eh bien ! toute ma vie est là:
    Pendant que je restais en bas, dans l'ombre noire,
    D'autres montaient cueillir le baiser de la gloire !
    C'est justice, et j'approuve au seuil de mon tombeau:
    Molière a du génie et Christian était beau !
    (A ce moment, la cloche de la chapelle ayant tinté, on voit passer au
    fond, dans l'allée, les religieuses se rendant à l'office):
    Qu'elles aillent prier puisque leur cloche sonne !

    ROXANE (se relevant pour appeler):
    Ma sœur ! ma sœur !

    CYRANO (la retenant):
    Non ! non ! n'allez chercher personne:
    Quand vous reviendriez, je ne serais plus là.
    (Les religieuses sont entrées dans la chapelle, on entend l'orgue):
    Il me manquait un peu d'harmonie. . .en voilà.

    ROXANE:
    Je vous aime, vivez !

    CYRANO:
    Non ! car c'est dans le conte
    Que lorsqu'on dit: Je t'aime ! au prince plein de honte,
    Il sent sa laideur fondre à ces mots de soleil. . .
    Mais tu t'apercevrais que je reste pareil.

    ROXANE:
    J'ai fait votre malheur ! moi ! moi !

    CYRANO:
    Vous ?. . .au contraire !
    J'ignorais la douceur féminine. Ma mère
    Ne m'a pas trouvé beau. Je n'ai pas eu de sœur.
    Plus tard, j'ai redouté l'amante à l'œil moqueur.
    Je vous dois d'avoir eu, tout au moins, une amie.
    Grâce à vous une robe a passé dans ma vie.

    LE BRET (lui montrant le clair de lune qui descend à travers les branches):
    Ton autre amie est là, qui vient te voir !

    CYRANO (souriant à la lune):
    Je vois.

    ROXANE:
    Je n'aimais qu'un seul être et je le perds deux fois !

    CYRANO:
    Le Bret, je vais monter dans la lune opaline,
    Sans qu'il faille inventer, aujourd'hui, de machine. . .

    LE BRET:
    Que dites-vous ?

    CYRANO:
    Mais oui, c'est là, je vous le dis,
    Que l'on va m'envoyer faire mon paradis
    Plus d'une âme que j'aime y doit être exilée,
    Et je retrouverai Socrate et Galilée !

    LE BRET (se révoltant):
    Non, non ! C'est trop stupide à la fin, et c'est trop
    Injuste ! Un tel poète ! Un cœur si grand, si haut !
    Mourir ainsi !. . .Mourir !. . .

    CYRANO:
    Voilà Le Bret qui grogne !

    LE BRET (fondant en larmes):
    Mon cher ami. . .

    CYRANO (se soulevant, l'œil égaré):
    Ce sont les cadets de Gascogne. . .
    --La masse élémentaire. . .Eh oui !. . .voilà le hic. . .

    LE BRET:
    Sa science. . .dans son délire !

    CYRANO:
    Copernic
    A dit. . .

    ROXANE:
    Oh !

    CYRANO:
    Mais aussi que diable allait-il faire,
    Mais que diable allait-il faire en cette galère ?. . .
    Philosophe, physicien,
    Rimeur, bretteur, musicien,
    Et voyageur aérien,
    Grand riposteur du tac au tac,
    Amant aussi--pas pour son bien !--
    Ci-gît Hercule-Savinien
    De Cyrano de Bergerac,
    Qui fut tout, et qui ne fut rien,
    . . .Mais je m'en vais, pardon, je ne peux faire attendre:
    Vous voyez, le rayon de lune vient me prendre !
    (Il se retombé assis, les pleurs de Roxane le rappellent à la réalité,
    il la regarde, et caressant ses voiles):
    Je ne veux pas que vous pleuriez moins ce charmant,
    Ce bon, ce beau Christian; mais je veux seulement
    Que lorsque le grand froid aura pris mes vertèbres,
    Vous donniez un sens double à ces voiles funèbres,
    Et que son deuil sur vous devienne un peu mon deuil.

    ROXANE:
    Je vous jure !. . .

    CYRANO (est secoué d'un grand frisson et se lève brusquement):
    Pas là ! non ! pas dans ce fauteuil !
    (On veut s'élancer vers lui):
    --Ne me soutenez pas !--Personne !
    (Il va s'adosser à l'arbre):
    Rien que l'arbre !
    (Silence):
    Elle vient. Je me sens déjà botté de marbre,
    --Ganté de plomb !
    (Il se raidit):
    Oh ! mais !. . .puisqu'elle est en chemin,
    Je l'attendrai debout,
    (Il tire l'épée):
    et l'épée à la main !

    LE BRET:
    Cyrano !

    ROXANE (défaillante):
    Cyrano !
    (Tous reculent épouvantés.)

    CYRANO:
    Je crois qu'elle regarde. . .
    Qu'elle ose regarder mon nez, cette Camarde
    (Il lève son épée):
    Que dites-vous ?. . .C'est inutile ?. . .Je le sais !
    Mais on ne se bat pas dans l'espoir du succès !
    Non ! non ! c'est bien plus beau lorsque c'est inutile !
    --Qu'est-ce que c'est tous ceux-là ?--Vous êtes mille ?
    Ah ! je vous reconnais, tous mes vieux ennemis !
    Le Mensonge ?
    (Il frappe de son épée le vide):
    Tiens, tiens !--Ha ! ha ! les Compromis !
    Les Préjugés, les Lâchetés !. . .
    (Il frappe):
    Que je pactise ?
    Jamais, jamais !--Ah ! te voilà, toi, la Sottise !
    --Je sais bien qu'à la fin vous me mettrez à bas;
    N'importe: je me bats ! je me bats ! je me bats !
    (Il fait des moulinets immenses et s'arrête haletant):
    Oui, vous m'arrachez tout, le laurier et la rose !
    Arrachez ! Il y a malgré vous quelque chose
    Que j'emporte, et ce soir, quand j'entrerai chez Dieu,
    Mon salut balaiera largement le seuil bleu,
    Quelque chose que sans un pli, sans une tache,
    J'emporte malgré vous,
    (Il s'élance l'épée haute):
    et c'est. . .
    (L'épée s'échappe de ses mains, il chancelle, tombe dans les bras de
    Le Bret et de Ragueneau.)

    ROXANE (se penchant sur lui et lui baisant le front):
    C'est ?. . .

    CYRANO (rouvre les yeux, la reconnaît et dit en souriant):
    Mon panache.

    Rideau.

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    Cinq Semaines En Ballon

    Aproximadamente 84.512 palavras.

    CINQ SEMAINES EN BALLON

    BY JULES VERNE

    VOYAGE DE DÉCOUVERTES EN AFRIQUE PAR TROIS ANGLAIS

    CHAPITRE PREMIER

    La fin d'un discours très applaudi.--Présentation du docteur Samuel
    Fergusson--« Excelsior. »--Portrait en pied du docteur.--Un fataliste
    convaincu.--Dîner au Traveller's club.--Nombreux toasts.

    Il y avait une grande affluence d'auditeurs, le 14 janvier 1862, à la
    séance de la Société royale géographique de Londres, Waterloo place, 3.
    Le président, sir Francis M..., faisait à ses honorables collègues une
    importante communication dans un discours fréquemment interrompu par
    les applaudissements.

    Ce rare morceau d'éloquence se terminait enfin par quelques phrases
    ronflantes dans lesquelles le patriotisme se déversait à pleines
    périodes:

    « L'Angleterre a toujours à la tête des nations (car, on l'a remarqué,
    les nations marchent universellement à la tête les unes des autres), «
    par l'intrépidité de ses voyageurs dans la voie des découvertes
    géographiques. (Assentiments nombreux.) Le docteur Samuel Fergusson,
    l'un de ses glorieux enfants, ne faillira pas à son origine. (De toutes
    parts: Non! non!) Cette tentative, si elle réussit (elle réussira!)
    reliera, en les complétant, les notions éparses de la cartologie
    africaine (véhémente approbation), et si elle échoue (jamais! jamais!),
    elle restera du moins comme l'un des plus audacieuses conceptions du
    génie humain! (Trépignements frénétiques.) »

    --Hourra! hourra! fit l'assemblée électrisée par ces émouvantes
    paroles.

    --Hourra pour l'intrépide Fergusson!» s'écria l'un des membres les plus
    expansifs de l'auditoire.

    Des cris enthousiastes retentirent. Le nom de Fergusson éclata dans
    toutes les bouches, et nous sommes fondés à croire qu'il gagna
    singulièrement à passer par des gosiers anglais. La salle des séances
    en fut ébranlée.

    Ils étaient là pourtant, nombreux, vieillis, fatigués, ces intrépides
    voyageurs que leur tempérament mobile promena dans les cinq parties du
    monde! Tous, plus ou moins, physiquement ou moralement, ils avaient
    échappé aux naufrages, aux incendies. aux tomahawks de l'Indien, aux
    casse-têtes du sauvage, au poteau du supplice, aux estomacs de la
    Polynésie! Mais rien ne put comprimer les battements de leurs cœurs
    pendant le discours de sir Francis M..., et, de mémoire humaine, ce fut
    là certainement le plus beau succès oratoire de la Société royale
    géographique de Londres Mais, en Angleterre, l'enthousiasme ne s'en
    tient pas seulement aux paroles. Il bat monnaie plus rapidement encore
    que le balancier de « the Royal Mint [La Monnaie à Londres.]. » Une
    indemnité d'encouragement fut votée, séance tenante, en faveur du
    docteur Fergusson, et s'éleva au chiffre de deux mille cinq cents
    livres[Soixante-deux mille cinq cents francs.]. L'importance de la
    somme se proportionnait à l'importance de l'entreprise.

    L'un des membres de la Société interpella le président sur la question
    de savoir si le docteur Fergusson ne serait pas officiellement
    présenté.

    « Le docteur se tient à la disposition de l'assemblée, répondit sir
    Francis M ...

    --Qu'il entre! s'écria-t-on, qu'il entre! Il est bon de voir par ses
    propres yeux un homme d'une audace aussi extraordinaire!

    --Peut-être cette incroyable proposition, dit un vieux commodore
    apoplectique, n'a-t-elle eu d'autre but que de nous mystifier!

    --Et si le docteur Fergusson n'existait pas! cria une voix malicieuse.

    --Il faudrait l'inventer, répondit un membre plaisant de cette grave
    Société.

    --Faites entrer le docteur Fergusson, » dit simplement sir Francis M
    ...

    Et le docteur entra au milieu d'un tonnerre d'applaudissements, pas le
    moins du monde ému d'ailleurs.

    C'était un homme d'une quarantaine d'années, de taille et de
    constitution ordinaires; son tempérament sanguin se trahissait par une
    coloration forcée du visage, il avait une figure froide, aux traits
    réguliers, avec un nez fort, le nez en proue de vaisseau de l'homme
    prédestiné aux découvertes; ses yeux fort doux, plus intelligents que
    hardis, donnaient un grand charme à sa physionomie; ses bras étaient
    longs, et ses pieds se posaient à terre avec l'aplomb du grand
    marcheur.

    La gravité calme respirait dans toute la personne du docteur, et l'idée
    ne venait pas à l'esprit qu'il put être l'instrument de la plus
    innocente mystification.

    Aussi, les hourras et les applaudissements ne cessèrent qu'au moment où
    le docteur Fergusson réclama le silence par un geste aimable. Il se
    dirigea vers le fauteuil préparé pour sa présentation; puis, debout,
    fixe, le regard énergique, il leva vers le ciel l'index de la main
    droite; ouvrit la bouche et prononça ce seul mot:

    « Excelsior! »

    Non! jamais interpellation inattendue de MM. Bright et Cobden, jamais
    demande de fonds extraordinaires de lord Palmerston pour cuirasser les
    rochers de l'Angleterre, n'obtinrent un pareil succès. Le discours de
    sir Francis M... était dépassé, et de haut. Le docteur se montrait à la
    fois sublime, grand, sobre et mesuré; il avait dit le mot de la
    situation:

    « Excelsior! »

    Le vieux commodore, complètement rallié à cet homme étrange, réclama
    l'insertion « intégrale » du discours Fergusson dans the Proceedings of
    the Royal Geographical Society of London [Bulletins de la Société
    Royale Géographique de Londres.].

    Qu'était donc ce docteur, et à quelle entreprise allait-il se dévouer?

    Le père du jeune Fergusson, un brave capitaine de la marine anglaise,
    avait associé son fils, dès son plus jeune âge, aux dangers et aux
    aventures de sa profession. Ce digne enfant, qui paraît n'avoir jamais
    connu la crainte, annonça promptement un esprit vif, une intelligence
    de chercheur, une propension remarquable vers les travaux
    scientifiques; il montrait, en outre, une adresse peu commune à se
    tirer d'affaire; il ne fut jamais embarrassé de rien, pas même de se
    servir de sa première fourchette, à quoi les enfants réussissent si peu
    en général.

    Bientôt son imagination s'enflamma à la lecture des entreprises
    hardies, des explorations maritimes; il suivit avec passion les
    découvertes qui signalèrent la première partie du XlXe siècle; il rêva
    la gloire des Mungo-Park, des Bruce, des Caillié, des Levaillant, et
    même un peu, je crois, celle de Selkirk, le Robinson Crusoé, qui ne lui
    paraissait pas inférieure. Que d'heures bien occupées il passa avec lui
    dans son île de Juan Fernandez! Il approuva souvent les idées du
    matelot abandonné; parfois il discuta ses plans et ses projets; il eût
    fait autrement, mieux peut-être, tout aussi bien, à coup sûr! Mais,
    chose certaine, il n'eût jamais fui cette bienheureuse île, où il était
    heureux comme un roi sans sujets....; non, quand il se fût agi de
    devenir premier lord de l'amirauté!

    Je vous laisse à penser si ces tendances se développèrent pendant sa
    jeunesse aventureuse jetée aux quatre coins du monde. Son père, en
    homme instruit, ne manquait pas d'ailleurs de consolider cette vive
    intelligence par des études sérieuses en hydrographie, en physique et
    en mécanique, avec une légère teinture de botanique, de médecine et
    d'astronomie.

    A la mort du digne capitaine, Samuel Fergusson, âgé de vingt-deux ans,
    avait déjà fait son tour du monde; il s'enrôla dans le corps des
    ingénieurs bengalais, et se distingua en plusieurs affaires; mais cette
    existence de soldat ne lui convenait pas; se souciant peu de commander,
    il n'aimait pas à obéir. Il donna sa démission, et, moitié chassant,
    moitié herborisant, il remonta vers le nord de la péninsule indienne et
    la traversa de Calcutta à Surate. Une simple promenade d'amateur.

    De Surate, nous le voyons passer en Australie, et prendre part en 1845
    à l'expédition du capitaine Sturt, chargé de découvrir cette mer
    Caspienne que l'on suppose exister au centre de la Nouvelle-Hollande.

    Samuel Fergusson revint en Angleterre vers 1830, et, plus que jamais
    possédé du démon des découvertes, il accompagna jusqu’en 1853 le
    capitaine Mac Clure dans l'expédition qui contourna le continent
    américain du détroit de Behring au cap Farewel.

    En dépit des fatigues de tous genres, et sous tous les climats, la
    constitution de Fergusson résistait merveilleusement; il vivait à son
    aise au milieu des plus complètes privations; c'était le type du
    parfait voyageur, dont l'estomac se resserre ou se dilate à volonté,
    dont les jambes s'allongent ou se raccourcissent suivant la couche
    improvisée, qui s'endort à toute heure du jour et se réveille à toute
    heure de la nuit.

    Rien de moins étonnant, dès lors, que de retrouver notre infatigable
    voyageur visitant de 1855 à 1857 tout l'ouest du Tibet en compagnie des
    frères Schlagintweit, et rapportant de cette exploration de curieuses
    observations d'ethnographie.

    Pendant ces divers voyages, Samuel Fergusson fut le correspondant le
    plus actif et le plus intéressant du Daily Telegraph, ce journal à un
    penny, dont le tirage monte jusqu'à cent quarante mille exemplaires par
    jour, et suffit à peine à plusieurs millions de lecteurs. Aussi le
    connaissait-on bien, ce docteur, quoiqu'il ne fût membre d'aucune
    institution savante, ni des Sociétés royales géographiques de Londres,
    de Paris, de Berlin, de Vienne ou de Saint-Pétersbourg, ni du Club des
    Voyageurs, ni même de Royal Polytechnic Institution, où trônait son ami
    le statisticien Kokburn.

    Ce savant lui proposa même un jour de résoudre le problème suivant,
    dans le but de lui être agréable: Étant donné le nombre de milles
    parcourus par le docteur autour du monde, combien sa tête en a-t-elle
    fait de plus que ses pieds, par suite de la différence des rayons? Ou
    bien, étant connu ce nombre de milles parcourus par les pieds et par la
    tête du docteur, calculer sa taille exacte à une ligne près?

    Mais Fergusson se tenait toujours éloigné des corps savants, étant de
    l'église militante et non bavardante; il trouvait le temps mieux
    employé à chercher qu'à discuter, à découvrir qu'à discourir.

    On raconte qu'un Anglais vint un jour à Genève avec l'intention de
    visiter le lac; on le fit monter dans l'une de ces vieilles voitures où
    l'on s'asseyait de côté comme dans les omnibus: or il advint que, par
    hasard, notre Anglais fut placé de manière à présenter le dos au lac;
    la voiture accomplit paisiblement son voyage circulaire, sans qu'il
    songeât à se retourner une seule fois, et il revint à Londres, enchanté
    du lac de Genève.

    Le docteur Fergusson s'était retourné, lui, et plus d'une fois pendant
    ses voyages, et si bien retourné qu'il avait beaucoup vu. En cela,
    d'ailleurs, il obéissait à sa nature, et nous avons de bonnes raisons
    de croire qu'il était un peu fataliste, mais d'un fatalisme très
    orthodoxe, comptant sur lui, et même sur la Providence; `il se disait
    poussé plutôt qu'attiré dans ses voyages, et parcourait le monde,
    semblable à une locomotive, qui ne se dirige pas, mais que la route
    dirige.

    « Je ne poursuis pas mon chemin, disait-il souvent, c'est mon chemin
    qui me poursuit. »

    On ne s'étonnera donc pas du sang-froid avec lequel il accueillit les
    applaudissements de la Société Royale; il était au-dessus de ces
    misères, n'ayant pas d'orgueil et encore moins de vanité; il trouvait
    toute simple la proposition qu'il avait adressée au président sir
    Francis M ... et ne s'aperçut même pas de l’effet immense qu'elle
    produisit.

    Après la séance, le docteur fut conduit au Traveller's club, dans Pall
    Mall; un superbe festin s'y trouvait dressé à son intention; la
    dimension des pièces servies fut en rapport avec l'importance du
    personnage, et l'esturgeon qui figura dans ce splendide repas n'avait
    pas trois pouces de moins en longueur que Samuel Fergusson lui-même.

    Des toasts nombreux furent portés avec les vins de France aux célèbres
    voyageurs qui s'étaient illustrés sur la terre d'Afrique. On but à leur
    santé ou à leur mémoire, et par ordre alphabétique, ce qui est très
    anglais: à Abbadie, Adams, Adamson, Anderson, Arnaud, Baikie, Baldwin,
    Barth, Batouda, Beke, Beltrame, du Berba, Bimbachi, Bolognesi, Bolwik,
    Bolzoni, Bonnemain, Brisson, Browne, Bruce, Brun-Rollet, Burchell,
    Burckhardt, Burton, Caillaud, Caillié, Campbell, Chapman, Clapperton,
    Clot, Bey, Colomieu, Courval, Cumming, Cuny, Debono, Decken, Denham,
    Desavanchers, Dicksen, Dickson; Dochard, Duchaillu, Duncan, Durand,
    Duroulé, Duveyrier, Erhardt, d'Escayrac de Lauture, Ferret, Fresnel,
    Galinier, Galton, Geoffroy, Golberry, Hahn, Halm, Harnier, Hecquart,
    Heuglin, Hornemann, Houghton, Imbert, Kaufmann, Knoblecher, Krapf,
    Kummer, Lafargue, Laing, Lajaille, Lambert, Lamiral, Lamprière, John
    Lander, Richard Lander, Lefebvre, Lejean, Levaillant, Livingstone,
    Maccarthie, Maggiar, Maizan, Malzac, Moffat, Mollien, Monteiro,
    Morrisson, Mungo-Park, Neimans, Overwev, Panet, Partarrieau, Pascal,
    Pearse, Peddie, Peney, Petherick, Poncet, Prax, Raffenel, Rath,
    Rebmann, Richardson, Riley, Ritchie, Rochet d'Héricourt, Rongâwi,
    Roscher, Ruppel, Saugnier, Speke, Steidner, Thibaud, Thompson,
    Thornton, Toole, Tousny, Trotter, Tuckey, Tyrwitt, Vaudey, Veyssière,
    Vincent, Vinco, Vogel, Wahlberg, Warington, Washington, Werne, Wild, et
    enfin au docteur Samuel Fergusson qui, par son incroyable tentative,
    devait relier les travaux de ces voyageurs et compléter la série des
    découvertes africaines.

    CHAPITRE II

    Un article du Daily Telegraph.--Guerre de journaux savants.

    Le lendemain, dans son numéro du 16 janvier, le Daily Telegraph
    publiait un article ainsi conçu:

    « L'Afrique va livrer enfin le secret de ses vastes solitudes; un Œdipe
    moderne nous donnera le mot de cette énigme que les savants de soixante
    siècles n'ont pu déchiffrer. Autrefois, rechercher les sources du Nil,
    fontes Nili quœrere, était regardé comme une tentative insensée, une
    irréalisable chimère. »

    « Le docteur Barth, en suivant jusqu'au Soudan la route tracée par
    Denham et Clapperton; le docteur Livingstone, en multipliant ses
    intrépides investigations depuis le cap de Bonne-Espérance jusqu'au
    bassin du Zambezi; les capitaines Burton et Speke, par la découverte
    des Grands Lacs intérieurs, ont ouvert trois chemins à la civilisation
    moderne; leur point d'intersection, où nul voyageur n'a encore pu
    parvenir, est le cœur même de l'Afrique. C'est là que doivent tendre
    tous les efforts. »

    « Or, les travaux de ces hardis pionniers de la science vont être
    renoués par l'audacieuse tentative du docteur Samuel Fergusson, dont
    nos lecteurs ont souvent apprécié les belles explorations. »

    « Cet intrépide découvreur (discoverer) se propose de traverser en
    ballon toute l'Afrique de l'est à l'ouest. Si nous sommes bien
    informés, le point de départ de ce surprenant voyage serait l'île de
    Zanzibar sur la côte orientale. Quant au point d'arrivée, à la
    Providence seule il est réservé de le connaître. »

    « La proposition de cette exploration scientifique a été faite hier
    officiellement à la Société Royale de Géographie; une somme de deux
    mille cinq cents livres est votée pour subvenir aux frais de
    l'entreprise.

    « Nous tiendrons nos lecteurs au courant de cette tentative, qui est
    sans précédents dans les fastes géographiques. »

    Comme on le pense, cet article eut un énorme retentissement; il souleva
    d'abord les tempêtes de l'incrédulité, le docteur Fergusson passa pour
    un être purement chimérique, de l'invention de M. Barnum, qui, après
    avoir travaillé aux États-Unis, s'apprêtait à « faire » les Iles
    Britanniques.

    Une réponse plaisante parut à Genève dans le numéro de février des «
    Bulletins de la Société Géographique », elle raillait spirituellement
    la Société Royale de Londres, le Traveller's club et l'esturgeon
    phénoménal.

    Mais M. Petermann, dans ses « Mittheilungen, » publiés à Gotha,
    réduisit au silence le plus absolu le journal de Genève. M. Petermann
    connaissait personnellement le docteur Fergusson, et se rendait garant
    de l'intrépidité de son audacieux ami

    Bientôt d'ailleurs le doute ne fut plus possible; les préparatifs du
    voyage se faisaient à Londres; les fabriques de Lyon avaient reçu une
    commande importante de taffetas pour la construction de l'aérostat;
    enfin le gouvernement britannique mettait à la disposition du docteur
    le transport le Resolute, capitaine Pennet

    Aussitôt mille encouragements se firent jour, mille félicitations
    éclatèrent. Les détails de l’entreprise parurent tout au long dans les
    Bulletins de la Société Géographique de Paris; un article remarquable
    fut imprimé dans les « Nouvelles Annales des voyages, de la géographie,
    de l'histoire et de l'archéologie de M. V.-A. Malte-Brun »; un travail
    minutieux publié dans « Zeitschrift für Allgemeine Erdkunde, » par le
    docteur W. Koner, démontra victorieusement la possibilité du voyage,
    ses chances de succès, la nature des obstacles, les immenses avantages
    du mode de locomotion par la voie aérienne; il blâma seulement le point
    de départ; il indiquait plutôt Masuah, petit port de l'Abyssinie, d’où
    James Bruce, en 1768, s'était élancé à la recherche des sources du Nil.
    D'ailleurs il admirait sans réserve cet esprit énergique du docteur
    Fergusson, et ce cœur couvert d'un triple airain qui concevait et
    tentait un pareil voyage.

    Le « North American Review » ne vit pas sans déplaisir une telle gloire
    réservée à l'Angleterre; il tourna la proposition du docteur en
    plaisanterie, et l'engagea à pousser jusqu'en Amérique, pendant qu'il
    serait en si bon chemin.

    Bref, sans compter les journaux du monde entier, il n'y eut pas de
    recueil scientifique, depuis le ·« Journal des Missions évangéliques »
    jusqu'à la « Revue algérienne et coloniale, » depuis les « Annales de
    la propagation de la foi » jusqu'au « Church missionnary intelligencer,
    » qui ne relatât le fait sous toutes ses formes.

    Des paris considérables s'établirent à Londres et dans l'Angleterre, 1°
    sur l'existence réelle ou supposée du docteur Fergusson; 2° sur le
    voyage lui-même, qui ne serait pas tenté suivant les uns, qui serait
    entrepris suivant les autres; 3° sur la question de savoir s'il
    réussirait ou s'il ne réussirait pas; 4° sur les probabilités ou les
    improbabilités du retour du docteur Fergusson. On engagea des sommes
    énormes au livre des paris, comme s'il se fût agi des courses d'Epsom.

    Ainsi donc, croyants, incrédules, ignorants et savants, tous eurent les
    yeux fixés sur le docteur; il devint le lion du jour sans se douter
    qu'il portât une crinière. Il donna volontiers des renseignements
    précis sur son expédition. Il fut aisément abordable et l'homme le plus
    naturel du monde. Plus d'un aventurier hardi se présenta, qui voulait
    partager la gloire et les dangers de sa tentative; mais il refusa sans
    donner de raisons de son refus.

    De nombreux inventeurs de mécanismes applicables à la direction des
    ballons vinrent lui proposer leur système. Il n'en voulut accepter
    aucun. A qui lui demanda s'il avait découvert quelque chose à cet
    égard, il refusa constamment de s'expliquer, et s'occupa plus
    activement que jamais des préparatifs de son voyage.

    CHAPITRE III

    L'ami du docteur.--D'où datait leur amitié.--Dick Kennedy à
    Londres.--Proposition inattendue, mais point rassurante.--Proverbe peu
    consolant.--Quelques mots du martyrologe africain--Avantages d'un
    aérostat.--Le secret du docteur Fergusson.

    Le docteur Fergusson avait un ami. Non pas un autre lui-même, un alter
    ego; l'amitié ne saurait exister entre deux êtres parfaitement
    identiques.

    Mais s'ils possédaient des qualités, des aptitudes, un tempérament
    distincts, Dick Kennedy et Samuel Fergusson vivaient d'un seul et même
    cœur, et cela ne les gênait pas trop. Au contraire.

    Ce Dick Kennedy était un Écossais dans toute l'acception du mot,
    ouvert, résolu, entêté. Il habitait la petite ville de Leith, près
    d'Édimbourg, une véritable banlieue de la « Vieille Enfumée »
    [Sobriquet d'Édimbourg, Auld Reekie,]. C'était quelquefois un pêcheur,
    mais partout et toujours un chasseur déterminé: rien de moins étonnant
    de la part d'un enfant de la Calédonie, quelque peu coureur des
    montagnes des Highlands. On le citait comme un merveilleux tireur à la
    carabine; non seulement il tranchait des balles sur une lame de
    couteau, mais il les coupait en deux moitiés si égales, qu'en les
    pesant ensuite on ne pouvait y trouver de différence appréciable.

    La physionomie de Kennedy rappelait beaucoup celle de Halbert
    Glendinning, telle que l'a peinte Walter Scott dans « le Monastére »;
    sa taille dépassait six pieds anglais [Environ cinq pieds huit
    pouces.]; plein de grâce et d'aisance, il paraissait doué d'une force
    herculéenne; une figure fortement hâlée par le soleil, des yeux vifs et
    noirs, une hardiesse naturelle très décidée, enfin quelque chose de bon
    et de solide dans toute sa personne prévenait en faveur de l'Écossais.

    La connaissance des deux amis se fit dans l'Inde, à l'époque où tous
    deux appartenaient au même régiment; pendant que Dick chassait au tigre
    et à l'éléphant, Samuel chassait à la plante et à l'insecte; chacun
    pouvait se dire adroit dans sa partie, et plus d'une plante rare devint
    la proie du docteur, qui valut à conquérir autant qu'une paire de
    défenses en ivoire.

    Ces deux jeunes gens n'eurent jamais l'occasion de se sauver la vie, ni
    de se rendre un service quelconque. De là une amitié inaltérable. La
    destinée les éloigna parfois, mais la sympathie les réunit toujours.

    Depuis leur rentrée en Angleterre, ils furent souvent séparés par les
    lointaines expéditions du docteur; mais, de retour, celui-ci ne manqua,
    jamais d'aller, non pas demander, mais donner quelques semaines de
    lui-même à son ami l'Écossais.

    Dick causait du passé, Samuel préparait l'avenir: l'un regardait en
    avant, l’autre en arrière. De là un esprit inquiet, celui de Fergusson,
    une placidité parfaite, celle de Kennedy.

    Après son voyage au Tibet, le docteur resta près de deux ans sans
    parler d'explorations nouvelles; Dick supposa que ses instincts de
    voyage, ses appétits d'aventures se calmaient. Il en fut ravi. Cela,
    pensait-il, devait finir mal un jour ou l'autre; quelque habitude que
    l'on ait des hommes, on ne voyage pas impunément au milieu des
    anthropophages et des bêtes féroces; Kennedy engageait donc Samuel à
    enrayer, ayant assez fait d'ailleurs pour la science, et trop pour la
    gratitude humaine.

    A cela, le docteur se contentait de ne rien répondre; il demeurait
    pensif, puis il se livrait à de secrets calculs, passant ses nuits dans
    des travaux de chiffres, expérimentant même des engins singuliers dont
    personne ne pouvait se rendre compte. On sentait qu'une grande pensée
    fermentait dans son cerveau.

    « Qu'a-t-il pu ruminer ainsi?» se demanda Kennedy, quand son ami l'eut
    quitté pour retourner à Londres, au mois de janvier.

    Il l'apprit un matin par l'article du Daily Telegraph.

    « Miséricorde! s'écria-t-il. Le fou! l'insensé traverser l'Afrique en
    ballon! Il ne manquait plus que cela! Voilà donc ce qu'il méditait
    depuis deux ans! »

    A la place de tous ces points d'exclamation, mettez des coups de poing
    solidement appliqués sur la tête, et vous aurez une idée de l'exercice
    auquel se livrait le brave Dick en parlant ainsi.

    Lorsque sa femme de confiance, la vieille Elspeth, voulut insinuer que
    ce pourrait bien être une mystification:

    « Allons donc! répondit-il, est-ce que je ne reconnais pas mon homme?

    Est-ce que ce n'est pas de lui? Voyager à travers les airs! Le voilà
    jaloux des aigles maintenant! Non, certes, cela ne sera pas! je saurai
    bien l'empêcher! Eh! si on le laissait faire, il partirait un beau jour
    pour la lune! »

    Le soir même, Kennedy, moitié inquiet, moitié exaspéré, prenait le
    chemin de fer à General Railway station, et le lendemain il arrivait à
    Londres.

    Trois quarts d'heure après un cab le déposait à la petite maison du
    docteur, Soho square, Greek street; il en franchit le perron, et
    s'annonça en frappant à la porte cinq coups solidement appuyés.

    Fergusson lui ouvrit en personne.

    « Dick? fit-il sans trop d`étonnement.

    --Dick lui-même, riposta Kennedy.

    --Comment, mon cher Dick, toi à Londres, pendant les chasses d'hiver?

    --Moi, à Londres.

    --Et qu'y viens-tu faire?

    --Empêcher une folie sans nom!

    --Une folie? dit le docteur.

    --Est-ce vrai ce que raconte ce journal, répondit Kennedy en tendant le
    numéro du Daily Telegraph.

    --Ah! c'est de cela que tu parles! Ces journaux sont bien indiscrets!
    Mais asseois-toi donc, mon cher Dick.

    --Je ne m'asseoirai pas. Tu as parfaitement l'intention d'entreprendre
    ce voyage?

    --Parfaitement; mes préparatifs vont bon train, et je...

    --Où sont-ils que je les mette en pièces, tes préparatifs? Où sont-ils
    que j’en fasse des morceaux »

    Le digne Écossais se mettait très sérieusement en colère.

    « Du calme, mon cher Dick reprit le docteur. Je conçois ton irritation.

    Tu m'en veux de ce que je ne t'ai pas encore appris mes nouveaux
    projets.

    --Il appelle cela de nouveaux projets!

    --J'ai été fort occupé, reprit Samuel sans admettre l'interruption,
    j'ai eu fort à faire! Mais sois tranquille, je ne serais pas parti sans
    t'écrire

    --Eh! je me moque bien.

    --Parce que j'ai l'intention de t'emmener avec moi. »

    L'Écossais fit un bond qu'un chamois n'eût pas désavoué.

    « Ah ca! dit-il, tu veux donc que l'on nous renferme tous les deux à
    l’hôpital de Betlehem! [Hôpital de fous à Londres.]

    --J'ai positivement compté sur toi, mon cher Dick, et je t'ai choisi à
    l’exclusion de bien d'autres. »

    Kennedy demeurait en pleine stupéfaction.

    « Quand tu m'auras écouté pendant dix minutes, répondit tranquillement
    le docteur, tu me remercieras

    --Tu parles sérieusement?

    --Très sérieusement.

    --Et si je refuse de t’accompagner?

    --Tu ne refuseras pas.

    --Mais enfin, si je refuse?

    --Je partirai seul.

    --Asseyons-nous, dit le chasseur, et parlons sans passion. Du moment
    que tu ne plaisantes pas, cela vaut la peine que l'on discute.

    --Discutons en déjeunant, si tu n'y vois pas d'obstacle, mon cher Dick.
    »

    Les deux amis se placèrent l'un en face de l'autre devant une petite
    table, entre une pile de sandwichs et une théière énorme

    « Mon cher Samuel, dit le chasseur, ton projet est insensé! il est
    impossible! il ne ressemble à rien de sérieux ni de praticable!

    --C'est ce que nous verrons bien après avoir essayé.

    --Mais ce que précisément il ne faut pas faire, c'est d'essayer.

    --Pourquoi cela, s'il te plaît?

    --Et les dangers, et les obstacles de toute nature!

    --Les obstacles, répondit sérieusement Fergusson, sont inventés pour
    être vaincus; quant aux dangers, qui peut se flatter de les fuir? Tout
    est danger dans la vie; il peut être très dangereux de s'asseoir devant
    sa table ou de mettre son chapeau sur sa tête; il faut d'ailleurs
    considérer ce qui doit arriver comme arrivé déjà, et ne voir que le
    présent dans l'avenir, car l'avenir n'est qu'un présent un peu plus
    éloigné.

    --Que cela! fit Kennedy en levant les épaules. Tu es toujours
    fataliste!

    --Toujours, mais dans le bon sens du mot. Ne nous préoccupons donc pas
    de ce que le sort nous réserve et n'oublions jamais notre bon proverbe
    d'Angleterre:

    « L'homme né pour être pendu ne sera jamais noyé! »

    Il n'y avait rien à répondre, ce qui n'empêcha pas Kennedy de reprendre
    une série d'arguments faciles à imaginer, mais trop longs à rapporter
    ici

    « Mais enfin, dit-il après une heure de discussion, si tu veux
    absolument traverser l'Afrique, si cela est nécessaire à ton bonheur,
    pourquoi ne pas prendre les routes ordinaires?

    --Pourquoi? répondit le docteur en s'animant; parce que jusqu'ici
    toutes les tentatives ont échoué! Parce que depuis Mungo-Park assassiné
    sur le Niger jusqu'à Yogel disparu dans le Wadaï, depuis Oudney mort à
    Murmur, Clapperton mort à Sackatou, jusqu'au Français Maizan coupé en
    morceaux, depuis le major Laing tué par les Touaregs jusqu'à Roscher de
    Hambourg massacré au commencement de 1860, de nombreuses victimes ont
    été inscrites au martyrologe africain! Parce que lutter contre les
    éléments, contre la faim, la soif, la fièvre, contre les animaux
    féroces et contre des peuplades plus féroces encore, est impossible!
    Parce que ce qui ne peut être fait d'une façon doit être entrepris
    d'une autre! Enfin parce que, là où l'on ne peut passer au milieu, il
    faut passer à côté ou passer dessus!

    --S'il ne s'agissait que de passer dessus! répliqua Kennedy; mais
    passer par-dessus!

    --Eh bien, reprit le docteur avec le plus grand sang-froid du monde,
    qu'ai-je à redouter! Tu admettras bien que j'ai pris mes précautions de
    manière à ne pas craindre une chute de mon ballon; si donc il vient à
    me faire défaut, je me retrouverai sur terre dans les conditions
    normales des explorateurs; mais mon ballon ne me manquera pas, il n'y
    faut pas compter.

    ---Il faut y compter, au contraire.

    --Non pas, mon cher Dick. J'entends bien ne pas m'en séparer avant mon
    arrivée à la côte occidentale d'Afrique. Avec lui, tout est possible;
    sans lui, je retombe dans les dangers et les obstacles naturels d'une
    pareille expédition; avec lui, ni la chaleur, ni les torrents, ni les
    tempêtes, ni le simoun, ni les climats insalubres, ni les animaux
    sauvages, ni les hommes ne sont à craindre! Si j'ai trop chaud, je
    monte, si j'ai froid, je descends; une montagne, je la dépasse; un
    précipice, je le franchis; un fleuve, je le traverse; un orage, je le
    domine; un torrent, je le rase comme un oiseau! Je marche sans fatigue,
    je m'arrête sans avoir besoin de repos! Je plane sur les cités
    nouvelles! Je vole avec la rapidité de l'ouragan tantôt au plus haut
    des airs, tantôt à cent pieds du sol, et la carte africaine se déroule
    sous mes yeux dans le grand atlas du monde! »

    Le brave Kennedy commençait à se sentir ému, et cependant le spectacle
    évoqué devant ses yeux lui donnait le vertige. Il contemplait Samuel
    avec admiration, mais avec crainte aussi; il se sentait déjà balancé
    dans l'espace.

    « Voyons, fit-il, voyons un peu, mon cher Samuel, tu as donc trouvé le
    moyen de diriger les ballons?

    --Pas le moins du monde. C'est une utopie.

    --Mais alors tu iras

    --Où voudra la Providence; mais cependant de l'est à l'ouest.

    --Pourquoi cela?

    --Parce que je compte me servir des vents alizés, dont la direction est
    constante.

    --Oh! vraiment! fit Kennedy en réfléchissant: les vents alizés....
    certainement... on peut à la rigueur... il y a quelque chose...

    --S'il y a quelque chose! non, mon brave ami, il y a tout. Le
    gouvernement anglais a mis un transport à ma disposition; il a été
    convenu également que trois ou quatre navires iraient croiser sur la
    côte occidentale vers l'époque présumée de mon arrivée. Dans trois mois
    au plus, je serai à Zanzibar, où j'opérerai le gonflement de mon
    ballon, et de là nous nous élancerons

    --Nous! fit Dick.

    --Aurais-tu encore l'apparence d'une objection à me faire? Parle, ami
    Kennedy.

    --Une objection! j'en aurais mille; mais, entre autres, dis-moi: si tu
    comptes voir le pays, si tu comptes monter et descendre à ta volonté,
    tu ne le pourras faire sans perdre ton gaz; il n'y a pas eu jusqu'ici
    d'autres moyens de procéder, et c'est ce qui a toujours empêché les
    longues pérégrinations dans l'atmosphère.

    --Mon cher Dick, je ne te dirai qu'une seule chose: je ne perdrai pas
    un atome de gaz, pas une molécule.

    --Et tu descendras à volonté

    --Je descendrai à volonté.

    --Et comment feras-tu?

    --Ceci est mon secret, ami Dick. Aie confiance, et que ma devise soit
    la tienne: « Excelcior! »

    --Va pour « Excelsior! » répondit le chasseur, qui ne savait pas un mot
    de latin.

    Mais il était bien décidé à s'opposer, par tous les moyens possibles,
    au départ de son ami. Il fit donc mine d'être de son avis et se
    contenta d'observer. Quant à Samuel, il alla surveiller ses apprêts.

    CHAPITRE IV

    Explorations africaines.

    La ligne aérienne que le docteur Fergusson comptait suivre n'avait pas
    été choisie au hasard; son point de départ fut sérieusement étudié, et
    ce ne fut pas sans raison qu'il résolut de s'élever de l'île de
    Zanzibar. Cette île, située près de la côte orientale d'Afrique, se
    trouve par 6° de latitude australe, c’est-à-dire à quatre cent trente
    milles géographiques au-dessous de l'équateur.

    De cette île venait de partir la dernière expédition envoyée par les
    Grands Lacs à la découverte des sources du Nil.

    Mais il est bon d’indiquer quelles explorations le docteur Fergusson
    espérait rattacher entre elles. Il y en a deux principales: celle du
    docteur Barth en 1849, celle des lieutenants Burton et Speke en 1858.

    Le docteur Barth est un Hambourgeois qui obtint pour son compatriote
    Overweg et pour lui la permission de se joindre à l'expédition de
    l'Anglais Richardson; celui-ci était chargé d'une mission dans le
    Soudan.

    Ce vaste pays est situé entre 15° et 10° de latitude nord, c'est-à-dire
    que, pour y parvenir, il faut s'avancer de plus de quinze cent milles
    [Six cent vingt-cinq lieues.] dans l'intérieur de l'Afrique.

    Jusque-là, cette contrée n'était connue que par le voyage de Denham, de
    Clapperton et d'Ouduey, de 1822 à 1824. Richardson, Barth et Overweg,
    jaloux de pousser plus loin leurs investigations, arrivent à Tunis et à
    Tripoli, comme leurs devanciers, et parviennent à Mourzouk, capitale du
    Fezzan.

    Ils abandonnent alors la ligne perpendiculaire et font un crochet dans
    l'ouest vers Ghât, guidés, non sans difficultés, par les Touaregs.
    Après mille scènes de pillage, de vexations, d'attaques à main armée,
    leur caravane arrive en octobre dans le vaste oasis de l'Asben. Le
    docteur Barth se détache de ses compagnons, fait une excursion à la
    ville d'Agbadès, et rejoint l'expédition, qui se remet en marche le 12
    décembre. Elle arrive dans la province du Damerghou; là, les trois
    voyageurs se séparent, et Barth prend la route de Kano, où il parvient
    à force de patience et en payant des tributs considérables.

    Malgré une fièvre intense, il quitte cette ville le 7 mars, suivi d'un
    seul domestique. Le principal but de son voyage est de reconnaître le
    lac Tchad, dont il est encore séparé par trois cent cinquante milles.
    Il s’avance donc vers l'est et atteint la ville de Zouricolo, dans le
    Bornou, qui est le noyau du grand empire central de l'Afrique. Là il
    apprend la mort de Richardson, tué par la fatigue et les privations. Il
    arrive à Kouka, capitale du Bornou, sur les bords du lac. Enfin, au
    bout de trois semaines, le 14 avril, douze mois et demi après avoir
    quitté Tripoli, il atteint la ville de Ngornou.

    Nous le retrouvons partant le 29 mars 1851, avec Overweg, pour visiter
    le royaume d'Adamaoua, au sud du lac; il parvient jusqu'à la ville
    d'Yola, un peu au-dessous du 9° degré de latitude nord. C'est la limite
    extrême atteinte au sud par ce hardi voyageur.

    Il revient au mois d'août à Kouka, de là parcourt successivement le
    Mandara, le Barghimi, le Kanem, et atteint comme limite extrême dans
    l'est la ville de Masena, située par 17° 20' de longitude ouest [Il
    s'agit du méridien anglais, qui passe par l'observatoire de
    Greenwich.].

    Le 25 novembre 1852, après la mort d'Overweg, son dernier compagnon, il
    s'enfonce dans l'ouest, visite Sockoto, traverse le Niger, et arrive
    enfin à Tombouctou, oh il doit languir huit longs mois, au milieu des
    vexations du cheik, des mauvais traitements et de la misère. Mais la
    présence d'un chrétien dans la ville ne peut être plus longtemps
    tolérée; les Foullannes menacent de l'assiéger. Le docteur la quitte
    donc le 17 mars 1854, se réfugie sur la frontière, où il demeure trente
    trois jours dans le dénûment le plus complet, revient à Kano en
    novembre, rentre à Kouka, d'où il reprend la route de Denham, après
    quatre mois d'attente; il revoit Tripoli vers la fin d'août 1855, et
    rentre à Londres le 6 septembre, seul de ses compagnons.

    Voilà ce que fut ce hardi voyage de Barth.

    Le docteur Fergusson nota soigneusement qu'il s'était arrêté à 4° de
    latitude nord et à 17° de longitude ouest.

    Voyons maintenant ce que firent les lieutenants Burton et Speke dans
    l'Afrique orientale.

    Les diverses expéditions qui remontèrent le Nil ne purent jamais
    parvenir aux sources mystérieuses de ce fleuve. D'après la relation du
    médecin allemand Ferdinand Werne, l'expédition tentée en 1840, sous les
    auspices de Mehemet-Ali, s'arrêta à Gondokoro, entre les 4° et 5°
    parallèles nord.

    En 1855, Brun-Rollet, un Savoisien, nommé consul de Sardaigne dans le
    Soudan oriental, en remplacement de Vaudey, mort à la peine, partit de
    Karthoum, et sous le nom de marchand Yacoub, trafiquant de gomme et
    d'ivoire, il parvint à Belenia, au-delà du 4e degré, et retourna malade
    à Karthoum, où il mourut en 1837.

    Ni le docteur Peney, chef du service médical égyptien, qui sur un petit
    steamer atteignit un degré au-dessous de Gondokoro, et revint mourir
    d'épuisement à Karthoum,--ni le Venitien Miani, qui, contournant les
    cataractes situées au-dessous de Gondokoro, atteignit le 2e
    parallèle,--ni le négociant maltais Andrea Debono, qui poussa plus loin
    encore son excursion sur le Nil--ne purent franchir l'infranchissable
    limite.

    En 1859, M. Guillaume Lejean, chargé d'une mission par le gouvernement
    français, se rendit à Karthoum par la mer Rouge, s'embarqua sur le Nil
    avec vingt et un hommes d'équipage et vingt soldats; mais il ne put
    dépasser Gondokoro, et courut les plus grands dangers au milieu des
    nègres en pleine révolte. L'expédition dirigée par M. d'Escayrac de
    Lauture tenta également d'arriver aux fameuses sources.

    Mais ce terme fatal arrêta toujours les voyageurs; les envoyés de Néron
    avaient atteint autrefois le 9e degré de latitude; on ne gagna donc en
    dix huit siècles que 5 ou 6 degrés, soit de trois cents à trois cent
    soixante milles géographiques.

    Plusieurs voyageurs tentèrent de parvenir aux sources du Nil, en
    prenant un point de départ sur la côte orientale de l'Afrique.

    De 1768 à 1772, l'Écossais Bruce partit de Masuah, port de l’Abyssinie,
    parcourut le Tigré, visita les ruines d'Axum, vit les sources du Nil où
    elles n'étaient pas, et n'obtint aucun résultat sérieux.

    En 1844, le docteur Krapf, missionnaire anglican, fondait un
    établissement à Monbaz sur la côte de Zanguebar, et découvrait, en
    compagnie du révérend Rebmann, deux montagnes à trois cents milles de
    la côte; ce sont les monts Kilimandjaro et Kenia, que MM. de Heuglin et
    Thornton viennent de gravir en partie.

    En 1845, le Français Maizan débarquait seul à Bagamayo, en face de
    Zanzibar, et parvenait à Deje-la-Mhora, où le chef le faisait périr
    dans de cruels supplices.

    En 1859, au mois d'août, le jeune voyageur Roscher, de Hambourg parti
    avec une caravane de marchands arabes, atteignait le lac Nyassa, où il
    fut assassiné pendant son sommeil.

    Enfin, en 1857, les lieutenants Burton et Speke, tous deux officiers à
    l'armée du Bengale, furent envoyés par la Société de Géographie de
    Londres pour explorer les Grands Lacs africains; le 17 juin ils
    quittèrent Zanzibar et s'enfoncèrent directement dans l'ouest.

    Après quatre mois de souffrances inouïes, leurs bagages pillés, leurs
    porteurs assommés, ils arrivèrent à Kazeh, centre de réunion des
    trafiquants et des caravanes; ils étaient en pleine terre de la Lune;
    là ils recueillirent des documents précieux sur les mœurs, le
    gouvernement, la religion, la faune et la flore du pays; puis ils se
    dirigèrent vers le premier des Grands Lacs, le Tanganayika situé entre
    3° et 8° de latitude australe; ils y parvinrent le 14 février 1858, et
    visitèrent les diverses peuplades des rives, pour la plupart
    cannibales.

    Ils repartirent le 26 mai, et rentrèrent à Kazeh le 20 juin. Là, Burton
    épuisé resta plusieurs mois malade; pendant ce temps, Speke fit au nord
    une pointe de plus de trois cents milles, jusqu'au lac Oukérooué, qu'il
    aperçut le 3 août; mais il n'en put voir que l'ouverture par 2° 30' de
    latitude.

    Il était de retour à Kazeh le 25 août, et reprenait avec Burton le
    chemin de Zanzibar, qu'ils revirent au mois de mars de l'année
    suivante. Ces deux hardis explorateurs revinrent alors en Angleterre,
    et la Société de Géographie de Paris leur décerna son prix annuel.

    Le docteur Fergusson remarqua avec soin qu'ils n'avaient franchi ni le
    2e degré de latitude australe, ni le 29e degré de longitude est.

    Il s'agissait donc de réunir les explorations de Burton et Speke à
    celles du docteur Barth; c'était s'engager à franchir une étendue de
    pays de plus de douze degrés.

    CHAPITRE V

    Rêves de Kennedy.--Articles et pronoms au pluriel.--Insinuations de
    Dick.--Promenade sur la carte d’Afrique--Ce qui reste entre les deux
    pointes du compas.--Expéditions actuelles.--Speke et Grant.--Krapf, de
    Decken, de Heuglin.

    Le docteur Fergusson pressait activement les préparatifs de son départ;
    il dirigeait lui-même la construction de son aérostat, suivant
    certaines modifications sur lesquelles il gardait un silence absolu.

    Depuis longtemps déjà, il s'était appliqué à l'étude de la langue arabe
    et de divers idiomes mandingues; grâce à ses dispositions de
    polyglotte, il fit de rapides progrès.

    En attendant, son ami le chasseur ne le quittait pas d'une semelle; il
    craignait sans doute que le docteur ne prît son vol sans rien dire; il
    lui tenait encore à ce sujet les discours les plus persuasifs, qui ne
    persuadaient pas Samuel Fergusson, et s'échappait en supplications
    pathétiques, dont celui-ci se montrait peu touché Dick le sentait
    glisser entre ses doigts.

    Le pauvre Écossais était réellement à plaindre; il ne considérait plus
    la voûte azurée sans de sombres terreurs; il éprouvait, en dormant, des
    balancements vertigineux, et chaque nuit il se sentait choir
    d'incommensurables hauteurs.

    Nous devons ajouter que, pendant ces terribles cauchemars, il tomba de
    son lit une fois ou deux. Son premier soin fut de montrer à Fergusson
    une forte contusion qu'il se fit à la tête.

    « Et pourtant, ajouta-t-il avec bonhomie, trois pieds de hauteur! pas
    plus! et une bosse pareille! Juge donc! »

    Cette insinuation, pleine de mélancolie, n'émût pas le docteur.

    « Nous ne tomberons pas, fit-il.

    --Mais enfin, si nous tombons?

    --Nous ne tomberons pas. »

    Ce fut net, et Kennedy n'eut rien à répondre.

    Ce qui exaspérait particulièrement Dick, c'est que le docteur semblait
    faire une abnégation parfaite de sa personnalité, à lui Kennedy; il le
    considérait comme irrévocablement destiné à devenir son compagnon
    aérien. Cela n'était plus l'objet d'un doute. Samuel faisait un
    intolérable abus du pronom pluriel de la première personne.

    « Nous » avançons..., « nous » serons prêts le..., « nous » partirons
    le...

    Et de l'adjectif possessif au singulier:

    « Notre » ballon..., « notre » nacelle..., « notre » exploration...

    Et du pluriel donc!

    « Nos » préparatifs..., « nos » découvertes .., « nos » ascensions...

    Dick en frissonnait, quoique décidé à ne point partir; mais il ne
    voulait pas trop contrarier son ami. Avouons même que, sans s'en rendre
    bien compte, il avait fait venir tout doucement d'Édimbourg quelques
    vêtements assortis et ses meilleurs fusils de chasse.

    Un jour, après avoir reconnu qu'avec un bonheur insolent, on pouvait
    avoir une chance sur mille de réussir, il feignit de se rendre aux
    désirs du docteur; mais, pour reculer le voyage, il entama la série des
    échappatoires les plus variées. Il se rejeta sur l'utilité de
    l'expédition et sur son opportunité. Cette découverte des sources du
    Nil était-elle vraiment nécessaire?... Aurait-on réellement travaillé
    pour le bonheur de l'humanité?... Quand, au bout du compte, les
    peuplades de l'Afrique seraient civilisées, en seraient-elles plus
    heureuses?... Était-on certain, d'ailleurs, que la civilisation ne fût
    pas plutôt là qu'en Europe--Peut-être.-- Et d'abord ne pouvait-on
    attendre encore?... La traversée de l'Afrique serait certainement faite
    un jour, et d'une façon moins hasardeuse... Dans un mois, dans dix
    mois, avant un an, quelque explorateur arriverait sans doute...

    Ces insinuations produisaient un effet tout contraire à leur but, et le
    docteur frémissait d'impatience.

    « Veux-tu donc, malheureux Dick, veux-tu donc, faux ami, que cette
    gloire profite à un autre? Faut-il donc mentir à mon passé? reculer
    devant des obstacles qui ne sont pas sérieux? reconnaître par de lâches
    hésitations ce qu'ont fait pour moi, et le gouvernement anglais, et la
    Société Royale de Londres?

    --Mais..., reprit Kennedy, qui avait une grande habitude de cette
    conjonction.

    --Mais, fit le docteur, ne sais-tu pas que mon voyage doit concourir au
    succès des entreprises actuelles. Ignores-tu que de nouveaux
    explorateurs s'avancent vers le centre de l'Afrique

    --Cependant...

    --Écoute-moi bien, Dick, et jette les yeux sur cette carte. »

    Dick les jeta avec résignation.

    « Remonte le cours du Nil, dit Fergusson.

    --Je le remonte, dit docilement l'Écossais.

    --Arrive à Gondokoro.

    --J'y suis. »

    Et Kennedy songeait combien était facile un pareil voyage... sur la
    carte.

    « Prends une des pointes de ce compas, reprit le docteur, et appuie-la
    sur cette ville que les plus hardis ont à peine dépassée.

    --J'appuie.

    --Et maintenant cherche sur la côte l'île de Zanzibar, par 6° de
    latitude sud.

    --Je la tiens.

    --Suis maintenant ce parallèle et arrive à Kazeh.

    --C'est fait.

    --Remonte par le 33e degré de longitude jusqu'à l'ouverture du lac
    Oukéréoué, à l'endroit où s'arrêta le lieutenant Speke.

    --M'y voici! Un peu plus, je tombais dans le lac.

    --Eh bien! sais-tu ce qu'on a le droit de supposer d'après les
    renseignements donnés par les peuplades riveraines?

    --Je ne m'en doute pas.

    --C'est que ce lac, dont l'extrémité inférieure est par 2° 30' de
    latitude, doit s'étendre également de deux degrés et demi au-dessus de
    l'équateur.

    --Vraiment!

    --Or, de cette extrémité septentrionale s'échappe un cours d'eau qui
    doit nécessairement rejoindre le Nil, si ce n'est le Nil lui-même.

    --Voilà qui est curieux.

    --Or, appuie la seconde pointe de ton compas sur cette extrémité du lac
    Oukéréoué.

    --C'est fait, ami Fergusson

    --Combien comptes-tu de degrés entre les deux pointes?

    --A peine deux.

    --Et sais-tu ce que cela fait, Dick?

    --Pas le moins du monde.

    --Cela fait à peine cent vingt milles [Cinquante lieues], c'est-à-dire
    rien.

    --Presque rien, Samuel.

    --Or, sais-tu ce qui se passe en ce moment?

    --Non, sur ma vie!

    --Eh bien! le voici. La Société de Géographie a regardé comme très
    importante l'exploration de ce lac entrevu par Speke. Sous ses
    auspices, le lieutenant, aujourd'hui capitaine Speke, s'est associé le
    capitaine Grant de l'armée des Indes; ils se sont mis à la tête d'une
    expédition nombreuse et largement subventionnée; ils ont mission de
    remonter le lac et de re-venir jusqu'à Gondokoro; ils ont reçu un
    subside de plus de cinq mille livres, et le gouverneur du Cap a mis des
    soldats hottentots à leur dispo-sition; ils sont partis de Zanzibar à
    la fin d'octobre 1860. Pendant ce temps, l'Anglais John Petherick,
    consul de Sa Majesté à Kartoum, a reçu du Foreign-office sept cents
    livres environ; il doit équiper un bateau à vapeur à Karthoum, le
    charger de provisions suffisantes, et se rendre à Gondokoro; là il
    attendra la caravane du capitaine Speke et sera en mesure de la
    ravitailler.

    --Bien imaginé, dit Kennedy.

    --Tu vois bien que cela presse, si nous voulons participer à ces
    travaux d'exploration. Et ce n'est pas tout; pendant que l'on marche
    d’un pas sûr à la découverte des sources du Nil, d'autres voyageurs
    vont hardiment au cœur de l'Afrique.

    --A pied, fit Kennedy

    --A pied, répondit le docteur sans relever l'insinuation. Le docteur
    Krapf se propose de pousser dans l'ouest par le Djob, rivière située
    sous l'équateur. Le baron de Decken a quitté Monbaz, a reconnu les
    montagnes de Kenia et de Kilimandjaro, et s'enfonce vers le centre.

    --A pied toujours?

    --Toujours à pied, ou à dos de mulet.

    --C'est exactement la même chose pour moi, répliqua Kennedy.

    --Enfin, reprit le docteur, M. de Heuglin, vice-consul d'Autriche à
    Karthoum, vient d'organiser une expédition très importante, dont le
    premier but est de rechercher le voyageur Vogel, qui, en 1853, fut
    envoyé dans le Soudan pour s'associer aux travaux du docteur Barth. En
    1856, il quitta le Bornou, et résolut d'explorer ce pays inconnu qui
    s'étend entre le lac Tchad et le Darfour. Or, depuis ce temps, il nia
    pas reparu. Des lettres arrivées en juin 1860 à Alexandrie rapportent
    qu'il fut assassiné par les ordres du roi du Wadaï; mais d'autres
    lettres, adressées par le docteur Hartmann au père du voyageur, disent,
    d’après les récits d'un fellatah du Bornou, que Vogel serait seulement
    un prisonnier à Wara; tout espoir n'est donc pas perdu. Un comité s'est
    formé sous la présidence du duc régent de Saxe-Cobourg-Gotha; mon ami
    Petermann en est le secrétaire; une souscription nationale a fait les
    frais de l'expédition, à laquelle se sont joints de nombreux savants;
    M. de Heuglin est parti de Masuah dans le mois de juin, et en même
    temps qu'il recherche les traces de Vogel, il doit explorer tout le
    pays compris entre le Nil et le Tchad, c'est-à-dire relier les
    opérations du capitaine Speke à celles du docteur Barth. Et alors
    l'Afrique aura été traversée de l'est à l'ouest [Depuis le départ du
    docteur Fergusson, on a appris que M. de Heuglin, à la suite de
    certaines discussions, a pris une route différente de celle assignée à
    son expédition, dont le commandement a été remis à M. Munzinger.].

    --Eh bien! reprit l'Écossais, puisque tout cela s’emmanche si bien,
    qu'allons-nous faire là-bas? »

    Le docteur Fergusson ne répondit pas, et se contenta de hausser les
    épaules.

    CHAPITRE VI

    Un domestique impossible.--Il aperçoit les satellites de Jupiter.--Dick
    et Joe aux prises.--Le doute et la croyance.--Le pesage.--Joe
    Wellington.--Il reçoit une demi-couronne.

    Le docteur Fergusson avait un domestique; il répondait avec
    empressement au nom de Joe; une excellente nature; ayant voué à son
    maître une confiance absolue et un dévouement sans bornes; devançant
    même ses ordres, toujours interprétés d'une façon intelligente; un
    Caleb pas grognon et d'une éternelle bonne humeur; on l'eût fait exprès
    qu'on n'eût pas mieux réussi. Fergusson s'en rapportait entièrement à
    lui pour les détails de son existence, et il avait raison. Rare et
    honnête Joe! un domestique qui commande votre dîner, et dont le goût
    est le vôtre qui fait votre malle et n'oublie ni les bas ni les
    chemises, qui possède vos clefs et vos secrets, et n'en abuse pas!

    Mais aussi quel homme était le docteur pour ce digne Joe! avec quel
    respect et quelle confiance il accueillait ses décisions. Quand
    Fergusson avait parlé, fou qui eût voulu répondre. Tout ce qu'il
    pensait était juste; tout ce qu'il disait, sensé; tout ce qu'il
    commandait, faisable; tout ce qu'il entreprenait, possible; tout ce
    qu'il achevait, admirable. Vous auriez découpé Joe en morceaux, ce qui
    vous eût répugné sans doute, qu'il n'aurait pas changé d'avis à l'égard
    de son maître.

    Aussi, quand le docteur conçut ce projet de traverser l'Afrique par les
    airs, ce fut pour Joe chose faite; il n'existait plus d'obstacles; dès
    l'instant que le docteur Fergusson avait résolu de partir, il était
    arrivé--avec son fidèle serviteur, car ce brave garçon, sans en avoir
    jamais parlé, savait bien qu'il serait du voyage.

    Il devait d'ailleurs y rendre les plus grands services par son
    intelligence et sa merveilleuse agilité. S'il eut fallu nommer un
    professeur de gymnastique pour les singes du Zoological Garden, qui
    sont bien dégourdis cependant, Joe aurait certainement obtenu cette
    place. Sauter, grimper, voler, exécuter mille tours impossibles, il
    s'en faisait un jeu.

    Si Fergusson était la tête et Kennedy le bras, Joe devait être la main.
    Il avait déjà accompagné son maître pendant plusieurs voyages, et
    possédait quelque teinture de science appropriée à sa façon; mais il se
    distinguait surtout par une philosophie douce, un optimisme charmant;
    il trouvait tout facile, logique, naturel, et par conséquent il
    ignorait le besoin de se plaindre ou de maugréer.

    Entre autres qualités, il possédait une puissance et une étendue de
    vision étonnantes; il partageait avec Moestlin, le professeur de
    Képler, la rare faculté de distinguer sans lunettes les satellites de
    Jupiter et de compter dans le groupe des pléiades quatorze étoiles,
    dont les dernières sont de neuvième grandeur. Il ne s'en montrait pas
    plus fier pour cela; au contraire: il vous saluait de très loin, et, à
    l'occasion, il savait joliment se servir de ses yeux.

    Avec cette confiance que Joe témoignait au docteur, il ne faut donc pas
    s'étonner des incessantes discussions qui s'élevaient entre Kennedy et
    le digne serviteur, toute déférence gardée d'ailleurs.

    L'un doutait, l'autre croyait; l'un était la prudence clairvoyante,
    l'autre la confiance aveugle; le docteur se trouvait entre le doute et
    la croyance! je dois dire qu'il ne se préoccupait ni de l'une ni de
    l'autre.

    « Eh bien! monsieur Kennedy? disait Joe.

    --Eh bien! mon garçon?

    --Voilà le moment qui approche il parait que nous nous embarquons pour
    la lune.

    --Tu veux dire la terre de la Lune, ce qui n'est pas tout à fait aussi
    loin; mais sois tranquille, c'est aussi dangereux.

    --Dangereux! avec un homme comme le docteur Fergusson!

    --Je ne voudrais pas t’enlever tes illusions, mon cher Joe; mais ce
    qu'il entreprend là est tout bonnement le fait d'un insensé: il ne
    partira pas.

    --Il ne partira pas! Vous n'avez donc pas vu son ballon à l'atelier de
    MM. Mittchell, dans le Borough [ Faubourg méridional de Londres.].

    --Je me garderais bien de l'aller voir.

    --Vous perdez là un beau spectacle, Monsieur! Quelle belle chose!
    quelle jolie coupe! quelle charmante nacelle! Comme nous serons à notre
    aise là-dedans!

    --Tu comptes donc sérieusement accompagner ton maître?

    --Moi, répliqua Joe avec conviction, mais je l'accompagnerai où il
    voudra! Il ne manquerait plus que cela! le laisser aller seul, quand
    nous avons couru le monde ensemble! Et qui le soutiendrait donc quand
    il serait fatigué? qui lui tendrait une main vigoureuse pour sauter un
    précipice? qui le soignerait s'il tombait malade? Non, monsieur Dick,
    Joe sera toujours à son poste auprès du docteur, que dis-je, autour du
    docteur Fergusson

    --Brave garçon!

    --D'ailleurs, vous venez avec nous, reprit Joe.

    --Sans doute! fit Kennedy; c'est-à-dire je vous accompagne pour
    empêcher jusqu'au dernier moment Samuel de commettre une pareille
    folie! Je le suivrai même jusqu'à Zanzibar, afin que là encore la main
    d'un ami l’arrête dans son projet insensé.

    --Vous n'arrêterez rien du tout, monsieur Kennedy, sauf votre respect.
    Mon maître n'est point un cerveau brûlé; il médite longuement ce qu'il
    veut entreprendre, et quand sa résolution est prise, le diable serait
    bien qui l'en ferait démordre.

    --C'est ce que nous verrons!

    --Ne vous flattez pas de cet espoir. D'ailleurs, l'important est que
    vous veniez. Pour un chasseur comme vous, l'Afrique est un pays
    merveilleux. Ainsi, de toute façon, vous ne regretterez point votre
    voyage.

    --Non, certes, je ne le regretterai pas, surtout si cet entêté se rend
    enfin à l'évidence.

    --A propos, dit Joe, vous savez que c'est aujourd'hui le pesage.

    --Comment, le pesage?

    --Sans doute, mon maître, vous et moi, nous allons tous trois nous
    peser.

    --Comme des jockeys!

    --Comme des jockeys. Seulement, rassurez-vous, on ne vous fera pas
    maigrir si vous êtes trop lourd. On vous prendra comme vous serez.

    --Je ne me laisserai certainement pas peser, dit l'Écossais avec
    fermeté.

    --Mais, Monsieur, il paraît que c'est nécessaire pour sa machine

    --Eh bien! sa machine s'en passera

    --Par exemple! et si, faute de calculs exacts, nous n’allions pas
    pouvoir monter!

    --Eh parbleu! je ne demande que cela!

    --Voyons, monsieur Kennedy, mon maître va venir à l'instant nous
    chercher

    --Je n'irai pas.

    --Vous ne voudrez pas lui faire cette peine.

    --Je la lui ferai.

    --Bon! fit Joe en riant, vous parlez ainsi parce qu'il n'est pas là;
    mais quand il vous dira face à face: « Dick (sauf votre respect), Dick,
    j'ai besoin de connaître exactement ton poids, » vous irez, je vous en
    réponds.

    --Je n'irai pas.

    En ce moment le docteur rentra dans son cabinet de travail où se tenait
    cette conversation; il regarda Kennedy, qui ne se sentit pas trop à son
    aise.

    « Dick, dit le docteur, viens avec Joe; j'ai besoin de savoir ce que
    vous pesez tous les deux.

    --Mais...

    --Tu pourras garder ton chapeau sur ta tête. Viens. »

    Et Kennedy y alla.

    Ils se rendirent tous les trois à l'atelier de MM. Mittchell, où l'une
    de ces balances dites romaines avait été préparée. Il fallait
    effectivement que le docteur connût le poids de ses compagnons pour
    établir l'équilibre de son aérostat. Il fit donc monter Dick sur la
    plate-forme de la balance; celui-ci, sans faire de résistance, disait à
    mi-voix:

    « C'est bon! c'est bon! cela n'engage à rien.

    --Cent cinquante-trois livres, dit le docteur, en inscrivant ce nombre
    sur son carnet.

    --Suis-je trop lourd?

    --Mais non, monsieur Kennedy, répliqua Joe; d'ailleurs, je suis léger,
    cela fera compensation. »

    Et ce disant, Joe prit avec enthousiasme la place du chasseur; il
    faillit même renverser la balance dans son emportement; il se posa dans
    l'attitude du Wellington qui singe Achille à l'entrée d'Hyde-Park, et
    fut magnifique; sans bouclier.

    « Cent vingt livres, inscrivit le docteur..

    --Eh! eh! » fit Joe avec un sourire de satisfaction. Pourquoi
    souriait-il? Il n'eut jamais pu le dire.

    « A mon tour, dit Fergusson.

    Et il inscrivit cent trente-cinq livres pour son propre compte.

    « A nous trois, dit-il, nous ne pesons pas plus de quatre cents livres.

    --Mais, mon maître, reprit Joe, si cela était nécessaire pour votre
    expédition, je pourrais bien me faire maigrir d'une vingtaine de livres
    en ne mangeant pas.

    --C'est inutile, mon garçon, répondit le docteur; tu peux manger à ton
    aise, et voilà une demi-couronne pour te lester à ta fantaisie. »

    CHAPITRE VII

    Détails géométriques.--Calcul de la capacité du ballon. L’aérostat
    double.--L'enveloppe.--La nacelle.--L’appareil mystérieux.--Les
    vivres.--L'addition finale.

    Le docteur Fergusson s'était préoccupé depuis longtemps des détails de
    son expédition. On comprend que le ballon, ce merveilleux véhicule
    destiné à le transporter par air, fut l'objet de sa constante
    sollicitude.

    Tout d'abord, et pour ne pas donner de trop grandes dimensions à
    l'aérostat, il résolut de le gonfler avec du gaz hydrogène, qui est
    quatorze fois et demie plus léger que l'air. La production de ce gaz
    est facile, et c'est celui qui a donné les meilleurs résultats dans les
    expériences aérostatiques.

    Le docteur, d'après des calculs très-exacts, trouva que, pour les
    objets indispensables à son voyage et pour son appareil, il devait
    emporter un poids de quatre mille livres; il fallut donc rechercher
    quelle serait la force ascensionnelle capable d'enlever ce poids, et,
    par conséquent, quelle en serait la capacité.

    Un poids de quatre mille livres est représenté par un déplacement d'air
    de quarante-quatre mille huit cent quarante-sept pieds cubes [1,661
    mètres cubes.], ce qui revient à dire que quarante-quatre mille huit
    cent quarante-sept pieds cubes d'air pèsent quatre mille livres
    environ.

    En donnant au ballon cette capacité de quarante-quatre mille huit cent
    quarante-sept pieds cubes et en le remplissant, au lieu d'air, de gaz
    hydrogène, qui, quatorze fois et demie plus léger, ne pèse que deux
    cent soixante seize livres, il reste une rupture d'équilibre, soit une
    différence de trois mille sept cent vingt-quatre livrés. C'est cette
    différence entre le poids du gaz contenu dans le ballon et le poids de
    l'air environnant qui constitue la force ascensionnelle de l'aérostat.

    Toutefois, si l'on introduisait dans le ballon les quarante-quatre
    mille huit cent quarante pieds cubes de gaz dont nous parlons, il
    serait entièrement rempli; or cela ne doit pas être, car à mesure que
    le ballon monte dans les couches moins denses de l'air, le gaz qu'il
    renferme tend à se dilater et ne tarderait pas à crever l'enveloppe. On
    ne remplit donc généralement les ballons qu'aux deux tiers.

    Mais le docteur, par suite de certain projet connu de lui seul, résolut
    de ne remplir son aérostat qu'à moitié, et puisqu'il lui fallait
    emporter quarante-quatre mille huit cent quarante-sept pieds cubes
    d’hydrogène, de donner à son ballon une capacité à peu près double.

    Il le disposa suivant cette forme allongée que l'on sait être
    préférable; le diamètre horizontal fut de cinquante pieds et le
    diamètre vertical de soixante-quinze [Cette dimension n'a rien
    d'extraordinaire: en 1784, à Lyon, M. Montgolfier construisit un
    aérostat dont la capacité était de 340,000 pieds cubes, ou 20,000
    mètres cubes, et il pouvait enlever un poids de 20 tonnes, soit 20,000
    kilogrammes]; il obtint ainsi un sphéroïde dont la capacité s'élevait
    en chiffres ronds à quatre-vingt-dix mille pieds cubes.

    Si le docteur Fergusson avait pu employer deux ballons, ses chances de
    réussite se seraient accrues; en effet, au cas où l'un vient à se
    rompre dans l'air, on peut en jetant du lest se soutenir au moyen de
    l'autre. Mais la manœuvre de deux aérostats devient fort difficile,
    lorsqu'il s'agit de leur conserver une force d'ascension égale.

    Après avoir longuement réfléchi, Fergusson, par une disposition
    ingénieuse, réunit les avantages de deux ballons sans en avoir les
    inconvénients; il en construisit deux d'inégale grandeur et les
    renferma l'un dans l’autre. Son ballon extérieur, auquel il conserva
    les dimensions que nous avons données plus haut, en contint un plus
    petit, de même forme, qui n’eût que quarante-cinq pieds de diamètre
    horizontal et soixante-huit pieds de diamètre vertical. La capacité de
    ce ballon intérieur n’était donc que de soixante-sept mille pieds
    cubes; il devait nager dans le fluide qui l’entourait; une soupape
    s'ouvrait d'un ballon à l'autre et permettait au besoin de les faire
    communiquer entre eux.

    Cette disposition présentait cet avantage que, s'il fallait donner
    issue au gaz pour descendre, on laisserait échapper d'abord celui du
    grand ballon; dût-on même le vider entièrement, le petit resterait
    intact; on pouvait alors se débarrasser de l'enveloppe extérieure,
    comme d'un poids incommode, et le second aérostat, demeuré seul,
    n'offrait pas au vent la prise que donnent les ballons à demi
    dégonflés.

    De plus, dans le cas d'un accident, d'une déchirure arrivée au ballon
    extérieur, l'autre avait l'avantage d'être préservé.

    Les deux aérostats furent construits avec un taffetas croisé de Lyon
    enduit de: gutta-percha. Cette substance gommo-résineuse jouit d'une
    imperméabilité absolue; elle est entièrement inattaquable aux acides et
    aux gaz. Le taffetas fut juxtaposé en double au pôle supérieur du
    globe, où se fait presque tout l'effort.

    Cette enveloppe pouvait retenir le fluide pendant un temps illimité.
    Elle pesait une demi-livre par neuf pieds carrés. Or, la surface du
    ballon extérieur étant d'environ onze mille six cents pieds carrés, son
    enveloppe pesa six cent cinquante livres. L’enveloppe du second ayant
    neuf mille deux cents pieds carrés de surface ne pesait que cinq cent
    dix livres: soit donc, en tout, onze cent soixante livres.

    Le filet destiné à supporter la nacelle fut fait en corde de chanvre
    d'une très grande solidité; les deux soupapes devinrent l'objet de
    soins minutieux, comme l'eut été le gouvernail d'un navire.

    La nacelle, de forme circulaire et d'un diamètre de quinze pieds, était
    construite en osier, renforcée par une légère armure de fer, et revêtue
    à la partie inférieure de ressorts élastiques destinés à amortir les
    chocs. Son poids et celui du filet ne dépassaient pas deux cent quatre
    vingt livres.

    Le docteur fit construire, en outre, quatre caisses de tôle de deux
    lignes d'épaisseur; elles étaient réunies entre elles par des tuyaux
    munis de robinets; il y joignit un serpentin de deux pouces de diamètre
    environ qui se terminait par deux branches droites d'inégale longueur,
    mais dont la plus grande mesurait vingt-cinq pieds de haut, et la plus
    courte quinze pieds seulement.

    Les caisses de tôle s'emboîtaient dans la nacelle de façon à occuper le
    moins d'espace possible; le serpentin, qui ne devait s'ajuster que plus
    tard, fut emballé séparément, ainsi qu'une très forte pile électrique
    de Buntzen. Cet appareil avait été si ingénieusement combiné qu'il ne
    pesait pas plus de sept cents livres, en y comprenant même vingt-cinq
    gallons d'eau contenus dans une caisse spéciale.

    Les instruments destinés au voyage consistèrent en deux baromètres,
    deux thermomètres, deux boussoles, un sextant, deux chronomètres, un
    horizon artificiel et un altazimuth pour relever les objets lointains
    et inaccessibles. L'Observatoire de Greenwich s'était mis à la
    disposition du docteur. Celui-ci d'ailleurs ne se proposait pas de
    faire des expériences de physique; il voulait seulement reconnaître sa
    direction, et déterminer la position des principales rivières,
    montagnes et villes.

    Il se munit de trois ancres en fer bien éprouvées, ainsi que d'une
    échelle de soie légère et résistante, longue d'une cinquantaine de
    pieds.

    Il calcula également le poids exact de ses vivres; ils consistèrent en
    thé, en café, en biscuits, en viande salée et en pemmican, préparation
    qui, sous un mince volume, renferme beaucoup d'éléments nutritifs.
    Indépendamment d'une suffisante réserve d'eau-de-vie, il disposa deux
    caisses à eau qui contenaient chacune vingt-deux gallons [Cent litres à
    peu près. Le gallon, qui contient 8 pintes, vaut 4 litres 453].

    La consommation de ces divers aliments devait peu à peu diminuer le
    poids enlevé par l’aérostat. Car il faut savoir que l'équilibre d'un
    ballon dans l'atmosphère est d'une extrême sensibilité. La perte d'un
    poids presque insignifiant suffit pour produire un déplacement très
    appréciable.

    Le docteur n'oublia ni une tente qui devait recouvrir une partie de la
    nacelle, ni les couvertures qui composaient toute la literie de voyage,
    ni les fusils du chasseur, ni ses provisions de poudre et de balles.

    Voici le résumé de ses différents calculs:

    Fergusson. 135 livres. Kennedy... 153
    -- Joe 120 -- Poids du premier ballon... 650 --
    Poids du second ballon 510 -- Nacelle et filet. 280 --
    Ancres, instruments, Fusils, couvertures, 190 -- Tente,
    ustensiles divers, Viande, pemmican, Biscuits, thé, 386 --
    Café, eau-de-vie, Eau... 400 -- Appareil
    700 -- Poids de l'hydrogène. 276 -- Lest
    200 -- ------------- Total. 4000 livres

    Tel était le décompte des quatre mille livres que le docteur Fergusson
    se proposait d'enlever; il n'emportait que deux cents livres de lest,
    pour « les cas imprévus seulement, » disait-il, car il comptait bien
    n'en pas user, grâce à son appareil.

    CHAPITRE VIII

    Importance de Joe.--Le commandant de la Resolute.--L'arsenal de
    Kennedy.--Aménagements.--Le dîner d’adieu.--Le départ du 21
    février.--Séances scientifiques du docteur.--Duveyrier,
    Livingstone.--Détails du voyage aérien.--Kennedy réduit au silence.

    Vers le 10 février, les préparatifs touchaient à la fin, les aérostats
    renfermés l'un dans l'autre étaient entièrement terminés; ils avaient
    subi une forte pression d'air refoulé dans leurs flancs; cette épreuve
    donnait bonne opinion de leur solidité, et témoignait des soins
    apportés à leur construction.

    Joe ne se sentait pas de joie; il allait incessamment de Greek street
    aux ateliers de MM. Mittchell, toujours affairé, mais toujours épanoui,
    donnant volontiers des détails sur l’affaire aux gens qui ne lui en
    demandaient point, fier entre toutes choses d’accompagner son maître.
    Je crois même qu'à montrer l'aérostat, à développer les idées et les
    plans du docteur, à laisser apercevoir celui-ci par une fenêtre
    entr'ouverte, ou à son passage dans les rues, le digne garçon gagna
    quelques demi-couronnes; il ne faut pas lui en vouloir; il avait bien
    le droit de spéculer un peu sur l'admiration et la curiosité de ses
    contemporains.

    Le 16 février, le Resolute vint jeter l'ancre devant Greenwich. C'était
    un navire à hélice du port de huit cents tonneaux, bon marcheur, et qui
    fut chargé de ravitailler la dernière expédition de sir James Ross aux
    régions polaires. Le commandant Pennet passait pour un aimable homme,
    il s'intéressait particulièrement au voyage du docteur, qu'il
    appréciait de longue date. Ce Pennet faisait plutôt un savant qu'un
    soldat, cela n'empêchait pas son bâtiment de porter quatre caronades,
    qui n'avaient jamais fait de mal à personne, et servaient seulement à
    produire les bruits les plus pacifiques du monde.

    La cale du Resolute fut aménagée de manière à loger l'aérostat; il y
    fut transporté avec les plus grandes précautions dans la journée du 18
    février; on l'emmagasina au fond du navire, de manière à prévenir tout
    accident; la nacelle et ses accessoires, les ancres, les cordes, les
    vivres, les caisses à eau que l'on devait remplir à l'arrivée, tout fut
    arrimé sous les yeux de Fergusson.

    On embarqua dix tonneaux d'acide sulfurique et dix tonneaux de vieille
    ferraille pour la production du gaz hydrogène. Cette quantité était
    plus que suffisante, mais il fallait parer aux pertes possibles.
    L'appareil destiné à développer le gaz, et composé d'une trentaine de
    barils, fut mis à fond de cale.

    Ces divers préparatifs se terminèrent le 18 février au soir. Deux
    cabines confortablement disposées attendaient le docteur Fergusson et
    son ami Kennedy. Ce dernier, tout en jurant qu'il ne partirait pas, se
    rendit à bord avec un véritable arsenal de chasse, deux excellents
    fusil à deux coups, se chargeant par la culasse, et une carabine à
    toute épreuve de la fabrique de Purdey Moore et Dickson d'Edimbourg;
    avec une pareille arme le chasseur n’était pas embarrassé de loger à
    deux mille pas de distance une balle dans l'œil d'un chamois; il y
    joignit deux revolvers Colt à six coups pour les besoins imprévus; sa
    poudrière, son sac à cartouches, son plomb et ses balles, en quantité
    suffisante, ne dépassaient pas les limites de poids assignées par le
    docteur.

    Les trois voyageurs s'installèrent à bord dans la journée du 19
    février; ils furent reçus avec une grande distinction par le capitaine
    et ses officiers, le docteur toujours assez froid, uniquement préoccupé
    de son expédition, Dick ému sans trop vouloir le paraître, Joe
    bondissant, éclatant en propos burlesques; il devint promptement le
    loustic du poste des maîtres, où un cadre lui avait: été réservé.

    Le 20, un grand dîner d'adieu fut donné au docteur Fergusson et à
    Kennedy par la Société Royale de Géographie. Le commandant Pennet et
    ses officiers assistaient à ce repas, qui fut très animé et très fourni
    en libations flatteuses; les santés y furent portées en assez grand
    nombre pour assurer à tous les convives une existence de centenaires.
    Sir Francis M... présidait avec une émotion contenue, mais pleine de
    dignité.

    A sa grande confusion; Dick Kennedy eut une large part dans les
    félicitations bachiques. Après avoir bu « à l'intrépide Fergusson, la
    gloire de « l'Angleterre, » on dut boire « au non moins courageux
    Kennedy, son audacieux compagnon. »

    Dick rougit beaucoup, ce qui passa pour de la modestie: les
    applaudissements redoublèrent Dick rougit encore davantage.

    Un message de la reine arriva au dessert; elle présentait ses
    compliments aux deux voyageurs et faisait des vœux pour la réussite de
    l'entreprise.

    Ce qui nécessita de nouveau toasts « à Sa Très Gracieuse Majesté. »

    A minuit, après des adieux émouvants et de chaleureuses poignées de
    mains, les convives se séparèrent.

    Les embarcations du Resolute attendaient au pont de Westminster; le
    commandant y prit place en compagnie de ses passagers et de ses
    officiers, et le courant rapide de la Tamise les porta vers Greenwich,

    A une heure, chacun dormait à bord.

    Le lendemain, 21 février, à trois heures du matin, les fourneaux
    ronflaient; à cinq heures, on levait l'ancre, et sous l'impulsion de
    son hélice, le Resolute fila vers l'embouchure de la Tamise.

    Nous n'avons pas besoin de dire que les conversations du bord roulèrent
    uniquement sur l'expédition du docteur Fergusson. A le voir comme à
    l'entendre, il inspirait une telle confiance bientôt, sauf l'Écossais,
    personne ne mit en question le succès de son entreprise.

    Pendant les longues heures inoccupées du voyage docteur faisait un
    véritable cours de géographie dans le carré des officiers. Ces jeunes
    gens se passionnaient pour les découvertes faites depuis quarante ans
    en Afrique; il leur raconta les explorations de Barth, de Burton, de
    Speke, de Grant, il leur dépeignit cette mystérieuse contrée livrée de
    toutes part aux investigations de la science. Dans le nord, le jeune
    Duveyrier explorait le Sahara et ramenait à Paris les chefs Touaregs.
    Sous l'inspiration du gouvernement français, deux expéditions se
    préparaient, qui, descendant du nord et venant à l'ouest, se
    croiseraient à Tembouctou. Au sud, l’infatigable Livingstone s'avançait
    toujours vers l'équateur, et depuis mars 1862, il remontait, en
    compagnie de Mackensie, la rivière Rovoonia. Le dix-neuvième siècle ne
    se passerait certainement pas sans que l'Afrique n'eût révélé les
    secrets enfouis dans son sein depuis six mille ans.

    L'intérêt des auditeurs de Fergusson fut excité surtout quand il leur
    fit connaître en détail les préparatifs de son voyage; ils voulurent
    vérifier ses calculs; ils discutèrent, et le docteur entra franchement
    dans la discussion.

    En général, on s'étonnait de la quantité relativement restreinte de
    vivres qu'il emportait avec lui. Un jour, l'un des officiers interrogea
    le docteur à cet égard

    « Cela vous surprend, répondit Fergusson.

    --Sans doute.

    --Mais quelle durée supposez-vous donc qu'aura mon voyage? Des mois
    entiers? C'est une grande erreur; s'il se prolongeait, nous serions
    perdus, nous n'arriverions pas. Sachez donc qu'il n'y a pas plus de
    trois mille cinq cents, mettez quatre mille milles [Environ 400 lieues]
    de Zanzibar à la côte du Sénégal. Or, à deux cent quarante milles [Cent
    lieues. Le docteur compte toujours par milles géographiques de 60 au
    degré] par douze heures, ce qui n'approche pas de la vitesse de nos
    chemins de fer, en voyageant jour et nuit, il suffirait de sept jours
    pour traverser l'Afrique.

    --Mais alors vous ne pourriez rien voir, ni faire de relèvements
    géographiques, ni reconnaître le pays.

    --Aussi, répondit le docteur, si je suis maître de mon ballon, si je
    monte ou descends à ma volonté, je m'arrêterai quand bon me semblera,
    surtout lorsque des courants trop violents menaceront de m'entraîner.

    --Et vous en rencontrerez, dit le commandant Pennet; il y a des
    ouragans qui font plus de deux cent quatre milles à l'heure.

    --Vous le voyez, répliqua le docteur, avec une telle rapidité, on
    traverserait l'Afrique en douze heures; on se lèverait à Zanzibar pour
    aller se coucher à Saint-Louis.

    --Mais, reprit un officier, est-ce qu'un ballon pourrait être entraîné
    par une vitesse pareille?

    --Cela s'est vu, répondit Fergusson.

    --Et le ballon a résisté?

    --Parfaitement. C'était à l'époque du couronnement de Napoléon en 1804.
    L'aéronaute Garnerin lança de Paris, à onze heures du soir, un ballon
    qui portait l'inscription suivante tracée en lettres d'or: « Paris, 25
    frimaire an XIII, couronnement de l'empereur Napoléon par S. S. Pie
    VII.» Le lendemain matin, à cinq heures, les habitants de Rome voyaient
    le même ballon planer au-dessus du Vatican, parcourir la campagne
    romaine, et aller s'abattre dans le lac de Bracciano. Ainsi, Messieurs,
    un ballon peut résister à de pareilles vitesses.

    --Un ballon, oui; mais un homme, se hasarda à dire Kennedy.

    --Mais un homme aussi! Car un ballon est toujours immobile par rapport
    à l'air qui l'environne; ce n'est pas lui qui marche, et est la masse
    de l'air elle-même; aussi, allumez une bougie dans votre nacelle, et la
    flamme ne vacillera pas. Un aéronaute montant le ballon de Garnerin
    n'aurait aucunement souffert de cette vitesse. D'ailleurs, je ne tiens
    pas à expérimenter une semblable rapidité, et si je puis m'accrocher
    pendant la nuit à quelque arbre ou quelque accident de terrain, je ne
    m'en ferai pas faute. Nous emportons d'ailleurs pour deux mois de
    vivres, et rien n'empêchera notre adroit chasseur de nous fournir du
    gibier en abondance quand nous prendrons terre.

    --Ah! monsieur Kennedy! vous allez faire là des coups de maître, dit un
    Jeune midshipman en regardant l'Écossais avec des yeux d'envie.

    --Sans compter, reprit un autre, que votre plaisir sera doublé d'une
    grande gloire.

    --Messieurs, répondit le chasseur, je suis fort sensible à vos
    compliments... mais il ne m'appartient pas de les recevoir. . .

    --Hein! fit-on de tous côtés vous ne partirez pas?

    --Je ne partirai pas.

    --Vous n’accompagnerez pas le docteur Fergusson?

    --Non seulement je ne l'accompagnerai pas, mais je ne suis ici que pour
    l’arrêter au dernier moment. »

    Tous les regards se dirigèrent vers le docteur.

    « Ne l'écoutez pas, répondit-il avec son air calme. C'est une chose
    qu'il ne faut pas discuter avec lui; au fond il sait parfaitement qu'il
    partira.

    --Par saint Patrick! s'écria Kennedy j’atteste...

    --N’atteste rien, ami Dick; tu es jaugé, tu es pesé, toi, ta poudre,
    tes fusils et tes balles; ainsi n'en parlons plus. »

    Et de fait, depuis ce jour jusqu'à l'arrivée à Zanzibar, Dick n'ouvrit
    plus la bouche; il ne parla pas plus de cela que d'autre chose. Il se
    tut.

    CHAPITRE IX

    On double le cap.--Le gaillard d'avant--Cours de cosmographie par le
    progrès Joe.--Do direction des ballons.--De la recherche des courants
    atmosphériques.--Eupnxa.

    Le Resolute filait rapidement vers le cap de Bonne-Espérance; le temps
    se maintenait au beau, quoique la mer devint plus forte.

    Le 30 mars, vingt-sept jours après le départ de Londres, la montagne de
    la Table se profila sur l'horizon; la ville du Cap, située au pied d'un
    amphithéâtre de collines, apparut au bout des lunettes marines, et
    bientôt le Resolute jeta l'ancre dans le port. Mais le commandant n'y
    relâchait que pour prendre du charbon; ce fut l'affaire d'un jour; le
    lendemain, le navire donnait dans le sud pour doubler la pointe
    méridionale de l'Afrique et entrer dans le canal de Mozambique.

    Joe n'en était pas à son premier voyage sur mer; il n'avait pas tardé à
    se trouver chez lui à bord. Chacun l'aimait pour sa franchise et sa
    bonne humeur. Une grande part de la célébrité de son maître
    rejaillissait sur lui. On l'écoutait comme un oracle, et il ne se
    trompait pas plus qu'un autre.

    Or, tandis que le docteur poursuivait le cours de ses descriptions dans
    le carré des officiers, Joe trônait sur le gaillard d'avant, et faisait
    de l'histoire à sa manière, procédé suivi d'ailleurs par les plus
    grands historiens de tous les temps.

    Il était naturellement question du voyage aérien. Joe avait eu de la
    peine à faire accepter l'entreprise par des esprits récalcitrants; mais
    aussi, la chose une fois acceptée, l'imagination des matelots, stimulée
    par le récit de Joe, ne connut plus rien d'impossible.

    L'éblouissant conteur persuadait à son auditoire qu'après ce voyage-là
    on en ferait bien d'autres. Ce n'était que le commencement d'une longue
    série d'entreprises surhumaines.

    « Voyez-vous, mes amis, quand on a goûté de ce genre de locomotion, on
    ne peut plus s'en passer; aussi, à notre prochaine expédition, au lieu
    d'aller de côté, nous irons droit devant nous en montant toujours.

    --Bon! dans la lune alors, dit un auditeur émerveillé.

    --Dans la lune! riposta Joe; non, ma foi, c'est trop commun! tout le
    monde y va dans la lune. D'ailleurs, il n'y a pas d'eau, et on est
    obligé d'en emporter des provisions énormes, et même de l'atmosphère en
    fioles, pour peu qu'on tienne à respirer.

    --Bon! si on y trouve du gin! dit un matelot fort amateur de cette
    boisson.

    --Pas davantage, mon brave. Non! point de lune; mais nous nous
    promènerons dans ces jolies étoiles, dans ces charmantes planètes dont
    mon maître m'a parlé si souvent. Ainsi, nous commencerons par visiter
    Saturne...

    --Celui qui a un anneau? demanda le quartier-maître.

    --Oui! un anneau de mariage. Seulement on ne sait pas ce que sa femme
    est devenue!

    --Comment vous iriez si haut que cela? fit un mousse stupéfait. C'est
    donc le diable, votre maître?

    --Le diable! il est trop bon pour cela!

    --Mais après Saturne? demanda l'un des plus impatients de l'auditoire.

    --Après Saturne? Eh bien, nous rendrons visite à Jupiter; un drôle de
    pays, allez, où les journées ne sont que de neuf heures et demie, ce
    qui est commode pour les paresseux, et où les années, par exemple,
    durent douze ans, ce qui est avantageux pour les gens qui n'ont plus
    que six mois à vivre.

    Ça prolonge un peu leur existence!

    --Douze ans? reprit le mousse.

    --Oui, mon petit; ainsi, dans cette contrée-là, tu téterais encore ta
    maman, et le vieux là-bas, qui court sur sa cinquantaine, serait un
    bambin de quatre ans et demi.

    --Voilà qui n'est pas croyable! s'écria le gaillard d'avant d'une seule
    voix.

    --Pure vérité, fit Joe avec assurance. Mais que voulez-vous quand on
    persiste à végéter dans ce monde-ci, on n'apprend rien, on reste
    ignorant comme un marsouin. Venez un peu dans Jupiter et vous verrez!
    par exemple, il faut de la tenue là-haut, car il a des satellites qui
    ne sont pas commodes! »

    Et l'on riait, mais on le croyait à demi; et il leur parlait de Neptune
    où les marins sont joliment reçus, et de Mars où les militaires
    prennent le haut du pavé, ce qui finit par devenir assommant. Quant à
    Mercure, vilain monde, rien que des voleurs et des marchands, et se
    ressemblant tellement les uns aux autres qu'il est difficile de les
    distinguer. Et enfin il leur faisait de Vénus un tableau vraiment
    enchanteur.

    « Et quand nous reviendrons de cette expédition-là, dit l'aimable
    conteur, on nous décorera de la croix du Sud, qui brille là-haut à la
    boutonnière du bon Dieu.

    --Et vous l'aurez bien gagnée! » dirent les matelots.

    Ainsi se passaient en joyeux propos les longues soirées du gaillard
    d'avant. Et pendant ce temps, les conversations instructives du docteur
    allaient leur train.

    Un jour, on s'entretenait de la direction des ballons, et Fergusson fut
    sollicité de donner son avis à cet égard.

    « Je ne crois pas, dit-il, que l'on puisse parvenir à diriger les
    ballons. Je connais tous les systèmes essayés ou proposés; pas un n'a
    réussi, pas un n'est praticable. Vous comprenez bien que j'ai du me
    préoccuper de cette question qui devait avoir un si grand intérêt pour
    moi; mais je n'ai pu la résoudre avec les moyens fournis par les
    connaissances actuelles de la mécanique. Il faudrait découvrir un
    moteur d'une puissance extraordinaire, et d'une légèreté impossible! Et
    encore, on ne pourra résister à des courants de quelque importance!
    Jusqu'ici, d'ailleurs, on s'est plutôt occupé de diriger la nacelle que
    le ballon. C'est une faute.

    --Il y a cependant, répliqua-t-on, de grands rapports entre un aérostat
    et un navire, que l'on dirige à volonté.

    Mais non, répondit le docteur Fergusson, il y en a peu ou point. L'air
    est infiniment moins dense que l'eau, dans laquelle le navire n'est
    submergé qu'à moitié, tandis que l'aérostat plonge tout entier dans
    l'atmosphère, et reste immobile par rapport au fluide environnant.

    --Vous pensez alors que la science aérostatique a dit son dernier mot?

    --Non pas! non pas! Il faut chercher autre chose, et, si l'on ne peut
    diriger un ballon, le maintenir au moins dans les courants
    atmosphériques favorables. A mesure que l'on s’élève, ceux-ci
    deviennent beaucoup plus uniformes, et sont constants dans leur
    direction; ils ne sont plus troublés par les vallées et les montagnes
    qui sillonnent la surface du globe, et là, vous le savez, est la
    principale cause des changements du vent et de l'inégalité de son
    souffle. Or, une fois ces zones déterminées, le ballon n'aura qu'à se
    placer dans les courants qui lui conviendront.

    --Mais alors, reprit le commandant Pennet, pour les atteindre, il
    faudra constamment monter ou descendre. Là est la vraie difficulté, mon
    cher docteur.

    --Et pourquoi, mon cher commandant?

    --Entendons-nous: ce ne sera une difficulté et un obstacle que pour les
    voyages de long cours, et non pas pour les simples promenades
    aériennes.

    --Et la raison, s'il vous plaît?

    --Parce que vous ne montez qu'à la condition de jeter du lest, vous ne
    descendez qu'à la condition de perdre du gaz, et à ce manège-là, vos
    provisions de gaz et de lest seront vite épuisées.

    --Mon cher Pennet, là est toute la question. Là est la seule difficulté
    que la science doive tendre à vaincre. Il ne s'agit pas de diriger les
    ballons; il s'agit de les mouvoir de haut en bas, sans dépenser ce gaz
    qui est sa force, son sang, son âme, si l'on peut s'exprimer ainsi.

    --Vous avez raison, mon cher docteur, mais cette difficulté n'est pas
    encore résolue, ce moyen n'est pas encore trouvé.

    --Je vous demande pardon, il est trouvé.

    --Par qui?

    --Par moi!

    --Par vous?

    --Vous comprenez bien que, sans cela, je n'aurais pas risqué cette
    traversée de l'Afrique en ballon. Au bout de vingt-quatre heures,
    j'aurais été à sec de gaz!

    --Mais vous n'avez pas parlé de cela en Angleterre!

    --Non. Je ne tenais pas à me faire discuter en public. Cela me
    paraissait inutile. J'ai fait en secret des expériences préparatoires,
    et j'ai été satisfait; je n'avais donc pas besoin d'en apprendre
    davantage.

    --Eh bien! mon cher Fergusson, peut-on vous demander votre secret?

    --Le voici, Messieurs, et mon moyen est bien simple. »

    L'attention de l'auditoire fut portée au plus haut point, et le docteur
    prit tranquillement la parole en ces termes:

    CHAPITRE X

    Essais antérieurs.--Les cinq caisses du docteur.--Le chalumeau à
    gaz.--Le calorifère.--Manière de manœuvrer.--Succès certain.

    « On a tenté souvent, Messieurs, de s'élever ou de descendre à volonté,
    sans perdre le gaz ou le lest d'un ballon Un aéronaute français, M.
    Meunier, voulait atteindre ce but en comprimant de l'air dans une
    capacité intérieure. Un belge, M. le docteur van Hecke, au moyen
    d'ailes et de palettes, déployait une force verticale qui eut été
    insuffisante dans la plupart des cas. Les résultats pratiques obtenus
    par ses divers moyens ont été insignifiants.

    « J'ai donc résolu d'aborder la question plus franchement. Et d'abord
    je supprime complètement le lest, si ce n’est pour les cas de force
    majeure, tels que la rupture de mon appareil, ou l'obligation de
    m'élever instantanément pour éviter un obstacle imprévu.

    « Mes moyens d'ascension et de descente consistent uniquement à dilater
    ou à contracter par des températures diverses le gaz renfermé dans
    l'intérieur de l'aérostat. Et voici comment j'obtiens ce résultat.

    "Vous avez vu embarquer avec la nacelle plusieurs caisses dont l'usage
    vous est inconnu. Ces caisses sont au nombre de cinq.

    « La première renferme environ vingt-cinq gallons d'eau, à laquelle
    j'ajoute quelques gouttes d'acide sulfurique pour augmenter sa
    conductibilité, et je la décompose au moyen d'une forte pile de
    Buntzen. L'eau, comme vous le savez, se compose de deux volumes en gaz
    hydrogène et d'un volume en gaz oxygène.

    « Ce dernier, sous l'action de la pile, se rend par son pôle positif
    dans une seconde caisse. Une troisième, placée au-dessus de celle-ci,
    et d'une capacité double, reçoit l'hydrogène qui arrive par le pôle
    négatif.

    « Des robinets, dont l'un a une ouverture double de l'autre, font
    communiquer ces deux caisses avec une quatrième, qui s'appelle caisse
    de mélange. Là, en effet, se mélangent ces deux gaz provenant de la
    décomposition de l'eau. La capacité de cette caisse de mélange est
    environ de quarante et un pieds cubes [Un mètre 50 centimètres carrés].

    « A la partie supérieure de cette caisse est un tube en platine, muni
    d'un robinet.

    « Vous l'avez déjà compris, Messieurs: l'appareil que je vous décris
    est tout bonnement un chalumeau à gaz oxygène et hydrogène, dont la
    chaleur dépasse celle des feux de forge.

    « Ceci établi, je passe à la seconde partie de l'appareil.

    « De la partie inférieure de mon ballon, qui est hermétiquement clos,
    sortent deux tubes séparés par un petit intervalle. L'un prend
    naissance au milieu des couches supérieures du gaz hydrogène, l'autre
    au milieu des couches inférieures.

    « Ces deux tuyaux sont munis de distance en distance de fortes
    articulations en caoutchouc, qui leur permettent de se prêter aux
    oscillations de l'aérostat.

    « Ils descendent tous deux jusqu'à la nacelle, et se perdent dans une
    caisse de fer de forme cylindrique, qui s'appelle caisse de chaleur.
    Elle est fermée à ses deux extrémités par deux forts disques de même
    métal.

    « Le tuyau parti de la région inférieure du ballon se rend dans cette
    boite cylindrique par le disque du bas; il y pénètre, et adopte alors
    la forme d'un serpentin hélicoïdal dont les anneaux superposés occupent
    presque toute la hauteur de la caisse. Avant d'en sortir, le serpentin
    se rend dans un petit cône, dont la base concave, en forme de calotte
    sphérique, est dirigée en bas.

    « C'est par le sommet de ce cône que sort le second tuyau, et il se
    rend, comme je vous l'ai dit, dans les couches supérieures du ballon.

    « La calotte sphérique du petit cône est en platine. afin de ne pas
    fondre sous l'action du chalumeau. Car celui-ci est placé sur le fond
    de la caisse en fer, au milieu du serpentin hélicoïdal, et l'extrémité
    de sa flamme viendra légèrement lécher cette calotte.

    « Vous savez, Messieurs, ce que c'est qu'un calorifère destiné à
    chauffer les appartements. Vous savez comment il agit. L'air de
    l'appartement est forcé de passer par les tuyaux, et il est restitué
    avec une température plus élevée. Or, ce que je viens de vous décrire
    là n'est, à vrai dire, qu'un calorifère.

    « En effet, que se passera-t-il? Une fois le chalumeau allumé,
    l'hydrogène du serpentin et du cône concave s'échauffe, et monte
    rapidement par le tuyau qui le mène aux régions supérieures de
    l'aérostat. Le vide se fait en dessous, et il attire le gaz des régions
    inférieures qui se chauffe à son tour, et est continuellement remplacé;
    il s'établit ainsi dans les tuyaux et le serpentin un courant
    extrêmement rapide de gaz, sortant du ballon, y retournant et se
    surchauffant sans cesse.

    « Or, les gaz augmentent de 1/480 de leur volume par degré de chaleur.
    Si donc je force la température de dix-huit degrés [10° centigrades.
    Les gaz augmentent de 1/267 de leur volume par 1° centigrade],
    l'hydrogène de l'aérostat se dilatera de 18/480, ou de seize cent
    quatorze pieds cubes [Soixante-deux mètres cubes environ], il déplacera
    donc seize cent soixante-quatorze pieds cubes d'air de plus, ce qui
    augmentera sa force ascensionnelle de cent soixante livres. Cela
    revient donc à jeter ce même poids de lest. Si j'augmente la
    température de cent quatre-vingt degrés [100° centigrades], le gaz se
    dilatera de, 180/480: il déplacera seize mille sept cent quarante pieds
    cubes de plus, et sa force ascensionnelle s'accroîtra de seize cents
    livres.

    « Vous le comprenez, Messieurs, je puis donc facilement obtenir des
    ruptures d'équilibre considérables. Le volume de l'aérostat a été
    calculé de telle façon, qu'étant à demi gonflé, il déplace un poids
    d'air exactement égal à celui de l'enveloppe du gaz hydrogène et de la
    nacelle chargée de voyageurs et de tous ses accessoires. A ce point de
    gonflement, il est exactement en équilibre dans l'air, il ne monte ni
    ne descend.

    « Pour opérer l'ascension, je porte le gaz à une température supérieure
    à la température ambiante au moyen de mon chalumeau; par cet excès de
    chaleur, il obtient une tension plus forte, et gonfle davantage le
    ballon, qui monte d'autant plus que je dilate l'hydrogène.

    « La descente se fait naturellement en modérant la chaleur du
    chalumeau, et en laissant la température se refroidir. L'ascension sera
    donc généralement beaucoup plus rapide que la descente. Mais c'est là
    une heureuse circonstance; je n'ai jamais d'intérêt à descendre
    rapidement, et c’est au contraire par une marche ascensionnelle très
    prompte que j'évite les obstacles. Les dangers sont en bas et non en
    haut.

    « D'ailleurs, comme je vous l'ai dit, j'ai une certaine quantité de
    lest qui me permettra de m'élever plus vite encore, si cela devient
    nécessaire. Ma soupape, située au pôle supérieur du ballon, n'est plus
    qu'une soupape de sûreté. Le ballon garde toujours sa même charge
    d'hydrogène; les variations de température que je produis dans ce
    milieu de gaz clos pourvoient seules à tous ses mouvements de montée et
    de descente.

    « Maintenant, Messieurs, comme détail pratique, j'ajouterai ceci.

    « La combustion de l'hydrogène et de l'oxygène à la pointe du chalumeau
    produit uniquement de la vapeur d'eau. J'ai donc muni la partie
    inférieure de la caisse cylindrique en fer d'un tube de dégagement avec
    soupape fonctionnant à moins de deux atmosphères de pression; par
    conséquent, dès qu'elle a atteint cette tension, la vapeur s'échappe
    d'elle même.

    « Voici maintenant des chiffres très exacts.

    « Vingt-cinq gallons d'eau décomposée en ses éléments constitutifs
    donnent deux cents livres d'oxygène et vingt-cinq livres d'hydrogène.
    Cela représente, à la tension atmosphérique, dix-huit cent
    quatre-vingt-dix pieds cubes [Soixante-dix mètres cubes d'oxygène] du
    premier, et trois mille sept cent quatre-vingts pieds cubes [Cent
    quarante mètres cubes d'hydrogène] du second, en tout cinq mille six
    cent soixante-dix pieds cubes du mélange [Deux cent dix mètres cubes].

    « Or le robinet de mon chalumeau, ouvert en plein, dépense vingt-sept
    pieds cubes [Un mètre cube] à l'heure avec une flamme au moins six fois
    plus forte que celle des grandes lanternes d'éclairage. En moyenne
    donc, et pour me maintenir à une hauteur peu considérable, je ne
    brûlerai pas plus de neuf pieds cubes à l'heure [Un tiers de mètre
    cube]; mes vingt-cinq gallons d'eau me représentent donc six cent
    trente heures de navigation aérienne, ou un peu plus de vingt-six
    jours.

    « Or, comme je puis descendre à volonté, et renouveler ma provision
    d'eau sur la route, mon voyage peut avoir une durée indéfinie.

    « Voilà mon secret, Messieurs, il est simple, et, comme les choses
    simples, il ne peut manquer de réussir. La dilatation et la contraction
    du gaz de l'aérostat, tel est mon moyen, qui n'exige ni ailes
    embarrassantes, ni moteur mécanique. Un calorifère pour produire mes
    changements de température, un chalumeau pour le chauffer, cela n'est
    ni incommode, ni lourd. Je crois donc avoir réuni toutes les conditions
    sérieuses de succès. »

    Le docteur Fergusson termina ainsi son discours, et fut applaudi de bon
    cœur. Il n'y avait pas une objection à lui faire; tout était prévu et
    résolu.

    « Cependant, dit le commandant, cela peut être dangereux.

    --Qu'importe, répondit simplement le docteur, si cela est praticable?

    CHAPITRE XI

    Arrivée à Zanzibar,--Le consul anglais.--Mauvaises dispositions des
    habitants.--L'île Koumbeni.--Les faiseurs de pluie--Gonflement du
    ballon.--Départ du 18 avril.--Dernier adieu.--Le Victoria.

    Un vent constamment favorable avait hâté la marche du Resolute vers le
    lieu de sa destination. La navigation du canal de Mozambique fut
    particulièrement paisible. La traversée maritime faisait bien augurer
    de la traversée aérienne. Chacun aspirait au moment de l'arrivée, et
    voulait mettre la dernière main aux préparatifs du docteur Fergusson.

    Enfin le bâtiment vint en vue de la ville de Zanzibar, située sur l'île
    du même nom, et le 15 avril, à onze heures du matin, l laissa tomber
    l'ancre dans le port

    L'île de Zanzibar appartient à l’imam de Mascate, allié de la France et
    de l'Angleterre, et c'est à coup sûr sa plus belle colonie. Le port
    reçoit un grand nombre de navires des contrées avoisinantes.

    L'île n'est séparée de la côte africaine que par un canal dont la plus
    grande largeur n'excède pas trente milles [Douze lieues et demie].

    Elle fait un grand commerce de gomme, d'ivoire, et surtout d'ébène, car
    Zanzibar est le grand marché d'esclaves. Là vient se concentrer tout ce
    butin conquis dans les batailles que les chefs de l'intérieur se
    livrent incessamment. Ce trafic s'étend aussi sur toute la côte
    orientale, et jusque sous les latitudes du Nil, et M G. Lejean y a vu
    faire ouvertement la traite sous pavillon français. Dès l'arrivée du
    Resolute, le consul anglais de Zanzibar vint à bord se mettre à la
    disposition du docteur, des projets duquel, depuis un mois, les
    journaux d'Europe l'avaient tenu au courant. Mais jusque-là il faisait
    partie de la nombreuse phalange des incrédules.

    « Je doutais, dit-il en tendant la main à Samuel Fergusson, mais
    maintenant je ne doute plus. »

    Il offrit sa propre maison au docteur, à Dick Kennedy, et naturellement
    au brave Joe.

    Par ses soins, le docteur prit connaissance de diverses lettres qu'il
    avait reçues du capitaine Speke. Le capitaine et ses compagnons avaient
    eu à souffrir terriblement de la faim et du mauvais temps avant
    d'atteindre le pays d'Ugogo; ils ne s'avançaient qu'avec une extrême
    difficulté et ne pensaient plus pouvoir donner promptement de leurs
    nouvelles.

    « Voilà des périls et des privations que nous saurons éviter, » dit le
    docteur.

    Les bagages des trois voyageurs furent transportés à la maison du
    consul. On se disposait à débarquer le ballon sur la plage de Zanzibar;
    il y avait près du mât des signaux un emplacement favorable, auprès
    d'une énorme construction qui l'eut abrité des vents d'est. Cette
    grosse tour, semblable à un tonneau dressé sur sa base, et près duquel
    la tonne d'Heidelberg n'eut été qu'un simple baril, servait de fort, et
    sur sa plate-forme veillaient des Beloutchis armés de lances, sorte de
    garnisaires fainéants et braillards.

    Mais, lors du débarquement de l'aérostat, le consul fut averti que la
    population de l'île s'y opposerait par la force. Rien de plus aveugle
    que les passions fanatisées. La nouvelle de l'arrivée d'un chrétien qui
    devait s'enlever dans les airs fut reçue avec irritation; les nègres,
    plus émus que les Arabes, virent dans ce projet des intentions hostiles
    à leur religion; ils se figuraient qu'on en voulait au soleil et à la
    lune. Or, ces deux astres sont un objet de vénération pour les
    peuplades africaines. On résolut donc de s'opposer à cette expédition
    sacrilège.

    Le consul, instruit de ces dispositions, en conféra avec le docteur
    Fergusson et le commandant Pennet. Celui-ci ne voulait pas reculer
    devant des menaces; mais son ami lui fit entendre raison à ce sujet.

    « Nous finirons certainement par l’emporter lui dit-il; les garnisaires
    mêmes de l'iman nous prêteraient main-forte; au besoin; mais, mon cher
    commandant, un accident est vite arrivé; il suffirait d'un mauvais coup
    pour causer au ballon un accident irréparable, et le voyage serait
    compromis sans remise; il faut donc agir avec de grandes précautions.

    --Mais que faire? Si nous débarquons sur la côte d'Afrique, nous
    rencontrerons les mêmes difficultés! Que faire?

    --Rien n'est plus simple, répondit le consul. Voyez ces îles situées au
    delà du port; débarquez votre aérostat dans l’une d'elles,
    entourez-vous d'une ceinture de matelots, et vous n'aurez aucun risque
    à courir:

    --Parfait, dit le docteur, et nous serons à notre aise pour achever nos
    préparatifs.

    Le commandant se rendit à ce conseil. Le Resolute s'approcha de l'île
    de Koumbeni. Pendant la matinée du 16 avril, le ballon fut mis en
    sûreté au milieu d'une clairière, entre les grands bois dont le sol est
    hérissé.

    On dressa deux mats hauts de quatre-vingts pieds et placés à une
    pareille distance l'un de l'autre; un jeu de poulies fixées à leur
    extrémité permit d'enlever l'aérostat au moyen d'un câble transversal;
    il était alors entièrement dégonflé. Le ballon intérieur se trouvait
    rattaché au sommet du ballon extérieur de manière à être soulevé comme
    lui.

    C'est à l'appendice inférieur de chaque ballon que furent fixés les
    deux tuyaux d'introduction de l'hydrogène.

    La journée du 17 se passa à disposer l'appareil destiné à produire le
    gaz; il se composait de trente tonneaux, dans lesquels la décomposition
    de l'eau se faisait au moyen de ferraille et d'acide sulfurique mis en
    présence dans une grande quantité d'eau. L'hydrogène se rendait dans
    une vaste tonne centrale après avoir été lavé à son passage, et de là
    il passait dans chaque aérostat par les tuyaux d'introduction. De cette
    façon, chacun d'eux se remplissait d’une quantité de gaz parfaitement
    déterminée.

    Il fallut employer, pour cette opération, dix-huit cent soixante-six
    gallons [Trois mille deux cent cinquante litres] d'acide sulfurique,
    seize mille cinquante livres de fer [Plus de huit tonnes de fer] et
    neuf cent soixante-six gallons d'eau [Prés de quarante et un mille deux
    cent cinquante litres].

    Cette opération commença dans la nuit suivante, vers trois heures du
    matin; elle dura près de huit heures. Le lendemain, l’aérostat,
    recouvert de son filet, se balançait gracieusement au-dessus de-là
    nacelle, retenu par un grand nombre de sacs de terre. L'appareil de
    dilatation fut monté avec un grand soin, et les tuyaux sortant de
    l'aérostat furent adaptés à la boîte cylindrique.

    Les ancres, les cordes, les instruments, les couvertures de voyage, la
    tente, les vivres, les armes, durent prendre dans la nacelle la place
    qui leur était assignée; la provision d'eau fut faite à Zanzibar. Les
    deux cents livres de lest furent réparties dans cinquante sacs placés
    au fond de la nacelle, mais cependant à portée de la main.

    Ces préparatifs se terminaient vers cinq heures du soir; des
    sentinelles veillaient sans cesse autour de l’île, et les embarcations
    du Resolute sillonnaient le canal.

    Les nègres continuaient à manifester leur colère par des cris, des
    grimaces et des contorsions. Les sorciers parcouraient les groupes
    irrités, en soufflant sur toute cette irritation; quelques fanatiques
    essayèrent de ga-gner l'île à la nage, mais on les éloigna facilement.

    Alors les sortilèges et les incantations commencèrent; les faiseurs de
    pluie, qui prétendent commander aux nuages, appelèrent les ouragans et
    les « averses de pierres [Nom que les Nègres donnent à la grêle] » à
    leur secours; pour cela, ils cueillirent des feuilles de tous les
    arbres différents du pays; ils les firent bouillir à petit feu, pendant
    que l'on tuait un mouton en lui enfonçant une longue aiguille dans le
    cœur. Mais, en dépit de leurs cérémonies, le ciel demeura pur, et ils
    en furent pour leur mouton et leurs grimaces.

    Les nègres se livrèrent alors à de furieuses orgies, s'enivrant du «
    tembo,» liqueur ardente tirée du cocotier, ou d'une bière extrêmement
    capiteuse appelée « togwa. » Leurs chants, sans mélodie appréciable,
    mais dont le rythme est très juste, se poursuivirent fort avant dans la
    nuit.

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    Candide, ou l’optimisme

    Aproximadamente 36.452 palavras.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE.

    TOME XXXIII

    DE L’ IMPRIMERIE DE A. FIRMIN DIDOT,

    RUE JACOB, Nº 24.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE

    PRÉFACES, AVERTISSEMENTS, NOTES, ETC.

    PAR M. BEUCHOT.

    TOME XXXIII.

    ROMANS. TOME I.

    A PARIS,

    CHEZ LEFÈVRE, LIBRAIRE,

    RUE DE L’ÉPERON, Kº 6. WERDET ET LEQUIEN FILS,

    RUE DU BATTOIR, Nº 20.

    MDCCCXXIX.

    CANDIDE,

    OU L’OPTIMISME

    Préface de l’Éditeur
    CHAPITRE I. Comment Candide fut élevé dans un beau château, et comment il fut chassé d’icelui.
    CHAPITRE II Ce que devint Candide parmi les Bulgares.
    CHAPITRE III. Comment Candide se sauva d’entre les Bulgares, et ce qu’il devint.
    CHAPITRE IV. Comment Candide rencontra son ancien maître de philosophie, le docteur Pangloss, et ce qui en advint.
    CHAPITRE V. Tempête, naufrage, tremblement de terre, et ce qui advint du docteur Pangloss, de Candide, et de l’anabaptiste Jacques.
    CHAPITRE VI. Comment on fit un bel auto-da-fé pour empêcher les tremblements de terre, et comment Candide fut fessé.
    CHAPITRE VII Comment une vieille prit soin de Candide, et comment il retrouva ce qu’il aimait.
    CHAPITRE VIII. Histoire de Cunégonde.
    CHAPITRE IX. Ce qui advint de Cunégonde, de Candide, du grand-inquisiteur, et d’un Juif.
    CHAPITRE X. Dans quelle détresse Candide, Cunégonde, et la vieille, arrivent à Cadix, et leur embarquement.
    CHAPITRE XI. Histoire de la vieille.
    CHAPITRE XII. Suite des malheurs de la vieille.
    CHAPITRE XIII. Comment Candide fut obligé de se séparer de la belle Cunégonde et de la vieille.
    CHAPITRE XIV. Comment Candide et Cacambo furent reçus chez les jésuites du Paraguai.
    CHAPITRE XV. Comment Candide tua le frère de sa chère Cunégonde.
    CHAPITRE XVI. Ce qui advint aux deux voyageurs avec deux filles, deux singes, et les sauvages nommés Oreillons.
    CHAPITRE XVII. Arrivée de Candide et de son valet au pays d’Eldorado, et ce qu’ils y virent.
    CHAPITRE XVIII Ce qu’ils virent dans le pays d’Eldorado[1].
    CHAPITRE XIX. Ce qui leur arriva à Surinam, et comment Candide fit connaissance avec Martin.
    CHAPITRE XX. Ce qui arriva sur mer à Candide et à Martin.
    CHAPITRE XXI. Candide et Martin approchent des côtes de France, et raisonnent.
    CHAPITRE XXII[1]. Ce qui arriva en France à Candide et à Martin.
    CHAPITRE XXIII. Candide et Martin vont sur les côtes d’Angleterre; ce qu’ils y voient.
    CHAPITRE XXIV. De Paquette, et de frère Giroflée.
    CHAPITRE XXV. Visite chez le seigneur Pococurante, noble vénitien.
    CHAPITRE XXVI. D’un souper que Candide et Martin firent avec six étrangers, et qui ils étaient.
    CHAPITRE XXVII. Voyage de Candide à Constantinople.
    CHAPITRE XXVIII. Ce qui arriva à Candide, à Cunégonde, à Pangloss, à Martin, etc.
    CHAPITRE XXIX. Comment Candide retrouva Cunégonde et la vieille.
    CHAPITRE XXX. Conclusion.

    Préface de l’Éditeur

    _Candide_ parut au plus tard en mars 1759. Le roi de Prusse en accuse
    réception par sa lettre du 28 du mois d’avril.

    Voltaire en avait envoyé le manuscrit à la duchesse de La Vallière, qui
    lui fit répondre qu’il aurait pu se passer d’y mettre tant
    d’indécences, et qu’un écrivain tel que lui n’avait pas besoin d’avoir
    recours à cette ressource pour se procurer des lecteurs.

    Beaucoup d’autres personnes furent scandalisées de _Candide_, et
    Voltaire désavoua cet ouvrage, qu’il appelle lui-même une coïonnerie.
    Il ne faut pas, au reste, prendre à la lettre son titre d’optimisme.
    L’optimisme, dit-il ailleurs[1], n’est qu’une fatalité désespérante.

    [1] _Homélie sur l’athéisme_. Voyez les _Mélanges_, année 1767; et
    aussi, tome XII, une des notes du troisième _Discours sur l’homme_.

    Voltaire écrivit, sous le nom de Mead, une lettre relative à Candide,
    qui fut insérée dans le _Journal encyclopédique_, du 15 juillet 1759:
    on la trouvera dans les Mélanges, à cette date.

    C’est à Thorel de Campigneulles, mort en 1809, qu’on attribue une
    _Seconde partie de Candide_, publiée en 1761, et plusieurs fois
    réimprimée à la suite de l’ouvrage de Voltaire, comme étant de lui. On
    l’a même admise dans une édition intitulée: _Collection complète des
    Oeuvres de M, de Voltaire, 1764, in-12_. L’édition de Candide, 1778,
    avec des figures dessinées et gravées par Daniel Chodowicky, contient
    les deux parties.

    Le _Remercîment de Candide à M. de Voltaire_ (par Marconnay) est de
    1760.

    Linguet publia, en 1766, la _Cacomonade, histoire politique et morale,
    traduite de l’allemand, du docteur Pangloss, par le docteur lui-même,
    depuis son retour de Constantinople_, 1766, in-12; nouvelle édition,
    augmentée d’une lettre du même auteur, 1766, in-12. Un arrêt de la cour
    royale de Paris, du 16 novembre 1822 (inséré dans le _Moniteur_ du 26
    mars 1825), ordonne la destruction de la _Canonnade, ou Histoire du Mal
    de Naples, par Linguet_. Ce n’est pas la première fois que les ouvrages
    condamnés sont mal désignés dans les jugements. L’arrêt de la cour du
    parlement, du 6 août 1761, ordonne de lacérer et brûler le tome XIII du
    Commentaire de Salmeron, qui n’a que quatre volumes.

    _Candide en Danemarck, ou l’Optimisme des honnêtes gens_, est d’un
    auteur qu’on ne connaît pas.

    _Antoine Bernard et Rosalie, ou le Petit Candide_, a paru en 1796, un
    volume in-i8.

    Le _Voyage de Candide fils au pays d’Eldorado, vers la fin du
    dix-huitième siècle, pour servir de suite aux aventures de M. son
    père_, an XI-1803, a deux volumes in-8º.

    Le chapitre XXVI de _Candide_ a été imité, en 1815, par Lemontey, dans
    un article intitulé: _Le Carnaval de Vénise_. J’ai renoncé à reproduire
    ce petit morceau, lorsque j’ai vu l’annonce des _Oeuvres de Lemonley_,
    où sans doute on le trouvera.

    J.-J. Rousseau prétendait[2] que c’est sa _Lettre sur la Providence_
    qui a donné naissance à _Candide_; _Candide en est la réponse_.
    Voltaire en avait fait _une de deux pages où il bat la campagne, et
    Candide parut dix mois après_.

    [2] Lettre de J. J. Rousseau au prince de Wirtemberg, du 11 mars 1764.

    Ce que Rousseau appelle sa _Lettre sur la Providence_, est sa lettre à
    Voltaire du 18 août 1756; la réponse de Voltaire est du 21 septembre
    1766; Candide ne vit le jour que vingt-sept à vingt-neuf mois plus
    tard.

    ———

    Les notes sans signature, et qui sont indiquées par des lettres, sont
    de Voltaire.

    Les notes signées d’un K sont des éditeurs de Kehl, MM. Condorcet et
    Decroix. Il est impossible de faire rigoureusement la part de chacun.

    Les additions que j’ai faites aux notes de Voltaire ou aux notes des
    éditeurs de Kehl, en sont séparées par un—, et sont, comme mes notes,
    signées de l’initiale de mon nom.

    BEUCHOT.

    4 octobre 1829.

    CANDIDE,

    ou

    L’OPTIMISME,

    TRADUIT DE L’ALLEMAND

    DE M. LE DOCTEUR RALPH,

    AVEC LES ADDITIONS

    QU’ON A TROUVÉES DANS LA POCHE DU DOCTEUR, LORSQU’IL MOURUT

    À MINDEN, L’AN DE GRÂCE 1759

    1759

    CHAPITRE I.
    Comment Candide fut élevé dans un beau château, et comment il fut
    chassé d’icelui.

    Il y avait en Vestphalie, dans le château de M. le baron de
    Thunder-ten-tronckh, un jeune garçon à qui la nature avait donné les
    moeurs les plus douces. Sa physionomie annonçait son âme. Il avait le
    jugement assez droit, avec l’esprit le plus simple; c’est, je crois,
    pour cette raison qu’on le nommait Candide. Les anciens domestiques de
    la maison soupçonnaient qu’il était fils de la soeur de monsieur le
    baron et d’un bon et honnête gentilhomme du voisinage, que cette
    demoiselle ne voulut jamais épouser parce qu’il n’avait pu prouver que
    soixante et onze quartiers, et que le reste de son arbre généalogique
    avait été perdu par l’injure du temps.

    Monsieur le baron était un des plus puissants seigneurs de la
    Westphalie, car son château avait une porte et des fenêtres. Sa grande
    salle même était ornée d’une tapisserie. Tous les chiens de ses
    basses-cours composaient une meute dans le besoin; ses palefreniers
    étaient ses piqueurs; le vicaire du village était son grand-aumônier.
    Ils l’appelaient tous monseigneur, et ils riaient quand il fesait des
    contes.

    Madame la baronne, qui pesait environ trois cent cinquante livres,
    s’attirait par là une très grande considération, et fesait les honneurs
    de la maison avec une dignité qui la rendait encore plus respectable.
    Sa fille Cunégonde, âgée de dix-sept ans, était haute en couleur,
    fraîche, grasse, appétissante. Le fils du baron paraissait en tout
    digne de son père. Le précepteur Pangloss[1] était l’oracle de la
    maison, et le petit Candide écoutait ses leçons avec toute la bonne foi
    de son âge et de son caractère.

    [1] De _pan_, tout, et _glossa_, langue. B.

    Pangloss enseignait la métaphysico-théologo-cosmolonigologie. Il
    prouvait admirablement qu’il n’y a point d’effet sans cause, et que,
    dans ce meilleur des mondes possibles, le château de monseigneur le
    baron était le plus beau des châteaux, et madame la meilleure des
    baronnes possibles.

    Il est démontré, disait-il, que les choses ne peuvent être autrement;
    car tout étant fait pour une fin, tout est nécessairement pour la
    meilleure fin. Remarquez bien que les nez ont été faits pour porter des
    lunettes; aussi avons-nous des lunettes[2]. Les jambes sont visiblement
    instituées pour être chaussées, et nous avons des chausses. Les pierres
    ont été formées pour être taillées et pour en faire des châteaux; aussi
    monseigneur a un très beau château: le plus grand baron de la province
    doit être le mieux logé; et les cochons étant faits pour être mangés,
    nous mangeons du porc toute l’année: par conséquent, ceux qui ont
    avancé que tout est bien ont dit une sottise; il fallait dire que tout
    est au mieux.

    [2] Voyez tome XXVII, page 528; et dans les _Mélanges_, année 1738, le
    chapitre XI de la troisième partie des _Éléments de la philosophie de
    Newton_; et année 1768, le chapitre X des _Singularités de la nature_.
    B.

    Candide écoutait attentivement, et croyait innocemment; car il trouvait
    mademoiselle Cunégonde extrêmement belle, quoiqu’il ne prît jamais la
    hardiesse de le lui dire. Il concluait qu’après le bonheur d’être né
    baron de Thunder-ten-tronckh, le second degré de bonheur était d’être
    mademoiselle Cunégonde; le troisième, de la voir tous les jours; et le
    quatrième, d’entendre maître Pangloss, le plus grand philosophe de la
    province, et par conséquent de toute la terre.

    Un jour Cunégonde, en se promenant auprès du château, dans le petit
    bois qu’on appelait parc, vit entre des broussailles le docteur
    Pangloss qui donnait une leçon de physique expérimentale à la femme de
    chambre de sa mère, petite brune très jolie et très docile. Comme
    mademoiselle Cunégonde avait beaucoup de disposition pour les sciences,
    elle observa, sans souffler, les expériences réitérées dont elle fut
    témoin; elle vit clairement la raison suffisante du docteur, les effets
    et les causes, et s’en retourna tout agitée, toute pensive, toute
    remplie du désir d’être savante, songeant qu’elle pourrait bien être la
    raison suffisante du jeune Candide, qui pouvait aussi être la sienne.

    Elle rencontra Candide en revenant au château, et rougit: Candide
    rougit aussi. Elle lui dit bonjour d’une voix entrecoupée; et Candide
    lui parla sans savoir ce qu’il disait. Le lendemain, après le dîner,
    comme on sortait de table, Cunégonde et Candide se trouvèrent derrière
    un paravent; Cunégonde laissa tomber son mouchoir, Candide le ramassa;
    elle lui prit innocemment la main; le jeune homme baisa innocemment la
    main de la jeune demoiselle avec une vivacité, une sensibilité, une
    grâce toute particulière; leurs bouches se rencontrèrent, leurs yeux
    s’enflammèrent, leurs genoux tremblèrent, leurs mains s’égarèrent. M.
    le baron de Thunder-ten-tronckh passa auprès du paravent, et voyant
    cette cause et cet effet, chassa Candide du château à grands coups de
    pied dans le derrière. Cunégonde s’évanouit: elle fut souffletée par
    madame la baronne dès qu’elle fut revenue à elle-même; et tout fut
    consterné dans le plus beau et le plus agréable des châteaux possibles.

    CHAPITRE II
    Ce que devint Candide parmi les Bulgares.

    Candide, chassé du paradis terrestre, marcha longtemps sans savoir où,
    pleurant, levant les yeux au ciel, les tournant souvent vers le plus
    beau des châteaux qui renfermait la plus belle des baronnettes; il se
    coucha sans souper au milieu des champs entre deux sillons; la neige
    tombait à gros flocons. Candide, tout transi, se traîna le lendemain
    vers la ville voisine, qui s’appelle _Valdberghoff-trarbk-dikdorff_,
    n’ayant point d’argent, mourant de faim et de lassitude. Il s’arrêta
    tristement à la porte d’un cabaret. Deux hommes habillés de bleu le
    remarquèrent: Camarade, dit l’un, voilà un jeune homme très bien fait,
    et qui a la taille requise; ils s’avancèrent vers Candide et le
    prièrent à dîner très civilement.—Messieurs, leur dit Candide avec une
    modestie charmante, vous me faites beaucoup d’honneur, mais je n’ai pas
    de quoi payer mon écot.—Ah! monsieur, lui dit un des bleus, les
    personnes de votre figure et de votre mérite ne paient jamais rien:
    n’avez-vous pas cinq pieds cinq pouces de haut?—Oui, messieurs, c’est
    ma taille, dit-il en fesant la révérence.—Ah! monsieur, mettez-vous à
    table; non seulement nous vous défraierons, mais nous ne souffrirons
    jamais qu’un homme comme vous manque d’argent; les hommes ne sont faits
    que pour se secourir les uns les autres.—Vous avez raison, dit Candide;
    c’est ce que M. Pangloss m’a toujours dit, et je vois bien que tout est
    au mieux. On le prie d’accepter quelques écus, il les prend et veut
    faire son billet; on n’en veut point, on se met à table. N’aimez-vous
    pas tendrement?….—Oh! oui, répond-il, j’aime tendrement mademoiselle
    Cunégonde.—Non, dit l’un de ces messieurs, nous vous demandons si vous
    n’aimez pas tendrement le roi des Bulgares?—Point du tout, dit-il, car
    je ne l’ai jamais vu.—Comment! c’est le plus charmant des rois, et il
    faut boire à sa santé.—Oh! très volontiers, messieurs. Et il boit. C’en
    est assez, lui dit-on, vous voilà l’appui, le soutien, le défenseur, le
    héros des Bulgares; votre fortune est faite, et votre gloire est
    assurée. On lui met sur-le-champ les fers aux pieds, et on le mène au
    régiment. On le fait tourner à droite, à gauche, hausser la baguette,
    remettre la baguette, coucher en joue, tirer, doubler le pas, et on lui
    donne trente coups de bâton; le lendemain, il fait l’exercice un peu
    moins mal, et il ne reçoit que vingt coups; le surlendemain, on ne lui
    en donne que dix, et il est regardé par ses camarades comme un prodige.

    Candide, tout stupéfait, ne démêlait pas encore trop bien comment il
    était un héros. Il s’avisa un beau jour de printemps de s’aller
    promener, marchant tout droit devant lui, croyant que c’était un
    privilège de l’espèce humaine, comme de l’espèce animale, de se servir
    de ses jambes à son plaisir. Il n’eut pas fait deux lieues que voilà
    quatre autres héros de six pieds qui l’atteignent, qui le lient, qui le
    mènent dans un cachot. On lui demanda juridiquement ce qu’il aimait le
    mieux d’être fustigé trente-six fois par tout le régiment, ou de
    recevoir à-la-fois douze balles de plomb dans la cervelle. Il eut beau
    dire que les volontés sont libres, et qu’il ne voulait ni l’un ni
    l’autre, il fallut faire un choix; il se détermina, en vertu du don de
    Dieu qu’on nomme _liberté_, à passer trente-six fois par les baguettes;
    il essuya deux promenades. Le régiment était composé de deux mille
    hommes; cela lui composa quatre mille coups de baguette, qui, depuis la
    nuque du cou jusqu’au cul, lui découvrirent les muscles et les nerfs.
    Comme on allait procéder à la troisième course, Candide, n’en pouvant
    plus, demanda en grâce qu’on voulût bien avoir la bonté de lui casser
    la tête; il obtint cette faveur; on lui bande les yeux; on le fait
    mettre à genoux. Le roi des Bulgares passe dans ce moment, s’informe du
    crime du patient; et comme ce roi avait un grand génie, il comprit, par
    tout ce qu’il apprit de Candide, que c’était un jeune métaphysicien
    fort ignorant des choses de ce monde, et il lui accorda sa grâce avec
    une clémence qui sera louée dans tous les journaux et dans tous les
    siècles. Un brave chirurgien guérit Candide en trois semaines avec les
    émollients enseignés par Dioscoride. Il avait déjà un peu de peau et
    pouvait marcher, quand le roi des Bulgares livra bataille au roi des
    Abares.

    CHAPITRE III.
    Comment Candide se sauva d’entre les Bulgares, et ce qu’il devint.

    Rien n’était si beau, si leste, si brillant, si bien ordonné que les
    deux armées. Les trompettes, les fifres, les hautbois, les tambours,
    les canons; formaient une harmonie telle qu’il n’y en eut jamais en
    enfer. Les canons renversèrent d’abord à peu près six mille hommes de
    chaque côté; ensuite la mousqueterie ôta du meilleur des mondes environ
    neuf à dix mille coquins qui en infectaient la surface. La baïonnette
    fut aussi la raison suffisante de la mort de quelques milliers
    d’hommes. Le tout pouvait bien se monter à une trentaine de mille âmes.
    Candide, qui tremblait comme un philosophe, se cacha du mieux qu’il put
    pendant cette boucherie héroïque.

    Enfin, tandis que les deux rois fesaient chanter des _Te Deum_, chacun
    dans son camp, il prit le parti d’aller raisonner ailleurs des effets
    et des causes. Il passa par-dessus des tas de morts et de mourants, et
    gagna d’abord un village voisin; il était en cendres: c’était un
    village abare que les Bulgares avaient brûlé, selon les lois du droit
    public. Ici des vieillards criblés de coups regardaient mourir leurs
    femmes égorgées, qui tenaient leurs enfants à leurs mamelles
    sanglantes; là des filles éventrées après avoir assouvi les besoins
    naturels de quelques héros, rendaient les derniers soupirs; d’autres à
    demi brûlées criaient qu’on achevât de leur donner la mort. Des
    cervelles étaient répandues sur la terre à côté de bras et de jambes
    coupés.

    Candide s’enfuit au plus vite dans un autre village: il appartenait à
    des Bulgares, et les héros abares l’avaient traité de même. Candide,
    toujours marchant sur des membres palpitants ou à travers des ruines,
    arriva enfin hors du théâtre de la guerre, portant quelques petites
    provisions dans son bissac, et n’oubliant jamais mademoiselle
    Cunégonde. Ses provisions lui manquèrent quand il fut en Hollande; mais
    ayant entendu dire que tout le monde était riche dans ce pays-là, et
    qu’on y était chrétien, il ne douta pas qu’on ne le traitât aussi bien
    qu’il l’avait été dans le château de M. le baron, avant qu’il en eût
    été chassé pour les beaux yeux de mademoiselle Cunégonde.

    Il demanda l’aumône à plusieurs graves personnages, qui lui répondirent
    tous que, s’il continuait à faire ce métier, on l’enfermerait dans une
    maison de correction pour lui apprendre à vivre.

    Il s’adressa ensuite à un homme qui venait de parler tout seul une
    heure de suite sur la charité dans une grande assemblée. Cet orateur le
    regardant de travers lui dit: Que venez-vous faire ici? y êtes-vous
    pour la bonne cause? Il n’y a point d’effet sans cause, répondit
    modestement Candide; tout est enchaîné nécessairement et arrangé pour
    le mieux. Il a fallu que je fusse chassé d’auprès de mademoiselle
    Cunégonde, que j’aie passé par les baguettes, et il faut que je demande
    mon pain, jusqu’à ce que je puisse en gagner; tout cela ne pouvait être
    autrement. Mon ami, lui dit l’orateur, croyez-vous que le pape soit
    l’antechrist? Je ne l’avais pas encore entendu dire, répondit Candide:
    mais qu’il le soit, ou qu’il ne le soit pas, je manque de pain. Tu ne
    mérites pas d’en manger, dit l’autre: va, coquin, va, misérable, ne
    m’approche de ta vie. La femme de l’orateur ayant mis la tête à la
    fenêtre, et avisant un homme qui doutait que le pape fût antechrist,
    lui répandit sur le chef un plein….. O ciel! à quel excès se porte le
    zèle de la religion dans les dames!

    Un homme qui n’avait point été baptisé, un bon anabaptiste, nommé
    Jacques, vit la manière cruelle et ignominieuse dont on traitait ainsi
    un de ses frères, un être à deux pieds sans plumes, qui avait une âme;
    il l’amena chez lui, le nettoya, lui donna du pain et de la bière, lui
    fit présent de deux florins, et voulut même lui apprendre à travailler
    dans ses manufactures aux étoffes de Perse qu’on fabrique en Hollande.
    Candide se prosternant presque devant lui, s’écriait: Maître Pangloss
    me l’avait bien dit que tout est au mieux dans ce monde, car je suis
    infiniment plus touché de votre extrême générosité que de la dureté de
    ce monsieur à manteau noir, et de madame son épouse.

    Le lendemain, en se promenant, il rencontra un gueux tout couvert de
    pustules, les yeux morts, le bout du nez rongé, la bouche de travers,
    les dents noires, et parlant de la gorge, tourmenté d’une toux
    violente, et crachant une dent à chaque effort.

    CHAPITRE IV.
    Comment Candide rencontra son ancien maître de philosophie, le docteur
    Pangloss, et ce qui en advint.

    Candide, plus ému encore de compassion que d’horreur, donna à cet
    épouvantable gueux les deux florins qu’il avait reçus de son honnête
    anabaptiste Jacques. Le fantôme le regarda fixement, versa des larmes,
    et sauta à son cou. Candide effrayé recule. Hélas! dit le misérable à
    l’autre misérable, ne reconnaissez-vous plus votre cher Pangloss?
    Qu’entends-je? vous, mon cher maître! vous, dans cet état horrible!
    quel malheur vous est-il donc arrivé? pourquoi n’êtes-vous plus dans le
    plus beau des châteaux? qu’est devenue mademoiselle Cunégonde, la perle
    des filles, le chef-d’oeuvre de la nature? Je n’en peux plus, dit
    Pangloss. Aussitôt Candide le mena dans l’étable de l’anabaptiste, où
    il lui fit manger un peu de pain; et quand Pangloss fut refait: Eh
    bien! lui dit-il, Cunégonde? Elle est morte, reprit l’autre. Candide
    s’évanouit à ce mot: son ami rappela ses sens avec un peu de mauvais
    vinaigre qui se trouva par hasard dans l’étable. Candide rouvre les
    yeux. Cunégonde est morte! Ah! meilleur des mondes, où êtes-vous? Mais
    de quelle maladie est-elle morte? ne serait-ce point de m’avoir vu
    chasser du beau château de monsieur son père à grands coups de pied?
    Non, dit Pangloss, elle a été éventrée par des soldats bulgares, après
    avoir été violée autant qu’on peut l’être; ils ont cassé la tête à
    monsieur le baron qui voulait la défendre; madame la baronne a été
    coupée en morceaux; mon pauvre pupille traité précisément comme sa
    soeur; et quant au château, il n’est pas resté pierre sur pierre, pas
    une grange, pas un mouton, pas un canard, pas un arbre; mais nous avons
    été bien vengés, car les Abares en ont fait autant dans une baronnie
    voisine qui appartenait à un seigneur bulgare.

    A ce discours, Candide s’évanouit encore; mais revenu à soi, et ayant
    dit tout ce qu’il devait dire, il s’enquit de la cause et de l’effet,
    et de la raison suffisante qui avait mis Pangloss dans un si piteux
    état. Hélas! dit l’autre, c’est l’amour: l’amour, le consolateur du
    genre humain, le conservateur de l’univers, l’âme de tous les êtres
    sensibles, le tendre amour. Hélas! dit Candide, je l’ai connu cet
    amour, ce souverain des coeurs, cette âme de notre âme; il ne m’a
    jamais valu qu’un baiser et vingt coups de pied au cul. Comment cette
    belle cause a-t-elle pu produire en vous un effet si abominable?

    Pangloss répondit en ces termes: O mon cher Candide! vous avez connu
    Paquette, cette jolie suivante de notre auguste baronne: j’ai goûté
    dans ses bras les délices du paradis, qui ont produit ces tourments
    d’enfer dont vous me voyez dévoré; elle en était infectée, elle en est
    peut-être morte. Paquette tenait ce présent d’un cordelier très savant
    qui avait remonté à la source, car il l’avait eu d’une vieille
    comtesse, qui l’avait reçu d’un capitaine de cavalerie, qui le devait à
    une marquise, qui le tenait d’un page, qui l’avait reçu d’un jésuite,
    qui, étant novice, l’avait eu en droite ligne d’un des compagnons de
    Christophe Colomb. Pour moi, je ne le donnerai à personne, car je me
    meurs.

    O Pangloss! s’écria Candide, voilà une étrange généalogie! n’est-ce pas
    le diable qui en fut la souche? Point du tout, répliqua ce grand homme;
    c’était une chose indispensable dans le meilleur des mondes, un
    ingrédient nécessaire; car si Colomb n’avait pas attrapé dans une île
    de l’Amérique cette maladie[1] qui empoisonne la source de la
    génération, qui souvent même empêche la génération, et qui est
    évidemment l’opposé du grand but de la nature, nous n’aurions ni le
    chocolat ni la cochenille; il faut encore observer que
    jusqu’aujourd’hui, dans notre continent, cette maladie nous est
    particulière, comme la controverse. Les Turcs, les Indiens, les
    Persans, les Chinois, les Siamois, les Japonais, ne la connaissent pas
    encore; mais il y a une raison suffisante pour qu’ils la connaissent à
    leur tour dans quelques siècles. En attendant elle a fait un
    merveilleux progrès parmi nous, et surtout dans ces grandes armées
    composées d’honnêtes stipendiaires bien élevés, qui décident du destin
    des états; on peut assurer que, quand trente mille hommes combattent en
    bataille rangée contre des troupes égales en nombre, il y a environ
    vingt mille vérolés de chaque côté.

    [1] Voyez tome XXXI, page 7. B.

    Voilà qui est admirable, dit Candide; mais il faut vous faire guérir.
    Et comment le puis-je? dit Pangloss; je n’ai pas le sou, mon ami, et
    dans toute l’étendue de ce globe on ne peut ni se faire saigner, ni
    prendre un lavement sans payer, ou sans qu’il y ait quelqu’un qui paie
    pour nous.

    Ce dernier discours détermina Candide; il alla se jeter aux pieds de
    son charitable anabaptiste Jacques, et lui fit une peinture si
    touchante de l’état où son ami était réduit, que le bon-homme n’hésita
    pas à recueillir le docteur Pangloss; il le fit guérir à ses dépens.
    Pangloss, dans la cure, ne perdit qu’un oeil et une oreille. Il
    écrivait bien, et savait parfaitement l’arithmétique. L’anabaptiste
    Jacques en fit son teneur de livres. Au bout de deux mois, étant obligé
    d’aller à Lisbonne pour les affaires de son commerce, il mena dans son
    vaisseau ses deux philosophes. Pangloss lui expliqua comment tout était
    on ne peut mieux. Jacques n’était pas de cet avis. Il faut bien,
    disait-il, que les hommes aient un peu corrompu la nature, car ils ne
    sont point nés loups, et ils sont devenus loups. Dieu ne leur a donné
    ni canons de vingt-quatre, ni baïonnettes, et ils se sont fait des
    baïonnettes et des canons pour se détruire. Je pourrais mettre en ligne
    de compte les banqueroutes, et la justice qui s’empare des biens des
    banqueroutiers pour en frustrer les créanciers. Tout cela était
    indispensable, répliquait le docteur borgne, et les malheurs
    particuliers font le bien général; de sorte que plus il y a de malheurs
    particuliers, et plus tout est bien. Tandis qu’il raisonnait, l’air
    s’obscurcit, les vents soufflèrent des quatre coins du monde, et le
    vaisseau fut assailli de la plus horrible tempête, à la vue du port de
    Lisbonne.

    CHAPITRE V.
    Tempête, naufrage, tremblement de terre, et ce qui advint du docteur
    Pangloss, de Candide, et de l’anabaptiste Jacques.

    La moitié des passagers affaiblis, expirants de ces angoisses
    inconcevables que le roulis d’un vaisseau porte dans les nerfs et dans
    toutes les humeurs du corps agitées en sens contraires, n’avait pas
    même la force de s’inquiéter du danger. L’autre moitié jetait des cris
    et fesait des prières; les voiles étaient déchirées, les mâts brisés,
    le vaisseau entr’ouvert. Travaillait qui pouvait, personne ne
    s’entendait, personne ne commandait. L’anabaptiste aidait un peu à la
    manoeuvre; il était sur le tillac; un matelot furieux le frappe
    rudement et l’étend sur les planches; mais du coup qu’il lui donna, il
    eut lui-même une si violente secousse, qu’il tomba hors du vaisseau, la
    tête la première. Il restait suspendu et accroché à une partie de mât
    rompu. Le bon Jacques court à son secours, l’aide à remonter, et de
    l’effort qu’il fait, il est précipité dans la mer à la vue du matelot,
    qui le laissa périr sans daigner seulement le regarder. Candide
    approche, voit son bienfaiteur qui reparaît un moment, et qui est
    englouti pour jamais. Il veut se jeter après lui dans la mer: le
    philosophe Pangloss l’en empêche, en lui prouvant que la rade de
    Lisbonne avait été formée exprès pour que cet anabaptiste s’y noyât.
    Tandis qu’il le prouvait _à priori_, le vaisseau s’entr’ouvre, tout
    périt à la réserve de Pangloss, de Candide, et de ce brutal de matelot
    qui avait noyé le vertueux anabaptiste; le coquin nagea heureusement
    jusqu’au rivage, où Pangloss et Candide furent portés sur une planche.

    Quand ils furent revenus un peu à eux, ils marchèrent vers Lisbonne; il
    leur restait quelque argent, avec lequel ils espéraient se sauver de la
    faim après avoir échappé à la tempête.

    A peine ont-ils mis le pied dans la ville, en pleurant la mort de leur
    bienfaiteur, qu’ils sentent la terre trembler sous leurs pas[1]; la mer
    s’élève en bouillonnant dans le port, et brise les vaisseaux qui sont à
    l’ancre. Des tourbillons de flammes et de cendres couvrent les rues et
    les places publiques; les maisons s’écroulent, les toits sont renversés
    sur les fondements, et les fondements se dispersent; trente mille
    habitants de tout âge et de tout sexe sont écrasés sous des ruines. Le
    matelot disait en sifflant et en jurant: il y aura quelque chose à
    gagner ici. Quelle peut être la raison suffisante de ce phénomène?
    disait Pangloss. Voici le dernier jour du monde! s’écriait Candide. Le
    matelot court incontinent au milieu des débris, affronte la mort pour
    trouver de l’argent, en trouve, s’en empare, s’enivre, et ayant cuvé
    son vin, achète les faveurs de la première fille de bonne volonté qu’il
    rencontre sur les ruines des maisons détruites, et au milieu des
    mourants et des morts. Pangloss le tirait cependant par la manche: Mon
    ami, lui disait-il, cela n’est pas bien, vous manquez à la raison
    universelle, vous prenez mal votre temps. Tête et sang, répondit
    l’autre, je suis matelot et né à Batavia; j’ai marché quatre fois sur
    le crucifix dans quatre voyages au Japon[2]; tu as bien trouvé ton
    homme avec ta raison universelle!

    [1] Le tremblement de terre de Lisbonne est du 1er novembre 1755. B.

    [2] Voyez tome XVIII, page 470. B.

    Quelques éclats de pierre avaient blessé Candide; il était étendu dans
    la rue et couvert de débris. Il disait à Pangloss: Hélas! procure-moi
    un peu de vin et d’huile; je me meurs. Ce tremblement de terre n’est
    pas une chose nouvelle, répondit Pangloss; la ville de Lima éprouva les
    mêmes secousses en Amérique l’année passée; mêmes causes, mêmes effets;
    il y a certainement une traînée de soufre sous terre depuis Lima
    jusqu’à Lisbonne. Rien n’est plus probable, dit Candide; mais, pour
    Dieu, un peu d’huile et de vin. Comment probable? répliqua le
    philosophe, je soutiens que la chose est démontrée. Candide perdit
    connaissance, et Pangloss lui apporta un peu d’eau d’une fontaine
    voisine.

    Le lendemain, ayant trouvé quelques provisions de bouche en se glissant
    à travers des décombres, ils réparèrent un peu leurs forces. Ensuite
    ils travaillèrent comme les autres à soulager les habitants échappés à
    la mort. Quelques citoyens, secourus par eux, leur donnèrent un aussi
    bon dîner qu’on le pouvait dans un tel désastre: il est vrai que le
    repas était triste; les convives arrosaient leur pain de leurs larmes;
    mais Pangloss les consola, en les assurant que les choses ne pouvaient
    être autrement: Car, dit-il, tout ceci est ce qu’il y a de mieux; car
    s’il y a un volcan à Lisbonne, il ne pouvait être ailleurs; car il est
    impossible que les choses ne soient pas où elles sont, car tout est
    bien.

    Un petit homme noir, familier de l’inquisition, lequel était à côté de
    lui, prit poliment la parole et dit: Apparemment que monsieur ne croit
    pas au péché originel; car si tout est au mieux, il n’y a donc eu ni
    chute ni punition.

    Je demande très humblement pardon à votre excellence, répondit Pangloss
    encore plus poliment, car la chute de l’homme et la malédiction
    entraient nécessairement dans le meilleur des mondes possibles.
    Monsieur ne croit donc pas à la liberté? dit le familier. Votre
    excellence m’excusera, dit Pangloss; la liberté peut subsister avec la
    nécessité absolue; car il était nécessaire que nous fussions libres;
    car enfin la volonté déterminée…… Pangloss était au milieu de sa
    phrase, quand le familier fit un signe de tête à son estafier qui lui
    servait à boire du vin de Porto ou d’Oporto.

    CHAPITRE VI.
    Comment on fit un bel auto-da-fé pour empêcher les tremblements de
    terre, et comment Candide fut fessé.

    Après le tremblement de terre qui avait détruit les trois quarts de
    Lisbonne, les sages du pays n’avaient pas trouvé un moyen plus efficace
    pour prévenir une ruine totale que de donner au peuple un bel
    auto-da-fé[1]; il était décidé par l’université de Coïmbre que le
    spectacle de quelques personnes brûlées à petit feu, en grande
    cérémonie, est un secret infaillible pour empêcher la terre de
    trembler.

    [1] Après le tremblement de terre de Lisbonne, on y fit en effet un
    autoda-fé, le 20 juin 1756; voyez, tome XXI, le chapitre XXXI du
    _Précis du Siècle de Louis XV_. B.

    On avait en conséquence saisi un Biscayen convaincu d’avoir épousé sa
    commère, et deux Portugais qui en mangeant un poulet en avaient arraché
    le lard: on vint lier après le dîner le docteur Pangloss et son
    disciple Candide, l’un pour avoir parlé, et l’autre pour l’avoir écouté
    avec un air d’approbation: tous deux furent menés séparément dans des
    appartements d’une extrême fraîcheur, dans lesquels on n’était jamais
    incommodé du soleil: huit jours après ils furent tous deux revêtus d’un
    san-benito, et on orna leurs têtes de mitres de papier: la mitre et le
    san-benito de Candide étaient peints de flammes renversées, et de
    diables qui n’avaient ni queues ni griffes; mais les diables de
    Pangloss portaient griffes et queues, et les flammes étaient droites.
    Ils marchèrent en procession ainsi vêtus, et entendirent un sermon très
    pathétique, suivi d’une belle musique en faux-bourdon. Candide fut
    fessé en cadence, pendant qu’on chantait; le Biscayen et les deux
    hommes qui n’avaient point voulu manger de lard furent brûlés, et
    Pangloss fut pendu, quoique ce ne soit pas la coutume. Le même jour la
    terre trembla de nouveau avec un fracas épouvantable.

    Candide épouvanté, interdit, éperdu, tout sanglant, tout palpitant, se
    disait à lui-même: Si c’est ici le meilleur des mondes possibles, que
    sont donc les autres? passe encore si je n’étais que fessé, je l’ai été
    chez les Bulgares; mais, ô mon cher Pangloss! le plus grand des
    philosophes, faut-il vous avoir vu pendre, sans que je sache pourquoi!
    ô mon cher anabaptiste! le meilleur des hommes, faut-il que vous ayez
    été noyé dans le port! ô mademoiselle Cunégonde! la perle des filles,
    faut-il qu’on vous ait fendu le ventre!

    Il s’en retournait, se soutenant à peine, prêché, fessé, absous, et
    béni, lorsqu’une vieille l’aborda, et lui dit: Mon fils, prenez
    courage, suivez-moi.

    CHAPITRE VII
    Comment une vieille prit soin de Candide, et comment il retrouva ce
    qu’il aimait.

    Candide ne prit point courage, mais il suivit la vieille dans une
    masure: elle lui donna un pot de pommade pour se frotter, lui laissa à
    manger et à boire; elle lui montra un petit lit assez propre; il y
    avait auprès du lit un habit complet. Mangez, buvez, dormez, lui
    dit-elle, et que Notre-Dame d’Atocha[1], monseigneur saint Antoine de
    Padoue, et monseigneur saint Jacques de Compostelle prennent soin de
    vous! je reviendrai demain. Candide, toujours étonné de tout ce qu’il
    avait vu, de tout ce qu’il avait souffert, et encore plus de la charité
    de la vieille, voulut lui baiser la main. Ce n’est pas ma main qu’il
    faut baiser, dit la vieille; je reviendrai demain. Frottez-vous de
    pommade, mangez et dormez.

    [1] Sur Notre-Dame d’Atocha, voyez dans les _Mélanges_, année 1769, une
    des notes de Voltaire sur son _Extrait d’un journal_ (ou Mémoires de
    Dangeau). B.

    Candide, malgré tant de malheurs, mangea et dormit. Le lendemain la
    vieille lui apporte à déjeuner, visite son dos, le frotte elle-même
    d’une autre pommade: elle lui apporte ensuite à dîner: elle revient sur
    le soir et apporte à souper. Le surlendemain elle fit encore les mêmes
    cérémonies. Qui êtes-vous? lui disait toujours Candide; qui vous a
    inspiré tant de bonté? quelles grâces puis-je vous rendre? La bonne
    femme ne répondait jamais rien. Elle revint sur le soir, et n’apporta
    point à souper: Venez avec moi, dit-elle, et ne dites mot. Elle le
    prend sous le bras, et marche avec lui dans la campagne environ un
    quart de mille: ils arrivent à une maison isolée, entourée de jardins
    et de canaux. La vieille frappe à une petite porte. On ouvre; elle mène
    Candide, par un escalier dérobé, dans un cabinet doré, le laisse sur un
    canapé de brocart, referme la porte, et s’en va. Candide croyait rêver,
    et regardait toute sa vie comme un songe funeste, et le moment présent
    comme un songe agréable.

    La vieille reparut bientôt; elle soutenait avec peine une femme
    tremblante, d’une taille majestueuse, brillante de pierreries, et
    couverte d’un voile. Otez ce voile, dit la vieille à Candide. Le jeune
    homme approche; il lève le voile d’une main timide. Quel moment! quelle
    surprise! il croit voir mademoiselle Cunégonde; il la voyait en effet,
    c’était elle-même. La force lui manque, il ne peut proférer une parole,
    il tombe à ses pieds. Cunégonde tombe sur le canapé. La vieille les
    accable d’eaux spiritueuses, ils reprennent leurs sens, ils se parlent:
    ce sont d’abord des mots entrecoupés, des demandes et des réponses qui
    se croisent, des soupirs, des larmes, des cris. La vieille leur
    recommande de faire moins de bruit, et les laisse en liberté. Quoi!
    c’est vous, lui dit Candide, vous vivez! je vous retrouve en Portugal!
    On ne vous a donc pas violée? on ne vous a point fendu le ventre, comme
    le philosophe Pangloss me l’avait assuré? Si fait, dit la belle
    Cunégonde; mais on ne meurt pas toujours de ces deux accidents.—Mais
    votre père et votre mère ont-ils été tués?—Il n’est que trop vrai, dit
    Cunégonde en pleurant.—Et votre frère?—Mon frère a été tué aussi.—Et
    pourquoi êtes-vous en Portugal? et comment avez-vous su que j’y étais?
    et par quelle étrange aventure m’avez-vous fait conduire dans cette
    maison?—Je vous dirai tout cela, répliqua la dame; mais il faut
    auparavant que vous m’appreniez tout ce qui vous est arrivé depuis le
    baiser innocent que vous me donnâtes, et les coups de pied que vous
    reçûtes.

    Candide lui obéit avec un profond respect; et quoiqu’il fût interdit,
    quoique sa voix fût faible et tremblante, quoique l’échine lui fît
    encore un peu mal, il lui raconta de la manière la plus naïve tout ce
    qu’il avait éprouvé depuis le moment de leur séparation. Cunégonde
    levait les yeux au ciel: elle donna des larmes à la mort du bon
    anabaptiste et de Pangloss; après quoi elle parla en ces termes à
    Candide, qui ne perdait pas une parole, et qui la dévorait des yeux.

    CHAPITRE VIII.
    Histoire de Cunégonde.

    J’étais dans mon lit et je dormais profondément, quand il plut au ciel
    d’envoyer les Bulgares dans notre beau château de Thunder-ten-tronckh;
    ils égorgèrent mon père et mon frère, et coupèrent ma mère par
    morceaux. Un grand Bulgare, haut de six pieds, voyant qu’à ce spectacle
    j’avais perdu connaissance, se mit à me violer; cela me fit revenir, je
    repris mes sens, je criai, je me débattis, je mordis, j’égratignai, je
    voulais arracher les yeux à ce grand Bulgare, ne sachant pas que tout
    ce qui arrivait dans le château de mon père était une chose d’usage: le
    brutal me donna un coup de couteau dans le flanc gauche dont je porte
    encore la marque. Hélas! j’espère bien la voir, dit le naïf Candide.
    Vous la verrez, dit Cunégonde; mais continuons. Continuez, dit Candide.

    Elle reprit ainsi le fil de son histoire: Un capitaine bulgare entra,
    il me vit toute sanglante, et le soldat ne se dérangeait pas. Le
    capitaine se mit en colère du peu de respect que lui témoignait, ce
    brutal, et le tua sur mon corps. Ensuite il me fit panser, et m’emmena
    prisonnière de guerre dans son quartier. Je blanchissais le peu de
    chemises qu’il avait, je fesais sa cuisine; il me trouvait fort jolie,
    il faut l’avouer; et je ne nierai pas qu’il ne fût très bien fait, et
    qu’il n’eût la peau blanche et douce; d’ailleurs peu d’esprit, peu de
    philosophie: on voyait bien qu’il n’avait pas été élevé par le docteur
    Pangloss. Au bout de trois mois, ayant perdu tout son argent, et
    s’étant dégoûté de moi, il me vendit à un Juif nommé don Issachar, qui
    trafiquait en Hollande et en Portugal, et qui aimait passionnément les
    femmes. Ce Juif s’attacha beaucoup à ma personne, mais il ne pouvait en
    triompher; je lui ai mieux résisté qu’au soldat bulgare: une personne
    d’honneur peut être violée une fois, mais sa vertu s’en affermit. Le
    Juif, pour m’apprivoiser, me mena dans cette maison de campagne que
    vous voyez. J’avais cru jusque-là qu’il n’y avait rien sur la terre de
    si beau que le château de Thunder-ten-tronckh; j’ai été détrompée.

    Le grand-inquisiteur m’aperçut un jour à la messe; il me lorgna
    beaucoup, et me fit dire qu’il avait à me parler pour des affaires
    secrètes. Je fus conduite à son palais; je lui appris ma naissance; il
    me représenta combien il était au-dessous de mon rang d’appartenir à un
    Israélite. On proposa de sa part à don Issachar de me céder à
    monseigneur. Don Issachar, qui est le banquier de la cour, et homme de
    crédit, n’en voulut rien faire. L’inquisiteur le menaça d’un
    auto-da-fé. Enfin mon Juif intimidé conclut un marché par lequel la
    maison et moi leur appartiendraient à tous deux en commun; que le Juif
    aurait pour lui les lundis, mercredis, et le jour du sabbat, et que
    l’inquisiteur aurait les autres jours de la semaine. Il y a six mois
    que cette convention subsiste. Ce n’a pas été sans querelles; car
    souvent il a été indécis si la nuit du samedi au dimanche appartenait à
    l’ancienne loi ou à la nouvelle. Pour moi, j’ai résisté jusqu’à présent
    à toutes les deux; et je crois que c’est pour cette raison que j’ai
    toujours été aimée.

    Enfin, pour détourner le fléau des tremblements de terre, et pour
    intimider don Issachar, il plut à monseigneur l’inquisiteur de célébrer
    un auto-da-fé. Il me fit l’honneur de m’y inviter. Je fus très bien
    placée; on servit aux dames des rafraîchissements entre la messe et
    l’exécution. Je fus, à la vérité, saisie d’horreur en voyant brûler ces
    deux Juifs et cet honnête Biscayen qui avait épousé sa commère: mais
    quelle fut ma surprise, mon effroi, mon trouble, quand je vis dans un
    san-benito, et sous une mitre, une figure qui ressemblait à celle de
    Pangloss! Je me frottai les yeux, je regardai attentivement, je le vis
    pendre; je tombai en faiblesse. A peine reprenais-je mes sens, que je
    vous vis dépouillé tout nu; ce fut là le comble de l’horreur, de la
    consternation, de la douleur, du désespoir. Je vous dirai, avec vérité,
    que votre peau est encore plus blanche, et d’un incarnat plus parfait
    que celle de mon capitaine des Bulgares. Cette vue redoubla tous les
    sentiments qui m’accablaient, qui me dévoraient. Je m’écriai, je voulus
    dire, Arrêtez, barbares! mais la voix me manqua, et mes cris auraient
    été inutiles. Quand vous eûtes été bien fessé: Comment se peut-il
    faire, disais-je, que l’aimable Candide et le sage Pangloss se trouvent
    à Lisbonne, l’un pour recevoir cent coups de fouet, et l’autre pour
    être pendu par l’ordre de monseigneur l’inquisiteur, dont je suis la
    bien-aimée? Pangloss m’a donc bien cruellement trompée, quand il me
    disait que tout va le mieux du monde!

    Agitée, éperdue, tantôt hors de moi-même, et tantôt prête de mourir de
    faiblesse, j’avais la tête remplie du massacre de mon père, de ma mère,
    de mon frère, de l’insolence de mon vilain soldat bulgare, du coup de
    couteau qu’il me donna, de ma servitude, de mon métier de cuisinière,
    de mon capitaine bulgare, de mon vilain don Issachar, de mon abominable
    inquisiteur, de la pendaison du docteur Pangloss, de ce grand miserere
    en faux-bourdon pendant lequel on vous fessait, et surtout du baiser
    que je vous avais donné derrière un paravent, le jour que je vous avais
    vu pour la dernière fois. Je louai Dieu, qui vous ramenait à moi par
    tant d’épreuves. Je recommandai à ma vieille d’avoir soin de vous, et
    de vous amener ici dès qu’elle le pourrait. Elle a très bien exécuté ma
    commission; j’ai goûté le plaisir inexprimable de vous revoir, de vous
    entendre, de vous parler. Vous devez avoir une faim dévorante; j’ai
    grand appétit; commençons par souper.

    Les voilà qui se mettent tous deux à table; et, après le souper, ils se
    replacent sur ce beau canapé dont on a déjà parlé; ils y étaient quand
    le signor don Issachar, l’un des maîtres de la maison, arriva. C’était
    le jour du sabbat. Il venait jouir de ses droits, et expliquer son
    tendre amour.

    CHAPITRE IX.
    Ce qui advint de Cunégonde, de Candide, du grand-inquisiteur, et d’un
    Juif.

    Cet Issachar était le plus colérique Hébreu qu’on eût vu dans Israël,
    depuis la captivité en Babylone. Quoi! dit-il, chienne de galiléenne,
    ce n’est pas assez de monsieur l’inquisiteur? il faut que ce coquin
    partage aussi avec moi? En disant cela il tire un long poignard dont il
    était toujours pourvu, et, ne croyant pas que son adverse partie eût
    des armes, il se jette sur Candide; mais notre bon Vestphalien avait
    reçu une belle épée de la vieille avec l’habit complet. Il tire son
    épée, quoiqu’il eût les moeurs fort douces, et vous étend l’Israélite
    roide mort sur le carreau, aux pieds de la belle Cunégonde.

    Sainte Vierge! s’écria-t-elle, qu’allons-nous devenir? un homme tué
    chez moi! si la justice vient, nous sommes perdus. Si Pangloss n’avait
    pas été pendu, dit Candide, il nous donnerait un bon conseil dans cette
    extrémité, car c’était un grand philosophe. A son défaut, consultons la
    vieille. Elle était fort prudente, et commençait à dire son avis quand
    une autre petite porte s’ouvrit. Il était une heure après minuit,
    c’était le commencement du dimanche. Ce jour appartenait à monseigneur
    l’inquisiteur. Il entre et voit le fessé Candide, l’épée à la main, un
    mort étendu par terre, Cunégonde effarée, et la vieille donnant des
    conseils.

    Voici dans ce moment ce qui se passa dans l’âme de Candide, et comment
    il raisonna: Si ce saint homme appelle du secours, il me fera
    infailliblement brûler, il pourra en faire autant de Cunégonde; il m’a
    fait fouetter impitoyablement; il est mon rival; je suis en train de
    tuer; il n’y a pas à balancer. Ce raisonnement fut net et rapide; et,
    sans donner le temps à l’inquisiteur de revenir de sa surprise, il le
    perce d’outre en outre, et le jette à côté du Juif. En voici bien d’une
    autre, dit Cunégonde; il n’y a plus de rémission; nous sommes
    excommuniés, notre dernière heure est venue! Comment avez-vous fait,
    vous qui êtes né si doux, pour tuer en deux minutes un Juif et un
    prélat? Ma belle demoiselle, répondit Candide, quand on est amoureux,
    jaloux, et fouetté par l’inquisition, on ne se connaît plus.

    La vieille prit alors la parole, et dit: Il y a trois chevaux andalous
    dans l’écurie, avec leurs selles et leurs brides, que le brave Candide
    les prépare; madame a des moyadors et des diamants, montons vite à
    cheval, quoique je ne puisse me tenir que sur une fesse, et allons à
    Cadix; il fait le plus beau temps du monde, et c’est un grand plaisir
    de voyager pendant la fraîcheur de la nuit.

    Aussitôt Candide selle les trois chevaux; Cunégonde, la vieille, et
    lui, font trente milles d’une traite. Pendant qu’ils s’éloignaient, la
    sainte hermandad arrive dans la maison, on enterre monseigneur dans une
    belle église, on jette Issachar à la voirie.

    Candide, Cunégonde, et la vieille, étaient déjà dans la petite ville
    d’Avacéna, au milieu des montagnes de la Sierra-Morena; et ils
    parlaient ainsi dans un cabaret.

    CHAPITRE X.
    Dans quelle détresse Candide, Cunégonde, et la vieille, arrivent à
    Cadix, et leur embarquement.

    Qui a donc pu me voler mes pistoles et mes diamants? disait en pleurant
    Cunégonde; de quoi vivrons-nous? comment ferons-nous? où trouver des
    inquisiteurs et des Juifs qui m’en donnent d’autres? Hélas! dit la
    vieille, je soupçonne fort un révérend père cordelier, qui coucha hier
    dans la même auberge que nous à Badajos; Dieu me garde de faire un
    jugement téméraire! mais il entra deux fois dans notre chambre, et il
    partit long-temps avant nous. Hélas! dit Candide, le bon Pangloss
    m’avait souvent prouvé que les biens de la terre sont communs à tous
    les hommes, que chacun y a un droit égal. Ce cordelier devait bien,
    suivant ces principes, nous laisser de quoi achever notre voyage. Il ne
    vous reste donc rien du tout, ma belle Cunégonde? Pas un maravédis,
    dit-elle. Quel parti prendre? dit Candide. Vendons un des chevaux, dit
    la vieille; je monterai en croupe derrière mademoiselle, quoique je ne
    puisse me tenir que sur une fesse, et nous arriverons à Cadix.

    Il y avait dans la même hôtellerie un prieur de bénédictins; il acheta
    le cheval bon marché. Candide, Cunégonde, et la vieille, passèrent par
    Lucena, par Chillas, par Lebrixa, et arrivèrent enfin à Cadix. On y
    équipait une flotte, et on y assemblait des troupes pour mettre à la
    raison les révérends pères jésuites du Paraguai, qu’on accusait d’avoir
    fait révolter une de leurs hordes contre les rois d’Espagne et de
    Portugal, auprès de la ville du Saint-Sacrement[1]. Candide, ayant
    servi chez les Bulgares, fit l’exercice bulgarien devant le général de
    la petite armée avec tant de grâce, de célérité, d’adresse, de fierté,
    d’agilité, qu’on lui donna une compagnie d’infanterie à commander. Le
    voilà capitaine; il s’embarque avec mademoiselle Cunégonde, la vieille,
    deux valets, et les deux chevaux andalous qui avaient appartenu à M. le
    grand-inquisiteur de Portugal.

    [1] Voyez tome XVII, page 470; et dans les _Mélanges_, année 1759, la
    _Lettre_ de M. Mead _aux auteurs du Journal encyclopédique_. B.

    Pendant toute la traversée ils raisonnèrent beaucoup sur la philosophie
    du pauvre Pangloss. Nous allons dans un autre univers, disait Candide;
    c’est dans celui-là, sans doute, que tout est bien: car il faut avouer
    qu’on pourrait gémir un peu de ce qui se passe dans le nôtre en
    physique et en morale. Je vous aime de tout mon coeur, disait
    Cunégonde; mais j’ai encore l’âme tout effarouchée de ce que j’ai vu,
    de ce que j’ai éprouvé. Tout ira bien, répliquait Candide; la mer de ce
    nouveau monde vaut déjà mieux que les mers de notre Europe; elle est
    plus calme, les vents plus constants. C’est certainement le
    Nouveau-Monde qui est le meilleur des univers possibles. Dieu le
    veuille! disait Cunégonde: mais j’ai été si horriblement malheureuse
    dans le mien, que mon coeur est presque fermé à l’espérance. Vous vous
    plaignez, leur dit la vieille; hélas! vous n’avez pas éprouvé des
    infortunes telles que les miennes. Cunégonde se mit presque à rire, et
    trouva cette bonne femme fort plaisante de prétendre être plus
    malheureuse qu’elle. Hélas! lui dit-elle, ma bonne, à moins que vous
    n’ayez été violée par deux Bulgares, que vous n’ayez reçu deux coups de
    couteau dans le ventre, qu’on n’ait démoli deux de vos châteaux, qu’on
    n’ait égorgé à vos yeux deux mères et deux pères, et que vous n’ayez vu
    deux de vos amants fouettés dans un auto-da-fé, je ne vois pas que vous
    puissiez l’emporter sur moi; ajoutez que je suis née baronne avec
    soixante et douze quartiers, et que j’ai été cuisinière. Mademoiselle,
    répondit la vieille, vous ne savez pas quelle est ma naissance; et si
    je vous montrais mon derrière, vous ne parleriez pas comme vous faites,
    et vous suspendriez votre jugement. Ce discours fit naître une extrême
    curiosité dans l’esprit de Cunégonde et de Candide. La vieille leur
    parla en ces termes.

    CHAPITRE XI.
    Histoire de la vieille.

    Je n’ai pas eu toujours les yeux éraillés et bordés d’écarlate; mon nez
    n’a pas toujours touché à mon menton, et je n’ai pas toujours été
    servante. Je suis la fille du pape Urbain X et de la princesse de
    Palestrine[a]. On m’éleva jusqu’à quatorze ans dans un palais auquel
    tous les châteaux de vos barons allemands n’auraient pas servi
    d’écurie; et une de mes robes valait mieux que toutes les magnificences
    de la Vestphalie. Je croissais en beauté, en grâces, en talents, au
    milieu des plaisirs, des respects, et des espérances: j’inspirais déjà
    de l’amour; ma gorge se formait; et quelle gorge! blanche, ferme,
    taillée comme celle de la Vénus de Médicis; et quels yeux! quelles
    paupières! quels sourcils noirs! quelles flammes brillaient dans mes
    deux prunelles, et effaçaient la scintillation des étoiles! comme me
    disaient les poètes du quartier. Les femmes qui m’habillaient et qui me
    déshabillaient tombaient en extase en me regardant par-devant et
    par-derrière; et tous les hommes auraient voulu être à leur place.

    [a] Voyez l’extrême discrétion de l’auteur; il n’y eut jusqu’à présent
    aucun pape nommé Urbain X; il craint de donner une bâtarde à un pape
    connu. Quelle circonspection! quelle délicatesse de conscience!—Cette
    note de Voltaire est posthume. Elle n’était même pas dans les éditions
    de Kehl. Je la tiens de feu Décrois. Le dernier pape du nom d’Urbain
    est Urbain VIII, mort en 1644. B.

    Je fus fiancée à un prince souverain de Massa-Carrara: quel prince!
    aussi beau que moi, pétri de douceur et d’agréments, brillant d’esprit
    et brûlant d’amour; je l’aimais comme on aime pour la première fois,
    avec idolâtrie, avec emportement. Les noces furent préparées: c’était
    une pompe, une magnificence inouïe; c’étaient des fêtes, des
    carrousels, des opéra-buffa continuels; et toute l’Italie fit pour moi
    des sonnets dont il n’y eut pas un seul de passable. Je touchais au
    moment de mon bonheur, quand une vieille marquise, qui avait été
    maîtresse de mon prince, l’invita à prendre du chocolat chez elle; il
    mourut en moins de deux heures avec des convulsions épouvantables; mais
    ce n’est qu’une bagatelle. Ma mère au désespoir, et bien moins affligée
    que moi, voulut s’arracher pour quelque temps à un séjour si funeste.
    Elle avait une très belle terre auprès de Gaïète: nous nous embarquâmes
    sur une galère du pays, dorée comme l’autel de Saint-Pierre de Rome.
    Voilà qu’un corsaire de Salé fond sur nous et nous aborde: nos soldats
    se défendirent comme des soldats du pape; ils se mirent tous à genoux
    en jetant leurs armes, et en demandant au corsaire une absolution _in
    articulo mortis_.

    Aussitôt on les dépouilla nus comme des singes, et ma mère aussi, nos
    filles d’honneur aussi, et moi aussi. C’est une chose admirable que la
    diligence avec laquelle ces messieurs déshabillent le monde; mais ce
    qui me surprit davantage, c’est qu’ils nous mirent à tous le doigt dans
    un endroit où nous autres femmes nous ne nous laissons mettre
    d’ordinaire que des canules. Cette cérémonie me paraissait bien
    étrange: voilà comme on juge de tout quand on n’est pas sorti de son
    pays. J’appris bientôt que c’était pour voir si nous n’avions pas caché
    là quelques diamants; c’est un usage établi de temps immémorial parmi
    les nations policées qui courent sur mer. J’ai su que messieurs les
    religieux chevaliers de Malte n’y manquent jamais quand ils prennent
    des Turcs et des Turques; c’est une loi du droit des gens à laquelle on
    n’a jamais dérogé.

    Je ne vous dirai point combien il est dur pour une jeune princesse
    d’être menée esclave à Maroc avec sa mère: vous concevez assez tout ce
    que nous eûmes à souffrir dans le vaisseau corsaire. Ma mère était
    encore très belle: nos filles d’honneur, nos simples femmes de chambre
    avaient plus de charmes qu’on n’en peut trouver dans toute l’Afrique:
    pour moi, j’étais ravissante, j’étais la beauté, la grâce même, et
    j’étais pucelle: je ne le fus pas long-temps; cette fleur, qui avait
    été réservée pour le beau prince de Massa-Carrara, me fut ravie par le
    capitaine corsaire; c’était un nègre abominable, qui croyait encore me
    faire beaucoup d’honneur. Certes il fallait que madame la princesse de
    Palestrine et moi fussions bien fortes pour résister à tout ce que nous
    éprouvâmes jusqu’à notre arrivée à Maroc! Mais passons; ce sont des
    choses si communes, qu’elles ne valent pas la peine qu’on en parle.

    Maroc nageait dans le sang quand nous arrivâmes. Cinquante fils de
    l’empereur Muley Ismael[1] avaient chacun leur parti; ce qui produisait
    en effet cinquante guerres civiles, de noirs contre noirs, de noirs
    contre basanés, de basanés contre basanés, de mulâtres contre mulâtres:
    c’était un carnage continuel dans toute l’étendue de l’empire.

    [1] Sur Muley Ismael, qui régnait en 1702, et vécut cent cinq ans,
    voyez tome XVI, page 197; tome XVIII, page 420; tome XX, le chapitre
    XVIII du _Siècle de Louis XIV_; tome XXX, page 126. B.

    A peine fûmes-nous débarquées, que des noirs d’une faction ennemie de
    celle de mon corsaire se présentèrent pour lui enlever son butin. Nous
    étions, après les diamants et l’or, ce qu’il avait de plus précieux. Je
    fus témoin d’un combat tel que vous n’en voyez jamais dans vos climats
    d’Europe. Les peuples septentrionaux n’ont pas le sang assez ardent;
    ils n’ont pas la rage des femmes au point où elle est commune en
    Afrique. Il semble que vos Européans aient du lait dans les veines;
    c’est du vitriol, c’est du feu qui coule dans celles des habitants du
    mont Atlas et des pays voisins. On combattit avec la fureur des lions,
    des tigres, et des serpents de la contrée, pour savoir qui nous aurait.
    Un Maure saisit ma mère par le bras droit, le lieutenant de mon
    capitaine la retint par le bras gauche; un soldat maure la prit par une
    jambe, un de nos pirates la tenait par l’autre. Nos filles se
    trouvèrent presque toutes en un moment tirées ainsi à quatre soldats.
    Mon capitaine me tenait cachée derrière lui; il avait le cimeterre au
    poing, et tuait tout ce qui s’opposait à sa rage. Enfin je vis toutes
    nos Italiennes et ma mère déchirées, coupées, massacrées par les
    monstres qui se les disputaient. Les captifs, mes compagnons, ceux qui
    les avaient pris, soldats, matelots, noirs, basanés, blancs, mulâtres,
    et enfin mon capitaine, tout fut tué, et je demeurai mourante sur un
    tas de morts. Des scènes pareilles se passaient, comme on sait, dans
    l’étendue de plus de trois cents lieues, sans qu’on manquât aux cinq
    prières par jour ordonnées par Mahomet.

    Je me débarrassai avec beaucoup de peine de la foule de tant de
    cadavres sanglants entassés, et je me traînai sous un grand oranger au
    bord d’un ruisseau voisin; j’y tombai d’effroi, de lassitude,
    d’horreur, de désespoir, et de faim. Bientôt après mes sens accablés se
    livrèrent à un sommeil qui tenait plus de l’évanouissement que du
    repos. J’étais dans cet état de faiblesse et d’insensibilité, entre la
    mort et la vie, quand je me sentis pressée de quelque chose qui
    s’agitait sur mon corps; j’ouvris les yeux, je vis un homme blanc et de
    bonne mine qui soupirait, et qui disait entre ses dents: _O che
    sciagura d’essere senza coglioni!_

    CHAPITRE XII.
    Suite des malheurs de la vieille.

    Étonnée et ravie d’entendre la langue de ma patrie, et non moins
    surprise des paroles que proférait cet homme, je lui répondis qu’il y
    avait de plus grands malheurs que celui dont il se plaignait; je
    l’instruisis en peu de mots des horreurs que j’avais essuyées, et je
    retombai en faiblesse. Il m’emporta dans une maison voisine, me fit
    mettre au lit, me fit donner à manger, me servit, me consola, me
    flatta, me dit qu’il n’avait rien vu de si beau que moi, et que jamais
    il n’avait tant regretté ce que personne ne pouvait lui rendre. Je suis
    né à Naples, me dit-il; on y chaponne deux ou trois mille enfants tous
    les ans; les uns en meurent, les autres acquièrent une voix plus belle
    que celle des femmes, les autres vont gouverner des états[1]. On me fit
    cette opération avec un très grand succès, et j’ai été musicien de la
    chapelle de madame la princesse de Palestrine. De ma mère! m’écriai-je.
    De votre mère! s’écria-t-il en pleurant: quoi! vous seriez cette jeune
    princesse que j’ai élevée jusqu’à l’âge de six ans, et qui promettait
    déjà d’être aussi belle que vous êtes?—C’est moi-même; ma mère est à
    quatre cents pas d’ici coupée en quartiers sous un tas de morts…..

    [1] Farinelli, chanteur italien, né à Naples en 1705, sans être
    ministre, gouvernait l’Espagne sous Ferdinand VI; il est mort en 1782.
    Voltaire reparle de ce Farinelli dans la _Conversation de l’Intendant
    des menus en exercice_: voyez les _Mélanges_, année 1761. B.

    Je lui contai tout ce qui m’était arrivé; il me conta aussi ses
    aventures, et m’apprit comment il avait été envoyé chez le roi de Maroc
    par une puissance chrétienne, pour conclure avec ce monarque un traité
    par lequel on lui fournirait de la poudre, des canons, et des
    vaisseaux, pour l’aider à exterminer le commerce des autres chrétiens.
    Ma mission est faite, dit cet honnête eunuque; je vais m’embarquer à
    Ceuta, et je vous ramènerai en Italie. _Ma che sciagura d’essere senza
    coglioni!_

    Je le remerciai avec des larmes d’attendrissement; et au lieu de me
    mener en Italie, il me conduisit à Alger, et me vendit au dey de cette
    province. A peine fus-je vendue, que cette peste qui a fait le tour de
    l’Afrique, de l’Asie, de l’Europe, se déclara dans Alger avec fureur.
    Vous avez vu des tremblements de terre; mais, mademoiselle, avez-vous
    jamais eu la peste? Jamais, répondit la baronne.

    Si vous l’aviez eue, reprit la vieille, vous avoueriez qu’elle est bien
    au-dessus d’un tremblement de terre. Elle est fort commune en Afrique;
    j’en fus attaquée. Figurez-vous quelle situation pour la fille d’un
    pape, âgée de quinze ans, qui en trois mois de temps avait éprouvé la
    pauvreté, l’esclavage, avait été violée presque tous les jours, avait
    vu couper sa mère en quatre, avait essuyé la faim et la guerre, et
    mourait pestiférée dans Alger! Je n’en mourus pourtant pas; mais mon
    eunuque et le dey, et presque tout le sérail d’Alger périrent.

    Quand les premiers ravages de cette épouvantable peste furent passés,
    on vendit les esclaves du dey. Un marchand m’acheta, et me mena à
    Tunis; il me vendit à un autre marchand qui me revendit à Tripoli; de
    Tripoli je fus revendue à Alexandrie, d’Alexandrie revendue à Smyrne;
    de Smyrne à Constantinople. J’appartins enfin à un aga des janissaires,
    qui fut bientôt commandé pour aller défendre Azof contre les Russes qui
    l’assiégeaient.

    L’aga, qui était un très galant homme, mena avec lui tout son sérail,
    et nous logea dans un petit fort sur les Palus-Méotides, gardé par deux
    eunuques noirs et vingt soldats. On tua prodigieusement de Russes, mais
    ils nous le rendirent bien: Azof fut mis à feu et à sang[2], et on ne
    pardonna ni au sexe, ni à l’âge; il ne resta que notre petit fort; les
    ennemis voulurent nous prendre par famine. Les vingt janissaires
    avaient juré de ne se jamais rendre. Les extrémités de la faim où ils
    furent réduits les contraignirent à manger nos deux eunuques, de peur
    de violer leur serment. Au bout de quelques jours ils résolurent de
    manger les femmes.

    [2] Les Russes prirent Azof sous Pierre-le-Grand, en 1696, et la
    rendirent à la paix, en 1711; la reprirent en 1739, la fortifièrent;
    mais à la paix de 1789, ils la rendirent après l’avoir démantelée. La
    prise d’Azof, sous Catherine II, est postérieure de dix ans à
    _Candide_. B.

    Nous avions un iman très pieux et très compatissant, qui leur fit un
    beau sermon par lequel il leur persuada de ne nous pas tuer
    tout-à-fait. Coupez, dit-il, seulement une fesse à chacune de ces
    dames, vous ferez très bonne chère; s’il faut y revenir, vous en aurez
    encore autant dans quelques jours; le ciel vous saura gré d’une action
    si charitable, et vous serez secourus.

    Il avait beaucoup d’éloquence; il les persuada: on nous fit cette
    horrible opération; l’iman nous appliqua le même baume qu’on met aux
    enfants qu’on vient de circoncire: nous étions toutes à la mort.

    A peine les janissaires eurent-ils fait le repas que nous leur avions
    fourni, que les Russes arrivent sur des bateaux plats; pas un
    janissaire ne réchappa. Les Russes ne firent aucune attention à l’état
    où nous étions. Il y a partout des chirurgiens français: un d’eux qui
    était fort adroit prit soin de nous, il nous guérit; et je me
    souviendrai toute ma vie, que quand mes plaies furent bien fermées, il
    me fit des propositions. Au reste, il nous dit à toutes de nous
    consoler; il nous assura que dans plusieurs sièges pareille chose était
    arrivée, et que c’était la loi de la guerre.

    Dès que mes compagnes purent marcher, on les fit aller à Moscou;
    j’échus en partage à un boïard qui me fit sa jardinière, et qui me
    donnait vingt coups de fouet par jour; mais ce seigneur ayant été roué
    au bout de deux ans avec une trentaine de boïards pour quelque
    tracasserie de cour, je profitai de cette aventure; je m’enfuis; je
    traversai toute la Russie; je fus long-temps servante de cabaret à
    Riga, puis à Rostock, à Vismar, à Leipsick, à Cassel, à Utrecht, à
    Leyde, à la Haye, à Rotterdam: j’ai vieilli dans la misère et dans
    l’opprobre, n’ayant que la moitié d’un derrière, me souvenant toujours
    que j’étais fille d’un pape; je voulus cent fois me tuer, mais j’aimais
    encore la vie. Cette faiblesse ridicule est peut-être un de nos
    penchants les plus funestes; car y a-t-il rien de plus sot que de
    vouloir porter continuellement un fardeau qu’on veut toujours jeter par
    terre; d’avoir son être en horreur, et de tenir à son être; enfin de
    caresser le serpent qui nous dévore, jusqu’à ce qu’il nous ait mangé le
    coeur?

    J’ai vu dans les pays que le sort m’a fait parcourir, et dans les
    cabarets où j’ai servi, un nombre prodigieux de personnes qui avaient
    leur existence en exécration; mais je n’en ai vu que douze qui aient
    mis volontairement fin à leur misère, trois nègres, quatre Anglais,
    quatre Genevois, et un professeur allemand nommé Robeck[3]. J’ai fini
    par être servante chez le Juif don Issachar; il me mit auprès de vous,
    ma belle demoiselle; je me suis attachée à votre destinée, et j’ai été
    plus occupée de vos aventures que des miennes. Je ne vous aurais même
    jamais parlé de mes malheurs, si vous ne m’aviez pas un peu piquée, et
    s’il n’était d’usage, dans un vaisseau, de conter des histoires pour se
    désennuyer. Enfin, mademoiselle, j’ai de l’expérience, je connais le
    monde; donnez-vous un plaisir, engagez chaque passager à vous conter
    son histoire, et s’il s’en trouve un seul qui n’ait souvent maudit sa
    vie, qui ne se soit souvent dit à lui-même qu’il était le plus
    malheureux des hommes, jetez-moi dans la mer la tête la première.

    [3] Robeck (Jean), né à Calmar en Suède, en 1672, se noya
    volontairement en 1739. J.-J. Rousseau parle de Robeck dans sa
    _Nouvelle Héloïse_, lettre vingt et unième de la troisième partie. B.

    CHAPITRE XIII.
    Comment Candide fut obligé de se séparer de la belle Cunégonde et de la
    vieille.

    La belle Cunégonde, ayant entendu l’histoire de la vieille, lui fit
    toutes les politesses qu’on devait à une personne de son rang et de son
    mérite. Elle accepta la proposition; elle engagea tous les passagers,
    l’un après l’autre, à lui conter leurs aventures. Candide et elle
    avouèrent que la vieille avait raison. C’est bien dommage, disait
    Candide, que le sage Pangloss ait été pendu contre la coutume dans un
    auto-da-fé; il nous dirait des choses admirables sur le mal physique et
    sur le mal moral qui couvrent la terre et la mer, et je me sentirais
    assez de force pour oser lui faire respectueusement quelques
    objections.

    A mesure que chacun racontait son histoire, le vaisseau avançait. On
    aborda dans Buénos-Ayres. Cunégonde, le capitaine Candide, et la
    vieille, allèrent chez le gouverneur don Fernando d’Ibaraa, y Figueora,
    y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza. Ce seigneur avait une fierté
    convenable à un homme qui portait tant de noms. Il parlait aux hommes
    avec le dédain le plus noble, portant le nez si haut, élevant si
    impitoyablement la voix, prenant un ton si imposant, affectant une
    démarche si altière, que tous ceux qui le saluaient étaient tentés de
    le battre. Il aimait les femmes à la fureur. Cunégonde lui parut ce
    qu’il avait jamais vu de plus beau. La première chose qu’il fit fut de
    demander si elle n’était point la femme du capitaine. L’air dont il fit
    cette question alarma Candide: il n’osa pas dire qu’elle était sa
    femme, parcequ’en effet elle ne l’était point; il n’osait pas dire que
    c’était sa soeur, parcequ’elle ne l’était pas non plus; et quoique ce
    mensonge officieux eût été autrefois très à la mode chez les
    anciens[1], et qu’il pût être utile aux modernes, son âme était trop
    pure pour trahir la vérité. Mademoiselle Cunégonde, dit-il, doit me
    faire l’honneur de m’épouser, et nous supplions votre excellence de
    daigner faire notre noce.

    [1] Voyez l’article ABRAHAM, tome XXVI, page 48. B.

    Don Fernando d’Ibaraa, y Figueora, y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza,
    relevant sa moustache, sourit amèrement, et ordonna au capitaine
    Candide d’aller faire la revue de sa compagnie. Candide obéit; le
    gouverneur demeura avec mademoiselle Cunégonde. Il lui déclara sa
    passion, lui protesta que le lendemain il l’épouserait à la face de
    l’Église, ou autrement, ainsi qu’il plairait à ses charmes. Cunégonde
    lui demanda un quart d’heure pour se recueillir, pour consulter la
    vieille, et pour se déterminer.

    La vieille dit à Cunégonde: Mademoiselle, vous avez soixante et douze
    quartiers et pas une obole; il ne tient qu’à vous d’être la femme du
    plus grand seigneur de l’Amérique méridionale, qui a une très belle
    moustache; est-ce à vous de vous piquer d’une fidélité à toute épreuve?
    Vous avez été violée par les Bulgares; un Juif et un inquisiteur ont eu
    vos bonnes grâces: les malheurs donnent des droits. J’avoue que si
    j’étais à votre place, je ne ferais aucun scrupule d’épouser monsieur
    le gouverneur, et de faire la fortune de monsieur le capitaine Candide.
    Tandis que la vieille parlait avec toute la prudence que l’âge et
    l’expérience donnent, on vit entrer dans le port un petit vaisseau; il
    portait un alcade et des alguazils, et voici ce qui était arrivé.

    La vieille avait très bien deviné que ce fut un cordelier à la grande
    manche qui vola l’argent et les bijoux de Cunégonde dans la ville de
    Badajos, lorsqu’elle fuyait en hâte avec Candide. Ce moine voulut
    vendre quelques unes des pierreries à un joaillier. Le marchand les
    reconnut pour celles du grand-inquisiteur. Le cordelier, avant d’être
    pendu, avoua qu’il les avait volées: il indiqua les personnes, et la
    route qu’elles prenaient. La fuite de Cunégonde et de Candide était
    déjà connue. On les suivit à Cadix: on envoya, sans perdre de temps, un
    vaisseau à leur poursuite. Le vaisseau était déjà dans le port de
    Buénos-Ayres. Le bruit se répandit qu’un alcade allait débarquer, et
    qu’on poursuivait les meurtriers de monseigneur le grand-inquisiteur.
    La prudente vieille vit dans l’instant tout ce qui était à faire. Vous
    ne pouvez fuir, dit-elle à Cunégonde, et vous n’avez rien à craindre;
    ce n’est pas vous qui avez tué monseigneur, et d’ailleurs le
    gouverneur, qui vous aime, ne souffrira pas qu’on vous maltraite;
    demeurez. Elle court sur-le-champ à Candide: Fuyez, dit-elle, ou dans
    une heure vous allez être brûlé. Il n’y avait pas un moment à perdre;
    mais comment se séparer de Cunégonde, et où se réfugier?

    CHAPITRE XIV.
    Comment Candide et Cacambo furent reçus chez les jésuites du Paraguai.

    Candide avait amené de Cadix un valet tel qu’on en trouve beaucoup sur
    les côtes d’Espagne et dans les colonies. C’était un quart d’Espagnol,
    né d’un métis dans le Tucuman; il avait été enfant de choeur,
    sacristain, matelot, moine, facteur, soldat, laquais. Il s’appelait
    Cacambo, et aimait fort son maître, parceque son maître était un fort
    bon homme. Il sella au plus vite les deux chevaux andalous. Allons, mon
    maître, suivons le conseil de la vieille, partons, et courons sans
    regarder derrière nous. Candide versa des larmes: O ma chère Cunégonde!
    faut-il vous abandonner dans le temps que monsieur le gouverneur va
    faire nos noces! Cunégonde amenée de si loin, que deviendrez-vous? Elle
    deviendra ce qu’elle pourra, dit Cacambo; les femmes ne sont jamais
    embarrassées d’elles; Dieu y pourvoit; courons. Où me mènes-tu? où
    allons-nous? que ferons-nous sans Cunégonde? disait Candide. Par saint
    Jacques de Compostelle, dit Cacambo, vous alliez faire la guerre aux
    jésuites, allons la faire pour eux; je sais assez les chemins, je vous
    mènerai dans leur royaume, ils seront charmés d’avoir un capitaine qui
    fasse l’exercice à la bulgare; vous ferez une fortune prodigieuse;
    quand on n’a pas son compte dans un monde, on le trouve dans un autre.
    C’est un très grand plaisir de voir et de faire des choses nouvelles.

    Tu as donc été déjà dans le Paraguai? dit Candide. Eh vraiment oui! dit
    Cacambo; j’ai été cuistre dans le collège de l’Assomption, et je
    connais le gouvernement de los padres comme je connais les rues de
    Cadix. C’est une chose admirable que ce gouvernement. Le royaume a déjà
    plus de trois cents lieues de diamètre; il est divisé en trente
    provinces. Los padres y ont tout, et les peuples rien; c’est le
    chef-d’oeuvre de la raison et de la justice. Pour moi, je ne vois rien
    de si divin que los padres, qui font ici la guerre au roi d’Espagne et
    au roi de Portugal, et qui en Europe confessent ces rois; qui tuent ici
    des Espagnols, et qui à Madrid les envoient au ciel; cela me ravit;
    avançons: vous allez être le plus heureux de tous les hommes. Quel
    plaisir auront los padres, quand ils sauront qu’il leur vient un
    capitaine qui sait l’exercice bulgare!

    Dès qu’ils furent arrivés à la première barrière, Cacambo dit à la
    garde avancée qu’un capitaine demandait à parler à monseigneur le
    commandant. On alla avertir la grande garde. Un officier paraguain
    courut aux pieds du commandant lui donner part de la nouvelle. Candide
    et Cacambo furent d’abord désarmés; on se saisit de leurs deux chevaux
    andalous. Les deux étrangers sont introduits au milieu de deux files de
    soldats; le commandant était au bout, le bonnet à trois cornes en tête,
    la robe retroussée, l’épée au côté, l’esponton à la main. Il fit un
    signe; aussitôt vingt-quatre soldats entourent les deux nouveaux venus.
    Un sergent leur dit qu’il faut attendre, que le commandant ne peut leur
    parler, que le révérend père provincial ne permet pas qu’aucun Espagnol
    ouvre la bouche qu’en sa présence, et demeure plus de trois heures dans
    le pays. Et où est le révérend père provincial? dit Cacambo. Il est à
    la parade après avoir dit sa messe, répondit le sergent, et vous ne
    pourrez baiser ses éperons que dans trois heures. Mais, dit Cacambo,
    monsieur le capitaine, qui meurt de faim comme moi, n’est point
    Espagnol, il est Allemand; ne pourrions-nous point déjeuner en
    attendant sa révérence?

    Le sergent alla sur-le-champ rendre compte de ce discours au
    commandant. Dieu soit béni! dit ce seigneur, puisqu’il est Allemand, je
    peux lui parler; qu’on le mène dans ma feuillée. Aussitôt on conduit
    Candide dans un cabinet de verdure, orné d’une très jolie colonnade de
    marbre vert et or, et de treillages qui renfermaient des perroquets,
    des colibris, des oiseaux-mouches, des pintades, et tous les oiseaux
    les plus rares. Un excellent déjeuner était préparé dans des vases
    d’or; et tandis que les Paraguains mangèrent du maïs dans des écuelles
    de bois, en plein champ, à l’ardeur du soleil, le révérend père
    commandant entra dans la feuillée.

    C’était un très beau jeune homme, le visage plein, assez blanc, haut en
    couleur, le sourcil relevé, l’oeil vif, l’oreille rouge, les lèvres
    vermeilles, l’air fier, mais d’une fierté qui n’était ni celle d’un
    Espagnol ni celle d’un jésuite. On rendit à Candide et à Cacambo leurs
    armes, qu’on leur avait saisies, ainsi que les deux chevaux andalous;
    Cacambo leur fit manger l’avoine auprès de la feuillée, ayant toujours
    l’oeil sur eux, crainte de surprise.

    Candide baisa d’abord le bas de la robe du commandant, ensuite ils se
    mirent à table. Vous êtes donc Allemand? lui dit le jésuite en cette
    langue. Oui, mon révérend père, dit Candide. L’un et l’autre, en
    prononçant ces paroles, se regardaient avec une extrême surprise, et
    une émotion dont ils n’étaient pas les maîtres. Et de quel pays
    d’Allemagne êtes-vous? dit le jésuite. De la sale province de
    Vestphalie, dit Candide: je suis né dans le château de
    Thunder-ten-tronckh. O ciel! est-il possible! s’écria le commandant.
    Quel miracle! s’écria Candide. Serait-ce vous? dit le commandant. Cela
    n’est pas possible, dit Candide. Ils se laissent tomber tous deux à la
    renverse, ils s’embrassent, ils versent des ruisseaux de larmes. Quoi!
    serait-ce vous, mon révérend père? vous, le frère de la belle
    Cunégonde! vous qui fûtes tué par les Bulgares! vous le fils de
    monsieur le baron! vous jésuite au Paraguai! Il faut avouer que ce
    monde est une étrange chose. O Pangloss! Pangloss! que vous sériez aise
    si vous n’aviez pas été pendu!

    Le commandant fit retirer les esclaves nègres et les Paraguains qui
    servaient à boire dans des gobelets de cristal de roche. Il remercia
    Dieu et saint Ignace mille fois; il serrait Candide entre ses bras,
    leurs visages étaient baignés de pleurs. Vous seriez bien plus étonné,
    plus attendri, plus hors de vous-même, dit Candide, si je vous disais
    que mademoiselle Cunégonde, votre soeur, que vous avez crue éventrée,
    est pleine de santé.—Où?—Dans votre voisinage, chez M. le gouverneur de
    Buénos-Ayres; et je venais pour vous faire la guerre. Chaque mot qu’ils
    prononcèrent dans cette longue conversation accumulait prodige sur
    prodige. Leur âme tout entière volait sur leur langue, était attentive
    dans leurs oreilles, et étincelante dans leurs yeux. Comme ils étaient
    Allemands, ils tinrent table long-temps, en attendant le révérend père
    provincial; et le commandant parla ainsi à son cher Candide.

    CHAPITRE XV.
    Comment Candide tua le frère de sa chère Cunégonde.

    J’aurai toute ma vie présent à la mémoire le jour horrible où je vis
    tuer mon père et ma mère, et violer ma soeur. Quand les Bulgares furent
    retirés, on ne trouva point cette soeur adorable, et on mit dans une
    charrette ma mère, mon père, et moi, deux servantes et trois petits
    garçons égorgés, pour nous aller enterrer dans une chapelle de
    jésuites, à deux lieues du château de mes pères. Un jésuite nous jeta
    de l’eau bénite; elle était horriblement salée; il en entra quelques
    gouttes dans mes yeux: le père s’aperçut que ma paupière fesait un
    petit mouvement: il mit la main sur mon coeur, et le sentit palpiter;
    je fus secouru, et au bout de trois semaines il n’y paraissait pas.
    Vous savez, mon cher Candide, que j’étais fort joli; je le devins
    encore davantage; aussi le révérend père Croust[1], supérieur de la
    maison, prit pour moi la plus tendre amitié: il me donna l’habit de
    novice: quelque temps après je fus envoyé à Rome. Le père général avait
    besoin d’une recrue de jeunes jésuites allemands. Les souverains du
    Paraguai reçoivent le moins qu’ils peuvent de jésuites espagnols; ils
    aiment mieux les étrangers, dont ils se croient plus maîtres. Je fus
    jugé propre par le révérend père général pour aller travailler dans
    cette vigne. Nous partîmes, un Polonais, un Tyrolien, et moi. Je fus
    honoré, en arrivant, du sous-diaconat et d’une lieutenance: je suis
    aujourd’hui colonel et prêtre. Nous recevrons vigoureusement les
    troupes du roi d’Espagne; je vous réponds qu’elles seront excommuniées
    et battues. La Providence vous envoie ici pour nous seconder. Mais
    est-il bien vrai que ma chère soeur Cunégonde soit dans le voisinage,
    chez le gouverneur de Buénos-Ayres? Candide l’assura par serment que
    rien n’était plus vrai. Leurs larmes recommencèrent à couler.

    [1] Dans les premières éditions, au lieu de _Croust_, on lit: _Didrie_.
    Mais l’édition fesant partie du volume intitulé: _Seconde suite des
    Mélanges_, 1761, porte déjà Croust. Il est question du révérend P.
    Croust, _le plus brutal de la société_, dans le tome XXX, page 429. B.

    Le baron ne pouvait se lasser d’embrasser Candide; il l’appelait son
    frère, son sauveur. Ah! peut-être, lui dit-il, nous pourrons ensemble,
    mon cher Candide, entrer en vainqueurs dans la ville, et reprendre ma
    soeur Cunégonde. C’est tout ce que je souhaite, dit Candide; car je
    comptais l’épouser, et je l’espère encore. Vous, insolent! répondit le
    baron, vous auriez l’impudence d’épouser ma soeur qui a soixante et
    douze quartiers! Je vous trouve bien effronté d’oser me parler d’un
    dessein si téméraire! Candide, pétrifié d’un tel discours, lui
    répondit: Mon révérend père, tous les quartiers du monde n’y font rien;
    j’ai tiré votre soeur des bras d’un Juif et d’un inquisiteur; elle m’a
    assez d’obligations, elle veut m’épouser. Maître Pangloss m’a toujours
    dit que les hommes sont égaux; et assurément je l’épouserai. C’est ce
    que nous verrons, coquin! dit le jésuite baron de Thunder-ten-tronckh;
    et en même temps il lui donna un grand coup du plat de son épée sur le
    visage. Candide dans l’instant tire la sienne, et l’enfonce jusqu’à la
    garde dans le ventre du baron jésuite; mais en la retirant toute
    fumante, il se mit à pleurer: Hélas! mon Dieu! dit-il, j’ai tué mon
    ancien maître, mon ami, mon beau-frère; je suis le meilleur homme du
    monde, et voilà déjà trois hommes que je tue; et dans ces trois il y a
    deux prêtres.

    Cacambo, qui fesait sentinelle à la porte de la feuillée, accourut. Il
    ne nous reste qu’à vendre cher notre vie, lui dit son maître; on va,
    sans doute, entrer dans la feuillée; il faut mourir les armes à la
    main. Cacambo, qui en avait bien vu d’autres, ne perdit point la tête;
    il prit la robe de jésuite que portait le baron, la mit sur le corps de
    Candide, lui donna le bonnet carré du mort, et le fit monter à cheval.
    Tout cela se fit en un clin d’oeil. Galopons, mon maître; tout le monde
    vous prendra pour un jésuite qui va donner des ordres; et nous aurons
    passé les frontières avant qu’on puisse courir après nous. Il volait
    déjà en prononçant ces paroles, et en criant en espagnol: Place, place
    pour le révérend père colonel!

    CHAPITRE XVI.
    Ce qui advint aux deux voyageurs avec deux filles, deux singes, et les
    sauvages nommés Oreillons.

    Candide et son valet furent au-delà des barrières, et personne ne
    savait encore dans le camp la mort du jésuite allemand. Le vigilant
    Cacambo avait eu soin de remplir sa valise de pain, de chocolat, de
    jambon, de fruits, et de quelques mesures de vin. Ils s’enfoncèrent
    avec leurs chevaux andalous dans un pays inconnu où ils ne découvrirent
    aucune route. Enfin une belle prairie entrecoupée de ruisseaux se
    présenta devant eux. Nos deux voyageurs font repaître leurs montures.
    Cacambo propose à son maître de manger, et lui en donne l’exemple.
    Comment veux-tu, disait Candide, que je mange du jambon, quand j’ai tué
    le fils de monsieur le baron, et que je me vois condamné à ne revoir la
    belle Cunégonde de ma vie? à quoi me servira de prolonger mes
    misérables jours, puisque je dois les traîner loin d’elle dans les
    remords et dans le désespoir? et que dira le Journal de Trévoux[1]?

    [1] L’ouvrage cité sous le titre de _Journal de Trévoux_, du nom de la
    ville où il s’imprima, est intitulé: _Mémoires pour servir à l’histoire
    des sciences et des beaux-arts_. Ce titre a subi plusieurs changements.
    B.

    En parlant ainsi, il ne laissa pas de manger. Le soleil se couchait.
    Les deux égarés entendirent quelques petits cris qui paraissaient
    poussés par des femmes. Ils ne savaient si ces cris étaient de douleur
    ou de joie; mais ils se levèrent précipitamment avec cette inquiétude
    et cette alarme que tout inspire dans un pays inconnu. Ces clameurs
    partaient de deux filles toutes nues qui couraient légèrement au bord
    de la prairie, tandis que deux singes les suivaient en leur mordant les
    fesses. Candide fut touché de pitié; il avait appris à tirer chez les
    Bulgares, et il aurait abattu une noisette dans un buisson sans toucher
    aux feuilles. Il prend son fusil espagnol à deux coups, tire, et tue
    les deux singes. Dieu soit loué, mon cher Cacambo! j’ai délivré d’un
    grand péril ces deux pauvres créatures: si j’ai commis un péché en
    tuant un inquisiteur et un jésuite, je l’ai bien réparé en sauvant la
    vie à deux filles. Ce sont peut-être deux demoiselles de condition, et
    cette aventure nous peut procurer de très grands avantages dans le
    pays.

    Il allait continuer, mais sa langue devint percluse quand il vit ces
    deux filles embrasser tendrement les deux singes, fondre en larmes sur
    leurs corps, et remplir l’air des cris les plus douloureux. Je ne
    m’attendais pas à tant de bonté d’âme, dit-il enfin à Cacambo; lequel
    lui répliqua: Vous avez fait là un beau chef d’oeuvre, mon maître; vous
    avez tué les deux amants de ces demoiselles. Leurs amants! serait-il
    possible? vous vous moquez de moi, Cacambo; le moyen de vous croire?
    Mon cher maître, repartit Cacambo, vous êtes toujours étonné de tout;
    pourquoi trouvez-vous si étrange que dans quelques pays il y ait des
    singes qui obtiennent les bonnes grâces des dames? ils sont des quarts
    d’homme, comme je suis un quart d’Espagnol. Hélas! reprit Candide, je
    me souviens d’avoir entendu dire à maître Pangloss qu’autrefois pareils
    accidents étaient arrivés, et que ces mélanges avaient produit des
    égypans, des faunes, des satyres; que plusieurs grands personnages de
    l’antiquité en avaient vu; mais je prenais cela pour des fables. Vous
    devez être convaincu à présent, dit Cacambo, que c’est une vérité, et
    vous voyez comment en usent les personnes qui n’ont pas reçu une
    certaine éducation; tout ce que je crains, c’est que ces dames ne nous
    fassent quelque méchante affaire.

    Ces réflexions solides engagèrent Candide à quitter la prairie, et à
    s’enfoncer dans un bois. Il y soupa avec Cacambo; et tous deux, après
    avoir maudit l’inquisiteur de Portugal, le gouverneur de Buénos-Ayres,
    et le baron, s’endormirent sur de la mousse. A leur réveil, ils
    sentirent qu’ils ne pouvaient remuer; la raison en était que pendant la
    nuit les Oreillons, habitants du pays, à qui les deux dames les avaient
    dénoncés, les avaient garrottés avec des cordes d’écorces d’arbre.

    Ils étaient entourés d’une cinquantaine d’Oreillons tout nus, armés de
    flèches, de massues, et de haches de caillou: les uns fesaient bouillir
    une grande chaudière; les autres préparaient des broches, et tous
    criaient: C’est un jésuite, c’est un jésuite! nous serons vengés, et
    nous ferons bonne chère; mangeons du jésuite, mangeons du jésuite!

    Je vous l’avais bien dit, mon cher maître, s’écria tristement Cacambo,
    que ces deux filles nous joueraient d’un mauvais tour. Candide
    apercevant la chaudière et les broches s’écria: Nous allons
    certainement être rôtis ou bouillis. Ah! que dirait maître Pangloss,
    s’il voyait comme la pure nature est faite? Tout est bien; soit, mais
    j’avoue qu’il est bien cruel, d’avoir perdu mademoiselle Cunégonde, et
    d’être mis à la broche par des Oreillons. Cacambo ne perdait jamais la
    tête. Ne désespérez de rien, dit-il au désolé Candide; j’entends un peu
    le jargon de ces peuples, je vais leur parler. Ne manquez pas, dit
    Candide, de leur représenter quelle est l’inhumanité affreuse de faire
    cuire des hommes, et combien cela est peu chrétien.

    Messieurs, dit Cacambo, vous comptez donc manger aujourd’hui un
    jésuite? c’est très bien fait; rien n’est plus juste que de traiter
    ainsi ses ennemis. En effet le droit naturel nous enseigne à tuer notre
    prochain, et c’est ainsi qu’on en agit dans toute la terre. Si nous
    n’usons pas du droit de le manger, c’est que nous avons d’ailleurs de
    quoi faire bonne chère; mais vous n’avez pas les mêmes ressources que
    nous: certainement il vaut mieux manger ses ennemis que d’abandonner
    aux corbeaux et aux corneilles le fruit de sa victoire. Mais,
    messieurs, vous ne voudriez pas manger vos amis. Vous croyez aller
    mettre un jésuite en broche, et c’est votre défenseur, c’est l’ennemi
    de vos ennemis que vous allez rôtir. Pour moi, je suis né dans votre
    pays; monsieur que vous voyez est mon maître, et bien loin d’être
    jésuite, il vient de tuer un jésuite, il en porte les dépouilles; voilà
    le sujet de votre méprise. Pour vérifier ce que je vous dis, prenez sa
    robe, portez-la à la première barrière du royaume de los padres;
    informez-vous si mon maître n’a pas tué un officier jésuite. Il vous
    faudra peu de temps; vous pourrez toujours nous manger, si vous trouvez
    que je vous ai menti. Mais, si je vous ai dit la vérité, vous
    connaissez trop les principes du droit public, les moeurs, et les lois,
    pour ne nous pas faire grâce.

    Les Oreillons trouvèrent ce discours très raisonnable; ils députèrent
    deux notables pour aller en diligence s’informer de la vérité; les deux
    députés s’acquittèrent de leur commission en gens d’esprit, et
    revinrent bientôt apporter de bonnes nouvelles. Les Oreillons délièrent
    leurs deux prisonniers, leur firent toutes sortes de civilités, leur
    offrirent des filles, leur donnèrent des rafraîchissements, et les
    reconduisirent jusqu’aux confins de leurs états, en criant avec
    allégresse: Il n’est point jésuite, il n’est point jésuite!

    Candide ne se lassait point d’admirer le sujet de sa délivrance. Quel
    peuple! disait-il, quels hommes! quelles moeurs! si je n’avais pas eu
    le bonheur de donner un grand coup d’épée au travers du corps du frère
    de mademoiselle Cunégonde, j’étais mangé sans rémission. Mais, après
    tout, la pure nature est bonne, puisque ces gens-ci, au lieu de me
    manger, m’ont fait mille honnêtetés, dès qu’ils ont su que je n’étais
    pas jésuite.

    CHAPITRE XVII.
    Arrivée de Candide et de son valet au pays d’Eldorado, et ce qu’ils y
    virent.

    Quand ils furent aux frontières des Oreillons: Vous voyez, dit Cacambo
    à Candide, que cet hémisphère-ci ne vaut pas mieux que l’autre;
    croyez-moi, retournons en Europe par le plus court chemin. Comment y
    retourner, dit Candide; et où aller? Si je vais dans mon pays, les
    Bulgares et les Abares y égorgent tout; si je retourne en Portugal, j’y
    suis brûlé; si nous restons dans ce pays-ci, nous risquons à tout
    moment d’être mis en broche. Mais comment se résoudre à quitter la
    partie du monde que mademoiselle Cunégonde habite?

    —Tournons vers la Cayenne, dit Cacambo, nous y trouverons des Français
    qui vont par tout le monde; ils pourront nous aider. Dieu aura
    peut-être pitié de nous.»

    Il n’était pas facile d’aller à la Cayenne: ils savaient bien à peu
    près de quel côté il fallait marcher; mais des montagnes, des fleuves,
    des précipices, des brigands, des sauvages, étaient partout de
    terribles obstacles. Leurs chevaux moururent de fatigue; leurs
    provisions furent consumées; ils se nourrirent un mois entier de fruits
    sauvages, et se trouvèrent enfin auprès d’une petite rivière bordée de
    cocotiers qui soutinrent leur vie et leurs espérances.

    Cacambo, qui donnait toujours d’aussi bons conseils que la vieille, dit
    à Candide: Nous n’en pouvons plus, nous avons assez marché; j’aperçois
    un canot vide sur le rivage, emplissons-le de cocos, jetons-nous dans
    cette petite barque, laissons-nous aller au courant; une rivière mène
    toujours à quelque endroit habité. Si nous ne trouvons pas des choses
    agréables, nous trouverons du moins des choses nouvelles. Allons, dit
    Candide, recommandons-nous à la Providence.

    Ils voguèrent quelques lieues entre des bords, tantôt fleuris, tantôt
    arides, tantôt unis, tantôt escarpés. La rivière s’élargissait
    toujours; enfin elle se perdait sous une voûte de rochers épouvantables
    qui s’élevaient jusqu’au ciel. Les deux voyageurs eurent la hardiesse
    de s’abandonner aux flots sous cette voûte. Le fleuve resserré en cet
    endroit les porta avec une rapidité et un bruit horrible. Au bout de
    vingt-quatre heures ils revirent le jour; mais leur canot se fracassa
    contre les écueils; il fallut se traîner de rocher en rocher pendant
    une lieue entière; enfin ils découvrirent un horizon immense, bordé de
    montagnes inaccessibles. Le pays était cultivé pour le plaisir comme
    pour le besoin; partout l’utile était agréable[1]: les chemins étaient
    couverts ou plutôt ornés de voitures d’une forme et d’une matière
    brillante, portant des hommes et des femmes d’une beauté singulière,
    traînés rapidement par de gros moutons rouges qui surpassaient en
    vitesse les plus beaux chevaux d’Andalousie, de Tétuan, et de Méquinez.

    [1] Tel est le texte de toutes les éditions données du vivant de
    l’auteur, et même des éditions de Kehl. Quelques éditeurs récents ont
    mis: _l’utile était_ joint à _l’agréable_. B.

    Voilà pourtant, dit Candide, un pays qui vaut mieux que la Vestphalie.
    Il mit pied à terre avec Cacambo auprès du premier village qu’il
    rencontra. Quelques enfants du village, couverts de brocarts d’or tout
    déchirés, jouaient au palet à l’entrée du bourg; nos deux hommes de
    l’autre monde s’amusèrent à les regarder: leurs palets étaient d’assez
    larges pièces rondes, jaunes, rouges, vertes, qui jetaient un éclat
    singulier. Il prit envie aux voyageurs d’en ramasser quelques uns;
    c’était de l’or, c’était des émeraudes, des rubis, dont le moindre
    aurait été le plus grand ornement du trône du Mogol. Sans doute, dit
    Cacambo, ces enfants sont les fils du roi du pays qui jouent au petit
    palet. Le magister du village parut dans ce moment pour les faire
    rentrer à l’école. Voilà, dit Candide, le précepteur de la famille
    royale.

    Les petits gueux quittèrent aussitôt le jeu, en laissant à terre leurs
    palets, et tout ce qui avait servi à leurs divertissements. Candide les
    ramasse, court au précepteur et les lui présente humblement, lui fesant
    entendre par signes que leurs altesses royales avaient oublié leur or
    et leurs pierreries. Le magister du village, en souriant, les jeta par
    terre, regarda un moment la figure de Candide avec beaucoup de
    surprise, et continua son chemin.

    Les voyageurs ne manquèrent pas de ramasser l’or, les rubis, et les
    émeraudes. Où sommes-nous? s’écria Candide. Il faut que les enfants des
    rois de ce pays soient bien élevés, puisqu’on leur apprend à mépriser
    l’or et les pierreries. Cacambo était aussi surpris que Candide. Ils
    approchèrent enfin de la première maison du village; elle était bâtie
    comme un palais d’Europe. Une foule de monde s’empressait à la porte,
    et encore plus dans le logis; une musique très agréable se fesait
    entendre, et une odeur délicieuse de cuisine se fesait sentir. Cacambo
    s’approcha de la porte, et entendit qu’on parlait péruvien; c’était sa
    langue maternelle; car tout le monde sait que Cacambo était né au
    Tucuman, dans un village où l’on ne connaissait que cette langue. Je
    vous servirai d’interprète, dit-il à Candide; entrons, c’est ici un
    cabaret.

    Aussitôt deux garçons et deux filles de l’hôtellerie, vêtus de drap
    d’or, et les cheveux renoués avec des rubans, les invitent à se mettre
    à la table de l’hôte. On servit quatre potages garnis chacun de deux
    perroquets, un contour bouilli qui pesait deux cents livres, deux
    singes rôtis d’un goût excellent, trois cents colibris dans un plat, et
    six cents oiseaux-mouches dans un autre; des ragoûts exquis, des
    pâtisseries délicieuses; le tout dans des plats d’une espèce de cristal
    de roche. Les garçons et les filles de l’hôtellerie versaient plusieurs
    liqueurs faites de cannes de sucre.

    Les convives étaient pour la plupart des marchands et des voituriers,
    tous d’une politesse extrême, qui firent quelques questions à Cacambo
    avec la discrétion la plus circonspecte, et qui répondirent aux siennes
    d’une manière à le satisfaire.

    Quand le repas fut fini, Cacambo crut, ainsi que Candide, bien payer
    son écot, en jetant sur la table de l’hôte deux de ces larges pièces
    d’or qu’il avait ramassées; l’hôte et l’hôtesse éclatèrent de rire, et
    se tinrent long-temps les côtés. Enfin ils se remirent. Messieurs, dit
    l’hôte, nous voyons bien que vous êtes des étrangers; nous ne sommes
    pas accoutumés à en voir. Pardonnez-nous si nous nous sommes mis à rire
    quand vous nous avez offert en paiement les cailloux de nos grands
    chemins. Vous n’avez pas sans doute de la monnaie du pays, mais il
    n’est pas nécessaire d’en avoir pour dîner ici. Toutes les hôtelleries
    établies pour la commodité du commerce sont payées par le gouvernement.
    Vous avez fait mauvaise chère ici, parceque c’est un pauvre village,
    mais partout ailleurs vous serez reçus comme vous méritez de l’être.
    Cacambo expliquait à Candide tous les discours de l’hôte, et Candide
    les écoutait avec la même admiration et le même égarement que son ami
    Cacambo les rendait. Quel est donc ce pays, disaient-ils l’un et
    l’autre, inconnu à tout le reste de la terre, et où toute la nature est
    d’une espèce si différente de la nôtre? C’est probablement le pays où
    tout va bien; car il faut absolument qu’il y en ait un de cette espèce.
    Et, quoi qu’en dît maître Pangloss, je me suis souvent aperçu que tout
    allait assez mal en Vestphalie.

    CHAPITRE XVIII
    Ce qu’ils virent dans le pays d’Eldorado[1].

    [1] Sur le pays d’Eldorado, voyez tome XVII, page 436. B.

    Cacambo témoigna à son hôte toute sa curiosité; l’hôte lui dit: Je suis
    fort ignorant, et je m’en trouve bien; mais nous avons ici un vieillard
    retiré de la cour qui est le plus savant homme du royaume, et le plus
    communicatif. Aussitôt il mène Cacambo chez le vieillard. Candide ne
    jouait plus que le second personnage, et accompagnait son valet. Ils
    entrèrent dans une maison fort simple, car la porte n’était que
    d’argent, et les lambris des appartements n’étaient que d’or, mais
    travaillés avec tant de goût, que les plus riches lambris ne
    l’effaçaient pas. L’antichambre n’était à la vérité incrustée que de
    rubis et d’émeraudes; mais l’ordre dans lequel tout était arrangé
    réparait bien cette extrême simplicité.

    Le vieillard reçut les deux étrangers sur un sofa matelassé de plumes
    de colibri, et leur fit présenter des liqueurs dans des vases de
    diamant; après quoi il satisfit à leur curiosité en ces termes:

    Je suis âgé de cent soixante et douze ans, et j’ai appris de feu mon
    père, écuyer du roi, les étonnantes révolutions du Pérou dont il avait
    été témoin. Le royaume où nous sommes est l’ancienne patrie des incas,
    qui en sortirent très imprudemment pour aller subjuguer une partie du
    monde, et qui furent enfin détruits par les Espagnols.

    Les princes de leur famille qui restèrent dans leur pays natal furent
    plus sages; ils ordonnèrent, du consentement de la nation, qu’aucun
    habitant ne sortirait jamais de notre petit royaume; et c’est ce qui
    nous a conservé notre innocence et notre félicité. Les Espagnols ont eu
    une connaissance confuse de ce pays, ils l’ont appelé _Eldorado_; et un
    Anglais, nommé le chevalier Raleigh, en a même approché il y a environ
    cent années; mais, comme nous sommes entourés de rochers inabordables
    et de précipices, nous avons toujours été jusqu’à présent à l’abri de
    la rapacité des nations de l’Europe, qui ont une fureur inconcevable
    pour les cailloux et pour la fange de notre terre, et qui, pour en
    avoir, nous tueraient tous jusqu’au dernier.

    La conversation fut longue; elle roula sur la forme du gouvernement,
    sur les moeurs, sur les femmes, sur les spectacles publics, sur les
    arts. Enfin Candide, qui avait toujours du goût pour la métaphysique,
    fit demander par Cacambo si dans le pays il y avait une religion.

    Le vieillard rougit un peu. Comment donc! dit-il, en pouvez-vous
    douter? Est-ce que vous nous prenez pour des ingrats? Cacambo demanda
    humblement quelle était la religion d’Eldorado. Le vieillard rougit
    encore: Est-ce qu’il peut y avoir deux religions? dit-il. Nous avons,
    je crois, la religion de tout le monde; nous adorons Dieu du soir
    jusqu’au matin. N’adorez vous qu’un seul Dieu? dit Cacambo, qui servait
    toujours d’interprète aux doutes de Candide. Apparemment, dit le
    vieillard, qu’il n’y en a ni deux, ni trois, ni quatre. Je vous avoue
    que les gens de votre monde font des questions bien singulières.
    Candide ne se lassait pas de faire interroger ce bon vieillard; il
    voulut savoir comment on priait Dieu dans Eldorado. Nous ne le prions
    point, dit le bon et respectable sage; nous n’avons rien à lui
    demander, il nous a donné tout ce qu’il nous faut; nous le remercions
    sans cesse. Candide eut la curiosité de voir des prêtres; il fit
    demander où ils étaient. Le bon vieillard sourit. Mes amis, dit-il,
    nous sommes tous prêtres; le roi et tous les chefs de famille chantent
    des cantiques d’actions de grâces solennellement tous les matins, et
    cinq ou six mille musiciens les accompagnent.—Quoi! vous n’avez point
    de moines qui enseignent, qui disputent, qui gouvernent, qui cabalent,
    et qui font brûler les gens qui ne sont pas de leur avis?—Il faudrait
    que nous fussions fous, dit le vieillard; nous sommes tous ici du même
    avis, et nous n’entendons pas ce que vous voulez dire avec vos moines.
    Candide à tous ces discours demeurait en extase, et disait en lui-même:
    Ceci est bien différent de la Vestphalie et du château de monsieur le
    baron: si notre ami Pangloss avait vu Eldorado, il n’aurait plus dit
    que le château de Thunder-ten-tronckh était ce qu’il y avait de mieux
    sur la terre; il est certain qu’il faut voyager.

    Après cette longue conversation, le bon vieillard fit atteler un
    carrosse à six moutons, et donna douze de ses domestiques aux deux
    voyageurs pour les conduire à la cour. Excusez-moi, leur dit-il, si mon
    âge me prive de l’honneur de vous accompagner. Le roi vous recevra
    d’une manière dont vous ne serez pas mécontents, et vous pardonnerez
    sans doute aux usages du pays, s’il y en a quelques uns qui vous
    déplaisent.

    Candide et Cacambo montent en carrosse; les six moutons volaient, et en
    moins de quatre heures on arriva au palais du roi, situé à un bout de
    la capitale. Le portail était de deux cent vingt pieds de haut, et de
    cent de large; il est impossible d’exprimer quelle en était la matière.
    On voit assez quelle supériorité prodigieuse elle devait avoir sur ces
    cailloux et sur ce sable que nous nommons or et pierreries.

    Vingt belles filles de la garde reçurent Candide et Cacambo à la
    descente du carrosse, les conduisirent aux bains, les vêtirent de robes
    d’un tissu de duvet de colibri; après quoi les grands officiers et les
    grandes officières de la couronne les menèrent à l’appartement de sa
    majesté au milieu de deux files, chacune de mille musiciens, selon
    l’usage ordinaire. Quand ils approchèrent de la salle du trône, Cacambo
    demanda à un grand officier comment il fallait s’y prendre pour saluer
    sa majesté: si on se jetait à genoux ou ventre à terre; si on mettait
    les mains sur la tête ou sur le derrière; si on léchait la poussière de
    la salle: en un mot, quelle était la cérémonie. L’usage, dit le
    grand-officier, est d’embrasser le roi et de le baiser des deux côtés.
    Candide et Cacambo sautèrent au cou de sa majesté, qui les reçut avec
    toute la grâce imaginable, et qui les pria poliment à souper.

    En attendant, on leur fit voir la ville, les édifices publics élevés
    jusqu’aux nues, les marchés ornés de mille colonnes, les fontaines
    d’eau pure, les fontaines d’eau-rose, celles de liqueurs de cannes de
    sucre qui coulaient continuellement dans de grandes places pavées d’une
    espèce de pierreries qui répandaient une odeur semblable à celle du
    girofle et de la cannelle. Candide demanda à voir la cour de justice,
    le parlement; on lui dit qu’il n’y en avait point, et qu’on ne plaidait
    jamais. Il s’informa s’il y avait des prisons, et on lui dit que non.
    Ce qui le surprit davantage, et qui lui fit le plus de plaisir, ce fut
    le palais des sciences, dans lequel il vit une galerie de deux mille
    pas, toute pleine d’instruments de mathématiques et de physique.

    Après avoir parcouru toute l’après-dinée à peu près la millième partie
    de la ville, on les remena chez le roi. Candide se mit à table entre sa
    majesté, son valet Cacambo, et plusieurs dames. Jamais on ne fit
    meilleure chère, et jamais on n’eut plus d’esprit à souper qu’en eut sa
    majesté. Cacambo expliquait les bons mots du roi à Candide, et quoique
    traduits, ils paraissaient toujours des bons mots. De tout ce qui
    étonnait Candide, ce n’était pas ce qui l’étonna le moins.

    Ils passèrent un mois dans cet hospice. Candide ne cessait de dire à
    Cacambo: Il est vrai, mon ami, encore une fois, que le château où je
    suis né ne vaut pas le pays où nous sommes; mais enfin mademoiselle
    Cunégonde n’y est pas, et vous avez sans doute quelque maîtresse en
    Europe. Si nous restons ici, nous n’y serons que comme les autres; au
    lieu que si nous retournons dans notre monde, seulement avec douze
    moutons chargés de cailloux d’Eldorado, nous serons plus riches que
    tous les rois ensemble, nous n’aurons plus d’inquisiteurs à craindre,
    et nous pourrons aisément reprendre mademoiselle Cunégonde.

    Ce discours plut à Cacambo; on aime tant à courir, à se faire valoir
    chez les siens, à faire parade de ce qu’on a vu dans ses voyages, que
    les deux heureux résolurent de ne plus l’être, et de demander leur
    congé à sa majesté.

    Vous faites une sottise, leur dit le roi: je sais bien que mon pays est
    peu de chose; mais, quand on est passablement quelque part, il faut y
    rester. Je n’ai pas assurément le droit de retenir des étrangers; c’est
    une tyrannie qui n’est ni dans nos moeurs ni dans nos lois; tous les
    hommes sont libres; partez quand vous voudrez, mais la sortie est bien
    difficile. Il est impossible de remonter la rivière rapide sur laquelle
    vous êtes arrivés par miracle, et qui court sous des voûtes de rochers.
    Les montagnes qui entourent tout mon royaume ont dix mille pieds de
    hauteur, et sont droites comme des murailles: elles occupent chacune en
    largeur un espace de plus de dix lieues; on ne peut en descendre que
    par des précipices. Cependant, puisque vous voulez absolument partir,
    je vais donner ordre aux intendants des machines d’en faire une qui
    puisse vous transporter commodément. Quand on vous aura conduits au
    revers des montagnes, personne ne pourra vous accompagner; car mes
    sujets ont fait voeu de ne jamais sortir de leur enceinte, et ils sont
    trop sages pour rompre leur voeu. Demandez-moi d’ailleurs tout ce qu’il
    vous plaira. Nous ne demandons à votre majesté, dit Cacambo, que
    quelques moutons chargés de vivres, de cailloux, et de la boue du pays.
    Le roi rit: Je ne conçois pas, dit-il, quel goût vos gens d’Europe ont
    pour notre boue jaune: mais emportez-en tant que vous voudrez, et grand
    bien vous fasse.

    Il donna l’ordre sur-le-champ à ses ingénieurs de faire une machine
    pour guinder ces deux hommes extraordinaires hors du royaume. Trois
    mille bons physiciens y travaillèrent; elle fut prête au bout de quinze
    jours, et ne coûta pas plus de vingt millions de livres sterling,
    monnaie du pays. On mit sur la machine Candide et Cacambo; il y avait
    deux grands moutons rouges sellés et bridés pour leur servir de monture
    quand ils auraient franchi les montagnes, vingt moutons de bât chargés
    de vivres, trente qui portaient des présents de ce que le pays a de
    plus curieux, et cinquante chargés d’or, de pierreries, et de diamants.
    Le roi embrassa tendrement les deux vagabonds.

    Ce fut un beau spectacle que leur départ, et la manière ingénieuse dont
    ils furent hissés eux et leurs moutons au haut des montagnes. Les
    physiciens prirent congé d’eux après les avoir mis en sûreté, et
    Candide n’eut plus d’autre désir et d’autre objet que d’aller présenter
    ses moutons à mademoiselle Cunégonde. Nous avons, dit-il, de quoi payer
    le gouverneur de Buénos-Ayres, si mademoiselle Cunégonde peut être mise
    à prix. Marchons vers la Cayenne, embarquons-nous, et nous verrons
    ensuite quel royaume nous pourrons acheter.

    CHAPITRE XIX.
    Ce qui leur arriva à Surinam, et comment Candide fit connaissance avec
    Martin.

    La première journée de nos deux voyageurs fut assez agréable. Ils
    étaient encouragés par l’idée de se voir possesseurs de plus de trésors
    que l’Asie, l’Europe, et l’Afrique, n’en pouvaient rassembler. Candide
    transporté écrivit le nom de Cunégonde sur les arbres. A la seconde
    journée deux de leurs moutons s’enfoncèrent dans des marais, et y
    furent abîmés avec leurs charges; deux autres moutons moururent de
    fatigue quelques jours après; sept ou huit périrent ensuite de faim
    dans un désert; d’autres tombèrent au bout de quelques jours dans des
    précipices. Enfin, après cent jours de marche, il ne leur resta que
    deux moutons. Candide dit à Cacambo: Mon ami, vous voyez comme les
    richesses de ce monde sont périssables; il n’y a rien de solide que la
    vertu et le bonheur de revoir mademoiselle Cunégonde. Je l’avoue, dit
    Cacambo; mais il nous reste encore deux moutons avec plus de trésors
    que n’en aura jamais le roi d’Espagne; et je vois bien de loin une
    ville que je soupçonne être Surinam, appartenante aux Hollandais. Nous
    sommes au bout de nos peines et au commencement de notre félicité.

    En approchant de la ville, ils rencontrèrent un nègre étendu par terre,
    n’ayant plus que la moitié de son habit, c’est-à-dire d’un caleçon de
    toile bleue; il manquait à ce pauvre homme la jambe gauche et la main
    droite. Eh! mon Dieu! lui dit Candide en hollandais, que fais-tu là,
    mon ami, dans l’état horrible où je te vois? J’attends mon maître, M.
    Vanderdendur, le fameux négociant, répondit le nègre. Est-ce M.
    Vanderdendur, dit Candide, qui t’a traité ainsi? Oui, monsieur, dit le
    nègre, c’est l’usage. On nous donne un caleçon de toile pour tout
    vêtement deux fois l’année. Quand nous travaillons aux sucreries, et
    que la meule nous attrape le doigt, on nous coupe la main: quand nous
    voulons nous enfuir, on nous coupe la jambe: je me suis trouvé dans les
    deux cas. C’est à ce prix que vous mangez du sucre en Europe.
    Cependant, lorsque ma mère me vendit dix écus patagons sur la côte de
    Guinée, elle me disait: Mon cher enfant, bénis nos fétiches, adore-les
    toujours, ils te feront vivre heureux; tu as l’honneur d’être esclave
    de nos seigneurs les blancs, et tu fais par là la fortune de ton père
    et de ta mère. Hélas! je ne sais pas si j’ai fait leur fortune, mais
    ils n’ont pas fait la mienne. Les chiens, les singes, et les
    perroquets, sont mille fois moins malheureux que nous: les fétiches
    hollandais qui m’ont converti me disent tous les dimanches que nous
    sommes tous enfants d’Adam, blancs et noirs. Je ne suis pas
    généalogiste; mais si ces prêcheurs disent vrai, nous sommes tous
    cousins issus de germain. Or vous m’avouerez qu’on ne peut pas en user
    avec ses parents d’une manière plus horrible.

    O Pangloss! s’écria Candide, tu n’avais pas deviné cette abomination;
    c’en est fait, il faudra qu’à la fin je renonce à ton optimisme.
    Qu’est-ce qu’optimisme? disait Cacambo. Hélas! dit Candide, c’est la
    rage de soutenir que tout est bien quand on est mal; et il versait des
    larmes en regardant son nègre; et en pleurant, il entra dans Surinam.

    La première chose dont ils s’informent, c’est s’il n’y a point au port
    quelque vaisseau qu’on pût envoyer à Buénos-Ayres. Celui à qui ils
    s’adressèrent était justement un patron espagnol qui s’offrit à faire
    avec eux un marché honnête. Il leur donna rendez-vous dans un cabaret.
    Candide et le fidèle Cacambo allèrent l’y attendre avec leurs deux
    moutons.

    Candide, qui avait le coeur sur les lèvres, conta à l’Espagnol toutes
    ses aventures, et lui avoua qu’il voulait enlever mademoiselle
    Cunégonde. Je me garderai bien de vous passer à Buénos-Ayres, dit le
    patron: je serais pendu, et vous aussi; la belle Cunégonde est la
    maîtresse favorite de monseigneur. Ce fut un coup de foudre pour
    Candide, il pleura longtemps; enfin il tira à part Cacambo. Voici, mon
    cher ami, lui dit-il, ce qu’il faut que tu fasses. Nous avons chacun
    dans nos poches pour cinq ou six millions de diamants, tu es plus
    habile que moi; va prendre mademoiselle Cunégonde à Buénos-Ayres. Si le
    gouverneur fait quelque difficulté, donne-lui un million: s’il ne se
    rend pas, donne-lui-en deux; tu n’as point tué d’inquisiteur, on ne se
    défiera point de toi. J’équiperai un autre vaisseau, j’irai t’attendre
    à Venise: c’est un pays libre où l’on n’a rien à craindre ni des
    Bulgares, ni des Abares, ni des Juifs, ni des inquisiteurs. Cacambo
    applaudit, à cette sage résolution. Il était au désespoir de se séparer
    d’un bon maître devenu son ami intime; mais le plaisir de lui être
    utile l’emporta sur la douleur de le quitter. Ils s’embrassèrent en
    versant des larmes: Candide lui recommanda de ne point oublier la bonne
    vieille. Cacambo partit dès le jour même: c’était un très bon homme que
    ce Cacambo.

    Candide resta encore quelque temps à Surinam, et attendit qu’un autre
    patron voulût le mener en Italie lui et les deux moutons qui lui
    restaient. Il prit des domestiques, et acheta tout ce qui lui était
    nécessaire pour un long voyage; enfin M. Vanderdendur, maître d’un gros
    vaisseau, vint se présenter à lui. Combien voulez-vous, demanda-t-il à
    cet homme, pour me mener en droiture à Venise, moi, mes gens, mon
    bagage, et les deux moutons que voilà? Le patron s’accorda à dix mille
    piastres: Candide n’hésita pas.

    Oh! oh! dit à part soi le prudent Vanderdendur, cet étranger donne dix
    mille piastres tout d’un coup! il faut qu’il soit bien riche. Puis
    revenant un moment après, il signifia qu’il ne pouvait partir à moins
    de vingt mille. Eh bien! vous les aurez, dit Candide.

    Ouais, se dit tout bas le marchand, cet homme donne vingt mille
    piastres aussi aisément que dix mille. Il revint encore, et dit qu’il
    ne pouvait le conduire à Venise à moins de trente mille piastres. Vous
    en aurez donc trente mille, répondit Candide.

    Oh! oh! se dit encore le marchand hollandais, trente mille piastres ne
    coûtent rien à cet homme-ci; sans doute les deux moutons portent des
    trésors immenses; n’insistons pas davantage: faisons-nous d’abord payer
    les trente mille piastres, et puis nous verrons. Candide, vendit deux
    petits diamants, dont le moindre valait plus que tout l’argent que
    demandait le patron. Il le paya d’avance. Les deux moutons furent
    embarqués. Candide suivait dans un petit bateau pour joindre le
    vaisseau à la rade; le patron prend son temps, met à la voile, démarre;
    le vent le favorise. Candide éperdu et stupéfait le perd bientôt de
    vue. Hélas! cria-t-il, voilà un tour digne de l’Ancien Monde. Il
    retourne au rivage, abîmé dans la douleur; car enfin il avait perdu de
    quoi faire la fortune de vingt monarques.

    Il se transporte chez le juge hollandais; et, comme il était un peu
    troublé, il frappe rudement à la porte; il entre, expose son aventure,
    et crie un peu plus haut qu’il ne convenait. Le juge commença par lui
    faire payer dix mille piastres pour le bruit qu’il avait fait: ensuite
    il l’écouta patiemment, lui promit d’examiner son affaire sitôt que le
    marchand serait revenu, et se fit payer dix mille autres piastres pour
    les frais de l’audience.

    Ce procédé acheva de désespérer Candide; il avait à la vérité essuyé
    des malheurs mille fois plus douloureux; mais le sang froid du juge, et
    celui du patron dont il était volé, alluma sa bile, et le plongea dans
    une noire mélancolie. La méchanceté des hommes se présentait à son
    esprit dans toute sa laideur, il ne se nourrissait que d’idées tristes.
    Enfin un vaisseau français étant sur le point de partir pour Bordeaux,
    comme il n’avait plus de moutons chargés de diamants à embarquer, il
    loua une chambre du vaisseau à juste prix, et fit signifier dans la
    ville qu’il paierait le passage, la nourriture, et donnerait deux mille
    piastres à un honnête homme qui voudrait faire le voyage avec lui, à
    condition que cet homme serait le plus dégoûté de son état, et le plus
    malheureux de la province.

    Il se présenta une foule de prétendants qu’une flotte n’aurait pu
    contenir. Candide, voulant choisir entre les plus apparents, il
    distingua une vingtaine de personnes qui lui paraissaient sociables, et
    qui toutes prétendaient mériter la préférence. Il les assembla dans son
    cabaret, et leur donna à souper, à condition que chacun ferait serment
    de raconter fidèlement son histoire, promettant de choisir celui qui
    lui paraîtrait le plus à plaindre et le plus mécontent de son état, à
    plus juste titre, et de donner aux autres quelques gratifications.

    La séance dura jusqu’à quatre heures du matin. Candide, en écoutant
    toutes leurs aventures, se ressouvenait de ce que lui avait dit la
    vieille en allant à Buénos-Ayres, et de la gageure qu’elle avait faite,
    qu’il n’y avait personne sur le vaisseau à qui il ne fût arrivé de très
    grands malheurs. Il songeait à Pangloss à chaque aventure qu’on lui
    contait. Ce Pangloss, disait-il, serait bien embarrassé à démontrer son
    système. Je voudrais qu’il fût ici. Certainement si tout va bien, c’est
    dans Eldorado, et non pas dans le reste de la terre. Enfin il se
    détermina en faveur d’un pauvre savant qui avait travaillé dix ans pour
    les libraires à Amsterdam. Il jugea qu’il n’y avait point de métier au
    monde dont on dût être plus dégoûté.

    Ce savant, qui était d’ailleurs un bon-homme, avait été volé par sa
    femme, battu par son fils, et abandonné de sa fille, qui s’était fait
    enlever par un Portugais. Il venait d’être privé d’un petit emploi
    duquel il subsistait; et les prédicants de Surinam le persécutaient,
    parcequ’ils le prenaient pour un socinien. Il faut avouer que les
    autres étaient pour le moins aussi malheureux que lui; mais Candide
    espérait que le savant le désennuierait dans le voyage. Tous ses autres
    rivaux trouvèrent que Candide leur fesait une grande injustice; mais il
    les apaisa en leur donnant à chacun cent piastres.

    CHAPITRE XX.
    Ce qui arriva sur mer à Candide et à Martin.

    Le vieux savant, qui s’appelait Martin, s’embarqua donc pour Bordeaux
    avec Candide. L’un et l’autre avaient beaucoup vu et beaucoup souffert;
    et quand le vaisseau aurait dû faire voile de Surinam au Japon par le
    cap de Bonne-Espérance, ils auraient eu de quoi s’entretenir du mal
    moral et du mal physique pendant tout le voyage.

    Cependant Candide avait un grand avantage sur Martin, c’est qu’il
    espérait toujours revoir mademoiselle Cunégonde, et que Martin n’avait
    rien à espérer; de plus il avait de l’or et des diamants; et, quoiqu’il
    eût perdu cent gros moutons rouges chargés des plus grands trésors de
    la terre, quoiqu’il eût toujours sur le coeur la friponnerie du patron
    hollandais; cependant quand il songeait à ce qui lui restait dans ses
    poches, et quand il parlait de Cunégonde, surtout à la fin du repas, il
    penchait alors pour le système de Pangloss.

    Mais vous, monsieur Martin, dit-il au savant, que pensez-vous de tout
    cela? quelle est votre idée sur le mal moral et le mal physique?
    Monsieur, répondit Martin, mes prêtres m’ont accusé d’être socinien[1];
    mais la vérité du fait est que je suis manichéen[2]. Vous vous moquez
    de moi, dit Candide; il n’y a plus de manichéens dans le monde. Il y a
    moi, dit Martin: je ne sais qu’y faire; mais je ne peux penser
    autrement. Il faut que vous ayez le diable au corps, dit Candide. Il se
    mêle si fort des affaires de ce monde, dit Martin, qu’il pourrait bien
    être dans mon corps, comme partout ailleurs: mais je vous avoue qu’en
    jetant la vue sur ce globe, ou plutôt sur ce globule, je pense que Dieu
    l’a abandonné à quelque être malfaisant; j’en excepte toujours
    Eldorado. Je n’ai guère vu de ville qui ne désirât la ruine de la ville
    voisine, point de famille qui ne voulût exterminer quelque autre
    famille. Partout les faibles ont en exécration les puissants devant
    lesquels ils rampent, et les puissants les traitent comme des troupeaux
    dont on vend la laine et la chair. Un million d’assassins enrégimentés,
    courant d’un bout de l’Europe à l’autre, exerce le meurtre et le
    brigandage avec discipline pour gagner son pain, parcequ’il n’a pas de
    métier plus honnête; et dans les villes qui paraissent jouir de la
    paix, et où les arts fleurissent, les hommes sont dévorés de plus
    d’envie, de soins, et d’inquiétudes, qu’une ville assiégée n’éprouve de
    fléaux. Les chagrins secrets sont encore plus cruels que les misères
    publiques. En un mot j’en ai tant vu et tant éprouvé, que je suis
    manichéen.

    [1] Les sociniens rejettent les mystères et n’admettent que l’évidence:
    voyez tome XXVIII, page 435. B.

    [2] Les manichéens admettent un bon et un mauvais principe: voyez tome
    XV, pages 27, 314-315. B.

    Il y a pourtant du bon, répliquait Candide. Cela peut être, disait
    Martin; mais je ne le connais pas.

    Au milieu de cette dispute, on entendit un bruit de canon. Le bruit
    redouble de moment en moment. Chacun prend sa lunette. On aperçoit deux
    vaisseaux qui combattaient à la distance d’environ trois milles: le
    vent les amena l’un et l’autre si près du vaisseau français, qu’on eut
    le plaisir de voir le combat tout à son aise. Enfin l’un des deux
    vaisseaux lâcha à l’autre une bordée si bas et si juste, qu’il le coula
    à fond. Candide et Martin aperçurent distinctement une centaine
    d’hommes sur le tillac du vaisseau qui s’enfonçait; ils levaient tous
    les mains au ciel, et jetaient des clameurs effroyables: en un moment
    tout fut englouti.

    Eh bien! dit Martin, voilà comme les hommes se traitent les uns les
    autres. Il est vrai, dit Candide, qu’il y a quelque chose de diabolique
    dans cette affaire. En parlant ainsi, il aperçut je ne sais quoi d’un
    rouge éclatant, qui nageait auprès de son vaisseau. On détacha la
    chaloupe pour voir ce que ce pouvait être; c’était un de ses moutons.
    Candide eut plus de joie de retrouver ce mouton, qu’il n’avait été
    affligé d’en perdre cent tous chargés de gros diamants d’Eldorado.

    Le capitaine français aperçut bientôt que le capitaine du vaisseau
    submergeant était espagnol, et que celui du vaisseau submergé était un
    pirate hollandais; c’était celui-là même qui avait volé Candide. Les
    richesses immenses dont ce scélérat s’était emparé furent ensevelies
    avec lui dans la mer, et il n’y eut qu’un mouton de sauvé. Vous voyez,
    dit Candide à Martin, que le crime est puni quelquefois; ce coquin de
    patron hollandais a eu le sort qu’il méritait. Oui, dit Martin; mais
    fallait-il que les passagers qui étaient sur son vaisseau périssent
    aussi? Dieu a puni ce fripon, le diable a noyé les autres.

    Cependant le vaisseau français et l’espagnol continuèrent leur route,
    et Candide continua ses conversations avec Martin. Ils disputèrent
    quinze jours de suite, et au bout de quinze jours ils étaient aussi
    avancés que le premier. Mais enfin ils parlaient, ils se communiquaient
    des idées, ils se consolaient. Candide caressait son mouton. Puisque je
    t’ai retrouvé, dit-il, je pourrai bien retrouver Cunégonde.

    CHAPITRE XXI.
    Candide et Martin approchent des côtes de France, et raisonnent.

    On aperçut enfin les côtes de France. Avez-vous jamais été en France,
    monsieur Martin? dit Candide. Oui, dit Martin, j’ai parcouru plusieurs
    provinces. Il y en a où la moitié des habitants est folle, quelques
    unes où l’on est trop rusé, d’autres où l’on est communément assez doux
    et assez bête: d’autres où l’on fait le bel esprit; et, dans toutes, la
    principale occupation est l’amour; la seconde, de médire; et la
    troisième, de dire des sottises. Mais, monsieur Martin, avez-vous vu
    Paris? Oui, j’ai vu Paris; il tient de toutes ces espèces-là; c’est un
    chaos, c’est une presse dans laquelle tout le monde cherche le plaisir,
    et où presque personne ne le trouve, du moins à ce qu’il m’a paru. J’y
    ai séjourné peu; j’y fus volé, en arrivant, de tout ce que j’avais, par
    des filous, à la foire Saint-Germain; on me prit moi-même pour un
    voleur, et je fus huit jours en prison; après quoi je me fis correcteur
    d’imprimerie pour gagner de quoi retourner à pied en Hollande. Je
    connus la canaille écrivante, la canaille cabalante, et la canaille
    convulsionnaire. On dit qu’il y a des gens fort polis dans cette
    ville-là: je le veux croire.

    Pour moi, je n’ai nulle curiosité de voir la France, dit Candide; vous
    devinez aisément que quand on a passé un mois dans Eldorado, on ne se
    soucie plus de rien voir sur la terre que mademoiselle Cunégonde: je
    vais l’attendre à Venise; nous traverserons la France pour aller en
    Italie; ne m’accompagnerez-vous pas? Très volontiers, dit Martin: on
    dit que Venise n’est bonne que pour les nobles vénitiens, mais que
    cependant on y reçoit très bien les étrangers quand ils ont beaucoup
    d’argent; je n’en ai point; vous en avez, je vous suivrai partout. A
    propos, dit Candide, pensez-vous que la terre ait été originairement
    une mer, comme on l’assure dans ce gros livre qui appartient au
    capitaine du vaisseau[1]? Je n’en crois rien du tout, dit Martin, non
    plus que de toutes les rêveries qu’on nous débite depuis quelque temps.
    Mais à quelle fin ce monde a-t-il donc été formé? dit Candide. Pour
    nous faire enrager, répondit Martin. N’êtes-vous pas bien étonné,
    continua Candide, de l’amour que ces deux filles du pays des Oreillons
    avaient pour ces deux singes, et dont je vous ai conté l’aventure?
    Point du tout, dit Martin, je ne vois pas ce que cette passion a
    d’étrange; j’ai tant vu de choses extraordinaires, qu’il n’y a plus
    rien d’extraordinaire pour moi. Croyez-vous, dit Candide, que les
    hommes se soient toujours mutuellement massacrés comme ils font
    aujourd’hui? qu’ils aient toujours été menteurs, fourbes, perfides,
    ingrats, brigands, faibles, volages, lâches, envieux, gourmands,
    ivrognes, avares, ambitieux, sanguinaires, calomniateurs, débauchés,
    fanatiques, hypocrites, et sots? Croyez-vous, dit Martin, que les
    éperviers aient toujours mangé des pigeons quand ils en ont trouvé?
    Oui, sans doute, dit Candide. Eh bien! dit Martin, si les éperviers ont
    toujours eu le même caractère, pourquoi voulez-vous que les hommes
    aient changé le leur? Oh! dit Candide, il y a bien de la différence,
    car le libre arbitre…. En raisonnant ainsi, ils arrivèrent à Bordeaux.

    [1] La Bible. On lit dans la Genèse, chapitre Ier, verset 2: Tenebrae
    erant super faciem abyssi, paroles que De Maillet donne comme
    présentant la même idée que ce vers d’Ovide (_Métam_., 1, 15):

    «Quaque erat et tellus, illic et pontus et aer.»

    Voyez la première journée de _Telliamed_, où il est dit que _la mer a
    été supérieure d’an grand nombre de coudées à la plus haute de toutes
    nos montagnes_. Voltaire parle souvent de De Maillet et de son
    _Telliamed_. Voyez entre autres, dans les _Mélanges_, année 1768, le
    chapitre XVIII des _Singularités de la nature_; et année 1777, le
    onzième des _Dialogues d’Evhémère_. B.

    CHAPITRE XXII[1].
    Ce qui arriva en France à Candide et à Martin.

    [1] Ce chapitre XXII a été beaucoup augmenté en 1761; voyez ma note,
    plus en bas. B.

    Candide ne s’arrêta dans Bordeaux qu’autant de temps qu’il en fallait
    pour vendre quelques cailloux du Dorado, et pour s’accommoder d’une
    bonne chaise à deux places; car il ne pouvait plus se passer de son
    philosophe Martin; il fut seulement très fâché de se séparer de son
    mouton, qu’il laissa à l’académie des sciences de Bordeaux, laquelle
    proposa pour le sujet du prix de cette année de trouver pourquoi la
    laine de ce mouton était rouge; et le prix fut adjugé à un savant du
    Nord, qui démontra par A, plus B, moins C divisé par Z, que le mouton
    devait être rouge, et mourir de la clavelée[2].

    [2] Quelques progrès que les sciences aient faits, il est impossible
    que, sur dix mille hommes qui les cultivent en Europe, et sur trois
    cents académies qui y sont établies, il ne se trouve point quelque
    académie qui propose des prix ridicules, et quelques savants qui
    fassent d’étranges applications des sciences les plus utiles. Ce
    ridicule avait frappé M. de Voltaire dans son séjour à Berlin. Les
    savants du Nord conservaient encore à cette époque quelques restes de
    l’ancienne barbarie scolastique; et la philosophie hardie, mais
    hypothétique et absurde de Leibnitz, n’avait pas contribué à les en
    dépouiller. K.

    Cependant tous les voyageurs que Candide rencontra dans les cabarets de
    la route lui disaient: Nous allons à Paris. Cet empressement général
    lui donna enfin l’envie de voir cette capitale; ce n’était pas beaucoup
    se détourner du chemin de Venise.

    Il entra par le faubourg Saint-Marceau, et crut être dans le plus
    vilain village de la Vestphalie.

    A peine Candide fut-il dans son auberge, qu’il fut attaqué d’une
    maladie légère, causée par ses fatigues. Comme il avait au doigt un
    diamant énorme, et qu’on avait aperçu dans son équipage une cassette
    prodigieusement pesante, il eut aussitôt auprès de lui deux médecins
    qu’il n’avait pas mandés, quelques amis intimes qui ne le quittèrent
    pas, et deux dévotes qui fesaient chauffer ses bouillons. Martin
    disait: Je me souviens d’avoir été malade aussi à Paris dans mon
    premier voyage; j’étais fort pauvre: aussi n’eus-je ni amis, ni
    dévotes, ni médecins, et je guéris.

    Cependant, à force de médecines et de saignées, la maladie de Candide
    devint sérieuse. Un habitué du quartier vint avec douceur lui demander
    un billet payable au porteur pour l’autre monde: Candide n’en voulut
    rien faire; les dévotes l’assurèrent que c’était une nouvelle mode:
    Candide répondit qu’il n’était point homme à la mode. Martin voulut
    jeter l’habitué par les fenêtres. Le clerc jura qu’on n’enterrerait
    point Candide. Martin jura qu’il enterrerait le clerc, s’il continuait
    à les importuner. La querelle s’échauffa: Martin le prit par les
    épaules, et le chassa rudement; ce qui causa un grand scandale, dont on
    fit un procès-verbal.

    Candide guérit; et pendant sa convalescence il eut très bonne compagnie
    à souper chez lui. On jouait gros jeu. Candide était tout étonné que
    jamais les as ne lui vinssent; et Martin ne s’en étonnait pas.

    Parmi ceux qui lui fesaient les honneurs de la ville, il y avait un
    petit abbé périgourdin, l’un de ces gens empressés, toujours alertes,
    toujours serviables, effrontés, caressants, accommodants, qui guettent
    les étrangers à leur passage, leur content l’histoire scandaleuse de la
    ville, et leur offrent des plaisirs à tout prix. Celui-ci mena d’abord
    Candide et Martin à la comédie. On y jouait une tragédie nouvelle.
    Candide se trouva placé auprès de quelques beaux esprits. Cela ne
    l’empêcha pas de pleurer à des scènes jouées parfaitement. Un des
    raisonneurs qui étaient à ses côtés lui dit dans un entr’acte: Vous
    avez grand tort de pleurer, cette actrice est fort mauvaise; l’acteur
    qui joue avec elle est plus mauvais acteur encore; la pièce est encore
    plus mauvaise que les acteurs; l’auteur ne sait pas un mot d’arabe, et
    cependant la scène est en Arabie[3]; et, de plus, c’est un homme qui ne
    croit pas aux idées innées; je vous apporterai demain vingt brochures
    contre lui[4]. Monsieur, combien avez-vous de pièces de théâtre en
    France? dit Candide à l’abbé; lequel répondit: Cinq ou six mille. C’est
    beaucoup, dit Candide: combien y en a-t-il de bonnes? Quinze ou seize,
    répliqua l’autre. C’est beaucoup, dit Martin.

    [3] La Grange Chancel adressa à Voltaire, en 1718, une _Épitre à M.
    Arouet de Voltaire_, dans laquelle on trouve ces vers:

    Que ton exactitude à dépeindre les moeurs
    S’étende jusqu’aux noms de tes moindres acteurs,
    Et qu’en les prononçant ils nous fassent connaître
    Les pays et les temps où tu les fais renaître.
    Je vois avec dépit, pour ne produire rien,
    Chez le Thébain Oedipe, Hidaspe l’Indien.

    Voltaire profita de la critique, et mit _Araspe_ au lieu de _Hidaspe_.
    C’est peut-être à ces vers de La Grange Chancel que Voltaire fait ici
    allusion. B.

    [4] Dans l’édition de 1759, on lit:

    «… contre lui. Monsieur, lui dit l’abbé périgourdin, avez-vous remarqué
    cette jeune personne qui a un visage si piquant et une taille si fine?
    Il ne vous en coûtera que dix mille francs par mois, et pour cinquante
    mille écus de diamants. Je n’ai qu’un jour ou deux à lui donner,
    répondit Candide, parceque j’ai un rendez-vous à Venise, qui presse.

    Le soir, après souper, l’insinuant Périgourdin redoubla de politesses
    et d’attentions. Vous avez donc, monsieur, lui dit-il, un rendez-vous à
    Venise, etc.» (Voyez page 306.)

    Le texte actuel existe dès 1761. B.

    Candide fut très content d’une actrice qui fesait la reine Élizabeth,
    dans une assez plate tragédie[5], que l’on joue quelquefois. Cette
    actrice, dit-il à Martin, me plaît beaucoup; elle a un faux air de
    mademoiselle Cunégonde; je serais bien aise de la saluer. L’abbé
    périgourdin s’offrit à l’introduire chez elle. Candide, élevé en
    Allemagne, demanda quelle était l’étiquette, et comment on traitait en
    France les reines d’Angleterre. Il faut distinguer, dit l’abbé: en
    province, on les mène au cabaret; à Paris, on les respecte quand elles
    sont belles, et on les jette à la voirie quand elles sont mortes. Des
    reines à la voirie! dit Candide. Oui vraiment, dit Martin; monsieur
    l’abbé a raison; j’étais à Paris quand mademoiselle Monime[6] passa,
    comme on dit, de cette vie à l’autre; on lui refusa, ce que ces gens-ci
    appellent les _honneurs de la sépulture_, c’est-à-dire de pourrir avec
    tous les gueux du quartier dans un vilain cimetière; elle fut enterrée
    toute seule de sa bande au coin de la rue de Bourgogne; ce qui dut lui
    faire une peine extrême, car elle pensait très noblement. Cela est bien
    impoli, dit Candide. Que voulez-vous? dit Martin; ces gens-ci sont
    ainsi faits. Imaginez toutes les contradictions, toutes les
    incompatibilités possibles, vous les verrez dans le gouvernement, dans
    les tribunaux, dans les églises, dans les spectacles de cette drôle de
    nation. Est-il vrai qu’on rit toujours à Paris? dit Candide. Oui, dit
    l’abbé, mais c’est en enrageant; car on s’y plaint de tout avec de
    grands éclats de rire; même[7] on y fait en riant les actions les plus
    détestables.

    [5] C’est probablement _le Comte d’Essex_, tragédie de Thomas
    Corneille. (Note de M. Decroix.)

    [6] Mademoiselle Lecouvreur.—Sur le refus de sépulture à mademoiselle
    Lecouvreur, en 1730, voyez, tome XII, la pièce intitulée: _La Mort de
    mademoiselle Lecouvreur_. B.

    [7] Feu Decroix proposait, au lieu de _même_, de mettre ici _comme_. Je
    n’ai trouvé cette version dans aucune édition. B.

    Quel est, dit Candide, ce gros cochon qui me disait tant de mal de la
    pièce où j’ai tant pleuré, et des acteurs qui m’ont fait tant de
    plaisir? C’est un mal-vivant, répondit l’abbé, qui gagne sa vie à dire
    du mal de toutes les pièces et de tous les livres; il hait quiconque
    réussit, comme les eunuques haïssent les jouissants; c’est un de ces
    serpents de la littérature qui se nourrissent de fange et de venin;
    c’est un folliculaire. Qu’appelez-vous folliculaire? dit Candide.
    C’est, dit l’abbé, un feseur de feuilles, un Fréron.

    C’est ainsi que Candide, Martin, et le Périgourdin, raisonnaient sur
    l’escalier, en voyant défiler le monde au sortir de la pièce. Quoique
    je sois très empressé de revoir mademoiselle Cunégonde, dit Candide, je
    voudrais pourtant souper avec mademoiselle Clairon, car elle m’a paru
    admirable.

    L’abbé n’était pas homme à approcher de mademoiselle Clairon, qui ne
    voyait que bonne compagnie. Elle est engagée pour ce soir, dit-il; mais
    j’aurai l’honneur de vous mener chez une dame de qualité, et là vous
    connaîtrez Paris comme si vous y aviez été quatre ans.

    Candide, qui était naturellement curieux, se laissa mener chez la dame,
    au fond du faubourg Saint-Honoré; on y était occupé d’un pharaon; douze
    tristes pontes tenaient chacun en main un petit livre de cartes,
    registre cornu de leurs infortunes. Un profond silence régnait, la
    pâleur était sur le front des pontes, l’inquiétude sur celui du
    banquier; et la dame du logis, assise auprès de ce banquier
    impitoyable, remarquait avec des yeux de lynx tous les parolis, tous
    les sept-et-le-va de campagne, dont chaque joueur cornait ses cartes;
    elle les fesait décorner avec une attention sévère, mais polie, et ne
    se fâchait point, de peur de perdre ses pratiques. La dame se fesait
    appeler la marquise de Parolignac. Sa fille, âgée de quinze ans, était
    au nombre des pontes, et avertissait d’un clin d’oeil des friponneries
    de ces pauvres gens qui tâchaient de réparer les cruautés du sort.
    L’abbé périgourdin, Candide, et Martin, entrèrent; personne ne se leva,
    ni les salua, ni les regarda; tous étaient profondément occupés de
    leurs cartes. Madame la baronne de Thunder-ten-tronckh était plus
    civile, dit Candide.

    Cependant l’abbé s’approcha de l’oreille de la marquise, qui se leva à
    moitié, honora Candide d’un sourire gracieux, et Martin d’un air de
    tête tout-à-fait noble; elle fit donner un siège et un jeu de cartes à
    Candide, qui perdit cinquante mille francs en deux tailles: après quoi
    on soupa très gaiement; et tout le monde était étonné que Candide ne
    fût pas ému de sa perte; les laquais disaient entre eux, dans leur
    langage de laquais: Il faut que ce soit quelque milord anglais. Le
    souper fut comme la plupart des soupers de Paris, d’abord du silence,
    ensuite un bruit de paroles qu’on ne distingue point, puis des
    plaisanteries dont la plupart sont insipides, de fausses nouvelles, de
    mauvais raisonnements, un peu de politique, et beaucoup de médisance;
    on parla même de livres nouveaux. Avez-vous vu, dit l’abbé périgourdin,
    le roman du sieur Gauchat, docteur en théologie? Oui, répondit un des
    convives, mais je n’ai pu l’achever. Nous avons une foule d’écrits
    impertinents; mais tous ensemble n’approchent pas de l’impertinence de
    Gauchat, docteur en théologie[8]; je suis si rassasié de cette
    immensité de détestables livres qui nous inondent, que je me suis mis à
    ponter au pharaon. Et les _Mélanges_ de l’archidiacre Trublet, qu’en
    dites-vous? dit l’abbé. Ah! dit madame de Parolignac, l’ennuyeux
    mortel! comme il vous dit curieusement ce que tout le monde sait! comme
    il discute pesamment ce qui ne vaut pas la peine d’être remarqué
    légèrement! comme il s’approprie, sans esprit, l’esprit des autres!
    comme il gâte ce qu’il pille! comme il me dégoûte! mais il ne me
    dégoûtera plus; c’est assez d’avoir lu quelques pages de l’archidiacre.

    [8] Il fesait un mauvais ouvrage intitulé: _Lettres sur quelques écrits
    de ce temps_. On lui donna une abbaye, et il fut plus richement
    récompensé que s’il avait fait _L’Esprit des Lois_, et résolu le
    problème de la précession des équinoxes. K.—C’est D’Alembert qui a
    résolu le problème de la précession des équinoxes: voyez, tome XXI, la
    note des éditeurs sur le chapitre XLIII du _Précis du Siècle de Louis
    XV_. B.

    Il y avait à table un homme savant et de goût qui appuya ce que disait
    la marquise. On parla ensuite de tragédies; la dame demanda pourquoi il
    y avait des tragédies qu’on jouait quelquefois, et qu’on ne pouvait
    lire. L’homme de goût expliqua très bien comment une pièce pouvait
    avoir quelque intérêt, et n’avoir presque aucun mérite; il prouva en
    peu de mots que ce n’était pas assez d’amener une ou deux de ces
    situations qu’on trouve dans tous les romans, et qui séduisent toujours
    les spectateurs; mais qu’il faut être neuf sans être bizarre, souvent
    sublime et toujours naturel, connaître le coeur humain et le faire
    parler; être grand poëte, sans que jamais aucun personnage de la pièce
    paraisse poëte; savoir parfaitement sa langue, la parler avec pureté,
    avec une harmonie continue, sans que jamais la rime coûte rien au sens.
    Quiconque, ajouta-t-il, n’observe pas toutes ces règles, peut faire une
    ou deux tragédies applaudies au théâtre, mais il ne sera jamais compté
    au rang des bons écrivains; il y a très peu de bonnes tragédies: les
    unes sont des idylles en dialogues bien écrits et bien rimés; les
    autres, des raisonnements politiques qui endorment, ou des
    amplifications qui rebutent; les autres, des rêves d’énergumène, en
    style barbare, des propos interrompus, de longues apostrophes aux
    dieux, parcequ’on ne sait point parler aux hommes, des maximes fausses,
    des lieux communs ampoulés.

    Candide écouta ce propos avec attention, et conçut une grande idée du
    discoureur; et, comme la marquise avait eu soin de le placer à côté
    d’elle, il s’approcha de son oreille, et prit la liberté de lui
    demander qui était cet homme qui parlait si bien. C’est un savant, dit
    la dame, qui ne ponte point, et que l’abbé m’amène quelquefois à
    souper; il se connaît parfaitement en tragédies et en livres, et il a
    fait une tragédie sifflée, et un livre dont on n’a jamais vu hors de la
    boutique de son libraire qu’un exemplaire qu’il m’a dédié. Le grand
    homme! dit Candide, c’est un autre Pangloss.

    Alors se tournant vers lui, il lui dit: Monsieur, vous pensez, sans
    doute, que tout est au mieux dans le monde physique et dans le moral,
    et que rien ne pouvait être autrement? Moi, monsieur, lui répondit le
    savant, je ne pense rien de tout cela; je trouve que tout va de travers
    chez nous; que personne ne sait ni quel est son rang, ni quelle est sa
    charge, ni ce qu’il fait, ni ce qu’il doit faire, et qu’excepté le
    souper, qui est assez gai, et où il paraît assez d’union, tout le reste
    du temps se passe en querelles impertinentes; jansénistes contre
    molinistes, gens du parlement contre gens d’église, gens de lettres
    contre gens de lettres, courtisans contre courtisans, financiers contre
    le peuple, femmes contre maris, parents contre parents; c’est une
    guerre éternelle.

    Candide lui répliqua: J’ai vu pis; mais un sage, qui depuis a eu le
    malheur d’être pendu, m’apprit que tout cela est à merveille; ce sont
    des ombres à un beau tableau. Votre pendu se moquait du monde, dit
    Martin; vos ombres sont des taches horribles. Ce sont les hommes qui
    font les taches, dit Candide, et ils ne peuvent pas s’en dispenser. Ce
    n’est donc pas leur faute, dit Martin. La plupart des pontes, qui
    n’entendaient rien à ce langage, buvaient; et Martin raisonna avec le
    savant, et Candide raconta une partie de ses aventures à la dame du
    logis.

    Après souper, la marquise mena Candide dans son cabinet, et le fit
    asseoir sur un canapé. Eh bien! lui dit-elle, vous aimez donc toujours
    éperdument mademoiselle Cunégonde de Thunder-ten-tronckh? Oui, madame,
    répondit Candide. La marquise lui répliqua avec un souris tendre: Vous
    me répondez comme un jeune homme de Vestphalie; un Français m’aurait
    dit: Il est vrai que j’ai aimé mademoiselle Cunégonde; mais en vous
    voyant, madame, je crains de ne la plus aimer. Hélas! madame, dit
    Candide, je répondrai comme vous voudrez. Votre passion pour elle, dit
    la marquise, a commencé en ramassant son mouchoir; je veux que vous
    ramassiez ma jarretière. De tout mon coeur, dit Candide; et il la
    ramassa. Mais je veux que vous me la remettiez, dit la dame; et Candide
    la lui remit. Voyez-vous, dit la dame, vous êtes étranger; je fais
    quelquefois languir mes amants de Paris quinze jours, mais je me rends
    à vous dès la première nuit, parcequ’il faut faire les honneurs de son
    pays à un jeune homme de Vestphalie. La belle ayant aperçu deux énormes
    diamants aux deux mains de son jeune étranger, les loua de si bonne
    foi, que des doigts de Candide ils passèrent aux doigts de la marquise.

    Candide, en s’en retournant avec son abbé périgourdin, sentit quelques
    remords d’avoir fait une infidélité à mademoiselle Cunégonde. M. l’abbé
    entra dans sa peine; il n’avait qu’une légère part aux cinquante mille
    livres perdues au jeu par Candide, et à la valeur des deux brillants
    moitié donnés, moitié extorqués. Son dessein était de profiter, autant
    qu’il le pourrait, des avantages que la connaissance de Candide pouvait
    lui procurer. Il lui parla beaucoup de Cunégonde; et Candide lui dit
    qu’il demanderait bien pardon à cette belle de son infidélité, quand il
    la verrait à Venise.

    Le Périgourdin redoublait de politesses et d’attentions, et prenait un
    intérêt tendre à tout ce que Candide disait, à tout ce qu’il fesait, à
    tout ce qu’il voulait faire.

    Vous avez donc, monsieur, lui dit-il, un rendez-vous à Venise? Oui,
    monsieur l’abbé, dit Candide; il faut absolument que j’aille trouver
    mademoiselle Cunégonde. Alors, engagé par le plaisir de parler de ce
    qu’il aimait, il conta, selon son usage, une partie de ses aventures
    avec cette illustre Vestphalienne.

    Je crois, dit l’abbé, que mademoiselle Cunégonde a bien de l’esprit, et
    qu’elle écrit des lettres charmantes. Je n’en ai jamais reçu, dit
    Candide; car, figurez-vous qu’ayant été chassé du château pour l’amour
    d’elle, je ne pus lui écrire; que bientôt après j’appris qu’elle était
    morte, qu’ensuite je la retrouvai, et que je la perdis, et que je lui
    ai envoyé à deux mille cinq cents lieues d’ici un exprès dont j’attends
    la réponse.

    L’abbé écoutait attentivement, et paraissait un peu rêveur. Il prit
    bientôt congé des deux étrangers, après les avoir tendrement embrassés.
    Le lendemain Candide reçut à son réveil une lettre conçue en ces
    termes:

    «Monsieur mon très cher amant, il y a huit jours que je suis malade en
    cette ville; j’apprends que vous y êtes. Je volerais dans vos bras si
    je pouvais remuer. J’ai su votre passage à Bordeaux; j’y ai laissé le
    fidèle Cacambo et la vieille, qui doivent bientôt me suivre. Le
    gouverneur de Buénos-Ayres a tout pris, mais il me reste votre coeur.
    Venez; votre présence me rendra la vie ou me fera mourir de plaisir.»

    Cette lettre charmante, cette lettre inespérée, transporta Candide
    d’une joie inexprimable; et la maladie de sa chère Cunégonde l’accabla
    de douleur. Partagé entre ces deux sentiments, il prend son or et ses
    diamants, et se fait conduire avec Martin à l’hôtel où mademoiselle
    Cunégonde demeurait. Il entre en tremblant d’émotion, son coeur
    palpite, sa voix sanglote; il veut ouvrir les rideaux du lit; il veut
    faire apporter de la lumière. Gardez-vous-en bien, lui dit la suivante;
    la lumière la tue; et soudain elle referme le rideau. Ma chère
    Cunégonde, dit Candide en pleurant, comment vous portez-vous? si vous
    ne pouvez me voir, parlez-moi du moins. Elle ne peut parler, dit la
    suivante, la dame alors tire du lit une main potelée que Candide arrose
    long-temps de ses larmes, et qu’il remplit ensuite de diamants, en
    laissant un sac plein d’or sur le fauteuil.

    Au milieu de ses transports arrive un exempt suivi de l’abbé
    périgourdin et d’une escouade. Voilà donc, dit-il, ces deux étrangers
    suspects? Il les fait incontinent saisir, et ordonne à ses braves de
    les traîner en prison. Ce n’est pas ainsi qu’on traite les voyageurs
    dans Eldorado, dit Candide. Je suis plus manichéen que jamais, dit
    Martin. Mais, monsieur, où nous menez-vous? dit Candide. Dans un cul de
    basse-fosse, dit l’exempt.

    Martin, ayant repris son sang froid, jugea que la dame qui se
    prétendait Cunégonde était une friponne, monsieur l’abbé périgourdin un
    fripon, qui avait abusé au plus vite de l’innocence de Candide, et
    l’exempt un autre fripon dont on pouvait aisément se débarrasser.

    Plutôt que de s’exposer aux procédures de la justice, Candide, éclairé
    par son conseil, et d’ailleurs toujours impatient de revoir la
    véritable Cunégonde, propose à l’exempt trois petits diamants d’environ
    trois mille pistoles chacun. Ah! monsieur, lui dit l’homme au bâton
    d’ivoire, eussiez-vous commis tous les crimes imaginables, vous êtes le
    plus honnête homme du monde; trois diamants! chacun de trois mille
    pistoles! Monsieur! je me ferais tuer pour vous, au lieu de vous mener
    dans un cachot. On arrête tous les étrangers, mais laissez-moi faire;
    j’ai un frère à Dieppe en Normandie; je vais vous y mener; et si vous
    avez quelque diamant à lui donner, il aura soin de vous comme moi-même.

    Et pourquoi arrête-t-on tous les étrangers? dit Candide. L’abbé
    périgourdin prit alors la parole, et dit: C’est parcequ’un gueux du
    pays d’Atrébatie[9] a entendu dire des sottises; cela seul lui a fait
    commettre un parricide, non pas tel que celui de 1610 au mois de
    mai[10], mais tel que celui de 1594 au mois de décembre[11], et tel que
    plusieurs autres commis dans d’autres années et dans d’autres mois par
    d’autres gueux qui avaient entendu dire des sottises.

    [9] Artois. Damiens était né à Arras, capitale de l’Artois. K.
    —L’attentat de Damiens est du 5 janvier 1757: voyez, tome XXI, le
    chapitre XXXVII du _Précis du Siècle de Louis XV_; et tome XXII, page
    339. B.

    [10] Le 14 mai 1610 est le jour de l’assassinat de Henri IV par
    Ravaillac: voyez tome XVIII, page 152. B.

    [11] Le 27 décembre 1594, Jean Châtel, élève des jésuites, donna un
    coup de couteau à Henri IV: voyez tome XVIII, page 147. B.

    L’exempt alors expliqua de quoi il s’agissait. Ah! les monstres!
    s’écria Candide; quoi! de telles horreurs chez un peuple qui danse et
    qui chante! Ne pourrai-je sortir au plus vite de ce pays où des singes
    agacent des tigres? J’ai vu des ours dans mon pays; je n’ai vu des
    hommes que dans le Dorado. Au nom de Dieu, monsieur l’exempt, menez-moi
    à Venise, où je dois attendre mademoiselle Cunégonde. Je ne peux vous
    mener qu’en Basse-Normandie, dit le barigel[12]. Aussitôt il lui fait
    ôter ses fers, dit qu’il s’est mépris, renvoie ses gens, emmène à
    Dieppe Candide et Martin, et les laisse entre les mains de son frère.
    Il y avait un petit vaisseau hollandais à la rade. Le Normand, à l’aide
    de trois autres diamants, devenu le plus serviable des hommes, embarque
    Candide et ses gens dans le vaisseau qui allait faire voile pour
    Portsmouth en Angleterre. Ce n’était pas le chemin de Venise; mais
    Candide croyait être délivré de l’enfer; et il comptait bien reprendre
    la route de Venise à la première occasion.

    [12] Chef de sbires. B.

    CHAPITRE XXIII.
    Candide et Martin vont sur les côtes d’Angleterre; ce qu’ils y voient.

    Ah! Pangloss! Pangloss! Ah! Martin! Martin! Ah! ma chère Cunégonde!
    qu’est-ce que ce monde-ci? disait Candide sur le vaisseau hollandais.
    Quelque chose de bien fou et de bien abominable, répondait Martin.—Vous
    connaissez l’Angleterre; y est-on aussi fou qu’en France? C’est une
    autre espèce de folie, dit Martin. Vous savez que ces deux nations sont
    en guerre pour quelques arpents de neige vers le Canada[1], et qu’elles
    dépensent pour cette belle guerre beaucoup plus que tout le Canada ne
    vaut. De vous dire précisément s’il y a plus de gens à lier dans un
    pays que dans un autre, c’est ce que mes faibles lumières ne me
    permettent pas; je sais seulement qu’en général les gens que nous
    allons voir sont fort atrabilaires.

    [1] Voyez, tome XXI, _Le précis du Siècle de Louis XV_, chapitre XXXV.
    B.

    En causant ainsi ils abordèrent à Portsmouth; une multitude de peuple
    couvrait le rivage, et regardait attentivement un assez gros homme qui
    était à genoux, les yeux bandés, sur le tillac d’un des vaisseaux de la
    flotte; quatre soldats, postés vis-à-vis de cet homme, lui tirèrent
    chacun trois balles dans le crâne, le plus paisiblement du monde; et
    toute l’assemblée s’en retourna extrêmement satisfaite[2]. Qu’est-ce
    donc que tout ceci? dit Candide; et quel démon exerce partout son
    empire? Il demanda qui était ce gros homme qu’on venait de tuer en
    cérémonie. C’est un amiral, lui répondit-on. Et pourquoi tuer cet
    amiral? C’est, lui dit-on, parcequ’il n’a pas fait tuer assez de monde;
    il a livré un combat à un amiral français, et on a trouvé qu’il n’était
    pas assez près de lui. Mais, dit Candide, l’amiral français était aussi
    loin de l’amiral anglais que celui-ci l’était de l’autre! Cela est
    incontestable, lui répliqua-t-on; mais dans ce pays-ci il est bon de
    tuer de temps en temps un amiral pour encourager les autres.

    [2] L’amiral Byng. M. de Voltaire ne le connaissait pas, et fit des
    efforts pour le sauver. Il n’abhorrait pas moins les atrocités
    politiques que les atrocités théologiques; et il savait que Byng était
    une victime que les ministres anglais sacrifiaient à l’ambition de
    garder leurs places. K.—L’amiral Byng fut exécuté le 14 mars 1757:
    voyez, tome XXI, le chapitre XXXI du _Précis du Siècle de Louis XV_. B.

    Candide fut si étourdi et si choqué de ce qu’il voyait et de ce qu’il
    entendait, qu’il ne voulut pas seulement mettre pied à terre, et qu’il
    fit son marché avec le patron hollandais (dût-il le voler comme celui
    de Surinam), pour le conduire sans délai à Venise.

    Le patron fut prêt au bout de deux jours. On côtoya la France; on passa
    à la vue de Lisbonne, et Candide frémit. On entra dans le détroit et
    dans la Méditerranée, enfin on aborda à Venise. Dieu soit loué! dit
    Candide, en embrassant Martin; c’est ici que je reverrai la belle
    Cunégonde. Je compte sur Cacambo comme sur moi-même. Tout est bien,
    tout va bien, tout va le mieux qu’il soit possible.

    CHAPITRE XXIV.
    De Paquette, et de frère Giroflée.

    Dès qu’il fut à Venise, il fit chercher Cacambo dans tous les cabarets,
    dans tous les cafés, chez toutes les filles de joie, et ne le trouva
    point. Il envoyait tous les jours à la découverte de tous les vaisseaux
    et de toutes les barques: nulles nouvelles de Cacambo. Quoi! disait-il
    à Martin, j’ai eu le temps de passer de Surinam à Bordeaux, d’aller de
    Bordeaux à Paris, de Paris à Dieppe, de Dieppe à Portsmouth, de côtoyer
    le Portugal et l’Espagne, de traverser toute la Méditerranée, de passer
    quelques mois à Venise; et la belle Cunégonde n’est point venue! Je
    n’ai rencontré au lieu d’elle qu’une drôlesse et un abbé périgourdin!
    Cunégonde est morte, sans doute; je n’ai plus qu’à mourir. Ah! il
    valait mieux rester dans le paradis du Dorado que de revenir dans cette
    maudite Europe. Que vous avez raison, mon cher Martin! tout n’est
    qu’illusion et calamité.

    Il tomba dans une mélancolie noire, et ne prit aucune part à l’opéra
    _alla moda_, ni aux autres divertissements du carnaval; pas une dame ne
    lui donna la moindre tentation. Martin lui dit: Vous êtes bien simple,
    en vérité, de vous figurer qu’un valet métis, qui a cinq ou six
    millions dans ses poches, ira chercher votre maîtresse au bout du
    monde, et vous l’amènera à Venise. Il la prendra pour lui, s’il la
    trouve; s’il ne la trouve pas, il en prendra une autre: je vous
    conseille d’oublier votre valet Cacambo et votre maîtresse Cunégonde.
    Martin n’était pas consolant. La mélancolie de Candide augmenta, et
    Martin ne cessait de lui prouver qu’il y avait peu de vertu et peu de
    bonheur sur la terre; excepté peut-être dans Eldorado[1], où personne
    ne pouvait aller.

    [1] Voyez chapitre XVIII. B.

    En disputant sur cette matière importante, et en attendant Cunégonde,
    Candide aperçut un jeune théatin dans la place Saint-Marc, qui tenait
    sous le bras une fille. Le théatin paraissait frais, potelé, vigoureux;
    ses yeux étaient brillants, son air assuré, sa mine haute, sa démarche
    fière. La fille était très jolie, et chantait; elle regardait
    amoureusement son théatin, et de temps en temps lui pinçait ses grosses
    joues. Vous m’avouerez du moins, dit Candide à Martin, que ces gens-ci
    sont heureux. Je n’ai trouvé jusqu’à présent dans toute la terre
    habitable, excepté dans Eldorado, que des infortunés; mais pour cette
    fille et ce théatin, je gage que ce sont des créatures très heureuses.
    Je gage que non, dit Martin. Il n’y a qu’à les prier à dîner, dit
    Candide, et vous verrez si je me trompe.

    Aussitôt il les aborde, il leur fait son compliment, et les invite à
    venir à son hôtellerie manger des macaronis, des perdrix de Lombardie,
    des oeufs d’esturgeon, et à boire du vin de Montepulciano, du
    lacryma-christi, du chypre, et du samos. La demoiselle rougit, le
    théatin accepta la partie, et la fille le suivit en regardant Candide
    avec des yeux de surprise et de confusion, qui furent obscurcis de
    quelques larmes. A peine fut-elle entrée dans la chambre de Candide,
    qu’elle lui dit: Eh quoi! monsieur Candide ne reconnaît plus Paquette!
    A ces mots Candide, qui ne l’avait pas considérée jusque-là avec
    attention, parcequ’il n’était occupé que de Cunégonde, lui dit: Hélas!
    ma pauvre enfant, c’est donc vous qui avez mis le docteur Pangloss dans
    le bel état où je l’ai vu?

    Hélas! monsieur, c’est moi-même, dit Paquette; je vois que vous êtes
    instruit de tout. J’ai su les malheurs épouvantables arrivés à toute la
    maison de madame la baronne et à la belle Cunégonde. Je vous jure que
    ma destinée n’a guère été moins triste. J’étais fort innocente quand
    vous m’avez vue. Un cordelier, qui était mon confesseur, me séduisit
    aisément. Les suites en furent affreuses; je fus obligée de sortir du
    château quelque temps après que M. le baron vous eut renvoyé à grands
    coups de pied dans le derrière. Si un fameux médecin n’avait pas pris
    pitié de moi, j’étais morte. Je fus quelque temps par reconnaissance la
    maîtresse de ce médecin. Sa femme, qui était jalouse à la rage, me
    battait tous les jours impitoyablement; c’était une furie. Ce médecin
    était le plus laid de tous les hommes, et moi la plus malheureuse de
    toutes les créatures d’être battue continuellement pour un homme que je
    n’aimais pas. Vous savez, monsieur, combien il est dangereux pour une
    femme acariâtre d’être l’épouse d’un médecin. Celui-ci, outré des
    procédés de sa femme, lui donna un jour, pour la guérir d’un petit
    rhume, une médecine si efficace, qu’elle en mourut en deux heures de
    temps dans des convulsions horribles. Les parents de madame intentèrent
    à monsieur un procès criminel; il prit la fuite, et moi je fus mise en
    prison. Mon innocence ne m’aurait pas sauvée, si je n’avais été un peu
    jolie. Le juge m’élargit à condition qu’il succéderait au médecin. Je
    fus bientôt supplantée par une rivale, chassée sans récompense, et
    obligée de continuer ce métier abominable qui vous paraît si plaisant à
    vous autres hommes, et qui n’est pour nous qu’un abîme de misère.
    J’allai exercer la profession à Venise. Ah! monsieur, si vous pouviez
    vous imaginer ce que c’est que d’être obligée de caresser
    indifféremment un vieux marchand, un avocat, un moine, un gondolier, un
    abbé; d’être exposée à toutes les insultes, à toutes les avanies;
    d’être souvent réduite à emprunter une jupe pour aller se la faire
    lever par un homme dégoûtant; d’être volée par l’un de ce qu’on a gagné
    avec l’autre; d’être rançonnée par les officiers de justice, et de
    n’avoir en perspective qu’une vieillesse affreuse, un hôpital, et un
    fumier, vous concluriez que je suis une des plus malheureuses créatures
    du monde.

    Paquette ouvrait ainsi son coeur au bon Candide, dans un cabinet, en
    présence de Martin, qui disait à Candide: Vous voyez que j’ai déjà
    gagné la moitié de la gageure.

    Frère Giroflée était resté dans la salle à manger, et buvait un coup en
    attendant le dîner. Mais, dit Candide à Paquette, vous aviez l’air si
    gai, si content, quand je vous ai rencontrée; vous chantiez, vous
    caressiez le théatin avec une complaisance naturelle; vous m’avez paru
    aussi heureuse que vous prétendez être infortunée. Ah! monsieur,
    répondit Paquette, c’est encore là une des misères du métier. J’ai été
    hier volée et battue par un officier, et il faut aujourd’hui que je
    paraisse de bonne humeur pour plaire à un moine.

    Candide n’en voulut pas davantage; il avoua que Martin avait raison. On
    se mit à table avec Paquette et le théatin; le repas fut assez amusant,
    et sur la fin on se parla avec quelque confiance. Mon père, dit Candide
    au moine, vous me paraissez jouir d’une destinée que tout le monde doit
    envier; la fleur de la santé brille sur votre visage, votre physionomie
    annonce le bonheur; vous avez une très jolie fille pour votre
    récréation, et vous paraissez très content de votre état de théatin.

    Ma foi, monsieur, dit frère Giroflée, je voudrais que tous les théatins
    fussent au fond de la mer. J’ai été tenté cent fois de mettre le feu au
    couvent, et d’aller me faire turc. Mes parents me forcèrent, à l’âge de
    quinze ans, d’endosser cette détestable robe, pour laisser plus de
    fortune à un maudit frère aîné, que Dieu confonde! La jalousie, la
    discorde, la rage, habitent dans le couvent. Il est vrai que j’ai
    prêché quelques mauvais sermons qui m’ont valu un peu d’argent dont le
    prieur me vole la moitié; le reste me sert à entretenir des filles:
    mais quand je rentre le soir dans le monastère, je suis prêt à me
    casser la tête contre les murs du dortoir; et tous mes confrères sont
    dans le même cas.

    Martin se tournant vers Candide avec son sang froid ordinaire: Eh bien!
    lui dit-il, n’ai-je pas gagné la gageure tout entière? Candide donna
    deux mille piastres à Paquette, et mille piastres à frère Giroflée. Je
    vous réponds, dit-il, qu’avec cela ils seront heureux. Je n’en crois
    rien du tout, dit Martin; vous les rendrez peut-être avec ces piastres
    beaucoup plus malheureux encore. Il en sera ce qui pourra, dit Candide:
    mais une chose me console, je vois qu’on retrouve souvent les gens
    qu’on ne croyait jamais retrouver; il se pourra bien faire qu’ayant
    rencontré mon mouton rouge et Paquette, je rencontre aussi Cunégonde.
    Je souhaite, dit Martin, qu’elle fasse un jour votre bonheur; mais
    c’est de quoi je doute fort. Vous êtes bien dur, dit Candide. C’est que
    j’ai vécu, dit Martin. Mais regardez ces gondoliers, dit Candide: ne
    chantent-ils pas sans cesse? Vous ne les voyez pas dans leur ménage,
    avec leurs femmes et leurs marmots d’enfants, dit Martin. Le doge a ses
    chagrins, les gondoliers ont les leurs. Il est vrai qu’à tout prendre
    le sort d’un gondolier est préférable à celui d’un doge; mais je crois
    la différence si médiocre, que cela ne vaut pas la peine d’être
    examiné.

    On parle, dit Candide, du sénateur Pococurante, qui demeure dans ce
    beau palais sur la Brenta, et qui reçoit assez bien les étrangers. On
    prétend que c’est un homme qui n’a jamais eu de chagrin. Je voudrais
    voir une espèce si rare, dit Martin. Candide aussitôt fit demander au
    seigneur Pococurante la permission de venir le voir le lendemain.

    CHAPITRE XXV.
    Visite chez le seigneur Pococurante, noble vénitien.

    Candide et Martin allèrent en gondole sur la Brenta, et arrivèrent au
    palais du noble Pococurante. Les jardins étaient bien entendus, et
    ornés de belles statues de marbre; le palais d’une belle architecture.
    Le maître du logis, homme de soixante ans, fort riche, reçut très
    poliment les deux curieux, mais avec très peu d’empressement, ce qui
    déconcerta Candide, et ne déplut point à Martin.

    D’abord deux filles jolies et proprement mises servirent du chocolat,
    qu’elles firent très bien mousser. Candide ne put s’empêcher de les
    louer sur leur beauté, sur leur bonne grâce, et sur leur adresse. Ce
    sont d’assez bonnes créatures, dit le sénateur Pococurante; je les fais
    quelquefois coucher dans mon lit; car je suis bien las des dames de la
    ville, de leurs coquetteries, de leurs jalousies, de leurs querelles,
    de leurs humeurs, de leurs petitesses, de leur orgueil, de leurs
    sottises, et des sonnets qu’il faut faire ou commander pour elles;
    mais, après tout, ces deux filles commencent fort à m’ennuyer.

    Candide, après le déjeuner, se promenant dans une longue galerie, fut
    surpris de la beauté des tableaux. Il demanda de quel maître étaient
    les deux premiers. Ils sont de Raphaël, dit le sénateur; je les achetai
    fort cher par vanité, il y a quelques années; on dit que c’est ce qu’il
    y a de plus beau en Italie, mais ils ne me plaisent point du tout: la
    couleur en est très rembrunie, les figures ne sont pas assez arrondies,
    et ne sortent point assez; les draperies ne ressemblent en rien à une
    étoffe: en un mot, quoi qu’on en dise, je ne trouve point là une
    imitation vraie de la nature. Je n’aimerai un tableau que quand je
    croirai voir la nature elle-même: il n’y en a point de cette espèce.
    J’ai beaucoup de tableaux, mais je ne les regarde plus.

    Pococurante, en attendant le dîner, se fit donner un concerto. Candide
    trouva la musique délicieuse. Ce bruit, dit Pococurante, peut amuser
    une demi-heure; mais s’il dure plus long-temps, il fatigue tout le
    monde, quoique personne n’ose l’avouer. La musique aujourd’hui n’est
    plus que l’art d’exécuter des choses difficiles, et ce qui n’est que
    difficile ne plaît point à la longue.

    J’aimerais peut être mieux l’opéra, si on n’avait pas trouvé le secret
    d’en faire un monstre qui me révolte. Ira voir qui voudra de mauvaises
    tragédies en musique, où les scènes ne sont faites que pour amener très
    mal à propos deux ou trois chansons ridicules qui font valoir le gosier
    d’une actrice; se pâmera de plaisir qui voudra ou qui pourra, en voyant
    un châtré fredonner le rôle de César et de Caton, et se promener d’un
    air gauche sur des planches: pour moi, il y a long-temps que j’ai
    renoncé à ces pauvretés qui font aujourd’hui la gloire de l’Italie, et
    que des souverains paient si chèrement. Candide disputa un peu, mais
    avec discrétion. Martin fut entièrement de l’avis du sénateur.

    On se mit à table; et, après un excellent dîner, on entra dans la
    bibliothèque. Candide, en voyant un Homère magnifiquement relié, loua
    l’illustrissime sur son bon goût. Voilà, dit-il, un livre qui fesait
    les délices du grand Pangloss, le meilleur philosophe de l’Allemagne.
    Il ne fait pas les miennes, dit froidement Pococurante: on me fit
    accroire autrefois que j’avais du plaisir en le lisant; mais cette
    répétition continuelle de combats qui se ressemblent tous, ces dieux
    qui agissent toujours pour ne rien faire de décisif, cette Hélène qui
    est le sujet de la guerre, et qui à peine est une actrice de la pièce;
    cette Troie qu’on assiège et qu’on ne prend point; tout cela me causait
    le plus mortel ennui. J’ai demandé quelquefois à des savants s’ils
    s’ennuyaient autant que moi à cette lecture: tous les gens sincères
    m’ont avoué que le livre leur tombait des mains, mais qu’il fallait
    toujours l’avoir dans sa bibliothèque, comme un monument de
    l’antiquité, et comme ces médailles rouillées qui ne peuvent être de
    commerce.

    Votre excellence ne pense pas ainsi de Virgile? dit Candide. Je
    conviens, dit Pococurante, que le second, le quatrième, et le sixième
    livre de son Énéide, sont excellents; mais pour son pieux Énée, et le
    fort Cloanthe, et l’ami Achates, et le petit Ascanius, et l’imbécile
    roi Latinus, et la bourgeoise Amata, et l’insipide Lavinia, je ne crois
    pas qu’il y ait rien de si froid et de plus désagréable. J’aime mieux
    le Tasse et les contes à dormir debout de l’Arioste.

    Oserais-je vous demander, monsieur, dit Candide, si vous n’avez pas un
    grand plaisir à lire Horace? Il y a des maximes, dit Pococurante, dont
    un homme du monde peut faire son profit, et qui, étant resserrées dans
    des vers énergiques, se gravent plus aisément dans la mémoire: mais je
    me soucie fort peu de son voyage à Brindes, et de sa description d’un
    mauvais dîner, et de la querelle de crocheteurs entre je ne sais quel
    Pupilus[1] dont les paroles, dit-il, _étaient pleines de pus_, et un
    autre dont les paroles _étaient du vinaigre_[2]. Je n’ai lu qu’avec un
    extrême dégoût ses vers grossiers contre des vieilles et contre des
    sorcières; et je ne vois pas quel mérite il peut y avoir à dire à son
    ami Mecenas que, s’il est mis par lui au rang des poètes lyriques, il
    frappera les astres de son front sublime[3]. Les sots admirent tout
    dans un auteur estimé. Je ne lis que pour moi; je n’aime que ce qui est
    à mon usage. Candide, qui avait été élevé à ne jamais juger de rien par
    lui-même, était fort étonné de ce qu’il entendait; et Martin trouvait
    la façon de penser de Pococurante assez raisonnable.

    [1] Ce n’est pas Pupilus, mais Rupilius, que nomme Horace, livre Ier,
    satire VII, vers I:

    Rupili pus atque venenum. B.

    [2] _Italo perfusus aceto_, dit Horace, dans la même pièce, vers 32. B.

    [3] Horace, odes, I, I. B.

    Oh! voici un Cicéron, dit Candide: pour ce grand homme-là, je pense que
    vous ne vous lassez point de le lire. Je ne le lis jamais, répondit le
    Vénitien. Que m’importe qu’il ait plaidé pour Rabirius ou pour
    Cluentius? J’ai bien assez des procès que je juge; je me serais mieux
    accommodé de ses oeuvres philosophiques; mais quand j’ai vu qu’il
    doutait de tout, j’ai conclu que j’en savais autant que lui, et que je
    n’avais besoin de personne pour être ignorant.

    Ah! voilà quatre-vingts volumes de recueils d’une académie des
    sciences, s’écria Martin; il se peut qu’il y ait là du bon. Il y en
    aurait, dit Pococurante, si un seul des auteurs de ces fatras avait
    inventé seulement l’art de faire des épingles; mais il n’y a dans tous
    ces livres que de vains systèmes, et pas une seule chose utile.

    Que de pièces de théâtre je vois là, dit Candide, en italien, en
    espagnol, en français! Oui, dit le sénateur, il y en a trois mille, et
    pas trois douzaines de bonnes. Pour ces recueils de sermons, qui tous
    ensemble ne valent pas une page de Sénèque, et tous ces gros volumes de
    théologie, vous pensez bien que je ne les ouvre jamais, ni moi, ni
    personne.

    Martin aperçut des rayons chargés de livres anglais. Je crois, dit-il,
    qu’un républicain doit se plaire à la plupart de ces ouvrages écrits si
    librement. Oui, répondit Pococurante, il est beau d’écrire ce qu’on
    pense; c’est le privilège de l’homme. Dans toute notre Italie, on
    n’écrit que ce qu’on ne pense pas; ceux qui habitent la patrie des
    Césars et des Antonins n’osent avoir une idée sans la permission d’un
    jacobin. Je serais content de la liberté qui inspire les génies
    anglais, si la passion et l’esprit de parti ne corrompaient pas tout ce
    que cette précieuse liberté a d’estimable.

    Candide apercevant un Milton, lui demanda s’il ne regardait pas cet
    auteur comme un grand homme. Qui? dit Pococurante, ce barbare, qui fait
    un long commentaire du premier chapitre de la Genèse, en dix livres de
    vers durs? ce grossier imitateur des Grecs, qui défigure la création,
    et qui, tandis que Moïse représente l’Etre éternel produisant le monde
    par la parole, fait prendre un grand compas par le Messiah dans une
    armoire du ciel pour tracer son ouvrage? Moi, j’estimerais celui qui a
    gâté l’enfer et le diable du Tasse; qui déguise Lucifer tantôt en
    crapaud, tantôt en pygmée; qui lui fait rebattre cent fois les mêmes
    discours; qui le fait disputer sur la théologie; qui, en imitant
    sérieusement l’invention comique des armes à feu de l’Arioste, fait
    tirer le canon dans le ciel par les diables? Ni moi ni personne en
    Italie n’a pu se plaire à toutes ces tristes extravagances. Le _Mariage
    du Péché et de la Mort_, et les couleuvres dont le Péché accouche, font
    vomir tout homme qui a le goût un peu délicat; et sa longue description
    d’un hôpital n’est bonne que pour un fossoyeur. Ce poëme obscur,
    bizarre, et dégoûtant, fut méprisé à sa naissance; je le traite
    aujourd’hui comme il fut traité dans sa patrie par les
    contemporains[4]. Au reste je dis ce que je pense, et je me soucie fort
    peu que les autres pensent comme moi. Candide était affligé de ces
    discours; il respectait Homère, il aimait un peu Milton. Hélas! dit-il
    tout bas à Martin, j’ai bien peur que cet homme-ci n’ait un souverain
    mépris pour nos poètes allemands. Il n’y aurait pas grand mal à cela,
    dit Martin. Oh! quel homme supérieur! disait encore Candide entre ses
    dents, quel grand génie que ce Pococurante! rien ne peut lui plaire.

    [4] Voyez ce que Voltaire dit du _Paradis perdu_ de Milton, dans le
    chapitre IX de l’_ Essai sur la poésie épique_, imprimé dans le tome X,
    à la suite de la _Henriade_. B.

    Après avoir fait ainsi la revue de tous les livres, ils descendirent
    dans le jardin. Candide en loua toutes les beautés. Je ne sais rien de
    si mauvais goût, dit le maître; nous n’avons ici que des colifichets:
    mais je vais dès demain en faire planter un d’un dessin plus noble.

    Quand les deux curieux eurent pris congé de son excellence: Or çà, dit
    Candide à Martin, vous conviendrez que voilà le plus heureux de tous
    les hommes, car il est au-dessus de tout ce qu’il possède. Ne
    voyez-vous pas, dit Martin, qu’il est dégoûté de tout ce qu’il possède?
    Platon a dit, il y a long-temps, que les meilleurs estomacs ne sont pas
    ceux qui rebutent tous les aliments. Mais, dit Candide, n’y a-t-il pas
    du plaisir à tout critiquer, à sentir des défauts où les autres hommes
    croient voir des beautés? C’est-à-dire, reprit Martin, qu’il y a du
    plaisir à n’avoir pas de plaisir? Oh bien! dit Candide, il n’y a donc
    d’heureux que moi, quand je reverrai mademoiselle Cunégonde. C’est
    toujours bien fait d’espérer, dit Martin.

    Cependant les jours, les semaines, s’écoulaient; Cacambo ne revenait
    point, et Candide était si abîmé dans sa douleur, qu’il ne fit pas même
    réflexion que Paquette et frère Giroflée n’étaient pas venus seulement
    le remercier.

    CHAPITRE XXVI.
    D’un souper que Candide et Martin firent avec six étrangers, et qui ils
    étaient.

    Un soir que Candide, suivi de Martin, allait se mettre à table avec les
    étrangers qui logeaient dans la même hôtellerie, un homme à visage
    couleur de suie l’aborda par derrière, et, le prenant par le bras, lui
    dit: Soyez prêt à partir avec nous, n’y manquez pas. Il se retourne, et
    voit Cacambo. Il n’y avait que la vue de Cunégonde qui pût l’étonner et
    lui plaire davantage. Il fut sur le point de devenir fou de joie. Il
    embrasse son cher ami. Cunégonde est ici, sans doute? où est-elle?
    Mène-moi vers elle, que je meure de joie avec elle. Cunégonde n’est
    point ici, dit Cacambo, elle est à Constantinople. Ah ciel! à
    Constantinople! mais fût-elle à la Chine, j’y vole, partons. Nous
    partirons après souper, reprit Cacambo; je ne peux vous en dire
    davantage; je suis esclave, mon maître m’attend; il faut que j’aille le
    servir à table: ne dites mot, soupez, et tenez-vous prêt.

    Candide, partagé entre la joie et la douleur, charmé d’avoir revu son
    agent fidèle, étonné de le voir esclave, plein de l’idée de retrouver
    sa maîtresse, le coeur agité, l’esprit bouleversé, se mit à table avec
    Martin, qui voyait de sang froid toutes ces aventures, et avec six
    étrangers, qui étaient venus passer le carnaval à Venise.

    Cacambo, qui versait à boire à l’un de ces six étrangers, s’approcha de
    l’oreille de son maître, sur la fin du repas, et lui dit: Sire, votre
    majesté partira quand elle voudra, le vaisseau est prêt. Ayant dit ces
    mots, il sortit. Les convives étonnés se regardaient sans proférer une
    seule parole, lorsqu’un autre domestique s’approchant de son maître,
    lui dit: Sire, la chaise de votre majesté est à Padoue, et la barque
    est prête. Le maître fit un signe, et le domestique partit. Tous les
    convives se regardèrent encore, et la surprise commune redoubla. Un
    troisième valet s’approchant aussi d’un troisième étranger, lui dit:
    Sire, croyez-moi, votre majesté ne doit pas rester ici plus long-temps,
    je vais tout préparer; et aussitôt il disparut.

    Candide et Martin ne doutèrent pas alors que ce ne fût une mascarade du
    carnaval. Un quatrième domestique dit au quatrième maître: Votre
    majesté partira quand elle voudra, et sortit comme les autres. Le
    cinquième valet en dit autant au cinquième maître. Mais le sixième
    valet parla différemment au sixième étranger qui était auprès de
    Candide; il lui dit: Ma foi, sire, on ne veut plus faire crédit à votre
    majesté ni à moi non plus, et nous pourrions bien être coffrés cette
    nuit vous et moi; je vais pourvoir à mes affaires: adieu.

    Tous les domestiques ayant disparu, les six étrangers, Candide, et
    Martin, demeurèrent dans un profond silence. Enfin Candide le rompit:
    Messieurs, dit-il, voilà une singulière plaisanterie. Pourquoi
    êtes-vous tous rois? pour moi, je vous avoue que ni moi ni Martin nous
    ne le sommes.

    Le maître de Cacambo prit alors gravement la parole, et dit en italien:
    Je ne suis point plaisant, je m’appelle Achmet III[1]; j’ai été
    grand-sultan plusieurs années; je détrônai mon frère; mon neveu m’a
    détrôné; on a coupé le cou à mes vizirs; j’achève ma vie dans le vieux
    sérail; mon neveu le grand-sultan Mahmoud me permet de voyager
    quelquefois pour ma santé; et je suis venu passer le carnaval à Venise.

    [1] Achmet III, dont il est parlé dans l’_Histoire de Charles XII_ et
    dans l’_Histoire de Russie sous Pierre-le-Grand_, avait été déposé en
    1730; il est mort en 1736. B.

    Un jeune homme qui était auprès d’Achmet parla après lui, et dit: Je
    m’appelle Ivan[2]; j’ai été empereur de toutes les Russies; j’ai été
    détrôné au berceau; mon père et ma mère ont été enfermés; on m’a élevé
    en prison; j’ai quelquefois la permission de voyager, accompagné de
    ceux qui me gardent; et je suis venu passer le carnaval à Venise.

    [2] Ivan, né en 1730, détrôné la même année, emprisonné, et enfin
    poignardé en 1762. B,

    Le troisième dit: Je suis Charles-Édouard[3], roi d’Angleterre; mon
    père m’a cédé ses droits au royaume; j’ai combattu pour les soutenir;
    on a arraché le coeur à huit cents de mes partisans, et on leur en a
    battu les joues; j’ai été mis en prison; je vais à Rome faire une
    visite au roi mon père, détrôné ainsi que moi et mon grand-père; et je
    suis venu passer le carnaval à Venise.

    [3] Sur Charles-Édouard, voyez, tome XXI, le chapitre XXXV du _Précis
    du Siècle de Louis XV_. B.

    Le quatrième prit alors la parole et dit: Je suis roi des Polaques; le
    sort de la guerre m’a privé de mes états héréditaires[4]; mon père a
    éprouvé les mêmes revers; je me résigne à la Providence comme le sultan
    Achmet, l’empereur Ivan, et le roi Charles-Édouard, à qui Dieu donne
    une longue vie; et je suis venu passer le carnaval à Venise.

    [4] Auguste, électeur de Saxe et roi de Pologne, chassé de ses états
    héréditaires pendant la guerre de 1756, se réfugia en Pologne: voyez,
    tome XXI, le chapitre XXXII du _Précis du Siècle de Louis XV_; il est
    mort en 1763. B.

    Le cinquième dit; Je suis aussi roi des Polaques[5]; j’ai perdu mon
    royaume deux fois; mais la Providence m’a donné un autre état dans
    lequel j’ai fait plus de bien que tous les rois des Sarmates ensemble
    n’en ont jamais pu faire sur les bords de la Vistule. Je me résigne
    aussi à la Providence; et je suis venu passer le carnaval à Venise.

    [5] Stanislas Leczinski, beau-père de Louis XV: voyez, tome XXI, le
    chapitre IV du _Précis du Siècle de Louis XV_; il est mort en 1763. B.

    Il restait au sixième monarque à parler. Messieurs, dit-il, je ne suis
    pas si grand seigneur que vous; mais enfin j’ai été roi tout comme un
    autre; je suis Théodore[6]; on m’a élu roi en Corse; on m’a appelé
    _Votre Majesté_, et à présent à peine m’appelle-t-on _Monsieur_; j’ai
    fait frapper de la monnaie, et je ne possède pas un denier; j’ai eu
    deux secrétaires d’état, et j’ai à peine un valet; je me suis vu sur un
    trône, et j’ai long-temps été à Londres en prison sur la paille; j’ai
    bien peur d’être traité de même ici, quoique je sois venu, comme vos
    majestés, passer le carnaval à Venise.

    [6] Sur le roi de Corse, Théodore, mort le 2 décembre 1756, voyez tome
    XXI, le chapitre XL du _Précis du Siècle de Louis XV_. B.

    Les cinq autres rois écoutèrent ce discours avec une noble compassion.
    Chacun d’eux donna vingt sequins au roi Théodore pour avoir des habits
    et des chemises; Candide lui fit présent d’un diamant de deux mille
    sequins. Quel est donc, disaient les cinq rois, cet homme qui est en
    état de donner cent fois autant que chacun de nous, et qui le donne?
    Etes-vous roi aussi, monsieur?—Non, messieurs, et n’en ai nulle envie.

    Dans l’instant qu’on sortait de table, il arriva dans la même
    hôtellerie quatre altesses sérénissimes qui avaient aussi perdu leurs
    états par le sort de la guerre, et qui venaient passer le reste du
    carnaval à Venise; mais Candide ne prit pas seulement garde à ces
    nouveaux venus. Il n’était occupé que d’aller trouver sa chère
    Cunégonde à Constantinople.

    CHAPITRE XXVII.
    Voyage de Candide à Constantinople.

    Le fidèle Cacambo avait déjà obtenu du patron turc qui allait
    reconduire le sultan Achmet à Constantinople qu’il recevrait Candide et
    Martin sur son bord. L’un et l’autre s’y rendirent après s’être
    prosternés devant sa misérable hautesse. Candide, chemin fesant, disait
    à Martin: Voilà pourtant six rois détrônés avec qui nous avons soupé!
    et encore dans ces six rois il y en a un à qui j’ai fait l’aumône.
    Peut-être y a-t-il beaucoup d’autres princes plus infortunés. Pour moi,
    je n’ai perdu que cent moutons, et je vole dans les bras de Cunégonde.
    Mon cher Martin, encore une fois, Pangloss avait raison, tout est bien.
    Je le souhaite, dit Martin. Mais, dit Candide, voilà une aventure bien
    peu vraisemblable que nous avons eue à Venise. On n’avait jamais vu ni
    ouï conter que six rois détrônés soupassent ensemble au cabaret. Cela
    n’est pas plus extraordinaire, dit Martin, que la plupart des choses
    qui nous sont arrivées. Il est très commun que des rois soient
    détrônés; et à l’égard de l’honneur que nous avons eu de souper avec
    eux, c’est une bagatelle qui ne mérite pas notre attention. Qu’importé
    avec qui l’on soupe, pourvu qu’on fasse bonne chère?

    A peine Candide fut-il dans le vaisseau, qu’il sauta au cou de son
    ancien valet, de son ami Cacambo. Eh bien! lui dit-il, que fait
    Cunégonde? est-elle toujours un prodige de beauté? m’aime-t-elle
    toujours? comment se porte-t-elle? Tu lui as, sans doute, acheté un
    palais à Constantinople?

    Mon cher maître, répondit Cacambo, Cunégonde lave les écuelles sur le
    bord de la Propontide, chez un prince qui a très peu d’écuelles; elle
    est esclave dans la maison d’un ancien souverain, nommé Ragotski[1], à
    qui le Grand-Turc donne trois écus par jour dans son asile; mais, ce
    qui est bien plus triste, c’est qu’elle a perdu sa beauté, et qu’elle
    est devenue horriblement laide. Ah! belle ou laide, dit Candide, je
    suis honnête homme, et mon devoir est de l’aimer toujours. Mais comment
    peut-elle être réduite à un état si abject avec les cinq ou six
    millions que tu avais emportés? Bon, dit Cacambo, ne m’en a-t-il pas
    fallu donner deux au senor don Fernando d’Ibaraa, y Figueora, y
    Mascarenès, y Lampourdos, y Souza, gouverneur de Buénos-Ayres, pour
    avoir la permission de reprendre mademoiselle Cunégonde? et un pirate
    ne nous a-t-il pas bravement dépouillés de tout le reste? Ce pirate ne
    nous a-t-il pas menés au cap de Matapan, à Milo, à Nicarie, à Samos, à
    Petra, aux Dardanelles, à Marmara, à Scutari? Cunégonde et la vieille
    servent chez ce prince dont je vous ai parlé, et moi je suis esclave du
    sultan détrôné. Que d’épouvantables calamités enchaînées les unes aux
    autres! dit Candide. Mais, après tout, j’ai encore quelques diamants;
    je délivrerai aisément Cunégonde. C’est bien dommage qu’elle soit
    devenue si laide.

    [1] Voltaire a parlé de Ragotski dans le chap. XXII du _Siècle de Louis
    XIV_; voyez tome XX. Ragotski est mort en 1785. B.

    Ensuite, se tournant vers Martin: Que pensez-vous, dit-il, qui soit le
    plus à plaindre, de l’empereur Achmet, de l’empereur Ivan, du roi
    Charles-Édouard, ou de moi? Je n’en sais rien, dit Martin; il faudrait
    que je fusse dans vos coeurs pour le savoir. Ah! dit Candide, si
    Pangloss était ici, il le saurait, et nous l’apprendrait. Je ne sais,
    dit Martin, avec quelles balances votre Pangloss aurait pu peser les
    infortunes des hommes, et apprécier leurs douleurs. Tout ce que je
    présume c’est qu’il y a des millions d’hommes sur la terre cent fois
    plus à plaindre que le roi Charles-Édouard, l’empereur Ivan, et le
    sultan Achmet. Cela pourrait bien être, dit Candide.

    On arriva en peu de jours sur le canal de la mer Noire. Candide
    commença par racheter Cacambo fort cher; et, sans perdre de temps, il
    se jeta dans une galère, avec ses compagnons, pour aller sur le rivage
    de la Propontide chercher Cunégonde, quelque laide qu’elle pût être.

    Il y avait dans la chiourme deux forçats qui ramaient fort mal, et à
    qui le levanti patron appliquait de temps en temps quelques coups de
    nerf de boeuf sur leurs épaules nues; Candide, par un mouvement
    naturel, les regarda plus attentivement que les autres galériens, et
    s’approcha d’eux avec pitié. Quelques traits de leurs visages défigurés
    lui parurent avoir un peu de ressemblance avec Pangloss et avec ce
    malheureux jésuite, ce baron, ce frère de mademoiselle Cunégonde. Cette
    idée l’émut et l’attrista. Il les considéra encore plus attentivement.
    En vérité, dit-il à Cacambo, si je n’avais pas vu pendre maître
    Pangloss, et si je n’avais pas eu le malheur de tuer le baron, je
    croirais que ce sont eux qui rament dans cette galère.

    Au nom du baron et de Pangloss les deux forçats poussèrent un grand
    cri, s’arrêtèrent sur leur banc, et laissèrent tomber leurs rames. Le
    levanti patron accourait sur eux, et les coups de nerf de boeuf
    redoublaient. Arrêtez! arrêtez! seigneur, s’écria Candide; je vous
    donnerai tant, d’argent que vous voudrez. Quoi! c’est Candide! disait
    l’un des forçats; quoi! c’est Candide! disait l’autre. Est-ce un songe?
    dit Candide; veille-je? suis-je dans cette galère? Est-ce là monsieur
    le baron, que j’ai tué? est-ce là maître Pangloss, que j’ai vu pendre?

    C’est nous-mêmes, c’est nous-mêmes, répondaient-ils. Quoi! c’est là ce
    grand philosophe? disait Martin. Eh! monsieur le levanti patron, dit
    Candide, combien voulez-vous d’argent pour la rançon de M. de
    Thunder-ten-tronckh, un des premiers barons de l’empire, et de M.
    Pangloss, le plus profond métaphysicien d’Allemagne? Chien de chrétien,
    répondit le levanti patron, puisque ces deux chiens de forçats
    chrétiens sont des barons et des métaphysiciens, ce qui est sans doute
    une grande dignité dans leur pays, tu m’en donneras cinquante mille
    sequins. Vous les aurez, monsieur; remenez-moi comme un éclair à
    Constantinople, et vous serez payé sur-le-champ. Mais non, menez-moi
    chez mademoiselle Cunégonde. Le levanti patron, sur la première offre
    de Candide, avait déjà tourné la proue vers la ville, et il fesait
    ramer plus vite qu’un oiseau ne fend les airs.

    Candide embrassa cent fois le baron et Pangloss. Et comment ne vous
    ai-je pas tué, mon cher baron? et mon cher Pangloss, comment êtes-vous
    en vie, après avoir été pendu? et pourquoi êtes-vous tous deux aux
    galères en Turquie? Est-il bien vrai que ma chère soeur soit dans ce
    pays? disait le baron. Oui, répondait Cacambo. Je revois donc mon cher
    Candide! s’écriait Pangloss. Candide leur présentait Martin et Cacambo.
    Ils s’embrassaient tous; ils parlaient tous à-la-fois. La galère
    volait, ils étaient déjà dans le port. On fit venir un Juif, à qui
    Candide vendit pour cinquante mille sequins un diamant de la valeur de
    cent mille, et qui lui jura par Abraham qu’il n’en pouvait donner
    davantage. Il paya incontinent la rançon du baron et de Pangloss.
    Celui-ci se jeta aux pieds de son libérateur, et les baigna de larmes;
    l’autre le remercia par un signe de tête, et lui promit de lui rendre
    cet argent à la première occasion. Mais est-il bien possible que ma
    soeur soit en Turquie? disait-il. Rien n’est si possible, reprit
    Cacambo, puisqu’elle écure la vaisselle chez un prince de Transylvanie.
    On fit aussitôt venir deux Juifs; Candide vendit encore des diamants;
    et ils repartirent tous dans une autre galère pour aller délivrer
    Cunégonde.

    CHAPITRE XXVIII.
    Ce qui arriva à Candide, à Cunégonde, à Pangloss, à Martin, etc.

    Pardon, encore une fois, dit Candide au baron; pardon, mon révérend
    père, de vous avoir donné un grand coup d’épée au travers du corps.
    N’en parlons plus, dit le baron; je fus un peu trop vif, je l’avoue;
    mais puisque vous voulez savoir par quel hasard vous m’avez vu aux
    galères, je vous dirai qu’après avoir été guéri de ma blessure par le
    frère apothicaire du collège, je fus attaqué et enlevé par un parti
    espagnol; on me mit en prison à Buénos-Ayres dans le temps que ma soeur
    venait d’en partir. Je demandai à retourner à Rome auprès du père
    général. Je fus nommé pour aller servir d’aumônier à Constantinople
    auprès de monsieur l’ambassadeur de France. Il n’y avait pas huit jours
    que j’étais entré en fonction, quand je trouvai sur le soir un jeune
    icoglan très bien fait. Il fesait fort chaud: le jeune homme voulut se
    baigner; je pris cette occasion de me baigner aussi. Je ne savais pas
    que ce fût un crime capital pour un chrétien d’être trouvé tout nu avec
    un jeune musulman. Un cadi me fit donner cent coups de bâton sous la
    plante des pieds, et me condamna aux galères. Je ne crois pas qu’on ait
    fait une plus horrible injustice. Mais je voudrais bien savoir pourquoi
    ma soeur est dans la cuisine d’un souverain de Transylvanie réfugié
    chez les Turcs.

    Mais vous, mon cher Pangloss, dit Candide, comment se peut-il que je
    vous revoie? Il est vrai, dit Pangloss, que vous m’avez vu pendre; je
    devais naturellement être brûlé mais vous vous souvenez qu’il plut à
    verse lorsqu’on allait me cuire: l’orage fut si violent qu’on désespéra
    d’allumer le feu; je fus pendu, parcequ’on ne put mieux faire: un
    chirurgien acheta mon corps, m’emporta chez lui, et me disséqua. Il me
    fit d’abord une incision cruciale depuis le nombril jusqu’à la
    clavicule. On ne pouvait pas avoir été plus mal pendu que je l’avais
    été. L’exécuteur des hautes oeuvres de la sainte inquisition, lequel
    était sous-diacre, brûlait à la vérité les gens à merveille, mais il
    n’était pas accoutumé à pendre: la corde était mouillée et glissa mal,
    elle fut mal nouée; enfin je respirais encore: l’incision cruciale me
    fit jeter un si grand cri, que mon chirurgien tomba à la renverse; et
    croyant qu’il disséquait le diable, il s’enfuit en mourant de peur, et
    tomba encore sur l’escalier en fuyant. Sa femme accourut au bruit d’un
    cabinet voisin: elle me vit sur la table étendu avec mon incision
    cruciale; elle eut encore plus de peur que son mari, s’enfuit, et tomba
    sur lui. Quand ils furent un peu revenus à eux, j’entendis la
    chirurgienne qui disait au chirurgien: Mon bon, de quoi vous
    avisez-vous aussi de disséquer un hérétique? ne savez-vous pas que le
    diable est toujours dans le corps de ces gens-là? je vais vite chercher
    un prêtre pour l’exorciser. Je frémis à ce propos, et je ramassai le
    peu de forces qui me restaient pour crier: Ayez pitié de moi! Enfin le
    barbier portugais s’enhardit: il recousit ma peau; sa femme même eut
    soin de moi; je fus sur pied au bout de quinze jours. Le barbier me
    trouva une condition, et me fit laquais d’un chevalier de Malte qui
    allait à Venise: mais mon maître n’ayant pas de quoi me payer, je me
    mis au service d’un marchand vénitien, et je le suivis à
    Constantinople.

    Un jour il me prit fantaisie d’entrer dans une mosquée; il n’y avait
    qu’un vieux iman et une jeune dévote très jolie qui disait ses
    patenôtres; sa gorge était toute découverte: elle avait entre ses deux
    tétons un beau bouquet de tulipes, de roses, d’anémones, de renoncules,
    d’hyacinthes, et d’oreilles d’ours: elle laissa tomber son bouquet; je
    le ramassai, et je le lui remis avec un empressement très respectueux.
    Je fus si long-temps à le lui remettre, que l’iman se mit en colère, et
    voyant que j’étais chrétien, il cria à l’aide. On me mena chez le cadi,
    qui me fit donner cent coups de latte sous la plante des pieds, et
    m’envoya aux galères. Je fus enchaîné précisément dans la même galère
    et au même banc que monsieur le baron. Il y avait dans cette galère
    quatre jeunes gens de Marseille, cinq prêtres napolitains, et deux
    moines de Corfou, qui nous dirent que de pareilles aventures arrivaient
    tous les jours. Monsieur le baron prétendait qu’il avait essuyé une
    plus grande injustice que moi: je prétendais, moi, qu’il était beaucoup
    plus permis de remettre un bouquet sur la gorge d’une femme que d’être
    tout nu avec un icoglan. Nous disputions sans cesse, et nous recevions
    vingt coups de nerf de boeuf par jour, lorsque l’enchaînement des
    événements de cet univers vous a conduit dans notre galère, et que vous
    nous avez rachetés.

    Eh bien! mon cher Pangloss, lui dit Candide, quand vous avez été pendu,
    disséqué, roué de coups, et que vous avez ramé aux galères, avez-vous
    toujours pensé que tout allait le mieux du monde? Je suis toujours de
    mon premier sentiment, répondit Pangloss; car enfin je suis philosophe;
    il ne me convient pas de me dédire, Leibnitz ne pouvant pas avoir tort,
    et l’harmonie préétablie étant d’ailleurs la plus belle chose du monde,
    aussi bien que le plein et la matière subtile.

    CHAPITRE XXIX.
    Comment Candide retrouva Cunégonde et la vieille.

    Pendant que Candide, le baron, Pangloss, Martin, et Cacambo, contaient
    leurs aventures, qu’ils raisonnaient sur les événements contingents ou
    non contingents de cet univers, qu’ils disputaient sur les effets et
    les causes, sur le mal moral et sur le mal physique, sur la liberté et
    la nécessité, sur les consolations que l’on peut éprouver lorsqu’on est
    aux galères en Turquie, ils abordèrent sur le rivage de la Propontide,
    à la maison du prince de Transylvanie. Les premiers objets qui se
    présentèrent furent Cunégonde et la vieille, qui étendaient des
    serviettes sur des ficelles pour les faire sécher.

    Le baron pâlit à cette vue. Le tendre amant Candide en voyant sa belle
    Cunégonde rembrunie, les yeux éraillés, la gorge sèche, les joues
    ridées, les bras rouges et écaillés, recula trois pas, saisi d’horreur,
    et avança ensuite par bon procédé. Elle embrassa Candide et son frère:
    on embrassa la vieille: Candide les racheta toutes deux.

    Il y avait une petite métairie dans le voisinage; la vieille proposa à
    Candide de s’en accommoder, en attendant que toute la troupe eût une
    meilleure destinée. Cunégonde ne savait pas qu’elle était enlaidie,
    personne ne l’en avait avertie: elle fit souvenir Candide de ses
    promesses avec un ton si absolu, que le bon Candide n’osa pas la
    refuser. Il signifia donc au baron qu’il allait se marier avec sa
    soeur. Je ne souffrirai jamais, dit le baron, une telle bassesse de sa
    part, et une telle insolence de la vôtre; cette infamie ne me sera
    jamais reprochée: les enfants de ma soeur ne pourraient entrer dans les
    chapitres d’Allemagne. Non, jamais ma soeur n’épousera qu’un baron de
    l’empire. Cunégonde se jeta à ses pieds, et les baigna de larmes; il
    fut inflexible. Maître fou, lui dit Candide, je t’ai réchappé des
    galères, j’ai payé ta rançon, j’ai payé celle de ta soeur; elle lavait
    ici des écuelles, elle est laide, j’ai la bonté d’en faire ma femme; et
    tu prétends encore t’y opposer! je te retuerais si j’en croyais ma
    colère. Tu peux me tuer encore, dit le baron, mais tu n’épouseras pas
    ma soeur de mon vivant.

    CHAPITRE XXX.
    Conclusion.

    Candide, dans le fond de son coeur, n’avait aucune envie d’épouser
    Cunégonde; mais l’impertinence extrême du baron le déterminait à
    conclure le mariage; et Cunégonde le pressait si vivement qu’il ne
    pouvait s’en dédire. Il consulta Pangloss, Martin, et le fidèle
    Cacambo. Pangloss fit un beau mémoire par lequel il prouvait que le
    baron n’avait nul droit sur sa soeur, et qu’elle pouvait, selon toutes
    les lois de l’empire, épouser Candide de la main gauche. Martin conclut
    à jeter le baron dans la mer; Cacambo décida qu’il fallait le rendre au
    levanti patron, et le remettre aux galères, après quoi on l’enverrait à
    Rome au père général par le premier vaisseau. L’avis fut trouvé fort
    bon; la vieille l’approuva; on n’en dit rien à sa soeur; la chose fut
    exécutée pour quelque argent, et on eut le plaisir d’attraper un
    jésuite, et de punir l’orgueil d’un baron allemand.

    Il était tout naturel d’imaginer qu’après tant de désastres, Candide
    marié avec sa maîtresse, et vivant avec le philosophe Pangloss, le
    philosophe Martin, le prudent Cacambo, et la vieille, ayant d’ailleurs
    rapporté tant de diamants de la patrie des anciens Incas, mènerait la
    vie du monde la plus agréable; mais il fut tant friponné par les Juifs,
    qu’il ne lui resta plus rien que sa petite métairie; sa femme devenant
    tous les jours plus laide devint acariâtre et insupportable: la vieille
    était infirme, et fut encore de plus mauvaise humeur que Cunégonde.
    Cacambo, qui travaillait au jardin, et qui allait vendre des légumes à
    Constantinople, était excédé de travail, et maudissait sa destinée.
    Pangloss était au désespoir de ne pas briller dans quelque université
    d’Allemagne. Pour Martin, il était fermement persuadé qu’on est
    également mal partout; il prenait les choses en patience. Candide,
    Martin, et Pangloss, disputaient quelquefois de métaphysique et de
    morale. On voyait souvent passer sous les fenêtres de la métairie des
    bateaux chargés d’effendis, de bachas, de cadis, qu’on envoyait en exil
    à Lemnos, à Mytilène, à Erzeroum: on voyait venir d’autres cadis,
    d’autres bachas, d’autres effendis, qui prenaient la place des
    expulsés, et qui étaient expulsés à leur tour: on voyait des têtes
    proprement empaillées qu’on allait présenter à la sublime Porte. Ces
    spectacles fesaient redoubler les dissertations; et quand on ne
    disputait pas, l’ennui était si excessif, que la vieille osa un jour
    leur dire: Je voudrais savoir lequel est le pire, ou d’être violée cent
    fois par des pirates nègres, d’avoir une fesse coupée, de passer par
    les baguettes chez les Bulgares, d’être fouetté et pendu dans un
    auto-da-fé, d’être disséqué, de ramer en galère, d’éprouver enfin
    toutes les misères par lesquelles nous avons tous passé, ou bien de
    rester ici à ne rien faire? C’est une grande question, dit Candide.

    Ce discours fit naître de nouvelles réflexions, et Martin surtout
    conclut que l’homme était né pour vivre dans les convulsions de
    l’inquiétude, ou dans la léthargie de l’ennui. Candide n’en convenait
    pas, mais il n’assurait rien. Pangloss avouait qu’il avait toujours
    horriblement souffert; mais ayant soutenu une fois que tout allait à
    merveille, il le soutenait toujours, et n’en croyait rien.

    Une chose acheva de confirmer Martin dans ses détestables principes, de
    faire hésiter plus que jamais Candide et d’embarrasser Pangloss. C’est
    qu’ils virent un jour aborder dans leur métairie Paquette et le frère
    Giroflée, qui étaient dans la plus extrême misère; ils avaient bien
    vite mangé leurs trois mille piastres, s’étaient quittés, s’étaient
    raccommodés, s’étaient brouillés, avaient été mis en prison; s’étaient
    enfuis, et enfin frère Giroflée s’était fait turc. Paquette continuait
    son métier partout, et n’y gagnait plus rien. Je l’avais bien prévu,
    dit Martin à Candide, que vos présents seraient bientôt dissipés, et ne
    les rendraient que plus misérables. Vous avez regorgé de millions de
    piastres, vous et Cacambo, et vous n’êtes pas plus heureux que frère
    Giroflée et Paquette. Ah! ah! dit Pangloss à Paquette, le ciel vous
    ramène donc ici parmi nous. Ma pauvre enfant! savez-vous bien que vous
    m’avez coûté le bout du nez, un oeil, et une oreille? Comme vous voilà
    faite! eh! qu’est-ce que ce monde! Cette nouvelle aventure les engagea
    à philosopher plus que jamais.

    Il y avait dans le voisinage un derviche très fameux qui passait pour
    le meilleur philosophe de la Turquie; ils allèrent le consulter;
    Pangloss porta la parole, et lui dit: Maître, nous venons vous prier de
    nous dire pourquoi un aussi étrange animal que l’homme a été formé.

    De quoi te mêles-tu? lui dit le derviche; est-ce là ton affaire? Mais,
    mon révérend père, dit Candide, il y a horriblement de mal sur la
    terre. Qu’importé, dit le derviche, qu’il y ait du mal ou du bien?
    quand sa hautesse envoie un vaisseau en Égypte, s’embarrasse-t-elle si
    les souris qui sont dans le vaisseau sont à leur aise ou non? Que
    faut-il donc faire? dit Pangloss. Te taire, dit le derviche. Je me
    flattais, dit Pangloss, de raisonner un peu avec vous des effets et des
    causes, du meilleur des mondes possibles, de l’origine du mal, de la
    nature de l’âme, et de l’harmonie préétablie. Le derviche, à ces mots,
    leur ferma la porte au nez.

    Pendant cette conversation, la nouvelle s’était répandue qu’on venait
    d’étrangler à Constantinople deux vizirs du banc et le muphti, et qu’on
    avait empalé plusieurs de leurs amis. Cette catastrophe fesait partout
    un grand bruit pendant quelques heures. Pangloss, Candide, et Martin,
    en retournant à la petite métairie, rencontrèrent un bon vieillard qui
    prenait le frais à sa porte sous un berceau d’orangers. Pangloss, qui
    était aussi curieux que raisonneur, lui demanda comment se nommait le
    muphti qu’on venait d’étrangler. Je n’en sais rien, répondit le
    bon-homme, et je n’ai jamais su le nom d’aucun muphti ni d’aucun vizir.
    J’ignore absolument l’aventure dont vous me parlez; je présume qu’en
    général ceux qui se mêlent des affaires publiques périssent quelquefois
    misérablement, et qu’ils le méritent; mais je ne m’informe jamais de ce
    qu’on fait à Constantinople; je me contente d’y envoyer vendre les
    fruits du jardin que je cultive. Ayant dit ces mots, il fit entrer les
    étrangers dans sa maison; ses deux filles et ses deux fils leur
    présentèrent plusieurs sortes de sorbets qu’ils fesaient eux-mêmes, du
    kaïmak piqué d’écorces de cédrat confit, des oranges, des citrons, des
    limons, des ananas, des dattes, des pistaches, du café de Moka qui
    n’était point mêlé avec le mauvais café de Batavia et des îles. Après
    quoi les deux filles de ce bon musulman parfumèrent les barbes de
    Candide, de Pangloss, et de Martin.

    Vous devez avoir, dit Candide au Turc, une vaste et magnifique terre?
    Je n’ai que vingt arpents, répondit le Turc; je les cultive avec mes
    enfants; le travail éloigne de nous trois grands maux, l’ennui, le
    vice, et le besoin.

    Candide en retournant dans sa métairie fit de profondes réflexions sur
    le discours du Turc. Il dit à Pangloss et à Martin: Ce bon vieillard me
    paraît s’être fait un sort bien préférable à celui des six rois avec
    qui nous avons eu l’honneur de souper. Les grandeurs, dit Pangloss,
    sont fort dangereuses, selon le rapport de tous les philosophes; car
    enfin Églon, roi des Moabites, fut assassiné par Aod; Absalon fut pendu
    par les cheveux et percé de trois dards; le roi Nadab, fils de
    Jéroboam, fut tué par Baasa; le roi Éla, par Zambri; Ochosias, par
    Jéhu; Athalie, par Joïada; les rois Joachim, Jéchonias, Sédécias,
    furent esclaves. Vous savez comment périrent Crésus, Astyage, Darius,
    Denys de Syracuse, Pyrrhus, Persée, Annibal, Jugurtha, Arioviste,
    César, Pompée, Néron, Othon, Vitellius, Domitien, Richard II
    d’Angleterre, Édouard II, Henri VI, Richard III, Marie Stuart, Charles
    Ier, les trois Henri de France, l’empereur Henri IV? Vous savez….. Je
    sais aussi, dit Candide, qu’il faut cultiver notre jardin. Vous avez
    raison, dit Pangloss; car, quand l’homme fut mis dans le jardin d’Éden,
    il y fut mis _ut operaretur eum_, pour qu’il travaillât; ce qui prouve
    que l’homme n’est pas né pour le repos. Travaillons sans raisonner, dit
    Martin, c’est le seul moyen de rendre la vie supportable.

    Toute la petite société entra dans ce louable dessein; chacun se mit à
    exercer ses talents. La petite terre rapporta beaucoup. Cunégonde
    était, à la vérité, bien laide; mais elle devint une excellente
    pâtissière; Paquette broda; la vieille eut soin du linge. Il n’y eut
    pas jusqu’à frère Giroflée qui ne rendît service; il fut un très bon
    menuisier, et même devint honnête homme: et Pangloss disait quelquefois
    à Candide: Tous les événements sont enchaînés dans le meilleur des
    mondes possibles; car enfin si vous n’aviez pas été chassé d’un beau
    château à grands coups de pied dans le derrière pour l’amour de
    mademoiselle Cunégonde, si vous n’aviez pas été mis à l’inquisition, si
    vous n’aviez pas couru l’Amérique à pied, si vous n’aviez pas donné un
    bon coup d’épée au baron, si vous n’aviez pas perdu tous vos moutons du
    bon pays d’Eldorado, vous ne mangeriez pas ici des cédrats confits et
    des pistaches. Cela est bien dit, répondit Candide, mais il faut
    cultiver notre jardin[1].

    [1] Voyez, dans les _Mélanges_, année 1759, la _Lettre aux auteurs du
    Journal encyclopédique_, datée du Ier avril. B.

    FIN DE CANDIDE.

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    鬼谷子

    Aproximadamente 1.974 palavras.

    Produced by Wan Ting Gong

    Gui Gu Zi (Thought Of Gui Gu Zi)

    by Wang Xu

    The original Chinese:

    鬼谷子

    王詡

    鬼谷子,姓王名詡,春秋時人。常入雲夢山采藥修道。因隱居清溪之鬼谷
    谷先生。

    鬼谷子為縱橫家之鼻祖,蘇秦與張儀為其最杰出的兩個弟子〔見《戰國策
    孫臏與龐涓亦為其弟子之說〔見《孫龐演義》〕。

    縱橫家所崇尚的是權謀策略及言談辯論之技巧,其指導思想與儒家所推崇
    大相徑庭。因此,歷來學者對《鬼谷子》一書推崇者甚少,而譏詆者極多
    戰術之得益與否,關系國家之安危興衰;而生意談判與競爭之策略是否得
    到經濟上之成敗得失。即使在日常生活中,言談技巧也關系到一人之處世
    與否。當年蘇秦憑其三寸不爛之舌,合縱六國,配六國相印,統領六國共
    赫一時。而張儀又憑其謀略與游說技巧,將六國合縱土蹦瓦解,為秦國立
    。所謂「智用於眾人之所不能知,而能用於眾人之所不能。」潛謀於無形
    爭不費,此為《鬼谷子》之精髓所在。《孫子兵法》側重於總體戰略,而
    則專於具體技巧,兩者可說是相輔相成。

    《鬼谷子》共有十四篇,其中第十三、十四篇已失傳。《鬼谷子》的版本
    道藏本及嘉慶十年江都秦氏刊本。

    鬼谷子卷上

    捭闔第一

    粵若稽古聖人之在天地間也。為眾生之先。觀陰陽之開闔以命物。知存亡
    之門戶。籌策萬類之終始。達人心之理。見變化之眹焉。而守司其門戶。
    故聖人之在天下也。自古至今。其道一也。變化無窮。各有所歸。或陰或
    陽。或柔或剛。或開或閉。或弛或張。是故聖人一守司其門戶。審察其所
    先後。度權量能。校其伎巧短長。夫賢不肖智愚勇怯仁義有差。乃可捭。
    乃可闔。乃可進。乃可退。乃可賤。乃可貴。無為以牧之。審定有無。以
    其實虛。隨其嗜欲。以見其志意。微排其所言而捭反之。以求其實。貴得
    其指。闔而捭之。以求其利。或開而示之。或闔而閉之。開而示之者。同
    其情也。闔而閉之者。異其誠也。可與不可。審明其計謀。以原其同異。
    離合有守。先從其志。即欲捭之貴周。即欲闔之貴密。周密之貴微。而與
    道相追。捭之者。料其情也。闔之者。結其誠也。皆見其權衡輕重。乃為
    之度數。聖人因而為之慮。其不中權衡度數。聖人因而自為之慮。故捭者
    、或捭而出之。或捭而納之。闔者、或闔而取之。或闔而去之。捭闔者。
    天地之道。捭闔者。以變動陰陽。四時開閉。以化萬物縱橫。反出反覆反
    忤。必由此矣。捭闔者。道之大化。說之變也。必豫審其變化。口者。心
    之門戶也。心者。神之主也。志意喜欲。思慮智謀。此皆由門戶出入。故
    關之捭闔。制之以出入。捭之者開也。言也。陽也。闔之者閉也。默也。
    陰也。陰陽其和。終始其義。故言長生安樂富貴。尊榮顯名。愛好財利。
    得意喜欲。為陽曰始。故言死憂患貧賤。苦辱棄損。亡利失意。有害刑戮
    誅罰。為陰曰終。諸言法陽之類者皆曰始。言善以始其事。諸言法陰之類
    皆曰終。言惡以終為謀。捭闔之道。以陰陽試之。故與陽言者依崇高。與
    陰言者依卑小。以下求小。以高求大。由此言之。無所不出。無所不入。
    無所不言可。可以說人。可以說家。可以說國。可以說天下。為小無內。
    為大無外。益損去就倍反。皆以陰陽御其事。陽動而行。陰止而藏。陽動
    而出。陰隨而入。陽還終始。陰極反陽。以陽動者。德相生也。以陰靜者
    。形相成也。以陽求陰。苞以德也。以陰結陽。施以力也。陰陽相求。由
    捭闔也。此天地陰陽之道。而說人之法也。為萬事之先。是謂圓方之門戶
    。

    反應第二

    古之大化者。乃與無形俱生。反以觀往。覆以驗今。反以知古。覆以知今
    。反以知彼。覆以知己。動靜虛實之理。不合來今。反古而求之。事有反
    而得覆者。聖人之意也。不可不察。人言者動也。己默者靜也。因其言。
    聽其辭。言有不合者。反而求之。其應必出。言有象。事有比。其有象比
    。以觀其次。象者象其事。比者比其辭也。以は形求有聲。其釣語合事。
    得人實也。其張罝網而取獸也。多張其會而司之。道合其事。彼自出之。
    此釣人之網也。常持其網驅之。其言無比。乃為之變。以象動之。以報其
    心。見其情。隨而牧之。己反往。彼覆來。言有象比。因而定基。重之襲
    之。反之覆之。萬事不失其辭。聖人所誘愚智事皆不疑。古善反聽者。乃
    變鬼神以得其情。其變當也。而牧之審也。牧之不審。得情不明。得情不
    明。定基不審。變象比。必有反辭。以還聽之。欲聞其聲反默。欲張反瞼
    。欲高反下。欲取反與。欲開情者。象而比之。以牧其辭。同聲相呼。實
    理同歸。或因此。或因彼。或以事上。或以牧下。此聽真偽。知同異。得
    其情詐也。動作言默。與此出入。喜怒由此以見其式。皆以先定為之法則
    。以反求覆。觀其所託。故用此者。己欲平靜。以聽其辭。察其事。論萬
    物。別雄雌。雖非其事。見微知類。若探人而居其內。量其能。射其意也
    。符應不失。如螣蛇之所指。若羿之引矢。故知之始己。自知而後知人也
    。其相知也。若比目之魚。見形也。若光之與影也。其察言也不失。若磁
    石之取鍼。舌之取燔骨。其與人也微。其見情也疾。如陰與陽。如陽與陰
    。如圓與方。如方與圓。未見形、圓以道之。既形、方以事之。進退左右
    。以是司之。己不先定。牧人不正。事用不巧。是謂忘情失道。己審先定
    以牧人。策而無形容。莫見其門。是謂天神。

    內揵第三

    君臣上下之事。有遠而親。近而疏。就之不用。去之反求。日進前而不御
    。遙聞聲而相思。事皆有內揵。素結本始。或結以道德。或結以黨友。或
    結以財貨。或結以釆色。用其意。欲入則入。欲出則出。欲親則親。欲疏
    則疏。欲就則就。欲去則去。欲求則求。欲思則思。若蚨母之從其子也。
    出無間。入無眹。獨往獨來。莫之能止。內者、進說辭。揵者、揵所謀也
    。故遠而親者。有陰德也。近而疏者。志不合也。陰德、謂陰私相德也。
    就而不用者。策不得也。去而反求者。事中來也。日進前而不御者。施不
    合也。遙聞聲而相思者。合於謀。待決事也。故曰不見其類而為之者。見
    逆。不得其情而說之者。見非。得其情。乃制其術。此用可出可入。可揵
    可開。故聖人立事。以此先知。而揵萬物。由夫道德仁義。禮樂計謀。先
    取詩書。混說損益。議去論就。欲合者用內。欲去者用外。外內者。必明
    道數。揣策來事。見疑訣之。策無失計。立功建德。治民入產業。曰揵而
    內合。上暗不治。下亂不寤。揵而反之。內自得而外不留。說而飛之。若
    命自來。己迎而御之。若欲去之。因危與之。環轉因化。莫之所為。退為
    大儀。

    抵巇第四

    物有自然。事有合離。有近而不可見。遠而可知。近而不可見者。不察其
    辭也。遠而可知者。反往以驗來也。巇者、罅也。罅者、 也。 者、成
    大隙也。巇始有朕。可抵而塞。可抵而卻。可抵而息。可抵而匿。可抵而
    得。此謂抵巇之理也。事之危也。聖人知之。獨保其用。因化說事。通達
    計謀。以識細微。經起秋毫之末。揮之於太山之本。其施外兆萌牙孽之謀
    。皆由抵巇。抵巇隙為道術。天下分錯。上無明主。公侯無道德。則小人
    讒賊。賢人不用。聖人竄匿。貪利詐偽者作。君臣相惑。土崩瓦解。而相
    伐射。父子離散。乖亂反目。是謂萌牙巇罅。聖人見萌牙巇罅。則抵之以
    法。世可以治。則抵而塞之。不可治。則抵而得之。或抵如此。或抵如彼
    。或抵反之。或抵覆之。五帝之政。抵而塞之。三王之事。抵而得之。諸
    侯相抵。不可勝數。當此之時。能抵為右。自天地之合離終始。必有巇隙
    。不可不察也。察之以捭闔。能用此道。聖人也。聖人者。天地之使也。
    世無可抵。則深隱而待時。時有可抵。則為之謀。可以上合。可以檢下。
    能因能循。為天地守神。

    鬼谷子卷中

    飛箝篇五

    凡度權量能。所以徵遠來近。立勢而制事。必先察同異。別是非之語。見
    內外之辭。知有無之數。決安危之計。定親疏之事。然後乃權量之。其有
    隱括。乃可徵。乃可求。乃可用。引鉤箝之辭。飛而箝之。鉤箝之語。其
    說辭也。乍同乍異。其不可善者。或先徵之。而後重累。或先重以累。而
    後毀之。或以重累為毀。或以毀為重累。其用或稱財貨琦瑋珠玉璧白釆色
    以事之。或量能立勢以鉤之。或伺候見 而箝之。其事用抵巇。將欲用之
    天下。必度權量能。見天時之盛衰。制地形之廣狹。岨嶮之難易。人民貨
    財之多少。諸侯之交。孰親孰疏。孰愛孰憎。心意之慮懷。審其意。知其
    所好惡。乃就說其所重。以飛箝之辭。鉤其所好。以箝求之。用之於人。
    則量智能。權材力。料氣勢。為之樞機。以迎之隨之。以箝和之。以意宜
    之。此飛箝之綴也。

    用於人則空往而實來。綴而不失。以究其辭。可箝而從。可箝而橫。

    可引而東。可引而西。可引而南。可引而北。可引而反。可引而覆。

    雖覆能復。不失其度。

    忤合第六

    凡趨合倍反。計有適合。化轉環屬。各有形勢。反覆相求。因事為制。是
    以聖人居天地之間。立身御世。施教揚聲明名也。必因事物之會。觀天時
    之宜。因之所多所少。以此先知之。與之轉化。世無常貴。事無常師。聖
    人常為無不為。所聽無不聽。成於事而合於計謀。與之為主。合於彼而離
    於此。計謀不兩忠。必有反忤。反於是。忤於彼。忤於此。反於彼。其術
    也。用之天下。必量天下而與之。用之國。必量國而與之。用之家。必量
    家而與之。用之身。必量身材能氣勢而與之。大小進退。其用一也。必先
    謀慮計定。而後行之以飛箝之術。古之善背向者。乃協四海、包諸侯、忤
    合之地。而化轉之然後以之求合。故伊尹五就湯。五就桀。然後合於湯。
    呂尚三就文王。三入殷。而不能有所明。然後合於文王。此知天命之箝。
    故歸之不疑也。非至聖人達奧。不能御世。勞心苦思。不能原事。不悉心
    見情。不能成名。材質不惠。不能用兵。忠實無真。不能知人。故忤合之
    道。己必自度材能知睿。量長短遠近孰不如。乃可以進。乃可以退。乃可
    以縱。乃可以橫。

    揣篇第七

    少饒乏、有餘不足、幾何辨。地形之險易。孰利孰害。謀慮孰長孰短。君
    臣之親疏。孰賢孰不肖。與賓客之知睿。孰少孰多。觀天時之禍福。孰吉
    孰凶。諸侯之親。孰用孰不用。百姓之心。去就變化。孰安孰危。孰好孰
    憎。反側孰便。能知如此者。是謂權量。揣情者。必以其甚喜之時。往而
    極其欲也。其有欲也。不能隱其情。必以其甚懼之時。往而極其惡也。其
    有惡也。不能隱其情。情欲必失其變。感動而不知其變者。乃且錯其人勿
    與語。而更問所親。知其所安。夫情變於內者。形見於外。故常必以其見
    者。而知其隱者。此所謂測深揣情。故計國事者。則當審權量。說人主。
    則當審揣情。謀慮情欲。必出於此。乃可貴。乃可賤。乃可重。乃可輕。
    乃可利。乃可害。乃可成。乃可敗。其數一也。故雖有先王之道。聖智之
    謀。非揣情隱匿。無所索之。此謀之大本也。而說之法也。常有事於人。
    人莫先事而至。此最難為。故曰。揣情最難。守司言必時其謀慮。故觀蜎
    飛蠕動。無不有利害。可以生事美。生事者。幾之勢也。此揣情飾言。成
    文章而後論之。

    摩篇第八

    摩之符也。內符者。揣之主也。用之有道。其道必隱。微摩之以其所欲。
    測而探之。因符必應。其應也。必有為之。故微而去之。是謂塞窌匿端。
    隱貌逃情。而人不知。故成其事而無患。摩之在此。符之在彼。從而應之
    。事無不可。古之善摩者。如操鉤而臨深淵。餌而投之。必得魚焉。故曰
    主事日成。而人不知。主兵日勝。而人不畏也。聖人謀之於陰。故曰神。
    成之於陽。故曰明。所謂主事日成者。積德也。用民安之。不知其所以利
    。積善也。而民道之。不知其所以然。而天下比之神明也。主兵日勝者。
    常戰於不爭不費。而民不知所以服。不知所以畏。而天下比之神明。其摩
    者。有以平。有以正。有以喜。有以怒。有以名。有以行。有以廉。有以
    信。有以利。有以卑。平者、靜也。正者、直也。喜者、悅也。怒者、動
    也。名者、發也。行者、成也。廉者、潔也。信者、明也。利者、求也。
    卑者、諂也。故聖所獨用者。眾人皆有之。然無成功者。其用之非也。故
    謀莫難於周密。說莫難於悉聽。事莫難於必成。此三者然後能之。故謀必
    欲周密。必擇其所與通者說也。故曰或結而無隙也。夫事成必合於數。故
    曰道數與時相偶者也。說者聽。必合於情。故曰情合者聽。故物歸類。抱
    薪趨火。燥者先燃。平地注水。濕者先濡。此物類相應於勢。譬猶是也。
    此言內符之應。外摩也如是。故曰摩之以其類焉。有不相應者。乃摩之以
    其欲焉。有不聽者。故曰獨行之道。夫幾者不晚成。而不抱久而化成。

    權篇第九

    說之者、說之也。說之者、資之也。飾言者、假之也。假之者、益損也。
    應對者。利辭也。利辭也。輕論也。成義者。明之也。明之者。符驗也。
    難言者。卻論也。卻論者。釣幾也。佞言者。諂而于忠。諛言者。博而于
    智。平言者。決而于勇。戚言者。權而于信。靜言者。反而于勝。先意成
    欲者諂也。繁稱文辭者博也。策選進謀者權也。縱舍不宜者決也。先分不
    足而窒非者反也。故口者。幾關也。所以閉情意也。耳目者。心之佐助也
    。所以窺間見姦邪。故曰參調而應。利道而動。故繫言而不亂。翱翔而不
    迷。變易而不危者。觀要得理。故無目者。不可示以五色。無耳者。不可
    告以五音。故不可以往者。無所開之也。不可以來者。無所受之也。物有
    不通者。故不事也。古人有言曰。口可以食。不可以言。言者有諱忌也。
    眾口爍金。言有曲故也。人之情。出言則欲聽。舉事則欲成。是故智者不
    用其所短。而用愚人之所長。不用其所拙。而用愚人之所工。故不困也。
    言其有利者。從其所長也。言其有害者。避其所短也。故介虫之悍也。必
    以堅厚。螫蟲之動也。必以毒螫。故禽獸之用。其長而談者。知用其用也
    。故曰辭言五。曰病。曰怨。曰憂。曰怒。曰喜。故曰病者。感衰氣而不
    神也。怨者。腸絕而無主也。憂者。閉塞而不泄也。怒者。妄動而不治也
    。喜者。宣散而無要也。此五者。精則用之。利則行之。故與智者言依於
    博。與拙者言依於辨。與辨者言依於要。與貴者言依於勢。與富者言依於
    高。與貧者言依於利。與賤者言依於謙。與勇者言依於敢。與過者言依於
    銳。此其術也。而人常反之。是故與智者言。將此以明之。與不智者言。
    將此以教之。而甚難為也。故言多類。事多變。故終日言。不失其類。故
    事不亂。終日不變。而不失其主。故智貴不妄。聽貴聰智貴明。辭貴奇。

    謀篇第十

    為人凡謀有道。必得其所因。以求其情。審得其情。乃立三儀。三儀者曰
    上。曰中。曰下。參以立焉以生奇。奇不知其所擁。始於古之所從。故鄭
    人之取玉也。載司南之車。為其不惑也。夫度材量能揣情者。亦事之司南
    也。故同情而俱相親者。其俱成者也。同欲而相疏者。其偏害者也。同惡
    而相親者。其俱害者也。同惡而相疏者。偏害者也。故相益則親。相損則
    疏。其數行也。此所以察同異之分類一也。故牆壞於隙。木毀於其節。施
    蓋其分也。故變生於事。事生謀。謀生計。計生議。議生說。說生進。進
    生退。退生制。因以制於事。故百事一道。而百度一數也。夫仁人輕貨。
    不可誘以利。可使出費。勇士輕難。不可懼以患。可使據危。智者達於數
    。明於理。不可欺以誠。可示以道理。可使立功。是三才也。故愚者易蔽
    也。不肖者易懼也。貪者易誘也。是因事而裁之。故為強者。積於弱也。
    有餘者。積於不足也。此其道術行也。故外親而內疏者。說內。內親而外
    疏者。說外。故因其疑以變之。因其見以然之。因其說以要之。因其勢以
    成之。因其惡以權之。因其患以斥之。摩而恐之。高而動之。微而正之。
    符而應之。擁而塞之。亂而惑之。是謂計謀。計謀之用。公不如私。私不
    如結。結而無隙者也。正不如奇。奇流而不止者也。故說人主者。必與之
    言奇。說人臣者。必與之言私。其身內。其言外者疏。其身外。其言深者
    危。無以人之近所不欲。而強之於人。無以人之所不知。而教之於人。人
    之有好也。學而順之。人之有惡也。避而諱之。故陰道而陽取之也。故去
    之者縱之。縱之者乘之。貌者。不美又不惡。故至情托焉。可知者。可用
    也。不可知者。謀者所不用也。故曰。事貴制人。而不貴見制於人。制人
    者。握權也。見制於人者。制命也。故聖人之道陰。愚人之道陽。智者事
    易。而不智者事難。以此觀之。亡不可以為存。而危不可以為安。然而無
    為而貴智矣。智用於眾人之所不能知。而能用於眾人之所不能見。既用見
    可否。擇事而為之。所以自為也。見不事。擇事而為之。所以為人也。故
    先王之道。陰言有之曰。天地之化。在高與深。聖人之制道。在隱與匿。
    非獨忠信仁義也。中正而已矣。道理達於此義之。則可與言。由能得此。
    則可與穀遠近之義。

    決篇第十一

    為人凡決物。必托於疑者。善其用福。惡其有患。害至於誘也。終無惑偏
    有利焉。去其利則不受也。奇之所託。若有利於善者。隱托於惡。則不受
    矣。致疏遠。謂疑者本其利善。而決者隱其利善之情。反託之於惡。則不
    受其決。更致疏遠矣。故其有使失利。其有使離害者。此事之失。聖人所
    以能成其事者有五。有以陽德之者。有以陰賊之者。有以信誠之者。有以
    蔽匿之者。有以平素之者。陽勵於一言。陰勵於二言。平素樞機。以用四
    者。微而施之。於是度以往事。驗之來事。參之平素。可則決之。公王大
    人之事也。危而美名者。可則決之。不用費力而易成者。可則決之。用力
    犯勤苦。然而不得已而為之者。則可決之。去患者。可則決之。從福者。
    可則決之。故夫決情定疑。萬事之機。以正亂治。決成敗。難為者。故先
    王乃用蓍龜者。以自決也。

    符言第十二

    安徐正靜。其被節無不肉。善與而不靜。虛心平意。以待傾損。有主位。
    目貴明。耳貴聰。心貴智。以天下之目視者。則無不見。以天下之耳聽者
    。則無不聞。以天下之心慮者。則無不知。輻湊並進。則明不可塞。有主
    明。德之術。曰勿堅而拒之。許之則防守。拒之則閉塞。高山仰之可極。
    深淵度之可測。神明之位術正靜。其莫之極歟。有主德。用賞貴信。用刑
    貴正。賞賜貴信。必驗耳目之所見聞。其所不見聞者。莫不闇化矣。誠暢
    於天下神明。而況姦者干君。有主賞。一曰天之。二曰地之。三曰人之。
    四方上下。左右前後。熒惑之處安在。有主問。心為九竅之治。君為五官
    之長。為善者君與之賞。為非者君與之罰。君因其政之所以求因與之。則
    不勞。聖人用之。故能賞之。因之循理。固能久長。有主因。人主不可不
    周。人主不周。則群臣生亂。家于其無常也。內外不通。安知所開。開閉
    不善。不見原也。有主周。一曰長目。二曰飛耳。三曰樹明。千里之外。
    隱微之中。是謂洞天下。姦莫不闇變更。有主恭。循名而為。實安而完。
    名實相生。反相為情。故曰。名當則生於實。實生於理。理生於名實之德
    。德生於和。和生於當。有主名。

    轉丸、胠亂、二篇皆亡。

    鬼谷子卷下

    鬼谷子的主要著作有《鬼谷子》及《本經陰符七術》。《鬼谷子》側重於
    言談辯論技巧,而《本經陰符七術》則集中於養神蓄銳之道。

    《本經陰符七術》之前三篇說明如何充實意誌,涵養精神。後四篇討論如
    精神運用於外,如何以內在的心神去處理外在的事物。

    《東周列國誌》中有段關於《陰符》的精彩描寫。當年蘇秦辭鬼谷子下山
    得黃金百鎰,黑貂裘衣一件,治車馬僕從,遨游列國,訪求山川地形,人
    天下利害之詳。然而如此數年,未有所遇。其時錢財以盡,只得回家。回
    老小盡責其之。妻不以其為夫,嫂不以其為叔,母不以其為子。絕望之余
    子之臨別贈言﹕「若游說失意,只須熟玩《陰符》一書,自有進益。」於
    門探討,務窮其趣,晝夜不息。夜倦欲睡,則引錐刺股,血流滿足。如此
    符有悟,乃將列國形勢,細細揣摩,天下之勢,盡在掌中。後又出游列國
    、趙。隨之又將六國合縱,共同抗秦,建立不朽功績。

    本經陰符七篇

    盛神法五龍

    盛神中有五氣。神為之長。心為之舍。德為之人。養神之所歸諸道。道者
    。天地之始。一其紀也。物之所造。天之所生。包宏無形。化氣先天地而
    成。莫見其形。莫知其名。謂之神靈。故道者。神明之源。一其化端。是
    以德養五氣。心能得一。乃有其術。術者。心氣之道。所由舍者。神乃為
    之使。九竅十二舍者。氣之門戶。心之總攝也。生受之天。謂之真人。真
    人者。與天為一。而知之者。內修鍊而知之。謂之聖人。聖人者。以類知
    之。故人與生一。出於化物。知類在竅。有所疑惑。通於心術。術必有不
    通。其通也。五氣得養。務在舍神。此之謂化。化有五氣者。志也。思也
    。神也。德也。神其一長也。靜和者養氣。養氣得其和。四者不衰。四邊
    威勢。無不為存而舍之。是謂神化。歸於身謂之真人。真人者。同天而合
    道。執一而養產萬類。懷天心。施德養。無為以包志慮思意。而行威勢者
    也。士者通達之。神盛乃能養志。

    養志法靈龜

    養志者。心氣之思不達也。有所欲志。存而思之。志者。欲之使也。欲多
    志則心散。心散則志衰。志衰則思不達也。故心氣一。則欲不偟。欲不偟
    。則志意不衰。志意不衰。則思理達矣。理達則和通。和通則亂氣不煩於
    胸中。故內以養氣。外以知人。養志則心通矣。知人則分職明矣。將欲用
    之於人。必先知其養氣志。知人氣盛衰。而養其氣志。察其所安。以知其
    所能。志不養。心氣不固。心氣不固。則思慮不達。思慮不達。則志意不
    實。志意不實。則應對不猛。應對不猛。則失志而心氣虛。志失而心氣虛
    。則喪其神矣。神喪則髣彿。髣彿則參會不一。養志之始。務在安己。己
    安則志意實堅。志意實堅。則威勢不分。神明常固守。乃能分之。

    實意法騰蛇

    實意者。氣之慮也。心欲安靜。慮欲深遠。心安靜則神明榮。慮深遠則計
    謀成。神明榮則志不可亂。計謀成則功不可間。意慮定則心遂安。則其所
    行不錯。神者得則凝。識氣寄。姦邪得而倚之。詐謀得而惑之。言無由心
    矣。故信心術。守真一而不化。待人意慮之交會。聽之候之也。計謀者。
    存亡樞機。慮不會則聽不審矣。候之不得。計謀失矣。則意無所信。虛而
    無實。無為而求安靜。五臟和通。六腑精神魂魄固守不動。乃能內視反聽
    。定志思之。大虛待。神往來。以觀天地開闢。知萬物所造化。見陰陽之
    終始。原人事之政理。不出戶而知天下。不窺牖而見天道。不見而命。不
    行而至。是謂道知。以通神明。應於無方。而神宿矣。

    分威法伏熊

    分威者。神之覆也。故靜固志意。神歸其舍。則威覆盛矣。威覆盛則內實
    堅。內實堅則莫當。莫當則能以分人之威。而動其勢如其天。以實取虛。
    以有取無。若以鎰稱珠。故動者必隨。唱者必和。撓其一指。觀其餘次。
    動變見形。無能間者。審於唱和。以間見間。動變明而威可分。將欲動變
    。必先養志伏意以視間。知其固實者。自養也。讓己者。養人也。故神存
    兵亡。乃為之形勢。

    散勢法鷙鳥

    散勢者。神之使也。用之必循間而動。威肅內盛。推間而行之則勢散。夫
    散勢者。心虛志溢。意失威勢。精神不專。其言外而多變。故觀其志意為
    度數。乃以揣說圖事。盡圓方。齊長短。無則不散勢。散勢者。待間而動
    。動勢分矣。故善思間者。必內精五氣。外視虛實。動而不失分散之實。
    動則隨其志意。知其計謀。勢者。利害之決。權變之威。勢敗者。不以神
    肅察也。

    轉圖法猛獸

    轉圓者。無窮之計。無窮者。必有聖人之心。以原不測之智。以不測之智
    而通心術。而神道混沌為一。以變論萬義類。說義無窮。智略計謀。各有
    形容。或圓或方。或陰或陽。或吉或凶。事類不同。故聖人懷此之用。轉
    圓而求其合。故興造化者。為始動作。無不包大道。以觀神明之域。天地
    無極。人事無窮。各以成其類。見其計謀。必知其吉凶成敗之所終也。轉
    圓者。或轉而吉。或轉而凶。聖人以道先知存亡。乃知轉圓而從方。圓者
    。所以合語。方者。所以錯事。轉化者。所以觀計謀。接物者。所以觀進
    退之意。皆見其會。乃為要結。以接其說也。

    損悅法靈蓍

    損兌者。幾危之決也。事有適然。物有成敗。幾危之動。不可不察。故聖
    人以無為待有德。言察辭。合於事。兌者。知之也。損者。行之也。損之
    說之。物有不可者。聖人不為辭也。故智者不以言失人之言。故辭不煩而
    心不虛。志不亂而意不邪。當其難易。而後為之謀。自然之道以為實。圓
    者不行。方者不止。是謂大功。益之損之。皆為之辭。用分威散勢之權。
    以見其兌威。其機危乃為之決。故善損兌者。譬若決水於千仞之堤。轉圓
    石於萬仞之谿。持樞。持樞謂春生夏長。秋收冬藏。天之正也。不可干而
    逆之。逆之者。雖成必敗。故人君亦有天樞。生養成藏。亦復不別。干而
    逆之。逆之雖盛必衰。此天道人君之大綱也。中經。中經。謂振窮趨急。
    施之能言厚德之人。救物執窮者。不忘恩也。能言者。儔善博惠。施德者
    依道。而救拘執者。養使小人。蓋士當世異時。或當因免闐坑。或當伐害
    能言。或當破德為雄。或當抑拘成罪。或當戚戚自善。或當敗敗自立。故
    道貴制人。不貴制於人也。制人者握權。制於人者失命。是以見形為容。
    象體為貌。聞聲和音。解仇鬥郤。綴去卻語。攝心守義。本經記事者紀道
    數。其變要在持樞中經。見形為容。象體為貌者。謂爻為之生也。可以影
    響形容象貌而得之也。有守之人。目不視非。耳不聽邪。言必詩書。行不
    僻淫。以道為形。以聽為容。貌莊色溫。不可象貌而得也。如是隱情塞郤
    而去之。聞聲和音。謂聲氣不同。則恩受不接。故商角不二合。徵羽不相
    配。能為四聲主者。其唯宮乎。故音不和。則不悲不是。以聲散傷醜害者
    。言必逆於耳也。雖有美行盛譽。不可比目合翼相須也。此乃氣不合。音
    不調者也。解仇鬥郤。謂解羸微之仇。鬥郤者。鬥強也。強郤既鬥。稱勝
    者高其功。盛其勢。弱者哀其負。傷其卑。行其名。恥其宗。故勝者。鬥
    其功勢。苟進而不知退。弱者聞哀其負。見其傷。則強大力倍。死而是也
    。郤無極大。禦無強大。則皆可脅而并。綴去者。謂綴己之繫。言使有餘
    思也。故接貞信者稱其行。厲其志。言可為可復。會之期喜。以他人之庶
    。引驗以結往。明疑疑而去之。卻語者。察伺短也。故多必有數短之處。
    識其短驗之。動以忌諱。示以時禁。然後結以安其心。收語蓋藏而卻之。

    無見己之所不能於多方之人。攝心者。謂逢好學伎術者。則為之稱遠。方
    驗之。驚以奇怪。人繫其心於己。效之於驗。驗去亂其前。吾歸誠於己。
    遭淫色酒者。為之術音樂。動之以為必死。生日少之憂。喜以自所不見之
    事。終可以觀漫瀾之命。使有後會。守義者。謂守以人義。探心在內以合
    也。探心深得其主也。從外制內。事有繫由而隨也。故小人比人。則左道
    而用之。至能敗家奪國。非賢智。不能守家以義。不能守國以道。聖人所
    貴道微妙者。誠以其可以轉危為安。救亡使存也。

    End of Project Gutenberg's Wenyvange Sikuquanshu--Gui Gu Zi, by Wang Xu

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    鬼谷子

    Aproximadamente 1.974 palavras.

    Produced by Wan Ting Gong

    Gui Gu Zi (Thought Of Gui Gu Zi)

    by Wang Xu

    The original Chinese:

    鬼谷子

    王詡

    鬼谷子,姓王名詡,春秋時人。常入雲夢山采藥修道。因隱居清溪之鬼谷
    谷先生。

    鬼谷子為縱橫家之鼻祖,蘇秦與張儀為其最杰出的兩個弟子〔見《戰國策
    孫臏與龐涓亦為其弟子之說〔見《孫龐演義》〕。

    縱橫家所崇尚的是權謀策略及言談辯論之技巧,其指導思想與儒家所推崇
    大相徑庭。因此,歷來學者對《鬼谷子》一書推崇者甚少,而譏詆者極多
    戰術之得益與否,關系國家之安危興衰;而生意談判與競爭之策略是否得
    到經濟上之成敗得失。即使在日常生活中,言談技巧也關系到一人之處世
    與否。當年蘇秦憑其三寸不爛之舌,合縱六國,配六國相印,統領六國共
    赫一時。而張儀又憑其謀略與游說技巧,將六國合縱土蹦瓦解,為秦國立
    。所謂「智用於眾人之所不能知,而能用於眾人之所不能。」潛謀於無形
    爭不費,此為《鬼谷子》之精髓所在。《孫子兵法》側重於總體戰略,而
    則專於具體技巧,兩者可說是相輔相成。

    《鬼谷子》共有十四篇,其中第十三、十四篇已失傳。《鬼谷子》的版本
    道藏本及嘉慶十年江都秦氏刊本。

    鬼谷子卷上

    捭闔第一

    粵若稽古聖人之在天地間也。為眾生之先。觀陰陽之開闔以命物。知存亡
    之門戶。籌策萬類之終始。達人心之理。見變化之眹焉。而守司其門戶。
    故聖人之在天下也。自古至今。其道一也。變化無窮。各有所歸。或陰或
    陽。或柔或剛。或開或閉。或弛或張。是故聖人一守司其門戶。審察其所
    先後。度權量能。校其伎巧短長。夫賢不肖智愚勇怯仁義有差。乃可捭。
    乃可闔。乃可進。乃可退。乃可賤。乃可貴。無為以牧之。審定有無。以
    其實虛。隨其嗜欲。以見其志意。微排其所言而捭反之。以求其實。貴得
    其指。闔而捭之。以求其利。或開而示之。或闔而閉之。開而示之者。同
    其情也。闔而閉之者。異其誠也。可與不可。審明其計謀。以原其同異。
    離合有守。先從其志。即欲捭之貴周。即欲闔之貴密。周密之貴微。而與
    道相追。捭之者。料其情也。闔之者。結其誠也。皆見其權衡輕重。乃為
    之度數。聖人因而為之慮。其不中權衡度數。聖人因而自為之慮。故捭者
    、或捭而出之。或捭而納之。闔者、或闔而取之。或闔而去之。捭闔者。
    天地之道。捭闔者。以變動陰陽。四時開閉。以化萬物縱橫。反出反覆反
    忤。必由此矣。捭闔者。道之大化。說之變也。必豫審其變化。口者。心
    之門戶也。心者。神之主也。志意喜欲。思慮智謀。此皆由門戶出入。故
    關之捭闔。制之以出入。捭之者開也。言也。陽也。闔之者閉也。默也。
    陰也。陰陽其和。終始其義。故言長生安樂富貴。尊榮顯名。愛好財利。
    得意喜欲。為陽曰始。故言死憂患貧賤。苦辱棄損。亡利失意。有害刑戮
    誅罰。為陰曰終。諸言法陽之類者皆曰始。言善以始其事。諸言法陰之類
    皆曰終。言惡以終為謀。捭闔之道。以陰陽試之。故與陽言者依崇高。與
    陰言者依卑小。以下求小。以高求大。由此言之。無所不出。無所不入。
    無所不言可。可以說人。可以說家。可以說國。可以說天下。為小無內。
    為大無外。益損去就倍反。皆以陰陽御其事。陽動而行。陰止而藏。陽動
    而出。陰隨而入。陽還終始。陰極反陽。以陽動者。德相生也。以陰靜者
    。形相成也。以陽求陰。苞以德也。以陰結陽。施以力也。陰陽相求。由
    捭闔也。此天地陰陽之道。而說人之法也。為萬事之先。是謂圓方之門戶
    。

    反應第二

    古之大化者。乃與無形俱生。反以觀往。覆以驗今。反以知古。覆以知今
    。反以知彼。覆以知己。動靜虛實之理。不合來今。反古而求之。事有反
    而得覆者。聖人之意也。不可不察。人言者動也。己默者靜也。因其言。
    聽其辭。言有不合者。反而求之。其應必出。言有象。事有比。其有象比
    。以觀其次。象者象其事。比者比其辭也。以は形求有聲。其釣語合事。
    得人實也。其張罝網而取獸也。多張其會而司之。道合其事。彼自出之。
    此釣人之網也。常持其網驅之。其言無比。乃為之變。以象動之。以報其
    心。見其情。隨而牧之。己反往。彼覆來。言有象比。因而定基。重之襲
    之。反之覆之。萬事不失其辭。聖人所誘愚智事皆不疑。古善反聽者。乃
    變鬼神以得其情。其變當也。而牧之審也。牧之不審。得情不明。得情不
    明。定基不審。變象比。必有反辭。以還聽之。欲聞其聲反默。欲張反瞼
    。欲高反下。欲取反與。欲開情者。象而比之。以牧其辭。同聲相呼。實
    理同歸。或因此。或因彼。或以事上。或以牧下。此聽真偽。知同異。得
    其情詐也。動作言默。與此出入。喜怒由此以見其式。皆以先定為之法則
    。以反求覆。觀其所託。故用此者。己欲平靜。以聽其辭。察其事。論萬
    物。別雄雌。雖非其事。見微知類。若探人而居其內。量其能。射其意也
    。符應不失。如螣蛇之所指。若羿之引矢。故知之始己。自知而後知人也
    。其相知也。若比目之魚。見形也。若光之與影也。其察言也不失。若磁
    石之取鍼。舌之取燔骨。其與人也微。其見情也疾。如陰與陽。如陽與陰
    。如圓與方。如方與圓。未見形、圓以道之。既形、方以事之。進退左右
    。以是司之。己不先定。牧人不正。事用不巧。是謂忘情失道。己審先定
    以牧人。策而無形容。莫見其門。是謂天神。

    內揵第三

    君臣上下之事。有遠而親。近而疏。就之不用。去之反求。日進前而不御
    。遙聞聲而相思。事皆有內揵。素結本始。或結以道德。或結以黨友。或
    結以財貨。或結以釆色。用其意。欲入則入。欲出則出。欲親則親。欲疏
    則疏。欲就則就。欲去則去。欲求則求。欲思則思。若蚨母之從其子也。
    出無間。入無眹。獨往獨來。莫之能止。內者、進說辭。揵者、揵所謀也
    。故遠而親者。有陰德也。近而疏者。志不合也。陰德、謂陰私相德也。
    就而不用者。策不得也。去而反求者。事中來也。日進前而不御者。施不
    合也。遙聞聲而相思者。合於謀。待決事也。故曰不見其類而為之者。見
    逆。不得其情而說之者。見非。得其情。乃制其術。此用可出可入。可揵
    可開。故聖人立事。以此先知。而揵萬物。由夫道德仁義。禮樂計謀。先
    取詩書。混說損益。議去論就。欲合者用內。欲去者用外。外內者。必明
    道數。揣策來事。見疑訣之。策無失計。立功建德。治民入產業。曰揵而
    內合。上暗不治。下亂不寤。揵而反之。內自得而外不留。說而飛之。若
    命自來。己迎而御之。若欲去之。因危與之。環轉因化。莫之所為。退為
    大儀。

    抵巇第四

    物有自然。事有合離。有近而不可見。遠而可知。近而不可見者。不察其
    辭也。遠而可知者。反往以驗來也。巇者、罅也。罅者、 也。 者、成
    大隙也。巇始有朕。可抵而塞。可抵而卻。可抵而息。可抵而匿。可抵而
    得。此謂抵巇之理也。事之危也。聖人知之。獨保其用。因化說事。通達
    計謀。以識細微。經起秋毫之末。揮之於太山之本。其施外兆萌牙孽之謀
    。皆由抵巇。抵巇隙為道術。天下分錯。上無明主。公侯無道德。則小人
    讒賊。賢人不用。聖人竄匿。貪利詐偽者作。君臣相惑。土崩瓦解。而相
    伐射。父子離散。乖亂反目。是謂萌牙巇罅。聖人見萌牙巇罅。則抵之以
    法。世可以治。則抵而塞之。不可治。則抵而得之。或抵如此。或抵如彼
    。或抵反之。或抵覆之。五帝之政。抵而塞之。三王之事。抵而得之。諸
    侯相抵。不可勝數。當此之時。能抵為右。自天地之合離終始。必有巇隙
    。不可不察也。察之以捭闔。能用此道。聖人也。聖人者。天地之使也。
    世無可抵。則深隱而待時。時有可抵。則為之謀。可以上合。可以檢下。
    能因能循。為天地守神。

    鬼谷子卷中

    飛箝篇五

    凡度權量能。所以徵遠來近。立勢而制事。必先察同異。別是非之語。見
    內外之辭。知有無之數。決安危之計。定親疏之事。然後乃權量之。其有
    隱括。乃可徵。乃可求。乃可用。引鉤箝之辭。飛而箝之。鉤箝之語。其
    說辭也。乍同乍異。其不可善者。或先徵之。而後重累。或先重以累。而
    後毀之。或以重累為毀。或以毀為重累。其用或稱財貨琦瑋珠玉璧白釆色
    以事之。或量能立勢以鉤之。或伺候見 而箝之。其事用抵巇。將欲用之
    天下。必度權量能。見天時之盛衰。制地形之廣狹。岨嶮之難易。人民貨
    財之多少。諸侯之交。孰親孰疏。孰愛孰憎。心意之慮懷。審其意。知其
    所好惡。乃就說其所重。以飛箝之辭。鉤其所好。以箝求之。用之於人。
    則量智能。權材力。料氣勢。為之樞機。以迎之隨之。以箝和之。以意宜
    之。此飛箝之綴也。

    用於人則空往而實來。綴而不失。以究其辭。可箝而從。可箝而橫。

    可引而東。可引而西。可引而南。可引而北。可引而反。可引而覆。

    雖覆能復。不失其度。

    忤合第六

    凡趨合倍反。計有適合。化轉環屬。各有形勢。反覆相求。因事為制。是
    以聖人居天地之間。立身御世。施教揚聲明名也。必因事物之會。觀天時
    之宜。因之所多所少。以此先知之。與之轉化。世無常貴。事無常師。聖
    人常為無不為。所聽無不聽。成於事而合於計謀。與之為主。合於彼而離
    於此。計謀不兩忠。必有反忤。反於是。忤於彼。忤於此。反於彼。其術
    也。用之天下。必量天下而與之。用之國。必量國而與之。用之家。必量
    家而與之。用之身。必量身材能氣勢而與之。大小進退。其用一也。必先
    謀慮計定。而後行之以飛箝之術。古之善背向者。乃協四海、包諸侯、忤
    合之地。而化轉之然後以之求合。故伊尹五就湯。五就桀。然後合於湯。
    呂尚三就文王。三入殷。而不能有所明。然後合於文王。此知天命之箝。
    故歸之不疑也。非至聖人達奧。不能御世。勞心苦思。不能原事。不悉心
    見情。不能成名。材質不惠。不能用兵。忠實無真。不能知人。故忤合之
    道。己必自度材能知睿。量長短遠近孰不如。乃可以進。乃可以退。乃可
    以縱。乃可以橫。

    揣篇第七

    少饒乏、有餘不足、幾何辨。地形之險易。孰利孰害。謀慮孰長孰短。君
    臣之親疏。孰賢孰不肖。與賓客之知睿。孰少孰多。觀天時之禍福。孰吉
    孰凶。諸侯之親。孰用孰不用。百姓之心。去就變化。孰安孰危。孰好孰
    憎。反側孰便。能知如此者。是謂權量。揣情者。必以其甚喜之時。往而
    極其欲也。其有欲也。不能隱其情。必以其甚懼之時。往而極其惡也。其
    有惡也。不能隱其情。情欲必失其變。感動而不知其變者。乃且錯其人勿
    與語。而更問所親。知其所安。夫情變於內者。形見於外。故常必以其見
    者。而知其隱者。此所謂測深揣情。故計國事者。則當審權量。說人主。
    則當審揣情。謀慮情欲。必出於此。乃可貴。乃可賤。乃可重。乃可輕。
    乃可利。乃可害。乃可成。乃可敗。其數一也。故雖有先王之道。聖智之
    謀。非揣情隱匿。無所索之。此謀之大本也。而說之法也。常有事於人。
    人莫先事而至。此最難為。故曰。揣情最難。守司言必時其謀慮。故觀蜎
    飛蠕動。無不有利害。可以生事美。生事者。幾之勢也。此揣情飾言。成
    文章而後論之。

    摩篇第八

    摩之符也。內符者。揣之主也。用之有道。其道必隱。微摩之以其所欲。
    測而探之。因符必應。其應也。必有為之。故微而去之。是謂塞窌匿端。
    隱貌逃情。而人不知。故成其事而無患。摩之在此。符之在彼。從而應之
    。事無不可。古之善摩者。如操鉤而臨深淵。餌而投之。必得魚焉。故曰
    主事日成。而人不知。主兵日勝。而人不畏也。聖人謀之於陰。故曰神。
    成之於陽。故曰明。所謂主事日成者。積德也。用民安之。不知其所以利
    。積善也。而民道之。不知其所以然。而天下比之神明也。主兵日勝者。
    常戰於不爭不費。而民不知所以服。不知所以畏。而天下比之神明。其摩
    者。有以平。有以正。有以喜。有以怒。有以名。有以行。有以廉。有以
    信。有以利。有以卑。平者、靜也。正者、直也。喜者、悅也。怒者、動
    也。名者、發也。行者、成也。廉者、潔也。信者、明也。利者、求也。
    卑者、諂也。故聖所獨用者。眾人皆有之。然無成功者。其用之非也。故
    謀莫難於周密。說莫難於悉聽。事莫難於必成。此三者然後能之。故謀必
    欲周密。必擇其所與通者說也。故曰或結而無隙也。夫事成必合於數。故
    曰道數與時相偶者也。說者聽。必合於情。故曰情合者聽。故物歸類。抱
    薪趨火。燥者先燃。平地注水。濕者先濡。此物類相應於勢。譬猶是也。
    此言內符之應。外摩也如是。故曰摩之以其類焉。有不相應者。乃摩之以
    其欲焉。有不聽者。故曰獨行之道。夫幾者不晚成。而不抱久而化成。

    權篇第九

    說之者、說之也。說之者、資之也。飾言者、假之也。假之者、益損也。
    應對者。利辭也。利辭也。輕論也。成義者。明之也。明之者。符驗也。
    難言者。卻論也。卻論者。釣幾也。佞言者。諂而于忠。諛言者。博而于
    智。平言者。決而于勇。戚言者。權而于信。靜言者。反而于勝。先意成
    欲者諂也。繁稱文辭者博也。策選進謀者權也。縱舍不宜者決也。先分不
    足而窒非者反也。故口者。幾關也。所以閉情意也。耳目者。心之佐助也
    。所以窺間見姦邪。故曰參調而應。利道而動。故繫言而不亂。翱翔而不
    迷。變易而不危者。觀要得理。故無目者。不可示以五色。無耳者。不可
    告以五音。故不可以往者。無所開之也。不可以來者。無所受之也。物有
    不通者。故不事也。古人有言曰。口可以食。不可以言。言者有諱忌也。
    眾口爍金。言有曲故也。人之情。出言則欲聽。舉事則欲成。是故智者不
    用其所短。而用愚人之所長。不用其所拙。而用愚人之所工。故不困也。
    言其有利者。從其所長也。言其有害者。避其所短也。故介虫之悍也。必
    以堅厚。螫蟲之動也。必以毒螫。故禽獸之用。其長而談者。知用其用也
    。故曰辭言五。曰病。曰怨。曰憂。曰怒。曰喜。故曰病者。感衰氣而不
    神也。怨者。腸絕而無主也。憂者。閉塞而不泄也。怒者。妄動而不治也
    。喜者。宣散而無要也。此五者。精則用之。利則行之。故與智者言依於
    博。與拙者言依於辨。與辨者言依於要。與貴者言依於勢。與富者言依於
    高。與貧者言依於利。與賤者言依於謙。與勇者言依於敢。與過者言依於
    銳。此其術也。而人常反之。是故與智者言。將此以明之。與不智者言。
    將此以教之。而甚難為也。故言多類。事多變。故終日言。不失其類。故
    事不亂。終日不變。而不失其主。故智貴不妄。聽貴聰智貴明。辭貴奇。

    謀篇第十

    為人凡謀有道。必得其所因。以求其情。審得其情。乃立三儀。三儀者曰
    上。曰中。曰下。參以立焉以生奇。奇不知其所擁。始於古之所從。故鄭
    人之取玉也。載司南之車。為其不惑也。夫度材量能揣情者。亦事之司南
    也。故同情而俱相親者。其俱成者也。同欲而相疏者。其偏害者也。同惡
    而相親者。其俱害者也。同惡而相疏者。偏害者也。故相益則親。相損則
    疏。其數行也。此所以察同異之分類一也。故牆壞於隙。木毀於其節。施
    蓋其分也。故變生於事。事生謀。謀生計。計生議。議生說。說生進。進
    生退。退生制。因以制於事。故百事一道。而百度一數也。夫仁人輕貨。
    不可誘以利。可使出費。勇士輕難。不可懼以患。可使據危。智者達於數
    。明於理。不可欺以誠。可示以道理。可使立功。是三才也。故愚者易蔽
    也。不肖者易懼也。貪者易誘也。是因事而裁之。故為強者。積於弱也。
    有餘者。積於不足也。此其道術行也。故外親而內疏者。說內。內親而外
    疏者。說外。故因其疑以變之。因其見以然之。因其說以要之。因其勢以
    成之。因其惡以權之。因其患以斥之。摩而恐之。高而動之。微而正之。
    符而應之。擁而塞之。亂而惑之。是謂計謀。計謀之用。公不如私。私不
    如結。結而無隙者也。正不如奇。奇流而不止者也。故說人主者。必與之
    言奇。說人臣者。必與之言私。其身內。其言外者疏。其身外。其言深者
    危。無以人之近所不欲。而強之於人。無以人之所不知。而教之於人。人
    之有好也。學而順之。人之有惡也。避而諱之。故陰道而陽取之也。故去
    之者縱之。縱之者乘之。貌者。不美又不惡。故至情托焉。可知者。可用
    也。不可知者。謀者所不用也。故曰。事貴制人。而不貴見制於人。制人
    者。握權也。見制於人者。制命也。故聖人之道陰。愚人之道陽。智者事
    易。而不智者事難。以此觀之。亡不可以為存。而危不可以為安。然而無
    為而貴智矣。智用於眾人之所不能知。而能用於眾人之所不能見。既用見
    可否。擇事而為之。所以自為也。見不事。擇事而為之。所以為人也。故
    先王之道。陰言有之曰。天地之化。在高與深。聖人之制道。在隱與匿。
    非獨忠信仁義也。中正而已矣。道理達於此義之。則可與言。由能得此。
    則可與穀遠近之義。

    決篇第十一

    為人凡決物。必托於疑者。善其用福。惡其有患。害至於誘也。終無惑偏
    有利焉。去其利則不受也。奇之所託。若有利於善者。隱托於惡。則不受
    矣。致疏遠。謂疑者本其利善。而決者隱其利善之情。反託之於惡。則不
    受其決。更致疏遠矣。故其有使失利。其有使離害者。此事之失。聖人所
    以能成其事者有五。有以陽德之者。有以陰賊之者。有以信誠之者。有以
    蔽匿之者。有以平素之者。陽勵於一言。陰勵於二言。平素樞機。以用四
    者。微而施之。於是度以往事。驗之來事。參之平素。可則決之。公王大
    人之事也。危而美名者。可則決之。不用費力而易成者。可則決之。用力
    犯勤苦。然而不得已而為之者。則可決之。去患者。可則決之。從福者。
    可則決之。故夫決情定疑。萬事之機。以正亂治。決成敗。難為者。故先
    王乃用蓍龜者。以自決也。

    符言第十二

    安徐正靜。其被節無不肉。善與而不靜。虛心平意。以待傾損。有主位。
    目貴明。耳貴聰。心貴智。以天下之目視者。則無不見。以天下之耳聽者
    。則無不聞。以天下之心慮者。則無不知。輻湊並進。則明不可塞。有主
    明。德之術。曰勿堅而拒之。許之則防守。拒之則閉塞。高山仰之可極。
    深淵度之可測。神明之位術正靜。其莫之極歟。有主德。用賞貴信。用刑
    貴正。賞賜貴信。必驗耳目之所見聞。其所不見聞者。莫不闇化矣。誠暢
    於天下神明。而況姦者干君。有主賞。一曰天之。二曰地之。三曰人之。
    四方上下。左右前後。熒惑之處安在。有主問。心為九竅之治。君為五官
    之長。為善者君與之賞。為非者君與之罰。君因其政之所以求因與之。則
    不勞。聖人用之。故能賞之。因之循理。固能久長。有主因。人主不可不
    周。人主不周。則群臣生亂。家于其無常也。內外不通。安知所開。開閉
    不善。不見原也。有主周。一曰長目。二曰飛耳。三曰樹明。千里之外。
    隱微之中。是謂洞天下。姦莫不闇變更。有主恭。循名而為。實安而完。
    名實相生。反相為情。故曰。名當則生於實。實生於理。理生於名實之德
    。德生於和。和生於當。有主名。

    轉丸、胠亂、二篇皆亡。

    鬼谷子卷下

    鬼谷子的主要著作有《鬼谷子》及《本經陰符七術》。《鬼谷子》側重於
    言談辯論技巧,而《本經陰符七術》則集中於養神蓄銳之道。

    《本經陰符七術》之前三篇說明如何充實意誌,涵養精神。後四篇討論如
    精神運用於外,如何以內在的心神去處理外在的事物。

    《東周列國誌》中有段關於《陰符》的精彩描寫。當年蘇秦辭鬼谷子下山
    得黃金百鎰,黑貂裘衣一件,治車馬僕從,遨游列國,訪求山川地形,人
    天下利害之詳。然而如此數年,未有所遇。其時錢財以盡,只得回家。回
    老小盡責其之。妻不以其為夫,嫂不以其為叔,母不以其為子。絕望之余
    子之臨別贈言﹕「若游說失意,只須熟玩《陰符》一書,自有進益。」於
    門探討,務窮其趣,晝夜不息。夜倦欲睡,則引錐刺股,血流滿足。如此
    符有悟,乃將列國形勢,細細揣摩,天下之勢,盡在掌中。後又出游列國
    、趙。隨之又將六國合縱,共同抗秦,建立不朽功績。

    本經陰符七篇

    盛神法五龍

    盛神中有五氣。神為之長。心為之舍。德為之人。養神之所歸諸道。道者
    。天地之始。一其紀也。物之所造。天之所生。包宏無形。化氣先天地而
    成。莫見其形。莫知其名。謂之神靈。故道者。神明之源。一其化端。是
    以德養五氣。心能得一。乃有其術。術者。心氣之道。所由舍者。神乃為
    之使。九竅十二舍者。氣之門戶。心之總攝也。生受之天。謂之真人。真
    人者。與天為一。而知之者。內修鍊而知之。謂之聖人。聖人者。以類知
    之。故人與生一。出於化物。知類在竅。有所疑惑。通於心術。術必有不
    通。其通也。五氣得養。務在舍神。此之謂化。化有五氣者。志也。思也
    。神也。德也。神其一長也。靜和者養氣。養氣得其和。四者不衰。四邊
    威勢。無不為存而舍之。是謂神化。歸於身謂之真人。真人者。同天而合
    道。執一而養產萬類。懷天心。施德養。無為以包志慮思意。而行威勢者
    也。士者通達之。神盛乃能養志。

    養志法靈龜

    養志者。心氣之思不達也。有所欲志。存而思之。志者。欲之使也。欲多
    志則心散。心散則志衰。志衰則思不達也。故心氣一。則欲不偟。欲不偟
    。則志意不衰。志意不衰。則思理達矣。理達則和通。和通則亂氣不煩於
    胸中。故內以養氣。外以知人。養志則心通矣。知人則分職明矣。將欲用
    之於人。必先知其養氣志。知人氣盛衰。而養其氣志。察其所安。以知其
    所能。志不養。心氣不固。心氣不固。則思慮不達。思慮不達。則志意不
    實。志意不實。則應對不猛。應對不猛。則失志而心氣虛。志失而心氣虛
    。則喪其神矣。神喪則髣彿。髣彿則參會不一。養志之始。務在安己。己
    安則志意實堅。志意實堅。則威勢不分。神明常固守。乃能分之。

    實意法騰蛇

    實意者。氣之慮也。心欲安靜。慮欲深遠。心安靜則神明榮。慮深遠則計
    謀成。神明榮則志不可亂。計謀成則功不可間。意慮定則心遂安。則其所
    行不錯。神者得則凝。識氣寄。姦邪得而倚之。詐謀得而惑之。言無由心
    矣。故信心術。守真一而不化。待人意慮之交會。聽之候之也。計謀者。
    存亡樞機。慮不會則聽不審矣。候之不得。計謀失矣。則意無所信。虛而
    無實。無為而求安靜。五臟和通。六腑精神魂魄固守不動。乃能內視反聽
    。定志思之。大虛待。神往來。以觀天地開闢。知萬物所造化。見陰陽之
    終始。原人事之政理。不出戶而知天下。不窺牖而見天道。不見而命。不
    行而至。是謂道知。以通神明。應於無方。而神宿矣。

    分威法伏熊

    分威者。神之覆也。故靜固志意。神歸其舍。則威覆盛矣。威覆盛則內實
    堅。內實堅則莫當。莫當則能以分人之威。而動其勢如其天。以實取虛。
    以有取無。若以鎰稱珠。故動者必隨。唱者必和。撓其一指。觀其餘次。
    動變見形。無能間者。審於唱和。以間見間。動變明而威可分。將欲動變
    。必先養志伏意以視間。知其固實者。自養也。讓己者。養人也。故神存
    兵亡。乃為之形勢。

    散勢法鷙鳥

    散勢者。神之使也。用之必循間而動。威肅內盛。推間而行之則勢散。夫
    散勢者。心虛志溢。意失威勢。精神不專。其言外而多變。故觀其志意為
    度數。乃以揣說圖事。盡圓方。齊長短。無則不散勢。散勢者。待間而動
    。動勢分矣。故善思間者。必內精五氣。外視虛實。動而不失分散之實。
    動則隨其志意。知其計謀。勢者。利害之決。權變之威。勢敗者。不以神
    肅察也。

    轉圖法猛獸

    轉圓者。無窮之計。無窮者。必有聖人之心。以原不測之智。以不測之智
    而通心術。而神道混沌為一。以變論萬義類。說義無窮。智略計謀。各有
    形容。或圓或方。或陰或陽。或吉或凶。事類不同。故聖人懷此之用。轉
    圓而求其合。故興造化者。為始動作。無不包大道。以觀神明之域。天地
    無極。人事無窮。各以成其類。見其計謀。必知其吉凶成敗之所終也。轉
    圓者。或轉而吉。或轉而凶。聖人以道先知存亡。乃知轉圓而從方。圓者
    。所以合語。方者。所以錯事。轉化者。所以觀計謀。接物者。所以觀進
    退之意。皆見其會。乃為要結。以接其說也。

    損悅法靈蓍

    損兌者。幾危之決也。事有適然。物有成敗。幾危之動。不可不察。故聖
    人以無為待有德。言察辭。合於事。兌者。知之也。損者。行之也。損之
    說之。物有不可者。聖人不為辭也。故智者不以言失人之言。故辭不煩而
    心不虛。志不亂而意不邪。當其難易。而後為之謀。自然之道以為實。圓
    者不行。方者不止。是謂大功。益之損之。皆為之辭。用分威散勢之權。
    以見其兌威。其機危乃為之決。故善損兌者。譬若決水於千仞之堤。轉圓
    石於萬仞之谿。持樞。持樞謂春生夏長。秋收冬藏。天之正也。不可干而
    逆之。逆之者。雖成必敗。故人君亦有天樞。生養成藏。亦復不別。干而
    逆之。逆之雖盛必衰。此天道人君之大綱也。中經。中經。謂振窮趨急。
    施之能言厚德之人。救物執窮者。不忘恩也。能言者。儔善博惠。施德者
    依道。而救拘執者。養使小人。蓋士當世異時。或當因免闐坑。或當伐害
    能言。或當破德為雄。或當抑拘成罪。或當戚戚自善。或當敗敗自立。故
    道貴制人。不貴制於人也。制人者握權。制於人者失命。是以見形為容。
    象體為貌。聞聲和音。解仇鬥郤。綴去卻語。攝心守義。本經記事者紀道
    數。其變要在持樞中經。見形為容。象體為貌者。謂爻為之生也。可以影
    響形容象貌而得之也。有守之人。目不視非。耳不聽邪。言必詩書。行不
    僻淫。以道為形。以聽為容。貌莊色溫。不可象貌而得也。如是隱情塞郤
    而去之。聞聲和音。謂聲氣不同。則恩受不接。故商角不二合。徵羽不相
    配。能為四聲主者。其唯宮乎。故音不和。則不悲不是。以聲散傷醜害者
    。言必逆於耳也。雖有美行盛譽。不可比目合翼相須也。此乃氣不合。音
    不調者也。解仇鬥郤。謂解羸微之仇。鬥郤者。鬥強也。強郤既鬥。稱勝
    者高其功。盛其勢。弱者哀其負。傷其卑。行其名。恥其宗。故勝者。鬥
    其功勢。苟進而不知退。弱者聞哀其負。見其傷。則強大力倍。死而是也
    。郤無極大。禦無強大。則皆可脅而并。綴去者。謂綴己之繫。言使有餘
    思也。故接貞信者稱其行。厲其志。言可為可復。會之期喜。以他人之庶
    。引驗以結往。明疑疑而去之。卻語者。察伺短也。故多必有數短之處。
    識其短驗之。動以忌諱。示以時禁。然後結以安其心。收語蓋藏而卻之。

    無見己之所不能於多方之人。攝心者。謂逢好學伎術者。則為之稱遠。方
    驗之。驚以奇怪。人繫其心於己。效之於驗。驗去亂其前。吾歸誠於己。
    遭淫色酒者。為之術音樂。動之以為必死。生日少之憂。喜以自所不見之
    事。終可以觀漫瀾之命。使有後會。守義者。謂守以人義。探心在內以合
    也。探心深得其主也。從外制內。事有繫由而隨也。故小人比人。則左道
    而用之。至能敗家奪國。非賢智。不能守家以義。不能守國以道。聖人所
    貴道微妙者。誠以其可以轉危為安。救亡使存也。

    End of Project Gutenberg's Wenyvange Sikuquanshu--Gui Gu Zi, by Wang Xu

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    Autour de la Lune

    Aproximadamente 59.254 palavras.

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    AUTOUR DE LA LUNE
    Etext Production Notes

    Mathematical symbols are enclosed in the brackets "(" and ")" and are
    expressed as their character or symbol names in the LaTeX typesetting
    language. One formula has also been typeset in "visual mode", in lines
    presceded by %

    D'ici à la fin du document le texte sera redigé en français.

    Typographie utilisée dans le texte.
    -----------------------------------

    _xxx_ Texte imprimé en italiques.
    (xxx) Symboles mathématiques ou mots grecs rendus
    selon le langage de composition TeX.
    --Tiret.

    Dictionnaire des mots peu communs utilisés dans le texte.
    ---------------------------------------------------------

    lieue Ancienne mesure de distance (environ 4 km).

    ligne Ancienne mesure de longeur valant, douzième partie
    du pouce, 2.1167 mm.

    londrès Cigare de la Havane, fabriqué à l'origine pour les
    Anglais.

    milles Mesure de longeur américaine, 5280 pieds, 1609 mètres,

    pied Mesure de longeur américaine, 0.3248 mètre,

    pouce Mesure de longeur américaine, 2.54 cm, douzième partie
    du pied.

    toise Ancienne mesure de longeur valant 6 pieds
    (environ 2 mètres).

    <><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><>

    AUTOUR DE LA LUNE

    par Jules Verne

    CHAPITRE PRÉLIMINAIRE

    Qui résume la première partie de cet ouvrage, pour servir de préface a
    la seconde

    Pendant le cours de l'année 186., le monde entier fut singulièrement
    ému par une tentative scientifique sans précédents dans les annales de
    la science. Les membres du Gun-Club, cercle d'artilleurs fondé à
    Baltimore après la guerre d'Amérique, avaient eu l'idée de se mettre
    en communication avec la Lune--oui, avec la Lune--, en lui envoyant
    un boulet. Leur président Barbicane, le promoteur de l'entreprise,
    ayant consulté à ce sujet les astronomes de l'Observatoire de
    Cambridge, prit toutes les mesures nécessaires au succès de cette
    extraordinaire entreprise, déclarée réalisable par la majorité des
    gens compétents. Après avoir provoqué une souscription publique qui
    produisit près de trente millions de francs, il commença ses
    gigantesques travaux.

    Suivant la note rédigée par les membres de l'Observatoire, le canon
    destiné à lancer le projectile devait être établi dans un pays situé
    entre 0 et 28 degrés de latitude nord ou sud, afin de viser la Lune au
    zénith. Le boulet devait être animé d'une vitesse initiale de douze
    mille yards à la seconde. Lancé le 1er décembre, à onze heures moins
    treize minutes et vingt secondes du soir, il devait rencontrer la Lune
    quatre jours après son départ, le 5 décembre, à minuit précis, à
    l'instant même où elle se trouverait dans son périgée, c'est-à-dire à
    sa distance la plus rapprochée de la Terre, soit exactement
    quatre-vingt-six mille quatre cent dix lieues.

    Les principaux membres du Gun-Club, le président Barbicane, le major
    Elphiston, le secrétaire J.-T. Maston et autres savants tinrent
    plusieurs séances dans lesquelles furent discutées la forme et la
    composition du boulet, la disposition et la nature du canon, la
    qualité et la quantité de la poudre à employer. Il fut décidé: 1° que
    le projectile serait un obus en aluminium d'un diamètre de cent huit
    pouces et d'une épaisseur de douze pouces à ses parois, qui pèserait
    dix-neuf mille deux cent cinquante livres; 2° que le canon serait une
    Columbiad en fonte de fer longue de neuf cents pieds, qui serait
    coulée directement dans le sol; 3° que la charge emploierait quatre
    cent mille livres de fulmi-coton qui, développant six milliards de
    litres de gaz sous le projectile, l'emporteraient facilement vers
    l'astre des nuits.

    Ces questions résolues, le président Barbicane, aidé de l'ingénieur
    Murchison, fit choix d'un emplacement situé dans la Floride par 27°
    7' de latitude nord et 5° 7' de longitude ouest. Ce fut en cet
    endroit, qu'après des travaux merveilleux, la Columbiad fut coulée
    avec un plein succès.

    Les choses en étaient là, quand survint un incident qui centupla
    l'intérêt attaché à cette grande entreprise.

    Un Français, un Parisien fantaisiste, un artiste aussi spirituel
    qu'audacieux, demanda à s'enfermer dans un boulet afin d'atteindre la
    Lune et d'opérer une reconnaissance du satellite terrestre. Cet
    intrépide aventurier se nommait Michel Ardan. Il arriva en Amérique,
    fut reçu avec enthousiasme, tint des meetings, se vit porter en
    triomphe, réconcilia le président Barbicane avec son mortel ennemi le
    capitaine Nicholl et, comme gage de réconciliation, il les décida à
    s'embarquer avec lui dans le projectile.

    La proposition fut acceptée. On modifia la forme du boulet. Il
    devint cylindro-conique. On garnit cette espèce de wagon aérien de
    ressorts puissants et de cloisons brisantes qui devaient amortir le
    contrecoup du départ. On le pourvut de vivres pour un an, d'eau pour
    quelques mois, de gaz pour quelques jours. Un appareil automatique
    fabriquait et fournissait l'air nécessaire à la respiration des trois
    voyageurs. En même temps, le Gun-Club faisait construire sur l'un des
    plus hauts sommets des montagnes Rocheuses un gigantesque télescope
    qui permettrait de suivre le projectile pendant son trajet à travers
    l'espace. Tout était prêt.

    Le 30 novembre, à l'heure fixée, au milieu d'un concours
    extraordinaire de spectateurs, le départ eut lieu et pour la première
    fois, trois êtres humains, quittant le globe terrestre, s'élancèrent
    vers les espaces interplanétaires avec la presque certitude d'arriver
    à leur but. Ces audacieux voyageurs, Michel Ardan, le président
    Barbicane et le capitaine Nicholl, devaient effectuer leur trajet en
    _quatre-vingt dix-sept heures treize minutes et vingt secondes_.
    Conséquemment, leur arrivée à la surface du disque lunaire ne pouvait
    avoir lieu que le 5 décembre, à minuit, au moment précis où la Lune
    serait pleine, et non le 4, ainsi que l'avaient annoncé quelques
    journaux mal informés.

    Mais, circonstance inattendue, la détonation produite par la Columbiad
    eut pour effet immédiat de troubler l'atmosphère terrestre en y
    accumulant une énorme quantité de vapeurs. Phénomène qui excita
    l'indignation générale, car la Lune fut voilée pendant plusieurs nuits
    aux yeux de ses contemplateurs.

    Le digne J.-T. Maston, le plus vaillant ami des trois voyageurs,
    partit pour les montagnes Rocheuses, en compagnie de l'honorable J.
    Belfast, directeur de l'Observatoire de Cambridge, et il gagna la
    station de Long's-Peak, où se dressait le télescope qui rapprochait la
    Lune à deux lieues. L'honorable secrétaire du Gun-Club voulait
    observer lui-même le véhicule de ses audacieux amis.

    L'accumulation des nuages dans l'atmosphère empêcha toute observation
    pendant les 5, 6, 7, 8, 9 et 10 décembre. On crut même que
    l'observation devrait être remise au 3 janvier de l'année suivante,
    car la Lune, entrant dans son dernier quartier le 11, ne présenterait
    plus alors qu'une portion décroissante de son disque, insuffisante
    pour permettre d'y suivre la trace du projectile.

    Mais enfin, à la satisfaction générale, une forte tempête nettoya
    l'atmosphère dans la nuit du 11 au 12 décembre, et la Lune, à demi
    éclairée, se découpa nettement sur le fond noir du ciel.

    Cette nuit même, un télégramme était envoyé de la station de
    Long's-Peak par J.-T. Maston et Belfast à MM. les membres du bureau de
    l'Observatoire de Cambridge.

    Or, qu'annonçait ce télégramme?

    Il annonçait: que le 11 décembre, à huit heures quarante-sept du
    soir, le projectile lancé par la Columbiad de Stone's-Hill avait été
    aperçu par MM. Belfast et J.-T. Maston,--que le boulet, dévié pour
    une cause ignorée, n'avait point atteint son but, mais qu'il en était
    passé assez près pour être retenu par l'attraction lunaire,--que
    son mouvement rectiligne s'était changé en un mouvement circulaire,
    et qu'alors, entraîné suivant un orbe elliptique autour de l'astre
    des nuits, il en était devenu le satellite.

    Le télégramme ajoutait que les éléments de ce nouvel astre n'avaient
    pu être encore calculés;--et en effet, trois observations prenant
    l'astre dans trois positions différentes, sont nécessaires pour
    déterminer ces éléments. Puis, il indiquait que la distance séparant
    le projectile de la surface lunaire «pouvait» être évaluée à deux
    mille huit cent trente-trois milles environ, soit quatre mille cinq
    cents lieues.

    Il terminait enfin en émettant cette double hypothèse: Ou l'attraction
    de la Lune finirait par l'emporter, et les voyageurs atteindraient
    leur but; ou le projectile, maintenu dans un orbe immutable,
    graviterait autour du disque lunaire jusqu'à la fin des siècles.

    Dans ces diverses alternatives, quel serait le sort des voyageurs?
    Ils avaient des vivres pour quelque temps, c'est vrai. Mais en
    supposant même le succès de leur téméraire entreprise, comment
    reviendraient-ils? Pourraient-ils jamais revenir? Aurait-on de leurs
    nouvelles? Ces questions, débattues par les plumes les plus savantes
    du temps, passionnèrent le public.

    Il convient de faire ici une remarque qui doit être méditée par les
    observateurs trop pressés. Lorsqu'un savant annonce au public une
    découverte purement spéculative, il ne saurait agir avec assez de
    prudence. Personne n'est forcé de découvrir ni une planète, ni une
    comète, ni un satellite, et qui se trompe en pareil cas, s'expose
    justement aux quolibets de la foule. Donc, mieux vaut attendre, et
    c'est ce qu'aurait dû faire l'impatient J.-T. Maston, avant de lancer
    à travers le monde ce télégramme qui, suivant lui, disait le dernier
    mot de cette entreprise.

    En effet, ce télégramme contenait des erreurs de deux sortes, ainsi
    que cela fut vérifié plus tard: 1° Erreurs d'observation, en ce qui
    concernait la distance du projectile à la surface de la Lune, car, à
    la date du 11 décembre, il était impossible de l'apercevoir, et ce que
    J.-T. Maston avait vu ou cru voir, ne pouvait être le boulet de la
    Columbiad. 2° Erreurs de théorie sur le sort réservé audit
    projectile, car en faire un satellite de la Lune, c'était se mettre en
    contradiction absolue avec les lois de la mécanique rationnelle.

    Une seule hypothèse des observateurs de Long's-Peak pouvait se
    réaliser, celle qui prévoyait le cas où les voyageurs--s'ils
    existaient encore--, combineraient leurs efforts avec l'attraction
    lunaire de manière à atteindre la surface du disque.

    Or, ces hommes, aussi intelligents que hardis, avaient survécu au
    terrible contrecoup du départ, et c'est leur voyage dans le
    boulet-wagon qui va être raconté jusque dans ses plus dramatiques
    comme dans ses plus singuliers détails. Ce récit détruira beaucoup
    d'illusions et de prévisions; mais il donnera une juste idée des
    péripéties réservées à une pareille entreprise, et il mettra en relief
    les instincts scientifiques de Barbicane, les ressources de
    l'industrieux Nicholl et l'humoristique audace de Michel Ardan.

    En outre, il prouvera que leur digne ami, J.-T. Maston, perdait son
    temps, lorsque, penché sur le gigantesque télescope, il observait la
    marche de la Lune à travers les espaces stellaires.

    I

    De dix heures vingt a dix heures quarante-sept minutes du soir

    Quand dix heures sonnèrent, Michel Ardan, Barbicane et Nicholl firent
    leurs adieux aux nombreux amis qu'ils laissaient sur terre. Les deux
    chiens, destinés à acclimater la race canine sur les continents
    lunaires, étaient déjà emprisonnés dans le projectile. Les trois
    voyageurs s'approchèrent de l'orifice de l'énorme tube de fonte, et
    une grue volante les descendit jusqu'au chapeau conique du boulet.

    Là, une ouverture, ménagée à cet effet, leur donna accès dans le wagon
    d'aluminium. Les palans de la grue étant halés à l'extérieur, la
    gueule de la Columbiad fut instantanément dégagée de ses derniers
    échafaudages.

    Nicholl, une fois introduit avec ses compagnons dans le projectile,
    s'occupa d'en fermer l'ouverture au moyen d'une forte plaque maintenue
    intérieurement par de puissantes vis de pression. D'autres plaques,
    solidement adaptées, recouvraient les verres lenticulaires des
    hublots. Les voyageurs, hermétiquement clos dans leur prison de
    métal, étaient plongés au milieu d'une obscurité profonde.

    «Et maintenant, mes chers compagnons, dit Michel Ardan, faisons comme
    chez nous. Je suis homme d'intérieur, moi, et très fort sur l'article
    ménage. Il s'agit de tirer le meilleur parti possible de notre
    nouveau logement et d'y trouver nos aises. Et d'abord, tâchons d'y
    voir un peu plus clair. Que diable! le gaz n'a pas été inventé pour
    les taupes!»

    Ce disant, l'insouciant garçon fit jaillir la flamme d'une allumette
    qu'il frotta à la semelle de sa botte; puis, il l'approcha du bec fixé
    au récipient, dans lequel l'hydrogène carboné, emmagasiné à une haute
    pression, pouvait suffire à l'éclairage et au chauffage du boulet
    pendant cent quarante-quatre heures, soit six jours et six nuits.

    Le gaz s'alluma. Le projectile, ainsi éclairé, apparut comme une
    chambre confortable, capitonnée à ses parois, meublée de divans
    circulaires, et dont la voûte s'arrondissait en forme de dôme.

    Les objets qu'elle renfermait, armes, instruments, ustensiles,
    solidement saisis et maintenus contre les rondeurs du capiton,
    devaient supporter impunément le choc du départ. Toutes les
    précautions humainement possibles avaient été prises pour mener à
    bonne fin une si téméraire tentative.

    Michel Ardan examina tout et se déclara fort satisfait de son
    installation.

    «C'est une prison, dit-il, mais une prison qui voyage, et avec le
    droit de mettre le nez à la fenêtre, je ferais bien un bail de cent
    ans! Tu souris Barbicane? As-tu donc une arrière-pensée? Te dis-tu
    que cette prison pourrait être notre tombeau? Tombeau, soit, mais je
    ne le changerais pas pour celui de Mahomet qui flotte dans l'espace
    et ne marche pas!»

    Pendant que Michel Ardan parlait ainsi, Barbicane et Nicholl faisaient
    leurs derniers préparatifs.

    Le chronomètre de Nicholl marquait dix heures vingt minutes du soir
    lorsque les trois voyageurs se furent définitivement murés dans leur
    boulet. Ce chronomètre était réglé à un dixième de seconde près sur
    celui de l'ingénieur Murchison. Barbicane le consulta.

    «Mes amis, dit-il, il est dix heures vingt. A dix heures
    quarante-sept, Murchison lancera l'étincelle électrique sur le fil
    qui communique avec la charge de la Columbiad. A ce moment précis,
    nous quitterons notre sphéroïde. Nous avons donc encore vingt-sept
    minutes à rester sur la terre.

    --Vingt-six minutes et treize secondes, répondit le méthodique
    Nicholl.

    --Eh bien, s'écria Michel Ardan d'un ton de belle humeur, en
    vingt-six minutes, on fait bien des choses! On peut discuter les
    plus graves questions de morale ou de politique, et même les
    résoudre! Vingt-six minutes bien employées valent mieux que
    vingt-six années où on ne fait rien! Quelques secondes d'un Pascal
    ou d'un Newton sont plus précieuses que toute l'existence de
    l'indigeste foule des imbéciles...

    --Et tu en conclus, éternel parleur? demanda le président Barbicane.

    --J'en conclus que nous avons vingt-six minutes, répondit Ardan.

    --Vingt-quatre seulement, dit Nicholl.

    --Vingt-quatre, si tu y tiens, mon brave capitaine, répondit Ardan,
    vingt-quatre minutes pendant lesquelles on pourrait approfondir...

    --Michel, dit Barbicane, pendant notre traversée, nous aurons tout le
    temps nécessaire pour approfondir les questions les plus ardues.
    Maintenant occupons-nous du départ.

    --Ne sommes-nous pas prêts?

    --Sans doute. Mais il est encore quelques précautions à prendre pour
    atténuer autant que possible le premier choc!

    --N'avons-nous pas ces couches d'eau disposées entre les cloisons
    brisantes, et dont l'élasticité nous protégera suffisamment?

    --Je l'espère, Michel, répondit doucement Barbicane, mais je n'en
    suis pas bien sûr!

    --Ah! le farceur! s'écria Michel Ardan. Il espère!... Il n'est
    pas sûr!... Et il attend le moment où nous sommes encaqués pour
    faire ce déplorable aveu! Mais je demande à m'en aller!

    --Et le moyen? répliqua Barbicane.

    --En effet! dit Michel Ardan, c'est difficile. Nous sommes dans le
    train et le sifflet du conducteur retentira avant vingt-quatre
    minutes...

    --Vingt», fit Nicholl.

    Pendant quelques instants, les trois voyageurs se regardèrent. Puis
    ils examinèrent les objets emprisonnés avec eux.

    «Tout est à sa place, dit Barbicane. Il s'agit de décider maintenant
    comment nous nous placerons le plus utilement pour supporter le choc
    du départ. La position à prendre ne saurait être indifférente, et
    autant que possible, il faut empêcher que le sang ne nous afflue trop
    violemment à la tête.

    --Juste, fit Nicholl.

    --Alors, répondit Michel Ardan, prêt à joindre l'exemple à la parole,
    mettons-nous la tête en bas et les pieds en haut, comme les clowns du
    Great-Circus!

    --Non, dit Barbicane, mais étendons-nous sur le côté. Nous
    résisterons mieux ainsi au choc. Remarquez bien qu'au moment où le
    boulet partira que nous soyons dedans ou que nous soyons devant, c'est
    à peu près la même chose.

    --Si ce n'est qu' «à peu près» la même chose, je me rassure, répliqua
    Michel Ardan.

    --Approuvez-vous mon idée, Nicholl? demanda Barbicane.

    --Entièrement, répondit le capitaine. Encore treize minutes et demie.

    --Ce n'est pas un homme que ce Nicholl s'écria Michel, c'est un
    chronomètre à secondes, a échappement, avec huit trous...»

    Mais ses compagnons ne l'écoutaient plus, et ils prenaient leurs
    dernières dispositions avec un sang-froid inimaginable. Ils avaient
    l'air de deux voyageurs méthodiques, montés dans un wagon, et
    cherchant à se caser aussi confortablement que possible. On se
    demande vraiment de quelle matière sont faits ces coeurs d'Américains
    auxquels l'approche du plus effroyable danger n'ajoute pas une
    pulsation!

    Trois couchettes, épaisses et solidement conditionnées, avaient été
    placées dans le projectile. Nicholl et Barbicane les disposèrent au
    centre du disque qui formait le plancher mobile. Là devaient
    s'étendre les trois voyageurs, quelques moments avant le départ.

    Pendant ce temps, Ardan, ne pouvant rester immobile, tournait dans son
    étroite prison comme une bête fauve en cage, causant avec ses amis,
    parlant à ses chiens, Diane et Satellite, auxquels, on le voit, il
    avait donné depuis quelque temps ces noms significatifs.

    «Hé! Diane! Hé! Satellite! s'écriait-il en les excitant. Vous
    allez donc montrer aux chiens sélénites les bonnes façons des chiens
    de la terre! Voilà qui fera honneur à la race canine! Pardieu! Si
    nous revenons jamais ici-bas, je veux rapporter un type croisé de
    «moon-dogs» qui fera fureur!

    --S'il y a des chiens dans la Lune, dit Barbicane.

    --Il y en a, affirma Michel Ardan, comme il y a des chevaux, des
    vaches, des ânes, des poules. Je parie que nous y trouvons des
    poules!

    --Cent dollars que nous n'en trouverons pas, dit Nicholl.

    --Tenu, mon capitaine, répondit Ardan en serrant la main de Nicholl.
    Mais à propos, tu as déjà perdu trois paris avec notre président,
    puisque les fonds nécessaires à l'entreprise ont été faits, puisque
    l'opération de la fonte a réussi, et enfin puisque la Columbiad a été
    chargée sans accident, soit six mille dollars.

    --Oui, répondit Nicholl. Dix heures trente-sept minutes et six
    secondes.

    --C'est entendu, capitaine. Eh bien, avant un quart d'heure, tu auras
    encore à compter neuf mille dollars au président, quatre mille parce
    que la Columbiad n'éclatera pas, et cinq mille parce que le boulet
    s'enlèvera à plus de six milles dans l'air.

    --J'ai les dollars, répondit Nicholl en frappant sur la poche de son
    habit, je ne demande qu'à payer.

    --Allons, Nicholl, je vois que tu es un homme d'ordre, ce que je n'ai
    jamais pu être, mais en somme, tu as fait là une série de paris peu
    avantageux pour toi, permets-moi de te le dire.

    --Et pourquoi? demanda Nicholl.

    --Parce que si tu gagnes le premier, c'est que la Columbiad aura
    éclaté, et le boulet avec, et Barbicane ne sera plus là pour te
    rembourser tes dollars.

    --Mon enjeu est déposé à la banque de Baltimore, répondit simplement
    Barbicane, et à défaut de Nicholl, il retournera à ses héritiers!

    --Ah! hommes pratiques! s'écria Michel Ardan, esprits positifs! Je
    vous admire d'autant plus que je ne vous comprends pas.

    --Dix heures quarante deux! dit Nicholl.

    --Plus que cinq minutes! répondit Barbicane.

    --Oui! cinq petites minutes! répliqua Michel Ardan. Et nous sommes
    enfermés dans un boulet au fond d'un canon de neuf cents pieds! Et
    sous ce boulet sont entassés quatre cent mille livres de fulmi-coton
    qui valent seize cent mille livres de poudre ordinaire! Et l'ami
    Murchison, son chronomètre à la main, l'oeil fixé sur l'aiguille, le
    doigt posé sur l'appareil électrique, compte les secondes et va nous
    lancer dans les espaces interplanétaires!...

    --Assez, Michel, assez! dit Barbicane d'une voix grave.
    Préparons-nous. Quelques instants seulement nous séparent d'un moment
    suprême. Une poignée de main, mes amis.

    --Oui», s'écria Michel Ardan, plus ému qu'il ne voulait le paraître.

    Ces trois hardis compagnons s'unirent dans une dernière étreinte.

    «Dieu nous garde!» dit le religieux Barbicane.

    Michel Ardan et Nicholl s'étendirent sur les couchettes disposées au
    centre du disque.

    «Dix heures quarante sept!» murmura le capitaine.

    Vingt secondes encore! Barbicane éteignit rapidement le gaz et se
    coucha près de ses compagnons.

    Le profond silence e n'était interrompu que par les battements du
    chronomètre frappant la seconde.

    Soudain, un choc épouvantable se produisit, et le projectile, sous la
    poussée de six milliards de litres de gaz développés par la
    déflagration du pyroxile, s'enleva dans l'espace.

    II

    La première demi-heure

    Que s'était-il passé? Quel effet avait produit cette effroyable
    secousse? L'ingéniosité des constructeurs du projectile avait-elle
    obtenu un résultat heureux? Le choc s'était-il amorti, grâce aux
    ressorts, aux quatre tampons, aux coussins d'eau, aux cloisons
    brisantes? Avait-on dompté l'effrayante poussée de cette vitesse
    initiale de onze mille mètres qui eût suffi à traverser Paris ou New
    York en une seconde? C'est évidemment la question que se posaient les
    mille témoins de cette scène émouvante. Ils oubliaient le but du
    voyage pour ne songer qu'aux voyageurs! Et si quelqu'un d'entre eux
    --J.-T. Maston, par exemple--, eût pu jeter un regard à l'intérieur
    du projectile, qu'aurait-il vu?

    Rien alors. L'obscurité était profonde dans le boulet. Mais ses
    parois cylindro-coniques avaient supérieurement résisté. Pas une
    déchirure, pas une flexion, pas une déformation. L'admirable
    projectile ne s'était même pas altéré sous l'intense déflagration des
    poudres, ni liquéfié, comme on paraissait le craindre, en une pluie
    d'aluminium.

    A l'intérieur, peu de désordre, en somme. Quelques objets avaient été
    lancés violemment vers la voûte; mais les plus importants ne
    semblaient pas avoir souffert du choc. Leurs saisines étaient
    intactes.

    Sur le disque mobile, rabaissé jusqu'au culot, après le bris des
    cloisons et l'échappement de l'eau, trois corps gisaient sans
    mouvement. Barbicane, Nicholl, Michel Ardan respiraient-ils encore?
    Ce projectile n'était-il plus qu'un cercueil de métal, emportant trois
    cadavres dans l'espace?...

    Quelques minutes après le départ du boulet, un de ces corps fit un
    mouvement; ses bras s'agitèrent, sa tête se redressa, et il parvint à
    se mettre sur les genoux. C'était Michel Ardan. Il se palpa, poussa
    un a «hem» sonore, puis il dit;

    «Michel Ardan, complet. Voyons les autres!»

    Le courageux Français voulut se lever; mais il ne put se tenir debout.
    Sa tête vacillait, son sang violemment injecté, l'aveuglait, il était
    comme un homme ivre.

    «Brr! fit-il. Cela me produit le même effet que deux bouteilles de
    Corton. Seulement, c'est peut-être moins agréable à avaler!»

    Puis, passant plusieurs fois sa main sur son front et se frottant les
    tempes, il cria d'une voix ferme:

    «Nicholl! Barbicane!»

    Il attendit anxieusement. Nulle réponse. Pas même un soupir qui
    indiquât que le coeur de ses compagnons battait encore. Il réitéra
    son appel. Même silence.

    «Diable! dit-il. Ils ont l'air d'être tombés d'un cinquième étage
    sur la tête! Bah! ajouta-t-il avec cette imperturbable confiance que
    rien ne pouvait enrayer, si un Français a pu se mettre sur les genoux,
    deux Américains ne seront pas gênés de se remettre sur les pieds.
    Mais, avant tout éclairons la situation».

    Ardan sentait la vie lui revenir à flots. Son sang se calmait et
    reprenait sa circulation accoutumée. De nouveaux efforts le remirent
    en équilibre. Il parvint à se lever, tira de sa poche une allumette
    et l'enflamma sous le frottement du phosphore. Puis, l'approchant du
    bec, il l'alluma. Le récipient n'avait aucunement souffert. Le gaz
    ne s'était pas échappé. D'ailleurs, son odeur l'eût trahi, et en ce
    cas, Michel Ardan n'aurait pas impunément promené une allumette
    enflammée dans ce milieu rempli d'hydrogène. Le gaz, combiné avec
    l'air, eût produit un mélange détonant et l'explosion aurait achevé ce
    que la secousse avait commencé peut-être.

    Dès que le bec fut allumé, Ardan se pencha sur les corps de ses
    compagnons. Ces corps étaient renversés l'un sur l'autre, comme des
    masses inertes. Nicholl dessus, Barbicane dessous.

    Ardan redressa le capitaine, l'accota contre un divan, et le
    frictionna vigoureusement. Ce massage, intelligemment pratiqué,
    ranima Nicholl, qui ouvrit les yeux, recouvra instantanément son
    sang-froid, saisit la main d'Ardan. Puis, regardant autour de lui:

    «Et Barbicane? demanda-t-il.

    --Chacun son tour, répondit tranquillement Michel Ardan. J'ai
    commencé par toi, Nicholl, parce que tu étais dessus. Passons
    maintenant à Barbicane.»

    Cela dit, Ardan et Nicholl soulevèrent le président du Gun-Club et le
    déposèrent sur le divan. Barbicane semblait avoir plus souffert que
    ses compagnons. Son sang avait coulé, mais Nicholl se rassura en
    constatant que cette hémorragie ne provenait que d'une légère blessure
    à l'épaule. Une simple écorchure qu'il comprima soigneusement.

    Néanmoins, Barbicane fut quelque temps à revenir à lui, ce dont
    s'effrayèrent ses deux amis qui ne lui épargnaient pas les frictions.

    «Il respire cependant, disait Nicholl, approchant son oreille de la
    poitrine du blessé.

    --Oui, répondait Ardan, il respire comme un homme qui a quelque
    habitude de cette opération quotidienne. Massons, Nicholl, massons
    avec vigueur.»

    Et les deux praticiens improvisés firent tant et si bien, que
    Barbicane recouvra l'usage de ses sens. Il ouvrit les yeux, se
    redressa, prit la main de ses deux amis, et, pour sa première parole:

    «Nicholl, demanda-t-il, marchons-nous?»

    Nicholl et Barbicane se regardèrent. Ils ne s'étaient pas encore
    inquiétés du projectile. Leur première préoccupation avait été pour
    les voyageurs, non pour le wagon.

    «Au fait marchons-nous? répéta Michel Ardan.

    --Ou bien reposons-nous tranquillement sur le sol de la Floride?
    demanda Nicholl.

    --Ou au fond du golfe du Mexique? ajouta Michel Ardan.

    --Par exemple!» s'écria le président Barbicane.

    Et cette double hypothèse suggérée par ses compagnons eut pour effet
    immédiat de le rappeler immédiatement au sentiment.

    Quoi qu'il en soit, on ne pouvait encore se prononcer sur la situation
    du boulet. Son immobilité apparente; le défaut de communication avec
    l'extérieur, ne permettaient pas de résoudre la question. Peut-être
    le projectile déroulait-il sa trajectoire à travers l'espace;
    peut-être, après un court enlèvement, était-il retombé sur terre, ou
    même dans le golfe du Mexique, chute que le peu de largeur de la
    presqu'île floridienne rendait possible.

    Le cas était grave, le problème intéressant. Il fallait le résoudre
    au plus tôt. Barbicane, surexcité et triomphant par son énergie
    morale de sa faiblesse physique, se releva. Il écouta. A
    l'extérieur, silence profond. Mais l'épais capitonnage était
    suffisant pour intercepter tous les bruits de la Terre. Cependant,
    une circonstance frappa Barbicane. La température à l'intérieur du
    projectile était singulièrement élevée. Le président retira un
    thermomètre de l'enveloppe qui le protégeait, et il le consulta.
    L'instrument marquait quarante-cinq degrés centigrades.

    «Oui! s'écria-t-il alors, oui! nous marchons! Cette étouffante
    chaleur transsude à travers les parois du projectile! Elle est
    produite par son frottement sur les couches atmosphériques. Elle va
    bientôt diminuer, parce que déjà nous flottons dans le vide, et après
    avoir failli étouffer, nous subirons des froids intenses.

    --Quoi, demanda Michel Ardan, suivant toi, Barbicane, nous serions dès
    à présent hors des limites de l'atmosphère terrestre?

    --Sans aucun doute, Michel. Ecoute-moi. Il est dix heures
    cinquante-cinq minutes. Nous sommes partis depuis huit minutes
    environ. Or, si notre vitesse initiale n'eût pas été diminuée par le
    frottement, six secondes nous auraient suffi pour franchir les seize
    lieues d'atmosphère qui entourent le sphéroïde.

    --Parfaitement, répondit Nicholl, mais dans quelle proportion
    estimez-vous la diminution de cette vitesse par le frottement?

    --Dans la proportion d'un tiers, Nicholl, répondit Barbicane cette
    diminution est considérable, mais, d'après mes calculs, elle est
    telle. Si donc nous avons eu une vitesse initiale de onze mille
    mètres, au sortir de l'atmosphère cette vitesse sera réduite à sept
    mille trois cent trente-deux mètres, quoi qu'il en soit, nous avons
    déjà franchi cet intervalle, et...

    --Et alors, dit Michel Ardan, l'ami Nicholl a perdu ses deux paris:
    quatre mille dollars, puisque la Columbiad n'a pas éclaté; cinq mille
    dollars, puisque le projectile s'est élevé à une hauteur supérieure à
    six milles. Donc, Nicholl, exécute-toi.

    --Constatons d'abord, répondit le capitaine, et nous paierons ensuite.
    Il est très possible que les raisonnements de Barbicane soient exacts
    et que j'aie perdu mes neuf mille dollars. Mais une nouvelle
    hypothèse se présente à mon esprit, et elle annulerait la gageure.

    --Laquelle? demanda vivement Barbicane.

    --L'hypothèse que, pour une raison ou une autre, le feu n'ayant pas
    été mis aux poudres, nous ne soyons pas partis.

    --Pardieu, capitaine, s'écria Michel Ardan, voilà une hypothèse digne
    de mon cerveau! Elle n'est pas sérieuse! Est-ce que nous n'avons pas
    été à demi assommés par la secousse? Est-ce que je ne t'ai pas
    rappelé à la vie? Est-ce que l'épaule du président ne saigne pas
    encore du contrecoup qui l'a frappée?

    --D'accord, Michel, répéta Nicholl, mais une seule question.

    --Fais, mon capitaine.

    --As-tu entendu la détonation qui certainement a dû être formidable?

    --Non, répondit Ardan, très surpris, en effet, je n'ai pas entendu la
    détonation.

    --Et vous, Barbicane?

    --Ni moi non plus.

    --Eh bien? fit Nicholl.

    --Au fait! murmura le président, pourquoi n'avons-nous pas entendu la
    détonation?»

    Les trois amis se regardèrent d'un air assez décontenancé. Il se
    présentait là un phénomène inexplicable. Le projectile était parti
    cependant, et, conséquemment, la détonation avait dû se produire.

    «Sachons d'abord où nous en sommes, dit Barbicane, et rabattons les
    panneaux.»

    Cette opération extrêmement simple, fut aussitôt pratiquée. Les
    écrous qui maintenaient les boulons sur les plaques extérieures du
    hublot de droite, cédèrent sous la pression d'une clef anglaise. Ces
    boulons furent chassés au-dehors, et des obturateurs garnis de
    caoutchouc bouchèrent le trou qui leur donnait passage. Aussitôt la
    plaque extérieure se rabattit sur sa charnière comme un sabord, et le
    verre lenticulaire qui fermait le hublot apparut. Un hublot identique
    s'évidait dans l'épaisseur des parois sur l'autre face, du projectile,
    un autre dans le dôme qui le terminait, un quatrième enfin au milieu
    du culot inférieur. On pouvait donc observer, dans quatre directions
    opposées, le firmament par les vitres latérales et plus directement,
    la Terre ou la Lune par les ouvertures supérieures et inférieures du
    boulet.

    Barbicane et ses deux compagnons s'étaient aussitôt précipités à la
    vitre découverte. Nul rayon lumineux ne l'animait. Une profonde
    obscurité enveloppait le projectile. Ce qui n'empêcha pas le
    président Barbicane de s'écrier:

    «Non, mes amis, nous ne sommes pas retombés sur terre! Non, nous ne
    sommes pas immergés au fond du golfe du Mexique! Oui! nous montons
    dans l'espace! Voyez ces étoiles qui brillent dans la nuit, et cette
    impénétrable obscurité qui s'amasse entre la Terre et nous!

    «Hurrah! Hurrah!» s'écrièrent d'une commune voix Michel Ardan et
    Nicholl.

    En effet, ces ténèbres compactes prouvaient que le projectile avait
    quitté la Terre, car le sol, vivement éclairé alors par la clarté
    lunaire, eût apparu aux yeux des voyageurs, s'ils eussent reposé à sa
    surface. Cette obscurité démontrait aussi que le projectile avait
    dépassé la couche atmosphérique, car la lumière diffuse, répandue dans
    l'air eût reporté sur les parois métalliques un reflet qui manquait
    aussi. Cette lumière aurait éclairé la vitre du hublot, et cette
    vitre était obscure. Le doute n'était plus permis. Les voyageurs
    avaient quitté la Terre.

    «J'ai perdu, dit Nicholl.

    --Et je t'en félicite! répondit Ardan.

    --Voici neuf mille dollars, dit le capitaine en tirant de sa poche une
    liasse de dollars papier.

    --Voulez-vous un reçu? demanda Barbicane en prenant la somme.

    --Si cela ne vous désoblige pas, répondit Nicholl. C'est plus
    régulier.»

    Et, sérieusement, flegmatiquement, comme s'il eût été à sa caisse, le
    président Barbicane tira son carnet, en détacha une page blanche,
    libella au crayon un reçu en règle, le data, le signa, le parapha, et
    le remit au capitaine qui l'enferma soigneusement dans son
    portefeuille.

    Michel Ardan, ôtant sa casquette, s'inclina sans rien dire devant ses
    deux compagnons. Tant de formalisme en de pareilles circonstances lui
    coupait la parole. Il n'avait jamais rien vu de si «américain».

    Barbicane et Nicholl, leur opération terminée, s'étaient replacés à la
    vitre et regardaient les constellations. Les étoiles se détachaient
    en points vifs sur le fond noir du ciel. Mais, de ce côté, on ne
    pouvait apercevoir l'astre des nuits, qui, marchant de l'est à
    l'ouest, s'élevait peu à peu vers le zénith. Aussi son absence
    provoqua-t-elle une réflexion d'Ardan.

    «Et la Lune? disait-il. Est-ce que, par hasard, elle manquerait à
    notre rendez-vous?

    --Rassure-toi, répondit Barbicane. Notre future sphéroïde est à son
    poste, mais nous ne pouvons l'apercevoir de ce côté. Ouvrons l'autre
    hublot latéral.»

    Au moment où Barbicane allait abandonner la vitre pour procéder au
    dégagement du hublot opposé, son attention fut attirée par l'approche
    d'un objet brillant. C'était un disque énorme, dont les colossales
    dimensions ne pouvaient être appréciées. Sa face tournée vers la
    Terre s'éclairait vivement. On eût dit une petite Lune qui
    réfléchissait la lumière de la grande. Elle s'avançait avec une
    prodigieuse vitesse et paraissait décrire autour de la Terre une
    orbite qui coupait la trajectoire du projectile. Le mouvement de
    translation de ce mobile se complétait d'un mouvement de rotation sur
    lui-même. Il se comportait donc comme tous les corps célestes
    abandonnés dans l'espace.

    «Eh! s'écria Michel Ardan, qu'est cela? Un autre projectile?»

    Barbicane ne répondit pas. L'apparition de ce corps énorme le
    surprenait et l'inquiétait. Une rencontre était possible, qui aurait
    eu des résultats déplorables, soit que le projectile fût dévié de sa
    route, soit qu'un choc, brisant son élan, le précipitât vers la Terre,
    soit enfin qu'il se vît irrésistiblement entraîné par la puissance
    attractive de cet astéroïde.

    Le président Barbicane avait rapidement saisi les conséquences de ces
    trois hypothèses qui, d'une façon ou d'une autre, amenaient fatalement
    l'insuccès de sa tentative. Ses compagnons, muets, regardaient à
    travers l'espace. L'objet grossissait prodigieusement en
    s'approchant, et par une certaine illusion d'optique, il semblait que
    le projectile se précipitât au-devant de lui.

    «Mille dieux! s'écria Michel Ardan, les deux trains vont se
    rencontrer!»

    Instinctivement, les voyageurs s'étaient rejetés en arrière. Leur
    épouvante fut extrême, mais elle ne dura pas longtemps, quelques
    secondes à peine. L'astéroïde passa à plusieurs centaines de mètres
    du projectile et disparut, non pas tant par la rapidité de sa course,
    que parce que sa face opposée à la Lune se confondit subitement avec
    l'obscurité absolue de l'espace.

    «Bon voyage! s'écria Michel Ardan en poussant un soupir de
    satisfaction. Comment! l'infini n'est pas assez grand pour qu'un
    pauvre petit boulet puisse s'y promener sans crainte! Ah çà!
    qu'est-ce que ce globe prétentieux qui a failli nous heurter?

    --Je le sais, répondit Barbicane.

    --Parbleu! tu sais tout.

    --C'est, dit Barbicane, un simple bolide, mais un bolide énorme que
    l'attraction a retenu à l'état de satellite.

    --Est-il possible! s'écria Michel Ardan. La terre a donc deux Lunes
    comme Neptune?

    --Oui, mon ami, deux Lunes, bien qu'elle passe généralement pour n'en
    posséder qu'une. Mais cette seconde Lune est si petite et sa vitesse
    est si grande, que les habitants de la Terre ne peuvent l'apercevoir.
    C'est en tenant compte de certaines perturbations qu'un astronome
    français, M. Petit, a su déterminer l'existence de ce second satellite
    et en calculer les éléments. D'après ses observations, ce bolide
    accomplirait sa révolution autour de la Terre en trois heures vingt
    minutes seulement, ce qui implique une vitesse prodigieuse.

    --Tous les astronomes, demanda Nicholl, admettent-ils l'existence de
    ce satellite?

    --Non, répondit Barbicane; mais si, comme nous, ils s'étaient
    rencontrés avec lui, ils ne pourraient plus douter. Au fait, j'y
    pense, ce bolide qui nous eût fort embarrassés en heurtant le
    projectile permet de préciser notre situation dans l'espace.

    --Comment? dit Ardan.

    --Parce que sa distance est connue et, au point où nous l'avons
    rencontré, nous étions exactement a huit mille cent quarante
    kilomètres de la surface du globe terrestre.

    --Plus de deux mille lieues! s'écria Michel Ardan. Voilà qui enfonce
    les trains express de ce globe piteux qu'on appelle la Terre!

    --Je le crois bien, répondit Nicholl en consultant son chronomètre, il
    est onze heures, et nous n'avons quitté le continent américain que
    depuis treize minutes.

    --Treize minutes seulement? dit Barbicane

    --Oui, répondit Nicholl, et si notre vitesse initiale de onze
    kilomètres était constante, nous ferions près de dix mille lieues à
    l'heure!

    --Tout cela est fort bien, mes amis, dit le
    président, mais reste toujours cette insoluble
    question. Pourquoi n'avons-nous pas entendu la
    détonation de la Columbiad?»

    Faute de réponse, la conversation s'arrêta, et Barbicane, tout en
    réfléchissant, s'occupa de rabaisser le mantelet du second hublot
    latéral. Son opération réussit, et, par la vitre dégagée, la Lune
    emplit l'intérieur du projectile d'une brillante lumière. Nicholl, en
    homme économe, éteignit le gaz qui devenait inutile, et dont l'éclat,
    d'ailleurs, nuisait à l'observation des espaces interplanétaires.

    Le disque lunaire brillait alors avec une incomparable pureté. Ses
    rayons, que ne tamisait plus la vaporeuse atmosphère du globe
    terrestre, filtraient à travers la vitre et saturaient l'air intérieur
    du projectile de reflets argentins. Le noir rideau du firmament
    doublait véritablement l'éclat de la Lune, qui, dans ce vide de
    l'éther impropre à la diffusion, n'éclipsait pas les étoiles voisines.
    Le ciel, ainsi vu, présentait un aspect tout nouveau que l'oeil humain
    ne pouvait soupçonner.

    On conçoit l'intérêt avec lequel ces audacieux contemplaient l'astre
    des nuits, but suprême de leur voyage. Le satellite de la Terre dans
    son mouvement de translation se rapprochait insensiblement du zénith,
    point mathématique qu'il devait atteindre environ quatre-vingt-seize
    heures plus tard. Ses montagnes, ses plaines, tout son relief ne
    s'accusaient pas plus nettement à leurs yeux que s'ils les eussent
    considérés d'un point quelconque de la Terre; mais sa lumière, à
    travers le vide, se développait avec une incomparable intensité. Le
    disque resplendissait comme un miroir de platine. De la terre qui
    fuyait sous leurs pieds, les voyageurs avaient déjà oublié tout
    souvenir.

    Ce fut le capitaine Nicholl qui, le premier, rappela l'attention sur
    le globe disparu.

    «Oui! répondit Michel Ardan, ne soyons pas ingrats envers lui.
    Puisque nous quittons notre pays, que nos derniers regards lui
    appartiennent. Je veux revoir la Terre avant qu'elle s'éclipse
    complètement à mes yeux!»

    Barbicane, pour satisfaire aux désirs de son compagnon, s'occupa de
    déblayer la fenêtre du fond du projectile, celle qui devait permettre
    d'observer directement la Terre. Le disque que la force de projection
    avait ramené jusqu'au culot fut démonté non sans peine. Ses morceaux
    placés avec soin contre les parois, pouvaient encore servir, le cas
    échéant. Alors apparut une baie circulaire, large de cinquante
    centimètres, évidée dans la partie inférieure du boulet. Un verre,
    épais de quinze centimètres et renforcé d'une armature de cuivre, la
    fermait. Au-dessous s'appliquait une plaque d'aluminium retenue par
    des boulons. Les écrous dévissés, les boulons largués, la plaque se
    rabattit, et la communication visuelle fut établie entre l'intérieur
    et l'extérieur.

    Michel Ardan s'était agenouillé sur la vitre. Elle était sombre,
    comme opaque.

    «Eh bien, s'écria-t-il, et la Terre?

    --La Terre, dit Barbicane, la voilà.

    --Quoi! fit Ardan, ce mince filet, ce croissant argenté?

    --Sans doute, Michel. Dans quatre jours, lorsque la Lune sera pleine,
    au moment même où nous l'atteindrons, la Terre sera nouvelle. Elle ne
    nous apparaîtra plus que sous la forme d'un croissant délié qui ne
    tardera pas à disparaître, et alors elle sera noyée pour quelques
    jours dans une ombre impénétrable.

    --Ça! la Terre!» répétait Michel Ardan, regardant de tous ses yeux
    cette mince tranche de sa planète natale.

    L'explication donnée par le président Barbicane était juste. La
    Terre, par rapport au projectile, entrait dans sa dernière phase.
    Elle était dans son octant et montrait un croissant finement tracé sur
    le fond noir du ciel. Sa lumière, rendue bleuâtre par l'épaisseur de
    la couche atmosphérique, offrait moins d'intensité que celle du
    croissant lunaire. Ce croissant se présentait sous des dimensions
    considérables. On eût dit un arc énorme tendu sur le firmament.
    Quelques points, vivement éclairés, surtout dans sa partie concave,
    annonçaient la présence de hautes montagnes; mais ils disparaissaient
    parfois sous d'épaisses taches qui ne se voient jamais à la surface du
    disque lunaire. C'étaient des anneaux de nuage disposés
    concentriquement autour du sphéroïde terrestre.

    Cependant, par suite d'un phénomène naturel, identique à celui qui se
    produit sur la Lune lorsqu'elle est dans ses octants, on pouvait
    saisir le contour entier du globe terrestre. Son disque entier
    apparaissait assez visiblement par un effet de lumière cendrée, moins
    appréciable que la lumière cendrée de la Lune. Et la raison de cette
    intensité moindre est facile à comprendre. Lorsque ce reflet se
    produit sur la Lune, il est dû aux rayons solaires que la Terre
    réfléchit vers son satellite. Ici, par un effet inverse, il était dû
    aux rayons solaires réfléchis de la Lune vers la Terre. Or, la
    lumière terrestre est environ treize fois plus intense que la lumière
    lunaire, ce qui tient à la différence de volume des deux corps. De
    là, cette conséquence que, dans le phénomène de la lumière cendrée, la
    partie obscure du disque de la Terre se dessine moins nettement que
    celle du disque de la Lune, puisque l'intensité du phénomène est
    proportionnelle au pouvoir éclairant des deux astres. Il faut ajouter
    aussi que le croissant terrestre semblait former une courbe plus
    allongée que celle du disque. Pur effet d'irradiation.

    Tandis que les voyageurs cherchaient à percer les profondes ténèbres
    de l'espace, un bouquet étincelant d'étoiles filantes s'épanouit à
    leurs yeux. Des centaines de bolides, enflammés au contact de
    l'atmosphère, rayaient l'ombre de traînées lumineuses et zébraient de
    leurs feux la partie cendrée du disque. A cette époque, la Terre
    était dans son périhélie, et le mois de décembre est si propice à
    l'apparition de ces étoiles filantes, que des astronomes en ont compté
    jusqu'à vingt-quatre mille par heure. Mais Michel Ardan, dédaignant
    les raisonnements scientifiques, aima mieux croire que la Terre
    saluait de ses plus brillants feux d'artifice le départ de trois de
    ses enfants.

    En somme, c'était tout ce qu'ils voyaient de ce sphéroïde perdu dans
    l'ombre, astre inférieur du monde solaire, qui, pour les grandes
    planètes, se couche ou se lève comme une simple étoile du matin ou du
    soir! Imperceptible point de l'espace, ce n'était plus qu'un
    croissant fugitif, ce globe où ils avaient laissé toutes leurs
    affections!

    Longtemps, les trois amis, sans parler, mais unis de coeur,
    regardèrent, tandis que le projectile s'éloignait avec une vitesse
    uniformément décroissante. Puis, une somnolence irrésistible envahit
    leur cerveau. Était-ce fatigue de corps et fatigue d'esprit? Sans
    doute, car après la surexcitation de ces dernières heures passées sur
    la Terre, la réaction devait inévitablement se produire.

    «Eh bien, dit Michel, puisqu'il faut dormir, dormons.»

    Et, s'étendant sur leurs couchettes, tous trois furent bientôt
    ensevelis dans un profond sommeil.

    Mais ils ne s'étaient pas assoupis depuis un quart d'heure, que
    Barbicane se relevait subitement et réveillant ses compagnons d'une
    voix formidable:

    «J'ai trouvé! s'écria-t-il!

    --Qu'as-tu trouvé? demanda Michel Ardan sautant hors de sa couchette.

    --La raison pour laquelle nous n'avons pas entendu la détonation de la
    Columbiad!

    --Et c'est?... fit Nicholl.

    --Parce que notre projectile allait plus vite que le son!»

    III

    Où l'on s'installe

    Cette explication curieuse, mais certainement exacte, une fois donnée,
    les trois amis s'étaient replongés dans un profond sommeil. Où
    auraient-ils, pour dormir, trouvé un lieu plus calme, un milieu plus
    paisible? Sur terre, les maisons des villes, les chaumières des
    campagnes, ressentent toutes les secousses imprimées à l'écorce du
    globe. Sur mer, le navire, ballotté par les lames, n'est que choc et
    mouvement. Dans l'air, le ballon oscille incessamment sur des couches
    fluides de densités diverses. Seul, ce projectile, flottant dans le
    vide absolu, au milieu du silence absolu, offrait à ses hôtes le repos
    absolu.

    Aussi, le sommeil des trois aventureux voyageurs se fût-il peut-être
    indéfiniment prolongé, si un bruit inattendu ne les eût éveillés vers
    sept heures du matin, le 2 décembre, huit heures après leur départ.

    Ce bruit, c'était un aboiement très caractérisé.

    «Les chiens! Ce sont les chiens!» s'écria Michel Ardan, se relevant
    aussitôt.

    --Ils ont faim, dit Nicholl.

    --Pardieu! répondit Michel, nous les avons oubliés!

    --Où sont-ils?» demanda Barbicane.

    On chercha, et l'on trouva l'un de ces animaux blotti sous le divan.
    Épouvanté, anéanti par le choc initial, il était resté dans ce coin
    jusqu'au moment où la voix lui revint avec le sentiment de la faim.

    C'était l'aimable Diane, assez penaude encore, qui s'allongea hors de
    sa retraite, non sans se faire prier. Cependant Michel Ardan
    l'encourageait de ses plus gracieuses paroles.

    «Viens, Diane, disait-il, viens, ma fille! toi, dont la destinée
    marquera dans les annales cynégétiques! toi que les païens eussent
    donnée pour compagne au dieu Anubis, et les chrétiens pour amie à
    saint Roch! toi, digne d'être forgée en airain par le roi des enfers,
    comme ce toutou que Jupiter céda à la belle Europe au prix d'un
    baiser! toi, dont la célébrité effacera celle des héros de Montargis
    et du mont Saint-Bernard! toi, qui, t'élançant vers les espaces
    interplanétaires, seras peut-être l'Ève des chiens sélénites! toi qui
    justifieras là-haut cette parole de Toussenel: «Au commencement.
    «Dieu créa l'homme, et le voyant si faible, il lui «donna le chien!»
    Viens, Diane! viens ici!»

    Diane, flattée ou non, s'avançait peu à peu et poussait des
    gémissements plaintifs.

    «Bon! fit Barbicane, je vois bien Ève, mais où est Adam?

    --Adam! répondit Michel, Adam ne peut être loin! Il est là, quelque
    part! Il faut l'appeler! Satellite! ici, Satellite!»

    Mais Satellite ne paraissait pas. Diane continuait de gémir. On
    constata cependant qu'elle n'était point blessée, et on lui servit une
    appétissante pâtée qui fit taire ses plaintes.

    Quant à Satellite, il semblait introuvable. Il fallut chercher
    longtemps avant de le découvrir dans un des compartiments supérieurs
    du projectile, où un contrecoup, assez inexplicable, l'avait
    violemment lancé. La pauvre bête, fort endommagée, était dans un
    piteux état.

    «Diable! dit Michel, voilà notre acclimatation compromise!»

    On descendit le malheureux chien avec précaution. Sa tête s'était
    fracassée contre la voûte, et il semblait difficile qu'il revînt d'un
    tel choc. Néanmoins, il fut confortablement étendu sur un coussin et
    là, il laissa échapper un soupir.

    «Nous te soignerons, dit Michel. Nous sommes responsables de ton
    existence. J'aimerais mieux perdre un bras qu'une patte de mon pauvre
    Satellite!»

    Et, ce disant, il offrit quelques gorgées d'eau au blessé, qui les but
    avidement.

    Ces soins donnés, les voyageurs observèrent attentivement la Terre et
    la Lune. La Terre n'était plus figurée que par un disque cendré que
    terminait un croissant plus rétréci que la veille; mais son volume
    restait encore énorme, si on le comparait à celui de la Lune qui se
    rapprochait de plus en plus d'un cercle parfait.

    «Parbleu! dit alors Michel Ardan, je suis vraiment fâché que nous ne
    soyons pas partis au moment de la Pleine-Terre, c'est-à-dire lorsque
    notre globe se trouvait en opposition avec le Soleil.

    --Pourquoi? demanda Nicholl.

    --Parce que nous aurions aperçu sous un nouveau jour nos continents et
    nos mers, ceux-ci resplendissants sous la projection des rayons
    solaires, celles-là plus sombres et telles qu'on les reproduit sur
    certaines mappemondes! J'aurais voulu voir ces pôles de la Terre sur
    lesquels le regard de l'homme ne s'est encore jamais reposé!

    --Sans doute, répondit Barbicane, mais si la Terre avait été pleine,
    la Lune aurait été nouvelle, c'est-à-dire invisible au milieu de
    l'irradiation du Soleil. Or, mieux vaut pour nous voir le but
    d'arrivée que le point de départ.

    --Vous avez raison, Barbicane, répondit le capitaine Nicholl, et
    d'ailleurs quand nous aurons atteint la Lune, nous aurons le temps,
    pendant les longues nuits lunaires, de considérer à loisir ce globe où
    fourmillent nos semblables!

    --Nos semblables! s'écria Michel Ardan. Mais maintenant, ils ne sont
    pas plus nos semblables que les Sélénites! Nous habitons un monde
    nouveau, peuplé de nous seuls, le projectile! Je suis le semblable de
    Barbicane, et Barbicane est le semblable de Nicholl. Au-delà de nous,
    en dehors de nous, l'humanité finit, et nous sommes les seules
    populations de ce microcosme jusqu'au moment où nous deviendrons de
    simples Sélénites!

    --Dans quatre-vingt-huit heures environ,
    répliqua le capitaine.

    --Ce qui veut dire?... demanda Michel Ardan.

    --Qu'il est huit heures et demie, répondit Nicholl.

    --Eh bien, repartit Michel, il m'est impossible de trouver même
    l'apparence d'une raison pour laquelle nous ne déjeunerions pas
    illico.»

    En effet, les habitants du nouvel astre ne pouvaient y vivre sans
    manger, et leur estomac subissait alors les impérieuses lois de la
    faim. Michel Ardan, en sa qualité de Français, se déclara cuisinier
    en chef, importante fonction qui ne lui suscita pas de concurrents.
    Le gaz donna les quelques degrés de chaleur suffisants pour les
    apprêts culinaires, et le coffre aux provisions fournit les éléments
    de ce premier festin.

    Le déjeuner débuta par trois tasses d'un bouillon excellent, dû à la
    liquéfaction dans l'eau chaude de ces précieuses tablettes Liebig,
    préparées avec les meilleurs morceaux des ruminants des Pampas. Au
    bouillon de boeuf succédèrent quelques tranches de beefsteak
    comprimés à la presse hydraulique, aussi tendres, aussi succulents que
    s'ils fussent sortis des cuisines du café Anglais. Michel, homme
    d'imagination, soutint même qu'ils étaient «saignants».

    Des légumes conservés «et plus frais que nature», dit aussi l'aimable
    Michel, succédèrent au plat de viande, et furent suivis de quelques
    tasses de thé avec tartines beurrées à l'américaine. Ce breuvage,
    déclaré exquis, était dû à l'infusion de feuilles de premier choix
    dont l'empereur de Russie avait mis quelques caisses à la disposition
    des voyageurs.

    Enfin, pour couronner ce repas, Ardan dénicha une fine bouteille de
    Nuits, qui se trouvait «par hasard» dans le compartiment des
    provisions. Les trois amis la burent à l'union de la Terre et de son
    satellite.

    Et comme si ce n'était pas assez de ce vin généreux qu'il avait
    distillé sur les coteaux de Bourgogne, le Soleil voulut se mettre de
    la partie. Le projectile sortait en ce moment du cône d'ombre projeté
    par le globe terrestre, et les rayons de l'astre radieux frappèrent
    directement le disque inférieur du boulet, en raison de l'angle que
    fait l'orbite de la Lune avec celle de la Terre.

    «Le Soleil! s'écria Michel Ardan.

    --Sans doute, répondit Barbicane. Je l'attendais.

    --Cependant, dit Michel, le cône d'ombre que la Terre laisse dans
    l'espace s'étend au-delà de la Lune?

    --Beaucoup au-delà, si on ne tient pas compte de la réfraction
    atmosphérique, dit Barbicane. Mais quand la Lune est enveloppée dans
    cette ombre, c'est que les centres des trois astres, le Soleil, la
    Terre et la Lune, sont en ligne droite. Alors les noeuds coïncident
    avec les phases de la Pleine-Lune et il y a éclipse. Si nous étions
    partis au moment d'une éclipse de Lune, tout notre trajet se fût
    accompli dans l'ombre, ce qui eût été fâcheux.

    --Pourquoi?

    --Parce que, bien que nous flottions dans le vide, notre projectile,
    baigné au milieu des rayons solaires recueillera leur lumière et leur
    chaleur. Donc, économie de gaz, économie précieuse à tous égards.»

    En effet, sous ces rayons dont aucune atmosphère n'adoucissait la
    température et l'éclat, le projectile se réchauffait et s'éclairait
    comme s'il eût subitement passé de l'hiver à l'été. La Lune en haut,
    le Soleil en bas, l'inondaient de leurs feux.

    «Il fait bon ici, dit Nicholl.

    --Je le crois bien! s'écria Michel Ardan. Avec un peu de terre
    végétale répandue sur notre planète d'aluminium, nous ferions pousser
    les petits pois en vingt-quatre heures. Je n'ai qu'une crainte, c'est
    que les parois du boulet n'entrent en fusion!

    --Rassure-toi, mon digne ami, répondit Barbicane. Le projectile a
    supporté une température bien autrement élevée, pendant qu'il glissait
    sur les couches atmosphériques. Je ne serais même pas étonné qu'il se
    fût montré aux yeux des spectateurs de la Floride comme un bolide en
    feu.

    --Mais alors, J.-T. Maston doit nous croire rôtis.

    --Ce qui m'étonne, répondit Barbicane, c'est que nous ne l'ayons pas
    été. C'était là un danger que nous n'avions pas prévu.

    --Je le craignais, moi, répondit simplement Nicholl.

    --Et tu ne nous en avais rien dit, sublime capitaine!» s'écria Michel
    Ardan en serrant la main de son compagnon.

    Cependant Barbicane procédait à son installation dans le projectile
    comme s'il n'eût jamais dû le quitter. On se rappelle que ce wagon
    aérien offrait à sa base une superficie de cinquante-quatre pieds
    carrés. Haut de douze pieds jusqu'au sommet de sa voûte, habilement
    aménagé à l'intérieur, peu encombré par les instruments et ustensiles
    de voyage qui occupaient chacun une place spéciale, il laissait à ses
    trois hôtes une certaine liberté de mouvements. L'épaisse vitre,
    engagée dans une partie du culot, pouvait supporter impunément un
    poids considérable. Aussi Barbicane et ses compagnons marchaient-ils
    à sa surface comme sur un plancher solide; mais le Soleil, qui la
    frappait directement de ses rayons, éclairant par en dessous
    l'intérieur du projectile, y produisait de singuliers effets de
    lumière.

    On commença par vérifier l'état de la caisse à eau et de la caisse aux
    vivres. Ces récipients n'avaient aucunement souffert, grâce aux
    dispositions prises pour amortir le choc. Les vivres étaient
    abondants et pouvaient nourrir les trois voyageurs pendant une année
    entière. Barbicane avait voulu se précautionner pour le cas où le
    projectile arriverait sur une portion absolument stérile de la Lune.
    Quant à l'eau et à la réserve d'eau-de-vie qui comprenait cinquante
    gallons, il y en avait pour deux mois seulement. Mais, à s'en
    rapporter aux dernières observations des astronomes, la Lune
    conservait une atmosphère basse, dense, épaisse, au moins dans ses
    vallées profondes, et là les ruisseaux, les sources ne pouvaient
    manquer. Donc, pendant la durée du trajet et pendant la première
    année de leur installation sur le continent lunaire, les aventureux
    explorateurs ne devaient être éprouvés ni par la faim ni par la soif.

    Restait la question de l'air à l'intérieur du projectile. Là encore,
    toute sécurité. L'appareil Reiset et Regnaut, destiné à la production
    de l'oxygène, était alimenté pour deux mois de chlorate de potasse.
    Il consommait nécessairement une certaine quantité de gaz, car il
    devait maintenir au-dessus de quatre cents degrés la matière
    productrice. Mais là encore, on était en fonds. L'appareil ne
    demandait, d'ailleurs, qu'un peu de surveillance. Il fonctionnait
    automatiquement. A cette température élevée, le chlorate de potasse,
    se changeant en chlorure de potassium, abandonnait tout l'oxygène
    qu'il contenait. Or, que donnaient dix-huit livres de chlorate de
    potasse? Les sept livres d'oxygène nécessaire à la consommation
    quotidienne des hôtes du projectile.

    Mais il ne suffisait pas de renouveler l'oxygène dépensé, il fallait
    encore absorber l'acide carbonique produit par l'expiration. Or,
    depuis une douzaine d'heures, l'atmosphère du boulet s'était chargée
    de ce gaz absolument délétère, produit définitif de la combustion des
    éléments du sang par l'oxygène inspiré. Nicholl reconnut cet état de
    l'air en voyant Diane haleter péniblement. En effet, l'acide
    carbonique--par un phénomène identique à celui qui se produit dans la
    fameuse Grotte du Chien--se massait vers le fond du projectile, en
    raison de sa pesanteur. La pauvre Diane, la tête basse, devait donc
    souffrir avant ses maîtres de la présence de ce gaz. Mais le
    capitaine Nicholl se hâta de remédier à cet état de choses. Il
    disposa sur le fond du projectile plusieurs récipients contenant de la
    potasse caustique qu'il agita pendant un certain temps, et cette
    matière, très avide d'acide carbonique, l'absorba complètement et
    purifia ainsi l'air intérieur.

    L'inventaire des instruments fut alors commencé. Les thermomètres et
    les baromètres avaient résisté, sauf un thermomètre à minima dont le
    verre s'était brisé. Un excellent anéroïde, retiré de la boîte ouatée
    qui le contenait, fut accroché à l'une des parois. Naturellement, il
    ne subissait et ne marquait que la pression de l'air à l'intérieur du
    projectile. Mais il indiquait aussi la quantité de vapeur d'eau qu'il
    renfermait. En ce moment son aiguille oscillait entre 765 et 760
    millimètres. C'était «du beau temps».

    Barbicane avait emporté aussi plusieurs compas qui furent retrouvés
    intacts. On comprend que dans ces conditions, leur aiguille était
    affolée, c'est-à-dire sans direction constante. En effet, à la
    distance où le boulet se trouvait de la Terre, le pôle magnétique ne
    pouvait exercer sur l'appareil aucune action sensible. Mais ces
    boussoles, transportées sur le disque lunaire, y constateraient
    peut-être des phénomènes particuliers. En tout cas, il était
    intéressant de vérifier si le satellite de la Terre se soumettait
    comme elle à l'influence magnétique.

    Un hypsomètre pour mesurer l'altitude des montagnes lunaires, un
    sextant destiné à prendre la hauteur du Soleil, un théodolite,
    instrument de géodésie qui sert à lever les plans et à réduire les
    angles à l'horizon, les lunettes dont l'usage devait être très
    apprécié aux approches de la Lune, tous ces instruments furent visités
    avec soin et reconnus bons, malgré la violence de la secousse
    initiale.

    Quant aux ustensiles, aux pics, aux pioches, aux divers outils dont
    Nicholl avait fait un choix spécial; quant aux sacs de graines
    variées, aux arbustes que Michel Ardan comptait transplanter dans les
    terres sélénites, ils étaient à leur place dans les coins supérieurs
    du projectile. Là s'évidait une sorte de grenier encombré d'objets
    que le prodigue Français y avait empilés. Quels ils étaient, on ne
    savait guère, et le joyeux garçon ne s'expliquait pas là-dessus. De
    temps en temps, il montait par des crampons rivés aux parois jusqu'à
    ce capharnaüm, dont il s'était réservé l'inspection. Il rangeait, il
    arrangeait, il plongeait une main rapide dans certaines boîtes
    mystérieuses, en chantant de la voix la plus fausse quelque vieux
    refrain de France qui égayait la situation.

    Barbicane observa avec intérêt que ses fusées et autres artifices
    n'avaient pas été endommagés. Ces pièces importantes, puissamment
    chargées, devaient servir à ralentir la chute du projectile, lorsque
    celui-ci, sollicité par l'attraction lunaire, après avoir dépassé le
    point d'attraction neutre, tomberait sur la surface de la Lune.
    Chute, d'ailleurs, qui devait être six fois moins rapide qu'elle ne
    l'eût été à la surface de la Terre, grâce à la différence de masse des
    deux astres.

    L'inspection se termina donc à la satisfaction générale. Puis chacun
    revint observer l'espace par les fenêtres latérales et à travers la
    vitre inférieure.

    Même spectacle. Toute l'étendue de la sphère céleste, fourmillant
    d'étoiles et de constellations d'une pureté merveilleuse, à rendre fou
    un astronome. D'un côté, le Soleil, comme la gueule d'un four
    embrasé, disque éblouissant sans auréole, se détachant sur le fond
    noir du ciel. De l'autre, la Lune lui ejetant ses feux par réflexion,
    et comme immobile au milieu du monde stellaire. Puis, une tache assez
    forte, qui semblait trouer le firmament et que bordait encore un
    demi-liséré argenté: c'était la Terre. Çà et là, des nébuleuses
    massées comme de gros flocons d'une neige sidérale, et du zénith au
    nadir, un immense anneau formé d'une impalpable poussière d'astres,
    cette voie lactée, au milieu de laquelle le Soleil ne compte que pour
    une étoile de quatrième grandeur!

    Les observateurs ne pouvaient détacher leurs regards de ce spectacle
    si nouveau, dont aucune description ne saurait donner l'idée. Que de
    réflexions il leur suggéra! Quelles émotions inconnues il éveilla
    dans leur âme! Barbicane voulut commencer le récit de son voyage sous
    l'empire de ces impressions, et il nota heure par heure tous les faits
    qui signalaient le début de son entreprise. Il écrivait
    tranquillement de sa grosse écriture carrée et dans un style un peu
    commercial.

    Pendant ce temps, le calculateur Nicholl revoyait ses formules de
    trajectoires et manoeuvrait les chiffres avec une dextérité sans
    pareille. Michel Ardan causait tantôt avec Barbicane qui ne lui
    répondait guère, tantôt avec Nicholl qui ne l'entendait pas, avec
    Diane qui ne comprenait rien à ses théories, avec lui-même enfin, se
    faisant demandes et réponses, allant, venant, s'occupant de mille
    détails, tantôt courbé sur la vitre inférieure, tantôt juché dans les
    hauteurs du projectile, et toujours chantonnant. Dans ce microcosme
    il représentait l'agitation et la loquacité française, et l'on est
    prié de croire qu'elle était dignement représentée.

    La journée, ou plutôt--car l'expression n'est pas juste--le laps de
    douze heures qui forme le jour sur la Terre, se termina par un souper
    copieux, finement préparé. Aucun incident de nature à altérer la
    confiance des voyageurs ne s'était encore produit. Aussi, pleins
    d'espoir, déjà sûrs du succès, ils s'endormirent paisiblement, tandis
    que le projectile, sous une vitesse uniformément décroissante,
    franchissait les routes du ciel.

    IV

    Un peu d'algèbre

    La nuit se passa sans incident. A vrai dire, ce mot «nuit» est
    impropre.

    La position du projectile ne changeait pas par rapport au Soleil.
    Astronomiquement, il faisait jour sur la partie inférieure du boulet,
    nuit sur sa partie supérieure. Lors donc que dans ce récit ces deux
    mots sont employés, ils expriment le laps de temps qui s'écoule entre
    le lever et le coucher du Soleil sur la Terre.

    Le sommeil des voyageurs fut d'autant plus paisible que, malgré son
    excessive vitesse, le projectile semblait être absolument immobile.
    Aucun mouvement ne trahissait sa marche à travers l'espace. Le
    déplacement, quelque rapide qu'il soit, ne peut produire un effet
    sensible sur l'organisme, quand il a lieu dans le vide ou lorsque la
    masse d'air circule avec le corps entraîné. Quel habitant de la Terre
    s'aperçoit de sa vitesse, qui l'emporte cependant à raison de
    quatre-vingt-dix mille kilomètres par heure? Le mouvement, dans ces
    conditions, ne se «ressent» pas plus que le repos. Aussi tout corps y
    est-il indifférent. Un corps est-il en repos, il y demeurera tant
    qu'aucune force étrangère ne le déplacera. Est-il en mouvement, il ne
    s'arrêtera plus si aucun obstacle ne vient enrayer sa marche. Cette
    indifférence au mouvement ou au repos, c'est l'inertie.

    Barbicane et ses compagnons pouvaient donc se croire dans une
    immobilité absolue, étant enfermés à l'intérieur du projectile.
    L'effet eût été le même, d'ailleurs, s'ils se fussent placés à
    l'extérieur. Sans la Lune qui grossissait au-dessus d'eux, ils
    auraient juré qu'ils flottaient dans une stagnation complète.

    Ce matin-là, le 3 décembre, les voyageurs furent réveillés par un
    bruit joyeux, mais inattendu. Ce fut le chant du coq qui retentit à
    l'intérieur du wagon.

    Michel Ardan, le premier sur pied, grimpa jusqu'au sommet du
    projectile, et fermant une caisse entrouverte:

    «Veux-tu te taire? dit-il à voix basse. Cet animal-là va faire
    manquer ma combinaison!»

    Cependant Nicholl et Barbicane s'étaient réveillés.

    «Un coq? avait dit Nicholl.

    --Eh non! mes amis, répondit vivement Michel, c'est moi qui ai voulu
    vous réveiller par cette vocalise champêtre!»

    Et ce disant, il poussa un splendide kokoriko qui eût fait honneur au
    plus orgueilleux des gallinacés.

    Les deux Américains ne purent s'empêcher de rire.

    «Un joli talent, dit Nicholl, regardant son compagnon d'un air
    soupçonneux.

    --Oui, répondit Michel, une plaisanterie de mon pays. C'est très
    gaulois. On fait, comme cela, le coq dans les meilleures sociétés!»

    Puis, détournant la conversation:

    «Sais-tu, Barbicane, dit-il, à quoi j'ai pensé toute la nuit?

    --Non, répondit le président.

    --A nos amis de Cambridge. Tu as déjà remarqué que je suis un
    admirable ignorant des choses mathématiques. Il m'est donc impossible
    de deviner comment les savants de l'Observatoire ont pu calculer
    quelle vitesse initiale devrait avoir le projectile en quittant la
    Columbiad pour atteindre la Lune.

    --Tu veux dire, répliqua Barbicane, pour atteindre ce point neutre où
    les attractions terrestre et lunaire se font équilibre, car, à partir
    de ce point situé aux neuf dixièmes du parcours environ, le projectile
    tombera sur la Lune simplement en vertu de sa pesanteur.

    --Soit, répondit Michel, mais, encore une fois, comment ont-ils pu
    calculer la vitesse initiale?

    --Rien n'était plus aisé, répondit Barbicane.

    --Et tu aurais su faire ce calcul? demanda Michel Ardan.

    --Parfaitement. Nicholl et moi, nous l'eussions établi, si la note de
    l'Observatoire ne nous eût évité cette peine.

    --Eh bien, mon vieux Barbicane, répondit Michel, on m'eût plutôt coupé
    la tête, en commençant par les pieds, que de me faire résoudre ce
    problème-là!

    --Parce que tu ne sais pas l'algèbre, répliqua tranquillement
    Barbicane.

    --Ah! vous voilà bien, vous autres, mangeurs d'_x_! Vous croyez
    avoir tout dit quand vous avez dit: l'algèbre.

    --Michel, répliqua Barbicane, crois-tu qu'on puisse forger sans
    marteau ou labourer sans charrue?

    --Difficilement.

    --Eh bien, l'algèbre est un outil, comme la charrue ou le marteau, et
    un bon outil pour qui sait l'employer.

    --Sérieusement?

    --Très sérieusement.

    --Et tu pourrais manier cet outil-là devant moi?

    --Si cela t'intéresse.

    --Et me montrer comment on a calculé la vitesse initiale de notre
    wagon?

    --Oui, mon digne ami. En tenant compte de tous les éléments du
    problème, de la distance du centre de la Terre au centre de la Lune,
    du rayon de la Terre, de la masse de la Terre, de la masse de la Lune,
    je puis établir exactement quelle a dû être la vitesse initiale du
    projectile, et cela par une simple formule.

    --Voyons la formule.

    --Tu la verras. Seulement, je ne te donnerai pas la courbe tracée
    réellement par le boulet entre la Lune et la Terre, en tenant compte
    de leur mouvement de translation autour du Soleil. Non. Je
    considérerai ces deux astres comme immobiles, ce qui nous suffit.

    --Et pourquoi?

    --Parce que ce serait chercher la solution de ce problème qu'on
    appelle «le problème des trois corps», et que le calcul intégral n'est
    pas encore assez avancé pour le résoudre.

    --Tiens, fit Michel Ardan de son ton narquois, les mathématiques n'ont
    donc pas dit leur dernier mot?

    --Certainement non, répondit Barbicane.

    --Bon! Peut-être les Sélénites ont-ils poussé plus loin que vous le
    calcul intégral! Et à propos, qu'est-ce que ce calcul intégral?

    --C'est un calcul qui est l'inverse du calcul différentiel, répondit
    sérieusement Barbicane.

    --Bien obligé.

    --Autrement dit, c'est un calcul par lequel on cherche les quantités
    finies dont on connaît la différentielle.

    --Au moins, voilà qui est clair, répondit Michel d'un air on ne peut
    plus satisfait.

    --Et maintenant, reprit Barbicane, un bout de papier, un bout de
    crayon, et avant une demi-heure je veux avoir trouvé la formule
    demandée.»

    Barbicane, cela dit, s'absorba dans son travail, tandis que Nicholl
    observait l'espace, laissant à son compagnon le soin du déjeuner.

    Une demi-heure ne s'était pas écoulée que Barbicane, relevant la tête,
    montrait à Michel Ardan une page couverte de signes algébriques, au
    milieu desquels se détachait cette formule générale:

    % 1 2 2 r m' r r
    % - (v - v ) = gr { --- - 1 + --- ( --- - ---) }
    % 2 0 x m d-x d-r

    ( frac{1}{2}left(v^2-v_0^2right)=
    grleft{frac{r}{x}-1+frac{m'}{m}left(frac{r}{d-x}-
    frac{r}{d-r}right)right} )

    «Et cela signifie?..., demanda Michel

    --Cela signifie, répondit Nicholl, que: un demi de _v_ deux moins _v_
    zéro carré, égale _gr_ multiplié par _r_ sur _x_ moins un, plus _m_
    prime sur _m_ multiplié par _r_ sur _d_ moins _x_, moins _r_ sur _d_
    moins _r_...

    --_X_ sur _y_ monté sur _z_ et chevauchant sur _p_, s'écria Michel
    Ardan en éclatant de rire. Et tu comprends cela, capitaine?

    --Rien n'est plus clair.

    --Comment donc! dit Michel. Mais cela saute aux yeux, et je n'en
    demande pas davantage.

    --Rieur sempiternel! répliqua Barbicane. Tu as voulu de l'algèbre,
    et tu en auras jusqu'au menton!

    --J'aime mieux qu'on me pende!

    --En effet, répondit Nicholl, qui examinait la formule en connaisseur,
    ceci me paraît bien trouvé, Barbicane. C'est l'intégrale de
    l'équation des forces vives, et je ne doute pas qu'elle ne nous donne
    le résultat cherché.

    --Mais je voudrais comprendre! s'écria Michel. Je donnerais dix ans
    de la vie de Nicholl pour comprendre!

    --Ecoute alors, reprit Barbicane. Un demi de _v_ deux moins _v_ zéro
    carré, c'est la formule qui nous donne la demi-variation de la force
    vive.

    --Bon, et Nicholl sait ce que cela signifie?

    --Sans doute, Michel, répondit le capitaine. Tous ces signes, qui te
    paraissent cabalistiques, forment cependant le langage le plus clair,
    le plus net, le plus logique pour qui sait le lire.

    --Et tu prétends, Nicholl, demanda Michel, qu'au moyen de ces
    hiéroglyphes, plus incompréhensibles que des ibis égyptiens, tu
    pourras trouver quelle vitesse initiale il convenait d'imprimer au
    projectile?

    --Incontestablement, répondit Nicholl, et même par cette formule, je
    pourrai toujours te dire quelle est sa vitesse à un point quelconque
    de son parcours.

    --Ta parole?

    --Ma parole.

    --Alors, tu es aussi malin que notre président?

    --Non, Michel. Le difficile, c'est ce qu'a fait Barbicane. C'est
    d'établir une équation qui tienne compte de toutes les conditions du
    problème. Le reste n'est plus qu'une question d'arithmétique, et
    n'exige que la connaissance des quatre règles.

    --C'est déjà beau!» répondit Michel Ardan, qui, de sa vie, n'avait pu
    faire une addition juste et qui définissait ainsi cette règle: «Petit
    casse-tête chinois qui permet d'obtenir des totaux indéfiniment
    variés.»

    Cependant Barbicane affirmait que Nicholl, en y songeant, aurait
    certainement trouvé cette formule.

    «Je n'en sais rien, disait Nicholl, car, plus je l'étudie, plus je la
    trouve merveilleusement établie.

    --Maintenant, écoute, dit Barbicane à son ignorant camarade, et tu vas
    voir que toutes ces lettres ont une signification.

    --J'écoute, dit Michel d'un air résigné.

    --_d_, fit Barbicane, c'est la distance du centre de la Terre au
    centre de la Lune, car ce sont les centres qu'il faut prendre pour
    calculer les attractions.

    --Cela je le comprends.

    --_r_ est le rayon de la Terre.

    --_r_, rayon. Admis.

    --_m_ est la masse de la Terre; _m_ prime la masse de la Lune. En
    effet, il faut tenir compte de la masse des deux corps attirants,
    puisque l'attraction est proportionnelle aux masses.

    --C'est entendu.

    --_g_ représente la gravité, la vitesse acquise au bout d'une seconde
    par un corps qui tombe à la surface de la Terre. Est-ce clair?

    --De l'eau de roche! répondit Michel.

    --Maintenant, je représente par _x_ la distance variable qui sépare le
    projectile du centre de la Terre, et par _v_ la vitesse qu'a ce
    projectile à cette distance.

    --Bon.

    --Enfin, l'expression _v_ zéro qui figure dans l'équation est la
    vitesse que possède le boulet au sortir de l'atmosphère.

    --En effet, dit Nicholl, c'est à ce point qu'il faut calculer cette
    vitesse, puisque nous savons déjà que la vitesse au départ vaut
    exactement les trois demis de la vitesse au sortir de l'atmosphère.

    --Comprends plus! fit Michel.

    --C'est pourtant bien simple, dit Barbicane.

    --Pas si simple que moi, répliqua Michel.

    --Cela veut dire que lorsque notre projectile est arrivé à la limite
    de l'atmosphère terrestre, il avait déjà perdu un tiers de sa vitesse
    initiale.

    --Tant que cela?

    --Oui, mon ami, rien que par son frottement sur les couches
    atmosphériques. Tu comprends bien que plus il marchait rapidement,
    plus il trouvait de résistance de la part de l'air.

    --Ça, je l'admets, répondit Michel, et je le comprends, bien que tes
    _v_ zéro deux et tes _v_ zéro carrés se secouent dans ma tête comme
    des clous dans un sac!

    --Premier effet de l'algèbre, reprit Barbicane. Et maintenant, pour
    t'achever, nous allons établir la donnée numérique de ces diverses
    expressions, c'est-à-dire chiffrer leur valeur.

    --Achevez-moi! répondit Michel.

    --De ces expressions, dit Barbicane, les unes sont connues, les autres
    sont à calculer.

    --Je me charge de ces dernières, dit Nicholl.

    --Voyons _r_, reprit Barbicane. _r_, c'est le rayon de la Terre qui,
    sous la latitude de la Floride notre point de départ, égale six
    millions trois cent soixante-dix mille mètres. _d_, c'est-à-dire la
    distance du centre de la Terre au centre de la Lune, vaut
    cinquante-six rayons terrestres, soit...»

    Nicholl chiffra rapidement.

    «Soit, dit-il, trois cent cinquante-six millions sept cent vingt mille
    mètres, au moment où la Lune est à son périgée, c'est-à-dire à sa
    distance la plus rapprochée de la Terre.

    --Bien, fit Barbicane. Maintenant _m_ prime sur _m_, c'est-à-dire le
    rapport de la masse de la Lune à celle de la Terre, égale un
    quatre-vingt-unième.

    --Parfait, dit Michel.

    --_g_, la gravité, est à la Floride de neuf mètres quatre-vingt-un.
    D'où résulte que _gr_ égale...

    --Soixante-deux millions quatre cent vingt-six mille mètres carrés,
    répondit Nicholl.

    --Et maintenant? demanda Michel Ardan.

    --Maintenant que les expressions sont chiffrées, répondit Barbicane,
    je vais chercher la vitesse _v_ zéro, c'est-à-dire la vitesse que doit
    avoir le projectile en quittant l'atmosphère pour atteindre le point
    d'attraction égale avec une vitesse nulle. Puisque, à ce moment, la
    vitesse sera nulle, je pose qu'elle égalera zéro, et que _x_, la
    distance où se trouve ce point neutre, sera représentée par les neuf
    dixièmes de _d_, c'est-à-dire de la distance qu sépare les deux
    centres.

    --J'ai une vague idée que cela doit être ainsi, dit Michel.

    --J'aurai donc alors: _x_ égale neuf dixièmes de
    _d_, et _v_ égale zéro, et ma formule deviendra...»

    Barbicane écrivit rapidement sur le papier:

    ( v_0^2=2grleft{1-frac{10r}{9d}-frac{1}{81}
    left(frac{10r}{d}-frac{r}{d-r}right)right} )

    Nicholl lut d'un oeil avide.

    «C'est cela! c'est cela! s'écria-t-il.

    --Est-ce clair? demanda Barbicane.

    --C'est écrit en lettres de feu! répondit Nicholl.

    --Les braves gens! murmurait Michel.

    --As-tu compris, enfin? lui demanda Barbicane.

    --Si j'ai compris! s'écria Michel Ardan, mais c'est-à-dire que ma
    tête en éclate!

    --Ainsi, reprit Barbicane, _v_ zéro deux égale deux _gr_ multiplié par
    un, moins dix _r_ sur 9 _d_, moins un quatre-vingt-unième multiplié
    par dix _r_ sur _d_ moins _r_ sur _d_ moins _r_.

    --Et maintenant, dit Nicholl, pour obtenir la vitesse du boulet au
    sortir de l'atmosphère, il n'y a plus qu'à calculer.»

    Le capitaine, en praticien rompu à toutes les difficultés, se mit à
    chiffrer avec une rapidité effrayante. Divisions et multiplications
    s'allongeaient sous ses doigts. Les chiffres grêlaient sa page
    blanche. Barbicane le suivait du regard, pendant que Michel Ardan
    comprimait à deux mains une migraine naissante.

    «Eh bien? demanda Barbicane, après plusieurs minutes de silence.

    --Eh bien, tout calcul fait, répondit Nicholl, _v_ zéro, c'est-à-dire
    la vitesse du projectile au sortir de l'atmosphère, pour atteindre le
    point d'égale attraction, a dû être de...

    --De?... fit Barbicane.

    --De onze mille cinquante et un mètres dans la première seconde.

    --Hein! fit Barbicane, bondissant, vous dites!

    --Onze mille cinquante et un mètres.

    --Malédiction! s'écria le président en faisant un geste de désespoir.

    --Qu'as-tu? demanda Michel Ardan, très surpris.

    --Ce que j'ai! Mais si à ce moment la vitesse était déjà diminuée
    d'un tiers par le frottement, la vitesse initiale aurait dû être...

    --De seize mille cinq cent soixante-seize mètres! répondit Nicholl.

    --Et l'Observatoire de Cambridge, qui a déclaré que onze mille mètres
    suffisaient au départ, et notre boulet qui n'est parti qu'avec cette
    vitesse!

    --Eh bien? demanda Nicholl.

    --Eh bien, elle sera insuffisante!

    --Bon.

    --Nous n'atteindrons pas le point neutre!

    --Sacrebleu!

    --Nous n'irons même pas à moitié chemin!

    --Nom d'un boulet! s'écria Michel Ardan, sautant comme si le
    projectile fût sur le point de heurter le sphéroïde terrestre.

    --Et nous retomberons sur la Terre!»

    V

    Les froids de l'espace

    Cette révélation fut un coup de foudre. Qui se serait attendu à
    pareille erreur de calcul? Barbicane ne voulait pas y croire.
    Nicholl revit ses chiffres. Ils étaient exacts. Quant à la formule
    qui les avait déterminés, on ne pouvait soupçonner sa justesse, et
    vérification faite, il fut constant qu'une vitesse initiale de seize
    mille cinq cent soixante-seize mètres dans la première seconde était
    nécessaire pour atteindre le point neutre.

    Les trois amis se regardèrent silencieusement. De déjeuner, plus
    question. Barbicane, les dents serrées, les sourcils contractés, les
    poings fermés convulsivement, observait à travers le hublot. Nicholl
    s'était croisé les bras, examinant ses calculs. Michel Ardan
    murmurait:

    «Voilà bien ces savants! Ils n'en font jamais d'autres! Je donnerais
    vingt pistoles pour tomber sur l'Observatoire de Cambridge et
    l'écraser avec tous les tripoteurs de chiffres qu'il renferme!»

    Tout d'un coup, le capitaine fit une réflexion qui alla droit à
    Barbicane.

    «Ah çà! dit-il, il est sept heures du matin. Nous sommes donc partis
    depuis trente-deux heures. Plus de la moitié de notre trajet est
    parcourue, et nous ne tombons pas, que je sache!»

    Barbicane ne répondit pas. Mais, après un coup d'oeil rapide jeté au
    capitaine, il prit un compas qui lui servait à mesurer la distance
    angulaire du globe terrestre. Puis, à travers la vitre inférieure, il
    fit une observation très exacte, vu l'immobilité apparente du
    projectile. Se relevant alors, essuyant son front où perlaient des
    gouttes de sueur, il disposa quelques chiffres sur le papier. Nicholl
    comprenait que le président voulait déduire de la mesure du diamètre
    terrestre la distance du boulet à la Terre. Il le regardait
    anxieusement.

    «Non! s'écria Barbicane après quelques instants, non, nous ne tombons
    pas! Nous sommes déjà à plus de cinquante mille lieues de la Terre!
    Nous avons dépassé ce point où le projectile aurait dû s'arrêter, si
    sa vitesse n'eût été que de onze mille mètres au départ! Nous montons
    toujours!

    --C'est évident, répondit Nicholl, et il faut en conclure que notre
    vitesse initiale, sous la poussée des quatre cent mille livres de
    fulmi-coton, a dépassé les onze mille mètres réclamés. Je m'explique
    alors que nous ayons rencontré, après treize minutes seulement, le
    deuxième satellite qui gravite à plus de deux mille lieues de la
    Terre.

    --Et cette explication est d'autant plus probable, ajouta Barbicane,
    qu'en rejetant l'eau renfermée entre ses cloisons brisantes, le
    projectile s'est trouvé subitement allégé d'un poids considérable.

    --Juste! fit Nicholl.

    --Ah! mon brave Nicholl, s'écria Barbicane, nous sommes sauvés!

    --Eh bien, répondit tranquillement Michel Ardan, puisque nous sommes
    sauvés, déjeunons.»

    En effet, Nicholl ne se trompait pas. La vitesse initiale avait été,
    très heureusement, supérieure à la vitesse indiquée par l'Observatoire
    de Cambridge, mais l'Observatoire de Cambridge ne s'en était pas moins
    trompé.

    Les voyageurs, remis de cette fausse alerte, se mirent à table et
    déjeunèrent joyeusement. Si l'on mangea beaucoup, on parla plus
    encore. La confiance était plus grande après qu'avant «l'incident de
    l'algèbre».

    «Pourquoi ne réussirions-nous pas? répétait Michel Ardan. Pourquoi
    n'arriverions-nous pas? Nous sommes lancés. Pas d'obstacles devant
    nous. Pas de pierres sur notre chemin. La route est libre, plus
    libre que celle du navire qui se débat contre la mer, plus libre que
    celle du ballon qui lutte contre le vent! Or, si un navire arrive où
    il veut, si un ballon monte où il lui plaît, pourquoi notre
    projectile n'atteindrait-il pas le but qu'il a visé.

    --Il l'atteindra, dit Barbicane.

    --Ne fût-ce que pour honorer le peuple américain, ajouta Michel Ardan,
    le seul peuple qui fût capable de mener à bien une telle entreprise,
    le seul qui pût produire un président Barbicane! Ah! j'y pense,
    maintenant que nous n'avons plus d'inquiétude, qu'allons-nous devenir?
    Nous allons nous ennuyer royalement!»

    Barbicane et Nicholl firent un geste de dénégation.

    «Mais j'ai prévu le cas, mes amis, reprit Michel Ardan. Vous n'avez
    qu'à parler. J'ai à votre disposition, échecs, dames, cartes,
    dominos! Il ne me manque qu'un billard!

    --Quoi! demanda Barbicane, tu as emporté de pareils bibelots?

    --Sans doute, répondit Michel, et non seulement pour nous distraire,
    mais aussi dans l'intention louable d'en doter les estaminets
    sélénites.

    --Mon ami, dit Barbicane, si la Lune est habitée, ses habitants ont
    apparu quelques milliers d'années avant ceux de la Terre, car on ne
    peut douter que cet astre ne soit plus vieux que le nôtre. Si donc
    les Sélénites existent depuis des centaines de mille ans, si leur
    cerveau est organisé comme le cerveau humain, ils ont inventé tout ce
    que nous avons inventé déjà, et même ce que nous inventerons dans la
    suite des siècles. Ils n'auront rien à apprendre de nous et nous
    aurons tout à apprendre d'eux.

    --Quoi! répondit Michel, tu penses qu'ils ont eu des artistes comme
    Phidias, Michel-Ange ou Raphaël?

    --Oui.

    --Des poètes comme Homère, Virgile, Milton, Lamartine, Hugo?

    --J'en suis sûr.

    --Des philosophes comme Platon, Aristote, Descartes, Kant?

    --Je n'en doute pas.

    --Des savants comme Archimède, Euclide, Pascal, Newton?

    --Je le jurerais.

    --Des comiques comme Arnal et des photographes comme... comme Nadar?

    --J'en suis sûr.

    --Alors, ami Barbicane, s'ils sont aussi forts que nous, et même plus
    forts, ces Sélénites, pourquoi n'ont-ils pas tenté de communiquer avec
    la Terre? Pourquoi n'ont-ils pas lancé un projectile lunaire
    jusqu'aux régions terrestres?

    --Qui te dit qu'ils ne l'ont pas fait? répondit sérieusement
    Barbicane.

    --En effet, ajouta Nicholl, cela leur était plus facile qu'à nous, et
    pour deux raisons: la première parce que l'attraction est six fois
    moindre à la surface de la Lune qu'à la surface de la Terre, ce qui
    permet à un projectile de s'enlever plus aisément: la seconde, parce
    qu'il suffisait d'envoyer ce projectile à huit mille lieues seulement
    au lieu de quatre-vingt mille, ce qui ne demande qu'une force de
    projection dix fois moins forte.

    --Alors, reprit Michel, je répète: Pourquoi ne l'ont-ils pas fait?

    --Et moi répliqua Barbicane, je répète: Qui te dit qu'ils ne l'ont pas
    fait?

    --Quand?

    --Il y a des milliers d'années, avant l'apparition de l'homme sur la
    Terre.

    --Et le boulet? Où est le boulet? Je demande à voir le boulet!

    --Mon ami, répondit Barbicane, la mer couvre les cinq sixièmes de
    notre globe. De là, cinq bonnes raisons pour supposer que le
    projectile lunaire, s'il a été lancé, est maintenant immergé au fond
    de l'Atlantique ou du Pacifique. A moins qu'il ne soit enfoui dans
    quelque crevasse, à l'époque où l'écorce terrestre n'était pas encore
    suffisamment formée.

    --Mon vieux Barbicane, répondit Michel, tu as réponse à tout et je
    m'incline devant ta sagesse. Toutefois il est une hypothèse qui me
    sourirait mieux que les autres; c'est que les Sélénites, étant plus
    vieux que nous, sont plus sages et n'ont point inventé la poudre!»

    En ce moment, Diane se mêla à la conversation par
    un aboiement sonore. Elle réclamait son déjeuner.

    «Ah! fit Michel Ardan, à discuter ainsi, nous oublions Diane et
    Satellite!»

    Aussitôt, une respectable pâtée fut offerte à la chienne qui la dévora
    de grand appétit.

    «Vois-tu, Barbicane, disait Michel, nous aurions dû faire de ce
    projectile une seconde arche de Noé et emporter dans la Lune un couple
    de tous les animaux domestiques.

    --Sans doute, répondit Barbicane, mais la place eût manqué.

    --Bon! dit Michel, en se serrant un peu!

    --Le fait est, répondit Nicholl, que boeuf, vache, taureau, cheval,
    tous ces ruminants nous seraient fort utiles sur le continent lunaire.
    Par malheur, ce wagon ne pouvait devenir ni une écurie ni une étable.

    --Mais au moins, dit Michel Ardan, aurions-nous pu emmener un âne,
    rien qu'un petit âne, cette courageuse et patiente bête qu'aimait à
    monter le vieux Silène! Je les aime, ces pauvres ânes! Ce sont bien
    les animaux les moins favorisés de la création. Non seulement on les
    frappe pendant leur vie, mais on les frappe aussi après leur mort!

    --Comment l'entends-tu? demanda Barbicane.

    --Dame! fit Michel, puisqu'on en fait des peaux de tambour!»

    Barbicane et Nicholl ne purent s'empêcher de rire à cette réflexion
    saugrenue. Mais un cri de leur joyeux compagnon les arrêta. Celui-ci
    s'était courbé vers la niche de Satellite et se relevait en disant:

    «Bon! Satellite n'est plus malade.

    --Ah! fit Nicholl.

    --Non, reprit Michel, il est mort. Voilà, ajouta-t-il d'un ton
    piteux, voilà qui sera embarrassant. Je crains, ma pauvre Diane, que
    tu ne fasses pas souche dans les régions lunaires!»

    En effet, l'infortuné Satellite n'avait pu survivre à sa blessure. Il
    était mort et bien mort. Michel Ardan très décontenancé, regardait
    ses amis.

    «Il se présente une question, dit Barbicane. Nous ne pouvons garder
    avec nous le cadavre de ce chien pendant quarante-huit heures encore.

    --Non, sans doute, répondit Nicholl, mais nos hublots sont fixés par
    des charnières. Ils peuvent se rabattre. Nous ouvrirons l'un des
    deux et nous jetterons ce corps dans l'espace.»

    Le président réfléchit pendant quelques instants.
    et dit:

    «Oui, il faudra procéder ainsi, mais en prenant les plus minutieuses
    précautions.

    --Pourquoi? demanda Michel.

    --Pour deux raisons que tu vas comprendre répondit Barbicane. La
    première est relative à l'air renfermé dans le projectile, et dont il
    ne faut perdre que le moins possible.

    --Mais puisque nous le refaisons, cet air!

    --En partie seulement. Nous ne refaisons que l'oxygène, mon brave
    Michel,--et à ce propos veillons bien à ce que l'appareil ne
    fournisse pas cet oxygène en quantité immodérée, car cet excès
    amènerait en nous des troubles physiologiques très graves. Mais si
    nous refaisons l'oxygène, nous ne refaisons pas l'azote, ce véhicule
    que les poumons n'absorbent pas et qui doit demeurer intact. Or, cet
    azote s'échapperait rapidement par les hublots ouverts.

    --Oh! le temps de jeter ce pauvre Satellite, dit Michel.

    --D'accord, mais agissons rapidement.

    --Et la seconde raison? demanda Michel.

    --La seconde raison, c'est qu'il ne faut pas laisser le froid
    extérieur, qui est excessif, pénétrer dans le projectile, sous peine
    d'être gelés vivants.

    --Cependant, le Soleil...

    --Le Soleil échauffe notre projectile qui absorbe ses rayons, mais il
    n'échauffe pas le vide où nous flottons en ce moment. Où il n'y a pas
    d'air, il n'y a pas plus de chaleur que de lumière diffuse, et de même
    qu'il fait noir, il fait froid là où les rayons du Soleil n'arrivent
    pas directement. Cette température n'est donc autre que la
    température produite par le rayonnement stellaire, c'est-à-dire celle
    que subirait le globe terrestre si le Soleil s'éteignait un jour.

    --Ce qui n'est pas à craindre, répondit Nicholl.

    --Qui sait? dit Michel Ardan. D'ailleurs, en admettant que le Soleil
    ne s'éteigne pas, ne peut-il arriver que la Terre s'éloigne de lui?

    --Bon! fit Barbicane, voilà Michel avec ses idées!

    --Eh! reprit Michel, ne sait-on pas que la Terre a traversé la queue
    d'une comète en 1861? Or, supposons une comète dont l'attraction soit
    supérieure à l'attraction solaire, l'orbite terrestre se courbera vers
    l'astre errant, et la Terre, devenue son satellite, sera entraînée à
    une distance telle que les rayons du Soleil n'auront plus aucune
    action à sa surface.

    --Cela peut se produire, en effet, répondit Barbicane, mais les
    conséquences d'un pareil déplacement pourraient bien ne pas être aussi
    redoutables que tu le supposes.

    --Et pourquoi?

    --Parce que le froid et le chaud s'équilibreraient encore sur notre
    globe. On a calculé que si la Terre eût été entraînée par la comète
    de 1861, elle n'aurait pas ressenti, à sa plus grande distance du
    Soleil, une chaleur seize fois supérieure à celle que nous envoie la
    Lune, chaleur qui, concentrée au foyer des plus fortes lentilles, ne
    produit aucun effet appréciable.

    --Eh bien? fit Michel.

    --Attends un peu, répondit Barbicane. On calculé aussi, qu'à son
    périhélie, à sa distance la plus rapprochée du Soleil, la Terre aurait
    supporté une chaleur égale à vingt-huit mille fois celle de l'été.
    Mais cette chaleur, capable de vitrifier les matières terrestres et de
    vaporiser les eaux, eût formé un épais anneau de nuages qui aurait
    amoindri cette température excessive. De là, compensation entre les
    froids de l'aphélie et les chaleurs du périhélie, et une moyenne
    probablement supportable.

    --Mais à combien de degrés estime-t-on la température des espaces
    planétaires? demanda Nicholl.

    --Autrefois, répondit Barbicane, on croyait que cette température
    était excessivement basse. En calculant son décroissement
    thermométrique, on arrivait à la chiffrer par millions de degrés
    au-dessous de zéro. C'est Fourier, un compatriote de Michel, un
    savant illustre de l'Académie des Sciences, qui a ramené ces nombres à
    de plus justes estimations. Suivant lui, la température de l'espace
    ne s'abaisse pas au-dessous de soixante degrés.

    --Peuh! fit Michel.

    --C'est à peu près, répondit Barbicane, la température qui fut
    observée dans les régions polaires, à l'île Melville ou au fort
    Reliance, soit environ cinquante-six degrés centigrades au-dessous de
    zéro.

    --Il reste à prouver, dit Nicholl, que Fourier ne
    s'est pas abusé dans ses évaluations. Si je ne me
    trompe, un autre savant français, M. Pouillet,
    estime la température de l'espace à cent soixante
    degrés au-dessous de zéro. C'est ce que nous
    vérifierons.

    --Pas en ce moment, répondit Barbicane, car les rayons solaires,
    frappant directement notre thermomètre, donneraient, au contraire, une
    température très élevée. Mais lorsque nous serons arrivés sur la
    Lune, pendant les nuits de quinze jours que chacune de ses faces
    éprouve alternativement, nous aurons le loisir de faire cette
    expérience, car notre satellite se meut dans le vide.

    --Mais qu'entends-tu par le vide? demanda Michel, est-ce le vide
    absolu?

    --C'est le vide absolument privé d'air.

    --Et dans lequel l'air n'est remplacé par rien?

    --Si. Par l'éther, répondit Barbicane.

    --Ah! Et qu'est-ce que l'éther?

    --L'éther, mon ami, c'est une agglomération d'atomes impondérables,
    qui, relativement à leurs dimensions, disent les ouvrages de physique
    moléculaire, sont aussi éloignés les uns des autres que les corps
    célestes le sont dans l'espace. Leur distance, cependant, est
    inférieure à un trois-millionièmes de millimètre. Ce sont ces atomes
    qui, par leur mouvement vibratoire, produisent la lumière et la
    chaleur, en faisant par seconde quatre cent trente trillions
    d'ondulations, n'ayant que quatre à six dix-millièmes de millimètre
    d'amplitude.

    --Milliards de milliards! s'écria Michel Ardan, on les a donc
    mesurées et comptées, ces oscillations! Tout cela, ami Barbicane, ce
    sont des chiffres de savants qui épouvantent l'oreille et ne disent
    rien à l'esprit.

    --Il faut pourtant bien chiffrer...

    --Non. Il vaut mieux comparer. Un trillion ne signifie rien. Un
    objet de comparaison dit tout. Exemple: Quand tu m'auras répété que
    le volume d'Uranus est soixante-seize fois plus gros que celui de la
    Terre, le volume de Saturne neuf cents fois plus gros, le volume de
    Jupiter treize cents fois plus gros, le volume du Soleil treize cent
    mille fois plus gros, je n'en serai pas beaucoup plus avancé. Aussi,
    je préfère, et de beaucoup, ces vieilles comparaisons du _Double
    Liégeois_ qui vous dit tous bêtement: Le Soleil, c'est une citrouille
    de deux pieds de diamètre, Jupiter, une orange, Saturne, une pomme
    d'api, Neptune, une guigne, Uranus, une grosse cerise, la Terre, un
    pois, Vénus, un petit pois, Mars, une grosse tête d'épingle, Mercure
    un grain de moutarde, et Junon, Cérès, Vesta et Pallas, de simples
    grains de sable! On sait au moins à quoi s'en tenir!»

    Après cette sortie de Michel Ardan contre les savants et ces trillions
    qu'ils alignent sans sourciller, l'on procéda à l'ensevelissement de
    Satellite. Il s'agissait simplement de le jeter dans l'espace, de la
    même manière que les marins jettent un cadavre à la mer.

    Mais, ainsi que l'avait recommandé le président Barbicane, il fallut
    opérer vivement, de façon à perdre le moins possible de cet air que
    son élasticité aurait rapidement épanché dans le vide. Les boulons
    du hublot de droite, dont l'ouverture mesurait environ trente
    centimètres, furent dévissés avec soin, tandis que Michel, tout
    contrit, se préparait à lancer son chien dans l'espace. La vitre,
    manoeuvrée par un puissant levier qui permettait de vaincre la
    pression de l'air intérieur sur les parois du projectile, tourna
    rapidement sur ses charnières, et Satellite fut projeté au-dehors.
    C'est à peine si quelques molécules d'air s'échappèrent, et
    l'opération réussit si bien que, plus tard, Barbicane ne craignit pas
    de se débarrasser ainsi des débris inutiles qui encombraient le
    wagon.

    VI

    Demandes et réponses

    Le 4 décembre, les chronomètres marquaient cinq heures du matin
    terrestre, quand les voyageurs se réveillèrent, après cinquante-quatre
    heures de voyage. Comme temps, ils n'avaient dépassé que de cinq
    heures quarante minutes, la moitié de la durée assignée à leur séjour
    dans le projectile; mais comme trajet, ils avaient déjà accompli près
    des sept dixièmes de la traversée. Cette particularité était due à la
    décroissance régulière de leur vitesse.

    Lorsqu'ils observèrent la Terre par la vitre inférieure, elle ne leur
    apparut plus que comme une tache sombre, noyée dans les rayons
    solaires. Plus de croissant, plus de lumière cendrée. Le lendemain,
    à minuit, la Terre devait être nouvelle, au moment précis où la Lune
    serait pleine. Au-dessus, l'astre des nuits se rapprochait de plus en
    plus de la ligne suivie par le projectile, de manière à se rencontrer
    avec lui à l'heure indiquée. Tout autour, la voûte noire était
    constellée de points brillants qui semblaient se déplacer avec
    lenteur. Mais à la distance considérable où ils se trouvaient, leur
    grosseur relative ne paraissait pas s'être modifiée. Le Soleil et les
    étoiles apparaissaient exactement tels qu'on les voit de la Terre.
    Quant à la Lune, elle avait considérablement grossi; mais les lunettes
    des voyageurs, peu puissantes en somme, ne permettaient pas encore de
    faire d'utiles observations à sa surface, et d'en reconnaître les
    dispositions topographiques ou géologiques.

    Aussi, le temps s'écoulait-il en conversations interminables. On
    causait de la Lune surtout. Chacun apportait son contingent de
    connaissances particulières. Barbicane et Nicholl, toujours sérieux,
    Michel Ardan, toujours fantaisiste. Le projectile, sa situation, sa
    direction, les incidents qui pouvaient survenir, les précautions que
    nécessiterait sa chute sur la Lune, c'était là matière inépuisable à
    conjectures.

    Précisément, en déjeunant, une demande de Michel, relative au
    projectile, provoqua une assez curieuse réponse de Barbicane et digne
    d'être rapportée.

    Michel, supposant le boulet brusquement arrêté, lorsqu'il était encore
    animé de sa formidable vitesse initiale, voulut savoir quelles
    auraient été les conséquences de cet arrêt.

    «Mais, répondit Barbicane, je ne vois pas comment le projectile aurait
    pu être arrêté.

    --Supposons-le, répondit Michel.

    --Supposition irréalisable, répliqua le pratique Barbicane. A moins
    que la force d'impulsion ne lui eût fait défaut. Mais alors, sa
    vitesse aurait décru peu à peu, et il ne se fût pas brusquement
    arrêté.

    --Admets qu'il ait heurté un corps dans l'espace.

    --Lequel?

    --Ce bolide énorme que nous avons rencontré.

    --Alors, dit Nicholl, le projectile eût été brisé en mille pièces, et
    nous avec.

    --Mieux que cela, répondit Barbicane, nous aurions été brûlés vifs.

    --Brûlés! s'écria Michel. Pardieu! je regrette que le cas ne se
    soit pas présenté «pour voir».

    --Et tu aurais vu, répondit Barbicane. On sait maintenant que la
    chaleur n'est qu'une modification du mouvement. Quand on fait
    chauffer de l'eau, c'est-à-dire quand on lui ajoute de la chaleur,
    cela veut dire que l'on donne du mouvement à ses molécules.

    --Tiens! fit Michel, voilà une théorie ingénieuse!

    --Et juste, mon digne ami, car elle explique tous les phénomènes du
    calorique. La chaleur n'est qu'un mouvement moléculaire, une simple
    oscillation des particules d'un corps. Lorsqu'on serre le frein d'un
    train, le train s'arrête. Mais que devient le mouvement dont il était
    animé? Il se transforme en chaleur, et le frein s'échauffe. Pourquoi
    graisse-t-on l'essieu des roues? Pour l'empêcher de s'échauffer,
    attendu que cette chaleur, ce serait du mouvement perdu par
    transformation. Comprends-tu?

    --Si je comprends! répondit Michel, admirablement. Ainsi, par
    exemple, quand j'ai couru longtemps, que je suis en nage, que je sue à
    grosses gouttes, pourquoi suis-je forcé de m'arrêter? Tout
    simplement, parce que mon mouvement s'est transformé en chaleur!»

    Barbicane ne put s'empêcher de sourire à cette repartie de Michel.
    Puis, reprenant sa théorie:

    «Ainsi donc, dit-il, dans le cas d'un choc, il en eût été de notre
    projectile comme de la balle qui tombe brûlante après avoir frappé la
    plaque de métal. C'est son mouvement qui s'est changé en chaleur. En
    conséquence, j'affirme que si notre boulet avait heurté le bolide, sa
    vitesse, brusquement anéantie, eût déterminé une chaleur capable de le
    volatiliser instantanément.

    --Alors, demanda Nicholl, qu'arriverait-il donc si la Terre s'arrêtait
    subitement dans son mouvement de translation?

    --Sa température serait portée à un tel point, répondit Barbicane,
    qu'elle serait immédiatement réduite en vapeurs.

    --Bon, fit Michel, voilà un moyen de finir le monde qui simplifierait
    bien les choses.

    --Et si la Terre tombait sur le Soleil? dit Nicholl.

    --D'après les calculs, répondit Barbicane, cette chute développerait
    une chaleur égale à la chaleur produite par seize cents globes de
    charbon égaux en volume au globe terrestre.

    --Bon surcroît de température pour le Soleil, répliqua Michel Ardan,
    et dont les habitants d'Uranus ou de Neptune ne se plaindraient sans
    doute pas, car ils doivent mourir de froid sur leur planète.

    --Ainsi donc, mes amis, reprit Barbicane, tout mouvement brusquement
    arrêté produit de la chaleur. Et cette théorie a permis d'admettre
    que la chaleur du disque solaire est alimentée par une grêle de
    bolides qui tombe incessamment à sa surface. On a même calculé...

    --Défions-nous, murmura Michel, voilà les chiffres qui s'avancent.

    --On a même calculé, reprit imperturbablement Barbicane, que le choc
    de chaque bolide sur le Soleil doit produire une chaleur égale à celle
    de quatre mille masses de houille d'un volume égal.

    --Et quelle est la chaleur solaire? demanda Michel.

    --Elle est égale à celle que produirait la combustion d'une couche de
    charbon qui entourerait le Soleil sur une épaisseur de vingt-sept
    kilomètres.

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    韓詩外傳, Vol. 9-10 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-9-10/ https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-9-10/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:58 +0000 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-9-10/

    韓詩外傳, Vol. 9-10

    Aproximadamente 2.236 palavras.

    Produced by Nicole Lai

    卷九
    孟子少時誦,其母方織,孟輟然中止,乃复進,其母知其也,呼而問
    之曰:“何為中止?”對曰:“有所失复得。”其母引刀裂其織,以此誡
    之,自是之后,孟子不复矣。孟子少時,東家殺豚,孟子問其母曰:“東
    家殺豚,何為?”母曰:“欲啖汝。”其母自悔而言曰:“吾怀妊是子,
    席不止,不坐;割不正,不食;胎教之也。今适有知而欺之,是教之不信
    也。”乃買東家豚肉以食之,明不欺也。詩曰:“宜爾子孫繩繩兮。”言
    賢母使子賢也。
    田子為相,三年歸休,得金百鎰,奉其母。母曰:“子安得此金?”
    對曰:“所受俸祿也。”母曰:“為相三年,不食乎?治官如此,非吾所
    欲也。孝子之事親也,盡力致誠,不義之物,不入于館,為人子不可不孝
    也!子其去之。”田子愧慚,走出,造朝還金,退請就獄。王賢其母,說
    其義,即舍田子罪,令复為相,以金賜其母。詩曰:“宜爾子孫繩繩兮。
    ”
    孔子行,聞哭聲甚悲。孔子曰:“驅!驅!前有賢者。”至、則皋魚
    也。被褐擁潪,哭于道傍。孔子辟車与之言曰:“子非有喪,何哭之悲也
    ?”皋魚曰:“吾失之三矣:少而學,游諸侯,以后吾親,失之一也;高
    尚吾志,間吾事君,失之二也;与友厚而小絕之,失之三矣。樹欲靜而風
    不止,子欲養而親不待也。往而不可〔追者,年也,去而不可〕得見者、
    親也。吾請從此辭矣。”立槁而死。孔子曰:“弟子誡之,足以識矣。”
    于是門人辭歸而養親者十有三人。
    子路曰:“有人于斯,夙興夜寐,手足胼胝,而面目黧黑,樹藝五谷
    ,以事其親,而無孝子之名者、何也?”孔子曰:“吾意者、身未敬邪!
    色不順邪!辭不遜邪!古人有言曰:‘衣歟!食歟!曾不爾即。’子勞以
    事其親,無此三者,何為無孝之名!意者、所友非仁人邪!坐,語汝,雖
    有國士之力,不能自舉其身,非無力也,勢不便也。是以君子入則篤孝,
    出則友賢,何為其無孝子之名!詩曰:“父母孔邇。”
    伯牙鼓琴,鐘子期听之,方鼓琴,志在山,鐘子期曰:“善哉!鼓琴
    !巍巍乎如太山。”志在流水,鐘子期曰:“善哉!鼓琴!洋洋乎若江河
    。”鐘子期死,伯牙僻琴絕弦,終身不复鼓琴,以為世無足与鼓琴也。非
    獨琴如此,賢者亦有之,苟非其時,則賢者將奚由得遂其功哉!
    秦攻魏,破之。少子亡而不得。令魏國曰:“有得公子者,賜金千斤
    ;匿者、罪至十族。”公子乳母与俱亡。人謂乳母曰:“得公子者賞甚重
    ,乳母當知公子處而言之。”乳母應之曰:“我不知其處,雖知之,死則
    死,不可以言也。為人養子,不能隱而言之,是畔上畏死。吾聞:忠不畔
    上,勇不畏死。凡養人子者,生之,非務殺之也,豈可見利畏誅之故,廢
    義而行詐哉!吾不能生而使公子獨死矣。”遂与公子俱逃澤中。秦軍見而
    射之,乳母以身蔽之,著十二矢,遂不令中公子。秦王聞之,饗以太牢,
    且爵其兄為大夫。詩曰:“我心匪石,不可轉也。”
    子路曰:“人善我,我亦善之;人不善我,我不善之。”子貢曰:“
    人善我,我亦善之;人不善我,我則引之進退而己耳。”顏回曰:“人善
    我,我亦善之;人不善我,我亦善之。”三子所持各异,問于夫子。夫子
    曰:“由之所持,蠻貊之言也;賜之所言,朋友之言也;回之所言,親屬
    之言也。”詩曰:“人之無良,我以為兄。”
    齊景公縱酒,醉,而解衣冠,鼓琴以自樂。顧左右曰:“仁人亦樂此
    乎?”左右曰:“仁人耳目猶人,何為不樂乎!”景公曰:“駕車以迎晏
    子。”晏子聞之,朝服而至。景公曰:“今者、寡人此樂,愿與大夫同之
    。”晏子曰:“君言過矣!自齊國五尺已上,力皆能胜嬰与君,所以不敢
    者、畏禮也。故自天子無禮,則無以守社稷;諸侯無禮,則無以守其國;
    為人上無禮,則無以使其下;為人下無禮,則無以事其上;大夫無禮,則
    無以治其家;兄弟無禮,則不同居;人而無禮,不若遄死。”景公色,离
    席而謝曰:“寡人不仁無良,左右淫湎寡人,以至于此,請殺左右,以補
    其過。”晏子曰:“左右無過。君好禮,則有禮者至,無禮者去;君惡禮
    ,則無禮者至,有禮者去。左右何罪乎?”景公曰:“善哉!”乃更衣而
    坐,觴酒三行,晏子辭去,景公拜送。詩曰:“人而無禮,胡不遄死。”
    傳曰:堂衣若扣孔子之門,曰:“丘在乎?丘在乎?”子貢應之曰:
    “君子尊賢而容眾,嘉善而矜不能,親內及外,己所不欲,勿施于人。子
    何言吾師之名焉?”堂衣若曰:“子何年少言之絞?”子貢曰:“大車不
    絞,則不成其任;琴瑟不絞,則不成其音。子之言絞,是以絞之也。”堂
    衣若曰:“吾始以鴻之力,今徒翼耳!”子貢曰:“非鴻之力,安能舉其
    翼!”詩曰:“如切如?,如琢如磨。”
    齊景公出弋昭華之池,顏鄧聚主鳥而亡之,景公怒,而欲殺之。晏子
    曰:“夫鄧聚有死罪四,請數而誅之。”景公曰:“諾。”晏子曰:“鄧
    聚為吾君主鳥而亡之,是罪一也;使吾君以鳥之故而殺人,是罪二也;使
    四國諸侯聞之,以吾君重鳥而輕士,是罪三也;天子聞之,必將貶絀吾君
    ,危其社稷,絕其宗廟,是罪四也。此四罪者、故當殺無赦,臣請加誅焉
    。”景公曰:“止。此亦吾過矣,愿夫子為寡人敬謝焉。”詩曰:“邦之
    司直。”
    魏文侯問于解狐曰:“寡人將立西河之守,誰可用者?”解狐對曰:
    “荊伯柳者、賢人,殆可。”〔文侯曰:“是非子之讎也?”對曰:“君
    問可,非問讎也。”〕文侯將以荊伯柳為西河守。荊伯柳問左右,誰言我
    于吾君。左右皆曰:“解狐。”荊伯柳見解狐而謝之曰:“子乃寬臣之過
    也,言于君,謹再拜謝。”解狐曰:“言子者,公也;怨子者,吾私也。
    公事已行,怨子如故。”張弓射之,走十步而沒,可謂勇矣。詩曰:“邦
    之司直。”
    楚有善相人者,所言無遺美,聞于國中。庄王召見而問焉。對曰:“
    臣非能相人也,能相人之友者也。觀布衣者,其友皆孝悌篤謹畏令,如此
    者,家必日益,而身日安,此所謂吉人者也。觀事君者,其友皆誠信有行
    好善,如此者、措事日益,官職日進,此所謂吉臣者也。人主朝臣多賢,
    左右多忠,主有失敗,皆交爭正諫,如此者、國日安,主日尊,名聲日顯
    ,此所謂吉主者也。臣非能相人也,觀友者也。”王曰:“善。”其所以
    任賢使能,而霸天下者,始遇之于是也。詩曰:“彼己之子,邦之彥兮。
    ”
    孔子出游少源之野。有婦人中澤而哭,其音甚哀。孔子使弟子問焉,
    曰:“夫人何哭之哀?”婦人曰:“鄉者、刈蓍薪,亡吾蓍簪,吾是以哀
    也。”弟子曰:“刈蓍薪而亡蓍簪,有何悲焉!”婦人曰:“非傷亡簪也
    ,蓋不忘故也。”
    傳曰:君子之聞道,入之于耳,藏之于心,察之以仁,守之以信,行
    之以義,出之以遜,故人無不虛心而听也。小人之聞道,入之于耳,出之
    于口,苟言而已,譬如飽食而嘔之,其不惟肌膚無益,而于志亦戾矣。詩
    曰:“胡能有定。”
    孔子與子貢子路顏淵游于戎山之上。孔子喟然嘆曰:“二三子各言爾
    志,予將覽焉。由、爾何如?”對曰:“得白羽如月,赤羽如朱,擊鐘鼓
    者、上聞于天,下槊于地,使將而攻之,惟由為能。”孔子曰:“勇士哉
    !賜、爾何如?”對曰:“得素衣縞冠,使于兩國之間,不持尺寸之兵,
    斗升之糧,使兩國相親如弟兄。”孔子曰:“辯士哉!回、爾何如?”對
    曰:“鮑魚不与蘭同笥而藏,桀紂不与堯舜同時而治。二子已言,回何言
    哉!”孔子曰:“回有鄙之心。”顏淵曰:“愿得明王圣主為之相,使城
    郭不治,溝池不鑿,陰陽和調,家給人足,鑄庫兵以為農器。”孔子曰:
    “大士哉!由來區區汝何攻?賜來便便汝何使?愿得之冠,為子宰焉。”
    賢士不以恥食,不以辱得。老子曰:“名与身孰親?身与貨孰多?得
    与亡孰病?是故甚愛必大費,多藏必厚亡。知足不辱,知止不殆,可以長
    久。大成若缺,其用不敝;大盈若衝,其用不窮;大直若 大辯若訥,大
    巧若拙,其用不屈。罪莫大于多欲,禍莫大于不知足。故知足之足,常足
    矣。”
    孟子妻獨居,踞,孟子入戶視之。白其母曰:“婦無禮,請去之。”
    母曰:“何也?”曰:“踞。”其母曰:“何知之?”孟子曰:“我親見
    之。”母曰:“乃汝無禮也,非婦無禮。禮不云乎:‘將入門,〔問孰存
    ;〕將上堂,聲必揚;將入戶,視必下。’不掩人不備也。今汝往燕私之
    處,入戶不有聲,令人踞而視之,是汝之無禮也,非婦無禮也。”于是孟
    子自責,不敢出婦。詩曰:“采葑采菲,無以下體?”
    孔子出衛之東門,逆姑布子卿。曰:“二三子引車避,有人將來,必
    相我者也,志之。”姑布子卿亦曰:“二三子引車避,有圣人將來。”孔
    子下,步。姑布子卿迎而視之五十步,從而望之五十步。顧子貢曰:“是
    何為者也?”子貢曰:“賜之師也,所謂魯孔丘也。”姑布子卿曰:“是
    魯孔丘歟!吾固聞之。”子貢曰:“賜之師何如?”姑布子卿曰:“得堯
    之顙,舜之目,禹之頸,皋陶之喙。從前視之,盎盎乎似有王者;從后視
    之,高肩弱脊,此惟不及四圣者也。”子貢吁然。姑布子卿曰:“子何患
    焉。污面而不惡,葭喙而不借,遠而望之,羸乎若喪家之狗,子何患焉!
    子何患焉!”子貢以告孔子。孔子無所辭,獨辭喪家之狗耳,曰:“丘何
    敢乎?”子貢曰:“污面而不惡,葭喙而不借,賜以知之矣。不知喪家狗
    ,何足辭也?”子曰:“賜、汝獨不見夫喪家之狗歟!既斂而槨,布器而
    祭,顧望無人。意欲施之,上無明王,下無賢士方伯,王道衰,政教失,
    強陵弱,眾暴寡,百姓縱心,莫之綱紀。是人固以丘為欲當之者也。丘何
    敢乎!”
    修身不可不慎也:嗜欲侈則行虧,讒毀行則害成;患生于忿怒,禍起
    于纖微;污辱難湔洒,敗失不复追。不深念遠慮,后悔何益!徼幸者、伐
    性之斧也,嗜欲者、逐禍之馬也,謾誕者、趨禍之路也,毀于人者、困窮
    之舍也。是故君子不徼幸,節嗜欲,務忠信,無毀于一人,則名聲尚尊,
    稱為君子矣。詩曰:“何其處兮,必有与也。”
    君子之居也,綏如安裘,晏如覆f。天下有道,則諸侯畏之;天下無
    道,則庶人易之。非獨今日,自古亦然。昔者,范蠡行游,与齊屠地居,
    奄忽龍變,仁義沈浮,湯湯慨慨,天地同憂。故君子居之,安得自若!詩
    曰:“心之憂矣,其誰知之?”
    田子方之魏。魏太子從車百乘而迎之郊,太子再拜謁田子方,田子方
    不下車。太子不說曰:“敢問何如則可以驕人?”田子方曰:“吾聞以天
    下驕人而亡者、有矣。〔以一國驕人而亡者,有矣。〕由此觀之,則貧賤
    可以驕人矣。夫志不得,則授履而适秦楚耳,安往而不得貧賤乎?”于是
    太子再拜而后退,田子方遂不下車。
    戴晉生弊衣冠而往見梁王。梁王曰:“前日寡人以上大夫之祿要先生
    ,先生不留;今過寡人邪!”戴晉生欣然而笑,仰而永嘆曰:“嗟乎!由
    此觀之,君曾不足与游也。君不見大澤中雉乎?五步一,終日乃飽;羽毛
    悅澤,光照于日月;奮翼爭鳴,聲響于陵澤者何?彼樂其志也。援置之种
    校渤粱粟,不旦時而飽;然猶羽毛憔悴,志气益下,低頭不鳴,夫食豈不
    善哉?彼不得其志故也。今臣不遠千里而從君游者,豈食不足?竊慕君之
    道耳,臣始以君為好士,天下無雙,乃今見君不好士明矣!”辭而去,終
    不复往。
    楚庄王使使賚金百斤,聘北郭先生。先生曰:“臣有箕帚之使,愿入
    計之。”即謂夫人曰:“楚欲以我為相,今日相,即結駟列騎,食方丈于
    前,如何?”婦人曰:“夫子以織屨為食,食粥綽模參漪c從欽摺臥眨坑
    胛鏤拗我病袢緗徭崍舋錚菜 膊還菹皇撤丈于前,所甘不過一肉。以容膝
    之安,一肉之味,而殉楚國之憂,其可乎?”于是遂不應聘,與婦去之。
    詩曰:“彼美淑姬,可与晤言。”
    傳曰:昔戎將由余使秦。秦繆公問以得失之要,對曰:“古有國者,
    未嘗不以恭儉也,失國者、未嘗不以驕奢也。”由余因論五帝三王之所以
    衰,及至布衣之所以亡,繆公然之。于是告內史王繆曰:“鄰國有圣人,
    敵國之憂也。由余、圣人也,將奈之何?”王繆曰:“夫戎王居僻陋之地
    ,未嘗見中國之聲色也,君其遺之女樂,以淫其志,亂其政,其臣下必疏
    ,因為由余請緩期,使其君臣有間,然后可圖。”繆公曰:“善。”乃使
    王繆以女樂二列遺戎王,為由余請期,戎王大悅,許之。于是張酒听樂,
    日夜不休,終歲淫縱,卒馬多死。由余歸,數諫不听,去,之秦,秦公子
    迎,拜之上卿。
    子夏過曾子。曾子曰:“入食。”子夏曰:“不為公費乎?”曾子曰
    :“君子有三費,飲食不在其中;君子有三樂,鐘磬琴瑟不在其中。”子
    夏曰:“敢問三樂?”曾子曰:“有親可畏,有君可事,有子可遺,此一
    樂也。有親可諫,有君可去,有子可怒,此二樂也。有君可喻,有友可助
    ,此三樂也。”子夏問:“敢問三費?”曾子曰:“少而學,長而忘,此
    一費也。事君有功,而輕負之,此二費也,久交友而中絕之,此三費也。
    ”子夏曰:“善哉!謹身事一言,愈于終身之誦;而事一士,愈于治万民
    之功;夫人不可以不知也。吾嘗?焉,吾田?歲不收,土莫不然,何況于人
    乎!与人以實,雖疏必密;与人以虛,雖戚必疏。夫實之与實,如膠如漆
    ;虛之与虛,如薄冰之見晝日。君子可不留意哉!”詩曰:“神之听之,
    終和且平。”
    晏子之妻使人布衣表。田無宇譏之曰:“出于室,何為者也?”晏子
    曰:“家臣也。”田無宇曰:“位為中卿,食田七十万,何用是人為畜之
    ?”晏子曰:“棄老取少,謂之瞽;貴而忘漶謂之亂;見色而說,謂之逆
    。吾豈以逆亂瞽之道哉!”
    夫鳳凰之初起也,嚮嚮十步,〔藩篱〕之雀喔咿而笑之,及其升于高
    ,一 一信,展而云間,藩木之雀超然自知不及遠矣。士褐衣著,未嘗完
    也, 藿之食,未嘗飽也,世俗之士即以為羞耳;及其出則安百議,用則
    延民命,世俗之士超然自知不及遠矣。詩曰:“正是國人,胡不万年!”
    齊王厚送女,欲妻屠牛吐,屠牛吐辭以疾。其友曰:“子終死腥臭之
    肆而已乎!何為辭之?”吐應之曰:“其女丑。”其友曰:“子何以知之
    ?”吐曰:“以吾屠知之。”其友曰:“何謂也?”吐曰:“吾肉善,〔
    如量〕而去苦少耳;吾肉不善,雖以吾附益之,尚猶賈不售。今厚送子,
    子丑故耳。”其友后見之,果丑。傳曰:“目如擗杏,齒如編貝。”
    傳曰:孔子過康子,子張子夏從。孔子入座。二子相与論,終日不決
    。子夏辭气甚隘,顏色甚變。子張曰:“子亦聞夫子之議論邪?徐言掮掮
    ,威儀翼翼,后言先默,得之推讓,巍巍乎!蕩蕩乎!道有歸矣。小人之
    論也,專意自是,言人之非,淪目~腕,疾言噴噴,口沸目赤,一幸得胜
    ,疾笑嗌嗌,威儀固陋,辭气鄙俗,是以君子賤之也。”

    卷十
    齊桓公逐白鹿,至麥丘之邦,遇人,曰:“何謂者也?”對曰:“臣
    、麥丘之邦人。”桓公曰:“叟年几何?”對曰:“臣年八十有三矣。”
    桓公曰:“美哉!”與之飲。曰:“叟盍為寡人壽也?”對曰:“野人不
    知為君王之壽。”桓公曰:“盍以叟之壽祝寡人矣?”邦人奉觴再拜曰:
    “使吾君固壽,金玉之賤,人民是寶。”桓公曰:“善哉!祝乎!寡人聞
    之矣:至德不孤,善言必再。叟盍优之?”邦人奉觴再拜曰:“使吾君好
    學士而不惡問,賢者在側,諫者得入。”桓公曰:“善哉!祝乎!寡人聞
    之;至德不孤,善言必三。叟盍优之?”邦人奉觴再拜曰:“無使群臣百
    姓得罪于吾君,無使吾君得罪于群臣百姓。”桓公不說,曰:“此言者,
    非夫前二言之祝。叟其革之矣!”邦人潸然而涕下,曰:“愿君熟思之,
    此一言者、夫前二言之上也。臣聞子得罪于父,可因姑娣妹謝也,父乃赦
    之。臣得罪于君,可使左右謝也,君乃赦之。昔者、桀〔得罪于湯,紂得
    罪于武王,此君〕得罪于臣也,至今未有為謝也。”桓公曰:“善哉!寡
    人賴宗廟之福,社稷之靈,使寡人遇叟于此。”扶而載之,自御以歸,荐
    之于廟,而斷政焉。桓公之所以九合諸侯,一匡天下,不以兵車者,非獨
    管仲也,亦遇之于此。詩曰:“濟濟多士,文王以宁。”
    鮑叔荐管仲,曰:“臣所不如管夷吾者五:寬惠柔愛,臣弗如也;忠
    信可結于百姓,臣弗如也;制禮約法于四方,臣弗如也;決獄折中,臣弗
    如也;執模擦 誥ㄓ彩故孔勇,臣弗如也。”詩曰:“濟濟多士,文王
    以宁。”
    晉文公重耳亡,過曹,里鳧須從,因盜重耳資而亡,重耳無糧,餒不
    能行,子推割股肉以食重耳,然后能行。及重耳反國,國中多不附重耳者
    ,于是里鳧須造見,曰:“臣能安晉國。”文公使人應之曰:“子尚何面
    目來見寡人!欲安晉國也!”里鳧須曰:“君沐邪?”使者曰:“否。”
    鳧須曰:“臣聞沐者其心倒,心倒者其言悖。今君不沐,何言之悖也?”
    使者以聞,文公見之。里鳧須仰首曰:“离國久,臣民多過君;君反國,
    而民皆自危。里鳧須又襲竭君之資,避于深山,而君以餒,介子推割股,
    天下莫不聞,臣之為賊亦大矣,罪至十族,未足塞責,然君誠赦之罪,與
    驂乘,游于國中,百姓見之,必知不念舊惡,人自安矣。”于是文公大悅
    ,從其計,使驂乘于國中,百姓見之,皆曰:“夫里鳧須且不誅而驂乘,
    吾何懼也?”是以晉國大宁。故書云:“文王卑服,即康功田功。”若里
    鳧須罪無赦者也。詩曰:“濟濟多士,文王以宁。”
    傳曰:言為王之不易也。大命之至,其太宗太史太祝斯素服執策,北
    面而吊乎天子,曰:“大命既至矣,如之何憂之長也!”授天子策一矣。
    曰:“敬享以祭,永主天命,畏之無疆,厥躬無敢宁。”授天子策二矣。
    曰:“敬之夙夜,伊祝厥躬無怠,万民望之。”授天子策三矣。曰:“天
    子南面受于帝位,以治為憂,未以位為樂也。”詩曰:“天難忱斯,不易
    惟王。”
    君子溫儉以求于仁,恭讓以求于禮,得之自是,不得自是。故君子之
    于道也,猶農夫之耕,雖不獲年之优,無以易也。大王甫有子曰太伯、仲
    雍、季歷,歷有子曰昌,太伯知大王賢昌,而欲季為后,太伯去,之吳。
    大王將死,謂曰:“我死,汝往讓兩兄,彼即不來,汝有義而安。”大王
    薨,季之吳告伯仲,伯仲從季而歸,群臣欲伯之立季,季又讓。伯謂仲之
    曰:“今群臣欲我立季,季又讓,何以處之?”仲曰:“刑有所謂矣,要
    于扶微者。可以立季。”季遂立,而養文王,文王果受命而王。孔子曰:
    “太伯獨見,王季獨知;伯見父志,季知父心。故大王太伯王季可謂見始
    知終,而能承志矣。”詩曰:“自太伯王季,惟此王季,因心則友。則友
    其兄,則篤其慶,載錫之光。受祿無喪,奄有四方。”此之謂也。太伯反
    吳,吳以為君,至夫差二十八世而滅。
    齊宣王與魏惠王會田于郊。魏王曰:“亦有寶乎?”齊王曰:“無有
    。”魏王曰:“若寡人之小國也,尚有徑寸之珠,照車前后十二乘者十枚
    ,奈何以万乘之國無寶乎?”齊王曰:“寡人之所以為寶与王异。吾臣有
    檀子者、使之守南城,則楚人不敢為寇,泗水上有十二諸侯皆來朝。吾臣
    有盼子者、使之守高唐,則趙人不敢東漁于河。吾臣有黔夫者,使之守徐
    州,則燕人祭北門,趙人祭西門,從而歸之者十千余家。吾臣有种首者、
    使之備盜賊,而道不拾遺。吾將以照千里之外,豈特十二乘哉!”魏王慚
    ,不懌而去。詩曰:“辭之懌矣,民之莫矣。”
    東海有勇士曰丘欣,以勇猛聞于天下。遇神淵曰飲馬,其仆曰:“飲
    馬于此者,馬必死。”曰:“以欣之言飲之。”其馬果沈。丘欣去朝服,
    拔劍而入,三日三夜,殺三蛟一龍而出,雷神隨而擊之,十日十夜,眇其
    左目。要离聞之,往見之,曰:“欣在乎?”曰:“送有喪者。”往見欣
    于墓,曰:“聞雷神擊子,十日十夜,眇子左目。夫天怨不全日,人怨不
    旋踵。至今弗報,何也?”叱而去,墓上振憤者,不可胜數。要离歸,謂
    門人曰:“丘欣、天下之勇士也。今日、我辱之人中,是其必來攻我。暮
    無閉門,寢無閉戶。”丘欣果夜來,拔劍住要离頸曰:“子有死罪三:辱
    我以人中,死罪一也;暮不閉門,死罪二也;寢不閉戶,死罪三也。”要
    离曰:“子待我一言:〔子有三不肖,昏暮〕來謁,不肖一也;拔劍不刺
    ,不肖二也;刃先辭后,不肖三也。能殺我者、是毒藥之死耳。”丘欣引
    劍而去,曰:“嘻!所不若者,天下惟此子爾!”傳曰:“公子目夷以辭
    得國,今要离以辭得身。言不可不文,猶若此乎!”詩曰:“辭之懌矣,
    民之莫矣。”
    傳曰:齊使使獻鴻于楚,鴻渴,使者道飲,鴻促笞潰失。使者遂之楚
    ,曰:“齊使者獻鴻,鴻渴,道飲,促笞潰失。臣欲亡,為失兩君之使不
    通;欲拔劍而死,人將以吾君賤士貴鴻也。促笞在此,愿以污事。”楚王
    賢其言,辯其詞,因留而賜之,終身以為上客。故使者必矜文辭,喻誠信
    ,明气志,解結申屈,然后可使也。詩曰:“辭之懌矣。”
    扁鵲過虢侯,世子暴病而死。扁鵲造宮,曰:“吾聞國中卒有壤土之
    事,得無有急乎?”曰:“世子暴病而死。”扁鵲曰:“入言鄭醫秦越人
    能治之。”庶子之好方者出應之,曰:“吾聞上古醫者曰弟父,弟父之為
    醫也,以莞為席,以芻為狗,北面而祝之,發十言耳,諸扶輿而來者,皆
    平复如故。子之方豈能若是乎?”扁鵲曰:“不能。”又曰:“吾聞中古
    之醫者曰菖跗,菖跗之為醫也,木為腦,芷草為軀,吹竅定腦,死者复之
    生。子之方豈能若是乎?”扁鵲曰:“不能。”中庶子曰:“苟如子之方
    ,譬如以管窺天,以錐刺地,所窺者大,所見者小,所刺者巨,所中者少
    ,如子之方,豈足以變童子哉?”扁鵲曰:“不然。事故有昧投而中頭,
    掩目而別白黑者。夫世子病,所謂尸蹶者,以為不然,試入診,世子股陰
    當溫,耳焦焦如有啼者聲,若此者、皆可活也。”中庶子遂入診世子,以
    病報,虢侯聞之,足跣而起,至門曰:“先生遠辱,幸臨寡人,先生幸而
    治之,則糞土之息,得蒙天地載長為人;先生弗治,則先犬馬填壑矣。”
    言未卒,而涕泣沾襟。扁鵲入,砥針礪石,取三陽五輸,為先軒之灶,八
    拭之陽,子同藥,子明灸陽,子游按磨,子儀反神,子越扶形,于是世子
    复生。天下聞之,皆以扁鵲能起死人也。扁鵲曰:“吾不能起死人,直使
    夫當生者起。”死者猶可藥,而況生者乎!悲夫!罷君之治,無可藥而息
    也。詩曰:“不可救藥。”言必亡而已矣。
    楚丘先生披蓑帶索,往見孟嘗君。孟嘗君曰:“先生老矣!春秋高矣
    !多遺忘矣!何以教文?”楚丘先生曰:“惡君謂我老!惡君謂我老!意
    者、將使我投石超距乎?追車赴馬乎?逐麋鹿、搏豹虎乎?吾則死矣,何
    暇老哉!將使我深計遠謀乎?定猶豫而決嫌疑乎?出正辭而當諸侯乎?吾
    乃始壯耳,何老之有!”孟嘗君赧然,汗出至踵,曰:“文過矣!文過矣
    !”詩曰:“老夫灌灌。”
    齊景公游于牛山之上,而北望齊,曰:“美哉國乎!郁郁泰山。使古
    無死者,則寡人將去此而何之?”俯而泣沾襟。國子高子曰:“然臣賴君
    之賜,疏食惡肉可得而食也,駑馬柴車可得而乘也,且猶不欲死,況君乎
    !”俯泣。晏子曰:“樂哉!今日嬰之游也。見怯君一,而諛臣二,使古
    而無死者,則太公至今猶存,吾君方今將被蓑躪而立乎畎畝之中,惟事之
    恤,何暇念死乎!”景公慚,而舉觴自罰,因罰二臣。
    秦繆公將田,而喪其馬,求三日,而得之莖山之陽,有鄙夫乃相与食
    之。繆公曰:“此駁馬之肉,不得酒者死。”繆公乃求酒,遍飲之,然后
    去。明年、晉師与繆公戰,晉之左格右者、圍繆公而擊之,甲已墮者六矣
    。食馬者三百余人皆曰:“吾君仁而愛人,不可不死。”還擊晉之左格右
    ,免繆公之死。
    傳曰:卞庄子好勇,母無恙時,三戰而三北,交游非之,國君辱之,
    卞庄子受命,顏色不變。及母死三年,魯興師,卞庄子請從,至,見于將
    軍曰:“前猶与母處,是以戰而北也,辱吾身!今母沒矣,請塞責。”遂
    走敵而斗,獲甲首而獻之,“請以此塞一北”。又獲甲首而獻之,“請以
    此塞再北。”將軍止之,曰:“足。”不止,又獲甲首而獻之,曰:“請
    以此塞三北。”將軍止之,曰:“足,請為兄弟。”卞庄子曰:“夫北、
    以養母也,今母歿矣,吾責塞矣。吾聞之,節士不以辱生。”遂奔敵,殺
    七十人而死。君子聞之,曰:“三北已塞責,又滅世斷宗,士節小具矣,
    而于孝未終也。”詩曰:“靡不有初,鮮克有終。”
    天子有爭臣七人,雖無道,不失其天下。昔殷王紂殘賊百姓,絕逆天
    道,至袤肅蹼孕婦,脯鬼侯,醢梅伯,然所以不亡者、以其有箕子比干之
    故。微子去之,箕子執囚為奴,比干諫而死,然后周加兵而誅絕之。諸侯
    有爭臣五人,雖無道,不失其國。吳王夫差為無道,至驅一市之民以葬闔
    閭,然所以不亡者,有伍子胥之故也。胥以死,越王勾踐欲伐之,范蠡諫
    曰:“子胥之計策尚未忘于吳王之腹心也。”子胥死后三年,越乃能攻之
    。大夫有爭臣三人,雖無道,不失其家。季氏為無道,僭天子,舞八佾,
    旅泰山,以雍徹,孔子曰:“是可忍也,孰不可忍也?”然不亡者,以冉
    有季路為宰臣也。故曰:“有諤諤爭臣者、其國昌,有默默諛臣者、其國
    亡。”詩曰:“不明爾德,時無背無側;爾德不明,以無陪無卿。”言大
    王咨嗟,痛殷商無輔弼諫諍之臣,而亡天下矣。
    齊桓公出游,遇一丈夫,裒衣應步,帶著桃殳。桓公怪而問之曰:“
    是何名?何經所在?何篇所居?何以斥逐?何以避余?”丈夫曰:“是名
    二桃,桃之為言亡也。夫日日慎桃,何患之有?故亡國之社,以戒諸侯;
    庶人之戒,在于桃殳。”桓公說其言,与之共載。來年正月,庶人皆佩。
    詩曰:“殷監不遠。”
    齊桓公置酒,令諸侯大夫曰:“后者飲一經程。”管仲后,當飲一經
    程,飲其一半,而棄其半。桓公曰:“仲父當飲一經程而棄之,何也?”
    管仲曰:“臣聞之:酒入口者、舌出,舌出者、〔言失,言失者、〕棄身
    ,與其棄身,不宁棄酒乎?”桓公曰:“善。”詩曰:“荒湛于酒。”
    齊景公遣晏子南使楚。楚王聞之,謂左右曰:“齊遣晏子使寡人之國
    ,几至矣。”左右曰:“晏子、天下之辯士也,与之議國家之務,則不如
    也;与之論往古之術,則不如也。王獨可以与晏子坐,使有司束人過王,
    王問之,使言齊人善盜,故束之。是宜可以困之。”王曰:“善。”晏子
    至,即与之坐,圖國之急務,辨當世之得失,再舉再窮,王默然無以續語
    。居有間,束徒以過之。王曰:“何為者也?”有司對曰:“是齊人,善
    盜,束而詣吏。”王欣然大曰:“齊乃冠帶之國,辯士之化,固善盜乎?
    ”晏子曰:“然、固取之。王不見夫江南之樹乎!名橘,樹之江北,則化
    為枳,何則?地土使然爾。夫子處齊之時,冠帶而立,儼有伯夷之廉,今
    居楚而善盜,意土地之化使然爾。王又何怪乎!”詩曰:“無言不讎,無
    德不報。”
    吳延陵季子游于齊,見遺金〔于路〕,呼牧者取之。牧者曰:“子〔
    何〕居之高,視之下;貌之君子,而言之野也。吾有君不君,有友不友,
    當暑衣裘,君疑取金者乎?”延陵子知其為賢者,請問姓字。牧者曰:“
    子乃皮相之士也;何足語姓字哉!”遂去。延陵季子立而望之,不見乃止
    。孔子曰:“非禮勿視,非禮勿听。”
    顏淵問于孔子曰:“淵愿貧如富,賤如貴,無勇而威,与士交通,終
    身無患難。亦且可乎?”孔子曰:“善哉!回也!夫貧而如富,其知足而
    無欲也;賤而如貴,其讓而有禮也;無勇而威,其恭敬而不失于人也;終
    身無患難,其擇言而出之也。若回者、其至乎!雖上古圣人亦如此而已。
    ”
    齊景公出田,十有七日而不反。晏子乘而往,比至,衣冠不正,景公
    見而怪之,曰:“夫子何遽乎?得無急乎?”晏子對曰:“然,有急。國
    人皆以君為惡民好禽。臣聞之:魚鱉厭深淵而就干淺,故得于釣网;禽獸
    厭深山而下都澤,故得于田獵。今君出田,十有七日而不反,不亦過乎?
    ”景公曰:“不然。為賓客莫應待邪?則行人子牛在;為宗廟而不血食邪
    ?則祝人太宰在;為獄不中邪?則大理子几在;為國家有余不足邪?則巫
    賢在。寡人有四子,猶有四肢也,而得代焉,不可患焉!”晏子曰:“然
    。人心有四肢,而得代焉,則善矣;令四肢無心十有七日,不死乎?”景
    公曰:“善哉言!”遂援晏子之手,与驂乘而歸。若晏子者、可謂善諫者
    矣。
    楚庄王將興師伐晉,告士大夫曰:“敢諫者死無赦。”孫叔敖曰:“
    臣聞:畏鞭棰之嚴,而不敢諫其父,非孝子也;懼斧鉞之誅,而不敢諫其
    君,非忠臣也。”于是遂進諫曰:“臣園中有榆,其上有蟬,蟬方奮翼悲
    鳴,欲飲清露,不知螳螂之在后,曲其頸,欲攫而食之也;螳螂方欲食蟬
    ,而不知黃雀在后,舉其頸,欲啄而食之也;黃雀方欲食螳螂,不知童挾
    彈丸在下,迎而欲彈之;童子方欲彈黃雀,不知前有深坑,后有窟也。此
    皆言前之利,而不顧后害者也,非獨昆虫眾庶若此也,人主亦然。君今知
    貪彼之土,而樂其士卒。”國不怠,而晉國以宁,孫叔敖之力也。
    晉平公之時,藏寶之台燒,士大夫聞,皆趨車馳馬救火,三日三夜乃
    胜之。公子晏子獨束帛而賀曰:“甚善矣!”平公勃然作色,曰:“珠玉
    之所藏也,國之重寶也,而天火之,士大夫皆趨車走馬而救之,子獨束帛
    而賀,何也?有說則生,無說則死。”公子晏子曰:“何敢無說?臣聞之
    :王者藏于天下,諸侯藏于百姓〔農夫藏于鐔祝秧`采碳植賾隗尕選今之
    百姓之于外,短褐不蔽形,糟糠不充口,虛而賦a無已,收太半而藏之台
    ,是以天火之。且臣聞之:昔者桀殘賊海內,賦a無度,万民甚苦,是故
    湯誅之,為天下戮笑。今皇天降災于藏台,是君之福也,而不自知變悟,
    亦恐君之為鄰國笑矣”。公曰:“善。自今已往,請藏于百姓之間。”詩
    曰:“稼穡維寶,代食維好。”
    魏文侯問里克曰:“吳之所以亡者、何也?”里克對曰:“數戰而數
    胜。”文侯曰:“〔數戰〕數胜,國之福也。其獨亡,何也?”里克對曰
    :“數戰則民疲,數胜則主驕;驕則恣,恣則极〔物,疲則怨,怨則极慮
    〕。上下俱极,吳之亡猶晚矣!此夫差所以自喪于干遂。”詩曰:“天降
    喪亂,滅我立王。”
    楚有士曰申鳴,治園以養父母,孝聞于楚,王召之,申鳴辭不往。其
    父曰:“王欲用汝,何為辭之?”申鳴曰:“何舍為子,乃為臣乎?”其
    父曰:“使汝有祿于國,有位于廷,汝樂,而我不憂矣。我欲汝之仕也。
    ”申鳴曰:“諾。”遂之朝受命,楚王以為左司馬。其年、遇白公之亂,
    殺令尹子西、司馬子期,申鳴因以兵之衛。白公謂石乞曰:“申鳴、天下
    勇士也,今將兵,為之奈何?”石乞曰:“吾聞申鳴、孝也,劫其父以兵
    。”使人謂申鳴曰:“子与我,則与子楚國;不与我,則殺乃父。”申鳴
    流涕而應之曰:“始則父之子,今則君之臣,已不得為孝子,安得不為忠
    臣乎!”援桴鼓之,遂殺白公,其父亦死焉。王歸、賞之。申鳴曰:“受
    君之祿,避君之難,非忠臣也;正君之法,以殺其父,又非孝子也。行不
    兩全,名不兩立。悲夫!若此而生,亦何以示天下之士哉!”遂自刎而死
    。詩曰:“進退惟谷。”
    昔者、太公望周公旦受封而見,太公問周公何以治魯?周公曰:“尊
    尊親親。”太公曰:“魯從此弱矣。”周公問太公曰:“何以治齊?”太
    公曰:“舉賢賞功。”周公曰:“后世必有劫殺之君矣。”后齊日以大,
    至于霸,二十四世而田氏代之。魯日以削,三十四世而亡。猶此觀之,圣
    人能知微矣。詩曰:“惟此圣人,瞻言百里。”

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    Ascension Du Désir Poésie

    Aproximadamente 2.261 palavras.

    Huguette Bertrand

    ASCENSION DU DÉSIR

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Transe dans l'échappée des fièvres
    ivres des danses transportées par l'errance
    transe des gestes affamés
    au soir des partances
    dansent les fièvres
    autour du verbe
    dénudé

    25.02.00

    ___________________________

    Incandescence
    au milieu des fièvres
    à même le ventre chaud des hivers
    en proie au délire
    ce temps délié
    au coeur des voix uniques

    fièvres sauvages
    danse des sens
    au centre vibrent violents
    parmi les cris

    25.02.00

    ___________________________

    En ses aubes fugitives
    un désir longe la main caressante
    sur le corps offert
    jusqu'à l'étirement du geste
    frémissant en son souffle
    féroce en ses rêves
    vibrant en ses nuits
    jusqu'à l'apogée

    29.02.00

    ___________________________

    Sur le visage
    un baiser vierge
    s'offre au désir
    déployé sur le corps d'un sourire
    naissance du geste
    entre la caresse
    et le nu des mots
    apaisé

    débusquée
    l'âme grésille
    emportée dans un regard
    neuf

    20.03.00

    ___________________________

    Entre le sombre des crépuscules
    et le clair matin
    se dénudent les désirs subtils
    quand les mots ne suffisent plus
    à dessiner des sourires
    sur les lèvres lancinantes sauvages
    au gré d'une parole vivante
    plus belle qu'une image
    plus belle dans le tendre
    trempée dans l'amour
    en son plus bel enlacement

    20.03.00

    ___________________________

    Pourquoi ô toi mon âme lancinante venue dire
    que la rosée n'a plus de plage où se poser
    pourquoi venue me dire
    que ses yeux emplis de sel et d'heures
    dérivent sur le temps
    Pourquoi ô mon âme venue me dire
    que le rêve était halluciné
    dans ces méandres de la douleur trop vive
    en ces moments où se chantent tous les désirs
    Pourquoi ô mon âme venue me dire
    ces moments trop vifs déployés sur mes rêves
    en ce corps vaincu

    22.03.00

    ___________________________

    La main gauche
    le sixième sens
    sans heurt
    le texte
    le geste
    d'Est en Ouest
    la nuit insensée
    le corps s'apaise

    27.03.00

    ___________________________

    Enchevêtré aux impossibles
    le coeur à lire
    le coeur à rire
    prophétise des soupirs
    instants pourpres
    étalés sur le corps à dire
    cri grand cri
    d'un silence enclos
    dans le vent fugitif

    demeure un regard
    immobile

    27.03.00

    ___________________________

    Douceur des brises amoureuses
    à l'ombre des tumultes
    encercle le désir
    à travers bruits et ronces
    appel au corps en son gémissement
    jusqu'au bout du coeur
    jusqu'au bout du monde

    29.03.00

    ___________________________

    Entre nous
    cet espace immaculé
    par la main tendue
    accueille l'instant
    posé sur les lèvres du désir
    déployé sur les courbes amoureuses
    ascension des fièvres
    jusqu'à l'intime
    ultime départ
    dans l'instant

    06.04.00

    ___________________________

    Duel des songes
    au coeur des nuits amantes
    quand le regard expire
    sur l'urgence des lèvres
    urgences des gestes accordés au désir
    urgence des mots assoupis dans un souffle
    urgence d'un souffle
    accordé à la vie

    19.04.00

    ___________________________

    Blondes nuits ensoleillées
    quand les corps se déploient
    dans la rondeur d'un silence
    nu

    nus les mots
    nus les gestes
    nuits des langues
    parures des chambres
    dans le magma des désirs
    quand sombrent les nuits blondes
    dans une caresse
    momentanée

    19.04.00

    ___________________________

    Mais qui pleure dans la prison de la douleur
    qui ose assombrir le blanc pur d'une voix liquide
    chant saoul dans la lumière crue
    en cet instant immobile
    qui mais qui ose encore verser des silences
    sur la liberté d'une femme féline
    féline dans une cage d'oiseau
    immobile en ses silences
    nue dans la lumière
    lovée dans l'oeil du jour

    21.04.00

    ___________________________

    Dans la fièvre du mouvement
    des averses inondent
    le bitume de ma mémoire

    fièvre des envolées
    envolées des vagues
    vagues de musique
    musique au sommet
    sommet du soir
    à l'horizon
    s'endort

    01.05.00

    ___________________________

    Sur le sable
    il germe des pas silencieux
    Sur le blanc immense
    il pleut des solitudes

    Grains de sable
    Trace de neige
    Rage de pas
    Rage de vie
    Ténèbre

    01.05.00

    ___________________________

    Sur les courbes du silence
    des éclats de rire surgissent
    primitifs
    sillonnent le désir
    dissout dans la nuit
    apprise par coeur

    Nuit du silence
    silence du coeur
    au coeur du désir
    primitif

    01.05.00

    ___________________________

    Sous les draps du désir
    l'amoure se penche
    au-dessus des nuances
    sur le boulevard des urgences
    reprise les pas troués
    entre mer et monde
    d'un souffle vogue
    sur les vagues cambrées au large
    viennent s'échouer
    au quai du lit

    01.05.00

    ___________________________

    Dans la souricière d'un vieux corps
    l'écrit se crie
    saoulade de peines
    éclats de rire
    des voix à peines
    des peines si pleines
    sur le réchaud
    grillade de mots
    la peau répond
    embrase la voix
    la peine le rire
    plus rien à dire

    02.05.00

    ___________________________

    Ivre de toutes les sagesses
    elle boit l'amer
    dans le piège douloureux de l'inaccessible
    puise dans sa nuit
    des mains assoiffées de vertiges
    déployée sur le soupir d'une aube frénétique
    s'abandonne dans un regard
    ailleurs
    autrement

    02.05.00

    ___________________________

    Poussières d'absence
    dans le chaos d'un regard
    si dense
    silence des solitudes
    dans l'oeil éclos des nuits
    nuits errantes
    au banquet des affamés

    03.05.00

    ___________________________

    Dans le chaud dessin
    y voir l'urgence du rythme
    ce doux désir prononcé à l'oreille du soir
    en vain glisse au pied des murmures
    envolés dans le spontané du mouvement
    vestige d'une transe
    anéantie jusqu'à l'extrême des aubes
    imaginées

    S'épuise le rythme
    dans le tard des nuits
    roses

    03.05.00

    ___________________________

    L'ÉCRIT L'ÉCHO

    Loin très loin
    se respirent des silences
    bien avant les mots
    implosion du désir
    des murmures partagés

    Loin très loin
    une femme allongée sur les phrases
    entre les silences vibre
    en accord aux cris

    Loin très loin
    des enfances circulent dans la chair du rire
    refont surface
    en sourires spontanés

    Loin très loin
    un désir
    un sourire
    un mot
    un écho
    un silence

    Ne reste que la lune
    son accompagnement

    05.05.00

    ___________________________

    SOUS LE SIGNE DES SENS

    Je lis le poème. Je le regarde. Il me fixe.
    Me transporte sur ses grandes ailes déployées
    vers ce lieu étrange qui me construit à même les autres.
    À même leurs vertiges, j'apprends.
    J'apprends à naître dans le poème.
    J'ose quelques mots embués sur la ligne blessée du temps.
    Blessure à même la blessure, j'écris des signes,miroir des sens.
    Je rôde autour de la volupté. Je m'en grise même !
    Puis je dégrise, éclatée en vers.
    Vers qui ? Vers quoi ?
    Vers ce poème qui m'apprenait le sens des signes.
    Signe des différences à reconnaître dans une parole unique.
    Signes dans l'ascension d'un désir. Désir des sens.
    Sans dessus dessous à même les sens,
    le désir à naître.

    06.05.00

    ___________________________

    J'ai cette gourmandise
    de rayons printaniers
    ramassés ça et là
    à travers pluies
    et sol aride
    par le tendre m'encerclent chaud
    dans la crème des désirs

    06.05.00

    ___________________________

    Entre les vagues puissantes du désir
    s'évanouissent pleurs et rires
    devant le blanc gémissement de l'âme
    enfermée en son plaisir
    aiguisé par les doux mots doux
    mots tendres fous
    répandus par le geste des mains
    sur la peau lisse des rendez-vous
    émulsion des bleus
    dans le vert des étonnements

    12.05.00

    ___________________________

    L'autre
    miroir des solitudes
    retourné à son désir
    le désirable en l'autre
    le plein désir en ce trop plein de vie

    vie pleine vie
    à même les déchirures
    désir plein désir
    à même chaque instant
    instants inextinguibles
    vertiges

    une voix murmure l'amour
    n'apaise pas
    reprend son souffle
    sur le chemin des impromptus
    nous rappelle qu'il était une fois
    ce fou désir en soi
    sagement enrobe l'Être
    l'autre
    en son désir
    au seuil de l'éclatement

    12.05.00

    ___________________________

    Habillée de langages
    une femme nue fragile
    forte en ses mots
    s'abreuve aux fontaines du désir
    parole en son murmure
    son chant blessé
    dénoué par la nuit

    16.05.00

    ___________________________

    S'effritent les regards
    au coeur du mouvement
    se reforment se transforment
    par la passion du vent
    se chagrinent puis s'enchaînent
    dans le gouffre amoureux
    viennent sourire à la rose
    dans le rouge du matin

    Point... à la ligne

    03.06.00

    ___________________________

    CHAUDE CHOSE

    On s'enchaîne
    on s'déchaîne
    pour l'amour d'une rose
    maintenue à distance
    par de trop grandes marées
    repoussée jusqu'au pied d'un murmure

    pourrissement de la rose
    dans le jardin chaud des fauves
    d'un regard d'une pensée
    nommez-la...
    Chose

    07.06.00

    ___________________________

    RE-NOIR

    S'effiloche la peine
    au bout d'un vain désir
    derniers râles
    sang des mots
    répandu rose
    sur la toile d'un bleu pastel
    y mélanger du vert espoir
    dans ce mauve
    un peu de gris quand même
    sur le rouge passionné
    puis le retour au noir

    rien que soi
    dans ce désert de mots
    rien que soi devant soi
    miroir des passions des chutes des ascensions
    et rechute
    et remonte la pente
    seule
    avec d'autres
    sur la toile
    de trop de fois
    que le temps ne mesure plus

    11.06.00

    ___________________________

    PASSAGE

    Une image surgit
    de la toile des passions
    fibres de chair de sang
    embrasées dans le piège des fragilités
    abreuvées à même le désir
    d'une nuit fauve
    dans la lumière interrompue
    tissent au passage
    des contours incendiés
    sur le corps rompu

    12.06.00

    ___________________________

    Justesse du mot rebelle
    que le vent hurle
    à travers la houle des désespoirs
    malgré la plaie vive du dur désir
    emprisonné dans la nuit glauque
    au seuil de l'effacement

    supplique du chant
    phrases hurlantes
    dans le ferment du désir
    toujours murmuré
    par le regard en équilibre
    sur un mot juste
    rebelle
    inoublié

    13.06.00

    ___________________________

    CHAIR FLUIDE

    Ni aube ni aurore
    répandue chair et sang sur les lignes
    j'efface les hiers
    au fil des lendemains
    les nuits me prononcent
    les matins en maraude
    j'avance
    j'avance et longe des vertiges
    quand tout près
    un visage fluide déjoue l'abîme
    son mot me déplie
    sa phrase me secoue
    interruption d'un mal brisé
    par le feu des passions
    embranchement d'un tout écartelé
    abandonné au seuil de l'épuisement
    son ressac creuse des rigoles
    enchevêtrées parmi les sourires bleus de l'été
    présence rouge cueillie sur les lèvres du désir
    à même les renoncements

    20.06.00

    ___________________________

    ALPAMAYO

    Sur tes flancs
    l'amour en zig-zag
    sillonne tous les espoirs
    jusqu'au sommet tente l'ultime
    en altitude s'essouffle
    dans sa marche supplie chaque geste
    ne renonce jamais
    non jamais ne s'arrête
    gestes du corps
    dans l'avancée de chaque pas assoiffé
    seule au coeur de l'immensité
    blanche immensité
    tendre vertige
    que la main vient déposer
    sur ton corps
    apprivoisé

    16.07.00

    ___________________________

    ARTESONRAJU

    Émue
    la montagne désirée
    par son amant agile
    quand lui frôle ses mystères
    elle lui offre ses flancs
    il explore toutes ses formes
    et ses pensées fragiles
    que ses pentes font valser pas à pas
    s'apprivoise la beauté d'une descente
    qu'un soleil fait bouger
    sur son corps
    convoité

    01.08.00

    ___________________________

    S'écrivent parfois des mots
    en faux-dièse en vrai-bémol
    en calvacade
    voyagent agiles
    paissent naturels
    au point du jour
    remisent les nuits
    allègent les heures
    suspendues lourdes usées
    sous les arbres
    sur les pierres
    se baignent dans la soupe
    font claquer toutes les portes
    d'un été coutumier

    01.08.00

    ___________________________

    Au jardin
    un regard s'emplit de froidure
    que dissipent les souvenances
    de l'amour déployé
    sur la trace d'une flamme hésitante
    il veille
    appuyé sur l'instant des avenirs
    floconneux

    20.08.00

    ___________________________

    Interminable
    ce souffle ponctué
    d'extraits en vagues
    prolonge les jours
    à l'ombre s'ajoutent
    aux heures
    nécessaires

    08.09.00

    ___________________________

    Doux murmure de la chair
    reflet d'un souffle passager
    glisse dans le blues du silence
    empreinte d'un visage
    la nuit sur fond gris
    semence de paroles
    l'espoir sur fond noir
    gestes à fleur de peau
    grandes aurores
    mémoire bleu de cyan
    son sourire masqué

    09.09.00

    ___________________________

    Ciel des Amériques
    Ciel de nuit
    Ciel de lit
    du Nord au Sud
    défigure la mémoire
    d'un bronze tenace
    porte au visage
    un sourire de plomb
    passe les ponts
    jusqu'au quai
    parole de chair
    peau de papier
    peau sur mesure
    peauaime

    09.09.00

    ___________________________

    Il fait ici tempête de pluie de vent
    à l'image d'une turbulence fait chair
    chair d'abîme
    entre tous les abîmes
    chair des renoncements
    à l'effigie du silence accordé
    à tous les silences
    à croire que les dieux imaginés
    invitent à la redondance d'histoires anciennes
    perdues dans les rêves
    rejetés dans le néant
    dont seule demeure
    une parole imprononcée
    imprononçable

    21.09.00

    ___________________________

    Quel interdit a ce goût du silence ?
    n'a le goût que des sens
    gravitation sur le corps déployé
    d'un regard poursuit la ligne pure
    abandonnée dans la soie des gestes
    sur le parcours d'une fièvre
    murmure des instants doux
    ce goût de sel que les vagues transportent
    jusqu'aux lèvres multipliées
    viennent colorer la nuit
    ses ombres emportées
    dans un délire
    spontané

    23.09.00

    ___________________________

    Terre de ta vie
    via la terre de sable fin
    ses vagues de sel
    de mer en vague
    quand tu divagues
    sur l'horizon chargé de cris
    quand vient l'écrit
    l'appel du lit
    surbondance
    de l'infini

    29.09.00

    ___________________________

    Dans la salle des occupations
    le jour se fait tard
    en toute patience
    voit la nuit l'achever
    quand la peau glisse limpide
    sur les pierres
    amassées par le roulement
    des vagues fluides
    de l'amour

    m'a lâchée dans la blancheur de la nuit
    m'a laissé dormir hors des questions
    m'a exilée tournoyante
    vers le milieu du lit
    sans déranger les rêves voisins
    quand tout à coup
    sonna l'heure de l'abordage
    sur le pont d'un autre jour
    c'était lundi
    le retour

    02.10.00

    ___________________________

    Dénuement
    dans ce champ immense
    de la fragilité
    course folle d'un espoir replié
    dans les coins d'ombre
    s'enfonce dans l'étrange mouvement
    des sensualités incandescentes
    quand se murmurent des paroles
    prolongées sur le corps
    accentué
    par son ascension du désir

    05.10.00

    =====================================

    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    Dépôt légal / octobre 2000
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-921818-21-3
    Tous droits réservés - All rights reserved

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    韓詩外傳, Vol. 7-8 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-7-8/ https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-7-8/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:57 +0000 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-7-8/

    韓詩外傳, Vol. 7-8

    Aproximadamente 2.551 palavras.

    Produced by Nicole Lai

    卷七
    齊宣王謂田過曰:“吾聞:儒者親喪三年。君与父孰重?”過對曰:
    “殆不如父重。”王忿然曰:“曷為士去親而事君?”對曰:“非君之土
    地,無以處吾親;非君之祿,無以養吾親;非君之爵,無以尊顯吾親;受
    之于君,致之于親,凡事君以為親也。”宣王悒然,無以應之。詩曰:“
    王事靡崢,不遑將父。”
    趙王使人于楚,鼓瑟而遣之,曰:“慎無失吾言。”使者受命,伏而
    不起,曰:“大王鼓瑟,未嘗若今日之悲也。”王曰:“調。”使者曰:
    “調則可記其柱。”王曰:“不可。天有燥濕,弦有緩急,柱有推移,不
    可記也。”使者曰:“請借此以喻。楚之去趙也,千有余里,亦有吉凶之
    變,凶則吊之,吉則賀之,猶柱之有推移,不可記也。故王之使人,必慎
    其所之,而不任以辭。”詩曰:“征夫捷捷,每怀靡及。”蓋傷自上而御
    下也。
    齊有隱士東郭先生、梁石君,當曹相國為齊相也。客謂匱生曰:“夫
    東郭先生梁石君,世之賢也,隱于深山,終不 身下志以求仕者也。吾聞
    先生得謁曹相國,愿先生為之先。臣里母相善,婦見疑盜肉,其姑去之,
    恨而告于里母,里母曰:‘安行,今令姑呼汝。’即束蘊請火,去婦之家
    ,曰:‘吾犬爭肉相殺,請火治之。’姑乃直使人追去婦,還之。故里母
    非談說之士,束蘊請火,非還婦之道也。然物有所感,事有可适,何不為
    之先?”匱生曰:“愚恐不及,然請盡力為東郭先生、梁石君束蘊請火。
    ”于是乃見曹相國,曰:“臣之里、有夫死三日而嫁者,有終身不嫁者,
    則自為娶,將何娶焉?”相國曰:“吾亦娶其終身不嫁者耳。”匱生曰:
    “齊有隱士東郭先生、梁石君,世之賢士也,隱于深山,終不 身下志以
    求仕。相國娶婦,欲娶其不嫁者,取臣獨不取其不仕之臣耶?”于是曹相
    國因匱生束帛安車迎東郭先生、梁石君,厚客之。詩曰:“既見君子,我
    心則降。”
    孔子曰:“昔者、周公事文王,行無專制,事無由己,身若不胜衣,
    言若不出口,有奉持于前,洞洞焉若將失之,可謂子矣。武王崩,成王幼
    ,周公承文武之業,履天子之位,听天子之政,征夷狄之亂,誅管蔡之罪
    ,抱成王而朝諸侯,誅賞制斷,無所顧問,威動天下,振恐海內,可謂能
    武矣。成王壯,周公致政,北面而事之,請然后行,無伐矜之色,可謂臣
    矣。故一人之身,能三變者、所以應時也。”詩曰:“左之左之,君子宜
    之;右之右之,君子有之。”
    傳曰:“鳥之美羽勾啄者、鳥畏之;魚之侈口垂腴者、魚畏之;人之
    利口贍辭者、人畏之。是以君子避三端:避文士之筆端,避武士之鋒端,
    避辯士之舌端。”詩曰:“我友敬矣,讒言其興。”
    孔子困于陳蔡之間,即三經之席,七日不食,藜羹不糝,弟子有飢色
    ,讀書習禮樂不休。子路進諫曰:“為善者、天報之以福,為不善者、天
    報之以賊。今夫子積德累仁,為善久矣,意者、當遣行乎?奚居之隱也?
    ”孔子曰:“由來!汝小人也,未講于論也。居,吾語汝:子以知者為無
    罪乎?則王子比干何為刳心而死;子以義者為听乎?則伍子胥何為抉目而
    懸吳東門;子以廉者為用乎?則伯夷叔齊何為餓于首陽之山;子以忠者為
    用乎?則鮑叔何為而不用,葉公子高終身不仕,鮑焦抱木而泣,子推登山
    而燔。故君子博學深謀,不遇時者眾矣,豈獨丘哉!賢不肖者、材也,遇
    不遇者、時也,今無有時,賢安所用哉!故虞舜耕于歷山之陽,立為天子
    ,其遇堯也;傅說負土而版筑,以為大夫,其遇武丁也;伊尹故有莘氏僮
    也,負鼎操俎,調五味,而立為相,其遇湯也;呂望行年五十,賣食棘津
    ,年七十,屠于朝歌,九十乃為天子師,則遇文王也;管夷吾束縛自檻車
    ,以為仲父,則遇齊桓公也;百里奚自賣五羊之皮,為秦伯牧牛,舉為大
    夫,則遇秦繆公也;虞丘于天下以為令尹,讓于孫叔敖,則遇楚庄王也;
    伍子胥前功多,后戮死,非知有盛衰也,前遇闔閭,后遇夫差也。夫驥罷
    鹽車,此非無形容也,莫知之也,使驥不得伯樂,安得千里之足,造父亦
    無千里之手矣。夫蘭生于茂林之中,深山之間,人莫見之故不芬;夫學者
    非為通也,為窮而不困,憂而志不衰,先知禍福之始,而心無惑焉,故圣
    人隱居深念,獨聞獨見。夫舜亦賢圣矣,南面而治天下,惟其遇堯也,使
    舜居桀紂之世,能自免于刑戮之中,則為善矣,亦何位之有?桀殺關龍逢
    ,紂殺王子比干,當此之時,豈關龍逢無知,而王子比干不慧哉!此皆不
    遇時也。故君子務學修身端行而須其時者也,子無惑焉。”詩曰:“鶴鳴
    于九皋,聲聞于天。”
    曾子曰:“往而不可還者、親也,至而不可加者、年也。是故孝子欲
    養而親不待也,木欲直而時不待也。是故椎牛而祭墓,不如雞豚逮存親也
    。故吾嘗仕齊為吏,祿不過鐘釜,尚猶欣欣而喜者,非以為多也,樂其逮
    親也;既沒之后,吾嘗南游于楚,得尊官焉,堂高九仞,榱題三圍,轉轂
    百乘,猶北鄉而泣涕者,非為賤也,悲不逮吾親也。故家貧親老,不擇官
    而仕;若夫信其志、約其親者,非孝也。”詩曰:“有母之尸雍。”
    趙簡子有臣曰周舍,立于門下,三日三夜,簡子使問之,曰:“子欲
    見寡人何事?”周舍對曰:“愿為諤諤之臣,墨筆操牘,從君之過而,日
    有記也,月有成也,歲有效也。”簡子居、則与之居,出、則与之出。居
    無几何,而周舍死,簡子如喪子。后与諸大夫飲于洪波之台,酒酣,簡子
    涕泣,諸大夫皆出走,曰:“臣有罪而不自知。”簡子曰:“大夫皆無罪
    。昔者、吾有周舍有言曰:‘千羊之皮,不若一狐之腋;眾人諾諾,不若
    一士之諤諤。昔者、商紂默默而亡,武王諤諤而昌。’今自周舍之死,吾
    未嘗聞吾過也,吾亡無日矣,是以寡人泣也。”
    傳曰:齊景公問晏子:“為人何患?”晏子對曰:“患夫社鼠。”景
    公曰:“何謂社鼠?”晏子曰:“社鼠出竊于外,入托于社,灌之恐坏牆
    ,熏之恐燒木,此鼠之患。今君之左右,出則賣君以要利,入則托君不罪
    乎亂法,又餺楚矗泊松縭籩椿家病!本肮痹唬?“嗚呼!豈其然?”“人有
    市酒而甚美者,置表甚長,然至酒酸而不售,問里人其故。里人曰:‘公
    之狗甚猛,而人有持器而欲往者,狗輒迎而嚙之,是以酒酸不售也。’士
    欲白万乘之主,用事者迎而嚙之,亦國之惡狗也。左右者為社鼠,用事者
    為惡狗,此國之大患也。”詩曰:“瞻彼中林,侯薪侯蒸。”言朝廷皆小
    人也。
    昔者、司城子罕相宋,謂宋君曰:“夫國家之安危,百姓之治亂,在
    君之行。夫爵祿賞賜舉,人之所好也,君自行之;殺戮刑罰,民之所惡也
    ,臣請當之。”君曰:“善。寡人當其美,子受其惡,寡人自知不為諸侯
    笑矣。”國人知殺戮之刑專在子罕也,大臣親之,百姓畏之,居不期年,
    子罕遂去宋君,而專其政。故老子曰:“魚不可脫于淵,國之利器不可以
    示人。”詩曰:“胡為我作,不即我謀。”
    衛懿公之時、有臣曰弘演者、受命而使,未反,而狄人攻衛,于是懿
    公欲興師迎之,其民皆曰:“君之所貴而有祿位者、鶴也,所愛者、宮人
    也,亦使鶴与宮人戰,余安能戰?”遂潰而皆去。狄人至,攻懿公于熒澤
    ,殺之,盡食其肉,獨舍其肝。弘演至,報使于肝,辭畢,呼天而號,哀
    止,曰:“若臣者、獨死可耳。”于是,遂自刳出腹實,內懿公之肝,乃
    死。桓公聞之,曰:“衛之亡也,以無道,今有臣若此,不可不存。”于
    是复立衛于楚丘。如弘演、可謂忠士矣,殺身以捷其君,非徒捷其君,又
    令衛之宗廟复立,祭祀不絕,可謂有大功矣。詩曰:“四方有羡,我獨居
    憂,民莫不,我獨不敢休。”
    孫叔敖遇狐丘丈人。狐丘丈人曰:“仆聞之:有三利,必有三患,子
    知之乎?”孫叔敖蹴然易容曰:“小子不敏,何足以知之!敢問何謂三利
    ?何謂三患?”狐丘丈人曰:“夫爵高者、人妒之,官大者、主惡之,祿
    厚者、怨歸之,此之謂也。”孫叔敖曰:“不然。吾爵益高,吾志益下;
    吾官益大,吾心益小;吾祿益厚,吾施益博。可以免于患乎?”狐丘丈人
    曰:“善哉!言乎!堯舜其猶病諸!”詩曰:“溫溫恭人,如集于木;惴
    惴小心,如臨于谷。”
    孔子曰:“明王有三懼:一曰處尊位而恐不聞其過,二曰得志而恐驕
    ,三曰聞天下之至道而恐不能行。昔者、越王勾踐与吳戰,大敗之,兼有
    南夷,當是之時,君南面而立,近臣三,遠臣五,令諸大夫曰:‘聞過而
    不以告我者、為上戮。’此處尊位而恐不聞其過也。昔者、晉文王与楚戰
    ,大胜之,燒其草,火三日不息,文公退而有憂色,侍者曰:‘君大胜楚
    ,而有憂色,何也?’文公曰:‘吾聞能以戰胜安者、惟圣人;若夫詐胜
    之徒,未嘗不危,吾是以憂也。’此得志而恐驕也。昔者、齊桓公得管仲
    隰朋,南面而立,桓公曰:‘吾得二子也,吾目加明,吾耳加聰,不敢獨
    擅,進之先祖。’此聞至道而恐不能行者也。由桓公晉文越王勾踐觀之,
    三懼者、明君之務也。”詩曰:“溫溫恭人,如集于木;惴惴小心,如臨
    于谷;戰戰兢兢,如履薄冰。”此言大王居人上也。
    楚庄王賜其群臣酒,日暮酒酣、左右皆醉,殿上燭滅,有牽王后衣者
    ,后M冠纓而絕之,言于王曰:“今燭滅,有牽妾衣者,妾M其纓而絕之
    ,愿趣火視絕纓者。”王曰:“止。”立出令曰:“與寡人飲、不絕纓者
    ,不為樂也。”于是冠纓無完者,不知王后絕冠纓者誰,于是王遂与群臣
    歡飲乃罷。后吳興師攻楚,有人常為應行,合戰者五,陷陣卻敵,遂取大
    軍之首而獻之。王怪而問之曰:“寡人未嘗有异于子,子何為于寡人厚也
    。”對曰:“臣先殿上絕纓者也,當時宜以肝膽涂地,負日久矣,未有所
    效,今幸得用,于臣之義,尚可為王破吳而強楚。”詩曰:“有者淵,褦
    葦。”言大者無不容也。
    傳曰:“伯奇孝而棄于親,隱公慈而殺于弟,叔武賢而殺于兄,比干
    忠而誅于君。”詩曰:“予慎無辜。”
    紂殺比干,箕子被發佯狂;陳靈公殺泄冶,鄧元去陳以族從;自此以
    后,殷謚埽渤亡于楚,以其殺比干泄冶,而失箕子鄧元也。燕昭王得郭隗
    鄒衍樂毅,是以魏趙興兵而攻齊,栖于莒。燕之地計眾,不与齊均也,然
    所以信燕至于此者,由得士也。故無常安之國,無宜治之民,得賢者昌,
    失賢者亡,自古及今,未有不然者也。明鏡者、所以照形也,往古者、所
    以知今也。知惡古之所以危亡,而不務襲蹈其所以安存,則未有以异乎卻
    走而求逮前人也。太公知之,故舉微子之后,而封比干之墓。夫圣人之于
    賢者之后,尚如是厚也,而況當世之存者乎!詩曰:“昊天太憮,予慎無
    辜。”
    宋玉因其友見楚襄王,襄王待之無以异,乃讓其友。友曰:“夫姜桂
    因地而生,不因地而辛;女因媒而嫁,不因媒而親。子之事王未耳,何怨
    于我?”宋玉曰:“不然。昔者、齊有狡兔,盡一日走五百里,使之瞻見
    指注,雖良狗猶不及狡兔之塵,若攝纓而縱紲之,〔則狡兔不能离也。今
    子之屬臣也,攝纓而縱紲与〕瞻見指注與!”詩曰:“將安將樂,棄予作
    遺。”
    宋燕相齊,見逐,罷歸之舍,召門尉陳饒等二十六人曰:“諸大夫有
    能与我赴諸侯者乎?”陳饒等皆伏而不對。宋燕曰:“悲乎哉!何士大夫
    易得而難用也。”饒曰:“〔非士大夫易得而難用也,〕君弗能用也,〔
    君不能用,〕則有不平之心,是失之己而責諸人也。”宋燕曰:“夫失諸
    己而責諸人者何?”陳饒曰:“三斗之稷,不足于士,而君雁 有余粟,
    是君之一過也。果園梨栗,后宮婦人以相提擲,士曾不得一嘗,是君之二
    過也。綾紈綺瞠,靡麗于堂,從風而弊,士曾不得以為緣,是君之三過也
    。且夫財者、君之所輕也,死者、士之所重也。君不能行君之所輕,而欲
    使士致其所重,猶譬榵刀畜之,而干將用之,不亦難乎!”宋燕面有慚色
    ,逡巡避席曰:“是燕之過也。”詩曰:“或以其酒,不以其漿。”
    傳曰:善為政者、循情性之宜,順陰陽之序,通本末之理,合天人之
    際,如是、則天地奉養,而生物丰美矣。不知為政者、使情厭性,使陰乘
    陽,使末逆本,使人詭天气,鞠而不信,郁而不宜,如是,則災害生,怪
    异起,群生皆傷,而年谷不熟,是以其動傷德,其靜無救,故緩者事之,
    急者弗知,日反理而欲以為治。詩曰:“廢為殘賊,莫知其尤。”
    魏文侯之時,子質仕而獲罪焉,去而北游,謂簡主曰:“從今已后,
    吾不复樹德于人矣。”簡主曰:“何以也?”質曰:“吾所樹堂上之士半
    ,吾所樹朝廷之大夫半,吾所樹邊境之人亦半。今堂上之士〔惡我于君,
    朝廷之大夫〕恐我以法,邊境之人劫我以兵,是以不樹德于人也。”簡主
    曰:“噫!子之言過矣。夫春樹桃李,夏得陰其下,秋得食其實。春樹蒺
    藜,夏不可采其葉,秋得其刺焉。由此觀之,在所樹也。今子所樹,非其
    人也。故君子先擇而后种也。”詩曰:“無將大車,惟塵冥冥。”
    正直者、順道而行,順理而言,公平無私,不為安肆志,不為危激行
    。昔衛獻公出走,反國,及郊,將班邑于從者而后入。太史柳庄曰:“如
    皆守社稷,則孰負羈縶而從;如皆從,則孰守社稷。君反國而有私,無乃
    不可乎!”于是不班也。柳庄正矣!昔者、衛大夫史魚病且死,謂其子曰
    :“我數言蘧伯玉之賢而不能進,彌子瑕不肖而不能退。為人臣,生不能
    進賢而退不肖,死不當治喪正堂,殯我于室、足矣。”衛君問其故,子以
    父言聞,君造然召蘧伯玉而貴之,而退彌子瑕,從殯于正堂,成禮而后去
    。生以身諫,死以尸諫,可謂直矣。詩曰:“靖共爾位,好是正直。”
    孔子閑居,子貢侍坐,“請問為人下之道奈何?”孔子曰:“善哉!
    爾之問也!為人下,其猶土乎?”子貢未達,孔子曰:“夫土者、掘之得
    甘泉焉,樹之得五谷焉,草木植焉,鳥獸魚鱉遂焉;生則立焉,死則入焉
    ;多功不言,賞世不絕,故曰:能為下者、其惟土乎!”子貢曰:“賜雖
    不敏,請事斯語。”詩曰:“式禮莫愆。”
    傳曰:南假子過程本,本為之烹鱺魚。南假子曰:“聞君子不食鱺魚
    。”本子曰:“此乃君子食也,我何与焉?”假子曰:“夫高比、所以廣
    德也,下比、所以狹行也;比于善者、自進之階,比于惡者,自退之原也
    。且詩不云乎!高山仰止,景行行止。吾豈自比君子哉!志慕之而已矣。
    ”
    子貢問大臣,子曰:“齊有鮑叔,鄭有子皮。”子貢曰:“否。齊有
    管仲,鄭有東里子產。”孔子曰:“產、荐也。”子貢曰:“然則荐賢賢
    于賢。”曰:“知賢、知也,推賢、仁也,引賢、義也。有此三者,又何
    加焉!”
    孔子游于景之上,子路子貢顏淵從。孔子曰:“君子登高必賦,小子
    愿者何?言其愿,丘將啟汝。”子路曰:“由愿奮長戟,蕩三軍,乳虎在
    后,仇敵在前,蠡躍蛟奮,進救兩國之患。”孔子曰:“勇士哉!”子貢
    曰:“兩國构難,壯士列陣,塵埃漲天,賜不持一尺之兵,一斗之糧,解
    兩國之難,用賜者存,不用賜者亡。”孔子曰:“辯士哉!”顏回不愿,
    孔子曰:“回何不愿?”顏淵曰:“二子已愿,故不敢愿。”孔子曰:“
    不同意,各有事焉,回其愿,丘將啟汝。”顏淵曰:“愿得小國而相之,
    主以道制,臣以德化,君臣同心,外內相應,列國諸侯莫不從義向風,壯
    者趨而進,老者扶而至,教行乎百姓,德施乎四蠻,莫不釋兵,輻輳乎四
    門,天下咸獲永宁,姺飛蠕動,各樂其性,進賢使能,各任其事,于是君
    綏于上,臣和于下,垂拱無為,動作中道,從容得禮,言仁義者賞,言戰
    斗者死,則由何進而救,賜何難之解。”孔子曰:“圣士哉!大人出,小
    子匿,圣者起,賢者伏。回与執政,則由賜焉施其能哉!”詩曰:“雨雪
    ,見曰消。”
    昔者、孔子鼓瑟,曾子子貢側門而听,曲終,曾子曰:“嗟乎!夫子
    瑟聲殆有貪狼之志,邪僻之行,何其不仁,趨利之甚。”子貢以為然,不
    對而入。夫子望見子貢有諫過之色,應難之狀,釋瑟而待之,子貢以曾子
    之言告。子曰:“嗟乎!夫參、天下賢人也,其習知音矣!鄉者,丘鼓瑟
    ,有鼠出游,狸見于屋,循梁微行,造焉而避,厭目曲脊,求而不得,丘
    以瑟淫其音,參以丘為貪狼邪僻,不亦宜乎!”詩曰:“鼓鐘于宮,聲聞
    于外。”
    為人父者、必怀慈仁之愛,以畜養其子,撫循飲食,以全其身;及其
    有識也,必嚴居正言,以先導之;及其束發也,授明師以成其技;十九見
    志,請賓冠之,足以死其意;血脈澄靜,娉內以定之,信承親授,無有所
    疑;冠子不言,發子不笞,听其微諫,無令憂之,此為人父之道也。詩曰
    :“父兮生我,母兮鞠我。拊我畜我,長我育我。顧我复我,出入腹我。
    ”
    卷八
    越王勾踐使廉稽獻民于荊王,荊王使者曰:“越、夷狄之國也,臣請
    欺其使者。”荊王曰:“越王、賢人也,其使者亦賢,子其慎之!”使者
    出,見廉稽曰:“冠、則得以俗見,不冠、不得見。”廉稽曰:“夫越、
    亦周室之列封也,不得處于大國,而處江海之陂,與之讌魚鱉為伍,文身
    翦發,而后處焉。今來至上國,必曰:‘冠、得俗見,不冠、不得見。’
    如此、則上國使适越,亦將劓墨文身翦發,而后得以俗見,可乎?”荊王
    聞之,披衣出謝。孔子曰:“使于四方,不辱君命,可謂士矣。”
    人之所以好富貴安樂,為人所稱譽者、為身也;惡貧賤危辱,為人所
    謗毀者、亦為身也。然身何貴也?莫貴于气;人得气則生,失氣則死;其
    气非金帛珠玉也,不可求于人也;非繒布五谷也,不可糴買而得也;在吾
    身耳,不可不慎也。詩曰:“既明且哲,以保其身。”
    吳人伐楚,昭王去國,國有屠羊說從行,昭王反國,賞從者,及說,
    說辭曰:“君失國,臣所失者屠;君反國,臣亦反其屠。臣之祿既厚,又
    何賞之?”辭不受命,君強之,說曰:“君失國,非臣之罪,故不伏誅;
    君反國,非臣之功、故不受其賞。吳師入郢,臣畏寇避患,君反國,說何
    事焉。”君曰:“不受,則見之。”說對曰:“楚國之法,商人欲見于君
    者,必有大獻重質,然后得見。今臣智不能存國,節不能死君,勇不能待
    寇,然見之,非國法也。”遂不受命,入于澗中。昭王謂司馬子期曰:“
    有人于此,居處甚約,議論甚高,為我求之,愿為兄弟,請為三公。”司
    馬子期舍車徒求之,五日五夜,見之,謂曰:“國危不救,非仁也;君命
    不從,非忠也;惡富貴于上,甘貧苦于下,意者過也。今君愿為兄弟,請
    為三公,不听君,何也?”說曰:“三公之位,我知其貴于刀俎之肆矣;
    万鐘之祿,我知其富于屠年之利矣。今見爵祿之利,而忘辭受之禮,非所
    聞也。”遂辭三公之位,而反乎屠羊之肆。君子聞之曰:“甚矣哉!屠羊
    子之為也,約己持窮,而處人之國矣。”說曰:“何謂窮?吾讓之以禮,
    而終其國也。”曰:“在深淵之中,而不援彼之危,見昭王德衰于吳,而
    怀寶絕跡,以病其國,欲獨全己者也,是厚于己而薄于君,狷乎!非救世
    者也。”“何如則可謂救世矣?”曰:“若申伯仲山甫可謂救世矣!昔者
    、周德大衰,道廢于厲,申伯仲山甫輔相宣王,撥亂世,反之正,天下略
    振,宗廟复興,申伯仲山甫乃并順天下,匡救邪失,喻德教,舉遺士,海
    內翕然向風。故百姓勃然詠宣王之德。詩曰:‘周邦咸喜,戎有良翰。’
    又曰:‘邦國若否,仲山甫明之。既明且哲,以保其身。夙夜匪懈,以事
    一人。’如是、可謂救世矣。”
    齊崔杼s庄公,荊蒯芮使晉而反。其仆曰:“崔杼s庄公,子將奚如
    ?”荊蒯芮曰:“驅之!將入死而報君。”其仆曰:“君之無道也,四鄰
    諸侯莫不聞也,以夫子而死之,不亦難乎?”荊蒯芮曰:“善哉!而言也
    !早言,我能諫;諫而不用,我能去;今既不諫,又不去。吾聞之;食其
    食,死其事,吾既食亂君之食,又安得治君而死之!”遂驅車而入,死其
    事。仆曰:“人有亂君,猶必死之;我有治長,可無死乎!”乃結轡自刎
    于車上。君子聞之,曰:“荊蒯芮可謂守節死義矣,仆夫則無為死也,猶
    飲食而遇毒也。”詩曰:“風夜匪懈,以事一人。”荊先生之謂也。易曰
    :“不琩隡w,或承之羞。”仆夫之謂也。
    遜而直、上也,切次之,謗諫為下,懦為死。詩曰:“柔亦不茹。”
    宋万与庄公戰,獲乎庄公,庄公敗舍諸宮中,數月,然后歸之,反為
    大夫于宋。宋万与閔公博,婦人皆在側,万曰:“甚矣!魯侯之淑,魯侯
    之美也,天下諸侯宜為君者、惟魯侯耳!”閔公矜此婦人,妒其言,顧曰
    :“爾虜,焉知魯侯之美惡乎?”宋万怒,博閔公,絕。仇牧聞君s,趨
    而至,遇之于門,手劍而叱之,万臂仇牧,碎其首,齒著乎門闔。仇牧可
    謂不畏強御矣。詩曰:“惟仲山甫,柔亦不茹,剛亦不吐。”
    可于君,不可于父,孝子不為也;可于父,不可于君,君子不為也。
    故君不可奪,親亦不可奪也。詩曰:“愷悌君子,四方為則。”
    黃帝即位,施惠承天,一道修德,惟仁是行,宇內和平,未見鳳凰,
    惟思其象,夙寐晨興,乃召天老而問之,曰:“鳳象何如?”天老對曰:
    “夫鳳象、鴻前麟后,蛇頸而魚尾,龍文而龜身,燕頷而雞啄;戴德負仁
    ,抱中挾義;小音金,大音鼓;延頸奮翼,五彩備明;舉動八風,气應時
    雨;食有質,飲有儀;往即文始,來即嘉成;惟鳳為能通天祉,應地靈,
    律五音,覽九德。天下有道,得鳳象之一,則鳳過之,得鳳象之二,則鳳
    翔之,得鳳象之三,則鳳集之,得鳳象之四,則鳳春秋下之,得鳳象之五
    ,則鳳沒身居之。”黃帝曰:“于戲!允哉!朕何敢与焉。”于是黃帝乃
    服黃衣,戴黃冕,致齋于宮,鳳乃蔽日而至,黃帝降于東階,西面再拜稽
    首,曰:“皇天降祉,不敢不承命。”鳳乃止帝東國,集帝梧桐,食帝竹
    實,沒身不去。詩曰:“鳳凰于飛,劌劌其羽,亦集爰止。”
    魏文侯有子曰擊,次曰訴,訴少而立以嗣,封擊中山。三年莫往來,
    其傅趙蒼唐曰:“父忘子,子不可忘父,何不遣使乎?”擊曰:“愿之,
    而未有所使也。”蒼唐曰:“臣請使。”擊曰:“諾。”于是乃問君所好
    与所嗜,曰:“君好北犬,嗜晨鷫。”遂求北犬晨鷫賚行。蒼唐至,曰:
    “北蕃中山之君有北犬晨鷫,使蒼唐再拜獻之。”文侯曰:“擊知吾好北
    犬晨鷫也,則見使者。”文侯曰:“擊無恙乎?”蒼唐唯唯而不對,三問
    而三不對。文侯曰:“不對何也?”蒼唐曰:“臣聞:諸侯不名。君既已
    賜弊邑,使得小國侯,君問以名,不敢對也。”文侯曰:“中山之君無恙
    乎?”蒼唐曰:“今者、臣之來,拜送于郊。”文侯曰:“中山之君長短
    若何矣?”蒼唐曰:“問諸侯,比諸侯;諸侯之朝,則側者皆人臣,無所
    比之,然則、所賜衣裘,几能胜之矣。”文侯曰:“中山之君亦何好乎?
    ”對曰:“好詩。”文侯曰:“于詩何好?”曰:“好黍离与晨風。”文
    侯曰:“黍离何哉?”對曰:“彼黍离离,彼稷之苗。行邁靡靡,中心搖
    搖。知我者、謂我心憂;不知我者、謂我何求。悠悠蒼天,此何人哉?”
    文侯曰:“怨乎?”曰:“非敢怨也,時思也。”文侯曰:“晨風謂何?
    ”對曰:“彼晨風,郁彼北林。未見君子,憂心欽欽。如何如何!忘我實
    多。”于是文侯大悅,曰:“欲知其子,視其母;欲知其君,視其所使。
    中山君不賢,惡能得賢。”遂廢太子訴,召中山君以為嗣。詩曰:“鳳凰
    于飛,劌劌其羽,亦集爰止。藹藹王多吉士,惟君子使,媚于天子。”君
    子曰:“夫使、非直敝車罷馬而已,亦將喻誠信,通气志,明好惡,然后
    可使也。”
    子賤治單父其民附,孔子曰:“告丘之所以治之者。”對曰:“不齊
    時發倉廩,振困窮,補不足。”孔子曰:“是小人附耳,未也。”對曰:
    “賞有能,招賢才,退不肖。”孔子曰:“是士附耳,未也。”對曰:“
    所父事者三人,所兄事者五人,所友者十有二人,所師者一人。”孔子曰
    :“所父事者三人,〔足以教孝矣,〕所兄事者五人,足以教弟矣;所友
    者十有二人,足以壅蔽矣;所師者一人,足以慮無失策,舉無敗功矣。惜
    乎!不齊〔之所為者小也,〕為之大,功乃与堯舜參矣。”詩曰:“愷悌
    君子,民之父母。”子賤其似之矣。
    度地圖居以立國,崇恩博利以怀眾,明好惡以正法度,率民力稼,學
    校庠序以立教,事老養孤以化民,升賢賞功以勸善,懲奸絀失以丑惡,講
    御習射以防患,禁奸止邪以除害,接賢連友以廣智,宗親族附以益強。詩
    曰:“愷悌君子。”
    齊景公使人于楚,楚王与之上九重之台,顧使者曰:“齊有台若此乎
    ?”使者曰:“吾君有治位之坐,土階三等,茅茨不翦,朴椽不壅擼燦
    蝺w轎爸湊呃停簿又湊嚀 參峋醷?台若此者!”楚王蓋悒如也。使者可
    謂不辱君命,其能專對矣。
    傳曰:予小子使爾繼邵公之后。受命者必以其祖命之。孔子為魯司寇
    ,命之曰:“宋公之子弗甫有孫魯孔丘,命爾為司寇。”孔子曰:“弗甫
    敦及厥辟,將不堪。”公曰:“不妄。”
    傳曰:諸侯之有德,天子錫之:一錫車馬,再錫衣服,三錫虎賁,四
    錫樂器,五錫納陛,六錫朱戶,七錫弓矢,八錫榥鉞,九錫鬯。詩曰:“
    厘爾圭瓚,鬯一卣。”齊景公問子貢曰:“先生何師?”對曰:“魯仲尼
    。”曰:“仲尼賢乎?”曰:“圣人也,豈直賢哉!”景公嘻然而笑曰:
    “其圣何如?”子貢曰:“不知也。”景公悖然作色曰:“始言圣人,今
    言不知,何也?”子貢曰:“臣終身戴天,不知天之高也;終身踐地,不
    知地之厚也。若臣之事仲尼,譬猶渴操壺杓,就江海而飲之,腹滿而去,
    又安知江海之深乎?”景公曰:“先生之譽,得無太甚乎!”子貢曰:“
    臣賜何敢甚言,尚慮不及耳!臣譽仲尼,譬猶兩手捧土而附泰山,其無益
    亦明矣;使臣不譽仲尼,譬猶兩手杷泰山,無損亦明矣。”景公曰:“善
    豈其然!善豈其然!”詩曰:“綿綿翼翼,不測不克。”
    一谷不升謂之荒,二谷不升謂之飢,三谷不升謂之饉,四谷不升謂之
    荒,五谷不升謂之大侵。大侵之禮,君食不兼味,台榭不飾,道路不除,
    百官補而不制,鬼神禱而不祠,此大侵之禮也。詩曰:“我居御卒荒。”
    此之謂也。
    古者、天子為諸侯受封,謂之采地,百里諸侯以三十里,七十里諸侯
    以二十里,五十里諸侯以十里。其后子孫雖有罪而絀,使子孫賢者守其地
    ,世世以祠其始受封之君,此之謂興滅國,繼絕世也。書曰:“茲予享于
    先王,爾祖其從享之。”
    梁山崩,晉君召大夫伯宗,道逢輦者,以其輦服其道,伯宗使其右下
    ,欲鞭之。輦者曰:“君趨道豈不遠矣,不知事而行,可乎?”伯宗喜,
    問其所居。曰:“絳人也。”伯宗曰:“子亦有聞乎?”曰:“梁山崩,
    壅河,顧三日不流,是以召子。”伯宗曰:“如之何?”曰:“天有山,
    天崩之;天有河,天壅之。伯宗將如之何!”伯宗私問之。曰:“君其率
    群臣,素服而哭之,既而祠焉,河斯流矣。”伯宗問其姓名,弗告。伯宗
    到,君問,伯宗以其言對。于是君素服,率群臣而哭之,既而祠焉,河斯
    流矣。君問伯宗何以知之,伯宗不言受輦者,詐以自知。孔子聞之,曰:
    “伯宗其無后,攘人之善。”詩曰:“天降喪亂,滅我立王。”又曰:“
    畏天之威,于時保之。”
    晉平公使范昭觀齊國之政,景公錫之宴,晏子在前,范昭趨曰:“愿
    君之y樽以為壽。”景公顧左右曰:“酌寡人樽,獻之客。”〔“范昭已
    飲。”〕晏子對曰:“徹去樽。”范昭不說,起舞,顧太師曰:“子為我
    奏成周之樂,愿舞。”太師對曰:“盲臣不習。”范昭起,出門。景公謂
    晏子曰:“夫晉、天下大國也,使范昭來觀齊國之政,今子怒大國之使者
    ,將奈何?”晏子曰:“范昭之為人也,非陋而不知禮也,是欲試吾君,
    嬰故不從。”于是景公召太師而問之曰:“范昭使子奏成周之樂,何故不
    調?”對如晏子。于是范昭歸,報平公曰:“齊未可找砟玨Z碴套爸矗晃
    岱鈣淅鄭蔡筆爸礎!笨鬃游之,曰:“善乎!晏子不出俎豆之,折衝千里
    。”詩曰:“實右序有周,薄言震之,莫不震疊。”
    三公者何?曰:司空、司馬、司徒也。司馬主天,司空主土,司徒主
    人。故陰陽不和,四時不節,星辰失度,災變异常,則責之司馬。山陵崩
    竭,川谷不流,五谷不植,草木不茂,則責之司空。君臣不正,人道不和
    ,國多盜賊,下怨其上,則責之司徒。故三公典其職,憂其分,舉其辯,
    明其隱,此三公之任也。詩曰:“濟濟多士,文王以宁。”又曰:“明昭
    有周,式序在位。”言各稱職也。
    夫賢君之治也:溫良而和,寬容而愛,刑清而省,喜賞而惡罰,移風
    崇教,生而不殺,布惠施恩,仁不偏与,不奪民力,役不菖時,百姓得耕
    ,家有收聚,民無凍餒,食無腐敗,士不造無用,雕文不粥于肆,斧斤以
    時入山林,國無佚士,皆用于世,黎庶歡樂,衍盈方外,遠人歸義,重譯
    執贄,故得風雨不烈。小雅曰:“有{萋萋,興雨祈祈。”以是知太平無
    飄風暴雨明矣。
    昨日何生?今日何成?必念歸厚,必念治生;日慎一日,完如金城。
    詩曰:“我日斯邁,而月斯征。夙興夜寐,無忝爾所生。”
    官怠于有成,病加于小愈,禍生于懈惰,孝衰于妻子,察此四者、慎
    終如始。易曰:“小狐汔濟,濡其尾。”詩曰:“靡不有初,鮮克有終。
    ”
    孔子燕居,子貢攝齊而前曰:“弟子事夫子有年矣,才竭而智罷,振
    于學問,不能复進,請一休焉。”子曰:“賜也,欲焉休乎?”曰:“賜
    欲休于事君。”孔子曰:“詩云:‘夙夜匪懈,以事一人。’為之若此其
    不易也,若之何其休也!”曰:“賜休于事父。”孔子曰:“詩云:‘孝
    子不匱,永錫爾類。’為之若此其不易也,如之何其休也!”曰:“賜欲
    休于事兄弟。”孔子曰:“詩云:‘妻子好合,如鼓瑟琴。兄弟既翕,和
    樂且耽。’為之若此其不易也,如之何其休也!”曰:“賜欲休于耕田。
    ”孔子曰:“詩云:‘晝爾于茅,宵爾索;亟其乘屋,其始播百谷。’為
    之若此其不易也,若之何其休也。”子貢曰:“君子亦有休乎?”孔子曰
    :“闔棺兮乃止播耳,不知其時之易遷兮,此之謂君子所休也。故學而不
    已,闔棺乃止。”詩曰:“日就月將。”言學者也。
    魯哀公問冉有曰:“凡人之質而已,將必學而后為君子乎?”冉有對
    曰:“臣聞之:雖有良玉,不刻鏤,則不成器;雖有美質,不學,則不成
    君子。”曰:“何以知其然也?”“夫子路、卞之野人也,子貢、衛之賈
    人也,皆學問于孔子,遂為天下顯士,諸侯聞之,莫不尊敬,卿大夫聞之
    ,莫不親愛,學之故也。昔吳楚燕代謀為一舉而欲伐秦,祧賈、監門之子
    也,為秦往使也,遂絕其謀,止其兵,及其反國,秦王大悅,立為上卿。
    夫百里奚、齊之乞者也,逐于齊西,無以進,自賣五羊皮,為一軛車,見
    秦繆公,立為相,遂霸西戎。太公望少為人婿,老而見去,屠牛朝歌,賃
    于棘津,釣于溪,文王舉而用之,封于齊。管仲親射桓公,遂除報讎之心
    ,立以為相,存亡繼絕,九合諸侯,一匡天下。此四子者、皆嘗卑賤窮辱
    矣、然其名聲馳于后世,豈非學問之所致乎?由此觀之,士必學問然后成
    君子。詩曰:‘日就月將。’”于是哀公嘻然而笑曰:“寡人雖不敏,請
    奉先生之教矣。”
    曾子有過,曾引杖擊之,仆地,有間,乃蘇,起曰:“先生得無病乎
    ?”魯人賢曾子,以告夫子。夫子告門人:“參來,〔勿內也。”曾參自
    以無罪,使人謝孔子,孔子曰:“〕汝不聞:昔者、舜為人子乎?小棰則
    待笞,大杖則逃。索而使之,未嘗不在側;索而殺之,未嘗可得。今汝委
    身以待暴怒,拱立不去,殺身以陷父不義,其不孝孰大焉?汝非王者之民
    〔也,殺王者之民〕,其罪何如?”詩曰:“优哉柔哉!亦是戾矣!”又
    曰:“載色載笑,匪怒伊教。”
    齊景公使人為弓,三年乃成,景公得弓而射,不穿三札,景公怒,將
    殺弓人。弓人之妻往見景公曰:“蔡人之子,弓人之妻也。此弓者、太山
    之南,烏號之柘,軂牛之角,荊麋之筋,河魚之膠也。四物、天下之練材
    也,不宜穿札之少如此。且妾聞:奚公之車,不能獨走;莫邪雖利,不能
    獨斷;必有以動之。夫射之道:在手若附枝,掌若握卵,四指如斷短杖,
    右手發之,左手不知,此蓋射之道。”景公以為儀而射之,穿七札,蔡人
    之夫立出矣。詩曰:“好是正直。”
    齊有得罪于景公者,景公大怒,縛置之殿下,召左右肢解之,敢諫者
    誅。晏子左手持頭,右手磨刀,仰而問曰:“古者明王圣主其肢解人,不
    審從何肢解始也?”景公离席曰:“縱之,罪在寡人。”詩曰:“好是正
    直。”
    傳曰:“居處齊則色姝,食飲齊則气珍,言語齊則信听,思齊則成,
    志齊則盈。五者齊,斯神居之。詩曰:“既和且平,依我磬聲。”
    魏文侯問狐卷子曰:“父賢足恃乎?”對曰:“不足。”“子賢足恃
    乎?”對曰:“不足。”“兄賢足恃乎?”曰:“不足。”“弟賢足恃乎
    ?”對曰:“不足。”“臣賢足恃乎?”對曰:“不足。”文侯勃然作色
    而怒曰:“寡人問此五者于子,一一皆以為不足者,何也?”對曰:“父
    賢不過堯,而丹朱放;子賢不過舜,而瞽瞍頑;兄賢不過舜,而象傲;弟
    賢不過周公,而管叔誅;臣賢不過湯武,而桀紂伐。望人者不至,恃人者
    不久。君欲治,從身始,人何可恃乎?”詩曰:“自求伊祜。”
    湯作護。聞其宮聲,使人溫良而寬大;聞其商聲,使人方廉而好義;
    聞其角聲,使人惻隱而愛仁;聞其征聲,使人樂養而好施;聞其羽聲,使
    人恭敬而好禮。詩曰:“湯降不遲,圣敬日躋。”
    孔子曰:“易先同人,后大有,承之以謙,不亦可乎?”故天道虧盈
    而益謙,地道變盈而流謙,鬼神害盈而福謙,人道惡盈而好謙。謙者、抑
    事而損者也,持盈之道,抑而損之,此謙德之于行也,順之者吉,逆之者
    凶。五帝既沒,三王既衰,能行謙德者,其惟周公乎!文王之子,武王之
    弟,成王之叔父,假天子之尊位七年,所執贄而帥見者十人,所還質而友
    見者十三人,窮巷白屋之士所先見者四十九人,時進善者百人,宮朝者千
    人,諫臣五人,輔臣五人,拂臣六人,載干戈以至于封侯,而同姓之士百
    人。孔子曰:“猶以周公為天下賞,則以同族為眾,而异族為寡也。”故
    德行寬容、而守之以恭者榮;土地廣大、而守之以儉者安;位尊祿重、而
    守之以卑者貴;人眾兵強、而守之以畏者胜;聰明睿智、而守之以愚者哲
    ;博聞強記、而守之以淺者不溢。此六者皆謙德也。易曰:“謙、亨,君
    子有終,吉。”能以此終吉者、君子之道也。貴為天子,富有四海,而德
    不謙,以亡其自身者、桀紂是也,而況眾庶乎!夫易有一道焉,大足以治
    天下,中足以安家國,近足以守其身者、其惟謙德乎!詩曰:“湯降不遲
    ,圣敬日躋。”
    昔者、田子方出,見老馬于道,喟然有志焉,以問御者曰:“此何馬
    也?”曰:“故公家畜也,罷而不為用,故出放也。”田子方曰:“少盡
    其力,而老去其身,仁者不為也。”
    束帛而贖之。窮士聞之,知所歸心矣。詩曰:“湯降不遲,圣敬日躋。”
    齊庄公出獵,有螳舉足將摶其輪。問其御曰:“此何虫也?”御曰:
    “此螳也。其為虫、知進而不知退,不量力而輕就敵。”庄公曰:“以為
    人,必為天下勇士矣。”于是回車避之。而勇士歸之。詩曰:“湯降不遲
    。”
    魏文侯問李克曰:“人有惡乎?”李克曰:“有。夫貴者、則賤者惡
    之,富者、則貧者惡之,智者、則愚者惡之。”文侯曰:“善行此三者、
    使人勿惡,亦可乎?”李克曰:“可。臣聞:貴而下賤,則眾弗惡也;富
    能分貧,則窮士弗惡也;智而教愚,則童蒙者弗惡也。”文侯曰:“善哉
    言乎!堯舜其猶病諸!寡人雖不敏,請守斯語矣。”詩曰:“不遑啟處。
    ”
    有鳥于此,架巢于葭葦之顛,天喟然而風,則葭折而巢坏何?其所托
    者弱也。稷蜂不攻,而社鼠不熏,非以稷蜂社鼠之神,其所托者善也。故
    圣人求圣者以輔。夫吞舟之魚大矣,蕩而失水,則為螻蟻所制,失其輔也

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    Anatomie Du Mouvement Poésie

    Aproximadamente 2.232 palavras.

    Copyright (C) 2002 by Huguette Bertrand

    Huguette Bertrand

    ANATOMIE DU MOUVEMENT

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    tous ceux que l'on arrache au doute,
    je les salue, bouches à nouveau ouvertes,
    qui savaient déjà ce que signifie le silence

    Rainer-Maria Rilke

    * * * * * *

    ESQUISSE

    C'est bien avec le poing qu'on récite le jour
    quand les désirs sont à plaindre
    En montant le volume du corps
    les prix grimpent
    et la folie est à son plus bas
    Des formes terroristes devancent la mémoire
    Est-ce bien utile d'inventer de nouveaux visages
    alors que les fenêtres ne sont plus étanches
    Au verso de la brutalité
    il n'y a que de la poussière
    et de l'intimité
    inventée pour l'anatomie branlante
    C'est défoncé et plein d'impasses
    et ça chemine vers l'obsession la nuit

    Les muscles se profilent au tangage des mots
    que la main refuse
    Ces moments de flottement entre les paumes
    soulèvent des enjeux
    que les lèvres ne savent pas dissimuler
    La journée en toute maladresse brûle
    d'une stimulation affectueuse de l'oeil
    dessine des zones de haute précision
    Alerte
    l'heure sonne la stratégie
    quand toutes les paniques ont été regroupées
    La ferveur est inévitable
    La langue et ses maléfices organisent
    des aller-retour d'exil
    et même des rapprochements à ciel ouvert

    La violence se fait discrète
    douce comme un bruissement d'horloge
    et la réponse est là
    rouge
    le soleil se lève encore
    l'oeil cousu à la mémoire
    du voyageur
    qui apprend à mourir
    en cours de route
    digne de la peur
    avant le lait
    après les sueurs
    et sa descente au fond des sens
    comme une digestion
    lorsque la bouche à plein régime s'écrie
    Attendez-moi

    ce grand stress fut oublié
    sur la batture
    quand un bateau lent passa
    aux pieds des enfants
    trop grands
    trop chers
    leurs samedis trop fréquentés
    en attendant le dimanche
    dans la ville
    avec ses secrets qui penchent
    tantôt à droite
    tantôt à gauche
    et le temps qui occupe le temps
    quand on n'y est pas

    à grands coups de flots
    la sève des marées
    embrassa le silence
    de ces hommes impunis
    et leurs femmes ont craché leurs visages
    dans les sables que dévorent
    les vaisseaux endormis

    elles ouvrent au large
    leurs hanches
    où le coulis fécond
    engrosse leurs rêves
    infiniment
    dans le goudron

    devant ce miroir gris
    c'était écrit
    que l'oeil magique
    fixé sur le ventre de l'idolâtre
    labourerait ses nuits
    sans mémoire

    le jour venu
    il n'y aurait plus que des noeuds
    sur les murs
    et une parade de sentiments
    d'origine inconnue
    sur l'indifférence du tapis

    c'était écrit aussi
    que la Marie vengeur
    du haut de son rêve
    briguerait le suffrage théâtral
    et qu'elle contesterait les bonheurs
    qui font mal

    mais ne réveillez plus la femme
    qui n'a pas tort
    de se lever en retard
    surtout quand elle a passé minuit
    sans broncher
    devant une fenêtre historique
    alors que le monde
    sous de lourdes paupières
    défilait sans payer
    devant un vieux fusil

    à l'heure dite
    on éteignit les lumières
    de la rue
    jonchée de foules
    sous le manteau d'un ange gris
    radoteux

    pendant ce temps
    la superfemelle
    qui avalait goulûment son déjeuner
    s'étouffa

    et vous êtes parti
    sans un mot dans les poches
    un vieux bout de papier
    dans vos souliers
    en cas d'urgence

    après avoir grugé les villes
    à petits pas fauves
    vous êtes rentré
    par la porte arrière
    l'âme chiffonnée

    mais le temps n'y était plus
    seul un grincement de coeur
    enfouissait ses vides
    dans les noirs secrets
    d'un réfrigérateur

    voir ce spasme énorme
    au bar des mégots
    et les couples à talons hauts
    une grosse bière passionnée
    dans la foulée de l'oeil
    bue comme un rôle sur mesure

    un spot majuscule et rose
    sillonne la salle
    en quête du lieu précis
    où se déroulera l'éclat des sens

    il pleut à verse sur l'écriture
    effaçant les sexes joyeux
    ces jeux de théâtre
    et le retour

    mais ce n'est l'affaire de personne
    si la terre vieillit
    d'un rêve à la fois
    avec son passé antérieur
    évaché sur l'horizon
    devant les hommes et les femmes
    des morts à plaindre
    d'avoir vécu
    en l'espace d'une poussière
    sans rincer l'histoire
    à l'eau de Javel
    pluvieuse comme un souvenir
    d'écriture

    quand ce blues est incertain
    j'implore les vierges de la modernité
    les icônes de la rue
    les fonctionnaires et les fous
    et je consacre mes jours
    à dormir dans la poubelle du coeur
    à l'envers

    parfois dans la chair
    il y a des coups de semonce
    du nucléaire qui pouffe de rire
    et cette bagatelle qu'on appelle
    tendresse
    extra-légère "king size".

    _______________________

    CYCLES AMOUREUX

    Sous les crocs du soir
    les ventres amoureux
    profanent
    le corps dépecé du silence
    ils palpent l'attente
    jusqu'aux heures affolantes
    du respir

    derrière le tableau
    les battements de la forme
    taire l'inconnu
    cet échappé de la main

    ça meurt toujours
    à l'opposé d'un écho
    quand le coeur s'enfonce dans l'absence
    sous les orages de silences
    et le tue-mouches

    le temps se rupture
    et le corps vole en éclats
    sa respiration sous les arbres
    comme un objet sans repos
    devenu végétal

    assises sur le monde
    les amours lentes
    greffées à nos tempes
    s'éloignent comme des vierges ensemencées
    vers le chaud mélange du ciel
    entre l'extase
    et son reflet

    condamnées
    elles s'offrent jusqu'aux larmes
    des cinémas

    puis vint le délire
    puis la mort
    restituée
    une dernière fois dans l'haleine
    comme un tout rassemblé

    promise au désert
    la vie génitale
    commande des toasts
    et du café
    se noie dans toutes les directions
    en laissant tomber ses fruits

    mais au pied du lit
    il y a des novembres
    abandonnés à la pluie
    l'alchimie d'une chanson
    bleu-or
    et la porte de la mémoire
    toujours fermée
    quand c'est nécessaire

    cet effeuillage discret de l'automne
    s'achèvera
    dès que la paume
    aura tué le frisson
    sur la peau ornementale des filles
    qui grignotent la passion
    dans l'instantané des amants
    soûls
    leurs hanches
    gravées dans le calcaire
    aux mille glissements de coeur
    éclatés dans l'oeuf

    le corps baisé
    en saumure poétique
    se fane vite et ras
    dans le remous des défroques
    et du lancer léger

    sans sourciller
    le midi mange-tout annonce des mots
    des nymphes
    et des moustiques
    pour les cas d'après-midi
    comme si les oreillers étaient en manque
    sur les draps propres
    des amours empesées

    enroulée dans le miel triste
    et la plume d'oie
    la peau chic
    hume les bières d'espèces
    en poursuivant les fossoyeurs
    jusqu'au dix-huitième trou

    ce dernier cratère amoureux
    de la chair embrasse
    à coups d'épée dans la poussière
    le cri neuf
    définitif

    malgré ce discours
    cet espace blanc
    et tout ce remplissage du silence
    qu'on verse sur le père
    la mère les enfants
    il y a mémère dans la dramaturgie
    ordonnée
    multipliée par l'espace-temps

    on la retrouve en double
    en triple
    en quadrimoteur
    sur les ailes du langage
    elle flotte
    sur la masse totale du poème
    étriquée

    devant cette affiche en folie
    il a failli faire noir
    mais de parole en parole
    on s'est trompé de rue
    puis on a marché sur des trous
    mous
    en faisant claquer nos doigts
    dans l'oreille des sourds

    le bec en cul d'poule
    on retourne au salon
    l'instant d'une révolte
    conservée dans la bienséance

    à télé-Douceur
    passe-moi le beurre
    du bonheur des morts apaisés
    et le popcorn

    viens
    on va faire la moue ensemble
    dans un coin d'ombre
    et puis on se promènera
    dans la moiteur des yeux
    sans personne pour nous moucher

    on investira le pont d'argile
    et on tassera nos vieilles peurs
    dans le courant de l'année
    sans interrompre
    les pigeons dans les beaux draps
    de soie
    pour le plaisir des mains
    et le désir encore

    il n'y a rien d'inquiétant
    quand la chambre est assoupie
    et que ses effluves aspergent
    les corps endormis

    le chatoiement de la brise sur la peau
    grise les spasmes
    et la dentelle des rideaux

    comme un vieux fantôme rabougri
    le songe
    songe
    il rafle le sommeil
    et tout recommence

    de mémoire distraite
    on redessine le corps
    qu'on range dans l'armoire
    sous une pile de secrets
    rapiécés
    que le temps renifle
    en l'absence du poids des lettres
    et des mots cachés

    il ne reste plus qu'à disparaître
    dans les noirceurs
    et les idées
    puis à éteindre ce poème
    dans le cendrier

    _______________________

    EFFLEUREMENT

    Affolement à la rencontre de la main
    mémoire à cinq doigts sur la bougeotte du monde
    cette vagabonde empoigne la chair des images
    effleure la voix
    de l'autre

    elle écrit entre les gestes
    jusqu'à la racine des pierres
    pour l'intense de nos sangs froids
    durs

    inclinée devant ce mystère
    la main caresse ouvertement la vie
    d'un élan vertigineux
    transporte le sol

    au fond
    elle a froid
    et ses bidules ne laissent aucune trace
    jusqu'au moment
    où une petite chose tranquille
    revint de vacances
    avec le ciel dans sa valise
    et des gants pour ramasser
    les sortilèges
    répandus dans les nervures de l'automne
    juste avant l'hiver

    au théâtre de l'espèce
    l'obstinée explore les désirs
    jusqu'au ras des brûlures

    ces espaces nus
    abandonnés à l'écriture
    recomposent la préhistoire
    à la recherche du mouvement
    cette force chaude
    d'un sourire inachevé

    pendant ce temps
    baiser à blanc au bord du lit
    au bord de la route
    au bord du bord
    tandis qu'un vieux monde ergote
    à l'angle Gorki et Lafontaine
    le blues loin des oreilles indiscrètes

    emmitouflé dans les mythes artificiels
    l'oeil gitan
    à travers les barbelés
    veille
    au milieu

    reprenons à partir de la blessure
    qu'un matin embué invite
    entre deux draps ivres
    le corps en friche
    embaumé de soleil
    de chocolat fondant
    accompagné de frites-sauce-fromage
    octroyées par le ministère
    de la tourmente fédérative

    forcément
    les roses ont le mal du tendre
    quand le bonbon ne fond pas

    mais tout ceci n'est qu'un oeil
    dans l'oeil de l'autre
    quand parler de l'amour
    et d'une tête croche
    c'est comme frôler un voyage
    lorsque la bouche largue ses amarres
    sur une vieille peau

    en regard de nos mains recueillies
    tous les yeux
    ont suivi
    la silhouette du silence
    vers des ombres à rayures d'enfants sales
    pillés par les jeux des absents
    images brûlées
    devenues pays
    et vastes saisons

    cette vision engendre un printemps féroce
    dans le ventre des coutumes
    ses formes bohémiennes
    promises à la torture
    à travers les lieux tièdes
    de la chair

    il se peut qu'une voix
    à tête chercheuse prononce
    une tonne de briques
    sur les braguettes magiques
    qui en ont assez de languir
    au pied de l'escalier

    tout ça se ramasse à la cuillère
    au cours d'un brunch menstruel
    arôme de noix
    de camomille et de thé glacé
    bouillie avortée dans des assiettes
    plaquées or
    flanquées de fourchettes en plastique

    oedème aux yeux
    qu'allons-nous faire dans ces salles d'eau
    sinon excrémenter des figures de style
    et "sniffer" des bulles
    comme des éponges naissantes

    ce bluff quotidien s'assoupit
    dans le journal intime du matin
    et les nouvelles croupissent
    sous le choc des odeurs événementielles

    alors
    sonne l'heure de la débâcle

    _______________________

    INCIDENCES

    Couchée dans le duvet de l'automne
    je crie en silence
    sous la pluie verte et sourde
    mon corps détrempé ramollit
    et que viennent les mouches
    braconner sur les restes
    de ma folie

    entourez-moi de vos bruits d'ailes
    enterrez-moi comme un hasard
    jusqu'à la prochaine repousse

    dans ce "nowhere" solitaire
    des séances imaginaires
    sous les caresses géniales
    déclenchent
    l'ondulation sauvage
    électrique

    pour l'amour de l'amour
    cette vague s'abandonne
    aux gémissements des sources
    mystère de la pluie
    et des vents millénaires

    enchaîné
    au chant usé
    des cris mâles
    le temps s'agenouille
    criblé de souvenirs
    qu'un printemps fébrile
    étale
    sur les draps livrés au désir

    saisir l'idole au bout de l'onde
    en faire jaillir l'écume
    de mes promenades solitaires
    suppliant la rigidité des rocs
    jusqu'au calme définitif

    je ne crois pas à la fin du monde
    mais je suis polie
    quand vient le temps de crever l'absence
    dans la rondeur du paysage

    sur le coeur sanglé de métal
    et de cuir
    mes mains excessives peignent
    des mémoires
    pour l'émouvance
    fabriquée vraie
    tout près du loin
    territoires exagérés
    lorsque la silhouette se penche
    doucement
    sur l'infime

    en apparat de mots-vampires
    les dieux écoeurés fanatisent l'ardente
    épuisée
    sur les dalles fleuries
    feux et vertiges aux fibres

    le corps errant
    dans les secrets de l'autre nuit
    je m'abîme sous-cutanée
    sous la pulsion d'ancêtres
    symboliques

    une à l'infini
    dans le clapotis des lumières
    la couleur de l'hiver
    expire
    esquisse transparente
    et blessure d'or

    programmés au cul du jour
    les doigts immobiles
    essoufflés

    =====================================

    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    St-Jérôme (Québec) Canada
    Dépôt légal / premier trimestre 1991
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-9802204-O-X
    Tous droits réservés - All rights reserved

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    韓詩外傳, Vol. 5-6 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-5-6/ https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-5-6/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:57 +0000 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-5-6/

    韓詩外傳, Vol. 5-6

    Aproximadamente 2.268 palavras.

    Produced by Nicole Lai

    卷五
    子夏問曰:“關睢何以為國風始也?”孔子曰:“關睢至矣乎!夫關
    睢之人,仰則天,俯則地,幽幽冥冥,德之所藏,紛紛沸沸,道之所行,
    如神龍變化,斐斐文章。大哉!關睢之道也,万物之所系,群生之所懸命
    也,河洛出圖書,麟鳳翔乎郊,不由關睢之道,則關睢之事將奚由至矣哉
    !夫六經之策,皆歸論汲汲,蓋取之乎關睢,關睢之事大矣哉!馮馮翊翊
    ,自東自西,自南自北,無思不服。子其勉強之,思服之,天地之間,生
    民之屬,王道之原,不外此矣。”子夏喟然嘆曰:“大哉!關睢乃天地之
    基也。”詩曰:“鐘鼓樂之。”
    孔子抱圣人之心,彷徨乎道德之城,逍遙乎無形之鄉。倚天理,觀人
    情,明終始,知得失,故興仁義,厭勢利,以持養之。于是周室微,王道
    絕,諸侯力政,強劫弱,眾暴寡,百姓靡安,莫之紀綱,禮儀廢坏,人倫
    不理,于是孔子自東自西,自南自北,匍匐救之。
    王者之政,賢能不待次而舉,不肖不待須臾而廢,元惡不待教而誅,
    中庸不待政而化。分未定也,則有昭穆。雖公卿大夫之子孫也,行絕禮儀
    ,則歸之庶人。遂傾覆之民,牧而試之。雖庶民之子孫也,積學而正身,
    行能禮儀,則歸之士大夫。敬而待之,安則蓄,不安則棄。反側之民,上
    收而事之,官而衣食之,王覆無遺,材行反時者,死之無赦,謂之天誅。
    是王者之政也。詩曰:“人而無儀,不死何為!”
    君者、民之源也,源清則流清,源濁則流濁。故有社稷者、不能愛其
    民,而求民親己愛己,不可得也。民不親不愛,而求為己用,為己死,不
    可得也。民弗為用,弗為死,而求兵之勁,城之固,不可得也。兵不勁,
    城不固,而欲不危削滅亡,不可得也。夫危削滅亡之情,皆積于此,而求
    安樂是聞,不亦難乎!是枉生者也。悲夫!枉生者不待時而滅亡矣。故人
    主欲強固安樂,莫若反己;欲附下一民,則莫若及之政;欲修政美俗,則
    莫若求其人。彼其人者,生今之世,而志乎古之世,以天下之王公莫之好
    也,而是子獨好之;以民莫之為也,而是子獨為之也。抑為之者窮,而是
    子猶為之,而無是須臾怠焉差焉。獨明夫先王所以遇之者,所以失之者,
    知國之安危臧否,若別白黑,則是其人也。人主欲強固安樂,則莫若与其
    人為之,巨用之,則天下為一,諸侯為臣;小用之,則威行鄰國,莫之能
    御。若殷之用伊尹,周之遇太公,可謂巨用之矣;齊之用管仲,楚之用孫
    叔敖,可為小用之矣。巨用之者如彼,小用之者如此也。故曰:“粹而王
    ,駁而霸,無一而亡。”詩曰:“四國無政,不用其良。”不用其良臣而
    不亡者,未之有也。
    造父、天下之善御者矣,無車馬,則無所見其能。羿、天下之善射者
    矣,無弓矢,則無所見其巧。彼大儒者、調一天下者也,無百里之地,則
    無所見其功。夫車固馬選,而不能致千里者、則非造父也。弓調矢直,而
    不能射遠中微,則非羿也。用百里之地,而不能調一天下,制四夷者,則
    非大儒也。彼大儒者、雖隱居窮巷陋室,無置錐之地,而王公不能与爭名
    矣;用百里之地,則千里國不与之爭胜矣;棰笞暴國,一齊天下,莫之能
    傾,是大儒之勛。其言有類,其行有禮,其舉事無悔,其持檢應變曲當,
    與時遷徙,与世偃仰,千舉万變,其道一也,是大儒之稽也。故有俗人者
    、有俗儒者、有雅儒者、有大儒者。耳不聞學,行無正義,迷迷然以富利
    為隆,是俗人也。逢衣博帶,略法先王,而足亂世,術謬學雜,其衣冠言
    行,為已同于世俗,而不知其惡也,言談議說,已無异于老墨,而不知分
    ,是俗儒者也。法先王,一制度,言行有大法,而明不能濟法教之所不及
    、聞見之所未至,知之為知之,不知為不知,內不自誣,外不誣人,以是
    尊賢敬法,而不敢怠傲焉,是雅儒者也。法先王,依禮義,以淺持博,以
    一行万;苟有仁義之類,雖鳥獸若別黑白;奇物變,所未嘗聞見,卒然起
    一方,則舉統類以應之,無所疑;援法而度之,奄然如合符節,是大儒者
    也。故人主用俗人,則万乘之國亡;用俗儒,則萬乘之國存;用雅儒,則
    千里之國安;用大儒,則百里之地久,而三年,天下諸侯為臣;用萬乘之
    國,則舉錯定于一朝之間。詩曰:“周雖舊邦,其命維新。”文王亦可謂
    大儒已矣。
    楚成王讀書于殿上,而倫扁在下,作而問曰:“不審主君所讀何書也
    ?”成王曰:“先圣之書。”倫扁曰:“此真先圣王之糟粕耳!非美者也
    。”成王曰:“子何以言之?”倫扁曰:“以臣輪言之。夫以規為圓,矩
    為方,此其可付乎子孫者也。若夫合三木而為一,應乎心,動乎体,其不
    可得而傳者也。則凡所傳,真糟粕耳。故唐虞之法,可得而考也,其喻人
    心,不可及矣。”詩曰:“上天之載,無聲無臭。”其孰能及之!
    孔子學鼓琴于師襄子而不進。師襄子曰:“夫子可以進矣!”孔子曰
    :“丘已得其曲矣,未得其數也。”有間,曰:“天子可以進矣!”曰:
    “丘已得其數矣,未得其意也。”有間,复曰:“夫子可以進矣!”曰:
    “丘已得其人矣,未得其類也。”有間,曰:“邈然遠望,洋洋乎!翼翼
    乎!必作此樂也,默然思,戚然而悵,以王天下,以朝諸侯者,其惟文王
    乎?”師襄子避席再拜曰:“善!師以為文王之操也。”孔子持文王之聲
    ,知文王之為人。師襄子曰:“敢問何以知其文王之操也?”孔子曰:“
    然。夫仁者好偉,和者好粉,智者好彈,有殷匆庹吆美觥鶚且災拔耐踔床
    僖病!
    傳曰:聞其末而達其本者、圣也。紂之為主,勞民力,冤酷之令加于
    百姓,凄之惡施于大臣,群下不信,百姓疾怨,故天下叛,而愿為文王臣
    ,紂自取之也。夫貴為天子,富有天下,及周師至,而令不行乎左右,悲
    夫!當是之時,索為匹夫,不可得也。詩曰:“天位殷适,使不俠四方。
    ”
    夫五色雖明,有時而渝;丰交之木,有時而落;物有成衰,不得自若
    。故三王之道,周而复始,窮則反本,非務變而已,將以止惡扶微,絀繆
    淪非,調和陰陽,順万物之宜也。詩曰:“勉勉我王,綱紀四方。”
    禮者、則天地之体,因人情而為之節文者也。無禮,何以正身?無師
    、安知禮之是也。禮然而然,是情安于禮也;師云而云,是知若師也。情
    安禮,知若師,則是君子之道。言中倫,行中理,天下順矣。詩曰:“不
    識不知,順帝之則。”
    上不知順孝,則民不知反本。君不知敬長,則民不知貴親。診祭不敬
    ,山川失時,則民無畏矣。不教而誅,則民不識勸也。故君子修身及孝,
    則民不倍矣。敬孝達乎下,則民知慈愛矣。好惡喻乎百姓,則下應其上,
    如影響矣。是則兼制天下,定海內,臣万姓之要法也,明王圣主之所不能
    須臾而舍也。詩曰:“成王之孚,下土之式,永言孝思,孝思惟則。”
    成王之時,有三苗貫桑而生,同為一秀,大機滿車,長几充箱。成王
    問周公曰:“此何物也?”周公曰:“三苗同一秀,意者、天下殆同一也
    。”比几三年,累有越嘗氏重九譯而至,獻白雉于周公:“道路悠遠,山
    川幽深,恐使人之未達也,故重譯而來。”周公曰:“吾何以見賜也?”
    譯曰:“吾受命國之黃發曰:‘久矣!天之不迅風疾雨也,海不波溢也,
    三年于茲矣!意者、中國殆有圣人,盍往朝之!’于是來也。”周公乃敬
    求其所以來。詩曰:“于万斯年,不遐有佐”。
    登高臨深,遠見之樂,台榭不如丘山所見高也;平原廣望,博觀之樂
    ,沼池不如川澤所見博也。勞心苦思,從欲极好,靡財傷情,毀名損壽,
    悲夫傷哉!窮君之反于是道,而愁百姓。詩曰:“上帝板板,下民卒癉。
    ”
    儒者、儒也,儒之為言無也,不易之術也,千舉万變,其道不窮,六
    經是也。若夫君臣之義,父子之親,夫婦之別,朋友之序,此儒者所謹守
    、日切磋而不舍也。雖居窮巷陋室之下,而內不足以充虛,外不足以蓋形
    ,無置錐之地,明察足以持天下,大舉在人上,則王公之材也,小用使在
    位,則社稷之臣也,雖岩居穴處,而王侯不能与爭名,何也?仁義之化存
    爾。如使王者听其言,信其行,則唐虞之法可得而觀,頌聲可得而听。詩
    曰:“先民有言,詢于芻蕘。”取謀之博也。
    傳曰:天子居廣廈之下,帷帳之內,旃茵之上,被 舄,視不出閫,
    莽然而知天下者,以其賢左右也。故獨視不若与眾視之明也,獨听不若与
    眾听之聰也,獨慮不若与眾慮之工也。故明主使賢臣輻湊并進,所以通中
    正而致隱居之士。詩曰:“先民有言,詢于芻蕘。”此之謂也。
    天設其高,而日月成明;地設其厚,而山陵成名;上設其道,而百事
    得序。自周衰坏以來,王道廢而不起,禮義絕而不繼。秦之時,非禮義,
    棄詩書,略古昔,大滅圣道,專為苟妄,以貪利為俗,以較獵為化,而天
    下大亂,于是兵作而火起,暴露居外,而民以侵漁遏奪相攘為服習,离圣
    王光烈之日久遠,未嘗見仁義之道,被禮義之風,是以縹蘩瘢捕嗑益凌遲
    ,以威武相攝,妄為佞人,不避禍患,此其所以難治也。人有六情:目欲
    視好色,耳欲听宮商,鼻欲嗅芬香,口欲嗜甘旨,其身体四肢欲安而不作
    ,衣欲被文繡而輕暖,此六者、民之六情也,失之則亂,從之則穆。故圣
    王之教其民也,必因其情,而節之以禮,必從其欲,而制之以義,義簡而
    備,禮易而法,去情不遠,故民之從命也速。孔子知道之易行,曰:“詩
    云:‘牖民孔易。’非虛辭也。”
    之性為絲,弗得女工燔以沸湯,抽其統理,不成為絲。卵之性為雛,
    不得良雞覆伏孚育,積日累久,則不成為雛。夫人性善,非得明王圣主扶
    攜,內之以道,則不成為君子。詩曰:“天生蒸民,其命匪諶。靡不有初
    ,鮮克有終。”言惟明王圣然后使之然也。
    智如泉源,行可以為表儀者、人師也。智可以砥,行可以為輔弼者、
    人友也。据法守職,而不敢為非者、人吏也。當前決意,一呼再喏者、人
    隸也。故上主以師為佐,中主以友為佐,下主以吏為佐,危亡之主以隸為
    佐。語曰:“淵廣者、其魚大,主明者,其臣慧,相觀而志合,必由其中
    。”故同明相見,同音相聞,同志相從,非賢者莫能用賢。故輔弼左右所
    任使者、有存亡之机,得失之要也,可無慎乎!詩曰:“不明爾德,時無
    背無側;爾德不明,以無陪無卿。”
    昔者,禹以夏王,桀以夏亡;湯以殷王,紂以殷亡。故無常安之國,
    宜治之民,得賢則昌,不肖則亡,自古及今,未有不然者也。夫明鏡者、
    所以照形也;往古者、所以知今也。夫知惡往古之所以危亡,而不襲蹈其
    所以安存者、則無以异乎卻行而求逮于前人。鄙語曰:“不知為吏,視已
    成事。”或曰:“前車覆,后車不誡,是以后車覆也。”故夏之所以亡者
    、而殷為之,殷之所以亡者、而周為之。故殷可以鑒于夏,而周可以鑒于
    殷。詩曰:“殷鑒不遠,在夏后之世。”
    傳曰:驕溢之君寡忠,口惠之人鮮信。故盈把之木無合拱之枝,榮澤
    之水無吞舟之魚,根淺則枝葉短,本絕則枝葉枯。詩曰:“枝葉未有害,
    本實先撥。”禍福自己出也。
    水淵深廣,則龍魚生之;山林茂盛,則禽獸歸之;禮義修明,則君子
    怀之。故禮及身而行修,禮及國而政明。能以禮扶身,則貴名自揚,天下
    順焉,令行禁止,而王者之事畢矣。詩曰:“有覺德行,四國順之。”夫
    此之謂也。
    孔子曰:“夫談說之術:齊庄以立之,端誠以處之,堅強以待之,辟
    稱以喻之,分以明之,歡忻芬芳以送之,寶之珍之,貴之神之,如是、則
    說痤L不行矣,夫是之謂能貴其所貴。若夫無類之說,不形之行,不贊之
    辭,君子慎之。”詩曰:“無易由言,無曰苟矣。”
    夫百姓內不乏食,外不患寒,則可教御以禮義矣。詩曰:“蒸畀祖妣
    ,以洽百禮。”百禮洽則百意逐,百意逐則陰陽調,陰陽調則寒暑均,寒
    暑均則三光清,三光清則風雨時,風雨時則群生宁,如是、則天道得矣。
    是以不出戶而知天下,不窺牖而知天道。詩曰:“惟此圣人,瞻言百里。
    于鑠王師,遵養時晦。”言相養之至于晦也。
    天有四時:春夏秋冬,風雨霜露,無非教也。清明在躬,气志如神,
    嗜欲將至,有開必先。天降時雨,山川出云。詩曰:“崧高維岳,駿极于
    天。維岳降神,生甫及申。維申及甫,維周之翰。四國于蕃,四方于宣。
    ”此文武之德也。三代之王也,必先其令名。詩曰:“明明天子,令聞不
    己。矢其文德,洽此四國。”此大王之德也。
    藍有青,而絲假之,青于藍;地有黃,而絲假之,黃于地。藍青地黃
    ,猶可假也,仁義之事,不可假乎哉!東海之魚,名曰鰈,比目而行,不
    相得,不能達。北方有獸,名曰婁,更食而更視,不相得,不能飽。南方
    有鳥,名曰鶼,比翼而飛,不相得,不能舉。西方有獸,名曰洟,前足鼠
    ,后足兔,得甘草,必銜以遺蛩蛩距虛,其性非能蛩蛩距虛,將為假之故
    也。夫鳥獸魚猶相假,而況万乘之主而獨不知假此天下英雄俊士,与之為
    伍,則豈不病哉!故曰:以明扶明,則升于天;以明扶,則歸其人;兩瞽
    相扶,不傷牆木,不陷井阱,則其幸也。詩曰:“惟彼不順,往以垢。”
    行也。
    福生于無為,而患生于多欲。知足、然后富從之,德宜君人,然后貴
    從之。故貴爵而賤德者,雖為天子,不尊矣;貪物而不知止者,雖有天下
    ,不富矣。夫土地之生不益,山澤之出有盡,怀不富之心,而求不益之物
    ;挾百倍之欲,而求有盡之財,是桀紂所以失其位也。詩曰:“大風有隧
    ,貪人敗類。”
    哀公問于子夏曰:“必學然后可以安國保民乎?”子夏曰:“不學而
    能安國保民者,未之有也。”哀公曰:“然則五帝有師乎?”子夏曰:“
    臣聞黃帝學乎大墳,顓頊學乎祿圖,帝嚳學乎赤松子,堯學乎務成子附,
    舜尹壽,禹學乎西王國,湯學乎貸乎相,文王學乎錫疇子斯,武王學乎太
    公,周公學乎虢叔,仲尼學乎老聃。此十一圣人,未遭此師,則功業不能
    著乎天下,名號不能傳乎后世者也。”詩曰:“不愆不忘,率由舊章。”
    德也者、包天地之大,配日月之明,立乎四時之周,臨乎陰陽之交。
    寒暑不能動也,四時不能化也,a乎太陰而不濕,散乎太陽而不枯。鮮洁
    清明而備,嚴威毅疾而神,至精而妙乎天地之間者、德也,微圣人,其孰
    能與于此矣。詩曰:“德如毛,民鮮克舉之。”
    如歲之旱,草不潰茂,然天勃然興云,沛然下雨,則万物無不興起之
    者。民非無仁義根于心者也,王政怵迫,而不得見,憂郁而不得出。圣王
    在,彼 舄,視不出合,而天下隨,倡而天下和,何如在此,有以應哉!
    詩曰:“如彼歲旱,草不潰茂。”
    “道者,何也?”曰:“君之所道也。”“君者,何也?”曰:“群
    也。為天下万物而除其害者、謂之君。”“王者何也?”曰:“往也。天
    下往之,謂之王。”曰:“善養生者、故人尊之;善辯治人者,故人安之
    ;善顯設人者、故人親之;善粉飾人者、故人樂之。四統者具,天下往之
    ,四統無一,而天下去之,往之謂之王,去之謂之亡,故曰:道存則國存
    ,道亡則國亡。夫省工商,眾農人,謹盜賊,除奸邪,是所以生養之也。
    天子三公,諸侯一相,大夫擅官,士保職,莫不治理,是所以辯治之也。
    決德而定次,量能而授官,賢以為三公,賢以為諸侯,次則為大夫,是所
    以顯設之也。修冠弁衣裳,黼黻文章,柳琢刻鏤,皆有等差,是所以粉飾
    之也。故自天子至于庶人,莫不稱其能,得其意,安樂其事,是所同也。
    若夫重色而成文,累味而備珍,則圣人所以分賢愚,明貴賤。故道得則澤
    流群生,而福歸王公,澤流群生,則下安而和,福歸王公,則上尊而榮,
    百姓皆怀安和之心,而樂戴其上,夫是之謂下治而上通,下治而上通,頌
    聲之所以興也。”詩曰:“降福簡簡,威儀反反。既醉既飽,福祿來反。
    ”
    圣人養一性而御夫气,持一命而節滋味,奄治天下,不遺其小,存其
    精神,以補其中,謂之士。詩曰:“不競不,不剛不柔。”言得中也。朝
    廷之士為祿,故人而不出,山林之士為名,故往而不返。入而亦能出,往
    而亦能返,通移有常,圣也。詩曰:“不競不亢,不剛不柔。”言得中也
    。
    孔子侍坐于季孫。季孫之宰通曰:“君使人假馬,其与之乎?”孔子
    曰:“吾聞君取于臣,謂之取,不曰假。”季孫悟,告宰通曰:“今以往
    ,君有取,謂之取,無曰假。”孔子曰正假馬之言,而君臣之義定矣。論
    語曰:“必也正名乎!”詩曰:“君子無易由言。”

    卷六
    比干諫而死。箕子曰:“知不用而言,愚也,殺身以彰君之惡,不忠
    也。二者不可,然且為之,不祥莫大焉。”遂解發佯狂而去。君子聞之,
    曰:“勞矣!箕子!盡其精神,竭其忠愛,見比干之事,免其身,仁知之
    至。”詩曰:“人亦有言,靡哲不愚。”
    齊桓公見小臣,三往不得見。左右曰:“夫小臣、國之賤臣也,君三
    往而不得見,其可已矣!”桓公曰:“惡!是何言也!吾聞之:布衣之士
    不欲富貴,不輕身于万乘之君;万乘之君不好仁義,不輕身于布衣之士。
    縱夫子不欲富貴,可也,吾不好仁義、不可也。”五往而得見也。天下諸
    侯聞之,謂桓公猶下布衣之士,而況國君乎!于是相率而朝,靡有不至。
    桓公之所以九合諸侯,一匡天下者、此也。詩曰:“有覺德行,四國順之
    。”
    賞勉罰偷,則民不怠;兼听齊明,則天下歸之。然后明其分職,考其
    事業,較其官能,莫不理法,則公道達而私門塞,公義立而私事息。如是
    、則持厚者進,而佞諂者止,貪戾者退,而廉洁者起。周制曰:“先時者
    、死無赦;不及時者、死無赦。”人習事而因,人之事,使如耳目鼻口之
    不可相錯也。故曰:職分而民不慢,次定而序不亂,兼听齊明而百事不留
    。如是、則群下百吏莫不修己然后敢安仕,成能然后敢受職,小人易心,
    百姓易俗,奸宄之屬,莫不反愨,夫是之謂政教之极,則不可加矣。詩曰
    :“吁謨定命,遠猶辰告。敬慎威儀,惟民之則。”
    子路治蒲三年,孔子過之。入境而善之,曰:“由恭敬以信矣。”入
    邑,曰:“善哉!由忠信以寬矣。”至庭,曰:“善哉!由明察以斷矣。
    ”子貢執轡而問曰:“夫子未見由,而三稱善,可得聞乎?”孔子曰:“
    入其境,田疇草萊甚辟,此恭敬以信,故民盡力。入其邑,墉屋甚尊,樹
    木甚茂,此忠信以寬,其民不偷。其庭甚閑,此明察以斷,故民不扰也。
    ”詩曰:“夙興夜寐,洒掃庭內。”
    古者有命:民之有能敬長怜孤、取舍好讓、居事力者、命于其君,然
    后命得乘飾車駢馬,未得命者、不得乘飾車駢馬,皆有罰。故民雖有余財
    侈物,而無禮義功德,則無所用。故皆興仁義而賤財利,賤財利則不爭,
    不爭則強不陵弱,眾不暴寡,是君之所以象典刑而民莫犯法,民莫犯法,
    而亂斯止矣。詩曰:“質爾人民,謹爾侯度,用戒不虞。”
    天下之辯,有三至五胜,而辭置下。辯者、別殊類,使不相害;序异
    端,使不相悖;輸公通意,揚其所謂,使人預知焉,不務相迷也。是以辯
    者不失所守,不胜者得其所求,故辯可觀也。夫繁文以相假,飾辭以相悖
    ,數譬以相移,外人之身,使不得反其意,則論便然后害生也。夫不疏其
    指而弗知,謂之隱;外意外身,謂之諱;几廉倚跌,謂之移;指緣謬辭,
    謂之苟;四者所不為也,故理可同睹也。夫隱諱移苟,爭言競為而后息,
    不能無害其為君子也,故君子不為也。論語曰:“君子于其言,無所苟而
    已矣。”詩曰:“無易由言,無曰苟矣。”
    吾語子:“夫服人之心,高上尊貴,不以驕人;聰明圣知,不以幽人
    ;勇猛強武不以侵人;齊給便捷,不以欺誣人。不能則學,不知則問,雖
    知必讓,然后為知。遇君則修臣下之義,出鄉則修長幼之義,遇長老則修
    弟子之義,遇等夷則修朋友之義,遇少而賤者則修告道寬裕之義。故無不
    愛也,無不敬也,無与人爭也,曠然而天地苞万物也。如是、則老者安之
    ,少者怀之、朋友信之。”詩曰:“惠于朋友,庶民小子。子孫繩繩,万
    民靡不承。”
    仁者必敬其人。敬其人有道,遇賢者則愛親而敬之,遇不肖者則畏疏
    而敬之。其敬一也,其情二也。若夫忠信端愨而不害傷,則無接而不然,
    是仁之質也。仁以為質,義以為理,開口無不可以為人法式者。詩曰:“
    不僭不賊,鮮不為則。”
    子曰:“不學而好思,雖知不廣矣;學而慢其身,雖學不尊矣。不以
    誠立,雖立不久矣;誠未著而好言,雖言不信矣。美材也,而不聞君子之
    道,隱小物以害大物者,災必及身矣。”詩曰:“其何能淑,載胥及溺。
    ”
    民勞思佚,治暴思仁,刑危思安,國亂思天。詩曰:“靡有旅力,以
    念穹蒼。”
    問者曰:“古之謂知道者曰先生,何也?”“猶言先醒也。不聞道術
    之人,則冥于得失,不知亂之所由,庵庵乎其猶醉也。故世主有先生者,
    有后生者、有不生者。昔者、楚庄王謀事而居有憂色。申公巫臣問曰:‘
    王何為有憂也?’庄王曰:‘吾聞諸侯之德,能自取師者王,能自取友者
    霸,而与居不若其身者亡。以寡人之不肖也,諸大夫之論,莫有及于寡人
    ,是以憂也。’庄王之德宜君人,威服諸侯,日猶恐懼,思索賢佐。此其
    先生者也。昔者、宋昭公出亡,謂其御曰:‘吾知其所以亡矣。’御者曰
    :‘何哉?’昭公曰:‘吾被服而立,侍御者數十人,無不曰:吾君、麗
    者也。吾發言動事,朝臣數百人,無不曰:吾君、圣者也。吾外內不見吾
    過失,是以亡也。’于是改操易行,安義行道,不出二年,而美聞于宋,
    宋人迎而复之,謚為昭。此其后生者也。昔郭君出郭,謂其御者曰:‘吾
    渴,欲飲。’御者進清酒。曰:‘吾飢,欲食。’御者進干脯梁糗。曰:
    ‘何備也!’御者曰:‘臣儲之。’曰:‘奚儲之?’御者曰:‘為君之
    出亡,而道飢渴也。’曰:‘子知吾且亡乎?’御者曰:‘然。’曰:‘
    何不以諫也?’御者曰:‘君喜道諛,而惡至言。臣欲進諫,恐先郭亡,
    是以不諫也。’郭君作色而怒曰:‘吾所以亡者、誠何哉?’御轉其辭曰
    :‘君之所以亡者、太賢。’曰:‘夫賢者所以不為存而亡者、何也?’
    御曰:‘天下無賢而獨賢,是以亡也。’伏軾而嘆曰:‘嗟乎!失賢人者
    如此乎?’于是身倦力解,枕御膝而臥,御自易以備,疏行而去。身死中
    野,為虎狼所食。此其不生者也。故先生者、當年霸,楚庄王是也。后生
    者、三年而复,宋昭公是也。不生者、死中野,為虎狼所食,郭君是也。
    有先生者、有后生者、有不生者。”詩曰:“听言則對,誦言如醉。”
    田常s簡公,乃盟于國人,曰:“不盟者、死及家。”石他曰:“古
    之事君者、死其君之事。舍君以全親,非忠也;舍親以死君之事,非孝也
    ;他則不能。然不盟,是殺吾親也,從人而盟,是背吾君也。嗚呼!生亂
    世,不得正行;劫乎暴人,不得全義,悲夫!”乃進盟,以免父母;退伏
    劍,以死其君。聞之者曰:“君子哉!安之命矣!”詩曰:“人亦有言;
    進退維谷。”石先生之謂也。
    易曰:“困于石,据于蒺藜,入于其宮,不見其妻,凶。”此言困而
    不見据賢人者也。昔者、秦繆公困于ィ布簿菸﹞j夫、蹇叔、公孫友而是
    小霸。晉文困于驪氏,疾据咎犯、趙衰、介子推而遂為君。越王勾踐困于
    會稽,疾据范蠡、大夫种、而霸南國。齊桓公困于長勺,疾据管仲、宁戚
    、隰朋,而匡天下。此皆困而知疾据賢人者也。夫困而不知疾据賢人,而
    不亡者、未嘗有之也。詩曰:“人之云亡,邦國殄瘁。”無善人之謂也。
    孟子說齊宣王而不說。淳于髡侍,孟子曰:“今日說公之君,公之君
    不說,意者、其未知善之為善乎?”淳于髡曰:“夫子亦誠無善耳。昔者
    瓠巴鼓瑟,而潛魚出听;伯牙鼓琴,而六馬仰秣;魚馬猶知善之為善,而
    況君人者也。”孟子曰:“夫雷電之起也,破竹折木,震惊天下,而不能
    使聾者卒有聞;日月之明,遍照天下,而不能使盲者卒有見。今公之君若
    此也。”淳于髡曰:“不然。昔者、揖封生高商,齊人好歌;杞梁之妻悲
    哭,而人稱詠。夫聲無細而不聞,行無隱而不形。夫子苟賢,居魯而魯國
    之削,何也?”孟子曰:“不用賢,削何有也!吞舟之魚不居潛澤,度量
    之士不居污世。夫、冬至必雕,吾亦時矣。”詩曰:“不自我先,不自我
    后。”非遭雕世者歟!
    孔子曰:“可与言終日而不倦者、其惟學乎!其身体不足觀也,勇力
    不足憚也,族姓不足稱也,宗祖不足道也;而可以聞于四方,而昭于諸侯
    者、其惟學乎!”詩曰:“不愆不忘,率由舊章。”夫學之謂也。
    子曰:“不知命,無以為君子。”言天之所生,皆有仁義禮智順善之
    心,不知天之所以命生,則無仁義禮智順善之心,無仁義禮智順善之心,
    謂之小人。故曰:“不知命,無以為君子。”小雅曰:“天保定爾,亦孔
    之固。”言天之所以仁義禮智保定人之甚固也。大雅曰:“天生蒸民,有
    物有則。民之秉彝,好是懿德。”言民之秉德以則天也。不知所以則天,
    又焉得為君子乎!
    王者必立牧,方二人,使窺遠牧眾也。遠方之民有飢寒而不得衣食、
    有獄訟而不平其冤,失賢而不舉者、入告乎天子,天子于其君之朝也,揖
    而進之,曰:“噫!朕之政教有不得爾者邪?何如乃有飢寒而不得衣食,
    有獄訟而不平其冤、失賢而不舉。”然后其君退,而与其卿大夫謀之。遠
    方之民聞之,皆曰:“誠天子也!夫我居之僻,見我之近也;我居之幽,
    見我之明也。可欺乎哉!”故牧者所以開四目、通四聰也。詩曰:“邦國
    若否,仲山甫明之。”此之謂也。
    楚庄王伐鄭,鄭伯肉袒,左把茅旌,右執鸞刀以進,言于庄王曰:“
    寡人無良邊陲之臣,以干大褐,使大國之君沛焉,遠辱至此。”庄王曰:
    “君子不令臣交易為言,是以使寡人得見君之玉面也,而微至乎此。”庄
    王受節,左右麾楚軍,退舍七里。將軍子重進諫曰:“夫南郢之与鄭,相
    去數千里,大夫死者數人, 役者數百人,今克而弗有,無乃失民臣之力
    乎!”庄王曰:“吾聞:古者f不穿,皮不蠹,不出于四方,以是君子之
    重禮而賤財也,要其人,不要其土,人告以從而不舍,不祥也。吾以不祥
    立于天下,災及吾身,何取之有?”既、晉之救鄭者至,曰:“請戰。”
    庄王許之。將軍子重進諫曰:“晉、強國也,道近兵銳,楚師奄罷,君其
    勿許。”庄王曰:“不可。強者、我避之,弱者、我威之,是寡人無以立
    乎天下也。”乃遂還師,以逆晉寇。庄王援桴而鼓之,晉師大敗,士卒奔
    者爭舟,而指可掬也。庄王曰:“噫!吾兩君不相好,百姓何罪?”乃退
    楚師,以佚晉寇。詩曰:“柔亦不茹,剛亦不吐。”
    君子崇人之德,揚人之美,非道諛也;正言直行,指人之過,非毀疵
    也; 柔順從,剛強猛毅,与物周流,道德不外。詩曰:“柔亦不茹,剛
    亦不吐;不侮矜寡,不畏強御。”
    衛靈公晝寢而起,志气益衰,使人馳召勇士公孫,道遭行人卜商,卜
    商曰:“何驅之疾也?”對曰:“公晝寢而起,使我召勇士公孫。”子夏
    曰:“微?而勇若?者、可乎?”御者曰:“可。”子夏曰:“載我而反。
    ”至,君曰:“使子召勇士,何為召儒?”使者曰:“行人曰:‘微而勇
    若者、可乎?’臣曰:‘可。’即載与來。”君曰:“諾。延先生上,趣
    召公孫。”至,入門杖劍疾呼曰:“商下,我存若頭。”子夏顧咄之,曰
    :“咄!內劍,吾將与若言勇。”于是、君令內劍而上。子夏曰:“來、
    吾嘗与子從君而西,見趙簡子,簡子披發杖矛而見我君,我從十三行之后
    ,趨而進曰:‘諸侯相見,不宜不朝服,不朝服,行人卜商將以頸血濺君
    之服矣。’使反朝服,而見吾君,子耶?我耶?”曰:“子也。”子夏曰
    :“子之勇不若我一矣。又与子從君而東至阿,遭齊君重而坐,吾君單而
    坐,我從十三行之后,趨而進曰:‘禮、諸侯相見,不宜相臨。’以庶揄
    其一而去之者、子耶?我耶?”曰:“子也。”子夏曰:“子之勇不若我
    二矣。又与子從君于囿中,于是兩寇肩逐我君,拔矛下格而還。子耶?我
    耶?”曰:“子也。”子夏曰:“子之勇不若我三矣。所貴為士者、上攝
    万乘,下不敢敖乎匹夫;外立節矜,而敵不侵扰;內禁殘害,而君不危殆
    ;是士之所長,君子之所致貴也。若夫以長掩短,以眾暴寡,凌轢無罪之
    民,而成威于閭巷之間者、是士之甚毒,而君子之所致惡也,眾之所誅鋤
    也。詩曰:‘人而無儀,不死何為。’夫何以論勇于人主之前哉!”于是
    靈公避席抑手曰:“寡人雖不敏,請從先生之勇。”詩曰:“不侮矜寡,
    不畏強御。”卜先生也。
    孔子行,簡子將殺陽虎,孔子似之,帶甲以圍孔子舍,子路慍怒,奮
    戟將下,孔子止之,曰:“由。何仁義之寡裕也!夫詩書之不習,禮樂之
    不講,是丘之罪也。若吾非陽虎,而以我為陽虎,則非丘之罪也,命也!
    我歌,子和若。”子路歌,孔子和之,三終而圍罷。詩曰:“來游來歌。
    ”以陳盛德之和而無為也。
    詩曰:“愷悌君子,民之父母。”君子為民父母何如?曰:“君子者
    、貌恭而行肆,身儉而施博,故不肖者不能逮也。殖盡于己,而區略于人
    ,故可盡身而事也。篤愛而不奪,厚施而不伐;見人有善,欣然樂之;見
    人不善,惕然掩之;有其過而兼包之;授衣以最,授食以多;法下易由,
    事寡易為;是以中立而為人父母也。筑城而居之,別田而養之,立學以教
    之,使人知親尊,親尊故為父服斬三年,為君亦服斬三年,為民父母之謂
    也。”
    事強暴之國難,使強暴之國事我易。事之以貨寶,則貨單而交不結;
    約契盟誓,則約定而反無日;割國之強乘以賂之,則割定而欲無厭。事之
    彌順,其侵之愈甚,必致寶單國舉而后已,雖左堯右舜,未有能以此道免
    者也。故非有圣人之道,持以巧敏拜請畏事之,則不足以持國安身矣,故
    明君不道也。必修禮以齊朝,正法以齊官,平政以齊下,然后禮義節奏齊
    乎朝,法則度量正乎官,忠信愛利平乎下。行一不義,殺一無罪,而得天
    下,不為也。故近者競親,而遠者愿至,上下一心,三軍同力;名聲足以
    熏炙之,威強足以一齊之,則拱揖指麾,而強暴之國莫不趨使,如赤子歸
    慈母者、何也?仁形義立,教誠愛深故。詩曰:“王猷允塞,徐方既來。
    ”
    勇士一呼,三軍皆避,士之誠也。昔者、楚熊渠子夜行,寢石以為伏
    虎,彎弓而射之,沒金飲羽,下視,知其為石,石為之開,而況人乎!夫
    倡而不和,動而不僨,中心有不全者矣。夫不降席而匡天下者、求之己也
    。孔子曰:“其身正,不令而行;其身不正,雖令不從。”先王之所以拱
    揖指麾,而四海來賓者、誠德之至也,色以形于外也。詩曰:“王猷允塞
    ,徐方既來。”
    昔者、趙簡子薨而未葬,中牟畔之,葬五日,襄子興師而次之,圍未
    匝,而城自坏者十丈,襄子擊金而退之。軍吏諫曰:“君誅中牟之罪,而
    城自坏者、是天助之也,君曷為而退之?”襄子曰:“吾聞之于叔向曰:
    ‘君子不乘人于利,不厄人于險。’使其城,然后攻之。”中牟聞其義而
    請降。曰:“善哉!襄子之謂也。詩曰:‘王猷允塞,徐方既來。’”
    威有三術:有道德之威者、有暴察之威者,有狂妄之威者,此三威不
    可不審察也。何謂道德之威?曰:“禮樂則修,分義則明;舉措則時,愛
    利則刑;如是、則百姓貴之如帝王,親之如父母,畏之如神明;故賞不用
    而民勸,罰不加而威行,是道德之威也。”何謂暴察之威?曰:“禮樂則
    不修,分義則不明,舉措則不時,愛利則不刑,然而其禁非也暴,其誅不
    服也繁審,其刑罰而信,其誅殺猛而必,如雷擊之,如牆壓之;百姓劫則
    致畏,怠則傲上,執拘則聚,遠聞則散,非劫之以刑勢,振之以誅殺,則
    無以有其下,是暴察之威也。”何謂狂妄之威?曰:“無愛人之心,無利
    人之事,而日為亂人之道,百姓嘩,則從而放執于刑灼;不和人心,悖逆
    天理;是以水旱為之不時,年谷以之不升;百姓上困于暴亂之患,而下窮
    衣食之用,愁哀而無所告訴,比周憤潰以离上,傾覆滅亡可立而待,是狂
    妄之威也。夫道德之威成乎眾強,暴察之威成乎危弱,狂妄之威成乎滅亡
    。故威名同而吉凶之效遠矣,故不可不審察也。”詩曰:“昊天疾威,天
    篤降喪,我飢饉,民卒流亡。”
    晉平公游于河而樂,曰:“安得賢士,与之樂此也!”船人盍胥跪而
    對曰:“主君亦不好士耳!夫珠出于江海,玉出于昆山,無足而至者,猶
    主君之好也。士有足而不至者,蓋主君無好士之意耳,無患乎無士也。”
    平公曰:“吾食客門左千人,門右千人;朝食不足,夕收市賦;暮食不足
    ,朝收市賦。吾可謂不好士乎?”盍胥對曰:“夫鴻鵠一舉千里,所恃者
    、六翮爾;背上之毛,腹下之毳,益一把,飛不為加高,損一把,飛不為
    加下。今君之食客,門左門右各千人,亦有六翮其中矣,將皆背上之毛,

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    A l’ombre des jeunes filles en fleurs — Troisième partie

    Aproximadamente 78.934 palavras.

    Produced by Sue Asscher, Walter Debeuf, Patrick Narzul, and Marie Lebert

    MARCEL PROUST

    A L'OMBRE DES JEUNES FILLES EN FLEURS

    TROISIÈME PARTIE

    Une fois M. de Charlus parti, nous pûmes enfin, Robert et moi, aller
    dîner chez Bloch. Or je compris pendant cette petite fête que les
    histoires trop facilement trouvées drôles par notre camarade étaient
    des histoires de M. Bloch, père, et que l'homme «tout à fait curieux»
    était toujours un de ses amis qu'il jugeait de cette façon. Il y a un
    certain nombre de gens qu'on admire dans son enfance, un père plus
    spirituel que le reste de la famille, un professeur qui bénéficie à
    nos yeux de la métaphysique qu'il nous révèle, un camarade plus avancé
    que nous (ce que Bloch avait été pour moi) qui méprise le Musset de
    l'Espoir en Dieu quand nous l'aimons encore, et quand nous en serons
    venus au père Leconte ou à Claudel ne s'extasiera plus que sur:

    «A Saint-Blaise, à la Zuecca

    Vous étiez, vous étiez bien aise».

    en y ajoutant:

    «Padoue est un fort bel endroit

    Ou de très grands docteurs en droit

    ...Mais j'aime mieux la polenta

    ...Passe dans son domino noir

    La Toppatelle.»

    et de toutes les «Nuits» ne retient que:

    «Au Havre, devant l'Atlantique,

    A Venise, à l'affreux Lido,

    Où vient sur l'herbe d'un tombeau

    Mourir la pâle Adriatique.»

    Or, de quelqu'un qu'on admire de confiance, on recueille, on cite avec
    admiration, des choses très inférieures à celles que livré à son
    propre génie on refuserait avec sévérité, de même qu'un écrivain
    utilise dans un roman, sous prétexte qu'ils sont vrais, des «mots», des
    personnages, qui dans l'ensemble vivant font au contraire poids mort,
    partie médiocre. Les portraits de Saint Simon écrits par lui sans
    qu'il s'admire sans doute, sont admirables, les traits qu'il cite
    comme charmants de gens d'esprit qu'il a connus, sont restés médiocres
    ou devenus incompréhensibles. Il eût dédaigné d'inventer ce qu'il
    rapporte comme si fin ou si coloré de Mme Cornuel ou de Louis XIV,
    fait qui du reste est à noter chez bien d'autres et comporte diverses
    interprétations dont il suffit en ce moment de retenir celle-ci: c'est
    que dans l'état d'esprit où l'on «observe», on est très au-dessous du
    niveau où l'on se trouve quand on crée.

    Il y avait donc, enclavé en mon camarade Bloch, un père Bloch, qui
    retardait de quarante ans sur son fils, débitait des anecdotes
    saugrenues, et en riait autant au fond de mon ami que ne faisait le
    père Bloch extérieur et véritable, puisque au rire que ce dernier
    lâchait non sans répéter deux ou trois fois le dernier mot, pour que
    son public goûtât bien l'histoire, s'ajoutait le rire bruyant par
    lequel le fils ne manquait pas à table de saluer les histoires de son
    père. C'est ainsi qu'après avoir dit les choses les plus
    intelligentes, Bloch jeune, manifestant l'apport qu'il avait reçu de
    sa famille, nous racontait pour la trentième fois quelques-uns des
    mots que le père Bloch sortait seulement (en même temps que sa
    redingote) les jours solennels où Bloch jeune amenait quelqu'un qu'il
    valait la peine d'éblouir: un de ses professeurs, un «copain» qui
    avait tous les prix, ou, ce soir-là, Saint-Loup et moi. Par exemple:
    «Un critique militaire très fort, qui avait savamment déduit avec
    preuves à l'appui pour quelles raisons infaillibles dans la guerre
    russo-japonaise, les Japonais seraient battus et les Russes
    vainqueurs», ou bien: «C'est un homme éminent qui passe pour un grand
    financier dans les milieux politiques et pour un grand politique dans
    les milieux financiers.» Ces histoires étaient interchangeables avec
    une du baron de Rothschild et une de sir Rufus Israël, personnages mis
    en scène d'une manière équivoque qui pouvait donner à entendre que M.
    Bloch les avait personnellement connus.

    J'y fus moi-même pris et à la manière dont M. Bloch père parla de
    Bergotte, je crus aussi que c'était un de ses vieux amis. Or, tous les
    gens célèbres, M. Bloch ne les connaissait que «sans les connaître»,
    pour les avoir vus de loin au théâtre, sur les boulevards. Il
    s'imaginait du reste que sa propre figure, son nom, sa personnalité ne
    leur étaient pas inconnus et qu'en l'apercevant, ils étaient souvent
    obligés de retenir une furtive envie de le saluer. Les gens du monde,
    parce qu'ils connaissent les gens de talent original, qu'ils les
    reçoivent à dîner, ne les comprennent pas mieux pour cela. Mais quand
    on a un peu vécu dans le monde, la sottise de ses habitants vous fait
    trop souhaiter de vivre, trop supposer d'intelligence, dans les
    milieux obscurs où l'on ne connaît que «sans connaître». J'allais m'en
    rendre compte en parlant de Bergotte. M. Bloch n'était pas le seul qui
    eût des succès chez lui. Mon camarade en avait davantage encore auprès
    de ses sœurs qu'il ne cessait d'interpeller sur un ton bougon, en
    enfonçant sa tête dans son assiette; il les faisait ainsi rire aux
    larmes. Elles avaient d'ailleurs adopté la langue de leur frère
    qu'elles parlaient couramment, comme si elle eût été obligatoire et la
    seule dont pussent user des personnes intelligentes. Quand nous
    arrivâmes, l'aînée dit à une de ses cadettes: «Va prévenir notre père
    prudent et notre mère vénérable.--Chiennes, leur dit Bloch, je vous
    présente le cavalier Saint-Loup, aux javelots rapides qui est venu
    pour quelques jours de Doncières aux demeures de pierre polie, féconde
    en chevaux.» Comme il était aussi vulgaire que lettré, le discours se
    terminait d'habitude par quelque plaisanterie moins homérique:
    «Voyons, fermez un peu vos peplos aux belles agrafes, qu'est-ce que
    c'est que ce chichi-là? Après tout c'est pas mon père!» Et les
    demoiselles Bloch s'écroulaient dans une tempête de rires. Je dis à
    leur frère combien de joies il m'avait données en me recommandant la
    lecture de Bergotte dont j'avais adoré les livres.

    M. Bloch père qui ne connaissait Bergotte que de loin, et la vie de
    Bergotte que par les racontars du parterre, avait une manière tout
    aussi indirecte de prendre connaissance de ses œuvres, à l'aide de
    jugements d'apparence littéraire. Il vivait dans le monde des à peu
    près, où l'on salue dans le vide, où l'on juge dans le faux.
    L'inexactitude, l'incompétence, n'y diminuent pas l'assurance, au
    contraire. C'est le miracle bienfaisant de l'amour-propre que peu de
    gens pouvant avoir les relations brillantes et les connaissances
    profondes, ceux auxquels elles font défaut se croient encore les mieux
    partagés parce que l'optique des gradins sociaux fait que tout rang
    semble le meilleur à celui qui l'occupe et qui voit moins favorisés
    que lui, mal lotis, à plaindre, les plus grands qu'il nomme et
    calomnie sans les connaître, juge et dédaigne sans les comprendre.
    Même dans les cas où la multiplication des faibles avantages
    personnels par l'amour-propre ne suffirait pas à assurer à chacun la
    dose de bonheur, supérieure à celle accordée aux autres, qui lui est
    nécessaire, l'envie est là pour combler la différence. Il est vrai que
    si l'envie s'exprime en phrases dédaigneuses, il faut traduire: «Je ne
    veux pas le connaître» par «je ne peux pas le connaître». C'est le
    sens intellectuel. Mais le sens passionné est bien: «je ne veux pas le
    connaître.» On sait que cela n'est pas vrai mais on ne le dit pas
    cependant par simple artifice, on le dit parce qu'on éprouve ainsi, et
    cela suffit pour supprimer la distance, c'est-à-dire pour le bonheur.

    L'égocentrisme permettant de la sorte à chaque humain de voir
    l'univers étagé au-dessous de lui qui est roi, M. Bloch se donnait le
    luxe d'en être un impitoyable quand le matin en prenant son chocolat,
    voyant la signature de Bergotte au bas d'un article dans le journal à
    peine entr'ouvert, il lui accordait dédaigneusement une audience
    écourtée, prononçait sa sentence, et s'octroyait le confortable
    plaisir de répéter entre chaque gorgée du breuvage bouillant: «Ce
    Bergotte est devenu illisible. Ce que cet animal-là peut être
    embêtant. C'est à se désabonner. Comme c'est emberlificoté, quelle
    tartine!» Et il reprenait une beurrée.

    Cette importance illusoire de M. Bloch père était d'ailleurs étendue
    un peu au delà du cercle de sa propre perception. D'abord ses enfants
    le considéraient comme un homme supérieur. Les enfants ont toujours
    une tendance soit à déprécier, soit à exalter leurs parents, et pour
    un bon fils, son père est toujours le meilleur des pères, en dehors
    même de toutes raisons objectives de l'admirer. Or celles-ci ne
    manquaient pas absolument pour M. Bloch, lequel était instruit, fin,
    affectueux pour les siens. Dans la famille la plus proche, on se
    plaisait d'autant plus avec lui que si dans la «société», on juge les
    gens d'après un étalon, d'ailleurs absurde, et selon des règles
    fausses mais fixes, par comparaison avec la totalité des autres gens
    élégants, en revanche dans le morcellement de la vie bourgeoise, les
    dîners, les soirées de famille tournent autour de personnes qu'on
    déclare agréables, amusantes, et qui dans le monde ne tiendraient pas
    l'affiche deux soirs. Enfin, dans ce milieu où les grandeurs factices
    de l'aristocratie n'existent pas, on les remplace par des distinctions
    plus folles encore. C'est ainsi que pour sa famille et jusqu'à un
    degré de parenté fort éloigné, une prétendue ressemblance dans la
    façon de porter la moustache et dans le haut du nez faisait qu'on
    appelait M. Bloch un «faux duc d'Aumale». (Dans le monde des
    «chasseurs» de cercle, l'un qui porte sa casquette de travers et sa
    vareuse très serrée de manière à se donner l'air, croit-il, d'un
    officier étranger, n'est-il pas une manière de personnage pour ses
    camarades?)

    La ressemblance était des plus vagues, mais on eût dit que ce fût un
    titre. On répétait: «Bloch? lequel? le duc d'Aumale?» Comme on dit:
    «La princesse Murat? laquelle? la Reine (de Naples)?» Un certain
    nombre d'autres infimes indices achevaient de lui donner aux yeux du
    cousinage une prétendue distinction. N'allant pas jusqu'à avoir une
    voiture, M. Bloch louait à certains jours une victoria découverte à
    deux chevaux de la Compagnie et traversait le Bois de Boulogne,
    mollement étendu de travers, deux doigts sur la tempe, deux autres
    sous le menton et si les gens qui ne le connaissaient pas le
    trouvaient à cause de cela «faiseur d'embarras», on était persuadé
    dans la famille que pour le chic, l'oncle Salomon aurait pu en
    remontrer à Gramont-Caderousse. Il était de ces personnes qui quand
    elles meurent et à cause d'une table commune avec le rédacteur en chef
    de cette feuille, dans un restaurant des boulevards, sont qualifiés de
    physionomie bien connue des Parisiens, par la Chronique mondaine du
    _Radical_. M. Bloch nous dit à Saint-Loup et à moi que Bergotte savait
    si bien pourquoi lui M. Bloch ne le saluait pas que dès qu'il
    l'apercevait au théâtre ou au cercle, il fuyait son regard. Saint-Loup
    rougit, car il réfléchit que ce cercle ne pouvait pas être le Jockey
    dont son père avait été président. D'autre part ce devait être un
    cercle relativement fermé, car M. Bloch avait dit que Bergotte n'y
    serait plus reçu aujourd'hui. Aussi est-ce en tremblant de
    «sous-estimer l'adversaire» que Saint-Loup demanda si ce cercle était
    le cercle de la rue Royale, lequel était jugé «déclassant» par la
    famille de Saint-Loup et où il savait qu'étaient reçus certains
    israélites. «Non, répondit M. Bloch d'un air négligent, fier et
    honteux, c'est un petit cercle, mais beaucoup plus agréable, le cercle
    des Ganaches. On y juge sévèrement la galerie.--Est-ce que sir Rufus
    Israël n'en est pas président», demanda Bloch fils à son père, pour
    lui fournir l'occasion d'un mensonge honorable et sans se douter que
    ce financier n'avait pas le même prestige aux yeux de Saint-Loup
    qu'aux siens. En réalité, il y avait au Cercle des Ganaches non point
    sir Rufus Israël, mais un de ses employés. Mais comme il était fort
    bien avec son patron, il avait à sa disposition des cartes du grand
    financier, et en donnait une à M. Bloch, quand celui-ci partait en
    voyage sur une ligne dont sir Rufus était administrateur, ce qui
    faisait dire au père Bloch: «Je vais passer au cercle demander une
    recommandation de sir Rufus.» Et la carte lui permettait d'éblouir les
    chefs de train. Les demoiselles Bloch furent plus intéressées par
    Bergotte et revenant à lui au lieu de poursuivre sur les «Ganaches»,
    la cadette demanda à son frère du ton le plus sérieux du monde car
    elle croyait qu'il n'existait pas au monde pour désigner les gens de
    talent d'autres expressions que celles qu'il employait: «Est-ce un
    coco vraiment étonnant, ce Bergotte? Est-il de la catégorie des grands
    bonshommes, des cocos comme Villiers ou Catulle?--Je l'ai rencontré à
    plusieurs générales, dit M. Nissim Bernard. Il est gauche, c'est une
    espèce de Schlemihl.» Cette allusion au conte de Chamisso n'avait rien
    de bien grave, mais l'épithète de Schlemihl faisait partie de ce
    dialecte mi-allemand, mi-juif, dont l'emploi ravissait M. Bloch dans
    l'intimité, mais qu'il trouvait vulgaire et déplacé devant des
    étrangers. Aussi jeta-t-il un regard sévère sur son oncle. «Il a du
    talent, dit Bloch.--Ah! fit gravement sa sœur comme pour dire que
    dans ces conditions j'étais excusable.--Tous les écrivains ont du
    talent, dit avec mépris M. Bloch père.--Il paraît même, dit son fils
    en levant sa fourchette et en plissant ses yeux d'un air
    diaboliquement ironique qu'il va se présenter à l'Académie.--Allons
    donc! il n'a pas un bagage suffisant, répondit M. Bloch le père qui ne
    semblait pas avoir pour l'Académie le mépris de son fils et de ses
    filles. Il n'a pas le calibre nécessaire.--D'ailleurs l'Académie est
    un salon et Bergotte ne jouit d'aucune surface», déclara l'oncle à
    héritage de Mme Bloch, personnage inoffensif et doux dont le nom de
    Bernard eût peut-être à lui seul éveillé les dons de diagnostic de mon
    grand'père, mais eût paru insuffisamment en harmonie avec un visage
    qui semblait rapporté du palais de Darius et reconstitué par Mme
    Dieulafoy, si, choisi par quelque amateur désireux de donner un
    couronnement oriental à cette figure de Suse, ce prénom de Nissim
    n'avait fait planer au-dessus d'elle les ailes de quelque taureau
    androcéphale de Khorsabad. Mais M. Bloch ne cessait d'insulter son
    oncle, soit qu'il fût excité par la bonhomie sans défense de son
    souffre-douleur, soit que, la villa étant payée par M. Nissim Bernard,
    le bénéficiaire voulût montrer qu'il gardait son indépendance et
    surtout qu'il ne cherchait pas par des cajoleries à s'assurer
    l'héritage à venir du richard. Celui-ci était surtout froissé qu'on le
    traitât si grossièrement devant le maître d'hôtel. Il murmura une
    phrase inintelligible où on distinguait seulement: «Quand les
    Meschorès sont là.» Meschorès désigne dans la Bible le serviteur de
    Dieu. Entre eux les Bloch s'en servaient pour désigner les domestiques
    et en étaient toujours égayés parce que leur certitude de n'être pas
    compris ni des chrétiens ni des domestiques eux-mêmes exaltait chez
    M. Nissim Bernard et M. Bloch leur double particularisme de «maîtres»
    et de «juifs». Mais cette dernière cause de satisfaction en devenait
    une de mécontentement quand il y avait du monde. Alors M. Bloch
    entendant son oncle dire «Meschorès» trouvait qu'il laissait trop
    paraître son côté oriental, de même qu'une cocotte qui invite ses
    amies avec des gens comme il faut, est irritée si elles font allusion
    à leur métier de cocotte, ou emploient des mots malsonnants. Aussi,
    bien loin que la prière de son oncle produisît quelque effet sur M.
    Bloch, celui-ci, hors de lui, ne put plus se contenir. Il ne perdit
    plus une occasion d'invectiver le malheureux oncle. «Naturellement,
    quand il y a quelque bêtise prudhommesque à dire, on peut être sûr que
    vous ne la ratez pas. Vous seriez le premier à lui lécher les pieds
    s'il était là», cria M. Bloch tandis que M. Nissim Bernard attristé
    inclinait vers son assiette la barbe annelée du roi Sargon. Mon
    camarade depuis qu'il portait la sienne qu'il avait aussi crépue et
    bleutée ressemblait beaucoup à son grand-oncle.

    --Comment, vous êtes le fils du marquis de Marsantes? mais je l'ai
    très bien connu, dit à Saint-Loup M. Nissim Bernard. Je crus qu'il
    voulait dire «connu» au sens où le père de Bloch disait qu'il
    connaissait Bergotte, c'est-à-dire de vue. Mais il ajouta: «Votre père
    était un de mes bons amis.» Cependant Bloch était devenu excessivement
    rouge, son père avait l'air profondément contrarié, les demoiselles
    Bloch riaient en s'étouffant. C'est que chez M. Nissim Bernard le goût
    de l'ostentation, contenu chez M. Bloch le père et chez ses enfants,
    avait engendré l'habitude du mensonge perpétuel. Par exemple, en
    voyage à l'hôtel, M. Nissim Bernard comme aurait pu faire M. Bloch le
    père, se faisait apporter tous ses journaux par son valet de chambre
    dans la salle à manger, au milieu du déjeuner, quand tout le monde
    était réuni pour qu'on vît bien qu'il voyageait avec un valet de
    chambre. Mais aux gens avec qui il se liait dans l'hôtel, l'oncle
    disait ce que le neveu n'eût jamais fait, qu'il était sénateur. Il
    avait beau être certain qu'on apprendrait un jour que le titre était
    usurpé, il ne pouvait au moment même résister au besoin de se le
    donner. M. Bloch souffrait beaucoup des mensonges de son oncle et de
    tous les ennuis qu'ils lui causaient. «Ne faites pas attention, il est
    extrêmement blagueur», dit-il à mi-voix à Saint-Loup qui n'en fut que
    plus intéressé, étant très curieux de la psychologie des menteurs.
    «Plus menteur encore que l'Ithaquesien Odysseus qu'Athènes appelait
    pourtant le plus menteur des hommes, compléta notre camarade Bloch.--Ah!
    par exemple! s'écria M. Nissim Bernard, si je m'attendais à dîner
    avec le fils de mon ami! Mais j'ai à Paris chez moi, une photographie
    de votre père et combien de lettres de lui. Il m'appelait toujours «mon
    oncle», on n'a jamais su pourquoi. C'était un homme charmant,
    étincelant. Je me rappelle un dîner chez moi, à Nice où il y avait
    Sardou, Labiche, Augier...--Molière, Racine, Corneille, continua
    ironiquement M. Bloch le père, dont le fils acheva l'énumération en
    ajoutant: Plaute, Ménandre, Kalidasa.» M. Nissim Bernard blessé
    arrêta brusquement son récit et, se privant ascétiquement d'un grand
    plaisir, resta muet jusqu'à la fin du dîner.

    «Saint-Loup au casque d'airain, dit Bloch, reprenez un peu de ce
    canard aux cuisses lourdes de graisse sur lesquelles l'illustre
    sacrificateur des volailles a répandu de nombreuses libations de vin
    rouge.»

    D'habitude après avoir sorti de derrière les fagots pour un camarade
    de marque les histoires sur sir Rufus Israël et autres, M. Bloch
    sentant qu'il avait touché son fils jusqu'à l'attendrissement, se
    retirait pour ne pas se «galvauder» aux yeux du «potache». Cependant
    s'il y avait une raison tout à fait capitale, comme quand son fils par
    exemple fut reçu à l'agrégation, M. Bloch ajouta à la série habituelle
    des anecdotes cette réflexion ironique qu'il réservait plutôt pour ses
    amis personnels et que Bloch jeune fut extrêmement fier de voir
    débiter pour ses amis à lui: «Le gouvernement a été impardonnable. Il
    n'a pas consulté M. Coquelin! M. Coquelin a fait savoir qu'il était
    mécontent» (M. Bloch se piquait d'être réactionnaire et méprisant pour
    les gens de théâtre).

    Mais les demoiselles Bloch et leur frère rougirent jusqu'aux oreilles
    tant ils furent impressionnés quand Bloch père, pour se montrer royal
    jusqu'au bout envers les deux «labadens» de son fils, donna l'ordre
    d'apporter du champagne et annonça négligemment que pour nous
    «régaler», il avait fait prendre trois fauteuils pour la
    représentation qu'une troupe d'Opéra-Comique donnait le soir même au
    Casino. Il regrettait de n'avoir pu avoir de loge. Elles étaient
    toutes prises. D'ailleurs il les avait souvent expérimentées, on était
    mieux à l'orchestre. Seulement, si le défaut de son fils, c'est-à-dire
    ce que son fils croyait invisible aux autres, était la grossièreté,
    celui du père était l'avarice. Aussi, c'est dans une carafe qu'il fit
    servir sous le nom de champagne un petit vin mousseux et sous celui de
    fauteuils d'orchestre il avait fait prendre des parterres qui
    coûtaient moitié moins, miraculeusement persuadé par l'intervention
    divine de son défaut que ni à table, ni au théâtre (où toutes les
    loges étaient vides) on ne s'apercevrait de la différence. Quand M.
    Bloch nous eut laissé tremper nos lèvres dans les coupes plates que
    son fils décorait du nom de «cratères aux flancs profondément
    creusés», il nous fit admirer un tableau qu'il aimait tant qu'il
    l'apportait avec lui à Balbec. Il nous dit que c'était un Rubens.
    Saint-Loup lui demanda naïvement s'il était signé. M. Bloch répondit
    en rougissant qu'il avait fait couper la signature à cause du cadre,
    ce qui n'avait pas d'importance, puisqu'il ne voulait pas le vendre.
    Puis il nous congédia rapidement pour se plonger dans le _Journal
    Officiel_ dont les numéros encombraient la maison et dont la lecture
    lui était rendue nécessaire, nous dit-il, «par sa situation
    parlementaire» sur la nature exacte de laquelle il ne nous fournit pas
    de lumières. «Je prends un foulard, nous dit Bloch, car Zephyros et
    Boréas se disputent à qui mieux mieux la mer poissonneuse, et pour peu
    que nous nous attardions après le spectacle, nous ne rentrerons qu'aux
    premières lueurs d'Eôs aux doigts de pourpre. A propos, demanda-t-il à
    Saint-Loup quand nous fûmes dehors et je tremblai car je compris bien
    vite que c'était de M. de Charlus que Bloch parlait sur ce ton
    ironique), quel était cet excellent fantoche en costume sombre que je
    vous ai vu promener avant-hier matin sur la plage?--C'est mon
    oncle», répondit Saint-Loup piqué. Malheureusement, une «gaffe» était
    bien loin de paraître à Bloch chose à éviter. Il se tordit de rire:
    «Tous mes compliments, j'aurais dû le deviner, il a un excellent chic,
    et une impayable bobine de gaga de la plus haute lignée.--Vous vous
    trompez du tout au tout, il est très intelligent, riposta Saint-Loup
    furieux.--Je le regrette car alors il est moins complet. J'aimerais du
    reste beaucoup le connaître car je suis sûr que j'écrirais des
    machines adéquates sur des bonshommes comme ça. Celui-là, à voir
    passer, est crevant. Mais je négligerais le côté caricatural, au fond
    assez méprisable pour un artiste épris de la beauté plastique des
    phrases, de la binette qui, excusez-moi, m'a fait gondoler un bon
    moment, et je mettrais en relief le côté aristocratique de votre
    oncle, qui en somme fait un effet bœuf, et la première rigolade passée,
    frappe par un très grand style. Mais, dit-il, en s'adressant cette
    fois à moi, il y a une chose dans un tout autre ordre d'idées, sur
    laquelle je veux t'interroger et chaque fois que nous sommes ensemble,
    quelque dieu, bienheureux habitant de l'Olympe, me fait oublier
    totalement de te demander ce renseignement qui eût pu m'être déjà et
    me sera sûrement fort utile. Quelle est donc cette belle personne avec
    laquelle je t'ai rencontré au Jardin d'Acclimatation et qui était
    accompagnée d'un monsieur que je crois connaître de vue et d'une jeune
    fille à la longue chevelure?» J'avais bien vu que Mme Swann ne se
    rappelait pas le nom de Bloch, puisqu'elle m'en avait dit un autre et
    avait qualifié mon camarade d'attaché à un ministère où je n'avais
    jamais pensé depuis à m'informer s'il était entré. Mais comment Bloch
    qui, à ce qu'elle m'avait dit alors, s'était fait présenter à elle
    pouvait-il ignorer son nom? J'étais si étonné que je restai un moment
    sans répondre. «En tous cas, tous mes compliments, me dit-il, tu n'as
    pas dû t'embêter avec elle. Je l'avais rencontrée quelques jours
    auparavant dans le train de Ceinture. Elle voulut bien dénouer la
    sienne en faveur de ton serviteur, je n'ai jamais passé de si bons
    moments et nous allions prendre toutes dispositions pour nous revoir
    quand une personne qu'elle connaissait eut le mauvais goût de monter à
    l'avant-dernière station.» Le silence que je gardais ne parut pas
    plaire à Bloch. «J'espérais, me dit-il, connaître grâce à toi son
    adresse et aller goûter chez elle plusieurs fois par semaine, les
    plaisirs d'Eros, chers aux Dieux, mais je n'insiste pas puisque tu
    poses pour la discrétion à l'égard d'une professionnelle qui s'est
    donnée à moi trois fois de suite et de la manière la plus raffinée
    entre Paris et le Point-du-Jour. Je la retrouverai bien un soir ou
    l'autre.»

    J'allai voir Bloch à la suite de ce dîner, il me rendit ma visite,
    mais j'étais sorti et il fut aperçu, me demandant, par Françoise,
    laquelle par hasard bien qu'il fût venu à Combray ne l'avait jamais vu
    jusque-là. De sorte qu'elle savait seulement qu'un «des Monsieurs» que
    je connaissais était passé pour me voir, elle ignorait «à quel effet»,
    vêtu d'une manière quelconque et qui ne lui avait pas fait grande
    impression. Or j'avais beau savoir que certaines idées sociales de
    Françoise me resteraient toujours impénétrables, qui reposaient
    peut-être en partie sur des confusions entre des mots, des noms
    qu'elle avait pris une fois, et à jamais, les uns pour les autres, je
    ne pus m'empêcher, moi qui avais depuis longtemps renoncé à me poser
    des questions dans ces cas-là, de chercher vainement, d'ailleurs, ce
    que le nom de Bloch pouvait représenter d'immense pour Françoise. Car
    à peine lui eus-je dit que ce jeune homme qu'elle avait aperçu était
    M. Bloch, elle recula de quelques pas tant furent grandes sa stupeur
    et sa déception. «Comment, c'est cela, M. Bloch!» s'écria-t-elle d'un
    air atterré comme si un personnage aussi prestigieux eût dû posséder
    une apparence qui «fît connaître» immédiatement qu'on se trouvait en
    présence d'un grand de la terre, et à la façon de quelqu'un qui trouve
    qu'un personnage historique n'est pas à la hauteur de sa réputation,
    elle répétait d'un ton impressionné, et où on sentait pour l'avenir
    les germes d'un scepticisme universel: «Comment c'est ça M. Bloch! Ah!
    vraiment on ne dirait pas à le voir.» Elle avait l'air de m'en garder
    rancune comme si je lui eusse jamais «surfait» Bloch. Et pourtant elle
    eut la bonté d'ajouter: «Hé bien, tout M. Bloch qu'il est, Monsieur
    peut dire qu'il est aussi bien que lui.»

    Elle eut bientôt à l'égard de Saint-Loup qu'elle adorait une
    désillusion d'un autre genre, et d'une moindre dureté: elle apprit
    qu'il était républicain. Or bien qu'en parlant par exemple de la Reine
    de Portugal, elle dît avec cet irrespect qui dans le peuple est le
    respect suprême «Amélie, la sœur à Philippe», Françoise était
    royaliste. Mais surtout un marquis, un marquis qui l'avait éblouie, et
    qui était pour la République, ne lui paraissait plus vrai. Elle en
    marquait la même mauvaise humeur que si je lui eusse donné une boîte
    qu'elle eût cru d'or, de laquelle elle m'eût remercié avec effusion et
    qu'ensuite un bijoutier lui eût révélé être en plaqué. Elle retira
    aussitôt son estime à Saint-Loup, mais bientôt après la lui rendit,
    ayant réfléchi qu'il ne pouvait pas, étant le marquis de Saint-Loup
    être républicain, qu'il faisait seulement semblant, par intérêt, car
    avec le gouvernement qu'on avait, cela pouvait lui rapporter gros. De
    ce jour sa froideur envers lui, son dépit contre moi cessèrent. Et
    quand elle parlait de Saint-Loup, elle disait: «C'est un hypocrite»,
    avec un large et bon sourire qui faisait bien comprendre qu'elle le
    «considérait» de nouveau autant qu'au premier jour et qu'elle lui
    avait pardonné.

    Or la sincérité et le désintéressement de Saint-Loup étaient au
    contraire absolus et c'était cette grande pureté morale qui, ne
    pouvant se satisfaire entièrement dans un sentiment égoïste comme
    l'amour, ne rencontrant pas d'autre part en lui l'impossibilité qui
    existait par exemple en moi de trouver sa nourriture spirituelle autre
    part qu'en soi-même, le rendait vraiment capable, autant que moi
    incapable, d'amitié.

    Françoise ne se trompait pas moins sur Saint-Loup quand elle disait
    qu'il avait l'air comme ça de ne pas dédaigner le peuple, mais que ce
    n'est pas vrai et qu'il n'y avait qu'à le voir quand il était en
    colère après son cocher. Il était arrivé en effet quelquefois à Robert
    de le gronder avec une certaine rudesse, qui prouvait chez lui moins
    le sentiment de la différence que de l'égalité entre les classes.
    «Mais, me dit-il en réponse aux reproches que je lui faisais d'avoir
    traité un peu durement ce cocher, pourquoi affecterais-je de lui
    parler poliment? N'est-il pas mon égal? N'est-il pas aussi près de moi
    que mes oncles ou mes cousins? Vous avez l'air de trouver que je
    devrais le traiter avec égards, comme un inférieur! Vous parlez comme
    un aristocrate», ajouta-t-il avec dédain.

    En effet, s'il y avait une classe contre laquelle il eût de la
    prévention et de la partialité, c'était l'aristocratie, et jusqu'à
    croire aussi difficilement à la supériorité d'un homme du monde, qu'il
    croyait facilement à celle d'un homme du peuple. Comme je lui parlais
    de la princesse de Luxembourg que j'avais rencontrée avec sa tante:

    --Une carpe, me dit-il, comme toutes ses pareilles. C'est d'ailleurs
    un peu ma cousine.

    Ayant un préjugé contre les gens qui le fréquentaient, il allait
    rarement dans le monde et l'attitude méprisante ou hostile qu'il y
    prenait, augmentait encore chez tous ses proches parents le chagrin de
    sa liaison avec une femme «de théâtre», liaison qu'ils accusaient de
    lui être fatale et notamment d'avoir développé chez lui cet esprit de
    dénigrement, ce mauvais esprit, de l'avoir «dévoyé», en attendant
    qu'il se «déclassât» complètement. Aussi, bien des hommes légers du
    faubourg Saint-Germain étaient-ils sans pitié quand ils parlaient de
    la maîtresse de Robert. «Les grues font leur métier, disait-on, elles
    valent autant que d'autres; mais celle-là, non! Nous ne lui
    pardonnerons pas! Elle a fait trop de mal à quelqu'un que nous
    aimons.» Certes, il n'était pas le premier qui eût un fil à la patte.
    Mais les autres s'amusaient en hommes du monde, continuaient à penser
    en hommes du monde sur la politique, sur tout. Lui, sa famille le
    trouvait «aigri». Elle ne se rendait pas compte que pour bien des
    jeunes gens du monde, lesquels sans cela resteraient incultes
    d'esprit, rudes dans leurs amitiés, sans douceur et sans goût,
    c'est bien souvent leur maîtresse qui est leur vrai maître et les
    liaisons de ce genre la seule école morale où ils soient initiés à une
    culture supérieure, où ils apprennent le prix des connaissances
    désintéressées. Même dans le bas peuple (qui au point de vue de la
    grossièreté ressemble si souvent au grand monde), la femme, plus
    sensible, plus fine, plus oisive, a la curiosité de certaines
    délicatesses, respecte certaines beautés de sentiment et d'art que, ne
    les comprît-elle pas, elle place pourtant au-dessus de ce qui semblait
    le plus désirable à l'homme, l'argent, la situation. Or, qu'il
    s'agisse de la maîtresse d'un jeune clubman comme Saint-Loup ou d'un
    jeune ouvrier (les électriciens par exemple comptent aujourd'hui dans
    les rangs de la Chevalerie véritable), son amant a pour elle trop
    d'admiration et de respect pour ne pas les étendre à ce qu'elle-même
    respecte et admire; et pour lui l'échelle des valeurs s'en trouve
    renversée. A cause de son sexe même elle est faible, elle a des
    troubles nerveux, inexplicables, qui chez un homme, et même chez une
    autre femme, chez une femme dont il est neveu ou cousin auraient fait
    sourire ce jeune homme robuste. Mais il ne peut voir souffrir celle
    qu'il aime. Le jeune noble qui comme Saint-Loup a une maîtresse, prend
    l'habitude quand il va dîner avec elle au cabaret d'avoir dans sa
    poche le valérianate dont elle peut avoir besoin, d'enjoindre au
    garçon, avec force et sans ironie, de faire attention à fermer les
    portes sans bruit, à ne pas mettre de mousse humide sur la table, afin
    d'éviter à son amie ces malaises que pour sa part il n'a jamais
    ressentis, qui composent pour lui un monde occulte à la réalité duquel
    elle lui a appris à croire, malaises qu'il plaint maintenant sans
    avoir besoin pour cela de les connaître, qu'il plaindra même quand ce
    sera d'autres qu'elle qui les ressentiront. La maîtresse de
    Saint-Loup--comme les premiers moines du moyen âge, à la chrétienté--lui
    avait enseigné la pitié envers les animaux car elle en avait la
    passion, ne se déplaçant jamais sans son chien, ses serins, ses
    perroquets; Saint-Loup veillait sur eux avec des soins maternels et
    traitait de brutes les gens qui ne sont pas bons avec les bêtes.
    D'autre part, une actrice, ou soi-disant telle, comme celle qui vivait
    avec lui--qu'elle fût intelligente ou non, ce que j'ignorais--en
    lui faisant trouver ennuyeuse la société des femmes du monde et
    considérer comme une corvée l'obligation d'aller dans une soirée,
    l'avait préservé du snobisme et guéri de la frivolité. Si grâce à elle
    les relations mondaines tenaient moins de place dans la vie de son
    jeune amant, en revanche tandis que s'il avait été un simple homme de
    salon, la vanité ou l'intérêt auraient dirigé ses amitiés comme la
    rudesse les aurait empreintes, sa maîtresse lui avait appris à y
    mettre de la noblesse et du raffinement. Avec son instinct de femme et
    appréciant plus chez les hommes certaines qualités de sensibilité que
    son amant eût peut-être sans elle méconnues ou plaisantées, elle avait
    toujours vite fait de distinguer entre les autres celui des amis de
    Saint-Loup qui avait pour lui une affection vraie, et de le préférer.
    Elle savait le forcer à éprouver pour celui-là de la reconnaissance, à
    la lui témoigner, à remarquer les choses qui lui faisaient plaisir,
    celles qui lui faisaient de la peine. Et bientôt Saint-Loup, sans plus
    avoir besoin qu'elle l'avertît, commença à se soucier de tout cela et
    à Balbec où elle n'était pas, pour moi qu'elle n'avait jamais vu et
    dont il ne lui avait même peut-être pas encore parlé dans ses lettres,
    de lui-même il fermait la fenêtre d'une voiture où j'étais, emportait
    les fleurs qui me faisaient mal, et quand il eut à dire au revoir à la
    fois à plusieurs personnes, à son départ, s'arrangea à les quitter un
    peu plus tôt afin de rester seul et en dernier avec moi, de mettre
    cette différence entre elles et moi, de me traiter autrement que les
    autres. Sa maîtresse avait ouvert son esprit à l'invisible, elle avait
    mis du sérieux dans sa vie, des délicatesses dans son cœur, mais tout
    cela échappait à la famille en larmes qui répétait: «Cette gueuse le
    tuera, et en attendant elle le déshonore.» Il est vrai qu'il avait
    fini de tirer d'elle tout le bien qu'elle pouvait lui faire; et
    maintenant elle était cause seulement qu'il souffrait sans cesse, car
    elle l'avait pris en horreur et le torturait. Elle avait commencé un
    beau jour à le trouver bête et ridicule parce que les amis qu'elle
    avait parmi les jeunes auteurs et acteurs, lui avaient assuré qu'il
    l'était, et elle répétait à son tour ce qu'ils avaient dit avec cette
    passion, cette absence de réserves qu'on montre chaque fois qu'on
    reçoit du dehors et qu'on adopte des opinions ou des usages qu'on
    ignorait entièrement. Elle professait volontiers, comme ces comédiens,
    qu'entre elle et Saint-Loup le fossé était infranchissable, parce
    qu'ils étaient d'une autre race, qu'elle était une intellectuelle et
    que lui, quoi qu'il prétendît, était, de naissance, un ennemi de
    l'intelligence. Cette vue lui semblait profonde et elle en cherchait
    la vérification dans les paroles les plus insignifiantes, les moindres
    gestes de son amant. Mais quand les mêmes amis l'eurent en outre
    convaincue qu'elle détruisait dans une compagnie aussi peu faite pour
    elle les grandes espérances qu'elle avait, disaient-ils, données, que
    son amant finirait par déteindre sur elle, qu'à vivre avec lui, elle
    gâchait son avenir d'artiste, à son mépris pour Saint-Loup s'ajouta la
    même haine que s'il s'était obstiné à vouloir lui inoculer une maladie
    mortelle. Elle le voyait le moins possible tout en reculant encore le
    moment d'une rupture définitive, laquelle me paraissait à moi bien
    peu vraisemblable. Saint-Loup faisait pour elle de tels sacrifices
    que, à moins qu'elle fût ravissante (mais il n'avait jamais voulu me
    montrer sa photographie, me disant: «D'abord ce n'est pas une beauté
    et puis elle vient mal en photographie, ce sont des instantanés que
    j'ai faits moi-même avec mon Kodak et ils vous donneraient une fausse
    idée d'elle»), il semblait difficile qu'elle trouvât un second homme
    qui en consentît de semblables. Je ne songeais pas qu'une certaine
    toquade de se faire un nom, même quand on n'a pas de talent, que
    l'estime, rien que l'estime privée, de personnes qui vous imposent,
    peuvent (ce n'était peut-être du reste pas le cas pour la maîtresse de
    Saint-Loup) être même pour une petite cocotte des motifs plus
    déterminants que le plaisir de gagner de l'argent. Saint-Loup qui sans
    bien comprendre ce qui se passait dans la pensée de sa maîtresse, ne
    la croyait complètement sincère ni dans les reproches injustes ni
    dans les promesses d'amour éternel, avait pourtant à certains moments
    le sentiment qu'elle romprait quand elle le pourrait, et à cause de
    cela, mû sans doute par l'instinct de conservation de son amour, plus
    clairvoyant peut-être que Saint-Loup n'était lui-même, usant
    d'ailleurs d'une habileté pratique qui se conciliait chez lui avec les
    plus grands et les plus aveugles élans du cœur, il s'était refusé à lui
    constituer un capital, avait emprunté un argent énorme pour qu'elle ne
    manquât de rien, mais ne le lui remettait qu'au jour le jour. Et sans
    doute, au cas où elle eût vraiment songé à le quitter, attendait-elle
    froidement d'avoir «fait sa pelote», ce qui avec les sommes données
    par Saint-Loup demanderait sans doute un temps fort court, mais tout
    de même concédé en supplément pour prolonger le bonheur de mon nouvel
    ami -- ou son malheur.

    Cette période dramatique de leur liaison--et qui était arrivée
    maintenant à son point le plus aigu, le plus cruel pour Saint-Loup,
    car elle lui avait défendu de rester à Paris où sa présence
    l'exaspérait et l'avait forcé de prendre son congé à Balbec, à côté de
    sa garnison--avait commencé un soir chez une tante de Saint-Loup,
    lequel avait obtenu d'elle que son amie viendrait pour de nombreux
    invités dire des fragments d'une pièce symboliste qu'elle avait jouée
    une fois sur une scène d'avant-garde et pour laquelle elle lui avait
    fait partager l'admiration qu'elle éprouvait elle-même.

    Mais quand elle était apparue, un grand lys à la main, dans un costume
    copié de l'«Ancilla Domini» et qu'elle avait persuadé à Robert être
    une véritable «vision d'art», son entrée avait été accueillie dans
    cette assemblée d'hommes de cercles et de duchesses par des sourires
    que le ton monotone de la psalmodie, la bizarrerie de certains mots,
    leur fréquente répétition avaient changés en fous-rires d'abord
    étouffés, puis si irrésistibles que la pauvre récitante n'avait pu
    continuer. Le lendemain la tante de Saint-Loup avait été unanimement
    blâmée d'avoir laissé paraître chez elle une artiste aussi grotesque.
    Un duc bien connu ne lui cacha pas qu'elle n'avait à s'en prendre qu'à
    elle-même si elle se faisait critiquer.

    --Que diable aussi, on ne nous sort pas des numéros de cette
    force-là! Si encore cette femme avait du talent, mais elle n'en a et
    n'en aura jamais aucun. Sapristi! Paris n'est pas si bête qu'on veut
    bien le dire. La société n'est pas composée que d'imbéciles. Cette
    petite demoiselle a évidemment cru étonner Paris. Mais Paris est plus
    difficile à étonner que cela et il y a tout de même des affaires qu'on
    ne nous fera pas avaler.

    Quant à l'artiste, elle sortit en disant à Saint-Loup:

    --Chez quelles dindes, chez quelles garces sans éducation, chez quels
    goujats m'as-tu fourvoyée? J'aime mieux te le dire, il n'y en avait
    pas un des hommes présents qui ne m'eût fait de l'œil, du pied, et
    c'est parce que j'ai repoussé leurs avances qu'ils ont cherché à se
    venger.

    Paroles qui avaient changé l'antipathie de Robert pour les gens du
    monde en une horreur autrement profonde et douloureuse et que lui
    inspiraient particulièrement ceux qui la méritaient le moins, des
    parents dévoués qui, délégués par la famille, avaient cherché à
    persuader à l'amie de Saint-Loup de rompre avec lui, démarche qu'elle
    lui présentait comme inspirée par leur amour pour elle. Robert
    quoiqu'il eût aussitôt cessé de les fréquenter pensait, quand il était
    loin de son amie comme maintenant, qu'eux ou d'autres en profitaient
    pour revenir à la charge et avaient peut-être reçu ses faveurs. Et
    quand il parlait des viveurs qui trompent leurs amis, cherchent à
    corrompre les femmes, tâchent de les faire venir dans des maisons de
    passe, son visage respirait la souffrance et la haine.

    --Je les tuerais avec moins de remords qu'un chien qui est du moins
    une bête gentille, loyale et fidèle. En voilà qui méritent la
    guillotine, plus que des malheureux qui ont été conduits au crime par
    la misère et par la cruauté des riches.

    Il passait la plus grande partie de son temps à envoyer à sa maîtresse
    des lettres et des dépêches. Chaque fois que, tout en l'empêchant de
    venir à Paris, elle trouvait, à distance, le moyen d'avoir une
    brouille avec lui, je l'apprenais à sa figure décomposée. Comme sa
    maîtresse ne lui disait jamais ce qu'elle avait à lui reprocher,
    soupçonnant que, peut-être, si elle ne le lui disait pas, c'est
    qu'elle ne le savait pas et qu'elle avait simplement assez de lui, il
    aurait pourtant voulu avoir des explications, il lui écrivait:
    «Dis-moi ce que j'ai fait de mal. Je suis prêt à reconnaître mes
    torts», le chagrin qu'il éprouvait ayant pour effet de le persuader
    qu'il avait mal agi.

    Mais elle lui faisait attendre indéfiniment des réponses d'ailleurs
    dénuées de sens. Aussi c'est presque toujours le front soucieux et
    bien souvent les mains vides que je voyais Saint-Loup revenir de la
    poste où, seul de tout l'hôtel avec Françoise, il allait chercher ou
    porter lui-même ses lettres, lui par impatience d'amant, elle par
    méfiance de domestique. (Les dépêches le forçaient à faire beaucoup
    plus de chemin.)

    Quand quelques jours après le dîner chez les Bloch ma grand'mère me
    dit d'un air joyeux que Saint-Loup venait de lui demander si avant
    qu'il quittât Balbec elle ne voulait pas qu'il la photographiât, et
    quand je vis qu'elle avait mis pour cela sa plus belle toilette et
    hésitait entre diverses coiffures, je me sentis un peu irrité de cet
    enfantillage qui m'étonnait tellement de sa part. J'en arrivais même à
    me demander si je ne m'étais pas trompé sur ma grand'mère, si je ne la
    plaçais pas trop haut, si elle était aussi détachée que j'avais
    toujours cru de ce qui concernait sa personne, si elle n'avait pas ce
    que je croyais lui être le plus étranger, de la coquetterie.

    Malheureusement, ce mécontentement que me causaient le projet de
    séance photographique et surtout la satisfaction que ma grand'mère
    paraissait en ressentir, je le laissai suffisamment apercevoir pour
    que Françoise le remarquât et s'empressât involontairement de
    l'accroître en me tenant un discours sentimental et attendri auquel je
    ne voulus pas avoir l'air d'adhérer.

    --Oh! monsieur, cette pauvre madame qui sera si heureuse qu'on tire
    son portrait, et qu'elle va même mettre le chapeau que sa vieille
    Françoise, elle lui a arrangé, il faut la laisser faire, monsieur.

    Je me convainquis que je n'étais pas cruel de me moquer de la
    sensibilité de Françoise, en me rappelant que ma mère et ma grand'mère
    mes modèles en tout, le faisaient souvent aussi. Mais ma grand'mère
    s'apercevant que j'avais l'air ennuyé, me dit que si cette séance de
    pose pouvait me contrarier elle y renoncerait. Je ne le voulus pas, je
    l'assurai que je n'y voyais aucun inconvénient et la laissai se faire
    belle, mais crus faire preuve de pénétration et de force en lui disant
    quelques paroles ironiques et blessantes destinées à neutraliser le
    plaisir qu'elle semblait trouver à être photographiée, de sorte que si
    je fus contraint de voir le magnifique chapeau de ma grand'mère, je
    réussis du moins à faire disparaître de son visage cette expression
    joyeuse qui aurait dû me rendre heureux et qui, comme il arrive trop
    souvent tant que sont encore en vie les êtres que nous aimons le
    mieux, nous apparaît comme la manifestation exaspérante d'un travers
    mesquin plutôt que comme la forme précieuse du bonheur que nous
    voudrions tant leur procurer. Ma mauvaise humeur venait surtout de ce
    que cette semaine là ma grand'mère avait paru me fuir et que je
    n'avais pu l'avoir un instant à moi, pas plus le jour que le soir.
    Quand je rentrais dans l'après-midi pour être un peu seul avec elle,
    on me disait qu'elle n'était pas là; ou bien elle s'enfermait avec
    Françoise pour de longs conciliabules qu'il ne m'était pas permis de
    troubler. Et quand ayant passé la soirée dehors avec Saint-Loup je
    songeais pendant le trajet du retour au moment où j'allais pouvoir
    retrouver et embrasser ma grand'mère, j'avais beau attendre qu'elle
    frappât contre la cloison ces petits coups qui me diraient d'entrer
    lui dire bonsoir, je n'entendais rien; je finissais par me coucher,
    lui en voulant un peu de ce qu'elle me privât, avec une indifférence
    si nouvelle de sa part, d'une joie sur laquelle j'avais tant compté,
    je restais encore, le cœur palpitant comme dans mon enfance, à écouter
    le mur qui restait muet et je m'endormais dans les larmes.

    * * * * *

    Ce jour-là, comme les précédents, Saint-Loup avait été obligé d'aller
    à Doncières où en attendant qu'il y rentrât d'une manière définitive,
    on aurait toujours besoin de lui maintenant jusqu'à la fin de
    l'après-midi. Je regrettais qu'il ne fût pas à Balbec. J'avais vu
    descendre de voiture et entrer, les unes dans la salle de danse du
    Casino, les autres chez le glacier, des jeunes femmes qui, de loin,
    m'avaient paru ravissantes. J'étais dans une de ces périodes de la
    jeunesse, dépourvues d'un amour particulier, vacantes, où partout--comme
    un amoureux, la femme dont il est épris--on désire, on
    cherche, on voit la beauté. Qu'un seul trait réel--le peu qu'on
    distingue d'une femme vue de loin, ou de dos--nous permette de
    projeter la Beauté devant nous, nous nous figurons l'avoir reconnue,
    notre cœur bat, nous pressons le pas, et nous resterons toujours à demi
    persuadés que c'était elle, pourvu que la femme ait disparu: ce n'est
    que si nous pouvons la rattraper que nous comprenons notre erreur.

    D'ailleurs, de plus en plus souffrant, j'étais tenté de surfaire les
    plaisirs les plus simples à cause des difficultés mêmes qu'il y avait
    pour moi à les atteindre. Des femmes élégantes, je croyais en
    apercevoir partout, parce que j'étais trop fatigué si c'était sur la
    plage, trop timide si c'était au Casino ou dans une pâtisserie, pour
    les approcher nulle part. Pourtant, si je devais bientôt mourir,
    j'aurais aimé savoir comment étaient faites de près, en réalité, les
    plus jolies jeunes filles que la vie pût offrir, quand même c'eût été
    un autre que moi, ou même personne, qui dût profiter de cette offre
    (je ne me rendais pas compte, en effet, qu'il y avait un désir de
    possession à l'origine de ma curiosité). J'aurais osé entrer dans la
    salle de bal, si Saint-Loup avait été avec moi. Seul, je restai
    simplement devant le Grand-Hôtel à attendre le moment d'aller
    retrouver ma grand'mère, quand, presque encore à l'extrémité de la
    digue où elles faisaient mouvoir une tache singulière, je vis
    s'avancer cinq ou six fillettes, aussi différentes, par l'aspect et
    par les façons, de toutes les personnes auxquelles on était accoutumé
    à Balbec, qu'aurait pu l'être, débarquée on ne sait d'où, une bande de
    mouettes qui exécute à pas comptés sur la plage--les retardataires
    rattrapant les autres en voletant--une promenade dont le but semble
    aussi obscur aux baigneurs qu'elles ne paraissent pas voir, que
    clairement déterminé pour leur esprit d'oiseaux.

    Une de ces inconnues poussait devant elle, de la main, sa bicyclette;
    deux autres tenaient des «clubs» de golf; et leur accoutrement
    tranchait sur celui des autres jeunes filles de Balbec, parmi
    lesquelles quelques-unes il est vrai, se livraient aux sports, mais
    sans adopter pour cela une tenue spéciale.

    C'était l'heure où dames et messieurs venaient tous les jours faire
    leur tour de digue, exposés aux feux impitoyables du face-à-main que
    fixait sur eux, comme s'ils eussent été porteurs de quelque tare
    qu'elle tenait à inspecter dans ses moindres détails, la femme du
    premier président, fièrement assise devant le kiosque de musique, au
    milieu de cette rangée de chaises redoutée où eux-mêmes tout à
    l'heure, d'acteurs devenus critiques, viendraient s'installer pour
    juger à leur tour ceux qui défileraient devant eux. Tous ces gens qui
    longeaient la digue en tanguant aussi fort que si elle avait été le
    pont d'un bateau (car ils ne savaient pas lever une jambe sans du même
    coup remuer le bras, tourner les yeux, remettre d'aplomb leurs
    épaules, compenser par un mouvement balancé du côté opposé le
    mouvement qu'ils venaient de faire de l'autre côté, et congestionner
    leur face), et qui, faisant semblant de ne pas voir pour faire croire
    qu'ils ne se souciaient pas d'elles, mais regardant à la dérobée pour
    ne pas risquer de les heurter, les personnes qui marchaient à leurs
    côtés ou venaient en sens inverse, butaient au contraire contre elles,
    s'accrochaient à elles, parce qu'ils avaient été réciproquement de
    leur part l'objet de la même attention secrète, cachée sous le même
    dédain apparent; l'amour--par conséquent la crainte--de la foule
    étant un des plus puissants mobiles chez tous les hommes, soit qu'ils
    cherchent à plaire aux autres ou à les étonner, soit à leur montrer
    qu'ils les méprisent. Chez le solitaire, la claustration même absolue
    et durant jusqu'à la fin de la vie, a souvent pour principe un amour
    déréglé de la foule qui l'emporte tellement sur tout autre sentiment,
    que, ne pouvant obtenir quand il sort l'admiration de la concierge,
    des passants, du cocher arrêté, il préfère n'être jamais vu d'eux, et
    pour cela renoncer à toute activité qui rendrait nécessaire de sortir.

    Au milieu de tous ces gens dont quelques-uns poursuivaient une pensée,
    mais en trahissaient alors la mobilité par une saccade de gestes, une
    divagation de regards, aussi peu harmonieuses que la circonspecte
    titubation de leurs voisins, les fillettes que j'avais aperçues, avec
    la maîtrise de gestes que donne un parfait assouplissement de son
    propre corps et un mépris sincère du reste de l'humanité, venaient
    droit devant elles, sans hésitation ni raideur, exécutant exactement
    les mouvements qu'elles voulaient, dans une pleine indépendance de
    chacun de leurs membres par rapport aux autres, la plus grande partie
    de leur corps gardant cette immobilité si remarquable chez les bonnes
    valseuses. Elles n'étaient plus loin de moi. Quoique chacune fût d'un
    type absolument différent des autres, elles avaient toutes de la
    beauté; mais, à vrai dire, je les voyais depuis si peu d'instants et
    sans oser les regarder fixement que je n'avais encore individualisé
    aucune d'elles. Sauf une, que son nez droit, sa peau brune mettait en
    contraste au milieu des autres comme dans quelque tableau de la
    Renaissance, un roi Mage de type arabe, elles ne m'étaient connues,
    l'une que par une paire d'yeux durs, butés et rieurs; une autre que
    par des joues où le rose avait cette teinte cuivrée qui évoque l'idée
    de géranium; et même ces traits je n'avais encore indissolublement
    attaché aucun d'entre eux à l'une des jeunes filles plutôt qu'à
    l'autre; et quand (selon l'ordre dans lequel se déroulait cet ensemble
    merveilleux parce qu'y voisinaient les aspects les plus différents,
    que toutes les gammes de couleurs y étaient rapprochées, mais qui
    était confus comme une musique où je n'aurais pas su isoler et
    reconnaître au moment de leur passage les phrases, distinguées mais
    oubliées aussitôt après), je voyais émerger un ovale blanc, des yeux
    noirs, des yeux verts, je ne savais pas si c'était les mêmes qui
    m'avaient déjà apporté du charme tout à l'heure, je ne pouvais pas les
    rapporter à telle jeune fille que j'eusse séparée des autres et
    reconnue. Et cette absence, dans ma vision, des démarcations que
    j'établirais bientôt entre elles, propageait à travers leur groupe un
    flottement harmonieux, la translation continue d'une beauté fluide,
    collective et mobile.

    Ce n'était peut-être pas, dans la vie, le hasard seul qui, pour réunir
    ces amies les avait toutes choisies si belles; peut-être ces filles
    (dont l'attitude suffisait à révéler la nature hardie, frivole et
    dure), extrêmement sensibles à tout ridicule et à toute laideur,
    incapables de subir un attrait d'ordre intellectuel ou moral,
    s'étaient-elles naturellement trouvées, parmi les camarades de leur
    âge, éprouver de la répulsion pour toutes celles chez qui des
    dispositions pensives ou sensibles se trahissaient par de la timidité,
    de la gêne, de la gaucherie, par ce qu'elles devaient appeler «un
    genre antipathique», et les avaient-elles tenues à l'écart; tandis
    qu'elles s'étaient liées au contraire avec d'autres vers qui les
    attiraient un certain mélange de grâce, de souplesse et d'élégance
    physique, seule forme sous laquelle elles pussent se représenter la
    franchise d'un caractère séduisant et la promesse de bonnes heures à
    passer ensemble. Peut-être aussi la classe à laquelle elles
    appartenaient et que je n'aurais pu préciser, était-elle à ce point de
    son évolution où, soit grâce à l'enrichissement et au loisir, soit
    grâce aux habitudes nouvelles de sport, répandues même dans certains
    milieux populaires, et d'une culture physique à laquelle ne s'est pas
    encore ajoutée celle de l'intelligence, un milieu social pareil aux
    écoles de sculpture harmonieuses et fécondes qui ne recherchent pas
    encore l'expression tourmentée, produit naturellement, et en
    abondance, de beaux corps aux belles jambes, aux belles hanches, aux
    visages sains et reposés, avec un air d'agilité et de ruse. Et
    n'étaient-ce pas de nobles et calmes modèles de beauté humaine que je
    voyais là, devant la mer, comme des statues exposées au soleil sur un
    rivage de la Grèce?

    Telles que si, du sein de leur bande qui progressait le long de la
    digue comme une lumineuse comète, elles eussent jugé que la foule
    environnante était composée d'êtres d'une autre race et dont la
    souffrance même n'eût pu éveiller en elles un sentiment de solidarité,
    elles ne paraissaient pas la voir, forçaient les personnes arrêtées à
    s'écarter ainsi que sur le passage d'une machine qui eût été lâchée et
    dont il ne fallait pas attendre qu'elle évitât les piétons, et se
    contentaient tout au plus, si quelque vieux monsieur dont elles
    n'admettaient pas l'existence et dont elles repoussaient le contact
    s'était enfui avec des mouvements craintifs ou furieux, précipités ou
    risibles, de se regarder entre elles en riant. Elles n'avaient à
    l'égard de ce qui n'était pas de leur groupe aucune affectation de
    mépris, leur mépris sincère suffisait. Mais elles ne pouvaient voir un
    obstacle sans s'amuser à le franchir en prenant leur élan ou à pieds
    joints, parce qu'elles étaient toutes remplies, exubérantes, de cette
    jeunesse qu'on a si grand besoin de dépenser même quand on est triste
    ou souffrant, obéissant plus aux nécessités de l'âge qu'à l'humeur de
    la journée, on ne laisse jamais passer une occasion de saut ou de
    glissade sans s'y livrer consciencieusement, interrompant, semant sa
    marche lente -- comme Chopin la phrase la plus mélancolique -- de
    gracieux détours où le caprice se mêle à la virtuosité. La femme d'un
    vieux banquier, après avoir hésité pour son mari entre diverses
    expositions, l'avait assis, sur un pliant, face à la digue, abrité du
    vent et du soleil par le kiosque des musiciens. Le voyant bien
    installé, elle venait de le quitter pour aller lui acheter un journal
    qu'elle lui lirait et qui le distrairait, petites absences pendant
    lesquelles elle le laissait seul et qu'elle ne prolongeait jamais au
    delà de cinq minutes, ce qui lui semblait bien long, mais qu'elle
    renouvelait assez fréquemment pour que le vieil époux à qui elle
    prodiguait à la fois et dissimulait ses soins eût l'impression qu'il
    était encore en état de vivre comme tout le monde et n'avait nul
    besoin de protection. La tribune des musiciens formait au-dessus de
    lui un tremplin naturel et tentant sur lequel sans une hésitation
    l'aînée de la petite bande se mit à courir: elle sauta par-dessus le
    vieillard épouvanté, dont la casquette marine fut effleurée par les
    pieds agiles, au grand amusement des autres jeunes filles, surtout de
    deux yeux verts dans une figure poupine qui exprimèrent pour cet acte
    une admiration et une gaieté où je crus discerner un peu de timidité,
    d'une timidité honteuse et fanfaronne, qui n'existait pas chez les
    autres. «C'pauvre vieux, y m'fait d'la peine, il a l'air à moitié
    crevé», dit l'une de ces filles d'une voix rogommeuse et avec un
    accent à demi-ironique. Elles firent quelques pas encore, puis
    s'arrêtèrent un moment au milieu du chemin sans s'occuper d'arrêter la
    circulation des passants, en un conciliabule, un agrégat de forme
    irrégulière, compact, insolite et piaillant, comme des oiseaux qui
    s'assemblent au moment de s'envoler; puis elles reprirent leur lente
    promenade le long de la digue, au-dessus de la mer.

    Maintenant, leurs traits charmants n'étaient plus indistincts et
    mêlés. Je les avais répartis et agglomérés (à défaut du nom de
    chacune, que j'ignorais) autour de la grande qui avait sauté par
    dessus le vieux banquier; de la petite qui détachait sur l'horizon de
    la mer ses joues bouffies et roses, ses yeux verts; de celle au teint
    bruni, au nez droit, qui tranchait au milieu des autres; d'une autre,
    au visage blanc comme un œuf dans lequel un petit nez faisait un arc de
    cercle comme un bec de poussin, visage comme en ont certains très
    jeunes gens; d'une autre encore, grande, couverte d'une pèlerine (qui
    lui donnait un aspect si pauvre et démentait tellement sa tournure
    élégante que l'explication qui se présentait à l'esprit était que
    cette jeune fille devait avoir des parents assez brillants et plaçant
    leur amour-propre assez au-dessus des baigneurs de Balbec et de
    l'élégance vestimentaire de leurs propres enfants pour qu'il leur fût
    absolument égal de la laisser se promener sur la digue dans une tenue
    que de petites gens eussent jugée trop modeste); d'une fille aux yeux
    brillants, rieurs, aux grosses joues mates, sous un «polo» noir,
    enfoncé sur sa tête, qui poussait une bicyclette avec un dandinement
    de hanches si dégingandé, en employant des termes d'argot si
    voyous et criés si fort, quand je passai auprès d'elle (parmi lesquels
    je distinguai cependant la phrase fâcheuse de «vivre sa vie»)
    qu'abandonnant l'hypothèse que la pèlerine de sa camarade m'avait fait
    échafauder, je conclus plutôt que toutes ces filles appartenaient à la
    population qui fréquente les vélodromes, et devaient être les très
    jeunes maîtresses de coureurs cyclistes. En tous cas, dans aucune de
    mes suppositions, ne figurait celle qu'elles eussent pu être
    vertueuses. A première vue--dans la manière dont elles se
    regardaient en riant, dans le regard insistant de celle aux joues
    mates--j'avais compris qu'elles ne l'étaient pas. D'ailleurs, ma
    grand-mère avait toujours veillé sur moi avec une délicatesse trop
    timorée pour que je ne crusse pas que l'ensemble des choses qu'on ne
    doit pas faire est indivisible et que des jeunes filles qui manquent
    de respect à la vieillesse, fussent tout d'un coup arrêtées par des
    scrupules quand il s'agit de plaisirs plus tentateurs que de sauter
    par dessus un octogénaire.

    Individualisées maintenant, pourtant la réplique que se donnaient les
    uns aux autres leurs regards animés de suffisance et d'esprit de
    camaraderie, et dans lesquels se rallumaient d'instant en instant
    tantôt l'intérêt, tantôt l'insolente indifférence dont brillait
    chacune, selon qu'il s'agissait de l'une de ses amies ou des passants,
    cette conscience aussi de se connaître entre elles assez intimement
    pour se promener toujours ensemble, en faisant «bande à part»,
    mettaient entre leurs corps indépendants et séparés, tandis qu'ils
    s'avançaient lentement, une liaison invisible, mais harmonieuse comme
    une même ombre chaude, une même atmosphère, faisant d'eux un tout
    aussi homogène en ses parties qu'il était différent de la foule au
    milieu de laquelle se déroulait lentement leur cortège.

    Un instant, tandis que je passais à côté de la brune aux grosses joues
    qui poussait une bicyclette, je croisai ses regards obliques et
    rieurs, dirigés du fond de ce monde inhumain qui enfermait la vie de
    cette petite tribu, inaccessible inconnu où l'idée de ce que j'étais
    ne pouvait certainement ni parvenir ni trouver place. Toute occupée à
    ce que disaient ses camarades, cette jeune fille coiffée d'un polo qui
    descendait très bas sur son front m'avait-elle vu au moment où le
    rayon noir émané de ses yeux m'avait rencontré. Si elle m'avait vu,
    qu'avais-je pu lui représenter? Du sein de quel univers me
    distinguait-elle? Il m'eût été aussi difficile de le dire que, lorsque
    certaines particularités nous apparaissent grâce au télescope, dans un
    astre voisin, il est malaisé de conclure d'elles que des humains y
    habitent, qu'ils nous voient, et quelles idées cette vue a pu éveiller
    en eux.

    Si nous pensions que les yeux d'une telle fille ne sont qu'une
    brillante rondelle de mica, nous ne serions pas avides de connaître et
    d'unir à nous sa vie. Mais nous sentons que ce qui luit dans ce disque
    réfléchissant n'est pas dû uniquement à sa composition matérielle; que
    ce sont, inconnues de nous, les noires ombres des idées que cet être
    se fait, relativement aux gens et aux lieux qu'il connaît--pelouses
    des hippodromes, sable des chemins où, pédalant à travers champs et
    bois, m'eût entraîné cette petite péri, plus séduisante pour moi que
    celle du paradis persan,--les ombres aussi de la maison où elle va
    rentrer, des projets qu'elle forme ou qu'on a formés pour elle; et
    surtout que c'est elle, avec ses désirs, ses sympathies, ses
    répulsions, son obscure et incessante volonté. Je savais que je ne
    posséderais pas cette jeune cycliste si je ne possédais aussi ce qu'il
    y avait dans ses yeux. Et c'était par conséquent toute sa vie qui
    m'inspirait du désir; désir douloureux, parce que je le sentais
    irréalisable, mais enivrant, parce que ce qui avait été jusque-là ma
    vie ayant brusquement cessé d'être ma vie totale, n'étant plus qu'une
    petite partie de l'espace étendu devant moi que je brûlais de couvrir,
    et qui était fait de la vie de ces jeunes filles, m'offrait ce
    prolongement, cette multiplication possible de soi-même, qui est le
    bonheur. Et, sans doute, qu'il n'y eût entre nous aucune habitude--comme
    aucune idée--communes, devait me rendre plus difficile de me
    lier avec elles et de leur plaire. Mais peut-être aussi c'était grâce
    à ces différences, à la conscience qu'il n'entrait pas dans la
    composition de la nature et des actions de ces filles, un seul élément
    que je connusse ou possédasse, que venait en moi de succéder à la
    satiété, la soif--pareille à celle dont brûle une terre altérée--d'une
    vie que mon âme, parce qu'elle n'en avait jamais reçu jusqu'ici
    une seule goutte, absorberait d'autant plus avidement, à longs traits,
    dans une plus parfaite imbibition.

    J'avais tant regardé cette cycliste aux yeux brillants qu'elle parut
    s'en apercevoir et dit à la plus grande un mot que je n'entendis pas
    mais qui fit rire celle-ci. A vrai dire, cette brune n'était pas celle
    qui me plaisait le plus, justement parce qu'elle était brune, et que
    (depuis le jour où dans le petit raidillon de Tansonville, j'avais vu
    Gilberte), une jeune fille rousse à la peau dorée était restée pour
    moi l'idéal inaccessible. Mais Gilberte elle-même ne l'avais-je pas
    aimée surtout parce qu'elle m'était apparue nimbée par cette auréole
    d'être l'amie de Bergotte, d'aller visiter avec lui les cathédrales.
    Et de la même façon ne pouvais-je me réjouir d'avoir vu cette brune me
    regarder (ce qui me faisait espérer qu'il me serait plus facile
    d'entrer en relations avec elle d'abord), car elle me présenterait aux
    autres, à l'impitoyable qui avait sauté par-dessus le vieillard, à la
    cruelle qui avait dit: «Il me fait de la peine, ce pauvre vieux»; à
    toutes successivement, desquelles elle avait d'ailleurs le prestige
    d'être l'inséparable compagne. Et cependant, la supposition que je
    pourrais un jour être l'ami de telle ou telle de ces jeunes filles,
    que ces yeux dont les regards inconnus me frappaient parfois en jouant
    sur moi sans le savoir comme un effet de soleil sur un mur, pourraient
    jamais par une alchimie miraculeuse laisser transpénétrer entre leurs
    parcelles ineffables l'idée de mon existence, quelque amitié pour ma
    personne, que moi-même je pourrais un jour prendre place entre elles, dans
    la théorie qu'elles déroulaient le long de la mer--cette supposition
    me paraissait enfermer en elle une contradiction aussi insoluble que
    si, devant quelque frise attique ou quelque fresque figurant un
    cortège, j'avais cru possible, moi spectateur, de prendre place, aimé
    d'elles, entre les divines processionnaires.

    Le bonheur de connaître ces jeunes filles était-il donc irréalisable?
    Certes ce n'eût pas été le premier de ce genre auquel j'eusse renoncé.
    Je n'avais qu'à me rappeler tant d'inconnues que, même à Balbec, la
    voiture s'éloignant à toute vitesse m'avait fait à jamais abandonner.
    Et même le plaisir que me donnait la petite bande, noble comme si elle
    était composée de vierges helléniques, venait de ce qu'elle avait
    quelque chose de la fuite des passantes sur la route. Cette fugacité
    des êtres qui ne sont pas connus de nous, qui nous forcent à démarrer
    de la vie habituelle où les femmes que nous fréquentons finissent par
    dévoiler leurs tares, nous met dans cet état de poursuite où rien
    n'arrête plus l'imagination. Or dépouiller d'elle nos plaisirs, c'est
    les réduire à eux-mêmes, à rien. Offertes chez une de ces
    entremetteuses que, par ailleurs, on a vu que je ne méprisais pas,
    retirées de l'élément qui leur donnait tant de nuances et de vague,
    ces jeunes filles m'eussent moins enchanté. Il faut que l'imagination,
    éveillée par l'incertitude de pouvoir atteindre son objet, crée un but
    qui nous cache l'autre, et en substituant au plaisir sensuel l'idée de
    pénétrer dans une vie, nous empêche de reconnaître ce plaisir,
    d'éprouver son goût véritable, de le restreindre à sa portée.

    Il faut qu'entre nous et le poisson qui si nous le voyions pour la
    première fois servi sur une table ne paraîtrait pas valoir les mille
    ruses et détours nécessaires pour nous emparer de lui, s'interpose,
    pendant les après-midi de pêche, le remous à la surface duquel
    viennent affleurer, sans que nous sachions bien ce que nous voulons en
    faire, le poli d'une chair, l'indécision d'une forme, dans la fluidité
    d'un transparent et mobile azur.

    Ces jeunes filles bénéficiaient aussi de ce changement des proportions
    sociales caractéristiques de la vie des bains de mer. Tous les
    avantages qui dans notre milieu habituel nous prolongent, nous
    agrandissent, se trouvent là devenus invisibles, en fait supprimés; en
    revanche les êtres à qui on suppose indûment de tels avantages, ne
    s'avancent qu'amplifiés d'une étendue postiche. Elle rendait plus aisé
    que des inconnues, et ce jour-là ces jeunes filles, prissent à mes yeux
    une importance énorme, et impossible de leur faire connaître celle que
    je pouvais avoir.

    Mais si la promenade de la petite bande avait pour elle de n'être
    qu'un extrait de la fuite innombrable de passantes, laquelle m'avait
    toujours troublé, cette fuite était ici ramenée à un mouvement
    tellement lent qu'il se rapprochait de l'immobilité. Or, précisément,
    que dans une phase aussi peu rapide, les visages non plus emportés
    dans un tourbillon, mais calmes et distincts, me parussent encore
    beaux, cela m'empêchait de croire, comme je l'avais fait si souvent
    quand m'emportait la voiture de Mme de Villeparisis, que, de plus
    près, si je me fusse arrêté un instant, tels détails, une peau grêlée,
    un défaut dans les ailes du nez, un regard benêt, la grimace du
    sourire, une vilaine taille, eussent remplacé dans le visage et dans
    le corps de la femme ceux que j'avais sans doute imaginés; car il
    avait suffi d'une jolie ligne de corps, d'un teint frais entrevu, pour
    que de très bonne foi j'y eusse ajouté quelque ravissante épaule,
    quelque regard délicieux dont je portais toujours en moi le souvenir
    ou l'idée préconçue, ces déchiffrages rapides d'un être qu'on voit à
    la volée nous exposant ainsi aux mêmes erreurs que ces lectures trop
    rapides où, sur une seule syllabe et sans prendre le temps
    d'identifier les autres, on met à la place du mot qui est écrit, un
    tout différent que nous fournit notre mémoire. Il ne pouvait en être
    ainsi maintenant. J'avais bien regardé leurs visages; chacun d'eux je
    l'avais vu, non pas dans tous ses profils, et rarement de face, mais
    tout de même selon deux ou trois aspects assez différents pour que je
    pusse faire soit la rectification, soit la vérification et la «preuve»
    des différentes suppositions de lignes et de couleurs que hasarde la
    première vue, et pour voir subsister en eux, à travers les expressions
    successives, quelque chose d'inaltérablement matériel. Aussi, je
    pouvais me dire avec certitude que, ni à Paris, ni à Balbec, dans les
    hypothèses les plus favorables de ce qu'auraient pu être, même si
    j'avais pu rester à causer avec elles, les passantes qui avaient
    arrêté mes yeux, il n'y en avait jamais eu dont l'apparition, puis la
    disparition sans que je les eusse connues, m'eussent laissé plus de
    regrets que ne feraient celles-ci, m'eussent donné l'idée que leur
    amitié pût être une telle ivresse. Ni parmi les actrices, ou les
    paysannes, ou les demoiselles du pensionnat religieux, je n'avais rien
    vu d'aussi beau, imprégné d'autant d'inconnu, aussi inestimablement
    précieux, aussi vraisemblablement inaccessible. Elles étaient, du
    bonheur inconnu et possible de la vie, un exemplaire si délicieux et
    en si parfait état, que c'était presque pour des raisons
    intellectuelles que j'étais désespéré de ne pas pouvoir faire dans des
    conditions uniques, ne laissant aucune place à l'erreur possible,
    l'expérience de ce que nous offre de plus mystérieux la beauté qu'on
    désire et qu'on se console de ne posséder jamais, en demandant du
    plaisir--comme Swann avait toujours refusé de faire, avant Odette--à
    des femmes qu'on n'a pas désirées, si bien qu'on meurt sans avoir
    jamais su ce qu'était cet autre plaisir. Sans doute, il se pouvait
    qu'il ne fût pas en réalité un plaisir inconnu, que de près son
    mystère se dissipât, qu'il ne fût qu'une projection, qu'un mirage du
    désir. Mais, dans ce cas, je ne pourrais m'en prendre qu'à la
    nécessité d'une loi de la nature--qui si elle s'appliquait à ces
    jeunes filles, s'appliquerait à toutes--et non à la défectuosité de
    l'objet. Car il était celui que j'eusse choisi entre tous, me rendant
    bien compte, avec une satisfaction de botaniste, qu'il n'était pas
    possible de trouver réunies des espèces plus rares que celles de ces
    jeunes fleurs qui interrompaient en ce moment devant moi la ligne du
    flot de leur haie légère, pareille à un bosquet de roses de
    Pennsylvanie, ornement d'un jardin sur la falaise, entre lesquelles
    tient tout le trajet de l'océan parcouru par quelque steamer, si lent
    à glisser sur le trait horizontal et bleu qui va d'une tige à l'autre,
    qu'un papillon paresseux, attardé au fond de la corolle que la coque
    du navire a depuis longtemps dépassée, peut pour s'envoler en étant
    sûr d'arriver avant le vaisseau, attendre que rien qu'une seule
    parcelle azurée sépare encore la proue de celui-ci du premier
    pétale de la fleur vers laquelle il navigue.

    Je rentrai parce que je devais aller dîner à Rivebelle avec Robert et
    que ma grand'mère exigeait qu'avant de partir, je m'étendisse ces
    soirs-là pendant une heure sur mon lit, sieste que le médecin de
    Balbec m'ordonna bientôt d'étendre à tous les autres soirs.

    D'ailleurs, il n'y avait même pas besoin pour rentrer de quitter la
    digue et de pénétrer dans l'hôtel par le hall, c'est-à-dire par
    derrière. En vertu d'une avance comparable à celle du samedi où à
    Combray on déjeunait une heure plus tôt, maintenant avec le plein de
    l'été les jours étaient devenus si longs que le soleil était encore
    haut dans le ciel, comme à une heure de goûter, quand on mettait le
    couvert pour le dîner au Grand-Hôtel de Balbec. Aussi les grandes
    fenêtres vitrées et à coulisses restaient-elles ouvertes de
    plain-pied avec la digue. Je n'avais qu'à enjamber un mince cadre de
    bois pour me trouver dans la salle à manger que je quittais aussitôt
    pour prendre l'ascenseur.

    En passant devant le bureau j'adressai un sourire au directeur, et sans
    l'ombre de dégoût, en recueillis un dans sa figure que, depuis que
    j'étais à Balbec, mon attention compréhensive injectait et
    transformait peu à peu comme une préparation d'histoire naturelle. Ses
    traits m'étaient devenus courants, chargés d'un sens médiocre, mais
    intelligible comme une écriture qu'on lit et ne ressemblaient plus en
    rien à ces caractères bizarres, intolérables que son visage m'avait
    présentés ce premier jour où j'avais vu devant moi un personnage
    maintenant oublié, ou, si je parvenais à l'évoquer, méconnaissable,
    difficile à identifier avec la personnalité insignifiante et polie
    dont il n'était que la caricature, hideuse et sommaire. Sans la
    timidité ni la tristesse du soir de mon arrivée, je sonnai le lift qui
    ne restait plus silencieux pendant que je m'élevais à côté de lui dans
    l'ascenseur, comme dans une cage thoracique mobile qui se fût déplacée
    le long de la colonne montante, mais me répétait:

    «Il n'y a plus autant de monde comme il y a un mois. On va commencer à
    s'en aller, les jours baissent.» Il disait cela, non que ce fût vrai,
    mais parce qu'ayant un engagement pour une partie plus chaude de la
    côte, il aurait voulu que nous partîmes tous le plus tôt possible afin
    que l'hôtel fermât et qu'il eût quelques jours à lui, avant de
    «rentrer» dans sa nouvelle place. Rentrer et «nouvelle» n'étaient du
    reste pas des expressions contradictoires car, pour le lift, «rentrer»
    était la forme usuelle du verbe «entrer». La seule chose qui m'étonnât
    était qu'il condescendît à dire «place», car il appartenait à ce
    prolétariat moderne qui désire effacer dans le langage la trace du
    régime de la domesticité. Du reste, au bout d'un instant, il m'apprit
    que dans la «situation» où il allait «rentrer», il aurait une plus
    jolie «tunique» et un meilleur «traitement»; les mots «livrée» et
    «gages» lui paraissaient désuets et inconvenants. Et comme, par une
    contradiction absurde, le vocabulaire a, malgré tout, chez les
    «patrons», survécu à la conception de l'inégalité, je comprenais
    toujours mal ce que me disait le lift. Ainsi la seule chose qui
    m'intéressât était de savoir si ma grand'mère était à l'hôtel. Or,
    prévenant mes questions, le lift me disait: «Cette dame vient de
    sortir de chez vous.» J'y étais toujours pris, je croyais que c'était
    ma grand-mère. «Non, cette dame qui est je crois employée chez vous.»
    Comme dans l'ancien langage bourgeois, qui devrait bien être aboli,
    une cuisinière ne s'appelle pas une employée, je pensais un instant:
    «Mais il se trompe nous ne possédons ni usine, ni employés.» Tout d'un
    coup, je me rappelais que le nom d'employé est comme le port de la
    moustache pour les garçons de café, une satisfaction d'amour-propre
    donnée aux domestiques et que cette dame qui venait de sortir était
    Françoise (probablement en visite à la caféterie ou en train de
    regarder coudre la femme de chambre de la dame belge), satisfaction
    qui ne suffisait pas encore au lift car il disait volontiers en
    s'apitoyant sur sa propre classe «chez l'ouvrier» ou «chez le petit» se
    servant du même singulier que Racine quand il dit: «le pauvre...».
    Mais d'habitude, car mon zèle et ma timidité du premier jour étaient
    loin, je ne parlais plus au lift. C'était lui maintenant qui restait
    sans recevoir de réponses dans la courte traversée dont il filait les
    nœuds à travers l'hôtel, évidé comme un jouet et qui déployait autour
    de nous, étage par étage, ses ramifications de couloirs dans les
    profondeurs desquels la lumière se veloutait, se dégradait,
    amincissait les portes de communication ou les degrés des escaliers
    intérieurs qu'elle convertissait en cette ambre dorée, inconsistante
    et mystérieuse comme un crépuscule, où Rembrandt découpe tantôt
    l'appui d'une fenêtre ou la manivelle d'un puits. Et à chaque étage
    une lueur d'or reflétée sur le tapis annonçait le coucher du soleil et
    la fenêtre des cabinets.

    Je me demandais si les jeunes filles que je venais de voir habitaient
    Balbec et qui elles pouvaient être. Quand le désir est ainsi orienté
    vers une petite tribu humaine qu'il sélectionne, tout ce qui peut se
    rattacher à elle devient motif d'émotion, puis de rêverie. J'avais
    entendu une dame dire sur la digue: «C'est une amie de la petite
    Simonet» avec l'air de précision avantageuse de quelqu'un qui
    explique: «C'est le camarade inséparable du petit La Rochefoucauld.»
    Et aussitôt on avait senti sur la figure de la personne à qui on
    apprenait cela une curiosité de mieux regarder la personne favorisée
    qui était «amie de la petite Simonet». Un privilège assurément qui ne
    paraissait pas donné à tout le monde. Car l'aristocratie est une chose
    relative. Et il y a des petits trous pas cher où le fils d'un marchand
    de meubles est prince des élégances et règne sur une cour comme un
    jeune prince de Galles. J'ai souvent cherché depuis à me rappeler
    comment avait résonné pour moi sur la plage, ce nom de Simonet, encore
    incertain alors dans sa forme que j'avais mal distinguée, et aussi
    quant à sa signification, à la désignation par lui de telle personne,
    ou peut-être de telle autre; en somme empreint de ce vague et de cette
    nouveauté si émouvants pour nous dans la suite, quand ce nom dont les
    lettres sont à chaque seconde plus profondément gravées en nous par
    notre attention incessante, est devenu (ce qui ne devait arriver pour
    moi, à l'égard de la petite Simonet, que quelques années plus tard) le
    premier vocable que nous retrouvions, soit au moment du réveil, soit
    après un évanouissement, même avant la notion de l'heure qu'il est, du
    lieu où nous sommes, presque avant le mot «je», comme si l'être qu'il
    nomme était plus nous que nous-même, et comme si après quelques moments
    d'inconscience, la trêve qui expire avant toute autre était celle
    pendant laquelle on ne pensait pas à lui. Je ne sais pourquoi je me
    dis dès le premier jour que le nom de Simonet devait être celui d'une
    des jeunes filles, je ne cessai plus de me demander comment je
    pourrais connaître la famille Simonet; et cela par des gens qu'elle
    jugeât supérieurs à elle-même ce qui ne devait pas être difficile si
    ce n'étaient que de petites grues du peuple, pour qu'elle ne pût avoir
    une idée dédaigneuse de moi. Car on ne peut avoir de connaissance
    parfaite, on ne peut pratiquer l'absorption complète de qui vous
    dédaigne, tant qu'on n'a pas vaincu ce dédain. Or, chaque fois que
    l'image de femmes si différentes pénètre en nous, à moins que l'oubli
    ou la concurrence d'autres images ne l'élimine, nous n'avons de repos
    que nous n'ayons converti ces étrangères en quelque chose qui soit
    pareil à nous, notre âme étant à cet égard douée du même genre de
    réaction et d'activité que notre organisme physique, lequel ne peut
    tolérer l'immixtion dans son sein d'un corps étranger sans qu'il
    s'exerce aussitôt à digérer et assimiler l'intrus; la petite Simonet
    devait être la plus jolie de toutes--celle, d'ailleurs, qui, me
    semblait-il, aurait pu devenir ma maîtresse, car elle était la seule
    qui à deux ou trois reprises, détournant à demi la tête, avait paru
    prendre conscience de mon fixe regard. Je demandai au lift s'il ne
    connaissait pas à Balbec, des Simonet. N'aimant pas à dire qu'il
    ignorait quelque chose, il répondit qu'il lui semblait avoir entendu
    causer de ce nom-là. Arrivé au dernier étage, je le priai de me faire
    apporter les dernières listes d'étrangers.

    Je sortis de l'ascenseur, mais au lieu d'aller vers ma chambre je
    m'engageai plus avant dans le couloir, car à cette heure-là le valet
    de chambre de l'étage, quoiqu'il craignît les courants d'air, avait
    ouvert la fenêtre du bout, laquelle regardait, au lieu de la mer, le
    côté de la colline et de la vallée, mais ne les laissait jamais voir,
    car ses vitres, d'un verre opaque, étaient le plus souvent fermées. Je
    m'arrêtai devant elle en une courte station et le temps de faire mes
    dévotions à la «vue» que pour une fois elle découvrait au delà de la
    colline à laquelle était adossé l'hôtel et qui ne contenait qu'une
    maison posée à quelque distance mais à laquelle la perspective et la
    lumière du soir en lui conservant son volume donnait une ciselure
    précieuse et un écrin de velours, comme à une de ces architectures en
    miniature, petit temple ou petite chapelle d'orfèvrerie et d'émaux qui
    servent de reliquaires et qu'on n'expose qu'à de rares jours à la
    vénération des fidèles. Mais cet instant d'adoration avait déjà trop
    duré, car le valet de chambre qui tenait d'une main un trousseau de
    clefs et de l'autre me saluait en touchant sa calotte de sacristain,
    mais sans la soulever à cause de l'air pur et frais du soir, venait
    refermer comme ceux d'une châsse les deux battants de la croisée et
    dérobait à mon adoration le monument réduit et la relique d'or.
    J'entrai dans ma chambre.

    Au fur et à mesure que la saison s'avança,
    changea le tableau que j'y trouvais dans la fenêtre. D'abord il
    faisait grand jour, et sombre seulement s'il faisait mauvais temps;
    alors, dans le verre glauque et qu'elle boursoufflait de ses vagues
    rondes, la mer, sertie entre les montants de fer de ma croisée comme
    dans les plombs d'un vitrail, effilochait sur toute la profonde
    bordure rocheuse de la baie des triangles empennés d'une immobile
    écume linéamentée avec la délicatesse d'une plume ou d'un duvet
    dessinés par Pisanello, et fixés par cet émail blanc, inaltérable et
    crémeux qui figure une couche de neige dans les verreries de Gallé.

    Bientôt les jours diminuèrent et au moment où j'entrais dans la
    chambre, le ciel violet semblait stigmatisé par la figure raide,
    géométrique, passagère et fulgurante du soleil (pareille à la
    représentation de quelque signe miraculeux, de quelque apparition
    mystique), s'inclinait vers la mer sur la charnière de l'horizon comme
    un tableau religieux au-dessus du maître-autel, tandis que les parties
    différentes du couchant exposées dans les glaces des bibliothèques
    basses en acajou qui couraient le long des murs et que je rapportais
    par la pensée à la merveilleuse peinture dont elles étaient détachées,
    semblaient comme ces scènes différentes que quelque maître ancien
    exécuta jadis pour une confrérie sur une châsse et dont on exhibe à
    côté les uns des autres dans une salle de musée les volets séparés que
    l'imagination seule du visiteur remet à leur place sur les prédelles
    du retable. Quelques semaines plus tard, quand je remontais, le soleil
    était déjà couché. Pareille à celle que je voyais à Combray au-dessus
    du Calvaire à mes retours de promenade et quand je m'apprêtais à
    descendre avant le dîner à la cuisine, une bande de ciel rouge
    au-dessus de la mer compacte et coupante comme de la gelée de viande,
    puis bientôt, sur la mer déjà froide et bleue comme le poisson appelé
    mulet, le ciel du même rose qu'un de ces saumons que nous nous ferions
    servir tout à l'heure à Rivebelle, ravivaient le plaisir que j'allais
    avoir à me mettre en habit pour partir dîner. Sur la mer, tout près du
    rivage, essayaient de s'élever, les unes par-dessus les autres, à
    étages de plus en plus larges, des vapeurs d'un noir de suie mais
    aussi d'un poli, d'une consistance d'agate, d'une pesanteur visible,
    si bien que les plus élevées penchant au-dessus de la tige déformée et
    jusqu'en dehors du centre de gravité de celles qui les avaient
    soutenues jusqu'ici, semblaient sur le point d'entraîner cet
    échafaudage déjà à demi-hauteur du ciel et de le précipiter dans la
    mer. La vue d'un vaisseau qui s'éloignait comme un voyageur de nuit me
    donnait cette même impression que j'avais eue en wagon, d'être
    affranchi des nécessités du sommeil et de la claustration dans une
    chambre. D'ailleurs je ne me sentais pas emprisonné dans celle où
    j'étais puisque dans une heure j'allais la quitter pour monter en
    voiture. Je me jetais sur mon lit; et, comme si j'avais été sur la
    couchette d'un des bateaux que je voyais assez près de moi et que la
    nuit on s'étonnerait de voir se déplacer lentement dans l'obscurité,
    comme des cygnes assombris et silencieux mais qui ne dorment pas,
    j'étais de tous côtés entouré des images de la mer.

    Mais bien souvent ce n'était, en effet, que des images; j'oubliais que
    sous leur couleur se creusait le triste vide de la plage, parcouru par
    le vent inquiet du soir, que j'avais si anxieusement ressenti à mon
    arrivée à Balbec; d'ailleurs, même dans ma chambre, tout occupé des
    jeunes filles que j'avais vu passer, je n'étais plus dans des
    dispositions assez calmes ni assez désintéressées pour que pussent se
    produire en moi des impressions vraiment profondes de beauté.
    L'attente du dîner à Rivebelle rendait mon humeur plus frivole encore
    et ma pensée, habitant à ces moments-là la surface de mon corps que
    j'allais habiller pour tâcher de paraître le plus plaisant possible
    aux regards féminins qui me dévisageraient dans le restaurant
    illuminé, était incapable de mettre de la profondeur derrière la
    couleur des choses. Et si, sous ma fenêtre, le vol inlassable et doux
    des martinets et des hirondelles n'avait pas monté comme un jet d'eau,
    comme un feu d'artifice de vie, unissant l'intervalle de ses hautes
    fusées par la filée immobile et blanche de longs sillages horizontaux,
    sans le miracle charmant de ce phénomène naturel et local qui
    rattachait à la réalité les paysages que j'avais devant les yeux,
    j'aurais pu croire qu'ils n'étaient qu'un choix, chaque jour
    renouvelé, de peintures qu'on montrait arbitrairement dans l'endroit
    où je me trouvais et sans qu'elles eussent de rapport nécessaire avec
    lui. Une fois c'était une exposition d'estampes japonaises: à côté de
    la mince découpure de soleil rouge et rond comme la lune, un nuage
    jaune paraissait un lac contre lequel des glaives noirs se profilaient
    ainsi que les arbres de sa rive, une barre d'un rose tendre que je
    n'avais jamais revu depuis ma première boîte de couleurs s'enflait
    comme un fleuve sur les deux rives duquel des bateaux semblaient
    attendre à sec qu'on vînt les tirer pour les mettre à flot. Et avec le
    regard dédaigneux, ennuyé et frivole d'un amateur ou d'une femme
    parcourant, entre deux visites mondaines, une galerie, je me disais:
    «C'est curieux ce coucher de soleil, c'est différent, mais enfin j'en
    ai déjà vu d'aussi délicats, d'aussi étonnants que celui-ci.» J'avais
    plus de plaisir les soirs où un navire absorbé et fluidifié par
    l'horizon apparaissait tellement de la même couleur que lui, ainsi que
    dans une toile impressionniste, qu'il semblait aussi de la même
    matière, comme si on n'eût fait que découper son avant, et les
    cordages en lesquels elle s'était amincie et filigranée dans le bleu
    vaporeux du ciel. Parfois l'océan emplissait presque toute ma fenêtre,
    surélevée qu'elle était par une bande de ciel bordée en haut seulement
    d'une ligne qui était du même bleu que celui de la mer, mais qu'à
    cause de cela je croyais être la mer encore et ne devant sa couleur
    différente qu'à un effet d'éclairage. Un autre jour la mer n'était
    peinte que dans la partie basse de la fenêtre dont tout le reste était
    rempli de tant de nuages poussés les uns contre les autres par bandes
    horizontales, que les carreaux avaient l'air par une préméditation ou
    une spécialité de l'artiste, de présenter une «étude de nuages»,
    cependant que les différentes vitrines de la bibliothèque montrant des
    nuages semblables mais dans une autre partie de l'horizon et
    diversement colorés par la lumière, paraissaient offrir comme la
    répétition, chère à certains maîtres contemporains, d'un seul et même
    effet, pris toujours à des heures différentes mais qui maintenant avec
    l'immobilité de l'art pouvaient être tous vus ensemble dans une même
    pièce, exécutés au pastel et mis sous verre. Et parfois sur le ciel et
    la mer uniformément gris, un peu de rose s'ajoutait avec un
    raffinement exquis, cependant qu'un petit papillon qui s'était endormi
    au bas de la fenêtre semblait apposer avec ses ailes au bas de cette
    «harmonie gris et rose» dans le goût de celles de Whistler, la
    signature favorite du maître de Chelsea. Le rose même disparaissait, il
    n'y avait plus rien à regarder. Je me mettais debout un instant et
    avant de m'étendre de nouveau je fermais les grands rideaux. Au-dessus
    d'eux, je voyais de mon lit la raie de clarté qui y restait encore,
    s'assombrissant, s'amincissant progressivement, mais c'est sans
    m'attrister et sans lui donner de regret que je laissais ainsi mourir
    au haut des rideaux l'heure où d'habitude j'étais à table, car je
    savais que ce jour-ci était d'une autre sorte que les autres, plus
    long comme ceux du pôle que la nuit interrompt seulement quelques
    minutes; je savais que de la chrysalide de ce crépuscule se préparait
    à sortir, par une radieuse métamorphose, la lumière éclatante du
    restaurant de Rivebelle. Je me disais: «Il est temps»; je m'étirais,
    sur le lit, je me levais, j'achevais ma toilette; et je trouvais du
    charme à ces instants inutiles, allégés de tout fardeau matériel, où
    tandis qu'en bas les autres dînaient, je n'employais les forces
    accumulées pendant l'inactivité de cette fin de journée qu'à sécher
    mon corps, à passer un smoking, à attacher ma cravate, à faire tous
    ces gestes que guidait déjà le plaisir attendu de revoir cette femme
    que j'avais remarquée la dernière fois à Rivebelle, qui avait paru me
    regarder, n'était peut-être sortie un instant de table que dans
    l'espoir que je la suivrais; c'est avec joie que j'ajoutais à moi tous
    ces appâts pour me donner entier et dispos à une vie nouvelle, libre,
    sans souci, où j'appuierais mes hésitations au calme de Saint-Loup et
    choisirais entre les espèces de l'histoire naturelle et les
    provenances de tous les pays, celles qui, composant les plats
    inusités, aussitôt commandés par mon ami, auraient tenté ma
    gourmandise ou mon imagination.

    Et tout à la fin, les jours vinrent où je ne pouvais plus rentrer de
    la digue par la salle à manger, ses vitres n'étaient plus ouvertes,
    car il faisait nuit dehors, et l'essaim des pauvres et des curieux
    attirés par le flamboiement qu'ils ne pouvaient atteindre pendait, en
    noires grappes morfondues par la bise, aux parois lumineuses et
    glissantes de la ruche de verre.

    On frappa; c'était Aimé qui avait tenu à m'apporter lui-même les
    dernières listes d'étrangers.

    Aimé, avant de se retirer, tint à me dire que Dreyfus était mille fois
    coupable. «On saura tout, me dit-il, pas cette année, mais l'année
    prochaine: c'est un monsieur très lié dans l'état-major qui me l'a
    dit. Je lui demandais si on ne se déciderait pas à tout découvrir tout
    de suite avant la fin de l'année. Il a posé sa cigarette, continua
    Aimé en mimant la scène et en secouant la tête et l'index comme avait
    fait son client voulant dire: il ne faut pas être trop exigeant. «Pas
    cette année, Aimé, qu'il m'a dit en me touchant à l'épaule, ce n'est
    pas possible. Mais à Pâques, oui!» Et Aimé me frappa légèrement sur
    l'épaule en me disant: «Vous voyez je vous montre exactement comme il
    a fait», soit qu'il fût flatté de cette familiarité d'un grand
    personnage, soit pour que je pusse mieux apprécier en pleine
    connaissance de cause la valeur de l'argument et nos raisons
    d'espérer.

    Ce ne fut pas sans un léger choc au cœur qu'à la première page de la
    liste des étrangers, j'aperçus les mots: «Simonet et sa famille».
    J'avais en moi de vieilles rêveries qui dataient de mon enfance et où
    toute la tendresse qui était dans mon cœur, mais qui éprouvée par lui
    ne s'en distinguait pas, m'était apportée par un être aussi différent
    que possible de moi. Cet être, une fois de plus je le fabriquais en
    utilisant pour cela le nom de Simonet et le souvenir de l'harmonie qui
    régnait entre les jeunes corps que j'avais vus se déployer sur la
    plage, en une procession sportive, digne de l'antique et de Giotto. Je
    ne savais pas laquelle de ces jeunes filles était Mlle Simonet, si
    aucune d'elles s'appelait ainsi, mais je savais que j'étais aimé de
    Mlle Simonet et que j'allais grâce à Saint-Loup essayer de la
    connaître. Malheureusement n'ayant obtenu qu'à cette condition une
    prolongation de congé, il était obligé de retourner tous les jours à
    Doncières; mais, pour le faire manquer à ses obligations militaires,
    j'avais cru pouvoir compter, plus encore que sur son amitié pour moi,
    sur cette même curiosité de naturaliste humain que si souvent--même
    sans avoir vu la personne dont on parlait et rien qu'à entendre dire
    qu'il y avait une jolie caissière chez un fruitier--j'avais eue de
    faire connaissance avec une nouvelle variété de la beauté féminine.
    Or, cette curiosité, c'est à tort que j'avais espéré l'exciter chez
    Saint-Loup en lui parlant de mes jeunes filles. Car elle était pour
    longtemps paralysée en lui par l'amour qu'il avait pour cette actrice
    dont il était l'amant. Et même l'eût-il légèrement ressentie qu'il
    l'eût réprimée, à cause d'une sorte de croyance superstitieuse que de
    sa propre fidélité pouvait dépendre celle de sa maîtresse. Aussi
    fût-ce sans qu'il m'eût promis de s'occuper activement de mes jeunes
    filles que nous partîmes dîner à Rivebelle.

    Les premiers temps, quand nous arrivions, le soleil venait de se
    coucher, mais il faisait encore clair; dans le jardin du restaurant
    dont les lumières n'étaient pas encore allumées, la chaleur du jour
    tombait, se déposait, comme au fond d'un vase le long des parois
    duquel la gelée transparente et sombre de l'air semblait si
    consistante qu'un grand rosier appliqué au mur obscurci qu'il veinait
    de rose, avait l'air de l'arborisation qu'on voit au fond d'une pierre
    d'onyx. Bientôt ce ne fut qu'à la nuit que nous descendions de
    voiture, souvent même que nous partions de Balbec si le temps était
    mauvais et que nous eussions retardé le moment de faire atteler, dans
    l'espoir d'une accalmie. Mais ces jours-là, c'est sans tristesse que
    j'entendais le vent souffler, je savais qu'il ne signifiait pas
    l'abandon de mes projets, la réclusion dans une chambre, je savais
    que, dans la grande salle à manger du restaurant où nous entrerions au
    son de la musique des tziganes, les innombrables lampes triompheraient
    aisément de l'obscurité et du froid en leur appliquant leurs larges
    cautères d'or, et je montais gaiement à côté de Saint-Loup dans le
    coupé qui nous attendait sous l'averse. Depuis quelque temps, les
    paroles de Bergotte, se disant convaincu que malgré ce que je
    prétendais, j'étais fait pour goûter surtout les plaisirs de
    l'intelligence, m'avaient rendu au sujet de ce que je pourrais faire
    plus tard une espérance que décevait chaque jour l'ennui que
    j'éprouvais à me mettre devant une table, à commencer une étude
    critique ou un roman. «Après tout, me disais-je, peut-être le plaisir
    qu'on a eu à l'écrire n'est-il pas le critérium infaillible de la
    valeur d'une belle page; peut-être n'est-il qu'un état accessoire qui
    s'y surajoute souvent, mais dont le défaut ne peut préjuger contre
    elle. Peut-être certains chefs-d'œuvre ont-ils été composés en
    bâillant.» Ma grand'mère apaisait mes doutes en me disant que je
    travaillerais bien et avec joie si je me portais bien. Et, notre
    médecin ayant trouvé plus prudent de m'avertir des graves risques
    auxquels pouvait m'exposer mon état de santé, et m'ayant tracé toutes
    les précautions d'hygiène à suivre pour éviter un accident, je
    subordonnais tous les plaisirs au but que je jugeais infiniment plus
    important qu'eux, de devenir assez fort pour pouvoir réaliser l'œuvre
    que je portais peut-être en moi, j'exerçais sur moi-même depuis que
    j'étais à Balbec un contrôle minutieux et constant. On n'aurait pu me
    faire toucher à la tasse de café qui m'eût privé du sommeil de la
    nuit, nécessaire pour ne pas être fatigué le lendemain. Mais quand
    nous arrivions à Rivebelle, aussitôt, à cause de l'excitation d'un
    plaisir nouveau et me trouvant dans cette zone différente où
    l'exceptionnel nous fait entrer après avoir coupé le fil, patiemment
    tissé depuis tant de jours, qui nous conduisait vers la sagesse--comme
    s'il ne devait plus jamais y avoir de lendemain, ni de fins
    élevées à réaliser--disparaissait ce mécanisme précis de prudente
    hygiène qui fonctionnait pour les sauvegarder. Tandis qu'un valet de
    pied me demandait mon paletot, Saint-Loup me disait:

    --Vous n'aurez pas froid? Vous feriez peut-être mieux de le garder, il
    ne fait pas très chaud.

    Je répondais: «Non, non,» et peut-être je ne sentais pas le froid,
    mais en tous cas je ne savais plus la peur de tomber malade, la
    nécessité de ne pas mourir, l'importance de travailler. Je donnais mon
    paletot; nous entrions dans la salle du restaurant aux sons de quelque
    marche guerrière jouée par les tziganes, nous nous avancions entre les
    rangées des tables servies comme dans un facile chemin de gloire, et,
    sentant l'ardeur joyeuse imprimée à notre corps par les rythmes de
    l'orchestre qui nous décernait ses honneurs militaires et ce triomphe
    immérité, nous la dissimulions sous une mine grave et glacée, sous une
    démarche pleine de lassitude, pour ne pas imiter ces gommeuses de
    café-concert qui, venant de chanter sur un air belliqueux un couplet
    grivois, entrent en courant sur la scène avec la contenance martiale
    d'un général vainqueur.

    A partir de ce moment-là j'étais un homme nouveau, qui n'était plus le
    petit-fils de ma grand'mère et ne se souviendrait d'elle qu'en
    sortant, mais le frère momentané des garçons qui allaient nous servir.

    La dose de bière, à plus forte raison de champagne, qu'à Balbec je
    n'aurais pas voulu atteindre en une semaine, alors pourtant qu'à ma
    conscience calme et lucide la saveur de ces breuvages représentassent
    un plaisir clairement appréciable mais aisément sacrifié, je
    l'absorbais en une heure en y ajoutant quelques gouttes de porto, trop
    distrait pour pouvoir le goûter, et je donnais au violoniste qui
    venait de jouer les deux «louis» que j'avais économisés depuis un mois
    en vue d'un achat que je ne me rappelais pas. Quelques-uns des garçons
    qui servaient, lâchés entre les tables, fuyaient à toute vitesse,
    ayant sur leur paumes tendues un plat que cela semblait être le but de
    ce genre de courses de ne pas laisser choir. Et de fait, les soufflés
    au chocolat arrivaient à destination sans avoir été renversés, les
    pommes à l'anglaise, malgré le galop qui avait dû les secouer, rangées
    comme au départ autour de l'agneau de Pauilhac. Je remarquai un de ces
    servants, très grand, emplumé de superbes cheveux noirs, la figure
    fardée d'un teint qui rappelait davantage certaines espèces d'oiseaux
    rares que l'espèce humaine et qui, courant sans trêve et, eût-on dit,
    sans but, d'un bout à l'autre de la salle, faisait penser à quelqu'un
    de ces «aras» qui remplissent les grandes volières des jardins
    zoologiques de leur ardent coloris et de leur incompréhensible
    agitation. Bientôt le spectacle s'ordonna, à mes yeux du moins, d'une
    façon plus noble et plus calme. Toute cette activité vertigineuse se
    fixait en une calme harmonie. Je regardais les tables rondes, dont
    l'assemblée innombrable emplissait le restaurant, comme autant de
    planètes, telles que celles-ci sont figurées dans les tableaux
    allégoriques d'autrefois. D'ailleurs, une force d'attraction
    irrésistible s'exerçait entre ces astres divers et à chaque table les
    dîneurs n'avaient d'yeux que pour les tables où ils n'étaient pas,
    exception faite pour quelque riche amphitryon, lequel ayant réussi à
    amener un écrivain célèbre, s'évertuait à tirer de lui, grâce aux
    vertus de la table tournante, des propos insignifiants dont les dames
    s'émerveillaient. L'harmonie de ces tables astrales n'empêchait pas
    l'incessante révolution des servants innombrables, lesquels parce
    qu'au lieu d'être assis, comme les dîneurs, étaient debout, évoluaient
    dans une zone supérieure. Sans doute l'un courait porter des
    hors-d'œuvre, changer le vin, ajouter des verres. Mais malgré ces
    raisons particulières, leur course perpétuelle entre les tables rondes
    finissait par dégager la loi de sa circulation vertigineuse et réglée.
    Assises derrière un massif de fleurs, deux horribles caissières,
    occupées à des calculs sans fin, semblaient deux magiciennes occupées à
    prévoir par des calculs astrologiques les bouleversements qui
    pouvaient parfois se produire dans cette voûte céleste conçue selon la
    science du moyen âge.

    Et je plaignais un peu tous les dîneurs parce que je sentais que pour
    eux les tables rondes n'étaient pas des planètes et qu'ils n'avaient
    pas pratiqué dans les choses un sectionnement qui nous débarrasse de
    leur apparence coutumière et nous permet d'apercevoir des analogies.
    Ils pensaient qu'ils dînaient avec telle ou telle personne, que le
    repas coûterait à peu près tant et qu'ils recommenceraient le
    lendemain. Et ils paraissaient absolument insensibles au déroulement
    d'un cortège de jeunes commis qui, probablement n'ayant pas à ce
    moment de besogne urgente, portaient processionnellement des pains
    dans des paniers. Quelques-uns, trop jeunes, abrutis par les taloches
    que leur donnaient en passant les maîtres d'hôtel, fixaient
    mélancoliquement leurs yeux sur un rêve lointain et n'étaient consolés
    que si quelque client de l'hôtel de Balbec où ils avaient jadis été
    employés, les reconnaissant, leur adressait la parole et leur disait
    personnellement d'emporter le champagne qui n'était pas buvable, ce
    qui les remplissait d'orgueil.

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    韓詩外傳, Vol. 3-4 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-3-4/ https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-3-4/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:57 +0000 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-3-4/

    韓詩外傳, Vol. 3-4

    Aproximadamente 2.777 palavras.

    Produced by Nicole Lai

    卷三
    傳曰:昔者、舜甑盆無膻,而下不以余獲罪;飯乎土簋,啜乎土型,
    而農不以力獲罪;衣而領,而女不以巧獲罪;法下易由,事寡易為功,而
    民不以政獲罪。故大道多容,大德多下,圣人寡為,故用物常壯也。傳曰
    :易簡而天下之理得矣。詩曰:“政有夷之行,子孫保之。”忠易為禮,
    誠易為辭,賢人易為民,工巧易為材。詩曰:“政有夷之行,子孫保之。
    ”
    有殷之時,谷生湯之廷,三日而大拱。湯問伊尹曰:“何物也?”對
    曰:“谷樹也。”湯問:“何為而生于此?”伊尹曰:“谷之出澤,野物
    也,今生天子之庭,殆不吉也。”湯曰:“奈何?”伊尹曰:“臣聞:妖
    者、禍之先,祥者、福之先。見妖而為善,則禍不至,見祥而為不善,則
    福不臻””湯乃齋戒靜處,夙興夜寐,吊死問疾,赦過賑窮,七日而谷亡
    ,妖孽不見,國家昌。詩曰:“畏天之威,于時保之。”
    昔者、周文王之時,蒞國八年,夏六月,文王寢疾,五日而地動,東
    西南北不出國郊。有司皆曰:“臣聞:地之動,為人主也。今者、君王寢
    疾,五日而地動,四面不出國郊,群臣皆恐,請移之。”文王曰:“奈何
    其移之也?”對曰:“興事動眾,以增國城,其可移之乎!”文王曰:“
    不可。夫天之道見妖,是以罰有罪也,我必有罪,故此罰我也。今又專興
    事動眾,以增國城,是重吾罪也,不可以之。昌也請改行重善移之,其可
    以免乎!”于是遂謹其禮節硬皮革,以交諸侯;飾其辭令幣帛,以禮俊士
    ;頒其爵列等級田疇,以賞有功。遂與群臣行此,無幾何而疾止。文王即
    位八年而地動,之后四十三年,凡蒞國五十一年而終,此文王之所以踐妖
    也。詩曰:“畏天之威,于時保之。”
    王者之論德也,而不尊無功,不官無德,不誅無罪。朝無幸位,民無
    幸生。故上賢使能,而等級不菖;折暴禁悍,而刑罰不過。百姓曉然皆知
    夫為善于家,取賞于朝也;為不善于幽,而蒙刑于顯。夫是之謂定論,是
    王者之德。詩曰:“明昭有周,式序在位。”
    傳曰:以從俗為善,以貨財為寶,以養性為己為道,是民德也,未及
    于士也。行法而志堅,不以私欲害其所聞,是勁士也,未及于君子也。行
    法而志堅,好修其所聞,以矯其情;言行多當,未安諭也;知慮多當,未
    周密也;上則能大其所隆也,下則能開道不若己者,是篤厚君子,未及圣
    人也。若夫百王之法,若別白黑;應當世之變,若數三綱;行禮要節,若
    運四支;因化之功,若推四時;天下得序,群物安居,是圣人也。詩曰:
    “明昭有周,式序在位。”
    魏文侯欲置相,召李克問曰:“寡人欲置相,非翟黃則魏成子,愿卜
    之于先生。”李克避席而辭曰:“臣聞之;卑不謀,疏不間親。臣外居高
    者也,不敢當命。”文侯曰:“先生臨事勿讓。”李克曰:“夫觀士也,
    居則視其所親,富則視其所與,達則視其所舉,窮則視其所不為,貧則視
    其所不取。此五者足以觀矣。”文侯曰:“請先生就舍,寡人之相定矣。
    ”李克出,遇翟黃,曰:“今日聞君召先生而卜相,果誰為之?”李克曰
    :“魏成子為之。”翟黃悖然作色,曰:“吾何負于魏成子!西河之守,
    吾所進也;君以鄴為憂,吾進西門豹,君欲伐中山,吾進樂羊;中山既拔
    ,無守之者,吾進先生;君欲置太子傅,吾進趙蒼。皆有成功就事,吾何
    負于魏成子!”克曰:“子之言克于子之君也,豈比周以求大官哉!君問
    置相,非成則黃,二子何如?臣對曰:君不察故也。居則視其所親,富則
    視其所与,達則視其所舉,窮則視其所不為,貧則視其所不取。五者以定
    矣,何待克哉!是以知魏成子為相也。且子焉得与魏成子比!魏成子食祿
    日千鐘,什一在內,以聘約天下之士,是以得卜子夏,田子方,段干木,
    此三人,君皆師友之,子之所進皆臣之,子焉得与魏成子比乎!”翟黃逡
    巡再拜曰:“鄙人固陋,失對于夫子。”詩曰:“明昭有周,式序在位。
    ”
    成侯嗣公,聚a計數之君也,未及取民也;子產取民也,未及為政也
    ;管仲為政也,未及修禮。故修禮者王,為政者強,取民者安,聚者亡。
    故合聚之以招谷,積財以肥敵,危身亡國之道也,明君不蹈也。將修禮以
    齊朝,正法以齊官,平政以齊下,然后節奏齊乎朝,法則度量正乎官,忠
    信愛刑平乎下。如是,百姓愛之如父母,畏之如神明。是以德澤洋乎海內
    ,福祉歸乎王公。詩曰:“降福簡簡,威儀反反,既醉既飽,福祿來反。
    ”
    楚庄王寢疾,卜之,曰:“河為崇。”大夫曰:“請用牲。”庄王曰
    :“止。古者、圣王制祭不過望,濉漳江漢,楚之望也,寡人雖不德,河
    非所獲罪也。”遂不祭,三日而疾有瘳。孔子聞之,曰:“楚庄王之霸,
    其有方矣,制節守職,反身不貳,其霸不亦宜乎!”詩曰:“嗟嗟保介!
    ”庄王之謂也。
    人主之疾,十有二發,非有賢醫,莫能治也。何謂十二發?痿、蹶、
    逆、脹、滿、支、膈、盲、煩、喘、痹、風,此之曰十二發。賢醫治之何
    ?曰:省事輕刑,則痿不作;無使小民飢寒,則蹶不作;無令財貨上流,
    則逆不作;無令倉廩積腐,則脹不作;無使府庫充實,則滿不作;無使群
    臣縱恣,則支不作;無使下情不上通,則隔不作;上材恤下,則肓不作;
    法令奉行,則煩不作;無使下怨,則喘不作;無使賢伏匿,則痹不作;無
    使百姓歌吟誹謗,則風不作。夫重臣群下者,人主之心腹支体也,心腹支
    体無疾,則人主無疾矣,故非有賢醫,莫能治也。人皆有此十二疾,而不
    用賢醫,則國非其國也。詩曰:“多將儢豢刪藥。”終亦必亡而已矣。故
    賢醫用,則眾庶無疾,況人主乎!
    傳曰:太平之時,無、跛、眇、鰜叭濉鄱蹋哺覆豢拮櫻殘植豢薜埽駁
    牢襁負之遺育,然各以序終者,賢醫之用也。故安止平正除疾之道無他焉
    ,用賢而已矣。詩曰:“有瞽有瞽,在周之庭。”紂之遺民也。
    傳曰:“喪祭之禮廢,則臣子之恩薄,臣子之恩薄,則背死亡生者眾
    。”小雅曰:“子子孫孫,勿替引之。”
    人事倫,則順于鬼神;順于鬼神,則降福孔皆。詩曰:“以享以祀,
    以介景福。”
    武王伐紂,到于邢丘,J折為三,天雨,三日不休。武王心懼,召太
    公而問曰:“意者,紂未可伐乎?”太公對曰:“不然。因折為三者,軍
    當分為三也。天雨、三日不休,欲洒吾兵也。”武王曰:“然何若矣?”
    太公曰:“愛其人,及屋上烏;惡其人者,憎其骨余。咸劉厥敵,靡使有
    余。”武王曰:“于戲!天下未定也!”周公趨而進曰:“不然。使各度
    其宅,而佃其田,無獲舊新。百姓有過,在予一人。”武王曰:“于戲!
    天下已定矣。”乃修武勒兵于宁,更名邢丘曰怀,宁曰修武,行克紂于牧
    之野。詩曰:“牧野洋洋,檀車皇皇,駟矄彭彭,維師尚父,時維鷹揚,
    涼彼武王,肆伐大商,會朝清明。”既反商,及下車,封黃帝之后于蒯,
    封帝堯之后于祝,封舜之后于陳。下車而封夏后氏之后于杞,封殷之后于
    宋,封比干之墓,釋箕子之囚,表商容之閭。濟河而西,馬放華山之陽,
    示不复乘;牛放桃林之野,示不复服也;車甲而藏之于府庫,示不复用也
    。于是廢軍而郊射,左射狸首,右射騶虞,然后天下知武王不复用兵也。
    祀乎明堂,而民知孝;朝覲,然后諸侯知以敬;坐三老于大學,天子執醬
    而饋,執爵而嘄,所以教諸侯之悌也。此四者,天下之大教也。夫武之久
    ,不亦宜乎!詩曰:“胜殷遏劉,耆定爾功。”言伐紂而殷亡武也。
    孟嘗君請學于閔子;使車往迎閔子。閔子曰:“禮有來學,而無往教
    。致師而學,不能學;往教,則不能化君也。君所謂不能學者也,臣所謂
    不能化者也。”于是孟嘗君曰:“敬聞命矣。”明日、衣請受業。詩曰:
    “日就月將。”
    劍雖利,不厲不斷;材雖美,不學不高。雖有旨酒嘉怀膊恢捌渲跡凰
    漵猩頻潰不學,不達其功。故學然后知不足,教然后知不究。不足,故自
    愧而勉,不究、故盡師而熟。由此觀之,則教學相長也。子夏問詩,學一
    以知二,孔子曰:“起予者,商也,始可与言詩已矣。”孔子賢乎英杰,
    而圣德備,弟子被光景而德彰。詩曰:“日就月將。”
    凡學之道,嚴師為難。師嚴然后道尊;道尊然后民知敬學。故太學之
    禮,雖詔于天子,無北面,尊師尚道也。故不言而信,不怒而威,師之謂
    也。詩曰:“日就月將,學有緝熙于光明。”
    傳曰:宋大水。魯人吊之曰:“天降淫雨,害于粢盛,延及君地,以
    憂執政,使臣敬吊。”宋人應之,曰:“寡人不仁,齋戒不修,使民不時
    ,天加以災,又遺君憂,拜命之辱。”孔子聞之,曰:“宋國其庶几矣。
    ”弟子曰:“何謂?”孔子曰:“昔桀紂不任其過,其亡也忽焉。成湯文
    王知任其過,其興也勃焉。過而改之,是不過也。”宋人聞之,乃夙興夜
    寐,吊死問疾,戮力宇內,三歲,年丰政平。鄉使宋人不聞孔子之言,則
    年谷未丰,而國家未宁。詩曰:“佛時仔肩,示我顯德行。”
    齊桓公設庭燎,為便人欲造見者,幾年而士不至。于是東野有以九九
    見者,桓公使戲之曰:“九九足以見乎?”鄙人曰:“臣聞君設庭燎以待
    士,期年而士不至。夫士之所以不至者,君、天下之賢君也,四方之士皆
    自以不及君,故不至也。夫九九、薄能耳,而君猶禮之,況賢于九九者乎
    !夫太山不讓礫石,江海不辭小流,所以成其大也。詩曰:‘先民有言,
    詢于芻蕘。’博謀也。”桓公曰:“善。”乃固禮之。四月,四方之士相
    導而至矣。詩曰:“自堂徂基,自羊徂牛。”以小成大。
    太平之時,民行役者不菖時,男女不失時以偶。孝子不失時以養;外
    無曠夫,內無怨女;上無不慈之父,下無不孝之子;父子相成,夫婦相保
    ;天下和平,國家安宁;人事備乎下,天道應乎上。故天不變經,地不易
    形,日月昭明,列宿有常;天施地化,陰陽和合;動以雷電,潤以風雨,
    節以山川,均其寒暑,万民育生,各得其所,而制國用。故國有所安,地
    有所主,圣人刳木為舟,剡木為W,以通四方之物,使澤人足乎水,山人
    足乎魚,余衍之財有所流。故丰膏不獨樂,磽确不獨苦,雖遭凶年飢歲,
    禹湯之水旱,而民無凍餓之色。故生不乏用,死不轉尸,夫是之謂樂。詩
    曰:“于鑠王師,遵養時晦。”
    能制天下,必能養其民也;能養其民者,為自養也。飲食适乎藏,滋
    味适乎气,勞佚适乎筋骨,寒暖适乎肌膚;然后气藏平,心術治,思慮得
    ,喜怒時,起居而游樂,事時而用足,夫是之謂能自養者也。故圣人不淫
    佚侈靡者,非鄙夫色而愛財用也,養有适,過則不樂,故不為也。是以夏
    不數浴,非愛水也;冬不頻湯,非愛火也;不高台榭,非無土木也;不大
    鐘鼎,非無金錫也;不沈于酒,不貪于色,非辟丑也;直行情性之所安而
    制度,可以為天下法矣。故用不靡財,足以養其生,而天下稱其仁也;養
    不害性,足以成教,而天下稱其義也;适情辟余,不求非其有,而天下稱
    其廉也;行成不可掩,息刑不可犯,執一道而輕万物,天下稱其勇也。四
    行在乎民,居則婉愉,怒則胜敵;故審其所以養,而治道具矣;治道具,
    而遠近畜矣。詩曰:“于鑠王師,遵養時晦。”言相養者之至于晦也。
    公儀休相魯而嗜魚,一國人獻魚而不受。其弟諫曰:“嗜魚不受,何
    也?”曰:“夫欲嗜魚,故不受也。受魚而免于相,則不能自給魚;無受
    而不免于相,長自給于魚。”此明于魚為己者也。故老子曰:“后其身而
    身先,外其身而身存。非以其無私乎?故能成其私。”詩曰:“思無邪。
    ”此之謂也。
    傳曰:魯有父子訟者、康子欲殺。孔子曰:“未可殺也。夫民父子訟
    之為不義久矣,是則上失其道,上有道,是人亡矣。”訟者聞之,請無訟
    。康子曰:“治民以孝,殺一不義,以J不孝,不亦可乎?”孔子曰:“
    否。不教而听其獄,殺不辜也;三軍大敗,不可誅也;獄讞不治,不可刑
    也。上陳之教,而先服之,則百姓從風矣;邪行不從,然后俟之以刑,則
    民知罪矣。夫一仞之牆,民不能菖,百仞之山,童子登游焉,凌遲故也。
    今其仁義之陵遲久矣,能謂民無菖乎?詩曰:‘俾民不迷。’昔之君子道
    其百姓不使迷,是以威厲而刑措不用也。故形其仁義,謹其教道,使民目
    晰焉而見之,使民耳晰焉而聞之,使民心晰焉而知之,則道不迷,而民志
    不惑矣。詩曰:‘示我顯德行。’故道義不易,民不由也;禮樂不明,民
    不見也。詩曰:‘周道如砥,其直如矢。’言其易也。‘君子所履,小人
    所視。’言其明也。‘涎言顧之,潸焉出涕。’哀其不聞禮教而就刑誅也
    。夫散其本教,而施之刑辟,猶決其牢,而發以毒矢也,不亦哀乎!故曰
    :未可殺也。昔者、先王使民以禮,譬之如御也,刑者,鞭策也,今猶無
    轡銜而鞭策以御也,欲馬之進,則策其后,欲馬之退,則策其前,御者以
    勞,而馬亦多傷矣。今猶此也,上憂勞而民多罹刑。詩曰:‘人而無禮,
    胡不遄死!’為上無禮,則不免乎患;為下無禮,則不免乎刑;上下無禮
    ,胡不遄死!”康子避席再拜曰:“仆雖不敏,請承此語矣。”孔子退朝
    ,門人子路難曰:“父子訟、道邪?”孔子曰:“非也。”子路曰:“然
    則夫子胡為君子而免之也?”孔子曰:“不戒責成,害也,慢令致期,暴
    也,不教而誅、賊也。君子為政,避此三者。且詩曰:‘載色載笑,匪怒
    伊教。’”
    當舜之時,有苗不服,其不服者,衡山在南,岐山在北,左洞庭之波
    ,右彭澤之水,由此險也。以其不服,禹請伐之,而舜不許,曰:“吾喻
    教猶未竭也。”久喻教,而有苗民請服。天下聞之,皆薄禹之義,而美舜
    之德。詩曰:“載色載笑,匪怒伊教。”舜之謂也。問曰:“然則禹之德
    不及舜乎?”曰:“非然也。禹之所以請伐者,欲彰舜之德也。故善則稱
    君,過則稱己,臣下之義也。假使禹為君,舜為臣,亦如此而已矣。夫禹
    可謂達乎為人臣之大体也。”
    季孫氏之治魯也,眾殺人,而必當其罪;多罰人,而必當其過。子貢
    曰:“暴哉!治乎!”季孫聞之,曰:“吾殺人,必當其罪;罰人,必當
    其過。先生以為暴,何也?”子貢曰:“夫奚不若子產之治鄭,一年而負
    罰之過省,二年而刑殺之罪亡,三年而庫無拘人。故民歸之,如水就下;
    愛之、如孝子敬父母。子產病,將死,國人皆吁嗟,曰:‘誰可使代子產
    死者乎?’及其不免死也,士大夫哭之于朝,商賈哭之于市,農夫哭之于
    野。哭子產者皆如喪父母。今竊聞夫子疾之時,則國人喜,活則國人皆駭
    。以死相賀,以生相恐,非暴而何哉!賜聞之:托法而治,謂之暴;不戒
    致期,謂之虐;不教而誅,謂之賊;以身胜人,謂之責。責者失身,賊者
    失臣,虐者失政,暴者失民。且賜聞:居上位,行此四者而不亡者,未之
    有也。”于是季孫稽首謝曰:“謹聞命矣。”詩曰:“載色載笑,匪怒伊
    教。”
    問者曰:“夫智者何以樂于水也?”曰:“夫水者,緣理而行,不遺
    小間,似有智者;動而下之,似有禮者;蹈深不疑,似有勇者;障防而清
    ,似知命者;歷險致遠,卒成不毀,似有德者。天地以成,群物以生,國
    家以宁,万事以平,品物以正。此智者所以樂于水也。”詩曰:“思樂泮
    水,薄采其茆。魯侯戾止,在泮飲酒。”樂水之謂也。
    問者曰:“夫仁者何以樂于山也?”曰:“夫山者、万民之所瞻仰也
    。草木生焉,万物植焉,飛鳥集焉,走獸休焉,四方益取与焉,出云道風
    ,曊斕醇洹斕匾猿桑補乙宁。此仁者所以樂于山也。”詩曰:“太山岩岩
    ,魯邦所瞻。”樂山之謂也。
    傳曰:晉文公嘗約亡,反國,三行賞而不及陶叔狐。陶叔狐謂咎犯曰
    :“吾從而亡,十有一年,顏色黯黑,手足胼胝。今反國,三行賞,而我
    不與焉,君其忘我乎?其有大過乎?子試為我言之。”咎犯言之。文公曰
    :“噫!我豈忘是子哉!高明至賢,志行全成,湛我以道,說我以仁,變
    化我行,昭明我,使我為成人者,吾以為上賞。恭我以禮,防我以義,藩
    援我,使我不為非者,吾以為次。勇猛強武,氣勢自御,難在前則處在,
    難在后則處后,免我危難之中,吾以為次。然勞苦之士次之。詩曰:‘率
    履不越,遂視既發。’今不內自訟過,不悅百姓,將何錫之哉!”
    夫詐人者曰:“古今异情,其所以治亂异道。”而眾人皆愚而無知、
    陋而無度者也,于其所見,猶可欺也,況乎千歲之后乎!彼詐人者、門庭
    之間猶挾欺,而況乎千歲之上乎!然則圣人何以不可欺也?曰:圣人以己
    度人者也。以心度心,以情度情,以類度類,古今一也。類不悖,雖久同
    理,故性緣理而不迷也。夫五帝之前無傳人,非無賢人,久故也;五帝之
    中無傳政,非無善改,久故也;虞夏有傳政,不如殷周之察也,非無善政
    ,久故也。夫傳者久則愈略,近則愈詳,略則舉大,詳則舉細。故愚者聞
    其大不知其細,聞其細不知其大,是以久而差。三王五帝,政之至也。詩
    曰:“帝命不違,至于湯齊。”言古今一也。
    舜生于諸馮,遷于負夏,卒于鳴條,東夷之人也。文王生于岐周,卒
    于畢郢,西夷之人也。地之相去也,千有余里,世之相后也,千有余歲,
    然得志行乎中國,若合符節。孔子曰:“先圣后圣,其揆一也。”詩曰:
    “帝命不違,至于湯齊。”
    孔子觀于周廟,有欹器焉。孔子問于守廟者曰:“此謂何器也?”對
    曰:“此蓋為宥座之器。”孔子曰:“聞宥座器滿則覆,虛則欹,中則正
    ,有之乎?”對曰:“然。”孔子使子路取水試之,滿則覆,中則正,虛
    則欹。孔子喟然而嘆曰:“嗚呼!惡有滿而不覆者哉!”子路曰:“敢問
    持滿有道乎?”孔子曰:“持滿之道,抑而損之。”子路曰:“損之有道
    乎?”孔子曰:“德行寬裕者、守之以恭;土地廣大者,守之以儉;祿位
    尊盛者,守之以卑,人眾兵強者,守之以畏;聰明睿智者、守之以愚;博
    聞強記者,守之以淺。夫是之謂抑而損之。”詩曰:“湯降不遲,圣敬日
    躋。”
    周公踐天子之位,七年,布衣之士所贄而師者十人,所友見者十二人
    ,窮巷白屋先見者四十九人,時進善者百人,教士千人,宮朝者万人。成
    王封伯禽于魯,周公誡之曰:“往矣!子無以魯國驕士。吾、文王之子,
    武王之弟,成王之叔父也,又相天下,吾于天下,亦不輕矣。然一沐三握
    發,一飯三吐哺,猶恐失天下之士。吾聞德行寬裕,守之以恭者榮;土地
    廣大,守之以儉者安;祿位尊盛,守之以卑者貴;人眾兵強,守之以畏者
    胜;聰明睿智,守之以愚者善;博聞強記,守之以淺者智。夫此六者、皆
    謙德也。夫貴為天子,富有四海,由此德也;不謙而失天下,亡其身者,
    桀紂是也;可不慎歟!故易有一道,大足以守天下,中足以守其國家,近
    足以守其身,謙之謂也。夫天道虧盈而益謙,地道變盈而流謙,鬼神害盈
    而福謙,人道惡盈而好謙。是以衣成則必缺,宮成則必缺隅,屋成則必加
    拙,示不成者、天道然也。易曰:‘謙、亨、君子有終、吉。’詩曰:‘
    湯降不遲,圣敬日躋。’誡之哉!其無以魯國驕士也。”傳曰:子路盛服
    以見孔子。孔子曰:“由、疏疏者何也?昔者、江于汶,其始出也,不足
    以濫觴;及其至乎江之津也,不方舟,不避風,不可渡也,非其眾川之多
    歟!今汝衣服其盛,顏色充滿,天下有誰加汝哉!”子路趨出,改服而入
    ,蓋揖如也。孔子曰:“由志之,吾語女;夫慎于言者不嘩,慎于行者不
    伐。色知而有長者、小人也。故君子知之為知之,不知為不知,言之要也
    ;能之為能之,不能為不能,行之要也。言要則知,行要則仁,既知且仁
    ,又何加哉!”詩曰:“湯降不遲,圣敬日躋。”
    君子行不貴苟難,說不貴苟察,名不貴苟傳,惟其當之為貴。夫負石
    而赴河,行之難為者也,而申徒狄能之,君子不貴者,非禮義之中也。山
    淵平,天地比,齊秦襲,入乎耳,出乎口,鉤有須,卵有毛,此說之難持
    者也,而鄧s惠施能之,君子不貴者,非禮義之中也。盜跖吟口,名聲若
    日月,与舜禹俱傳而不息,君子不貴者,非禮義之中也。故君子行不貴苟
    難,說不貴苟察,名不貴苟傳,維其當之為貴。詩曰:“不競不亢,不剛
    不柔。”
    伯夷叔齊目不視惡色,耳不听惡聲;非其君不事,非其民不使;橫政
    之所出,橫民之所止,弗忍居也;思与鄉人居,若朝衣朝冠坐于涂炭也。
    故聞伯夷之風者、貪夫廉,懦夫有立志。至柳下惠則不然,不羞污君,不
    辭小官;進不隱賢,必由其道;甋窮而不憫,遺佚而不怨;与鄉人居,愉
    愉然不去也,雖袒裼裸裎于我側,彼安能浼我哉!故聞柳下惠之風,鄙夫
    寬,薄夫厚。至乎孔子去魯,遲遲乎其行也,可以去而去,可以止而止,
    去父母國之道也。伯夷、圣人之清者也,柳下惠、圣人之和者也,孔子、
    圣人之中者也。詩曰:“不競不?,不剛不柔。”中庸和通之謂也。
    王者之等賦正事,田野什一,關市譏而不征,山林澤梁,以時入而不
    禁。相地而正壤,理道而致貢。万物群來,無有流滯,以相通移。近者不
    隱其能,遠者不疾其勞。雖幽間僻陋之國,莫不趨使而安樂之。夫是之謂
    王者之等賦正事。詩曰:“敷政优优,百祿是遒。”
    孫卿与臨武君議兵于趙孝成王之前。王曰:“敢問兵之要?”臨武君
    曰:“夫之要義,上得天時,下得地利,后之發,先之至,此兵之要也。
    ”孫卿曰:“不然。夫兵之要,在附親士民而已。六馬不和,造父不能以
    致遠;弓矢不調,羿不能以中微;士民不親附,湯武不能以戰胜。由此觀
    之,要在于附親士民而已矣。”臨武君曰:“不然。夫兵之用,變故也,
    其所貴,謀詐也,善用之者,猶脫兔莫知其出;孫吳用之,無敵于天下。
    由此觀之,豈待親士民而后可哉!”孫卿曰:“不然。君之所道者、諸侯
    之兵、謀臣之事也;臣之所道者、仁人之兵,圣王之事也。彼可詐者,必
    怠慢者也,君臣上下之際,突然有离德者也。夫以跖而詐桀,猶有工拙焉
    。以桀詐堯,如以指撓沸,以卵投石,抱羽毛而赴烈火,入則饕玻太怚i
    詐也!且夫暴國將孰焉與至哉?彼其与至者,必欺其民,民之親我也,芬
    若椒蘭,歡如父子,彼顧其上,如毒蜂蠆之人哉,雖桀跖豈肯為其所至惡
    ,賊其所至愛哉!是猶使人之子孫,自賊其父母也,彼則先覺其失,何可
    詐哉!且仁人之兵,聚則成卒,散則成列,延居則若莫邪之長刃,嬰之者
    斷,銳居則若莫邪之利鋒,當之者潰,圓居則若丘山之不可移也,方居則
    若盤石之不可拔也,触之,摧角折節而退爾,夫何可詐也。詩曰:‘武王
    載旆,有虔秉鉞;如火烈烈,則莫我敢曷。’此謂湯武之兵也。”孝成王
    避席仰首曰:“寡人雖不敏,請依先生之兵也。”
    受命之士,正衣冠而立,儼然,人望而信之;其次、聞其言而信之;
    其次、見其行而信之;既見其行,而眾皆不信,斯下矣。詩曰:“慎与言
    矣,謂爾不信。”
    昔者、不出戶而知天下,不窺牖而見天道,非目能視乎千里之前,非
    耳能聞乎千里之外,以己之情量之也。己惡飢寒焉,則知天下之欲衣食也
    ;己惡勞苦焉,則知天下之欲安佚也;己惡衰乏焉,則知天下之欲富足也
    。知此三者、圣王之所以不降席而匡天下。故君子之道,忠恕而已矣。夫
    處飢渴,苦血气,困寒暑,動肌膚,此四者,民之大害也,害不除,未可
    教御也。四体不掩,則鮮仁人;五藏空虛,則無立士。故先王之法,天子
    親耕,后妃親蚕,先天下憂衣与食也。詩曰:“父母何嘗?心之憂矣,之
    子無裳。”

    卷四
    紂作炮烙之刑。王子比干曰:“主暴不諫,非忠也;畏死不言,非勇
    也。見過即諫,不用即死,忠之至也。”遂諫,三日不去朝,紂囚殺之。
    詩曰:“昊天大憮,予慎無辜!”
    桀為酒池,可以運舟:糟丘,足以望十里;而牛飲者三千人。關龍逢
    進諫曰:“古之人君,身行禮義,愛民節財,故國安而身壽。今君用財若
    無窮,殺人若恐弗胜,君若弗革,天殃必降,而誅必至矣。君其革之!”
    立而不去朝。桀囚而殺之。君子聞之曰:“天之命矣!”詩曰:“昊天太
    憮,予慎無辜!”
    有大忠者,有次忠者,有下忠者,有國賊者。以道覆君而化之,是謂
    大忠也;以德調君而輔之,是謂次忠也;以諫非君而怨之,是謂下忠也;
    不恤乎公道之達義,偷合苟同,以持祿養者,是謂國賊也。若周公之于成
    王,可謂大忠也;管仲之于桓公,可謂次忠也;子胥之于夫差,可謂下忠
    也;曹触龍之于紂,可謂國賊也。皆人臣之所為也,吉凶賢不肖之效也。
    詩曰:“匪其止共,惟王之邛。”
    哀公問取人。孔子曰:“無取健,無取佞,無取口讒。健、驕也,佞
    、諂也,讒、誕也。故弓調然后求勁焉,馬服然后求良焉,士信愨然后求
    知焉,士不信焉,又多知,譬之豺狼,其難以身近也。周書曰:‘為虎傅
    翼也。’不亦殆乎!”詩曰:‘匪其止共,惟王之邛。’言其不恭其職事
    ,而病其主也。
    齊桓公獨以管仲謀伐莒,而國人知之。桓公謂管仲曰:“寡人獨為仲
    父言,而國人知之,何也?”管仲曰:“意若國中有圣人乎!今東郭牙安
    在?”桓公顧曰:“在此。”管仲曰:“子有言乎?”東郭牙曰:“然。
    ”管仲曰:“子何以知之?”曰:“臣聞君子有三色,是以知之。”管仲
    曰:“何謂三色?”曰:“歡忻愛說,鐘鼓之色也;愁悴哀憂,衰之色也
    ;猛厲充實,兵革之色也。是以知之。”管仲曰:“何以知其莒也?”對
    曰:“君東南面而指,口張而不掩,舌舉而不下,是以知其莒也。”桓公
    曰:“善。詩曰:‘他人有心,予忖度之。’”東郭先生曰:“目者、心
    之符也,言者、行之指也。夫知者之于人也,未嘗求知而后能知也,觀容
    貌,察氣志,定取舍,而人情畢矣。”詩曰:“他人有心,予忖度之。”
    今有堅甲利兵,不足以施敵破虜;弓良矢調,不足射遠中微,與無兵
    等爾。有民不足強用嚴敵,与無民等爾。故盤石千里,不為有地;愚民百
    万,不為有民。詩曰:“維南有箕,不可以簸揚;維北有斗,不可以挹酒
    漿。”
    傳曰:舜彈五弦之琴,以歌南風,而天下治。周平公酒不离于前,鐘
    石不解于懸,而宇內亦治。匹夫百畝一室,不遑啟處,無所移之也。夫以
    一人而兼听天下,其日有余而下治,是使人為之也。夫擅使人之權,而不
    能制眾于下,則在位者,非其人也。詩曰:“維南有箕,不可以簸揚;維
    北有斗,不可以挹酒漿。”言有位無其事也。
    齊桓公伐山戎,其道過燕,燕君送之出境。桓公問管仲曰:“諸侯相
    送,固出境乎?”管仲曰:“非天子不出境。”桓公曰:“然畏而失禮也
    。寡人不可使燕失禮。”乃割燕君所至之地以与之。諸侯聞之,皆朝于齊
    。詩曰:“靜恭爾位,好是正直。神之听之,介爾景福。”
    韶用干戚,非至樂也;舜兼二女,非達禮也;封黃帝之子十九人,非
    法義也;往田號泣,未盡命也。以人觀之則是也,以法量之則未也。禮曰
    :“禮儀三百,威儀三千。”詩曰:“靜恭爾位,正直是与,神之听之,
    式谷以女。”
    禮者、治辯之极也,強國之本也,威行之道也,功名之統也,王公由
    之,所以一天下也,不由之,所以隕社稷也。是故堅甲利兵,不足以為武
    ;高城深池,不足以為固;嚴令繁刑,不足以為威;由其道則行,不由其
    道則廢。昔楚人蛟革犀兕以為甲,堅如金石,宛如鉅蛇,慘若蜂蠆,輕利
    剛疾,卒如飄風,然兵殆于垂沙,唐子死,庄軨走,楚分為三四者,此豈
    無堅甲利兵也哉!所以統之非其道故也。汝淮以為險,江漢以為池,緣之
    以方城,限之以鄧林,然秦師至于鄢郢舉,若振槁然,是豈無固塞限險也
    哉!其所以統之者、非其道故也。紂殺比干,而囚箕子,為炮烙之刑,殺
    戮無時,群下愁怨,皆莫冀其命,然周師至,令不行乎左右,而豈其無嚴
    令繁刑也哉!其所以統之者、非其道故也。若夫明道而均分之,誠愛而時
    使之,則下之應上,如影響矣;有不由命,然后俟之以刑,刑一人而天下
    服,下不非其上,知罪在己也。是以刑罰競消,而威行如流者、無他,由
    是道故也。詩曰:“自東自西,自南自北,無思不服。”如是則近者歌謳
    之,遠者赴趨之,幽閑僻陋之國,莫不趨使而安樂之,若赤子之歸慈母者
    、何也?仁刑義立,教誠愛深,禮樂交通故也。詩曰:“禮儀卒度,笑語
    卒獲。”
    君人者、以禮分施,均遍而不偏,臣以禮事君,忠順而不解,父寬惠
    而有禮,子敬愛而致恭,兄慈愛而見友,弟敬 而不慢,夫照臨而有別,
    妻柔順而听從,若夫行之而不中道,即恐懼而自竦。此全道也,偏立則亂
    ,具立則治。請問兼能之奈何?曰審禮。昔者、先王審禮以惠天下,故德
    及天地。動無不當。夫君子恭而不難,敬而不鞏,貧窮而不約,富貴而不
    驕,應變而不窮,審之禮也。故君子于禮也,敬而安之;其于事也,經而
    不失;其于人也,寬裕寡怨而弗阿;其于儀也,修飾而不危;其應變也,
    齊給便捷而不累;其于百官伎藝之人也,不与爭能而致用其功;其于天地
    万物也,不拂其所而謹裁其盛;其待上也,忠順而不解;其使下也,均遍
    而不偏;其于交游也,緣類而有義;其于鄉曲也,容而不亂。是故窮則有
    名,通則有功,仁義兼覆天下而不窮,明通天地、理万變而不疑,血气平
    和,志意廣大,行義塞天地,仁知之极也,夫是謂先王審之禮也。若是、
    則老者安之,少者怀之,朋友信之,如赤子之歸慈母也。曰:仁刑義立,
    教誠愛深,禮樂交通故也。詩曰:“禮儀卒度,笑語卒獲。”
    晏子聘魯,上堂則趨,授玉則跪。子貢怪之,問孔子曰:“晏子知禮
    乎?今者晏子來聘魯,上堂則趨,授玉則跪,何也?”孔子曰:“其有方
    矣。待其見我,我將問焉。”俄而晏子至,孔子問之。晏子對曰:“夫上
    堂之禮,君行一,臣行二。今君行疾,臣敢不趨乎!今君之授幣也卑,臣
    敢不跪乎!”孔子曰:“善。禮中又有禮。賜、寡使也,何足以識禮也!
    ”詩曰:“禮儀卒度,笑語卒獲。”晏子之謂也。
    古者八家而井田。方里為一井,廣三百步,長三百步,為一里,其田
    九百畝。廣一步、長百步,為一畝;廣百步,長百步,為百畝。八家為鄰
    ,家得百畝,余夫各得二十五畝,家為公田十畝,余二十畝共為廬舍,各
    得二畝半。八家相保,出入更守,疾病相憂,患難相救,有無相貸,飲食
    相召,嫁娶相謀,漁獵分得,仁恩施行,是以其民和親而相好。詩曰:“
    中田有廬,疆場有瓜。”今或不然,令民相伍,有罪相伺,有刑相舉,使
    构造怨仇,而民相殘,傷和睦之心,賊仁恩,害士化,所和者寡,欲敗者
    多,于仁道泯焉。詩曰:“其何能淑,載胥及溺。”
    天子不言多少,諸侯不言利害,大夫不言得喪,士不言通財貨,不賈
    于道。故駟馬之家,不持雞豚之息,伐冰之家,不圖牛馬之入,千乘之君
    ,不通貨財,冢卿不修幣施,大夫不為場圃,委積之臣,不貪市井之利。
    是以貧窮有所歡,而孤寡有所措手足也。詩曰:“彼有遺秉,此有滯穗,
    伊寡婦之利。”
    人主欲得善射及遠中微,則懸貴爵重賞以招致之,內不阿子弟,外不
    隱遠人,能中是者取之,是豈不謂之大道也哉!雖圣人弗能易也。今欲治
    國馭民,調一上下,將內以固城,外以拒難,治則制人,人弗能制,亂則
    危削滅亡可立待也。然而求卿相輔佐,獨不如是之公,惟便僻比己之是用
    ,豈不謂過乎!故有社稷,莫不欲安,俄則危矣,莫不欲存,俄則亡矣。
    古之國千余,今無數十,其故何也?莫不失于是也。故明主有私人以百金
    名珠玉,而無私以官職事業者,何也?曰:本不利所私也。彼不能而主使
    之,是主也;臣不能而為之,是詐臣也。主于上,臣詐于下,滅亡無日矣
    ,俱害之道也。故惟明主能愛其所愛,主則必危其所愛。夫文王非無便之
    辟親己者,超然乃舉太公于舟人而用之,豈私之哉!以為親邪?則异族之
    人也;以為故耶?則未嘗相識也;以為姣好耶?則太公年七十二,焉然而
    齒墮矣!然而用之者,文王欲立貴道,欲白貴名,兼制天下,以惠中國,
    而不可以獨,故舉是人而用之,貴道果立,貴名果白,兼制天下,立國七
    十一,姬姓獨居五十二,周之子孫苟不狂惑,莫不為天下顯諸侯,夫是之
    謂能愛其所愛矣。故惟明主能愛其所愛,其主必危其所愛,此之謂也。大
    雅曰:“貽厥孫謀,以燕翼子。”小雅曰:“死喪無日,無幾相見。”危
    其所愛之謂也。
    問者不告,告者勿問,有諍气者勿与論。必由其道至然后接之,非其
    道則避之。故禮恭然后可與言道之方,辭順然后可与言道之理,色從然后
    可與言道之极。故未可与言而言,謂之瞽,可與言而不与言,謂之隱,君
    子不瞽,言謹其序。詩曰:“彼交匪紓,天子所予。”言必交吾志然后予
    。
    子為親隱,義不得正;君誅不義,仁不得受。雖違仁害義,法在其中
    矣。詩曰:“优哉游哉!亦是戾矣。”
    齊桓公問于管仲曰:“王者何貴?”曰:“貴天。”桓公仰而視天。
    管仲曰:“所謂天,非蒼莽之天也。王者以百姓為天,百姓与之則安,輔
    之則強,非之則危,倍之則亡。詩曰:‘民之無良,相怨一方。’民皆居
    一方而怨其上,不亡者、未之有也。”
    善御者不忘其馬,善射者不忘其弓,善為上者不忘其下。誠愛而利之
    ,四海之內,闔若一家;不愛而利,子或殺父,而況天下乎!詩曰:“民
    之無良,相怨一方。”
    出則為宗族患,入則為鄉里憂。詩曰:“如蠻如髦,我是用憂。”小
    人之行也。
    有君不能事,有臣欲其忠;有父不能事,有子欲其孝;有兄不能敬,
    有弟欲其從令。詩曰:“受爵不讓,至于己斯亡。”言能知于人,而不能
    自知也。
    夫當世之愚,飾邪說,文奸言,以亂天下,欺惑眾愚,使混然不知是
    非治亂之所存者、則是范睢、魏牟、田文、庄周、慎到、田駢、墨翟、宋
    綦、鄧s、惠施之徒也。此十子者、皆順非而澤,聞見雜博,然而不師上
    古,不法先王,按往舊造說,務自為工,道無所遇,而人相從,故曰:十
    子者之工說,說皆不足合大道,美風俗,治綱紀,然其持之各有故,言之
    皆有理,足以欺惑眾愚,交亂朴鄙,則是十子之罪也。若夫總方略,一統
    類,齊言行,群天下之英杰,告之以大道,教之以至順,蕝要之間,衽席
    之上,簡然圣王之文具,沛然平世之俗趨,工說者不能入也,十子者不能
    親也,無置錐之地,而王公不能与爭名,則是圣人之未得志者也,仲尼是
    也,一天下,財万物,長養人民,兼利天下,通達之屬,莫不從服,工說
    者立息,十子者遷化,則圣人之得穿蚽乘從硎且病嗜私焙撾裨眨可戲從碇
    粗疲蚕則仲尼之義,以務息十子之說,如是者、人之事畢矣,天下之害除
    矣,圣人之跡著矣。詩曰:“雨雪,見曰消。”
    君子大心則敬天而道,小心則畏義而節;知則明達而類,愚則端愨而
    法;喜則和而治,憂則靜而違;達則宁而容,窮則納而詳。小人大心則慢
    而暴,小心則淫而傾;知則攫盜而徼,愚則毒賊而亂;喜則輕易而快,憂
    則挫而懾;達則驕而偏,窮則棄而累;其肢体之序,与禽獸同節,言語之
    暴,与蠻夷不殊,出則為宗族患,入則為鄉里憂。詩曰:“如蠻如髦。我
    則用憂。”
    傳曰:愛由情出,謂之仁,節愛理宜,謂之義,致愛恭謹,謂之禮,
    文禮謂之容,禮容之美,自足以為治。故其言可以為民道,民從是言也;
    行可以為民法,民從是行也;書之于策,傳之于志,万世子子孫孫道而不
    舍。由之則治,失之則亂,由之則生,失之則死。今夫肢体之序,与禽獸
    同節,言語之暴,与蠻夷不殊,混然無道,此明王圣主之所罪。詩曰:“
    如蠻如髦,我是用憂。”
    客有說春申君者曰:“湯以七十里,文王百里,皆兼天下,一海內。
    今夫孫子者,天下之賢人也,君借之百里之勢,臣竊以為不便于君。若何
    ?”春申君曰:“善。”于是使人謝孫子,去而之趙,趙以為上卿。客又
    說春申君曰:“昔伊尹去夏之殷,殷王而夏亡;管仲去魯而入齊,魯弱而
    齊強。由是觀之,夫賢者之所在,其君未嘗不善,其國未嘗不安也。今孫
    子、天下之賢人,何謂辭而去?”春申君又云:“善。”于是使請孫子。
    孫子因偽喜謝之:“鄙語曰:‘癘怜王。’此不恭之語也,雖不可不審也
    ,非比為劫殺死亡之主者也,夫人主年少而放,無術法以知奸,即大臣以
    專斷圖私,以禁誅于己也,故舍賢長而立幼弱,廢正直而用不善。故春秋
    之志曰:楚王之子圍聘于鄭,未出境,聞王疾,返問疾,遂以冠纓絞王而
    殺之,因自立。齊崔杼之妻美,庄公通之,〔崔杼帥其党而攻庄公,庄公
    請与分國,〕崔杼不許,欲自刃于廟,〔崔杼又不許,〕庄公走出,菖于
    外牆,射中其股,遂殺而立其弟景公。近世所見,李兌用趙,餓主父于沙
    丘,百日而殺之。淖齒用齊,擢閔王之筋,而懸之于廟,宿昔而殺之。夫
    癘雖姜~痂疵,上比遠世,未至絞頸射股也,下比近世,未至擢筋餓死也
    。夫劫殺死亡之主,心之憂勞,形之苦痛,必甚于癘矣。由此觀之,癘雖
    怜王,可也。”因為賦曰:“旋玉瑤珠不知佩,雜布与錦不知异,閭佣寄
    爸疵劍叉頗噶甘侵聰病悅為明,以聾為聰,以是為非,以吉為凶。嗚呼!
    上天!曷維其同!”詩曰:“上帝甚蹈,無自瘵焉。”
    南苗异獸之,猶犬羊也,与之于人,猶死之藥也,安舊侈質,習貫易
    性而然也。夫狂者自,忘其非芻豢也,飯土,忘其非粱飯也,然則楚之狂
    者楚言,齊之狂者齊言,習使然也。夫習之于人,而著,深而固,是暢于
    筋骨,貞于膠漆,是以君子務為學也。詩曰:“既見君子,德音孔膠。”
    孟子曰:“仁、人心也,義、人路也。舍其路弗由,放其心而弗求。
    人有雞犬放,則知求之,有放心,而不知求,其于心為不若雞犬哉!不知
    類之甚矣,悲矣!終亦必亡而已矣。故學問之道無他焉,求其放心而已。
    ”詩曰:“中心藏之,何日忘之?”
    道雖近,不行不至;事雖小,不為不成;每自多者,出人不遠矣。夫
    巧弓在此手也,傳角被筋,膠漆之和,即可以為万乘之寶也。及其彼手,
    而賈不數銖。人同材鈞,而貴賤相万者、盡心致志也。詩曰:“中心藏之
    ,何日忘之?”
    傳曰:誠惡惡,知刑之本,誠善善,知敬之本。惟誠感神,達乎民心,知
    刑敬之本,則不怒而威,不言而信,誠、德之主也。詩曰:“鼓鐘于宮,
    聲聞于外。”
    孔子見客,客去。顏淵曰:“客、仁也。”孔子曰:“恨兮其心,顙
    兮其口,仁則吾不知也,言之所聚也。”顏淵蹴然變色。曰:“良玉度尺
    ,雖有十仞之土,不能掩其光;良珠度寸,雖有百仞之水,不能掩其瑩。
    夫形、体也,色、心也,閔閔乎其薄也。苟有溫良在中,則眉睫著之矣;
    疵瑕在中,則眉睫不能匿之。詩曰:“鼓鐘于宮,聲聞于外。”
    偽詐不可長,空虛不可守,朽木不可雕,情亡不可久。詩曰:“鐘鼓
    于宮,聲聞于外。”言有中者必能見外也。
    所謂庸人者,口不能道乎善言,心不能知先王之法,動作而不知所務
    ,止立而不知所定,日選于物,而不知所貴,不知選賢人善士而托其身焉
    ,從物而流,不知所歸,五藏無政,心從而坏遂不反,是以動而形危,靜
    則名辱。詩曰:“之子無良,二三其德。”
    客有見周公者,應之于門曰:“何以道旦也?”客曰:“在外即言外
    ,在內即言內,入乎?將毋?”周公曰:“請入。”客曰:“立即言義,
    坐即言仁,坐乎?將毋?”周公曰:“請坐。”客曰:“疾言則翕翕,徐
    言則不聞,言乎?將毋?”周公唯唯,旦也菖。明日興師而誅管蔡。故客
    善以不言之說,周公善听不言之說,若周公可謂能听微言矣。故君子之告

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    A l’ombre des jeunes filles en fleurs — Premiere partie

    Aproximadamente 74.129 palavras.

    Produced by Sue Asscher, Walter Debeuf, Patrick Narzul, and Marie Lebert

    MARCEL PROUST

    A L'OMBRE DES JEUNES FILLES EN FLEURS

    PREMIÈRE PARTIE

    Ma mère, quand il fut question d'avoir pour la première fois M. de
    Norpois à dîner, ayant exprimé le regret que le Professeur Cottard fût
    en voyage et qu'elle-même eût entièrement cessé de fréquenter Swann,
    car l'un et l'autre eussent sans doute intéressé l'ancien ambassadeur,
    mon père répondit qu'un convive éminent, un savant illustre, comme
    Cottard, ne pouvait jamais mal faire dans un dîner, mais que Swann,
    avec son ostentation, avec sa manière de crier sur les toits ses
    moindres relations, était un vulgaire esbrouffeur que le marquis de
    Norpois eût sans doute trouvé selon son expression, «puant». Or cette
    réponse de mon père demande quelques mots d'explication, certaines
    personnes se souvenant peut-être d'un Cottard bien médiocre et d'un
    Swann poussant jusqu'à la plus extrême délicatesse, en matière
    mondaine, la modestie et la discrétion. Mais pour ce qui regarde
    celui-ci, il était arrivé qu'au «fils Swann» et aussi au Swann du
    Jockey, l'ancien ami de mes parents avait ajouté une personnalité
    nouvelle (et qui ne devait pas être la dernière), celle de mari
    d'Odette. Adaptant aux humbles ambitions de cette femme, l'instinct,
    le désir, l'industrie, qu'il avait toujours eus, il s'était ingénié à
    se bâtir, fort au-dessous de l'ancienne, une position nouvelle et
    appropriée à la compagne qui l'occuperait avec lui. Or il s'y montrait
    un autre homme. Puisque (tout en continuant à fréquenter seul ses amis
    personnels, à qui il ne voulait pas imposer Odette quand ils ne lui
    demandaient pas spontanément à la connaître) c'était une seconde vie
    qu'il commençait, en commun avec sa femme, au milieu d'êtres nouveaux,
    on eût encore compris que pour mesurer le rang de ceux-ci, et par
    conséquent le plaisir d'amour-propre qu'il pouvait éprouver à les
    recevoir, il se fût servi, comme d'un point de comparaison, non pas des
    gens les plus brillants qui formaient sa société avant son mariage,
    mais des relations antérieures d'Odette. Mais, même quand on savait
    que c'était avec d'inélégants fonctionnaires, avec des femmes tarées,
    parure des bals de ministères, qu'il désirait de se lier, on était
    étonné de l'entendre, lui qui autrefois et même encore aujourd'hui
    dissimulait si gracieusement une invitation de Twickenham ou de
    Buckingham Palace, faire sonner bien haut que la femme d'un sous-chef
    de cabinet était venue rendre sa visite à Madame Swann. On dira
    peut-être que cela tenait à ce que la simplicité du Swann élégant,
    n'avait été chez lui qu'une forme plus raffinée de la vanité et que,
    comme certains israélites, l'ancien ami de mes parents avait pu
    présenter tour à tour les états successifs par où avaient passé ceux
    de sa race, depuis le snobisme le plus naïf et la plus grossière
    goujaterie, jusqu'à la plus fine politesse. Mais la principale raison,
    et celle-là applicable à l'humanité en général, était que nos vertus
    elles-mêmes ne sont pas quelque chose de libre, de flottant, de quoi
    nous gardions la disponibilité permanente; elles finissent par
    s'associer si étroitement dans notre esprit avec les actions à
    l'occasion desquelles nous nous sommes fait un devoir de les exercer,
    que si surgit pour nous une activité d'un autre ordre, elle nous prend
    au dépourvu et sans que nous ayons seulement l'idée qu'elle pourrait
    comporter la mise en œuvre de ces mêmes vertus. Swann empressé avec ces
    nouvelles relations et les citant avec fierté, était comme ces grands
    artistes modestes ou généreux qui, s'ils se mettent à la fin de leur
    vie à se mêler de cuisine ou de jardinage, étalent une satisfaction
    naïve des louanges qu'on donne à leurs plats ou à leurs plates-bandes
    pour lesquels ils n'admettent pas la critique qu'ils acceptent
    aisément s'il s'agit de leurs chefs-d'œuvre; ou bien qui, donnant une
    de leurs toiles pour rien, ne peuvent en revanche sans mauvaise humeur
    perdre quarante sous aux dominos.

    Quant au Professeur Cottard, on le reverra, longuement, beaucoup plus
    loin, chez la Patronne, au château de la Raspelière. Qu'il suffise
    actuellement, à son égard, de faire observer ceci: pour Swann, à la
    rigueur le changement peut surprendre puisqu'il était accompli et non
    soupçonné de moi quand je voyais le père de Gilberte aux
    Champs-Élysées, où d'ailleurs ne m'adressant pas la parole il ne
    pouvait faire étalage devant moi de ses relations politiques (il est
    vrai que s'il l'eût fait, je ne me fusse peut-être pas aperçu tout de
    suite de sa vanité car l'idée qu'on s'est faite longtemps d'une
    personne, bouche les yeux et les oreilles; ma mère pendant trois ans
    ne distingua pas plus le fard qu'une de ses nièces se mettait aux
    lèvres que s'il eût été invisiblement dissous entièrement dans un
    liquide; jusqu'au jour où une parcelle supplémentaire, ou bien quelque
    autre cause amena le phénomène appelé sursaturation; tout le fard non
    aperçu cristallisa et ma mère devant cette débauche soudaine de
    couleurs déclara, comme on eût fait à Combray, que c'était une honte et
    cessa presque toute relation avec sa nièce). Mais pour Cottard au
    contraire, l'époque où on l'a vu assister aux débuts de Swann chez les
    Verdurin était déjà assez lointaine; or les honneurs, les titres
    officiels viennent avec les années; deuxièmement, on peut être
    illettré, faire des calembours stupides, et posséder un don
    particulier, qu'aucune culture générale ne remplace, comme le don du
    grand stratège ou du grand clinicien. Ce n'est pas seulement en effet
    comme un praticien obscur, devenu, à la longue, notoriété européenne,
    que ses confrères considéraient Cottard. Les plus intelligents d'entre
    les jeunes médecins déclarèrent,--au moins pendant quelques années,
    car les modes changent étant nées elles-mêmes du besoin de changement,--que
    si jamais ils tombaient malades, Cottard était le seul maître
    auquel ils confieraient leur peau. Sans doute ils préféraient le
    commerce de certains chefs plus lettrés, plus artistes, avec lesquels
    ils pouvaient parler de Nietzsche, de Wagner. Quand on faisait de la
    musique chez Madame Cottard, aux soirées où elle recevait, avec
    l'espoir qu'il devînt un jour doyen de la Faculté, les collègues et
    les élèves de son mari, celui-ci au lieu d'écouter, préférait jouer
    aux cartes dans un salon voisin. Mais on vantait la promptitude, la
    profondeur, la sûreté de son coup d'œil, de son diagnostic. En
    troisième lieu, en ce qui concerne l'ensemble de façons que le
    Professeur Cottard montrait à un homme comme mon père, remarquons que
    la nature que nous faisons paraître dans la seconde partie de notre
    vie, n'est pas toujours, si elle l'est souvent, notre nature première
    développée ou flétrie, grossie ou atténuée; elle est quelquefois une
    nature inverse, un véritable vêtement retourné. Sauf chez les Verdurin
    qui s'étaient engoués de lui, l'air hésitant de Cottard, sa timidité,
    son amabilité excessives, lui avaient, dans sa jeunesse, valu de
    perpétuels brocards. Quel ami charitable lui conseilla l'air glacial?
    L'importance de sa situation lui rendit plus aisé de le prendre.
    Partout, sinon chez les Verdurin où il redevenait instinctivement
    lui-même, il se rendit froid, volontiers silencieux, péremptoire
    quand il fallait parler, n'oubliant pas de dire des choses
    désagréables. Il put faire l'essai de cette nouvelle attitude devant
    des clients qui ne l'ayant pas encore vu, n'étaient pas à même de
    faire des comparaisons, et eussent été bien étonnés d'apprendre qu'il
    n'était pas un homme d'une rudesse naturelle. C'est surtout à
    l'impassibilité qu'il s'efforçait, et même dans son service d'hôpital,
    quand il débitait quelques-uns de ces calembours qui faisaient rire
    tout le monde, du chef de clinique au plus récent externe, il le
    faisait toujours sans qu'un muscle bougeât dans sa figure d'ailleurs
    méconnaissable depuis qu'il avait rasé barbe et moustaches.

    Disons pour finir qui était le marquis de Norpois. Il avait été
    ministre plénipotentiaire avant la guerre et ambassadeur au Seize Mai,
    et, malgré cela, au grand étonnement de beaucoup, chargé plusieurs
    fois, depuis, de représenter la France dans des missions
    extraordinaires--et même comme contrôleur de la Dette, en Égypte, où
    grâce à ses grandes capacités financières il avait rendu d'importants
    services--par des cabinets radicaux qu'un simple bourgeois
    réactionnaire se fût refusé à servir, et auxquels le passé de M. de
    Norpois, ses attaches, ses opinions eussent dû le rendre suspect. Mais
    ces ministres avancés semblaient se rendre compte qu'ils montraient
    par une telle désignation quelle largeur d'esprit était la leur dès
    qu'il s'agissait des intérêts supérieurs de la France, se mettaient
    hors de pair des hommes politiques en méritant que le _Journal des
    Débats_ lui-même, les qualifiât d'hommes d'État, et bénéficiaient enfin
    du prestige qui s'attache à un nom aristocratique et de l'intérêt
    qu'éveille comme un coup de théâtre un choix inattendu. Et ils
    savaient aussi que ces avantages ils pouvaient, en faisant appel à M.
    de Norpois, les recueillir sans avoir à craindre de celui-ci un manque
    de loyalisme politique contre lequel la naissance du marquis devait
    non pas les mettre en garde, mais les garantir. Et en cela le
    gouvernement de la République ne se trompait pas. C'est d'abord parce
    qu'une certaine aristocratie, élevée dès l'enfance à considérer son
    nom comme un avantage intérieur que rien ne peut lui enlever (et dont
    ses pairs, ou ceux qui sont de naissance plus haute encore,
    connaissent assez exactement la valeur), sait qu'elle peut s'éviter,
    car ils ne lui ajouteraient rien, les efforts que sans résultat
    ultérieur appréciable, font tant de bourgeois pour ne professer que
    des opinions bien portées et de ne fréquenter que des gens bien
    pensants. En revanche, soucieuse de se grandir aux yeux des familles
    princières ou ducales au-dessous desquelles elle est immédiatement
    située, cette aristocratie sait qu'elle ne le peut qu'en augmentant
    son nom de ce qu'il ne contenait pas, de ce qui fait qu'à nom égal,
    elle prévaudra: une influence politique, une réputation littéraire ou
    artistique, une grande fortune. Et les frais dont elle se dispense à
    l'égard de l'inutile hobereau recherché des bourgeois et de la stérile
    amitié duquel un prince ne lui saurait aucun gré, elle les prodiguera
    aux hommes politiques, fussent-ils francs-maçons, qui peuvent faire
    arriver dans les ambassades ou patronner dans les élections, aux
    artistes ou aux savants dont l'appui aide à «percer» dans la branche
    où ils priment, à tous ceux enfin qui sont en mesure de conférer une
    illustration nouvelle ou de faire réussir un riche mariage.

    Mais en ce qui concernait M. de Norpois, il y avait surtout que, dans
    une longue pratique de la diplomatie, il s'était imbu de cet esprit
    négatif, routinier, conservateur, dit «esprit de gouvernement» et qui
    est, en effet, celui de tous les gouvernements et, en particulier,
    sous tous les gouvernements, l'esprit des chancelleries. Il avait
    puisé dans la carrière, l'aversion, la crainte et le mépris de ces
    procédés plus ou moins révolutionnaires, et à tout le moins
    incorrects, que sont les procédés des oppositions. Sauf chez quelques
    illettrés du peuple et du monde, pour qui la différence des genres est
    lettre morte, ce qui rapproche, ce n'est pas la communauté des
    opinions, c'est la consanguinité des esprits. Un académicien du genre
    de Legouvé et qui serait partisan des classiques, eût applaudi plus
    volontiers à l'éloge de Victor Hugo par Maxime Ducamp ou Mézières,
    qu'à celui de Boileau par Claudel. Un même nationalisme suffit à
    rapprocher Barrès de ses électeurs qui ne doivent pas faire grande
    différence entre lui et M. Georges Berry, mais non de ceux de ses
    collègues de l'Académie qui ayant, ses opinions politiques mais un
    autre genre d'esprit, lui préfèreront même des adversaires comme MM.
    Ribot et Deschanel, dont à leur tour de fidèles monarchistes se
    sentent beaucoup plus près que de Maurras et de Léon Daudet qui
    souhaitent cependant aussi le retour du Roi. Avare de ses mots non
    seulement par pli professionnel de prudence et de réserve, mais aussi
    parce qu'ils ont plus de prix, offrent plus de nuances aux yeux
    d'hommes dont les efforts de dix années pour rapprocher deux pays se
    résument, se traduisent,--dans un discours, dans un protocole--par
    un simple adjectif, banal en apparence, mais où ils voient tout un
    monde, M. de Norpois passait pour très froid à la Commission, où il
    siégeait à côté de mon père, et où chacun félicitait celui-ci de
    l'amitié que lui témoignait l'ancien ambassadeur. Elle étonnait mon
    père tout le premier. Car étant généralement peu aimable, il avait
    l'habitude de n'être pas recherché en dehors du cercle de ses intimes
    et l'avouait avec simplicité. Il avait conscience qu'il y avait dans
    les avances du diplomate, un effet de ce point de vue tout individuel
    où chacun se place pour décider de ses sympathies, et d'où toutes les
    qualités intellectuelles ou la sensibilité d'une personne ne seront
    pas auprès de l'un de nous qu'elle ennuie ou agace une aussi bonne
    recommandation que la rondeur et la gaieté d'une autre qui passerait,
    aux yeux de beaucoup pour vide, frivole et nulle. «De Norpois m'a
    invité de nouveau à dîner; c'est extraordinaire; tout le monde en est
    stupéfait à la Commission où il n'a de relations privées avec
    personne. Je suis sûr qu'il va encore me raconter des choses
    palpitantes sur la guerre de 70.» Mon père savait que seul, peut-être,
    M. de Norpois avait averti l'Empereur de la puissance grandissante et
    des intentions belliqueuses de la Prusse, et que Bismarck avait pour
    son intelligence une estime particulière. Dernièrement encore, à
    l'Opéra, pendant le gala offert au roi Théodose, les journaux avaient
    remarqué l'entretien prolongé que le souverain avait accordé à M. de
    Norpois. «Il faudra que je sache si cette visite du Roi a vraiment de
    l'importance, nous dit mon père qui s'intéressait beaucoup à la
    politique étrangère. Je sais bien que le père Norpois est très
    boutonné, mais avec moi, il s'ouvre si gentiment.»

    Quant à ma mère, peut-être l'Ambassadeur n'avait-il pas par lui-même
    le genre d'intelligence vers lequel elle se sentait le plus attirée.
    Et je dois dire que la conversation de M. de Norpois était un
    répertoire si complet des formes surannées du langage particulières à
    une carrière, à une classe, et à un temps--un temps qui, pour cette
    carrière et cette classe-là, pourrait bien ne pas être tout à fait
    aboli--que je regrette parfois de n'avoir pas retenu purement et
    simplement les propos que je lui ai entendu tenir. J'aurais ainsi
    obtenu un effet de démodé, à aussi bon compte et de la même façon que
    cet acteur du Palais-Royal à qui on demandait où il pouvait trouver
    ses surprenants chapeaux et qui répondait: «Je ne trouve pas mes
    chapeaux. Je les garde.» En un mot, je crois que ma mère jugeait M. de
    Norpois un peu «vieux jeu», ce qui était loin de lui sembler
    déplaisant au point de vue des manières, mais la charmait moins dans
    le domaine, sinon des idées--car celles de M. de Norpois étaient
    fort modernes--mais des expressions. Seulement, elle sentait que
    c'était flatter délicatement son mari que de lui parler avec
    admiration du diplomate qui lui marquait une prédilection si rare. En
    fortifiant dans l'esprit de mon père la bonne opinion qu'il avait de
    M. de Norpois, et par là en le conduisant à en prendre une bonne aussi
    de lui-même, elle avait conscience de remplir celui de ses devoirs qui
    consistait à rendre la vie agréable à son époux, comme elle faisait
    quand elle veillait à ce que la cuisine fût soignée et le service
    silencieux. Et comme elle était incapable de mentir à mon père, elle
    s'entraînait elle-même à admirer l'Ambassadeur pour pouvoir le louer
    avec sincérité. D'ailleurs, elle goûtait naturellement son air de
    bonté, sa politesse un peu désuète (et si cérémonieuse que quand,
    marchant en redressant sa haute taille, il apercevait ma mère qui
    passait en voiture, avant de lui envoyer un coup de chapeau, il jetait
    au loin un cigare à peine commencé); sa conversation si mesurée, où il
    parlait de lui-même le moins possible et tenait toujours compte de ce
    qui pouvait être agréable à l'interlocuteur, sa ponctualité tellement
    surprenante à répondre à une lettre que quand, venant de lui en envoyer
    une, mon père reconnaissait l'écriture de M. de Norpois sur une
    enveloppe, son premier mouvement était de croire que par mauvaise
    chance leur correspondance s'était croisée: on eût dit qu'il existait,
    pour lui, à la poste, des levées supplémentaires et de luxe. Ma mère
    s'émerveillait qu'il fut si exact quoique si occupé, si aimable
    quoique si répandu, sans songer que les «quoique» sont toujours des
    «parce que» méconnus, et que (de même que les vieillards sont
    étonnants pour leur âge, les rois pleins de simplicité, et les
    provinciaux au courant de tout) c'était les mêmes habitudes qui
    permettaient à M. de Norpois de satisfaire à tant d'occupations et
    d'être si ordonné dans ses réponses, de plaire dans le monde et d'être
    aimable avec nous. De plus, l'erreur de ma mère comme celle de toutes
    les personnes qui ont trop de modestie, venait de ce qu'elle mettait
    les choses qui la concernaient au-dessous, et par conséquent en dehors
    des autres. La réponse qu'elle trouvait que l'ami de mon père avait eu
    tant de mérite à nous adresser rapidement parce qu'il écrivait par
    jour beaucoup de lettres, elle l'exceptait de ce grand nombre de
    lettres dont ce n'était que l'une; de même elle ne considérait pas
    qu'un dîner chez nous fût pour M. de Norpois un des actes innombrables
    de sa vie sociale: elle ne songeait pas que l'Ambassadeur avait été
    habitué autrefois dans la diplomatie à considérer les dîners en ville
    comme faisant partie de ses fonctions, et à y déployer une grâce
    invétérée dont c'eût été trop lui demander de se départir par
    extraordinaire quand il venait chez nous.

    Le premier dîner que M. de Norpois fit à la maison, une année où je
    jouais encore aux Champs-Élysées, est resté dans ma mémoire, parce que
    l'après-midi de ce même jour fut celui où j'allai enfin entendre la
    Berma, en «matinée», dans _Phèdre_, et aussi parce qu'en causant avec M.
    de Norpois je me rendis compte tout d'un coup, et d'une façon
    nouvelle, combien les sentiments éveillés en moi par tout ce qui
    concernait Gilberte Swann et ses parents différaient de ceux que cette
    même famille faisait éprouver à n'importe quelle autre personne.

    Ce fut sans doute en remarquant l'abattement où me plongeait
    l'approche des vacances du jour de l'an pendant lesquelles, comme elle
    me l'avait annoncé elle-même, je ne devais pas voir Gilberte, qu'un
    jour, pour me distraire, ma mère me dit: «Si tu as encore le même
    grand désir d'entendre la Berma, je crois que ton père permettrait
    peut-être que tu y ailles: ta grand'mère pourrait t'y emmener.»

    Mais c'était parce que M. de Norpois lui avait dit qu'il devrait me
    laisser entendre la Berma, que c'était pour un jeune homme un souvenir
    à garder, que mon père, jusque-là si hostile à ce que j'allasse perdre
    mon temps à risquer de prendre du mal pour ce qu'il appelait, au grand
    scandale de ma grand'mère, des inutilités, n'était plus loin de
    considérer cette soirée préconisée par l'Ambassadeur comme faisant
    vaguement partie d'un ensemble de recettes précieuses pour la réussite
    d'une brillante carrière. Ma grand'mère qui, en renonçant pour moi au
    profit que, selon elle, j'aurais trouvé à entendre la Berma, avait
    fait un gros sacrifice à l'intérêt de ma santé, s'étonnait que
    celui-ci devînt négligeable sur une seule parole de M. de Norpois.
    Mettant ses espérances invincibles de rationaliste dans le régime de
    grand air et de coucher de bonne heure qui m'avait été prescrit, elle
    déplorait comme un désastre cette infraction que j'allais y faire et,
    sur un ton navré, disait: «Comme vous êtes léger» à mon père qui,
    furieux, répondait: «Comment, c'est vous maintenant qui ne voulez
    pas qu'il y aille! c'est un peu fort, vous qui nous répétiez tout le
    temps que cela pouvait lui être utile.»

    Mais M. de Norpois avait changé sur un point bien plus important pour
    moi, les intentions de mon père. Celui-ci avait toujours désiré que je
    fusse diplomate, et je ne pouvais supporter l'idée que même si je
    devais rester quelque temps attaché au ministère, je risquasse d'être
    envoyé un jour comme ambassadeur dans des capitales que Gilberte
    n'habiterait pas. J'aurais préféré revenir aux projets littéraires que
    j'avais autrefois formés et abandonnés au cours de mes promenades du
    côté de Guermantes. Mais mon père avait fait une constante opposition
    à ce que je me destinasse à la carrière des lettres qu'il estimait
    fort inférieure à la diplomatie, lui refusant même le nom de carrière,
    jusqu'au jour où M. de Norpois, qui n'aimait pas beaucoup les agents
    diplomatiques de nouvelles couches, lui avait assuré qu'on pouvait,
    comme écrivain, s'attirer autant de considération, exercer autant
    d'action et garder plus d'indépendance que dans les ambassades.

    --Hé bien! je ne l'aurais pas cru, le père Norpois n'est pas du tout
    opposé à l'idée que tu fasses de la littérature, m'avait dit mon père.
    Et comme, assez influent lui-même, il croyait qu'il n'y avait rien qui
    ne s'arrangeât, ne trouvât sa solution favorable dans la conversation
    des gens importants: «Je le ramènerai dîner un de ces soirs en sortant
    de la Commission. Tu causeras un peu avec lui pour qu'il puisse
    t'apprécier. Écris quelque chose de bien que tu puisses lui montrer;
    il est très lié avec le directeur de la _Revue des Deux-Mondes_, il t'y
    fera entrer, il réglera cela, c'est un vieux malin; et, ma foi, il a
    l'air de trouver que la diplomatie, aujourd'hui!...»

    Le bonheur que j'aurais à ne pas être séparé de Gilberte me rendait
    désireux mais non capable d'écrire une belle chose qui pût être
    montrée à M. de Norpois. Après quelques pages préliminaires, l'ennui
    me faisant tomber la plume des mains, je pleurais de rage en pensant
    que je n'aurais jamais de talent, que je n'étais pas doué et ne
    pourrais même pas profiter de la chance que la prochaine venue de M.
    de Norpois m'offrait de rester toujours à Paris. Seule, l'idée qu'on
    allait me laisser entendre la Berma me distrayait de mon chagrin. Mais
    de même que je ne souhaitais voir des tempêtes que sur les côtes où
    elles étaient les plus violentes, de même je n'aurais voulu entendre
    la grande actrice que dans un de ces rôles classiques où Swann m'avait
    dit qu'elle touchait au sublime. Car quand c'est dans l'espoir d'une
    découverte précieuse que nous désirons recevoir certaines impressions
    de nature ou d'art, nous avons quelque scrupule à laisser notre âme
    accueillir à leur place des impressions moindres qui pourraient nous
    tromper sur la valeur exacte du Beau. La Berma dans _Andromaque_, dans
    _Les Caprices de Marianne_, dans _Phèdre_, c'était de ces choses
    fameuses que mon imagination avait tant désirées. J'aurais le même
    ravissement que le jour où une gondole m'emmènerait au pied du Titien des
    Frari ou des Carpaccio de San Giorgio dei Schiavoni, si jamais j'entendais
    réciter par la Berma les vers: «On dit qu'un prompt départ vous
    éloigne de nous, Seigneur, etc.» Je les connaissais par la simple
    reproduction en noir et blanc qu'en donnent les éditions imprimées;
    mais mon cœur battait quand je pensais, comme à la réalisation d'un
    voyage, que je les verrais enfin baigner effectivement dans
    l'atmosphère et l'ensoleillement de la voix dorée. Un Carpaccio à
    Venise, la Berma dans _Phèdre_, chefs-d'œuvre d'art pictural ou
    dramatique que le prestige qui s'attachait à eux rendait en moi si
    vivants, c'est-à-dire si indivisibles, que si j'avais été voir des
    Carpaccio dans une salle du Louvre ou la Berma dans quelque pièce dont
    je n'aurais jamais entendu parler, je n'aurais plus éprouvé le même
    étonnement délicieux d'avoir enfin les yeux ouverts devant l'objet
    inconcevable et unique de tant de milliers de mes rêves. Puis,
    attendant du jeu de la Berma des révélations sur certains aspects de
    la noblesse, de la douleur, il me semblait que ce qu'il y avait de
    grand, de réel dans ce jeu, devait l'être davantage si l'actrice le
    superposait à une œuvre d'une valeur véritable au lieu de broder en
    somme du vrai et du beau sur une trame médiocre et vulgaire.

    Enfin, si j'allais entendre la Berma dans une pièce nouvelle, il ne me
    serait pas facile de juger de son art, de sa diction, puisque je ne
    pourrais pas faire le départ entre un texte que je ne connaîtrais pas
    d'avance et ce que lui ajouteraient des intonations et des gestes qui
    me sembleraient faire corps avec lui; tandis que les œuvres anciennes
    que je savais par cœur, m'apparaissaient comme de vastes espaces
    réservés et tout prêts où je pourrais apprécier en pleine liberté les
    inventions dont la Berma les couvrirait, comme à fresque, des
    perpétuelles trouvailles de son inspiration. Malheureusement, depuis
    des années qu'elle avait quitté les grandes scènes et faisait la
    fortune d'un théâtre de boulevard dont elle était l'étoile, elle ne
    jouait plus de classique, et j'avais beau consulter les affiches,
    elles n'annonçaient jamais que des pièces toutes récentes, fabriquées
    exprès pour elle par des auteurs en vogue; quand un matin, cherchant
    sur la colonne des théâtres les matinées de la semaine du jour de
    l'an, j'y vis pour la première fois--en fin de spectacle, après un
    lever de rideau probablement insignifiant dont le titre me sembla
    opaque parce qu'il contenait tout le particulier d'une action que
    j'ignorais--deux actes de _Phèdre_ avec Mme Berma, et aux matinées
    suivantes _Le Demi-Monde_, _Les Caprices de Marianne_, noms qui,
    comme celui de _Phèdre_, étaient pour moi transparents, remplis seulement de
    clarté, tant l'œuvre m'était connue, illuminés jusqu'au fond d'un
    sourire d'art. Ils me parurent ajouter de la noblesse à Mme Berma
    elle-même quand je lus dans les journaux après le programme de ces
    spectacles que c'était elle qui avait résolu de se montrer de nouveau
    au public dans quelques-unes de ses anciennes créations. Donc,
    l'artiste savait que certains rôles ont un intérêt qui survit à la
    nouveauté de leur apparition ou au succès de leur reprise, elle les
    considérait, interprétés par elle, comme des chefs-d'œuvre de musée
    qu'il pouvait être instructif de remettre sous les yeux de la
    génération qui l'y avait admirée, ou de celle qui ne l'y avait pas
    vue. En faisant afficher ainsi, au milieu de pièces qui n'étaient
    destinées qu'à faire passer le temps d'une soirée, _Phèdre_, dont le
    titre n'était pas plus long que les leurs et n'était pas imprimé en
    caractères différents, elle y ajoutait comme le sous-entendu d'une
    maîtresse de maison qui, en vous présentant à ses convives au moment
    d'aller à table, vous dit au milieu des noms d'invités qui ne sont que
    des invités, et sur le même ton qu'elle a cité les autres: M. Anatole
    France.

    Le médecin qui me soignait--celui qui m'avait défendu tout
    voyage--déconseilla à mes parents de me laisser aller au théâtre;
    j'en reviendrais malade, pour longtemps peut-être, et j'aurais en fin de
    compte plus de souffrance que de plaisir. Cette crainte eût pu
    m'arrêter, si ce que j'avais attendu d'une telle représentation eût
    été seulement un plaisir qu'en somme une souffrance ultérieure peut
    annuler, par compensation. Mais--de même qu'au voyage à Balbec, au
    voyage à Venise que j'avais tant désirés--ce que je demandais à
    cette matinée, c'était tout autre chose qu'un plaisir: des vérités
    appartenant à un monde plus réel que celui où je vivais, et desquelles
    l'acquisition une fois faite ne pourrait pas m'être enlevée par des
    incidents insignifiants, fussent-ils douloureux à mon corps, de mon
    oiseuse existence. Tout au plus, le plaisir que j'aurais pendant le
    spectacle, m'apparaissait-il comme la forme peut-être nécessaire de la
    perception de ces vérités; et c'était assez pour que je souhaitasse
    que les malaises prédits ne commençassent qu'une fois la
    représentation finie, afin qu'il ne fût pas par eux compromis et
    faussé. J'implorais mes parents, qui, depuis la visite du médecin, ne
    voulaient plus me permettre d'aller à _Phèdre_. Je me récitais sans
    cesse la tirade: «On dit qu'un prompt départ vous éloigne de nous»,
    cherchant toutes les intonations qu'on pouvait y mettre, afin de mieux
    mesurer l'inattendu de celle que la Berma trouverait. Cachée comme le
    Saint des Saints sous le rideau qui me la dérobait et derrière lequel
    je lui prêtais à chaque instant un aspect nouveau, selon ceux des mots
    de Bergotte--dans la plaquette retrouvée par Gilberte--qui me
    revenaient à l'esprit: «Noblesse plastique, cilice chrétien, pâleur
    janséniste, princesse de Trézène et de Clèves, drame mycénien, symbole
    delphique, mythe solaire», la divine Beauté que devait me révéler le
    jeu de la Berma, nuit et jour, sur un autel perpétuellement allumé,
    trônait au fond de mon esprit, de mon esprit dont mes parents sévères
    et légers allaient décider s'il enfermerait ou non, et pour jamais,
    les perfections de la Déesse dévoilée à cette même place où se
    dressait sa forme invisible. Et les yeux fixés sur l'image
    inconcevable, je luttais du matin au soir contre les obstacles que ma
    famille m'opposait. Mais quand ils furent tombés, quand ma mère--bien
    que cette matinée eût lieu précisément le jour de la séance de la
    Commission après laquelle mon père devait ramener dîner M. de
    Norpois
    --m'eût dit: «Hé bien, nous ne voulons pas te chagriner, si tu crois
    que tu auras tant de plaisir, il faut y aller», quand cette journée de
    théâtre, jusque-là défendue, ne dépendit plus que de moi, alors, pour
    la première fois, n'ayant plus à m'occuper qu'elle cessât d'être
    impossible, je me demandai si elle était souhaitable, si d'autres
    raisons que la défense de mes parents n'auraient pas dû m'y faire
    renoncer. D'abord, après avoir détesté leur cruauté, leur consentement
    me les rendait si chers que l'idée de leur faire de la peine m'en
    causait à moi-même une, à travers laquelle la vie ne m'apparaissait
    plus comme ayant pour but la vérité, mais la tendresse, et ne me
    semblait plus bonne ou mauvaise que selon que mes parents seraient
    heureux ou malheureux. «J'aimerais mieux ne pas y aller, si cela doit
    vous affliger», dis-je à ma mère qui, au contraire, s'efforçait de
    m'ôter cette arrière-pensée qu'elle pût en être triste, laquelle,
    disait-elle, gâterait ce plaisir que j'aurais à _Phèdre_ et en
    considération duquel elle et mon père étaient revenus sur leur
    défense. Mais alors cette sorte d'obligation d'avoir du plaisir me
    semblait bien lourde. Puis si je rentrais malade, serais-je guéri
    assez vite pour pouvoir aller aux Champs-Élysées, les vacances finies,
    aussitôt qu'y retournerait Gilberte? A toutes ces raisons, je
    confrontais, pour décider ce qui devait l'emporter, l'idée, invisible
    derrière son voile, de la perfection de la Berma. Je mettais dans un
    des balances du plateau, «sentir maman triste, risquer de ne pas
    pouvoir aller aux Champs-Élysées», dans l'autre, «pâleur janséniste,
    mythe solaire»; mais ces mots eux-mêmes finissaient par s'obscurcir
    devant mon esprit, ne me disaient plus rien, perdaient tout poids; peu
    à peu mes hésitations devenaient si douloureuses que si j'avais
    maintenant opté pour le théâtre, ce n'eût plus été que pour les faire
    cesser et en être délivré une fois pour toutes. C'eût été pour abréger
    ma souffrance et non plus dans l'espoir d'un bénéfice intellectuel et
    en cédant à l'attrait de la perfection, que je me serais laissé
    conduire non vers la Sage Déesse, mais vers l'implacable Divinité sans
    visage et sans nom qui lui avait été subrepticement substituée sous
    son voile. Mais brusquement tout fut changé, mon désir d'aller
    entendre la Berma reçut un coup de fouet nouveau qui me permit
    d'attendre dans l'impatience et dans la joie cette «matinée»: étant
    allé faire devant la colonne des théâtres ma station quotidienne,
    depuis peu si cruelle, de stylite, j'avais vu, tout humide encore,
    l'affiche détaillée de _Phèdre_ qu'on venait de coller pour la première
    fois (et où à vrai dire le reste de la distribution ne m'apportait
    aucun attrait nouveau qui pût me décider). Mais elle donnait à l'un
    des buts entre lesquels oscillait mon indécision, une forme plus
    concrète et--comme l'affiche était datée non du jour où je la lisais
    mais de celui où la représentation aurait lieu, et de l'heure même du
    lever du rideau--presque imminente, déjà en voie de réalisation, si
    bien que je sautai de joie devant la colonne en pensant que ce
    jour-là, exactement à cette heure, je serais prêt à entendre la Berma,
    assis à ma place; et de peur que mes parents n'eussent plus le temps
    d'en trouver deux bonnes pour ma grand'mère et pour moi, je ne fis
    qu'un bond jusqu'à la maison, cinglé que j'étais par ces mots magiques
    qui avaient remplacé dans ma pensée «pâleur janséniste» et «mythe
    solaire»: «les dames ne seront pas reçues à l'orchestre en chapeau,
    les portes seront fermées à deux heures.»

    Hélas! cette première matinée fut une grande déception. Mon père nous
    proposa de nous déposer ma grand'mère et moi au théâtre, en se rendant
    à sa Commission. Avant de quitter la maison, il dit à ma mère: «Tâche
    d'avoir un bon dîner; tu te rappelles que je dois ramener de Norpois?»
    Ma mère ne l'avait pas oublié. Et depuis la veille, Françoise,
    heureuse de s'adonner à cet art de la cuisine pour lequel elle avait
    certainement un don, stimulée, d'ailleurs, par l'annonce d'un convive
    nouveau, et sachant qu'elle aurait à composer, selon des méthodes sues
    d'elle seule, du bœuf à la gelée, vivait dans l'effervescence de la
    création; comme elle attachait une importance extrême à la qualité
    intrinsèque des matériaux qui devaient entrer dans la fabrication de
    son œuvre, elle allait elle-même aux Halles se faire donner les plus
    beaux carrés de romsteck, de jarret de bœuf, de pied de veau, comme
    Michel-Ange passant huit mois dans les montagnes de Carrare à choisir
    les blocs de marbre les plus parfaits pour le monument de Jules II.
    Françoise dépensait dans ces allées et venues une telle ardeur que
    maman voyant sa figure enflammée craignait que notre vieille servante
    ne tombât malade de surmenage comme l'auteur du Tombeau des Médicis
    dans les carrières de Pietraganta. Et dès la veille Françoise avait
    envoyé cuire dans le four du boulanger, protégé de mie de pain comme
    du marbre rose ce qu'elle appelait du jambon de Nev'York. Croyant la
    langue moins riche qu'elle n'est et ses propres oreilles peu sûres,
    sans doute la première fois qu'elle avait entendu parler de jambon
    d'York avait-elle cru--trouvant d'une prodigalité invraisemblable
    dans le vocabulaire qu'il pût exister à la fois York et New-York--qu'elle
    avait mal entendu et qu'on aurait voulu dire le nom qu'elle
    connaissait déjà. Aussi, depuis, le mot d'York se faisait précéder
    dans ses oreilles ou devant ses yeux si elle lisait une annonce de:
    New qu'elle prononçait Nev'. Et c'est de la meilleure foi du monde
    qu'elle disait à sa fille de cuisine: «Allez me chercher du jambon
    chez Olida. Madame m'a bien recommandé que ce soit du Nev'York.» Ce
    jour-là, si Françoise avait la brûlante certitude des grands
    créateurs, mon lot était la cruelle inquiétude du chercheur. Sans
    doute, tant que je n'eus pas entendu la Berma, j'éprouvai du plaisir.
    J'en éprouvai dans le petit square qui précédait le théâtre et dont,
    deux heures plus tard, les marronniers dénudés allaient luire avec des
    reflets métalliques dès que les becs de gaz allumés éclaireraient le
    détail de leurs ramures; devant les employés du contrôle, desquels le
    choix, l'avancement, le sort, dépendaient de la grande artiste--qui
    seule détenait le pouvoir dans cette administration à la tête de
    laquelle des directeurs éphémères et purement nominaux se succédaient
    obscurément--et qui prirent nos billets sans nous regarder, agités
    qu'ils étaient de savoir si toutes les prescriptions de Mme Berma
    avaient bien été transmises au personnel nouveau, s'il était bien
    entendu que la claque ne devait jamais applaudir pour elle, que les
    fenêtres devaient être ouvertes tant qu'elle ne serait pas en scène et
    la moindre porte fermée après, un pot d'eau chaude dissimulé près
    d'elle pour faire tomber la poussière du plateau: et, en effet, dans
    un moment sa voiture attelée de deux chevaux à longue crinière allait
    s'arrêter devant le théâtre, elle en descendrait enveloppée dans des
    fourrures, et, répondant d'un geste maussade aux saluts, elle
    enverrait une de ses suivantes s'informer de l'avant-scène qu'on avait
    réservée pour ses amis, de la température de la salle, de la
    composition des loges, de la tenue des ouvreuses, théâtre et public
    n'étant pour elle qu'un second vêtement plus extérieur dans lequel
    elle entrerait et le milieu plus ou moins bon conducteur que son
    talent aurait à traverser. Je fus heureux aussi dans la salle même;
    depuis que je savais que--contrairement à ce que m'avaient si
    longtemps représenté mes imaginations enfantines--il n'y avait
    qu'une scène pour tout le monde, je pensais qu'on devait être empêché
    de bien voir par les autres spectateurs comme on l'est au milieu d'une
    foule; or je me rendis compte qu'au contraire, grâce à une disposition
    qui est comme le symbole de toute perception, chacun se sent le centre
    du théâtre; ce qui m'explique qu'une fois qu'on avait envoyé Françoise
    voir un mélodrame aux troisièmes galeries, elle avait assuré en
    rentrant que sa place était la meilleure qu'on pût avoir et au lieu de
    se trouver trop loin, s'était sentie intimidée par la proximité
    mystérieuse et vivante du rideau. Mon plaisir s'accrut encore quand je
    commençai à distinguer derrière ce rideau baissé des bruits confus
    comme on en entend sous la coquille d'un œuf quand le poussin va
    sortir, qui bientôt grandirent, et tout à coup, de ce monde
    impénétrable à notre regard, mais qui nous voyait du sien,
    s'adressèrent indubitablement à nous sous la forme impérieuse de trois
    coups aussi émouvants que des signaux venus de la planète Mars. Et--ce
    rideau une fois levé--quand sur la scène une table à écrire et
    une cheminée assez ordinaires, d'ailleurs, signifièrent que les
    personnages qui allaient entrer seraient, non pas des acteurs venus
    pour réciter comme j'en avais vus une fois en soirée, mais des hommes
    en train de vivre chez eux un jour de leur vie dans laquelle je
    pénétrais par effraction sans qu'ils pussent me voir--mon plaisir
    continua de durer; il fut interrompu par une courte inquiétude: juste
    comme je dressais l'oreille avant que commençât la pièce, deux hommes
    entrèrent sur la scène, bien en colère, puisqu'ils parlaient assez
    fort pour que dans cette salle où il y avait plus de mille personnes
    on distinguât toutes leurs paroles, tandis que dans un petit café on
    est obligé de demander au garçon ce que disent deux individus qui se
    collettent; mais dans le même instant étonné de voir que le public les
    entendait sans protester, submergé qu'il était par un unanime silence
    sur lequel vint bientôt clapoter un rire ici, un autre là, je compris
    que ces insolents étaient les acteurs et que la petite pièce, dite
    lever de rideau, venait de commencer. Elle fut suivie d'un entr'acte
    si long que les spectateurs revenus à leurs places s'impatientaient,
    tapaient des pieds. J'en étais effrayé; car de même que dans le compte
    rendu d'un procès, quand je lisais qu'un homme d'un noble cœur allait
    venir au mépris de ses intérêts, témoigner en faveur d'un innocent, je
    craignais toujours qu'on ne fût pas assez gentil pour lui, qu'on ne
    lui marquât pas assez de reconnaissance, qu'on ne le récompensât pas
    richement, et, qu'écœuré, il se mît du côté de l'injustice; de même,
    assimilant en cela le génie à la vertu, j'avais peur que la Berma
    dépitée par les mauvaises façons d'un public aussi mal élevé--dans
    lequel j'aurais voulu au contraire qu'elle pût reconnaître avec
    satisfaction quelques célébrités au jugement de qui elle eût attaché
    de l'importance--ne lui exprimât son mécontentement et son dédain en
    jouant mal. Et je regardais d'un air suppliant ces brutes trépignantes
    qui allaient briser dans leur fureur l'impression fragile et précieuse
    que j'étais venu chercher. Enfin, les derniers moments de mon plaisir
    furent pendant les premières scènes de _Phèdre_. Le personnage de _Phèdre_
    ne paraît pas dans ce commencement du second acte; et, pourtant, dès
    que le rideau fut levé et qu'un second rideau, en velours rouge
    celui-là, se fut écarté, qui dédoublait la profondeur de la scène dans
    toutes les pièces où jouait l'étoile, une actrice entra par le fond,
    qui avait la figure et la voix qu'on m'avait dit être celles de la
    Berma. On avait dû changer la distribution, tout le soin que j'avais
    mis à étudier le rôle de la femme de Thésée devenait inutile. Mais une
    autre actrice donna la réplique à la première. J'avais dû me tromper
    en prenant celle-là pour la Berma, car la seconde lui ressemblait
    davantage encore et, plus que l'autre, avait sa diction. Toutes deux
    d'ailleurs ajoutaient à leur rôle de nobles gestes--que je
    distinguais clairement et dont je comprenais la relation avec le
    texte, tandis qu'elles soulevaient leurs beaux péplums--et aussi des
    intonations ingénieuses, tantôt passionnées, tantôt ironiques, qui me
    faisaient comprendre la signification d'un vers que j'avais lu chez
    moi sans apporter assez d'attention à ce qu'il voulait dire. Mais tout
    d'un coup, dans l'écartement du rideau rouge du sanctuaire, comme dans
    un cadre, une femme parut et, aussitôt à la peur que j'eus, bien plus
    anxieuse que pouvait être celle de la Berma, qu'on la gênât en ouvrant
    une fenêtre, qu'on altérât le son d'une de ses paroles en froissant un
    programme, qu'on l'indisposât en applaudissant ses camarades, en ne
    l'applaudissant pas elle, assez;--à ma façon, plus absolue encore
    que celle de la Berma, de ne considérer dès cet instant, salle,
    public, acteurs, pièce, et mon propre corps que comme un milieu
    acoustique n'ayant d'importance que dans la mesure où il était
    favorable aux inflexions de cette voix, je compris que les deux
    actrices que j'admirais depuis quelques minutes n'avaient aucune
    ressemblance avec celle que j'étais venu entendre. Mais en même temps
    tout mon plaisir avait cessé; j'avais beau tendre vers la Berma mes
    yeux, mes oreilles, mon esprit, pour ne pas laisser échapper une
    miette des raisons qu'elle me donnerait de l'admirer, je ne parvenais
    pas à en recueillir une seule. Je ne pouvais même pas, comme pour ses
    camarades, distinguer dans sa diction et dans son jeu des intonations
    intelligentes, de beaux gestes. Je l'écoutais comme j'aurais lu
    _Phèdre_, ou comme si Phèdre, elle-même avait dit en ce moment les
    choses que j'entendais, sans que le talent de la Berma semblât leur
    avoir rien ajouté. J'aurais voulu--pour pouvoir l'approfondir, pour
    tâcher d'y découvrir ce qu'elle avait de beau--arrêter, immobiliser
    longtemps devant moi chaque intonation de l'artiste, chaque expression
    de sa physionomie; du moins, je tâchais, à force d'agilité morale, en
    ayant avant un vers mon attention tout installée et mise au point, de
    ne pas distraire en préparatifs une parcelle de la durée de chaque
    mot, de chaque geste, et, grâce à l'intensité de mon attention,
    d'arriver à descendre en eux aussi profondément que j'aurais fait si
    j'avais eu de longues heures à moi. Mais que cette durée était brève!
    A peine un son était-il reçu dans mon oreille qu'il était remplacé par
    un autre. Dans une scène où la Berma reste immobile un instant, le
    bras levé à la hauteur du visage baignée grâce à un artifice
    d'éclairage, dans une lumière verdâtre, devant le décor qui représente
    la mer, la salle éclata en applaudissements, mais déjà l'actrice avait
    changé de place et le tableau que j'aurais voulu étudier n'existait
    plus. Je dis à ma grand'mère que je ne voyais pas bien, elle me passa
    sa lorgnette. Seulement, quand on croit à la réalité des choses, user
    d'un moyen artificiel pour se les faire montrer n'équivaut pas tout à
    fait à se sentir près d'elles. Je pensais que ce n'était plus la Berma
    que je voyais, mais son image, dans le verre grossissant. Je reposai
    la lorgnette; mais peut-être l'image que recevait mon œil, diminuée par
    l'éloignement, n'était pas plus exacte; laquelle des deux Berma était
    la vraie? Quant à la déclaration à Hippolyte, j'avais beaucoup compté
    sur ce morceau où, à en juger par la signification ingénieuse que ses
    camarades me découvraient à tout moment dans des parties moins belles,
    elle aurait certainement des intonations plus surprenantes que celles
    que chez moi, en lisant, j'avais tâché d'imaginer; mais elle
    n'atteignit même pas jusqu'à celles qu'Œnone ou Aricie eussent
    trouvées, elle passa au rabot d'une mélopée uniforme, toute la tirade
    où se trouvèrent confondues ensemble des oppositions, pourtant si
    tranchées, qu'une tragédienne à peine intelligente, même des élèves de
    lycée, n'en eussent pas négligé l'effet; d'ailleurs, elle la débita
    tellement vite que ce fut seulement quand elle fut arrivée au dernier
    vers que mon esprit prit conscience de la monotonie voulue qu'elle
    avait imposée aux premiers.

    Enfin éclata mon premier sentiment d'admiration: il fut provoqué par
    les applaudissements frénétiques des spectateurs. J'y mêlai les miens
    en tâchant de les prolonger, afin que par reconnaissance, la Berma se
    surpassant, je fusse certain de l'avoir entendue dans un de ses
    meilleurs jours. Ce qui est du reste curieux, c'est que le moment où
    se déchaîna cet enthousiasme du public, fut, je l'ai su depuis, celui
    où la Berma a une de ses plus belles trouvailles. Il semble que
    certaines réalités transcendantes émettent autour d'elles des rayons
    auxquels la foule est sensible. C'est ainsi que, par exemple, quand un
    événement se produit, quand à la frontière une armée est en danger, ou
    battue, ou victorieuse, les nouvelles assez obscures qu'on reçoit et
    d'où l'homme cultivé ne sait pas tirer grand chose, excitent dans la
    foule une émotion qui le surprend et dans laquelle, une fois que les
    experts l'ont mis au courant de la véritable situation militaire, il
    reconnaît la perception par le peuple de cette «aura» qui entoure les
    grands événements et qui peut être visible à des centaines de
    kilomètres. On apprend la victoire, ou après-coup quand la guerre est
    finie, ou tout de suite par la joie du concierge. On découvre un trait
    génial du jeu de la Berma huit jours après l'avoir entendue, par la
    critique, ou sur le coup par les acclamations du parterre. Mais cette
    connaissance immédiate de la foule étant mêlée à cent autres toutes
    erronées, les applaudissements tombaient le plus souvent à faux, sans
    compter qu'ils étaient mécaniquement soulevés par la force des
    applaudissements antérieurs comme dans une tempête une fois que la mer
    a été suffisamment remuée elle continue à grossir, même si le vent ne
    s'accroît plus. N'importe, au fur et à mesure que j'applaudissais, il
    me semblait que la Berma avait mieux joué. «Au moins, disait à côté de
    moi une femme assez commune, elle se dépense celle-là, elle se frappe
    à se faire mal, elle court, parlez-moi de ça, c'est jouer.» Et heureux
    de trouver ces raisons de la supériorité de la Berma, tout en me
    doutant qu'elles ne l'expliquaient pas plus que celle de la Joconde,
    ou du Persée de Benvenuto l'exclamation d'un paysan: «C'est bien fait
    tout de même! c'est tout en or, et du beau! quel travail!», je
    partageai avec ivresse le vin grossier de cet enthousiasme populaire.
    Je n'en sentis pas moins, le rideau tombé, un désappointement que ce
    plaisir que j'avais tant désiré n'eût pas été plus grand, mais en même
    temps le besoin de le prolonger, de ne pas quitter pour jamais, en
    sortant de la salle, cette vie du théâtre qui pendant quelques heures
    avait été la mienne, et dont je me serais arraché comme en un départ
    pour l'exil, en rentrant directement à la maison, si je n'avais espéré
    d'y apprendre beaucoup sur la Berma par son admirateur auquel je
    devais qu'on m'eût permis d'aller à _Phèdre_, M. de Norpois. Je lui fus
    présenté avant le dîner par mon père qui m'appela pour cela dans son
    cabinet. A mon entrée, l'ambassadeur se leva, me tendit la main,
    inclina sa haute taille et fixa attentivement sur moi ses yeux bleus.
    Comme les étrangers de passage qui lui étaient présentés, au temps où
    il représentait la France, étaient plus ou moins--jusqu'aux
    chanteurs connus--des personnes de marque et dont il savait alors
    qu'il pourrait dire plus tard quand on prononcerait leur nom à Paris
    ou à Pétersbourg, qu'il se rappelait parfaitement la soirée qu'il
    avait passée avec eux à Munich ou à Sofia, il avait pris l'habitude de
    leur marquer par son affabilité la satisfaction qu'il avait de les
    connaître: mais de plus, persuadé que dans la vie des capitales, au
    contact à la fois des individualités intéressantes qui les traversent
    et des usages du peuple qui les habite, on acquiert une connaissance
    approfondie, et que les livres ne donnent pas, de l'histoire, de la
    géographie, des mœurs des différentes nations, du mouvement
    intellectuel de l'Europe, il exerçait sur chaque nouveau venu ses
    facultés aiguës d'observateur afin de savoir de suite à quelle espèce
    d'homme il avait à faire. Le gouvernement ne lui avait plus depuis
    longtemps confié de poste à l'étranger, mais dès qu'on lui présentait
    quelqu'un, ses yeux, comme s'ils n'avaient pas reçu notification de sa
    mise en disponibilité, commençaient à observer avec fruit, cependant
    que par toute son attitude il cherchait à montrer que le nom de
    l'étranger ne lui était pas inconnu. Aussi, tout en me parlant avec
    bonté et de l'air d'importance d'un homme qui sait sa vaste
    expérience, il ne cessait de m'examiner avec une curiosité sagace et
    pour son profit, comme si j'eusse été quelque usage exotique, quelque
    monument instructif, ou quelque étoile en tournée. Et de la sorte il
    faisait preuve à la fois, à mon endroit, de la majestueuse amabilité
    du sage Mentor et de la curiosité studieuse du jeune Anacharsis.

    Il ne m'offrit absolument rien pour la _Revue des Deux-Mondes_, mais me
    posa un certain nombre de questions sur ce qu'avaient été ma vie et
    mes études, sur mes goûts dont j'entendis parler pour la première fois
    comme s'il pouvait être raisonnable de les suivre, tandis que j'avais
    cru jusqu'ici que c'était un devoir de les contrarier. Puisqu'ils me
    portaient du côté de la littérature, il ne me détourna pas d'elle; il
    m'en parla au contraire avec déférence comme d'une personne vénérable
    et charmante du cercle choisi de laquelle, à Rome ou à Dresde, on a
    gardé le meilleur souvenir et qu'on regrette par suite des nécessités
    de la vie de retrouver si rarement. Il semblait m'envier en souriant
    d'un air presque grivois les bons moments que, plus heureux que lui et
    plus libre, elle me ferait passer. Mais les termes mêmes dont il se
    servait me montraient la Littérature comme trop différente de l'image
    que je m'en étais faite à Combray et je compris que j'avais eu
    doublement raison de renoncer à elle. Jusqu'ici je m'étais seulement
    rendu compte que je n'avais pas le don d'écrire; maintenant M. de
    Norpois m'en ôtait même le désir. Je voulus lui exprimer ce que
    j'avais rêvé; tremblant d'émotion, je me serais fait un scrupule que
    toutes mes paroles ne fussent pas l'équivalent le plus sincère
    possible de ce que j'avais senti et que je n'avais jamais essayé de me
    formuler; c'est dire que mes paroles n'eurent aucune netteté.
    Peut-être par habitude professionnelle, peut-être en vertu du calme
    qu'acquiert tout homme important dont on sollicite le conseil et qui
    sachant qu'il gardera en mains la maîtrise de la conversation, laisse
    l'interlocuteur s'agiter, s'efforcer, peiner à son aise, peut-être
    aussi pour faire valoir le caractère de sa tête (selon lui grecque,
    malgré les grands favoris), M. de Norpois, pendant qu'on lui exposait
    quelque chose, gardait une immobilité de visage aussi absolue, que si
    vous aviez parlé devant quelque buste antique--et sourd--dans une
    glyptothèque. Tout à coup, tombant comme le marteau du
    commissaire-priseur, ou comme un oracle de Delphes, la voix de
    l'ambassadeur qui vous répondait vous impressionnait d'autant plus,
    que rien dans sa face ne vous avait laissé soupçonner le genre
    d'impression que vous aviez produit sur lui, ni l'avis qu'il allait
    émettre.

    --Précisément, me dit-il tout à coup comme si la cause était jugée et
    après m'avoir laissé bafouiller en face des yeux immobiles qui ne me
    quittaient pas un instant, j'ai le fils d'un de mes amis qui, _mutatis
    mutandis_, est comme vous (et il prit pour parler de nos dispositions
    communes le même ton rassurant que si elles avaient été des
    dispositions non pas à la littérature, mais au rhumatisme et s'il
    avait voulu me montrer qu'on n'en mourait pas). Aussi a-t-il préféré
    quitter le quai d'Orsay où la voie lui était pourtant toute tracée par
    son père et sans se soucier du qu'en dira-t-on, il s'est mis à
    produire. Il n'a certes pas lieu de s'en repentir. Il a publié il y a
    deux ans--il est d'ailleurs beaucoup plus âgé que vous,
    naturellement--un ouvrage relatif au sentiment de l'Infini sur la
    rive occidentale du lac Victoria-Nyanza et cette année un opuscule
    moins important, mais conduit d'une plume alerte, parfois même acérée,
    sur le fusil à répétition dans l'armée bulgare, qui l'ont mis tout à
    fait hors de pair. Il a déjà fait un joli chemin, il n'est pas homme à
    s'arrêter en route, et je sais que, sans que l'idée d'une candidature
    ait été envisagée, on a laissé tomber son nom deux ou trois dans la
    conversation et d'une façon qui n'avait rien de défavorable, à
    l'Académie des Sciences morales. En somme, sans pouvoir dire encore
    qu'il soit au pinacle, il a conquis de haute lutte une fort jolie
    position et le succès qui ne va pas toujours qu'aux agités et aux
    brouillons, aux faiseurs d'embarras qui sont presque toujours des
    faiseurs, le succès a récompensé son effort.

    Mon père, me voyant déjà académicien dans quelques années, respirait
    une satisfaction que M. de Norpois porta à son comble quand, après un
    instant d'hésitation pendant lequel il sembla calculer les
    conséquences de son acte, il me dit, en me tendant sa carte: «Allez
    donc le voir de ma part, il pourra vous donner d'utiles conseils», me
    causant par ces mots une agitation aussi pénible que s'il m'avait
    annoncé qu'on m'embarquait le lendemain comme mousse à bord d'un
    voilier.

    Ma tante Léonie m'avait fait héritier en même temps que de beaucoup
    d'objets et de meubles fort embarrassants, de presque toute sa fortune
    liquide--révélant ainsi après sa mort une affection pour moi que je
    n'avais guère soupçonnée pendant sa vie. Mon père, qui devait gérer
    cette fortune jusqu'à ma majorité, consulta M. de Norpois sur un
    certain nombre de placements. Il conseilla des titres à faible
    rendement qu'il jugeait particulièrement solides, notamment les
    Consolidés Anglais et le 4% Russe. «Avec ces valeurs de tout premier
    ordre, dit M. de Norpois, si le revenu n'est pas très élevé, vous êtes
    du moins assuré de ne jamais voir fléchir le capital.» Pour le reste,
    mon père lui dit en gros ce qu'il avait acheté. M. de Norpois eut un
    imperceptible sourire de félicitations: comme tous les capitalistes,
    il estimait la fortune une chose enviable, mais trouvait plus délicat
    de ne complimenter que par un signe d'intelligence à peine avoué, au
    sujet de celle qu'on possédait; d'autre part, comme il était lui-même
    colossalement riche, il trouvait de bon goût d'avoir l'air de juger
    considérables les revenus moindres d'autrui, avec pourtant un retour
    joyeux et confortable sur la supériorité des siens. En revanche il
    n'hésita pas à féliciter mon père de la «composition» de son
    portefeuille «d'un goût très sûr, très délicat, très fin». On aurait
    dit qu'il attribuait aux relations des valeurs de bourse entre elles,
    et même aux valeurs de bourse en elles-mêmes, quelque chose comme un
    mérite esthétique. D'une, assez nouvelle et ignorée, dont mon père lui
    parla, M. de Norpois, pareil à ces gens qui ont lu des livres que vous
    vous croyez seul à connaître, lui dit: «Mais si, je me suis amusé
    pendant quelque temps à la suivre dans la Cote, elle était
    intéressante», avec le sourire rétrospectivement captivé d'un abonné
    qui a lu le dernier roman d'une revue, par tranches, en feuilleton.
    «Je ne vous déconseillerais pas de souscrire à l'émission qui va être
    lancée prochainement. Elle est attrayante, car on vous offre les
    titres à des prix tentants.» Pour certaines valeurs anciennes au
    contraire, mon père ne se rappelant plus exactement les noms, faciles
    à confondre avec ceux d'actions similaires, ouvrit un tiroir et montra
    les titres eux-mêmes, à l'Ambassadeur. Leur vue me charma; ils étaient
    enjolivés de flèches de cathédrales et de figures allégoriques comme
    certaines vieilles publications romantiques que j'avais feuilletées
    autrefois. Tout ce qui est d'un même temps se ressemble; les artistes
    qui illustrent les poèmes d'une époque sont les mêmes que font
    travailler pour elles les Sociétés financières. Et rien ne fait mieux
    penser à certaines livraisons de _Notre-Dame de Paris_ et d'œuvres de
    Gérard de Nerval, telles qu'elles étaient accrochées à la devanture de
    l'épicerie de Combray, que, dans son encadrement rectangulaire et
    fleuri que supportaient des divinités fluviales, une action nominative
    de la Compagnie des Eaux.

    Mon père avait pour mon genre d'intelligence un mépris suffisamment
    corrigé par la tendresse pour qu'au total, son sentiment sur tout ce
    que je faisais fut une indulgence aveugle. Aussi n'hésita-t-il pas à
    m'envoyer chercher un petit poème en prose que j'avais fait autrefois
    à Combray en revenant d'une promenade. Je l'avais écrit avec une
    exaltation qu'il me semblait devoir communiquer à ceux qui le
    liraient. Mais elle ne dut pas gagner M. de Norpois, car ce fut sans
    me dire une parole qu'il me le rendit.

    Ma mère, pleine de respect pour les occupations de mon père, vint
    demander, timidement, si elle pouvait faire servir. Elle avait peur
    d'interrompre une conversation où elle n'aurait pas eu à être mêlée.
    Et, en effet, à tout moment mon père rappelait au marquis quelque
    mesure utile qu'ils avaient décidé de soutenir à la prochaine séance
    de Commission, et il le faisait sur le ton particulier qu'ont ensemble
    dans un milieu différent--pareils en cela à deux collégiens--deux
    collègues à qui leurs habitudes professionnelles créent des souvenirs
    communs où n'ont pas accès les autres et auxquels ils s'excusent de se
    reporter devant eux.

    Mais la parfaite indépendance des muscles du visage à laquelle M. de
    Norpois était arrivé, lui permettait d'écouter sans avoir l'air
    d'entendre. Mon père finissait par se troubler: «J'avais pensé à
    demander l'avis de la Commission...» disait-il à M. de Norpois après
    de longs préambules. Alors du visage de l'aristocratique virtuose qui
    avait gardé l'inertie d'un instrumentiste dont le moment n'est pas
    venu d'exécuter sa partie, sortait avec un débit égal, sur un ton aigu
    et comme ne faisant que finir, mais confiée cette fois à un autre
    timbre, la phrase commencée: «Que bien entendu vous n'hésiterez pas à
    réunir, d'autant plus que les membres vous sont individuellement
    connus et peuvent facilement se déplacer.» Ce n'était pas évidemment
    en elle-même une terminaison bien extraordinaire. Mais l'immobilité
    qui l'avait précédée la faisait se détacher avec la netteté
    cristalline, l'imprévu quasi malicieux de ces phrases par lesquelles
    le piano, silencieux jusque-là, réplique, au moment voulu, au
    violoncelle qu'on vient d'entendre, dans un concerto de Mozart.

    --Hé bien, as-tu été content de ta matinée? me dit mon père, tandis
    qu'on passait à table, pour me faire briller et pensant que mon
    enthousiasme me ferait bien juger par M. de Norpois. «Il est allé entendre
    la Berma tantôt, vous vous rappelez que nous en avions parlé ensemble»,
    dit-il en se tournant vers le diplomate du même ton d'allusion
    rétrospective, technique et mystérieuse que s'il se fût agi d'une
    séance de la Commission.

    --Vous avez dû être enchanté, surtout si c'était la première fois que
    vous l'entendiez. M. votre père s'alarmait du contre-coup que cette
    petite escapade pouvait avoir sur votre état de santé, car vous êtes
    un peu délicat, un peu frêle, je crois. Mais je l'ai rassuré. Les
    théâtres ne sont plus aujourd'hui ce qu'ils étaient il y a seulement
    vingt ans. Vous avez des sièges à peu près confortables, une
    atmosphère renouvelée, quoique nous ayons fort à faire encore pour
    rejoindre l'Allemagne et l'Angleterre, qui à cet égard comme à bien
    d'autres ont une formidable avance sur nous. Je n'ai pas vu Mme Berma
    dans _Phèdre_, mais j'ai entendu dire qu'elle y était admirable. Et vous
    avez été ravi, naturellement?

    M. de Norpois, mille fois plus intelligent que moi, devait détenir
    cette vérité que je n'avais pas su extraire du jeu de la Berma, il
    allait me la découvrir; en répondant à sa question, j'allais le prier
    de me dire en quoi cette vérité consistait; et il justifierait ainsi
    ce désir que j'avais eu de voir l'actrice. Je n'avais qu'un moment, il
    fallait en profiter et faire porter mon interrogatoire sur les points
    essentiels. Mais quels étaient-ils? Fixant mon attention tout entière
    sur mes impressions si confuses, et ne songeant nullement à me faire
    admirer de M. de Norpois, mais à obtenir de lui la vérité souhaitée,
    je ne cherchais pas à remplacer les mots qui me manquaient par des
    expressions toutes faites, je balbutiai, et finalement, pour tâcher de
    le provoquer à déclarer ce que la Berma avait d'admirable, je lui
    avouai que j'avais été déçu.

    --Mais comment, s'écria mon père, ennuyé de l'impression fâcheuse
    que l'aveu de mon incompréhension pouvait produire sur M. de Norpois,
    comment peux-tu dire que tu n'as pas eu de plaisir? ta grand'mère nous
    a raconté que tu ne perdais pas un mot de ce que la Berma disait, que
    tu avais les yeux hors de la tête, qu'il n'y avait que toi dans la
    salle comme cela.

    --Mais oui, j'écoutais de mon mieux pour savoir ce qu'elle avait de
    si remarquable. Sans doute, elle est très bien....

    --Si elle est très bien, qu'est-ce qu'il te faut de plus?

    --Une des choses qui contribuent certainement au succès de Mme
    Berma, dit M. de Norpois en se tournant avec application vers ma mère
    pour ne pas la laisser en dehors de la conversation et afin de remplir
    consciencieusement son devoir de politesse envers une maîtresse de
    maison, c'est le goût parfait qu'elle apporte dans le choix de ses
    rôles et qui lui vaut toujours un franc succès, et de bon aloi. Elle
    joue rarement des médiocrités. Voyez, elle s'est attaquée au rôle de
    Phèdre. D'ailleurs, ce goût elle l'apporte dans ses toilettes, dans
    son jeu. Bien qu'elle ait fait de fréquentes et fructueuses tournées
    en Angleterre et en Amérique, la vulgarité je ne dirai pas de John
    Bull ce qui serait injuste, au moins pour l'Angleterre de l'ère
    Victorienne, mais de l'oncle Sam n'a pas déteint sur elle. Jamais de
    couleurs trop voyantes, de cris exagérés. Et puis cette voix admirable
    qui la sert si bien et dont elle joue à ravir, je serais presque tenté
    de dire en musicienne!

    Mon intérêt pour le jeu de la Berma n'avait cessé de grandir depuis
    que la représentation était finie parce qu'il ne subissait plus la
    compression et les limites de la réalité; mais j'éprouvais le besoin
    de lui trouver des explications; de plus, il s'était porté avec une
    intensité égale, pendant que la Berma jouait, sur tout ce qu'elle
    offrait, dans l'indivisibilité de la vie, à mes yeux, à mes oreilles;
    il n'avait rien séparé et distingué; aussi fut-il heureux de se
    découvrir une cause raisonnable dans ces éloges donnés à la
    simplicité, au bon goût de l'artiste, il les attirait à lui par son
    pouvoir d'absorption, s'emparait d'eux comme l'optimisme d'un homme
    ivre des actions de son voisin dans lesquelles il trouve une raison
    d'attendrissement. «C'est vrai, me disais-je, quelle belle voix,
    quelle absence de cris, quels costumes simples, quelle intelligence
    d'avoir été choisir _Phèdre_! Non, je n'ai pas été déçu.»

    Le bœuf froid aux carottes fit son apparition, couché par le
    Michel-Ange de notre cuisine sur d'énormes cristaux de gelée pareils à
    des blocs de quartz transparent.

    --Vous avez un chef de tout premier ordre, madame, dit M. de
    Norpois. Et ce n'est pas peu de chose. Moi qui ai eu à l'étranger à
    tenir un certain train de maison, je sais combien il est souvent
    difficile de trouver un parfait maître queux. Ce sont de véritables
    agapes auxquelles vous nous avez conviés là.

    Et, en effet, Françoise, surexcitée par l'ambition de réussir pour un
    invité de marque un dîner enfin semé de difficultés dignes d'elle,
    s'était donné une peine qu'elle ne prenait plus quand nous étions
    seuls et avait retrouvé sa manière incomparable de Combray.

    --Voilà ce qu'on ne peut obtenir au cabaret, je dis dans les
    meilleurs: une daube de bœuf où la gelée ne sente pas la colle, et où
    le bœuf ait pris le parfum des carottes, c'est admirable! Permettez-moi
    d'y revenir, ajouta-t-il en faisant signe qu'il voulait encore de la
    gelée. Je serais curieux de juger votre Vatel maintenant sur un mets
    tout différent, je voudrais, par exemple, le trouver aux prises avec
    le bœuf Stroganof.

    M. de Norpois pour contribuer lui aussi à l'agrément du repas nous
    servit diverses histoires dont il régalait fréquemment ses collègues
    de carrière, tantôt en citant une période ridicule dite par un homme
    politique coutumier du fait et qui les faisait longues et pleines
    d'images incohérentes, tantôt telle formule lapidaire d'un diplomate
    plein d'atticisme. Mais, à vrai dire, le critérium qui distinguait
    pour lui ces deux ordres de phrases ne ressemblait en rien à celui que
    j'appliquais à la littérature. Bien des nuances m'échappaient; les
    mots qu'il récitait en s'esclaffant ne me paraissaient pas très
    différents de ceux qu'il trouvait remarquables. Il appartenait au
    genre d'hommes qui pour les œuvres que j'aimais eût dit: «Alors, vous
    comprenez? moi j'avoue que je ne comprends pas, je ne suis pas
    initié», mais j'aurais pu lui rendre la pareille, je ne saisissais pas
    l'esprit ou la sottise, l'éloquence ou l'enflure qu'il trouvait dans
    une réplique, ou dans un discours et l'absence de toute raison
    perceptible pourquoi ceci était mal et ceci bien, faisait que cette
    sorte de littérature m'était plus mystérieuse, me semblait plus
    obscure qu'aucune. Je démêlai seulement que répéter ce que tout le
    monde pensait n'était pas en politique une marque d'infériorité mais
    de supériorité. Quand M. de Norpois se servait de certaines
    expressions qui traînaient dans les journaux et les prononçait avec
    force, on sentait qu'elles devenaient un acte par le seul fait qu'il
    les avait employées et un acte qui susciterait des commentaires.

    Ma mère comptait beaucoup sur la salade d'ananas et de truffes. Mais
    l'Ambassadeur après avoir exercé un instant sur le mets la pénétration
    de son regard d'observateur la mangea en restant entouré de discrétion
    diplomatique et ne nous livra pas sa pensée. Ma mère insista pour
    qu'il en reprit, ce que fit M. de Norpois, mais en disant seulement au
    lieu du compliment qu'on espérait: «J'obéis, madame, puisque je vois
    que c'est là de votre part un véritable oukase.»

    --Nous avons lu dans les «feuilles» que vous vous étiez entretenu
    longuement avec le roi Théodose, lui dit mon père.

    --En effet, le roi qui a une rare mémoire des physionomies a eu la
    bonté de se souvenir en m'apercevant à l'orchestre que j'avais eu
    l'honneur de le voir pendant plusieurs jours à la cour de Bavière,
    quand il ne songeait pas à son trône oriental (vous savez qu'il y a
    été appelé par un congrès européen, et il a même fort hésité à
    l'accepter, jugeant cette souveraineté un peu inégale à sa race, la
    plus noble, héraldiquement parlant, de toute l'Europe). Un
    aide-de-camp est venu me dire d'aller saluer Sa Majesté, à l'ordre de
    qui je me suis naturellement empressé de déférer.

    --Avez-vous été content des résultats de son séjour?

    --Enchanté! Il était permis de concevoir quelque appréhension sur la
    façon dont un monarque encore si jeune, se tirerait de ce pas
    difficile, surtout dans des conjonctures aussi délicates. Pour ma part
    je faisais pleine confiance au sens politique du souverain. Mais
    j'avoue que mes espérances ont été dépassées. Le toast qu'il a
    prononcé à l'Elysée, et qui, d'après des renseignements qui me
    viennent de source tout à fait autorisée, avait été composé par lui du
    premier mot jusqu'au dernier, était entièrement digne de l'intérêt
    qu'il a excité partout. C'est tout simplement un coup de maître; un
    peu hardi je le veux bien, mais d'une audace qu'en somme l'événement a
    pleinement justifiée. Les traditions diplomatiques ont certainement du
    bon, mais dans l'espèce elles avaient fini par faire vivre son pays et
    le nôtre dans une atmosphère de renfermé qui n'était plus respirable.
    Eh bien! une des manières de renouveler l'air, évidemment une de
    celles qu'on ne peut pas recommander mais que le roi Théodose pouvait
    se permettre, c'est de casser les vitres. Et il l'a fait avec une
    belle humeur qui a ravi tout le monde et aussi une justesse dans les
    termes, où on a reconnu tout de suite la race de princes lettrés à
    laquelle il appartient par sa mère. Il est certain que quand il a
    parlé des «affinités» qui unissent son pays à la France, l'expression
    pour peu usitée qu'elle puisse être dans le vocabulaire des
    chancelleries, était singulièrement heureuse. Vous voyez que la
    littérature ne nuit pas, même dans la diplomatie, même sur un trône,
    ajouta-t-il en s'adressant à moi. La chose était constatée depuis
    longtemps, je le veux bien, et les rapports entre les deux puissances
    étaient devenus excellents. Encore fallait-il qu'elle fut dite. Le mot
    était attendu, il a été choisi à merveille, vous avez vu comme il a
    porté. Pour ma part j'y applaudis des deux mains.

    --Votre ami, M. De Vaugoubert, qui préparait le rapprochement depuis
    des années, a dû être content.

    --D'autant plus que Sa Majesté qui est assez coutumière du fait
    avait tenu à lui en faire la surprise. Cette surprise a été complète
    du reste pour tout le monde, à commencer par le Ministre des Affaires
    étrangères, qui, à ce qu'on m'a dit, ne l'a pas trouvée à son goût. A
    quelqu'un qui lui en parlait, il aurait répondu très nettement, assez
    haut pour être entendu des personnes voisines: «Je n'ai été ni
    consulté, ni prévenu», indiquant clairement par là qu'il déclinait
    toute responsabilité dans l'événement. Il faut avouer que celui-ci a
    fait un beau tapage et je n'oserais pas affirmer, ajouta-t-il avec un
    sourire malicieux, que tels de mes collègues pour qui la loi suprême
    semble être celle du moindre effort, n'en ont pas été troublés dans
    leur quiétude. Quant à Vaugoubert, vous savez qu'il avait été fort
    attaqué pour sa politique de rapprochement avec la France, et il avait
    dû d'autant plus en souffrir, que c'est un sensible, un cœur exquis.
    J'en puis d'autant mieux témoigner que bien qu'il soit mon cadet et de
    beaucoup, je l'ai fort pratiqué, nous sommes amis de longue date, et
    je le connais bien. D'ailleurs qui ne le connaîtrait? C'est une âme de
    cristal. C'est même le seul défaut qu'on pourrait lui reprocher, il
    n'est pas nécessaire que le cœur d'un diplomate soit aussi transparent
    que le sien. Cela n'empêche pas qu'on parle de l'envoyer à Rome, ce
    qui est un bel avancement, mais un bien gros morceau. Entre nous, je
    crois que Vaugoubert, si dénué qu'il soit d'ambition en serait fort
    content et ne demande nullement qu'on éloigne de lui ce calice. Il
    fera peut-être merveille là-bas; il est le candidat de la Consulta, et
    pour ma part, je le vois très bien, lui artiste, dans le cadre du
    palais Farnèse et la galerie des Carraches. Il semble qu'au moins
    personne ne devrait pouvoir le haïr; mais il y a autour du Roi
    Théodose, toute une camarilla plus ou moins inféodée à la
    Wilhelmstrasse dont elle suit docilement les inspirations et qui a
    cherché de toutes façons à lui tailler des croupières. Vaugoubert n'a
    pas eu à faire face seulement aux intrigues de couloirs mais aux
    injures de folliculaires à gages qui plus tard, lâches comme l'est
    tout journaliste stipendié, ont été des premiers à demander l'_aman_,
    mais qui en attendant n'ont pas reculé à faire état, contre notre
    représentant, des ineptes accusations de gens sans aveu. Pendant plus
    d'un mois les ennemis de Vaugoubert ont dansé autour de lui la danse
    du scalp, dit M. de Norpois, en détachant avec force ce dernier mot.
    Mais un bon averti en vaut deux; ces injures il les a repoussées du
    pied, ajouta-t-il plus énergiquement encore, et avec un regard si
    farouche que nous cessâmes un instant de manger. Comme dit un beau
    proverbe arabe: «Les chiens aboient, la caravane passe.» Après avoir
    jeté cette citation, M. de Norpois s'arrêta pour nous regarder et
    juger de l'effet qu'elle avait produit sur nous. Il fut grand, le
    proverbe nous était connu. Il avait remplacé cette année-là chez les
    hommes de haute valeur cet autre: «Qui sème le vent récolte la
    tempête», lequel avait besoin de repos, n'étant pas infatigable et
    vivace comme: «Travailler pour le Roi de Prusse.» Car la culture de
    ces gens éminents était une culture alternée, et généralement
    triennale. Certes les citations de ce genre, et desquelles M. de
    Norpois excellait à émailler ses articles de la _Revue_, n'étaient point
    nécessaires pour que ceux-ci parussent solides et bien informés. Même
    dépourvus de l'ornement qu'elles apportaient, il suffisait que M. de
    Norpois écrivit à point nommé--ce qu'il ne manquait pas de faire--:
    «Le Cabinet de Saint-James ne fut pas le dernier à sentir le péril»
    ou bien: «l'émotion fut grande au Pont-aux-Chantres où l'on suivait
    d'un œil inquiet la politique égoïste mais habile de la monarchie
    bicéphale», ou: «Un cri d'alarme partit de Montecitorio», ou encore
    «cet éternel double jeu qui est bien dans la manière du Ballplatz». A
    ces expressions le lecteur profane avait aussitôt reconnu et salué le
    diplomate de carrière. Mais ce qui avait fait dire qu'il était plus
    que cela, qu'il possédait une culture supérieure, cela avait été
    l'emploi raisonné de citations dont le modèle achevé restait alors:
    «Faites-moi de bonne politique et je vous ferai de bonnes finances,
    comme avait coutume de dire le Baron Louis.» (On n'avait pas encore
    importé d'Orient: «La victoire est à celui des deux adversaires qui
    sait souffrir un quart d'heure de plus que l'autre, comme disent les
    Japonais»). Cette réputation de grand lettré, jointe à un véritable
    génie d'intrigue caché sous le masque de l'indifférence avait fait
    entrer M. de Norpois à l'Académie des Sciences morales. Et quelques
    personnes pensèrent même qu'il ne serait pas déplacé à l'Académie
    Française, le jour où, voulant indiquer que c'est en resserrant
    l'alliance russe que nous pourrions arriver à une entente avec
    l'Angleterre, il n'hésita pas à écrire: «Qu'on le sache bien au quai
    d'Orsay, qu'on l'enseigne désormais dans tous les manuels de
    géographie qui se montrent incomplets à cet égard, qu'on refuse
    impitoyablement au baccalauréat tout candidat qui ne saura pas le
    dire: «Si tous les chemins mènent à Rome, en revanche la route qui va
    de Paris à Londres passe nécessairement par Pétersbourg.»

    --Somme toute, continua M. de Norpois en s'adressant à mon père,
    Vaugoubert s'est taillé là un beau succès et qui dépasse même celui
    qu'il avait escompté. Il s'attendait en effet à un toast correct (ce
    qui après les nuages des dernières années était déjà fort beau) mais à
    rien de plus. Plusieurs personnes qui étaient au nombre des assistants
    m'ont assuré qu'on ne peut pas en lisant ce toast se rendre compte de
    l'effet qu'il a produit, prononcé et détaillé à merveille par le roi
    qui est maître en l'art de dire et qui soulignait au passage toutes
    les intentions, toutes les finesses. Je me suis laissé raconter à ce
    propos un fait assez piquant et qui met en relief une fois de plus
    chez le roi Théodose cette bonne grâce juvénile qui lui gagne si bien
    les cœurs. On m'a affirmé que précisément à ce mot d'«affinités» qui
    était en somme la grosse innovation du discours, et qui défraiera,
    encore longtemps vous verrez, les commentaires des chancelleries, Sa
    Majesté, prévoyant la joie de notre ambassadeur, qui allait trouver là
    le juste couronnement de ses efforts, de son rêve pourrait-on dire et,
    somme toute, son bâton de maréchal, se tourna à demi vers Vaugoubert
    et fixant sur lui ce regard si prenant des Oettingen, détacha ce mot
    si bien choisi d'«affinités», ce mot qui était une véritable
    trouvaille, sur un ton qui faisait savoir à tous qu'il était employé à
    bon escient et en pleine connaissance de cause. Il paraît que
    Vaugoubert avait peine à maîtriser son émotion et, dans une certaine
    mesure, j'avoue que je le comprends. Une personne digne de toute
    créance m'a même confié que le roi se serait approché de Vaugoubert
    après le dîner, quand Sa Majesté a tenu cercle, et lui aurait dit à
    mi-voix: «Etes-vous content de votre élève, mon cher marquis?»

    --Il est certain, conclut M. de Norpois, qu'un pareil toast a plus fait
    que vingt ans de négociations pour resserrer les deux pays, leurs
    «affinités», selon la pittoresque expression de Théodose II. Ce n'est
    qu'un mot, si vous voulez, mais voyez, quelle fortune il a fait, comme
    toute la presse européenne le répète, quel intérêt il éveille, quel
    son nouveau il a rendu. Il est d'ailleurs bien dans la manière du
    souverain. Je n'irai pas jusqu'à vous dire qu'il trouve tous les jours
    de purs diamants comme celui-là. Mais il est bien rare que dans ses
    discours étudiés, mieux encore, dans le prime-saut de la conversation
    il ne donne pas son signalement--j'allais dire il n'appose pas sa
    signature--par quelque mot à l'emporte-pièce. Je suis d'autant moins
    suspect de partialité en la matière que je suis ennemi de toute
    innovation en ce genre. Dix-neuf fois sur vingt elles sont
    dangereuses.

    --Oui, j'ai pensé que le récent télégramme de l'empereur d'Allemagne
    n'a pas dû être de votre goût, dit mon père.

    M. de Norpois leva les yeux au ciel d'un air de dire: Ah! celui-là!
    «D'abord, c'est un acte d'ingratitude. C'est plus qu'un crime, c'est
    une faute et d'une sottise que je qualifierai de pyramidale! Au reste
    si personne n'y met le holà, l'homme qui a chassé Bismarck est bien
    capable de répudier peu à peu toute la politique bismarckienne, alors
    c'est le saut dans l'inconnu.»

    --Et mon mari m'a dit, monsieur, que vous l'entraîneriez peut-être un
    de ces étés en Espagne, j'en suis ravie pour lui.

    --Mais oui, c'est un projet tout à fait attrayant et dont je me
    réjouis. J'aimerais beaucoup faire avec vous ce voyage, mon cher. Et
    vous, madame, avez-vous déjà songé à l'emploi des vacances?

    --J'irai peut-être avec mon fils à Balbec, je ne sais.

    --Ah! Balbec est agréable, j'ai passé par là il y a quelques années.
    On commence à y construire des villas fort coquettes: je crois que
    l'endroit vous plaira. Mais puis-je vous demander ce qui vous a fait
    choisir Balbec?

    --Mon fils a le grand désir de voir certaines églises du pays,
    surtout celle de Balbec. Je craignais un peu pour sa santé les
    fatigues du voyage et surtout du séjour. Mais j'ai appris qu'on vient
    de construire un excellent hôtel qui lui permettra de vivre dans les
    conditions de confort requises par son état.

    --Ah! il faudra que je donne ce renseignement à certaine personne qui
    n'est pas femme à en faire fi.

    --L'église de Balbec est admirable, n'est-ce pas, monsieur,
    demandai-je, surmontant la tristesse d'avoir appris qu'un des attraits
    de Balbec résidait dans ses coquettes villas.

    --Non, elle n'est pas mal, mais enfin elle ne peut soutenir la
    comparaison avec ces véritables bijoux ciselés que sont les
    cathédrales de Reims, de Chartres, et à mon goût, la perle de toutes,
    la Sainte-Chapelle de Paris.

    --Mais l'église de Balbec est en partie romane?

    --En effet, elle est du style roman, qui est déjà par lui-même
    extrêmement froid et ne laisse en rien présager l'élégance, la
    fantaisie des architectes gothiques qui fouillent la pierre comme de
    la dentelle. L'église de Balbec mérite une visite si on est dans le
    pays, elle est assez curieuse; si un jour de pluie vous ne savez que
    faire, vous pourrez entrer là, vous verrez le tombeau de Tourville.

    --Est-ce que vous étiez hier au banquet des Affaires étrangères? je
    n'ai pas pu y aller, dit mon père.

    --Non, répondit M. de Norpois avec un sourire, j'avoue que je l'ai
    délaissé pour une soirée assez différente. J'ai dîné chez une femme
    dont vous avez peut-être entendu parler, la belle madame Swann.

    Ma mère réprima un frémissement, car d'une sensibilité plus prompte que
    mon père, elle s'alarmait pour lui de ce qui ne devait le contrarier
    qu'un instant après. Les désagréments qui lui arrivaient étaient
    perçus d'abord par elle comme ces mauvaises nouvelles de France qui
    sont connues plus tôt à l'étranger que chez nous. Mais curieuse de
    savoir quel genre de personnes les Swann pouvaient recevoir, elle
    s'enquit auprès de M. de Norpois de celles qu'il y avait rencontrées.

    --Mon Dieu ... c'est une maison où il me semble que vont surtout ...
    des messieurs. Il y avait quelques hommes mariés, mais leurs femmes
    étaient souffrantes ce soir-là et n'étaient pas venues, répondit
    l'ambassadeur avec une finesse voilée de bonhomie et en jetant autour
    de lui des regards dont la douceur et la discrétion faisaient mine de
    tempérer et exagéraient habilement la malice.

    --Je dois dire, ajouta-t-il, pour être tout à fait juste, qu'il y va
    cependant des femmes, mais ... appartenant plutôt..., comment
    dirais-je, au monde républicain qu'à la société de Swann (il
    prononçait Svann). Qui sait? Ce sera peut-être un jour un salon
    politique ou littéraire. Du reste, il semble qu'ils soient contents
    comme cela. Je trouve que Swann le montre même un peu trop. Il nommait
    les gens chez qui lui et sa femme étaient invités pour la semaine
    suivante et de l'intimité desquels il n'y a pourtant pas lieu de
    s'enorgueillir, avec un manque de réserve et de goût, presque de tact,
    qui m'a étonné chez un homme aussi fin. Il répétait: «Nous n'avons pas
    un soir de libre», comme si ç'avait été une gloire, et en véritable
    parvenu, qu'il n'est pas cependant. Car Swann avait beaucoup d'amis et
    même d'amies, et sans trop m'avancer, ni vouloir commettre
    d'indiscrétion, je crois pouvoir dire que non pas toutes, ni même le
    plus grand nombre, mais l'une au moins, et qui est une fort grande
    dame, ne se serait peut-être pas montrée entièrement réfractaire à
    l'idée d'entrer en relations avec Madame Swann, auquel cas,
    vraisemblablement, plus d'un mouton de Panurge aurait suivi. Mais il
    semble qu'il n'y ait eu de la part de Swann aucune démarche esquissée
    en ce sens.... Comment encore un pudding à la Nesselrode! Ce ne sera pas
    de trop de la cure de Carlsbad pour me remettre d'un pareil festin de
    Lucullus.... Peut-être Swann a-t-il senti qu'il y aurait trop de
    résistances à vaincre. Le mariage, cela est certain, n'a pas plu. On a
    parlé de la fortune de la femme, ce qui est une grosse bourde. Mais,
    enfin, tout cela n'a pas paru agréable. Et puis Swann a une tante
    excessivement riche et admirablement posée, femme d'un homme qui,
    financièrement parlant, est une puissance. Et non seulement elle a
    refusé de recevoir Mme Swann, mais elle a mené une campagne en règle
    pour que ses amies et connaissances en fissent autant. Je n'entends
    pas par là qu'aucun Parisien de bonne compagnie ait manqué de respect
    à Madame Swann.... Non! cent fois non! Le mari était d'ailleurs homme à
    relever le gant. En tous cas, il y a une chose curieuse, c'est de voir
    combien Swann, qui connaît tant de monde et du plus choisi, montre
    d'empressement auprès d'une société dont le moins qu'on puisse dire
    est qu'elle est fort mêlée. Moi qui l'ai connu jadis, j'avoue que
    j'éprouvais autant de surprise que d'amusement à voir un homme aussi
    bien élevé, aussi à la mode dans les coteries les plus triées,
    remercier avec effusion le Directeur du Cabinet du Ministre des
    Postes, d'être venu chez eux et lui demander si Mme Swann pourrait _se
    permettre_ d'aller voir sa femme. Il doit pourtant se trouver dépaysé;
    évidemment ce n'est plus le même monde. Mais je ne crois pas cependant
    que Swann soit malheureux. Il y a eu, il est vrai, dans les années qui
    précédèrent le mariage, d'assez vilaines manœuvres de chantage de la
    part de la femme; elle privait Swann de sa fille chaque fois qu'il lui
    refusait quelque chose. Le pauvre Swann, aussi naïf qu'il est pourtant
    raffiné, croyait chaque fois que l'enlèvement de sa fille était une
    coïncidence et ne voulait pas voir la réalité. Elle lui faisait
    d'ailleurs des scènes si continuelles qu'on pensait que le jour où
    elle serait arrivée à ses fins et se serait fait épouser, rien ne la
    retiendrait plus et que leur vie serait un enfer. Hé bien! c'est le
    contraire qui est arrivé. On plaisante beaucoup la manière dont Swann
    parle de sa femme, on en fait même des gorges chaudes. On ne demandait
    certes pas que, plus ou moins conscient d'être ... (vous savez le mot de
    Molière), il allât le proclamer _urbi et orbi_; n'empêche qu'on le
    trouve exagéré quand il dit que sa femme est une excellente épouse.
    Or, ce n'est pas aussi faux qu'on le croit. A sa manière qui n'est pas
    celle que tous les maris préféreraient,--mais enfin, entre nous, il
    me semble difficile que Swann qui la connaissait depuis longtemps et
    est loin d'être un maître-sot, ne sût pas à quoi s'en tenir,--il est
    indéniable qu'elle semble avoir de l'affection pour lui. Je ne dis pas
    qu'elle ne soit pas volage et Swann lui-même ne se fait pas faute de
    l'être, à en croire les bonnes langues qui, vous pouvez le penser,
    vont leur train. Mais elle lui est reconnaissante de ce qu'il a fait
    pour elle, et, contrairement aux craintes éprouvées par tout le monde,
    elle paraît devenue d'une douceur d'ange.

    Ce changement n'était peut-être pas aussi extraordinaire que le trouvait M. de Norpois.
    Odette n'avait pas cru que Swann finirait par l'épouser; chaque fois
    qu'elle lui annonçait tendancieusement qu'un homme comme il faut
    venait de se marier avec sa maîtresse, elle lui avait vu garder un
    silence glacial et tout au plus, si elle l'interpellait directement en
    lui demandant: «Alors, tu ne trouves pas que c'est très bien, que
    c'est bien beau ce qu'il a fait là, pour une femme qui lui a consacré
    sa jeunesse?», répondre sèchement: «Mais je ne te dis pas que ce soit
    mal, chacun agit à sa guise.» Elle n'était même pas loin de croire
    que, comme il le lui disait dans des moments de colère, il
    l'abandonnerait tout à fait, car elle avait depuis peu entendu dire
    par une femme sculpteur: «On peut s'attendre à tout de la part des
    hommes, ils sont si mufles», et frappée par la profondeur de cette
    maxime pessimiste, elle se l'était appropriée, elle la répétait à tout
    bout de champ d'un air découragé qui semblait dire: «Après tout, il
    n'y aurait rien d'impossible, c'est bien ma chance.» Et, par suite,
    toute vertu avait été enlevée à la maxime optimiste qui avait
    jusque-là guidé Odette dans la vie: «On peut tout faire aux hommes qui
    vous aiment, ils sont idiots», et qui s'exprimait dans son visage par
    le même clignement d'yeux qui eût pu accompagner des mots tels que:
    «Ayez pas peur, il ne cassera rien.» En attendant, Odette souffrait de
    ce que telle de ses amies, épousée par un homme qui était resté moins
    longtemps avec elle, qu'elle-même avec Swann, et n'avait pas, elle,
    d'enfant, relativement considérée maintenant, invitée aux bals de
    l'Élysée, devait penser de la conduite de Swann. Un consultant plus
    profond que ne l'était M. de Norpois eût sans doute pu diagnostiquer
    que c'était ce sentiment d'humiliation et de honte qui avait aigri
    Odette, que le caractère infernal qu'elle montrait ne lui était pas
    essentiel, n'était pas un mal sans remède, et eût aisément prédit ce
    qui était arrivé, à savoir qu'un régime nouveau, le régime
    matrimonial, ferait cesser avec une rapidité presque magique ces
    accidents pénibles, quotidiens, mais nullement organiques. Presque
    tout le monde s'étonna de ce mariage, et cela même est étonnant. Sans
    doute peu de personnes comprennent le caractère purement subjectif du
    phénomène qu'est l'amour, et la sorte de création que c'est d'une
    personne supplémentaire, distincte de celle qui porte le même nom dans
    le monde, et dont la plupart des éléments sont tirés de nous-mêmes.
    Aussi y a-t-il peu de gens qui puissent trouver naturelles les
    proportions énormes que finit par prendre pour nous un être qui n'est
    pas le même que celui qu'ils voient. Pourtant il semble qu'en ce qui
    concerne Odette on aurait pu se rendre compte que si, certes, elle
    n'avait jamais entièrement compris l'intelligence de Swann, du moins
    savait-elle les titres, tout le détail de ses travaux, au point que le
    nom de Ver Meer lui était aussi familier que celui de son couturier;
    de Swann, elle connaissait à fond ces traits du caractère que le
    reste du monde ignore ou ridiculise et dont seule une maîtresse, une
    sœur, possèdent l'image ressemblante et aimée; et nous tenons tellement
    à eux, même à ceux que nous voudrions le plus corriger, que c'est
    parce qu'une femme finit par en prendre une habitude indulgente et
    amicalement railleuse, pareille à l'habitude que nous en avons
    nous-mêmes, et qu'en ont nos parents, que les vieilles liaisons ont
    quelque chose de la douceur et de la force des affections de famille.
    Les liens qui nous unissent à un être se trouvent sanctifiés quand il
    se place au même point de vue que nous pour juger une de nos tares. Et
    parmi ces traits particuliers, il y en avait aussi qui appartenaient
    autant à l'intelligence de Swann qu'à son caractère, et que pourtant,
    en raison de la racine qu'ils avaient malgré tout en celui-ci, Odette
    avait plus facilement discernés. Elle se plaignait que quand Swann
    faisait métier d'écrivain, quand il publiait des études, on ne
    reconnut pas ces traits-là autant que dans les lettres ou dans sa
    conversation où ils abondaient. Elle lui conseillait de leur faire la
    part la plus grande. Elle l'aurait voulu parce que c'était ceux
    qu'elle préférait en lui, mais comme elle les préférait parce qu'ils
    étaient plus à lui, elle n'avait peut-être pas tort de souhaiter qu'on
    les retrouvât dans ce qu'il écrivait. Peut-être aussi pensait-elle que
    des ouvrages plus vivants, en lui procurant enfin à lui le succès, lui
    eussent permis à elle de se faire ce que chez les Verdurin elle avait
    appris à mettre au-dessus de tout: un salon.

    Parmi les gens qui trouvaient ce genre de mariage ridicule, gens qui
    pour eux-mêmes se demandaient: «Que pensera M. de Guermantes, que dira
    Bréauté, quand j'épouserai Mlle de Montmorency?», parmi les gens ayant
    cette sorte d'idéal social, aurait figuré, vingt ans plus tôt, Swann
    lui-même. Swann qui s'était donné du mal pour être reçu au Jockey et
    avait compté dans ce temps-là faire un éclatant mariage qui eût
    achevé, en consolidant sa situation, de faire de lui un des hommes les
    plus en vue de Paris. Seulement, les images que représentent un tel
    mariage à l'intéressé ont, comme toutes les images, pour ne pas
    dépérir et s'effacer complètement, besoin d'être alimentées du dehors.
    Votre rêve le plus ardent est d'humilier l'homme qui vous a offensé.
    Mais si vous n'entendez plus jamais parler de lui, ayant changé de
    pays, votre ennemi finira par ne plus avoir pour vous aucune
    importance. Si on a perdu de vue pendant vingt ans toutes les
    personnes à cause desquelles on aurait aimé entrer au Jockey ou à
    l'Institut, la perspective d'être membre de l'un ou de l'autre de ces
    groupements ne tentera nullement. Or, tout autant qu'une retraite,
    qu'une maladie, qu'une conversion religieuse, une liaison prolongée
    substitue d'autres images aux anciennes. Il n'y eut pas de la part de
    Swann, quand il épousa Odette, renoncement aux ambitions mondaines car
    de ces ambitions-là, depuis longtemps Odette l'avait, au sens
    spirituel du mot, détaché. D'ailleurs, ne l'eût-il pas été qu'il n'en
    aurait eu que plus de mérite. C'est parce qu'ils impliquent le
    sacrifice d'une situation plus ou moins flatteuse à une douceur
    purement intime, que généralement les mariages infamants sont les plus
    estimables de tous (on ne peut en effet entendre par mariage infamant
    un mariage d'argent, n'y ayant point d'exemple d'un ménage où la
    femme, ou bien le mari se soient vendus et qu'on n'ait fini par
    recevoir, ne fût-ce que par tradition et sur la foi de tant d'exemples
    et pour ne pas avoir deux poids et deux mesures). Peut-être, d'autre
    part, en artiste, sinon en corrompu, Swann eût-il en tous cas éprouvé
    une certaine volupté à accoupler à lui, dans un de ces croisements
    d'espèces comme en pratiquent les mendelistes ou comme en raconte la
    mythologie, un être de race différente, archiduchesse ou cocotte, à
    contracter une alliance royale ou à faire une mésalliance. Il n'y
    avait eu dans le monde qu'une seule personne dont il se fût préoccupé,
    chaque fois qu'il avait pensé à son mariage possible avec Odette,
    c'était, et non par snobisme, la duchesse de Guermantes. De celle-là,
    au contraire, Odette se souciait peu, pensant seulement aux personnes
    situées immédiatement au-dessus d'elle-même plutôt que dans un aussi
    vague empyrée. Mais quand Swann dans ses heures de rêverie voyait
    Odette devenue sa femme, il se représentait invariablement le moment
    où il l'amènerait, elle et surtout sa fille, chez la princesse des
    Laumes, devenue bientôt la duchesse de Guermantes par la mort de son
    beau-père. Il ne désirait pas les présenter ailleurs, mais il
    s'attendrissait quand il inventait, en énonçant les mots eux-mêmes,
    tout ce que la duchesse dirait de lui à Odette, et Odette à Madame de
    Guermantes, la tendresse que celle-ci témoignerait à Gilberte, la
    gâtant, le rendant fier de sa fille. Il se jouait à lui-même la scène
    de la présentation avec la même précision dans le détail imaginaire
    qu'ont les gens qui examinent comment ils emploieraient, s'ils le
    gagnaient, un lot dont ils fixent arbitrairement le chiffre. Dans la
    mesure où une image qui accompagne une de nos résolutions la motive,
    on peut dire que si Swann épousa Odette, ce fut pour la présenter elle
    et Gilberte, sans qu'il y eût personne là, au besoin sans que personne
    le sût jamais, à la duchesse de Guermantes. On verra comment cette
    seule ambition mondaine qu'il avait souhaitée pour sa femme et sa
    fille fut justement celle dont la réalisation se trouva lui être
    interdite et par un veto si absolu que Swann mourut sans supposer que
    la duchesse pourrait jamais les connaître. On verra aussi qu'au
    contraire la duchesse de Guermantes se lia avec Odette et Gilberte
    après la mort de Swann. Et peut-être eût-il été sage--pour autant
    qu'il pouvait attacher de l'importance à si peu de chose--en ne se
    faisant pas une idée trop sombre de l'avenir, à cet égard, et en
    réservant que la réunion souhaitée pourrait bien avoir lieu quand il
    ne serait plus là pour en jouir. Le travail de causalité qui finit par
    produire à peu près tous les effets possibles, et par conséquent aussi
    ceux qu'on avait cru l'être le moins, ce travail est parfois lent,
    rendu un peu plus lent encore par notre désir--qui, en cherchant à
    l'accélérer, l'entrave--par notre existence même et n'aboutit que
    quand nous avons cessé de désirer, et quelquefois de vivre. Swann ne
    le savait-il pas par sa propre expérience, et n'était-ce pas déjà,
    dans sa vie--comme une préfiguration de ce qui devait arriver après
    sa mort--un bonheur après décès que ce mariage avec cette Odette
    qu'il avait passionnément aimée--si elle ne lui avait pas plu au
    premier abord--et qu'il avait épousée quand il ne l'aimait plus,
    quand l'être qui, en Swann, avait tant souhaité et tant désespéré de
    vivre toute sa vie avec Odette, quand cet être là était mort?

    Je me mis à parler du comte de Paris, à demander s'il n'était pas ami
    de Swann, car je craignais que la conversation se détournât de
    celui-ci. «Oui, en effet, répondit M. de Norpois en se tournant vers
    moi et en fixant sur ma modeste personne le regard bleu où flottaient,
    comme dans leur élément vital, ses grandes facultés de travail et son
    esprit d'assimilation. Et, mon Dieu, ajouta-t-il en s'adressant de
    nouveau à mon père, je ne crois pas franchir les bornes du respect
    dont je fais profession pour le Prince (sans cependant entretenir avec
    lui des relations personnelles que rendrait difficiles ma situation,
    si peu officielle qu'elle soit), en vous citant ce fait assez piquant
    que, pas plus tard qu'il y a quatre ans, dans une petite gare de
    chemins de fer d'un des pays de l'Europe Centrale, le prince eut
    l'occasion d'apercevoir Mme Swann. Certes, aucun de ses familiers ne
    s'est permis de demander à Monseigneur comment il l'avait trouvée.
    Cela n'eût pas été séant. Mais quand par hasard la conversation
    amenait son nom, à de certains signes, imperceptibles si l'on veut,
    mais qui ne trompent pas, le prince semblait donner assez volontiers à
    entendre que son impression était en somme loin d'avoir été
    défavorable.»

    --Mais il n'y aurait pas eu possibilité de la présenter au comte de
    Paris? demanda mon père.

    --Eh bien! on ne sait pas; avec les princes on ne sait jamais,
    répondit M. de Norpois; les plus glorieux, ceux qui savent le plus se
    faire rendre ce qu'on leur doit, sont aussi quelquefois ceux qui
    s'embarrassent le moins des décrets de l'opinion publique, même les
    plus justifiés, pour peu qu'il s'agisse de récompenser certains
    attachements. Or, il est certain que le comte de Paris a toujours
    agréé avec beaucoup de bienveillance le dévouement de Swann qui est,
    d'ailleurs, un garçon d'esprit s'il en fut.

    --Et votre impression à vous, quelle a-t-elle été, monsieur
    l'ambassadeur? demanda ma mère par politesse et par curiosité.

    Avec une énergie de vieux connaisseur qui tranchait sur la modération
    habituelle de ses propos:

    --Tout à fait excellente! répondit M. de Norpois.

    Et sachant que l'aveu d'une forte sensation produite par une femme,
    rentre à condition qu'on le fasse avec enjouement, dans une certaine
    forme particulièrement appréciée de l'esprit de conversation, il
    éclata d'un petit rire qui se prolongea pendant quelques instants,
    humectant les yeux bleus du vieux diplomate et faisant vibrer les
    ailes de son nez nervurées de fibrilles rouges.

    --Elle est tout à fait charmante!

    --Est-ce qu'un écrivain du nom de Bergotte était à ce dîner,
    monsieur? demandai-je timidement pour tâcher de retenir la
    conversation sur le sujet des Swann.

    --Oui, Bergotte était là, répondit M. de Norpois, inclinant la tête
    de mon côté avec courtoisie, comme si dans son désir d'être aimable
    avec mon père, il attachait tout ce qui tenait à lui une véritable
    importance, et même aux questions d'un garçon de mon âge qui n'était
    pas habitué à se voir montrer tant de politesse par des personnes du
    sien. Est-ce que vous le connaissez? ajouta-t-il en fixant sur moi ce
    regard clair dont Bismarck admirait la pénétration.

    --Mon fils ne le connaît pas mais l'admire beaucoup, dit ma mère.

    --Mon Dieu, dit M. de Norpois (qui m'inspira sur ma propre
    intelligence des doutes plus graves que ceux qui me déchiraient
    d'habitude, quand je vis que ce que je mettais mille et mille fois
    au-dessus de moi-même, ce que je trouvais de plus élevé au monde,
    était pour lui tout en bas de l'échelle de ses admirations), je ne
    partage pas cette manière de voir. Bergotte est ce que j'appelle un
    joueur de flûte; il faut reconnaître du reste qu'il en joue
    agréablement quoique avec bien du maniérisme, de l'afféterie. Mais
    enfin ce n'est que cela, et cela n'est pas grand'chose. Jamais on ne
    trouve dans ses ouvrages sans muscles ce qu'on pourrait nommer la
    charpente. Pas d'action--ou si peu--mais surtout pas de portée.
    Ses livres pèchent par la base ou plutôt il n'y a pas de base du tout.
    Dans un temps comme le nôtre où la complexité croissante de la vie
    laisse à peine le temps de lire, où la carte de l'Europe a subi des
    remaniements profonds et est à la veille d'en subir de plus grands
    encore peut-être, où tant de problèmes menaçants et nouveaux se posent
    partout, vous m'accorderez qu'on a le droit de demander à un écrivain
    d'être autre chose qu'un bel esprit qui nous fait oublier dans des
    discussions oiseuses et byzantines sur des mérites de pure forme, que
    nous pouvons être envahis d'un instant à l'autre par un double flot de
    Barbares, ceux du dehors et ceux du dedans. Je sais que c'est
    blasphémer contre la Sacro-Sainte Ecole de ce que ces Messieurs
    appellent l'Art pour l'Art, mais à notre époque, il y a des tâches
    plus urgentes que d'agencer des mots d'une façon harmonieuse. Celle de
    Bergotte est parfois assez séduisante, je n'en disconviens pas, mais
    au total tout cela est bien mièvre, bien mince, et bien peu viril. Je
    comprends mieux maintenant, en me reportant à votre admiration tout à
    fait exagérée pour Bergotte, les quelques lignes que vous m'avez
    montrées tout à l'heure et sur lesquelles j'aurais mauvaise grâce à ne
    pas passer l'éponge, puisque vous avez dit vous-même en toute
    simplicité, que ce n'était qu'un griffonnage d'enfant (je l'avais dit,
    en effet, mais je n'en pensais pas un mot). A tout péché miséricorde
    et surtout aux péchés de jeunesse. Après tout, d'autres que vous en
    ont de pareils sur la conscience, et vous n'êtes pas le seul qui se
    soit cru poète à son heure. Mais on voit dans ce que vous m'avez
    montré la mauvaise influence de Bergotte. Évidemment, je ne vous
    étonnerai pas en vous disant qu'il n'y avait là aucune de ses
    qualités, puisqu'il est passé maître dans l'art, tout superficiel du
    reste, d'un certain style dont à votre âge vous ne pouvez posséder
    même le rudiment. Mais c'est déjà le même défaut, ce contre-sens
    d'aligner des mots bien sonores en ne se souciant qu'ensuite du fond.
    C'est mettre la charrue avant les bœufs, même dans les livres de
    Bergotte. Toutes ces chinoiseries de forme, toutes ces subtilités de
    mandarin déliquescent me semblent bien vaines. Pour quelques feux
    d'artifice agréablement tirés par un écrivain, on crie de suite au
    chef-d'œuvre. Les chefs-d'œuvre ne sont pas si fréquents que cela!
    Bergotte n'a pas à son actif, dans son bagage si je puis dire, un
    roman d'une envolée un peu haute, un de ces livres qu'on place dans le
    bon coin de sa bibliothèque. Je n'en vois pas un seul dans son œuvre.
    Il n'empêche que chez lui, l'œuvre est infiniment supérieure à
    l'auteur. Ah! voilà quelqu'un qui donne raison à l'homme d'esprit qui
    prétendait qu'on ne doit connaître les écrivains que par leurs livres.
    Impossible de voir un individu qui réponde moins aux siens, plus
    prétentieux, plus solennel, moins homme de bonne compagnie. Vulgaire
    par moments, parlant à d'autres comme un livre, et même pas comme un
    livre de lui, mais comme un livre ennuyeux, ce qu'au moins ne sont pas
    les siens, tel est ce Bergotte. C'est un esprit des plus confus,
    alambiqué, ce que nos pères appelaient un diseur de phébus et qui rend
    encore plus déplaisantes, par sa façon de les énoncer, les choses qu'il
    dit. Je ne sais si c'est Loménie ou Sainte-Beuve, qui raconte que
    Vigny rebutait par le même travers. Mais Bergotte n'a jamais écrit
    _Cinq-Mars_, ni le _Cachet rouge_, où certaines pages sont de
    véritables morceaux d'anthologie.

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    Autour de la Lune https://blog.mabo.cc/autour-de-la-lune/ https://blog.mabo.cc/autour-de-la-lune/#respond Wed, 14 Oct 2026 13:34:46 +0000 https://blog.mabo.cc/autour-de-la-lune/

    Autour de la Lune

    Aproximadamente 59.254 palavras.

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    ----------------------------------------------------------------------

    AUTOUR DE LA LUNE
    Etext Production Notes

    Mathematical symbols are enclosed in the brackets "(" and ")" and are
    expressed as their character or symbol names in the LaTeX typesetting
    language. One formula has also been typeset in "visual mode", in lines
    presceded by %

    D'ici à la fin du document le texte sera redigé en français.

    Typographie utilisée dans le texte.
    -----------------------------------

    _xxx_ Texte imprimé en italiques.
    (xxx) Symboles mathématiques ou mots grecs rendus
    selon le langage de composition TeX.
    --Tiret.

    Dictionnaire des mots peu communs utilisés dans le texte.
    ---------------------------------------------------------

    lieue Ancienne mesure de distance (environ 4 km).

    ligne Ancienne mesure de longeur valant, douzième partie
    du pouce, 2.1167 mm.

    londrès Cigare de la Havane, fabriqué à l'origine pour les
    Anglais.

    milles Mesure de longeur américaine, 5280 pieds, 1609 mètres,

    pied Mesure de longeur américaine, 0.3248 mètre,

    pouce Mesure de longeur américaine, 2.54 cm, douzième partie
    du pied.

    toise Ancienne mesure de longeur valant 6 pieds
    (environ 2 mètres).

    <><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><>

    AUTOUR DE LA LUNE

    par Jules Verne

    CHAPITRE PRÉLIMINAIRE

    Qui résume la première partie de cet ouvrage, pour servir de préface a
    la seconde

    Pendant le cours de l'année 186., le monde entier fut singulièrement
    ému par une tentative scientifique sans précédents dans les annales de
    la science. Les membres du Gun-Club, cercle d'artilleurs fondé à
    Baltimore après la guerre d'Amérique, avaient eu l'idée de se mettre
    en communication avec la Lune--oui, avec la Lune--, en lui envoyant
    un boulet. Leur président Barbicane, le promoteur de l'entreprise,
    ayant consulté à ce sujet les astronomes de l'Observatoire de
    Cambridge, prit toutes les mesures nécessaires au succès de cette
    extraordinaire entreprise, déclarée réalisable par la majorité des
    gens compétents. Après avoir provoqué une souscription publique qui
    produisit près de trente millions de francs, il commença ses
    gigantesques travaux.

    Suivant la note rédigée par les membres de l'Observatoire, le canon
    destiné à lancer le projectile devait être établi dans un pays situé
    entre 0 et 28 degrés de latitude nord ou sud, afin de viser la Lune au
    zénith. Le boulet devait être animé d'une vitesse initiale de douze
    mille yards à la seconde. Lancé le 1er décembre, à onze heures moins
    treize minutes et vingt secondes du soir, il devait rencontrer la Lune
    quatre jours après son départ, le 5 décembre, à minuit précis, à
    l'instant même où elle se trouverait dans son périgée, c'est-à-dire à
    sa distance la plus rapprochée de la Terre, soit exactement
    quatre-vingt-six mille quatre cent dix lieues.

    Les principaux membres du Gun-Club, le président Barbicane, le major
    Elphiston, le secrétaire J.-T. Maston et autres savants tinrent
    plusieurs séances dans lesquelles furent discutées la forme et la
    composition du boulet, la disposition et la nature du canon, la
    qualité et la quantité de la poudre à employer. Il fut décidé: 1° que
    le projectile serait un obus en aluminium d'un diamètre de cent huit
    pouces et d'une épaisseur de douze pouces à ses parois, qui pèserait
    dix-neuf mille deux cent cinquante livres; 2° que le canon serait une
    Columbiad en fonte de fer longue de neuf cents pieds, qui serait
    coulée directement dans le sol; 3° que la charge emploierait quatre
    cent mille livres de fulmi-coton qui, développant six milliards de
    litres de gaz sous le projectile, l'emporteraient facilement vers
    l'astre des nuits.

    Ces questions résolues, le président Barbicane, aidé de l'ingénieur
    Murchison, fit choix d'un emplacement situé dans la Floride par 27°
    7' de latitude nord et 5° 7' de longitude ouest. Ce fut en cet
    endroit, qu'après des travaux merveilleux, la Columbiad fut coulée
    avec un plein succès.

    Les choses en étaient là, quand survint un incident qui centupla
    l'intérêt attaché à cette grande entreprise.

    Un Français, un Parisien fantaisiste, un artiste aussi spirituel
    qu'audacieux, demanda à s'enfermer dans un boulet afin d'atteindre la
    Lune et d'opérer une reconnaissance du satellite terrestre. Cet
    intrépide aventurier se nommait Michel Ardan. Il arriva en Amérique,
    fut reçu avec enthousiasme, tint des meetings, se vit porter en
    triomphe, réconcilia le président Barbicane avec son mortel ennemi le
    capitaine Nicholl et, comme gage de réconciliation, il les décida à
    s'embarquer avec lui dans le projectile.

    La proposition fut acceptée. On modifia la forme du boulet. Il
    devint cylindro-conique. On garnit cette espèce de wagon aérien de
    ressorts puissants et de cloisons brisantes qui devaient amortir le
    contrecoup du départ. On le pourvut de vivres pour un an, d'eau pour
    quelques mois, de gaz pour quelques jours. Un appareil automatique
    fabriquait et fournissait l'air nécessaire à la respiration des trois
    voyageurs. En même temps, le Gun-Club faisait construire sur l'un des
    plus hauts sommets des montagnes Rocheuses un gigantesque télescope
    qui permettrait de suivre le projectile pendant son trajet à travers
    l'espace. Tout était prêt.

    Le 30 novembre, à l'heure fixée, au milieu d'un concours
    extraordinaire de spectateurs, le départ eut lieu et pour la première
    fois, trois êtres humains, quittant le globe terrestre, s'élancèrent
    vers les espaces interplanétaires avec la presque certitude d'arriver
    à leur but. Ces audacieux voyageurs, Michel Ardan, le président
    Barbicane et le capitaine Nicholl, devaient effectuer leur trajet en
    _quatre-vingt dix-sept heures treize minutes et vingt secondes_.
    Conséquemment, leur arrivée à la surface du disque lunaire ne pouvait
    avoir lieu que le 5 décembre, à minuit, au moment précis où la Lune
    serait pleine, et non le 4, ainsi que l'avaient annoncé quelques
    journaux mal informés.

    Mais, circonstance inattendue, la détonation produite par la Columbiad
    eut pour effet immédiat de troubler l'atmosphère terrestre en y
    accumulant une énorme quantité de vapeurs. Phénomène qui excita
    l'indignation générale, car la Lune fut voilée pendant plusieurs nuits
    aux yeux de ses contemplateurs.

    Le digne J.-T. Maston, le plus vaillant ami des trois voyageurs,
    partit pour les montagnes Rocheuses, en compagnie de l'honorable J.
    Belfast, directeur de l'Observatoire de Cambridge, et il gagna la
    station de Long's-Peak, où se dressait le télescope qui rapprochait la
    Lune à deux lieues. L'honorable secrétaire du Gun-Club voulait
    observer lui-même le véhicule de ses audacieux amis.

    L'accumulation des nuages dans l'atmosphère empêcha toute observation
    pendant les 5, 6, 7, 8, 9 et 10 décembre. On crut même que
    l'observation devrait être remise au 3 janvier de l'année suivante,
    car la Lune, entrant dans son dernier quartier le 11, ne présenterait
    plus alors qu'une portion décroissante de son disque, insuffisante
    pour permettre d'y suivre la trace du projectile.

    Mais enfin, à la satisfaction générale, une forte tempête nettoya
    l'atmosphère dans la nuit du 11 au 12 décembre, et la Lune, à demi
    éclairée, se découpa nettement sur le fond noir du ciel.

    Cette nuit même, un télégramme était envoyé de la station de
    Long's-Peak par J.-T. Maston et Belfast à MM. les membres du bureau de
    l'Observatoire de Cambridge.

    Or, qu'annonçait ce télégramme?

    Il annonçait: que le 11 décembre, à huit heures quarante-sept du
    soir, le projectile lancé par la Columbiad de Stone's-Hill avait été
    aperçu par MM. Belfast et J.-T. Maston,--que le boulet, dévié pour
    une cause ignorée, n'avait point atteint son but, mais qu'il en était
    passé assez près pour être retenu par l'attraction lunaire,--que
    son mouvement rectiligne s'était changé en un mouvement circulaire,
    et qu'alors, entraîné suivant un orbe elliptique autour de l'astre
    des nuits, il en était devenu le satellite.

    Le télégramme ajoutait que les éléments de ce nouvel astre n'avaient
    pu être encore calculés;--et en effet, trois observations prenant
    l'astre dans trois positions différentes, sont nécessaires pour
    déterminer ces éléments. Puis, il indiquait que la distance séparant
    le projectile de la surface lunaire «pouvait» être évaluée à deux
    mille huit cent trente-trois milles environ, soit quatre mille cinq
    cents lieues.

    Il terminait enfin en émettant cette double hypothèse: Ou l'attraction
    de la Lune finirait par l'emporter, et les voyageurs atteindraient
    leur but; ou le projectile, maintenu dans un orbe immutable,
    graviterait autour du disque lunaire jusqu'à la fin des siècles.

    Dans ces diverses alternatives, quel serait le sort des voyageurs?
    Ils avaient des vivres pour quelque temps, c'est vrai. Mais en
    supposant même le succès de leur téméraire entreprise, comment
    reviendraient-ils? Pourraient-ils jamais revenir? Aurait-on de leurs
    nouvelles? Ces questions, débattues par les plumes les plus savantes
    du temps, passionnèrent le public.

    Il convient de faire ici une remarque qui doit être méditée par les
    observateurs trop pressés. Lorsqu'un savant annonce au public une
    découverte purement spéculative, il ne saurait agir avec assez de
    prudence. Personne n'est forcé de découvrir ni une planète, ni une
    comète, ni un satellite, et qui se trompe en pareil cas, s'expose
    justement aux quolibets de la foule. Donc, mieux vaut attendre, et
    c'est ce qu'aurait dû faire l'impatient J.-T. Maston, avant de lancer
    à travers le monde ce télégramme qui, suivant lui, disait le dernier
    mot de cette entreprise.

    En effet, ce télégramme contenait des erreurs de deux sortes, ainsi
    que cela fut vérifié plus tard: 1° Erreurs d'observation, en ce qui
    concernait la distance du projectile à la surface de la Lune, car, à
    la date du 11 décembre, il était impossible de l'apercevoir, et ce que
    J.-T. Maston avait vu ou cru voir, ne pouvait être le boulet de la
    Columbiad. 2° Erreurs de théorie sur le sort réservé audit
    projectile, car en faire un satellite de la Lune, c'était se mettre en
    contradiction absolue avec les lois de la mécanique rationnelle.

    Une seule hypothèse des observateurs de Long's-Peak pouvait se
    réaliser, celle qui prévoyait le cas où les voyageurs--s'ils
    existaient encore--, combineraient leurs efforts avec l'attraction
    lunaire de manière à atteindre la surface du disque.

    Or, ces hommes, aussi intelligents que hardis, avaient survécu au
    terrible contrecoup du départ, et c'est leur voyage dans le
    boulet-wagon qui va être raconté jusque dans ses plus dramatiques
    comme dans ses plus singuliers détails. Ce récit détruira beaucoup
    d'illusions et de prévisions; mais il donnera une juste idée des
    péripéties réservées à une pareille entreprise, et il mettra en relief
    les instincts scientifiques de Barbicane, les ressources de
    l'industrieux Nicholl et l'humoristique audace de Michel Ardan.

    En outre, il prouvera que leur digne ami, J.-T. Maston, perdait son
    temps, lorsque, penché sur le gigantesque télescope, il observait la
    marche de la Lune à travers les espaces stellaires.

    I

    De dix heures vingt a dix heures quarante-sept minutes du soir

    Quand dix heures sonnèrent, Michel Ardan, Barbicane et Nicholl firent
    leurs adieux aux nombreux amis qu'ils laissaient sur terre. Les deux
    chiens, destinés à acclimater la race canine sur les continents
    lunaires, étaient déjà emprisonnés dans le projectile. Les trois
    voyageurs s'approchèrent de l'orifice de l'énorme tube de fonte, et
    une grue volante les descendit jusqu'au chapeau conique du boulet.

    Là, une ouverture, ménagée à cet effet, leur donna accès dans le wagon
    d'aluminium. Les palans de la grue étant halés à l'extérieur, la
    gueule de la Columbiad fut instantanément dégagée de ses derniers
    échafaudages.

    Nicholl, une fois introduit avec ses compagnons dans le projectile,
    s'occupa d'en fermer l'ouverture au moyen d'une forte plaque maintenue
    intérieurement par de puissantes vis de pression. D'autres plaques,
    solidement adaptées, recouvraient les verres lenticulaires des
    hublots. Les voyageurs, hermétiquement clos dans leur prison de
    métal, étaient plongés au milieu d'une obscurité profonde.

    «Et maintenant, mes chers compagnons, dit Michel Ardan, faisons comme
    chez nous. Je suis homme d'intérieur, moi, et très fort sur l'article
    ménage. Il s'agit de tirer le meilleur parti possible de notre
    nouveau logement et d'y trouver nos aises. Et d'abord, tâchons d'y
    voir un peu plus clair. Que diable! le gaz n'a pas été inventé pour
    les taupes!»

    Ce disant, l'insouciant garçon fit jaillir la flamme d'une allumette
    qu'il frotta à la semelle de sa botte; puis, il l'approcha du bec fixé
    au récipient, dans lequel l'hydrogène carboné, emmagasiné à une haute
    pression, pouvait suffire à l'éclairage et au chauffage du boulet
    pendant cent quarante-quatre heures, soit six jours et six nuits.

    Le gaz s'alluma. Le projectile, ainsi éclairé, apparut comme une
    chambre confortable, capitonnée à ses parois, meublée de divans
    circulaires, et dont la voûte s'arrondissait en forme de dôme.

    Les objets qu'elle renfermait, armes, instruments, ustensiles,
    solidement saisis et maintenus contre les rondeurs du capiton,
    devaient supporter impunément le choc du départ. Toutes les
    précautions humainement possibles avaient été prises pour mener à
    bonne fin une si téméraire tentative.

    Michel Ardan examina tout et se déclara fort satisfait de son
    installation.

    «C'est une prison, dit-il, mais une prison qui voyage, et avec le
    droit de mettre le nez à la fenêtre, je ferais bien un bail de cent
    ans! Tu souris Barbicane? As-tu donc une arrière-pensée? Te dis-tu
    que cette prison pourrait être notre tombeau? Tombeau, soit, mais je
    ne le changerais pas pour celui de Mahomet qui flotte dans l'espace
    et ne marche pas!»

    Pendant que Michel Ardan parlait ainsi, Barbicane et Nicholl faisaient
    leurs derniers préparatifs.

    Le chronomètre de Nicholl marquait dix heures vingt minutes du soir
    lorsque les trois voyageurs se furent définitivement murés dans leur
    boulet. Ce chronomètre était réglé à un dixième de seconde près sur
    celui de l'ingénieur Murchison. Barbicane le consulta.

    «Mes amis, dit-il, il est dix heures vingt. A dix heures
    quarante-sept, Murchison lancera l'étincelle électrique sur le fil
    qui communique avec la charge de la Columbiad. A ce moment précis,
    nous quitterons notre sphéroïde. Nous avons donc encore vingt-sept
    minutes à rester sur la terre.

    --Vingt-six minutes et treize secondes, répondit le méthodique
    Nicholl.

    --Eh bien, s'écria Michel Ardan d'un ton de belle humeur, en
    vingt-six minutes, on fait bien des choses! On peut discuter les
    plus graves questions de morale ou de politique, et même les
    résoudre! Vingt-six minutes bien employées valent mieux que
    vingt-six années où on ne fait rien! Quelques secondes d'un Pascal
    ou d'un Newton sont plus précieuses que toute l'existence de
    l'indigeste foule des imbéciles...

    --Et tu en conclus, éternel parleur? demanda le président Barbicane.

    --J'en conclus que nous avons vingt-six minutes, répondit Ardan.

    --Vingt-quatre seulement, dit Nicholl.

    --Vingt-quatre, si tu y tiens, mon brave capitaine, répondit Ardan,
    vingt-quatre minutes pendant lesquelles on pourrait approfondir...

    --Michel, dit Barbicane, pendant notre traversée, nous aurons tout le
    temps nécessaire pour approfondir les questions les plus ardues.
    Maintenant occupons-nous du départ.

    --Ne sommes-nous pas prêts?

    --Sans doute. Mais il est encore quelques précautions à prendre pour
    atténuer autant que possible le premier choc!

    --N'avons-nous pas ces couches d'eau disposées entre les cloisons
    brisantes, et dont l'élasticité nous protégera suffisamment?

    --Je l'espère, Michel, répondit doucement Barbicane, mais je n'en
    suis pas bien sûr!

    --Ah! le farceur! s'écria Michel Ardan. Il espère!... Il n'est
    pas sûr!... Et il attend le moment où nous sommes encaqués pour
    faire ce déplorable aveu! Mais je demande à m'en aller!

    --Et le moyen? répliqua Barbicane.

    --En effet! dit Michel Ardan, c'est difficile. Nous sommes dans le
    train et le sifflet du conducteur retentira avant vingt-quatre
    minutes...

    --Vingt», fit Nicholl.

    Pendant quelques instants, les trois voyageurs se regardèrent. Puis
    ils examinèrent les objets emprisonnés avec eux.

    «Tout est à sa place, dit Barbicane. Il s'agit de décider maintenant
    comment nous nous placerons le plus utilement pour supporter le choc
    du départ. La position à prendre ne saurait être indifférente, et
    autant que possible, il faut empêcher que le sang ne nous afflue trop
    violemment à la tête.

    --Juste, fit Nicholl.

    --Alors, répondit Michel Ardan, prêt à joindre l'exemple à la parole,
    mettons-nous la tête en bas et les pieds en haut, comme les clowns du
    Great-Circus!

    --Non, dit Barbicane, mais étendons-nous sur le côté. Nous
    résisterons mieux ainsi au choc. Remarquez bien qu'au moment où le
    boulet partira que nous soyons dedans ou que nous soyons devant, c'est
    à peu près la même chose.

    --Si ce n'est qu' «à peu près» la même chose, je me rassure, répliqua
    Michel Ardan.

    --Approuvez-vous mon idée, Nicholl? demanda Barbicane.

    --Entièrement, répondit le capitaine. Encore treize minutes et demie.

    --Ce n'est pas un homme que ce Nicholl s'écria Michel, c'est un
    chronomètre à secondes, a échappement, avec huit trous...»

    Mais ses compagnons ne l'écoutaient plus, et ils prenaient leurs
    dernières dispositions avec un sang-froid inimaginable. Ils avaient
    l'air de deux voyageurs méthodiques, montés dans un wagon, et
    cherchant à se caser aussi confortablement que possible. On se
    demande vraiment de quelle matière sont faits ces coeurs d'Américains
    auxquels l'approche du plus effroyable danger n'ajoute pas une
    pulsation!

    Trois couchettes, épaisses et solidement conditionnées, avaient été
    placées dans le projectile. Nicholl et Barbicane les disposèrent au
    centre du disque qui formait le plancher mobile. Là devaient
    s'étendre les trois voyageurs, quelques moments avant le départ.

    Pendant ce temps, Ardan, ne pouvant rester immobile, tournait dans son
    étroite prison comme une bête fauve en cage, causant avec ses amis,
    parlant à ses chiens, Diane et Satellite, auxquels, on le voit, il
    avait donné depuis quelque temps ces noms significatifs.

    «Hé! Diane! Hé! Satellite! s'écriait-il en les excitant. Vous
    allez donc montrer aux chiens sélénites les bonnes façons des chiens
    de la terre! Voilà qui fera honneur à la race canine! Pardieu! Si
    nous revenons jamais ici-bas, je veux rapporter un type croisé de
    «moon-dogs» qui fera fureur!

    --S'il y a des chiens dans la Lune, dit Barbicane.

    --Il y en a, affirma Michel Ardan, comme il y a des chevaux, des
    vaches, des ânes, des poules. Je parie que nous y trouvons des
    poules!

    --Cent dollars que nous n'en trouverons pas, dit Nicholl.

    --Tenu, mon capitaine, répondit Ardan en serrant la main de Nicholl.
    Mais à propos, tu as déjà perdu trois paris avec notre président,
    puisque les fonds nécessaires à l'entreprise ont été faits, puisque
    l'opération de la fonte a réussi, et enfin puisque la Columbiad a été
    chargée sans accident, soit six mille dollars.

    --Oui, répondit Nicholl. Dix heures trente-sept minutes et six
    secondes.

    --C'est entendu, capitaine. Eh bien, avant un quart d'heure, tu auras
    encore à compter neuf mille dollars au président, quatre mille parce
    que la Columbiad n'éclatera pas, et cinq mille parce que le boulet
    s'enlèvera à plus de six milles dans l'air.

    --J'ai les dollars, répondit Nicholl en frappant sur la poche de son
    habit, je ne demande qu'à payer.

    --Allons, Nicholl, je vois que tu es un homme d'ordre, ce que je n'ai
    jamais pu être, mais en somme, tu as fait là une série de paris peu
    avantageux pour toi, permets-moi de te le dire.

    --Et pourquoi? demanda Nicholl.

    --Parce que si tu gagnes le premier, c'est que la Columbiad aura
    éclaté, et le boulet avec, et Barbicane ne sera plus là pour te
    rembourser tes dollars.

    --Mon enjeu est déposé à la banque de Baltimore, répondit simplement
    Barbicane, et à défaut de Nicholl, il retournera à ses héritiers!

    --Ah! hommes pratiques! s'écria Michel Ardan, esprits positifs! Je
    vous admire d'autant plus que je ne vous comprends pas.

    --Dix heures quarante deux! dit Nicholl.

    --Plus que cinq minutes! répondit Barbicane.

    --Oui! cinq petites minutes! répliqua Michel Ardan. Et nous sommes
    enfermés dans un boulet au fond d'un canon de neuf cents pieds! Et
    sous ce boulet sont entassés quatre cent mille livres de fulmi-coton
    qui valent seize cent mille livres de poudre ordinaire! Et l'ami
    Murchison, son chronomètre à la main, l'oeil fixé sur l'aiguille, le
    doigt posé sur l'appareil électrique, compte les secondes et va nous
    lancer dans les espaces interplanétaires!...

    --Assez, Michel, assez! dit Barbicane d'une voix grave.
    Préparons-nous. Quelques instants seulement nous séparent d'un moment
    suprême. Une poignée de main, mes amis.

    --Oui», s'écria Michel Ardan, plus ému qu'il ne voulait le paraître.

    Ces trois hardis compagnons s'unirent dans une dernière étreinte.

    «Dieu nous garde!» dit le religieux Barbicane.

    Michel Ardan et Nicholl s'étendirent sur les couchettes disposées au
    centre du disque.

    «Dix heures quarante sept!» murmura le capitaine.

    Vingt secondes encore! Barbicane éteignit rapidement le gaz et se
    coucha près de ses compagnons.

    Le profond silence e n'était interrompu que par les battements du
    chronomètre frappant la seconde.

    Soudain, un choc épouvantable se produisit, et le projectile, sous la
    poussée de six milliards de litres de gaz développés par la
    déflagration du pyroxile, s'enleva dans l'espace.

    II

    La première demi-heure

    Que s'était-il passé? Quel effet avait produit cette effroyable
    secousse? L'ingéniosité des constructeurs du projectile avait-elle
    obtenu un résultat heureux? Le choc s'était-il amorti, grâce aux
    ressorts, aux quatre tampons, aux coussins d'eau, aux cloisons
    brisantes? Avait-on dompté l'effrayante poussée de cette vitesse
    initiale de onze mille mètres qui eût suffi à traverser Paris ou New
    York en une seconde? C'est évidemment la question que se posaient les
    mille témoins de cette scène émouvante. Ils oubliaient le but du
    voyage pour ne songer qu'aux voyageurs! Et si quelqu'un d'entre eux
    --J.-T. Maston, par exemple--, eût pu jeter un regard à l'intérieur
    du projectile, qu'aurait-il vu?

    Rien alors. L'obscurité était profonde dans le boulet. Mais ses
    parois cylindro-coniques avaient supérieurement résisté. Pas une
    déchirure, pas une flexion, pas une déformation. L'admirable
    projectile ne s'était même pas altéré sous l'intense déflagration des
    poudres, ni liquéfié, comme on paraissait le craindre, en une pluie
    d'aluminium.

    A l'intérieur, peu de désordre, en somme. Quelques objets avaient été
    lancés violemment vers la voûte; mais les plus importants ne
    semblaient pas avoir souffert du choc. Leurs saisines étaient
    intactes.

    Sur le disque mobile, rabaissé jusqu'au culot, après le bris des
    cloisons et l'échappement de l'eau, trois corps gisaient sans
    mouvement. Barbicane, Nicholl, Michel Ardan respiraient-ils encore?
    Ce projectile n'était-il plus qu'un cercueil de métal, emportant trois
    cadavres dans l'espace?...

    Quelques minutes après le départ du boulet, un de ces corps fit un
    mouvement; ses bras s'agitèrent, sa tête se redressa, et il parvint à
    se mettre sur les genoux. C'était Michel Ardan. Il se palpa, poussa
    un a «hem» sonore, puis il dit;

    «Michel Ardan, complet. Voyons les autres!»

    Le courageux Français voulut se lever; mais il ne put se tenir debout.
    Sa tête vacillait, son sang violemment injecté, l'aveuglait, il était
    comme un homme ivre.

    «Brr! fit-il. Cela me produit le même effet que deux bouteilles de
    Corton. Seulement, c'est peut-être moins agréable à avaler!»

    Puis, passant plusieurs fois sa main sur son front et se frottant les
    tempes, il cria d'une voix ferme:

    «Nicholl! Barbicane!»

    Il attendit anxieusement. Nulle réponse. Pas même un soupir qui
    indiquât que le coeur de ses compagnons battait encore. Il réitéra
    son appel. Même silence.

    «Diable! dit-il. Ils ont l'air d'être tombés d'un cinquième étage
    sur la tête! Bah! ajouta-t-il avec cette imperturbable confiance que
    rien ne pouvait enrayer, si un Français a pu se mettre sur les genoux,
    deux Américains ne seront pas gênés de se remettre sur les pieds.
    Mais, avant tout éclairons la situation».

    Ardan sentait la vie lui revenir à flots. Son sang se calmait et
    reprenait sa circulation accoutumée. De nouveaux efforts le remirent
    en équilibre. Il parvint à se lever, tira de sa poche une allumette
    et l'enflamma sous le frottement du phosphore. Puis, l'approchant du
    bec, il l'alluma. Le récipient n'avait aucunement souffert. Le gaz
    ne s'était pas échappé. D'ailleurs, son odeur l'eût trahi, et en ce
    cas, Michel Ardan n'aurait pas impunément promené une allumette
    enflammée dans ce milieu rempli d'hydrogène. Le gaz, combiné avec
    l'air, eût produit un mélange détonant et l'explosion aurait achevé ce
    que la secousse avait commencé peut-être.

    Dès que le bec fut allumé, Ardan se pencha sur les corps de ses
    compagnons. Ces corps étaient renversés l'un sur l'autre, comme des
    masses inertes. Nicholl dessus, Barbicane dessous.

    Ardan redressa le capitaine, l'accota contre un divan, et le
    frictionna vigoureusement. Ce massage, intelligemment pratiqué,
    ranima Nicholl, qui ouvrit les yeux, recouvra instantanément son
    sang-froid, saisit la main d'Ardan. Puis, regardant autour de lui:

    «Et Barbicane? demanda-t-il.

    --Chacun son tour, répondit tranquillement Michel Ardan. J'ai
    commencé par toi, Nicholl, parce que tu étais dessus. Passons
    maintenant à Barbicane.»

    Cela dit, Ardan et Nicholl soulevèrent le président du Gun-Club et le
    déposèrent sur le divan. Barbicane semblait avoir plus souffert que
    ses compagnons. Son sang avait coulé, mais Nicholl se rassura en
    constatant que cette hémorragie ne provenait que d'une légère blessure
    à l'épaule. Une simple écorchure qu'il comprima soigneusement.

    Néanmoins, Barbicane fut quelque temps à revenir à lui, ce dont
    s'effrayèrent ses deux amis qui ne lui épargnaient pas les frictions.

    «Il respire cependant, disait Nicholl, approchant son oreille de la
    poitrine du blessé.

    --Oui, répondait Ardan, il respire comme un homme qui a quelque
    habitude de cette opération quotidienne. Massons, Nicholl, massons
    avec vigueur.»

    Et les deux praticiens improvisés firent tant et si bien, que
    Barbicane recouvra l'usage de ses sens. Il ouvrit les yeux, se
    redressa, prit la main de ses deux amis, et, pour sa première parole:

    «Nicholl, demanda-t-il, marchons-nous?»

    Nicholl et Barbicane se regardèrent. Ils ne s'étaient pas encore
    inquiétés du projectile. Leur première préoccupation avait été pour
    les voyageurs, non pour le wagon.

    «Au fait marchons-nous? répéta Michel Ardan.

    --Ou bien reposons-nous tranquillement sur le sol de la Floride?
    demanda Nicholl.

    --Ou au fond du golfe du Mexique? ajouta Michel Ardan.

    --Par exemple!» s'écria le président Barbicane.

    Et cette double hypothèse suggérée par ses compagnons eut pour effet
    immédiat de le rappeler immédiatement au sentiment.

    Quoi qu'il en soit, on ne pouvait encore se prononcer sur la situation
    du boulet. Son immobilité apparente; le défaut de communication avec
    l'extérieur, ne permettaient pas de résoudre la question. Peut-être
    le projectile déroulait-il sa trajectoire à travers l'espace;
    peut-être, après un court enlèvement, était-il retombé sur terre, ou
    même dans le golfe du Mexique, chute que le peu de largeur de la
    presqu'île floridienne rendait possible.

    Le cas était grave, le problème intéressant. Il fallait le résoudre
    au plus tôt. Barbicane, surexcité et triomphant par son énergie
    morale de sa faiblesse physique, se releva. Il écouta. A
    l'extérieur, silence profond. Mais l'épais capitonnage était
    suffisant pour intercepter tous les bruits de la Terre. Cependant,
    une circonstance frappa Barbicane. La température à l'intérieur du
    projectile était singulièrement élevée. Le président retira un
    thermomètre de l'enveloppe qui le protégeait, et il le consulta.
    L'instrument marquait quarante-cinq degrés centigrades.

    «Oui! s'écria-t-il alors, oui! nous marchons! Cette étouffante
    chaleur transsude à travers les parois du projectile! Elle est
    produite par son frottement sur les couches atmosphériques. Elle va
    bientôt diminuer, parce que déjà nous flottons dans le vide, et après
    avoir failli étouffer, nous subirons des froids intenses.

    --Quoi, demanda Michel Ardan, suivant toi, Barbicane, nous serions dès
    à présent hors des limites de l'atmosphère terrestre?

    --Sans aucun doute, Michel. Ecoute-moi. Il est dix heures
    cinquante-cinq minutes. Nous sommes partis depuis huit minutes
    environ. Or, si notre vitesse initiale n'eût pas été diminuée par le
    frottement, six secondes nous auraient suffi pour franchir les seize
    lieues d'atmosphère qui entourent le sphéroïde.

    --Parfaitement, répondit Nicholl, mais dans quelle proportion
    estimez-vous la diminution de cette vitesse par le frottement?

    --Dans la proportion d'un tiers, Nicholl, répondit Barbicane cette
    diminution est considérable, mais, d'après mes calculs, elle est
    telle. Si donc nous avons eu une vitesse initiale de onze mille
    mètres, au sortir de l'atmosphère cette vitesse sera réduite à sept
    mille trois cent trente-deux mètres, quoi qu'il en soit, nous avons
    déjà franchi cet intervalle, et...

    --Et alors, dit Michel Ardan, l'ami Nicholl a perdu ses deux paris:
    quatre mille dollars, puisque la Columbiad n'a pas éclaté; cinq mille
    dollars, puisque le projectile s'est élevé à une hauteur supérieure à
    six milles. Donc, Nicholl, exécute-toi.

    --Constatons d'abord, répondit le capitaine, et nous paierons ensuite.
    Il est très possible que les raisonnements de Barbicane soient exacts
    et que j'aie perdu mes neuf mille dollars. Mais une nouvelle
    hypothèse se présente à mon esprit, et elle annulerait la gageure.

    --Laquelle? demanda vivement Barbicane.

    --L'hypothèse que, pour une raison ou une autre, le feu n'ayant pas
    été mis aux poudres, nous ne soyons pas partis.

    --Pardieu, capitaine, s'écria Michel Ardan, voilà une hypothèse digne
    de mon cerveau! Elle n'est pas sérieuse! Est-ce que nous n'avons pas
    été à demi assommés par la secousse? Est-ce que je ne t'ai pas
    rappelé à la vie? Est-ce que l'épaule du président ne saigne pas
    encore du contrecoup qui l'a frappée?

    --D'accord, Michel, répéta Nicholl, mais une seule question.

    --Fais, mon capitaine.

    --As-tu entendu la détonation qui certainement a dû être formidable?

    --Non, répondit Ardan, très surpris, en effet, je n'ai pas entendu la
    détonation.

    --Et vous, Barbicane?

    --Ni moi non plus.

    --Eh bien? fit Nicholl.

    --Au fait! murmura le président, pourquoi n'avons-nous pas entendu la
    détonation?»

    Les trois amis se regardèrent d'un air assez décontenancé. Il se
    présentait là un phénomène inexplicable. Le projectile était parti
    cependant, et, conséquemment, la détonation avait dû se produire.

    «Sachons d'abord où nous en sommes, dit Barbicane, et rabattons les
    panneaux.»

    Cette opération extrêmement simple, fut aussitôt pratiquée. Les
    écrous qui maintenaient les boulons sur les plaques extérieures du
    hublot de droite, cédèrent sous la pression d'une clef anglaise. Ces
    boulons furent chassés au-dehors, et des obturateurs garnis de
    caoutchouc bouchèrent le trou qui leur donnait passage. Aussitôt la
    plaque extérieure se rabattit sur sa charnière comme un sabord, et le
    verre lenticulaire qui fermait le hublot apparut. Un hublot identique
    s'évidait dans l'épaisseur des parois sur l'autre face, du projectile,
    un autre dans le dôme qui le terminait, un quatrième enfin au milieu
    du culot inférieur. On pouvait donc observer, dans quatre directions
    opposées, le firmament par les vitres latérales et plus directement,
    la Terre ou la Lune par les ouvertures supérieures et inférieures du
    boulet.

    Barbicane et ses deux compagnons s'étaient aussitôt précipités à la
    vitre découverte. Nul rayon lumineux ne l'animait. Une profonde
    obscurité enveloppait le projectile. Ce qui n'empêcha pas le
    président Barbicane de s'écrier:

    «Non, mes amis, nous ne sommes pas retombés sur terre! Non, nous ne
    sommes pas immergés au fond du golfe du Mexique! Oui! nous montons
    dans l'espace! Voyez ces étoiles qui brillent dans la nuit, et cette
    impénétrable obscurité qui s'amasse entre la Terre et nous!

    «Hurrah! Hurrah!» s'écrièrent d'une commune voix Michel Ardan et
    Nicholl.

    En effet, ces ténèbres compactes prouvaient que le projectile avait
    quitté la Terre, car le sol, vivement éclairé alors par la clarté
    lunaire, eût apparu aux yeux des voyageurs, s'ils eussent reposé à sa
    surface. Cette obscurité démontrait aussi que le projectile avait
    dépassé la couche atmosphérique, car la lumière diffuse, répandue dans
    l'air eût reporté sur les parois métalliques un reflet qui manquait
    aussi. Cette lumière aurait éclairé la vitre du hublot, et cette
    vitre était obscure. Le doute n'était plus permis. Les voyageurs
    avaient quitté la Terre.

    «J'ai perdu, dit Nicholl.

    --Et je t'en félicite! répondit Ardan.

    --Voici neuf mille dollars, dit le capitaine en tirant de sa poche une
    liasse de dollars papier.

    --Voulez-vous un reçu? demanda Barbicane en prenant la somme.

    --Si cela ne vous désoblige pas, répondit Nicholl. C'est plus
    régulier.»

    Et, sérieusement, flegmatiquement, comme s'il eût été à sa caisse, le
    président Barbicane tira son carnet, en détacha une page blanche,
    libella au crayon un reçu en règle, le data, le signa, le parapha, et
    le remit au capitaine qui l'enferma soigneusement dans son
    portefeuille.

    Michel Ardan, ôtant sa casquette, s'inclina sans rien dire devant ses
    deux compagnons. Tant de formalisme en de pareilles circonstances lui
    coupait la parole. Il n'avait jamais rien vu de si «américain».

    Barbicane et Nicholl, leur opération terminée, s'étaient replacés à la
    vitre et regardaient les constellations. Les étoiles se détachaient
    en points vifs sur le fond noir du ciel. Mais, de ce côté, on ne
    pouvait apercevoir l'astre des nuits, qui, marchant de l'est à
    l'ouest, s'élevait peu à peu vers le zénith. Aussi son absence
    provoqua-t-elle une réflexion d'Ardan.

    «Et la Lune? disait-il. Est-ce que, par hasard, elle manquerait à
    notre rendez-vous?

    --Rassure-toi, répondit Barbicane. Notre future sphéroïde est à son
    poste, mais nous ne pouvons l'apercevoir de ce côté. Ouvrons l'autre
    hublot latéral.»

    Au moment où Barbicane allait abandonner la vitre pour procéder au
    dégagement du hublot opposé, son attention fut attirée par l'approche
    d'un objet brillant. C'était un disque énorme, dont les colossales
    dimensions ne pouvaient être appréciées. Sa face tournée vers la
    Terre s'éclairait vivement. On eût dit une petite Lune qui
    réfléchissait la lumière de la grande. Elle s'avançait avec une
    prodigieuse vitesse et paraissait décrire autour de la Terre une
    orbite qui coupait la trajectoire du projectile. Le mouvement de
    translation de ce mobile se complétait d'un mouvement de rotation sur
    lui-même. Il se comportait donc comme tous les corps célestes
    abandonnés dans l'espace.

    «Eh! s'écria Michel Ardan, qu'est cela? Un autre projectile?»

    Barbicane ne répondit pas. L'apparition de ce corps énorme le
    surprenait et l'inquiétait. Une rencontre était possible, qui aurait
    eu des résultats déplorables, soit que le projectile fût dévié de sa
    route, soit qu'un choc, brisant son élan, le précipitât vers la Terre,
    soit enfin qu'il se vît irrésistiblement entraîné par la puissance
    attractive de cet astéroïde.

    Le président Barbicane avait rapidement saisi les conséquences de ces
    trois hypothèses qui, d'une façon ou d'une autre, amenaient fatalement
    l'insuccès de sa tentative. Ses compagnons, muets, regardaient à
    travers l'espace. L'objet grossissait prodigieusement en
    s'approchant, et par une certaine illusion d'optique, il semblait que
    le projectile se précipitât au-devant de lui.

    «Mille dieux! s'écria Michel Ardan, les deux trains vont se
    rencontrer!»

    Instinctivement, les voyageurs s'étaient rejetés en arrière. Leur
    épouvante fut extrême, mais elle ne dura pas longtemps, quelques
    secondes à peine. L'astéroïde passa à plusieurs centaines de mètres
    du projectile et disparut, non pas tant par la rapidité de sa course,
    que parce que sa face opposée à la Lune se confondit subitement avec
    l'obscurité absolue de l'espace.

    «Bon voyage! s'écria Michel Ardan en poussant un soupir de
    satisfaction. Comment! l'infini n'est pas assez grand pour qu'un
    pauvre petit boulet puisse s'y promener sans crainte! Ah çà!
    qu'est-ce que ce globe prétentieux qui a failli nous heurter?

    --Je le sais, répondit Barbicane.

    --Parbleu! tu sais tout.

    --C'est, dit Barbicane, un simple bolide, mais un bolide énorme que
    l'attraction a retenu à l'état de satellite.

    --Est-il possible! s'écria Michel Ardan. La terre a donc deux Lunes
    comme Neptune?

    --Oui, mon ami, deux Lunes, bien qu'elle passe généralement pour n'en
    posséder qu'une. Mais cette seconde Lune est si petite et sa vitesse
    est si grande, que les habitants de la Terre ne peuvent l'apercevoir.
    C'est en tenant compte de certaines perturbations qu'un astronome
    français, M. Petit, a su déterminer l'existence de ce second satellite
    et en calculer les éléments. D'après ses observations, ce bolide
    accomplirait sa révolution autour de la Terre en trois heures vingt
    minutes seulement, ce qui implique une vitesse prodigieuse.

    --Tous les astronomes, demanda Nicholl, admettent-ils l'existence de
    ce satellite?

    --Non, répondit Barbicane; mais si, comme nous, ils s'étaient
    rencontrés avec lui, ils ne pourraient plus douter. Au fait, j'y
    pense, ce bolide qui nous eût fort embarrassés en heurtant le
    projectile permet de préciser notre situation dans l'espace.

    --Comment? dit Ardan.

    --Parce que sa distance est connue et, au point où nous l'avons
    rencontré, nous étions exactement a huit mille cent quarante
    kilomètres de la surface du globe terrestre.

    --Plus de deux mille lieues! s'écria Michel Ardan. Voilà qui enfonce
    les trains express de ce globe piteux qu'on appelle la Terre!

    --Je le crois bien, répondit Nicholl en consultant son chronomètre, il
    est onze heures, et nous n'avons quitté le continent américain que
    depuis treize minutes.

    --Treize minutes seulement? dit Barbicane

    --Oui, répondit Nicholl, et si notre vitesse initiale de onze
    kilomètres était constante, nous ferions près de dix mille lieues à
    l'heure!

    --Tout cela est fort bien, mes amis, dit le
    président, mais reste toujours cette insoluble
    question. Pourquoi n'avons-nous pas entendu la
    détonation de la Columbiad?»

    Faute de réponse, la conversation s'arrêta, et Barbicane, tout en
    réfléchissant, s'occupa de rabaisser le mantelet du second hublot
    latéral. Son opération réussit, et, par la vitre dégagée, la Lune
    emplit l'intérieur du projectile d'une brillante lumière. Nicholl, en
    homme économe, éteignit le gaz qui devenait inutile, et dont l'éclat,
    d'ailleurs, nuisait à l'observation des espaces interplanétaires.

    Le disque lunaire brillait alors avec une incomparable pureté. Ses
    rayons, que ne tamisait plus la vaporeuse atmosphère du globe
    terrestre, filtraient à travers la vitre et saturaient l'air intérieur
    du projectile de reflets argentins. Le noir rideau du firmament
    doublait véritablement l'éclat de la Lune, qui, dans ce vide de
    l'éther impropre à la diffusion, n'éclipsait pas les étoiles voisines.
    Le ciel, ainsi vu, présentait un aspect tout nouveau que l'oeil humain
    ne pouvait soupçonner.

    On conçoit l'intérêt avec lequel ces audacieux contemplaient l'astre
    des nuits, but suprême de leur voyage. Le satellite de la Terre dans
    son mouvement de translation se rapprochait insensiblement du zénith,
    point mathématique qu'il devait atteindre environ quatre-vingt-seize
    heures plus tard. Ses montagnes, ses plaines, tout son relief ne
    s'accusaient pas plus nettement à leurs yeux que s'ils les eussent
    considérés d'un point quelconque de la Terre; mais sa lumière, à
    travers le vide, se développait avec une incomparable intensité. Le
    disque resplendissait comme un miroir de platine. De la terre qui
    fuyait sous leurs pieds, les voyageurs avaient déjà oublié tout
    souvenir.

    Ce fut le capitaine Nicholl qui, le premier, rappela l'attention sur
    le globe disparu.

    «Oui! répondit Michel Ardan, ne soyons pas ingrats envers lui.
    Puisque nous quittons notre pays, que nos derniers regards lui
    appartiennent. Je veux revoir la Terre avant qu'elle s'éclipse
    complètement à mes yeux!»

    Barbicane, pour satisfaire aux désirs de son compagnon, s'occupa de
    déblayer la fenêtre du fond du projectile, celle qui devait permettre
    d'observer directement la Terre. Le disque que la force de projection
    avait ramené jusqu'au culot fut démonté non sans peine. Ses morceaux
    placés avec soin contre les parois, pouvaient encore servir, le cas
    échéant. Alors apparut une baie circulaire, large de cinquante
    centimètres, évidée dans la partie inférieure du boulet. Un verre,
    épais de quinze centimètres et renforcé d'une armature de cuivre, la
    fermait. Au-dessous s'appliquait une plaque d'aluminium retenue par
    des boulons. Les écrous dévissés, les boulons largués, la plaque se
    rabattit, et la communication visuelle fut établie entre l'intérieur
    et l'extérieur.

    Michel Ardan s'était agenouillé sur la vitre. Elle était sombre,
    comme opaque.

    «Eh bien, s'écria-t-il, et la Terre?

    --La Terre, dit Barbicane, la voilà.

    --Quoi! fit Ardan, ce mince filet, ce croissant argenté?

    --Sans doute, Michel. Dans quatre jours, lorsque la Lune sera pleine,
    au moment même où nous l'atteindrons, la Terre sera nouvelle. Elle ne
    nous apparaîtra plus que sous la forme d'un croissant délié qui ne
    tardera pas à disparaître, et alors elle sera noyée pour quelques
    jours dans une ombre impénétrable.

    --Ça! la Terre!» répétait Michel Ardan, regardant de tous ses yeux
    cette mince tranche de sa planète natale.

    L'explication donnée par le président Barbicane était juste. La
    Terre, par rapport au projectile, entrait dans sa dernière phase.
    Elle était dans son octant et montrait un croissant finement tracé sur
    le fond noir du ciel. Sa lumière, rendue bleuâtre par l'épaisseur de
    la couche atmosphérique, offrait moins d'intensité que celle du
    croissant lunaire. Ce croissant se présentait sous des dimensions
    considérables. On eût dit un arc énorme tendu sur le firmament.
    Quelques points, vivement éclairés, surtout dans sa partie concave,
    annonçaient la présence de hautes montagnes; mais ils disparaissaient
    parfois sous d'épaisses taches qui ne se voient jamais à la surface du
    disque lunaire. C'étaient des anneaux de nuage disposés
    concentriquement autour du sphéroïde terrestre.

    Cependant, par suite d'un phénomène naturel, identique à celui qui se
    produit sur la Lune lorsqu'elle est dans ses octants, on pouvait
    saisir le contour entier du globe terrestre. Son disque entier
    apparaissait assez visiblement par un effet de lumière cendrée, moins
    appréciable que la lumière cendrée de la Lune. Et la raison de cette
    intensité moindre est facile à comprendre. Lorsque ce reflet se
    produit sur la Lune, il est dû aux rayons solaires que la Terre
    réfléchit vers son satellite. Ici, par un effet inverse, il était dû
    aux rayons solaires réfléchis de la Lune vers la Terre. Or, la
    lumière terrestre est environ treize fois plus intense que la lumière
    lunaire, ce qui tient à la différence de volume des deux corps. De
    là, cette conséquence que, dans le phénomène de la lumière cendrée, la
    partie obscure du disque de la Terre se dessine moins nettement que
    celle du disque de la Lune, puisque l'intensité du phénomène est
    proportionnelle au pouvoir éclairant des deux astres. Il faut ajouter
    aussi que le croissant terrestre semblait former une courbe plus
    allongée que celle du disque. Pur effet d'irradiation.

    Tandis que les voyageurs cherchaient à percer les profondes ténèbres
    de l'espace, un bouquet étincelant d'étoiles filantes s'épanouit à
    leurs yeux. Des centaines de bolides, enflammés au contact de
    l'atmosphère, rayaient l'ombre de traînées lumineuses et zébraient de
    leurs feux la partie cendrée du disque. A cette époque, la Terre
    était dans son périhélie, et le mois de décembre est si propice à
    l'apparition de ces étoiles filantes, que des astronomes en ont compté
    jusqu'à vingt-quatre mille par heure. Mais Michel Ardan, dédaignant
    les raisonnements scientifiques, aima mieux croire que la Terre
    saluait de ses plus brillants feux d'artifice le départ de trois de
    ses enfants.

    En somme, c'était tout ce qu'ils voyaient de ce sphéroïde perdu dans
    l'ombre, astre inférieur du monde solaire, qui, pour les grandes
    planètes, se couche ou se lève comme une simple étoile du matin ou du
    soir! Imperceptible point de l'espace, ce n'était plus qu'un
    croissant fugitif, ce globe où ils avaient laissé toutes leurs
    affections!

    Longtemps, les trois amis, sans parler, mais unis de coeur,
    regardèrent, tandis que le projectile s'éloignait avec une vitesse
    uniformément décroissante. Puis, une somnolence irrésistible envahit
    leur cerveau. Était-ce fatigue de corps et fatigue d'esprit? Sans
    doute, car après la surexcitation de ces dernières heures passées sur
    la Terre, la réaction devait inévitablement se produire.

    «Eh bien, dit Michel, puisqu'il faut dormir, dormons.»

    Et, s'étendant sur leurs couchettes, tous trois furent bientôt
    ensevelis dans un profond sommeil.

    Mais ils ne s'étaient pas assoupis depuis un quart d'heure, que
    Barbicane se relevait subitement et réveillant ses compagnons d'une
    voix formidable:

    «J'ai trouvé! s'écria-t-il!

    --Qu'as-tu trouvé? demanda Michel Ardan sautant hors de sa couchette.

    --La raison pour laquelle nous n'avons pas entendu la détonation de la
    Columbiad!

    --Et c'est?... fit Nicholl.

    --Parce que notre projectile allait plus vite que le son!»

    III

    Où l'on s'installe

    Cette explication curieuse, mais certainement exacte, une fois donnée,
    les trois amis s'étaient replongés dans un profond sommeil. Où
    auraient-ils, pour dormir, trouvé un lieu plus calme, un milieu plus
    paisible? Sur terre, les maisons des villes, les chaumières des
    campagnes, ressentent toutes les secousses imprimées à l'écorce du
    globe. Sur mer, le navire, ballotté par les lames, n'est que choc et
    mouvement. Dans l'air, le ballon oscille incessamment sur des couches
    fluides de densités diverses. Seul, ce projectile, flottant dans le
    vide absolu, au milieu du silence absolu, offrait à ses hôtes le repos
    absolu.

    Aussi, le sommeil des trois aventureux voyageurs se fût-il peut-être
    indéfiniment prolongé, si un bruit inattendu ne les eût éveillés vers
    sept heures du matin, le 2 décembre, huit heures après leur départ.

    Ce bruit, c'était un aboiement très caractérisé.

    «Les chiens! Ce sont les chiens!» s'écria Michel Ardan, se relevant
    aussitôt.

    --Ils ont faim, dit Nicholl.

    --Pardieu! répondit Michel, nous les avons oubliés!

    --Où sont-ils?» demanda Barbicane.

    On chercha, et l'on trouva l'un de ces animaux blotti sous le divan.
    Épouvanté, anéanti par le choc initial, il était resté dans ce coin
    jusqu'au moment où la voix lui revint avec le sentiment de la faim.

    C'était l'aimable Diane, assez penaude encore, qui s'allongea hors de
    sa retraite, non sans se faire prier. Cependant Michel Ardan
    l'encourageait de ses plus gracieuses paroles.

    «Viens, Diane, disait-il, viens, ma fille! toi, dont la destinée
    marquera dans les annales cynégétiques! toi que les païens eussent
    donnée pour compagne au dieu Anubis, et les chrétiens pour amie à
    saint Roch! toi, digne d'être forgée en airain par le roi des enfers,
    comme ce toutou que Jupiter céda à la belle Europe au prix d'un
    baiser! toi, dont la célébrité effacera celle des héros de Montargis
    et du mont Saint-Bernard! toi, qui, t'élançant vers les espaces
    interplanétaires, seras peut-être l'Ève des chiens sélénites! toi qui
    justifieras là-haut cette parole de Toussenel: «Au commencement.
    «Dieu créa l'homme, et le voyant si faible, il lui «donna le chien!»
    Viens, Diane! viens ici!»

    Diane, flattée ou non, s'avançait peu à peu et poussait des
    gémissements plaintifs.

    «Bon! fit Barbicane, je vois bien Ève, mais où est Adam?

    --Adam! répondit Michel, Adam ne peut être loin! Il est là, quelque
    part! Il faut l'appeler! Satellite! ici, Satellite!»

    Mais Satellite ne paraissait pas. Diane continuait de gémir. On
    constata cependant qu'elle n'était point blessée, et on lui servit une
    appétissante pâtée qui fit taire ses plaintes.

    Quant à Satellite, il semblait introuvable. Il fallut chercher
    longtemps avant de le découvrir dans un des compartiments supérieurs
    du projectile, où un contrecoup, assez inexplicable, l'avait
    violemment lancé. La pauvre bête, fort endommagée, était dans un
    piteux état.

    «Diable! dit Michel, voilà notre acclimatation compromise!»

    On descendit le malheureux chien avec précaution. Sa tête s'était
    fracassée contre la voûte, et il semblait difficile qu'il revînt d'un
    tel choc. Néanmoins, il fut confortablement étendu sur un coussin et
    là, il laissa échapper un soupir.

    «Nous te soignerons, dit Michel. Nous sommes responsables de ton
    existence. J'aimerais mieux perdre un bras qu'une patte de mon pauvre
    Satellite!»

    Et, ce disant, il offrit quelques gorgées d'eau au blessé, qui les but
    avidement.

    Ces soins donnés, les voyageurs observèrent attentivement la Terre et
    la Lune. La Terre n'était plus figurée que par un disque cendré que
    terminait un croissant plus rétréci que la veille; mais son volume
    restait encore énorme, si on le comparait à celui de la Lune qui se
    rapprochait de plus en plus d'un cercle parfait.

    «Parbleu! dit alors Michel Ardan, je suis vraiment fâché que nous ne
    soyons pas partis au moment de la Pleine-Terre, c'est-à-dire lorsque
    notre globe se trouvait en opposition avec le Soleil.

    --Pourquoi? demanda Nicholl.

    --Parce que nous aurions aperçu sous un nouveau jour nos continents et
    nos mers, ceux-ci resplendissants sous la projection des rayons
    solaires, celles-là plus sombres et telles qu'on les reproduit sur
    certaines mappemondes! J'aurais voulu voir ces pôles de la Terre sur
    lesquels le regard de l'homme ne s'est encore jamais reposé!

    --Sans doute, répondit Barbicane, mais si la Terre avait été pleine,
    la Lune aurait été nouvelle, c'est-à-dire invisible au milieu de
    l'irradiation du Soleil. Or, mieux vaut pour nous voir le but
    d'arrivée que le point de départ.

    --Vous avez raison, Barbicane, répondit le capitaine Nicholl, et
    d'ailleurs quand nous aurons atteint la Lune, nous aurons le temps,
    pendant les longues nuits lunaires, de considérer à loisir ce globe où
    fourmillent nos semblables!

    --Nos semblables! s'écria Michel Ardan. Mais maintenant, ils ne sont
    pas plus nos semblables que les Sélénites! Nous habitons un monde
    nouveau, peuplé de nous seuls, le projectile! Je suis le semblable de
    Barbicane, et Barbicane est le semblable de Nicholl. Au-delà de nous,
    en dehors de nous, l'humanité finit, et nous sommes les seules
    populations de ce microcosme jusqu'au moment où nous deviendrons de
    simples Sélénites!

    --Dans quatre-vingt-huit heures environ,
    répliqua le capitaine.

    --Ce qui veut dire?... demanda Michel Ardan.

    --Qu'il est huit heures et demie, répondit Nicholl.

    --Eh bien, repartit Michel, il m'est impossible de trouver même
    l'apparence d'une raison pour laquelle nous ne déjeunerions pas
    illico.»

    En effet, les habitants du nouvel astre ne pouvaient y vivre sans
    manger, et leur estomac subissait alors les impérieuses lois de la
    faim. Michel Ardan, en sa qualité de Français, se déclara cuisinier
    en chef, importante fonction qui ne lui suscita pas de concurrents.
    Le gaz donna les quelques degrés de chaleur suffisants pour les
    apprêts culinaires, et le coffre aux provisions fournit les éléments
    de ce premier festin.

    Le déjeuner débuta par trois tasses d'un bouillon excellent, dû à la
    liquéfaction dans l'eau chaude de ces précieuses tablettes Liebig,
    préparées avec les meilleurs morceaux des ruminants des Pampas. Au
    bouillon de boeuf succédèrent quelques tranches de beefsteak
    comprimés à la presse hydraulique, aussi tendres, aussi succulents que
    s'ils fussent sortis des cuisines du café Anglais. Michel, homme
    d'imagination, soutint même qu'ils étaient «saignants».

    Des légumes conservés «et plus frais que nature», dit aussi l'aimable
    Michel, succédèrent au plat de viande, et furent suivis de quelques
    tasses de thé avec tartines beurrées à l'américaine. Ce breuvage,
    déclaré exquis, était dû à l'infusion de feuilles de premier choix
    dont l'empereur de Russie avait mis quelques caisses à la disposition
    des voyageurs.

    Enfin, pour couronner ce repas, Ardan dénicha une fine bouteille de
    Nuits, qui se trouvait «par hasard» dans le compartiment des
    provisions. Les trois amis la burent à l'union de la Terre et de son
    satellite.

    Et comme si ce n'était pas assez de ce vin généreux qu'il avait
    distillé sur les coteaux de Bourgogne, le Soleil voulut se mettre de
    la partie. Le projectile sortait en ce moment du cône d'ombre projeté
    par le globe terrestre, et les rayons de l'astre radieux frappèrent
    directement le disque inférieur du boulet, en raison de l'angle que
    fait l'orbite de la Lune avec celle de la Terre.

    «Le Soleil! s'écria Michel Ardan.

    --Sans doute, répondit Barbicane. Je l'attendais.

    --Cependant, dit Michel, le cône d'ombre que la Terre laisse dans
    l'espace s'étend au-delà de la Lune?

    --Beaucoup au-delà, si on ne tient pas compte de la réfraction
    atmosphérique, dit Barbicane. Mais quand la Lune est enveloppée dans
    cette ombre, c'est que les centres des trois astres, le Soleil, la
    Terre et la Lune, sont en ligne droite. Alors les noeuds coïncident
    avec les phases de la Pleine-Lune et il y a éclipse. Si nous étions
    partis au moment d'une éclipse de Lune, tout notre trajet se fût
    accompli dans l'ombre, ce qui eût été fâcheux.

    --Pourquoi?

    --Parce que, bien que nous flottions dans le vide, notre projectile,
    baigné au milieu des rayons solaires recueillera leur lumière et leur
    chaleur. Donc, économie de gaz, économie précieuse à tous égards.»

    En effet, sous ces rayons dont aucune atmosphère n'adoucissait la
    température et l'éclat, le projectile se réchauffait et s'éclairait
    comme s'il eût subitement passé de l'hiver à l'été. La Lune en haut,
    le Soleil en bas, l'inondaient de leurs feux.

    «Il fait bon ici, dit Nicholl.

    --Je le crois bien! s'écria Michel Ardan. Avec un peu de terre
    végétale répandue sur notre planète d'aluminium, nous ferions pousser
    les petits pois en vingt-quatre heures. Je n'ai qu'une crainte, c'est
    que les parois du boulet n'entrent en fusion!

    --Rassure-toi, mon digne ami, répondit Barbicane. Le projectile a
    supporté une température bien autrement élevée, pendant qu'il glissait
    sur les couches atmosphériques. Je ne serais même pas étonné qu'il se
    fût montré aux yeux des spectateurs de la Floride comme un bolide en
    feu.

    --Mais alors, J.-T. Maston doit nous croire rôtis.

    --Ce qui m'étonne, répondit Barbicane, c'est que nous ne l'ayons pas
    été. C'était là un danger que nous n'avions pas prévu.

    --Je le craignais, moi, répondit simplement Nicholl.

    --Et tu ne nous en avais rien dit, sublime capitaine!» s'écria Michel
    Ardan en serrant la main de son compagnon.

    Cependant Barbicane procédait à son installation dans le projectile
    comme s'il n'eût jamais dû le quitter. On se rappelle que ce wagon
    aérien offrait à sa base une superficie de cinquante-quatre pieds
    carrés. Haut de douze pieds jusqu'au sommet de sa voûte, habilement
    aménagé à l'intérieur, peu encombré par les instruments et ustensiles
    de voyage qui occupaient chacun une place spéciale, il laissait à ses
    trois hôtes une certaine liberté de mouvements. L'épaisse vitre,
    engagée dans une partie du culot, pouvait supporter impunément un
    poids considérable. Aussi Barbicane et ses compagnons marchaient-ils
    à sa surface comme sur un plancher solide; mais le Soleil, qui la
    frappait directement de ses rayons, éclairant par en dessous
    l'intérieur du projectile, y produisait de singuliers effets de
    lumière.

    On commença par vérifier l'état de la caisse à eau et de la caisse aux
    vivres. Ces récipients n'avaient aucunement souffert, grâce aux
    dispositions prises pour amortir le choc. Les vivres étaient
    abondants et pouvaient nourrir les trois voyageurs pendant une année
    entière. Barbicane avait voulu se précautionner pour le cas où le
    projectile arriverait sur une portion absolument stérile de la Lune.
    Quant à l'eau et à la réserve d'eau-de-vie qui comprenait cinquante
    gallons, il y en avait pour deux mois seulement. Mais, à s'en
    rapporter aux dernières observations des astronomes, la Lune
    conservait une atmosphère basse, dense, épaisse, au moins dans ses
    vallées profondes, et là les ruisseaux, les sources ne pouvaient
    manquer. Donc, pendant la durée du trajet et pendant la première
    année de leur installation sur le continent lunaire, les aventureux
    explorateurs ne devaient être éprouvés ni par la faim ni par la soif.

    Restait la question de l'air à l'intérieur du projectile. Là encore,
    toute sécurité. L'appareil Reiset et Regnaut, destiné à la production
    de l'oxygène, était alimenté pour deux mois de chlorate de potasse.
    Il consommait nécessairement une certaine quantité de gaz, car il
    devait maintenir au-dessus de quatre cents degrés la matière
    productrice. Mais là encore, on était en fonds. L'appareil ne
    demandait, d'ailleurs, qu'un peu de surveillance. Il fonctionnait
    automatiquement. A cette température élevée, le chlorate de potasse,
    se changeant en chlorure de potassium, abandonnait tout l'oxygène
    qu'il contenait. Or, que donnaient dix-huit livres de chlorate de
    potasse? Les sept livres d'oxygène nécessaire à la consommation
    quotidienne des hôtes du projectile.

    Mais il ne suffisait pas de renouveler l'oxygène dépensé, il fallait
    encore absorber l'acide carbonique produit par l'expiration. Or,
    depuis une douzaine d'heures, l'atmosphère du boulet s'était chargée
    de ce gaz absolument délétère, produit définitif de la combustion des
    éléments du sang par l'oxygène inspiré. Nicholl reconnut cet état de
    l'air en voyant Diane haleter péniblement. En effet, l'acide
    carbonique--par un phénomène identique à celui qui se produit dans la
    fameuse Grotte du Chien--se massait vers le fond du projectile, en
    raison de sa pesanteur. La pauvre Diane, la tête basse, devait donc
    souffrir avant ses maîtres de la présence de ce gaz. Mais le
    capitaine Nicholl se hâta de remédier à cet état de choses. Il
    disposa sur le fond du projectile plusieurs récipients contenant de la
    potasse caustique qu'il agita pendant un certain temps, et cette
    matière, très avide d'acide carbonique, l'absorba complètement et
    purifia ainsi l'air intérieur.

    L'inventaire des instruments fut alors commencé. Les thermomètres et
    les baromètres avaient résisté, sauf un thermomètre à minima dont le
    verre s'était brisé. Un excellent anéroïde, retiré de la boîte ouatée
    qui le contenait, fut accroché à l'une des parois. Naturellement, il
    ne subissait et ne marquait que la pression de l'air à l'intérieur du
    projectile. Mais il indiquait aussi la quantité de vapeur d'eau qu'il
    renfermait. En ce moment son aiguille oscillait entre 765 et 760
    millimètres. C'était «du beau temps».

    Barbicane avait emporté aussi plusieurs compas qui furent retrouvés
    intacts. On comprend que dans ces conditions, leur aiguille était
    affolée, c'est-à-dire sans direction constante. En effet, à la
    distance où le boulet se trouvait de la Terre, le pôle magnétique ne
    pouvait exercer sur l'appareil aucune action sensible. Mais ces
    boussoles, transportées sur le disque lunaire, y constateraient
    peut-être des phénomènes particuliers. En tout cas, il était
    intéressant de vérifier si le satellite de la Terre se soumettait
    comme elle à l'influence magnétique.

    Un hypsomètre pour mesurer l'altitude des montagnes lunaires, un
    sextant destiné à prendre la hauteur du Soleil, un théodolite,
    instrument de géodésie qui sert à lever les plans et à réduire les
    angles à l'horizon, les lunettes dont l'usage devait être très
    apprécié aux approches de la Lune, tous ces instruments furent visités
    avec soin et reconnus bons, malgré la violence de la secousse
    initiale.

    Quant aux ustensiles, aux pics, aux pioches, aux divers outils dont
    Nicholl avait fait un choix spécial; quant aux sacs de graines
    variées, aux arbustes que Michel Ardan comptait transplanter dans les
    terres sélénites, ils étaient à leur place dans les coins supérieurs
    du projectile. Là s'évidait une sorte de grenier encombré d'objets
    que le prodigue Français y avait empilés. Quels ils étaient, on ne
    savait guère, et le joyeux garçon ne s'expliquait pas là-dessus. De
    temps en temps, il montait par des crampons rivés aux parois jusqu'à
    ce capharnaüm, dont il s'était réservé l'inspection. Il rangeait, il
    arrangeait, il plongeait une main rapide dans certaines boîtes
    mystérieuses, en chantant de la voix la plus fausse quelque vieux
    refrain de France qui égayait la situation.

    Barbicane observa avec intérêt que ses fusées et autres artifices
    n'avaient pas été endommagés. Ces pièces importantes, puissamment
    chargées, devaient servir à ralentir la chute du projectile, lorsque
    celui-ci, sollicité par l'attraction lunaire, après avoir dépassé le
    point d'attraction neutre, tomberait sur la surface de la Lune.
    Chute, d'ailleurs, qui devait être six fois moins rapide qu'elle ne
    l'eût été à la surface de la Terre, grâce à la différence de masse des
    deux astres.

    L'inspection se termina donc à la satisfaction générale. Puis chacun
    revint observer l'espace par les fenêtres latérales et à travers la
    vitre inférieure.

    Même spectacle. Toute l'étendue de la sphère céleste, fourmillant
    d'étoiles et de constellations d'une pureté merveilleuse, à rendre fou
    un astronome. D'un côté, le Soleil, comme la gueule d'un four
    embrasé, disque éblouissant sans auréole, se détachant sur le fond
    noir du ciel. De l'autre, la Lune lui ejetant ses feux par réflexion,
    et comme immobile au milieu du monde stellaire. Puis, une tache assez
    forte, qui semblait trouer le firmament et que bordait encore un
    demi-liséré argenté: c'était la Terre. Çà et là, des nébuleuses
    massées comme de gros flocons d'une neige sidérale, et du zénith au
    nadir, un immense anneau formé d'une impalpable poussière d'astres,
    cette voie lactée, au milieu de laquelle le Soleil ne compte que pour
    une étoile de quatrième grandeur!

    Les observateurs ne pouvaient détacher leurs regards de ce spectacle
    si nouveau, dont aucune description ne saurait donner l'idée. Que de
    réflexions il leur suggéra! Quelles émotions inconnues il éveilla
    dans leur âme! Barbicane voulut commencer le récit de son voyage sous
    l'empire de ces impressions, et il nota heure par heure tous les faits
    qui signalaient le début de son entreprise. Il écrivait
    tranquillement de sa grosse écriture carrée et dans un style un peu
    commercial.

    Pendant ce temps, le calculateur Nicholl revoyait ses formules de
    trajectoires et manoeuvrait les chiffres avec une dextérité sans
    pareille. Michel Ardan causait tantôt avec Barbicane qui ne lui
    répondait guère, tantôt avec Nicholl qui ne l'entendait pas, avec
    Diane qui ne comprenait rien à ses théories, avec lui-même enfin, se
    faisant demandes et réponses, allant, venant, s'occupant de mille
    détails, tantôt courbé sur la vitre inférieure, tantôt juché dans les
    hauteurs du projectile, et toujours chantonnant. Dans ce microcosme
    il représentait l'agitation et la loquacité française, et l'on est
    prié de croire qu'elle était dignement représentée.

    La journée, ou plutôt--car l'expression n'est pas juste--le laps de
    douze heures qui forme le jour sur la Terre, se termina par un souper
    copieux, finement préparé. Aucun incident de nature à altérer la
    confiance des voyageurs ne s'était encore produit. Aussi, pleins
    d'espoir, déjà sûrs du succès, ils s'endormirent paisiblement, tandis
    que le projectile, sous une vitesse uniformément décroissante,
    franchissait les routes du ciel.

    IV

    Un peu d'algèbre

    La nuit se passa sans incident. A vrai dire, ce mot «nuit» est
    impropre.

    La position du projectile ne changeait pas par rapport au Soleil.
    Astronomiquement, il faisait jour sur la partie inférieure du boulet,
    nuit sur sa partie supérieure. Lors donc que dans ce récit ces deux
    mots sont employés, ils expriment le laps de temps qui s'écoule entre
    le lever et le coucher du Soleil sur la Terre.

    Le sommeil des voyageurs fut d'autant plus paisible que, malgré son
    excessive vitesse, le projectile semblait être absolument immobile.
    Aucun mouvement ne trahissait sa marche à travers l'espace. Le
    déplacement, quelque rapide qu'il soit, ne peut produire un effet
    sensible sur l'organisme, quand il a lieu dans le vide ou lorsque la
    masse d'air circule avec le corps entraîné. Quel habitant de la Terre
    s'aperçoit de sa vitesse, qui l'emporte cependant à raison de
    quatre-vingt-dix mille kilomètres par heure? Le mouvement, dans ces
    conditions, ne se «ressent» pas plus que le repos. Aussi tout corps y
    est-il indifférent. Un corps est-il en repos, il y demeurera tant
    qu'aucune force étrangère ne le déplacera. Est-il en mouvement, il ne
    s'arrêtera plus si aucun obstacle ne vient enrayer sa marche. Cette
    indifférence au mouvement ou au repos, c'est l'inertie.

    Barbicane et ses compagnons pouvaient donc se croire dans une
    immobilité absolue, étant enfermés à l'intérieur du projectile.
    L'effet eût été le même, d'ailleurs, s'ils se fussent placés à
    l'extérieur. Sans la Lune qui grossissait au-dessus d'eux, ils
    auraient juré qu'ils flottaient dans une stagnation complète.

    Ce matin-là, le 3 décembre, les voyageurs furent réveillés par un
    bruit joyeux, mais inattendu. Ce fut le chant du coq qui retentit à
    l'intérieur du wagon.

    Michel Ardan, le premier sur pied, grimpa jusqu'au sommet du
    projectile, et fermant une caisse entrouverte:

    «Veux-tu te taire? dit-il à voix basse. Cet animal-là va faire
    manquer ma combinaison!»

    Cependant Nicholl et Barbicane s'étaient réveillés.

    «Un coq? avait dit Nicholl.

    --Eh non! mes amis, répondit vivement Michel, c'est moi qui ai voulu
    vous réveiller par cette vocalise champêtre!»

    Et ce disant, il poussa un splendide kokoriko qui eût fait honneur au
    plus orgueilleux des gallinacés.

    Les deux Américains ne purent s'empêcher de rire.

    «Un joli talent, dit Nicholl, regardant son compagnon d'un air
    soupçonneux.

    --Oui, répondit Michel, une plaisanterie de mon pays. C'est très
    gaulois. On fait, comme cela, le coq dans les meilleures sociétés!»

    Puis, détournant la conversation:

    «Sais-tu, Barbicane, dit-il, à quoi j'ai pensé toute la nuit?

    --Non, répondit le président.

    --A nos amis de Cambridge. Tu as déjà remarqué que je suis un
    admirable ignorant des choses mathématiques. Il m'est donc impossible
    de deviner comment les savants de l'Observatoire ont pu calculer
    quelle vitesse initiale devrait avoir le projectile en quittant la
    Columbiad pour atteindre la Lune.

    --Tu veux dire, répliqua Barbicane, pour atteindre ce point neutre où
    les attractions terrestre et lunaire se font équilibre, car, à partir
    de ce point situé aux neuf dixièmes du parcours environ, le projectile
    tombera sur la Lune simplement en vertu de sa pesanteur.

    --Soit, répondit Michel, mais, encore une fois, comment ont-ils pu
    calculer la vitesse initiale?

    --Rien n'était plus aisé, répondit Barbicane.

    --Et tu aurais su faire ce calcul? demanda Michel Ardan.

    --Parfaitement. Nicholl et moi, nous l'eussions établi, si la note de
    l'Observatoire ne nous eût évité cette peine.

    --Eh bien, mon vieux Barbicane, répondit Michel, on m'eût plutôt coupé
    la tête, en commençant par les pieds, que de me faire résoudre ce
    problème-là!

    --Parce que tu ne sais pas l'algèbre, répliqua tranquillement
    Barbicane.

    --Ah! vous voilà bien, vous autres, mangeurs d'_x_! Vous croyez
    avoir tout dit quand vous avez dit: l'algèbre.

    --Michel, répliqua Barbicane, crois-tu qu'on puisse forger sans
    marteau ou labourer sans charrue?

    --Difficilement.

    --Eh bien, l'algèbre est un outil, comme la charrue ou le marteau, et
    un bon outil pour qui sait l'employer.

    --Sérieusement?

    --Très sérieusement.

    --Et tu pourrais manier cet outil-là devant moi?

    --Si cela t'intéresse.

    --Et me montrer comment on a calculé la vitesse initiale de notre
    wagon?

    --Oui, mon digne ami. En tenant compte de tous les éléments du
    problème, de la distance du centre de la Terre au centre de la Lune,
    du rayon de la Terre, de la masse de la Terre, de la masse de la Lune,
    je puis établir exactement quelle a dû être la vitesse initiale du
    projectile, et cela par une simple formule.

    --Voyons la formule.

    --Tu la verras. Seulement, je ne te donnerai pas la courbe tracée
    réellement par le boulet entre la Lune et la Terre, en tenant compte
    de leur mouvement de translation autour du Soleil. Non. Je
    considérerai ces deux astres comme immobiles, ce qui nous suffit.

    --Et pourquoi?

    --Parce que ce serait chercher la solution de ce problème qu'on
    appelle «le problème des trois corps», et que le calcul intégral n'est
    pas encore assez avancé pour le résoudre.

    --Tiens, fit Michel Ardan de son ton narquois, les mathématiques n'ont
    donc pas dit leur dernier mot?

    --Certainement non, répondit Barbicane.

    --Bon! Peut-être les Sélénites ont-ils poussé plus loin que vous le
    calcul intégral! Et à propos, qu'est-ce que ce calcul intégral?

    --C'est un calcul qui est l'inverse du calcul différentiel, répondit
    sérieusement Barbicane.

    --Bien obligé.

    --Autrement dit, c'est un calcul par lequel on cherche les quantités
    finies dont on connaît la différentielle.

    --Au moins, voilà qui est clair, répondit Michel d'un air on ne peut
    plus satisfait.

    --Et maintenant, reprit Barbicane, un bout de papier, un bout de
    crayon, et avant une demi-heure je veux avoir trouvé la formule
    demandée.»

    Barbicane, cela dit, s'absorba dans son travail, tandis que Nicholl
    observait l'espace, laissant à son compagnon le soin du déjeuner.

    Une demi-heure ne s'était pas écoulée que Barbicane, relevant la tête,
    montrait à Michel Ardan une page couverte de signes algébriques, au
    milieu desquels se détachait cette formule générale:

    % 1 2 2 r m' r r
    % - (v - v ) = gr { --- - 1 + --- ( --- - ---) }
    % 2 0 x m d-x d-r

    ( frac{1}{2}left(v^2-v_0^2right)=
    grleft{frac{r}{x}-1+frac{m'}{m}left(frac{r}{d-x}-
    frac{r}{d-r}right)right} )

    «Et cela signifie?..., demanda Michel

    --Cela signifie, répondit Nicholl, que: un demi de _v_ deux moins _v_
    zéro carré, égale _gr_ multiplié par _r_ sur _x_ moins un, plus _m_
    prime sur _m_ multiplié par _r_ sur _d_ moins _x_, moins _r_ sur _d_
    moins _r_...

    --_X_ sur _y_ monté sur _z_ et chevauchant sur _p_, s'écria Michel
    Ardan en éclatant de rire. Et tu comprends cela, capitaine?

    --Rien n'est plus clair.

    --Comment donc! dit Michel. Mais cela saute aux yeux, et je n'en
    demande pas davantage.

    --Rieur sempiternel! répliqua Barbicane. Tu as voulu de l'algèbre,
    et tu en auras jusqu'au menton!

    --J'aime mieux qu'on me pende!

    --En effet, répondit Nicholl, qui examinait la formule en connaisseur,
    ceci me paraît bien trouvé, Barbicane. C'est l'intégrale de
    l'équation des forces vives, et je ne doute pas qu'elle ne nous donne
    le résultat cherché.

    --Mais je voudrais comprendre! s'écria Michel. Je donnerais dix ans
    de la vie de Nicholl pour comprendre!

    --Ecoute alors, reprit Barbicane. Un demi de _v_ deux moins _v_ zéro
    carré, c'est la formule qui nous donne la demi-variation de la force
    vive.

    --Bon, et Nicholl sait ce que cela signifie?

    --Sans doute, Michel, répondit le capitaine. Tous ces signes, qui te
    paraissent cabalistiques, forment cependant le langage le plus clair,
    le plus net, le plus logique pour qui sait le lire.

    --Et tu prétends, Nicholl, demanda Michel, qu'au moyen de ces
    hiéroglyphes, plus incompréhensibles que des ibis égyptiens, tu
    pourras trouver quelle vitesse initiale il convenait d'imprimer au
    projectile?

    --Incontestablement, répondit Nicholl, et même par cette formule, je
    pourrai toujours te dire quelle est sa vitesse à un point quelconque
    de son parcours.

    --Ta parole?

    --Ma parole.

    --Alors, tu es aussi malin que notre président?

    --Non, Michel. Le difficile, c'est ce qu'a fait Barbicane. C'est
    d'établir une équation qui tienne compte de toutes les conditions du
    problème. Le reste n'est plus qu'une question d'arithmétique, et
    n'exige que la connaissance des quatre règles.

    --C'est déjà beau!» répondit Michel Ardan, qui, de sa vie, n'avait pu
    faire une addition juste et qui définissait ainsi cette règle: «Petit
    casse-tête chinois qui permet d'obtenir des totaux indéfiniment
    variés.»

    Cependant Barbicane affirmait que Nicholl, en y songeant, aurait
    certainement trouvé cette formule.

    «Je n'en sais rien, disait Nicholl, car, plus je l'étudie, plus je la
    trouve merveilleusement établie.

    --Maintenant, écoute, dit Barbicane à son ignorant camarade, et tu vas
    voir que toutes ces lettres ont une signification.

    --J'écoute, dit Michel d'un air résigné.

    --_d_, fit Barbicane, c'est la distance du centre de la Terre au
    centre de la Lune, car ce sont les centres qu'il faut prendre pour
    calculer les attractions.

    --Cela je le comprends.

    --_r_ est le rayon de la Terre.

    --_r_, rayon. Admis.

    --_m_ est la masse de la Terre; _m_ prime la masse de la Lune. En
    effet, il faut tenir compte de la masse des deux corps attirants,
    puisque l'attraction est proportionnelle aux masses.

    --C'est entendu.

    --_g_ représente la gravité, la vitesse acquise au bout d'une seconde
    par un corps qui tombe à la surface de la Terre. Est-ce clair?

    --De l'eau de roche! répondit Michel.

    --Maintenant, je représente par _x_ la distance variable qui sépare le
    projectile du centre de la Terre, et par _v_ la vitesse qu'a ce
    projectile à cette distance.

    --Bon.

    --Enfin, l'expression _v_ zéro qui figure dans l'équation est la
    vitesse que possède le boulet au sortir de l'atmosphère.

    --En effet, dit Nicholl, c'est à ce point qu'il faut calculer cette
    vitesse, puisque nous savons déjà que la vitesse au départ vaut
    exactement les trois demis de la vitesse au sortir de l'atmosphère.

    --Comprends plus! fit Michel.

    --C'est pourtant bien simple, dit Barbicane.

    --Pas si simple que moi, répliqua Michel.

    --Cela veut dire que lorsque notre projectile est arrivé à la limite
    de l'atmosphère terrestre, il avait déjà perdu un tiers de sa vitesse
    initiale.

    --Tant que cela?

    --Oui, mon ami, rien que par son frottement sur les couches
    atmosphériques. Tu comprends bien que plus il marchait rapidement,
    plus il trouvait de résistance de la part de l'air.

    --Ça, je l'admets, répondit Michel, et je le comprends, bien que tes
    _v_ zéro deux et tes _v_ zéro carrés se secouent dans ma tête comme
    des clous dans un sac!

    --Premier effet de l'algèbre, reprit Barbicane. Et maintenant, pour
    t'achever, nous allons établir la donnée numérique de ces diverses
    expressions, c'est-à-dire chiffrer leur valeur.

    --Achevez-moi! répondit Michel.

    --De ces expressions, dit Barbicane, les unes sont connues, les autres
    sont à calculer.

    --Je me charge de ces dernières, dit Nicholl.

    --Voyons _r_, reprit Barbicane. _r_, c'est le rayon de la Terre qui,
    sous la latitude de la Floride notre point de départ, égale six
    millions trois cent soixante-dix mille mètres. _d_, c'est-à-dire la
    distance du centre de la Terre au centre de la Lune, vaut
    cinquante-six rayons terrestres, soit...»

    Nicholl chiffra rapidement.

    «Soit, dit-il, trois cent cinquante-six millions sept cent vingt mille
    mètres, au moment où la Lune est à son périgée, c'est-à-dire à sa
    distance la plus rapprochée de la Terre.

    --Bien, fit Barbicane. Maintenant _m_ prime sur _m_, c'est-à-dire le
    rapport de la masse de la Lune à celle de la Terre, égale un
    quatre-vingt-unième.

    --Parfait, dit Michel.

    --_g_, la gravité, est à la Floride de neuf mètres quatre-vingt-un.
    D'où résulte que _gr_ égale...

    --Soixante-deux millions quatre cent vingt-six mille mètres carrés,
    répondit Nicholl.

    --Et maintenant? demanda Michel Ardan.

    --Maintenant que les expressions sont chiffrées, répondit Barbicane,
    je vais chercher la vitesse _v_ zéro, c'est-à-dire la vitesse que doit
    avoir le projectile en quittant l'atmosphère pour atteindre le point
    d'attraction égale avec une vitesse nulle. Puisque, à ce moment, la
    vitesse sera nulle, je pose qu'elle égalera zéro, et que _x_, la
    distance où se trouve ce point neutre, sera représentée par les neuf
    dixièmes de _d_, c'est-à-dire de la distance qu sépare les deux
    centres.

    --J'ai une vague idée que cela doit être ainsi, dit Michel.

    --J'aurai donc alors: _x_ égale neuf dixièmes de
    _d_, et _v_ égale zéro, et ma formule deviendra...»

    Barbicane écrivit rapidement sur le papier:

    ( v_0^2=2grleft{1-frac{10r}{9d}-frac{1}{81}
    left(frac{10r}{d}-frac{r}{d-r}right)right} )

    Nicholl lut d'un oeil avide.

    «C'est cela! c'est cela! s'écria-t-il.

    --Est-ce clair? demanda Barbicane.

    --C'est écrit en lettres de feu! répondit Nicholl.

    --Les braves gens! murmurait Michel.

    --As-tu compris, enfin? lui demanda Barbicane.

    --Si j'ai compris! s'écria Michel Ardan, mais c'est-à-dire que ma
    tête en éclate!

    --Ainsi, reprit Barbicane, _v_ zéro deux égale deux _gr_ multiplié par
    un, moins dix _r_ sur 9 _d_, moins un quatre-vingt-unième multiplié
    par dix _r_ sur _d_ moins _r_ sur _d_ moins _r_.

    --Et maintenant, dit Nicholl, pour obtenir la vitesse du boulet au
    sortir de l'atmosphère, il n'y a plus qu'à calculer.»

    Le capitaine, en praticien rompu à toutes les difficultés, se mit à
    chiffrer avec une rapidité effrayante. Divisions et multiplications
    s'allongeaient sous ses doigts. Les chiffres grêlaient sa page
    blanche. Barbicane le suivait du regard, pendant que Michel Ardan
    comprimait à deux mains une migraine naissante.

    «Eh bien? demanda Barbicane, après plusieurs minutes de silence.

    --Eh bien, tout calcul fait, répondit Nicholl, _v_ zéro, c'est-à-dire
    la vitesse du projectile au sortir de l'atmosphère, pour atteindre le
    point d'égale attraction, a dû être de...

    --De?... fit Barbicane.

    --De onze mille cinquante et un mètres dans la première seconde.

    --Hein! fit Barbicane, bondissant, vous dites!

    --Onze mille cinquante et un mètres.

    --Malédiction! s'écria le président en faisant un geste de désespoir.

    --Qu'as-tu? demanda Michel Ardan, très surpris.

    --Ce que j'ai! Mais si à ce moment la vitesse était déjà diminuée
    d'un tiers par le frottement, la vitesse initiale aurait dû être...

    --De seize mille cinq cent soixante-seize mètres! répondit Nicholl.

    --Et l'Observatoire de Cambridge, qui a déclaré que onze mille mètres
    suffisaient au départ, et notre boulet qui n'est parti qu'avec cette
    vitesse!

    --Eh bien? demanda Nicholl.

    --Eh bien, elle sera insuffisante!

    --Bon.

    --Nous n'atteindrons pas le point neutre!

    --Sacrebleu!

    --Nous n'irons même pas à moitié chemin!

    --Nom d'un boulet! s'écria Michel Ardan, sautant comme si le
    projectile fût sur le point de heurter le sphéroïde terrestre.

    --Et nous retomberons sur la Terre!»

    V

    Les froids de l'espace

    Cette révélation fut un coup de foudre. Qui se serait attendu à
    pareille erreur de calcul? Barbicane ne voulait pas y croire.
    Nicholl revit ses chiffres. Ils étaient exacts. Quant à la formule
    qui les avait déterminés, on ne pouvait soupçonner sa justesse, et
    vérification faite, il fut constant qu'une vitesse initiale de seize
    mille cinq cent soixante-seize mètres dans la première seconde était
    nécessaire pour atteindre le point neutre.

    Les trois amis se regardèrent silencieusement. De déjeuner, plus
    question. Barbicane, les dents serrées, les sourcils contractés, les
    poings fermés convulsivement, observait à travers le hublot. Nicholl
    s'était croisé les bras, examinant ses calculs. Michel Ardan
    murmurait:

    «Voilà bien ces savants! Ils n'en font jamais d'autres! Je donnerais
    vingt pistoles pour tomber sur l'Observatoire de Cambridge et
    l'écraser avec tous les tripoteurs de chiffres qu'il renferme!»

    Tout d'un coup, le capitaine fit une réflexion qui alla droit à
    Barbicane.

    «Ah çà! dit-il, il est sept heures du matin. Nous sommes donc partis
    depuis trente-deux heures. Plus de la moitié de notre trajet est
    parcourue, et nous ne tombons pas, que je sache!»

    Barbicane ne répondit pas. Mais, après un coup d'oeil rapide jeté au
    capitaine, il prit un compas qui lui servait à mesurer la distance
    angulaire du globe terrestre. Puis, à travers la vitre inférieure, il
    fit une observation très exacte, vu l'immobilité apparente du
    projectile. Se relevant alors, essuyant son front où perlaient des
    gouttes de sueur, il disposa quelques chiffres sur le papier. Nicholl
    comprenait que le président voulait déduire de la mesure du diamètre
    terrestre la distance du boulet à la Terre. Il le regardait
    anxieusement.

    «Non! s'écria Barbicane après quelques instants, non, nous ne tombons
    pas! Nous sommes déjà à plus de cinquante mille lieues de la Terre!
    Nous avons dépassé ce point où le projectile aurait dû s'arrêter, si
    sa vitesse n'eût été que de onze mille mètres au départ! Nous montons
    toujours!

    --C'est évident, répondit Nicholl, et il faut en conclure que notre
    vitesse initiale, sous la poussée des quatre cent mille livres de
    fulmi-coton, a dépassé les onze mille mètres réclamés. Je m'explique
    alors que nous ayons rencontré, après treize minutes seulement, le
    deuxième satellite qui gravite à plus de deux mille lieues de la
    Terre.

    --Et cette explication est d'autant plus probable, ajouta Barbicane,
    qu'en rejetant l'eau renfermée entre ses cloisons brisantes, le
    projectile s'est trouvé subitement allégé d'un poids considérable.

    --Juste! fit Nicholl.

    --Ah! mon brave Nicholl, s'écria Barbicane, nous sommes sauvés!

    --Eh bien, répondit tranquillement Michel Ardan, puisque nous sommes
    sauvés, déjeunons.»

    En effet, Nicholl ne se trompait pas. La vitesse initiale avait été,
    très heureusement, supérieure à la vitesse indiquée par l'Observatoire
    de Cambridge, mais l'Observatoire de Cambridge ne s'en était pas moins
    trompé.

    Les voyageurs, remis de cette fausse alerte, se mirent à table et
    déjeunèrent joyeusement. Si l'on mangea beaucoup, on parla plus
    encore. La confiance était plus grande après qu'avant «l'incident de
    l'algèbre».

    «Pourquoi ne réussirions-nous pas? répétait Michel Ardan. Pourquoi
    n'arriverions-nous pas? Nous sommes lancés. Pas d'obstacles devant
    nous. Pas de pierres sur notre chemin. La route est libre, plus
    libre que celle du navire qui se débat contre la mer, plus libre que
    celle du ballon qui lutte contre le vent! Or, si un navire arrive où
    il veut, si un ballon monte où il lui plaît, pourquoi notre
    projectile n'atteindrait-il pas le but qu'il a visé.

    --Il l'atteindra, dit Barbicane.

    --Ne fût-ce que pour honorer le peuple américain, ajouta Michel Ardan,
    le seul peuple qui fût capable de mener à bien une telle entreprise,
    le seul qui pût produire un président Barbicane! Ah! j'y pense,
    maintenant que nous n'avons plus d'inquiétude, qu'allons-nous devenir?
    Nous allons nous ennuyer royalement!»

    Barbicane et Nicholl firent un geste de dénégation.

    «Mais j'ai prévu le cas, mes amis, reprit Michel Ardan. Vous n'avez
    qu'à parler. J'ai à votre disposition, échecs, dames, cartes,
    dominos! Il ne me manque qu'un billard!

    --Quoi! demanda Barbicane, tu as emporté de pareils bibelots?

    --Sans doute, répondit Michel, et non seulement pour nous distraire,
    mais aussi dans l'intention louable d'en doter les estaminets
    sélénites.

    --Mon ami, dit Barbicane, si la Lune est habitée, ses habitants ont
    apparu quelques milliers d'années avant ceux de la Terre, car on ne
    peut douter que cet astre ne soit plus vieux que le nôtre. Si donc
    les Sélénites existent depuis des centaines de mille ans, si leur
    cerveau est organisé comme le cerveau humain, ils ont inventé tout ce
    que nous avons inventé déjà, et même ce que nous inventerons dans la
    suite des siècles. Ils n'auront rien à apprendre de nous et nous
    aurons tout à apprendre d'eux.

    --Quoi! répondit Michel, tu penses qu'ils ont eu des artistes comme
    Phidias, Michel-Ange ou Raphaël?

    --Oui.

    --Des poètes comme Homère, Virgile, Milton, Lamartine, Hugo?

    --J'en suis sûr.

    --Des philosophes comme Platon, Aristote, Descartes, Kant?

    --Je n'en doute pas.

    --Des savants comme Archimède, Euclide, Pascal, Newton?

    --Je le jurerais.

    --Des comiques comme Arnal et des photographes comme... comme Nadar?

    --J'en suis sûr.

    --Alors, ami Barbicane, s'ils sont aussi forts que nous, et même plus
    forts, ces Sélénites, pourquoi n'ont-ils pas tenté de communiquer avec
    la Terre? Pourquoi n'ont-ils pas lancé un projectile lunaire
    jusqu'aux régions terrestres?

    --Qui te dit qu'ils ne l'ont pas fait? répondit sérieusement
    Barbicane.

    --En effet, ajouta Nicholl, cela leur était plus facile qu'à nous, et
    pour deux raisons: la première parce que l'attraction est six fois
    moindre à la surface de la Lune qu'à la surface de la Terre, ce qui
    permet à un projectile de s'enlever plus aisément: la seconde, parce
    qu'il suffisait d'envoyer ce projectile à huit mille lieues seulement
    au lieu de quatre-vingt mille, ce qui ne demande qu'une force de
    projection dix fois moins forte.

    --Alors, reprit Michel, je répète: Pourquoi ne l'ont-ils pas fait?

    --Et moi répliqua Barbicane, je répète: Qui te dit qu'ils ne l'ont pas
    fait?

    --Quand?

    --Il y a des milliers d'années, avant l'apparition de l'homme sur la
    Terre.

    --Et le boulet? Où est le boulet? Je demande à voir le boulet!

    --Mon ami, répondit Barbicane, la mer couvre les cinq sixièmes de
    notre globe. De là, cinq bonnes raisons pour supposer que le
    projectile lunaire, s'il a été lancé, est maintenant immergé au fond
    de l'Atlantique ou du Pacifique. A moins qu'il ne soit enfoui dans
    quelque crevasse, à l'époque où l'écorce terrestre n'était pas encore
    suffisamment formée.

    --Mon vieux Barbicane, répondit Michel, tu as réponse à tout et je
    m'incline devant ta sagesse. Toutefois il est une hypothèse qui me
    sourirait mieux que les autres; c'est que les Sélénites, étant plus
    vieux que nous, sont plus sages et n'ont point inventé la poudre!»

    En ce moment, Diane se mêla à la conversation par
    un aboiement sonore. Elle réclamait son déjeuner.

    «Ah! fit Michel Ardan, à discuter ainsi, nous oublions Diane et
    Satellite!»

    Aussitôt, une respectable pâtée fut offerte à la chienne qui la dévora
    de grand appétit.

    «Vois-tu, Barbicane, disait Michel, nous aurions dû faire de ce
    projectile une seconde arche de Noé et emporter dans la Lune un couple
    de tous les animaux domestiques.

    --Sans doute, répondit Barbicane, mais la place eût manqué.

    --Bon! dit Michel, en se serrant un peu!

    --Le fait est, répondit Nicholl, que boeuf, vache, taureau, cheval,
    tous ces ruminants nous seraient fort utiles sur le continent lunaire.
    Par malheur, ce wagon ne pouvait devenir ni une écurie ni une étable.

    --Mais au moins, dit Michel Ardan, aurions-nous pu emmener un âne,
    rien qu'un petit âne, cette courageuse et patiente bête qu'aimait à
    monter le vieux Silène! Je les aime, ces pauvres ânes! Ce sont bien
    les animaux les moins favorisés de la création. Non seulement on les
    frappe pendant leur vie, mais on les frappe aussi après leur mort!

    --Comment l'entends-tu? demanda Barbicane.

    --Dame! fit Michel, puisqu'on en fait des peaux de tambour!»

    Barbicane et Nicholl ne purent s'empêcher de rire à cette réflexion
    saugrenue. Mais un cri de leur joyeux compagnon les arrêta. Celui-ci
    s'était courbé vers la niche de Satellite et se relevait en disant:

    «Bon! Satellite n'est plus malade.

    --Ah! fit Nicholl.

    --Non, reprit Michel, il est mort. Voilà, ajouta-t-il d'un ton
    piteux, voilà qui sera embarrassant. Je crains, ma pauvre Diane, que
    tu ne fasses pas souche dans les régions lunaires!»

    En effet, l'infortuné Satellite n'avait pu survivre à sa blessure. Il
    était mort et bien mort. Michel Ardan très décontenancé, regardait
    ses amis.

    «Il se présente une question, dit Barbicane. Nous ne pouvons garder
    avec nous le cadavre de ce chien pendant quarante-huit heures encore.

    --Non, sans doute, répondit Nicholl, mais nos hublots sont fixés par
    des charnières. Ils peuvent se rabattre. Nous ouvrirons l'un des
    deux et nous jetterons ce corps dans l'espace.»

    Le président réfléchit pendant quelques instants.
    et dit:

    «Oui, il faudra procéder ainsi, mais en prenant les plus minutieuses
    précautions.

    --Pourquoi? demanda Michel.

    --Pour deux raisons que tu vas comprendre répondit Barbicane. La
    première est relative à l'air renfermé dans le projectile, et dont il
    ne faut perdre que le moins possible.

    --Mais puisque nous le refaisons, cet air!

    --En partie seulement. Nous ne refaisons que l'oxygène, mon brave
    Michel,--et à ce propos veillons bien à ce que l'appareil ne
    fournisse pas cet oxygène en quantité immodérée, car cet excès
    amènerait en nous des troubles physiologiques très graves. Mais si
    nous refaisons l'oxygène, nous ne refaisons pas l'azote, ce véhicule
    que les poumons n'absorbent pas et qui doit demeurer intact. Or, cet
    azote s'échapperait rapidement par les hublots ouverts.

    --Oh! le temps de jeter ce pauvre Satellite, dit Michel.

    --D'accord, mais agissons rapidement.

    --Et la seconde raison? demanda Michel.

    --La seconde raison, c'est qu'il ne faut pas laisser le froid
    extérieur, qui est excessif, pénétrer dans le projectile, sous peine
    d'être gelés vivants.

    --Cependant, le Soleil...

    --Le Soleil échauffe notre projectile qui absorbe ses rayons, mais il
    n'échauffe pas le vide où nous flottons en ce moment. Où il n'y a pas
    d'air, il n'y a pas plus de chaleur que de lumière diffuse, et de même
    qu'il fait noir, il fait froid là où les rayons du Soleil n'arrivent
    pas directement. Cette température n'est donc autre que la
    température produite par le rayonnement stellaire, c'est-à-dire celle
    que subirait le globe terrestre si le Soleil s'éteignait un jour.

    --Ce qui n'est pas à craindre, répondit Nicholl.

    --Qui sait? dit Michel Ardan. D'ailleurs, en admettant que le Soleil
    ne s'éteigne pas, ne peut-il arriver que la Terre s'éloigne de lui?

    --Bon! fit Barbicane, voilà Michel avec ses idées!

    --Eh! reprit Michel, ne sait-on pas que la Terre a traversé la queue
    d'une comète en 1861? Or, supposons une comète dont l'attraction soit
    supérieure à l'attraction solaire, l'orbite terrestre se courbera vers
    l'astre errant, et la Terre, devenue son satellite, sera entraînée à
    une distance telle que les rayons du Soleil n'auront plus aucune
    action à sa surface.

    --Cela peut se produire, en effet, répondit Barbicane, mais les
    conséquences d'un pareil déplacement pourraient bien ne pas être aussi
    redoutables que tu le supposes.

    --Et pourquoi?

    --Parce que le froid et le chaud s'équilibreraient encore sur notre
    globe. On a calculé que si la Terre eût été entraînée par la comète
    de 1861, elle n'aurait pas ressenti, à sa plus grande distance du
    Soleil, une chaleur seize fois supérieure à celle que nous envoie la
    Lune, chaleur qui, concentrée au foyer des plus fortes lentilles, ne
    produit aucun effet appréciable.

    --Eh bien? fit Michel.

    --Attends un peu, répondit Barbicane. On calculé aussi, qu'à son
    périhélie, à sa distance la plus rapprochée du Soleil, la Terre aurait
    supporté une chaleur égale à vingt-huit mille fois celle de l'été.
    Mais cette chaleur, capable de vitrifier les matières terrestres et de
    vaporiser les eaux, eût formé un épais anneau de nuages qui aurait
    amoindri cette température excessive. De là, compensation entre les
    froids de l'aphélie et les chaleurs du périhélie, et une moyenne
    probablement supportable.

    --Mais à combien de degrés estime-t-on la température des espaces
    planétaires? demanda Nicholl.

    --Autrefois, répondit Barbicane, on croyait que cette température
    était excessivement basse. En calculant son décroissement
    thermométrique, on arrivait à la chiffrer par millions de degrés
    au-dessous de zéro. C'est Fourier, un compatriote de Michel, un
    savant illustre de l'Académie des Sciences, qui a ramené ces nombres à
    de plus justes estimations. Suivant lui, la température de l'espace
    ne s'abaisse pas au-dessous de soixante degrés.

    --Peuh! fit Michel.

    --C'est à peu près, répondit Barbicane, la température qui fut
    observée dans les régions polaires, à l'île Melville ou au fort
    Reliance, soit environ cinquante-six degrés centigrades au-dessous de
    zéro.

    --Il reste à prouver, dit Nicholl, que Fourier ne
    s'est pas abusé dans ses évaluations. Si je ne me
    trompe, un autre savant français, M. Pouillet,
    estime la température de l'espace à cent soixante
    degrés au-dessous de zéro. C'est ce que nous
    vérifierons.

    --Pas en ce moment, répondit Barbicane, car les rayons solaires,
    frappant directement notre thermomètre, donneraient, au contraire, une
    température très élevée. Mais lorsque nous serons arrivés sur la
    Lune, pendant les nuits de quinze jours que chacune de ses faces
    éprouve alternativement, nous aurons le loisir de faire cette
    expérience, car notre satellite se meut dans le vide.

    --Mais qu'entends-tu par le vide? demanda Michel, est-ce le vide
    absolu?

    --C'est le vide absolument privé d'air.

    --Et dans lequel l'air n'est remplacé par rien?

    --Si. Par l'éther, répondit Barbicane.

    --Ah! Et qu'est-ce que l'éther?

    --L'éther, mon ami, c'est une agglomération d'atomes impondérables,
    qui, relativement à leurs dimensions, disent les ouvrages de physique
    moléculaire, sont aussi éloignés les uns des autres que les corps
    célestes le sont dans l'espace. Leur distance, cependant, est
    inférieure à un trois-millionièmes de millimètre. Ce sont ces atomes
    qui, par leur mouvement vibratoire, produisent la lumière et la
    chaleur, en faisant par seconde quatre cent trente trillions
    d'ondulations, n'ayant que quatre à six dix-millièmes de millimètre
    d'amplitude.

    --Milliards de milliards! s'écria Michel Ardan, on les a donc
    mesurées et comptées, ces oscillations! Tout cela, ami Barbicane, ce
    sont des chiffres de savants qui épouvantent l'oreille et ne disent
    rien à l'esprit.

    --Il faut pourtant bien chiffrer...

    --Non. Il vaut mieux comparer. Un trillion ne signifie rien. Un
    objet de comparaison dit tout. Exemple: Quand tu m'auras répété que
    le volume d'Uranus est soixante-seize fois plus gros que celui de la
    Terre, le volume de Saturne neuf cents fois plus gros, le volume de
    Jupiter treize cents fois plus gros, le volume du Soleil treize cent
    mille fois plus gros, je n'en serai pas beaucoup plus avancé. Aussi,
    je préfère, et de beaucoup, ces vieilles comparaisons du _Double
    Liégeois_ qui vous dit tous bêtement: Le Soleil, c'est une citrouille
    de deux pieds de diamètre, Jupiter, une orange, Saturne, une pomme
    d'api, Neptune, une guigne, Uranus, une grosse cerise, la Terre, un
    pois, Vénus, un petit pois, Mars, une grosse tête d'épingle, Mercure
    un grain de moutarde, et Junon, Cérès, Vesta et Pallas, de simples
    grains de sable! On sait au moins à quoi s'en tenir!»

    Après cette sortie de Michel Ardan contre les savants et ces trillions
    qu'ils alignent sans sourciller, l'on procéda à l'ensevelissement de
    Satellite. Il s'agissait simplement de le jeter dans l'espace, de la
    même manière que les marins jettent un cadavre à la mer.

    Mais, ainsi que l'avait recommandé le président Barbicane, il fallut
    opérer vivement, de façon à perdre le moins possible de cet air que
    son élasticité aurait rapidement épanché dans le vide. Les boulons
    du hublot de droite, dont l'ouverture mesurait environ trente
    centimètres, furent dévissés avec soin, tandis que Michel, tout
    contrit, se préparait à lancer son chien dans l'espace. La vitre,
    manoeuvrée par un puissant levier qui permettait de vaincre la
    pression de l'air intérieur sur les parois du projectile, tourna
    rapidement sur ses charnières, et Satellite fut projeté au-dehors.
    C'est à peine si quelques molécules d'air s'échappèrent, et
    l'opération réussit si bien que, plus tard, Barbicane ne craignit pas
    de se débarrasser ainsi des débris inutiles qui encombraient le
    wagon.

    VI

    Demandes et réponses

    Le 4 décembre, les chronomètres marquaient cinq heures du matin
    terrestre, quand les voyageurs se réveillèrent, après cinquante-quatre
    heures de voyage. Comme temps, ils n'avaient dépassé que de cinq
    heures quarante minutes, la moitié de la durée assignée à leur séjour
    dans le projectile; mais comme trajet, ils avaient déjà accompli près
    des sept dixièmes de la traversée. Cette particularité était due à la
    décroissance régulière de leur vitesse.

    Lorsqu'ils observèrent la Terre par la vitre inférieure, elle ne leur
    apparut plus que comme une tache sombre, noyée dans les rayons
    solaires. Plus de croissant, plus de lumière cendrée. Le lendemain,
    à minuit, la Terre devait être nouvelle, au moment précis où la Lune
    serait pleine. Au-dessus, l'astre des nuits se rapprochait de plus en
    plus de la ligne suivie par le projectile, de manière à se rencontrer
    avec lui à l'heure indiquée. Tout autour, la voûte noire était
    constellée de points brillants qui semblaient se déplacer avec
    lenteur. Mais à la distance considérable où ils se trouvaient, leur
    grosseur relative ne paraissait pas s'être modifiée. Le Soleil et les
    étoiles apparaissaient exactement tels qu'on les voit de la Terre.
    Quant à la Lune, elle avait considérablement grossi; mais les lunettes
    des voyageurs, peu puissantes en somme, ne permettaient pas encore de
    faire d'utiles observations à sa surface, et d'en reconnaître les
    dispositions topographiques ou géologiques.

    Aussi, le temps s'écoulait-il en conversations interminables. On
    causait de la Lune surtout. Chacun apportait son contingent de
    connaissances particulières. Barbicane et Nicholl, toujours sérieux,
    Michel Ardan, toujours fantaisiste. Le projectile, sa situation, sa
    direction, les incidents qui pouvaient survenir, les précautions que
    nécessiterait sa chute sur la Lune, c'était là matière inépuisable à
    conjectures.

    Précisément, en déjeunant, une demande de Michel, relative au
    projectile, provoqua une assez curieuse réponse de Barbicane et digne
    d'être rapportée.

    Michel, supposant le boulet brusquement arrêté, lorsqu'il était encore
    animé de sa formidable vitesse initiale, voulut savoir quelles
    auraient été les conséquences de cet arrêt.

    «Mais, répondit Barbicane, je ne vois pas comment le projectile aurait
    pu être arrêté.

    --Supposons-le, répondit Michel.

    --Supposition irréalisable, répliqua le pratique Barbicane. A moins
    que la force d'impulsion ne lui eût fait défaut. Mais alors, sa
    vitesse aurait décru peu à peu, et il ne se fût pas brusquement
    arrêté.

    --Admets qu'il ait heurté un corps dans l'espace.

    --Lequel?

    --Ce bolide énorme que nous avons rencontré.

    --Alors, dit Nicholl, le projectile eût été brisé en mille pièces, et
    nous avec.

    --Mieux que cela, répondit Barbicane, nous aurions été brûlés vifs.

    --Brûlés! s'écria Michel. Pardieu! je regrette que le cas ne se
    soit pas présenté «pour voir».

    --Et tu aurais vu, répondit Barbicane. On sait maintenant que la
    chaleur n'est qu'une modification du mouvement. Quand on fait
    chauffer de l'eau, c'est-à-dire quand on lui ajoute de la chaleur,
    cela veut dire que l'on donne du mouvement à ses molécules.

    --Tiens! fit Michel, voilà une théorie ingénieuse!

    --Et juste, mon digne ami, car elle explique tous les phénomènes du
    calorique. La chaleur n'est qu'un mouvement moléculaire, une simple
    oscillation des particules d'un corps. Lorsqu'on serre le frein d'un
    train, le train s'arrête. Mais que devient le mouvement dont il était
    animé? Il se transforme en chaleur, et le frein s'échauffe. Pourquoi
    graisse-t-on l'essieu des roues? Pour l'empêcher de s'échauffer,
    attendu que cette chaleur, ce serait du mouvement perdu par
    transformation. Comprends-tu?

    --Si je comprends! répondit Michel, admirablement. Ainsi, par
    exemple, quand j'ai couru longtemps, que je suis en nage, que je sue à
    grosses gouttes, pourquoi suis-je forcé de m'arrêter? Tout
    simplement, parce que mon mouvement s'est transformé en chaleur!»

    Barbicane ne put s'empêcher de sourire à cette repartie de Michel.
    Puis, reprenant sa théorie:

    «Ainsi donc, dit-il, dans le cas d'un choc, il en eût été de notre
    projectile comme de la balle qui tombe brûlante après avoir frappé la
    plaque de métal. C'est son mouvement qui s'est changé en chaleur. En
    conséquence, j'affirme que si notre boulet avait heurté le bolide, sa
    vitesse, brusquement anéantie, eût déterminé une chaleur capable de le
    volatiliser instantanément.

    --Alors, demanda Nicholl, qu'arriverait-il donc si la Terre s'arrêtait
    subitement dans son mouvement de translation?

    --Sa température serait portée à un tel point, répondit Barbicane,
    qu'elle serait immédiatement réduite en vapeurs.

    --Bon, fit Michel, voilà un moyen de finir le monde qui simplifierait
    bien les choses.

    --Et si la Terre tombait sur le Soleil? dit Nicholl.

    --D'après les calculs, répondit Barbicane, cette chute développerait
    une chaleur égale à la chaleur produite par seize cents globes de
    charbon égaux en volume au globe terrestre.

    --Bon surcroît de température pour le Soleil, répliqua Michel Ardan,
    et dont les habitants d'Uranus ou de Neptune ne se plaindraient sans
    doute pas, car ils doivent mourir de froid sur leur planète.

    --Ainsi donc, mes amis, reprit Barbicane, tout mouvement brusquement
    arrêté produit de la chaleur. Et cette théorie a permis d'admettre
    que la chaleur du disque solaire est alimentée par une grêle de
    bolides qui tombe incessamment à sa surface. On a même calculé...

    --Défions-nous, murmura Michel, voilà les chiffres qui s'avancent.

    --On a même calculé, reprit imperturbablement Barbicane, que le choc
    de chaque bolide sur le Soleil doit produire une chaleur égale à celle
    de quatre mille masses de houille d'un volume égal.

    --Et quelle est la chaleur solaire? demanda Michel.

    --Elle est égale à celle que produirait la combustion d'une couche de
    charbon qui entourerait le Soleil sur une épaisseur de vingt-sept
    kilomètres.

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    Entre la chair et l’âme Poésie

    Aproximadamente 2.555 palavras.

    Huguette Bertrand

    ENTRE LA CHAIR ET L'ÂME

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Dans la mouvance
    d'une âme conquise
    une déesse s'installe
    aux abords des yeux
    toujours repliés
    dans une nuit éternellement nuit
    que les jours entraînent
    vers le grand remous
    d'une Vénus travestie
    en ange dérisoire
    qu'effleurent les courbes
    infiniment courbes
    mains d'anges
    serties de roses
    dans la joyeuseté des villes
    agrippées au noir soleil
    du désespoir

    14 déc. 97

    _________________________

    Exilé dans l'abandon
    le regard immobile
    fixe le vide inattendu
    refait le plein trop avide
    d'une silhouette apaisée
    qu'accompagne un soleil complice
    de tous les départs
    sans pardonner les sourires espérés
    et la danse d'un espoir rompu
    danse des ombres sur les murs enrichis
    divinement habités
    le rêve s'est endormi sous les paupières
    épuisé

    2 déc. 97

    _________________________

    À l'image du soleil
    un face-à-face amoureux
    s'éternise dans l'âme
    des yeux qui voient
    plus haut que le soleil
    plus loin que les étoiles
    toujours là
    dans le silence du jour
    emménager en soi
    aller mourir
    dans un espace lumineux
    poétique

    1er déc.97

    _________________________

    Faut être déjà mort
    pour oublier l'amour
    oublier qu'on est mort
    en amour pour toujours
    Faut être un peu mort
    retenu par le jour
    rattraper les retards
    sans compter les retours

    Faut être toujours mort
    pour l'amour pour la vie
    essuyer au dehors
    toutes traces de l'oubli

    21 nov. 97

    _________________________

    Si les dieux m'aiment
    je transporterai mes souvenirs
    sur des routes reliées au secret
    d'un amour incongru
    terrassé par la distance
    d'une âme singulière
    retrouvée à la page 54
    des jours heureux
    devenus bêtement
    acidulés
    Si les dieux m'aiment
    je transporterai sur mes épaules grises
    les chevauchées retentissantes
    des faux désirs
    des fausses amours
    accouplés à l'indécence
    d'un féminin qui perdure
    sans allure
    entre les bras des siècles féconds

    S les dieux m'aiment
    j'ajouterai à ma vie
    une essence amoureuse
    abreuvée
    une fois pour toutes

    16 nov. 97

    _________________________

    Dans une prison de glace
    un été doux hurle ses souvenirs
    semences de tendresse
    dans une terre vierge
    que piétine un amour dilué
    par les rêves refroidis
    joyeusement
    au chant des cigales
    ayant pleuré toute l'année
    noire année sous la lune rose
    et ronde
    engrossée rare

    joyeusement
    l'amour dans l'instantané
    d'une année rose

    16 nov. 97

    _________________________

    Hiver de vie blanche
    en mal de vertiges
    sur les pentes instables
    d'un amour affûté
    par le cri d'un délire
    retenu dans l'âme
    son désir somptueux
    sur les pentes malheureuses
    viennent glisser les vertiges
    jusqu'aux hanches délirantes
    d'un amour achevé

    16 nov. 97

    _________________________

    Imbibée de jours fragiles
    la nuit apaisée
    s'abandonne
    dans les vastes
    étendues
    de vos regards
    garnis de rêves
    figés dans l'oeil
    d'un passé arrimé
    aux départs fragiles
    que viennent agiter
    les bruits
    des pas sourds
    de l'ennui
    livré au hasard
    d'un horizon docile
    muet

    15 nov. 97

    _________________________

    Follement attendrie
    l'âme errante
    se retire de son nid
    trop regard
    trop foudre
    trop oubli
    sur le tranchant de l'aube
    trop abîme
    par la brise amusée
    trop peine
    noyée dans l'oeil
    d'un soleil efficace
    échevelé
    dans l'oeil se noie
    une peine efficace

    11 nov. 97

    _________________________

    Devant un ciel trop clair de lune
    une âme bleue
    s'habitue aux départs
    du corps instantané
    toujours attiré sur des pistes fragiles
    vers les sous-bois
    condamnés aux ivresses
    d'un rêve spontané
    poésie chavirante
    qui bascule dans le regard
    d'un pur moment embrassé
    à travers des vagues tapageuses
    venues s'échouer
    au pied d'un escalier

    8 nov. 97

    _________________________

    Les couleurs de l'âme
    ne se voient qu'à la lueur
    des yeux abandonnés au désir
    que prolongent les doigts agiles
    de la volupté
    sur le noir sommeil aspiré
    vers de plus hautes cimes
    tendues et rares
    scintille dans la chair de l'âme
    une étoile incrustée
    venue de nulle part
    de nulle part retournée

    30 oct. 97

    _________________________

    Répandue dans l'infini regard
    une rosée de lourdes promesses
    assèche le sol aride
    d'espoirs évidés
    d'heures avides
    de doux temps gris
    entre jour et nuit
    entre blanc et noir
    entre mort et vie
    entre toi et moi
    ce long silence
    entouré de bruits
    et ce temps minuscule
    qui nous tue
    entre soleil et lune
    qui se pavanent en nous
    gonflés de plein jour
    de vie chaude et ronde
    dans la chair infiniment âme
    infiniment amour
    à mourir

    29 oct. 97

    _________________________

    On a tué la parole sur la place
    on l'a recouverte d'un silence
    long comme le temps
    puis on s'est accoudé
    à une fenêtre du passé
    en essuyant un simple prénom
    sur la glace de l'oubli
    on a surveillé l'impénétrable
    et parfait destin
    demeuré évasif
    ne reste qu'un vertige embué
    d'où émergent d'inavouables instants
    multicolores
    répandus sur le feu de l'âme
    en sursis

    29 oct. 97

    _________________________

    âme
    âmour
    âmourir
    à la lisière des passions
    condamnées
    au désir
    au désert
    dans l'enflure d'un instant
    d'une épave
    d'un rivage
    d'un message
    vertige dans l'oeil
    dans le sang
    condamné au présent
    d'une aube grisée

    19 oct. 97

    _________________________

    Taillé dans l'espoir
    un nu se faufile
    à travers l'onde d'une parole
    retenue entre les murs
    des recommencements
    gelés sous les draps
    volupté d'une image féconde
    adaptée au silence stupéfait
    silence d'algues répandues
    en flaques rondes
    auréolées de présents inventés
    et mauves

    _________________________

    Sur l'enclume des attentes
    des étoiles
    remplies de nuit
    m'observent
    dans les yeux du silence
    étrange nuit
    sous les sables envoûtés
    que transportent des ombres
    qui sombrent dans l'oubli

    _________________________

    Un peu de soleil un peu de lumière
    à travers les feuilles jaunies
    du temps suspendu aux lèvres
    empêchées d'annoncer
    l'approche du soir
    dans la béance de la nuit
    le silence parle au silence
    sur l'indomptable pavé du désir
    venu piller le brasier exténué
    des grandes forêts
    foulées aux pieds des attentes
    à faire rougir la démence
    au coeur des secrets

    _________________________

    Ma main telle une étoile
    vient se poser sur ton visage apeuré
    illumine tes ailes immenses
    pour ton envol
    vers tes rêves illimités
    en plein azur
    en plein éveil
    vivaces au coeur de l'intime
    à travers mes douces brises
    effilochées

    _________________________

    Je n'ai encore rien fait
    pas pris le temps de marcher
    sur des étoiles dont le reflet
    s'incruste dans vos pas
    investis de couleurs diaphanes

    pas pris le temps de grignoter
    vos syllabes en faire des mots
    que la brise transporte
    vers un ailleurs dénudé de larmes

    pas pris le temps d'avaler
    des douceurs offertes
    au temps trop court brisé
    par des vagues violentes échouées
    sur le rivage de nos vivants

    pas pris le temps d'entendre
    la symphonie des regards qui croisent
    les passés présents et à venir

    pas pris le temps d'éviter
    les morsures de l'amour dispersé
    dans le vernis du temps

    _________________________

    À demeure ailleurs
    passer par une voix tellement puissante
    que pas même un seul regard
    ne peut soutenir l'ineffable demeure en soi
    jugée trop petite
    trop petite pour être habitée
    par un trop-plein si grand
    que même un ailleurs
    ne pourrait le contenir

    mais ailleurs n'est nulle part
    c'est trop plein de vides trop vides
    de désespoirs qui se perdent
    à l'orée du soir
    s'infiltre comme une eau qui entre
    par les fentes de l'âme
    insidieusement

    _________________________

    Sur l'écran brûlant du rêve
    la chaleur de ta peau
    vient caresser le souvenir
    de mes mots que transporte
    le désir à mon âme assoiffée
    emportée en ce noir éternel
    d'un amour écourté
    indécent

    noirs lendemains d'une blessure
    à lécher de nuit
    vivante et fauve

    _________________________

    Bêtement
    la tête s'enroule
    autour des heures
    poursuivie par la mémoire des jours
    devenus bêtes
    lors d'un tête-à-tête avec l'ombre
    de nos histoires indigestes
    et la lumière venue trancher les départs

    à faire périr
    d'un coup sec

    _________________________

    Longues chevauchées du temps
    que les nuits respirent
    à travers des silences affectueux
    au seuil des jours malades

    Longues chevauchées des jours
    qu'une Parole respire
    à travers la nuit aimable
    d'un désir emmuré

    Longues chevauchées des nuits
    expirées dans le temps
    quand la Parole prononce
    le corps devenu silence

    l e

    d é s i r

    e m m u r é

    s e

    m e u r t

    _________________________

    D
    É
    L
    I
    R
    E

    Espace de feu
    que le temps attise
    dans le corridor des attentes
    en quête de durée

    Espace de pluie
    qu'asperge le temps
    ultimes orgasmes
    des continents

    Espace de terre
    qu'ensemence le temps
    de grâces enfuies
    des temples incontinents

    Espace de l'intime
    murmuré par le temps
    souvenance à nos lèvres
    prononcé

    _________________________

    Craintif
    l'oeil murmure des beautés
    que promène une image solitaire
    au-dessus d'un sourire blessé

    image à angle ouvert
    sur des mots couverts
    image à angle indiscret
    sur des mots discrets
    image entourée d'angles
    couverts et discrets
    retournée à l'âme
    solitaire

    _________________________

    Paradis symptomatique
    de chairs de femmes offertes
    aux abords de leurs fruits
    achevés

    Symptôme d'anges
    agrippés aux solitudes
    écartelées entre deux tristesses
    longuement approuvées

    Symptôme de solitude
    d'un regard d'un sourire
    prolonge l'âme
    jusqu'aux sommets impardonnés

    Symptôme du hasard
    quand viennent mourir les heures
    aux pieds d'une peine
    sans rire
    sans rien
    rien

    Ange écartelé
    entre deux douleurs
    que la chair approuve
    solitaire

    _________________________

    Mots à rire
    Mots à pleurer
    s'en vont mourir sur une page blanche
    vivante au coeur de soi
    vivante au coeur vivante en soi
    à mourir de rire et blanche
    quand les matins s'en vont pleurer sous les arbres
    quand les arbres vont déposer
    le coeur sur le temps
    quand ce temps vient jeter l'ancre
    au coeur des mots
    en silence

    Au coeur des mots
    un silence pleure
    sur le temps

    _________________________

    Pendu au bout d'une ficelle noire
    le corps attend menu
    ce dépôt des chairs
    entre deux phrases grises
    que l'on porte jusqu'au seuil de la voix
    résidus d'une foule venue applaudir
    le spectacle des heures
    en ce jour déchu

    au seuil de l'âme

    le poème s'enivre

    de jours

    déçus

    _________________________

    Au fin fond de mon univers
    je chevauche les étoiles pour faire rêver
    les impatiences des alentours
    vieille habitude offerte au temple
    des croyances qui bavent
    sur les amours inachevées

    semer le vent
    semer le temps
    de ce lointain paysage
    sur nos paresses
    endormies

    _________________________

    Quand cette pomme tomba de l'arbre
    l'automne venu a dégusté
    le fruit le jus les coloris
    d'un très vaste pays
    abandonné
    dans le courant du feu des femmes
    trop morcelées

    un songe d'été
    colore les arbres
    de leur automne gris

    _________________________

    Les mots ont quelque chose à dire
    à nos essentiels

    cherchez-les
    trouvez-les
    mâchez-les
    digérez-les

    ne resteront
    que les mots essentiels
    parmi les vôtres
    les miens
    et ceux des autres

    Essentiellement vôtre,

    le mot

    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots Un les
    mots les mots les mots les mot les les mots lesm
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots seul les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les

    _________________________

    Sur le rivage insondable des abandons
    la mer raconte ses insomnies
    croise la douleur
    réveille les muses
    de mots crus et frais
    poésie explosive
    au bout d'une main tendue qui se brise
    dans un décor inattendu

    _________________________

    À l'heure où le ciel s'endort
    ne sait-on pas
    que les poètes graves
    doivent curieusement aller dormir
    à l'ombre de leurs rêves
    parmi un peuple de mots
    dont les blessures s'épanchent
    sur l'épaule de l'oreiller
    nourries à même le plein des jours
    délicieusement habité

    dehors le temps grisaille
    le vent s'accroche aux arbres
    pendant que pleure le poème
    sur la nuit esseulée

    _________________________

    Y a des tranches de vie indigènes
    d'où s'échappent des amours interdites
    piétinées sous les pieds de l'oubli
    Y a des tranches de vie comestibles
    plongées dans le secret des blessures
    sous le ramage d'une étoile solitaire

    Y a des tranches de vie liquide
    harnachées
    qui produisent des ondes de choc
    qui vous arrivent dans la gorge
    comme un déluge venu inonder la peur

    Y a des tranches de vie qui font des ronds
    dans le liquide le comestible
    des amours indigènes

    _________________________

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces gestes
    sur une fleur enivrée
    qu'un doux regard
    est venu désarmer

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces mots
    jetés au sort
    qu'une simple brise
    est venue balayer

    tendres
    tendrement tendres
    tous les mots
    tous les gestes
    bus à même ces lèvres
    emprisonnées dans un délire

    tendre
    tendrement tendre
    ce rêve nu
    échoué entre la chair et l'âme

    _________________________

    Sans cris
    sans joies
    la vie cette impatiente
    vient saturer le temps
    et tous ses heurts
    qui vous aiguisent l'âme
    magnifiquement approfondie
    comme un coup de grâce
    dans la continuité des choses belles

    _________________________

    la vie bête fauve
    de ses crocs vient mordre
    les échines langoureuses
    entre ses griffes empoigne
    cet amour spontané
    arraché à la flamme
    d'une âme enivrée
    vie fauve
    vie sèche
    au coeur du tendre
    dérive sur un fleuve
    appelé liberté

    _________________________

    Cette chair qui nous déchire
    vient mourir à l'ombre d'un poème
    habité par les mots par les sons
    d'un volcan balafré
    par tant de braises
    par tant de pluies
    par tant de cendres
    sur le visage de l'âme abîmée
    ramassée par les peurs qui filent
    entre les dents des jours trop aiguisés

    _________________________

    À la dérive
    quelques mots tendres se répondent
    entre la lumière et l'ombre
    par vagues successives
    viennent s'échouer sur le rivage
    d'une âme emportée
    sur la mer
    déchirée
    joie paix santé bonheur
    dans la dureté des jours
    quand les nuits scintillent
    au coeur du rêve en allé
    sans appel

    _________________________

    Atteint au coeur du crépuscule
    le jour se meurt gris
    enchaîné aux mots
    sur banc de pierres
    qu'un simple rêve
    a terrassé
    était-ce un rêve
    ou bien l'amour
    trop fasciné
    par tant de bruits
    autour d'un personnage
    étoilé

    _________________________

    Noire pluie noire
    sur la chair abritée
    quand la beauté perdure
    dans un souffle vert émeraude
    s'abandonne dans la sève
    des regards endormis
    Noire pluie noire
    sur la peur détrempée
    par tant de vains mots
    qui racontent des peines
    affichées à l'écran
    d'un grand ciel trop aimé

    _________________________

    Enivrée d'un silence
    je titube vers les mots
    murmurés à l'oreille
    de mon âme profanée
    emportés par la vague
    que vient bercer ma nuit
    jusqu'à l'aube
    dégrisée

    _________________________

    Éternel dur pays
    en mon âme givrée
    que portage le soleil
    sur les rives sanglantes
    de mille lacs mille rivières
    vers le flot de l'oubli
    cette marche du feu
    vient brûler les attentes
    arrachées à nos pas
    trop fragiles
    et brisés

    ]]>
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    Du côté de chez Swann

    Aproximadamente 181.513 palavras.

    MARCEL PROUST

    À la RECHERCHE DU TEMPS PERDU

    TOME I

    Du Côté de Chez Swann

    À Monsieur Gaston Calmette

    _Comme un témoignage de profonde
    et affectueuse reconnaissance_,

    Marcel Proust.

    PREMIÈRE PARTIE
    COMBRAY

    I.

    Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Parfois, à peine ma
    bougie éteinte, mes yeux se fermaient si vite que je n’avais pas le
    temps de me dire: «Je m’endors.» Et, une demi-heure après, la pensée
    qu’il était temps de chercher le sommeil m’éveillait; je voulais poser
    le volume que je croyais avoir encore dans les mains et souffler ma
    lumière; je n’avais pas cessé en dormant de faire des réflexions sur
    ce que je venais de lire, mais ces réflexions avaient pris un tour un
    peu particulier; il me semblait que j’étais moi-même ce dont parlait
    l’ouvrage: une église, un quatuor, la rivalité de François Ier et de
    Charles Quint. Cette croyance survivait pendant quelques secondes à
    mon réveil; elle ne choquait pas ma raison mais pesait comme des
    écailles sur mes yeux et les empêchait de se rendre compte que le
    bougeoir n’était plus allumé. Puis elle commençait à me devenir
    inintelligible, comme après la métempsycose les pensées d’une
    existence antérieure; le sujet du livre se détachait de moi, j’étais
    libre de m’y appliquer ou non; aussitôt je recouvrais la vue et
    j’étais bien étonné de trouver autour de moi une obscurité, douce et
    reposante pour mes yeux, mais peut-être plus encore pour mon esprit, à
    qui elle apparaissait comme une chose sans cause, incompréhensible,
    comme une chose vraiment obscure. Je me demandais quelle heure il
    pouvait être; j’entendais le sifflement des trains qui, plus ou moins
    éloigné, comme le chant d’un oiseau dans une forêt, relevant les
    distances, me décrivait l’étendue de la campagne déserte où le
    voyageur se hâte vers la station prochaine; et le petit chemin qu’il
    suit va être gravé dans son souvenir par l’excitation qu’il doit à des
    lieux nouveaux, à des actes inaccoutumés, à la causerie récente et aux
    adieux sous la lampe étrangère qui le suivent encore dans le silence
    de la nuit, à la douceur prochaine du retour.

    J’appuyais tendrement mes joues contre les belles joues de l’oreiller
    qui, pleines et fraîches, sont comme les joues de notre enfance. Je
    frottais une allumette pour regarder ma montre. Bientôt minuit. C’est
    l’instant où le malade, qui a été obligé de partir en voyage et a dû
    coucher dans un hôtel inconnu, réveillé par une crise, se réjouit en
    apercevant sous la porte une raie de jour. Quel bonheur, c’est déjà le
    matin! Dans un moment les domestiques seront levés, il pourra sonner,
    on viendra lui porter secours. L’espérance d’être soulagé lui donne du
    courage pour souffrir. Justement il a cru entendre des pas; les pas se
    rapprochent, puis s’éloignent. Et la raie de jour qui était sous sa
    porte a disparu. C’est minuit; on vient d’éteindre le gaz; le dernier
    domestique est parti et il faudra rester toute la nuit à souffrir sans
    remède.

    Je me rendormais, et parfois je n’avais plus que de courts réveils
    d’un instant, le temps d’entendre les craquements organiques des
    boiseries, d’ouvrir les yeux pour fixer le kaléidoscope de
    l’obscurité, de goûter grâce à une lueur momentanée de conscience le
    sommeil où étaient plongés les meubles, la chambre, le tout dont je
    n’étais qu’une petite partie et à l’insensibilité duquel je retournais
    vite m’unir. Ou bien en dormant j’avais rejoint sans effort un âge à
    jamais révolu de ma vie primitive, retrouvé telle de mes terreurs
    enfantines comme celle que mon grand-oncle me tirât par mes boucles et
    qu’avait dissipée le jour,--date pour moi d’une ère nouvelle,--où on les
    avait coupées. J’avais oublié cet événement pendant mon sommeil, j’en
    retrouvais le souvenir aussitôt que j’avais réussi à m’éveiller pour
    échapper aux mains de mon grand-oncle, mais par mesure de précaution
    j’entourais complètement ma tête de mon oreiller avant de retourner
    dans le monde des rêves.

    Quelquefois, comme Ève naquit d’une côte d’Adam, une femme naissait
    pendant mon sommeil d’une fausse position de ma cuisse. Formée du
    plaisir que j’étais sur le point de goûter, je m’imaginais que c’était
    elle qui me l’offrait. Mon corps qui sentait dans le sien ma propre
    chaleur voulait s’y rejoindre, je m’éveillais. Le reste des humains
    m’apparaissait comme bien lointain auprès de cette femme que j’avais
    quittée il y avait quelques moments à peine; ma joue était chaude
    encore de son baiser, mon corps courbaturé par le poids de sa taille.
    Si, comme il arrivait quelquefois, elle avait les traits d’une femme
    que j’avais connue dans la vie, j’allais me donner tout entier à ce
    but: la retrouver, comme ceux qui partent en voyage pour voir de leurs
    yeux une cité désirée et s’imaginent qu’on peut goûter dans une
    réalité le charme du songe. Peu à peu son souvenir s’évanouissait,
    j’avais oublié la fille de mon rêve.

    Un homme qui dort, tient en cercle autour de lui le fil des heures,
    l’ordre des années et des mondes. Il les consulte d’instinct en
    s’éveillant et y lit en une seconde le point de la terre qu’il occupe,
    le temps qui s’est écoulé jusqu’à son réveil; mais leurs rangs peuvent
    se mêler, se rompre. Que vers le matin après quelque insomnie, le
    sommeil le prenne en train de lire, dans une posture trop différente
    de celle où il dort habituellement, il suffit de son bras soulevé pour
    arrêter et faire reculer le soleil, et à la première minute de son
    réveil, il ne saura plus l’heure, il estimera qu’il vient à peine de
    se coucher. Que s’il s’assoupit dans une position encore plus déplacée
    et divergente, par exemple après dîner assis dans un fauteuil, alors
    le bouleversement sera complet dans les mondes désorbités, le fauteuil
    magique le fera voyager à toute vitesse dans le temps et dans
    l’espace, et au moment d’ouvrir les paupières, il se croira couché
    quelques mois plus tôt dans une autre contrée. Mais il suffisait que,
    dans mon lit même, mon sommeil fût profond et détendît entièrement mon
    esprit; alors celui-ci lâchait le plan du lieu où je m’étais endormi,
    et quand je m’éveillais au milieu de la nuit, comme j’ignorais où je
    me trouvais, je ne savais même pas au premier instant qui j’étais;
    j’avais seulement dans sa simplicité première, le sentiment de
    l’existence comme il peut frémir au fond d’un animal: j’étais plus
    dénué que l’homme des cavernes; mais alors le souvenir--non encore du
    lieu où j’étais, mais de quelques-uns de ceux que j’avais habités et
    où j’aurais pu être--venait à moi comme un secours d’en haut pour me
    tirer du néant d’où je n’aurais pu sortir tout seul; je passais en une
    seconde par-dessus des siècles de civilisation, et l’image confusément
    entrevue de lampes à pétrole, puis de chemises à col rabattu,
    recomposaient peu à peu les traits originaux de mon moi.

    Peut-être l’immobilité des choses autour de nous leur est-elle imposée
    par notre certitude que ce sont elles et non pas d’autres, par
    l’immobilité de notre pensée en face d’elles. Toujours est-il que,
    quand je me réveillais ainsi, mon esprit s’agitant pour chercher, sans
    y réussir, à savoir où j’étais, tout tournait autour de moi dans
    l’obscurité, les choses, les pays, les années. Mon corps, trop
    engourdi pour remuer, cherchait, d’après la forme de sa fatigue, à
    repérer la position de ses membres pour en induire la direction du
    mur, la place des meubles, pour reconstruire et pour nommer la demeure
    où il se trouvait. Sa mémoire, la mémoire de ses côtes, de ses genoux,
    de ses épaules, lui présentait successivement plusieurs des chambres
    où il avait dormi, tandis qu’autour de lui les murs invisibles,
    changeant de place selon la forme de la pièce imaginée,
    tourbillonnaient dans les ténèbres. Et avant même que ma pensée, qui
    hésitait au seuil des temps et des formes, eût identifié le logis en
    rapprochant les circonstances, lui,--mon corps,--se rappelait pour
    chacun le genre du lit, la place des portes, la prise de jour des
    fenêtres, l’existence d’un couloir, avec la pensée que j’avais en m’y
    endormant et que je retrouvais au réveil. Mon côté ankylosé, cherchant
    à deviner son orientation, s’imaginait, par exemple, allongé face au
    mur dans un grand lit à baldaquin et aussitôt je me disais: «Tiens,
    j’ai fini par m’endormir quoique maman ne soit pas venue me dire
    bonsoir», j’étais à la campagne chez mon grand-père, mort depuis bien
    des années; et mon corps, le côté sur lequel je reposais, gardiens
    fidèles d’un passé que mon esprit n’aurait jamais dû oublier, me
    rappelaient la flamme de la veilleuse de verre de Bohême, en forme
    d’urne, suspendue au plafond par des chaînettes, la cheminée en marbre
    de Sienne, dans ma chambre à coucher de Combray, chez mes
    grands-parents, en des jours lointains qu’en ce moment je me figurais
    actuels sans me les représenter exactement et que je reverrais mieux
    tout à l’heure quand je serais tout à fait éveillé.

    Puis renaissait le souvenir d’une nouvelle attitude; le mur filait
    dans une autre direction: j’étais dans ma chambre chez Mme de
    Saint-Loup, à la campagne; mon Dieu! Il est au moins dix heures, on
    doit avoir fini de dîner! J’aurai trop prolongé la sieste que je fais
    tous les soirs en rentrant de ma promenade avec Mme de Saint-Loup,
    avant d’endosser mon habit. Car bien des années ont passé depuis
    Combray, où, dans nos retours les plus tardifs, c’était les reflets
    rouges du couchant que je voyais sur le vitrage de ma fenêtre. C’est
    un autre genre de vie qu’on mène à Tansonville, chez Mme de
    Saint-Loup, un autre genre de plaisir que je trouve à ne sortir qu’à
    la nuit, à suivre au clair de lune ces chemins où je jouais jadis au
    soleil; et la chambre où je me serai endormi au lieu de m’habiller
    pour le dîner, de loin je l’aperçois, quand nous rentrons, traversée
    par les feux de la lampe, seul phare dans la nuit.

    Ces évocations tournoyantes et confuses ne duraient jamais que
    quelques secondes; souvent, ma brève incertitude du lieu où je me
    trouvais ne distinguait pas mieux les unes des autres les diverses
    suppositions dont elle était faite, que nous n’isolons, en voyant un
    cheval courir, les positions successives que nous montre le
    kinétoscope. Mais j’avais revu tantôt l’une, tantôt l’autre, des
    chambres que j’avais habitées dans ma vie, et je finissais par me les
    rappeler toutes dans les longues rêveries qui suivaient mon réveil;
    chambres d’hiver où quand on est couché, on se blottit la tête dans un
    nid qu’on se tresse avec les choses les plus disparates: un coin de
    l’oreiller, le haut des couvertures, un bout de châle, le bord du lit,
    et un numéro des Débats roses, qu’on finit par cimenter ensemble selon
    la technique des oiseaux en s’y appuyant indéfiniment; où, par un
    temps glacial le plaisir qu’on goûte est de se sentir séparé du dehors
    (comme l’hirondelle de mer qui a son nid au fond d’un souterrain dans
    la chaleur de la terre), et où, le feu étant entretenu toute la nuit
    dans la cheminée, on dort dans un grand manteau d’air chaud et fumeux,
    traversé des lueurs des tisons qui se rallument, sorte d’impalpable
    alcôve, de chaude caverne creusée au sein de la chambre même, zone
    ardente et mobile en ses contours thermiques, aérée de souffles qui
    nous rafraîchissent la figure et viennent des angles, des parties
    voisines de la fenêtre ou éloignées du foyer et qui se sont
    refroidies;--chambres d’été où l’on aime être uni à la nuit tiède, où
    le clair de lune appuyé aux volets entr’ouverts, jette jusqu’au pied
    du lit son échelle enchantée, où on
    dort presque en plein air, comme la mésange balancée par la brise à la
    pointe d’un rayon--; parfois la chambre Louis XVI, si gaie que même le
    premier soir je n’y avais pas été trop malheureux et où les
    colonnettes qui soutenaient légèrement le plafond s’écartaient avec
    tant de grâce pour montrer et réserver la place du lit; parfois au
    contraire celle, petite et si élevée de plafond, creusée en forme de
    pyramide dans la hauteur de deux étages et partiellement revêtue
    d’acajou, où dès la première seconde j’avais été intoxiqué moralement
    par l’odeur inconnue du vétiver, convaincu de l’hostilité des rideaux
    violets et de l’insolente indifférence de la pendule qui jacassait
    tout haut comme si je n’eusse pas été là;--où une étrange et
    impitoyable glace à pieds quadrangulaires, barrant obliquement un des
    angles de la pièce, se creusait à vif dans la douce plénitude de mon
    champ visuel accoutumé un emplacement qui n’y était pas prévu;--où ma
    pensée, s’efforçant pendant des heures de se disloquer, de s’étirer en
    hauteur pour prendre exactement la forme de la chambre et arriver à
    remplir jusqu’en haut son gigantesque entonnoir, avait souffert bien
    de dures nuits, tandis que j’étais étendu dans mon lit, les yeux
    levés, l’oreille anxieuse, la narine rétive, le cœur battant: jusqu’à
    ce que l’habitude eût changé la couleur des rideaux, fait taire la
    pendule, enseigné la pitié à la glace oblique et cruelle, dissimulé,
    sinon chassé complètement, l’odeur du vétiver et notablement diminué
    la hauteur apparente du plafond. L’habitude! aménageuse habile mais
    bien lente et qui commence par laisser souffrir notre esprit pendant
    des semaines dans une installation provisoire; mais que malgré tout il
    est bien heureux de trouver, car sans l’habitude et réduit à ses seuls
    moyens il serait impuissant à nous rendre un logis habitable.

    Certes, j’étais bien éveillé maintenant, mon corps avait viré une
    dernière fois et le bon ange de la certitude avait tout arrêté autour
    de moi, m’avait couché sous mes couvertures, dans ma chambre, et avait
    mis approximativement à leur place dans l’obscurité ma commode, mon
    bureau, ma cheminée, la fenêtre sur la rue et les deux portes. Mais
    j’avais beau savoir que je n’étais pas dans les demeures dont
    l’ignorance du réveil m’avait en un instant sinon présenté l’image
    distincte, du moins fait croire la présence possible, le branle était
    donné à ma mémoire; généralement je ne cherchais pas à me rendormir
    tout de suite; je passais la plus grande partie de la nuit à me
    rappeler notre vie d’autrefois, à Combray chez ma grand’tante, à
    Balbec, à Paris, à Doncières, à Venise, ailleurs encore, à me rappeler
    les lieux, les personnes que j’y avais connues, ce que j’avais vu
    d’elles, ce qu’on m’en avait raconté.

    A Combray, tous les jours dès la fin de l’après-midi, longtemps avant
    le moment où il faudrait me mettre au lit et rester, sans dormir, loin
    de ma mère et de ma grand’mère, ma chambre à coucher redevenait le
    point fixe et douloureux de mes préoccupations. On avait bien inventé,
    pour me distraire les soirs où on me trouvait l’air trop malheureux,
    de me donner une lanterne magique, dont, en attendant l’heure du
    dîner, on coiffait ma lampe; et, à l’instar des premiers architectes
    et maîtres verriers de l’âge gothique, elle substituait à l’opacité
    des murs d’impalpables irisations, de surnaturelles apparitions
    multicolores, où des légendes étaient dépeintes comme dans un vitrail
    vacillant et momentané. Mais ma tristesse n’en était qu’accrue, parce
    que rien que le changement d’éclairage détruisait l’habitude que
    j’avais de ma chambre et grâce à quoi, sauf le supplice du coucher,
    elle m’était devenue supportable. Maintenant je ne la reconnaissais
    plus et j’y étais inquiet, comme dans une chambre d’hôtel ou de
    «chalet», où je fusse arrivé pour la première fois en descendant de
    chemin de fer.

    Au pas saccadé de son cheval, Golo, plein d’un affreux dessein,
    sortait de la petite forêt triangulaire qui veloutait d’un vert sombre
    la pente d’une colline, et s’avançait en tressautant vers le château
    de la pauvre Geneviève de Brabant. Ce château était coupé selon une
    ligne courbe qui n’était autre que la limite d’un des ovales de verre
    ménagés dans le châssis qu’on glissait entre les coulisses de la
    lanterne. Ce n’était qu’un pan de château et il avait devant lui une
    lande où rêvait Geneviève qui portait une ceinture bleue. Le château
    et la lande étaient jaunes et je n’avais pas attendu de les voir pour
    connaître leur couleur car, avant les verres du châssis, la sonorité
    mordorée du nom de Brabant me l’avait montrée avec évidence. Golo
    s’arrêtait un instant pour écouter avec tristesse le boniment lu à
    haute voix par ma grand’tante et qu’il avait l’air de comprendre
    parfaitement, conformant son attitude avec une docilité qui n’excluait
    pas une certaine majesté, aux indications du texte; puis il
    s’éloignait du même pas saccadé. Et rien ne pouvait arrêter sa lente
    chevauchée. Si on bougeait la lanterne, je distinguais le cheval de
    Golo qui continuait à s’avancer sur les rideaux de la fenêtre, se
    bombant de leurs plis, descendant dans leurs fentes. Le corps de Golo
    lui-même, d’une essence aussi surnaturelle que celui de sa monture,
    s’arrangeait de tout obstacle matériel, de tout objet gênant qu’il
    rencontrait en le prenant comme ossature et en se le rendant
    intérieur, fût-ce le bouton de la porte sur lequel s’adaptait aussitôt
    et surnageait invinciblement sa robe rouge ou sa figure pâle toujours
    aussi noble et aussi mélancolique, mais qui ne laissait paraître aucun
    trouble de cette transvertébration.

    Certes je leur trouvais du charme à ces brillantes projections qui
    semblaient émaner d’un passé mérovingien et promenaient autour de moi
    des reflets d’histoire si anciens. Mais je ne peux dire quel malaise
    me causait pourtant cette intrusion du mystère et de la beauté dans
    une chambre que j’avais fini par remplir de mon moi au point de ne pas
    faire plus attention à elle qu’à lui-même. L’influence anesthésiante
    de l’habitude ayant cessé, je me mettais à penser, à sentir, choses si
    tristes. Ce bouton de la porte de ma chambre, qui différait pour moi
    de tous les autres boutons de porte du monde en ceci qu’il semblait
    ouvrir tout seul, sans que j’eusse besoin de le tourner, tant le
    maniement m’en était devenu inconscient, le voilà qui servait
    maintenant de corps astral à Golo. Et dès qu’on sonnait le dîner,
    j’avais hâte de courir à la salle à manger, où la grosse lampe de la
    suspension, ignorante de Golo et de Barbe-Bleue, et qui connaissait
    mes parents et le bœuf à la casserole, donnait sa lumière de tous les
    soirs; et de tomber dans les bras de maman que les malheurs de
    Geneviève de Brabant me rendaient plus chère, tandis que les crimes de
    Golo me faisaient examiner ma propre conscience avec plus de
    scrupules.

    Après le dîner, hélas, j’étais bientôt obligé de quitter maman qui
    restait à causer avec les autres, au jardin s’il faisait beau, dans le
    petit salon où tout le monde se retirait s’il faisait mauvais. Tout le
    monde, sauf ma grand’mère qui trouvait que «c’est une pitié de rester
    enfermé à la campagne» et qui avait d’incessantes discussions avec mon
    père, les jours de trop grande pluie, parce qu’il m’envoyait lire dans
    ma chambre au lieu de rester dehors. «Ce n’est pas comme cela que vous
    le rendrez robuste et énergique, disait-elle tristement, surtout ce
    petit qui a tant besoin de prendre des forces et de la volonté.» Mon
    père haussait les épaules et il examinait le baromètre, car il aimait
    la météorologie, pendant que ma mère, évitant de faire du bruit pour
    ne pas le troubler, le regardait avec un respect attendri, mais pas
    trop fixement pour ne pas chercher à percer le mystère de ses
    supériorités. Mais ma grand’mère, elle, par tous les temps, même quand
    la pluie faisait rage et que Françoise avait précipitamment rentré les
    précieux fauteuils d’osier de peur qu’ils ne fussent mouillés, on la
    voyait dans le jardin vide et fouetté par l’averse, relevant ses
    mèches désordonnées et grises pour que son front s’imbibât mieux de la
    salubrité du vent et de la pluie. Elle disait: «Enfin, on respire!» et
    parcourait les allées détrempées,--trop symétriquement alignées à son
    gré par le nouveau jardinier dépourvu du sentiment de la nature et
    auquel mon père avait demandé depuis le matin si le temps
    s’arrangerait,--de son petit pas enthousiaste et saccadé, réglé sur les
    mouvements divers qu’excitaient dans son âme l’ivresse de l’orage, la
    puissance de l’hygiène, la stupidité de mon éducation et la symétrie
    des jardins, plutôt que sur le désir inconnu d’elle d’éviter à sa jupe
    prune les taches de boue sous lesquelles elle disparaissait jusqu’à
    une hauteur qui était toujours pour sa femme de chambre un désespoir
    et un problème.

    Quand ces tours de jardin de ma grand’mère avaient lieu après dîner,
    une chose avait le pouvoir de la faire rentrer: c’était, à un des
    moments où la révolution de sa promenade la ramenait périodiquement,
    comme un insecte, en face des lumières du petit salon où les liqueurs
    étaient servies sur la table à jeu,--si ma grand’tante lui criait:
    «Bathilde! viens donc empêcher ton mari de boire du cognac!» Pour la
    taquiner, en effet (elle avait apporté dans la famille de mon père un
    esprit si différent que tout le monde la plaisantait et la
    tourmentait), comme les liqueurs étaient défendues à mon grand-père,
    ma grand’tante lui en faisait boire quelques gouttes. Ma pauvre
    grand’mère entrait, priait ardemment son mari de ne pas goûter au
    cognac; il se fâchait, buvait tout de même sa gorgée, et ma grand’mère
    repartait, triste, découragée, souriante pourtant, car elle était si
    humble de cœur et si douce que sa tendresse pour les autres et le peu
    de cas qu’elle faisait de sa propre personne et de ses souffrances, se
    conciliaient dans son regard en un sourire où, contrairement à ce
    qu’on voit dans le visage de beaucoup d’humains, il n’y avait
    d’ironie que pour elle-même, et pour nous tous comme un baiser de ses
    yeux qui ne pouvaient voir ceux qu’elle chérissait sans les caresser
    passionnément du regard. Ce supplice que lui infligeait ma
    grand’tante, le spectacle des vaines prières de ma grand’mère et de sa
    faiblesse, vaincue d’avance, essayant inutilement d’ôter à mon
    grand-père le verre à liqueur, c’était de ces choses à la vue
    desquelles on s’habitue plus tard jusqu’à les considérer en riant et à
    prendre le parti du persécuteur assez résolument et gaiement pour se
    persuader à soi-même qu’il ne s’agit pas de persécution; elles me
    causaient alors une telle horreur, que j’aurais aimé battre ma
    grand’tante. Mais dès que j’entendais: «Bathilde, viens donc empêcher
    ton mari de boire du cognac!» déjà homme par la lâcheté, je faisais ce
    que nous faisons tous, une fois que nous sommes grands, quand il y a
    devant nous des souffrances et des injustices: je ne voulais pas les
    voir; je montais sangloter tout en haut de la maison à côté de la
    salle d’études, sous les toits, dans une petite pièce sentant l’iris,
    et que parfumait aussi un cassis sauvage poussé au dehors entre les
    pierres de la muraille et qui passait une branche de fleurs par la
    fenêtre entr’ouverte. Destinée à un usage plus spécial et plus
    vulgaire, cette pièce, d’où l’on voyait pendant le jour jusqu’au
    donjon de Roussainville-le-Pin, servit longtemps de refuge pour moi,
    sans doute parce qu’elle était la seule qu’il me fût permis de fermer
    à clef, à toutes celles de mes occupations qui réclamaient une
    inviolable solitude: la lecture, la rêverie, les larmes et la volupté.
    Hélas! je ne savais pas que, bien plus tristement que les petits
    écarts de régime de son mari, mon manque de volonté, ma santé
    délicate, l’incertitude qu’ils projetaient sur mon avenir,
    préoccupaient ma grand’mère, au cours de ces déambulations
    incessantes, de l’après-midi et du soir, où on voyait passer et
    repasser, obliquement levé vers le ciel, son beau visage aux joues
    brunes et sillonnées, devenues au retour de l’âge presque mauves comme
    les labours à l’automne, barrées, si elle sortait, par une voilette à
    demi relevée, et sur lesquelles, amené là par le froid ou quelque
    triste pensée, était toujours en train de sécher un pleur
    involontaire.

    Ma seule consolation, quand je montais me coucher, était que maman
    viendrait m’embrasser quand je serais dans mon lit. Mais ce bonsoir
    durait si peu de temps, elle redescendait si vite, que le moment où je
    l’entendais monter, puis où passait dans le couloir à double porte le
    bruit léger de sa robe de jardin en mousseline bleue, à laquelle
    pendaient de petits cordons de paille tressée, était pour moi un
    moment douloureux. Il annonçait celui qui allait le suivre, où elle
    m’aurait quitté, où elle serait redescendue. De sorte que ce bonsoir
    que j’aimais tant, j’en arrivais à souhaiter qu’il vînt le plus tard
    possible, à ce que se prolongeât le temps de répit où maman n’était
    pas encore venue. Quelquefois quand, après m’avoir embrassé, elle
    ouvrait la porte pour partir, je voulais la rappeler, lui dire
    «embrasse-moi une fois encore», mais je savais qu’aussitôt elle aurait
    son visage fâché, car la concession qu’elle faisait à ma tristesse et
    à mon agitation en montant m’embrasser, en m’apportant ce baiser de
    paix, agaçait mon père qui trouvait ces rites absurdes, et elle eût
    voulu tâcher de m’en faire perdre le besoin, l’habitude, bien loin de
    me laisser prendre celle de lui demander, quand elle était déjà sur le
    pas de la porte, un baiser de plus. Or la voir fâchée détruisait tout
    le calme qu’elle m’avait apporté un instant avant, quand elle avait
    penché vers mon lit sa figure aimante, et me l’avait tendue comme une
    hostie pour une communion de paix où mes lèvres puiseraient sa
    présence réelle et le pouvoir de m’endormir. Mais ces soirs-là, où
    maman en somme restait si peu de temps dans ma chambre, étaient doux
    encore en comparaison de ceux où il y avait du monde à dîner et où, à
    cause de cela, elle ne montait pas me dire bonsoir. Le monde se
    bornait habituellement à M. Swann, qui, en dehors de quelques
    étrangers de passage, était à peu près la seule personne qui vînt chez
    nous à Combray, quelquefois pour dîner en voisin (plus rarement depuis
    qu’il avait fait ce mauvais mariage, parce que mes parents ne
    voulaient pas recevoir sa femme), quelquefois après le dîner, à
    l’improviste. Les soirs où, assis devant la maison sous le grand
    marronnier, autour de la table de fer, nous entendions au bout du
    jardin, non pas le grelot profus et criard qui arrosait, qui
    étourdissait au passage de son bruit ferrugineux, intarissable et
    glacé, toute personne de la maison qui le déclenchait en entrant «sans
    sonner», mais le double tintement timide, ovale et doré de la
    clochette pour les étrangers, tout le monde aussitôt se demandait:
    «Une visite, qui cela peut-il être?» mais on savait bien que cela ne
    pouvait être que M. Swann; ma grand’tante parlant à haute voix, pour
    prêcher d’exemple, sur un ton qu’elle s’efforçait de rendre naturel,
    disait de ne pas chuchoter ainsi; que rien n’est plus désobligeant
    pour une personne qui arrive et à qui cela fait croire qu’on est en
    train de dire des choses qu’elle ne doit pas entendre; et on envoyait
    en éclaireur ma grand’mère, toujours heureuse d’avoir un prétexte pour
    faire un tour de jardin de plus, et qui en profitait pour arracher
    subrepticement au passage quelques tuteurs de rosiers afin de rendre
    aux roses un peu de naturel, comme une mère qui, pour les faire
    bouffer, passe la main dans les cheveux de son fils que le coiffeur a
    trop aplatis.

    Nous restions tous suspendus aux nouvelles que ma grand’mère allait
    nous apporter de l’ennemi, comme si on eût pu hésiter entre un grand
    nombre possible d’assaillants, et bientôt après mon grand-père disait:
    «Je reconnais la voix de Swann.» On ne le reconnaissait en effet qu’à
    la voix, on distinguait mal son visage au nez busqué, aux yeux verts,
    sous un haut front entouré de cheveux blonds presque roux, coiffés à
    la Bressant, parce que nous gardions le moins de lumière possible au
    jardin pour ne pas attirer les moustiques et j’allais, sans en avoir
    l’air, dire qu’on apportât les sirops; ma grand’mère attachait
    beaucoup d’importance, trouvant cela plus aimable, à ce qu’ils
    n’eussent pas l’air de figurer d’une façon exceptionnelle, et pour les
    visites seulement. M. Swann, quoique beaucoup plus jeune que lui,
    était très lié avec mon grand-père qui avait été un des meilleurs amis
    de son père, homme excellent mais singulier, chez qui, paraît-il, un
    rien suffisait parfois pour interrompre les élans du cœur, changer le
    cours de la pensée. J’entendais plusieurs fois par an mon grand-père
    raconter à table des anecdotes toujours les mêmes sur l’attitude
    qu’avait eue M. Swann le père, à la mort de sa femme qu’il avait
    veillée jour et nuit. Mon grand-père qui ne l’avait pas vu depuis
    longtemps était accouru auprès de lui dans la propriété que les Swann
    possédaient aux environs de Combray, et avait réussi, pour qu’il
    n’assistât pas à la mise en bière, à lui faire quitter un moment, tout
    en pleurs, la chambre mortuaire. Ils firent quelques pas dans le parc
    où il y avait un peu de soleil. Tout d’un coup, M. Swann prenant mon
    grand-père par le bras, s’était écrié: «Ah! mon vieil ami, quel
    bonheur de se promener ensemble par ce beau temps. Vous ne trouvez pas
    ça joli tous ces arbres, ces aubépines et mon étang dont vous ne
    m’avez jamais félicité? Vous avez l’air comme un bonnet de nuit.
    Sentez-vous ce petit vent? Ah! on a beau dire, la vie a du bon tout de
    même, mon cher Amédée!» Brusquement le souvenir de sa femme morte lui
    revint, et trouvant sans doute trop compliqué de chercher comment il
    avait pu à un pareil moment se laisser aller à un mouvement de joie,
    il se contenta, par un geste qui lui était familier chaque fois qu’une
    question ardue se présentait à son esprit, de passer la main sur son
    front, d’essuyer ses yeux et les verres de son lorgnon. Il ne put
    pourtant pas se consoler de la mort de sa femme, mais pendant les deux
    années qu’il lui survécut, il disait à mon grand-père: «C’est drôle,
    je pense très souvent à ma pauvre femme, mais je ne peux y penser
    beaucoup à la fois.» «Souvent, mais peu à la fois, comme le pauvre
    père Swann», était devenu une des phrases favorites de mon grand-père
    qui la prononçait à propos des choses les plus différentes. Il
    m’aurait paru que ce père de Swann était un monstre, si mon grand-père
    que je considérais comme meilleur juge et dont la sentence faisant
    jurisprudence pour moi, m’a souvent servi dans la suite à absoudre des
    fautes que j’aurais été enclin à condamner, ne s’était récrié: «Mais
    comment? c’était un cœur d’or!»

    Pendant bien des années, où pourtant, surtout avant son mariage, M.
    Swann, le fils, vint souvent les voir à Combray, ma grand’tante et mes
    grands-parents ne soupçonnèrent pas qu’il ne vivait plus du tout dans
    la société qu’avait fréquentée sa famille et que sous l’espèce
    d’incognito que lui faisait chez nous ce nom de Swann, ils
    hébergeaient,--avec la parfaite innocence d’honnêtes hôteliers qui ont
    chez eux, sans le savoir, un célèbre brigand,--un des membres les plus
    élégants du Jockey-Club, ami préféré du comte de Paris et du prince de
    Galles, un des hommes les plus choyés de la haute société du faubourg
    Saint-Germain.

    L’ignorance où nous étions de cette brillante vie mondaine que menait
    Swann tenait évidemment en partie à la réserve et à la discrétion de
    son caractère, mais aussi à ce que les bourgeois d’alors se faisaient
    de la société une idée un peu hindoue et la considéraient comme
    composée de castes fermées où chacun, dès sa naissance, se trouvait
    placé dans le rang qu’occupaient ses parents, et d’où rien, à moins
    des hasards d’une carrière exceptionnelle ou d’un mariage inespéré, ne
    pouvait vous tirer pour vous faire pénétrer dans une caste supérieure.
    M. Swann, le père, était agent de change; le «fils Swann» se trouvait
    faire partie pour toute sa vie d’une caste où les fortunes, comme dans
    une catégorie de contribuables, variaient entre tel et tel revenu. On
    savait quelles avaient été les fréquentations de son père, on savait
    donc quelles étaient les siennes, avec quelles personnes il était «en
    situation» de frayer. S’il en connaissait d’autres, c’étaient
    relations de jeune homme sur lesquelles des amis anciens de sa
    famille, comme étaient mes parents, fermaient d’autant plus
    bienveillamment les yeux qu’il continuait, depuis qu’il était
    orphelin, à venir très fidèlement nous voir; mais il y avait fort à
    parier que ces gens inconnus de nous qu’il voyait, étaient de ceux
    qu’il n’aurait pas osé saluer si, étant avec nous, il les avait
    rencontrés. Si l’on avait voulu à toute force appliquer à Swann un
    coefficient social qui lui fût personnel, entre les autres fils
    d’agents de situation égale à celle de ses parents, ce coefficient eût
    été pour lui un peu inférieur parce que, très simple de façon et ayant
    toujours eu une «toquade» d’objets anciens et de peinture, il
    demeurait maintenant dans un vieil hôtel où il entassait ses
    collections et que ma grand’mère rêvait de visiter, mais qui était
    situé quai d’Orléans, quartier que ma grand’tante trouvait infamant
    d’habiter. «Êtes-vous seulement connaisseur? je vous demande cela dans
    votre intérêt, parce que vous devez vous faire repasser des croûtes
    par les marchands», lui disait ma grand’tante; elle ne lui supposait
    en effet aucune compétence et n’avait pas haute idée même au point de
    vue intellectuel d’un homme qui dans la conversation évitait les
    sujets sérieux et montrait une précision fort prosaïque non seulement
    quand il nous donnait, en entrant dans les moindres détails, des
    recettes de cuisine, mais même quand les sœurs de ma grand’mère
    parlaient de sujets artistiques. Provoqué par elles à donner son avis,
    à exprimer son admiration pour un tableau, il gardait un silence
    presque désobligeant et se rattrapait en revanche s’il pouvait fournir
    sur le musée où il se trouvait, sur la date où il avait été peint, un
    renseignement matériel. Mais d’habitude il se contentait de chercher à
    nous amuser en racontant chaque fois une histoire nouvelle qui venait
    de lui arriver avec des gens choisis parmi ceux que nous connaissions,
    avec le pharmacien de Combray, avec notre cuisinière, avec notre
    cocher. Certes ces récits faisaient rire ma grand’tante, mais sans
    qu’elle distinguât bien si c’était à cause du rôle ridicule que s’y
    donnait toujours Swann ou de l’esprit qu’il mettait à les conter: «On
    peut dire que vous êtes un vrai type, monsieur Swann!» Comme elle
    était la seule personne un peu vulgaire de notre famille, elle avait
    soin de faire remarquer aux étrangers, quand on parlait de Swann,
    qu’il aurait pu, s’il avait voulu, habiter boulevard Haussmann ou
    avenue de l’Opéra, qu’il était le fils de M. Swann qui avait dû lui
    laisser quatre ou cinq millions, mais que c’était sa fantaisie.
    Fantaisie qu’elle jugeait du reste devoir être si divertissante pour
    les autres, qu’à Paris, quand M. Swann venait le 1er janvier lui
    apporter son sac de marrons glacés, elle ne manquait pas, s’il y avait
    du monde, de lui dire: «Eh bien! M. Swann, vous habitez toujours près
    de l’Entrepôt des vins, pour être sûr de ne pas manquer le train quand
    vous prenez le chemin de Lyon?» Et elle regardait du coin de l’œil,
    par-dessus son lorgnon, les autres visiteurs.

    Mais si l’on avait dit à ma grand’mère que ce Swann qui, en tant que
    fils Swann était parfaitement «qualifié» pour être reçu par toute la
    «belle bourgeoisie», par les notaires ou les avoués les plus estimés
    de Paris (privilège qu’il semblait laisser tomber un peu en
    quenouille), avait, comme en cachette, une vie toute différente; qu’en
    sortant de chez nous, à Paris, après nous avoir dit qu’il rentrait se
    coucher, il rebroussait chemin à peine la rue tournée et se rendait
    dans tel salon que jamais l’œil d’aucun agent ou associé d’agent ne
    contempla, cela eût paru aussi extraordinaire à ma tante qu’aurait pu
    l’être pour une dame plus lettrée la pensée d’être personnellement
    liée avec Aristée dont elle aurait compris qu’il allait, après avoir
    causé avec elle, plonger au sein des royaumes de Thétis, dans un
    empire soustrait aux yeux des mortels et où Virgile nous le montre
    reçu à bras ouverts; ou, pour s’en tenir à une image qui avait plus de
    chance de lui venir à l’esprit, car elle l’avait vue peinte sur nos
    assiettes à petits fours de Combray--d’avoir eu à dîner Ali-Baba,
    lequel quand il se saura seul, pénétrera dans la caverne, éblouissante
    de trésors insoupçonnés.

    Un jour qu’il était venu nous voir à Paris après dîner en s’excusant
    d’être en habit, Françoise ayant, après son départ, dit tenir du
    cocher qu’il avait dîné «chez une princesse»,--«Oui, chez une princesse
    du demi-monde!» avait répondu ma tante en haussant les épaules sans
    lever les yeux de sur son tricot, avec une ironie sereine.

    Aussi, ma grand’tante en usait-elle cavalièrement avec lui. Comme elle
    croyait qu’il devait être flatté par nos invitations, elle trouvait
    tout naturel qu’il ne vînt pas nous voir l’été sans avoir à la main un
    panier de pêches ou de framboises de son jardin et que de chacun de
    ses voyages d’Italie il m’eût rapporté des photographies de
    chefs-d’œuvre.

    On ne se gênait guère pour l’envoyer quérir dès qu’on avait besoin
    d’une recette de sauce gribiche ou de salade à l’ananas pour des
    grands dîners où on ne l’invitait pas, ne lui trouvant pas un prestige
    suffisant pour qu’on pût le servir à des étrangers qui venaient pour
    la première fois. Si la conversation tombait sur les princes de la
    Maison de France: «des gens que nous ne connaîtrons jamais ni vous ni
    moi et nous nous en passons, n’est-ce pas», disait ma grand’tante à
    Swann qui avait peut-être dans sa poche une lettre de Twickenham; elle
    lui faisait pousser le piano et tourner les pages les soirs où la sœur
    de ma grand’mère chantait, ayant pour manier cet être ailleurs si
    recherché, la naïve brusquerie d’un enfant qui joue avec un bibelot de
    collection sans plus de précautions qu’avec un objet bon marché. Sans
    doute le Swann que connurent à la même époque tant de clubmen était
    bien différent de celui que créait ma grand’tante, quand le soir, dans
    le petit jardin de Combray, après qu’avaient retenti les deux coups
    hésitants de la clochette, elle injectait et vivifiait de tout ce
    qu’elle savait sur la famille Swann, l’obscur et incertain personnage
    qui se détachait, suivi de ma grand’mère, sur un fond de ténèbres, et
    qu’on reconnaissait à la voix. Mais même au point de vue des plus
    insignifiantes choses de la vie, nous ne sommes pas un tout
    matériellement constitué, identique pour tout le monde et dont chacun
    n’a qu’à aller prendre connaissance comme d’un cahier des charges ou
    d’un testament; notre personnalité sociale est une création de la
    pensée des autres. Même l’acte si simple que nous appelons «voir une
    personne que nous connaissons» est en partie un acte intellectuel.
    Nous remplissons l’apparence physique de l’être que nous voyons, de
    toutes les notions que nous avons sur lui et dans l’aspect total que
    nous nous représentons, ces notions ont certainement la plus grande
    part. Elles finissent par gonfler si parfaitement les joues, par
    suivre en une adhérence si exacte la ligne du nez, elles se mêlent si
    bien de nuancer la sonorité de la voix comme si celle-ci n’était
    qu’une transparente enveloppe, que chaque fois que nous voyons ce
    visage et que nous entendons cette voix, ce sont ces notions que nous
    retrouvons, que nous écoutons. Sans doute, dans le Swann qu’ils
    s’étaient constitué, mes parents avaient omis par ignorance de faire
    entrer une foule de particularités de sa vie mondaine qui étaient
    cause que d’autres personnes, quand elles étaient en sa présence,
    voyaient les élégances régner dans son visage et s’arrêter à son nez
    busqué comme à leur frontière naturelle; mais aussi ils avaient pu
    entasser dans ce visage désaffecté de son prestige, vacant et
    spacieux, au fond de ces yeux dépréciés, le vague et doux
    résidu,--mi-mémoire, mi-oubli,--des heures oisives passées ensemble
    après nos dîners hebdomadaires, autour de la table de jeu ou au
    jardin, durant notre vie de bon voisinage campagnard. L’enveloppe
    corporelle de notre ami en avait été si bien bourrée, ainsi que de
    quelques souvenirs relatifs à ses parents, que ce Swann-là était
    devenu un être complet et vivant, et que j’ai l’impression de quitter
    une personne pour aller vers une autre qui en est distincte, quand,
    dans ma mémoire, du Swann que j’ai connu plus tard avec exactitude je
    passe à ce premier Swann,--à ce premier Swann dans lequel je retrouve
    les erreurs charmantes de ma jeunesse, et qui d’ailleurs ressemble
    moins à l’autre qu’aux personnes que j’ai connues à la même époque,
    comme s’il en était de notre vie ainsi que d’un musée où tous les
    portraits d’un même temps ont un air de famille, une même tonalité--à
    ce premier Swann rempli de loisir, parfumé par l’odeur du grand
    marronnier, des paniers de framboises et d’un brin d’estragon.

    Pourtant un jour que ma grand’mère était allée demander un service à
    une dame qu’elle avait connue au Sacré-Cœur (et avec laquelle, à cause
    de notre conception des castes elle n’avait pas voulu rester en
    relations malgré une sympathie réciproque), la marquise de
    Villeparisis, de la célèbre famille de Bouillon, celle-ci lui avait
    dit: «Je crois que vous connaissez beaucoup M. Swann qui est un grand
    ami de mes neveux des Laumes». Ma grand’mère était revenue de sa
    visite enthousiasmée par la maison qui donnait sur des jardins et où
    Mme de Villeparisis lui conseillait de louer, et aussi par un giletier
    et sa fille, qui avaient leur boutique dans la cour et chez qui elle
    était entrée demander qu’on fît un point à sa jupe qu’elle avait
    déchirée dans l’escalier. Ma grand’mère avait trouvé ces gens
    parfaits, elle déclarait que la petite était une perle et que le
    giletier était l’homme le plus distingué, le mieux qu’elle eût jamais
    vu. Car pour elle, la distinction était quelque chose d’absolument
    indépendant du rang social. Elle s’extasiait sur une réponse que le
    giletier lui avait faite, disant à maman: «Sévigné n’aurait pas mieux
    dit!» et en revanche, d’un neveu de Mme de Villeparisis qu’elle avait
    rencontré chez elle: «Ah! ma fille, comme il est commun!»

    Or le propos relatif à Swann avait eu pour effet non pas de relever
    celui-ci dans l’esprit de ma grand’tante, mais d’y abaisser Mme de
    Villeparisis. Il semblait que la considération que, sur la foi de ma
    grand’mère, nous accordions à Mme de Villeparisis, lui créât un devoir
    de ne rien faire qui l’en rendît moins digne et auquel elle avait
    manqué en apprenant l’existence de Swann, en permettant à des parents
    à elle de le fréquenter. «Comment elle connaît Swann? Pour une
    personne que tu prétendais parente du maréchal de Mac-Mahon!» Cette
    opinion de mes parents sur les relations de Swann leur parut ensuite
    confirmée par son mariage avec une femme de la pire société, presque
    une cocotte que, d’ailleurs, il ne chercha jamais à présenter,
    continuant à venir seul chez nous, quoique de moins en moins, mais
    d’après laquelle ils crurent pouvoir juger--supposant que c’était là
    qu’il l’avait prise--le milieu, inconnu d’eux, qu’il fréquentait
    habituellement.

    Mais une fois, mon grand-père lut dans un journal que M. Swann était
    un des plus fidèles habitués des déjeuners du dimanche chez le duc de
    X..., dont le père et l’oncle avaient été les hommes d’État les plus
    en vue du règne de Louis-Philippe. Or mon grand-père était curieux de
    tous les petits faits qui pouvaient l’aider à entrer par la pensée
    dans la vie privée d’hommes comme Molé, comme le duc Pasquier, comme
    le duc de Broglie. Il fut enchanté d’apprendre que Swann fréquentait
    des gens qui les avaient connus. Ma grand’tante au contraire
    interpréta cette nouvelle dans un sens défavorable à Swann: quelqu’un
    qui choisissait ses fréquentations en dehors de la caste où il était
    né, en dehors de sa «classe» sociale, subissait à ses yeux un fâcheux
    déclassement. Il lui semblait qu’on renonçât d’un coup au fruit de
    toutes les belles relations avec des gens bien posés, qu’avaient
    honorablement entretenues et engrangées pour leurs enfants les
    familles prévoyantes; (ma grand’tante avait même cessé de voir le fils
    d’un notaire de nos amis parce qu’il avait épousé une altesse et était
    par là descendu pour elle du rang respecté de fils de notaire à celui
    d’un de ces aventuriers, anciens valets de chambre ou garçons
    d’écurie, pour qui on raconte que les reines eurent parfois des
    bontés). Elle blâma le projet qu’avait mon grand-père d’interroger
    Swann, le soir prochain où il devait venir dîner, sur ces amis que
    nous lui découvrions. D’autre part les deux sœurs de ma grand’mère,
    vieilles filles qui avaient sa noble nature mais non son esprit,
    déclarèrent ne pas comprendre le plaisir que leur beau-frère pouvait
    trouver à parler de niaiseries pareilles. C’étaient des personnes
    d’aspirations élevées et qui à cause de cela même étaient incapables
    de s’intéresser à ce qu’on appelle un potin, eût-il même un intérêt
    historique, et d’une façon générale à tout ce qui ne se rattachait pas
    directement à un objet esthétique ou vertueux. Le désintéressement de
    leur pensée était tel, à l’égard de tout ce qui, de près ou de loin
    semblait se rattacher à la vie mondaine, que leur sens auditif,--ayant
    fini par comprendre son inutilité momentanée dès qu’à dîner la
    conversation prenait un ton frivole ou seulement terre à terre sans
    que ces deux vieilles demoiselles aient pu la ramener aux sujets qui
    leur étaient chers,--mettait alors au repos ses organes récepteurs et
    leur laissait subir un véritable commencement d’atrophie. Si alors mon
    grand-père avait besoin d’attirer l’attention des deux sœurs, il
    fallait qu’il eût recours à ces avertissements physiques dont usent
    les médecins aliénistes à l’égard de certains maniaques de la
    distraction: coups frappés à plusieurs reprises sur un verre avec la
    lame d’un couteau, coïncidant avec une brusque interpellation de la
    voix et du regard, moyens violents que ces psychiatres transportent
    souvent dans les rapports courants avec des gens bien portants, soit
    par habitude professionnelle, soit qu’ils croient tout le monde un peu
    fou.

    Elles furent plus intéressées quand la veille du jour où Swann devait
    venir dîner, et leur avait personnellement envoyé une caisse de vin
    d’Asti, ma tante, tenant un numéro du Figaro où à côté du nom d’un
    tableau qui était à une Exposition de Corot, il y avait ces mots: «de
    la collection de M. Charles Swann», nous dit: «Vous avez vu que Swann
    a «les honneurs» du Figaro?»--«Mais je vous ai toujours dit qu’il avait
    beaucoup de goût», dit ma grand’mère. «Naturellement toi, du moment
    qu’il s’agit d’être d’un autre avis que nous», répondit ma grand’tante
    qui, sachant que ma grand’mère n’était jamais du même avis qu’elle, et
    n’étant bien sûre que ce fût à elle-même que nous donnions toujours
    raison, voulait nous arracher une condamnation en bloc des opinions de
    ma grand’mère contre lesquelles elle tâchait de nous solidariser de
    force avec les siennes. Mais nous restâmes silencieux. Les sœurs de ma
    grand’mère ayant manifesté l’intention de parler à Swann de ce mot du
    Figaro, ma grand’tante le leur déconseilla. Chaque fois qu’elle voyait
    aux autres un avantage si petit fût-il qu’elle n’avait pas, elle se
    persuadait que c’était non un avantage mais un mal et elle les
    plaignait pour ne pas avoir à les envier. «Je crois que vous ne lui
    feriez pas plaisir; moi je sais bien que cela me serait très
    désagréable de voir mon nom imprimé tout vif comme cela dans le
    journal, et je ne serais pas flattée du tout qu’on m’en parlât.» Elle
    ne s’entêta pas d’ailleurs à persuader les sœurs de ma grand’mère; car
    celles-ci par horreur de la vulgarité poussaient si loin l’art de
    dissimuler sous des périphrases ingénieuses une allusion personnelle
    qu’elle passait souvent inaperçue de celui même à qui elle
    s’adressait. Quant à ma mère elle ne pensait qu’à tâcher d’obtenir de
    mon père qu’il consentît à parler à Swann non de sa femme mais de sa
    fille qu’il adorait et à cause de laquelle disait-on il avait fini par
    faire ce mariage. «Tu pourrais ne lui dire qu’un mot, lui demander
    comment elle va. Cela doit être si cruel pour lui.» Mais mon père se
    fâchait: «Mais non! tu as des idées absurdes. Ce serait ridicule.»

    Mais le seul d’entre nous pour qui la venue de Swann devint l’objet
    d’une préoccupation douloureuse, ce fut moi. C’est que les soirs où
    des étrangers, ou seulement M. Swann, étaient là, maman ne montait pas
    dans ma chambre. Je ne dînais pas à table, je venais après dîner au
    jardin, et à neuf heures je disais bonsoir et allais me coucher. Je
    dînais avant tout le monde et je venais ensuite m’asseoir à table,
    jusqu’à huit heures où il était convenu que je devais monter; ce
    baiser précieux et fragile que maman me confiait d’habitude dans mon
    lit au moment de m’endormir il me fallait le transporter de la salle à
    manger dans ma chambre et le garder pendant tout le temps que je me
    déshabillais, sans que se brisât sa douceur, sans que se répandît et
    s’évaporât sa vertu volatile et, justement ces soirs-là où j’aurais eu
    besoin de le recevoir avec plus de précaution, il fallait que je le
    prisse, que je le dérobasse brusquement, publiquement, sans même avoir
    le temps et la liberté d’esprit nécessaires pour porter à ce que je
    faisais cette attention des maniaques qui s’efforcent de ne pas penser
    à autre chose pendant qu’ils ferment une porte, pour pouvoir, quand
    l’incertitude maladive leur revient, lui opposer victorieusement le
    souvenir du moment où ils l’ont fermée. Nous étions tous au jardin
    quand retentirent les deux coups hésitants de la clochette. On savait
    que c’était Swann; néanmoins tout le monde se regarda d’un air
    interrogateur et on envoya ma grand’mère en reconnaissance. «Pensez à
    le remercier intelligiblement de son vin, vous savez qu’il est
    délicieux et la caisse est énorme, recommanda mon grand-père à ses
    deux belles-sœurs.» «Ne commencez pas à chuchoter, dit ma grand’tante.
    Comme c’est confortable d’arriver dans une maison où tout le monde
    parle bas.» «Ah! voilà M. Swann. Nous allons lui demander s’il croit
    qu’il fera beau demain», dit mon père. Ma mère pensait qu’un mot
    d’elle effacerait toute la peine que dans notre famille on avait pu
    faire à Swann depuis son mariage. Elle trouva le moyen de l’emmener un
    peu à l’écart. Mais je la suivis; je ne pouvais me décider à la
    quitter d’un pas en pensant que tout à l’heure il faudrait que je la
    laisse dans la salle à manger et que je remonte dans ma chambre sans
    avoir comme les autres soirs la consolation qu’elle vînt m’embrasser.
    «Voyons, monsieur Swann, lui dit-elle, parlez-moi un peu de votre
    fille; je suis sûre qu’elle a déjà le goût des belles œuvres comme son
    papa.» «Mais venez donc vous asseoir avec nous tous sous la véranda»,
    dit mon grand-père en s’approchant. Ma mère fut obligée de
    s’interrompre, mais elle tira de cette contrainte même une pensée
    délicate de plus, comme les bons poètes que la tyrannie de la rime
    force à trouver leurs plus grandes beautés: «Nous reparlerons d’elle
    quand nous serons tous les deux, dit-elle à mi-voix à Swann. Il n’y a
    qu’une maman qui soit digne de vous comprendre. Je suis sûre que la
    sienne serait de mon avis.» Nous nous assîmes tous autour de la table
    de fer. J’aurais voulu ne pas penser aux heures d’angoisse que je
    passerais ce soir seul dans ma chambre sans pouvoir m’endormir; je
    tâchais de me persuader qu’elles n’avaient aucune importance, puisque
    je les aurais oubliées demain matin, de m’attacher à des idées
    d’avenir qui auraient dû me conduire comme sur un pont au delà de
    l’abîme prochain qui m’effrayait. Mais mon esprit tendu par ma
    préoccupation, rendu convexe comme le regard que je dardais sur ma
    mère, ne se laissait pénétrer par aucune impression étrangère. Les
    pensées entraient bien en lui, mais à condition de laisser dehors tout
    élément de beauté ou simplement de drôlerie qui m’eût touché ou
    distrait. Comme un malade, grâce à un anesthésique, assiste avec une
    pleine lucidité à l’opération qu’on pratique sur lui, mais sans rien
    sentir, je pouvais me réciter des vers que j’aimais ou observer les
    efforts que mon grand-père faisait pour parler à Swann du duc
    d’Audiffret-Pasquier, sans que les premiers me fissent éprouver aucune
    émotion, les seconds aucune gaîté. Ces efforts furent infructueux. A
    peine mon grand-père eut-il posé à Swann une question relative à cet
    orateur qu’une des sœurs de ma grand’mère aux oreilles de qui cette
    question résonna comme un silence profond mais intempestif et qu’il
    était poli de rompre, interpella l’autre: «Imagine-toi, Céline, que
    j’ai fait la connaissance d’une jeune institutrice suédoise qui m’a
    donné sur les coopératives dans les pays scandinaves des détails tout
    ce qu’il y a de plus intéressants. Il faudra qu’elle vienne dîner ici
    un soir.» «Je crois bien! répondit sa sœur Flora, mais je n’ai pas
    perdu mon temps non plus. J’ai rencontré chez M. Vinteuil un vieux
    savant qui connaît beaucoup Maubant, et à qui Maubant a expliqué dans
    le plus grand détail comment il s’y prend pour composer un rôle. C’est
    tout ce qu’il y a de plus intéressant. C’est un voisin de M. Vinteuil,
    je n’en savais rien; et il est très aimable.» «Il n’y a pas que M.
    Vinteuil qui ait des voisins aimables», s’écria ma tante Céline d’une
    voix que la timidité rendait forte et la préméditation, factice, tout
    en jetant sur Swann ce qu’elle appelait un regard significatif. En
    même temps ma tante Flora qui avait compris que cette phrase était le
    remerciement de Céline pour le vin d’Asti, regardait également Swann
    avec un air mêlé de congratulation et d’ironie, soit simplement pour
    souligner le trait d’esprit de sa sœur, soit qu’elle enviât Swann de
    l’avoir inspiré, soit qu’elle ne pût s’empêcher de se moquer de lui
    parce qu’elle le croyait sur la sellette. «Je crois qu’on pourra
    réussir à avoir ce monsieur à dîner, continua Flora; quand on le met
    sur Maubant ou sur Mme Materna, il parle des heures sans s’arrêter.»
    «Ce doit être délicieux», soupira mon grand-père dans l’esprit de qui
    la nature avait malheureusement aussi complètement omis d’inclure la
    possibilité de s’intéresser passionnément aux coopératives suédoises
    ou à la composition des rôles de Maubant, qu’elle avait oublié de
    fournir celui des sœurs de ma grand’mère du petit grain de sel qu’il
    faut ajouter soi-même pour y trouver quelque saveur, à un récit sur la
    vie intime de Molé ou du comte de Paris. «Tenez, dit Swann à mon
    grand-père, ce que je vais vous dire a plus de rapports que cela n’en
    a l’air avec ce que vous me demandiez, car sur certains points les
    choses n’ont pas énormément changé. Je relisais ce matin dans
    Saint-Simon quelque chose qui vous aurait amusé. C’est dans le volume
    sur son ambassade d’Espagne; ce n’est pas un des meilleurs, ce n’est
    guère qu’un journal, mais du moins un journal merveilleusement écrit,
    ce qui fait déjà une première différence avec les assommants journaux
    que nous nous croyons obligés de lire matin et soir.» «Je ne suis pas
    de votre avis, il y a des jours où la lecture des journaux me semble
    fort agréable...», interrompit ma tante Flora, pour montrer qu’elle
    avait lu la phrase sur le Corot de Swann dans le Figaro. «Quand ils
    parlent de choses ou de gens qui nous intéressent!» enchérit ma tante
    Céline. «Je ne dis pas non, répondit Swann étonné. Ce que je reproche
    aux journaux c’est de nous faire faire attention tous les jours à des
    choses insignifiantes tandis que nous lisons trois ou quatre fois dans
    notre vie les livres où il y a des choses essentielles. Du moment que
    nous déchirons fiévreusement chaque matin la bande du journal, alors
    on devrait changer les choses et mettre dans le journal, moi je ne
    sais pas, les... Pensées de Pascal! (il détacha ce mot d’un ton
    d’emphase ironique pour ne pas avoir l’air pédant). Et c’est dans le
    volume doré sur tranches que nous n’ouvrons qu’une fois tous les dix
    ans, ajouta-t-il en témoignant pour les choses mondaines ce dédain
    qu’affectent certains hommes du monde, que nous lirions que la reine
    de Grèce est allée à Cannes ou que la princesse de Léon a donné un bal
    costumé. Comme cela la juste proportion serait rétablie.» Mais
    regrettant de s’être laissé aller à parler même légèrement de choses
    sérieuses: «Nous avons une bien belle conversation, dit-il
    ironiquement, je ne sais pas pourquoi nous abordons ces «sommets», et
    se tournant vers mon grand-père: «Donc Saint-Simon raconte que
    Maulevrier avait eu l’audace de tendre la main à ses fils. Vous savez,
    c’est ce Maulevrier dont il dit: «Jamais je ne vis dans cette épaisse
    bouteille que de l’humeur, de la grossièreté et des sottises.»
    «Épaisses ou non, je connais des bouteilles où il y a tout autre
    chose», dit vivement Flora, qui tenait à avoir remercié Swann elle
    aussi, car le présent de vin d’Asti s’adressait aux deux. Céline se
    mit à rire. Swann interloqué reprit: «Je ne sais si ce fut ignorance
    ou panneau, écrit Saint-Simon, il voulut donner la main à mes enfants.
    Je m’en aperçus assez tôt pour l’en empêcher.» Mon grand-père
    s’extasiait déjà sur «ignorance ou panneau», mais Mlle Céline, chez
    qui le nom de Saint-Simon,--un littérateur,--avait empêché l’anesthésie
    complète des facultés auditives, s’indignait déjà: «Comment? vous
    admirez cela? Eh bien! c’est du joli! Mais qu’est-ce que cela peut
    vouloir dire; est-ce qu’un homme n’est pas autant qu’un autre?
    Qu’est-ce que cela peut faire qu’il soit duc ou cocher s’il a de
    l’intelligence et du cœur? Il avait une belle manière d’élever ses
    enfants, votre Saint-Simon, s’il ne leur disait pas de donner la main
    à tous les honnêtes gens. Mais c’est abominable, tout simplement. Et
    vous osez citer cela?» Et mon grand-père navré, sentant
    l’impossibilité, devant cette obstruction, de chercher à faire
    raconter à Swann, les histoires qui l’eussent amusé disait à voix
    basse à maman: «Rappelle-moi donc le vers que tu m’as appris et qui me
    soulage tant dans ces moments-là. Ah! oui: «Seigneur, que de vertus
    vous nous faites haïr!» Ah! comme c’est bien!»

    Je ne quittais pas ma mère des yeux, je savais que quand on serait à
    table, on ne me permettrait pas de rester pendant toute la durée du
    dîner et que pour ne pas contrarier mon père, maman ne me laisserait
    pas l’embrasser à plusieurs reprises devant le monde, comme si ç’avait
    été dans ma chambre. Aussi je me promettais, dans la salle à manger,
    pendant qu’on commencerait à dîner et que je sentirais approcher
    l’heure, de faire d’avance de ce baiser qui serait si court et furtif,
    tout ce que j’en pouvais faire seul, de choisir avec mon regard la
    place de la joue que j’embrasserais, de préparer ma pensée pour
    pouvoir grâce à ce commencement mental de baiser consacrer toute la
    minute que m’accorderait maman à sentir sa joue contre mes lèvres,
    comme un peintre qui ne peut obtenir que de courtes séances de pose,
    prépare sa palette, et a fait d’avance de souvenir, d’après ses notes,
    tout ce pour quoi il pouvait à la rigueur se passer de la présence du
    modèle. Mais voici qu’avant que le dîner fût sonné mon grand-père eut
    la férocité inconsciente de dire: «Le petit a l’air fatigué, il
    devrait monter se coucher. On dîne tard du reste ce soir.» Et mon
    père, qui ne gardait pas aussi scrupuleusement que ma grand’mère et
    que ma mère la foi des traités, dit: «Oui, allons, vas te coucher.» Je
    voulus embrasser maman, à cet instant on entendit la cloche du dîner.
    «Mais non, voyons, laisse ta mère, vous vous êtes assez dit bonsoir
    comme cela, ces manifestations sont ridicules. Allons, monte!» Et il
    me fallut partir sans viatique; il me fallut monter chaque marche de
    l’escalier, comme dit l’expression populaire, à «contre-cœur», montant
    contre mon cœur qui voulait retourner près de ma mère parce qu’elle ne
    lui avait pas, en m’embrassant, donné licence de me suivre. Cet
    escalier détesté où je m’engageais toujours si tristement, exhalait
    une odeur de vernis qui avait en quelque sorte absorbé, fixé, cette
    sorte particulière de chagrin que je ressentais chaque soir et la
    rendait peut-être plus cruelle encore pour ma sensibilité parce que
    sous cette forme olfactive mon intelligence n’en pouvait plus prendre
    sa part. Quand nous dormons et qu’une rage de dents n’est encore
    perçue par nous que comme une jeune fille que nous nous efforçons deux
    cents fois de suite de tirer de l’eau ou que comme un vers de Molière
    que nous nous répétons sans arrêter, c’est un grand soulagement de
    nous réveiller et que notre intelligence puisse débarrasser l’idée de
    rage de dents, de tout déguisement héroïque ou cadencé. C’est
    l’inverse de ce soulagement que j’éprouvais quand mon chagrin de
    monter dans ma chambre entrait en moi d’une façon infiniment plus
    rapide, presque instantanée, à la fois insidieuse et brusque, par
    l’inhalation,--beaucoup plus toxique que la pénétration morale,--de
    l’odeur de vernis particulière à cet escalier. Une fois dans ma
    chambre, il fallut boucher toutes les issues, fermer les volets,
    creuser mon propre tombeau, en défaisant mes couvertures, revêtir le
    suaire de ma chemise de nuit. Mais avant de m’ensevelir dans le lit de
    fer qu’on avait ajouté dans la chambre parce que j’avais trop chaud
    l’été sous les courtines de reps du grand lit, j’eus un mouvement de
    révolte, je voulus essayer d’une ruse de condamné. J’écrivis à ma mère
    en la suppliant de monter pour une chose grave que je ne pouvais lui
    dire dans ma lettre. Mon effroi était que Françoise, la cuisinière de
    ma tante qui était chargée de s’occuper de moi quand j’étais à
    Combray, refusât de porter mon mot. Je me doutais que pour elle, faire
    une commission à ma mère quand il y avait du monde lui paraîtrait
    aussi impossible que pour le portier d’un théâtre de remettre une
    lettre à un acteur pendant qu’il est en scène. Elle possédait à
    l’égard des choses qui peuvent ou ne peuvent pas se faire un code
    impérieux, abondant, subtil et intransigeant sur des distinctions
    insaisissables ou oiseuses (ce qui lui donnait l’apparence de ces lois
    antiques qui, à côté de prescriptions féroces comme de massacrer les
    enfants à la mamelle, défendent avec une délicatesse exagérée de faire
    bouillir le chevreau dans le lait de sa mère, ou de manger dans un
    animal le nerf de la cuisse). Ce code, si l’on en jugeait par
    l’entêtement soudain qu’elle mettait à ne pas vouloir faire certaines
    commissions que nous lui donnions, semblait avoir prévu des
    complexités sociales et des raffinements mondains tels que rien dans
    l’entourage de Françoise et dans sa vie de domestique de village
    n’avait pu les lui suggérer; et l’on était obligé de se dire qu’il y
    avait en elle un passé français très ancien, noble et mal compris,
    comme dans ces cités manufacturières où de vieux hôtels témoignent
    qu’il y eut jadis une vie de cour, et où les ouvriers d’une usine de
    produits chimiques travaillent au milieu de délicates sculptures qui
    représentent le miracle de saint Théophile ou les quatre fils Aymon.
    Dans le cas particulier, l’article du code à cause duquel il était peu
    probable que sauf le cas d’incendie Françoise allât déranger maman en
    présence de M. Swann pour un aussi petit personnage que moi, exprimait
    simplement le respect qu’elle professait non seulement pour les
    parents,--comme pour les morts, les prêtres et les rois,--mais encore
    pour l’étranger à qui on donne l’hospitalité, respect qui m’aurait
    peut-être touché dans un livre mais qui m’irritait toujours dans sa
    bouche, à cause du ton grave et attendri qu’elle prenait pour en
    parler, et davantage ce soir où le caractère sacré qu’elle conférait
    au dîner avait pour effet qu’elle refuserait d’en troubler la
    cérémonie. Mais pour mettre une chance de mon côté, je n’hésitai pas à
    mentir et à lui dire que ce n’était pas du tout moi qui avais voulu
    écrire à maman, mais que c’était maman qui, en me quittant, m’avait
    recommandé de ne pas oublier de lui envoyer une réponse relativement à
    un objet qu’elle m’avait prié de chercher; et elle serait certainement
    très fâchée si on ne lui remettait pas ce mot. Je pense que Françoise
    ne me crut pas, car, comme les hommes primitifs dont les sens étaient
    plus puissants que les nôtres, elle discernait immédiatement, à des
    signes insaisissables pour nous, toute vérité que nous voulions lui
    cacher; elle regarda pendant cinq minutes l’enveloppe comme si
    l’examen du papier et l’aspect de l’écriture allaient la renseigner
    sur la nature du contenu ou lui apprendre à quel article de son code
    elle devait se référer. Puis elle sortit d’un air résigné qui semblait
    signifier: «C’est-il pas malheureux pour des parents d’avoir un enfant
    pareil!» Elle revint au bout d’un moment me dire qu’on n’en était
    encore qu’à la glace, qu’il était impossible au maître d’hôtel de
    remettre la lettre en ce moment devant tout le monde, mais que, quand
    on serait aux rince-bouche, on trouverait le moyen de la faire passer
    à maman. Aussitôt mon anxiété tomba; maintenant ce n’était plus comme
    tout à l’heure pour jusqu’à demain que j’avais quitté ma mère, puisque
    mon petit mot allait, la fâchant sans doute (et doublement parce que
    ce manège me rendrait ridicule aux yeux de Swann), me faire du moins
    entrer invisible et ravi dans la même pièce qu’elle, allait lui parler
    de moi à l’oreille; puisque cette salle à manger interdite, hostile,
    où, il y avait un instant encore, la glace elle-même--le «granité»--et
    les rince-bouche me semblaient recéler des plaisirs malfaisants et
    mortellement tristes parce que maman les goûtait loin de moi,
    s’ouvrait à moi et, comme un fruit devenu doux qui brise son
    enveloppe, allait faire jaillir, projeter jusqu’à mon cœur enivré
    l’attention de maman tandis qu’elle lirait mes lignes. Maintenant je
    n’étais plus séparé d’elle; les barrières étaient tombées, un fil
    délicieux nous réunissait. Et puis, ce n’était pas tout: maman allait
    sans doute venir!

    L’angoisse que je venais d’éprouver, je pensais que Swann s’en serait
    bien moqué s’il avait lu ma lettre et en avait deviné le but; or, au
    contraire, comme je l’ai appris plus tard, une angoisse semblable fut
    le tourment de longues années de sa vie et personne, aussi bien que
    lui peut-être, n’aurait pu me comprendre; lui, cette angoisse qu’il y
    a à sentir l’être qu’on aime dans un lieu de plaisir où l’on n’est
    pas, où l’on ne peut pas le rejoindre, c’est l’amour qui la lui a fait
    connaître, l’amour auquel elle est en quelque sorte prédestinée, par
    lequel elle sera accaparée, spécialisée; mais quand, comme pour moi,
    elle est entrée en nous avant qu’il ait encore fait son apparition
    dans notre vie, elle flotte en l’attendant, vague et libre, sans
    affectation déterminée, au service un jour d’un sentiment, le
    lendemain d’un autre, tantôt de la tendresse filiale ou de l’amitié
    pour un camarade. Et la joie avec laquelle je fis mon premier
    apprentissage quand Françoise revint me dire que ma lettre serait
    remise, Swann l’avait bien connue aussi cette joie trompeuse que nous
    donne quelque ami, quelque parent de la femme que nous aimons, quand
    arrivant à l’hôtel ou au théâtre où elle se trouve, pour quelque bal,
    redoute, ou première où il va la retrouver, cet ami nous aperçoit
    errant dehors, attendant désespérément quelque occasion de communiquer
    avec elle. Il nous reconnaît, nous aborde familièrement, nous demande
    ce que nous faisons là. Et comme nous inventons que nous avons quelque
    chose d’urgent à dire à sa parente ou amie, il nous assure que rien
    n’est plus simple, nous fait entrer dans le vestibule et nous promet
    de nous l’envoyer avant cinq minutes. Que nous l’aimons--comme en ce
    moment j’aimais Françoise--, l’intermédiaire bien intentionné qui d’un
    mot vient de nous rendre supportable, humaine et presque propice la
    fête inconcevable, infernale, au sein de laquelle nous croyions que
    des tourbillons ennemis, pervers et délicieux entraînaient loin de
    nous, la faisant rire de nous, celle que nous aimons. Si nous en
    jugeons par lui, le parent qui nous a accosté et qui est lui aussi un
    des initiés des cruels mystères, les autres invités de la fête ne
    doivent rien avoir de bien démoniaque. Ces heures inaccessibles et
    suppliciantes où elle allait goûter des plaisirs inconnus, voici que
    par une brèche inespérée nous y pénétrons; voici qu’un des moments
    dont la succession les aurait composées, un moment aussi réel que les
    autres, même peut-être plus important pour nous, parce que notre
    maîtresse y est plus mêlée, nous nous le représentons, nous le
    possédons, nous y intervenons, nous l’avons créé presque: le moment où
    on va lui dire que nous sommes là, en bas. Et sans doute les autres
    moments de la fête ne devaient pas être d’une essence bien différente
    de celui-là, ne devaient rien avoir de plus délicieux et qui dût tant
    nous faire souffrir puisque l’ami bienveillant nous a dit: «Mais elle
    sera ravie de descendre! Cela lui fera beaucoup plus de plaisir de
    causer avec vous que de s’ennuyer là-haut.» Hélas! Swann en avait fait
    l’expérience, les bonnes intentions d’un tiers sont sans pouvoir sur
    une femme qui s’irrite de se sentir poursuivie jusque dans une fête
    par quelqu’un qu’elle n’aime pas. Souvent, l’ami redescend seul.

    Ma mère ne vint pas, et sans ménagements pour mon amour-propre (engagé
    à ce que la fable de la recherche dont elle était censée m’avoir prié
    de lui dire le résultat ne fût pas démentie) me fit dire par Françoise
    ces mots: «Il n’y a pas de réponse» que depuis j’ai si souvent entendu
    des concierges de «palaces» ou des valets de pied de tripots,
    rapporter à quelque pauvre fille qui s’étonne: «Comment, il n’a rien
    dit, mais c’est impossible! Vous avez pourtant bien remis ma lettre.
    C’est bien, je vais attendre encore.» Et--de même qu’elle assure
    invariablement n’avoir pas besoin du bec supplémentaire que le
    concierge veut allumer pour elle, et reste là, n’entendant plus que
    les rares propos sur le temps qu’il fait échangés entre le concierge
    et un chasseur qu’il envoie tout d’un coup en s’apercevant de l’heure,
    faire rafraîchir dans la glace la boisson d’un client,--ayant décliné
    l’offre de Françoise de me faire de la tisane ou de rester auprès de
    moi, je la laissai retourner à l’office, je me couchai et je fermai
    les yeux en tâchant de ne pas entendre la voix de mes parents qui
    prenaient le café au jardin. Mais au bout de quelques secondes, je
    sentis qu’en écrivant ce mot à maman, en m’approchant, au risque de la
    fâcher, si près d’elle que j’avais cru toucher le moment de la revoir,
    je m’étais barré la possibilité de m’endormir sans l’avoir revue, et
    les battements de mon cœur, de minute en minute devenaient plus
    douloureux parce que j’augmentais mon agitation en me prêchant un
    calme qui était l’acceptation de mon infortune. Tout à coup mon
    anxiété tomba, une félicité m’envahit comme quand un médicament
    puissant commence à agir et nous enlève une douleur: je venais de
    prendre la résolution de ne plus essayer de m’endormir sans avoir revu
    maman, de l’embrasser coûte que coûte, bien que ce fût avec la
    certitude d’être ensuite fâché pour longtemps avec elle, quand elle
    remonterait se coucher. Le calme qui résultait de mes angoisses finies
    me mettait dans un allégresse extraordinaire, non moins que l’attente,
    la soif et la peur du danger. J’ouvris la fenêtre sans bruit et
    m’assis au pied de mon lit; je ne faisais presque aucun mouvement afin
    qu’on ne m’entendît pas d’en bas. Dehors, les choses semblaient, elles
    aussi, figées en une muette attention à ne pas troubler le clair de
    lune, qui doublant et reculant chaque chose par l’extension devant
    elle de son reflet, plus dense et concret qu’elle-même, avait à la
    fois aminci et agrandi le paysage comme un plan replié jusque-là,
    qu’on développe. Ce qui avait besoin de bouger, quelque feuillage de
    marronnier, bougeait. Mais son frissonnement minutieux, total, exécuté
    jusque dans ses moindres nuances et ses dernières délicatesses, ne
    bavait pas sur le reste, ne se fondait pas avec lui, restait
    circonscrit. Exposés sur ce silence qui n’en absorbait rien, les
    bruits les plus éloignés, ceux qui devaient venir de jardins situés à
    l’autre bout de la ville, se percevaient détaillés avec un tel «fini»
    qu’ils semblaient ne devoir cet effet de lointain qu’à leur
    pianissimo, comme ces motifs en sourdine si bien exécutés par
    l’orchestre du Conservatoire que quoiqu’on n’en perde pas une note on
    croit les entendre cependant loin de la salle du concert et que tous
    les vieux abonnés,--les sœurs de ma grand’mère aussi quand Swann leur
    avait donné ses places,--tendaient l’oreille comme s’ils avaient écouté
    les progrès lointains d’une armée en marche qui n’aurait pas encore
    tourné la rue de Trévise.

    Je savais que le cas dans lequel je me mettais était de tous celui qui
    pouvait avoir pour moi, de la part de mes parents, les conséquences
    les plus graves, bien plus graves en vérité qu’un étranger n’aurait pu
    le supposer, de celles qu’il aurait cru que pouvaient produire seules
    des fautes vraiment honteuses. Mais dans l’éducation qu’on me donnait,
    l’ordre des fautes n’était pas le même que dans l’éducation des autres
    enfants et on m’avait habitué à placer avant toutes les autres (parce
    que sans doute il n’y en avait pas contre lesquelles j’eusse besoin
    d’être plus soigneusement gardé) celles dont je comprends maintenant
    que leur caractère commun est qu’on y tombe en cédant à une impulsion
    nerveuse. Mais alors on ne prononçait pas ce mot, on ne déclarait pas
    cette origine qui aurait pu me faire croire que j’étais excusable d’y
    succomber ou même peut-être incapable d’y résister. Mais je les
    reconnaissais bien à l’angoisse qui les précédait comme à la rigueur
    du châtiment qui les suivait; et je savais que celle que je venais de
    commettre était de la même famille que d’autres pour lesquelles
    j’avais été sévèrement puni, quoique infiniment plus grave. Quand
    j’irais me mettre sur le chemin de ma mère au moment où elle monterait
    se coucher, et qu’elle verrait que j’étais resté levé pour lui redire
    bonsoir dans le couloir, on ne me laisserait plus rester à la maison,
    on me mettrait au collège le lendemain, c’était certain. Eh bien!
    dusse-je me jeter par la fenêtre cinq minutes après, j’aimais encore
    mieux cela. Ce que je voulais maintenant c’était maman, c’était lui
    dire bonsoir, j’étais allé trop loin dans la voie qui menait à la
    réalisation de ce désir pour pouvoir rebrousser chemin.

    J’entendis les pas de mes parents qui accompagnaient Swann; et quand
    le grelot de la porte m’eut averti qu’il venait de partir, j’allai à
    la fenêtre. Maman demandait à mon père s’il avait trouvé la langouste
    bonne et si M. Swann avait repris de la glace au café et à la
    pistache. «Je l’ai trouvée bien quelconque, dit ma mère; je crois que
    la prochaine fois il faudra essayer d’un autre parfum.» «Je ne peux
    pas dire comme je trouve que Swann change, dit ma grand’tante, il est
    d’un vieux!» Ma grand’tante avait tellement l’habitude de voir
    toujours en Swann un même adolescent, qu’elle s’étonnait de le trouver
    tout à coup moins jeune que l’âge qu’elle continuait à lui donner. Et
    mes parents du reste commençaient à lui trouver cette vieillesse
    anormale, excessive, honteuse et méritée des célibataires, de tous
    ceux pour qui il semble que le grand jour qui n’a pas de lendemain
    soit plus long que pour les autres, parce que pour eux il est vide et
    que les moments s’y additionnent depuis le matin sans se diviser
    ensuite entre des enfants. «Je crois qu’il a beaucoup de soucis avec
    sa coquine de femme qui vit au su de tout Combray avec un certain
    monsieur de Charlus. C’est la fable de la ville.» Ma mère fit
    remarquer qu’il avait pourtant l’air bien moins triste depuis quelque
    temps. «Il fait aussi moins souvent ce geste qu’il a tout à fait comme
    son père de s’essuyer les yeux et de se passer la main sur le front.
    Moi je crois qu’au fond il n’aime plus cette femme.» «Mais
    naturellement il ne l’aime plus, répondit mon grand-père. J’ai reçu de
    lui il y a déjà longtemps une lettre à ce sujet, à laquelle je me suis
    empressé de ne pas me conformer, et qui ne laisse aucun doute sur ses
    sentiments au moins d’amour, pour sa femme. Hé bien! vous voyez, vous
    ne l’avez pas remercié pour l’Asti», ajouta mon grand-père en se
    tournant vers ses deux belles-sœurs. «Comment, nous ne l’avons pas
    remercié? je crois, entre nous, que je lui ai même tourné cela assez
    délicatement», répondit ma tante Flora. «Oui, tu as très bien arrangé
    cela: je t’ai admirée», dit ma tante Céline. «Mais toi tu as été très
    bien aussi.» «Oui j’étais assez fière de ma phrase sur les voisins
    aimables.» «Comment, c’est cela que vous appelez remercier! s’écria
    mon grand-père. J’ai bien entendu cela, mais du diable si j’ai cru que
    c’était pour Swann. Vous pouvez être sûres qu’il n’a rien compris.»
    «Mais voyons, Swann n’est pas bête, je suis certaine qu’il a apprécié.
    Je ne pouvais cependant pas lui dire le nombre de bouteilles et le
    prix du vin!» Mon père et ma mère restèrent seuls, et s’assirent un
    instant; puis mon père dit: «Hé bien! si tu veux, nous allons monter
    nous coucher.» «Si tu veux, mon ami, bien que je n’aie pas l’ombre de
    sommeil; ce n’est pas cette glace au café si anodine qui a pu pourtant
    me tenir si éveillée; mais j’aperçois de la lumière dans l’office et
    puisque la pauvre Françoise m’a attendue, je vais lui demander de
    dégrafer mon corsage pendant que tu vas te déshabiller.» Et ma mère
    ouvrit la porte treillagée du vestibule qui donnait sur l’escalier.
    Bientôt, je l’entendis qui montait fermer sa fenêtre. J’allai sans
    bruit dans le couloir; mon cœur battait si fort que j’avais de la
    peine à avancer, mais du moins il ne battait plus d’anxiété, mais
    d’épouvante et de joie. Je vis dans la cage de l’escalier la lumière
    projetée par la bougie de maman. Puis je la vis elle-même; je
    m’élançai. À la première seconde, elle me regarda avec étonnement, ne
    comprenant pas ce qui était arrivé. Puis sa figure prit une expression
    de colère, elle ne me disait même pas un mot, et en effet pour bien
    moins que cela on ne m’adressait plus la parole pendant plusieurs
    jours. Si maman m’avait dit un mot, ç’aurait été admettre qu’on
    pouvait me reparler et d’ailleurs cela peut-être m’eût paru plus
    terrible encore, comme un signe que devant la gravité du châtiment qui
    allait se préparer, le silence, la brouille, eussent été puérils. Une
    parole c’eût été le calme avec lequel on répond à un domestique quand
    on vient de décider de le renvoyer; le baiser qu’on donne à un fils
    qu’on envoie s’engager alors qu’on le lui aurait refusé si on devait
    se contenter d’être fâché deux jours avec lui. Mais elle entendit mon
    père qui montait du cabinet de toilette où il était allé se
    déshabiller et pour éviter la scène qu’il me ferait, elle me dit d’une
    voix entrecoupée par la colère: «Sauve-toi, sauve-toi, qu’au moins ton
    père ne t’ait vu ainsi attendant comme un fou!» Mais je lui répétais:
    «Viens me dire bonsoir», terrifié en voyant que le reflet de la bougie
    de mon père s’élevait déjà sur le mur, mais aussi usant de son
    approche comme d’un moyen de chantage et espérant que maman, pour
    éviter que mon père me trouvât encore là si elle continuait à refuser,
    allait me dire: «Rentre dans ta chambre, je vais venir.» Il était trop
    tard, mon père était devant nous. Sans le vouloir, je murmurai ces
    mots que personne n’entendit: «Je suis perdu!»

    Il n’en fut pas ainsi. Mon père me refusait constamment des
    permissions qui m’avaient été consenties dans les pactes plus larges
    octroyés par ma mère et ma grand’mère parce qu’il ne se souciait pas
    des «principes» et qu’il n’y avait pas avec lui de «Droit des gens».
    Pour une raison toute contingente, ou même sans raison, il me
    supprimait au dernier moment telle promenade si habituelle, si
    consacrée, qu’on ne pouvait m’en priver sans parjure, ou bien, comme
    il avait encore fait ce soir, longtemps avant l’heure rituelle, il me
    disait: «Allons, monte te coucher, pas d’explication!» Mais aussi,
    parce qu’il n’avait pas de principes (dans le sens de ma grand’mère),
    il n’avait pas à proprement parler d’intransigeance. Il me regarda un
    instant d’un air étonné et fâché, puis dès que maman lui eut expliqué
    en quelques mots embarrassés ce qui était arrivé, il lui dit: «Mais va
    donc avec lui, puisque tu disais justement que tu n’as pas envie de
    dormir, reste un peu dans sa chambre, moi je n’ai besoin de rien.»
    «Mais, mon ami, répondit timidement ma mère, que j’aie envie ou non de
    dormir, ne change rien à la chose, on ne peut pas habituer cet
    enfant...» «Mais il ne s’agit pas d’habituer, dit mon père en haussant
    les épaules, tu vois bien que ce petit a du chagrin, il a l’air
    désolé, cet enfant; voyons, nous ne sommes pas des bourreaux! Quand tu
    l’auras rendu malade, tu seras bien avancée! Puisqu’il y a deux lits
    dans sa chambre, dis donc à Françoise de te préparer le grand lit et
    couche pour cette nuit auprès de lui. Allons, bonsoir, moi qui ne suis
    pas si nerveux que vous, je vais me coucher.»

    On ne pouvait pas remercier mon père; on l’eût agacé par ce qu’il
    appelait des sensibleries. Je restai sans oser faire un mouvement; il
    était encore devant nous, grand, dans sa robe de nuit blanche sous le
    cachemire de l’Inde violet et rose qu’il nouait autour de sa tête
    depuis qu’il avait des névralgies, avec le geste d’Abraham dans la
    gravure d’après Benozzo Gozzoli que m’avait donnée M. Swann, disant à
    Sarah qu’elle a à se départir du côté d’Isaac. Il y a bien des années
    de cela. La muraille de l’escalier, où je vis monter le reflet de sa
    bougie n’existe plus depuis longtemps. En moi aussi bien des choses
    ont été détruites que je croyais devoir durer toujours et de nouvelles
    se sont édifiées donnant naissance à des peines et à des joies
    nouvelles que je n’aurais pu prévoir alors, de même que les anciennes
    me sont devenues difficiles à comprendre. Il y a bien longtemps aussi
    que mon père a cessé de pouvoir dire à maman: «Va avec le petit.» La
    possibilité de telles heures ne renaîtra jamais pour moi. Mais depuis
    peu de temps, je recommence à très bien percevoir si je prête
    l’oreille, les sanglots que j’eus la force de contenir devant mon père
    et qui n’éclatèrent que quand je me retrouvai seul avec maman. En
    réalité ils n’ont jamais cessé; et c’est seulement parce que la vie se
    tait maintenant davantage autour de moi que je les entends de nouveau,
    comme ces cloches de couvents que couvrent si bien les bruits de la
    ville pendant le jour qu’on les croirait arrêtées mais qui se
    remettent à sonner dans le silence du soir.

    Maman passa cette nuit-là dans ma chambre; au moment où je venais de
    commettre une faute telle que je m’attendais à être obligé de quitter
    la maison, mes parents m’accordaient plus que je n’eusse jamais obtenu
    d’eux comme récompense d’une belle action. Même à l’heure où elle se
    manifestait par cette grâce, la conduite de mon père à mon égard
    gardait ce quelque chose d’arbitraire et d’immérité qui la
    caractérisait et qui tenait à ce que généralement elle résultait
    plutôt de convenances fortuites que d’un plan prémédité. Peut-être
    même que ce que j’appelais sa sévérité, quand il m’envoyait me
    coucher, méritait moins ce nom que celle de ma mère ou ma grand’mère,
    car sa nature, plus différente en certains points de la mienne que
    n’était la leur, n’avait probablement pas deviné jusqu’ici combien
    j’étais malheureux tous les soirs, ce que ma mère et ma grand’mère
    savaient bien; mais elles m’aimaient assez pour ne pas consentir à
    m’épargner de la souffrance, elles voulaient m’apprendre à la dominer
    afin de diminuer ma sensibilité nerveuse et fortifier ma volonté. Pour
    mon père, dont l’affection pour moi était d’une autre sorte, je ne
    sais pas s’il aurait eu ce courage: pour une fois où il venait de
    comprendre que j’avais du chagrin, il avait dit à ma mère: «Va donc le
    consoler.» Maman resta cette nuit-là dans ma chambre et, comme pour ne
    gâter d’aucun remords ces heures si différentes de ce que j’avais eu
    le droit d’espérer, quand Françoise, comprenant qu’il se passait
    quelque chose d’extraordinaire en voyant maman assise près de moi, qui
    me tenait la main et me laissait pleurer sans me gronder, lui demanda:
    «Mais Madame, qu’a donc Monsieur à pleurer ainsi?» maman lui répondit:
    «Mais il ne sait pas lui-même, Françoise, il est énervé; préparez-moi
    vite le grand lit et montez vous coucher.» Ainsi, pour la première
    fois, ma tristesse n’était plus considérée comme une faute punissable
    mais comme un mal involontaire qu’on venait de reconnaître
    officiellement, comme un état nerveux dont je n’étais pas responsable;
    j’avais le soulagement de n’avoir plus à mêler de scrupules à
    l’amertume de mes larmes, je pouvais pleurer sans péché. Je n’étais
    pas non plus médiocrement fier vis-à-vis de Françoise de ce retour des
    choses humaines, qui, une heure après que maman avait refusé de monter
    dans ma chambre et m’avait fait dédaigneusement répondre que je
    devrais dormir, m’élevait à la dignité de grande personne et m’avait
    fait atteindre tout d’un coup à une sorte de puberté du chagrin,
    d’émancipation des larmes. J’aurais dû être heureux: je ne l’étais
    pas. Il me semblait que ma mère venait de me faire une première
    concession qui devait lui être douloureuse, que c’était une première
    abdication de sa part devant l’idéal qu’elle avait conçu pour moi, et
    que pour la première fois, elle, si courageuse, s’avouait vaincue. Il
    me semblait que si je venais de remporter une victoire c’était contre
    elle, que j’avais réussi comme auraient pu faire la maladie, des
    chagrins, ou l’âge, à détendre sa volonté, à faire fléchir sa raison
    et que cette soirée commençait une ère, resterait comme une triste
    date. Si j’avais osé maintenant, j’aurais dit à maman: «Non je ne veux
    pas, ne couche pas ici.» Mais je connaissais la sagesse pratique,
    réaliste comme on dirait aujourd’hui, qui tempérait en elle la nature
    ardemment idéaliste de ma grand’mère, et je savais que, maintenant que
    le mal était fait, elle aimerait mieux m’en laisser du moins goûter le
    plaisir calmant et ne pas déranger mon père. Certes, le beau visage de
    ma mère brillait encore de jeunesse ce soir-là où elle me tenait si
    doucement les mains et cherchait à arrêter mes larmes; mais justement
    il me semblait que cela n’aurait pas dû être, sa colère eût été moins
    triste pour moi que cette douceur nouvelle que n’avait pas connue mon
    enfance; il me semblait que je venais d’une main impie et secrète de
    tracer dans son âme une première ride et d’y faire apparaître un
    premier cheveu blanc. Cette pensée redoubla mes sanglots et alors je
    vis maman, qui jamais ne se laissait aller à aucun attendrissement
    avec moi, être tout d’un coup gagnée par le mien et essayer de retenir
    une envie de pleurer. Comme elle sentit que je m’en étais aperçu, elle
    me dit en riant: «Voilà mon petit jaunet, mon petit serin, qui va
    rendre sa maman aussi bêtasse que lui, pour peu que cela continue.
    Voyons, puisque tu n’as pas sommeil ni ta maman non plus, ne restons
    pas à nous énerver, faisons quelque chose, prenons un de tes livres.»
    Mais je n’en avais pas là. «Est-ce que tu aurais moins de plaisir si
    je sortais déjà les livres que ta grand’mère doit te donner pour ta
    fête? Pense bien: tu ne seras pas déçu de ne rien avoir après-demain?»
    J’étais au contraire enchanté et maman alla chercher un paquet de
    livres dont je ne pus deviner, à travers le papier qui les
    enveloppait, que la taille courte et large, mais qui, sous ce premier
    aspect, pourtant sommaire et voilé, éclipsaient déjà la boîte à
    couleurs du Jour de l’An et les vers à soie de l’an dernier. C’était
    la Mare au Diable, François le Champi, la Petite Fadette et les
    Maîtres Sonneurs. Ma grand’mère, ai-je su depuis, avait d’abord choisi
    les poésies de Musset, un volume de Rousseau et Indiana; car si elle
    jugeait les lectures futiles aussi malsaines que les bonbons et les
    pâtisseries, elles ne pensait pas que les grands souffles du génie
    eussent sur l’esprit même d’un enfant une influence plus dangereuse et
    moins vivifiante que sur son corps le grand air et le vent du large.
    Mais mon père l’ayant presque traitée de folle en apprenant les livres
    qu’elle voulait me donner, elle était retournée elle-même à
    Jouy-le-Vicomte chez le libraire pour que je ne risquasse pas de ne
    pas avoir mon cadeau (c’était un jour brûlant et elle était rentrée si
    souffrante que le médecin avait averti ma mère de ne pas la laisser se
    fatiguer ainsi) et elle s’était rabattue sur les quatre romans
    champêtres de George Sand. «Ma fille, disait-elle à maman, je ne
    pourrais me décider à donner à cet enfant quelque chose de mal écrit.»

    En réalité, elle ne se résignait jamais à rien acheter dont on ne pût
    tirer un profit intellectuel, et surtout celui que nous procurent les
    belles choses en nous apprenant à chercher notre plaisir ailleurs que
    dans les satisfactions du bien-être et de la vanité. Même quand elle
    avait à faire à quelqu’un un cadeau dit utile, quand elle avait à
    donner un fauteuil, des couverts, une canne, elle les cherchait
    «anciens», comme si leur longue désuétude ayant effacé leur caractère
    d’utilité, ils paraissaient plutôt disposés pour nous raconter la vie
    des hommes d’autrefois que pour servir aux besoins de la nôtre. Elle
    eût aimé que j’eusse dans ma chambre des photographies des monuments
    ou des paysages les plus beaux. Mais au moment d’en faire l’emplette,
    et bien que la chose représentée eût une valeur esthétique, elle
    trouvait que la vulgarité, l’utilité reprenaient trop vite leur place
    dans le mode mécanique de représentation, la photographie. Elle
    essayait de ruser et sinon d’éliminer entièrement la banalité
    commerciale, du moins de la réduire, d’y substituer pour la plus
    grande partie de l’art encore, d’y introduire comme plusieurs
    «épaisseurs» d’art: au lieu de photographies de la Cathédrale de
    Chartres, des Grandes Eaux de Saint-Cloud, du Vésuve, elle se
    renseignait auprès de Swann si quelque grand peintre ne les avait pas
    représentés, et préférait me donner des photographies de la Cathédrale
    de Chartres par Corot, des Grandes Eaux de Saint-Cloud par Hubert
    Robert, du Vésuve par Turner, ce qui faisait un degré d’art de plus.
    Mais si le photographe avait été écarté de la représentation du
    chef-d’œuvre ou de la nature et remplacé par un grand artiste, il
    reprenait ses droits pour reproduire cette interprétation même.
    Arrivée à l’échéance de la vulgarité, ma grand’mère tâchait de la
    reculer encore. Elle demandait à Swann si l’œuvre n’avait pas été
    gravée, préférant, quand c’était possible, des gravures anciennes et
    ayant encore un intérêt au delà d’elles-mêmes, par exemple celles qui
    représentent un chef-d’œuvre dans un état où nous ne pouvons plus le
    voir aujourd’hui (comme la gravure de la Cène de Léonard avant sa
    dégradation, par Morgan). Il faut dire que les résultats de cette
    manière de comprendre l’art de faire un cadeau ne furent pas toujours
    très brillants. L’idée que je pris de Venise d’après un dessin du
    Titien qui est censé avoir pour fond la lagune, était certainement
    beaucoup moins exacte que celle que m’eussent donnée de simples
    photographies. On ne pouvait plus faire le compte à la maison, quand
    ma grand’tante voulait dresser un réquisitoire contre ma grand’mère,
    des fauteuils offerts par elle à de jeunes fiancés ou à de vieux
    époux, qui, à la première tentative qu’on avait faite pour s’en
    servir, s’étaient immédiatement effondrés sous le poids d’un des
    destinataires. Mais ma grand’mère aurait cru mesquin de trop s’occuper
    de la solidité d’une boiserie où se distinguaient encore une
    fleurette, un sourire, quelquefois une belle imagination du passé.
    Même ce qui dans ces meubles répondait à un besoin, comme c’était
    d’une façon à laquelle nous ne sommes plus habitués, la charmait comme
    les vieilles manières de dire où nous voyons une métaphore, effacée,
    dans notre moderne langage, par l’usure de l’habitude. Or, justement,
    les romans champêtres de George Sand qu’elle me donnait pour ma fête,
    étaient pleins ainsi qu’un mobilier ancien, d’expressions tombées en
    désuétude et redevenues imagées, comme on n’en trouve plus qu’à la
    campagne. Et ma grand’mère les avait achetés de préférence à d’autres
    comme elle eût loué plus volontiers une propriété où il y aurait eu un
    pigeonnier gothique ou quelqu’une de ces vieilles choses qui exercent
    sur l’esprit une heureuse influence en lui donnant la nostalgie
    d’impossibles voyages dans le temps.

    Maman s’assit à côté de mon lit; elle avait pris François le Champi à
    qui sa couverture rougeâtre et son titre incompréhensible, donnaient
    pour moi une personnalité distincte et un attrait mystérieux. Je
    n’avais jamais lu encore de vrais romans. J’avais entendu dire que
    George Sand était le type du romancier. Cela me disposait déjà à
    imaginer dans François le Champi quelque chose d’indéfinissable et de
    délicieux. Les procédés de narration destinés à exciter la curiosité
    ou l’attendrissement, certaines façons de dire qui éveillent
    l’inquiétude et la mélancolie, et qu’un lecteur un peu instruit
    reconnaît pour communs à beaucoup de romans, me paraissaient simples--à
    moi qui considérais un livre nouveau non comme une chose ayant
    beaucoup de semblables, mais comme une personne unique, n’ayant de
    raison d’exister qu’en soi,--une émanation troublante de l’essence
    particulière à François le Champi. Sous ces événements si journaliers,
    ces choses si communes, ces mots si courants, je sentais comme une
    intonation, une accentuation étrange. L’action s’engagea; elle me
    parut d’autant plus obscure que dans ce temps-là, quand je lisais, je
    rêvassais souvent, pendant des pages entières, à tout autre chose. Et
    aux lacunes que cette distraction laissait dans le récit, s’ajoutait,
    quand c’était maman qui me lisait à haute voix, qu’elle passait toutes
    les scènes d’amour. Aussi tous les changements bizarres qui se
    produisent dans l’attitude respective de la meunière et de l’enfant et
    qui ne trouvent leur explication que dans les progrès d’un amour
    naissant me paraissaient empreints d’un profond mystère dont je me
    figurais volontiers que la source devait être dans ce nom inconnu et
    si doux de «Champi» qui mettait sur l’enfant, qui le portait sans que
    je susse pourquoi, sa couleur vive, empourprée et charmante. Si ma
    mère était une lectrice infidèle c’était aussi, pour les ouvrages où
    elle trouvait l’accent d’un sentiment vrai, une lectrice admirable par
    le respect et la simplicité de l’interprétation, par la beauté et la
    douceur du son. Même dans la vie, quand c’étaient des êtres et non des
    œuvres d’art qui excitaient ainsi son attendrissement ou son
    admiration, c’était touchant de voir avec quelle déférence elle
    écartait de sa voix, de son geste, de ses propos, tel éclat de gaîté
    qui eût pu faire mal à cette mère qui avait autrefois perdu un enfant,
    tel rappel de fête, d’anniversaire, qui aurait pu faire penser ce
    vieillard à son grand âge, tel propos de ménage qui aurait paru
    fastidieux à ce jeune savant. De même, quand elle lisait la prose de
    George Sand, qui respire toujours cette bonté, cette distinction
    morale que maman avait appris de ma grand’mère à tenir pour
    supérieures à tout dans la vie, et que je ne devais lui apprendre que
    bien plus tard à ne pas tenir également pour supérieures à tout dans
    les livres, attentive à bannir de sa voix toute petitesse, toute
    affectation qui eût pu empêcher le flot puissant d’y être reçu, elle
    fournissait toute la tendresse naturelle, toute l’ample douceur
    qu’elles réclamaient à ces phrases qui semblaient écrites pour sa voix
    et qui pour ainsi dire tenaient tout entières dans le registre de sa
    sensibilité. Elle retrouvait pour les attaquer dans le ton qu’il faut,
    l’accent cordial qui leur préexiste et les dicta, mais que les mots
    n’indiquent pas; grâce à lui elle amortissait au passage toute crudité
    dans les temps des verbes, donnait à l’imparfait et au passé défini la
    douceur qu’il y a dans la bonté, la mélancolie qu’il y a dans la
    tendresse, dirigeait la phrase qui finissait vers celle qui allait
    commencer, tantôt pressant, tantôt ralentissant la marche des syllabes
    pour les faire entrer, quoique leurs quantités fussent différentes,
    dans un rythme uniforme, elle insufflait à cette prose si commune une
    sorte de vie sentimentale et continue.

    Mes remords étaient calmés, je me laissais aller à la douceur de cette
    nuit où j’avais ma mère auprès de moi. Je savais qu’une telle nuit ne
    pourrait se renouveler; que le plus grand désir que j’eusse au monde,
    garder ma mère dans ma chambre pendant ces tristes heures nocturnes,
    était trop en opposition avec les nécessités de la vie et le vœu de
    tous, pour que l’accomplissement qu’on lui avait accordé ce soir pût
    être autre chose que factice et exceptionnel. Demain mes angoisses
    reprendraient et maman ne resterait pas là. Mais quand mes angoisses
    étaient calmées, je ne les comprenais plus; puis demain soir était
    encore lointain; je me disais que j’aurais le temps d’aviser, bien que
    ce temps-là ne pût m’apporter aucun pouvoir de plus, qu’il s’agissait
    de choses qui ne dépendaient pas de ma volonté et que seul me faisait
    paraître plus évitables l’intervalle qui les séparait encore de moi.

    ...

    C’est ainsi que, pendant longtemps, quand, réveillé la nuit, je me
    ressouvenais de Combray, je n’en revis jamais que cette sorte de pan
    lumineux, découpé au milieu d’indistinctes ténèbres, pareil à ceux que
    l’embrasement d’un feu de Bengale ou quelque projection électrique
    éclairent et sectionnent dans un édifice dont les autres parties
    restent plongées dans la nuit: à la base assez large, le petit salon,
    la salle à manger, l’amorce de l’allée obscure par où arriverait M.
    Swann, l’auteur inconscient de mes tristesses, le vestibule où je
    m’acheminais vers la première marche de l’escalier, si cruel à monter,
    qui constituait à lui seul le tronc fort étroit de cette pyramide
    irrégulière; et, au faîte, ma chambre à coucher avec le petit couloir
    à porte vitrée pour l’entrée de maman; en un mot, toujours vu à la
    même heure, isolé de tout ce qu’il pouvait y avoir autour, se
    détachant seul sur l’obscurité, le décor strictement nécessaire (comme
    celui qu’on voit indiqué en tête des vieilles pièces pour les
    représentations en province), au drame de mon déshabillage; comme si
    Combray n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince
    escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir.
    A vrai dire, j’aurais pu répondre à qui m’eût interrogé que Combray
    comprenait encore autre chose et existait à d’autres heures. Mais
    comme ce que je m’en serais rappelé m’eût été fourni seulement par la
    mémoire volontaire, la mémoire de l’intelligence, et comme les
    renseignements qu’elle donne sur le passé ne conservent rien de lui,
    je n’aurais jamais eu envie de songer à ce reste de Combray. Tout cela
    était en réalité mort pour moi.

    Mort à jamais? C’était possible.

    Il y a beaucoup de hasard en tout ceci, et un second hasard, celui de
    notre mort, souvent ne nous permet pas d’attendre longtemps les
    faveurs du premier.

    Je trouve très raisonnable la croyance celtique que les âmes de ceux
    que nous avons perdus sont captives dans quelque être inférieur, dans
    une bête, un végétal, une chose inanimée, perdues en effet pour nous
    jusqu’au jour, qui pour beaucoup ne vient jamais, où nous nous
    trouvons passer près de l’arbre, entrer en possession de l’objet qui
    est leur prison. Alors elles tressaillent, nous appellent, et sitôt
    que nous les avons reconnues, l’enchantement est brisé. Délivrées par
    nous, elles ont vaincu la mort et reviennent vivre avec nous.

    Il en est ainsi de notre passé. C’est peine perdue que nous cherchions
    à l’évoquer, tous les efforts de notre intelligence sont inutiles. Il
    est caché hors de son domaine et de sa portée, en quelque objet
    matériel (en la sensation que nous donnerait cet objet matériel), que
    nous ne soupçonnons pas. Cet objet, il dépend du hasard que nous le
    rencontrions avant de mourir, ou que nous ne le rencontrions pas.

    Il y avait déjà bien des années que, de Combray, tout ce qui n’était
    pas le théâtre et le drame de mon coucher, n’existait plus pour moi,
    quand un jour d’hiver, comme je rentrais à la maison, ma mère, voyant
    que j’avais froid, me proposa de me faire prendre, contre mon
    habitude, un peu de thé. Je refusai d’abord et, je ne sais pourquoi,
    me ravisai. Elle envoya chercher un de ces gâteaux courts et dodus
    appelés Petites Madeleines qui semblent avoir été moulés dans la
    valve rainurée d’une coquille de Saint-Jacques. Et bientôt,
    machinalement, accablé par la morne journée et la perspective d’un
    triste lendemain, je portai à mes lèvres une cuillerée du thé où
    j’avais laissé s’amollir un morceau de madeleine. Mais à l’instant
    même où la gorgée mêlée des miettes du gâteau toucha mon palais, je
    tressaillis, attentif à ce qui se passait d’extraordinaire en moi. Un
    plaisir délicieux m’avait envahi, isolé, sans la notion de sa cause.
    Il m’avait aussitôt rendu les vicissitudes de la vie indifférentes,
    ses désastres inoffensifs, sa brièveté illusoire, de la même façon
    qu’opère l’amour, en me remplissant d’une essence précieuse: ou plutôt
    cette essence n’était pas en moi, elle était moi. J’avais cessé de me
    sentir médiocre, contingent, mortel. D’où avait pu me venir cette
    puissante joie? Je sentais qu’elle était liée au goût du thé et du
    gâteau, mais qu’elle le dépassait infiniment, ne devait pas être de
    même nature. D’où venait-elle? Que signifiait-elle? Où l’appréhender?
    Je bois une seconde gorgée où je ne trouve rien de plus que dans la
    première, une troisième qui m’apporte un peu moins que la seconde. Il
    est temps que je m’arrête, la vertu du breuvage semble diminuer. Il
    est clair que la vérité que je cherche n’est pas en lui, mais en moi.
    Il l’y a éveillée, mais ne la connaît pas, et ne peut que répéter
    indéfiniment, avec de moins en moins de force, ce même témoignage que
    je ne sais pas interpréter et que je veux au moins pouvoir lui
    redemander et retrouver intact, à ma disposition, tout à l’heure, pour
    un éclaircissement décisif. Je pose la tasse et me tourne vers mon
    esprit. C’est à lui de trouver la vérité. Mais comment? Grave
    incertitude, toutes les fois que l’esprit se sent dépassé par
    lui-même; quand lui, le chercheur, est tout ensemble le pays obscur où
    il doit chercher et où tout son bagage ne lui sera de rien. Chercher?
    pas seulement: créer. Il est en face de quelque chose qui n’est pas
    encore et que seul il peut réaliser, puis faire entrer dans sa
    lumière.

    Et je recommence à me demander quel pouvait être cet état inconnu, qui
    n’apportait aucune preuve logique, mais l’évidence de sa félicité, de
    sa réalité devant laquelle les autres s’évanouissaient. Je veux
    essayer de le faire réapparaître. Je rétrograde par la pensée au
    moment où je pris la première cuillerée de thé. Je retrouve le même
    état, sans une clarté nouvelle. Je demande à mon esprit un effort de
    plus, de ramener encore une fois la sensation qui s’enfuit. Et pour
    que rien ne brise l’élan dont il va tâcher de la ressaisir, j’écarte
    tout obstacle, toute idée étrangère, j’abrite mes oreilles et mon
    attention contre les bruits de la chambre voisine. Mais sentant mon
    esprit qui se fatigue sans réussir, je le force au contraire à prendre
    cette distraction que je lui refusais, à penser à autre chose, à se
    refaire avant une tentative suprême. Puis une deuxième fois, je fais
    le vide devant lui, je remets en face de lui la saveur encore récente
    de cette première gorgée et je sens tressaillir en moi quelque chose
    qui se déplace, voudrait s’élever, quelque chose qu’on aurait
    désancré, à une grande profondeur; je ne sais ce que c’est, mais cela
    monte lentement; j’éprouve la résistance et j’entends la rumeur des
    distances traversées.

    Certes, ce qui palpite ainsi au fond de moi, ce doit être l’image, le
    souvenir visuel, qui, lié à cette saveur, tente de la suivre jusqu’à
    moi. Mais il se débat trop loin, trop confusément; à peine si je
    perçois le reflet neutre où se confond l’insaisissable tourbillon des
    couleurs remuées; mais je ne puis distinguer la forme, lui demander
    comme au seul interprète possible, de me traduire le témoignage de sa
    contemporaine, de son inséparable compagne, la saveur, lui demander de
    m’apprendre de quelle circonstance particulière, de quelle époque du
    passé il s’agit.

    Arrivera-t-il jusqu’à la surface de ma claire conscience, ce souvenir,
    l’instant ancien que l’attraction d’un instant identique est venue de
    si loin solliciter, émouvoir, soulever tout au fond de moi? Je ne
    sais. Maintenant je ne sens plus rien, il est arrêté, redescendu
    peut-être; qui sait s’il remontera jamais de sa nuit? Dix fois il me
    faut recommencer, me pencher vers lui. Et chaque fois la lâcheté qui
    nous détourne de toute tâche difficile, de toute œuvre important, m’a
    conseillé de laisser cela, de boire mon thé en pensant simplement à
    mes ennuis d’aujourd’hui, à mes désirs de demain qui se laissent
    remâcher sans peine.

    Et tout d’un coup le souvenir m’est apparu. Ce goût c’était celui du petit
    morceau de madeleine que le dimanche matin à Combray (parce que ce
    jour-là je ne sortais pas avant l’heure de la messe), quand j’allais
    lui dire bonjour dans sa chambre, ma tante Léonie m’offrait après
    l’avoir trempé dans son infusion de thé ou de tilleul. La vue de la
    petite madeleine ne m’avait rien rappelé avant que je n’y eusse goûté;
    peut-être parce que, en ayant souvent aperçu depuis, sans en manger,
    sur les tablettes des pâtissiers, leur image avait quitté ces jours de
    Combray pour se lier à d’autres plus récents; peut-être parce que de
    ces souvenirs abandonnés si longtemps hors de la mémoire, rien ne
    survivait, tout s’était désagrégé; les formes,--et celle aussi du petit
    coquillage de pâtisserie, si grassement sensuel, sous son plissage
    sévère et dévot--s’étaient abolies, ou, ensommeillées, avaient perdu la
    force d’expansion qui leur eût permis de rejoindre la conscience.
    Mais, quand d’un passé ancien rien ne subsiste, après la mort des
    êtres, après la destruction des choses, seules, plus frêles mais plus
    vivaces, plus immatérielles, plus persistantes, plus fidèles, l’odeur
    et la saveur restent encore longtemps, comme des âmes, à se rappeler,
    à attendre, à espérer, sur la ruine de tout le reste, à porter sans
    fléchir, sur leur gouttelette presque impalpable, l’édifice immense du
    souvenir.

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    De la terre à la lune trajet direct en 97 heures 20 minutes

    Aproximadamente 57.180 palavras.

    Produced by John Walker

    De la Terre à la Lune

    Trajet Direct

    en 97 Heures 20 Minutes

    par Jules Verne

    I
    --------------------
    LE GUN-CLUB

    Pendant la guerre fédérale des États-Unis, un nouveau club très
    influent s'établit dans la ville de Baltimore, en plein Maryland. On
    sait avec quelle énergie l'instinct militaire se développa chez ce
    peuple d'armateurs, de marchands et de mécaniciens. De simples
    négociants enjambèrent leur comptoir pour s'improviser capitaines,
    colonels, généraux, sans avoir passé par les écoles d'application de
    West-Point [École militaire des États-Unis.]; ils égalèrent bientôt
    dans «L'art de la guerre» leurs collègues du vieux continent, et comme
    eux ils remportèrent des victoires à force de prodiguer les boulets,
    les millions et les hommes.

    Mais en quoi les Américains surpassèrent singulièrement les Européens,
    ce fut dans la science de la balistique. Non que leurs armes
    atteignissent un plus haut degré de perfection, mais elles offrirent
    des dimensions inusitées, et eurent par conséquent des portées
    inconnues jusqu'alors. En fait de tirs rasants, plongeants ou de
    plein fouet, de feux d'écharpe, d'enfilade ou de revers, les Anglais,
    les Français, les Prussiens, n'ont plus rien à apprendre; mais leurs
    canons, leurs obusiers, leurs mortiers ne sont que des pistolets de
    poche auprès des formidables engins de l'artillerie américaine.

    Ceci ne doit étonner personne. Les Yankees, ces premiers mécaniciens
    du monde, sont ingénieurs, comme les Italiens sont musiciens et les
    Allemands métaphysiciens,--de naissance. Rien de plus naturel, dès
    lors, que de les voir apporter dans la science de la balistique leur
    audacieuse ingéniosité. De là ces canons gigantesques, beaucoup moins
    utiles que les machines à coudre, mais aussi étonnants et encore plus
    admirés. On connaît en ce genre les merveilles de Parrott, de
    Dahlgreen, de Rodman. Les Armstrong, les Pallisser et les Treuille de
    Beaulieu n'eurent plus qu'à s'incliner devant leurs rivaux
    d'outre-mer.

    Donc, pendant cette terrible lutte des Nordistes et des Sudistes, les
    artilleurs tinrent le haut du pavé; les journaux de l'Union
    célébraient leurs inventions avec enthousiasme, et il n'était si mince
    marchand, si naïf «booby» [Badaud.], qui ne se cassât jour et nuit la
    tête à calculer des trajectoires insensées.

    Or, quand un Américain a une idée, il cherche un second Américain qui
    la partage. Sont-ils trois, ils élisent un président et deux
    secrétaires. Quatre, ils nomment un archiviste, et le bureau
    fonctionne. Cinq, ils se convoquent en assemblée générale, et le club
    est constitué. Ainsi arriva-t-il à Baltimore. Le premier qui inventa
    un nouveau canon s'associa avec le premier qui le fondit et le premier
    qui le fora. Tel fut le noyau du Gun-Club [Littéralement
    «Club-Canon».]. Un mois après sa formation, il comptait dix-huit cent
    trente-trois membres effectifs et trente mille cinq cent
    soixante-quinze membres correspondants.

    Une condition _sine qua non_ était imposée à toute personne qui
    voulait entrer dans l'association, la condition d'avoir imaginé ou,
    tout au moins, perfectionné un canon; à défaut de canon, une arme à
    feu quelconque. Mais, pour tout dire, les inventeurs de revolvers à
    quinze coups, de carabines pivotantes ou de sabres-pistolets ne
    jouissaient pas d'une grande considération. Les artilleurs les
    primaient en toute circonstance.

    «L'estime qu'ils obtiennent, dit un jour un des plus savants orateurs
    du Gun-Club, est proportionnelle «aux masses» de leur canon, et «en
    raison directe du carré des distances» atteintes par leurs
    projectiles!

    Un peu plus, c'était la loi de Newton sur la gravitation universelle
    transportée dans l'ordre moral.

    Le Gun-Club fondé, on se figure aisément ce que produisit en ce genre
    le génie inventif des Américains. Les engins de guerre prirent des
    proportions colossales, et les projectiles allèrent, au-delà des
    limites permises, couper en deux les promeneurs inoffensifs. Toutes
    ces inventions laissèrent loin derrière elles les timides instruments
    de l'artillerie européenne. Qu'on en juge par les chiffres suivants.

    Jadis, «au bon temps», un boulet de trente-six, à une distance de
    trois cents pieds, traversait trente-six chevaux pris de flanc et
    soixante-huit hommes. C'était l'enfance de l'art. Depuis lors, les
    projectiles ont fait du chemin. Le canon Rodman, qui portait à sept
    milles [Le mille vaut 1609 mètres 31 centimètres. Cela fait donc près
    de trois lieues.] un boulet pesant une demi-tonne [Cinq cents
    kilogrammes.] aurait facilement renversé cent cinquante chevaux et
    trois cents hommes. Il fut même question au Gun-Club d'en faire une
    épreuve solennelle. Mais, si les chevaux consentirent à tenter
    l'expérience, les hommes firent malheureusement défaut.

    Quoi qu'il en soit, l'effet de ces canons était très meurtrier, et à
    chaque décharge les combattants tombaient comme des épis sous la faux.
    Que signifiaient, auprès de tels projectiles, ce fameux boulet qui, à
    Coutras, en 1587, mit vingt-cinq hommes hors de combat, et cet autre
    qui, à Zorndoff, en 1758, tua quarante fantassins, et, en 1742, ce
    canon autrichien de Kesselsdorf, dont chaque coup jetait soixante-dix
    ennemis par terre? Qu'étaient ces feux surprenants d'Iéna ou
    d'Austerlitz qui décidaient du sort de la bataille? On en avait vu
    bien d'autres pendant la guerre fédérale! Au combat de Gettysburg, un
    projectile conique lancé par un canon rayé atteignit cent
    soixante-treize confédérés; et, au passage du Potomac, un boulet
    Rodman envoya deux cent quinze Sudistes dans un monde évidemment
    meilleur. Il faut mentionner également un mortier formidable
    inventé par J.-T. Maston, membre distingué et secrétaire perpétuel du
    Gun-Club, dont le résultat fut bien autrement meurtrier, puisque, à
    son coup d'essai, il tua trois cent trente-sept personnes,--en
    éclatant, il est vrai!

    Qu'ajouter à ces nombres si éloquents par eux-mêmes? Rien. Aussi
    admettra-t-on sans conteste le calcul suivant, obtenu par le
    statisticien Pitcairn: en divisant le nombre des victimes tombées sous
    les boulets par celui des membres du Gun-Club, il trouva que chacun de
    ceux-ci avait tué pour son compte une «moyenne» de deux mille trois
    cent soixante-quinze hommes et une fraction.

    A considérer un pareil chiffre, il est évident que l'unique
    préoccupation de cette société savante fut la destruction de
    l'humanité dans un but philanthropique, et le perfectionnement des
    armes de guerre, considérées comme instruments de civilisation.

    C'était une réunion d'Anges Exterminateurs, au demeurant les meilleurs
    fils du monde.

    Il faut ajouter que ces Yankees, braves à toute épreuve, ne s'en
    tinrent pas seulement aux formules et qu'ils payèrent de leur
    personne. On comptait parmi eux des officiers de tout grade,
    lieutenants ou généraux, des militaires de tout âge, ceux qui
    débutaient dans la carrière des armes et ceux qui vieillissaient sur
    leur affût. Beaucoup restèrent sur le champ de bataille dont les noms
    figuraient au livre d'honneur du Gun-Club, et de ceux qui revinrent la
    plupart portaient les marques de leur indiscutable intrépidité.
    Béquilles, jambes de bois, bras articulés, mains à crochets, mâchoires
    en caoutchouc, crânes en argent, nez en platine, rien ne manquait à la
    collection, et le susdit Pitcairn calcula également que, dans le
    Gun-Club, il n'y avait pas tout à fait un bras pour quatre personnes,
    et seulement deux jambes pour six.

    Mais ces vaillants artilleurs n'y regardaient pas de si près, et ils
    se sentaient fiers à bon droit, quand le bulletin d'une bataille
    relevait un nombre de victimes décuple de la quantité de projectiles
    dépensés.

    Un jour, pourtant, triste et lamentable jour, la paix fut signée par
    les survivants de la guerre, les détonations cessèrent peu à peu, les
    mortiers se turent, les obusiers muselés pour longtemps et les canons,
    la tête basse, rentrèrent aux arsenaux, les boulets s'empilèrent dans
    les parcs, les souvenirs sanglants s'effacèrent, les cotonniers
    poussèrent magnifiquement sur les champs largement engraissés, les
    vêtements de deuil achevèrent de s'user avec les douleurs, et le
    Gun-Club demeura plongé dans un désœuvrement profond.

    Certains piocheurs, des travailleurs acharnés, se livraient bien
    encore à des calculs de balistique; ils rêvaient toujours de bombes
    gigantesques et d'obus incomparables. Mais, sans la pratique,
    pourquoi ces vaines théories? Aussi les salles devenaient désertes,
    les domestiques dormaient dans les antichambres, les journaux
    moisissaient sur les tables, les coins obscurs retentissaient de
    ronflements tristes, et les membres du Gun-Club, jadis si bruyants,
    maintenant réduits au silence par une paix désastreuse, s'endormaient
    dans les rêveries de l'artillerie platonique!

    «C'est désolant, dit un soir le brave Tom Hunter, pendant que ses
    jambes de bois se carbonisaient dans la cheminée du fumoir. Rien à
    faire! rien à espérer! Quelle existence fastidieuse! Où est le
    temps où le canon vous réveillait chaque matin par ses joyeuses
    détonations?

    --Ce temps-là n'est plus, répondit le fringant Bilsby, en cherchant à
    se détirer les bras qui lui manquaient. C'était un plaisir alors!
    On inventait son obusier, et, à peine fondu, on courait l'essayer
    devant l'ennemi; puis on rentrait au camp avec un encouragement de
    Sherman ou une poignée de main de MacClellan! Mais, aujourd'hui, les
    généraux sont retournés à leur comptoir, et, au lieu de projectiles,
    ils expédient d'inoffensives balles de coton! Ah! par sainte Barbe!
    l'avenir de l'artillerie est perdu en Amérique!

    --Oui, Bilsby, s'écria le colonel Blomsberry, voilà de cruelles
    déceptions! Un jour on quitte ses habitudes tranquilles, on s'exerce
    au maniement des armes, on abandonne Baltimore pour les champs de
    bataille, on se conduit en héros, et, deux ans, trois ans plus tard,
    il faut perdre le fruit de tant de fatigues, s'endormir dans une
    déplorable oisiveté et fourrer ses mains dans ses poches.

    Quoi qu'il pût dire, le vaillant colonel eût été fort empêché de
    donner une pareille marque de son désœuvrement, et cependant, ce
    n'étaient pas les poches qui lui manquaient.

    «Et nulle guerre en perspective! dit alors le fameux J.-T. Maston,
    en grattant de son crochet de fer son crâne en gutta-percha. Pas un
    nuage à l'horizon, et cela quand il y a tant à faire dans la science
    de l'artillerie! Moi qui vous parle, j'ai terminé ce matin une
    épure, avec plan, coupe et élévation, d'un mortier destiné à changer
    les lois de la guerre!

    --Vraiment? répliqua Tom Hunter, en songeant involontairement au
    dernier essai de l'honorable J.-T. Maston.

    --Vraiment, répondit celui-ci. Mais à quoi serviront tant d'études
    menées à bonne fin, tant de difficultés vaincues? N'est-ce pas
    travailler en pure perte? Les peuples du Nouveau Monde semblent
    s'être donné le mot pour vivre en paix, et notre belliqueux _Tribune_
    [Le plus fougueux journal abolitionniste de l'Union.] en arrive à
    pronostiquer de prochaines catastrophes dues à l'accroissement
    scandaleux des populations!

    --Cependant, Maston, reprit le colonel Blomsberry, on se bat toujours
    en Europe pour soutenir le principe des nationalités!

    --Eh bien?

    --Eh bien! il y aurait peut-être quelque chose à tenter là-bas, et si
    l'on acceptait nos services...

    --Y pensez-vous? s'écria Bilsby. Faire de la balistique au profit
    des étrangers!

    --Cela vaudrait mieux que de n'en pas faire du tout, riposta le
    colonel.

    --Sans doute, dit J.-T. Maston, cela vaudrait mieux, mais il ne faut
    même pas songer à cet expédient.

    --Et pourquoi cela? demanda le colonel.

    --Parce qu'ils ont dans le Vieux Monde des idées sur l'avancement qui
    contrarieraient toutes nos habitudes américaines. Ces gens-là ne
    s'imaginent pas qu'on puisse devenir général en chef avant d'avoir
    servi comme sous-lieutenant, ce qui reviendrait à dire qu'on ne
    saurait être bon pointeur à moins d'avoir fondu le canon soi-même!
    Or, c'est tout simplement...

    --Absurde! répliqua Tom Hunter en déchiquetant les bras de son
    fauteuil à coups de «bowie-knife» [Couteau à large lame.], et puisque
    les choses en sont là, il ne nous reste plus qu'à planter du tabac ou
    à distiller de l'huile de baleine!

    --Comment! s'écria J.-T. Maston d'une voix retentissante, ces
    dernières années de notre existence, nous ne les emploierons pas au
    perfectionnement des armes à feu! Une nouvelle occasion ne se
    rencontrera pas d'essayer la portée de nos projectiles! L'atmosphère
    ne s'illuminera plus sous l'éclair de nos canons! Il ne surgira pas
    une difficulté internationale qui nous permette de déclarer la guerre
    à quelque puissance transatlantique! Les Français ne couleront pas un
    seul de nos steamers, et les Anglais ne pendront pas, au mépris du
    droit des gens, trois ou quatre de nos nationaux!

    --Non, Maston, répondit le colonel Blomsberry, nous n'aurons pas ce
    bonheur! Non! pas un de ces incidents ne se produira, et, se
    produisît-il, nous n'en profiterions même pas! La susceptibilité
    américaine s'en va de jour en jour, et nous tombons en quenouille!

    --Oui, nous nous humilions! répliqua Bilsby.

    --Et on nous humilie! riposta Tom Hunter.

    --Tout cela n'est que trop vrai, répliqua J.-T. Maston avec une
    nouvelle véhémence. Il y a dans l'air mille raisons de se battre et
    l'on ne se bat pas! On économise des bras et des jambes, et cela au
    profit de gens qui n'en savent que faire! Et tenez, sans chercher si
    loin un motif de guerre, l'Amérique du Nord n'a-t-elle pas appartenu
    autrefois aux Anglais?

    --Sans doute, répondit Tom Hunter en tisonnant avec rage du bout de sa
    béquille.

    --Eh bien! reprit J.-T. Maston, pourquoi l'Angleterre à son tour
    n'appartiendrait-elle pas aux Américains?

    --Ce ne serait que justice, riposta le colonel Blomsberry.

    --Allez proposer cela au président des États-Unis, s'écria J.-T.
    Maston, et vous verrez comme il vous recevra!

    --Il nous recevra mal, murmura Bilsby entre les quatre dents qu'il
    avait sauvées de la bataille.

    --Par ma foi, s'écria J.-T. Maston, aux prochaines élections il n'a
    que faire de compter sur ma voix!

    --Ni sur les nôtres, répondirent d'un commun accord ces belliqueux
    invalides.

    --En attendant, reprit J.-T. Maston, et pour conclure, si l'on ne me
    fournit pas l'occasion d'essayer mon nouveau mortier sur un vrai champ
    de bataille, je donne ma démission de membre du Gun-Club, et je cours
    m'enterrer dans les savanes de l'Arkansas!

    --Nous vous y suivrons», répondirent les interlocuteurs de
    l'audacieux J.-T. Maston.

    Or, les choses en étaient là, les esprits se montaient de plus en
    plus, et le club était menacé d'une dissolution prochaine, quand un
    événement inattendu vint empêcher cette regrettable catastrophe.

    Le lendemain même de cette conversation, chaque membre du cercle
    recevait une circulaire libellée en ces termes:

    _Baltimore, 3 octobre._

    _Le président du Gun-Club a l'honneur de prévenir ses collègues qu'à
    la séance du 5 courant il leur fera une communication de nature à les
    intéresser vivement. En conséquence, il les prie, toute affaire
    cessante, de se rendre à l'invitation qui leur est faite par la
    présente._

    _Très cordialement leur_
    IMPEY BARBICANE, P. G.-C.

    II
    --------------------
    COMMUNICATION DU PRÉSIDENT BARBICANE

    Le 5 octobre, à huit heures du soir, une foule compacte se pressait
    dans les salons du Gun-Club, 21, Union-Square. Tous les membres du
    cercle résidant à Baltimore s'étaient rendus à l'invitation de leur
    président. Quant aux membres correspondants, les express les
    débarquaient par centaines dans les rues de la ville, et si grand que
    fût le «hall» des séances, ce monde de savants n'avait pu y trouver
    place; aussi refluait-il dans les salles voisines, au fond des
    couloirs et jusqu'au milieu des cours extérieures; là, il rencontrait
    le simple populaire qui se pressait aux portes, chacun cherchant à
    gagner les premiers rangs, tous avides de connaître l'importante
    communication du président Barbicane, se poussant, se bousculant,
    s'écrasant avec cette liberté d'action particulière aux masses élevées
    dans les idées du «self government» [Gouvernement personnel.].

    Ce soir-là, un étranger qui se fût trouvé à Baltimore n'eût pas
    obtenu, même à prix d'or, de pénétrer dans la grande salle; celle-ci
    était exclusivement réservée aux membres résidants ou correspondants;
    nul autre n'y pouvait prendre place, et les notables de la cité, les
    magistrats du conseil des selectmen [Administrateurs de la ville élus
    par la population.] avaient dû se mêler à la foule de leurs
    administrés, pour saisir au vol les nouvelles de l'intérieur.

    Cependant l'immense «hall» offrait aux regards un curieux spectacle.
    Ce vaste local était merveilleusement approprié à sa destination. De
    hautes colonnes formées de canons superposés auxquels d'épais mortiers
    servaient de base soutenaient les fines armatures de la voûte,
    véritables dentelles de fonte frappées à l'emporte-pièce. Des
    panoplies d'espingoles, de tromblons, d'arquebuses, de carabines, de
    toutes les armes à feu anciennes ou modernes s'écartelaient sur les
    murs dans un entrelacement pittoresque. Le gaz sortait pleine flamme
    d'un millier de revolvers groupés en forme de lustres, tandis que des
    girandoles de pistolets et des candélabres faits de fusils réunis en
    faisceaux, complétaient ce splendide éclairage. Les modèles de
    canons, les échantillons de bronze, les mires criblées de coups, les
    plaques brisées au choc des boulets du Gun-Club, les assortiments de
    refouloirs et d'écouvillons, les chapelets de bombes, les colliers de
    projectiles, les guirlandes d'obus, en un mot, tous les outils de
    l'artilleur surprenaient l'œil par leur étonnante disposition et
    laissaient à penser que leur véritable destination était plus
    décorative que meurtrière.

    A la place d'honneur, on voyait, abrité par une splendide vitrine, un
    morceau de culasse, brisé et tordu sous l'effort de la poudre,
    précieux débris du canon de J.-T. Maston.

    A l'extrémité de la salle, le président, assisté de quatre
    secrétaires, occupait une large esplanade. Son siège, élevé sur un
    affût sculpté, affectait dans son ensemble les formes puissantes d'un
    mortier de trente-deux pouces; il était braque sous un angle de
    quatre-vingt-dix degrés et suspendu à des tourillons, de telle sorte
    que le président pouvait lui imprimer, comme aux «rocking-chairs»
    [Chaises à bascule en usage aux États-Unis.], un balancement fort
    agréable par les grandes chaleurs. Sur le bureau, vaste plaque de
    tôle supportée par six caronades, on voyait un encrier d'un goût
    exquis, fait d'un biscaïen délicieusement ciselé, et un timbre à
    détonation qui éclatait, à l'occasion, comme un revolver. Pendant les
    discussions véhémentes, cette sonnette d'un nouveau genre suffisait à
    peine à couvrir la voix de cette légion d'artilleurs surexcités.

    Devant le bureau, des banquettes disposées en zigzags, comme les
    circonvallations d'un retranchement, formaient une succession de
    bastions et de courtines où prenaient place tous les membres du
    Gun-Club, et ce soir-là, on peut le dire, «il y avait du monde sur les
    remparts». On connaissait assez le président pour savoir qu'il n'eût
    pas dérangé ses collègues sans un motif de la plus haute gravité.

    Impey Barbicane était un homme de quarante ans, calme, froid, austère,
    d'un esprit éminemment sérieux et concentré; exact comme un
    chronomètre, d'un tempérament à toute épreuve, d'un caractère
    inébranlable; peu chevaleresque, aventureux cependant, mais apportant
    des idées pratiques jusque dans ses entreprises les plus téméraires;
    l'homme par excellence de la Nouvelle-Angleterre, le Nordiste
    colonisateur, le descendant de ces Têtes-Rondes si funestes aux
    Stuarts, et l'implacable ennemi des gentlemen du Sud, ces anciens
    Cavaliers de la mère patrie. En un mot, un Yankee coulé d'un seul
    bloc.

    Barbicane avait fait une grande fortune dans le commerce des bois;
    nommé directeur de l'artillerie pendant la guerre, il se montra
    fertile en inventions; audacieux dans ses idées, il contribua
    puissamment aux progrès de cette arme, et donna aux choses
    expérimentales un incomparable élan.

    C'était un personnage de taille moyenne, ayant, par une rare exception
    dans le Gun-Club, tous ses membres intacts. Ses traits accentués
    semblaient tracés à l'équerre et au tire-ligne, et s'il est vrai que,
    pour deviner les instincts d'un homme, on doive le regarder de profil,
    Barbicane, vu ainsi, offrait les indices les plus certains de
    l'énergie, de l'audace et du sang-froid.

    En cet instant, il demeurait immobile dans son fauteuil, muet,
    absorbé, le regard en dedans, abrité sous son chapeau à haute forme,
    cylindre de soie noire qui semble vissé sur les crânes américains.

    Ses collègues causaient bruyamment autour de lui sans le distraire;
    ils s'interrogeaient, ils se lançaient dans le champ des suppositions,
    ils examinaient leur président et cherchaient, mais en vain, à dégager
    l'X de son imperturbable physionomie.

    Lorsque huit heures sonnèrent à l'horloge fulminante de la grande
    salle, Barbicane, comme s'il eût été mû par un ressort, se redressa
    subitement; il se fit un silence général, et l'orateur, d'un ton un
    peu emphatique, prit la parole en ces termes:

    «Braves collègues, depuis trop longtemps déjà une paix inféconde est
    venue plonger les membres du Gun-Club dans un regrettable
    désœuvrement. Après une période de quelques années, si pleine
    d'incidents, il a fallu abandonner nos travaux et nous arrêter net sur
    la route du progrès. Je ne crains pas de le proclamer à haute voix,
    toute guerre qui nous remettrait les armes à la main serait bien
    venue...

    --Oui, la guerre! s'écria l'impétueux J.-T. Maston.

    --Écoutez! écoutez! répliqua-t-on de toutes parts.

    --Mais la guerre, dit Barbicane, la guerre est impossible dans les
    circonstances actuelles, et, quoi que puisse espérer mon honorable
    interrupteur, de longues années s'écouleront encore avant que nos
    canons tonnent sur un champ de bataille. Il faut donc en prendre son
    parti et chercher dans un autre ordre d'idées un aliment à l'activité
    qui nous dévore!

    L'assemblée sentit que son président allait aborder le point délicat.
    Elle redoubla d'attention.

    «Depuis quelques mois, mes braves collègues, reprit Barbicane, je me
    suis demandé si, tout en restant dans notre spécialité, nous ne
    pourrions pas entreprendre quelque grande expérience digne du XIXe
    siècle, et si les progrès de la balistique ne nous permettraient pas
    de la mener à bonne fin. J'ai donc cherché, travaillé, calculé, et de
    mes études est résultée cette conviction que nous devons réussir dans
    une entreprise qui paraîtrait impraticable à tout autre pays. Ce
    projet, longuement élaboré, va faire l'objet de ma communication; il
    est digne de vous, digne du passé du Gun-Club, et il ne pourra manquer
    de faire du bruit dans le monde!

    --Beaucoup de bruit? s'écria un artilleur passionné.

    --Beaucoup de bruit dans le vrai sens du mot, répondit Barbicane.

    --N'interrompez pas! répétèrent plusieurs voix.

    --Je vous prie donc, braves collègues, reprit le président, de
    m'accorder toute votre attention.

    Un frémissement courut dans l'assemblée. Barbicane, ayant d'un geste
    rapide assuré son chapeau sur sa tête, continua son discours d'une
    voix calme:

    «Il n'est aucun de vous, braves collègues, qui n'ait vu la Lune, ou
    tout au moins, qui n'en ait entendu parler. Ne vous étonnez pas si je
    viens vous entretenir ici de l'astre des nuits. Il nous est peut-être
    réservé d'être les Colombs de ce monde inconnu. Comprenez-moi,
    secondez-moi de tout votre pouvoir, je vous mènerai à sa conquête, et
    son nom se joindra à ceux des trente-six États qui forment ce grand
    pays de l'Union!

    --Hurrah pour la Lune! s'écria le Gun-Club d'une seule voix.

    --On a beaucoup étudié la Lune, reprit Barbicane; sa masse, sa densité,
    son poids, son volume, sa constitution, ses mouvements, sa distance, son
    rôle dans le monde solaire, sont parfaitement déterminés; on a dressé
    des cartes sélénographiques[*] avec une perfection qui égale, si même
    elle ne surpasse pas, celle des cartes terrestres; la photographie a
    donné de notre satellite des épreuves d'une incomparable beauté [Voir
    les magnifiques clichés de la Lune, obtenus par M. Waren de la Rue.]. En
    un mot, on sait de la Lune tout ce que les sciences mathématiques,
    l'astronomie, la géologie, l'optique peuvent en apprendre; mais
    jusqu'ici il n'a jamais été établi de communication directe avec elle.

    [* De σελἡνη, mot grec qui signifie Lune.]

    Un violent mouvement d'intérêt et de surprise accueillit ces paroles.

    «Permettez-moi, reprit-il, de vous rappeler en quelques mots comment
    certains esprits ardents, embarqués pour des voyages imaginaires,
    prétendirent avoir pénétré les secrets de notre satellite. Au XVIIe
    siècle, un certain David Fabricius se vanta d'avoir vu de ses yeux des
    habitants de la Lune. En 1649, un Français, Jean Baudoin, publia le
    _Voyage fait au monde de la Lune par Dominique Gonzalès_, aventurier
    espagnol. A la même époque, Cyrano de Bergerac fit paraître cette
    expédition célèbre qui eut tant de succès en France. Plus tard, un
    autre Français--ces gens-là s'occupent beaucoup de la Lune--, le nommé
    Fontenelle, écrivit la _Pluralité des Mondes_, un chef-d'œuvre en son
    temps; mais la science, en marchant, écrase même les chefs-d'œuvre!
    Vers 1835, un opuscule traduit du _New York American_ raconta que Sir
    John Herschell, envoyé au cap de Bonne-Espérance pour y faire des
    études astronomiques, avait, au moyen d'un télescope perfectionné par
    un éclairage intérieur, ramené la Lune à une distance de quatre-vingts
    yards [Le yard vaut un peu moins que le mètre, soit 91 cm.]. Alors
    il aurait aperçu distinctement des cavernes dans lesquelles vivaient
    des hippopotames, de vertes montagnes frangées de dentelles d'or, des
    moutons aux cornes d'ivoire, des chevreuils blancs, des habitants avec
    des ailes membraneuses comme celles de la chauve-souris. Cette
    brochure, œuvre d'un Américain nommé Locke [Cette brochure fut
    publiée en France par le républicain Laviron, qui fut tué au siège de
    Rome en 1840.], eut un très grand succès. Mais bientôt on reconnut
    que c'était une mystification scientifique, et les Français furent les
    premiers à en rire.

    --Rire d'un Américain! s'écria J.-T. Maston, mais voilà un _casus
    belli_!...

    --Rassurez-vous, mon digne ami. Les Français, avant d'en rire,
    avaient été parfaitement dupés de notre compatriote. Pour terminer ce
    rapide historique, j'ajouterai qu'un certain Hans Pfaal de Rotterdam,
    s'élançant dans un ballon rempli d'un gaz tiré de l'azote, et
    trente-sept fois plus léger que l'hydrogène, atteignit la Lune après
    dix-neuf jours de traversée. Ce voyage, comme les tentatives
    précédentes, était simplement imaginaire, mais ce fut l'œuvre d'un
    écrivain populaire en Amérique, d'un génie étrange et contemplatif.
    J'ai nommé Poe!

    --Hurrah pour Edgard Poe! s'écria l'assemblée, électrisée par les
    paroles de son président.

    --J'en ai fini, reprit Barbicane, avec ces tentatives que j'appellerai
    purement littéraires, et parfaitement insuffisantes pour établir des
    relations sérieuses avec l'astre des nuits. Cependant, je dois
    ajouter que quelques esprits pratiques essayèrent de se mettre en
    communication sérieuse avec lui. Ainsi, il y a quelques années, un
    géomètre allemand proposa d'envoyer une commission de savants dans les
    steppes de la Sibérie. Là, sur de vastes plaines, on devait établir
    d'immenses figures géométriques, dessinées au moyen de réflecteurs
    lumineux, entre autres le carré de l'hypoténuse, vulgairement appelé
    le «Pont aux ânes» par les Français. «Tout être intelligent, disait
    le géomètre, doit comprendre la destination scientifique de cette
    figure. Les Sélénites [Habitants de la Lune.], s'ils existent,
    répondront par une figure semblable, et la communication une fois
    établie, il sera facile de créer un alphabet a qui permettra de
    s'entretenir avec les habitants de la Lune.» Ainsi parlait le géomètre
    allemand, mais son projet ne fut pas mis à exécution, et jusqu'ici
    aucun lien direct n'a existé entre la Terre et son satellite. Mais il
    est réservé au génie pratique des Américains de se mettre en rapport
    avec le monde sidéral. Le moyen d'y parvenir est simple, facile,
    certain, immanquable, et il va faire l'objet de ma proposition.

    Un brouhaha, une tempête d'exclamations accueillit ces paroles. Il
    n'était pas un seul des assistants qui ne fût dominé, entraîné, enlevé
    par les paroles de l'orateur.

    «Écoutez! écoutez! Silence donc!» s'écria-t-on de toutes parts.

    Lorsque l'agitation fut calmée, Barbicane reprit d'une voix plus grave
    son discours interrompu:

    «Vous savez, dit-il, quels progrès la balistique a faits depuis
    quelques années et à quel degré de perfection les armes à feu seraient
    parvenues, si la guerre eût continué. Vous n'ignorez pas non plus
    que, d'une façon générale, la force de résistance des canons et la
    puissance expansive de la poudre sont illimitées. Eh bien! partant
    de ce principe, je me suis demandé si, au moyen d'un appareil
    suffisant, établi dans des conditions de résistance déterminées, il ne
    serait pas possible d'envoyer un boulet dans la Lune.

    A ces paroles, un «oh!» de stupéfaction s'échappa de mille poitrines
    haletantes; puis il se fit un moment de silence, semblable à ce calme
    profond qui précède les coups de tonnerre. Et, en effet, le tonnerre
    éclata, mais un tonnerre d'applaudissements, de cris, de clameurs, qui
    fit trembler la salle des séances. Le président voulait parler; il ne
    le pouvait pas. Ce ne fut qu'au bout de dix minutes qu'il parvint à
    se faire entendre.

    «Laissez-moi achever, reprit-il froidement. J'ai pris la question
    sous toutes ses faces, je l'ai abordée résolument, et de mes calculs
    indiscutables il résulte que tout projectile doué d'une vitesse
    initiale de douze mille yards [Environ 11,000 mètres.] par seconde, et
    dirigé vers la Lune, arrivera nécessairement jusqu'à elle. J'ai donc
    l'honneur de vous proposer, mes braves collègues, de tenter cette
    petite expérience!

    III
    --------------------
    EFFET DE LA COMMUNICATION BARBICANE

    Il est impossible de peindre l'effet produit par les dernières paroles
    de l'honorable président. Quels cris! quelles vociférations! quelle
    succession de grognements, de hurrahs, de «hip! hip! hip!» et de
    toutes ces onomatopées qui foisonnent dans la langue américaine!
    C'était un désordre, un brouhaha indescriptible! Les bouches
    criaient, les mains battaient, les pieds ébranlaient le plancher des
    salles. Toutes les armes de ce musée d'artillerie, partant à la fois,
    n'auraient pas agité plus violemment les ondes sonores. Cela ne peut
    surprendre. Il y a des canonniers presque aussi bruyants que leurs
    canons.

    Barbicane demeurait calme au milieu de ces clameurs enthousiastes;
    peut-être voulait-il encore adresser quelques paroles à ses collègues,
    car ses gestes réclamèrent le silence, et son timbre fulminant
    s'épuisa en violentes détonations. On ne l'entendit même pas.
    Bientôt il fut arraché de son siège, porté en triomphe, et des mains
    de ses fidèles camarades il passa dans les bras d'une foule non moins
    surexcitée.

    Rien ne saurait étonner un Américain. On a souvent répété que le mot
    «impossible» n'était pas français; on s'est évidemment trompé de
    dictionnaire. En Amérique, tout est facile, tout est simple, et quant
    aux difficultés mécaniques, elles sont mortes avant d'être nées.
    Entre le projet Barbicane et sa réalisation, pas un véritable Yankee
    ne se fût permis d'entrevoir l'apparence d'une difficulté. Chose
    dite, chose faite.

    La promenade triomphale du président se prolongea dans la soirée. Une
    véritable marche aux flambeaux. Irlandais, Allemands, Français,
    Écossais, tous ces individus hétérogènes dont se compose la population
    du Maryland, criaient dans leur langue maternelle, et les vivats, les
    hurrahs, les bravos s'entremêlaient dans un inexprimable élan.

    Précisément, comme si elle eût compris qu'il s'agissait d'elle, la
    Lune brillait alors avec une sereine magnificence, éclipsant de son
    intense irradiation les feux environnants. Tous les Yankees
    dirigeaient leurs yeux vers son disque étincelant; les uns la
    saluaient de la main, les autres l'appelaient des plus doux noms;
    ceux-ci la mesuraient du regard, ceux-là la menaçaient du poing; de
    huit heures à minuit, un opticien de Jone's-Fall-Street fit sa fortune
    à vendre des lunettes. L'astre des nuits était lorgné comme une lady
    de haute volée. Les Américains en agissaient avec un sans-façon de
    propriétaires. Il semblait que la blonde Phoebé appartînt à ces
    audacieux conquérants et fît déjà partie du territoire de l'Union. Et
    pourtant il n'était question que de lui envoyer un projectile, façon
    assez brutale d'entrer en relation, même avec un satellite, mais fort
    en usage parmi les nations civilisées.

    Minuit venait de sonner, et l'enthousiasme ne baissait pas; il se
    maintenait à dose égale dans toutes les classes de la population; le
    magistrat, le savant, le négociant, le marchand, le portefaix, les
    hommes intelligents aussi bien que les gens «verts [Expression tout
    fait américaine pour désigner des gens naïfs.]», se sentaient remués
    dans leur fibre la plus délicate; il s'agissait là d'une entreprise
    nationale; aussi la ville haute, la ville basse, les quais baignés par
    les eaux du Patapsco, les navires emprisonnés dans leurs bassins
    regorgeaient d'une foule ivre de joie, de gin et de whisky; chacun
    conversait, pérorait, discutait, disputait, approuvait, applaudissait,
    depuis le gentleman nonchalamment étendu sur le canapé des bar-rooms
    devant sa chope de sherry-cobbler [Mélange de rhum, de jus d'orange,
    de sucre, de cannelle et de muscade. Cette boisson de couleur
    jaunâtre s'aspire dans des chopes au moyen d'un chalumeau de verre.
    Les bar-rooms sont des espèces de cafés.], jusqu'au waterman qui se
    grisait de «casse-poitrine [Boisson effrayante du bas peuple.
    Littéralement, en anglais: _thorough knock me down_.] » dans les
    sombres tavernes du Fells-Point.

    Cependant, vers deux heures, l'émotion se calma. Le président
    Barbicane parvint à rentrer chez lui, brisé, écrasé, moulu. Un
    hercule n'eût pas résisté à un enthousiasme pareil. La foule
    abandonna peu à peu les places et les rues. Les quatre rails-roads de
    l'Ohio, de Susquehanna, de Philadelphie et de Washington, qui
    convergent à Baltimore, jetèrent le public hexogène aux quatre coins
    des États-Unis, et la ville se reposa dans une tranquillité relative.

    Ce serait d'ailleurs une erreur de croire que, pendant cette soirée
    mémorable, Baltimore fût seule en proie à cette agitation. Les
    grandes villes de l'Union, New York, Boston, Albany, Washington,
    Richmond, Crescent-City [Surnom de La Nouvelle-Orléans.], Charleston,
    la Mobile, du Texas au Massachusetts, du Michigan aux Florides, toutes
    prenaient leur part de ce délire. En effet, les trente mille
    correspondants du Gun-Club connaissaient la lettre de leur président,
    et ils attendaient avec une égale impatience la fameuse communication
    du 5 octobre. Aussi, le soir même, à mesure que les paroles
    s'échappaient des lèvres de l'orateur, elles couraient sur les fils
    télégraphiques, à travers les États de l'Union, avec une vitesse de
    deux cent quarante-huit mille quatre cent quarante-sept milles [Cent
    mille lieues. C'est la vitesse de l'électricité.] à la seconde. On
    peut donc dire avec une certitude absolue qu'au même instant les
    États-Unis d'Amérique, dix fois grands comme la France, poussèrent un
    seul hurrah, et que vingt-cinq millions de cœurs, gonflés d'orgueil,
    battirent de la même pulsation.

    Le lendemain, quinze cents journaux quotidiens, hebdomadaires,
    bi-mensuels ou mensuels, s'emparèrent de la question; ils
    l'examinèrent sous ses différents aspects physiques, météorologiques,
    économiques ou moraux, au point de vue de la prépondérance politique
    ou de la civilisation. Ils se demandèrent si la Lune était un monde
    achevé, si elle ne subissait plus aucune transformation.
    Ressemblait-elle à la Terre au temps où l'atmosphère n'existait pas
    encore? Quel spectacle présentait cette face invisible au sphéroïde
    terrestre? Bien qu'il ne s'agît encore que d'envoyer un boulet à
    l'astre des nuits, tous voyaient là le point de départ d'une série
    d'expériences; tous espéraient qu'un jour l'Amérique pénétrerait les
    derniers secrets de ce disque mystérieux, et quelques-uns même
    semblèrent craindre que sa conquête ne dérangeât sensiblement
    l'équilibre européen.

    Le projet discuté, pas une feuille ne mit en doute sa réalisation; les
    recueils, les brochures, les bulletins, les «magazines» publiés par
    les sociétés savantes, littéraires ou religieuses, en firent ressortir
    les avantages, et «la Société d'Histoire naturelle» de Boston, «la
    Société américaine des sciences et des arts» d'Albany, «la Société
    géographique et statistique» de New York, «la Société philosophique
    américaine» de Philadelphie, «l'Institution Smithsonienne» de
    Washington, envoyèrent dans mille lettres leurs félicitations au
    Gun-Club, avec des offres immédiates de service et d'argent.

    Aussi, on peut le dire, jamais proposition ne réunit un pareil nombre
    d'adhérents; d'hésitations, de doutes, d'inquiétudes, il ne fut même
    pas question. Quant aux plaisanteries, aux caricatures, aux chansons
    qui eussent accueilli en Europe, et particulièrement en France, l'idée
    d'envoyer un projectile à la Lune, elles auraient fort mal servi leur
    auteur; tous les «lifepreservers [Arme de poche faite en baleine
    flexible et d'une boule de métal.]» du monde eussent été impuissants à
    le garantir contre l'indignation générale. Il y a des choses dont on
    ne rit pas dans le Nouveau Monde. Impey Barbicane devint donc, à
    partir de ce jour, un des plus grands citoyens des États-Unis, quelque
    chose comme le Washington de la science, et un trait, entre plusieurs,
    montrera jusqu'où allait cette inféodation subite d'un peuple à un
    homme.

    Quelques jours après la fameuse séance du Gun-Club, le directeur d'une
    troupe anglaise annonça au théâtre de Baltimore la représentation de
    _Much ado about nothing_ [_Beaucoup de bruit pour rien_, une des
    comédies de Shakespeare.]. Mais la population de la ville, voyant dans
    ce titre une allusion blessante aux projets du président Barbicane,
    envahit la salle, brisa les banquettes et obligea le malheureux
    directeur à changer son affiche. Celui-ci, en homme d'esprit,
    s'inclinant devant la volonté publique, remplaça la malencontreuse
    comédie par _As you like it_ [_Comme il vous plaira_, de
    Shakespeare.], et, pendant plusieurs semaines, il fit des recettes
    phénoménales.

    IV
    --------------------
    RÉPONSE DE L'OBSERVATOIRE DE CAMBRIDGE

    Cependant Barbicane ne perdit pas un instant au milieu des ovations
    dont il était l'objet. Son premier soin fut de réunir ses collègues
    dans les bureaux du Gun-Club. Là, après discussion, on convint de
    consulter les astronomes sur la partie astronomique de l'entreprise;
    leur réponse une fois connue, on discuterait alors les moyens
    mécaniques, et rien ne serait négligé pour assurer le succès de cette
    grande expérience.

    Une note très précise, contenant des questions spéciales, fut donc
    rédigée et adressée à l'Observatoire de Cambridge, dans le
    Massachusetts. Cette ville, où fut fondée la première Université des
    États-Unis, est justement célèbre par son bureau astronomique. Là se
    trouvent réunis des savants du plus haut mérite; là fonctionne la
    puissante lunette qui permit à Bond de résoudre la nébuleuse
    d'Andromède et à Clarke de découvrir le satellite de Sirius. Cet
    établissement célèbre justifiait donc à tous les titres la confiance
    du Gun-Club.

    Aussi, deux jours après, sa réponse, si impatiemment attendue,
    arrivait entre les mains du président Barbicane. Elle était conçue en
    ces termes:

    _Le Directeur de l'Observatoire de Cambridge au Président du Gun-Club,
    à Baltimore._

    «Cambridge, 7 octobre.

    «Au reçu de votre honorée du 6 courant, adressée à l'Observatoire de
    Cambridge au nom des membres du Gun-Club de Baltimore, notre bureau
    s'est immédiatement réuni, et il a jugé à propos [Il y a dans le texte
    le mot _expedient_, qui est absolument intraduisible en français.] de
    répondre comme suit:

    «Les questions qui lui ont été posées sont celles-ci:

    «1º Est-il possible d'envoyer un projectile dans la Lune?

    «2º Quelle est la distance exacte qui sépare la Terre de son
    satellite?

    «3º Quelle sera la durée du trajet du projectile auquel aura été
    imprimée une vitesse initiale suffisante, et, par conséquent, à quel
    moment devra-t-on le lancer pour qu'il rencontre la Lune en un point
    déterminé?

    «4º A quel moment précis la Lune se présentera-t-elle dans la
    position la plus favorable pour être atteinte par le projectile?

    «5º Quel point du ciel devra-t-on viser avec le canon destiné à
    lancer le projectile?

    «6º Quelle place la Lune occupera-t-elle dans le ciel au moment où
    partira le projectile?

    «Sur la première question:--Est-il possible d'envoyer un projectile
    dans la Lune?

    «Oui, il est possible d'envoyer un projectile dans la Lune, si l'on
    parvient à animer ce projectile d'une vitesse initiale de douze mille
    yards par seconde. Le calcul démontre que cette vitesse est
    suffisante. A mesure que l'on s'éloigne de la Terre, l'action de la
    pesanteur diminue en raison inverse du carré des distances,
    c'est-à-dire que, pour une distance trois fois plus grande, cette
    action est neuf fois moins forte. En conséquence, la pesanteur du
    boulet décroîtra rapidement, et finira par s'annuler complètement au
    moment où l'attraction de la Lune fera équilibre à celle de la Terre,
    c'est-à-dire aux quarante-sept cinquante-deuxièmes du trajet. En ce
    moment, le projectile ne pèsera plus, et, s'il franchit ce point, il
    tombera sur la Lune par l'effet seul de l'attraction lunaire. La
    possibilité théorique de l'expérience est donc absolument démontrée;
    quant à sa réussite, elle dépend uniquement de la puissance de l'engin
    employé.

    «Sur la deuxième question:--Quelle est la distance exacte qui sépare
    la Terre de son satellite?

    «La Lune ne décrit pas autour de la Terre une circonférence, mais bien
    une ellipse dont notre globe occupe l'un des foyers; de là cette
    conséquence que la Lune se trouve tantôt plus rapprochée de la Terre,
    et tantôt plus éloignée, ou, en termes astronomiques, tantôt dans son
    apogée, tantôt dans son périgée. Or, la différence entre sa plus
    grande et sa plus petite distance est assez considérable, dans
    l'espèce, pour qu'on ne doive pas la négliger. En effet, dans son
    apogée, la Lune est à deux cent quarante-sept mille cinq cent
    cinquante-deux milles (--99,640 lieues de 4 kilomètres), et dans son
    périgée à deux cent dix-huit mille six cent cinquante-sept milles
    seulement (-- 88,010 lieues), ce qui fait une différence de vingt-huit
    mille huit cent quatre-vingt-quinze milles (-- 11,630 lieues), ou plus
    du neuvième du parcours. C'est donc la distance périgéenne de la Lune
    qui doit servir de base aux calculs.

    «Sur la troisième question:--Quelle sera la durée du trajet du
    projectile auquel aura été imprimée une vitesse initiale suffisante,
    et, par conséquent, à quel moment devra-t-on le lancer pour qu'il
    rencontre la Lune en un point déterminé?

    «Si le boulet conservait indéfiniment la vitesse initiale de douze
    mille yards par seconde qui lui aura été imprimée à son départ, il ne
    mettrait que neuf heures environ à se rendre à sa destination; mais
    comme cette vitesse initiale ira continuellement en décroissant, il se
    trouve, tout calcul fait, que le projectile emploiera trois cent mille
    secondes, soit quatre-vingt-trois heures et vingt minutes, pour
    atteindre le point où les attractions terrestre et lunaire se font
    équilibre, et de ce point il tombera sur la Lune en cinquante mille
    secondes, ou treize heures cinquante-trois minutes et vingt secondes.
    Il conviendra donc de le lancer quatre-vingt-dix-sept heures treize
    minutes et vingt secondes avant l'arrivée de la Lune au point visé.

    «Sur la quatrième question:--A quel moment précis la Lune se
    présentera-t-elle dans la position la plus favorable pour être
    atteinte par le projectile?

    «D'après ce qui vient d'être dit ci-dessus, il faut d'abord choisir
    l'époque où la Lune sera dans son périgée, et en même temps le moment
    où elle passera au zénith, ce qui diminuera encore le parcours d'une
    distance égale au rayon terrestre, soit trois mille neuf cent dix-neuf
    milles; de telle sorte que le trajet définitif sera de deux cent
    quatorze mille neuf cent soixante-seize milles (--86,410 lieues).
    Mais, si chaque mois la Lune passe à son périgée, elle ne se trouve
    pas toujours au zénith à ce moment. Elle ne se présente dans ces deux
    conditions qu'à de longs intervalles. Il faudra donc attendre la
    coïncidence du passage au périgée et au zénith. Or, par une heureuse
    circonstance, le 4 décembre de l'année prochaine, la Lune offrira ces
    deux conditions: à minuit, elle sera dans son périgée, c'est-à-dire à
    sa plus courte distance de la Terre, et elle passera en même temps au
    zénith.

    «Sur la cinquième question:--Quel point du ciel devra-t-on viser avec
    le canon destiné à lancer le projectile?

    «Les observations précédentes étant admises, le canon devra être
    braqué sur le zénith [Le zénith est le point du ciel situé
    verticalement au-dessus de la tête d'un observateur.] du lieu; de la
    sorte, le tir sera perpendiculaire au plan de l'horizon, et le
    projectile se dérobera plus rapidement aux effets de l'attraction
    terrestre. Mais, pour que la Lune monte au zénith d'un lieu, il faut
    que ce lieu ne soit pas plus haut en latitude que la déclinaison de
    cet astre, autrement dit, qu'il soit compris entre 0° et 28° de
    latitude nord ou sud [Il n'y a en effet que les régions du globe
    comprises entre l'équateur et le vingt-huitième parallèle, dans
    lesquels la culmination de la Lune l'amène au zénith; au-delà du 28e
    degré, la Lune s'approche d'autant moins du zénith que l'on s'avance
    vers les pôles.]. En tout autre endroit, le tir devrait être
    nécessairement oblique, ce qui nuirait à la réussite de l'expérience.

    «Sur la sixième question:--Quelle place la Lune occupera-t-elle dans
    le ciel au moment où partira le projectile?

    «Au moment où le projectile sera lancé dans l'espace, la Lune, qui
    avance chaque jour de treize degrés dix minutes et trente-cinq
    secondes, devra se trouver éloignée du point zénithal de quatre fois
    ce nombre, soit cinquante-deux degrés quarante-deux minutes et vingt
    secondes, espace qui correspond au chemin qu'elle fera pendant la
    durée du parcours du projectile. Mais comme il faut également tenir
    compte de la déviation que fera éprouver au boulet le mouvement de
    rotation de la terre, et comme le boulet n'arrivera à la Lune qu'après
    avoir dévié d'une distance égale à seize rayons terrestres, qui,
    comptés sur l'orbite de la Lune, font environ onze degrés, on doit
    ajouter ces onze degrés à ceux qui expriment le retard de la Lune déjà
    mentionné, soit soixante-quatre degrés en chiffres ronds. Ainsi donc,
    au moment du tir, le rayon visuel mené à la Lune fera avec la
    verticale du lieu un angle de soixante-quatre degrés.

    «Telles sont les réponses aux questions posées à l'Observatoire de
    Cambridge par les membres du Gun-Club.

    «En résumé:

    «1º Le canon devra être établi dans un pays situé entre 0° et 28° de
    latitude nord ou sud.

    «2º Il devra être braqué sur le zénith du lieu.

    «3º Le projectile devra être animé d'une vitesse initiale de douze
    mille yards par seconde.

    «4º Il devra être lancé le 1er décembre de l'année prochaine, à onze
    heures moins treize minutes et vingt secondes.

    «5º Il rencontrera la Lune quatre jours après son départ, le 4
    décembre à minuit précis, au moment où elle passera au zénith.

    «Les membres du Gun-Club doivent donc commencer sans retard les
    travaux nécessités par une pareille entreprise et être prêts à opérer
    au moment déterminé, car, s'ils laissaient passer cette date du 4
    décembre, ils ne retrouveraient la Lune dans les mêmes conditions de
    périgée et de zénith que dix-huit ans et onze jours après.

    «Le bureau de l'Observatoire de Cambridge se met entièrement à leur
    disposition pour les questions d'astronomie théorique, et il joint par
    la présente ses félicitations à celles de l'Amérique tout entière.

    «Pour le bureau:

    «J.-M. BELFAST,
    «_Directeur de l'Observatoire de Cambridge._

    V
    --------------------
    LE ROMAN DE LA LUNE

    Un observateur doué d'une vue infiniment pénétrante, et placé à ce
    centre inconnu autour duquel gravite le monde, aurait vu des myriades
    d'atomes remplir l'espace à l'époque chaotique de l'univers. Mais peu
    à peu, avec les siècles, un changement se produisit; une loi
    d'attraction se manifesta, à laquelle obéirent les atomes errants
    jusqu'alors; ces atomes se combinèrent chimiquement suivant leurs
    affinités, se firent molécules et formèrent ces amas nébuleux dont
    sont parsemées les profondeurs du ciel.

    Ces amas furent aussitôt animés d'un mouvement de rotation autour de
    leur point central. Ce centre, formé de molécules vagues, se prit à
    tourner sur lui-même en se condensant progressivement; d'ailleurs,
    suivant des lois immuables de la mécanique, à mesure que son volume
    diminuait par la condensation, son mouvement de rotation s'accélérait,
    et ces deux effets persistant, il en résulta une étoile principale,
    centre de l'amas nébuleux.

    En regardant attentivement, l'observateur eût alors vu les autres
    molécules de l'amas se comporter comme l'étoile centrale, se condenser
    à sa façon par un mouvement de rotation progressivement accéléré, et
    graviter autour d'elle sous forme d'étoiles innombrables. La
    nébuleuse, dont les astronomes comptent près de cinq mille
    actuellement, était formée.

    Parmi ces cinq mille nébuleuses, il en est une que les hommes ont
    nommée la Voie lactée[*], et qui renferme dix-huit millions d'étoiles,
    dont chacune est devenue le centre d'un monde solaire.

    [* Du mot grec γαλαχτος,qui signifie lait.]

    Si l'observateur eût alors spécialement examiné entre ces dix-huit
    millions d'astres l'un des plus modestes et des moins brillants [Le
    diamètre de Sirius, suivant Wollaston, doit égaler douze fois celui du
    Soleil, soit 4,300,000 lieues.], une étoile de quatrième ordre, celle
    qui s'appelle orgueilleusement le Soleil, tous les phénomènes auxquels
    est due la formation de l'univers se seraient successivement accomplis
    à ses yeux.

    En effet, ce Soleil, encore à l'état gazeux et composé de molécules
    mobiles, il l'eût aperçu tournant sur son axe pour achever son travail
    de concentration. Ce mouvement, fidèle aux lois de la mécanique, se
    fût accéléré avec la diminution de volume, et un moment serait arrivé
    où la force centrifuge l'aurait emporté sur la force centripète, qui
    tend à repousser les molécules vers le centre.

    Alors un autre phénomène se serait passé devant les yeux de
    l'observateur, et les molécules situées dans le plan de l'équateur,
    s'échappant comme la pierre d'une fronde dont la corde vient à se
    briser subitement, auraient été former autour du Soleil plusieurs
    anneaux concentriques semblables à celui de Saturne. A leur tour, ces
    anneaux de matière cosmique, pris d'un mouvement de rotation autour de
    la masse centrale, se seraient brisés et décomposés en nébulosités
    secondaires, c'est-à-dire en planètes.

    Si l'observateur eût alors concentré toute son attention sur ces
    planètes, il les aurait vues se comporter exactement comme le Soleil
    et donner naissance à un ou plusieurs anneaux cosmiques, origines de
    ces astres d'ordre inférieur qu'on appelle satellites.

    Ainsi donc, en remontant de l'atome à la molécule, de la molécule à
    l'amas nébuleux, de l'amas nébuleux à la nébuleuse, de la nébuleuse à
    l'étoile principale, de l'étoile principale au Soleil, du Soleil à la
    planète, et de la planète au satellite, on a toute la série des
    transformations subies par les corps célestes depuis les premiers
    jours du monde.

    Le Soleil semble perdu dans les immensités du monde stellaire, et
    cependant il est rattaché, par les théories actuelles de la science, à
    la nébuleuse de la Voie lactée. Centre d'un monde, et si petit qu'il
    paraisse au milieu des régions éthérées, il est cependant énorme, car
    sa grosseur est quatorze cent mille fois celle de la Terre. Autour de
    lui gravitent huit planètes, sorties de ses entrailles mêmes aux
    premiers temps de la Création. Ce sont, en allant du plus proche de
    ces astres au plus éloigné, Mercure, Vénus, la Terre, Mars Jupiter,
    Saturne, Uranus et Neptune. De plus entre Mars et Jupiter circulent
    régulièrement d'autres corps moins considérables, peut-être les débris
    errants d'un astre brisé en plusieurs milliers de morceaux, dont le
    télescope a reconnu quatre-vingt-dix-sept jusqu'à ce jour.
    [Quelques-uns de ces astéroïdes sont assez petits pour qu'on puisse en
    faire le tour dans l'espace d'une seule journée en marchant au pas
    gymnastique.]

    De ces serviteurs que le Soleil maintient dans leur orbite elliptique
    par la grande loi de la gravitation, quelques-uns possèdent à leur
    tour des satellites. Uranus en a huit, Saturne huit, Jupiter quatre,
    Neptune trois peut-être, la Terre un; ce dernier, l'un des moins
    importants du monde solaire, s'appelle la Lune, et c'est lui que le
    génie audacieux des Américains prétendait conquérir.

    L'astre des nuits, par sa proximité relative et le spectacle
    rapidement renouvelé de ses phases diverses, a tout d'abord partagé
    avec le Soleil l'attention des habitants de la Terre; mais le Soleil
    est fatigant au regard, et les splendeurs de sa lumière obligent ses
    contemplateurs à baisser les yeux.

    La blonde Phoebé, plus humaine au contraire, se laisse complaisamment
    voir dans sa grâce modeste; elle est douce à l'œil, peu ambitieuse,
    et cependant, elle se permet parfois d'éclipser son frère, le radieux
    Apollon, sans jamais être éclipsée par lui. Les mahométans ont
    compris la reconnaissance qu'ils devaient à cette fidèle amie de la
    Terre, et ils ont réglé leur mois sur sa révolution [Vingt-neuf jours
    et demi environ.].

    Les premiers peuples vouèrent un culte particulier à cette chaste
    déesse. Les Égyptiens l'appelaient Isis; les Phéniciens la nommaient
    Astarté; les Grecs l'adorèrent sous le nom de Phoebé, fille de Latone
    et de Jupiter, et ils expliquaient ses éclipses par les visites
    mystérieuses de Diane au bel Endymion. A en croire la légende
    mythologique, le lion de Némée parcourut les campagnes de la Lune
    avant son apparition sur la Terre, et le poète Agésianax, cité par
    Plutarque, célébra dans ses vers ces doux yeux, ce nez charmant et
    cette bouche aimable, formés par les parties lumineuses de l'adorable
    Séléné.

    Mais si les Anciens comprirent bien le caractère, le tempérament, en
    un mot, les qualités morales de la Lune au point de vue mythologique,
    les plus savants d'entre eux demeurèrent fort ignorants en
    sélénographie.

    Cependant, plusieurs astronomes des époques reculées découvrirent
    certaines particularités confirmées aujourd'hui par la science. Si
    les Arcadiens prétendirent avoir habité la Terre à une époque où la
    Lune n'existait pas encore, si Tatius la regarda comme un fragment
    détaché du disque solaire, si Cléarque, le disciple d'Aristote, en fit
    un miroir poli sur lequel se réfléchissaient les images de l'Océan, si
    d'autres enfin ne virent en elle qu'un amas de vapeurs exhalées par la
    Terre, ou un globe moitié feu, moitié glace, qui tournait sur
    lui-même, quelques savants, au moyen d'observations sagaces, à défaut
    d'instruments d'optique, soupçonnèrent la plupart des lois qui
    régissent l'astre des nuits.

    Ainsi Thalès de Milet, 460 ans avant J.-C., émit l'opinion que la Lune
    était éclairée par le Soleil. Aristarque de Samos donna la véritable
    explication de ses phases. Cléomène enseigna qu'elle brillait d'une
    lumière réfléchie. Le Chaldéen Bérose découvrit que la durée de son
    mouvement de rotation était égale à celle de son mouvement de
    révolution, et il expliqua de la sorte le fait que la Lune présente
    toujours la même face. Enfin Hipparque, deux siècles avant l'ère
    chrétienne, reconnut quelques inégalités dans les mouvements apparents
    du satellite de la Terre.

    Ces diverses observations se confirmèrent par la suite et profitèrent
    aux nouveaux astronomes. Ptolémée, au IIe siècle, l'Arabe Aboul-Wéfa,
    au Xe, complétèrent les remarques d'Hipparque sur les inégalités que
    subit la Lune en suivant la ligne ondulée de son orbite sous l'action
    du Soleil. Puis Copernic [Voir _Les Fondateurs de l'Astronomie
    moderne_, un livre admirable de M. J. Bertrand, de l'Institut.], au
    XVe siècle, et Tycho Brahé, au XVIe, exposèrent complètement le
    système du monde et le rôle que joue la Lune dans l'ensemble des corps
    célestes.

    A cette époque, ses mouvements étaient à peu près déterminés; mais de
    sa constitution physique on savait peu de chose. Ce fut alors que
    Galilée expliqua les phénomènes de lumière produits dans certaines
    phases par l'existence de montagnes auxquelles il donna une hauteur
    moyenne de quatre mille cinq cents toises.

    Après lui, Hevelius, un astronome de Dantzig, rabaissa les plus hautes
    altitudes à deux mille six cents toises; mais son confrère Riccioli
    les reporta à sept mille.

    Herschell, à la fin du XVIIIe siècle, armé d'un puissant télescope,
    réduisit singulièrement les mesures précédentes. Il donna dix-neuf
    cents toises aux montagnes les plus élevées, et ramena la moyenne des
    différentes hauteurs à quatre cents toises seulement. Mais Herschell
    se trompait encore, et il fallut les observations de Shroeter,
    Louville, Halley, Nasmyth, Bianchini, Pastorf, Lohrman, Gruithuysen,
    et surtout les patientes études de MM. Beer et Moedeler, pour
    résoudre définitivement la question. Grâce à ces savants, l'élévation
    des montagnes de la Lune est parfaitement connue aujourd'hui. MM.
    Beer et Moedeler ont mesuré dix-neuf cent cinq hauteurs, dont six sont
    au-dessus de deux mille six cents toises, et vingt-deux au-dessus de
    deux mille quatre cents [La hauteur du mont Blanc au-dessus de la mer
    est de 4813 mètres.]. Leur plus haut sommet domine de trois mille
    huit cent et une toises la surface du disque lunaire.

    En même temps, la reconnaissance de la Lune se complétait; cet astre
    apparaissait criblé de cratères, et sa nature essentiellement
    volcanique s'affirmait à chaque observation. Du défaut de réfraction
    dans les rayons des planètes occultées par elle, on conclut que
    l'atmosphère devait presque absolument lui manquer. Cette absence
    d'air entraînait l'absence d'eau. Il devenait donc manifeste que les
    Sélénites, pour vivre dans ces conditions, devaient avoir une
    organisation spéciale et différer singulièrement des habitants de la
    Terre.

    Enfin, grâce aux méthodes nouvelles, les instruments plus
    perfectionnés fouillèrent la Lune sans relâche, ne laissant pas un
    point de sa face inexploré, et cependant son diamètre mesure deux
    mille cent cinquante milles [Huit cent soixante-neuf lieues,
    c'est-à-dire un peu plus du quart du rayon terrestre.], sa surface est
    la treizième partie de la surface du globe [Trente-huit millions de
    kilomètres carrés.], son volume la quarante-neuvième partie du volume
    du sphéroïde terrestre; mais aucun de ses secrets ne pouvait échapper
    à l'œil des astronomes, et ces habiles savants portèrent plus loin
    encore leurs prodigieuses observations.

    Ainsi ils remarquèrent que, pendant la pleine Lune, le disque
    apparaissait dans certaines parties rayé de lignes blanches, et
    pendant les phases, rayé de lignes noires. En étudiant avec une plus
    grande précision, ils parvinrent à se rendre un compte exact de la
    nature de ces lignes. C'étaient des sillons longs et étroits, creusés
    entre des bords parallèles, aboutissant généralement aux contours des
    cratères; ils avaient une longueur comprise entre dix et cent milles
    et une largeur de huit cents toises. Les astronomes les appelèrent
    des rainures, mais tout ce qu'ils surent faire, ce fut de les nommer
    ainsi. Quant à la question de savoir si ces rainures étaient des lits
    desséchés d'anciennes rivières ou non, ils ne purent la résoudre d'une
    manière complète. Aussi les Américains espéraient bien déterminer, un
    jour ou l'autre, ce fait géologique. Ils se réservaient également de
    reconnaître cette série de remparts parallèles découverts à la surface
    de la Lune par Gruithuysen, savant professeur de Munich, qui les
    considéra comme un système de fortifications élevées par les
    ingénieurs sélénites. Ces deux points, encore obscurs, et bien
    d'autres sans doute, ne pouvaient être définitivement réglés qu'après
    une communication directe avec la Lune.

    Quant à l'intensité de sa lumière, il n'y avait plus rien à apprendre
    à cet égard; on savait qu'elle est trois cent mille fois plus faible
    que celle du Soleil, et que sa chaleur n'a pas d'action appréciable
    sur les thermomètres; quant au phénomène connu sous le nom de lumière
    cendrée, il s'explique naturellement par l'effet des rayons du Soleil
    renvoyés de la Terre à la Lune, et qui semblent compléter le disque
    lunaire, lorsque celui-ci se présente sous la forme d'un croissant
    dans ses première et dernière phases.

    Tel était l'état des connaissances acquises sur le satellite de la
    Terre, que le Gun-Club se proposait de compléter à tous les points de
    vue, cosmographiques, géologiques, politiques et moraux.

    VI
    --------------------
    CE QU'IL N'EST PAS POSSIBLE D'IGNORER ET CE QU'IL N'EST
    PLUS PERMIS DE CROIRE DANS LES ÉTATS-UNIS

    La proposition Barbicane avait eu pour résultat immédiat de remettre à
    l'ordre du jour tous les faits astronomiques relatifs à l'astre des
    nuits. Chacun se mit à l'étudier assidûment. Il semblait que la Lune
    apparût pour la première fois sur l'horizon et que personne ne l'eût
    encore entrevue dans les cieux. Elle devint à la mode; elle fut la
    lionne du jour sans en paraître moins modeste, et prit rang parmi les
    «étoiles» sans en montrer plus de fierté. Les journaux ravivèrent les
    vieilles anecdotes dans lesquelles ce «Soleil des loups» jouait un
    rôle; ils rappelèrent les influences que lui prêtait l'ignorance des
    premiers âges; ils le chantèrent sur tous les tons; un peu plus, ils
    eussent cité de ses bons mots; l'Amérique entière fut prise de
    sélénomanie.

    De leur côté, les revues scientifiques traitèrent plus spécialement
    les questions qui touchaient à l'entreprise du Gun-Club; la lettre de
    l'Observatoire de Cambridge fut publiée par elles, commentée et
    approuvée sans réserve.

    Bref, il ne fut plus permis, même au moins lettré des Yankees,
    d'ignorer un seul des faits relatifs à son satellite, ni à la plus
    bornée des vieilles mistress d'admettre encore de superstitieuses
    erreurs à son endroit. La science leur arrivait sous toutes les
    formes; elle les pénétrait par les yeux et les oreilles; impossible
    d'être un âne...en astronomie.

    Jusqu'alors, bien des gens ignoraient comment on avait pu calculer la
    distance qui sépare la Lune de la Terre. On profita de la
    circonstance pour leur apprendre que cette distance s'obtenait par la
    mesure de la parallaxe de la Lune. Si le mot parallaxe semblait les
    étonner, on leur disait que c'était l'angle formé par deux lignes
    droites menées de chaque extrémité du rayon terrestre jusqu'à la Lune.
    Doutaient-ils de la perfection de cette méthode, on leur prouvait
    immédiatement que, non seulement cette distance moyenne était bien de
    deux cent trente-quatre mille trois cent quarante-sept milles
    (-- 94,330 lieues), mais encore que les astronomes ne se trompaient
    pas de soixante-dix milles (-- 30 lieues).

    A ceux qui n'étaient pas familiarisés avec les mouvements de la Lune,
    les journaux démontraient quotidiennement qu'elle possède deux
    mouvements distincts, le premier dit de rotation sur un axe, le second
    dit de révolution autour de la Terre, s'accomplissant tous les deux
    dans un temps égal, soit vingt-sept jours et un tiers [C'est la durée
    de la révolution sidérale, c'est-à-dire le temps que la Lune met à
    revenir à une même étoile.].

    Le mouvement de rotation est celui qui crée le jour et la nuit à la
    surface de la Lune; seulement il n'y a qu'un jour, il n'y a qu'une
    nuit par mois lunaire, et ils durent chacun trois cent
    cinquante-quatre heures et un tiers. Mais, heureusement pour elle, la
    face tournée vers le globe terrestre est éclairée par lui avec une
    intensité égale à la lumière de quatorze Lunes. Quant à l'autre face,
    toujours invisible, elle a naturellement trois cent cinquante-quatre
    heures d'une nuit absolue, tempérée seulement par cette «pâle clarté
    qui tombe des étoiles». Ce phénomène est uniquement dû à cette
    particularité que les mouvements de rotation et de révolution
    s'accomplissent dans un temps rigoureusement égal, phénomène commun,
    suivant Cassini et Herschell, aux satellites de Jupiter, et très
    probablement à tous les autres satellites.

    Quelques esprits bien disposés, mais un peu rétifs, ne comprenaient
    pas tout d'abord que, si la Lune montrait invariablement la même face
    à la Terre pendant sa révolution, c'est que, dans le même laps de
    temps, elle faisait un tour sur elle-même. A ceux-là on disait:
    «Allez dans votre salle à manger, et tournez autour de la table de
    manière à toujours en regarder le centre; quand votre promenade
    circulaire sera achevée, vous aurez fait un tour sur vous-même,
    puisque votre œil aura parcouru successivement tous les points de la
    salle. Eh bien! la salle, c'est le Ciel, la table, c'est la Terre,
    et la Lune, c'est vous!» Et ils s'en allaient enchantés de la
    comparaison.

    Ainsi donc, la Lune montre sans cesse la même face à la Terre;
    cependant, pour être exact, il faut ajouter que, par suite d'un
    certain balancement du nord au sud et de l'ouest à l'est appelé
    «libration», elle laisse apercevoir un peu plus de la moitié de son
    disque, soit les cinquante-sept centièmes environ.

    Lorsque les ignorants en savaient autant que le directeur de
    l'Observatoire de Cambridge sur le mouvement de rotation de la Lune,
    ils s'inquiétaient beaucoup de son mouvement de révolution autour de
    la Terre, et vingt revues scientifiques avaient vite fait de les
    instruire. Ils apprenaient alors que le firmament, avec son infinité
    d'étoiles, peut être considéré comme un vaste cadran sur lequel la
    Lune se promène en indiquant l'heure vraie à tous les habitants de la
    Terre; que c'est dans ce mouvement que l'astre des nuits présente ses
    différentes phases; que la Lune est pleine, quand elle est en
    opposition avec le Soleil, c'est-à-dire lorsque les trois astres sont
    sur la même ligne, la Terre étant au milieu; que la Lune est nouvelle
    quand elle est en conjonction avec le Soleil, c'est-à-dire lorsqu'elle
    se trouve entre la Terre et lui; enfin que la Lune est dans son
    premier ou dans son dernier quartier, quand elle fait avec le Soleil
    et la Terre un angle droit dont elle occupe le sommet.

    Quelques Yankees perspicaces en déduisaient alors cette conséquence,
    que les éclipses ne pouvaient se produire qu'aux époques de
    conjonction ou d'opposition, et ils raisonnaient bien. En
    conjonction, la Lune peut éclipser le Soleil, tandis qu'en opposition,
    c'est la Terre qui peut l'éclipser à son tour, et si ces éclipses
    n'arrivent pas deux fois par lunaison, c'est parce que le plan suivant
    lequel se meut la Lune est incliné sur l'écliptique, autrement dit,
    sur le plan suivant lequel se meut la Terre.

    Quant à la hauteur que l'astre des nuits peut atteindre au-dessus de
    l'horizon, la lettre de l'Observatoire de Cambridge avait tout dit à
    cet égard. Chacun savait que cette hauteur varie suivant la latitude
    du lieu où on l'observe. Mais les seules zones du globe pour
    lesquelles la Lune passe au zénith, c'est-à-dire vient se placer
    directement au-dessus de la tête de ses contemplateurs, sont
    nécessairement comprises entre les vingt-huitièmes parallèles et
    l'équateur. De là cette recommandation importante de tenter
    l'expérience sur un point quelconque de cette partie du globe, afin
    que le projectile pût être lancé perpendiculairement et échapper ainsi
    plus vite à l'action de la pesanteur. C'était une condition
    essentielle pour le succès de l'entreprise, et elle ne laissait pas de
    préoccuper vivement l'opinion publique.

    Quant à la ligne suivie par la Lune dans sa révolution autour de la
    Terre, l'Observatoire de Cambridge avait suffisamment appris, même aux
    ignorants de tous les pays, que cette ligne est une courbe rentrante,
    non pas un cercle, mais bien une ellipse, dont la Terre occupe un des
    foyers. Ces orbites elliptiques sont communes à toutes les planètes
    aussi bien qu'à tous les satellites, et la mécanique rationnelle
    prouve rigoureusement qu'il ne pouvait en être autrement. Il était
    bien entendu que la Lune dans son apogée se trouvait plus éloignée de
    la Terre, et plus rapprochée dans son périgée.

    Voilà donc ce que tout Américain savait bon gré mal gré, ce que
    personne ne pouvait décemment ignorer. Mais si ces vrais principes se
    vulgarisèrent rapidement, beaucoup d'erreurs, certaines craintes
    illusoires, furent moins faciles à déraciner.

    Ainsi, quelques braves gens, par exemple, soutenaient que la Lune
    était une ancienne comète, laquelle, en parcourant son orbite allongée
    autour du Soleil, vint à passer près de la Terre et se trouva retenue
    dans son cercle d'attraction. Ces astronomes de salon prétendaient
    expliquer ainsi l'aspect brûlé de la Lune, malheur irréparable dont
    ils se prenaient à l'astre radieux. Seulement, quand on leur faisait
    observer que les comètes ont une atmosphère et que la Lune n'en a que
    peu ou pas, ils restaient fort empêchés de répondre.

    D'autres, appartenant à la race des trembleurs, manifestaient
    certaines craintes à l'endroit de la Lune; ils avaient entendu dire
    que, depuis les observations faites au temps des Califes, son
    mouvement de révolution s'accélérait dans une certaine proportion; ils
    en déduisaient de là, fort logiquement d'ailleurs, qu'à une
    accélération de mouvement devait correspondre une diminution dans la
    distance des deux astres, et que, ce double effet se prolongeant à
    l'infini, la Lune finirait un jour par tomber sur la Terre.
    Cependant, ils durent se rassurer et cesser de craindre pour les
    générations futures, quand on leur apprit que, suivant les calculs de
    Laplace, un illustre mathématicien français, cette accélération de
    mouvement se renferme dans des limites fort restreintes, et qu'une
    diminution proportionnelle ne tardera pas à lui succéder. Ainsi donc,
    l'équilibre du monde solaire ne pouvait être dérangé dans les siècles
    à venir.

    Restait en dernier lieu la classe superstitieuse des ignorants;
    ceux-là ne se contentent pas d'ignorer, ils savent ce qui n'est pas,
    et à propos de la Lune ils en savaient long. Les uns regardaient son
    disque comme un miroir poli au moyen duquel on pouvait se voir des
    divers points de la Terre et se communiquer ses pensées. Les autres
    prétendaient que sur mille nouvelles Lunes observées, neuf cent
    cinquante avaient amené des changements notables, tels que
    cataclysmes, révolutions, tremblements de terre, déluges, etc.; ils
    croyaient donc à l'influence mystérieuse de l'astre des nuits sur les
    destinées humaines; ils le regardaient comme le «véritable contre
    poids» de l'existence; ils pensaient que chaque Sélénite était
    rattaché à chaque habitant de la Terre par un lien sympathique; avec
    le docteur Mead, ils soutenaient que le système vital lui est
    entièrement soumis, prétendant, sans en démordre, que les garçons
    naissent surtout pendant la nouvelle Lune, et les filles pendant le
    dernier quartier, etc., etc. Mais enfin il fallut renoncer à ces
    vulgaires erreurs, revenir à la seule vérité, et si la Lune,
    dépouillée de son influence, perdit dans l'esprit de certains
    courtisans de tous les pouvoirs, si quelques dos lui furent tournés,
    l'immense majorité se prononça pour elle. Quant aux Yankees, ils
    n'eurent plus d'autre ambition que de prendre possession de ce nouveau
    continent des airs et d'arborer à son plus haut sommet le pavillon
    étoilé des États-Unis d'Amérique.

    VII
    --------------------
    L'HYMNE DU BOULET

    L'Observatoire de Cambridge avait, dans sa mémorable lettre du 7
    octobre, traité la question au point de vue astronomique; il
    s'agissait désormais de la résoudre mécaniquement. C'est alors que
    les difficultés pratiques eussent paru insurmontables en tout autre
    pays que l'Amérique. Ici ce ne fut qu'un jeu.

    Le président Barbicane avait, sans perdre de temps, nommé dans le sein
    du Gun-Club un Comité d'exécution. Ce Comité devait en trois séances
    élucider les trois grandes questions du canon, du projectile et des
    poudres; il fut composé de quatre membres très savants sur ces
    matières: Barbicane, avec voix prépondérante en cas de partage, le
    général Morgan, le major Elphiston, et enfin l'inévitable J.-T.
    Maston, auquel furent confiées les fonctions de secrétaire-rapporteur.

    Le 8 octobre, le Comité se réunit chez le président Barbicane, 3,
    Republican-street. Comme il était important que l'estomac ne vînt pas
    troubler par ses cris une aussi sérieuse discussion, les quatre
    membres du Gun-Club prirent place à une table couverte de sandwiches
    et de théières considérables. Aussitôt J.-T. Maston vissa sa plume à
    son crochet de fer, et la séance commença.

    Barbicane prit la parole:

    «Mes chers collègues, dit-il, nous avons à résoudre un des plus
    importants problèmes de la balistique, cette science par excellence,
    qui traite du mouvement des projectiles, c'est-à-dire des corps lancés
    dans l'espace par une force d'impulsion quelconque, puis abandonnés à
    eux-mêmes.

    --Oh! la balistique! la balistique! s'écria J.-T. Maston d'une
    voix émue.

    --Peut-être eût-il paru plus logique, reprit Barbicane, de consacrer
    cette première séance à la discussion de l'engin...

    --En effet, répondit le général Morgan.

    --Cependant, reprit Barbicane, après mûres réflexions, il m'a semblé
    que la question du projectile devait primer celle du canon, et que les
    dimensions de celui-ci devaient dépendre des dimensions de celui-là.

    --Je demande la parole», s'écria J.-T. Maston.

    La parole lui fut accordée avec l'empressement que méritait son passé
    magnifique.

    «Mes braves amis, dit-il d'un accent inspiré, notre président a raison
    de donner à la question du projectile le pas sur toutes les autres!
    Ce boulet que nous allons lancer à la Lune, c'est notre messager,
    notre ambassadeur, et je vous demande la permission de le considérer à
    un point de vue purement moral.

    Cette façon nouvelle d'envisager un projectile piqua singulièrement la
    curiosité des membres du Comité; ils accordèrent donc la plus vive
    attention aux paroles de J.-T. Maston.

    «Mes chers collègues, reprit ce dernier, je serai bref; je laisserai
    de côté le boulet physique, le boulet qui tue, pour n'envisager que le
    boulet mathématique, le boulet moral. Le boulet est pour moi la plus
    éclatante manifestation de la puissance humaine; c'est en lui qu'elle
    se résume tout entière; c'est en le créant que l'homme s'est le plus
    rapproché du Créateur!

    --Très bien! dit le major Elphiston.

    --En effet, s'écria l'orateur, si Dieu a fait les étoiles et les
    planètes, l'homme a fait le boulet, ce critérium des vitesses
    terrestres, cette réduction des astres errant dans l'espace, et qui ne
    sont, à vrai dire, que des projectiles! A Dieu la vitesse de
    l'électricité, la vitesse de la lumière, la vitesse des étoiles, la
    vitesse des comètes, la vitesse des planètes, la vitesse des
    satellites, la vitesse du son, la vitesse du vent! Mais à nous la
    vitesse du boulet, cent fois supérieure à la vitesse des trains et des
    chevaux les plus rapides!

    J.-T. Maston était transporté; sa voix prenait des accents lyriques
    en chantant cet hymne sacré du boulet.

    «Voulez-vous des chiffres? reprit-il, en voilà d'éloquents! Prenez
    simplement le modeste boulet de vingt-quatre [C'est-à-dire pesant
    vingt-quatre livres.]; s'il court huit cent mille fois moins vite que
    l'électricité, six cent quarante fois moins vite que la lumière,
    soixante-seize fois moins vite que la Terre dans son mouvement de
    translation autour du Soleil, cependant, à la sortie du canon, il
    dépasse la rapidité du son [Ainsi, quand on a entendu la détonation de
    la bouche à feu on ne peut plus être frappé par le boulet.], il fait
    deux cents toises à la seconde, deux mille toises en dix secondes,
    quatorze milles à la minute (-- 6 lieues), huit cent quarante milles à
    l'heure (-- 360 lieues), vingt mille cent milles par jour (-- 8,640
    lieues), c'est-à-dire la vitesse des points de l'équateur dans le
    mouvement de rotation du globe, sept millions trois cent trente-six
    mille cinq cents milles par an (-- 3,155,760 lieues). Il mettrait donc
    onze jours à se rendre à la Lune, douze ans à parvenir au Soleil,
    trois cent soixante ans à atteindre Neptune aux limites du monde
    solaire. Voilà ce que ferait ce modeste boulet, l'ouvrage de nos
    mains! Que sera-ce donc quand, vingtuplant cette vitesse, nous le
    lancerons avec une rapidité de sept milles à la seconde! Ah! boulet
    superbe! splendide projectile! j'aime à penser que tu seras reçu
    là-haut avec les honneurs dus à un ambassadeur terrestre!

    Des hurrahs accueillirent cette ronflante péroraison, et J.-T.
    Maston, tout ému, s'assit au milieu des félicitations de ses
    collègues.

    «Et maintenant, dit Barbicane, que nous avons fait une large part à la
    poésie, attaquons directement la question.

    --Nous sommes prêts, répondirent les membres du Comité en absorbant
    chacun une demi-douzaine de sandwiches.

    --Vous savez quel est le problème à résoudre, reprit le président; il
    s'agit d'imprimer à un projectile une vitesse de douze mille yards par
    seconde. J'ai lieu de penser que nous y réussirons. Mais, en ce
    moment, examinons les vitesses obtenues jusqu'ici; le général Morgan
    pourra nous édifier à cet égard.

    --D'autant plus facilement, répondit le général, que, pendant la
    guerre, j'étais membre de la commission d'expérience. Je vous dirai
    donc que les canons de cent de Dahlgreen, qui portaient à deux mille
    cinq cents toises, imprimaient à leur projectile une vitesse initiale
    de cinq cents yards à la seconde.

    --Bien. Et la Columbiad [Les Américains donnaient le nom de Columbiad
    à ces énormes engins de destruction.] Rodman? demanda le président.

    --La Columbiad Rodman, essayée au fort Hamilton, près de New York,
    lançait un boulet pesant une demi-tonne à une distance de six milles,
    avec une vitesse de huit cents yards par seconde, résultat que n'ont
    jamais obtenu Armstrong et Palliser en Angleterre.

    --Oh! les Anglais! fit J.-T. Maston en tournant vers l'horizon de
    l'est son redoutable crochet.

    --Ainsi donc, reprit Barbicane, ces huit cents yards seraient la
    vitesse maximum atteinte jusqu'ici?

    --Oui, répondit Morgan.

    --Je dirai, cependant, répliqua J.-T. Maston, que si mon mortier
    n'eût pas éclaté...

    --Oui, mais il a éclaté, répondit Barbicane avec un geste
    bienveillant. Prenons donc pour point de départ cette vitesse de huit
    cents yards. Il faudra la vingtupler. Aussi, réservant pour une
    autre séance la discussion des moyens destinés à produire cette
    vitesse, j'appellerai votre attention, mes chers collègues, sur les
    dimensions qu'il convient de donner au boulet. Vous pensez bien qu'il
    ne s'agit plus ici de projectiles pesant au plus une demi-tonne!

    --Pourquoi pas? demanda le major.

    --Parce que ce boulet, répondit vivement J.-T. Maston, doit être
    assez gros pour attirer l'attention des habitants de la Lune, s'il en
    existe toutefois.

    --Oui, répondit Barbicane, et pour une autre raison plus importante
    encore.

    --Que voulez-vous dire, Barbicane? demanda le major.

    --Je veux dire qu'il ne suffit pas d'envoyer un projectile et de ne
    plus s'en occuper; il faut que nous le suivions pendant son parcours
    jusqu'au moment où il atteindra le but.

    --Hein! firent le général et le major, un peu surpris de la
    proposition.

    --Sans doute, reprit Barbicane en homme sûr de lui, sans doute, ou
    notre expérience ne produira aucun résultat.

    --Mais alors, répliqua le major, vous allez donner à ce projectile des
    dimensions énormes?

    --Non. Veuillez bien m'écouter. Vous savez que les instruments
    d'optique ont acquis une grande perfection; avec certains télescopes
    on est déjà parvenu à obtenir des grossissements de six mille fois, et
    à ramener la Lune à quarante milles environ (-- 16 lieues). Or, à
    cette distance, les objets ayant soixante pieds de côté sont
    parfaitement visibles. Si l'on n'a pas poussé plus loin la puissance
    de pénétration des télescopes, c'est que cette puissance ne s'exerce
    qu'au détriment de leur clarté, et la Lune, qui n'est qu'un miroir
    réfléchissant, n'envoie pas une lumière assez intense pour qu'on
    puisse porter les grossissements au-delà de cette limite.

    --Eh bien! que ferez-vous alors? demanda le général. Donnerez-vous
    à votre projectile un diamètre de soixante pieds?

    --Non pas!

    --Vous vous chargerez donc de rendre la Lune plus lumineuse?

    --Parfaitement.

    --Voilà qui est fort! s'écria J.-T. Maston.

    --Oui, fort simple, répondit Barbicane. En effet, si je parviens à
    diminuer l'épaisseur de l'atmosphère que traverse la lumière de la
    Lune, n'aurais-je pas rendu cette lumière plus intense?

    --Évidemment.

    --Eh bien! pour obtenir ce résultat, il me suffira d'établir un
    télescope sur quelque montagne élevée. Ce que nous ferons.

    --Je me rends, je me rends, répondit le major. Vous avez une façon de
    simplifier les choses!... Et quel grossissement espérez-vous obtenir
    ainsi?

    --Un grossissement de quarante-huit mille fois, qui ramènera la Lune à
    cinq milles seulement, et, pour être visibles, les objets n'auront
    plus besoin d'avoir que neuf pieds de diamètre.

    --Parfait! s'écria J.-T. Maston, notre projectile aura donc neuf
    pieds de diamètre?

    --Précisément.

    --Permettez-moi de vous dire, cependant, reprit le major Elphiston,
    qu'il sera encore d'un poids tel, que...

    --Oh! major, répondit Barbicane, avant de discuter son poids,
    laissez-moi vous dire que nos pères faisaient des merveilles en ce
    genre. Loin de moi la pensée de prétendre que la balistique n'ait pas
    progressé, mais il est bon de savoir que, dès le Moyen Age, on
    obtenait des résultats surprenants, j'oserai ajouter, plus surprenants
    que les nôtres.

    --Par exemple! répliqua Morgan.

    --Justifiez vos paroles, s'écria vivement J.-T. Maston.

    --Rien n'est plus facile, répondit Barbicane; j'ai des exemples à
    l'appui de ma proposition. Ainsi, au siège de Constantinople par
    Mahomet II, en 1453, on lança des boulets de pierre qui pesaient
    dix-neuf cents livres, et qui devaient être d'une belle taille.

    --Oh! oh! fit le major, dix-neuf cents livres, c'est un gros
    chiffre!

    --A Malte, au temps des chevaliers, un certain canon du fort
    Saint-Elme lançait des projectiles pesant deux mille cinq cents
    livres.

    --Pas possible!

    --Enfin, d'après un historien français, sous Louis XI, un mortier
    lançait une bombe de cinq cents livres seulement; mais cette bombe,
    partie de la Bastille, un endroit où les fous enfermaient les sages,
    allait tomber à Charenton, un endroit où les sages enferment les fous.

    --Très bien! dit J.-T. Maston.

    --Depuis, qu'avons-nous vu, en somme? Les canons Armstrong lancer des
    boulets de cinq cents livres, et les Columbiads Rodman des projectiles
    d'une demi-tonne! Il semble donc que, si les projectiles ont gagné en
    portée, ils ont perdu en pesanteur. Or, si nous tournons nos efforts
    de ce côté, nous devons arriver avec le progrès de la science, à
    décupler le poids des boulets de Mahomet II, et des chevaliers de
    Malte.

    --C'est évident, répondit le major, mais quel métal comptez-vous donc
    employer pour le projectile?

    --De la fonte de fer, tout simplement, dit le général Morgan.

    --Peuh! de la fonte! s'écria J.-T. Maston avec un profond dédain,
    c'est bien commun pour un boulet destiné à se rendre à la Lune.

    --N'exagérons pas, mon honorable ami, répondit Morgan; la fonte
    suffira.

    --Eh bien! alors, reprit le major Elphiston, puisque la pesanteur est
    proportionnelle à son volume, un boulet de fonte, mesurant neuf pieds
    de diamètre, sera encore d'un poids épouvantable!

    --Oui, s'il est plein; non, s'il est creux, dit Barbicane.

    --Creux! ce sera donc un obus?

    --Où l'on pourra mettre des dépêches, répliqua J.-T. Maston, et des
    échantillons de nos productions terrestres!

    --Oui, un obus, répondit Barbicane; il le faut absolument; un boulet
    plein de cent huit pouces pèserait plus de deux cent mille livres,
    poids évidemment trop considérable; cependant, comme il faut conserver
    une certaine stabilité au projectile, je propose de lui donner un
    poids de cinq mille livres.

    --Quelle sera donc l'épaisseur de ses parois? demanda le major.

    --Si nous suivons la proportion réglementaire, reprit Morgan, un
    diamètre de cent huit pouces exigera des parois de deux pieds au
    moins.

    --Ce serait beaucoup trop, répondit Barbicane; remarquez-le bien, il
    ne s'agit pas ici d'un boulet destiné à percer des plaques; il suffira
    donc de lui donner des parois assez fortes pour résister à la pression
    des gaz de la poudre. Voici donc le problème: quelle épaisseur doit
    avoir un obus en fonte de fer pour ne peser que vingt mille livres?
    Notre habile calculateur, le brave Maston, va nous l'apprendre séance
    tenante.

    --Rien n'est plus facile», répliqua l'honorable secrétaire du Comité.

    Et ce disant, il traça quelques formules algébriques sur le papier; on
    vit apparaître sous la plume des (pi) et des (x) élevés à la
    deuxième puissance. Il eut même l'air d'extraire, sans y toucher, une
    certaine racine cubique, et dit:

    «Les parois auront à peine deux pouces d'épaisseur.

    --Sera-ce suffisant? demanda le major d'un air de doute.

    --Non, répondit le président Barbicane, non, évidemment.

    --Eh bien! alors, que faire? reprit Elphiston d'un air assez
    embarrassé.

    --Employer un autre métal que la fonte.

    --Du cuivre? dit Morgan.

    --Non, c'est encore trop lourd; et j'ai mieux que cela à vous
    proposer.

    --Quoi donc? dit le major.

    --De l'aluminium, répondit Barbicane.

    --De l'aluminium! s'écrièrent les trois collègues du président.

    --Sans doute, mes amis. Vous savez qu'un illustre chimiste français,
    Henri Sainte-Claire Deville, est parvenu, en 1854, à obtenir
    l'aluminium en masse compacte. Or, ce précieux métal a la blancheur
    de l'argent, l'inaltérabilité de l'or, la ténacité du fer, la
    fusibilité du cuivre et la légèreté du verre; il se travaille
    facilement, il est extrêmement répandu dans la nature, puisque
    l'alumine forme la base de la plupart des roches, il est trois fois
    plus léger que le fer, et il semble avoir été créé tout exprès pour
    nous fournir la matière de notre projectile!

    --Hurrah pour l'aluminium! s'écria le secrétaire du Comité, toujours
    très bruyant dans ses moments d'enthousiasme.

    --Mais, mon cher président, dit le major, est-ce que le prix de
    revient de l'aluminium n'est pas extrêmement élevé?

    --Il l'était, répondit Barbicane; aux premiers temps de sa découverte,
    la livre d'aluminium coûtait deux cent soixante à deux cent
    quatre-vingts dollars (-- environ 1,500 francs); puis elle est tombée
    à vingt-sept dollars (-- 150 F), et aujourd'hui, enfin, elle vaut neuf
    dollars (-- 48.75 F).

    --Mais neuf dollars la livre, répliqua le major, qui ne se rendait pas
    facilement, c'est encore un prix énorme!

    --Sans doute, mon cher major, mais non pas inabordable.

    --Que pèsera donc le projectile? demanda Morgan.

    --Voici ce qui résulte de mes calculs, répondit Barbicane; un boulet
    de cent huit pouces de diamètre et de douze pouces [Trente
    centimètres; le pouce américain vaut 25 millimètres.] d'épaisseur
    pèserait, s'il était en fonte de fer, soixante-sept mille quatre cent
    quarante livres; en fonte d'aluminium, son poids sera réduit à
    dix-neuf mille deux cent cinquante livres.

    --Parfait! s'écria Maston, voilà qui rentre dans notre programme.

    --Parfait! parfait! répliqua le major, mais ne savez-vous pas qu'à
    dix-huit dollars la livre, ce projectile coûtera...

    --Cent soixante-treize mille deux cent cinquante dollars (--
    928,437.50 F), je le sais parfaitement; mais ne craignez rien, mes
    amis, l'argent ne fera pas défaut à notre entreprise, je vous en
    réponds.

    --Il pleuvra dans nos caisses, répliqua J.-T. Maston.

    --Eh bien! que pensez-vous de l'aluminium? demanda le président.

    --Adopté, répondirent les trois membres du Comité.

    --Quant à la forme du boulet, reprit Barbicane, elle importe peu,
    puisque, l'atmosphère une fois dépassée, le projectile se trouvera
    dans le vide; je propose donc le boulet rond, qui tournera sur
    lui-même, si cela lui plaît, et se comportera à sa fantaisie.

    Ainsi se termina la première séance du Comité; la question du projectile
    était définitivement résolue, et J.-T. Maston se réjouit fort de la
    pensée d'envoyer un boulet d'aluminium aux Sélénites, «ce qui leur
    donnerait une crâne idée des habitants de la Terre»!

    VIII
    --------------------
    L'HISTOIRE DU CANON

    Les résolutions prises dans cette séance produisirent un grand effet
    au-dehors. Quelques gens timorés s'effrayaient un peu à l'idée d'un
    boulet, pesant vingt mille livres, lancé à travers l'espace. On se
    demandait quel canon pourrait jamais transmettre une vitesse initiale
    suffisante à une pareille masse. Le procès verbal de la seconde
    séance du Comité devait répondre victorieusement à ces questions.

    Le lendemain soir, les quatre membres du Gun-Club s'attablaient devant
    de nouvelles montagnes de sandwiches et au bord d'un véritable océan
    de thé. La discussion reprit aussitôt son cours, et, cette fois, sans
    préambule.

    «Mes chers collègues, dit Barbicane, nous allons nous occuper de
    l'engin à construire, de sa longueur, de sa forme, de sa composition
    et de son poids. Il est probable que nous arriverons à lui donner des
    dimensions gigantesques; mais si grandes que soient les difficultés,
    notre génie industriel en aura facilement raison. Veuillez donc
    m'écouter, et ne m'épargnez pas les objections à bout portant. Je ne
    les crains pas!

    Un grognement approbateur accueillit cette déclaration.

    «N'oublions pas, reprit Barbicane, à quel point notre discussion nous
    a conduits hier; le problème se présente maintenant sous cette forme:
    imprimer une vitesse initiale de douze mille yards par seconde à un
    obus de cent huit pouces de diamètre et d'un poids de vingt mille
    livres.

    --Voilà bien le problème, en effet, répondit le major Elphiston.

    --Je continue, reprit Barbicane. Quand un projectile est lancé dans
    l'espace, que se passe-t-il? Il est sollicité par trois forces
    indépendantes, la résistance du milieu, l'attraction de la Terre et la
    force d'impulsion dont il est animé. Examinons ces trois forces. La
    résistance du milieu, c'est-à-dire la résistance de l'air, sera peu
    importante. En effet, l'atmosphère terrestre n'a que quarante milles
    (-- 16 lieues environ). Or, avec une rapidité de douze mille yards,
    le projectile l'aura traversée en cinq secondes, et ce temps est assez
    court pour que la résistance du milieu soit regardée comme
    insignifiante. Passons alors à l'attraction de la Terre, c'est-à-dire
    à la pesanteur de l'obus. Nous savons que cette pesanteur diminuera
    en raison inverse du carré des distances; en effet, voici ce que la
    physique nous apprend: quand un corps abandonné à lui-même tombe à la
    surface de la Terre, sa chute est de quinze pieds [Soit 4 mètres 90
    centimètres dans la première seconde; à la distance où se trouve la
    Lune, la chute ne serait plus que de 1 mm 1/3, ou 590 millièmes de
    ligne.] dans la première seconde, et si ce même corps était transporté
    à deux cent cinquante-sept mille cent quarante-deux milles, autrement
    dit, à la distance où se trouve la Lune, sa chute serait réduite à une
    demi-ligne environ dans la première seconde. C'est presque
    l'immobilité. Il s'agit donc de vaincre progressivement cette action
    de la pesanteur. Comment y parviendrons-nous? Par la force
    d'impulsion.

    --Voilà la difficulté, répondit le major.

    --La voilà, en effet, reprit le président, mais nous en triompherons,
    car cette force d'impulsion qui nous est nécessaire résultera de la
    longueur de l'engin et de la quantité de poudre employée, celle-ci
    n'étant limitée que par la résistance de celui-là. Occupons-nous donc
    aujourd'hui des dimensions à donner au canon. Il est bien entendu que
    nous pouvons l'établir dans des conditions de résistance pour ainsi
    dire infinie, puisqu'il n'est pas destiné à être manœuvré.

    --Tout ceci est évident, répondit le général.

    --Jusqu'ici, dit Barbicane, les canons les plus longs, nos énormes
    Columbiads, n'ont pas dépassé vingt-cinq pieds en longueur; nous
    allons donc étonner bien des gens par les dimensions que nous serons
    forcés d'adopter.

    --Eh! sans doute, s'écria J.-T. Maston. Pour mon compte, je demande
    un canon d'un demi-mille au moins!

    --Un demi-mille! s'écrièrent le major et le général.

    --Oui! un demi-mille, et il sera encore trop court de moitié.

    --Allons, Maston, répondit Morgan, vous exagérez.

    --Non pas! répliqua le bouillant secrétaire, et je ne sais vraiment
    pourquoi vous me taxez d'exagération.

    --Parce que vous allez trop loin!

    --Sachez, monsieur, répondit J.-T. Maston en prenant ses grands airs,
    sachez qu'un artilleur est comme un boulet, il ne peut jamais aller
    trop loin!

    La discussion tournait aux personnalités, mais le président intervint.

    «Du calme, mes amis, et raisonnons; il faut évidemment un canon d'une
    grande volée, puisque la longueur de la pièce accroîtra la détente des
    gaz accumulés sous le projectile, mais il est inutile de dépasser
    certaines limites.

    --Parfaitement, dit le major.

    --Quelles sont les règles usitées en pareil cas? Ordinairement la
    longueur d'un canon est vingt à vingt-cinq fois le diamètre du boulet,
    et il pèse deux cent trente-cinq à deux cent quarante fois son poids.

    --Ce n'est pas assez, s'écria J.-T. Maston avec impétuosité.

    --J'en conviens, mon digne ami, et, en effet, en suivant cette
    proportion, pour un projectile large de neuf pieds pesant vingt mille
    livres, l'engin n'aurait qu'une longueur de deux cent vingt-cinq pieds
    et un poids de sept millions deux cent mille livres.

    --C'est ridicule, répartit J.-T. Maston. Autant prendre un pistolet!

    --Je le pense aussi, répondit Barbicane, c'est pourquoi je me propose
    de quadrupler cette longueur et de construire un canon de neuf cents
    pieds.

    Le général et le major firent quelques objections; mais néanmoins
    cette proposition, vivement soutenue par le secrétaire du Gun-Club,
    fut définitivement adoptée.

    «Maintenant, dit Elphiston, quelle épaisseur donner à ses parois.

    --Une épaisseur de six pieds, répondit Barbicane.

    --Vous ne pensez sans doute pas à dresser une pareille masse sur un
    affût? demanda le major.

    --Ce serait pourtant superbe! dit J.-T. Maston.

    --Mais impraticable, répondit Barbicane. Non, je songe à couler cet
    engin dans le sol même, à le fretter avec des cercles de fer forgé, et
    enfin à l'entourer d'un épais massif de maçonnerie à pierre et à
    chaux, de telle façon qu'il participe de toute la résistance du
    terrain environnant. Une fois la pièce fondue, l'âme sera
    soigneusement alésée et calibrée, de manière à empêcher le vent [C'est
    l'espace qui existe quelquefois entre le projectile et l'âme de la
    pièce.] du boulet; ainsi il n'y aura aucune déperdition de gaz, et
    toute la force expansive de la poudre sera employée à l'impulsion.

    --Hurrah! hurrah! fit J.-T. Maston, nous tenons notre canon.

    --Pas encore! répondit Barbicane en calmant de la main son impatient
    ami.

    --Et pourquoi?

    --Parce que nous n'avons pas discuté sa forme. Sera-ce un canon, un
    obusier ou un mortier?

    --Un canon, répliqua Morgan.

    --Un obusier, repartit le major.

    --Un mortier!» s'écria J.-T. Maston.

    Une nouvelle discussion assez vive allait s'engager, chacun
    préconisant son arme favorite, lorsque le président l'arrêta net.

    «Mes amis, dit-il, je vais vous mettre tous d'accord; notre Columbiad
    tiendra de ces trois bouches à feu à la fois. Ce sera un canon,
    puisque la chambre de la poudre aura le même diamètre que l'âme. Ce
    sera un obusier, puisqu'il lancera un obus. Enfin, ce sera un
    mortier, puisqu'il sera braqué sous un angle de quatre-vingt-dix
    degrés, et que, sans recul possible, inébranlablement fixé au sol, il
    communiquera au projectile toute la puissance d'impulsion accumulée
    dans ses flancs.

    --Adopté, adopté, répondirent les membres du Comité.

    --Une simple réflexion, dit Elphiston, ce can-obuso-mortier sera-t-il
    rayé?

    --Non, répondit Barbicane, non; il nous faut une vitesse initiale
    énorme, et vous savez bien que le boulet sort moins rapidement des
    canons rayés que des canons à âme lisse.

    --C'est juste.

    --Enfin, nous le tenons, cette fois! répéta J.-T. Maston.

    --Pas tout à fait encore, répliqua le président.

    --Et pourquoi?

    --Parce que nous ne savons pas encore de quel métal il sera fait.

    --Décidons-le sans retard.

    --J'allais vous le proposer.

    Les quatre membres du Comité avalèrent chacun une douzaine de
    sandwiches suivis d'un bol de thé, et la discussion recommença.

    «Mes braves collègues, dit Barbicane, notre canon doit être d'une
    grande ténacité, d'une grande dureté, infusible à la chaleur,
    indissoluble et inoxydable à l'action corrosive des acides.

    --Il n'y a pas de doute à cet égard, répondit le major, et comme il
    faudra employer une quantité considérable de métal, nous n'aurons pas
    l'embarras du choix.

    --Eh bien! alors, dit Morgan, je propose pour la fabrication de la
    Columbiad le meilleur alliage connu jusqu'ici, c'est-à-dire cent
    parties de cuivre, douze parties d'étain et six parties de laiton.

    --Mes amis, répondit le président, j'avoue que cette composition a
    donné des résultats excellents; mais, dans l'espèce, elle coûterait
    trop cher et serait d'un emploi fort difficile. Je pense donc qu'il
    faut adopter une matière excellente, mais à bas prix, telle que la
    fonte de fer. N'est-ce pas votre avis, major?

    --Parfaitement, répondit Elphiston.

    --En effet, reprit Barbicane, la fonte de fer coûte dix fois moins que
    le bronze; elle est facile à fondre, elle se coule simplement dans des
    moules de sable, elle est d'une manipulation rapide; c'est donc à la
    fois économie d'argent et de temps. D'ailleurs, cette matière est
    excellente, et je me rappelle que pendant la guerre, au siège
    d'Atlanta, des pièces en fonte ont tiré mille coups chacune de vingt
    minutes en vingt minutes, sans en avoir souffert.

    --Cependant, la fonte est très cassante, répondit Morgan.

    --Oui, mais très résistante aussi; d'ailleurs, nous n'éclaterons pas,
    je vous en réponds.

    --On peut éclater et être honnête, répliqua sentencieusement J.-T.
    Maston.

    --Évidemment, répondit Barbicane. Je vais donc prier notre digne
    secrétaire de calculer le poids d'un canon de fonte long de neuf cents
    pieds, d'un diamètre intérieur de neuf pieds, avec parois de six pieds
    d'épaisseur.

    --A l'instant», répondit J.-T. Maston.

    Et, ainsi qu'il avait fait la veille, il aligna ses formules avec une
    merveilleuse facilité, et dit au bout d'une minute:

    «Ce canon pèsera soixante-huit mille quarante tonnes (--68,040,000
    kg).

    --Et à deux _cents_ la livre (-- 10 centimes), il coûtera?...

    --Deux millions cinq cent dix mille sept cent un dollars (--
    13,608,000 francs).

    J.-T. Maston, le major et le général regardèrent Barbicane d'un air
    inquiet.

    «Eh bien! messieurs, dit le président, je vous répéterai ce que je
    vous disais hier, soyez tranquilles, les millions ne nous manqueront
    pas!

    Sur cette assurance de son président, le Comité se sépara, après avoir
    remis au lendemain soir sa troisième séance.

    IX
    --------------------
    LA QUESTION DES POUDRES

    Restait à traiter la question des poudres. Le public attendait avec
    anxiété cette dernière décision. La grosseur du projectile, la
    longueur du canon étant données, quelle serait la quantité de poudre
    nécessaire pour produire l'impulsion? Cet agent terrible, dont
    l'homme a cependant maîtrisé les effets, allait être appelé à jouer
    son rôle dans des proportions inaccoutumées.

    On sait généralement et l'on répète volontiers que la poudre fut
    inventée au XIVe siècle par le moine Schwartz, qui paya de sa vie sa
    grande découverte. Mais il est à peu près prouvé maintenant que cette
    histoire doit être rangée parmi les légendes du Moyen Age. La poudre
    n'a été inventée par personne; elle dérive directement des feux
    grégeois, composés comme elle de soufre et de salpêtre. Seulement,
    depuis cette époque, ces mélanges, qui n'étaient que des mélanges
    fusants, se sont transformés en mélanges détonants.

    Mais si les érudits savent parfaitement la fausse histoire de la
    poudre, peu de gens se rendent compte de sa puissance mécanique. Or,
    c'est ce qu'il faut connaître pour comprendre l'importance de la
    question soumise au Comité.

    Ainsi un litre de poudre pèse environ deux livres (-- 900 grammes [La
    livre américaine est de 453 g.]); il produit en s'enflammant quatre
    cents litres de gaz, ces gaz rendus libres, et sous l'action d'une
    température portée à deux mille quatre cents degrés, occupent l'espace
    de quatre mille litres. Donc le volume de la poudre est aux volumes
    des gaz produits par sa déflagration comme un est à quatre mille. Que
    l'on juge alors de l'effrayante poussée de ces gaz lorsqu'ils sont
    comprimés dans un espace quatre mille fois trop resserré.

    Voilà ce que savaient parfaitement les membres du Comité quand le
    lendemain ils entrèrent en séance. Barbicane donna la parole au major
    Elphiston, qui avait été directeur des poudres pendant la guerre.

    «Mes chers camarades, dit ce chimiste distingué, je vais commencer par
    des chiffres irrécusables qui nous serviront de base. Le boulet de
    vingt-quatre dont nous parlait avant-hier l'honorable J.-T. Maston en
    termes si poétiques, n'est chassé de la bouche à feu que par seize
    livres de poudre seulement.

    --Vous êtes certain du chiffre? demanda Barbicane.

    --Absolument certain, répondit le major. Le canon Armstrong n'emploie
    que soixante-quinze livres de poudre pour un projectile de huit cents
    livres, et la Columbiad Rodman ne dépense que cent soixante livres de
    poudre pour envoyer à six milles son boulet d'une demi-tonne. Ces
    faits ne peuvent être mis en doute, car je les ai relevés moi-même
    dans les procès-verbaux du Comité d'artillerie.

    --Parfaitement, répondit le général.

    --Eh bien! reprit le major, voici la conséquence à tirer de ces
    chiffres, c'est que la quantité de poudre n'augmente pas avec le poids
    du boulet: en effet, s'il fallait seize livres de poudre pour un
    boulet de vingt-quatre; en d'autres termes, si, dans les canons
    ordinaires, on emploie une quantité de poudre pesant les deux tiers du
    poids du projectile, cette proportionnalité n'est pas constante.
    Calculez, et vous verrez que, pour le boulet d'une demi-tonne, au lieu
    de trois cent trente-trois livres de poudre, cette quantité a été
    réduite à cent soixante livres seulement.

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    Dans Le Fondu Des Mots Poésie

    Aproximadamente 2.108 palavras.

    Huguette Bertrand

    DANS LE FONDU DES MOTS

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Zone de tendresse
    libertés permises
    si tant loin du corps
    une douceur fluide
    de l'aimante obscure
    ses paroles translucides
    répandues sur les noeuds
    troublants d'une blessure
    sur velours parfumé
    en ses songes repose
    inaltérée
    désir secoué
    par tant de baisers
    allés se rejoindre
    dans le tourbillon
    des mots rouges
    _______________________

    Ce carnage dans les mots
    suspendus sur le temps
    carnet rieur
    de tous nos maux
    accomplissent l'automne
    d'un présent à l'autre
    repasse dans la mémoire
    un vieux cri d'amour
    brisé s'enchaîne
    autour des formes
    courroux d'une chair
    pulse le sang
    les sens tendus

    10.10.00
    _________________________

    Sous un ciel écorché
    la mort ose
    devenir saison
    dépouillée se repose
    de ses soeurs frivoles
    surannées
    bouillonne sous l'écorce
    en ses sens
    épuisés

    cette morose
    ose la mort
    peu de chose
    à l'aurore

    19.10.00
    _____________________

    En un clin d'oeil
    les encres anéantissent la nuit
    d'un trait
    tracent des silences rouge sanguin
    au coeur des pierres
    au rythme des sens
    s'animent les formes
    dans un regard
    oppressé

    24.10.00
    _________________________

    Vie
    secrets
    ascension
    jusqu'au sommet des sens
    en plein désir
    en plein délire
    se consument
    dans le feu du poème
    ses frémissements

    25.10.00
    _________________________

    Assis sur le temps
    le coeur trempe dans l'attente
    étale sur le blanc
    des pensées brumeuses
    spontanées
    en mouvement

    25.10.00
    _________________________

    Étoilé
    l'automne fou
    en ces douces colères
    annonce un hiver sombre
    rage sage
    son innocence

    27.10.00
    _________________________

    Bel espoir
    dont les lèvres
    sont la pulpe de mes désirs

    29.10.00
    _________________________

    Faut-il s'en vouloir
    d'être là
    à crier des mots
    qu'on ne veut plus entendre
    passant par le noir des incertitudes
    collées sur le pavé d'un monde
    à fric à freak
    dans l'entre-deux langues
    la nôtre extensible
    à n'en plus finir de vivre
    mais toujours en cette langue
    du poème que nous sommes
    surprend nos moments fous
    exaltés
    en nos âmes harnachées
    par des silences mous
    persistants
    _________________________

    Rire rouge
    devant la lune folle
    poussière d'espace
    rôdeuse vieille rôdeuse
    allègrement se promène
    sur la voie des songes
    sous facettes multiples
    s'éprend des va-nu-coeurs
    épave flottante frivole
    sur la noirceur d'une page
    glisse entre les mots
    pose son regard unique
    sur le multiple
    reconnaît et recrée le monde
    à chaque instant

    31.10.00
    _________________________

    L'INNÉ DIT

    Cette ébauche m'a éveillée
    m'a emmenée par la main
    jusqu'aux murmures
    ses vibrations
    à travers le miroir d'une harmonie
    lourd trésor
    à peine délivré
    se déplie sur le tracé du feu
    suit le contour du corps
    au risque de brûlures
    effleure le gémissement de la vague
    contorsion du ciel en son ventre
    glisse sur les eaux trouble du désir
    emporté en son remous
    vers aussi loin
    que les distances qui les séparent

    14.11.00
    _________________________

    Des brins de nostalgies
    par vagues poudreuses
    emportent les espoirs
    vers de lointains lendemains
    sans lendemain
    vers des horizons spontanés
    aussitôt vus puis disparus
    vers d'interminables saisons
    que la vie égrène
    sur un fauteuil sur mesure
    à la mesure des recommencements
    sans demi-mesure
    ni le quart d'heure appréhendé
    ni l'instant d'après
    échoué sur le corps des mots
    en leur plus doux paysage
    entrevu au large
    par ce va-et-vient
    des gestes luxuriants

    18.11.00
    _________________________

    Enfants du Sud
    Enfants du Nord
    qui du dehors avez froid
    quand le dedans s'éprend d'un geste
    d'une parole unique
    venue dire
    je t'aime

    03.12.00
    _________________________

    DE CONFIDENCES EN ÉVIDENCES

    Séducteur le temps
    se joue des époques
    reprend sa marche
    secoue la soif
    en un respir redit le tendre
    refait les gestes
    posés sur l'affranchie

    vent doux
    vent d'âmes
    souffle sur l'immense
    grise le temps
    ses évidences

    04.12.00
    _________________________

    Un soupir moribond
    trainait sur la place
    de l'espoir
    respirait les échos
    d'un lointain plaisir
    incrusté dans l'âme
    de son présent
    toujours soupirait
    entre les attentes
    désordonnées

    04.12.00
    _________________________

    OSER BAS

    Je pense
    J'ose
    Je fais
    Je dis
    J'écris
    emportés par les tempêtes du Nord
    mes mots se dispersent
    entre silence et ombre
    en petits tas de cendres
    s'affaissent sur l'éphémère
    quelques braises encore
    veillent sur la folie des gestes
    improvisés

    05.12.00
    _________________________

    Un ciel rose m'est tombé dans l'oeil
    par mon unique fenêtre
    m'a montré des femmes de silence
    femmes de pluie
    marchent dans leur nuit
    voilées
    murmurent sans écho
    abandonnées dans leur regard
    clos

    07.12.00
    _________________________

    Il pleut des jours glacés
    sur un amas de mots effarouchés
    déployés sur l'aujourd'hui
    que demain rassemblera en un texte
    long comme l'hier

    16.12.00
    _________________________

    La dureté des pierres
    me prononce à chaque instant
    me porte vers les mots
    danse des mots sur les lignes
    danse sur ma toile
    débordent le cadre des tristesses
    toujours combattues
    dans l'amplitude du mouvement

    17.12.00
    _________________________

    À l'eau toit, là-haut
    sous une pluie d'étoiles
    quand la peur rebelle hurle ses maux
    défie les couleurs confuses
    délirante projette sur la toile
    l'infini d'un mouvement en pointillés
    que la main trace d'un instant à l'autre
    en ses durs silences
    parmi ses jeux de lumières incandescentes
    éclate
    marque le temps
    ce temps d'être là
    dans l'instant
    instant des recommencements

    17.12.00
    _________________________

    Les mots immobiles
    tracent mes silences
    sur le mouvement des choses tues
    mots tuant les maux
    couleur des mots
    au fil d'instants morts
    morts des maux
    mots des morts
    mortellement mots
    incarnés dans le mouvement
    des maux
    tus

    17.12.00
    _________________________

    Rage de vie
    rage de mots
    rage de couleurs
    répandue douce
    au coeur de l'événement
    reprend le geste
    refait les mots
    recrée la forme
    retour au cercle
    renaît la vie
    son mouvement
    ondulé

    18.12.00
    _________________________

    À coeur à corps perdu
    de l'oeil aux pieds
    par les deux bouts
    entre midi et quatorze heures
    courir pattes blanches
    derrière un lièvre
    trébucher sur le rêve des autres
    noyer ses peines dans l'eau remuante
    des désirs
    changer de cap
    s'asseoir sur une branche
    surveiller le temps
    se moucher de temps en temps
    semer des feux
    ça et là
    embrasser quatre chemins
    puis ensuite s'endormir
    entre les bras d'une étoile
    à mourir de rire
    dans un plume
    éphémère

    23.12.00
    _________________________

    Au rythme de la mémoire
    un long poème s'écrit
    sans fin épelle l'amour
    en d'intimes enlacements
    déposés dans l'écrin des jours
    d'images en musiques
    de musiques en paroles
    paroles assidues
    de connivence avec la terre brute
    ses arrogances
    ses manigances
    à la croisée des regards
    nus

    23.12.00
    _________________________

    Oui la vie
    ce long poème agité
    par le rouge et le noir des saisons
    reprend la clé s'ouvre la porte
    cherche la trace
    du temps recueilli
    se chuchote
    en mille mots
    transperce la peau
    jusqu'au coeur se faufile
    à travers pulsations
    inédites

    25.12.00
    _________________________

    Dans l'obscurité
    j'avance dans mes pas bleus
    sans trahir la lumière autour
    traces d'argile
    sur les silences
    en nos chairs s'abreuvent
    à la source des désirs
    éclatés en sanglots
    coulent sur la dure
    emplissent les murs de mille voix
    par vagues et chuchotements
    d'une caresse se conjuguent
    aux embrassements des lendemains
    effrayés

    25.12.00
    _________________________

    En ses doux murmures
    me convie à la table des silences
    durs silences
    en son poème
    dévoilés

    à la frontière
    une caresse enserre l'obscur
    dépose en son centre
    un regard neuf

    25.12.00
    _________________________

    Avait-il mal à son monde
    poète qu'il était
    s'abreuvait à sa source
    en ses fibres
    par son sang l'écrivait
    l'oeil coquin
    souvent le buvait
    d'un verre à l'autre
    à travers ses larmes rieuses
    écrivit son long poème
    jusqu'à sa fin

    26.12.00
    _________________________

    Si loin
    le soleil s'abandonne
    dans le chaud regard de l'oeil
    que transpercent les mots
    les uns derrière les autres
    sans fin redisent
    l'amour en pointillés
    d'ébats en combats
    par le sang
    la vie l'écrit
    le boit le lie
    au dernier regard
    ennivré

    04.01.01
    _________________________

    Dans les veines
    d'un horizon glacé
    la substance des jours
    traîne sa longue plainte
    sur la langueur des solitudes
    verse le sang
    rougi au feu des amours
    sur la page
    incendiée

    04.01.01
    _________________________

    Ne tirez pas sur le poète
    il marche dans sa chair glaise
    entre les regards apaisés
    et les bouffées de silence
    que l'amour ému
    toujours remue
    jusqu'à l'ivre-mort
    mort ivre du vivant nonchalant
    toujours il marche
    dans sa glaise
    glaise de vie
    amour à vie
    amour à mort

    13.01.01
    _________________________

    Étendu blanc
    sur un long souffle
    l'hiver murmure des flocons
    à n'en plus finir
    s'attaque à nos endurances
    apprises par coeur
    quand déjà s'entend
    le ruissellement des sèves
    dans les veines d'avril
    sous la glace
    rompue

    17.01.01
    _________________________

    À bout de souffle
    le dernier mot
    s'écrase sur les phrases
    glisse dans les abysses du coeur
    sans retour givré dans la splendeur
    d'un instant mort d'amour

    c'était l'autre histoire
    une histoire imaginée
    dans le nu d'un instant
    une fièvre passagère
    un passage démentiel vers le haut pavé du ciel
    un ciel incarné dans un corps bien né
    gémissante tendresse en corps accord
    perle douce perle rare
    d'une autre histoire
    ses mouvements
    passagers

    20.01.01
    _________________________

    En l'absence du désert
    j'ai longé l'avenue des échanges
    dans une ville étrangère
    j'accentuai mon pas
    sur une toile vierge offerte
    aux reflets du soleil
    emprisonnés dans la passion
    de mes gestes spontanés
    mouvements crépusculaires
    allés se noyer rebelles
    dans les fragrances de l'aube
    emportée dans le remous d'un horizon
    estompé

    29.01.01
    _________________________

    Désir au pair
    perdre l'idée
    l'idée des mots
    mots m'ont tuée
    tué le nous
    encore debout
    le bout de tout
    tout à l'envers
    retour autour
    d'un tour de taille
    entaille le verbe
    verborescence
    à sens unique
    nids d'hirondelles
    ne riront d'elle
    d'une aile à l'autre
    sauter des mots
    sauter des monts
    montée de vie
    via l'amour

    29.01.01
    _________________________

    Histoire de parole
    parole du sens
    sens en mouvement
    musique des mots
    mouvement rythmé
    cadence du corps
    d'accords brisés
    reprend son souffle
    retour aux sens
    remet les mots
    rejoint le sens
    son mouvement

    05.02.01
    _________________________

    Le temps ne m'aime plus
    le temps ne m'aime plus
    que dans l'éphémère des instants
    dérive d'instants sur l'âme fragmentée
    dérive les fragments sur les mots
    beauté mouvante d'une parole
    au-dessus de l'abyme
    prison de soie
    prison de chair
    assiégée par la vague
    d'une mer amoureuse
    son repli

    10.02.01
    _________________________

    Lui parler près du coeur
    murmurer en son centre
    ce doux temps
    cet espace
    à travers le silence
    à jamais
    poétique

    16.02.01

    _________________________

    Affaissée dans ses mots
    une femme sur un lit
    de désirs se replie
    quand l'esprit d'un oiseau
    de l'épaule s'évade
    d'une douce emprise
    des distances
    d'une parole
    à demeure en son être
    exposée
    au soleil des durées

    17.02.01
    _________________________

    L'AMER ARRIMÉ

    Charmes de chair de serpent
    rampant sur ses misères
    déployées sur le temps
    d'une nuit mensongère

    s'est dressée une barrière
    en mon coeur de métal
    faisant trève de tout mal
    que mon âme ne tolère

    excusez-la
    excusez-moi
    ça va oui merci
    et vous moi non plus
    s'arrime de vous à moi
    sans moi la détente
    s'abandonne la jouissance
    jouirez-vous non pas du tout
    tout à vous en mille bisous
    dans le délire du tout à nous

    18.02.01
    _________________________

    EN TOUT SENS

    Magnétique
    elle est sans cesse en mouvement
    elle bouge beau dans ses heures
    chaque instant la ramène
    sur le douillet du tendre
    son corps roule exalté
    dans les flammes du coeur
    trempé dans la gourmandise
    d'un regard neuf
    plonge dans le plaisir nu
    jusqu'au seuil de l'abandon
    s'accorde aux ondes de qui l'a vue
    à travers l'absolu de son infinitude

    20.02.01

    =====================================

    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    Dépôt légal / mars 2001
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-921818-22-1
    Tous droits réservés - All rights reserved

    ===========================================================

    Ce recueil de poésie est aussi édité sur le site web de la
    Bibliothèque nationale du Canada dans sa collection électronique
    à l'adresse suivante :
    [ http://collection.nlc-bnc.ca/100/200/300/huguette_bertrand/dans_fondu_mots/01-06/fondumots1.html ]

    This poetry book is also edited on the National Library of Canada's website
    in it's electronic collection at the following URL :
    [ http://collection.nlc-bnc.ca/100/200/300/huguette_bertrand/dans_fondu_mots/01-06/fondumots1.html ]

    ************

    Ce document fut présenté en lecture gratuite sur le site du "Project Gutenberg"
    en janvier 2002 par l'auteure Huguette Bertrand, (Québec) Canada

    This document has been released for free reading on "Project Gutenberg"
    on January 2002 by the author Huguette Bertrand, (Quebec) Canada

    ************

    Site personnel de l'auteure / The author's personal website :

    Espace poétique de Huguette Bertrand : [ http://www.espacepoetique.com ]

    Synopsis du site / Map site : [ http://www.espacepoetique.com/poete/map.html ]

    Courriel / Email : [ huguettebertrand@videotron.ca ]

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  • Jusqu’à l’extrême regard Poésie

    Jusqu’à l’extrême regard Poésie

    Aproximadamente 3.997 palavras.

    Huguette Bertrand

    JUSQU'À L'EXTRÊME REGARD

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Suis en amour avec le jour qui passe
    près de ma fenêtre
    par-dessus ma chair ruisselante d'avenir
    sous un amoncellement de gestes fous
    que l'histoire raconte pour bercer la petite fille
    Suis en amour avec la nuit qui passe
    près de mon lit
    dans les hauts-fonds de mon âme
    parmi les spasmes et tous ces bruits
    arrachés au plaisir d'être là
    comme un fruit dans son nectar

    Suis en amour avec les mots d'amour
    près de la vie
    comme des semences d'éternité

    ___________________________

    Devant toi comme quelqu'un qui attend
    qui attend que la nuit soit consommée
    en attendant que tu sois là
    l'âme à nue
    en plein coeur du rire
    envoyée dans tous les sens
    débridée par les mots écrits comme ça
    en plein jour
    en pleine nuit
    alors que les coeurs s'entrechoquent à travers les ondes
    provoquent des signes amourachés tendres

    Comment résister aux mots désordonnés
    sans faux pli
    des mots qui provoquent la rencontre l'amitié
    la vie jusqu'au bord du risque
    le risque de perdre son âme dans l'âme de l'autre
    cet autre soi-même accordé à la vie
    ses rythmes
    ses accords à travers les saisons provocantes
    une provocation d'images chauffées à blanc
    pour le bonheur de l'instant

    Comment résister aux heures arrogantes
    ce trajet de l'esprit en voyage sur les sens
    quand le regard touche les courbes brûlantes du délire
    quand la main vient se poser sur le cri

    Un silence dérobé à l'envie d'être là
    jusqu'au bout

    ___________________________

    Parmi les feux de la nuit
    ce parcours du silence de ton âme secrète
    s'abreuve à la source de nos avenues intimes
    jusqu'au tréfonds de nos corps lancinants
    comme un puits si profond
    d'où surgissent les vertiges du matin
    ses accords sur la portée du coeur
    à n'en plus finir

    L'amour se consume
    à travers une nuée de caresses étonnées

    ___________________________

    Les doigts du ciel effleurent le sanctuaire de la folle amante
    gonflée dans la poitrine du vent
    et d'inutiles colères se heurtent aux douleurs des griffes
    emprisonnées dans les veines du temps

    Les lèvres s'habituent aux désirs
    quand la crue des souffles inonde l'espace
    jusqu'à l'épuisement des gestes

    Cernées les images passent
    l'amour délire

    ___________________________

    Le temps
    mon frère
    vient d'arriver avec en poche
    le poids de ma fragilité
    déposée aux pieds de la tendresse
    parfois emportée par le vent du large
    ses milliers de p'tits papiers accrochés au fil des jours
    et du printemps venu râteler ses émotions
    éparpillées sur le gazon

    ___________________________

    Dans la prison du désir
    je tue les heures une à une
    sans blesser les instants de l'espace amoureux
    sans piétiner les sourires
    sans mélanger la couleur des gris trop gris
    sans mourir sous le toit indigné par la caresse des jours
    sans suivre le cours du rêve inachevé
    des lendemains avides de temps

    À même cette prison
    j'habitue mes mots au délire
    pour contrôler les enchantements
    pour nager dans les attentes trop vives

    ___________________________

    Oui je rêve que je ne rêve pas
    dans le délire de tes nuits
    dans la conscience du jour
    cette envie de colorer tes arcs-en-ciel aux prises avec les nuages
    assise sous le chêne
    à brouter des impatiences dans la gueule du temps
    ce temps empanaché d'étoiles
    de fils d'araignée
    quand la voix cherche les contours d'une présence
    pour la suite du jour

    ___________________________

    Ma vie se berce au creux de la mémoire
    d'un amour retrouvé comme un mystère
    entre les seins affolés
    par une nuée d'interdits

    En proie aux fièvres
    mes rêves glissent sous le poids de la démesure
    sur les rives chaudes et parfumées du sommeil
    quand mes pores se tordent
    dans la nuit peuplée de sueurs
    de doux désirs entr'ouverts
    entre le souffle et les ongles

    Les bouches lasses se cueillent
    devant la lune éclose

    ___________________________

    Demain est toujours un autre jour
    qui nous suit pas à pas
    dans les décombres de la nuit
    ses rêves immobiles sous l'oreiller
    poursuivis dans le plein des silences
    qui charrient à distance les feux de l'âme
    cette distance que l'oeil inonde
    pour nettoyer les passions refoulées
    dans les abîmes d'un poème qui ne veut pas se taire
    un poème à la mesure du coeur
    aiguisé par la lenteur des heures à bout de cris

    ___________________________

    À l'approche de ton corps nu
    ma chair goûte tes fièvres
    de la courbe de tes rêves à la pointe du vertige
    et l'ivresse de mes lèvres déclenche le délire
    cette sauvage volupté
    quand mon souffle te parcourt satiné

    Se cambre ta raison
    sous mes doigts agités
    sans rancune
    de laisser échapper ce mouvement ondulé
    cette vague
    comme un spasme
    au bout du cri

    ___________________________

    L'amour veille dans le silence advenu
    ce silence ému par le vertige des jours
    jours de peurs
    jours des alentours défaits
    jours qui parlent tout bas
    jours évidés des sens
    jour dans la descente du jour
    long cortège des jours abandonnés à leurs songes

    ___________________________

    Ce jour n'en peut plus de dormir si tard dans son lit
    cette âme qui dort tout bonnement dans sa nuit
    un pan de nuit accrochée à la vie
    quand la vie se mesure à nos pas piétinés
    quand la vie nous rassure dans le délire des ombres

    De toutes ses coutures elle craque
    dans la charpie des heures
    s'effiloche en petites rivières nocturnes
    se rabat dans la dorure d'un soleil emprisonné
    dans un espace trop étroit
    un espace de temps trop vieux
    que la main pose sur la détresse du jour

    ___________________________

    Le soleil me joue des tours
    projette dans mon regard
    les jours étourdis par de trop grandes extases
    accrochées au clou de mon âme
    en attente du prochain soir violacé

    Par une fenêtre du coeur
    gémissent des musiques
    des gestes interrompus
    dans ce piège adossé au réveil

    ___________________________

    Tu peux toujours croquer quelques mots pour déjeuner
    pour accrocher les soucis
    dans l'oeil figé du temps qu'il fait dehors
    les branches tendues aux quatre vents

    ___________________________

    Quand un grand vent souffla sur la peau de l'automne
    elle prit la fuite
    et une chemise au hasard
    en parlant de rentrer dans un portrait de famille
    sans parlure
    sans ambiance
    puis revint ranger cette randonnée
    là où elle l'avait laissée
    juste sous le ciel étoilé de son lit

    Elle rêvait tout simplement

    ___________________________

    Suite de nuits
    que l'amour embrase de toute éternité
    pourchassée par le crime de n'être pas assouvie
    quand le souffle brusquement s'arrête
    dans le regard plongé au coeur d'un arbre d'automne
    comme une bête blessée
    fouettée par le vent
    et toutes ses feuilles qui gisent sur le sol défait

    Vive mémoire emportée par les rafales du temps

    ___________________________

    Il pleut des joies dans mes yeux
    des arcs-en-ciel sur mes épaules
    des délires crachés par la mer
    ramassés par une vague silencieuse
    à la lumière d'un vieux rêve taillé sur mesure

    Il pleut des odeurs de cheminées
    à l'image des hautes forêts
    des murmures échappés du rire
    qui bousculent mon espace intime
    pour tuer la peur
    ses durs reflets

    ___________________________

    Connectés à l'amour
    aux cordes des guitares
    celles trempées dans l'acier de l'aujourd'hui
    les lendemains paralysent le retour de quelques larmes
    appuyées sur les murs
    des maisons de novembre

    Que viennent les musiques à pleines mains
    sur la portée du coeur
    dans les sillons du jour accordés au plaisir d'être
    enfin

    ___________________________

    Dans la blancheur de l'être
    le coeur cultive un rêve abandonné dans les couloirs de la nuit
    parmi les angles
    et les assauts du regard
    venus explorer les fractures de l'âme
    ces traces fragiles qu'un silence inonde

    ___________________________

    Froid comme un hiver
    le bonheur se cherche un abri dans le bleuté des nuits
    porte le vague souvenir d'une main affolée
    comme une caresse sur l'éveil du jour
    en attendant une brassée de coeurs flottants

    L'amour et ses trouvailles
    ont rendu la brise à l'hiver

    ___________________________

    Côté coeur
    y a rien d'neuf
    à part le feu qui ronge ma langue
    quand les jours se cachent dans l'ombre

    Y a rien d'neuf au bout du jour
    quand les images s'ensablent dans ma mémoire
    que les nuits brûlent sous ma peau

    Y a rien d'neuf au bout d'la semaine
    à part les bruits
    les graffiti
    mes pieds en tête au bout d'la rue

    Y a rien d'neuf au bout du coeur
    à part tes yeux
    à part tes rêves
    pour caresser le bout d'ma vie

    ___________________________

    Quand tes musiques folles m'écoutent trop longtemps
    j'ai envie de faire trembler le jour
    qui se promène dans ma nuit
    d'envoyer mon âme en voyage
    pour la faire durer
    de chatouiller le soleil
    en faisant ma valise
    d'écrire des mots d'avance
    en cas de panne
    te parler au creux de mes phrases
    te chuchoter mes souvenirs ramassés en petits paquets d'émotions

    À travers la buée de mes espérances
    et la poussière des routes
    je m'abandonne dans un respir

    ___________________________

    Derrière les montagnes
    on aperçoit des regards vagabonder çà et là
    entre les arbres
    comme des sourires prolongés
    jusqu'au faîte de l'âme

    On aperçoit dans le tard des nuits
    quelques espaces de tendresse
    pour étouffer l'ennui
    quand le coeur fauve vient s'échouer
    aux abords des yeux ensablés
    par de trop longues heures d'attente

    Les jours nous regardent dormir entre les branches

    ___________________________

    Dans la cambrure du geste apparenté à l'infinie démesure
    ce temps passé tout contre vous
    enjolive les anciens printemps
    demeurés soudainement muets par temps de grands vents
    quand le destin fait rage

    Le corps comme un oiseau partage les tempêtes
    sur le chemin pavé de mots
    d'ardeurs arrachées à l'histoire

    ___________________________

    Comme une brise roucoulante
    venue s'échouer dans le cou de l'aube
    le corps transperce les nuages de mon âme
    et la chair de l'image
    qu'au loin je contemple tout près
    pour étancher la soif
    pour apprivoiser les battements du coeur dans l'instant

    ___________________________

    Déchirée par les départs toujours présents
    la douleur s'apaise
    quand le souffle rejoint le geste
    ce battement de vie
    à même ton âme greffée à la mienne

    Coincée entre l'espace et le temps
    mes mots en se taisant crient à tue-tête
    dans ce rêve sorti tout droit des nues
    habitat du coeur devenu oxygène

    À travers une verrière
    l'univers s'incline à genoux sur la nuit

    ___________________________

    Allongée sur les paumes du quotidien
    une femme de connivence avec le bonheur
    s'abandonne dans un fou rire
    pose délicate comme un fruit incandescent
    qu'enrobent les désirs
    venus valser sur ses nuits apprivoisées
    une femme moulée dans ses parures
    pour une fête empirique
    transparente parfumée
    visitée par les saisons
    inscrite au calendrier
    revue et corrigée par le mouvement perpétuel de la tendresse

    On imagine aussi les mains déployées d'un homme à plaisir
    venu raser ce rêve dans le jus des sens
    devant une bière enivrée d'illusions
    quand le temps forge des douleurs sous nos pieds désarmés
    échange l'amour contre la mort
    ses pitiés naissantes au bord des lèvres
    pour inquiéter nos nuits

    ___________________________

    Quand la vie m'étire à n'en plus finir
    j'étire l'avenir jusqu'à demain
    j'étire demain pour en finir avec l'avenir
    j'étire mes mots pour allonger le verbe
    je m'étire dans mon verbe pour conjuguer le désir à l'être
    et n'être plus que l'étirement d'un désir
    sur une distance allongée posée sur le temps
    un temps étiré par le hasard d'une rencontre
    une rencontre qui s'étire sur le devenir
    comme si demain n'existait pas

    Pour en finir
    le verbe me plonge dans ce désir de l'être
    en son devenir

    ___________________________

    Juste un peu plus de vie pour prendre l'amour par le goût
    quand le goût a le goût d'aller dormir près de la nuit
    cette nuit qui veille sur l'amour
    comme une vieille amante échevelée au goût du jour
    pas trop tannée
    juste encore en vie
    pour goûter aux nuits échevelées par l'amour

    ___________________________

    Elle est venue
    elle était peut-être déjà là
    debout en pyjama sur son destin
    dans sa chambre virginale
    appuyée sur un dégoût
    en attendant la conquête des seins des reins
    et autres viscères
    dépliant sa nuit sur le coeur englué
    dans son imagerie

    Finalement
    elle est peut-être venue
    mais je n'y étais pas

    ___________________________

    Devant les jours de banlieues
    le temps s'attriste
    ces îles roses à l'intimité fragile
    îles boiteuses à des années-lumière
    îles poisseuses dans le varech des regards
    îles érigées à la gloire de l'éphémère
    îles savantes pour dérouter le mouvement des foules
    îles languissant comme des pluies
    îles mortes déclarées sans avenue
    îles ennuyeuses remplies de crépuscules
    îles éclatées en plein visage de la vie

    ___________________________

    Vous avez dit amour
    quand on vous aperçoit aujourd'hui plongé dans un bain de tendresse
    pour savonner les mercredis oubliés
    vous écrivez amour sur le bout d'une table
    entre deux feuilles grises
    deux colères
    et vos gestes dévastés par de trop longues heures

    Se grave enfin sur la chair de l'autre
    votre coeur démesuré
    et vous buvez l'amour
    quand le corps presse la détente
    comme au premier jour
    en cette mi-temps de février

    ___________________________

    Je bois à la source de vos mots délivrés
    temporaires
    quand la vague soupire
    quand le corps n'en peut plus de vous regarder dans l'embrasure des montagnes
    à travers le songe de vos regards venus si près de toucher l'indécence
    ce velouté du coeur jusqu'au vacillement des sens
    déboutonnés jusqu'à l'os

    C'est de l'amour
    dans le concentré des jours
    quand l'impuissance du geste s'étire à n'en plus finir
    pour espacer les désirs qui se heurtent aux vives absences

    C'est de l'amour
    comme un fruit arraché haut et court à l'automne
    un fruit d'hiver mûri à même les délicaresses
    quand le printemps s'allume allègrement
    aux abords de l'été

    ___________________________

    Qu'avons-nous à dérober ces gestes
    qui ne craignent plus la pudeur d'embrasser le poète
    dans les eaux grouillantes du délire
    ni même de tremper nos doigts dans le suc de l'amour
    comme une rosée sur le bonheur d'être assouvie par de tendres ébats
    ce repas que le coeur attend avidement
    à travers la bruine des jours
    ce doux mensonge pour un monde inventé par la blessure
    de ne pouvoir aimer à n'en plus finir

    ___________________________

    Quand il fait trop nuit
    un nouveau regard vient border mes rêves abandonnés sur le rivage
    qu'une simple lueur vient consteller

    Mémoire de la main qui effleure la mémoire
    mémoire des yeux qui arpente la nuit
    mémoire de la nuit qui parfume l'ennui

    Une flamme ardente vient chanter sous ma lampe
    des airs sauvages
    accompagnés de petites ronflettes
    hallucinées

    ___________________________

    Ne pillez plus ces nouveaux jours
    quand le soleil verse son or sur nos chairs attendries par l'âge des pierres
    quand nos yeux pavoisent devant ce rêve emmitouflé dans un rayon de lune
    quand le galbe soyeusement apprivoisé cherche les contours de la main qui effleure

    Sous l'écorce de nos vies
    le temps est à l'oeuvre
    sculpte dans cette argile
    des lumières frêles
    que les mots épuisent aux confins de la mémoire

    Surgissent alors des amours effrontées

    ___________________________

    Dans la savane de nos âmes
    des loups s'y promènent
    avec un goût de représailles à portée de hurlement
    étrangeté qui ressemble à une vocation
    jusque-là étendue sur une plage
    devant une mer de naufrages
    de cris douteux

    ___________________________

    En vérité
    c'est de toi cette senteur du jardin
    jusqu'à l'extrême regard incendiaire
    à la poursuite des patiences
    et des pluies venues

    Encore toi
    ce pays sans avenue
    que l'on transporte en soi dans la terre fertile du désir

    Toujours toi
    à la cadence des jours
    blottis entre chaque phrase
    sans mesure
    comme une certitude du présent

    ___________________________

    L'hiver ne pensait pas qu'il était rendu là où il était
    sous une pluie de glaçons barbares
    venue blesser la conscience des arbres nus
    leurs bras ballants comme chômeur sans cause
    et pour cause

    L'hiver venu a dérapé sur sa neige fondante
    à la dérive
    sur la noire habitude de nos gestes gelés

    ___________________________

    Encore tout chaud
    mon jour incendié par l'abondance du rêve
    sème dans les sillons de l'amour
    un visage habité de réels immenses
    une gueule à désir
    flanqué d'un sourire limité par la séduction d'un regard efficace
    une peau de sable fin arrachée aux plages

    Entre des pieds acrobates
    un vertige se répand sur le droit fil funambule

    ___________________________

    Les yeux assoupis dans une vague d'espoir
    retournent au rivage
    cette écume de l'émoi

    Dérive des jours insensés vers l'abîme des tendresses
    où le galbe rocheux s'étale sur la surface des eaux
    dans l'ébène du soir
    d'un enfant infini projeté dans le regard de l'aube

    ___________________________

    Ce corps inouï emprisonne le soleil dans un doute
    que supporte mal le ciel blafard

    Ciel de tous les regards portés sur la chose
    ciel enculé par des évidences
    semences du ciel dans le ventre du passé
    enfants éventrés dans les décharges du ciel
    ciel baisé en silence par des nuits épousées
    ciel de vie détrempée dans la sueur des jours

    De feu de sang
    le ciel me désire

    ___________________________

    Après maints combats
    le coeur essoufflé s'endort ensoleillé
    porte en moi ce plaisir de brûler dans l'ombre

    Ces seules lignes décochées sur la cible
    ressemblent à une coïncidence
    quand la raison perd la tête

    Posez un timbre de voix sur le mot
    envoyez cette bizarrerie au hasard
    comme un mot d'amour à la mer

    ___________________________

    Assoupis
    des fragments d'été brûlent sous la peau
    comme une promesse aux herbes folles
    dans un corps à corps avec les étoiles

    Lents mouvements inclinés sur l'âme affamée
    suspendue sur un mur de glace
    dans lequel résonne un cri d'enfant
    assassiné par de trop longues années

    ___________________________

    Où veux-tu que je dépose mes caresses
    lorsque la lune est rouge
    lorsque mon cri échevelé vient te dire que l'amour fermente sous le lichen
    lorsque tu danses près d'un gouffre de lumière
    lorsque tu marches sur des plages garnies d'apothéoses et de galets hors saison
    lorsque la mer me confie son silence me propose ses regrets comme la terre ses alarmes
    lorsque tu ruisselles sous l'écorce de tes nuits inventées
    lorsque je traverse le pont de tes rires téméraires
    lorsque enfin nos mains fleurissent sous un grand pin argenté

    ___________________________

    Dans les chairs roses du ciel
    une lune magique pose sous le regard des jours irrités par la rage des heures folles

    Heures de plomb à l'épaule
    heures des portes battantes
    heures tranchées dans le sens du cadavre
    heures lacérées par les visages fuyants
    heures déshabillées dans un respir
    heures qui se bousculent à la porte des foules
    heures bleues heures grises comme des pierres étranglées
    vive douleur des heures incendiées
    heures fragiles et nues dans les chairs roses du ciel

    ___________________________

    Votre folie m'habille comme un gant
    si près de la lumière
    si près des heures libérées par la foudre de vos rires en relief
    sur mes mots éventrés par les silences
    les oubliances que je suis
    à même ce jour
    imprégnée d'alliances
    d'enfances étalées sur mes crépuscules
    ce foutu mensonge

    ___________________________

    J'ai les écluses fragiles dans le regard de l'aube
    quand mes mains s'abandonnent au vertige des mots
    devant ce phare absent
    devant l'image rebelle d'une nuit furieuse
    pluvieuse

    ___________________________

    Au passage
    les baisers creusent des habitudes au hasard des fatigues
    lèchent le destin étroit d'un visage oublié dans le givre des heures
    visage abandonné sous le doux regard d'une étoile lointaine
    quand la fête déjoue les ruses d'un soir exténué

    ___________________________

    Une promesse de chairs odorantes provoque des printemps délurés
    des échanges de rêves effrontés
    derrière une foule triste
    essuie gestes et marées sur les visages à portée de l'esclave

    ___________________________

    Sur ma page
    des mots ondulés me respirent jusqu'au sein du rêve
    me ramènent au coeur des choses
    à travers le cristallin de l'âme
    ses ébats
    dans la chaleur des sexes poétiques
    évanouis comme des mystères déraisonnables

    ___________________________

    Un cheptel de mots avance lentement
    vers l'écrin fertile de mes pensées
    en meuglant des souvenirs désespérés
    sous le dernier quartier d'une lune d'hiver

    ___________________________

    Ce brasier du coeur brûle les ailes d'un horizon étonné
    invente des poursuites
    dans la brousse des prunelles
    des déesses éplorées

    Femmes de bois
    fibres de terre
    de sang trop mûr
    assises sur l'humus des âges sacrés
    fiançailles englouties dans un bleu éternel

    ___________________________

    Frémissante
    elle reconnaît les cris
    comme une exaltation secrète de la source
    ses passions qu'elle boit à même la bouche des échos rythmés
    des instants convertis à l'être
    autrefois bafoués
    sans mémoire
    rejette par ses paumes entrouvertes
    la raison trébuchante
    qu'aucune foi ne peut atteindre
    dans l'aube assassinée

    ___________________________

    Il fait jaune feu dehors
    à travers les arbres déchus et mauves
    devant ce jour poudré d'indifférence
    égaré dans le vin de l'aube
    ennivrée

    Comme un rendez-vous avec la mémoire
    ce feu à côté de moi
    me projette dans le plein des choses à écrire

    Tranquillement demain me lira
    apaisera le fer à 23 heures pile
    mais comment en être sûre ?

    ___________________________

    Une mémoire constellée glane les langues assoiffées
    mystère des mots sanctifiés par le poète
    sous l'emprise d'un verre offert
    pour évaporer les désirs inconscients de l'Être
    dévorantes failles engorgées de désirs
    décapsulés
    bus jusqu'à la lie

    ___________________________

    Au coeur de l'essentiel
    le silence mijote des réponses
    condamnées à éblouir les peurs
    à hauteur du vrai
    en ce jour dessiné
    inévitable

    Le coeur aux aguets

    ___________________________

    Rage folle des amours punitives
    doux labeur de questions pour nos âmes affamées

    Rage folle des amours démembrées
    par les jours indomptés d'un coeur fauve insondable

    Rage folle des amours déchiquetées
    ensevelies sous les bruits de nos pas inévitables

    Rage folle des amours libertaires
    abandonnées dans un cri

    ___________________________

    Cette femme désertique apprend en silence
    mais le silence ne lui répond pas

    Elle se chuchote les mots amoureux du temps
    répand ses cris en rafales
    sur des tissus brodés d'étoiles
    retenant la pluie d'un visage abruti

    Elle rêve
    elle rêve aux doux gémissements amarrés au quai d'un grand lit
    sème sur des pierres
    les fines herbes de son coeur éclaté

    Abandonnée devant un soleil trop pur
    la joie s'écrira peu à peu
    sur le blanc de l'âme imaginée trop grise
    que les couleurs transporteront sur les ailes du vent

    Le meilleur s'en vient !

    =====================================
    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    Dépôt légal / mai 1997
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-921818-14-0
    Tous droits réservés – All rights reserved

    ===========================================================

    Ce recueil de poésie est aussi édité sur le site web de la
    Bibliothèque nationale du Canada dans sa collection électronique
    à l'adresse suivante :
    [ http://collection.nlc-bnc.ca/100/200/300/huguette_bertrand/jusqua/regard.html ]

    This poetry book is also edited on the National Library of Canada's website
    in it's electronic collection at the following URL :
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    ************
    Ce document fut présenté en lecture gratuite sur le site du "Project Gutenberg"
    en janvier 2002 par l'auteure Huguette Bertrand, (Québec) Canada

    This document has been released for free reading on "Project Gutenberg"
    on January 2002 by the author Huguette Bertrand, (Quebec) Canada

    ************
    Site personnel de l'auteure / The author's personal website :

    Espace poétique de Huguette Bertrand : [ http://www.espacepoetique.com ]

    Synopsis du site / Map site : [ http://www.espacepoetique.com/poete/map.html ]

    Courriel / Email : [ huguettebertrand@videotron.ca ]

  • Jeannot et Colin

    Jeannot et Colin

    Aproximadamente 3.649 palavras.

    This eBook was produced by Carlo Traverso.

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    dispositions les images dans www://gallica.bnf.fr, et a donné
    l'authorization à les utilizer pour preparer ce texte.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE.

    TOME XXXIII

    DE L' IMPRIMERIE DE A. FIRMIN DIDOT,

    RUE JACOB, N° 24.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE

    PRÉFACES, AVERTISSEMENTS, NOTES, ETC.

    PAR M. BEUCHOT.

    TOME XXXIII.

    ROMANS. TOME I.

    A PARIS,

    CHEZ LEFÈVRE, LIBRAIRE,

    RUE DE L'ÉPERON, K° 6. WERDET ET LEQUIEN FILS,

    RUE DU BATTOIR, N° 2O.

    MDCCCXXIX.

    JEANNOT ET COLIN.

    Préface de l'Éditeur

    Les deux contes, _Le blanc et le noir_, _Jeannot et Colin_, font
    partie du volume qui parut, en 1764, sous le titre de Contes de
    Guillaume Fade.

    ——

    Les notes sans signature, et qui sont indiquées par des lettres,
    sont de Voltaire.

    Les notes signées d'un K sont des éditeurs de Kehl, MM. Condorcet
    et Decroix. Il est impossible de faire rigoureusement la part de
    chacun.

    Les additions que j'ai faites aux notes de Voltaire ou aux notes
    des éditeurs de Kehl, en sont séparées par un–, et sont, comme
    mes notes, signées de l'initiale de mon nom.

    BEUCHOT.

    4 octobre 1829.

    JEANNOT ET COLIN.

    Plusieurs personnes dignes de foi ont vu Jeannot et Colin à
    l'école dans la ville d'Issoire, en Auvergne, ville fameuse dans
    tout l'univers par son collège et par ses chaudrons. Jeannot
    était fils d'un marchand de mulets très renommé; Colin devait le
    jour à un brave laboureur des environs, qui cultivait la terre
    avec quatre mulets, et qui, après avoir payé la taille, le
    taillon, les aides et gabelles, le sou pour livre, la capitation,
    et les vingtièmes, ne se trouvait pas puissamment riche au bout
    de l'année.

    Jeannot et Colin étaient fort jolis pour des Auvergnats; ils
    s'aimaient beaucoup; et ils avaient ensemble de petites
    privautés, de petites familiarités, dont on se ressouvient
    toujours avec agrément quand on se rencontre ensuite dans le
    monde.

    Le temps de leurs études était sur le point de finir, quand un
    tailleur apporta à Jeannot un habit de velours à trois couleurs,
    avec une veste de Lyon de fort bon goût; le tout était accompagné
    d'une lettre à M. de La Jeannotière. Colin admira l'habit, et ne
    fut point jaloux; mais Jeannot prit un air de supériorité qui
    affligea Colin. Dès ce moment Jeannot n'étudia plus, se regarda
    au miroir, et méprisa tout le monde. Quelque temps après un
    valet de chambre arrive en poste, et apporte une seconde lettre à
    monsieur le marquis de La Jeannotière; c'était un ordre de
    monsieur son père de faire venir monsieur son fils à Paris.
    Jeannot monta en chaise en tendant la main à Colin avec un
    sourire de protection assez noble. Colin sentit son néant, et
    pleura. Jeannot partit dans toute la pompe de sa gloire.

    Les lecteurs qui aiment à s'instruire doivent savoir que
    M. Jeannot, le père, avait acquis assez rapidement des biens
    immenses dans les affaires. Vous demandez comment on fait ces
    grandes fortunes? C'est parcequ'on est heureux. M. Jeannot
    était bien fait, sa femme aussi, et elle avait encore de la
    fraîcheur. Ils allèrent à Paris pour un procès qui les ruinait,
    lorsque la fortune, qui élève et qui abaisse les hommes à son
    gré, les présenta à la femme d'un entrepreneur des hôpitaux des
    armées, homme d'un grand talent, et qui pouvait se vanter d'avoir
    tué plus de soldats en un an que le canon n'en fait périr en dix.
    Jeannot plut à madame; la femme de Jeannot plut à monsieur.
    Jeannot fut bientôt de part dans l'entreprise; il entra dans
    d'autres affaires. Dès qu'on est dans le fil de l'eau, il n'y a
    qu'à se laisser aller; on fait sans peine une fortune immense.
    Les gredins, qui du rivage vous regardent voguer à pleines
    voiles, ouvrent des yeux étonnés; ils ne savent comment vous avez
    pu parvenir; ils vous envient au hasard, et font contre vous des
    brochures que vous ne lisez point. C'est ce qui arriva à Jeannot
    le père, qui fut bientôt M. de La Jeannotière, et qui, ayant
    acheté un marquisat au bout de six mois, retira de l'école
    monsieur le marquis son fils, pour le mettre à Paris dans le beau
    monde.

    Colin, toujours tendre, écrivit une lettre de compliments à son
    ancien camarade, et lui fit ces lignes pour le congratuler. Le
    petit marquis ne lui fit point de réponse: Colin en fut malade de
    douleur.

    Le père et la mère donnèrent d'abord un gouverneur au jeune
    marquis: ce gouverneur, qui était un homme du bel air, et qui ne
    savait rien, ne put rien enseigner à son pupille. Monsieur
    voulait que son fils apprît le latin, madame ne le voulait pas.
    Ils prirent pour arbitre un auteur qui était célèbre alors par
    des ouvrages agréables. Il fut prié à dîner. Le maître de la
    maison commença par lui dire: Monsieur, comme vous savez le
    latin, et que vous êtes un homme de la cour…. Moi, monsieur,
    du latin! je n'en sais pas un mot, répondit le bel esprit, et
    bien m'en a pris: il est clair qu'on parle beaucoup mieux sa
    langue quand on ne partage pas son application entre elle et les
    langues étrangères. Voyez toutes nos dames, elles ont l'esprit
    plus agréable que les hommes; leurs lettres sont écrites avec
    cent fois plus de grâce; elles n'ont sur nous cette supériorité
    que parcequ'elles ne savent pas le latin.

    Eh bien! n'avais-je pas raison? dit madame. Je veux que mon
    fils soit un homme d'esprit, qu'il réussisse dans le monde; et
    vous voyez bien que, s'il savait le latin, il serait perdu.
    Joue-t-on, s'il vous plaît, la comédie et l'opéra en latin?
    plaide-t-on en latin quand on a un procès? fait-on l'amour en
    latin? Monsieur, ébloui de ces raisons, passa condamnation, et
    il fut conclu que le jeune marquis ne perdrait point son temps à
    connaître Cicéron, Horace, et Virgile. Mais qu'apprendra-t-il
    donc? car encore faut-il qu'il sache quelque chose; ne
    pourrait-on pas lui montrer un peu de géographie? A quoi, cela
    lui servira-t-il? répondit le gouverneur. Quand monsieur le
    marquis ira dans ses terres, les postillons ne sauront-ils pas
    les chemins? ils ne l'égareront certainement pas. On n'a pas
    besoin d'un quart de cercle pour voyager, et on va très
    commodément de Paris en Auvergne, sans qu'il soit besoin de
    savoir sous quelle latitude on se trouve.

    Vous avez raison, répliqua le père; mais j'ai entendu parler
    d'une belle science qu'on appelle, je crois, l'astronomie.
    Quelle pitié! repartit le gouverneur; se conduit-on par les
    astres dans ce monde? et faudra-t-il que monsieur le marquis se
    tue à calculer une éclipse, quand il la trouve à point nommé dans
    l'almanach, qui lui enseigne de plus les fêtes mobiles, l'âge de
    la lune, et celui de toutes les princesses de l'Europe?

    Madame fut entièrement de l'avis du gouverneur. Le petit marquis
    était au comble de la joie; le père était très indécis. Que
    faudra-t-il donc apprendre à mon fils? disait-il. A être
    aimable, répondit l'ami que l'on consultait; et s'il sait les
    moyens de plaire, il saura tout: c'est un art qu'il apprendra
    chez madame sa mère, sans que ni l'un ni l'autre se donnent la
    moindre peine.

    Madame, à ce discours, embrassa le gracieux ignorant, et lui dit:
    On voit bien, monsieur, que vous êtes l'homme du monde le plus
    savant; mon fils vous devra toute son éducation: je m'imagine
    pourtant qu'il ne serait pas mal qu'il sût un peu d'histoire.
    Hélas! madame, à quoi cela est-il bon? répondit-il; il n'y a
    certainement d'agréable et d'utile que l'histoire du jour.
    Toutes les histoires anciennes, comme le disait un de nos beaux
    esprits[1], ne sont que des fables convenues; et pour les
    modernes, c'est un chaos qu'on ne peut débrouiller. Qu'importe à
    monsieur votre fils que Charlemagne ait institué les douze pairs
    de France, et que son successeur ait été bègue?

    [1] Fontenelle. B.

    Rien n'est mieux dit! s'écria le gouverneur: on étouffe l'esprit
    des enfants sous un amas de connaissances inutiles; mais de
    toutes les sciences la plus absurde, à mon avis, et celle qui est
    la plus capable d'étouffer toute espèce de génie, c'est la
    géométrie. Cette science ridicule a pour objet des surfaces ,
    des lignes, et des points, qui n'existent pas dans la nature. On
    fait passer en esprit cent mille lignes courbes entre un cercle
    et une ligne droite qui le touche, quoique dans la réalité on n'y
    puisse pas passer un fétu. La géométrie, en vérité, n'est qu'une
    mauvaise plaisanterie.

    Monsieur et madame n'entendaient pas trop ce que le gouverneur
    voulait dire; mais ils furent entièrement de son avis.

    Un seigneur comme monsieur le marquis, continua-t-il , ne doit
    pas se dessécher le cerveau dans ces vaines études. Si un jour
    il a besoin d'un géomètre sublime, pour lever le plan de ses
    terres, il les fera arpenter pour son argent. S'il veut
    débrouiller l'antiquité de sa noblesse, qui remonte aux temps les
    plus reculés, il enverra chercher un bénédictin. Il en est de
    même de tous les arts. Un jeune seigneur heureusement né n'est
    ni peintre, ni musicien, ni architecte, ni sculpteur; mais il
    fait fleurir tous ces arts en les encourageant par sa
    magnificence. Il vaut sans doute mieux les protéger que de les
    exercer; il suffit que monsieur le marquis ait du goût; c'est aux
    artistes à travailler pour lui; et c'est en quoi on a très grande
    raison de dire que les gens de qualité (j'entends ceux qui sont
    très riches) savent tout sans avoir rien appris, parcequ'en effet
    ils savent à la longue juger de toutes les choses qu'ils
    commandent et qu'ils paient.

    L'aimable ignorant prit alors la parole, et dit: Vous avez très
    bien remarqué, madame, que la grande fin de l'homme est de
    réussir dans la société. De bonne foi, est-ce par les sciences
    qu'on obtient ce succès? s'est-on jamais avisé dans la bonne
    compagnie de parler de géométrie? demande-t-on jamais à un
    honnête homme quel astre se lève aujourd'hui avec le soleil?
    s'informe-t-on à souper si Clodion-le-Chevelu passa le Rhin?
    Non, sans doute, s'écria la marquise de La Jeannotière, que ses
    charmes avaient initiée quelquefois dans le beau monde, et
    monsieur mon fils ne doit point éteindre son génie par l'étude de
    tous ces fatras; mais enfin que lui apprendra-t-on? car il est
    bon qu'un jeune seigneur puisse briller dans l'occasion, comme
    dit monsieur mon mari. Je me souviens d'avoir ouï dire à un abbé
    que la plus agréable des sciences était une chose dont j'ai
    oublié le nom, mais qui commence par un _B_.–Par un _B_, madame?
    ne serait-ce point la botanique?–Non, ce n'était point de
    botanique qu'il me parlait; elle commençait, vous dis-je, par un
    _B_, et finissait par un _on_.–Ah! j'entends, madame; c'est le
    blason: c'est, à la vérité, une science fort profonde; mais elle
    n'est plus à la mode depuis qu'on a perdu l'habitude de faire
    peindre ses armes aux portières de son carrosse; c'était la chose
    du monde la plus utile dans un état bien policé. D'ailleurs
    cette étude serait infinie; il n'y a point aujourd'hui de barbier
    qui n'ait ses armoiries; et vous savez que tout ce qui devient
    commun est peu fêté. Enfin, après avoir examiné le fort et le
    faible des sciences, il fut décidé que monsieur le marquis
    apprendrait à danser.

    La nature, qui fait tout, lui avait donné un talent qui se
    développa bientôt avec un succès prodigieux; c'était de chanter
    agréablement des vaudevilles. Les grâces de la jeunesse, jointes
    à ce don supérieur, le firent regarder comme le jeune homme de la
    plus grande espérance. Il fut aimé des femmes; et ayant la tête
    toute pleine de chansons, il en fit pour ses maîtresses. Il
    pillait _Bacchus_ et _l'Amour_ dans un vaudeville, la nuit et le
    jour dans un autre, les charmes et les alarmes dans un troisième;
    mais, comme il y avait toujours dans ses vers quelques pieds de
    plus ou de moins qu'il ne fallait, il les fesait corriger
    moyennant vingt louis d'or par chanson; et il fut mis dans
    l'_Année_ littéraire au rang des La Fare, des Chaulieu, des
    Hamilton, des Sarrasin, et des Voiture.

    Madame la marquise crut alors être la mère d'un bel esprit, et
    donna à souper aux beaux esprits de Paris. La tête du jeune
    homme fut bientôt renversée; il acquit l'art de parler sans
    s'entendre, et se perfectionna dans l'habitude de n'être propre à
    rien. Quand son père le vit si éloquent, il regretta vivement de
    ne lui avoir pas fait apprendre le latin, car il lui aurait
    acheté une grande charge dans la robe. La mère, qui avait des
    sentiments plus nobles, se chargea de solliciter un régiment pour
    son fils; et en attendant il fit l'amour. L'amour est
    quelquefois plus cher qu'un régiment. Il dépensa beaucoup,
    pendant que ses parents s'épuisaient encore davantage à vivre en
    grands seigneurs.

    Une jeune veuve de qualité, leur voisine, qui n'avait qu'une
    fortune médiocre, voulut bien se résoudre à mettre en sûreté les
    grands biens de monsieur et de madame de La Jeannotière, en se
    les appropriant, et en épousant le jeune marquis. Elle l'attira
    chez elle, se laissa aimer, lui fit entrevoir qu'il ne lui était
    pas indifférent, le conduisit par degrés, l'enchanta, le subjugua
    sans peine. Elle lui donnait tantôt des éloges, tantôt des
    conseils; elle devint la meilleure amie du père et de la mère.
    Une vieille voisine proposa le mariage; les parents, éblouis de
    la splendeur de cette alliance, acceptèrent avec joie la
    proposition: ils donnèrent leur fils unique à leur amie intime.
    Le jeune marquis allait épouser une femme qu'il adorait et dont
    il était aimé; les amis de la maison le félicitaient; on allait
    rédiger les articles, en travaillant aux habits de noce et à
    l'épithalame.

    Il était un matin aux genoux de la charmante épouse que l'amour,
    l'estime, et l'amitié, allaient lui donner; ils goûtaient, dans
    une conversation tendre et animée, les prémices de leur bonheur;
    ils s'arrangeaient pour mener une vie délicieuse, lorsqu'un valet
    de chambre de madame la mère arrive tout effaré. Voici bien
    d'autres nouvelles, dit-il; des huissiers déménagent la maison de
    monsieur et de madame; tout est saisi par des créanciers; on
    parle de prise de corps, et je vais faire mes diligences pour
    être payé de mes gages. Voyons un peu, dit le marquis, ce que
    c'est que ça, ce que c'est que cette aventure-là. Oui, dit la
    veuve, allez punir ces coquins-là, allez vite. Il y court, il
    arrive à la maison; son père était déjà emprisonné: tous les
    domestiques avaient fui chacun de leur côté, en emportant tout ce
    qu'ils avaient pu. Sa mère était seule, sans secours, sans
    consolation , noyée dans les larmes; il ne lui restait rien que
    le souvenir de sa fortune, de sa beauté, de ses fautes, et de ses
    folles dépenses.

    Après que le fils eut long-temps pleuré avec la mère, il lui dit
    enfin: Ne nous désespérons pas; cette jeune veuve m'aime
    éperdument; elle est plus généreuse encore que riche, je réponds
    d'elle; je vole à elle, et je vais vous l'amener. Il retourne
    donc chez sa maîtresse, il la trouve tête à tête avec un jeune
    officier fort aimable. Quoi! c'est vous, M. de La Jeannotière;
    que venez-vous faire ici? abandonne-t-on ainsi sa mère? Allez
    chez cette pauvre femme, et dites-lui que je lui veux toujours du
    bien: j'ai besoin d'une femme de chambre, et je lui donnerai la
    préférence. Mon garçon, tu me parais assez bien tourné, lui dit
    l'officier; si tu veux entrer dans ma compagnie, je te donnerai
    un bon engagement.

    Le marquis stupéfait, la rage dans le coeur, alla chercher son
    ancien gouverneur, déposa ses douleurs dans son sein, et lui
    demanda des conseils. Celui-ci lui proposa de se faire, comme
    lui, gouverneur d'enfants. Hélas! je ne sais rien, vous ne
    m'avez rien appris, et vous êtes la première cause de mon
    malheur; et il sanglotait en lui parlant ainsi. Faites des
    romans, lui dit un bel esprit qui était là; c'est une excellente
    ressource à Paris.

    Le jeune homme, plus désespéré que jamais, courut chez le
    confesseur de sa mère; c'était un théatin très accrédité, qui ne
    dirigeait que les femmes de la première considération; dès qu'il
    le vit, il se précipita vers lui. Eh! mon Dieu! monsieur le
    marquis, où est votre carrosse? comment se porte la respectable
    madame la marquise votre mère? Le pauvre malheureux lui conta le
    désastre de sa famille. A mesure qu'il s'expliquait, le théatin
    prenait une mine plus grave, plus indifférente, plus imposante:
    Mon fils, voilà où Dieu vous voulait; les richesses ne servent
    qu'à corrompre le coeur; Dieu a donc fait la grâce à votre mère
    de la réduire à la mendicité?

    Oui, monsieur.–Tant mieux, elle est sûre de son salut.–Mais,
    mon père, en attendant, n'y aurait-il pas moyen d'obtenir
    quelques secours dans ce monde?–Adieu, mon fils; il y a une dame
    de la cour qui m'attend. Le marquis fut prêt à s'évanouir; il
    fut traité à peu près de même par tous ses amis, et apprit mieux
    à connaître le monde dans une demi-journée que dans tout le reste
    de sa vie.

    Comme il était plongé dans l'accablement du désespoir, il vit
    avancer une chaise roulante, à l'antique, espèce de tombereau
    couvert, accompagné de rideaux de cuir, suivi de quatre
    charrettes énormes toutes chargées. Il y avait dans la chaise un
    jeune homme grossièrement vêtu; c'était un visage rond et frais
    qui respirait la douceur et la gaieté. Sa petite femme brune, et
    assez grossièrement agréable, était cahotée à côté de lui. La
    voiture n'allait pas comme le char d'un petit-maître: le voyageur
    eut tout le temps de contempler le marquis immobile, abîmé dans
    sa douleur. Eh! mon Dieu! s'écria-t-il, je crois que c'est là
    Jeannot. A ce nom le marquis lève les yeux, la voiture s'arrête:
    C'est Jeannot lui-même, c'est Jeannot. Le petit homme rebondi ne
    fait qu'un saut, et court embrasser son ancien camarade. Jeannot
    reconnut Colin; la honte et les pleurs couvrirent son visage. Tu
    m'as abandonné, dit Colin; mais tu as beau être grand seigneur,
    je t'aimerai toujours. Jeannot, confus et attendri, lui conta,
    en sanglotant, une partie de son histoire. Viens dans
    l'hôtellerie où je loge me conter le reste, lui dit Colin;
    embrasse ma petite femme, et allons dîner ensemble.

    Ils vont tous trois à pied, suivis du bagage. Qu'est-ce donc que
    tout cet attirail? vous appartient-il?–Oui, tout est à moi et à
    ma femme. Nous arrivons du pays; je suis à la tête d'une bonne
    manufacture de fer étamé et de cuivre. J'ai épousé la fille d'un
    riche négociant en ustensiles nécessaires aux grands et aux
    petits; nous travaillons beaucoup; Dieu nous bénit; nous n'avons
    point changé d'état, nous sommes heureux, nous aiderons notre ami
    Jeannot. Ne sois plus marquis; toutes les grandeurs de ce monde
    ne valent pas un bon ami. Tu reviendras avec moi au pays, je
    t'apprendrai le métier, il n'est pas bien difficile; je te
    mettrai de part, et nous vivrons gaiement dans le coin de terre
    où nous sommes nés.

    Jeannot éperdu se sentait partagé entre la douleur et la joie, la
    tendresse et la honte; et il se disait tout bas: Tous mes amis du
    bel air m'ont trahi, et Colin, que j'ai méprisé, vient seul à mon
    secours. Quelle instruction! La bonté d'âme de Colin développe
    dans le coeur de Jeannot le germe du bon naturel, que le monde
    n'avait pas encore étouffé. Il sentit qu'il ne pouvait
    abandonner son père et sa mère. Nous aurons soin de ta mère, dit
    Colin; et quant à ton bon-homme de père, qui est en prison,
    j'entends un peu les affaires; ses créanciers, voyant qu'il n'a
    plus rien, s'accommoderont pour peu de chose; je me charge de
    tout. Colin fit tant qu'il tira le père de prison. Jeannot
    retourna dans sa patrie avec ses parents , qui reprirent leur
    première profession. Il épousa une soeur de Colin, laquelle
    étant de même humeur que le frère, le rendit très heureux. Et
    Jeannot le père, et Jeannotte la mère, et Jeannot le fils, virent
    que le bonheur n'est pas dans la vanité.

    FIN DE JEANNOT ET COLIN.

  • Histoire des voyages de Scarmentado

    Histoire des voyages de Scarmentado

    Aproximadamente 3.527 palavras.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE.

    TOME XXXIII

    DE L' IMPRIMERIE DE A. FIRMIN DIDOT,

    RUE JACOB, N° 24.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE

    PRÉFACES, AVERTISSEMENTS, NOTES, ETC.

    PAR M. BEUCHOT.

    TOME XXXIII.

    ROMANS. TOME I.

    A PARIS,

    CHEZ LEFÈVRE, LIBRAIRE,

    RUE DE L'ÉPERON, K° 6. WERDET ET LEQUIEN FILS,

    RUE DU BATTOIR, N° 2O.

    MDCCCXXIX.

    HISTOIRE DES VOYAGES DE SCARMENTADO

    Préface de l'Éditeur

    Le prospectus des frères Cramer, pour leur édition de 1756,
    comprend les trois romans _Les deux consolés_, _Histoire des
    voyages de Scarmentado_, _Le songe de Platon_, au nombre des
    _morceaux neufs_ qu'ils allaient publier.

    Cependant la table chronologique qui est dans le tome LXX de
    l'édition in-8°de Kehl range les _Voyages de Scarmentado_ à
    l'année 1747. Longchamp[i] dit qu'ils furent composés en octobre
    1746, avec plusieurs autres romans, pendant la retraite de
    Voltaire à Sceaux. S'il fallait en croire Colini[ii], Voltaire
    aurait écrit les Voyages de Scarmentado après l'aventure de
    Francfort, en 1753. «Encore froissé des injustices qu'il venait
    d'éprouver, il composa les Voyages de Scarmentado, conte
    ingénieux, qui renferme des allusions visiblement applicables aux
    événements dans lesquels il avait figuré.» C'est au lecteur à
    prononcer si ce roman contient les allusions dont parle Colini.
    Pour moi, je ne les y ai point aperçues.

    [i] _Mémoires_, etc., page 140.

    [ii] _Mon séjour_, etc., page 61.

    Une édition de la Princesse de Babylone, qui parut en 1768 , est
    présentée comme une Suite des Voyages de Scarmentado.

    ——

    Les notes sans signature, et qui sont indiquées par des lettres,
    sont de Voltaire.

    Les notes signées d'un K sont des éditeurs de Kehl, MM. Condorcet
    et Decroix. Il est impossible de faire rigoureusement la part de
    chacun.

    Les additions que j'ai faites aux notes de Voltaire ou aux notes
    des éditeurs de Kehl, en sont séparées par un–, et sont, comme
    mes notes, signées de l'initiale de mon nom.

    BEUCHOT.

    4 octobre 1829.

    HISTOIRE
    DES VOYAGES
    DE SCARMENTADO,

    ÉCRITE PAR LUI-MÊME.

    1756.

    Je naquis dans la ville de Candie, en 1600. Mon père en était
    gouverneur; et je me souviens qu'un poète médiocre, qui n'était
    pas médiocrement dur, nommé _Iro_[1], fit de mauvais vers à ma
    louange, dans lesquels il me fesait descendre de Minos en droite
    ligne; mais mon père ayant été disgracié, il fit d'autres vers où
    je ne descendais plus que de Pasiphaé et de son amant. C'était
    un bien méchant homme que cet Iro, et le plus ennuyeux coquin qui
    fût dans l'île.

    [1] Anagramme de Roi, poète né avec des talents que son
    penchant pour la satire, les aventures qui en furent la suite,
    sa jalousie contre les hommes de la littérature qui lui étaient
    supérieurs, avilirent et rendirent malheureux. Le ballet des
    _Éléments_ et l'opéra de _Callirhoé_ sont les seuls de ses
    ouvrages qui lui aient survécu: il mourut vieux, et avait fini
    par se faire dévot. K.

    Mon père m'envoya, à l'âge de quinze ans, étudier à Rome.
    J'arrivai dans l'espérance d'apprendre toutes les vérités; car
    jusque-là on m'avait enseigné tout le contraire, selon l'usage de
    ce bas monde, depuis la Chine jusqu'aux Alpes. Monsignor
    Profondo, à qui j'étais recommandé, était un homme singulier, et
    un des plus terribles savants qu'il y eût au monde. Il voulut
    m'apprendre les catégories d'Aristote, et fut sur le point de me
    mettre dans la catégorie de ses mignons: je l'échappai belle. Je
    vis des processions, des exorcismes, et quelques rapines. On
    disait, mais très faussement, que la signora Olimpia, personne
    d'une grande prudence, vendait beaucoup de choses qu'on ne doit
    point vendre. J'étais dans un âge où tout cela me paraissait
    fort plaisant. Une jeune dame de moeurs très douces, nommée _la
    signora Fatelo_, s'avisa de m'aimer. Elle était courtisée par le
    révérend P. _Poignardini_, et par le révérend P. _Aconiti_,
    jeunes profès d'un ordre qui ne subsiste plus: elle les mit
    d'accord en me donnant ses bonnes grâces; mais en même temps je
    courus risque d'être excommunié et empoisonné. Je partis, très
    content de l'architecture de Saint-Pierre.

    Je voyageai en France; c'était le temps du règne de
    Louis-le-Juste[2]. La première chose qu'on me demanda, ce fut,
    Si je voulais à mon déjeuner un petit morceau du maréchal
    d'Ancre, dont le peuple avait fait rôtir la chair[3], et qu'on
    distribuait à fort bon compte à ceux qui en voulaient.

    [2] Louis XIII eut dès son enfance , dit Voltaire, le surnom de
    Juste, pai'cequ'il était né sous le signe de la Balance. Voyez
    tome XIX, _Le Siècle de Louis XIV_, chapitre 2. B.

    [3] Voyez: tome XVIII, page 177. B.

    Cet état était continuellement en proie aux guerres civiles,
    quelquefois pour une place au conseil, quelquefois pour deux
    pages de controverse. Il y avait plus de soixante ans que ce
    feu, tantôt couvert et tantôt soufflé avec violence, désolait ces
    beaux climats. C'étaient là les libertés de l'Église gallicane.
    Hélas! dis-je, ce peuple est pourtant né doux: qui peut l'avoir
    tiré ainsi de son caractère? Il plaisante, et il fait des
    Saint-Barthélemi. Heureux le temps où il ne fera que plaisanter!

    Je passai en Angleterre: les mêmes querelles y excitaient les
    mêmes fureurs. De saints catholiques avaient résolu, pour le
    bien de l'Église, de faire sauter en l'air, avec de la poudre, le
    roi, la famille royale, et tout le parlement, et de délivrer
    l'Angleterre de ces hérétiques. On me montra la place où la
    bienheureuse reine Marie, fille de Henri VIII, avait fait brûler
    plus de cinq cents de ses sujets. Un prêtre ibernois m'assura
    que c'était une très bonne action: premièrement parceque ceux
    qu'on avait brûlés étaient Anglais; en second lieu parcequ'ils ne
    prenaient jamais d'eau bénite, et qu'ils ne croyaient pas au trou
    de saint Patrice[4].Il s'étonnait surtout que la reine Marie ne
    fût pas encore canonisée; mais il espérait qu'elle le serait
    bientôt, quand le cardinal neveu aurait un peu de loisir.

    [4] Sur le trou de Saint-Patrice , voyez tome XXXII, page 177;
    et dans les _Mélanges_, année 1763, la septième des _Lettres
    sur les miracles_. B.

    J'allai en Hollande, où j'espérais trouver plus de tranquillité
    chez des peuples plus flegmatiques. On coupait la tête à un
    vieillard vénérable lorsque j'arrivai à La Haye. C'était la tête
    chauve du premier ministre Barneveldt, l'homme qui avait le mieux
    mérité de la république. Touché de pitié, je demandai quel était
    son crime, et s'il avait trahi l'état. Il a fait bien pis, me
    répondit un prédicant à manteau noir; c'est un homme qui croit
    que l'on peut se, sauver par les bonnes oeuvres aussi bien que
    par la foi. Vous sentez bien que, si de telles opinions
    s'établissaient, une république ne pourrait subsister, et qu'il
    faut des lois sévères pour réprimer de si scandaleuses horreurs.
    Un profond politique du pays me dit en soupirant: Hélas!
    monsieur, le bon temps ne durera pas toujours; ce n'est que par
    hasard que ce peuple est si zélé; le fond de son caractère est
    porté au dogme abominable de la tolérance, un jour il y viendra:
    cela fait frémir. Pour moi, en attendant que ce temps funeste de
    la modération et de l'indulgence fût arrivé, je quittai bien vite
    un pays où la sévérité n'était adoucie par aucun agrément, et je
    m'embarquai pour l'Espagne.

    La cour était à Séville, les galions étaient arrivés, tout
    respirait l'abondance et la joie dans la plus belle saison de
    l'année. Je vis au bout d'une allée d'orangers et de citronniers
    une espèce de lice immense entourée de gradins couverts d'étoffes
    précieuses. Le roi, la reine, les infants, les infantes, étaient
    sous un dais superbe. Vis-à-vis de cette auguste famille était
    un autre trône, mais plus élevé. Je dis à un de mes compagnons
    de voyage: A moins que ce trône ne soit réservé pour Dieu, je ne
    vois pas à quoi il peut servir. Ces indiscrètes paroles furent
    entendues d'un grave Espagnol, et me coûtèrent cher. Cependant
    je m'imaginais que nous allions voir quelque carrousel ou quelque
    fête de taureaux, lorsque le grand-inquisiteur parut sur ce
    trône, d'où il bénit le roi et le peuple.

    Ensuite vint une armée de moines défilant deux à deux, blancs,
    noirs, gris, chaussés, déchaussés, avec barbe, sans barbe, avec
    capuchon pointu, et sans capuchon; puis marchait le bourreau;
    puis on voyait au milieu des alguazils et des grands environ
    quarante personnes couvertes de sacs sur lesquels on avait peint
    des diables et des flammes. C'étaient des juifs qui n'avaient
    pas voulu renoncer absolument à Moïse, c'étaient des chrétiens
    qui avaient épousé leurs commères, ou qui n'avaient pas adoré
    Notre-Dame d'Atocha[5], ou qui n'avaient pas voulu se défaire de
    leur argent comptant en faveur des frères hiéronymites. On
    chanta dévotement de très belles prières, après quoi on brûla à
    petit feu tous les coupables; de quoi toute la famille royale
    parut extrêmement édifiée.

    [5] Sur Notre-Dame d'Atocha, voyez dans les _Mélanges_, année
    1769, une des notes de Voltaire sur son _Extrait d'un journal_
    (ou Mémoires du Dangeau). B.

    Le soir, dans le temps que j'allais me mettre au lit, arrivèrent
    chez moi deux familiers de l'inquisition avec la sainte
    Hermandad: ils m'embrassèrent tendrement, et me menèrent, sans me
    dire un seul mot, dans un cachot très frais, meublé d'un lit de
    natte et d'un beau crucifix. Je restai là six semaines, au bout
    desquelles le révérend père inquisiteur m'envoya prier de venir
    lui parler: il me serra quelque temps entre ses bras, avec une
    affection toute paternelle; il me dit qu'il était sincèrement
    affligé d'avoir appris que je fusse si mal logé; mais que tous
    les appartements de la maison étaient remplis, et qu'une autre
    fois il espérait que je serais plus à mon aise. Ensuite il me
    demanda cordialement si je ne savais pas pourquoi j'étais là. Je
    dis au révérend père que c'était apparemment pour mes péchés. Eh
    bien! mon cher enfant, pour quel péché? parlez-moi avec
    confiance. J'eus beau imaginer, je ne devinai point; il me mit
    charitablement sur les voies.

    Enfin je me souvins de mes indiscrètes paroles. J'en fus quitte
    pour la discipline et une amende de trente mille réales. On me
    mena faire la révérence au grand-inquisiteur: c'était un homme
    poli, qui me demanda comment j'avais trouvé sa petite fête. Je
    lui dis que cela était délicieux, et j'allai presser mes
    compagnons de voyage de quitter ce pays, tout beau qu'il est.
    Ils avaient eu le temps de s'instruire de toutes les grandes
    choses que les Espagnols avaient faites pour la religion. Ils
    avaient lu les mémoires du fameux évêque de Chiapa[6], par
    lesquels il paraît qu'on avait égorgé, ou brûlé, ou noyé dix
    millions d'infidèles en Amérique pour les convertir. Je crus que
    cet évêque exagérait; mais quand on réduirait ces sacrifices à
    cinq millions de victimes, cela serait encore admirable.

    [6] Las Cases: voyez tome XVII, pages 399, 426; et tome XXXII,
    pages 490-91. B.

    Le désir de voyager me pressait toujours. J'avais compté finir
    mon tour de l'Europe par la Turquie; nous en prîmes la route. Je
    me proposai bien de ne plus dire mon avis sur les fêtes que je
    verrais. Ces Turcs, dis-je à mes compagnons, sont des mécréants
    qui n'ont point été baptisés, et qui par conséquent seront bien
    plus cruels que les révérends pères inquisiteurs. Gardons le
    silence quand nous serons chez les mahométans.

    J'allai donc chez eux. Je fus étrangement surpris de voir en
    Turquie beaucoup plus d'églises chrétiennes qu'il n'y en avait
    dans Candie. J'y vis jusqu'à des troupes nombreuses de moines
    qu'on laissait prier la vierge Marie librement, et maudire
    Mahomet, ceux-ci en grec, ceux-là en latin, quelques autres en
    arménien[7]. Les bonnes gens que les Turcs! m'écriai-je. Les
    chrétiens grecs et les chrétiens latins étaient ennemis mortels
    dans Constantinople; ces esclaves se persécutaient les uns les
    autres, comme des chiens qui se mordent dans la rue, et à qui
    leurs maîtres donnent des coups de bâton pour les séparer. Le
    grand-vizir protégeait alors les Grecs. Le patriarche grec
    m'accusa d'avoir soupé chez le patriarche latin, et je fus
    condamné en plein divan à cent coups de latte sur la plante des
    pieds, rachetables de cinq cents sequins. Le lendemain le
    grand-vizir fut étranglé; le surlendemain son successeur, qui
    était pour le parti des Latins, et qui ne fut étranglé qu'un mois
    après, me condamna à la même amende, pour avoir soupé chez le
    patriarche grec. Je fus dans la triste nécessité de ne plus
    fréquenter ni l'église grecque ni la latine. Pour m'en consoler,
    je pris à loyer une fort belle Circassienne, qui était la
    personne la plus tendre dans le tête-à-tête, et la plus dévote à
    la mosquée. Une nuit, dans les doux transports de son amour,
    elle s'écria en m'embrassant, _Alla, Illa, Alla!_ ce sont les
    paroles sacramentales des Turcs; je crus que c'étaient celles de
    l'amour: je m'écriai aussi fort tendrement, _Alla, Illa, Alla!_
    Ah! me dit-elle, le Dieu miséricordieux soit loué! vous êtes
    Turc. Je lui dis que je le bénissais de m'en avoir donné la
    force, et je me crus trop heureux. Le matin l'iman vint pour me
    circoncire; et, comme je fis quelque difficulté, le cadi du
    quartier, homme loyal, me proposa de m'empaler: je sauvai mon
    prépuce et mon derrière avec mille sequins, et je m'enfuis vite
    en Perse, résolu de ne plus entendre ni messe grecque ni latine
    en Turquie, et de ne plus crier, _Alla, Illa, Alla_, dans un
    rendez-vous.

    [7] Voyez tome XVI, page 493. B.

    En arrivant à Ispahan on me demanda si j'étais pour le mouton
    noir ou pour le mouton blanc. Je répondis que cela m'était fort
    indifférent, pourvu qu'il fût tendre. Il faut savoir que les
    factions du _mouton blanc_ et du _mouton noir_[8] partageaient
    encore les Persans. On crut que je me moquais des deux partis;
    de sorte que je me trouvai déjà une violente affaire sur les bras
    aux portes de la ville: il m'en coûta encore grand nombre de
    sequins pour me débarrasser des moutons.

    [8] Voyez tome XVI, page 478. B.

    Je poussai jusqu'à la Chine avec un interprète, qui m'assura que
    c'était là le pays où l'on vivait librement et gaiement. Les
    Tartares s'en étaient rendus maîtres[9], après avoir tout mis à
    feu et à sang; et les révérends Pères jésuites d'un côté, comme
    les révérends Pères dominicains de l'autre, disaient qu'ils y
    gagnaient des âmes à Dieu, sans que personne en sût rien. On n'a
    jamais vu de convertisseurs si zélés; car ils se persécutaient
    les uns les autres tour-à-tour: ils écrivaient à Rome des volumes
    de calomnies; ils se traitaient d'infidèles et de prévaricateurs
    pour une âme. Il y avait surtout une horrible querelle entre eux
    sur la manière de faire la révérence. Les jésuites voulaient que
    les Chinois saluassent leurs pères et leurs mères à la mode de la
    Chine, et les dominicains voulaient qu'on les saluât à la mode de
    Rome[10]. Il m'arriva d'être pris par les jésuites pour un
    dominicain. On me fit passer chez sa majesté tartare pour un
    espion du pape. Le conseil suprême chargea un premier mandarin ,
    qui ordonna à un sergent qui commanda à quatre sbires du pays de
    m'arrêter et de me lier en cérémonie. Je fus conduit après cent
    quarante génuflexions devant sa majesté. Elle me fit demander si
    j'étais l'espion du pape, et s'il était vrai que ce prince dût
    venir en personne le détrôner. Je lui répondis que le pape était
    un prêtre de soixante-dix ans[11]; qu'il demeurait à quatre mille
    lieues de sa sacrée majesté tartaro-chinoise; qu'il avait environ
    deux mille soldats qui montaient la garde avec un parasol; qu'il
    ne détrônait personne, et que sa majesté pouvait dormir en
    sûreté. Ce fut l'aventure la moins funeste de ma vie. On
    m'envoya à Macao, d'où je m'embarquai pour l'Europe.

    [9] Voyez tome XVIIl, page 457. B.

    [10] Sur les querelles des cérémonies chinoises, voyez, tome XX.
    le chapitre XXXIX du _Siècle de Louis XIV_. B.

    [11] Innocent X, qui a régné de 1644 à 1655. B.

    Mon vaisseau eut besoin d'être radoubé vers les côtes de
    Golconde. Je pris ce temps pour aller voir la cour du grand
    Aureng-Zeb, dont on disait des merveilles dans le monde: il était
    alors dans Delhi. J'eus la consolation de l'envisager le jour de
    la pompeuse cérémonie dans laquelle il reçut le présent céleste
    que lui envoyait le shérif de la Mecque. C'était le balai avec
    lequel on avait balayé la maison sainte, le _caaba_, le _beth
    Alla_. Ce balai est le symbole du balai divin qui balaie toutes
    les ordures de l'âme. Aureng-Zeb ne paraissait pas en avoir
    besoin; c'était l'homme le plus pieux de tout l'Indoustan. Il
    est vrai qu'il avait égorgé un de ses frères et empoisonné son
    père; vingt raïas et autant d'omras étaient morts dans les
    supplices; mais cela n'était rien, et on ne parlait que de sa
    dévotion. On ne lui comparait que la sacrée majesté du
    sérénissime empereur de Maroc, Muley Ismael[10], qui coupait des
    têtes tous les vendredis après la prière.

    [12] Voltaire a parlé d'Aureng-Zeb et de Muley Ismael, tome
    XVIII, page 420; voyez aussi la table de ce tome XVIII. B.

    Je ne disais mot; les voyages m'avaient formé, et je sentais
    qu'il ne m'appartenait pas de décider entre ces deux augustes
    souverains. Un jeune Français, avec qui je logeais, manqua, je
    l'avoue, de respect à l'empereur des Indes et à celui de Maroc.
    Il s'avisa de dire très indiscrètement qu'il y avait en Europe de
    très pieux souverains qui gouvernaient bien leurs états et qui
    fréquentaient même les églises, sans pourtant tuer leurs pères et
    leurs frères, et sans couper les têtes de leurs sujets. Notre
    interprète transmit en indou le discours impie de mon jeune
    homme. Instruit par le passé, je fis vite seller mes chameaux:
    nous partîmes le Français et moi. J'ai su depuis que la nuit
    même les officiers du grand Aureng-Zeb étant venus pour nous
    prendre, ils ne trouvèrent que l'interprète. Il fut exécuté en
    place publique, et tous les courtisans avouèrent sans flatterie
    que sa mort était très juste.

    Il me restait de voir l'Afrique, pour jouir de toutes les
    douceurs de notre continent. Je la vis en effet. Mon vaisseau
    fut pris par des corsaires nègres. Notre patron fit de grandes
    plaintes, il leur demanda pourquoi ils violaient ainsi les lois
    des nations. Le capitaine nègre lui répondit: Vous avez le nez
    long, et nous l'avons plat; vos cheveux sont tout droits, et
    notre laine est frisée; vous avez la peau de couleur de cendre,
    et nous de couleur d'ébène; par conséquent nous devons, par les
    lois sacrées de la nature, être toujours ennemis. Vous nous
    achetez aux foires de la côte de Guinée, comme des bêtes de
    somme, pour nous faire travailler à je ne sais quel emploi aussi
    pénible que ridicule. Vous nous faites fouiller à coups de nerfs
    de boeuf dans des montagnes, pour en tirer une espèce de terre
    jaune qui par elle-même n'est bonne à rien, et qui ne vaut pas, à
    beaucoup près, un bon ognon d'Egypte; aussi quand nous vous
    rencontrons, et que nous sommes les plus forts, nous vous fesons
    labourer nos champs, ou nous vous coupons le nez et les oreilles.

    On n'avait rien à répliquer à un discours si sage. J'allai
    labourer le champ d'une vieille négresse, pour conserver mes
    oreilles et mon nez. On me racheta au bout d'un an. J'avais vu
    tout ce qu'il y a de beau, de bon, et d'admirable sur la terre:
    je résolus de ne plus voir que mes pénates. Je me mariai chez
    moi: je fus cocu , et je vis que c'était l'état le plus doux de
    la vie.

    FIN DE L'HISTOIRE DES VOYAGES DE SCARMENTADO.

    —– Transcriber's Note: —–

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  • Henri III et sa Cour

    Henri III et sa Cour

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    Henri III et sa cour
    par
    Alexandre Dumas (Père)

    PERSONNAGES

    HENRI III, roi de France
    CATHERINE DE MEDICIS, reine mère
    HENRI DE LORRAINE, DUC DE GUISE
    CATHERINE DE CLEVES, DUCHESSE DE GUISE
    PAUL ESTUERT, COMTE DE SAINT-MEGRIN
    NOGARET DE LA VALETTE, BARON D'EPERNON; ANNE D'ARQUES,
    VICOMTE DE JOYEUSE (favoris du roi)
    SAINT-LUC
    BUSSY D'AMBOISE, favori du duc d'Anjou
    BALZAC D'ENTRAGUES, plus souvent appelé ANTRAGUET
    COME RUGGIERI, astrologue
    SAINT-PAUL, aide de camp du duc de Guise
    ARTHUR, page de madame la duchesse de Guise
    BRIGARD, boutiquier
    BUSSY-LECLERC, procureur; LA CHAPELLE-MARTEAU, maître
    des comptes; CRUCE (ligueurs)
    DU HALDE
    GEORGES, domestique de Saint-Mégrin
    MADAME DE COSSE; MARIE (femmes de madame la duchesse de Guise)
    Un Page d'Antraguet

    ACTE PREMIER

    Un grand cabinet de travail chez Côme Ruggieri; quelques instruments
    de physique et de chimie; une fenêtre entr'ouverte au fond de
    l'appartement, avec un téléscope.

    SCENE PREMIERE

    RUGGIERI, puis CATHERINE DE MEDICIS

    RUGGIERI, appuyé sur son coude, un livre d'astrologie ouvert devant
    lui; il y mesure des figures avec un compas; une lampe posée sur une
    table, à droite, éclaire la scène.

    Oui!…cette conjuration me paraît plus puissante et plus sûre.
    (Regardant un sablier) Neuf heures bientôt…Qu'il me tarde d'être à
    minuit pour en faire l'épreuve? Réussirai-je enfin? parviendrai-je à
    évoquer un de ces génies que l'homme, dit-on, peut contraindre à lui
    obéir, quoiqu'ils soient plus puissants que lui?…Mais, si la chaîne
    des êtres créés se brisait à l'homme!…(Catherine de Médicis entre
    par une porte secrète; elle ôte son demi-masque noir, tandis que
    Ruggieri ouvre une autre volume, paraît comparer, et s'écrie:) Le
    doute partout!…

    CATHERINE

    Mon père…(Le touchant) Mon père!…

    RUGGIERI

    Qui?…Ah! Votre Majesté!…Comment, si tard, à neuf heures du soir,
    vous hasarder dans cette rue de Grenelle, si déserte et si
    dangereuse!

    CATHERINE

    Je ne viens point du Louvre, mon père; je viens de l'hôtel de
    Soissons, qui communique avec votre retraite par ce passage secret.

    RUGGIERI

    J'étais loin de m'attendre à l'honneur…

    CATHERINE

    Pardon, Ruggieri, si j'interromps vos doctes travaux; en toute autre
    circonstance, je vous demanderais la permission d'y prendre
    part…Mais ce soir…

    RUGGIERI

    Quelque malheur?

    CATHERINE

    Non; tous les malheurs sont encore dans l'avenir. Vous-même avez
    tiré l'horoscope de ce mois de juillet, et le résultat de vos calculs
    a été qu'aucun malheur réel ne menaçait notre personne, ni celle de
    notre auguste fils, pendant sa durée…Nous sommes aujourd'hui au 20,
    et rien n'a démenti votre prédiction. Avec l'aide de Dieu, elle
    s'accomplira tout entière.

    RUGGIERI

    C'est donc un nouvel horoscope que vous désirez, ma fille? Si vous
    voulez monter avec moi à la tour, vos connaissances en astronomie
    sont assez grandes pour que vous puissiez suivre mes opérations et
    les comprendre. Les constellations sont brillantes.

    CATHERINE

    Non, Ruggieri; c'est sur la terre que mes yeux sont fixés maintenant.
    Autour du soleil de la royauté se meuvent aussi des astres brillants
    et funestes; ce sont ceux-là qu'avec votre aide, mon père, je compte
    parvenir à conjurer.

    RUGGIERI

    Commandez, ma fille; je suis prêt à vous obéir.

    CATHERINE

    Oui,…vous m'êtes tout dévoué…Mais aussi ma protection, quoique
    ignorée de tous, ne vous est pas inutile…Votre réputation vous a
    fait bien des ennemis, mon père…

    RUGGIERI

    Je le sais.

    CATHERINE

    La Mole, en expirant, a avoué que les figures de cire à la
    ressemblance du roi, que l'on a trouvées sur l'autel, percées d'un
    poignard à la place du coeur, avaient été fournies par vous; et
    peut-être les mêmes juges qui l'ont condamné trouveraient-ils, sous
    les cendres chaudes encore de son bûcher, assez de feu pour allumer
    celui de Côme Ruggieri.

    RUGGIERI, avec crainte

    Je le sais,…je le sais.

    CATHERINE

    Ne l'oubliez pas…Restez moi fidèle…et, tant que le ciel laissera
    à Catherine de Médicis existence et pouvoir, ne craignez rien.
    Aidez-la donc à conserver l'un et l'autre.

    RUGGIERI

    Que puis-je faire pour Votre Majesté?

    CATHERINE

    D'abord, mon père, avez-vous signé la Ligue, comme je vous avais
    écrit de le faire?

    RUGGIERI

    Oui, ma fille; la première réunion des ligueurs doit même avoir lieu
    ici; car nul d'entre eux ne soupçonne la haute protection dont
    m'honore Votre Majesté…Vous voyez que je vous ai comprise et que
    j'ai été au delà de vos ordres.

    CATHERINE

    Et vous avez compris aussi que l'écho de leurs paroles devait
    retentir dans mon cabinet, et non dans celui du roi?

    RUGGIERI

    Oui, oui…

    CATHERINE

    Et maintenant, mon père, écoutez…Votre profonde retraite, vos
    travaux scientifiques, vous laissent peu de temps pour suivre les
    intrigues de la cour…Et, d'ailleurs, vos yeux, habitués à lire dans
    un ciel pur, perceraient mal l'atmosphère épaisse et trompeuse qui
    l'environne.

    RUGGIERI

    Pardon, ma fille!…les bruits du monde arrivent parfois jusqu'ici:
    je sais que le roi de Navarre et le duc d'Anjou ont fui la cour et se
    sont retirés, l'un dans son royaume, l'autre dans son gouvernement.

    CATHERINE

    Qu'ils y restent; ils m'inquiètent moins en province qu'à Paris… Le
    caractère franc du Béarnais, le caractère irrésolu du duc d'Anjou, ne
    nous menacent point de grands dangers; c'est plus près de nous que
    sont nos ennemis…Vous avez entendu parler du duel sanglant qui a eu
    lieu, le 27 avril dernier, près la porte Saint-Antoine, entre six
    jeunes gens de la cour; parmi les quatre qui ont été tués, trois
    étaient les favoris du roi.

    RUGGIERI

    J'ai su sa douleur; j'ai vu les magnifiques tombeaux qu'il a fait
    élever à Quélus, Schomberg et Maugiron; car il leur portait une
    grande amitié…Il avait promis, assure-t-on, cent mille livres aux
    chirurgiens, en cas que Quélus vînt en convalescence…Mais que
    pouvait la science de la terre contre les dix-neuf coups d'épée qu'il
    avait reçus?…Antraguet, son meurtrier, a du moins été puni par
    l'exil…

    CATHERINE

    Oui, mon père…Mais cette douleur s'apaise d'autant plus vite,
    qu'elle a été exagérée. Quélus, Schomberg et Maugiron ont été
    remplacés par d'Epernon, Joyeuse et Saint-Mégrin. Antraguet
    reparaîtra demain à la cour; le duc de Guise l'exige, et Henri n'a
    rien à refuser à son cousin de Guise. Saint-Mégrin et lui sont mes
    ennemis. Ce jeune gentilhomme bordelais m'inquiète. Plus instruit,
    moins frivole surtout que Joyeuse et d'Epernon, il a pris sur
    l'esprit de Henri un ascendant qui m'effraye…Mon père, il en ferait
    un roi.

    RUGGIERI

    Et le duc de Guise?

    CATHERINE

    En ferait un moine, lui…Je ne veux ni l'un ni l'autre…Il me faut
    un peu plus qu'un enfant, un peu moins qu'un homme…Aurais-je donc
    abâtardi son coeur à force de voluptés, éteint sa raison par des
    pratiques superstitieuses, pour qu'un autre que moi s'emparât de son
    esprit et le dirigeât à son gré?…Non; je lui ai donné un caractère
    factice, pour que ce caractère m'appartînt…Tous les calculs de ma
    politique, toutes les ressources de mon imagination ont tendu là…Il
    fallait rester régente de la France, quoique la France eût un roi; il
    fallait qu'on pût dire un jour: «Henri III a regné sous Catherine de
    Médicis…» J'y ai réussi jusqu'à présent…Mais ces deux hommes!…

    RUGGIERI

    Eh bien, René, votre valet de chambre, ne peut-il préparer pour eux
    des pommes de senteur, pareilles à celles que vous envoyâtes à Jeanne
    d'Albret, deux heures avant sa mort?…

    CATHERINE

    Non…Ils me sont nécessaires: ils entretiennent dans l'âme du roi
    cette irrésolution qui fait ma force. Je n'ai besoin que de jeter
    d'autres passions au travers de leurs projets politiques, pour les en
    distraire un instant; alors je me fais jour entre eux; j'arrive au
    roi, que j'aurai isolé avec sa faiblesse, et je ressaisis ma
    puissance…J'ai trouvé un moyen. Le jeune Saint-Mégrin est amoureux
    de la duchesse de Guise.

    RUGGIERI

    Et celle-ci?…

    CATHERINE

    L'aime aussi, mais sans se l'avouer encore à elle-même,
    peut-être…Elle est esclave de sa réputation de vertu…Ils en sont
    à ce point où il ne faut qu'une occasion, une rencontre, un
    tête-à-tête, pour que l'intrigue se noue; elle-même craint sa
    faiblesse, car elle le fuit…Mon père, ils se verront aujourd'hui;
    ils se verront seuls.

    RUGGIERI

    Où se verront-ils?

    CATHERINE

    Ici…Hier, au cercle, j'ai entendu Joyeuse et d'Epernon lier, avec
    Saint-Mégrin, la partie de venir faire tirer leur horoscope par
    vous…Dites aux deux premiers ce que bon vous semblera sur leur
    fortune future, que le roi veut porter à son comble, puisqu'il compte
    en faire ses beaux-frères…Mais trouvez le moyen d'éloigner ces
    jeunes fous…Restez seul avec Saint-Mégrin; arrachez-lui l'aveu de
    son amour; exaltez sa passion; dites-lui qu'il est aimé, que grâce à
    votre art, vous pouvez le servir; offrez-lui un tête-à-tête.
    (Montrant une alcôve cachée dans la boiserie) La duchesse de Guise
    est déjà là, dans ce cabinet si bien caché dans la boiserie, que vous
    avez fait faire pour que je puisse voir et entendre au besoin, sans
    être vue. Par Notre-Dame! il nous a déjà été utile, à moi pour mes
    expériences politiques, et à vous pour vos magiques opérations.

    RUGGIERI

    Et comment l'avez-vous déterminée à venir?…

    CATHERINE, ouvrant la porte du passage secret

    Pensez-vous que j'aie consulté sa volonté?

    RUGGIERI

    Vous l'avez donc fait entrer par la porte qui donne dans le passage
    secret?

    CATHERINE

    Sans doute…

    RUGGIERI

    Et vous avez songé aux périls auxquels vous exposiez Catherine de
    Clèves, votre filleule!…L'amour du Saint-Mégrin, la jalousie du duc
    de Guise…

    CATHERINE

    Et c'est justement de cet amour et de cette jalousie que j'ai
    besoin…M. de Guise irait trop loin, si nous ne l'arrêtions pas.
    Donnons-lui de l'occupation…D'ailleurs, vous connaissez ma maxime:

    Il faut tout tenter et faire,
    Pour son ennemi défaire.

    RUGGIERI

    Ainsi, ma fille, vous avez consenti à lui découvrir le secret de
    cette alcôve.

    CATHERINE

    Elle dort. Je l'ai invitée à prendre avec moi une tasse de cette
    liqueur que l'on tire de fèves arabes que vous avez rapportées de vos
    voyages, et j'y ai mêlé quelques gouttes du narcotique que je vous
    avais demandé pour cet usage.

    RUGGIERI

    Son sommeil a dû être profond; car la vertu de cette liqueur est
    souveraine.

    CATHERINE

    Oui…Et vous pourrez la tirer de ce sommeil à votre volonté?

    RUGGIERI

    A l'instant, si vous le voulez.

    CATHERINE

    Gardez-vous en bien!

    RUGGIERI

    Je crois vous avoir dit aussi qu'à son réveil toutes ses idées
    seraient quelque temps confuses, et que sa mémoire ne reviendrait
    qu'à mesure que les objets frapperaient les yeux.

    CATHERINE

    Oui…tant mieux! elle sera moins à même de se rendre compte de votre
    magie…Quant à Saint-Mégrin, il est, comme tous ces jeunes gens,
    superstitieux et crédule: il aime, il croira…D'ailleurs, vous ne
    lui laisserez pas le temps de se reconnaître. Vous devez avoir un
    moyen d'ouvrir cette alcôve, sans quitter cette chambre?

    RUGGIERI

    Il ne faut qu'appuyer sur un ressort caché dans les ornements de ce
    miroir magique. (Il appuie sur le ressort, et la porte de l'alcôve
    se lève à moitié)

    CATHERINE

    Votre adresse fera le reste, mon père, et je m'en rapporte à
    vous…Quelle heure comptez-vous?…

    RUGGIERI

    Je ne puis vous le dire…La présence de Votre Majesté m'a fait
    oublier de retourner ce sablier, et il faudrait appeler quelqu'un.

    CATHERINE

    C'est inutile; ils ne doivent pas tarder; voilà
    l'important…Seulement, mon père, je ferai venir d'Italie une
    horloge;…je la ferai venir pour vous…Ou plutôt, écrivez vous-même
    à Florence et demandez-la, quelque prix qu'elle coûte.

    RUGGIERI

    Votre Majesté comble tous mes désirs…Depuis longtemps, j'en eusse
    acheté une, si le prix exorbitant qu'il faut y mettre…

    CATHERINE

    Pourquoi ne pas vous adresser à moi, mon père?…Par Notre-Dame! il
    ferait beau voir que je laissasse manquer d'argent un savant tel que
    vous…Non…Venez demain, soit au Louvre, soit à notre hôtel de
    Soissons, et un bon de notre royale main, sur le surintendant de nos
    finances, vous prouvera que nous ne sommes ni oublieuse ni ingrate.
    Dieu soit avec vous, mon père! (Elle remet son masque et sort par la
    porte secrète)

    SCENE II

    RUGGIERI, LA DUCHESSE DE GUISE, endormie

    RUGGIERI

    Oui, j'irai te rappeler ta promesse…Ce n'est qu'à prix d'or que je
    puis me procurer ces manuscrits précieux qui me sont si
    nécessaires…(Ecoutant) On frappe…Ce sont eux. (Il va refermer la
    porte de l'alcôve)

    D'EPERNON, derrière le théâtre

    Holà! hé!

    RUGGIERI

    On y va, mes gentilshommes, on y va.

    SCENE III

    RUGGIERI, D'EPERNON, SAINT-MEGRIN, JOYEUSE

    D'EPERNON, à Joyeuse, qui entre appuyé sur une sarbacane et sur le
    bras de Saint-Mégrin

    Allons, allons, courage, Joyeuse! Voilà enfin notre sorcier…Vive
    Dieu! mon père, il faut avoir des jambes de chamois et des yeux de
    chat-huant pour arriver jusqu'à vous.

    RUGGIERI

    L'aigle bâtit son aire à la cime des rochers pour y voir de plus loin.

    JOYEUSE, s'étendant dans un fauteuil

    Oui; mais on voit clair pour y arriver, au moins.

    SAINT-MEGRIN

    Allons, allons, messieurs, il est probable que le savant Ruggieri ne
    comptait pas sur notre visite. Sans cela, nous aurions trouvé
    l'antichambre mieux éclairée…

    RUGGIERI

    Vous vous trompez, comte de Saint-Mégrin. Je vous attendais…

    D'EPERNON

    Tu lui avais donc écrit?

    SAINT-MEGRIN

    Non, sur mon âme; je n'en ai parlé à personne…

    D'EPERNON, à Joyeuse

    Et toi?

    JOYEUSE

    Moi? Tu sais que je n'écris que quand j'y suis forcé…Cela me fatigue.

    RUGGIERI

    Je vous attendais, messieurs, et je m'occupais de vous.

    SAINT-MEGRIN

    En ce cas, tu sais ce qui nous amène.

    RUGGIERI

    Oui.

    (D'Epernon et Saint-Mégrin se rapprochent de lui. Joyeuse se
    rapproche aussi, mais sans se lever de son fauteuil)

    D'EPERNON

    Alors toutes tes sorcelleries sont faites d'avances; nous pouvons
    t'interroger, tu vas nous répondre?

    RUGGIERI

    Oui…

    JOYEUSE

    Un instant, tête-Dieu!…(Tirant à lui Ruggieri) Venez ici, mon
    père…On dit que vous êtes en commerce avec Satan…Si cela était, si
    cet entretien avec vous pouvait compromettre notre salut,…j'espère que
    vous y regarderiez à deux fois, avant de damner trois gentilshommes des
    premières maisons de France?

    D'EPERNON

    Joyeuse a raison, et nous sommes trop bons chrétiens!…

    RUGGIERI

    Rassurez-vous, messieurs, je suis aussi bon chrétien que vous.

    D'EPERNON

    Puisque tu nous assures que ta sorcellerie n'a rien de commun avec
    l'enfer, eh bien, voyons, que te faut-il, ma tête ou ma main?…

    RUGGIERI

    Ni l'une ni l'autre; ces formalités sont bonnes pour le vulgaire;
    mais, toi, jeune homme, tu es placé assez au-dessus de lui pour que
    ce soit dans un astre brillant entre tous les astres que je lise ta
    destinée…Nogaret de la Valette, baron d'Epernon…

    D'EPERNON

    Comment! tu me connais aussi, moi?…Au fait, il n'y a rien là
    d'étonnant…Je suis devenu si populaire!

    RUGGIERI, reprenant

    Nogaret de la Valette, baron d'Epernon, ta faveur passée n'est rien
    auprès de ce que sera ta faveur future.

    D'EPERNON

    Vive Dieu! mon père, et comment irai-je plus loin?…Le roi m'appelle
    son fils.

    RUGGIERI

    Ce titre, son amitié seule te le donne, et l'amitié des rois est
    inconstante…Il t'appellera son frère, et les liens du sang le lui
    commanderont.

    D'EPERNON

    Comment! tu connais le projet du mariage…?

    RUGGIERI

    Elle est belle, la princesse Christine! Heureux sera celui qui la
    possédera!

    D'EPERNON

    Mais qui a pu t'apprendre?…

    RUGGIERI

    Ne t'ai-je pas dit, jeune homme, que ton astre était brillant entre
    tous les astres?…Et maintenant à vous, Anne d'Arques, vicomte de
    Joyeuse; à vous que le roi appelle aussi son enfant.

    JOYEUSE

    Eh bien; mon père, puisque vous lisez si bien dans le ciel, vous
    devez y voir tout le désir que j'ai de rester dans cet excellent
    fauteuil, si toutefois cela ne nuit pas à mon horoscope…Non? Eh
    bien, allez, je vous écoute.

    RUGGIERI

    Jeune homme, as-tu songé quelquefois, dans tes rêves d'ambition, que
    la vicomté de Joyeuse pût être érigée en duché;…que le titre de
    pair qu'on y joindrait te donnerait le pas sur tous les pairs de
    France, excepté les princes du sang royal, et ceux des maisons
    souveraines de Savoie, Lorraine et Clèves?…Oui…Eh bien, tu n'as
    fait que pressentir la moitié de ta fortune…Salut à l'époux de
    Marguerite de Vaudemont, soeur de la reine!…Salut au grand amiral
    du royaume de France!…

    JOYEUSE, se levant vivement

    Avec l'aide de Dieu et de mon épée, mon père, nous y arriverons.
    (Lui donnant sa bourse) Tenez, c'est bien mal récompenser la
    prédiction de si hautes destinées; mais c'est tout ce que j'ai sur
    moi.

    D'EPERNON

    De par Dieu! tu m'y fais penser, et moi qui oubliais…(Il fouille à
    son escarcelle) Eh bien, des dragées à sarbacane, voilà tout…Je ne
    pensais plus que j'avais perdu à la prime jusqu'à mon dernier
    philippus…Je ne sais ce que devient ce maudit argent; il faut qu'il
    soit trépassé…Vive Dieu! Saint-Mégrin, toi qui es ami de Ronsard,
    tu devrais bien le charger de faire son épitaphe…

    SAINT-MEGRIN

    Il est enterré dans les poches de ces coquins de ligueurs…Je crois
    qu'il n'y a plus guère que là qu'on puisse trouver les écus à la rose
    et les doublons d'Espagne…Cependant il m'en reste encore
    quelques-uns, et si tu veux…

    D'EPERNON, riant

    Non, non, garde-les pour acheter de l'ellébore; car il faut que vous
    sachiez, mon père, que, depuis quelque temps, notre camarade
    Saint-Mégrin est fou…Seulement, sa folie n'est pas gaie…Cependant,
    il vient de me donner une bonne idée…Il faut que je vous fasse payer
    mon horoscope par un ligueur…Voyons, sur lequel vais-je vous donne un
    bon?…Aide-moi, duc de Joyeuse. Ce titre sonne bien, n'est-ce pas?
    Voyons, cherche…

    JOYEUSE

    Que dis-tu de notre maître des comptes, La Chapelle-Marteau?…

    D'EPERNON

    Insolvable…En huit jours, il épuiserait les trésors de Philippe II.

    SAINT-MEGRIN

    Et le petit Brigard?…

    D'EPERNON

    Bah!…un prévot de boutiquiers! il offrirait de s'acquitter en
    cannelle et en herbe à la reine.

    RUGGIERI

    Thomas Crucé?…

    D'EPERNON

    Si je vous prenais au mot, mon père, vos épaules pourraient garder
    pendant quelque temps rancune à votre langue…Il n'est pas endurant.

    JOYEUSE

    Eh bien, Bussy Leclerc?

    D'EPERNON

    Vive Dieu….un procureur…Tu es de bon conseil, Joyeuse…(A
    Ruggieri) Tiens, voilà un bon de dix écus noble rose. Fais bien
    attention que la noble rose n'est pas démonétisée comme l'écu sol et
    le ducat polonais, et qu'elle vaut douze livres. Va chez ce coquin
    de ligueur de la part de d'Epernon et fais-toi payer; s'il refuse,
    dis-lui que j'irai moi-même avec vingt-cinq gentilshommes et dix ou
    douze pages…

    SAINT-MEGRIN

    Allons, maintenant que ton compte est réglé, je te rappellerai qu'on
    doit nous attendre au Louvre…Il faut rentrer, messieurs; partons!

    JOYEUSE

    Tu as raison; nous ne trouverions plus de chaises à porteurs.

    RUGGIERI, arrêtant Saint-Mégrin

    Comment! jeune homme, tu t'éloignes sans me consulter!…

    SAINT-MEGRIN

    Je ne suis pas ambitieux, mon père; que pourriez-vous me promettre?

    RUGGIERI

    Tu n'es pas ambitieux!…Ce n'est pas en amour du moins.

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous, mon père! Parlez bas!

    RUGGIERI

    Tu n'es pas ambitieux, jeune homme, et, pour devenir la dame de tes
    pensées, il a fallu qu'une femme réunît dans son blason les armes de
    deux maisons souveraines, surmontées d'une couronne ducale…

    SAINT-MEGRIN

    Plus bas, mon père, plus bas!

    RUGGIERI

    Eh bien, doutes-tu encore de la science?

    SAINT-MEGRIN

    Non…

    RUGGIERI

    Veux-tu partir encore sans me consulter?

    SAINT-MEGRIN

    Je le devrais, peut-être…

    RUGGIERI

    J'ai cependant bien des révélations à te faire.

    SAINT-MEGRIN

    Qu'elles viennent du ciel ou de l'enfer, je les entendrai…Joyeuse,
    d'Epernon, laissez-moi: je vous rejoindrai bientôt dans
    l'antichambre…

    JOYEUSE

    Un instant, un instant!…ma sarbacane…De par sainte Anne! si
    j'aperçois une maison de ligueur à cinquante pas à la ronde, je ne
    veux pas lui laisser un seul carreau.

    D'EPERNON, à Saint-Mégrin

    Allons, dépêche-toi!…et nous te ferons bonne garde pendant ce
    temps. (Ils sortent.)

    SCENE IV

    RUGGIERI, SAINT-MEGRIN, puis LA DUCHESSE DE GUISE

    SAINT-MEGRIN, poussant la porte

    Bien, bien…(Revenant) Mon père… un seul mot… M'aime-t-elle?…
    Vous vous taisez, mon père… Malédiction!… Oh! faites…faites
    qu'elle m'aime! On dit que votre art a des ressources inconnues et
    certaines, des breuvages, des philtres! Quels que soient vos moyens,
    je les accepte, dussent-ils compromettre ma vie en ce monde et mon
    salut dans l'autre…Je suis riche. Tout ce que j'ai est à vous. De
    l'or, des bijoux; ah! votre science peut-être méprise ces trésors du
    monde! Eh bien, écoutez-moi, mon père! On dit que les magiciens
    quelquefois ont besoin, pour leurs expériences cabalistiques, du sang
    d'un homme vivant encore. (Lui présentant son bras nu) Tenez, mon
    père…Engagez-vous seulement à me faire aimer d'elle…

    RUGGIERI

    Mais es-tu sûr qu'elle ne t'aime pas?

    SAINT-MEGRIN

    Que vous dirai-je, mon père? jusqu'à l'heure du désespoir, ne
    reste-t-il pas au fond du coeur une espérance sourde?…Oui,
    quelquefois j'ai cru lire dans ses yeux, lorsqu'ils ne se
    détournaient pas assez vite…Mais je puis me tromper…Elle me fuit,
    et jamais je ne suis parvenu à me trouver seul avec elle.

    RUGGIERI

    Et si tu y réussissais enfin?

    SAINT-MEGRIN

    Cela étant, mon père!…son premier mot m'apprendrait ce que j'ai à
    craindre ou à espérer.

    RUGGIERI

    Et bien, viens et regarde dans cette glace…On l'appelle le miroir
    de réflexion…Quelle est la personne que tu désires y voir?

    SAINT-MEGRIN

    Elle, mon père!…

    (Pendant qu'il regarde, l'alcôve s'ouvre derrière lui et laisse
    apercevoir la duchesse de Guise endormie)

    RUGGIERI

    Regarde!

    SAINT-MEGRIN

    Dieu!…vrai Dieu!…c'est elle!…elle, endormie! Ah! Catherine!
    (L'alcôve se referme) Catherine! Rien…(regardant derrière) Rien
    non plus par ici…Tout a disparu: c'est un rêve, une illusion…Mon
    père, que je la voie…que je la revoie encore!…

    RUGGIERI

    Elle dormait, dis-tu?

    SAINT-MEGRIN

    Oui…

    RUGGIERI

    Ecoute: c'est surtout pendant le sommeil que notre pouvoir est plus
    grand…Je puis profiter du sien pour la transporter ici.

    SAINT-MEGRIN

    Ici, près de moi?

    RUGGIERI

    Mais, dès qu'elle est réveillée, rappelle-toi que toute ma puissance
    ne peut rien contre sa volonté…

    SAINT-MEGRIN

    Bien, mais hâtez-vous, mon père!…hâtez-vous!…

    RUGGIERI

    Prends ce flacon; il suffira de le lui faire respirer pour qu'elle
    revienne à elle…

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui; mais hâtez-vous…

    RUGGIERI

    T'engages-tu par serment à ne jamais révéler?…

    SAINT-MEGRIN

    Sur la part que j'espère dans le paradis, je vous le jure…

    RUGGIERI

    Eh bien, lis…(Tandis que Saint-Megrin parcourt quelques lignes du
    livre ouvert par Ruggieri, l'alcôve s'ouvre derrière lui; un ressort
    fait avancer le sofa dans la chambre, et la boiserie se referme)
    Regarde! (Il sort)

    SCENE V

    SAINT-MEGRIN, LA DUCHESSE DE GUISE

    SAINT-MEGRIN

    Elle!…c'est elle!…la voilà…(Il s'élance vers elle, puis
    s'arrête tout à coup) Dieu! j'ai lu que parfois des magiciens
    enlevaient au tombeau des corps qui, par la force de leurs
    enchantements, prenaient la ressemblance d'une personne vivante.
    Si…Que Dieu me protège! Ah!…rien ne change…Ce n'est donc pas
    un prestige, un rêve du ciel…Oh! son coeur bat à peine!…sa
    main…elle est glacée!…Catherine! réveille-toi: ce sommeil
    m'épouvante! Catherine!…Elle dort…Que faire?…Ah! ce
    flacon,…..j'oubliais…Ma tête est perdue!…(Il lui fait respirer
    le flacon)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah!…

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui,…respire!…lève-toi!…parle, parle!…j'aime mieux
    entendre ta voix, dût-elle me bannir à jamais de ta présence, que de
    te voir dormir de ce sommeil froid.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! que je suis faible!…(Elle se lève en s'appuyant sur la tête de
    Saint-Mégrin, qui est à ses pieds) J'ai dormi longtemps…Mes
    femmes…comment s'appellent-elles?…(Apercevant Saint-Mégrin) Ah!
    c'est vous, comte? (Elle lui tend la main)

    SAINT-MEGRIN

    Oui…oui…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous!…mais pourquoi vous? Ce n'était pas vous que j'étais habituée
    à voir à mon réveil…Mon front est si lourd, que je ne puis y
    rassembler deux idées…

    SAINT-MEGRIN

    Oh! Catherine, qu'une seule s'y présente, qu'une seule y
    reste!…celle de mon amour pour toi…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui,…oui,…vous m'aimez…Oh! depuis longtemps, je m'en suis
    aperçue… Et moi aussi, je vous aimais, et je vous le cachais…
    Pourquoi donc?…Il me semble pourtant qu'il y a bien du bonheur à le
    dire!…

    SAINT-MEGRIN

    Oh! redis-le donc encore!…redis-le, car il y a bien du bonheur à
    l'entendre!…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais j'avais un motif pour vous le cacher…Quel était-il donc?…
    Ah!… ce n'était pas vous que je devais aimer…(Se levant, et
    oubliant son mouchoir sur le sofa) Sainte Mère de Dieu! aurais-je dit
    que je vous aimais?…Malheureuse que je suis!…mon amour s'est
    réveillée avant ma raison.

    SAINT-MEGRIN

    Catherine! n'écoute que ton coeur. Tu m'aimes! tu m'aimes!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi? Je n'ai pas dit cela, monsieur le comte; cela n'est pas; ne
    croyez pas que cela soit…C'était un songe,…le sommeil,… le…
    Mais comment se fait-il que je sois ici?…Quelle est cette chambre?
    …Marie!…Madame de Cossé!… Laissez-moi, monsieur de
    Saint-Mégrin, éloignez-vous…

    SAINT-MEGRIN

    M'éloigner! et pourquoi?…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    O mon Dieu! mon Dieu! que m'arrive-t-il?…

    SAINT-MEGRIN

    Madame, je me vois ici, je vous y trouve, je ne sais comment…Il y a
    de l'enchantement, de la magie.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis perdue!…moi qui jusqu'à présent vous ai fui, moi que déjà
    les soupçons de M. de Guise, mon seigneur et maître…

    SAINT-MEGRIN

    M. de Guise!…mille damnations!…M. de Guise, votre seigneur et
    maître!…Oh! puisse-t-il ne pas vous soupçonner à tort…et que tout
    son sang…tout le mien…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte, vous m'effrayez.

    SAINT-MEGRIN

    Pardon!…mais quand je pense que je pouvais vous connaître libre,
    être aimé de vous, devenir aussi votre seigneur et maître…Il me
    fait bien mal, M. de Guise; mais que mon bon ange me manque au jour
    du jugement si je ne le lui rends pas…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte!…Mais enfin…où suis-je? dites-le moi…
    Aidez-moi à sortir d'ici, à me rendre à l'hôtel de Guise, et je vous
    pardonne…

    SAINT-MEGRIN

    Me pardonner! et quel est donc mon crime?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis ici…et vous me le demandez…Vous avez profité de son
    sommeil pour enlever une femme qui vous est étrangère, qui ne peut
    vous aimer, qui ne vous aime pas, monsieur le comte…

    SAINT-MEGRIN

    Qui ne m'aime pas!…Ah! madame, on n'aime pas comme j'aime, pour ne
    pas être aimé. J'en crois vos premières paroles, j'en crois…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Silence!

    SAINT-MEGRIN

    Ne craignez rien.

    JOYEUSE, dans l'antichambre

    Vive Dieu!…nous sommes en sentinelle, et on ne passe pas…

    LE DUC DE GUISE, derrière le théâtre

    Tête-Dieu! messieurs, prenez garde, en croyant jouer avec un renard,
    d'éveiller un lion…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Sainte Marie!…c'est la voix du duc de Guise!…où fuir? où me
    cacher?

    SAINT-MEGRIN, s'élançant vers la porte

    C'est le duc de Guise?…Eh bien…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arrêtez, monsieur, au nom du ciel! vous me perdez.

    SAINT-MEGRIN

    C'est vrai…

    (Il court à la porte, passe entre les deux anneaux de fer la barre
    qui sert de verrou)

    RUGGIERI, entrant et prenant la duchesse par la main

    Silence, madame…Suivez-moi…

    (Il ouvre la porte secrète; la duchesse de Guise s'y élance, Ruggieri
    la suit; la porte se referme derrière eux)

    LE DUC DE GUISE, avec impatience

    Messieurs!…

    D'EPERNON

    Ne trouves-tu pas qu'il a un petit accent lorrain tout à fait
    agréable?…

    SAINT-MEGRIN, se retournant

    Maintenant, madame,…nous pouvons…Eh bien, où est-elle?…Tout
    cela ne serait-il pas l'oeuvre du démon? Que croire? Oh! ma tête!
    ma tête!…Maintenant, qu'il entre. (Il ouvre la porte)

    LE DUC DE GUISE, entrant

    J'aurais dû deviner, par ceux de l'antichambre, celui qui me ferait
    les honneurs de l'appartement…

    SAINT-MEGRIN

    Ne vous en prenez qu'à la circonstance, monsieur le duc, si je ne
    profite pas de ce moment pour vous rendre tous ceux dont je vous
    crois digne…Cela viendra, je l'espère…

    JOYEUSE

    Comment, Saint-Mégrin, c'est le Balafré lui-même?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, oui, messieurs, c'est lui…Mais il se fait tard; partons!
    partons! (Ils sortent)

    SCENE VII

    LES MEMES, CRUCE; puis BUSSY-LECLERC, LA CHAPELLE-MARTEAU et BRIGARD

    LE DUC DE GUISE

    C'est vous, Crucé? quelles nouvelles?

    CRUCE

    Mauvaises, monseigneur, mauvaises! rien ne marche,…tout dégénère.
    Morbleu! nous sommes des conspirateurs à l'eau rose.

    LE DUC DE GUISE

    Comment cela?

    CRUCE

    Eh! oui…Nous perdons le temps en fadaises politiques; nous courons
    de porte en porte pour faire signer l'Union. Par saint Thomas! vous
    n'avez qu'à vous montrer, monsieur le duc; quand ils vous regardent,
    les huguenots sont de la Ligue…

    LE DUC DE GUISE

    Est-ce que votre liste?…

    CRUCE

    Trois ou quatre cents zélés l'ont signée; cent cinquante politiques y
    ont mis leur parafe; une trentaine de huguenots ont refusé en faisant
    la grimace…Quant à ceux-là, morbleu! j'ai fait une croix blanche
    sur leur porte, et, si jamais l'occasion se présente de décrocher ma
    pauvre arquebuse qui est au repos depuis six ans…Mais je n'aurai
    pas ce bonheur-là, monseigneur; les bonnes traditions se
    perdent…Tête-Dieu! si j'étais à votre place…

    LE DUC DE GUISE

    Et la liste?…

    CRUCE

    La voici…Faites-en des bourres, monsieur le duc, et plus tôt que
    plus tard.

    LE DUC DE GUISE

    Cela viendra, mon brave, cela viendra.

    CRUCE

    Dieu le veuille!…Ah! ah! voilà les camarades.

    (Entrent Bussy-Leclerc, La Chapelle-Marteau et Brigard)

    LE DUC DE GUISE

    Eh bien, messieurs, la récolte a-t-elle été bonne?

    BUSSY-LECLERC

    Pas mauvaise; deux ou trois cents signatures, pour ma part; des
    avocats, des procureurs.

    CRUCE

    Et toi, mon petit Brigard, as-tu fait marcher les boutiquiers?

    BRIGARD

    Ils ont tous signé.

    CRUCE, lui frappant sur l'épaule

    Vive Dieu! monsieur le duc, voilà un zélé. Tous ceux de l'Union peuvent
    se présenter à sa boutique, au coin de la rue Aubry-le-Boucher; ils y
    auront un rabais de trente deniers par livre sur tout ce qu'ils
    achèteront.

    LE DUC DE GUISE

    Et vous, monsieur Marteau?

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    J'ai été moins heureux, monseigneur…Les maîtres des comptes ont
    peur, et M. le président de Thou n'a signé qu'avec restriction.

    LE DUC DE GUISE

    Il a donc ses fleurs de lis bien avant dans le coeur, votre président
    de Thou?…Est-ce qu'il n'a pas vu que l'on promet obéissance au roi
    et à sa famille?

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    Oui; mais on se réunit sans sa permission.

    LE DUC DE GUISE

    Il a raison, M. de Thou…Je me rendrai demain au lever de Sa
    Majesté, messieurs…Mon premier soin aurait dû être d'obtenir la
    sanction du roi, il n'aurait pas osé me la refuser…Mais, Dieu
    merci! il n'est point encore trop tard. Demain, je mettrai sous les
    yeux de Henri de Valois la situation de son royaume; je me ferai
    l'interprête de ses sujets mécontents. Il a déjà reconnu tacitement
    la Ligue; je veux qu'il lui nomme publiquement un chef.

    LA CHAPELLE-MARTEAU

    Prenez garde, monseigneur! il n'y a pas loin du bassinet à la mèche
    d'un pistolet, et quelque nouveau Poltrot…

    LE DUC DE GUISE

    Il n'oserait!…D'ailleurs, j'irai armé.

    CRUCE

    Que Dieu soit pour vous et la bonne cause!…Cela fait, monseigneur,
    je crois qu'il sera temps de vous décider.

    LE DUC DE GUISE

    Oh! ma décision est prise depuis longtemps; ce que je ne décide pas
    en une heure, je ne le déciderai de ma vie.

    CRUCE

    Oui,…et, avec votre prudence, toute votre vie ne suffira peut-être
    pas à exécuter ce que vous aurez décidé en un quart d'heure…

    LE DUC DE GUISE

    Monsieur Crucé, dans un projet comme le nôtre, le temps est l'allié
    le plus sûr.

    CRUCE

    Tête-Dieu!…vous avez le temps d'attendre, vous; mais, moi, je suis
    pressé; et puisque tout le monde signe…

    LE DUC DE GUISE

    Oui…Et les douze mille hommes, tant Suisses que reîtres, que Sa
    Majesté vient de faire entrer dans sa bonne ville de Paris…ont-ils
    signé?…Chacun d'eux porte une arquebuse ornée d'une belle et bonne
    mèche, monsieur Crucé; sans compter les fauconneaux de la
    Bastille…Fiez-vous-en à moi pour marquer le jour; et, quand il sera
    venu…

    BUSSY-LECLERC

    Eh bien, que ferons-nous au Valois?

    LE DUC DE GUISE

    Ce que lui promettait hier madame de Montpensier, en me montrant une
    paire de ciseaux: une troisième couronne.

    BUSSY-LECLERC

    Ainsi soit-il!…n'est-ce pas, mon vieux sorcier? car je présume que
    tu es de notre avis, puisque tu ne dis rien…

    RUGGIERI

    J'attendais l'occasion favorable de vous présenter une petite
    requête.

    BUSSY-LECLERC

    Laquelle?

    RUGGIERI, lui donnant le billet de d'Epernon

    La voici…

    BUSSY-LECLERC

    Comment! un bon du d'Epernon…sur moi? C'est une plaisanterie.

    RUGGIERI

    Il a dit que, si vous n'y faisiez pas honneur, il irait vous trouver,
    et le ferait acquitter lui-même…

    BUSSY-LECLERC

    Qu'il vienne, morbleu!…a-t-il oublié qu'avant d'être procureur,
    j'ai été maître d'armes au régiment de Lorraine?…Je crois que le
    cher favori est jaloux des statues qui ornent les tombeaux de Quélus
    et de Maugiron? Eh bien, qu'à cela ne tienne: nous le ferons
    tailler en marbre à son tour.

    LE DUC DE GUISE

    Gardez-vous-en bien, maître Bussy! Je ne voudrais pas, pour
    vingt-cinq de mes amis, ne pas avoir un tel ennemi…Son insolence
    recrute pour nous…Donne-moi ce billet, Ruggieri. Dix écus noble
    rose, c'est cent vingt livres tournois…Les voici.

    BUSSY-LECLERC

    Que faites-vous donc, monseigneur?…

    LE DUC DE GUISE

    Soyez tranquille; quand le moment de régler nos comptes sera arrivé,
    je m'arrangerai de manière qu'il ne reste pas mon débiteur…Mais il
    se fait tard…A demain soir, messieurs. Les portes de l'hôtel de
    Guise seront ouvertes à tous nos amis; madame de Montpensier en fera
    les honneurs; et seront doublement bien reçus par elle ceux qui
    viendront avec la double croix! Ruggieri, reconduis ces messieurs.
    Ainsi, c'est dit; à demain soir, à l'hôtel de Guise.

    CRUCE

    Oui, monseigneur…(Ils sortent)

    SCENE VIII

    LE DUC DE GUISE, seul

    (Il s'assied sur le sofa où la duchesse a oublié son mouchoir)

    Par saint Henri de Lorraine! c'est un rude métier que celui que j'ai
    entrepris…Ces gens-là croient qu'on arrive au trône de France comme
    à un bénéfice de province. Le duc de Guise roi de France! c'est un
    beau rêve…Cela sera pourtant; mais, auparavant, que de rivaux à
    combattre! Le duc d'Anjou, d'abord;…c'est le moins à craindre; il
    est haï également du peuple et de la noblesse, et on le déclarerait
    facilement hérétique et inhabile à succéder…Mais, à son défaut
    l'Espagnol n'est-il pas là pour réclamer, à titre de beau-frère,
    l'héritage du Valois?…Le duc de Savoie, son oncle par alliance,
    voudra élever des prétentions. Un duc de Lorraine a épousé sa
    soeur…Peut-être y aurait-il un moyen: ce serait de faire passer la
    couronne de France sur la tête du vieux cardinal de Bourbon, et de le
    forcer à me reconnaître comme héritier…J'y songerai…Que de
    peines! de tourments!…pour qu'à la fin peut-être la balle d'un
    pistolet ou la lame d'un poignard…Ah! (Il laisse tomber sa main
    avec découragement; elle se pose sur le mouchoir oublié par la
    duchesse.) Qu'est cela?…Mille damnations! ce mouchoir appartient à
    la duchesse de Guise! voilà les armes réunies de Clèves et de
    Lorraine…Elle serait venue ici!…Saint-Mégrin!…O Mayenne!
    Mayenne! tu ne t'étais donc pas trompé! et lui…lui…(Appelant)
    Saint-Paul! (Son écuyer entre) Je vais…Saint-Paul! qu'on me
    cherche les mêmes hommes qui ont assassiné Dugast.

    ACTE DEUXIEME

    Une salle du Louvre.–A gauche, deux fauteuils et quelques tabourets
    préparés pour le roi, la reine mère et les courtisans. Joyeuse est
    couché dans l'un de ces fauteuils, et Saint-Mégrin, debout, appuyé
    sur le dossier de l'autre. Du côté opposé, d'Epernon est assis à une
    table sur laquelle est posé un échiquier. Au fond, Saint-Luc fait
    des armes avec du Halde. Chacun d'eux a près de lui un page à ses
    couleurs.

    SCENE PREMIERE

    JOYEUSE, SAINT-MEGRIN, D'EPERNON, SAINT-LUC, DU HALDE, Pages

    D'EPERNON

    Messieurs, qui de vous fait ma partie d'échecs, en attendant le
    retour du roi? Saint-Mégrin, ta revanche?

    SAINT-MEGRIN

    Non, je suis distrait aujourd'hui.

    JOYEUSE

    Oh! décidément, c'est la prédiction de l'astrologue…Vrai Dieu!
    c'est un véritable sorcier. Sais-tu bien qu'il avait prédit à Dugast
    qu'il n'avait plus que quelques jours à vivre, quand la reine
    Marguerite l'a fait assassiner? Je parie que c'est un horoscope du
    même genre qui occupe Saint-Mégrin, et que quelque grande dame dont
    il est amoureux…

    SAINT-MEGRIN, l'interrompant vivement

    Mais toi-même, Joyeuse, que ne fais-tu la partie de d'Epernon?

    JOYEUSE

    Non, merci.

    D'EPERNON

    Est-ce que tu veux réfléchir aussi, toi?

    JOYEUSE

    C'est, au contraire, pour ne pas être obligé de réfléchir.

    SAINT-LUC

    Eh bien, veux-tu faire des armes avec moi, vicomte?

    JOYEUSE

    C'est trop fatigant, et puis tu n'es pas de ma force. Fais une
    oeuvre charitable, tire d'Epernon d'embarras…

    SAINT-LUC

    Soit.

    JOYEUSE, tirant un bilboquet de son escarcelle

    Vive Dieu! messieurs, voilà un jeu…Celui-là ne fatigue ni le corps
    ni l'esprit…Sais-tu bien que cette nouvelle invention a eu un
    succès prodigieux chez la présidente? A propos, tu n'y étais pas,
    Saint-Luc; qu'es-tu donc devenu?

    SAINT-LUC

    J'ai été voir les Gelosi; tu sais, ces comédiens italiens qui ont
    obtenu la permission de représenter des mystères à l'hôtel de
    Bourbon.

    JOYEUSE

    Ah! oui,…moyennant quatre sous par personne.

    SAINT-LUC

    Et puis, en passant…Un instant, d'Epernon, je n'ai pas joué.

    JOYEUSE

    Et puis, en passant?…

    SAINT-LUC

    Où?

    JOYEUSE

    En passant, disais-tu?

    SAINT-LUC

    Oui…Je me suis arrêté en face de Nesle, pour y voir poser la
    première pierre d'un pont qu'on appellera le pont Neuf.

    D'EPERNON

    C'est Ducerceau qui l'a entrepris…On dit que le roi va lui accorder
    des lettres de noblesse.

    JOYEUSE

    Et justice sera faite…Sais-tu bien qu'il m'épargnera au moins six
    cents pas, toutes les fois que je voudrais aller à l'Ecole
    Saint-Germain? (Il laisse tomber son bilboquet, et appelle son page,
    qui est à l'autre bout de la salle) Bertrand, mon bilboquet…

    SAINT-LUC

    Messieurs, grande réforme! Ce matin, madame de Sauve m'a dit en
    confidence que le roi avait abandonné les fraises gaudronnées pour
    prendre les collets renversés à l'italienne.

    D'EPERNON

    Eh! que ne nous disais-tu pas cela!…Nous serons en retard d'un
    jour…Tiens, Saint-Mégrin le savait, lui…(A son page) Que je
    trouve demain un collet renversé au lieu de cette fraise…

    SAINT-LUC, riant

    Ah! ah!…tu te souviens que le roi t'a exilé quinze jours, parce
    qu'il manquait un bouton à ton pourpoint…

    JOYEUSE

    Eh bien, moi, je vais te rendre nouvelle pour nouvelle. Antraguet
    rentre aujourd'hui en grâce.

    SAINT-LUC

    Vrai?…

    JOYEUSE

    Oui, il est décidément guisard…C'est le Balafré qui a exigé du roi
    qu'il lui rendît son commandement…Depuis quelque temps, le roi fait
    tout ce qu'il veut.

    D'EPERNON

    C'est qu'il a besoin de lui…Il paraît que le Béarnais est en
    campagne, le harnais sur le dos…

    JOYEUSE

    Vous verrez que ce damné d'hérétique nous fera battre pendant
    l'été…Mettez-vous donc en campagne de cette chaleur-là,…avec cent
    cinquante livres de fer sur le corps!…pour revenir hâlé comme un
    Andalou…

    SAINT-LUC

    Ce serait un mauvais tour à te faire, Joyeuse…

    JOYEUSE

    Je l'avoue; j'ai plus peur d'un coup de soleil que d'un coup
    d'épée…et, si je le pouvais, je me battrais toujours, comme Bussy
    d'Amboise l'a fait dans son dernier duel, au clair de la lune…

    SAINT-LUC

    Quelqu'un a-t-il de ses nouvelles?

    D'EPERNON

    Il est toujours dans l'Anjou, près de Monsieur…C'est encore un
    ennemi de moins pour le guisard.

    JOYEUSE

    A propos de guisard, Saint-Mégrin, sais-tu ce qu'en dit la maréchale
    de Retz? Elle dit qu'auprès du duc de Guise, tous les princes
    paraissent peuple.

    SAINT-MEGRIN

    Guise!…toujours Guise!…Vive Dieu!…que l'occasion se présente
    (tirant son poignard et coupant son gant en morceaux), et, de par
    saint Paul de Bordeaux! je veux hacher tous ces petits princes
    lorrains comme ce gant.

    JOYEUSE

    Bravo, Saint-Mégrin!…Vrai-Dieu! je le hais autant que toi.

    SAINT-MEGRIN

    Autant que moi! Malédiction! si cela est possible; je donnerais mon
    titre de comte pour sentir, cinq minutes seulement, son épée contre
    la mienne…Cela viendra peut-être…

    DU HALDE

    Messieurs, messieurs, voilà Bussy…

    SAINT-MEGRIN

    Comment! Bussy d'Amboise?…

    SCENE II

    LES MEMES, BUSSY D'AMBOISE

    BUSSY D'AMBOISE

    Eh! oui, messieurs, lui-même, en personne…Aux amis,
    salut…Bonjour, Saint-Mégrin…

    SAINT-MEGRIN

    Et nous qui te croyions à cent lieues d'ici.

    BUSSY D'AMBOISE

    J'y étais, il y a trois jours…Aujourd'hui, me voilà.

    JOYEUSE

    Ah! ah!…vous êtes donc raccommodés?…Il voulait te tuer avec
    Quélus…Il n'y a pas de sa faute, si le coup n'a pas réussi…

    BUSSY D'AMBOISE

    Oui, pour la dame de Sauve…Mais, depuis, nous avons mesuré nos
    épées, et elles se sont trouvées de la même longueur…

    SAINT-LUC

    A propos de la dame de Sauve, on dit que, pour qu'elle soit plus sûre
    de ta fidélité, tu lui écris avec ton sang, comme Henri III écrivait
    de Pologne à la belle Renée de Chateauneuf…Sans doute elle était
    prévenue de ton arrivée, elle…

    BUSSY D'AMBOISE

    Non. Nous voyageons incognito…Mais je n'ai pas voulu passer si
    près de vous, sans venir vous demander s'il n'y avait pas quelqu'un
    de vous qui eût besoin d'un second…

    SAINT-MEGRIN

    Cela se pourra faire, si tu ne nous quittes pas trop tôt.

    BUSSY D'AMBOISE

    Tête-Dieu!…le cas échéant, je suis homme à retarder mon
    départ;…ainsi ne te gêne pas. Il y a si longtemps que cela ne
    m'est arrivé…c'est tout au plus si, en province, on trouve à se
    battre une fois par semaine…Heureusement que j'avais là, sous la
    main, mon ami Saint-Phal; nous nous sommes battus trois fois, parce
    qu'il soutenait avoir vu des X sur les boutons d'un habit, où je
    crois qu'il y avait des Y…

    SAINT-MEGRIN

    Bah! pas possible…

    BUSSY D'AMBOISE

    Parole d'honneur! Crillon était mon second…

    JOYEUSE

    Et qui avait raison?

    BUSSY D'AMBOISE

    Nous n'en savons rien encore: la quatrième rencontre en
    décidera…Mais que vois-je donc là-bas? Les pages d'Antraguet!…Je
    croyais que, depuis la mort de Quélus…

    SAINT-LUC

    Le duc de Guise a sollicité sa grâce.

    BUSSY D'AMBOISE

    Ah! oui, sollicité,…j'entends…Il est donc toujours insolent,
    notre beau cousin de Guise?…

    SAINT-MEGRIN

    Pas encore assez…

    D'EPERNON

    Vrai-Dieu! tu es difficile…Je suis sûr qu'au fond du coeur, le roi
    n'est pas de ton avis.

    SAINT-MEGRIN

    Qu'il dise donc un mot…

    D'EPERNON

    Ah! vois-tu, c'est qu'il est trop occupé dans ce moment, il apprend
    le latin.

    SAINT-MEGRIN

    Tête-Dieu! qu'a-t-il besoin de latin pour parler à des Français?
    Qu'il dise seulement: «A moi, ma brave noblesse!» et un millier
    d'épées qui coupent bien, sortiront des fourreaux où elles se
    rouillent. N'a-t-il plus dans la poitrine le même coeur qui battait
    à Jarnac et à Moncontour, ou ses gants parfumés ont-ils amolli ses
    mains, au point qu'elles ne puissent plus serrer la garde d'une épée?

    D'EPERNON

    Silence, Saint-Mégrin!…le voilà…

    UN PAGE, entrant

    Le roi!…

    BUSSY D'AMBOISE

    Je vais me tenir un peu à l'écart…Je ne me montrerai que s'il est
    de bonne humeur…

    UN SECOND PAGE

    Le roi! (Tout le monde se lève et se groupe)

    UN TROISIEME PAGE

    Le roi!

    SCENE III

    LES MEMES, HENRI, puis CATHERINE

    HENRI

    Salut, messieurs, salut…Villequier, qu'on prévienne madame ma mère
    de mon retour, et qu'on s'informe si l'on a apporté mon nouvel habit
    d'amazone…Ah! dites à la reine que je passerai chez elle, afin de
    fixer le jour de notre départ pour Chartres; car vous savez,
    Messieurs, que la reine et moi faisons un pèlerinage à Notre-Dame de
    Chartres, afin d'obtenir du ciel ce qu'il nous a refusé jusqu'à
    présent, un héritier de notre couronne. Ceux qui voudront nous
    suivre seront les bienvenus.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, si, au lieu d'un pèlerinage à Notre-Dame de Chartres, vous
    ordonniez une campagne dans l'Anjou…si vos gentilshommes étaient
    revêtus de cuirasses au lieu de cilices, et portaient des épées en
    guise de cierges, Votre Majesté ne manquerait pas de pénitents, et
    vous me verriez au premier rang, sire, dussé-je faire la moitié de la
    route pieds nus sur des charbons ardents.

    HENRI

    Chaque chose aura son tour, mon enfant. Nous ne resterons pas en
    arrière dès qu'il le faudra; mais, en ce moment, grâce à Dieu, notre
    beau royaume de France est en paix, et le temps ne nous manque pas
    pour nous occuper de nos dévotions. Mais que vois-je! vous à ma
    cour, seigneur de Bussy? (A Catherine de Médicis qui entre) Venez,
    ma mère, venez: vous allez avoir des nouvelles de votre fils
    bien-aimé, qui, s'il eût été frère soumis et sujet respectueux,
    n'aurait jamais dû quitter notre cour…

    CATHERINE

    Il y revient, peut-être, mon fils…

    HENRI, s'asseyant

    C'est ce que nous allons savoir…Asseyez-vous, ma mère…Approchez,
    seigneur de Bussy…Où avez-vous quitté notre frère?

    BUSSY D'AMBOISE

    A Paris, sire.

    HENRI

    A Paris!…Serait-il dans notre bonne ville de Paris?

    BUSSY D'AMBOISE

    Non; mais il y est passé cette nuit.

    HENRI

    Et il se rend?…

    BUSSY D'AMBOISE

    Dans la Flandre…

    HENRI

    Vous l'entendez, ma mère. Nous allons sans doute avoir dans notre
    famille un duc de Brabant. Et pourquoi a-t-il passé si près de nous,
    sans venir nous présenter son hommage de fidélité, comme à son aîné
    et à son roi?…

    BUSSY D'AMBOISE

    Sire,…il connaît la grande amitié que lui porte Votre Majesté, et
    il a craint qu'une fois rentré au Louvre, vous ne l'en laissiez plus
    sortir.

    HENRI

    Et il a raison, monsieur; mais, en ce moment, l'absence de son bon
    serviteur et de sa fidèle épée doit lui faire faute; car peut-être
    bientôt compte-t-il se servir contre nous de l'un et de l'autre.
    Arrangez-vous donc, seigneur de Bussy, pour le rejoindre au plus
    vite, et pour nous quitter au plus tôt. (Un Page entre) Eh bien,
    qu'y a-t-il?

    CATHERINE

    Mon fils, c'est sans doute Antraguet qui profite de la permission que
    vous lui avez volontairement accordée de reparaître en votre royale
    présence…

    HENRI

    Oui, oui, volontairement!…Le meurtrier!…Ma mère, mon cousin de
    Guise m'impose un grand sacrifice; mais pour mes péchés, Dieu veut
    qu'il soit complet. (Au Page) Parlez.

    LE PAGE

    Charles Balzac d'Entragues, baron de Dunes, comte de Graville,
    ex-lieutenant général au gouvernement d'Orléans, demande à déposer
    aux pieds de Votre Majesté l'hommage de sa fidélité et de son
    respect.

    HENRI

    Oui, oui;…tout à l'heure nous recevrons notre sujet fidèle et
    respectueux; mais, auparavant, je veux me séparer de tous ce qui
    pourrait me rappeler cet affreux duel…Tiens, Joyeuse, tiens!…(Il
    tire de sa poitrine une espèce de sachet) Voilà les pendants
    d'oreilles de Quélus; porte-les en mémoire de notre ami
    commun…D'Epernon, voici la chaîne d'or de Maugiron…Saint-Mégrin,
    je te donnerai l'épée de Schomberg; elle était bien pesante pour un
    bras de dix-huit ans!…qu'elle te défende mieux que lui, en pareille
    circonstance. Et maintenant, messieurs, faites comme moi, ne les
    oubliez pas dans vos prières.

    Que Dieu reçoive en son giron
    Quélus, Schomberg et Maugiron.

    Restez autour de moi, mes amis, et asseyez-vous…Faites entrer…(A
    la vue d'Antraguet, il prend dans sa bourse un flacon qu'il respire)
    Approchez ici, baron, et fléchissez le genou…Charles Balzac
    d'Entragues, nous vous avons accordé la faveur de notre présence
    royale, au milieu de notre cour, pour vous rendre, là où nous vous
    les avions ôtés, vos dignités et vos titres…Relevez-vous, baron de
    Dunes, comte de Graville, gouverneur général de notre province
    d'Orléans, et reprenez près de notre personne royale les fonctions
    que vous y remplissiez autrefois…Relevez-vous.

    D'ENTRAGUES

    Non, sire,…je ne me relèverai pas, que Votre Majesté n'ait reconnu
    publiquement que ma conduite, dans ce funeste duel, a été celle d'un
    loyal et honorable cavalier.

    HENRI

    Oui,…nous le reconnaissons, car c'est la vérité…Mais vous avez
    porté des coups bien malheureux!…

    D'ENTRAGUES

    Et maintenant, sire, votre main à baiser, comme gage de pardon et
    d'oubli.

    HENRI

    Non, non, monsieur, ne l'espérez pas.

    CATHERINE

    Mon fils, que faites-vous?

    HENRI

    Non, madame, non…J'ai pu lui pardonner, comme chrétien, le mal
    qu'il m'a fait; mais je ne l'oublierai de ma vie.

    D'ENTRAGUES

    Sire,…j'appelle le temps à mon secours; peut-être ma fidélité et ma
    soumission finiront-elles par fléchir le courroux de Votre Majesté.

    HENRI

    C'est possible. Mais votre gouvernement doit avoir besoin de votre
    présence; il en est privé depuis longtemps, baron de Dunes, et le
    bien de nos fidèles sujets pourraient en souffrir…Qui fait ce
    bruit?

    D'EPERNON

    Ce sont ceux de Guise…

    HENRI

    Notre beau cousin de Lorraine ne profite pas du privilège qu'ont les
    princes souverains de paraître devant nous sans être annoncés…Ses
    pages ont toujours soin de faire assez de bruit pour que son arrivée
    ne soit pas un mystère…

    SAINT-MEGRIN

    Il traite, avec Votre Majesté, de puissance à puissance…Il a ses
    sujets comme vous avez les vôtres, et sans doute qu'il vient, armé de
    pied en cap, présenter en leur nom une humble requête à Votre
    Majesté.

    SCENE IV

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    (Il est couvert d'une armure complète, précédé de deux Pages, et suivi
    par quatre, dont l'un porte son casque)

    HENRI

    Venez, monsieur le duc, venez…Quelqu'un qui s'est retourné au bruit
    que faisaient vos pages, et qui vous a aperçu de loin, offrait de
    parier que vous veniez encore nous supplier de réformer quelque abus,
    de supprimer quelque impôt…Mon peuple est un peuple bien heureux,
    mon beau cousin, d'avoir en vous un représentant si infatigable, et
    en moi un roi si patient!

    LE DUC DE GUISE

    Il est vrai que Votre Majesté m'a accordé bien des grâces,…et je
    suis fier d'avoir si souvent servi d'intermédiaire entre elle et ses
    sujets.

    SAINT-MEGRIN, à part

    Oui, comme le faucon entre le chasseur et le gibier…

    LE DUC DE GUISE

    Mais, aujourd'hui, sire, un motif plus puissant m'amène encore devant
    Votre Majesté, puisque c'est à la fois des intérêts de son peuple et
    des siens que j'ai à l'entretenir…

    HENRI

    Si l'affaire est si sérieuse, monsieur le duc, ne pourriez-vous pas
    attendre nos prochains états de Blois?…Les trois ordres de la
    nation ont là des représentants qui, du moins, ont reçu de nous
    mission de me parler au nom de leurs mandataires.

    LE DUC DE GUISE

    Votre Majesté voudra-t-elle bien songer que les états de Blois
    viennent de se dissoudre, et ne se rassembleront qu'au mois de
    novembre?…Lorsque le danger est pressant, il me semble qu'un
    conseil privé…

    HENRI

    Lorsque le danger est pressant!…Mais vous nous effrayez, monsieur
    de Guise…Eh bien, toutes les personnes qui composent notre conseil
    privé sont ici…Parlez, monsieur le duc, parlez.

    CATHERINE

    Mon fils, permettez que je me retire.

    HENRI

    Non, madame, non; M. le duc sait bien que nous n'avons rien de caché
    pour notre auguste mère, et que, dans plus d'une affaire importante,
    ses conseils nous ont même été d'un utile secours.

    LE DUC DE GUISE

    Sire, la démarche que je fais près de vous est hardie, peut-être trop
    hardie…Mais hésiter plus longtemps ne serait pas d'un bon et loyal
    sujet.

    HENRI

    Au fait, monsieur le duc, au fait…

    LE DUC DE GUISE

    Sire, des dépenses immenses, mais nécessaires, puisque Votre Majesté
    les a faites, ont épuisé le trésor de l'Etat…Jusqu'à présent, Votre
    Majesté, avec l'aide de ses fidèles sujets, a trouvé moyen de le
    remplir…Mais cela ne peut durer…L'approbation du saint-père a
    permis d'aliéner pour deux cent mille livres de rente sur les biens
    du clergé. Un emprunt a été fait aux membres du Parlement sous
    prétexte de faire sortir les gens de guerre étrangers…Les diamants
    de la couronne sont en gage pour la sûreté des trois millions dûs au
    duc Casimir…Les deniers destinés aux rentes de l'hôtel de ville ont
    été détournés pour un autre usage, et les états généraux ont eu
    l'audace de répondre par un refus, lorsque Votre Majesté a proposé
    d'aliéner les domaines.

    HENRI

    Oui, oui, monsieur le duc, je sais que nos finances sont en assez
    mauvais état…Nous prendrons un autre surintendant.

    LE DUC DE GUISE

    Cette mesure pourrait être suffisante en temps de paix, sire…mais
    Votre Majesté va se voir contrainte à la guerre. Les huguenots, que
    votre indulgence encourage, font des progrès effrayants. Favas s'est
    emparé de la Réole; Montferrand, de Périgueux; Condé de Dijon. Le
    Navarrois a été vu sous les murs d'Orléans; la Saintonge, l'Agénois
    et la Gascogne sont en armes, et les Espagnols, profitant de nos
    troubles, ont pillé Anvers, brûlé huit cents maisons, et passé sept
    mille habitants au fil de l'épée.

    HENRI

    Par la mort-Dieu! si ce que vous me dites là est vrai, il faut
    châtier les huguenots au dedans et les Espagnols au dehors. Nous ne
    craignons pas la guerre, mon beau cousin; et, s'il le fallait, nous
    irions nous-même sur le tombeau de notre aïeul Louis IX saisir
    l'oriflamme, et nous marcherions à la tête de notre brave armée, au
    cri de guerre de Jarnac et de Moncontour.

    SAINT-MEGRIN

    Et, si l'argent vous manque, sire, votre brave noblesse est là pour
    rendre à Votre Majesté ce qu'elle a reçu d'elle. Nos maisons, nos
    terres, nos bijoux peuvent se monnayer, monsieur le duc; et,
    vive-Dieu! en fondant les seules broderies de nos manteaux et les
    chiffres de nos dames, nous aurions de quoi envoyer à l'ennemi,
    pendant toute une campagne, des balles d'or et des boulets d'argent.

    HENRI

    Vous l'entendez, monsieur le duc?

    LE DUC DE GUISE

    Oui, sire. Mais, avant que cette idée vînt à M. le comte de
    Saint-Mégrin, trente mille de vos braves sujets l'avaient eue; ils
    s'étaient engagés par écrit à fournir de l'argent au trésor et des
    hommes à l'armée; ce fut le but de la sainte Ligue, sire, et elle le
    remplira, lorsque le moment en sera venu…Mais je ne puis cacher à
    Votre Majesté les craintes qu'éprouvent ses fidèles sujets, en ne la
    voyant pas reconnaître hautement cette grande association.

    HENRI

    Et que faudrait-il pour cela?

    LE DUC DE GUISE

    Lui nommer un chef, sire, d'une grande maison souveraine, digne de sa
    confiance et de son amour, par son courage et sa naissance, et qui
    surtout ait assez fait ses preuves comme bon catholique, pour
    rassurer les zélés sur la manière dont il agirait dans les
    circonstances difficiles…

    HENRI

    Par la mort-Dieu! monsieur le duc, je crois que votre zèle pour notre
    personne royale est tel, que vous seriez tout prêt à lui épargner
    l'embarras de chercher bien loin ce chef…Nous y penserons à loisir,
    mon beau cousin, nous y penserons à loisir.

    LE DUC DE GUISE

    Mais Votre Majesté devrait peut-être à l'instant…

    HENRI

    Monsieur le duc, quand je voudrai entendre un prêche, je me ferai
    huguenot…Messieurs, c'est assez nous occuper des affaires de
    l'Etat, songeons un peu à nos plaisirs. J'espère que vous avez reçu
    nos invitations pour ce soir, et que madame de Guise, madame de
    Montpensier, et vous, mon cousin, voudrez bien embellir notre bal
    masqué.

    SAINT-MEGRIN, montrant la cuirasse du duc

    Votre Majesté ne voit-elle pas que M. le duc est déjà en costume de
    chercheur d'aventures?

    LE DUC DE GUISE

    Et de redresseur de torts, monsieur le comte.

    HENRI

    En effet, mon beau cousin, cet habit me paraît bien chaud pour le
    temps qui court.

    LE DUC DE GUISE

    C'est que, pour le temps qui court, sire, mieux vaut une cuirasse
    d'acier qu'un justaucorps de satin.

    SAINT-MEGRIN

    M. le duc croit toujours entendre la balle de Poltrot siffler à ses
    oreilles.

    LE DUC DE GUISE

    Quand les balles m'arrivent en face, monsieur le comte (montrant sa
    blessure à la joue), voilà qui fait foi que je ne détourne pas la
    tête pour les éviter.

    JOYEUSE, prenant sa sarbacane

    C'est ce que nous allons voir…

    SAINT-MEGRIN, lui arrachant la sarbacane

    Attends!…il ne sera pas dit qu'un autre que moi en aura fait
    l'expérience. (Lui envoyant une dragée au milieu de la poitrine) A
    vous, monsieur le duc.

    TOUS

    Bravo! bravo!

    LE DUC DE GUISE, portant la main à son poignard

    Malédiction! (Saint-Paul l'arrête)

    SAINT-PAUL

    Qu'allez-vous faire!…

    HENRI

    Par la mort-Dieu! mon cousin de Guise, j'aurais cru que cette belle
    et bonne cuirasse de Milan était à l'épreuve de la balle…

    LE DUC DE GUISE

    Et vous aussi, sire!…Qu'ils rendent grâce à la présence de Votre
    Majesté.

    HENRI

    Oh! qu'à cela ne tienne, monsieur le duc, qu'à cela ne tienne;
    agissez comme si nous n'y étions pas…

    LE DUC DE GUISE

    Votre Majesté permet donc que je descende jusqu'à lui?…

    HENRI

    Non, monsieur le duc; mais je puis l'élever jusqu'à vous…Nous
    trouverons bien, dans notre beau royaume de France, un fief vacant,
    pour en doter notre fidèle sujet le comte de Saint-Mégrin.

    LE DUC DE GUISE

    Vous en êtes le maître, sire…Mais d'ici là?…

    HENRI

    Eh bien, nous ne vous ferons pas attendre…Comte Paul Estuert, nous
    te faisons marquis de Caussade.

    LE DUC DE GUISE

    Je suis duc, sire.

    HENRI

    Comte Paul Estuert, marquis de Caussade, nous te faisons duc de
    Saint-Mégrin; et maintenant, monsieur de Guise, répondez-lui…car il
    est votre égal.

    SAINT-MEGRIN

    Merci, sire, merci; je n'ai pas besoin de cette nouvelle faveur; et,
    puisque Votre Majesté ne s'y oppose pas, je veux le défier de manière
    à ce qu'il s'ensuive combat ou déshonneur…Or, écoutez, messieurs:
    moi, Paul Estuert, seigneur de Cassade, comte de Saint-Mégrin, à toi,
    Henri de Lorraine, duc de Guise; prenons à témoin tous ceux ici
    présents, que nous te défions au combat à outrance, toi et tous les
    princes de ta maison, soit à l'épée seule, soit à la dague et au
    poignard, tant que le coeur battra au corps, tant que la lame tiendra
    à la poignée; renonçant d'avance à ta merci, comme tu dois renoncer à
    la mienne; et, sur ce, que Dieu et Saint Paul me soient en aide!
    (Jetant son gant) A toi seul, ou à plusieurs!

    D'EPERNON

    Bravo, Saint-Mégrin! bien défié.

    LE DUC DE GUISE, montrant le gant.

    Saint-Paul…

    BUSSY D'AMBOISE

    Un instant, messieurs!…un instant! Moi, Louis de Clermont,
    seigneur de Bussy d'Amboise, me déclare ici parrain et second de Paul
    Estuert de Saint-Mégrin; offrant le combat à outrance à quiconque se
    déclarera parrain et second de Henri de Lorraine, duc de Guise; et,
    comme signe de défi et gage du combat, voici mon gant.

    JOYEUSE

    Vive-Dieu! Bussy, c'est un véritable vol que tu me fais…tu ne m'as
    pas donné le temps…Mais sois tranquille, si tu es tué…

    LE DUC DE GUISE

    Saint-Paul! (A part) Tu me provoques trop tard, ton sort est décidé.
    (Haut) Antraguet, tu seras mon second…Vous le voyez, messieurs, je
    vous fais beau jeu: je vous offre un moyen de venger Quélus…
    Saint-Paul, tu prépareras mon épée de bal; elle est juste de la même
    longueur que l'épée de combat de ces messieurs.

    SAINT-MEGRIN

    Vous avez raison, monsieur le duc: cette épée serait bien faible
    pour entamer une cuirasse aussi prudemment solide que celle-ci…Mais
    nous pouvons en venir aux mains, nus jusqu'à la ceinture, monsieur le
    duc, et l'on verra celui dont le coeur battra.

    HENRI

    Assez, messieurs, assez! nous honorerons le combat de notre
    présence, et nous le fixons à demain…Maintenant, chacun de vous
    peut réclamer un don, et, s'il est en notre puissance royale de vous
    l'accorder, vous serez satisfaits à l'instant…Que veux-tu,
    Saint-Mégrin?

    SAINT-MEGRIN

    Un égal partage du terrain et du soleil; pour le reste, je m'en
    rapporte à Dieu et à mon épée.

    HENRI

    Et vous, monsieur le duc, que demandez-vous?

    LE DUC DE GUISE

    La promesse formelle qu'avant le combat Votre Majesté reconnaîtra la
    Ligue, et nommera son chef. J'ai dit.

    HENRI

    Quoique nous ne nous attendissions pas à cette demande, nous vous
    l'octroyons, mon beau cousin…Messieurs, puisque M. de Guise nous y
    force, au lieu du bal masqué de cette nuit, nous aurons un conseil
    d'Etat…Je vous y convoque tous, messieurs. Quant aux deux
    champions, nous les invitons à profiter de cet intervalle, pour bien
    songer au salut de leur âme. Allez, messieurs, allez.

    SCENE V

    HENRI, CATHERINE

    HENRI

    Eh bien, ma mère, vous devez être contente, vos deux grands ennemis
    vont se détruire eux-mêmes, et vous devez m'en remercier; car j'ai
    autorisé un combat que j'aurais pu empêcher.

    CATHERINE

    Auriez-vous agi ainsi, mon fils, si vous eussiez su qu'une des
    conditions de ce combat serait de nommer un chef à la Ligue?

    HENRI

    Non, sur mon âme, ma mère; je comptais sur une diversion.

    CATHERINE

    Et vous avez résolu?

    HENRI

    Rien encore, car les chances du combat sont incertaines…Si M. de
    Guise était tué,…eh bien, on enterrerait la Ligue avec son chef;
    s'il ne l'était pas,…alors je prierais Dieu de m'éclairer…Mais,
    en tout cas, ma résolution une fois prise, je vous en avertis, rien
    ne m'en fera changer…La vue de mon trône me donne de temps en temps
    des envies d'être roi, ma mère, et je suis dans un de ces moments-là.

    CATHERINE

    Eh! mon fils, qui plus que moi désire vous voir une volonté ferme et
    puissante?…Miron me recommande le repos. Et, plus que jamais, je
    désire n'avoir aucune part du fardeau de l'Etat.

    HENRI

    Si je ne m'abuse, ma mère, j'ai vu s'étendre aujourd'hui vers mon
    trône un bras bardé de fer qui avait volonté de me débarrasser d'une
    partie, si ce n'est du tout.

    CATHERINE

    Et probablement vous lui accorderez ce qu'il demande, car ce chef que
    la Ligue exige par sa voix…

    HENRI

    Oui, oui, j'ai bien vu qu'il plaidait pour lui-même; et peut-être, ma
    mère, m'épargnerais-je bien des tourments en m'abandonnant à lui…
    comme l'a fait mon frère François II, après la conjuration
    d'Amboise… Et cependant, je n'aime pas qu'on vienne me prier armé
    comme l'était mon cousin de Guise; les genoux plient mal dans des
    cuissards d'acier.

    CATHERINE

    Et jamais votre cousin de Guise n'a plié le genou devant vous, qu'il
    n'ait, en se relevant, emporté un morceau de votre manteau royal.

    HENRI

    Par la mort-Dieu! il n'a jamais forcé notre volonté, cependant…Ce
    que nous lui avons accordé a toujours été de notre plein gré…et,
    cette fois encore, si nous le nommons chef de la Ligue, ce sera un
    devoir que nous lui imposerons comme son maître.

    CATHERINE

    Tous ces devoirs le rapprochent du trône, mon fils!…et malheur…
    malheur à vous, s'il met jamais le pied sur le velours de la première
    marche!

    HENRI

    Ce que vous dites là, ma mère, l'appuyeriez-vous sur quelques
    raisons?

    CATHERINE

    Cette Ligue, que vous allez autoriser, savez-vous quel est son
    but?…

    HENRI

    De soutenir l'autel et le trône.

    CATHERINE

    C'est du moins ce que dit votre cousin de Guise; mais du moment qu'un
    sujet se constitue, de sa propre autorité, défenseur de son roi, mon
    fils,…il n'est pas loin d'être un rebelle.

    HENRI

    M. le duc aurait-il de si coupables desseins?

    CATHERINE

    Les circonstances l'accusent, du moins…Hélas! mon fils, je ne puis
    veiller sur vous comme je le faisais autrefois, et cependant,
    peut-être aurai-je encore le bonheur de déjouer un grand complot.

    HENRI

    Un complot! on conspirerait contre moi?…Dites, dites, ma mère…
    Quel est ce papier?…

    CATHERINE

    Un agent du duc de Guise, l'avocat Jean David, est mort à Lyon… Son
    valet était un homme à moi; tous ses papiers m'ont été envoyés,
    celui-ci en faisait partie.

    HENRI

    Voyons, ma mère, voyons…(Après avoir jeté un coup d'oeil sur le
    papier) Comment! un traité entre don Juan d'Autriche et le duc de
    Guise!…un traité par lequel ils s'engagent à s'aider mutuellement à
    monter, l'un sur le trône des Pays-Bas, l'autre sur le trône de
    France! Sur le trône de France? que comptaient-ils donc faire de
    moi, ma mère?…

    CATHERINE

    Voyez le dernier article de l'acte d'association des ligueurs, car le
    voici tel…non pas que vous le connaissez, mon cher Henri, mais tel
    qu'il a été présenté à la sanction du saint-père, qui a refusé de
    l'approuver.

    HENRI, lisant

    «Puis, quand le duc de Guise aura exterminé les huguenots, se sera
    rendu maître des principales villes du royaume, et que tout pliera
    sous la puissance de la Ligue, il fera faire le procès à Monsieur,
    comme à un fauteur manifeste des hérétiques, et, après avoir rasé le
    roi et l'avoir confiné dans un couvent…» Dans un couvent!…Ils
    veulent m'ensevelir dans un cloître!…

    CATHERINE

    Oui, mon fils; ils disent que c'est là que votre dernière couronne
    vous attend…

    HENRI

    Ma mère, est-ce que Monsieur le duc l'oserait?

    CATHERINE

    Pépin a fondé une dynastie, mon fils: et qu'a donné Pépin à
    Childéric, en échange de son manteau royal?…

    HENRI

    Un cilice, ma mère; un cilice, je le sais; mais les temps sont
    changés; pour arriver au trône de France, il faut que la naissance y
    donne des droits.

    CATHERINE

    Ne peut-on en supposer?…Voyez cette généalogie.

    HENRI

    La maison de Lorraine remonterait à Charlemagne: Cela n'est pas,
    vous savez bien que cela n'est pas.

    CATHERINE

    Vous voyez que les mesures sont prises pour qu'on croie que cela est.

    HENRI

    Ah! notre cousin de Guise, vous en voulez terriblement à notre belle
    couronne de France…Ma mère, ne pourrait-on pas le punir d'oser y
    prétendre sans notre permission?

    CATHERINE

    Je vous comprends, mon fils; mais ce n'est pas le tout de couper, il
    faut recoudre.

    HENRI

    Mais il se bat demain avec Saint-Mégrin. Saint-Mégrin est brave et
    adroit.

    CATHERINE

    Et croyez-vous que le duc de Guise soit moins brave et moins adroit
    que lui?

    HENRI

    Ma mère, si nous faisions bénir l'épée de Saint-Mégrin…

    CATHERINE

    Mon fils, si le duc de Guise fait bénir la sienne…

    HENRI

    Vous avez raison…Mais qui m'empêche de nommer Saint-Mégrin chef de
    la Ligue?

    CATHERINE

    Et qui voudra le reconnaître? a-t-il un parti?…Peut-être y
    aurait-il un moyen de tout conjurer, mon fils; mais il faudrait de la
    résolution.

    HENRI, hésitant

    De la résolution!

    CATHERINE

    Oui; soyez roi, M. de Guise deviendra sujet soumis, sinon
    respectueux. Je le connais mieux que vous, Henri; il n'est fort que
    parce que vous êtes faible; sous son énergie apparente, il cache un
    caractère irrésolu…C'est un roseau peint en fer…Appuyez, il
    pliera.

    HENRI

    Oui, oui, il pliera. Mais quel est ce moyen? Voyons!…faut-il les
    exiler tous deux? Je suis prêt à signer leur exil.

    CATHERINE

    Non; peut-être ai-je un autre moyen…Mais jurez-moi qu'à l'avenir
    vous me consulterez avant eux sur tout ce que vous voudrez faire.

    HENRI

    N'est-ce que cela, ma mère? Je vous le jure.

    CATHERINE

    Mon fils, les serments prononcées devant l'autel sont plus agréables
    à Dieu.

    HENRI

    Et lient mieux les hommes, n'est-ce pas? Eh bien, venez, ma mère, je
    m'abandonne entièrement à vous.

    CATHERINE

    Oui, mon fils, passons dans votre oratoire.

    SCENE VI

    LE DUC DE GUISE, puis RUGGIERI

    LE DUC DE GUISE

    Quand donc une bonne arquebusade de favoris nous délivera-t-elle de ces
    insolents petits muguets? M. le comte Caussade de Saint-Mégrin…Le roi
    l'a fait comte; et qui sait où s'arrêtera ce champignon de fortune?
    Mayenne, avant son départ, me l'avait recommandé. Je dois m'en défier,
    dit-il: il a cru s'apercevoir qu'il aimait la duchesse de Guise et m'en
    a fait prévenir par Bassompierre…Tête-Dieu! si je n'étais aussi sûr de
    la vertu de ma femme, M. de Saint-Mégrin payerait cher ce soupçon!
    (Entre Ruggieri) Ah! c'est toi, Ruggieri.

    RUGGIERI

    Oui, monseigneur duc…

    LE DUC DE GUISE

    J'ai avancé d'un jour la réunion qui devait avoir lieu chez
    toi…Dans quelques minutes, nos amis seront ici…Je suis venu le
    premier, parce que je désirais te trouver seul. Nicolas Poulain m'a
    dit que je pouvais compter sur toi.

    RUGGIERI

    Il a dit vrai…Et mon art…

    LE DUC DE GUISE

    Laissons là ton art. Que j'y croie ou que je n'y croie pas, je suis
    trop bon chrétien pour y avoir recours. Mais je sais que tu es
    savant, versé dans la connaissance des manuscrits et des
    archives…C'est de cette science que j'ai besoin. Ecoute-moi.
    L'avocat Jean David n'a pu obtenir du saint-père qu'il ratifiât la
    Ligue; il est rentré en France…

    RUGGIERI

    Oui; les dernières lettres que j'ai reçues de lui étaient datées de
    Lyon.

    LE DUC DE GUISE

    Il y est mort; il était porteur de papiers importants…Ces papiers
    ont été soustraits. Parmi eux se trouvait une généalogie que le duc
    de Guise, mon père, de glorieuse mémoire, avait fait faire, en 1535,
    par François Rosières. On y prouvait que les princes lorrains
    étaient la seule et vraie posterité de Charlemagne. Mon père, il
    faut me refaire un nouvel arbre généalogique qui prenne sa racine
    dans celui des Carolingiens; il faut l'appuyer de nouvelles preuves.
    C'est un travail pénible et difficile, qui veut être bien payé.
    Voici un à-compte.

    RUGGIERI

    Vous serez content de moi, monseigneur.

    LE DUC DE GUISE

    Bien…Et que venaient faire ici ces jeunes papillons de cour que j'y
    ai trouvés?

    RUGGIERI

    Me consulter sur l'avenir.

    LE DUC DE GUISE

    Sont-ils donc mécontents du présent?…Ils seraient bien difficiles.
    Ils se sont éloignés, n'est-ce pas?

    RUGGIERI

    Oui, monseigneur; ils sont au Louvre maintenant.

    LE DUC DE GUISE

    Que le Valois s'endorme au bruit de leur bourdonnement, pour ne
    s'éveiller qu'à celui de la cloche qui lui sonnera matines…Mais il
    y a quelqu'un dans l'antichambre…Ah! ah! c'est le père Crucé.

    ACTE TROISIEME

    L'oratoire de la duchesse de Guise

    SCENE PREMIERE

    ARTHUR, MADAME DE COSSE, MARIE

    MADAME DE COSSE, déposant sur une table de toilette un domino noir

    Concevez-vous, Marie, madame la duchesse de Guise, qui veut aller au
    bal de la cour en simple domino?

    MARIE, déposant des fleurs sur la même table

    C'est que madame la duchesse n'est pas coquette…

    MADAME DE COSSE

    Mais, sans être coquette, on peut tirer parti de ses avantages…A
    quoi servira-t-il d'être jolie et bien faite, si l'on se couvre la
    figure de ce masque noir, et si l'on s'enveloppe la taille de ce
    domino large comme une robe d'ermite? pourquoi ne pas se mettre en
    Diane ou en Hébé?

    ARTHUR

    C'est qu'elle veut vous laisser ce costume, madame de Cossé.

    MADAME DE COSSE

    Voyez donc ce petit muguet!…Allez ramasser l'éventail de votre
    maîtresse, ou porter la queue de sa robe, et ne parlez pas toilette;
    vous n'y connaissez encore rien…Dans trois ou quatre ans, à la
    bonne heure!

    ARTHUR

    Tiens…Je vais avoir quinze ans.

    MADAME DE COSSE

    Quatorze ans, mon beau page, ne vous déplaise…

    MARIE

    Ce domino, d'ailleurs, n'est que pour entrer dans la salle de bal.
    Une partie des dames, vous le savez, ne se masquent que pour jouir du
    premier coup d'oeil, et reviennent ensuite en costume de ville.

    MADAME DE COSSE

    Et voilà le tort…Autrefois, on conservait son déguisement toute la
    nuit…Par exemple, au fameux bal masqué qui eut lieu lors de
    l'avènement au trône de Henri II, il y a vingt-cinq ans…Je n'en
    avais que vingt.

    ARTHUR

    Il y a trente ans, madame de Cossé, ne vous en déplaise.

    MADAME DE COSSE

    Vingt-cinq ou trente, peu importe…Alors je n'en avais que quinze.
    Eh bien, tout le monde resta en costume, jusqu'au moment où
    l'astronome Lucas Gaudric prédit au roi qu'il serait tué dans un
    combat singulier. Onze ans après Montgomery accomplit la prédiction.

    ARTHUR

    C'est bien malheureux! depuis ce temps, il n'y a plus de tournois.

    MADAME DE COSSE

    C'est effectivement quelque chose de bien fâcheux…Il ferait beau
    voir jouter les jeunes gens de votre époque: voilà de plaisants
    damerets, en comparaison des chevaliers de Henri II.

    ARTHUR

    Vous pourriez même dire, en comparaison des chevaliers du roi
    François Ier. Vous les avez vus, madame de Cossé.

    MADAME DE COSSE

    J'étais un enfant…Je ne m'en souviens pas…Un enfant au berceau,
    entendez-vous?

    MARIE

    Mais il me semble, madame, que le baron-duc d'Epernon, le vicomte de
    Joyeuse, le seigneur de Bussy, le baron de Dunes…

    ARTHUR

    Et le comte de Saint-Mégrin, donc!…

    MADAME DE COSSE

    Ah! vous voilà encore avec votre petit bordelais…J'aurais bien
    voulu le voir, avec une armure de deux cents livres, comme celle que
    portait M. de Cossé, mon noble époux, quand il me couronna dame de la
    beauté et des amours, et brisa en mon honneur cinq lances, dont M. de
    Saint-Mégrin ne pourrait pas remuer la plus petite avec les deux
    mains…C'était au fameux tournoi de Soissons…

    MARIE

    Au fameux tournoi de Soissons?…

    ARTHUR

    Eh! oui…au fameux tournoi de Soissons, en 1546, un an avant la mort
    du roi François Ier, quand madame de Cossé était encore au berceau…

    MADAME DE COSSE

    Petit drôle!…vous vous fiez bien à ce que vous êtes le parent de
    madame la duchesse de Guise.

    SCENE II

    LES MEMES, LA DUCHESSE DE GUISE

    ARTHUR, courant à elle

    Oh! venez, ma belle cousine et maîtresse! et protégez-moi contre le
    courroux de votre première dame d'honneur…

    LA DUCHESSE DE GUISE, distraite

    Qu'avez-vous fait? encore quelque espièglerie?…

    ARTHUR

    Chevalier discourtois, je me souviens des dates.

    MADAME DE COSSE, interrompant

    Madame la duchesse paraît préoccupée.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi? Non…N'auriez-vous pas trouvé ici un mouchoir à mes armes?

    MARIE

    Non, madame.

    ARTHUR

    Je vais le chercher; et, si je le trouve, quelle sera ma récompense?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ta récompense, enfant?…Un mouchoir mérite-t-il donc une grande
    récompense? Eh bien, cherche-le, Arthur.

    MARIE

    Pendant que Madame était retirée dans son appartement, où elle avait
    dit, en rentrant, qu'elle voulait rester seule, la reine Louise est
    venue pour lui faire une visite; elle avait dans sa bourse le plus
    joli petit sapajou…

    MADAME DE COSSE

    Oui, elle désirait connaître le déguisement de madame. Elle est
    entrée chez madame de Montpensier; et, comme j'y étais, je connais
    tous les costumes des seigneurs et dames de la cour.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à Arthur, qui revient s'asseoir à ses pieds

    Eh bien?

    ARTHUR

    Je n'ai rien trouvé…

    MADAME DE COSSE

    M. de Joyeuse est en Alcibiade…Il a un casque d'or massif…Son
    costume lui coûte, dit-on, dix mille livres tournois. M. d'Epernon
    est…

    ARTHUR

    Et M. de Saint-Mégrin? (La duchesse tressaille)

    MADAME DE COSSE

    Ah!…M. de Saint-Mégrin? Il avait aussi un costume très-brillant;
    mais, aujourd'hui, il en a commandé un autre, tout simple, un costume
    d'astrologue, semblable à celui que porte Côme Ruggieri.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ruggieri?…Dites-moi, Ruggieri ne demeure-t-il pas rue de Grenelle,
    près de l'hôtel de Soissons?

    MARIE

    Oui.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à part

    Plus de doute!…c'était chez lui…J'avais cru le
    reconnaître…(Haut) N'est-il venu aucune autre personne?

    MADAME DE COSSE

    Si…M. Brantôme, pour vous offrir le volume de ses _Dames
    galantes_… Je l'ai déposé sur cette table…La reine de Navarre y
    joue un grand rôle…Et puis M. Ronsard est aussi venu…il voulait
    absolument vous voir…Vous lui avez reproché, l'autre jour, chez
    madame de Montpensier, de ne pas assez soigner ses rimes, et il vous
    apportait une petite pièce de vers.

    LA DUCHESSE DE GUISE, avec distraction

    Sur la rime?…

    MADAME DE COSSE

    Non, madame; mais mieux rimée qu'il n'a coutume de le faire. Madame
    la duchesse veut-elle les entendre?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Donnez à Arthur, il les lira.

    ARTHUR, lisant

    Mignonne, allons voir si la rose
    Qui, ce matin, avoit desclose
    Sa robe de pourpre au soleil
    N'a point perdu, cette vesprée,
    Les plis de sa robe pourprée
    Et son teint au vostre pareil.

    Las! voyez comme en peu d'espace,
    Mignonne, elle a, dessus la place,
    Là, là, ses beautés laissé choir.
    O vrayment marastre nature!
    Puisqu'une telle fleur ne dure
    Que du matin jusques au soir!

    Or donc, écoutez-moi, mignonne,
    Tandis que votre âge fleuronne,
    Dans sa plus verte nouveauté,
    Cueillez, cueillez votre jeunesse;
    Comme à cette fleur, la vieillesse
    Fera ternir votre beauté.

    LA DUCHESSE DE GUISE, toujours distraite

    Mais il me semble qu'ils sont bien, ces vers.

    ARTHUR

    Oh! M. de Saint-Mégrin en fait au moins d'aussi jolis…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    M. de Saint-Mégrin?…

    MADAME DE COSSE

    Ce ne sont pas des vers amoureux, toujours…

    ARTHUR

    Et pourquoi cela?

    MADAME DE COSSE

    Il est probable qu'il n'a encore trouvé aucune femme digne de son
    amour, puisqu'il est le seul, parmi tous les jeunes gens de la cour,
    qui ne porte pas le chiffre de sa dame sur son manteau.

    ARTHUR

    Et s'il aimait quelqu'un dont il ne pût porter le chiffre?…Cela
    peut être.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui,…cela peut être.

    MADAME DE COSSE, à Arthur

    Mais qu'a donc de si remarquable ce petit comte de Saint-Mégrin, pour
    être l'objet de votre enthousiasme?

    ARTHUR

    Si remarquable?…Ah! je ne demande rien que d'être digne de devenir
    son page, quand je ne pourrai plus être celui de ma belle cousine.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Tu l'aimes donc bien?

    ARTHUR

    Si j'étais femme, je n'aurais pas d'autre chevalier.

    LA DUCHESSE DE GUISE, vivement

    Mesdames, je puis achever ma toilette; je vous rappellerai, si j'ai
    besoin de vous…Reste, Arthur, reste; j'ai quelques commissions à te
    donner.

    SCENE III

    LA DUCHESSE DE GUISE, ARTHUR

    ARTHUR

    J'attends vos ordres.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Bien; mais je ne sais plus ce que j'avais à d'ordonner. Je suis
    distraite, préoccupée…Que tu es bizarre, avec ton fanatisme pour ce
    jeune vicomte de Joyeuse!

    ARTHUR

    Joyeuse?…Non…Saint-Mégrin.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! oui,…c'est vrai; mais que trouves-tu de si extraordinaire en ce
    jeune homme? Moi, je cherche en vain.

    ARTHUR

    Vous ne l'avez donc pas vu courir la bague avec le roi?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Si.

    ARTHUR

    Et qui donc pourriez-vous lui comparer pour l'adresse? S'il monte à
    cheval, c'est toujours le cheval le plus fougueux qui est le sien;
    s'il se bat moins souvent que les autres, c'est que l'on connaît sa
    force, et qu'on hésite à lui chercher querelle. Le roi seul,
    peut-être, pourrait se défendre contre lui. Tous nos jeunes
    seigneurs de la cour lui portent envie, et cependant la coupe de leur
    pourpoint et de leur manteau est toujours reglée sur celle des siens.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui, oui, c'est vrai…Il est homme de bon goût; mais madame de Cossé
    parlait de sa froideur pour les dames, et tu ne voudrais pas prendre
    pour modèle chevalier qui ne les aimât pas.

    ARTHUR

    La dame de Sauve est là pour témoigner du contraire.

    LA DUCHESSE DE GUISE, vivement

    La dame de Sauve!…On dit qu'il ne l'a jamais aimée.

    ARTHUR

    S'il ne l'aime plus, il en aime certainement un autre.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    T'aurait-il choisi pour son confident?…Il ne ferait pas preuve de
    prudence, en le prenant si jeune…

    ARTHUR

    Si j'étais son confident, ma belle cousine, on me tuerait plutôt que
    de m'arracher son secret…Mais il ne m'a rien confié…J'ai vu.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Tu as vu…quoi?…qu'as-tu vu?

    ARTHUR

    Vous vous rappelez le jour ou le roi invita toute la cour à visiter
    les lions qu'il avait fait venir de Tunis, et qu'on avait placés au
    Louvre avec ceux qu'il y nourrit déjà?…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! oui…Leur aspect seul m'a effrayée, quoique je les visse d'une
    galerie élevée de dix pieds au-dessus d'eux.

    ARTHUR

    Eh bien, à peine en étions-nous sortis que leur gardien poussa un
    cri; je rentrai: M. de Saint-Mégrin venait de s'élancer dans
    l'enceinte des animaux pour y ramasser un bouquet qu'y avait laissé
    tomber une dame…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Le malheureux! ce bouquet était le mien.

    ARTHUR

    Le vôtre, ma belle cousine?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ai-je dit le mien?…Oui, le mien, ou celui de Madame de Sauve…Vous
    savez qu'il a éperdument aimé madame de Sauve…Le fou!…Et que
    faisait-il de ce bouquet?

    ARTHUR

    Oh! il l'appuyait avec passion sur sa bouche, il le pressait contre
    son coeur…Le gardien ouvrit une porte, et le fit sortir presque de
    force…Il riait comme un insensé, lui jetait de l'argent; puis il
    m'aperçut, cacha le bouquet dans sa poitrine, s'élança sur un cheval
    qui l'attendait dans la cour du Louvre, et disparut.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Est-ce tout?…est-ce tout?…Oh! encore, encore!…parle-moi encore
    de lui!

    ARTHUR

    Et depuis, je l'ai vu, il…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Silence, enfant!…M. le duc…Reste près de moi, Arthur; ne me
    quitte pas que je ne te l'ordonne…

    SCENE IV

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    LE DUC DE GUISE

    Vous étiez levée, madame…Alliez-vous rentrer dans votre
    appartement?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non, monsieur le duc, j'allais appeler mes femmes, pour ma toilette.

    LE DUC DE GUISE

    Elle est inutile, madame: le bal n'a pas lieu, et vous devez en être
    contente, vous paraissiez n'y aller qu'à contre-coeur?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suivais vos ordres, et j'ai fait ce que j'ai pu pour que vous ne
    vissiez pas qu'ils m'étaient pénibles.

    LE DUC DE GUISE

    Que voulez-vous!…J'ai compris que cette conclusion à laquelle vous
    vous condamniez était ridicule à votre âge…et qu'il fallait, de
    temps en temps, vous montrer à la cour; certaines personnes, madame,
    pourraient y remarquer votre absence, et l'attribuer à des motifs…
    Mais il s'agit d'autre chose, madame… Arthur, laissez-moi…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Et pourquoi éloigner cet enfant, monsieur le duc? est-ce donc un
    entretien secret que vous voudriez?…

    LE DUC DE GUISE

    Et pourquoi le retenir, madame? Craindriez-vous de rester seule avec
    moi?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, monsieur! et pourquoi?

    LE DUC DE GUISE

    En ce cas, sortez, Arthur…Eh bien?…

    ARTHUR

    J'attends les ordres de ma maîtresse, monsieur le duc.

    LE DUC DE GUISE

    Vous l'entendez, madame?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arthur, éloignez-vous.

    ARTHUR

    J'obéis. (Il sort)

    SCENE V

    LA DUCHESSE DE GUISE, LE DUC DE GUISE

    LE DUC DE GUISE

    Vrai-Dieu! madame, il est bizarre que les ordres donnés par ma bouche
    aient besoin d'être ratifiés par la vôtre…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ce jeune homme m'appartient, et il a cru devoir attendre de
    moi-même…

    LE DUC DE GUISE

    Cette obstination n'est pas naturelle, madame; on connaît Henri de
    Lorraine, et l'on sait qu'il a toujours chargé son poignard de
    réitérer un ordre de sa bouche.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh! monsieur, quelle conséquence pouvez-vous tirer de plus ou moins
    d'obéissance de cet enfant?

    LE DUC DE GUISE

    Moi? Aucune…Mais j'avais besoin de son absence pour vous exposer
    plus librement le motif qui m'amène…Voulez-vous bien me servir de
    secrétaire?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, monsieur! Et pour écrire à qui?

    LE DUC DE GUISE

    Que vous importe! c'est moi qui dicterai. (En approchant une plume
    et du papier) Voilà ce qu'il vous faut.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je crains de ne pouvoir former un seul mot; ma main tremble; ne
    pourriez-vous par une autre personne?…

    LE DUC DE GUISE

    Non, madame, il est indispensable que ce soit vous.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais, au moins, remettez à plus tard…

    LE DUC DE GUISE

    Cela ne peut se remettre, madame; d'ailleurs, il suffira que votre
    écriture soit lisible…Ecrivez donc.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je suis prête…

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «Plusieurs membres de la Sainte-Union se rassemblent cette nuit à
    l'Hôtel de Guise; les portes en resteront ouvertes jusqu'à une heure
    du matin; vous pouvez, à l'aide d'un costume de ligueur, passer sans
    être aperçu…L'appartement de madame la duchesse de Guise est au
    deuxième étage…»

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Je n'écrirai pas davantage, que je ne sache à qui est destiné ce
    billet…

    LE DUC DE GUISE

    Vous le verrez, madame, en mettant l'adresse.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Elle ne peut être pour vous, monsieur; et à tout autre, elle
    compromet mon honneur…

    LE DUC DE GUISE

    Votre honneur…Vive-Dieu! madame; et qui doit en être plus jaloux
    que moi?…Laissez-m'en juge, et suivez mon désir…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Votre désir?…Je dois m'y refuser.

    LE DUC DE GUISE

    Obéissez à mes ordres, alors…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    A vos ordres?…Peut-être ai-je le droit d'en demander la cause…

    LE DUC DE GUISE

    La cause, madame? Tous ces retardements me prouvent que vous la
    connaissez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi! et comment?

    LE DUC DE GUISE

    Peu importe!…écrivez…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Permettez que je me retire…

    LE DUC DE GUISE

    Vous ne sortirez pas…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous n'obtiendrez rien de moi en me contraignant à rester.

    LE DUC DE GUISE, la forçant à s'asseoir

    Peut-être, vous réfléchirez, madame: mes ordres, méprisés par vous,
    ne le sont point encore par tout le monde…et, d'un mot, je puis
    substituer à l'oratoire élégant de l'hôtel de Guise l'humble cellule
    d'un cloître.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Désignez-moi le couvent où je dois me retirer, monsieur le duc; les
    biens que je vous ai apportés comme princesse de Porcian y payeront
    la dot de la duchesse de Guise.

    LE DUC DE GUISE

    Oui, madame; sans doute, vous jugez en vous-même que ce ne serait
    qu'une faible expiation. D'ailleurs, l'espoir vous suivrait au delà
    de la grille; il n'est point de murs si élevés qu'on ne puisse
    franchir, surtout si on y est aidé par un chevalier adroit, puissant
    et dévoué…Non, madame, non, je ne vous laisserai pas cette chance.
    Mais revenons à cette lettre; il faut qu'elle s'achève.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Jamais, monsieur, jamais!

    LE DUC DE GUISE

    Ne me poussez pas à bout, madame; c'est déjà beaucoup que j'aie
    consenti à vous menacer deux fois.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh bien, je préfère une reclusion éternelle.

    LE DUC DE GUISE

    Mort et damnation! croyez-vous donc que je n'aie que ce moyen?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Et quel autre?…(Le duc verse le contenu d'un flacon dans une petite
    coupe) Ah! vous ne voudriez pas m'assassiner…Que faites-vous,
    monsieur de Guise? que faites-vous?

    LE DUC DE GUISE

    Rien…J'espère seulement que la vue de ce breuvage aura une vertu
    que n'ont point mes paroles.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh quoi!…vous pourriez?…Ah!

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez, madame, ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non, non. Oh! mon Dieu! mon Dieu!

    LE DUC DE GUISE, saisissant la coupe

    Eh bien?…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Henri, au nom du ciel! Je suis innocente, je vous le jure…Que la
    mort d'une femme faible ne souille pas votre nom. Henri, ce serait
    un crime affreux, car je ne suis pas coupable; j'embrasse vos genoux;
    que voulez-vous de plus? Oui, oui, je crains la mort.

    LE DUC DE GUISE

    Il y a moyen de vous y soustraire.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Il est plus affreux qu'elle encore…Mais non, tout cela n'est qu'un
    jeu pour m'épouvanter. Vous n'avez pas pu avoir, vous n'avez pas eu
    cette exécrable idée.

    LE DUC DE GUISE, riant

    Un jeu, madame!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Non…Votre sourire m'a tout dit…Laissez-moi un instant pour me
    recueillir. (Elle abaisse la tête entre ses mains, et prie.)

    LE DUC DE GUISE

    Un instant, madame, rien qu'un instant.

    LA DUCHESSE DE GUISE, après s'être recueillie

    Et maintenant, ô mon Dieu! aie pitié de moi!

    LE DUC DE GUISE

    Etes-vous décidée?

    LA DUCHESSE DE GUISE, se relevant toute seule

    Je le suis.

    LE DUC DE GUISE

    A l'obéissance?

    LA DUCHESSE DE GUISE, prenant la coupe

    A la mort!

    LE DUC DE GUISE, lui arrachant la coupe et la jetant à terre

    Vous l'aimiez bien, madame!…Elle a préféré…Malédiction!
    malediction sur vous et sur lui!…sur lui surtout qui est tant aimé!
    Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Malheur! malheur à moi!

    LE DUC DE GUISE

    Oui, malheur! car il est plus facile à une femme d'expirer que de
    souffrir. (Lui saisissant le bras avec son gant de fer) Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! laissez-moi.

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez.

    LA DUCHESSE DE GUISE, essayant de dégager son bras

    Vous me faites mal, Henri.

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez, vous dis-je!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Vous me faites bien mal, Henri; vous me faites horriblement
    mal…Grâce! grâce! ah!

    LE DUC DE GUISE

    Ecrivez donc.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Le puis-je? Ma vue se trouble…Une sueur froide…O mon Dieu! mon
    Dieu! je te remercie, je vais mourir. (Elle s'évanouit)

    LE DUC DE GUISE

    Eh! non, madame.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Qu'exigez-vous de moi?

    LE DUC DE GUISE

    Que vous m'obéissiez.

    LA DUCHESSE DE GUISE, accablée

    Oui! oui! j'obéis. Mon Dieu! tu le sais, j'ai bravé la mort…la
    douleur seule m'a vaincue…elle a été au delà de mes forces. Tu
    l'as permis, ô mon Dieu! le reste est entre tes mains.

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «L'appartement de madame la duchesse de Guise est au deuxième étage,
    et cette clef en ouvre la porte.» L'adresse maintenant. (Pendant
    qu'il plie la lettre, madame de Guise relève sa manche, et l'on voit
    sur son bras des traces bleuâtres)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Que dirait la noblesse de France, si elle savait que le duc de Guise
    a meurtri un bras de femme avec un gantelet de chevalier?

    LE DUC DE GUISE

    Le duc de Guise en rendra raison à quiconque viendra la lui demander.
    Achevez: «A Monsieur le comte de Saint-Mégrin.»

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'était donc bien à lui?

    LE DUC DE GUISE

    Ne l'aviez-vous pas deviné?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le duc, ma conscience me permettait d'en douter, du moins.

    LE DUC DE GUISE

    Assez, assez. Appelez un de vos pages, et remettez-lui cette lettre
    (allant à la porte du salon et ôtant la clef) et cette clef.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! monsieur de Guise! puisse-t-on avoir plus pitié de vous que vous
    n'avez eu pitié de moi!

    LE DUC DE GUISE

    Appelez un page.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Aucun n'est là…

    LE DUC DE GUISE

    Arthur, votre page favori, ne doit pas être loin; appelez-le, je vous
    l'ordonne! appelez-le!…Mais, auparavant, madame, faites bien
    attention que je suis là, derrière cette portière…Un seul signe, un
    seul mot, cet enfant est mort…et c'est vous qui l'aurez tué…(Il
    siffle) Songez-y, madame…

    LA DUCHESSE, appelant

    Arthur!

    SCENE VI

    LES MEMES, ARTHUR

    ARTHUR

    Me voilà, madame, Dieu!…grand Dieu! que vous êtes pâle!…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Moi, pâle? Non, non…tu te trompes…(Lui tendant la lettre et la
    retirant) Ce n'est rien…Eloigne-toi, Arthur, éloigne-toi…

    ARTHUR

    Moi, vous quitter, quand vous souffrez!…Voulez-vous que j'appelle
    vos femmes?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Garde-t'en bien, Arthur!…Prends cette lettre,…cette clef,…et
    va-t'en…Pars!…pars!…

    ARTHUR, lisant

    «A Monsieur le comte de Saint-Mégrin…» Oh! qu'il sera heureux,
    madame!…Je cours… (Il sort)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Heureux?…Oh! non…non, reviens!…reviens, Arthur!…Arthur!…

    LE DUC DE GUISE, lui mettant la main sur la bouche

    Silence, madame!

    LA DUCHESSE DE GUISE, tombant dans ses bras

    Ah!…

    LE DUC DE GUISE, l'emportant dans le salon, et refermant la porte
    avec une double clef

    Et, maintenant, que cette porte ne se rouvre plus que pour lui!

    ACTE QUATRIEME

    Même décoration qu'au deuxième acte

    SCENE PREMIERE

    ARTHUR, puis SAINT-MEGRIN

    ARTHUR

    Dans la salle du conseil, l'appartement de M. de Saint-Mégrin, à
    gauche… (Saint-Mégrin sort de son appartement) Pour vous, comte.

    SAINT-MEGRIN

    Cette lettre et cette clef sont pour moi, dis-tu? Oui… «A Monsieur
    le comte de Saint-Mégrin.» De qui les tiens-tu?

    ARTHUR

    Quoique vous ne les attendissiez de personne, ne pouviez-vous les
    espérer de quelqu'un?

    SAINT-MEGRIN

    De quelqu'un?…Comment?…Et qui es-tu, toi-même?

    ARTHUR

    Etes-vous si ignorant en blason, comte, que vous ne puissiez
    reconnaître les armes réunies de deux maisons souveraines?…

    SAINT-MEGRIN

    La duchesse de Guise!… (Lui mettant la main sur la bouche)
    Tais-toi!…Je sais tout… (Il lit) Elle-même t'a remis cette
    lettre?…

    ARTHUR

    Elle-même.

    SAINT-MEGRIN

    Elle-même!…Jeune homme, ne cherche pas à m'abuser!…Je ne connais
    pas son écriture…Avoue-le-moi, tu as voulu me tromper…

    ARTHUR

    Moi, vous tromper?…Ah!…

    SAINT-MEGRIN

    Où t'a-t-elle remis cette lettre?

    ARTHUR

    Dans son oratoire.

    SAINT-MEGRIN

    Elle était seule?

    ARTHUR

    Seule.

    SAINT-MEGRIN

    Et que paraissait-elle éprouver?

    ARTHUR

    Je ne sais, mais elle était pâle, et tremblante.

    SAINT-MEGRIN

    Dans son oratoire! seule, pâle et tremblante!…Tout cela devait
    être, et cependant j'étais si loin de m'attendre…Non, c'est
    impossible. (Il relit) «Plusieurs membres de la Sainte-Union se
    rassemblent cette nuit à l'Hôtel de Guise; les portes en resteront
    ouvertes jusqu'à une heure du matin. A l'aide d'un déguisement de
    ligueur, vous pouvez passer sans être aperçu. L'appartement de
    madame la duchesse de Guise est au deuxième étage, et cette clef en
    ouvre la porte. –A Monsieur le comte de Saint-Mégrin.» C'est bien
    à moi…pour moi; ce n'est point un songe,…ma tête ne s'égare
    pas…Cette clef,…ce papier,…ces lignes tracées, tout est
    réel!…il n'y a point là d'illusion… (Il porte la lettre à ses
    lèvres) Je suis aimé!…aimé!…

    ARTHUR

    A votre tour, comte, silence!…

    SAINT-MEGRIN

    Oui, tu as raison, silence! et à toi aussi, jeune homme, silence!…
    Sois muet comme la tombe…Oublie ce que tu as fait, ce que tu as vu,
    ne te rappelle plus mon nom, ne te rappelle plus celui de ta
    maîtresse. Elle a montré de la prudence en te chargeant de ce
    message. Ce n'est point parmi les enfants qu'on doit craindre les
    délateurs.

    ARTHUR

    Et moi, comte, je suis fier d'avoir un secret à nous deux.

    SAINT-MEGRIN

    Oui;…mais un secret terrible; un de ces secrets qui tuent. Ah!
    fais en sorte que ta physionomie ne le trahisse pas, que tes yeux ne
    le révèlent jamais…Tu es jeune: conserve la gaieté et
    l'insouciance de ton âge. S'il arrive que nous nous rencontrions,
    passe sans me connaître, sans m'apercevoir; si tu avais encore dans
    l'avenir quelque chose à m'apprendre, ne l'exprime point par des
    paroles, ne le confie pas au papier; un signe, un regard me dira
    tout…Je devinerai le moindre de tes gestes; je comprendrai ta plus
    secrète pensée. Je ne puis te récompenser du bonheur que je te
    dois…Mais, si jamais tu avais besoin de mon aide ou de mon secours,
    viens à moi, parle…et ce que tu demanderas, tu l'auras, sur mon
    âme, fût-ce mon sang. Sors, sors, maintenant, et garde que personne
    ne te voie…Adieu, adieu!

    ARTHUR, lui pressant la main

    Adieu, comte, adieu!

    SCENE II

    SAINT-MEGRIN, puis GEORGES

    SAINT-MEGRIN

    Va, jeune homme, et que le ciel veille sur toi! Ah! je suis
    aimé!…Mais il est dix heures; j'ai à peine le temps de me procurer
    le costume à l'aide duquel…Georges! Georges! (Son valet entre)
    Il me faut pour ce soir un costume de ligueur; occupe-toi à l'instant
    de te le procurer. Que je le trouve ici quand j'en aurai besoin; va.
    (Georges sort) Mais qui vient ici?…Ah! c'est Côme Ruggieri.

    SCENE III

    SAINT-MEGRIN, RUGGIERI

    SAINT-MEGRIN

    Viens, oh! viens, mon père, que je te remercie. Eh bien, toutes tes
    prédictions se sont réalisées. Je te rends grâce, car je suis
    heureux; oh! oui, oui, plus heureux que tu ne peux le croire…Tu ne
    me réponds pas, tu m'examines!

    RUGGIERI, le conduisant vers la lumière

    Jeune homme, avance avec moi.

    SAINT-MEGRIN

    Oh! que peux-tu lire sur mon front, si ce n'est un avenir d'amour et
    de bonheur?

    RUGGIERI

    La mort, peut-être.

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous, mon père!…

    RUGGIERI

    La mort!…

    SAINT-MEGRIN, riant

    Ah! mon père, de grâce, laissez-moi vivre jusqu'à demain, c'est tout
    ce que je vous demande.

    RUGGIERI

    Mon fils, souviens-toi de Dugast.

    SAINT-MEGRIN

    Dugast!…Il est vrai que je cours un danger; demain, je me bats avec
    le duc de Guise.

    RUGGIERI

    Demain! à quelle heure?

    SAINT-MEGRIN

    A dix heures.

    RUGGIERI

    Ce n'est pas cela. Si demain, à dix heures, tu vois encore la
    lumière du ciel, compte alors sur des jours longs et heureux.
    (Allant à la fenêtre) Vois-tu cette étoile?

    SAINT-MEGRIN

    Qui brille près d'une autre plus brillante encore?

    RUGGIERI

    Oui; et, à l'occident, distingues-tu ce nuage sombre qui n'est encore
    qu'un point dans l'immensité?

    SAINT-MEGRIN

    Oui; eh bien?…

    RUGGIERI

    Eh bien, dans une heure, cette étoile aura disparu sous ce nuage, et
    cette étoile, c'est la tienne. (Il sort)

    SCENE IV

    SAINT-MEGRIN, puis JOYEUSE

    SAINT-MEGRIN

    Cette étoile, c'est la mienne! Ruggieri, arrête!…Il ne m'entend
    pas; il entre chez la reine mère. Cette étoile, c'est la mienne; et
    ce nuage!…Vive-Dieu! je suis bien insensé de croire aux paroles de
    ce visionnaire…Ces signes ne l'ont jamais trompé, dit-il. Dugast,
    Dugast! et toi aussi, tu volais comme moi à un rendez-vous d'amour,
    lorsque tu es tombé assassiné; et ton sang, en sortant de tes
    vingt-deux blessures, bouillait encore d'espérance et de bonheur.
    Ah! si je dois mourir aussi, mon Dieu! mon Dieu! que je ne meure du
    moins qu'au retour! (Entre Joyeuse)

    JOYEUSE

    Je te cherchais, Saint-Mégrin. Eh bien, que fais-tu là? Est-ce que
    tu lis dans les astres, toi?

    SAINT-MEGRIN

    Moi? Non.

    JOYEUSE

    Je t'avais pris en entrant pour un astrologue. Quoi! encore? Mais
    qu'as-tu donc?

    SAINT-MEGRIN

    Rien, rien: je regarde le ciel.

    JOYEUSE

    Il est superbe! les étoiles étincellent.

    SAINT-MEGRIN, avec mélancolie

    Joyeuse, crois-tu qu'après notre mort, notre âme doive habiter un des
    ces globes brillants, sur lesquels notre vue s'est arrêtée tant de
    fois pendant notre vie?

    JOYEUSE

    Ces pensées ne me sont jamais venues, sur mon âme; elles sont trop
    tristes…Tu connais ma devise: *Hilariter*, joyeusement!…voilà
    pour ce monde…Quant à l'autre, peu m'importe ce qu'il sera, pourvu
    que je m'y trouve bien.

    SAINT-MEGRIN, sans l'écouter

    Crois-tu que, là, nous serons réunis aux personnes que nous avons
    aimées ici-bas?…Dis; crois-tu que l'éternité puisse être le
    bonheur?…

    JOYEUSE

    Vrai-Dieu! tu deviens fou, Saint-Mégrin; quel diable de langage me
    parles-tu là? Arrange-toi de manière que, demain, à pareille heure,
    M. de Guise puisse t'en donner des nouvelles sûres, et ne me demande
    pas cela, à moi. J'ai déjà le cou tout disloqué d'avoir regardé en
    l'air.

    SAINT-MEGRIN

    Tu as raison; oui, je suis un insensé…

    JOYEUSE

    Voici le roi…Voyons, éloigne cet air soucieux. On dirait, sur mon
    âme, que ce duel t'inquiète. Est-ce que tu serais fâché?…

    SAINT-MEGRIN

    Moi, fâché?…Vrai-Dieu! s'il me tue, Joyeuse, ce ne sera pas ma vie
    que je regretterai, ce sera de lui laisser la sienne.

    SCENE V

    LES MEMES, HENRI, D'EPERNON, SAINT-LUC, BUSSY, DU HALDE, Plusieurs
    Pages et Seigneurs; puis CATHERINE DE MEDICIS

    HENRI

    Soyez tranquilles, messieurs, soyez tranquilles: toutes nos mesures
    sont prises. Seigneur de Bussy, nous vous rendons notre amitié, en
    récompense de la manière dont vous avez secondé notre brave sujet le
    comte de Saint-Mégrin.

    BUSSY D'AMBOISE

    Sire!

    HENRI, à SAINT-MEGRIN

    Te voilà, mon digne ami; pourquoi n'es-tu pas venu me voir?
    Messieurs, ma mère assistera à la séance; prévenez-la qu'elle va
    s'ouvrir. Ah! auparavant, sur la première marche, placez un tabouret
    pour M. le comte de Saint-Mégrin. (A Saint-Mégrin) J'ai à te
    parler…Par la mort-Dieu! nous voilà tous rassemblés, messieurs; il
    ne nous manque plus que notre beau cousin de Guise…

    CATHERINE, entrant

    Il ne se fera pas attendre, mon fils; j'ai aperçu ses pages dans
    l'antichambre.

    HENRI

    Ils seront les bienvenus, ma mère. Messieurs, prenez vos places.
    D'Epernon, la tienne est devant cette table; c'est toi qui seras
    notre secrétaire, en l'absence de Morvilliers…

    CATHERINE

    Surtout, sire…

    HENRI

    Soyez tranquille, ma mère, soyez tranquille, vous avez ma parole.

    SCENE VI

    LES MEMES, LE DUC DE GUISE

    HENRI

    Entrez, mon beau cousin, entrez. Nous avions songé d'abord à faire
    dresser, nous-même, l'acte de reconnaissance que nous avions promis;
    mais nous avons pensé, depuis, que celui que M. d'Humières a fait
    signer aux nobles de Péronne et de la Picardie serait ce qu'il y
    aurait de mieux. Quant à celui de nomination du chef, un article au
    bas du premier suffira, et déjà vous avez sans doute quelques idées
    pour sa rédaction?

    LE DUC DE GUISE

    Oui, sire, je m'en suis occupé. J'ai voulu épargner à Votre Majesté
    la peine…l'ennui.

    HENRI

    Vous êtes bien aimable, mon cousin; veuillez donner cet acte à M. le
    baron d'Epernon: lisez-le-nous à haute et intelligible voix, baron.
    Or, écoutez, messieurs.

    D'EPERNON, lisant

    «Association faite entre les princes, seigneurs, gentilshommes et
    autres, tant de l'état écclésiastique que de la noblesse de Picardie.
    Premièrement…»

    HENRI

    Attends, d'Epernon. Messieurs, nous connaissons tous cet acte, dont
    je vous ai montré copie; il est donc inutile de lire les dix-huit
    articles dont il se compose: passez à la fin; et vous, monsieur le
    duc, approchez et dictez vous-même. Réfléchissez qu'il s'agit de
    nommer un chef à une grande association! Il faut donc que ce chef
    ait de grands pouvoirs…Enfin, mon beau cousin, faites comme pour
    vous.

    LE DUC DE GUISE

    Je vous remercie de votre confiance, sire, vous serez content.

    SAINT-MEGRIN

    Que faites-vous, sire?…

    HENRI

    Laisse-moi.

    LE DUC DE GUISE, dictant

    «1º L'homme que Sa Majesté honorera de son choix devra être issu
    d'une maison souveraine, digne de l'amour et de la confiance des
    Français par sa conduite passée et sa foi à la religion catholique.
    2º Le titre de lieutenant général du royaume de France lui sera
    octroyé, et les troupes seront mises à sa disposition. 3º Comme ses
    actions auront pour but le plus grand bien de la cause, il ne devra
    en rendre compte qu'à Dieu et à sa conscience.»

    HENRI

    Très-bien.

    SAINT-MEGRIN

    Bien!…Et vous pouvez approuver de semblables conditions, sire!…
    revêtir un homme d'une pareille puissance!

    HENRI

    Silence!

    JOYEUSE

    Mais, sire…

    HENRI

    Silence, messieurs! nous désirons, entendez-vous, nous désirons
    positivement que, quel que soit le choix que nous allons faire, il
    vous soit agréable. Mon cousin, donnez-leur donc, en bon et loyal
    sujet, un exemple de soumission. Vous êtes le premier de mon royaume
    après moi, mon beau cousin, et dans ce cas surtout, vous êtes
    intéressé à ce qu'on m'obéisse…

    LE DUC DE GUISE

    Sire, je reconnais d'avance pour chef de la Sainte-Union celui que
    vous allez désigner, et je regarderai comme rebelle quiconque osera
    braver ses ordres.

    HENRI

    C'est bien, monsieur le duc. Ecris, d'Epernon. (Se levant devant
    son trône) «Nous, Henri de Valois, par la grâce de Dieu, roi de
    France et de Pologne, approuvons, par le présent acte rédigé par
    notre féal et aimé cousin Henri de Lorraine, duc de Guise,
    l'association connue sous le nom de la Sainte-Union…et, de notre
    autorité, nous nous en déclarons le chef.»

    LE DUC DE GUISE

    Comment!…

    HENRI

    «En foi de quoi, nous l'avons fait revêtir de notre sceau royal
    (descendant du trône et prenant la plume), et l'avons signé de notre
    main. Henri de Valois.» (Passant la plume au duc de Guise) A vous,
    mon cousin; à vous qui êtes le premier du royaume, après moi…Eh
    bien, vous hésitez? Croyez-vous que le nom de Henri de Valois et les
    trois fleurs de lis de France ne figurent pas aussi dignement au bas
    de cet acte que le nom de Henri de Guise et les trois merlettes de
    Lorraine? Par la mort-Dieu! vous vouliez un homme que possédât
    l'amour des Français…Est-ce que nous ne sommes pas aimé, monsieur
    le duc? Répondez d'après votre coeur. Vous vouliez un homme d'une
    haute noblesse; je me crois aussi bon gentilhomme que qui que ce soit
    ici. Signez donc, monsieur le duc, signez; car vous avez dit
    vous-même que quiconque ne signerait pas, serait un rebelle.

    LE DUC DE GUISE, à Catherine à part

    O Catherine, Catherine!

    HENRI, indiquant la place où Guise doit signer

    Là, monsieur le duc, au-dessous de moi.

    JOYEUSE

    Vive-Dieu! je ne m'attendais pas à celle-là. (Tendant la main pour
    prendre la plume) Après vous, monsieur de Guise.

    HENRI

    Oui, messieurs, signez, signez tous. D'Epernon, tu veilleras à ce
    que des copies de cet acte soient envoyées dans toutes les provinces
    de notre royaume.

    D'EPERNON

    Oui, sire.

    SAINT-PAUL, à demi-voix, au duc de Guise

    Nous n'avons pas été heureux, monsieur le duc, dans notre première
    entreprise.

    LE DUC DE GUISE, de même, à Saint-Paul

    La fortune nous doit un dédommagement; la seconde réussira. Mayenne
    est arrivé. Vous prendrez ses ordres.

    HENRI

    Messieurs, nous vous demandons bien pardon de cette longue séance;
    cela n'a pas été tout à fait aussi amusant qu'un bal masqué; mais
    prenez-vous-en à notre beau cousin de Guise; c'est lui qui nous y a
    forcé. Adieu, monsieur le duc, adieu. Veillez toujours sur les
    besoins de l'Etat, en bon et fidèle sujet, comme vous venez de le
    faire, et n'oubliez pas que quiconque n'obéira pas au chef que j'ai
    nommé sera déclaré coupable de haute trahison. Sur ce, je vous
    abandonne à la garde de Dieu, messieurs. Reste, Saint-Mégrin…
    Etes-vous contente de moi, ma mère?

    CATHERINE

    Oui, mon fils; mais n'oubliez pas que c'est moi…

    HENRI

    Non, non, ma mère; d'ailleurs, vous vous chargeriez de m'en faire
    souvenir,…n'est-ce pas?

    SAINT-MEGRIN, à part

    Elle m'attend, et le roi m'a dit de rester. (Tous sortent sauf Henri
    et Saint-Mégrin)

    SCENE VII

    HENRI, SAINT-MEGRIN

    HENRI

    Eh bien, Saint-Mégrin, j'ai profité, je l'espère, de tes conseils;
    j'ai détrôné mon cousin de Guise, et me voilà roi des ligueurs, à sa
    place.

    SAINT-MEGRIN

    Puissiez-vous ne pas vous en repentir, sire! mais cette idée n'est
    pas de vous. J'y ai reconnu…

    HENRI

    Eh bien, quoi?…Parle…

    SAINT-MEGRIN

    La politique cauteleuse de votre mère…Elle croit avoir tout gagné,
    lorsqu'elle a gagné du temps. Je me doutais qu'elle machinait
    quelque chose contre le duc de Guise…Je l'avais entendue, en lui
    parlant, l'appeler son ami. Quant à vous, sire, c'est à regret que
    je vous ai vu signer cet acte. Vous étiez roi, vous n'êtes plus
    qu'un chef de parti.

    HENRI

    Et que fallait-il donc faire?

    SAINT-MEGRIN

    Repousser la politique florentine, et agir franchement.

    HENRI

    De quelle manière?

    SAINT-MEGRIN

    En roi…Vive-Dieu! les preuves de la rebellion de M. le duc de Guise
    ne vous auraient pas manqué.

    HENRI

    Je les avais.

    SAINT-MEGRIN

    Il fallait donc vous en servir et le faire juger.

    HENRI

    Les parlements sont pour lui.

    SAINT-MEGRIN

    Il fallait imposer aux parlements la puissance de votre volonté. La
    Bastille a de bonnes murailles, de larges fossés, un gouverneur
    fidèle; et M. de Guise, en s'y rendant, n'aurait eu qu'à suivre les
    traces des maréchaux de Montmorency et de Cossé.

    HENRI

    Mon ami, il n'y a pas de murailles assez solides pour enfermer un tel
    prisonnier…Je ne connais qu'un cercueil de plomb et un tombeau de
    marbre qui puissent m'en répondre…Mets-le seulement en état d'y
    entrer, Saint-Mégrin,…et je me charge de faire fondre l'un et
    d'élever l'autre.

    SAINT-MEGRIN

    Et, cela étant, sire, il sera puni, il est vrai, mais non pas comme
    il l'aura mérité.

    HENRI

    Peu m'importe la différence des moyens, quand le résultat est le
    même…J'espère, Saint-Mégrin, que tu n'as rien négligé pour te
    préparer à ce combat.

    SAINT-MEGRIN

    Non sire; mais je n'ai pas encore eu le temps d'accomplir mes devoirs
    religieux.

    HENRI

    Comment, tu n'en as pas eu le temps?…As-tu donc oublié le duel de
    Jarnac et de la Chataigneraie?…Il avait été fixé à quinze jours de
    celui du défi…Eh bien, ces quinze jours, Jarnac les a passés en
    prières, tandis que Chataigneraie courait de plaisirs en plaisirs,
    sans penser autrement à Dieu…Aussi, Dieu l'a puni, Saint-Mégrin.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, mon intention est d'accomplir tous mes devoirs de chrétien;
    mais, auparavant, il en est d'autres qui m'appellent…Permettez…

    HENRI

    Comment, d'autres?

    SAINT-MEGRIN

    Sire, ma vie est entre les mains de Dieu…et, s'il a décide ma mort,
    sa volonté soit faite!

    HENRI

    Eh!…que dites-vous là…Votre existence vous appartient-elle,
    monsieur, pour en faire si peu de cas?…Non, par la mort-Dieu! elle
    est à nous qui sommes votre roi et votre ami. Quand il s'agira de
    vos affaires, vous vous laisserez tuer, si tel est votre bon plaisir;
    mais, quand il s'agira des nôtres, monsieur le comte, nous vous
    prions d'y regarder à deux fois.

    SAINT-MEGRIN

    Vrai-Dieu! sire, je ferai de mon mieux; soyez tranquille.

    HENRI

    Tu feras de ton mieux?…Ce n'est point assez: fais-lui jurer qu'il
    n'a ni plastron, ni talisman, ni armes cachées; et, quand il l'aura
    fait, alors rappelle toute ta force, tout ton courage; pousse
    vivement à lui.

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire.

    HENRI

    Une fois délivré de lui, vois-tu, nous ne sommes plus deux en France,
    je suis vraiment roi,…vraiment libre…Ma mère va être fière du
    conseil qu'elle m'a donné; car, tu avais raison, il vient d'elle, et
    il faudra que je le paye en obéissance…

    SAINT-MEGRIN

    Sire, Dieu et mon épée me seront en aide.

    HENRI

    Ton épée, je veux en juger par moi-même… (Il appelle) Du Halde!
    apporte des épeés émoussées.

    SAINT-MEGRIN

    Sire, est-ce à une pareille heure, quand Votre Majesté doit avoir
    besoin de repos?…

    HENRI

    Du repos!…du repos!…Ils sont tous à me parler de repos!…
    Crois-tu qu'il dorme, lui?…ou, s'il dort, que rêve-t-il? Qu'il
    commande insolemment sur le trône de France, et que moi…moi, son
    roi…je prie humblement dans un cloître…Un roi ne dort pas,
    Saint-Mégrin. (Appelant) Du Halde! donne-nous ces épées.

    SAINT-MEGRIN

    L'heure s'envole; elle m'attend. (Haut) Sire, il m'est impossible;
    vous m'avez rappelé des devoirs sacrés, il faut que je les
    accomplisse.

    HENRI

    Eh bien, écoute, demain… (L'heure sonne) Attends, c'est minuit je
    crois?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire, c'est minuit.

    HENRI

    Chaque fois que sonne cette heure, je prie Dieu de bénir le jour où
    je vais entrer…Il faut que je te quitte; mais viens me trouver
    demain avant le combat. Du Halde, porte ces épées dans ma chambre.

    SAINT-MEGRIN

    J'irai, sire, j'irai.

    HENRI

    Bien, je compte sur toi.

    SAINT-MEGRIN

    Maintenant, je puis me retirer. Votre Majesté est satisfaite.

    HENRI

    Oui, le roi est si content, que l'ami veut faire quelque chose pour
    toi…Tiens, voici un talisman sur lequel Ruggieri a prononcé des
    charmes; celui qui le porte ne peut mourir, ni par le fer, ni par le
    feu. Je te le prête; tu me le rendras, au moins, après le combat?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, sire…

    HENRI

    Adieu, Saint-Mégrin.

    SAINT-MEGRIN

    Adieu, sire, adieu!… (Le roi sort)

    SCENE VIII

    SAINT-MEGRIN, GEORGES

    SAINT-MEGRIN

    Je suis seul, enfin. (Appelant) Georges!…Ah! te voilà…Mon
    costume…Bien…Aide-moi!…Aide-moi!…

    GEORGES

    Vous allez sortir…Voulez-vous que je fasse venir une chaise à
    porteurs?

    SAINT-MEGRIN

    Non…

    GEORGES

    Le temps est à l'orage.

    SAINT-MEGRIN

    Oui. (Allant à la fenêtre, avec un rire convulsif) Il n'y aura
    bientôt plus une étoile au ciel…

    GEORGES

    Et vous allez sortir à pied?

    SAINT-MEGRIN

    Oui, à pied…

    GEORGES

    Sans armes?…

    SAINT-MEGRIN

    J'ai mon épée et mon poignard, cela suffit…Cependant, donne-moi
    l'épée de Schomberg; elle est plus forte. (A part) Je vais la voir;
    encore un instant et je suis à ses pieds.

    GEORGES

    La voici…Voulez-vous que je vous accompagne?

    SAINT-MEGRIN

    Non. Il faut que je sorte seul.

    GEORGES

    A minuit passé!…que dirait votre mère si elle savait?

    SAINT-MEGRIN

    Ma mère!…oui, oui, tu as raison…L'orage s'étend…Ma pauvre
    mère!…je voudrais bien la revoir,…ne fût-ce qu'un instant.
    Ecoute: tu lui donneras cette chaîne (coupant une boucle de ses
    cheveux avec son poignard), ces cheveux, demain, si tu ne me vois
    pas, entends-tu?

    GEORGES

    Et pourquoi, pourquoi?…

    SAINT-MEGRIN

    Tu ne sais pas, tu ne sais pas…Donne-moi mon manteau…

    GEORGES

    Mon maître,…mon jeune maître,…ne sortez pas, au nom du ciel!…la
    nuit sera terrible.

    SAINT-MEGRIN

    Oui, peut-être terrible… (A part) n'importe, il le faut, elle
    m'attend; j'ai tardé beaucoup…Malédiction! s'il était trop tard…

    GEORGES

    Au nom du ciel, laissez-moi vous suivre.

    SAINT-MEGRIN, avec colère

    Reste, je te l'ordonne.

    GEORGES

    Mon maître!

    SAINT-MEGRIN, lui tendant la main

    Non! embrasse-moi…Adieu…N'oublie pas ma mère.

    ACTE CINQUIEME

    Le salon dans lequel la duchesse de Guise est enfermée

    SCENE PREMIERE

    LA DUCHESSE DE GUISE, seule

    (Elle a encore sur la tête les fleurs dont elle était parée au
    troisième acte; elle écoute sonner l'heure)

    Minuit et demi…Avec quelle lenteur l'heure se traîne…Oh! s'il
    pouvait m'aimer assez peu pour ne pas venir…Jusqu'à une heure du
    matin, les portes de l'hôtel resteront ouvertes; déjà j'y ai vu
    entrer les ligueurs qui doivent s'y réunir. Sans doute, il n'était
    pas avec eux. Encore une demi-heure d'angoisses et de tourments…
    et, depuis deux heures que je suis enfermée dans cette chambre, je
    n'ai fait qu'écouter si je n'entendais point le bruit de ses pas.
    J'ai voulu prier;…prier!… (Ecoutant en se rapprochant de la
    porte) Ah! mon Dieu! Non…non…ce n'est pas encore lui… (Allant
    à la fenêtre) Si cette nuit était moins sombre, je pourrais
    l'apercevoir, et, par quelque signe, peut-être, l'avertir du danger;
    mais nul espoir!…La porte de l'hôtel se referme!…il est sauvé!
    pour cette nuit du moins…Quelque obstacle l'aura arrêté loin de
    moi. Arthur n'aura pu le trouver; et peut-être, demain, sera-t-il
    quelque moyen de lui faire connaître le piège où on voulait
    l'attirer. Oh! oui, j'en trouverai…je… (Ecoutant) J'ai cru
    entendre. (S'approchant de la porte) Des pas, encore! Sont-ce ceux
    de M. de Guise?…Non, non,…On monte; on s'arrête. Ah! on se
    rapproche…On vient! (Avec effroi) N'entrez pas! n'entrez pas!
    fuyez! Fuir, et comment? C'était derrière lui que la porte s'était
    refermée. Ah! mon Dieu! plus d'espoir!

    (La porte s'ouvre; elle recule à mesure que Saint-Mégrin s'avance)

    SCENE II

    LA DUCHESSE DE GUISE, SAINT-MEGRIN

    SAINT-MEGRIN

    Je ne m'étais donc pas trompé; c'était votre voix que j'avais
    entendue; elle m'a guidé!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ma voix! ma voix! elle vous disait de fuir.

    SAINT-MEGRIN

    Que j'étais insensé! je ne pouvais croire à tant de bonheur!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Cette porte est encore ouverte! fuyez, monsieur le comte, fuyez!

    SAINT-MEGRIN

    Ouverte! oui…Imprudent que je suis! (Il la referme)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le comte, écoutez-moi!

    SAINT-MEGRIN

    Oh! oui, oui! parle! j'ai besoin de t'entendre, pour croire à ma
    félicité.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Fuyez, fuyez! la mort est là!…des assassins!

    SAINT-MEGRIN

    Que dites-vous! quels sont ces mots de mort et d'assassins?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh! écoutez-moi,…écoutez-moi…Au nom du ciel! sortez de ce délire
    insensé…Il y va de la vie, vous dis-je! ils vous ont attiré dans un
    piège infernal; ils veulent vous assassiner.

    SAINT-MEGRIN

    M'assassiner! cette lettre n'était donc pas de vous?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Elle était de moi; mais la violence, la torture…Voyez! (Elle lui
    montre son bras) Voyez…

    SAINT-MEGRIN

    Ah!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'est moi qui ai écrit ce billet;…mais c'est le duc qui l'a dicté.

    SAINT-MEGRIN, le déchirant

    Le duc! et j'ai pu croire?…Non, non, je ne l'ai pas cru un seul
    instant. Mon Dieu! mon Dieu! mon Dieu! elle ne m'aime pas!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Maintenant que vous savez tout, fuyez, fuyez! je vous l'ai dit, il y
    va de la vie.

    SAINT-MEGRIN

    Elle ne m'aime pas…

    (Il met sa main dans sa poitrine, et la meurtrit)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oh mon Dieu! mon Dieu!

    SAINT-MEGRIN, riant

    C'est ma vie, dites-vous, qu'ils veulent? Eh bien, je vais la leur
    porter, mais sans rien conserver de vous! tenez, voilà ce bouquet,
    que mon existence a failli payer. D'un mot, vous m'avez détaché de
    la vie, comme ces fleurs de leur tige…Adieu! adieu! pour jamais!
    (Il veut rouvrir la porte) Cette porte est renfermée.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    C'est lui! il sait déjà que vous êtes ici.

    SAINT-MEGRIN

    Ah! qu'il vienne! qu'il vienne! Henri! n'auras-tu de courage que
    pour meurtrir les bras d'une femme?…Ah! viens! viens!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ne l'appelez pas! ne l'appelez pas! il doit venir!…

    SAINT-MEGRIN

    Que vous importe? je vous suis indifférent. Ah! la pitié! oui…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mais, si vous m'aidiez, peut-être pourriez-vous fuir.

    SAINT-MEGRIN

    Moi, fuir! et pourquoi? ma mort et ma vie ne sont-elles pas des
    événements également étrangers dans votre existence?…Fuir! et
    fuirais-je aussi votre indifférence, votre haine peut-être?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mon indifférence! ma haine! ah! plût au ciel!…

    SAINT-MEGRIN

    Plût au ciel! dis-tu? Un mot, un mot encore, et je t'obéirai
    aveuglement…Dis; ma mort doit-elle être pour toi plus affreuse que
    l'assassinat d'un homme?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Grand Dieu! il le demande…Oh! oui, oui.

    SAINT-MEGRIN

    Tu ne me trompes pas! je te rends grâce! Tu parlais de fuir! de
    moyens! Quels sont-ils? Fuir, moi, fuir devant le duc de Guise?…
    Jamais!…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ce n'est pas devant le duc de Guise que vous fuiriez, c'est devant
    des assassins. Retenu dans une autre partie de l'hôtel, par cette
    réunion de ligueurs, il a voulu s'assurer qu'une fois ici, vous ne
    sauriez lui échapper. Si nous pouvions seulement fermer cette porte,
    nous aurions encore quelques instants; mais la barre en a été
    enlevée; une seconde clef est entre ses mains (cherchant), et
    l'autre…

    SAINT-MEGRIN

    N'est-ce que cela? Attendez. (Il brise la pointe de son poignard
    dans la serrure) Maintenant, cette porte ne s'ouvrira plus qu'on ne
    l'enfonce.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Bien! bien! cherchons un moyen, une issue…Mes idées se heurtent! ma
    tête se brise!…

    SAINT-MEGRIN, s'élançant vers la fenêtre

    Cette fenêtre…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Gardez-vous-en bien! vous vous tueriez!

    SAINT-MEGRIN

    Me tuer sans vengeance! Vous avez raison; je les attendrai.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    O mon Dieu! mon Dieu! secourez-nous! Oh! toutes les mesures de
    vengeance ne sont que trop bien prises…Et c'est moi, moi qui n'ai
    pas pu souffrir… (Tombant à genoux) Comte, au nom du ciel! votre
    pardon (se relevant), ou plutôt, non, non, ne me pardonnez pas…et,
    si vous mourez, je mourrai avec vous. (Elle tombe dans un fauteuil)

    SAINT-MEGRIN, à ses pieds

    Eh bien, rends-moi donc la mort plus douce. Dis, dis-moi que tu
    m'aimes…C'est un pied dans la tombe que je t'en conjure. Je ne
    suis plus pour toi qu'un mourant. Les préjugés du monde
    disparaissent, les liens de la société se brisent devant l'agonie.
    Entoure mes derniers moments des félicités du ciel…Ah! dis, dis-moi
    que je suis aimé.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Eh bien, oui, je vous aime! et depuis longtemps. Que de combats je
    me suis livrés pour fuir vos yeux, pour m'éloigner de votre voix!
    Vos regards, vos paroles me poursuivaient partout. Non! pour nous,
    la société n'a plus de liens, le monde n'a plus de préjugés…
    Ecoute-moi donc: oui, oui, je t'aime…Ici, dans cette même chambre,
    que de fois j'ai fui un monde que ton absence dépeuplait pour moi!
    que de fois je suis venue m'isoler avec mon amour et mes pleurs! Et,
    alors, je revoyais tes yeux, j'entendais encore tes paroles, et je te
    répondais. Eh bien, ces moments, ils ont été les plus doux de ma
    vie.

    SAINT-MEGRIN

    Oh! assez! assez! tu ne veux donc pas que je puisse mourir?…
    Malédiction!…Là, toutes les félicités de la terre, et là, la mort,
    l'enfer…Oh! tais-toi, ne me dis plus que tu m'aimes…Avec ta
    haine, j'aurais bravé leurs poignards; et, maintenant, ah! je crois
    que j'ai peur! Tais-toi! tais-toi!

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Saint-Mégrin, oh! ne me maudis pas.

    SAINT-MEGRIN

    Si, si, je te maudis, pour ton amour qui me fait entrevoir le ciel et
    mourir!…mourir, jeune, aimé de toi! Est-ce que je puis mourir?…
    Non, non; redis-moi que tout cela n'était qu'illusion et mensonge!

    (On entend du bruit)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ecoutez!…Ah! ce sont eux!

    SAINT-MEGRIN

    Ce sont eux. (Tirant son épée et s'appuyant dessus avec calme)
    Eloigne-toi; tu m'as vu faible, insensé; en face de la mort, je
    redeviens un homme…Eloigne-toi!

    LA DUCHESSE DE GUISE, après un moment de réflexion

    Saint-Mégrin! écoutez,…écoutez. Cette fenêtre, oui, oui! je m'en
    souviens…Il y a un balcon au premier étage; si vous l'atteignez une
    fois,…une ceinture,…une corde; vous pouvez descendre jusque-là,
    et alors vous êtes sauvé. (Cherchant) Mon Dieu! rien, rien.

    SAINT-MEGRIN

    Calme-toi! calme-toi! (Allant à la fenêtre) Si je pouvais seulement
    distinguer ce balcon!…mais rien qu'un gouffre.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ecoute…On entend du bruit dans la rue. (Se précipitant vers la
    fenêtre) Qui que vous soyez, au secours! au secours!

    SAINT-MEGRIN, l'arrachant de la fenêtre

    Que fais-tu? veux-tu les avertir? (Un paquet de cordes tombe dans la
    chambre) Qu'est cela?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! vous êtes sauvé! (Elle prend la corde) D'où cela vient-il? Un
    billet. (Elle lit) «Quelques mots que j'ai entendus m'ont tout
    appris. Je n'ai que ce moyen de vous sauver et je l'emploie.
    ARTHUR.» Arthur! O cher enfant! (A Saint-Mégrin) C'est Arthur;
    fuyez, fuyez vite!

    SAINT-MEGRIN, attachant la corde

    En aurai-je le temps? Cette porte (on l'agite violemment), cette
    porte…

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Attendez.

    (Elle passe son bras entre les deux anneaux de fer)

    SAINT-MEGRIN

    Ah! Dieu! que faites-vous?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Laisse! Laisse! c'est le bras qu'il a déjà meurtri.

    SAINT-MEGRIN

    J'aime mieux mourir.

    LE DUC DE GUISE, ébranlant la porte

    Ouvrez, madame, ouvrez.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Fuyez, fuyez! En fuyant, vous sauvez ma vie; si vous restez, je jure
    de mourir avec vous, et je mourrai déshonorée…Fuyez, fuyez!

    SAINT-MEGRIN

    Tu m'aimeras toujours?

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Oui, oui.

    LE DUC DE GUISE, en dehors

    Des leviers, des haches,…que j'enfonce cette porte.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Pars donc! oui…oui…adieu!

    SAINT-MEGRIN

    Adieu!…Vengeance!

    (Il met son épée entre ses dents et descend par la fenêtre)

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Mon Dieu! mon Dieu! je te remercie, il est sauvé. (Un moment de
    silence; puis tout à coup des cris, un cliquetis d'armes) Ah! (Elle
    quitte la porte, court à la fenêtre) Arthur! Saint-Mégrin!

    (Elle pousse un second cri, et revient tomber au milieu de la scène)

    SCENE III

    LA DUCHESSE DE GUISE, presque évanouie; LE DUC DE GUISE, suivi de
    SAINT-PAUL, et de PLUSIEURS HOMMES

    LE DUC DE GUISE, après un coup d'oeil rapide

    Il sera descendu par cette fenêtre…Mais Mayenne était dans la rue
    avec vingt hommes, et le bruit des armes…Va, Saint-Paul; vous,
    suivez-le. Va, et tu me diras si tout est fini. (Heurtant du pied la
    duchesse) Ah! c'est vous, madame. Eh bien, je vous ai ménagé un
    tête-à-tête.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Monsieur le duc, vous l'avez fait assassiner!

    LE DUC DE GUISE

    Laissez-moi, madame; laissez-moi.

    LA DUCHESSE DE GUISE, à genoux, le prenant à bras-le-corps

    Non, je m'attache à vous.

    LE DUC DE GUISE

    Laissez-moi, vous dis-je!…ou bien, oui, oui. Venez! à la lueur des
    torches, vous pourrez le revoir encore une fois. (Il la traîne
    jusqu'à la fenêtre) Eh bien, Saint-Paul?

    SAINT-PAUL, dans la rue

    Attendez; il n'est pas tombé seul. Ah! ah!

    LE DUC DE GUISE

    Est-ce lui?

    SAINT-PAUL

    Non, c'est le petit page.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Arthur! Ah! pauvre enfant!

    LE DUC DE GUISE

    L'auraient-ils laissé fuir?…Les misérables!…

    LA DUCHESSE DE GUISE, avec espoir

    Oh!…

    SAINT-PAUL

    Le voici.

    LE DUC DE GUISE

    Mort?

    SAINT-PAUL

    Non, couvert de blessures, mais respirant encore.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Il respire! On peut le sauver. Monsieur le duc, au nom du ciel…

    SAINT-PAUL

    Il faut qu'il ait quelque talisman contre le fer et contre le feu…

    LE DUC DE GUISE, jetant par la croisée le mouchoir de la duchesse de
    Guise

    Eh bien, serre-lui la gorge avec ce mouchoir; la mort lui sera plus
    douce; il est aux armes de la duchesse de Guise.

    LA DUCHESSE DE GUISE

    Ah! (Elle tombe)

    LE DUC DE GUISE, après avoir regardé un instant dans la rue

    Bien! et maintenant que nous avons fini avec le valet, occupons-nous
    du maître.

    End of Project Gutenberg's Henri III et sa Cour, by Alexandre Dumas (Père)

  • Espace Perdu Poésie

    Espace Perdu Poésie

    Aproximadamente 3.795 palavras.

    Copyright (C) 2002 by Huguette Bertrand

    Huguette Bertrand

    ESPACE PERDU

    imageries

    Éditions Naaman

    =========================================

    La folie m'engendre
    sous d'épaisses couvertures vertueuses
    les breloques m'étouffent l'oeil
    sclérose d'âme en devenir
    pétrie à même les nuances

    Corps d'avant
    corps mutant
    corpusculaire
    ouïr pour actionner le Verbe
    perdre la clef des champs

    Au grand Mât
    attachez vos ceintures
    on part en Vie
    en chemise de nuit
    par les méandres de l'irraisonnable
    vers le mausolée du Mot Dit

    ___________________________

    En vol plané
    je me perçois en délire
    l'ordre me rejoint en dégringolade
    je succombe aux jugements incrédules
    affolée de discours frénétiques
    j'accueille le silence
    Majesté immobile
    dépouillée

    ___________________________

    Les mots s'orgasmisent
    se contractent à souffle perdu
    on a dissous le corps
    le Vrai rejaillit
    en nuée d'images indélébiles
    suant de strangulation
    la phrase s'embryonne
    sur les pages labourées
    des lignes à la pelle ramassées
    jetées en défécations
    en bordure de falaises engouffrées

    ___________________________

    J'habite les mots signifiants
    d'une inconnue sagesse
    circulant sur les ondes
    éprise de vent libre

    Recrudescence de tempêtes abattues
    sur la cime perdue
    des regards avides
    cherchent la pulpe des chemins sinueux

    Grisée d'absolu
    d'insanité
    d'accords brisés
    du temps arrogant

    ___________________________

    Je flotte en moi
    à l'envers
    à l'endroit
    je pose sur mon autel
    tous mes sacrilèges de vie abandonnée
    je file vers mon désert
    accrochant ici
    une pensée fétide
    et là
    une bouée pour mes futurs naufrages

    Mon chemin habité d'images
    sillonne une froide vallée
    pays traqué et saturé de richesses interminables
    qui n'en finissent plus d'appauvrir

    Sur ma dune
    je compte mes moments d'amour
    enveloppée d'une cape tissée de rares visages
    attrapés au hasard du temps

    ___________________________

    Les images au rivage s'entrelacent
    roucoulent d'aise
    me provoquent

    Je les bois
    comme grâce en coupe
    à tire d'âme

    ___________________________

    Je cherche des mots

    abri de mes souffrances
    abri de mes attentes
    abri de mes lassitudes

    Je cherche des corps

    abri de chaleur
    abri de tendresse
    abri d'épanchements nouveaux

    Je cherche l'univers

    abri des nulles parts
    abri des ailleurs
    abri d'yeux perdus

    Je cherche des images

    abri des solitudes
    abri des habitudes
    abri des naufrages

    ___________________________

    Étreins le bouquet de pensées éparses
    tires-en le jus fabuleux des mots entendus
    distille le secret du langage perdu
    au fil des siècles vécus d'abus

    Abuse l'âme
    embaume de musique l'atmosphère en flammes
    brisée de morts subites
    je survis de grâces en songes

    Atterrée de phrases communes
    en échange de berceaux vides
    sueurs crépusculaires au goût enfiévré
    jette le manteau déjà trop usé
    par le fouet des vampires célestes

    Reviens me chuchoter l'éther où jadis je fus
    trempée de lumière
    transparente de sagesse
    fierté initiale

    J'essuie les chemins ancestraux
    je marche sur le feu des poètes maudits
    brûlée de frayeurs extatiques
    le lointain flambeau clignote des mots enchevêtrés
    qui m'enguirlandent d'extravagance

    Ô grandiose tourmente
    projette la pâleur de l'innocence
    au cerceau de vie restante
    sur le mur de la ressemblance

    ___________________________

    Musique des sons
    rapatriée et caressée par l'oreille écoutante
    choix déluré
    plaisir savoureux
    la matière grise se complait
    au glissement des mots choisis

    Bruissement sur l'âme qui s'enivre et se perd
    au fond du puits délabré de sa conscience
    surhumaine

    Passible de ravivance acharnée
    jointe au corps universel
    emballée

    au son dégagé de piètre chair
    ensorcelée d'infini et d'excroissance

    ___________________________

    Je rage
    j'éclate
    et me fonds dans l'abîme de ma foudre
    j'enchaîne mes désespoirs
    à l'arbre mort de l'existence
    j'élève le pilier de mes attitudes
    résistant ainsi au bourdonnement de la solitude

    Je reconnais enfin la vie
    espace aux dimensions inconnues
    ravie de couleurs transparentes et nues
    j'entrevois le feu d'un désir inassouvi
    là où une pâle lueur attise cette soif
    dénaturée

    Par-delà le temps
    par-delà l'espace
    des chimères se déversent en rosée bouillonnante
    sur mes rêves emmêlés
    mes nuits de blanc vêtues
    s'égorgent aux souvenirs des matins
    d'une vie non vécue

    ___________________________

    Je parle des roches qui pensent
    Je parles des arbres qui pleurent
    Je parle du sable qui rit
    Je parle de la terre qui grogne

    Je croque la barre du jour
    Je croque mes peines d'amour
    Je croque les fruits d'hiver
    Je croque les âmes d'hier

    J'écris les mots perdus
    J'écris les saisons nues
    J'écris sur l'écorce du temps

    d'intimes pensées qui jaillissent
    de l'étang des murmures

    ___________________________

    La nudité du temps s'enroule
    autour des matins refleuris

    Je baigne mon corps
    dans la rosée limpide des herbes suspendues

    Je goûte la beauté
    d'une fleur éveillée
    au doux froissement
    d'une aile brisée

    ___________________________

    Ai découvert l'entrée du tunnel
    qui me sillonne au plus loin du plus loin
    comme au tréfonds du volcan
    la vie filtre le sens des choses
    les purifie
    les asperge d'un fluide nouveau
    les émotions réalisent de nouvelles ombres
    comme des ombrelles
    pour rafraîchir les passions toutes neuves

    Départ

    Silence

    La mort n'existe plus
    on l'a enterrée hier
    derrière le paysage broque en loque
    une nouvelle toile représente les armées de soleils
    le chemin prend feu à leur passage
    un sillage à suivre
    embrasant l'âme en ébullition

    ___________________________

    J'ai vu la gloire d'un matin à jamais disparu
    j'ai vu une longue journée s'abattre sur le soir
    un fracas de nuit à perte de sommeil

    J'ai vu la marche de l'inconscience
    couvrir le brasier d'indolente survivance
    j'ai vu le plafond dissimulé des étouffantes villes
    j'ai vu le spectre
    l'ai apprivoisé comme hirondelles en cage bronzée

    ___________________________

    Je me retire de ma peau
    pour mieux voir les couleurs opaques
    de l'oeil qui s'ennuie
    vertige de l'arbre qui tombe sur l'os

    Je chausse mes pas en marche avant
    pour surprendre le temps qu'il fera
    à l'appel du bras levé
    je plie mon espace
    à la recherche d'un lieu vide
    exploration mutilée aux portes closes
    l'élan s'abat en trombe
    percussion qui retentit
    sur le mur de l'infini
    gestation de vie d'ailleurs

    Ne jamais rencontrer l'ailleurs
    objet du songe
    signe de turbulence
    retour

    ___________________________

    Qui es-tu
    Où est-tu
    Grand Invisible

    Hier fut
    demain sera
    mais aujourd'hui n'est pas

    Serais-tu à la mesure de mes aspirations
    fixé au coin de l'oeil
    en larme coincée

    ma joue t'aspire
    tu n'y es pas
    reflet opaque qui me retransmet mon image

    ___________________________

    Je me promène en tenue de mort
    laissant mon vieux manteau rapiécé
    sur une chaise pliante d'usure

    Je couche mon corps dans une nuée humide
    terrassée d'ignorance figée
    prête à l'emploi du temps

    Je rêve d'étrangetés sympathiques
    osées et laconiques
    pudeur indélébile

    Je regorge de fantasmes impudiques
    paroxysme de vertus oubliées
    je bois ma liberté à plein verre

    À ta santé ma vie

    ___________________________

    Ô Terre
    toi que j'ai choisie pour naître
    tu regorges d'exploits meurtriers
    tes millénaires t'angoissent
    on t'as extirpé ton harmonie
    déréglé ton train de vie
    tu te suffis à toi-même
    impotente
    nos pieds te sont lourds
    agressée
    tu t'éteins comme un ancien soleil
    étouffée
    tu rétrécis à nos quatre milliards
    de paires d'yeux

    Fruit d'azur confit
    notre désordre n'a nul refuge
    qu'une étoile morte-née

    Adam nous a trompés
    jardin délicieux abandonné
    source d'avenir tarie
    je me vomis
    attendant d'être cueillie
    par quelques gueux affamés
    de l'au-delà

    Et que le spectacle continue
    malgré le rideau tombé

    ___________________________

    Je me baigne dans la pourriture
    de ma sécheresse
    m'abreuvant au fiel de la terre
    j'enfonce mon corps en lambeaux
    dans les sables verts d'un tombeau

    Je meurs d'espoir d'en sortir
    du jour où j'emboîterai le pas
    vers un nouveau trépas

    Refaçonnée par les ténèbres
    habituée d'espace réduit
    je marcherai d'appuis nouveaux
    sur les sentiers battus
    refleuris par les tombeaux

    ___________________________

    Le ruisseau me traverse
    rafraîchit mes passions
    de tendres tempêtes m'étranglent
    aux passages cloisonnés
    de frayeurs indignes
    la flèche dorée indique la proue du naufrage
    à jamais récupérée

    Brune brume
    blanche frange
    du temps effrité
    à chercher le lointain
    sublime désir
    pensée qui sourit au vent nonchalant

    Branle-bas ébruité de chaleur posthume
    d'ogives à perdre la tête
    renversé de poussière insidieuse
    enflammé de vampires attablés
    au festin de champignons brûlants
    assaisonné de chairs fumantes
    douces aux palais languissants
    des pantins sans fil
    et filant sans rêve

    Obscurci de mauves images
    l'Univers bouillonne
    attendant le renouveau
    des amours endurcies

    ___________________________

    Assise au bord du temps
    pieds flottant dans l'espace
    je mesure l'immensité
    pur coucher mon impatience

    Une spirale s'installe sur un vague regard
    elle s'étale et se contracte
    aux battements de paupières
    une minuscule bille s'en détache d'instinct
    et manipule son destin
    suspendue à l'horizon
    elle me fait révérence
    et s'agite à mes sombres pensées
    à tâtons
    elle roule sur mes genoux
    se découvre sans pudeur
    laissant apercevoir ses cicatrices
    en champ de bataille

    Mes pensées frémissent à ce spectacle
    je pleure pour éteindre ces haines
    les murs honteux et sordides
    fondent en tristesse
    d'où s'échappent
    quelques rares ombres de vie

    ___________________________

    Pas renchaussés aux fenêtres aperçus
    abîme de lassitude
    le pas de deux gesticule
    en crescendo torturé
    se dédouble aux mesures
    en saccades refoulées
    corps démembré
    articulé d'un sourire
    d'une faiblesse incontinente
    cherche des yeux attendris
    attendant ton bol de riz
    bavure de guerre
    crachat d'homme
    indigne humanité
    aux vertus sombrées dans l'oubli
    jungle humaine
    que le plus fort l'emporte
    éhonté de tendresses ensommeillées
    au profondeur des charniers
    repoussante vérité évitée
    en homélies endimanchées
    entachant la sainteté des bêtes bien pensantes
    orgueil des clochers qui s'agenouillent
    en vapeurs cristallisées
    voilée en myopie déambulante
    les regrets développés en chambre noire
    apparaissent en négatif mythique

    Le pas de deux s'éternise
    de sale en sale
    de mal en pieds
    de pieds sans pied
    de sang séché
    au bord des routes oubliées

    ___________________________

    Au menu du jour
    la paix
    au fond des déserts
    au bord de la mer
    la paix
    dans les salons
    sur les balcons
    la paix
    aux lèvres des canons
    en tête des nations
    la paix
    Au fond des chaudrons
    il brûle un lampion
    la paix

    MAUDITE PAIX

    Crache le feu
    la tête sur la pierre
    en avant la guerre
    mange-la ta misère
    dévorons tous nos frères
    en avant la guerre
    passe en avant
    moi je n'sais pas comment
    en avant la guerre

    Rongé de rouille
    rouillé de guerre

    LA PAIX

    ___________________________

    Masque craqué de plâtre rance
    respire aux fentes obstruées
    de suffisance inculte
    narcissique beauté
    au fond des rivières abruptes
    reflet de croquants péchés passionnés
    aux idées molles et délavées

    Soubresaut de brillance éteinte
    bleuté de marbre choisi
    insipide et saturé
    regret du temps inodore
    d'espace incolore
    ratisse les gouttes de vie
    qui s'effilochent à l'horizon muré et désespéré

    Le doigt s'imprime sur la barre du jour
    symphonie oblique
    chant de blé d'or terni
    le vermeil émerveille le regard cicatrisé
    de pleurs chaleureux et menacés

    ___________________________

    Sombre dent du temps
    dévorant les masses plissées
    yeux ternis par des regards aveugles
    rageuses dimensions illuminées de néant
    engloutissant les regards affamés

    Gorgée de vie amère
    ciguë des morts-vivants
    assoupis le corps
    enivré d'écoeurement
    crache ta mort
    aux oubliettes de temps

    ___________________________

    Ô Bêtise
    grande favorite humaine
    asperge la musique doucereuse
    des grandes frustrations
    à l'auberge des passions gélatineuses
    insatiable au coeur
    des chauves enlacements épars
    nourrie de miel suri
    holocauste des gratte-ciel
    emmurés de douleur

    Épines de pieds et humeur de têtes
    fourrée de dates millénaires
    charge les trépas
    de brillantes chaussées
    amusée de folles arabesques
    monture de chastes amazones nues et froides
    embuées de chaudes aisselles musclées
    de tendresse avertie

    ___________________________

    Clairvoyance néfaste
    souci des mythes
    aspergée de lait divin
    labeur de seins rajeunis
    aux lèvres gauches et gloutonnes
    assombrie de désirs d'absolu
    de lointains soubresauts

    Humeur du temps en broussaille
    jetée de lierres éperdues
    ensommeillée sur fond d'azur
    entachée de fuyants désirs

    L'innommable plaisir
    s'arrache les cervelles essoufflées
    apaisant les arpèges lancinants
    des complaintes tremblotantes

    ___________________________

    Source d'épanchements insalubres
    sotte vertu aux moeurs vétustes
    accrochée au mur des mémoires sauvages

    Pillage des forces vives et machinales
    détale les pentes glaciaires et déchaînées
    étouffé de mots vides et inversés

    Crache les histoires confondues
    de salive verdâtre et silencieuse
    coulant des crevasses multiples
    ouvertes au profond silence de froide terre

    ___________________________

    Qu'est que je lègue à mes enfants
    un dépotoir
    nos détritus
    nos chagrins
    nos abîmes

    Une lampe veille sur la commode
    immuable
    créative
    elle réinvente mes rêves
    mon engouement de vie
    elle réchauffe mon essence
    embrase l'éclat des jours subtils
    qui n'en finissent plus

    Qu'est-ce que je lègue à mes enfants
    un espace d'univers
    un soir de veille
    ou tout s'éteint sur la vastitude
    reste le temps des soupirs endormis
    au large de l'immensité redevenue claire
    à leurs toujours yeux d'enfants
    ébahis d'amour
    seul héritage

    ___________________________

    Je suis d'eau
    d'air
    de feu
    mes racines desséchées s'abreuvent
    aux souvenirs des astres fidèles
    dès que s'éteint le soleil
    à mon giron je retourne
    dessinant des rêves occultes
    aux parois de mes pensées
    j'étreins mon énergie
    pour raviver mes espérances

    Blottie au sein d'une eau nouvelle
    je me raconte l'histoire perdue du temps
    ce temps limpide
    au chêne rajeuni
    paré de feuilles éternelles

    ___________________________

    Je joue de l'émotion
    comme un piano railleur
    les notes de baladent
    en cris
    en pleurs

    Symphonie délirante
    jubilation
    extase
    accords torturés

    ___________________________

    Peur de jour
    peur de nuit
    brûlée d'amour latent
    choix de plumes endurcies au chagrin

    Bouche soyeuse
    orifice attendri
    aux couleurs sales et malveillantes
    en dimensions incomprises
    d'aspect lourd et aveuglant

    Trame de vie suspecte
    océan de stupeur
    glaise informe chavirée en poussière de lune

    Les déserts fourmillent de pluie desséchée
    de frêles senteurs rassurantes
    ornés de sentiers éperdus
    d'un bouquet de temps non éclos

    ___________________________

    Brebis galeuse à l'ouest
    tendre soupir à l'est
    que peut-on te reprocher
    d'être au rendez-vous
    toujours ponctuelle et joyeuse
    tu nous emportes dans tes bras
    quelques peu osseux
    mais qu'importe
    tu sais où tu vas
    tu embroches grands et petits
    tu dénoues les fils de vie
    et secoues la poussière couleur de terre
    emportée par le vent lunaire ou solaire

    Réalité mystérieuse
    tu essuies les mares de peines des regards
    appauvris
    les sombres taches pâlissent au fil des adieux

    Les ombres retournent à leurs nombrils
    et marchent à reculons
    comme pour espacer le temps
    retournant à leurs berceaux
    pour éviter ton spectre affolant

    Mais toi
    tu es printemps
    attendant le signal
    du prochain rendez-vous

    ___________________________

    La grisaille pleure
    sur le triste regard
    des ombres décharnées
    sépulture de vie
    aux rêves désertiques
    nonchalance du temps
    suspendue à l'espace indécis

    Ressuscitez bandes d'abrutis

    Suspendez cette grisaille
    au placard des arrière-cours
    laissez consumer vos songes affolants
    étreignez-les
    à en sortir le nectar enivrant
    soulez-vous en
    pour rallumer vos orbites closes

    Ainsi régénérés
    vous ferez de plus beaux cadavres

    ___________________________

    Semer des doutes en vos entrailles
    vous agresser et vous troubler
    planter en vos yeux
    des regards de mélancolie
    contourner vos nuits sèches
    et vos jours arides

    Torpeur

    Moisir dans vos greniers sans âge
    gémir sous vos langues mortes
    pour effacer vos mots creux
    ramasser les miettes de vos déserts
    en faire germer vos mornes amours

    ___________________________

    Chercher le dur
    trouver le mou
    enfilade trépassée
    ne revenir qu'au décan

    Toujours
    partout
    le bruit métallisé se meurt aux oreilles
    entonnoir d'ivresse haletante
    jeux de particules
    matrice décomposée

    Tromper l'oubli
    se moquer du noir tombé
    essuyer la trace de gauches pas
    sur la ligne du temps décadent

    Retenir le mot d'Amour
    marteler le temps brisé
    écorchure vive

    Baume

    ___________________________

    Accablante reprise de mélodies perdues
    charmes renouvelés de danses limpides
    enjambées célestes
    cycles obscurs à jamais rajeunis
    temps enflés de cruels désirs
    objet cataclysmique
    d'auréoles étouffantes et chancelantes
    mélancolie spectaculaire

    ___________________________

    Nue devant l'orage
    je saisis sa foudre
    pour ceindre mes reins brisés
    enfiévrée
    je bois à même les nuages
    pour étancher la brûlure qui perdure
    au coeur brut
    je sens poindre en moi
    un goût de nature suffocante
    rebelle au bois abandonné
    menu temps accompli en douceur primaire
    ajustée en sursaut
    cercle organique

    ___________________________

    L'accueil de la nature se fait pressant
    envoûtée de maladresse
    la solitude risque un pas chancelant
    vers une cathédrale verdoyante
    arrimée aux racines d'arbres
    elle s'incline devant beauté et rutilance
    risquer d'aventure un songe
    paraît malvenu en si bel enchantement
    nul besoin est de grossière mode

    En choeur déluré
    les têtes de violon sonorisent l'air du temps
    les chants sombrent au coeur
    en remous dépouillés
    le silence s'effrite
    à l'approche des grands arbres
    leur écorce s'enduit de sève
    laissant poindre l'aurore tant attendu
    enracinés l'un à l'autre
    leurs feuilles rougissent de contentement

    ___________________________

    Sautille la pluie
    sur tendres feuilles jaunies
    par le temps épars
    rose matin assombri
    au réveil des humains
    humecte la droiture du temps revenu
    soubresaut bouleversé
    à souillure approprié
    aux déchets terreux
    saute à rebrousse-poil
    en longs cheveux embroussaillés
    vers les espaces refleuris
    aux matins gris

    Assoupi de vertes langues assassines
    d'immondices endiablées
    luttant tête froide aux clochers ramurés
    stature titanesque
    aux rameaux tentaculaires
    pernicieux

    Beauté rattachée au cri voyant
    ébranlée de torpeur odieuse
    effilée de mélancolie sableuse

    ___________________________

    Le temps s'endort
    sur branche fragile
    transporté de rêves rajeunis
    il enjambe ses horizons flétris
    et sursaute aux gémissements
    des peines englouties

    * * * *

    Les folles voiles s'emportent
    aux légères brises de brume parfumée
    les décombres des flots
    engloutissent leur candeur
    enchevêtrées
    elles s'affolent
    crissant
    se rabattant sur l'horizon muet

    ___________________________

    Accoudés aux quais
    les chalands explorent les eaux noires
    d'une terre démente
    en brise étreinte
    loin derrière l'écume

    Mer éreintée de souffle perdu
    entre deux eaux de faune germée
    salvatrice d'indigènes
    elle attend l'hommage sacrificiel

    Qui viendra s'ébattre au rivage
    larmes à l'oeil ouvert
    glissant sur plumages
    au gré de mouettes en cage
    prisonnières du ciel en rage

    Erreur saisonnière
    le phare se cherche un écueil
    où briser ses feux complices

    ___________________________

    Les amants s'allument
    s'éteignent
    comme chant d'elles
    en dentelle

    Les escarmouches de nuit
    vident les tendresses
    happent les soupirs

    ___________________________

    Lorsque ton prolongement
    ébranle la cloison du délire
    la flamme jaillit de la source
    ravit les pensées obscures
    effaçant la détresse qui s'ennuie

    Le feu pleure sur ses cendres grises
    englouties dans l'abîme
    où les vagues écourtées
    se fracassent sur l'infini

    ___________________________

    Ô jouissance trop brève
    de corps emmêlés
    tu fais frissonner l'ombre brûlante
    des désirs consommés

    Que d'amours ont jailli
    de frêles chevauchées inertes
    étalant sur l'infini
    les bruits desséchés des soupirs

    L'ombre glaciaire sombrera
    vers les entrailles des passions brisées
    d'où jailliront les sueurs
    d'une trop légère brise

    ___________________________

    Coeur imbibé de lointains regrets
    sèche à l'aube
    des désirs à venir

    Ô gerbe cueillie du temps refleuri
    goûte le parfum
    d'une beauté éclatée

    ___________________________

    Semblable au sel de la mer
    semblable au feu de la terre
    tu ronges et fais trembler
    les épaves de la chair
    tu déchires le cosmos
    et délivres l'éros
    des abîmes de l'ignorance

    Enveloppe de tendresse
    le souffle des paresses
    ravive le temps
    d'une fable d'amants

    ___________________________

    Coeur séché derrière les volets entrouverts
    refus de tendresse mendiée aux portes closes
    les rires saccadés cachent la pendaison
    des oiseaux morts
    tu restes couchée sur ta dépendance
    tu abîmes la couleur de tes pensées
    en t'abritant sous l'ombre de ton ennui
    ta solitude s'entache de notes vides
    tu t'extasies devant tes murs gris peints en rose
    morose
    tes amours glissent au plancher froid et dur
    giseante
    tu fais l'amour en peau de vache
    entortillée autour de ton illusion

    ___________________________

    Vie démesurée
    vie en repli
    vie encerclée
    vie enchaînée
    vie à l'enchère
    vie rétrécie
    vie encadrée
    vie castrée

    L'esclave s'amenuise
    à n'en devenir qu'une idée libre

    Liberté macérée
    liberté inextinguible
    liberté d'assaut de mots inaudibles
    liberté clignotante aux coins des rues
    liberté qui aiguise la lame au coeur transpercé
    liberté qui brise le néant
    liberté
    liberté

    ___________________________

    En toile suspendue
    en jet d'humeur nocturne
    la forme s'informe de traits adroits
    en lignes détachées
    brisée d'espace inégaux
    de masses indécises
    elle projette un oeil oblique
    comme pour attendrir
    esseulée
    elle se superpose d'aise
    disparaît en elle-même
    réapparue en sons différents
    son chant attise
    retire ce qu'il a donné
    en mouvement inchangé
    elle se perçoit
    intouchable
    vit par couleurs
    nous danse dans l'oeil
    irrésistible

    ___________________________

    Ta main encerclant le cou
    repliée sur l'épaule
    en serre d'aigle affranchi
    regard de pauvre
    croisant ta désillusion
    ton maigre corps teigneux
    vogue sur le néant
    habité de volcans éteints
    ne demandant qu'à éclore en luminosité

    Tu ramasses ta tristesse desséchée
    au pied de l'escalier en lambeau
    transformée en flambeau
    tu chauffes comme un volcan réanimé
    tu surchauffes
    tu sursautes à ton verbe ignoré
    suite de vies fragmentées

    ___________________________

    Métalarmant
    chairs clinquantes
    roseargent
    en pot froid
    bois brillant
    toit hurlant ENTER

    Râ Soleil
    rameau séché
    martelé ENTER

    Effets spéciaux
    masses trouées
    éclaboussées
    fosses asceptiques ENTER

    Écho cuivré
    son brut
    verbe in vitro ENTER

    Blindage chromatique
    au fil ténu
    pucelage
    envolés mes bits
    bibites encéphaliques ENTER

    Chaos pack
    Blind colors RUN

    Bit… Bit… envolés en phrases à dentelle
    Bit… Bit… en chemise détach….Bit…Bit…
    couleurs à jam… Bit… Bit… touj… Bzzzzz

    ___________________________

    Star familiale
    berceau intime
    apaisement de faim
    de cris
    de maux écoutés
    chaussée d'aurore
    tu pleures d'inliberté
    tu habiles les habitudes d'essoufflement
    tu chantes l'ennui à bout de voix
    en secret
    tu mijotes dans tes chaudrons
    tu es sale à force de laver les autres
    tu boudes les amours à force d'aimer
    ta tendresse s'échappe comme une fuite de gaz
    tu essuies les paroles aux murs incrustées

    Ferme la porte
    ouvre la fenêtre
    ta tête aérée n'oxygène personne
    le branle-bas s'installe bras ballants
    les contraires s'attirent
    mais les satyres ne se contrarient plus
    tu laves tes chagrins aux cuves qui coulent
    et se meurent
    en avanit les machines
    jubilez

    Moi
    je rêve ma réalité
    en réalisant mes rêves
    mon fil de vie ne tient qu'au plomb gravé
    de mots rendus
    de mots réchappés
    de mots vivants
    images et sons enfin libres

    =====================================

    © Éditions Naaman et Huguette Bertrand
    Sherbrooke (Québec) Canada
    coll. AMORCES, no 44
    Dépôt légal / Deuxième trimestre 1985
    BNQ et BNC – ISBN 2-89040-343-2
    Tous droits réservés – All rights reserved

    ===========================================================

    End of Project Gutenberg's Espace perdu, poésie, by Huguette Bertrand

    Jim Blog https://blog.mabo.cc Jim — Accessible Converter - Em vez de obrigar os usuários a baixar arquivos, ele torna o conteúdo navegável na web. Wed, 14 Oct 2026 21:29:59 +0000 pt-BR hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.1.3 https://blog.mabo.cc/wp-content/uploads/2026/10/cropped-logo-32x32.png Jim Blog https://blog.mabo.cc 32 32 257901688 Espace Perdu Poésie https://blog.mabo.cc/espace-perdu-poesie/ https://blog.mabo.cc/espace-perdu-poesie/#respond Wed, 14 Oct 2026 21:29:59 +0000 https://blog.mabo.cc/espace-perdu-poesie/

    Espace Perdu Poésie

    Aproximadamente 3.795 palavras.

    Copyright (C) 2002 by Huguette Bertrand

    Huguette Bertrand

    ESPACE PERDU

    imageries

    Éditions Naaman

    =========================================

    La folie m'engendre
    sous d'épaisses couvertures vertueuses
    les breloques m'étouffent l'oeil
    sclérose d'âme en devenir
    pétrie à même les nuances

    Corps d'avant
    corps mutant
    corpusculaire
    ouïr pour actionner le Verbe
    perdre la clef des champs

    Au grand Mât
    attachez vos ceintures
    on part en Vie
    en chemise de nuit
    par les méandres de l'irraisonnable
    vers le mausolée du Mot Dit

    ___________________________

    En vol plané
    je me perçois en délire
    l'ordre me rejoint en dégringolade
    je succombe aux jugements incrédules
    affolée de discours frénétiques
    j'accueille le silence
    Majesté immobile
    dépouillée

    ___________________________

    Les mots s'orgasmisent
    se contractent à souffle perdu
    on a dissous le corps
    le Vrai rejaillit
    en nuée d'images indélébiles
    suant de strangulation
    la phrase s'embryonne
    sur les pages labourées
    des lignes à la pelle ramassées
    jetées en défécations
    en bordure de falaises engouffrées

    ___________________________

    J'habite les mots signifiants
    d'une inconnue sagesse
    circulant sur les ondes
    éprise de vent libre

    Recrudescence de tempêtes abattues
    sur la cime perdue
    des regards avides
    cherchent la pulpe des chemins sinueux

    Grisée d'absolu
    d'insanité
    d'accords brisés
    du temps arrogant

    ___________________________

    Je flotte en moi
    à l'envers
    à l'endroit
    je pose sur mon autel
    tous mes sacrilèges de vie abandonnée
    je file vers mon désert
    accrochant ici
    une pensée fétide
    et là
    une bouée pour mes futurs naufrages

    Mon chemin habité d'images
    sillonne une froide vallée
    pays traqué et saturé de richesses interminables
    qui n'en finissent plus d'appauvrir

    Sur ma dune
    je compte mes moments d'amour
    enveloppée d'une cape tissée de rares visages
    attrapés au hasard du temps

    ___________________________

    Les images au rivage s'entrelacent
    roucoulent d'aise
    me provoquent

    Je les bois
    comme grâce en coupe
    à tire d'âme

    ___________________________

    Je cherche des mots

    abri de mes souffrances
    abri de mes attentes
    abri de mes lassitudes

    Je cherche des corps

    abri de chaleur
    abri de tendresse
    abri d'épanchements nouveaux

    Je cherche l'univers

    abri des nulles parts
    abri des ailleurs
    abri d'yeux perdus

    Je cherche des images

    abri des solitudes
    abri des habitudes
    abri des naufrages

    ___________________________

    Étreins le bouquet de pensées éparses
    tires-en le jus fabuleux des mots entendus
    distille le secret du langage perdu
    au fil des siècles vécus d'abus

    Abuse l'âme
    embaume de musique l'atmosphère en flammes
    brisée de morts subites
    je survis de grâces en songes

    Atterrée de phrases communes
    en échange de berceaux vides
    sueurs crépusculaires au goût enfiévré
    jette le manteau déjà trop usé
    par le fouet des vampires célestes

    Reviens me chuchoter l'éther où jadis je fus
    trempée de lumière
    transparente de sagesse
    fierté initiale

    J'essuie les chemins ancestraux
    je marche sur le feu des poètes maudits
    brûlée de frayeurs extatiques
    le lointain flambeau clignote des mots enchevêtrés
    qui m'enguirlandent d'extravagance

    Ô grandiose tourmente
    projette la pâleur de l'innocence
    au cerceau de vie restante
    sur le mur de la ressemblance

    ___________________________

    Musique des sons
    rapatriée et caressée par l'oreille écoutante
    choix déluré
    plaisir savoureux
    la matière grise se complait
    au glissement des mots choisis

    Bruissement sur l'âme qui s'enivre et se perd
    au fond du puits délabré de sa conscience
    surhumaine

    Passible de ravivance acharnée
    jointe au corps universel
    emballée

    au son dégagé de piètre chair
    ensorcelée d'infini et d'excroissance

    ___________________________

    Je rage
    j'éclate
    et me fonds dans l'abîme de ma foudre
    j'enchaîne mes désespoirs
    à l'arbre mort de l'existence
    j'élève le pilier de mes attitudes
    résistant ainsi au bourdonnement de la solitude

    Je reconnais enfin la vie
    espace aux dimensions inconnues
    ravie de couleurs transparentes et nues
    j'entrevois le feu d'un désir inassouvi
    là où une pâle lueur attise cette soif
    dénaturée

    Par-delà le temps
    par-delà l'espace
    des chimères se déversent en rosée bouillonnante
    sur mes rêves emmêlés
    mes nuits de blanc vêtues
    s'égorgent aux souvenirs des matins
    d'une vie non vécue

    ___________________________

    Je parle des roches qui pensent
    Je parles des arbres qui pleurent
    Je parle du sable qui rit
    Je parle de la terre qui grogne

    Je croque la barre du jour
    Je croque mes peines d'amour
    Je croque les fruits d'hiver
    Je croque les âmes d'hier

    J'écris les mots perdus
    J'écris les saisons nues
    J'écris sur l'écorce du temps

    d'intimes pensées qui jaillissent
    de l'étang des murmures

    ___________________________

    La nudité du temps s'enroule
    autour des matins refleuris

    Je baigne mon corps
    dans la rosée limpide des herbes suspendues

    Je goûte la beauté
    d'une fleur éveillée
    au doux froissement
    d'une aile brisée

    ___________________________

    Ai découvert l'entrée du tunnel
    qui me sillonne au plus loin du plus loin
    comme au tréfonds du volcan
    la vie filtre le sens des choses
    les purifie
    les asperge d'un fluide nouveau
    les émotions réalisent de nouvelles ombres
    comme des ombrelles
    pour rafraîchir les passions toutes neuves

    Départ

    Silence

    La mort n'existe plus
    on l'a enterrée hier
    derrière le paysage broque en loque
    une nouvelle toile représente les armées de soleils
    le chemin prend feu à leur passage
    un sillage à suivre
    embrasant l'âme en ébullition

    ___________________________

    J'ai vu la gloire d'un matin à jamais disparu
    j'ai vu une longue journée s'abattre sur le soir
    un fracas de nuit à perte de sommeil

    J'ai vu la marche de l'inconscience
    couvrir le brasier d'indolente survivance
    j'ai vu le plafond dissimulé des étouffantes villes
    j'ai vu le spectre
    l'ai apprivoisé comme hirondelles en cage bronzée

    ___________________________

    Je me retire de ma peau
    pour mieux voir les couleurs opaques
    de l'oeil qui s'ennuie
    vertige de l'arbre qui tombe sur l'os

    Je chausse mes pas en marche avant
    pour surprendre le temps qu'il fera
    à l'appel du bras levé
    je plie mon espace
    à la recherche d'un lieu vide
    exploration mutilée aux portes closes
    l'élan s'abat en trombe
    percussion qui retentit
    sur le mur de l'infini
    gestation de vie d'ailleurs

    Ne jamais rencontrer l'ailleurs
    objet du songe
    signe de turbulence
    retour

    ___________________________

    Qui es-tu
    Où est-tu
    Grand Invisible

    Hier fut
    demain sera
    mais aujourd'hui n'est pas

    Serais-tu à la mesure de mes aspirations
    fixé au coin de l'oeil
    en larme coincée

    ma joue t'aspire
    tu n'y es pas
    reflet opaque qui me retransmet mon image

    ___________________________

    Je me promène en tenue de mort
    laissant mon vieux manteau rapiécé
    sur une chaise pliante d'usure

    Je couche mon corps dans une nuée humide
    terrassée d'ignorance figée
    prête à l'emploi du temps

    Je rêve d'étrangetés sympathiques
    osées et laconiques
    pudeur indélébile

    Je regorge de fantasmes impudiques
    paroxysme de vertus oubliées
    je bois ma liberté à plein verre

    À ta santé ma vie

    ___________________________

    Ô Terre
    toi que j'ai choisie pour naître
    tu regorges d'exploits meurtriers
    tes millénaires t'angoissent
    on t'as extirpé ton harmonie
    déréglé ton train de vie
    tu te suffis à toi-même
    impotente
    nos pieds te sont lourds
    agressée
    tu t'éteins comme un ancien soleil
    étouffée
    tu rétrécis à nos quatre milliards
    de paires d'yeux

    Fruit d'azur confit
    notre désordre n'a nul refuge
    qu'une étoile morte-née

    Adam nous a trompés
    jardin délicieux abandonné
    source d'avenir tarie
    je me vomis
    attendant d'être cueillie
    par quelques gueux affamés
    de l'au-delà

    Et que le spectacle continue
    malgré le rideau tombé

    ___________________________

    Je me baigne dans la pourriture
    de ma sécheresse
    m'abreuvant au fiel de la terre
    j'enfonce mon corps en lambeaux
    dans les sables verts d'un tombeau

    Je meurs d'espoir d'en sortir
    du jour où j'emboîterai le pas
    vers un nouveau trépas

    Refaçonnée par les ténèbres
    habituée d'espace réduit
    je marcherai d'appuis nouveaux
    sur les sentiers battus
    refleuris par les tombeaux

    ___________________________

    Le ruisseau me traverse
    rafraîchit mes passions
    de tendres tempêtes m'étranglent
    aux passages cloisonnés
    de frayeurs indignes
    la flèche dorée indique la proue du naufrage
    à jamais récupérée

    Brune brume
    blanche frange
    du temps effrité
    à chercher le lointain
    sublime désir
    pensée qui sourit au vent nonchalant

    Branle-bas ébruité de chaleur posthume
    d'ogives à perdre la tête
    renversé de poussière insidieuse
    enflammé de vampires attablés
    au festin de champignons brûlants
    assaisonné de chairs fumantes
    douces aux palais languissants
    des pantins sans fil
    et filant sans rêve

    Obscurci de mauves images
    l'Univers bouillonne
    attendant le renouveau
    des amours endurcies

    ___________________________

    Assise au bord du temps
    pieds flottant dans l'espace
    je mesure l'immensité
    pur coucher mon impatience

    Une spirale s'installe sur un vague regard
    elle s'étale et se contracte
    aux battements de paupières
    une minuscule bille s'en détache d'instinct
    et manipule son destin
    suspendue à l'horizon
    elle me fait révérence
    et s'agite à mes sombres pensées
    à tâtons
    elle roule sur mes genoux
    se découvre sans pudeur
    laissant apercevoir ses cicatrices
    en champ de bataille

    Mes pensées frémissent à ce spectacle
    je pleure pour éteindre ces haines
    les murs honteux et sordides
    fondent en tristesse
    d'où s'échappent
    quelques rares ombres de vie

    ___________________________

    Pas renchaussés aux fenêtres aperçus
    abîme de lassitude
    le pas de deux gesticule
    en crescendo torturé
    se dédouble aux mesures
    en saccades refoulées
    corps démembré
    articulé d'un sourire
    d'une faiblesse incontinente
    cherche des yeux attendris
    attendant ton bol de riz
    bavure de guerre
    crachat d'homme
    indigne humanité
    aux vertus sombrées dans l'oubli
    jungle humaine
    que le plus fort l'emporte
    éhonté de tendresses ensommeillées
    au profondeur des charniers
    repoussante vérité évitée
    en homélies endimanchées
    entachant la sainteté des bêtes bien pensantes
    orgueil des clochers qui s'agenouillent
    en vapeurs cristallisées
    voilée en myopie déambulante
    les regrets développés en chambre noire
    apparaissent en négatif mythique

    Le pas de deux s'éternise
    de sale en sale
    de mal en pieds
    de pieds sans pied
    de sang séché
    au bord des routes oubliées

    ___________________________

    Au menu du jour
    la paix
    au fond des déserts
    au bord de la mer
    la paix
    dans les salons
    sur les balcons
    la paix
    aux lèvres des canons
    en tête des nations
    la paix
    Au fond des chaudrons
    il brûle un lampion
    la paix

    MAUDITE PAIX

    Crache le feu
    la tête sur la pierre
    en avant la guerre
    mange-la ta misère
    dévorons tous nos frères
    en avant la guerre
    passe en avant
    moi je n'sais pas comment
    en avant la guerre

    Rongé de rouille
    rouillé de guerre

    LA PAIX

    ___________________________

    Masque craqué de plâtre rance
    respire aux fentes obstruées
    de suffisance inculte
    narcissique beauté
    au fond des rivières abruptes
    reflet de croquants péchés passionnés
    aux idées molles et délavées

    Soubresaut de brillance éteinte
    bleuté de marbre choisi
    insipide et saturé
    regret du temps inodore
    d'espace incolore
    ratisse les gouttes de vie
    qui s'effilochent à l'horizon muré et désespéré

    Le doigt s'imprime sur la barre du jour
    symphonie oblique
    chant de blé d'or terni
    le vermeil émerveille le regard cicatrisé
    de pleurs chaleureux et menacés

    ___________________________

    Sombre dent du temps
    dévorant les masses plissées
    yeux ternis par des regards aveugles
    rageuses dimensions illuminées de néant
    engloutissant les regards affamés

    Gorgée de vie amère
    ciguë des morts-vivants
    assoupis le corps
    enivré d'écoeurement
    crache ta mort
    aux oubliettes de temps

    ___________________________

    Ô Bêtise
    grande favorite humaine
    asperge la musique doucereuse
    des grandes frustrations
    à l'auberge des passions gélatineuses
    insatiable au coeur
    des chauves enlacements épars
    nourrie de miel suri
    holocauste des gratte-ciel
    emmurés de douleur

    Épines de pieds et humeur de têtes
    fourrée de dates millénaires
    charge les trépas
    de brillantes chaussées
    amusée de folles arabesques
    monture de chastes amazones nues et froides
    embuées de chaudes aisselles musclées
    de tendresse avertie

    ___________________________

    Clairvoyance néfaste
    souci des mythes
    aspergée de lait divin
    labeur de seins rajeunis
    aux lèvres gauches et gloutonnes
    assombrie de désirs d'absolu
    de lointains soubresauts

    Humeur du temps en broussaille
    jetée de lierres éperdues
    ensommeillée sur fond d'azur
    entachée de fuyants désirs

    L'innommable plaisir
    s'arrache les cervelles essoufflées
    apaisant les arpèges lancinants
    des complaintes tremblotantes

    ___________________________

    Source d'épanchements insalubres
    sotte vertu aux moeurs vétustes
    accrochée au mur des mémoires sauvages

    Pillage des forces vives et machinales
    détale les pentes glaciaires et déchaînées
    étouffé de mots vides et inversés

    Crache les histoires confondues
    de salive verdâtre et silencieuse
    coulant des crevasses multiples
    ouvertes au profond silence de froide terre

    ___________________________

    Qu'est que je lègue à mes enfants
    un dépotoir
    nos détritus
    nos chagrins
    nos abîmes

    Une lampe veille sur la commode
    immuable
    créative
    elle réinvente mes rêves
    mon engouement de vie
    elle réchauffe mon essence
    embrase l'éclat des jours subtils
    qui n'en finissent plus

    Qu'est-ce que je lègue à mes enfants
    un espace d'univers
    un soir de veille
    ou tout s'éteint sur la vastitude
    reste le temps des soupirs endormis
    au large de l'immensité redevenue claire
    à leurs toujours yeux d'enfants
    ébahis d'amour
    seul héritage

    ___________________________

    Je suis d'eau
    d'air
    de feu
    mes racines desséchées s'abreuvent
    aux souvenirs des astres fidèles
    dès que s'éteint le soleil
    à mon giron je retourne
    dessinant des rêves occultes
    aux parois de mes pensées
    j'étreins mon énergie
    pour raviver mes espérances

    Blottie au sein d'une eau nouvelle
    je me raconte l'histoire perdue du temps
    ce temps limpide
    au chêne rajeuni
    paré de feuilles éternelles

    ___________________________

    Je joue de l'émotion
    comme un piano railleur
    les notes de baladent
    en cris
    en pleurs

    Symphonie délirante
    jubilation
    extase
    accords torturés

    ___________________________

    Peur de jour
    peur de nuit
    brûlée d'amour latent
    choix de plumes endurcies au chagrin

    Bouche soyeuse
    orifice attendri
    aux couleurs sales et malveillantes
    en dimensions incomprises
    d'aspect lourd et aveuglant

    Trame de vie suspecte
    océan de stupeur
    glaise informe chavirée en poussière de lune

    Les déserts fourmillent de pluie desséchée
    de frêles senteurs rassurantes
    ornés de sentiers éperdus
    d'un bouquet de temps non éclos

    ___________________________

    Brebis galeuse à l'ouest
    tendre soupir à l'est
    que peut-on te reprocher
    d'être au rendez-vous
    toujours ponctuelle et joyeuse
    tu nous emportes dans tes bras
    quelques peu osseux
    mais qu'importe
    tu sais où tu vas
    tu embroches grands et petits
    tu dénoues les fils de vie
    et secoues la poussière couleur de terre
    emportée par le vent lunaire ou solaire

    Réalité mystérieuse
    tu essuies les mares de peines des regards
    appauvris
    les sombres taches pâlissent au fil des adieux

    Les ombres retournent à leurs nombrils
    et marchent à reculons
    comme pour espacer le temps
    retournant à leurs berceaux
    pour éviter ton spectre affolant

    Mais toi
    tu es printemps
    attendant le signal
    du prochain rendez-vous

    ___________________________

    La grisaille pleure
    sur le triste regard
    des ombres décharnées
    sépulture de vie
    aux rêves désertiques
    nonchalance du temps
    suspendue à l'espace indécis

    Ressuscitez bandes d'abrutis

    Suspendez cette grisaille
    au placard des arrière-cours
    laissez consumer vos songes affolants
    étreignez-les
    à en sortir le nectar enivrant
    soulez-vous en
    pour rallumer vos orbites closes

    Ainsi régénérés
    vous ferez de plus beaux cadavres

    ___________________________

    Semer des doutes en vos entrailles
    vous agresser et vous troubler
    planter en vos yeux
    des regards de mélancolie
    contourner vos nuits sèches
    et vos jours arides

    Torpeur

    Moisir dans vos greniers sans âge
    gémir sous vos langues mortes
    pour effacer vos mots creux
    ramasser les miettes de vos déserts
    en faire germer vos mornes amours

    ___________________________

    Chercher le dur
    trouver le mou
    enfilade trépassée
    ne revenir qu'au décan

    Toujours
    partout
    le bruit métallisé se meurt aux oreilles
    entonnoir d'ivresse haletante
    jeux de particules
    matrice décomposée

    Tromper l'oubli
    se moquer du noir tombé
    essuyer la trace de gauches pas
    sur la ligne du temps décadent

    Retenir le mot d'Amour
    marteler le temps brisé
    écorchure vive

    Baume

    ___________________________

    Accablante reprise de mélodies perdues
    charmes renouvelés de danses limpides
    enjambées célestes
    cycles obscurs à jamais rajeunis
    temps enflés de cruels désirs
    objet cataclysmique
    d'auréoles étouffantes et chancelantes
    mélancolie spectaculaire

    ___________________________

    Nue devant l'orage
    je saisis sa foudre
    pour ceindre mes reins brisés
    enfiévrée
    je bois à même les nuages
    pour étancher la brûlure qui perdure
    au coeur brut
    je sens poindre en moi
    un goût de nature suffocante
    rebelle au bois abandonné
    menu temps accompli en douceur primaire
    ajustée en sursaut
    cercle organique

    ___________________________

    L'accueil de la nature se fait pressant
    envoûtée de maladresse
    la solitude risque un pas chancelant
    vers une cathédrale verdoyante
    arrimée aux racines d'arbres
    elle s'incline devant beauté et rutilance
    risquer d'aventure un songe
    paraît malvenu en si bel enchantement
    nul besoin est de grossière mode

    En choeur déluré
    les têtes de violon sonorisent l'air du temps
    les chants sombrent au coeur
    en remous dépouillés
    le silence s'effrite
    à l'approche des grands arbres
    leur écorce s'enduit de sève
    laissant poindre l'aurore tant attendu
    enracinés l'un à l'autre
    leurs feuilles rougissent de contentement

    ___________________________

    Sautille la pluie
    sur tendres feuilles jaunies
    par le temps épars
    rose matin assombri
    au réveil des humains
    humecte la droiture du temps revenu
    soubresaut bouleversé
    à souillure approprié
    aux déchets terreux
    saute à rebrousse-poil
    en longs cheveux embroussaillés
    vers les espaces refleuris
    aux matins gris

    Assoupi de vertes langues assassines
    d'immondices endiablées
    luttant tête froide aux clochers ramurés
    stature titanesque
    aux rameaux tentaculaires
    pernicieux

    Beauté rattachée au cri voyant
    ébranlée de torpeur odieuse
    effilée de mélancolie sableuse

    ___________________________

    Le temps s'endort
    sur branche fragile
    transporté de rêves rajeunis
    il enjambe ses horizons flétris
    et sursaute aux gémissements
    des peines englouties

    * * * *

    Les folles voiles s'emportent
    aux légères brises de brume parfumée
    les décombres des flots
    engloutissent leur candeur
    enchevêtrées
    elles s'affolent
    crissant
    se rabattant sur l'horizon muet

    ___________________________

    Accoudés aux quais
    les chalands explorent les eaux noires
    d'une terre démente
    en brise étreinte
    loin derrière l'écume

    Mer éreintée de souffle perdu
    entre deux eaux de faune germée
    salvatrice d'indigènes
    elle attend l'hommage sacrificiel

    Qui viendra s'ébattre au rivage
    larmes à l'oeil ouvert
    glissant sur plumages
    au gré de mouettes en cage
    prisonnières du ciel en rage

    Erreur saisonnière
    le phare se cherche un écueil
    où briser ses feux complices

    ___________________________

    Les amants s'allument
    s'éteignent
    comme chant d'elles
    en dentelle

    Les escarmouches de nuit
    vident les tendresses
    happent les soupirs

    ___________________________

    Lorsque ton prolongement
    ébranle la cloison du délire
    la flamme jaillit de la source
    ravit les pensées obscures
    effaçant la détresse qui s'ennuie

    Le feu pleure sur ses cendres grises
    englouties dans l'abîme
    où les vagues écourtées
    se fracassent sur l'infini

    ___________________________

    Ô jouissance trop brève
    de corps emmêlés
    tu fais frissonner l'ombre brûlante
    des désirs consommés

    Que d'amours ont jailli
    de frêles chevauchées inertes
    étalant sur l'infini
    les bruits desséchés des soupirs

    L'ombre glaciaire sombrera
    vers les entrailles des passions brisées
    d'où jailliront les sueurs
    d'une trop légère brise

    ___________________________

    Coeur imbibé de lointains regrets
    sèche à l'aube
    des désirs à venir

    Ô gerbe cueillie du temps refleuri
    goûte le parfum
    d'une beauté éclatée

    ___________________________

    Semblable au sel de la mer
    semblable au feu de la terre
    tu ronges et fais trembler
    les épaves de la chair
    tu déchires le cosmos
    et délivres l'éros
    des abîmes de l'ignorance

    Enveloppe de tendresse
    le souffle des paresses
    ravive le temps
    d'une fable d'amants

    ___________________________

    Coeur séché derrière les volets entrouverts
    refus de tendresse mendiée aux portes closes
    les rires saccadés cachent la pendaison
    des oiseaux morts
    tu restes couchée sur ta dépendance
    tu abîmes la couleur de tes pensées
    en t'abritant sous l'ombre de ton ennui
    ta solitude s'entache de notes vides
    tu t'extasies devant tes murs gris peints en rose
    morose
    tes amours glissent au plancher froid et dur
    giseante
    tu fais l'amour en peau de vache
    entortillée autour de ton illusion

    ___________________________

    Vie démesurée
    vie en repli
    vie encerclée
    vie enchaînée
    vie à l'enchère
    vie rétrécie
    vie encadrée
    vie castrée

    L'esclave s'amenuise
    à n'en devenir qu'une idée libre

    Liberté macérée
    liberté inextinguible
    liberté d'assaut de mots inaudibles
    liberté clignotante aux coins des rues
    liberté qui aiguise la lame au coeur transpercé
    liberté qui brise le néant
    liberté
    liberté

    ___________________________

    En toile suspendue
    en jet d'humeur nocturne
    la forme s'informe de traits adroits
    en lignes détachées
    brisée d'espace inégaux
    de masses indécises
    elle projette un oeil oblique
    comme pour attendrir
    esseulée
    elle se superpose d'aise
    disparaît en elle-même
    réapparue en sons différents
    son chant attise
    retire ce qu'il a donné
    en mouvement inchangé
    elle se perçoit
    intouchable
    vit par couleurs
    nous danse dans l'oeil
    irrésistible

    ___________________________

    Ta main encerclant le cou
    repliée sur l'épaule
    en serre d'aigle affranchi
    regard de pauvre
    croisant ta désillusion
    ton maigre corps teigneux
    vogue sur le néant
    habité de volcans éteints
    ne demandant qu'à éclore en luminosité

    Tu ramasses ta tristesse desséchée
    au pied de l'escalier en lambeau
    transformée en flambeau
    tu chauffes comme un volcan réanimé
    tu surchauffes
    tu sursautes à ton verbe ignoré
    suite de vies fragmentées

    ___________________________

    Métalarmant
    chairs clinquantes
    roseargent
    en pot froid
    bois brillant
    toit hurlant ENTER

    Râ Soleil
    rameau séché
    martelé ENTER

    Effets spéciaux
    masses trouées
    éclaboussées
    fosses asceptiques ENTER

    Écho cuivré
    son brut
    verbe in vitro ENTER

    Blindage chromatique
    au fil ténu
    pucelage
    envolés mes bits
    bibites encéphaliques ENTER

    Chaos pack
    Blind colors RUN

    Bit... Bit... envolés en phrases à dentelle
    Bit... Bit... en chemise détach....Bit...Bit...
    couleurs à jam... Bit... Bit... touj... Bzzzzz

    ___________________________

    Star familiale
    berceau intime
    apaisement de faim
    de cris
    de maux écoutés
    chaussée d'aurore
    tu pleures d'inliberté
    tu habiles les habitudes d'essoufflement
    tu chantes l'ennui à bout de voix
    en secret
    tu mijotes dans tes chaudrons
    tu es sale à force de laver les autres
    tu boudes les amours à force d'aimer
    ta tendresse s'échappe comme une fuite de gaz
    tu essuies les paroles aux murs incrustées

    Ferme la porte
    ouvre la fenêtre
    ta tête aérée n'oxygène personne
    le branle-bas s'installe bras ballants
    les contraires s'attirent
    mais les satyres ne se contrarient plus
    tu laves tes chagrins aux cuves qui coulent
    et se meurent
    en avanit les machines
    jubilez

    Moi
    je rêve ma réalité
    en réalisant mes rêves
    mon fil de vie ne tient qu'au plomb gravé
    de mots rendus
    de mots réchappés
    de mots vivants
    images et sons enfin libres

    =====================================

    © Éditions Naaman et Huguette Bertrand
    Sherbrooke (Québec) Canada
    coll. AMORCES, no 44
    Dépôt légal / Deuxième trimestre 1985
    BNQ et BNC - ISBN 2-89040-343-2
    Tous droits réservés - All rights reserved

    ===========================================================

    End of Project Gutenberg's Espace perdu, poésie, by Huguette Bertrand

    ]]> https://blog.mabo.cc/espace-perdu-poesie/feed/ 0 1437 Entre la chair et l’âme Poésie https://blog.mabo.cc/entre-la-chair-et-lame-poesie/ https://blog.mabo.cc/entre-la-chair-et-lame-poesie/#respond Wed, 14 Oct 2026 20:09:16 +0000 https://blog.mabo.cc/entre-la-chair-et-lame-poesie/

    Entre la chair et l’âme Poésie

    Aproximadamente 2.555 palavras.

    Huguette Bertrand

    ENTRE LA CHAIR ET L'ÂME

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Dans la mouvance
    d'une âme conquise
    une déesse s'installe
    aux abords des yeux
    toujours repliés
    dans une nuit éternellement nuit
    que les jours entraînent
    vers le grand remous
    d'une Vénus travestie
    en ange dérisoire
    qu'effleurent les courbes
    infiniment courbes
    mains d'anges
    serties de roses
    dans la joyeuseté des villes
    agrippées au noir soleil
    du désespoir

    14 déc. 97

    _________________________

    Exilé dans l'abandon
    le regard immobile
    fixe le vide inattendu
    refait le plein trop avide
    d'une silhouette apaisée
    qu'accompagne un soleil complice
    de tous les départs
    sans pardonner les sourires espérés
    et la danse d'un espoir rompu
    danse des ombres sur les murs enrichis
    divinement habités
    le rêve s'est endormi sous les paupières
    épuisé

    2 déc. 97

    _________________________

    À l'image du soleil
    un face-à-face amoureux
    s'éternise dans l'âme
    des yeux qui voient
    plus haut que le soleil
    plus loin que les étoiles
    toujours là
    dans le silence du jour
    emménager en soi
    aller mourir
    dans un espace lumineux
    poétique

    1er déc.97

    _________________________

    Faut être déjà mort
    pour oublier l'amour
    oublier qu'on est mort
    en amour pour toujours
    Faut être un peu mort
    retenu par le jour
    rattraper les retards
    sans compter les retours

    Faut être toujours mort
    pour l'amour pour la vie
    essuyer au dehors
    toutes traces de l'oubli

    21 nov. 97

    _________________________

    Si les dieux m'aiment
    je transporterai mes souvenirs
    sur des routes reliées au secret
    d'un amour incongru
    terrassé par la distance
    d'une âme singulière
    retrouvée à la page 54
    des jours heureux
    devenus bêtement
    acidulés
    Si les dieux m'aiment
    je transporterai sur mes épaules grises
    les chevauchées retentissantes
    des faux désirs
    des fausses amours
    accouplés à l'indécence
    d'un féminin qui perdure
    sans allure
    entre les bras des siècles féconds

    S les dieux m'aiment
    j'ajouterai à ma vie
    une essence amoureuse
    abreuvée
    une fois pour toutes

    16 nov. 97

    _________________________

    Dans une prison de glace
    un été doux hurle ses souvenirs
    semences de tendresse
    dans une terre vierge
    que piétine un amour dilué
    par les rêves refroidis
    joyeusement
    au chant des cigales
    ayant pleuré toute l'année
    noire année sous la lune rose
    et ronde
    engrossée rare

    joyeusement
    l'amour dans l'instantané
    d'une année rose

    16 nov. 97

    _________________________

    Hiver de vie blanche
    en mal de vertiges
    sur les pentes instables
    d'un amour affûté
    par le cri d'un délire
    retenu dans l'âme
    son désir somptueux
    sur les pentes malheureuses
    viennent glisser les vertiges
    jusqu'aux hanches délirantes
    d'un amour achevé

    16 nov. 97

    _________________________

    Imbibée de jours fragiles
    la nuit apaisée
    s'abandonne
    dans les vastes
    étendues
    de vos regards
    garnis de rêves
    figés dans l'oeil
    d'un passé arrimé
    aux départs fragiles
    que viennent agiter
    les bruits
    des pas sourds
    de l'ennui
    livré au hasard
    d'un horizon docile
    muet

    15 nov. 97

    _________________________

    Follement attendrie
    l'âme errante
    se retire de son nid
    trop regard
    trop foudre
    trop oubli
    sur le tranchant de l'aube
    trop abîme
    par la brise amusée
    trop peine
    noyée dans l'oeil
    d'un soleil efficace
    échevelé
    dans l'oeil se noie
    une peine efficace

    11 nov. 97

    _________________________

    Devant un ciel trop clair de lune
    une âme bleue
    s'habitue aux départs
    du corps instantané
    toujours attiré sur des pistes fragiles
    vers les sous-bois
    condamnés aux ivresses
    d'un rêve spontané
    poésie chavirante
    qui bascule dans le regard
    d'un pur moment embrassé
    à travers des vagues tapageuses
    venues s'échouer
    au pied d'un escalier

    8 nov. 97

    _________________________

    Les couleurs de l'âme
    ne se voient qu'à la lueur
    des yeux abandonnés au désir
    que prolongent les doigts agiles
    de la volupté
    sur le noir sommeil aspiré
    vers de plus hautes cimes
    tendues et rares
    scintille dans la chair de l'âme
    une étoile incrustée
    venue de nulle part
    de nulle part retournée

    30 oct. 97

    _________________________

    Répandue dans l'infini regard
    une rosée de lourdes promesses
    assèche le sol aride
    d'espoirs évidés
    d'heures avides
    de doux temps gris
    entre jour et nuit
    entre blanc et noir
    entre mort et vie
    entre toi et moi
    ce long silence
    entouré de bruits
    et ce temps minuscule
    qui nous tue
    entre soleil et lune
    qui se pavanent en nous
    gonflés de plein jour
    de vie chaude et ronde
    dans la chair infiniment âme
    infiniment amour
    à mourir

    29 oct. 97

    _________________________

    On a tué la parole sur la place
    on l'a recouverte d'un silence
    long comme le temps
    puis on s'est accoudé
    à une fenêtre du passé
    en essuyant un simple prénom
    sur la glace de l'oubli
    on a surveillé l'impénétrable
    et parfait destin
    demeuré évasif
    ne reste qu'un vertige embué
    d'où émergent d'inavouables instants
    multicolores
    répandus sur le feu de l'âme
    en sursis

    29 oct. 97

    _________________________

    âme
    âmour
    âmourir
    à la lisière des passions
    condamnées
    au désir
    au désert
    dans l'enflure d'un instant
    d'une épave
    d'un rivage
    d'un message
    vertige dans l'oeil
    dans le sang
    condamné au présent
    d'une aube grisée

    19 oct. 97

    _________________________

    Taillé dans l'espoir
    un nu se faufile
    à travers l'onde d'une parole
    retenue entre les murs
    des recommencements
    gelés sous les draps
    volupté d'une image féconde
    adaptée au silence stupéfait
    silence d'algues répandues
    en flaques rondes
    auréolées de présents inventés
    et mauves

    _________________________

    Sur l'enclume des attentes
    des étoiles
    remplies de nuit
    m'observent
    dans les yeux du silence
    étrange nuit
    sous les sables envoûtés
    que transportent des ombres
    qui sombrent dans l'oubli

    _________________________

    Un peu de soleil un peu de lumière
    à travers les feuilles jaunies
    du temps suspendu aux lèvres
    empêchées d'annoncer
    l'approche du soir
    dans la béance de la nuit
    le silence parle au silence
    sur l'indomptable pavé du désir
    venu piller le brasier exténué
    des grandes forêts
    foulées aux pieds des attentes
    à faire rougir la démence
    au coeur des secrets

    _________________________

    Ma main telle une étoile
    vient se poser sur ton visage apeuré
    illumine tes ailes immenses
    pour ton envol
    vers tes rêves illimités
    en plein azur
    en plein éveil
    vivaces au coeur de l'intime
    à travers mes douces brises
    effilochées

    _________________________

    Je n'ai encore rien fait
    pas pris le temps de marcher
    sur des étoiles dont le reflet
    s'incruste dans vos pas
    investis de couleurs diaphanes

    pas pris le temps de grignoter
    vos syllabes en faire des mots
    que la brise transporte
    vers un ailleurs dénudé de larmes

    pas pris le temps d'avaler
    des douceurs offertes
    au temps trop court brisé
    par des vagues violentes échouées
    sur le rivage de nos vivants

    pas pris le temps d'entendre
    la symphonie des regards qui croisent
    les passés présents et à venir

    pas pris le temps d'éviter
    les morsures de l'amour dispersé
    dans le vernis du temps

    _________________________

    À demeure ailleurs
    passer par une voix tellement puissante
    que pas même un seul regard
    ne peut soutenir l'ineffable demeure en soi
    jugée trop petite
    trop petite pour être habitée
    par un trop-plein si grand
    que même un ailleurs
    ne pourrait le contenir

    mais ailleurs n'est nulle part
    c'est trop plein de vides trop vides
    de désespoirs qui se perdent
    à l'orée du soir
    s'infiltre comme une eau qui entre
    par les fentes de l'âme
    insidieusement

    _________________________

    Sur l'écran brûlant du rêve
    la chaleur de ta peau
    vient caresser le souvenir
    de mes mots que transporte
    le désir à mon âme assoiffée
    emportée en ce noir éternel
    d'un amour écourté
    indécent

    noirs lendemains d'une blessure
    à lécher de nuit
    vivante et fauve

    _________________________

    Bêtement
    la tête s'enroule
    autour des heures
    poursuivie par la mémoire des jours
    devenus bêtes
    lors d'un tête-à-tête avec l'ombre
    de nos histoires indigestes
    et la lumière venue trancher les départs

    à faire périr
    d'un coup sec

    _________________________

    Longues chevauchées du temps
    que les nuits respirent
    à travers des silences affectueux
    au seuil des jours malades

    Longues chevauchées des jours
    qu'une Parole respire
    à travers la nuit aimable
    d'un désir emmuré

    Longues chevauchées des nuits
    expirées dans le temps
    quand la Parole prononce
    le corps devenu silence

    l e

    d é s i r

    e m m u r é

    s e

    m e u r t

    _________________________

    D
    É
    L
    I
    R
    E

    Espace de feu
    que le temps attise
    dans le corridor des attentes
    en quête de durée

    Espace de pluie
    qu'asperge le temps
    ultimes orgasmes
    des continents

    Espace de terre
    qu'ensemence le temps
    de grâces enfuies
    des temples incontinents

    Espace de l'intime
    murmuré par le temps
    souvenance à nos lèvres
    prononcé

    _________________________

    Craintif
    l'oeil murmure des beautés
    que promène une image solitaire
    au-dessus d'un sourire blessé

    image à angle ouvert
    sur des mots couverts
    image à angle indiscret
    sur des mots discrets
    image entourée d'angles
    couverts et discrets
    retournée à l'âme
    solitaire

    _________________________

    Paradis symptomatique
    de chairs de femmes offertes
    aux abords de leurs fruits
    achevés

    Symptôme d'anges
    agrippés aux solitudes
    écartelées entre deux tristesses
    longuement approuvées

    Symptôme de solitude
    d'un regard d'un sourire
    prolonge l'âme
    jusqu'aux sommets impardonnés

    Symptôme du hasard
    quand viennent mourir les heures
    aux pieds d'une peine
    sans rire
    sans rien
    rien

    Ange écartelé
    entre deux douleurs
    que la chair approuve
    solitaire

    _________________________

    Mots à rire
    Mots à pleurer
    s'en vont mourir sur une page blanche
    vivante au coeur de soi
    vivante au coeur vivante en soi
    à mourir de rire et blanche
    quand les matins s'en vont pleurer sous les arbres
    quand les arbres vont déposer
    le coeur sur le temps
    quand ce temps vient jeter l'ancre
    au coeur des mots
    en silence

    Au coeur des mots
    un silence pleure
    sur le temps

    _________________________

    Pendu au bout d'une ficelle noire
    le corps attend menu
    ce dépôt des chairs
    entre deux phrases grises
    que l'on porte jusqu'au seuil de la voix
    résidus d'une foule venue applaudir
    le spectacle des heures
    en ce jour déchu

    au seuil de l'âme

    le poème s'enivre

    de jours

    déçus

    _________________________

    Au fin fond de mon univers
    je chevauche les étoiles pour faire rêver
    les impatiences des alentours
    vieille habitude offerte au temple
    des croyances qui bavent
    sur les amours inachevées

    semer le vent
    semer le temps
    de ce lointain paysage
    sur nos paresses
    endormies

    _________________________

    Quand cette pomme tomba de l'arbre
    l'automne venu a dégusté
    le fruit le jus les coloris
    d'un très vaste pays
    abandonné
    dans le courant du feu des femmes
    trop morcelées

    un songe d'été
    colore les arbres
    de leur automne gris

    _________________________

    Les mots ont quelque chose à dire
    à nos essentiels

    cherchez-les
    trouvez-les
    mâchez-les
    digérez-les

    ne resteront
    que les mots essentiels
    parmi les vôtres
    les miens
    et ceux des autres

    Essentiellement vôtre,

    le mot

    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots Un les
    mots les mots les mots les mot les les mots lesm
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots seul les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les

    _________________________

    Sur le rivage insondable des abandons
    la mer raconte ses insomnies
    croise la douleur
    réveille les muses
    de mots crus et frais
    poésie explosive
    au bout d'une main tendue qui se brise
    dans un décor inattendu

    _________________________

    À l'heure où le ciel s'endort
    ne sait-on pas
    que les poètes graves
    doivent curieusement aller dormir
    à l'ombre de leurs rêves
    parmi un peuple de mots
    dont les blessures s'épanchent
    sur l'épaule de l'oreiller
    nourries à même le plein des jours
    délicieusement habité

    dehors le temps grisaille
    le vent s'accroche aux arbres
    pendant que pleure le poème
    sur la nuit esseulée

    _________________________

    Y a des tranches de vie indigènes
    d'où s'échappent des amours interdites
    piétinées sous les pieds de l'oubli
    Y a des tranches de vie comestibles
    plongées dans le secret des blessures
    sous le ramage d'une étoile solitaire

    Y a des tranches de vie liquide
    harnachées
    qui produisent des ondes de choc
    qui vous arrivent dans la gorge
    comme un déluge venu inonder la peur

    Y a des tranches de vie qui font des ronds
    dans le liquide le comestible
    des amours indigènes

    _________________________

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces gestes
    sur une fleur enivrée
    qu'un doux regard
    est venu désarmer

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces mots
    jetés au sort
    qu'une simple brise
    est venue balayer

    tendres
    tendrement tendres
    tous les mots
    tous les gestes
    bus à même ces lèvres
    emprisonnées dans un délire

    tendre
    tendrement tendre
    ce rêve nu
    échoué entre la chair et l'âme

    _________________________

    Sans cris
    sans joies
    la vie cette impatiente
    vient saturer le temps
    et tous ses heurts
    qui vous aiguisent l'âme
    magnifiquement approfondie
    comme un coup de grâce
    dans la continuité des choses belles

    _________________________

    la vie bête fauve
    de ses crocs vient mordre
    les échines langoureuses
    entre ses griffes empoigne
    cet amour spontané
    arraché à la flamme
    d'une âme enivrée
    vie fauve
    vie sèche
    au coeur du tendre
    dérive sur un fleuve
    appelé liberté

    _________________________

    Cette chair qui nous déchire
    vient mourir à l'ombre d'un poème
    habité par les mots par les sons
    d'un volcan balafré
    par tant de braises
    par tant de pluies
    par tant de cendres
    sur le visage de l'âme abîmée
    ramassée par les peurs qui filent
    entre les dents des jours trop aiguisés

    _________________________

    À la dérive
    quelques mots tendres se répondent
    entre la lumière et l'ombre
    par vagues successives
    viennent s'échouer sur le rivage
    d'une âme emportée
    sur la mer
    déchirée
    joie paix santé bonheur
    dans la dureté des jours
    quand les nuits scintillent
    au coeur du rêve en allé
    sans appel

    _________________________

    Atteint au coeur du crépuscule
    le jour se meurt gris
    enchaîné aux mots
    sur banc de pierres
    qu'un simple rêve
    a terrassé
    était-ce un rêve
    ou bien l'amour
    trop fasciné
    par tant de bruits
    autour d'un personnage
    étoilé

    _________________________

    Noire pluie noire
    sur la chair abritée
    quand la beauté perdure
    dans un souffle vert émeraude
    s'abandonne dans la sève
    des regards endormis
    Noire pluie noire
    sur la peur détrempée
    par tant de vains mots
    qui racontent des peines
    affichées à l'écran
    d'un grand ciel trop aimé

    _________________________

    Enivrée d'un silence
    je titube vers les mots
    murmurés à l'oreille
    de mon âme profanée
    emportés par la vague
    que vient bercer ma nuit
    jusqu'à l'aube
    dégrisée

    _________________________

    Éternel dur pays
    en mon âme givrée
    que portage le soleil
    sur les rives sanglantes
    de mille lacs mille rivières
    vers le flot de l'oubli
    cette marche du feu
    vient brûler les attentes
    arrachées à nos pas
    trop fragiles
    et brisés

    ]]>
    https://blog.mabo.cc/entre-la-chair-et-lame-poesie/feed/ 0 1436
    Du côté de chez Swann https://blog.mabo.cc/du-cote-de-chez-swann/ https://blog.mabo.cc/du-cote-de-chez-swann/#respond Wed, 14 Oct 2026 20:09:16 +0000 https://blog.mabo.cc/du-cote-de-chez-swann/

    Du côté de chez Swann

    Aproximadamente 181.513 palavras.

    MARCEL PROUST

    À la RECHERCHE DU TEMPS PERDU

    TOME I

    Du Côté de Chez Swann

    À Monsieur Gaston Calmette

    _Comme un témoignage de profonde
    et affectueuse reconnaissance_,

    Marcel Proust.

    PREMIÈRE PARTIE
    COMBRAY

    I.

    Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Parfois, à peine ma
    bougie éteinte, mes yeux se fermaient si vite que je n’avais pas le
    temps de me dire: «Je m’endors.» Et, une demi-heure après, la pensée
    qu’il était temps de chercher le sommeil m’éveillait; je voulais poser
    le volume que je croyais avoir encore dans les mains et souffler ma
    lumière; je n’avais pas cessé en dormant de faire des réflexions sur
    ce que je venais de lire, mais ces réflexions avaient pris un tour un
    peu particulier; il me semblait que j’étais moi-même ce dont parlait
    l’ouvrage: une église, un quatuor, la rivalité de François Ier et de
    Charles Quint. Cette croyance survivait pendant quelques secondes à
    mon réveil; elle ne choquait pas ma raison mais pesait comme des
    écailles sur mes yeux et les empêchait de se rendre compte que le
    bougeoir n’était plus allumé. Puis elle commençait à me devenir
    inintelligible, comme après la métempsycose les pensées d’une
    existence antérieure; le sujet du livre se détachait de moi, j’étais
    libre de m’y appliquer ou non; aussitôt je recouvrais la vue et
    j’étais bien étonné de trouver autour de moi une obscurité, douce et
    reposante pour mes yeux, mais peut-être plus encore pour mon esprit, à
    qui elle apparaissait comme une chose sans cause, incompréhensible,
    comme une chose vraiment obscure. Je me demandais quelle heure il
    pouvait être; j’entendais le sifflement des trains qui, plus ou moins
    éloigné, comme le chant d’un oiseau dans une forêt, relevant les
    distances, me décrivait l’étendue de la campagne déserte où le
    voyageur se hâte vers la station prochaine; et le petit chemin qu’il
    suit va être gravé dans son souvenir par l’excitation qu’il doit à des
    lieux nouveaux, à des actes inaccoutumés, à la causerie récente et aux
    adieux sous la lampe étrangère qui le suivent encore dans le silence
    de la nuit, à la douceur prochaine du retour.

    J’appuyais tendrement mes joues contre les belles joues de l’oreiller
    qui, pleines et fraîches, sont comme les joues de notre enfance. Je
    frottais une allumette pour regarder ma montre. Bientôt minuit. C’est
    l’instant où le malade, qui a été obligé de partir en voyage et a dû
    coucher dans un hôtel inconnu, réveillé par une crise, se réjouit en
    apercevant sous la porte une raie de jour. Quel bonheur, c’est déjà le
    matin! Dans un moment les domestiques seront levés, il pourra sonner,
    on viendra lui porter secours. L’espérance d’être soulagé lui donne du
    courage pour souffrir. Justement il a cru entendre des pas; les pas se
    rapprochent, puis s’éloignent. Et la raie de jour qui était sous sa
    porte a disparu. C’est minuit; on vient d’éteindre le gaz; le dernier
    domestique est parti et il faudra rester toute la nuit à souffrir sans
    remède.

    Je me rendormais, et parfois je n’avais plus que de courts réveils
    d’un instant, le temps d’entendre les craquements organiques des
    boiseries, d’ouvrir les yeux pour fixer le kaléidoscope de
    l’obscurité, de goûter grâce à une lueur momentanée de conscience le
    sommeil où étaient plongés les meubles, la chambre, le tout dont je
    n’étais qu’une petite partie et à l’insensibilité duquel je retournais
    vite m’unir. Ou bien en dormant j’avais rejoint sans effort un âge à
    jamais révolu de ma vie primitive, retrouvé telle de mes terreurs
    enfantines comme celle que mon grand-oncle me tirât par mes boucles et
    qu’avait dissipée le jour,--date pour moi d’une ère nouvelle,--où on les
    avait coupées. J’avais oublié cet événement pendant mon sommeil, j’en
    retrouvais le souvenir aussitôt que j’avais réussi à m’éveiller pour
    échapper aux mains de mon grand-oncle, mais par mesure de précaution
    j’entourais complètement ma tête de mon oreiller avant de retourner
    dans le monde des rêves.

    Quelquefois, comme Ève naquit d’une côte d’Adam, une femme naissait
    pendant mon sommeil d’une fausse position de ma cuisse. Formée du
    plaisir que j’étais sur le point de goûter, je m’imaginais que c’était
    elle qui me l’offrait. Mon corps qui sentait dans le sien ma propre
    chaleur voulait s’y rejoindre, je m’éveillais. Le reste des humains
    m’apparaissait comme bien lointain auprès de cette femme que j’avais
    quittée il y avait quelques moments à peine; ma joue était chaude
    encore de son baiser, mon corps courbaturé par le poids de sa taille.
    Si, comme il arrivait quelquefois, elle avait les traits d’une femme
    que j’avais connue dans la vie, j’allais me donner tout entier à ce
    but: la retrouver, comme ceux qui partent en voyage pour voir de leurs
    yeux une cité désirée et s’imaginent qu’on peut goûter dans une
    réalité le charme du songe. Peu à peu son souvenir s’évanouissait,
    j’avais oublié la fille de mon rêve.

    Un homme qui dort, tient en cercle autour de lui le fil des heures,
    l’ordre des années et des mondes. Il les consulte d’instinct en
    s’éveillant et y lit en une seconde le point de la terre qu’il occupe,
    le temps qui s’est écoulé jusqu’à son réveil; mais leurs rangs peuvent
    se mêler, se rompre. Que vers le matin après quelque insomnie, le
    sommeil le prenne en train de lire, dans une posture trop différente
    de celle où il dort habituellement, il suffit de son bras soulevé pour
    arrêter et faire reculer le soleil, et à la première minute de son
    réveil, il ne saura plus l’heure, il estimera qu’il vient à peine de
    se coucher. Que s’il s’assoupit dans une position encore plus déplacée
    et divergente, par exemple après dîner assis dans un fauteuil, alors
    le bouleversement sera complet dans les mondes désorbités, le fauteuil
    magique le fera voyager à toute vitesse dans le temps et dans
    l’espace, et au moment d’ouvrir les paupières, il se croira couché
    quelques mois plus tôt dans une autre contrée. Mais il suffisait que,
    dans mon lit même, mon sommeil fût profond et détendît entièrement mon
    esprit; alors celui-ci lâchait le plan du lieu où je m’étais endormi,
    et quand je m’éveillais au milieu de la nuit, comme j’ignorais où je
    me trouvais, je ne savais même pas au premier instant qui j’étais;
    j’avais seulement dans sa simplicité première, le sentiment de
    l’existence comme il peut frémir au fond d’un animal: j’étais plus
    dénué que l’homme des cavernes; mais alors le souvenir--non encore du
    lieu où j’étais, mais de quelques-uns de ceux que j’avais habités et
    où j’aurais pu être--venait à moi comme un secours d’en haut pour me
    tirer du néant d’où je n’aurais pu sortir tout seul; je passais en une
    seconde par-dessus des siècles de civilisation, et l’image confusément
    entrevue de lampes à pétrole, puis de chemises à col rabattu,
    recomposaient peu à peu les traits originaux de mon moi.

    Peut-être l’immobilité des choses autour de nous leur est-elle imposée
    par notre certitude que ce sont elles et non pas d’autres, par
    l’immobilité de notre pensée en face d’elles. Toujours est-il que,
    quand je me réveillais ainsi, mon esprit s’agitant pour chercher, sans
    y réussir, à savoir où j’étais, tout tournait autour de moi dans
    l’obscurité, les choses, les pays, les années. Mon corps, trop
    engourdi pour remuer, cherchait, d’après la forme de sa fatigue, à
    repérer la position de ses membres pour en induire la direction du
    mur, la place des meubles, pour reconstruire et pour nommer la demeure
    où il se trouvait. Sa mémoire, la mémoire de ses côtes, de ses genoux,
    de ses épaules, lui présentait successivement plusieurs des chambres
    où il avait dormi, tandis qu’autour de lui les murs invisibles,
    changeant de place selon la forme de la pièce imaginée,
    tourbillonnaient dans les ténèbres. Et avant même que ma pensée, qui
    hésitait au seuil des temps et des formes, eût identifié le logis en
    rapprochant les circonstances, lui,--mon corps,--se rappelait pour
    chacun le genre du lit, la place des portes, la prise de jour des
    fenêtres, l’existence d’un couloir, avec la pensée que j’avais en m’y
    endormant et que je retrouvais au réveil. Mon côté ankylosé, cherchant
    à deviner son orientation, s’imaginait, par exemple, allongé face au
    mur dans un grand lit à baldaquin et aussitôt je me disais: «Tiens,
    j’ai fini par m’endormir quoique maman ne soit pas venue me dire
    bonsoir», j’étais à la campagne chez mon grand-père, mort depuis bien
    des années; et mon corps, le côté sur lequel je reposais, gardiens
    fidèles d’un passé que mon esprit n’aurait jamais dû oublier, me
    rappelaient la flamme de la veilleuse de verre de Bohême, en forme
    d’urne, suspendue au plafond par des chaînettes, la cheminée en marbre
    de Sienne, dans ma chambre à coucher de Combray, chez mes
    grands-parents, en des jours lointains qu’en ce moment je me figurais
    actuels sans me les représenter exactement et que je reverrais mieux
    tout à l’heure quand je serais tout à fait éveillé.

    Puis renaissait le souvenir d’une nouvelle attitude; le mur filait
    dans une autre direction: j’étais dans ma chambre chez Mme de
    Saint-Loup, à la campagne; mon Dieu! Il est au moins dix heures, on
    doit avoir fini de dîner! J’aurai trop prolongé la sieste que je fais
    tous les soirs en rentrant de ma promenade avec Mme de Saint-Loup,
    avant d’endosser mon habit. Car bien des années ont passé depuis
    Combray, où, dans nos retours les plus tardifs, c’était les reflets
    rouges du couchant que je voyais sur le vitrage de ma fenêtre. C’est
    un autre genre de vie qu’on mène à Tansonville, chez Mme de
    Saint-Loup, un autre genre de plaisir que je trouve à ne sortir qu’à
    la nuit, à suivre au clair de lune ces chemins où je jouais jadis au
    soleil; et la chambre où je me serai endormi au lieu de m’habiller
    pour le dîner, de loin je l’aperçois, quand nous rentrons, traversée
    par les feux de la lampe, seul phare dans la nuit.

    Ces évocations tournoyantes et confuses ne duraient jamais que
    quelques secondes; souvent, ma brève incertitude du lieu où je me
    trouvais ne distinguait pas mieux les unes des autres les diverses
    suppositions dont elle était faite, que nous n’isolons, en voyant un
    cheval courir, les positions successives que nous montre le
    kinétoscope. Mais j’avais revu tantôt l’une, tantôt l’autre, des
    chambres que j’avais habitées dans ma vie, et je finissais par me les
    rappeler toutes dans les longues rêveries qui suivaient mon réveil;
    chambres d’hiver où quand on est couché, on se blottit la tête dans un
    nid qu’on se tresse avec les choses les plus disparates: un coin de
    l’oreiller, le haut des couvertures, un bout de châle, le bord du lit,
    et un numéro des Débats roses, qu’on finit par cimenter ensemble selon
    la technique des oiseaux en s’y appuyant indéfiniment; où, par un
    temps glacial le plaisir qu’on goûte est de se sentir séparé du dehors
    (comme l’hirondelle de mer qui a son nid au fond d’un souterrain dans
    la chaleur de la terre), et où, le feu étant entretenu toute la nuit
    dans la cheminée, on dort dans un grand manteau d’air chaud et fumeux,
    traversé des lueurs des tisons qui se rallument, sorte d’impalpable
    alcôve, de chaude caverne creusée au sein de la chambre même, zone
    ardente et mobile en ses contours thermiques, aérée de souffles qui
    nous rafraîchissent la figure et viennent des angles, des parties
    voisines de la fenêtre ou éloignées du foyer et qui se sont
    refroidies;--chambres d’été où l’on aime être uni à la nuit tiède, où
    le clair de lune appuyé aux volets entr’ouverts, jette jusqu’au pied
    du lit son échelle enchantée, où on
    dort presque en plein air, comme la mésange balancée par la brise à la
    pointe d’un rayon--; parfois la chambre Louis XVI, si gaie que même le
    premier soir je n’y avais pas été trop malheureux et où les
    colonnettes qui soutenaient légèrement le plafond s’écartaient avec
    tant de grâce pour montrer et réserver la place du lit; parfois au
    contraire celle, petite et si élevée de plafond, creusée en forme de
    pyramide dans la hauteur de deux étages et partiellement revêtue
    d’acajou, où dès la première seconde j’avais été intoxiqué moralement
    par l’odeur inconnue du vétiver, convaincu de l’hostilité des rideaux
    violets et de l’insolente indifférence de la pendule qui jacassait
    tout haut comme si je n’eusse pas été là;--où une étrange et
    impitoyable glace à pieds quadrangulaires, barrant obliquement un des
    angles de la pièce, se creusait à vif dans la douce plénitude de mon
    champ visuel accoutumé un emplacement qui n’y était pas prévu;--où ma
    pensée, s’efforçant pendant des heures de se disloquer, de s’étirer en
    hauteur pour prendre exactement la forme de la chambre et arriver à
    remplir jusqu’en haut son gigantesque entonnoir, avait souffert bien
    de dures nuits, tandis que j’étais étendu dans mon lit, les yeux
    levés, l’oreille anxieuse, la narine rétive, le cœur battant: jusqu’à
    ce que l’habitude eût changé la couleur des rideaux, fait taire la
    pendule, enseigné la pitié à la glace oblique et cruelle, dissimulé,
    sinon chassé complètement, l’odeur du vétiver et notablement diminué
    la hauteur apparente du plafond. L’habitude! aménageuse habile mais
    bien lente et qui commence par laisser souffrir notre esprit pendant
    des semaines dans une installation provisoire; mais que malgré tout il
    est bien heureux de trouver, car sans l’habitude et réduit à ses seuls
    moyens il serait impuissant à nous rendre un logis habitable.

    Certes, j’étais bien éveillé maintenant, mon corps avait viré une
    dernière fois et le bon ange de la certitude avait tout arrêté autour
    de moi, m’avait couché sous mes couvertures, dans ma chambre, et avait
    mis approximativement à leur place dans l’obscurité ma commode, mon
    bureau, ma cheminée, la fenêtre sur la rue et les deux portes. Mais
    j’avais beau savoir que je n’étais pas dans les demeures dont
    l’ignorance du réveil m’avait en un instant sinon présenté l’image
    distincte, du moins fait croire la présence possible, le branle était
    donné à ma mémoire; généralement je ne cherchais pas à me rendormir
    tout de suite; je passais la plus grande partie de la nuit à me
    rappeler notre vie d’autrefois, à Combray chez ma grand’tante, à
    Balbec, à Paris, à Doncières, à Venise, ailleurs encore, à me rappeler
    les lieux, les personnes que j’y avais connues, ce que j’avais vu
    d’elles, ce qu’on m’en avait raconté.

    A Combray, tous les jours dès la fin de l’après-midi, longtemps avant
    le moment où il faudrait me mettre au lit et rester, sans dormir, loin
    de ma mère et de ma grand’mère, ma chambre à coucher redevenait le
    point fixe et douloureux de mes préoccupations. On avait bien inventé,
    pour me distraire les soirs où on me trouvait l’air trop malheureux,
    de me donner une lanterne magique, dont, en attendant l’heure du
    dîner, on coiffait ma lampe; et, à l’instar des premiers architectes
    et maîtres verriers de l’âge gothique, elle substituait à l’opacité
    des murs d’impalpables irisations, de surnaturelles apparitions
    multicolores, où des légendes étaient dépeintes comme dans un vitrail
    vacillant et momentané. Mais ma tristesse n’en était qu’accrue, parce
    que rien que le changement d’éclairage détruisait l’habitude que
    j’avais de ma chambre et grâce à quoi, sauf le supplice du coucher,
    elle m’était devenue supportable. Maintenant je ne la reconnaissais
    plus et j’y étais inquiet, comme dans une chambre d’hôtel ou de
    «chalet», où je fusse arrivé pour la première fois en descendant de
    chemin de fer.

    Au pas saccadé de son cheval, Golo, plein d’un affreux dessein,
    sortait de la petite forêt triangulaire qui veloutait d’un vert sombre
    la pente d’une colline, et s’avançait en tressautant vers le château
    de la pauvre Geneviève de Brabant. Ce château était coupé selon une
    ligne courbe qui n’était autre que la limite d’un des ovales de verre
    ménagés dans le châssis qu’on glissait entre les coulisses de la
    lanterne. Ce n’était qu’un pan de château et il avait devant lui une
    lande où rêvait Geneviève qui portait une ceinture bleue. Le château
    et la lande étaient jaunes et je n’avais pas attendu de les voir pour
    connaître leur couleur car, avant les verres du châssis, la sonorité
    mordorée du nom de Brabant me l’avait montrée avec évidence. Golo
    s’arrêtait un instant pour écouter avec tristesse le boniment lu à
    haute voix par ma grand’tante et qu’il avait l’air de comprendre
    parfaitement, conformant son attitude avec une docilité qui n’excluait
    pas une certaine majesté, aux indications du texte; puis il
    s’éloignait du même pas saccadé. Et rien ne pouvait arrêter sa lente
    chevauchée. Si on bougeait la lanterne, je distinguais le cheval de
    Golo qui continuait à s’avancer sur les rideaux de la fenêtre, se
    bombant de leurs plis, descendant dans leurs fentes. Le corps de Golo
    lui-même, d’une essence aussi surnaturelle que celui de sa monture,
    s’arrangeait de tout obstacle matériel, de tout objet gênant qu’il
    rencontrait en le prenant comme ossature et en se le rendant
    intérieur, fût-ce le bouton de la porte sur lequel s’adaptait aussitôt
    et surnageait invinciblement sa robe rouge ou sa figure pâle toujours
    aussi noble et aussi mélancolique, mais qui ne laissait paraître aucun
    trouble de cette transvertébration.

    Certes je leur trouvais du charme à ces brillantes projections qui
    semblaient émaner d’un passé mérovingien et promenaient autour de moi
    des reflets d’histoire si anciens. Mais je ne peux dire quel malaise
    me causait pourtant cette intrusion du mystère et de la beauté dans
    une chambre que j’avais fini par remplir de mon moi au point de ne pas
    faire plus attention à elle qu’à lui-même. L’influence anesthésiante
    de l’habitude ayant cessé, je me mettais à penser, à sentir, choses si
    tristes. Ce bouton de la porte de ma chambre, qui différait pour moi
    de tous les autres boutons de porte du monde en ceci qu’il semblait
    ouvrir tout seul, sans que j’eusse besoin de le tourner, tant le
    maniement m’en était devenu inconscient, le voilà qui servait
    maintenant de corps astral à Golo. Et dès qu’on sonnait le dîner,
    j’avais hâte de courir à la salle à manger, où la grosse lampe de la
    suspension, ignorante de Golo et de Barbe-Bleue, et qui connaissait
    mes parents et le bœuf à la casserole, donnait sa lumière de tous les
    soirs; et de tomber dans les bras de maman que les malheurs de
    Geneviève de Brabant me rendaient plus chère, tandis que les crimes de
    Golo me faisaient examiner ma propre conscience avec plus de
    scrupules.

    Après le dîner, hélas, j’étais bientôt obligé de quitter maman qui
    restait à causer avec les autres, au jardin s’il faisait beau, dans le
    petit salon où tout le monde se retirait s’il faisait mauvais. Tout le
    monde, sauf ma grand’mère qui trouvait que «c’est une pitié de rester
    enfermé à la campagne» et qui avait d’incessantes discussions avec mon
    père, les jours de trop grande pluie, parce qu’il m’envoyait lire dans
    ma chambre au lieu de rester dehors. «Ce n’est pas comme cela que vous
    le rendrez robuste et énergique, disait-elle tristement, surtout ce
    petit qui a tant besoin de prendre des forces et de la volonté.» Mon
    père haussait les épaules et il examinait le baromètre, car il aimait
    la météorologie, pendant que ma mère, évitant de faire du bruit pour
    ne pas le troubler, le regardait avec un respect attendri, mais pas
    trop fixement pour ne pas chercher à percer le mystère de ses
    supériorités. Mais ma grand’mère, elle, par tous les temps, même quand
    la pluie faisait rage et que Françoise avait précipitamment rentré les
    précieux fauteuils d’osier de peur qu’ils ne fussent mouillés, on la
    voyait dans le jardin vide et fouetté par l’averse, relevant ses
    mèches désordonnées et grises pour que son front s’imbibât mieux de la
    salubrité du vent et de la pluie. Elle disait: «Enfin, on respire!» et
    parcourait les allées détrempées,--trop symétriquement alignées à son
    gré par le nouveau jardinier dépourvu du sentiment de la nature et
    auquel mon père avait demandé depuis le matin si le temps
    s’arrangerait,--de son petit pas enthousiaste et saccadé, réglé sur les
    mouvements divers qu’excitaient dans son âme l’ivresse de l’orage, la
    puissance de l’hygiène, la stupidité de mon éducation et la symétrie
    des jardins, plutôt que sur le désir inconnu d’elle d’éviter à sa jupe
    prune les taches de boue sous lesquelles elle disparaissait jusqu’à
    une hauteur qui était toujours pour sa femme de chambre un désespoir
    et un problème.

    Quand ces tours de jardin de ma grand’mère avaient lieu après dîner,
    une chose avait le pouvoir de la faire rentrer: c’était, à un des
    moments où la révolution de sa promenade la ramenait périodiquement,
    comme un insecte, en face des lumières du petit salon où les liqueurs
    étaient servies sur la table à jeu,--si ma grand’tante lui criait:
    «Bathilde! viens donc empêcher ton mari de boire du cognac!» Pour la
    taquiner, en effet (elle avait apporté dans la famille de mon père un
    esprit si différent que tout le monde la plaisantait et la
    tourmentait), comme les liqueurs étaient défendues à mon grand-père,
    ma grand’tante lui en faisait boire quelques gouttes. Ma pauvre
    grand’mère entrait, priait ardemment son mari de ne pas goûter au
    cognac; il se fâchait, buvait tout de même sa gorgée, et ma grand’mère
    repartait, triste, découragée, souriante pourtant, car elle était si
    humble de cœur et si douce que sa tendresse pour les autres et le peu
    de cas qu’elle faisait de sa propre personne et de ses souffrances, se
    conciliaient dans son regard en un sourire où, contrairement à ce
    qu’on voit dans le visage de beaucoup d’humains, il n’y avait
    d’ironie que pour elle-même, et pour nous tous comme un baiser de ses
    yeux qui ne pouvaient voir ceux qu’elle chérissait sans les caresser
    passionnément du regard. Ce supplice que lui infligeait ma
    grand’tante, le spectacle des vaines prières de ma grand’mère et de sa
    faiblesse, vaincue d’avance, essayant inutilement d’ôter à mon
    grand-père le verre à liqueur, c’était de ces choses à la vue
    desquelles on s’habitue plus tard jusqu’à les considérer en riant et à
    prendre le parti du persécuteur assez résolument et gaiement pour se
    persuader à soi-même qu’il ne s’agit pas de persécution; elles me
    causaient alors une telle horreur, que j’aurais aimé battre ma
    grand’tante. Mais dès que j’entendais: «Bathilde, viens donc empêcher
    ton mari de boire du cognac!» déjà homme par la lâcheté, je faisais ce
    que nous faisons tous, une fois que nous sommes grands, quand il y a
    devant nous des souffrances et des injustices: je ne voulais pas les
    voir; je montais sangloter tout en haut de la maison à côté de la
    salle d’études, sous les toits, dans une petite pièce sentant l’iris,
    et que parfumait aussi un cassis sauvage poussé au dehors entre les
    pierres de la muraille et qui passait une branche de fleurs par la
    fenêtre entr’ouverte. Destinée à un usage plus spécial et plus
    vulgaire, cette pièce, d’où l’on voyait pendant le jour jusqu’au
    donjon de Roussainville-le-Pin, servit longtemps de refuge pour moi,
    sans doute parce qu’elle était la seule qu’il me fût permis de fermer
    à clef, à toutes celles de mes occupations qui réclamaient une
    inviolable solitude: la lecture, la rêverie, les larmes et la volupté.
    Hélas! je ne savais pas que, bien plus tristement que les petits
    écarts de régime de son mari, mon manque de volonté, ma santé
    délicate, l’incertitude qu’ils projetaient sur mon avenir,
    préoccupaient ma grand’mère, au cours de ces déambulations
    incessantes, de l’après-midi et du soir, où on voyait passer et
    repasser, obliquement levé vers le ciel, son beau visage aux joues
    brunes et sillonnées, devenues au retour de l’âge presque mauves comme
    les labours à l’automne, barrées, si elle sortait, par une voilette à
    demi relevée, et sur lesquelles, amené là par le froid ou quelque
    triste pensée, était toujours en train de sécher un pleur
    involontaire.

    Ma seule consolation, quand je montais me coucher, était que maman
    viendrait m’embrasser quand je serais dans mon lit. Mais ce bonsoir
    durait si peu de temps, elle redescendait si vite, que le moment où je
    l’entendais monter, puis où passait dans le couloir à double porte le
    bruit léger de sa robe de jardin en mousseline bleue, à laquelle
    pendaient de petits cordons de paille tressée, était pour moi un
    moment douloureux. Il annonçait celui qui allait le suivre, où elle
    m’aurait quitté, où elle serait redescendue. De sorte que ce bonsoir
    que j’aimais tant, j’en arrivais à souhaiter qu’il vînt le plus tard
    possible, à ce que se prolongeât le temps de répit où maman n’était
    pas encore venue. Quelquefois quand, après m’avoir embrassé, elle
    ouvrait la porte pour partir, je voulais la rappeler, lui dire
    «embrasse-moi une fois encore», mais je savais qu’aussitôt elle aurait
    son visage fâché, car la concession qu’elle faisait à ma tristesse et
    à mon agitation en montant m’embrasser, en m’apportant ce baiser de
    paix, agaçait mon père qui trouvait ces rites absurdes, et elle eût
    voulu tâcher de m’en faire perdre le besoin, l’habitude, bien loin de
    me laisser prendre celle de lui demander, quand elle était déjà sur le
    pas de la porte, un baiser de plus. Or la voir fâchée détruisait tout
    le calme qu’elle m’avait apporté un instant avant, quand elle avait
    penché vers mon lit sa figure aimante, et me l’avait tendue comme une
    hostie pour une communion de paix où mes lèvres puiseraient sa
    présence réelle et le pouvoir de m’endormir. Mais ces soirs-là, où
    maman en somme restait si peu de temps dans ma chambre, étaient doux
    encore en comparaison de ceux où il y avait du monde à dîner et où, à
    cause de cela, elle ne montait pas me dire bonsoir. Le monde se
    bornait habituellement à M. Swann, qui, en dehors de quelques
    étrangers de passage, était à peu près la seule personne qui vînt chez
    nous à Combray, quelquefois pour dîner en voisin (plus rarement depuis
    qu’il avait fait ce mauvais mariage, parce que mes parents ne
    voulaient pas recevoir sa femme), quelquefois après le dîner, à
    l’improviste. Les soirs où, assis devant la maison sous le grand
    marronnier, autour de la table de fer, nous entendions au bout du
    jardin, non pas le grelot profus et criard qui arrosait, qui
    étourdissait au passage de son bruit ferrugineux, intarissable et
    glacé, toute personne de la maison qui le déclenchait en entrant «sans
    sonner», mais le double tintement timide, ovale et doré de la
    clochette pour les étrangers, tout le monde aussitôt se demandait:
    «Une visite, qui cela peut-il être?» mais on savait bien que cela ne
    pouvait être que M. Swann; ma grand’tante parlant à haute voix, pour
    prêcher d’exemple, sur un ton qu’elle s’efforçait de rendre naturel,
    disait de ne pas chuchoter ainsi; que rien n’est plus désobligeant
    pour une personne qui arrive et à qui cela fait croire qu’on est en
    train de dire des choses qu’elle ne doit pas entendre; et on envoyait
    en éclaireur ma grand’mère, toujours heureuse d’avoir un prétexte pour
    faire un tour de jardin de plus, et qui en profitait pour arracher
    subrepticement au passage quelques tuteurs de rosiers afin de rendre
    aux roses un peu de naturel, comme une mère qui, pour les faire
    bouffer, passe la main dans les cheveux de son fils que le coiffeur a
    trop aplatis.

    Nous restions tous suspendus aux nouvelles que ma grand’mère allait
    nous apporter de l’ennemi, comme si on eût pu hésiter entre un grand
    nombre possible d’assaillants, et bientôt après mon grand-père disait:
    «Je reconnais la voix de Swann.» On ne le reconnaissait en effet qu’à
    la voix, on distinguait mal son visage au nez busqué, aux yeux verts,
    sous un haut front entouré de cheveux blonds presque roux, coiffés à
    la Bressant, parce que nous gardions le moins de lumière possible au
    jardin pour ne pas attirer les moustiques et j’allais, sans en avoir
    l’air, dire qu’on apportât les sirops; ma grand’mère attachait
    beaucoup d’importance, trouvant cela plus aimable, à ce qu’ils
    n’eussent pas l’air de figurer d’une façon exceptionnelle, et pour les
    visites seulement. M. Swann, quoique beaucoup plus jeune que lui,
    était très lié avec mon grand-père qui avait été un des meilleurs amis
    de son père, homme excellent mais singulier, chez qui, paraît-il, un
    rien suffisait parfois pour interrompre les élans du cœur, changer le
    cours de la pensée. J’entendais plusieurs fois par an mon grand-père
    raconter à table des anecdotes toujours les mêmes sur l’attitude
    qu’avait eue M. Swann le père, à la mort de sa femme qu’il avait
    veillée jour et nuit. Mon grand-père qui ne l’avait pas vu depuis
    longtemps était accouru auprès de lui dans la propriété que les Swann
    possédaient aux environs de Combray, et avait réussi, pour qu’il
    n’assistât pas à la mise en bière, à lui faire quitter un moment, tout
    en pleurs, la chambre mortuaire. Ils firent quelques pas dans le parc
    où il y avait un peu de soleil. Tout d’un coup, M. Swann prenant mon
    grand-père par le bras, s’était écrié: «Ah! mon vieil ami, quel
    bonheur de se promener ensemble par ce beau temps. Vous ne trouvez pas
    ça joli tous ces arbres, ces aubépines et mon étang dont vous ne
    m’avez jamais félicité? Vous avez l’air comme un bonnet de nuit.
    Sentez-vous ce petit vent? Ah! on a beau dire, la vie a du bon tout de
    même, mon cher Amédée!» Brusquement le souvenir de sa femme morte lui
    revint, et trouvant sans doute trop compliqué de chercher comment il
    avait pu à un pareil moment se laisser aller à un mouvement de joie,
    il se contenta, par un geste qui lui était familier chaque fois qu’une
    question ardue se présentait à son esprit, de passer la main sur son
    front, d’essuyer ses yeux et les verres de son lorgnon. Il ne put
    pourtant pas se consoler de la mort de sa femme, mais pendant les deux
    années qu’il lui survécut, il disait à mon grand-père: «C’est drôle,
    je pense très souvent à ma pauvre femme, mais je ne peux y penser
    beaucoup à la fois.» «Souvent, mais peu à la fois, comme le pauvre
    père Swann», était devenu une des phrases favorites de mon grand-père
    qui la prononçait à propos des choses les plus différentes. Il
    m’aurait paru que ce père de Swann était un monstre, si mon grand-père
    que je considérais comme meilleur juge et dont la sentence faisant
    jurisprudence pour moi, m’a souvent servi dans la suite à absoudre des
    fautes que j’aurais été enclin à condamner, ne s’était récrié: «Mais
    comment? c’était un cœur d’or!»

    Pendant bien des années, où pourtant, surtout avant son mariage, M.
    Swann, le fils, vint souvent les voir à Combray, ma grand’tante et mes
    grands-parents ne soupçonnèrent pas qu’il ne vivait plus du tout dans
    la société qu’avait fréquentée sa famille et que sous l’espèce
    d’incognito que lui faisait chez nous ce nom de Swann, ils
    hébergeaient,--avec la parfaite innocence d’honnêtes hôteliers qui ont
    chez eux, sans le savoir, un célèbre brigand,--un des membres les plus
    élégants du Jockey-Club, ami préféré du comte de Paris et du prince de
    Galles, un des hommes les plus choyés de la haute société du faubourg
    Saint-Germain.

    L’ignorance où nous étions de cette brillante vie mondaine que menait
    Swann tenait évidemment en partie à la réserve et à la discrétion de
    son caractère, mais aussi à ce que les bourgeois d’alors se faisaient
    de la société une idée un peu hindoue et la considéraient comme
    composée de castes fermées où chacun, dès sa naissance, se trouvait
    placé dans le rang qu’occupaient ses parents, et d’où rien, à moins
    des hasards d’une carrière exceptionnelle ou d’un mariage inespéré, ne
    pouvait vous tirer pour vous faire pénétrer dans une caste supérieure.
    M. Swann, le père, était agent de change; le «fils Swann» se trouvait
    faire partie pour toute sa vie d’une caste où les fortunes, comme dans
    une catégorie de contribuables, variaient entre tel et tel revenu. On
    savait quelles avaient été les fréquentations de son père, on savait
    donc quelles étaient les siennes, avec quelles personnes il était «en
    situation» de frayer. S’il en connaissait d’autres, c’étaient
    relations de jeune homme sur lesquelles des amis anciens de sa
    famille, comme étaient mes parents, fermaient d’autant plus
    bienveillamment les yeux qu’il continuait, depuis qu’il était
    orphelin, à venir très fidèlement nous voir; mais il y avait fort à
    parier que ces gens inconnus de nous qu’il voyait, étaient de ceux
    qu’il n’aurait pas osé saluer si, étant avec nous, il les avait
    rencontrés. Si l’on avait voulu à toute force appliquer à Swann un
    coefficient social qui lui fût personnel, entre les autres fils
    d’agents de situation égale à celle de ses parents, ce coefficient eût
    été pour lui un peu inférieur parce que, très simple de façon et ayant
    toujours eu une «toquade» d’objets anciens et de peinture, il
    demeurait maintenant dans un vieil hôtel où il entassait ses
    collections et que ma grand’mère rêvait de visiter, mais qui était
    situé quai d’Orléans, quartier que ma grand’tante trouvait infamant
    d’habiter. «Êtes-vous seulement connaisseur? je vous demande cela dans
    votre intérêt, parce que vous devez vous faire repasser des croûtes
    par les marchands», lui disait ma grand’tante; elle ne lui supposait
    en effet aucune compétence et n’avait pas haute idée même au point de
    vue intellectuel d’un homme qui dans la conversation évitait les
    sujets sérieux et montrait une précision fort prosaïque non seulement
    quand il nous donnait, en entrant dans les moindres détails, des
    recettes de cuisine, mais même quand les sœurs de ma grand’mère
    parlaient de sujets artistiques. Provoqué par elles à donner son avis,
    à exprimer son admiration pour un tableau, il gardait un silence
    presque désobligeant et se rattrapait en revanche s’il pouvait fournir
    sur le musée où il se trouvait, sur la date où il avait été peint, un
    renseignement matériel. Mais d’habitude il se contentait de chercher à
    nous amuser en racontant chaque fois une histoire nouvelle qui venait
    de lui arriver avec des gens choisis parmi ceux que nous connaissions,
    avec le pharmacien de Combray, avec notre cuisinière, avec notre
    cocher. Certes ces récits faisaient rire ma grand’tante, mais sans
    qu’elle distinguât bien si c’était à cause du rôle ridicule que s’y
    donnait toujours Swann ou de l’esprit qu’il mettait à les conter: «On
    peut dire que vous êtes un vrai type, monsieur Swann!» Comme elle
    était la seule personne un peu vulgaire de notre famille, elle avait
    soin de faire remarquer aux étrangers, quand on parlait de Swann,
    qu’il aurait pu, s’il avait voulu, habiter boulevard Haussmann ou
    avenue de l’Opéra, qu’il était le fils de M. Swann qui avait dû lui
    laisser quatre ou cinq millions, mais que c’était sa fantaisie.
    Fantaisie qu’elle jugeait du reste devoir être si divertissante pour
    les autres, qu’à Paris, quand M. Swann venait le 1er janvier lui
    apporter son sac de marrons glacés, elle ne manquait pas, s’il y avait
    du monde, de lui dire: «Eh bien! M. Swann, vous habitez toujours près
    de l’Entrepôt des vins, pour être sûr de ne pas manquer le train quand
    vous prenez le chemin de Lyon?» Et elle regardait du coin de l’œil,
    par-dessus son lorgnon, les autres visiteurs.

    Mais si l’on avait dit à ma grand’mère que ce Swann qui, en tant que
    fils Swann était parfaitement «qualifié» pour être reçu par toute la
    «belle bourgeoisie», par les notaires ou les avoués les plus estimés
    de Paris (privilège qu’il semblait laisser tomber un peu en
    quenouille), avait, comme en cachette, une vie toute différente; qu’en
    sortant de chez nous, à Paris, après nous avoir dit qu’il rentrait se
    coucher, il rebroussait chemin à peine la rue tournée et se rendait
    dans tel salon que jamais l’œil d’aucun agent ou associé d’agent ne
    contempla, cela eût paru aussi extraordinaire à ma tante qu’aurait pu
    l’être pour une dame plus lettrée la pensée d’être personnellement
    liée avec Aristée dont elle aurait compris qu’il allait, après avoir
    causé avec elle, plonger au sein des royaumes de Thétis, dans un
    empire soustrait aux yeux des mortels et où Virgile nous le montre
    reçu à bras ouverts; ou, pour s’en tenir à une image qui avait plus de
    chance de lui venir à l’esprit, car elle l’avait vue peinte sur nos
    assiettes à petits fours de Combray--d’avoir eu à dîner Ali-Baba,
    lequel quand il se saura seul, pénétrera dans la caverne, éblouissante
    de trésors insoupçonnés.

    Un jour qu’il était venu nous voir à Paris après dîner en s’excusant
    d’être en habit, Françoise ayant, après son départ, dit tenir du
    cocher qu’il avait dîné «chez une princesse»,--«Oui, chez une princesse
    du demi-monde!» avait répondu ma tante en haussant les épaules sans
    lever les yeux de sur son tricot, avec une ironie sereine.

    Aussi, ma grand’tante en usait-elle cavalièrement avec lui. Comme elle
    croyait qu’il devait être flatté par nos invitations, elle trouvait
    tout naturel qu’il ne vînt pas nous voir l’été sans avoir à la main un
    panier de pêches ou de framboises de son jardin et que de chacun de
    ses voyages d’Italie il m’eût rapporté des photographies de
    chefs-d’œuvre.

    On ne se gênait guère pour l’envoyer quérir dès qu’on avait besoin
    d’une recette de sauce gribiche ou de salade à l’ananas pour des
    grands dîners où on ne l’invitait pas, ne lui trouvant pas un prestige
    suffisant pour qu’on pût le servir à des étrangers qui venaient pour
    la première fois. Si la conversation tombait sur les princes de la
    Maison de France: «des gens que nous ne connaîtrons jamais ni vous ni
    moi et nous nous en passons, n’est-ce pas», disait ma grand’tante à
    Swann qui avait peut-être dans sa poche une lettre de Twickenham; elle
    lui faisait pousser le piano et tourner les pages les soirs où la sœur
    de ma grand’mère chantait, ayant pour manier cet être ailleurs si
    recherché, la naïve brusquerie d’un enfant qui joue avec un bibelot de
    collection sans plus de précautions qu’avec un objet bon marché. Sans
    doute le Swann que connurent à la même époque tant de clubmen était
    bien différent de celui que créait ma grand’tante, quand le soir, dans
    le petit jardin de Combray, après qu’avaient retenti les deux coups
    hésitants de la clochette, elle injectait et vivifiait de tout ce
    qu’elle savait sur la famille Swann, l’obscur et incertain personnage
    qui se détachait, suivi de ma grand’mère, sur un fond de ténèbres, et
    qu’on reconnaissait à la voix. Mais même au point de vue des plus
    insignifiantes choses de la vie, nous ne sommes pas un tout
    matériellement constitué, identique pour tout le monde et dont chacun
    n’a qu’à aller prendre connaissance comme d’un cahier des charges ou
    d’un testament; notre personnalité sociale est une création de la
    pensée des autres. Même l’acte si simple que nous appelons «voir une
    personne que nous connaissons» est en partie un acte intellectuel.
    Nous remplissons l’apparence physique de l’être que nous voyons, de
    toutes les notions que nous avons sur lui et dans l’aspect total que
    nous nous représentons, ces notions ont certainement la plus grande
    part. Elles finissent par gonfler si parfaitement les joues, par
    suivre en une adhérence si exacte la ligne du nez, elles se mêlent si
    bien de nuancer la sonorité de la voix comme si celle-ci n’était
    qu’une transparente enveloppe, que chaque fois que nous voyons ce
    visage et que nous entendons cette voix, ce sont ces notions que nous
    retrouvons, que nous écoutons. Sans doute, dans le Swann qu’ils
    s’étaient constitué, mes parents avaient omis par ignorance de faire
    entrer une foule de particularités de sa vie mondaine qui étaient
    cause que d’autres personnes, quand elles étaient en sa présence,
    voyaient les élégances régner dans son visage et s’arrêter à son nez
    busqué comme à leur frontière naturelle; mais aussi ils avaient pu
    entasser dans ce visage désaffecté de son prestige, vacant et
    spacieux, au fond de ces yeux dépréciés, le vague et doux
    résidu,--mi-mémoire, mi-oubli,--des heures oisives passées ensemble
    après nos dîners hebdomadaires, autour de la table de jeu ou au
    jardin, durant notre vie de bon voisinage campagnard. L’enveloppe
    corporelle de notre ami en avait été si bien bourrée, ainsi que de
    quelques souvenirs relatifs à ses parents, que ce Swann-là était
    devenu un être complet et vivant, et que j’ai l’impression de quitter
    une personne pour aller vers une autre qui en est distincte, quand,
    dans ma mémoire, du Swann que j’ai connu plus tard avec exactitude je
    passe à ce premier Swann,--à ce premier Swann dans lequel je retrouve
    les erreurs charmantes de ma jeunesse, et qui d’ailleurs ressemble
    moins à l’autre qu’aux personnes que j’ai connues à la même époque,
    comme s’il en était de notre vie ainsi que d’un musée où tous les
    portraits d’un même temps ont un air de famille, une même tonalité--à
    ce premier Swann rempli de loisir, parfumé par l’odeur du grand
    marronnier, des paniers de framboises et d’un brin d’estragon.

    Pourtant un jour que ma grand’mère était allée demander un service à
    une dame qu’elle avait connue au Sacré-Cœur (et avec laquelle, à cause
    de notre conception des castes elle n’avait pas voulu rester en
    relations malgré une sympathie réciproque), la marquise de
    Villeparisis, de la célèbre famille de Bouillon, celle-ci lui avait
    dit: «Je crois que vous connaissez beaucoup M. Swann qui est un grand
    ami de mes neveux des Laumes». Ma grand’mère était revenue de sa
    visite enthousiasmée par la maison qui donnait sur des jardins et où
    Mme de Villeparisis lui conseillait de louer, et aussi par un giletier
    et sa fille, qui avaient leur boutique dans la cour et chez qui elle
    était entrée demander qu’on fît un point à sa jupe qu’elle avait
    déchirée dans l’escalier. Ma grand’mère avait trouvé ces gens
    parfaits, elle déclarait que la petite était une perle et que le
    giletier était l’homme le plus distingué, le mieux qu’elle eût jamais
    vu. Car pour elle, la distinction était quelque chose d’absolument
    indépendant du rang social. Elle s’extasiait sur une réponse que le
    giletier lui avait faite, disant à maman: «Sévigné n’aurait pas mieux
    dit!» et en revanche, d’un neveu de Mme de Villeparisis qu’elle avait
    rencontré chez elle: «Ah! ma fille, comme il est commun!»

    Or le propos relatif à Swann avait eu pour effet non pas de relever
    celui-ci dans l’esprit de ma grand’tante, mais d’y abaisser Mme de
    Villeparisis. Il semblait que la considération que, sur la foi de ma
    grand’mère, nous accordions à Mme de Villeparisis, lui créât un devoir
    de ne rien faire qui l’en rendît moins digne et auquel elle avait
    manqué en apprenant l’existence de Swann, en permettant à des parents
    à elle de le fréquenter. «Comment elle connaît Swann? Pour une
    personne que tu prétendais parente du maréchal de Mac-Mahon!» Cette
    opinion de mes parents sur les relations de Swann leur parut ensuite
    confirmée par son mariage avec une femme de la pire société, presque
    une cocotte que, d’ailleurs, il ne chercha jamais à présenter,
    continuant à venir seul chez nous, quoique de moins en moins, mais
    d’après laquelle ils crurent pouvoir juger--supposant que c’était là
    qu’il l’avait prise--le milieu, inconnu d’eux, qu’il fréquentait
    habituellement.

    Mais une fois, mon grand-père lut dans un journal que M. Swann était
    un des plus fidèles habitués des déjeuners du dimanche chez le duc de
    X..., dont le père et l’oncle avaient été les hommes d’État les plus
    en vue du règne de Louis-Philippe. Or mon grand-père était curieux de
    tous les petits faits qui pouvaient l’aider à entrer par la pensée
    dans la vie privée d’hommes comme Molé, comme le duc Pasquier, comme
    le duc de Broglie. Il fut enchanté d’apprendre que Swann fréquentait
    des gens qui les avaient connus. Ma grand’tante au contraire
    interpréta cette nouvelle dans un sens défavorable à Swann: quelqu’un
    qui choisissait ses fréquentations en dehors de la caste où il était
    né, en dehors de sa «classe» sociale, subissait à ses yeux un fâcheux
    déclassement. Il lui semblait qu’on renonçât d’un coup au fruit de
    toutes les belles relations avec des gens bien posés, qu’avaient
    honorablement entretenues et engrangées pour leurs enfants les
    familles prévoyantes; (ma grand’tante avait même cessé de voir le fils
    d’un notaire de nos amis parce qu’il avait épousé une altesse et était
    par là descendu pour elle du rang respecté de fils de notaire à celui
    d’un de ces aventuriers, anciens valets de chambre ou garçons
    d’écurie, pour qui on raconte que les reines eurent parfois des
    bontés). Elle blâma le projet qu’avait mon grand-père d’interroger
    Swann, le soir prochain où il devait venir dîner, sur ces amis que
    nous lui découvrions. D’autre part les deux sœurs de ma grand’mère,
    vieilles filles qui avaient sa noble nature mais non son esprit,
    déclarèrent ne pas comprendre le plaisir que leur beau-frère pouvait
    trouver à parler de niaiseries pareilles. C’étaient des personnes
    d’aspirations élevées et qui à cause de cela même étaient incapables
    de s’intéresser à ce qu’on appelle un potin, eût-il même un intérêt
    historique, et d’une façon générale à tout ce qui ne se rattachait pas
    directement à un objet esthétique ou vertueux. Le désintéressement de
    leur pensée était tel, à l’égard de tout ce qui, de près ou de loin
    semblait se rattacher à la vie mondaine, que leur sens auditif,--ayant
    fini par comprendre son inutilité momentanée dès qu’à dîner la
    conversation prenait un ton frivole ou seulement terre à terre sans
    que ces deux vieilles demoiselles aient pu la ramener aux sujets qui
    leur étaient chers,--mettait alors au repos ses organes récepteurs et
    leur laissait subir un véritable commencement d’atrophie. Si alors mon
    grand-père avait besoin d’attirer l’attention des deux sœurs, il
    fallait qu’il eût recours à ces avertissements physiques dont usent
    les médecins aliénistes à l’égard de certains maniaques de la
    distraction: coups frappés à plusieurs reprises sur un verre avec la
    lame d’un couteau, coïncidant avec une brusque interpellation de la
    voix et du regard, moyens violents que ces psychiatres transportent
    souvent dans les rapports courants avec des gens bien portants, soit
    par habitude professionnelle, soit qu’ils croient tout le monde un peu
    fou.

    Elles furent plus intéressées quand la veille du jour où Swann devait
    venir dîner, et leur avait personnellement envoyé une caisse de vin
    d’Asti, ma tante, tenant un numéro du Figaro où à côté du nom d’un
    tableau qui était à une Exposition de Corot, il y avait ces mots: «de
    la collection de M. Charles Swann», nous dit: «Vous avez vu que Swann
    a «les honneurs» du Figaro?»--«Mais je vous ai toujours dit qu’il avait
    beaucoup de goût», dit ma grand’mère. «Naturellement toi, du moment
    qu’il s’agit d’être d’un autre avis que nous», répondit ma grand’tante
    qui, sachant que ma grand’mère n’était jamais du même avis qu’elle, et
    n’étant bien sûre que ce fût à elle-même que nous donnions toujours
    raison, voulait nous arracher une condamnation en bloc des opinions de
    ma grand’mère contre lesquelles elle tâchait de nous solidariser de
    force avec les siennes. Mais nous restâmes silencieux. Les sœurs de ma
    grand’mère ayant manifesté l’intention de parler à Swann de ce mot du
    Figaro, ma grand’tante le leur déconseilla. Chaque fois qu’elle voyait
    aux autres un avantage si petit fût-il qu’elle n’avait pas, elle se
    persuadait que c’était non un avantage mais un mal et elle les
    plaignait pour ne pas avoir à les envier. «Je crois que vous ne lui
    feriez pas plaisir; moi je sais bien que cela me serait très
    désagréable de voir mon nom imprimé tout vif comme cela dans le
    journal, et je ne serais pas flattée du tout qu’on m’en parlât.» Elle
    ne s’entêta pas d’ailleurs à persuader les sœurs de ma grand’mère; car
    celles-ci par horreur de la vulgarité poussaient si loin l’art de
    dissimuler sous des périphrases ingénieuses une allusion personnelle
    qu’elle passait souvent inaperçue de celui même à qui elle
    s’adressait. Quant à ma mère elle ne pensait qu’à tâcher d’obtenir de
    mon père qu’il consentît à parler à Swann non de sa femme mais de sa
    fille qu’il adorait et à cause de laquelle disait-on il avait fini par
    faire ce mariage. «Tu pourrais ne lui dire qu’un mot, lui demander
    comment elle va. Cela doit être si cruel pour lui.» Mais mon père se
    fâchait: «Mais non! tu as des idées absurdes. Ce serait ridicule.»

    Mais le seul d’entre nous pour qui la venue de Swann devint l’objet
    d’une préoccupation douloureuse, ce fut moi. C’est que les soirs où
    des étrangers, ou seulement M. Swann, étaient là, maman ne montait pas
    dans ma chambre. Je ne dînais pas à table, je venais après dîner au
    jardin, et à neuf heures je disais bonsoir et allais me coucher. Je
    dînais avant tout le monde et je venais ensuite m’asseoir à table,
    jusqu’à huit heures où il était convenu que je devais monter; ce
    baiser précieux et fragile que maman me confiait d’habitude dans mon
    lit au moment de m’endormir il me fallait le transporter de la salle à
    manger dans ma chambre et le garder pendant tout le temps que je me
    déshabillais, sans que se brisât sa douceur, sans que se répandît et
    s’évaporât sa vertu volatile et, justement ces soirs-là où j’aurais eu
    besoin de le recevoir avec plus de précaution, il fallait que je le
    prisse, que je le dérobasse brusquement, publiquement, sans même avoir
    le temps et la liberté d’esprit nécessaires pour porter à ce que je
    faisais cette attention des maniaques qui s’efforcent de ne pas penser
    à autre chose pendant qu’ils ferment une porte, pour pouvoir, quand
    l’incertitude maladive leur revient, lui opposer victorieusement le
    souvenir du moment où ils l’ont fermée. Nous étions tous au jardin
    quand retentirent les deux coups hésitants de la clochette. On savait
    que c’était Swann; néanmoins tout le monde se regarda d’un air
    interrogateur et on envoya ma grand’mère en reconnaissance. «Pensez à
    le remercier intelligiblement de son vin, vous savez qu’il est
    délicieux et la caisse est énorme, recommanda mon grand-père à ses
    deux belles-sœurs.» «Ne commencez pas à chuchoter, dit ma grand’tante.
    Comme c’est confortable d’arriver dans une maison où tout le monde
    parle bas.» «Ah! voilà M. Swann. Nous allons lui demander s’il croit
    qu’il fera beau demain», dit mon père. Ma mère pensait qu’un mot
    d’elle effacerait toute la peine que dans notre famille on avait pu
    faire à Swann depuis son mariage. Elle trouva le moyen de l’emmener un
    peu à l’écart. Mais je la suivis; je ne pouvais me décider à la
    quitter d’un pas en pensant que tout à l’heure il faudrait que je la
    laisse dans la salle à manger et que je remonte dans ma chambre sans
    avoir comme les autres soirs la consolation qu’elle vînt m’embrasser.
    «Voyons, monsieur Swann, lui dit-elle, parlez-moi un peu de votre
    fille; je suis sûre qu’elle a déjà le goût des belles œuvres comme son
    papa.» «Mais venez donc vous asseoir avec nous tous sous la véranda»,
    dit mon grand-père en s’approchant. Ma mère fut obligée de
    s’interrompre, mais elle tira de cette contrainte même une pensée
    délicate de plus, comme les bons poètes que la tyrannie de la rime
    force à trouver leurs plus grandes beautés: «Nous reparlerons d’elle
    quand nous serons tous les deux, dit-elle à mi-voix à Swann. Il n’y a
    qu’une maman qui soit digne de vous comprendre. Je suis sûre que la
    sienne serait de mon avis.» Nous nous assîmes tous autour de la table
    de fer. J’aurais voulu ne pas penser aux heures d’angoisse que je
    passerais ce soir seul dans ma chambre sans pouvoir m’endormir; je
    tâchais de me persuader qu’elles n’avaient aucune importance, puisque
    je les aurais oubliées demain matin, de m’attacher à des idées
    d’avenir qui auraient dû me conduire comme sur un pont au delà de
    l’abîme prochain qui m’effrayait. Mais mon esprit tendu par ma
    préoccupation, rendu convexe comme le regard que je dardais sur ma
    mère, ne se laissait pénétrer par aucune impression étrangère. Les
    pensées entraient bien en lui, mais à condition de laisser dehors tout
    élément de beauté ou simplement de drôlerie qui m’eût touché ou
    distrait. Comme un malade, grâce à un anesthésique, assiste avec une
    pleine lucidité à l’opération qu’on pratique sur lui, mais sans rien
    sentir, je pouvais me réciter des vers que j’aimais ou observer les
    efforts que mon grand-père faisait pour parler à Swann du duc
    d’Audiffret-Pasquier, sans que les premiers me fissent éprouver aucune
    émotion, les seconds aucune gaîté. Ces efforts furent infructueux. A
    peine mon grand-père eut-il posé à Swann une question relative à cet
    orateur qu’une des sœurs de ma grand’mère aux oreilles de qui cette
    question résonna comme un silence profond mais intempestif et qu’il
    était poli de rompre, interpella l’autre: «Imagine-toi, Céline, que
    j’ai fait la connaissance d’une jeune institutrice suédoise qui m’a
    donné sur les coopératives dans les pays scandinaves des détails tout
    ce qu’il y a de plus intéressants. Il faudra qu’elle vienne dîner ici
    un soir.» «Je crois bien! répondit sa sœur Flora, mais je n’ai pas
    perdu mon temps non plus. J’ai rencontré chez M. Vinteuil un vieux
    savant qui connaît beaucoup Maubant, et à qui Maubant a expliqué dans
    le plus grand détail comment il s’y prend pour composer un rôle. C’est
    tout ce qu’il y a de plus intéressant. C’est un voisin de M. Vinteuil,
    je n’en savais rien; et il est très aimable.» «Il n’y a pas que M.
    Vinteuil qui ait des voisins aimables», s’écria ma tante Céline d’une
    voix que la timidité rendait forte et la préméditation, factice, tout
    en jetant sur Swann ce qu’elle appelait un regard significatif. En
    même temps ma tante Flora qui avait compris que cette phrase était le
    remerciement de Céline pour le vin d’Asti, regardait également Swann
    avec un air mêlé de congratulation et d’ironie, soit simplement pour
    souligner le trait d’esprit de sa sœur, soit qu’elle enviât Swann de
    l’avoir inspiré, soit qu’elle ne pût s’empêcher de se moquer de lui
    parce qu’elle le croyait sur la sellette. «Je crois qu’on pourra
    réussir à avoir ce monsieur à dîner, continua Flora; quand on le met
    sur Maubant ou sur Mme Materna, il parle des heures sans s’arrêter.»
    «Ce doit être délicieux», soupira mon grand-père dans l’esprit de qui
    la nature avait malheureusement aussi complètement omis d’inclure la
    possibilité de s’intéresser passionnément aux coopératives suédoises
    ou à la composition des rôles de Maubant, qu’elle avait oublié de
    fournir celui des sœurs de ma grand’mère du petit grain de sel qu’il
    faut ajouter soi-même pour y trouver quelque saveur, à un récit sur la
    vie intime de Molé ou du comte de Paris. «Tenez, dit Swann à mon
    grand-père, ce que je vais vous dire a plus de rapports que cela n’en
    a l’air avec ce que vous me demandiez, car sur certains points les
    choses n’ont pas énormément changé. Je relisais ce matin dans
    Saint-Simon quelque chose qui vous aurait amusé. C’est dans le volume
    sur son ambassade d’Espagne; ce n’est pas un des meilleurs, ce n’est
    guère qu’un journal, mais du moins un journal merveilleusement écrit,
    ce qui fait déjà une première différence avec les assommants journaux
    que nous nous croyons obligés de lire matin et soir.» «Je ne suis pas
    de votre avis, il y a des jours où la lecture des journaux me semble
    fort agréable...», interrompit ma tante Flora, pour montrer qu’elle
    avait lu la phrase sur le Corot de Swann dans le Figaro. «Quand ils
    parlent de choses ou de gens qui nous intéressent!» enchérit ma tante
    Céline. «Je ne dis pas non, répondit Swann étonné. Ce que je reproche
    aux journaux c’est de nous faire faire attention tous les jours à des
    choses insignifiantes tandis que nous lisons trois ou quatre fois dans
    notre vie les livres où il y a des choses essentielles. Du moment que
    nous déchirons fiévreusement chaque matin la bande du journal, alors
    on devrait changer les choses et mettre dans le journal, moi je ne
    sais pas, les... Pensées de Pascal! (il détacha ce mot d’un ton
    d’emphase ironique pour ne pas avoir l’air pédant). Et c’est dans le
    volume doré sur tranches que nous n’ouvrons qu’une fois tous les dix
    ans, ajouta-t-il en témoignant pour les choses mondaines ce dédain
    qu’affectent certains hommes du monde, que nous lirions que la reine
    de Grèce est allée à Cannes ou que la princesse de Léon a donné un bal
    costumé. Comme cela la juste proportion serait rétablie.» Mais
    regrettant de s’être laissé aller à parler même légèrement de choses
    sérieuses: «Nous avons une bien belle conversation, dit-il
    ironiquement, je ne sais pas pourquoi nous abordons ces «sommets», et
    se tournant vers mon grand-père: «Donc Saint-Simon raconte que
    Maulevrier avait eu l’audace de tendre la main à ses fils. Vous savez,
    c’est ce Maulevrier dont il dit: «Jamais je ne vis dans cette épaisse
    bouteille que de l’humeur, de la grossièreté et des sottises.»
    «Épaisses ou non, je connais des bouteilles où il y a tout autre
    chose», dit vivement Flora, qui tenait à avoir remercié Swann elle
    aussi, car le présent de vin d’Asti s’adressait aux deux. Céline se
    mit à rire. Swann interloqué reprit: «Je ne sais si ce fut ignorance
    ou panneau, écrit Saint-Simon, il voulut donner la main à mes enfants.
    Je m’en aperçus assez tôt pour l’en empêcher.» Mon grand-père
    s’extasiait déjà sur «ignorance ou panneau», mais Mlle Céline, chez
    qui le nom de Saint-Simon,--un littérateur,--avait empêché l’anesthésie
    complète des facultés auditives, s’indignait déjà: «Comment? vous
    admirez cela? Eh bien! c’est du joli! Mais qu’est-ce que cela peut
    vouloir dire; est-ce qu’un homme n’est pas autant qu’un autre?
    Qu’est-ce que cela peut faire qu’il soit duc ou cocher s’il a de
    l’intelligence et du cœur? Il avait une belle manière d’élever ses
    enfants, votre Saint-Simon, s’il ne leur disait pas de donner la main
    à tous les honnêtes gens. Mais c’est abominable, tout simplement. Et
    vous osez citer cela?» Et mon grand-père navré, sentant
    l’impossibilité, devant cette obstruction, de chercher à faire
    raconter à Swann, les histoires qui l’eussent amusé disait à voix
    basse à maman: «Rappelle-moi donc le vers que tu m’as appris et qui me
    soulage tant dans ces moments-là. Ah! oui: «Seigneur, que de vertus
    vous nous faites haïr!» Ah! comme c’est bien!»

    Je ne quittais pas ma mère des yeux, je savais que quand on serait à
    table, on ne me permettrait pas de rester pendant toute la durée du
    dîner et que pour ne pas contrarier mon père, maman ne me laisserait
    pas l’embrasser à plusieurs reprises devant le monde, comme si ç’avait
    été dans ma chambre. Aussi je me promettais, dans la salle à manger,
    pendant qu’on commencerait à dîner et que je sentirais approcher
    l’heure, de faire d’avance de ce baiser qui serait si court et furtif,
    tout ce que j’en pouvais faire seul, de choisir avec mon regard la
    place de la joue que j’embrasserais, de préparer ma pensée pour
    pouvoir grâce à ce commencement mental de baiser consacrer toute la
    minute que m’accorderait maman à sentir sa joue contre mes lèvres,
    comme un peintre qui ne peut obtenir que de courtes séances de pose,
    prépare sa palette, et a fait d’avance de souvenir, d’après ses notes,
    tout ce pour quoi il pouvait à la rigueur se passer de la présence du
    modèle. Mais voici qu’avant que le dîner fût sonné mon grand-père eut
    la férocité inconsciente de dire: «Le petit a l’air fatigué, il
    devrait monter se coucher. On dîne tard du reste ce soir.» Et mon
    père, qui ne gardait pas aussi scrupuleusement que ma grand’mère et
    que ma mère la foi des traités, dit: «Oui, allons, vas te coucher.» Je
    voulus embrasser maman, à cet instant on entendit la cloche du dîner.
    «Mais non, voyons, laisse ta mère, vous vous êtes assez dit bonsoir
    comme cela, ces manifestations sont ridicules. Allons, monte!» Et il
    me fallut partir sans viatique; il me fallut monter chaque marche de
    l’escalier, comme dit l’expression populaire, à «contre-cœur», montant
    contre mon cœur qui voulait retourner près de ma mère parce qu’elle ne
    lui avait pas, en m’embrassant, donné licence de me suivre. Cet
    escalier détesté où je m’engageais toujours si tristement, exhalait
    une odeur de vernis qui avait en quelque sorte absorbé, fixé, cette
    sorte particulière de chagrin que je ressentais chaque soir et la
    rendait peut-être plus cruelle encore pour ma sensibilité parce que
    sous cette forme olfactive mon intelligence n’en pouvait plus prendre
    sa part. Quand nous dormons et qu’une rage de dents n’est encore
    perçue par nous que comme une jeune fille que nous nous efforçons deux
    cents fois de suite de tirer de l’eau ou que comme un vers de Molière
    que nous nous répétons sans arrêter, c’est un grand soulagement de
    nous réveiller et que notre intelligence puisse débarrasser l’idée de
    rage de dents, de tout déguisement héroïque ou cadencé. C’est
    l’inverse de ce soulagement que j’éprouvais quand mon chagrin de
    monter dans ma chambre entrait en moi d’une façon infiniment plus
    rapide, presque instantanée, à la fois insidieuse et brusque, par
    l’inhalation,--beaucoup plus toxique que la pénétration morale,--de
    l’odeur de vernis particulière à cet escalier. Une fois dans ma
    chambre, il fallut boucher toutes les issues, fermer les volets,
    creuser mon propre tombeau, en défaisant mes couvertures, revêtir le
    suaire de ma chemise de nuit. Mais avant de m’ensevelir dans le lit de
    fer qu’on avait ajouté dans la chambre parce que j’avais trop chaud
    l’été sous les courtines de reps du grand lit, j’eus un mouvement de
    révolte, je voulus essayer d’une ruse de condamné. J’écrivis à ma mère
    en la suppliant de monter pour une chose grave que je ne pouvais lui
    dire dans ma lettre. Mon effroi était que Françoise, la cuisinière de
    ma tante qui était chargée de s’occuper de moi quand j’étais à
    Combray, refusât de porter mon mot. Je me doutais que pour elle, faire
    une commission à ma mère quand il y avait du monde lui paraîtrait
    aussi impossible que pour le portier d’un théâtre de remettre une
    lettre à un acteur pendant qu’il est en scène. Elle possédait à
    l’égard des choses qui peuvent ou ne peuvent pas se faire un code
    impérieux, abondant, subtil et intransigeant sur des distinctions
    insaisissables ou oiseuses (ce qui lui donnait l’apparence de ces lois
    antiques qui, à côté de prescriptions féroces comme de massacrer les
    enfants à la mamelle, défendent avec une délicatesse exagérée de faire
    bouillir le chevreau dans le lait de sa mère, ou de manger dans un
    animal le nerf de la cuisse). Ce code, si l’on en jugeait par
    l’entêtement soudain qu’elle mettait à ne pas vouloir faire certaines
    commissions que nous lui donnions, semblait avoir prévu des
    complexités sociales et des raffinements mondains tels que rien dans
    l’entourage de Françoise et dans sa vie de domestique de village
    n’avait pu les lui suggérer; et l’on était obligé de se dire qu’il y
    avait en elle un passé français très ancien, noble et mal compris,
    comme dans ces cités manufacturières où de vieux hôtels témoignent
    qu’il y eut jadis une vie de cour, et où les ouvriers d’une usine de
    produits chimiques travaillent au milieu de délicates sculptures qui
    représentent le miracle de saint Théophile ou les quatre fils Aymon.
    Dans le cas particulier, l’article du code à cause duquel il était peu
    probable que sauf le cas d’incendie Françoise allât déranger maman en
    présence de M. Swann pour un aussi petit personnage que moi, exprimait
    simplement le respect qu’elle professait non seulement pour les
    parents,--comme pour les morts, les prêtres et les rois,--mais encore
    pour l’étranger à qui on donne l’hospitalité, respect qui m’aurait
    peut-être touché dans un livre mais qui m’irritait toujours dans sa
    bouche, à cause du ton grave et attendri qu’elle prenait pour en
    parler, et davantage ce soir où le caractère sacré qu’elle conférait
    au dîner avait pour effet qu’elle refuserait d’en troubler la
    cérémonie. Mais pour mettre une chance de mon côté, je n’hésitai pas à
    mentir et à lui dire que ce n’était pas du tout moi qui avais voulu
    écrire à maman, mais que c’était maman qui, en me quittant, m’avait
    recommandé de ne pas oublier de lui envoyer une réponse relativement à
    un objet qu’elle m’avait prié de chercher; et elle serait certainement
    très fâchée si on ne lui remettait pas ce mot. Je pense que Françoise
    ne me crut pas, car, comme les hommes primitifs dont les sens étaient
    plus puissants que les nôtres, elle discernait immédiatement, à des
    signes insaisissables pour nous, toute vérité que nous voulions lui
    cacher; elle regarda pendant cinq minutes l’enveloppe comme si
    l’examen du papier et l’aspect de l’écriture allaient la renseigner
    sur la nature du contenu ou lui apprendre à quel article de son code
    elle devait se référer. Puis elle sortit d’un air résigné qui semblait
    signifier: «C’est-il pas malheureux pour des parents d’avoir un enfant
    pareil!» Elle revint au bout d’un moment me dire qu’on n’en était
    encore qu’à la glace, qu’il était impossible au maître d’hôtel de
    remettre la lettre en ce moment devant tout le monde, mais que, quand
    on serait aux rince-bouche, on trouverait le moyen de la faire passer
    à maman. Aussitôt mon anxiété tomba; maintenant ce n’était plus comme
    tout à l’heure pour jusqu’à demain que j’avais quitté ma mère, puisque
    mon petit mot allait, la fâchant sans doute (et doublement parce que
    ce manège me rendrait ridicule aux yeux de Swann), me faire du moins
    entrer invisible et ravi dans la même pièce qu’elle, allait lui parler
    de moi à l’oreille; puisque cette salle à manger interdite, hostile,
    où, il y avait un instant encore, la glace elle-même--le «granité»--et
    les rince-bouche me semblaient recéler des plaisirs malfaisants et
    mortellement tristes parce que maman les goûtait loin de moi,
    s’ouvrait à moi et, comme un fruit devenu doux qui brise son
    enveloppe, allait faire jaillir, projeter jusqu’à mon cœur enivré
    l’attention de maman tandis qu’elle lirait mes lignes. Maintenant je
    n’étais plus séparé d’elle; les barrières étaient tombées, un fil
    délicieux nous réunissait. Et puis, ce n’était pas tout: maman allait
    sans doute venir!

    L’angoisse que je venais d’éprouver, je pensais que Swann s’en serait
    bien moqué s’il avait lu ma lettre et en avait deviné le but; or, au
    contraire, comme je l’ai appris plus tard, une angoisse semblable fut
    le tourment de longues années de sa vie et personne, aussi bien que
    lui peut-être, n’aurait pu me comprendre; lui, cette angoisse qu’il y
    a à sentir l’être qu’on aime dans un lieu de plaisir où l’on n’est
    pas, où l’on ne peut pas le rejoindre, c’est l’amour qui la lui a fait
    connaître, l’amour auquel elle est en quelque sorte prédestinée, par
    lequel elle sera accaparée, spécialisée; mais quand, comme pour moi,
    elle est entrée en nous avant qu’il ait encore fait son apparition
    dans notre vie, elle flotte en l’attendant, vague et libre, sans
    affectation déterminée, au service un jour d’un sentiment, le
    lendemain d’un autre, tantôt de la tendresse filiale ou de l’amitié
    pour un camarade. Et la joie avec laquelle je fis mon premier
    apprentissage quand Françoise revint me dire que ma lettre serait
    remise, Swann l’avait bien connue aussi cette joie trompeuse que nous
    donne quelque ami, quelque parent de la femme que nous aimons, quand
    arrivant à l’hôtel ou au théâtre où elle se trouve, pour quelque bal,
    redoute, ou première où il va la retrouver, cet ami nous aperçoit
    errant dehors, attendant désespérément quelque occasion de communiquer
    avec elle. Il nous reconnaît, nous aborde familièrement, nous demande
    ce que nous faisons là. Et comme nous inventons que nous avons quelque
    chose d’urgent à dire à sa parente ou amie, il nous assure que rien
    n’est plus simple, nous fait entrer dans le vestibule et nous promet
    de nous l’envoyer avant cinq minutes. Que nous l’aimons--comme en ce
    moment j’aimais Françoise--, l’intermédiaire bien intentionné qui d’un
    mot vient de nous rendre supportable, humaine et presque propice la
    fête inconcevable, infernale, au sein de laquelle nous croyions que
    des tourbillons ennemis, pervers et délicieux entraînaient loin de
    nous, la faisant rire de nous, celle que nous aimons. Si nous en
    jugeons par lui, le parent qui nous a accosté et qui est lui aussi un
    des initiés des cruels mystères, les autres invités de la fête ne
    doivent rien avoir de bien démoniaque. Ces heures inaccessibles et
    suppliciantes où elle allait goûter des plaisirs inconnus, voici que
    par une brèche inespérée nous y pénétrons; voici qu’un des moments
    dont la succession les aurait composées, un moment aussi réel que les
    autres, même peut-être plus important pour nous, parce que notre
    maîtresse y est plus mêlée, nous nous le représentons, nous le
    possédons, nous y intervenons, nous l’avons créé presque: le moment où
    on va lui dire que nous sommes là, en bas. Et sans doute les autres
    moments de la fête ne devaient pas être d’une essence bien différente
    de celui-là, ne devaient rien avoir de plus délicieux et qui dût tant
    nous faire souffrir puisque l’ami bienveillant nous a dit: «Mais elle
    sera ravie de descendre! Cela lui fera beaucoup plus de plaisir de
    causer avec vous que de s’ennuyer là-haut.» Hélas! Swann en avait fait
    l’expérience, les bonnes intentions d’un tiers sont sans pouvoir sur
    une femme qui s’irrite de se sentir poursuivie jusque dans une fête
    par quelqu’un qu’elle n’aime pas. Souvent, l’ami redescend seul.

    Ma mère ne vint pas, et sans ménagements pour mon amour-propre (engagé
    à ce que la fable de la recherche dont elle était censée m’avoir prié
    de lui dire le résultat ne fût pas démentie) me fit dire par Françoise
    ces mots: «Il n’y a pas de réponse» que depuis j’ai si souvent entendu
    des concierges de «palaces» ou des valets de pied de tripots,
    rapporter à quelque pauvre fille qui s’étonne: «Comment, il n’a rien
    dit, mais c’est impossible! Vous avez pourtant bien remis ma lettre.
    C’est bien, je vais attendre encore.» Et--de même qu’elle assure
    invariablement n’avoir pas besoin du bec supplémentaire que le
    concierge veut allumer pour elle, et reste là, n’entendant plus que
    les rares propos sur le temps qu’il fait échangés entre le concierge
    et un chasseur qu’il envoie tout d’un coup en s’apercevant de l’heure,
    faire rafraîchir dans la glace la boisson d’un client,--ayant décliné
    l’offre de Françoise de me faire de la tisane ou de rester auprès de
    moi, je la laissai retourner à l’office, je me couchai et je fermai
    les yeux en tâchant de ne pas entendre la voix de mes parents qui
    prenaient le café au jardin. Mais au bout de quelques secondes, je
    sentis qu’en écrivant ce mot à maman, en m’approchant, au risque de la
    fâcher, si près d’elle que j’avais cru toucher le moment de la revoir,
    je m’étais barré la possibilité de m’endormir sans l’avoir revue, et
    les battements de mon cœur, de minute en minute devenaient plus
    douloureux parce que j’augmentais mon agitation en me prêchant un
    calme qui était l’acceptation de mon infortune. Tout à coup mon
    anxiété tomba, une félicité m’envahit comme quand un médicament
    puissant commence à agir et nous enlève une douleur: je venais de
    prendre la résolution de ne plus essayer de m’endormir sans avoir revu
    maman, de l’embrasser coûte que coûte, bien que ce fût avec la
    certitude d’être ensuite fâché pour longtemps avec elle, quand elle
    remonterait se coucher. Le calme qui résultait de mes angoisses finies
    me mettait dans un allégresse extraordinaire, non moins que l’attente,
    la soif et la peur du danger. J’ouvris la fenêtre sans bruit et
    m’assis au pied de mon lit; je ne faisais presque aucun mouvement afin
    qu’on ne m’entendît pas d’en bas. Dehors, les choses semblaient, elles
    aussi, figées en une muette attention à ne pas troubler le clair de
    lune, qui doublant et reculant chaque chose par l’extension devant
    elle de son reflet, plus dense et concret qu’elle-même, avait à la
    fois aminci et agrandi le paysage comme un plan replié jusque-là,
    qu’on développe. Ce qui avait besoin de bouger, quelque feuillage de
    marronnier, bougeait. Mais son frissonnement minutieux, total, exécuté
    jusque dans ses moindres nuances et ses dernières délicatesses, ne
    bavait pas sur le reste, ne se fondait pas avec lui, restait
    circonscrit. Exposés sur ce silence qui n’en absorbait rien, les
    bruits les plus éloignés, ceux qui devaient venir de jardins situés à
    l’autre bout de la ville, se percevaient détaillés avec un tel «fini»
    qu’ils semblaient ne devoir cet effet de lointain qu’à leur
    pianissimo, comme ces motifs en sourdine si bien exécutés par
    l’orchestre du Conservatoire que quoiqu’on n’en perde pas une note on
    croit les entendre cependant loin de la salle du concert et que tous
    les vieux abonnés,--les sœurs de ma grand’mère aussi quand Swann leur
    avait donné ses places,--tendaient l’oreille comme s’ils avaient écouté
    les progrès lointains d’une armée en marche qui n’aurait pas encore
    tourné la rue de Trévise.

    Je savais que le cas dans lequel je me mettais était de tous celui qui
    pouvait avoir pour moi, de la part de mes parents, les conséquences
    les plus graves, bien plus graves en vérité qu’un étranger n’aurait pu
    le supposer, de celles qu’il aurait cru que pouvaient produire seules
    des fautes vraiment honteuses. Mais dans l’éducation qu’on me donnait,
    l’ordre des fautes n’était pas le même que dans l’éducation des autres
    enfants et on m’avait habitué à placer avant toutes les autres (parce
    que sans doute il n’y en avait pas contre lesquelles j’eusse besoin
    d’être plus soigneusement gardé) celles dont je comprends maintenant
    que leur caractère commun est qu’on y tombe en cédant à une impulsion
    nerveuse. Mais alors on ne prononçait pas ce mot, on ne déclarait pas
    cette origine qui aurait pu me faire croire que j’étais excusable d’y
    succomber ou même peut-être incapable d’y résister. Mais je les
    reconnaissais bien à l’angoisse qui les précédait comme à la rigueur
    du châtiment qui les suivait; et je savais que celle que je venais de
    commettre était de la même famille que d’autres pour lesquelles
    j’avais été sévèrement puni, quoique infiniment plus grave. Quand
    j’irais me mettre sur le chemin de ma mère au moment où elle monterait
    se coucher, et qu’elle verrait que j’étais resté levé pour lui redire
    bonsoir dans le couloir, on ne me laisserait plus rester à la maison,
    on me mettrait au collège le lendemain, c’était certain. Eh bien!
    dusse-je me jeter par la fenêtre cinq minutes après, j’aimais encore
    mieux cela. Ce que je voulais maintenant c’était maman, c’était lui
    dire bonsoir, j’étais allé trop loin dans la voie qui menait à la
    réalisation de ce désir pour pouvoir rebrousser chemin.

    J’entendis les pas de mes parents qui accompagnaient Swann; et quand
    le grelot de la porte m’eut averti qu’il venait de partir, j’allai à
    la fenêtre. Maman demandait à mon père s’il avait trouvé la langouste
    bonne et si M. Swann avait repris de la glace au café et à la
    pistache. «Je l’ai trouvée bien quelconque, dit ma mère; je crois que
    la prochaine fois il faudra essayer d’un autre parfum.» «Je ne peux
    pas dire comme je trouve que Swann change, dit ma grand’tante, il est
    d’un vieux!» Ma grand’tante avait tellement l’habitude de voir
    toujours en Swann un même adolescent, qu’elle s’étonnait de le trouver
    tout à coup moins jeune que l’âge qu’elle continuait à lui donner. Et
    mes parents du reste commençaient à lui trouver cette vieillesse
    anormale, excessive, honteuse et méritée des célibataires, de tous
    ceux pour qui il semble que le grand jour qui n’a pas de lendemain
    soit plus long que pour les autres, parce que pour eux il est vide et
    que les moments s’y additionnent depuis le matin sans se diviser
    ensuite entre des enfants. «Je crois qu’il a beaucoup de soucis avec
    sa coquine de femme qui vit au su de tout Combray avec un certain
    monsieur de Charlus. C’est la fable de la ville.» Ma mère fit
    remarquer qu’il avait pourtant l’air bien moins triste depuis quelque
    temps. «Il fait aussi moins souvent ce geste qu’il a tout à fait comme
    son père de s’essuyer les yeux et de se passer la main sur le front.
    Moi je crois qu’au fond il n’aime plus cette femme.» «Mais
    naturellement il ne l’aime plus, répondit mon grand-père. J’ai reçu de
    lui il y a déjà longtemps une lettre à ce sujet, à laquelle je me suis
    empressé de ne pas me conformer, et qui ne laisse aucun doute sur ses
    sentiments au moins d’amour, pour sa femme. Hé bien! vous voyez, vous
    ne l’avez pas remercié pour l’Asti», ajouta mon grand-père en se
    tournant vers ses deux belles-sœurs. «Comment, nous ne l’avons pas
    remercié? je crois, entre nous, que je lui ai même tourné cela assez
    délicatement», répondit ma tante Flora. «Oui, tu as très bien arrangé
    cela: je t’ai admirée», dit ma tante Céline. «Mais toi tu as été très
    bien aussi.» «Oui j’étais assez fière de ma phrase sur les voisins
    aimables.» «Comment, c’est cela que vous appelez remercier! s’écria
    mon grand-père. J’ai bien entendu cela, mais du diable si j’ai cru que
    c’était pour Swann. Vous pouvez être sûres qu’il n’a rien compris.»
    «Mais voyons, Swann n’est pas bête, je suis certaine qu’il a apprécié.
    Je ne pouvais cependant pas lui dire le nombre de bouteilles et le
    prix du vin!» Mon père et ma mère restèrent seuls, et s’assirent un
    instant; puis mon père dit: «Hé bien! si tu veux, nous allons monter
    nous coucher.» «Si tu veux, mon ami, bien que je n’aie pas l’ombre de
    sommeil; ce n’est pas cette glace au café si anodine qui a pu pourtant
    me tenir si éveillée; mais j’aperçois de la lumière dans l’office et
    puisque la pauvre Françoise m’a attendue, je vais lui demander de
    dégrafer mon corsage pendant que tu vas te déshabiller.» Et ma mère
    ouvrit la porte treillagée du vestibule qui donnait sur l’escalier.
    Bientôt, je l’entendis qui montait fermer sa fenêtre. J’allai sans
    bruit dans le couloir; mon cœur battait si fort que j’avais de la
    peine à avancer, mais du moins il ne battait plus d’anxiété, mais
    d’épouvante et de joie. Je vis dans la cage de l’escalier la lumière
    projetée par la bougie de maman. Puis je la vis elle-même; je
    m’élançai. À la première seconde, elle me regarda avec étonnement, ne
    comprenant pas ce qui était arrivé. Puis sa figure prit une expression
    de colère, elle ne me disait même pas un mot, et en effet pour bien
    moins que cela on ne m’adressait plus la parole pendant plusieurs
    jours. Si maman m’avait dit un mot, ç’aurait été admettre qu’on
    pouvait me reparler et d’ailleurs cela peut-être m’eût paru plus
    terrible encore, comme un signe que devant la gravité du châtiment qui
    allait se préparer, le silence, la brouille, eussent été puérils. Une
    parole c’eût été le calme avec lequel on répond à un domestique quand
    on vient de décider de le renvoyer; le baiser qu’on donne à un fils
    qu’on envoie s’engager alors qu’on le lui aurait refusé si on devait
    se contenter d’être fâché deux jours avec lui. Mais elle entendit mon
    père qui montait du cabinet de toilette où il était allé se
    déshabiller et pour éviter la scène qu’il me ferait, elle me dit d’une
    voix entrecoupée par la colère: «Sauve-toi, sauve-toi, qu’au moins ton
    père ne t’ait vu ainsi attendant comme un fou!» Mais je lui répétais:
    «Viens me dire bonsoir», terrifié en voyant que le reflet de la bougie
    de mon père s’élevait déjà sur le mur, mais aussi usant de son
    approche comme d’un moyen de chantage et espérant que maman, pour
    éviter que mon père me trouvât encore là si elle continuait à refuser,
    allait me dire: «Rentre dans ta chambre, je vais venir.» Il était trop
    tard, mon père était devant nous. Sans le vouloir, je murmurai ces
    mots que personne n’entendit: «Je suis perdu!»

    Il n’en fut pas ainsi. Mon père me refusait constamment des
    permissions qui m’avaient été consenties dans les pactes plus larges
    octroyés par ma mère et ma grand’mère parce qu’il ne se souciait pas
    des «principes» et qu’il n’y avait pas avec lui de «Droit des gens».
    Pour une raison toute contingente, ou même sans raison, il me
    supprimait au dernier moment telle promenade si habituelle, si
    consacrée, qu’on ne pouvait m’en priver sans parjure, ou bien, comme
    il avait encore fait ce soir, longtemps avant l’heure rituelle, il me
    disait: «Allons, monte te coucher, pas d’explication!» Mais aussi,
    parce qu’il n’avait pas de principes (dans le sens de ma grand’mère),
    il n’avait pas à proprement parler d’intransigeance. Il me regarda un
    instant d’un air étonné et fâché, puis dès que maman lui eut expliqué
    en quelques mots embarrassés ce qui était arrivé, il lui dit: «Mais va
    donc avec lui, puisque tu disais justement que tu n’as pas envie de
    dormir, reste un peu dans sa chambre, moi je n’ai besoin de rien.»
    «Mais, mon ami, répondit timidement ma mère, que j’aie envie ou non de
    dormir, ne change rien à la chose, on ne peut pas habituer cet
    enfant...» «Mais il ne s’agit pas d’habituer, dit mon père en haussant
    les épaules, tu vois bien que ce petit a du chagrin, il a l’air
    désolé, cet enfant; voyons, nous ne sommes pas des bourreaux! Quand tu
    l’auras rendu malade, tu seras bien avancée! Puisqu’il y a deux lits
    dans sa chambre, dis donc à Françoise de te préparer le grand lit et
    couche pour cette nuit auprès de lui. Allons, bonsoir, moi qui ne suis
    pas si nerveux que vous, je vais me coucher.»

    On ne pouvait pas remercier mon père; on l’eût agacé par ce qu’il
    appelait des sensibleries. Je restai sans oser faire un mouvement; il
    était encore devant nous, grand, dans sa robe de nuit blanche sous le
    cachemire de l’Inde violet et rose qu’il nouait autour de sa tête
    depuis qu’il avait des névralgies, avec le geste d’Abraham dans la
    gravure d’après Benozzo Gozzoli que m’avait donnée M. Swann, disant à
    Sarah qu’elle a à se départir du côté d’Isaac. Il y a bien des années
    de cela. La muraille de l’escalier, où je vis monter le reflet de sa
    bougie n’existe plus depuis longtemps. En moi aussi bien des choses
    ont été détruites que je croyais devoir durer toujours et de nouvelles
    se sont édifiées donnant naissance à des peines et à des joies
    nouvelles que je n’aurais pu prévoir alors, de même que les anciennes
    me sont devenues difficiles à comprendre. Il y a bien longtemps aussi
    que mon père a cessé de pouvoir dire à maman: «Va avec le petit.» La
    possibilité de telles heures ne renaîtra jamais pour moi. Mais depuis
    peu de temps, je recommence à très bien percevoir si je prête
    l’oreille, les sanglots que j’eus la force de contenir devant mon père
    et qui n’éclatèrent que quand je me retrouvai seul avec maman. En
    réalité ils n’ont jamais cessé; et c’est seulement parce que la vie se
    tait maintenant davantage autour de moi que je les entends de nouveau,
    comme ces cloches de couvents que couvrent si bien les bruits de la
    ville pendant le jour qu’on les croirait arrêtées mais qui se
    remettent à sonner dans le silence du soir.

    Maman passa cette nuit-là dans ma chambre; au moment où je venais de
    commettre une faute telle que je m’attendais à être obligé de quitter
    la maison, mes parents m’accordaient plus que je n’eusse jamais obtenu
    d’eux comme récompense d’une belle action. Même à l’heure où elle se
    manifestait par cette grâce, la conduite de mon père à mon égard
    gardait ce quelque chose d’arbitraire et d’immérité qui la
    caractérisait et qui tenait à ce que généralement elle résultait
    plutôt de convenances fortuites que d’un plan prémédité. Peut-être
    même que ce que j’appelais sa sévérité, quand il m’envoyait me
    coucher, méritait moins ce nom que celle de ma mère ou ma grand’mère,
    car sa nature, plus différente en certains points de la mienne que
    n’était la leur, n’avait probablement pas deviné jusqu’ici combien
    j’étais malheureux tous les soirs, ce que ma mère et ma grand’mère
    savaient bien; mais elles m’aimaient assez pour ne pas consentir à
    m’épargner de la souffrance, elles voulaient m’apprendre à la dominer
    afin de diminuer ma sensibilité nerveuse et fortifier ma volonté. Pour
    mon père, dont l’affection pour moi était d’une autre sorte, je ne
    sais pas s’il aurait eu ce courage: pour une fois où il venait de
    comprendre que j’avais du chagrin, il avait dit à ma mère: «Va donc le
    consoler.» Maman resta cette nuit-là dans ma chambre et, comme pour ne
    gâter d’aucun remords ces heures si différentes de ce que j’avais eu
    le droit d’espérer, quand Françoise, comprenant qu’il se passait
    quelque chose d’extraordinaire en voyant maman assise près de moi, qui
    me tenait la main et me laissait pleurer sans me gronder, lui demanda:
    «Mais Madame, qu’a donc Monsieur à pleurer ainsi?» maman lui répondit:
    «Mais il ne sait pas lui-même, Françoise, il est énervé; préparez-moi
    vite le grand lit et montez vous coucher.» Ainsi, pour la première
    fois, ma tristesse n’était plus considérée comme une faute punissable
    mais comme un mal involontaire qu’on venait de reconnaître
    officiellement, comme un état nerveux dont je n’étais pas responsable;
    j’avais le soulagement de n’avoir plus à mêler de scrupules à
    l’amertume de mes larmes, je pouvais pleurer sans péché. Je n’étais
    pas non plus médiocrement fier vis-à-vis de Françoise de ce retour des
    choses humaines, qui, une heure après que maman avait refusé de monter
    dans ma chambre et m’avait fait dédaigneusement répondre que je
    devrais dormir, m’élevait à la dignité de grande personne et m’avait
    fait atteindre tout d’un coup à une sorte de puberté du chagrin,
    d’émancipation des larmes. J’aurais dû être heureux: je ne l’étais
    pas. Il me semblait que ma mère venait de me faire une première
    concession qui devait lui être douloureuse, que c’était une première
    abdication de sa part devant l’idéal qu’elle avait conçu pour moi, et
    que pour la première fois, elle, si courageuse, s’avouait vaincue. Il
    me semblait que si je venais de remporter une victoire c’était contre
    elle, que j’avais réussi comme auraient pu faire la maladie, des
    chagrins, ou l’âge, à détendre sa volonté, à faire fléchir sa raison
    et que cette soirée commençait une ère, resterait comme une triste
    date. Si j’avais osé maintenant, j’aurais dit à maman: «Non je ne veux
    pas, ne couche pas ici.» Mais je connaissais la sagesse pratique,
    réaliste comme on dirait aujourd’hui, qui tempérait en elle la nature
    ardemment idéaliste de ma grand’mère, et je savais que, maintenant que
    le mal était fait, elle aimerait mieux m’en laisser du moins goûter le
    plaisir calmant et ne pas déranger mon père. Certes, le beau visage de
    ma mère brillait encore de jeunesse ce soir-là où elle me tenait si
    doucement les mains et cherchait à arrêter mes larmes; mais justement
    il me semblait que cela n’aurait pas dû être, sa colère eût été moins
    triste pour moi que cette douceur nouvelle que n’avait pas connue mon
    enfance; il me semblait que je venais d’une main impie et secrète de
    tracer dans son âme une première ride et d’y faire apparaître un
    premier cheveu blanc. Cette pensée redoubla mes sanglots et alors je
    vis maman, qui jamais ne se laissait aller à aucun attendrissement
    avec moi, être tout d’un coup gagnée par le mien et essayer de retenir
    une envie de pleurer. Comme elle sentit que je m’en étais aperçu, elle
    me dit en riant: «Voilà mon petit jaunet, mon petit serin, qui va
    rendre sa maman aussi bêtasse que lui, pour peu que cela continue.
    Voyons, puisque tu n’as pas sommeil ni ta maman non plus, ne restons
    pas à nous énerver, faisons quelque chose, prenons un de tes livres.»
    Mais je n’en avais pas là. «Est-ce que tu aurais moins de plaisir si
    je sortais déjà les livres que ta grand’mère doit te donner pour ta
    fête? Pense bien: tu ne seras pas déçu de ne rien avoir après-demain?»
    J’étais au contraire enchanté et maman alla chercher un paquet de
    livres dont je ne pus deviner, à travers le papier qui les
    enveloppait, que la taille courte et large, mais qui, sous ce premier
    aspect, pourtant sommaire et voilé, éclipsaient déjà la boîte à
    couleurs du Jour de l’An et les vers à soie de l’an dernier. C’était
    la Mare au Diable, François le Champi, la Petite Fadette et les
    Maîtres Sonneurs. Ma grand’mère, ai-je su depuis, avait d’abord choisi
    les poésies de Musset, un volume de Rousseau et Indiana; car si elle
    jugeait les lectures futiles aussi malsaines que les bonbons et les
    pâtisseries, elles ne pensait pas que les grands souffles du génie
    eussent sur l’esprit même d’un enfant une influence plus dangereuse et
    moins vivifiante que sur son corps le grand air et le vent du large.
    Mais mon père l’ayant presque traitée de folle en apprenant les livres
    qu’elle voulait me donner, elle était retournée elle-même à
    Jouy-le-Vicomte chez le libraire pour que je ne risquasse pas de ne
    pas avoir mon cadeau (c’était un jour brûlant et elle était rentrée si
    souffrante que le médecin avait averti ma mère de ne pas la laisser se
    fatiguer ainsi) et elle s’était rabattue sur les quatre romans
    champêtres de George Sand. «Ma fille, disait-elle à maman, je ne
    pourrais me décider à donner à cet enfant quelque chose de mal écrit.»

    En réalité, elle ne se résignait jamais à rien acheter dont on ne pût
    tirer un profit intellectuel, et surtout celui que nous procurent les
    belles choses en nous apprenant à chercher notre plaisir ailleurs que
    dans les satisfactions du bien-être et de la vanité. Même quand elle
    avait à faire à quelqu’un un cadeau dit utile, quand elle avait à
    donner un fauteuil, des couverts, une canne, elle les cherchait
    «anciens», comme si leur longue désuétude ayant effacé leur caractère
    d’utilité, ils paraissaient plutôt disposés pour nous raconter la vie
    des hommes d’autrefois que pour servir aux besoins de la nôtre. Elle
    eût aimé que j’eusse dans ma chambre des photographies des monuments
    ou des paysages les plus beaux. Mais au moment d’en faire l’emplette,
    et bien que la chose représentée eût une valeur esthétique, elle
    trouvait que la vulgarité, l’utilité reprenaient trop vite leur place
    dans le mode mécanique de représentation, la photographie. Elle
    essayait de ruser et sinon d’éliminer entièrement la banalité
    commerciale, du moins de la réduire, d’y substituer pour la plus
    grande partie de l’art encore, d’y introduire comme plusieurs
    «épaisseurs» d’art: au lieu de photographies de la Cathédrale de
    Chartres, des Grandes Eaux de Saint-Cloud, du Vésuve, elle se
    renseignait auprès de Swann si quelque grand peintre ne les avait pas
    représentés, et préférait me donner des photographies de la Cathédrale
    de Chartres par Corot, des Grandes Eaux de Saint-Cloud par Hubert
    Robert, du Vésuve par Turner, ce qui faisait un degré d’art de plus.
    Mais si le photographe avait été écarté de la représentation du
    chef-d’œuvre ou de la nature et remplacé par un grand artiste, il
    reprenait ses droits pour reproduire cette interprétation même.
    Arrivée à l’échéance de la vulgarité, ma grand’mère tâchait de la
    reculer encore. Elle demandait à Swann si l’œuvre n’avait pas été
    gravée, préférant, quand c’était possible, des gravures anciennes et
    ayant encore un intérêt au delà d’elles-mêmes, par exemple celles qui
    représentent un chef-d’œuvre dans un état où nous ne pouvons plus le
    voir aujourd’hui (comme la gravure de la Cène de Léonard avant sa
    dégradation, par Morgan). Il faut dire que les résultats de cette
    manière de comprendre l’art de faire un cadeau ne furent pas toujours
    très brillants. L’idée que je pris de Venise d’après un dessin du
    Titien qui est censé avoir pour fond la lagune, était certainement
    beaucoup moins exacte que celle que m’eussent donnée de simples
    photographies. On ne pouvait plus faire le compte à la maison, quand
    ma grand’tante voulait dresser un réquisitoire contre ma grand’mère,
    des fauteuils offerts par elle à de jeunes fiancés ou à de vieux
    époux, qui, à la première tentative qu’on avait faite pour s’en
    servir, s’étaient immédiatement effondrés sous le poids d’un des
    destinataires. Mais ma grand’mère aurait cru mesquin de trop s’occuper
    de la solidité d’une boiserie où se distinguaient encore une
    fleurette, un sourire, quelquefois une belle imagination du passé.
    Même ce qui dans ces meubles répondait à un besoin, comme c’était
    d’une façon à laquelle nous ne sommes plus habitués, la charmait comme
    les vieilles manières de dire où nous voyons une métaphore, effacée,
    dans notre moderne langage, par l’usure de l’habitude. Or, justement,
    les romans champêtres de George Sand qu’elle me donnait pour ma fête,
    étaient pleins ainsi qu’un mobilier ancien, d’expressions tombées en
    désuétude et redevenues imagées, comme on n’en trouve plus qu’à la
    campagne. Et ma grand’mère les avait achetés de préférence à d’autres
    comme elle eût loué plus volontiers une propriété où il y aurait eu un
    pigeonnier gothique ou quelqu’une de ces vieilles choses qui exercent
    sur l’esprit une heureuse influence en lui donnant la nostalgie
    d’impossibles voyages dans le temps.

    Maman s’assit à côté de mon lit; elle avait pris François le Champi à
    qui sa couverture rougeâtre et son titre incompréhensible, donnaient
    pour moi une personnalité distincte et un attrait mystérieux. Je
    n’avais jamais lu encore de vrais romans. J’avais entendu dire que
    George Sand était le type du romancier. Cela me disposait déjà à
    imaginer dans François le Champi quelque chose d’indéfinissable et de
    délicieux. Les procédés de narration destinés à exciter la curiosité
    ou l’attendrissement, certaines façons de dire qui éveillent
    l’inquiétude et la mélancolie, et qu’un lecteur un peu instruit
    reconnaît pour communs à beaucoup de romans, me paraissaient simples--à
    moi qui considérais un livre nouveau non comme une chose ayant
    beaucoup de semblables, mais comme une personne unique, n’ayant de
    raison d’exister qu’en soi,--une émanation troublante de l’essence
    particulière à François le Champi. Sous ces événements si journaliers,
    ces choses si communes, ces mots si courants, je sentais comme une
    intonation, une accentuation étrange. L’action s’engagea; elle me
    parut d’autant plus obscure que dans ce temps-là, quand je lisais, je
    rêvassais souvent, pendant des pages entières, à tout autre chose. Et
    aux lacunes que cette distraction laissait dans le récit, s’ajoutait,
    quand c’était maman qui me lisait à haute voix, qu’elle passait toutes
    les scènes d’amour. Aussi tous les changements bizarres qui se
    produisent dans l’attitude respective de la meunière et de l’enfant et
    qui ne trouvent leur explication que dans les progrès d’un amour
    naissant me paraissaient empreints d’un profond mystère dont je me
    figurais volontiers que la source devait être dans ce nom inconnu et
    si doux de «Champi» qui mettait sur l’enfant, qui le portait sans que
    je susse pourquoi, sa couleur vive, empourprée et charmante. Si ma
    mère était une lectrice infidèle c’était aussi, pour les ouvrages où
    elle trouvait l’accent d’un sentiment vrai, une lectrice admirable par
    le respect et la simplicité de l’interprétation, par la beauté et la
    douceur du son. Même dans la vie, quand c’étaient des êtres et non des
    œuvres d’art qui excitaient ainsi son attendrissement ou son
    admiration, c’était touchant de voir avec quelle déférence elle
    écartait de sa voix, de son geste, de ses propos, tel éclat de gaîté
    qui eût pu faire mal à cette mère qui avait autrefois perdu un enfant,
    tel rappel de fête, d’anniversaire, qui aurait pu faire penser ce
    vieillard à son grand âge, tel propos de ménage qui aurait paru
    fastidieux à ce jeune savant. De même, quand elle lisait la prose de
    George Sand, qui respire toujours cette bonté, cette distinction
    morale que maman avait appris de ma grand’mère à tenir pour
    supérieures à tout dans la vie, et que je ne devais lui apprendre que
    bien plus tard à ne pas tenir également pour supérieures à tout dans
    les livres, attentive à bannir de sa voix toute petitesse, toute
    affectation qui eût pu empêcher le flot puissant d’y être reçu, elle
    fournissait toute la tendresse naturelle, toute l’ample douceur
    qu’elles réclamaient à ces phrases qui semblaient écrites pour sa voix
    et qui pour ainsi dire tenaient tout entières dans le registre de sa
    sensibilité. Elle retrouvait pour les attaquer dans le ton qu’il faut,
    l’accent cordial qui leur préexiste et les dicta, mais que les mots
    n’indiquent pas; grâce à lui elle amortissait au passage toute crudité
    dans les temps des verbes, donnait à l’imparfait et au passé défini la
    douceur qu’il y a dans la bonté, la mélancolie qu’il y a dans la
    tendresse, dirigeait la phrase qui finissait vers celle qui allait
    commencer, tantôt pressant, tantôt ralentissant la marche des syllabes
    pour les faire entrer, quoique leurs quantités fussent différentes,
    dans un rythme uniforme, elle insufflait à cette prose si commune une
    sorte de vie sentimentale et continue.

    Mes remords étaient calmés, je me laissais aller à la douceur de cette
    nuit où j’avais ma mère auprès de moi. Je savais qu’une telle nuit ne
    pourrait se renouveler; que le plus grand désir que j’eusse au monde,
    garder ma mère dans ma chambre pendant ces tristes heures nocturnes,
    était trop en opposition avec les nécessités de la vie et le vœu de
    tous, pour que l’accomplissement qu’on lui avait accordé ce soir pût
    être autre chose que factice et exceptionnel. Demain mes angoisses
    reprendraient et maman ne resterait pas là. Mais quand mes angoisses
    étaient calmées, je ne les comprenais plus; puis demain soir était
    encore lointain; je me disais que j’aurais le temps d’aviser, bien que
    ce temps-là ne pût m’apporter aucun pouvoir de plus, qu’il s’agissait
    de choses qui ne dépendaient pas de ma volonté et que seul me faisait
    paraître plus évitables l’intervalle qui les séparait encore de moi.

    ...

    C’est ainsi que, pendant longtemps, quand, réveillé la nuit, je me
    ressouvenais de Combray, je n’en revis jamais que cette sorte de pan
    lumineux, découpé au milieu d’indistinctes ténèbres, pareil à ceux que
    l’embrasement d’un feu de Bengale ou quelque projection électrique
    éclairent et sectionnent dans un édifice dont les autres parties
    restent plongées dans la nuit: à la base assez large, le petit salon,
    la salle à manger, l’amorce de l’allée obscure par où arriverait M.
    Swann, l’auteur inconscient de mes tristesses, le vestibule où je
    m’acheminais vers la première marche de l’escalier, si cruel à monter,
    qui constituait à lui seul le tronc fort étroit de cette pyramide
    irrégulière; et, au faîte, ma chambre à coucher avec le petit couloir
    à porte vitrée pour l’entrée de maman; en un mot, toujours vu à la
    même heure, isolé de tout ce qu’il pouvait y avoir autour, se
    détachant seul sur l’obscurité, le décor strictement nécessaire (comme
    celui qu’on voit indiqué en tête des vieilles pièces pour les
    représentations en province), au drame de mon déshabillage; comme si
    Combray n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince
    escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir.
    A vrai dire, j’aurais pu répondre à qui m’eût interrogé que Combray
    comprenait encore autre chose et existait à d’autres heures. Mais
    comme ce que je m’en serais rappelé m’eût été fourni seulement par la
    mémoire volontaire, la mémoire de l’intelligence, et comme les
    renseignements qu’elle donne sur le passé ne conservent rien de lui,
    je n’aurais jamais eu envie de songer à ce reste de Combray. Tout cela
    était en réalité mort pour moi.

    Mort à jamais? C’était possible.

    Il y a beaucoup de hasard en tout ceci, et un second hasard, celui de
    notre mort, souvent ne nous permet pas d’attendre longtemps les
    faveurs du premier.

    Je trouve très raisonnable la croyance celtique que les âmes de ceux
    que nous avons perdus sont captives dans quelque être inférieur, dans
    une bête, un végétal, une chose inanimée, perdues en effet pour nous
    jusqu’au jour, qui pour beaucoup ne vient jamais, où nous nous
    trouvons passer près de l’arbre, entrer en possession de l’objet qui
    est leur prison. Alors elles tressaillent, nous appellent, et sitôt
    que nous les avons reconnues, l’enchantement est brisé. Délivrées par
    nous, elles ont vaincu la mort et reviennent vivre avec nous.

    Il en est ainsi de notre passé. C’est peine perdue que nous cherchions
    à l’évoquer, tous les efforts de notre intelligence sont inutiles. Il
    est caché hors de son domaine et de sa portée, en quelque objet
    matériel (en la sensation que nous donnerait cet objet matériel), que
    nous ne soupçonnons pas. Cet objet, il dépend du hasard que nous le
    rencontrions avant de mourir, ou que nous ne le rencontrions pas.

    Il y avait déjà bien des années que, de Combray, tout ce qui n’était
    pas le théâtre et le drame de mon coucher, n’existait plus pour moi,
    quand un jour d’hiver, comme je rentrais à la maison, ma mère, voyant
    que j’avais froid, me proposa de me faire prendre, contre mon
    habitude, un peu de thé. Je refusai d’abord et, je ne sais pourquoi,
    me ravisai. Elle envoya chercher un de ces gâteaux courts et dodus
    appelés Petites Madeleines qui semblent avoir été moulés dans la
    valve rainurée d’une coquille de Saint-Jacques. Et bientôt,
    machinalement, accablé par la morne journée et la perspective d’un
    triste lendemain, je portai à mes lèvres une cuillerée du thé où
    j’avais laissé s’amollir un morceau de madeleine. Mais à l’instant
    même où la gorgée mêlée des miettes du gâteau toucha mon palais, je
    tressaillis, attentif à ce qui se passait d’extraordinaire en moi. Un
    plaisir délicieux m’avait envahi, isolé, sans la notion de sa cause.
    Il m’avait aussitôt rendu les vicissitudes de la vie indifférentes,
    ses désastres inoffensifs, sa brièveté illusoire, de la même façon
    qu’opère l’amour, en me remplissant d’une essence précieuse: ou plutôt
    cette essence n’était pas en moi, elle était moi. J’avais cessé de me
    sentir médiocre, contingent, mortel. D’où avait pu me venir cette
    puissante joie? Je sentais qu’elle était liée au goût du thé et du
    gâteau, mais qu’elle le dépassait infiniment, ne devait pas être de
    même nature. D’où venait-elle? Que signifiait-elle? Où l’appréhender?
    Je bois une seconde gorgée où je ne trouve rien de plus que dans la
    première, une troisième qui m’apporte un peu moins que la seconde. Il
    est temps que je m’arrête, la vertu du breuvage semble diminuer. Il
    est clair que la vérité que je cherche n’est pas en lui, mais en moi.
    Il l’y a éveillée, mais ne la connaît pas, et ne peut que répéter
    indéfiniment, avec de moins en moins de force, ce même témoignage que
    je ne sais pas interpréter et que je veux au moins pouvoir lui
    redemander et retrouver intact, à ma disposition, tout à l’heure, pour
    un éclaircissement décisif. Je pose la tasse et me tourne vers mon
    esprit. C’est à lui de trouver la vérité. Mais comment? Grave
    incertitude, toutes les fois que l’esprit se sent dépassé par
    lui-même; quand lui, le chercheur, est tout ensemble le pays obscur où
    il doit chercher et où tout son bagage ne lui sera de rien. Chercher?
    pas seulement: créer. Il est en face de quelque chose qui n’est pas
    encore et que seul il peut réaliser, puis faire entrer dans sa
    lumière.

    Et je recommence à me demander quel pouvait être cet état inconnu, qui
    n’apportait aucune preuve logique, mais l’évidence de sa félicité, de
    sa réalité devant laquelle les autres s’évanouissaient. Je veux
    essayer de le faire réapparaître. Je rétrograde par la pensée au
    moment où je pris la première cuillerée de thé. Je retrouve le même
    état, sans une clarté nouvelle. Je demande à mon esprit un effort de
    plus, de ramener encore une fois la sensation qui s’enfuit. Et pour
    que rien ne brise l’élan dont il va tâcher de la ressaisir, j’écarte
    tout obstacle, toute idée étrangère, j’abrite mes oreilles et mon
    attention contre les bruits de la chambre voisine. Mais sentant mon
    esprit qui se fatigue sans réussir, je le force au contraire à prendre
    cette distraction que je lui refusais, à penser à autre chose, à se
    refaire avant une tentative suprême. Puis une deuxième fois, je fais
    le vide devant lui, je remets en face de lui la saveur encore récente
    de cette première gorgée et je sens tressaillir en moi quelque chose
    qui se déplace, voudrait s’élever, quelque chose qu’on aurait
    désancré, à une grande profondeur; je ne sais ce que c’est, mais cela
    monte lentement; j’éprouve la résistance et j’entends la rumeur des
    distances traversées.

    Certes, ce qui palpite ainsi au fond de moi, ce doit être l’image, le
    souvenir visuel, qui, lié à cette saveur, tente de la suivre jusqu’à
    moi. Mais il se débat trop loin, trop confusément; à peine si je
    perçois le reflet neutre où se confond l’insaisissable tourbillon des
    couleurs remuées; mais je ne puis distinguer la forme, lui demander
    comme au seul interprète possible, de me traduire le témoignage de sa
    contemporaine, de son inséparable compagne, la saveur, lui demander de
    m’apprendre de quelle circonstance particulière, de quelle époque du
    passé il s’agit.

    Arrivera-t-il jusqu’à la surface de ma claire conscience, ce souvenir,
    l’instant ancien que l’attraction d’un instant identique est venue de
    si loin solliciter, émouvoir, soulever tout au fond de moi? Je ne
    sais. Maintenant je ne sens plus rien, il est arrêté, redescendu
    peut-être; qui sait s’il remontera jamais de sa nuit? Dix fois il me
    faut recommencer, me pencher vers lui. Et chaque fois la lâcheté qui
    nous détourne de toute tâche difficile, de toute œuvre important, m’a
    conseillé de laisser cela, de boire mon thé en pensant simplement à
    mes ennuis d’aujourd’hui, à mes désirs de demain qui se laissent
    remâcher sans peine.

    Et tout d’un coup le souvenir m’est apparu. Ce goût c’était celui du petit
    morceau de madeleine que le dimanche matin à Combray (parce que ce
    jour-là je ne sortais pas avant l’heure de la messe), quand j’allais
    lui dire bonjour dans sa chambre, ma tante Léonie m’offrait après
    l’avoir trempé dans son infusion de thé ou de tilleul. La vue de la
    petite madeleine ne m’avait rien rappelé avant que je n’y eusse goûté;
    peut-être parce que, en ayant souvent aperçu depuis, sans en manger,
    sur les tablettes des pâtissiers, leur image avait quitté ces jours de
    Combray pour se lier à d’autres plus récents; peut-être parce que de
    ces souvenirs abandonnés si longtemps hors de la mémoire, rien ne
    survivait, tout s’était désagrégé; les formes,--et celle aussi du petit
    coquillage de pâtisserie, si grassement sensuel, sous son plissage
    sévère et dévot--s’étaient abolies, ou, ensommeillées, avaient perdu la
    force d’expansion qui leur eût permis de rejoindre la conscience.
    Mais, quand d’un passé ancien rien ne subsiste, après la mort des
    êtres, après la destruction des choses, seules, plus frêles mais plus
    vivaces, plus immatérielles, plus persistantes, plus fidèles, l’odeur
    et la saveur restent encore longtemps, comme des âmes, à se rappeler,
    à attendre, à espérer, sur la ruine de tout le reste, à porter sans
    fléchir, sur leur gouttelette presque impalpable, l’édifice immense du
    souvenir.

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    De la terre à la lune trajet direct en 97 heures 20 minutes

    Aproximadamente 57.180 palavras.

    Produced by John Walker

    De la Terre à la Lune

    Trajet Direct

    en 97 Heures 20 Minutes

    par Jules Verne

    I
    --------------------
    LE GUN-CLUB

    Pendant la guerre fédérale des États-Unis, un nouveau club très
    influent s'établit dans la ville de Baltimore, en plein Maryland. On
    sait avec quelle énergie l'instinct militaire se développa chez ce
    peuple d'armateurs, de marchands et de mécaniciens. De simples
    négociants enjambèrent leur comptoir pour s'improviser capitaines,
    colonels, généraux, sans avoir passé par les écoles d'application de
    West-Point [École militaire des États-Unis.]; ils égalèrent bientôt
    dans «L'art de la guerre» leurs collègues du vieux continent, et comme
    eux ils remportèrent des victoires à force de prodiguer les boulets,
    les millions et les hommes.

    Mais en quoi les Américains surpassèrent singulièrement les Européens,
    ce fut dans la science de la balistique. Non que leurs armes
    atteignissent un plus haut degré de perfection, mais elles offrirent
    des dimensions inusitées, et eurent par conséquent des portées
    inconnues jusqu'alors. En fait de tirs rasants, plongeants ou de
    plein fouet, de feux d'écharpe, d'enfilade ou de revers, les Anglais,
    les Français, les Prussiens, n'ont plus rien à apprendre; mais leurs
    canons, leurs obusiers, leurs mortiers ne sont que des pistolets de
    poche auprès des formidables engins de l'artillerie américaine.

    Ceci ne doit étonner personne. Les Yankees, ces premiers mécaniciens
    du monde, sont ingénieurs, comme les Italiens sont musiciens et les
    Allemands métaphysiciens,--de naissance. Rien de plus naturel, dès
    lors, que de les voir apporter dans la science de la balistique leur
    audacieuse ingéniosité. De là ces canons gigantesques, beaucoup moins
    utiles que les machines à coudre, mais aussi étonnants et encore plus
    admirés. On connaît en ce genre les merveilles de Parrott, de
    Dahlgreen, de Rodman. Les Armstrong, les Pallisser et les Treuille de
    Beaulieu n'eurent plus qu'à s'incliner devant leurs rivaux
    d'outre-mer.

    Donc, pendant cette terrible lutte des Nordistes et des Sudistes, les
    artilleurs tinrent le haut du pavé; les journaux de l'Union
    célébraient leurs inventions avec enthousiasme, et il n'était si mince
    marchand, si naïf «booby» [Badaud.], qui ne se cassât jour et nuit la
    tête à calculer des trajectoires insensées.

    Or, quand un Américain a une idée, il cherche un second Américain qui
    la partage. Sont-ils trois, ils élisent un président et deux
    secrétaires. Quatre, ils nomment un archiviste, et le bureau
    fonctionne. Cinq, ils se convoquent en assemblée générale, et le club
    est constitué. Ainsi arriva-t-il à Baltimore. Le premier qui inventa
    un nouveau canon s'associa avec le premier qui le fondit et le premier
    qui le fora. Tel fut le noyau du Gun-Club [Littéralement
    «Club-Canon».]. Un mois après sa formation, il comptait dix-huit cent
    trente-trois membres effectifs et trente mille cinq cent
    soixante-quinze membres correspondants.

    Une condition _sine qua non_ était imposée à toute personne qui
    voulait entrer dans l'association, la condition d'avoir imaginé ou,
    tout au moins, perfectionné un canon; à défaut de canon, une arme à
    feu quelconque. Mais, pour tout dire, les inventeurs de revolvers à
    quinze coups, de carabines pivotantes ou de sabres-pistolets ne
    jouissaient pas d'une grande considération. Les artilleurs les
    primaient en toute circonstance.

    «L'estime qu'ils obtiennent, dit un jour un des plus savants orateurs
    du Gun-Club, est proportionnelle «aux masses» de leur canon, et «en
    raison directe du carré des distances» atteintes par leurs
    projectiles!

    Un peu plus, c'était la loi de Newton sur la gravitation universelle
    transportée dans l'ordre moral.

    Le Gun-Club fondé, on se figure aisément ce que produisit en ce genre
    le génie inventif des Américains. Les engins de guerre prirent des
    proportions colossales, et les projectiles allèrent, au-delà des
    limites permises, couper en deux les promeneurs inoffensifs. Toutes
    ces inventions laissèrent loin derrière elles les timides instruments
    de l'artillerie européenne. Qu'on en juge par les chiffres suivants.

    Jadis, «au bon temps», un boulet de trente-six, à une distance de
    trois cents pieds, traversait trente-six chevaux pris de flanc et
    soixante-huit hommes. C'était l'enfance de l'art. Depuis lors, les
    projectiles ont fait du chemin. Le canon Rodman, qui portait à sept
    milles [Le mille vaut 1609 mètres 31 centimètres. Cela fait donc près
    de trois lieues.] un boulet pesant une demi-tonne [Cinq cents
    kilogrammes.] aurait facilement renversé cent cinquante chevaux et
    trois cents hommes. Il fut même question au Gun-Club d'en faire une
    épreuve solennelle. Mais, si les chevaux consentirent à tenter
    l'expérience, les hommes firent malheureusement défaut.

    Quoi qu'il en soit, l'effet de ces canons était très meurtrier, et à
    chaque décharge les combattants tombaient comme des épis sous la faux.
    Que signifiaient, auprès de tels projectiles, ce fameux boulet qui, à
    Coutras, en 1587, mit vingt-cinq hommes hors de combat, et cet autre
    qui, à Zorndoff, en 1758, tua quarante fantassins, et, en 1742, ce
    canon autrichien de Kesselsdorf, dont chaque coup jetait soixante-dix
    ennemis par terre? Qu'étaient ces feux surprenants d'Iéna ou
    d'Austerlitz qui décidaient du sort de la bataille? On en avait vu
    bien d'autres pendant la guerre fédérale! Au combat de Gettysburg, un
    projectile conique lancé par un canon rayé atteignit cent
    soixante-treize confédérés; et, au passage du Potomac, un boulet
    Rodman envoya deux cent quinze Sudistes dans un monde évidemment
    meilleur. Il faut mentionner également un mortier formidable
    inventé par J.-T. Maston, membre distingué et secrétaire perpétuel du
    Gun-Club, dont le résultat fut bien autrement meurtrier, puisque, à
    son coup d'essai, il tua trois cent trente-sept personnes,--en
    éclatant, il est vrai!

    Qu'ajouter à ces nombres si éloquents par eux-mêmes? Rien. Aussi
    admettra-t-on sans conteste le calcul suivant, obtenu par le
    statisticien Pitcairn: en divisant le nombre des victimes tombées sous
    les boulets par celui des membres du Gun-Club, il trouva que chacun de
    ceux-ci avait tué pour son compte une «moyenne» de deux mille trois
    cent soixante-quinze hommes et une fraction.

    A considérer un pareil chiffre, il est évident que l'unique
    préoccupation de cette société savante fut la destruction de
    l'humanité dans un but philanthropique, et le perfectionnement des
    armes de guerre, considérées comme instruments de civilisation.

    C'était une réunion d'Anges Exterminateurs, au demeurant les meilleurs
    fils du monde.

    Il faut ajouter que ces Yankees, braves à toute épreuve, ne s'en
    tinrent pas seulement aux formules et qu'ils payèrent de leur
    personne. On comptait parmi eux des officiers de tout grade,
    lieutenants ou généraux, des militaires de tout âge, ceux qui
    débutaient dans la carrière des armes et ceux qui vieillissaient sur
    leur affût. Beaucoup restèrent sur le champ de bataille dont les noms
    figuraient au livre d'honneur du Gun-Club, et de ceux qui revinrent la
    plupart portaient les marques de leur indiscutable intrépidité.
    Béquilles, jambes de bois, bras articulés, mains à crochets, mâchoires
    en caoutchouc, crânes en argent, nez en platine, rien ne manquait à la
    collection, et le susdit Pitcairn calcula également que, dans le
    Gun-Club, il n'y avait pas tout à fait un bras pour quatre personnes,
    et seulement deux jambes pour six.

    Mais ces vaillants artilleurs n'y regardaient pas de si près, et ils
    se sentaient fiers à bon droit, quand le bulletin d'une bataille
    relevait un nombre de victimes décuple de la quantité de projectiles
    dépensés.

    Un jour, pourtant, triste et lamentable jour, la paix fut signée par
    les survivants de la guerre, les détonations cessèrent peu à peu, les
    mortiers se turent, les obusiers muselés pour longtemps et les canons,
    la tête basse, rentrèrent aux arsenaux, les boulets s'empilèrent dans
    les parcs, les souvenirs sanglants s'effacèrent, les cotonniers
    poussèrent magnifiquement sur les champs largement engraissés, les
    vêtements de deuil achevèrent de s'user avec les douleurs, et le
    Gun-Club demeura plongé dans un désœuvrement profond.

    Certains piocheurs, des travailleurs acharnés, se livraient bien
    encore à des calculs de balistique; ils rêvaient toujours de bombes
    gigantesques et d'obus incomparables. Mais, sans la pratique,
    pourquoi ces vaines théories? Aussi les salles devenaient désertes,
    les domestiques dormaient dans les antichambres, les journaux
    moisissaient sur les tables, les coins obscurs retentissaient de
    ronflements tristes, et les membres du Gun-Club, jadis si bruyants,
    maintenant réduits au silence par une paix désastreuse, s'endormaient
    dans les rêveries de l'artillerie platonique!

    «C'est désolant, dit un soir le brave Tom Hunter, pendant que ses
    jambes de bois se carbonisaient dans la cheminée du fumoir. Rien à
    faire! rien à espérer! Quelle existence fastidieuse! Où est le
    temps où le canon vous réveillait chaque matin par ses joyeuses
    détonations?

    --Ce temps-là n'est plus, répondit le fringant Bilsby, en cherchant à
    se détirer les bras qui lui manquaient. C'était un plaisir alors!
    On inventait son obusier, et, à peine fondu, on courait l'essayer
    devant l'ennemi; puis on rentrait au camp avec un encouragement de
    Sherman ou une poignée de main de MacClellan! Mais, aujourd'hui, les
    généraux sont retournés à leur comptoir, et, au lieu de projectiles,
    ils expédient d'inoffensives balles de coton! Ah! par sainte Barbe!
    l'avenir de l'artillerie est perdu en Amérique!

    --Oui, Bilsby, s'écria le colonel Blomsberry, voilà de cruelles
    déceptions! Un jour on quitte ses habitudes tranquilles, on s'exerce
    au maniement des armes, on abandonne Baltimore pour les champs de
    bataille, on se conduit en héros, et, deux ans, trois ans plus tard,
    il faut perdre le fruit de tant de fatigues, s'endormir dans une
    déplorable oisiveté et fourrer ses mains dans ses poches.

    Quoi qu'il pût dire, le vaillant colonel eût été fort empêché de
    donner une pareille marque de son désœuvrement, et cependant, ce
    n'étaient pas les poches qui lui manquaient.

    «Et nulle guerre en perspective! dit alors le fameux J.-T. Maston,
    en grattant de son crochet de fer son crâne en gutta-percha. Pas un
    nuage à l'horizon, et cela quand il y a tant à faire dans la science
    de l'artillerie! Moi qui vous parle, j'ai terminé ce matin une
    épure, avec plan, coupe et élévation, d'un mortier destiné à changer
    les lois de la guerre!

    --Vraiment? répliqua Tom Hunter, en songeant involontairement au
    dernier essai de l'honorable J.-T. Maston.

    --Vraiment, répondit celui-ci. Mais à quoi serviront tant d'études
    menées à bonne fin, tant de difficultés vaincues? N'est-ce pas
    travailler en pure perte? Les peuples du Nouveau Monde semblent
    s'être donné le mot pour vivre en paix, et notre belliqueux _Tribune_
    [Le plus fougueux journal abolitionniste de l'Union.] en arrive à
    pronostiquer de prochaines catastrophes dues à l'accroissement
    scandaleux des populations!

    --Cependant, Maston, reprit le colonel Blomsberry, on se bat toujours
    en Europe pour soutenir le principe des nationalités!

    --Eh bien?

    --Eh bien! il y aurait peut-être quelque chose à tenter là-bas, et si
    l'on acceptait nos services...

    --Y pensez-vous? s'écria Bilsby. Faire de la balistique au profit
    des étrangers!

    --Cela vaudrait mieux que de n'en pas faire du tout, riposta le
    colonel.

    --Sans doute, dit J.-T. Maston, cela vaudrait mieux, mais il ne faut
    même pas songer à cet expédient.

    --Et pourquoi cela? demanda le colonel.

    --Parce qu'ils ont dans le Vieux Monde des idées sur l'avancement qui
    contrarieraient toutes nos habitudes américaines. Ces gens-là ne
    s'imaginent pas qu'on puisse devenir général en chef avant d'avoir
    servi comme sous-lieutenant, ce qui reviendrait à dire qu'on ne
    saurait être bon pointeur à moins d'avoir fondu le canon soi-même!
    Or, c'est tout simplement...

    --Absurde! répliqua Tom Hunter en déchiquetant les bras de son
    fauteuil à coups de «bowie-knife» [Couteau à large lame.], et puisque
    les choses en sont là, il ne nous reste plus qu'à planter du tabac ou
    à distiller de l'huile de baleine!

    --Comment! s'écria J.-T. Maston d'une voix retentissante, ces
    dernières années de notre existence, nous ne les emploierons pas au
    perfectionnement des armes à feu! Une nouvelle occasion ne se
    rencontrera pas d'essayer la portée de nos projectiles! L'atmosphère
    ne s'illuminera plus sous l'éclair de nos canons! Il ne surgira pas
    une difficulté internationale qui nous permette de déclarer la guerre
    à quelque puissance transatlantique! Les Français ne couleront pas un
    seul de nos steamers, et les Anglais ne pendront pas, au mépris du
    droit des gens, trois ou quatre de nos nationaux!

    --Non, Maston, répondit le colonel Blomsberry, nous n'aurons pas ce
    bonheur! Non! pas un de ces incidents ne se produira, et, se
    produisît-il, nous n'en profiterions même pas! La susceptibilité
    américaine s'en va de jour en jour, et nous tombons en quenouille!

    --Oui, nous nous humilions! répliqua Bilsby.

    --Et on nous humilie! riposta Tom Hunter.

    --Tout cela n'est que trop vrai, répliqua J.-T. Maston avec une
    nouvelle véhémence. Il y a dans l'air mille raisons de se battre et
    l'on ne se bat pas! On économise des bras et des jambes, et cela au
    profit de gens qui n'en savent que faire! Et tenez, sans chercher si
    loin un motif de guerre, l'Amérique du Nord n'a-t-elle pas appartenu
    autrefois aux Anglais?

    --Sans doute, répondit Tom Hunter en tisonnant avec rage du bout de sa
    béquille.

    --Eh bien! reprit J.-T. Maston, pourquoi l'Angleterre à son tour
    n'appartiendrait-elle pas aux Américains?

    --Ce ne serait que justice, riposta le colonel Blomsberry.

    --Allez proposer cela au président des États-Unis, s'écria J.-T.
    Maston, et vous verrez comme il vous recevra!

    --Il nous recevra mal, murmura Bilsby entre les quatre dents qu'il
    avait sauvées de la bataille.

    --Par ma foi, s'écria J.-T. Maston, aux prochaines élections il n'a
    que faire de compter sur ma voix!

    --Ni sur les nôtres, répondirent d'un commun accord ces belliqueux
    invalides.

    --En attendant, reprit J.-T. Maston, et pour conclure, si l'on ne me
    fournit pas l'occasion d'essayer mon nouveau mortier sur un vrai champ
    de bataille, je donne ma démission de membre du Gun-Club, et je cours
    m'enterrer dans les savanes de l'Arkansas!

    --Nous vous y suivrons», répondirent les interlocuteurs de
    l'audacieux J.-T. Maston.

    Or, les choses en étaient là, les esprits se montaient de plus en
    plus, et le club était menacé d'une dissolution prochaine, quand un
    événement inattendu vint empêcher cette regrettable catastrophe.

    Le lendemain même de cette conversation, chaque membre du cercle
    recevait une circulaire libellée en ces termes:

    _Baltimore, 3 octobre._

    _Le président du Gun-Club a l'honneur de prévenir ses collègues qu'à
    la séance du 5 courant il leur fera une communication de nature à les
    intéresser vivement. En conséquence, il les prie, toute affaire
    cessante, de se rendre à l'invitation qui leur est faite par la
    présente._

    _Très cordialement leur_
    IMPEY BARBICANE, P. G.-C.

    II
    --------------------
    COMMUNICATION DU PRÉSIDENT BARBICANE

    Le 5 octobre, à huit heures du soir, une foule compacte se pressait
    dans les salons du Gun-Club, 21, Union-Square. Tous les membres du
    cercle résidant à Baltimore s'étaient rendus à l'invitation de leur
    président. Quant aux membres correspondants, les express les
    débarquaient par centaines dans les rues de la ville, et si grand que
    fût le «hall» des séances, ce monde de savants n'avait pu y trouver
    place; aussi refluait-il dans les salles voisines, au fond des
    couloirs et jusqu'au milieu des cours extérieures; là, il rencontrait
    le simple populaire qui se pressait aux portes, chacun cherchant à
    gagner les premiers rangs, tous avides de connaître l'importante
    communication du président Barbicane, se poussant, se bousculant,
    s'écrasant avec cette liberté d'action particulière aux masses élevées
    dans les idées du «self government» [Gouvernement personnel.].

    Ce soir-là, un étranger qui se fût trouvé à Baltimore n'eût pas
    obtenu, même à prix d'or, de pénétrer dans la grande salle; celle-ci
    était exclusivement réservée aux membres résidants ou correspondants;
    nul autre n'y pouvait prendre place, et les notables de la cité, les
    magistrats du conseil des selectmen [Administrateurs de la ville élus
    par la population.] avaient dû se mêler à la foule de leurs
    administrés, pour saisir au vol les nouvelles de l'intérieur.

    Cependant l'immense «hall» offrait aux regards un curieux spectacle.
    Ce vaste local était merveilleusement approprié à sa destination. De
    hautes colonnes formées de canons superposés auxquels d'épais mortiers
    servaient de base soutenaient les fines armatures de la voûte,
    véritables dentelles de fonte frappées à l'emporte-pièce. Des
    panoplies d'espingoles, de tromblons, d'arquebuses, de carabines, de
    toutes les armes à feu anciennes ou modernes s'écartelaient sur les
    murs dans un entrelacement pittoresque. Le gaz sortait pleine flamme
    d'un millier de revolvers groupés en forme de lustres, tandis que des
    girandoles de pistolets et des candélabres faits de fusils réunis en
    faisceaux, complétaient ce splendide éclairage. Les modèles de
    canons, les échantillons de bronze, les mires criblées de coups, les
    plaques brisées au choc des boulets du Gun-Club, les assortiments de
    refouloirs et d'écouvillons, les chapelets de bombes, les colliers de
    projectiles, les guirlandes d'obus, en un mot, tous les outils de
    l'artilleur surprenaient l'œil par leur étonnante disposition et
    laissaient à penser que leur véritable destination était plus
    décorative que meurtrière.

    A la place d'honneur, on voyait, abrité par une splendide vitrine, un
    morceau de culasse, brisé et tordu sous l'effort de la poudre,
    précieux débris du canon de J.-T. Maston.

    A l'extrémité de la salle, le président, assisté de quatre
    secrétaires, occupait une large esplanade. Son siège, élevé sur un
    affût sculpté, affectait dans son ensemble les formes puissantes d'un
    mortier de trente-deux pouces; il était braque sous un angle de
    quatre-vingt-dix degrés et suspendu à des tourillons, de telle sorte
    que le président pouvait lui imprimer, comme aux «rocking-chairs»
    [Chaises à bascule en usage aux États-Unis.], un balancement fort
    agréable par les grandes chaleurs. Sur le bureau, vaste plaque de
    tôle supportée par six caronades, on voyait un encrier d'un goût
    exquis, fait d'un biscaïen délicieusement ciselé, et un timbre à
    détonation qui éclatait, à l'occasion, comme un revolver. Pendant les
    discussions véhémentes, cette sonnette d'un nouveau genre suffisait à
    peine à couvrir la voix de cette légion d'artilleurs surexcités.

    Devant le bureau, des banquettes disposées en zigzags, comme les
    circonvallations d'un retranchement, formaient une succession de
    bastions et de courtines où prenaient place tous les membres du
    Gun-Club, et ce soir-là, on peut le dire, «il y avait du monde sur les
    remparts». On connaissait assez le président pour savoir qu'il n'eût
    pas dérangé ses collègues sans un motif de la plus haute gravité.

    Impey Barbicane était un homme de quarante ans, calme, froid, austère,
    d'un esprit éminemment sérieux et concentré; exact comme un
    chronomètre, d'un tempérament à toute épreuve, d'un caractère
    inébranlable; peu chevaleresque, aventureux cependant, mais apportant
    des idées pratiques jusque dans ses entreprises les plus téméraires;
    l'homme par excellence de la Nouvelle-Angleterre, le Nordiste
    colonisateur, le descendant de ces Têtes-Rondes si funestes aux
    Stuarts, et l'implacable ennemi des gentlemen du Sud, ces anciens
    Cavaliers de la mère patrie. En un mot, un Yankee coulé d'un seul
    bloc.

    Barbicane avait fait une grande fortune dans le commerce des bois;
    nommé directeur de l'artillerie pendant la guerre, il se montra
    fertile en inventions; audacieux dans ses idées, il contribua
    puissamment aux progrès de cette arme, et donna aux choses
    expérimentales un incomparable élan.

    C'était un personnage de taille moyenne, ayant, par une rare exception
    dans le Gun-Club, tous ses membres intacts. Ses traits accentués
    semblaient tracés à l'équerre et au tire-ligne, et s'il est vrai que,
    pour deviner les instincts d'un homme, on doive le regarder de profil,
    Barbicane, vu ainsi, offrait les indices les plus certains de
    l'énergie, de l'audace et du sang-froid.

    En cet instant, il demeurait immobile dans son fauteuil, muet,
    absorbé, le regard en dedans, abrité sous son chapeau à haute forme,
    cylindre de soie noire qui semble vissé sur les crânes américains.

    Ses collègues causaient bruyamment autour de lui sans le distraire;
    ils s'interrogeaient, ils se lançaient dans le champ des suppositions,
    ils examinaient leur président et cherchaient, mais en vain, à dégager
    l'X de son imperturbable physionomie.

    Lorsque huit heures sonnèrent à l'horloge fulminante de la grande
    salle, Barbicane, comme s'il eût été mû par un ressort, se redressa
    subitement; il se fit un silence général, et l'orateur, d'un ton un
    peu emphatique, prit la parole en ces termes:

    «Braves collègues, depuis trop longtemps déjà une paix inféconde est
    venue plonger les membres du Gun-Club dans un regrettable
    désœuvrement. Après une période de quelques années, si pleine
    d'incidents, il a fallu abandonner nos travaux et nous arrêter net sur
    la route du progrès. Je ne crains pas de le proclamer à haute voix,
    toute guerre qui nous remettrait les armes à la main serait bien
    venue...

    --Oui, la guerre! s'écria l'impétueux J.-T. Maston.

    --Écoutez! écoutez! répliqua-t-on de toutes parts.

    --Mais la guerre, dit Barbicane, la guerre est impossible dans les
    circonstances actuelles, et, quoi que puisse espérer mon honorable
    interrupteur, de longues années s'écouleront encore avant que nos
    canons tonnent sur un champ de bataille. Il faut donc en prendre son
    parti et chercher dans un autre ordre d'idées un aliment à l'activité
    qui nous dévore!

    L'assemblée sentit que son président allait aborder le point délicat.
    Elle redoubla d'attention.

    «Depuis quelques mois, mes braves collègues, reprit Barbicane, je me
    suis demandé si, tout en restant dans notre spécialité, nous ne
    pourrions pas entreprendre quelque grande expérience digne du XIXe
    siècle, et si les progrès de la balistique ne nous permettraient pas
    de la mener à bonne fin. J'ai donc cherché, travaillé, calculé, et de
    mes études est résultée cette conviction que nous devons réussir dans
    une entreprise qui paraîtrait impraticable à tout autre pays. Ce
    projet, longuement élaboré, va faire l'objet de ma communication; il
    est digne de vous, digne du passé du Gun-Club, et il ne pourra manquer
    de faire du bruit dans le monde!

    --Beaucoup de bruit? s'écria un artilleur passionné.

    --Beaucoup de bruit dans le vrai sens du mot, répondit Barbicane.

    --N'interrompez pas! répétèrent plusieurs voix.

    --Je vous prie donc, braves collègues, reprit le président, de
    m'accorder toute votre attention.

    Un frémissement courut dans l'assemblée. Barbicane, ayant d'un geste
    rapide assuré son chapeau sur sa tête, continua son discours d'une
    voix calme:

    «Il n'est aucun de vous, braves collègues, qui n'ait vu la Lune, ou
    tout au moins, qui n'en ait entendu parler. Ne vous étonnez pas si je
    viens vous entretenir ici de l'astre des nuits. Il nous est peut-être
    réservé d'être les Colombs de ce monde inconnu. Comprenez-moi,
    secondez-moi de tout votre pouvoir, je vous mènerai à sa conquête, et
    son nom se joindra à ceux des trente-six États qui forment ce grand
    pays de l'Union!

    --Hurrah pour la Lune! s'écria le Gun-Club d'une seule voix.

    --On a beaucoup étudié la Lune, reprit Barbicane; sa masse, sa densité,
    son poids, son volume, sa constitution, ses mouvements, sa distance, son
    rôle dans le monde solaire, sont parfaitement déterminés; on a dressé
    des cartes sélénographiques[*] avec une perfection qui égale, si même
    elle ne surpasse pas, celle des cartes terrestres; la photographie a
    donné de notre satellite des épreuves d'une incomparable beauté [Voir
    les magnifiques clichés de la Lune, obtenus par M. Waren de la Rue.]. En
    un mot, on sait de la Lune tout ce que les sciences mathématiques,
    l'astronomie, la géologie, l'optique peuvent en apprendre; mais
    jusqu'ici il n'a jamais été établi de communication directe avec elle.

    [* De σελἡνη, mot grec qui signifie Lune.]

    Un violent mouvement d'intérêt et de surprise accueillit ces paroles.

    «Permettez-moi, reprit-il, de vous rappeler en quelques mots comment
    certains esprits ardents, embarqués pour des voyages imaginaires,
    prétendirent avoir pénétré les secrets de notre satellite. Au XVIIe
    siècle, un certain David Fabricius se vanta d'avoir vu de ses yeux des
    habitants de la Lune. En 1649, un Français, Jean Baudoin, publia le
    _Voyage fait au monde de la Lune par Dominique Gonzalès_, aventurier
    espagnol. A la même époque, Cyrano de Bergerac fit paraître cette
    expédition célèbre qui eut tant de succès en France. Plus tard, un
    autre Français--ces gens-là s'occupent beaucoup de la Lune--, le nommé
    Fontenelle, écrivit la _Pluralité des Mondes_, un chef-d'œuvre en son
    temps; mais la science, en marchant, écrase même les chefs-d'œuvre!
    Vers 1835, un opuscule traduit du _New York American_ raconta que Sir
    John Herschell, envoyé au cap de Bonne-Espérance pour y faire des
    études astronomiques, avait, au moyen d'un télescope perfectionné par
    un éclairage intérieur, ramené la Lune à une distance de quatre-vingts
    yards [Le yard vaut un peu moins que le mètre, soit 91 cm.]. Alors
    il aurait aperçu distinctement des cavernes dans lesquelles vivaient
    des hippopotames, de vertes montagnes frangées de dentelles d'or, des
    moutons aux cornes d'ivoire, des chevreuils blancs, des habitants avec
    des ailes membraneuses comme celles de la chauve-souris. Cette
    brochure, œuvre d'un Américain nommé Locke [Cette brochure fut
    publiée en France par le républicain Laviron, qui fut tué au siège de
    Rome en 1840.], eut un très grand succès. Mais bientôt on reconnut
    que c'était une mystification scientifique, et les Français furent les
    premiers à en rire.

    --Rire d'un Américain! s'écria J.-T. Maston, mais voilà un _casus
    belli_!...

    --Rassurez-vous, mon digne ami. Les Français, avant d'en rire,
    avaient été parfaitement dupés de notre compatriote. Pour terminer ce
    rapide historique, j'ajouterai qu'un certain Hans Pfaal de Rotterdam,
    s'élançant dans un ballon rempli d'un gaz tiré de l'azote, et
    trente-sept fois plus léger que l'hydrogène, atteignit la Lune après
    dix-neuf jours de traversée. Ce voyage, comme les tentatives
    précédentes, était simplement imaginaire, mais ce fut l'œuvre d'un
    écrivain populaire en Amérique, d'un génie étrange et contemplatif.
    J'ai nommé Poe!

    --Hurrah pour Edgard Poe! s'écria l'assemblée, électrisée par les
    paroles de son président.

    --J'en ai fini, reprit Barbicane, avec ces tentatives que j'appellerai
    purement littéraires, et parfaitement insuffisantes pour établir des
    relations sérieuses avec l'astre des nuits. Cependant, je dois
    ajouter que quelques esprits pratiques essayèrent de se mettre en
    communication sérieuse avec lui. Ainsi, il y a quelques années, un
    géomètre allemand proposa d'envoyer une commission de savants dans les
    steppes de la Sibérie. Là, sur de vastes plaines, on devait établir
    d'immenses figures géométriques, dessinées au moyen de réflecteurs
    lumineux, entre autres le carré de l'hypoténuse, vulgairement appelé
    le «Pont aux ânes» par les Français. «Tout être intelligent, disait
    le géomètre, doit comprendre la destination scientifique de cette
    figure. Les Sélénites [Habitants de la Lune.], s'ils existent,
    répondront par une figure semblable, et la communication une fois
    établie, il sera facile de créer un alphabet a qui permettra de
    s'entretenir avec les habitants de la Lune.» Ainsi parlait le géomètre
    allemand, mais son projet ne fut pas mis à exécution, et jusqu'ici
    aucun lien direct n'a existé entre la Terre et son satellite. Mais il
    est réservé au génie pratique des Américains de se mettre en rapport
    avec le monde sidéral. Le moyen d'y parvenir est simple, facile,
    certain, immanquable, et il va faire l'objet de ma proposition.

    Un brouhaha, une tempête d'exclamations accueillit ces paroles. Il
    n'était pas un seul des assistants qui ne fût dominé, entraîné, enlevé
    par les paroles de l'orateur.

    «Écoutez! écoutez! Silence donc!» s'écria-t-on de toutes parts.

    Lorsque l'agitation fut calmée, Barbicane reprit d'une voix plus grave
    son discours interrompu:

    «Vous savez, dit-il, quels progrès la balistique a faits depuis
    quelques années et à quel degré de perfection les armes à feu seraient
    parvenues, si la guerre eût continué. Vous n'ignorez pas non plus
    que, d'une façon générale, la force de résistance des canons et la
    puissance expansive de la poudre sont illimitées. Eh bien! partant
    de ce principe, je me suis demandé si, au moyen d'un appareil
    suffisant, établi dans des conditions de résistance déterminées, il ne
    serait pas possible d'envoyer un boulet dans la Lune.

    A ces paroles, un «oh!» de stupéfaction s'échappa de mille poitrines
    haletantes; puis il se fit un moment de silence, semblable à ce calme
    profond qui précède les coups de tonnerre. Et, en effet, le tonnerre
    éclata, mais un tonnerre d'applaudissements, de cris, de clameurs, qui
    fit trembler la salle des séances. Le président voulait parler; il ne
    le pouvait pas. Ce ne fut qu'au bout de dix minutes qu'il parvint à
    se faire entendre.

    «Laissez-moi achever, reprit-il froidement. J'ai pris la question
    sous toutes ses faces, je l'ai abordée résolument, et de mes calculs
    indiscutables il résulte que tout projectile doué d'une vitesse
    initiale de douze mille yards [Environ 11,000 mètres.] par seconde, et
    dirigé vers la Lune, arrivera nécessairement jusqu'à elle. J'ai donc
    l'honneur de vous proposer, mes braves collègues, de tenter cette
    petite expérience!

    III
    --------------------
    EFFET DE LA COMMUNICATION BARBICANE

    Il est impossible de peindre l'effet produit par les dernières paroles
    de l'honorable président. Quels cris! quelles vociférations! quelle
    succession de grognements, de hurrahs, de «hip! hip! hip!» et de
    toutes ces onomatopées qui foisonnent dans la langue américaine!
    C'était un désordre, un brouhaha indescriptible! Les bouches
    criaient, les mains battaient, les pieds ébranlaient le plancher des
    salles. Toutes les armes de ce musée d'artillerie, partant à la fois,
    n'auraient pas agité plus violemment les ondes sonores. Cela ne peut
    surprendre. Il y a des canonniers presque aussi bruyants que leurs
    canons.

    Barbicane demeurait calme au milieu de ces clameurs enthousiastes;
    peut-être voulait-il encore adresser quelques paroles à ses collègues,
    car ses gestes réclamèrent le silence, et son timbre fulminant
    s'épuisa en violentes détonations. On ne l'entendit même pas.
    Bientôt il fut arraché de son siège, porté en triomphe, et des mains
    de ses fidèles camarades il passa dans les bras d'une foule non moins
    surexcitée.

    Rien ne saurait étonner un Américain. On a souvent répété que le mot
    «impossible» n'était pas français; on s'est évidemment trompé de
    dictionnaire. En Amérique, tout est facile, tout est simple, et quant
    aux difficultés mécaniques, elles sont mortes avant d'être nées.
    Entre le projet Barbicane et sa réalisation, pas un véritable Yankee
    ne se fût permis d'entrevoir l'apparence d'une difficulté. Chose
    dite, chose faite.

    La promenade triomphale du président se prolongea dans la soirée. Une
    véritable marche aux flambeaux. Irlandais, Allemands, Français,
    Écossais, tous ces individus hétérogènes dont se compose la population
    du Maryland, criaient dans leur langue maternelle, et les vivats, les
    hurrahs, les bravos s'entremêlaient dans un inexprimable élan.

    Précisément, comme si elle eût compris qu'il s'agissait d'elle, la
    Lune brillait alors avec une sereine magnificence, éclipsant de son
    intense irradiation les feux environnants. Tous les Yankees
    dirigeaient leurs yeux vers son disque étincelant; les uns la
    saluaient de la main, les autres l'appelaient des plus doux noms;
    ceux-ci la mesuraient du regard, ceux-là la menaçaient du poing; de
    huit heures à minuit, un opticien de Jone's-Fall-Street fit sa fortune
    à vendre des lunettes. L'astre des nuits était lorgné comme une lady
    de haute volée. Les Américains en agissaient avec un sans-façon de
    propriétaires. Il semblait que la blonde Phoebé appartînt à ces
    audacieux conquérants et fît déjà partie du territoire de l'Union. Et
    pourtant il n'était question que de lui envoyer un projectile, façon
    assez brutale d'entrer en relation, même avec un satellite, mais fort
    en usage parmi les nations civilisées.

    Minuit venait de sonner, et l'enthousiasme ne baissait pas; il se
    maintenait à dose égale dans toutes les classes de la population; le
    magistrat, le savant, le négociant, le marchand, le portefaix, les
    hommes intelligents aussi bien que les gens «verts [Expression tout
    fait américaine pour désigner des gens naïfs.]», se sentaient remués
    dans leur fibre la plus délicate; il s'agissait là d'une entreprise
    nationale; aussi la ville haute, la ville basse, les quais baignés par
    les eaux du Patapsco, les navires emprisonnés dans leurs bassins
    regorgeaient d'une foule ivre de joie, de gin et de whisky; chacun
    conversait, pérorait, discutait, disputait, approuvait, applaudissait,
    depuis le gentleman nonchalamment étendu sur le canapé des bar-rooms
    devant sa chope de sherry-cobbler [Mélange de rhum, de jus d'orange,
    de sucre, de cannelle et de muscade. Cette boisson de couleur
    jaunâtre s'aspire dans des chopes au moyen d'un chalumeau de verre.
    Les bar-rooms sont des espèces de cafés.], jusqu'au waterman qui se
    grisait de «casse-poitrine [Boisson effrayante du bas peuple.
    Littéralement, en anglais: _thorough knock me down_.] » dans les
    sombres tavernes du Fells-Point.

    Cependant, vers deux heures, l'émotion se calma. Le président
    Barbicane parvint à rentrer chez lui, brisé, écrasé, moulu. Un
    hercule n'eût pas résisté à un enthousiasme pareil. La foule
    abandonna peu à peu les places et les rues. Les quatre rails-roads de
    l'Ohio, de Susquehanna, de Philadelphie et de Washington, qui
    convergent à Baltimore, jetèrent le public hexogène aux quatre coins
    des États-Unis, et la ville se reposa dans une tranquillité relative.

    Ce serait d'ailleurs une erreur de croire que, pendant cette soirée
    mémorable, Baltimore fût seule en proie à cette agitation. Les
    grandes villes de l'Union, New York, Boston, Albany, Washington,
    Richmond, Crescent-City [Surnom de La Nouvelle-Orléans.], Charleston,
    la Mobile, du Texas au Massachusetts, du Michigan aux Florides, toutes
    prenaient leur part de ce délire. En effet, les trente mille
    correspondants du Gun-Club connaissaient la lettre de leur président,
    et ils attendaient avec une égale impatience la fameuse communication
    du 5 octobre. Aussi, le soir même, à mesure que les paroles
    s'échappaient des lèvres de l'orateur, elles couraient sur les fils
    télégraphiques, à travers les États de l'Union, avec une vitesse de
    deux cent quarante-huit mille quatre cent quarante-sept milles [Cent
    mille lieues. C'est la vitesse de l'électricité.] à la seconde. On
    peut donc dire avec une certitude absolue qu'au même instant les
    États-Unis d'Amérique, dix fois grands comme la France, poussèrent un
    seul hurrah, et que vingt-cinq millions de cœurs, gonflés d'orgueil,
    battirent de la même pulsation.

    Le lendemain, quinze cents journaux quotidiens, hebdomadaires,
    bi-mensuels ou mensuels, s'emparèrent de la question; ils
    l'examinèrent sous ses différents aspects physiques, météorologiques,
    économiques ou moraux, au point de vue de la prépondérance politique
    ou de la civilisation. Ils se demandèrent si la Lune était un monde
    achevé, si elle ne subissait plus aucune transformation.
    Ressemblait-elle à la Terre au temps où l'atmosphère n'existait pas
    encore? Quel spectacle présentait cette face invisible au sphéroïde
    terrestre? Bien qu'il ne s'agît encore que d'envoyer un boulet à
    l'astre des nuits, tous voyaient là le point de départ d'une série
    d'expériences; tous espéraient qu'un jour l'Amérique pénétrerait les
    derniers secrets de ce disque mystérieux, et quelques-uns même
    semblèrent craindre que sa conquête ne dérangeât sensiblement
    l'équilibre européen.

    Le projet discuté, pas une feuille ne mit en doute sa réalisation; les
    recueils, les brochures, les bulletins, les «magazines» publiés par
    les sociétés savantes, littéraires ou religieuses, en firent ressortir
    les avantages, et «la Société d'Histoire naturelle» de Boston, «la
    Société américaine des sciences et des arts» d'Albany, «la Société
    géographique et statistique» de New York, «la Société philosophique
    américaine» de Philadelphie, «l'Institution Smithsonienne» de
    Washington, envoyèrent dans mille lettres leurs félicitations au
    Gun-Club, avec des offres immédiates de service et d'argent.

    Aussi, on peut le dire, jamais proposition ne réunit un pareil nombre
    d'adhérents; d'hésitations, de doutes, d'inquiétudes, il ne fut même
    pas question. Quant aux plaisanteries, aux caricatures, aux chansons
    qui eussent accueilli en Europe, et particulièrement en France, l'idée
    d'envoyer un projectile à la Lune, elles auraient fort mal servi leur
    auteur; tous les «lifepreservers [Arme de poche faite en baleine
    flexible et d'une boule de métal.]» du monde eussent été impuissants à
    le garantir contre l'indignation générale. Il y a des choses dont on
    ne rit pas dans le Nouveau Monde. Impey Barbicane devint donc, à
    partir de ce jour, un des plus grands citoyens des États-Unis, quelque
    chose comme le Washington de la science, et un trait, entre plusieurs,
    montrera jusqu'où allait cette inféodation subite d'un peuple à un
    homme.

    Quelques jours après la fameuse séance du Gun-Club, le directeur d'une
    troupe anglaise annonça au théâtre de Baltimore la représentation de
    _Much ado about nothing_ [_Beaucoup de bruit pour rien_, une des
    comédies de Shakespeare.]. Mais la population de la ville, voyant dans
    ce titre une allusion blessante aux projets du président Barbicane,
    envahit la salle, brisa les banquettes et obligea le malheureux
    directeur à changer son affiche. Celui-ci, en homme d'esprit,
    s'inclinant devant la volonté publique, remplaça la malencontreuse
    comédie par _As you like it_ [_Comme il vous plaira_, de
    Shakespeare.], et, pendant plusieurs semaines, il fit des recettes
    phénoménales.

    IV
    --------------------
    RÉPONSE DE L'OBSERVATOIRE DE CAMBRIDGE

    Cependant Barbicane ne perdit pas un instant au milieu des ovations
    dont il était l'objet. Son premier soin fut de réunir ses collègues
    dans les bureaux du Gun-Club. Là, après discussion, on convint de
    consulter les astronomes sur la partie astronomique de l'entreprise;
    leur réponse une fois connue, on discuterait alors les moyens
    mécaniques, et rien ne serait négligé pour assurer le succès de cette
    grande expérience.

    Une note très précise, contenant des questions spéciales, fut donc
    rédigée et adressée à l'Observatoire de Cambridge, dans le
    Massachusetts. Cette ville, où fut fondée la première Université des
    États-Unis, est justement célèbre par son bureau astronomique. Là se
    trouvent réunis des savants du plus haut mérite; là fonctionne la
    puissante lunette qui permit à Bond de résoudre la nébuleuse
    d'Andromède et à Clarke de découvrir le satellite de Sirius. Cet
    établissement célèbre justifiait donc à tous les titres la confiance
    du Gun-Club.

    Aussi, deux jours après, sa réponse, si impatiemment attendue,
    arrivait entre les mains du président Barbicane. Elle était conçue en
    ces termes:

    _Le Directeur de l'Observatoire de Cambridge au Président du Gun-Club,
    à Baltimore._

    «Cambridge, 7 octobre.

    «Au reçu de votre honorée du 6 courant, adressée à l'Observatoire de
    Cambridge au nom des membres du Gun-Club de Baltimore, notre bureau
    s'est immédiatement réuni, et il a jugé à propos [Il y a dans le texte
    le mot _expedient_, qui est absolument intraduisible en français.] de
    répondre comme suit:

    «Les questions qui lui ont été posées sont celles-ci:

    «1º Est-il possible d'envoyer un projectile dans la Lune?

    «2º Quelle est la distance exacte qui sépare la Terre de son
    satellite?

    «3º Quelle sera la durée du trajet du projectile auquel aura été
    imprimée une vitesse initiale suffisante, et, par conséquent, à quel
    moment devra-t-on le lancer pour qu'il rencontre la Lune en un point
    déterminé?

    «4º A quel moment précis la Lune se présentera-t-elle dans la
    position la plus favorable pour être atteinte par le projectile?

    «5º Quel point du ciel devra-t-on viser avec le canon destiné à
    lancer le projectile?

    «6º Quelle place la Lune occupera-t-elle dans le ciel au moment où
    partira le projectile?

    «Sur la première question:--Est-il possible d'envoyer un projectile
    dans la Lune?

    «Oui, il est possible d'envoyer un projectile dans la Lune, si l'on
    parvient à animer ce projectile d'une vitesse initiale de douze mille
    yards par seconde. Le calcul démontre que cette vitesse est
    suffisante. A mesure que l'on s'éloigne de la Terre, l'action de la
    pesanteur diminue en raison inverse du carré des distances,
    c'est-à-dire que, pour une distance trois fois plus grande, cette
    action est neuf fois moins forte. En conséquence, la pesanteur du
    boulet décroîtra rapidement, et finira par s'annuler complètement au
    moment où l'attraction de la Lune fera équilibre à celle de la Terre,
    c'est-à-dire aux quarante-sept cinquante-deuxièmes du trajet. En ce
    moment, le projectile ne pèsera plus, et, s'il franchit ce point, il
    tombera sur la Lune par l'effet seul de l'attraction lunaire. La
    possibilité théorique de l'expérience est donc absolument démontrée;
    quant à sa réussite, elle dépend uniquement de la puissance de l'engin
    employé.

    «Sur la deuxième question:--Quelle est la distance exacte qui sépare
    la Terre de son satellite?

    «La Lune ne décrit pas autour de la Terre une circonférence, mais bien
    une ellipse dont notre globe occupe l'un des foyers; de là cette
    conséquence que la Lune se trouve tantôt plus rapprochée de la Terre,
    et tantôt plus éloignée, ou, en termes astronomiques, tantôt dans son
    apogée, tantôt dans son périgée. Or, la différence entre sa plus
    grande et sa plus petite distance est assez considérable, dans
    l'espèce, pour qu'on ne doive pas la négliger. En effet, dans son
    apogée, la Lune est à deux cent quarante-sept mille cinq cent
    cinquante-deux milles (--99,640 lieues de 4 kilomètres), et dans son
    périgée à deux cent dix-huit mille six cent cinquante-sept milles
    seulement (-- 88,010 lieues), ce qui fait une différence de vingt-huit
    mille huit cent quatre-vingt-quinze milles (-- 11,630 lieues), ou plus
    du neuvième du parcours. C'est donc la distance périgéenne de la Lune
    qui doit servir de base aux calculs.

    «Sur la troisième question:--Quelle sera la durée du trajet du
    projectile auquel aura été imprimée une vitesse initiale suffisante,
    et, par conséquent, à quel moment devra-t-on le lancer pour qu'il
    rencontre la Lune en un point déterminé?

    «Si le boulet conservait indéfiniment la vitesse initiale de douze
    mille yards par seconde qui lui aura été imprimée à son départ, il ne
    mettrait que neuf heures environ à se rendre à sa destination; mais
    comme cette vitesse initiale ira continuellement en décroissant, il se
    trouve, tout calcul fait, que le projectile emploiera trois cent mille
    secondes, soit quatre-vingt-trois heures et vingt minutes, pour
    atteindre le point où les attractions terrestre et lunaire se font
    équilibre, et de ce point il tombera sur la Lune en cinquante mille
    secondes, ou treize heures cinquante-trois minutes et vingt secondes.
    Il conviendra donc de le lancer quatre-vingt-dix-sept heures treize
    minutes et vingt secondes avant l'arrivée de la Lune au point visé.

    «Sur la quatrième question:--A quel moment précis la Lune se
    présentera-t-elle dans la position la plus favorable pour être
    atteinte par le projectile?

    «D'après ce qui vient d'être dit ci-dessus, il faut d'abord choisir
    l'époque où la Lune sera dans son périgée, et en même temps le moment
    où elle passera au zénith, ce qui diminuera encore le parcours d'une
    distance égale au rayon terrestre, soit trois mille neuf cent dix-neuf
    milles; de telle sorte que le trajet définitif sera de deux cent
    quatorze mille neuf cent soixante-seize milles (--86,410 lieues).
    Mais, si chaque mois la Lune passe à son périgée, elle ne se trouve
    pas toujours au zénith à ce moment. Elle ne se présente dans ces deux
    conditions qu'à de longs intervalles. Il faudra donc attendre la
    coïncidence du passage au périgée et au zénith. Or, par une heureuse
    circonstance, le 4 décembre de l'année prochaine, la Lune offrira ces
    deux conditions: à minuit, elle sera dans son périgée, c'est-à-dire à
    sa plus courte distance de la Terre, et elle passera en même temps au
    zénith.

    «Sur la cinquième question:--Quel point du ciel devra-t-on viser avec
    le canon destiné à lancer le projectile?

    «Les observations précédentes étant admises, le canon devra être
    braqué sur le zénith [Le zénith est le point du ciel situé
    verticalement au-dessus de la tête d'un observateur.] du lieu; de la
    sorte, le tir sera perpendiculaire au plan de l'horizon, et le
    projectile se dérobera plus rapidement aux effets de l'attraction
    terrestre. Mais, pour que la Lune monte au zénith d'un lieu, il faut
    que ce lieu ne soit pas plus haut en latitude que la déclinaison de
    cet astre, autrement dit, qu'il soit compris entre 0° et 28° de
    latitude nord ou sud [Il n'y a en effet que les régions du globe
    comprises entre l'équateur et le vingt-huitième parallèle, dans
    lesquels la culmination de la Lune l'amène au zénith; au-delà du 28e
    degré, la Lune s'approche d'autant moins du zénith que l'on s'avance
    vers les pôles.]. En tout autre endroit, le tir devrait être
    nécessairement oblique, ce qui nuirait à la réussite de l'expérience.

    «Sur la sixième question:--Quelle place la Lune occupera-t-elle dans
    le ciel au moment où partira le projectile?

    «Au moment où le projectile sera lancé dans l'espace, la Lune, qui
    avance chaque jour de treize degrés dix minutes et trente-cinq
    secondes, devra se trouver éloignée du point zénithal de quatre fois
    ce nombre, soit cinquante-deux degrés quarante-deux minutes et vingt
    secondes, espace qui correspond au chemin qu'elle fera pendant la
    durée du parcours du projectile. Mais comme il faut également tenir
    compte de la déviation que fera éprouver au boulet le mouvement de
    rotation de la terre, et comme le boulet n'arrivera à la Lune qu'après
    avoir dévié d'une distance égale à seize rayons terrestres, qui,
    comptés sur l'orbite de la Lune, font environ onze degrés, on doit
    ajouter ces onze degrés à ceux qui expriment le retard de la Lune déjà
    mentionné, soit soixante-quatre degrés en chiffres ronds. Ainsi donc,
    au moment du tir, le rayon visuel mené à la Lune fera avec la
    verticale du lieu un angle de soixante-quatre degrés.

    «Telles sont les réponses aux questions posées à l'Observatoire de
    Cambridge par les membres du Gun-Club.

    «En résumé:

    «1º Le canon devra être établi dans un pays situé entre 0° et 28° de
    latitude nord ou sud.

    «2º Il devra être braqué sur le zénith du lieu.

    «3º Le projectile devra être animé d'une vitesse initiale de douze
    mille yards par seconde.

    «4º Il devra être lancé le 1er décembre de l'année prochaine, à onze
    heures moins treize minutes et vingt secondes.

    «5º Il rencontrera la Lune quatre jours après son départ, le 4
    décembre à minuit précis, au moment où elle passera au zénith.

    «Les membres du Gun-Club doivent donc commencer sans retard les
    travaux nécessités par une pareille entreprise et être prêts à opérer
    au moment déterminé, car, s'ils laissaient passer cette date du 4
    décembre, ils ne retrouveraient la Lune dans les mêmes conditions de
    périgée et de zénith que dix-huit ans et onze jours après.

    «Le bureau de l'Observatoire de Cambridge se met entièrement à leur
    disposition pour les questions d'astronomie théorique, et il joint par
    la présente ses félicitations à celles de l'Amérique tout entière.

    «Pour le bureau:

    «J.-M. BELFAST,
    «_Directeur de l'Observatoire de Cambridge._

    V
    --------------------
    LE ROMAN DE LA LUNE

    Un observateur doué d'une vue infiniment pénétrante, et placé à ce
    centre inconnu autour duquel gravite le monde, aurait vu des myriades
    d'atomes remplir l'espace à l'époque chaotique de l'univers. Mais peu
    à peu, avec les siècles, un changement se produisit; une loi
    d'attraction se manifesta, à laquelle obéirent les atomes errants
    jusqu'alors; ces atomes se combinèrent chimiquement suivant leurs
    affinités, se firent molécules et formèrent ces amas nébuleux dont
    sont parsemées les profondeurs du ciel.

    Ces amas furent aussitôt animés d'un mouvement de rotation autour de
    leur point central. Ce centre, formé de molécules vagues, se prit à
    tourner sur lui-même en se condensant progressivement; d'ailleurs,
    suivant des lois immuables de la mécanique, à mesure que son volume
    diminuait par la condensation, son mouvement de rotation s'accélérait,
    et ces deux effets persistant, il en résulta une étoile principale,
    centre de l'amas nébuleux.

    En regardant attentivement, l'observateur eût alors vu les autres
    molécules de l'amas se comporter comme l'étoile centrale, se condenser
    à sa façon par un mouvement de rotation progressivement accéléré, et
    graviter autour d'elle sous forme d'étoiles innombrables. La
    nébuleuse, dont les astronomes comptent près de cinq mille
    actuellement, était formée.

    Parmi ces cinq mille nébuleuses, il en est une que les hommes ont
    nommée la Voie lactée[*], et qui renferme dix-huit millions d'étoiles,
    dont chacune est devenue le centre d'un monde solaire.

    [* Du mot grec γαλαχτος,qui signifie lait.]

    Si l'observateur eût alors spécialement examiné entre ces dix-huit
    millions d'astres l'un des plus modestes et des moins brillants [Le
    diamètre de Sirius, suivant Wollaston, doit égaler douze fois celui du
    Soleil, soit 4,300,000 lieues.], une étoile de quatrième ordre, celle
    qui s'appelle orgueilleusement le Soleil, tous les phénomènes auxquels
    est due la formation de l'univers se seraient successivement accomplis
    à ses yeux.

    En effet, ce Soleil, encore à l'état gazeux et composé de molécules
    mobiles, il l'eût aperçu tournant sur son axe pour achever son travail
    de concentration. Ce mouvement, fidèle aux lois de la mécanique, se
    fût accéléré avec la diminution de volume, et un moment serait arrivé
    où la force centrifuge l'aurait emporté sur la force centripète, qui
    tend à repousser les molécules vers le centre.

    Alors un autre phénomène se serait passé devant les yeux de
    l'observateur, et les molécules situées dans le plan de l'équateur,
    s'échappant comme la pierre d'une fronde dont la corde vient à se
    briser subitement, auraient été former autour du Soleil plusieurs
    anneaux concentriques semblables à celui de Saturne. A leur tour, ces
    anneaux de matière cosmique, pris d'un mouvement de rotation autour de
    la masse centrale, se seraient brisés et décomposés en nébulosités
    secondaires, c'est-à-dire en planètes.

    Si l'observateur eût alors concentré toute son attention sur ces
    planètes, il les aurait vues se comporter exactement comme le Soleil
    et donner naissance à un ou plusieurs anneaux cosmiques, origines de
    ces astres d'ordre inférieur qu'on appelle satellites.

    Ainsi donc, en remontant de l'atome à la molécule, de la molécule à
    l'amas nébuleux, de l'amas nébuleux à la nébuleuse, de la nébuleuse à
    l'étoile principale, de l'étoile principale au Soleil, du Soleil à la
    planète, et de la planète au satellite, on a toute la série des
    transformations subies par les corps célestes depuis les premiers
    jours du monde.

    Le Soleil semble perdu dans les immensités du monde stellaire, et
    cependant il est rattaché, par les théories actuelles de la science, à
    la nébuleuse de la Voie lactée. Centre d'un monde, et si petit qu'il
    paraisse au milieu des régions éthérées, il est cependant énorme, car
    sa grosseur est quatorze cent mille fois celle de la Terre. Autour de
    lui gravitent huit planètes, sorties de ses entrailles mêmes aux
    premiers temps de la Création. Ce sont, en allant du plus proche de
    ces astres au plus éloigné, Mercure, Vénus, la Terre, Mars Jupiter,
    Saturne, Uranus et Neptune. De plus entre Mars et Jupiter circulent
    régulièrement d'autres corps moins considérables, peut-être les débris
    errants d'un astre brisé en plusieurs milliers de morceaux, dont le
    télescope a reconnu quatre-vingt-dix-sept jusqu'à ce jour.
    [Quelques-uns de ces astéroïdes sont assez petits pour qu'on puisse en
    faire le tour dans l'espace d'une seule journée en marchant au pas
    gymnastique.]

    De ces serviteurs que le Soleil maintient dans leur orbite elliptique
    par la grande loi de la gravitation, quelques-uns possèdent à leur
    tour des satellites. Uranus en a huit, Saturne huit, Jupiter quatre,
    Neptune trois peut-être, la Terre un; ce dernier, l'un des moins
    importants du monde solaire, s'appelle la Lune, et c'est lui que le
    génie audacieux des Américains prétendait conquérir.

    L'astre des nuits, par sa proximité relative et le spectacle
    rapidement renouvelé de ses phases diverses, a tout d'abord partagé
    avec le Soleil l'attention des habitants de la Terre; mais le Soleil
    est fatigant au regard, et les splendeurs de sa lumière obligent ses
    contemplateurs à baisser les yeux.

    La blonde Phoebé, plus humaine au contraire, se laisse complaisamment
    voir dans sa grâce modeste; elle est douce à l'œil, peu ambitieuse,
    et cependant, elle se permet parfois d'éclipser son frère, le radieux
    Apollon, sans jamais être éclipsée par lui. Les mahométans ont
    compris la reconnaissance qu'ils devaient à cette fidèle amie de la
    Terre, et ils ont réglé leur mois sur sa révolution [Vingt-neuf jours
    et demi environ.].

    Les premiers peuples vouèrent un culte particulier à cette chaste
    déesse. Les Égyptiens l'appelaient Isis; les Phéniciens la nommaient
    Astarté; les Grecs l'adorèrent sous le nom de Phoebé, fille de Latone
    et de Jupiter, et ils expliquaient ses éclipses par les visites
    mystérieuses de Diane au bel Endymion. A en croire la légende
    mythologique, le lion de Némée parcourut les campagnes de la Lune
    avant son apparition sur la Terre, et le poète Agésianax, cité par
    Plutarque, célébra dans ses vers ces doux yeux, ce nez charmant et
    cette bouche aimable, formés par les parties lumineuses de l'adorable
    Séléné.

    Mais si les Anciens comprirent bien le caractère, le tempérament, en
    un mot, les qualités morales de la Lune au point de vue mythologique,
    les plus savants d'entre eux demeurèrent fort ignorants en
    sélénographie.

    Cependant, plusieurs astronomes des époques reculées découvrirent
    certaines particularités confirmées aujourd'hui par la science. Si
    les Arcadiens prétendirent avoir habité la Terre à une époque où la
    Lune n'existait pas encore, si Tatius la regarda comme un fragment
    détaché du disque solaire, si Cléarque, le disciple d'Aristote, en fit
    un miroir poli sur lequel se réfléchissaient les images de l'Océan, si
    d'autres enfin ne virent en elle qu'un amas de vapeurs exhalées par la
    Terre, ou un globe moitié feu, moitié glace, qui tournait sur
    lui-même, quelques savants, au moyen d'observations sagaces, à défaut
    d'instruments d'optique, soupçonnèrent la plupart des lois qui
    régissent l'astre des nuits.

    Ainsi Thalès de Milet, 460 ans avant J.-C., émit l'opinion que la Lune
    était éclairée par le Soleil. Aristarque de Samos donna la véritable
    explication de ses phases. Cléomène enseigna qu'elle brillait d'une
    lumière réfléchie. Le Chaldéen Bérose découvrit que la durée de son
    mouvement de rotation était égale à celle de son mouvement de
    révolution, et il expliqua de la sorte le fait que la Lune présente
    toujours la même face. Enfin Hipparque, deux siècles avant l'ère
    chrétienne, reconnut quelques inégalités dans les mouvements apparents
    du satellite de la Terre.

    Ces diverses observations se confirmèrent par la suite et profitèrent
    aux nouveaux astronomes. Ptolémée, au IIe siècle, l'Arabe Aboul-Wéfa,
    au Xe, complétèrent les remarques d'Hipparque sur les inégalités que
    subit la Lune en suivant la ligne ondulée de son orbite sous l'action
    du Soleil. Puis Copernic [Voir _Les Fondateurs de l'Astronomie
    moderne_, un livre admirable de M. J. Bertrand, de l'Institut.], au
    XVe siècle, et Tycho Brahé, au XVIe, exposèrent complètement le
    système du monde et le rôle que joue la Lune dans l'ensemble des corps
    célestes.

    A cette époque, ses mouvements étaient à peu près déterminés; mais de
    sa constitution physique on savait peu de chose. Ce fut alors que
    Galilée expliqua les phénomènes de lumière produits dans certaines
    phases par l'existence de montagnes auxquelles il donna une hauteur
    moyenne de quatre mille cinq cents toises.

    Après lui, Hevelius, un astronome de Dantzig, rabaissa les plus hautes
    altitudes à deux mille six cents toises; mais son confrère Riccioli
    les reporta à sept mille.

    Herschell, à la fin du XVIIIe siècle, armé d'un puissant télescope,
    réduisit singulièrement les mesures précédentes. Il donna dix-neuf
    cents toises aux montagnes les plus élevées, et ramena la moyenne des
    différentes hauteurs à quatre cents toises seulement. Mais Herschell
    se trompait encore, et il fallut les observations de Shroeter,
    Louville, Halley, Nasmyth, Bianchini, Pastorf, Lohrman, Gruithuysen,
    et surtout les patientes études de MM. Beer et Moedeler, pour
    résoudre définitivement la question. Grâce à ces savants, l'élévation
    des montagnes de la Lune est parfaitement connue aujourd'hui. MM.
    Beer et Moedeler ont mesuré dix-neuf cent cinq hauteurs, dont six sont
    au-dessus de deux mille six cents toises, et vingt-deux au-dessus de
    deux mille quatre cents [La hauteur du mont Blanc au-dessus de la mer
    est de 4813 mètres.]. Leur plus haut sommet domine de trois mille
    huit cent et une toises la surface du disque lunaire.

    En même temps, la reconnaissance de la Lune se complétait; cet astre
    apparaissait criblé de cratères, et sa nature essentiellement
    volcanique s'affirmait à chaque observation. Du défaut de réfraction
    dans les rayons des planètes occultées par elle, on conclut que
    l'atmosphère devait presque absolument lui manquer. Cette absence
    d'air entraînait l'absence d'eau. Il devenait donc manifeste que les
    Sélénites, pour vivre dans ces conditions, devaient avoir une
    organisation spéciale et différer singulièrement des habitants de la
    Terre.

    Enfin, grâce aux méthodes nouvelles, les instruments plus
    perfectionnés fouillèrent la Lune sans relâche, ne laissant pas un
    point de sa face inexploré, et cependant son diamètre mesure deux
    mille cent cinquante milles [Huit cent soixante-neuf lieues,
    c'est-à-dire un peu plus du quart du rayon terrestre.], sa surface est
    la treizième partie de la surface du globe [Trente-huit millions de
    kilomètres carrés.], son volume la quarante-neuvième partie du volume
    du sphéroïde terrestre; mais aucun de ses secrets ne pouvait échapper
    à l'œil des astronomes, et ces habiles savants portèrent plus loin
    encore leurs prodigieuses observations.

    Ainsi ils remarquèrent que, pendant la pleine Lune, le disque
    apparaissait dans certaines parties rayé de lignes blanches, et
    pendant les phases, rayé de lignes noires. En étudiant avec une plus
    grande précision, ils parvinrent à se rendre un compte exact de la
    nature de ces lignes. C'étaient des sillons longs et étroits, creusés
    entre des bords parallèles, aboutissant généralement aux contours des
    cratères; ils avaient une longueur comprise entre dix et cent milles
    et une largeur de huit cents toises. Les astronomes les appelèrent
    des rainures, mais tout ce qu'ils surent faire, ce fut de les nommer
    ainsi. Quant à la question de savoir si ces rainures étaient des lits
    desséchés d'anciennes rivières ou non, ils ne purent la résoudre d'une
    manière complète. Aussi les Américains espéraient bien déterminer, un
    jour ou l'autre, ce fait géologique. Ils se réservaient également de
    reconnaître cette série de remparts parallèles découverts à la surface
    de la Lune par Gruithuysen, savant professeur de Munich, qui les
    considéra comme un système de fortifications élevées par les
    ingénieurs sélénites. Ces deux points, encore obscurs, et bien
    d'autres sans doute, ne pouvaient être définitivement réglés qu'après
    une communication directe avec la Lune.

    Quant à l'intensité de sa lumière, il n'y avait plus rien à apprendre
    à cet égard; on savait qu'elle est trois cent mille fois plus faible
    que celle du Soleil, et que sa chaleur n'a pas d'action appréciable
    sur les thermomètres; quant au phénomène connu sous le nom de lumière
    cendrée, il s'explique naturellement par l'effet des rayons du Soleil
    renvoyés de la Terre à la Lune, et qui semblent compléter le disque
    lunaire, lorsque celui-ci se présente sous la forme d'un croissant
    dans ses première et dernière phases.

    Tel était l'état des connaissances acquises sur le satellite de la
    Terre, que le Gun-Club se proposait de compléter à tous les points de
    vue, cosmographiques, géologiques, politiques et moraux.

    VI
    --------------------
    CE QU'IL N'EST PAS POSSIBLE D'IGNORER ET CE QU'IL N'EST
    PLUS PERMIS DE CROIRE DANS LES ÉTATS-UNIS

    La proposition Barbicane avait eu pour résultat immédiat de remettre à
    l'ordre du jour tous les faits astronomiques relatifs à l'astre des
    nuits. Chacun se mit à l'étudier assidûment. Il semblait que la Lune
    apparût pour la première fois sur l'horizon et que personne ne l'eût
    encore entrevue dans les cieux. Elle devint à la mode; elle fut la
    lionne du jour sans en paraître moins modeste, et prit rang parmi les
    «étoiles» sans en montrer plus de fierté. Les journaux ravivèrent les
    vieilles anecdotes dans lesquelles ce «Soleil des loups» jouait un
    rôle; ils rappelèrent les influences que lui prêtait l'ignorance des
    premiers âges; ils le chantèrent sur tous les tons; un peu plus, ils
    eussent cité de ses bons mots; l'Amérique entière fut prise de
    sélénomanie.

    De leur côté, les revues scientifiques traitèrent plus spécialement
    les questions qui touchaient à l'entreprise du Gun-Club; la lettre de
    l'Observatoire de Cambridge fut publiée par elles, commentée et
    approuvée sans réserve.

    Bref, il ne fut plus permis, même au moins lettré des Yankees,
    d'ignorer un seul des faits relatifs à son satellite, ni à la plus
    bornée des vieilles mistress d'admettre encore de superstitieuses
    erreurs à son endroit. La science leur arrivait sous toutes les
    formes; elle les pénétrait par les yeux et les oreilles; impossible
    d'être un âne...en astronomie.

    Jusqu'alors, bien des gens ignoraient comment on avait pu calculer la
    distance qui sépare la Lune de la Terre. On profita de la
    circonstance pour leur apprendre que cette distance s'obtenait par la
    mesure de la parallaxe de la Lune. Si le mot parallaxe semblait les
    étonner, on leur disait que c'était l'angle formé par deux lignes
    droites menées de chaque extrémité du rayon terrestre jusqu'à la Lune.
    Doutaient-ils de la perfection de cette méthode, on leur prouvait
    immédiatement que, non seulement cette distance moyenne était bien de
    deux cent trente-quatre mille trois cent quarante-sept milles
    (-- 94,330 lieues), mais encore que les astronomes ne se trompaient
    pas de soixante-dix milles (-- 30 lieues).

    A ceux qui n'étaient pas familiarisés avec les mouvements de la Lune,
    les journaux démontraient quotidiennement qu'elle possède deux
    mouvements distincts, le premier dit de rotation sur un axe, le second
    dit de révolution autour de la Terre, s'accomplissant tous les deux
    dans un temps égal, soit vingt-sept jours et un tiers [C'est la durée
    de la révolution sidérale, c'est-à-dire le temps que la Lune met à
    revenir à une même étoile.].

    Le mouvement de rotation est celui qui crée le jour et la nuit à la
    surface de la Lune; seulement il n'y a qu'un jour, il n'y a qu'une
    nuit par mois lunaire, et ils durent chacun trois cent
    cinquante-quatre heures et un tiers. Mais, heureusement pour elle, la
    face tournée vers le globe terrestre est éclairée par lui avec une
    intensité égale à la lumière de quatorze Lunes. Quant à l'autre face,
    toujours invisible, elle a naturellement trois cent cinquante-quatre
    heures d'une nuit absolue, tempérée seulement par cette «pâle clarté
    qui tombe des étoiles». Ce phénomène est uniquement dû à cette
    particularité que les mouvements de rotation et de révolution
    s'accomplissent dans un temps rigoureusement égal, phénomène commun,
    suivant Cassini et Herschell, aux satellites de Jupiter, et très
    probablement à tous les autres satellites.

    Quelques esprits bien disposés, mais un peu rétifs, ne comprenaient
    pas tout d'abord que, si la Lune montrait invariablement la même face
    à la Terre pendant sa révolution, c'est que, dans le même laps de
    temps, elle faisait un tour sur elle-même. A ceux-là on disait:
    «Allez dans votre salle à manger, et tournez autour de la table de
    manière à toujours en regarder le centre; quand votre promenade
    circulaire sera achevée, vous aurez fait un tour sur vous-même,
    puisque votre œil aura parcouru successivement tous les points de la
    salle. Eh bien! la salle, c'est le Ciel, la table, c'est la Terre,
    et la Lune, c'est vous!» Et ils s'en allaient enchantés de la
    comparaison.

    Ainsi donc, la Lune montre sans cesse la même face à la Terre;
    cependant, pour être exact, il faut ajouter que, par suite d'un
    certain balancement du nord au sud et de l'ouest à l'est appelé
    «libration», elle laisse apercevoir un peu plus de la moitié de son
    disque, soit les cinquante-sept centièmes environ.

    Lorsque les ignorants en savaient autant que le directeur de
    l'Observatoire de Cambridge sur le mouvement de rotation de la Lune,
    ils s'inquiétaient beaucoup de son mouvement de révolution autour de
    la Terre, et vingt revues scientifiques avaient vite fait de les
    instruire. Ils apprenaient alors que le firmament, avec son infinité
    d'étoiles, peut être considéré comme un vaste cadran sur lequel la
    Lune se promène en indiquant l'heure vraie à tous les habitants de la
    Terre; que c'est dans ce mouvement que l'astre des nuits présente ses
    différentes phases; que la Lune est pleine, quand elle est en
    opposition avec le Soleil, c'est-à-dire lorsque les trois astres sont
    sur la même ligne, la Terre étant au milieu; que la Lune est nouvelle
    quand elle est en conjonction avec le Soleil, c'est-à-dire lorsqu'elle
    se trouve entre la Terre et lui; enfin que la Lune est dans son
    premier ou dans son dernier quartier, quand elle fait avec le Soleil
    et la Terre un angle droit dont elle occupe le sommet.

    Quelques Yankees perspicaces en déduisaient alors cette conséquence,
    que les éclipses ne pouvaient se produire qu'aux époques de
    conjonction ou d'opposition, et ils raisonnaient bien. En
    conjonction, la Lune peut éclipser le Soleil, tandis qu'en opposition,
    c'est la Terre qui peut l'éclipser à son tour, et si ces éclipses
    n'arrivent pas deux fois par lunaison, c'est parce que le plan suivant
    lequel se meut la Lune est incliné sur l'écliptique, autrement dit,
    sur le plan suivant lequel se meut la Terre.

    Quant à la hauteur que l'astre des nuits peut atteindre au-dessus de
    l'horizon, la lettre de l'Observatoire de Cambridge avait tout dit à
    cet égard. Chacun savait que cette hauteur varie suivant la latitude
    du lieu où on l'observe. Mais les seules zones du globe pour
    lesquelles la Lune passe au zénith, c'est-à-dire vient se placer
    directement au-dessus de la tête de ses contemplateurs, sont
    nécessairement comprises entre les vingt-huitièmes parallèles et
    l'équateur. De là cette recommandation importante de tenter
    l'expérience sur un point quelconque de cette partie du globe, afin
    que le projectile pût être lancé perpendiculairement et échapper ainsi
    plus vite à l'action de la pesanteur. C'était une condition
    essentielle pour le succès de l'entreprise, et elle ne laissait pas de
    préoccuper vivement l'opinion publique.

    Quant à la ligne suivie par la Lune dans sa révolution autour de la
    Terre, l'Observatoire de Cambridge avait suffisamment appris, même aux
    ignorants de tous les pays, que cette ligne est une courbe rentrante,
    non pas un cercle, mais bien une ellipse, dont la Terre occupe un des
    foyers. Ces orbites elliptiques sont communes à toutes les planètes
    aussi bien qu'à tous les satellites, et la mécanique rationnelle
    prouve rigoureusement qu'il ne pouvait en être autrement. Il était
    bien entendu que la Lune dans son apogée se trouvait plus éloignée de
    la Terre, et plus rapprochée dans son périgée.

    Voilà donc ce que tout Américain savait bon gré mal gré, ce que
    personne ne pouvait décemment ignorer. Mais si ces vrais principes se
    vulgarisèrent rapidement, beaucoup d'erreurs, certaines craintes
    illusoires, furent moins faciles à déraciner.

    Ainsi, quelques braves gens, par exemple, soutenaient que la Lune
    était une ancienne comète, laquelle, en parcourant son orbite allongée
    autour du Soleil, vint à passer près de la Terre et se trouva retenue
    dans son cercle d'attraction. Ces astronomes de salon prétendaient
    expliquer ainsi l'aspect brûlé de la Lune, malheur irréparable dont
    ils se prenaient à l'astre radieux. Seulement, quand on leur faisait
    observer que les comètes ont une atmosphère et que la Lune n'en a que
    peu ou pas, ils restaient fort empêchés de répondre.

    D'autres, appartenant à la race des trembleurs, manifestaient
    certaines craintes à l'endroit de la Lune; ils avaient entendu dire
    que, depuis les observations faites au temps des Califes, son
    mouvement de révolution s'accélérait dans une certaine proportion; ils
    en déduisaient de là, fort logiquement d'ailleurs, qu'à une
    accélération de mouvement devait correspondre une diminution dans la
    distance des deux astres, et que, ce double effet se prolongeant à
    l'infini, la Lune finirait un jour par tomber sur la Terre.
    Cependant, ils durent se rassurer et cesser de craindre pour les
    générations futures, quand on leur apprit que, suivant les calculs de
    Laplace, un illustre mathématicien français, cette accélération de
    mouvement se renferme dans des limites fort restreintes, et qu'une
    diminution proportionnelle ne tardera pas à lui succéder. Ainsi donc,
    l'équilibre du monde solaire ne pouvait être dérangé dans les siècles
    à venir.

    Restait en dernier lieu la classe superstitieuse des ignorants;
    ceux-là ne se contentent pas d'ignorer, ils savent ce qui n'est pas,
    et à propos de la Lune ils en savaient long. Les uns regardaient son
    disque comme un miroir poli au moyen duquel on pouvait se voir des
    divers points de la Terre et se communiquer ses pensées. Les autres
    prétendaient que sur mille nouvelles Lunes observées, neuf cent
    cinquante avaient amené des changements notables, tels que
    cataclysmes, révolutions, tremblements de terre, déluges, etc.; ils
    croyaient donc à l'influence mystérieuse de l'astre des nuits sur les
    destinées humaines; ils le regardaient comme le «véritable contre
    poids» de l'existence; ils pensaient que chaque Sélénite était
    rattaché à chaque habitant de la Terre par un lien sympathique; avec
    le docteur Mead, ils soutenaient que le système vital lui est
    entièrement soumis, prétendant, sans en démordre, que les garçons
    naissent surtout pendant la nouvelle Lune, et les filles pendant le
    dernier quartier, etc., etc. Mais enfin il fallut renoncer à ces
    vulgaires erreurs, revenir à la seule vérité, et si la Lune,
    dépouillée de son influence, perdit dans l'esprit de certains
    courtisans de tous les pouvoirs, si quelques dos lui furent tournés,
    l'immense majorité se prononça pour elle. Quant aux Yankees, ils
    n'eurent plus d'autre ambition que de prendre possession de ce nouveau
    continent des airs et d'arborer à son plus haut sommet le pavillon
    étoilé des États-Unis d'Amérique.

    VII
    --------------------
    L'HYMNE DU BOULET

    L'Observatoire de Cambridge avait, dans sa mémorable lettre du 7
    octobre, traité la question au point de vue astronomique; il
    s'agissait désormais de la résoudre mécaniquement. C'est alors que
    les difficultés pratiques eussent paru insurmontables en tout autre
    pays que l'Amérique. Ici ce ne fut qu'un jeu.

    Le président Barbicane avait, sans perdre de temps, nommé dans le sein
    du Gun-Club un Comité d'exécution. Ce Comité devait en trois séances
    élucider les trois grandes questions du canon, du projectile et des
    poudres; il fut composé de quatre membres très savants sur ces
    matières: Barbicane, avec voix prépondérante en cas de partage, le
    général Morgan, le major Elphiston, et enfin l'inévitable J.-T.
    Maston, auquel furent confiées les fonctions de secrétaire-rapporteur.

    Le 8 octobre, le Comité se réunit chez le président Barbicane, 3,
    Republican-street. Comme il était important que l'estomac ne vînt pas
    troubler par ses cris une aussi sérieuse discussion, les quatre
    membres du Gun-Club prirent place à une table couverte de sandwiches
    et de théières considérables. Aussitôt J.-T. Maston vissa sa plume à
    son crochet de fer, et la séance commença.

    Barbicane prit la parole:

    «Mes chers collègues, dit-il, nous avons à résoudre un des plus
    importants problèmes de la balistique, cette science par excellence,
    qui traite du mouvement des projectiles, c'est-à-dire des corps lancés
    dans l'espace par une force d'impulsion quelconque, puis abandonnés à
    eux-mêmes.

    --Oh! la balistique! la balistique! s'écria J.-T. Maston d'une
    voix émue.

    --Peut-être eût-il paru plus logique, reprit Barbicane, de consacrer
    cette première séance à la discussion de l'engin...

    --En effet, répondit le général Morgan.

    --Cependant, reprit Barbicane, après mûres réflexions, il m'a semblé
    que la question du projectile devait primer celle du canon, et que les
    dimensions de celui-ci devaient dépendre des dimensions de celui-là.

    --Je demande la parole», s'écria J.-T. Maston.

    La parole lui fut accordée avec l'empressement que méritait son passé
    magnifique.

    «Mes braves amis, dit-il d'un accent inspiré, notre président a raison
    de donner à la question du projectile le pas sur toutes les autres!
    Ce boulet que nous allons lancer à la Lune, c'est notre messager,
    notre ambassadeur, et je vous demande la permission de le considérer à
    un point de vue purement moral.

    Cette façon nouvelle d'envisager un projectile piqua singulièrement la
    curiosité des membres du Comité; ils accordèrent donc la plus vive
    attention aux paroles de J.-T. Maston.

    «Mes chers collègues, reprit ce dernier, je serai bref; je laisserai
    de côté le boulet physique, le boulet qui tue, pour n'envisager que le
    boulet mathématique, le boulet moral. Le boulet est pour moi la plus
    éclatante manifestation de la puissance humaine; c'est en lui qu'elle
    se résume tout entière; c'est en le créant que l'homme s'est le plus
    rapproché du Créateur!

    --Très bien! dit le major Elphiston.

    --En effet, s'écria l'orateur, si Dieu a fait les étoiles et les
    planètes, l'homme a fait le boulet, ce critérium des vitesses
    terrestres, cette réduction des astres errant dans l'espace, et qui ne
    sont, à vrai dire, que des projectiles! A Dieu la vitesse de
    l'électricité, la vitesse de la lumière, la vitesse des étoiles, la
    vitesse des comètes, la vitesse des planètes, la vitesse des
    satellites, la vitesse du son, la vitesse du vent! Mais à nous la
    vitesse du boulet, cent fois supérieure à la vitesse des trains et des
    chevaux les plus rapides!

    J.-T. Maston était transporté; sa voix prenait des accents lyriques
    en chantant cet hymne sacré du boulet.

    «Voulez-vous des chiffres? reprit-il, en voilà d'éloquents! Prenez
    simplement le modeste boulet de vingt-quatre [C'est-à-dire pesant
    vingt-quatre livres.]; s'il court huit cent mille fois moins vite que
    l'électricité, six cent quarante fois moins vite que la lumière,
    soixante-seize fois moins vite que la Terre dans son mouvement de
    translation autour du Soleil, cependant, à la sortie du canon, il
    dépasse la rapidité du son [Ainsi, quand on a entendu la détonation de
    la bouche à feu on ne peut plus être frappé par le boulet.], il fait
    deux cents toises à la seconde, deux mille toises en dix secondes,
    quatorze milles à la minute (-- 6 lieues), huit cent quarante milles à
    l'heure (-- 360 lieues), vingt mille cent milles par jour (-- 8,640
    lieues), c'est-à-dire la vitesse des points de l'équateur dans le
    mouvement de rotation du globe, sept millions trois cent trente-six
    mille cinq cents milles par an (-- 3,155,760 lieues). Il mettrait donc
    onze jours à se rendre à la Lune, douze ans à parvenir au Soleil,
    trois cent soixante ans à atteindre Neptune aux limites du monde
    solaire. Voilà ce que ferait ce modeste boulet, l'ouvrage de nos
    mains! Que sera-ce donc quand, vingtuplant cette vitesse, nous le
    lancerons avec une rapidité de sept milles à la seconde! Ah! boulet
    superbe! splendide projectile! j'aime à penser que tu seras reçu
    là-haut avec les honneurs dus à un ambassadeur terrestre!

    Des hurrahs accueillirent cette ronflante péroraison, et J.-T.
    Maston, tout ému, s'assit au milieu des félicitations de ses
    collègues.

    «Et maintenant, dit Barbicane, que nous avons fait une large part à la
    poésie, attaquons directement la question.

    --Nous sommes prêts, répondirent les membres du Comité en absorbant
    chacun une demi-douzaine de sandwiches.

    --Vous savez quel est le problème à résoudre, reprit le président; il
    s'agit d'imprimer à un projectile une vitesse de douze mille yards par
    seconde. J'ai lieu de penser que nous y réussirons. Mais, en ce
    moment, examinons les vitesses obtenues jusqu'ici; le général Morgan
    pourra nous édifier à cet égard.

    --D'autant plus facilement, répondit le général, que, pendant la
    guerre, j'étais membre de la commission d'expérience. Je vous dirai
    donc que les canons de cent de Dahlgreen, qui portaient à deux mille
    cinq cents toises, imprimaient à leur projectile une vitesse initiale
    de cinq cents yards à la seconde.

    --Bien. Et la Columbiad [Les Américains donnaient le nom de Columbiad
    à ces énormes engins de destruction.] Rodman? demanda le président.

    --La Columbiad Rodman, essayée au fort Hamilton, près de New York,
    lançait un boulet pesant une demi-tonne à une distance de six milles,
    avec une vitesse de huit cents yards par seconde, résultat que n'ont
    jamais obtenu Armstrong et Palliser en Angleterre.

    --Oh! les Anglais! fit J.-T. Maston en tournant vers l'horizon de
    l'est son redoutable crochet.

    --Ainsi donc, reprit Barbicane, ces huit cents yards seraient la
    vitesse maximum atteinte jusqu'ici?

    --Oui, répondit Morgan.

    --Je dirai, cependant, répliqua J.-T. Maston, que si mon mortier
    n'eût pas éclaté...

    --Oui, mais il a éclaté, répondit Barbicane avec un geste
    bienveillant. Prenons donc pour point de départ cette vitesse de huit
    cents yards. Il faudra la vingtupler. Aussi, réservant pour une
    autre séance la discussion des moyens destinés à produire cette
    vitesse, j'appellerai votre attention, mes chers collègues, sur les
    dimensions qu'il convient de donner au boulet. Vous pensez bien qu'il
    ne s'agit plus ici de projectiles pesant au plus une demi-tonne!

    --Pourquoi pas? demanda le major.

    --Parce que ce boulet, répondit vivement J.-T. Maston, doit être
    assez gros pour attirer l'attention des habitants de la Lune, s'il en
    existe toutefois.

    --Oui, répondit Barbicane, et pour une autre raison plus importante
    encore.

    --Que voulez-vous dire, Barbicane? demanda le major.

    --Je veux dire qu'il ne suffit pas d'envoyer un projectile et de ne
    plus s'en occuper; il faut que nous le suivions pendant son parcours
    jusqu'au moment où il atteindra le but.

    --Hein! firent le général et le major, un peu surpris de la
    proposition.

    --Sans doute, reprit Barbicane en homme sûr de lui, sans doute, ou
    notre expérience ne produira aucun résultat.

    --Mais alors, répliqua le major, vous allez donner à ce projectile des
    dimensions énormes?

    --Non. Veuillez bien m'écouter. Vous savez que les instruments
    d'optique ont acquis une grande perfection; avec certains télescopes
    on est déjà parvenu à obtenir des grossissements de six mille fois, et
    à ramener la Lune à quarante milles environ (-- 16 lieues). Or, à
    cette distance, les objets ayant soixante pieds de côté sont
    parfaitement visibles. Si l'on n'a pas poussé plus loin la puissance
    de pénétration des télescopes, c'est que cette puissance ne s'exerce
    qu'au détriment de leur clarté, et la Lune, qui n'est qu'un miroir
    réfléchissant, n'envoie pas une lumière assez intense pour qu'on
    puisse porter les grossissements au-delà de cette limite.

    --Eh bien! que ferez-vous alors? demanda le général. Donnerez-vous
    à votre projectile un diamètre de soixante pieds?

    --Non pas!

    --Vous vous chargerez donc de rendre la Lune plus lumineuse?

    --Parfaitement.

    --Voilà qui est fort! s'écria J.-T. Maston.

    --Oui, fort simple, répondit Barbicane. En effet, si je parviens à
    diminuer l'épaisseur de l'atmosphère que traverse la lumière de la
    Lune, n'aurais-je pas rendu cette lumière plus intense?

    --Évidemment.

    --Eh bien! pour obtenir ce résultat, il me suffira d'établir un
    télescope sur quelque montagne élevée. Ce que nous ferons.

    --Je me rends, je me rends, répondit le major. Vous avez une façon de
    simplifier les choses!... Et quel grossissement espérez-vous obtenir
    ainsi?

    --Un grossissement de quarante-huit mille fois, qui ramènera la Lune à
    cinq milles seulement, et, pour être visibles, les objets n'auront
    plus besoin d'avoir que neuf pieds de diamètre.

    --Parfait! s'écria J.-T. Maston, notre projectile aura donc neuf
    pieds de diamètre?

    --Précisément.

    --Permettez-moi de vous dire, cependant, reprit le major Elphiston,
    qu'il sera encore d'un poids tel, que...

    --Oh! major, répondit Barbicane, avant de discuter son poids,
    laissez-moi vous dire que nos pères faisaient des merveilles en ce
    genre. Loin de moi la pensée de prétendre que la balistique n'ait pas
    progressé, mais il est bon de savoir que, dès le Moyen Age, on
    obtenait des résultats surprenants, j'oserai ajouter, plus surprenants
    que les nôtres.

    --Par exemple! répliqua Morgan.

    --Justifiez vos paroles, s'écria vivement J.-T. Maston.

    --Rien n'est plus facile, répondit Barbicane; j'ai des exemples à
    l'appui de ma proposition. Ainsi, au siège de Constantinople par
    Mahomet II, en 1453, on lança des boulets de pierre qui pesaient
    dix-neuf cents livres, et qui devaient être d'une belle taille.

    --Oh! oh! fit le major, dix-neuf cents livres, c'est un gros
    chiffre!

    --A Malte, au temps des chevaliers, un certain canon du fort
    Saint-Elme lançait des projectiles pesant deux mille cinq cents
    livres.

    --Pas possible!

    --Enfin, d'après un historien français, sous Louis XI, un mortier
    lançait une bombe de cinq cents livres seulement; mais cette bombe,
    partie de la Bastille, un endroit où les fous enfermaient les sages,
    allait tomber à Charenton, un endroit où les sages enferment les fous.

    --Très bien! dit J.-T. Maston.

    --Depuis, qu'avons-nous vu, en somme? Les canons Armstrong lancer des
    boulets de cinq cents livres, et les Columbiads Rodman des projectiles
    d'une demi-tonne! Il semble donc que, si les projectiles ont gagné en
    portée, ils ont perdu en pesanteur. Or, si nous tournons nos efforts
    de ce côté, nous devons arriver avec le progrès de la science, à
    décupler le poids des boulets de Mahomet II, et des chevaliers de
    Malte.

    --C'est évident, répondit le major, mais quel métal comptez-vous donc
    employer pour le projectile?

    --De la fonte de fer, tout simplement, dit le général Morgan.

    --Peuh! de la fonte! s'écria J.-T. Maston avec un profond dédain,
    c'est bien commun pour un boulet destiné à se rendre à la Lune.

    --N'exagérons pas, mon honorable ami, répondit Morgan; la fonte
    suffira.

    --Eh bien! alors, reprit le major Elphiston, puisque la pesanteur est
    proportionnelle à son volume, un boulet de fonte, mesurant neuf pieds
    de diamètre, sera encore d'un poids épouvantable!

    --Oui, s'il est plein; non, s'il est creux, dit Barbicane.

    --Creux! ce sera donc un obus?

    --Où l'on pourra mettre des dépêches, répliqua J.-T. Maston, et des
    échantillons de nos productions terrestres!

    --Oui, un obus, répondit Barbicane; il le faut absolument; un boulet
    plein de cent huit pouces pèserait plus de deux cent mille livres,
    poids évidemment trop considérable; cependant, comme il faut conserver
    une certaine stabilité au projectile, je propose de lui donner un
    poids de cinq mille livres.

    --Quelle sera donc l'épaisseur de ses parois? demanda le major.

    --Si nous suivons la proportion réglementaire, reprit Morgan, un
    diamètre de cent huit pouces exigera des parois de deux pieds au
    moins.

    --Ce serait beaucoup trop, répondit Barbicane; remarquez-le bien, il
    ne s'agit pas ici d'un boulet destiné à percer des plaques; il suffira
    donc de lui donner des parois assez fortes pour résister à la pression
    des gaz de la poudre. Voici donc le problème: quelle épaisseur doit
    avoir un obus en fonte de fer pour ne peser que vingt mille livres?
    Notre habile calculateur, le brave Maston, va nous l'apprendre séance
    tenante.

    --Rien n'est plus facile», répliqua l'honorable secrétaire du Comité.

    Et ce disant, il traça quelques formules algébriques sur le papier; on
    vit apparaître sous la plume des (pi) et des (x) élevés à la
    deuxième puissance. Il eut même l'air d'extraire, sans y toucher, une
    certaine racine cubique, et dit:

    «Les parois auront à peine deux pouces d'épaisseur.

    --Sera-ce suffisant? demanda le major d'un air de doute.

    --Non, répondit le président Barbicane, non, évidemment.

    --Eh bien! alors, que faire? reprit Elphiston d'un air assez
    embarrassé.

    --Employer un autre métal que la fonte.

    --Du cuivre? dit Morgan.

    --Non, c'est encore trop lourd; et j'ai mieux que cela à vous
    proposer.

    --Quoi donc? dit le major.

    --De l'aluminium, répondit Barbicane.

    --De l'aluminium! s'écrièrent les trois collègues du président.

    --Sans doute, mes amis. Vous savez qu'un illustre chimiste français,
    Henri Sainte-Claire Deville, est parvenu, en 1854, à obtenir
    l'aluminium en masse compacte. Or, ce précieux métal a la blancheur
    de l'argent, l'inaltérabilité de l'or, la ténacité du fer, la
    fusibilité du cuivre et la légèreté du verre; il se travaille
    facilement, il est extrêmement répandu dans la nature, puisque
    l'alumine forme la base de la plupart des roches, il est trois fois
    plus léger que le fer, et il semble avoir été créé tout exprès pour
    nous fournir la matière de notre projectile!

    --Hurrah pour l'aluminium! s'écria le secrétaire du Comité, toujours
    très bruyant dans ses moments d'enthousiasme.

    --Mais, mon cher président, dit le major, est-ce que le prix de
    revient de l'aluminium n'est pas extrêmement élevé?

    --Il l'était, répondit Barbicane; aux premiers temps de sa découverte,
    la livre d'aluminium coûtait deux cent soixante à deux cent
    quatre-vingts dollars (-- environ 1,500 francs); puis elle est tombée
    à vingt-sept dollars (-- 150 F), et aujourd'hui, enfin, elle vaut neuf
    dollars (-- 48.75 F).

    --Mais neuf dollars la livre, répliqua le major, qui ne se rendait pas
    facilement, c'est encore un prix énorme!

    --Sans doute, mon cher major, mais non pas inabordable.

    --Que pèsera donc le projectile? demanda Morgan.

    --Voici ce qui résulte de mes calculs, répondit Barbicane; un boulet
    de cent huit pouces de diamètre et de douze pouces [Trente
    centimètres; le pouce américain vaut 25 millimètres.] d'épaisseur
    pèserait, s'il était en fonte de fer, soixante-sept mille quatre cent
    quarante livres; en fonte d'aluminium, son poids sera réduit à
    dix-neuf mille deux cent cinquante livres.

    --Parfait! s'écria Maston, voilà qui rentre dans notre programme.

    --Parfait! parfait! répliqua le major, mais ne savez-vous pas qu'à
    dix-huit dollars la livre, ce projectile coûtera...

    --Cent soixante-treize mille deux cent cinquante dollars (--
    928,437.50 F), je le sais parfaitement; mais ne craignez rien, mes
    amis, l'argent ne fera pas défaut à notre entreprise, je vous en
    réponds.

    --Il pleuvra dans nos caisses, répliqua J.-T. Maston.

    --Eh bien! que pensez-vous de l'aluminium? demanda le président.

    --Adopté, répondirent les trois membres du Comité.

    --Quant à la forme du boulet, reprit Barbicane, elle importe peu,
    puisque, l'atmosphère une fois dépassée, le projectile se trouvera
    dans le vide; je propose donc le boulet rond, qui tournera sur
    lui-même, si cela lui plaît, et se comportera à sa fantaisie.

    Ainsi se termina la première séance du Comité; la question du projectile
    était définitivement résolue, et J.-T. Maston se réjouit fort de la
    pensée d'envoyer un boulet d'aluminium aux Sélénites, «ce qui leur
    donnerait une crâne idée des habitants de la Terre»!

    VIII
    --------------------
    L'HISTOIRE DU CANON

    Les résolutions prises dans cette séance produisirent un grand effet
    au-dehors. Quelques gens timorés s'effrayaient un peu à l'idée d'un
    boulet, pesant vingt mille livres, lancé à travers l'espace. On se
    demandait quel canon pourrait jamais transmettre une vitesse initiale
    suffisante à une pareille masse. Le procès verbal de la seconde
    séance du Comité devait répondre victorieusement à ces questions.

    Le lendemain soir, les quatre membres du Gun-Club s'attablaient devant
    de nouvelles montagnes de sandwiches et au bord d'un véritable océan
    de thé. La discussion reprit aussitôt son cours, et, cette fois, sans
    préambule.

    «Mes chers collègues, dit Barbicane, nous allons nous occuper de
    l'engin à construire, de sa longueur, de sa forme, de sa composition
    et de son poids. Il est probable que nous arriverons à lui donner des
    dimensions gigantesques; mais si grandes que soient les difficultés,
    notre génie industriel en aura facilement raison. Veuillez donc
    m'écouter, et ne m'épargnez pas les objections à bout portant. Je ne
    les crains pas!

    Un grognement approbateur accueillit cette déclaration.

    «N'oublions pas, reprit Barbicane, à quel point notre discussion nous
    a conduits hier; le problème se présente maintenant sous cette forme:
    imprimer une vitesse initiale de douze mille yards par seconde à un
    obus de cent huit pouces de diamètre et d'un poids de vingt mille
    livres.

    --Voilà bien le problème, en effet, répondit le major Elphiston.

    --Je continue, reprit Barbicane. Quand un projectile est lancé dans
    l'espace, que se passe-t-il? Il est sollicité par trois forces
    indépendantes, la résistance du milieu, l'attraction de la Terre et la
    force d'impulsion dont il est animé. Examinons ces trois forces. La
    résistance du milieu, c'est-à-dire la résistance de l'air, sera peu
    importante. En effet, l'atmosphère terrestre n'a que quarante milles
    (-- 16 lieues environ). Or, avec une rapidité de douze mille yards,
    le projectile l'aura traversée en cinq secondes, et ce temps est assez
    court pour que la résistance du milieu soit regardée comme
    insignifiante. Passons alors à l'attraction de la Terre, c'est-à-dire
    à la pesanteur de l'obus. Nous savons que cette pesanteur diminuera
    en raison inverse du carré des distances; en effet, voici ce que la
    physique nous apprend: quand un corps abandonné à lui-même tombe à la
    surface de la Terre, sa chute est de quinze pieds [Soit 4 mètres 90
    centimètres dans la première seconde; à la distance où se trouve la
    Lune, la chute ne serait plus que de 1 mm 1/3, ou 590 millièmes de
    ligne.] dans la première seconde, et si ce même corps était transporté
    à deux cent cinquante-sept mille cent quarante-deux milles, autrement
    dit, à la distance où se trouve la Lune, sa chute serait réduite à une
    demi-ligne environ dans la première seconde. C'est presque
    l'immobilité. Il s'agit donc de vaincre progressivement cette action
    de la pesanteur. Comment y parviendrons-nous? Par la force
    d'impulsion.

    --Voilà la difficulté, répondit le major.

    --La voilà, en effet, reprit le président, mais nous en triompherons,
    car cette force d'impulsion qui nous est nécessaire résultera de la
    longueur de l'engin et de la quantité de poudre employée, celle-ci
    n'étant limitée que par la résistance de celui-là. Occupons-nous donc
    aujourd'hui des dimensions à donner au canon. Il est bien entendu que
    nous pouvons l'établir dans des conditions de résistance pour ainsi
    dire infinie, puisqu'il n'est pas destiné à être manœuvré.

    --Tout ceci est évident, répondit le général.

    --Jusqu'ici, dit Barbicane, les canons les plus longs, nos énormes
    Columbiads, n'ont pas dépassé vingt-cinq pieds en longueur; nous
    allons donc étonner bien des gens par les dimensions que nous serons
    forcés d'adopter.

    --Eh! sans doute, s'écria J.-T. Maston. Pour mon compte, je demande
    un canon d'un demi-mille au moins!

    --Un demi-mille! s'écrièrent le major et le général.

    --Oui! un demi-mille, et il sera encore trop court de moitié.

    --Allons, Maston, répondit Morgan, vous exagérez.

    --Non pas! répliqua le bouillant secrétaire, et je ne sais vraiment
    pourquoi vous me taxez d'exagération.

    --Parce que vous allez trop loin!

    --Sachez, monsieur, répondit J.-T. Maston en prenant ses grands airs,
    sachez qu'un artilleur est comme un boulet, il ne peut jamais aller
    trop loin!

    La discussion tournait aux personnalités, mais le président intervint.

    «Du calme, mes amis, et raisonnons; il faut évidemment un canon d'une
    grande volée, puisque la longueur de la pièce accroîtra la détente des
    gaz accumulés sous le projectile, mais il est inutile de dépasser
    certaines limites.

    --Parfaitement, dit le major.

    --Quelles sont les règles usitées en pareil cas? Ordinairement la
    longueur d'un canon est vingt à vingt-cinq fois le diamètre du boulet,
    et il pèse deux cent trente-cinq à deux cent quarante fois son poids.

    --Ce n'est pas assez, s'écria J.-T. Maston avec impétuosité.

    --J'en conviens, mon digne ami, et, en effet, en suivant cette
    proportion, pour un projectile large de neuf pieds pesant vingt mille
    livres, l'engin n'aurait qu'une longueur de deux cent vingt-cinq pieds
    et un poids de sept millions deux cent mille livres.

    --C'est ridicule, répartit J.-T. Maston. Autant prendre un pistolet!

    --Je le pense aussi, répondit Barbicane, c'est pourquoi je me propose
    de quadrupler cette longueur et de construire un canon de neuf cents
    pieds.

    Le général et le major firent quelques objections; mais néanmoins
    cette proposition, vivement soutenue par le secrétaire du Gun-Club,
    fut définitivement adoptée.

    «Maintenant, dit Elphiston, quelle épaisseur donner à ses parois.

    --Une épaisseur de six pieds, répondit Barbicane.

    --Vous ne pensez sans doute pas à dresser une pareille masse sur un
    affût? demanda le major.

    --Ce serait pourtant superbe! dit J.-T. Maston.

    --Mais impraticable, répondit Barbicane. Non, je songe à couler cet
    engin dans le sol même, à le fretter avec des cercles de fer forgé, et
    enfin à l'entourer d'un épais massif de maçonnerie à pierre et à
    chaux, de telle façon qu'il participe de toute la résistance du
    terrain environnant. Une fois la pièce fondue, l'âme sera
    soigneusement alésée et calibrée, de manière à empêcher le vent [C'est
    l'espace qui existe quelquefois entre le projectile et l'âme de la
    pièce.] du boulet; ainsi il n'y aura aucune déperdition de gaz, et
    toute la force expansive de la poudre sera employée à l'impulsion.

    --Hurrah! hurrah! fit J.-T. Maston, nous tenons notre canon.

    --Pas encore! répondit Barbicane en calmant de la main son impatient
    ami.

    --Et pourquoi?

    --Parce que nous n'avons pas discuté sa forme. Sera-ce un canon, un
    obusier ou un mortier?

    --Un canon, répliqua Morgan.

    --Un obusier, repartit le major.

    --Un mortier!» s'écria J.-T. Maston.

    Une nouvelle discussion assez vive allait s'engager, chacun
    préconisant son arme favorite, lorsque le président l'arrêta net.

    «Mes amis, dit-il, je vais vous mettre tous d'accord; notre Columbiad
    tiendra de ces trois bouches à feu à la fois. Ce sera un canon,
    puisque la chambre de la poudre aura le même diamètre que l'âme. Ce
    sera un obusier, puisqu'il lancera un obus. Enfin, ce sera un
    mortier, puisqu'il sera braqué sous un angle de quatre-vingt-dix
    degrés, et que, sans recul possible, inébranlablement fixé au sol, il
    communiquera au projectile toute la puissance d'impulsion accumulée
    dans ses flancs.

    --Adopté, adopté, répondirent les membres du Comité.

    --Une simple réflexion, dit Elphiston, ce can-obuso-mortier sera-t-il
    rayé?

    --Non, répondit Barbicane, non; il nous faut une vitesse initiale
    énorme, et vous savez bien que le boulet sort moins rapidement des
    canons rayés que des canons à âme lisse.

    --C'est juste.

    --Enfin, nous le tenons, cette fois! répéta J.-T. Maston.

    --Pas tout à fait encore, répliqua le président.

    --Et pourquoi?

    --Parce que nous ne savons pas encore de quel métal il sera fait.

    --Décidons-le sans retard.

    --J'allais vous le proposer.

    Les quatre membres du Comité avalèrent chacun une douzaine de
    sandwiches suivis d'un bol de thé, et la discussion recommença.

    «Mes braves collègues, dit Barbicane, notre canon doit être d'une
    grande ténacité, d'une grande dureté, infusible à la chaleur,
    indissoluble et inoxydable à l'action corrosive des acides.

    --Il n'y a pas de doute à cet égard, répondit le major, et comme il
    faudra employer une quantité considérable de métal, nous n'aurons pas
    l'embarras du choix.

    --Eh bien! alors, dit Morgan, je propose pour la fabrication de la
    Columbiad le meilleur alliage connu jusqu'ici, c'est-à-dire cent
    parties de cuivre, douze parties d'étain et six parties de laiton.

    --Mes amis, répondit le président, j'avoue que cette composition a
    donné des résultats excellents; mais, dans l'espèce, elle coûterait
    trop cher et serait d'un emploi fort difficile. Je pense donc qu'il
    faut adopter une matière excellente, mais à bas prix, telle que la
    fonte de fer. N'est-ce pas votre avis, major?

    --Parfaitement, répondit Elphiston.

    --En effet, reprit Barbicane, la fonte de fer coûte dix fois moins que
    le bronze; elle est facile à fondre, elle se coule simplement dans des
    moules de sable, elle est d'une manipulation rapide; c'est donc à la
    fois économie d'argent et de temps. D'ailleurs, cette matière est
    excellente, et je me rappelle que pendant la guerre, au siège
    d'Atlanta, des pièces en fonte ont tiré mille coups chacune de vingt
    minutes en vingt minutes, sans en avoir souffert.

    --Cependant, la fonte est très cassante, répondit Morgan.

    --Oui, mais très résistante aussi; d'ailleurs, nous n'éclaterons pas,
    je vous en réponds.

    --On peut éclater et être honnête, répliqua sentencieusement J.-T.
    Maston.

    --Évidemment, répondit Barbicane. Je vais donc prier notre digne
    secrétaire de calculer le poids d'un canon de fonte long de neuf cents
    pieds, d'un diamètre intérieur de neuf pieds, avec parois de six pieds
    d'épaisseur.

    --A l'instant», répondit J.-T. Maston.

    Et, ainsi qu'il avait fait la veille, il aligna ses formules avec une
    merveilleuse facilité, et dit au bout d'une minute:

    «Ce canon pèsera soixante-huit mille quarante tonnes (--68,040,000
    kg).

    --Et à deux _cents_ la livre (-- 10 centimes), il coûtera?...

    --Deux millions cinq cent dix mille sept cent un dollars (--
    13,608,000 francs).

    J.-T. Maston, le major et le général regardèrent Barbicane d'un air
    inquiet.

    «Eh bien! messieurs, dit le président, je vous répéterai ce que je
    vous disais hier, soyez tranquilles, les millions ne nous manqueront
    pas!

    Sur cette assurance de son président, le Comité se sépara, après avoir
    remis au lendemain soir sa troisième séance.

    IX
    --------------------
    LA QUESTION DES POUDRES

    Restait à traiter la question des poudres. Le public attendait avec
    anxiété cette dernière décision. La grosseur du projectile, la
    longueur du canon étant données, quelle serait la quantité de poudre
    nécessaire pour produire l'impulsion? Cet agent terrible, dont
    l'homme a cependant maîtrisé les effets, allait être appelé à jouer
    son rôle dans des proportions inaccoutumées.

    On sait généralement et l'on répète volontiers que la poudre fut
    inventée au XIVe siècle par le moine Schwartz, qui paya de sa vie sa
    grande découverte. Mais il est à peu près prouvé maintenant que cette
    histoire doit être rangée parmi les légendes du Moyen Age. La poudre
    n'a été inventée par personne; elle dérive directement des feux
    grégeois, composés comme elle de soufre et de salpêtre. Seulement,
    depuis cette époque, ces mélanges, qui n'étaient que des mélanges
    fusants, se sont transformés en mélanges détonants.

    Mais si les érudits savent parfaitement la fausse histoire de la
    poudre, peu de gens se rendent compte de sa puissance mécanique. Or,
    c'est ce qu'il faut connaître pour comprendre l'importance de la
    question soumise au Comité.

    Ainsi un litre de poudre pèse environ deux livres (-- 900 grammes [La
    livre américaine est de 453 g.]); il produit en s'enflammant quatre
    cents litres de gaz, ces gaz rendus libres, et sous l'action d'une
    température portée à deux mille quatre cents degrés, occupent l'espace
    de quatre mille litres. Donc le volume de la poudre est aux volumes
    des gaz produits par sa déflagration comme un est à quatre mille. Que
    l'on juge alors de l'effrayante poussée de ces gaz lorsqu'ils sont
    comprimés dans un espace quatre mille fois trop resserré.

    Voilà ce que savaient parfaitement les membres du Comité quand le
    lendemain ils entrèrent en séance. Barbicane donna la parole au major
    Elphiston, qui avait été directeur des poudres pendant la guerre.

    «Mes chers camarades, dit ce chimiste distingué, je vais commencer par
    des chiffres irrécusables qui nous serviront de base. Le boulet de
    vingt-quatre dont nous parlait avant-hier l'honorable J.-T. Maston en
    termes si poétiques, n'est chassé de la bouche à feu que par seize
    livres de poudre seulement.

    --Vous êtes certain du chiffre? demanda Barbicane.

    --Absolument certain, répondit le major. Le canon Armstrong n'emploie
    que soixante-quinze livres de poudre pour un projectile de huit cents
    livres, et la Columbiad Rodman ne dépense que cent soixante livres de
    poudre pour envoyer à six milles son boulet d'une demi-tonne. Ces
    faits ne peuvent être mis en doute, car je les ai relevés moi-même
    dans les procès-verbaux du Comité d'artillerie.

    --Parfaitement, répondit le général.

    --Eh bien! reprit le major, voici la conséquence à tirer de ces
    chiffres, c'est que la quantité de poudre n'augmente pas avec le poids
    du boulet: en effet, s'il fallait seize livres de poudre pour un
    boulet de vingt-quatre; en d'autres termes, si, dans les canons
    ordinaires, on emploie une quantité de poudre pesant les deux tiers du
    poids du projectile, cette proportionnalité n'est pas constante.
    Calculez, et vous verrez que, pour le boulet d'une demi-tonne, au lieu
    de trois cent trente-trois livres de poudre, cette quantité a été
    réduite à cent soixante livres seulement.

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    Dans Le Fondu Des Mots Poésie

    Aproximadamente 2.108 palavras.

    Huguette Bertrand

    DANS LE FONDU DES MOTS

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Zone de tendresse
    libertés permises
    si tant loin du corps
    une douceur fluide
    de l'aimante obscure
    ses paroles translucides
    répandues sur les noeuds
    troublants d'une blessure
    sur velours parfumé
    en ses songes repose
    inaltérée
    désir secoué
    par tant de baisers
    allés se rejoindre
    dans le tourbillon
    des mots rouges
    _______________________

    Ce carnage dans les mots
    suspendus sur le temps
    carnet rieur
    de tous nos maux
    accomplissent l'automne
    d'un présent à l'autre
    repasse dans la mémoire
    un vieux cri d'amour
    brisé s'enchaîne
    autour des formes
    courroux d'une chair
    pulse le sang
    les sens tendus

    10.10.00
    _________________________

    Sous un ciel écorché
    la mort ose
    devenir saison
    dépouillée se repose
    de ses soeurs frivoles
    surannées
    bouillonne sous l'écorce
    en ses sens
    épuisés

    cette morose
    ose la mort
    peu de chose
    à l'aurore

    19.10.00
    _____________________

    En un clin d'oeil
    les encres anéantissent la nuit
    d'un trait
    tracent des silences rouge sanguin
    au coeur des pierres
    au rythme des sens
    s'animent les formes
    dans un regard
    oppressé

    24.10.00
    _________________________

    Vie
    secrets
    ascension
    jusqu'au sommet des sens
    en plein désir
    en plein délire
    se consument
    dans le feu du poème
    ses frémissements

    25.10.00
    _________________________

    Assis sur le temps
    le coeur trempe dans l'attente
    étale sur le blanc
    des pensées brumeuses
    spontanées
    en mouvement

    25.10.00
    _________________________

    Étoilé
    l'automne fou
    en ces douces colères
    annonce un hiver sombre
    rage sage
    son innocence

    27.10.00
    _________________________

    Bel espoir
    dont les lèvres
    sont la pulpe de mes désirs

    29.10.00
    _________________________

    Faut-il s'en vouloir
    d'être là
    à crier des mots
    qu'on ne veut plus entendre
    passant par le noir des incertitudes
    collées sur le pavé d'un monde
    à fric à freak
    dans l'entre-deux langues
    la nôtre extensible
    à n'en plus finir de vivre
    mais toujours en cette langue
    du poème que nous sommes
    surprend nos moments fous
    exaltés
    en nos âmes harnachées
    par des silences mous
    persistants
    _________________________

    Rire rouge
    devant la lune folle
    poussière d'espace
    rôdeuse vieille rôdeuse
    allègrement se promène
    sur la voie des songes
    sous facettes multiples
    s'éprend des va-nu-coeurs
    épave flottante frivole
    sur la noirceur d'une page
    glisse entre les mots
    pose son regard unique
    sur le multiple
    reconnaît et recrée le monde
    à chaque instant

    31.10.00
    _________________________

    L'INNÉ DIT

    Cette ébauche m'a éveillée
    m'a emmenée par la main
    jusqu'aux murmures
    ses vibrations
    à travers le miroir d'une harmonie
    lourd trésor
    à peine délivré
    se déplie sur le tracé du feu
    suit le contour du corps
    au risque de brûlures
    effleure le gémissement de la vague
    contorsion du ciel en son ventre
    glisse sur les eaux trouble du désir
    emporté en son remous
    vers aussi loin
    que les distances qui les séparent

    14.11.00
    _________________________

    Des brins de nostalgies
    par vagues poudreuses
    emportent les espoirs
    vers de lointains lendemains
    sans lendemain
    vers des horizons spontanés
    aussitôt vus puis disparus
    vers d'interminables saisons
    que la vie égrène
    sur un fauteuil sur mesure
    à la mesure des recommencements
    sans demi-mesure
    ni le quart d'heure appréhendé
    ni l'instant d'après
    échoué sur le corps des mots
    en leur plus doux paysage
    entrevu au large
    par ce va-et-vient
    des gestes luxuriants

    18.11.00
    _________________________

    Enfants du Sud
    Enfants du Nord
    qui du dehors avez froid
    quand le dedans s'éprend d'un geste
    d'une parole unique
    venue dire
    je t'aime

    03.12.00
    _________________________

    DE CONFIDENCES EN ÉVIDENCES

    Séducteur le temps
    se joue des époques
    reprend sa marche
    secoue la soif
    en un respir redit le tendre
    refait les gestes
    posés sur l'affranchie

    vent doux
    vent d'âmes
    souffle sur l'immense
    grise le temps
    ses évidences

    04.12.00
    _________________________

    Un soupir moribond
    trainait sur la place
    de l'espoir
    respirait les échos
    d'un lointain plaisir
    incrusté dans l'âme
    de son présent
    toujours soupirait
    entre les attentes
    désordonnées

    04.12.00
    _________________________

    OSER BAS

    Je pense
    J'ose
    Je fais
    Je dis
    J'écris
    emportés par les tempêtes du Nord
    mes mots se dispersent
    entre silence et ombre
    en petits tas de cendres
    s'affaissent sur l'éphémère
    quelques braises encore
    veillent sur la folie des gestes
    improvisés

    05.12.00
    _________________________

    Un ciel rose m'est tombé dans l'oeil
    par mon unique fenêtre
    m'a montré des femmes de silence
    femmes de pluie
    marchent dans leur nuit
    voilées
    murmurent sans écho
    abandonnées dans leur regard
    clos

    07.12.00
    _________________________

    Il pleut des jours glacés
    sur un amas de mots effarouchés
    déployés sur l'aujourd'hui
    que demain rassemblera en un texte
    long comme l'hier

    16.12.00
    _________________________

    La dureté des pierres
    me prononce à chaque instant
    me porte vers les mots
    danse des mots sur les lignes
    danse sur ma toile
    débordent le cadre des tristesses
    toujours combattues
    dans l'amplitude du mouvement

    17.12.00
    _________________________

    À l'eau toit, là-haut
    sous une pluie d'étoiles
    quand la peur rebelle hurle ses maux
    défie les couleurs confuses
    délirante projette sur la toile
    l'infini d'un mouvement en pointillés
    que la main trace d'un instant à l'autre
    en ses durs silences
    parmi ses jeux de lumières incandescentes
    éclate
    marque le temps
    ce temps d'être là
    dans l'instant
    instant des recommencements

    17.12.00
    _________________________

    Les mots immobiles
    tracent mes silences
    sur le mouvement des choses tues
    mots tuant les maux
    couleur des mots
    au fil d'instants morts
    morts des maux
    mots des morts
    mortellement mots
    incarnés dans le mouvement
    des maux
    tus

    17.12.00
    _________________________

    Rage de vie
    rage de mots
    rage de couleurs
    répandue douce
    au coeur de l'événement
    reprend le geste
    refait les mots
    recrée la forme
    retour au cercle
    renaît la vie
    son mouvement
    ondulé

    18.12.00
    _________________________

    À coeur à corps perdu
    de l'oeil aux pieds
    par les deux bouts
    entre midi et quatorze heures
    courir pattes blanches
    derrière un lièvre
    trébucher sur le rêve des autres
    noyer ses peines dans l'eau remuante
    des désirs
    changer de cap
    s'asseoir sur une branche
    surveiller le temps
    se moucher de temps en temps
    semer des feux
    ça et là
    embrasser quatre chemins
    puis ensuite s'endormir
    entre les bras d'une étoile
    à mourir de rire
    dans un plume
    éphémère

    23.12.00
    _________________________

    Au rythme de la mémoire
    un long poème s'écrit
    sans fin épelle l'amour
    en d'intimes enlacements
    déposés dans l'écrin des jours
    d'images en musiques
    de musiques en paroles
    paroles assidues
    de connivence avec la terre brute
    ses arrogances
    ses manigances
    à la croisée des regards
    nus

    23.12.00
    _________________________

    Oui la vie
    ce long poème agité
    par le rouge et le noir des saisons
    reprend la clé s'ouvre la porte
    cherche la trace
    du temps recueilli
    se chuchote
    en mille mots
    transperce la peau
    jusqu'au coeur se faufile
    à travers pulsations
    inédites

    25.12.00
    _________________________

    Dans l'obscurité
    j'avance dans mes pas bleus
    sans trahir la lumière autour
    traces d'argile
    sur les silences
    en nos chairs s'abreuvent
    à la source des désirs
    éclatés en sanglots
    coulent sur la dure
    emplissent les murs de mille voix
    par vagues et chuchotements
    d'une caresse se conjuguent
    aux embrassements des lendemains
    effrayés

    25.12.00
    _________________________

    En ses doux murmures
    me convie à la table des silences
    durs silences
    en son poème
    dévoilés

    à la frontière
    une caresse enserre l'obscur
    dépose en son centre
    un regard neuf

    25.12.00
    _________________________

    Avait-il mal à son monde
    poète qu'il était
    s'abreuvait à sa source
    en ses fibres
    par son sang l'écrivait
    l'oeil coquin
    souvent le buvait
    d'un verre à l'autre
    à travers ses larmes rieuses
    écrivit son long poème
    jusqu'à sa fin

    26.12.00
    _________________________

    Si loin
    le soleil s'abandonne
    dans le chaud regard de l'oeil
    que transpercent les mots
    les uns derrière les autres
    sans fin redisent
    l'amour en pointillés
    d'ébats en combats
    par le sang
    la vie l'écrit
    le boit le lie
    au dernier regard
    ennivré

    04.01.01
    _________________________

    Dans les veines
    d'un horizon glacé
    la substance des jours
    traîne sa longue plainte
    sur la langueur des solitudes
    verse le sang
    rougi au feu des amours
    sur la page
    incendiée

    04.01.01
    _________________________

    Ne tirez pas sur le poète
    il marche dans sa chair glaise
    entre les regards apaisés
    et les bouffées de silence
    que l'amour ému
    toujours remue
    jusqu'à l'ivre-mort
    mort ivre du vivant nonchalant
    toujours il marche
    dans sa glaise
    glaise de vie
    amour à vie
    amour à mort

    13.01.01
    _________________________

    Étendu blanc
    sur un long souffle
    l'hiver murmure des flocons
    à n'en plus finir
    s'attaque à nos endurances
    apprises par coeur
    quand déjà s'entend
    le ruissellement des sèves
    dans les veines d'avril
    sous la glace
    rompue

    17.01.01
    _________________________

    À bout de souffle
    le dernier mot
    s'écrase sur les phrases
    glisse dans les abysses du coeur
    sans retour givré dans la splendeur
    d'un instant mort d'amour

    c'était l'autre histoire
    une histoire imaginée
    dans le nu d'un instant
    une fièvre passagère
    un passage démentiel vers le haut pavé du ciel
    un ciel incarné dans un corps bien né
    gémissante tendresse en corps accord
    perle douce perle rare
    d'une autre histoire
    ses mouvements
    passagers

    20.01.01
    _________________________

    En l'absence du désert
    j'ai longé l'avenue des échanges
    dans une ville étrangère
    j'accentuai mon pas
    sur une toile vierge offerte
    aux reflets du soleil
    emprisonnés dans la passion
    de mes gestes spontanés
    mouvements crépusculaires
    allés se noyer rebelles
    dans les fragrances de l'aube
    emportée dans le remous d'un horizon
    estompé

    29.01.01
    _________________________

    Désir au pair
    perdre l'idée
    l'idée des mots
    mots m'ont tuée
    tué le nous
    encore debout
    le bout de tout
    tout à l'envers
    retour autour
    d'un tour de taille
    entaille le verbe
    verborescence
    à sens unique
    nids d'hirondelles
    ne riront d'elle
    d'une aile à l'autre
    sauter des mots
    sauter des monts
    montée de vie
    via l'amour

    29.01.01
    _________________________

    Histoire de parole
    parole du sens
    sens en mouvement
    musique des mots
    mouvement rythmé
    cadence du corps
    d'accords brisés
    reprend son souffle
    retour aux sens
    remet les mots
    rejoint le sens
    son mouvement

    05.02.01
    _________________________

    Le temps ne m'aime plus
    le temps ne m'aime plus
    que dans l'éphémère des instants
    dérive d'instants sur l'âme fragmentée
    dérive les fragments sur les mots
    beauté mouvante d'une parole
    au-dessus de l'abyme
    prison de soie
    prison de chair
    assiégée par la vague
    d'une mer amoureuse
    son repli

    10.02.01
    _________________________

    Lui parler près du coeur
    murmurer en son centre
    ce doux temps
    cet espace
    à travers le silence
    à jamais
    poétique

    16.02.01

    _________________________

    Affaissée dans ses mots
    une femme sur un lit
    de désirs se replie
    quand l'esprit d'un oiseau
    de l'épaule s'évade
    d'une douce emprise
    des distances
    d'une parole
    à demeure en son être
    exposée
    au soleil des durées

    17.02.01
    _________________________

    L'AMER ARRIMÉ

    Charmes de chair de serpent
    rampant sur ses misères
    déployées sur le temps
    d'une nuit mensongère

    s'est dressée une barrière
    en mon coeur de métal
    faisant trève de tout mal
    que mon âme ne tolère

    excusez-la
    excusez-moi
    ça va oui merci
    et vous moi non plus
    s'arrime de vous à moi
    sans moi la détente
    s'abandonne la jouissance
    jouirez-vous non pas du tout
    tout à vous en mille bisous
    dans le délire du tout à nous

    18.02.01
    _________________________

    EN TOUT SENS

    Magnétique
    elle est sans cesse en mouvement
    elle bouge beau dans ses heures
    chaque instant la ramène
    sur le douillet du tendre
    son corps roule exalté
    dans les flammes du coeur
    trempé dans la gourmandise
    d'un regard neuf
    plonge dans le plaisir nu
    jusqu'au seuil de l'abandon
    s'accorde aux ondes de qui l'a vue
    à travers l'absolu de son infinitude

    20.02.01

    =====================================

    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    Dépôt légal / mars 2001
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-921818-22-1
    Tous droits réservés - All rights reserved

    ===========================================================

    Ce recueil de poésie est aussi édité sur le site web de la
    Bibliothèque nationale du Canada dans sa collection électronique
    à l'adresse suivante :
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    en janvier 2002 par l'auteure Huguette Bertrand, (Québec) Canada

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    on January 2002 by the author Huguette Bertrand, (Quebec) Canada

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    Cyrano de Bergerac

    Aproximadamente 36.247 palavras.

    This etext was prepared by Sue Asscher

    CYRANO DE BERGERAC

    Edmond Rostand

    Comédie Héroïque en Cinq Actes
    en vers

    Représentée à Paris, sur le Théâtre de la Porte-Saint-Martin
    le 28 décembre 1897

    C'est à l'âme de CYRANO que je voulais dédier ce poème.

    Mais puisqu'elle a passé en vous, COQUELIN, c'est à vous
    que je le dédie.

    E. R.

    Personnages:

    CYRANO DE BERGERAC
    CHRISTIAN DE NEUVILLETTE
    COMTE DE GUICHE
    RAGUENEAU
    LE BRET
    CARBON DE CASTEL-JALOUX
    LES CADETS
    LIGNIÈRE
    DE VALVERT
    UN MARQUIS
    DEUXIÈME MARQUIS
    TROISIÈME MARQUIS
    MONTFLEURY
    BELLEROSE
    JODELET
    CUIGY
    BRISSAILLE
    UN FÂCHEUX
    UN MOUSQUETAIRE
    UN AUTRE
    UN OFFICIER ESPAGNOL
    UN CHEVAU-LÉGER
    LE PORTIER
    UN BOURGEOIS
    SON FILS
    UN TIRE-LAINE
    UN SPECTATEUR
    UN GARDE
    BERTRANDOU LE FIFRE
    LE CAPUCIN
    DEUX MUSICIENS
    LES POÈTES
    LES PATISSIERS
    ROXANE
    SŒUR MARTHE
    LISE
    LA DISTRIBUTRICE
    MÈRE MARGUERITE DE JÉSUS
    LA DUÈGNE
    SŒUR CLAIRE
    UNE COMÉDIENNE
    LA SOUBRETTE
    LES PAGES
    LA BOUQUETIÈRE

    La foule, bourgeois, marquis, mousquetaires, tire-laine, pâtissiers,
    poètes, cadets gascons, comédiens, violons, pages, enfants, soldats,
    espagnols, spectateurs, spectatrices, précieuses, comédiennes,
    bourgeoises, religieuses, etc.

    (Les quatre premiers actes en 1640, le cinquième en 1655.)

    Acte I.

    Une Représentation à l'Hôtel de Bourgogne.

    La salle de l'Hôtel de Bourgogne, en 1640. Sorte de hangar de jeu de
    paume aménagé et embelli pour des représentations.

    La salle est un carré long; on la voit en biais, de sorte qu'un de ses
    côtés forme le fond qui part du premier plan, à droite, et va au dernier
    plan, à gauche, faire angle avec la scène, qu'on aperçoit en pan coupé.

    Cette scène est encombrée, des deux côtés, le long des coulisses, par
    des banquettes. Le rideau est formé par deux tapisseries qui peuvent
    s'écarter. Au-dessus du manteau d'Arlequin, les armes royales. On
    descend de l'estrade dans la salle par de larges marches. De chaque côté
    de ces marches, la place des violons. Rampe de chandelles.

    Deux rangs superposés de galeries latérales: le rang supérieur est
    divisé en loges. Pas de sièges au parterre, qui est la scène même du
    théâtre; au fond de ce parterre, c'est-à-dire à droite, premier plan,
    quelques bancs formant gradins et, sous un escalier qui monte vers des
    places supérieures, et dont on ne voit que le départ, une sorte de
    buffet orné de petits lustres, de vases fleuris, de verres de cristal,
    d'assiettes de gâteaux, de flacons, etc.

    Au fond, au milieu, sous la galerie de loges, l'entrée du théâtre.
    Grande porte qui s'entre-bâille pour laisser passer les spectateurs. Sur
    les battants de cette porte, ainsi que dans plusieurs coins et au-dessus
    du buffet, des affiches rouges sur lesquelles on lit: La Clorise.

    Au lever du rideau, la salle est dans une demi-obscurité, vide encore.
    Les lustres sont baissés au milieu du parterre, attendant d'être
    allumés.

    Scène 1.I.

    Le public, qui arrive peu à peu. Cavaliers, bourgeois, laquais, pages,
    tire-laine, le portier, etc., puis les marquis, Cuigy, Brissaille, la
    distributrice, les violons, etc.

    (On entend derrière la porte un tumulte de voix, puis un cavalier
    entre brusquement.)

    LE PORTIER (le poursuivant):
    Holà ! vos quinze sols !

    LE CAVALIER:
    J'entre gratis !

    LE PORTIER:
    Pourquoi ?

    LE CAVALIER:
    Je suis chevau-léger de la maison du Roi !

    LE PORTIER (à un autre cavalier qui vient d'entrer):
    Vous ?

    DEUXIÈME CAVALIER:
    Je ne paye pas !

    LE PORTIER:
    Mais. . .

    DEUXIÈME CAVALIER:
    Je suis mousquetaire.

    PREMIER CAVALIER (au deuxième):
    On ne commence qu'à deux heures. Le parterre
    Est vide. Exerçons-nous au fleuret.
    (Ils font des armes avec des fleurets qu'ils ont apportés.)

    UN LAQUAIS (entrant):
    Pst. . .Flanquin. . . !

    UN AUTRE (déjà arrivé):
    Champagne ?. . .

    LE PREMIER (lui montrant des jeux qu'il sort de son pourpoint):
    Cartes. Dés.
    (Il s'assied par terre):
    Jouons.

    LE DEUXIÈME (même jeu):
    Oui, mon coquin.

    PREMIER LAQUAIS (tirant de sa poche un bout de chandelle qu'il allume
    et colle par terre):
    J'ai soustrait à mon maître un peu de luminaire.

    UN GARDE (à une bouquetière qui s'avance):
    C'est gentil de venir avant que l'on n'éclaire !. . .
    (Il lui prend la taille.)

    UN DES BRETTEURS (recevant un coup de fleuret):
    Touche !

    UN DES JOUEURS:
    Trèfle !

    LE GARDE (poursuivant la fille):
    Un baiser !

    LA BOUQUETIÈRE (se dégageant):
    On voit !. . .

    LE GARDE (l'entraînant dans les coins sombres):
    Pas de danger !

    UN HOMME (s'asseyant par terre avec d'autres porteurs de provisions
    de bouche):
    Lorsqu'on vient en avance, on est bien pour manger.

    UN BOURGEOIS (conduisant son fils):
    Plaçons-nous là, mon fils.

    UN JOUEUR:
    Brelan d'as !

    UN HOMME (tirant une bouteille de sous son manteau et s'asseyant aussi):
    Un ivrogne
    Doit boire son bourgogne. . .
    (il boit):
    À l'hôtel de Bourgogne !

    LE BOURGEOIS (à son fils):
    Ne se croirait-on pas en quelque mauvais lieu ?
    (Il montre l'ivrogne du bout de sa canne):
    Buveurs. . .
    (En rompant, un des cavaliers le bouscule):
    Bretteurs !
    (Il tombe au milieu des joueurs):
    Joueurs !

    LE GARDE (derrière lui, lutinant toujours la femme):
    Un baiser !

    LE BOURGEOIS (éloignant vivement son fils):
    Jour de Dieu !
    --Et penser que c'est dans une salle pareille
    Qu'on joua du Rotrou, mon fils.

    LE JEUNE HOMME:
    Et du Corneille !

    UNE BANDE DE PAGES (se tenant par la main, entre en farandole et chante):
    Tra la la la la la la la la la la lère. . .

    LE PORTIER (sévèrement aux pages):
    Les pages, pas de farce !. . .

    PREMIER PAGE (avec une dignité blessée):
    Oh ! Monsieur ! ce soupçon !. . .
    (Vivement au deuxième, dès que le portier a tourné le dos):
    As-tu de la ficelle ?

    LE DEUXIÈME:
    Avec un hameçon.

    PREMIER PAGE:
    On pourra de là-haut pêcher quelque perruque.

    UN TIRE-LAINE (groupant autour de lui plusieurs hommes de mauvaise mine):
    Or çà, jeunes escrocs, venez qu'on vous éduque:
    Puis donc que vous volez pour la première fois. . .

    DEUXIÈME PAGE (criant à d'autres pages déjà placés aux galeries supérieures):
    Hep ! Avez-vous des sarbacanes ?

    TROISIÈME PAGE (d'en haut):
    Et des pois !
    (Il souffle et les crible de pois.)

    LE JEUNE HOMME (à son père):
    Que va-t-on nous jouer ?

    LE BOURGEOIS:
    Clorise.

    LE JEUNE HOMME:
    De qui est-ce ?

    LE BOURGEOIS:
    De monsieur Balthazar Baro. C'est une pièce !. . .
    (Il remonte au bras de son fils.)

    LE TIRE-LAINE (à ses acolytes):
    . . .La dentelle surtout des canons, coupez-la !

    UN SPECTATEUR (à un autre, lui montrant une encoignure élevée):
    Tenez, à la première du Cid, j'étais là !

    LE TIRE-LAINE (faisant avec ses doigts le geste de subtiliser):
    Les montres. . .

    LE BOURGEOIS (redescendant, à son fils):
    Vous verrez des acteurs très illustres. . .

    LE TIRE-LAINE (faisant le geste de tirer par petites secousses furtives):
    Les mouchoirs. . .

    LE BOURGEOIS:
    Montfleury. . .

    QUELQU'UN (criant de la galerie supérieure):
    Allumez donc les lustres !

    LE BOURGEOIS:
    . . .Bellerose, L'Epy, la Beaupré, Jodelet !

    UN PAGE (au parterre):
    Ah ! voici la distributrice !

    LA DISTRIBUTRICE (paraissant derrière le buffet):
    Oranges, lait,
    Eau de frambroise, aigre de cèdre !
    (Brouhaha à la porte.)

    UNE VOIX DE FAUSSET:
    Place, brutes !

    UN LAQUAIS (s'étonnant):
    Les marquis !. . .au parterre ?. . .

    UN AUTRE LAQUAIS:
    Oh ! pour quelques minutes.
    (Entre une bande de petits marquis.)

    UN MARQUIS (voyant la salle à moitié vide):
    Hé quoi ! Nous arrivons ainsi que les drapiers,
    Sans déranger les gens ? sans marcher sur les pieds ?
    Ah, fi ! fi ! fi !
    (Is se trouve devant d'autres gentilshommes entrés peu avant):
    Cuigy ! Brissaille !
    (Grandes embrassades.)

    CUIGY:
    Des fidèles !. . .
    Mais oui, nous arrivons devant que les chandelles. . .

    LE MARQUIS:
    Ah, ne m'en parlez pas ! Je suis dans une humeur. . .

    UN AUTRE:
    Console-toi, marquis, car voici l'allumeur !

    LA SALLE (saluant l'entrée de l'allumeur):
    Ah !. . .
    (On se groupe autour des lustres qu'il allume. Quelques personnes ont
    pris place aux galeries. Lignière entre au parterre, donnant le bras à
    Christian de Neuvillette. Lignière, un peu débraillé, figure d'ivrogne
    distingué. Christian, vêtu élégamment, mais d'une façon un peu
    démodée, paraît préoccupé et regarde les loges.)

    Scène 1.II.

    Les mêmes, Christian, Lignière, puis Ragueneau et Le Bret.

    CUIGY:
    Lignière !

    BRISSAILLE (riant):
    Pas encor gris !. . .

    LIGNIÈRE (bas à Christian):
    Je vous présente ?
    (Signe d'assentiment de Christian):
    Baron de Neuvillette.
    (Saluts.)

    LA SALLE (acclamant l'ascension du premier lustre allumé):
    Ah !

    CUIGY (à Brissaille, en regardant Christian):
    La tête est charmante.

    PREMIER MARQUIS (qui a entendu):
    Peuh !. . .

    LIGNIÈRE (présentant à Christian):
    Messieurs de Cuigy, de Brissaille. . .

    CHRISTIAN (s'inclinant):
    Enchanté !. . .

    PREMIER MARQUIS (au deuxième):
    Il est assez joli, mais n'est pas ajusté
    Au dernier goût.

    LIGNIÈRE (à Cuigy):
    Monsieur débarque de Touraine.

    CHRISTIAN:
    Oui, je suis à Paris depuis vingt jours à peine.
    J'entre aux gardes demain, dans les Cadets.

    PREMIER MARQUIS (regardant les personnes qui entrent dans les loges):
    Voilà
    La présidente Aubry !

    LA DISTRIBUTRICE:
    Oranges, lait. . .

    LES VIOLONS (s'accordant):
    La. . .la. . .

    CUIGY (à Christian, lui désignant la salle qui se garnit):
    Du monde !

    CHRISTIAN:
    Eh, oui, beaucoup,

    PREMIER MARQUIS:
    Tout le bel air !
    (Ils nomment les femmes à mesure qu'elles entrent, très parées, dans
    les loges. Envois de saluts, réponses de sourires.)

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Mesdames
    De Guéméné. . .

    CUIGY:
    De Bois-Dauphin. . .

    PREMIER MARQUIS:
    Que nous aimâmes. . .

    BRISSAILLE:
    De Chavigny. . .

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Qui de nos cœurs va se jouant !

    LIGNIÈRE:
    Tiens, monsieur de Corneille est arrivé de Rouen.

    LE JEUNE HOMME (à son père):
    L'Académie est là ?

    LE BOURGEOIS:
    Mais. . .j'en vois plus d'un membre;
    Voici Boudu, Boissat, et Cureau de la Chambre;
    Porchères, Colomby, Bourzeys, Bourdon, Arbaud. . .
    Tous ces noms dont pas un ne mourra, que c'est beau !

    PREMIER MARQUIS:
    Attention ! nos précieuses prennent place:
    Barthénoïde, Urimédonte, Cassandace,
    Félixérie. . .

    DEUXIÈME MARQUIS (se pâmant):
    Ah ! Dieu ! leurs surnoms sont exquis !
    Marquis, tu les sais tous ?

    PREMIER MARQUIS:
    Je les sais tous, marquis !

    LIGNIÈRE (prenant Christian à part):
    Mon cher, je suis entré pour vous rendre service:
    La dame ne vient pas. Je retourne à mon vice !

    CHRISTIAN (suppliant):
    Non !. . .Vous, qui chansonnez et la ville et la cour,
    Restez: vous me direz pour qui je meurs d'amour.

    LE CHEF DES VIOLONS (frappant sur son pupitre, avec son archet):
    Messieurs les violons !. . .
    (Il lève son archet.)

    LA DISTRIBUTRICE:
    Macarons, citronnée. . .
    (Les violons commencent à jouer.)

    CHRISTIAN:
    J'ai peur qu'elle ne soit coquette et raffinée,
    Je n'ose lui parler car je n'ai pas d'esprit.
    Le langage aujourd'hui qu'on parle et qu'on écrit,
    Me trouble. Je ne suis qu'un bon soldat timide.
    --Elle est toujours à droite, au fond: la loge vide.

    LIGNIÈRE (faisant mine de sortir):
    Je pars.

    CHRISTIAN (le retenant encore):
    Oh ! non, restez !

    LIGNIÈRE:
    Je ne peux. D'Assoucy
    M'attend au cabaret. On meurt de soif, ici.

    LA DISTRIBUTRICE (passant devant lui avec un plateau):
    Orangeade ?

    LIGNIÈRE:
    Fi !

    LA DISTRIBUTRICE:
    Lait ?

    LIGNIÈRE:
    Pouah !

    LA DISTRIBUTRICE:
    Rivesalte ?

    LIGNIÈRE:
    Halte !
    (A Christian):
    Je reste encore un peu.--Voyons ce rivesalte ?
    (Il s'assied près du buffet. La distributrice lui verse du rivesalte.)

    CRIS (dans le public à l'entrée d'un petit homme grassouillet et réjoui):
    Ah ! Ragueneau !. . .

    LIGNIÈRE (à Christian):
    Le grand rôtisseur Ragueneau.

    RAGUENEAU (costume de pâtissier endimanché, s'avançant vivement vers
    Lignière):
    Monsieur, avez-vous vu monsieur de Cyrano ?

    LIGNIÈRE (présentant Ragueneau à Christian):
    Le pâtissier des comédiens et des poètes !

    RAGUENEAU (se confondant):
    Trop d'honneur. . .

    LIGNIÈRE:
    Taisez-vous, Mécène que vous êtes !

    RAGUENEAU:
    Oui, ces messieurs chez moi se servent. . .

    LIGNIÈRE:
    A crédit.
    Poète de talent lui-même. . .

    RAGUENEAU:
    Ils me l'ont dit.

    LIGNIÈRE:
    Fou de vers !

    RAGUENEAU:
    Il est vrai que pour une odelette. . .

    LIGNIÈRE:
    Vous donnez une tarte. . .

    RAGUENEAU:
    Oh ! une tartelette !

    LIGNIÈRE:
    Brave homme, il s'en excuse ! Et pour un triolet
    Ne donnâtes-vous pas ?. . .

    RAGUENEAU:
    Des petits pains !

    LIGNIÈRE (sévèrement):
    Au lait.
    --Et le théâtre, vous l'aimez ?

    RAGUENEAU:
    Je l'idolâtre.

    LIGNIÈRE:
    Vous payez en gâteaux vos billets de théâtre !
    Votre place, aujourd'hui, là, voyons, entre nous,
    Vous a coûté combien ?

    RAGUENEAU:
    Quatre flans. Quinze choux.
    (Il regarde de tous côtés):
    Monsieur de Cyrano n'est pas là ? Je m'étonne.

    LIGNIÈRE:
    Pourquoi ?

    RAGUENEAU:
    Montfleury joue !

    LIGNIÈRE:
    En effet, cette tonne
    Va nous jouer ce soir le rôle de Phédon.
    Qu'importe à Cyrano ?

    RAGUENEAU:
    Mais vous ignorez donc ?
    Il fit à Montfleury, messieurs, qu'il prit en haine,
    Défense, pour un mois, de reparaître en scène.

    LIGNIÈRE (qui en est à son quatrième petit verre):
    Eh bien ?

    RAGUENEAU:
    Montfleury joue !

    CUIGY (qui s'est rapproché de son groupe):
    Il n'y peut rien.

    RAGUENEAU:
    Oh ! oh !
    Moi, je suis venu voir !

    PREMIER MARQUIS:
    Quel est ce Cyrano ?

    CUIGY:
    C'est un garcon versé dan les colichemardes.

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Noble ?

    CUIGY:
    Suffisamment. Il est cadet aux gardes.
    (Montrant un gentilhomme qui va et vient dans la salle comme s'il
    cherchait quelqu'un):
    Mais son ami Le Bret peut vous dire. . .
    (Il appelle):
    Le Bret !
    (Le Bret descend vers eux):
    Vous cherchez Bergerac ?

    LE BRET:
    Oui, je suis inquiet !. . .

    CUIGY:
    N'est-ce pas que cet homme est des moins ordinaires ?

    LE BRET (avec tendresse):
    Ah, c'est le plus exquis des êtres sublunaires !

    RAGUENEAU:
    Rimeur !

    CUIGY:
    Bretteur !

    BRISSAILLE:
    Physicien !

    LE BRET:
    Musicien !

    LIGNIÈRE:
    Et quel aspect hétéroclite que le sien !

    RAGENEAU:
    Certes, je ne crois pas que jamais nous le peigne
    Le solennel monsieur Philippe de Champaigne;
    Mais bizarre, excessif, extravagant, falot,
    Il eût fourni, je pense, à feu Jacques Callot
    Le plus fol spadassin à mettre entre ses masques:
    Feutre à panache triple et pourpoint à six basques,
    Cape que par derrière, avec pompe, l'estoc
    Lève, comme une queue insolente de coq,
    Plus fier que tous les Artabans dont la Gascogne
    Fut et sera toujours l'alme Mère Gigogne,
    Il promène, en sa fraise à la Pulcinella,
    Un nez !. . .Ah ! messeigneurs, quel nez que ce nez-là !. . .
    On ne peut voir passer un pareil nasigère
    Sans s'écrier: "Oh ! non, vraiment, il exagère !"
    Puis on sourit, on dit: "Il va l'enlever. . ." Mais
    Monsieur de Bergerac ne l'enlève jamais.

    LE BRET (hochant la tête):
    Il le porte,--et pourfend quiconque le remarque !

    RAGUENEAU (fièrement):
    Son glaive est la moitié des ciseaux de la Parque !

    PREMIER MARQUIS (haussant les épaules):
    Il ne viendra pas !

    RAGUENEAU:
    Si !. . .Je parie un poulet
    A la Ragueneau !

    LE MARQUIS (riant):
    Soit !
    (Rumeurs d'admiration dan la salle. Roxane vient de paraître dans sa
    loge. Elle s'assied sur le devant, sa duègne prend place au fond.
    Christian, occupé à payer la distributrice, ne regarde pas.)

    DEUXIÈME MARQUIS (avec des petit cris):
    Ah, messieurs ! mais elle est
    Épouvantablement ravissante !

    PREMIER MARQUIS:
    Une pêche
    Qui sourirait avec une fraise !

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Et si fraîche
    Qu'on pourrait, l'approchant, prendre un rhume de cœur !

    CHRISTIAN (lève la tête, aperçoit Roxane, et saisit vivement Lignière
    par le bras):
    C'est elle !

    LIGNIÈRE (regardant):
    Ah ! c'est elle ?. . .

    CHRISTIAN:
    Oui. Dites vite. J'ai peur.

    LIGNIÈRE (dégustant son rivesalte à petits coups):
    Magdaleine Robin, dite Roxane.--Fine.
    Précieuse.

    CHRISTIAN:
    Hélas !

    LIGNIÈRE:
    Libre. Orpheline. Cousine
    De Cyrano,--dont on parlait. . .
    (A ce moment, un seigneur très élégant, le cordon bleu en sautoir,
    entre dans la loge et, debout, cause un instant avec Roxane.)

    CHRISTIAN (tressaillant):
    Cet homme ?. . .

    LIGNIÈRE (qui commence à être gris, clignant de l'œil):
    Hé ! hé !. . .
    --Comte de Guiche. Épris d'elle. Mais marié
    A la nièce d'Armand de Richelieu. Désire
    Faire épouser Roxane à certain triste sire,
    Un monsieur de Valvert, vicomte. . .et complaisant.
    Elle n'y souscrit pas, mais de Guiche est puissant:
    Il peut persécuter une simple bourgeoise.
    D'ailleurs j'ai dévoilé sa manœuvre sournoise
    Dans une chanson qui. . .Ho ! il doit m'en vouloir !
    --La fin était méchante. . .Écoutez. . .
    (Il se lève en titubant, le verre haut, prêt a chanter.)

    CHRISTIAN:
    Non. Bonsoir.

    LIGNIÈRE:
    Vous allez ?

    CHRISTIAN:
    Chez monsieur de Valvert !

    LIGNIÈRE:
    Prenez garde:
    C'est lui qui vous tuera !
    (Lui désignant du coin de l'œil Roxane):
    Restez. On vous regarde.

    CHRISTIAN:
    C'est vrai !
    (Il reste en contemplation. Le groupe de tire-laine, à partir de ce
    moment, le voyant la tête en l'air et bouche bée, se rapproche de
    lui.)

    LIGNIÈRE:
    C'est moi qui pars. J'ai soif ! Et l'on m'attend
    --Dans les tavernes !
    (Il sort, zigzaguant.)

    LE BRET (qui a fait le tour de la salle, revenant vers Ragueneau, d'une
    voix rassurée):
    Pas de Cyrano.

    RAGUENEAU (incrédule):
    Pourtant. . .

    LE BRET:
    Ah ! je veux espérer qu'il n'a pas vu l'affiche !

    LA SALLE:
    Commencez ! Commencez !

    Scène 1.III.

    Les mêmes, moins Lignière; De Guiche, Valvert, puis Montfleury.

    UN MARQUIS (voyant de Guiche, qui descend de la loge de Roxane, traverse
    le parterre, entouré de seigneurs obséquieux, parmi lesquels le vicomte
    de Valvert):
    Quelle cour, ce de Guiche !

    UN AUTRE:
    Fi !. . .Encore un Gascon !

    LE PREMIER:
    Le Gascon souple et froid,
    Celui qui réussit !. . .Saluons-le, crois-moi.
    (Ils vont vers de Guiche.)

    DEUXIÈME MARQUIS:
    Les beaux rubans ! Quelle couleur, comte de Guiche ?
    Baise-moi-ma-mignonne ou bien Ventre-de-biche ?

    DE GUICHE:
    C'est couleur Espagnol malade.

    PREMIER MARQUIS:
    La couleur
    Ne ment pas, car bientôt, grâce à votre valeur,
    L'Espagnol ira mal, dans les Flandres !

    DE GUICHE:
    Je monte
    Sur scène. Venez-vous ?
    (Il se dirige, suivi de tous les marquis et gentilshommes, vers le
    théâtre. Il se retourne et appelle):
    Viens, Valvert !

    CHRISTIAN (qui les écoute et les observe, tressaille en entendant ce nom):
    Le vicomte !
    Ah ! je vais lui jeter à la face mon. . .
    (Il met la main dans sa poche, et y rencontre celle d'un tire-laine en
    train de le dévaliser. Il se retourne):
    Hein ?

    LE TIRE-LAINE:
    Ay !. . .

    CHRISTIAN (sans le lâcher):
    Je cherchais un gant !

    LE TIRE-LAINE (avec un sourire piteux):
    Vous trouvez une main.
    (Changeant de ton, bas et vite):
    Lâchez-moi. Je vous livre un secret.

    CHRISTIAN (le tenant toujours):
    Quel ?

    LE TIRE-LAINE:
    Lignière. . .
    Qui vous quitte. . .

    CHRISTIAN (de même):
    Eh ! bien ?

    LE TIRE-LAINE:
    . . .touche à son heure dernière.
    Une chanson qu'il fit blessa quelqu'un de grand,
    Et cent hommes--j'en suis--ce soir sont postés !. . .

    CHRISTIAN:
    Cent !
    Par qui ?

    LE TIRE-LAINE:
    Discrétion. . .

    CHRISTIAN (haussant les épaules):
    Oh !

    LE TIRE-LAINE (avec beaucoup de dignité):
    Professionnelle !

    CHRISTIAN:
    Où seront-ils postés ?

    LE TIRE-LAINE:
    À la porte de Nesle.
    Sur son chemin. Prévenez-le !

    CHRISTIAN (qui lui lâche enfin le poignet):
    Mais où le voir !

    LE TIRE-LAINE:
    Allez courir tous les cabarets: le Pressoir
    D'Or, la Pomme de Pin, la Ceinture qui craque,
    Les Deux Torches, les Trois Entonnoirs,--et dans chaque,
    Laissez un petit mot d'écrit l'avertissant.

    CHRISTIAN:
    Oui, je cours ! Ah ! les gueux ! Contre un seul homme, cent !
    (Regardant Roxane avec amour):
    La quitter. . .elle !
    (Avec fureur, Valvert):
    Et lui !. . .--Mais il faut que je sauve
    Lignière !. . .
    (Il sort en courant.--De Guiche, le vicomte, les marquis, tous les
    gentilshommes ont disparu derrière le rideau pour prendre place sur
    les banquettes de la scène. Le parterre est complètement rempli. Plus
    une place vide aux galeries et aux loges.)

    LA SALLE:
    Commencez.

    UN BOURGEOIS (dont la perruque s'envole au bout d'une ficelle, pêchée
    par un page de la galerie supérieure):
    Ma perruque !

    CRIS DE JOIE:
    Il est chauve !. . .
    Bravo, les pages !. . .Ha ! ha ! ha !. . .

    LE BOURGEOIS (furieux, montrant le poing):
    Petit gredin !

    RIRES ET CRIS (qui commencent très fort et vont décroissant):
    Ha ! ha ! ha ! ha ! ha ! ha !
    (Silence complet.)

    LE BRET (étonné):
    Ce silence soudain ?. . .
    (Un spectateur lui parle bas):
    Ah ?

    LE SPECTATEUR:
    La chose me vient d'être certifiée.

    MURMURES (qui courent):
    Chut !--Il paraît ?. . .--Non !. . .--Si !--Dans la loge grillée.--
    Le Cardinal !--Le Cardinal ?--Le Cardinal !

    UN PAGE:
    Ah ! diable, on ne va pas pouvoir se tenir mal !. . .
    (On frappe sur la scène. Tout le monde s'immobilise. Attente.)

    LA VOIX D'UN MARQUIS (dans le silence, derrière le rideau):
    Mouchez cette chandelle !

    UN AUTRE MARQUIS (passant la tête par la fente du rideau):
    Une chaise !
    (Une chaise est passée, de main en main, au-dessus des têtes. Le
    marquis la prend et disparaît, non sans avoir envoyé quelques baisers
    aux loges.)

    UN SPECTATEUR:
    Silence !
    (On refrappe les trois coups. Le rideau s'ouvre. Tableau. Les marquis
    assis sur les côtés, dans des poses insolentes. Toile de fond
    représentant un décor bleuâtre de pastorale. Quatre petits lustres de
    cristal éclairent la scène. Les violons jouent doucement.)

    LE BRET (à Ragueneau, bas):
    Montfleury entre en scène ?

    RAGUENEAU (bas aussi):
    Oui, c'est lui qui commence.

    LE BRET:
    Cyrano n'est pas là.

    RAGUENEAU:
    J'ai perdu mon pari.

    LE BRET:
    Tant mieux ! tant mieux !
    (On entend un air de musette, et Montfleury paraît en scène, énorme,
    dans un costume de berger de pastorale, un chapeau garni de roses
    penché sur l'oreille, et soufflant dans une cornemuse enrubannée.)

    LE PARTERRE (applaudissant):
    Bravo, Montfleury ! Montfleury !

    MONTFLEURY (après avoir salué, jouant le rôle de Phédon):
    Heureux qui loin des cours, dans un lieu solitaire,
    Se prescrit à soi-même un exil volontaire,
    Et qui, lorsque Zéphire a soufflé sur les bois. . .

    UNE VOIX (au milieu du parterre):
    Coquin, ne t'ai-je pas interdit pour un mois ?
    (Stupeur. Tout le monde se retourne. Murmures.)

    VOIX DIVERSES:
    Hein ?--Quoi ?--Qu'est-ce ?. . .
    (On se lève dans les loges, pour voir.)

    CUIGY:
    C'est lui !

    LE BRET (terrifié):
    Cyrano !

    LA VOIX:
    Roi des pitres !
    Hors de scène a l'instant !

    TOUTE LA SALLE (indignée):
    Oh !

    MONTFLEURY:
    Mais. . .

    LA VOIX:
    Tu récalcitres ?

    VOIX DIVERSES (du parterre, des loges):
    Chut !--Assez !--Montfleury, jouez !--Ne craignez rien !. . .

    MONTFLEURY (d'une voix mal assurée):
    Heureux qui loin des cours dans un lieu sol. . .

    LA VOIX (plus menaçante):
    Eh bien !
    Faudra-t-il que je fasse, ô Monarque des drôles,
    Une plantation de bois sur vos épaules ?
    (Une canne au bout d'un bras jaillit au-dessus des têtes.)

    MONTFLEURY (d'une voix de plus en plus faible):
    Heureux qui. . .
    (La canne s'agite.)

    LA VOIX:
    Sortez !

    LE PARTERRE:
    Oh !

    MONTFLEURY (s'étranglant):
    Heureux qui loin des cours. . .

    CYRANO (surgissant du parterre, debout sur une chaise, les bras croisés,
    son feutre en bataille, la moustache hérissée, le nez terrible):
    Ah ! je vais me fâcher !. . .
    (Sensation à sa vue.)

    Scène 1.IV.

    Les mêmes, Cyrano, puis Bellerose, Jodelet.

    MONTFLEURY (aux marquis):
    Venez à mon secours,
    Messieurs !

    UN MARQUIS (nonchalamment):
    Mais jouez donc !

    CYRANO:
    Gros homme, si tu joues
    Je vais être obligé de te fesser les joues !

    LE MARQUIS:
    Assez !

    CYRANO:
    Que les marquis se taisent sur leurs bancs,
    Ou bien je fais tâter ma canne à leurs rubans !

    TOUS LES MARQUIS (debout):
    C'en est trop !. . .Montfleury. . .

    CYRANO:
    Que Montfleury s'en aille,
    Ou bien je l'essorille et le désentripaille !

    UNE VOIX:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Qu'il sorte !

    UNE AUTRE VOIX:
    Pourtant. . .

    CYRANO:
    Ce n'est pas encor fait ?
    (Avec le geste de retrousser ses manches):
    Bon ! je vais sur la scène en guise de buffet,
    Découper cette mortadelle d'Italie !

    MONTFLEURY (rassemblant toute sa dignité):
    En m'insultant, Monsieur, vous insultez Thalie !

    CYRANO (très poli):
    Si cette Muse, à qui, Monsieur, vous n'êtes rien,
    Avait l'honneur de vous connaître, croyez bien
    Qu'en vous voyant si gros et bête comme une urne,
    Elle vous flanquerait quelque part son cothurne.

    LE PARTERRE:
    Montfleury ! Montfleury !--La pièce de Baro !--

    CYRANO (à ceux qui crient autour de lui):
    Je vous en prie, ayez pitié de mon fourreau:
    Si vous continuez, il va rendre sa lame !
    (Le cercle s'élargit.)

    LA FOULE (reculant):
    Hé ! là !. . .

    CYRANO (à Montfleury):
    Sortez de scène !

    LA FOULE (se rapprochant et grondant):
    Oh ! oh !

    CYRANO (se retournant vivement):
    Quelqu'un réclame ?
    (Nouveau recul.)

    UNE VOIX (chantant au fond):
    Monsieur de Cyrano
    Vraiment nous tyrannise,
    Malgré ce tyranneau
    On jouera la Clorise.

    TOUTE LA SALLE (chantant):
    La Clorise, la Clorise !. . .

    CYRANO:
    Si j'entends une fois encor cette chanson,
    Je vous assomme tous.

    UN BOURGEOIS:
    Vous n'êtes pas Samson !

    CYRANO:
    Voulez-vous me prêter, Monsieur, votre mâchoire ?

    UNE DAME (dans les loges):
    C'est inouï !

    UN SEIGNEUR:
    C'est scandaleux !

    UN BOURGEOIS:
    C'est vexatoire !

    UN PAGE:
    Ce qu'on s'amuse !

    LE PARTERRE:
    Kss !--Montfleury !--Cyrano !

    CYRANO:
    Silence !

    LE PARTERRE (en délire):
    Hi han ! Bêê ! Ouah, ouah ! Cocorico !

    CYRANO:
    Je vous. . .

    UN PAGE:
    Miâou !

    CYRANO:
    Je vous ordonne de vous taire !
    Et j'adresse un défi collectif au parterre !
    --J'inscris les noms !--Approchez-vous, jeunes héros !
    Chacun son tour ! Je vais donner des numéros !--
    Allons, quel est celui qui veut ouvrir la liste ?
    Vous, Monsieur ? Non ! Vous ? Non ! Le premier duelliste,
    Je l'expédie avec les honneurs qu'on lui doit !
    --Que tous ceux qui veulent mourir lèvent le doigt.
    (Silence):
    La pudeur vous défend de voir ma lame nue ?
    Pas un nom ?--Pas un doigt ?--C'est bien. Je continue.
    (Se retournant vers la scène où Montfleury attend avec angoisse):
    Donc, je désire voir le théâtre guéri
    De cette fluxion. Sinon. . .
    (La main à son épée):
    le bistouri !

    MONTFLEURY:
    Je. . .

    CYRANO (descend de sa chaise, s'assied au milieu du rond qui s'est
    formé, s'installe comme chez lui):
    Mes mains vont frapper trois claques, pleine lune !
    Vous vous éclipserez à la troisième.

    LE PARTERRE (amusé):
    Ah ?. . .

    CYRANO (frappant dans ses mains):
    Une !

    MONTFLEURY:
    Je. . .

    UNE VOIX (des loges):
    Restez !

    LE PARTERRE:
    Restera. . .restera pas. . .

    MONTFLEURY:
    Je crois,
    Messieurs. . .

    CYRANO:
    Deux !

    MONTFLEURY:
    Je suis sûr qu'il vaudrait mieux que. . .

    CYRANO:
    Trois !
    (Montfleury disparaît comme dans une trappe. Tempête de rires, de
    sifflets et de huées.)

    LA SALLE:
    Hu !. . .hu !. . .Lâche !. . .Reviens !. . .

    CYRANO (épanoui, se renverse sur sa chaise, et croise ses jambes):
    Qu'il revienne, s'il l'ose !

    UN BOURGEOIS:
    L'orateur de la troupe !
    (Bellerose s'avance et salue.)

    LES LOGES:
    Ah !. . .Voilà Bellerose !

    BELLEROSE (avec élégance):
    Nobles seigneurs. . .

    LE PARTERRE:
    Non ! Non ! Jodelet !

    JODELET (s'avance, et, nasillard):
    Tas de veaux !

    LE PARTERRE:
    Ah ! Ah ! Bravo ! très bien ! bravo !

    JODELET:
    Pas de bravos !
    Le gros tragédien dont vous aimez le ventre
    S'est senti. . .

    LE PARTERRE:
    C'est un lâche !

    JODELET:
    Il dut sortir !

    LE PARTERRE:
    Qu'il rentre !

    LES UNS:
    Non !

    LES AUTRES:
    Si !

    UN JEUNE HOMME (à Cyrano):
    Mais à la fin, monsieur, quelle raison
    Avez-vous de haïr Montfleury ?

    CYRANO (gracieux, toujours assis):
    Jeune oison,
    J'ai deux raisons, dont chaque est suffisante seule.
    Primo: c'est un acteur déplorable, qui gueule,
    Et qui soulève avec des han ! de porteur d'eau,
    Le vers qu'il faut laisser s'envoler !--Secundo:
    Est mon secret. . .

    LE VIEUX BOURGEOIS (derrière lui):
    Mais vous nous privez sans scrupule
    De la Clorise ! Je m'entête. . .

    CYRANO (tournant sa chaise vers le bourgeois, respecteusement):
    Vieille mule !
    Les vers du vieux Baro valant moins que zéro,
    J'interromps sans remords !

    LES PRÉCIEUSES (dans les loges):
    Ha !--Ho !--Notre Baro !
    Ma chère !--Peut-on dire ?. . .Ah ! Dieu !. . .

    CYRANO (tournant sa chaise vers les loges, galant):
    Belles personnes,
    Rayonnez, fleurissez, soyez des échansonnes
    De rêve, d'un sourire enchantez un trépas,
    Inspirez-nous des vers. . .mais ne les jugez pas !

    BELLEROSE:
    Et l'argent qu'il va falloir rendre !

    CYRANO (tournant sa chaise vers la scène):
    Bellerose,
    Vous avez dit la seule intelligente chose !
    Au manteau de Thespis je ne fais pas de trous:
    (Il se lève, et lançant un sac sur la scène):
    Attrapez cette bourse au vol, et taisez-vous !

    LA SALLE (éblouie):
    Ah !. . .Oh !. . .

    JODELET (ramassant prestement la bourse et la soupesant):
    A ce prix-là, monsieur, je t'autorise
    A venir chaque jour empêcher la Clorise !. . .

    LA SALLE
    Hu !. . .Hu !. . .

    JODELET:
    Dussions-nous même ensemble être hués !. . .

    BELLEROSE:
    Il faut évacuer la salle !. . .

    JODELET:
    Évacuez !. . .
    (On commence à sortir, pendant que Cyrano regarde d'un air satisfait.
    Mais la foule s'arrête bientôt en entendant la scène suivante, et la
    sortie cesse. Les femmes qui, dans les loges, étaient déjà debout,
    leur manteau remis, s'arrêtent pour écouter, et finissent par se
    rasseoir.)

    LE BRET (à Cyrano):
    C'est fou !. . .

    UN FÂCHEUX (qui s'est approché de Cyrano):
    Le comédien Montfleury ! quel scandale !
    Mais il est protégé par le duc de Candale !
    Avez-vous un patron ?

    CYRANO:
    Non !

    LE FÂCHEUX:
    Vous n'avez pas ?. . .

    CYRANO:
    Non !

    LE FÂCHEUX:
    Quoi, pas un grand seigneur pour couvrir de son nom ?. . .

    CYRANO (agacé):
    Non, ai-je dit deux fois. Faut-il donc que je trisse ?
    Non, pas de protecteur. . .
    (La main à son épée):
    mais une protectrice !

    LE FÂCHEUX:
    Mais vous allez quitter la ville ?

    CYRANO:
    C'est selon.

    LE FÂCHEUX:
    Mais le duc de Candale a le bras long !

    CYRANO:
    Moins long
    Que n'est le mien. . .
    (Montrant son épée):
    quand je lui mets cette rallonge !

    LE FÂCHEUX:
    Mais vous ne songez pas à prétendre. . .

    CYRANO:
    J'y songe.

    LE FÂCHEUX:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Tournez les talons, maintenant.

    LE FÂCHEUX:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Tournez !
    --Ou dites-moi pourquoi vous regardez mon nez.

    LE FÂCHEUX (ahuri):
    Je. . .

    CYRANO (marchant sur lui):
    Qu'a-t-il d'étonnant ?

    LE FÂCHEUX (reculant):
    Votre Grâce se trompe. . .

    CYRANO:
    Est-il mol et ballant, monsieur, comme une trompe ?. . .

    LE FÂCHEUX (même jeu):
    Je n'ai pas. . .

    CYRANO:
    Ou crochu comme un bec de hibou ?

    LE FÂCHEUX:
    Je. . .

    CYRANO:
    Y distingue-t-on une verrue au bout ?

    LE FÂCHEUX:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Ou si quelque mouche, à pas lents, s'y promène ?
    Qu'a-t-il d'hétéroclite ?

    LE FÂCHEUX:
    Oh !. . .

    CYRANO:
    Est-ce un phénomène ?

    LE FÂCHEUX:
    Mais d'y porter les yeux j'avais su me garder !

    CYRANO:
    Et pourquoi, s'il vous plaît, ne pas le regarder ?

    LE FÂCHEUX:
    J'avais. . .

    CYRANO:
    Il vous dégoûte alors ?

    LE FÂCHEUX:
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Malsaine
    Vous semble sa couleur ?

    LE FÂCHEUX:
    Monsieur !

    CYRANO:
    Sa forme, obscène ?

    LE FÂCHEUX:
    Mais du tout !. . .

    CYRANO:
    Pourquoi donc prendre un air dénigrant ?
    --Peut-être que monsieur le trouve un peu trop grand ?

    LE FÂCHEUX (balbutiant):
    Je le trouve petit, tout petit, minuscule !

    CYRANO:
    Hein ? comment ? m'accuser d'un pareil ridicule ?
    Petit, mon nez ? Holà !

    LE FÂCHEUX:
    Ciel !

    CYRANO:
    Énorme, mon nez !
    --Vil camus, sot camard, tête plate, apprenez
    Que je m'enorgueillis d'un pareil appendice,
    Attendu qu'un grand nez est proprement l'indice
    D'un homme affable, bon, courtois, spirituel,
    Libéral, courageux, tel que je suis, et tel
    Qu'il vous est interdit à jamais de vous croire,
    Déplorable maraud ! car la face sans gloire
    Que va chercher ma main en haut de votre col,
    Est aussi dénuée. . .
    (Il le soufflette.)

    LE FÂCHEUX:
    Aï !

    CYRANO:
    De fierté, d'envol,
    De lyrisme, de pittoresque, d'étincelle,
    De somptuosité, de Nez enfin, que celle. . .
    (Il se retourne par les épaules, joignant le geste à la parole):
    Que va chercher ma botte au bas de votre dos !

    LE FÂCHEUX (se sauvant):
    Au secours ! A la garde !

    CYRANO:
    Avis donc aux badauds
    Qui trouveraient plaisant mon milieu de visage,
    Et si le plaisantin est noble, mon usage
    Est de lui mettre, avant de le laisser s'enfuir,
    Pas devant, et plus haut, du fer, et non du cuir !

    DE GUICHE (qui est descendu de la scène, avec les marquis):
    Mais à la fin il nous ennuie !

    LE VICOMTE DE VALVERT (haussant les épaules):
    Il fanfaronne !

    DE GUICHE:
    Personne ne va donc lui répondre ?. . .

    LE VICOMTE:
    Personne ?
    Attendez ! Je vais lui lancer un de ces traits !. . .
    (Il s'avance vers Cyrano qui l'observe, et se campant devant lui d'un
    air fat):
    Vous. . .vous avez un nez. . .heu. . .un nez. . .très grand.

    CYRANO (gravement):
    Très !

    LE VICOMTE (riant):
    Ha !

    CYRANO (imperturbable):
    C'est tout ?. . .

    LE VICOMTE:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Ah ! non ! c'est un peu court, jeune homme !
    On pouvait dire. . .Oh ! Dieu !. . .bien des choses en somme. . .
    En variant le ton,--par exemple, tenez:
    Agressif: "Moi, monsieur, si j'avais un tel nez
    Il faudrait sur-le-champ que je me l'amputasse !"
    Amical: "Mais il doit tremper dans votre tasse !
    Pour boire, faites-vous fabriquer un hanap !"
    Descriptif: "C'est un roc !. . .c'est un pic !. . .c'est un cap !
    Que dis-je, c'est un cap ?. . .C'est une péninsule !"
    Curieux: "De quoi sert cette oblongue capsule ?
    D'écritoire, monsieur, ou de boîte à ciseaux ?"
    Gracieux: "Aimez-vous à ce point les oiseaux
    Que paternellement vous vous préoccupâtes
    De tendre ce perchoir à leur petites pattes ?"
    Truculent: "Ça, monsieur, lorsque vous pétunez,
    La vapeur du tabac vous sort-elle du nez
    Sans qu'un voisin ne crie au feu de cheminée ?"
    Prévenant: "Gardez-vous, votre tête entraînée
    Par ce poids, de tomber en avant sur le sol !"
    Tendre: "Faites-lui faire un petit parasol
    De peur que sa couleur au soleil ne se fane !"
    Pédant: "L'animal seul, monsieur, qu'Aristophane
    Appelle Hippocampelephantocamélos
    Dut avoir sous le front tant de chair sur tant d'os !"
    Cavalier: 'Quoi, l'ami, ce croc est à la mode ?
    Pour pendre son chapeau, c'est vraiment très commode !'
    Emphatique: "Aucun vent ne peut, nez magistral,
    T'enrhumer tout entier, excepté le mistral !"
    Dramatique: "C'est la Mer Rouge quand il saigne !"
    Admiratif: "Pour un parfumeur, quelle enseigne !"
    Lyrique: "Est-ce une conque, êtes-vous un triton ?"
    Naïf: "Ce monument, quand le visite-t-on ?"
    Respectueux: "Souffrez, monsieur, qu'on vous salue,
    C'est là ce qui s'appelle avoir pignon sur rue !"
    Campagnard: "Hé, ardé ! C'est-y un nez ? Nanain !
    C'est queuqu'navet géant ou ben queuqu'melon nain !"
    Militaire: "Pointez contre cavalerie !"
    Pratique: "Voulez-vous le mettre en loterie ?
    Assurément, monsieur, ce sera le gros lot !"
    Enfin, parodiant Pyrame en un sanglot:
    "Le voilà donc ce nez qui des traits de son maître
    A détruit l'harmonie ! Il en rougit, le traître !"
    --Voilà ce qu'à peu près, mon cher, vous m'auriez dit
    Si vous aviez un peu de lettres et d'esprit:
    Mais d'esprit, ô le plus lamentable des êtres,
    Vous n'en eûtes jamais un atome, et de lettres
    Vous n'avez que les trois qui forment le mot: sot !
    Eussiez-vous eu, d'ailleurs, l'invention qu'il faut
    Pour pouvoir là, devant ces nobles galeries,
    Me servir toutes ces folles plaisanteries,
    Que vous n'en eussiez pas articulé le quart
    De la moitié du commencement d'une, car
    Je me les sers moi-même, avec assez de verve,
    Mais je ne permets pas qu'un autre me les serve.

    DE GUICHE (voulant emmener le vicomte pétrifié):
    Vicomte, laissez donc !

    LE VICOMTE (suffoqué):
    Ces grands airs arrogants !
    Un hobereau qui. . .qui. . .n'a même pas de gants !
    Et qui sort sans rubans, sans bouffettes, sans ganses !

    CYRANO:
    Moi, c'est moralement que j'ai mes élégances.
    Je ne m'attife pas ainsi qu'un freluquet,
    Mais je suis plus soigné si je suis moins coquet;
    Je ne sortirais pas avec, par négligence,
    Un affront pas très bien lavé, la conscience
    Jaune encor de sommeil dans le coin de son œil,
    Un honneur chiffonné, des scrupules en deuil.
    Mais je marche sans rien sur moi qui ne reluise,
    Empanaché d'indépendance et de franchise;
    Ce n'est pas une taille avantageuse, c'est
    Mon âme que je cambre ainsi qu'en un corset,
    Et tout couvert d'exploits qu'en rubans je m'attache,
    Retroussant mon esprit ainsi qu'une moustache,
    Je fais, en traversant les groupes et les ronds,
    Sonner les vérités comme des éperons.

    LE VICOMTE:
    Mais, monsieur. . .

    CYRANO:
    Je n'ai pas de gants ?. . .la belle affaire !
    Il m'en restait un seul. . .d'une très vieille paire !
    --Lequel m'était d'ailleurs encor fort importun:
    Je l'ai laissé dans la figure de quelqu'un.

    LE VICOMTE:
    Maraud, faquin, butor de pied plat ridicule !

    CYRANO (ôtant son chapeau et saluant comme si le vicomte venait de se
    présenter):
    Ah ?. . .Et moi, Cyrano-Savinien-Hercule
    De Bergerac.
    (Rires.)

    LE VICOMTE (exaspéré):
    Bouffon !

    CYRANO (poussant un cri comme lorsqu'on est saisi d'une crampe):
    Ay !. . .

    LE VICOMTE (qui remontait, se retournant):
    Qu'est-ce encor qu'il dit ?

    CYRANO (avec des grimaces de douleur):
    Il faut la remuer car elle s'engourdit. . .
    --Ce que c'est que de la laisser inoccupée !--
    Ay !. . .

    LE VICOMTE:
    Qu'avez-vous ?

    CYRANO:
    J'ai des fourmis dans mon épée !

    LE VICOMTE (tirant la sienne):
    Soit !

    CYRANO:
    Je vais vous donner un petit coup charmant.

    LE VICOMTE (méprisant):
    Poète !. . .

    CYRANO:
    Oui, monsieur, poète ! et tellement,
    Qu'en ferraillant je vais--hop !--à l'improvisade,
    Vous composer une ballade.

    LE VICOMTE:
    Une ballade ?

    CYRANO:
    Vous ne vous doutez pas de ce que c'est, je crois ?

    LE VICOMTE:
    Mais. . .

    CYRANO (récitant comme une leçon):
    La ballade, donc, se compose de trois
    Couplets de huit vers. . .

    LE VICOMTE (piétinant):
    Oh !

    CYRANO (continuant):
    Et d'un envoi de quatre. . .

    LE VICOMTE:
    Vous. . .

    CYRANO:
    Je vais tout ensemble en faire une et me battre,
    Et vous toucher, monsieur, au dernier vers.

    LE VICOMTE:
    Non !

    CYRANO:
    Non ?
    (Déclamant):
    Ballade du duel qu'en l'hôtel bourguignon
    Monsieur de Bergerac eut avec un bélître !

    LE VICOMTE:
    Qu'est-ce que c'est que ça, s'il vous plaît ?

    CYRANO:
    C'est le titre.

    LA SALLE (surexcitée au plus haut point):
    Place !--Très amusant !--Rangez-vous !--Pas de bruits !
    (Tableau. Cercle de curieux au parterre, les marquis et les officiers
    mêlés aux bourgeois et aux gens du peuple; les pages grimpés sur des
    épaules pour mieux voir. Toutes les femmes debout dans les loges. A
    droite, De Guiche et ses gentilshommes. A gauche, Le Bret, Ragueneau,
    Cuigy, etc.)

    CYRANO (fermant une seconde les yeux):
    Attendez !. . .je choisis mes rimes. . .Là, j'y suis.
    (Il fait ce qu'il dit, à mesure):
    Je jette avec grâce mon feutre,
    Je fais lentement l'abandon
    Du grand manteau qui me calfeutre,
    Et je tire mon espadon;
    Élégant comme Céladon,
    Agile comme Scaramouche,
    Je vous préviens, cher Mirmydon,
    Qu'à la fin de l'envoi je touche !
    (Premiers engagements de fer):
    Vous auriez bien dû rester neutre;
    Où vais-je vous larder, dindon ?. . .
    Dans le flanc, sous votre maheutre ?. . .
    Au cœur, sous votre bleu cordon ?. . .
    --Les coquilles tintent, ding-don !
    Ma pointe voltige: une mouche !
    Décidément. . .c'est au bedon,
    Qu'à la fin de l'envoi, je touche.
    Il me manque une rime en eutre. . .
    Vous rompez, plus blanc qu'amidon ?
    C'est pour me fournir le mot pleutre !
    --Tac ! je pare la pointe dont
    Vous espériez me faire don;--
    J'ouvre la ligne,--je la bouche. . .
    Tiens bien ta broche, Laridon !
    A la fin de l'envoi, je touche.
    (Il annonce solennellement):
    Envoi.
    Prince, demande à Dieu pardon !
    Je quarte du pied, j'escarmouche,
    Je coupe, je feinte. . .
    (Se fendant):
    Hé ! là, donc !
    (Le vicomte chancelle; Cyrano salue):
    A la fin de l'envoi, je touche !
    (Acclamations. Applaudissements dans les loges. Des fleurs et des
    mouchoirs tombent. Les officiers entourent et félicitent Cyrano.
    Ragueneau danse d'enthousiasme. Le Bret est heureux et navré. Les amis
    du vicomte le soutiennent et l'emmènent.)

    LA FOULE (en un long cri):
    Ah !. . .

    UN CHEVAU-LÉGER:
    Superbe !

    UNE FEMME:
    Joli !

    RAGUENEAU:
    Pharamineux !

    UN MARQUIS:
    Nouveau !. . .

    LE BRET:
    Insensé !

    BOUSCULADE (autour de Cyrano. On entend):
    . . .Compliments !. . .félicite. . .bravo. . .

    VOIX DE FEMME:
    C'est un héros !. . .

    UN MOUSQUETAIRE (s'avançant vivement vers Cyrano, la main tendue):
    Monsieur, voulez-vous me permettre ?. . .
    C'est tout à fait très bien, et je crois m'y connaître;
    J'ai du reste exprimé ma joie en trépignant !. . .
    (Il s'éloigne.)

    CYRANO (à Cuigy):
    Comment s'appelle donc ce monsieur ?

    CUIGY:
    D'Artagnan.

    LE BRET (à Cyrano, lui prenant le bras):
    Çà, causons !. . .

    CYRANO:
    Laisse un peu sortir cette cohue. . .
    (A Bellerose):
    Je peux rester ?

    BELLEROSE (respecteusement):
    Mais oui !. . .
    (On entend des cris au dehors.)

    JODELET (qui a regardé):
    C'est Montfleury qu'on hue !

    BELLEROSE (solennellement):
    Sic transit !. . .
    (Changeant de ton, au portier et au moucheur de chandelles):
    Balayez. Fermez. N'éteignez pas.
    Nous allons revenir après notre repas,
    Répéter pour demain une nouvelle farce.
    (Jodelet et Bellerose sortent, après de grands saluts à Cyrano.)

    LE PORTIER (à Cyrano):
    Vous ne dînez donc pas ?

    CYRANO:
    Moi ?. . .Non.
    (Le portier se retire.)

    LE BRET (à Cyrano):
    Parce que ?

    CYRANO (fièrement):
    Parce. . .
    (Changeant de ton, en voyant que le portier est loin):
    Que je n'ai pas d'argent !. . .

    LE BRET (faisant le geste de lancer un sac):
    Comment ! le sac d'écus ?. . .

    CYRANO:
    Pension paternelle, en un jour, tu vécus !

    LE BRET:
    Pour vivre tout un mois, alors ?. . .

    CYRANO:
    Rien ne me reste.

    LE BRET:
    Jeter ce sac, quelle sottise !

    CYRANO:
    Mais quel geste !. . .

    LA DISTRIBUTRICE (toussant derrière son petit comptoir):
    Hum !. . .
    (Cyrano et Le Bret se retournent. Elle s'avance intimidée):
    Monsieur. . .Vous savoir jeûner. . .le cœur me fend. . .
    (Montrant le buffet):
    J'ai là tout ce qu'il faut. . .
    (Avec élan):
    Prenez !

    CYRANO (se découvrant):
    Ma chère enfant,
    Encor que mon orgeuil de Gascon m'interdise
    D'accepter de vos doigts la moindre friandise,
    J'ai trop peur qu'un refus ne vous soit un chagrin,
    Et j'accepterai donc. . .
    (Il va au buffet et choisit):
    Oh ! peu de chose !--un grain
    De ce raisin. . .
    (Elle veut lui donner la grappe, il cueille un grain):
    Un seul !. . .ce verre d'eau. . .
    (Elle veut y verser du vin, il l'arrête):
    limpide !
    --Et la moitié d'un macaron !
    (Il rend l'autre moitié.)

    LE BRET:
    Mais c'est stupide !

    LA DISTRIBUTRICE:
    Oh ! quelque chose encor !

    CYRANO:
    Oui. La main à baiser.
    (Il baise, comme la main d'une princesse, la main qu'elle lui tend.)

    LA DISTRIBUTRICE:
    Merci, monsieur.
    (Révérence):
    Bonsoir.
    (Elle sort.)

    Scène 1.V.

    Cyrano, Le Bret, puis le portier.

    CYRANO (à Le Bret):
    Je t'écoute causer.
    (Il s'installe devant le buffet et rangeant devant lui le macaron):
    Dîner !. . .
    (. . .le verre d'eau):
    Boisson !. . .
    (. . .le grain de raisin):
    Dessert !. . .
    (Il s'assied):
    Là, je me mets à table !
    --Ah !. . .j'avais une faim, mon cher, épouvantable !
    (Mangeant):
    --Tu disais ?

    LE BRET:
    Que ces fats aux grands airs belliqueux
    Te fausseront l'esprit si tu n'écoutes qu'eux !. . .
    Va consulter des gens de bon sens, et t'informe
    De l'effet qu'a produit ton algarade.

    CYRANO (achevant son macaron):
    Énorme.

    LE BRET:
    Le Cardinal. . .

    CYRANO (s'épanouissant):
    Il était là, le Cardinal ?

    LE BRET:
    A dû trouver cela. . .

    CYRANO:
    Mais très original.

    LE BRET:
    Pourtant. . .

    CYRANO:
    C'est un auteur. Il ne peut lui déplaire
    Que l'on vienne troubler la pièce d'un confrère.

    LE BRET:
    Tu te mets sur les bras, vraiment, trop d'ennemis !

    CYRANO (attaquant son grain de raisin):
    Combien puis-je, à peu près, ce soir, m'en être mis ?

    LE BRET:
    Quarante-huit. Sans compter les femmes.

    CYRANO:
    Voyons, compte !

    LE BRET:
    Montfleury, le bourgeois, de Guiche, le vicomte,
    Baro, l'Académie. . .

    CYRANO:
    Assez ! tu me ravis !

    LE BRET:
    Mais où te mènera la façon dont tu vis ?
    Quel système est le tien ?

    CYRANO:
    J'errais dans un méandre;
    J'avais trop de partis, trop compliqués, à prendre;
    J'ai pris. . .

    LE BRET:
    Lequel ?

    CYRANO:
    Mais le plus simple, de beaucoup.
    J'ai décidé d'être admirable, en tout, pour tout !

    LE BRET (haussant les épaules):
    Soit !--Mais enfin, à moi, le motif de ta haine
    Pour Montfleury, le vrai, dis-le-moi !

    CYRANO (se levant):
    Ce Silène,
    Si ventru que son doigt n'atteint pas son nombril,
    Pour les femmes encor se croit un doux péril,
    Et leur fait, cependant qu'en jouant il bredouille,
    Des yeux de carpe avec ses gros yeux de grenouille !. . .
    Et je le hais depuis qu'il se permit, un soir,
    De poser son regard, sur celle. . .Oh ! j'ai cru voir
    Glisser sur une fleur une longue limace !

    LE BRET (stupéfait):
    Hein ? Comment ? Serait-il possible ?. . .

    CYRANO (avec un rire amer):
    Que j'aimasse ?. . .
    (Changeant de ton et gravement):
    J'aime.

    LE BRET:
    Et peut-on savoir ? tu ne m'as jamais dit ?. . .

    CYRANO:
    Qui j'aime ?. . .Réfléchis, voyons. Il m'interdit
    Le rêve d'être aimé même par une laide,
    Ce nez qui d'un quart d'heure en tous lieux me précède;
    Alors, moi, j'aime qui ?. . .Mais cela va de soi !
    J'aime--mais c'est forcé !--la plus belle qui soit !

    LE BRET:
    La plus belle ?. . .

    CYRANO:
    Tout simplement, qui soit au monde !
    La plus brillante, la plus fine,
    (Avec accablement):
    la plus blonde !

    LE BRET:
    Eh ! mon Dieu, quelle est donc cette femme ?. . .

    CYRANO:
    Un danger
    Mortel sans le vouloir, exquis sans y songer,
    Un piège de nature, une rose muscade
    Dans laquelle l'amour se tient en embuscade !
    Qui connaît son sourire a connu le parfait.
    Elle fait de la grâce avec rien, elle fait
    Tenir tout le divin dans un geste quelconque,
    Et tu ne saurais pas, Vénus, monter en conque,
    Ni toi, Diane, marcher dans les grands bois fleuris,
    Comme elle monte en chaise et marche dans Paris !. . .

    LE BRET:
    Sapristi ! je comprends. C'est clair !

    CYRANO:
    C'est diaphane.

    LE BRET:
    Magdeleine Robin, ta cousine ?

    CYRANO:
    Oui,--Roxane.

    LE BRET:
    Eh bien, mais c'est au mieux ! Tu l'aimes ? Dis-le-lui !
    Tu t'es couvert de gloire à ses yeux aujourd'hui !

    CYRANO:
    Regarde-moi, mon cher, et dis quelle espérance
    Pourrait bien me laisser cette protubérance !
    Oh ! je ne me fais pas d'illusion !--Parbleu,
    Oui, quelquefois, je m'attendris, dans le soir bleu;
    J'entre en quelque jardin où l'heure se parfume;
    Avec mon pauvre grand diable de nez je hume
    L'avril,--je suis des yeux, sous un rayon d'argent,
    Au bras d'un cavalier, quelque femme, en songeant
    Que pour marcher, à petits pas, dans de la lune,
    Aussi moi j'aimerais au bras en avoir une,
    Je m'exalte, j'oublie. . .et j'aperçois soudain
    L'ombre de mon profil sur le mur du jardin !

    LE BRET (ému):
    Mon ami !. . .

    CYRANO:
    Mon ami, j'ai de mauvaises heures !
    De me sentir si laid, parfois, tout seul. . .

    LE BRET (vivement, lui prenant la main):
    Tu pleures ?

    CYRANO:
    Ah ! non, cela, jamais ! Non, ce serait trop laid,
    Si le long de ce nez une larme coulait !
    Je ne laisserai pas, tant que j'en serai maître,
    La divine beauté des larmes se commettre
    Avec tant de laideur grossière !. . .Vois-tu bien,
    Les larmes, il n'est rien de plus sublime, rien,
    Et je ne voudrais pas qu'excitant la risée,
    Une seule, par moi, fût ridiculisée !. . .

    LE BRET:
    Va, ne t'attriste pas ! L'amour n'est que hasard !

    CYRANO (secouant la tête):
    Non ! J'aime Cléopâtre: ai-je l'air d'un César ?
    J'adore Bérénice: ai-je l'aspect d'un Tite ?

    LE BRET:
    Mais ton courage ! ton esprit !--Cette petite
    Qui t'offrait là, tantôt, ce modeste repas,
    Ses yeux, tu l'as bien vu, ne te détestaient pas !

    CYRANO (saisi):
    C'est vrai !

    LE BRET:
    Hé ! bien ! alors ?. . .Mais, Roxane, elle-même,
    Toute blême a suivi ton duel !

    CYRANO:
    Toute blême ?

    LE BRET:
    Son cœur et son esprit déjà sont étonnés !
    Ose, et lui parle, afin. . .

    CYRANO:
    Qu'elle me rie au nez ?
    Non !--C'est la seule chose au monde que je craigne !

    LE PORTIER (introduisant quelqu'un à Cyrano):
    Monsieur, on vous demande. . .

    CYRANO (voyant la duègne):
    Ah ! mon Dieu ! Sa duègne !

    Scène 1.VI.

    Cyrano, Le Bret, la duègne.

    LA DUÈGNE (avec un grand salut):
    De son vaillant cousin on désire savoir
    Où l'on peut, en secret, le voir.

    CYRANO (bouleversé):
    Me voir ?

    LA DUÈGNE (avec une révérence):
    Vous voir.
    --On a des choses à vous dire.

    CYRANO:
    Des ?. . .

    LA DUÈGNE (nouvelle révérence):
    Des choses !

    CYRANO (chancelant):
    Ah, mon Dieu !

    LA DUÈGNE:
    L'on ira, demain, aux primes roses
    D'aurore,--ouïr la messe à Saint-Roch.

    CYRANO (se soutenant sur Le Bret):
    Ah ! mon Dieu !

    LA DUÈGNE:
    En sortant,--où peut-on entrer, causer un peu ?

    CYRANO (affolé):
    Où ?. . .Je. . .mais. . .Ah ! mon Dieu !. . .

    LA DUÈGNE:
    Dites vite.

    CYRANO:
    Je cherche !. . .

    LA DUÈGNE:
    Où ?

    CYRANO:
    Chez. . .chez. . .Ragueneau. . .le pâtissier. . .

    LA DUÈGNE:
    Il perche ?

    CYRANO:
    Dans la rue--Ah ! mon Dieu, mon Dieu !--Saint-Honoré !

    LA DUÈGNE (remontant):
    On ira. Soyez-y. Sept heures.

    CYRANO:
    J'y serai.
    (La duègne sort.)

    Scène 1.VII.

    Cyrano, Le Bret, puis les comédiens, les comédiennes, Cuigy, Brissaille,
    Lignière, le portier, les violons.)

    CYRANO (tombant dans les bras de Le Bret):
    Moi !. . .D'elle !. . .Un rendez-vous !. . .

    LE BRET:
    Eh bien ! tu n'es plus triste ?

    CYRANO:
    Ah ! pour quoi que ce soit, elle sait que j'existe !

    LE BRET:
    Maintenant, tu vas être calme ?

    CYRANO (hors de lui):
    Maintenant. . .
    Mais je vais être frénétique et fulminant !
    Il me faut une armée entière a déconfire !
    J'ai dix cœurs; j'ai vingt bras; il ne peut me suffire
    De pourfendre des nains. . .
    (Il crie à tue-tête):
    Il me faut des géants !
    (Depuis un moment, sur la scène, au fond, des ombres de comédiens et
    de comédiennes s'agitent, chuchotent: on commence à répéter. Les
    violons ont repris leur place.)

    UNE VOIX (de la scène):
    Hé ! pst ! là-bas ! Silence ! on répète céans !

    CYRANO (riant):
    Nous partons !
    (Il remonte; par la grande porte du fond; entrent Cuigy, Brissaille,
    plusieurs officiers, qui soutiennent Lignière complètement ivre.)

    CUIGY:
    Cyrano !

    CYRANO:
    Qu'est-ce ?

    CUIGY:
    Une énorme grive
    Qu'on t'apporte !

    CYRANO (le reconnaissant):
    Lignière !. . .Hé, qu'est-ce qui t'arrive ?

    CUIGY:
    Il te cherche !

    BRISSAILLE:
    Il ne peut rentrer chez lui !

    CYRANO:
    Pourquoi ?

    LIGNIÈRE (d'une voix pâteuse, lui montrant un billet tout chiffonné):
    Ce billet m'avertit. . .cent hommes contre moi. . .
    A cause de. . .chanson. . .grand danger me menace. . .
    Porte de Nesle. . .Il faut, pour rentrer, que j'y passe. . .
    Permets-moi donc d'aller coucher sous. . .sous ton toit !

    CYRANO:
    Cent hommes, m'as-tu dit ? Tu coucheras chez toi !

    LIGNIÈRE (épouvanté):
    Mais. . .

    CYRANO (d'une voix terrible, lui montrant la lanterne allumée que le
    portier balance en écoutant curieusement cette scène):
    Prends cette lanterne !. . .
    (Lignière saisit précipitamment la lanterne):
    Et marche !--Je te jure
    Que c'est moi qui ferai ce soir ta couverture !. . .
    (Aux officiers):
    Vous, suivez à distance, et vous serez témoins !

    CUIGY:
    Mais cent hommes !. . .

    CYRANO:
    Ce soir, il ne m'en faut pas moins !
    (Les comédiens et les comédiennes, descendus de scène, se sont
    rapprochés dans leurs divers costumes.)

    LE BRET:
    Mais pourquoi protéger. . .

    CYRANO:
    Voilà Le Bret qui grogne !

    LE BRET:
    Cet ivrogne banal ?. . .

    CYRANO (frappant sur l'épaule de Lignière):
    Parce que cet ivrogne,
    Ce tonneau de muscat, ce fût de rossoli,
    Fit quelque chose un jour de tout à fait joli:
    Au sortir d'une messe ayant, selon le rite,
    Vu celle qu'il aimait prendre de l'eau bénite,
    Lui que l'eau fait sauver, courut au bénitier,
    Se pencha sur sa conque et le but tout entier !. . .

    UNE COMÉDIENNE (en costume de soubrette):
    Tiens, c'est gentil, cela !

    CYRANO:
    N'est-ce pas, la soubrette ?

    LA COMÉDIENNE (aux autres):
    Mais pourquoi sont-ils cent contre un pauvre poète ?

    CYRANO:
    Marchons !
    (Aux officiers):
    Et vous, messieurs, en me voyant charger,
    Ne me secondez pas, quel que soit le danger !

    UNE AUTRE COMÉDIENNE (sautant de la scène):
    Oh ! mais, moi, je vais voir !

    CYRANO:
    Venez !. . .

    UNE AUTRE (sautant aussi, à un vieux comédien):
    Viens-tu, Cassandre ?. . .

    CYRANO:
    Venez tous, le Docteur, Isabelle, Léandre,
    Tous ! Car vous allez joindre, essaim charmant et fol,
    La farce italienne à ce drame espagnol,
    Et, sur son ronflement tintant un bruit fantasque,
    L'entourer de grelots comme un tambour de basque !. . .

    TOUTES LES FEMMES (sautant de joie):
    Bravo !--Vite, une mante !--Un capuchon !

    JODELET:
    Allons !

    CYRANO (aux violons):
    Vous nous jouerez un air, messieurs les violons !
    (Les violons se joignent au cortège qui se forme. On s'empare des
    chandelles allumées de la rampe et on se les distribue. Cela devient
    une retraite aux flambeaux):
    Bravo ! des officiers, des femmes en costume,
    Et, vingt pas en avant. . .
    (Il se place comme il dit):
    Moi, tout seul, sous la plume
    Que la gloire elle-même à ce feutre piqua,
    Fier comme un Scipion triplement Nasica !. . .
    --C'est compris ? Défendu de me prêter main-forte !--
    On y est ?. . .Un, deux, trois ! Portier, ouvre la porte !
    (Le portier ouvre à deux battants. Un coin du vieux Paris pittoresque
    et lunaire paraît):
    Ah !. . .Paris fuit, nocturne et quasi nébuleux;
    Le clair de lune coule aux pentes des toits bleus;
    Un cadre se prépare, exquis, pour cette scène;
    Là-bas, sous des vapeurs en écharpe, la Seine,
    Comme un mystérieux et magique miroir,
    Tremble. . .Et vous allez voir ce que vous allez voir !

    TOUS:
    A la porte de Nesle !

    CYRANO (debout sur le seuil):
    A la porte de Nesle !
    (Se retournant avant de sortir, à la soubrette):
    Ne demandiez-vous pas pourquoi, mademoiselle,
    Contre ce seul rimeur cent hommes furent mis ?
    (Il tire l'épée et, tranquillement):
    C'est parce qu'on savait qu'il est de mes amis !
    (Il sort. Le cortège,--Lignière zigzaguant en tête,--puis les
    comédiennes aux bras des officiers,--puis les comédiens gambadant,--se
    met en marche dans la nuit au son des violons, et à la lueur falote
    des chandelles.)

    Rideau.

    Acte II.

    La Rôtisserie Des Poètes.

    La boutique de Ragueneau, rôtisseur-pâtissier, vaste ouvroir au coin
    de la rue Saint-Honoré et de la rue de l'Arbre-Sec qu'on aperçoit
    largement au fond, par le vitrage de la porte, grises dans les
    premières lueurs de l'aube.

    À gauche, premier plan, comptoir surmonté d'un dais en fer forgé,
    auquel sont accrochés des oies, des canards, des paons blancs. Dans de
    grands vases de faïence de hauts bouquets de fleurs naïves,
    principalement des tournesols jaunes. Du même côté, second plan,
    immense cheminée devant laquelle, entre de monstrueux chenets, dont
    chacun supporte une petite marmite, les rôtis pleurent dans les
    lèchefrites.

    À droite, premier plan avec porte. Deuxième plan, un escalier montant
    à une petite salle en soupente, dont on aperçoit l'intérieur par des
    volets ouverts; une table y est dressée, un menu lustre flamand y
    luit: c'est un réduit où l'on va manger et boire. Une galerie de bois,
    faisant suite à l'escalier, semble mener à d'autres petites salles
    analogues.

    Au milieu de la rôtisserie, un cercle en fer que l'on peut faire
    descendre avec une corde, et auquel de grosses pièces sont accrochées,
    fait un lustre de gibier.

    Les fours, dans l'ombre, sous l'escalier, rougeoient. Des cuivres
    étincellent. Des broches tournent. Des pièces montées pyramident, des
    jambons pendent. C'est le coup de feu matinal. Bousculade de marmitons
    effarés, d'énormes cuisiniers et de minuscules gâte-sauces.
    Foisonnement de bonnets à plume de poulet ou à aile de pintade. On
    apporte, sur des plaques de tôle et des clayons d'osier, des
    quinconces de brioches, des villages de petits-fours.

    Des tables sont couvertes de gâteaux et de plats. D'autres, entourées
    de chaises, attendent les mangeurs et les buveurs. Une plus petite,
    dans un coin, disparaît sous les papiers. Ragueneau y est assis au
    lever du rideau; il écrit.

    Scène 2.I.

    Ragueneau, pâtissiers, puis Lise; Ragueneau, à la petite table,
    écrivant d'un air inspiré, et comptant sur ses doigts.

    PREMIER PATISSIER (apportant une pièce montée):
    Fruits en nougat !

    DEUXIÈME PATISSIER (apportant un plat):
    Flan !

    TROISIÈME PATISSIER (apportant un rôti paré de plumes):
    Paon !

    QUATRIÈME PATISSIER (apportant une plaque de gâteaux):
    Roinsoles !

    CINQUIÈME PATISSIER (apportant une sorte de terrine):
    Bœuf en daube !

    RAGUENEAU (cessant d'écrire et levant la tête):
    Sur les cuivres, déjà, glisse l'argent de l'aube !
    Étouffe en toi le dieu qui chante, Ragueneau !
    L'heure du luth viendra,--c'est l'heure du fourneau !
    (Il se lève. A un cuisinier):
    Vous, veuillez m'allonger cette sauce, elle est courte !

    LE CUISINIER:
    De combien ?

    RAGUENEAU:
    De trois pieds.
    (Il passe.)

    LE CUISINIER:
    Hein ?

    PREMIER PATISSIER:
    La tarte !

    DEUXIÈME PATISSIER:
    La tourte !

    RAGUENEAU (devant la cheminée):
    Ma Muse, éloigne-toi, pour que tes yeux charmants
    N'aillent pas se rougir au feu de ces sarments !
    (A un pâtissier, lui montrant des pains):
    Vous avez mal placé la fente de ces miches:
    Au milieu la césure,--entre les hémistiches !
    (A un autre, lui montrant un pâté inachevé):
    A ce palais de croûte, il faut, vous, mettre un toit. . .
    (A un jeune apprenti, qui, assis par terre, embroche des volailles):
    Et toi, sur cette broche interminable, toi,
    Le modeste poulet et la dinde superbe,
    Alterne-les, mon fils, comme le vieux Malherbe
    Alternait les grands vers avec les plus petits,
    Et fais tourner au feu des strophes de rôtis !

    UN AUTRE APPRENTI (s'avançant avec un plateau recouvert d'une assiette):
    Maître, en pensant à vous, dans le four, j'ai fait cuire
    Ceci, qui vous plaira, je l'espère.
    (Il découvre le plateau, on voit une grande lyre de pâtisserie.)

    RAGUENEAU (ébloui):
    Une lyre !

    L'APPRENTI:
    En pâte de brioche.

    RAGUENEAU (ému):
    Avec des fruits confits !
    L'APPRENTI:
    Et les cordes, voyez, en sucre je les fis.

    RAGUENEAU (lui donnant de l'argent):
    Va boire à ma santé !
    (Apercevant Lise qui entre):
    Chut ! ma femme ! Circule,
    Et cache cet argent !
    (A Lise, lui montrant la lyre d'un air gêné):
    C'est beau ?

    LISE:
    C'est ridicule !
    (Elle pose sur le comptoir une pile de sacs en papier.)

    RAGUENEAU:
    Des sacs ?. . .Bon. Merci.
    (Il les regarde):
    Ciel ! Mes livres vénérés !
    Les vers de mes amis ! déchirés ! démembrés !
    Pour en faire des sacs à mettre des croquantes. . .
    Ah ! vous renouvelez Orphée et les bacchantes !

    LISE (sèchement):
    Et n'ai-je pas le droit d'utiliser vraiment
    Ce que laissent ici, pour unique paiement,
    Vos méchants écriveurs de lignes inégales !

    RAGUENEAU:
    Fourmi !. . .n'insulte pas ces divines cigales !

    LISE:
    Avant de fréquenter ces gens-là, mon ami,
    Vous ne m'appeliez pas bacchante,--ni fourmi !

    RAGUENEAU:
    Avec des vers, faire cela !

    LISE:
    Pas autre chose.

    RAGUENEAU:
    Que faites-vous, alors, madame, avec la prose ?

    Scène 2.II.

    Les mêmes, deux enfants, qui viennent d'entrer dans la pâtisserie.

    RAGUENEAU:
    Vous désirez, petits ?

    PREMIER ENFANT:
    Trois pâtés.

    RAGUENEAU (les servant):
    Là, bien roux. . .
    Et bien chauds.

    DEUXIÈME ENFANT:
    S'il vous plaît, enveloppez-les-nous ?

    RAGUENEAU (saisi, à part):
    Hélas ! un de mes sacs !
    (Aux enfants):
    Que je les enveloppe ?. . .
    (Il prend un sac et au moment d'y mettre les pâtés, il lit):
    Tel Ulysse, le jour qu'il quitta Pénélope. . .
    Pas celui-ci !. . .
    (Il le met de côté et en prend un autre. Au moment d'y mettre les
    pâtés, il lit):
    Le blond Phœbus. . . Pas celui-là !
    (Même jeu.)

    LISE (impatientée):
    Eh bien ! qu'attendez-vous ?

    RAGUENEAU:
    Voilà, voilà, voilà !
    (Il en prend un troisième et se résigne):
    Le sonnet à Philis !. . .mais c'est dur tout de même !

    LISE:
    C'est heureux qu'il se soit décidé !
    (Haussant les épaules):
    Nicodème !
    (Elle monte sur une chaise et se met à ranger des plats sur une crédence.)

    RAGUENEAU (profitant de ce qu'elle tourne le dos, rappelle les enfants
    déjà à la porte):
    Pst !. . .Petits !. . .Rendez-moi le sonnet à Philis,
    Au lieu de trois pâtés je vous en donne six.
    (Les enfants lui rendent le sac, prennent vivement les gâteaux et
    sortent. Ragueneau, défripant le papier, se met à lire en déclamant):
    Philis !. . . Sur ce doux nom, une tache de beurre !. . .
    Philis !. . .
    (CYRANO entre brusquement.)

    Scène 2.III.

    Ragueneau, Lise, Cyrano, puis le mousquetaire.

    CYRANO:
    Quelle heure est-il ?

    RAGUENEAU (le saluant avec empressement):
    Six heures.

    CYRANO (avec émotion):
    Dans une heure !
    (Il va et vient dans la boutique.)

    RAGUENEAU (le suivant):
    Bravo ! J'ai vu. . .

    CYRANO:
    Quoi donc !

    RAGUENEAU:
    Votre combat !. . .

    CYRANO:
    Lequel ?

    RAGUENEAU:
    Celui de l'hôtel de Bourgogne !

    CYRANO (avec dédain):
    Ah !. . .Le duel !

    RAGUENEAU (admiratif):
    Oui, le duel en vers !. . .

    LISE:
    Il en a plein la bouche !

    CYRANO:
    Allons ! tant mieux !

    RAGUENEAU (se fendant avec une broche qu'il a saisi):
    A la fin de l'envoi, je touche !. . .
    A la fin de l'envoi, je touche !. . .Que c'est beau !
    (Avec un enthousiasme croissant):
    A la fin de l'envoi. . .

    CYRANO:
    Quelle heure, Ragueneau ?

    RAGUENEAU (restant fendu pour regarder l'horloge):
    Six heures cinq !. . .. . .je touche !
    (Il se relève):
    . . .Oh ! faire une ballade !

    LISE (à Cyrano, qui en passant devant son comptoir lui a serré
    distraitement la main):
    Qu'avez-vous à la main ?

    CYRANO:
    Rien. Une estafilade.

    RAGUENEAU:
    Courûtes-vous quelque péril ?

    CYRANO:
    Aucun péril.

    LISE (le menaçant du doigt):
    Je crois que vous mentez !

    CYRANO:
    Mon nez remuerait-il ?
    Il faudrait que ce fût pour un mensonge énorme !
    (Changeant de ton):
    J'attends ici quelqu'un. Si ce n'est pas sous l'orme,
    Vous nous laisserez seuls.

    RAGUENEAU:
    C'est que je ne peux pas;
    Mes rimeurs vont venir. . .

    LISE (ironique):
    Pour leur premier repas.

    CYRANO:
    Tu les éloigneras quand je te ferai signe. . .
    L'heure ?

    RAGUENEAU:
    Six heures dix.

    CYRANO (s'asseyant nerveusement à la table de Ragueneau et prenant du
    papier):
    Une plume ?. . .

    RAGUENEAU (lui offrant celle qu'il a à son oreille):
    De cygne.

    UN MOUSQUETAIRE (superbement moustachu, entre et d'une voix de stentor):
    Salut !
    (Lise remonte vivement vers lui.)

    CYRANO (se retournant):
    Qu'est-ce ?

    RAGUENEAU:
    Un ami de ma femme. Un guerrier
    Terrible,--à ce qu'il dit !. . .

    CYRANO (reprenant la plume et éloignant du geste Ragueneau):
    Chut !. . .
    Écrire,--plier,--
    (A lui-même):
    Lui donner,--me sauver. . .
    (Jetant la plume):
    Lâche !. . .Mais que je meure,
    Si j'ose lui parler, lui dire un seul mot. . .
    (A Ragueneau):
    L'heure ?

    RAGUENEAU:
    Six et quart !. . .

    CYRANO (frappant sa poitrine):
    --un seul mot de tous ceux que j'ai là !
    Tandis qu'en écrivant. . .
    (Il reprend la plume):
    Eh bien ! écrivons-la,
    Cette lettre d'amour qu'en moi-même j'ai faite
    Et refaite cent fois, de sorte qu'elle est prête,
    Et que mettant mon âme à côté du papier,
    Je n'ai tout simplement qu'à la recopier.
    (Il écrit.--Derrière le vitrage de la porte on voit s'agiter des
    silhouettes maigres et hésitantes.)

    Scène 2.IV.

    Ragueneau, Lise, le mousquetaire, Cyrano, à la petite table, écrivant,
    les poètes, vêtus de noir, les bas tombants, couverts de boue.

    LISE (entrant, à Ragueneau):
    Les voici vos crottés !

    PREMIER POÈTE (entrant, à Ragueneau):
    Confrère !. . .

    DEUXIÈME POÈTE (de même, lui secouant les mains):
    Cher confrère !

    TROISIÈME POÈTE:
    Aigle des pâtissiers !
    (Il renifle):
    Ça sent bon dans votre aire,

    QUATRIÈME POÈTE:
    O Phœbus-Rôtisseur !

    CINQUIÈME POÈTE:
    Apollon maître-queux !. . .

    RAGUENEAU (entouré, embrassé, secoué):
    Comme on est tout de suite à son aise avec eux !. . .

    PREMIER POÈTE:
    Nous fûmes retardés par la foule attroupée
    A la porte de Nesle !. . .

    DEUXIÈME POÈTE:
    Ouverts à coups d'épée,
    Huit malandrins sanglants illustraient les pavés !

    CYRANO (levant une seconde la tête):
    Huit ?. . .Tiens, je croyais sept.
    (Il reprend sa lettre.)

    RAGUENEAU (à Cyrano):
    Est-ce que vous savez
    Le héros du combat ?

    CYRANO (négligemment):
    Moi ?. . .Non !

    LISE (au mousquetaire):
    Et vous ?

    LE MOUSQUETAIRE (se frisant la moustache):
    Peut-être !

    CYRANO (écrivant, à part,--on l'entend murmurer de temps en temps):
    Je vous aime. . .

    PREMIER POÈTE:
    Un seul homme, assurait-on, sut mettre
    Toute une bande en fuite !. . .

    DEUXIÈME POÈTE:
    Oh ! c'etait curieux !
    Des piques, des bâtons jonchaient le sol !. . .

    CYRANO (écrivant):
    . . .vos yeux. . .

    TROISIÈME POÈTE:
    On trouvait des chapeaux jusqu'au quai des Orfèvres !

    PREMIER POÈTE:
    Sapristi ! ce dut être un féroce. . .

    CYRANO (même jeu):
    . . .vos lèvres. . .

    PREMIER POÈTE:
    Un terrible géant, l'auteur de ces exploits !

    CYRANO (même jeu):
    . . .Et je m'évanouis de peur quand je vous vois.

    DEUXIÈME POÈTE (happant un gâteau):
    Qu'as-tu rimé de neuf, Ragueneau ?

    CYRANO (même jeu):
    . . .qui vous aime. . .
    (Il s'arrête au moment de signer, et se lève, mettant sa lettre dans
    son pourpoint):
    Pas besoin de signer. Je la donne moi-même.

    RAGUENEAU (au deuxième poète):
    J'ai mis une recette en vers.

    TROISIÈME POÈTE (s'installant près d'un plateau de choux à la crème):
    Oyons ces vers !

    QUATRIÈME POÈTE (regardant une brioche qu'il a prise):
    Cette brioche a mis son bonnet de travers.
    (Il la décoiffe d'un coup de dent.)

    PREMIER POÈTE:
    Ce pain d'épice suit le rimeur famélique,
    De ses yeux en amande aux sourcils d'angélique !
    (Il happe le morceau de pain d'épice.)

    DEUXIÈME POÈTE:
    Nous écoutons.

    TROISIÈME POÈTE (serrant légèrement un chou entre ses doigts):
    Ce chou bave sa crème. Il rit.

    DEUXIÈME POÈTE (mordant à même la grande lyre de pâtisserie):
    Pour la première fois la Lyre me nourrit !

    RAGUENEAU (qui s'est préparé à réciter, qui a toussé, assuré son bonnet,
    pris une pose):
    Une recette en vers. . .

    DEUXIÈME POÈTE (au premier, lui donnant un coup de coude):
    Tu déjeunes ?

    PREMIER POÈTE (au deuxième):
    Tu dînes !

    RAGUENEAU:
    Comment on fait les tartelettes amandines.
    Battez, pour qu'ils soient mousseux,
    Quelques œufs;
    Incorporez à leur mousse
    Un jus de cédrat choisi;
    Versez-y
    Un bon lait d'amande douce;
    Mettez de la pâte à flan
    Dans le flanc
    De moules à tartelette;
    D'un doigt preste, abricotez
    Les côtés;
    Versez goutte à gouttelette
    Votre mousse en ces puits, puis
    Que ces puits
    Passent au four, et, blondines,
    Sortant en gais troupelets,
    Ce sont les
    Tartelettes amandines !

    LES POÈTES (la bouche pleine):
    Exquis ! Délicieux !

    UN POÈTE (s'étouffant):
    Homph !
    (Ils remontent vers le fond, en mangeant.)

    CYRANO (qui a observé s'avance vers Ragueneau):
    Bercés par ta voix,
    Ne vois-tu pas comme ils s'empiffrent ?

    RAGUENEAU (plus bas, avec un sourire):
    Je le vois. . .
    Sans regarder, de peur que cela ne les trouble;
    Et dire ainsi mes vers me donne un plaisir double,
    Puisque je satisfais un doux faible que j'ai
    Tout en laissant manger ceux qui n'ont pas mangé !

    CYRANO (lui frappant sur l'épaule):
    Toi, tu me plais !. . .
    (Ragueneau va rejoindre ses amis. Cyrano le suit des yeux, puis, un
    peu brusquement):
    Hé là, Lise ?
    (Lise, en conversation tendre avec le mousquetaire, tressaille et
    descend vers Cyrano):
    Ce capitaine. . .
    Vous assiège ?

    LISE (offensée):
    Oh ! mes yeux, d'une œillade hautaine,
    Savent vaincre quiconque attaque mes vertus.

    CYRANO:
    Euh ! pour des yeux vainqueurs, je les trouve battus.

    LISE (suffoquée):
    Mais. . .

    CYRANO (nettement):
    Ragueneau me plaît. C'est pourquoi, dame Lise,
    Je défends que quelqu'un le ridicoculise.

    LISE:
    Mais. . .

    CYRANO (qui a élevé la voix assez pour être entendu du galant):
    A bon entendeur. . .
    (Il salue le mousquetaire, et va se mettre en observation, à la porte
    du fond, après avoir regardé l'horloge.)

    LISE (au mousquetaire qui a simplement rendu son salut à Cyrano):
    Vraiment, vous m'étonnez !. . .
    Répondez. . .sur son nez. . .

    LE MOUSQUETAIRE:
    Sur son nez. . .sur son nez. . .
    (Il s'éloigne vivement, Lise le suit.)

    CYRANO (de la porte du fond, faisant signe à Ragueneau d'emmener les
    poètes):
    Pst !. . .

    RAGUENEAU (montrant aux poètes la porte de droite):
    Nous serons bien mieux par là. . .

    CYRANO (s'impatientant):
    Pst ! pst !. . .

    RAGUENEAU (les entraînant):
    Pour lire
    Des vers. . .

    PREMIER POÈTE (désespéré, la bouche pleine):
    Mais les gâteaux !. . .

    DEUXIÈME POÈTE:
    Emportons-les !
    (Ils sortent tous derrière Ragueneau, processionellement, et après
    avoir fait une râfle de plateaux.)

    Scène 2.V.

    Cyrano, Roxane, la duègne.

    CYRANO:
    Je tire
    Ma lettre si je sens seulement qu'il y a
    Le moindre espoir !. . .
    (Roxane, masquée, suivie de la duègne, paraît derrière le vitrage. Il
    ouvre vivement la porte):
    Entrez !. . .
    (Marchant sur la duègne):
    Vous, deux mots, duègna !

    LA DUÈGNE:
    Quatre.

    CYRANO:
    Êtes-vous gourmande ?

    LA DUÈGNE:
    A m'en rendre malade.

    CYRANO (prenant vivement des sacs de papier sur le comptoir):
    Bon. Voici deux sonnets de monsieur Benserade. . .

    LA DUÈGNE (piteuse):
    Heu !. . .

    CYRANO:
    . . .que je vous remplis de darioles.

    LA DUÈGNE (changeant de figure):
    Hou !

    CYRANO:
    Aimez-vous le gâteau qu'on nomme petit chou ?

    LA DUÈGNE (avec dignité):
    Monsieur, j'en fais état, lorsqu'il est à la crème.

    CYRANO:
    J'en plonge six pour vous dans le sein d'un poème
    De Saint-Amant ! Et dans ces vers de Chapelain
    Je dépose un fragment, moins lourd, de poupelin.
    --Ah ! Vous aimez les gâteaux frais ?

    LA DUÈGNE:
    J'en suis férue !

    CYRANO (lui chargeant les bras de sacs remplis):
    Veuillez aller manger tous ceux-ci dans la rue.

    LA DUÈGNE:
    Mais. . .

    CYRANO (la poussant dehors):
    Et ne revenez qu'après avoir fini !
    (Il referme la porte, redescend vers Roxane, et s'arrête, découvert,
    à une distance respectueuse.)

    Scène 2.VI.

    Cyrano, Roxane, la duègne, un instant.

    CYRANO:
    Que l'instant entre tous les instants soit béni,
    Où, cessant d'oublier qu'humblement je respire
    Vous venez jusqu'ici pour me dire. . .me dire ?. . .

    ROXANE (qui s'est démasquée):
    Mais tout d'abord merci, car ce drôle, ce fat
    Qu'au brave jeu d'épée, hier, vous avez fait mat,
    C'est lui qu'un grand seigneur. . .épris de moi. . .

    CYRANO:
    De Guiche ?

    ROXANE (baissant les yeux):
    Cherchait à m'imposer . . .comme mari. . .

    CYRANO:
    Postiche ?
    (Saluant):
    Je me suis donc battu, madame, et c'est tant mieux,
    Non pour mon vilain nez, mais bien pour vos beaux yeux.

    ROXANE:
    Puis. . .je voulais. . .Mais pour l'aveu que je viens faire,
    Il faut que je revoie en vous le. . .presque frère,
    Avec qui je jouais, dans le parc--près du lac !. . .

    CYRANO:
    Oui. . .vous veniez tous les étés à Bergerac !

    ROXANE:
    Les roseaux fournissaient le bois pour vos épées ?. . .

    CYRANO:
    Et les maïs, les cheveux blonds pour vos poupées !

    ROXANE:
    C'était le temps des jeux. . .

    CYRANO:
    Des mûrons aigrelets. . .

    ROXANE:
    Le temps où vous faisiez tout ce que je voulais !. . .

    CYRANO:
    Roxane, en jupons courts, s'appelait Madeleine. . .

    ROXANE:
    J'étais jolie, alors ?

    CYRANO:
    Vous n'étiez pas vilaine.

    ROXANE:
    Parfois, la main en sang de quelque grimpement,
    Vous accouriez !--Alors, jouant à la maman,
    Je disais d'une voix qui tâchait d'être dure:
    (Elle lui prend la main):
    'Qu'est-ce que c'est encor que cette égratignure ?'
    (Elle s'arrête stupéfaite):
    Oh ! C'est trop fort ! Et celle-ci !
    (Cyrano veut retirer sa main):
    Non ! Montrez-la !
    Hein ? à votre âge, encor !--Où t'es-tu fait cela ?

    CYRANO:
    En jouant, du côté de la porte de Nesle.

    ROXANE (s'asseyant à une table, et trempant son mouchoir dans un verre
    d'eau):
    Donnez !

    CYRANO (s'asseyant aussi):
    Si gentiment ! Si gaiement maternelle !

    ROXANE:
    Et, dites-moi,--pendant que j'ôte un peu le sang,--
    Ils étaient contre vous ?

    CYRANO:
    Oh ! pas tout à fait cent.

    ROXANE:
    Racontez !

    CYRANO:
    Non. Laissez. Mais vous, dites la chose
    Que vous n'osiez tantôt me dire. . .

    ROXANE (sans quitter sa main):
    A présent, j'ose,
    Car le passé m'encouragea de son parfum !
    Oui, j'ose maintenant. Voilà. J'aime quelqu'un.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Qui ne le sait pas d'ailleurs.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Pas encore.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Mais qui va bientôt le savoir, s'il l'ignore.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Un pauvre garçon qui jusqu'ici m'aima
    Timidement, de loin, sans oser le dire. . .

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Laissez-moi votre main, voyons, elle a la fièvre.--
    Mais moi, j'ai vu trembler les aveux sur sa lèvre.

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE (achevant de lui faire un petit bandage avec son mouchoir):
    Et figurez-vous, tenez, que, justement
    Oui, mon cousin, il sert dans votre régiment !

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE (riant):
    Puisqu'il est cadet dans votre compagnie !

    CYRANO:
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Il a sur son front de l'esprit, du génie,
    Il est fier, noble, jeune, intrépide, beau. . .

    CYRANO (se levant tout pâle):
    Beau !

    ROXANE:
    Quoi ? Qu'avez-vous ?

    CYRANO:
    Moi, rien. . .C'est. . .c'est. . .
    (Il montre sa main, avec un sourire):
    C'est ce bobo.

    ROXANE:
    Enfin, je l'aime. Il faut d'ailleurs que je vous die
    Que je ne l'ai jamais vu qu'à la Comédie. . .

    CYRANO:
    Vous ne vous êtes donc pas parlé ?

    ROXANE:
    Nos yeux seuls.

    CYRANO:
    Mais comment savez-vous, alors ?

    ROXANE:
    Sous les tilleuls
    De la place Royale, on cause. . .Des bavardes
    M'ont renseignée. . .

    CYRANO:
    Il est cadet ?

    ROXANE:
    Cadet aux gardes.

    CYRANO:
    Son nom ?

    ROXANE:
    Baron Christian de Neuvillette.

    CYRANO:
    Hein ?. . .
    Il n'est pas aux cadets.

    ROXANE:
    Si, depuis ce matin:
    Capitaine Carbon de Castel-Jaloux.

    CYRANO:
    Vite,
    Vite, on lance son cœur !. . .Mais, ma pauvre petite. . .

    LA DUÈGNE (ouvrant la porte du fond):
    J'ai fini les gâteaux, monsieur de Bergerac !

    CYRANO:
    Eh bien ! lisez les vers imprimés sur le sac !
    (La duègne disparaît):
    . . .Ma pauvre enfant, vous qui n'aimez que beau langage,
    Bel esprit,--si c'était un profane, un sauvage.

    ROXANE:
    Non, il a les cheveux d'un héros de d'Urfe !

    CYRANO:
    S'il était aussi maldisant que bien coiffé !

    ROXANE:
    Non, tous les mots qu'il dit sont fins, je le devine !

    CYRANO:
    Oui, tous les mots sont fins quand la moustache est fine.
    --Mais si c'était un sot !. . .

    ROXANE (frappant du pied):
    Eh bien ! j'en mourrais, là !

    CYRANO (après un temps):
    Vous m'avez fait venir pour me dire cela ?
    Je n'en sens pas très bien l'utilité, madame.

    ROXANE:
    Ah, c'est que quelqu'un hier m'a mis la mort dans l'âme,
    Et me disant que tous, vous êtes tous Gascons
    Dans votre compagnie. . .

    CYRANO:
    Et que nous provoquons
    Tous les blancs-becs qui, par faveur, se font admettre
    Parmis les purs Gascons que nous sommes, sans l'être ?
    C'est ce qu'on vous a dit ?

    ROXANE:
    Et vous pensez si j'ai
    Tremblé pour lui !

    CYRANO (entre ses dents):
    Non sans raison !

    ROXANE:
    Mais j'ai songé
    Lorsque invincible et grand, hier, vous nous apparûtes,
    Châtiant ce coquin, tenant tête à ces brutes,--
    J'ai songé: s'il voulait, lui que tous ils craindront. . .

    CYRANO:
    C'est bien, je défendrai votre petit baron.

    ROXANE:
    Oh ! n'est-ce pas que vous allez me le défendre ?
    J'ai toujours eu pour vous une amitié si tendre.

    CYRANO:
    Oui, oui.

    ROXANE:
    Vous serez son ami ?

    CYRANO:
    Je le serai.

    ROXANE:
    Et jamais il n'aura de duel ?

    CYRANO:
    C'est juré.

    ROXANE:
    Oh ! je vous aime bien. Il faut que je m'en aille.
    (Elle remet vivement son masque, une dentelle sur son front, et,
    distraitement):
    Mais vous ne m'avez pas raconté la bataille
    De cette nuit. Vraiment ce dut être inouï !. . .
    --Dites-lui qu'il m'écrive.
    (Elle lui envoie un petit baiser de la main):
    Oh ! je vous aime !

    CYRANO:
    Oui, oui.

    ROXANE:
    Cent hommes contre vous ? Allons, adieu.--Nous sommes
    De grands amis !

    CYRANO:
    Oui, oui.

    ROXANE:
    Qu'il m'écrive !--Cent hommes !--
    Vous me direz plus tard. Maintenant, je ne puis.
    Cent hommes ! Quel courage !

    CYRANO (la saluant):
    Oh ! j'ai fait mieux depuis.
    (Elle sort. Cyrano reste immobile, les yeux à terre. Un silence. La
    porte de droite s'ouvre. Ragueneau passe sa tête.)

    Scène 2.VII.

    Cyrano, Ragueneau, les poètes, Carbon de Castel-Jaloux, les cadets, la
    foule, etc., puis De Guiche.

    RAGUENEAU:
    Peut-on rentrer ?

    CYRANO (sans bouger):
    Oui. . .
    (Ragueneau fait signe et ses amis rentrent. En même temps, à la porte
    du fond paraît Carbon de Castel-Jaloux, costume de capitaine aux
    gardes, qui fait de grands gestes en apercevant Cyrano.)

    CARBON DE CASTEL-JALOUX:
    Le voilà !

    CYRANO (levant la tête):
    Mon capitaine !. . .

    CARBON (exultant):
    Notre héros ! Nous savons tout ! Une trentaine
    De mes cadets sont là !. . .

    CYRANO (reculant):
    Mais. . .

    CARBON (voulant l'entraîner):
    Viens ! on veut te voir !

    CYRANO:
    Non !

    CARBON:
    Il boivent en face, à la Croix du Trahoir.

    CYRANO:
    Je. . .

    CARBON (remontant à la porte, et criant à la cantonade, d'une voix de
    tonnerre):
    Le héros refuse. Il est d'humeur bourrue !

    UNE VOIX (au dehors):
    Ah ! Sandious !
    (Tumulte au dehors, bruit d'épées et de bottes qui se rapprochent.)

    CARBON (se frottant les mains):
    Les voici qui traversent la rue !

    LES CADETS (entrant dans la rôtisserie):
    Mille dious !--Capdedious !--Mordious !--Pocapdedious !

    RAGUENEAU (reculant épouvanté):
    Messieurs, vous êtes donc tous de Gascogne !

    LES CADETS:
    Tous !

    UN CADET (à Cyrano):
    Bravo !

    CYRANO:
    Baron !

    UN AUTRE (lui secouant les mains):
    Vivat !

    CYRANO:
    Baron !

    TROISIÈME CADET:
    Que je t'embrasse !

    CYRANO:
    Baron !. . .

    PLUSIEURS GASCONS:
    Embrassons-le !

    CYRANO (ne sachant auquel répondre):
    Baron !. . .baron !. . .de grâce. . .

    RAGUENEAU:
    Vous êtes tous barons, messieurs ?

    LES CADETS:
    Tous ?

    RAGUENEAU:
    Le sont-ils ?. . .

    PREMIER CADET:
    On ferait une tour rien qu'avec nos tortils !

    LE BRET (entrant, et courant à Cyrano):
    On te cherche ! Une foule en délire conduite
    Par ceux qui cette nuit marchèrent à ta suite. . .

    CYRANO (épouvanté):
    Tu ne leur as pas dit où je me trouve ?. . .

    LE BRET (se frottant les mains):
    Si !

    UN BOURGEOIS (entrant suivi d'un groupe):
    Monsieur, tout le Marais se fait porter ici !
    (Au dehors la rue s'est remplie de monde. Des chaises à porteurs, des
    carrosses s'arrêtent.)

    LE BRET (bas, souriant, à Cyrano):
    Et Roxane ?

    CYRANO (vivement):
    Tais-toi !

    LA FOULE (criant dehors):
    Cyrano !. . .
    (Une cohue se précipite dans la pâtisserie. Bousculade. Acclamations.)

    RAGUENEAU (debout sur une table):
    Ma boutique
    Est envahie ! On casse tout ! C'est magnifique !

    DES GENS (autour de Cyrano):
    Mon ami. . .mon ami. . .

    CYRANO:
    Je n'avais pas hier
    Tant d'amis !

    LE BRET (ravi):
    Le succès !

    UN PETIT MARQUIS (accourant, les mains tendues):
    Si tu savais, mon cher. . .

    CYRANO:
    Si tu ?. . .Tu ?. . .Qu'est-ce donc qu'ensemble nous gardâmes ?

    UN AUTRE:
    Je veux vous présenter, Monsieur, à quelques dames
    Qui là, dans mon carrosse. . .

    CYRANO (froidement):
    Et vous d'abord, à moi,
    Qui vous présentera ?

    LE BRET (stupéfait):
    Mais qu'as-tu donc ?

    CYRANO:
    Tais-toi !

    UN HOMME DE LETTRES (avec une écritoire):
    Puis-je avoir des détails sur ?. . .

    CYRANO:
    Non.

    LE BRET (lui poussant le coude):
    C'est Théophraste,
    Renaudot ! l'inventeur de la gazette.

    CYRANO:
    Baste !

    LE BRET:
    Cette feuille où l'on fait tant de choses tenir !
    On dit que cette idée a beaucoup d'avenir !

    LE POÈTE (s'avançant):
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Encor !

    LE POÈTE:
    Je veux faire un pentacrostiche
    Sur votre nom. . .

    QUELQU'UN (s'avançant encore):
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Assez !
    (Mouvement. On se range. De Guiche paraît, escorté d'officiers. Cuigy,
    Brissaille, les officiers qui sont partis avec Cyrano à la fin du
    premier acte. Cuigy vient vivement à Cyrano.)

    CUIGY (à Cyrano):
    Monsieur de Guiche !
    (Murmure. Tout le monde se range):
    Vient de la part du maréchal de Gassion !

    DE GUICHE (saluant Cyrano):
    . . .Qui tient à vous mander son admiration
    Pour le nouvel exploit dont le bruit vient de courre.

    LA FOULE:
    Bravo !. . .

    CYRANO (s'inclinant):
    Le maréchal s'y connaît en bravoure.

    DE GUICHE:
    Il n'aurait jamais cru le fait si ces messieurs
    N'avaient pu lui jurer l'avoir vu.

    CUIGY:
    De nos yeux !

    LE BRET (bas à Cyrano, qui a l'air absent):
    Mais. . .

    CYRANO:
    Tais-toi !

    LE BRET:
    Tu parais souffrir !

    CYRANO (tressaillant et se redressant vivement):
    Devant ce monde ?. . .
    (Sa moustache se hérisse; il poitrine):
    Moi souffrir ?. . .Tu vas voir !

    DE GUICHE (auquel Cuigy a parlé à l'oreille):
    Votre carière abonde
    De beaux exploits, déjà.--Vous servez chez ces fous
    De Gascons, n'est-ce pas ?

    CYRANO:
    Aux cadets, oui.

    UN CADET (d'une voix terrible):
    Chez nous !

    DE GUICHE (regardant les Gascons, rangés derrière Cyrano):
    Ah ! ah !. . .Tous ces messieurs à la mine hautaine,
    Ce sont donc les fameux ?. . .

    CARBON DE CASTEL-JALOUX:
    Cyrano !

    CYRANO:
    Capitaine ?

    CARBON:
    Puisque ma compagnie est, je crois, au complet,
    Veuillez la présenter au comte, s'il vous plaît.

    CYRANO (faisant deux pas vers De Guiche et montrant les cadets):
    Ce sont les cadets de Gascogne
    De Carbon de Castel-Jaloux !
    Bretteurs et menteurs sans vergogne,
    Ce sont les cadets de Gascogne !
    Parlant blason, lambel, bastogne,
    Tous plus nobles que des filous,
    Ce sont les cadets de Gascogne
    De Carbon de Castel-Jaloux:
    Œil d'aigle, jambe de cigogne,
    Moustache de chat, dents de loups,
    Fendant la canaille qui grogne,
    Œil d'aigle, jambe de cigogne,
    Ils vont,--coiffés d'un vieux vigogne
    Dont la plume cache les trous !--
    Œil d'aigle, jambe de cigogne,
    Moustache de chat, dents de loups !
    Perce-Bedaine et Casse-Trogne
    Sont leurs sobriquets les plus doux;
    De gloire, leur âme est ivrogne !
    Perce-Bedaine et Casse-Trogne,
    Dans tous les endroits où l'on cogne
    Ils se donnent des rendez-vous. . .
    Perce-Bedaine et Casse-Trogne
    Sont leurs sobriquets les plus doux !
    Voici les cadets de Gascogne
    Qui font cocus tous les jaloux !
    O femme, adorable carogne,
    Voici les cadets de Gascogne !
    Que le vieil époux se renfrogne:
    Sonnez, clairons ! chantez, coucous !
    Voici les cadets de Gascogne
    Qui font cocus tous les jaloux !

    DE GUICHE (nonchalamment assis dans un fauteuil que Ragueneau a vite
    apporté):
    Un poète est un luxe, aujourd'hui, qu'on se donne.
    --Voulez-vous être à moi ?

    CYRANO:
    Non, Monsieur, à personne.

    DE GUICHE:
    Votre verve amusa mon oncle Richelieu,
    Hier. Je veux vous servir auprès de lui.

    LE BRET (ébloui):
    Grand Dieu !

    DE GUICHE:
    Vous avez bien rimé cinq actes, j'imagine ?

    LE BRET (à l'oreille de Cyrano):
    Tu vas faire jouer, mon cher, ton Agrippine !

    DE GUICHE:
    Portez-les-lui.

    CYRANO (tenté et un peu charmé):
    Vraiment. . .

    DE GUICHE:
    Il est des plus experts.
    Il vous corrigera seulement quelques vers. . .

    CYRANO (dont le visage s'est immédiatement rembruni):
    Impossible, Monsieur; mon sang se coagule
    En pensant qu'on y peut changer une virgule.

    DE GUICHE:
    Mais quand un vers lui plaît, en revanche, mon cher,
    Il le paye très cher.

    CYRANO:
    Il le paye moins cher
    Que moi, lorsque j'ai fait un vers, et que je l'aime,
    Je me le paye, en me le chantant à moi-même !

    DE GUICHE:
    Vous êtes fier.

    CYRANO:
    Vraiment, vous l'avez remarqué ?

    UN CADET (entrant avec, enfilés à son épée, des chapeaux aux plumets
    miteux, aux coiffes trouées, défoncées):
    Regarde, Cyrano ! ce matin, sur le quai
    Le bizarre gibier à plumes que nous prîmes !
    Les feutres des fuyards !. . .

    CARBON:
    Des dépouilles opimes !

    TOUT LE MONDE (riant):
    Ah ! Ah ! Ah !

    CUIGY:
    Celui qui posta ces gueux, ma foi,
    Doit rager aujourd'hui.

    BRISSAILLE:
    Sait-on qui c'est ?

    DE GUICHE:
    C'est moi.
    (Les rires s'arrêtent):
    Je les avais chargés de châtier,--besogne
    Qu'on ne fait pas soi-même,--un rimailleur ivrogne.
    (Silence gêné.)

    LE CADET (à mi-voix, à Cyrano, lui montrant les feutres):
    Que faut-il qu'on en fasse ? Ils sont gras. . .Un salmis ?

    CYRANO (prenant l'épée où ils sont enfilés, et les faisant, dans un
    salut, tous glisser aux pieds de De Guiche):
    Monsieur, si vous voulez les rendre à vos amis ?

    DE GUICHE (se levant et d'une voix brève):
    Ma chaise et mes porteurs, tout de suite: je monte.
    (A Cyrano, violemment):
    Vous, Monsieur !. . .

    UNE VOIX (dans la rue, criant):
    Les porteurs de monseigneur le comte
    De Guiche !

    DE GUICHE (qui s'est dominé, avec un sourire):
    . . .Avez-vous lu Don Quichot ?

    CYRANO:
    Je l'ai lu.
    Et me découvre au nom de cet hurluberlu.

    DE GUICHE:
    Veuillez donc méditer alors. . .

    UN PORTEUR (paraissant au fond):
    Voici la chaise.

    DE GUICHE:
    Sur le chapitre des moulins !

    CYRANO (saluant):
    Chapitre treize.

    DE GUICHE:
    Car, lorsqu'on les attaque, il arrive souvent. . .

    CYRANO:
    J'attaque donc des gens qui tournent à tout vent ?

    DE GUICHE:
    Qu'un moulinet de leurs grands bras chargés de toiles
    Vous lance dans la boue !. . .

    CYRANO:
    Ou bien dans les étoiles !
    (De Guiche sort. On le voit remonter en chaise. Les seigneurs
    s'éloignent en chuchotant. Le Bret les réaccompagne. La foule sort.)

    Scène 2.VIII.

    Cyrano, Le Bret, les cadets, qui se sont attablés à droite et à gauche
    et auxquels on sert à boire et à manger.

    CYRANO (saluant d'un air goguenard ceux qui sortent sans oser le saluer):
    Messieurs. . .Messieurs. . .Messieurs. . .

    LE BRET (désolé, redescendant, les bras au ciel):
    Ah ! dans quels jolis draps.

    CYRANO:
    Oh ! toi ! tu vas grogner !

    LE BRET:
    Enfin, tu conviendras
    Qu'assassiner toujours la chance passagère,
    Devient exagéré.

    CYRANO:
    Hé bien oui, j'exagère !

    LE BRET (triomphant):
    Ah !

    CYRANO:
    Mais pour le principe, et pour l'exemple aussi,
    Je trouve qu'il est bon d'exagérer ainsi.

    LE BRET:
    Si tu laissais un peu ton âme mousquetaire,
    La fortune et la gloire. . .

    CYRANO:
    Et que faudrait-il faire ?
    Chercher un protecteur puissant, prendre un patron,
    Et comme un lierre obscur qui circonvient un tronc
    Et s'en fait un tuteur en lui léchant l'écorce,
    Grimper par ruse au lieu de s'élever par force ?
    Non, merci. Dédier, comme tous il le font,
    Des vers aux financiers ? se changer en bouffon
    Dans l'espoir vil de voir, aux lèvres d'un ministre,
    Naître un sourire, enfin, qui ne soit pas sinistre ?
    Non, merci. Déjeuner, chaque jour, d'un crapaud ?
    Avoir un ventre usé par la marche ? une peau
    Qui plus vite, à l'endroit des genoux, devient sale ?
    Exécuter des tours de souplesse dorsale ?. . .
    Non, merci. D'une main flatter la chèvre au cou
    Cependant que, de l'autre, on arrose le chou,
    Et, donneur de séné par désir de rhubarbe,
    Avoir son encensoir, toujours, dans quelque barbe ?
    Non, merci ! Se pousser de giron en giron,
    Devenir un petit grand homme dans un rond,
    Et naviguer, avec des madrigaux pour rames,
    Et dans ses voiles des soupirs de vieilles dames ?
    Non, merci ! Chez le bon éditeur de Sercy
    Faire éditer ses vers en payant ? Non, merci !
    S'aller faire nommer pape par les conciles
    Que dans des cabarets tiennent des imbéciles ?
    Non, merci ! Travailler à se construire un nom
    Sur un sonnet, au lieu d'en faire d'autres ? Non,
    Merci ! Ne découvrir du talent qu'aux mazettes ?
    Être terrorisé par de vagues gazettes,
    Et se dire sans cesse: "Oh, pourvu que je sois
    Dans les petits papiers du Mercure François ?". . .
    Non, merci ! Calculer, avoir peur, être blême,
    Aimer mieux faire une visite qu'un poème,
    Rédiger des placets, se faire présenter ?
    Non, merci ! non, merci ! non, merci ! Mais. . .chanter,
    Rêver, rire, passer, être seul, être libre,
    Avoir l'œil qui regarde bien, la voix qui vibre,
    Mettre, quand il vous plaît, son feutre de travers,
    Pour un oui, pour un non, se battre,--ou faire un vers !
    Travailler sans souci de gloire ou de fortune,
    A tel voyage, auquel on pense, dans la lune !
    N'écrire jamais rien qui de soi ne sortît,
    Et modeste d'ailleurs, se dire: mon petit,
    Soit satisfait des fleurs, des fruits, même des feuilles,
    Si c'est dans ton jardin à toi que tu les cueilles !
    Puis, s'il advient d'un peu triompher, par hasard,
    Ne pas être obligé d'en rien rendre à César,
    Vis-à-vis de soi-même en garder le mérite,
    Bref, dédaignant d'être le lierre parasite,
    Lors même qu'on n'est pas le chêne ou le tilleul,
    Ne pas monter bien haut, peut-être, mais tout seul !

    LE BRET:
    Tout seul, soit ! Mais non pas contre tous ! Comment diable
    As-tu donc contracté la manie effroyable
    De te faire toujours, partout, des ennemis ?

    CYRANO:
    A force de vous voir vous faire des amis,
    Et rire à ces amis dont vous avez des foules,
    D'une bouche empruntée au derrière des poules !
    J'aime raréfier sur mes pas les saluts,
    Et m'écrie avec joie: un ennemi de plus !

    LE BRET:
    Quelle aberration !

    CYRANO:
    Eh bien, oui, c'est mon vice.
    Déplaire est mon plaisir. J'aime qu'on me haïsse.
    Mon cher, si tu savais comme l'on marche mieux
    Sous la pistolétade excitante des yeux !
    Comme, sur les pourpoints, font d'amusantes taches
    Le fiel des envieux et la bave des lâches !
    --Vous, la molle amitié dont vous vous entourez,
    Ressemble à ces grands cols d'Italie, ajourés
    Et flottants, dans lesquels votre cou s'effémine:
    On y est plus à l'aise. . .et de moins haute mine,
    Car le front n'ayant pas de maintien ni de loi,
    S'abandonne à pencher dans tous les sens. Mais moi,
    La Haine, chaque jour, me tuyaute et m'apprête
    La fraise dont l'empois force à lever la tête;
    Chaque ennemi de plus est un nouveau godron
    Qui m'ajoute une gêne, et m'ajoute un rayon:
    Car, pareille en tous points à la fraise espagnole,
    La Haine est un carcan, mais c'est une auréole !

    LE BRET (après un silence, passant son bras sous le sien):
    Fais tout haut l'orgueilleux et l'amer, mais, tout bas
    Dis-moi tout simplement qu'elle ne t'aime pas !

    CYRANO (vivement):
    Tais-toi !
    (Depuis un moment, Christian est entré, s'est mêlé aux cadets; ceux-ci
    ne lui adressent pas la parole; il a fini par s'asseoir seul à une
    petite table, où Lise le sert.)

    Scène 2.IX.

    Cyrano, Le Bret, les cadets, Christian de Neuvillette.

    UN CADET (assis à une table du fond, le verre en main):
    Hé ! Cyrano !
    (Cyrano se retourne):
    Le récit ?

    CYRANO:
    Tout à l'heure !
    (Il remonte au bras de Le Bret. Ils causent bas.)

    LE CADET (se levant, et descendant):
    Le récit du combat ! Ce sera la meilleure
    Leçon
    (Il s'arrête devant la table où est Christian):
    pour ce timide apprentif !

    CHRISTIAN (levant la tête):
    Apprentif ?

    UN AUTRE CADET:
    Oui, septentrional maladif !

    CHRISTIAN:
    Maladif ?

    PREMIER CADET (goguenard):
    Monsieur de Neuvillette, apprenez quelque chose:
    C'est qu'il est un objet, chez nous, dont on ne cause
    Pas plus que de cordon dans l'hôtel d'un pendu !

    CHRISTIAN:
    Qu'est-ce ?

    UN AUTRE CADET (d'une voix terrible):
    Regardez-moi !
    (Il pose trois fois, mystérieusement, son doigt sur son nez):
    M'avez-vous entendu ?

    CHRISTIAN:
    Ah ! c'est le. . .

    UN AUTRE:
    Chut !. . .jamais ce mot ne se profère !
    (Il montre Cyrano qui cause au fond avec Le Bret.)
    Ou c'est à lui, là-bas, que l'on aurait affaire !

    UN AUTRE (qui, pendant qu'il était tourné vers les premiers, est venu
    sans bruit s'asseoir sur la table, dans son dos):
    Deux nasillards par lui furent exterminés
    Parce qu'il lui déplut qu'ils parlassent du nez !

    UN AUTRE (d'une voix caverneuse,--surgissant de sous la table où il
    s'est glissé à quatre pattes):
    On ne peut faire, sans défuncter avant l'âge,
    La moindre allusion au fatal cartilage !

    UN AUTRE (lui posant la main sur l'épaule):
    Un mot suffit ! Que dis-je, un mot ? Un geste, un seul !
    Et tirer son mouchoir, c'est tirer son linceul !
    (Silence. Tous autour de lui, les bras croisés, le regardent. Il se
    lève et va à Carbon de Castel-Jaloux qui, causant avec un officier, a
    l'air de ne rien voir.)

    CHRISTIAN:
    Capitaine !

    CARBON (se retournant et le toisant):
    Monsieur ?

    CHRISTIAN:
    Que fait-on quand on trouve
    Des Méridionaux trop vantards ?. . .

    CARBON:
    On leur prouve
    Qu'on peut être du Nord, et courageux.
    (Il lui tourne le dos.)

    CHRISTIAN:
    Merci.

    PREMIER CADET (à Cyrano):
    Maintenant, ton récit !

    TOUS:
    Son récit !

    CYRANO (redescendant vers eux):
    Mon récit ?. . .
    (Tous rapprochent leurs escabeaux, se groupent autour de lui, tendent
    le col. Christian s'est mis à cheval sur une chaise):
    Eh bien ! donc je marchais tout seul, à leur rencontre.
    La lune, dans le ciel, luisait comme une montre,
    Quand soudain, je ne sais quel soigneux horloger
    S'étant mis à passer un coton nuager
    Sur le boîtier d'argent de cette montre ronde,
    Il se fit une nuit la plus noire du monde,
    Et les quais n'étant pas du tout illuminés,
    Mordious ! on n'y voyait pas plus loin. . .

    CHRISTIAN:
    Que son nez.
    (Silence. Tous le monde se lève lentement. On regarde Cyrano avec
    terreur. Celui-ci s'est interrompu, stupéfait. Attente.)

    CYRANO:
    Qu'est-ce que c'est que cet homme-là ?

    UN CADET (à mi-voix):
    C'est un homme
    Arrivé ce matin.

    CYRANO (faisant un pas vers Christian):
    Ce matin ?

    CARBON (à mi-voix):
    Il se nomme
    Le baron de Neuvil. . .

    CYRANO (vivement, s'arrêtant):
    Ah ! C'est bien. . .
    (Il pâlit, rougit, a encore un mouvement pour se jeter sur Christian):
    Je. . .
    (Puis, il se domine, et dit d'une voix sourde):
    Très bien. . .
    (Il reprend):
    Je disais donc. . .
    (Avec un éclat de rage dans la voix):
    Mordious !. . .
    (Il continue d'un ton naturel):
    que l'on n'y voyait rien.
    (Stupeur. On se rassied en se regardant):
    Et je marchais, songeant que pour un gueux fort mince
    J'allais mécontenter quelque grand, quelque prince,
    Qui m'aurait sûrement. . .

    CHRISTIAN:
    Dans le nez !. . .
    (Tout le monde se lève. Christian se balance sur sa chaise.)

    CYRANO (d'une voix étranglée):
    Une dent,--
    Qui m'aurait une dent. . .et qu'en somme, imprudent,
    J'allais fourrer. . .

    CHRISTIAN:
    Le nez. . .

    CYRANO:
    Le doigt. . .entre l'écorce
    Et l'arbre, car ce grand pouvait être de force
    À me faire donner. . .'

    CHRISTIAN:
    Sur le nez. . .

    CYRANO (essuyant la sueur à son front):
    Sur les doigts.
    --Mais j'ajoutai: Marche, Gascon, fais ce que dois !
    Va, Cyrano ! Et ce disant, je me hasarde,
    Quand, dans l'ombre, quelqu'un me porte. . .

    CHRISTIAN:
    Une nasarde.

    CYRANO:
    Je la pare, et soudain me trouve. . .

    CHRISTIAN:
    Nez à nez. . .

    CYRANO (bondissant vers lui):
    Ventre-Saint-Gris !
    (Tous les Gascons se précipitent pour voir, arrivé sur Christian,
    il se maîtrise et continue):
    avec cent braillards avinés
    Qui puaient. . .

    CHRISTIAN:
    À plein nez. . .

    CYRANO (blême et souriant):
    L'oignon et la litharge !
    Je bondis, front baissé. . .

    CHRISTIAN:
    Nez au vent !

    CYRANO:
    et je charge !
    J'en estomaque deux ! J'en empale un tout vif !
    Quelqu'un m'ajuste: Paf ! et je riposte. . .

    CHRISTIAN:
    Pif !

    CYRANO (éclatant):
    Tonnerre ! Sortez tous !
    (Tous les cadets se précipitent vers les portes.)

    PREMIER CADET:
    C'est le réveil du tigre !

    CYRANO:
    Tous ! Et laissez-moi seul avec cet homme !

    DEUXIÈME CADET:
    Bigre !
    On va le retrouver en hachis !

    RAGUENEAU:
    En hachis ?

    UN AUTRE CADET:
    Dans un de vos pâtés !

    RAGUENEAU:
    Je sens que je blanchis,
    Et que je m'amollis comme une serviette !

    CARBON:
    Sortons !

    UN AUTRE:
    Il n'en va pas laisser une miette !

    UN AUTRE:
    Ce qui va se passer ici, j'en meurs d'effroi !

    UN AUTRE (refermant la porte de droite):
    Quelque chose d'épouvantable !
    (Ils sont tous sortis,--soit par le fond, soit par les
    côtés,--quelques-uns ont disparu par l'escalier. Cyrano et Christian
    restent face à face, et se regardent un moment.)

    Scène 2.X.

    Cyrano, Christian.

    CYRANO:
    Embrasse-moi !

    CHRISTIAN:
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Brave.

    CHRISTIAN:
    Ah ça ! mais !. . .

    CYRANO:
    Très brave. Je préfère.

    CHRISTIAN:
    Me direz-vous ?. . .

    CYRANO:
    Embrasse-moi. Je suis son frère.

    CHRISTIAN:
    De qui ?

    CYRANO:
    Mais d'elle !

    CHRISTIAN:
    Hein ?. . .

    CYRANO:
    Mais de Roxane !

    CHRISTIAN (courant à lui):
    Ciel !
    Vous, son frère ?

    CYRANO:
    Ou tout comme: un cousin fraternel.

    CHRISTIAN:
    Elle vous a ?. . .

    CYRANO:
    Tout dit !

    CHRISTIAN:
    M'aime-t-elle ?

    CYRANO:
    Peut-être !

    CHRISTIAN (lui prenant les mains):
    Comme je suis heureux, Monsieur, de vous connaître !

    CYRANO:
    Voilà ce qui s'appelle un sentiment soudain.

    CHRISTIAN:
    Pardonnez-moi. . .

    CYRANO (le regardant, et lui mettant la main sur l'épaule):
    C'est vrai qu'il est beau, le gredin !

    CHRISTIAN:
    Si vous saviez, Monsieur, comme je vous admire !

    CYRANO:
    Mais tous ces nez que vous m'avez. . .

    CHRISTIAN:
    Je les retire !

    CYRANO:
    Roxane attend ce soir une lettre. . .

    CHRISTIAN:
    Hélas !

    CYRANO:
    Quoi ?

    CHRISTIAN:
    C'est me perdre que de cesser de rester coi !

    CYRANO:
    Comment ?

    CHRISTIAN:
    Las ! je suis sot à m'en tuer de honte !

    CYRANO:
    Mais non, tu ne l'es pas, puisque tu t'en rends compte.
    D'ailleurs, tu ne m'as pas attaqué comme un sot.

    CHRISTIAN:
    Bah ! on trouve des mots quand on monte à l'assaut !
    Oui, j'ai certain esprit facile et militaire,
    Mais je ne sais, devant les femmes, que me taire.
    Oh ! leurs yeux, quand je passe, ont pour moi des bontés. . .

    CYRANO:
    Leurs cœurs n'en ont-ils plus quand vous vous arrêtez ?

    CHRISTIAN:
    Non ! car je suis de ceux,--je le sais. . .et je tremble !--
    Qui ne savent parler d'amour.

    CYRANO:
    Tiens !. . .Il me semble
    Que si l'on eût pris soin de me mieux modeler,
    J'aurais été de ceux qui savent en parler.

    CHRISTIAN:
    Oh ! pouvoir exprimer les choses avec grâce !

    CYRANO:
    Être un joli petit mousquetaire qui passe !

    CHRISTIAN:
    Roxane est précieuse et sûrement je vais
    Désillusionner Roxane !

    CYRANO (regardant Christian):
    Si j'avais
    Pour exprime mon âme un pareil interprète !

    CHRISTIAN (avec désespoir):
    Il me faudrait de l'éloquence !

    CYRANO (brusquement):
    Je t'en prête !
    Toi, du charme physique et vainqueur, prête-m'en:
    Et faisons à nous deux un héros de roman !

    CHRISTIAN:
    Quoi ?

    CYRANO:
    Te sens-tu de force à répéter les choses
    Que chaque jour je t'apprendrai ?. . .

    CHRISTIAN:
    Tu me proposes ?. . .

    CYRANO:
    Roxane n'aura pas de désillusions !
    Dis, veux-tu qu'à nous deux nous la séduisions ?
    Veux-tu sentir passer, de mon pourpoint de buffle
    Dans ton pourpoint brodé, l'âme que je t'insuffle !. . .

    CHRISTIAN:
    Mais, Cyrano !. . .

    CYRANO:
    Christian, veux-tu ?

    CHRISTIAN:
    Tu me fais peur !

    CYRANO:
    Puisque tu crains, tout seul, de refroidir son cœur,
    Veux-tu que nous fassions--et bientôt tu l'embrases !--
    Collaborer un peu tes lèvres et mes phrases ?. . .

    CHRISTIAN:
    Tes yeux brillent !. . .

    CYRANO:
    Veux-tu ?

    CHRISTIAN:
    Quoi ! cela te ferait
    Tant de plaisir ?. . .

    CYRANO (avec enivrement):
    Cela. . .
    (Se reprenant, et en artiste):
    Cela m'amuserait !
    C'est une expérience à tenter un poète.
    Veux-tu me compléter et que je te complète ?
    Tu marcheras, j'irai dans l'ombre à ton côté:
    Je serai ton esprit, tu seras ma beauté.

    CHRISTIAN:
    Mais la lettre qu'il faut, au plus tôt, lui remettre !
    Je ne pourrai jamais. . .

    CYRANO (sortant de son pourpoint la lettre qu'il a écrite):
    Tiens, la voilà, ta lettre !

    CHRISTIAN:
    Comment ?

    CYRANO:
    Hormis l'adresse, il n'y manque plus rien.

    CHRISTIAN:
    Je. . .

    CYRANO:
    Tu peux l'envoyer. Sois tranquille. Elle est bien.

    CHRISTIAN:
    Vous aviez ?. . .

    CYRANO:
    Nous avons toujours, nous, dans nos poches,
    Des épîtres à des Chloris. . .de nos caboches,
    Car nous sommes ceux-là qui pour amante n'ont
    Que du rêve soufflé dans la bulle d'un nom !. . .
    Prends, et tu changeras en vérités ces feintes;
    Je lançais au hasard ces aveux et ces plaintes:
    Tu verras se poser tous ces oiseaux errants.
    Tu verras que je fus dans cette lettre--prends !--
    D'autant plus éloquent que j'étais moins sincère !
    --Prends donc, et finissons !

    CHRISTIAN:
    N'est-il pas nécessaire
    De changer quelques mots ? Écrite en divaguant,
    Ira-t-elle à Roxane ?

    CYRANO:
    Elle ira comme un gant !

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    CYRANO:
    La crédulité de l'amour-propre est telle,
    Que Roxane croira que c'est écrit pour elle !

    CHRISTIAN:
    Ah ! mon ami !
    (Il se jette dans les bras de Cyrano. Ils restent embrassés.)

    Scène 2.XI.

    Cyrano, Christian, les Gascons, le mousquetaire, Lise.

    UN CADET (entr'ouvrant la porte):
    Plus rien. . .Un silence de mort. . .
    Je n'ose regarder. . .
    (Il passe la tête):
    Hein ?

    TOUS LES CADETS (entrant et voyant Cyrano et Christian qui s'embrassent):
    Ah !. . .Oh !. . .

    UN CADET:
    C'est trop fort !
    (Consternation.)

    LE MOUSQUETAIRE (goguenard):
    Ouais ?. . .

    CARBON:
    Notre démon est doux comme un apôtre !
    Quand sur une narine on le frappe,--il tend l'autre !

    LE MOUSQUETAIRE:
    On peut donc lui parler de son nez, maintenant ?. . .
    (Appelant Lise, d'un air triomphant):
    --Eh ! Lise ! Tu vas voir !
    (Humant l'air avec affectation):
    Oh !. . .oh !. . .c'est surprenant !
    Quelle odeur !. . .
    (Allant à Cyrano, dont il regarde le nez avec impertinence):
    Mais monsieur doit l'avoir reniflée ?
    Qu'est-ce que cela sent ici ?. . .

    CYRANO (le souffletant):
    La giroflée !
    (Joie. Les cadets ont retrouvé Cyrano: ils font des culbutes.)

    Rideau.

    Acte III.

    Le Baiser de Roxane.

    Une petite place dans l'ancien Marais. Vieille maisons. Perspectives
    de ruelles. À droite, la maison de Roxane et le mur de son jardin que
    débordent de larges feuillages. Au-dessus de la porte, fenêtre et
    balcon. Un banc devant le seuil.

    Du lierre grimpe au mur, du jasmin enguirlande le balcon, frissonne et
    retombe.

    Par le banc et les pierres en saillie du mur, on peut facilement grimper
    au balcon.

    En face, une ancienne maison de même style, brique et pierre, avec une
    porte d'entrée. Le heurtoir de cette porte est emmailloté de linge comme
    un pouce malade.

    Au lever du rideau, la duègne est assise sur le banc. La fenêtre est
    grande ouverte sur le balcon de Roxane.

    Près de la duègne se tient debout Ragueneau, vêtu d'une sorte de livrée:
    il termine un récit, en s'essuyant les yeux.

    Scène 3.I.

    Ragueneau, la duègne, puis Roxane, Cyrano, et deux pages.

    RAGUENEAU:
    . . .Et puis, elle est partie avec un mousquetaire !
    Seul, ruiné, je me pends. J'avais quitté la terre.
    Monsieur de Bergerac entre, et, me dépendant,
    Me vient à sa cousine offrir comme intendant.

    LA DUÈGNE:
    Mais comment expliquer cette ruine où vous êtes ?

    RAGUENEAU:
    Lise aimait les guerriers, et j'aimais les poètes !
    Mars mangeait les gâteaux qui laissait Apollon:
    --Alors, vous comprenez, cela ne fut pas long !

    LA DUÈGNE (se levant et appelant vers la fenêtre ouverte):
    Roxane, êtes-vous prête ?. . .On nous attend !

    LA VOIX DE ROXANE (par la fenêtre):
    Je passe
    Une mante !

    LA DUÈGNE (à Ragueneau, lui montrant la porte d'en face):
    C'est là qu'on nous attend, en face.
    Chez Clomire. Elle tient bureau, dans son réduit.
    On y lit un discours sur le Tendre, aujourd'hui.

    RAGUENEAU:
    Sur le Tendre ?

    LA DUÈGNE (minaudant):
    Mais oui !. . .
    (Criant vers la fenêtre):
    Roxane, il faut descendre,
    Ou nous allons manquer le discours sur le Tendre !

    LA VOIX DE ROXANE:
    Je viens !
    (On entend un bruit d'instruments à cordes qui se rapproche.)

    LA VOIX DE CYRANO (chantant dans la coulisse):
    La ! la ! la ! la !

    LA DUÈGNE (surprise):
    On nous joue un morceau ?

    CYRANO (suivi de deux pages porteurs de théorbes):
    Je vous dis que la croche est triple, triple sot !

    PREMIER PAGE (ironique):
    Vous savez donc, Monsieur, si les croches sont triples ?

    CYRANO:
    Je suis musicien, comme tous les disciples
    De Gassendi !

    LE PAGE (jouant et chantant):
    La ! la !

    CYRANO (lui arrachant le théorbe et continuant la phrase musicale):
    Je peux continuer !. . .
    La ! la ! la ! la !

    ROXANE (paraissant sur le balcon):
    C'est vous ?

    CYRANO (chantant sur l'air qu'il continue):
    Moi qui viens saluer
    Vos lys, et présenter mes respects à vos ro. . .ses !

    ROXANE:
    Je descends !
    (Elle quitte le balcon.)

    LA DUÈGNE (montrant les pages):
    Qu'est-ce donc que ces deux virtuoses ?

    CYRANO:
    C'est un pari que j'ai gagné sur d'Assoucy.
    Nous discutions un point de grammaire.--Non !--Si !--
    Quand soudain me montrant ces deux grands escogriffes
    Habiles à gratter les cordes de leurs griffes,
    Et dont il fait toujours son escorte, il me dit:
    "Je te parie un jour de musique !" Il perdit.
    Jusqu'à ce que Phœbus recommence son orbe,
    J'ai donc sur mes talons ces joueurs de théorbe,
    De tout ce que je fais harmonieux témoins !. . .
    Ce fut d'abord charmant, et ce l'est déjà moins.
    (Aux musiciens):
    Hep !. . .Allez de ma part jouer une pavane
    A Montfleury !. . .
    (Les pages remontent pour sortir.--A la duègne):
    Je viens demander à Roxane
    Ainsi que chaque soir. . .
    (Aux pages qui sortent):
    Jouez longtemps,--et faux !
    (A la duègne):
    . . .Si l'ami de son âme est toujours sans défauts ?

    ROXANE (sortant de la maison):
    Ah ! qu'il est beau, qu'il a d'esprit, et que je l'aime !

    CYRANO (souriant):
    Christian a tant d'esprit ?. . .

    ROXANE:
    Mon cher, plus que vous-même !

    CYRANO:
    J'y consens.

    ROXANE:
    Il ne peut exister à mon goût
    Plus fin diseur de ces jolis riens qui sont tout.
    Parfois il est distrait, ses Muses sont absentes;
    Puis, tout à coup, il dit des choses ravissantes !

    CYRANO (incrédule):
    Non ?

    ROXANE:
    C'est trop fort ! Voilà comme les hommes sont:
    Il n'aura pas d'esprit puisqu'il est beau garçon !

    CYRANO:
    Il sait parler du cœur d'une façon experte ?

    ROXANE:
    Mais il n'en parle pas, Monsieur, il en disserte !

    CYRANO:
    Il écrit ?

    ROXANE:
    Mieux encor ! Écoutez donc un peu:
    (Déclamant):
    Plus tu me prends de cœur, plus j'en ai !. . .
    (Triomphante, à Cyrano):
    Hé ! bien ?

    CYRANO:
    Peuh !. . .

    ROXANE:
    Et ceci: Pour souffrir, puisqu'il m'en faut un autre,
    Si vous gardez mon cœur, envoyez-moi le vôtre !

    CYRANO:
    Tantôt il en a trop et tantôt pas assez.
    Qu'est-ce au juste qu'il veut, de cœur ?. . .

    ROXANE (frappant du pied):
    Vous m'agacez !
    C'est la jalousie. . .

    CYRANO (tressaillant):
    Hein !. . .

    ROXANE:
    . . .d'auteur qui vous dévore !
    --Et ceci, n'est-il pas du dernier tendre encore ?
    Croyez que devers vous mon cœur ne fait qu'un cri,
    Et que si les baisers s'envoyaient par écrit,
    Madame, vous liriez ma lettre avec les lèvres !. . .

    CYRANO (souriant malgré lui de satisfaction):
    Ha ! ha ! ces lignes-là sont. . .hé ! hé !
    (Se reprenant et avec dédain):
    mais bien mièvres !

    ROXANE:
    Et ceci. . .

    CYRANO (ravi):
    Vous savez donc ses lettres par cœur ?

    ROXANE:
    Toutes !

    CYRANO (frisant sa moustache):
    Il n'y a pas à dire: c'est flatteur !

    ROXANE:
    C'est un maître !

    CYRANO (modeste):
    Oh !. . .un maître !. . .

    ROXANE (péremptoire):
    Un maître !. . .

    CYRANO (saluant):
    Soit !. . .un maître !

    LA DUÈGNE (qui était remontée, redescendant vivement):
    Monsieur de Guiche !
    (A Cyrano, le poussant vers la maison):
    Entrez !. . .car il vaut mieux, peut-être,
    Qu'il ne vous trouve pas ici; cela pourrait
    Le mettre sur la piste. . .

    ROXANE (à Cyrano):
    Oui, de mon cher secret !
    Il m'aime, il est puissant, il ne faut pas qu'il sache !
    Il peut dans mes amours donner un coup de hache !

    CYRANO (entrant dans la maison):
    Bien ! bien ! bien !
    (De Guiche paraît.)

    Scène 3.II.

    Roxane, De Guiche, la duègne, à l'écart.

    ROXANE (à De Guiche, lui faisant une révérence):
    Je sortais.

    DE GUICHE:
    Je viens prendre congé.

    ROXANE:
    Vous partez ?

    DE GUICHE:
    Pour la guerre.

    ROXANE:
    Ah !

    DE GUICHE:
    Ce soir même.

    ROXANE:
    Ah !

    DE GUICHE:
    J'ai
    Des ordres. On assiège Arras.

    ROXANE:
    Ah. . .on assiège ?. . .

    DE GUICHE:
    Oui. . .Mon départ a l'air de vous laisser de neige.

    ROXANE (poliment):
    Oh !. . .

    DE GUICHE:
    Moi, je suis navré. Vous reverrai-je ?. . .Quand ?
    --Vous savez que je suis nommé mestre de camp ?

    ROXANE (indifférente):
    Bravo.

    DE GUICHE:
    Du régiment des gardes.

    ROXANE (saisie):
    Ah ? des gardes ?

    DE GUICHE:
    Où sert votre cousin, l'homme aux phrases vantardes.
    Je saurai me venger de lui, là-bas.

    ROXANE (suffoquée):
    Comment !
    Les gardes vont là-bas ?

    DE GUICHE (riant):
    Tiens ! c'est mon régiment !

    ROXANE (tombant assise sur le banc,--à part):
    Christian !

    DE GUICHE:
    Qu'avez-vous ?

    ROXANE (toute émue):
    Ce. . .départ. . .me désespère !
    Quand on tient à quelqu'un, le savoir à la guerre !

    DE GUICHE (surpris et charmé):
    Pour la première fois me dire un mot si doux,
    Le jour de mon départ !

    ROXANE (changeant de ton et s'éventant):
    Alors,--vous allez vous
    Venger de mon cousin ?. . .

    DE GUICHE (souriant):
    On est pour lui ?

    ROXANE:
    Non,--contre !

    DE GUICHE:
    Vous le voyez ?

    ROXANE:
    Très peu.

    DE GUICHE:
    Partout on le rencontre
    Avec un des cadets. . .
    (Il cherche le nom):
    ce Neu. . .villen. . .viller. . .

    ROXANE:
    Un grand ?

    DE GUICHE:
    Blond.

    ROXANE:
    Roux.

    DE GUICHE:
    Beau !. . .

    ROXANE:
    Peuh !

    DE GUICHE:
    Mais bête.

    ROXANE:
    Il en a l'air !
    (Changeant de tone):
    . . .Votre vengeance envers Cyrano ?--c'est peut-être
    De l'exposer au feu, qu'il adore ?. . .Elle est piètre !
    Je sais bien, moi, ce qui lui serait sanglant !

    DE GUICHE:
    C'est ?. . .

    ROXANE:
    Mais, si le régiment, en partant, le laissait
    Avec ses chers cadets, pendant toute la guerre,
    A Paris, bras croisés !. . .C'est la seule manière,
    Un homme comme lui, de le faire enrager:
    Vous voulez le punir ? privez-le de danger.

    DE GUICHE:
    Une femme ! une femme ! il n'y a qu'une femme
    Pour inventer ce tour !

    ROXANE:
    Il se rongera l'âme,
    Et ses amis les poings, de n'être pas au feu:
    Et vous serez vengé !

    DE GUICHE (se rapprochant):
    Vous m'aimez donc un peu ?
    (Elle sourit):
    Je veux voir dans ce fait d'épouser ma rancune
    Une preuve d'amour, Roxane !. . .

    ROXANE:
    C'en est une.

    DE GUICHE (montrant plusieurs plis cachetés):
    J'ai les ordres sur moi qui vont être transmis
    A chaque compagnie, a l'instant même, hormis. . .
    (Il en détache un):
    Celui-ci ! C'est celui des cadets.
    (Il le met dans sa poche):
    Je le garde.
    (Riant):
    Ah ! ah ! ah ! Cyrano !. . .Son humeur bataillarde !. . .
    --Vous jouez donc des tours aux gens, vous ?. . .

    ROXANE (le regardant):
    Quelquefois.

    DE GUICHE (tout près d'elle):
    Vous m'affolez ! Ce soir--écoutez--oui, je dois
    Être parti. Mais fuir quand je vous sens émue !. . .
    Écoutez. Il y a, près d'ici, dans la rue
    D'Orléans, un couvent fondé par le syndic
    Des capucins, le Père Athanase. Un laïc
    N'y peut entrer. Mais les bons Pères, je m'en charge !. . .
    Il peuvent me cacher dans leur manche: elle est large.
    --Ce sont les capucins qui servent Richelieu
    Chez lui; redoutant l'oncle, ils craignent le neveu.
    --On me croira parti. Je viendrai sous le masque.
    Laissez-moi retarder d'un jour, chère fantasque !. . .

    ROXANE (vivement):
    Mais si cela s'apprend, votre gloire. . .

    DE GUICHE:
    Bah !

    ROXANE:
    Mais
    Le siège, Arras. . .

    DE GUICHE:
    Tant pis ! Permettez !

    ROXANE:
    Non !

    DE GUICHE:
    Permets !

    ROXANE (tendrement):
    Je dois vous le défendre !

    DE GUICHE:
    Ah !

    ROXANE:
    Partez !
    (A part):
    Christian reste.
    (Haut):
    Je vous veux héroïque,--Antoine !

    DE GUICHE:
    Mot céleste !
    Vous aimez donc celui ?. . .

    ROXANE:
    Pour lequel j'ai frémi.

    DE GUICHE (transporté de joie):
    Ah ! je pars !
    (Il lui baise la main):
    Êtes-vous contente ?

    ROXANE:
    Oui, mon ami !
    (Il sort.)

    LA DUÈGNE (lui faisant dans le dos une révérence comique):
    Oui, mon ami !

    ROXANE (à la duègne):
    Taisons ce que je viens de faire:
    Cyrano m'en voudrait de lui voler sa guerre !
    (Elle appelle vers la maison):
    Cousin !

    Scène 3.III.

    Roxane, la duègne, Cyrano.

    ROXANE:
    Nous allons chez Clomire.
    (Elle désigne la porte d'en face):
    Alcandre y doit
    Parler, et Lysimon !

    LA DUÈGNE (mettant son petit doigt dans son oreille):
    Oui ! mais mon petit doigt
    Dit qu'on va les manquer !

    CYRANO (à Roxane):
    Ne manquez pas ces singes.
    (Ils sont arrivés devant la porte de Clomire.)

    LA DUÈGNE (avec ravissement):
    Oh, voyez ! le heurtoir est entouré de linges !. . .
    (Au heurtoir):
    On vous a baillonné pour que votre métal
    Ne troublât pas les beaux discours,--petit brutal !
    (Elle le soulève avec des soins infinis et frappe doucement.)

    ROXANE (voyant qu'on ouvre):
    Entrons !. . .
    (Du seuil, à Cyrano):
    Si Christian vient, comme je le présume,
    Qu'il m'attende !

    CYRANO (vivement, comme elle va disparaître):
    Ah !. . .
    (Elle se retourne):
    Sur quoi, selon votre coutume,
    Comptez-vous aujourd'hui l'interroger !

    ROXANE:
    Sur. . .

    CYRANO (vivement):
    Sur ?

    ROXANE:
    Mais vous serez muet, là-dessus !

    CYRANO:
    Comme un mur.

    ROXANE:
    Sur rien !. . .Je vais lui dire: Allez ! Partez sans bride !
    Improvisez. Parlez d'amour. Soyez splendide !

    CYRANO (souriant):
    Bon.

    ROXANE:
    Chut !. . .

    CYRANO:
    Chut !. . .

    ROXANE:
    Pas un mot !. . .
    (Elle rentre et referme la porte.)

    CYRANO (la saluant, la porte une fois fermée):
    En vous remerciant.
    (La porte se rouvre et Roxane passe la tête.)

    ROXANE:
    Il se préparerait !. . .

    CYRANO:
    Diable, non !. . .

    TOUS LES DEUX (ensemble):
    Chut !. . .
    (La porte se ferme.)

    CYRANO (appelant):
    Christian !

    Scène 3.IV.

    Cyrano, Christian.

    CYRANO:
    Je sais tout ce qu'il faut. Prépare ta mémoire.
    Voici l'occasion de se couvrir de gloire.
    Ne perdons pas de temps. Ne prends pas l'air grognon.
    Vite, rentrons chez toi, je vais t'apprendre. . .

    CHRISTIAN:
    Non !

    CYRANO:
    Hein ?

    CHRISTIAN:
    Non ! J'attends Roxane ici.

    CYRANO:
    De quel vertige
    Es-tu frappé ? Viens vite apprendre. . .

    CHRISTIAN:
    Non, te dis-je !
    Je suis las d'emprunter mes lettres, mes discours,
    Et de jouer ce rôle, et de trembler toujours !. . .
    C'était bon au début ! Mais je sens qu'elle m'aime !
    Merci. Je n'ai plus peur. Je vais parler moi-même.

    CYRANO:
    Ouais !

    CHRISTIAN:
    Et qui te dit que je ne saurais pas ?. . .
    Je ne suis pas si bête à la fin ! Tu verras !
    Mais, mon cher, tes leçons m'ont été profitables.
    Je saurai parler seul ! Et, de par tous les diables,
    Je saurai bien toujours la prendre dans mes bras !. . .
    (Apercevant Roxane, qui ressort de chez Clomire):
    --C'est elle ! Cyrano, non, ne me quitte pas !

    CYRANO (le saluant):
    Parlez tout seul, Monsieur.
    (Il disparaît derrière le mur du jardin.)

    Scène 3.V.

    Christian, Roxane, quelques précieux et précieuses, et la duègne,
    un instant.

    ROXANE (sortant de la maison de Clomire avec une compagnie qu'elle
    quitte: révérences et saluts):
    Barthénoïde !--Alcandre !--Grémione !. . .

    LA DUÈGNE (désespérée):
    On a manqué le discours sur le Tendre !
    (Elle rentre chez Roxane.)

    ROXANE (saluant encore):
    Urimédonte !. . .Adieu !. . .
    (Tous saluent Roxane, se resaluent entre eux, se séparent et
    s'éloignent par différentes rues. Roxane voit Christian):
    C'est vous !. . .
    (Elle va à lui):
    Le soir descend.
    Attendez. Ils sont loin. L'air est doux. Nul passant.
    Asseyons-nous. Parlez. J'écoute.

    CHRISTIAN (s'assied près d'elle, sur le banc. Un silence):
    Je vous aime.

    ROXANE (fermant les yeux):
    Oui, parlez-moi d'amour.

    CHRISTIAN:
    Je t'aime.

    ROXANE:
    C'est le thème.
    Brodez, brodez.

    CHRISTIAN:
    Je vous. . .

    ROXANE:
    Brodez !

    CHRISTIAN:
    Je t'aime tant.

    ROXANE:
    Sans doute ! Et puis ?

    CHRISTIAN:
    Et puis. . .je serais si content
    Si vous m'aimiez !--Dis-moi, Roxane, que tu m'aimes !

    ROXANE (avec une moue):
    Vous m'offrez du brouet quand j'espérais des crèmes !
    Dites un peu comment vous m'aimez ?. . .

    CHRISTIAN:
    Mais. . .beaucoup.

    ROXANE:
    Oh !. . .Délabyrinthez vos sentiments !

    CHRISTIAN (qui s'est rapproché et dévore des yeux la nuque blonde):
    Ton cou !
    Je voudrais l'embrasser !. . .

    ROXANE:
    Christian !

    CHRISTIAN:
    Je t'aime !

    ROXANE (voulant se lever):
    Encore !

    CHRISTIAN (vivement, la retenant):
    Non ! je ne t'aime pas !

    ROXANE (se rasseyant):
    C'est heureux !

    CHRISTIAN:
    Je t'adore !

    ROXANE (se levant et s'éloignant):
    Oh !

    CHRISTIAN:
    Oui. . .je deviens sot !

    ROXANE (sèchement):
    Et cela me déplaît !
    Comme il me déplairait que vous devinssiez laid.

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    ROXANE:
    Allez rassembler votre éloquence en fuite !

    CHRISTIAN:
    Je. . .

    ROXANE:
    Vous m'aimez, je sais. Adieu.
    (Elle va vers la maison.)

    CHRISTIAN:
    Pas tout de suite !
    Je vous dirai. . .

    ROXANE (poussant la porte pour rentrer):
    Que vous m'adorez. . .oui, je sais.
    Non ! Non ! Allez-vous-en !

    CHRISTIAN:
    Mais je. . .
    (Elle lui ferme la porte au nez.)

    CYRANO (qui depuis un moment est rentré sans être vu):
    C'est un succès.

    Scène 3.VI.

    Christian, Cyrano, les pages, un instant.

    CHRISTIAN:
    Au secours !

    CYRANO:
    Non monsieur.

    CHRISTIAN:
    Je meurs si je ne rentre
    En grâce, à l'instant même. . .

    CYRANO:
    Et comment puis-je, diantre !
    Vous faire à l'instant même, apprendre ?. . .

    CHRISTIAN (lui saisissant le bras):
    Oh ! là, tiens, vois !
    (La fenêtre du balcon s'est éclairée):

    CYRANO (ému):
    Sa fenêtre !

    CHRISTIAN (criant):
    Je vais mourir !

    CYRANO:
    Baissez la voix !

    CHRISTIAN (tout bas):
    Mourir !. . .

    CYRANO:
    La nuit est noire. . .

    CHRISTIAN:
    Eh ! bien ?

    CYRANO:
    C'est réparable.
    Vous ne méritez pas. . .Mets-toi là, misérable !
    Là, devant le balcon ! Je me mettrai dessous. . .
    Et je te soufflerai tes mots.

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Taisez-vous !

    LES PAGES (reparaissant au fond, à Cyrano):
    Hep !

    CYRANO:
    Chut !. . .
    (Il leur fait signe de parler bas.)

    PREMIER PAGE (à mi-voix):
    Nous venons de donner la sérénade
    A Montfleury !. . .

    CYRANO (bas, vite):
    Allez-vous mettre en embuscade
    L'un à ce coin de rue, et l'autre à celui-ci;
    Et si quelque passant gênant vient par ici,
    Jouez un air !

    DEUXIÈME PAGE:
    Quel air, monsieur le gassendiste ?

    CYRANO:
    Joyeux pour une femme, et pour un homme, triste !
    (Les pages disparaissent, un à chaque coin de rue.--A Christian):
    Appelle-la !

    CHRISTIAN:
    Roxane !

    CYRANO (ramassant des cailloux qu'il jette dans les vitres):
    Attends ! Quelques cailloux.

    Scène VII.

    Roxane, Christian, Cyrano, d'abord caché sous le balcon.

    ROXANE (entr'ouvrant sa fenêtre):
    Qui donc m'appelle ?

    CHRISTIAN:
    Moi.

    ROXANE:
    Qui, moi ?

    CHRISTIAN:
    Christian.

    ROXANE (avec dédain):
    C'est vous ?

    CHRISTIAN:
    Je voudrais vous parler.

    CYRANO (sous le balcon, à Christian):
    Bien. Bien. Presque à voix basse.

    ROXANE:
    Non ! Vous parlez trop mal. Allez-vous-en !

    CHRISTIAN:
    De grâce !. . .

    ROXANE:
    Non ! Vous ne m'aimez plus !

    CHRISTIAN (à qui Cyrano souffle ses mots):
    M'accuser,--justes dieux !--
    De n'aimer plus. . .quand. . .j'aime plus !

    ROXANE (qui allait refermer sa fenêtre, s'arrêtant):
    Tiens ! mais c'est mieux !

    CHRISTIAN (même jeu):
    L'amour grandit bercé dans mon âme inquiète. . .
    Que ce. . .cruel marmot prit pour. . .barcelonnette !

    ROXANE (s'avançant sur le balcon):
    C'est mieux !--Mais, puisqu'il est cruel, vous fûtes sot
    De ne pas, cet amour, l'étouffer au berceau !

    CHRISTIAN (même jeu):
    Aussi l'ai-je tenté, mais. . .tentative nulle:
    Ce. . .nouveau-né, Madame, est un petit. . .Hercule.

    ROXANE:
    C'est mieux !

    CHRISTIAN (même jeu):
    De sorte qu'il. . .strangula comme rien. . .
    Les deux serpents. . .Orgueil et. . .Doute.

    ROXANE (s'accoudant au balcon):
    Ah ! c'est très bien.
    --Mais pourquoi parlez-vous de façon peu hâtive ?
    Auriez-vous donc la goutte à l'imaginative ?

    CYRANO (tirant Christian sous le balcon, et se glissant à sa place):
    Chut ! Cela devient trop difficile !. . .

    ROXANE:
    Aujourd'hui. . .
    Vos mots sont hésitants. Pourquoi ?

    CYRANO (parlant à mi-voix, comme Christian):
    C'est qu'il fait nuit,
    Dans cette ombre, à tâtons, ils cherchent votre oreille.

    ROXANE:
    Les miens n'éprouvent pas difficulté pareille.

    CYRANO:
    Ils trouvent tout de suite ? Oh ! cela va de soi,
    Puisque c'est dans mon cœur, eux, que je les reçois;
    Or, moi, j'ai le cœur grand, vous, l'oreille petite.
    D'ailleurs vos mots à vous, descendent: ils vont vite.
    Les miens montent, Madame: il leur faut plus de temps !

    ROXANE:
    Mais ils montent bien mieux depuis quelques instants.

    CYRANO:
    De cette gymnastique, ils ont pris l'habitude !

    ROXANE:
    Je vous parle, en effet, d'une vraie altitude !

    CYRANO:
    Certe, et vous me tueriez si de cette hauteur
    Vous me laissiez tomber un mot dur sur le cœur !

    ROXANE (avec un mouvement):
    Je descends.

    CYRANO (vivement)
    Non !

    ROXANE (lui montrant le banc qui est sous le balcon):
    Grimpez sur le banc, alors, vite !

    CYRANO (reculant avec effroi dans la nuit):
    Non !

    ROXANE:
    Comment. . .non ?

    CYRANO (que l'émotion gagne de plus en plus):
    Laissez un peu que l'on profite. . .
    De cette occasion qui s'offre. . .de pouvoir
    Se parler doucement, sans se voir.

    ROXANE:
    Sans se voir ?

    CYRANO:
    Mais oui, c'est adorable. On se devine à peine.
    Vous voyez la noirceur d'un long manteau qui traîne,
    J'aperçois la blancheur d'une robe d'été:
    Moi je ne suis qu'une ombre, et vous qu'une clarté !
    Vous ignorez pour moi ce que sont ces minutes !
    Si quelquefois je fus éloquent. . .

    ROXANE:
    Vous le fûtes !

    CYRANO:
    Mon langage jamais jusqu'ici n'est sorti
    De mon vrai cœur. . .

    ROXANE:
    Pourquoi ?

    CYRANO:
    Parce que. . .jusqu'ici
    Je parlais à travers. . .

    ROXANE:
    Quoi ?

    CYRANO:
    . . .le vertige où tremble
    Quiconque est sous vos yeux !. . .Mais, ce soir, il me semble. . .
    Que je vais vous parler pour la première fois !

    ROXANE:
    C'est vrai que vous avez une tout autre voix.

    CYRANO (se rapprochant avec fièvre):
    Oui, tout autre, car dans la nuit qui me protège
    J'ose être enfin moi-même, et j'ose. . .
    (Il s'arrête et avec égarement):
    Où en étais-je ?
    Je ne sais. . .tout ceci,--pardonnez mon émoi,--
    C'est si délicieux,. . .c'est si nouveau pour moi !

    ROXANE:
    Si nouveau ?

    CYRANO (bouleversé, et essayant toujours de rattraper ses mots):
    Si nouveau. . .mais oui. . .d'être sincère:
    La peur d'être raillé, toujours au cœur me serre. . .

    ROXANE:
    Raillé de quoi ?

    CYRANO:
    Mais de. . .d'un élan !. . .Oui, mon cœur
    Toujours, de mon esprit s'habille, par pudeur:
    Je pars pour décrocher l'étoile, et je m'arrête
    Par peur du ridicule, à cueillir la fleurette !

    ROXANE:
    La fleurette a du bon.

    CYRANO:
    Ce soir, dédaignons-la !

    ROXANE:
    Vous ne m'aviez jamais parlé comme cela !

    CYRANO:
    Ah ! si loin des carquois, des torches et des flèches,
    On se sauvait un peu vers des choses. . .plus fraîches !
    Au lieu de boire goutte à goutte, en un mignon
    Dé à coudre d'or fin, l'eau fade du Lignon,
    Si l'on tentait de voir comment l'âme s'abreuve
    En buvant largement à même le grand fleuve !

    ROXANE:
    Mais l'esprit ?. . .

    CYRANO:
    J'en ai fait pour vous faire rester
    D'abord, mais maintenant ce serait insulter
    Cette nuit, ces parfums, cette heure, la Nature,
    Que de parler comme un billet doux de Voiture !
    --Laissons, d'un seul regard de ses astres, le ciel
    Nous désarmer de tout notre artificiel:
    Je crains tant que parmi notre alchimie exquise
    Le vrai du sentiment ne se volatilise,
    Que l'âme ne se vide à ces passe-temps vains,
    Et que le fin du fin ne soit la fin des fins !

    ROXANE:
    Mais l'esprit ?. . .

    CYRANO:
    Je le hais dans l'amour ! C'est un crime
    Lorsqu'on aime de trop prolonger cette escrime !
    Le moment vient d'ailleurs inévitablement,
    --Et je plains ceux pour qui ne vient pas ce moment !--
    Où nous sentons qu'en nous une amour noble existe
    Que chaque joli mot que nous disons rend triste !

    ROXANE:
    Eh bien ! si ce moment est venu pour nous deux,
    Quels mots me direz-vous ?

    CYRANO:
    Tous ceux, tous ceux, tous ceux
    Qui me viendront, je vais vous les jeter, en touffe,
    Sans les mettre en bouquet: je vous aime, j'étouffe,
    Je t'aime, je suis fou, je n'en peux plus, c'est trop;
    Ton nom est dans mon cœur comme dans un grelot,
    Et comme tout le temps, Roxane, je frissonne,
    Tout le temps, le grelot s'agite, et le nom sonne !
    De toi, je me souviens de tout, j'ai tout aimé:
    Je sais que l'an dernier, un jour, le douze mai,
    Pour sortir le matin tu changeas de coiffure !
    J'ai tellement pris pour clarté ta chevelure
    Que, comme lorsqu'on a trop fixé le soleil,
    On voit sur toute chose ensuite un rond vermeil,
    Sur tout, quand j'ai quitté les feux dont tu m'inondes,
    Mon regard ébloui pose des taches blondes !

    ROXANE (d'une voix troublée):
    Oui, c'est bien de l'amour. . .

    CYRANO:
    Certes, ce sentiment
    Qui m'envahit, terrible et jaloux, c'est vraiment
    De l'amour, il en a toute la fureur triste !
    De l'amour,--et pourtant il n'est pas égoïste !
    Ah ! que pour ton bonheur je donnerais le mien,
    Quand même tu devrais n'en savoir jamais rien,
    S'il se pouvait, parfois, que de loin, j'entendisse
    Rire un peu le bonheur né de mon sacrifice !
    --Chaque regard de toi suscite une vertu
    Nouvelle, une vaillance en moi ! Commences-tu
    À comprendre, à présent ? voyons, te rends-tu compte ?
    Sens-tu mon âme, un peu, dans cette ombre, qui monte ?. . .
    Oh ! mais vraiment, ce soir, c'est trop beau, c'est trop doux !
    Je vous dis tout cela, vous m'écoutez, moi, vous !
    C'est trop ! Dans mon espoir même le moins modeste,
    Je n'ai jamais espéré tant ! Il ne me reste
    Qu'à mourir maintenant ! C'est à cause des mots
    Que je dis qu'elle tremble entre les bleus rameaux !
    Car vous tremblez, comme une feuille entre les feuilles !
    Car tu trembles ! car j'ai senti, que tu le veuilles
    Ou non, le tremblement adoré de ta main
    Descendre tout le long des branches du jasmin !
    (Il baise éperdument l'extrémité d'une branche pendante.)

    ROXANE:
    Oui, je tremble, et je pleure, et je t'aime, et suis tienne !
    Et tu m'as enivrée !

    CYRANO:
    Alors, que la mort vienne !
    Cette ivresse, c'est moi, moi, qui l'ai su causer !
    Je ne demande plus qu'une chose. . .

    CHRISTIAN (sous le balcon):
    Un baiser !

    ROXANE (se rejetant en arrière):
    Hein ?

    CYRANO:
    Oh !

    ROXANE:
    Vous demandez ?

    CYRANO:
    Oui. . .je. . .
    (A Christian bas):
    Tu vas trop vite.

    CHRISTIAN:
    Puisqu'elle est si troublée, il faut que j'en profite !

    CYRANO (à Roxane):
    Oui, je. . .j'ai demandé, c'est vrai. . .mais justes cieux !
    Je comprends que je fus bien trop audacieux.

    ROXANE (un peu déçue):
    Vous n'insistez pas plus que cela ?

    CYRANO:
    Si ! j'insiste. . .
    Sans insister !. . .Oui, oui ! votre pudeur s'attriste !
    Eh bien ! mais, ce baiser. . .ne me l'accordez pas !

    CHRISTIAN (à Cyrano, le tirant par son manteau):
    Pourquoi ?

    CYRANO:
    Tais-toi, Christian !

    ROXANE (se penchant):
    Que dites-vous tout bas ?

    CYRANO:
    Mais d'être allé trop loin, moi-même je me gronde;
    Je me disais: tais toi, Christian !. . .
    (Les théorbes se mettent à jouer):
    Une seconde !. . .
    On vient !
    (Roxane referme la fenêtre. Cyrano écoute les théorbes, dont l'un joue
    un air folâtre et l'autre un air lugubre):
    Air triste ? Air gai ?. . .Quel est donc leur dessein ?
    Est-ce un homme ? Une femme ?--Ah ! c'est un capucin !
    (Entre un capucin qui va de maison en maison, une lanterne à la main,
    regardant les portes.)

    Scène 3.VIII.

    Cyrano, Christian, un capucin.

    CYRANO (au capucin):
    Quel est ce jeu renouvelé de Diogène ?

    LE CAPUCIN:
    Je cherche la maison de madame. . .

    CHRISTIAN:
    Il nous gêne !

    LE CAPUCIN:
    Magdeleine Robin. . .

    CHRISTIAN:
    Que veut-il ?. . .

    CYRANO (lui montrant une rue montante):
    Par ici !
    Tout droit,--toujours tout droit. . .

    LE CAPUCIN
    Je vais pour vous !--Merci
    Dire mon chapelet jusqu'au grain majuscule.
    (Il sort.)

    CYRANO:
    Bonne chance ! Mes vœux suivent votre cuculle !
    (Il redescend vers Christian.)

    Scène 3.IX.

    Cyrano, Christian.

    CHRISTIAN:
    Obtiens-moi ce baiser !. . .

    CYRANO:
    Non !

    CHRISTIAN:
    Tôt ou tard !. . .

    CYRANO:
    C'est vrai !
    Il viendra, ce moment de vertige enivré
    Où vos bouches iront l'une vers l'autre, à cause
    De ta moustache blonde et de sa lèvre rose !
    (A lui-même):
    J'aime mieux que ce soit à cause de. . .
    (Bruit des volets qui se rouvrent, Christian se cache sous le balcon.)

    Scène 3.X.

    Cyrano, Christian, Roxane.

    ROXANE (s'avançant sur le balcon):
    C'est vous ?
    Nous parlions de. . .de. . .d'un. . .

    CYRANO:
    Baiser ! Le mot est doux.
    Je ne vois pas pourquoi votre lèvre ne l'ose;
    S'il la brûle déjà, que sera-ce la chose ?
    Ne vous en faites pas un épouvantement:
    N'avez-vous pas tantôt, presque insensiblement,
    Quitté le badinage et glissé sans alarmes
    Du sourire au soupir, et du soupir aux larmes !
    Glissez encore un peu d'insensible façon:
    Des larmes au baiser il n'y a qu'un frisson !

    ROXANE:
    Taisez-vous !

    CYRANO:
    Un baiser, mais à tout prendre, qu'est-ce ?
    Un serment fait d'un peu plus près, une promesse
    Plus précise, un aveu qui veut se confirmer,
    Un point rose qu'on met sur l'i du verbe aimer;
    C'est un secret qui prend la bouche pour oreille,
    Un instant d'infini qui fait un bruit d'abeille,
    Une communion ayant un goût de fleur,
    Une façon d'un peu se respirer le cœur,
    Et d'un peu se goûter, au bord des lèvres, l'âme !

    ROXANE:
    Taisez-vous !

    CYRANO:
    Un baiser, c'est si noble, Madame,
    Que la reine de France, au plus heureux des lords,
    En a laissé prendre un, la reine même !

    ROXANE:
    Alors !

    CYRANO (s'exaltant):
    J'eus comme Buckingham des souffrances muettes,
    J'adore comme lui la reine que vous êtes,
    Comme lui je suis triste et fidèle. . .

    ROXANE:
    Et tu es
    Beau comme lui !

    CYRANO (à part, dégrisé):
    C'est vrai, je suis beau, j'oubliais !

    ROXANE:
    Eh bien ! montez cueillir cette fleur sans pareille. . .

    CYRANO (poussant Christian vers le balcon):
    Monte !

    ROXANE:
    Ce goût de cœur. . .

    CYRANO:
    Monte !

    ROXANE:
    Ce bruit d'abeille. . .

    CYRANO:
    Monte !

    CHRISTIAN (hésitant):
    Mais il me semble, à présent, que c'est mal !

    ROXANE:
    Cet instant d'infini !. . .

    CYRANO (le poussant):
    Monte donc, animal !
    (Christian s'élance, et par le banc, le feuillage, les piliers,
    atteint les balustres qu'il enjambe.)

    CHRISTIAN:
    Ah, Roxane !
    (Il l'enlace et se penche sur ses lèvres.)

    CYRANO:
    Aïe ! au cœur, quel pincement bizarre !
    --Baiser, festin d'amour dont je suis le Lazare !
    Il me vient dans cette ombre une miette de toi,--
    Mais oui, je sens un peu mon cœur qui te reçoit,
    Puisque sur cette lèvre où Roxane se leurre
    Elle baise les mots que j'ai dits tout à l'heure !
    (On entend les théorbes):
    Un air triste, un air gai: le capucin !
    (Il feint de courir comme s'il arrivait de loin, et d'une voix claire):
    Holà !

    ROXANE:
    Qu'est ce ?

    CYRANO:
    Moi. Je passais. . .Christian est encor là ?

    CHRISTIAN (très étonné):
    Tiens Cyrano !

    ROXANE:
    Bonjour, cousin !

    CYRANO:
    Bonjour, cousine !

    ROXANE:
    Je descends !
    (Elle disparaît dans la maison. Au fond rentre le capucin.)

    CHRISTIAN (l'apercevant):
    Oh ! encor !
    (Il suit Roxane.)

    Scène 3.XI.

    Cyrano, Christian, Roxane, le capucin, Ragueneau.

    LE CAPUCIN:
    C'est ici,--je m'obstine--
    Magdeleine Robin !

    CYRANO:
    Vous aviez dit: Ro-lin.

    LE CAPUCIN:
    Non: Bin. B, i, n, bin !

    ROXANE (paraissant sur le seuil de la maison, suivie de Ragueneau qui
    porte une lanterne, et de Christian):
    Qu'est-ce ?

    LE CAPUCIN:
    Une lettre.

    CHRISTIAN:
    Hein ?

    LE CAPUCIN (à Roxane):
    Oh ! il ne peut s'agir que d'une sainte chose !
    C'est un digne seigneur qui. . .

    ROXANE (à Christian):
    C'est De Guiche !

    CHRISTIAN:
    Il ose ?. . .

    ROXANE:
    Oh ! mais il ne va pas m'importuner toujours !
    (Décachetant la lettre):
    Je t'aime, et si. . .
    (A la lueur de la lanterne de Ragueneau, elle lit, à l'écart, à voix basse):
    Mademoiselle,
    Les tambours
    Battent; mon régiment boucle sa soubreveste;
    Il part; moi, l'on me croit déjà parti: je reste.
    Je vous désobéis. Je suis dans ce couvent.
    Je vais venir, et vous le mande auparavant
    Par un religieux simple comme une chèvre
    Qui ne peut rien comprendre à ceci. Votre lèvre
    M'a trop souri tantôt: j'ai voulu la revoir.
    Éloignez un chacun, et daignez recevoir
    L'audacieux déjà pardonné, je l'espère,
    Qui signe votre très. . .et caetera. . .
    (Au capucin):
    Mon Père,
    Voici ce que me dit cette lettre. Écoutez:
    (Tous se rapprochent, elle lit à haute voix):
    Mademoiselle,
    Il faut souscrire aux volontés
    Du cardinal, si dur que cela vous puisse être.
    C'est la raison pourquoi j'ai fait choix, pour remettre
    Ces lignes en vos mains charmantes, d'un très saint,
    D'un très intelligent et discret capucin;
    Nous voulons qu'il vous donne, et dans votre demeure,
    La bénédiction
    (Elle tourne la page):
    nuptiale sur l'heure.
    Christian doit en secret devenir votre époux;
    Je vous l'envoie. Il vous déplaît. Résignez-vous.
    Songez bien que le ciel bénira votre zèle,
    Et tenez pour tout assuré, Mademoiselle,
    Le respect de celui qui fut et qui sera
    Toujours votre très humble et très. . .et cætera.

    LE CAPUCIN (rayonnant):
    Digne seigneur !. . .Je l'avais dit. J'étais sans crainte !
    Il ne pouvait s'agir que d'une chose sainte !

    ROXANE (bas à Christian):
    N'est-ce pas que je lis très bien les lettres ?

    CHRISTIAN:
    Hum !

    ROXANE (haut, avec désespoir):
    Ah !. . .c'est affreux !

    LE CAPUCIN (qui a dirigé sur Cyrano la clarté de sa lanterne):
    C'est vous ?

    CHRISTIAN:
    C'est moi !

    LE CAPUCIN (tournant la lumière vers lui, et, comme si un doute lui
    venait, en voyant sa beauté):
    Mais. . .

    ROXANE (vivement):
    Post-scriptum:
    Donnez pour le couvent cent vingt pistoles.

    LE CAPUCIN:
    Digne,
    Digne seigneur !
    (A Roxane):
    Résignez-vous ?

    ROXANE (en martyre):
    Je me résigne !
    (Pendant que Ragueneau ouvre la porte au capucin que Christian invite
    à entrer, elle dit bas à Cyrano):
    Vous, retenez ici De Guiche ! Il va venir !
    Qu'il n'entre pas tant que. . .

    CYRANO:
    Compris !
    (Au capucin):
    Pour les bénir
    Il vous faut ?. . .

    LE CAPUCIN:
    Un quart d'heure.

    CYRANO (les poussant tous vers la maison):
    Allez ! moi, je demeure !

    ROXANE (à Christian):
    Viens !. . .
    (Ils entrent.)

    Scène XII.

    Cyrano, seul.

    CYRANO:
    Comment faire perdre à De Guiche un quart d'heure.
    (Il se précipite sur le banc, grimpe au mur, vers le balcon):
    Là !. . .Grimpons !. . .J'ai mon plan !. . .
    (Les théorbes se mettent à jouer une phrase lugubre):
    Ho ! c'est un homme !
    (Le trémolo devient sinistre):
    Ho ! ho !
    Cette fois, c'en est un !. . .
    (Il est sur le balcon, il rabaisse son feutre sur ses yeux, ôte son
    épée, se drape dans sa cape, puis se penche et regarde au dehors):
    Non, ce n'est pas trop haut !. . .
    (Il enjambe les balustres et attirant à lui la longue branche d'un des
    arbres qui débordent le mur du jardin, il s'y accroche des deux mains,
    prêt a se laisser tomber):
    Je vais légèrement troubler cette atmosphère !. . .

    Scène 3.XIII.

    Cyrano, De Guiche.

    DE GUICHE (qui entre, masqué, tâtonnant dans la nuit):
    Qu'est-ce que ce maudit capucin peut bien faire ?

    CYRANO:
    Diable ! Et ma voix ?. . .S'il la reconnaissait ?
    (Lâchant d'une main, il a l'air de tourner une invisible clef):
    Cric ! Crac !
    (Solennellement):
    Cyrano, reprenez l'accent de Bergerac !. . .

    DE GUICHE (regardant la maison):
    Oui, c'est là. J'y vois mal. Ce masque m'importune !
    (Il va pour entrer, Cyrano saute du balcon en se tenant à la branche,
    qui plie, et le dépose entre la porte et De Guiche; il feint de tomber
    lourdement, comme si c'était de très haut, et s'aplatit par terre, où
    il reste immobile, comme étourdi. De Guiche fait un bond en arrière):
    Hein ? quoi ?
    (Quand il lève les yeux, la branche s'est redressée; il ne voit que le
    ciel; il ne comprend pas):
    D'où tombe donc cet homme ?

    CYRANO (se mettant sur son séant, et avec l'accent de Gascogne):
    De la lune !

    DE GUICHE:
    De la ?. . .

    CYRANO (d'une voix de rêve):
    Quelle heure est-il ?

    DE GUICHE:
    N'a-t-il plus sa raison ?

    CYRANO:
    Quelle heure ? Quel pays ? Quel jour ? Quelle saison ?

    DE GUICHE:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Je suis étourdi !

    DE GUICHE:
    Monsieur. . .

    CYRANO:
    Comme une bombe
    Je tombe de la lune !

    DE GUICHE (impatienté):
    Ah ça ! Monsieur !

    CYRANO (se relevant, d'une voix terrible):
    J'en tombe !

    DE GUICHE (reculant):
    Soit ! soit ! vous en tombez !. . .c'est peut-être un dément !

    CYRANO (marchant sur lui):
    Et je n'en tombe pas métaphoriquement !. . .

    DE GUICHE:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Il y a cent ans, ou bien une minute,
    --J'ignore tout à fait ce que dura ma chute !--
    J'étais dans cette boule à couleur de safran !

    DE GUICHE (haussant les épaules):
    Oui. Laissez-moi passer !

    CYRANO (s'interposant):
    Où suis-je ? soyez franc !
    Ne me déguisez rien ! En quel lieu, dans quel site,
    Viens-je de choir, Monsieur, comme un aérolithe ?

    DE GUICHE:
    Morbleu !. . .

    CYRANO:
    Tout en cheyant je n'ai pu faire choix
    De mon point d'arrivée,--et j'ignore où je chois !
    Est-ce dans une lune ou bien dans une terre,
    Que vient de m'entraîner le poids de mon postère ?

    DE GUICHE:
    Mais je vous dis, Monsieur. . .

    CYRANO (avec un cri de terreur qui fait reculer de Guiche):
    Ha ! grand Dieu !. . .je crois voir
    Qu'on a dans ce pays le visage tout noir !

    DE GUICHE (portant la main à son visage):
    Comment ?

    CYRANO (avec une peur emphatique):
    Suis-je en Alger ? Êtes-vous indigène ?. . .

    DE GUICHE (qui a senti son masque):
    Ce masque !. . .

    CYRANO (feignant de se rassurer un peu):
    Je suis donc dans Venise, ou dans Gêne ?

    DE GUICHE (voulant passer):
    Une dame m'attend !. . .

    CYRANO (complètement rassuré):
    Je suis donc à Paris.

    DE GUICHE (souriant malgré lui):
    Le drôle est assez drôle !

    CYRANO:
    Ah ! vous riez ?

    DE GUICHE:
    Je ris,
    Mais veux passer !

    CYRANO (rayonnant):
    C'est à Paris que je retombe !
    (Tout à fait à son aise, riant, s'époussetant, saluant):
    J'arrive--excusez-moi !--par la dernière trombe.
    Je suis un peu couvert d'éther. J'ai voyagé !
    J'ai les yeux tout remplis de poudre d'astres. J'ai
    Aux éperons, encor, quelques poils de planète !
    (Cueillant quelque chose sur sa manche):
    Tenez, sur mon pourpoint, un cheveu de comète !. . .
    (Il souffle comme pour le faire envoler.)

    DE GUICHE (hors de lui):
    Monsieur !. . .

    CYRANO (au moment où il va passer, tend sa jambe comme pour y montrer
    quelque chose et l'arrête):
    Dans mon mollet je rapporte une dent
    De la Grande Ourse,--et comme, en frôlant le Trident,
    Je voulais éviter une de ses trois lances,
    Je suis allé tomber assis dans les Balances,--
    Dont l'aiguille, à présent, là-haut, marque mon poids !
    (Empêchant vivement de Guiche de passer et le prenant à un bouton du
    pourpoint):
    Si vous serriez mon nez, Monsieur, entre vos doigts,
    Il jaillirait du lait !

    DE GUICHE:
    Hein ? du lait ?. . .

    CYRANO:
    De la Voie
    Lactée !. . .

    DE GUICHE:
    Oh ! Par l'enfer !

    CYRANO:
    C'est le ciel qui m'envoie !
    (Se croisant les bras):
    Non ! croiriez-vous, je viens de le voir en tombant,
    Que Sirius, la nuit, s'affuble d'un turban ?
    (Confidentiel):
    L'autre Ourse est trop petite encor pour qu'elle morde !
    (Riant):
    J'ai traversé la Lyre en cassant une corde !
    (Superbe):
    Mais je compte en un livre écrire tout ceci,
    Et les étoiles d'or qu'en mon manteau roussi
    Je viens de rapporter à mes périls et risques,
    Quand on l'imprimera, serviront d'astérisques !

    DE GUICHE:
    A la parfin, je veux. . .

    CYRANO:
    Vous, je vous vois venir !

    DE GUICHE:
    Monsieur !

    CYRANO:
    Vous voudriez de ma bouche tenir
    Comment la lune est faite, et si quelqu'un habite
    Dans la rotondité de cette cucurbite ?

    DE GUICHE (criant):
    Mais non ! Je veux. . .

    CYRANO:
    Savoir comment j'y suis monté.
    Ce fut par un moyen que j'avais inventé.

    DE GUICHE (découragé):
    C'est un fou !

    CYRANO (dédaigneux):
    Je n'ai pas refait l'aigle stupide
    De Regiomontanus, ni le pigeon timide
    D'Archytas !. . .

    DE GUICHE:
    C'est un fou,--mais c'est un fou savant.

    CYRANO:
    Non, je n'imitai rien de ce qu'on fit avant !
    (De Guiche a réussi à passer et il marche vers la porte de Roxane.
    Cyrano le suit, prêt a l'empoigner):
    J'inventai six moyens de violer l'azur vierge !

    DE GUICHE (se retournant):
    Six ?

    CYRANO (avec volubilité):
    Je pouvais, mettant mon corps nu comme un cierge,
    La caparaçonner de fioles de cristal
    Toutes pleines des pleurs d'un ciel matutinal,
    Et ma personne, alors, au soleil exposée,
    L'astre l'aurait humée en humant la rosée !

    DE GUICHE (surpris et faisant un pas vers Cyrano):
    Tiens ! Oui, cela fait un !

    CYRANO (reculant pour l'entraîner de l'autre côté):
    Et je pouvais encor
    Faire engouffrer du vent, pour prendre mon essor,
    En raréfiant l'air dans un coffre de cèdre
    Par des miroirs ardents, mis en icosaèdre !

    DE GUICHE (fait encore un pas):
    Deux !

    CYRANO (reculant toujours):
    Ou bien, machiniste autant qu'artificier,
    Sur une sauterelle aux détentes d'acier,
    Me faire, par des feux successifs de salpêtre,
    Lancer dans les prés bleus où les astres vont paître !

    DE GUICHE (le suivant, sans s'en douter, et comptant sur ses doigts):
    Trois !

    CYRANO:
    Puisque la fumée a tendance à monter,
    En souffler dans un globe assez pour m'emporter !

    DE GUICHE (même jeu, de plus en plus étonné):
    Quatre !

    CYRANO:
    Puisque Phœbé, quand son arc est le moindre,
    Aime sucer, ô bœufs, votre moëlle. . .m'en oindre !

    DE GUICHE (stupéfait):
    Cinq !

    CYRANO (qui en parlant l'a amené jusqu'à l'autre côté de la place, près
    d'un banc):
    Enfin, me plaçant sur un plateau de fer,
    Prendre un morceau d'aimant et le lancer en l'air !
    Ça, c'est un bon moyen: le fer se précipite,
    Aussitôt que l'aimant s'envole, à sa poursuite;
    On relance l'aimant bien vite, et cadédis !
    On peut monter ainsi indéfiniment.

    DE GUICHE:
    Six !
    --Mais voilà six moyens excellents !. . .Quel système
    Choisîtes-vous des six, Monsieur ?

    CYRANO:
    Un septième !

    DE GUICHE:
    Par exemple ! Et lequel ?

    CYRANO:
    Je vous le donne en cent !. . .

    DE GUICHE:
    C'est que ce mâtin-là devient intéressant !

    CYRANO (faisant le bruit des vagues avec de grands gestes mystérieux):
    Houüh ! houüh !

    DE GUICHE:
    Eh bien !

    CYRANO:
    Vous devinez ?

    DE GUICHE:
    Non !

    CYRANO:
    La marée !. . .
    A l'heure où l'onde par la lune est attirée,
    Je me mis sur la sable--après un bain de mer--
    Et la tête partant la première, mon cher,
    --Car les cheveux, surtout, gardent l'eau dans leur frange !--
    Je m'enlevai dans l'air, droit, tout droit, comme un ange.
    Je montais, je montais doucement, sans efforts,
    Quand je sentis un choc !. . .Alors. . .

    DE GUICHE (entraîné par la curiosité, et s'asseyant sur le banc):
    Alors ?

    CYRANO:
    Alors. . .
    (Reprenant sa voix naturelle):
    Le quart d'heure est passé, Monsieur, je vous délivre:
    Le mariage est fait.

    DE GUICHE (se relevant d'un bond):
    Çà, voyons, je suis ivre !. . .
    Cette voix ?
    (La porte de la maison s'ouvre, des laquais paraissent portant des
    candélabres allumés. Lumière. Cyrano ôte son chapeau au bord abaissé):
    Et ce nez--Cyrano ?

    CYRANO (saluant):
    Cyrano.
    --Ils viennent à l'instant d'échanger leur anneau.

    DE GUICHE:
    Qui cela ?
    (Il se retourne.--Tableau. Derrière les laquais, Roxane et Christian
    se tiennent par la main. Le capucin les suit en souriant. Ragueneau
    élève aussi un flambeau. La duègne ferme la marche, ahurie, en petit
    saut de lit):
    Ciel !

    Scène 3.XIV.

    Les mêmes, Roxane, Christian, le capucin, Ragueneau, laquais, la duègne.

    DE GUICHE (à Roxane):
    Vous ?
    (Reconnaissant Christian avec stupeur):
    Lui ?
    (Saluant Roxane avec admiration):
    Vous êtes des plus fines !
    (A Cyrano):
    Mes compliments, Monsieur l'inventeur des machines:
    Votre récit eût fait s'arrêter au portail
    Du paradis, un saint ! Notez-en le détail,
    Car vraiment cela peut resservir dans un livre !

    CYRANO (s'inclinant):
    Monsieur, c'est un conseil que je m'engage à suivre.

    LE CAPUCIN (montrant les amants à De Guiche et hochant avec satisfaction
    sa grande barbe blanche):
    Un beau couple, mon fils, réuni là par vous !

    DE GUICHE (le regardant d'un œil glacé):
    Oui.
    (A Roxane):
    Veuillez dire adieu, Madame, à votre époux.

    ROXANE:
    Comment ?

    DE GUICHE (à Christian):
    Le régiment déjà se met en route.
    Joignez-le !

    ROXANE:
    Pour aller à la guerre ?

    DE GUICHE:
    Sans doute !

    ROXANE:
    Mais, Monsieur, les cadets n'y vont pas !

    DE GUICHE:
    Ils iront.
    (Tirant le papier qu'il avait mis dans sa poche):
    Voici l'ordre.
    (A Christian):
    Courez le porter, vous, baron.

    ROXANE (se jetant dans les bras de Christian):
    Christian !

    DE GUICHE (ricanant, à Cyrano):
    La nuit de noce est encore lointaine !

    CYRANO (à part):
    Dire qu'il croit me faire énormément de peine !

    CHRISTIAN (à Roxane):
    Oh ! tes lèvres encor !

    CYRANO:
    Allons, voyons, assez !

    CHRISTIAN (continuant à embrasser Roxane):
    C'est dur de la quitter. . .Tu ne sais pas. . .

    CYRANO (cherchant à l'entraîner):
    Je sais.
    (On entend au loin des tambours qui battent une marche.)

    DE GUICHE (qui est remonté au fond):
    Le régiment qui part !

    ROXANE (à Cyrano, en retenant Christian qu'il essaye toujours d'entraîner):
    Oh !. . .je vous le confie !
    Promettez-moi que rien ne va mettre sa vie
    En danger !

    CYRANO:
    J'essaierai. . .mais ne peux cependant
    Promettre. . .

    ROXANE (même jeu):
    Promettez qu'il sera très prudent !

    CYRANO:
    Oui, je tâcherai, mais. . .

    ROXANE (même jeu):
    Qu'à ce siège terrible
    Il n'aura jamais froid !

    CYRANO:
    Je ferai mon possible.
    Mais. . .

    ROXANE (même jeu):
    Qu'il sera fidèle !

    CYRANO:
    Eh oui ! sans doute, mais. . .

    ROXANE (même jeu):
    Qu'il m'écrira souvent !

    CYRANO (s'arrêtant):
    Ça,--je vous le promets !

    Rideau.

    Acte IV.

    Les Cadets de Gascogne.

    Le poste qu'occupe la compagnie de Carbon de Castel-Jaloux au siège
    d'Arras.

    Au fond, talus traversant toute la scène. Au delà s'aperçoit un horizon
    de plaine: le pays couvert de travaux de siège. Les murs d'Arras et la
    silhouette de ses toits sur le ciel, très loin.

    Tentes; armes éparses; tambours, etc.--Le jour va se lever. Jaune
    Orient.--Sentinelles espacées. Feux.

    Roulés dans leurs manteaux, les Cadets de Gascogne dorment. Carbon de
    Castel-Jaloux et Le Bret veillent. Ils sont très pâles et très maigris.
    Christian dort, parmi les autres, dans sa cape, au premier plan, le
    visage éclairé par un feu. Silence.

    Scène 4.I.

    Christian, Carbon de Castel-Jaloux, Le Bret, les cadets, puis Cyrano.

    LE BRET:
    C'est affreux !

    CARBON:
    Oui. Plus rien.

    LE BRET:
    Mordious !

    CARBON (lui faisant signe de parler plus bas):
    Jure en sourdine !
    Tu vas les réveiller.
    (Aux cadets):
    Chut ! Dormez !
    (A Le Bret):
    Qui dort dîne !

    LE BRET:
    Quand on a l'insomnie on trouve que c'est peu !
    Quelle famine !
    (On entend au loin quelques coups de feu.)

    CARBON:
    Ah ! maugrébis des coups de feu !. . .
    Ils vont me réveiller mes enfants !
    (Aux cadets qui lèvent la tête):
    Dormez !
    (On se recouche. Nouveaux coups de feu plus rapprochés.)

    UN CADET (s'agitant):
    Diantre !
    Encore ?

    CARBON:
    Ce n'est rien ! C'est Cyrano qui rentre !
    (Les têtes qui s'étaient relevées se recouchent.)

    UNE SENTINELLE (au dehors):
    Ventrebieu ! qui va là ?

    LA VOIX DE CYRANO:
    Bergerac !

    LA SENTINELLE (qui est sur le talus):
    Ventrebieu !
    Qui va là ?

    CYRANO (paraissant sur la crête):
    Bergerac, imbécile !
    (Il descend. Le Bret va au-devant de lui, inquiet):

    LE BRET:
    Ah ! grand Dieu !

    CYRANO (lui faisant signe de ne réveiller personne):
    Chut !

    LE BRET:
    Blessé ?

    CYRANO:
    Tu sais bien qu'ils ont pris l'habitude
    De me manquer tous les matins !

    LE BRET:
    C'est un peu rude,
    Pour porter une lettre, à chaque jour levant,
    De risquer !

    CYRANO (s'arrêtant devant Christian):
    J'ai promis qu'il écrirait souvent !
    (Il le regarde):
    Il dort. Il est pâli. Si la pauvre petite
    Savait qu'il meurt de faim. . .Mais toujours beau !

    LE BRET:
    Va vite
    Dormir !

    CYRANO:
    Ne grogne pas, Le Bret !. . .Sache ceci:
    Pour traverser les rangs espagnols, j'ai choisi
    Un endroit où je sais, chaque nuit, qu'ils sont ivres.

    LE BRET:
    Tu devrais bien un jour nous rapporter des vivres.

    CYRANO:
    Il faut être léger pour passer !--Mais je sais
    Qu'il y aura ce soir du nouveau. Les Français
    Mangeront ou mourront,--si j'ai bien vu. . .

    LE BRET:
    Raconte !

    CYRANO:
    Non. Je ne suis pas sûr. . .vous verrez !

    CARBON:
    Quelle honte,
    Lorsqu'on est assiégeant, d'être affamé !

    LE BRET:
    Hélas !
    Rien de plus compliqué que ce siège d'Arras:
    Nous assiégeons Arras,--nous-mêmes, pris au piège,
    Le cardinal infant d'Espagne nous assiège. . .

    CYRANO:
    Quelqu'un devrait venir l'assiéger à son tour.

    LE BRET:
    Je ne ris pas.

    CYRANO:
    Oh ! oh !

    LE BRET:
    Penser que chaque jour
    Vous risquez une vie, ingrat, comme la vôtre,
    Pour porter. . .
    (Le voyant qui se dirige vers une tente):
    Où vas-tu ?

    CYRANO:
    J'en vais écrire une autre.
    (Il soulève la toile et disparaît.)

    Scène 4.II.

    Les mêmes, moins Cyrano.

    (Le jour s'est un peu levé. Lueurs roses. La ville d' Arras se dore à
    l'horizon. On entend un coup de canon immédiatement suivi d'une
    batterie de tambours, très au loin, vers la gauche. D'autres tambours
    battent plus près. Les batteries vont se répondant, et se rapprochant,
    éclatent presque en scène et s'éloignent vers la droite, parcourant le
    camp. Rumeurs de réveil. Voix lointaines d'officiers.)

    CARBON (avec un soupir):
    La diane !. . .Hélas !
    (Les cadets s'agitent dans leurs manteaux, s'étirent):
    Sommeil succulent, tu prends fin !. . .
    Je sais trop quel sera leur premier cri !

    UN CADET (se mettant sur son séant):
    J'ai faim !

    UN AUTRE:
    Je meurs !

    TOUS:
    Oh !

    CARBON:
    Levez-vous !

    TROISIÈME CADET:
    Plus un pas !

    QUATRIÈME CADET:
    Plus un geste !

    LE PREMIER (se regardant dans un morceau de cuirasse):
    Ma langue est jaune: l'air du temps est indigeste !

    UN AUTRE:
    Mon tortil de baron pour un peu de Chester !

    UN AUTRE:
    Moi, si l'on ne veut pas fournir à mon gaster
    De quoi m'élaborer une pinte de chyle,
    Je me retire sous ma tente--comme Achille !

    UN AUTRE:
    Oui, du pain !

    CARBON (allant à la tente où est entré Cyrano, à mi-voix):
    Cyrano !

    D'AUTRES:
    Nous mourons !

    CARBON (toujours à mi-voix, à la porte de la tente):
    Au secours !
    Toi qui sais si gaiement leur répliquer toujours,
    Viens les ragaillardir !

    DEUXIÈME CADET (se précipitant vers le premier qui mâchonne quelque chose):
    Qu'est-ce que tu grignotes !

    LE PREMIER:
    De l'étoupe à canon que dans les bourguignotes
    On fait frire en la graisse à graisser les moyeux,
    Les environs d'Arras sont très peu giboyeux !

    UN AUTRE (entrant):
    Moi, je viens de chasser !

    UN AUTRE (même jeu):
    J'ai pêché, dans la Scarpe !

    TOUS (debout, se ruant sur les deux nouveaux venus):
    Quoi !--Que rapportez-vous ?--Un faisan ?--Une carpe ?--
    Vite, vite, montrez !

    LE PÊCHEUR:
    Un goujon !

    LE CHASSEUR:
    Un moineau !

    TOUS (exaspérés):
    Assez !--Révoltons-nous !

    CARBON:
    Au secours, Cyrano !
    (Il fait maintenant tout à fait jour.)

    Scène 4.III.

    Les mêmes, Cyrano.

    CYRANO (sortant de sa tente, tranquille, une plume à l'oreille, un livre
    à la main):
    Hein ?
    (Silence. Au premier cadet):
    Pourquoi t'en vas-tu, toi, de ce pas qui traîne ?

    LE CADET:
    J'ai quelque chose, dans les talons, qui me gêne !. . .

    CYRANO:
    Et quoi donc ?

    LE CADET:
    L'estomac !

    CYRANO:
    Moi de même, pardi !

    LE CADET:
    Cela doit te gêner ?

    CYRANO:
    Non, cela me grandit.

    DEUXIÈME CADET:
    J'ai les dents longues !

    CYRANO:
    Tu n'en mordras que plus large.

    UN TROISIÈME:
    Mon ventre sonne creux !

    CYRANO:
    Nous y battrons la charge.

    UN AUTRE:
    Dans les oreilles, moi, j'ai des bourdonnements.

    CYRANO:
    Non, non; ventre affamé, pas d'oreilles: tu mens !

    UN AUTRE:
    Oh ! manger quelque chose,--à l'huile !

    CYRANO (le décoiffant et lui mettant son casque dans la main):
    Ta salade.

    UN AUTRE:
    Qu'est-ce qu'on pourrait bien dévorer ?

    CYRANO (lui jetant le livre qu'il tient à la main):
    L'Iliade.

    UN AUTRE:
    Le ministre, à Paris, fait ses quatre repas !

    CYRANO:
    Il devrait t'envoyer du perdreau ?

    LE MÊME:
    Pourquoi pas ?
    Et du vin !

    CYRANO:
    Richelieu, du Bourgogne, if you please ?

    LE MÊME:
    Par quelque capucin !

    CYRANO:
    L'éminence qui grise ?

    UN AUTRE:
    J'ai des faims d'ogre !

    CYRANO:
    Eh ! bien !. . .tu croques le marmot !

    LE PREMIER CADET (haussant les épaules):
    Toujours le mot, la pointe !

    CYRANO:
    Oui, la pointe, le mot !
    Et je voudrais mourir, un soir, sous un ciel rose,
    En faisant un bon mot, pour une belle cause !
    --Oh ! frappé par la seule arme noble qui soit,
    Et par un ennemi qu'on sait digne de soi,
    Sur un gazon de gloire et loin d'un lit de fièvres,
    Tomber la pointe au cœur en même temps qu'aux lèvres !

    CRIS DE TOUS:
    J'ai faim !

    CYRANO (se croisant les bras):
    Ah çà ! mais vous ne pensez qu'à manger ?. . .
    --Approche, Bertrandou le fifre, ancien berger;
    Du double étui de cuir tire l'un de tes fifres,
    Souffle, et joue à ce tas de goinfres et de piffres
    Ces vieux airs du pays, au doux rythme obsesseur,
    Dont chaque note est comme une petite sœur,
    Dans lesquels restent pris des sons de voix aimées,
    Ces airs dont la lenteur est celle des fumées
    Que le hameau natal exhale de ses toits,
    Ces airs dont la musique a l'air d'être en patois !. . .
    (Le vieux s'assied et prépare son fifre):
    Que la flûte, aujourd'hui, guerrière qui s'afflige,
    Se souvienne un moment, pendant que sur sa tige
    Tes doigts semblent danser un menuet d'oiseau,
    Qu'avant d'être d'ébène, elle fut de roseau;
    Que sa chanson l'étonne, et qu'elle y reconnaisse
    L'âme de sa rustique et paisible jeunesse !. . .
    (Le vieux commence à jouer des airs languedociens):
    Écoutez, les Gascons. . .Ce n'est plus, sous ses doigts,
    Le fifre aigu des camps, c'est la flûte des bois !
    Ce n'est plus le sifflet du combat, sous ses lèvres,
    C'est le lent galoubet de nos meneurs de chèvres !. . .
    Écoutez. . .C'est le val, la lande, la forêt,
    Le petit pâtre brun sous son rouge béret,
    C'est la verte douceur des soirs sur la Dordogne,
    Écoutez, les Gascons: c'est toute la Gascogne !
    (Toutes les têtes se sont inclinées;--tous les yeux rêvent;--et des
    larmes sont furtivement essuyées, avec un revers de manche, un coin de
    manteau.)

    CARBON (à Cyrano, bas):
    Mais tu les fais pleurer !

    CYRANO:
    De nostalgie !. . .Un mal
    Plus noble que la faim !. . . pas physique: moral !
    J'aime que leur souffrance ait changé de viscère,
    Et que ce soit leur cœur, maintenant, qui se serre !

    CARBON:
    Tu vas les affaiblir en les attendrissant !

    CYRANO (qui a fait signe au tambour d'approcher):
    Laisse donc ! Les héros qu'ils portent dans leur sang
    Sont vite réveillés ! Il suffit. . .
    (Il fait un geste. Le tambour roule.)

    TOUS (se levant et se précipitant sur leurs armes):
    Hein ?. . .Quoi ?. . .Qu'est-ce ?

    CYRANO (souriant):
    Tu vois, il a suffi d'un roulement de caisse !
    Adieu, rêves, regrets, vieille province, amour. . .
    Ce qui du fifre vient s'en va par le tambour !

    UN CADET (qui regarde au fond):
    Ah ! Ah ! Voici monsieur de Guiche.

    TOUS LES CADETS (murmurant):
    Hou. . .

    CYRANO (souriant):
    Murmure
    Flatteur !

    UN CADET:
    Il nous ennuie !

    UN AUTRE:
    Avec, sur son armure,
    Son grand col de dentelle, il vient faire le fier !

    UN AUTRE:
    Comme si l'on portait du linge sur du fer !

    LE PREMIER:
    C'est bon lorsque à son cou l'on a quelque furoncle !

    LE DEUXIÈME:
    Encore un courtisan !

    UN AUTRE:
    Le neveu de son oncle !

    CARBON:
    C'est un Gascon pourtant !

    LE PREMIER:
    Un faux !. . .Méfiez-vous !
    Parce que, les Gascons. . .ils doivent être fous:
    Rien de plus dangereux qu'un Gascon raisonnable.

    LE BRET:
    Il est pâle !

    UN AUTRE:
    Il a faim. . .autant qu'un pauvre diable !
    Mais comme sa cuirasse a des clous de vermeil,
    Sa crampe d'estomac étincelle au soleil !

    CYRANO (vivement):
    N'ayons pas l'air non plus de souffrir ! Vous, vos cartes,
    Vos pipes et vos dés. . .
    (Tous rapidement se mettent à jouer sur des tambours, sur des
    escabeaux et par terre, sur leurs manteaux, et ils allument de longues
    pipes de pétun):
    Et moi, je lis Descartes.
    (Il se promène de long en large et lit dans un petit livre qu'il a
    tiré de sa poche.--Tableau.--De Guiche entre. Tout le monde a l'air
    absorbé et content. Il est très pâle. Il va vers Carbon.)

    Scène 4.IV.

    Les mêmes, de Guiche.

    DE GUICHE (à Carbon):
    Ah !--Bonjour !
    (Ils s'observent tous les deux. A part, avec satisfaction):
    Il est vert.

    CARBON (de même):
    Il n'a plus que les yeux.

    DE GUICHE (regardant les cadets):
    Voici donc les mauvaises têtes ?. . .Oui, messieurs,
    Il me revient de tous côtés qu'on me brocarde
    Chez vous, que les cadets, noblesse montagnarde,
    Hobereaux béarnais, barons périgourdins,
    N'ont pour leur colonel pas assez de dédains,
    M'appellent intrigant, courtisan,--qu'il les gêne
    De voir sur ma cuirasse un col en point de Gêne,--
    Et qu'ils ne cessent pas de s'indigner entre eux
    Qu'on puisse être Gascon et ne pas être gueux !
    (Silence. On joue. On fume):
    Vous ferai-je punir par votre capitaine ?
    Non.

    CARBON:
    D'ailleurs, je suis libre et n'inflige de peine. . .

    DE GUICHE:
    Ah ?

    CARBON:
    J'ai payé ma compagnie, elle est à moi.
    Je n'obéis qu'aux ordres de guerre.

    DE GUICHE:
    Ah ?. . .Ma foi !
    Cela suffit.
    (S'adressant aux cadets):
    Je peux mépriser vos bravades.
    On connaît ma façon d'aller aux mousquetades;
    Hier, à Bapaume, on vit la furie avec quoi
    J'ai fait lâcher le pied au comte de Bucquoi;
    Ramenant sur ses gens les miens en avalanche,
    J'ai chargé par trois fois !

    CYRANO (sans lever le nez de son livre):
    Et votre écharpe blanche ?

    DE GUICHE (surpris et satisfait):
    Vous savez ce détail ?. . .En effet, il advint,
    Durant que je faisais ma caracole afin
    De rassembler mes gens la troisième charge,
    Qu'un remous de fuyards m'entraîna sur la marge
    Des ennemis; j'étais en danger qu'on me prît
    Et qu'on m'arquebusât, quand j'eus le bon esprit
    De dénouer et de laisser couler à terre
    L'écharpe qui disait mon grade militaire;
    En sorte que je pus, sans attirer les yeux,
    Quitter les Espagnols, et revenant sur eux,
    Suivi de tous les miens réconfortés, les battre !
    --Eh bien ! que dites-vous de ce trait ?
    (Les cadets n'ont pas l'air d'écouter; mais ici les cartes et les
    cornets à dés restent en l'air, la fumée des pipes demeure dans les
    joues: attente.)

    CYRANO:
    Qu'Henri quatre
    N'eût jamais consenti, le nombre l'accablant,
    A se diminuer de son panache blanc.
    (Joie silencieuse. Les cartes s'abattent. Les dés tombe. La fumée
    s'échappe.)

    DE GUICHE:
    L'adresse a réussi, cependant !
    (Même attente suspendant les jeux et les pipes.)

    CYRANO:
    C'est possible.
    Mais on n'abdique pas l'honneur d'être une cible.
    (Cartes, dés, fumées, s'abattent, tombent, s'envolent avec une
    satisfaction croissante):
    Si j'eusse été présent quand l'écharpe coula
    --Nos courages, monsieur, diffèrent en cela--
    Je l'aurais ramassée et me la serais mise.

    DE GUICHE:
    Oui, vantardise, encor, de gascon !

    CYRANO:
    Vantardise ?. . .
    Prêtez-la-moi. Je m'offre à monter, dès ce soir,
    A l'assaut, le premier, avec elle en sautoir.

    DE GUICHE:
    Offre encor de gascon ! Vous savez que l'écharpe
    Resta chez l'ennemi, sur les bords de la Scarpe,
    En un lieu que depuis la mitraille cribla,--
    Où nul ne peut aller la chercher !

    CYRANO (tirant de sa poche l'écharpe blanche et la lui tendant):
    La voilà.
    (Silence. Les cadets étouffent leurs rires dans les cartes et dans les
    cornets à dés. De Guiche se retourne, les regarde: immédiatement ils
    reprennent leur gravité, leurs jeux; l'un d'eux sifflote avec
    indifférence l'air montagnard joué par le fifre.)

    DE GUICHE (prenant l'écharpe):
    Merci. Je vais, avec ce bout d'étoffe claire,
    Pouvoir faire un signal,--que j'hésitais à faire.
    (Il va au talus, y grimpe, et agite plusieurs fois l'écharpe en l'air.)

    TOUS:
    Hein !

    LA SENTINELLE (en haut du talus):
    Cet homme, là-bas qui se sauve en courant !. . .

    DE GUICHE (redescendant):
    C'est un faux espion espagnol. Il nous rend
    De grands services. Les renseignements qu'il porte
    Aux ennemis sont ceux que je lui donne, en sorte
    Que l'on peut influer sur leurs décisions.

    CYRANO:
    C'est un gredin !

    DE GUICHE (se nouant nonchalamment son écharpe):
    C'est très commode. Nous disions ?. . .
    --Ah ! J'allais vous apprendre un fait. Cette nuit même,
    Pour nous ravitailler tentant un coup suprême,
    Le maréchal s'en fut vers Dourlens, sans tambours;
    Les vivandiers du Roi sont là; par les labours
    Il les joindra; mais pour revenir sans encombre,
    Il a pris avec lui des troupes en tel nombre
    Que l'on aurait beau jeu, certe, en nous attaquant:
    La moitié de l'armée est absente du camp !

    CARBON:
    Oui, si les Espagnols savaient, ce serait grave.
    Mais ils ne savent pas ce départ ?

    DE GUICHE:
    Ils le savent.
    Ils vont nous attaquer.

    CARBON:
    Ah !

    DE GUICHE:
    Mon faux espion
    M'est venu prévenir de leur agression.
    Il ajouta: "J'en peux déterminer la place;
    Sur quel point voulez-vous que l'attaque se fasse ?
    Je dirai que de tous c'est le moins défendu,
    Et l'effort portera sur lui."--J'ai répondu:
    "C'est bon. Sortez du camp. Suivez des yeux la ligne:
    Ce sera sur le point d'où je vous ferai signe."

    CARBON (aux cadets):
    Messieurs, préparez-vous !
    (Tous se lèvent. Bruit d'épées et de ceinturons qu'on boucle.)

    DE GUICHE:
    C'est dans une heure.

    PREMIER CADET:
    Ah !. . .bien !. . .
    (Ils se rasseyent tous. On reprend la partie interrompue.)

    DE GUICHE (à Carbon):
    Il faut gagner du temps. Le maréchal revient.

    CARBON:
    Et pour gagner du temps ?

    DE GUICHE:
    Vous aurez l'obligeance
    De vous faire tuer.

    CYRANO:
    Ah ! voilà la vengeance ?

    DE GUICHE:
    Je ne prétendrai pas que si je vous aimais
    Je vous eusse choisis vous et les vôtres, mais,
    Comme à votre bravoure on n'en compare aucune,
    C'est mon Roi que je sers en servant ma rancune.

    CYRANO (saluant):
    Souffrez que je vous sois, monsieur, reconnaissant.

    DE GUICHE (saluant):
    Je sais que vous aimez vous battre un contre cent.
    Vous ne vous plaindrez pas de manquer de besogne.
    (Il remonte, avec Carbon.)

    CYRANO (aux cadets):
    Eh bien donc ! nous allons au blason de Gascogne,
    Qui porte six chevrons, messieurs, d'azur et d'or,
    Joindre un chevron de sang qui lui manquait encor !
    (De Guiche cause bas avec Carbon de Castel-Jaloux, au fond. On donne
    des ordres. La résistance se prépare. Cyrano va vers Christian qui est
    resté immobile, les bras croisés.)

    CYRANO (lui mettant la main sur l'épaule):
    Christian ?

    CHRISTIAN (secouant la tête):
    Roxane !

    CYRANO:
    Hélas !

    CHRISTIAN:
    Au moins, je voudrais mettre
    Tout l'adieu de mon cœur dans une belle lettre !. . .

    CYRANO:
    Je me doutais que ce serait pour aujourd'hui.
    (Il tire un billet de son pourpoint):
    Et j'ai fait tes adieux.

    CHRISTIAN:
    Montre !. . .

    CYRANO:
    Tu veux ?. . .

    CHRISTIAN (lui prenant la lettre):
    Mais oui !
    (Il l'ouvre, lit et s'arrête):
    Tiens !

    CYRANO:
    Quoi ?

    CHRISTIAN:
    Ce petit rond ?. . .

    CYRANO (reprenant la lettre vivement, et regardant d'un air naïf):
    Un rond ?. . .

    CHRISTIAN:
    C'est une larme !

    CYRANO:
    Oui. . .Poète, on se prend à son jeu, c'est le charme !. . .
    Tu comprends. . .ce billet,--c'était très émouvant:
    Je me suis fait pleurer moi-même en l'écrivant.

    CHRISTIAN:
    Pleurer ?. . .

    CYRANO:
    Oui. . .parce que. . .mourir n'est pas terrible.
    Mais. . .ne plus la revoir jamais. . .voilà l'horrible !
    Car enfin je ne la. . .
    (Christian le regarde):
    nous ne la. . .
    (Vivement):
    tu ne la. . .

    CHRISTIAN (lui arrachant la lettre):
    Donne-moi ce billet !
    (On entend une rumeur, au loin, dans le camp.)

    LA VOIX D'UNE SENTINELLE:
    Ventrebieu, qui va là ?
    (Coups de feu. Bruits de voix. Grelots.)

    CARBON:
    Qu'est-ce ?. . .

    LA SENTINELLE (qui est sur le talus):
    Un carrosse !
    (On se précipite pour voir.)

    CRIS:
    Quoi ! Dans le camp ?--Il y entre !
    --Il a l'air de venir de chez l'ennemi !--Diantre !
    Tirez !--Non ! Le cocher a crié !--Crié quoi ?--
    Il a crié: Service du Roi !
    (Tout le monde est sur le talus et regarde au dehors. Les grelots se
    rapprochent.)

    DE GUICHE:
    Hein ? Du Roi !. . .
    (On redescend, on s'aligne.)

    CARBON:
    Chapeau bas, tous !

    DE GUICHE (à la cantonade):
    Du Roi !--Rangez-vous, vile tourbe,
    Pour qu'il puisse décrire avec pompe sa courbe !
    (Le carrosse entre au grand trot. Il est couvert de boue et de
    poussière. Les rideaux sont tirés. Deux laquais derrière. Il s'arrête
    net.)

    CARBON (criant):
    Battez aux champs !
    (Roulement de tambours. Tous les cadets se découvrent.)

    DE GUICHE:
    Baissez le marchepied !
    (Deux hommes se précipitent. La portière s'ouvre.)

    ROXANE (sautant du carrosse):
    Bonjour !
    (Le son d'une voix de femme relève d'un seul coup tout ce monde
    profondément incliné.--Stupeur.)

    Scène 4.V.

    Les mêmes, Roxane.

    DE GUICHE:
    Service du Roi ! Vous ?

    ROXANE:
    Mais du seul roi, l'Amour !

    CYRANO:
    Ah ! grand Dieu !

    CHRISTIAN (s'élancant):
    Vous ! Pourquoi ?

    ROXANE:
    C'était trop long, ce siège !

    CHRISTIAN:
    Pourquoi ?. . .

    ROXANE:
    Je te dirai !

    CYRANO (qui, au son de sa voix, est resté cloué immobile, sans oser
    tourner les yeux vers elle):
    Dieu ! La regarderai-je ?

    DE GUICHE:
    Vous ne pouvez rester ici !

    ROXANE (gaiement):
    Mais si ! mais si !
    Voulez-vous m'avancer un tambour ?. . .
    (Elle s'assied sur un tambour qu'on avance):
    Là, merci !
    (Elle rit):
    On a tiré sur mon carrosse !
    (Fièrement):
    Une patrouille !
    --Il a l'air d'être fait avec une citrouille,
    N'est-ce pas ? comme dans le conte, et les laquais
    Avec des rats.
    (Envoyant des lèvres un baiser à Christian):
    Bonjour !
    (Les regardant tous):
    Vous n'avez pas l'air gais !
    --Savez-vous que c'est loin, Arras ?
    (Apercevant Cyrano):
    Cousin, charmée !

    CYRANO (a'avançant):
    Ah çà ! comment ?. . .

    ROXANE:
    Comment j'ai retrouvé l'armée ?
    Oh ! mon Dieu, mon ami, mais c'est tout simple: j'ai
    Marché tant que j'ai vu le pays ravagé.
    Ah ! ces horreurs, il a fallu que je les visse
    Pour y croire ! Messieurs, si c'est là le service
    De votre Roi, le mien vaut mieux !

    CYRANO:
    Voyons, c'est fou !
    Par où diable avez-vous bien pu passer ?

    ROXANE:
    Par où ?
    Par chez les Espagnols.

    PREMIER CADET:
    Ah ! qu'elles sont malignes !

    DE GUICHE:
    Comment avez-vous fait pour traverser leurs lignes ?

    LE BRET:
    Cela dut être très difficile !. . .

    ROXANE:
    Pas trop.
    J'ai simplement passé dans mon carrosse, au trot.
    Si quelque hidalgo montrait sa mine altière,
    Je mettais mon plus beau sourire à la portière,
    Et ces messieurs étant, n'en déplaise aux Français,
    Les plus galantes gens du monde,--je passais !

    CARBON:
    Oui, c'est un passe-port, certes, que ce sourire !
    Mais on a fréquemment dû vous sommer de dire
    Où vous alliez ainsi, madame ?

    ROXANE:
    Fréquemment.
    Alors je répondais: "Je vais voir mon amant."
    --Aussitôt l'Espagnol à l'air le plus féroce
    Refermait gravement la porte du carrosse,
    D'un geste de la main à faire envie au Roi
    Relevait les mousquets déjà braqués sur moi,
    Et superbe de grâce, à la fois, et de morgue,
    L'ergot tendu sous la dentelle en tuyau d'orgue,
    Le feutre au vent pour que la plume palpitât,
    S'inclinait en disant: "Passez, señorita !"

    CHRISTIAN:
    Mais, Roxane. . .

    ROXANE:
    J'ai dit: mon amant, oui. . .pardonne !
    Tu comprends, si j'avais dit: mon mari, personne
    Ne m'eût laissé passer !

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    ROXANE:
    Qu'avez-vous ?

    DE GUICHE:
    Il faut
    Vous en aller d'ici !

    ROXANE:
    Moi ?

    CYRANO:
    Bien vite !

    LE BRET:
    Au plus tôt !

    CHRISTIAN:
    Oui !

    ROXANE:
    Mais comment ?

    CHRISTIAN (embarrassé):
    C'est que. . .

    CYRANO (de même):
    Dans trois quarts d'heure. . .

    DE GUICHE (de même):
    . . .ou quatre. . .

    CARBON (de même):
    Il vaut mieux. . .

    LE BRET (de même):
    Vous pourriez. . .

    ROXANE:
    Je reste. On va se battre.

    TOUS:
    Oh ! non !

    ROXANE:
    C'est mon mari !
    (Elle se jette dans les bras de Christian):
    Qu'on me tue avec toi !

    CHRISTIAN:
    Mais quels yeux vous avez !

    ROXANE:
    Je te dirai pourquoi !

    DE GUICHE (désespéré):
    C'est un poste terrible !

    ROXANE (se retournant):
    Hein ! terrible ?

    CYRANO:
    Et la preuve
    C'est qu'il nous l'a donné !

    ROXANE (à De Guiche):
    Ah ! vous me vouliez veuve ?

    DE GUICHE:
    Oh ! je vous jure !. . .

    ROXANE:
    Non ! Je suis folle à présent !
    Et je ne m'en vais plus !--D'ailleurs, c'est amusant.

    CYRANO:
    Eh quoi ! la précieuse était une héroïne ?

    ROXANE:
    Monsieur de Bergerac, je suis votre cousine.

    UN CADET:
    Nous vous défendrons bien !

    ROXANE (enfiévrée de plus en plus):
    Je le crois, mes amis !

    UN AUTRE (avec enivrement):
    Tout le camp sent l'iris !

    ROXANE:
    Et j'ai justement mis
    Un chapeau qui fera très bien dans la bataille !. . .
    (Regardant de Guiche):
    Mais peut-être est-il temps que le comte s'en aille:
    On pourrait commencer.

    DE GUICHE:
    Ah ! c'en est trop ! Je vais
    Inspecter mes canons, et reviens. . .Vous avez
    Le temps encor: changez d'avis !

    ROXANE:
    Jamais !
    (De Guiche sort.)

    Scène 4.VI.

    Les mêmes, moins De Guiche.

    CHRISTIAN (suppliant):
    Roxane !. . .

    ROXANE:
    Non !

    PREMIER CADET (aux autres):
    Elle reste !

    TOUS (se précipitant, se bousculant, s'astiquant):
    Un peigne !--Un savon !--Ma basane
    Est trouée: une aiguille !--Un ruban !--Ton miroir !--
    Mes manchettes !--Ton fer à moustache !--Un rasoir !. . .

    ROXANE (à Cyrano qui la supplie encore):
    Non ! rien ne me fera bouger de cette place !

    CARBON (après s'être, comme les autres, sanglé, épousseté, avoir brossé
    son chapeau, redressé sa plume et tiré ses manchettes, s'avance vers
    Roxane, et cérémonieusement):
    Peut-être siérait-il que je vous présentasse,
    Puisqu'il en est ainsi, quelques de ces messieurs
    Qui vont avoir l'honneur de mourir sous vos yeux.
    (Roxane s'incline et elle attend, debout au bras de Christian. Carbon
    présente):
    Baron de Peyrescous de Colignac !

    LE CADET (saluant):
    Madame. . .

    CARBON (continuant):
    Baron de Casterac de Cahuzac.--Vidame
    De Malgouyre Estressac Lésbas d'Escarabiot.--
    Chevalier d'Antignac-Juzet.--Baron Hillot
    De Blagnac-Saléchan de Castel Crabioules. . .

    ROXANE:
    Mais combien avez-vous de noms, chacun ?

    LE BARON HILLOT:
    Des foules !

    CARBON (à Roxane):
    Ouvrez la main qui tient votre mouchoir.

    ROXANE (ouvre la main et le mouchoir tombe):
    Pourquoi ?
    (Toute la compagnie fait le mouvement de s'élancer pour le ramasser.)

    CARBON (le ramassant vivement):
    Ma compagnie était sans drapeau ! Mais ma foi,
    C'est le plus beau du camp qui flottera sur elle !

    ROXANE (souriant):
    Il est un peu petit.

    CARBON (attachant le mouchoir à la hampe de sa lance de capitaine):
    Mais il est en dentelle !

    UN CADET (aux autres):
    Je mourrais sans regret ayant vu ce minois,
    Si j'avais seulement dans le ventre une noix !. . .

    CARBON (qui l'a entendu, indigné):
    Fi ! parler de manger lorsqu'une exquise femme !. . .

    ROXANE:
    Mais l'air du camp est vif et, moi-même, m'affame:
    Pâtés, chaud-froids, vins fins:--mon menu, le voilà !
    --Voulez-vous m'apporter tout cela !
    (Consternation.)

    UN CADET:
    Tout cela !

    UN AUTRE:
    Où le prendrions-nous, grand Dieu ?

    ROXANE (tranquillement):
    Dans mon carrosse.

    TOUS:
    Hein ?

    ROXANE:
    Mais il faut qu'on serve et découpe, et désosse !
    Regardez mon cocher d'un peu plus près, messieurs,
    Et vous reconnaîtrez un homme précieux:
    Chaque sauce sera, si l'on veut, réchauffée !

    LES CADETS (se ruant vers le carrosse):
    C'est Ragueneau !
    (Acclamations):
    Oh ! Oh !

    ROXANE (les suivant des yeux):
    Pauvre gens !

    CYRANO (lui baisant la main):
    Bonne fée !

    RAGUENEAU (debout sur le siège comme un charlatan en place publique):
    Messieurs !. . .
    (Enthousiasme.)

    LES CADETS:
    Bravo ! Bravo !

    RAGUENEAU:
    Les Espagnols n'ont pas,
    Quand passaient tant d'appas, vu passer le repas !
    (Applaudissements.)

    CYRANO (bas à Christian):
    Hum ! hum ! Christian !

    RAGUENEAU:
    Distraits par la galanterie
    Ils n'ont pas vu. . .
    (Il tire de son siège un plat qu'il élève):
    la galantine !. . .
    (Applaudissements. La galantine passe de mains en mains.)

    CYRANO (bas à Christian):
    Je t'en prie,
    Un seul mot !. . .

    RAGUENEAU:
    Et Vénus sut occuper leur œil
    Pour que Diane en secret, pût passer. . .
    (Il brandit un gigot):
    son chevreuil !
    (Enthousiasme. Le gigot est saisi par vingt mains tendues.)

    CYRANO (bas à Christian):
    Je voudrais te parler !

    ROXANE (aux cadets qui redescendent, les bras chargés de victuailles):
    Posez cela par terre !
    (Elle met le couvert sur l'herbe, aidée des deux laquais
    imperturbables qui étaient derrière le carrosse):

    ROXANE (à Christian, au moment où Cyrano allait l'entraîner à part):
    Vous, rendez-vous utile ?
    (Christian vient l'aider. Mouvement d'inquiétude de Cyrano.)

    RAGUENEAU:
    Un paon truffé !

    PREMIER CADET (épanoui, qui descend en coupant une large tranche de
    jambon):
    Tonnerre !
    Nous n'aurons pas couru notre dernier hasard
    Sans faire un gueuleton. . .
    (Se reprenant vivement en voyant Roxane):
    pardon ! un balthazar !

    RAGUENEAU (lançant les coussins du carrosse):
    Les coussins sont remplis d'ortolans !
    (Tumulte. On éventre les coussins. Rires. Joie.)

    TROISIÈME CADET:
    Ah ! Viédaze !

    RAGUENEAU (lançant des flacons de vin rouge):
    Des flacons de rubis !--
    (De vin blanc):
    Des flacons de topaze !

    ROXANE (jetant une nappe pliée à la figure de Cyrano):
    Défaites cette nappe !. . .Eh ! hop ! Soyez léger !

    RAGUENEAU (brandissant une lanterne arrachée):
    Chaque lanterne est un petit garde-manger !

    CYRANO (bas à Christian, pendant qu'ils arrangent la nappe ensemble):
    Il faut que je te parle avant que tu lui parles !

    RAGUENEAU (de plus en plus lyrique):
    Le manche de mon fouet est un saucisson d'Arles !

    ROXANE (versant du vin, servant):
    Puisqu'on nous fait tuer, morbleu ! nous nous moquons
    Du reste de l'armée !--Oui ! tout pour les Gascons !
    Et si De Guiche vient, personne ne l'invite !
    (Allant de l'un à l'autre):
    Là, vous avez le temps.--Ne manger pas si vite !--
    Buvez un peu.--Pourquoi pleurez-vous ?

    PREMIER CADET:
    C'est trop bon !. . .

    ROXANE:
    Chut !--Rouge ou blanc ?--Du pain pour monsieur de Carbon !
    --Un couteau !--Votre assiette !--Un peu de croûte ?--Encore ?
    Je vous sers !--Du bourgogne ?--Une aile ?

    CYRANO (qui la suit, les bras chargés de plats, l'aidant à servir):
    Je l'adore !

    ROXANE (allant vers Christian):
    Vous ?

    CHRISTIAN:
    Rien.

    ROXANE:
    Si ! ce biscuit, dans du muscat. . .deux doigts !

    CHRISTIAN (essayant de la retenir):
    Oh ! dites-moi pourquoi vous vîntes ?

    ROXANE:
    Je me dois
    A ces malheureux. . .Chut ! Tout à l'heure !. . .

    LE BRET (qui était remonté au fond, pour passer, au bout d'une lance, un
    pain à la sentinelle du talus):
    De Guiche !

    CYRANO:
    Vite, cachez flacon, plat, terrine, bourriche !
    Hop !--N'ayons l'air de rien !. . .
    (A Ragueneau):
    Toi, remonte d'un bond
    Sur ton siège !--Tout est caché ?. . .
    (En un clin d'œil tout a été repoussé dans les tentes, ou caché sous
    les vêtements, sous les manteaux, dans les feutres.--De Guiche entre
    vivement--et s'arrête, tout d'un coup, reniflant.--Silence.)

    Scène 4.VII.

    Les mêmes, De Guiche.

    DE GUICHE:
    Cela sent bon.

    UN CADET (chantonnant d'un air détaché):
    To lo lo !. . .

    DE GUICHE (s'arrêtant et le regardant):
    Qu'avez-vous, vous ?. . .Vous êtes tout rouge !

    LE CADET:
    Moi ?. . .Mais rien. C'est le sang. On va se battre: il bouge !

    UN AUTRE:
    Poum. . .poum. . .poum. . .

    DE GUICHE (se retournant):
    Qu'est cela ?

    LE CADET (légèrement gris):
    Rien ! C'est une chanson !
    Une petite. . .

    DE GUICHE:
    Vous êtes gai, mon garçon !

    LE CADET:
    L'approche du danger !

    DE GUICHE (appelant Carbon de Castel-Jaloux, pour donner un ordre):
    Capitaine ! je. . .
    (Il s'arrête en le voyant):
    Peste !
    Vous avez bonne mine aussi !

    CARBON (cramoisi, et cachant une bouteille derrière son dos, avec an
    geste évasif):
    Oh !. . .

    DE GUICHE:
    Il me reste
    Un canon que j'ai fait porter. . .
    (Il montre un endroit dans la coulisse):
    là, dans ce coin,
    Et vos hommes pourront s'en servir au besoin.

    UN CADET (se dandinant):
    Charmante attention !

    UN AUTRE (lui souriant gracieusement):
    Douce sollicitude !

    DE GUICHE:
    Ah ça ! mais ils sont fous !--
    (Sèchement):
    N'ayant pas l'habitude
    Du canon, prenez garde au recul.

    LE PREMIER CADET:
    Ah ! pfftt !

    DE GUICHE (allant à lui, furieux):
    Mais !. . .

    LE CADET:
    Le canon des Gascons ne recule jamais !

    DE GUICHE (le prenant par le bras et le secouant):
    Vous êtes gris !. . .De quoi ?

    LE CADET (superbe):
    De l'odeur de la poudre !

    DE GUICHE (haussant les épaules, le repousse et va vivement à Roxane):
    Vite, à quoi daignez-vous, madame, vous résoudre ?

    ROXANE:
    Je reste !

    DE GUICHE:
    Fuyez !

    ROXANE:
    Non !

    DE GUICHE:
    Puisqu'il en est ainsi,
    Qu'on me donne un mousquet !

    CARBON:
    Comment ?

    DE GUICHE:
    Je reste aussi.

    CYRANO:
    Enfin, Monsieur ! voilà de la bravoure pure !

    PREMIER CADET:
    Seriez-vous un Gascon malgré votre guipure ?

    ROXANE:
    Quoi !. . .

    DE GUICHE:
    Je ne quitte pas une femme en danger.

    DEUXIÈME CADET (au premier):
    Dis donc ! Je crois qu'on peut lui donner à manger !
    (Toutes les victuailles reparaissent comme par enchantement.)

    DE GUICHE (dont les yeux s'allument):
    Des vivres !

    UN TROISIÈME CADET:
    Il en sort de sous toutes les vestes !

    DE GUICHE (se maîtrisant, avec hauteur):
    Est-ce que vous croyez que je mange vos restes ?

    CYRANO (saluant):
    Vous faites des progrès !

    DE GUICHE (fièrement, et à qui échappe sur le dernier mot une légère
    pointe d'accent):
    Je vais me battre à jeun !

    PREMIER CADET (exultant de joie):
    A jeung ! Il vient d'avoir l'accent !

    DE GUICHE (riant):
    Moi ?

    LE CADET:
    C'en est un !
    (Ils se mettent tous à danser.)

    CARBON DE CASTEL-JALOUX (qui a disparu depuis un moment derrière le
    talus, reparaissant sur la crête):
    J'ai rangé mes piquiers, leur troupe est résolue !
    (Il montre une ligne de piques qui dépasse la crête.)

    DE GUICHE (à Roxane, en s'inclinant):
    Acceptez-vous ma main pour passer leur revue ?. . .
    (Elle la prend, ils remontent vers le talus. Tous le monde se découvre
    et les suit.)

    CHRISTIAN (allant à Cyrano, vivement):
    Parle vite !
    (Au moment où Roxane paraît sur la crête, les lances disparaissent,
    abaissées pour le salut, un cri s'élève: elle s'incline.)

    LES PIQUIERS (au dehors):
    Vivat !

    CHRISTIAN:
    Quel était ce secret ?. . .

    CYRANO:
    Dans le cas où Roxane. . .

    CHRISTIAN:
    Eh bien ?. . .

    CYRANO:
    Te parlerait
    Des lettres ?. . .

    CHRISTIAN:
    Oui, je sais !. . .

    CYRANO:
    Ne fais pas la sottise
    De t'étonner. . .

    CHRISTIAN:
    De quoi ?

    CYRANO:
    Il faut que je te dise !. . .
    Oh ! mon Dieu, c'est tout simple, et j'y pense aujourd'hui
    En la voyant. Tu lui. . .

    CHRISTIAN:
    Parle vite !

    CYRANO:
    Tu lui. . .
    As écrit plus souvent que tu ne crois.

    CHRISTIAN:
    Hein ?

    CYRANO:
    Dame !
    Je m'en étais chargé: j'interprétais ta flamme !
    J'écrivais quelquefois sans te dire: j'écris !

    CHRISTIAN:
    Ah ?

    CYRANO:
    C'est tout simple !

    CHRISTIAN:
    Mais comment t'y es-tu pris,
    Depuis qu'on est bloqué pour ?. . .

    CYRANO:
    Oh !. . .avant l'aurore
    Je pouvais traverser. . .

    CHRISTIAN (se croisant les bras):
    Ah ! c'est tout simple encore ?
    Et qu'ai-je écrit de fois par semaine ?. . .Deux ?--Trois ?--
    Quatre ?--

    CYRANO:
    Plus.

    CHRISTIAN:
    Tous les jours ?

    CYRANO:
    Oui, tous les jours.--Deux fois.

    CHRISTIAN (violemment):
    Et cela t'enivrait, et l'ivresse était telle
    Que tu bravais la mort. . .

    CYRANO (voyant Roxane qui revient):
    Tais-toi ! Pas devant elle !
    (Il rentre vivement dans sa tente.)

    Scène 4.VIII.

    Roxane, Christian; au fond, allées et venues de cadets. Carbon et De
    Guiche donnent des ordres.

    ROXANE (courant à Christian):
    Et maintenant, Christian !. . .

    CHRISTIAN (lui prenant les mains):
    Et maintenant, dis-moi
    Pourquoi, par ces chemins effroyables, pourquoi
    A travers tous ces rangs de soudards et de reîtres,
    Tu m'a rejoint ici ?

    ROXANE:
    C'est à cause des lettres !

    CHRISTIAN:
    Tu dis ?

    ROXANE:
    Tant pis pour vous si je cours ces dangers !
    Ce sont vos lettres qui m'ont grisée ! Ah ! songez
    Combien depuis un mois vous m'en avez écrites,
    Et plus belles toujours !

    CHRISTIAN:
    Quoi ! pour quelques petites
    Lettres d'amour. . .

    ROXANE:
    Tais-toi ! Tu ne peux pas savoir !
    Mon Dieu, je t'adorais, c'est vrai, depuis qu'un soir,
    D'une voix que je t'ignorais, sous ma fenêtre,
    Ton âme commença de se faire connaître. . .
    Eh bien ! tes lettres, c'est, vois-tu, depuis un mois,
    Comme si tout le temps je l'entendais, ta voix
    De ce soir-là, si tendre, et qui vous enveloppe !
    Tant pis pour toi, j'accours. La sage Pénélope
    Ne fût pas demeurée à broder sous son toit,
    Si le seigneur Ulysse eût écrit comme toi,
    Mais pour le joindre, elle eût, aussi folle qu'Hélène,
    Envoyé promener ses pelotons de laine !. . .

    CHRISTIAN:
    Mais. . .

    ROXANE:
    Je lisais, je relisais, je défaillais,
    J'étais à toi. Chacun de ces petits feuillets
    Était comme un pétale envolé de ton âme.
    On sent à chaque mot de ces lettres de flamme
    L'amour puissant, sincère. . .

    CHRISTIAN:
    Ah ! sincère et puissant ?
    Cela se sent, Roxane ?. . .

    ROXANE:
    Oh ! si cela se sent !

    CHRISTIAN:
    Et vous venez ?. . .

    ROXANE:
    Je viens (ô mon Christian, mon maître !
    Vous me relèveriez si je voulais me mettre
    A vos genoux, c'est donc mon âme que j'y mets,
    Et vous ne pourrez plus la relever jamais !)
    Je viens te demander pardon (et c'est bien l'heure
    De demander pardon, puisqu'il se peut qu'on meure !)
    De t'avoir fait d'abord, dans ma frivolité,
    L'insulte de t'aimer pour ta seule beauté !

    CHRISTIAN (avec épouvante):
    Ah ! Roxane !

    ROXANE:
    Et plus tard, mon ami, moins frivole,
    --Oiseau qui saute avant tout à fait qu'il s'envole,--
    Ta beauté m'arrêtant, ton âme m'entraînant,
    Je t'aimais pour les deux ensemble !. . .

    CHRISTIAN:
    Et maintenant ?

    ROXANE:
    Eh bien ! toi-même enfin l'emporte sur toi-même,
    Et ce n'est plus que pour ton âme que je t'aime !

    CHRISTIAN (reculant):
    Ah ! Roxane !

    ROXANE:
    Sois donc heureux. Car n'être aimé
    Que pour ce dont on est un instant costumé,
    Doit mettre un cœur avide et noble à la torture;
    Mais ta chère pensée efface ta figure,
    Et la beauté par quoi tout d'abord tu me plus,
    Maintenant j'y vois mieux. . .et je ne la vois plus !

    CHRISTIAN:
    Oh !. . .

    ROXANE:
    Tu doutes encor d'une telle victoire ?. . .

    CHRISTIAN (douloureusement):
    Roxane !

    ROXANE:
    Je comprends, tu ne peux pas y croire,
    A cet amour ?. . .

    CHRISTIAN:
    Je ne veux pas de cet amour !
    Moi, je veux être aimé plus simplement pour. . .

    ROXANE:
    Pour
    Ce qu'en vous elles ont aimé jusqu'à cette heure ?
    Laissez-vous donc aimer d'une façon meilleure !

    CHRISTIAN:
    Non ! c'était mieux avant !

    ROXANE:
    Ah ! tu n'y entends rien !
    C'est maintenant que j'aime mieux, que j'aime bien !
    C'est ce qui te fait toi, tu m'entends, que j'adore !
    Et moins brillant. . .

    CHRISTIAN:
    Tais-toi !

    ROXANE:
    Je t'aimerais encore !
    Si toute ta beauté tout d'un coup s'envolait. . .

    CHRISTIAN:
    Oh ! ne dis pas cela !

    ROXANE:
    Si, je le dis !

    CHRISTIAN:
    Quoi ? laid ?

    ROXANE:
    Laid ! je le jure !

    CHRISTIAN:
    Dieu !

    ROXANE:
    Et ta joie est profonde ?

    CHRISTIAN (d'une voix étouffée):
    Oui. . .

    ROXANE:
    Qu'as-tu ?

    CHRISTIAN (la repoussant doucement):
    Rien. Deux mots à dire: une seconde. . .

    ROXANE:
    Mais ?. . .

    CHRISTIAN (lui montrant un groupe de cadets, au fond):
    A ces pauvres gens mon amour t'enleva:
    Va leur sourire un peu puisqu'ils vont mourir. . .va !

    ROXANE (attendrie):
    Cher Christian !. . .
    (Elle remonte vers les Gascons qui s'empressent repectueusement autour
    d'elle.)

    Scène 4.IX.

    Christian, Cyrano; au fond Roxane causant avec Carbon et quelques cadets.

    CHRISTIAN (appelant vers la tente de Cyrano):
    Cyrano ?

    CYRANO (reparaissant, armé pour la bataille):
    Qu'est-ce ? Te voilà blême !

    CHRISTIAN:
    Elle ne m'aime plus !

    CYRANO:
    Comment ?

    CHRISTIAN:
    C'est toi qu'elle aime !

    CYRANO:
    Non !

    CHRISTIAN:
    Elle n'aime plus que mon âme !

    CYRANO:
    Non !

    CHRISTIAN:
    Si !
    C'est donc bien toi qu'elle aime,--et tu l'aimes aussi !

    CYRANO:
    Moi ?

    CHRISTIAN:
    Je le sais.

    CYRANO:
    C'est vrai.

    CHRISTIAN:
    Comme un fou.

    CYRANO:
    Davantage.

    CHRISTIAN:
    Dis-le-lui !

    CYRANO:
    Non !

    CHRISTIAN:
    Pourquoi ?

    CYRANO:
    Regarde mon visage !

    CHRISTIAN:
    Elle m'aimerait laid !

    CYRANO:
    Elle te l'a dit !

    CHRISTIAN:
    Là !

    CYRANO:
    Ah ! je suis bien content qu'elle t'ait dit cela !
    Mais va, va, ne crois pas cette chose insensée !
    --Mon Dieu, je suis content qu'elle ait eu la pensée
    De la dire,--mais va, ne la prend pas au mot,
    Va, ne deviens pas laid: elle m'en voudrait trop !

    CHRISTIAN:
    C'est ce que je veux voir !

    CYRANO:
    Non, non !

    CHRISTIAN:
    Qu'elle choisisse !
    Tu vas lui dire tout !

    CYRANO:
    Non, non ! Pas ce supplice.

    CHRISTIAN:
    Je tuerais ton bonheur parce que je suis beau ?
    C'est trop injuste !

    CYRANO:
    Et moi, je mettrais au tombeau
    Le tien parce que, grâce au hasard qui fait naître,
    J'ai le don d'exprimer. . .ce que tu sens peut-être ?

    CHRISTIAN:
    Dis-lui tout !

    CYRANO:
    Il s'obstine à me tenter, c'est mal !

    CHRISTIAN:
    Je suis las de porter en moi-même un rival !

    CYRANO:
    Christian !

    CHRISTIAN:
    Notre union--sans témoins--clandestine,
    --Peut se rompre,--si nous survivons !

    CYRANO:
    Il s'obstine !. . .

    CHRISTIAN:
    Oui, je veux être aimé moi-même, ou pas du tout !
    --Je vais voir ce qu'on fait, tiens ! Je vais jusqu'au bout
    Du poste; je reviens: parle, et qu'elle préfère
    L'un de nous deux !

    CYRANO:
    Ce sera toi !

    CHRISTIAN:
    Mais. . .je l'espère !
    (Il appelle):
    Roxane !

    CYRANO:
    Non ! Non !

    ROXANE (accourant):
    Quoi ?

    CHRISTIAN:
    Cyrano vous dira
    Une chose importante. . .
    (Elle va vivement à Cyrano. Christian sort.)

    Scène 4.X.

    Roxane, Cyrano, puis Le Bret, Carbon de Castel-Jaloux, les cadets,
    Ragueneau, de Guiche, etc.

    ROXANE:
    Importante ?

    CYRANO (éperdu):
    Il s'en va !. . .
    (A Roxane):
    Rien !. . .Il attache,--oh ! Dieu ! vous devez le connaître !--
    De l'importance à rien !

    ROXANE (vivement):
    Il a douté peut-être
    De ce que j'ai dit là ?. . .J'ai vu qu'il a douté !. . .

    CYRANO (lui prenant la main):
    Mais avez-vous bien dit, d'ailleurs, la vérité ?

    ROXANE:
    Oui, oui, je l'aimerais même. . .
    (Elle hésite une seconde.)

    CYRANO (souriant tristement):
    Le mot vous gêne
    Devant moi ?

    ROXANE:
    Mais. . .

    CYRANO:
    Il ne me fera pas de peine !
    --Même laid ?

    ROXANE:
    Même laid !
    (Mousqueterie au dehors):
    Ah ! tiens, on a tiré !

    CYRANO (ardemment):
    Affreux ?

    ROXANE:
    Affreux !

    CYRANO:
    Défiguré !

    ROXANE:
    Défiguré !

    CYRANO:
    Grotesque ?

    ROXANE:
    Rien ne peut me le rendre grotesque !

    CYRANO:
    Vous l'aimeriez encore ?

    ROXANE:
    Et davantage presque !

    CYRANO (perdant la tête, à part):
    Mon Dieu, c'est vrai, peut-être, et le bonheur est là !
    (A Roxane):
    Je. . .Roxane. . .écoutez !. . .

    LE BRET (entrant rapidement, appelle à mi-voix):
    Cyrano !

    CYRANO (se retournant):
    Hein ?

    LE BRET:
    Chut !
    (Il lui dit un mot tout bas.)

    CYRANO (laissant échapper la main de Roxane, avec un cri):
    Ah !. . .

    ROXANE:
    Qu'avez vous ?

    CYRANO (à lui-même, avec stupeur):
    C'est fini.
    (Détonations nouvelles.)

    ROXANE:
    Quoi ? Qu'est-ce encore ? On tire ?
    (Elle remonte pour regarder au dehors.)

    CYRANO:
    C'est fini, jamais plus je ne pourrai le dire !

    ROXANE (voulant s'élancer):
    Que se passe-t-il ?

    CYRANO (vivement, l'arrêtant):
    Rien !
    (Des cadets sont entrés, cachant quelque chose qu'ils portent, et ils
    forment un groupe empêchant Roxane d'approcher.)

    ROXANE:
    Ces hommes ?

    CYRANO (l'éloignant):
    Laissez-les !. . .

    ROXANE:
    Mais qu'alliez-vous me dire avant ?. . .

    CYRANO:
    Ce que j'allais
    Vous dire ?. . .rien, oh ! rien, je le jure, madame !
    (Solennellement):
    Je jure que l'esprit de Christian, que son âme
    Étaient. . .
    (Se reprenant avec terreur):
    sont les plus grands. . .

    ROXANE:
    Étaient ?
    (Avec un grand cri):
    Ah !. . .
    (Elle se précipite et écarte tout le monde.)

    CYRANO:
    C'est fini !

    ROXANE (voyant Christian couché dans son manteau):
    Christian !

    LE BRET (à Cyrano):
    Le premier coup de feu le l'ennemi !
    (Roxane se jette sur le corps de Christian. Nouveaux coups de feu.
    Cliquetis. Rumeurs. Tambours.)

    CARBON DE CASTEL-JALOUX (l'épée au poing):
    C'est l'attaque ! Aux mousquets !
    (Suivi des cadets, il passe de l'autre côté du talus.)

    ROXANE:
    Christian !

    LA VOIX DE CARBON (derrière le talus):
    Qu'on se dépêche !

    ROXANE:
    Christian !

    CARBON:
    Alignez-vous !

    ROXANE:
    Christian !

    CARBON:
    Mesurez. . .mèche !
    (Ragueneau est accouru, apportant de l'eau dans un casque.)

    CHRISTIAN (d'une voix mourante):
    Roxane !. . .

    CYRANO (vite et bas à l'oreille de Christian, pendant que Roxane affolée
    trempe dans l'eau, pour le panser, un morceau de linge arraché à sa
    poitrine):
    J'ai tout dit. Ce toi qu'elle aime encor !
    (Christian ferme les yeux.)

    ROXANE:
    Quoi, mon amour ?

    CARBON:
    Baguette haute !

    ROXANE (à Cyrano):
    Il n'est pas mort ?. . .

    CARBON:
    Ouvrez la charge avec les dents !

    ROXANE:
    Je sens sa joue
    Devenir froide, là, contre la mienne !

    CARBON:
    En joue !

    ROXANE:
    Une lettre sur lui !
    (Elle l'ouvre):
    Pour moi !

    CYRANO (à part):
    Ma lettre !

    CARBON:
    Feu !
    (Mousqueterie. Cris. Bruit de bataille.)

    CYRANO (voulant dégager sa main que tient Roxane agenouillée):
    Mais, Roxane, on se bat !

    ROXANE (le retenant):
    Restez encore un peu.
    Il est mort. Vous étiez le seul à le connaître.
    (Elle pleure doucement):
    --N'est-ce pas que c'était un être exquis, un être
    Merveilleux ?

    CYRANO (debout, tête nue):
    Oui, Roxane.

    ROXANE:
    Un poète inouï.
    Adorable ?

    CYRANO:
    Oui, Roxane.

    ROXANE:
    Un esprit sublime ?

    CYRANO:
    Oui,
    Roxane !

    ROXANE:
    Un cœur profond, inconnu du profane,
    Une âme magnifique et charmante ?

    CYRANO (fermement):
    Oui, Roxane !

    ROXANE (se jetant sur le corps de Christian):
    Il est mort !

    CYRANO (à part, tirant l'épée):
    Et je n'ai qu'à mourir aujourd'hui,
    Puisque, sans le savoir, elle me pleure en lui !
    (Trompettes au loin.)

    DE GUICHE (qui reparaît sur le talus, décoiffé, blessé au front, d'une
    voix tonnante):
    C'est le signal promis ! Des fanfares de cuivres !
    Les Français vont rentrer au camp avec des vivres !
    Tenez encore un peu !

    ROXANE:
    Sur sa lettre, du sang,
    Des pleurs !

    UNE VOIX (au dehors, criant):
    Rendez-vous !

    VOIX DES CADETS:
    Non !

    RAGUENEAU (qui, grimpé sur son carrosse, regarde la bataille par-dessus
    le talus):
    Le péril va croissant !

    CYRANO (à de Guiche, lui montrant Roxane):
    Emportez-la ! Je vais charger !

    ROXANE (baisant la lettre, d'une voix mourante):
    Son sang ! ses larmes !. . .

    RAGUENEAU (sautant à bas du carrosse pour courir vers elle):
    Elle s'évanouit !

    DE GUICHE (sur le talus, aux cadets, avec rage):
    Tenez bon !

    UNE VOIX (au dehors):
    Bas les armes !

    VOIX DES CADETS:
    Non !

    CYRANO (à de Guiche):
    Vous avez prouvé, Monsieur, votre valeur:
    (Lui montrant Roxane):
    Fuyez en la sauvant !

    DE GUICHE (qui court à Roxane et l'enlève dans ses bras):
    Soit ! Mais on est vainqueur
    Si vous gagnez du temps !

    CYRANO:
    C'est bon !
    (Criant vers Roxane que de Guiche, aidé de Ragueneau, emporte évanouie):
    Adieu, Roxane !
    (Tumulte. Cris. Des cadets reparaissent blessés et viennent tomber en
    scène. Cyrano se précipitant au combat est arrêté sur la crête par
    Carbon de Castel-Jaloux, couvert de sang.)

    CARBON:
    Nous plions ! J'ai reçu deux coups de pertuisane !

    CYRANO (criant aux Gascons):
    Hardi ! Reculès pas, drollos !
    (A Carbon, qu'il soutient):
    N'ayez pas peur !
    J'ai deux morts à venger: Christian et mon bonheur !
    (Ils redescendent. Cyrano brandit la lance où est attaché le mouchoir
    de Roxane):
    Flotte, petit drapeau de dentelle à son chiffre !
    (Il la plante en terre; il crie aux cadets):
    Toumbé dèssus ! Escrasas lous !
    (Au fifre):
    Un air de fifre !
    (Le fifre joue. Des blessés se relèvent. Des cadets dégringolant le
    talus, viennent se grouper autour de Cyrano et du petit drapeau. Le
    carrosse se couvre et se remplit d'hommes, se hérisse d'arquebuses, se
    transforme en redoute.)

    UN CADET (paraissant, à reculons, sur la crête, se battant toujours, crie):
    Ils montent le talus !
    (et tombe mort.)

    CYRANO:
    On va les saluer !
    (Le talus se couronne en un instant d'une rangée terrible d'ennemis.
    Les grands étendards des Impériaux se lèvent):
    Feu !
    (Décharge générale.)

    CRI (dans les rangs ennemis):
    Feu !
    (Riposte meurtrière. Les cadets tombent de tous côtés.)

    UN OFFICIER ESPAGNOL (se découvrant):
    Quels sont ces gens qui se font tous tuer ?

    CYRANO (récitant debout au milieu des balles):
    Ce sont les cadets de Gascogne,
    De Carbon de Castel-Jaloux;
    Bretteurs et menteurs sans vergogne. . .
    (Il s'élance, suivi des quelques survivants):
    Ce sont les cadets. . .
    (Le reste se perd dans la bataille.)

    Rideau.

    Acte V.

    La Gazette de Cyrano.

    Quinze ans après, en 1655. Le parc du couvent que les Dames de la Croix
    occupaient à Paris.

    Superbes ombrages. A gauche, la maison; vaste perron sur lequel ouvrent
    plusieurs portes. Un arbre énorme au milieu de la scène, isolé au milieu
    d'une petite place ovale. A droite, premier plan, parmi de grands buis,
    un banc de pierre demi-circulaire.

    Tout le fond du théâtre est traversé par une allée de marroniers qui
    aboutit à droite, quatrième plan, à la porte d'une chapelle entre-vue
    parmi les branches. A travers le double rideau d'arbres de cette allée,
    on aperçoit des fuites de pelouses, d'autres allées, des bosquets, les
    profondeurs du parc, le ciel.

    La chapelle ouvre une porte latérale sur une colonnade enguirlandée de
    vigne rougie, qui vient se perdre à droite, au premier plan, derrière
    les buis.

    C'est l'automne. Toute la frondaison est rousse au-dessus des pelouses
    fraîches. Taches sombres des buis et des ifs restés verts. Une plaque de
    feuilles jaunes sous chaque arbre. Les feuilles jonchent toute la scène,
    craquent sous les pas dans les allées, couvrent à demi le perron et les
    bancs.

    Entre le banc de droite et l'arbre, un grand métier à broder devant
    lequel une petite chaise a été apportée. Paniers pleins d'écheveaux et
    de pelotons. Tapisserie commencée.

    Au lever du rideau, des sœurs vont et viennent dans le parc;
    quelques-unes sont assises sur le banc autour d'une religieuse plus
    âgée. Des feuilles tombent.

    Scène 5.I.

    Mère Marguerite, Sœur Marthe, Sœur Claire, les sœurs.

    SŒUR MARTHE (à Mère Marguerite):
    Sœur Claire a regardé deux fois comment allait
    Sa cornette, devant la glace.
    MÈRE MARGUERITE (à sœur Claire):
    C'est très laid.

    SŒUR CLAIRE:
    Mais sœur Marthe a repris un pruneau de la tarte,
    Ce matin: je l'ai vu.
    MÈRE MARGUERITE (à sœur Marthe):
    C'est très vilain, sœur Marthe.

    SŒUR CLAIRE:
    Un tout petit regard !

    SŒUR MARTHE:
    Un tout petit pruneau !
    MÈRE MARGUERITE (sévèrement):
    Je le dirai, ce soir, à monsieur Cyrano.

    SŒUR CLAIRE (épouvantée):
    Non, il va se moquer !

    SŒUR MARTHE:
    Il dira que les nonnes
    Sont très coquettes !

    SŒUR CLAIRE:
    Très gourmandes !

    MÈRE MARGUERITE (souriant):
    Et très bonnes.

    SŒUR CLAIRE:
    N'est-ce pas, Mère Marguerite de Jésus,
    Qu'il vient, le samedi, depuis dix ans !

    MÈRE MARGUERITE:
    Et plus !
    Depuis que sa cousine à nos béguins de toile
    Mêla le deuil mondain de sa coiffe de voile,
    Qui chez nous vint s'abattre, il y a quatorze ans,
    Comme un grand oiseau noir parmi les oiseaux blancs !

    SŒUR MARTHE:
    Lui seul, depuis qu'elle a pris chambre dans ce cloître,
    Sait distraire un chagrin qui ne veut pas décroître.

    TOUTES LES SŒURS:
    Il est si drôle !--C'est amusant quand il vient !
    --Il nous taquine !--Il est gentil !--Nous l'aimons bien !
    --Nous fabriquons pour lui des pâtes d'angélique !

    SŒUR MARTHE:
    Mais enfin, ce n'est pas un très bon catholique !

    SŒUR CLAIRE:
    Nous le convertirons.

    LES SŒURS:
    Oui ! oui !

    MÈRE MARGUERITE:
    Je vous défends
    De l'entreprendre encor sur ce point, mes enfants.
    Ne le tourmentez pas: il viendrait moins peut-être !

    SŒUR MARTHE:
    Mais. . .Dieu !. . .

    MÈRE MARGUERITE:
    Rassurez-vous: Dieu doit bien le connaître.

    SŒUR MARTHE:
    Mais chaque samedi, quand il vient d'un air fier,
    Il me dit en entrant: 'Ma sœur, j'ai fait gras, hier !'

    MÈRE MARGUERITE:
    Ah ! il vous dit cela ?. . .Eh bien ! la fois dernière
    Il n'avait pas mangé depuis deux jours !

    SŒUR MARTHE:
    Ma Mère !

    MÈRE MARGUERITE:
    Il est pauvre.

    SŒUR MARTHE:
    Qui vous l'a dit ?

    MÈRE MARGUERITE:
    Monsieur Le Bret.

    SŒUR MARTHE:
    On ne le secourt pas ?

    MÈRE MARGUERITE:
    Non, il se fâcherait.
    (Dans une allée du fond, on voit apparaître Roxane, vêtue de noir,
    avec la coiffe des veuves et de long voiles; de Guiche, magnifique et
    vieillissant, marche auprès d'elle. Ils vont à pas lents. Mère
    Marguerite se lève):
    --Allons, il faut rentrer. . .Madame Madeleine,
    Avec un visiteur, dans le parc se promène.

    SŒUR MARTHE (bas à sœur Claire):
    C'est le duc-maréchal de Grammont ?

    SŒUR CLAIRE (regardant):
    Oui, je crois.

    SŒUR MARTHE:
    Il n'était plus venu la voir depuis des mois !

    LES SŒURS:
    Il est très pris !--La cour !--Les camps !

    SŒUR CLAIRE:
    Les soins du monde !
    (Elles sortent. De Guiche et Roxane descendent en silence et
    s'arrêtent près du métier. Un temps.)

    Scène 5.II.

    Roxane; le duc de Grammont, ancien comte de Guiche, puis Le Bret et
    Ragueneau.

    LE DUC:
    Et vous demeurerez ici, vainement blonde,
    Toujours en deuil ?

    ROXANE:
    Toujours.

    LE DUC:
    Aussi fidèle ?

    ROXANE:
    Aussi.

    LE DUC (après un temps):
    Vous m'avez pardonné ?

    ROXANE (simplement, regardant la croix du couvent):
    Puisque je suis ici.
    (Nouveau silence.)

    LE DUC:
    Vraiment c'était un être ?. . .

    ROXANE:
    Il fallait le connaître !

    LE DUC:
    Ah ! Il fallait ?. . .Je l'ai trop peu connu, peut-être !
    . . .Et son dernier billet, sur votre cœur, toujours ?

    ROXANE:
    Comme un doux scapulaire, il pend à ce velours.

    LE DUC:
    Même mort, vous l'aimez ?

    ROXANE:
    Quelquefois il me semble
    Qu'il n'est mort qu'à demi, que nos cœurs sont ensemble,
    Et que son amour flotte, autour de moi, vivant !

    LE DUC (après un silence encore):
    Est-ce que Cyrano vient vous voir ?

    ROXANE:
    Oui, souvent.
    --Ce vieil ami, pour moi, remplace les gazettes.
    Il vient; c'est régulier; sous cet arbre où vous êtes
    On place son fauteuil, s'il fait beau; je l'attends
    En brodant; l'heure sonne; au dernier coup, j'entends
    --Car je ne tourne plus même le front !--sa canne
    Descendre le perron; il s'assied; il ricane
    De ma tapisserie éternelle; il me fait
    La chronique de la semaine, et. . .
    (Le Bret paraît sur le perron):
    Tiens, Le Bret !
    (Le Bret descend):
    Comment va notre ami ?

    LE BRET:
    Mal.

    LE DUC:
    Oh !

    ROXANE (au duc):
    Il exagère !

    LE BRET:
    Tout ce que j'ai prédit: l'abandon, la misère !. . .
    Ses épîtres lui font des ennemis nouveaux !
    Il attaque les faux nobles, les faux dévots,
    Les faux braves, les plagiaires,--tout le monde.

    ROXANE:
    Mais son épée inspire une terreur profonde.
    On ne viendra jamais à bout de lui.

    LE DUC (hochant la tête):
    Qui sait ?

    LE BRET:
    Ce que je crains, ce n'est pas les attaques, c'est
    La solitude, la famine, c'est Décembre
    Entrant à pas de loup dans son obscure chambre:
    Voilà les spadassins qui plutôt le tueront !
    --Il serre chaque jour, d'un cran, son ceinturon.
    Son pauvre nez a pris des tons de vieil ivoire.
    Il n'a plus qu'un petit habit de serge noire.

    LE DUC:
    Ah ! celui-là n'est pas parvenu !--C'est égal,
    Ne le plaignez pas trop.

    LE BRET (avec un sourire amer):
    Monsieur le maréchal !. . .

    LE DUC:
    Ne le plaignez pas trop: il a vécu sans pactes,
    Libre dans sa pensée autant que dans ses actes.

    LE BRET (de même):
    Monsieur le duc !. . .

    LE DUC (hautainement):
    Je sais, oui: j'ai tout; il n'a rien. . .
    Mais je lui serrerais bien volontiers la main.
    (Saluant Roxane):
    Adieu.

    ROXANE:
    Je vous conduis.
    (Le duc salue Le Bret et se dirige avec Roxane vers le perron.)

    LE DUC (s'arrêtant, tandis qu'elle monte):
    Oui, parfois, je l'envie.
    --Voyez-vous, lorsqu'on a trop réussi sa vie,
    On sent,--n'ayant rien fait, mon Dieu, de vraiment mal !--
    Mille petits dégoûts de soi, dont le total
    Ne fait pas un remords, mais une gêne obscure;
    Et les manteaux de duc traînent dans leur fourrure,
    Pendant que des grandeurs on monte les degrés,
    Un bruit d'illusions sèches et de regrets,
    Comme, quand vous montez lentement vers ces portes,
    Votre robe de deuil traîne des feuilles mortes.

    ROXANE (ironique):
    Vous voilà bien rêveur ?. . .

    LE DUC:
    Eh ! oui !
    (Au moment de sortir, brusquement):
    Monsieur Le Bret !
    (A Roxane):
    Vous permettez ? Un mot.
    (Il va à Le Bret, et à mi-voix):
    C'est vrai: nul n'oserait
    Attaquer votre ami; mais beaucoup l'ont en haine;
    Et quelqu'un me disait, hier, au jeu, chez la Reine:
    "Ce Cyrano pourrait mourir d'un accident."

    LE BRET:
    Ah ?

    LE DUC:
    Oui. Qu'il sorte peu. Qu'il soit prudent.

    LE BRET (levant les bras au ciel):
    Prudent !
    Il va venir. Je vais l'avertir. Oui, mais !. . .

    ROXANE (qui est restée sur le perron, à une sœur qui s'avance vers elle):
    Qu'est-ce ?

    LA SŒUR:
    Ragueneau vent vous voir, Madame.

    ROXANE:
    Qu'on le laisse
    Entrer.
    (Au duc et à Le Bret):
    Il vient crier misère. Étant un jour
    Parti pour être auteur, il devint tour à tour
    Chantre. . .

    LE BRET:
    Étuviste. . .

    ROXANE:
    Acteur. . .

    LE BRET:
    Bedeau. . .

    ROXANE:
    Perruquier. . .

    LE BRET:
    Maître
    De théorbe. . .

    ROXANE:
    Aujourd'hui que pourrait-il bien être ?

    RAGUENEAU (entrant précipitamment):
    Ah ! Madame !
    (Il aperçoit Le Bret):
    Monsieur !

    ROXANE (souriant):
    Racontez vos malheurs
    A Le Bret. Je reviens.

    RAGUENEAU:
    Mais, Madame. . .
    (Roxane sort sans l'écouter, avec le duc. Il redescend vers le Bret.)

    Scène 5.III.

    Le Bret, Ragueneau.

    RAGUENEAU:
    D'ailleurs,
    Puisque vous êtes là, j'aime mieux qu'elle ignore !
    --J'allais voir votre ami tantôt. J'étais encore
    A vingt pas de chez lui. . .quand je le vois de loin,
    Qui sort. Je veux le joindre. Il va tourner le coin
    De la rue. . .et je cours. . .lorsque d'une fenêtre
    Sous laquelle il passait--est-ce un hasard ?. . .peut-être !--
    Un laquais laisse choir une pièce de bois.

    LE BRET:
    Les lâches !. . .Cyrano !

    RAGUENEAU:
    J'arrive et je le vois. . .

    LE BRET:
    C'est affreux !

    RAGUENEAU:
    Notre ami, Monsieur, notre poète,
    Je le vois, là, par terre, un grand trou dans la tête !

    LE BRET:
    Il est mort ?

    RAGUENEAU:
    Non ! mais. . .Dieu ! je l'ai porté chez lui.
    Dans sa chambre. . .Ah ! sa chambre ! il faut voir ce réduit !

    LE BRET:
    Il souffre ?

    RAGUENEAU:
    Non, Monsieur, il est sans connaissance,

    LE BRET:
    Un médecin ?

    RAGUENEAU:
    Il en vint un par complaisance,

    LE BRET:
    Mon pauvre Cyrano !--Ne disons pas cela
    Tout d'un coup à Roxane !--Et ce docteur ?

    RAGUENEAU:
    Il a
    Parlé,--je ne sais plus,--de fièvre, de méninges !. . .
    Ah ! si vous le voyiez--la tête dans des linges !. . .
    Courons vite !--Il n'y a personne à son chevet !--
    C'est qu'il pourrait mourir, Monsieur, s'il se levait !

    LE BRET (l'entraînant vers la droite):
    Passons par là ! Viens, c'est plus court ! Par la chapelle !

    ROXANE (paraissant sur le perron et voyant Le Bret s'éloigner par la
    colonnade qui mène a la petite porte de la chapelle):
    Monsieur Le Bret !
    (Le Bret et Ragueneau se sauvent sans répondre):
    Le Bret s'en va quand on l'appelle ?
    C'est quelque histoire encor de ce bon Ragueneau !
    (Elle descend le perron.)

    Scène 5.IV.

    Roxane seule, puis deux sœurs, un instant.

    ROXANE:
    Ah ! que ce dernier jour de septembre est donc beau !
    Ma tristesse sourit. Elle qu'Avril offusque,
    Se laisse décider par l'automne, moins brusque.
    (Elle s'assied à son métier. Deux sœurs sortent de la maison et
    apportent un grand fauteuil sous l'arbre):
    Ah ! voici le fauteuil classique où vient s'asseoir
    Mon vieil ami !

    SŒUR MARTHE:
    Mais c'est le meilleur du parloir !

    ROXANE:
    Merci, ma sœur.
    (Les sœurs s'éloignent):
    Il va venir.
    (Elle s'installe. On entend sonner l'heure):
    Là. . .l'heure sonne.
    --Mes écheveaux !--L'heure a sonné ? Ceci m'étonne !
    Serait-il en retard pour la première fois ?
    La sœur tourière doit--mon dé ?. . .là, je le vois !--
    L'exhorter à la pénitence.
    (Un temps):
    Elle l'exhorte !
    --Il ne peut plus tarder.--Tiens ! une feuille morte !--
    (Elle repousse du doigt la feuille tombée sur son métier):
    D'ailleurs, rien ne pourrait.--Mes ciseaux ?. . .dans mon sac !--
    L'empêcher de venir !

    UNE SŒUR (paraissant sur le perron):
    Monsieur de Bergerac.

    Scène 5.V.

    Roxane, Cyrano et, un moment, sœur Marthe.

    ROXANE (sans se retourner):
    Qu'est-ce que je disais ?. . .
    (Et elle brode. Cyrano, très pâle, le feutre enfoncé sur les yeux,
    paraît. La sœur qui l'a introduit rentre. Il se met à descendre le
    perron lentement, avec un effort visible pour se tenir debout, et en
    s'appuyant sur sa canne. Roxane travaille à sa tapisserie):
    Ah ! ces teintes fanées. . .
    Comment les rassortir ?
    (A Cyrano, sur un ton d'amicale gronderie):
    Depuis quatorze années,
    Pour la première fois, en retard !

    CYRANO (qui est parvenu au fauteuil et s'est assis, d'une voix gaie,
    contrastant avec son visage):
    Oui, c'est fou !
    J'enrage. Je fus mis en retard, vertuchou !. . .

    ROXANE:
    Par ?. . .

    CYRANO:
    Par une visite assez inopportune.

    ROXANE (distraite, travaillant):
    Ah ! oui ! quelque fâcheux ?

    CYRANO:
    Cousine, c'était une
    Fâcheuse.

    ROXANE:
    Vous l'avez renvoyée ?

    CYRANO:
    Oui, j'ai dit:
    Excusez-moi, mais c'est aujourd'hui samedi,
    Jour où je dois me rendre en certaine demeure;
    Rien ne m'y fait manquer: repassez dans une heure !

    ROXANE (légèrement):
    Eh bien ! cette personne attendra pour vous voir:
    Je ne vous laisse pas partir avant ce soir.

    CYRANO (avec douceur):
    Peut-être un peu plus tôt faudra-t-il que je parte.
    (Il ferme les yeux et se tait un instant. Sœur Marthe traverse le
    parc de la chapelle au perron. Roxane l'aperçoit, lui fait un petit
    signe de tête.)

    ROXANE (à Cyrano):
    Vous ne taquinez pas sœur Marthe ?

    CYRANO (vivement, ouvrant les yeux):
    Si !
    (Avec une grosse voix comique):
    Sœur Marthe !
    Approchez !
    (La sœur glisse vers lui):
    Ha ! ha ! ha ! Beaux yeux toujours baissés !

    SŒUR MARTHE (levant les yeux en souriant):
    Mais. . .
    (Elle voit sa figure et fait un geste d'étonnement):
    Oh !

    CYRANO (bas, lui montrant Roxane):
    Chut ! Ce n'est rien !--
    (D'une voix fanfaronne. Haut):
    Hier, j'ai fait gras.

    SŒUR MARTHE:
    Je sais.
    (A part):
    C'est pour cela qu'il est si pâle !
    (Vite et bas):
    Au réfectoire
    Vous viendrez tout à l'heure, et je vous ferai boire
    Un grand bol de bouillon. . .Vous viendrez ?

    CYRANO:
    Oui, oui, oui.

    SŒUR MARTHE:
    Ah ! vous êtes un peu raisonnable, aujourd'hui !

    ROXANE (qui les entend chuchoter):
    Elle essaye de vous convertir ?

    SŒUR MARTHE:
    Je m'en garde !

    CYRANO:
    Tiens, c'est vrai ! Vous toujours si saintement bavarde,
    Vous ne me prêchez pas ? c'est étonnant, ceci !. . .
    (Avec une fureur bouffonne):
    Sabre de bois ! Je veux vous étonner aussi !
    Tenez, je vous permets. . .
    (Il a l'air de chercher une bonne taquinerie, et de la trouver):
    Ah ! la chose est nouvelle ?. . .
    De. . .de prier pour moi, ce soir, à la chapelle.

    ROXANE:
    Oh ! oh !

    CYRANO (riant):
    Sœur Marthe est dans la stupéfaction !

    SŒUR MARTHE (doucement):
    Je n'ai pas attendu votre permission.
    (Elle rentre.)

    CYRANO (revenant à Roxane, penchée sur son métier):
    Du diable si je peux jamais, tapisserie,
    Voir ta fin !

    ROXANE:
    J'attendais cette plaisanterie.
    (A ce moment un peu de brise fait tomber les feuilles.)

    CYRANO:
    Les feuilles !

    ROXANE (levant la tête, et regardant au loin, dans les allées):
    Elles sont d'un blond vénitien.
    Regardez-les tomber.

    CYRANO:
    Comme elles tombent bien !
    Dans ce trajet si court de la branche à la terre,
    Comme elles savent mettre une beauté dernière,
    Et malgré leur terreur de pourrir sur le sol,
    Veulent que cette chute ait la grâce d'un vol !

    ROXANE:
    Mélancolique, vous ?

    CYRANO (se reprenant):
    Mais pas du tout, Roxane !

    ROXANE:
    Allons, laissez tomber les feuilles de platane. . .
    Et racontez un peu ce qu'il y a de neuf.
    Ma gazette ?

    CYRANO:
    Voici !

    ROXANE:
    Ah !

    CYRANO (de plus en plus pâle, et luttant contre la douleur):
    Samedi, dix-neuf:
    Ayant mangé huit fois du raisiné de Cette,
    Le Roi fut pris de fièvre; à deux coups de lancette
    Son mal fut condamné pour lèse-majesté,
    Et cet auguste pouls n'a plus fébricité !
    Au grand bal, chez la reine, on a brûlé, dimanche,
    Sept cent soixante-trois flambeaux de cire blanche;
    Nos troupes ont battu, dit-on, Jean l'Autrichien;
    On a pendu quatre sorciers; le petit chien
    De madame d'Athis a dû prendre un clystère. . .

    ROXANE:
    Monsieur de Bergerac, voulez-vous bien vous taire !

    CYRANO:
    Lundi. . .rien. Lygdamire a changé d'amant.

    ROXANE:
    Oh !

    CYRANO (dont le visage s'altère de plus en plus):
    Mardi, toute la cour est à Fontainebleau.
    Mercredi, la Montglat dit au comte de Fiesque:
    Non ! Jeudi: Mancini, Reine de France,--ou presque !
    Le vingt-cinq, la Monglat à de Fiesque dit: Oui;
    Et samedi, vingt-six. . .
    (Il ferme les yeux. Sa tête tombe. Silence.)

    ROXANE (surprise de ne plus rien entendre, se retourne, le regarde, et
    se levant effrayée):
    Il est évanoui ?
    (Elle court vers lui en criant):
    Cyrano !

    CYRANO (rouvrant les yeux, d'une voix vague):
    Qu'est-ce ?. . .Quoi ?. . .
    (Il voit Roxane penchée sur lui et, vivement, assurant son chapeau sur
    sa tête et reculant avec effroi dans son fauteuil):
    Non ! non ! je vous assure,
    Ce n'est rien ! Laissez-moi !

    ROXANE:
    Pourtant. . .

    CYRANO:
    C'est ma blessure
    D'Arras. . .qui. . .quelquefois. . .vous savez. . .

    ROXANE:
    Pauvre ami !

    CYRANO:
    Mais ce n'est rien. Cela va finir.
    (Il sourit avec effort):
    C'est fini.

    ROXANE (debout près de lui):
    Chacun de nous a sa blessure: j'ai la mienne.
    Toujours vive, elle est là, cette blessure ancienne,
    (Elle met la main sur sa poitrine):
    Elle est là, sous la lettre au papier jaunissant
    Où l'on peut voir encor des larmes et du sang !
    (Le crépuscule commence à venir.)

    CYRANO:
    Sa lettre !. . .N'aviez-vous pas dit qu'un jour, peut-être,
    Vous me la feriez lire ?

    ROXANE:
    Ah ! vous voulez ?. . .Sa lettre ?

    CYRANO:
    Oui. . .Je veux. . .Aujourd'hui. . .

    ROXANE (lui donnant le sachet pendu à son cou):
    Tenez !

    CYRANO (le prenant):
    Je peux ouvrir ?

    ROXANE:
    Ouvrez. . .lisez !. . .
    (Elle revient à son métier, le replie, range ses laines.)

    CYRANO (lisant):
    Roxane, adieu, je vais mourir !. . .

    ROXANE (s'arrêtant, étonnée):
    Tout haut ?

    CYRANO (lisant):
    C'est pour ce soir, je crois, ma bien-aimée !
    J'ai l'âme lourde encor d'amour inexprimée,
    Et je meurs ! jamais plus, jamais mes yeux grisés,
    Mes regards dont c'était. . .

    ROXANE:
    Comment vous la lisez,
    Sa lettre !

    CYRANO (continuant):
    . . .dont c'était les frémissantes fêtes,
    Ne baiseront au vol les gestes que vous faites;
    J'en revois un petit qui vous est familier
    Pour toucher votre front, et je voudrais crier. . .

    ROXANE (troublée):
    Comme vous la lisez,--cette lettre !
    (La nuit vient insensiblement.)

    CYRANO:
    Et je crie:
    Adieu !. . .

    ROXANE:
    Vous la lisez. . .

    CYRANO:
    Ma chère, ma chérie,
    Mon trésor. . .

    ROXANE (rêveuse):
    D'une voix. . .

    CYRANO:
    Mon amour !. . .

    ROXANE:
    D'une voix. . .
    (Elle tressaille):
    Mais. . .que je n'entends pas pour la première fois !
    (Elle s'approche tout doucement, sans qu'il s'en aperçoive, passe
    derrière le fauteuil, se penche sans bruit, regarde la
    lettre.--L'ombre augmente.)

    CYRANO:
    Mon cœur ne vous quitta jamais une seconde,
    Et je suis et serai jusque dans l'autre monde
    Celui qui vous aima sans mesure, celui. . .

    ROXANE (lui posant la main sur l'épaule):
    Comment pouvez-vous lire à présent ? Il fait nuit.
    (Il tressaille, se retourne, la voit là tout près, fait un geste
    d'effroi, baisse la tête. Un long silence. Puis, dans l'ombre
    complètement venue, elle dit avec lenteur, joignant les mains):
    Et pendant quatorze ans, il a joué ce rôle
    D'être le vieil ami qui vient pour être drôle !

    CYRANO:
    Roxane !

    ROXANE:
    C'était vous !

    CYRANO:
    Non, non, Roxane, non !

    ROXANE:
    J'aurais dû deviner quand il disait mon nom !

    CYRANO:
    Non, ce n'était pas moi !

    ROXANE:
    C'était vous !

    CYRANO:
    Je vous jure. . .

    ROXANE:
    J'aperçois toute la généreuse imposture:
    Les lettres, c'était vous. . .

    CYRANO:
    Non !

    ROXANE:
    Les mots chers et fous,
    C'était vous. . .

    CYRANO:
    Non !

    ROXANE:
    La voix dans la nuit, c'était vous !

    CYRANO:
    Je vous jure que non !

    ROXANE:
    L'âme, c'était la vôtre !

    CYRANO:
    Je ne vous aimais pas.

    ROXANE:
    Vous m'aimiez !

    CYRANO (se débattant):
    C'était l'autre !

    ROXANE:
    Vous m'aimiez !

    CYRANO (d'une voix qui faiblit):
    Non !

    ROXANE:
    Déjà vous le dites plus bas !

    CYRANO:
    Non, non, mon cher amour, je ne vous aimais pas !

    ROXANE:
    Ah ! que de choses qui sont mortes. . .qui sont nées !
    --Pourquoi vous être tu pendant quatorze années,
    Puisque sur cette lettre où, lui, n'était pour rien,
    Ces pleurs étaient de vous ?

    CYRANO (lui tendant la lettre):
    Ce sang était le sien.

    ROXANE:
    Alors pourquoi laisser ce sublime silence
    Se briser aujourd'hui ?

    CYRANO:
    Pourquoi ?. . .
    (Le Bret et Ragueneau entrent en courant.)

    Scène 5.VI.

    Les mêmes, Le Bret et Ragueneau.

    LE BRET:
    Quelle imprudence !
    Ah ! j'en étais bien sûr ! il est là !

    CYRANO (souriant et se redressant):
    Tiens, parbleu !

    LE BRET:
    Il s'est tué, Madame, en se levant !

    ROXANE:
    Grand Dieu !
    Mais tout à l'heure alors. . .cette faiblesse ?. . .cette ?. . .

    CYRANO:
    C'est vrai ! je n'avais pas terminé ma gazette:
    . . .Et samedi, vingt-six, une heure avant dîné,
    Monsieur de Bergerac est mort assassiné.
    (Il se découvre; on voit sa tête entourée de linges.)

    ROXANE:
    Que dit-il ?--Cyrano !--Sa tête enveloppée !. . .
    Ah, que vous a-t-on fait ? Pourquoi ?

    CYRANO:
    "D'un coup d'épée,
    Frappé par un héros, tomber la pointe au cœur !". . .
    --Oui, je disais cela !. . .Le destin est railleur !. . .
    Et voilà que je suis tué dans une embûche,
    Par derrière, par un laquais, d'un coup de bûche !
    C'est très bien. J'aurai tout manqué, même ma mort.

    RAGUENEAU:
    Ah, Monsieur !. . .

    CYRANO:
    Ragueneau ne pleure pas si fort !. . .
    (Il lui tend la main):
    Qu'est-ce que tu deviens, maintenant, mon confrère ?

    RAGUENEAU (à travers ses larmes):
    Je suis moucheur de. . .de. . .chandelles, chez Molière.

    CYRANO:
    Molière !

    RAGUENEAU:
    Mais je veux le quitter, dès demain:
    Oui, je suis indigné !. . .Hier, on jouer Scapin,
    Et j'ai vu qu'il vous a pris une scène !

    LE BRET:
    Entière !

    RAGUENEAU:
    Oui, Monsieur, le fameux: "Que Diable allait-il faire ?. . ."

    LE BRET (furieux):
    Molière te l'a pris !

    CYRANO:
    Chut ! chut ! Il a bien fait !. . .
    (A Ragueneau):
    La scène, n'est-ce pas, produit beaucoup d'effet ?

    RAGUENEAU (sanglotant):
    Ah ! Monsieur, on riait ! on riait !

    CYRANO:
    Oui, ma vie
    Ce fut d'être celui qui souffle--et qu'on oublie !
    (A Roxane):
    Vous souvient-il du soir où Christian vous parla
    Sous le balcon ? Eh bien ! toute ma vie est là:
    Pendant que je restais en bas, dans l'ombre noire,
    D'autres montaient cueillir le baiser de la gloire !
    C'est justice, et j'approuve au seuil de mon tombeau:
    Molière a du génie et Christian était beau !
    (A ce moment, la cloche de la chapelle ayant tinté, on voit passer au
    fond, dans l'allée, les religieuses se rendant à l'office):
    Qu'elles aillent prier puisque leur cloche sonne !

    ROXANE (se relevant pour appeler):
    Ma sœur ! ma sœur !

    CYRANO (la retenant):
    Non ! non ! n'allez chercher personne:
    Quand vous reviendriez, je ne serais plus là.
    (Les religieuses sont entrées dans la chapelle, on entend l'orgue):
    Il me manquait un peu d'harmonie. . .en voilà.

    ROXANE:
    Je vous aime, vivez !

    CYRANO:
    Non ! car c'est dans le conte
    Que lorsqu'on dit: Je t'aime ! au prince plein de honte,
    Il sent sa laideur fondre à ces mots de soleil. . .
    Mais tu t'apercevrais que je reste pareil.

    ROXANE:
    J'ai fait votre malheur ! moi ! moi !

    CYRANO:
    Vous ?. . .au contraire !
    J'ignorais la douceur féminine. Ma mère
    Ne m'a pas trouvé beau. Je n'ai pas eu de sœur.
    Plus tard, j'ai redouté l'amante à l'œil moqueur.
    Je vous dois d'avoir eu, tout au moins, une amie.
    Grâce à vous une robe a passé dans ma vie.

    LE BRET (lui montrant le clair de lune qui descend à travers les branches):
    Ton autre amie est là, qui vient te voir !

    CYRANO (souriant à la lune):
    Je vois.

    ROXANE:
    Je n'aimais qu'un seul être et je le perds deux fois !

    CYRANO:
    Le Bret, je vais monter dans la lune opaline,
    Sans qu'il faille inventer, aujourd'hui, de machine. . .

    LE BRET:
    Que dites-vous ?

    CYRANO:
    Mais oui, c'est là, je vous le dis,
    Que l'on va m'envoyer faire mon paradis
    Plus d'une âme que j'aime y doit être exilée,
    Et je retrouverai Socrate et Galilée !

    LE BRET (se révoltant):
    Non, non ! C'est trop stupide à la fin, et c'est trop
    Injuste ! Un tel poète ! Un cœur si grand, si haut !
    Mourir ainsi !. . .Mourir !. . .

    CYRANO:
    Voilà Le Bret qui grogne !

    LE BRET (fondant en larmes):
    Mon cher ami. . .

    CYRANO (se soulevant, l'œil égaré):
    Ce sont les cadets de Gascogne. . .
    --La masse élémentaire. . .Eh oui !. . .voilà le hic. . .

    LE BRET:
    Sa science. . .dans son délire !

    CYRANO:
    Copernic
    A dit. . .

    ROXANE:
    Oh !

    CYRANO:
    Mais aussi que diable allait-il faire,
    Mais que diable allait-il faire en cette galère ?. . .
    Philosophe, physicien,
    Rimeur, bretteur, musicien,
    Et voyageur aérien,
    Grand riposteur du tac au tac,
    Amant aussi--pas pour son bien !--
    Ci-gît Hercule-Savinien
    De Cyrano de Bergerac,
    Qui fut tout, et qui ne fut rien,
    . . .Mais je m'en vais, pardon, je ne peux faire attendre:
    Vous voyez, le rayon de lune vient me prendre !
    (Il se retombé assis, les pleurs de Roxane le rappellent à la réalité,
    il la regarde, et caressant ses voiles):
    Je ne veux pas que vous pleuriez moins ce charmant,
    Ce bon, ce beau Christian; mais je veux seulement
    Que lorsque le grand froid aura pris mes vertèbres,
    Vous donniez un sens double à ces voiles funèbres,
    Et que son deuil sur vous devienne un peu mon deuil.

    ROXANE:
    Je vous jure !. . .

    CYRANO (est secoué d'un grand frisson et se lève brusquement):
    Pas là ! non ! pas dans ce fauteuil !
    (On veut s'élancer vers lui):
    --Ne me soutenez pas !--Personne !
    (Il va s'adosser à l'arbre):
    Rien que l'arbre !
    (Silence):
    Elle vient. Je me sens déjà botté de marbre,
    --Ganté de plomb !
    (Il se raidit):
    Oh ! mais !. . .puisqu'elle est en chemin,
    Je l'attendrai debout,
    (Il tire l'épée):
    et l'épée à la main !

    LE BRET:
    Cyrano !

    ROXANE (défaillante):
    Cyrano !
    (Tous reculent épouvantés.)

    CYRANO:
    Je crois qu'elle regarde. . .
    Qu'elle ose regarder mon nez, cette Camarde
    (Il lève son épée):
    Que dites-vous ?. . .C'est inutile ?. . .Je le sais !
    Mais on ne se bat pas dans l'espoir du succès !
    Non ! non ! c'est bien plus beau lorsque c'est inutile !
    --Qu'est-ce que c'est tous ceux-là ?--Vous êtes mille ?
    Ah ! je vous reconnais, tous mes vieux ennemis !
    Le Mensonge ?
    (Il frappe de son épée le vide):
    Tiens, tiens !--Ha ! ha ! les Compromis !
    Les Préjugés, les Lâchetés !. . .
    (Il frappe):
    Que je pactise ?
    Jamais, jamais !--Ah ! te voilà, toi, la Sottise !
    --Je sais bien qu'à la fin vous me mettrez à bas;
    N'importe: je me bats ! je me bats ! je me bats !
    (Il fait des moulinets immenses et s'arrête haletant):
    Oui, vous m'arrachez tout, le laurier et la rose !
    Arrachez ! Il y a malgré vous quelque chose
    Que j'emporte, et ce soir, quand j'entrerai chez Dieu,
    Mon salut balaiera largement le seuil bleu,
    Quelque chose que sans un pli, sans une tache,
    J'emporte malgré vous,
    (Il s'élance l'épée haute):
    et c'est. . .
    (L'épée s'échappe de ses mains, il chancelle, tombe dans les bras de
    Le Bret et de Ragueneau.)

    ROXANE (se penchant sur lui et lui baisant le front):
    C'est ?. . .

    CYRANO (rouvre les yeux, la reconnaît et dit en souriant):
    Mon panache.

    Rideau.

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    Cinq Semaines En Ballon

    Aproximadamente 84.512 palavras.

    CINQ SEMAINES EN BALLON

    BY JULES VERNE

    VOYAGE DE DÉCOUVERTES EN AFRIQUE PAR TROIS ANGLAIS

    CHAPITRE PREMIER

    La fin d'un discours très applaudi.--Présentation du docteur Samuel
    Fergusson--« Excelsior. »--Portrait en pied du docteur.--Un fataliste
    convaincu.--Dîner au Traveller's club.--Nombreux toasts.

    Il y avait une grande affluence d'auditeurs, le 14 janvier 1862, à la
    séance de la Société royale géographique de Londres, Waterloo place, 3.
    Le président, sir Francis M..., faisait à ses honorables collègues une
    importante communication dans un discours fréquemment interrompu par
    les applaudissements.

    Ce rare morceau d'éloquence se terminait enfin par quelques phrases
    ronflantes dans lesquelles le patriotisme se déversait à pleines
    périodes:

    « L'Angleterre a toujours à la tête des nations (car, on l'a remarqué,
    les nations marchent universellement à la tête les unes des autres), «
    par l'intrépidité de ses voyageurs dans la voie des découvertes
    géographiques. (Assentiments nombreux.) Le docteur Samuel Fergusson,
    l'un de ses glorieux enfants, ne faillira pas à son origine. (De toutes
    parts: Non! non!) Cette tentative, si elle réussit (elle réussira!)
    reliera, en les complétant, les notions éparses de la cartologie
    africaine (véhémente approbation), et si elle échoue (jamais! jamais!),
    elle restera du moins comme l'un des plus audacieuses conceptions du
    génie humain! (Trépignements frénétiques.) »

    --Hourra! hourra! fit l'assemblée électrisée par ces émouvantes
    paroles.

    --Hourra pour l'intrépide Fergusson!» s'écria l'un des membres les plus
    expansifs de l'auditoire.

    Des cris enthousiastes retentirent. Le nom de Fergusson éclata dans
    toutes les bouches, et nous sommes fondés à croire qu'il gagna
    singulièrement à passer par des gosiers anglais. La salle des séances
    en fut ébranlée.

    Ils étaient là pourtant, nombreux, vieillis, fatigués, ces intrépides
    voyageurs que leur tempérament mobile promena dans les cinq parties du
    monde! Tous, plus ou moins, physiquement ou moralement, ils avaient
    échappé aux naufrages, aux incendies. aux tomahawks de l'Indien, aux
    casse-têtes du sauvage, au poteau du supplice, aux estomacs de la
    Polynésie! Mais rien ne put comprimer les battements de leurs cœurs
    pendant le discours de sir Francis M..., et, de mémoire humaine, ce fut
    là certainement le plus beau succès oratoire de la Société royale
    géographique de Londres Mais, en Angleterre, l'enthousiasme ne s'en
    tient pas seulement aux paroles. Il bat monnaie plus rapidement encore
    que le balancier de « the Royal Mint [La Monnaie à Londres.]. » Une
    indemnité d'encouragement fut votée, séance tenante, en faveur du
    docteur Fergusson, et s'éleva au chiffre de deux mille cinq cents
    livres[Soixante-deux mille cinq cents francs.]. L'importance de la
    somme se proportionnait à l'importance de l'entreprise.

    L'un des membres de la Société interpella le président sur la question
    de savoir si le docteur Fergusson ne serait pas officiellement
    présenté.

    « Le docteur se tient à la disposition de l'assemblée, répondit sir
    Francis M ...

    --Qu'il entre! s'écria-t-on, qu'il entre! Il est bon de voir par ses
    propres yeux un homme d'une audace aussi extraordinaire!

    --Peut-être cette incroyable proposition, dit un vieux commodore
    apoplectique, n'a-t-elle eu d'autre but que de nous mystifier!

    --Et si le docteur Fergusson n'existait pas! cria une voix malicieuse.

    --Il faudrait l'inventer, répondit un membre plaisant de cette grave
    Société.

    --Faites entrer le docteur Fergusson, » dit simplement sir Francis M
    ...

    Et le docteur entra au milieu d'un tonnerre d'applaudissements, pas le
    moins du monde ému d'ailleurs.

    C'était un homme d'une quarantaine d'années, de taille et de
    constitution ordinaires; son tempérament sanguin se trahissait par une
    coloration forcée du visage, il avait une figure froide, aux traits
    réguliers, avec un nez fort, le nez en proue de vaisseau de l'homme
    prédestiné aux découvertes; ses yeux fort doux, plus intelligents que
    hardis, donnaient un grand charme à sa physionomie; ses bras étaient
    longs, et ses pieds se posaient à terre avec l'aplomb du grand
    marcheur.

    La gravité calme respirait dans toute la personne du docteur, et l'idée
    ne venait pas à l'esprit qu'il put être l'instrument de la plus
    innocente mystification.

    Aussi, les hourras et les applaudissements ne cessèrent qu'au moment où
    le docteur Fergusson réclama le silence par un geste aimable. Il se
    dirigea vers le fauteuil préparé pour sa présentation; puis, debout,
    fixe, le regard énergique, il leva vers le ciel l'index de la main
    droite; ouvrit la bouche et prononça ce seul mot:

    « Excelsior! »

    Non! jamais interpellation inattendue de MM. Bright et Cobden, jamais
    demande de fonds extraordinaires de lord Palmerston pour cuirasser les
    rochers de l'Angleterre, n'obtinrent un pareil succès. Le discours de
    sir Francis M... était dépassé, et de haut. Le docteur se montrait à la
    fois sublime, grand, sobre et mesuré; il avait dit le mot de la
    situation:

    « Excelsior! »

    Le vieux commodore, complètement rallié à cet homme étrange, réclama
    l'insertion « intégrale » du discours Fergusson dans the Proceedings of
    the Royal Geographical Society of London [Bulletins de la Société
    Royale Géographique de Londres.].

    Qu'était donc ce docteur, et à quelle entreprise allait-il se dévouer?

    Le père du jeune Fergusson, un brave capitaine de la marine anglaise,
    avait associé son fils, dès son plus jeune âge, aux dangers et aux
    aventures de sa profession. Ce digne enfant, qui paraît n'avoir jamais
    connu la crainte, annonça promptement un esprit vif, une intelligence
    de chercheur, une propension remarquable vers les travaux
    scientifiques; il montrait, en outre, une adresse peu commune à se
    tirer d'affaire; il ne fut jamais embarrassé de rien, pas même de se
    servir de sa première fourchette, à quoi les enfants réussissent si peu
    en général.

    Bientôt son imagination s'enflamma à la lecture des entreprises
    hardies, des explorations maritimes; il suivit avec passion les
    découvertes qui signalèrent la première partie du XlXe siècle; il rêva
    la gloire des Mungo-Park, des Bruce, des Caillié, des Levaillant, et
    même un peu, je crois, celle de Selkirk, le Robinson Crusoé, qui ne lui
    paraissait pas inférieure. Que d'heures bien occupées il passa avec lui
    dans son île de Juan Fernandez! Il approuva souvent les idées du
    matelot abandonné; parfois il discuta ses plans et ses projets; il eût
    fait autrement, mieux peut-être, tout aussi bien, à coup sûr! Mais,
    chose certaine, il n'eût jamais fui cette bienheureuse île, où il était
    heureux comme un roi sans sujets....; non, quand il se fût agi de
    devenir premier lord de l'amirauté!

    Je vous laisse à penser si ces tendances se développèrent pendant sa
    jeunesse aventureuse jetée aux quatre coins du monde. Son père, en
    homme instruit, ne manquait pas d'ailleurs de consolider cette vive
    intelligence par des études sérieuses en hydrographie, en physique et
    en mécanique, avec une légère teinture de botanique, de médecine et
    d'astronomie.

    A la mort du digne capitaine, Samuel Fergusson, âgé de vingt-deux ans,
    avait déjà fait son tour du monde; il s'enrôla dans le corps des
    ingénieurs bengalais, et se distingua en plusieurs affaires; mais cette
    existence de soldat ne lui convenait pas; se souciant peu de commander,
    il n'aimait pas à obéir. Il donna sa démission, et, moitié chassant,
    moitié herborisant, il remonta vers le nord de la péninsule indienne et
    la traversa de Calcutta à Surate. Une simple promenade d'amateur.

    De Surate, nous le voyons passer en Australie, et prendre part en 1845
    à l'expédition du capitaine Sturt, chargé de découvrir cette mer
    Caspienne que l'on suppose exister au centre de la Nouvelle-Hollande.

    Samuel Fergusson revint en Angleterre vers 1830, et, plus que jamais
    possédé du démon des découvertes, il accompagna jusqu’en 1853 le
    capitaine Mac Clure dans l'expédition qui contourna le continent
    américain du détroit de Behring au cap Farewel.

    En dépit des fatigues de tous genres, et sous tous les climats, la
    constitution de Fergusson résistait merveilleusement; il vivait à son
    aise au milieu des plus complètes privations; c'était le type du
    parfait voyageur, dont l'estomac se resserre ou se dilate à volonté,
    dont les jambes s'allongent ou se raccourcissent suivant la couche
    improvisée, qui s'endort à toute heure du jour et se réveille à toute
    heure de la nuit.

    Rien de moins étonnant, dès lors, que de retrouver notre infatigable
    voyageur visitant de 1855 à 1857 tout l'ouest du Tibet en compagnie des
    frères Schlagintweit, et rapportant de cette exploration de curieuses
    observations d'ethnographie.

    Pendant ces divers voyages, Samuel Fergusson fut le correspondant le
    plus actif et le plus intéressant du Daily Telegraph, ce journal à un
    penny, dont le tirage monte jusqu'à cent quarante mille exemplaires par
    jour, et suffit à peine à plusieurs millions de lecteurs. Aussi le
    connaissait-on bien, ce docteur, quoiqu'il ne fût membre d'aucune
    institution savante, ni des Sociétés royales géographiques de Londres,
    de Paris, de Berlin, de Vienne ou de Saint-Pétersbourg, ni du Club des
    Voyageurs, ni même de Royal Polytechnic Institution, où trônait son ami
    le statisticien Kokburn.

    Ce savant lui proposa même un jour de résoudre le problème suivant,
    dans le but de lui être agréable: Étant donné le nombre de milles
    parcourus par le docteur autour du monde, combien sa tête en a-t-elle
    fait de plus que ses pieds, par suite de la différence des rayons? Ou
    bien, étant connu ce nombre de milles parcourus par les pieds et par la
    tête du docteur, calculer sa taille exacte à une ligne près?

    Mais Fergusson se tenait toujours éloigné des corps savants, étant de
    l'église militante et non bavardante; il trouvait le temps mieux
    employé à chercher qu'à discuter, à découvrir qu'à discourir.

    On raconte qu'un Anglais vint un jour à Genève avec l'intention de
    visiter le lac; on le fit monter dans l'une de ces vieilles voitures où
    l'on s'asseyait de côté comme dans les omnibus: or il advint que, par
    hasard, notre Anglais fut placé de manière à présenter le dos au lac;
    la voiture accomplit paisiblement son voyage circulaire, sans qu'il
    songeât à se retourner une seule fois, et il revint à Londres, enchanté
    du lac de Genève.

    Le docteur Fergusson s'était retourné, lui, et plus d'une fois pendant
    ses voyages, et si bien retourné qu'il avait beaucoup vu. En cela,
    d'ailleurs, il obéissait à sa nature, et nous avons de bonnes raisons
    de croire qu'il était un peu fataliste, mais d'un fatalisme très
    orthodoxe, comptant sur lui, et même sur la Providence; `il se disait
    poussé plutôt qu'attiré dans ses voyages, et parcourait le monde,
    semblable à une locomotive, qui ne se dirige pas, mais que la route
    dirige.

    « Je ne poursuis pas mon chemin, disait-il souvent, c'est mon chemin
    qui me poursuit. »

    On ne s'étonnera donc pas du sang-froid avec lequel il accueillit les
    applaudissements de la Société Royale; il était au-dessus de ces
    misères, n'ayant pas d'orgueil et encore moins de vanité; il trouvait
    toute simple la proposition qu'il avait adressée au président sir
    Francis M ... et ne s'aperçut même pas de l’effet immense qu'elle
    produisit.

    Après la séance, le docteur fut conduit au Traveller's club, dans Pall
    Mall; un superbe festin s'y trouvait dressé à son intention; la
    dimension des pièces servies fut en rapport avec l'importance du
    personnage, et l'esturgeon qui figura dans ce splendide repas n'avait
    pas trois pouces de moins en longueur que Samuel Fergusson lui-même.

    Des toasts nombreux furent portés avec les vins de France aux célèbres
    voyageurs qui s'étaient illustrés sur la terre d'Afrique. On but à leur
    santé ou à leur mémoire, et par ordre alphabétique, ce qui est très
    anglais: à Abbadie, Adams, Adamson, Anderson, Arnaud, Baikie, Baldwin,
    Barth, Batouda, Beke, Beltrame, du Berba, Bimbachi, Bolognesi, Bolwik,
    Bolzoni, Bonnemain, Brisson, Browne, Bruce, Brun-Rollet, Burchell,
    Burckhardt, Burton, Caillaud, Caillié, Campbell, Chapman, Clapperton,
    Clot, Bey, Colomieu, Courval, Cumming, Cuny, Debono, Decken, Denham,
    Desavanchers, Dicksen, Dickson; Dochard, Duchaillu, Duncan, Durand,
    Duroulé, Duveyrier, Erhardt, d'Escayrac de Lauture, Ferret, Fresnel,
    Galinier, Galton, Geoffroy, Golberry, Hahn, Halm, Harnier, Hecquart,
    Heuglin, Hornemann, Houghton, Imbert, Kaufmann, Knoblecher, Krapf,
    Kummer, Lafargue, Laing, Lajaille, Lambert, Lamiral, Lamprière, John
    Lander, Richard Lander, Lefebvre, Lejean, Levaillant, Livingstone,
    Maccarthie, Maggiar, Maizan, Malzac, Moffat, Mollien, Monteiro,
    Morrisson, Mungo-Park, Neimans, Overwev, Panet, Partarrieau, Pascal,
    Pearse, Peddie, Peney, Petherick, Poncet, Prax, Raffenel, Rath,
    Rebmann, Richardson, Riley, Ritchie, Rochet d'Héricourt, Rongâwi,
    Roscher, Ruppel, Saugnier, Speke, Steidner, Thibaud, Thompson,
    Thornton, Toole, Tousny, Trotter, Tuckey, Tyrwitt, Vaudey, Veyssière,
    Vincent, Vinco, Vogel, Wahlberg, Warington, Washington, Werne, Wild, et
    enfin au docteur Samuel Fergusson qui, par son incroyable tentative,
    devait relier les travaux de ces voyageurs et compléter la série des
    découvertes africaines.

    CHAPITRE II

    Un article du Daily Telegraph.--Guerre de journaux savants.

    Le lendemain, dans son numéro du 16 janvier, le Daily Telegraph
    publiait un article ainsi conçu:

    « L'Afrique va livrer enfin le secret de ses vastes solitudes; un Œdipe
    moderne nous donnera le mot de cette énigme que les savants de soixante
    siècles n'ont pu déchiffrer. Autrefois, rechercher les sources du Nil,
    fontes Nili quœrere, était regardé comme une tentative insensée, une
    irréalisable chimère. »

    « Le docteur Barth, en suivant jusqu'au Soudan la route tracée par
    Denham et Clapperton; le docteur Livingstone, en multipliant ses
    intrépides investigations depuis le cap de Bonne-Espérance jusqu'au
    bassin du Zambezi; les capitaines Burton et Speke, par la découverte
    des Grands Lacs intérieurs, ont ouvert trois chemins à la civilisation
    moderne; leur point d'intersection, où nul voyageur n'a encore pu
    parvenir, est le cœur même de l'Afrique. C'est là que doivent tendre
    tous les efforts. »

    « Or, les travaux de ces hardis pionniers de la science vont être
    renoués par l'audacieuse tentative du docteur Samuel Fergusson, dont
    nos lecteurs ont souvent apprécié les belles explorations. »

    « Cet intrépide découvreur (discoverer) se propose de traverser en
    ballon toute l'Afrique de l'est à l'ouest. Si nous sommes bien
    informés, le point de départ de ce surprenant voyage serait l'île de
    Zanzibar sur la côte orientale. Quant au point d'arrivée, à la
    Providence seule il est réservé de le connaître. »

    « La proposition de cette exploration scientifique a été faite hier
    officiellement à la Société Royale de Géographie; une somme de deux
    mille cinq cents livres est votée pour subvenir aux frais de
    l'entreprise.

    « Nous tiendrons nos lecteurs au courant de cette tentative, qui est
    sans précédents dans les fastes géographiques. »

    Comme on le pense, cet article eut un énorme retentissement; il souleva
    d'abord les tempêtes de l'incrédulité, le docteur Fergusson passa pour
    un être purement chimérique, de l'invention de M. Barnum, qui, après
    avoir travaillé aux États-Unis, s'apprêtait à « faire » les Iles
    Britanniques.

    Une réponse plaisante parut à Genève dans le numéro de février des «
    Bulletins de la Société Géographique », elle raillait spirituellement
    la Société Royale de Londres, le Traveller's club et l'esturgeon
    phénoménal.

    Mais M. Petermann, dans ses « Mittheilungen, » publiés à Gotha,
    réduisit au silence le plus absolu le journal de Genève. M. Petermann
    connaissait personnellement le docteur Fergusson, et se rendait garant
    de l'intrépidité de son audacieux ami

    Bientôt d'ailleurs le doute ne fut plus possible; les préparatifs du
    voyage se faisaient à Londres; les fabriques de Lyon avaient reçu une
    commande importante de taffetas pour la construction de l'aérostat;
    enfin le gouvernement britannique mettait à la disposition du docteur
    le transport le Resolute, capitaine Pennet

    Aussitôt mille encouragements se firent jour, mille félicitations
    éclatèrent. Les détails de l’entreprise parurent tout au long dans les
    Bulletins de la Société Géographique de Paris; un article remarquable
    fut imprimé dans les « Nouvelles Annales des voyages, de la géographie,
    de l'histoire et de l'archéologie de M. V.-A. Malte-Brun »; un travail
    minutieux publié dans « Zeitschrift für Allgemeine Erdkunde, » par le
    docteur W. Koner, démontra victorieusement la possibilité du voyage,
    ses chances de succès, la nature des obstacles, les immenses avantages
    du mode de locomotion par la voie aérienne; il blâma seulement le point
    de départ; il indiquait plutôt Masuah, petit port de l'Abyssinie, d’où
    James Bruce, en 1768, s'était élancé à la recherche des sources du Nil.
    D'ailleurs il admirait sans réserve cet esprit énergique du docteur
    Fergusson, et ce cœur couvert d'un triple airain qui concevait et
    tentait un pareil voyage.

    Le « North American Review » ne vit pas sans déplaisir une telle gloire
    réservée à l'Angleterre; il tourna la proposition du docteur en
    plaisanterie, et l'engagea à pousser jusqu'en Amérique, pendant qu'il
    serait en si bon chemin.

    Bref, sans compter les journaux du monde entier, il n'y eut pas de
    recueil scientifique, depuis le ·« Journal des Missions évangéliques »
    jusqu'à la « Revue algérienne et coloniale, » depuis les « Annales de
    la propagation de la foi » jusqu'au « Church missionnary intelligencer,
    » qui ne relatât le fait sous toutes ses formes.

    Des paris considérables s'établirent à Londres et dans l'Angleterre, 1°
    sur l'existence réelle ou supposée du docteur Fergusson; 2° sur le
    voyage lui-même, qui ne serait pas tenté suivant les uns, qui serait
    entrepris suivant les autres; 3° sur la question de savoir s'il
    réussirait ou s'il ne réussirait pas; 4° sur les probabilités ou les
    improbabilités du retour du docteur Fergusson. On engagea des sommes
    énormes au livre des paris, comme s'il se fût agi des courses d'Epsom.

    Ainsi donc, croyants, incrédules, ignorants et savants, tous eurent les
    yeux fixés sur le docteur; il devint le lion du jour sans se douter
    qu'il portât une crinière. Il donna volontiers des renseignements
    précis sur son expédition. Il fut aisément abordable et l'homme le plus
    naturel du monde. Plus d'un aventurier hardi se présenta, qui voulait
    partager la gloire et les dangers de sa tentative; mais il refusa sans
    donner de raisons de son refus.

    De nombreux inventeurs de mécanismes applicables à la direction des
    ballons vinrent lui proposer leur système. Il n'en voulut accepter
    aucun. A qui lui demanda s'il avait découvert quelque chose à cet
    égard, il refusa constamment de s'expliquer, et s'occupa plus
    activement que jamais des préparatifs de son voyage.

    CHAPITRE III

    L'ami du docteur.--D'où datait leur amitié.--Dick Kennedy à
    Londres.--Proposition inattendue, mais point rassurante.--Proverbe peu
    consolant.--Quelques mots du martyrologe africain--Avantages d'un
    aérostat.--Le secret du docteur Fergusson.

    Le docteur Fergusson avait un ami. Non pas un autre lui-même, un alter
    ego; l'amitié ne saurait exister entre deux êtres parfaitement
    identiques.

    Mais s'ils possédaient des qualités, des aptitudes, un tempérament
    distincts, Dick Kennedy et Samuel Fergusson vivaient d'un seul et même
    cœur, et cela ne les gênait pas trop. Au contraire.

    Ce Dick Kennedy était un Écossais dans toute l'acception du mot,
    ouvert, résolu, entêté. Il habitait la petite ville de Leith, près
    d'Édimbourg, une véritable banlieue de la « Vieille Enfumée »
    [Sobriquet d'Édimbourg, Auld Reekie,]. C'était quelquefois un pêcheur,
    mais partout et toujours un chasseur déterminé: rien de moins étonnant
    de la part d'un enfant de la Calédonie, quelque peu coureur des
    montagnes des Highlands. On le citait comme un merveilleux tireur à la
    carabine; non seulement il tranchait des balles sur une lame de
    couteau, mais il les coupait en deux moitiés si égales, qu'en les
    pesant ensuite on ne pouvait y trouver de différence appréciable.

    La physionomie de Kennedy rappelait beaucoup celle de Halbert
    Glendinning, telle que l'a peinte Walter Scott dans « le Monastére »;
    sa taille dépassait six pieds anglais [Environ cinq pieds huit
    pouces.]; plein de grâce et d'aisance, il paraissait doué d'une force
    herculéenne; une figure fortement hâlée par le soleil, des yeux vifs et
    noirs, une hardiesse naturelle très décidée, enfin quelque chose de bon
    et de solide dans toute sa personne prévenait en faveur de l'Écossais.

    La connaissance des deux amis se fit dans l'Inde, à l'époque où tous
    deux appartenaient au même régiment; pendant que Dick chassait au tigre
    et à l'éléphant, Samuel chassait à la plante et à l'insecte; chacun
    pouvait se dire adroit dans sa partie, et plus d'une plante rare devint
    la proie du docteur, qui valut à conquérir autant qu'une paire de
    défenses en ivoire.

    Ces deux jeunes gens n'eurent jamais l'occasion de se sauver la vie, ni
    de se rendre un service quelconque. De là une amitié inaltérable. La
    destinée les éloigna parfois, mais la sympathie les réunit toujours.

    Depuis leur rentrée en Angleterre, ils furent souvent séparés par les
    lointaines expéditions du docteur; mais, de retour, celui-ci ne manqua,
    jamais d'aller, non pas demander, mais donner quelques semaines de
    lui-même à son ami l'Écossais.

    Dick causait du passé, Samuel préparait l'avenir: l'un regardait en
    avant, l’autre en arrière. De là un esprit inquiet, celui de Fergusson,
    une placidité parfaite, celle de Kennedy.

    Après son voyage au Tibet, le docteur resta près de deux ans sans
    parler d'explorations nouvelles; Dick supposa que ses instincts de
    voyage, ses appétits d'aventures se calmaient. Il en fut ravi. Cela,
    pensait-il, devait finir mal un jour ou l'autre; quelque habitude que
    l'on ait des hommes, on ne voyage pas impunément au milieu des
    anthropophages et des bêtes féroces; Kennedy engageait donc Samuel à
    enrayer, ayant assez fait d'ailleurs pour la science, et trop pour la
    gratitude humaine.

    A cela, le docteur se contentait de ne rien répondre; il demeurait
    pensif, puis il se livrait à de secrets calculs, passant ses nuits dans
    des travaux de chiffres, expérimentant même des engins singuliers dont
    personne ne pouvait se rendre compte. On sentait qu'une grande pensée
    fermentait dans son cerveau.

    « Qu'a-t-il pu ruminer ainsi?» se demanda Kennedy, quand son ami l'eut
    quitté pour retourner à Londres, au mois de janvier.

    Il l'apprit un matin par l'article du Daily Telegraph.

    « Miséricorde! s'écria-t-il. Le fou! l'insensé traverser l'Afrique en
    ballon! Il ne manquait plus que cela! Voilà donc ce qu'il méditait
    depuis deux ans! »

    A la place de tous ces points d'exclamation, mettez des coups de poing
    solidement appliqués sur la tête, et vous aurez une idée de l'exercice
    auquel se livrait le brave Dick en parlant ainsi.

    Lorsque sa femme de confiance, la vieille Elspeth, voulut insinuer que
    ce pourrait bien être une mystification:

    « Allons donc! répondit-il, est-ce que je ne reconnais pas mon homme?

    Est-ce que ce n'est pas de lui? Voyager à travers les airs! Le voilà
    jaloux des aigles maintenant! Non, certes, cela ne sera pas! je saurai
    bien l'empêcher! Eh! si on le laissait faire, il partirait un beau jour
    pour la lune! »

    Le soir même, Kennedy, moitié inquiet, moitié exaspéré, prenait le
    chemin de fer à General Railway station, et le lendemain il arrivait à
    Londres.

    Trois quarts d'heure après un cab le déposait à la petite maison du
    docteur, Soho square, Greek street; il en franchit le perron, et
    s'annonça en frappant à la porte cinq coups solidement appuyés.

    Fergusson lui ouvrit en personne.

    « Dick? fit-il sans trop d`étonnement.

    --Dick lui-même, riposta Kennedy.

    --Comment, mon cher Dick, toi à Londres, pendant les chasses d'hiver?

    --Moi, à Londres.

    --Et qu'y viens-tu faire?

    --Empêcher une folie sans nom!

    --Une folie? dit le docteur.

    --Est-ce vrai ce que raconte ce journal, répondit Kennedy en tendant le
    numéro du Daily Telegraph.

    --Ah! c'est de cela que tu parles! Ces journaux sont bien indiscrets!
    Mais asseois-toi donc, mon cher Dick.

    --Je ne m'asseoirai pas. Tu as parfaitement l'intention d'entreprendre
    ce voyage?

    --Parfaitement; mes préparatifs vont bon train, et je...

    --Où sont-ils que je les mette en pièces, tes préparatifs? Où sont-ils
    que j’en fasse des morceaux »

    Le digne Écossais se mettait très sérieusement en colère.

    « Du calme, mon cher Dick reprit le docteur. Je conçois ton irritation.

    Tu m'en veux de ce que je ne t'ai pas encore appris mes nouveaux
    projets.

    --Il appelle cela de nouveaux projets!

    --J'ai été fort occupé, reprit Samuel sans admettre l'interruption,
    j'ai eu fort à faire! Mais sois tranquille, je ne serais pas parti sans
    t'écrire

    --Eh! je me moque bien.

    --Parce que j'ai l'intention de t'emmener avec moi. »

    L'Écossais fit un bond qu'un chamois n'eût pas désavoué.

    « Ah ca! dit-il, tu veux donc que l'on nous renferme tous les deux à
    l’hôpital de Betlehem! [Hôpital de fous à Londres.]

    --J'ai positivement compté sur toi, mon cher Dick, et je t'ai choisi à
    l’exclusion de bien d'autres. »

    Kennedy demeurait en pleine stupéfaction.

    « Quand tu m'auras écouté pendant dix minutes, répondit tranquillement
    le docteur, tu me remercieras

    --Tu parles sérieusement?

    --Très sérieusement.

    --Et si je refuse de t’accompagner?

    --Tu ne refuseras pas.

    --Mais enfin, si je refuse?

    --Je partirai seul.

    --Asseyons-nous, dit le chasseur, et parlons sans passion. Du moment
    que tu ne plaisantes pas, cela vaut la peine que l'on discute.

    --Discutons en déjeunant, si tu n'y vois pas d'obstacle, mon cher Dick.
    »

    Les deux amis se placèrent l'un en face de l'autre devant une petite
    table, entre une pile de sandwichs et une théière énorme

    « Mon cher Samuel, dit le chasseur, ton projet est insensé! il est
    impossible! il ne ressemble à rien de sérieux ni de praticable!

    --C'est ce que nous verrons bien après avoir essayé.

    --Mais ce que précisément il ne faut pas faire, c'est d'essayer.

    --Pourquoi cela, s'il te plaît?

    --Et les dangers, et les obstacles de toute nature!

    --Les obstacles, répondit sérieusement Fergusson, sont inventés pour
    être vaincus; quant aux dangers, qui peut se flatter de les fuir? Tout
    est danger dans la vie; il peut être très dangereux de s'asseoir devant
    sa table ou de mettre son chapeau sur sa tête; il faut d'ailleurs
    considérer ce qui doit arriver comme arrivé déjà, et ne voir que le
    présent dans l'avenir, car l'avenir n'est qu'un présent un peu plus
    éloigné.

    --Que cela! fit Kennedy en levant les épaules. Tu es toujours
    fataliste!

    --Toujours, mais dans le bon sens du mot. Ne nous préoccupons donc pas
    de ce que le sort nous réserve et n'oublions jamais notre bon proverbe
    d'Angleterre:

    « L'homme né pour être pendu ne sera jamais noyé! »

    Il n'y avait rien à répondre, ce qui n'empêcha pas Kennedy de reprendre
    une série d'arguments faciles à imaginer, mais trop longs à rapporter
    ici

    « Mais enfin, dit-il après une heure de discussion, si tu veux
    absolument traverser l'Afrique, si cela est nécessaire à ton bonheur,
    pourquoi ne pas prendre les routes ordinaires?

    --Pourquoi? répondit le docteur en s'animant; parce que jusqu'ici
    toutes les tentatives ont échoué! Parce que depuis Mungo-Park assassiné
    sur le Niger jusqu'à Yogel disparu dans le Wadaï, depuis Oudney mort à
    Murmur, Clapperton mort à Sackatou, jusqu'au Français Maizan coupé en
    morceaux, depuis le major Laing tué par les Touaregs jusqu'à Roscher de
    Hambourg massacré au commencement de 1860, de nombreuses victimes ont
    été inscrites au martyrologe africain! Parce que lutter contre les
    éléments, contre la faim, la soif, la fièvre, contre les animaux
    féroces et contre des peuplades plus féroces encore, est impossible!
    Parce que ce qui ne peut être fait d'une façon doit être entrepris
    d'une autre! Enfin parce que, là où l'on ne peut passer au milieu, il
    faut passer à côté ou passer dessus!

    --S'il ne s'agissait que de passer dessus! répliqua Kennedy; mais
    passer par-dessus!

    --Eh bien, reprit le docteur avec le plus grand sang-froid du monde,
    qu'ai-je à redouter! Tu admettras bien que j'ai pris mes précautions de
    manière à ne pas craindre une chute de mon ballon; si donc il vient à
    me faire défaut, je me retrouverai sur terre dans les conditions
    normales des explorateurs; mais mon ballon ne me manquera pas, il n'y
    faut pas compter.

    ---Il faut y compter, au contraire.

    --Non pas, mon cher Dick. J'entends bien ne pas m'en séparer avant mon
    arrivée à la côte occidentale d'Afrique. Avec lui, tout est possible;
    sans lui, je retombe dans les dangers et les obstacles naturels d'une
    pareille expédition; avec lui, ni la chaleur, ni les torrents, ni les
    tempêtes, ni le simoun, ni les climats insalubres, ni les animaux
    sauvages, ni les hommes ne sont à craindre! Si j'ai trop chaud, je
    monte, si j'ai froid, je descends; une montagne, je la dépasse; un
    précipice, je le franchis; un fleuve, je le traverse; un orage, je le
    domine; un torrent, je le rase comme un oiseau! Je marche sans fatigue,
    je m'arrête sans avoir besoin de repos! Je plane sur les cités
    nouvelles! Je vole avec la rapidité de l'ouragan tantôt au plus haut
    des airs, tantôt à cent pieds du sol, et la carte africaine se déroule
    sous mes yeux dans le grand atlas du monde! »

    Le brave Kennedy commençait à se sentir ému, et cependant le spectacle
    évoqué devant ses yeux lui donnait le vertige. Il contemplait Samuel
    avec admiration, mais avec crainte aussi; il se sentait déjà balancé
    dans l'espace.

    « Voyons, fit-il, voyons un peu, mon cher Samuel, tu as donc trouvé le
    moyen de diriger les ballons?

    --Pas le moins du monde. C'est une utopie.

    --Mais alors tu iras

    --Où voudra la Providence; mais cependant de l'est à l'ouest.

    --Pourquoi cela?

    --Parce que je compte me servir des vents alizés, dont la direction est
    constante.

    --Oh! vraiment! fit Kennedy en réfléchissant: les vents alizés....
    certainement... on peut à la rigueur... il y a quelque chose...

    --S'il y a quelque chose! non, mon brave ami, il y a tout. Le
    gouvernement anglais a mis un transport à ma disposition; il a été
    convenu également que trois ou quatre navires iraient croiser sur la
    côte occidentale vers l'époque présumée de mon arrivée. Dans trois mois
    au plus, je serai à Zanzibar, où j'opérerai le gonflement de mon
    ballon, et de là nous nous élancerons

    --Nous! fit Dick.

    --Aurais-tu encore l'apparence d'une objection à me faire? Parle, ami
    Kennedy.

    --Une objection! j'en aurais mille; mais, entre autres, dis-moi: si tu
    comptes voir le pays, si tu comptes monter et descendre à ta volonté,
    tu ne le pourras faire sans perdre ton gaz; il n'y a pas eu jusqu'ici
    d'autres moyens de procéder, et c'est ce qui a toujours empêché les
    longues pérégrinations dans l'atmosphère.

    --Mon cher Dick, je ne te dirai qu'une seule chose: je ne perdrai pas
    un atome de gaz, pas une molécule.

    --Et tu descendras à volonté

    --Je descendrai à volonté.

    --Et comment feras-tu?

    --Ceci est mon secret, ami Dick. Aie confiance, et que ma devise soit
    la tienne: « Excelcior! »

    --Va pour « Excelsior! » répondit le chasseur, qui ne savait pas un mot
    de latin.

    Mais il était bien décidé à s'opposer, par tous les moyens possibles,
    au départ de son ami. Il fit donc mine d'être de son avis et se
    contenta d'observer. Quant à Samuel, il alla surveiller ses apprêts.

    CHAPITRE IV

    Explorations africaines.

    La ligne aérienne que le docteur Fergusson comptait suivre n'avait pas
    été choisie au hasard; son point de départ fut sérieusement étudié, et
    ce ne fut pas sans raison qu'il résolut de s'élever de l'île de
    Zanzibar. Cette île, située près de la côte orientale d'Afrique, se
    trouve par 6° de latitude australe, c’est-à-dire à quatre cent trente
    milles géographiques au-dessous de l'équateur.

    De cette île venait de partir la dernière expédition envoyée par les
    Grands Lacs à la découverte des sources du Nil.

    Mais il est bon d’indiquer quelles explorations le docteur Fergusson
    espérait rattacher entre elles. Il y en a deux principales: celle du
    docteur Barth en 1849, celle des lieutenants Burton et Speke en 1858.

    Le docteur Barth est un Hambourgeois qui obtint pour son compatriote
    Overweg et pour lui la permission de se joindre à l'expédition de
    l'Anglais Richardson; celui-ci était chargé d'une mission dans le
    Soudan.

    Ce vaste pays est situé entre 15° et 10° de latitude nord, c'est-à-dire
    que, pour y parvenir, il faut s'avancer de plus de quinze cent milles
    [Six cent vingt-cinq lieues.] dans l'intérieur de l'Afrique.

    Jusque-là, cette contrée n'était connue que par le voyage de Denham, de
    Clapperton et d'Ouduey, de 1822 à 1824. Richardson, Barth et Overweg,
    jaloux de pousser plus loin leurs investigations, arrivent à Tunis et à
    Tripoli, comme leurs devanciers, et parviennent à Mourzouk, capitale du
    Fezzan.

    Ils abandonnent alors la ligne perpendiculaire et font un crochet dans
    l'ouest vers Ghât, guidés, non sans difficultés, par les Touaregs.
    Après mille scènes de pillage, de vexations, d'attaques à main armée,
    leur caravane arrive en octobre dans le vaste oasis de l'Asben. Le
    docteur Barth se détache de ses compagnons, fait une excursion à la
    ville d'Agbadès, et rejoint l'expédition, qui se remet en marche le 12
    décembre. Elle arrive dans la province du Damerghou; là, les trois
    voyageurs se séparent, et Barth prend la route de Kano, où il parvient
    à force de patience et en payant des tributs considérables.

    Malgré une fièvre intense, il quitte cette ville le 7 mars, suivi d'un
    seul domestique. Le principal but de son voyage est de reconnaître le
    lac Tchad, dont il est encore séparé par trois cent cinquante milles.
    Il s’avance donc vers l'est et atteint la ville de Zouricolo, dans le
    Bornou, qui est le noyau du grand empire central de l'Afrique. Là il
    apprend la mort de Richardson, tué par la fatigue et les privations. Il
    arrive à Kouka, capitale du Bornou, sur les bords du lac. Enfin, au
    bout de trois semaines, le 14 avril, douze mois et demi après avoir
    quitté Tripoli, il atteint la ville de Ngornou.

    Nous le retrouvons partant le 29 mars 1851, avec Overweg, pour visiter
    le royaume d'Adamaoua, au sud du lac; il parvient jusqu'à la ville
    d'Yola, un peu au-dessous du 9° degré de latitude nord. C'est la limite
    extrême atteinte au sud par ce hardi voyageur.

    Il revient au mois d'août à Kouka, de là parcourt successivement le
    Mandara, le Barghimi, le Kanem, et atteint comme limite extrême dans
    l'est la ville de Masena, située par 17° 20' de longitude ouest [Il
    s'agit du méridien anglais, qui passe par l'observatoire de
    Greenwich.].

    Le 25 novembre 1852, après la mort d'Overweg, son dernier compagnon, il
    s'enfonce dans l'ouest, visite Sockoto, traverse le Niger, et arrive
    enfin à Tombouctou, oh il doit languir huit longs mois, au milieu des
    vexations du cheik, des mauvais traitements et de la misère. Mais la
    présence d'un chrétien dans la ville ne peut être plus longtemps
    tolérée; les Foullannes menacent de l'assiéger. Le docteur la quitte
    donc le 17 mars 1854, se réfugie sur la frontière, où il demeure trente
    trois jours dans le dénûment le plus complet, revient à Kano en
    novembre, rentre à Kouka, d'où il reprend la route de Denham, après
    quatre mois d'attente; il revoit Tripoli vers la fin d'août 1855, et
    rentre à Londres le 6 septembre, seul de ses compagnons.

    Voilà ce que fut ce hardi voyage de Barth.

    Le docteur Fergusson nota soigneusement qu'il s'était arrêté à 4° de
    latitude nord et à 17° de longitude ouest.

    Voyons maintenant ce que firent les lieutenants Burton et Speke dans
    l'Afrique orientale.

    Les diverses expéditions qui remontèrent le Nil ne purent jamais
    parvenir aux sources mystérieuses de ce fleuve. D'après la relation du
    médecin allemand Ferdinand Werne, l'expédition tentée en 1840, sous les
    auspices de Mehemet-Ali, s'arrêta à Gondokoro, entre les 4° et 5°
    parallèles nord.

    En 1855, Brun-Rollet, un Savoisien, nommé consul de Sardaigne dans le
    Soudan oriental, en remplacement de Vaudey, mort à la peine, partit de
    Karthoum, et sous le nom de marchand Yacoub, trafiquant de gomme et
    d'ivoire, il parvint à Belenia, au-delà du 4e degré, et retourna malade
    à Karthoum, où il mourut en 1837.

    Ni le docteur Peney, chef du service médical égyptien, qui sur un petit
    steamer atteignit un degré au-dessous de Gondokoro, et revint mourir
    d'épuisement à Karthoum,--ni le Venitien Miani, qui, contournant les
    cataractes situées au-dessous de Gondokoro, atteignit le 2e
    parallèle,--ni le négociant maltais Andrea Debono, qui poussa plus loin
    encore son excursion sur le Nil--ne purent franchir l'infranchissable
    limite.

    En 1859, M. Guillaume Lejean, chargé d'une mission par le gouvernement
    français, se rendit à Karthoum par la mer Rouge, s'embarqua sur le Nil
    avec vingt et un hommes d'équipage et vingt soldats; mais il ne put
    dépasser Gondokoro, et courut les plus grands dangers au milieu des
    nègres en pleine révolte. L'expédition dirigée par M. d'Escayrac de
    Lauture tenta également d'arriver aux fameuses sources.

    Mais ce terme fatal arrêta toujours les voyageurs; les envoyés de Néron
    avaient atteint autrefois le 9e degré de latitude; on ne gagna donc en
    dix huit siècles que 5 ou 6 degrés, soit de trois cents à trois cent
    soixante milles géographiques.

    Plusieurs voyageurs tentèrent de parvenir aux sources du Nil, en
    prenant un point de départ sur la côte orientale de l'Afrique.

    De 1768 à 1772, l'Écossais Bruce partit de Masuah, port de l’Abyssinie,
    parcourut le Tigré, visita les ruines d'Axum, vit les sources du Nil où
    elles n'étaient pas, et n'obtint aucun résultat sérieux.

    En 1844, le docteur Krapf, missionnaire anglican, fondait un
    établissement à Monbaz sur la côte de Zanguebar, et découvrait, en
    compagnie du révérend Rebmann, deux montagnes à trois cents milles de
    la côte; ce sont les monts Kilimandjaro et Kenia, que MM. de Heuglin et
    Thornton viennent de gravir en partie.

    En 1845, le Français Maizan débarquait seul à Bagamayo, en face de
    Zanzibar, et parvenait à Deje-la-Mhora, où le chef le faisait périr
    dans de cruels supplices.

    En 1859, au mois d'août, le jeune voyageur Roscher, de Hambourg parti
    avec une caravane de marchands arabes, atteignait le lac Nyassa, où il
    fut assassiné pendant son sommeil.

    Enfin, en 1857, les lieutenants Burton et Speke, tous deux officiers à
    l'armée du Bengale, furent envoyés par la Société de Géographie de
    Londres pour explorer les Grands Lacs africains; le 17 juin ils
    quittèrent Zanzibar et s'enfoncèrent directement dans l'ouest.

    Après quatre mois de souffrances inouïes, leurs bagages pillés, leurs
    porteurs assommés, ils arrivèrent à Kazeh, centre de réunion des
    trafiquants et des caravanes; ils étaient en pleine terre de la Lune;
    là ils recueillirent des documents précieux sur les mœurs, le
    gouvernement, la religion, la faune et la flore du pays; puis ils se
    dirigèrent vers le premier des Grands Lacs, le Tanganayika situé entre
    3° et 8° de latitude australe; ils y parvinrent le 14 février 1858, et
    visitèrent les diverses peuplades des rives, pour la plupart
    cannibales.

    Ils repartirent le 26 mai, et rentrèrent à Kazeh le 20 juin. Là, Burton
    épuisé resta plusieurs mois malade; pendant ce temps, Speke fit au nord
    une pointe de plus de trois cents milles, jusqu'au lac Oukérooué, qu'il
    aperçut le 3 août; mais il n'en put voir que l'ouverture par 2° 30' de
    latitude.

    Il était de retour à Kazeh le 25 août, et reprenait avec Burton le
    chemin de Zanzibar, qu'ils revirent au mois de mars de l'année
    suivante. Ces deux hardis explorateurs revinrent alors en Angleterre,
    et la Société de Géographie de Paris leur décerna son prix annuel.

    Le docteur Fergusson remarqua avec soin qu'ils n'avaient franchi ni le
    2e degré de latitude australe, ni le 29e degré de longitude est.

    Il s'agissait donc de réunir les explorations de Burton et Speke à
    celles du docteur Barth; c'était s'engager à franchir une étendue de
    pays de plus de douze degrés.

    CHAPITRE V

    Rêves de Kennedy.--Articles et pronoms au pluriel.--Insinuations de
    Dick.--Promenade sur la carte d’Afrique--Ce qui reste entre les deux
    pointes du compas.--Expéditions actuelles.--Speke et Grant.--Krapf, de
    Decken, de Heuglin.

    Le docteur Fergusson pressait activement les préparatifs de son départ;
    il dirigeait lui-même la construction de son aérostat, suivant
    certaines modifications sur lesquelles il gardait un silence absolu.

    Depuis longtemps déjà, il s'était appliqué à l'étude de la langue arabe
    et de divers idiomes mandingues; grâce à ses dispositions de
    polyglotte, il fit de rapides progrès.

    En attendant, son ami le chasseur ne le quittait pas d'une semelle; il
    craignait sans doute que le docteur ne prît son vol sans rien dire; il
    lui tenait encore à ce sujet les discours les plus persuasifs, qui ne
    persuadaient pas Samuel Fergusson, et s'échappait en supplications
    pathétiques, dont celui-ci se montrait peu touché Dick le sentait
    glisser entre ses doigts.

    Le pauvre Écossais était réellement à plaindre; il ne considérait plus
    la voûte azurée sans de sombres terreurs; il éprouvait, en dormant, des
    balancements vertigineux, et chaque nuit il se sentait choir
    d'incommensurables hauteurs.

    Nous devons ajouter que, pendant ces terribles cauchemars, il tomba de
    son lit une fois ou deux. Son premier soin fut de montrer à Fergusson
    une forte contusion qu'il se fit à la tête.

    « Et pourtant, ajouta-t-il avec bonhomie, trois pieds de hauteur! pas
    plus! et une bosse pareille! Juge donc! »

    Cette insinuation, pleine de mélancolie, n'émût pas le docteur.

    « Nous ne tomberons pas, fit-il.

    --Mais enfin, si nous tombons?

    --Nous ne tomberons pas. »

    Ce fut net, et Kennedy n'eut rien à répondre.

    Ce qui exaspérait particulièrement Dick, c'est que le docteur semblait
    faire une abnégation parfaite de sa personnalité, à lui Kennedy; il le
    considérait comme irrévocablement destiné à devenir son compagnon
    aérien. Cela n'était plus l'objet d'un doute. Samuel faisait un
    intolérable abus du pronom pluriel de la première personne.

    « Nous » avançons..., « nous » serons prêts le..., « nous » partirons
    le...

    Et de l'adjectif possessif au singulier:

    « Notre » ballon..., « notre » nacelle..., « notre » exploration...

    Et du pluriel donc!

    « Nos » préparatifs..., « nos » découvertes .., « nos » ascensions...

    Dick en frissonnait, quoique décidé à ne point partir; mais il ne
    voulait pas trop contrarier son ami. Avouons même que, sans s'en rendre
    bien compte, il avait fait venir tout doucement d'Édimbourg quelques
    vêtements assortis et ses meilleurs fusils de chasse.

    Un jour, après avoir reconnu qu'avec un bonheur insolent, on pouvait
    avoir une chance sur mille de réussir, il feignit de se rendre aux
    désirs du docteur; mais, pour reculer le voyage, il entama la série des
    échappatoires les plus variées. Il se rejeta sur l'utilité de
    l'expédition et sur son opportunité. Cette découverte des sources du
    Nil était-elle vraiment nécessaire?... Aurait-on réellement travaillé
    pour le bonheur de l'humanité?... Quand, au bout du compte, les
    peuplades de l'Afrique seraient civilisées, en seraient-elles plus
    heureuses?... Était-on certain, d'ailleurs, que la civilisation ne fût
    pas plutôt là qu'en Europe--Peut-être.-- Et d'abord ne pouvait-on
    attendre encore?... La traversée de l'Afrique serait certainement faite
    un jour, et d'une façon moins hasardeuse... Dans un mois, dans dix
    mois, avant un an, quelque explorateur arriverait sans doute...

    Ces insinuations produisaient un effet tout contraire à leur but, et le
    docteur frémissait d'impatience.

    « Veux-tu donc, malheureux Dick, veux-tu donc, faux ami, que cette
    gloire profite à un autre? Faut-il donc mentir à mon passé? reculer
    devant des obstacles qui ne sont pas sérieux? reconnaître par de lâches
    hésitations ce qu'ont fait pour moi, et le gouvernement anglais, et la
    Société Royale de Londres?

    --Mais..., reprit Kennedy, qui avait une grande habitude de cette
    conjonction.

    --Mais, fit le docteur, ne sais-tu pas que mon voyage doit concourir au
    succès des entreprises actuelles. Ignores-tu que de nouveaux
    explorateurs s'avancent vers le centre de l'Afrique

    --Cependant...

    --Écoute-moi bien, Dick, et jette les yeux sur cette carte. »

    Dick les jeta avec résignation.

    « Remonte le cours du Nil, dit Fergusson.

    --Je le remonte, dit docilement l'Écossais.

    --Arrive à Gondokoro.

    --J'y suis. »

    Et Kennedy songeait combien était facile un pareil voyage... sur la
    carte.

    « Prends une des pointes de ce compas, reprit le docteur, et appuie-la
    sur cette ville que les plus hardis ont à peine dépassée.

    --J'appuie.

    --Et maintenant cherche sur la côte l'île de Zanzibar, par 6° de
    latitude sud.

    --Je la tiens.

    --Suis maintenant ce parallèle et arrive à Kazeh.

    --C'est fait.

    --Remonte par le 33e degré de longitude jusqu'à l'ouverture du lac
    Oukéréoué, à l'endroit où s'arrêta le lieutenant Speke.

    --M'y voici! Un peu plus, je tombais dans le lac.

    --Eh bien! sais-tu ce qu'on a le droit de supposer d'après les
    renseignements donnés par les peuplades riveraines?

    --Je ne m'en doute pas.

    --C'est que ce lac, dont l'extrémité inférieure est par 2° 30' de
    latitude, doit s'étendre également de deux degrés et demi au-dessus de
    l'équateur.

    --Vraiment!

    --Or, de cette extrémité septentrionale s'échappe un cours d'eau qui
    doit nécessairement rejoindre le Nil, si ce n'est le Nil lui-même.

    --Voilà qui est curieux.

    --Or, appuie la seconde pointe de ton compas sur cette extrémité du lac
    Oukéréoué.

    --C'est fait, ami Fergusson

    --Combien comptes-tu de degrés entre les deux pointes?

    --A peine deux.

    --Et sais-tu ce que cela fait, Dick?

    --Pas le moins du monde.

    --Cela fait à peine cent vingt milles [Cinquante lieues], c'est-à-dire
    rien.

    --Presque rien, Samuel.

    --Or, sais-tu ce qui se passe en ce moment?

    --Non, sur ma vie!

    --Eh bien! le voici. La Société de Géographie a regardé comme très
    importante l'exploration de ce lac entrevu par Speke. Sous ses
    auspices, le lieutenant, aujourd'hui capitaine Speke, s'est associé le
    capitaine Grant de l'armée des Indes; ils se sont mis à la tête d'une
    expédition nombreuse et largement subventionnée; ils ont mission de
    remonter le lac et de re-venir jusqu'à Gondokoro; ils ont reçu un
    subside de plus de cinq mille livres, et le gouverneur du Cap a mis des
    soldats hottentots à leur dispo-sition; ils sont partis de Zanzibar à
    la fin d'octobre 1860. Pendant ce temps, l'Anglais John Petherick,
    consul de Sa Majesté à Kartoum, a reçu du Foreign-office sept cents
    livres environ; il doit équiper un bateau à vapeur à Karthoum, le
    charger de provisions suffisantes, et se rendre à Gondokoro; là il
    attendra la caravane du capitaine Speke et sera en mesure de la
    ravitailler.

    --Bien imaginé, dit Kennedy.

    --Tu vois bien que cela presse, si nous voulons participer à ces
    travaux d'exploration. Et ce n'est pas tout; pendant que l'on marche
    d’un pas sûr à la découverte des sources du Nil, d'autres voyageurs
    vont hardiment au cœur de l'Afrique.

    --A pied, fit Kennedy

    --A pied, répondit le docteur sans relever l'insinuation. Le docteur
    Krapf se propose de pousser dans l'ouest par le Djob, rivière située
    sous l'équateur. Le baron de Decken a quitté Monbaz, a reconnu les
    montagnes de Kenia et de Kilimandjaro, et s'enfonce vers le centre.

    --A pied toujours?

    --Toujours à pied, ou à dos de mulet.

    --C'est exactement la même chose pour moi, répliqua Kennedy.

    --Enfin, reprit le docteur, M. de Heuglin, vice-consul d'Autriche à
    Karthoum, vient d'organiser une expédition très importante, dont le
    premier but est de rechercher le voyageur Vogel, qui, en 1853, fut
    envoyé dans le Soudan pour s'associer aux travaux du docteur Barth. En
    1856, il quitta le Bornou, et résolut d'explorer ce pays inconnu qui
    s'étend entre le lac Tchad et le Darfour. Or, depuis ce temps, il nia
    pas reparu. Des lettres arrivées en juin 1860 à Alexandrie rapportent
    qu'il fut assassiné par les ordres du roi du Wadaï; mais d'autres
    lettres, adressées par le docteur Hartmann au père du voyageur, disent,
    d’après les récits d'un fellatah du Bornou, que Vogel serait seulement
    un prisonnier à Wara; tout espoir n'est donc pas perdu. Un comité s'est
    formé sous la présidence du duc régent de Saxe-Cobourg-Gotha; mon ami
    Petermann en est le secrétaire; une souscription nationale a fait les
    frais de l'expédition, à laquelle se sont joints de nombreux savants;
    M. de Heuglin est parti de Masuah dans le mois de juin, et en même
    temps qu'il recherche les traces de Vogel, il doit explorer tout le
    pays compris entre le Nil et le Tchad, c'est-à-dire relier les
    opérations du capitaine Speke à celles du docteur Barth. Et alors
    l'Afrique aura été traversée de l'est à l'ouest [Depuis le départ du
    docteur Fergusson, on a appris que M. de Heuglin, à la suite de
    certaines discussions, a pris une route différente de celle assignée à
    son expédition, dont le commandement a été remis à M. Munzinger.].

    --Eh bien! reprit l'Écossais, puisque tout cela s’emmanche si bien,
    qu'allons-nous faire là-bas? »

    Le docteur Fergusson ne répondit pas, et se contenta de hausser les
    épaules.

    CHAPITRE VI

    Un domestique impossible.--Il aperçoit les satellites de Jupiter.--Dick
    et Joe aux prises.--Le doute et la croyance.--Le pesage.--Joe
    Wellington.--Il reçoit une demi-couronne.

    Le docteur Fergusson avait un domestique; il répondait avec
    empressement au nom de Joe; une excellente nature; ayant voué à son
    maître une confiance absolue et un dévouement sans bornes; devançant
    même ses ordres, toujours interprétés d'une façon intelligente; un
    Caleb pas grognon et d'une éternelle bonne humeur; on l'eût fait exprès
    qu'on n'eût pas mieux réussi. Fergusson s'en rapportait entièrement à
    lui pour les détails de son existence, et il avait raison. Rare et
    honnête Joe! un domestique qui commande votre dîner, et dont le goût
    est le vôtre qui fait votre malle et n'oublie ni les bas ni les
    chemises, qui possède vos clefs et vos secrets, et n'en abuse pas!

    Mais aussi quel homme était le docteur pour ce digne Joe! avec quel
    respect et quelle confiance il accueillait ses décisions. Quand
    Fergusson avait parlé, fou qui eût voulu répondre. Tout ce qu'il
    pensait était juste; tout ce qu'il disait, sensé; tout ce qu'il
    commandait, faisable; tout ce qu'il entreprenait, possible; tout ce
    qu'il achevait, admirable. Vous auriez découpé Joe en morceaux, ce qui
    vous eût répugné sans doute, qu'il n'aurait pas changé d'avis à l'égard
    de son maître.

    Aussi, quand le docteur conçut ce projet de traverser l'Afrique par les
    airs, ce fut pour Joe chose faite; il n'existait plus d'obstacles; dès
    l'instant que le docteur Fergusson avait résolu de partir, il était
    arrivé--avec son fidèle serviteur, car ce brave garçon, sans en avoir
    jamais parlé, savait bien qu'il serait du voyage.

    Il devait d'ailleurs y rendre les plus grands services par son
    intelligence et sa merveilleuse agilité. S'il eut fallu nommer un
    professeur de gymnastique pour les singes du Zoological Garden, qui
    sont bien dégourdis cependant, Joe aurait certainement obtenu cette
    place. Sauter, grimper, voler, exécuter mille tours impossibles, il
    s'en faisait un jeu.

    Si Fergusson était la tête et Kennedy le bras, Joe devait être la main.
    Il avait déjà accompagné son maître pendant plusieurs voyages, et
    possédait quelque teinture de science appropriée à sa façon; mais il se
    distinguait surtout par une philosophie douce, un optimisme charmant;
    il trouvait tout facile, logique, naturel, et par conséquent il
    ignorait le besoin de se plaindre ou de maugréer.

    Entre autres qualités, il possédait une puissance et une étendue de
    vision étonnantes; il partageait avec Moestlin, le professeur de
    Képler, la rare faculté de distinguer sans lunettes les satellites de
    Jupiter et de compter dans le groupe des pléiades quatorze étoiles,
    dont les dernières sont de neuvième grandeur. Il ne s'en montrait pas
    plus fier pour cela; au contraire: il vous saluait de très loin, et, à
    l'occasion, il savait joliment se servir de ses yeux.

    Avec cette confiance que Joe témoignait au docteur, il ne faut donc pas
    s'étonner des incessantes discussions qui s'élevaient entre Kennedy et
    le digne serviteur, toute déférence gardée d'ailleurs.

    L'un doutait, l'autre croyait; l'un était la prudence clairvoyante,
    l'autre la confiance aveugle; le docteur se trouvait entre le doute et
    la croyance! je dois dire qu'il ne se préoccupait ni de l'une ni de
    l'autre.

    « Eh bien! monsieur Kennedy? disait Joe.

    --Eh bien! mon garçon?

    --Voilà le moment qui approche il parait que nous nous embarquons pour
    la lune.

    --Tu veux dire la terre de la Lune, ce qui n'est pas tout à fait aussi
    loin; mais sois tranquille, c'est aussi dangereux.

    --Dangereux! avec un homme comme le docteur Fergusson!

    --Je ne voudrais pas t’enlever tes illusions, mon cher Joe; mais ce
    qu'il entreprend là est tout bonnement le fait d'un insensé: il ne
    partira pas.

    --Il ne partira pas! Vous n'avez donc pas vu son ballon à l'atelier de
    MM. Mittchell, dans le Borough [ Faubourg méridional de Londres.].

    --Je me garderais bien de l'aller voir.

    --Vous perdez là un beau spectacle, Monsieur! Quelle belle chose!
    quelle jolie coupe! quelle charmante nacelle! Comme nous serons à notre
    aise là-dedans!

    --Tu comptes donc sérieusement accompagner ton maître?

    --Moi, répliqua Joe avec conviction, mais je l'accompagnerai où il
    voudra! Il ne manquerait plus que cela! le laisser aller seul, quand
    nous avons couru le monde ensemble! Et qui le soutiendrait donc quand
    il serait fatigué? qui lui tendrait une main vigoureuse pour sauter un
    précipice? qui le soignerait s'il tombait malade? Non, monsieur Dick,
    Joe sera toujours à son poste auprès du docteur, que dis-je, autour du
    docteur Fergusson

    --Brave garçon!

    --D'ailleurs, vous venez avec nous, reprit Joe.

    --Sans doute! fit Kennedy; c'est-à-dire je vous accompagne pour
    empêcher jusqu'au dernier moment Samuel de commettre une pareille
    folie! Je le suivrai même jusqu'à Zanzibar, afin que là encore la main
    d'un ami l’arrête dans son projet insensé.

    --Vous n'arrêterez rien du tout, monsieur Kennedy, sauf votre respect.
    Mon maître n'est point un cerveau brûlé; il médite longuement ce qu'il
    veut entreprendre, et quand sa résolution est prise, le diable serait
    bien qui l'en ferait démordre.

    --C'est ce que nous verrons!

    --Ne vous flattez pas de cet espoir. D'ailleurs, l'important est que
    vous veniez. Pour un chasseur comme vous, l'Afrique est un pays
    merveilleux. Ainsi, de toute façon, vous ne regretterez point votre
    voyage.

    --Non, certes, je ne le regretterai pas, surtout si cet entêté se rend
    enfin à l'évidence.

    --A propos, dit Joe, vous savez que c'est aujourd'hui le pesage.

    --Comment, le pesage?

    --Sans doute, mon maître, vous et moi, nous allons tous trois nous
    peser.

    --Comme des jockeys!

    --Comme des jockeys. Seulement, rassurez-vous, on ne vous fera pas
    maigrir si vous êtes trop lourd. On vous prendra comme vous serez.

    --Je ne me laisserai certainement pas peser, dit l'Écossais avec
    fermeté.

    --Mais, Monsieur, il paraît que c'est nécessaire pour sa machine

    --Eh bien! sa machine s'en passera

    --Par exemple! et si, faute de calculs exacts, nous n’allions pas
    pouvoir monter!

    --Eh parbleu! je ne demande que cela!

    --Voyons, monsieur Kennedy, mon maître va venir à l'instant nous
    chercher

    --Je n'irai pas.

    --Vous ne voudrez pas lui faire cette peine.

    --Je la lui ferai.

    --Bon! fit Joe en riant, vous parlez ainsi parce qu'il n'est pas là;
    mais quand il vous dira face à face: « Dick (sauf votre respect), Dick,
    j'ai besoin de connaître exactement ton poids, » vous irez, je vous en
    réponds.

    --Je n'irai pas.

    En ce moment le docteur rentra dans son cabinet de travail où se tenait
    cette conversation; il regarda Kennedy, qui ne se sentit pas trop à son
    aise.

    « Dick, dit le docteur, viens avec Joe; j'ai besoin de savoir ce que
    vous pesez tous les deux.

    --Mais...

    --Tu pourras garder ton chapeau sur ta tête. Viens. »

    Et Kennedy y alla.

    Ils se rendirent tous les trois à l'atelier de MM. Mittchell, où l'une
    de ces balances dites romaines avait été préparée. Il fallait
    effectivement que le docteur connût le poids de ses compagnons pour
    établir l'équilibre de son aérostat. Il fit donc monter Dick sur la
    plate-forme de la balance; celui-ci, sans faire de résistance, disait à
    mi-voix:

    « C'est bon! c'est bon! cela n'engage à rien.

    --Cent cinquante-trois livres, dit le docteur, en inscrivant ce nombre
    sur son carnet.

    --Suis-je trop lourd?

    --Mais non, monsieur Kennedy, répliqua Joe; d'ailleurs, je suis léger,
    cela fera compensation. »

    Et ce disant, Joe prit avec enthousiasme la place du chasseur; il
    faillit même renverser la balance dans son emportement; il se posa dans
    l'attitude du Wellington qui singe Achille à l'entrée d'Hyde-Park, et
    fut magnifique; sans bouclier.

    « Cent vingt livres, inscrivit le docteur..

    --Eh! eh! » fit Joe avec un sourire de satisfaction. Pourquoi
    souriait-il? Il n'eut jamais pu le dire.

    « A mon tour, dit Fergusson.

    Et il inscrivit cent trente-cinq livres pour son propre compte.

    « A nous trois, dit-il, nous ne pesons pas plus de quatre cents livres.

    --Mais, mon maître, reprit Joe, si cela était nécessaire pour votre
    expédition, je pourrais bien me faire maigrir d'une vingtaine de livres
    en ne mangeant pas.

    --C'est inutile, mon garçon, répondit le docteur; tu peux manger à ton
    aise, et voilà une demi-couronne pour te lester à ta fantaisie. »

    CHAPITRE VII

    Détails géométriques.--Calcul de la capacité du ballon. L’aérostat
    double.--L'enveloppe.--La nacelle.--L’appareil mystérieux.--Les
    vivres.--L'addition finale.

    Le docteur Fergusson s'était préoccupé depuis longtemps des détails de
    son expédition. On comprend que le ballon, ce merveilleux véhicule
    destiné à le transporter par air, fut l'objet de sa constante
    sollicitude.

    Tout d'abord, et pour ne pas donner de trop grandes dimensions à
    l'aérostat, il résolut de le gonfler avec du gaz hydrogène, qui est
    quatorze fois et demie plus léger que l'air. La production de ce gaz
    est facile, et c'est celui qui a donné les meilleurs résultats dans les
    expériences aérostatiques.

    Le docteur, d'après des calculs très-exacts, trouva que, pour les
    objets indispensables à son voyage et pour son appareil, il devait
    emporter un poids de quatre mille livres; il fallut donc rechercher
    quelle serait la force ascensionnelle capable d'enlever ce poids, et,
    par conséquent, quelle en serait la capacité.

    Un poids de quatre mille livres est représenté par un déplacement d'air
    de quarante-quatre mille huit cent quarante-sept pieds cubes [1,661
    mètres cubes.], ce qui revient à dire que quarante-quatre mille huit
    cent quarante-sept pieds cubes d'air pèsent quatre mille livres
    environ.

    En donnant au ballon cette capacité de quarante-quatre mille huit cent
    quarante-sept pieds cubes et en le remplissant, au lieu d'air, de gaz
    hydrogène, qui, quatorze fois et demie plus léger, ne pèse que deux
    cent soixante seize livres, il reste une rupture d'équilibre, soit une
    différence de trois mille sept cent vingt-quatre livrés. C'est cette
    différence entre le poids du gaz contenu dans le ballon et le poids de
    l'air environnant qui constitue la force ascensionnelle de l'aérostat.

    Toutefois, si l'on introduisait dans le ballon les quarante-quatre
    mille huit cent quarante pieds cubes de gaz dont nous parlons, il
    serait entièrement rempli; or cela ne doit pas être, car à mesure que
    le ballon monte dans les couches moins denses de l'air, le gaz qu'il
    renferme tend à se dilater et ne tarderait pas à crever l'enveloppe. On
    ne remplit donc généralement les ballons qu'aux deux tiers.

    Mais le docteur, par suite de certain projet connu de lui seul, résolut
    de ne remplir son aérostat qu'à moitié, et puisqu'il lui fallait
    emporter quarante-quatre mille huit cent quarante-sept pieds cubes
    d’hydrogène, de donner à son ballon une capacité à peu près double.

    Il le disposa suivant cette forme allongée que l'on sait être
    préférable; le diamètre horizontal fut de cinquante pieds et le
    diamètre vertical de soixante-quinze [Cette dimension n'a rien
    d'extraordinaire: en 1784, à Lyon, M. Montgolfier construisit un
    aérostat dont la capacité était de 340,000 pieds cubes, ou 20,000
    mètres cubes, et il pouvait enlever un poids de 20 tonnes, soit 20,000
    kilogrammes]; il obtint ainsi un sphéroïde dont la capacité s'élevait
    en chiffres ronds à quatre-vingt-dix mille pieds cubes.

    Si le docteur Fergusson avait pu employer deux ballons, ses chances de
    réussite se seraient accrues; en effet, au cas où l'un vient à se
    rompre dans l'air, on peut en jetant du lest se soutenir au moyen de
    l'autre. Mais la manœuvre de deux aérostats devient fort difficile,
    lorsqu'il s'agit de leur conserver une force d'ascension égale.

    Après avoir longuement réfléchi, Fergusson, par une disposition
    ingénieuse, réunit les avantages de deux ballons sans en avoir les
    inconvénients; il en construisit deux d'inégale grandeur et les
    renferma l'un dans l’autre. Son ballon extérieur, auquel il conserva
    les dimensions que nous avons données plus haut, en contint un plus
    petit, de même forme, qui n’eût que quarante-cinq pieds de diamètre
    horizontal et soixante-huit pieds de diamètre vertical. La capacité de
    ce ballon intérieur n’était donc que de soixante-sept mille pieds
    cubes; il devait nager dans le fluide qui l’entourait; une soupape
    s'ouvrait d'un ballon à l'autre et permettait au besoin de les faire
    communiquer entre eux.

    Cette disposition présentait cet avantage que, s'il fallait donner
    issue au gaz pour descendre, on laisserait échapper d'abord celui du
    grand ballon; dût-on même le vider entièrement, le petit resterait
    intact; on pouvait alors se débarrasser de l'enveloppe extérieure,
    comme d'un poids incommode, et le second aérostat, demeuré seul,
    n'offrait pas au vent la prise que donnent les ballons à demi
    dégonflés.

    De plus, dans le cas d'un accident, d'une déchirure arrivée au ballon
    extérieur, l'autre avait l'avantage d'être préservé.

    Les deux aérostats furent construits avec un taffetas croisé de Lyon
    enduit de: gutta-percha. Cette substance gommo-résineuse jouit d'une
    imperméabilité absolue; elle est entièrement inattaquable aux acides et
    aux gaz. Le taffetas fut juxtaposé en double au pôle supérieur du
    globe, où se fait presque tout l'effort.

    Cette enveloppe pouvait retenir le fluide pendant un temps illimité.
    Elle pesait une demi-livre par neuf pieds carrés. Or, la surface du
    ballon extérieur étant d'environ onze mille six cents pieds carrés, son
    enveloppe pesa six cent cinquante livres. L’enveloppe du second ayant
    neuf mille deux cents pieds carrés de surface ne pesait que cinq cent
    dix livres: soit donc, en tout, onze cent soixante livres.

    Le filet destiné à supporter la nacelle fut fait en corde de chanvre
    d'une très grande solidité; les deux soupapes devinrent l'objet de
    soins minutieux, comme l'eut été le gouvernail d'un navire.

    La nacelle, de forme circulaire et d'un diamètre de quinze pieds, était
    construite en osier, renforcée par une légère armure de fer, et revêtue
    à la partie inférieure de ressorts élastiques destinés à amortir les
    chocs. Son poids et celui du filet ne dépassaient pas deux cent quatre
    vingt livres.

    Le docteur fit construire, en outre, quatre caisses de tôle de deux
    lignes d'épaisseur; elles étaient réunies entre elles par des tuyaux
    munis de robinets; il y joignit un serpentin de deux pouces de diamètre
    environ qui se terminait par deux branches droites d'inégale longueur,
    mais dont la plus grande mesurait vingt-cinq pieds de haut, et la plus
    courte quinze pieds seulement.

    Les caisses de tôle s'emboîtaient dans la nacelle de façon à occuper le
    moins d'espace possible; le serpentin, qui ne devait s'ajuster que plus
    tard, fut emballé séparément, ainsi qu'une très forte pile électrique
    de Buntzen. Cet appareil avait été si ingénieusement combiné qu'il ne
    pesait pas plus de sept cents livres, en y comprenant même vingt-cinq
    gallons d'eau contenus dans une caisse spéciale.

    Les instruments destinés au voyage consistèrent en deux baromètres,
    deux thermomètres, deux boussoles, un sextant, deux chronomètres, un
    horizon artificiel et un altazimuth pour relever les objets lointains
    et inaccessibles. L'Observatoire de Greenwich s'était mis à la
    disposition du docteur. Celui-ci d'ailleurs ne se proposait pas de
    faire des expériences de physique; il voulait seulement reconnaître sa
    direction, et déterminer la position des principales rivières,
    montagnes et villes.

    Il se munit de trois ancres en fer bien éprouvées, ainsi que d'une
    échelle de soie légère et résistante, longue d'une cinquantaine de
    pieds.

    Il calcula également le poids exact de ses vivres; ils consistèrent en
    thé, en café, en biscuits, en viande salée et en pemmican, préparation
    qui, sous un mince volume, renferme beaucoup d'éléments nutritifs.
    Indépendamment d'une suffisante réserve d'eau-de-vie, il disposa deux
    caisses à eau qui contenaient chacune vingt-deux gallons [Cent litres à
    peu près. Le gallon, qui contient 8 pintes, vaut 4 litres 453].

    La consommation de ces divers aliments devait peu à peu diminuer le
    poids enlevé par l’aérostat. Car il faut savoir que l'équilibre d'un
    ballon dans l'atmosphère est d'une extrême sensibilité. La perte d'un
    poids presque insignifiant suffit pour produire un déplacement très
    appréciable.

    Le docteur n'oublia ni une tente qui devait recouvrir une partie de la
    nacelle, ni les couvertures qui composaient toute la literie de voyage,
    ni les fusils du chasseur, ni ses provisions de poudre et de balles.

    Voici le résumé de ses différents calculs:

    Fergusson. 135 livres. Kennedy... 153
    -- Joe 120 -- Poids du premier ballon... 650 --
    Poids du second ballon 510 -- Nacelle et filet. 280 --
    Ancres, instruments, Fusils, couvertures, 190 -- Tente,
    ustensiles divers, Viande, pemmican, Biscuits, thé, 386 --
    Café, eau-de-vie, Eau... 400 -- Appareil
    700 -- Poids de l'hydrogène. 276 -- Lest
    200 -- ------------- Total. 4000 livres

    Tel était le décompte des quatre mille livres que le docteur Fergusson
    se proposait d'enlever; il n'emportait que deux cents livres de lest,
    pour « les cas imprévus seulement, » disait-il, car il comptait bien
    n'en pas user, grâce à son appareil.

    CHAPITRE VIII

    Importance de Joe.--Le commandant de la Resolute.--L'arsenal de
    Kennedy.--Aménagements.--Le dîner d’adieu.--Le départ du 21
    février.--Séances scientifiques du docteur.--Duveyrier,
    Livingstone.--Détails du voyage aérien.--Kennedy réduit au silence.

    Vers le 10 février, les préparatifs touchaient à la fin, les aérostats
    renfermés l'un dans l'autre étaient entièrement terminés; ils avaient
    subi une forte pression d'air refoulé dans leurs flancs; cette épreuve
    donnait bonne opinion de leur solidité, et témoignait des soins
    apportés à leur construction.

    Joe ne se sentait pas de joie; il allait incessamment de Greek street
    aux ateliers de MM. Mittchell, toujours affairé, mais toujours épanoui,
    donnant volontiers des détails sur l’affaire aux gens qui ne lui en
    demandaient point, fier entre toutes choses d’accompagner son maître.
    Je crois même qu'à montrer l'aérostat, à développer les idées et les
    plans du docteur, à laisser apercevoir celui-ci par une fenêtre
    entr'ouverte, ou à son passage dans les rues, le digne garçon gagna
    quelques demi-couronnes; il ne faut pas lui en vouloir; il avait bien
    le droit de spéculer un peu sur l'admiration et la curiosité de ses
    contemporains.

    Le 16 février, le Resolute vint jeter l'ancre devant Greenwich. C'était
    un navire à hélice du port de huit cents tonneaux, bon marcheur, et qui
    fut chargé de ravitailler la dernière expédition de sir James Ross aux
    régions polaires. Le commandant Pennet passait pour un aimable homme,
    il s'intéressait particulièrement au voyage du docteur, qu'il
    appréciait de longue date. Ce Pennet faisait plutôt un savant qu'un
    soldat, cela n'empêchait pas son bâtiment de porter quatre caronades,
    qui n'avaient jamais fait de mal à personne, et servaient seulement à
    produire les bruits les plus pacifiques du monde.

    La cale du Resolute fut aménagée de manière à loger l'aérostat; il y
    fut transporté avec les plus grandes précautions dans la journée du 18
    février; on l'emmagasina au fond du navire, de manière à prévenir tout
    accident; la nacelle et ses accessoires, les ancres, les cordes, les
    vivres, les caisses à eau que l'on devait remplir à l'arrivée, tout fut
    arrimé sous les yeux de Fergusson.

    On embarqua dix tonneaux d'acide sulfurique et dix tonneaux de vieille
    ferraille pour la production du gaz hydrogène. Cette quantité était
    plus que suffisante, mais il fallait parer aux pertes possibles.
    L'appareil destiné à développer le gaz, et composé d'une trentaine de
    barils, fut mis à fond de cale.

    Ces divers préparatifs se terminèrent le 18 février au soir. Deux
    cabines confortablement disposées attendaient le docteur Fergusson et
    son ami Kennedy. Ce dernier, tout en jurant qu'il ne partirait pas, se
    rendit à bord avec un véritable arsenal de chasse, deux excellents
    fusil à deux coups, se chargeant par la culasse, et une carabine à
    toute épreuve de la fabrique de Purdey Moore et Dickson d'Edimbourg;
    avec une pareille arme le chasseur n’était pas embarrassé de loger à
    deux mille pas de distance une balle dans l'œil d'un chamois; il y
    joignit deux revolvers Colt à six coups pour les besoins imprévus; sa
    poudrière, son sac à cartouches, son plomb et ses balles, en quantité
    suffisante, ne dépassaient pas les limites de poids assignées par le
    docteur.

    Les trois voyageurs s'installèrent à bord dans la journée du 19
    février; ils furent reçus avec une grande distinction par le capitaine
    et ses officiers, le docteur toujours assez froid, uniquement préoccupé
    de son expédition, Dick ému sans trop vouloir le paraître, Joe
    bondissant, éclatant en propos burlesques; il devint promptement le
    loustic du poste des maîtres, où un cadre lui avait: été réservé.

    Le 20, un grand dîner d'adieu fut donné au docteur Fergusson et à
    Kennedy par la Société Royale de Géographie. Le commandant Pennet et
    ses officiers assistaient à ce repas, qui fut très animé et très fourni
    en libations flatteuses; les santés y furent portées en assez grand
    nombre pour assurer à tous les convives une existence de centenaires.
    Sir Francis M... présidait avec une émotion contenue, mais pleine de
    dignité.

    A sa grande confusion; Dick Kennedy eut une large part dans les
    félicitations bachiques. Après avoir bu « à l'intrépide Fergusson, la
    gloire de « l'Angleterre, » on dut boire « au non moins courageux
    Kennedy, son audacieux compagnon. »

    Dick rougit beaucoup, ce qui passa pour de la modestie: les
    applaudissements redoublèrent Dick rougit encore davantage.

    Un message de la reine arriva au dessert; elle présentait ses
    compliments aux deux voyageurs et faisait des vœux pour la réussite de
    l'entreprise.

    Ce qui nécessita de nouveau toasts « à Sa Très Gracieuse Majesté. »

    A minuit, après des adieux émouvants et de chaleureuses poignées de
    mains, les convives se séparèrent.

    Les embarcations du Resolute attendaient au pont de Westminster; le
    commandant y prit place en compagnie de ses passagers et de ses
    officiers, et le courant rapide de la Tamise les porta vers Greenwich,

    A une heure, chacun dormait à bord.

    Le lendemain, 21 février, à trois heures du matin, les fourneaux
    ronflaient; à cinq heures, on levait l'ancre, et sous l'impulsion de
    son hélice, le Resolute fila vers l'embouchure de la Tamise.

    Nous n'avons pas besoin de dire que les conversations du bord roulèrent
    uniquement sur l'expédition du docteur Fergusson. A le voir comme à
    l'entendre, il inspirait une telle confiance bientôt, sauf l'Écossais,
    personne ne mit en question le succès de son entreprise.

    Pendant les longues heures inoccupées du voyage docteur faisait un
    véritable cours de géographie dans le carré des officiers. Ces jeunes
    gens se passionnaient pour les découvertes faites depuis quarante ans
    en Afrique; il leur raconta les explorations de Barth, de Burton, de
    Speke, de Grant, il leur dépeignit cette mystérieuse contrée livrée de
    toutes part aux investigations de la science. Dans le nord, le jeune
    Duveyrier explorait le Sahara et ramenait à Paris les chefs Touaregs.
    Sous l'inspiration du gouvernement français, deux expéditions se
    préparaient, qui, descendant du nord et venant à l'ouest, se
    croiseraient à Tembouctou. Au sud, l’infatigable Livingstone s'avançait
    toujours vers l'équateur, et depuis mars 1862, il remontait, en
    compagnie de Mackensie, la rivière Rovoonia. Le dix-neuvième siècle ne
    se passerait certainement pas sans que l'Afrique n'eût révélé les
    secrets enfouis dans son sein depuis six mille ans.

    L'intérêt des auditeurs de Fergusson fut excité surtout quand il leur
    fit connaître en détail les préparatifs de son voyage; ils voulurent
    vérifier ses calculs; ils discutèrent, et le docteur entra franchement
    dans la discussion.

    En général, on s'étonnait de la quantité relativement restreinte de
    vivres qu'il emportait avec lui. Un jour, l'un des officiers interrogea
    le docteur à cet égard

    « Cela vous surprend, répondit Fergusson.

    --Sans doute.

    --Mais quelle durée supposez-vous donc qu'aura mon voyage? Des mois
    entiers? C'est une grande erreur; s'il se prolongeait, nous serions
    perdus, nous n'arriverions pas. Sachez donc qu'il n'y a pas plus de
    trois mille cinq cents, mettez quatre mille milles [Environ 400 lieues]
    de Zanzibar à la côte du Sénégal. Or, à deux cent quarante milles [Cent
    lieues. Le docteur compte toujours par milles géographiques de 60 au
    degré] par douze heures, ce qui n'approche pas de la vitesse de nos
    chemins de fer, en voyageant jour et nuit, il suffirait de sept jours
    pour traverser l'Afrique.

    --Mais alors vous ne pourriez rien voir, ni faire de relèvements
    géographiques, ni reconnaître le pays.

    --Aussi, répondit le docteur, si je suis maître de mon ballon, si je
    monte ou descends à ma volonté, je m'arrêterai quand bon me semblera,
    surtout lorsque des courants trop violents menaceront de m'entraîner.

    --Et vous en rencontrerez, dit le commandant Pennet; il y a des
    ouragans qui font plus de deux cent quatre milles à l'heure.

    --Vous le voyez, répliqua le docteur, avec une telle rapidité, on
    traverserait l'Afrique en douze heures; on se lèverait à Zanzibar pour
    aller se coucher à Saint-Louis.

    --Mais, reprit un officier, est-ce qu'un ballon pourrait être entraîné
    par une vitesse pareille?

    --Cela s'est vu, répondit Fergusson.

    --Et le ballon a résisté?

    --Parfaitement. C'était à l'époque du couronnement de Napoléon en 1804.
    L'aéronaute Garnerin lança de Paris, à onze heures du soir, un ballon
    qui portait l'inscription suivante tracée en lettres d'or: « Paris, 25
    frimaire an XIII, couronnement de l'empereur Napoléon par S. S. Pie
    VII.» Le lendemain matin, à cinq heures, les habitants de Rome voyaient
    le même ballon planer au-dessus du Vatican, parcourir la campagne
    romaine, et aller s'abattre dans le lac de Bracciano. Ainsi, Messieurs,
    un ballon peut résister à de pareilles vitesses.

    --Un ballon, oui; mais un homme, se hasarda à dire Kennedy.

    --Mais un homme aussi! Car un ballon est toujours immobile par rapport
    à l'air qui l'environne; ce n'est pas lui qui marche, et est la masse
    de l'air elle-même; aussi, allumez une bougie dans votre nacelle, et la
    flamme ne vacillera pas. Un aéronaute montant le ballon de Garnerin
    n'aurait aucunement souffert de cette vitesse. D'ailleurs, je ne tiens
    pas à expérimenter une semblable rapidité, et si je puis m'accrocher
    pendant la nuit à quelque arbre ou quelque accident de terrain, je ne
    m'en ferai pas faute. Nous emportons d'ailleurs pour deux mois de
    vivres, et rien n'empêchera notre adroit chasseur de nous fournir du
    gibier en abondance quand nous prendrons terre.

    --Ah! monsieur Kennedy! vous allez faire là des coups de maître, dit un
    Jeune midshipman en regardant l'Écossais avec des yeux d'envie.

    --Sans compter, reprit un autre, que votre plaisir sera doublé d'une
    grande gloire.

    --Messieurs, répondit le chasseur, je suis fort sensible à vos
    compliments... mais il ne m'appartient pas de les recevoir. . .

    --Hein! fit-on de tous côtés vous ne partirez pas?

    --Je ne partirai pas.

    --Vous n’accompagnerez pas le docteur Fergusson?

    --Non seulement je ne l'accompagnerai pas, mais je ne suis ici que pour
    l’arrêter au dernier moment. »

    Tous les regards se dirigèrent vers le docteur.

    « Ne l'écoutez pas, répondit-il avec son air calme. C'est une chose
    qu'il ne faut pas discuter avec lui; au fond il sait parfaitement qu'il
    partira.

    --Par saint Patrick! s'écria Kennedy j’atteste...

    --N’atteste rien, ami Dick; tu es jaugé, tu es pesé, toi, ta poudre,
    tes fusils et tes balles; ainsi n'en parlons plus. »

    Et de fait, depuis ce jour jusqu'à l'arrivée à Zanzibar, Dick n'ouvrit
    plus la bouche; il ne parla pas plus de cela que d'autre chose. Il se
    tut.

    CHAPITRE IX

    On double le cap.--Le gaillard d'avant--Cours de cosmographie par le
    progrès Joe.--Do direction des ballons.--De la recherche des courants
    atmosphériques.--Eupnxa.

    Le Resolute filait rapidement vers le cap de Bonne-Espérance; le temps
    se maintenait au beau, quoique la mer devint plus forte.

    Le 30 mars, vingt-sept jours après le départ de Londres, la montagne de
    la Table se profila sur l'horizon; la ville du Cap, située au pied d'un
    amphithéâtre de collines, apparut au bout des lunettes marines, et
    bientôt le Resolute jeta l'ancre dans le port. Mais le commandant n'y
    relâchait que pour prendre du charbon; ce fut l'affaire d'un jour; le
    lendemain, le navire donnait dans le sud pour doubler la pointe
    méridionale de l'Afrique et entrer dans le canal de Mozambique.

    Joe n'en était pas à son premier voyage sur mer; il n'avait pas tardé à
    se trouver chez lui à bord. Chacun l'aimait pour sa franchise et sa
    bonne humeur. Une grande part de la célébrité de son maître
    rejaillissait sur lui. On l'écoutait comme un oracle, et il ne se
    trompait pas plus qu'un autre.

    Or, tandis que le docteur poursuivait le cours de ses descriptions dans
    le carré des officiers, Joe trônait sur le gaillard d'avant, et faisait
    de l'histoire à sa manière, procédé suivi d'ailleurs par les plus
    grands historiens de tous les temps.

    Il était naturellement question du voyage aérien. Joe avait eu de la
    peine à faire accepter l'entreprise par des esprits récalcitrants; mais
    aussi, la chose une fois acceptée, l'imagination des matelots, stimulée
    par le récit de Joe, ne connut plus rien d'impossible.

    L'éblouissant conteur persuadait à son auditoire qu'après ce voyage-là
    on en ferait bien d'autres. Ce n'était que le commencement d'une longue
    série d'entreprises surhumaines.

    « Voyez-vous, mes amis, quand on a goûté de ce genre de locomotion, on
    ne peut plus s'en passer; aussi, à notre prochaine expédition, au lieu
    d'aller de côté, nous irons droit devant nous en montant toujours.

    --Bon! dans la lune alors, dit un auditeur émerveillé.

    --Dans la lune! riposta Joe; non, ma foi, c'est trop commun! tout le
    monde y va dans la lune. D'ailleurs, il n'y a pas d'eau, et on est
    obligé d'en emporter des provisions énormes, et même de l'atmosphère en
    fioles, pour peu qu'on tienne à respirer.

    --Bon! si on y trouve du gin! dit un matelot fort amateur de cette
    boisson.

    --Pas davantage, mon brave. Non! point de lune; mais nous nous
    promènerons dans ces jolies étoiles, dans ces charmantes planètes dont
    mon maître m'a parlé si souvent. Ainsi, nous commencerons par visiter
    Saturne...

    --Celui qui a un anneau? demanda le quartier-maître.

    --Oui! un anneau de mariage. Seulement on ne sait pas ce que sa femme
    est devenue!

    --Comment vous iriez si haut que cela? fit un mousse stupéfait. C'est
    donc le diable, votre maître?

    --Le diable! il est trop bon pour cela!

    --Mais après Saturne? demanda l'un des plus impatients de l'auditoire.

    --Après Saturne? Eh bien, nous rendrons visite à Jupiter; un drôle de
    pays, allez, où les journées ne sont que de neuf heures et demie, ce
    qui est commode pour les paresseux, et où les années, par exemple,
    durent douze ans, ce qui est avantageux pour les gens qui n'ont plus
    que six mois à vivre.

    Ça prolonge un peu leur existence!

    --Douze ans? reprit le mousse.

    --Oui, mon petit; ainsi, dans cette contrée-là, tu téterais encore ta
    maman, et le vieux là-bas, qui court sur sa cinquantaine, serait un
    bambin de quatre ans et demi.

    --Voilà qui n'est pas croyable! s'écria le gaillard d'avant d'une seule
    voix.

    --Pure vérité, fit Joe avec assurance. Mais que voulez-vous quand on
    persiste à végéter dans ce monde-ci, on n'apprend rien, on reste
    ignorant comme un marsouin. Venez un peu dans Jupiter et vous verrez!
    par exemple, il faut de la tenue là-haut, car il a des satellites qui
    ne sont pas commodes! »

    Et l'on riait, mais on le croyait à demi; et il leur parlait de Neptune
    où les marins sont joliment reçus, et de Mars où les militaires
    prennent le haut du pavé, ce qui finit par devenir assommant. Quant à
    Mercure, vilain monde, rien que des voleurs et des marchands, et se
    ressemblant tellement les uns aux autres qu'il est difficile de les
    distinguer. Et enfin il leur faisait de Vénus un tableau vraiment
    enchanteur.

    « Et quand nous reviendrons de cette expédition-là, dit l'aimable
    conteur, on nous décorera de la croix du Sud, qui brille là-haut à la
    boutonnière du bon Dieu.

    --Et vous l'aurez bien gagnée! » dirent les matelots.

    Ainsi se passaient en joyeux propos les longues soirées du gaillard
    d'avant. Et pendant ce temps, les conversations instructives du docteur
    allaient leur train.

    Un jour, on s'entretenait de la direction des ballons, et Fergusson fut
    sollicité de donner son avis à cet égard.

    « Je ne crois pas, dit-il, que l'on puisse parvenir à diriger les
    ballons. Je connais tous les systèmes essayés ou proposés; pas un n'a
    réussi, pas un n'est praticable. Vous comprenez bien que j'ai du me
    préoccuper de cette question qui devait avoir un si grand intérêt pour
    moi; mais je n'ai pu la résoudre avec les moyens fournis par les
    connaissances actuelles de la mécanique. Il faudrait découvrir un
    moteur d'une puissance extraordinaire, et d'une légèreté impossible! Et
    encore, on ne pourra résister à des courants de quelque importance!
    Jusqu'ici, d'ailleurs, on s'est plutôt occupé de diriger la nacelle que
    le ballon. C'est une faute.

    --Il y a cependant, répliqua-t-on, de grands rapports entre un aérostat
    et un navire, que l'on dirige à volonté.

    Mais non, répondit le docteur Fergusson, il y en a peu ou point. L'air
    est infiniment moins dense que l'eau, dans laquelle le navire n'est
    submergé qu'à moitié, tandis que l'aérostat plonge tout entier dans
    l'atmosphère, et reste immobile par rapport au fluide environnant.

    --Vous pensez alors que la science aérostatique a dit son dernier mot?

    --Non pas! non pas! Il faut chercher autre chose, et, si l'on ne peut
    diriger un ballon, le maintenir au moins dans les courants
    atmosphériques favorables. A mesure que l'on s’élève, ceux-ci
    deviennent beaucoup plus uniformes, et sont constants dans leur
    direction; ils ne sont plus troublés par les vallées et les montagnes
    qui sillonnent la surface du globe, et là, vous le savez, est la
    principale cause des changements du vent et de l'inégalité de son
    souffle. Or, une fois ces zones déterminées, le ballon n'aura qu'à se
    placer dans les courants qui lui conviendront.

    --Mais alors, reprit le commandant Pennet, pour les atteindre, il
    faudra constamment monter ou descendre. Là est la vraie difficulté, mon
    cher docteur.

    --Et pourquoi, mon cher commandant?

    --Entendons-nous: ce ne sera une difficulté et un obstacle que pour les
    voyages de long cours, et non pas pour les simples promenades
    aériennes.

    --Et la raison, s'il vous plaît?

    --Parce que vous ne montez qu'à la condition de jeter du lest, vous ne
    descendez qu'à la condition de perdre du gaz, et à ce manège-là, vos
    provisions de gaz et de lest seront vite épuisées.

    --Mon cher Pennet, là est toute la question. Là est la seule difficulté
    que la science doive tendre à vaincre. Il ne s'agit pas de diriger les
    ballons; il s'agit de les mouvoir de haut en bas, sans dépenser ce gaz
    qui est sa force, son sang, son âme, si l'on peut s'exprimer ainsi.

    --Vous avez raison, mon cher docteur, mais cette difficulté n'est pas
    encore résolue, ce moyen n'est pas encore trouvé.

    --Je vous demande pardon, il est trouvé.

    --Par qui?

    --Par moi!

    --Par vous?

    --Vous comprenez bien que, sans cela, je n'aurais pas risqué cette
    traversée de l'Afrique en ballon. Au bout de vingt-quatre heures,
    j'aurais été à sec de gaz!

    --Mais vous n'avez pas parlé de cela en Angleterre!

    --Non. Je ne tenais pas à me faire discuter en public. Cela me
    paraissait inutile. J'ai fait en secret des expériences préparatoires,
    et j'ai été satisfait; je n'avais donc pas besoin d'en apprendre
    davantage.

    --Eh bien! mon cher Fergusson, peut-on vous demander votre secret?

    --Le voici, Messieurs, et mon moyen est bien simple. »

    L'attention de l'auditoire fut portée au plus haut point, et le docteur
    prit tranquillement la parole en ces termes:

    CHAPITRE X

    Essais antérieurs.--Les cinq caisses du docteur.--Le chalumeau à
    gaz.--Le calorifère.--Manière de manœuvrer.--Succès certain.

    « On a tenté souvent, Messieurs, de s'élever ou de descendre à volonté,
    sans perdre le gaz ou le lest d'un ballon Un aéronaute français, M.
    Meunier, voulait atteindre ce but en comprimant de l'air dans une
    capacité intérieure. Un belge, M. le docteur van Hecke, au moyen
    d'ailes et de palettes, déployait une force verticale qui eut été
    insuffisante dans la plupart des cas. Les résultats pratiques obtenus
    par ses divers moyens ont été insignifiants.

    « J'ai donc résolu d'aborder la question plus franchement. Et d'abord
    je supprime complètement le lest, si ce n’est pour les cas de force
    majeure, tels que la rupture de mon appareil, ou l'obligation de
    m'élever instantanément pour éviter un obstacle imprévu.

    « Mes moyens d'ascension et de descente consistent uniquement à dilater
    ou à contracter par des températures diverses le gaz renfermé dans
    l'intérieur de l'aérostat. Et voici comment j'obtiens ce résultat.

    "Vous avez vu embarquer avec la nacelle plusieurs caisses dont l'usage
    vous est inconnu. Ces caisses sont au nombre de cinq.

    « La première renferme environ vingt-cinq gallons d'eau, à laquelle
    j'ajoute quelques gouttes d'acide sulfurique pour augmenter sa
    conductibilité, et je la décompose au moyen d'une forte pile de
    Buntzen. L'eau, comme vous le savez, se compose de deux volumes en gaz
    hydrogène et d'un volume en gaz oxygène.

    « Ce dernier, sous l'action de la pile, se rend par son pôle positif
    dans une seconde caisse. Une troisième, placée au-dessus de celle-ci,
    et d'une capacité double, reçoit l'hydrogène qui arrive par le pôle
    négatif.

    « Des robinets, dont l'un a une ouverture double de l'autre, font
    communiquer ces deux caisses avec une quatrième, qui s'appelle caisse
    de mélange. Là, en effet, se mélangent ces deux gaz provenant de la
    décomposition de l'eau. La capacité de cette caisse de mélange est
    environ de quarante et un pieds cubes [Un mètre 50 centimètres carrés].

    « A la partie supérieure de cette caisse est un tube en platine, muni
    d'un robinet.

    « Vous l'avez déjà compris, Messieurs: l'appareil que je vous décris
    est tout bonnement un chalumeau à gaz oxygène et hydrogène, dont la
    chaleur dépasse celle des feux de forge.

    « Ceci établi, je passe à la seconde partie de l'appareil.

    « De la partie inférieure de mon ballon, qui est hermétiquement clos,
    sortent deux tubes séparés par un petit intervalle. L'un prend
    naissance au milieu des couches supérieures du gaz hydrogène, l'autre
    au milieu des couches inférieures.

    « Ces deux tuyaux sont munis de distance en distance de fortes
    articulations en caoutchouc, qui leur permettent de se prêter aux
    oscillations de l'aérostat.

    « Ils descendent tous deux jusqu'à la nacelle, et se perdent dans une
    caisse de fer de forme cylindrique, qui s'appelle caisse de chaleur.
    Elle est fermée à ses deux extrémités par deux forts disques de même
    métal.

    « Le tuyau parti de la région inférieure du ballon se rend dans cette
    boite cylindrique par le disque du bas; il y pénètre, et adopte alors
    la forme d'un serpentin hélicoïdal dont les anneaux superposés occupent
    presque toute la hauteur de la caisse. Avant d'en sortir, le serpentin
    se rend dans un petit cône, dont la base concave, en forme de calotte
    sphérique, est dirigée en bas.

    « C'est par le sommet de ce cône que sort le second tuyau, et il se
    rend, comme je vous l'ai dit, dans les couches supérieures du ballon.

    « La calotte sphérique du petit cône est en platine. afin de ne pas
    fondre sous l'action du chalumeau. Car celui-ci est placé sur le fond
    de la caisse en fer, au milieu du serpentin hélicoïdal, et l'extrémité
    de sa flamme viendra légèrement lécher cette calotte.

    « Vous savez, Messieurs, ce que c'est qu'un calorifère destiné à
    chauffer les appartements. Vous savez comment il agit. L'air de
    l'appartement est forcé de passer par les tuyaux, et il est restitué
    avec une température plus élevée. Or, ce que je viens de vous décrire
    là n'est, à vrai dire, qu'un calorifère.

    « En effet, que se passera-t-il? Une fois le chalumeau allumé,
    l'hydrogène du serpentin et du cône concave s'échauffe, et monte
    rapidement par le tuyau qui le mène aux régions supérieures de
    l'aérostat. Le vide se fait en dessous, et il attire le gaz des régions
    inférieures qui se chauffe à son tour, et est continuellement remplacé;
    il s'établit ainsi dans les tuyaux et le serpentin un courant
    extrêmement rapide de gaz, sortant du ballon, y retournant et se
    surchauffant sans cesse.

    « Or, les gaz augmentent de 1/480 de leur volume par degré de chaleur.
    Si donc je force la température de dix-huit degrés [10° centigrades.
    Les gaz augmentent de 1/267 de leur volume par 1° centigrade],
    l'hydrogène de l'aérostat se dilatera de 18/480, ou de seize cent
    quatorze pieds cubes [Soixante-deux mètres cubes environ], il déplacera
    donc seize cent soixante-quatorze pieds cubes d'air de plus, ce qui
    augmentera sa force ascensionnelle de cent soixante livres. Cela
    revient donc à jeter ce même poids de lest. Si j'augmente la
    température de cent quatre-vingt degrés [100° centigrades], le gaz se
    dilatera de, 180/480: il déplacera seize mille sept cent quarante pieds
    cubes de plus, et sa force ascensionnelle s'accroîtra de seize cents
    livres.

    « Vous le comprenez, Messieurs, je puis donc facilement obtenir des
    ruptures d'équilibre considérables. Le volume de l'aérostat a été
    calculé de telle façon, qu'étant à demi gonflé, il déplace un poids
    d'air exactement égal à celui de l'enveloppe du gaz hydrogène et de la
    nacelle chargée de voyageurs et de tous ses accessoires. A ce point de
    gonflement, il est exactement en équilibre dans l'air, il ne monte ni
    ne descend.

    « Pour opérer l'ascension, je porte le gaz à une température supérieure
    à la température ambiante au moyen de mon chalumeau; par cet excès de
    chaleur, il obtient une tension plus forte, et gonfle davantage le
    ballon, qui monte d'autant plus que je dilate l'hydrogène.

    « La descente se fait naturellement en modérant la chaleur du
    chalumeau, et en laissant la température se refroidir. L'ascension sera
    donc généralement beaucoup plus rapide que la descente. Mais c'est là
    une heureuse circonstance; je n'ai jamais d'intérêt à descendre
    rapidement, et c’est au contraire par une marche ascensionnelle très
    prompte que j'évite les obstacles. Les dangers sont en bas et non en
    haut.

    « D'ailleurs, comme je vous l'ai dit, j'ai une certaine quantité de
    lest qui me permettra de m'élever plus vite encore, si cela devient
    nécessaire. Ma soupape, située au pôle supérieur du ballon, n'est plus
    qu'une soupape de sûreté. Le ballon garde toujours sa même charge
    d'hydrogène; les variations de température que je produis dans ce
    milieu de gaz clos pourvoient seules à tous ses mouvements de montée et
    de descente.

    « Maintenant, Messieurs, comme détail pratique, j'ajouterai ceci.

    « La combustion de l'hydrogène et de l'oxygène à la pointe du chalumeau
    produit uniquement de la vapeur d'eau. J'ai donc muni la partie
    inférieure de la caisse cylindrique en fer d'un tube de dégagement avec
    soupape fonctionnant à moins de deux atmosphères de pression; par
    conséquent, dès qu'elle a atteint cette tension, la vapeur s'échappe
    d'elle même.

    « Voici maintenant des chiffres très exacts.

    « Vingt-cinq gallons d'eau décomposée en ses éléments constitutifs
    donnent deux cents livres d'oxygène et vingt-cinq livres d'hydrogène.
    Cela représente, à la tension atmosphérique, dix-huit cent
    quatre-vingt-dix pieds cubes [Soixante-dix mètres cubes d'oxygène] du
    premier, et trois mille sept cent quatre-vingts pieds cubes [Cent
    quarante mètres cubes d'hydrogène] du second, en tout cinq mille six
    cent soixante-dix pieds cubes du mélange [Deux cent dix mètres cubes].

    « Or le robinet de mon chalumeau, ouvert en plein, dépense vingt-sept
    pieds cubes [Un mètre cube] à l'heure avec une flamme au moins six fois
    plus forte que celle des grandes lanternes d'éclairage. En moyenne
    donc, et pour me maintenir à une hauteur peu considérable, je ne
    brûlerai pas plus de neuf pieds cubes à l'heure [Un tiers de mètre
    cube]; mes vingt-cinq gallons d'eau me représentent donc six cent
    trente heures de navigation aérienne, ou un peu plus de vingt-six
    jours.

    « Or, comme je puis descendre à volonté, et renouveler ma provision
    d'eau sur la route, mon voyage peut avoir une durée indéfinie.

    « Voilà mon secret, Messieurs, il est simple, et, comme les choses
    simples, il ne peut manquer de réussir. La dilatation et la contraction
    du gaz de l'aérostat, tel est mon moyen, qui n'exige ni ailes
    embarrassantes, ni moteur mécanique. Un calorifère pour produire mes
    changements de température, un chalumeau pour le chauffer, cela n'est
    ni incommode, ni lourd. Je crois donc avoir réuni toutes les conditions
    sérieuses de succès. »

    Le docteur Fergusson termina ainsi son discours, et fut applaudi de bon
    cœur. Il n'y avait pas une objection à lui faire; tout était prévu et
    résolu.

    « Cependant, dit le commandant, cela peut être dangereux.

    --Qu'importe, répondit simplement le docteur, si cela est praticable?

    CHAPITRE XI

    Arrivée à Zanzibar,--Le consul anglais.--Mauvaises dispositions des
    habitants.--L'île Koumbeni.--Les faiseurs de pluie--Gonflement du
    ballon.--Départ du 18 avril.--Dernier adieu.--Le Victoria.

    Un vent constamment favorable avait hâté la marche du Resolute vers le
    lieu de sa destination. La navigation du canal de Mozambique fut
    particulièrement paisible. La traversée maritime faisait bien augurer
    de la traversée aérienne. Chacun aspirait au moment de l'arrivée, et
    voulait mettre la dernière main aux préparatifs du docteur Fergusson.

    Enfin le bâtiment vint en vue de la ville de Zanzibar, située sur l'île
    du même nom, et le 15 avril, à onze heures du matin, l laissa tomber
    l'ancre dans le port

    L'île de Zanzibar appartient à l’imam de Mascate, allié de la France et
    de l'Angleterre, et c'est à coup sûr sa plus belle colonie. Le port
    reçoit un grand nombre de navires des contrées avoisinantes.

    L'île n'est séparée de la côte africaine que par un canal dont la plus
    grande largeur n'excède pas trente milles [Douze lieues et demie].

    Elle fait un grand commerce de gomme, d'ivoire, et surtout d'ébène, car
    Zanzibar est le grand marché d'esclaves. Là vient se concentrer tout ce
    butin conquis dans les batailles que les chefs de l'intérieur se
    livrent incessamment. Ce trafic s'étend aussi sur toute la côte
    orientale, et jusque sous les latitudes du Nil, et M G. Lejean y a vu
    faire ouvertement la traite sous pavillon français. Dès l'arrivée du
    Resolute, le consul anglais de Zanzibar vint à bord se mettre à la
    disposition du docteur, des projets duquel, depuis un mois, les
    journaux d'Europe l'avaient tenu au courant. Mais jusque-là il faisait
    partie de la nombreuse phalange des incrédules.

    « Je doutais, dit-il en tendant la main à Samuel Fergusson, mais
    maintenant je ne doute plus. »

    Il offrit sa propre maison au docteur, à Dick Kennedy, et naturellement
    au brave Joe.

    Par ses soins, le docteur prit connaissance de diverses lettres qu'il
    avait reçues du capitaine Speke. Le capitaine et ses compagnons avaient
    eu à souffrir terriblement de la faim et du mauvais temps avant
    d'atteindre le pays d'Ugogo; ils ne s'avançaient qu'avec une extrême
    difficulté et ne pensaient plus pouvoir donner promptement de leurs
    nouvelles.

    « Voilà des périls et des privations que nous saurons éviter, » dit le
    docteur.

    Les bagages des trois voyageurs furent transportés à la maison du
    consul. On se disposait à débarquer le ballon sur la plage de Zanzibar;
    il y avait près du mât des signaux un emplacement favorable, auprès
    d'une énorme construction qui l'eut abrité des vents d'est. Cette
    grosse tour, semblable à un tonneau dressé sur sa base, et près duquel
    la tonne d'Heidelberg n'eut été qu'un simple baril, servait de fort, et
    sur sa plate-forme veillaient des Beloutchis armés de lances, sorte de
    garnisaires fainéants et braillards.

    Mais, lors du débarquement de l'aérostat, le consul fut averti que la
    population de l'île s'y opposerait par la force. Rien de plus aveugle
    que les passions fanatisées. La nouvelle de l'arrivée d'un chrétien qui
    devait s'enlever dans les airs fut reçue avec irritation; les nègres,
    plus émus que les Arabes, virent dans ce projet des intentions hostiles
    à leur religion; ils se figuraient qu'on en voulait au soleil et à la
    lune. Or, ces deux astres sont un objet de vénération pour les
    peuplades africaines. On résolut donc de s'opposer à cette expédition
    sacrilège.

    Le consul, instruit de ces dispositions, en conféra avec le docteur
    Fergusson et le commandant Pennet. Celui-ci ne voulait pas reculer
    devant des menaces; mais son ami lui fit entendre raison à ce sujet.

    « Nous finirons certainement par l’emporter lui dit-il; les garnisaires
    mêmes de l'iman nous prêteraient main-forte; au besoin; mais, mon cher
    commandant, un accident est vite arrivé; il suffirait d'un mauvais coup
    pour causer au ballon un accident irréparable, et le voyage serait
    compromis sans remise; il faut donc agir avec de grandes précautions.

    --Mais que faire? Si nous débarquons sur la côte d'Afrique, nous
    rencontrerons les mêmes difficultés! Que faire?

    --Rien n'est plus simple, répondit le consul. Voyez ces îles situées au
    delà du port; débarquez votre aérostat dans l’une d'elles,
    entourez-vous d'une ceinture de matelots, et vous n'aurez aucun risque
    à courir:

    --Parfait, dit le docteur, et nous serons à notre aise pour achever nos
    préparatifs.

    Le commandant se rendit à ce conseil. Le Resolute s'approcha de l'île
    de Koumbeni. Pendant la matinée du 16 avril, le ballon fut mis en
    sûreté au milieu d'une clairière, entre les grands bois dont le sol est
    hérissé.

    On dressa deux mats hauts de quatre-vingts pieds et placés à une
    pareille distance l'un de l'autre; un jeu de poulies fixées à leur
    extrémité permit d'enlever l'aérostat au moyen d'un câble transversal;
    il était alors entièrement dégonflé. Le ballon intérieur se trouvait
    rattaché au sommet du ballon extérieur de manière à être soulevé comme
    lui.

    C'est à l'appendice inférieur de chaque ballon que furent fixés les
    deux tuyaux d'introduction de l'hydrogène.

    La journée du 17 se passa à disposer l'appareil destiné à produire le
    gaz; il se composait de trente tonneaux, dans lesquels la décomposition
    de l'eau se faisait au moyen de ferraille et d'acide sulfurique mis en
    présence dans une grande quantité d'eau. L'hydrogène se rendait dans
    une vaste tonne centrale après avoir été lavé à son passage, et de là
    il passait dans chaque aérostat par les tuyaux d'introduction. De cette
    façon, chacun d'eux se remplissait d’une quantité de gaz parfaitement
    déterminée.

    Il fallut employer, pour cette opération, dix-huit cent soixante-six
    gallons [Trois mille deux cent cinquante litres] d'acide sulfurique,
    seize mille cinquante livres de fer [Plus de huit tonnes de fer] et
    neuf cent soixante-six gallons d'eau [Prés de quarante et un mille deux
    cent cinquante litres].

    Cette opération commença dans la nuit suivante, vers trois heures du
    matin; elle dura près de huit heures. Le lendemain, l’aérostat,
    recouvert de son filet, se balançait gracieusement au-dessus de-là
    nacelle, retenu par un grand nombre de sacs de terre. L'appareil de
    dilatation fut monté avec un grand soin, et les tuyaux sortant de
    l'aérostat furent adaptés à la boîte cylindrique.

    Les ancres, les cordes, les instruments, les couvertures de voyage, la
    tente, les vivres, les armes, durent prendre dans la nacelle la place
    qui leur était assignée; la provision d'eau fut faite à Zanzibar. Les
    deux cents livres de lest furent réparties dans cinquante sacs placés
    au fond de la nacelle, mais cependant à portée de la main.

    Ces préparatifs se terminaient vers cinq heures du soir; des
    sentinelles veillaient sans cesse autour de l’île, et les embarcations
    du Resolute sillonnaient le canal.

    Les nègres continuaient à manifester leur colère par des cris, des
    grimaces et des contorsions. Les sorciers parcouraient les groupes
    irrités, en soufflant sur toute cette irritation; quelques fanatiques
    essayèrent de ga-gner l'île à la nage, mais on les éloigna facilement.

    Alors les sortilèges et les incantations commencèrent; les faiseurs de
    pluie, qui prétendent commander aux nuages, appelèrent les ouragans et
    les « averses de pierres [Nom que les Nègres donnent à la grêle] » à
    leur secours; pour cela, ils cueillirent des feuilles de tous les
    arbres différents du pays; ils les firent bouillir à petit feu, pendant
    que l'on tuait un mouton en lui enfonçant une longue aiguille dans le
    cœur. Mais, en dépit de leurs cérémonies, le ciel demeura pur, et ils
    en furent pour leur mouton et leurs grimaces.

    Les nègres se livrèrent alors à de furieuses orgies, s'enivrant du «
    tembo,» liqueur ardente tirée du cocotier, ou d'une bière extrêmement
    capiteuse appelée « togwa. » Leurs chants, sans mélodie appréciable,
    mais dont le rythme est très juste, se poursuivirent fort avant dans la
    nuit.

    ]]>
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    Candide, ou l’optimisme https://blog.mabo.cc/candide-ou-loptimisme/ https://blog.mabo.cc/candide-ou-loptimisme/#respond Wed, 14 Oct 2026 20:09:16 +0000 https://blog.mabo.cc/candide-ou-loptimisme/

    Candide, ou l’optimisme

    Aproximadamente 36.452 palavras.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE.

    TOME XXXIII

    DE L’ IMPRIMERIE DE A. FIRMIN DIDOT,

    RUE JACOB, Nº 24.

    OEUVRES

    DE

    VOLTAIRE

    PRÉFACES, AVERTISSEMENTS, NOTES, ETC.

    PAR M. BEUCHOT.

    TOME XXXIII.

    ROMANS. TOME I.

    A PARIS,

    CHEZ LEFÈVRE, LIBRAIRE,

    RUE DE L’ÉPERON, Kº 6. WERDET ET LEQUIEN FILS,

    RUE DU BATTOIR, Nº 20.

    MDCCCXXIX.

    CANDIDE,

    OU L’OPTIMISME

    Préface de l’Éditeur
    CHAPITRE I. Comment Candide fut élevé dans un beau château, et comment il fut chassé d’icelui.
    CHAPITRE II Ce que devint Candide parmi les Bulgares.
    CHAPITRE III. Comment Candide se sauva d’entre les Bulgares, et ce qu’il devint.
    CHAPITRE IV. Comment Candide rencontra son ancien maître de philosophie, le docteur Pangloss, et ce qui en advint.
    CHAPITRE V. Tempête, naufrage, tremblement de terre, et ce qui advint du docteur Pangloss, de Candide, et de l’anabaptiste Jacques.
    CHAPITRE VI. Comment on fit un bel auto-da-fé pour empêcher les tremblements de terre, et comment Candide fut fessé.
    CHAPITRE VII Comment une vieille prit soin de Candide, et comment il retrouva ce qu’il aimait.
    CHAPITRE VIII. Histoire de Cunégonde.
    CHAPITRE IX. Ce qui advint de Cunégonde, de Candide, du grand-inquisiteur, et d’un Juif.
    CHAPITRE X. Dans quelle détresse Candide, Cunégonde, et la vieille, arrivent à Cadix, et leur embarquement.
    CHAPITRE XI. Histoire de la vieille.
    CHAPITRE XII. Suite des malheurs de la vieille.
    CHAPITRE XIII. Comment Candide fut obligé de se séparer de la belle Cunégonde et de la vieille.
    CHAPITRE XIV. Comment Candide et Cacambo furent reçus chez les jésuites du Paraguai.
    CHAPITRE XV. Comment Candide tua le frère de sa chère Cunégonde.
    CHAPITRE XVI. Ce qui advint aux deux voyageurs avec deux filles, deux singes, et les sauvages nommés Oreillons.
    CHAPITRE XVII. Arrivée de Candide et de son valet au pays d’Eldorado, et ce qu’ils y virent.
    CHAPITRE XVIII Ce qu’ils virent dans le pays d’Eldorado[1].
    CHAPITRE XIX. Ce qui leur arriva à Surinam, et comment Candide fit connaissance avec Martin.
    CHAPITRE XX. Ce qui arriva sur mer à Candide et à Martin.
    CHAPITRE XXI. Candide et Martin approchent des côtes de France, et raisonnent.
    CHAPITRE XXII[1]. Ce qui arriva en France à Candide et à Martin.
    CHAPITRE XXIII. Candide et Martin vont sur les côtes d’Angleterre; ce qu’ils y voient.
    CHAPITRE XXIV. De Paquette, et de frère Giroflée.
    CHAPITRE XXV. Visite chez le seigneur Pococurante, noble vénitien.
    CHAPITRE XXVI. D’un souper que Candide et Martin firent avec six étrangers, et qui ils étaient.
    CHAPITRE XXVII. Voyage de Candide à Constantinople.
    CHAPITRE XXVIII. Ce qui arriva à Candide, à Cunégonde, à Pangloss, à Martin, etc.
    CHAPITRE XXIX. Comment Candide retrouva Cunégonde et la vieille.
    CHAPITRE XXX. Conclusion.

    Préface de l’Éditeur

    _Candide_ parut au plus tard en mars 1759. Le roi de Prusse en accuse
    réception par sa lettre du 28 du mois d’avril.

    Voltaire en avait envoyé le manuscrit à la duchesse de La Vallière, qui
    lui fit répondre qu’il aurait pu se passer d’y mettre tant
    d’indécences, et qu’un écrivain tel que lui n’avait pas besoin d’avoir
    recours à cette ressource pour se procurer des lecteurs.

    Beaucoup d’autres personnes furent scandalisées de _Candide_, et
    Voltaire désavoua cet ouvrage, qu’il appelle lui-même une coïonnerie.
    Il ne faut pas, au reste, prendre à la lettre son titre d’optimisme.
    L’optimisme, dit-il ailleurs[1], n’est qu’une fatalité désespérante.

    [1] _Homélie sur l’athéisme_. Voyez les _Mélanges_, année 1767; et
    aussi, tome XII, une des notes du troisième _Discours sur l’homme_.

    Voltaire écrivit, sous le nom de Mead, une lettre relative à Candide,
    qui fut insérée dans le _Journal encyclopédique_, du 15 juillet 1759:
    on la trouvera dans les Mélanges, à cette date.

    C’est à Thorel de Campigneulles, mort en 1809, qu’on attribue une
    _Seconde partie de Candide_, publiée en 1761, et plusieurs fois
    réimprimée à la suite de l’ouvrage de Voltaire, comme étant de lui. On
    l’a même admise dans une édition intitulée: _Collection complète des
    Oeuvres de M, de Voltaire, 1764, in-12_. L’édition de Candide, 1778,
    avec des figures dessinées et gravées par Daniel Chodowicky, contient
    les deux parties.

    Le _Remercîment de Candide à M. de Voltaire_ (par Marconnay) est de
    1760.

    Linguet publia, en 1766, la _Cacomonade, histoire politique et morale,
    traduite de l’allemand, du docteur Pangloss, par le docteur lui-même,
    depuis son retour de Constantinople_, 1766, in-12; nouvelle édition,
    augmentée d’une lettre du même auteur, 1766, in-12. Un arrêt de la cour
    royale de Paris, du 16 novembre 1822 (inséré dans le _Moniteur_ du 26
    mars 1825), ordonne la destruction de la _Canonnade, ou Histoire du Mal
    de Naples, par Linguet_. Ce n’est pas la première fois que les ouvrages
    condamnés sont mal désignés dans les jugements. L’arrêt de la cour du
    parlement, du 6 août 1761, ordonne de lacérer et brûler le tome XIII du
    Commentaire de Salmeron, qui n’a que quatre volumes.

    _Candide en Danemarck, ou l’Optimisme des honnêtes gens_, est d’un
    auteur qu’on ne connaît pas.

    _Antoine Bernard et Rosalie, ou le Petit Candide_, a paru en 1796, un
    volume in-i8.

    Le _Voyage de Candide fils au pays d’Eldorado, vers la fin du
    dix-huitième siècle, pour servir de suite aux aventures de M. son
    père_, an XI-1803, a deux volumes in-8º.

    Le chapitre XXVI de _Candide_ a été imité, en 1815, par Lemontey, dans
    un article intitulé: _Le Carnaval de Vénise_. J’ai renoncé à reproduire
    ce petit morceau, lorsque j’ai vu l’annonce des _Oeuvres de Lemonley_,
    où sans doute on le trouvera.

    J.-J. Rousseau prétendait[2] que c’est sa _Lettre sur la Providence_
    qui a donné naissance à _Candide_; _Candide en est la réponse_.
    Voltaire en avait fait _une de deux pages où il bat la campagne, et
    Candide parut dix mois après_.

    [2] Lettre de J. J. Rousseau au prince de Wirtemberg, du 11 mars 1764.

    Ce que Rousseau appelle sa _Lettre sur la Providence_, est sa lettre à
    Voltaire du 18 août 1756; la réponse de Voltaire est du 21 septembre
    1766; Candide ne vit le jour que vingt-sept à vingt-neuf mois plus
    tard.

    ———

    Les notes sans signature, et qui sont indiquées par des lettres, sont
    de Voltaire.

    Les notes signées d’un K sont des éditeurs de Kehl, MM. Condorcet et
    Decroix. Il est impossible de faire rigoureusement la part de chacun.

    Les additions que j’ai faites aux notes de Voltaire ou aux notes des
    éditeurs de Kehl, en sont séparées par un—, et sont, comme mes notes,
    signées de l’initiale de mon nom.

    BEUCHOT.

    4 octobre 1829.

    CANDIDE,

    ou

    L’OPTIMISME,

    TRADUIT DE L’ALLEMAND

    DE M. LE DOCTEUR RALPH,

    AVEC LES ADDITIONS

    QU’ON A TROUVÉES DANS LA POCHE DU DOCTEUR, LORSQU’IL MOURUT

    À MINDEN, L’AN DE GRÂCE 1759

    1759

    CHAPITRE I.
    Comment Candide fut élevé dans un beau château, et comment il fut
    chassé d’icelui.

    Il y avait en Vestphalie, dans le château de M. le baron de
    Thunder-ten-tronckh, un jeune garçon à qui la nature avait donné les
    moeurs les plus douces. Sa physionomie annonçait son âme. Il avait le
    jugement assez droit, avec l’esprit le plus simple; c’est, je crois,
    pour cette raison qu’on le nommait Candide. Les anciens domestiques de
    la maison soupçonnaient qu’il était fils de la soeur de monsieur le
    baron et d’un bon et honnête gentilhomme du voisinage, que cette
    demoiselle ne voulut jamais épouser parce qu’il n’avait pu prouver que
    soixante et onze quartiers, et que le reste de son arbre généalogique
    avait été perdu par l’injure du temps.

    Monsieur le baron était un des plus puissants seigneurs de la
    Westphalie, car son château avait une porte et des fenêtres. Sa grande
    salle même était ornée d’une tapisserie. Tous les chiens de ses
    basses-cours composaient une meute dans le besoin; ses palefreniers
    étaient ses piqueurs; le vicaire du village était son grand-aumônier.
    Ils l’appelaient tous monseigneur, et ils riaient quand il fesait des
    contes.

    Madame la baronne, qui pesait environ trois cent cinquante livres,
    s’attirait par là une très grande considération, et fesait les honneurs
    de la maison avec une dignité qui la rendait encore plus respectable.
    Sa fille Cunégonde, âgée de dix-sept ans, était haute en couleur,
    fraîche, grasse, appétissante. Le fils du baron paraissait en tout
    digne de son père. Le précepteur Pangloss[1] était l’oracle de la
    maison, et le petit Candide écoutait ses leçons avec toute la bonne foi
    de son âge et de son caractère.

    [1] De _pan_, tout, et _glossa_, langue. B.

    Pangloss enseignait la métaphysico-théologo-cosmolonigologie. Il
    prouvait admirablement qu’il n’y a point d’effet sans cause, et que,
    dans ce meilleur des mondes possibles, le château de monseigneur le
    baron était le plus beau des châteaux, et madame la meilleure des
    baronnes possibles.

    Il est démontré, disait-il, que les choses ne peuvent être autrement;
    car tout étant fait pour une fin, tout est nécessairement pour la
    meilleure fin. Remarquez bien que les nez ont été faits pour porter des
    lunettes; aussi avons-nous des lunettes[2]. Les jambes sont visiblement
    instituées pour être chaussées, et nous avons des chausses. Les pierres
    ont été formées pour être taillées et pour en faire des châteaux; aussi
    monseigneur a un très beau château: le plus grand baron de la province
    doit être le mieux logé; et les cochons étant faits pour être mangés,
    nous mangeons du porc toute l’année: par conséquent, ceux qui ont
    avancé que tout est bien ont dit une sottise; il fallait dire que tout
    est au mieux.

    [2] Voyez tome XXVII, page 528; et dans les _Mélanges_, année 1738, le
    chapitre XI de la troisième partie des _Éléments de la philosophie de
    Newton_; et année 1768, le chapitre X des _Singularités de la nature_.
    B.

    Candide écoutait attentivement, et croyait innocemment; car il trouvait
    mademoiselle Cunégonde extrêmement belle, quoiqu’il ne prît jamais la
    hardiesse de le lui dire. Il concluait qu’après le bonheur d’être né
    baron de Thunder-ten-tronckh, le second degré de bonheur était d’être
    mademoiselle Cunégonde; le troisième, de la voir tous les jours; et le
    quatrième, d’entendre maître Pangloss, le plus grand philosophe de la
    province, et par conséquent de toute la terre.

    Un jour Cunégonde, en se promenant auprès du château, dans le petit
    bois qu’on appelait parc, vit entre des broussailles le docteur
    Pangloss qui donnait une leçon de physique expérimentale à la femme de
    chambre de sa mère, petite brune très jolie et très docile. Comme
    mademoiselle Cunégonde avait beaucoup de disposition pour les sciences,
    elle observa, sans souffler, les expériences réitérées dont elle fut
    témoin; elle vit clairement la raison suffisante du docteur, les effets
    et les causes, et s’en retourna tout agitée, toute pensive, toute
    remplie du désir d’être savante, songeant qu’elle pourrait bien être la
    raison suffisante du jeune Candide, qui pouvait aussi être la sienne.

    Elle rencontra Candide en revenant au château, et rougit: Candide
    rougit aussi. Elle lui dit bonjour d’une voix entrecoupée; et Candide
    lui parla sans savoir ce qu’il disait. Le lendemain, après le dîner,
    comme on sortait de table, Cunégonde et Candide se trouvèrent derrière
    un paravent; Cunégonde laissa tomber son mouchoir, Candide le ramassa;
    elle lui prit innocemment la main; le jeune homme baisa innocemment la
    main de la jeune demoiselle avec une vivacité, une sensibilité, une
    grâce toute particulière; leurs bouches se rencontrèrent, leurs yeux
    s’enflammèrent, leurs genoux tremblèrent, leurs mains s’égarèrent. M.
    le baron de Thunder-ten-tronckh passa auprès du paravent, et voyant
    cette cause et cet effet, chassa Candide du château à grands coups de
    pied dans le derrière. Cunégonde s’évanouit: elle fut souffletée par
    madame la baronne dès qu’elle fut revenue à elle-même; et tout fut
    consterné dans le plus beau et le plus agréable des châteaux possibles.

    CHAPITRE II
    Ce que devint Candide parmi les Bulgares.

    Candide, chassé du paradis terrestre, marcha longtemps sans savoir où,
    pleurant, levant les yeux au ciel, les tournant souvent vers le plus
    beau des châteaux qui renfermait la plus belle des baronnettes; il se
    coucha sans souper au milieu des champs entre deux sillons; la neige
    tombait à gros flocons. Candide, tout transi, se traîna le lendemain
    vers la ville voisine, qui s’appelle _Valdberghoff-trarbk-dikdorff_,
    n’ayant point d’argent, mourant de faim et de lassitude. Il s’arrêta
    tristement à la porte d’un cabaret. Deux hommes habillés de bleu le
    remarquèrent: Camarade, dit l’un, voilà un jeune homme très bien fait,
    et qui a la taille requise; ils s’avancèrent vers Candide et le
    prièrent à dîner très civilement.—Messieurs, leur dit Candide avec une
    modestie charmante, vous me faites beaucoup d’honneur, mais je n’ai pas
    de quoi payer mon écot.—Ah! monsieur, lui dit un des bleus, les
    personnes de votre figure et de votre mérite ne paient jamais rien:
    n’avez-vous pas cinq pieds cinq pouces de haut?—Oui, messieurs, c’est
    ma taille, dit-il en fesant la révérence.—Ah! monsieur, mettez-vous à
    table; non seulement nous vous défraierons, mais nous ne souffrirons
    jamais qu’un homme comme vous manque d’argent; les hommes ne sont faits
    que pour se secourir les uns les autres.—Vous avez raison, dit Candide;
    c’est ce que M. Pangloss m’a toujours dit, et je vois bien que tout est
    au mieux. On le prie d’accepter quelques écus, il les prend et veut
    faire son billet; on n’en veut point, on se met à table. N’aimez-vous
    pas tendrement?….—Oh! oui, répond-il, j’aime tendrement mademoiselle
    Cunégonde.—Non, dit l’un de ces messieurs, nous vous demandons si vous
    n’aimez pas tendrement le roi des Bulgares?—Point du tout, dit-il, car
    je ne l’ai jamais vu.—Comment! c’est le plus charmant des rois, et il
    faut boire à sa santé.—Oh! très volontiers, messieurs. Et il boit. C’en
    est assez, lui dit-on, vous voilà l’appui, le soutien, le défenseur, le
    héros des Bulgares; votre fortune est faite, et votre gloire est
    assurée. On lui met sur-le-champ les fers aux pieds, et on le mène au
    régiment. On le fait tourner à droite, à gauche, hausser la baguette,
    remettre la baguette, coucher en joue, tirer, doubler le pas, et on lui
    donne trente coups de bâton; le lendemain, il fait l’exercice un peu
    moins mal, et il ne reçoit que vingt coups; le surlendemain, on ne lui
    en donne que dix, et il est regardé par ses camarades comme un prodige.

    Candide, tout stupéfait, ne démêlait pas encore trop bien comment il
    était un héros. Il s’avisa un beau jour de printemps de s’aller
    promener, marchant tout droit devant lui, croyant que c’était un
    privilège de l’espèce humaine, comme de l’espèce animale, de se servir
    de ses jambes à son plaisir. Il n’eut pas fait deux lieues que voilà
    quatre autres héros de six pieds qui l’atteignent, qui le lient, qui le
    mènent dans un cachot. On lui demanda juridiquement ce qu’il aimait le
    mieux d’être fustigé trente-six fois par tout le régiment, ou de
    recevoir à-la-fois douze balles de plomb dans la cervelle. Il eut beau
    dire que les volontés sont libres, et qu’il ne voulait ni l’un ni
    l’autre, il fallut faire un choix; il se détermina, en vertu du don de
    Dieu qu’on nomme _liberté_, à passer trente-six fois par les baguettes;
    il essuya deux promenades. Le régiment était composé de deux mille
    hommes; cela lui composa quatre mille coups de baguette, qui, depuis la
    nuque du cou jusqu’au cul, lui découvrirent les muscles et les nerfs.
    Comme on allait procéder à la troisième course, Candide, n’en pouvant
    plus, demanda en grâce qu’on voulût bien avoir la bonté de lui casser
    la tête; il obtint cette faveur; on lui bande les yeux; on le fait
    mettre à genoux. Le roi des Bulgares passe dans ce moment, s’informe du
    crime du patient; et comme ce roi avait un grand génie, il comprit, par
    tout ce qu’il apprit de Candide, que c’était un jeune métaphysicien
    fort ignorant des choses de ce monde, et il lui accorda sa grâce avec
    une clémence qui sera louée dans tous les journaux et dans tous les
    siècles. Un brave chirurgien guérit Candide en trois semaines avec les
    émollients enseignés par Dioscoride. Il avait déjà un peu de peau et
    pouvait marcher, quand le roi des Bulgares livra bataille au roi des
    Abares.

    CHAPITRE III.
    Comment Candide se sauva d’entre les Bulgares, et ce qu’il devint.

    Rien n’était si beau, si leste, si brillant, si bien ordonné que les
    deux armées. Les trompettes, les fifres, les hautbois, les tambours,
    les canons; formaient une harmonie telle qu’il n’y en eut jamais en
    enfer. Les canons renversèrent d’abord à peu près six mille hommes de
    chaque côté; ensuite la mousqueterie ôta du meilleur des mondes environ
    neuf à dix mille coquins qui en infectaient la surface. La baïonnette
    fut aussi la raison suffisante de la mort de quelques milliers
    d’hommes. Le tout pouvait bien se monter à une trentaine de mille âmes.
    Candide, qui tremblait comme un philosophe, se cacha du mieux qu’il put
    pendant cette boucherie héroïque.

    Enfin, tandis que les deux rois fesaient chanter des _Te Deum_, chacun
    dans son camp, il prit le parti d’aller raisonner ailleurs des effets
    et des causes. Il passa par-dessus des tas de morts et de mourants, et
    gagna d’abord un village voisin; il était en cendres: c’était un
    village abare que les Bulgares avaient brûlé, selon les lois du droit
    public. Ici des vieillards criblés de coups regardaient mourir leurs
    femmes égorgées, qui tenaient leurs enfants à leurs mamelles
    sanglantes; là des filles éventrées après avoir assouvi les besoins
    naturels de quelques héros, rendaient les derniers soupirs; d’autres à
    demi brûlées criaient qu’on achevât de leur donner la mort. Des
    cervelles étaient répandues sur la terre à côté de bras et de jambes
    coupés.

    Candide s’enfuit au plus vite dans un autre village: il appartenait à
    des Bulgares, et les héros abares l’avaient traité de même. Candide,
    toujours marchant sur des membres palpitants ou à travers des ruines,
    arriva enfin hors du théâtre de la guerre, portant quelques petites
    provisions dans son bissac, et n’oubliant jamais mademoiselle
    Cunégonde. Ses provisions lui manquèrent quand il fut en Hollande; mais
    ayant entendu dire que tout le monde était riche dans ce pays-là, et
    qu’on y était chrétien, il ne douta pas qu’on ne le traitât aussi bien
    qu’il l’avait été dans le château de M. le baron, avant qu’il en eût
    été chassé pour les beaux yeux de mademoiselle Cunégonde.

    Il demanda l’aumône à plusieurs graves personnages, qui lui répondirent
    tous que, s’il continuait à faire ce métier, on l’enfermerait dans une
    maison de correction pour lui apprendre à vivre.

    Il s’adressa ensuite à un homme qui venait de parler tout seul une
    heure de suite sur la charité dans une grande assemblée. Cet orateur le
    regardant de travers lui dit: Que venez-vous faire ici? y êtes-vous
    pour la bonne cause? Il n’y a point d’effet sans cause, répondit
    modestement Candide; tout est enchaîné nécessairement et arrangé pour
    le mieux. Il a fallu que je fusse chassé d’auprès de mademoiselle
    Cunégonde, que j’aie passé par les baguettes, et il faut que je demande
    mon pain, jusqu’à ce que je puisse en gagner; tout cela ne pouvait être
    autrement. Mon ami, lui dit l’orateur, croyez-vous que le pape soit
    l’antechrist? Je ne l’avais pas encore entendu dire, répondit Candide:
    mais qu’il le soit, ou qu’il ne le soit pas, je manque de pain. Tu ne
    mérites pas d’en manger, dit l’autre: va, coquin, va, misérable, ne
    m’approche de ta vie. La femme de l’orateur ayant mis la tête à la
    fenêtre, et avisant un homme qui doutait que le pape fût antechrist,
    lui répandit sur le chef un plein….. O ciel! à quel excès se porte le
    zèle de la religion dans les dames!

    Un homme qui n’avait point été baptisé, un bon anabaptiste, nommé
    Jacques, vit la manière cruelle et ignominieuse dont on traitait ainsi
    un de ses frères, un être à deux pieds sans plumes, qui avait une âme;
    il l’amena chez lui, le nettoya, lui donna du pain et de la bière, lui
    fit présent de deux florins, et voulut même lui apprendre à travailler
    dans ses manufactures aux étoffes de Perse qu’on fabrique en Hollande.
    Candide se prosternant presque devant lui, s’écriait: Maître Pangloss
    me l’avait bien dit que tout est au mieux dans ce monde, car je suis
    infiniment plus touché de votre extrême générosité que de la dureté de
    ce monsieur à manteau noir, et de madame son épouse.

    Le lendemain, en se promenant, il rencontra un gueux tout couvert de
    pustules, les yeux morts, le bout du nez rongé, la bouche de travers,
    les dents noires, et parlant de la gorge, tourmenté d’une toux
    violente, et crachant une dent à chaque effort.

    CHAPITRE IV.
    Comment Candide rencontra son ancien maître de philosophie, le docteur
    Pangloss, et ce qui en advint.

    Candide, plus ému encore de compassion que d’horreur, donna à cet
    épouvantable gueux les deux florins qu’il avait reçus de son honnête
    anabaptiste Jacques. Le fantôme le regarda fixement, versa des larmes,
    et sauta à son cou. Candide effrayé recule. Hélas! dit le misérable à
    l’autre misérable, ne reconnaissez-vous plus votre cher Pangloss?
    Qu’entends-je? vous, mon cher maître! vous, dans cet état horrible!
    quel malheur vous est-il donc arrivé? pourquoi n’êtes-vous plus dans le
    plus beau des châteaux? qu’est devenue mademoiselle Cunégonde, la perle
    des filles, le chef-d’oeuvre de la nature? Je n’en peux plus, dit
    Pangloss. Aussitôt Candide le mena dans l’étable de l’anabaptiste, où
    il lui fit manger un peu de pain; et quand Pangloss fut refait: Eh
    bien! lui dit-il, Cunégonde? Elle est morte, reprit l’autre. Candide
    s’évanouit à ce mot: son ami rappela ses sens avec un peu de mauvais
    vinaigre qui se trouva par hasard dans l’étable. Candide rouvre les
    yeux. Cunégonde est morte! Ah! meilleur des mondes, où êtes-vous? Mais
    de quelle maladie est-elle morte? ne serait-ce point de m’avoir vu
    chasser du beau château de monsieur son père à grands coups de pied?
    Non, dit Pangloss, elle a été éventrée par des soldats bulgares, après
    avoir été violée autant qu’on peut l’être; ils ont cassé la tête à
    monsieur le baron qui voulait la défendre; madame la baronne a été
    coupée en morceaux; mon pauvre pupille traité précisément comme sa
    soeur; et quant au château, il n’est pas resté pierre sur pierre, pas
    une grange, pas un mouton, pas un canard, pas un arbre; mais nous avons
    été bien vengés, car les Abares en ont fait autant dans une baronnie
    voisine qui appartenait à un seigneur bulgare.

    A ce discours, Candide s’évanouit encore; mais revenu à soi, et ayant
    dit tout ce qu’il devait dire, il s’enquit de la cause et de l’effet,
    et de la raison suffisante qui avait mis Pangloss dans un si piteux
    état. Hélas! dit l’autre, c’est l’amour: l’amour, le consolateur du
    genre humain, le conservateur de l’univers, l’âme de tous les êtres
    sensibles, le tendre amour. Hélas! dit Candide, je l’ai connu cet
    amour, ce souverain des coeurs, cette âme de notre âme; il ne m’a
    jamais valu qu’un baiser et vingt coups de pied au cul. Comment cette
    belle cause a-t-elle pu produire en vous un effet si abominable?

    Pangloss répondit en ces termes: O mon cher Candide! vous avez connu
    Paquette, cette jolie suivante de notre auguste baronne: j’ai goûté
    dans ses bras les délices du paradis, qui ont produit ces tourments
    d’enfer dont vous me voyez dévoré; elle en était infectée, elle en est
    peut-être morte. Paquette tenait ce présent d’un cordelier très savant
    qui avait remonté à la source, car il l’avait eu d’une vieille
    comtesse, qui l’avait reçu d’un capitaine de cavalerie, qui le devait à
    une marquise, qui le tenait d’un page, qui l’avait reçu d’un jésuite,
    qui, étant novice, l’avait eu en droite ligne d’un des compagnons de
    Christophe Colomb. Pour moi, je ne le donnerai à personne, car je me
    meurs.

    O Pangloss! s’écria Candide, voilà une étrange généalogie! n’est-ce pas
    le diable qui en fut la souche? Point du tout, répliqua ce grand homme;
    c’était une chose indispensable dans le meilleur des mondes, un
    ingrédient nécessaire; car si Colomb n’avait pas attrapé dans une île
    de l’Amérique cette maladie[1] qui empoisonne la source de la
    génération, qui souvent même empêche la génération, et qui est
    évidemment l’opposé du grand but de la nature, nous n’aurions ni le
    chocolat ni la cochenille; il faut encore observer que
    jusqu’aujourd’hui, dans notre continent, cette maladie nous est
    particulière, comme la controverse. Les Turcs, les Indiens, les
    Persans, les Chinois, les Siamois, les Japonais, ne la connaissent pas
    encore; mais il y a une raison suffisante pour qu’ils la connaissent à
    leur tour dans quelques siècles. En attendant elle a fait un
    merveilleux progrès parmi nous, et surtout dans ces grandes armées
    composées d’honnêtes stipendiaires bien élevés, qui décident du destin
    des états; on peut assurer que, quand trente mille hommes combattent en
    bataille rangée contre des troupes égales en nombre, il y a environ
    vingt mille vérolés de chaque côté.

    [1] Voyez tome XXXI, page 7. B.

    Voilà qui est admirable, dit Candide; mais il faut vous faire guérir.
    Et comment le puis-je? dit Pangloss; je n’ai pas le sou, mon ami, et
    dans toute l’étendue de ce globe on ne peut ni se faire saigner, ni
    prendre un lavement sans payer, ou sans qu’il y ait quelqu’un qui paie
    pour nous.

    Ce dernier discours détermina Candide; il alla se jeter aux pieds de
    son charitable anabaptiste Jacques, et lui fit une peinture si
    touchante de l’état où son ami était réduit, que le bon-homme n’hésita
    pas à recueillir le docteur Pangloss; il le fit guérir à ses dépens.
    Pangloss, dans la cure, ne perdit qu’un oeil et une oreille. Il
    écrivait bien, et savait parfaitement l’arithmétique. L’anabaptiste
    Jacques en fit son teneur de livres. Au bout de deux mois, étant obligé
    d’aller à Lisbonne pour les affaires de son commerce, il mena dans son
    vaisseau ses deux philosophes. Pangloss lui expliqua comment tout était
    on ne peut mieux. Jacques n’était pas de cet avis. Il faut bien,
    disait-il, que les hommes aient un peu corrompu la nature, car ils ne
    sont point nés loups, et ils sont devenus loups. Dieu ne leur a donné
    ni canons de vingt-quatre, ni baïonnettes, et ils se sont fait des
    baïonnettes et des canons pour se détruire. Je pourrais mettre en ligne
    de compte les banqueroutes, et la justice qui s’empare des biens des
    banqueroutiers pour en frustrer les créanciers. Tout cela était
    indispensable, répliquait le docteur borgne, et les malheurs
    particuliers font le bien général; de sorte que plus il y a de malheurs
    particuliers, et plus tout est bien. Tandis qu’il raisonnait, l’air
    s’obscurcit, les vents soufflèrent des quatre coins du monde, et le
    vaisseau fut assailli de la plus horrible tempête, à la vue du port de
    Lisbonne.

    CHAPITRE V.
    Tempête, naufrage, tremblement de terre, et ce qui advint du docteur
    Pangloss, de Candide, et de l’anabaptiste Jacques.

    La moitié des passagers affaiblis, expirants de ces angoisses
    inconcevables que le roulis d’un vaisseau porte dans les nerfs et dans
    toutes les humeurs du corps agitées en sens contraires, n’avait pas
    même la force de s’inquiéter du danger. L’autre moitié jetait des cris
    et fesait des prières; les voiles étaient déchirées, les mâts brisés,
    le vaisseau entr’ouvert. Travaillait qui pouvait, personne ne
    s’entendait, personne ne commandait. L’anabaptiste aidait un peu à la
    manoeuvre; il était sur le tillac; un matelot furieux le frappe
    rudement et l’étend sur les planches; mais du coup qu’il lui donna, il
    eut lui-même une si violente secousse, qu’il tomba hors du vaisseau, la
    tête la première. Il restait suspendu et accroché à une partie de mât
    rompu. Le bon Jacques court à son secours, l’aide à remonter, et de
    l’effort qu’il fait, il est précipité dans la mer à la vue du matelot,
    qui le laissa périr sans daigner seulement le regarder. Candide
    approche, voit son bienfaiteur qui reparaît un moment, et qui est
    englouti pour jamais. Il veut se jeter après lui dans la mer: le
    philosophe Pangloss l’en empêche, en lui prouvant que la rade de
    Lisbonne avait été formée exprès pour que cet anabaptiste s’y noyât.
    Tandis qu’il le prouvait _à priori_, le vaisseau s’entr’ouvre, tout
    périt à la réserve de Pangloss, de Candide, et de ce brutal de matelot
    qui avait noyé le vertueux anabaptiste; le coquin nagea heureusement
    jusqu’au rivage, où Pangloss et Candide furent portés sur une planche.

    Quand ils furent revenus un peu à eux, ils marchèrent vers Lisbonne; il
    leur restait quelque argent, avec lequel ils espéraient se sauver de la
    faim après avoir échappé à la tempête.

    A peine ont-ils mis le pied dans la ville, en pleurant la mort de leur
    bienfaiteur, qu’ils sentent la terre trembler sous leurs pas[1]; la mer
    s’élève en bouillonnant dans le port, et brise les vaisseaux qui sont à
    l’ancre. Des tourbillons de flammes et de cendres couvrent les rues et
    les places publiques; les maisons s’écroulent, les toits sont renversés
    sur les fondements, et les fondements se dispersent; trente mille
    habitants de tout âge et de tout sexe sont écrasés sous des ruines. Le
    matelot disait en sifflant et en jurant: il y aura quelque chose à
    gagner ici. Quelle peut être la raison suffisante de ce phénomène?
    disait Pangloss. Voici le dernier jour du monde! s’écriait Candide. Le
    matelot court incontinent au milieu des débris, affronte la mort pour
    trouver de l’argent, en trouve, s’en empare, s’enivre, et ayant cuvé
    son vin, achète les faveurs de la première fille de bonne volonté qu’il
    rencontre sur les ruines des maisons détruites, et au milieu des
    mourants et des morts. Pangloss le tirait cependant par la manche: Mon
    ami, lui disait-il, cela n’est pas bien, vous manquez à la raison
    universelle, vous prenez mal votre temps. Tête et sang, répondit
    l’autre, je suis matelot et né à Batavia; j’ai marché quatre fois sur
    le crucifix dans quatre voyages au Japon[2]; tu as bien trouvé ton
    homme avec ta raison universelle!

    [1] Le tremblement de terre de Lisbonne est du 1er novembre 1755. B.

    [2] Voyez tome XVIII, page 470. B.

    Quelques éclats de pierre avaient blessé Candide; il était étendu dans
    la rue et couvert de débris. Il disait à Pangloss: Hélas! procure-moi
    un peu de vin et d’huile; je me meurs. Ce tremblement de terre n’est
    pas une chose nouvelle, répondit Pangloss; la ville de Lima éprouva les
    mêmes secousses en Amérique l’année passée; mêmes causes, mêmes effets;
    il y a certainement une traînée de soufre sous terre depuis Lima
    jusqu’à Lisbonne. Rien n’est plus probable, dit Candide; mais, pour
    Dieu, un peu d’huile et de vin. Comment probable? répliqua le
    philosophe, je soutiens que la chose est démontrée. Candide perdit
    connaissance, et Pangloss lui apporta un peu d’eau d’une fontaine
    voisine.

    Le lendemain, ayant trouvé quelques provisions de bouche en se glissant
    à travers des décombres, ils réparèrent un peu leurs forces. Ensuite
    ils travaillèrent comme les autres à soulager les habitants échappés à
    la mort. Quelques citoyens, secourus par eux, leur donnèrent un aussi
    bon dîner qu’on le pouvait dans un tel désastre: il est vrai que le
    repas était triste; les convives arrosaient leur pain de leurs larmes;
    mais Pangloss les consola, en les assurant que les choses ne pouvaient
    être autrement: Car, dit-il, tout ceci est ce qu’il y a de mieux; car
    s’il y a un volcan à Lisbonne, il ne pouvait être ailleurs; car il est
    impossible que les choses ne soient pas où elles sont, car tout est
    bien.

    Un petit homme noir, familier de l’inquisition, lequel était à côté de
    lui, prit poliment la parole et dit: Apparemment que monsieur ne croit
    pas au péché originel; car si tout est au mieux, il n’y a donc eu ni
    chute ni punition.

    Je demande très humblement pardon à votre excellence, répondit Pangloss
    encore plus poliment, car la chute de l’homme et la malédiction
    entraient nécessairement dans le meilleur des mondes possibles.
    Monsieur ne croit donc pas à la liberté? dit le familier. Votre
    excellence m’excusera, dit Pangloss; la liberté peut subsister avec la
    nécessité absolue; car il était nécessaire que nous fussions libres;
    car enfin la volonté déterminée…… Pangloss était au milieu de sa
    phrase, quand le familier fit un signe de tête à son estafier qui lui
    servait à boire du vin de Porto ou d’Oporto.

    CHAPITRE VI.
    Comment on fit un bel auto-da-fé pour empêcher les tremblements de
    terre, et comment Candide fut fessé.

    Après le tremblement de terre qui avait détruit les trois quarts de
    Lisbonne, les sages du pays n’avaient pas trouvé un moyen plus efficace
    pour prévenir une ruine totale que de donner au peuple un bel
    auto-da-fé[1]; il était décidé par l’université de Coïmbre que le
    spectacle de quelques personnes brûlées à petit feu, en grande
    cérémonie, est un secret infaillible pour empêcher la terre de
    trembler.

    [1] Après le tremblement de terre de Lisbonne, on y fit en effet un
    autoda-fé, le 20 juin 1756; voyez, tome XXI, le chapitre XXXI du
    _Précis du Siècle de Louis XV_. B.

    On avait en conséquence saisi un Biscayen convaincu d’avoir épousé sa
    commère, et deux Portugais qui en mangeant un poulet en avaient arraché
    le lard: on vint lier après le dîner le docteur Pangloss et son
    disciple Candide, l’un pour avoir parlé, et l’autre pour l’avoir écouté
    avec un air d’approbation: tous deux furent menés séparément dans des
    appartements d’une extrême fraîcheur, dans lesquels on n’était jamais
    incommodé du soleil: huit jours après ils furent tous deux revêtus d’un
    san-benito, et on orna leurs têtes de mitres de papier: la mitre et le
    san-benito de Candide étaient peints de flammes renversées, et de
    diables qui n’avaient ni queues ni griffes; mais les diables de
    Pangloss portaient griffes et queues, et les flammes étaient droites.
    Ils marchèrent en procession ainsi vêtus, et entendirent un sermon très
    pathétique, suivi d’une belle musique en faux-bourdon. Candide fut
    fessé en cadence, pendant qu’on chantait; le Biscayen et les deux
    hommes qui n’avaient point voulu manger de lard furent brûlés, et
    Pangloss fut pendu, quoique ce ne soit pas la coutume. Le même jour la
    terre trembla de nouveau avec un fracas épouvantable.

    Candide épouvanté, interdit, éperdu, tout sanglant, tout palpitant, se
    disait à lui-même: Si c’est ici le meilleur des mondes possibles, que
    sont donc les autres? passe encore si je n’étais que fessé, je l’ai été
    chez les Bulgares; mais, ô mon cher Pangloss! le plus grand des
    philosophes, faut-il vous avoir vu pendre, sans que je sache pourquoi!
    ô mon cher anabaptiste! le meilleur des hommes, faut-il que vous ayez
    été noyé dans le port! ô mademoiselle Cunégonde! la perle des filles,
    faut-il qu’on vous ait fendu le ventre!

    Il s’en retournait, se soutenant à peine, prêché, fessé, absous, et
    béni, lorsqu’une vieille l’aborda, et lui dit: Mon fils, prenez
    courage, suivez-moi.

    CHAPITRE VII
    Comment une vieille prit soin de Candide, et comment il retrouva ce
    qu’il aimait.

    Candide ne prit point courage, mais il suivit la vieille dans une
    masure: elle lui donna un pot de pommade pour se frotter, lui laissa à
    manger et à boire; elle lui montra un petit lit assez propre; il y
    avait auprès du lit un habit complet. Mangez, buvez, dormez, lui
    dit-elle, et que Notre-Dame d’Atocha[1], monseigneur saint Antoine de
    Padoue, et monseigneur saint Jacques de Compostelle prennent soin de
    vous! je reviendrai demain. Candide, toujours étonné de tout ce qu’il
    avait vu, de tout ce qu’il avait souffert, et encore plus de la charité
    de la vieille, voulut lui baiser la main. Ce n’est pas ma main qu’il
    faut baiser, dit la vieille; je reviendrai demain. Frottez-vous de
    pommade, mangez et dormez.

    [1] Sur Notre-Dame d’Atocha, voyez dans les _Mélanges_, année 1769, une
    des notes de Voltaire sur son _Extrait d’un journal_ (ou Mémoires de
    Dangeau). B.

    Candide, malgré tant de malheurs, mangea et dormit. Le lendemain la
    vieille lui apporte à déjeuner, visite son dos, le frotte elle-même
    d’une autre pommade: elle lui apporte ensuite à dîner: elle revient sur
    le soir et apporte à souper. Le surlendemain elle fit encore les mêmes
    cérémonies. Qui êtes-vous? lui disait toujours Candide; qui vous a
    inspiré tant de bonté? quelles grâces puis-je vous rendre? La bonne
    femme ne répondait jamais rien. Elle revint sur le soir, et n’apporta
    point à souper: Venez avec moi, dit-elle, et ne dites mot. Elle le
    prend sous le bras, et marche avec lui dans la campagne environ un
    quart de mille: ils arrivent à une maison isolée, entourée de jardins
    et de canaux. La vieille frappe à une petite porte. On ouvre; elle mène
    Candide, par un escalier dérobé, dans un cabinet doré, le laisse sur un
    canapé de brocart, referme la porte, et s’en va. Candide croyait rêver,
    et regardait toute sa vie comme un songe funeste, et le moment présent
    comme un songe agréable.

    La vieille reparut bientôt; elle soutenait avec peine une femme
    tremblante, d’une taille majestueuse, brillante de pierreries, et
    couverte d’un voile. Otez ce voile, dit la vieille à Candide. Le jeune
    homme approche; il lève le voile d’une main timide. Quel moment! quelle
    surprise! il croit voir mademoiselle Cunégonde; il la voyait en effet,
    c’était elle-même. La force lui manque, il ne peut proférer une parole,
    il tombe à ses pieds. Cunégonde tombe sur le canapé. La vieille les
    accable d’eaux spiritueuses, ils reprennent leurs sens, ils se parlent:
    ce sont d’abord des mots entrecoupés, des demandes et des réponses qui
    se croisent, des soupirs, des larmes, des cris. La vieille leur
    recommande de faire moins de bruit, et les laisse en liberté. Quoi!
    c’est vous, lui dit Candide, vous vivez! je vous retrouve en Portugal!
    On ne vous a donc pas violée? on ne vous a point fendu le ventre, comme
    le philosophe Pangloss me l’avait assuré? Si fait, dit la belle
    Cunégonde; mais on ne meurt pas toujours de ces deux accidents.—Mais
    votre père et votre mère ont-ils été tués?—Il n’est que trop vrai, dit
    Cunégonde en pleurant.—Et votre frère?—Mon frère a été tué aussi.—Et
    pourquoi êtes-vous en Portugal? et comment avez-vous su que j’y étais?
    et par quelle étrange aventure m’avez-vous fait conduire dans cette
    maison?—Je vous dirai tout cela, répliqua la dame; mais il faut
    auparavant que vous m’appreniez tout ce qui vous est arrivé depuis le
    baiser innocent que vous me donnâtes, et les coups de pied que vous
    reçûtes.

    Candide lui obéit avec un profond respect; et quoiqu’il fût interdit,
    quoique sa voix fût faible et tremblante, quoique l’échine lui fît
    encore un peu mal, il lui raconta de la manière la plus naïve tout ce
    qu’il avait éprouvé depuis le moment de leur séparation. Cunégonde
    levait les yeux au ciel: elle donna des larmes à la mort du bon
    anabaptiste et de Pangloss; après quoi elle parla en ces termes à
    Candide, qui ne perdait pas une parole, et qui la dévorait des yeux.

    CHAPITRE VIII.
    Histoire de Cunégonde.

    J’étais dans mon lit et je dormais profondément, quand il plut au ciel
    d’envoyer les Bulgares dans notre beau château de Thunder-ten-tronckh;
    ils égorgèrent mon père et mon frère, et coupèrent ma mère par
    morceaux. Un grand Bulgare, haut de six pieds, voyant qu’à ce spectacle
    j’avais perdu connaissance, se mit à me violer; cela me fit revenir, je
    repris mes sens, je criai, je me débattis, je mordis, j’égratignai, je
    voulais arracher les yeux à ce grand Bulgare, ne sachant pas que tout
    ce qui arrivait dans le château de mon père était une chose d’usage: le
    brutal me donna un coup de couteau dans le flanc gauche dont je porte
    encore la marque. Hélas! j’espère bien la voir, dit le naïf Candide.
    Vous la verrez, dit Cunégonde; mais continuons. Continuez, dit Candide.

    Elle reprit ainsi le fil de son histoire: Un capitaine bulgare entra,
    il me vit toute sanglante, et le soldat ne se dérangeait pas. Le
    capitaine se mit en colère du peu de respect que lui témoignait, ce
    brutal, et le tua sur mon corps. Ensuite il me fit panser, et m’emmena
    prisonnière de guerre dans son quartier. Je blanchissais le peu de
    chemises qu’il avait, je fesais sa cuisine; il me trouvait fort jolie,
    il faut l’avouer; et je ne nierai pas qu’il ne fût très bien fait, et
    qu’il n’eût la peau blanche et douce; d’ailleurs peu d’esprit, peu de
    philosophie: on voyait bien qu’il n’avait pas été élevé par le docteur
    Pangloss. Au bout de trois mois, ayant perdu tout son argent, et
    s’étant dégoûté de moi, il me vendit à un Juif nommé don Issachar, qui
    trafiquait en Hollande et en Portugal, et qui aimait passionnément les
    femmes. Ce Juif s’attacha beaucoup à ma personne, mais il ne pouvait en
    triompher; je lui ai mieux résisté qu’au soldat bulgare: une personne
    d’honneur peut être violée une fois, mais sa vertu s’en affermit. Le
    Juif, pour m’apprivoiser, me mena dans cette maison de campagne que
    vous voyez. J’avais cru jusque-là qu’il n’y avait rien sur la terre de
    si beau que le château de Thunder-ten-tronckh; j’ai été détrompée.

    Le grand-inquisiteur m’aperçut un jour à la messe; il me lorgna
    beaucoup, et me fit dire qu’il avait à me parler pour des affaires
    secrètes. Je fus conduite à son palais; je lui appris ma naissance; il
    me représenta combien il était au-dessous de mon rang d’appartenir à un
    Israélite. On proposa de sa part à don Issachar de me céder à
    monseigneur. Don Issachar, qui est le banquier de la cour, et homme de
    crédit, n’en voulut rien faire. L’inquisiteur le menaça d’un
    auto-da-fé. Enfin mon Juif intimidé conclut un marché par lequel la
    maison et moi leur appartiendraient à tous deux en commun; que le Juif
    aurait pour lui les lundis, mercredis, et le jour du sabbat, et que
    l’inquisiteur aurait les autres jours de la semaine. Il y a six mois
    que cette convention subsiste. Ce n’a pas été sans querelles; car
    souvent il a été indécis si la nuit du samedi au dimanche appartenait à
    l’ancienne loi ou à la nouvelle. Pour moi, j’ai résisté jusqu’à présent
    à toutes les deux; et je crois que c’est pour cette raison que j’ai
    toujours été aimée.

    Enfin, pour détourner le fléau des tremblements de terre, et pour
    intimider don Issachar, il plut à monseigneur l’inquisiteur de célébrer
    un auto-da-fé. Il me fit l’honneur de m’y inviter. Je fus très bien
    placée; on servit aux dames des rafraîchissements entre la messe et
    l’exécution. Je fus, à la vérité, saisie d’horreur en voyant brûler ces
    deux Juifs et cet honnête Biscayen qui avait épousé sa commère: mais
    quelle fut ma surprise, mon effroi, mon trouble, quand je vis dans un
    san-benito, et sous une mitre, une figure qui ressemblait à celle de
    Pangloss! Je me frottai les yeux, je regardai attentivement, je le vis
    pendre; je tombai en faiblesse. A peine reprenais-je mes sens, que je
    vous vis dépouillé tout nu; ce fut là le comble de l’horreur, de la
    consternation, de la douleur, du désespoir. Je vous dirai, avec vérité,
    que votre peau est encore plus blanche, et d’un incarnat plus parfait
    que celle de mon capitaine des Bulgares. Cette vue redoubla tous les
    sentiments qui m’accablaient, qui me dévoraient. Je m’écriai, je voulus
    dire, Arrêtez, barbares! mais la voix me manqua, et mes cris auraient
    été inutiles. Quand vous eûtes été bien fessé: Comment se peut-il
    faire, disais-je, que l’aimable Candide et le sage Pangloss se trouvent
    à Lisbonne, l’un pour recevoir cent coups de fouet, et l’autre pour
    être pendu par l’ordre de monseigneur l’inquisiteur, dont je suis la
    bien-aimée? Pangloss m’a donc bien cruellement trompée, quand il me
    disait que tout va le mieux du monde!

    Agitée, éperdue, tantôt hors de moi-même, et tantôt prête de mourir de
    faiblesse, j’avais la tête remplie du massacre de mon père, de ma mère,
    de mon frère, de l’insolence de mon vilain soldat bulgare, du coup de
    couteau qu’il me donna, de ma servitude, de mon métier de cuisinière,
    de mon capitaine bulgare, de mon vilain don Issachar, de mon abominable
    inquisiteur, de la pendaison du docteur Pangloss, de ce grand miserere
    en faux-bourdon pendant lequel on vous fessait, et surtout du baiser
    que je vous avais donné derrière un paravent, le jour que je vous avais
    vu pour la dernière fois. Je louai Dieu, qui vous ramenait à moi par
    tant d’épreuves. Je recommandai à ma vieille d’avoir soin de vous, et
    de vous amener ici dès qu’elle le pourrait. Elle a très bien exécuté ma
    commission; j’ai goûté le plaisir inexprimable de vous revoir, de vous
    entendre, de vous parler. Vous devez avoir une faim dévorante; j’ai
    grand appétit; commençons par souper.

    Les voilà qui se mettent tous deux à table; et, après le souper, ils se
    replacent sur ce beau canapé dont on a déjà parlé; ils y étaient quand
    le signor don Issachar, l’un des maîtres de la maison, arriva. C’était
    le jour du sabbat. Il venait jouir de ses droits, et expliquer son
    tendre amour.

    CHAPITRE IX.
    Ce qui advint de Cunégonde, de Candide, du grand-inquisiteur, et d’un
    Juif.

    Cet Issachar était le plus colérique Hébreu qu’on eût vu dans Israël,
    depuis la captivité en Babylone. Quoi! dit-il, chienne de galiléenne,
    ce n’est pas assez de monsieur l’inquisiteur? il faut que ce coquin
    partage aussi avec moi? En disant cela il tire un long poignard dont il
    était toujours pourvu, et, ne croyant pas que son adverse partie eût
    des armes, il se jette sur Candide; mais notre bon Vestphalien avait
    reçu une belle épée de la vieille avec l’habit complet. Il tire son
    épée, quoiqu’il eût les moeurs fort douces, et vous étend l’Israélite
    roide mort sur le carreau, aux pieds de la belle Cunégonde.

    Sainte Vierge! s’écria-t-elle, qu’allons-nous devenir? un homme tué
    chez moi! si la justice vient, nous sommes perdus. Si Pangloss n’avait
    pas été pendu, dit Candide, il nous donnerait un bon conseil dans cette
    extrémité, car c’était un grand philosophe. A son défaut, consultons la
    vieille. Elle était fort prudente, et commençait à dire son avis quand
    une autre petite porte s’ouvrit. Il était une heure après minuit,
    c’était le commencement du dimanche. Ce jour appartenait à monseigneur
    l’inquisiteur. Il entre et voit le fessé Candide, l’épée à la main, un
    mort étendu par terre, Cunégonde effarée, et la vieille donnant des
    conseils.

    Voici dans ce moment ce qui se passa dans l’âme de Candide, et comment
    il raisonna: Si ce saint homme appelle du secours, il me fera
    infailliblement brûler, il pourra en faire autant de Cunégonde; il m’a
    fait fouetter impitoyablement; il est mon rival; je suis en train de
    tuer; il n’y a pas à balancer. Ce raisonnement fut net et rapide; et,
    sans donner le temps à l’inquisiteur de revenir de sa surprise, il le
    perce d’outre en outre, et le jette à côté du Juif. En voici bien d’une
    autre, dit Cunégonde; il n’y a plus de rémission; nous sommes
    excommuniés, notre dernière heure est venue! Comment avez-vous fait,
    vous qui êtes né si doux, pour tuer en deux minutes un Juif et un
    prélat? Ma belle demoiselle, répondit Candide, quand on est amoureux,
    jaloux, et fouetté par l’inquisition, on ne se connaît plus.

    La vieille prit alors la parole, et dit: Il y a trois chevaux andalous
    dans l’écurie, avec leurs selles et leurs brides, que le brave Candide
    les prépare; madame a des moyadors et des diamants, montons vite à
    cheval, quoique je ne puisse me tenir que sur une fesse, et allons à
    Cadix; il fait le plus beau temps du monde, et c’est un grand plaisir
    de voyager pendant la fraîcheur de la nuit.

    Aussitôt Candide selle les trois chevaux; Cunégonde, la vieille, et
    lui, font trente milles d’une traite. Pendant qu’ils s’éloignaient, la
    sainte hermandad arrive dans la maison, on enterre monseigneur dans une
    belle église, on jette Issachar à la voirie.

    Candide, Cunégonde, et la vieille, étaient déjà dans la petite ville
    d’Avacéna, au milieu des montagnes de la Sierra-Morena; et ils
    parlaient ainsi dans un cabaret.

    CHAPITRE X.
    Dans quelle détresse Candide, Cunégonde, et la vieille, arrivent à
    Cadix, et leur embarquement.

    Qui a donc pu me voler mes pistoles et mes diamants? disait en pleurant
    Cunégonde; de quoi vivrons-nous? comment ferons-nous? où trouver des
    inquisiteurs et des Juifs qui m’en donnent d’autres? Hélas! dit la
    vieille, je soupçonne fort un révérend père cordelier, qui coucha hier
    dans la même auberge que nous à Badajos; Dieu me garde de faire un
    jugement téméraire! mais il entra deux fois dans notre chambre, et il
    partit long-temps avant nous. Hélas! dit Candide, le bon Pangloss
    m’avait souvent prouvé que les biens de la terre sont communs à tous
    les hommes, que chacun y a un droit égal. Ce cordelier devait bien,
    suivant ces principes, nous laisser de quoi achever notre voyage. Il ne
    vous reste donc rien du tout, ma belle Cunégonde? Pas un maravédis,
    dit-elle. Quel parti prendre? dit Candide. Vendons un des chevaux, dit
    la vieille; je monterai en croupe derrière mademoiselle, quoique je ne
    puisse me tenir que sur une fesse, et nous arriverons à Cadix.

    Il y avait dans la même hôtellerie un prieur de bénédictins; il acheta
    le cheval bon marché. Candide, Cunégonde, et la vieille, passèrent par
    Lucena, par Chillas, par Lebrixa, et arrivèrent enfin à Cadix. On y
    équipait une flotte, et on y assemblait des troupes pour mettre à la
    raison les révérends pères jésuites du Paraguai, qu’on accusait d’avoir
    fait révolter une de leurs hordes contre les rois d’Espagne et de
    Portugal, auprès de la ville du Saint-Sacrement[1]. Candide, ayant
    servi chez les Bulgares, fit l’exercice bulgarien devant le général de
    la petite armée avec tant de grâce, de célérité, d’adresse, de fierté,
    d’agilité, qu’on lui donna une compagnie d’infanterie à commander. Le
    voilà capitaine; il s’embarque avec mademoiselle Cunégonde, la vieille,
    deux valets, et les deux chevaux andalous qui avaient appartenu à M. le
    grand-inquisiteur de Portugal.

    [1] Voyez tome XVII, page 470; et dans les _Mélanges_, année 1759, la
    _Lettre_ de M. Mead _aux auteurs du Journal encyclopédique_. B.

    Pendant toute la traversée ils raisonnèrent beaucoup sur la philosophie
    du pauvre Pangloss. Nous allons dans un autre univers, disait Candide;
    c’est dans celui-là, sans doute, que tout est bien: car il faut avouer
    qu’on pourrait gémir un peu de ce qui se passe dans le nôtre en
    physique et en morale. Je vous aime de tout mon coeur, disait
    Cunégonde; mais j’ai encore l’âme tout effarouchée de ce que j’ai vu,
    de ce que j’ai éprouvé. Tout ira bien, répliquait Candide; la mer de ce
    nouveau monde vaut déjà mieux que les mers de notre Europe; elle est
    plus calme, les vents plus constants. C’est certainement le
    Nouveau-Monde qui est le meilleur des univers possibles. Dieu le
    veuille! disait Cunégonde: mais j’ai été si horriblement malheureuse
    dans le mien, que mon coeur est presque fermé à l’espérance. Vous vous
    plaignez, leur dit la vieille; hélas! vous n’avez pas éprouvé des
    infortunes telles que les miennes. Cunégonde se mit presque à rire, et
    trouva cette bonne femme fort plaisante de prétendre être plus
    malheureuse qu’elle. Hélas! lui dit-elle, ma bonne, à moins que vous
    n’ayez été violée par deux Bulgares, que vous n’ayez reçu deux coups de
    couteau dans le ventre, qu’on n’ait démoli deux de vos châteaux, qu’on
    n’ait égorgé à vos yeux deux mères et deux pères, et que vous n’ayez vu
    deux de vos amants fouettés dans un auto-da-fé, je ne vois pas que vous
    puissiez l’emporter sur moi; ajoutez que je suis née baronne avec
    soixante et douze quartiers, et que j’ai été cuisinière. Mademoiselle,
    répondit la vieille, vous ne savez pas quelle est ma naissance; et si
    je vous montrais mon derrière, vous ne parleriez pas comme vous faites,
    et vous suspendriez votre jugement. Ce discours fit naître une extrême
    curiosité dans l’esprit de Cunégonde et de Candide. La vieille leur
    parla en ces termes.

    CHAPITRE XI.
    Histoire de la vieille.

    Je n’ai pas eu toujours les yeux éraillés et bordés d’écarlate; mon nez
    n’a pas toujours touché à mon menton, et je n’ai pas toujours été
    servante. Je suis la fille du pape Urbain X et de la princesse de
    Palestrine[a]. On m’éleva jusqu’à quatorze ans dans un palais auquel
    tous les châteaux de vos barons allemands n’auraient pas servi
    d’écurie; et une de mes robes valait mieux que toutes les magnificences
    de la Vestphalie. Je croissais en beauté, en grâces, en talents, au
    milieu des plaisirs, des respects, et des espérances: j’inspirais déjà
    de l’amour; ma gorge se formait; et quelle gorge! blanche, ferme,
    taillée comme celle de la Vénus de Médicis; et quels yeux! quelles
    paupières! quels sourcils noirs! quelles flammes brillaient dans mes
    deux prunelles, et effaçaient la scintillation des étoiles! comme me
    disaient les poètes du quartier. Les femmes qui m’habillaient et qui me
    déshabillaient tombaient en extase en me regardant par-devant et
    par-derrière; et tous les hommes auraient voulu être à leur place.

    [a] Voyez l’extrême discrétion de l’auteur; il n’y eut jusqu’à présent
    aucun pape nommé Urbain X; il craint de donner une bâtarde à un pape
    connu. Quelle circonspection! quelle délicatesse de conscience!—Cette
    note de Voltaire est posthume. Elle n’était même pas dans les éditions
    de Kehl. Je la tiens de feu Décrois. Le dernier pape du nom d’Urbain
    est Urbain VIII, mort en 1644. B.

    Je fus fiancée à un prince souverain de Massa-Carrara: quel prince!
    aussi beau que moi, pétri de douceur et d’agréments, brillant d’esprit
    et brûlant d’amour; je l’aimais comme on aime pour la première fois,
    avec idolâtrie, avec emportement. Les noces furent préparées: c’était
    une pompe, une magnificence inouïe; c’étaient des fêtes, des
    carrousels, des opéra-buffa continuels; et toute l’Italie fit pour moi
    des sonnets dont il n’y eut pas un seul de passable. Je touchais au
    moment de mon bonheur, quand une vieille marquise, qui avait été
    maîtresse de mon prince, l’invita à prendre du chocolat chez elle; il
    mourut en moins de deux heures avec des convulsions épouvantables; mais
    ce n’est qu’une bagatelle. Ma mère au désespoir, et bien moins affligée
    que moi, voulut s’arracher pour quelque temps à un séjour si funeste.
    Elle avait une très belle terre auprès de Gaïète: nous nous embarquâmes
    sur une galère du pays, dorée comme l’autel de Saint-Pierre de Rome.
    Voilà qu’un corsaire de Salé fond sur nous et nous aborde: nos soldats
    se défendirent comme des soldats du pape; ils se mirent tous à genoux
    en jetant leurs armes, et en demandant au corsaire une absolution _in
    articulo mortis_.

    Aussitôt on les dépouilla nus comme des singes, et ma mère aussi, nos
    filles d’honneur aussi, et moi aussi. C’est une chose admirable que la
    diligence avec laquelle ces messieurs déshabillent le monde; mais ce
    qui me surprit davantage, c’est qu’ils nous mirent à tous le doigt dans
    un endroit où nous autres femmes nous ne nous laissons mettre
    d’ordinaire que des canules. Cette cérémonie me paraissait bien
    étrange: voilà comme on juge de tout quand on n’est pas sorti de son
    pays. J’appris bientôt que c’était pour voir si nous n’avions pas caché
    là quelques diamants; c’est un usage établi de temps immémorial parmi
    les nations policées qui courent sur mer. J’ai su que messieurs les
    religieux chevaliers de Malte n’y manquent jamais quand ils prennent
    des Turcs et des Turques; c’est une loi du droit des gens à laquelle on
    n’a jamais dérogé.

    Je ne vous dirai point combien il est dur pour une jeune princesse
    d’être menée esclave à Maroc avec sa mère: vous concevez assez tout ce
    que nous eûmes à souffrir dans le vaisseau corsaire. Ma mère était
    encore très belle: nos filles d’honneur, nos simples femmes de chambre
    avaient plus de charmes qu’on n’en peut trouver dans toute l’Afrique:
    pour moi, j’étais ravissante, j’étais la beauté, la grâce même, et
    j’étais pucelle: je ne le fus pas long-temps; cette fleur, qui avait
    été réservée pour le beau prince de Massa-Carrara, me fut ravie par le
    capitaine corsaire; c’était un nègre abominable, qui croyait encore me
    faire beaucoup d’honneur. Certes il fallait que madame la princesse de
    Palestrine et moi fussions bien fortes pour résister à tout ce que nous
    éprouvâmes jusqu’à notre arrivée à Maroc! Mais passons; ce sont des
    choses si communes, qu’elles ne valent pas la peine qu’on en parle.

    Maroc nageait dans le sang quand nous arrivâmes. Cinquante fils de
    l’empereur Muley Ismael[1] avaient chacun leur parti; ce qui produisait
    en effet cinquante guerres civiles, de noirs contre noirs, de noirs
    contre basanés, de basanés contre basanés, de mulâtres contre mulâtres:
    c’était un carnage continuel dans toute l’étendue de l’empire.

    [1] Sur Muley Ismael, qui régnait en 1702, et vécut cent cinq ans,
    voyez tome XVI, page 197; tome XVIII, page 420; tome XX, le chapitre
    XVIII du _Siècle de Louis XIV_; tome XXX, page 126. B.

    A peine fûmes-nous débarquées, que des noirs d’une faction ennemie de
    celle de mon corsaire se présentèrent pour lui enlever son butin. Nous
    étions, après les diamants et l’or, ce qu’il avait de plus précieux. Je
    fus témoin d’un combat tel que vous n’en voyez jamais dans vos climats
    d’Europe. Les peuples septentrionaux n’ont pas le sang assez ardent;
    ils n’ont pas la rage des femmes au point où elle est commune en
    Afrique. Il semble que vos Européans aient du lait dans les veines;
    c’est du vitriol, c’est du feu qui coule dans celles des habitants du
    mont Atlas et des pays voisins. On combattit avec la fureur des lions,
    des tigres, et des serpents de la contrée, pour savoir qui nous aurait.
    Un Maure saisit ma mère par le bras droit, le lieutenant de mon
    capitaine la retint par le bras gauche; un soldat maure la prit par une
    jambe, un de nos pirates la tenait par l’autre. Nos filles se
    trouvèrent presque toutes en un moment tirées ainsi à quatre soldats.
    Mon capitaine me tenait cachée derrière lui; il avait le cimeterre au
    poing, et tuait tout ce qui s’opposait à sa rage. Enfin je vis toutes
    nos Italiennes et ma mère déchirées, coupées, massacrées par les
    monstres qui se les disputaient. Les captifs, mes compagnons, ceux qui
    les avaient pris, soldats, matelots, noirs, basanés, blancs, mulâtres,
    et enfin mon capitaine, tout fut tué, et je demeurai mourante sur un
    tas de morts. Des scènes pareilles se passaient, comme on sait, dans
    l’étendue de plus de trois cents lieues, sans qu’on manquât aux cinq
    prières par jour ordonnées par Mahomet.

    Je me débarrassai avec beaucoup de peine de la foule de tant de
    cadavres sanglants entassés, et je me traînai sous un grand oranger au
    bord d’un ruisseau voisin; j’y tombai d’effroi, de lassitude,
    d’horreur, de désespoir, et de faim. Bientôt après mes sens accablés se
    livrèrent à un sommeil qui tenait plus de l’évanouissement que du
    repos. J’étais dans cet état de faiblesse et d’insensibilité, entre la
    mort et la vie, quand je me sentis pressée de quelque chose qui
    s’agitait sur mon corps; j’ouvris les yeux, je vis un homme blanc et de
    bonne mine qui soupirait, et qui disait entre ses dents: _O che
    sciagura d’essere senza coglioni!_

    CHAPITRE XII.
    Suite des malheurs de la vieille.

    Étonnée et ravie d’entendre la langue de ma patrie, et non moins
    surprise des paroles que proférait cet homme, je lui répondis qu’il y
    avait de plus grands malheurs que celui dont il se plaignait; je
    l’instruisis en peu de mots des horreurs que j’avais essuyées, et je
    retombai en faiblesse. Il m’emporta dans une maison voisine, me fit
    mettre au lit, me fit donner à manger, me servit, me consola, me
    flatta, me dit qu’il n’avait rien vu de si beau que moi, et que jamais
    il n’avait tant regretté ce que personne ne pouvait lui rendre. Je suis
    né à Naples, me dit-il; on y chaponne deux ou trois mille enfants tous
    les ans; les uns en meurent, les autres acquièrent une voix plus belle
    que celle des femmes, les autres vont gouverner des états[1]. On me fit
    cette opération avec un très grand succès, et j’ai été musicien de la
    chapelle de madame la princesse de Palestrine. De ma mère! m’écriai-je.
    De votre mère! s’écria-t-il en pleurant: quoi! vous seriez cette jeune
    princesse que j’ai élevée jusqu’à l’âge de six ans, et qui promettait
    déjà d’être aussi belle que vous êtes?—C’est moi-même; ma mère est à
    quatre cents pas d’ici coupée en quartiers sous un tas de morts…..

    [1] Farinelli, chanteur italien, né à Naples en 1705, sans être
    ministre, gouvernait l’Espagne sous Ferdinand VI; il est mort en 1782.
    Voltaire reparle de ce Farinelli dans la _Conversation de l’Intendant
    des menus en exercice_: voyez les _Mélanges_, année 1761. B.

    Je lui contai tout ce qui m’était arrivé; il me conta aussi ses
    aventures, et m’apprit comment il avait été envoyé chez le roi de Maroc
    par une puissance chrétienne, pour conclure avec ce monarque un traité
    par lequel on lui fournirait de la poudre, des canons, et des
    vaisseaux, pour l’aider à exterminer le commerce des autres chrétiens.
    Ma mission est faite, dit cet honnête eunuque; je vais m’embarquer à
    Ceuta, et je vous ramènerai en Italie. _Ma che sciagura d’essere senza
    coglioni!_

    Je le remerciai avec des larmes d’attendrissement; et au lieu de me
    mener en Italie, il me conduisit à Alger, et me vendit au dey de cette
    province. A peine fus-je vendue, que cette peste qui a fait le tour de
    l’Afrique, de l’Asie, de l’Europe, se déclara dans Alger avec fureur.
    Vous avez vu des tremblements de terre; mais, mademoiselle, avez-vous
    jamais eu la peste? Jamais, répondit la baronne.

    Si vous l’aviez eue, reprit la vieille, vous avoueriez qu’elle est bien
    au-dessus d’un tremblement de terre. Elle est fort commune en Afrique;
    j’en fus attaquée. Figurez-vous quelle situation pour la fille d’un
    pape, âgée de quinze ans, qui en trois mois de temps avait éprouvé la
    pauvreté, l’esclavage, avait été violée presque tous les jours, avait
    vu couper sa mère en quatre, avait essuyé la faim et la guerre, et
    mourait pestiférée dans Alger! Je n’en mourus pourtant pas; mais mon
    eunuque et le dey, et presque tout le sérail d’Alger périrent.

    Quand les premiers ravages de cette épouvantable peste furent passés,
    on vendit les esclaves du dey. Un marchand m’acheta, et me mena à
    Tunis; il me vendit à un autre marchand qui me revendit à Tripoli; de
    Tripoli je fus revendue à Alexandrie, d’Alexandrie revendue à Smyrne;
    de Smyrne à Constantinople. J’appartins enfin à un aga des janissaires,
    qui fut bientôt commandé pour aller défendre Azof contre les Russes qui
    l’assiégeaient.

    L’aga, qui était un très galant homme, mena avec lui tout son sérail,
    et nous logea dans un petit fort sur les Palus-Méotides, gardé par deux
    eunuques noirs et vingt soldats. On tua prodigieusement de Russes, mais
    ils nous le rendirent bien: Azof fut mis à feu et à sang[2], et on ne
    pardonna ni au sexe, ni à l’âge; il ne resta que notre petit fort; les
    ennemis voulurent nous prendre par famine. Les vingt janissaires
    avaient juré de ne se jamais rendre. Les extrémités de la faim où ils
    furent réduits les contraignirent à manger nos deux eunuques, de peur
    de violer leur serment. Au bout de quelques jours ils résolurent de
    manger les femmes.

    [2] Les Russes prirent Azof sous Pierre-le-Grand, en 1696, et la
    rendirent à la paix, en 1711; la reprirent en 1739, la fortifièrent;
    mais à la paix de 1789, ils la rendirent après l’avoir démantelée. La
    prise d’Azof, sous Catherine II, est postérieure de dix ans à
    _Candide_. B.

    Nous avions un iman très pieux et très compatissant, qui leur fit un
    beau sermon par lequel il leur persuada de ne nous pas tuer
    tout-à-fait. Coupez, dit-il, seulement une fesse à chacune de ces
    dames, vous ferez très bonne chère; s’il faut y revenir, vous en aurez
    encore autant dans quelques jours; le ciel vous saura gré d’une action
    si charitable, et vous serez secourus.

    Il avait beaucoup d’éloquence; il les persuada: on nous fit cette
    horrible opération; l’iman nous appliqua le même baume qu’on met aux
    enfants qu’on vient de circoncire: nous étions toutes à la mort.

    A peine les janissaires eurent-ils fait le repas que nous leur avions
    fourni, que les Russes arrivent sur des bateaux plats; pas un
    janissaire ne réchappa. Les Russes ne firent aucune attention à l’état
    où nous étions. Il y a partout des chirurgiens français: un d’eux qui
    était fort adroit prit soin de nous, il nous guérit; et je me
    souviendrai toute ma vie, que quand mes plaies furent bien fermées, il
    me fit des propositions. Au reste, il nous dit à toutes de nous
    consoler; il nous assura que dans plusieurs sièges pareille chose était
    arrivée, et que c’était la loi de la guerre.

    Dès que mes compagnes purent marcher, on les fit aller à Moscou;
    j’échus en partage à un boïard qui me fit sa jardinière, et qui me
    donnait vingt coups de fouet par jour; mais ce seigneur ayant été roué
    au bout de deux ans avec une trentaine de boïards pour quelque
    tracasserie de cour, je profitai de cette aventure; je m’enfuis; je
    traversai toute la Russie; je fus long-temps servante de cabaret à
    Riga, puis à Rostock, à Vismar, à Leipsick, à Cassel, à Utrecht, à
    Leyde, à la Haye, à Rotterdam: j’ai vieilli dans la misère et dans
    l’opprobre, n’ayant que la moitié d’un derrière, me souvenant toujours
    que j’étais fille d’un pape; je voulus cent fois me tuer, mais j’aimais
    encore la vie. Cette faiblesse ridicule est peut-être un de nos
    penchants les plus funestes; car y a-t-il rien de plus sot que de
    vouloir porter continuellement un fardeau qu’on veut toujours jeter par
    terre; d’avoir son être en horreur, et de tenir à son être; enfin de
    caresser le serpent qui nous dévore, jusqu’à ce qu’il nous ait mangé le
    coeur?

    J’ai vu dans les pays que le sort m’a fait parcourir, et dans les
    cabarets où j’ai servi, un nombre prodigieux de personnes qui avaient
    leur existence en exécration; mais je n’en ai vu que douze qui aient
    mis volontairement fin à leur misère, trois nègres, quatre Anglais,
    quatre Genevois, et un professeur allemand nommé Robeck[3]. J’ai fini
    par être servante chez le Juif don Issachar; il me mit auprès de vous,
    ma belle demoiselle; je me suis attachée à votre destinée, et j’ai été
    plus occupée de vos aventures que des miennes. Je ne vous aurais même
    jamais parlé de mes malheurs, si vous ne m’aviez pas un peu piquée, et
    s’il n’était d’usage, dans un vaisseau, de conter des histoires pour se
    désennuyer. Enfin, mademoiselle, j’ai de l’expérience, je connais le
    monde; donnez-vous un plaisir, engagez chaque passager à vous conter
    son histoire, et s’il s’en trouve un seul qui n’ait souvent maudit sa
    vie, qui ne se soit souvent dit à lui-même qu’il était le plus
    malheureux des hommes, jetez-moi dans la mer la tête la première.

    [3] Robeck (Jean), né à Calmar en Suède, en 1672, se noya
    volontairement en 1739. J.-J. Rousseau parle de Robeck dans sa
    _Nouvelle Héloïse_, lettre vingt et unième de la troisième partie. B.

    CHAPITRE XIII.
    Comment Candide fut obligé de se séparer de la belle Cunégonde et de la
    vieille.

    La belle Cunégonde, ayant entendu l’histoire de la vieille, lui fit
    toutes les politesses qu’on devait à une personne de son rang et de son
    mérite. Elle accepta la proposition; elle engagea tous les passagers,
    l’un après l’autre, à lui conter leurs aventures. Candide et elle
    avouèrent que la vieille avait raison. C’est bien dommage, disait
    Candide, que le sage Pangloss ait été pendu contre la coutume dans un
    auto-da-fé; il nous dirait des choses admirables sur le mal physique et
    sur le mal moral qui couvrent la terre et la mer, et je me sentirais
    assez de force pour oser lui faire respectueusement quelques
    objections.

    A mesure que chacun racontait son histoire, le vaisseau avançait. On
    aborda dans Buénos-Ayres. Cunégonde, le capitaine Candide, et la
    vieille, allèrent chez le gouverneur don Fernando d’Ibaraa, y Figueora,
    y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza. Ce seigneur avait une fierté
    convenable à un homme qui portait tant de noms. Il parlait aux hommes
    avec le dédain le plus noble, portant le nez si haut, élevant si
    impitoyablement la voix, prenant un ton si imposant, affectant une
    démarche si altière, que tous ceux qui le saluaient étaient tentés de
    le battre. Il aimait les femmes à la fureur. Cunégonde lui parut ce
    qu’il avait jamais vu de plus beau. La première chose qu’il fit fut de
    demander si elle n’était point la femme du capitaine. L’air dont il fit
    cette question alarma Candide: il n’osa pas dire qu’elle était sa
    femme, parcequ’en effet elle ne l’était point; il n’osait pas dire que
    c’était sa soeur, parcequ’elle ne l’était pas non plus; et quoique ce
    mensonge officieux eût été autrefois très à la mode chez les
    anciens[1], et qu’il pût être utile aux modernes, son âme était trop
    pure pour trahir la vérité. Mademoiselle Cunégonde, dit-il, doit me
    faire l’honneur de m’épouser, et nous supplions votre excellence de
    daigner faire notre noce.

    [1] Voyez l’article ABRAHAM, tome XXVI, page 48. B.

    Don Fernando d’Ibaraa, y Figueora, y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza,
    relevant sa moustache, sourit amèrement, et ordonna au capitaine
    Candide d’aller faire la revue de sa compagnie. Candide obéit; le
    gouverneur demeura avec mademoiselle Cunégonde. Il lui déclara sa
    passion, lui protesta que le lendemain il l’épouserait à la face de
    l’Église, ou autrement, ainsi qu’il plairait à ses charmes. Cunégonde
    lui demanda un quart d’heure pour se recueillir, pour consulter la
    vieille, et pour se déterminer.

    La vieille dit à Cunégonde: Mademoiselle, vous avez soixante et douze
    quartiers et pas une obole; il ne tient qu’à vous d’être la femme du
    plus grand seigneur de l’Amérique méridionale, qui a une très belle
    moustache; est-ce à vous de vous piquer d’une fidélité à toute épreuve?
    Vous avez été violée par les Bulgares; un Juif et un inquisiteur ont eu
    vos bonnes grâces: les malheurs donnent des droits. J’avoue que si
    j’étais à votre place, je ne ferais aucun scrupule d’épouser monsieur
    le gouverneur, et de faire la fortune de monsieur le capitaine Candide.
    Tandis que la vieille parlait avec toute la prudence que l’âge et
    l’expérience donnent, on vit entrer dans le port un petit vaisseau; il
    portait un alcade et des alguazils, et voici ce qui était arrivé.

    La vieille avait très bien deviné que ce fut un cordelier à la grande
    manche qui vola l’argent et les bijoux de Cunégonde dans la ville de
    Badajos, lorsqu’elle fuyait en hâte avec Candide. Ce moine voulut
    vendre quelques unes des pierreries à un joaillier. Le marchand les
    reconnut pour celles du grand-inquisiteur. Le cordelier, avant d’être
    pendu, avoua qu’il les avait volées: il indiqua les personnes, et la
    route qu’elles prenaient. La fuite de Cunégonde et de Candide était
    déjà connue. On les suivit à Cadix: on envoya, sans perdre de temps, un
    vaisseau à leur poursuite. Le vaisseau était déjà dans le port de
    Buénos-Ayres. Le bruit se répandit qu’un alcade allait débarquer, et
    qu’on poursuivait les meurtriers de monseigneur le grand-inquisiteur.
    La prudente vieille vit dans l’instant tout ce qui était à faire. Vous
    ne pouvez fuir, dit-elle à Cunégonde, et vous n’avez rien à craindre;
    ce n’est pas vous qui avez tué monseigneur, et d’ailleurs le
    gouverneur, qui vous aime, ne souffrira pas qu’on vous maltraite;
    demeurez. Elle court sur-le-champ à Candide: Fuyez, dit-elle, ou dans
    une heure vous allez être brûlé. Il n’y avait pas un moment à perdre;
    mais comment se séparer de Cunégonde, et où se réfugier?

    CHAPITRE XIV.
    Comment Candide et Cacambo furent reçus chez les jésuites du Paraguai.

    Candide avait amené de Cadix un valet tel qu’on en trouve beaucoup sur
    les côtes d’Espagne et dans les colonies. C’était un quart d’Espagnol,
    né d’un métis dans le Tucuman; il avait été enfant de choeur,
    sacristain, matelot, moine, facteur, soldat, laquais. Il s’appelait
    Cacambo, et aimait fort son maître, parceque son maître était un fort
    bon homme. Il sella au plus vite les deux chevaux andalous. Allons, mon
    maître, suivons le conseil de la vieille, partons, et courons sans
    regarder derrière nous. Candide versa des larmes: O ma chère Cunégonde!
    faut-il vous abandonner dans le temps que monsieur le gouverneur va
    faire nos noces! Cunégonde amenée de si loin, que deviendrez-vous? Elle
    deviendra ce qu’elle pourra, dit Cacambo; les femmes ne sont jamais
    embarrassées d’elles; Dieu y pourvoit; courons. Où me mènes-tu? où
    allons-nous? que ferons-nous sans Cunégonde? disait Candide. Par saint
    Jacques de Compostelle, dit Cacambo, vous alliez faire la guerre aux
    jésuites, allons la faire pour eux; je sais assez les chemins, je vous
    mènerai dans leur royaume, ils seront charmés d’avoir un capitaine qui
    fasse l’exercice à la bulgare; vous ferez une fortune prodigieuse;
    quand on n’a pas son compte dans un monde, on le trouve dans un autre.
    C’est un très grand plaisir de voir et de faire des choses nouvelles.

    Tu as donc été déjà dans le Paraguai? dit Candide. Eh vraiment oui! dit
    Cacambo; j’ai été cuistre dans le collège de l’Assomption, et je
    connais le gouvernement de los padres comme je connais les rues de
    Cadix. C’est une chose admirable que ce gouvernement. Le royaume a déjà
    plus de trois cents lieues de diamètre; il est divisé en trente
    provinces. Los padres y ont tout, et les peuples rien; c’est le
    chef-d’oeuvre de la raison et de la justice. Pour moi, je ne vois rien
    de si divin que los padres, qui font ici la guerre au roi d’Espagne et
    au roi de Portugal, et qui en Europe confessent ces rois; qui tuent ici
    des Espagnols, et qui à Madrid les envoient au ciel; cela me ravit;
    avançons: vous allez être le plus heureux de tous les hommes. Quel
    plaisir auront los padres, quand ils sauront qu’il leur vient un
    capitaine qui sait l’exercice bulgare!

    Dès qu’ils furent arrivés à la première barrière, Cacambo dit à la
    garde avancée qu’un capitaine demandait à parler à monseigneur le
    commandant. On alla avertir la grande garde. Un officier paraguain
    courut aux pieds du commandant lui donner part de la nouvelle. Candide
    et Cacambo furent d’abord désarmés; on se saisit de leurs deux chevaux
    andalous. Les deux étrangers sont introduits au milieu de deux files de
    soldats; le commandant était au bout, le bonnet à trois cornes en tête,
    la robe retroussée, l’épée au côté, l’esponton à la main. Il fit un
    signe; aussitôt vingt-quatre soldats entourent les deux nouveaux venus.
    Un sergent leur dit qu’il faut attendre, que le commandant ne peut leur
    parler, que le révérend père provincial ne permet pas qu’aucun Espagnol
    ouvre la bouche qu’en sa présence, et demeure plus de trois heures dans
    le pays. Et où est le révérend père provincial? dit Cacambo. Il est à
    la parade après avoir dit sa messe, répondit le sergent, et vous ne
    pourrez baiser ses éperons que dans trois heures. Mais, dit Cacambo,
    monsieur le capitaine, qui meurt de faim comme moi, n’est point
    Espagnol, il est Allemand; ne pourrions-nous point déjeuner en
    attendant sa révérence?

    Le sergent alla sur-le-champ rendre compte de ce discours au
    commandant. Dieu soit béni! dit ce seigneur, puisqu’il est Allemand, je
    peux lui parler; qu’on le mène dans ma feuillée. Aussitôt on conduit
    Candide dans un cabinet de verdure, orné d’une très jolie colonnade de
    marbre vert et or, et de treillages qui renfermaient des perroquets,
    des colibris, des oiseaux-mouches, des pintades, et tous les oiseaux
    les plus rares. Un excellent déjeuner était préparé dans des vases
    d’or; et tandis que les Paraguains mangèrent du maïs dans des écuelles
    de bois, en plein champ, à l’ardeur du soleil, le révérend père
    commandant entra dans la feuillée.

    C’était un très beau jeune homme, le visage plein, assez blanc, haut en
    couleur, le sourcil relevé, l’oeil vif, l’oreille rouge, les lèvres
    vermeilles, l’air fier, mais d’une fierté qui n’était ni celle d’un
    Espagnol ni celle d’un jésuite. On rendit à Candide et à Cacambo leurs
    armes, qu’on leur avait saisies, ainsi que les deux chevaux andalous;
    Cacambo leur fit manger l’avoine auprès de la feuillée, ayant toujours
    l’oeil sur eux, crainte de surprise.

    Candide baisa d’abord le bas de la robe du commandant, ensuite ils se
    mirent à table. Vous êtes donc Allemand? lui dit le jésuite en cette
    langue. Oui, mon révérend père, dit Candide. L’un et l’autre, en
    prononçant ces paroles, se regardaient avec une extrême surprise, et
    une émotion dont ils n’étaient pas les maîtres. Et de quel pays
    d’Allemagne êtes-vous? dit le jésuite. De la sale province de
    Vestphalie, dit Candide: je suis né dans le château de
    Thunder-ten-tronckh. O ciel! est-il possible! s’écria le commandant.
    Quel miracle! s’écria Candide. Serait-ce vous? dit le commandant. Cela
    n’est pas possible, dit Candide. Ils se laissent tomber tous deux à la
    renverse, ils s’embrassent, ils versent des ruisseaux de larmes. Quoi!
    serait-ce vous, mon révérend père? vous, le frère de la belle
    Cunégonde! vous qui fûtes tué par les Bulgares! vous le fils de
    monsieur le baron! vous jésuite au Paraguai! Il faut avouer que ce
    monde est une étrange chose. O Pangloss! Pangloss! que vous sériez aise
    si vous n’aviez pas été pendu!

    Le commandant fit retirer les esclaves nègres et les Paraguains qui
    servaient à boire dans des gobelets de cristal de roche. Il remercia
    Dieu et saint Ignace mille fois; il serrait Candide entre ses bras,
    leurs visages étaient baignés de pleurs. Vous seriez bien plus étonné,
    plus attendri, plus hors de vous-même, dit Candide, si je vous disais
    que mademoiselle Cunégonde, votre soeur, que vous avez crue éventrée,
    est pleine de santé.—Où?—Dans votre voisinage, chez M. le gouverneur de
    Buénos-Ayres; et je venais pour vous faire la guerre. Chaque mot qu’ils
    prononcèrent dans cette longue conversation accumulait prodige sur
    prodige. Leur âme tout entière volait sur leur langue, était attentive
    dans leurs oreilles, et étincelante dans leurs yeux. Comme ils étaient
    Allemands, ils tinrent table long-temps, en attendant le révérend père
    provincial; et le commandant parla ainsi à son cher Candide.

    CHAPITRE XV.
    Comment Candide tua le frère de sa chère Cunégonde.

    J’aurai toute ma vie présent à la mémoire le jour horrible où je vis
    tuer mon père et ma mère, et violer ma soeur. Quand les Bulgares furent
    retirés, on ne trouva point cette soeur adorable, et on mit dans une
    charrette ma mère, mon père, et moi, deux servantes et trois petits
    garçons égorgés, pour nous aller enterrer dans une chapelle de
    jésuites, à deux lieues du château de mes pères. Un jésuite nous jeta
    de l’eau bénite; elle était horriblement salée; il en entra quelques
    gouttes dans mes yeux: le père s’aperçut que ma paupière fesait un
    petit mouvement: il mit la main sur mon coeur, et le sentit palpiter;
    je fus secouru, et au bout de trois semaines il n’y paraissait pas.
    Vous savez, mon cher Candide, que j’étais fort joli; je le devins
    encore davantage; aussi le révérend père Croust[1], supérieur de la
    maison, prit pour moi la plus tendre amitié: il me donna l’habit de
    novice: quelque temps après je fus envoyé à Rome. Le père général avait
    besoin d’une recrue de jeunes jésuites allemands. Les souverains du
    Paraguai reçoivent le moins qu’ils peuvent de jésuites espagnols; ils
    aiment mieux les étrangers, dont ils se croient plus maîtres. Je fus
    jugé propre par le révérend père général pour aller travailler dans
    cette vigne. Nous partîmes, un Polonais, un Tyrolien, et moi. Je fus
    honoré, en arrivant, du sous-diaconat et d’une lieutenance: je suis
    aujourd’hui colonel et prêtre. Nous recevrons vigoureusement les
    troupes du roi d’Espagne; je vous réponds qu’elles seront excommuniées
    et battues. La Providence vous envoie ici pour nous seconder. Mais
    est-il bien vrai que ma chère soeur Cunégonde soit dans le voisinage,
    chez le gouverneur de Buénos-Ayres? Candide l’assura par serment que
    rien n’était plus vrai. Leurs larmes recommencèrent à couler.

    [1] Dans les premières éditions, au lieu de _Croust_, on lit: _Didrie_.
    Mais l’édition fesant partie du volume intitulé: _Seconde suite des
    Mélanges_, 1761, porte déjà Croust. Il est question du révérend P.
    Croust, _le plus brutal de la société_, dans le tome XXX, page 429. B.

    Le baron ne pouvait se lasser d’embrasser Candide; il l’appelait son
    frère, son sauveur. Ah! peut-être, lui dit-il, nous pourrons ensemble,
    mon cher Candide, entrer en vainqueurs dans la ville, et reprendre ma
    soeur Cunégonde. C’est tout ce que je souhaite, dit Candide; car je
    comptais l’épouser, et je l’espère encore. Vous, insolent! répondit le
    baron, vous auriez l’impudence d’épouser ma soeur qui a soixante et
    douze quartiers! Je vous trouve bien effronté d’oser me parler d’un
    dessein si téméraire! Candide, pétrifié d’un tel discours, lui
    répondit: Mon révérend père, tous les quartiers du monde n’y font rien;
    j’ai tiré votre soeur des bras d’un Juif et d’un inquisiteur; elle m’a
    assez d’obligations, elle veut m’épouser. Maître Pangloss m’a toujours
    dit que les hommes sont égaux; et assurément je l’épouserai. C’est ce
    que nous verrons, coquin! dit le jésuite baron de Thunder-ten-tronckh;
    et en même temps il lui donna un grand coup du plat de son épée sur le
    visage. Candide dans l’instant tire la sienne, et l’enfonce jusqu’à la
    garde dans le ventre du baron jésuite; mais en la retirant toute
    fumante, il se mit à pleurer: Hélas! mon Dieu! dit-il, j’ai tué mon
    ancien maître, mon ami, mon beau-frère; je suis le meilleur homme du
    monde, et voilà déjà trois hommes que je tue; et dans ces trois il y a
    deux prêtres.

    Cacambo, qui fesait sentinelle à la porte de la feuillée, accourut. Il
    ne nous reste qu’à vendre cher notre vie, lui dit son maître; on va,
    sans doute, entrer dans la feuillée; il faut mourir les armes à la
    main. Cacambo, qui en avait bien vu d’autres, ne perdit point la tête;
    il prit la robe de jésuite que portait le baron, la mit sur le corps de
    Candide, lui donna le bonnet carré du mort, et le fit monter à cheval.
    Tout cela se fit en un clin d’oeil. Galopons, mon maître; tout le monde
    vous prendra pour un jésuite qui va donner des ordres; et nous aurons
    passé les frontières avant qu’on puisse courir après nous. Il volait
    déjà en prononçant ces paroles, et en criant en espagnol: Place, place
    pour le révérend père colonel!

    CHAPITRE XVI.
    Ce qui advint aux deux voyageurs avec deux filles, deux singes, et les
    sauvages nommés Oreillons.

    Candide et son valet furent au-delà des barrières, et personne ne
    savait encore dans le camp la mort du jésuite allemand. Le vigilant
    Cacambo avait eu soin de remplir sa valise de pain, de chocolat, de
    jambon, de fruits, et de quelques mesures de vin. Ils s’enfoncèrent
    avec leurs chevaux andalous dans un pays inconnu où ils ne découvrirent
    aucune route. Enfin une belle prairie entrecoupée de ruisseaux se
    présenta devant eux. Nos deux voyageurs font repaître leurs montures.
    Cacambo propose à son maître de manger, et lui en donne l’exemple.
    Comment veux-tu, disait Candide, que je mange du jambon, quand j’ai tué
    le fils de monsieur le baron, et que je me vois condamné à ne revoir la
    belle Cunégonde de ma vie? à quoi me servira de prolonger mes
    misérables jours, puisque je dois les traîner loin d’elle dans les
    remords et dans le désespoir? et que dira le Journal de Trévoux[1]?

    [1] L’ouvrage cité sous le titre de _Journal de Trévoux_, du nom de la
    ville où il s’imprima, est intitulé: _Mémoires pour servir à l’histoire
    des sciences et des beaux-arts_. Ce titre a subi plusieurs changements.
    B.

    En parlant ainsi, il ne laissa pas de manger. Le soleil se couchait.
    Les deux égarés entendirent quelques petits cris qui paraissaient
    poussés par des femmes. Ils ne savaient si ces cris étaient de douleur
    ou de joie; mais ils se levèrent précipitamment avec cette inquiétude
    et cette alarme que tout inspire dans un pays inconnu. Ces clameurs
    partaient de deux filles toutes nues qui couraient légèrement au bord
    de la prairie, tandis que deux singes les suivaient en leur mordant les
    fesses. Candide fut touché de pitié; il avait appris à tirer chez les
    Bulgares, et il aurait abattu une noisette dans un buisson sans toucher
    aux feuilles. Il prend son fusil espagnol à deux coups, tire, et tue
    les deux singes. Dieu soit loué, mon cher Cacambo! j’ai délivré d’un
    grand péril ces deux pauvres créatures: si j’ai commis un péché en
    tuant un inquisiteur et un jésuite, je l’ai bien réparé en sauvant la
    vie à deux filles. Ce sont peut-être deux demoiselles de condition, et
    cette aventure nous peut procurer de très grands avantages dans le
    pays.

    Il allait continuer, mais sa langue devint percluse quand il vit ces
    deux filles embrasser tendrement les deux singes, fondre en larmes sur
    leurs corps, et remplir l’air des cris les plus douloureux. Je ne
    m’attendais pas à tant de bonté d’âme, dit-il enfin à Cacambo; lequel
    lui répliqua: Vous avez fait là un beau chef d’oeuvre, mon maître; vous
    avez tué les deux amants de ces demoiselles. Leurs amants! serait-il
    possible? vous vous moquez de moi, Cacambo; le moyen de vous croire?
    Mon cher maître, repartit Cacambo, vous êtes toujours étonné de tout;
    pourquoi trouvez-vous si étrange que dans quelques pays il y ait des
    singes qui obtiennent les bonnes grâces des dames? ils sont des quarts
    d’homme, comme je suis un quart d’Espagnol. Hélas! reprit Candide, je
    me souviens d’avoir entendu dire à maître Pangloss qu’autrefois pareils
    accidents étaient arrivés, et que ces mélanges avaient produit des
    égypans, des faunes, des satyres; que plusieurs grands personnages de
    l’antiquité en avaient vu; mais je prenais cela pour des fables. Vous
    devez être convaincu à présent, dit Cacambo, que c’est une vérité, et
    vous voyez comment en usent les personnes qui n’ont pas reçu une
    certaine éducation; tout ce que je crains, c’est que ces dames ne nous
    fassent quelque méchante affaire.

    Ces réflexions solides engagèrent Candide à quitter la prairie, et à
    s’enfoncer dans un bois. Il y soupa avec Cacambo; et tous deux, après
    avoir maudit l’inquisiteur de Portugal, le gouverneur de Buénos-Ayres,
    et le baron, s’endormirent sur de la mousse. A leur réveil, ils
    sentirent qu’ils ne pouvaient remuer; la raison en était que pendant la
    nuit les Oreillons, habitants du pays, à qui les deux dames les avaient
    dénoncés, les avaient garrottés avec des cordes d’écorces d’arbre.

    Ils étaient entourés d’une cinquantaine d’Oreillons tout nus, armés de
    flèches, de massues, et de haches de caillou: les uns fesaient bouillir
    une grande chaudière; les autres préparaient des broches, et tous
    criaient: C’est un jésuite, c’est un jésuite! nous serons vengés, et
    nous ferons bonne chère; mangeons du jésuite, mangeons du jésuite!

    Je vous l’avais bien dit, mon cher maître, s’écria tristement Cacambo,
    que ces deux filles nous joueraient d’un mauvais tour. Candide
    apercevant la chaudière et les broches s’écria: Nous allons
    certainement être rôtis ou bouillis. Ah! que dirait maître Pangloss,
    s’il voyait comme la pure nature est faite? Tout est bien; soit, mais
    j’avoue qu’il est bien cruel, d’avoir perdu mademoiselle Cunégonde, et
    d’être mis à la broche par des Oreillons. Cacambo ne perdait jamais la
    tête. Ne désespérez de rien, dit-il au désolé Candide; j’entends un peu
    le jargon de ces peuples, je vais leur parler. Ne manquez pas, dit
    Candide, de leur représenter quelle est l’inhumanité affreuse de faire
    cuire des hommes, et combien cela est peu chrétien.

    Messieurs, dit Cacambo, vous comptez donc manger aujourd’hui un
    jésuite? c’est très bien fait; rien n’est plus juste que de traiter
    ainsi ses ennemis. En effet le droit naturel nous enseigne à tuer notre
    prochain, et c’est ainsi qu’on en agit dans toute la terre. Si nous
    n’usons pas du droit de le manger, c’est que nous avons d’ailleurs de
    quoi faire bonne chère; mais vous n’avez pas les mêmes ressources que
    nous: certainement il vaut mieux manger ses ennemis que d’abandonner
    aux corbeaux et aux corneilles le fruit de sa victoire. Mais,
    messieurs, vous ne voudriez pas manger vos amis. Vous croyez aller
    mettre un jésuite en broche, et c’est votre défenseur, c’est l’ennemi
    de vos ennemis que vous allez rôtir. Pour moi, je suis né dans votre
    pays; monsieur que vous voyez est mon maître, et bien loin d’être
    jésuite, il vient de tuer un jésuite, il en porte les dépouilles; voilà
    le sujet de votre méprise. Pour vérifier ce que je vous dis, prenez sa
    robe, portez-la à la première barrière du royaume de los padres;
    informez-vous si mon maître n’a pas tué un officier jésuite. Il vous
    faudra peu de temps; vous pourrez toujours nous manger, si vous trouvez
    que je vous ai menti. Mais, si je vous ai dit la vérité, vous
    connaissez trop les principes du droit public, les moeurs, et les lois,
    pour ne nous pas faire grâce.

    Les Oreillons trouvèrent ce discours très raisonnable; ils députèrent
    deux notables pour aller en diligence s’informer de la vérité; les deux
    députés s’acquittèrent de leur commission en gens d’esprit, et
    revinrent bientôt apporter de bonnes nouvelles. Les Oreillons délièrent
    leurs deux prisonniers, leur firent toutes sortes de civilités, leur
    offrirent des filles, leur donnèrent des rafraîchissements, et les
    reconduisirent jusqu’aux confins de leurs états, en criant avec
    allégresse: Il n’est point jésuite, il n’est point jésuite!

    Candide ne se lassait point d’admirer le sujet de sa délivrance. Quel
    peuple! disait-il, quels hommes! quelles moeurs! si je n’avais pas eu
    le bonheur de donner un grand coup d’épée au travers du corps du frère
    de mademoiselle Cunégonde, j’étais mangé sans rémission. Mais, après
    tout, la pure nature est bonne, puisque ces gens-ci, au lieu de me
    manger, m’ont fait mille honnêtetés, dès qu’ils ont su que je n’étais
    pas jésuite.

    CHAPITRE XVII.
    Arrivée de Candide et de son valet au pays d’Eldorado, et ce qu’ils y
    virent.

    Quand ils furent aux frontières des Oreillons: Vous voyez, dit Cacambo
    à Candide, que cet hémisphère-ci ne vaut pas mieux que l’autre;
    croyez-moi, retournons en Europe par le plus court chemin. Comment y
    retourner, dit Candide; et où aller? Si je vais dans mon pays, les
    Bulgares et les Abares y égorgent tout; si je retourne en Portugal, j’y
    suis brûlé; si nous restons dans ce pays-ci, nous risquons à tout
    moment d’être mis en broche. Mais comment se résoudre à quitter la
    partie du monde que mademoiselle Cunégonde habite?

    —Tournons vers la Cayenne, dit Cacambo, nous y trouverons des Français
    qui vont par tout le monde; ils pourront nous aider. Dieu aura
    peut-être pitié de nous.»

    Il n’était pas facile d’aller à la Cayenne: ils savaient bien à peu
    près de quel côté il fallait marcher; mais des montagnes, des fleuves,
    des précipices, des brigands, des sauvages, étaient partout de
    terribles obstacles. Leurs chevaux moururent de fatigue; leurs
    provisions furent consumées; ils se nourrirent un mois entier de fruits
    sauvages, et se trouvèrent enfin auprès d’une petite rivière bordée de
    cocotiers qui soutinrent leur vie et leurs espérances.

    Cacambo, qui donnait toujours d’aussi bons conseils que la vieille, dit
    à Candide: Nous n’en pouvons plus, nous avons assez marché; j’aperçois
    un canot vide sur le rivage, emplissons-le de cocos, jetons-nous dans
    cette petite barque, laissons-nous aller au courant; une rivière mène
    toujours à quelque endroit habité. Si nous ne trouvons pas des choses
    agréables, nous trouverons du moins des choses nouvelles. Allons, dit
    Candide, recommandons-nous à la Providence.

    Ils voguèrent quelques lieues entre des bords, tantôt fleuris, tantôt
    arides, tantôt unis, tantôt escarpés. La rivière s’élargissait
    toujours; enfin elle se perdait sous une voûte de rochers épouvantables
    qui s’élevaient jusqu’au ciel. Les deux voyageurs eurent la hardiesse
    de s’abandonner aux flots sous cette voûte. Le fleuve resserré en cet
    endroit les porta avec une rapidité et un bruit horrible. Au bout de
    vingt-quatre heures ils revirent le jour; mais leur canot se fracassa
    contre les écueils; il fallut se traîner de rocher en rocher pendant
    une lieue entière; enfin ils découvrirent un horizon immense, bordé de
    montagnes inaccessibles. Le pays était cultivé pour le plaisir comme
    pour le besoin; partout l’utile était agréable[1]: les chemins étaient
    couverts ou plutôt ornés de voitures d’une forme et d’une matière
    brillante, portant des hommes et des femmes d’une beauté singulière,
    traînés rapidement par de gros moutons rouges qui surpassaient en
    vitesse les plus beaux chevaux d’Andalousie, de Tétuan, et de Méquinez.

    [1] Tel est le texte de toutes les éditions données du vivant de
    l’auteur, et même des éditions de Kehl. Quelques éditeurs récents ont
    mis: _l’utile était_ joint à _l’agréable_. B.

    Voilà pourtant, dit Candide, un pays qui vaut mieux que la Vestphalie.
    Il mit pied à terre avec Cacambo auprès du premier village qu’il
    rencontra. Quelques enfants du village, couverts de brocarts d’or tout
    déchirés, jouaient au palet à l’entrée du bourg; nos deux hommes de
    l’autre monde s’amusèrent à les regarder: leurs palets étaient d’assez
    larges pièces rondes, jaunes, rouges, vertes, qui jetaient un éclat
    singulier. Il prit envie aux voyageurs d’en ramasser quelques uns;
    c’était de l’or, c’était des émeraudes, des rubis, dont le moindre
    aurait été le plus grand ornement du trône du Mogol. Sans doute, dit
    Cacambo, ces enfants sont les fils du roi du pays qui jouent au petit
    palet. Le magister du village parut dans ce moment pour les faire
    rentrer à l’école. Voilà, dit Candide, le précepteur de la famille
    royale.

    Les petits gueux quittèrent aussitôt le jeu, en laissant à terre leurs
    palets, et tout ce qui avait servi à leurs divertissements. Candide les
    ramasse, court au précepteur et les lui présente humblement, lui fesant
    entendre par signes que leurs altesses royales avaient oublié leur or
    et leurs pierreries. Le magister du village, en souriant, les jeta par
    terre, regarda un moment la figure de Candide avec beaucoup de
    surprise, et continua son chemin.

    Les voyageurs ne manquèrent pas de ramasser l’or, les rubis, et les
    émeraudes. Où sommes-nous? s’écria Candide. Il faut que les enfants des
    rois de ce pays soient bien élevés, puisqu’on leur apprend à mépriser
    l’or et les pierreries. Cacambo était aussi surpris que Candide. Ils
    approchèrent enfin de la première maison du village; elle était bâtie
    comme un palais d’Europe. Une foule de monde s’empressait à la porte,
    et encore plus dans le logis; une musique très agréable se fesait
    entendre, et une odeur délicieuse de cuisine se fesait sentir. Cacambo
    s’approcha de la porte, et entendit qu’on parlait péruvien; c’était sa
    langue maternelle; car tout le monde sait que Cacambo était né au
    Tucuman, dans un village où l’on ne connaissait que cette langue. Je
    vous servirai d’interprète, dit-il à Candide; entrons, c’est ici un
    cabaret.

    Aussitôt deux garçons et deux filles de l’hôtellerie, vêtus de drap
    d’or, et les cheveux renoués avec des rubans, les invitent à se mettre
    à la table de l’hôte. On servit quatre potages garnis chacun de deux
    perroquets, un contour bouilli qui pesait deux cents livres, deux
    singes rôtis d’un goût excellent, trois cents colibris dans un plat, et
    six cents oiseaux-mouches dans un autre; des ragoûts exquis, des
    pâtisseries délicieuses; le tout dans des plats d’une espèce de cristal
    de roche. Les garçons et les filles de l’hôtellerie versaient plusieurs
    liqueurs faites de cannes de sucre.

    Les convives étaient pour la plupart des marchands et des voituriers,
    tous d’une politesse extrême, qui firent quelques questions à Cacambo
    avec la discrétion la plus circonspecte, et qui répondirent aux siennes
    d’une manière à le satisfaire.

    Quand le repas fut fini, Cacambo crut, ainsi que Candide, bien payer
    son écot, en jetant sur la table de l’hôte deux de ces larges pièces
    d’or qu’il avait ramassées; l’hôte et l’hôtesse éclatèrent de rire, et
    se tinrent long-temps les côtés. Enfin ils se remirent. Messieurs, dit
    l’hôte, nous voyons bien que vous êtes des étrangers; nous ne sommes
    pas accoutumés à en voir. Pardonnez-nous si nous nous sommes mis à rire
    quand vous nous avez offert en paiement les cailloux de nos grands
    chemins. Vous n’avez pas sans doute de la monnaie du pays, mais il
    n’est pas nécessaire d’en avoir pour dîner ici. Toutes les hôtelleries
    établies pour la commodité du commerce sont payées par le gouvernement.
    Vous avez fait mauvaise chère ici, parceque c’est un pauvre village,
    mais partout ailleurs vous serez reçus comme vous méritez de l’être.
    Cacambo expliquait à Candide tous les discours de l’hôte, et Candide
    les écoutait avec la même admiration et le même égarement que son ami
    Cacambo les rendait. Quel est donc ce pays, disaient-ils l’un et
    l’autre, inconnu à tout le reste de la terre, et où toute la nature est
    d’une espèce si différente de la nôtre? C’est probablement le pays où
    tout va bien; car il faut absolument qu’il y en ait un de cette espèce.
    Et, quoi qu’en dît maître Pangloss, je me suis souvent aperçu que tout
    allait assez mal en Vestphalie.

    CHAPITRE XVIII
    Ce qu’ils virent dans le pays d’Eldorado[1].

    [1] Sur le pays d’Eldorado, voyez tome XVII, page 436. B.

    Cacambo témoigna à son hôte toute sa curiosité; l’hôte lui dit: Je suis
    fort ignorant, et je m’en trouve bien; mais nous avons ici un vieillard
    retiré de la cour qui est le plus savant homme du royaume, et le plus
    communicatif. Aussitôt il mène Cacambo chez le vieillard. Candide ne
    jouait plus que le second personnage, et accompagnait son valet. Ils
    entrèrent dans une maison fort simple, car la porte n’était que
    d’argent, et les lambris des appartements n’étaient que d’or, mais
    travaillés avec tant de goût, que les plus riches lambris ne
    l’effaçaient pas. L’antichambre n’était à la vérité incrustée que de
    rubis et d’émeraudes; mais l’ordre dans lequel tout était arrangé
    réparait bien cette extrême simplicité.

    Le vieillard reçut les deux étrangers sur un sofa matelassé de plumes
    de colibri, et leur fit présenter des liqueurs dans des vases de
    diamant; après quoi il satisfit à leur curiosité en ces termes:

    Je suis âgé de cent soixante et douze ans, et j’ai appris de feu mon
    père, écuyer du roi, les étonnantes révolutions du Pérou dont il avait
    été témoin. Le royaume où nous sommes est l’ancienne patrie des incas,
    qui en sortirent très imprudemment pour aller subjuguer une partie du
    monde, et qui furent enfin détruits par les Espagnols.

    Les princes de leur famille qui restèrent dans leur pays natal furent
    plus sages; ils ordonnèrent, du consentement de la nation, qu’aucun
    habitant ne sortirait jamais de notre petit royaume; et c’est ce qui
    nous a conservé notre innocence et notre félicité. Les Espagnols ont eu
    une connaissance confuse de ce pays, ils l’ont appelé _Eldorado_; et un
    Anglais, nommé le chevalier Raleigh, en a même approché il y a environ
    cent années; mais, comme nous sommes entourés de rochers inabordables
    et de précipices, nous avons toujours été jusqu’à présent à l’abri de
    la rapacité des nations de l’Europe, qui ont une fureur inconcevable
    pour les cailloux et pour la fange de notre terre, et qui, pour en
    avoir, nous tueraient tous jusqu’au dernier.

    La conversation fut longue; elle roula sur la forme du gouvernement,
    sur les moeurs, sur les femmes, sur les spectacles publics, sur les
    arts. Enfin Candide, qui avait toujours du goût pour la métaphysique,
    fit demander par Cacambo si dans le pays il y avait une religion.

    Le vieillard rougit un peu. Comment donc! dit-il, en pouvez-vous
    douter? Est-ce que vous nous prenez pour des ingrats? Cacambo demanda
    humblement quelle était la religion d’Eldorado. Le vieillard rougit
    encore: Est-ce qu’il peut y avoir deux religions? dit-il. Nous avons,
    je crois, la religion de tout le monde; nous adorons Dieu du soir
    jusqu’au matin. N’adorez vous qu’un seul Dieu? dit Cacambo, qui servait
    toujours d’interprète aux doutes de Candide. Apparemment, dit le
    vieillard, qu’il n’y en a ni deux, ni trois, ni quatre. Je vous avoue
    que les gens de votre monde font des questions bien singulières.
    Candide ne se lassait pas de faire interroger ce bon vieillard; il
    voulut savoir comment on priait Dieu dans Eldorado. Nous ne le prions
    point, dit le bon et respectable sage; nous n’avons rien à lui
    demander, il nous a donné tout ce qu’il nous faut; nous le remercions
    sans cesse. Candide eut la curiosité de voir des prêtres; il fit
    demander où ils étaient. Le bon vieillard sourit. Mes amis, dit-il,
    nous sommes tous prêtres; le roi et tous les chefs de famille chantent
    des cantiques d’actions de grâces solennellement tous les matins, et
    cinq ou six mille musiciens les accompagnent.—Quoi! vous n’avez point
    de moines qui enseignent, qui disputent, qui gouvernent, qui cabalent,
    et qui font brûler les gens qui ne sont pas de leur avis?—Il faudrait
    que nous fussions fous, dit le vieillard; nous sommes tous ici du même
    avis, et nous n’entendons pas ce que vous voulez dire avec vos moines.
    Candide à tous ces discours demeurait en extase, et disait en lui-même:
    Ceci est bien différent de la Vestphalie et du château de monsieur le
    baron: si notre ami Pangloss avait vu Eldorado, il n’aurait plus dit
    que le château de Thunder-ten-tronckh était ce qu’il y avait de mieux
    sur la terre; il est certain qu’il faut voyager.

    Après cette longue conversation, le bon vieillard fit atteler un
    carrosse à six moutons, et donna douze de ses domestiques aux deux
    voyageurs pour les conduire à la cour. Excusez-moi, leur dit-il, si mon
    âge me prive de l’honneur de vous accompagner. Le roi vous recevra
    d’une manière dont vous ne serez pas mécontents, et vous pardonnerez
    sans doute aux usages du pays, s’il y en a quelques uns qui vous
    déplaisent.

    Candide et Cacambo montent en carrosse; les six moutons volaient, et en
    moins de quatre heures on arriva au palais du roi, situé à un bout de
    la capitale. Le portail était de deux cent vingt pieds de haut, et de
    cent de large; il est impossible d’exprimer quelle en était la matière.
    On voit assez quelle supériorité prodigieuse elle devait avoir sur ces
    cailloux et sur ce sable que nous nommons or et pierreries.

    Vingt belles filles de la garde reçurent Candide et Cacambo à la
    descente du carrosse, les conduisirent aux bains, les vêtirent de robes
    d’un tissu de duvet de colibri; après quoi les grands officiers et les
    grandes officières de la couronne les menèrent à l’appartement de sa
    majesté au milieu de deux files, chacune de mille musiciens, selon
    l’usage ordinaire. Quand ils approchèrent de la salle du trône, Cacambo
    demanda à un grand officier comment il fallait s’y prendre pour saluer
    sa majesté: si on se jetait à genoux ou ventre à terre; si on mettait
    les mains sur la tête ou sur le derrière; si on léchait la poussière de
    la salle: en un mot, quelle était la cérémonie. L’usage, dit le
    grand-officier, est d’embrasser le roi et de le baiser des deux côtés.
    Candide et Cacambo sautèrent au cou de sa majesté, qui les reçut avec
    toute la grâce imaginable, et qui les pria poliment à souper.

    En attendant, on leur fit voir la ville, les édifices publics élevés
    jusqu’aux nues, les marchés ornés de mille colonnes, les fontaines
    d’eau pure, les fontaines d’eau-rose, celles de liqueurs de cannes de
    sucre qui coulaient continuellement dans de grandes places pavées d’une
    espèce de pierreries qui répandaient une odeur semblable à celle du
    girofle et de la cannelle. Candide demanda à voir la cour de justice,
    le parlement; on lui dit qu’il n’y en avait point, et qu’on ne plaidait
    jamais. Il s’informa s’il y avait des prisons, et on lui dit que non.
    Ce qui le surprit davantage, et qui lui fit le plus de plaisir, ce fut
    le palais des sciences, dans lequel il vit une galerie de deux mille
    pas, toute pleine d’instruments de mathématiques et de physique.

    Après avoir parcouru toute l’après-dinée à peu près la millième partie
    de la ville, on les remena chez le roi. Candide se mit à table entre sa
    majesté, son valet Cacambo, et plusieurs dames. Jamais on ne fit
    meilleure chère, et jamais on n’eut plus d’esprit à souper qu’en eut sa
    majesté. Cacambo expliquait les bons mots du roi à Candide, et quoique
    traduits, ils paraissaient toujours des bons mots. De tout ce qui
    étonnait Candide, ce n’était pas ce qui l’étonna le moins.

    Ils passèrent un mois dans cet hospice. Candide ne cessait de dire à
    Cacambo: Il est vrai, mon ami, encore une fois, que le château où je
    suis né ne vaut pas le pays où nous sommes; mais enfin mademoiselle
    Cunégonde n’y est pas, et vous avez sans doute quelque maîtresse en
    Europe. Si nous restons ici, nous n’y serons que comme les autres; au
    lieu que si nous retournons dans notre monde, seulement avec douze
    moutons chargés de cailloux d’Eldorado, nous serons plus riches que
    tous les rois ensemble, nous n’aurons plus d’inquisiteurs à craindre,
    et nous pourrons aisément reprendre mademoiselle Cunégonde.

    Ce discours plut à Cacambo; on aime tant à courir, à se faire valoir
    chez les siens, à faire parade de ce qu’on a vu dans ses voyages, que
    les deux heureux résolurent de ne plus l’être, et de demander leur
    congé à sa majesté.

    Vous faites une sottise, leur dit le roi: je sais bien que mon pays est
    peu de chose; mais, quand on est passablement quelque part, il faut y
    rester. Je n’ai pas assurément le droit de retenir des étrangers; c’est
    une tyrannie qui n’est ni dans nos moeurs ni dans nos lois; tous les
    hommes sont libres; partez quand vous voudrez, mais la sortie est bien
    difficile. Il est impossible de remonter la rivière rapide sur laquelle
    vous êtes arrivés par miracle, et qui court sous des voûtes de rochers.
    Les montagnes qui entourent tout mon royaume ont dix mille pieds de
    hauteur, et sont droites comme des murailles: elles occupent chacune en
    largeur un espace de plus de dix lieues; on ne peut en descendre que
    par des précipices. Cependant, puisque vous voulez absolument partir,
    je vais donner ordre aux intendants des machines d’en faire une qui
    puisse vous transporter commodément. Quand on vous aura conduits au
    revers des montagnes, personne ne pourra vous accompagner; car mes
    sujets ont fait voeu de ne jamais sortir de leur enceinte, et ils sont
    trop sages pour rompre leur voeu. Demandez-moi d’ailleurs tout ce qu’il
    vous plaira. Nous ne demandons à votre majesté, dit Cacambo, que
    quelques moutons chargés de vivres, de cailloux, et de la boue du pays.
    Le roi rit: Je ne conçois pas, dit-il, quel goût vos gens d’Europe ont
    pour notre boue jaune: mais emportez-en tant que vous voudrez, et grand
    bien vous fasse.

    Il donna l’ordre sur-le-champ à ses ingénieurs de faire une machine
    pour guinder ces deux hommes extraordinaires hors du royaume. Trois
    mille bons physiciens y travaillèrent; elle fut prête au bout de quinze
    jours, et ne coûta pas plus de vingt millions de livres sterling,
    monnaie du pays. On mit sur la machine Candide et Cacambo; il y avait
    deux grands moutons rouges sellés et bridés pour leur servir de monture
    quand ils auraient franchi les montagnes, vingt moutons de bât chargés
    de vivres, trente qui portaient des présents de ce que le pays a de
    plus curieux, et cinquante chargés d’or, de pierreries, et de diamants.
    Le roi embrassa tendrement les deux vagabonds.

    Ce fut un beau spectacle que leur départ, et la manière ingénieuse dont
    ils furent hissés eux et leurs moutons au haut des montagnes. Les
    physiciens prirent congé d’eux après les avoir mis en sûreté, et
    Candide n’eut plus d’autre désir et d’autre objet que d’aller présenter
    ses moutons à mademoiselle Cunégonde. Nous avons, dit-il, de quoi payer
    le gouverneur de Buénos-Ayres, si mademoiselle Cunégonde peut être mise
    à prix. Marchons vers la Cayenne, embarquons-nous, et nous verrons
    ensuite quel royaume nous pourrons acheter.

    CHAPITRE XIX.
    Ce qui leur arriva à Surinam, et comment Candide fit connaissance avec
    Martin.

    La première journée de nos deux voyageurs fut assez agréable. Ils
    étaient encouragés par l’idée de se voir possesseurs de plus de trésors
    que l’Asie, l’Europe, et l’Afrique, n’en pouvaient rassembler. Candide
    transporté écrivit le nom de Cunégonde sur les arbres. A la seconde
    journée deux de leurs moutons s’enfoncèrent dans des marais, et y
    furent abîmés avec leurs charges; deux autres moutons moururent de
    fatigue quelques jours après; sept ou huit périrent ensuite de faim
    dans un désert; d’autres tombèrent au bout de quelques jours dans des
    précipices. Enfin, après cent jours de marche, il ne leur resta que
    deux moutons. Candide dit à Cacambo: Mon ami, vous voyez comme les
    richesses de ce monde sont périssables; il n’y a rien de solide que la
    vertu et le bonheur de revoir mademoiselle Cunégonde. Je l’avoue, dit
    Cacambo; mais il nous reste encore deux moutons avec plus de trésors
    que n’en aura jamais le roi d’Espagne; et je vois bien de loin une
    ville que je soupçonne être Surinam, appartenante aux Hollandais. Nous
    sommes au bout de nos peines et au commencement de notre félicité.

    En approchant de la ville, ils rencontrèrent un nègre étendu par terre,
    n’ayant plus que la moitié de son habit, c’est-à-dire d’un caleçon de
    toile bleue; il manquait à ce pauvre homme la jambe gauche et la main
    droite. Eh! mon Dieu! lui dit Candide en hollandais, que fais-tu là,
    mon ami, dans l’état horrible où je te vois? J’attends mon maître, M.
    Vanderdendur, le fameux négociant, répondit le nègre. Est-ce M.
    Vanderdendur, dit Candide, qui t’a traité ainsi? Oui, monsieur, dit le
    nègre, c’est l’usage. On nous donne un caleçon de toile pour tout
    vêtement deux fois l’année. Quand nous travaillons aux sucreries, et
    que la meule nous attrape le doigt, on nous coupe la main: quand nous
    voulons nous enfuir, on nous coupe la jambe: je me suis trouvé dans les
    deux cas. C’est à ce prix que vous mangez du sucre en Europe.
    Cependant, lorsque ma mère me vendit dix écus patagons sur la côte de
    Guinée, elle me disait: Mon cher enfant, bénis nos fétiches, adore-les
    toujours, ils te feront vivre heureux; tu as l’honneur d’être esclave
    de nos seigneurs les blancs, et tu fais par là la fortune de ton père
    et de ta mère. Hélas! je ne sais pas si j’ai fait leur fortune, mais
    ils n’ont pas fait la mienne. Les chiens, les singes, et les
    perroquets, sont mille fois moins malheureux que nous: les fétiches
    hollandais qui m’ont converti me disent tous les dimanches que nous
    sommes tous enfants d’Adam, blancs et noirs. Je ne suis pas
    généalogiste; mais si ces prêcheurs disent vrai, nous sommes tous
    cousins issus de germain. Or vous m’avouerez qu’on ne peut pas en user
    avec ses parents d’une manière plus horrible.

    O Pangloss! s’écria Candide, tu n’avais pas deviné cette abomination;
    c’en est fait, il faudra qu’à la fin je renonce à ton optimisme.
    Qu’est-ce qu’optimisme? disait Cacambo. Hélas! dit Candide, c’est la
    rage de soutenir que tout est bien quand on est mal; et il versait des
    larmes en regardant son nègre; et en pleurant, il entra dans Surinam.

    La première chose dont ils s’informent, c’est s’il n’y a point au port
    quelque vaisseau qu’on pût envoyer à Buénos-Ayres. Celui à qui ils
    s’adressèrent était justement un patron espagnol qui s’offrit à faire
    avec eux un marché honnête. Il leur donna rendez-vous dans un cabaret.
    Candide et le fidèle Cacambo allèrent l’y attendre avec leurs deux
    moutons.

    Candide, qui avait le coeur sur les lèvres, conta à l’Espagnol toutes
    ses aventures, et lui avoua qu’il voulait enlever mademoiselle
    Cunégonde. Je me garderai bien de vous passer à Buénos-Ayres, dit le
    patron: je serais pendu, et vous aussi; la belle Cunégonde est la
    maîtresse favorite de monseigneur. Ce fut un coup de foudre pour
    Candide, il pleura longtemps; enfin il tira à part Cacambo. Voici, mon
    cher ami, lui dit-il, ce qu’il faut que tu fasses. Nous avons chacun
    dans nos poches pour cinq ou six millions de diamants, tu es plus
    habile que moi; va prendre mademoiselle Cunégonde à Buénos-Ayres. Si le
    gouverneur fait quelque difficulté, donne-lui un million: s’il ne se
    rend pas, donne-lui-en deux; tu n’as point tué d’inquisiteur, on ne se
    défiera point de toi. J’équiperai un autre vaisseau, j’irai t’attendre
    à Venise: c’est un pays libre où l’on n’a rien à craindre ni des
    Bulgares, ni des Abares, ni des Juifs, ni des inquisiteurs. Cacambo
    applaudit, à cette sage résolution. Il était au désespoir de se séparer
    d’un bon maître devenu son ami intime; mais le plaisir de lui être
    utile l’emporta sur la douleur de le quitter. Ils s’embrassèrent en
    versant des larmes: Candide lui recommanda de ne point oublier la bonne
    vieille. Cacambo partit dès le jour même: c’était un très bon homme que
    ce Cacambo.

    Candide resta encore quelque temps à Surinam, et attendit qu’un autre
    patron voulût le mener en Italie lui et les deux moutons qui lui
    restaient. Il prit des domestiques, et acheta tout ce qui lui était
    nécessaire pour un long voyage; enfin M. Vanderdendur, maître d’un gros
    vaisseau, vint se présenter à lui. Combien voulez-vous, demanda-t-il à
    cet homme, pour me mener en droiture à Venise, moi, mes gens, mon
    bagage, et les deux moutons que voilà? Le patron s’accorda à dix mille
    piastres: Candide n’hésita pas.

    Oh! oh! dit à part soi le prudent Vanderdendur, cet étranger donne dix
    mille piastres tout d’un coup! il faut qu’il soit bien riche. Puis
    revenant un moment après, il signifia qu’il ne pouvait partir à moins
    de vingt mille. Eh bien! vous les aurez, dit Candide.

    Ouais, se dit tout bas le marchand, cet homme donne vingt mille
    piastres aussi aisément que dix mille. Il revint encore, et dit qu’il
    ne pouvait le conduire à Venise à moins de trente mille piastres. Vous
    en aurez donc trente mille, répondit Candide.

    Oh! oh! se dit encore le marchand hollandais, trente mille piastres ne
    coûtent rien à cet homme-ci; sans doute les deux moutons portent des
    trésors immenses; n’insistons pas davantage: faisons-nous d’abord payer
    les trente mille piastres, et puis nous verrons. Candide, vendit deux
    petits diamants, dont le moindre valait plus que tout l’argent que
    demandait le patron. Il le paya d’avance. Les deux moutons furent
    embarqués. Candide suivait dans un petit bateau pour joindre le
    vaisseau à la rade; le patron prend son temps, met à la voile, démarre;
    le vent le favorise. Candide éperdu et stupéfait le perd bientôt de
    vue. Hélas! cria-t-il, voilà un tour digne de l’Ancien Monde. Il
    retourne au rivage, abîmé dans la douleur; car enfin il avait perdu de
    quoi faire la fortune de vingt monarques.

    Il se transporte chez le juge hollandais; et, comme il était un peu
    troublé, il frappe rudement à la porte; il entre, expose son aventure,
    et crie un peu plus haut qu’il ne convenait. Le juge commença par lui
    faire payer dix mille piastres pour le bruit qu’il avait fait: ensuite
    il l’écouta patiemment, lui promit d’examiner son affaire sitôt que le
    marchand serait revenu, et se fit payer dix mille autres piastres pour
    les frais de l’audience.

    Ce procédé acheva de désespérer Candide; il avait à la vérité essuyé
    des malheurs mille fois plus douloureux; mais le sang froid du juge, et
    celui du patron dont il était volé, alluma sa bile, et le plongea dans
    une noire mélancolie. La méchanceté des hommes se présentait à son
    esprit dans toute sa laideur, il ne se nourrissait que d’idées tristes.
    Enfin un vaisseau français étant sur le point de partir pour Bordeaux,
    comme il n’avait plus de moutons chargés de diamants à embarquer, il
    loua une chambre du vaisseau à juste prix, et fit signifier dans la
    ville qu’il paierait le passage, la nourriture, et donnerait deux mille
    piastres à un honnête homme qui voudrait faire le voyage avec lui, à
    condition que cet homme serait le plus dégoûté de son état, et le plus
    malheureux de la province.

    Il se présenta une foule de prétendants qu’une flotte n’aurait pu
    contenir. Candide, voulant choisir entre les plus apparents, il
    distingua une vingtaine de personnes qui lui paraissaient sociables, et
    qui toutes prétendaient mériter la préférence. Il les assembla dans son
    cabaret, et leur donna à souper, à condition que chacun ferait serment
    de raconter fidèlement son histoire, promettant de choisir celui qui
    lui paraîtrait le plus à plaindre et le plus mécontent de son état, à
    plus juste titre, et de donner aux autres quelques gratifications.

    La séance dura jusqu’à quatre heures du matin. Candide, en écoutant
    toutes leurs aventures, se ressouvenait de ce que lui avait dit la
    vieille en allant à Buénos-Ayres, et de la gageure qu’elle avait faite,
    qu’il n’y avait personne sur le vaisseau à qui il ne fût arrivé de très
    grands malheurs. Il songeait à Pangloss à chaque aventure qu’on lui
    contait. Ce Pangloss, disait-il, serait bien embarrassé à démontrer son
    système. Je voudrais qu’il fût ici. Certainement si tout va bien, c’est
    dans Eldorado, et non pas dans le reste de la terre. Enfin il se
    détermina en faveur d’un pauvre savant qui avait travaillé dix ans pour
    les libraires à Amsterdam. Il jugea qu’il n’y avait point de métier au
    monde dont on dût être plus dégoûté.

    Ce savant, qui était d’ailleurs un bon-homme, avait été volé par sa
    femme, battu par son fils, et abandonné de sa fille, qui s’était fait
    enlever par un Portugais. Il venait d’être privé d’un petit emploi
    duquel il subsistait; et les prédicants de Surinam le persécutaient,
    parcequ’ils le prenaient pour un socinien. Il faut avouer que les
    autres étaient pour le moins aussi malheureux que lui; mais Candide
    espérait que le savant le désennuierait dans le voyage. Tous ses autres
    rivaux trouvèrent que Candide leur fesait une grande injustice; mais il
    les apaisa en leur donnant à chacun cent piastres.

    CHAPITRE XX.
    Ce qui arriva sur mer à Candide et à Martin.

    Le vieux savant, qui s’appelait Martin, s’embarqua donc pour Bordeaux
    avec Candide. L’un et l’autre avaient beaucoup vu et beaucoup souffert;
    et quand le vaisseau aurait dû faire voile de Surinam au Japon par le
    cap de Bonne-Espérance, ils auraient eu de quoi s’entretenir du mal
    moral et du mal physique pendant tout le voyage.

    Cependant Candide avait un grand avantage sur Martin, c’est qu’il
    espérait toujours revoir mademoiselle Cunégonde, et que Martin n’avait
    rien à espérer; de plus il avait de l’or et des diamants; et, quoiqu’il
    eût perdu cent gros moutons rouges chargés des plus grands trésors de
    la terre, quoiqu’il eût toujours sur le coeur la friponnerie du patron
    hollandais; cependant quand il songeait à ce qui lui restait dans ses
    poches, et quand il parlait de Cunégonde, surtout à la fin du repas, il
    penchait alors pour le système de Pangloss.

    Mais vous, monsieur Martin, dit-il au savant, que pensez-vous de tout
    cela? quelle est votre idée sur le mal moral et le mal physique?
    Monsieur, répondit Martin, mes prêtres m’ont accusé d’être socinien[1];
    mais la vérité du fait est que je suis manichéen[2]. Vous vous moquez
    de moi, dit Candide; il n’y a plus de manichéens dans le monde. Il y a
    moi, dit Martin: je ne sais qu’y faire; mais je ne peux penser
    autrement. Il faut que vous ayez le diable au corps, dit Candide. Il se
    mêle si fort des affaires de ce monde, dit Martin, qu’il pourrait bien
    être dans mon corps, comme partout ailleurs: mais je vous avoue qu’en
    jetant la vue sur ce globe, ou plutôt sur ce globule, je pense que Dieu
    l’a abandonné à quelque être malfaisant; j’en excepte toujours
    Eldorado. Je n’ai guère vu de ville qui ne désirât la ruine de la ville
    voisine, point de famille qui ne voulût exterminer quelque autre
    famille. Partout les faibles ont en exécration les puissants devant
    lesquels ils rampent, et les puissants les traitent comme des troupeaux
    dont on vend la laine et la chair. Un million d’assassins enrégimentés,
    courant d’un bout de l’Europe à l’autre, exerce le meurtre et le
    brigandage avec discipline pour gagner son pain, parcequ’il n’a pas de
    métier plus honnête; et dans les villes qui paraissent jouir de la
    paix, et où les arts fleurissent, les hommes sont dévorés de plus
    d’envie, de soins, et d’inquiétudes, qu’une ville assiégée n’éprouve de
    fléaux. Les chagrins secrets sont encore plus cruels que les misères
    publiques. En un mot j’en ai tant vu et tant éprouvé, que je suis
    manichéen.

    [1] Les sociniens rejettent les mystères et n’admettent que l’évidence:
    voyez tome XXVIII, page 435. B.

    [2] Les manichéens admettent un bon et un mauvais principe: voyez tome
    XV, pages 27, 314-315. B.

    Il y a pourtant du bon, répliquait Candide. Cela peut être, disait
    Martin; mais je ne le connais pas.

    Au milieu de cette dispute, on entendit un bruit de canon. Le bruit
    redouble de moment en moment. Chacun prend sa lunette. On aperçoit deux
    vaisseaux qui combattaient à la distance d’environ trois milles: le
    vent les amena l’un et l’autre si près du vaisseau français, qu’on eut
    le plaisir de voir le combat tout à son aise. Enfin l’un des deux
    vaisseaux lâcha à l’autre une bordée si bas et si juste, qu’il le coula
    à fond. Candide et Martin aperçurent distinctement une centaine
    d’hommes sur le tillac du vaisseau qui s’enfonçait; ils levaient tous
    les mains au ciel, et jetaient des clameurs effroyables: en un moment
    tout fut englouti.

    Eh bien! dit Martin, voilà comme les hommes se traitent les uns les
    autres. Il est vrai, dit Candide, qu’il y a quelque chose de diabolique
    dans cette affaire. En parlant ainsi, il aperçut je ne sais quoi d’un
    rouge éclatant, qui nageait auprès de son vaisseau. On détacha la
    chaloupe pour voir ce que ce pouvait être; c’était un de ses moutons.
    Candide eut plus de joie de retrouver ce mouton, qu’il n’avait été
    affligé d’en perdre cent tous chargés de gros diamants d’Eldorado.

    Le capitaine français aperçut bientôt que le capitaine du vaisseau
    submergeant était espagnol, et que celui du vaisseau submergé était un
    pirate hollandais; c’était celui-là même qui avait volé Candide. Les
    richesses immenses dont ce scélérat s’était emparé furent ensevelies
    avec lui dans la mer, et il n’y eut qu’un mouton de sauvé. Vous voyez,
    dit Candide à Martin, que le crime est puni quelquefois; ce coquin de
    patron hollandais a eu le sort qu’il méritait. Oui, dit Martin; mais
    fallait-il que les passagers qui étaient sur son vaisseau périssent
    aussi? Dieu a puni ce fripon, le diable a noyé les autres.

    Cependant le vaisseau français et l’espagnol continuèrent leur route,
    et Candide continua ses conversations avec Martin. Ils disputèrent
    quinze jours de suite, et au bout de quinze jours ils étaient aussi
    avancés que le premier. Mais enfin ils parlaient, ils se communiquaient
    des idées, ils se consolaient. Candide caressait son mouton. Puisque je
    t’ai retrouvé, dit-il, je pourrai bien retrouver Cunégonde.

    CHAPITRE XXI.
    Candide et Martin approchent des côtes de France, et raisonnent.

    On aperçut enfin les côtes de France. Avez-vous jamais été en France,
    monsieur Martin? dit Candide. Oui, dit Martin, j’ai parcouru plusieurs
    provinces. Il y en a où la moitié des habitants est folle, quelques
    unes où l’on est trop rusé, d’autres où l’on est communément assez doux
    et assez bête: d’autres où l’on fait le bel esprit; et, dans toutes, la
    principale occupation est l’amour; la seconde, de médire; et la
    troisième, de dire des sottises. Mais, monsieur Martin, avez-vous vu
    Paris? Oui, j’ai vu Paris; il tient de toutes ces espèces-là; c’est un
    chaos, c’est une presse dans laquelle tout le monde cherche le plaisir,
    et où presque personne ne le trouve, du moins à ce qu’il m’a paru. J’y
    ai séjourné peu; j’y fus volé, en arrivant, de tout ce que j’avais, par
    des filous, à la foire Saint-Germain; on me prit moi-même pour un
    voleur, et je fus huit jours en prison; après quoi je me fis correcteur
    d’imprimerie pour gagner de quoi retourner à pied en Hollande. Je
    connus la canaille écrivante, la canaille cabalante, et la canaille
    convulsionnaire. On dit qu’il y a des gens fort polis dans cette
    ville-là: je le veux croire.

    Pour moi, je n’ai nulle curiosité de voir la France, dit Candide; vous
    devinez aisément que quand on a passé un mois dans Eldorado, on ne se
    soucie plus de rien voir sur la terre que mademoiselle Cunégonde: je
    vais l’attendre à Venise; nous traverserons la France pour aller en
    Italie; ne m’accompagnerez-vous pas? Très volontiers, dit Martin: on
    dit que Venise n’est bonne que pour les nobles vénitiens, mais que
    cependant on y reçoit très bien les étrangers quand ils ont beaucoup
    d’argent; je n’en ai point; vous en avez, je vous suivrai partout. A
    propos, dit Candide, pensez-vous que la terre ait été originairement
    une mer, comme on l’assure dans ce gros livre qui appartient au
    capitaine du vaisseau[1]? Je n’en crois rien du tout, dit Martin, non
    plus que de toutes les rêveries qu’on nous débite depuis quelque temps.
    Mais à quelle fin ce monde a-t-il donc été formé? dit Candide. Pour
    nous faire enrager, répondit Martin. N’êtes-vous pas bien étonné,
    continua Candide, de l’amour que ces deux filles du pays des Oreillons
    avaient pour ces deux singes, et dont je vous ai conté l’aventure?
    Point du tout, dit Martin, je ne vois pas ce que cette passion a
    d’étrange; j’ai tant vu de choses extraordinaires, qu’il n’y a plus
    rien d’extraordinaire pour moi. Croyez-vous, dit Candide, que les
    hommes se soient toujours mutuellement massacrés comme ils font
    aujourd’hui? qu’ils aient toujours été menteurs, fourbes, perfides,
    ingrats, brigands, faibles, volages, lâches, envieux, gourmands,
    ivrognes, avares, ambitieux, sanguinaires, calomniateurs, débauchés,
    fanatiques, hypocrites, et sots? Croyez-vous, dit Martin, que les
    éperviers aient toujours mangé des pigeons quand ils en ont trouvé?
    Oui, sans doute, dit Candide. Eh bien! dit Martin, si les éperviers ont
    toujours eu le même caractère, pourquoi voulez-vous que les hommes
    aient changé le leur? Oh! dit Candide, il y a bien de la différence,
    car le libre arbitre…. En raisonnant ainsi, ils arrivèrent à Bordeaux.

    [1] La Bible. On lit dans la Genèse, chapitre Ier, verset 2: Tenebrae
    erant super faciem abyssi, paroles que De Maillet donne comme
    présentant la même idée que ce vers d’Ovide (_Métam_., 1, 15):

    «Quaque erat et tellus, illic et pontus et aer.»

    Voyez la première journée de _Telliamed_, où il est dit que _la mer a
    été supérieure d’an grand nombre de coudées à la plus haute de toutes
    nos montagnes_. Voltaire parle souvent de De Maillet et de son
    _Telliamed_. Voyez entre autres, dans les _Mélanges_, année 1768, le
    chapitre XVIII des _Singularités de la nature_; et année 1777, le
    onzième des _Dialogues d’Evhémère_. B.

    CHAPITRE XXII[1].
    Ce qui arriva en France à Candide et à Martin.

    [1] Ce chapitre XXII a été beaucoup augmenté en 1761; voyez ma note,
    plus en bas. B.

    Candide ne s’arrêta dans Bordeaux qu’autant de temps qu’il en fallait
    pour vendre quelques cailloux du Dorado, et pour s’accommoder d’une
    bonne chaise à deux places; car il ne pouvait plus se passer de son
    philosophe Martin; il fut seulement très fâché de se séparer de son
    mouton, qu’il laissa à l’académie des sciences de Bordeaux, laquelle
    proposa pour le sujet du prix de cette année de trouver pourquoi la
    laine de ce mouton était rouge; et le prix fut adjugé à un savant du
    Nord, qui démontra par A, plus B, moins C divisé par Z, que le mouton
    devait être rouge, et mourir de la clavelée[2].

    [2] Quelques progrès que les sciences aient faits, il est impossible
    que, sur dix mille hommes qui les cultivent en Europe, et sur trois
    cents académies qui y sont établies, il ne se trouve point quelque
    académie qui propose des prix ridicules, et quelques savants qui
    fassent d’étranges applications des sciences les plus utiles. Ce
    ridicule avait frappé M. de Voltaire dans son séjour à Berlin. Les
    savants du Nord conservaient encore à cette époque quelques restes de
    l’ancienne barbarie scolastique; et la philosophie hardie, mais
    hypothétique et absurde de Leibnitz, n’avait pas contribué à les en
    dépouiller. K.

    Cependant tous les voyageurs que Candide rencontra dans les cabarets de
    la route lui disaient: Nous allons à Paris. Cet empressement général
    lui donna enfin l’envie de voir cette capitale; ce n’était pas beaucoup
    se détourner du chemin de Venise.

    Il entra par le faubourg Saint-Marceau, et crut être dans le plus
    vilain village de la Vestphalie.

    A peine Candide fut-il dans son auberge, qu’il fut attaqué d’une
    maladie légère, causée par ses fatigues. Comme il avait au doigt un
    diamant énorme, et qu’on avait aperçu dans son équipage une cassette
    prodigieusement pesante, il eut aussitôt auprès de lui deux médecins
    qu’il n’avait pas mandés, quelques amis intimes qui ne le quittèrent
    pas, et deux dévotes qui fesaient chauffer ses bouillons. Martin
    disait: Je me souviens d’avoir été malade aussi à Paris dans mon
    premier voyage; j’étais fort pauvre: aussi n’eus-je ni amis, ni
    dévotes, ni médecins, et je guéris.

    Cependant, à force de médecines et de saignées, la maladie de Candide
    devint sérieuse. Un habitué du quartier vint avec douceur lui demander
    un billet payable au porteur pour l’autre monde: Candide n’en voulut
    rien faire; les dévotes l’assurèrent que c’était une nouvelle mode:
    Candide répondit qu’il n’était point homme à la mode. Martin voulut
    jeter l’habitué par les fenêtres. Le clerc jura qu’on n’enterrerait
    point Candide. Martin jura qu’il enterrerait le clerc, s’il continuait
    à les importuner. La querelle s’échauffa: Martin le prit par les
    épaules, et le chassa rudement; ce qui causa un grand scandale, dont on
    fit un procès-verbal.

    Candide guérit; et pendant sa convalescence il eut très bonne compagnie
    à souper chez lui. On jouait gros jeu. Candide était tout étonné que
    jamais les as ne lui vinssent; et Martin ne s’en étonnait pas.

    Parmi ceux qui lui fesaient les honneurs de la ville, il y avait un
    petit abbé périgourdin, l’un de ces gens empressés, toujours alertes,
    toujours serviables, effrontés, caressants, accommodants, qui guettent
    les étrangers à leur passage, leur content l’histoire scandaleuse de la
    ville, et leur offrent des plaisirs à tout prix. Celui-ci mena d’abord
    Candide et Martin à la comédie. On y jouait une tragédie nouvelle.
    Candide se trouva placé auprès de quelques beaux esprits. Cela ne
    l’empêcha pas de pleurer à des scènes jouées parfaitement. Un des
    raisonneurs qui étaient à ses côtés lui dit dans un entr’acte: Vous
    avez grand tort de pleurer, cette actrice est fort mauvaise; l’acteur
    qui joue avec elle est plus mauvais acteur encore; la pièce est encore
    plus mauvaise que les acteurs; l’auteur ne sait pas un mot d’arabe, et
    cependant la scène est en Arabie[3]; et, de plus, c’est un homme qui ne
    croit pas aux idées innées; je vous apporterai demain vingt brochures
    contre lui[4]. Monsieur, combien avez-vous de pièces de théâtre en
    France? dit Candide à l’abbé; lequel répondit: Cinq ou six mille. C’est
    beaucoup, dit Candide: combien y en a-t-il de bonnes? Quinze ou seize,
    répliqua l’autre. C’est beaucoup, dit Martin.

    [3] La Grange Chancel adressa à Voltaire, en 1718, une _Épitre à M.
    Arouet de Voltaire_, dans laquelle on trouve ces vers:

    Que ton exactitude à dépeindre les moeurs
    S’étende jusqu’aux noms de tes moindres acteurs,
    Et qu’en les prononçant ils nous fassent connaître
    Les pays et les temps où tu les fais renaître.
    Je vois avec dépit, pour ne produire rien,
    Chez le Thébain Oedipe, Hidaspe l’Indien.

    Voltaire profita de la critique, et mit _Araspe_ au lieu de _Hidaspe_.
    C’est peut-être à ces vers de La Grange Chancel que Voltaire fait ici
    allusion. B.

    [4] Dans l’édition de 1759, on lit:

    «… contre lui. Monsieur, lui dit l’abbé périgourdin, avez-vous remarqué
    cette jeune personne qui a un visage si piquant et une taille si fine?
    Il ne vous en coûtera que dix mille francs par mois, et pour cinquante
    mille écus de diamants. Je n’ai qu’un jour ou deux à lui donner,
    répondit Candide, parceque j’ai un rendez-vous à Venise, qui presse.

    Le soir, après souper, l’insinuant Périgourdin redoubla de politesses
    et d’attentions. Vous avez donc, monsieur, lui dit-il, un rendez-vous à
    Venise, etc.» (Voyez page 306.)

    Le texte actuel existe dès 1761. B.

    Candide fut très content d’une actrice qui fesait la reine Élizabeth,
    dans une assez plate tragédie[5], que l’on joue quelquefois. Cette
    actrice, dit-il à Martin, me plaît beaucoup; elle a un faux air de
    mademoiselle Cunégonde; je serais bien aise de la saluer. L’abbé
    périgourdin s’offrit à l’introduire chez elle. Candide, élevé en
    Allemagne, demanda quelle était l’étiquette, et comment on traitait en
    France les reines d’Angleterre. Il faut distinguer, dit l’abbé: en
    province, on les mène au cabaret; à Paris, on les respecte quand elles
    sont belles, et on les jette à la voirie quand elles sont mortes. Des
    reines à la voirie! dit Candide. Oui vraiment, dit Martin; monsieur
    l’abbé a raison; j’étais à Paris quand mademoiselle Monime[6] passa,
    comme on dit, de cette vie à l’autre; on lui refusa, ce que ces gens-ci
    appellent les _honneurs de la sépulture_, c’est-à-dire de pourrir avec
    tous les gueux du quartier dans un vilain cimetière; elle fut enterrée
    toute seule de sa bande au coin de la rue de Bourgogne; ce qui dut lui
    faire une peine extrême, car elle pensait très noblement. Cela est bien
    impoli, dit Candide. Que voulez-vous? dit Martin; ces gens-ci sont
    ainsi faits. Imaginez toutes les contradictions, toutes les
    incompatibilités possibles, vous les verrez dans le gouvernement, dans
    les tribunaux, dans les églises, dans les spectacles de cette drôle de
    nation. Est-il vrai qu’on rit toujours à Paris? dit Candide. Oui, dit
    l’abbé, mais c’est en enrageant; car on s’y plaint de tout avec de
    grands éclats de rire; même[7] on y fait en riant les actions les plus
    détestables.

    [5] C’est probablement _le Comte d’Essex_, tragédie de Thomas
    Corneille. (Note de M. Decroix.)

    [6] Mademoiselle Lecouvreur.—Sur le refus de sépulture à mademoiselle
    Lecouvreur, en 1730, voyez, tome XII, la pièce intitulée: _La Mort de
    mademoiselle Lecouvreur_. B.

    [7] Feu Decroix proposait, au lieu de _même_, de mettre ici _comme_. Je
    n’ai trouvé cette version dans aucune édition. B.

    Quel est, dit Candide, ce gros cochon qui me disait tant de mal de la
    pièce où j’ai tant pleuré, et des acteurs qui m’ont fait tant de
    plaisir? C’est un mal-vivant, répondit l’abbé, qui gagne sa vie à dire
    du mal de toutes les pièces et de tous les livres; il hait quiconque
    réussit, comme les eunuques haïssent les jouissants; c’est un de ces
    serpents de la littérature qui se nourrissent de fange et de venin;
    c’est un folliculaire. Qu’appelez-vous folliculaire? dit Candide.
    C’est, dit l’abbé, un feseur de feuilles, un Fréron.

    C’est ainsi que Candide, Martin, et le Périgourdin, raisonnaient sur
    l’escalier, en voyant défiler le monde au sortir de la pièce. Quoique
    je sois très empressé de revoir mademoiselle Cunégonde, dit Candide, je
    voudrais pourtant souper avec mademoiselle Clairon, car elle m’a paru
    admirable.

    L’abbé n’était pas homme à approcher de mademoiselle Clairon, qui ne
    voyait que bonne compagnie. Elle est engagée pour ce soir, dit-il; mais
    j’aurai l’honneur de vous mener chez une dame de qualité, et là vous
    connaîtrez Paris comme si vous y aviez été quatre ans.

    Candide, qui était naturellement curieux, se laissa mener chez la dame,
    au fond du faubourg Saint-Honoré; on y était occupé d’un pharaon; douze
    tristes pontes tenaient chacun en main un petit livre de cartes,
    registre cornu de leurs infortunes. Un profond silence régnait, la
    pâleur était sur le front des pontes, l’inquiétude sur celui du
    banquier; et la dame du logis, assise auprès de ce banquier
    impitoyable, remarquait avec des yeux de lynx tous les parolis, tous
    les sept-et-le-va de campagne, dont chaque joueur cornait ses cartes;
    elle les fesait décorner avec une attention sévère, mais polie, et ne
    se fâchait point, de peur de perdre ses pratiques. La dame se fesait
    appeler la marquise de Parolignac. Sa fille, âgée de quinze ans, était
    au nombre des pontes, et avertissait d’un clin d’oeil des friponneries
    de ces pauvres gens qui tâchaient de réparer les cruautés du sort.
    L’abbé périgourdin, Candide, et Martin, entrèrent; personne ne se leva,
    ni les salua, ni les regarda; tous étaient profondément occupés de
    leurs cartes. Madame la baronne de Thunder-ten-tronckh était plus
    civile, dit Candide.

    Cependant l’abbé s’approcha de l’oreille de la marquise, qui se leva à
    moitié, honora Candide d’un sourire gracieux, et Martin d’un air de
    tête tout-à-fait noble; elle fit donner un siège et un jeu de cartes à
    Candide, qui perdit cinquante mille francs en deux tailles: après quoi
    on soupa très gaiement; et tout le monde était étonné que Candide ne
    fût pas ému de sa perte; les laquais disaient entre eux, dans leur
    langage de laquais: Il faut que ce soit quelque milord anglais. Le
    souper fut comme la plupart des soupers de Paris, d’abord du silence,
    ensuite un bruit de paroles qu’on ne distingue point, puis des
    plaisanteries dont la plupart sont insipides, de fausses nouvelles, de
    mauvais raisonnements, un peu de politique, et beaucoup de médisance;
    on parla même de livres nouveaux. Avez-vous vu, dit l’abbé périgourdin,
    le roman du sieur Gauchat, docteur en théologie? Oui, répondit un des
    convives, mais je n’ai pu l’achever. Nous avons une foule d’écrits
    impertinents; mais tous ensemble n’approchent pas de l’impertinence de
    Gauchat, docteur en théologie[8]; je suis si rassasié de cette
    immensité de détestables livres qui nous inondent, que je me suis mis à
    ponter au pharaon. Et les _Mélanges_ de l’archidiacre Trublet, qu’en
    dites-vous? dit l’abbé. Ah! dit madame de Parolignac, l’ennuyeux
    mortel! comme il vous dit curieusement ce que tout le monde sait! comme
    il discute pesamment ce qui ne vaut pas la peine d’être remarqué
    légèrement! comme il s’approprie, sans esprit, l’esprit des autres!
    comme il gâte ce qu’il pille! comme il me dégoûte! mais il ne me
    dégoûtera plus; c’est assez d’avoir lu quelques pages de l’archidiacre.

    [8] Il fesait un mauvais ouvrage intitulé: _Lettres sur quelques écrits
    de ce temps_. On lui donna une abbaye, et il fut plus richement
    récompensé que s’il avait fait _L’Esprit des Lois_, et résolu le
    problème de la précession des équinoxes. K.—C’est D’Alembert qui a
    résolu le problème de la précession des équinoxes: voyez, tome XXI, la
    note des éditeurs sur le chapitre XLIII du _Précis du Siècle de Louis
    XV_. B.

    Il y avait à table un homme savant et de goût qui appuya ce que disait
    la marquise. On parla ensuite de tragédies; la dame demanda pourquoi il
    y avait des tragédies qu’on jouait quelquefois, et qu’on ne pouvait
    lire. L’homme de goût expliqua très bien comment une pièce pouvait
    avoir quelque intérêt, et n’avoir presque aucun mérite; il prouva en
    peu de mots que ce n’était pas assez d’amener une ou deux de ces
    situations qu’on trouve dans tous les romans, et qui séduisent toujours
    les spectateurs; mais qu’il faut être neuf sans être bizarre, souvent
    sublime et toujours naturel, connaître le coeur humain et le faire
    parler; être grand poëte, sans que jamais aucun personnage de la pièce
    paraisse poëte; savoir parfaitement sa langue, la parler avec pureté,
    avec une harmonie continue, sans que jamais la rime coûte rien au sens.
    Quiconque, ajouta-t-il, n’observe pas toutes ces règles, peut faire une
    ou deux tragédies applaudies au théâtre, mais il ne sera jamais compté
    au rang des bons écrivains; il y a très peu de bonnes tragédies: les
    unes sont des idylles en dialogues bien écrits et bien rimés; les
    autres, des raisonnements politiques qui endorment, ou des
    amplifications qui rebutent; les autres, des rêves d’énergumène, en
    style barbare, des propos interrompus, de longues apostrophes aux
    dieux, parcequ’on ne sait point parler aux hommes, des maximes fausses,
    des lieux communs ampoulés.

    Candide écouta ce propos avec attention, et conçut une grande idée du
    discoureur; et, comme la marquise avait eu soin de le placer à côté
    d’elle, il s’approcha de son oreille, et prit la liberté de lui
    demander qui était cet homme qui parlait si bien. C’est un savant, dit
    la dame, qui ne ponte point, et que l’abbé m’amène quelquefois à
    souper; il se connaît parfaitement en tragédies et en livres, et il a
    fait une tragédie sifflée, et un livre dont on n’a jamais vu hors de la
    boutique de son libraire qu’un exemplaire qu’il m’a dédié. Le grand
    homme! dit Candide, c’est un autre Pangloss.

    Alors se tournant vers lui, il lui dit: Monsieur, vous pensez, sans
    doute, que tout est au mieux dans le monde physique et dans le moral,
    et que rien ne pouvait être autrement? Moi, monsieur, lui répondit le
    savant, je ne pense rien de tout cela; je trouve que tout va de travers
    chez nous; que personne ne sait ni quel est son rang, ni quelle est sa
    charge, ni ce qu’il fait, ni ce qu’il doit faire, et qu’excepté le
    souper, qui est assez gai, et où il paraît assez d’union, tout le reste
    du temps se passe en querelles impertinentes; jansénistes contre
    molinistes, gens du parlement contre gens d’église, gens de lettres
    contre gens de lettres, courtisans contre courtisans, financiers contre
    le peuple, femmes contre maris, parents contre parents; c’est une
    guerre éternelle.

    Candide lui répliqua: J’ai vu pis; mais un sage, qui depuis a eu le
    malheur d’être pendu, m’apprit que tout cela est à merveille; ce sont
    des ombres à un beau tableau. Votre pendu se moquait du monde, dit
    Martin; vos ombres sont des taches horribles. Ce sont les hommes qui
    font les taches, dit Candide, et ils ne peuvent pas s’en dispenser. Ce
    n’est donc pas leur faute, dit Martin. La plupart des pontes, qui
    n’entendaient rien à ce langage, buvaient; et Martin raisonna avec le
    savant, et Candide raconta une partie de ses aventures à la dame du
    logis.

    Après souper, la marquise mena Candide dans son cabinet, et le fit
    asseoir sur un canapé. Eh bien! lui dit-elle, vous aimez donc toujours
    éperdument mademoiselle Cunégonde de Thunder-ten-tronckh? Oui, madame,
    répondit Candide. La marquise lui répliqua avec un souris tendre: Vous
    me répondez comme un jeune homme de Vestphalie; un Français m’aurait
    dit: Il est vrai que j’ai aimé mademoiselle Cunégonde; mais en vous
    voyant, madame, je crains de ne la plus aimer. Hélas! madame, dit
    Candide, je répondrai comme vous voudrez. Votre passion pour elle, dit
    la marquise, a commencé en ramassant son mouchoir; je veux que vous
    ramassiez ma jarretière. De tout mon coeur, dit Candide; et il la
    ramassa. Mais je veux que vous me la remettiez, dit la dame; et Candide
    la lui remit. Voyez-vous, dit la dame, vous êtes étranger; je fais
    quelquefois languir mes amants de Paris quinze jours, mais je me rends
    à vous dès la première nuit, parcequ’il faut faire les honneurs de son
    pays à un jeune homme de Vestphalie. La belle ayant aperçu deux énormes
    diamants aux deux mains de son jeune étranger, les loua de si bonne
    foi, que des doigts de Candide ils passèrent aux doigts de la marquise.

    Candide, en s’en retournant avec son abbé périgourdin, sentit quelques
    remords d’avoir fait une infidélité à mademoiselle Cunégonde. M. l’abbé
    entra dans sa peine; il n’avait qu’une légère part aux cinquante mille
    livres perdues au jeu par Candide, et à la valeur des deux brillants
    moitié donnés, moitié extorqués. Son dessein était de profiter, autant
    qu’il le pourrait, des avantages que la connaissance de Candide pouvait
    lui procurer. Il lui parla beaucoup de Cunégonde; et Candide lui dit
    qu’il demanderait bien pardon à cette belle de son infidélité, quand il
    la verrait à Venise.

    Le Périgourdin redoublait de politesses et d’attentions, et prenait un
    intérêt tendre à tout ce que Candide disait, à tout ce qu’il fesait, à
    tout ce qu’il voulait faire.

    Vous avez donc, monsieur, lui dit-il, un rendez-vous à Venise? Oui,
    monsieur l’abbé, dit Candide; il faut absolument que j’aille trouver
    mademoiselle Cunégonde. Alors, engagé par le plaisir de parler de ce
    qu’il aimait, il conta, selon son usage, une partie de ses aventures
    avec cette illustre Vestphalienne.

    Je crois, dit l’abbé, que mademoiselle Cunégonde a bien de l’esprit, et
    qu’elle écrit des lettres charmantes. Je n’en ai jamais reçu, dit
    Candide; car, figurez-vous qu’ayant été chassé du château pour l’amour
    d’elle, je ne pus lui écrire; que bientôt après j’appris qu’elle était
    morte, qu’ensuite je la retrouvai, et que je la perdis, et que je lui
    ai envoyé à deux mille cinq cents lieues d’ici un exprès dont j’attends
    la réponse.

    L’abbé écoutait attentivement, et paraissait un peu rêveur. Il prit
    bientôt congé des deux étrangers, après les avoir tendrement embrassés.
    Le lendemain Candide reçut à son réveil une lettre conçue en ces
    termes:

    «Monsieur mon très cher amant, il y a huit jours que je suis malade en
    cette ville; j’apprends que vous y êtes. Je volerais dans vos bras si
    je pouvais remuer. J’ai su votre passage à Bordeaux; j’y ai laissé le
    fidèle Cacambo et la vieille, qui doivent bientôt me suivre. Le
    gouverneur de Buénos-Ayres a tout pris, mais il me reste votre coeur.
    Venez; votre présence me rendra la vie ou me fera mourir de plaisir.»

    Cette lettre charmante, cette lettre inespérée, transporta Candide
    d’une joie inexprimable; et la maladie de sa chère Cunégonde l’accabla
    de douleur. Partagé entre ces deux sentiments, il prend son or et ses
    diamants, et se fait conduire avec Martin à l’hôtel où mademoiselle
    Cunégonde demeurait. Il entre en tremblant d’émotion, son coeur
    palpite, sa voix sanglote; il veut ouvrir les rideaux du lit; il veut
    faire apporter de la lumière. Gardez-vous-en bien, lui dit la suivante;
    la lumière la tue; et soudain elle referme le rideau. Ma chère
    Cunégonde, dit Candide en pleurant, comment vous portez-vous? si vous
    ne pouvez me voir, parlez-moi du moins. Elle ne peut parler, dit la
    suivante, la dame alors tire du lit une main potelée que Candide arrose
    long-temps de ses larmes, et qu’il remplit ensuite de diamants, en
    laissant un sac plein d’or sur le fauteuil.

    Au milieu de ses transports arrive un exempt suivi de l’abbé
    périgourdin et d’une escouade. Voilà donc, dit-il, ces deux étrangers
    suspects? Il les fait incontinent saisir, et ordonne à ses braves de
    les traîner en prison. Ce n’est pas ainsi qu’on traite les voyageurs
    dans Eldorado, dit Candide. Je suis plus manichéen que jamais, dit
    Martin. Mais, monsieur, où nous menez-vous? dit Candide. Dans un cul de
    basse-fosse, dit l’exempt.

    Martin, ayant repris son sang froid, jugea que la dame qui se
    prétendait Cunégonde était une friponne, monsieur l’abbé périgourdin un
    fripon, qui avait abusé au plus vite de l’innocence de Candide, et
    l’exempt un autre fripon dont on pouvait aisément se débarrasser.

    Plutôt que de s’exposer aux procédures de la justice, Candide, éclairé
    par son conseil, et d’ailleurs toujours impatient de revoir la
    véritable Cunégonde, propose à l’exempt trois petits diamants d’environ
    trois mille pistoles chacun. Ah! monsieur, lui dit l’homme au bâton
    d’ivoire, eussiez-vous commis tous les crimes imaginables, vous êtes le
    plus honnête homme du monde; trois diamants! chacun de trois mille
    pistoles! Monsieur! je me ferais tuer pour vous, au lieu de vous mener
    dans un cachot. On arrête tous les étrangers, mais laissez-moi faire;
    j’ai un frère à Dieppe en Normandie; je vais vous y mener; et si vous
    avez quelque diamant à lui donner, il aura soin de vous comme moi-même.

    Et pourquoi arrête-t-on tous les étrangers? dit Candide. L’abbé
    périgourdin prit alors la parole, et dit: C’est parcequ’un gueux du
    pays d’Atrébatie[9] a entendu dire des sottises; cela seul lui a fait
    commettre un parricide, non pas tel que celui de 1610 au mois de
    mai[10], mais tel que celui de 1594 au mois de décembre[11], et tel que
    plusieurs autres commis dans d’autres années et dans d’autres mois par
    d’autres gueux qui avaient entendu dire des sottises.

    [9] Artois. Damiens était né à Arras, capitale de l’Artois. K.
    —L’attentat de Damiens est du 5 janvier 1757: voyez, tome XXI, le
    chapitre XXXVII du _Précis du Siècle de Louis XV_; et tome XXII, page
    339. B.

    [10] Le 14 mai 1610 est le jour de l’assassinat de Henri IV par
    Ravaillac: voyez tome XVIII, page 152. B.

    [11] Le 27 décembre 1594, Jean Châtel, élève des jésuites, donna un
    coup de couteau à Henri IV: voyez tome XVIII, page 147. B.

    L’exempt alors expliqua de quoi il s’agissait. Ah! les monstres!
    s’écria Candide; quoi! de telles horreurs chez un peuple qui danse et
    qui chante! Ne pourrai-je sortir au plus vite de ce pays où des singes
    agacent des tigres? J’ai vu des ours dans mon pays; je n’ai vu des
    hommes que dans le Dorado. Au nom de Dieu, monsieur l’exempt, menez-moi
    à Venise, où je dois attendre mademoiselle Cunégonde. Je ne peux vous
    mener qu’en Basse-Normandie, dit le barigel[12]. Aussitôt il lui fait
    ôter ses fers, dit qu’il s’est mépris, renvoie ses gens, emmène à
    Dieppe Candide et Martin, et les laisse entre les mains de son frère.
    Il y avait un petit vaisseau hollandais à la rade. Le Normand, à l’aide
    de trois autres diamants, devenu le plus serviable des hommes, embarque
    Candide et ses gens dans le vaisseau qui allait faire voile pour
    Portsmouth en Angleterre. Ce n’était pas le chemin de Venise; mais
    Candide croyait être délivré de l’enfer; et il comptait bien reprendre
    la route de Venise à la première occasion.

    [12] Chef de sbires. B.

    CHAPITRE XXIII.
    Candide et Martin vont sur les côtes d’Angleterre; ce qu’ils y voient.

    Ah! Pangloss! Pangloss! Ah! Martin! Martin! Ah! ma chère Cunégonde!
    qu’est-ce que ce monde-ci? disait Candide sur le vaisseau hollandais.
    Quelque chose de bien fou et de bien abominable, répondait Martin.—Vous
    connaissez l’Angleterre; y est-on aussi fou qu’en France? C’est une
    autre espèce de folie, dit Martin. Vous savez que ces deux nations sont
    en guerre pour quelques arpents de neige vers le Canada[1], et qu’elles
    dépensent pour cette belle guerre beaucoup plus que tout le Canada ne
    vaut. De vous dire précisément s’il y a plus de gens à lier dans un
    pays que dans un autre, c’est ce que mes faibles lumières ne me
    permettent pas; je sais seulement qu’en général les gens que nous
    allons voir sont fort atrabilaires.

    [1] Voyez, tome XXI, _Le précis du Siècle de Louis XV_, chapitre XXXV.
    B.

    En causant ainsi ils abordèrent à Portsmouth; une multitude de peuple
    couvrait le rivage, et regardait attentivement un assez gros homme qui
    était à genoux, les yeux bandés, sur le tillac d’un des vaisseaux de la
    flotte; quatre soldats, postés vis-à-vis de cet homme, lui tirèrent
    chacun trois balles dans le crâne, le plus paisiblement du monde; et
    toute l’assemblée s’en retourna extrêmement satisfaite[2]. Qu’est-ce
    donc que tout ceci? dit Candide; et quel démon exerce partout son
    empire? Il demanda qui était ce gros homme qu’on venait de tuer en
    cérémonie. C’est un amiral, lui répondit-on. Et pourquoi tuer cet
    amiral? C’est, lui dit-on, parcequ’il n’a pas fait tuer assez de monde;
    il a livré un combat à un amiral français, et on a trouvé qu’il n’était
    pas assez près de lui. Mais, dit Candide, l’amiral français était aussi
    loin de l’amiral anglais que celui-ci l’était de l’autre! Cela est
    incontestable, lui répliqua-t-on; mais dans ce pays-ci il est bon de
    tuer de temps en temps un amiral pour encourager les autres.

    [2] L’amiral Byng. M. de Voltaire ne le connaissait pas, et fit des
    efforts pour le sauver. Il n’abhorrait pas moins les atrocités
    politiques que les atrocités théologiques; et il savait que Byng était
    une victime que les ministres anglais sacrifiaient à l’ambition de
    garder leurs places. K.—L’amiral Byng fut exécuté le 14 mars 1757:
    voyez, tome XXI, le chapitre XXXI du _Précis du Siècle de Louis XV_. B.

    Candide fut si étourdi et si choqué de ce qu’il voyait et de ce qu’il
    entendait, qu’il ne voulut pas seulement mettre pied à terre, et qu’il
    fit son marché avec le patron hollandais (dût-il le voler comme celui
    de Surinam), pour le conduire sans délai à Venise.

    Le patron fut prêt au bout de deux jours. On côtoya la France; on passa
    à la vue de Lisbonne, et Candide frémit. On entra dans le détroit et
    dans la Méditerranée, enfin on aborda à Venise. Dieu soit loué! dit
    Candide, en embrassant Martin; c’est ici que je reverrai la belle
    Cunégonde. Je compte sur Cacambo comme sur moi-même. Tout est bien,
    tout va bien, tout va le mieux qu’il soit possible.

    CHAPITRE XXIV.
    De Paquette, et de frère Giroflée.

    Dès qu’il fut à Venise, il fit chercher Cacambo dans tous les cabarets,
    dans tous les cafés, chez toutes les filles de joie, et ne le trouva
    point. Il envoyait tous les jours à la découverte de tous les vaisseaux
    et de toutes les barques: nulles nouvelles de Cacambo. Quoi! disait-il
    à Martin, j’ai eu le temps de passer de Surinam à Bordeaux, d’aller de
    Bordeaux à Paris, de Paris à Dieppe, de Dieppe à Portsmouth, de côtoyer
    le Portugal et l’Espagne, de traverser toute la Méditerranée, de passer
    quelques mois à Venise; et la belle Cunégonde n’est point venue! Je
    n’ai rencontré au lieu d’elle qu’une drôlesse et un abbé périgourdin!
    Cunégonde est morte, sans doute; je n’ai plus qu’à mourir. Ah! il
    valait mieux rester dans le paradis du Dorado que de revenir dans cette
    maudite Europe. Que vous avez raison, mon cher Martin! tout n’est
    qu’illusion et calamité.

    Il tomba dans une mélancolie noire, et ne prit aucune part à l’opéra
    _alla moda_, ni aux autres divertissements du carnaval; pas une dame ne
    lui donna la moindre tentation. Martin lui dit: Vous êtes bien simple,
    en vérité, de vous figurer qu’un valet métis, qui a cinq ou six
    millions dans ses poches, ira chercher votre maîtresse au bout du
    monde, et vous l’amènera à Venise. Il la prendra pour lui, s’il la
    trouve; s’il ne la trouve pas, il en prendra une autre: je vous
    conseille d’oublier votre valet Cacambo et votre maîtresse Cunégonde.
    Martin n’était pas consolant. La mélancolie de Candide augmenta, et
    Martin ne cessait de lui prouver qu’il y avait peu de vertu et peu de
    bonheur sur la terre; excepté peut-être dans Eldorado[1], où personne
    ne pouvait aller.

    [1] Voyez chapitre XVIII. B.

    En disputant sur cette matière importante, et en attendant Cunégonde,
    Candide aperçut un jeune théatin dans la place Saint-Marc, qui tenait
    sous le bras une fille. Le théatin paraissait frais, potelé, vigoureux;
    ses yeux étaient brillants, son air assuré, sa mine haute, sa démarche
    fière. La fille était très jolie, et chantait; elle regardait
    amoureusement son théatin, et de temps en temps lui pinçait ses grosses
    joues. Vous m’avouerez du moins, dit Candide à Martin, que ces gens-ci
    sont heureux. Je n’ai trouvé jusqu’à présent dans toute la terre
    habitable, excepté dans Eldorado, que des infortunés; mais pour cette
    fille et ce théatin, je gage que ce sont des créatures très heureuses.
    Je gage que non, dit Martin. Il n’y a qu’à les prier à dîner, dit
    Candide, et vous verrez si je me trompe.

    Aussitôt il les aborde, il leur fait son compliment, et les invite à
    venir à son hôtellerie manger des macaronis, des perdrix de Lombardie,
    des oeufs d’esturgeon, et à boire du vin de Montepulciano, du
    lacryma-christi, du chypre, et du samos. La demoiselle rougit, le
    théatin accepta la partie, et la fille le suivit en regardant Candide
    avec des yeux de surprise et de confusion, qui furent obscurcis de
    quelques larmes. A peine fut-elle entrée dans la chambre de Candide,
    qu’elle lui dit: Eh quoi! monsieur Candide ne reconnaît plus Paquette!
    A ces mots Candide, qui ne l’avait pas considérée jusque-là avec
    attention, parcequ’il n’était occupé que de Cunégonde, lui dit: Hélas!
    ma pauvre enfant, c’est donc vous qui avez mis le docteur Pangloss dans
    le bel état où je l’ai vu?

    Hélas! monsieur, c’est moi-même, dit Paquette; je vois que vous êtes
    instruit de tout. J’ai su les malheurs épouvantables arrivés à toute la
    maison de madame la baronne et à la belle Cunégonde. Je vous jure que
    ma destinée n’a guère été moins triste. J’étais fort innocente quand
    vous m’avez vue. Un cordelier, qui était mon confesseur, me séduisit
    aisément. Les suites en furent affreuses; je fus obligée de sortir du
    château quelque temps après que M. le baron vous eut renvoyé à grands
    coups de pied dans le derrière. Si un fameux médecin n’avait pas pris
    pitié de moi, j’étais morte. Je fus quelque temps par reconnaissance la
    maîtresse de ce médecin. Sa femme, qui était jalouse à la rage, me
    battait tous les jours impitoyablement; c’était une furie. Ce médecin
    était le plus laid de tous les hommes, et moi la plus malheureuse de
    toutes les créatures d’être battue continuellement pour un homme que je
    n’aimais pas. Vous savez, monsieur, combien il est dangereux pour une
    femme acariâtre d’être l’épouse d’un médecin. Celui-ci, outré des
    procédés de sa femme, lui donna un jour, pour la guérir d’un petit
    rhume, une médecine si efficace, qu’elle en mourut en deux heures de
    temps dans des convulsions horribles. Les parents de madame intentèrent
    à monsieur un procès criminel; il prit la fuite, et moi je fus mise en
    prison. Mon innocence ne m’aurait pas sauvée, si je n’avais été un peu
    jolie. Le juge m’élargit à condition qu’il succéderait au médecin. Je
    fus bientôt supplantée par une rivale, chassée sans récompense, et
    obligée de continuer ce métier abominable qui vous paraît si plaisant à
    vous autres hommes, et qui n’est pour nous qu’un abîme de misère.
    J’allai exercer la profession à Venise. Ah! monsieur, si vous pouviez
    vous imaginer ce que c’est que d’être obligée de caresser
    indifféremment un vieux marchand, un avocat, un moine, un gondolier, un
    abbé; d’être exposée à toutes les insultes, à toutes les avanies;
    d’être souvent réduite à emprunter une jupe pour aller se la faire
    lever par un homme dégoûtant; d’être volée par l’un de ce qu’on a gagné
    avec l’autre; d’être rançonnée par les officiers de justice, et de
    n’avoir en perspective qu’une vieillesse affreuse, un hôpital, et un
    fumier, vous concluriez que je suis une des plus malheureuses créatures
    du monde.

    Paquette ouvrait ainsi son coeur au bon Candide, dans un cabinet, en
    présence de Martin, qui disait à Candide: Vous voyez que j’ai déjà
    gagné la moitié de la gageure.

    Frère Giroflée était resté dans la salle à manger, et buvait un coup en
    attendant le dîner. Mais, dit Candide à Paquette, vous aviez l’air si
    gai, si content, quand je vous ai rencontrée; vous chantiez, vous
    caressiez le théatin avec une complaisance naturelle; vous m’avez paru
    aussi heureuse que vous prétendez être infortunée. Ah! monsieur,
    répondit Paquette, c’est encore là une des misères du métier. J’ai été
    hier volée et battue par un officier, et il faut aujourd’hui que je
    paraisse de bonne humeur pour plaire à un moine.

    Candide n’en voulut pas davantage; il avoua que Martin avait raison. On
    se mit à table avec Paquette et le théatin; le repas fut assez amusant,
    et sur la fin on se parla avec quelque confiance. Mon père, dit Candide
    au moine, vous me paraissez jouir d’une destinée que tout le monde doit
    envier; la fleur de la santé brille sur votre visage, votre physionomie
    annonce le bonheur; vous avez une très jolie fille pour votre
    récréation, et vous paraissez très content de votre état de théatin.

    Ma foi, monsieur, dit frère Giroflée, je voudrais que tous les théatins
    fussent au fond de la mer. J’ai été tenté cent fois de mettre le feu au
    couvent, et d’aller me faire turc. Mes parents me forcèrent, à l’âge de
    quinze ans, d’endosser cette détestable robe, pour laisser plus de
    fortune à un maudit frère aîné, que Dieu confonde! La jalousie, la
    discorde, la rage, habitent dans le couvent. Il est vrai que j’ai
    prêché quelques mauvais sermons qui m’ont valu un peu d’argent dont le
    prieur me vole la moitié; le reste me sert à entretenir des filles:
    mais quand je rentre le soir dans le monastère, je suis prêt à me
    casser la tête contre les murs du dortoir; et tous mes confrères sont
    dans le même cas.

    Martin se tournant vers Candide avec son sang froid ordinaire: Eh bien!
    lui dit-il, n’ai-je pas gagné la gageure tout entière? Candide donna
    deux mille piastres à Paquette, et mille piastres à frère Giroflée. Je
    vous réponds, dit-il, qu’avec cela ils seront heureux. Je n’en crois
    rien du tout, dit Martin; vous les rendrez peut-être avec ces piastres
    beaucoup plus malheureux encore. Il en sera ce qui pourra, dit Candide:
    mais une chose me console, je vois qu’on retrouve souvent les gens
    qu’on ne croyait jamais retrouver; il se pourra bien faire qu’ayant
    rencontré mon mouton rouge et Paquette, je rencontre aussi Cunégonde.
    Je souhaite, dit Martin, qu’elle fasse un jour votre bonheur; mais
    c’est de quoi je doute fort. Vous êtes bien dur, dit Candide. C’est que
    j’ai vécu, dit Martin. Mais regardez ces gondoliers, dit Candide: ne
    chantent-ils pas sans cesse? Vous ne les voyez pas dans leur ménage,
    avec leurs femmes et leurs marmots d’enfants, dit Martin. Le doge a ses
    chagrins, les gondoliers ont les leurs. Il est vrai qu’à tout prendre
    le sort d’un gondolier est préférable à celui d’un doge; mais je crois
    la différence si médiocre, que cela ne vaut pas la peine d’être
    examiné.

    On parle, dit Candide, du sénateur Pococurante, qui demeure dans ce
    beau palais sur la Brenta, et qui reçoit assez bien les étrangers. On
    prétend que c’est un homme qui n’a jamais eu de chagrin. Je voudrais
    voir une espèce si rare, dit Martin. Candide aussitôt fit demander au
    seigneur Pococurante la permission de venir le voir le lendemain.

    CHAPITRE XXV.
    Visite chez le seigneur Pococurante, noble vénitien.

    Candide et Martin allèrent en gondole sur la Brenta, et arrivèrent au
    palais du noble Pococurante. Les jardins étaient bien entendus, et
    ornés de belles statues de marbre; le palais d’une belle architecture.
    Le maître du logis, homme de soixante ans, fort riche, reçut très
    poliment les deux curieux, mais avec très peu d’empressement, ce qui
    déconcerta Candide, et ne déplut point à Martin.

    D’abord deux filles jolies et proprement mises servirent du chocolat,
    qu’elles firent très bien mousser. Candide ne put s’empêcher de les
    louer sur leur beauté, sur leur bonne grâce, et sur leur adresse. Ce
    sont d’assez bonnes créatures, dit le sénateur Pococurante; je les fais
    quelquefois coucher dans mon lit; car je suis bien las des dames de la
    ville, de leurs coquetteries, de leurs jalousies, de leurs querelles,
    de leurs humeurs, de leurs petitesses, de leur orgueil, de leurs
    sottises, et des sonnets qu’il faut faire ou commander pour elles;
    mais, après tout, ces deux filles commencent fort à m’ennuyer.

    Candide, après le déjeuner, se promenant dans une longue galerie, fut
    surpris de la beauté des tableaux. Il demanda de quel maître étaient
    les deux premiers. Ils sont de Raphaël, dit le sénateur; je les achetai
    fort cher par vanité, il y a quelques années; on dit que c’est ce qu’il
    y a de plus beau en Italie, mais ils ne me plaisent point du tout: la
    couleur en est très rembrunie, les figures ne sont pas assez arrondies,
    et ne sortent point assez; les draperies ne ressemblent en rien à une
    étoffe: en un mot, quoi qu’on en dise, je ne trouve point là une
    imitation vraie de la nature. Je n’aimerai un tableau que quand je
    croirai voir la nature elle-même: il n’y en a point de cette espèce.
    J’ai beaucoup de tableaux, mais je ne les regarde plus.

    Pococurante, en attendant le dîner, se fit donner un concerto. Candide
    trouva la musique délicieuse. Ce bruit, dit Pococurante, peut amuser
    une demi-heure; mais s’il dure plus long-temps, il fatigue tout le
    monde, quoique personne n’ose l’avouer. La musique aujourd’hui n’est
    plus que l’art d’exécuter des choses difficiles, et ce qui n’est que
    difficile ne plaît point à la longue.

    J’aimerais peut être mieux l’opéra, si on n’avait pas trouvé le secret
    d’en faire un monstre qui me révolte. Ira voir qui voudra de mauvaises
    tragédies en musique, où les scènes ne sont faites que pour amener très
    mal à propos deux ou trois chansons ridicules qui font valoir le gosier
    d’une actrice; se pâmera de plaisir qui voudra ou qui pourra, en voyant
    un châtré fredonner le rôle de César et de Caton, et se promener d’un
    air gauche sur des planches: pour moi, il y a long-temps que j’ai
    renoncé à ces pauvretés qui font aujourd’hui la gloire de l’Italie, et
    que des souverains paient si chèrement. Candide disputa un peu, mais
    avec discrétion. Martin fut entièrement de l’avis du sénateur.

    On se mit à table; et, après un excellent dîner, on entra dans la
    bibliothèque. Candide, en voyant un Homère magnifiquement relié, loua
    l’illustrissime sur son bon goût. Voilà, dit-il, un livre qui fesait
    les délices du grand Pangloss, le meilleur philosophe de l’Allemagne.
    Il ne fait pas les miennes, dit froidement Pococurante: on me fit
    accroire autrefois que j’avais du plaisir en le lisant; mais cette
    répétition continuelle de combats qui se ressemblent tous, ces dieux
    qui agissent toujours pour ne rien faire de décisif, cette Hélène qui
    est le sujet de la guerre, et qui à peine est une actrice de la pièce;
    cette Troie qu’on assiège et qu’on ne prend point; tout cela me causait
    le plus mortel ennui. J’ai demandé quelquefois à des savants s’ils
    s’ennuyaient autant que moi à cette lecture: tous les gens sincères
    m’ont avoué que le livre leur tombait des mains, mais qu’il fallait
    toujours l’avoir dans sa bibliothèque, comme un monument de
    l’antiquité, et comme ces médailles rouillées qui ne peuvent être de
    commerce.

    Votre excellence ne pense pas ainsi de Virgile? dit Candide. Je
    conviens, dit Pococurante, que le second, le quatrième, et le sixième
    livre de son Énéide, sont excellents; mais pour son pieux Énée, et le
    fort Cloanthe, et l’ami Achates, et le petit Ascanius, et l’imbécile
    roi Latinus, et la bourgeoise Amata, et l’insipide Lavinia, je ne crois
    pas qu’il y ait rien de si froid et de plus désagréable. J’aime mieux
    le Tasse et les contes à dormir debout de l’Arioste.

    Oserais-je vous demander, monsieur, dit Candide, si vous n’avez pas un
    grand plaisir à lire Horace? Il y a des maximes, dit Pococurante, dont
    un homme du monde peut faire son profit, et qui, étant resserrées dans
    des vers énergiques, se gravent plus aisément dans la mémoire: mais je
    me soucie fort peu de son voyage à Brindes, et de sa description d’un
    mauvais dîner, et de la querelle de crocheteurs entre je ne sais quel
    Pupilus[1] dont les paroles, dit-il, _étaient pleines de pus_, et un
    autre dont les paroles _étaient du vinaigre_[2]. Je n’ai lu qu’avec un
    extrême dégoût ses vers grossiers contre des vieilles et contre des
    sorcières; et je ne vois pas quel mérite il peut y avoir à dire à son
    ami Mecenas que, s’il est mis par lui au rang des poètes lyriques, il
    frappera les astres de son front sublime[3]. Les sots admirent tout
    dans un auteur estimé. Je ne lis que pour moi; je n’aime que ce qui est
    à mon usage. Candide, qui avait été élevé à ne jamais juger de rien par
    lui-même, était fort étonné de ce qu’il entendait; et Martin trouvait
    la façon de penser de Pococurante assez raisonnable.

    [1] Ce n’est pas Pupilus, mais Rupilius, que nomme Horace, livre Ier,
    satire VII, vers I:

    Rupili pus atque venenum. B.

    [2] _Italo perfusus aceto_, dit Horace, dans la même pièce, vers 32. B.

    [3] Horace, odes, I, I. B.

    Oh! voici un Cicéron, dit Candide: pour ce grand homme-là, je pense que
    vous ne vous lassez point de le lire. Je ne le lis jamais, répondit le
    Vénitien. Que m’importe qu’il ait plaidé pour Rabirius ou pour
    Cluentius? J’ai bien assez des procès que je juge; je me serais mieux
    accommodé de ses oeuvres philosophiques; mais quand j’ai vu qu’il
    doutait de tout, j’ai conclu que j’en savais autant que lui, et que je
    n’avais besoin de personne pour être ignorant.

    Ah! voilà quatre-vingts volumes de recueils d’une académie des
    sciences, s’écria Martin; il se peut qu’il y ait là du bon. Il y en
    aurait, dit Pococurante, si un seul des auteurs de ces fatras avait
    inventé seulement l’art de faire des épingles; mais il n’y a dans tous
    ces livres que de vains systèmes, et pas une seule chose utile.

    Que de pièces de théâtre je vois là, dit Candide, en italien, en
    espagnol, en français! Oui, dit le sénateur, il y en a trois mille, et
    pas trois douzaines de bonnes. Pour ces recueils de sermons, qui tous
    ensemble ne valent pas une page de Sénèque, et tous ces gros volumes de
    théologie, vous pensez bien que je ne les ouvre jamais, ni moi, ni
    personne.

    Martin aperçut des rayons chargés de livres anglais. Je crois, dit-il,
    qu’un républicain doit se plaire à la plupart de ces ouvrages écrits si
    librement. Oui, répondit Pococurante, il est beau d’écrire ce qu’on
    pense; c’est le privilège de l’homme. Dans toute notre Italie, on
    n’écrit que ce qu’on ne pense pas; ceux qui habitent la patrie des
    Césars et des Antonins n’osent avoir une idée sans la permission d’un
    jacobin. Je serais content de la liberté qui inspire les génies
    anglais, si la passion et l’esprit de parti ne corrompaient pas tout ce
    que cette précieuse liberté a d’estimable.

    Candide apercevant un Milton, lui demanda s’il ne regardait pas cet
    auteur comme un grand homme. Qui? dit Pococurante, ce barbare, qui fait
    un long commentaire du premier chapitre de la Genèse, en dix livres de
    vers durs? ce grossier imitateur des Grecs, qui défigure la création,
    et qui, tandis que Moïse représente l’Etre éternel produisant le monde
    par la parole, fait prendre un grand compas par le Messiah dans une
    armoire du ciel pour tracer son ouvrage? Moi, j’estimerais celui qui a
    gâté l’enfer et le diable du Tasse; qui déguise Lucifer tantôt en
    crapaud, tantôt en pygmée; qui lui fait rebattre cent fois les mêmes
    discours; qui le fait disputer sur la théologie; qui, en imitant
    sérieusement l’invention comique des armes à feu de l’Arioste, fait
    tirer le canon dans le ciel par les diables? Ni moi ni personne en
    Italie n’a pu se plaire à toutes ces tristes extravagances. Le _Mariage
    du Péché et de la Mort_, et les couleuvres dont le Péché accouche, font
    vomir tout homme qui a le goût un peu délicat; et sa longue description
    d’un hôpital n’est bonne que pour un fossoyeur. Ce poëme obscur,
    bizarre, et dégoûtant, fut méprisé à sa naissance; je le traite
    aujourd’hui comme il fut traité dans sa patrie par les
    contemporains[4]. Au reste je dis ce que je pense, et je me soucie fort
    peu que les autres pensent comme moi. Candide était affligé de ces
    discours; il respectait Homère, il aimait un peu Milton. Hélas! dit-il
    tout bas à Martin, j’ai bien peur que cet homme-ci n’ait un souverain
    mépris pour nos poètes allemands. Il n’y aurait pas grand mal à cela,
    dit Martin. Oh! quel homme supérieur! disait encore Candide entre ses
    dents, quel grand génie que ce Pococurante! rien ne peut lui plaire.

    [4] Voyez ce que Voltaire dit du _Paradis perdu_ de Milton, dans le
    chapitre IX de l’_ Essai sur la poésie épique_, imprimé dans le tome X,
    à la suite de la _Henriade_. B.

    Après avoir fait ainsi la revue de tous les livres, ils descendirent
    dans le jardin. Candide en loua toutes les beautés. Je ne sais rien de
    si mauvais goût, dit le maître; nous n’avons ici que des colifichets:
    mais je vais dès demain en faire planter un d’un dessin plus noble.

    Quand les deux curieux eurent pris congé de son excellence: Or çà, dit
    Candide à Martin, vous conviendrez que voilà le plus heureux de tous
    les hommes, car il est au-dessus de tout ce qu’il possède. Ne
    voyez-vous pas, dit Martin, qu’il est dégoûté de tout ce qu’il possède?
    Platon a dit, il y a long-temps, que les meilleurs estomacs ne sont pas
    ceux qui rebutent tous les aliments. Mais, dit Candide, n’y a-t-il pas
    du plaisir à tout critiquer, à sentir des défauts où les autres hommes
    croient voir des beautés? C’est-à-dire, reprit Martin, qu’il y a du
    plaisir à n’avoir pas de plaisir? Oh bien! dit Candide, il n’y a donc
    d’heureux que moi, quand je reverrai mademoiselle Cunégonde. C’est
    toujours bien fait d’espérer, dit Martin.

    Cependant les jours, les semaines, s’écoulaient; Cacambo ne revenait
    point, et Candide était si abîmé dans sa douleur, qu’il ne fit pas même
    réflexion que Paquette et frère Giroflée n’étaient pas venus seulement
    le remercier.

    CHAPITRE XXVI.
    D’un souper que Candide et Martin firent avec six étrangers, et qui ils
    étaient.

    Un soir que Candide, suivi de Martin, allait se mettre à table avec les
    étrangers qui logeaient dans la même hôtellerie, un homme à visage
    couleur de suie l’aborda par derrière, et, le prenant par le bras, lui
    dit: Soyez prêt à partir avec nous, n’y manquez pas. Il se retourne, et
    voit Cacambo. Il n’y avait que la vue de Cunégonde qui pût l’étonner et
    lui plaire davantage. Il fut sur le point de devenir fou de joie. Il
    embrasse son cher ami. Cunégonde est ici, sans doute? où est-elle?
    Mène-moi vers elle, que je meure de joie avec elle. Cunégonde n’est
    point ici, dit Cacambo, elle est à Constantinople. Ah ciel! à
    Constantinople! mais fût-elle à la Chine, j’y vole, partons. Nous
    partirons après souper, reprit Cacambo; je ne peux vous en dire
    davantage; je suis esclave, mon maître m’attend; il faut que j’aille le
    servir à table: ne dites mot, soupez, et tenez-vous prêt.

    Candide, partagé entre la joie et la douleur, charmé d’avoir revu son
    agent fidèle, étonné de le voir esclave, plein de l’idée de retrouver
    sa maîtresse, le coeur agité, l’esprit bouleversé, se mit à table avec
    Martin, qui voyait de sang froid toutes ces aventures, et avec six
    étrangers, qui étaient venus passer le carnaval à Venise.

    Cacambo, qui versait à boire à l’un de ces six étrangers, s’approcha de
    l’oreille de son maître, sur la fin du repas, et lui dit: Sire, votre
    majesté partira quand elle voudra, le vaisseau est prêt. Ayant dit ces
    mots, il sortit. Les convives étonnés se regardaient sans proférer une
    seule parole, lorsqu’un autre domestique s’approchant de son maître,
    lui dit: Sire, la chaise de votre majesté est à Padoue, et la barque
    est prête. Le maître fit un signe, et le domestique partit. Tous les
    convives se regardèrent encore, et la surprise commune redoubla. Un
    troisième valet s’approchant aussi d’un troisième étranger, lui dit:
    Sire, croyez-moi, votre majesté ne doit pas rester ici plus long-temps,
    je vais tout préparer; et aussitôt il disparut.

    Candide et Martin ne doutèrent pas alors que ce ne fût une mascarade du
    carnaval. Un quatrième domestique dit au quatrième maître: Votre
    majesté partira quand elle voudra, et sortit comme les autres. Le
    cinquième valet en dit autant au cinquième maître. Mais le sixième
    valet parla différemment au sixième étranger qui était auprès de
    Candide; il lui dit: Ma foi, sire, on ne veut plus faire crédit à votre
    majesté ni à moi non plus, et nous pourrions bien être coffrés cette
    nuit vous et moi; je vais pourvoir à mes affaires: adieu.

    Tous les domestiques ayant disparu, les six étrangers, Candide, et
    Martin, demeurèrent dans un profond silence. Enfin Candide le rompit:
    Messieurs, dit-il, voilà une singulière plaisanterie. Pourquoi
    êtes-vous tous rois? pour moi, je vous avoue que ni moi ni Martin nous
    ne le sommes.

    Le maître de Cacambo prit alors gravement la parole, et dit en italien:
    Je ne suis point plaisant, je m’appelle Achmet III[1]; j’ai été
    grand-sultan plusieurs années; je détrônai mon frère; mon neveu m’a
    détrôné; on a coupé le cou à mes vizirs; j’achève ma vie dans le vieux
    sérail; mon neveu le grand-sultan Mahmoud me permet de voyager
    quelquefois pour ma santé; et je suis venu passer le carnaval à Venise.

    [1] Achmet III, dont il est parlé dans l’_Histoire de Charles XII_ et
    dans l’_Histoire de Russie sous Pierre-le-Grand_, avait été déposé en
    1730; il est mort en 1736. B.

    Un jeune homme qui était auprès d’Achmet parla après lui, et dit: Je
    m’appelle Ivan[2]; j’ai été empereur de toutes les Russies; j’ai été
    détrôné au berceau; mon père et ma mère ont été enfermés; on m’a élevé
    en prison; j’ai quelquefois la permission de voyager, accompagné de
    ceux qui me gardent; et je suis venu passer le carnaval à Venise.

    [2] Ivan, né en 1730, détrôné la même année, emprisonné, et enfin
    poignardé en 1762. B,

    Le troisième dit: Je suis Charles-Édouard[3], roi d’Angleterre; mon
    père m’a cédé ses droits au royaume; j’ai combattu pour les soutenir;
    on a arraché le coeur à huit cents de mes partisans, et on leur en a
    battu les joues; j’ai été mis en prison; je vais à Rome faire une
    visite au roi mon père, détrôné ainsi que moi et mon grand-père; et je
    suis venu passer le carnaval à Venise.

    [3] Sur Charles-Édouard, voyez, tome XXI, le chapitre XXXV du _Précis
    du Siècle de Louis XV_. B.

    Le quatrième prit alors la parole et dit: Je suis roi des Polaques; le
    sort de la guerre m’a privé de mes états héréditaires[4]; mon père a
    éprouvé les mêmes revers; je me résigne à la Providence comme le sultan
    Achmet, l’empereur Ivan, et le roi Charles-Édouard, à qui Dieu donne
    une longue vie; et je suis venu passer le carnaval à Venise.

    [4] Auguste, électeur de Saxe et roi de Pologne, chassé de ses états
    héréditaires pendant la guerre de 1756, se réfugia en Pologne: voyez,
    tome XXI, le chapitre XXXII du _Précis du Siècle de Louis XV_; il est
    mort en 1763. B.

    Le cinquième dit; Je suis aussi roi des Polaques[5]; j’ai perdu mon
    royaume deux fois; mais la Providence m’a donné un autre état dans
    lequel j’ai fait plus de bien que tous les rois des Sarmates ensemble
    n’en ont jamais pu faire sur les bords de la Vistule. Je me résigne
    aussi à la Providence; et je suis venu passer le carnaval à Venise.

    [5] Stanislas Leczinski, beau-père de Louis XV: voyez, tome XXI, le
    chapitre IV du _Précis du Siècle de Louis XV_; il est mort en 1763. B.

    Il restait au sixième monarque à parler. Messieurs, dit-il, je ne suis
    pas si grand seigneur que vous; mais enfin j’ai été roi tout comme un
    autre; je suis Théodore[6]; on m’a élu roi en Corse; on m’a appelé
    _Votre Majesté_, et à présent à peine m’appelle-t-on _Monsieur_; j’ai
    fait frapper de la monnaie, et je ne possède pas un denier; j’ai eu
    deux secrétaires d’état, et j’ai à peine un valet; je me suis vu sur un
    trône, et j’ai long-temps été à Londres en prison sur la paille; j’ai
    bien peur d’être traité de même ici, quoique je sois venu, comme vos
    majestés, passer le carnaval à Venise.

    [6] Sur le roi de Corse, Théodore, mort le 2 décembre 1756, voyez tome
    XXI, le chapitre XL du _Précis du Siècle de Louis XV_. B.

    Les cinq autres rois écoutèrent ce discours avec une noble compassion.
    Chacun d’eux donna vingt sequins au roi Théodore pour avoir des habits
    et des chemises; Candide lui fit présent d’un diamant de deux mille
    sequins. Quel est donc, disaient les cinq rois, cet homme qui est en
    état de donner cent fois autant que chacun de nous, et qui le donne?
    Etes-vous roi aussi, monsieur?—Non, messieurs, et n’en ai nulle envie.

    Dans l’instant qu’on sortait de table, il arriva dans la même
    hôtellerie quatre altesses sérénissimes qui avaient aussi perdu leurs
    états par le sort de la guerre, et qui venaient passer le reste du
    carnaval à Venise; mais Candide ne prit pas seulement garde à ces
    nouveaux venus. Il n’était occupé que d’aller trouver sa chère
    Cunégonde à Constantinople.

    CHAPITRE XXVII.
    Voyage de Candide à Constantinople.

    Le fidèle Cacambo avait déjà obtenu du patron turc qui allait
    reconduire le sultan Achmet à Constantinople qu’il recevrait Candide et
    Martin sur son bord. L’un et l’autre s’y rendirent après s’être
    prosternés devant sa misérable hautesse. Candide, chemin fesant, disait
    à Martin: Voilà pourtant six rois détrônés avec qui nous avons soupé!
    et encore dans ces six rois il y en a un à qui j’ai fait l’aumône.
    Peut-être y a-t-il beaucoup d’autres princes plus infortunés. Pour moi,
    je n’ai perdu que cent moutons, et je vole dans les bras de Cunégonde.
    Mon cher Martin, encore une fois, Pangloss avait raison, tout est bien.
    Je le souhaite, dit Martin. Mais, dit Candide, voilà une aventure bien
    peu vraisemblable que nous avons eue à Venise. On n’avait jamais vu ni
    ouï conter que six rois détrônés soupassent ensemble au cabaret. Cela
    n’est pas plus extraordinaire, dit Martin, que la plupart des choses
    qui nous sont arrivées. Il est très commun que des rois soient
    détrônés; et à l’égard de l’honneur que nous avons eu de souper avec
    eux, c’est une bagatelle qui ne mérite pas notre attention. Qu’importé
    avec qui l’on soupe, pourvu qu’on fasse bonne chère?

    A peine Candide fut-il dans le vaisseau, qu’il sauta au cou de son
    ancien valet, de son ami Cacambo. Eh bien! lui dit-il, que fait
    Cunégonde? est-elle toujours un prodige de beauté? m’aime-t-elle
    toujours? comment se porte-t-elle? Tu lui as, sans doute, acheté un
    palais à Constantinople?

    Mon cher maître, répondit Cacambo, Cunégonde lave les écuelles sur le
    bord de la Propontide, chez un prince qui a très peu d’écuelles; elle
    est esclave dans la maison d’un ancien souverain, nommé Ragotski[1], à
    qui le Grand-Turc donne trois écus par jour dans son asile; mais, ce
    qui est bien plus triste, c’est qu’elle a perdu sa beauté, et qu’elle
    est devenue horriblement laide. Ah! belle ou laide, dit Candide, je
    suis honnête homme, et mon devoir est de l’aimer toujours. Mais comment
    peut-elle être réduite à un état si abject avec les cinq ou six
    millions que tu avais emportés? Bon, dit Cacambo, ne m’en a-t-il pas
    fallu donner deux au senor don Fernando d’Ibaraa, y Figueora, y
    Mascarenès, y Lampourdos, y Souza, gouverneur de Buénos-Ayres, pour
    avoir la permission de reprendre mademoiselle Cunégonde? et un pirate
    ne nous a-t-il pas bravement dépouillés de tout le reste? Ce pirate ne
    nous a-t-il pas menés au cap de Matapan, à Milo, à Nicarie, à Samos, à
    Petra, aux Dardanelles, à Marmara, à Scutari? Cunégonde et la vieille
    servent chez ce prince dont je vous ai parlé, et moi je suis esclave du
    sultan détrôné. Que d’épouvantables calamités enchaînées les unes aux
    autres! dit Candide. Mais, après tout, j’ai encore quelques diamants;
    je délivrerai aisément Cunégonde. C’est bien dommage qu’elle soit
    devenue si laide.

    [1] Voltaire a parlé de Ragotski dans le chap. XXII du _Siècle de Louis
    XIV_; voyez tome XX. Ragotski est mort en 1785. B.

    Ensuite, se tournant vers Martin: Que pensez-vous, dit-il, qui soit le
    plus à plaindre, de l’empereur Achmet, de l’empereur Ivan, du roi
    Charles-Édouard, ou de moi? Je n’en sais rien, dit Martin; il faudrait
    que je fusse dans vos coeurs pour le savoir. Ah! dit Candide, si
    Pangloss était ici, il le saurait, et nous l’apprendrait. Je ne sais,
    dit Martin, avec quelles balances votre Pangloss aurait pu peser les
    infortunes des hommes, et apprécier leurs douleurs. Tout ce que je
    présume c’est qu’il y a des millions d’hommes sur la terre cent fois
    plus à plaindre que le roi Charles-Édouard, l’empereur Ivan, et le
    sultan Achmet. Cela pourrait bien être, dit Candide.

    On arriva en peu de jours sur le canal de la mer Noire. Candide
    commença par racheter Cacambo fort cher; et, sans perdre de temps, il
    se jeta dans une galère, avec ses compagnons, pour aller sur le rivage
    de la Propontide chercher Cunégonde, quelque laide qu’elle pût être.

    Il y avait dans la chiourme deux forçats qui ramaient fort mal, et à
    qui le levanti patron appliquait de temps en temps quelques coups de
    nerf de boeuf sur leurs épaules nues; Candide, par un mouvement
    naturel, les regarda plus attentivement que les autres galériens, et
    s’approcha d’eux avec pitié. Quelques traits de leurs visages défigurés
    lui parurent avoir un peu de ressemblance avec Pangloss et avec ce
    malheureux jésuite, ce baron, ce frère de mademoiselle Cunégonde. Cette
    idée l’émut et l’attrista. Il les considéra encore plus attentivement.
    En vérité, dit-il à Cacambo, si je n’avais pas vu pendre maître
    Pangloss, et si je n’avais pas eu le malheur de tuer le baron, je
    croirais que ce sont eux qui rament dans cette galère.

    Au nom du baron et de Pangloss les deux forçats poussèrent un grand
    cri, s’arrêtèrent sur leur banc, et laissèrent tomber leurs rames. Le
    levanti patron accourait sur eux, et les coups de nerf de boeuf
    redoublaient. Arrêtez! arrêtez! seigneur, s’écria Candide; je vous
    donnerai tant, d’argent que vous voudrez. Quoi! c’est Candide! disait
    l’un des forçats; quoi! c’est Candide! disait l’autre. Est-ce un songe?
    dit Candide; veille-je? suis-je dans cette galère? Est-ce là monsieur
    le baron, que j’ai tué? est-ce là maître Pangloss, que j’ai vu pendre?

    C’est nous-mêmes, c’est nous-mêmes, répondaient-ils. Quoi! c’est là ce
    grand philosophe? disait Martin. Eh! monsieur le levanti patron, dit
    Candide, combien voulez-vous d’argent pour la rançon de M. de
    Thunder-ten-tronckh, un des premiers barons de l’empire, et de M.
    Pangloss, le plus profond métaphysicien d’Allemagne? Chien de chrétien,
    répondit le levanti patron, puisque ces deux chiens de forçats
    chrétiens sont des barons et des métaphysiciens, ce qui est sans doute
    une grande dignité dans leur pays, tu m’en donneras cinquante mille
    sequins. Vous les aurez, monsieur; remenez-moi comme un éclair à
    Constantinople, et vous serez payé sur-le-champ. Mais non, menez-moi
    chez mademoiselle Cunégonde. Le levanti patron, sur la première offre
    de Candide, avait déjà tourné la proue vers la ville, et il fesait
    ramer plus vite qu’un oiseau ne fend les airs.

    Candide embrassa cent fois le baron et Pangloss. Et comment ne vous
    ai-je pas tué, mon cher baron? et mon cher Pangloss, comment êtes-vous
    en vie, après avoir été pendu? et pourquoi êtes-vous tous deux aux
    galères en Turquie? Est-il bien vrai que ma chère soeur soit dans ce
    pays? disait le baron. Oui, répondait Cacambo. Je revois donc mon cher
    Candide! s’écriait Pangloss. Candide leur présentait Martin et Cacambo.
    Ils s’embrassaient tous; ils parlaient tous à-la-fois. La galère
    volait, ils étaient déjà dans le port. On fit venir un Juif, à qui
    Candide vendit pour cinquante mille sequins un diamant de la valeur de
    cent mille, et qui lui jura par Abraham qu’il n’en pouvait donner
    davantage. Il paya incontinent la rançon du baron et de Pangloss.
    Celui-ci se jeta aux pieds de son libérateur, et les baigna de larmes;
    l’autre le remercia par un signe de tête, et lui promit de lui rendre
    cet argent à la première occasion. Mais est-il bien possible que ma
    soeur soit en Turquie? disait-il. Rien n’est si possible, reprit
    Cacambo, puisqu’elle écure la vaisselle chez un prince de Transylvanie.
    On fit aussitôt venir deux Juifs; Candide vendit encore des diamants;
    et ils repartirent tous dans une autre galère pour aller délivrer
    Cunégonde.

    CHAPITRE XXVIII.
    Ce qui arriva à Candide, à Cunégonde, à Pangloss, à Martin, etc.

    Pardon, encore une fois, dit Candide au baron; pardon, mon révérend
    père, de vous avoir donné un grand coup d’épée au travers du corps.
    N’en parlons plus, dit le baron; je fus un peu trop vif, je l’avoue;
    mais puisque vous voulez savoir par quel hasard vous m’avez vu aux
    galères, je vous dirai qu’après avoir été guéri de ma blessure par le
    frère apothicaire du collège, je fus attaqué et enlevé par un parti
    espagnol; on me mit en prison à Buénos-Ayres dans le temps que ma soeur
    venait d’en partir. Je demandai à retourner à Rome auprès du père
    général. Je fus nommé pour aller servir d’aumônier à Constantinople
    auprès de monsieur l’ambassadeur de France. Il n’y avait pas huit jours
    que j’étais entré en fonction, quand je trouvai sur le soir un jeune
    icoglan très bien fait. Il fesait fort chaud: le jeune homme voulut se
    baigner; je pris cette occasion de me baigner aussi. Je ne savais pas
    que ce fût un crime capital pour un chrétien d’être trouvé tout nu avec
    un jeune musulman. Un cadi me fit donner cent coups de bâton sous la
    plante des pieds, et me condamna aux galères. Je ne crois pas qu’on ait
    fait une plus horrible injustice. Mais je voudrais bien savoir pourquoi
    ma soeur est dans la cuisine d’un souverain de Transylvanie réfugié
    chez les Turcs.

    Mais vous, mon cher Pangloss, dit Candide, comment se peut-il que je
    vous revoie? Il est vrai, dit Pangloss, que vous m’avez vu pendre; je
    devais naturellement être brûlé mais vous vous souvenez qu’il plut à
    verse lorsqu’on allait me cuire: l’orage fut si violent qu’on désespéra
    d’allumer le feu; je fus pendu, parcequ’on ne put mieux faire: un
    chirurgien acheta mon corps, m’emporta chez lui, et me disséqua. Il me
    fit d’abord une incision cruciale depuis le nombril jusqu’à la
    clavicule. On ne pouvait pas avoir été plus mal pendu que je l’avais
    été. L’exécuteur des hautes oeuvres de la sainte inquisition, lequel
    était sous-diacre, brûlait à la vérité les gens à merveille, mais il
    n’était pas accoutumé à pendre: la corde était mouillée et glissa mal,
    elle fut mal nouée; enfin je respirais encore: l’incision cruciale me
    fit jeter un si grand cri, que mon chirurgien tomba à la renverse; et
    croyant qu’il disséquait le diable, il s’enfuit en mourant de peur, et
    tomba encore sur l’escalier en fuyant. Sa femme accourut au bruit d’un
    cabinet voisin: elle me vit sur la table étendu avec mon incision
    cruciale; elle eut encore plus de peur que son mari, s’enfuit, et tomba
    sur lui. Quand ils furent un peu revenus à eux, j’entendis la
    chirurgienne qui disait au chirurgien: Mon bon, de quoi vous
    avisez-vous aussi de disséquer un hérétique? ne savez-vous pas que le
    diable est toujours dans le corps de ces gens-là? je vais vite chercher
    un prêtre pour l’exorciser. Je frémis à ce propos, et je ramassai le
    peu de forces qui me restaient pour crier: Ayez pitié de moi! Enfin le
    barbier portugais s’enhardit: il recousit ma peau; sa femme même eut
    soin de moi; je fus sur pied au bout de quinze jours. Le barbier me
    trouva une condition, et me fit laquais d’un chevalier de Malte qui
    allait à Venise: mais mon maître n’ayant pas de quoi me payer, je me
    mis au service d’un marchand vénitien, et je le suivis à
    Constantinople.

    Un jour il me prit fantaisie d’entrer dans une mosquée; il n’y avait
    qu’un vieux iman et une jeune dévote très jolie qui disait ses
    patenôtres; sa gorge était toute découverte: elle avait entre ses deux
    tétons un beau bouquet de tulipes, de roses, d’anémones, de renoncules,
    d’hyacinthes, et d’oreilles d’ours: elle laissa tomber son bouquet; je
    le ramassai, et je le lui remis avec un empressement très respectueux.
    Je fus si long-temps à le lui remettre, que l’iman se mit en colère, et
    voyant que j’étais chrétien, il cria à l’aide. On me mena chez le cadi,
    qui me fit donner cent coups de latte sous la plante des pieds, et
    m’envoya aux galères. Je fus enchaîné précisément dans la même galère
    et au même banc que monsieur le baron. Il y avait dans cette galère
    quatre jeunes gens de Marseille, cinq prêtres napolitains, et deux
    moines de Corfou, qui nous dirent que de pareilles aventures arrivaient
    tous les jours. Monsieur le baron prétendait qu’il avait essuyé une
    plus grande injustice que moi: je prétendais, moi, qu’il était beaucoup
    plus permis de remettre un bouquet sur la gorge d’une femme que d’être
    tout nu avec un icoglan. Nous disputions sans cesse, et nous recevions
    vingt coups de nerf de boeuf par jour, lorsque l’enchaînement des
    événements de cet univers vous a conduit dans notre galère, et que vous
    nous avez rachetés.

    Eh bien! mon cher Pangloss, lui dit Candide, quand vous avez été pendu,
    disséqué, roué de coups, et que vous avez ramé aux galères, avez-vous
    toujours pensé que tout allait le mieux du monde? Je suis toujours de
    mon premier sentiment, répondit Pangloss; car enfin je suis philosophe;
    il ne me convient pas de me dédire, Leibnitz ne pouvant pas avoir tort,
    et l’harmonie préétablie étant d’ailleurs la plus belle chose du monde,
    aussi bien que le plein et la matière subtile.

    CHAPITRE XXIX.
    Comment Candide retrouva Cunégonde et la vieille.

    Pendant que Candide, le baron, Pangloss, Martin, et Cacambo, contaient
    leurs aventures, qu’ils raisonnaient sur les événements contingents ou
    non contingents de cet univers, qu’ils disputaient sur les effets et
    les causes, sur le mal moral et sur le mal physique, sur la liberté et
    la nécessité, sur les consolations que l’on peut éprouver lorsqu’on est
    aux galères en Turquie, ils abordèrent sur le rivage de la Propontide,
    à la maison du prince de Transylvanie. Les premiers objets qui se
    présentèrent furent Cunégonde et la vieille, qui étendaient des
    serviettes sur des ficelles pour les faire sécher.

    Le baron pâlit à cette vue. Le tendre amant Candide en voyant sa belle
    Cunégonde rembrunie, les yeux éraillés, la gorge sèche, les joues
    ridées, les bras rouges et écaillés, recula trois pas, saisi d’horreur,
    et avança ensuite par bon procédé. Elle embrassa Candide et son frère:
    on embrassa la vieille: Candide les racheta toutes deux.

    Il y avait une petite métairie dans le voisinage; la vieille proposa à
    Candide de s’en accommoder, en attendant que toute la troupe eût une
    meilleure destinée. Cunégonde ne savait pas qu’elle était enlaidie,
    personne ne l’en avait avertie: elle fit souvenir Candide de ses
    promesses avec un ton si absolu, que le bon Candide n’osa pas la
    refuser. Il signifia donc au baron qu’il allait se marier avec sa
    soeur. Je ne souffrirai jamais, dit le baron, une telle bassesse de sa
    part, et une telle insolence de la vôtre; cette infamie ne me sera
    jamais reprochée: les enfants de ma soeur ne pourraient entrer dans les
    chapitres d’Allemagne. Non, jamais ma soeur n’épousera qu’un baron de
    l’empire. Cunégonde se jeta à ses pieds, et les baigna de larmes; il
    fut inflexible. Maître fou, lui dit Candide, je t’ai réchappé des
    galères, j’ai payé ta rançon, j’ai payé celle de ta soeur; elle lavait
    ici des écuelles, elle est laide, j’ai la bonté d’en faire ma femme; et
    tu prétends encore t’y opposer! je te retuerais si j’en croyais ma
    colère. Tu peux me tuer encore, dit le baron, mais tu n’épouseras pas
    ma soeur de mon vivant.

    CHAPITRE XXX.
    Conclusion.

    Candide, dans le fond de son coeur, n’avait aucune envie d’épouser
    Cunégonde; mais l’impertinence extrême du baron le déterminait à
    conclure le mariage; et Cunégonde le pressait si vivement qu’il ne
    pouvait s’en dédire. Il consulta Pangloss, Martin, et le fidèle
    Cacambo. Pangloss fit un beau mémoire par lequel il prouvait que le
    baron n’avait nul droit sur sa soeur, et qu’elle pouvait, selon toutes
    les lois de l’empire, épouser Candide de la main gauche. Martin conclut
    à jeter le baron dans la mer; Cacambo décida qu’il fallait le rendre au
    levanti patron, et le remettre aux galères, après quoi on l’enverrait à
    Rome au père général par le premier vaisseau. L’avis fut trouvé fort
    bon; la vieille l’approuva; on n’en dit rien à sa soeur; la chose fut
    exécutée pour quelque argent, et on eut le plaisir d’attraper un
    jésuite, et de punir l’orgueil d’un baron allemand.

    Il était tout naturel d’imaginer qu’après tant de désastres, Candide
    marié avec sa maîtresse, et vivant avec le philosophe Pangloss, le
    philosophe Martin, le prudent Cacambo, et la vieille, ayant d’ailleurs
    rapporté tant de diamants de la patrie des anciens Incas, mènerait la
    vie du monde la plus agréable; mais il fut tant friponné par les Juifs,
    qu’il ne lui resta plus rien que sa petite métairie; sa femme devenant
    tous les jours plus laide devint acariâtre et insupportable: la vieille
    était infirme, et fut encore de plus mauvaise humeur que Cunégonde.
    Cacambo, qui travaillait au jardin, et qui allait vendre des légumes à
    Constantinople, était excédé de travail, et maudissait sa destinée.
    Pangloss était au désespoir de ne pas briller dans quelque université
    d’Allemagne. Pour Martin, il était fermement persuadé qu’on est
    également mal partout; il prenait les choses en patience. Candide,
    Martin, et Pangloss, disputaient quelquefois de métaphysique et de
    morale. On voyait souvent passer sous les fenêtres de la métairie des
    bateaux chargés d’effendis, de bachas, de cadis, qu’on envoyait en exil
    à Lemnos, à Mytilène, à Erzeroum: on voyait venir d’autres cadis,
    d’autres bachas, d’autres effendis, qui prenaient la place des
    expulsés, et qui étaient expulsés à leur tour: on voyait des têtes
    proprement empaillées qu’on allait présenter à la sublime Porte. Ces
    spectacles fesaient redoubler les dissertations; et quand on ne
    disputait pas, l’ennui était si excessif, que la vieille osa un jour
    leur dire: Je voudrais savoir lequel est le pire, ou d’être violée cent
    fois par des pirates nègres, d’avoir une fesse coupée, de passer par
    les baguettes chez les Bulgares, d’être fouetté et pendu dans un
    auto-da-fé, d’être disséqué, de ramer en galère, d’éprouver enfin
    toutes les misères par lesquelles nous avons tous passé, ou bien de
    rester ici à ne rien faire? C’est une grande question, dit Candide.

    Ce discours fit naître de nouvelles réflexions, et Martin surtout
    conclut que l’homme était né pour vivre dans les convulsions de
    l’inquiétude, ou dans la léthargie de l’ennui. Candide n’en convenait
    pas, mais il n’assurait rien. Pangloss avouait qu’il avait toujours
    horriblement souffert; mais ayant soutenu une fois que tout allait à
    merveille, il le soutenait toujours, et n’en croyait rien.

    Une chose acheva de confirmer Martin dans ses détestables principes, de
    faire hésiter plus que jamais Candide et d’embarrasser Pangloss. C’est
    qu’ils virent un jour aborder dans leur métairie Paquette et le frère
    Giroflée, qui étaient dans la plus extrême misère; ils avaient bien
    vite mangé leurs trois mille piastres, s’étaient quittés, s’étaient
    raccommodés, s’étaient brouillés, avaient été mis en prison; s’étaient
    enfuis, et enfin frère Giroflée s’était fait turc. Paquette continuait
    son métier partout, et n’y gagnait plus rien. Je l’avais bien prévu,
    dit Martin à Candide, que vos présents seraient bientôt dissipés, et ne
    les rendraient que plus misérables. Vous avez regorgé de millions de
    piastres, vous et Cacambo, et vous n’êtes pas plus heureux que frère
    Giroflée et Paquette. Ah! ah! dit Pangloss à Paquette, le ciel vous
    ramène donc ici parmi nous. Ma pauvre enfant! savez-vous bien que vous
    m’avez coûté le bout du nez, un oeil, et une oreille? Comme vous voilà
    faite! eh! qu’est-ce que ce monde! Cette nouvelle aventure les engagea
    à philosopher plus que jamais.

    Il y avait dans le voisinage un derviche très fameux qui passait pour
    le meilleur philosophe de la Turquie; ils allèrent le consulter;
    Pangloss porta la parole, et lui dit: Maître, nous venons vous prier de
    nous dire pourquoi un aussi étrange animal que l’homme a été formé.

    De quoi te mêles-tu? lui dit le derviche; est-ce là ton affaire? Mais,
    mon révérend père, dit Candide, il y a horriblement de mal sur la
    terre. Qu’importé, dit le derviche, qu’il y ait du mal ou du bien?
    quand sa hautesse envoie un vaisseau en Égypte, s’embarrasse-t-elle si
    les souris qui sont dans le vaisseau sont à leur aise ou non? Que
    faut-il donc faire? dit Pangloss. Te taire, dit le derviche. Je me
    flattais, dit Pangloss, de raisonner un peu avec vous des effets et des
    causes, du meilleur des mondes possibles, de l’origine du mal, de la
    nature de l’âme, et de l’harmonie préétablie. Le derviche, à ces mots,
    leur ferma la porte au nez.

    Pendant cette conversation, la nouvelle s’était répandue qu’on venait
    d’étrangler à Constantinople deux vizirs du banc et le muphti, et qu’on
    avait empalé plusieurs de leurs amis. Cette catastrophe fesait partout
    un grand bruit pendant quelques heures. Pangloss, Candide, et Martin,
    en retournant à la petite métairie, rencontrèrent un bon vieillard qui
    prenait le frais à sa porte sous un berceau d’orangers. Pangloss, qui
    était aussi curieux que raisonneur, lui demanda comment se nommait le
    muphti qu’on venait d’étrangler. Je n’en sais rien, répondit le
    bon-homme, et je n’ai jamais su le nom d’aucun muphti ni d’aucun vizir.
    J’ignore absolument l’aventure dont vous me parlez; je présume qu’en
    général ceux qui se mêlent des affaires publiques périssent quelquefois
    misérablement, et qu’ils le méritent; mais je ne m’informe jamais de ce
    qu’on fait à Constantinople; je me contente d’y envoyer vendre les
    fruits du jardin que je cultive. Ayant dit ces mots, il fit entrer les
    étrangers dans sa maison; ses deux filles et ses deux fils leur
    présentèrent plusieurs sortes de sorbets qu’ils fesaient eux-mêmes, du
    kaïmak piqué d’écorces de cédrat confit, des oranges, des citrons, des
    limons, des ananas, des dattes, des pistaches, du café de Moka qui
    n’était point mêlé avec le mauvais café de Batavia et des îles. Après
    quoi les deux filles de ce bon musulman parfumèrent les barbes de
    Candide, de Pangloss, et de Martin.

    Vous devez avoir, dit Candide au Turc, une vaste et magnifique terre?
    Je n’ai que vingt arpents, répondit le Turc; je les cultive avec mes
    enfants; le travail éloigne de nous trois grands maux, l’ennui, le
    vice, et le besoin.

    Candide en retournant dans sa métairie fit de profondes réflexions sur
    le discours du Turc. Il dit à Pangloss et à Martin: Ce bon vieillard me
    paraît s’être fait un sort bien préférable à celui des six rois avec
    qui nous avons eu l’honneur de souper. Les grandeurs, dit Pangloss,
    sont fort dangereuses, selon le rapport de tous les philosophes; car
    enfin Églon, roi des Moabites, fut assassiné par Aod; Absalon fut pendu
    par les cheveux et percé de trois dards; le roi Nadab, fils de
    Jéroboam, fut tué par Baasa; le roi Éla, par Zambri; Ochosias, par
    Jéhu; Athalie, par Joïada; les rois Joachim, Jéchonias, Sédécias,
    furent esclaves. Vous savez comment périrent Crésus, Astyage, Darius,
    Denys de Syracuse, Pyrrhus, Persée, Annibal, Jugurtha, Arioviste,
    César, Pompée, Néron, Othon, Vitellius, Domitien, Richard II
    d’Angleterre, Édouard II, Henri VI, Richard III, Marie Stuart, Charles
    Ier, les trois Henri de France, l’empereur Henri IV? Vous savez….. Je
    sais aussi, dit Candide, qu’il faut cultiver notre jardin. Vous avez
    raison, dit Pangloss; car, quand l’homme fut mis dans le jardin d’Éden,
    il y fut mis _ut operaretur eum_, pour qu’il travaillât; ce qui prouve
    que l’homme n’est pas né pour le repos. Travaillons sans raisonner, dit
    Martin, c’est le seul moyen de rendre la vie supportable.

    Toute la petite société entra dans ce louable dessein; chacun se mit à
    exercer ses talents. La petite terre rapporta beaucoup. Cunégonde
    était, à la vérité, bien laide; mais elle devint une excellente
    pâtissière; Paquette broda; la vieille eut soin du linge. Il n’y eut
    pas jusqu’à frère Giroflée qui ne rendît service; il fut un très bon
    menuisier, et même devint honnête homme: et Pangloss disait quelquefois
    à Candide: Tous les événements sont enchaînés dans le meilleur des
    mondes possibles; car enfin si vous n’aviez pas été chassé d’un beau
    château à grands coups de pied dans le derrière pour l’amour de
    mademoiselle Cunégonde, si vous n’aviez pas été mis à l’inquisition, si
    vous n’aviez pas couru l’Amérique à pied, si vous n’aviez pas donné un
    bon coup d’épée au baron, si vous n’aviez pas perdu tous vos moutons du
    bon pays d’Eldorado, vous ne mangeriez pas ici des cédrats confits et
    des pistaches. Cela est bien dit, répondit Candide, mais il faut
    cultiver notre jardin[1].

    [1] Voyez, dans les _Mélanges_, année 1759, la _Lettre aux auteurs du
    Journal encyclopédique_, datée du Ier avril. B.

    FIN DE CANDIDE.

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    鬼谷子

    Aproximadamente 1.974 palavras.

    Produced by Wan Ting Gong

    Gui Gu Zi (Thought Of Gui Gu Zi)

    by Wang Xu

    The original Chinese:

    鬼谷子

    王詡

    鬼谷子,姓王名詡,春秋時人。常入雲夢山采藥修道。因隱居清溪之鬼谷
    谷先生。

    鬼谷子為縱橫家之鼻祖,蘇秦與張儀為其最杰出的兩個弟子〔見《戰國策
    孫臏與龐涓亦為其弟子之說〔見《孫龐演義》〕。

    縱橫家所崇尚的是權謀策略及言談辯論之技巧,其指導思想與儒家所推崇
    大相徑庭。因此,歷來學者對《鬼谷子》一書推崇者甚少,而譏詆者極多
    戰術之得益與否,關系國家之安危興衰;而生意談判與競爭之策略是否得
    到經濟上之成敗得失。即使在日常生活中,言談技巧也關系到一人之處世
    與否。當年蘇秦憑其三寸不爛之舌,合縱六國,配六國相印,統領六國共
    赫一時。而張儀又憑其謀略與游說技巧,將六國合縱土蹦瓦解,為秦國立
    。所謂「智用於眾人之所不能知,而能用於眾人之所不能。」潛謀於無形
    爭不費,此為《鬼谷子》之精髓所在。《孫子兵法》側重於總體戰略,而
    則專於具體技巧,兩者可說是相輔相成。

    《鬼谷子》共有十四篇,其中第十三、十四篇已失傳。《鬼谷子》的版本
    道藏本及嘉慶十年江都秦氏刊本。

    鬼谷子卷上

    捭闔第一

    粵若稽古聖人之在天地間也。為眾生之先。觀陰陽之開闔以命物。知存亡
    之門戶。籌策萬類之終始。達人心之理。見變化之眹焉。而守司其門戶。
    故聖人之在天下也。自古至今。其道一也。變化無窮。各有所歸。或陰或
    陽。或柔或剛。或開或閉。或弛或張。是故聖人一守司其門戶。審察其所
    先後。度權量能。校其伎巧短長。夫賢不肖智愚勇怯仁義有差。乃可捭。
    乃可闔。乃可進。乃可退。乃可賤。乃可貴。無為以牧之。審定有無。以
    其實虛。隨其嗜欲。以見其志意。微排其所言而捭反之。以求其實。貴得
    其指。闔而捭之。以求其利。或開而示之。或闔而閉之。開而示之者。同
    其情也。闔而閉之者。異其誠也。可與不可。審明其計謀。以原其同異。
    離合有守。先從其志。即欲捭之貴周。即欲闔之貴密。周密之貴微。而與
    道相追。捭之者。料其情也。闔之者。結其誠也。皆見其權衡輕重。乃為
    之度數。聖人因而為之慮。其不中權衡度數。聖人因而自為之慮。故捭者
    、或捭而出之。或捭而納之。闔者、或闔而取之。或闔而去之。捭闔者。
    天地之道。捭闔者。以變動陰陽。四時開閉。以化萬物縱橫。反出反覆反
    忤。必由此矣。捭闔者。道之大化。說之變也。必豫審其變化。口者。心
    之門戶也。心者。神之主也。志意喜欲。思慮智謀。此皆由門戶出入。故
    關之捭闔。制之以出入。捭之者開也。言也。陽也。闔之者閉也。默也。
    陰也。陰陽其和。終始其義。故言長生安樂富貴。尊榮顯名。愛好財利。
    得意喜欲。為陽曰始。故言死憂患貧賤。苦辱棄損。亡利失意。有害刑戮
    誅罰。為陰曰終。諸言法陽之類者皆曰始。言善以始其事。諸言法陰之類
    皆曰終。言惡以終為謀。捭闔之道。以陰陽試之。故與陽言者依崇高。與
    陰言者依卑小。以下求小。以高求大。由此言之。無所不出。無所不入。
    無所不言可。可以說人。可以說家。可以說國。可以說天下。為小無內。
    為大無外。益損去就倍反。皆以陰陽御其事。陽動而行。陰止而藏。陽動
    而出。陰隨而入。陽還終始。陰極反陽。以陽動者。德相生也。以陰靜者
    。形相成也。以陽求陰。苞以德也。以陰結陽。施以力也。陰陽相求。由
    捭闔也。此天地陰陽之道。而說人之法也。為萬事之先。是謂圓方之門戶
    。

    反應第二

    古之大化者。乃與無形俱生。反以觀往。覆以驗今。反以知古。覆以知今
    。反以知彼。覆以知己。動靜虛實之理。不合來今。反古而求之。事有反
    而得覆者。聖人之意也。不可不察。人言者動也。己默者靜也。因其言。
    聽其辭。言有不合者。反而求之。其應必出。言有象。事有比。其有象比
    。以觀其次。象者象其事。比者比其辭也。以は形求有聲。其釣語合事。
    得人實也。其張罝網而取獸也。多張其會而司之。道合其事。彼自出之。
    此釣人之網也。常持其網驅之。其言無比。乃為之變。以象動之。以報其
    心。見其情。隨而牧之。己反往。彼覆來。言有象比。因而定基。重之襲
    之。反之覆之。萬事不失其辭。聖人所誘愚智事皆不疑。古善反聽者。乃
    變鬼神以得其情。其變當也。而牧之審也。牧之不審。得情不明。得情不
    明。定基不審。變象比。必有反辭。以還聽之。欲聞其聲反默。欲張反瞼
    。欲高反下。欲取反與。欲開情者。象而比之。以牧其辭。同聲相呼。實
    理同歸。或因此。或因彼。或以事上。或以牧下。此聽真偽。知同異。得
    其情詐也。動作言默。與此出入。喜怒由此以見其式。皆以先定為之法則
    。以反求覆。觀其所託。故用此者。己欲平靜。以聽其辭。察其事。論萬
    物。別雄雌。雖非其事。見微知類。若探人而居其內。量其能。射其意也
    。符應不失。如螣蛇之所指。若羿之引矢。故知之始己。自知而後知人也
    。其相知也。若比目之魚。見形也。若光之與影也。其察言也不失。若磁
    石之取鍼。舌之取燔骨。其與人也微。其見情也疾。如陰與陽。如陽與陰
    。如圓與方。如方與圓。未見形、圓以道之。既形、方以事之。進退左右
    。以是司之。己不先定。牧人不正。事用不巧。是謂忘情失道。己審先定
    以牧人。策而無形容。莫見其門。是謂天神。

    內揵第三

    君臣上下之事。有遠而親。近而疏。就之不用。去之反求。日進前而不御
    。遙聞聲而相思。事皆有內揵。素結本始。或結以道德。或結以黨友。或
    結以財貨。或結以釆色。用其意。欲入則入。欲出則出。欲親則親。欲疏
    則疏。欲就則就。欲去則去。欲求則求。欲思則思。若蚨母之從其子也。
    出無間。入無眹。獨往獨來。莫之能止。內者、進說辭。揵者、揵所謀也
    。故遠而親者。有陰德也。近而疏者。志不合也。陰德、謂陰私相德也。
    就而不用者。策不得也。去而反求者。事中來也。日進前而不御者。施不
    合也。遙聞聲而相思者。合於謀。待決事也。故曰不見其類而為之者。見
    逆。不得其情而說之者。見非。得其情。乃制其術。此用可出可入。可揵
    可開。故聖人立事。以此先知。而揵萬物。由夫道德仁義。禮樂計謀。先
    取詩書。混說損益。議去論就。欲合者用內。欲去者用外。外內者。必明
    道數。揣策來事。見疑訣之。策無失計。立功建德。治民入產業。曰揵而
    內合。上暗不治。下亂不寤。揵而反之。內自得而外不留。說而飛之。若
    命自來。己迎而御之。若欲去之。因危與之。環轉因化。莫之所為。退為
    大儀。

    抵巇第四

    物有自然。事有合離。有近而不可見。遠而可知。近而不可見者。不察其
    辭也。遠而可知者。反往以驗來也。巇者、罅也。罅者、 也。 者、成
    大隙也。巇始有朕。可抵而塞。可抵而卻。可抵而息。可抵而匿。可抵而
    得。此謂抵巇之理也。事之危也。聖人知之。獨保其用。因化說事。通達
    計謀。以識細微。經起秋毫之末。揮之於太山之本。其施外兆萌牙孽之謀
    。皆由抵巇。抵巇隙為道術。天下分錯。上無明主。公侯無道德。則小人
    讒賊。賢人不用。聖人竄匿。貪利詐偽者作。君臣相惑。土崩瓦解。而相
    伐射。父子離散。乖亂反目。是謂萌牙巇罅。聖人見萌牙巇罅。則抵之以
    法。世可以治。則抵而塞之。不可治。則抵而得之。或抵如此。或抵如彼
    。或抵反之。或抵覆之。五帝之政。抵而塞之。三王之事。抵而得之。諸
    侯相抵。不可勝數。當此之時。能抵為右。自天地之合離終始。必有巇隙
    。不可不察也。察之以捭闔。能用此道。聖人也。聖人者。天地之使也。
    世無可抵。則深隱而待時。時有可抵。則為之謀。可以上合。可以檢下。
    能因能循。為天地守神。

    鬼谷子卷中

    飛箝篇五

    凡度權量能。所以徵遠來近。立勢而制事。必先察同異。別是非之語。見
    內外之辭。知有無之數。決安危之計。定親疏之事。然後乃權量之。其有
    隱括。乃可徵。乃可求。乃可用。引鉤箝之辭。飛而箝之。鉤箝之語。其
    說辭也。乍同乍異。其不可善者。或先徵之。而後重累。或先重以累。而
    後毀之。或以重累為毀。或以毀為重累。其用或稱財貨琦瑋珠玉璧白釆色
    以事之。或量能立勢以鉤之。或伺候見 而箝之。其事用抵巇。將欲用之
    天下。必度權量能。見天時之盛衰。制地形之廣狹。岨嶮之難易。人民貨
    財之多少。諸侯之交。孰親孰疏。孰愛孰憎。心意之慮懷。審其意。知其
    所好惡。乃就說其所重。以飛箝之辭。鉤其所好。以箝求之。用之於人。
    則量智能。權材力。料氣勢。為之樞機。以迎之隨之。以箝和之。以意宜
    之。此飛箝之綴也。

    用於人則空往而實來。綴而不失。以究其辭。可箝而從。可箝而橫。

    可引而東。可引而西。可引而南。可引而北。可引而反。可引而覆。

    雖覆能復。不失其度。

    忤合第六

    凡趨合倍反。計有適合。化轉環屬。各有形勢。反覆相求。因事為制。是
    以聖人居天地之間。立身御世。施教揚聲明名也。必因事物之會。觀天時
    之宜。因之所多所少。以此先知之。與之轉化。世無常貴。事無常師。聖
    人常為無不為。所聽無不聽。成於事而合於計謀。與之為主。合於彼而離
    於此。計謀不兩忠。必有反忤。反於是。忤於彼。忤於此。反於彼。其術
    也。用之天下。必量天下而與之。用之國。必量國而與之。用之家。必量
    家而與之。用之身。必量身材能氣勢而與之。大小進退。其用一也。必先
    謀慮計定。而後行之以飛箝之術。古之善背向者。乃協四海、包諸侯、忤
    合之地。而化轉之然後以之求合。故伊尹五就湯。五就桀。然後合於湯。
    呂尚三就文王。三入殷。而不能有所明。然後合於文王。此知天命之箝。
    故歸之不疑也。非至聖人達奧。不能御世。勞心苦思。不能原事。不悉心
    見情。不能成名。材質不惠。不能用兵。忠實無真。不能知人。故忤合之
    道。己必自度材能知睿。量長短遠近孰不如。乃可以進。乃可以退。乃可
    以縱。乃可以橫。

    揣篇第七

    少饒乏、有餘不足、幾何辨。地形之險易。孰利孰害。謀慮孰長孰短。君
    臣之親疏。孰賢孰不肖。與賓客之知睿。孰少孰多。觀天時之禍福。孰吉
    孰凶。諸侯之親。孰用孰不用。百姓之心。去就變化。孰安孰危。孰好孰
    憎。反側孰便。能知如此者。是謂權量。揣情者。必以其甚喜之時。往而
    極其欲也。其有欲也。不能隱其情。必以其甚懼之時。往而極其惡也。其
    有惡也。不能隱其情。情欲必失其變。感動而不知其變者。乃且錯其人勿
    與語。而更問所親。知其所安。夫情變於內者。形見於外。故常必以其見
    者。而知其隱者。此所謂測深揣情。故計國事者。則當審權量。說人主。
    則當審揣情。謀慮情欲。必出於此。乃可貴。乃可賤。乃可重。乃可輕。
    乃可利。乃可害。乃可成。乃可敗。其數一也。故雖有先王之道。聖智之
    謀。非揣情隱匿。無所索之。此謀之大本也。而說之法也。常有事於人。
    人莫先事而至。此最難為。故曰。揣情最難。守司言必時其謀慮。故觀蜎
    飛蠕動。無不有利害。可以生事美。生事者。幾之勢也。此揣情飾言。成
    文章而後論之。

    摩篇第八

    摩之符也。內符者。揣之主也。用之有道。其道必隱。微摩之以其所欲。
    測而探之。因符必應。其應也。必有為之。故微而去之。是謂塞窌匿端。
    隱貌逃情。而人不知。故成其事而無患。摩之在此。符之在彼。從而應之
    。事無不可。古之善摩者。如操鉤而臨深淵。餌而投之。必得魚焉。故曰
    主事日成。而人不知。主兵日勝。而人不畏也。聖人謀之於陰。故曰神。
    成之於陽。故曰明。所謂主事日成者。積德也。用民安之。不知其所以利
    。積善也。而民道之。不知其所以然。而天下比之神明也。主兵日勝者。
    常戰於不爭不費。而民不知所以服。不知所以畏。而天下比之神明。其摩
    者。有以平。有以正。有以喜。有以怒。有以名。有以行。有以廉。有以
    信。有以利。有以卑。平者、靜也。正者、直也。喜者、悅也。怒者、動
    也。名者、發也。行者、成也。廉者、潔也。信者、明也。利者、求也。
    卑者、諂也。故聖所獨用者。眾人皆有之。然無成功者。其用之非也。故
    謀莫難於周密。說莫難於悉聽。事莫難於必成。此三者然後能之。故謀必
    欲周密。必擇其所與通者說也。故曰或結而無隙也。夫事成必合於數。故
    曰道數與時相偶者也。說者聽。必合於情。故曰情合者聽。故物歸類。抱
    薪趨火。燥者先燃。平地注水。濕者先濡。此物類相應於勢。譬猶是也。
    此言內符之應。外摩也如是。故曰摩之以其類焉。有不相應者。乃摩之以
    其欲焉。有不聽者。故曰獨行之道。夫幾者不晚成。而不抱久而化成。

    權篇第九

    說之者、說之也。說之者、資之也。飾言者、假之也。假之者、益損也。
    應對者。利辭也。利辭也。輕論也。成義者。明之也。明之者。符驗也。
    難言者。卻論也。卻論者。釣幾也。佞言者。諂而于忠。諛言者。博而于
    智。平言者。決而于勇。戚言者。權而于信。靜言者。反而于勝。先意成
    欲者諂也。繁稱文辭者博也。策選進謀者權也。縱舍不宜者決也。先分不
    足而窒非者反也。故口者。幾關也。所以閉情意也。耳目者。心之佐助也
    。所以窺間見姦邪。故曰參調而應。利道而動。故繫言而不亂。翱翔而不
    迷。變易而不危者。觀要得理。故無目者。不可示以五色。無耳者。不可
    告以五音。故不可以往者。無所開之也。不可以來者。無所受之也。物有
    不通者。故不事也。古人有言曰。口可以食。不可以言。言者有諱忌也。
    眾口爍金。言有曲故也。人之情。出言則欲聽。舉事則欲成。是故智者不
    用其所短。而用愚人之所長。不用其所拙。而用愚人之所工。故不困也。
    言其有利者。從其所長也。言其有害者。避其所短也。故介虫之悍也。必
    以堅厚。螫蟲之動也。必以毒螫。故禽獸之用。其長而談者。知用其用也
    。故曰辭言五。曰病。曰怨。曰憂。曰怒。曰喜。故曰病者。感衰氣而不
    神也。怨者。腸絕而無主也。憂者。閉塞而不泄也。怒者。妄動而不治也
    。喜者。宣散而無要也。此五者。精則用之。利則行之。故與智者言依於
    博。與拙者言依於辨。與辨者言依於要。與貴者言依於勢。與富者言依於
    高。與貧者言依於利。與賤者言依於謙。與勇者言依於敢。與過者言依於
    銳。此其術也。而人常反之。是故與智者言。將此以明之。與不智者言。
    將此以教之。而甚難為也。故言多類。事多變。故終日言。不失其類。故
    事不亂。終日不變。而不失其主。故智貴不妄。聽貴聰智貴明。辭貴奇。

    謀篇第十

    為人凡謀有道。必得其所因。以求其情。審得其情。乃立三儀。三儀者曰
    上。曰中。曰下。參以立焉以生奇。奇不知其所擁。始於古之所從。故鄭
    人之取玉也。載司南之車。為其不惑也。夫度材量能揣情者。亦事之司南
    也。故同情而俱相親者。其俱成者也。同欲而相疏者。其偏害者也。同惡
    而相親者。其俱害者也。同惡而相疏者。偏害者也。故相益則親。相損則
    疏。其數行也。此所以察同異之分類一也。故牆壞於隙。木毀於其節。施
    蓋其分也。故變生於事。事生謀。謀生計。計生議。議生說。說生進。進
    生退。退生制。因以制於事。故百事一道。而百度一數也。夫仁人輕貨。
    不可誘以利。可使出費。勇士輕難。不可懼以患。可使據危。智者達於數
    。明於理。不可欺以誠。可示以道理。可使立功。是三才也。故愚者易蔽
    也。不肖者易懼也。貪者易誘也。是因事而裁之。故為強者。積於弱也。
    有餘者。積於不足也。此其道術行也。故外親而內疏者。說內。內親而外
    疏者。說外。故因其疑以變之。因其見以然之。因其說以要之。因其勢以
    成之。因其惡以權之。因其患以斥之。摩而恐之。高而動之。微而正之。
    符而應之。擁而塞之。亂而惑之。是謂計謀。計謀之用。公不如私。私不
    如結。結而無隙者也。正不如奇。奇流而不止者也。故說人主者。必與之
    言奇。說人臣者。必與之言私。其身內。其言外者疏。其身外。其言深者
    危。無以人之近所不欲。而強之於人。無以人之所不知。而教之於人。人
    之有好也。學而順之。人之有惡也。避而諱之。故陰道而陽取之也。故去
    之者縱之。縱之者乘之。貌者。不美又不惡。故至情托焉。可知者。可用
    也。不可知者。謀者所不用也。故曰。事貴制人。而不貴見制於人。制人
    者。握權也。見制於人者。制命也。故聖人之道陰。愚人之道陽。智者事
    易。而不智者事難。以此觀之。亡不可以為存。而危不可以為安。然而無
    為而貴智矣。智用於眾人之所不能知。而能用於眾人之所不能見。既用見
    可否。擇事而為之。所以自為也。見不事。擇事而為之。所以為人也。故
    先王之道。陰言有之曰。天地之化。在高與深。聖人之制道。在隱與匿。
    非獨忠信仁義也。中正而已矣。道理達於此義之。則可與言。由能得此。
    則可與穀遠近之義。

    決篇第十一

    為人凡決物。必托於疑者。善其用福。惡其有患。害至於誘也。終無惑偏
    有利焉。去其利則不受也。奇之所託。若有利於善者。隱托於惡。則不受
    矣。致疏遠。謂疑者本其利善。而決者隱其利善之情。反託之於惡。則不
    受其決。更致疏遠矣。故其有使失利。其有使離害者。此事之失。聖人所
    以能成其事者有五。有以陽德之者。有以陰賊之者。有以信誠之者。有以
    蔽匿之者。有以平素之者。陽勵於一言。陰勵於二言。平素樞機。以用四
    者。微而施之。於是度以往事。驗之來事。參之平素。可則決之。公王大
    人之事也。危而美名者。可則決之。不用費力而易成者。可則決之。用力
    犯勤苦。然而不得已而為之者。則可決之。去患者。可則決之。從福者。
    可則決之。故夫決情定疑。萬事之機。以正亂治。決成敗。難為者。故先
    王乃用蓍龜者。以自決也。

    符言第十二

    安徐正靜。其被節無不肉。善與而不靜。虛心平意。以待傾損。有主位。
    目貴明。耳貴聰。心貴智。以天下之目視者。則無不見。以天下之耳聽者
    。則無不聞。以天下之心慮者。則無不知。輻湊並進。則明不可塞。有主
    明。德之術。曰勿堅而拒之。許之則防守。拒之則閉塞。高山仰之可極。
    深淵度之可測。神明之位術正靜。其莫之極歟。有主德。用賞貴信。用刑
    貴正。賞賜貴信。必驗耳目之所見聞。其所不見聞者。莫不闇化矣。誠暢
    於天下神明。而況姦者干君。有主賞。一曰天之。二曰地之。三曰人之。
    四方上下。左右前後。熒惑之處安在。有主問。心為九竅之治。君為五官
    之長。為善者君與之賞。為非者君與之罰。君因其政之所以求因與之。則
    不勞。聖人用之。故能賞之。因之循理。固能久長。有主因。人主不可不
    周。人主不周。則群臣生亂。家于其無常也。內外不通。安知所開。開閉
    不善。不見原也。有主周。一曰長目。二曰飛耳。三曰樹明。千里之外。
    隱微之中。是謂洞天下。姦莫不闇變更。有主恭。循名而為。實安而完。
    名實相生。反相為情。故曰。名當則生於實。實生於理。理生於名實之德
    。德生於和。和生於當。有主名。

    轉丸、胠亂、二篇皆亡。

    鬼谷子卷下

    鬼谷子的主要著作有《鬼谷子》及《本經陰符七術》。《鬼谷子》側重於
    言談辯論技巧,而《本經陰符七術》則集中於養神蓄銳之道。

    《本經陰符七術》之前三篇說明如何充實意誌,涵養精神。後四篇討論如
    精神運用於外,如何以內在的心神去處理外在的事物。

    《東周列國誌》中有段關於《陰符》的精彩描寫。當年蘇秦辭鬼谷子下山
    得黃金百鎰,黑貂裘衣一件,治車馬僕從,遨游列國,訪求山川地形,人
    天下利害之詳。然而如此數年,未有所遇。其時錢財以盡,只得回家。回
    老小盡責其之。妻不以其為夫,嫂不以其為叔,母不以其為子。絕望之余
    子之臨別贈言﹕「若游說失意,只須熟玩《陰符》一書,自有進益。」於
    門探討,務窮其趣,晝夜不息。夜倦欲睡,則引錐刺股,血流滿足。如此
    符有悟,乃將列國形勢,細細揣摩,天下之勢,盡在掌中。後又出游列國
    、趙。隨之又將六國合縱,共同抗秦,建立不朽功績。

    本經陰符七篇

    盛神法五龍

    盛神中有五氣。神為之長。心為之舍。德為之人。養神之所歸諸道。道者
    。天地之始。一其紀也。物之所造。天之所生。包宏無形。化氣先天地而
    成。莫見其形。莫知其名。謂之神靈。故道者。神明之源。一其化端。是
    以德養五氣。心能得一。乃有其術。術者。心氣之道。所由舍者。神乃為
    之使。九竅十二舍者。氣之門戶。心之總攝也。生受之天。謂之真人。真
    人者。與天為一。而知之者。內修鍊而知之。謂之聖人。聖人者。以類知
    之。故人與生一。出於化物。知類在竅。有所疑惑。通於心術。術必有不
    通。其通也。五氣得養。務在舍神。此之謂化。化有五氣者。志也。思也
    。神也。德也。神其一長也。靜和者養氣。養氣得其和。四者不衰。四邊
    威勢。無不為存而舍之。是謂神化。歸於身謂之真人。真人者。同天而合
    道。執一而養產萬類。懷天心。施德養。無為以包志慮思意。而行威勢者
    也。士者通達之。神盛乃能養志。

    養志法靈龜

    養志者。心氣之思不達也。有所欲志。存而思之。志者。欲之使也。欲多
    志則心散。心散則志衰。志衰則思不達也。故心氣一。則欲不偟。欲不偟
    。則志意不衰。志意不衰。則思理達矣。理達則和通。和通則亂氣不煩於
    胸中。故內以養氣。外以知人。養志則心通矣。知人則分職明矣。將欲用
    之於人。必先知其養氣志。知人氣盛衰。而養其氣志。察其所安。以知其
    所能。志不養。心氣不固。心氣不固。則思慮不達。思慮不達。則志意不
    實。志意不實。則應對不猛。應對不猛。則失志而心氣虛。志失而心氣虛
    。則喪其神矣。神喪則髣彿。髣彿則參會不一。養志之始。務在安己。己
    安則志意實堅。志意實堅。則威勢不分。神明常固守。乃能分之。

    實意法騰蛇

    實意者。氣之慮也。心欲安靜。慮欲深遠。心安靜則神明榮。慮深遠則計
    謀成。神明榮則志不可亂。計謀成則功不可間。意慮定則心遂安。則其所
    行不錯。神者得則凝。識氣寄。姦邪得而倚之。詐謀得而惑之。言無由心
    矣。故信心術。守真一而不化。待人意慮之交會。聽之候之也。計謀者。
    存亡樞機。慮不會則聽不審矣。候之不得。計謀失矣。則意無所信。虛而
    無實。無為而求安靜。五臟和通。六腑精神魂魄固守不動。乃能內視反聽
    。定志思之。大虛待。神往來。以觀天地開闢。知萬物所造化。見陰陽之
    終始。原人事之政理。不出戶而知天下。不窺牖而見天道。不見而命。不
    行而至。是謂道知。以通神明。應於無方。而神宿矣。

    分威法伏熊

    分威者。神之覆也。故靜固志意。神歸其舍。則威覆盛矣。威覆盛則內實
    堅。內實堅則莫當。莫當則能以分人之威。而動其勢如其天。以實取虛。
    以有取無。若以鎰稱珠。故動者必隨。唱者必和。撓其一指。觀其餘次。
    動變見形。無能間者。審於唱和。以間見間。動變明而威可分。將欲動變
    。必先養志伏意以視間。知其固實者。自養也。讓己者。養人也。故神存
    兵亡。乃為之形勢。

    散勢法鷙鳥

    散勢者。神之使也。用之必循間而動。威肅內盛。推間而行之則勢散。夫
    散勢者。心虛志溢。意失威勢。精神不專。其言外而多變。故觀其志意為
    度數。乃以揣說圖事。盡圓方。齊長短。無則不散勢。散勢者。待間而動
    。動勢分矣。故善思間者。必內精五氣。外視虛實。動而不失分散之實。
    動則隨其志意。知其計謀。勢者。利害之決。權變之威。勢敗者。不以神
    肅察也。

    轉圖法猛獸

    轉圓者。無窮之計。無窮者。必有聖人之心。以原不測之智。以不測之智
    而通心術。而神道混沌為一。以變論萬義類。說義無窮。智略計謀。各有
    形容。或圓或方。或陰或陽。或吉或凶。事類不同。故聖人懷此之用。轉
    圓而求其合。故興造化者。為始動作。無不包大道。以觀神明之域。天地
    無極。人事無窮。各以成其類。見其計謀。必知其吉凶成敗之所終也。轉
    圓者。或轉而吉。或轉而凶。聖人以道先知存亡。乃知轉圓而從方。圓者
    。所以合語。方者。所以錯事。轉化者。所以觀計謀。接物者。所以觀進
    退之意。皆見其會。乃為要結。以接其說也。

    損悅法靈蓍

    損兌者。幾危之決也。事有適然。物有成敗。幾危之動。不可不察。故聖
    人以無為待有德。言察辭。合於事。兌者。知之也。損者。行之也。損之
    說之。物有不可者。聖人不為辭也。故智者不以言失人之言。故辭不煩而
    心不虛。志不亂而意不邪。當其難易。而後為之謀。自然之道以為實。圓
    者不行。方者不止。是謂大功。益之損之。皆為之辭。用分威散勢之權。
    以見其兌威。其機危乃為之決。故善損兌者。譬若決水於千仞之堤。轉圓
    石於萬仞之谿。持樞。持樞謂春生夏長。秋收冬藏。天之正也。不可干而
    逆之。逆之者。雖成必敗。故人君亦有天樞。生養成藏。亦復不別。干而
    逆之。逆之雖盛必衰。此天道人君之大綱也。中經。中經。謂振窮趨急。
    施之能言厚德之人。救物執窮者。不忘恩也。能言者。儔善博惠。施德者
    依道。而救拘執者。養使小人。蓋士當世異時。或當因免闐坑。或當伐害
    能言。或當破德為雄。或當抑拘成罪。或當戚戚自善。或當敗敗自立。故
    道貴制人。不貴制於人也。制人者握權。制於人者失命。是以見形為容。
    象體為貌。聞聲和音。解仇鬥郤。綴去卻語。攝心守義。本經記事者紀道
    數。其變要在持樞中經。見形為容。象體為貌者。謂爻為之生也。可以影
    響形容象貌而得之也。有守之人。目不視非。耳不聽邪。言必詩書。行不
    僻淫。以道為形。以聽為容。貌莊色溫。不可象貌而得也。如是隱情塞郤
    而去之。聞聲和音。謂聲氣不同。則恩受不接。故商角不二合。徵羽不相
    配。能為四聲主者。其唯宮乎。故音不和。則不悲不是。以聲散傷醜害者
    。言必逆於耳也。雖有美行盛譽。不可比目合翼相須也。此乃氣不合。音
    不調者也。解仇鬥郤。謂解羸微之仇。鬥郤者。鬥強也。強郤既鬥。稱勝
    者高其功。盛其勢。弱者哀其負。傷其卑。行其名。恥其宗。故勝者。鬥
    其功勢。苟進而不知退。弱者聞哀其負。見其傷。則強大力倍。死而是也
    。郤無極大。禦無強大。則皆可脅而并。綴去者。謂綴己之繫。言使有餘
    思也。故接貞信者稱其行。厲其志。言可為可復。會之期喜。以他人之庶
    。引驗以結往。明疑疑而去之。卻語者。察伺短也。故多必有數短之處。
    識其短驗之。動以忌諱。示以時禁。然後結以安其心。收語蓋藏而卻之。

    無見己之所不能於多方之人。攝心者。謂逢好學伎術者。則為之稱遠。方
    驗之。驚以奇怪。人繫其心於己。效之於驗。驗去亂其前。吾歸誠於己。
    遭淫色酒者。為之術音樂。動之以為必死。生日少之憂。喜以自所不見之
    事。終可以觀漫瀾之命。使有後會。守義者。謂守以人義。探心在內以合
    也。探心深得其主也。從外制內。事有繫由而隨也。故小人比人。則左道
    而用之。至能敗家奪國。非賢智。不能守家以義。不能守國以道。聖人所
    貴道微妙者。誠以其可以轉危為安。救亡使存也。

    End of Project Gutenberg's Wenyvange Sikuquanshu--Gui Gu Zi, by Wang Xu

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    鬼谷子

    Aproximadamente 1.974 palavras.

    Produced by Wan Ting Gong

    Gui Gu Zi (Thought Of Gui Gu Zi)

    by Wang Xu

    The original Chinese:

    鬼谷子

    王詡

    鬼谷子,姓王名詡,春秋時人。常入雲夢山采藥修道。因隱居清溪之鬼谷
    谷先生。

    鬼谷子為縱橫家之鼻祖,蘇秦與張儀為其最杰出的兩個弟子〔見《戰國策
    孫臏與龐涓亦為其弟子之說〔見《孫龐演義》〕。

    縱橫家所崇尚的是權謀策略及言談辯論之技巧,其指導思想與儒家所推崇
    大相徑庭。因此,歷來學者對《鬼谷子》一書推崇者甚少,而譏詆者極多
    戰術之得益與否,關系國家之安危興衰;而生意談判與競爭之策略是否得
    到經濟上之成敗得失。即使在日常生活中,言談技巧也關系到一人之處世
    與否。當年蘇秦憑其三寸不爛之舌,合縱六國,配六國相印,統領六國共
    赫一時。而張儀又憑其謀略與游說技巧,將六國合縱土蹦瓦解,為秦國立
    。所謂「智用於眾人之所不能知,而能用於眾人之所不能。」潛謀於無形
    爭不費,此為《鬼谷子》之精髓所在。《孫子兵法》側重於總體戰略,而
    則專於具體技巧,兩者可說是相輔相成。

    《鬼谷子》共有十四篇,其中第十三、十四篇已失傳。《鬼谷子》的版本
    道藏本及嘉慶十年江都秦氏刊本。

    鬼谷子卷上

    捭闔第一

    粵若稽古聖人之在天地間也。為眾生之先。觀陰陽之開闔以命物。知存亡
    之門戶。籌策萬類之終始。達人心之理。見變化之眹焉。而守司其門戶。
    故聖人之在天下也。自古至今。其道一也。變化無窮。各有所歸。或陰或
    陽。或柔或剛。或開或閉。或弛或張。是故聖人一守司其門戶。審察其所
    先後。度權量能。校其伎巧短長。夫賢不肖智愚勇怯仁義有差。乃可捭。
    乃可闔。乃可進。乃可退。乃可賤。乃可貴。無為以牧之。審定有無。以
    其實虛。隨其嗜欲。以見其志意。微排其所言而捭反之。以求其實。貴得
    其指。闔而捭之。以求其利。或開而示之。或闔而閉之。開而示之者。同
    其情也。闔而閉之者。異其誠也。可與不可。審明其計謀。以原其同異。
    離合有守。先從其志。即欲捭之貴周。即欲闔之貴密。周密之貴微。而與
    道相追。捭之者。料其情也。闔之者。結其誠也。皆見其權衡輕重。乃為
    之度數。聖人因而為之慮。其不中權衡度數。聖人因而自為之慮。故捭者
    、或捭而出之。或捭而納之。闔者、或闔而取之。或闔而去之。捭闔者。
    天地之道。捭闔者。以變動陰陽。四時開閉。以化萬物縱橫。反出反覆反
    忤。必由此矣。捭闔者。道之大化。說之變也。必豫審其變化。口者。心
    之門戶也。心者。神之主也。志意喜欲。思慮智謀。此皆由門戶出入。故
    關之捭闔。制之以出入。捭之者開也。言也。陽也。闔之者閉也。默也。
    陰也。陰陽其和。終始其義。故言長生安樂富貴。尊榮顯名。愛好財利。
    得意喜欲。為陽曰始。故言死憂患貧賤。苦辱棄損。亡利失意。有害刑戮
    誅罰。為陰曰終。諸言法陽之類者皆曰始。言善以始其事。諸言法陰之類
    皆曰終。言惡以終為謀。捭闔之道。以陰陽試之。故與陽言者依崇高。與
    陰言者依卑小。以下求小。以高求大。由此言之。無所不出。無所不入。
    無所不言可。可以說人。可以說家。可以說國。可以說天下。為小無內。
    為大無外。益損去就倍反。皆以陰陽御其事。陽動而行。陰止而藏。陽動
    而出。陰隨而入。陽還終始。陰極反陽。以陽動者。德相生也。以陰靜者
    。形相成也。以陽求陰。苞以德也。以陰結陽。施以力也。陰陽相求。由
    捭闔也。此天地陰陽之道。而說人之法也。為萬事之先。是謂圓方之門戶
    。

    反應第二

    古之大化者。乃與無形俱生。反以觀往。覆以驗今。反以知古。覆以知今
    。反以知彼。覆以知己。動靜虛實之理。不合來今。反古而求之。事有反
    而得覆者。聖人之意也。不可不察。人言者動也。己默者靜也。因其言。
    聽其辭。言有不合者。反而求之。其應必出。言有象。事有比。其有象比
    。以觀其次。象者象其事。比者比其辭也。以は形求有聲。其釣語合事。
    得人實也。其張罝網而取獸也。多張其會而司之。道合其事。彼自出之。
    此釣人之網也。常持其網驅之。其言無比。乃為之變。以象動之。以報其
    心。見其情。隨而牧之。己反往。彼覆來。言有象比。因而定基。重之襲
    之。反之覆之。萬事不失其辭。聖人所誘愚智事皆不疑。古善反聽者。乃
    變鬼神以得其情。其變當也。而牧之審也。牧之不審。得情不明。得情不
    明。定基不審。變象比。必有反辭。以還聽之。欲聞其聲反默。欲張反瞼
    。欲高反下。欲取反與。欲開情者。象而比之。以牧其辭。同聲相呼。實
    理同歸。或因此。或因彼。或以事上。或以牧下。此聽真偽。知同異。得
    其情詐也。動作言默。與此出入。喜怒由此以見其式。皆以先定為之法則
    。以反求覆。觀其所託。故用此者。己欲平靜。以聽其辭。察其事。論萬
    物。別雄雌。雖非其事。見微知類。若探人而居其內。量其能。射其意也
    。符應不失。如螣蛇之所指。若羿之引矢。故知之始己。自知而後知人也
    。其相知也。若比目之魚。見形也。若光之與影也。其察言也不失。若磁
    石之取鍼。舌之取燔骨。其與人也微。其見情也疾。如陰與陽。如陽與陰
    。如圓與方。如方與圓。未見形、圓以道之。既形、方以事之。進退左右
    。以是司之。己不先定。牧人不正。事用不巧。是謂忘情失道。己審先定
    以牧人。策而無形容。莫見其門。是謂天神。

    內揵第三

    君臣上下之事。有遠而親。近而疏。就之不用。去之反求。日進前而不御
    。遙聞聲而相思。事皆有內揵。素結本始。或結以道德。或結以黨友。或
    結以財貨。或結以釆色。用其意。欲入則入。欲出則出。欲親則親。欲疏
    則疏。欲就則就。欲去則去。欲求則求。欲思則思。若蚨母之從其子也。
    出無間。入無眹。獨往獨來。莫之能止。內者、進說辭。揵者、揵所謀也
    。故遠而親者。有陰德也。近而疏者。志不合也。陰德、謂陰私相德也。
    就而不用者。策不得也。去而反求者。事中來也。日進前而不御者。施不
    合也。遙聞聲而相思者。合於謀。待決事也。故曰不見其類而為之者。見
    逆。不得其情而說之者。見非。得其情。乃制其術。此用可出可入。可揵
    可開。故聖人立事。以此先知。而揵萬物。由夫道德仁義。禮樂計謀。先
    取詩書。混說損益。議去論就。欲合者用內。欲去者用外。外內者。必明
    道數。揣策來事。見疑訣之。策無失計。立功建德。治民入產業。曰揵而
    內合。上暗不治。下亂不寤。揵而反之。內自得而外不留。說而飛之。若
    命自來。己迎而御之。若欲去之。因危與之。環轉因化。莫之所為。退為
    大儀。

    抵巇第四

    物有自然。事有合離。有近而不可見。遠而可知。近而不可見者。不察其
    辭也。遠而可知者。反往以驗來也。巇者、罅也。罅者、 也。 者、成
    大隙也。巇始有朕。可抵而塞。可抵而卻。可抵而息。可抵而匿。可抵而
    得。此謂抵巇之理也。事之危也。聖人知之。獨保其用。因化說事。通達
    計謀。以識細微。經起秋毫之末。揮之於太山之本。其施外兆萌牙孽之謀
    。皆由抵巇。抵巇隙為道術。天下分錯。上無明主。公侯無道德。則小人
    讒賊。賢人不用。聖人竄匿。貪利詐偽者作。君臣相惑。土崩瓦解。而相
    伐射。父子離散。乖亂反目。是謂萌牙巇罅。聖人見萌牙巇罅。則抵之以
    法。世可以治。則抵而塞之。不可治。則抵而得之。或抵如此。或抵如彼
    。或抵反之。或抵覆之。五帝之政。抵而塞之。三王之事。抵而得之。諸
    侯相抵。不可勝數。當此之時。能抵為右。自天地之合離終始。必有巇隙
    。不可不察也。察之以捭闔。能用此道。聖人也。聖人者。天地之使也。
    世無可抵。則深隱而待時。時有可抵。則為之謀。可以上合。可以檢下。
    能因能循。為天地守神。

    鬼谷子卷中

    飛箝篇五

    凡度權量能。所以徵遠來近。立勢而制事。必先察同異。別是非之語。見
    內外之辭。知有無之數。決安危之計。定親疏之事。然後乃權量之。其有
    隱括。乃可徵。乃可求。乃可用。引鉤箝之辭。飛而箝之。鉤箝之語。其
    說辭也。乍同乍異。其不可善者。或先徵之。而後重累。或先重以累。而
    後毀之。或以重累為毀。或以毀為重累。其用或稱財貨琦瑋珠玉璧白釆色
    以事之。或量能立勢以鉤之。或伺候見 而箝之。其事用抵巇。將欲用之
    天下。必度權量能。見天時之盛衰。制地形之廣狹。岨嶮之難易。人民貨
    財之多少。諸侯之交。孰親孰疏。孰愛孰憎。心意之慮懷。審其意。知其
    所好惡。乃就說其所重。以飛箝之辭。鉤其所好。以箝求之。用之於人。
    則量智能。權材力。料氣勢。為之樞機。以迎之隨之。以箝和之。以意宜
    之。此飛箝之綴也。

    用於人則空往而實來。綴而不失。以究其辭。可箝而從。可箝而橫。

    可引而東。可引而西。可引而南。可引而北。可引而反。可引而覆。

    雖覆能復。不失其度。

    忤合第六

    凡趨合倍反。計有適合。化轉環屬。各有形勢。反覆相求。因事為制。是
    以聖人居天地之間。立身御世。施教揚聲明名也。必因事物之會。觀天時
    之宜。因之所多所少。以此先知之。與之轉化。世無常貴。事無常師。聖
    人常為無不為。所聽無不聽。成於事而合於計謀。與之為主。合於彼而離
    於此。計謀不兩忠。必有反忤。反於是。忤於彼。忤於此。反於彼。其術
    也。用之天下。必量天下而與之。用之國。必量國而與之。用之家。必量
    家而與之。用之身。必量身材能氣勢而與之。大小進退。其用一也。必先
    謀慮計定。而後行之以飛箝之術。古之善背向者。乃協四海、包諸侯、忤
    合之地。而化轉之然後以之求合。故伊尹五就湯。五就桀。然後合於湯。
    呂尚三就文王。三入殷。而不能有所明。然後合於文王。此知天命之箝。
    故歸之不疑也。非至聖人達奧。不能御世。勞心苦思。不能原事。不悉心
    見情。不能成名。材質不惠。不能用兵。忠實無真。不能知人。故忤合之
    道。己必自度材能知睿。量長短遠近孰不如。乃可以進。乃可以退。乃可
    以縱。乃可以橫。

    揣篇第七

    少饒乏、有餘不足、幾何辨。地形之險易。孰利孰害。謀慮孰長孰短。君
    臣之親疏。孰賢孰不肖。與賓客之知睿。孰少孰多。觀天時之禍福。孰吉
    孰凶。諸侯之親。孰用孰不用。百姓之心。去就變化。孰安孰危。孰好孰
    憎。反側孰便。能知如此者。是謂權量。揣情者。必以其甚喜之時。往而
    極其欲也。其有欲也。不能隱其情。必以其甚懼之時。往而極其惡也。其
    有惡也。不能隱其情。情欲必失其變。感動而不知其變者。乃且錯其人勿
    與語。而更問所親。知其所安。夫情變於內者。形見於外。故常必以其見
    者。而知其隱者。此所謂測深揣情。故計國事者。則當審權量。說人主。
    則當審揣情。謀慮情欲。必出於此。乃可貴。乃可賤。乃可重。乃可輕。
    乃可利。乃可害。乃可成。乃可敗。其數一也。故雖有先王之道。聖智之
    謀。非揣情隱匿。無所索之。此謀之大本也。而說之法也。常有事於人。
    人莫先事而至。此最難為。故曰。揣情最難。守司言必時其謀慮。故觀蜎
    飛蠕動。無不有利害。可以生事美。生事者。幾之勢也。此揣情飾言。成
    文章而後論之。

    摩篇第八

    摩之符也。內符者。揣之主也。用之有道。其道必隱。微摩之以其所欲。
    測而探之。因符必應。其應也。必有為之。故微而去之。是謂塞窌匿端。
    隱貌逃情。而人不知。故成其事而無患。摩之在此。符之在彼。從而應之
    。事無不可。古之善摩者。如操鉤而臨深淵。餌而投之。必得魚焉。故曰
    主事日成。而人不知。主兵日勝。而人不畏也。聖人謀之於陰。故曰神。
    成之於陽。故曰明。所謂主事日成者。積德也。用民安之。不知其所以利
    。積善也。而民道之。不知其所以然。而天下比之神明也。主兵日勝者。
    常戰於不爭不費。而民不知所以服。不知所以畏。而天下比之神明。其摩
    者。有以平。有以正。有以喜。有以怒。有以名。有以行。有以廉。有以
    信。有以利。有以卑。平者、靜也。正者、直也。喜者、悅也。怒者、動
    也。名者、發也。行者、成也。廉者、潔也。信者、明也。利者、求也。
    卑者、諂也。故聖所獨用者。眾人皆有之。然無成功者。其用之非也。故
    謀莫難於周密。說莫難於悉聽。事莫難於必成。此三者然後能之。故謀必
    欲周密。必擇其所與通者說也。故曰或結而無隙也。夫事成必合於數。故
    曰道數與時相偶者也。說者聽。必合於情。故曰情合者聽。故物歸類。抱
    薪趨火。燥者先燃。平地注水。濕者先濡。此物類相應於勢。譬猶是也。
    此言內符之應。外摩也如是。故曰摩之以其類焉。有不相應者。乃摩之以
    其欲焉。有不聽者。故曰獨行之道。夫幾者不晚成。而不抱久而化成。

    權篇第九

    說之者、說之也。說之者、資之也。飾言者、假之也。假之者、益損也。
    應對者。利辭也。利辭也。輕論也。成義者。明之也。明之者。符驗也。
    難言者。卻論也。卻論者。釣幾也。佞言者。諂而于忠。諛言者。博而于
    智。平言者。決而于勇。戚言者。權而于信。靜言者。反而于勝。先意成
    欲者諂也。繁稱文辭者博也。策選進謀者權也。縱舍不宜者決也。先分不
    足而窒非者反也。故口者。幾關也。所以閉情意也。耳目者。心之佐助也
    。所以窺間見姦邪。故曰參調而應。利道而動。故繫言而不亂。翱翔而不
    迷。變易而不危者。觀要得理。故無目者。不可示以五色。無耳者。不可
    告以五音。故不可以往者。無所開之也。不可以來者。無所受之也。物有
    不通者。故不事也。古人有言曰。口可以食。不可以言。言者有諱忌也。
    眾口爍金。言有曲故也。人之情。出言則欲聽。舉事則欲成。是故智者不
    用其所短。而用愚人之所長。不用其所拙。而用愚人之所工。故不困也。
    言其有利者。從其所長也。言其有害者。避其所短也。故介虫之悍也。必
    以堅厚。螫蟲之動也。必以毒螫。故禽獸之用。其長而談者。知用其用也
    。故曰辭言五。曰病。曰怨。曰憂。曰怒。曰喜。故曰病者。感衰氣而不
    神也。怨者。腸絕而無主也。憂者。閉塞而不泄也。怒者。妄動而不治也
    。喜者。宣散而無要也。此五者。精則用之。利則行之。故與智者言依於
    博。與拙者言依於辨。與辨者言依於要。與貴者言依於勢。與富者言依於
    高。與貧者言依於利。與賤者言依於謙。與勇者言依於敢。與過者言依於
    銳。此其術也。而人常反之。是故與智者言。將此以明之。與不智者言。
    將此以教之。而甚難為也。故言多類。事多變。故終日言。不失其類。故
    事不亂。終日不變。而不失其主。故智貴不妄。聽貴聰智貴明。辭貴奇。

    謀篇第十

    為人凡謀有道。必得其所因。以求其情。審得其情。乃立三儀。三儀者曰
    上。曰中。曰下。參以立焉以生奇。奇不知其所擁。始於古之所從。故鄭
    人之取玉也。載司南之車。為其不惑也。夫度材量能揣情者。亦事之司南
    也。故同情而俱相親者。其俱成者也。同欲而相疏者。其偏害者也。同惡
    而相親者。其俱害者也。同惡而相疏者。偏害者也。故相益則親。相損則
    疏。其數行也。此所以察同異之分類一也。故牆壞於隙。木毀於其節。施
    蓋其分也。故變生於事。事生謀。謀生計。計生議。議生說。說生進。進
    生退。退生制。因以制於事。故百事一道。而百度一數也。夫仁人輕貨。
    不可誘以利。可使出費。勇士輕難。不可懼以患。可使據危。智者達於數
    。明於理。不可欺以誠。可示以道理。可使立功。是三才也。故愚者易蔽
    也。不肖者易懼也。貪者易誘也。是因事而裁之。故為強者。積於弱也。
    有餘者。積於不足也。此其道術行也。故外親而內疏者。說內。內親而外
    疏者。說外。故因其疑以變之。因其見以然之。因其說以要之。因其勢以
    成之。因其惡以權之。因其患以斥之。摩而恐之。高而動之。微而正之。
    符而應之。擁而塞之。亂而惑之。是謂計謀。計謀之用。公不如私。私不
    如結。結而無隙者也。正不如奇。奇流而不止者也。故說人主者。必與之
    言奇。說人臣者。必與之言私。其身內。其言外者疏。其身外。其言深者
    危。無以人之近所不欲。而強之於人。無以人之所不知。而教之於人。人
    之有好也。學而順之。人之有惡也。避而諱之。故陰道而陽取之也。故去
    之者縱之。縱之者乘之。貌者。不美又不惡。故至情托焉。可知者。可用
    也。不可知者。謀者所不用也。故曰。事貴制人。而不貴見制於人。制人
    者。握權也。見制於人者。制命也。故聖人之道陰。愚人之道陽。智者事
    易。而不智者事難。以此觀之。亡不可以為存。而危不可以為安。然而無
    為而貴智矣。智用於眾人之所不能知。而能用於眾人之所不能見。既用見
    可否。擇事而為之。所以自為也。見不事。擇事而為之。所以為人也。故
    先王之道。陰言有之曰。天地之化。在高與深。聖人之制道。在隱與匿。
    非獨忠信仁義也。中正而已矣。道理達於此義之。則可與言。由能得此。
    則可與穀遠近之義。

    決篇第十一

    為人凡決物。必托於疑者。善其用福。惡其有患。害至於誘也。終無惑偏
    有利焉。去其利則不受也。奇之所託。若有利於善者。隱托於惡。則不受
    矣。致疏遠。謂疑者本其利善。而決者隱其利善之情。反託之於惡。則不
    受其決。更致疏遠矣。故其有使失利。其有使離害者。此事之失。聖人所
    以能成其事者有五。有以陽德之者。有以陰賊之者。有以信誠之者。有以
    蔽匿之者。有以平素之者。陽勵於一言。陰勵於二言。平素樞機。以用四
    者。微而施之。於是度以往事。驗之來事。參之平素。可則決之。公王大
    人之事也。危而美名者。可則決之。不用費力而易成者。可則決之。用力
    犯勤苦。然而不得已而為之者。則可決之。去患者。可則決之。從福者。
    可則決之。故夫決情定疑。萬事之機。以正亂治。決成敗。難為者。故先
    王乃用蓍龜者。以自決也。

    符言第十二

    安徐正靜。其被節無不肉。善與而不靜。虛心平意。以待傾損。有主位。
    目貴明。耳貴聰。心貴智。以天下之目視者。則無不見。以天下之耳聽者
    。則無不聞。以天下之心慮者。則無不知。輻湊並進。則明不可塞。有主
    明。德之術。曰勿堅而拒之。許之則防守。拒之則閉塞。高山仰之可極。
    深淵度之可測。神明之位術正靜。其莫之極歟。有主德。用賞貴信。用刑
    貴正。賞賜貴信。必驗耳目之所見聞。其所不見聞者。莫不闇化矣。誠暢
    於天下神明。而況姦者干君。有主賞。一曰天之。二曰地之。三曰人之。
    四方上下。左右前後。熒惑之處安在。有主問。心為九竅之治。君為五官
    之長。為善者君與之賞。為非者君與之罰。君因其政之所以求因與之。則
    不勞。聖人用之。故能賞之。因之循理。固能久長。有主因。人主不可不
    周。人主不周。則群臣生亂。家于其無常也。內外不通。安知所開。開閉
    不善。不見原也。有主周。一曰長目。二曰飛耳。三曰樹明。千里之外。
    隱微之中。是謂洞天下。姦莫不闇變更。有主恭。循名而為。實安而完。
    名實相生。反相為情。故曰。名當則生於實。實生於理。理生於名實之德
    。德生於和。和生於當。有主名。

    轉丸、胠亂、二篇皆亡。

    鬼谷子卷下

    鬼谷子的主要著作有《鬼谷子》及《本經陰符七術》。《鬼谷子》側重於
    言談辯論技巧,而《本經陰符七術》則集中於養神蓄銳之道。

    《本經陰符七術》之前三篇說明如何充實意誌,涵養精神。後四篇討論如
    精神運用於外,如何以內在的心神去處理外在的事物。

    《東周列國誌》中有段關於《陰符》的精彩描寫。當年蘇秦辭鬼谷子下山
    得黃金百鎰,黑貂裘衣一件,治車馬僕從,遨游列國,訪求山川地形,人
    天下利害之詳。然而如此數年,未有所遇。其時錢財以盡,只得回家。回
    老小盡責其之。妻不以其為夫,嫂不以其為叔,母不以其為子。絕望之余
    子之臨別贈言﹕「若游說失意,只須熟玩《陰符》一書,自有進益。」於
    門探討,務窮其趣,晝夜不息。夜倦欲睡,則引錐刺股,血流滿足。如此
    符有悟,乃將列國形勢,細細揣摩,天下之勢,盡在掌中。後又出游列國
    、趙。隨之又將六國合縱,共同抗秦,建立不朽功績。

    本經陰符七篇

    盛神法五龍

    盛神中有五氣。神為之長。心為之舍。德為之人。養神之所歸諸道。道者
    。天地之始。一其紀也。物之所造。天之所生。包宏無形。化氣先天地而
    成。莫見其形。莫知其名。謂之神靈。故道者。神明之源。一其化端。是
    以德養五氣。心能得一。乃有其術。術者。心氣之道。所由舍者。神乃為
    之使。九竅十二舍者。氣之門戶。心之總攝也。生受之天。謂之真人。真
    人者。與天為一。而知之者。內修鍊而知之。謂之聖人。聖人者。以類知
    之。故人與生一。出於化物。知類在竅。有所疑惑。通於心術。術必有不
    通。其通也。五氣得養。務在舍神。此之謂化。化有五氣者。志也。思也
    。神也。德也。神其一長也。靜和者養氣。養氣得其和。四者不衰。四邊
    威勢。無不為存而舍之。是謂神化。歸於身謂之真人。真人者。同天而合
    道。執一而養產萬類。懷天心。施德養。無為以包志慮思意。而行威勢者
    也。士者通達之。神盛乃能養志。

    養志法靈龜

    養志者。心氣之思不達也。有所欲志。存而思之。志者。欲之使也。欲多
    志則心散。心散則志衰。志衰則思不達也。故心氣一。則欲不偟。欲不偟
    。則志意不衰。志意不衰。則思理達矣。理達則和通。和通則亂氣不煩於
    胸中。故內以養氣。外以知人。養志則心通矣。知人則分職明矣。將欲用
    之於人。必先知其養氣志。知人氣盛衰。而養其氣志。察其所安。以知其
    所能。志不養。心氣不固。心氣不固。則思慮不達。思慮不達。則志意不
    實。志意不實。則應對不猛。應對不猛。則失志而心氣虛。志失而心氣虛
    。則喪其神矣。神喪則髣彿。髣彿則參會不一。養志之始。務在安己。己
    安則志意實堅。志意實堅。則威勢不分。神明常固守。乃能分之。

    實意法騰蛇

    實意者。氣之慮也。心欲安靜。慮欲深遠。心安靜則神明榮。慮深遠則計
    謀成。神明榮則志不可亂。計謀成則功不可間。意慮定則心遂安。則其所
    行不錯。神者得則凝。識氣寄。姦邪得而倚之。詐謀得而惑之。言無由心
    矣。故信心術。守真一而不化。待人意慮之交會。聽之候之也。計謀者。
    存亡樞機。慮不會則聽不審矣。候之不得。計謀失矣。則意無所信。虛而
    無實。無為而求安靜。五臟和通。六腑精神魂魄固守不動。乃能內視反聽
    。定志思之。大虛待。神往來。以觀天地開闢。知萬物所造化。見陰陽之
    終始。原人事之政理。不出戶而知天下。不窺牖而見天道。不見而命。不
    行而至。是謂道知。以通神明。應於無方。而神宿矣。

    分威法伏熊

    分威者。神之覆也。故靜固志意。神歸其舍。則威覆盛矣。威覆盛則內實
    堅。內實堅則莫當。莫當則能以分人之威。而動其勢如其天。以實取虛。
    以有取無。若以鎰稱珠。故動者必隨。唱者必和。撓其一指。觀其餘次。
    動變見形。無能間者。審於唱和。以間見間。動變明而威可分。將欲動變
    。必先養志伏意以視間。知其固實者。自養也。讓己者。養人也。故神存
    兵亡。乃為之形勢。

    散勢法鷙鳥

    散勢者。神之使也。用之必循間而動。威肅內盛。推間而行之則勢散。夫
    散勢者。心虛志溢。意失威勢。精神不專。其言外而多變。故觀其志意為
    度數。乃以揣說圖事。盡圓方。齊長短。無則不散勢。散勢者。待間而動
    。動勢分矣。故善思間者。必內精五氣。外視虛實。動而不失分散之實。
    動則隨其志意。知其計謀。勢者。利害之決。權變之威。勢敗者。不以神
    肅察也。

    轉圖法猛獸

    轉圓者。無窮之計。無窮者。必有聖人之心。以原不測之智。以不測之智
    而通心術。而神道混沌為一。以變論萬義類。說義無窮。智略計謀。各有
    形容。或圓或方。或陰或陽。或吉或凶。事類不同。故聖人懷此之用。轉
    圓而求其合。故興造化者。為始動作。無不包大道。以觀神明之域。天地
    無極。人事無窮。各以成其類。見其計謀。必知其吉凶成敗之所終也。轉
    圓者。或轉而吉。或轉而凶。聖人以道先知存亡。乃知轉圓而從方。圓者
    。所以合語。方者。所以錯事。轉化者。所以觀計謀。接物者。所以觀進
    退之意。皆見其會。乃為要結。以接其說也。

    損悅法靈蓍

    損兌者。幾危之決也。事有適然。物有成敗。幾危之動。不可不察。故聖
    人以無為待有德。言察辭。合於事。兌者。知之也。損者。行之也。損之
    說之。物有不可者。聖人不為辭也。故智者不以言失人之言。故辭不煩而
    心不虛。志不亂而意不邪。當其難易。而後為之謀。自然之道以為實。圓
    者不行。方者不止。是謂大功。益之損之。皆為之辭。用分威散勢之權。
    以見其兌威。其機危乃為之決。故善損兌者。譬若決水於千仞之堤。轉圓
    石於萬仞之谿。持樞。持樞謂春生夏長。秋收冬藏。天之正也。不可干而
    逆之。逆之者。雖成必敗。故人君亦有天樞。生養成藏。亦復不別。干而
    逆之。逆之雖盛必衰。此天道人君之大綱也。中經。中經。謂振窮趨急。
    施之能言厚德之人。救物執窮者。不忘恩也。能言者。儔善博惠。施德者
    依道。而救拘執者。養使小人。蓋士當世異時。或當因免闐坑。或當伐害
    能言。或當破德為雄。或當抑拘成罪。或當戚戚自善。或當敗敗自立。故
    道貴制人。不貴制於人也。制人者握權。制於人者失命。是以見形為容。
    象體為貌。聞聲和音。解仇鬥郤。綴去卻語。攝心守義。本經記事者紀道
    數。其變要在持樞中經。見形為容。象體為貌者。謂爻為之生也。可以影
    響形容象貌而得之也。有守之人。目不視非。耳不聽邪。言必詩書。行不
    僻淫。以道為形。以聽為容。貌莊色溫。不可象貌而得也。如是隱情塞郤
    而去之。聞聲和音。謂聲氣不同。則恩受不接。故商角不二合。徵羽不相
    配。能為四聲主者。其唯宮乎。故音不和。則不悲不是。以聲散傷醜害者
    。言必逆於耳也。雖有美行盛譽。不可比目合翼相須也。此乃氣不合。音
    不調者也。解仇鬥郤。謂解羸微之仇。鬥郤者。鬥強也。強郤既鬥。稱勝
    者高其功。盛其勢。弱者哀其負。傷其卑。行其名。恥其宗。故勝者。鬥
    其功勢。苟進而不知退。弱者聞哀其負。見其傷。則強大力倍。死而是也
    。郤無極大。禦無強大。則皆可脅而并。綴去者。謂綴己之繫。言使有餘
    思也。故接貞信者稱其行。厲其志。言可為可復。會之期喜。以他人之庶
    。引驗以結往。明疑疑而去之。卻語者。察伺短也。故多必有數短之處。
    識其短驗之。動以忌諱。示以時禁。然後結以安其心。收語蓋藏而卻之。

    無見己之所不能於多方之人。攝心者。謂逢好學伎術者。則為之稱遠。方
    驗之。驚以奇怪。人繫其心於己。效之於驗。驗去亂其前。吾歸誠於己。
    遭淫色酒者。為之術音樂。動之以為必死。生日少之憂。喜以自所不見之
    事。終可以觀漫瀾之命。使有後會。守義者。謂守以人義。探心在內以合
    也。探心深得其主也。從外制內。事有繫由而隨也。故小人比人。則左道
    而用之。至能敗家奪國。非賢智。不能守家以義。不能守國以道。聖人所
    貴道微妙者。誠以其可以轉危為安。救亡使存也。

    End of Project Gutenberg's Wenyvange Sikuquanshu--Gui Gu Zi, by Wang Xu

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    Autour de la Lune

    Aproximadamente 59.254 palavras.

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    AUTOUR DE LA LUNE
    Etext Production Notes

    Mathematical symbols are enclosed in the brackets "(" and ")" and are
    expressed as their character or symbol names in the LaTeX typesetting
    language. One formula has also been typeset in "visual mode", in lines
    presceded by %

    D'ici à la fin du document le texte sera redigé en français.

    Typographie utilisée dans le texte.
    -----------------------------------

    _xxx_ Texte imprimé en italiques.
    (xxx) Symboles mathématiques ou mots grecs rendus
    selon le langage de composition TeX.
    --Tiret.

    Dictionnaire des mots peu communs utilisés dans le texte.
    ---------------------------------------------------------

    lieue Ancienne mesure de distance (environ 4 km).

    ligne Ancienne mesure de longeur valant, douzième partie
    du pouce, 2.1167 mm.

    londrès Cigare de la Havane, fabriqué à l'origine pour les
    Anglais.

    milles Mesure de longeur américaine, 5280 pieds, 1609 mètres,

    pied Mesure de longeur américaine, 0.3248 mètre,

    pouce Mesure de longeur américaine, 2.54 cm, douzième partie
    du pied.

    toise Ancienne mesure de longeur valant 6 pieds
    (environ 2 mètres).

    <><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><>

    AUTOUR DE LA LUNE

    par Jules Verne

    CHAPITRE PRÉLIMINAIRE

    Qui résume la première partie de cet ouvrage, pour servir de préface a
    la seconde

    Pendant le cours de l'année 186., le monde entier fut singulièrement
    ému par une tentative scientifique sans précédents dans les annales de
    la science. Les membres du Gun-Club, cercle d'artilleurs fondé à
    Baltimore après la guerre d'Amérique, avaient eu l'idée de se mettre
    en communication avec la Lune--oui, avec la Lune--, en lui envoyant
    un boulet. Leur président Barbicane, le promoteur de l'entreprise,
    ayant consulté à ce sujet les astronomes de l'Observatoire de
    Cambridge, prit toutes les mesures nécessaires au succès de cette
    extraordinaire entreprise, déclarée réalisable par la majorité des
    gens compétents. Après avoir provoqué une souscription publique qui
    produisit près de trente millions de francs, il commença ses
    gigantesques travaux.

    Suivant la note rédigée par les membres de l'Observatoire, le canon
    destiné à lancer le projectile devait être établi dans un pays situé
    entre 0 et 28 degrés de latitude nord ou sud, afin de viser la Lune au
    zénith. Le boulet devait être animé d'une vitesse initiale de douze
    mille yards à la seconde. Lancé le 1er décembre, à onze heures moins
    treize minutes et vingt secondes du soir, il devait rencontrer la Lune
    quatre jours après son départ, le 5 décembre, à minuit précis, à
    l'instant même où elle se trouverait dans son périgée, c'est-à-dire à
    sa distance la plus rapprochée de la Terre, soit exactement
    quatre-vingt-six mille quatre cent dix lieues.

    Les principaux membres du Gun-Club, le président Barbicane, le major
    Elphiston, le secrétaire J.-T. Maston et autres savants tinrent
    plusieurs séances dans lesquelles furent discutées la forme et la
    composition du boulet, la disposition et la nature du canon, la
    qualité et la quantité de la poudre à employer. Il fut décidé: 1° que
    le projectile serait un obus en aluminium d'un diamètre de cent huit
    pouces et d'une épaisseur de douze pouces à ses parois, qui pèserait
    dix-neuf mille deux cent cinquante livres; 2° que le canon serait une
    Columbiad en fonte de fer longue de neuf cents pieds, qui serait
    coulée directement dans le sol; 3° que la charge emploierait quatre
    cent mille livres de fulmi-coton qui, développant six milliards de
    litres de gaz sous le projectile, l'emporteraient facilement vers
    l'astre des nuits.

    Ces questions résolues, le président Barbicane, aidé de l'ingénieur
    Murchison, fit choix d'un emplacement situé dans la Floride par 27°
    7' de latitude nord et 5° 7' de longitude ouest. Ce fut en cet
    endroit, qu'après des travaux merveilleux, la Columbiad fut coulée
    avec un plein succès.

    Les choses en étaient là, quand survint un incident qui centupla
    l'intérêt attaché à cette grande entreprise.

    Un Français, un Parisien fantaisiste, un artiste aussi spirituel
    qu'audacieux, demanda à s'enfermer dans un boulet afin d'atteindre la
    Lune et d'opérer une reconnaissance du satellite terrestre. Cet
    intrépide aventurier se nommait Michel Ardan. Il arriva en Amérique,
    fut reçu avec enthousiasme, tint des meetings, se vit porter en
    triomphe, réconcilia le président Barbicane avec son mortel ennemi le
    capitaine Nicholl et, comme gage de réconciliation, il les décida à
    s'embarquer avec lui dans le projectile.

    La proposition fut acceptée. On modifia la forme du boulet. Il
    devint cylindro-conique. On garnit cette espèce de wagon aérien de
    ressorts puissants et de cloisons brisantes qui devaient amortir le
    contrecoup du départ. On le pourvut de vivres pour un an, d'eau pour
    quelques mois, de gaz pour quelques jours. Un appareil automatique
    fabriquait et fournissait l'air nécessaire à la respiration des trois
    voyageurs. En même temps, le Gun-Club faisait construire sur l'un des
    plus hauts sommets des montagnes Rocheuses un gigantesque télescope
    qui permettrait de suivre le projectile pendant son trajet à travers
    l'espace. Tout était prêt.

    Le 30 novembre, à l'heure fixée, au milieu d'un concours
    extraordinaire de spectateurs, le départ eut lieu et pour la première
    fois, trois êtres humains, quittant le globe terrestre, s'élancèrent
    vers les espaces interplanétaires avec la presque certitude d'arriver
    à leur but. Ces audacieux voyageurs, Michel Ardan, le président
    Barbicane et le capitaine Nicholl, devaient effectuer leur trajet en
    _quatre-vingt dix-sept heures treize minutes et vingt secondes_.
    Conséquemment, leur arrivée à la surface du disque lunaire ne pouvait
    avoir lieu que le 5 décembre, à minuit, au moment précis où la Lune
    serait pleine, et non le 4, ainsi que l'avaient annoncé quelques
    journaux mal informés.

    Mais, circonstance inattendue, la détonation produite par la Columbiad
    eut pour effet immédiat de troubler l'atmosphère terrestre en y
    accumulant une énorme quantité de vapeurs. Phénomène qui excita
    l'indignation générale, car la Lune fut voilée pendant plusieurs nuits
    aux yeux de ses contemplateurs.

    Le digne J.-T. Maston, le plus vaillant ami des trois voyageurs,
    partit pour les montagnes Rocheuses, en compagnie de l'honorable J.
    Belfast, directeur de l'Observatoire de Cambridge, et il gagna la
    station de Long's-Peak, où se dressait le télescope qui rapprochait la
    Lune à deux lieues. L'honorable secrétaire du Gun-Club voulait
    observer lui-même le véhicule de ses audacieux amis.

    L'accumulation des nuages dans l'atmosphère empêcha toute observation
    pendant les 5, 6, 7, 8, 9 et 10 décembre. On crut même que
    l'observation devrait être remise au 3 janvier de l'année suivante,
    car la Lune, entrant dans son dernier quartier le 11, ne présenterait
    plus alors qu'une portion décroissante de son disque, insuffisante
    pour permettre d'y suivre la trace du projectile.

    Mais enfin, à la satisfaction générale, une forte tempête nettoya
    l'atmosphère dans la nuit du 11 au 12 décembre, et la Lune, à demi
    éclairée, se découpa nettement sur le fond noir du ciel.

    Cette nuit même, un télégramme était envoyé de la station de
    Long's-Peak par J.-T. Maston et Belfast à MM. les membres du bureau de
    l'Observatoire de Cambridge.

    Or, qu'annonçait ce télégramme?

    Il annonçait: que le 11 décembre, à huit heures quarante-sept du
    soir, le projectile lancé par la Columbiad de Stone's-Hill avait été
    aperçu par MM. Belfast et J.-T. Maston,--que le boulet, dévié pour
    une cause ignorée, n'avait point atteint son but, mais qu'il en était
    passé assez près pour être retenu par l'attraction lunaire,--que
    son mouvement rectiligne s'était changé en un mouvement circulaire,
    et qu'alors, entraîné suivant un orbe elliptique autour de l'astre
    des nuits, il en était devenu le satellite.

    Le télégramme ajoutait que les éléments de ce nouvel astre n'avaient
    pu être encore calculés;--et en effet, trois observations prenant
    l'astre dans trois positions différentes, sont nécessaires pour
    déterminer ces éléments. Puis, il indiquait que la distance séparant
    le projectile de la surface lunaire «pouvait» être évaluée à deux
    mille huit cent trente-trois milles environ, soit quatre mille cinq
    cents lieues.

    Il terminait enfin en émettant cette double hypothèse: Ou l'attraction
    de la Lune finirait par l'emporter, et les voyageurs atteindraient
    leur but; ou le projectile, maintenu dans un orbe immutable,
    graviterait autour du disque lunaire jusqu'à la fin des siècles.

    Dans ces diverses alternatives, quel serait le sort des voyageurs?
    Ils avaient des vivres pour quelque temps, c'est vrai. Mais en
    supposant même le succès de leur téméraire entreprise, comment
    reviendraient-ils? Pourraient-ils jamais revenir? Aurait-on de leurs
    nouvelles? Ces questions, débattues par les plumes les plus savantes
    du temps, passionnèrent le public.

    Il convient de faire ici une remarque qui doit être méditée par les
    observateurs trop pressés. Lorsqu'un savant annonce au public une
    découverte purement spéculative, il ne saurait agir avec assez de
    prudence. Personne n'est forcé de découvrir ni une planète, ni une
    comète, ni un satellite, et qui se trompe en pareil cas, s'expose
    justement aux quolibets de la foule. Donc, mieux vaut attendre, et
    c'est ce qu'aurait dû faire l'impatient J.-T. Maston, avant de lancer
    à travers le monde ce télégramme qui, suivant lui, disait le dernier
    mot de cette entreprise.

    En effet, ce télégramme contenait des erreurs de deux sortes, ainsi
    que cela fut vérifié plus tard: 1° Erreurs d'observation, en ce qui
    concernait la distance du projectile à la surface de la Lune, car, à
    la date du 11 décembre, il était impossible de l'apercevoir, et ce que
    J.-T. Maston avait vu ou cru voir, ne pouvait être le boulet de la
    Columbiad. 2° Erreurs de théorie sur le sort réservé audit
    projectile, car en faire un satellite de la Lune, c'était se mettre en
    contradiction absolue avec les lois de la mécanique rationnelle.

    Une seule hypothèse des observateurs de Long's-Peak pouvait se
    réaliser, celle qui prévoyait le cas où les voyageurs--s'ils
    existaient encore--, combineraient leurs efforts avec l'attraction
    lunaire de manière à atteindre la surface du disque.

    Or, ces hommes, aussi intelligents que hardis, avaient survécu au
    terrible contrecoup du départ, et c'est leur voyage dans le
    boulet-wagon qui va être raconté jusque dans ses plus dramatiques
    comme dans ses plus singuliers détails. Ce récit détruira beaucoup
    d'illusions et de prévisions; mais il donnera une juste idée des
    péripéties réservées à une pareille entreprise, et il mettra en relief
    les instincts scientifiques de Barbicane, les ressources de
    l'industrieux Nicholl et l'humoristique audace de Michel Ardan.

    En outre, il prouvera que leur digne ami, J.-T. Maston, perdait son
    temps, lorsque, penché sur le gigantesque télescope, il observait la
    marche de la Lune à travers les espaces stellaires.

    I

    De dix heures vingt a dix heures quarante-sept minutes du soir

    Quand dix heures sonnèrent, Michel Ardan, Barbicane et Nicholl firent
    leurs adieux aux nombreux amis qu'ils laissaient sur terre. Les deux
    chiens, destinés à acclimater la race canine sur les continents
    lunaires, étaient déjà emprisonnés dans le projectile. Les trois
    voyageurs s'approchèrent de l'orifice de l'énorme tube de fonte, et
    une grue volante les descendit jusqu'au chapeau conique du boulet.

    Là, une ouverture, ménagée à cet effet, leur donna accès dans le wagon
    d'aluminium. Les palans de la grue étant halés à l'extérieur, la
    gueule de la Columbiad fut instantanément dégagée de ses derniers
    échafaudages.

    Nicholl, une fois introduit avec ses compagnons dans le projectile,
    s'occupa d'en fermer l'ouverture au moyen d'une forte plaque maintenue
    intérieurement par de puissantes vis de pression. D'autres plaques,
    solidement adaptées, recouvraient les verres lenticulaires des
    hublots. Les voyageurs, hermétiquement clos dans leur prison de
    métal, étaient plongés au milieu d'une obscurité profonde.

    «Et maintenant, mes chers compagnons, dit Michel Ardan, faisons comme
    chez nous. Je suis homme d'intérieur, moi, et très fort sur l'article
    ménage. Il s'agit de tirer le meilleur parti possible de notre
    nouveau logement et d'y trouver nos aises. Et d'abord, tâchons d'y
    voir un peu plus clair. Que diable! le gaz n'a pas été inventé pour
    les taupes!»

    Ce disant, l'insouciant garçon fit jaillir la flamme d'une allumette
    qu'il frotta à la semelle de sa botte; puis, il l'approcha du bec fixé
    au récipient, dans lequel l'hydrogène carboné, emmagasiné à une haute
    pression, pouvait suffire à l'éclairage et au chauffage du boulet
    pendant cent quarante-quatre heures, soit six jours et six nuits.

    Le gaz s'alluma. Le projectile, ainsi éclairé, apparut comme une
    chambre confortable, capitonnée à ses parois, meublée de divans
    circulaires, et dont la voûte s'arrondissait en forme de dôme.

    Les objets qu'elle renfermait, armes, instruments, ustensiles,
    solidement saisis et maintenus contre les rondeurs du capiton,
    devaient supporter impunément le choc du départ. Toutes les
    précautions humainement possibles avaient été prises pour mener à
    bonne fin une si téméraire tentative.

    Michel Ardan examina tout et se déclara fort satisfait de son
    installation.

    «C'est une prison, dit-il, mais une prison qui voyage, et avec le
    droit de mettre le nez à la fenêtre, je ferais bien un bail de cent
    ans! Tu souris Barbicane? As-tu donc une arrière-pensée? Te dis-tu
    que cette prison pourrait être notre tombeau? Tombeau, soit, mais je
    ne le changerais pas pour celui de Mahomet qui flotte dans l'espace
    et ne marche pas!»

    Pendant que Michel Ardan parlait ainsi, Barbicane et Nicholl faisaient
    leurs derniers préparatifs.

    Le chronomètre de Nicholl marquait dix heures vingt minutes du soir
    lorsque les trois voyageurs se furent définitivement murés dans leur
    boulet. Ce chronomètre était réglé à un dixième de seconde près sur
    celui de l'ingénieur Murchison. Barbicane le consulta.

    «Mes amis, dit-il, il est dix heures vingt. A dix heures
    quarante-sept, Murchison lancera l'étincelle électrique sur le fil
    qui communique avec la charge de la Columbiad. A ce moment précis,
    nous quitterons notre sphéroïde. Nous avons donc encore vingt-sept
    minutes à rester sur la terre.

    --Vingt-six minutes et treize secondes, répondit le méthodique
    Nicholl.

    --Eh bien, s'écria Michel Ardan d'un ton de belle humeur, en
    vingt-six minutes, on fait bien des choses! On peut discuter les
    plus graves questions de morale ou de politique, et même les
    résoudre! Vingt-six minutes bien employées valent mieux que
    vingt-six années où on ne fait rien! Quelques secondes d'un Pascal
    ou d'un Newton sont plus précieuses que toute l'existence de
    l'indigeste foule des imbéciles...

    --Et tu en conclus, éternel parleur? demanda le président Barbicane.

    --J'en conclus que nous avons vingt-six minutes, répondit Ardan.

    --Vingt-quatre seulement, dit Nicholl.

    --Vingt-quatre, si tu y tiens, mon brave capitaine, répondit Ardan,
    vingt-quatre minutes pendant lesquelles on pourrait approfondir...

    --Michel, dit Barbicane, pendant notre traversée, nous aurons tout le
    temps nécessaire pour approfondir les questions les plus ardues.
    Maintenant occupons-nous du départ.

    --Ne sommes-nous pas prêts?

    --Sans doute. Mais il est encore quelques précautions à prendre pour
    atténuer autant que possible le premier choc!

    --N'avons-nous pas ces couches d'eau disposées entre les cloisons
    brisantes, et dont l'élasticité nous protégera suffisamment?

    --Je l'espère, Michel, répondit doucement Barbicane, mais je n'en
    suis pas bien sûr!

    --Ah! le farceur! s'écria Michel Ardan. Il espère!... Il n'est
    pas sûr!... Et il attend le moment où nous sommes encaqués pour
    faire ce déplorable aveu! Mais je demande à m'en aller!

    --Et le moyen? répliqua Barbicane.

    --En effet! dit Michel Ardan, c'est difficile. Nous sommes dans le
    train et le sifflet du conducteur retentira avant vingt-quatre
    minutes...

    --Vingt», fit Nicholl.

    Pendant quelques instants, les trois voyageurs se regardèrent. Puis
    ils examinèrent les objets emprisonnés avec eux.

    «Tout est à sa place, dit Barbicane. Il s'agit de décider maintenant
    comment nous nous placerons le plus utilement pour supporter le choc
    du départ. La position à prendre ne saurait être indifférente, et
    autant que possible, il faut empêcher que le sang ne nous afflue trop
    violemment à la tête.

    --Juste, fit Nicholl.

    --Alors, répondit Michel Ardan, prêt à joindre l'exemple à la parole,
    mettons-nous la tête en bas et les pieds en haut, comme les clowns du
    Great-Circus!

    --Non, dit Barbicane, mais étendons-nous sur le côté. Nous
    résisterons mieux ainsi au choc. Remarquez bien qu'au moment où le
    boulet partira que nous soyons dedans ou que nous soyons devant, c'est
    à peu près la même chose.

    --Si ce n'est qu' «à peu près» la même chose, je me rassure, répliqua
    Michel Ardan.

    --Approuvez-vous mon idée, Nicholl? demanda Barbicane.

    --Entièrement, répondit le capitaine. Encore treize minutes et demie.

    --Ce n'est pas un homme que ce Nicholl s'écria Michel, c'est un
    chronomètre à secondes, a échappement, avec huit trous...»

    Mais ses compagnons ne l'écoutaient plus, et ils prenaient leurs
    dernières dispositions avec un sang-froid inimaginable. Ils avaient
    l'air de deux voyageurs méthodiques, montés dans un wagon, et
    cherchant à se caser aussi confortablement que possible. On se
    demande vraiment de quelle matière sont faits ces coeurs d'Américains
    auxquels l'approche du plus effroyable danger n'ajoute pas une
    pulsation!

    Trois couchettes, épaisses et solidement conditionnées, avaient été
    placées dans le projectile. Nicholl et Barbicane les disposèrent au
    centre du disque qui formait le plancher mobile. Là devaient
    s'étendre les trois voyageurs, quelques moments avant le départ.

    Pendant ce temps, Ardan, ne pouvant rester immobile, tournait dans son
    étroite prison comme une bête fauve en cage, causant avec ses amis,
    parlant à ses chiens, Diane et Satellite, auxquels, on le voit, il
    avait donné depuis quelque temps ces noms significatifs.

    «Hé! Diane! Hé! Satellite! s'écriait-il en les excitant. Vous
    allez donc montrer aux chiens sélénites les bonnes façons des chiens
    de la terre! Voilà qui fera honneur à la race canine! Pardieu! Si
    nous revenons jamais ici-bas, je veux rapporter un type croisé de
    «moon-dogs» qui fera fureur!

    --S'il y a des chiens dans la Lune, dit Barbicane.

    --Il y en a, affirma Michel Ardan, comme il y a des chevaux, des
    vaches, des ânes, des poules. Je parie que nous y trouvons des
    poules!

    --Cent dollars que nous n'en trouverons pas, dit Nicholl.

    --Tenu, mon capitaine, répondit Ardan en serrant la main de Nicholl.
    Mais à propos, tu as déjà perdu trois paris avec notre président,
    puisque les fonds nécessaires à l'entreprise ont été faits, puisque
    l'opération de la fonte a réussi, et enfin puisque la Columbiad a été
    chargée sans accident, soit six mille dollars.

    --Oui, répondit Nicholl. Dix heures trente-sept minutes et six
    secondes.

    --C'est entendu, capitaine. Eh bien, avant un quart d'heure, tu auras
    encore à compter neuf mille dollars au président, quatre mille parce
    que la Columbiad n'éclatera pas, et cinq mille parce que le boulet
    s'enlèvera à plus de six milles dans l'air.

    --J'ai les dollars, répondit Nicholl en frappant sur la poche de son
    habit, je ne demande qu'à payer.

    --Allons, Nicholl, je vois que tu es un homme d'ordre, ce que je n'ai
    jamais pu être, mais en somme, tu as fait là une série de paris peu
    avantageux pour toi, permets-moi de te le dire.

    --Et pourquoi? demanda Nicholl.

    --Parce que si tu gagnes le premier, c'est que la Columbiad aura
    éclaté, et le boulet avec, et Barbicane ne sera plus là pour te
    rembourser tes dollars.

    --Mon enjeu est déposé à la banque de Baltimore, répondit simplement
    Barbicane, et à défaut de Nicholl, il retournera à ses héritiers!

    --Ah! hommes pratiques! s'écria Michel Ardan, esprits positifs! Je
    vous admire d'autant plus que je ne vous comprends pas.

    --Dix heures quarante deux! dit Nicholl.

    --Plus que cinq minutes! répondit Barbicane.

    --Oui! cinq petites minutes! répliqua Michel Ardan. Et nous sommes
    enfermés dans un boulet au fond d'un canon de neuf cents pieds! Et
    sous ce boulet sont entassés quatre cent mille livres de fulmi-coton
    qui valent seize cent mille livres de poudre ordinaire! Et l'ami
    Murchison, son chronomètre à la main, l'oeil fixé sur l'aiguille, le
    doigt posé sur l'appareil électrique, compte les secondes et va nous
    lancer dans les espaces interplanétaires!...

    --Assez, Michel, assez! dit Barbicane d'une voix grave.
    Préparons-nous. Quelques instants seulement nous séparent d'un moment
    suprême. Une poignée de main, mes amis.

    --Oui», s'écria Michel Ardan, plus ému qu'il ne voulait le paraître.

    Ces trois hardis compagnons s'unirent dans une dernière étreinte.

    «Dieu nous garde!» dit le religieux Barbicane.

    Michel Ardan et Nicholl s'étendirent sur les couchettes disposées au
    centre du disque.

    «Dix heures quarante sept!» murmura le capitaine.

    Vingt secondes encore! Barbicane éteignit rapidement le gaz et se
    coucha près de ses compagnons.

    Le profond silence e n'était interrompu que par les battements du
    chronomètre frappant la seconde.

    Soudain, un choc épouvantable se produisit, et le projectile, sous la
    poussée de six milliards de litres de gaz développés par la
    déflagration du pyroxile, s'enleva dans l'espace.

    II

    La première demi-heure

    Que s'était-il passé? Quel effet avait produit cette effroyable
    secousse? L'ingéniosité des constructeurs du projectile avait-elle
    obtenu un résultat heureux? Le choc s'était-il amorti, grâce aux
    ressorts, aux quatre tampons, aux coussins d'eau, aux cloisons
    brisantes? Avait-on dompté l'effrayante poussée de cette vitesse
    initiale de onze mille mètres qui eût suffi à traverser Paris ou New
    York en une seconde? C'est évidemment la question que se posaient les
    mille témoins de cette scène émouvante. Ils oubliaient le but du
    voyage pour ne songer qu'aux voyageurs! Et si quelqu'un d'entre eux
    --J.-T. Maston, par exemple--, eût pu jeter un regard à l'intérieur
    du projectile, qu'aurait-il vu?

    Rien alors. L'obscurité était profonde dans le boulet. Mais ses
    parois cylindro-coniques avaient supérieurement résisté. Pas une
    déchirure, pas une flexion, pas une déformation. L'admirable
    projectile ne s'était même pas altéré sous l'intense déflagration des
    poudres, ni liquéfié, comme on paraissait le craindre, en une pluie
    d'aluminium.

    A l'intérieur, peu de désordre, en somme. Quelques objets avaient été
    lancés violemment vers la voûte; mais les plus importants ne
    semblaient pas avoir souffert du choc. Leurs saisines étaient
    intactes.

    Sur le disque mobile, rabaissé jusqu'au culot, après le bris des
    cloisons et l'échappement de l'eau, trois corps gisaient sans
    mouvement. Barbicane, Nicholl, Michel Ardan respiraient-ils encore?
    Ce projectile n'était-il plus qu'un cercueil de métal, emportant trois
    cadavres dans l'espace?...

    Quelques minutes après le départ du boulet, un de ces corps fit un
    mouvement; ses bras s'agitèrent, sa tête se redressa, et il parvint à
    se mettre sur les genoux. C'était Michel Ardan. Il se palpa, poussa
    un a «hem» sonore, puis il dit;

    «Michel Ardan, complet. Voyons les autres!»

    Le courageux Français voulut se lever; mais il ne put se tenir debout.
    Sa tête vacillait, son sang violemment injecté, l'aveuglait, il était
    comme un homme ivre.

    «Brr! fit-il. Cela me produit le même effet que deux bouteilles de
    Corton. Seulement, c'est peut-être moins agréable à avaler!»

    Puis, passant plusieurs fois sa main sur son front et se frottant les
    tempes, il cria d'une voix ferme:

    «Nicholl! Barbicane!»

    Il attendit anxieusement. Nulle réponse. Pas même un soupir qui
    indiquât que le coeur de ses compagnons battait encore. Il réitéra
    son appel. Même silence.

    «Diable! dit-il. Ils ont l'air d'être tombés d'un cinquième étage
    sur la tête! Bah! ajouta-t-il avec cette imperturbable confiance que
    rien ne pouvait enrayer, si un Français a pu se mettre sur les genoux,
    deux Américains ne seront pas gênés de se remettre sur les pieds.
    Mais, avant tout éclairons la situation».

    Ardan sentait la vie lui revenir à flots. Son sang se calmait et
    reprenait sa circulation accoutumée. De nouveaux efforts le remirent
    en équilibre. Il parvint à se lever, tira de sa poche une allumette
    et l'enflamma sous le frottement du phosphore. Puis, l'approchant du
    bec, il l'alluma. Le récipient n'avait aucunement souffert. Le gaz
    ne s'était pas échappé. D'ailleurs, son odeur l'eût trahi, et en ce
    cas, Michel Ardan n'aurait pas impunément promené une allumette
    enflammée dans ce milieu rempli d'hydrogène. Le gaz, combiné avec
    l'air, eût produit un mélange détonant et l'explosion aurait achevé ce
    que la secousse avait commencé peut-être.

    Dès que le bec fut allumé, Ardan se pencha sur les corps de ses
    compagnons. Ces corps étaient renversés l'un sur l'autre, comme des
    masses inertes. Nicholl dessus, Barbicane dessous.

    Ardan redressa le capitaine, l'accota contre un divan, et le
    frictionna vigoureusement. Ce massage, intelligemment pratiqué,
    ranima Nicholl, qui ouvrit les yeux, recouvra instantanément son
    sang-froid, saisit la main d'Ardan. Puis, regardant autour de lui:

    «Et Barbicane? demanda-t-il.

    --Chacun son tour, répondit tranquillement Michel Ardan. J'ai
    commencé par toi, Nicholl, parce que tu étais dessus. Passons
    maintenant à Barbicane.»

    Cela dit, Ardan et Nicholl soulevèrent le président du Gun-Club et le
    déposèrent sur le divan. Barbicane semblait avoir plus souffert que
    ses compagnons. Son sang avait coulé, mais Nicholl se rassura en
    constatant que cette hémorragie ne provenait que d'une légère blessure
    à l'épaule. Une simple écorchure qu'il comprima soigneusement.

    Néanmoins, Barbicane fut quelque temps à revenir à lui, ce dont
    s'effrayèrent ses deux amis qui ne lui épargnaient pas les frictions.

    «Il respire cependant, disait Nicholl, approchant son oreille de la
    poitrine du blessé.

    --Oui, répondait Ardan, il respire comme un homme qui a quelque
    habitude de cette opération quotidienne. Massons, Nicholl, massons
    avec vigueur.»

    Et les deux praticiens improvisés firent tant et si bien, que
    Barbicane recouvra l'usage de ses sens. Il ouvrit les yeux, se
    redressa, prit la main de ses deux amis, et, pour sa première parole:

    «Nicholl, demanda-t-il, marchons-nous?»

    Nicholl et Barbicane se regardèrent. Ils ne s'étaient pas encore
    inquiétés du projectile. Leur première préoccupation avait été pour
    les voyageurs, non pour le wagon.

    «Au fait marchons-nous? répéta Michel Ardan.

    --Ou bien reposons-nous tranquillement sur le sol de la Floride?
    demanda Nicholl.

    --Ou au fond du golfe du Mexique? ajouta Michel Ardan.

    --Par exemple!» s'écria le président Barbicane.

    Et cette double hypothèse suggérée par ses compagnons eut pour effet
    immédiat de le rappeler immédiatement au sentiment.

    Quoi qu'il en soit, on ne pouvait encore se prononcer sur la situation
    du boulet. Son immobilité apparente; le défaut de communication avec
    l'extérieur, ne permettaient pas de résoudre la question. Peut-être
    le projectile déroulait-il sa trajectoire à travers l'espace;
    peut-être, après un court enlèvement, était-il retombé sur terre, ou
    même dans le golfe du Mexique, chute que le peu de largeur de la
    presqu'île floridienne rendait possible.

    Le cas était grave, le problème intéressant. Il fallait le résoudre
    au plus tôt. Barbicane, surexcité et triomphant par son énergie
    morale de sa faiblesse physique, se releva. Il écouta. A
    l'extérieur, silence profond. Mais l'épais capitonnage était
    suffisant pour intercepter tous les bruits de la Terre. Cependant,
    une circonstance frappa Barbicane. La température à l'intérieur du
    projectile était singulièrement élevée. Le président retira un
    thermomètre de l'enveloppe qui le protégeait, et il le consulta.
    L'instrument marquait quarante-cinq degrés centigrades.

    «Oui! s'écria-t-il alors, oui! nous marchons! Cette étouffante
    chaleur transsude à travers les parois du projectile! Elle est
    produite par son frottement sur les couches atmosphériques. Elle va
    bientôt diminuer, parce que déjà nous flottons dans le vide, et après
    avoir failli étouffer, nous subirons des froids intenses.

    --Quoi, demanda Michel Ardan, suivant toi, Barbicane, nous serions dès
    à présent hors des limites de l'atmosphère terrestre?

    --Sans aucun doute, Michel. Ecoute-moi. Il est dix heures
    cinquante-cinq minutes. Nous sommes partis depuis huit minutes
    environ. Or, si notre vitesse initiale n'eût pas été diminuée par le
    frottement, six secondes nous auraient suffi pour franchir les seize
    lieues d'atmosphère qui entourent le sphéroïde.

    --Parfaitement, répondit Nicholl, mais dans quelle proportion
    estimez-vous la diminution de cette vitesse par le frottement?

    --Dans la proportion d'un tiers, Nicholl, répondit Barbicane cette
    diminution est considérable, mais, d'après mes calculs, elle est
    telle. Si donc nous avons eu une vitesse initiale de onze mille
    mètres, au sortir de l'atmosphère cette vitesse sera réduite à sept
    mille trois cent trente-deux mètres, quoi qu'il en soit, nous avons
    déjà franchi cet intervalle, et...

    --Et alors, dit Michel Ardan, l'ami Nicholl a perdu ses deux paris:
    quatre mille dollars, puisque la Columbiad n'a pas éclaté; cinq mille
    dollars, puisque le projectile s'est élevé à une hauteur supérieure à
    six milles. Donc, Nicholl, exécute-toi.

    --Constatons d'abord, répondit le capitaine, et nous paierons ensuite.
    Il est très possible que les raisonnements de Barbicane soient exacts
    et que j'aie perdu mes neuf mille dollars. Mais une nouvelle
    hypothèse se présente à mon esprit, et elle annulerait la gageure.

    --Laquelle? demanda vivement Barbicane.

    --L'hypothèse que, pour une raison ou une autre, le feu n'ayant pas
    été mis aux poudres, nous ne soyons pas partis.

    --Pardieu, capitaine, s'écria Michel Ardan, voilà une hypothèse digne
    de mon cerveau! Elle n'est pas sérieuse! Est-ce que nous n'avons pas
    été à demi assommés par la secousse? Est-ce que je ne t'ai pas
    rappelé à la vie? Est-ce que l'épaule du président ne saigne pas
    encore du contrecoup qui l'a frappée?

    --D'accord, Michel, répéta Nicholl, mais une seule question.

    --Fais, mon capitaine.

    --As-tu entendu la détonation qui certainement a dû être formidable?

    --Non, répondit Ardan, très surpris, en effet, je n'ai pas entendu la
    détonation.

    --Et vous, Barbicane?

    --Ni moi non plus.

    --Eh bien? fit Nicholl.

    --Au fait! murmura le président, pourquoi n'avons-nous pas entendu la
    détonation?»

    Les trois amis se regardèrent d'un air assez décontenancé. Il se
    présentait là un phénomène inexplicable. Le projectile était parti
    cependant, et, conséquemment, la détonation avait dû se produire.

    «Sachons d'abord où nous en sommes, dit Barbicane, et rabattons les
    panneaux.»

    Cette opération extrêmement simple, fut aussitôt pratiquée. Les
    écrous qui maintenaient les boulons sur les plaques extérieures du
    hublot de droite, cédèrent sous la pression d'une clef anglaise. Ces
    boulons furent chassés au-dehors, et des obturateurs garnis de
    caoutchouc bouchèrent le trou qui leur donnait passage. Aussitôt la
    plaque extérieure se rabattit sur sa charnière comme un sabord, et le
    verre lenticulaire qui fermait le hublot apparut. Un hublot identique
    s'évidait dans l'épaisseur des parois sur l'autre face, du projectile,
    un autre dans le dôme qui le terminait, un quatrième enfin au milieu
    du culot inférieur. On pouvait donc observer, dans quatre directions
    opposées, le firmament par les vitres latérales et plus directement,
    la Terre ou la Lune par les ouvertures supérieures et inférieures du
    boulet.

    Barbicane et ses deux compagnons s'étaient aussitôt précipités à la
    vitre découverte. Nul rayon lumineux ne l'animait. Une profonde
    obscurité enveloppait le projectile. Ce qui n'empêcha pas le
    président Barbicane de s'écrier:

    «Non, mes amis, nous ne sommes pas retombés sur terre! Non, nous ne
    sommes pas immergés au fond du golfe du Mexique! Oui! nous montons
    dans l'espace! Voyez ces étoiles qui brillent dans la nuit, et cette
    impénétrable obscurité qui s'amasse entre la Terre et nous!

    «Hurrah! Hurrah!» s'écrièrent d'une commune voix Michel Ardan et
    Nicholl.

    En effet, ces ténèbres compactes prouvaient que le projectile avait
    quitté la Terre, car le sol, vivement éclairé alors par la clarté
    lunaire, eût apparu aux yeux des voyageurs, s'ils eussent reposé à sa
    surface. Cette obscurité démontrait aussi que le projectile avait
    dépassé la couche atmosphérique, car la lumière diffuse, répandue dans
    l'air eût reporté sur les parois métalliques un reflet qui manquait
    aussi. Cette lumière aurait éclairé la vitre du hublot, et cette
    vitre était obscure. Le doute n'était plus permis. Les voyageurs
    avaient quitté la Terre.

    «J'ai perdu, dit Nicholl.

    --Et je t'en félicite! répondit Ardan.

    --Voici neuf mille dollars, dit le capitaine en tirant de sa poche une
    liasse de dollars papier.

    --Voulez-vous un reçu? demanda Barbicane en prenant la somme.

    --Si cela ne vous désoblige pas, répondit Nicholl. C'est plus
    régulier.»

    Et, sérieusement, flegmatiquement, comme s'il eût été à sa caisse, le
    président Barbicane tira son carnet, en détacha une page blanche,
    libella au crayon un reçu en règle, le data, le signa, le parapha, et
    le remit au capitaine qui l'enferma soigneusement dans son
    portefeuille.

    Michel Ardan, ôtant sa casquette, s'inclina sans rien dire devant ses
    deux compagnons. Tant de formalisme en de pareilles circonstances lui
    coupait la parole. Il n'avait jamais rien vu de si «américain».

    Barbicane et Nicholl, leur opération terminée, s'étaient replacés à la
    vitre et regardaient les constellations. Les étoiles se détachaient
    en points vifs sur le fond noir du ciel. Mais, de ce côté, on ne
    pouvait apercevoir l'astre des nuits, qui, marchant de l'est à
    l'ouest, s'élevait peu à peu vers le zénith. Aussi son absence
    provoqua-t-elle une réflexion d'Ardan.

    «Et la Lune? disait-il. Est-ce que, par hasard, elle manquerait à
    notre rendez-vous?

    --Rassure-toi, répondit Barbicane. Notre future sphéroïde est à son
    poste, mais nous ne pouvons l'apercevoir de ce côté. Ouvrons l'autre
    hublot latéral.»

    Au moment où Barbicane allait abandonner la vitre pour procéder au
    dégagement du hublot opposé, son attention fut attirée par l'approche
    d'un objet brillant. C'était un disque énorme, dont les colossales
    dimensions ne pouvaient être appréciées. Sa face tournée vers la
    Terre s'éclairait vivement. On eût dit une petite Lune qui
    réfléchissait la lumière de la grande. Elle s'avançait avec une
    prodigieuse vitesse et paraissait décrire autour de la Terre une
    orbite qui coupait la trajectoire du projectile. Le mouvement de
    translation de ce mobile se complétait d'un mouvement de rotation sur
    lui-même. Il se comportait donc comme tous les corps célestes
    abandonnés dans l'espace.

    «Eh! s'écria Michel Ardan, qu'est cela? Un autre projectile?»

    Barbicane ne répondit pas. L'apparition de ce corps énorme le
    surprenait et l'inquiétait. Une rencontre était possible, qui aurait
    eu des résultats déplorables, soit que le projectile fût dévié de sa
    route, soit qu'un choc, brisant son élan, le précipitât vers la Terre,
    soit enfin qu'il se vît irrésistiblement entraîné par la puissance
    attractive de cet astéroïde.

    Le président Barbicane avait rapidement saisi les conséquences de ces
    trois hypothèses qui, d'une façon ou d'une autre, amenaient fatalement
    l'insuccès de sa tentative. Ses compagnons, muets, regardaient à
    travers l'espace. L'objet grossissait prodigieusement en
    s'approchant, et par une certaine illusion d'optique, il semblait que
    le projectile se précipitât au-devant de lui.

    «Mille dieux! s'écria Michel Ardan, les deux trains vont se
    rencontrer!»

    Instinctivement, les voyageurs s'étaient rejetés en arrière. Leur
    épouvante fut extrême, mais elle ne dura pas longtemps, quelques
    secondes à peine. L'astéroïde passa à plusieurs centaines de mètres
    du projectile et disparut, non pas tant par la rapidité de sa course,
    que parce que sa face opposée à la Lune se confondit subitement avec
    l'obscurité absolue de l'espace.

    «Bon voyage! s'écria Michel Ardan en poussant un soupir de
    satisfaction. Comment! l'infini n'est pas assez grand pour qu'un
    pauvre petit boulet puisse s'y promener sans crainte! Ah çà!
    qu'est-ce que ce globe prétentieux qui a failli nous heurter?

    --Je le sais, répondit Barbicane.

    --Parbleu! tu sais tout.

    --C'est, dit Barbicane, un simple bolide, mais un bolide énorme que
    l'attraction a retenu à l'état de satellite.

    --Est-il possible! s'écria Michel Ardan. La terre a donc deux Lunes
    comme Neptune?

    --Oui, mon ami, deux Lunes, bien qu'elle passe généralement pour n'en
    posséder qu'une. Mais cette seconde Lune est si petite et sa vitesse
    est si grande, que les habitants de la Terre ne peuvent l'apercevoir.
    C'est en tenant compte de certaines perturbations qu'un astronome
    français, M. Petit, a su déterminer l'existence de ce second satellite
    et en calculer les éléments. D'après ses observations, ce bolide
    accomplirait sa révolution autour de la Terre en trois heures vingt
    minutes seulement, ce qui implique une vitesse prodigieuse.

    --Tous les astronomes, demanda Nicholl, admettent-ils l'existence de
    ce satellite?

    --Non, répondit Barbicane; mais si, comme nous, ils s'étaient
    rencontrés avec lui, ils ne pourraient plus douter. Au fait, j'y
    pense, ce bolide qui nous eût fort embarrassés en heurtant le
    projectile permet de préciser notre situation dans l'espace.

    --Comment? dit Ardan.

    --Parce que sa distance est connue et, au point où nous l'avons
    rencontré, nous étions exactement a huit mille cent quarante
    kilomètres de la surface du globe terrestre.

    --Plus de deux mille lieues! s'écria Michel Ardan. Voilà qui enfonce
    les trains express de ce globe piteux qu'on appelle la Terre!

    --Je le crois bien, répondit Nicholl en consultant son chronomètre, il
    est onze heures, et nous n'avons quitté le continent américain que
    depuis treize minutes.

    --Treize minutes seulement? dit Barbicane

    --Oui, répondit Nicholl, et si notre vitesse initiale de onze
    kilomètres était constante, nous ferions près de dix mille lieues à
    l'heure!

    --Tout cela est fort bien, mes amis, dit le
    président, mais reste toujours cette insoluble
    question. Pourquoi n'avons-nous pas entendu la
    détonation de la Columbiad?»

    Faute de réponse, la conversation s'arrêta, et Barbicane, tout en
    réfléchissant, s'occupa de rabaisser le mantelet du second hublot
    latéral. Son opération réussit, et, par la vitre dégagée, la Lune
    emplit l'intérieur du projectile d'une brillante lumière. Nicholl, en
    homme économe, éteignit le gaz qui devenait inutile, et dont l'éclat,
    d'ailleurs, nuisait à l'observation des espaces interplanétaires.

    Le disque lunaire brillait alors avec une incomparable pureté. Ses
    rayons, que ne tamisait plus la vaporeuse atmosphère du globe
    terrestre, filtraient à travers la vitre et saturaient l'air intérieur
    du projectile de reflets argentins. Le noir rideau du firmament
    doublait véritablement l'éclat de la Lune, qui, dans ce vide de
    l'éther impropre à la diffusion, n'éclipsait pas les étoiles voisines.
    Le ciel, ainsi vu, présentait un aspect tout nouveau que l'oeil humain
    ne pouvait soupçonner.

    On conçoit l'intérêt avec lequel ces audacieux contemplaient l'astre
    des nuits, but suprême de leur voyage. Le satellite de la Terre dans
    son mouvement de translation se rapprochait insensiblement du zénith,
    point mathématique qu'il devait atteindre environ quatre-vingt-seize
    heures plus tard. Ses montagnes, ses plaines, tout son relief ne
    s'accusaient pas plus nettement à leurs yeux que s'ils les eussent
    considérés d'un point quelconque de la Terre; mais sa lumière, à
    travers le vide, se développait avec une incomparable intensité. Le
    disque resplendissait comme un miroir de platine. De la terre qui
    fuyait sous leurs pieds, les voyageurs avaient déjà oublié tout
    souvenir.

    Ce fut le capitaine Nicholl qui, le premier, rappela l'attention sur
    le globe disparu.

    «Oui! répondit Michel Ardan, ne soyons pas ingrats envers lui.
    Puisque nous quittons notre pays, que nos derniers regards lui
    appartiennent. Je veux revoir la Terre avant qu'elle s'éclipse
    complètement à mes yeux!»

    Barbicane, pour satisfaire aux désirs de son compagnon, s'occupa de
    déblayer la fenêtre du fond du projectile, celle qui devait permettre
    d'observer directement la Terre. Le disque que la force de projection
    avait ramené jusqu'au culot fut démonté non sans peine. Ses morceaux
    placés avec soin contre les parois, pouvaient encore servir, le cas
    échéant. Alors apparut une baie circulaire, large de cinquante
    centimètres, évidée dans la partie inférieure du boulet. Un verre,
    épais de quinze centimètres et renforcé d'une armature de cuivre, la
    fermait. Au-dessous s'appliquait une plaque d'aluminium retenue par
    des boulons. Les écrous dévissés, les boulons largués, la plaque se
    rabattit, et la communication visuelle fut établie entre l'intérieur
    et l'extérieur.

    Michel Ardan s'était agenouillé sur la vitre. Elle était sombre,
    comme opaque.

    «Eh bien, s'écria-t-il, et la Terre?

    --La Terre, dit Barbicane, la voilà.

    --Quoi! fit Ardan, ce mince filet, ce croissant argenté?

    --Sans doute, Michel. Dans quatre jours, lorsque la Lune sera pleine,
    au moment même où nous l'atteindrons, la Terre sera nouvelle. Elle ne
    nous apparaîtra plus que sous la forme d'un croissant délié qui ne
    tardera pas à disparaître, et alors elle sera noyée pour quelques
    jours dans une ombre impénétrable.

    --Ça! la Terre!» répétait Michel Ardan, regardant de tous ses yeux
    cette mince tranche de sa planète natale.

    L'explication donnée par le président Barbicane était juste. La
    Terre, par rapport au projectile, entrait dans sa dernière phase.
    Elle était dans son octant et montrait un croissant finement tracé sur
    le fond noir du ciel. Sa lumière, rendue bleuâtre par l'épaisseur de
    la couche atmosphérique, offrait moins d'intensité que celle du
    croissant lunaire. Ce croissant se présentait sous des dimensions
    considérables. On eût dit un arc énorme tendu sur le firmament.
    Quelques points, vivement éclairés, surtout dans sa partie concave,
    annonçaient la présence de hautes montagnes; mais ils disparaissaient
    parfois sous d'épaisses taches qui ne se voient jamais à la surface du
    disque lunaire. C'étaient des anneaux de nuage disposés
    concentriquement autour du sphéroïde terrestre.

    Cependant, par suite d'un phénomène naturel, identique à celui qui se
    produit sur la Lune lorsqu'elle est dans ses octants, on pouvait
    saisir le contour entier du globe terrestre. Son disque entier
    apparaissait assez visiblement par un effet de lumière cendrée, moins
    appréciable que la lumière cendrée de la Lune. Et la raison de cette
    intensité moindre est facile à comprendre. Lorsque ce reflet se
    produit sur la Lune, il est dû aux rayons solaires que la Terre
    réfléchit vers son satellite. Ici, par un effet inverse, il était dû
    aux rayons solaires réfléchis de la Lune vers la Terre. Or, la
    lumière terrestre est environ treize fois plus intense que la lumière
    lunaire, ce qui tient à la différence de volume des deux corps. De
    là, cette conséquence que, dans le phénomène de la lumière cendrée, la
    partie obscure du disque de la Terre se dessine moins nettement que
    celle du disque de la Lune, puisque l'intensité du phénomène est
    proportionnelle au pouvoir éclairant des deux astres. Il faut ajouter
    aussi que le croissant terrestre semblait former une courbe plus
    allongée que celle du disque. Pur effet d'irradiation.

    Tandis que les voyageurs cherchaient à percer les profondes ténèbres
    de l'espace, un bouquet étincelant d'étoiles filantes s'épanouit à
    leurs yeux. Des centaines de bolides, enflammés au contact de
    l'atmosphère, rayaient l'ombre de traînées lumineuses et zébraient de
    leurs feux la partie cendrée du disque. A cette époque, la Terre
    était dans son périhélie, et le mois de décembre est si propice à
    l'apparition de ces étoiles filantes, que des astronomes en ont compté
    jusqu'à vingt-quatre mille par heure. Mais Michel Ardan, dédaignant
    les raisonnements scientifiques, aima mieux croire que la Terre
    saluait de ses plus brillants feux d'artifice le départ de trois de
    ses enfants.

    En somme, c'était tout ce qu'ils voyaient de ce sphéroïde perdu dans
    l'ombre, astre inférieur du monde solaire, qui, pour les grandes
    planètes, se couche ou se lève comme une simple étoile du matin ou du
    soir! Imperceptible point de l'espace, ce n'était plus qu'un
    croissant fugitif, ce globe où ils avaient laissé toutes leurs
    affections!

    Longtemps, les trois amis, sans parler, mais unis de coeur,
    regardèrent, tandis que le projectile s'éloignait avec une vitesse
    uniformément décroissante. Puis, une somnolence irrésistible envahit
    leur cerveau. Était-ce fatigue de corps et fatigue d'esprit? Sans
    doute, car après la surexcitation de ces dernières heures passées sur
    la Terre, la réaction devait inévitablement se produire.

    «Eh bien, dit Michel, puisqu'il faut dormir, dormons.»

    Et, s'étendant sur leurs couchettes, tous trois furent bientôt
    ensevelis dans un profond sommeil.

    Mais ils ne s'étaient pas assoupis depuis un quart d'heure, que
    Barbicane se relevait subitement et réveillant ses compagnons d'une
    voix formidable:

    «J'ai trouvé! s'écria-t-il!

    --Qu'as-tu trouvé? demanda Michel Ardan sautant hors de sa couchette.

    --La raison pour laquelle nous n'avons pas entendu la détonation de la
    Columbiad!

    --Et c'est?... fit Nicholl.

    --Parce que notre projectile allait plus vite que le son!»

    III

    Où l'on s'installe

    Cette explication curieuse, mais certainement exacte, une fois donnée,
    les trois amis s'étaient replongés dans un profond sommeil. Où
    auraient-ils, pour dormir, trouvé un lieu plus calme, un milieu plus
    paisible? Sur terre, les maisons des villes, les chaumières des
    campagnes, ressentent toutes les secousses imprimées à l'écorce du
    globe. Sur mer, le navire, ballotté par les lames, n'est que choc et
    mouvement. Dans l'air, le ballon oscille incessamment sur des couches
    fluides de densités diverses. Seul, ce projectile, flottant dans le
    vide absolu, au milieu du silence absolu, offrait à ses hôtes le repos
    absolu.

    Aussi, le sommeil des trois aventureux voyageurs se fût-il peut-être
    indéfiniment prolongé, si un bruit inattendu ne les eût éveillés vers
    sept heures du matin, le 2 décembre, huit heures après leur départ.

    Ce bruit, c'était un aboiement très caractérisé.

    «Les chiens! Ce sont les chiens!» s'écria Michel Ardan, se relevant
    aussitôt.

    --Ils ont faim, dit Nicholl.

    --Pardieu! répondit Michel, nous les avons oubliés!

    --Où sont-ils?» demanda Barbicane.

    On chercha, et l'on trouva l'un de ces animaux blotti sous le divan.
    Épouvanté, anéanti par le choc initial, il était resté dans ce coin
    jusqu'au moment où la voix lui revint avec le sentiment de la faim.

    C'était l'aimable Diane, assez penaude encore, qui s'allongea hors de
    sa retraite, non sans se faire prier. Cependant Michel Ardan
    l'encourageait de ses plus gracieuses paroles.

    «Viens, Diane, disait-il, viens, ma fille! toi, dont la destinée
    marquera dans les annales cynégétiques! toi que les païens eussent
    donnée pour compagne au dieu Anubis, et les chrétiens pour amie à
    saint Roch! toi, digne d'être forgée en airain par le roi des enfers,
    comme ce toutou que Jupiter céda à la belle Europe au prix d'un
    baiser! toi, dont la célébrité effacera celle des héros de Montargis
    et du mont Saint-Bernard! toi, qui, t'élançant vers les espaces
    interplanétaires, seras peut-être l'Ève des chiens sélénites! toi qui
    justifieras là-haut cette parole de Toussenel: «Au commencement.
    «Dieu créa l'homme, et le voyant si faible, il lui «donna le chien!»
    Viens, Diane! viens ici!»

    Diane, flattée ou non, s'avançait peu à peu et poussait des
    gémissements plaintifs.

    «Bon! fit Barbicane, je vois bien Ève, mais où est Adam?

    --Adam! répondit Michel, Adam ne peut être loin! Il est là, quelque
    part! Il faut l'appeler! Satellite! ici, Satellite!»

    Mais Satellite ne paraissait pas. Diane continuait de gémir. On
    constata cependant qu'elle n'était point blessée, et on lui servit une
    appétissante pâtée qui fit taire ses plaintes.

    Quant à Satellite, il semblait introuvable. Il fallut chercher
    longtemps avant de le découvrir dans un des compartiments supérieurs
    du projectile, où un contrecoup, assez inexplicable, l'avait
    violemment lancé. La pauvre bête, fort endommagée, était dans un
    piteux état.

    «Diable! dit Michel, voilà notre acclimatation compromise!»

    On descendit le malheureux chien avec précaution. Sa tête s'était
    fracassée contre la voûte, et il semblait difficile qu'il revînt d'un
    tel choc. Néanmoins, il fut confortablement étendu sur un coussin et
    là, il laissa échapper un soupir.

    «Nous te soignerons, dit Michel. Nous sommes responsables de ton
    existence. J'aimerais mieux perdre un bras qu'une patte de mon pauvre
    Satellite!»

    Et, ce disant, il offrit quelques gorgées d'eau au blessé, qui les but
    avidement.

    Ces soins donnés, les voyageurs observèrent attentivement la Terre et
    la Lune. La Terre n'était plus figurée que par un disque cendré que
    terminait un croissant plus rétréci que la veille; mais son volume
    restait encore énorme, si on le comparait à celui de la Lune qui se
    rapprochait de plus en plus d'un cercle parfait.

    «Parbleu! dit alors Michel Ardan, je suis vraiment fâché que nous ne
    soyons pas partis au moment de la Pleine-Terre, c'est-à-dire lorsque
    notre globe se trouvait en opposition avec le Soleil.

    --Pourquoi? demanda Nicholl.

    --Parce que nous aurions aperçu sous un nouveau jour nos continents et
    nos mers, ceux-ci resplendissants sous la projection des rayons
    solaires, celles-là plus sombres et telles qu'on les reproduit sur
    certaines mappemondes! J'aurais voulu voir ces pôles de la Terre sur
    lesquels le regard de l'homme ne s'est encore jamais reposé!

    --Sans doute, répondit Barbicane, mais si la Terre avait été pleine,
    la Lune aurait été nouvelle, c'est-à-dire invisible au milieu de
    l'irradiation du Soleil. Or, mieux vaut pour nous voir le but
    d'arrivée que le point de départ.

    --Vous avez raison, Barbicane, répondit le capitaine Nicholl, et
    d'ailleurs quand nous aurons atteint la Lune, nous aurons le temps,
    pendant les longues nuits lunaires, de considérer à loisir ce globe où
    fourmillent nos semblables!

    --Nos semblables! s'écria Michel Ardan. Mais maintenant, ils ne sont
    pas plus nos semblables que les Sélénites! Nous habitons un monde
    nouveau, peuplé de nous seuls, le projectile! Je suis le semblable de
    Barbicane, et Barbicane est le semblable de Nicholl. Au-delà de nous,
    en dehors de nous, l'humanité finit, et nous sommes les seules
    populations de ce microcosme jusqu'au moment où nous deviendrons de
    simples Sélénites!

    --Dans quatre-vingt-huit heures environ,
    répliqua le capitaine.

    --Ce qui veut dire?... demanda Michel Ardan.

    --Qu'il est huit heures et demie, répondit Nicholl.

    --Eh bien, repartit Michel, il m'est impossible de trouver même
    l'apparence d'une raison pour laquelle nous ne déjeunerions pas
    illico.»

    En effet, les habitants du nouvel astre ne pouvaient y vivre sans
    manger, et leur estomac subissait alors les impérieuses lois de la
    faim. Michel Ardan, en sa qualité de Français, se déclara cuisinier
    en chef, importante fonction qui ne lui suscita pas de concurrents.
    Le gaz donna les quelques degrés de chaleur suffisants pour les
    apprêts culinaires, et le coffre aux provisions fournit les éléments
    de ce premier festin.

    Le déjeuner débuta par trois tasses d'un bouillon excellent, dû à la
    liquéfaction dans l'eau chaude de ces précieuses tablettes Liebig,
    préparées avec les meilleurs morceaux des ruminants des Pampas. Au
    bouillon de boeuf succédèrent quelques tranches de beefsteak
    comprimés à la presse hydraulique, aussi tendres, aussi succulents que
    s'ils fussent sortis des cuisines du café Anglais. Michel, homme
    d'imagination, soutint même qu'ils étaient «saignants».

    Des légumes conservés «et plus frais que nature», dit aussi l'aimable
    Michel, succédèrent au plat de viande, et furent suivis de quelques
    tasses de thé avec tartines beurrées à l'américaine. Ce breuvage,
    déclaré exquis, était dû à l'infusion de feuilles de premier choix
    dont l'empereur de Russie avait mis quelques caisses à la disposition
    des voyageurs.

    Enfin, pour couronner ce repas, Ardan dénicha une fine bouteille de
    Nuits, qui se trouvait «par hasard» dans le compartiment des
    provisions. Les trois amis la burent à l'union de la Terre et de son
    satellite.

    Et comme si ce n'était pas assez de ce vin généreux qu'il avait
    distillé sur les coteaux de Bourgogne, le Soleil voulut se mettre de
    la partie. Le projectile sortait en ce moment du cône d'ombre projeté
    par le globe terrestre, et les rayons de l'astre radieux frappèrent
    directement le disque inférieur du boulet, en raison de l'angle que
    fait l'orbite de la Lune avec celle de la Terre.

    «Le Soleil! s'écria Michel Ardan.

    --Sans doute, répondit Barbicane. Je l'attendais.

    --Cependant, dit Michel, le cône d'ombre que la Terre laisse dans
    l'espace s'étend au-delà de la Lune?

    --Beaucoup au-delà, si on ne tient pas compte de la réfraction
    atmosphérique, dit Barbicane. Mais quand la Lune est enveloppée dans
    cette ombre, c'est que les centres des trois astres, le Soleil, la
    Terre et la Lune, sont en ligne droite. Alors les noeuds coïncident
    avec les phases de la Pleine-Lune et il y a éclipse. Si nous étions
    partis au moment d'une éclipse de Lune, tout notre trajet se fût
    accompli dans l'ombre, ce qui eût été fâcheux.

    --Pourquoi?

    --Parce que, bien que nous flottions dans le vide, notre projectile,
    baigné au milieu des rayons solaires recueillera leur lumière et leur
    chaleur. Donc, économie de gaz, économie précieuse à tous égards.»

    En effet, sous ces rayons dont aucune atmosphère n'adoucissait la
    température et l'éclat, le projectile se réchauffait et s'éclairait
    comme s'il eût subitement passé de l'hiver à l'été. La Lune en haut,
    le Soleil en bas, l'inondaient de leurs feux.

    «Il fait bon ici, dit Nicholl.

    --Je le crois bien! s'écria Michel Ardan. Avec un peu de terre
    végétale répandue sur notre planète d'aluminium, nous ferions pousser
    les petits pois en vingt-quatre heures. Je n'ai qu'une crainte, c'est
    que les parois du boulet n'entrent en fusion!

    --Rassure-toi, mon digne ami, répondit Barbicane. Le projectile a
    supporté une température bien autrement élevée, pendant qu'il glissait
    sur les couches atmosphériques. Je ne serais même pas étonné qu'il se
    fût montré aux yeux des spectateurs de la Floride comme un bolide en
    feu.

    --Mais alors, J.-T. Maston doit nous croire rôtis.

    --Ce qui m'étonne, répondit Barbicane, c'est que nous ne l'ayons pas
    été. C'était là un danger que nous n'avions pas prévu.

    --Je le craignais, moi, répondit simplement Nicholl.

    --Et tu ne nous en avais rien dit, sublime capitaine!» s'écria Michel
    Ardan en serrant la main de son compagnon.

    Cependant Barbicane procédait à son installation dans le projectile
    comme s'il n'eût jamais dû le quitter. On se rappelle que ce wagon
    aérien offrait à sa base une superficie de cinquante-quatre pieds
    carrés. Haut de douze pieds jusqu'au sommet de sa voûte, habilement
    aménagé à l'intérieur, peu encombré par les instruments et ustensiles
    de voyage qui occupaient chacun une place spéciale, il laissait à ses
    trois hôtes une certaine liberté de mouvements. L'épaisse vitre,
    engagée dans une partie du culot, pouvait supporter impunément un
    poids considérable. Aussi Barbicane et ses compagnons marchaient-ils
    à sa surface comme sur un plancher solide; mais le Soleil, qui la
    frappait directement de ses rayons, éclairant par en dessous
    l'intérieur du projectile, y produisait de singuliers effets de
    lumière.

    On commença par vérifier l'état de la caisse à eau et de la caisse aux
    vivres. Ces récipients n'avaient aucunement souffert, grâce aux
    dispositions prises pour amortir le choc. Les vivres étaient
    abondants et pouvaient nourrir les trois voyageurs pendant une année
    entière. Barbicane avait voulu se précautionner pour le cas où le
    projectile arriverait sur une portion absolument stérile de la Lune.
    Quant à l'eau et à la réserve d'eau-de-vie qui comprenait cinquante
    gallons, il y en avait pour deux mois seulement. Mais, à s'en
    rapporter aux dernières observations des astronomes, la Lune
    conservait une atmosphère basse, dense, épaisse, au moins dans ses
    vallées profondes, et là les ruisseaux, les sources ne pouvaient
    manquer. Donc, pendant la durée du trajet et pendant la première
    année de leur installation sur le continent lunaire, les aventureux
    explorateurs ne devaient être éprouvés ni par la faim ni par la soif.

    Restait la question de l'air à l'intérieur du projectile. Là encore,
    toute sécurité. L'appareil Reiset et Regnaut, destiné à la production
    de l'oxygène, était alimenté pour deux mois de chlorate de potasse.
    Il consommait nécessairement une certaine quantité de gaz, car il
    devait maintenir au-dessus de quatre cents degrés la matière
    productrice. Mais là encore, on était en fonds. L'appareil ne
    demandait, d'ailleurs, qu'un peu de surveillance. Il fonctionnait
    automatiquement. A cette température élevée, le chlorate de potasse,
    se changeant en chlorure de potassium, abandonnait tout l'oxygène
    qu'il contenait. Or, que donnaient dix-huit livres de chlorate de
    potasse? Les sept livres d'oxygène nécessaire à la consommation
    quotidienne des hôtes du projectile.

    Mais il ne suffisait pas de renouveler l'oxygène dépensé, il fallait
    encore absorber l'acide carbonique produit par l'expiration. Or,
    depuis une douzaine d'heures, l'atmosphère du boulet s'était chargée
    de ce gaz absolument délétère, produit définitif de la combustion des
    éléments du sang par l'oxygène inspiré. Nicholl reconnut cet état de
    l'air en voyant Diane haleter péniblement. En effet, l'acide
    carbonique--par un phénomène identique à celui qui se produit dans la
    fameuse Grotte du Chien--se massait vers le fond du projectile, en
    raison de sa pesanteur. La pauvre Diane, la tête basse, devait donc
    souffrir avant ses maîtres de la présence de ce gaz. Mais le
    capitaine Nicholl se hâta de remédier à cet état de choses. Il
    disposa sur le fond du projectile plusieurs récipients contenant de la
    potasse caustique qu'il agita pendant un certain temps, et cette
    matière, très avide d'acide carbonique, l'absorba complètement et
    purifia ainsi l'air intérieur.

    L'inventaire des instruments fut alors commencé. Les thermomètres et
    les baromètres avaient résisté, sauf un thermomètre à minima dont le
    verre s'était brisé. Un excellent anéroïde, retiré de la boîte ouatée
    qui le contenait, fut accroché à l'une des parois. Naturellement, il
    ne subissait et ne marquait que la pression de l'air à l'intérieur du
    projectile. Mais il indiquait aussi la quantité de vapeur d'eau qu'il
    renfermait. En ce moment son aiguille oscillait entre 765 et 760
    millimètres. C'était «du beau temps».

    Barbicane avait emporté aussi plusieurs compas qui furent retrouvés
    intacts. On comprend que dans ces conditions, leur aiguille était
    affolée, c'est-à-dire sans direction constante. En effet, à la
    distance où le boulet se trouvait de la Terre, le pôle magnétique ne
    pouvait exercer sur l'appareil aucune action sensible. Mais ces
    boussoles, transportées sur le disque lunaire, y constateraient
    peut-être des phénomènes particuliers. En tout cas, il était
    intéressant de vérifier si le satellite de la Terre se soumettait
    comme elle à l'influence magnétique.

    Un hypsomètre pour mesurer l'altitude des montagnes lunaires, un
    sextant destiné à prendre la hauteur du Soleil, un théodolite,
    instrument de géodésie qui sert à lever les plans et à réduire les
    angles à l'horizon, les lunettes dont l'usage devait être très
    apprécié aux approches de la Lune, tous ces instruments furent visités
    avec soin et reconnus bons, malgré la violence de la secousse
    initiale.

    Quant aux ustensiles, aux pics, aux pioches, aux divers outils dont
    Nicholl avait fait un choix spécial; quant aux sacs de graines
    variées, aux arbustes que Michel Ardan comptait transplanter dans les
    terres sélénites, ils étaient à leur place dans les coins supérieurs
    du projectile. Là s'évidait une sorte de grenier encombré d'objets
    que le prodigue Français y avait empilés. Quels ils étaient, on ne
    savait guère, et le joyeux garçon ne s'expliquait pas là-dessus. De
    temps en temps, il montait par des crampons rivés aux parois jusqu'à
    ce capharnaüm, dont il s'était réservé l'inspection. Il rangeait, il
    arrangeait, il plongeait une main rapide dans certaines boîtes
    mystérieuses, en chantant de la voix la plus fausse quelque vieux
    refrain de France qui égayait la situation.

    Barbicane observa avec intérêt que ses fusées et autres artifices
    n'avaient pas été endommagés. Ces pièces importantes, puissamment
    chargées, devaient servir à ralentir la chute du projectile, lorsque
    celui-ci, sollicité par l'attraction lunaire, après avoir dépassé le
    point d'attraction neutre, tomberait sur la surface de la Lune.
    Chute, d'ailleurs, qui devait être six fois moins rapide qu'elle ne
    l'eût été à la surface de la Terre, grâce à la différence de masse des
    deux astres.

    L'inspection se termina donc à la satisfaction générale. Puis chacun
    revint observer l'espace par les fenêtres latérales et à travers la
    vitre inférieure.

    Même spectacle. Toute l'étendue de la sphère céleste, fourmillant
    d'étoiles et de constellations d'une pureté merveilleuse, à rendre fou
    un astronome. D'un côté, le Soleil, comme la gueule d'un four
    embrasé, disque éblouissant sans auréole, se détachant sur le fond
    noir du ciel. De l'autre, la Lune lui ejetant ses feux par réflexion,
    et comme immobile au milieu du monde stellaire. Puis, une tache assez
    forte, qui semblait trouer le firmament et que bordait encore un
    demi-liséré argenté: c'était la Terre. Çà et là, des nébuleuses
    massées comme de gros flocons d'une neige sidérale, et du zénith au
    nadir, un immense anneau formé d'une impalpable poussière d'astres,
    cette voie lactée, au milieu de laquelle le Soleil ne compte que pour
    une étoile de quatrième grandeur!

    Les observateurs ne pouvaient détacher leurs regards de ce spectacle
    si nouveau, dont aucune description ne saurait donner l'idée. Que de
    réflexions il leur suggéra! Quelles émotions inconnues il éveilla
    dans leur âme! Barbicane voulut commencer le récit de son voyage sous
    l'empire de ces impressions, et il nota heure par heure tous les faits
    qui signalaient le début de son entreprise. Il écrivait
    tranquillement de sa grosse écriture carrée et dans un style un peu
    commercial.

    Pendant ce temps, le calculateur Nicholl revoyait ses formules de
    trajectoires et manoeuvrait les chiffres avec une dextérité sans
    pareille. Michel Ardan causait tantôt avec Barbicane qui ne lui
    répondait guère, tantôt avec Nicholl qui ne l'entendait pas, avec
    Diane qui ne comprenait rien à ses théories, avec lui-même enfin, se
    faisant demandes et réponses, allant, venant, s'occupant de mille
    détails, tantôt courbé sur la vitre inférieure, tantôt juché dans les
    hauteurs du projectile, et toujours chantonnant. Dans ce microcosme
    il représentait l'agitation et la loquacité française, et l'on est
    prié de croire qu'elle était dignement représentée.

    La journée, ou plutôt--car l'expression n'est pas juste--le laps de
    douze heures qui forme le jour sur la Terre, se termina par un souper
    copieux, finement préparé. Aucun incident de nature à altérer la
    confiance des voyageurs ne s'était encore produit. Aussi, pleins
    d'espoir, déjà sûrs du succès, ils s'endormirent paisiblement, tandis
    que le projectile, sous une vitesse uniformément décroissante,
    franchissait les routes du ciel.

    IV

    Un peu d'algèbre

    La nuit se passa sans incident. A vrai dire, ce mot «nuit» est
    impropre.

    La position du projectile ne changeait pas par rapport au Soleil.
    Astronomiquement, il faisait jour sur la partie inférieure du boulet,
    nuit sur sa partie supérieure. Lors donc que dans ce récit ces deux
    mots sont employés, ils expriment le laps de temps qui s'écoule entre
    le lever et le coucher du Soleil sur la Terre.

    Le sommeil des voyageurs fut d'autant plus paisible que, malgré son
    excessive vitesse, le projectile semblait être absolument immobile.
    Aucun mouvement ne trahissait sa marche à travers l'espace. Le
    déplacement, quelque rapide qu'il soit, ne peut produire un effet
    sensible sur l'organisme, quand il a lieu dans le vide ou lorsque la
    masse d'air circule avec le corps entraîné. Quel habitant de la Terre
    s'aperçoit de sa vitesse, qui l'emporte cependant à raison de
    quatre-vingt-dix mille kilomètres par heure? Le mouvement, dans ces
    conditions, ne se «ressent» pas plus que le repos. Aussi tout corps y
    est-il indifférent. Un corps est-il en repos, il y demeurera tant
    qu'aucune force étrangère ne le déplacera. Est-il en mouvement, il ne
    s'arrêtera plus si aucun obstacle ne vient enrayer sa marche. Cette
    indifférence au mouvement ou au repos, c'est l'inertie.

    Barbicane et ses compagnons pouvaient donc se croire dans une
    immobilité absolue, étant enfermés à l'intérieur du projectile.
    L'effet eût été le même, d'ailleurs, s'ils se fussent placés à
    l'extérieur. Sans la Lune qui grossissait au-dessus d'eux, ils
    auraient juré qu'ils flottaient dans une stagnation complète.

    Ce matin-là, le 3 décembre, les voyageurs furent réveillés par un
    bruit joyeux, mais inattendu. Ce fut le chant du coq qui retentit à
    l'intérieur du wagon.

    Michel Ardan, le premier sur pied, grimpa jusqu'au sommet du
    projectile, et fermant une caisse entrouverte:

    «Veux-tu te taire? dit-il à voix basse. Cet animal-là va faire
    manquer ma combinaison!»

    Cependant Nicholl et Barbicane s'étaient réveillés.

    «Un coq? avait dit Nicholl.

    --Eh non! mes amis, répondit vivement Michel, c'est moi qui ai voulu
    vous réveiller par cette vocalise champêtre!»

    Et ce disant, il poussa un splendide kokoriko qui eût fait honneur au
    plus orgueilleux des gallinacés.

    Les deux Américains ne purent s'empêcher de rire.

    «Un joli talent, dit Nicholl, regardant son compagnon d'un air
    soupçonneux.

    --Oui, répondit Michel, une plaisanterie de mon pays. C'est très
    gaulois. On fait, comme cela, le coq dans les meilleures sociétés!»

    Puis, détournant la conversation:

    «Sais-tu, Barbicane, dit-il, à quoi j'ai pensé toute la nuit?

    --Non, répondit le président.

    --A nos amis de Cambridge. Tu as déjà remarqué que je suis un
    admirable ignorant des choses mathématiques. Il m'est donc impossible
    de deviner comment les savants de l'Observatoire ont pu calculer
    quelle vitesse initiale devrait avoir le projectile en quittant la
    Columbiad pour atteindre la Lune.

    --Tu veux dire, répliqua Barbicane, pour atteindre ce point neutre où
    les attractions terrestre et lunaire se font équilibre, car, à partir
    de ce point situé aux neuf dixièmes du parcours environ, le projectile
    tombera sur la Lune simplement en vertu de sa pesanteur.

    --Soit, répondit Michel, mais, encore une fois, comment ont-ils pu
    calculer la vitesse initiale?

    --Rien n'était plus aisé, répondit Barbicane.

    --Et tu aurais su faire ce calcul? demanda Michel Ardan.

    --Parfaitement. Nicholl et moi, nous l'eussions établi, si la note de
    l'Observatoire ne nous eût évité cette peine.

    --Eh bien, mon vieux Barbicane, répondit Michel, on m'eût plutôt coupé
    la tête, en commençant par les pieds, que de me faire résoudre ce
    problème-là!

    --Parce que tu ne sais pas l'algèbre, répliqua tranquillement
    Barbicane.

    --Ah! vous voilà bien, vous autres, mangeurs d'_x_! Vous croyez
    avoir tout dit quand vous avez dit: l'algèbre.

    --Michel, répliqua Barbicane, crois-tu qu'on puisse forger sans
    marteau ou labourer sans charrue?

    --Difficilement.

    --Eh bien, l'algèbre est un outil, comme la charrue ou le marteau, et
    un bon outil pour qui sait l'employer.

    --Sérieusement?

    --Très sérieusement.

    --Et tu pourrais manier cet outil-là devant moi?

    --Si cela t'intéresse.

    --Et me montrer comment on a calculé la vitesse initiale de notre
    wagon?

    --Oui, mon digne ami. En tenant compte de tous les éléments du
    problème, de la distance du centre de la Terre au centre de la Lune,
    du rayon de la Terre, de la masse de la Terre, de la masse de la Lune,
    je puis établir exactement quelle a dû être la vitesse initiale du
    projectile, et cela par une simple formule.

    --Voyons la formule.

    --Tu la verras. Seulement, je ne te donnerai pas la courbe tracée
    réellement par le boulet entre la Lune et la Terre, en tenant compte
    de leur mouvement de translation autour du Soleil. Non. Je
    considérerai ces deux astres comme immobiles, ce qui nous suffit.

    --Et pourquoi?

    --Parce que ce serait chercher la solution de ce problème qu'on
    appelle «le problème des trois corps», et que le calcul intégral n'est
    pas encore assez avancé pour le résoudre.

    --Tiens, fit Michel Ardan de son ton narquois, les mathématiques n'ont
    donc pas dit leur dernier mot?

    --Certainement non, répondit Barbicane.

    --Bon! Peut-être les Sélénites ont-ils poussé plus loin que vous le
    calcul intégral! Et à propos, qu'est-ce que ce calcul intégral?

    --C'est un calcul qui est l'inverse du calcul différentiel, répondit
    sérieusement Barbicane.

    --Bien obligé.

    --Autrement dit, c'est un calcul par lequel on cherche les quantités
    finies dont on connaît la différentielle.

    --Au moins, voilà qui est clair, répondit Michel d'un air on ne peut
    plus satisfait.

    --Et maintenant, reprit Barbicane, un bout de papier, un bout de
    crayon, et avant une demi-heure je veux avoir trouvé la formule
    demandée.»

    Barbicane, cela dit, s'absorba dans son travail, tandis que Nicholl
    observait l'espace, laissant à son compagnon le soin du déjeuner.

    Une demi-heure ne s'était pas écoulée que Barbicane, relevant la tête,
    montrait à Michel Ardan une page couverte de signes algébriques, au
    milieu desquels se détachait cette formule générale:

    % 1 2 2 r m' r r
    % - (v - v ) = gr { --- - 1 + --- ( --- - ---) }
    % 2 0 x m d-x d-r

    ( frac{1}{2}left(v^2-v_0^2right)=
    grleft{frac{r}{x}-1+frac{m'}{m}left(frac{r}{d-x}-
    frac{r}{d-r}right)right} )

    «Et cela signifie?..., demanda Michel

    --Cela signifie, répondit Nicholl, que: un demi de _v_ deux moins _v_
    zéro carré, égale _gr_ multiplié par _r_ sur _x_ moins un, plus _m_
    prime sur _m_ multiplié par _r_ sur _d_ moins _x_, moins _r_ sur _d_
    moins _r_...

    --_X_ sur _y_ monté sur _z_ et chevauchant sur _p_, s'écria Michel
    Ardan en éclatant de rire. Et tu comprends cela, capitaine?

    --Rien n'est plus clair.

    --Comment donc! dit Michel. Mais cela saute aux yeux, et je n'en
    demande pas davantage.

    --Rieur sempiternel! répliqua Barbicane. Tu as voulu de l'algèbre,
    et tu en auras jusqu'au menton!

    --J'aime mieux qu'on me pende!

    --En effet, répondit Nicholl, qui examinait la formule en connaisseur,
    ceci me paraît bien trouvé, Barbicane. C'est l'intégrale de
    l'équation des forces vives, et je ne doute pas qu'elle ne nous donne
    le résultat cherché.

    --Mais je voudrais comprendre! s'écria Michel. Je donnerais dix ans
    de la vie de Nicholl pour comprendre!

    --Ecoute alors, reprit Barbicane. Un demi de _v_ deux moins _v_ zéro
    carré, c'est la formule qui nous donne la demi-variation de la force
    vive.

    --Bon, et Nicholl sait ce que cela signifie?

    --Sans doute, Michel, répondit le capitaine. Tous ces signes, qui te
    paraissent cabalistiques, forment cependant le langage le plus clair,
    le plus net, le plus logique pour qui sait le lire.

    --Et tu prétends, Nicholl, demanda Michel, qu'au moyen de ces
    hiéroglyphes, plus incompréhensibles que des ibis égyptiens, tu
    pourras trouver quelle vitesse initiale il convenait d'imprimer au
    projectile?

    --Incontestablement, répondit Nicholl, et même par cette formule, je
    pourrai toujours te dire quelle est sa vitesse à un point quelconque
    de son parcours.

    --Ta parole?

    --Ma parole.

    --Alors, tu es aussi malin que notre président?

    --Non, Michel. Le difficile, c'est ce qu'a fait Barbicane. C'est
    d'établir une équation qui tienne compte de toutes les conditions du
    problème. Le reste n'est plus qu'une question d'arithmétique, et
    n'exige que la connaissance des quatre règles.

    --C'est déjà beau!» répondit Michel Ardan, qui, de sa vie, n'avait pu
    faire une addition juste et qui définissait ainsi cette règle: «Petit
    casse-tête chinois qui permet d'obtenir des totaux indéfiniment
    variés.»

    Cependant Barbicane affirmait que Nicholl, en y songeant, aurait
    certainement trouvé cette formule.

    «Je n'en sais rien, disait Nicholl, car, plus je l'étudie, plus je la
    trouve merveilleusement établie.

    --Maintenant, écoute, dit Barbicane à son ignorant camarade, et tu vas
    voir que toutes ces lettres ont une signification.

    --J'écoute, dit Michel d'un air résigné.

    --_d_, fit Barbicane, c'est la distance du centre de la Terre au
    centre de la Lune, car ce sont les centres qu'il faut prendre pour
    calculer les attractions.

    --Cela je le comprends.

    --_r_ est le rayon de la Terre.

    --_r_, rayon. Admis.

    --_m_ est la masse de la Terre; _m_ prime la masse de la Lune. En
    effet, il faut tenir compte de la masse des deux corps attirants,
    puisque l'attraction est proportionnelle aux masses.

    --C'est entendu.

    --_g_ représente la gravité, la vitesse acquise au bout d'une seconde
    par un corps qui tombe à la surface de la Terre. Est-ce clair?

    --De l'eau de roche! répondit Michel.

    --Maintenant, je représente par _x_ la distance variable qui sépare le
    projectile du centre de la Terre, et par _v_ la vitesse qu'a ce
    projectile à cette distance.

    --Bon.

    --Enfin, l'expression _v_ zéro qui figure dans l'équation est la
    vitesse que possède le boulet au sortir de l'atmosphère.

    --En effet, dit Nicholl, c'est à ce point qu'il faut calculer cette
    vitesse, puisque nous savons déjà que la vitesse au départ vaut
    exactement les trois demis de la vitesse au sortir de l'atmosphère.

    --Comprends plus! fit Michel.

    --C'est pourtant bien simple, dit Barbicane.

    --Pas si simple que moi, répliqua Michel.

    --Cela veut dire que lorsque notre projectile est arrivé à la limite
    de l'atmosphère terrestre, il avait déjà perdu un tiers de sa vitesse
    initiale.

    --Tant que cela?

    --Oui, mon ami, rien que par son frottement sur les couches
    atmosphériques. Tu comprends bien que plus il marchait rapidement,
    plus il trouvait de résistance de la part de l'air.

    --Ça, je l'admets, répondit Michel, et je le comprends, bien que tes
    _v_ zéro deux et tes _v_ zéro carrés se secouent dans ma tête comme
    des clous dans un sac!

    --Premier effet de l'algèbre, reprit Barbicane. Et maintenant, pour
    t'achever, nous allons établir la donnée numérique de ces diverses
    expressions, c'est-à-dire chiffrer leur valeur.

    --Achevez-moi! répondit Michel.

    --De ces expressions, dit Barbicane, les unes sont connues, les autres
    sont à calculer.

    --Je me charge de ces dernières, dit Nicholl.

    --Voyons _r_, reprit Barbicane. _r_, c'est le rayon de la Terre qui,
    sous la latitude de la Floride notre point de départ, égale six
    millions trois cent soixante-dix mille mètres. _d_, c'est-à-dire la
    distance du centre de la Terre au centre de la Lune, vaut
    cinquante-six rayons terrestres, soit...»

    Nicholl chiffra rapidement.

    «Soit, dit-il, trois cent cinquante-six millions sept cent vingt mille
    mètres, au moment où la Lune est à son périgée, c'est-à-dire à sa
    distance la plus rapprochée de la Terre.

    --Bien, fit Barbicane. Maintenant _m_ prime sur _m_, c'est-à-dire le
    rapport de la masse de la Lune à celle de la Terre, égale un
    quatre-vingt-unième.

    --Parfait, dit Michel.

    --_g_, la gravité, est à la Floride de neuf mètres quatre-vingt-un.
    D'où résulte que _gr_ égale...

    --Soixante-deux millions quatre cent vingt-six mille mètres carrés,
    répondit Nicholl.

    --Et maintenant? demanda Michel Ardan.

    --Maintenant que les expressions sont chiffrées, répondit Barbicane,
    je vais chercher la vitesse _v_ zéro, c'est-à-dire la vitesse que doit
    avoir le projectile en quittant l'atmosphère pour atteindre le point
    d'attraction égale avec une vitesse nulle. Puisque, à ce moment, la
    vitesse sera nulle, je pose qu'elle égalera zéro, et que _x_, la
    distance où se trouve ce point neutre, sera représentée par les neuf
    dixièmes de _d_, c'est-à-dire de la distance qu sépare les deux
    centres.

    --J'ai une vague idée que cela doit être ainsi, dit Michel.

    --J'aurai donc alors: _x_ égale neuf dixièmes de
    _d_, et _v_ égale zéro, et ma formule deviendra...»

    Barbicane écrivit rapidement sur le papier:

    ( v_0^2=2grleft{1-frac{10r}{9d}-frac{1}{81}
    left(frac{10r}{d}-frac{r}{d-r}right)right} )

    Nicholl lut d'un oeil avide.

    «C'est cela! c'est cela! s'écria-t-il.

    --Est-ce clair? demanda Barbicane.

    --C'est écrit en lettres de feu! répondit Nicholl.

    --Les braves gens! murmurait Michel.

    --As-tu compris, enfin? lui demanda Barbicane.

    --Si j'ai compris! s'écria Michel Ardan, mais c'est-à-dire que ma
    tête en éclate!

    --Ainsi, reprit Barbicane, _v_ zéro deux égale deux _gr_ multiplié par
    un, moins dix _r_ sur 9 _d_, moins un quatre-vingt-unième multiplié
    par dix _r_ sur _d_ moins _r_ sur _d_ moins _r_.

    --Et maintenant, dit Nicholl, pour obtenir la vitesse du boulet au
    sortir de l'atmosphère, il n'y a plus qu'à calculer.»

    Le capitaine, en praticien rompu à toutes les difficultés, se mit à
    chiffrer avec une rapidité effrayante. Divisions et multiplications
    s'allongeaient sous ses doigts. Les chiffres grêlaient sa page
    blanche. Barbicane le suivait du regard, pendant que Michel Ardan
    comprimait à deux mains une migraine naissante.

    «Eh bien? demanda Barbicane, après plusieurs minutes de silence.

    --Eh bien, tout calcul fait, répondit Nicholl, _v_ zéro, c'est-à-dire
    la vitesse du projectile au sortir de l'atmosphère, pour atteindre le
    point d'égale attraction, a dû être de...

    --De?... fit Barbicane.

    --De onze mille cinquante et un mètres dans la première seconde.

    --Hein! fit Barbicane, bondissant, vous dites!

    --Onze mille cinquante et un mètres.

    --Malédiction! s'écria le président en faisant un geste de désespoir.

    --Qu'as-tu? demanda Michel Ardan, très surpris.

    --Ce que j'ai! Mais si à ce moment la vitesse était déjà diminuée
    d'un tiers par le frottement, la vitesse initiale aurait dû être...

    --De seize mille cinq cent soixante-seize mètres! répondit Nicholl.

    --Et l'Observatoire de Cambridge, qui a déclaré que onze mille mètres
    suffisaient au départ, et notre boulet qui n'est parti qu'avec cette
    vitesse!

    --Eh bien? demanda Nicholl.

    --Eh bien, elle sera insuffisante!

    --Bon.

    --Nous n'atteindrons pas le point neutre!

    --Sacrebleu!

    --Nous n'irons même pas à moitié chemin!

    --Nom d'un boulet! s'écria Michel Ardan, sautant comme si le
    projectile fût sur le point de heurter le sphéroïde terrestre.

    --Et nous retomberons sur la Terre!»

    V

    Les froids de l'espace

    Cette révélation fut un coup de foudre. Qui se serait attendu à
    pareille erreur de calcul? Barbicane ne voulait pas y croire.
    Nicholl revit ses chiffres. Ils étaient exacts. Quant à la formule
    qui les avait déterminés, on ne pouvait soupçonner sa justesse, et
    vérification faite, il fut constant qu'une vitesse initiale de seize
    mille cinq cent soixante-seize mètres dans la première seconde était
    nécessaire pour atteindre le point neutre.

    Les trois amis se regardèrent silencieusement. De déjeuner, plus
    question. Barbicane, les dents serrées, les sourcils contractés, les
    poings fermés convulsivement, observait à travers le hublot. Nicholl
    s'était croisé les bras, examinant ses calculs. Michel Ardan
    murmurait:

    «Voilà bien ces savants! Ils n'en font jamais d'autres! Je donnerais
    vingt pistoles pour tomber sur l'Observatoire de Cambridge et
    l'écraser avec tous les tripoteurs de chiffres qu'il renferme!»

    Tout d'un coup, le capitaine fit une réflexion qui alla droit à
    Barbicane.

    «Ah çà! dit-il, il est sept heures du matin. Nous sommes donc partis
    depuis trente-deux heures. Plus de la moitié de notre trajet est
    parcourue, et nous ne tombons pas, que je sache!»

    Barbicane ne répondit pas. Mais, après un coup d'oeil rapide jeté au
    capitaine, il prit un compas qui lui servait à mesurer la distance
    angulaire du globe terrestre. Puis, à travers la vitre inférieure, il
    fit une observation très exacte, vu l'immobilité apparente du
    projectile. Se relevant alors, essuyant son front où perlaient des
    gouttes de sueur, il disposa quelques chiffres sur le papier. Nicholl
    comprenait que le président voulait déduire de la mesure du diamètre
    terrestre la distance du boulet à la Terre. Il le regardait
    anxieusement.

    «Non! s'écria Barbicane après quelques instants, non, nous ne tombons
    pas! Nous sommes déjà à plus de cinquante mille lieues de la Terre!
    Nous avons dépassé ce point où le projectile aurait dû s'arrêter, si
    sa vitesse n'eût été que de onze mille mètres au départ! Nous montons
    toujours!

    --C'est évident, répondit Nicholl, et il faut en conclure que notre
    vitesse initiale, sous la poussée des quatre cent mille livres de
    fulmi-coton, a dépassé les onze mille mètres réclamés. Je m'explique
    alors que nous ayons rencontré, après treize minutes seulement, le
    deuxième satellite qui gravite à plus de deux mille lieues de la
    Terre.

    --Et cette explication est d'autant plus probable, ajouta Barbicane,
    qu'en rejetant l'eau renfermée entre ses cloisons brisantes, le
    projectile s'est trouvé subitement allégé d'un poids considérable.

    --Juste! fit Nicholl.

    --Ah! mon brave Nicholl, s'écria Barbicane, nous sommes sauvés!

    --Eh bien, répondit tranquillement Michel Ardan, puisque nous sommes
    sauvés, déjeunons.»

    En effet, Nicholl ne se trompait pas. La vitesse initiale avait été,
    très heureusement, supérieure à la vitesse indiquée par l'Observatoire
    de Cambridge, mais l'Observatoire de Cambridge ne s'en était pas moins
    trompé.

    Les voyageurs, remis de cette fausse alerte, se mirent à table et
    déjeunèrent joyeusement. Si l'on mangea beaucoup, on parla plus
    encore. La confiance était plus grande après qu'avant «l'incident de
    l'algèbre».

    «Pourquoi ne réussirions-nous pas? répétait Michel Ardan. Pourquoi
    n'arriverions-nous pas? Nous sommes lancés. Pas d'obstacles devant
    nous. Pas de pierres sur notre chemin. La route est libre, plus
    libre que celle du navire qui se débat contre la mer, plus libre que
    celle du ballon qui lutte contre le vent! Or, si un navire arrive où
    il veut, si un ballon monte où il lui plaît, pourquoi notre
    projectile n'atteindrait-il pas le but qu'il a visé.

    --Il l'atteindra, dit Barbicane.

    --Ne fût-ce que pour honorer le peuple américain, ajouta Michel Ardan,
    le seul peuple qui fût capable de mener à bien une telle entreprise,
    le seul qui pût produire un président Barbicane! Ah! j'y pense,
    maintenant que nous n'avons plus d'inquiétude, qu'allons-nous devenir?
    Nous allons nous ennuyer royalement!»

    Barbicane et Nicholl firent un geste de dénégation.

    «Mais j'ai prévu le cas, mes amis, reprit Michel Ardan. Vous n'avez
    qu'à parler. J'ai à votre disposition, échecs, dames, cartes,
    dominos! Il ne me manque qu'un billard!

    --Quoi! demanda Barbicane, tu as emporté de pareils bibelots?

    --Sans doute, répondit Michel, et non seulement pour nous distraire,
    mais aussi dans l'intention louable d'en doter les estaminets
    sélénites.

    --Mon ami, dit Barbicane, si la Lune est habitée, ses habitants ont
    apparu quelques milliers d'années avant ceux de la Terre, car on ne
    peut douter que cet astre ne soit plus vieux que le nôtre. Si donc
    les Sélénites existent depuis des centaines de mille ans, si leur
    cerveau est organisé comme le cerveau humain, ils ont inventé tout ce
    que nous avons inventé déjà, et même ce que nous inventerons dans la
    suite des siècles. Ils n'auront rien à apprendre de nous et nous
    aurons tout à apprendre d'eux.

    --Quoi! répondit Michel, tu penses qu'ils ont eu des artistes comme
    Phidias, Michel-Ange ou Raphaël?

    --Oui.

    --Des poètes comme Homère, Virgile, Milton, Lamartine, Hugo?

    --J'en suis sûr.

    --Des philosophes comme Platon, Aristote, Descartes, Kant?

    --Je n'en doute pas.

    --Des savants comme Archimède, Euclide, Pascal, Newton?

    --Je le jurerais.

    --Des comiques comme Arnal et des photographes comme... comme Nadar?

    --J'en suis sûr.

    --Alors, ami Barbicane, s'ils sont aussi forts que nous, et même plus
    forts, ces Sélénites, pourquoi n'ont-ils pas tenté de communiquer avec
    la Terre? Pourquoi n'ont-ils pas lancé un projectile lunaire
    jusqu'aux régions terrestres?

    --Qui te dit qu'ils ne l'ont pas fait? répondit sérieusement
    Barbicane.

    --En effet, ajouta Nicholl, cela leur était plus facile qu'à nous, et
    pour deux raisons: la première parce que l'attraction est six fois
    moindre à la surface de la Lune qu'à la surface de la Terre, ce qui
    permet à un projectile de s'enlever plus aisément: la seconde, parce
    qu'il suffisait d'envoyer ce projectile à huit mille lieues seulement
    au lieu de quatre-vingt mille, ce qui ne demande qu'une force de
    projection dix fois moins forte.

    --Alors, reprit Michel, je répète: Pourquoi ne l'ont-ils pas fait?

    --Et moi répliqua Barbicane, je répète: Qui te dit qu'ils ne l'ont pas
    fait?

    --Quand?

    --Il y a des milliers d'années, avant l'apparition de l'homme sur la
    Terre.

    --Et le boulet? Où est le boulet? Je demande à voir le boulet!

    --Mon ami, répondit Barbicane, la mer couvre les cinq sixièmes de
    notre globe. De là, cinq bonnes raisons pour supposer que le
    projectile lunaire, s'il a été lancé, est maintenant immergé au fond
    de l'Atlantique ou du Pacifique. A moins qu'il ne soit enfoui dans
    quelque crevasse, à l'époque où l'écorce terrestre n'était pas encore
    suffisamment formée.

    --Mon vieux Barbicane, répondit Michel, tu as réponse à tout et je
    m'incline devant ta sagesse. Toutefois il est une hypothèse qui me
    sourirait mieux que les autres; c'est que les Sélénites, étant plus
    vieux que nous, sont plus sages et n'ont point inventé la poudre!»

    En ce moment, Diane se mêla à la conversation par
    un aboiement sonore. Elle réclamait son déjeuner.

    «Ah! fit Michel Ardan, à discuter ainsi, nous oublions Diane et
    Satellite!»

    Aussitôt, une respectable pâtée fut offerte à la chienne qui la dévora
    de grand appétit.

    «Vois-tu, Barbicane, disait Michel, nous aurions dû faire de ce
    projectile une seconde arche de Noé et emporter dans la Lune un couple
    de tous les animaux domestiques.

    --Sans doute, répondit Barbicane, mais la place eût manqué.

    --Bon! dit Michel, en se serrant un peu!

    --Le fait est, répondit Nicholl, que boeuf, vache, taureau, cheval,
    tous ces ruminants nous seraient fort utiles sur le continent lunaire.
    Par malheur, ce wagon ne pouvait devenir ni une écurie ni une étable.

    --Mais au moins, dit Michel Ardan, aurions-nous pu emmener un âne,
    rien qu'un petit âne, cette courageuse et patiente bête qu'aimait à
    monter le vieux Silène! Je les aime, ces pauvres ânes! Ce sont bien
    les animaux les moins favorisés de la création. Non seulement on les
    frappe pendant leur vie, mais on les frappe aussi après leur mort!

    --Comment l'entends-tu? demanda Barbicane.

    --Dame! fit Michel, puisqu'on en fait des peaux de tambour!»

    Barbicane et Nicholl ne purent s'empêcher de rire à cette réflexion
    saugrenue. Mais un cri de leur joyeux compagnon les arrêta. Celui-ci
    s'était courbé vers la niche de Satellite et se relevait en disant:

    «Bon! Satellite n'est plus malade.

    --Ah! fit Nicholl.

    --Non, reprit Michel, il est mort. Voilà, ajouta-t-il d'un ton
    piteux, voilà qui sera embarrassant. Je crains, ma pauvre Diane, que
    tu ne fasses pas souche dans les régions lunaires!»

    En effet, l'infortuné Satellite n'avait pu survivre à sa blessure. Il
    était mort et bien mort. Michel Ardan très décontenancé, regardait
    ses amis.

    «Il se présente une question, dit Barbicane. Nous ne pouvons garder
    avec nous le cadavre de ce chien pendant quarante-huit heures encore.

    --Non, sans doute, répondit Nicholl, mais nos hublots sont fixés par
    des charnières. Ils peuvent se rabattre. Nous ouvrirons l'un des
    deux et nous jetterons ce corps dans l'espace.»

    Le président réfléchit pendant quelques instants.
    et dit:

    «Oui, il faudra procéder ainsi, mais en prenant les plus minutieuses
    précautions.

    --Pourquoi? demanda Michel.

    --Pour deux raisons que tu vas comprendre répondit Barbicane. La
    première est relative à l'air renfermé dans le projectile, et dont il
    ne faut perdre que le moins possible.

    --Mais puisque nous le refaisons, cet air!

    --En partie seulement. Nous ne refaisons que l'oxygène, mon brave
    Michel,--et à ce propos veillons bien à ce que l'appareil ne
    fournisse pas cet oxygène en quantité immodérée, car cet excès
    amènerait en nous des troubles physiologiques très graves. Mais si
    nous refaisons l'oxygène, nous ne refaisons pas l'azote, ce véhicule
    que les poumons n'absorbent pas et qui doit demeurer intact. Or, cet
    azote s'échapperait rapidement par les hublots ouverts.

    --Oh! le temps de jeter ce pauvre Satellite, dit Michel.

    --D'accord, mais agissons rapidement.

    --Et la seconde raison? demanda Michel.

    --La seconde raison, c'est qu'il ne faut pas laisser le froid
    extérieur, qui est excessif, pénétrer dans le projectile, sous peine
    d'être gelés vivants.

    --Cependant, le Soleil...

    --Le Soleil échauffe notre projectile qui absorbe ses rayons, mais il
    n'échauffe pas le vide où nous flottons en ce moment. Où il n'y a pas
    d'air, il n'y a pas plus de chaleur que de lumière diffuse, et de même
    qu'il fait noir, il fait froid là où les rayons du Soleil n'arrivent
    pas directement. Cette température n'est donc autre que la
    température produite par le rayonnement stellaire, c'est-à-dire celle
    que subirait le globe terrestre si le Soleil s'éteignait un jour.

    --Ce qui n'est pas à craindre, répondit Nicholl.

    --Qui sait? dit Michel Ardan. D'ailleurs, en admettant que le Soleil
    ne s'éteigne pas, ne peut-il arriver que la Terre s'éloigne de lui?

    --Bon! fit Barbicane, voilà Michel avec ses idées!

    --Eh! reprit Michel, ne sait-on pas que la Terre a traversé la queue
    d'une comète en 1861? Or, supposons une comète dont l'attraction soit
    supérieure à l'attraction solaire, l'orbite terrestre se courbera vers
    l'astre errant, et la Terre, devenue son satellite, sera entraînée à
    une distance telle que les rayons du Soleil n'auront plus aucune
    action à sa surface.

    --Cela peut se produire, en effet, répondit Barbicane, mais les
    conséquences d'un pareil déplacement pourraient bien ne pas être aussi
    redoutables que tu le supposes.

    --Et pourquoi?

    --Parce que le froid et le chaud s'équilibreraient encore sur notre
    globe. On a calculé que si la Terre eût été entraînée par la comète
    de 1861, elle n'aurait pas ressenti, à sa plus grande distance du
    Soleil, une chaleur seize fois supérieure à celle que nous envoie la
    Lune, chaleur qui, concentrée au foyer des plus fortes lentilles, ne
    produit aucun effet appréciable.

    --Eh bien? fit Michel.

    --Attends un peu, répondit Barbicane. On calculé aussi, qu'à son
    périhélie, à sa distance la plus rapprochée du Soleil, la Terre aurait
    supporté une chaleur égale à vingt-huit mille fois celle de l'été.
    Mais cette chaleur, capable de vitrifier les matières terrestres et de
    vaporiser les eaux, eût formé un épais anneau de nuages qui aurait
    amoindri cette température excessive. De là, compensation entre les
    froids de l'aphélie et les chaleurs du périhélie, et une moyenne
    probablement supportable.

    --Mais à combien de degrés estime-t-on la température des espaces
    planétaires? demanda Nicholl.

    --Autrefois, répondit Barbicane, on croyait que cette température
    était excessivement basse. En calculant son décroissement
    thermométrique, on arrivait à la chiffrer par millions de degrés
    au-dessous de zéro. C'est Fourier, un compatriote de Michel, un
    savant illustre de l'Académie des Sciences, qui a ramené ces nombres à
    de plus justes estimations. Suivant lui, la température de l'espace
    ne s'abaisse pas au-dessous de soixante degrés.

    --Peuh! fit Michel.

    --C'est à peu près, répondit Barbicane, la température qui fut
    observée dans les régions polaires, à l'île Melville ou au fort
    Reliance, soit environ cinquante-six degrés centigrades au-dessous de
    zéro.

    --Il reste à prouver, dit Nicholl, que Fourier ne
    s'est pas abusé dans ses évaluations. Si je ne me
    trompe, un autre savant français, M. Pouillet,
    estime la température de l'espace à cent soixante
    degrés au-dessous de zéro. C'est ce que nous
    vérifierons.

    --Pas en ce moment, répondit Barbicane, car les rayons solaires,
    frappant directement notre thermomètre, donneraient, au contraire, une
    température très élevée. Mais lorsque nous serons arrivés sur la
    Lune, pendant les nuits de quinze jours que chacune de ses faces
    éprouve alternativement, nous aurons le loisir de faire cette
    expérience, car notre satellite se meut dans le vide.

    --Mais qu'entends-tu par le vide? demanda Michel, est-ce le vide
    absolu?

    --C'est le vide absolument privé d'air.

    --Et dans lequel l'air n'est remplacé par rien?

    --Si. Par l'éther, répondit Barbicane.

    --Ah! Et qu'est-ce que l'éther?

    --L'éther, mon ami, c'est une agglomération d'atomes impondérables,
    qui, relativement à leurs dimensions, disent les ouvrages de physique
    moléculaire, sont aussi éloignés les uns des autres que les corps
    célestes le sont dans l'espace. Leur distance, cependant, est
    inférieure à un trois-millionièmes de millimètre. Ce sont ces atomes
    qui, par leur mouvement vibratoire, produisent la lumière et la
    chaleur, en faisant par seconde quatre cent trente trillions
    d'ondulations, n'ayant que quatre à six dix-millièmes de millimètre
    d'amplitude.

    --Milliards de milliards! s'écria Michel Ardan, on les a donc
    mesurées et comptées, ces oscillations! Tout cela, ami Barbicane, ce
    sont des chiffres de savants qui épouvantent l'oreille et ne disent
    rien à l'esprit.

    --Il faut pourtant bien chiffrer...

    --Non. Il vaut mieux comparer. Un trillion ne signifie rien. Un
    objet de comparaison dit tout. Exemple: Quand tu m'auras répété que
    le volume d'Uranus est soixante-seize fois plus gros que celui de la
    Terre, le volume de Saturne neuf cents fois plus gros, le volume de
    Jupiter treize cents fois plus gros, le volume du Soleil treize cent
    mille fois plus gros, je n'en serai pas beaucoup plus avancé. Aussi,
    je préfère, et de beaucoup, ces vieilles comparaisons du _Double
    Liégeois_ qui vous dit tous bêtement: Le Soleil, c'est une citrouille
    de deux pieds de diamètre, Jupiter, une orange, Saturne, une pomme
    d'api, Neptune, une guigne, Uranus, une grosse cerise, la Terre, un
    pois, Vénus, un petit pois, Mars, une grosse tête d'épingle, Mercure
    un grain de moutarde, et Junon, Cérès, Vesta et Pallas, de simples
    grains de sable! On sait au moins à quoi s'en tenir!»

    Après cette sortie de Michel Ardan contre les savants et ces trillions
    qu'ils alignent sans sourciller, l'on procéda à l'ensevelissement de
    Satellite. Il s'agissait simplement de le jeter dans l'espace, de la
    même manière que les marins jettent un cadavre à la mer.

    Mais, ainsi que l'avait recommandé le président Barbicane, il fallut
    opérer vivement, de façon à perdre le moins possible de cet air que
    son élasticité aurait rapidement épanché dans le vide. Les boulons
    du hublot de droite, dont l'ouverture mesurait environ trente
    centimètres, furent dévissés avec soin, tandis que Michel, tout
    contrit, se préparait à lancer son chien dans l'espace. La vitre,
    manoeuvrée par un puissant levier qui permettait de vaincre la
    pression de l'air intérieur sur les parois du projectile, tourna
    rapidement sur ses charnières, et Satellite fut projeté au-dehors.
    C'est à peine si quelques molécules d'air s'échappèrent, et
    l'opération réussit si bien que, plus tard, Barbicane ne craignit pas
    de se débarrasser ainsi des débris inutiles qui encombraient le
    wagon.

    VI

    Demandes et réponses

    Le 4 décembre, les chronomètres marquaient cinq heures du matin
    terrestre, quand les voyageurs se réveillèrent, après cinquante-quatre
    heures de voyage. Comme temps, ils n'avaient dépassé que de cinq
    heures quarante minutes, la moitié de la durée assignée à leur séjour
    dans le projectile; mais comme trajet, ils avaient déjà accompli près
    des sept dixièmes de la traversée. Cette particularité était due à la
    décroissance régulière de leur vitesse.

    Lorsqu'ils observèrent la Terre par la vitre inférieure, elle ne leur
    apparut plus que comme une tache sombre, noyée dans les rayons
    solaires. Plus de croissant, plus de lumière cendrée. Le lendemain,
    à minuit, la Terre devait être nouvelle, au moment précis où la Lune
    serait pleine. Au-dessus, l'astre des nuits se rapprochait de plus en
    plus de la ligne suivie par le projectile, de manière à se rencontrer
    avec lui à l'heure indiquée. Tout autour, la voûte noire était
    constellée de points brillants qui semblaient se déplacer avec
    lenteur. Mais à la distance considérable où ils se trouvaient, leur
    grosseur relative ne paraissait pas s'être modifiée. Le Soleil et les
    étoiles apparaissaient exactement tels qu'on les voit de la Terre.
    Quant à la Lune, elle avait considérablement grossi; mais les lunettes
    des voyageurs, peu puissantes en somme, ne permettaient pas encore de
    faire d'utiles observations à sa surface, et d'en reconnaître les
    dispositions topographiques ou géologiques.

    Aussi, le temps s'écoulait-il en conversations interminables. On
    causait de la Lune surtout. Chacun apportait son contingent de
    connaissances particulières. Barbicane et Nicholl, toujours sérieux,
    Michel Ardan, toujours fantaisiste. Le projectile, sa situation, sa
    direction, les incidents qui pouvaient survenir, les précautions que
    nécessiterait sa chute sur la Lune, c'était là matière inépuisable à
    conjectures.

    Précisément, en déjeunant, une demande de Michel, relative au
    projectile, provoqua une assez curieuse réponse de Barbicane et digne
    d'être rapportée.

    Michel, supposant le boulet brusquement arrêté, lorsqu'il était encore
    animé de sa formidable vitesse initiale, voulut savoir quelles
    auraient été les conséquences de cet arrêt.

    «Mais, répondit Barbicane, je ne vois pas comment le projectile aurait
    pu être arrêté.

    --Supposons-le, répondit Michel.

    --Supposition irréalisable, répliqua le pratique Barbicane. A moins
    que la force d'impulsion ne lui eût fait défaut. Mais alors, sa
    vitesse aurait décru peu à peu, et il ne se fût pas brusquement
    arrêté.

    --Admets qu'il ait heurté un corps dans l'espace.

    --Lequel?

    --Ce bolide énorme que nous avons rencontré.

    --Alors, dit Nicholl, le projectile eût été brisé en mille pièces, et
    nous avec.

    --Mieux que cela, répondit Barbicane, nous aurions été brûlés vifs.

    --Brûlés! s'écria Michel. Pardieu! je regrette que le cas ne se
    soit pas présenté «pour voir».

    --Et tu aurais vu, répondit Barbicane. On sait maintenant que la
    chaleur n'est qu'une modification du mouvement. Quand on fait
    chauffer de l'eau, c'est-à-dire quand on lui ajoute de la chaleur,
    cela veut dire que l'on donne du mouvement à ses molécules.

    --Tiens! fit Michel, voilà une théorie ingénieuse!

    --Et juste, mon digne ami, car elle explique tous les phénomènes du
    calorique. La chaleur n'est qu'un mouvement moléculaire, une simple
    oscillation des particules d'un corps. Lorsqu'on serre le frein d'un
    train, le train s'arrête. Mais que devient le mouvement dont il était
    animé? Il se transforme en chaleur, et le frein s'échauffe. Pourquoi
    graisse-t-on l'essieu des roues? Pour l'empêcher de s'échauffer,
    attendu que cette chaleur, ce serait du mouvement perdu par
    transformation. Comprends-tu?

    --Si je comprends! répondit Michel, admirablement. Ainsi, par
    exemple, quand j'ai couru longtemps, que je suis en nage, que je sue à
    grosses gouttes, pourquoi suis-je forcé de m'arrêter? Tout
    simplement, parce que mon mouvement s'est transformé en chaleur!»

    Barbicane ne put s'empêcher de sourire à cette repartie de Michel.
    Puis, reprenant sa théorie:

    «Ainsi donc, dit-il, dans le cas d'un choc, il en eût été de notre
    projectile comme de la balle qui tombe brûlante après avoir frappé la
    plaque de métal. C'est son mouvement qui s'est changé en chaleur. En
    conséquence, j'affirme que si notre boulet avait heurté le bolide, sa
    vitesse, brusquement anéantie, eût déterminé une chaleur capable de le
    volatiliser instantanément.

    --Alors, demanda Nicholl, qu'arriverait-il donc si la Terre s'arrêtait
    subitement dans son mouvement de translation?

    --Sa température serait portée à un tel point, répondit Barbicane,
    qu'elle serait immédiatement réduite en vapeurs.

    --Bon, fit Michel, voilà un moyen de finir le monde qui simplifierait
    bien les choses.

    --Et si la Terre tombait sur le Soleil? dit Nicholl.

    --D'après les calculs, répondit Barbicane, cette chute développerait
    une chaleur égale à la chaleur produite par seize cents globes de
    charbon égaux en volume au globe terrestre.

    --Bon surcroît de température pour le Soleil, répliqua Michel Ardan,
    et dont les habitants d'Uranus ou de Neptune ne se plaindraient sans
    doute pas, car ils doivent mourir de froid sur leur planète.

    --Ainsi donc, mes amis, reprit Barbicane, tout mouvement brusquement
    arrêté produit de la chaleur. Et cette théorie a permis d'admettre
    que la chaleur du disque solaire est alimentée par une grêle de
    bolides qui tombe incessamment à sa surface. On a même calculé...

    --Défions-nous, murmura Michel, voilà les chiffres qui s'avancent.

    --On a même calculé, reprit imperturbablement Barbicane, que le choc
    de chaque bolide sur le Soleil doit produire une chaleur égale à celle
    de quatre mille masses de houille d'un volume égal.

    --Et quelle est la chaleur solaire? demanda Michel.

    --Elle est égale à celle que produirait la combustion d'une couche de
    charbon qui entourerait le Soleil sur une épaisseur de vingt-sept
    kilomètres.

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    韓詩外傳, Vol. 9-10 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-9-10/ https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-9-10/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:58 +0000 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-9-10/

    韓詩外傳, Vol. 9-10

    Aproximadamente 2.236 palavras.

    Produced by Nicole Lai

    卷九
    孟子少時誦,其母方織,孟輟然中止,乃复進,其母知其也,呼而問
    之曰:“何為中止?”對曰:“有所失复得。”其母引刀裂其織,以此誡
    之,自是之后,孟子不复矣。孟子少時,東家殺豚,孟子問其母曰:“東
    家殺豚,何為?”母曰:“欲啖汝。”其母自悔而言曰:“吾怀妊是子,
    席不止,不坐;割不正,不食;胎教之也。今适有知而欺之,是教之不信
    也。”乃買東家豚肉以食之,明不欺也。詩曰:“宜爾子孫繩繩兮。”言
    賢母使子賢也。
    田子為相,三年歸休,得金百鎰,奉其母。母曰:“子安得此金?”
    對曰:“所受俸祿也。”母曰:“為相三年,不食乎?治官如此,非吾所
    欲也。孝子之事親也,盡力致誠,不義之物,不入于館,為人子不可不孝
    也!子其去之。”田子愧慚,走出,造朝還金,退請就獄。王賢其母,說
    其義,即舍田子罪,令复為相,以金賜其母。詩曰:“宜爾子孫繩繩兮。
    ”
    孔子行,聞哭聲甚悲。孔子曰:“驅!驅!前有賢者。”至、則皋魚
    也。被褐擁潪,哭于道傍。孔子辟車与之言曰:“子非有喪,何哭之悲也
    ?”皋魚曰:“吾失之三矣:少而學,游諸侯,以后吾親,失之一也;高
    尚吾志,間吾事君,失之二也;与友厚而小絕之,失之三矣。樹欲靜而風
    不止,子欲養而親不待也。往而不可〔追者,年也,去而不可〕得見者、
    親也。吾請從此辭矣。”立槁而死。孔子曰:“弟子誡之,足以識矣。”
    于是門人辭歸而養親者十有三人。
    子路曰:“有人于斯,夙興夜寐,手足胼胝,而面目黧黑,樹藝五谷
    ,以事其親,而無孝子之名者、何也?”孔子曰:“吾意者、身未敬邪!
    色不順邪!辭不遜邪!古人有言曰:‘衣歟!食歟!曾不爾即。’子勞以
    事其親,無此三者,何為無孝之名!意者、所友非仁人邪!坐,語汝,雖
    有國士之力,不能自舉其身,非無力也,勢不便也。是以君子入則篤孝,
    出則友賢,何為其無孝子之名!詩曰:“父母孔邇。”
    伯牙鼓琴,鐘子期听之,方鼓琴,志在山,鐘子期曰:“善哉!鼓琴
    !巍巍乎如太山。”志在流水,鐘子期曰:“善哉!鼓琴!洋洋乎若江河
    。”鐘子期死,伯牙僻琴絕弦,終身不复鼓琴,以為世無足与鼓琴也。非
    獨琴如此,賢者亦有之,苟非其時,則賢者將奚由得遂其功哉!
    秦攻魏,破之。少子亡而不得。令魏國曰:“有得公子者,賜金千斤
    ;匿者、罪至十族。”公子乳母与俱亡。人謂乳母曰:“得公子者賞甚重
    ,乳母當知公子處而言之。”乳母應之曰:“我不知其處,雖知之,死則
    死,不可以言也。為人養子,不能隱而言之,是畔上畏死。吾聞:忠不畔
    上,勇不畏死。凡養人子者,生之,非務殺之也,豈可見利畏誅之故,廢
    義而行詐哉!吾不能生而使公子獨死矣。”遂与公子俱逃澤中。秦軍見而
    射之,乳母以身蔽之,著十二矢,遂不令中公子。秦王聞之,饗以太牢,
    且爵其兄為大夫。詩曰:“我心匪石,不可轉也。”
    子路曰:“人善我,我亦善之;人不善我,我不善之。”子貢曰:“
    人善我,我亦善之;人不善我,我則引之進退而己耳。”顏回曰:“人善
    我,我亦善之;人不善我,我亦善之。”三子所持各异,問于夫子。夫子
    曰:“由之所持,蠻貊之言也;賜之所言,朋友之言也;回之所言,親屬
    之言也。”詩曰:“人之無良,我以為兄。”
    齊景公縱酒,醉,而解衣冠,鼓琴以自樂。顧左右曰:“仁人亦樂此
    乎?”左右曰:“仁人耳目猶人,何為不樂乎!”景公曰:“駕車以迎晏
    子。”晏子聞之,朝服而至。景公曰:“今者、寡人此樂,愿與大夫同之
    。”晏子曰:“君言過矣!自齊國五尺已上,力皆能胜嬰与君,所以不敢
    者、畏禮也。故自天子無禮,則無以守社稷;諸侯無禮,則無以守其國;
    為人上無禮,則無以使其下;為人下無禮,則無以事其上;大夫無禮,則
    無以治其家;兄弟無禮,則不同居;人而無禮,不若遄死。”景公色,离
    席而謝曰:“寡人不仁無良,左右淫湎寡人,以至于此,請殺左右,以補
    其過。”晏子曰:“左右無過。君好禮,則有禮者至,無禮者去;君惡禮
    ,則無禮者至,有禮者去。左右何罪乎?”景公曰:“善哉!”乃更衣而
    坐,觴酒三行,晏子辭去,景公拜送。詩曰:“人而無禮,胡不遄死。”
    傳曰:堂衣若扣孔子之門,曰:“丘在乎?丘在乎?”子貢應之曰:
    “君子尊賢而容眾,嘉善而矜不能,親內及外,己所不欲,勿施于人。子
    何言吾師之名焉?”堂衣若曰:“子何年少言之絞?”子貢曰:“大車不
    絞,則不成其任;琴瑟不絞,則不成其音。子之言絞,是以絞之也。”堂
    衣若曰:“吾始以鴻之力,今徒翼耳!”子貢曰:“非鴻之力,安能舉其
    翼!”詩曰:“如切如?,如琢如磨。”
    齊景公出弋昭華之池,顏鄧聚主鳥而亡之,景公怒,而欲殺之。晏子
    曰:“夫鄧聚有死罪四,請數而誅之。”景公曰:“諾。”晏子曰:“鄧
    聚為吾君主鳥而亡之,是罪一也;使吾君以鳥之故而殺人,是罪二也;使
    四國諸侯聞之,以吾君重鳥而輕士,是罪三也;天子聞之,必將貶絀吾君
    ,危其社稷,絕其宗廟,是罪四也。此四罪者、故當殺無赦,臣請加誅焉
    。”景公曰:“止。此亦吾過矣,愿夫子為寡人敬謝焉。”詩曰:“邦之
    司直。”
    魏文侯問于解狐曰:“寡人將立西河之守,誰可用者?”解狐對曰:
    “荊伯柳者、賢人,殆可。”〔文侯曰:“是非子之讎也?”對曰:“君
    問可,非問讎也。”〕文侯將以荊伯柳為西河守。荊伯柳問左右,誰言我
    于吾君。左右皆曰:“解狐。”荊伯柳見解狐而謝之曰:“子乃寬臣之過
    也,言于君,謹再拜謝。”解狐曰:“言子者,公也;怨子者,吾私也。
    公事已行,怨子如故。”張弓射之,走十步而沒,可謂勇矣。詩曰:“邦
    之司直。”
    楚有善相人者,所言無遺美,聞于國中。庄王召見而問焉。對曰:“
    臣非能相人也,能相人之友者也。觀布衣者,其友皆孝悌篤謹畏令,如此
    者,家必日益,而身日安,此所謂吉人者也。觀事君者,其友皆誠信有行
    好善,如此者、措事日益,官職日進,此所謂吉臣者也。人主朝臣多賢,
    左右多忠,主有失敗,皆交爭正諫,如此者、國日安,主日尊,名聲日顯
    ,此所謂吉主者也。臣非能相人也,觀友者也。”王曰:“善。”其所以
    任賢使能,而霸天下者,始遇之于是也。詩曰:“彼己之子,邦之彥兮。
    ”
    孔子出游少源之野。有婦人中澤而哭,其音甚哀。孔子使弟子問焉,
    曰:“夫人何哭之哀?”婦人曰:“鄉者、刈蓍薪,亡吾蓍簪,吾是以哀
    也。”弟子曰:“刈蓍薪而亡蓍簪,有何悲焉!”婦人曰:“非傷亡簪也
    ,蓋不忘故也。”
    傳曰:君子之聞道,入之于耳,藏之于心,察之以仁,守之以信,行
    之以義,出之以遜,故人無不虛心而听也。小人之聞道,入之于耳,出之
    于口,苟言而已,譬如飽食而嘔之,其不惟肌膚無益,而于志亦戾矣。詩
    曰:“胡能有定。”
    孔子與子貢子路顏淵游于戎山之上。孔子喟然嘆曰:“二三子各言爾
    志,予將覽焉。由、爾何如?”對曰:“得白羽如月,赤羽如朱,擊鐘鼓
    者、上聞于天,下槊于地,使將而攻之,惟由為能。”孔子曰:“勇士哉
    !賜、爾何如?”對曰:“得素衣縞冠,使于兩國之間,不持尺寸之兵,
    斗升之糧,使兩國相親如弟兄。”孔子曰:“辯士哉!回、爾何如?”對
    曰:“鮑魚不与蘭同笥而藏,桀紂不与堯舜同時而治。二子已言,回何言
    哉!”孔子曰:“回有鄙之心。”顏淵曰:“愿得明王圣主為之相,使城
    郭不治,溝池不鑿,陰陽和調,家給人足,鑄庫兵以為農器。”孔子曰:
    “大士哉!由來區區汝何攻?賜來便便汝何使?愿得之冠,為子宰焉。”
    賢士不以恥食,不以辱得。老子曰:“名与身孰親?身与貨孰多?得
    与亡孰病?是故甚愛必大費,多藏必厚亡。知足不辱,知止不殆,可以長
    久。大成若缺,其用不敝;大盈若衝,其用不窮;大直若 大辯若訥,大
    巧若拙,其用不屈。罪莫大于多欲,禍莫大于不知足。故知足之足,常足
    矣。”
    孟子妻獨居,踞,孟子入戶視之。白其母曰:“婦無禮,請去之。”
    母曰:“何也?”曰:“踞。”其母曰:“何知之?”孟子曰:“我親見
    之。”母曰:“乃汝無禮也,非婦無禮。禮不云乎:‘將入門,〔問孰存
    ;〕將上堂,聲必揚;將入戶,視必下。’不掩人不備也。今汝往燕私之
    處,入戶不有聲,令人踞而視之,是汝之無禮也,非婦無禮也。”于是孟
    子自責,不敢出婦。詩曰:“采葑采菲,無以下體?”
    孔子出衛之東門,逆姑布子卿。曰:“二三子引車避,有人將來,必
    相我者也,志之。”姑布子卿亦曰:“二三子引車避,有圣人將來。”孔
    子下,步。姑布子卿迎而視之五十步,從而望之五十步。顧子貢曰:“是
    何為者也?”子貢曰:“賜之師也,所謂魯孔丘也。”姑布子卿曰:“是
    魯孔丘歟!吾固聞之。”子貢曰:“賜之師何如?”姑布子卿曰:“得堯
    之顙,舜之目,禹之頸,皋陶之喙。從前視之,盎盎乎似有王者;從后視
    之,高肩弱脊,此惟不及四圣者也。”子貢吁然。姑布子卿曰:“子何患
    焉。污面而不惡,葭喙而不借,遠而望之,羸乎若喪家之狗,子何患焉!
    子何患焉!”子貢以告孔子。孔子無所辭,獨辭喪家之狗耳,曰:“丘何
    敢乎?”子貢曰:“污面而不惡,葭喙而不借,賜以知之矣。不知喪家狗
    ,何足辭也?”子曰:“賜、汝獨不見夫喪家之狗歟!既斂而槨,布器而
    祭,顧望無人。意欲施之,上無明王,下無賢士方伯,王道衰,政教失,
    強陵弱,眾暴寡,百姓縱心,莫之綱紀。是人固以丘為欲當之者也。丘何
    敢乎!”
    修身不可不慎也:嗜欲侈則行虧,讒毀行則害成;患生于忿怒,禍起
    于纖微;污辱難湔洒,敗失不复追。不深念遠慮,后悔何益!徼幸者、伐
    性之斧也,嗜欲者、逐禍之馬也,謾誕者、趨禍之路也,毀于人者、困窮
    之舍也。是故君子不徼幸,節嗜欲,務忠信,無毀于一人,則名聲尚尊,
    稱為君子矣。詩曰:“何其處兮,必有与也。”
    君子之居也,綏如安裘,晏如覆f。天下有道,則諸侯畏之;天下無
    道,則庶人易之。非獨今日,自古亦然。昔者,范蠡行游,与齊屠地居,
    奄忽龍變,仁義沈浮,湯湯慨慨,天地同憂。故君子居之,安得自若!詩
    曰:“心之憂矣,其誰知之?”
    田子方之魏。魏太子從車百乘而迎之郊,太子再拜謁田子方,田子方
    不下車。太子不說曰:“敢問何如則可以驕人?”田子方曰:“吾聞以天
    下驕人而亡者、有矣。〔以一國驕人而亡者,有矣。〕由此觀之,則貧賤
    可以驕人矣。夫志不得,則授履而适秦楚耳,安往而不得貧賤乎?”于是
    太子再拜而后退,田子方遂不下車。
    戴晉生弊衣冠而往見梁王。梁王曰:“前日寡人以上大夫之祿要先生
    ,先生不留;今過寡人邪!”戴晉生欣然而笑,仰而永嘆曰:“嗟乎!由
    此觀之,君曾不足与游也。君不見大澤中雉乎?五步一,終日乃飽;羽毛
    悅澤,光照于日月;奮翼爭鳴,聲響于陵澤者何?彼樂其志也。援置之种
    校渤粱粟,不旦時而飽;然猶羽毛憔悴,志气益下,低頭不鳴,夫食豈不
    善哉?彼不得其志故也。今臣不遠千里而從君游者,豈食不足?竊慕君之
    道耳,臣始以君為好士,天下無雙,乃今見君不好士明矣!”辭而去,終
    不复往。
    楚庄王使使賚金百斤,聘北郭先生。先生曰:“臣有箕帚之使,愿入
    計之。”即謂夫人曰:“楚欲以我為相,今日相,即結駟列騎,食方丈于
    前,如何?”婦人曰:“夫子以織屨為食,食粥綽模參漪c從欽摺臥眨坑
    胛鏤拗我病袢緗徭崍舋錚菜 膊還菹皇撤丈于前,所甘不過一肉。以容膝
    之安,一肉之味,而殉楚國之憂,其可乎?”于是遂不應聘,與婦去之。
    詩曰:“彼美淑姬,可与晤言。”
    傳曰:昔戎將由余使秦。秦繆公問以得失之要,對曰:“古有國者,
    未嘗不以恭儉也,失國者、未嘗不以驕奢也。”由余因論五帝三王之所以
    衰,及至布衣之所以亡,繆公然之。于是告內史王繆曰:“鄰國有圣人,
    敵國之憂也。由余、圣人也,將奈之何?”王繆曰:“夫戎王居僻陋之地
    ,未嘗見中國之聲色也,君其遺之女樂,以淫其志,亂其政,其臣下必疏
    ,因為由余請緩期,使其君臣有間,然后可圖。”繆公曰:“善。”乃使
    王繆以女樂二列遺戎王,為由余請期,戎王大悅,許之。于是張酒听樂,
    日夜不休,終歲淫縱,卒馬多死。由余歸,數諫不听,去,之秦,秦公子
    迎,拜之上卿。
    子夏過曾子。曾子曰:“入食。”子夏曰:“不為公費乎?”曾子曰
    :“君子有三費,飲食不在其中;君子有三樂,鐘磬琴瑟不在其中。”子
    夏曰:“敢問三樂?”曾子曰:“有親可畏,有君可事,有子可遺,此一
    樂也。有親可諫,有君可去,有子可怒,此二樂也。有君可喻,有友可助
    ,此三樂也。”子夏問:“敢問三費?”曾子曰:“少而學,長而忘,此
    一費也。事君有功,而輕負之,此二費也,久交友而中絕之,此三費也。
    ”子夏曰:“善哉!謹身事一言,愈于終身之誦;而事一士,愈于治万民
    之功;夫人不可以不知也。吾嘗?焉,吾田?歲不收,土莫不然,何況于人
    乎!与人以實,雖疏必密;与人以虛,雖戚必疏。夫實之与實,如膠如漆
    ;虛之与虛,如薄冰之見晝日。君子可不留意哉!”詩曰:“神之听之,
    終和且平。”
    晏子之妻使人布衣表。田無宇譏之曰:“出于室,何為者也?”晏子
    曰:“家臣也。”田無宇曰:“位為中卿,食田七十万,何用是人為畜之
    ?”晏子曰:“棄老取少,謂之瞽;貴而忘漶謂之亂;見色而說,謂之逆
    。吾豈以逆亂瞽之道哉!”
    夫鳳凰之初起也,嚮嚮十步,〔藩篱〕之雀喔咿而笑之,及其升于高
    ,一 一信,展而云間,藩木之雀超然自知不及遠矣。士褐衣著,未嘗完
    也, 藿之食,未嘗飽也,世俗之士即以為羞耳;及其出則安百議,用則
    延民命,世俗之士超然自知不及遠矣。詩曰:“正是國人,胡不万年!”
    齊王厚送女,欲妻屠牛吐,屠牛吐辭以疾。其友曰:“子終死腥臭之
    肆而已乎!何為辭之?”吐應之曰:“其女丑。”其友曰:“子何以知之
    ?”吐曰:“以吾屠知之。”其友曰:“何謂也?”吐曰:“吾肉善,〔
    如量〕而去苦少耳;吾肉不善,雖以吾附益之,尚猶賈不售。今厚送子,
    子丑故耳。”其友后見之,果丑。傳曰:“目如擗杏,齒如編貝。”
    傳曰:孔子過康子,子張子夏從。孔子入座。二子相与論,終日不決
    。子夏辭气甚隘,顏色甚變。子張曰:“子亦聞夫子之議論邪?徐言掮掮
    ,威儀翼翼,后言先默,得之推讓,巍巍乎!蕩蕩乎!道有歸矣。小人之
    論也,專意自是,言人之非,淪目~腕,疾言噴噴,口沸目赤,一幸得胜
    ,疾笑嗌嗌,威儀固陋,辭气鄙俗,是以君子賤之也。”

    卷十
    齊桓公逐白鹿,至麥丘之邦,遇人,曰:“何謂者也?”對曰:“臣
    、麥丘之邦人。”桓公曰:“叟年几何?”對曰:“臣年八十有三矣。”
    桓公曰:“美哉!”與之飲。曰:“叟盍為寡人壽也?”對曰:“野人不
    知為君王之壽。”桓公曰:“盍以叟之壽祝寡人矣?”邦人奉觴再拜曰:
    “使吾君固壽,金玉之賤,人民是寶。”桓公曰:“善哉!祝乎!寡人聞
    之矣:至德不孤,善言必再。叟盍优之?”邦人奉觴再拜曰:“使吾君好
    學士而不惡問,賢者在側,諫者得入。”桓公曰:“善哉!祝乎!寡人聞
    之;至德不孤,善言必三。叟盍优之?”邦人奉觴再拜曰:“無使群臣百
    姓得罪于吾君,無使吾君得罪于群臣百姓。”桓公不說,曰:“此言者,
    非夫前二言之祝。叟其革之矣!”邦人潸然而涕下,曰:“愿君熟思之,
    此一言者、夫前二言之上也。臣聞子得罪于父,可因姑娣妹謝也,父乃赦
    之。臣得罪于君,可使左右謝也,君乃赦之。昔者、桀〔得罪于湯,紂得
    罪于武王,此君〕得罪于臣也,至今未有為謝也。”桓公曰:“善哉!寡
    人賴宗廟之福,社稷之靈,使寡人遇叟于此。”扶而載之,自御以歸,荐
    之于廟,而斷政焉。桓公之所以九合諸侯,一匡天下,不以兵車者,非獨
    管仲也,亦遇之于此。詩曰:“濟濟多士,文王以宁。”
    鮑叔荐管仲,曰:“臣所不如管夷吾者五:寬惠柔愛,臣弗如也;忠
    信可結于百姓,臣弗如也;制禮約法于四方,臣弗如也;決獄折中,臣弗
    如也;執模擦 誥ㄓ彩故孔勇,臣弗如也。”詩曰:“濟濟多士,文王
    以宁。”
    晉文公重耳亡,過曹,里鳧須從,因盜重耳資而亡,重耳無糧,餒不
    能行,子推割股肉以食重耳,然后能行。及重耳反國,國中多不附重耳者
    ,于是里鳧須造見,曰:“臣能安晉國。”文公使人應之曰:“子尚何面
    目來見寡人!欲安晉國也!”里鳧須曰:“君沐邪?”使者曰:“否。”
    鳧須曰:“臣聞沐者其心倒,心倒者其言悖。今君不沐,何言之悖也?”
    使者以聞,文公見之。里鳧須仰首曰:“离國久,臣民多過君;君反國,
    而民皆自危。里鳧須又襲竭君之資,避于深山,而君以餒,介子推割股,
    天下莫不聞,臣之為賊亦大矣,罪至十族,未足塞責,然君誠赦之罪,與
    驂乘,游于國中,百姓見之,必知不念舊惡,人自安矣。”于是文公大悅
    ,從其計,使驂乘于國中,百姓見之,皆曰:“夫里鳧須且不誅而驂乘,
    吾何懼也?”是以晉國大宁。故書云:“文王卑服,即康功田功。”若里
    鳧須罪無赦者也。詩曰:“濟濟多士,文王以宁。”
    傳曰:言為王之不易也。大命之至,其太宗太史太祝斯素服執策,北
    面而吊乎天子,曰:“大命既至矣,如之何憂之長也!”授天子策一矣。
    曰:“敬享以祭,永主天命,畏之無疆,厥躬無敢宁。”授天子策二矣。
    曰:“敬之夙夜,伊祝厥躬無怠,万民望之。”授天子策三矣。曰:“天
    子南面受于帝位,以治為憂,未以位為樂也。”詩曰:“天難忱斯,不易
    惟王。”
    君子溫儉以求于仁,恭讓以求于禮,得之自是,不得自是。故君子之
    于道也,猶農夫之耕,雖不獲年之优,無以易也。大王甫有子曰太伯、仲
    雍、季歷,歷有子曰昌,太伯知大王賢昌,而欲季為后,太伯去,之吳。
    大王將死,謂曰:“我死,汝往讓兩兄,彼即不來,汝有義而安。”大王
    薨,季之吳告伯仲,伯仲從季而歸,群臣欲伯之立季,季又讓。伯謂仲之
    曰:“今群臣欲我立季,季又讓,何以處之?”仲曰:“刑有所謂矣,要
    于扶微者。可以立季。”季遂立,而養文王,文王果受命而王。孔子曰:
    “太伯獨見,王季獨知;伯見父志,季知父心。故大王太伯王季可謂見始
    知終,而能承志矣。”詩曰:“自太伯王季,惟此王季,因心則友。則友
    其兄,則篤其慶,載錫之光。受祿無喪,奄有四方。”此之謂也。太伯反
    吳,吳以為君,至夫差二十八世而滅。
    齊宣王與魏惠王會田于郊。魏王曰:“亦有寶乎?”齊王曰:“無有
    。”魏王曰:“若寡人之小國也,尚有徑寸之珠,照車前后十二乘者十枚
    ,奈何以万乘之國無寶乎?”齊王曰:“寡人之所以為寶与王异。吾臣有
    檀子者、使之守南城,則楚人不敢為寇,泗水上有十二諸侯皆來朝。吾臣
    有盼子者、使之守高唐,則趙人不敢東漁于河。吾臣有黔夫者,使之守徐
    州,則燕人祭北門,趙人祭西門,從而歸之者十千余家。吾臣有种首者、
    使之備盜賊,而道不拾遺。吾將以照千里之外,豈特十二乘哉!”魏王慚
    ,不懌而去。詩曰:“辭之懌矣,民之莫矣。”
    東海有勇士曰丘欣,以勇猛聞于天下。遇神淵曰飲馬,其仆曰:“飲
    馬于此者,馬必死。”曰:“以欣之言飲之。”其馬果沈。丘欣去朝服,
    拔劍而入,三日三夜,殺三蛟一龍而出,雷神隨而擊之,十日十夜,眇其
    左目。要离聞之,往見之,曰:“欣在乎?”曰:“送有喪者。”往見欣
    于墓,曰:“聞雷神擊子,十日十夜,眇子左目。夫天怨不全日,人怨不
    旋踵。至今弗報,何也?”叱而去,墓上振憤者,不可胜數。要离歸,謂
    門人曰:“丘欣、天下之勇士也。今日、我辱之人中,是其必來攻我。暮
    無閉門,寢無閉戶。”丘欣果夜來,拔劍住要离頸曰:“子有死罪三:辱
    我以人中,死罪一也;暮不閉門,死罪二也;寢不閉戶,死罪三也。”要
    离曰:“子待我一言:〔子有三不肖,昏暮〕來謁,不肖一也;拔劍不刺
    ,不肖二也;刃先辭后,不肖三也。能殺我者、是毒藥之死耳。”丘欣引
    劍而去,曰:“嘻!所不若者,天下惟此子爾!”傳曰:“公子目夷以辭
    得國,今要离以辭得身。言不可不文,猶若此乎!”詩曰:“辭之懌矣,
    民之莫矣。”
    傳曰:齊使使獻鴻于楚,鴻渴,使者道飲,鴻促笞潰失。使者遂之楚
    ,曰:“齊使者獻鴻,鴻渴,道飲,促笞潰失。臣欲亡,為失兩君之使不
    通;欲拔劍而死,人將以吾君賤士貴鴻也。促笞在此,愿以污事。”楚王
    賢其言,辯其詞,因留而賜之,終身以為上客。故使者必矜文辭,喻誠信
    ,明气志,解結申屈,然后可使也。詩曰:“辭之懌矣。”
    扁鵲過虢侯,世子暴病而死。扁鵲造宮,曰:“吾聞國中卒有壤土之
    事,得無有急乎?”曰:“世子暴病而死。”扁鵲曰:“入言鄭醫秦越人
    能治之。”庶子之好方者出應之,曰:“吾聞上古醫者曰弟父,弟父之為
    醫也,以莞為席,以芻為狗,北面而祝之,發十言耳,諸扶輿而來者,皆
    平复如故。子之方豈能若是乎?”扁鵲曰:“不能。”又曰:“吾聞中古
    之醫者曰菖跗,菖跗之為醫也,木為腦,芷草為軀,吹竅定腦,死者复之
    生。子之方豈能若是乎?”扁鵲曰:“不能。”中庶子曰:“苟如子之方
    ,譬如以管窺天,以錐刺地,所窺者大,所見者小,所刺者巨,所中者少
    ,如子之方,豈足以變童子哉?”扁鵲曰:“不然。事故有昧投而中頭,
    掩目而別白黑者。夫世子病,所謂尸蹶者,以為不然,試入診,世子股陰
    當溫,耳焦焦如有啼者聲,若此者、皆可活也。”中庶子遂入診世子,以
    病報,虢侯聞之,足跣而起,至門曰:“先生遠辱,幸臨寡人,先生幸而
    治之,則糞土之息,得蒙天地載長為人;先生弗治,則先犬馬填壑矣。”
    言未卒,而涕泣沾襟。扁鵲入,砥針礪石,取三陽五輸,為先軒之灶,八
    拭之陽,子同藥,子明灸陽,子游按磨,子儀反神,子越扶形,于是世子
    复生。天下聞之,皆以扁鵲能起死人也。扁鵲曰:“吾不能起死人,直使
    夫當生者起。”死者猶可藥,而況生者乎!悲夫!罷君之治,無可藥而息
    也。詩曰:“不可救藥。”言必亡而已矣。
    楚丘先生披蓑帶索,往見孟嘗君。孟嘗君曰:“先生老矣!春秋高矣
    !多遺忘矣!何以教文?”楚丘先生曰:“惡君謂我老!惡君謂我老!意
    者、將使我投石超距乎?追車赴馬乎?逐麋鹿、搏豹虎乎?吾則死矣,何
    暇老哉!將使我深計遠謀乎?定猶豫而決嫌疑乎?出正辭而當諸侯乎?吾
    乃始壯耳,何老之有!”孟嘗君赧然,汗出至踵,曰:“文過矣!文過矣
    !”詩曰:“老夫灌灌。”
    齊景公游于牛山之上,而北望齊,曰:“美哉國乎!郁郁泰山。使古
    無死者,則寡人將去此而何之?”俯而泣沾襟。國子高子曰:“然臣賴君
    之賜,疏食惡肉可得而食也,駑馬柴車可得而乘也,且猶不欲死,況君乎
    !”俯泣。晏子曰:“樂哉!今日嬰之游也。見怯君一,而諛臣二,使古
    而無死者,則太公至今猶存,吾君方今將被蓑躪而立乎畎畝之中,惟事之
    恤,何暇念死乎!”景公慚,而舉觴自罰,因罰二臣。
    秦繆公將田,而喪其馬,求三日,而得之莖山之陽,有鄙夫乃相与食
    之。繆公曰:“此駁馬之肉,不得酒者死。”繆公乃求酒,遍飲之,然后
    去。明年、晉師与繆公戰,晉之左格右者、圍繆公而擊之,甲已墮者六矣
    。食馬者三百余人皆曰:“吾君仁而愛人,不可不死。”還擊晉之左格右
    ,免繆公之死。
    傳曰:卞庄子好勇,母無恙時,三戰而三北,交游非之,國君辱之,
    卞庄子受命,顏色不變。及母死三年,魯興師,卞庄子請從,至,見于將
    軍曰:“前猶与母處,是以戰而北也,辱吾身!今母沒矣,請塞責。”遂
    走敵而斗,獲甲首而獻之,“請以此塞一北”。又獲甲首而獻之,“請以
    此塞再北。”將軍止之,曰:“足。”不止,又獲甲首而獻之,曰:“請
    以此塞三北。”將軍止之,曰:“足,請為兄弟。”卞庄子曰:“夫北、
    以養母也,今母歿矣,吾責塞矣。吾聞之,節士不以辱生。”遂奔敵,殺
    七十人而死。君子聞之,曰:“三北已塞責,又滅世斷宗,士節小具矣,
    而于孝未終也。”詩曰:“靡不有初,鮮克有終。”
    天子有爭臣七人,雖無道,不失其天下。昔殷王紂殘賊百姓,絕逆天
    道,至袤肅蹼孕婦,脯鬼侯,醢梅伯,然所以不亡者、以其有箕子比干之
    故。微子去之,箕子執囚為奴,比干諫而死,然后周加兵而誅絕之。諸侯
    有爭臣五人,雖無道,不失其國。吳王夫差為無道,至驅一市之民以葬闔
    閭,然所以不亡者,有伍子胥之故也。胥以死,越王勾踐欲伐之,范蠡諫
    曰:“子胥之計策尚未忘于吳王之腹心也。”子胥死后三年,越乃能攻之
    。大夫有爭臣三人,雖無道,不失其家。季氏為無道,僭天子,舞八佾,
    旅泰山,以雍徹,孔子曰:“是可忍也,孰不可忍也?”然不亡者,以冉
    有季路為宰臣也。故曰:“有諤諤爭臣者、其國昌,有默默諛臣者、其國
    亡。”詩曰:“不明爾德,時無背無側;爾德不明,以無陪無卿。”言大
    王咨嗟,痛殷商無輔弼諫諍之臣,而亡天下矣。
    齊桓公出游,遇一丈夫,裒衣應步,帶著桃殳。桓公怪而問之曰:“
    是何名?何經所在?何篇所居?何以斥逐?何以避余?”丈夫曰:“是名
    二桃,桃之為言亡也。夫日日慎桃,何患之有?故亡國之社,以戒諸侯;
    庶人之戒,在于桃殳。”桓公說其言,与之共載。來年正月,庶人皆佩。
    詩曰:“殷監不遠。”
    齊桓公置酒,令諸侯大夫曰:“后者飲一經程。”管仲后,當飲一經
    程,飲其一半,而棄其半。桓公曰:“仲父當飲一經程而棄之,何也?”
    管仲曰:“臣聞之:酒入口者、舌出,舌出者、〔言失,言失者、〕棄身
    ,與其棄身,不宁棄酒乎?”桓公曰:“善。”詩曰:“荒湛于酒。”
    齊景公遣晏子南使楚。楚王聞之,謂左右曰:“齊遣晏子使寡人之國
    ,几至矣。”左右曰:“晏子、天下之辯士也,与之議國家之務,則不如
    也;与之論往古之術,則不如也。王獨可以与晏子坐,使有司束人過王,
    王問之,使言齊人善盜,故束之。是宜可以困之。”王曰:“善。”晏子
    至,即与之坐,圖國之急務,辨當世之得失,再舉再窮,王默然無以續語
    。居有間,束徒以過之。王曰:“何為者也?”有司對曰:“是齊人,善
    盜,束而詣吏。”王欣然大曰:“齊乃冠帶之國,辯士之化,固善盜乎?
    ”晏子曰:“然、固取之。王不見夫江南之樹乎!名橘,樹之江北,則化
    為枳,何則?地土使然爾。夫子處齊之時,冠帶而立,儼有伯夷之廉,今
    居楚而善盜,意土地之化使然爾。王又何怪乎!”詩曰:“無言不讎,無
    德不報。”
    吳延陵季子游于齊,見遺金〔于路〕,呼牧者取之。牧者曰:“子〔
    何〕居之高,視之下;貌之君子,而言之野也。吾有君不君,有友不友,
    當暑衣裘,君疑取金者乎?”延陵子知其為賢者,請問姓字。牧者曰:“
    子乃皮相之士也;何足語姓字哉!”遂去。延陵季子立而望之,不見乃止
    。孔子曰:“非禮勿視,非禮勿听。”
    顏淵問于孔子曰:“淵愿貧如富,賤如貴,無勇而威,与士交通,終
    身無患難。亦且可乎?”孔子曰:“善哉!回也!夫貧而如富,其知足而
    無欲也;賤而如貴,其讓而有禮也;無勇而威,其恭敬而不失于人也;終
    身無患難,其擇言而出之也。若回者、其至乎!雖上古圣人亦如此而已。
    ”
    齊景公出田,十有七日而不反。晏子乘而往,比至,衣冠不正,景公
    見而怪之,曰:“夫子何遽乎?得無急乎?”晏子對曰:“然,有急。國
    人皆以君為惡民好禽。臣聞之:魚鱉厭深淵而就干淺,故得于釣网;禽獸
    厭深山而下都澤,故得于田獵。今君出田,十有七日而不反,不亦過乎?
    ”景公曰:“不然。為賓客莫應待邪?則行人子牛在;為宗廟而不血食邪
    ?則祝人太宰在;為獄不中邪?則大理子几在;為國家有余不足邪?則巫
    賢在。寡人有四子,猶有四肢也,而得代焉,不可患焉!”晏子曰:“然
    。人心有四肢,而得代焉,則善矣;令四肢無心十有七日,不死乎?”景
    公曰:“善哉言!”遂援晏子之手,与驂乘而歸。若晏子者、可謂善諫者
    矣。
    楚庄王將興師伐晉,告士大夫曰:“敢諫者死無赦。”孫叔敖曰:“
    臣聞:畏鞭棰之嚴,而不敢諫其父,非孝子也;懼斧鉞之誅,而不敢諫其
    君,非忠臣也。”于是遂進諫曰:“臣園中有榆,其上有蟬,蟬方奮翼悲
    鳴,欲飲清露,不知螳螂之在后,曲其頸,欲攫而食之也;螳螂方欲食蟬
    ,而不知黃雀在后,舉其頸,欲啄而食之也;黃雀方欲食螳螂,不知童挾
    彈丸在下,迎而欲彈之;童子方欲彈黃雀,不知前有深坑,后有窟也。此
    皆言前之利,而不顧后害者也,非獨昆虫眾庶若此也,人主亦然。君今知
    貪彼之土,而樂其士卒。”國不怠,而晉國以宁,孫叔敖之力也。
    晉平公之時,藏寶之台燒,士大夫聞,皆趨車馳馬救火,三日三夜乃
    胜之。公子晏子獨束帛而賀曰:“甚善矣!”平公勃然作色,曰:“珠玉
    之所藏也,國之重寶也,而天火之,士大夫皆趨車走馬而救之,子獨束帛
    而賀,何也?有說則生,無說則死。”公子晏子曰:“何敢無說?臣聞之
    :王者藏于天下,諸侯藏于百姓〔農夫藏于鐔祝秧`采碳植賾隗尕選今之
    百姓之于外,短褐不蔽形,糟糠不充口,虛而賦a無已,收太半而藏之台
    ,是以天火之。且臣聞之:昔者桀殘賊海內,賦a無度,万民甚苦,是故
    湯誅之,為天下戮笑。今皇天降災于藏台,是君之福也,而不自知變悟,
    亦恐君之為鄰國笑矣”。公曰:“善。自今已往,請藏于百姓之間。”詩
    曰:“稼穡維寶,代食維好。”
    魏文侯問里克曰:“吳之所以亡者、何也?”里克對曰:“數戰而數
    胜。”文侯曰:“〔數戰〕數胜,國之福也。其獨亡,何也?”里克對曰
    :“數戰則民疲,數胜則主驕;驕則恣,恣則极〔物,疲則怨,怨則极慮
    〕。上下俱极,吳之亡猶晚矣!此夫差所以自喪于干遂。”詩曰:“天降
    喪亂,滅我立王。”
    楚有士曰申鳴,治園以養父母,孝聞于楚,王召之,申鳴辭不往。其
    父曰:“王欲用汝,何為辭之?”申鳴曰:“何舍為子,乃為臣乎?”其
    父曰:“使汝有祿于國,有位于廷,汝樂,而我不憂矣。我欲汝之仕也。
    ”申鳴曰:“諾。”遂之朝受命,楚王以為左司馬。其年、遇白公之亂,
    殺令尹子西、司馬子期,申鳴因以兵之衛。白公謂石乞曰:“申鳴、天下
    勇士也,今將兵,為之奈何?”石乞曰:“吾聞申鳴、孝也,劫其父以兵
    。”使人謂申鳴曰:“子与我,則与子楚國;不与我,則殺乃父。”申鳴
    流涕而應之曰:“始則父之子,今則君之臣,已不得為孝子,安得不為忠
    臣乎!”援桴鼓之,遂殺白公,其父亦死焉。王歸、賞之。申鳴曰:“受
    君之祿,避君之難,非忠臣也;正君之法,以殺其父,又非孝子也。行不
    兩全,名不兩立。悲夫!若此而生,亦何以示天下之士哉!”遂自刎而死
    。詩曰:“進退惟谷。”
    昔者、太公望周公旦受封而見,太公問周公何以治魯?周公曰:“尊
    尊親親。”太公曰:“魯從此弱矣。”周公問太公曰:“何以治齊?”太
    公曰:“舉賢賞功。”周公曰:“后世必有劫殺之君矣。”后齊日以大,
    至于霸,二十四世而田氏代之。魯日以削,三十四世而亡。猶此觀之,圣
    人能知微矣。詩曰:“惟此圣人,瞻言百里。”

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    Ascension Du Désir Poésie https://blog.mabo.cc/ascension-du-desir-poesie/ https://blog.mabo.cc/ascension-du-desir-poesie/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:58 +0000 https://blog.mabo.cc/ascension-du-desir-poesie/

    Ascension Du Désir Poésie

    Aproximadamente 2.261 palavras.

    Huguette Bertrand

    ASCENSION DU DÉSIR

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Transe dans l'échappée des fièvres
    ivres des danses transportées par l'errance
    transe des gestes affamés
    au soir des partances
    dansent les fièvres
    autour du verbe
    dénudé

    25.02.00

    ___________________________

    Incandescence
    au milieu des fièvres
    à même le ventre chaud des hivers
    en proie au délire
    ce temps délié
    au coeur des voix uniques

    fièvres sauvages
    danse des sens
    au centre vibrent violents
    parmi les cris

    25.02.00

    ___________________________

    En ses aubes fugitives
    un désir longe la main caressante
    sur le corps offert
    jusqu'à l'étirement du geste
    frémissant en son souffle
    féroce en ses rêves
    vibrant en ses nuits
    jusqu'à l'apogée

    29.02.00

    ___________________________

    Sur le visage
    un baiser vierge
    s'offre au désir
    déployé sur le corps d'un sourire
    naissance du geste
    entre la caresse
    et le nu des mots
    apaisé

    débusquée
    l'âme grésille
    emportée dans un regard
    neuf

    20.03.00

    ___________________________

    Entre le sombre des crépuscules
    et le clair matin
    se dénudent les désirs subtils
    quand les mots ne suffisent plus
    à dessiner des sourires
    sur les lèvres lancinantes sauvages
    au gré d'une parole vivante
    plus belle qu'une image
    plus belle dans le tendre
    trempée dans l'amour
    en son plus bel enlacement

    20.03.00

    ___________________________

    Pourquoi ô toi mon âme lancinante venue dire
    que la rosée n'a plus de plage où se poser
    pourquoi venue me dire
    que ses yeux emplis de sel et d'heures
    dérivent sur le temps
    Pourquoi ô mon âme venue me dire
    que le rêve était halluciné
    dans ces méandres de la douleur trop vive
    en ces moments où se chantent tous les désirs
    Pourquoi ô mon âme venue me dire
    ces moments trop vifs déployés sur mes rêves
    en ce corps vaincu

    22.03.00

    ___________________________

    La main gauche
    le sixième sens
    sans heurt
    le texte
    le geste
    d'Est en Ouest
    la nuit insensée
    le corps s'apaise

    27.03.00

    ___________________________

    Enchevêtré aux impossibles
    le coeur à lire
    le coeur à rire
    prophétise des soupirs
    instants pourpres
    étalés sur le corps à dire
    cri grand cri
    d'un silence enclos
    dans le vent fugitif

    demeure un regard
    immobile

    27.03.00

    ___________________________

    Douceur des brises amoureuses
    à l'ombre des tumultes
    encercle le désir
    à travers bruits et ronces
    appel au corps en son gémissement
    jusqu'au bout du coeur
    jusqu'au bout du monde

    29.03.00

    ___________________________

    Entre nous
    cet espace immaculé
    par la main tendue
    accueille l'instant
    posé sur les lèvres du désir
    déployé sur les courbes amoureuses
    ascension des fièvres
    jusqu'à l'intime
    ultime départ
    dans l'instant

    06.04.00

    ___________________________

    Duel des songes
    au coeur des nuits amantes
    quand le regard expire
    sur l'urgence des lèvres
    urgences des gestes accordés au désir
    urgence des mots assoupis dans un souffle
    urgence d'un souffle
    accordé à la vie

    19.04.00

    ___________________________

    Blondes nuits ensoleillées
    quand les corps se déploient
    dans la rondeur d'un silence
    nu

    nus les mots
    nus les gestes
    nuits des langues
    parures des chambres
    dans le magma des désirs
    quand sombrent les nuits blondes
    dans une caresse
    momentanée

    19.04.00

    ___________________________

    Mais qui pleure dans la prison de la douleur
    qui ose assombrir le blanc pur d'une voix liquide
    chant saoul dans la lumière crue
    en cet instant immobile
    qui mais qui ose encore verser des silences
    sur la liberté d'une femme féline
    féline dans une cage d'oiseau
    immobile en ses silences
    nue dans la lumière
    lovée dans l'oeil du jour

    21.04.00

    ___________________________

    Dans la fièvre du mouvement
    des averses inondent
    le bitume de ma mémoire

    fièvre des envolées
    envolées des vagues
    vagues de musique
    musique au sommet
    sommet du soir
    à l'horizon
    s'endort

    01.05.00

    ___________________________

    Sur le sable
    il germe des pas silencieux
    Sur le blanc immense
    il pleut des solitudes

    Grains de sable
    Trace de neige
    Rage de pas
    Rage de vie
    Ténèbre

    01.05.00

    ___________________________

    Sur les courbes du silence
    des éclats de rire surgissent
    primitifs
    sillonnent le désir
    dissout dans la nuit
    apprise par coeur

    Nuit du silence
    silence du coeur
    au coeur du désir
    primitif

    01.05.00

    ___________________________

    Sous les draps du désir
    l'amoure se penche
    au-dessus des nuances
    sur le boulevard des urgences
    reprise les pas troués
    entre mer et monde
    d'un souffle vogue
    sur les vagues cambrées au large
    viennent s'échouer
    au quai du lit

    01.05.00

    ___________________________

    Dans la souricière d'un vieux corps
    l'écrit se crie
    saoulade de peines
    éclats de rire
    des voix à peines
    des peines si pleines
    sur le réchaud
    grillade de mots
    la peau répond
    embrase la voix
    la peine le rire
    plus rien à dire

    02.05.00

    ___________________________

    Ivre de toutes les sagesses
    elle boit l'amer
    dans le piège douloureux de l'inaccessible
    puise dans sa nuit
    des mains assoiffées de vertiges
    déployée sur le soupir d'une aube frénétique
    s'abandonne dans un regard
    ailleurs
    autrement

    02.05.00

    ___________________________

    Poussières d'absence
    dans le chaos d'un regard
    si dense
    silence des solitudes
    dans l'oeil éclos des nuits
    nuits errantes
    au banquet des affamés

    03.05.00

    ___________________________

    Dans le chaud dessin
    y voir l'urgence du rythme
    ce doux désir prononcé à l'oreille du soir
    en vain glisse au pied des murmures
    envolés dans le spontané du mouvement
    vestige d'une transe
    anéantie jusqu'à l'extrême des aubes
    imaginées

    S'épuise le rythme
    dans le tard des nuits
    roses

    03.05.00

    ___________________________

    L'ÉCRIT L'ÉCHO

    Loin très loin
    se respirent des silences
    bien avant les mots
    implosion du désir
    des murmures partagés

    Loin très loin
    une femme allongée sur les phrases
    entre les silences vibre
    en accord aux cris

    Loin très loin
    des enfances circulent dans la chair du rire
    refont surface
    en sourires spontanés

    Loin très loin
    un désir
    un sourire
    un mot
    un écho
    un silence

    Ne reste que la lune
    son accompagnement

    05.05.00

    ___________________________

    SOUS LE SIGNE DES SENS

    Je lis le poème. Je le regarde. Il me fixe.
    Me transporte sur ses grandes ailes déployées
    vers ce lieu étrange qui me construit à même les autres.
    À même leurs vertiges, j'apprends.
    J'apprends à naître dans le poème.
    J'ose quelques mots embués sur la ligne blessée du temps.
    Blessure à même la blessure, j'écris des signes,miroir des sens.
    Je rôde autour de la volupté. Je m'en grise même !
    Puis je dégrise, éclatée en vers.
    Vers qui ? Vers quoi ?
    Vers ce poème qui m'apprenait le sens des signes.
    Signe des différences à reconnaître dans une parole unique.
    Signes dans l'ascension d'un désir. Désir des sens.
    Sans dessus dessous à même les sens,
    le désir à naître.

    06.05.00

    ___________________________

    J'ai cette gourmandise
    de rayons printaniers
    ramassés ça et là
    à travers pluies
    et sol aride
    par le tendre m'encerclent chaud
    dans la crème des désirs

    06.05.00

    ___________________________

    Entre les vagues puissantes du désir
    s'évanouissent pleurs et rires
    devant le blanc gémissement de l'âme
    enfermée en son plaisir
    aiguisé par les doux mots doux
    mots tendres fous
    répandus par le geste des mains
    sur la peau lisse des rendez-vous
    émulsion des bleus
    dans le vert des étonnements

    12.05.00

    ___________________________

    L'autre
    miroir des solitudes
    retourné à son désir
    le désirable en l'autre
    le plein désir en ce trop plein de vie

    vie pleine vie
    à même les déchirures
    désir plein désir
    à même chaque instant
    instants inextinguibles
    vertiges

    une voix murmure l'amour
    n'apaise pas
    reprend son souffle
    sur le chemin des impromptus
    nous rappelle qu'il était une fois
    ce fou désir en soi
    sagement enrobe l'Être
    l'autre
    en son désir
    au seuil de l'éclatement

    12.05.00

    ___________________________

    Habillée de langages
    une femme nue fragile
    forte en ses mots
    s'abreuve aux fontaines du désir
    parole en son murmure
    son chant blessé
    dénoué par la nuit

    16.05.00

    ___________________________

    S'effritent les regards
    au coeur du mouvement
    se reforment se transforment
    par la passion du vent
    se chagrinent puis s'enchaînent
    dans le gouffre amoureux
    viennent sourire à la rose
    dans le rouge du matin

    Point... à la ligne

    03.06.00

    ___________________________

    CHAUDE CHOSE

    On s'enchaîne
    on s'déchaîne
    pour l'amour d'une rose
    maintenue à distance
    par de trop grandes marées
    repoussée jusqu'au pied d'un murmure

    pourrissement de la rose
    dans le jardin chaud des fauves
    d'un regard d'une pensée
    nommez-la...
    Chose

    07.06.00

    ___________________________

    RE-NOIR

    S'effiloche la peine
    au bout d'un vain désir
    derniers râles
    sang des mots
    répandu rose
    sur la toile d'un bleu pastel
    y mélanger du vert espoir
    dans ce mauve
    un peu de gris quand même
    sur le rouge passionné
    puis le retour au noir

    rien que soi
    dans ce désert de mots
    rien que soi devant soi
    miroir des passions des chutes des ascensions
    et rechute
    et remonte la pente
    seule
    avec d'autres
    sur la toile
    de trop de fois
    que le temps ne mesure plus

    11.06.00

    ___________________________

    PASSAGE

    Une image surgit
    de la toile des passions
    fibres de chair de sang
    embrasées dans le piège des fragilités
    abreuvées à même le désir
    d'une nuit fauve
    dans la lumière interrompue
    tissent au passage
    des contours incendiés
    sur le corps rompu

    12.06.00

    ___________________________

    Justesse du mot rebelle
    que le vent hurle
    à travers la houle des désespoirs
    malgré la plaie vive du dur désir
    emprisonné dans la nuit glauque
    au seuil de l'effacement

    supplique du chant
    phrases hurlantes
    dans le ferment du désir
    toujours murmuré
    par le regard en équilibre
    sur un mot juste
    rebelle
    inoublié

    13.06.00

    ___________________________

    CHAIR FLUIDE

    Ni aube ni aurore
    répandue chair et sang sur les lignes
    j'efface les hiers
    au fil des lendemains
    les nuits me prononcent
    les matins en maraude
    j'avance
    j'avance et longe des vertiges
    quand tout près
    un visage fluide déjoue l'abîme
    son mot me déplie
    sa phrase me secoue
    interruption d'un mal brisé
    par le feu des passions
    embranchement d'un tout écartelé
    abandonné au seuil de l'épuisement
    son ressac creuse des rigoles
    enchevêtrées parmi les sourires bleus de l'été
    présence rouge cueillie sur les lèvres du désir
    à même les renoncements

    20.06.00

    ___________________________

    ALPAMAYO

    Sur tes flancs
    l'amour en zig-zag
    sillonne tous les espoirs
    jusqu'au sommet tente l'ultime
    en altitude s'essouffle
    dans sa marche supplie chaque geste
    ne renonce jamais
    non jamais ne s'arrête
    gestes du corps
    dans l'avancée de chaque pas assoiffé
    seule au coeur de l'immensité
    blanche immensité
    tendre vertige
    que la main vient déposer
    sur ton corps
    apprivoisé

    16.07.00

    ___________________________

    ARTESONRAJU

    Émue
    la montagne désirée
    par son amant agile
    quand lui frôle ses mystères
    elle lui offre ses flancs
    il explore toutes ses formes
    et ses pensées fragiles
    que ses pentes font valser pas à pas
    s'apprivoise la beauté d'une descente
    qu'un soleil fait bouger
    sur son corps
    convoité

    01.08.00

    ___________________________

    S'écrivent parfois des mots
    en faux-dièse en vrai-bémol
    en calvacade
    voyagent agiles
    paissent naturels
    au point du jour
    remisent les nuits
    allègent les heures
    suspendues lourdes usées
    sous les arbres
    sur les pierres
    se baignent dans la soupe
    font claquer toutes les portes
    d'un été coutumier

    01.08.00

    ___________________________

    Au jardin
    un regard s'emplit de froidure
    que dissipent les souvenances
    de l'amour déployé
    sur la trace d'une flamme hésitante
    il veille
    appuyé sur l'instant des avenirs
    floconneux

    20.08.00

    ___________________________

    Interminable
    ce souffle ponctué
    d'extraits en vagues
    prolonge les jours
    à l'ombre s'ajoutent
    aux heures
    nécessaires

    08.09.00

    ___________________________

    Doux murmure de la chair
    reflet d'un souffle passager
    glisse dans le blues du silence
    empreinte d'un visage
    la nuit sur fond gris
    semence de paroles
    l'espoir sur fond noir
    gestes à fleur de peau
    grandes aurores
    mémoire bleu de cyan
    son sourire masqué

    09.09.00

    ___________________________

    Ciel des Amériques
    Ciel de nuit
    Ciel de lit
    du Nord au Sud
    défigure la mémoire
    d'un bronze tenace
    porte au visage
    un sourire de plomb
    passe les ponts
    jusqu'au quai
    parole de chair
    peau de papier
    peau sur mesure
    peauaime

    09.09.00

    ___________________________

    Il fait ici tempête de pluie de vent
    à l'image d'une turbulence fait chair
    chair d'abîme
    entre tous les abîmes
    chair des renoncements
    à l'effigie du silence accordé
    à tous les silences
    à croire que les dieux imaginés
    invitent à la redondance d'histoires anciennes
    perdues dans les rêves
    rejetés dans le néant
    dont seule demeure
    une parole imprononcée
    imprononçable

    21.09.00

    ___________________________

    Quel interdit a ce goût du silence ?
    n'a le goût que des sens
    gravitation sur le corps déployé
    d'un regard poursuit la ligne pure
    abandonnée dans la soie des gestes
    sur le parcours d'une fièvre
    murmure des instants doux
    ce goût de sel que les vagues transportent
    jusqu'aux lèvres multipliées
    viennent colorer la nuit
    ses ombres emportées
    dans un délire
    spontané

    23.09.00

    ___________________________

    Terre de ta vie
    via la terre de sable fin
    ses vagues de sel
    de mer en vague
    quand tu divagues
    sur l'horizon chargé de cris
    quand vient l'écrit
    l'appel du lit
    surbondance
    de l'infini

    29.09.00

    ___________________________

    Dans la salle des occupations
    le jour se fait tard
    en toute patience
    voit la nuit l'achever
    quand la peau glisse limpide
    sur les pierres
    amassées par le roulement
    des vagues fluides
    de l'amour

    m'a lâchée dans la blancheur de la nuit
    m'a laissé dormir hors des questions
    m'a exilée tournoyante
    vers le milieu du lit
    sans déranger les rêves voisins
    quand tout à coup
    sonna l'heure de l'abordage
    sur le pont d'un autre jour
    c'était lundi
    le retour

    02.10.00

    ___________________________

    Dénuement
    dans ce champ immense
    de la fragilité
    course folle d'un espoir replié
    dans les coins d'ombre
    s'enfonce dans l'étrange mouvement
    des sensualités incandescentes
    quand se murmurent des paroles
    prolongées sur le corps
    accentué
    par son ascension du désir

    05.10.00

    =====================================

    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    Dépôt légal / octobre 2000
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-921818-21-3
    Tous droits réservés - All rights reserved

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    韓詩外傳, Vol. 7-8 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-7-8/ https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-7-8/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:57 +0000 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-7-8/

    韓詩外傳, Vol. 7-8

    Aproximadamente 2.551 palavras.

    Produced by Nicole Lai

    卷七
    齊宣王謂田過曰:“吾聞:儒者親喪三年。君与父孰重?”過對曰:
    “殆不如父重。”王忿然曰:“曷為士去親而事君?”對曰:“非君之土
    地,無以處吾親;非君之祿,無以養吾親;非君之爵,無以尊顯吾親;受
    之于君,致之于親,凡事君以為親也。”宣王悒然,無以應之。詩曰:“
    王事靡崢,不遑將父。”
    趙王使人于楚,鼓瑟而遣之,曰:“慎無失吾言。”使者受命,伏而
    不起,曰:“大王鼓瑟,未嘗若今日之悲也。”王曰:“調。”使者曰:
    “調則可記其柱。”王曰:“不可。天有燥濕,弦有緩急,柱有推移,不
    可記也。”使者曰:“請借此以喻。楚之去趙也,千有余里,亦有吉凶之
    變,凶則吊之,吉則賀之,猶柱之有推移,不可記也。故王之使人,必慎
    其所之,而不任以辭。”詩曰:“征夫捷捷,每怀靡及。”蓋傷自上而御
    下也。
    齊有隱士東郭先生、梁石君,當曹相國為齊相也。客謂匱生曰:“夫
    東郭先生梁石君,世之賢也,隱于深山,終不 身下志以求仕者也。吾聞
    先生得謁曹相國,愿先生為之先。臣里母相善,婦見疑盜肉,其姑去之,
    恨而告于里母,里母曰:‘安行,今令姑呼汝。’即束蘊請火,去婦之家
    ,曰:‘吾犬爭肉相殺,請火治之。’姑乃直使人追去婦,還之。故里母
    非談說之士,束蘊請火,非還婦之道也。然物有所感,事有可适,何不為
    之先?”匱生曰:“愚恐不及,然請盡力為東郭先生、梁石君束蘊請火。
    ”于是乃見曹相國,曰:“臣之里、有夫死三日而嫁者,有終身不嫁者,
    則自為娶,將何娶焉?”相國曰:“吾亦娶其終身不嫁者耳。”匱生曰:
    “齊有隱士東郭先生、梁石君,世之賢士也,隱于深山,終不 身下志以
    求仕。相國娶婦,欲娶其不嫁者,取臣獨不取其不仕之臣耶?”于是曹相
    國因匱生束帛安車迎東郭先生、梁石君,厚客之。詩曰:“既見君子,我
    心則降。”
    孔子曰:“昔者、周公事文王,行無專制,事無由己,身若不胜衣,
    言若不出口,有奉持于前,洞洞焉若將失之,可謂子矣。武王崩,成王幼
    ,周公承文武之業,履天子之位,听天子之政,征夷狄之亂,誅管蔡之罪
    ,抱成王而朝諸侯,誅賞制斷,無所顧問,威動天下,振恐海內,可謂能
    武矣。成王壯,周公致政,北面而事之,請然后行,無伐矜之色,可謂臣
    矣。故一人之身,能三變者、所以應時也。”詩曰:“左之左之,君子宜
    之;右之右之,君子有之。”
    傳曰:“鳥之美羽勾啄者、鳥畏之;魚之侈口垂腴者、魚畏之;人之
    利口贍辭者、人畏之。是以君子避三端:避文士之筆端,避武士之鋒端,
    避辯士之舌端。”詩曰:“我友敬矣,讒言其興。”
    孔子困于陳蔡之間,即三經之席,七日不食,藜羹不糝,弟子有飢色
    ,讀書習禮樂不休。子路進諫曰:“為善者、天報之以福,為不善者、天
    報之以賊。今夫子積德累仁,為善久矣,意者、當遣行乎?奚居之隱也?
    ”孔子曰:“由來!汝小人也,未講于論也。居,吾語汝:子以知者為無
    罪乎?則王子比干何為刳心而死;子以義者為听乎?則伍子胥何為抉目而
    懸吳東門;子以廉者為用乎?則伯夷叔齊何為餓于首陽之山;子以忠者為
    用乎?則鮑叔何為而不用,葉公子高終身不仕,鮑焦抱木而泣,子推登山
    而燔。故君子博學深謀,不遇時者眾矣,豈獨丘哉!賢不肖者、材也,遇
    不遇者、時也,今無有時,賢安所用哉!故虞舜耕于歷山之陽,立為天子
    ,其遇堯也;傅說負土而版筑,以為大夫,其遇武丁也;伊尹故有莘氏僮
    也,負鼎操俎,調五味,而立為相,其遇湯也;呂望行年五十,賣食棘津
    ,年七十,屠于朝歌,九十乃為天子師,則遇文王也;管夷吾束縛自檻車
    ,以為仲父,則遇齊桓公也;百里奚自賣五羊之皮,為秦伯牧牛,舉為大
    夫,則遇秦繆公也;虞丘于天下以為令尹,讓于孫叔敖,則遇楚庄王也;
    伍子胥前功多,后戮死,非知有盛衰也,前遇闔閭,后遇夫差也。夫驥罷
    鹽車,此非無形容也,莫知之也,使驥不得伯樂,安得千里之足,造父亦
    無千里之手矣。夫蘭生于茂林之中,深山之間,人莫見之故不芬;夫學者
    非為通也,為窮而不困,憂而志不衰,先知禍福之始,而心無惑焉,故圣
    人隱居深念,獨聞獨見。夫舜亦賢圣矣,南面而治天下,惟其遇堯也,使
    舜居桀紂之世,能自免于刑戮之中,則為善矣,亦何位之有?桀殺關龍逢
    ,紂殺王子比干,當此之時,豈關龍逢無知,而王子比干不慧哉!此皆不
    遇時也。故君子務學修身端行而須其時者也,子無惑焉。”詩曰:“鶴鳴
    于九皋,聲聞于天。”
    曾子曰:“往而不可還者、親也,至而不可加者、年也。是故孝子欲
    養而親不待也,木欲直而時不待也。是故椎牛而祭墓,不如雞豚逮存親也
    。故吾嘗仕齊為吏,祿不過鐘釜,尚猶欣欣而喜者,非以為多也,樂其逮
    親也;既沒之后,吾嘗南游于楚,得尊官焉,堂高九仞,榱題三圍,轉轂
    百乘,猶北鄉而泣涕者,非為賤也,悲不逮吾親也。故家貧親老,不擇官
    而仕;若夫信其志、約其親者,非孝也。”詩曰:“有母之尸雍。”
    趙簡子有臣曰周舍,立于門下,三日三夜,簡子使問之,曰:“子欲
    見寡人何事?”周舍對曰:“愿為諤諤之臣,墨筆操牘,從君之過而,日
    有記也,月有成也,歲有效也。”簡子居、則与之居,出、則与之出。居
    無几何,而周舍死,簡子如喪子。后与諸大夫飲于洪波之台,酒酣,簡子
    涕泣,諸大夫皆出走,曰:“臣有罪而不自知。”簡子曰:“大夫皆無罪
    。昔者、吾有周舍有言曰:‘千羊之皮,不若一狐之腋;眾人諾諾,不若
    一士之諤諤。昔者、商紂默默而亡,武王諤諤而昌。’今自周舍之死,吾
    未嘗聞吾過也,吾亡無日矣,是以寡人泣也。”
    傳曰:齊景公問晏子:“為人何患?”晏子對曰:“患夫社鼠。”景
    公曰:“何謂社鼠?”晏子曰:“社鼠出竊于外,入托于社,灌之恐坏牆
    ,熏之恐燒木,此鼠之患。今君之左右,出則賣君以要利,入則托君不罪
    乎亂法,又餺楚矗泊松縭籩椿家病!本肮痹唬?“嗚呼!豈其然?”“人有
    市酒而甚美者,置表甚長,然至酒酸而不售,問里人其故。里人曰:‘公
    之狗甚猛,而人有持器而欲往者,狗輒迎而嚙之,是以酒酸不售也。’士
    欲白万乘之主,用事者迎而嚙之,亦國之惡狗也。左右者為社鼠,用事者
    為惡狗,此國之大患也。”詩曰:“瞻彼中林,侯薪侯蒸。”言朝廷皆小
    人也。
    昔者、司城子罕相宋,謂宋君曰:“夫國家之安危,百姓之治亂,在
    君之行。夫爵祿賞賜舉,人之所好也,君自行之;殺戮刑罰,民之所惡也
    ,臣請當之。”君曰:“善。寡人當其美,子受其惡,寡人自知不為諸侯
    笑矣。”國人知殺戮之刑專在子罕也,大臣親之,百姓畏之,居不期年,
    子罕遂去宋君,而專其政。故老子曰:“魚不可脫于淵,國之利器不可以
    示人。”詩曰:“胡為我作,不即我謀。”
    衛懿公之時、有臣曰弘演者、受命而使,未反,而狄人攻衛,于是懿
    公欲興師迎之,其民皆曰:“君之所貴而有祿位者、鶴也,所愛者、宮人
    也,亦使鶴与宮人戰,余安能戰?”遂潰而皆去。狄人至,攻懿公于熒澤
    ,殺之,盡食其肉,獨舍其肝。弘演至,報使于肝,辭畢,呼天而號,哀
    止,曰:“若臣者、獨死可耳。”于是,遂自刳出腹實,內懿公之肝,乃
    死。桓公聞之,曰:“衛之亡也,以無道,今有臣若此,不可不存。”于
    是复立衛于楚丘。如弘演、可謂忠士矣,殺身以捷其君,非徒捷其君,又
    令衛之宗廟复立,祭祀不絕,可謂有大功矣。詩曰:“四方有羡,我獨居
    憂,民莫不,我獨不敢休。”
    孫叔敖遇狐丘丈人。狐丘丈人曰:“仆聞之:有三利,必有三患,子
    知之乎?”孫叔敖蹴然易容曰:“小子不敏,何足以知之!敢問何謂三利
    ?何謂三患?”狐丘丈人曰:“夫爵高者、人妒之,官大者、主惡之,祿
    厚者、怨歸之,此之謂也。”孫叔敖曰:“不然。吾爵益高,吾志益下;
    吾官益大,吾心益小;吾祿益厚,吾施益博。可以免于患乎?”狐丘丈人
    曰:“善哉!言乎!堯舜其猶病諸!”詩曰:“溫溫恭人,如集于木;惴
    惴小心,如臨于谷。”
    孔子曰:“明王有三懼:一曰處尊位而恐不聞其過,二曰得志而恐驕
    ,三曰聞天下之至道而恐不能行。昔者、越王勾踐与吳戰,大敗之,兼有
    南夷,當是之時,君南面而立,近臣三,遠臣五,令諸大夫曰:‘聞過而
    不以告我者、為上戮。’此處尊位而恐不聞其過也。昔者、晉文王与楚戰
    ,大胜之,燒其草,火三日不息,文公退而有憂色,侍者曰:‘君大胜楚
    ,而有憂色,何也?’文公曰:‘吾聞能以戰胜安者、惟圣人;若夫詐胜
    之徒,未嘗不危,吾是以憂也。’此得志而恐驕也。昔者、齊桓公得管仲
    隰朋,南面而立,桓公曰:‘吾得二子也,吾目加明,吾耳加聰,不敢獨
    擅,進之先祖。’此聞至道而恐不能行者也。由桓公晉文越王勾踐觀之,
    三懼者、明君之務也。”詩曰:“溫溫恭人,如集于木;惴惴小心,如臨
    于谷;戰戰兢兢,如履薄冰。”此言大王居人上也。
    楚庄王賜其群臣酒,日暮酒酣、左右皆醉,殿上燭滅,有牽王后衣者
    ,后M冠纓而絕之,言于王曰:“今燭滅,有牽妾衣者,妾M其纓而絕之
    ,愿趣火視絕纓者。”王曰:“止。”立出令曰:“與寡人飲、不絕纓者
    ,不為樂也。”于是冠纓無完者,不知王后絕冠纓者誰,于是王遂与群臣
    歡飲乃罷。后吳興師攻楚,有人常為應行,合戰者五,陷陣卻敵,遂取大
    軍之首而獻之。王怪而問之曰:“寡人未嘗有异于子,子何為于寡人厚也
    。”對曰:“臣先殿上絕纓者也,當時宜以肝膽涂地,負日久矣,未有所
    效,今幸得用,于臣之義,尚可為王破吳而強楚。”詩曰:“有者淵,褦
    葦。”言大者無不容也。
    傳曰:“伯奇孝而棄于親,隱公慈而殺于弟,叔武賢而殺于兄,比干
    忠而誅于君。”詩曰:“予慎無辜。”
    紂殺比干,箕子被發佯狂;陳靈公殺泄冶,鄧元去陳以族從;自此以
    后,殷謚埽渤亡于楚,以其殺比干泄冶,而失箕子鄧元也。燕昭王得郭隗
    鄒衍樂毅,是以魏趙興兵而攻齊,栖于莒。燕之地計眾,不与齊均也,然
    所以信燕至于此者,由得士也。故無常安之國,無宜治之民,得賢者昌,
    失賢者亡,自古及今,未有不然者也。明鏡者、所以照形也,往古者、所
    以知今也。知惡古之所以危亡,而不務襲蹈其所以安存,則未有以异乎卻
    走而求逮前人也。太公知之,故舉微子之后,而封比干之墓。夫圣人之于
    賢者之后,尚如是厚也,而況當世之存者乎!詩曰:“昊天太憮,予慎無
    辜。”
    宋玉因其友見楚襄王,襄王待之無以异,乃讓其友。友曰:“夫姜桂
    因地而生,不因地而辛;女因媒而嫁,不因媒而親。子之事王未耳,何怨
    于我?”宋玉曰:“不然。昔者、齊有狡兔,盡一日走五百里,使之瞻見
    指注,雖良狗猶不及狡兔之塵,若攝纓而縱紲之,〔則狡兔不能离也。今
    子之屬臣也,攝纓而縱紲与〕瞻見指注與!”詩曰:“將安將樂,棄予作
    遺。”
    宋燕相齊,見逐,罷歸之舍,召門尉陳饒等二十六人曰:“諸大夫有
    能与我赴諸侯者乎?”陳饒等皆伏而不對。宋燕曰:“悲乎哉!何士大夫
    易得而難用也。”饒曰:“〔非士大夫易得而難用也,〕君弗能用也,〔
    君不能用,〕則有不平之心,是失之己而責諸人也。”宋燕曰:“夫失諸
    己而責諸人者何?”陳饒曰:“三斗之稷,不足于士,而君雁 有余粟,
    是君之一過也。果園梨栗,后宮婦人以相提擲,士曾不得一嘗,是君之二
    過也。綾紈綺瞠,靡麗于堂,從風而弊,士曾不得以為緣,是君之三過也
    。且夫財者、君之所輕也,死者、士之所重也。君不能行君之所輕,而欲
    使士致其所重,猶譬榵刀畜之,而干將用之,不亦難乎!”宋燕面有慚色
    ,逡巡避席曰:“是燕之過也。”詩曰:“或以其酒,不以其漿。”
    傳曰:善為政者、循情性之宜,順陰陽之序,通本末之理,合天人之
    際,如是、則天地奉養,而生物丰美矣。不知為政者、使情厭性,使陰乘
    陽,使末逆本,使人詭天气,鞠而不信,郁而不宜,如是,則災害生,怪
    异起,群生皆傷,而年谷不熟,是以其動傷德,其靜無救,故緩者事之,
    急者弗知,日反理而欲以為治。詩曰:“廢為殘賊,莫知其尤。”
    魏文侯之時,子質仕而獲罪焉,去而北游,謂簡主曰:“從今已后,
    吾不复樹德于人矣。”簡主曰:“何以也?”質曰:“吾所樹堂上之士半
    ,吾所樹朝廷之大夫半,吾所樹邊境之人亦半。今堂上之士〔惡我于君,
    朝廷之大夫〕恐我以法,邊境之人劫我以兵,是以不樹德于人也。”簡主
    曰:“噫!子之言過矣。夫春樹桃李,夏得陰其下,秋得食其實。春樹蒺
    藜,夏不可采其葉,秋得其刺焉。由此觀之,在所樹也。今子所樹,非其
    人也。故君子先擇而后种也。”詩曰:“無將大車,惟塵冥冥。”
    正直者、順道而行,順理而言,公平無私,不為安肆志,不為危激行
    。昔衛獻公出走,反國,及郊,將班邑于從者而后入。太史柳庄曰:“如
    皆守社稷,則孰負羈縶而從;如皆從,則孰守社稷。君反國而有私,無乃
    不可乎!”于是不班也。柳庄正矣!昔者、衛大夫史魚病且死,謂其子曰
    :“我數言蘧伯玉之賢而不能進,彌子瑕不肖而不能退。為人臣,生不能
    進賢而退不肖,死不當治喪正堂,殯我于室、足矣。”衛君問其故,子以
    父言聞,君造然召蘧伯玉而貴之,而退彌子瑕,從殯于正堂,成禮而后去
    。生以身諫,死以尸諫,可謂直矣。詩曰:“靖共爾位,好是正直。”
    孔子閑居,子貢侍坐,“請問為人下之道奈何?”孔子曰:“善哉!
    爾之問也!為人下,其猶土乎?”子貢未達,孔子曰:“夫土者、掘之得
    甘泉焉,樹之得五谷焉,草木植焉,鳥獸魚鱉遂焉;生則立焉,死則入焉
    ;多功不言,賞世不絕,故曰:能為下者、其惟土乎!”子貢曰:“賜雖
    不敏,請事斯語。”詩曰:“式禮莫愆。”
    傳曰:南假子過程本,本為之烹鱺魚。南假子曰:“聞君子不食鱺魚
    。”本子曰:“此乃君子食也,我何与焉?”假子曰:“夫高比、所以廣
    德也,下比、所以狹行也;比于善者、自進之階,比于惡者,自退之原也
    。且詩不云乎!高山仰止,景行行止。吾豈自比君子哉!志慕之而已矣。
    ”
    子貢問大臣,子曰:“齊有鮑叔,鄭有子皮。”子貢曰:“否。齊有
    管仲,鄭有東里子產。”孔子曰:“產、荐也。”子貢曰:“然則荐賢賢
    于賢。”曰:“知賢、知也,推賢、仁也,引賢、義也。有此三者,又何
    加焉!”
    孔子游于景之上,子路子貢顏淵從。孔子曰:“君子登高必賦,小子
    愿者何?言其愿,丘將啟汝。”子路曰:“由愿奮長戟,蕩三軍,乳虎在
    后,仇敵在前,蠡躍蛟奮,進救兩國之患。”孔子曰:“勇士哉!”子貢
    曰:“兩國构難,壯士列陣,塵埃漲天,賜不持一尺之兵,一斗之糧,解
    兩國之難,用賜者存,不用賜者亡。”孔子曰:“辯士哉!”顏回不愿,
    孔子曰:“回何不愿?”顏淵曰:“二子已愿,故不敢愿。”孔子曰:“
    不同意,各有事焉,回其愿,丘將啟汝。”顏淵曰:“愿得小國而相之,
    主以道制,臣以德化,君臣同心,外內相應,列國諸侯莫不從義向風,壯
    者趨而進,老者扶而至,教行乎百姓,德施乎四蠻,莫不釋兵,輻輳乎四
    門,天下咸獲永宁,姺飛蠕動,各樂其性,進賢使能,各任其事,于是君
    綏于上,臣和于下,垂拱無為,動作中道,從容得禮,言仁義者賞,言戰
    斗者死,則由何進而救,賜何難之解。”孔子曰:“圣士哉!大人出,小
    子匿,圣者起,賢者伏。回与執政,則由賜焉施其能哉!”詩曰:“雨雪
    ,見曰消。”
    昔者、孔子鼓瑟,曾子子貢側門而听,曲終,曾子曰:“嗟乎!夫子
    瑟聲殆有貪狼之志,邪僻之行,何其不仁,趨利之甚。”子貢以為然,不
    對而入。夫子望見子貢有諫過之色,應難之狀,釋瑟而待之,子貢以曾子
    之言告。子曰:“嗟乎!夫參、天下賢人也,其習知音矣!鄉者,丘鼓瑟
    ,有鼠出游,狸見于屋,循梁微行,造焉而避,厭目曲脊,求而不得,丘
    以瑟淫其音,參以丘為貪狼邪僻,不亦宜乎!”詩曰:“鼓鐘于宮,聲聞
    于外。”
    為人父者、必怀慈仁之愛,以畜養其子,撫循飲食,以全其身;及其
    有識也,必嚴居正言,以先導之;及其束發也,授明師以成其技;十九見
    志,請賓冠之,足以死其意;血脈澄靜,娉內以定之,信承親授,無有所
    疑;冠子不言,發子不笞,听其微諫,無令憂之,此為人父之道也。詩曰
    :“父兮生我,母兮鞠我。拊我畜我,長我育我。顧我复我,出入腹我。
    ”
    卷八
    越王勾踐使廉稽獻民于荊王,荊王使者曰:“越、夷狄之國也,臣請
    欺其使者。”荊王曰:“越王、賢人也,其使者亦賢,子其慎之!”使者
    出,見廉稽曰:“冠、則得以俗見,不冠、不得見。”廉稽曰:“夫越、
    亦周室之列封也,不得處于大國,而處江海之陂,與之讌魚鱉為伍,文身
    翦發,而后處焉。今來至上國,必曰:‘冠、得俗見,不冠、不得見。’
    如此、則上國使适越,亦將劓墨文身翦發,而后得以俗見,可乎?”荊王
    聞之,披衣出謝。孔子曰:“使于四方,不辱君命,可謂士矣。”
    人之所以好富貴安樂,為人所稱譽者、為身也;惡貧賤危辱,為人所
    謗毀者、亦為身也。然身何貴也?莫貴于气;人得气則生,失氣則死;其
    气非金帛珠玉也,不可求于人也;非繒布五谷也,不可糴買而得也;在吾
    身耳,不可不慎也。詩曰:“既明且哲,以保其身。”
    吳人伐楚,昭王去國,國有屠羊說從行,昭王反國,賞從者,及說,
    說辭曰:“君失國,臣所失者屠;君反國,臣亦反其屠。臣之祿既厚,又
    何賞之?”辭不受命,君強之,說曰:“君失國,非臣之罪,故不伏誅;
    君反國,非臣之功、故不受其賞。吳師入郢,臣畏寇避患,君反國,說何
    事焉。”君曰:“不受,則見之。”說對曰:“楚國之法,商人欲見于君
    者,必有大獻重質,然后得見。今臣智不能存國,節不能死君,勇不能待
    寇,然見之,非國法也。”遂不受命,入于澗中。昭王謂司馬子期曰:“
    有人于此,居處甚約,議論甚高,為我求之,愿為兄弟,請為三公。”司
    馬子期舍車徒求之,五日五夜,見之,謂曰:“國危不救,非仁也;君命
    不從,非忠也;惡富貴于上,甘貧苦于下,意者過也。今君愿為兄弟,請
    為三公,不听君,何也?”說曰:“三公之位,我知其貴于刀俎之肆矣;
    万鐘之祿,我知其富于屠年之利矣。今見爵祿之利,而忘辭受之禮,非所
    聞也。”遂辭三公之位,而反乎屠羊之肆。君子聞之曰:“甚矣哉!屠羊
    子之為也,約己持窮,而處人之國矣。”說曰:“何謂窮?吾讓之以禮,
    而終其國也。”曰:“在深淵之中,而不援彼之危,見昭王德衰于吳,而
    怀寶絕跡,以病其國,欲獨全己者也,是厚于己而薄于君,狷乎!非救世
    者也。”“何如則可謂救世矣?”曰:“若申伯仲山甫可謂救世矣!昔者
    、周德大衰,道廢于厲,申伯仲山甫輔相宣王,撥亂世,反之正,天下略
    振,宗廟复興,申伯仲山甫乃并順天下,匡救邪失,喻德教,舉遺士,海
    內翕然向風。故百姓勃然詠宣王之德。詩曰:‘周邦咸喜,戎有良翰。’
    又曰:‘邦國若否,仲山甫明之。既明且哲,以保其身。夙夜匪懈,以事
    一人。’如是、可謂救世矣。”
    齊崔杼s庄公,荊蒯芮使晉而反。其仆曰:“崔杼s庄公,子將奚如
    ?”荊蒯芮曰:“驅之!將入死而報君。”其仆曰:“君之無道也,四鄰
    諸侯莫不聞也,以夫子而死之,不亦難乎?”荊蒯芮曰:“善哉!而言也
    !早言,我能諫;諫而不用,我能去;今既不諫,又不去。吾聞之;食其
    食,死其事,吾既食亂君之食,又安得治君而死之!”遂驅車而入,死其
    事。仆曰:“人有亂君,猶必死之;我有治長,可無死乎!”乃結轡自刎
    于車上。君子聞之,曰:“荊蒯芮可謂守節死義矣,仆夫則無為死也,猶
    飲食而遇毒也。”詩曰:“風夜匪懈,以事一人。”荊先生之謂也。易曰
    :“不琩隡w,或承之羞。”仆夫之謂也。
    遜而直、上也,切次之,謗諫為下,懦為死。詩曰:“柔亦不茹。”
    宋万与庄公戰,獲乎庄公,庄公敗舍諸宮中,數月,然后歸之,反為
    大夫于宋。宋万与閔公博,婦人皆在側,万曰:“甚矣!魯侯之淑,魯侯
    之美也,天下諸侯宜為君者、惟魯侯耳!”閔公矜此婦人,妒其言,顧曰
    :“爾虜,焉知魯侯之美惡乎?”宋万怒,博閔公,絕。仇牧聞君s,趨
    而至,遇之于門,手劍而叱之,万臂仇牧,碎其首,齒著乎門闔。仇牧可
    謂不畏強御矣。詩曰:“惟仲山甫,柔亦不茹,剛亦不吐。”
    可于君,不可于父,孝子不為也;可于父,不可于君,君子不為也。
    故君不可奪,親亦不可奪也。詩曰:“愷悌君子,四方為則。”
    黃帝即位,施惠承天,一道修德,惟仁是行,宇內和平,未見鳳凰,
    惟思其象,夙寐晨興,乃召天老而問之,曰:“鳳象何如?”天老對曰:
    “夫鳳象、鴻前麟后,蛇頸而魚尾,龍文而龜身,燕頷而雞啄;戴德負仁
    ,抱中挾義;小音金,大音鼓;延頸奮翼,五彩備明;舉動八風,气應時
    雨;食有質,飲有儀;往即文始,來即嘉成;惟鳳為能通天祉,應地靈,
    律五音,覽九德。天下有道,得鳳象之一,則鳳過之,得鳳象之二,則鳳
    翔之,得鳳象之三,則鳳集之,得鳳象之四,則鳳春秋下之,得鳳象之五
    ,則鳳沒身居之。”黃帝曰:“于戲!允哉!朕何敢与焉。”于是黃帝乃
    服黃衣,戴黃冕,致齋于宮,鳳乃蔽日而至,黃帝降于東階,西面再拜稽
    首,曰:“皇天降祉,不敢不承命。”鳳乃止帝東國,集帝梧桐,食帝竹
    實,沒身不去。詩曰:“鳳凰于飛,劌劌其羽,亦集爰止。”
    魏文侯有子曰擊,次曰訴,訴少而立以嗣,封擊中山。三年莫往來,
    其傅趙蒼唐曰:“父忘子,子不可忘父,何不遣使乎?”擊曰:“愿之,
    而未有所使也。”蒼唐曰:“臣請使。”擊曰:“諾。”于是乃問君所好
    与所嗜,曰:“君好北犬,嗜晨鷫。”遂求北犬晨鷫賚行。蒼唐至,曰:
    “北蕃中山之君有北犬晨鷫,使蒼唐再拜獻之。”文侯曰:“擊知吾好北
    犬晨鷫也,則見使者。”文侯曰:“擊無恙乎?”蒼唐唯唯而不對,三問
    而三不對。文侯曰:“不對何也?”蒼唐曰:“臣聞:諸侯不名。君既已
    賜弊邑,使得小國侯,君問以名,不敢對也。”文侯曰:“中山之君無恙
    乎?”蒼唐曰:“今者、臣之來,拜送于郊。”文侯曰:“中山之君長短
    若何矣?”蒼唐曰:“問諸侯,比諸侯;諸侯之朝,則側者皆人臣,無所
    比之,然則、所賜衣裘,几能胜之矣。”文侯曰:“中山之君亦何好乎?
    ”對曰:“好詩。”文侯曰:“于詩何好?”曰:“好黍离与晨風。”文
    侯曰:“黍离何哉?”對曰:“彼黍离离,彼稷之苗。行邁靡靡,中心搖
    搖。知我者、謂我心憂;不知我者、謂我何求。悠悠蒼天,此何人哉?”
    文侯曰:“怨乎?”曰:“非敢怨也,時思也。”文侯曰:“晨風謂何?
    ”對曰:“彼晨風,郁彼北林。未見君子,憂心欽欽。如何如何!忘我實
    多。”于是文侯大悅,曰:“欲知其子,視其母;欲知其君,視其所使。
    中山君不賢,惡能得賢。”遂廢太子訴,召中山君以為嗣。詩曰:“鳳凰
    于飛,劌劌其羽,亦集爰止。藹藹王多吉士,惟君子使,媚于天子。”君
    子曰:“夫使、非直敝車罷馬而已,亦將喻誠信,通气志,明好惡,然后
    可使也。”
    子賤治單父其民附,孔子曰:“告丘之所以治之者。”對曰:“不齊
    時發倉廩,振困窮,補不足。”孔子曰:“是小人附耳,未也。”對曰:
    “賞有能,招賢才,退不肖。”孔子曰:“是士附耳,未也。”對曰:“
    所父事者三人,所兄事者五人,所友者十有二人,所師者一人。”孔子曰
    :“所父事者三人,〔足以教孝矣,〕所兄事者五人,足以教弟矣;所友
    者十有二人,足以壅蔽矣;所師者一人,足以慮無失策,舉無敗功矣。惜
    乎!不齊〔之所為者小也,〕為之大,功乃与堯舜參矣。”詩曰:“愷悌
    君子,民之父母。”子賤其似之矣。
    度地圖居以立國,崇恩博利以怀眾,明好惡以正法度,率民力稼,學
    校庠序以立教,事老養孤以化民,升賢賞功以勸善,懲奸絀失以丑惡,講
    御習射以防患,禁奸止邪以除害,接賢連友以廣智,宗親族附以益強。詩
    曰:“愷悌君子。”
    齊景公使人于楚,楚王与之上九重之台,顧使者曰:“齊有台若此乎
    ?”使者曰:“吾君有治位之坐,土階三等,茅茨不翦,朴椽不壅擼燦
    蝺w轎爸湊呃停簿又湊嚀 參峋醷?台若此者!”楚王蓋悒如也。使者可
    謂不辱君命,其能專對矣。
    傳曰:予小子使爾繼邵公之后。受命者必以其祖命之。孔子為魯司寇
    ,命之曰:“宋公之子弗甫有孫魯孔丘,命爾為司寇。”孔子曰:“弗甫
    敦及厥辟,將不堪。”公曰:“不妄。”
    傳曰:諸侯之有德,天子錫之:一錫車馬,再錫衣服,三錫虎賁,四
    錫樂器,五錫納陛,六錫朱戶,七錫弓矢,八錫榥鉞,九錫鬯。詩曰:“
    厘爾圭瓚,鬯一卣。”齊景公問子貢曰:“先生何師?”對曰:“魯仲尼
    。”曰:“仲尼賢乎?”曰:“圣人也,豈直賢哉!”景公嘻然而笑曰:
    “其圣何如?”子貢曰:“不知也。”景公悖然作色曰:“始言圣人,今
    言不知,何也?”子貢曰:“臣終身戴天,不知天之高也;終身踐地,不
    知地之厚也。若臣之事仲尼,譬猶渴操壺杓,就江海而飲之,腹滿而去,
    又安知江海之深乎?”景公曰:“先生之譽,得無太甚乎!”子貢曰:“
    臣賜何敢甚言,尚慮不及耳!臣譽仲尼,譬猶兩手捧土而附泰山,其無益
    亦明矣;使臣不譽仲尼,譬猶兩手杷泰山,無損亦明矣。”景公曰:“善
    豈其然!善豈其然!”詩曰:“綿綿翼翼,不測不克。”
    一谷不升謂之荒,二谷不升謂之飢,三谷不升謂之饉,四谷不升謂之
    荒,五谷不升謂之大侵。大侵之禮,君食不兼味,台榭不飾,道路不除,
    百官補而不制,鬼神禱而不祠,此大侵之禮也。詩曰:“我居御卒荒。”
    此之謂也。
    古者、天子為諸侯受封,謂之采地,百里諸侯以三十里,七十里諸侯
    以二十里,五十里諸侯以十里。其后子孫雖有罪而絀,使子孫賢者守其地
    ,世世以祠其始受封之君,此之謂興滅國,繼絕世也。書曰:“茲予享于
    先王,爾祖其從享之。”
    梁山崩,晉君召大夫伯宗,道逢輦者,以其輦服其道,伯宗使其右下
    ,欲鞭之。輦者曰:“君趨道豈不遠矣,不知事而行,可乎?”伯宗喜,
    問其所居。曰:“絳人也。”伯宗曰:“子亦有聞乎?”曰:“梁山崩,
    壅河,顧三日不流,是以召子。”伯宗曰:“如之何?”曰:“天有山,
    天崩之;天有河,天壅之。伯宗將如之何!”伯宗私問之。曰:“君其率
    群臣,素服而哭之,既而祠焉,河斯流矣。”伯宗問其姓名,弗告。伯宗
    到,君問,伯宗以其言對。于是君素服,率群臣而哭之,既而祠焉,河斯
    流矣。君問伯宗何以知之,伯宗不言受輦者,詐以自知。孔子聞之,曰:
    “伯宗其無后,攘人之善。”詩曰:“天降喪亂,滅我立王。”又曰:“
    畏天之威,于時保之。”
    晉平公使范昭觀齊國之政,景公錫之宴,晏子在前,范昭趨曰:“愿
    君之y樽以為壽。”景公顧左右曰:“酌寡人樽,獻之客。”〔“范昭已
    飲。”〕晏子對曰:“徹去樽。”范昭不說,起舞,顧太師曰:“子為我
    奏成周之樂,愿舞。”太師對曰:“盲臣不習。”范昭起,出門。景公謂
    晏子曰:“夫晉、天下大國也,使范昭來觀齊國之政,今子怒大國之使者
    ,將奈何?”晏子曰:“范昭之為人也,非陋而不知禮也,是欲試吾君,
    嬰故不從。”于是景公召太師而問之曰:“范昭使子奏成周之樂,何故不
    調?”對如晏子。于是范昭歸,報平公曰:“齊未可找砟玨Z碴套爸矗晃
    岱鈣淅鄭蔡筆爸礎!笨鬃游之,曰:“善乎!晏子不出俎豆之,折衝千里
    。”詩曰:“實右序有周,薄言震之,莫不震疊。”
    三公者何?曰:司空、司馬、司徒也。司馬主天,司空主土,司徒主
    人。故陰陽不和,四時不節,星辰失度,災變异常,則責之司馬。山陵崩
    竭,川谷不流,五谷不植,草木不茂,則責之司空。君臣不正,人道不和
    ,國多盜賊,下怨其上,則責之司徒。故三公典其職,憂其分,舉其辯,
    明其隱,此三公之任也。詩曰:“濟濟多士,文王以宁。”又曰:“明昭
    有周,式序在位。”言各稱職也。
    夫賢君之治也:溫良而和,寬容而愛,刑清而省,喜賞而惡罰,移風
    崇教,生而不殺,布惠施恩,仁不偏与,不奪民力,役不菖時,百姓得耕
    ,家有收聚,民無凍餒,食無腐敗,士不造無用,雕文不粥于肆,斧斤以
    時入山林,國無佚士,皆用于世,黎庶歡樂,衍盈方外,遠人歸義,重譯
    執贄,故得風雨不烈。小雅曰:“有{萋萋,興雨祈祈。”以是知太平無
    飄風暴雨明矣。
    昨日何生?今日何成?必念歸厚,必念治生;日慎一日,完如金城。
    詩曰:“我日斯邁,而月斯征。夙興夜寐,無忝爾所生。”
    官怠于有成,病加于小愈,禍生于懈惰,孝衰于妻子,察此四者、慎
    終如始。易曰:“小狐汔濟,濡其尾。”詩曰:“靡不有初,鮮克有終。
    ”
    孔子燕居,子貢攝齊而前曰:“弟子事夫子有年矣,才竭而智罷,振
    于學問,不能复進,請一休焉。”子曰:“賜也,欲焉休乎?”曰:“賜
    欲休于事君。”孔子曰:“詩云:‘夙夜匪懈,以事一人。’為之若此其
    不易也,若之何其休也!”曰:“賜休于事父。”孔子曰:“詩云:‘孝
    子不匱,永錫爾類。’為之若此其不易也,如之何其休也!”曰:“賜欲
    休于事兄弟。”孔子曰:“詩云:‘妻子好合,如鼓瑟琴。兄弟既翕,和
    樂且耽。’為之若此其不易也,如之何其休也!”曰:“賜欲休于耕田。
    ”孔子曰:“詩云:‘晝爾于茅,宵爾索;亟其乘屋,其始播百谷。’為
    之若此其不易也,若之何其休也。”子貢曰:“君子亦有休乎?”孔子曰
    :“闔棺兮乃止播耳,不知其時之易遷兮,此之謂君子所休也。故學而不
    已,闔棺乃止。”詩曰:“日就月將。”言學者也。
    魯哀公問冉有曰:“凡人之質而已,將必學而后為君子乎?”冉有對
    曰:“臣聞之:雖有良玉,不刻鏤,則不成器;雖有美質,不學,則不成
    君子。”曰:“何以知其然也?”“夫子路、卞之野人也,子貢、衛之賈
    人也,皆學問于孔子,遂為天下顯士,諸侯聞之,莫不尊敬,卿大夫聞之
    ,莫不親愛,學之故也。昔吳楚燕代謀為一舉而欲伐秦,祧賈、監門之子
    也,為秦往使也,遂絕其謀,止其兵,及其反國,秦王大悅,立為上卿。
    夫百里奚、齊之乞者也,逐于齊西,無以進,自賣五羊皮,為一軛車,見
    秦繆公,立為相,遂霸西戎。太公望少為人婿,老而見去,屠牛朝歌,賃
    于棘津,釣于溪,文王舉而用之,封于齊。管仲親射桓公,遂除報讎之心
    ,立以為相,存亡繼絕,九合諸侯,一匡天下。此四子者、皆嘗卑賤窮辱
    矣、然其名聲馳于后世,豈非學問之所致乎?由此觀之,士必學問然后成
    君子。詩曰:‘日就月將。’”于是哀公嘻然而笑曰:“寡人雖不敏,請
    奉先生之教矣。”
    曾子有過,曾引杖擊之,仆地,有間,乃蘇,起曰:“先生得無病乎
    ?”魯人賢曾子,以告夫子。夫子告門人:“參來,〔勿內也。”曾參自
    以無罪,使人謝孔子,孔子曰:“〕汝不聞:昔者、舜為人子乎?小棰則
    待笞,大杖則逃。索而使之,未嘗不在側;索而殺之,未嘗可得。今汝委
    身以待暴怒,拱立不去,殺身以陷父不義,其不孝孰大焉?汝非王者之民
    〔也,殺王者之民〕,其罪何如?”詩曰:“优哉柔哉!亦是戾矣!”又
    曰:“載色載笑,匪怒伊教。”
    齊景公使人為弓,三年乃成,景公得弓而射,不穿三札,景公怒,將
    殺弓人。弓人之妻往見景公曰:“蔡人之子,弓人之妻也。此弓者、太山
    之南,烏號之柘,軂牛之角,荊麋之筋,河魚之膠也。四物、天下之練材
    也,不宜穿札之少如此。且妾聞:奚公之車,不能獨走;莫邪雖利,不能
    獨斷;必有以動之。夫射之道:在手若附枝,掌若握卵,四指如斷短杖,
    右手發之,左手不知,此蓋射之道。”景公以為儀而射之,穿七札,蔡人
    之夫立出矣。詩曰:“好是正直。”
    齊有得罪于景公者,景公大怒,縛置之殿下,召左右肢解之,敢諫者
    誅。晏子左手持頭,右手磨刀,仰而問曰:“古者明王圣主其肢解人,不
    審從何肢解始也?”景公离席曰:“縱之,罪在寡人。”詩曰:“好是正
    直。”
    傳曰:“居處齊則色姝,食飲齊則气珍,言語齊則信听,思齊則成,
    志齊則盈。五者齊,斯神居之。詩曰:“既和且平,依我磬聲。”
    魏文侯問狐卷子曰:“父賢足恃乎?”對曰:“不足。”“子賢足恃
    乎?”對曰:“不足。”“兄賢足恃乎?”曰:“不足。”“弟賢足恃乎
    ?”對曰:“不足。”“臣賢足恃乎?”對曰:“不足。”文侯勃然作色
    而怒曰:“寡人問此五者于子,一一皆以為不足者,何也?”對曰:“父
    賢不過堯,而丹朱放;子賢不過舜,而瞽瞍頑;兄賢不過舜,而象傲;弟
    賢不過周公,而管叔誅;臣賢不過湯武,而桀紂伐。望人者不至,恃人者
    不久。君欲治,從身始,人何可恃乎?”詩曰:“自求伊祜。”
    湯作護。聞其宮聲,使人溫良而寬大;聞其商聲,使人方廉而好義;
    聞其角聲,使人惻隱而愛仁;聞其征聲,使人樂養而好施;聞其羽聲,使
    人恭敬而好禮。詩曰:“湯降不遲,圣敬日躋。”
    孔子曰:“易先同人,后大有,承之以謙,不亦可乎?”故天道虧盈
    而益謙,地道變盈而流謙,鬼神害盈而福謙,人道惡盈而好謙。謙者、抑
    事而損者也,持盈之道,抑而損之,此謙德之于行也,順之者吉,逆之者
    凶。五帝既沒,三王既衰,能行謙德者,其惟周公乎!文王之子,武王之
    弟,成王之叔父,假天子之尊位七年,所執贄而帥見者十人,所還質而友
    見者十三人,窮巷白屋之士所先見者四十九人,時進善者百人,宮朝者千
    人,諫臣五人,輔臣五人,拂臣六人,載干戈以至于封侯,而同姓之士百
    人。孔子曰:“猶以周公為天下賞,則以同族為眾,而异族為寡也。”故
    德行寬容、而守之以恭者榮;土地廣大、而守之以儉者安;位尊祿重、而
    守之以卑者貴;人眾兵強、而守之以畏者胜;聰明睿智、而守之以愚者哲
    ;博聞強記、而守之以淺者不溢。此六者皆謙德也。易曰:“謙、亨,君
    子有終,吉。”能以此終吉者、君子之道也。貴為天子,富有四海,而德
    不謙,以亡其自身者、桀紂是也,而況眾庶乎!夫易有一道焉,大足以治
    天下,中足以安家國,近足以守其身者、其惟謙德乎!詩曰:“湯降不遲
    ,圣敬日躋。”
    昔者、田子方出,見老馬于道,喟然有志焉,以問御者曰:“此何馬
    也?”曰:“故公家畜也,罷而不為用,故出放也。”田子方曰:“少盡
    其力,而老去其身,仁者不為也。”
    束帛而贖之。窮士聞之,知所歸心矣。詩曰:“湯降不遲,圣敬日躋。”
    齊庄公出獵,有螳舉足將摶其輪。問其御曰:“此何虫也?”御曰:
    “此螳也。其為虫、知進而不知退,不量力而輕就敵。”庄公曰:“以為
    人,必為天下勇士矣。”于是回車避之。而勇士歸之。詩曰:“湯降不遲
    。”
    魏文侯問李克曰:“人有惡乎?”李克曰:“有。夫貴者、則賤者惡
    之,富者、則貧者惡之,智者、則愚者惡之。”文侯曰:“善行此三者、
    使人勿惡,亦可乎?”李克曰:“可。臣聞:貴而下賤,則眾弗惡也;富
    能分貧,則窮士弗惡也;智而教愚,則童蒙者弗惡也。”文侯曰:“善哉
    言乎!堯舜其猶病諸!寡人雖不敏,請守斯語矣。”詩曰:“不遑啟處。
    ”
    有鳥于此,架巢于葭葦之顛,天喟然而風,則葭折而巢坏何?其所托
    者弱也。稷蜂不攻,而社鼠不熏,非以稷蜂社鼠之神,其所托者善也。故
    圣人求圣者以輔。夫吞舟之魚大矣,蕩而失水,則為螻蟻所制,失其輔也

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    Anatomie Du Mouvement Poésie

    Aproximadamente 2.232 palavras.

    Copyright (C) 2002 by Huguette Bertrand

    Huguette Bertrand

    ANATOMIE DU MOUVEMENT

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    tous ceux que l'on arrache au doute,
    je les salue, bouches à nouveau ouvertes,
    qui savaient déjà ce que signifie le silence

    Rainer-Maria Rilke

    * * * * * *

    ESQUISSE

    C'est bien avec le poing qu'on récite le jour
    quand les désirs sont à plaindre
    En montant le volume du corps
    les prix grimpent
    et la folie est à son plus bas
    Des formes terroristes devancent la mémoire
    Est-ce bien utile d'inventer de nouveaux visages
    alors que les fenêtres ne sont plus étanches
    Au verso de la brutalité
    il n'y a que de la poussière
    et de l'intimité
    inventée pour l'anatomie branlante
    C'est défoncé et plein d'impasses
    et ça chemine vers l'obsession la nuit

    Les muscles se profilent au tangage des mots
    que la main refuse
    Ces moments de flottement entre les paumes
    soulèvent des enjeux
    que les lèvres ne savent pas dissimuler
    La journée en toute maladresse brûle
    d'une stimulation affectueuse de l'oeil
    dessine des zones de haute précision
    Alerte
    l'heure sonne la stratégie
    quand toutes les paniques ont été regroupées
    La ferveur est inévitable
    La langue et ses maléfices organisent
    des aller-retour d'exil
    et même des rapprochements à ciel ouvert

    La violence se fait discrète
    douce comme un bruissement d'horloge
    et la réponse est là
    rouge
    le soleil se lève encore
    l'oeil cousu à la mémoire
    du voyageur
    qui apprend à mourir
    en cours de route
    digne de la peur
    avant le lait
    après les sueurs
    et sa descente au fond des sens
    comme une digestion
    lorsque la bouche à plein régime s'écrie
    Attendez-moi

    ce grand stress fut oublié
    sur la batture
    quand un bateau lent passa
    aux pieds des enfants
    trop grands
    trop chers
    leurs samedis trop fréquentés
    en attendant le dimanche
    dans la ville
    avec ses secrets qui penchent
    tantôt à droite
    tantôt à gauche
    et le temps qui occupe le temps
    quand on n'y est pas

    à grands coups de flots
    la sève des marées
    embrassa le silence
    de ces hommes impunis
    et leurs femmes ont craché leurs visages
    dans les sables que dévorent
    les vaisseaux endormis

    elles ouvrent au large
    leurs hanches
    où le coulis fécond
    engrosse leurs rêves
    infiniment
    dans le goudron

    devant ce miroir gris
    c'était écrit
    que l'oeil magique
    fixé sur le ventre de l'idolâtre
    labourerait ses nuits
    sans mémoire

    le jour venu
    il n'y aurait plus que des noeuds
    sur les murs
    et une parade de sentiments
    d'origine inconnue
    sur l'indifférence du tapis

    c'était écrit aussi
    que la Marie vengeur
    du haut de son rêve
    briguerait le suffrage théâtral
    et qu'elle contesterait les bonheurs
    qui font mal

    mais ne réveillez plus la femme
    qui n'a pas tort
    de se lever en retard
    surtout quand elle a passé minuit
    sans broncher
    devant une fenêtre historique
    alors que le monde
    sous de lourdes paupières
    défilait sans payer
    devant un vieux fusil

    à l'heure dite
    on éteignit les lumières
    de la rue
    jonchée de foules
    sous le manteau d'un ange gris
    radoteux

    pendant ce temps
    la superfemelle
    qui avalait goulûment son déjeuner
    s'étouffa

    et vous êtes parti
    sans un mot dans les poches
    un vieux bout de papier
    dans vos souliers
    en cas d'urgence

    après avoir grugé les villes
    à petits pas fauves
    vous êtes rentré
    par la porte arrière
    l'âme chiffonnée

    mais le temps n'y était plus
    seul un grincement de coeur
    enfouissait ses vides
    dans les noirs secrets
    d'un réfrigérateur

    voir ce spasme énorme
    au bar des mégots
    et les couples à talons hauts
    une grosse bière passionnée
    dans la foulée de l'oeil
    bue comme un rôle sur mesure

    un spot majuscule et rose
    sillonne la salle
    en quête du lieu précis
    où se déroulera l'éclat des sens

    il pleut à verse sur l'écriture
    effaçant les sexes joyeux
    ces jeux de théâtre
    et le retour

    mais ce n'est l'affaire de personne
    si la terre vieillit
    d'un rêve à la fois
    avec son passé antérieur
    évaché sur l'horizon
    devant les hommes et les femmes
    des morts à plaindre
    d'avoir vécu
    en l'espace d'une poussière
    sans rincer l'histoire
    à l'eau de Javel
    pluvieuse comme un souvenir
    d'écriture

    quand ce blues est incertain
    j'implore les vierges de la modernité
    les icônes de la rue
    les fonctionnaires et les fous
    et je consacre mes jours
    à dormir dans la poubelle du coeur
    à l'envers

    parfois dans la chair
    il y a des coups de semonce
    du nucléaire qui pouffe de rire
    et cette bagatelle qu'on appelle
    tendresse
    extra-légère "king size".

    _______________________

    CYCLES AMOUREUX

    Sous les crocs du soir
    les ventres amoureux
    profanent
    le corps dépecé du silence
    ils palpent l'attente
    jusqu'aux heures affolantes
    du respir

    derrière le tableau
    les battements de la forme
    taire l'inconnu
    cet échappé de la main

    ça meurt toujours
    à l'opposé d'un écho
    quand le coeur s'enfonce dans l'absence
    sous les orages de silences
    et le tue-mouches

    le temps se rupture
    et le corps vole en éclats
    sa respiration sous les arbres
    comme un objet sans repos
    devenu végétal

    assises sur le monde
    les amours lentes
    greffées à nos tempes
    s'éloignent comme des vierges ensemencées
    vers le chaud mélange du ciel
    entre l'extase
    et son reflet

    condamnées
    elles s'offrent jusqu'aux larmes
    des cinémas

    puis vint le délire
    puis la mort
    restituée
    une dernière fois dans l'haleine
    comme un tout rassemblé

    promise au désert
    la vie génitale
    commande des toasts
    et du café
    se noie dans toutes les directions
    en laissant tomber ses fruits

    mais au pied du lit
    il y a des novembres
    abandonnés à la pluie
    l'alchimie d'une chanson
    bleu-or
    et la porte de la mémoire
    toujours fermée
    quand c'est nécessaire

    cet effeuillage discret de l'automne
    s'achèvera
    dès que la paume
    aura tué le frisson
    sur la peau ornementale des filles
    qui grignotent la passion
    dans l'instantané des amants
    soûls
    leurs hanches
    gravées dans le calcaire
    aux mille glissements de coeur
    éclatés dans l'oeuf

    le corps baisé
    en saumure poétique
    se fane vite et ras
    dans le remous des défroques
    et du lancer léger

    sans sourciller
    le midi mange-tout annonce des mots
    des nymphes
    et des moustiques
    pour les cas d'après-midi
    comme si les oreillers étaient en manque
    sur les draps propres
    des amours empesées

    enroulée dans le miel triste
    et la plume d'oie
    la peau chic
    hume les bières d'espèces
    en poursuivant les fossoyeurs
    jusqu'au dix-huitième trou

    ce dernier cratère amoureux
    de la chair embrasse
    à coups d'épée dans la poussière
    le cri neuf
    définitif

    malgré ce discours
    cet espace blanc
    et tout ce remplissage du silence
    qu'on verse sur le père
    la mère les enfants
    il y a mémère dans la dramaturgie
    ordonnée
    multipliée par l'espace-temps

    on la retrouve en double
    en triple
    en quadrimoteur
    sur les ailes du langage
    elle flotte
    sur la masse totale du poème
    étriquée

    devant cette affiche en folie
    il a failli faire noir
    mais de parole en parole
    on s'est trompé de rue
    puis on a marché sur des trous
    mous
    en faisant claquer nos doigts
    dans l'oreille des sourds

    le bec en cul d'poule
    on retourne au salon
    l'instant d'une révolte
    conservée dans la bienséance

    à télé-Douceur
    passe-moi le beurre
    du bonheur des morts apaisés
    et le popcorn

    viens
    on va faire la moue ensemble
    dans un coin d'ombre
    et puis on se promènera
    dans la moiteur des yeux
    sans personne pour nous moucher

    on investira le pont d'argile
    et on tassera nos vieilles peurs
    dans le courant de l'année
    sans interrompre
    les pigeons dans les beaux draps
    de soie
    pour le plaisir des mains
    et le désir encore

    il n'y a rien d'inquiétant
    quand la chambre est assoupie
    et que ses effluves aspergent
    les corps endormis

    le chatoiement de la brise sur la peau
    grise les spasmes
    et la dentelle des rideaux

    comme un vieux fantôme rabougri
    le songe
    songe
    il rafle le sommeil
    et tout recommence

    de mémoire distraite
    on redessine le corps
    qu'on range dans l'armoire
    sous une pile de secrets
    rapiécés
    que le temps renifle
    en l'absence du poids des lettres
    et des mots cachés

    il ne reste plus qu'à disparaître
    dans les noirceurs
    et les idées
    puis à éteindre ce poème
    dans le cendrier

    _______________________

    EFFLEUREMENT

    Affolement à la rencontre de la main
    mémoire à cinq doigts sur la bougeotte du monde
    cette vagabonde empoigne la chair des images
    effleure la voix
    de l'autre

    elle écrit entre les gestes
    jusqu'à la racine des pierres
    pour l'intense de nos sangs froids
    durs

    inclinée devant ce mystère
    la main caresse ouvertement la vie
    d'un élan vertigineux
    transporte le sol

    au fond
    elle a froid
    et ses bidules ne laissent aucune trace
    jusqu'au moment
    où une petite chose tranquille
    revint de vacances
    avec le ciel dans sa valise
    et des gants pour ramasser
    les sortilèges
    répandus dans les nervures de l'automne
    juste avant l'hiver

    au théâtre de l'espèce
    l'obstinée explore les désirs
    jusqu'au ras des brûlures

    ces espaces nus
    abandonnés à l'écriture
    recomposent la préhistoire
    à la recherche du mouvement
    cette force chaude
    d'un sourire inachevé

    pendant ce temps
    baiser à blanc au bord du lit
    au bord de la route
    au bord du bord
    tandis qu'un vieux monde ergote
    à l'angle Gorki et Lafontaine
    le blues loin des oreilles indiscrètes

    emmitouflé dans les mythes artificiels
    l'oeil gitan
    à travers les barbelés
    veille
    au milieu

    reprenons à partir de la blessure
    qu'un matin embué invite
    entre deux draps ivres
    le corps en friche
    embaumé de soleil
    de chocolat fondant
    accompagné de frites-sauce-fromage
    octroyées par le ministère
    de la tourmente fédérative

    forcément
    les roses ont le mal du tendre
    quand le bonbon ne fond pas

    mais tout ceci n'est qu'un oeil
    dans l'oeil de l'autre
    quand parler de l'amour
    et d'une tête croche
    c'est comme frôler un voyage
    lorsque la bouche largue ses amarres
    sur une vieille peau

    en regard de nos mains recueillies
    tous les yeux
    ont suivi
    la silhouette du silence
    vers des ombres à rayures d'enfants sales
    pillés par les jeux des absents
    images brûlées
    devenues pays
    et vastes saisons

    cette vision engendre un printemps féroce
    dans le ventre des coutumes
    ses formes bohémiennes
    promises à la torture
    à travers les lieux tièdes
    de la chair

    il se peut qu'une voix
    à tête chercheuse prononce
    une tonne de briques
    sur les braguettes magiques
    qui en ont assez de languir
    au pied de l'escalier

    tout ça se ramasse à la cuillère
    au cours d'un brunch menstruel
    arôme de noix
    de camomille et de thé glacé
    bouillie avortée dans des assiettes
    plaquées or
    flanquées de fourchettes en plastique

    oedème aux yeux
    qu'allons-nous faire dans ces salles d'eau
    sinon excrémenter des figures de style
    et "sniffer" des bulles
    comme des éponges naissantes

    ce bluff quotidien s'assoupit
    dans le journal intime du matin
    et les nouvelles croupissent
    sous le choc des odeurs événementielles

    alors
    sonne l'heure de la débâcle

    _______________________

    INCIDENCES

    Couchée dans le duvet de l'automne
    je crie en silence
    sous la pluie verte et sourde
    mon corps détrempé ramollit
    et que viennent les mouches
    braconner sur les restes
    de ma folie

    entourez-moi de vos bruits d'ailes
    enterrez-moi comme un hasard
    jusqu'à la prochaine repousse

    dans ce "nowhere" solitaire
    des séances imaginaires
    sous les caresses géniales
    déclenchent
    l'ondulation sauvage
    électrique

    pour l'amour de l'amour
    cette vague s'abandonne
    aux gémissements des sources
    mystère de la pluie
    et des vents millénaires

    enchaîné
    au chant usé
    des cris mâles
    le temps s'agenouille
    criblé de souvenirs
    qu'un printemps fébrile
    étale
    sur les draps livrés au désir

    saisir l'idole au bout de l'onde
    en faire jaillir l'écume
    de mes promenades solitaires
    suppliant la rigidité des rocs
    jusqu'au calme définitif

    je ne crois pas à la fin du monde
    mais je suis polie
    quand vient le temps de crever l'absence
    dans la rondeur du paysage

    sur le coeur sanglé de métal
    et de cuir
    mes mains excessives peignent
    des mémoires
    pour l'émouvance
    fabriquée vraie
    tout près du loin
    territoires exagérés
    lorsque la silhouette se penche
    doucement
    sur l'infime

    en apparat de mots-vampires
    les dieux écoeurés fanatisent l'ardente
    épuisée
    sur les dalles fleuries
    feux et vertiges aux fibres

    le corps errant
    dans les secrets de l'autre nuit
    je m'abîme sous-cutanée
    sous la pulsion d'ancêtres
    symboliques

    une à l'infini
    dans le clapotis des lumières
    la couleur de l'hiver
    expire
    esquisse transparente
    et blessure d'or

    programmés au cul du jour
    les doigts immobiles
    essoufflés

    =====================================

    © Éditions En Marge et Huguette Bertrand
    St-Jérôme (Québec) Canada
    Dépôt légal / premier trimestre 1991
    Bibliothèque nationale du Québec
    Bibliothèque nationale du Canada
    ISBN 2-9802204-O-X
    Tous droits réservés - All rights reserved

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    韓詩外傳, Vol. 5-6 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-5-6/ https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-5-6/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:57 +0000 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-5-6/

    韓詩外傳, Vol. 5-6

    Aproximadamente 2.268 palavras.

    Produced by Nicole Lai

    卷五
    子夏問曰:“關睢何以為國風始也?”孔子曰:“關睢至矣乎!夫關
    睢之人,仰則天,俯則地,幽幽冥冥,德之所藏,紛紛沸沸,道之所行,
    如神龍變化,斐斐文章。大哉!關睢之道也,万物之所系,群生之所懸命
    也,河洛出圖書,麟鳳翔乎郊,不由關睢之道,則關睢之事將奚由至矣哉
    !夫六經之策,皆歸論汲汲,蓋取之乎關睢,關睢之事大矣哉!馮馮翊翊
    ,自東自西,自南自北,無思不服。子其勉強之,思服之,天地之間,生
    民之屬,王道之原,不外此矣。”子夏喟然嘆曰:“大哉!關睢乃天地之
    基也。”詩曰:“鐘鼓樂之。”
    孔子抱圣人之心,彷徨乎道德之城,逍遙乎無形之鄉。倚天理,觀人
    情,明終始,知得失,故興仁義,厭勢利,以持養之。于是周室微,王道
    絕,諸侯力政,強劫弱,眾暴寡,百姓靡安,莫之紀綱,禮儀廢坏,人倫
    不理,于是孔子自東自西,自南自北,匍匐救之。
    王者之政,賢能不待次而舉,不肖不待須臾而廢,元惡不待教而誅,
    中庸不待政而化。分未定也,則有昭穆。雖公卿大夫之子孫也,行絕禮儀
    ,則歸之庶人。遂傾覆之民,牧而試之。雖庶民之子孫也,積學而正身,
    行能禮儀,則歸之士大夫。敬而待之,安則蓄,不安則棄。反側之民,上
    收而事之,官而衣食之,王覆無遺,材行反時者,死之無赦,謂之天誅。
    是王者之政也。詩曰:“人而無儀,不死何為!”
    君者、民之源也,源清則流清,源濁則流濁。故有社稷者、不能愛其
    民,而求民親己愛己,不可得也。民不親不愛,而求為己用,為己死,不
    可得也。民弗為用,弗為死,而求兵之勁,城之固,不可得也。兵不勁,
    城不固,而欲不危削滅亡,不可得也。夫危削滅亡之情,皆積于此,而求
    安樂是聞,不亦難乎!是枉生者也。悲夫!枉生者不待時而滅亡矣。故人
    主欲強固安樂,莫若反己;欲附下一民,則莫若及之政;欲修政美俗,則
    莫若求其人。彼其人者,生今之世,而志乎古之世,以天下之王公莫之好
    也,而是子獨好之;以民莫之為也,而是子獨為之也。抑為之者窮,而是
    子猶為之,而無是須臾怠焉差焉。獨明夫先王所以遇之者,所以失之者,
    知國之安危臧否,若別白黑,則是其人也。人主欲強固安樂,則莫若与其
    人為之,巨用之,則天下為一,諸侯為臣;小用之,則威行鄰國,莫之能
    御。若殷之用伊尹,周之遇太公,可謂巨用之矣;齊之用管仲,楚之用孫
    叔敖,可為小用之矣。巨用之者如彼,小用之者如此也。故曰:“粹而王
    ,駁而霸,無一而亡。”詩曰:“四國無政,不用其良。”不用其良臣而
    不亡者,未之有也。
    造父、天下之善御者矣,無車馬,則無所見其能。羿、天下之善射者
    矣,無弓矢,則無所見其巧。彼大儒者、調一天下者也,無百里之地,則
    無所見其功。夫車固馬選,而不能致千里者、則非造父也。弓調矢直,而
    不能射遠中微,則非羿也。用百里之地,而不能調一天下,制四夷者,則
    非大儒也。彼大儒者、雖隱居窮巷陋室,無置錐之地,而王公不能与爭名
    矣;用百里之地,則千里國不与之爭胜矣;棰笞暴國,一齊天下,莫之能
    傾,是大儒之勛。其言有類,其行有禮,其舉事無悔,其持檢應變曲當,
    與時遷徙,与世偃仰,千舉万變,其道一也,是大儒之稽也。故有俗人者
    、有俗儒者、有雅儒者、有大儒者。耳不聞學,行無正義,迷迷然以富利
    為隆,是俗人也。逢衣博帶,略法先王,而足亂世,術謬學雜,其衣冠言
    行,為已同于世俗,而不知其惡也,言談議說,已無异于老墨,而不知分
    ,是俗儒者也。法先王,一制度,言行有大法,而明不能濟法教之所不及
    、聞見之所未至,知之為知之,不知為不知,內不自誣,外不誣人,以是
    尊賢敬法,而不敢怠傲焉,是雅儒者也。法先王,依禮義,以淺持博,以
    一行万;苟有仁義之類,雖鳥獸若別黑白;奇物變,所未嘗聞見,卒然起
    一方,則舉統類以應之,無所疑;援法而度之,奄然如合符節,是大儒者
    也。故人主用俗人,則万乘之國亡;用俗儒,則萬乘之國存;用雅儒,則
    千里之國安;用大儒,則百里之地久,而三年,天下諸侯為臣;用萬乘之
    國,則舉錯定于一朝之間。詩曰:“周雖舊邦,其命維新。”文王亦可謂
    大儒已矣。
    楚成王讀書于殿上,而倫扁在下,作而問曰:“不審主君所讀何書也
    ?”成王曰:“先圣之書。”倫扁曰:“此真先圣王之糟粕耳!非美者也
    。”成王曰:“子何以言之?”倫扁曰:“以臣輪言之。夫以規為圓,矩
    為方,此其可付乎子孫者也。若夫合三木而為一,應乎心,動乎体,其不
    可得而傳者也。則凡所傳,真糟粕耳。故唐虞之法,可得而考也,其喻人
    心,不可及矣。”詩曰:“上天之載,無聲無臭。”其孰能及之!
    孔子學鼓琴于師襄子而不進。師襄子曰:“夫子可以進矣!”孔子曰
    :“丘已得其曲矣,未得其數也。”有間,曰:“天子可以進矣!”曰:
    “丘已得其數矣,未得其意也。”有間,复曰:“夫子可以進矣!”曰:
    “丘已得其人矣,未得其類也。”有間,曰:“邈然遠望,洋洋乎!翼翼
    乎!必作此樂也,默然思,戚然而悵,以王天下,以朝諸侯者,其惟文王
    乎?”師襄子避席再拜曰:“善!師以為文王之操也。”孔子持文王之聲
    ,知文王之為人。師襄子曰:“敢問何以知其文王之操也?”孔子曰:“
    然。夫仁者好偉,和者好粉,智者好彈,有殷匆庹吆美觥鶚且災拔耐踔床
    僖病!
    傳曰:聞其末而達其本者、圣也。紂之為主,勞民力,冤酷之令加于
    百姓,凄之惡施于大臣,群下不信,百姓疾怨,故天下叛,而愿為文王臣
    ,紂自取之也。夫貴為天子,富有天下,及周師至,而令不行乎左右,悲
    夫!當是之時,索為匹夫,不可得也。詩曰:“天位殷适,使不俠四方。
    ”
    夫五色雖明,有時而渝;丰交之木,有時而落;物有成衰,不得自若
    。故三王之道,周而复始,窮則反本,非務變而已,將以止惡扶微,絀繆
    淪非,調和陰陽,順万物之宜也。詩曰:“勉勉我王,綱紀四方。”
    禮者、則天地之体,因人情而為之節文者也。無禮,何以正身?無師
    、安知禮之是也。禮然而然,是情安于禮也;師云而云,是知若師也。情
    安禮,知若師,則是君子之道。言中倫,行中理,天下順矣。詩曰:“不
    識不知,順帝之則。”
    上不知順孝,則民不知反本。君不知敬長,則民不知貴親。診祭不敬
    ,山川失時,則民無畏矣。不教而誅,則民不識勸也。故君子修身及孝,
    則民不倍矣。敬孝達乎下,則民知慈愛矣。好惡喻乎百姓,則下應其上,
    如影響矣。是則兼制天下,定海內,臣万姓之要法也,明王圣主之所不能
    須臾而舍也。詩曰:“成王之孚,下土之式,永言孝思,孝思惟則。”
    成王之時,有三苗貫桑而生,同為一秀,大機滿車,長几充箱。成王
    問周公曰:“此何物也?”周公曰:“三苗同一秀,意者、天下殆同一也
    。”比几三年,累有越嘗氏重九譯而至,獻白雉于周公:“道路悠遠,山
    川幽深,恐使人之未達也,故重譯而來。”周公曰:“吾何以見賜也?”
    譯曰:“吾受命國之黃發曰:‘久矣!天之不迅風疾雨也,海不波溢也,
    三年于茲矣!意者、中國殆有圣人,盍往朝之!’于是來也。”周公乃敬
    求其所以來。詩曰:“于万斯年,不遐有佐”。
    登高臨深,遠見之樂,台榭不如丘山所見高也;平原廣望,博觀之樂
    ,沼池不如川澤所見博也。勞心苦思,從欲极好,靡財傷情,毀名損壽,
    悲夫傷哉!窮君之反于是道,而愁百姓。詩曰:“上帝板板,下民卒癉。
    ”
    儒者、儒也,儒之為言無也,不易之術也,千舉万變,其道不窮,六
    經是也。若夫君臣之義,父子之親,夫婦之別,朋友之序,此儒者所謹守
    、日切磋而不舍也。雖居窮巷陋室之下,而內不足以充虛,外不足以蓋形
    ,無置錐之地,明察足以持天下,大舉在人上,則王公之材也,小用使在
    位,則社稷之臣也,雖岩居穴處,而王侯不能与爭名,何也?仁義之化存
    爾。如使王者听其言,信其行,則唐虞之法可得而觀,頌聲可得而听。詩
    曰:“先民有言,詢于芻蕘。”取謀之博也。
    傳曰:天子居廣廈之下,帷帳之內,旃茵之上,被 舄,視不出閫,
    莽然而知天下者,以其賢左右也。故獨視不若与眾視之明也,獨听不若与
    眾听之聰也,獨慮不若与眾慮之工也。故明主使賢臣輻湊并進,所以通中
    正而致隱居之士。詩曰:“先民有言,詢于芻蕘。”此之謂也。
    天設其高,而日月成明;地設其厚,而山陵成名;上設其道,而百事
    得序。自周衰坏以來,王道廢而不起,禮義絕而不繼。秦之時,非禮義,
    棄詩書,略古昔,大滅圣道,專為苟妄,以貪利為俗,以較獵為化,而天
    下大亂,于是兵作而火起,暴露居外,而民以侵漁遏奪相攘為服習,离圣
    王光烈之日久遠,未嘗見仁義之道,被禮義之風,是以縹蘩瘢捕嗑益凌遲
    ,以威武相攝,妄為佞人,不避禍患,此其所以難治也。人有六情:目欲
    視好色,耳欲听宮商,鼻欲嗅芬香,口欲嗜甘旨,其身体四肢欲安而不作
    ,衣欲被文繡而輕暖,此六者、民之六情也,失之則亂,從之則穆。故圣
    王之教其民也,必因其情,而節之以禮,必從其欲,而制之以義,義簡而
    備,禮易而法,去情不遠,故民之從命也速。孔子知道之易行,曰:“詩
    云:‘牖民孔易。’非虛辭也。”
    之性為絲,弗得女工燔以沸湯,抽其統理,不成為絲。卵之性為雛,
    不得良雞覆伏孚育,積日累久,則不成為雛。夫人性善,非得明王圣主扶
    攜,內之以道,則不成為君子。詩曰:“天生蒸民,其命匪諶。靡不有初
    ,鮮克有終。”言惟明王圣然后使之然也。
    智如泉源,行可以為表儀者、人師也。智可以砥,行可以為輔弼者、
    人友也。据法守職,而不敢為非者、人吏也。當前決意,一呼再喏者、人
    隸也。故上主以師為佐,中主以友為佐,下主以吏為佐,危亡之主以隸為
    佐。語曰:“淵廣者、其魚大,主明者,其臣慧,相觀而志合,必由其中
    。”故同明相見,同音相聞,同志相從,非賢者莫能用賢。故輔弼左右所
    任使者、有存亡之机,得失之要也,可無慎乎!詩曰:“不明爾德,時無
    背無側;爾德不明,以無陪無卿。”
    昔者,禹以夏王,桀以夏亡;湯以殷王,紂以殷亡。故無常安之國,
    宜治之民,得賢則昌,不肖則亡,自古及今,未有不然者也。夫明鏡者、
    所以照形也;往古者、所以知今也。夫知惡往古之所以危亡,而不襲蹈其
    所以安存者、則無以异乎卻行而求逮于前人。鄙語曰:“不知為吏,視已
    成事。”或曰:“前車覆,后車不誡,是以后車覆也。”故夏之所以亡者
    、而殷為之,殷之所以亡者、而周為之。故殷可以鑒于夏,而周可以鑒于
    殷。詩曰:“殷鑒不遠,在夏后之世。”
    傳曰:驕溢之君寡忠,口惠之人鮮信。故盈把之木無合拱之枝,榮澤
    之水無吞舟之魚,根淺則枝葉短,本絕則枝葉枯。詩曰:“枝葉未有害,
    本實先撥。”禍福自己出也。
    水淵深廣,則龍魚生之;山林茂盛,則禽獸歸之;禮義修明,則君子
    怀之。故禮及身而行修,禮及國而政明。能以禮扶身,則貴名自揚,天下
    順焉,令行禁止,而王者之事畢矣。詩曰:“有覺德行,四國順之。”夫
    此之謂也。
    孔子曰:“夫談說之術:齊庄以立之,端誠以處之,堅強以待之,辟
    稱以喻之,分以明之,歡忻芬芳以送之,寶之珍之,貴之神之,如是、則
    說痤L不行矣,夫是之謂能貴其所貴。若夫無類之說,不形之行,不贊之
    辭,君子慎之。”詩曰:“無易由言,無曰苟矣。”
    夫百姓內不乏食,外不患寒,則可教御以禮義矣。詩曰:“蒸畀祖妣
    ,以洽百禮。”百禮洽則百意逐,百意逐則陰陽調,陰陽調則寒暑均,寒
    暑均則三光清,三光清則風雨時,風雨時則群生宁,如是、則天道得矣。
    是以不出戶而知天下,不窺牖而知天道。詩曰:“惟此圣人,瞻言百里。
    于鑠王師,遵養時晦。”言相養之至于晦也。
    天有四時:春夏秋冬,風雨霜露,無非教也。清明在躬,气志如神,
    嗜欲將至,有開必先。天降時雨,山川出云。詩曰:“崧高維岳,駿极于
    天。維岳降神,生甫及申。維申及甫,維周之翰。四國于蕃,四方于宣。
    ”此文武之德也。三代之王也,必先其令名。詩曰:“明明天子,令聞不
    己。矢其文德,洽此四國。”此大王之德也。
    藍有青,而絲假之,青于藍;地有黃,而絲假之,黃于地。藍青地黃
    ,猶可假也,仁義之事,不可假乎哉!東海之魚,名曰鰈,比目而行,不
    相得,不能達。北方有獸,名曰婁,更食而更視,不相得,不能飽。南方
    有鳥,名曰鶼,比翼而飛,不相得,不能舉。西方有獸,名曰洟,前足鼠
    ,后足兔,得甘草,必銜以遺蛩蛩距虛,其性非能蛩蛩距虛,將為假之故
    也。夫鳥獸魚猶相假,而況万乘之主而獨不知假此天下英雄俊士,与之為
    伍,則豈不病哉!故曰:以明扶明,則升于天;以明扶,則歸其人;兩瞽
    相扶,不傷牆木,不陷井阱,則其幸也。詩曰:“惟彼不順,往以垢。”
    行也。
    福生于無為,而患生于多欲。知足、然后富從之,德宜君人,然后貴
    從之。故貴爵而賤德者,雖為天子,不尊矣;貪物而不知止者,雖有天下
    ,不富矣。夫土地之生不益,山澤之出有盡,怀不富之心,而求不益之物
    ;挾百倍之欲,而求有盡之財,是桀紂所以失其位也。詩曰:“大風有隧
    ,貪人敗類。”
    哀公問于子夏曰:“必學然后可以安國保民乎?”子夏曰:“不學而
    能安國保民者,未之有也。”哀公曰:“然則五帝有師乎?”子夏曰:“
    臣聞黃帝學乎大墳,顓頊學乎祿圖,帝嚳學乎赤松子,堯學乎務成子附,
    舜尹壽,禹學乎西王國,湯學乎貸乎相,文王學乎錫疇子斯,武王學乎太
    公,周公學乎虢叔,仲尼學乎老聃。此十一圣人,未遭此師,則功業不能
    著乎天下,名號不能傳乎后世者也。”詩曰:“不愆不忘,率由舊章。”
    德也者、包天地之大,配日月之明,立乎四時之周,臨乎陰陽之交。
    寒暑不能動也,四時不能化也,a乎太陰而不濕,散乎太陽而不枯。鮮洁
    清明而備,嚴威毅疾而神,至精而妙乎天地之間者、德也,微圣人,其孰
    能與于此矣。詩曰:“德如毛,民鮮克舉之。”
    如歲之旱,草不潰茂,然天勃然興云,沛然下雨,則万物無不興起之
    者。民非無仁義根于心者也,王政怵迫,而不得見,憂郁而不得出。圣王
    在,彼 舄,視不出合,而天下隨,倡而天下和,何如在此,有以應哉!
    詩曰:“如彼歲旱,草不潰茂。”
    “道者,何也?”曰:“君之所道也。”“君者,何也?”曰:“群
    也。為天下万物而除其害者、謂之君。”“王者何也?”曰:“往也。天
    下往之,謂之王。”曰:“善養生者、故人尊之;善辯治人者,故人安之
    ;善顯設人者、故人親之;善粉飾人者、故人樂之。四統者具,天下往之
    ,四統無一,而天下去之,往之謂之王,去之謂之亡,故曰:道存則國存
    ,道亡則國亡。夫省工商,眾農人,謹盜賊,除奸邪,是所以生養之也。
    天子三公,諸侯一相,大夫擅官,士保職,莫不治理,是所以辯治之也。
    決德而定次,量能而授官,賢以為三公,賢以為諸侯,次則為大夫,是所
    以顯設之也。修冠弁衣裳,黼黻文章,柳琢刻鏤,皆有等差,是所以粉飾
    之也。故自天子至于庶人,莫不稱其能,得其意,安樂其事,是所同也。
    若夫重色而成文,累味而備珍,則圣人所以分賢愚,明貴賤。故道得則澤
    流群生,而福歸王公,澤流群生,則下安而和,福歸王公,則上尊而榮,
    百姓皆怀安和之心,而樂戴其上,夫是之謂下治而上通,下治而上通,頌
    聲之所以興也。”詩曰:“降福簡簡,威儀反反。既醉既飽,福祿來反。
    ”
    圣人養一性而御夫气,持一命而節滋味,奄治天下,不遺其小,存其
    精神,以補其中,謂之士。詩曰:“不競不,不剛不柔。”言得中也。朝
    廷之士為祿,故人而不出,山林之士為名,故往而不返。入而亦能出,往
    而亦能返,通移有常,圣也。詩曰:“不競不亢,不剛不柔。”言得中也
    。
    孔子侍坐于季孫。季孫之宰通曰:“君使人假馬,其与之乎?”孔子
    曰:“吾聞君取于臣,謂之取,不曰假。”季孫悟,告宰通曰:“今以往
    ,君有取,謂之取,無曰假。”孔子曰正假馬之言,而君臣之義定矣。論
    語曰:“必也正名乎!”詩曰:“君子無易由言。”

    卷六
    比干諫而死。箕子曰:“知不用而言,愚也,殺身以彰君之惡,不忠
    也。二者不可,然且為之,不祥莫大焉。”遂解發佯狂而去。君子聞之,
    曰:“勞矣!箕子!盡其精神,竭其忠愛,見比干之事,免其身,仁知之
    至。”詩曰:“人亦有言,靡哲不愚。”
    齊桓公見小臣,三往不得見。左右曰:“夫小臣、國之賤臣也,君三
    往而不得見,其可已矣!”桓公曰:“惡!是何言也!吾聞之:布衣之士
    不欲富貴,不輕身于万乘之君;万乘之君不好仁義,不輕身于布衣之士。
    縱夫子不欲富貴,可也,吾不好仁義、不可也。”五往而得見也。天下諸
    侯聞之,謂桓公猶下布衣之士,而況國君乎!于是相率而朝,靡有不至。
    桓公之所以九合諸侯,一匡天下者、此也。詩曰:“有覺德行,四國順之
    。”
    賞勉罰偷,則民不怠;兼听齊明,則天下歸之。然后明其分職,考其
    事業,較其官能,莫不理法,則公道達而私門塞,公義立而私事息。如是
    、則持厚者進,而佞諂者止,貪戾者退,而廉洁者起。周制曰:“先時者
    、死無赦;不及時者、死無赦。”人習事而因,人之事,使如耳目鼻口之
    不可相錯也。故曰:職分而民不慢,次定而序不亂,兼听齊明而百事不留
    。如是、則群下百吏莫不修己然后敢安仕,成能然后敢受職,小人易心,
    百姓易俗,奸宄之屬,莫不反愨,夫是之謂政教之极,則不可加矣。詩曰
    :“吁謨定命,遠猶辰告。敬慎威儀,惟民之則。”
    子路治蒲三年,孔子過之。入境而善之,曰:“由恭敬以信矣。”入
    邑,曰:“善哉!由忠信以寬矣。”至庭,曰:“善哉!由明察以斷矣。
    ”子貢執轡而問曰:“夫子未見由,而三稱善,可得聞乎?”孔子曰:“
    入其境,田疇草萊甚辟,此恭敬以信,故民盡力。入其邑,墉屋甚尊,樹
    木甚茂,此忠信以寬,其民不偷。其庭甚閑,此明察以斷,故民不扰也。
    ”詩曰:“夙興夜寐,洒掃庭內。”
    古者有命:民之有能敬長怜孤、取舍好讓、居事力者、命于其君,然
    后命得乘飾車駢馬,未得命者、不得乘飾車駢馬,皆有罰。故民雖有余財
    侈物,而無禮義功德,則無所用。故皆興仁義而賤財利,賤財利則不爭,
    不爭則強不陵弱,眾不暴寡,是君之所以象典刑而民莫犯法,民莫犯法,
    而亂斯止矣。詩曰:“質爾人民,謹爾侯度,用戒不虞。”
    天下之辯,有三至五胜,而辭置下。辯者、別殊類,使不相害;序异
    端,使不相悖;輸公通意,揚其所謂,使人預知焉,不務相迷也。是以辯
    者不失所守,不胜者得其所求,故辯可觀也。夫繁文以相假,飾辭以相悖
    ,數譬以相移,外人之身,使不得反其意,則論便然后害生也。夫不疏其
    指而弗知,謂之隱;外意外身,謂之諱;几廉倚跌,謂之移;指緣謬辭,
    謂之苟;四者所不為也,故理可同睹也。夫隱諱移苟,爭言競為而后息,
    不能無害其為君子也,故君子不為也。論語曰:“君子于其言,無所苟而
    已矣。”詩曰:“無易由言,無曰苟矣。”
    吾語子:“夫服人之心,高上尊貴,不以驕人;聰明圣知,不以幽人
    ;勇猛強武不以侵人;齊給便捷,不以欺誣人。不能則學,不知則問,雖
    知必讓,然后為知。遇君則修臣下之義,出鄉則修長幼之義,遇長老則修
    弟子之義,遇等夷則修朋友之義,遇少而賤者則修告道寬裕之義。故無不
    愛也,無不敬也,無与人爭也,曠然而天地苞万物也。如是、則老者安之
    ,少者怀之、朋友信之。”詩曰:“惠于朋友,庶民小子。子孫繩繩,万
    民靡不承。”
    仁者必敬其人。敬其人有道,遇賢者則愛親而敬之,遇不肖者則畏疏
    而敬之。其敬一也,其情二也。若夫忠信端愨而不害傷,則無接而不然,
    是仁之質也。仁以為質,義以為理,開口無不可以為人法式者。詩曰:“
    不僭不賊,鮮不為則。”
    子曰:“不學而好思,雖知不廣矣;學而慢其身,雖學不尊矣。不以
    誠立,雖立不久矣;誠未著而好言,雖言不信矣。美材也,而不聞君子之
    道,隱小物以害大物者,災必及身矣。”詩曰:“其何能淑,載胥及溺。
    ”
    民勞思佚,治暴思仁,刑危思安,國亂思天。詩曰:“靡有旅力,以
    念穹蒼。”
    問者曰:“古之謂知道者曰先生,何也?”“猶言先醒也。不聞道術
    之人,則冥于得失,不知亂之所由,庵庵乎其猶醉也。故世主有先生者,
    有后生者、有不生者。昔者、楚庄王謀事而居有憂色。申公巫臣問曰:‘
    王何為有憂也?’庄王曰:‘吾聞諸侯之德,能自取師者王,能自取友者
    霸,而与居不若其身者亡。以寡人之不肖也,諸大夫之論,莫有及于寡人
    ,是以憂也。’庄王之德宜君人,威服諸侯,日猶恐懼,思索賢佐。此其
    先生者也。昔者、宋昭公出亡,謂其御曰:‘吾知其所以亡矣。’御者曰
    :‘何哉?’昭公曰:‘吾被服而立,侍御者數十人,無不曰:吾君、麗
    者也。吾發言動事,朝臣數百人,無不曰:吾君、圣者也。吾外內不見吾
    過失,是以亡也。’于是改操易行,安義行道,不出二年,而美聞于宋,
    宋人迎而复之,謚為昭。此其后生者也。昔郭君出郭,謂其御者曰:‘吾
    渴,欲飲。’御者進清酒。曰:‘吾飢,欲食。’御者進干脯梁糗。曰:
    ‘何備也!’御者曰:‘臣儲之。’曰:‘奚儲之?’御者曰:‘為君之
    出亡,而道飢渴也。’曰:‘子知吾且亡乎?’御者曰:‘然。’曰:‘
    何不以諫也?’御者曰:‘君喜道諛,而惡至言。臣欲進諫,恐先郭亡,
    是以不諫也。’郭君作色而怒曰:‘吾所以亡者、誠何哉?’御轉其辭曰
    :‘君之所以亡者、太賢。’曰:‘夫賢者所以不為存而亡者、何也?’
    御曰:‘天下無賢而獨賢,是以亡也。’伏軾而嘆曰:‘嗟乎!失賢人者
    如此乎?’于是身倦力解,枕御膝而臥,御自易以備,疏行而去。身死中
    野,為虎狼所食。此其不生者也。故先生者、當年霸,楚庄王是也。后生
    者、三年而复,宋昭公是也。不生者、死中野,為虎狼所食,郭君是也。
    有先生者、有后生者、有不生者。”詩曰:“听言則對,誦言如醉。”
    田常s簡公,乃盟于國人,曰:“不盟者、死及家。”石他曰:“古
    之事君者、死其君之事。舍君以全親,非忠也;舍親以死君之事,非孝也
    ;他則不能。然不盟,是殺吾親也,從人而盟,是背吾君也。嗚呼!生亂
    世,不得正行;劫乎暴人,不得全義,悲夫!”乃進盟,以免父母;退伏
    劍,以死其君。聞之者曰:“君子哉!安之命矣!”詩曰:“人亦有言;
    進退維谷。”石先生之謂也。
    易曰:“困于石,据于蒺藜,入于其宮,不見其妻,凶。”此言困而
    不見据賢人者也。昔者、秦繆公困于ィ布簿菸﹞j夫、蹇叔、公孫友而是
    小霸。晉文困于驪氏,疾据咎犯、趙衰、介子推而遂為君。越王勾踐困于
    會稽,疾据范蠡、大夫种、而霸南國。齊桓公困于長勺,疾据管仲、宁戚
    、隰朋,而匡天下。此皆困而知疾据賢人者也。夫困而不知疾据賢人,而
    不亡者、未嘗有之也。詩曰:“人之云亡,邦國殄瘁。”無善人之謂也。
    孟子說齊宣王而不說。淳于髡侍,孟子曰:“今日說公之君,公之君
    不說,意者、其未知善之為善乎?”淳于髡曰:“夫子亦誠無善耳。昔者
    瓠巴鼓瑟,而潛魚出听;伯牙鼓琴,而六馬仰秣;魚馬猶知善之為善,而
    況君人者也。”孟子曰:“夫雷電之起也,破竹折木,震惊天下,而不能
    使聾者卒有聞;日月之明,遍照天下,而不能使盲者卒有見。今公之君若
    此也。”淳于髡曰:“不然。昔者、揖封生高商,齊人好歌;杞梁之妻悲
    哭,而人稱詠。夫聲無細而不聞,行無隱而不形。夫子苟賢,居魯而魯國
    之削,何也?”孟子曰:“不用賢,削何有也!吞舟之魚不居潛澤,度量
    之士不居污世。夫、冬至必雕,吾亦時矣。”詩曰:“不自我先,不自我
    后。”非遭雕世者歟!
    孔子曰:“可与言終日而不倦者、其惟學乎!其身体不足觀也,勇力
    不足憚也,族姓不足稱也,宗祖不足道也;而可以聞于四方,而昭于諸侯
    者、其惟學乎!”詩曰:“不愆不忘,率由舊章。”夫學之謂也。
    子曰:“不知命,無以為君子。”言天之所生,皆有仁義禮智順善之
    心,不知天之所以命生,則無仁義禮智順善之心,無仁義禮智順善之心,
    謂之小人。故曰:“不知命,無以為君子。”小雅曰:“天保定爾,亦孔
    之固。”言天之所以仁義禮智保定人之甚固也。大雅曰:“天生蒸民,有
    物有則。民之秉彝,好是懿德。”言民之秉德以則天也。不知所以則天,
    又焉得為君子乎!
    王者必立牧,方二人,使窺遠牧眾也。遠方之民有飢寒而不得衣食、
    有獄訟而不平其冤,失賢而不舉者、入告乎天子,天子于其君之朝也,揖
    而進之,曰:“噫!朕之政教有不得爾者邪?何如乃有飢寒而不得衣食,
    有獄訟而不平其冤、失賢而不舉。”然后其君退,而与其卿大夫謀之。遠
    方之民聞之,皆曰:“誠天子也!夫我居之僻,見我之近也;我居之幽,
    見我之明也。可欺乎哉!”故牧者所以開四目、通四聰也。詩曰:“邦國
    若否,仲山甫明之。”此之謂也。
    楚庄王伐鄭,鄭伯肉袒,左把茅旌,右執鸞刀以進,言于庄王曰:“
    寡人無良邊陲之臣,以干大褐,使大國之君沛焉,遠辱至此。”庄王曰:
    “君子不令臣交易為言,是以使寡人得見君之玉面也,而微至乎此。”庄
    王受節,左右麾楚軍,退舍七里。將軍子重進諫曰:“夫南郢之与鄭,相
    去數千里,大夫死者數人, 役者數百人,今克而弗有,無乃失民臣之力
    乎!”庄王曰:“吾聞:古者f不穿,皮不蠹,不出于四方,以是君子之
    重禮而賤財也,要其人,不要其土,人告以從而不舍,不祥也。吾以不祥
    立于天下,災及吾身,何取之有?”既、晉之救鄭者至,曰:“請戰。”
    庄王許之。將軍子重進諫曰:“晉、強國也,道近兵銳,楚師奄罷,君其
    勿許。”庄王曰:“不可。強者、我避之,弱者、我威之,是寡人無以立
    乎天下也。”乃遂還師,以逆晉寇。庄王援桴而鼓之,晉師大敗,士卒奔
    者爭舟,而指可掬也。庄王曰:“噫!吾兩君不相好,百姓何罪?”乃退
    楚師,以佚晉寇。詩曰:“柔亦不茹,剛亦不吐。”
    君子崇人之德,揚人之美,非道諛也;正言直行,指人之過,非毀疵
    也; 柔順從,剛強猛毅,与物周流,道德不外。詩曰:“柔亦不茹,剛
    亦不吐;不侮矜寡,不畏強御。”
    衛靈公晝寢而起,志气益衰,使人馳召勇士公孫,道遭行人卜商,卜
    商曰:“何驅之疾也?”對曰:“公晝寢而起,使我召勇士公孫。”子夏
    曰:“微?而勇若?者、可乎?”御者曰:“可。”子夏曰:“載我而反。
    ”至,君曰:“使子召勇士,何為召儒?”使者曰:“行人曰:‘微而勇
    若者、可乎?’臣曰:‘可。’即載与來。”君曰:“諾。延先生上,趣
    召公孫。”至,入門杖劍疾呼曰:“商下,我存若頭。”子夏顧咄之,曰
    :“咄!內劍,吾將与若言勇。”于是、君令內劍而上。子夏曰:“來、
    吾嘗与子從君而西,見趙簡子,簡子披發杖矛而見我君,我從十三行之后
    ,趨而進曰:‘諸侯相見,不宜不朝服,不朝服,行人卜商將以頸血濺君
    之服矣。’使反朝服,而見吾君,子耶?我耶?”曰:“子也。”子夏曰
    :“子之勇不若我一矣。又与子從君而東至阿,遭齊君重而坐,吾君單而
    坐,我從十三行之后,趨而進曰:‘禮、諸侯相見,不宜相臨。’以庶揄
    其一而去之者、子耶?我耶?”曰:“子也。”子夏曰:“子之勇不若我
    二矣。又与子從君于囿中,于是兩寇肩逐我君,拔矛下格而還。子耶?我
    耶?”曰:“子也。”子夏曰:“子之勇不若我三矣。所貴為士者、上攝
    万乘,下不敢敖乎匹夫;外立節矜,而敵不侵扰;內禁殘害,而君不危殆
    ;是士之所長,君子之所致貴也。若夫以長掩短,以眾暴寡,凌轢無罪之
    民,而成威于閭巷之間者、是士之甚毒,而君子之所致惡也,眾之所誅鋤
    也。詩曰:‘人而無儀,不死何為。’夫何以論勇于人主之前哉!”于是
    靈公避席抑手曰:“寡人雖不敏,請從先生之勇。”詩曰:“不侮矜寡,
    不畏強御。”卜先生也。
    孔子行,簡子將殺陽虎,孔子似之,帶甲以圍孔子舍,子路慍怒,奮
    戟將下,孔子止之,曰:“由。何仁義之寡裕也!夫詩書之不習,禮樂之
    不講,是丘之罪也。若吾非陽虎,而以我為陽虎,則非丘之罪也,命也!
    我歌,子和若。”子路歌,孔子和之,三終而圍罷。詩曰:“來游來歌。
    ”以陳盛德之和而無為也。
    詩曰:“愷悌君子,民之父母。”君子為民父母何如?曰:“君子者
    、貌恭而行肆,身儉而施博,故不肖者不能逮也。殖盡于己,而區略于人
    ,故可盡身而事也。篤愛而不奪,厚施而不伐;見人有善,欣然樂之;見
    人不善,惕然掩之;有其過而兼包之;授衣以最,授食以多;法下易由,
    事寡易為;是以中立而為人父母也。筑城而居之,別田而養之,立學以教
    之,使人知親尊,親尊故為父服斬三年,為君亦服斬三年,為民父母之謂
    也。”
    事強暴之國難,使強暴之國事我易。事之以貨寶,則貨單而交不結;
    約契盟誓,則約定而反無日;割國之強乘以賂之,則割定而欲無厭。事之
    彌順,其侵之愈甚,必致寶單國舉而后已,雖左堯右舜,未有能以此道免
    者也。故非有圣人之道,持以巧敏拜請畏事之,則不足以持國安身矣,故
    明君不道也。必修禮以齊朝,正法以齊官,平政以齊下,然后禮義節奏齊
    乎朝,法則度量正乎官,忠信愛利平乎下。行一不義,殺一無罪,而得天
    下,不為也。故近者競親,而遠者愿至,上下一心,三軍同力;名聲足以
    熏炙之,威強足以一齊之,則拱揖指麾,而強暴之國莫不趨使,如赤子歸
    慈母者、何也?仁形義立,教誠愛深故。詩曰:“王猷允塞,徐方既來。
    ”
    勇士一呼,三軍皆避,士之誠也。昔者、楚熊渠子夜行,寢石以為伏
    虎,彎弓而射之,沒金飲羽,下視,知其為石,石為之開,而況人乎!夫
    倡而不和,動而不僨,中心有不全者矣。夫不降席而匡天下者、求之己也
    。孔子曰:“其身正,不令而行;其身不正,雖令不從。”先王之所以拱
    揖指麾,而四海來賓者、誠德之至也,色以形于外也。詩曰:“王猷允塞
    ,徐方既來。”
    昔者、趙簡子薨而未葬,中牟畔之,葬五日,襄子興師而次之,圍未
    匝,而城自坏者十丈,襄子擊金而退之。軍吏諫曰:“君誅中牟之罪,而
    城自坏者、是天助之也,君曷為而退之?”襄子曰:“吾聞之于叔向曰:
    ‘君子不乘人于利,不厄人于險。’使其城,然后攻之。”中牟聞其義而
    請降。曰:“善哉!襄子之謂也。詩曰:‘王猷允塞,徐方既來。’”
    威有三術:有道德之威者、有暴察之威者,有狂妄之威者,此三威不
    可不審察也。何謂道德之威?曰:“禮樂則修,分義則明;舉措則時,愛
    利則刑;如是、則百姓貴之如帝王,親之如父母,畏之如神明;故賞不用
    而民勸,罰不加而威行,是道德之威也。”何謂暴察之威?曰:“禮樂則
    不修,分義則不明,舉措則不時,愛利則不刑,然而其禁非也暴,其誅不
    服也繁審,其刑罰而信,其誅殺猛而必,如雷擊之,如牆壓之;百姓劫則
    致畏,怠則傲上,執拘則聚,遠聞則散,非劫之以刑勢,振之以誅殺,則
    無以有其下,是暴察之威也。”何謂狂妄之威?曰:“無愛人之心,無利
    人之事,而日為亂人之道,百姓嘩,則從而放執于刑灼;不和人心,悖逆
    天理;是以水旱為之不時,年谷以之不升;百姓上困于暴亂之患,而下窮
    衣食之用,愁哀而無所告訴,比周憤潰以离上,傾覆滅亡可立而待,是狂
    妄之威也。夫道德之威成乎眾強,暴察之威成乎危弱,狂妄之威成乎滅亡
    。故威名同而吉凶之效遠矣,故不可不審察也。”詩曰:“昊天疾威,天
    篤降喪,我飢饉,民卒流亡。”
    晉平公游于河而樂,曰:“安得賢士,与之樂此也!”船人盍胥跪而
    對曰:“主君亦不好士耳!夫珠出于江海,玉出于昆山,無足而至者,猶
    主君之好也。士有足而不至者,蓋主君無好士之意耳,無患乎無士也。”
    平公曰:“吾食客門左千人,門右千人;朝食不足,夕收市賦;暮食不足
    ,朝收市賦。吾可謂不好士乎?”盍胥對曰:“夫鴻鵠一舉千里,所恃者
    、六翮爾;背上之毛,腹下之毳,益一把,飛不為加高,損一把,飛不為
    加下。今君之食客,門左門右各千人,亦有六翮其中矣,將皆背上之毛,

    ]]>
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    A l’ombre des jeunes filles en fleurs — Troisième partie

    Aproximadamente 78.934 palavras.

    Produced by Sue Asscher, Walter Debeuf, Patrick Narzul, and Marie Lebert

    MARCEL PROUST

    A L'OMBRE DES JEUNES FILLES EN FLEURS

    TROISIÈME PARTIE

    Une fois M. de Charlus parti, nous pûmes enfin, Robert et moi, aller
    dîner chez Bloch. Or je compris pendant cette petite fête que les
    histoires trop facilement trouvées drôles par notre camarade étaient
    des histoires de M. Bloch, père, et que l'homme «tout à fait curieux»
    était toujours un de ses amis qu'il jugeait de cette façon. Il y a un
    certain nombre de gens qu'on admire dans son enfance, un père plus
    spirituel que le reste de la famille, un professeur qui bénéficie à
    nos yeux de la métaphysique qu'il nous révèle, un camarade plus avancé
    que nous (ce que Bloch avait été pour moi) qui méprise le Musset de
    l'Espoir en Dieu quand nous l'aimons encore, et quand nous en serons
    venus au père Leconte ou à Claudel ne s'extasiera plus que sur:

    «A Saint-Blaise, à la Zuecca

    Vous étiez, vous étiez bien aise».

    en y ajoutant:

    «Padoue est un fort bel endroit

    Ou de très grands docteurs en droit

    ...Mais j'aime mieux la polenta

    ...Passe dans son domino noir

    La Toppatelle.»

    et de toutes les «Nuits» ne retient que:

    «Au Havre, devant l'Atlantique,

    A Venise, à l'affreux Lido,

    Où vient sur l'herbe d'un tombeau

    Mourir la pâle Adriatique.»

    Or, de quelqu'un qu'on admire de confiance, on recueille, on cite avec
    admiration, des choses très inférieures à celles que livré à son
    propre génie on refuserait avec sévérité, de même qu'un écrivain
    utilise dans un roman, sous prétexte qu'ils sont vrais, des «mots», des
    personnages, qui dans l'ensemble vivant font au contraire poids mort,
    partie médiocre. Les portraits de Saint Simon écrits par lui sans
    qu'il s'admire sans doute, sont admirables, les traits qu'il cite
    comme charmants de gens d'esprit qu'il a connus, sont restés médiocres
    ou devenus incompréhensibles. Il eût dédaigné d'inventer ce qu'il
    rapporte comme si fin ou si coloré de Mme Cornuel ou de Louis XIV,
    fait qui du reste est à noter chez bien d'autres et comporte diverses
    interprétations dont il suffit en ce moment de retenir celle-ci: c'est
    que dans l'état d'esprit où l'on «observe», on est très au-dessous du
    niveau où l'on se trouve quand on crée.

    Il y avait donc, enclavé en mon camarade Bloch, un père Bloch, qui
    retardait de quarante ans sur son fils, débitait des anecdotes
    saugrenues, et en riait autant au fond de mon ami que ne faisait le
    père Bloch extérieur et véritable, puisque au rire que ce dernier
    lâchait non sans répéter deux ou trois fois le dernier mot, pour que
    son public goûtât bien l'histoire, s'ajoutait le rire bruyant par
    lequel le fils ne manquait pas à table de saluer les histoires de son
    père. C'est ainsi qu'après avoir dit les choses les plus
    intelligentes, Bloch jeune, manifestant l'apport qu'il avait reçu de
    sa famille, nous racontait pour la trentième fois quelques-uns des
    mots que le père Bloch sortait seulement (en même temps que sa
    redingote) les jours solennels où Bloch jeune amenait quelqu'un qu'il
    valait la peine d'éblouir: un de ses professeurs, un «copain» qui
    avait tous les prix, ou, ce soir-là, Saint-Loup et moi. Par exemple:
    «Un critique militaire très fort, qui avait savamment déduit avec
    preuves à l'appui pour quelles raisons infaillibles dans la guerre
    russo-japonaise, les Japonais seraient battus et les Russes
    vainqueurs», ou bien: «C'est un homme éminent qui passe pour un grand
    financier dans les milieux politiques et pour un grand politique dans
    les milieux financiers.» Ces histoires étaient interchangeables avec
    une du baron de Rothschild et une de sir Rufus Israël, personnages mis
    en scène d'une manière équivoque qui pouvait donner à entendre que M.
    Bloch les avait personnellement connus.

    J'y fus moi-même pris et à la manière dont M. Bloch père parla de
    Bergotte, je crus aussi que c'était un de ses vieux amis. Or, tous les
    gens célèbres, M. Bloch ne les connaissait que «sans les connaître»,
    pour les avoir vus de loin au théâtre, sur les boulevards. Il
    s'imaginait du reste que sa propre figure, son nom, sa personnalité ne
    leur étaient pas inconnus et qu'en l'apercevant, ils étaient souvent
    obligés de retenir une furtive envie de le saluer. Les gens du monde,
    parce qu'ils connaissent les gens de talent original, qu'ils les
    reçoivent à dîner, ne les comprennent pas mieux pour cela. Mais quand
    on a un peu vécu dans le monde, la sottise de ses habitants vous fait
    trop souhaiter de vivre, trop supposer d'intelligence, dans les
    milieux obscurs où l'on ne connaît que «sans connaître». J'allais m'en
    rendre compte en parlant de Bergotte. M. Bloch n'était pas le seul qui
    eût des succès chez lui. Mon camarade en avait davantage encore auprès
    de ses sœurs qu'il ne cessait d'interpeller sur un ton bougon, en
    enfonçant sa tête dans son assiette; il les faisait ainsi rire aux
    larmes. Elles avaient d'ailleurs adopté la langue de leur frère
    qu'elles parlaient couramment, comme si elle eût été obligatoire et la
    seule dont pussent user des personnes intelligentes. Quand nous
    arrivâmes, l'aînée dit à une de ses cadettes: «Va prévenir notre père
    prudent et notre mère vénérable.--Chiennes, leur dit Bloch, je vous
    présente le cavalier Saint-Loup, aux javelots rapides qui est venu
    pour quelques jours de Doncières aux demeures de pierre polie, féconde
    en chevaux.» Comme il était aussi vulgaire que lettré, le discours se
    terminait d'habitude par quelque plaisanterie moins homérique:
    «Voyons, fermez un peu vos peplos aux belles agrafes, qu'est-ce que
    c'est que ce chichi-là? Après tout c'est pas mon père!» Et les
    demoiselles Bloch s'écroulaient dans une tempête de rires. Je dis à
    leur frère combien de joies il m'avait données en me recommandant la
    lecture de Bergotte dont j'avais adoré les livres.

    M. Bloch père qui ne connaissait Bergotte que de loin, et la vie de
    Bergotte que par les racontars du parterre, avait une manière tout
    aussi indirecte de prendre connaissance de ses œuvres, à l'aide de
    jugements d'apparence littéraire. Il vivait dans le monde des à peu
    près, où l'on salue dans le vide, où l'on juge dans le faux.
    L'inexactitude, l'incompétence, n'y diminuent pas l'assurance, au
    contraire. C'est le miracle bienfaisant de l'amour-propre que peu de
    gens pouvant avoir les relations brillantes et les connaissances
    profondes, ceux auxquels elles font défaut se croient encore les mieux
    partagés parce que l'optique des gradins sociaux fait que tout rang
    semble le meilleur à celui qui l'occupe et qui voit moins favorisés
    que lui, mal lotis, à plaindre, les plus grands qu'il nomme et
    calomnie sans les connaître, juge et dédaigne sans les comprendre.
    Même dans les cas où la multiplication des faibles avantages
    personnels par l'amour-propre ne suffirait pas à assurer à chacun la
    dose de bonheur, supérieure à celle accordée aux autres, qui lui est
    nécessaire, l'envie est là pour combler la différence. Il est vrai que
    si l'envie s'exprime en phrases dédaigneuses, il faut traduire: «Je ne
    veux pas le connaître» par «je ne peux pas le connaître». C'est le
    sens intellectuel. Mais le sens passionné est bien: «je ne veux pas le
    connaître.» On sait que cela n'est pas vrai mais on ne le dit pas
    cependant par simple artifice, on le dit parce qu'on éprouve ainsi, et
    cela suffit pour supprimer la distance, c'est-à-dire pour le bonheur.

    L'égocentrisme permettant de la sorte à chaque humain de voir
    l'univers étagé au-dessous de lui qui est roi, M. Bloch se donnait le
    luxe d'en être un impitoyable quand le matin en prenant son chocolat,
    voyant la signature de Bergotte au bas d'un article dans le journal à
    peine entr'ouvert, il lui accordait dédaigneusement une audience
    écourtée, prononçait sa sentence, et s'octroyait le confortable
    plaisir de répéter entre chaque gorgée du breuvage bouillant: «Ce
    Bergotte est devenu illisible. Ce que cet animal-là peut être
    embêtant. C'est à se désabonner. Comme c'est emberlificoté, quelle
    tartine!» Et il reprenait une beurrée.

    Cette importance illusoire de M. Bloch père était d'ailleurs étendue
    un peu au delà du cercle de sa propre perception. D'abord ses enfants
    le considéraient comme un homme supérieur. Les enfants ont toujours
    une tendance soit à déprécier, soit à exalter leurs parents, et pour
    un bon fils, son père est toujours le meilleur des pères, en dehors
    même de toutes raisons objectives de l'admirer. Or celles-ci ne
    manquaient pas absolument pour M. Bloch, lequel était instruit, fin,
    affectueux pour les siens. Dans la famille la plus proche, on se
    plaisait d'autant plus avec lui que si dans la «société», on juge les
    gens d'après un étalon, d'ailleurs absurde, et selon des règles
    fausses mais fixes, par comparaison avec la totalité des autres gens
    élégants, en revanche dans le morcellement de la vie bourgeoise, les
    dîners, les soirées de famille tournent autour de personnes qu'on
    déclare agréables, amusantes, et qui dans le monde ne tiendraient pas
    l'affiche deux soirs. Enfin, dans ce milieu où les grandeurs factices
    de l'aristocratie n'existent pas, on les remplace par des distinctions
    plus folles encore. C'est ainsi que pour sa famille et jusqu'à un
    degré de parenté fort éloigné, une prétendue ressemblance dans la
    façon de porter la moustache et dans le haut du nez faisait qu'on
    appelait M. Bloch un «faux duc d'Aumale». (Dans le monde des
    «chasseurs» de cercle, l'un qui porte sa casquette de travers et sa
    vareuse très serrée de manière à se donner l'air, croit-il, d'un
    officier étranger, n'est-il pas une manière de personnage pour ses
    camarades?)

    La ressemblance était des plus vagues, mais on eût dit que ce fût un
    titre. On répétait: «Bloch? lequel? le duc d'Aumale?» Comme on dit:
    «La princesse Murat? laquelle? la Reine (de Naples)?» Un certain
    nombre d'autres infimes indices achevaient de lui donner aux yeux du
    cousinage une prétendue distinction. N'allant pas jusqu'à avoir une
    voiture, M. Bloch louait à certains jours une victoria découverte à
    deux chevaux de la Compagnie et traversait le Bois de Boulogne,
    mollement étendu de travers, deux doigts sur la tempe, deux autres
    sous le menton et si les gens qui ne le connaissaient pas le
    trouvaient à cause de cela «faiseur d'embarras», on était persuadé
    dans la famille que pour le chic, l'oncle Salomon aurait pu en
    remontrer à Gramont-Caderousse. Il était de ces personnes qui quand
    elles meurent et à cause d'une table commune avec le rédacteur en chef
    de cette feuille, dans un restaurant des boulevards, sont qualifiés de
    physionomie bien connue des Parisiens, par la Chronique mondaine du
    _Radical_. M. Bloch nous dit à Saint-Loup et à moi que Bergotte savait
    si bien pourquoi lui M. Bloch ne le saluait pas que dès qu'il
    l'apercevait au théâtre ou au cercle, il fuyait son regard. Saint-Loup
    rougit, car il réfléchit que ce cercle ne pouvait pas être le Jockey
    dont son père avait été président. D'autre part ce devait être un
    cercle relativement fermé, car M. Bloch avait dit que Bergotte n'y
    serait plus reçu aujourd'hui. Aussi est-ce en tremblant de
    «sous-estimer l'adversaire» que Saint-Loup demanda si ce cercle était
    le cercle de la rue Royale, lequel était jugé «déclassant» par la
    famille de Saint-Loup et où il savait qu'étaient reçus certains
    israélites. «Non, répondit M. Bloch d'un air négligent, fier et
    honteux, c'est un petit cercle, mais beaucoup plus agréable, le cercle
    des Ganaches. On y juge sévèrement la galerie.--Est-ce que sir Rufus
    Israël n'en est pas président», demanda Bloch fils à son père, pour
    lui fournir l'occasion d'un mensonge honorable et sans se douter que
    ce financier n'avait pas le même prestige aux yeux de Saint-Loup
    qu'aux siens. En réalité, il y avait au Cercle des Ganaches non point
    sir Rufus Israël, mais un de ses employés. Mais comme il était fort
    bien avec son patron, il avait à sa disposition des cartes du grand
    financier, et en donnait une à M. Bloch, quand celui-ci partait en
    voyage sur une ligne dont sir Rufus était administrateur, ce qui
    faisait dire au père Bloch: «Je vais passer au cercle demander une
    recommandation de sir Rufus.» Et la carte lui permettait d'éblouir les
    chefs de train. Les demoiselles Bloch furent plus intéressées par
    Bergotte et revenant à lui au lieu de poursuivre sur les «Ganaches»,
    la cadette demanda à son frère du ton le plus sérieux du monde car
    elle croyait qu'il n'existait pas au monde pour désigner les gens de
    talent d'autres expressions que celles qu'il employait: «Est-ce un
    coco vraiment étonnant, ce Bergotte? Est-il de la catégorie des grands
    bonshommes, des cocos comme Villiers ou Catulle?--Je l'ai rencontré à
    plusieurs générales, dit M. Nissim Bernard. Il est gauche, c'est une
    espèce de Schlemihl.» Cette allusion au conte de Chamisso n'avait rien
    de bien grave, mais l'épithète de Schlemihl faisait partie de ce
    dialecte mi-allemand, mi-juif, dont l'emploi ravissait M. Bloch dans
    l'intimité, mais qu'il trouvait vulgaire et déplacé devant des
    étrangers. Aussi jeta-t-il un regard sévère sur son oncle. «Il a du
    talent, dit Bloch.--Ah! fit gravement sa sœur comme pour dire que
    dans ces conditions j'étais excusable.--Tous les écrivains ont du
    talent, dit avec mépris M. Bloch père.--Il paraît même, dit son fils
    en levant sa fourchette et en plissant ses yeux d'un air
    diaboliquement ironique qu'il va se présenter à l'Académie.--Allons
    donc! il n'a pas un bagage suffisant, répondit M. Bloch le père qui ne
    semblait pas avoir pour l'Académie le mépris de son fils et de ses
    filles. Il n'a pas le calibre nécessaire.--D'ailleurs l'Académie est
    un salon et Bergotte ne jouit d'aucune surface», déclara l'oncle à
    héritage de Mme Bloch, personnage inoffensif et doux dont le nom de
    Bernard eût peut-être à lui seul éveillé les dons de diagnostic de mon
    grand'père, mais eût paru insuffisamment en harmonie avec un visage
    qui semblait rapporté du palais de Darius et reconstitué par Mme
    Dieulafoy, si, choisi par quelque amateur désireux de donner un
    couronnement oriental à cette figure de Suse, ce prénom de Nissim
    n'avait fait planer au-dessus d'elle les ailes de quelque taureau
    androcéphale de Khorsabad. Mais M. Bloch ne cessait d'insulter son
    oncle, soit qu'il fût excité par la bonhomie sans défense de son
    souffre-douleur, soit que, la villa étant payée par M. Nissim Bernard,
    le bénéficiaire voulût montrer qu'il gardait son indépendance et
    surtout qu'il ne cherchait pas par des cajoleries à s'assurer
    l'héritage à venir du richard. Celui-ci était surtout froissé qu'on le
    traitât si grossièrement devant le maître d'hôtel. Il murmura une
    phrase inintelligible où on distinguait seulement: «Quand les
    Meschorès sont là.» Meschorès désigne dans la Bible le serviteur de
    Dieu. Entre eux les Bloch s'en servaient pour désigner les domestiques
    et en étaient toujours égayés parce que leur certitude de n'être pas
    compris ni des chrétiens ni des domestiques eux-mêmes exaltait chez
    M. Nissim Bernard et M. Bloch leur double particularisme de «maîtres»
    et de «juifs». Mais cette dernière cause de satisfaction en devenait
    une de mécontentement quand il y avait du monde. Alors M. Bloch
    entendant son oncle dire «Meschorès» trouvait qu'il laissait trop
    paraître son côté oriental, de même qu'une cocotte qui invite ses
    amies avec des gens comme il faut, est irritée si elles font allusion
    à leur métier de cocotte, ou emploient des mots malsonnants. Aussi,
    bien loin que la prière de son oncle produisît quelque effet sur M.
    Bloch, celui-ci, hors de lui, ne put plus se contenir. Il ne perdit
    plus une occasion d'invectiver le malheureux oncle. «Naturellement,
    quand il y a quelque bêtise prudhommesque à dire, on peut être sûr que
    vous ne la ratez pas. Vous seriez le premier à lui lécher les pieds
    s'il était là», cria M. Bloch tandis que M. Nissim Bernard attristé
    inclinait vers son assiette la barbe annelée du roi Sargon. Mon
    camarade depuis qu'il portait la sienne qu'il avait aussi crépue et
    bleutée ressemblait beaucoup à son grand-oncle.

    --Comment, vous êtes le fils du marquis de Marsantes? mais je l'ai
    très bien connu, dit à Saint-Loup M. Nissim Bernard. Je crus qu'il
    voulait dire «connu» au sens où le père de Bloch disait qu'il
    connaissait Bergotte, c'est-à-dire de vue. Mais il ajouta: «Votre père
    était un de mes bons amis.» Cependant Bloch était devenu excessivement
    rouge, son père avait l'air profondément contrarié, les demoiselles
    Bloch riaient en s'étouffant. C'est que chez M. Nissim Bernard le goût
    de l'ostentation, contenu chez M. Bloch le père et chez ses enfants,
    avait engendré l'habitude du mensonge perpétuel. Par exemple, en
    voyage à l'hôtel, M. Nissim Bernard comme aurait pu faire M. Bloch le
    père, se faisait apporter tous ses journaux par son valet de chambre
    dans la salle à manger, au milieu du déjeuner, quand tout le monde
    était réuni pour qu'on vît bien qu'il voyageait avec un valet de
    chambre. Mais aux gens avec qui il se liait dans l'hôtel, l'oncle
    disait ce que le neveu n'eût jamais fait, qu'il était sénateur. Il
    avait beau être certain qu'on apprendrait un jour que le titre était
    usurpé, il ne pouvait au moment même résister au besoin de se le
    donner. M. Bloch souffrait beaucoup des mensonges de son oncle et de
    tous les ennuis qu'ils lui causaient. «Ne faites pas attention, il est
    extrêmement blagueur», dit-il à mi-voix à Saint-Loup qui n'en fut que
    plus intéressé, étant très curieux de la psychologie des menteurs.
    «Plus menteur encore que l'Ithaquesien Odysseus qu'Athènes appelait
    pourtant le plus menteur des hommes, compléta notre camarade Bloch.--Ah!
    par exemple! s'écria M. Nissim Bernard, si je m'attendais à dîner
    avec le fils de mon ami! Mais j'ai à Paris chez moi, une photographie
    de votre père et combien de lettres de lui. Il m'appelait toujours «mon
    oncle», on n'a jamais su pourquoi. C'était un homme charmant,
    étincelant. Je me rappelle un dîner chez moi, à Nice où il y avait
    Sardou, Labiche, Augier...--Molière, Racine, Corneille, continua
    ironiquement M. Bloch le père, dont le fils acheva l'énumération en
    ajoutant: Plaute, Ménandre, Kalidasa.» M. Nissim Bernard blessé
    arrêta brusquement son récit et, se privant ascétiquement d'un grand
    plaisir, resta muet jusqu'à la fin du dîner.

    «Saint-Loup au casque d'airain, dit Bloch, reprenez un peu de ce
    canard aux cuisses lourdes de graisse sur lesquelles l'illustre
    sacrificateur des volailles a répandu de nombreuses libations de vin
    rouge.»

    D'habitude après avoir sorti de derrière les fagots pour un camarade
    de marque les histoires sur sir Rufus Israël et autres, M. Bloch
    sentant qu'il avait touché son fils jusqu'à l'attendrissement, se
    retirait pour ne pas se «galvauder» aux yeux du «potache». Cependant
    s'il y avait une raison tout à fait capitale, comme quand son fils par
    exemple fut reçu à l'agrégation, M. Bloch ajouta à la série habituelle
    des anecdotes cette réflexion ironique qu'il réservait plutôt pour ses
    amis personnels et que Bloch jeune fut extrêmement fier de voir
    débiter pour ses amis à lui: «Le gouvernement a été impardonnable. Il
    n'a pas consulté M. Coquelin! M. Coquelin a fait savoir qu'il était
    mécontent» (M. Bloch se piquait d'être réactionnaire et méprisant pour
    les gens de théâtre).

    Mais les demoiselles Bloch et leur frère rougirent jusqu'aux oreilles
    tant ils furent impressionnés quand Bloch père, pour se montrer royal
    jusqu'au bout envers les deux «labadens» de son fils, donna l'ordre
    d'apporter du champagne et annonça négligemment que pour nous
    «régaler», il avait fait prendre trois fauteuils pour la
    représentation qu'une troupe d'Opéra-Comique donnait le soir même au
    Casino. Il regrettait de n'avoir pu avoir de loge. Elles étaient
    toutes prises. D'ailleurs il les avait souvent expérimentées, on était
    mieux à l'orchestre. Seulement, si le défaut de son fils, c'est-à-dire
    ce que son fils croyait invisible aux autres, était la grossièreté,
    celui du père était l'avarice. Aussi, c'est dans une carafe qu'il fit
    servir sous le nom de champagne un petit vin mousseux et sous celui de
    fauteuils d'orchestre il avait fait prendre des parterres qui
    coûtaient moitié moins, miraculeusement persuadé par l'intervention
    divine de son défaut que ni à table, ni au théâtre (où toutes les
    loges étaient vides) on ne s'apercevrait de la différence. Quand M.
    Bloch nous eut laissé tremper nos lèvres dans les coupes plates que
    son fils décorait du nom de «cratères aux flancs profondément
    creusés», il nous fit admirer un tableau qu'il aimait tant qu'il
    l'apportait avec lui à Balbec. Il nous dit que c'était un Rubens.
    Saint-Loup lui demanda naïvement s'il était signé. M. Bloch répondit
    en rougissant qu'il avait fait couper la signature à cause du cadre,
    ce qui n'avait pas d'importance, puisqu'il ne voulait pas le vendre.
    Puis il nous congédia rapidement pour se plonger dans le _Journal
    Officiel_ dont les numéros encombraient la maison et dont la lecture
    lui était rendue nécessaire, nous dit-il, «par sa situation
    parlementaire» sur la nature exacte de laquelle il ne nous fournit pas
    de lumières. «Je prends un foulard, nous dit Bloch, car Zephyros et
    Boréas se disputent à qui mieux mieux la mer poissonneuse, et pour peu
    que nous nous attardions après le spectacle, nous ne rentrerons qu'aux
    premières lueurs d'Eôs aux doigts de pourpre. A propos, demanda-t-il à
    Saint-Loup quand nous fûmes dehors et je tremblai car je compris bien
    vite que c'était de M. de Charlus que Bloch parlait sur ce ton
    ironique), quel était cet excellent fantoche en costume sombre que je
    vous ai vu promener avant-hier matin sur la plage?--C'est mon
    oncle», répondit Saint-Loup piqué. Malheureusement, une «gaffe» était
    bien loin de paraître à Bloch chose à éviter. Il se tordit de rire:
    «Tous mes compliments, j'aurais dû le deviner, il a un excellent chic,
    et une impayable bobine de gaga de la plus haute lignée.--Vous vous
    trompez du tout au tout, il est très intelligent, riposta Saint-Loup
    furieux.--Je le regrette car alors il est moins complet. J'aimerais du
    reste beaucoup le connaître car je suis sûr que j'écrirais des
    machines adéquates sur des bonshommes comme ça. Celui-là, à voir
    passer, est crevant. Mais je négligerais le côté caricatural, au fond
    assez méprisable pour un artiste épris de la beauté plastique des
    phrases, de la binette qui, excusez-moi, m'a fait gondoler un bon
    moment, et je mettrais en relief le côté aristocratique de votre
    oncle, qui en somme fait un effet bœuf, et la première rigolade passée,
    frappe par un très grand style. Mais, dit-il, en s'adressant cette
    fois à moi, il y a une chose dans un tout autre ordre d'idées, sur
    laquelle je veux t'interroger et chaque fois que nous sommes ensemble,
    quelque dieu, bienheureux habitant de l'Olympe, me fait oublier
    totalement de te demander ce renseignement qui eût pu m'être déjà et
    me sera sûrement fort utile. Quelle est donc cette belle personne avec
    laquelle je t'ai rencontré au Jardin d'Acclimatation et qui était
    accompagnée d'un monsieur que je crois connaître de vue et d'une jeune
    fille à la longue chevelure?» J'avais bien vu que Mme Swann ne se
    rappelait pas le nom de Bloch, puisqu'elle m'en avait dit un autre et
    avait qualifié mon camarade d'attaché à un ministère où je n'avais
    jamais pensé depuis à m'informer s'il était entré. Mais comment Bloch
    qui, à ce qu'elle m'avait dit alors, s'était fait présenter à elle
    pouvait-il ignorer son nom? J'étais si étonné que je restai un moment
    sans répondre. «En tous cas, tous mes compliments, me dit-il, tu n'as
    pas dû t'embêter avec elle. Je l'avais rencontrée quelques jours
    auparavant dans le train de Ceinture. Elle voulut bien dénouer la
    sienne en faveur de ton serviteur, je n'ai jamais passé de si bons
    moments et nous allions prendre toutes dispositions pour nous revoir
    quand une personne qu'elle connaissait eut le mauvais goût de monter à
    l'avant-dernière station.» Le silence que je gardais ne parut pas
    plaire à Bloch. «J'espérais, me dit-il, connaître grâce à toi son
    adresse et aller goûter chez elle plusieurs fois par semaine, les
    plaisirs d'Eros, chers aux Dieux, mais je n'insiste pas puisque tu
    poses pour la discrétion à l'égard d'une professionnelle qui s'est
    donnée à moi trois fois de suite et de la manière la plus raffinée
    entre Paris et le Point-du-Jour. Je la retrouverai bien un soir ou
    l'autre.»

    J'allai voir Bloch à la suite de ce dîner, il me rendit ma visite,
    mais j'étais sorti et il fut aperçu, me demandant, par Françoise,
    laquelle par hasard bien qu'il fût venu à Combray ne l'avait jamais vu
    jusque-là. De sorte qu'elle savait seulement qu'un «des Monsieurs» que
    je connaissais était passé pour me voir, elle ignorait «à quel effet»,
    vêtu d'une manière quelconque et qui ne lui avait pas fait grande
    impression. Or j'avais beau savoir que certaines idées sociales de
    Françoise me resteraient toujours impénétrables, qui reposaient
    peut-être en partie sur des confusions entre des mots, des noms
    qu'elle avait pris une fois, et à jamais, les uns pour les autres, je
    ne pus m'empêcher, moi qui avais depuis longtemps renoncé à me poser
    des questions dans ces cas-là, de chercher vainement, d'ailleurs, ce
    que le nom de Bloch pouvait représenter d'immense pour Françoise. Car
    à peine lui eus-je dit que ce jeune homme qu'elle avait aperçu était
    M. Bloch, elle recula de quelques pas tant furent grandes sa stupeur
    et sa déception. «Comment, c'est cela, M. Bloch!» s'écria-t-elle d'un
    air atterré comme si un personnage aussi prestigieux eût dû posséder
    une apparence qui «fît connaître» immédiatement qu'on se trouvait en
    présence d'un grand de la terre, et à la façon de quelqu'un qui trouve
    qu'un personnage historique n'est pas à la hauteur de sa réputation,
    elle répétait d'un ton impressionné, et où on sentait pour l'avenir
    les germes d'un scepticisme universel: «Comment c'est ça M. Bloch! Ah!
    vraiment on ne dirait pas à le voir.» Elle avait l'air de m'en garder
    rancune comme si je lui eusse jamais «surfait» Bloch. Et pourtant elle
    eut la bonté d'ajouter: «Hé bien, tout M. Bloch qu'il est, Monsieur
    peut dire qu'il est aussi bien que lui.»

    Elle eut bientôt à l'égard de Saint-Loup qu'elle adorait une
    désillusion d'un autre genre, et d'une moindre dureté: elle apprit
    qu'il était républicain. Or bien qu'en parlant par exemple de la Reine
    de Portugal, elle dît avec cet irrespect qui dans le peuple est le
    respect suprême «Amélie, la sœur à Philippe», Françoise était
    royaliste. Mais surtout un marquis, un marquis qui l'avait éblouie, et
    qui était pour la République, ne lui paraissait plus vrai. Elle en
    marquait la même mauvaise humeur que si je lui eusse donné une boîte
    qu'elle eût cru d'or, de laquelle elle m'eût remercié avec effusion et
    qu'ensuite un bijoutier lui eût révélé être en plaqué. Elle retira
    aussitôt son estime à Saint-Loup, mais bientôt après la lui rendit,
    ayant réfléchi qu'il ne pouvait pas, étant le marquis de Saint-Loup
    être républicain, qu'il faisait seulement semblant, par intérêt, car
    avec le gouvernement qu'on avait, cela pouvait lui rapporter gros. De
    ce jour sa froideur envers lui, son dépit contre moi cessèrent. Et
    quand elle parlait de Saint-Loup, elle disait: «C'est un hypocrite»,
    avec un large et bon sourire qui faisait bien comprendre qu'elle le
    «considérait» de nouveau autant qu'au premier jour et qu'elle lui
    avait pardonné.

    Or la sincérité et le désintéressement de Saint-Loup étaient au
    contraire absolus et c'était cette grande pureté morale qui, ne
    pouvant se satisfaire entièrement dans un sentiment égoïste comme
    l'amour, ne rencontrant pas d'autre part en lui l'impossibilité qui
    existait par exemple en moi de trouver sa nourriture spirituelle autre
    part qu'en soi-même, le rendait vraiment capable, autant que moi
    incapable, d'amitié.

    Françoise ne se trompait pas moins sur Saint-Loup quand elle disait
    qu'il avait l'air comme ça de ne pas dédaigner le peuple, mais que ce
    n'est pas vrai et qu'il n'y avait qu'à le voir quand il était en
    colère après son cocher. Il était arrivé en effet quelquefois à Robert
    de le gronder avec une certaine rudesse, qui prouvait chez lui moins
    le sentiment de la différence que de l'égalité entre les classes.
    «Mais, me dit-il en réponse aux reproches que je lui faisais d'avoir
    traité un peu durement ce cocher, pourquoi affecterais-je de lui
    parler poliment? N'est-il pas mon égal? N'est-il pas aussi près de moi
    que mes oncles ou mes cousins? Vous avez l'air de trouver que je
    devrais le traiter avec égards, comme un inférieur! Vous parlez comme
    un aristocrate», ajouta-t-il avec dédain.

    En effet, s'il y avait une classe contre laquelle il eût de la
    prévention et de la partialité, c'était l'aristocratie, et jusqu'à
    croire aussi difficilement à la supériorité d'un homme du monde, qu'il
    croyait facilement à celle d'un homme du peuple. Comme je lui parlais
    de la princesse de Luxembourg que j'avais rencontrée avec sa tante:

    --Une carpe, me dit-il, comme toutes ses pareilles. C'est d'ailleurs
    un peu ma cousine.

    Ayant un préjugé contre les gens qui le fréquentaient, il allait
    rarement dans le monde et l'attitude méprisante ou hostile qu'il y
    prenait, augmentait encore chez tous ses proches parents le chagrin de
    sa liaison avec une femme «de théâtre», liaison qu'ils accusaient de
    lui être fatale et notamment d'avoir développé chez lui cet esprit de
    dénigrement, ce mauvais esprit, de l'avoir «dévoyé», en attendant
    qu'il se «déclassât» complètement. Aussi, bien des hommes légers du
    faubourg Saint-Germain étaient-ils sans pitié quand ils parlaient de
    la maîtresse de Robert. «Les grues font leur métier, disait-on, elles
    valent autant que d'autres; mais celle-là, non! Nous ne lui
    pardonnerons pas! Elle a fait trop de mal à quelqu'un que nous
    aimons.» Certes, il n'était pas le premier qui eût un fil à la patte.
    Mais les autres s'amusaient en hommes du monde, continuaient à penser
    en hommes du monde sur la politique, sur tout. Lui, sa famille le
    trouvait «aigri». Elle ne se rendait pas compte que pour bien des
    jeunes gens du monde, lesquels sans cela resteraient incultes
    d'esprit, rudes dans leurs amitiés, sans douceur et sans goût,
    c'est bien souvent leur maîtresse qui est leur vrai maître et les
    liaisons de ce genre la seule école morale où ils soient initiés à une
    culture supérieure, où ils apprennent le prix des connaissances
    désintéressées. Même dans le bas peuple (qui au point de vue de la
    grossièreté ressemble si souvent au grand monde), la femme, plus
    sensible, plus fine, plus oisive, a la curiosité de certaines
    délicatesses, respecte certaines beautés de sentiment et d'art que, ne
    les comprît-elle pas, elle place pourtant au-dessus de ce qui semblait
    le plus désirable à l'homme, l'argent, la situation. Or, qu'il
    s'agisse de la maîtresse d'un jeune clubman comme Saint-Loup ou d'un
    jeune ouvrier (les électriciens par exemple comptent aujourd'hui dans
    les rangs de la Chevalerie véritable), son amant a pour elle trop
    d'admiration et de respect pour ne pas les étendre à ce qu'elle-même
    respecte et admire; et pour lui l'échelle des valeurs s'en trouve
    renversée. A cause de son sexe même elle est faible, elle a des
    troubles nerveux, inexplicables, qui chez un homme, et même chez une
    autre femme, chez une femme dont il est neveu ou cousin auraient fait
    sourire ce jeune homme robuste. Mais il ne peut voir souffrir celle
    qu'il aime. Le jeune noble qui comme Saint-Loup a une maîtresse, prend
    l'habitude quand il va dîner avec elle au cabaret d'avoir dans sa
    poche le valérianate dont elle peut avoir besoin, d'enjoindre au
    garçon, avec force et sans ironie, de faire attention à fermer les
    portes sans bruit, à ne pas mettre de mousse humide sur la table, afin
    d'éviter à son amie ces malaises que pour sa part il n'a jamais
    ressentis, qui composent pour lui un monde occulte à la réalité duquel
    elle lui a appris à croire, malaises qu'il plaint maintenant sans
    avoir besoin pour cela de les connaître, qu'il plaindra même quand ce
    sera d'autres qu'elle qui les ressentiront. La maîtresse de
    Saint-Loup--comme les premiers moines du moyen âge, à la chrétienté--lui
    avait enseigné la pitié envers les animaux car elle en avait la
    passion, ne se déplaçant jamais sans son chien, ses serins, ses
    perroquets; Saint-Loup veillait sur eux avec des soins maternels et
    traitait de brutes les gens qui ne sont pas bons avec les bêtes.
    D'autre part, une actrice, ou soi-disant telle, comme celle qui vivait
    avec lui--qu'elle fût intelligente ou non, ce que j'ignorais--en
    lui faisant trouver ennuyeuse la société des femmes du monde et
    considérer comme une corvée l'obligation d'aller dans une soirée,
    l'avait préservé du snobisme et guéri de la frivolité. Si grâce à elle
    les relations mondaines tenaient moins de place dans la vie de son
    jeune amant, en revanche tandis que s'il avait été un simple homme de
    salon, la vanité ou l'intérêt auraient dirigé ses amitiés comme la
    rudesse les aurait empreintes, sa maîtresse lui avait appris à y
    mettre de la noblesse et du raffinement. Avec son instinct de femme et
    appréciant plus chez les hommes certaines qualités de sensibilité que
    son amant eût peut-être sans elle méconnues ou plaisantées, elle avait
    toujours vite fait de distinguer entre les autres celui des amis de
    Saint-Loup qui avait pour lui une affection vraie, et de le préférer.
    Elle savait le forcer à éprouver pour celui-là de la reconnaissance, à
    la lui témoigner, à remarquer les choses qui lui faisaient plaisir,
    celles qui lui faisaient de la peine. Et bientôt Saint-Loup, sans plus
    avoir besoin qu'elle l'avertît, commença à se soucier de tout cela et
    à Balbec où elle n'était pas, pour moi qu'elle n'avait jamais vu et
    dont il ne lui avait même peut-être pas encore parlé dans ses lettres,
    de lui-même il fermait la fenêtre d'une voiture où j'étais, emportait
    les fleurs qui me faisaient mal, et quand il eut à dire au revoir à la
    fois à plusieurs personnes, à son départ, s'arrangea à les quitter un
    peu plus tôt afin de rester seul et en dernier avec moi, de mettre
    cette différence entre elles et moi, de me traiter autrement que les
    autres. Sa maîtresse avait ouvert son esprit à l'invisible, elle avait
    mis du sérieux dans sa vie, des délicatesses dans son cœur, mais tout
    cela échappait à la famille en larmes qui répétait: «Cette gueuse le
    tuera, et en attendant elle le déshonore.» Il est vrai qu'il avait
    fini de tirer d'elle tout le bien qu'elle pouvait lui faire; et
    maintenant elle était cause seulement qu'il souffrait sans cesse, car
    elle l'avait pris en horreur et le torturait. Elle avait commencé un
    beau jour à le trouver bête et ridicule parce que les amis qu'elle
    avait parmi les jeunes auteurs et acteurs, lui avaient assuré qu'il
    l'était, et elle répétait à son tour ce qu'ils avaient dit avec cette
    passion, cette absence de réserves qu'on montre chaque fois qu'on
    reçoit du dehors et qu'on adopte des opinions ou des usages qu'on
    ignorait entièrement. Elle professait volontiers, comme ces comédiens,
    qu'entre elle et Saint-Loup le fossé était infranchissable, parce
    qu'ils étaient d'une autre race, qu'elle était une intellectuelle et
    que lui, quoi qu'il prétendît, était, de naissance, un ennemi de
    l'intelligence. Cette vue lui semblait profonde et elle en cherchait
    la vérification dans les paroles les plus insignifiantes, les moindres
    gestes de son amant. Mais quand les mêmes amis l'eurent en outre
    convaincue qu'elle détruisait dans une compagnie aussi peu faite pour
    elle les grandes espérances qu'elle avait, disaient-ils, données, que
    son amant finirait par déteindre sur elle, qu'à vivre avec lui, elle
    gâchait son avenir d'artiste, à son mépris pour Saint-Loup s'ajouta la
    même haine que s'il s'était obstiné à vouloir lui inoculer une maladie
    mortelle. Elle le voyait le moins possible tout en reculant encore le
    moment d'une rupture définitive, laquelle me paraissait à moi bien
    peu vraisemblable. Saint-Loup faisait pour elle de tels sacrifices
    que, à moins qu'elle fût ravissante (mais il n'avait jamais voulu me
    montrer sa photographie, me disant: «D'abord ce n'est pas une beauté
    et puis elle vient mal en photographie, ce sont des instantanés que
    j'ai faits moi-même avec mon Kodak et ils vous donneraient une fausse
    idée d'elle»), il semblait difficile qu'elle trouvât un second homme
    qui en consentît de semblables. Je ne songeais pas qu'une certaine
    toquade de se faire un nom, même quand on n'a pas de talent, que
    l'estime, rien que l'estime privée, de personnes qui vous imposent,
    peuvent (ce n'était peut-être du reste pas le cas pour la maîtresse de
    Saint-Loup) être même pour une petite cocotte des motifs plus
    déterminants que le plaisir de gagner de l'argent. Saint-Loup qui sans
    bien comprendre ce qui se passait dans la pensée de sa maîtresse, ne
    la croyait complètement sincère ni dans les reproches injustes ni
    dans les promesses d'amour éternel, avait pourtant à certains moments
    le sentiment qu'elle romprait quand elle le pourrait, et à cause de
    cela, mû sans doute par l'instinct de conservation de son amour, plus
    clairvoyant peut-être que Saint-Loup n'était lui-même, usant
    d'ailleurs d'une habileté pratique qui se conciliait chez lui avec les
    plus grands et les plus aveugles élans du cœur, il s'était refusé à lui
    constituer un capital, avait emprunté un argent énorme pour qu'elle ne
    manquât de rien, mais ne le lui remettait qu'au jour le jour. Et sans
    doute, au cas où elle eût vraiment songé à le quitter, attendait-elle
    froidement d'avoir «fait sa pelote», ce qui avec les sommes données
    par Saint-Loup demanderait sans doute un temps fort court, mais tout
    de même concédé en supplément pour prolonger le bonheur de mon nouvel
    ami -- ou son malheur.

    Cette période dramatique de leur liaison--et qui était arrivée
    maintenant à son point le plus aigu, le plus cruel pour Saint-Loup,
    car elle lui avait défendu de rester à Paris où sa présence
    l'exaspérait et l'avait forcé de prendre son congé à Balbec, à côté de
    sa garnison--avait commencé un soir chez une tante de Saint-Loup,
    lequel avait obtenu d'elle que son amie viendrait pour de nombreux
    invités dire des fragments d'une pièce symboliste qu'elle avait jouée
    une fois sur une scène d'avant-garde et pour laquelle elle lui avait
    fait partager l'admiration qu'elle éprouvait elle-même.

    Mais quand elle était apparue, un grand lys à la main, dans un costume
    copié de l'«Ancilla Domini» et qu'elle avait persuadé à Robert être
    une véritable «vision d'art», son entrée avait été accueillie dans
    cette assemblée d'hommes de cercles et de duchesses par des sourires
    que le ton monotone de la psalmodie, la bizarrerie de certains mots,
    leur fréquente répétition avaient changés en fous-rires d'abord
    étouffés, puis si irrésistibles que la pauvre récitante n'avait pu
    continuer. Le lendemain la tante de Saint-Loup avait été unanimement
    blâmée d'avoir laissé paraître chez elle une artiste aussi grotesque.
    Un duc bien connu ne lui cacha pas qu'elle n'avait à s'en prendre qu'à
    elle-même si elle se faisait critiquer.

    --Que diable aussi, on ne nous sort pas des numéros de cette
    force-là! Si encore cette femme avait du talent, mais elle n'en a et
    n'en aura jamais aucun. Sapristi! Paris n'est pas si bête qu'on veut
    bien le dire. La société n'est pas composée que d'imbéciles. Cette
    petite demoiselle a évidemment cru étonner Paris. Mais Paris est plus
    difficile à étonner que cela et il y a tout de même des affaires qu'on
    ne nous fera pas avaler.

    Quant à l'artiste, elle sortit en disant à Saint-Loup:

    --Chez quelles dindes, chez quelles garces sans éducation, chez quels
    goujats m'as-tu fourvoyée? J'aime mieux te le dire, il n'y en avait
    pas un des hommes présents qui ne m'eût fait de l'œil, du pied, et
    c'est parce que j'ai repoussé leurs avances qu'ils ont cherché à se
    venger.

    Paroles qui avaient changé l'antipathie de Robert pour les gens du
    monde en une horreur autrement profonde et douloureuse et que lui
    inspiraient particulièrement ceux qui la méritaient le moins, des
    parents dévoués qui, délégués par la famille, avaient cherché à
    persuader à l'amie de Saint-Loup de rompre avec lui, démarche qu'elle
    lui présentait comme inspirée par leur amour pour elle. Robert
    quoiqu'il eût aussitôt cessé de les fréquenter pensait, quand il était
    loin de son amie comme maintenant, qu'eux ou d'autres en profitaient
    pour revenir à la charge et avaient peut-être reçu ses faveurs. Et
    quand il parlait des viveurs qui trompent leurs amis, cherchent à
    corrompre les femmes, tâchent de les faire venir dans des maisons de
    passe, son visage respirait la souffrance et la haine.

    --Je les tuerais avec moins de remords qu'un chien qui est du moins
    une bête gentille, loyale et fidèle. En voilà qui méritent la
    guillotine, plus que des malheureux qui ont été conduits au crime par
    la misère et par la cruauté des riches.

    Il passait la plus grande partie de son temps à envoyer à sa maîtresse
    des lettres et des dépêches. Chaque fois que, tout en l'empêchant de
    venir à Paris, elle trouvait, à distance, le moyen d'avoir une
    brouille avec lui, je l'apprenais à sa figure décomposée. Comme sa
    maîtresse ne lui disait jamais ce qu'elle avait à lui reprocher,
    soupçonnant que, peut-être, si elle ne le lui disait pas, c'est
    qu'elle ne le savait pas et qu'elle avait simplement assez de lui, il
    aurait pourtant voulu avoir des explications, il lui écrivait:
    «Dis-moi ce que j'ai fait de mal. Je suis prêt à reconnaître mes
    torts», le chagrin qu'il éprouvait ayant pour effet de le persuader
    qu'il avait mal agi.

    Mais elle lui faisait attendre indéfiniment des réponses d'ailleurs
    dénuées de sens. Aussi c'est presque toujours le front soucieux et
    bien souvent les mains vides que je voyais Saint-Loup revenir de la
    poste où, seul de tout l'hôtel avec Françoise, il allait chercher ou
    porter lui-même ses lettres, lui par impatience d'amant, elle par
    méfiance de domestique. (Les dépêches le forçaient à faire beaucoup
    plus de chemin.)

    Quand quelques jours après le dîner chez les Bloch ma grand'mère me
    dit d'un air joyeux que Saint-Loup venait de lui demander si avant
    qu'il quittât Balbec elle ne voulait pas qu'il la photographiât, et
    quand je vis qu'elle avait mis pour cela sa plus belle toilette et
    hésitait entre diverses coiffures, je me sentis un peu irrité de cet
    enfantillage qui m'étonnait tellement de sa part. J'en arrivais même à
    me demander si je ne m'étais pas trompé sur ma grand'mère, si je ne la
    plaçais pas trop haut, si elle était aussi détachée que j'avais
    toujours cru de ce qui concernait sa personne, si elle n'avait pas ce
    que je croyais lui être le plus étranger, de la coquetterie.

    Malheureusement, ce mécontentement que me causaient le projet de
    séance photographique et surtout la satisfaction que ma grand'mère
    paraissait en ressentir, je le laissai suffisamment apercevoir pour
    que Françoise le remarquât et s'empressât involontairement de
    l'accroître en me tenant un discours sentimental et attendri auquel je
    ne voulus pas avoir l'air d'adhérer.

    --Oh! monsieur, cette pauvre madame qui sera si heureuse qu'on tire
    son portrait, et qu'elle va même mettre le chapeau que sa vieille
    Françoise, elle lui a arrangé, il faut la laisser faire, monsieur.

    Je me convainquis que je n'étais pas cruel de me moquer de la
    sensibilité de Françoise, en me rappelant que ma mère et ma grand'mère
    mes modèles en tout, le faisaient souvent aussi. Mais ma grand'mère
    s'apercevant que j'avais l'air ennuyé, me dit que si cette séance de
    pose pouvait me contrarier elle y renoncerait. Je ne le voulus pas, je
    l'assurai que je n'y voyais aucun inconvénient et la laissai se faire
    belle, mais crus faire preuve de pénétration et de force en lui disant
    quelques paroles ironiques et blessantes destinées à neutraliser le
    plaisir qu'elle semblait trouver à être photographiée, de sorte que si
    je fus contraint de voir le magnifique chapeau de ma grand'mère, je
    réussis du moins à faire disparaître de son visage cette expression
    joyeuse qui aurait dû me rendre heureux et qui, comme il arrive trop
    souvent tant que sont encore en vie les êtres que nous aimons le
    mieux, nous apparaît comme la manifestation exaspérante d'un travers
    mesquin plutôt que comme la forme précieuse du bonheur que nous
    voudrions tant leur procurer. Ma mauvaise humeur venait surtout de ce
    que cette semaine là ma grand'mère avait paru me fuir et que je
    n'avais pu l'avoir un instant à moi, pas plus le jour que le soir.
    Quand je rentrais dans l'après-midi pour être un peu seul avec elle,
    on me disait qu'elle n'était pas là; ou bien elle s'enfermait avec
    Françoise pour de longs conciliabules qu'il ne m'était pas permis de
    troubler. Et quand ayant passé la soirée dehors avec Saint-Loup je
    songeais pendant le trajet du retour au moment où j'allais pouvoir
    retrouver et embrasser ma grand'mère, j'avais beau attendre qu'elle
    frappât contre la cloison ces petits coups qui me diraient d'entrer
    lui dire bonsoir, je n'entendais rien; je finissais par me coucher,
    lui en voulant un peu de ce qu'elle me privât, avec une indifférence
    si nouvelle de sa part, d'une joie sur laquelle j'avais tant compté,
    je restais encore, le cœur palpitant comme dans mon enfance, à écouter
    le mur qui restait muet et je m'endormais dans les larmes.

    * * * * *

    Ce jour-là, comme les précédents, Saint-Loup avait été obligé d'aller
    à Doncières où en attendant qu'il y rentrât d'une manière définitive,
    on aurait toujours besoin de lui maintenant jusqu'à la fin de
    l'après-midi. Je regrettais qu'il ne fût pas à Balbec. J'avais vu
    descendre de voiture et entrer, les unes dans la salle de danse du
    Casino, les autres chez le glacier, des jeunes femmes qui, de loin,
    m'avaient paru ravissantes. J'étais dans une de ces périodes de la
    jeunesse, dépourvues d'un amour particulier, vacantes, où partout--comme
    un amoureux, la femme dont il est épris--on désire, on
    cherche, on voit la beauté. Qu'un seul trait réel--le peu qu'on
    distingue d'une femme vue de loin, ou de dos--nous permette de
    projeter la Beauté devant nous, nous nous figurons l'avoir reconnue,
    notre cœur bat, nous pressons le pas, et nous resterons toujours à demi
    persuadés que c'était elle, pourvu que la femme ait disparu: ce n'est
    que si nous pouvons la rattraper que nous comprenons notre erreur.

    D'ailleurs, de plus en plus souffrant, j'étais tenté de surfaire les
    plaisirs les plus simples à cause des difficultés mêmes qu'il y avait
    pour moi à les atteindre. Des femmes élégantes, je croyais en
    apercevoir partout, parce que j'étais trop fatigué si c'était sur la
    plage, trop timide si c'était au Casino ou dans une pâtisserie, pour
    les approcher nulle part. Pourtant, si je devais bientôt mourir,
    j'aurais aimé savoir comment étaient faites de près, en réalité, les
    plus jolies jeunes filles que la vie pût offrir, quand même c'eût été
    un autre que moi, ou même personne, qui dût profiter de cette offre
    (je ne me rendais pas compte, en effet, qu'il y avait un désir de
    possession à l'origine de ma curiosité). J'aurais osé entrer dans la
    salle de bal, si Saint-Loup avait été avec moi. Seul, je restai
    simplement devant le Grand-Hôtel à attendre le moment d'aller
    retrouver ma grand'mère, quand, presque encore à l'extrémité de la
    digue où elles faisaient mouvoir une tache singulière, je vis
    s'avancer cinq ou six fillettes, aussi différentes, par l'aspect et
    par les façons, de toutes les personnes auxquelles on était accoutumé
    à Balbec, qu'aurait pu l'être, débarquée on ne sait d'où, une bande de
    mouettes qui exécute à pas comptés sur la plage--les retardataires
    rattrapant les autres en voletant--une promenade dont le but semble
    aussi obscur aux baigneurs qu'elles ne paraissent pas voir, que
    clairement déterminé pour leur esprit d'oiseaux.

    Une de ces inconnues poussait devant elle, de la main, sa bicyclette;
    deux autres tenaient des «clubs» de golf; et leur accoutrement
    tranchait sur celui des autres jeunes filles de Balbec, parmi
    lesquelles quelques-unes il est vrai, se livraient aux sports, mais
    sans adopter pour cela une tenue spéciale.

    C'était l'heure où dames et messieurs venaient tous les jours faire
    leur tour de digue, exposés aux feux impitoyables du face-à-main que
    fixait sur eux, comme s'ils eussent été porteurs de quelque tare
    qu'elle tenait à inspecter dans ses moindres détails, la femme du
    premier président, fièrement assise devant le kiosque de musique, au
    milieu de cette rangée de chaises redoutée où eux-mêmes tout à
    l'heure, d'acteurs devenus critiques, viendraient s'installer pour
    juger à leur tour ceux qui défileraient devant eux. Tous ces gens qui
    longeaient la digue en tanguant aussi fort que si elle avait été le
    pont d'un bateau (car ils ne savaient pas lever une jambe sans du même
    coup remuer le bras, tourner les yeux, remettre d'aplomb leurs
    épaules, compenser par un mouvement balancé du côté opposé le
    mouvement qu'ils venaient de faire de l'autre côté, et congestionner
    leur face), et qui, faisant semblant de ne pas voir pour faire croire
    qu'ils ne se souciaient pas d'elles, mais regardant à la dérobée pour
    ne pas risquer de les heurter, les personnes qui marchaient à leurs
    côtés ou venaient en sens inverse, butaient au contraire contre elles,
    s'accrochaient à elles, parce qu'ils avaient été réciproquement de
    leur part l'objet de la même attention secrète, cachée sous le même
    dédain apparent; l'amour--par conséquent la crainte--de la foule
    étant un des plus puissants mobiles chez tous les hommes, soit qu'ils
    cherchent à plaire aux autres ou à les étonner, soit à leur montrer
    qu'ils les méprisent. Chez le solitaire, la claustration même absolue
    et durant jusqu'à la fin de la vie, a souvent pour principe un amour
    déréglé de la foule qui l'emporte tellement sur tout autre sentiment,
    que, ne pouvant obtenir quand il sort l'admiration de la concierge,
    des passants, du cocher arrêté, il préfère n'être jamais vu d'eux, et
    pour cela renoncer à toute activité qui rendrait nécessaire de sortir.

    Au milieu de tous ces gens dont quelques-uns poursuivaient une pensée,
    mais en trahissaient alors la mobilité par une saccade de gestes, une
    divagation de regards, aussi peu harmonieuses que la circonspecte
    titubation de leurs voisins, les fillettes que j'avais aperçues, avec
    la maîtrise de gestes que donne un parfait assouplissement de son
    propre corps et un mépris sincère du reste de l'humanité, venaient
    droit devant elles, sans hésitation ni raideur, exécutant exactement
    les mouvements qu'elles voulaient, dans une pleine indépendance de
    chacun de leurs membres par rapport aux autres, la plus grande partie
    de leur corps gardant cette immobilité si remarquable chez les bonnes
    valseuses. Elles n'étaient plus loin de moi. Quoique chacune fût d'un
    type absolument différent des autres, elles avaient toutes de la
    beauté; mais, à vrai dire, je les voyais depuis si peu d'instants et
    sans oser les regarder fixement que je n'avais encore individualisé
    aucune d'elles. Sauf une, que son nez droit, sa peau brune mettait en
    contraste au milieu des autres comme dans quelque tableau de la
    Renaissance, un roi Mage de type arabe, elles ne m'étaient connues,
    l'une que par une paire d'yeux durs, butés et rieurs; une autre que
    par des joues où le rose avait cette teinte cuivrée qui évoque l'idée
    de géranium; et même ces traits je n'avais encore indissolublement
    attaché aucun d'entre eux à l'une des jeunes filles plutôt qu'à
    l'autre; et quand (selon l'ordre dans lequel se déroulait cet ensemble
    merveilleux parce qu'y voisinaient les aspects les plus différents,
    que toutes les gammes de couleurs y étaient rapprochées, mais qui
    était confus comme une musique où je n'aurais pas su isoler et
    reconnaître au moment de leur passage les phrases, distinguées mais
    oubliées aussitôt après), je voyais émerger un ovale blanc, des yeux
    noirs, des yeux verts, je ne savais pas si c'était les mêmes qui
    m'avaient déjà apporté du charme tout à l'heure, je ne pouvais pas les
    rapporter à telle jeune fille que j'eusse séparée des autres et
    reconnue. Et cette absence, dans ma vision, des démarcations que
    j'établirais bientôt entre elles, propageait à travers leur groupe un
    flottement harmonieux, la translation continue d'une beauté fluide,
    collective et mobile.

    Ce n'était peut-être pas, dans la vie, le hasard seul qui, pour réunir
    ces amies les avait toutes choisies si belles; peut-être ces filles
    (dont l'attitude suffisait à révéler la nature hardie, frivole et
    dure), extrêmement sensibles à tout ridicule et à toute laideur,
    incapables de subir un attrait d'ordre intellectuel ou moral,
    s'étaient-elles naturellement trouvées, parmi les camarades de leur
    âge, éprouver de la répulsion pour toutes celles chez qui des
    dispositions pensives ou sensibles se trahissaient par de la timidité,
    de la gêne, de la gaucherie, par ce qu'elles devaient appeler «un
    genre antipathique», et les avaient-elles tenues à l'écart; tandis
    qu'elles s'étaient liées au contraire avec d'autres vers qui les
    attiraient un certain mélange de grâce, de souplesse et d'élégance
    physique, seule forme sous laquelle elles pussent se représenter la
    franchise d'un caractère séduisant et la promesse de bonnes heures à
    passer ensemble. Peut-être aussi la classe à laquelle elles
    appartenaient et que je n'aurais pu préciser, était-elle à ce point de
    son évolution où, soit grâce à l'enrichissement et au loisir, soit
    grâce aux habitudes nouvelles de sport, répandues même dans certains
    milieux populaires, et d'une culture physique à laquelle ne s'est pas
    encore ajoutée celle de l'intelligence, un milieu social pareil aux
    écoles de sculpture harmonieuses et fécondes qui ne recherchent pas
    encore l'expression tourmentée, produit naturellement, et en
    abondance, de beaux corps aux belles jambes, aux belles hanches, aux
    visages sains et reposés, avec un air d'agilité et de ruse. Et
    n'étaient-ce pas de nobles et calmes modèles de beauté humaine que je
    voyais là, devant la mer, comme des statues exposées au soleil sur un
    rivage de la Grèce?

    Telles que si, du sein de leur bande qui progressait le long de la
    digue comme une lumineuse comète, elles eussent jugé que la foule
    environnante était composée d'êtres d'une autre race et dont la
    souffrance même n'eût pu éveiller en elles un sentiment de solidarité,
    elles ne paraissaient pas la voir, forçaient les personnes arrêtées à
    s'écarter ainsi que sur le passage d'une machine qui eût été lâchée et
    dont il ne fallait pas attendre qu'elle évitât les piétons, et se
    contentaient tout au plus, si quelque vieux monsieur dont elles
    n'admettaient pas l'existence et dont elles repoussaient le contact
    s'était enfui avec des mouvements craintifs ou furieux, précipités ou
    risibles, de se regarder entre elles en riant. Elles n'avaient à
    l'égard de ce qui n'était pas de leur groupe aucune affectation de
    mépris, leur mépris sincère suffisait. Mais elles ne pouvaient voir un
    obstacle sans s'amuser à le franchir en prenant leur élan ou à pieds
    joints, parce qu'elles étaient toutes remplies, exubérantes, de cette
    jeunesse qu'on a si grand besoin de dépenser même quand on est triste
    ou souffrant, obéissant plus aux nécessités de l'âge qu'à l'humeur de
    la journée, on ne laisse jamais passer une occasion de saut ou de
    glissade sans s'y livrer consciencieusement, interrompant, semant sa
    marche lente -- comme Chopin la phrase la plus mélancolique -- de
    gracieux détours où le caprice se mêle à la virtuosité. La femme d'un
    vieux banquier, après avoir hésité pour son mari entre diverses
    expositions, l'avait assis, sur un pliant, face à la digue, abrité du
    vent et du soleil par le kiosque des musiciens. Le voyant bien
    installé, elle venait de le quitter pour aller lui acheter un journal
    qu'elle lui lirait et qui le distrairait, petites absences pendant
    lesquelles elle le laissait seul et qu'elle ne prolongeait jamais au
    delà de cinq minutes, ce qui lui semblait bien long, mais qu'elle
    renouvelait assez fréquemment pour que le vieil époux à qui elle
    prodiguait à la fois et dissimulait ses soins eût l'impression qu'il
    était encore en état de vivre comme tout le monde et n'avait nul
    besoin de protection. La tribune des musiciens formait au-dessus de
    lui un tremplin naturel et tentant sur lequel sans une hésitation
    l'aînée de la petite bande se mit à courir: elle sauta par-dessus le
    vieillard épouvanté, dont la casquette marine fut effleurée par les
    pieds agiles, au grand amusement des autres jeunes filles, surtout de
    deux yeux verts dans une figure poupine qui exprimèrent pour cet acte
    une admiration et une gaieté où je crus discerner un peu de timidité,
    d'une timidité honteuse et fanfaronne, qui n'existait pas chez les
    autres. «C'pauvre vieux, y m'fait d'la peine, il a l'air à moitié
    crevé», dit l'une de ces filles d'une voix rogommeuse et avec un
    accent à demi-ironique. Elles firent quelques pas encore, puis
    s'arrêtèrent un moment au milieu du chemin sans s'occuper d'arrêter la
    circulation des passants, en un conciliabule, un agrégat de forme
    irrégulière, compact, insolite et piaillant, comme des oiseaux qui
    s'assemblent au moment de s'envoler; puis elles reprirent leur lente
    promenade le long de la digue, au-dessus de la mer.

    Maintenant, leurs traits charmants n'étaient plus indistincts et
    mêlés. Je les avais répartis et agglomérés (à défaut du nom de
    chacune, que j'ignorais) autour de la grande qui avait sauté par
    dessus le vieux banquier; de la petite qui détachait sur l'horizon de
    la mer ses joues bouffies et roses, ses yeux verts; de celle au teint
    bruni, au nez droit, qui tranchait au milieu des autres; d'une autre,
    au visage blanc comme un œuf dans lequel un petit nez faisait un arc de
    cercle comme un bec de poussin, visage comme en ont certains très
    jeunes gens; d'une autre encore, grande, couverte d'une pèlerine (qui
    lui donnait un aspect si pauvre et démentait tellement sa tournure
    élégante que l'explication qui se présentait à l'esprit était que
    cette jeune fille devait avoir des parents assez brillants et plaçant
    leur amour-propre assez au-dessus des baigneurs de Balbec et de
    l'élégance vestimentaire de leurs propres enfants pour qu'il leur fût
    absolument égal de la laisser se promener sur la digue dans une tenue
    que de petites gens eussent jugée trop modeste); d'une fille aux yeux
    brillants, rieurs, aux grosses joues mates, sous un «polo» noir,
    enfoncé sur sa tête, qui poussait une bicyclette avec un dandinement
    de hanches si dégingandé, en employant des termes d'argot si
    voyous et criés si fort, quand je passai auprès d'elle (parmi lesquels
    je distinguai cependant la phrase fâcheuse de «vivre sa vie»)
    qu'abandonnant l'hypothèse que la pèlerine de sa camarade m'avait fait
    échafauder, je conclus plutôt que toutes ces filles appartenaient à la
    population qui fréquente les vélodromes, et devaient être les très
    jeunes maîtresses de coureurs cyclistes. En tous cas, dans aucune de
    mes suppositions, ne figurait celle qu'elles eussent pu être
    vertueuses. A première vue--dans la manière dont elles se
    regardaient en riant, dans le regard insistant de celle aux joues
    mates--j'avais compris qu'elles ne l'étaient pas. D'ailleurs, ma
    grand-mère avait toujours veillé sur moi avec une délicatesse trop
    timorée pour que je ne crusse pas que l'ensemble des choses qu'on ne
    doit pas faire est indivisible et que des jeunes filles qui manquent
    de respect à la vieillesse, fussent tout d'un coup arrêtées par des
    scrupules quand il s'agit de plaisirs plus tentateurs que de sauter
    par dessus un octogénaire.

    Individualisées maintenant, pourtant la réplique que se donnaient les
    uns aux autres leurs regards animés de suffisance et d'esprit de
    camaraderie, et dans lesquels se rallumaient d'instant en instant
    tantôt l'intérêt, tantôt l'insolente indifférence dont brillait
    chacune, selon qu'il s'agissait de l'une de ses amies ou des passants,
    cette conscience aussi de se connaître entre elles assez intimement
    pour se promener toujours ensemble, en faisant «bande à part»,
    mettaient entre leurs corps indépendants et séparés, tandis qu'ils
    s'avançaient lentement, une liaison invisible, mais harmonieuse comme
    une même ombre chaude, une même atmosphère, faisant d'eux un tout
    aussi homogène en ses parties qu'il était différent de la foule au
    milieu de laquelle se déroulait lentement leur cortège.

    Un instant, tandis que je passais à côté de la brune aux grosses joues
    qui poussait une bicyclette, je croisai ses regards obliques et
    rieurs, dirigés du fond de ce monde inhumain qui enfermait la vie de
    cette petite tribu, inaccessible inconnu où l'idée de ce que j'étais
    ne pouvait certainement ni parvenir ni trouver place. Toute occupée à
    ce que disaient ses camarades, cette jeune fille coiffée d'un polo qui
    descendait très bas sur son front m'avait-elle vu au moment où le
    rayon noir émané de ses yeux m'avait rencontré. Si elle m'avait vu,
    qu'avais-je pu lui représenter? Du sein de quel univers me
    distinguait-elle? Il m'eût été aussi difficile de le dire que, lorsque
    certaines particularités nous apparaissent grâce au télescope, dans un
    astre voisin, il est malaisé de conclure d'elles que des humains y
    habitent, qu'ils nous voient, et quelles idées cette vue a pu éveiller
    en eux.

    Si nous pensions que les yeux d'une telle fille ne sont qu'une
    brillante rondelle de mica, nous ne serions pas avides de connaître et
    d'unir à nous sa vie. Mais nous sentons que ce qui luit dans ce disque
    réfléchissant n'est pas dû uniquement à sa composition matérielle; que
    ce sont, inconnues de nous, les noires ombres des idées que cet être
    se fait, relativement aux gens et aux lieux qu'il connaît--pelouses
    des hippodromes, sable des chemins où, pédalant à travers champs et
    bois, m'eût entraîné cette petite péri, plus séduisante pour moi que
    celle du paradis persan,--les ombres aussi de la maison où elle va
    rentrer, des projets qu'elle forme ou qu'on a formés pour elle; et
    surtout que c'est elle, avec ses désirs, ses sympathies, ses
    répulsions, son obscure et incessante volonté. Je savais que je ne
    posséderais pas cette jeune cycliste si je ne possédais aussi ce qu'il
    y avait dans ses yeux. Et c'était par conséquent toute sa vie qui
    m'inspirait du désir; désir douloureux, parce que je le sentais
    irréalisable, mais enivrant, parce que ce qui avait été jusque-là ma
    vie ayant brusquement cessé d'être ma vie totale, n'étant plus qu'une
    petite partie de l'espace étendu devant moi que je brûlais de couvrir,
    et qui était fait de la vie de ces jeunes filles, m'offrait ce
    prolongement, cette multiplication possible de soi-même, qui est le
    bonheur. Et, sans doute, qu'il n'y eût entre nous aucune habitude--comme
    aucune idée--communes, devait me rendre plus difficile de me
    lier avec elles et de leur plaire. Mais peut-être aussi c'était grâce
    à ces différences, à la conscience qu'il n'entrait pas dans la
    composition de la nature et des actions de ces filles, un seul élément
    que je connusse ou possédasse, que venait en moi de succéder à la
    satiété, la soif--pareille à celle dont brûle une terre altérée--d'une
    vie que mon âme, parce qu'elle n'en avait jamais reçu jusqu'ici
    une seule goutte, absorberait d'autant plus avidement, à longs traits,
    dans une plus parfaite imbibition.

    J'avais tant regardé cette cycliste aux yeux brillants qu'elle parut
    s'en apercevoir et dit à la plus grande un mot que je n'entendis pas
    mais qui fit rire celle-ci. A vrai dire, cette brune n'était pas celle
    qui me plaisait le plus, justement parce qu'elle était brune, et que
    (depuis le jour où dans le petit raidillon de Tansonville, j'avais vu
    Gilberte), une jeune fille rousse à la peau dorée était restée pour
    moi l'idéal inaccessible. Mais Gilberte elle-même ne l'avais-je pas
    aimée surtout parce qu'elle m'était apparue nimbée par cette auréole
    d'être l'amie de Bergotte, d'aller visiter avec lui les cathédrales.
    Et de la même façon ne pouvais-je me réjouir d'avoir vu cette brune me
    regarder (ce qui me faisait espérer qu'il me serait plus facile
    d'entrer en relations avec elle d'abord), car elle me présenterait aux
    autres, à l'impitoyable qui avait sauté par-dessus le vieillard, à la
    cruelle qui avait dit: «Il me fait de la peine, ce pauvre vieux»; à
    toutes successivement, desquelles elle avait d'ailleurs le prestige
    d'être l'inséparable compagne. Et cependant, la supposition que je
    pourrais un jour être l'ami de telle ou telle de ces jeunes filles,
    que ces yeux dont les regards inconnus me frappaient parfois en jouant
    sur moi sans le savoir comme un effet de soleil sur un mur, pourraient
    jamais par une alchimie miraculeuse laisser transpénétrer entre leurs
    parcelles ineffables l'idée de mon existence, quelque amitié pour ma
    personne, que moi-même je pourrais un jour prendre place entre elles, dans
    la théorie qu'elles déroulaient le long de la mer--cette supposition
    me paraissait enfermer en elle une contradiction aussi insoluble que
    si, devant quelque frise attique ou quelque fresque figurant un
    cortège, j'avais cru possible, moi spectateur, de prendre place, aimé
    d'elles, entre les divines processionnaires.

    Le bonheur de connaître ces jeunes filles était-il donc irréalisable?
    Certes ce n'eût pas été le premier de ce genre auquel j'eusse renoncé.
    Je n'avais qu'à me rappeler tant d'inconnues que, même à Balbec, la
    voiture s'éloignant à toute vitesse m'avait fait à jamais abandonner.
    Et même le plaisir que me donnait la petite bande, noble comme si elle
    était composée de vierges helléniques, venait de ce qu'elle avait
    quelque chose de la fuite des passantes sur la route. Cette fugacité
    des êtres qui ne sont pas connus de nous, qui nous forcent à démarrer
    de la vie habituelle où les femmes que nous fréquentons finissent par
    dévoiler leurs tares, nous met dans cet état de poursuite où rien
    n'arrête plus l'imagination. Or dépouiller d'elle nos plaisirs, c'est
    les réduire à eux-mêmes, à rien. Offertes chez une de ces
    entremetteuses que, par ailleurs, on a vu que je ne méprisais pas,
    retirées de l'élément qui leur donnait tant de nuances et de vague,
    ces jeunes filles m'eussent moins enchanté. Il faut que l'imagination,
    éveillée par l'incertitude de pouvoir atteindre son objet, crée un but
    qui nous cache l'autre, et en substituant au plaisir sensuel l'idée de
    pénétrer dans une vie, nous empêche de reconnaître ce plaisir,
    d'éprouver son goût véritable, de le restreindre à sa portée.

    Il faut qu'entre nous et le poisson qui si nous le voyions pour la
    première fois servi sur une table ne paraîtrait pas valoir les mille
    ruses et détours nécessaires pour nous emparer de lui, s'interpose,
    pendant les après-midi de pêche, le remous à la surface duquel
    viennent affleurer, sans que nous sachions bien ce que nous voulons en
    faire, le poli d'une chair, l'indécision d'une forme, dans la fluidité
    d'un transparent et mobile azur.

    Ces jeunes filles bénéficiaient aussi de ce changement des proportions
    sociales caractéristiques de la vie des bains de mer. Tous les
    avantages qui dans notre milieu habituel nous prolongent, nous
    agrandissent, se trouvent là devenus invisibles, en fait supprimés; en
    revanche les êtres à qui on suppose indûment de tels avantages, ne
    s'avancent qu'amplifiés d'une étendue postiche. Elle rendait plus aisé
    que des inconnues, et ce jour-là ces jeunes filles, prissent à mes yeux
    une importance énorme, et impossible de leur faire connaître celle que
    je pouvais avoir.

    Mais si la promenade de la petite bande avait pour elle de n'être
    qu'un extrait de la fuite innombrable de passantes, laquelle m'avait
    toujours troublé, cette fuite était ici ramenée à un mouvement
    tellement lent qu'il se rapprochait de l'immobilité. Or, précisément,
    que dans une phase aussi peu rapide, les visages non plus emportés
    dans un tourbillon, mais calmes et distincts, me parussent encore
    beaux, cela m'empêchait de croire, comme je l'avais fait si souvent
    quand m'emportait la voiture de Mme de Villeparisis, que, de plus
    près, si je me fusse arrêté un instant, tels détails, une peau grêlée,
    un défaut dans les ailes du nez, un regard benêt, la grimace du
    sourire, une vilaine taille, eussent remplacé dans le visage et dans
    le corps de la femme ceux que j'avais sans doute imaginés; car il
    avait suffi d'une jolie ligne de corps, d'un teint frais entrevu, pour
    que de très bonne foi j'y eusse ajouté quelque ravissante épaule,
    quelque regard délicieux dont je portais toujours en moi le souvenir
    ou l'idée préconçue, ces déchiffrages rapides d'un être qu'on voit à
    la volée nous exposant ainsi aux mêmes erreurs que ces lectures trop
    rapides où, sur une seule syllabe et sans prendre le temps
    d'identifier les autres, on met à la place du mot qui est écrit, un
    tout différent que nous fournit notre mémoire. Il ne pouvait en être
    ainsi maintenant. J'avais bien regardé leurs visages; chacun d'eux je
    l'avais vu, non pas dans tous ses profils, et rarement de face, mais
    tout de même selon deux ou trois aspects assez différents pour que je
    pusse faire soit la rectification, soit la vérification et la «preuve»
    des différentes suppositions de lignes et de couleurs que hasarde la
    première vue, et pour voir subsister en eux, à travers les expressions
    successives, quelque chose d'inaltérablement matériel. Aussi, je
    pouvais me dire avec certitude que, ni à Paris, ni à Balbec, dans les
    hypothèses les plus favorables de ce qu'auraient pu être, même si
    j'avais pu rester à causer avec elles, les passantes qui avaient
    arrêté mes yeux, il n'y en avait jamais eu dont l'apparition, puis la
    disparition sans que je les eusse connues, m'eussent laissé plus de
    regrets que ne feraient celles-ci, m'eussent donné l'idée que leur
    amitié pût être une telle ivresse. Ni parmi les actrices, ou les
    paysannes, ou les demoiselles du pensionnat religieux, je n'avais rien
    vu d'aussi beau, imprégné d'autant d'inconnu, aussi inestimablement
    précieux, aussi vraisemblablement inaccessible. Elles étaient, du
    bonheur inconnu et possible de la vie, un exemplaire si délicieux et
    en si parfait état, que c'était presque pour des raisons
    intellectuelles que j'étais désespéré de ne pas pouvoir faire dans des
    conditions uniques, ne laissant aucune place à l'erreur possible,
    l'expérience de ce que nous offre de plus mystérieux la beauté qu'on
    désire et qu'on se console de ne posséder jamais, en demandant du
    plaisir--comme Swann avait toujours refusé de faire, avant Odette--à
    des femmes qu'on n'a pas désirées, si bien qu'on meurt sans avoir
    jamais su ce qu'était cet autre plaisir. Sans doute, il se pouvait
    qu'il ne fût pas en réalité un plaisir inconnu, que de près son
    mystère se dissipât, qu'il ne fût qu'une projection, qu'un mirage du
    désir. Mais, dans ce cas, je ne pourrais m'en prendre qu'à la
    nécessité d'une loi de la nature--qui si elle s'appliquait à ces
    jeunes filles, s'appliquerait à toutes--et non à la défectuosité de
    l'objet. Car il était celui que j'eusse choisi entre tous, me rendant
    bien compte, avec une satisfaction de botaniste, qu'il n'était pas
    possible de trouver réunies des espèces plus rares que celles de ces
    jeunes fleurs qui interrompaient en ce moment devant moi la ligne du
    flot de leur haie légère, pareille à un bosquet de roses de
    Pennsylvanie, ornement d'un jardin sur la falaise, entre lesquelles
    tient tout le trajet de l'océan parcouru par quelque steamer, si lent
    à glisser sur le trait horizontal et bleu qui va d'une tige à l'autre,
    qu'un papillon paresseux, attardé au fond de la corolle que la coque
    du navire a depuis longtemps dépassée, peut pour s'envoler en étant
    sûr d'arriver avant le vaisseau, attendre que rien qu'une seule
    parcelle azurée sépare encore la proue de celui-ci du premier
    pétale de la fleur vers laquelle il navigue.

    Je rentrai parce que je devais aller dîner à Rivebelle avec Robert et
    que ma grand'mère exigeait qu'avant de partir, je m'étendisse ces
    soirs-là pendant une heure sur mon lit, sieste que le médecin de
    Balbec m'ordonna bientôt d'étendre à tous les autres soirs.

    D'ailleurs, il n'y avait même pas besoin pour rentrer de quitter la
    digue et de pénétrer dans l'hôtel par le hall, c'est-à-dire par
    derrière. En vertu d'une avance comparable à celle du samedi où à
    Combray on déjeunait une heure plus tôt, maintenant avec le plein de
    l'été les jours étaient devenus si longs que le soleil était encore
    haut dans le ciel, comme à une heure de goûter, quand on mettait le
    couvert pour le dîner au Grand-Hôtel de Balbec. Aussi les grandes
    fenêtres vitrées et à coulisses restaient-elles ouvertes de
    plain-pied avec la digue. Je n'avais qu'à enjamber un mince cadre de
    bois pour me trouver dans la salle à manger que je quittais aussitôt
    pour prendre l'ascenseur.

    En passant devant le bureau j'adressai un sourire au directeur, et sans
    l'ombre de dégoût, en recueillis un dans sa figure que, depuis que
    j'étais à Balbec, mon attention compréhensive injectait et
    transformait peu à peu comme une préparation d'histoire naturelle. Ses
    traits m'étaient devenus courants, chargés d'un sens médiocre, mais
    intelligible comme une écriture qu'on lit et ne ressemblaient plus en
    rien à ces caractères bizarres, intolérables que son visage m'avait
    présentés ce premier jour où j'avais vu devant moi un personnage
    maintenant oublié, ou, si je parvenais à l'évoquer, méconnaissable,
    difficile à identifier avec la personnalité insignifiante et polie
    dont il n'était que la caricature, hideuse et sommaire. Sans la
    timidité ni la tristesse du soir de mon arrivée, je sonnai le lift qui
    ne restait plus silencieux pendant que je m'élevais à côté de lui dans
    l'ascenseur, comme dans une cage thoracique mobile qui se fût déplacée
    le long de la colonne montante, mais me répétait:

    «Il n'y a plus autant de monde comme il y a un mois. On va commencer à
    s'en aller, les jours baissent.» Il disait cela, non que ce fût vrai,
    mais parce qu'ayant un engagement pour une partie plus chaude de la
    côte, il aurait voulu que nous partîmes tous le plus tôt possible afin
    que l'hôtel fermât et qu'il eût quelques jours à lui, avant de
    «rentrer» dans sa nouvelle place. Rentrer et «nouvelle» n'étaient du
    reste pas des expressions contradictoires car, pour le lift, «rentrer»
    était la forme usuelle du verbe «entrer». La seule chose qui m'étonnât
    était qu'il condescendît à dire «place», car il appartenait à ce
    prolétariat moderne qui désire effacer dans le langage la trace du
    régime de la domesticité. Du reste, au bout d'un instant, il m'apprit
    que dans la «situation» où il allait «rentrer», il aurait une plus
    jolie «tunique» et un meilleur «traitement»; les mots «livrée» et
    «gages» lui paraissaient désuets et inconvenants. Et comme, par une
    contradiction absurde, le vocabulaire a, malgré tout, chez les
    «patrons», survécu à la conception de l'inégalité, je comprenais
    toujours mal ce que me disait le lift. Ainsi la seule chose qui
    m'intéressât était de savoir si ma grand'mère était à l'hôtel. Or,
    prévenant mes questions, le lift me disait: «Cette dame vient de
    sortir de chez vous.» J'y étais toujours pris, je croyais que c'était
    ma grand-mère. «Non, cette dame qui est je crois employée chez vous.»
    Comme dans l'ancien langage bourgeois, qui devrait bien être aboli,
    une cuisinière ne s'appelle pas une employée, je pensais un instant:
    «Mais il se trompe nous ne possédons ni usine, ni employés.» Tout d'un
    coup, je me rappelais que le nom d'employé est comme le port de la
    moustache pour les garçons de café, une satisfaction d'amour-propre
    donnée aux domestiques et que cette dame qui venait de sortir était
    Françoise (probablement en visite à la caféterie ou en train de
    regarder coudre la femme de chambre de la dame belge), satisfaction
    qui ne suffisait pas encore au lift car il disait volontiers en
    s'apitoyant sur sa propre classe «chez l'ouvrier» ou «chez le petit» se
    servant du même singulier que Racine quand il dit: «le pauvre...».
    Mais d'habitude, car mon zèle et ma timidité du premier jour étaient
    loin, je ne parlais plus au lift. C'était lui maintenant qui restait
    sans recevoir de réponses dans la courte traversée dont il filait les
    nœuds à travers l'hôtel, évidé comme un jouet et qui déployait autour
    de nous, étage par étage, ses ramifications de couloirs dans les
    profondeurs desquels la lumière se veloutait, se dégradait,
    amincissait les portes de communication ou les degrés des escaliers
    intérieurs qu'elle convertissait en cette ambre dorée, inconsistante
    et mystérieuse comme un crépuscule, où Rembrandt découpe tantôt
    l'appui d'une fenêtre ou la manivelle d'un puits. Et à chaque étage
    une lueur d'or reflétée sur le tapis annonçait le coucher du soleil et
    la fenêtre des cabinets.

    Je me demandais si les jeunes filles que je venais de voir habitaient
    Balbec et qui elles pouvaient être. Quand le désir est ainsi orienté
    vers une petite tribu humaine qu'il sélectionne, tout ce qui peut se
    rattacher à elle devient motif d'émotion, puis de rêverie. J'avais
    entendu une dame dire sur la digue: «C'est une amie de la petite
    Simonet» avec l'air de précision avantageuse de quelqu'un qui
    explique: «C'est le camarade inséparable du petit La Rochefoucauld.»
    Et aussitôt on avait senti sur la figure de la personne à qui on
    apprenait cela une curiosité de mieux regarder la personne favorisée
    qui était «amie de la petite Simonet». Un privilège assurément qui ne
    paraissait pas donné à tout le monde. Car l'aristocratie est une chose
    relative. Et il y a des petits trous pas cher où le fils d'un marchand
    de meubles est prince des élégances et règne sur une cour comme un
    jeune prince de Galles. J'ai souvent cherché depuis à me rappeler
    comment avait résonné pour moi sur la plage, ce nom de Simonet, encore
    incertain alors dans sa forme que j'avais mal distinguée, et aussi
    quant à sa signification, à la désignation par lui de telle personne,
    ou peut-être de telle autre; en somme empreint de ce vague et de cette
    nouveauté si émouvants pour nous dans la suite, quand ce nom dont les
    lettres sont à chaque seconde plus profondément gravées en nous par
    notre attention incessante, est devenu (ce qui ne devait arriver pour
    moi, à l'égard de la petite Simonet, que quelques années plus tard) le
    premier vocable que nous retrouvions, soit au moment du réveil, soit
    après un évanouissement, même avant la notion de l'heure qu'il est, du
    lieu où nous sommes, presque avant le mot «je», comme si l'être qu'il
    nomme était plus nous que nous-même, et comme si après quelques moments
    d'inconscience, la trêve qui expire avant toute autre était celle
    pendant laquelle on ne pensait pas à lui. Je ne sais pourquoi je me
    dis dès le premier jour que le nom de Simonet devait être celui d'une
    des jeunes filles, je ne cessai plus de me demander comment je
    pourrais connaître la famille Simonet; et cela par des gens qu'elle
    jugeât supérieurs à elle-même ce qui ne devait pas être difficile si
    ce n'étaient que de petites grues du peuple, pour qu'elle ne pût avoir
    une idée dédaigneuse de moi. Car on ne peut avoir de connaissance
    parfaite, on ne peut pratiquer l'absorption complète de qui vous
    dédaigne, tant qu'on n'a pas vaincu ce dédain. Or, chaque fois que
    l'image de femmes si différentes pénètre en nous, à moins que l'oubli
    ou la concurrence d'autres images ne l'élimine, nous n'avons de repos
    que nous n'ayons converti ces étrangères en quelque chose qui soit
    pareil à nous, notre âme étant à cet égard douée du même genre de
    réaction et d'activité que notre organisme physique, lequel ne peut
    tolérer l'immixtion dans son sein d'un corps étranger sans qu'il
    s'exerce aussitôt à digérer et assimiler l'intrus; la petite Simonet
    devait être la plus jolie de toutes--celle, d'ailleurs, qui, me
    semblait-il, aurait pu devenir ma maîtresse, car elle était la seule
    qui à deux ou trois reprises, détournant à demi la tête, avait paru
    prendre conscience de mon fixe regard. Je demandai au lift s'il ne
    connaissait pas à Balbec, des Simonet. N'aimant pas à dire qu'il
    ignorait quelque chose, il répondit qu'il lui semblait avoir entendu
    causer de ce nom-là. Arrivé au dernier étage, je le priai de me faire
    apporter les dernières listes d'étrangers.

    Je sortis de l'ascenseur, mais au lieu d'aller vers ma chambre je
    m'engageai plus avant dans le couloir, car à cette heure-là le valet
    de chambre de l'étage, quoiqu'il craignît les courants d'air, avait
    ouvert la fenêtre du bout, laquelle regardait, au lieu de la mer, le
    côté de la colline et de la vallée, mais ne les laissait jamais voir,
    car ses vitres, d'un verre opaque, étaient le plus souvent fermées. Je
    m'arrêtai devant elle en une courte station et le temps de faire mes
    dévotions à la «vue» que pour une fois elle découvrait au delà de la
    colline à laquelle était adossé l'hôtel et qui ne contenait qu'une
    maison posée à quelque distance mais à laquelle la perspective et la
    lumière du soir en lui conservant son volume donnait une ciselure
    précieuse et un écrin de velours, comme à une de ces architectures en
    miniature, petit temple ou petite chapelle d'orfèvrerie et d'émaux qui
    servent de reliquaires et qu'on n'expose qu'à de rares jours à la
    vénération des fidèles. Mais cet instant d'adoration avait déjà trop
    duré, car le valet de chambre qui tenait d'une main un trousseau de
    clefs et de l'autre me saluait en touchant sa calotte de sacristain,
    mais sans la soulever à cause de l'air pur et frais du soir, venait
    refermer comme ceux d'une châsse les deux battants de la croisée et
    dérobait à mon adoration le monument réduit et la relique d'or.
    J'entrai dans ma chambre.

    Au fur et à mesure que la saison s'avança,
    changea le tableau que j'y trouvais dans la fenêtre. D'abord il
    faisait grand jour, et sombre seulement s'il faisait mauvais temps;
    alors, dans le verre glauque et qu'elle boursoufflait de ses vagues
    rondes, la mer, sertie entre les montants de fer de ma croisée comme
    dans les plombs d'un vitrail, effilochait sur toute la profonde
    bordure rocheuse de la baie des triangles empennés d'une immobile
    écume linéamentée avec la délicatesse d'une plume ou d'un duvet
    dessinés par Pisanello, et fixés par cet émail blanc, inaltérable et
    crémeux qui figure une couche de neige dans les verreries de Gallé.

    Bientôt les jours diminuèrent et au moment où j'entrais dans la
    chambre, le ciel violet semblait stigmatisé par la figure raide,
    géométrique, passagère et fulgurante du soleil (pareille à la
    représentation de quelque signe miraculeux, de quelque apparition
    mystique), s'inclinait vers la mer sur la charnière de l'horizon comme
    un tableau religieux au-dessus du maître-autel, tandis que les parties
    différentes du couchant exposées dans les glaces des bibliothèques
    basses en acajou qui couraient le long des murs et que je rapportais
    par la pensée à la merveilleuse peinture dont elles étaient détachées,
    semblaient comme ces scènes différentes que quelque maître ancien
    exécuta jadis pour une confrérie sur une châsse et dont on exhibe à
    côté les uns des autres dans une salle de musée les volets séparés que
    l'imagination seule du visiteur remet à leur place sur les prédelles
    du retable. Quelques semaines plus tard, quand je remontais, le soleil
    était déjà couché. Pareille à celle que je voyais à Combray au-dessus
    du Calvaire à mes retours de promenade et quand je m'apprêtais à
    descendre avant le dîner à la cuisine, une bande de ciel rouge
    au-dessus de la mer compacte et coupante comme de la gelée de viande,
    puis bientôt, sur la mer déjà froide et bleue comme le poisson appelé
    mulet, le ciel du même rose qu'un de ces saumons que nous nous ferions
    servir tout à l'heure à Rivebelle, ravivaient le plaisir que j'allais
    avoir à me mettre en habit pour partir dîner. Sur la mer, tout près du
    rivage, essayaient de s'élever, les unes par-dessus les autres, à
    étages de plus en plus larges, des vapeurs d'un noir de suie mais
    aussi d'un poli, d'une consistance d'agate, d'une pesanteur visible,
    si bien que les plus élevées penchant au-dessus de la tige déformée et
    jusqu'en dehors du centre de gravité de celles qui les avaient
    soutenues jusqu'ici, semblaient sur le point d'entraîner cet
    échafaudage déjà à demi-hauteur du ciel et de le précipiter dans la
    mer. La vue d'un vaisseau qui s'éloignait comme un voyageur de nuit me
    donnait cette même impression que j'avais eue en wagon, d'être
    affranchi des nécessités du sommeil et de la claustration dans une
    chambre. D'ailleurs je ne me sentais pas emprisonné dans celle où
    j'étais puisque dans une heure j'allais la quitter pour monter en
    voiture. Je me jetais sur mon lit; et, comme si j'avais été sur la
    couchette d'un des bateaux que je voyais assez près de moi et que la
    nuit on s'étonnerait de voir se déplacer lentement dans l'obscurité,
    comme des cygnes assombris et silencieux mais qui ne dorment pas,
    j'étais de tous côtés entouré des images de la mer.

    Mais bien souvent ce n'était, en effet, que des images; j'oubliais que
    sous leur couleur se creusait le triste vide de la plage, parcouru par
    le vent inquiet du soir, que j'avais si anxieusement ressenti à mon
    arrivée à Balbec; d'ailleurs, même dans ma chambre, tout occupé des
    jeunes filles que j'avais vu passer, je n'étais plus dans des
    dispositions assez calmes ni assez désintéressées pour que pussent se
    produire en moi des impressions vraiment profondes de beauté.
    L'attente du dîner à Rivebelle rendait mon humeur plus frivole encore
    et ma pensée, habitant à ces moments-là la surface de mon corps que
    j'allais habiller pour tâcher de paraître le plus plaisant possible
    aux regards féminins qui me dévisageraient dans le restaurant
    illuminé, était incapable de mettre de la profondeur derrière la
    couleur des choses. Et si, sous ma fenêtre, le vol inlassable et doux
    des martinets et des hirondelles n'avait pas monté comme un jet d'eau,
    comme un feu d'artifice de vie, unissant l'intervalle de ses hautes
    fusées par la filée immobile et blanche de longs sillages horizontaux,
    sans le miracle charmant de ce phénomène naturel et local qui
    rattachait à la réalité les paysages que j'avais devant les yeux,
    j'aurais pu croire qu'ils n'étaient qu'un choix, chaque jour
    renouvelé, de peintures qu'on montrait arbitrairement dans l'endroit
    où je me trouvais et sans qu'elles eussent de rapport nécessaire avec
    lui. Une fois c'était une exposition d'estampes japonaises: à côté de
    la mince découpure de soleil rouge et rond comme la lune, un nuage
    jaune paraissait un lac contre lequel des glaives noirs se profilaient
    ainsi que les arbres de sa rive, une barre d'un rose tendre que je
    n'avais jamais revu depuis ma première boîte de couleurs s'enflait
    comme un fleuve sur les deux rives duquel des bateaux semblaient
    attendre à sec qu'on vînt les tirer pour les mettre à flot. Et avec le
    regard dédaigneux, ennuyé et frivole d'un amateur ou d'une femme
    parcourant, entre deux visites mondaines, une galerie, je me disais:
    «C'est curieux ce coucher de soleil, c'est différent, mais enfin j'en
    ai déjà vu d'aussi délicats, d'aussi étonnants que celui-ci.» J'avais
    plus de plaisir les soirs où un navire absorbé et fluidifié par
    l'horizon apparaissait tellement de la même couleur que lui, ainsi que
    dans une toile impressionniste, qu'il semblait aussi de la même
    matière, comme si on n'eût fait que découper son avant, et les
    cordages en lesquels elle s'était amincie et filigranée dans le bleu
    vaporeux du ciel. Parfois l'océan emplissait presque toute ma fenêtre,
    surélevée qu'elle était par une bande de ciel bordée en haut seulement
    d'une ligne qui était du même bleu que celui de la mer, mais qu'à
    cause de cela je croyais être la mer encore et ne devant sa couleur
    différente qu'à un effet d'éclairage. Un autre jour la mer n'était
    peinte que dans la partie basse de la fenêtre dont tout le reste était
    rempli de tant de nuages poussés les uns contre les autres par bandes
    horizontales, que les carreaux avaient l'air par une préméditation ou
    une spécialité de l'artiste, de présenter une «étude de nuages»,
    cependant que les différentes vitrines de la bibliothèque montrant des
    nuages semblables mais dans une autre partie de l'horizon et
    diversement colorés par la lumière, paraissaient offrir comme la
    répétition, chère à certains maîtres contemporains, d'un seul et même
    effet, pris toujours à des heures différentes mais qui maintenant avec
    l'immobilité de l'art pouvaient être tous vus ensemble dans une même
    pièce, exécutés au pastel et mis sous verre. Et parfois sur le ciel et
    la mer uniformément gris, un peu de rose s'ajoutait avec un
    raffinement exquis, cependant qu'un petit papillon qui s'était endormi
    au bas de la fenêtre semblait apposer avec ses ailes au bas de cette
    «harmonie gris et rose» dans le goût de celles de Whistler, la
    signature favorite du maître de Chelsea. Le rose même disparaissait, il
    n'y avait plus rien à regarder. Je me mettais debout un instant et
    avant de m'étendre de nouveau je fermais les grands rideaux. Au-dessus
    d'eux, je voyais de mon lit la raie de clarté qui y restait encore,
    s'assombrissant, s'amincissant progressivement, mais c'est sans
    m'attrister et sans lui donner de regret que je laissais ainsi mourir
    au haut des rideaux l'heure où d'habitude j'étais à table, car je
    savais que ce jour-ci était d'une autre sorte que les autres, plus
    long comme ceux du pôle que la nuit interrompt seulement quelques
    minutes; je savais que de la chrysalide de ce crépuscule se préparait
    à sortir, par une radieuse métamorphose, la lumière éclatante du
    restaurant de Rivebelle. Je me disais: «Il est temps»; je m'étirais,
    sur le lit, je me levais, j'achevais ma toilette; et je trouvais du
    charme à ces instants inutiles, allégés de tout fardeau matériel, où
    tandis qu'en bas les autres dînaient, je n'employais les forces
    accumulées pendant l'inactivité de cette fin de journée qu'à sécher
    mon corps, à passer un smoking, à attacher ma cravate, à faire tous
    ces gestes que guidait déjà le plaisir attendu de revoir cette femme
    que j'avais remarquée la dernière fois à Rivebelle, qui avait paru me
    regarder, n'était peut-être sortie un instant de table que dans
    l'espoir que je la suivrais; c'est avec joie que j'ajoutais à moi tous
    ces appâts pour me donner entier et dispos à une vie nouvelle, libre,
    sans souci, où j'appuierais mes hésitations au calme de Saint-Loup et
    choisirais entre les espèces de l'histoire naturelle et les
    provenances de tous les pays, celles qui, composant les plats
    inusités, aussitôt commandés par mon ami, auraient tenté ma
    gourmandise ou mon imagination.

    Et tout à la fin, les jours vinrent où je ne pouvais plus rentrer de
    la digue par la salle à manger, ses vitres n'étaient plus ouvertes,
    car il faisait nuit dehors, et l'essaim des pauvres et des curieux
    attirés par le flamboiement qu'ils ne pouvaient atteindre pendait, en
    noires grappes morfondues par la bise, aux parois lumineuses et
    glissantes de la ruche de verre.

    On frappa; c'était Aimé qui avait tenu à m'apporter lui-même les
    dernières listes d'étrangers.

    Aimé, avant de se retirer, tint à me dire que Dreyfus était mille fois
    coupable. «On saura tout, me dit-il, pas cette année, mais l'année
    prochaine: c'est un monsieur très lié dans l'état-major qui me l'a
    dit. Je lui demandais si on ne se déciderait pas à tout découvrir tout
    de suite avant la fin de l'année. Il a posé sa cigarette, continua
    Aimé en mimant la scène et en secouant la tête et l'index comme avait
    fait son client voulant dire: il ne faut pas être trop exigeant. «Pas
    cette année, Aimé, qu'il m'a dit en me touchant à l'épaule, ce n'est
    pas possible. Mais à Pâques, oui!» Et Aimé me frappa légèrement sur
    l'épaule en me disant: «Vous voyez je vous montre exactement comme il
    a fait», soit qu'il fût flatté de cette familiarité d'un grand
    personnage, soit pour que je pusse mieux apprécier en pleine
    connaissance de cause la valeur de l'argument et nos raisons
    d'espérer.

    Ce ne fut pas sans un léger choc au cœur qu'à la première page de la
    liste des étrangers, j'aperçus les mots: «Simonet et sa famille».
    J'avais en moi de vieilles rêveries qui dataient de mon enfance et où
    toute la tendresse qui était dans mon cœur, mais qui éprouvée par lui
    ne s'en distinguait pas, m'était apportée par un être aussi différent
    que possible de moi. Cet être, une fois de plus je le fabriquais en
    utilisant pour cela le nom de Simonet et le souvenir de l'harmonie qui
    régnait entre les jeunes corps que j'avais vus se déployer sur la
    plage, en une procession sportive, digne de l'antique et de Giotto. Je
    ne savais pas laquelle de ces jeunes filles était Mlle Simonet, si
    aucune d'elles s'appelait ainsi, mais je savais que j'étais aimé de
    Mlle Simonet et que j'allais grâce à Saint-Loup essayer de la
    connaître. Malheureusement n'ayant obtenu qu'à cette condition une
    prolongation de congé, il était obligé de retourner tous les jours à
    Doncières; mais, pour le faire manquer à ses obligations militaires,
    j'avais cru pouvoir compter, plus encore que sur son amitié pour moi,
    sur cette même curiosité de naturaliste humain que si souvent--même
    sans avoir vu la personne dont on parlait et rien qu'à entendre dire
    qu'il y avait une jolie caissière chez un fruitier--j'avais eue de
    faire connaissance avec une nouvelle variété de la beauté féminine.
    Or, cette curiosité, c'est à tort que j'avais espéré l'exciter chez
    Saint-Loup en lui parlant de mes jeunes filles. Car elle était pour
    longtemps paralysée en lui par l'amour qu'il avait pour cette actrice
    dont il était l'amant. Et même l'eût-il légèrement ressentie qu'il
    l'eût réprimée, à cause d'une sorte de croyance superstitieuse que de
    sa propre fidélité pouvait dépendre celle de sa maîtresse. Aussi
    fût-ce sans qu'il m'eût promis de s'occuper activement de mes jeunes
    filles que nous partîmes dîner à Rivebelle.

    Les premiers temps, quand nous arrivions, le soleil venait de se
    coucher, mais il faisait encore clair; dans le jardin du restaurant
    dont les lumières n'étaient pas encore allumées, la chaleur du jour
    tombait, se déposait, comme au fond d'un vase le long des parois
    duquel la gelée transparente et sombre de l'air semblait si
    consistante qu'un grand rosier appliqué au mur obscurci qu'il veinait
    de rose, avait l'air de l'arborisation qu'on voit au fond d'une pierre
    d'onyx. Bientôt ce ne fut qu'à la nuit que nous descendions de
    voiture, souvent même que nous partions de Balbec si le temps était
    mauvais et que nous eussions retardé le moment de faire atteler, dans
    l'espoir d'une accalmie. Mais ces jours-là, c'est sans tristesse que
    j'entendais le vent souffler, je savais qu'il ne signifiait pas
    l'abandon de mes projets, la réclusion dans une chambre, je savais
    que, dans la grande salle à manger du restaurant où nous entrerions au
    son de la musique des tziganes, les innombrables lampes triompheraient
    aisément de l'obscurité et du froid en leur appliquant leurs larges
    cautères d'or, et je montais gaiement à côté de Saint-Loup dans le
    coupé qui nous attendait sous l'averse. Depuis quelque temps, les
    paroles de Bergotte, se disant convaincu que malgré ce que je
    prétendais, j'étais fait pour goûter surtout les plaisirs de
    l'intelligence, m'avaient rendu au sujet de ce que je pourrais faire
    plus tard une espérance que décevait chaque jour l'ennui que
    j'éprouvais à me mettre devant une table, à commencer une étude
    critique ou un roman. «Après tout, me disais-je, peut-être le plaisir
    qu'on a eu à l'écrire n'est-il pas le critérium infaillible de la
    valeur d'une belle page; peut-être n'est-il qu'un état accessoire qui
    s'y surajoute souvent, mais dont le défaut ne peut préjuger contre
    elle. Peut-être certains chefs-d'œuvre ont-ils été composés en
    bâillant.» Ma grand'mère apaisait mes doutes en me disant que je
    travaillerais bien et avec joie si je me portais bien. Et, notre
    médecin ayant trouvé plus prudent de m'avertir des graves risques
    auxquels pouvait m'exposer mon état de santé, et m'ayant tracé toutes
    les précautions d'hygiène à suivre pour éviter un accident, je
    subordonnais tous les plaisirs au but que je jugeais infiniment plus
    important qu'eux, de devenir assez fort pour pouvoir réaliser l'œuvre
    que je portais peut-être en moi, j'exerçais sur moi-même depuis que
    j'étais à Balbec un contrôle minutieux et constant. On n'aurait pu me
    faire toucher à la tasse de café qui m'eût privé du sommeil de la
    nuit, nécessaire pour ne pas être fatigué le lendemain. Mais quand
    nous arrivions à Rivebelle, aussitôt, à cause de l'excitation d'un
    plaisir nouveau et me trouvant dans cette zone différente où
    l'exceptionnel nous fait entrer après avoir coupé le fil, patiemment
    tissé depuis tant de jours, qui nous conduisait vers la sagesse--comme
    s'il ne devait plus jamais y avoir de lendemain, ni de fins
    élevées à réaliser--disparaissait ce mécanisme précis de prudente
    hygiène qui fonctionnait pour les sauvegarder. Tandis qu'un valet de
    pied me demandait mon paletot, Saint-Loup me disait:

    --Vous n'aurez pas froid? Vous feriez peut-être mieux de le garder, il
    ne fait pas très chaud.

    Je répondais: «Non, non,» et peut-être je ne sentais pas le froid,
    mais en tous cas je ne savais plus la peur de tomber malade, la
    nécessité de ne pas mourir, l'importance de travailler. Je donnais mon
    paletot; nous entrions dans la salle du restaurant aux sons de quelque
    marche guerrière jouée par les tziganes, nous nous avancions entre les
    rangées des tables servies comme dans un facile chemin de gloire, et,
    sentant l'ardeur joyeuse imprimée à notre corps par les rythmes de
    l'orchestre qui nous décernait ses honneurs militaires et ce triomphe
    immérité, nous la dissimulions sous une mine grave et glacée, sous une
    démarche pleine de lassitude, pour ne pas imiter ces gommeuses de
    café-concert qui, venant de chanter sur un air belliqueux un couplet
    grivois, entrent en courant sur la scène avec la contenance martiale
    d'un général vainqueur.

    A partir de ce moment-là j'étais un homme nouveau, qui n'était plus le
    petit-fils de ma grand'mère et ne se souviendrait d'elle qu'en
    sortant, mais le frère momentané des garçons qui allaient nous servir.

    La dose de bière, à plus forte raison de champagne, qu'à Balbec je
    n'aurais pas voulu atteindre en une semaine, alors pourtant qu'à ma
    conscience calme et lucide la saveur de ces breuvages représentassent
    un plaisir clairement appréciable mais aisément sacrifié, je
    l'absorbais en une heure en y ajoutant quelques gouttes de porto, trop
    distrait pour pouvoir le goûter, et je donnais au violoniste qui
    venait de jouer les deux «louis» que j'avais économisés depuis un mois
    en vue d'un achat que je ne me rappelais pas. Quelques-uns des garçons
    qui servaient, lâchés entre les tables, fuyaient à toute vitesse,
    ayant sur leur paumes tendues un plat que cela semblait être le but de
    ce genre de courses de ne pas laisser choir. Et de fait, les soufflés
    au chocolat arrivaient à destination sans avoir été renversés, les
    pommes à l'anglaise, malgré le galop qui avait dû les secouer, rangées
    comme au départ autour de l'agneau de Pauilhac. Je remarquai un de ces
    servants, très grand, emplumé de superbes cheveux noirs, la figure
    fardée d'un teint qui rappelait davantage certaines espèces d'oiseaux
    rares que l'espèce humaine et qui, courant sans trêve et, eût-on dit,
    sans but, d'un bout à l'autre de la salle, faisait penser à quelqu'un
    de ces «aras» qui remplissent les grandes volières des jardins
    zoologiques de leur ardent coloris et de leur incompréhensible
    agitation. Bientôt le spectacle s'ordonna, à mes yeux du moins, d'une
    façon plus noble et plus calme. Toute cette activité vertigineuse se
    fixait en une calme harmonie. Je regardais les tables rondes, dont
    l'assemblée innombrable emplissait le restaurant, comme autant de
    planètes, telles que celles-ci sont figurées dans les tableaux
    allégoriques d'autrefois. D'ailleurs, une force d'attraction
    irrésistible s'exerçait entre ces astres divers et à chaque table les
    dîneurs n'avaient d'yeux que pour les tables où ils n'étaient pas,
    exception faite pour quelque riche amphitryon, lequel ayant réussi à
    amener un écrivain célèbre, s'évertuait à tirer de lui, grâce aux
    vertus de la table tournante, des propos insignifiants dont les dames
    s'émerveillaient. L'harmonie de ces tables astrales n'empêchait pas
    l'incessante révolution des servants innombrables, lesquels parce
    qu'au lieu d'être assis, comme les dîneurs, étaient debout, évoluaient
    dans une zone supérieure. Sans doute l'un courait porter des
    hors-d'œuvre, changer le vin, ajouter des verres. Mais malgré ces
    raisons particulières, leur course perpétuelle entre les tables rondes
    finissait par dégager la loi de sa circulation vertigineuse et réglée.
    Assises derrière un massif de fleurs, deux horribles caissières,
    occupées à des calculs sans fin, semblaient deux magiciennes occupées à
    prévoir par des calculs astrologiques les bouleversements qui
    pouvaient parfois se produire dans cette voûte céleste conçue selon la
    science du moyen âge.

    Et je plaignais un peu tous les dîneurs parce que je sentais que pour
    eux les tables rondes n'étaient pas des planètes et qu'ils n'avaient
    pas pratiqué dans les choses un sectionnement qui nous débarrasse de
    leur apparence coutumière et nous permet d'apercevoir des analogies.
    Ils pensaient qu'ils dînaient avec telle ou telle personne, que le
    repas coûterait à peu près tant et qu'ils recommenceraient le
    lendemain. Et ils paraissaient absolument insensibles au déroulement
    d'un cortège de jeunes commis qui, probablement n'ayant pas à ce
    moment de besogne urgente, portaient processionnellement des pains
    dans des paniers. Quelques-uns, trop jeunes, abrutis par les taloches
    que leur donnaient en passant les maîtres d'hôtel, fixaient
    mélancoliquement leurs yeux sur un rêve lointain et n'étaient consolés
    que si quelque client de l'hôtel de Balbec où ils avaient jadis été
    employés, les reconnaissant, leur adressait la parole et leur disait
    personnellement d'emporter le champagne qui n'était pas buvable, ce
    qui les remplissait d'orgueil.

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    韓詩外傳, Vol. 3-4 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-3-4/ https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-3-4/#respond Wed, 14 Oct 2026 12:38:57 +0000 https://blog.mabo.cc/%e9%9f%93%e8%a9%a9%e5%a4%96%e5%82%b3-vol-3-4/

    韓詩外傳, Vol. 3-4

    Aproximadamente 2.777 palavras.

    Produced by Nicole Lai

    卷三
    傳曰:昔者、舜甑盆無膻,而下不以余獲罪;飯乎土簋,啜乎土型,
    而農不以力獲罪;衣而領,而女不以巧獲罪;法下易由,事寡易為功,而
    民不以政獲罪。故大道多容,大德多下,圣人寡為,故用物常壯也。傳曰
    :易簡而天下之理得矣。詩曰:“政有夷之行,子孫保之。”忠易為禮,
    誠易為辭,賢人易為民,工巧易為材。詩曰:“政有夷之行,子孫保之。
    ”
    有殷之時,谷生湯之廷,三日而大拱。湯問伊尹曰:“何物也?”對
    曰:“谷樹也。”湯問:“何為而生于此?”伊尹曰:“谷之出澤,野物
    也,今生天子之庭,殆不吉也。”湯曰:“奈何?”伊尹曰:“臣聞:妖
    者、禍之先,祥者、福之先。見妖而為善,則禍不至,見祥而為不善,則
    福不臻””湯乃齋戒靜處,夙興夜寐,吊死問疾,赦過賑窮,七日而谷亡
    ,妖孽不見,國家昌。詩曰:“畏天之威,于時保之。”
    昔者、周文王之時,蒞國八年,夏六月,文王寢疾,五日而地動,東
    西南北不出國郊。有司皆曰:“臣聞:地之動,為人主也。今者、君王寢
    疾,五日而地動,四面不出國郊,群臣皆恐,請移之。”文王曰:“奈何
    其移之也?”對曰:“興事動眾,以增國城,其可移之乎!”文王曰:“
    不可。夫天之道見妖,是以罰有罪也,我必有罪,故此罰我也。今又專興
    事動眾,以增國城,是重吾罪也,不可以之。昌也請改行重善移之,其可
    以免乎!”于是遂謹其禮節硬皮革,以交諸侯;飾其辭令幣帛,以禮俊士
    ;頒其爵列等級田疇,以賞有功。遂與群臣行此,無幾何而疾止。文王即
    位八年而地動,之后四十三年,凡蒞國五十一年而終,此文王之所以踐妖
    也。詩曰:“畏天之威,于時保之。”
    王者之論德也,而不尊無功,不官無德,不誅無罪。朝無幸位,民無
    幸生。故上賢使能,而等級不菖;折暴禁悍,而刑罰不過。百姓曉然皆知
    夫為善于家,取賞于朝也;為不善于幽,而蒙刑于顯。夫是之謂定論,是
    王者之德。詩曰:“明昭有周,式序在位。”
    傳曰:以從俗為善,以貨財為寶,以養性為己為道,是民德也,未及
    于士也。行法而志堅,不以私欲害其所聞,是勁士也,未及于君子也。行
    法而志堅,好修其所聞,以矯其情;言行多當,未安諭也;知慮多當,未
    周密也;上則能大其所隆也,下則能開道不若己者,是篤厚君子,未及圣
    人也。若夫百王之法,若別白黑;應當世之變,若數三綱;行禮要節,若
    運四支;因化之功,若推四時;天下得序,群物安居,是圣人也。詩曰:
    “明昭有周,式序在位。”
    魏文侯欲置相,召李克問曰:“寡人欲置相,非翟黃則魏成子,愿卜
    之于先生。”李克避席而辭曰:“臣聞之;卑不謀,疏不間親。臣外居高
    者也,不敢當命。”文侯曰:“先生臨事勿讓。”李克曰:“夫觀士也,
    居則視其所親,富則視其所與,達則視其所舉,窮則視其所不為,貧則視
    其所不取。此五者足以觀矣。”文侯曰:“請先生就舍,寡人之相定矣。
    ”李克出,遇翟黃,曰:“今日聞君召先生而卜相,果誰為之?”李克曰
    :“魏成子為之。”翟黃悖然作色,曰:“吾何負于魏成子!西河之守,
    吾所進也;君以鄴為憂,吾進西門豹,君欲伐中山,吾進樂羊;中山既拔
    ,無守之者,吾進先生;君欲置太子傅,吾進趙蒼。皆有成功就事,吾何
    負于魏成子!”克曰:“子之言克于子之君也,豈比周以求大官哉!君問
    置相,非成則黃,二子何如?臣對曰:君不察故也。居則視其所親,富則
    視其所与,達則視其所舉,窮則視其所不為,貧則視其所不取。五者以定
    矣,何待克哉!是以知魏成子為相也。且子焉得与魏成子比!魏成子食祿
    日千鐘,什一在內,以聘約天下之士,是以得卜子夏,田子方,段干木,
    此三人,君皆師友之,子之所進皆臣之,子焉得与魏成子比乎!”翟黃逡
    巡再拜曰:“鄙人固陋,失對于夫子。”詩曰:“明昭有周,式序在位。
    ”
    成侯嗣公,聚a計數之君也,未及取民也;子產取民也,未及為政也
    ;管仲為政也,未及修禮。故修禮者王,為政者強,取民者安,聚者亡。
    故合聚之以招谷,積財以肥敵,危身亡國之道也,明君不蹈也。將修禮以
    齊朝,正法以齊官,平政以齊下,然后節奏齊乎朝,法則度量正乎官,忠
    信愛刑平乎下。如是,百姓愛之如父母,畏之如神明。是以德澤洋乎海內
    ,福祉歸乎王公。詩曰:“降福簡簡,威儀反反,既醉既飽,福祿來反。
    ”
    楚庄王寢疾,卜之,曰:“河為崇。”大夫曰:“請用牲。”庄王曰
    :“止。古者、圣王制祭不過望,濉漳江漢,楚之望也,寡人雖不德,河
    非所獲罪也。”遂不祭,三日而疾有瘳。孔子聞之,曰:“楚庄王之霸,
    其有方矣,制節守職,反身不貳,其霸不亦宜乎!”詩曰:“嗟嗟保介!
    ”庄王之謂也。
    人主之疾,十有二發,非有賢醫,莫能治也。何謂十二發?痿、蹶、
    逆、脹、滿、支、膈、盲、煩、喘、痹、風,此之曰十二發。賢醫治之何
    ?曰:省事輕刑,則痿不作;無使小民飢寒,則蹶不作;無令財貨上流,
    則逆不作;無令倉廩積腐,則脹不作;無使府庫充實,則滿不作;無使群
    臣縱恣,則支不作;無使下情不上通,則隔不作;上材恤下,則肓不作;
    法令奉行,則煩不作;無使下怨,則喘不作;無使賢伏匿,則痹不作;無
    使百姓歌吟誹謗,則風不作。夫重臣群下者,人主之心腹支体也,心腹支
    体無疾,則人主無疾矣,故非有賢醫,莫能治也。人皆有此十二疾,而不
    用賢醫,則國非其國也。詩曰:“多將儢豢刪藥。”終亦必亡而已矣。故
    賢醫用,則眾庶無疾,況人主乎!
    傳曰:太平之時,無、跛、眇、鰜叭濉鄱蹋哺覆豢拮櫻殘植豢薜埽駁
    牢襁負之遺育,然各以序終者,賢醫之用也。故安止平正除疾之道無他焉
    ,用賢而已矣。詩曰:“有瞽有瞽,在周之庭。”紂之遺民也。
    傳曰:“喪祭之禮廢,則臣子之恩薄,臣子之恩薄,則背死亡生者眾
    。”小雅曰:“子子孫孫,勿替引之。”
    人事倫,則順于鬼神;順于鬼神,則降福孔皆。詩曰:“以享以祀,
    以介景福。”
    武王伐紂,到于邢丘,J折為三,天雨,三日不休。武王心懼,召太
    公而問曰:“意者,紂未可伐乎?”太公對曰:“不然。因折為三者,軍
    當分為三也。天雨、三日不休,欲洒吾兵也。”武王曰:“然何若矣?”
    太公曰:“愛其人,及屋上烏;惡其人者,憎其骨余。咸劉厥敵,靡使有
    余。”武王曰:“于戲!天下未定也!”周公趨而進曰:“不然。使各度
    其宅,而佃其田,無獲舊新。百姓有過,在予一人。”武王曰:“于戲!
    天下已定矣。”乃修武勒兵于宁,更名邢丘曰怀,宁曰修武,行克紂于牧
    之野。詩曰:“牧野洋洋,檀車皇皇,駟矄彭彭,維師尚父,時維鷹揚,
    涼彼武王,肆伐大商,會朝清明。”既反商,及下車,封黃帝之后于蒯,
    封帝堯之后于祝,封舜之后于陳。下車而封夏后氏之后于杞,封殷之后于
    宋,封比干之墓,釋箕子之囚,表商容之閭。濟河而西,馬放華山之陽,
    示不复乘;牛放桃林之野,示不复服也;車甲而藏之于府庫,示不复用也
    。于是廢軍而郊射,左射狸首,右射騶虞,然后天下知武王不复用兵也。
    祀乎明堂,而民知孝;朝覲,然后諸侯知以敬;坐三老于大學,天子執醬
    而饋,執爵而嘄,所以教諸侯之悌也。此四者,天下之大教也。夫武之久
    ,不亦宜乎!詩曰:“胜殷遏劉,耆定爾功。”言伐紂而殷亡武也。
    孟嘗君請學于閔子;使車往迎閔子。閔子曰:“禮有來學,而無往教
    。致師而學,不能學;往教,則不能化君也。君所謂不能學者也,臣所謂
    不能化者也。”于是孟嘗君曰:“敬聞命矣。”明日、衣請受業。詩曰:
    “日就月將。”
    劍雖利,不厲不斷;材雖美,不學不高。雖有旨酒嘉怀膊恢捌渲跡凰
    漵猩頻潰不學,不達其功。故學然后知不足,教然后知不究。不足,故自
    愧而勉,不究、故盡師而熟。由此觀之,則教學相長也。子夏問詩,學一
    以知二,孔子曰:“起予者,商也,始可与言詩已矣。”孔子賢乎英杰,
    而圣德備,弟子被光景而德彰。詩曰:“日就月將。”
    凡學之道,嚴師為難。師嚴然后道尊;道尊然后民知敬學。故太學之
    禮,雖詔于天子,無北面,尊師尚道也。故不言而信,不怒而威,師之謂
    也。詩曰:“日就月將,學有緝熙于光明。”
    傳曰:宋大水。魯人吊之曰:“天降淫雨,害于粢盛,延及君地,以
    憂執政,使臣敬吊。”宋人應之,曰:“寡人不仁,齋戒不修,使民不時
    ,天加以災,又遺君憂,拜命之辱。”孔子聞之,曰:“宋國其庶几矣。
    ”弟子曰:“何謂?”孔子曰:“昔桀紂不任其過,其亡也忽焉。成湯文
    王知任其過,其興也勃焉。過而改之,是不過也。”宋人聞之,乃夙興夜
    寐,吊死問疾,戮力宇內,三歲,年丰政平。鄉使宋人不聞孔子之言,則
    年谷未丰,而國家未宁。詩曰:“佛時仔肩,示我顯德行。”
    齊桓公設庭燎,為便人欲造見者,幾年而士不至。于是東野有以九九
    見者,桓公使戲之曰:“九九足以見乎?”鄙人曰:“臣聞君設庭燎以待
    士,期年而士不至。夫士之所以不至者,君、天下之賢君也,四方之士皆
    自以不及君,故不至也。夫九九、薄能耳,而君猶禮之,況賢于九九者乎
    !夫太山不讓礫石,江海不辭小流,所以成其大也。詩曰:‘先民有言,
    詢于芻蕘。’博謀也。”桓公曰:“善。”乃固禮之。四月,四方之士相
    導而至矣。詩曰:“自堂徂基,自羊徂牛。”以小成大。
    太平之時,民行役者不菖時,男女不失時以偶。孝子不失時以養;外
    無曠夫,內無怨女;上無不慈之父,下無不孝之子;父子相成,夫婦相保
    ;天下和平,國家安宁;人事備乎下,天道應乎上。故天不變經,地不易
    形,日月昭明,列宿有常;天施地化,陰陽和合;動以雷電,潤以風雨,
    節以山川,均其寒暑,万民育生,各得其所,而制國用。故國有所安,地
    有所主,圣人刳木為舟,剡木為W,以通四方之物,使澤人足乎水,山人
    足乎魚,余衍之財有所流。故丰膏不獨樂,磽确不獨苦,雖遭凶年飢歲,
    禹湯之水旱,而民無凍餓之色。故生不乏用,死不轉尸,夫是之謂樂。詩
    曰:“于鑠王師,遵養時晦。”
    能制天下,必能養其民也;能養其民者,為自養也。飲食适乎藏,滋
    味适乎气,勞佚适乎筋骨,寒暖适乎肌膚;然后气藏平,心術治,思慮得
    ,喜怒時,起居而游樂,事時而用足,夫是之謂能自養者也。故圣人不淫
    佚侈靡者,非鄙夫色而愛財用也,養有适,過則不樂,故不為也。是以夏
    不數浴,非愛水也;冬不頻湯,非愛火也;不高台榭,非無土木也;不大
    鐘鼎,非無金錫也;不沈于酒,不貪于色,非辟丑也;直行情性之所安而
    制度,可以為天下法矣。故用不靡財,足以養其生,而天下稱其仁也;養
    不害性,足以成教,而天下稱其義也;适情辟余,不求非其有,而天下稱
    其廉也;行成不可掩,息刑不可犯,執一道而輕万物,天下稱其勇也。四
    行在乎民,居則婉愉,怒則胜敵;故審其所以養,而治道具矣;治道具,
    而遠近畜矣。詩曰:“于鑠王師,遵養時晦。”言相養者之至于晦也。
    公儀休相魯而嗜魚,一國人獻魚而不受。其弟諫曰:“嗜魚不受,何
    也?”曰:“夫欲嗜魚,故不受也。受魚而免于相,則不能自給魚;無受
    而不免于相,長自給于魚。”此明于魚為己者也。故老子曰:“后其身而
    身先,外其身而身存。非以其無私乎?故能成其私。”詩曰:“思無邪。
    ”此之謂也。
    傳曰:魯有父子訟者、康子欲殺。孔子曰:“未可殺也。夫民父子訟
    之為不義久矣,是則上失其道,上有道,是人亡矣。”訟者聞之,請無訟
    。康子曰:“治民以孝,殺一不義,以J不孝,不亦可乎?”孔子曰:“
    否。不教而听其獄,殺不辜也;三軍大敗,不可誅也;獄讞不治,不可刑
    也。上陳之教,而先服之,則百姓從風矣;邪行不從,然后俟之以刑,則
    民知罪矣。夫一仞之牆,民不能菖,百仞之山,童子登游焉,凌遲故也。
    今其仁義之陵遲久矣,能謂民無菖乎?詩曰:‘俾民不迷。’昔之君子道
    其百姓不使迷,是以威厲而刑措不用也。故形其仁義,謹其教道,使民目
    晰焉而見之,使民耳晰焉而聞之,使民心晰焉而知之,則道不迷,而民志
    不惑矣。詩曰:‘示我顯德行。’故道義不易,民不由也;禮樂不明,民
    不見也。詩曰:‘周道如砥,其直如矢。’言其易也。‘君子所履,小人
    所視。’言其明也。‘涎言顧之,潸焉出涕。’哀其不聞禮教而就刑誅也
    。夫散其本教,而施之刑辟,猶決其牢,而發以毒矢也,不亦哀乎!故曰
    :未可殺也。昔者、先王使民以禮,譬之如御也,刑者,鞭策也,今猶無
    轡銜而鞭策以御也,欲馬之進,則策其后,欲馬之退,則策其前,御者以
    勞,而馬亦多傷矣。今猶此也,上憂勞而民多罹刑。詩曰:‘人而無禮,
    胡不遄死!’為上無禮,則不免乎患;為下無禮,則不免乎刑;上下無禮
    ,胡不遄死!”康子避席再拜曰:“仆雖不敏,請承此語矣。”孔子退朝
    ,門人子路難曰:“父子訟、道邪?”孔子曰:“非也。”子路曰:“然
    則夫子胡為君子而免之也?”孔子曰:“不戒責成,害也,慢令致期,暴
    也,不教而誅、賊也。君子為政,避此三者。且詩曰:‘載色載笑,匪怒
    伊教。’”
    當舜之時,有苗不服,其不服者,衡山在南,岐山在北,左洞庭之波
    ,右彭澤之水,由此險也。以其不服,禹請伐之,而舜不許,曰:“吾喻
    教猶未竭也。”久喻教,而有苗民請服。天下聞之,皆薄禹之義,而美舜
    之德。詩曰:“載色載笑,匪怒伊教。”舜之謂也。問曰:“然則禹之德
    不及舜乎?”曰:“非然也。禹之所以請伐者,欲彰舜之德也。故善則稱
    君,過則稱己,臣下之義也。假使禹為君,舜為臣,亦如此而已矣。夫禹
    可謂達乎為人臣之大体也。”
    季孫氏之治魯也,眾殺人,而必當其罪;多罰人,而必當其過。子貢
    曰:“暴哉!治乎!”季孫聞之,曰:“吾殺人,必當其罪;罰人,必當
    其過。先生以為暴,何也?”子貢曰:“夫奚不若子產之治鄭,一年而負
    罰之過省,二年而刑殺之罪亡,三年而庫無拘人。故民歸之,如水就下;
    愛之、如孝子敬父母。子產病,將死,國人皆吁嗟,曰:‘誰可使代子產
    死者乎?’及其不免死也,士大夫哭之于朝,商賈哭之于市,農夫哭之于
    野。哭子產者皆如喪父母。今竊聞夫子疾之時,則國人喜,活則國人皆駭
    。以死相賀,以生相恐,非暴而何哉!賜聞之:托法而治,謂之暴;不戒
    致期,謂之虐;不教而誅,謂之賊;以身胜人,謂之責。責者失身,賊者
    失臣,虐者失政,暴者失民。且賜聞:居上位,行此四者而不亡者,未之
    有也。”于是季孫稽首謝曰:“謹聞命矣。”詩曰:“載色載笑,匪怒伊
    教。”
    問者曰:“夫智者何以樂于水也?”曰:“夫水者,緣理而行,不遺
    小間,似有智者;動而下之,似有禮者;蹈深不疑,似有勇者;障防而清
    ,似知命者;歷險致遠,卒成不毀,似有德者。天地以成,群物以生,國
    家以宁,万事以平,品物以正。此智者所以樂于水也。”詩曰:“思樂泮
    水,薄采其茆。魯侯戾止,在泮飲酒。”樂水之謂也。
    問者曰:“夫仁者何以樂于山也?”曰:“夫山者、万民之所瞻仰也
    。草木生焉,万物植焉,飛鳥集焉,走獸休焉,四方益取与焉,出云道風
    ,曊斕醇洹斕匾猿桑補乙宁。此仁者所以樂于山也。”詩曰:“太山岩岩
    ,魯邦所瞻。”樂山之謂也。
    傳曰:晉文公嘗約亡,反國,三行賞而不及陶叔狐。陶叔狐謂咎犯曰
    :“吾從而亡,十有一年,顏色黯黑,手足胼胝。今反國,三行賞,而我
    不與焉,君其忘我乎?其有大過乎?子試為我言之。”咎犯言之。文公曰
    :“噫!我豈忘是子哉!高明至賢,志行全成,湛我以道,說我以仁,變
    化我行,昭明我,使我為成人者,吾以為上賞。恭我以禮,防我以義,藩
    援我,使我不為非者,吾以為次。勇猛強武,氣勢自御,難在前則處在,
    難在后則處后,免我危難之中,吾以為次。然勞苦之士次之。詩曰:‘率
    履不越,遂視既發。’今不內自訟過,不悅百姓,將何錫之哉!”
    夫詐人者曰:“古今异情,其所以治亂异道。”而眾人皆愚而無知、
    陋而無度者也,于其所見,猶可欺也,況乎千歲之后乎!彼詐人者、門庭
    之間猶挾欺,而況乎千歲之上乎!然則圣人何以不可欺也?曰:圣人以己
    度人者也。以心度心,以情度情,以類度類,古今一也。類不悖,雖久同
    理,故性緣理而不迷也。夫五帝之前無傳人,非無賢人,久故也;五帝之
    中無傳政,非無善改,久故也;虞夏有傳政,不如殷周之察也,非無善政
    ,久故也。夫傳者久則愈略,近則愈詳,略則舉大,詳則舉細。故愚者聞
    其大不知其細,聞其細不知其大,是以久而差。三王五帝,政之至也。詩
    曰:“帝命不違,至于湯齊。”言古今一也。
    舜生于諸馮,遷于負夏,卒于鳴條,東夷之人也。文王生于岐周,卒
    于畢郢,西夷之人也。地之相去也,千有余里,世之相后也,千有余歲,
    然得志行乎中國,若合符節。孔子曰:“先圣后圣,其揆一也。”詩曰:
    “帝命不違,至于湯齊。”
    孔子觀于周廟,有欹器焉。孔子問于守廟者曰:“此謂何器也?”對
    曰:“此蓋為宥座之器。”孔子曰:“聞宥座器滿則覆,虛則欹,中則正
    ,有之乎?”對曰:“然。”孔子使子路取水試之,滿則覆,中則正,虛
    則欹。孔子喟然而嘆曰:“嗚呼!惡有滿而不覆者哉!”子路曰:“敢問
    持滿有道乎?”孔子曰:“持滿之道,抑而損之。”子路曰:“損之有道
    乎?”孔子曰:“德行寬裕者、守之以恭;土地廣大者,守之以儉;祿位
    尊盛者,守之以卑,人眾兵強者,守之以畏;聰明睿智者、守之以愚;博
    聞強記者,守之以淺。夫是之謂抑而損之。”詩曰:“湯降不遲,圣敬日
    躋。”
    周公踐天子之位,七年,布衣之士所贄而師者十人,所友見者十二人
    ,窮巷白屋先見者四十九人,時進善者百人,教士千人,宮朝者万人。成
    王封伯禽于魯,周公誡之曰:“往矣!子無以魯國驕士。吾、文王之子,
    武王之弟,成王之叔父也,又相天下,吾于天下,亦不輕矣。然一沐三握
    發,一飯三吐哺,猶恐失天下之士。吾聞德行寬裕,守之以恭者榮;土地
    廣大,守之以儉者安;祿位尊盛,守之以卑者貴;人眾兵強,守之以畏者
    胜;聰明睿智,守之以愚者善;博聞強記,守之以淺者智。夫此六者、皆
    謙德也。夫貴為天子,富有四海,由此德也;不謙而失天下,亡其身者,
    桀紂是也;可不慎歟!故易有一道,大足以守天下,中足以守其國家,近
    足以守其身,謙之謂也。夫天道虧盈而益謙,地道變盈而流謙,鬼神害盈
    而福謙,人道惡盈而好謙。是以衣成則必缺,宮成則必缺隅,屋成則必加
    拙,示不成者、天道然也。易曰:‘謙、亨、君子有終、吉。’詩曰:‘
    湯降不遲,圣敬日躋。’誡之哉!其無以魯國驕士也。”傳曰:子路盛服
    以見孔子。孔子曰:“由、疏疏者何也?昔者、江于汶,其始出也,不足
    以濫觴;及其至乎江之津也,不方舟,不避風,不可渡也,非其眾川之多
    歟!今汝衣服其盛,顏色充滿,天下有誰加汝哉!”子路趨出,改服而入
    ,蓋揖如也。孔子曰:“由志之,吾語女;夫慎于言者不嘩,慎于行者不
    伐。色知而有長者、小人也。故君子知之為知之,不知為不知,言之要也
    ;能之為能之,不能為不能,行之要也。言要則知,行要則仁,既知且仁
    ,又何加哉!”詩曰:“湯降不遲,圣敬日躋。”
    君子行不貴苟難,說不貴苟察,名不貴苟傳,惟其當之為貴。夫負石
    而赴河,行之難為者也,而申徒狄能之,君子不貴者,非禮義之中也。山
    淵平,天地比,齊秦襲,入乎耳,出乎口,鉤有須,卵有毛,此說之難持
    者也,而鄧s惠施能之,君子不貴者,非禮義之中也。盜跖吟口,名聲若
    日月,与舜禹俱傳而不息,君子不貴者,非禮義之中也。故君子行不貴苟
    難,說不貴苟察,名不貴苟傳,維其當之為貴。詩曰:“不競不亢,不剛
    不柔。”
    伯夷叔齊目不視惡色,耳不听惡聲;非其君不事,非其民不使;橫政
    之所出,橫民之所止,弗忍居也;思与鄉人居,若朝衣朝冠坐于涂炭也。
    故聞伯夷之風者、貪夫廉,懦夫有立志。至柳下惠則不然,不羞污君,不
    辭小官;進不隱賢,必由其道;甋窮而不憫,遺佚而不怨;与鄉人居,愉
    愉然不去也,雖袒裼裸裎于我側,彼安能浼我哉!故聞柳下惠之風,鄙夫
    寬,薄夫厚。至乎孔子去魯,遲遲乎其行也,可以去而去,可以止而止,
    去父母國之道也。伯夷、圣人之清者也,柳下惠、圣人之和者也,孔子、
    圣人之中者也。詩曰:“不競不?,不剛不柔。”中庸和通之謂也。
    王者之等賦正事,田野什一,關市譏而不征,山林澤梁,以時入而不
    禁。相地而正壤,理道而致貢。万物群來,無有流滯,以相通移。近者不
    隱其能,遠者不疾其勞。雖幽間僻陋之國,莫不趨使而安樂之。夫是之謂
    王者之等賦正事。詩曰:“敷政优优,百祿是遒。”
    孫卿与臨武君議兵于趙孝成王之前。王曰:“敢問兵之要?”臨武君
    曰:“夫之要義,上得天時,下得地利,后之發,先之至,此兵之要也。
    ”孫卿曰:“不然。夫兵之要,在附親士民而已。六馬不和,造父不能以
    致遠;弓矢不調,羿不能以中微;士民不親附,湯武不能以戰胜。由此觀
    之,要在于附親士民而已矣。”臨武君曰:“不然。夫兵之用,變故也,
    其所貴,謀詐也,善用之者,猶脫兔莫知其出;孫吳用之,無敵于天下。
    由此觀之,豈待親士民而后可哉!”孫卿曰:“不然。君之所道者、諸侯
    之兵、謀臣之事也;臣之所道者、仁人之兵,圣王之事也。彼可詐者,必
    怠慢者也,君臣上下之際,突然有离德者也。夫以跖而詐桀,猶有工拙焉
    。以桀詐堯,如以指撓沸,以卵投石,抱羽毛而赴烈火,入則饕玻太怚i
    詐也!且夫暴國將孰焉與至哉?彼其与至者,必欺其民,民之親我也,芬
    若椒蘭,歡如父子,彼顧其上,如毒蜂蠆之人哉,雖桀跖豈肯為其所至惡
    ,賊其所至愛哉!是猶使人之子孫,自賊其父母也,彼則先覺其失,何可
    詐哉!且仁人之兵,聚則成卒,散則成列,延居則若莫邪之長刃,嬰之者
    斷,銳居則若莫邪之利鋒,當之者潰,圓居則若丘山之不可移也,方居則
    若盤石之不可拔也,触之,摧角折節而退爾,夫何可詐也。詩曰:‘武王
    載旆,有虔秉鉞;如火烈烈,則莫我敢曷。’此謂湯武之兵也。”孝成王
    避席仰首曰:“寡人雖不敏,請依先生之兵也。”
    受命之士,正衣冠而立,儼然,人望而信之;其次、聞其言而信之;
    其次、見其行而信之;既見其行,而眾皆不信,斯下矣。詩曰:“慎与言
    矣,謂爾不信。”
    昔者、不出戶而知天下,不窺牖而見天道,非目能視乎千里之前,非
    耳能聞乎千里之外,以己之情量之也。己惡飢寒焉,則知天下之欲衣食也
    ;己惡勞苦焉,則知天下之欲安佚也;己惡衰乏焉,則知天下之欲富足也
    。知此三者、圣王之所以不降席而匡天下。故君子之道,忠恕而已矣。夫
    處飢渴,苦血气,困寒暑,動肌膚,此四者,民之大害也,害不除,未可
    教御也。四体不掩,則鮮仁人;五藏空虛,則無立士。故先王之法,天子
    親耕,后妃親蚕,先天下憂衣与食也。詩曰:“父母何嘗?心之憂矣,之
    子無裳。”

    卷四
    紂作炮烙之刑。王子比干曰:“主暴不諫,非忠也;畏死不言,非勇
    也。見過即諫,不用即死,忠之至也。”遂諫,三日不去朝,紂囚殺之。
    詩曰:“昊天大憮,予慎無辜!”
    桀為酒池,可以運舟:糟丘,足以望十里;而牛飲者三千人。關龍逢
    進諫曰:“古之人君,身行禮義,愛民節財,故國安而身壽。今君用財若
    無窮,殺人若恐弗胜,君若弗革,天殃必降,而誅必至矣。君其革之!”
    立而不去朝。桀囚而殺之。君子聞之曰:“天之命矣!”詩曰:“昊天太
    憮,予慎無辜!”
    有大忠者,有次忠者,有下忠者,有國賊者。以道覆君而化之,是謂
    大忠也;以德調君而輔之,是謂次忠也;以諫非君而怨之,是謂下忠也;
    不恤乎公道之達義,偷合苟同,以持祿養者,是謂國賊也。若周公之于成
    王,可謂大忠也;管仲之于桓公,可謂次忠也;子胥之于夫差,可謂下忠
    也;曹触龍之于紂,可謂國賊也。皆人臣之所為也,吉凶賢不肖之效也。
    詩曰:“匪其止共,惟王之邛。”
    哀公問取人。孔子曰:“無取健,無取佞,無取口讒。健、驕也,佞
    、諂也,讒、誕也。故弓調然后求勁焉,馬服然后求良焉,士信愨然后求
    知焉,士不信焉,又多知,譬之豺狼,其難以身近也。周書曰:‘為虎傅
    翼也。’不亦殆乎!”詩曰:‘匪其止共,惟王之邛。’言其不恭其職事
    ,而病其主也。
    齊桓公獨以管仲謀伐莒,而國人知之。桓公謂管仲曰:“寡人獨為仲
    父言,而國人知之,何也?”管仲曰:“意若國中有圣人乎!今東郭牙安
    在?”桓公顧曰:“在此。”管仲曰:“子有言乎?”東郭牙曰:“然。
    ”管仲曰:“子何以知之?”曰:“臣聞君子有三色,是以知之。”管仲
    曰:“何謂三色?”曰:“歡忻愛說,鐘鼓之色也;愁悴哀憂,衰之色也
    ;猛厲充實,兵革之色也。是以知之。”管仲曰:“何以知其莒也?”對
    曰:“君東南面而指,口張而不掩,舌舉而不下,是以知其莒也。”桓公
    曰:“善。詩曰:‘他人有心,予忖度之。’”東郭先生曰:“目者、心
    之符也,言者、行之指也。夫知者之于人也,未嘗求知而后能知也,觀容
    貌,察氣志,定取舍,而人情畢矣。”詩曰:“他人有心,予忖度之。”
    今有堅甲利兵,不足以施敵破虜;弓良矢調,不足射遠中微,與無兵
    等爾。有民不足強用嚴敵,与無民等爾。故盤石千里,不為有地;愚民百
    万,不為有民。詩曰:“維南有箕,不可以簸揚;維北有斗,不可以挹酒
    漿。”
    傳曰:舜彈五弦之琴,以歌南風,而天下治。周平公酒不离于前,鐘
    石不解于懸,而宇內亦治。匹夫百畝一室,不遑啟處,無所移之也。夫以
    一人而兼听天下,其日有余而下治,是使人為之也。夫擅使人之權,而不
    能制眾于下,則在位者,非其人也。詩曰:“維南有箕,不可以簸揚;維
    北有斗,不可以挹酒漿。”言有位無其事也。
    齊桓公伐山戎,其道過燕,燕君送之出境。桓公問管仲曰:“諸侯相
    送,固出境乎?”管仲曰:“非天子不出境。”桓公曰:“然畏而失禮也
    。寡人不可使燕失禮。”乃割燕君所至之地以与之。諸侯聞之,皆朝于齊
    。詩曰:“靜恭爾位,好是正直。神之听之,介爾景福。”
    韶用干戚,非至樂也;舜兼二女,非達禮也;封黃帝之子十九人,非
    法義也;往田號泣,未盡命也。以人觀之則是也,以法量之則未也。禮曰
    :“禮儀三百,威儀三千。”詩曰:“靜恭爾位,正直是与,神之听之,
    式谷以女。”
    禮者、治辯之极也,強國之本也,威行之道也,功名之統也,王公由
    之,所以一天下也,不由之,所以隕社稷也。是故堅甲利兵,不足以為武
    ;高城深池,不足以為固;嚴令繁刑,不足以為威;由其道則行,不由其
    道則廢。昔楚人蛟革犀兕以為甲,堅如金石,宛如鉅蛇,慘若蜂蠆,輕利
    剛疾,卒如飄風,然兵殆于垂沙,唐子死,庄軨走,楚分為三四者,此豈
    無堅甲利兵也哉!所以統之非其道故也。汝淮以為險,江漢以為池,緣之
    以方城,限之以鄧林,然秦師至于鄢郢舉,若振槁然,是豈無固塞限險也
    哉!其所以統之者、非其道故也。紂殺比干,而囚箕子,為炮烙之刑,殺
    戮無時,群下愁怨,皆莫冀其命,然周師至,令不行乎左右,而豈其無嚴
    令繁刑也哉!其所以統之者、非其道故也。若夫明道而均分之,誠愛而時
    使之,則下之應上,如影響矣;有不由命,然后俟之以刑,刑一人而天下
    服,下不非其上,知罪在己也。是以刑罰競消,而威行如流者、無他,由
    是道故也。詩曰:“自東自西,自南自北,無思不服。”如是則近者歌謳
    之,遠者赴趨之,幽閑僻陋之國,莫不趨使而安樂之,若赤子之歸慈母者
    、何也?仁刑義立,教誠愛深,禮樂交通故也。詩曰:“禮儀卒度,笑語
    卒獲。”
    君人者、以禮分施,均遍而不偏,臣以禮事君,忠順而不解,父寬惠
    而有禮,子敬愛而致恭,兄慈愛而見友,弟敬 而不慢,夫照臨而有別,
    妻柔順而听從,若夫行之而不中道,即恐懼而自竦。此全道也,偏立則亂
    ,具立則治。請問兼能之奈何?曰審禮。昔者、先王審禮以惠天下,故德
    及天地。動無不當。夫君子恭而不難,敬而不鞏,貧窮而不約,富貴而不
    驕,應變而不窮,審之禮也。故君子于禮也,敬而安之;其于事也,經而
    不失;其于人也,寬裕寡怨而弗阿;其于儀也,修飾而不危;其應變也,
    齊給便捷而不累;其于百官伎藝之人也,不与爭能而致用其功;其于天地
    万物也,不拂其所而謹裁其盛;其待上也,忠順而不解;其使下也,均遍
    而不偏;其于交游也,緣類而有義;其于鄉曲也,容而不亂。是故窮則有
    名,通則有功,仁義兼覆天下而不窮,明通天地、理万變而不疑,血气平
    和,志意廣大,行義塞天地,仁知之极也,夫是謂先王審之禮也。若是、
    則老者安之,少者怀之,朋友信之,如赤子之歸慈母也。曰:仁刑義立,
    教誠愛深,禮樂交通故也。詩曰:“禮儀卒度,笑語卒獲。”
    晏子聘魯,上堂則趨,授玉則跪。子貢怪之,問孔子曰:“晏子知禮
    乎?今者晏子來聘魯,上堂則趨,授玉則跪,何也?”孔子曰:“其有方
    矣。待其見我,我將問焉。”俄而晏子至,孔子問之。晏子對曰:“夫上
    堂之禮,君行一,臣行二。今君行疾,臣敢不趨乎!今君之授幣也卑,臣
    敢不跪乎!”孔子曰:“善。禮中又有禮。賜、寡使也,何足以識禮也!
    ”詩曰:“禮儀卒度,笑語卒獲。”晏子之謂也。
    古者八家而井田。方里為一井,廣三百步,長三百步,為一里,其田
    九百畝。廣一步、長百步,為一畝;廣百步,長百步,為百畝。八家為鄰
    ,家得百畝,余夫各得二十五畝,家為公田十畝,余二十畝共為廬舍,各
    得二畝半。八家相保,出入更守,疾病相憂,患難相救,有無相貸,飲食
    相召,嫁娶相謀,漁獵分得,仁恩施行,是以其民和親而相好。詩曰:“
    中田有廬,疆場有瓜。”今或不然,令民相伍,有罪相伺,有刑相舉,使
    构造怨仇,而民相殘,傷和睦之心,賊仁恩,害士化,所和者寡,欲敗者
    多,于仁道泯焉。詩曰:“其何能淑,載胥及溺。”
    天子不言多少,諸侯不言利害,大夫不言得喪,士不言通財貨,不賈
    于道。故駟馬之家,不持雞豚之息,伐冰之家,不圖牛馬之入,千乘之君
    ,不通貨財,冢卿不修幣施,大夫不為場圃,委積之臣,不貪市井之利。
    是以貧窮有所歡,而孤寡有所措手足也。詩曰:“彼有遺秉,此有滯穗,
    伊寡婦之利。”
    人主欲得善射及遠中微,則懸貴爵重賞以招致之,內不阿子弟,外不
    隱遠人,能中是者取之,是豈不謂之大道也哉!雖圣人弗能易也。今欲治
    國馭民,調一上下,將內以固城,外以拒難,治則制人,人弗能制,亂則
    危削滅亡可立待也。然而求卿相輔佐,獨不如是之公,惟便僻比己之是用
    ,豈不謂過乎!故有社稷,莫不欲安,俄則危矣,莫不欲存,俄則亡矣。
    古之國千余,今無數十,其故何也?莫不失于是也。故明主有私人以百金
    名珠玉,而無私以官職事業者,何也?曰:本不利所私也。彼不能而主使
    之,是主也;臣不能而為之,是詐臣也。主于上,臣詐于下,滅亡無日矣
    ,俱害之道也。故惟明主能愛其所愛,主則必危其所愛。夫文王非無便之
    辟親己者,超然乃舉太公于舟人而用之,豈私之哉!以為親邪?則异族之
    人也;以為故耶?則未嘗相識也;以為姣好耶?則太公年七十二,焉然而
    齒墮矣!然而用之者,文王欲立貴道,欲白貴名,兼制天下,以惠中國,
    而不可以獨,故舉是人而用之,貴道果立,貴名果白,兼制天下,立國七
    十一,姬姓獨居五十二,周之子孫苟不狂惑,莫不為天下顯諸侯,夫是之
    謂能愛其所愛矣。故惟明主能愛其所愛,其主必危其所愛,此之謂也。大
    雅曰:“貽厥孫謀,以燕翼子。”小雅曰:“死喪無日,無幾相見。”危
    其所愛之謂也。
    問者不告,告者勿問,有諍气者勿与論。必由其道至然后接之,非其
    道則避之。故禮恭然后可與言道之方,辭順然后可与言道之理,色從然后
    可與言道之极。故未可与言而言,謂之瞽,可與言而不与言,謂之隱,君
    子不瞽,言謹其序。詩曰:“彼交匪紓,天子所予。”言必交吾志然后予
    。
    子為親隱,義不得正;君誅不義,仁不得受。雖違仁害義,法在其中
    矣。詩曰:“优哉游哉!亦是戾矣。”
    齊桓公問于管仲曰:“王者何貴?”曰:“貴天。”桓公仰而視天。
    管仲曰:“所謂天,非蒼莽之天也。王者以百姓為天,百姓与之則安,輔
    之則強,非之則危,倍之則亡。詩曰:‘民之無良,相怨一方。’民皆居
    一方而怨其上,不亡者、未之有也。”
    善御者不忘其馬,善射者不忘其弓,善為上者不忘其下。誠愛而利之
    ,四海之內,闔若一家;不愛而利,子或殺父,而況天下乎!詩曰:“民
    之無良,相怨一方。”
    出則為宗族患,入則為鄉里憂。詩曰:“如蠻如髦,我是用憂。”小
    人之行也。
    有君不能事,有臣欲其忠;有父不能事,有子欲其孝;有兄不能敬,
    有弟欲其從令。詩曰:“受爵不讓,至于己斯亡。”言能知于人,而不能
    自知也。
    夫當世之愚,飾邪說,文奸言,以亂天下,欺惑眾愚,使混然不知是
    非治亂之所存者、則是范睢、魏牟、田文、庄周、慎到、田駢、墨翟、宋
    綦、鄧s、惠施之徒也。此十子者、皆順非而澤,聞見雜博,然而不師上
    古,不法先王,按往舊造說,務自為工,道無所遇,而人相從,故曰:十
    子者之工說,說皆不足合大道,美風俗,治綱紀,然其持之各有故,言之
    皆有理,足以欺惑眾愚,交亂朴鄙,則是十子之罪也。若夫總方略,一統
    類,齊言行,群天下之英杰,告之以大道,教之以至順,蕝要之間,衽席
    之上,簡然圣王之文具,沛然平世之俗趨,工說者不能入也,十子者不能
    親也,無置錐之地,而王公不能与爭名,則是圣人之未得志者也,仲尼是
    也,一天下,財万物,長養人民,兼利天下,通達之屬,莫不從服,工說
    者立息,十子者遷化,則圣人之得穿蚽乘從硎且病嗜私焙撾裨眨可戲從碇
    粗疲蚕則仲尼之義,以務息十子之說,如是者、人之事畢矣,天下之害除
    矣,圣人之跡著矣。詩曰:“雨雪,見曰消。”
    君子大心則敬天而道,小心則畏義而節;知則明達而類,愚則端愨而
    法;喜則和而治,憂則靜而違;達則宁而容,窮則納而詳。小人大心則慢
    而暴,小心則淫而傾;知則攫盜而徼,愚則毒賊而亂;喜則輕易而快,憂
    則挫而懾;達則驕而偏,窮則棄而累;其肢体之序,与禽獸同節,言語之
    暴,与蠻夷不殊,出則為宗族患,入則為鄉里憂。詩曰:“如蠻如髦。我
    則用憂。”
    傳曰:愛由情出,謂之仁,節愛理宜,謂之義,致愛恭謹,謂之禮,
    文禮謂之容,禮容之美,自足以為治。故其言可以為民道,民從是言也;
    行可以為民法,民從是行也;書之于策,傳之于志,万世子子孫孫道而不
    舍。由之則治,失之則亂,由之則生,失之則死。今夫肢体之序,与禽獸
    同節,言語之暴,与蠻夷不殊,混然無道,此明王圣主之所罪。詩曰:“
    如蠻如髦,我是用憂。”
    客有說春申君者曰:“湯以七十里,文王百里,皆兼天下,一海內。
    今夫孫子者,天下之賢人也,君借之百里之勢,臣竊以為不便于君。若何
    ?”春申君曰:“善。”于是使人謝孫子,去而之趙,趙以為上卿。客又
    說春申君曰:“昔伊尹去夏之殷,殷王而夏亡;管仲去魯而入齊,魯弱而
    齊強。由是觀之,夫賢者之所在,其君未嘗不善,其國未嘗不安也。今孫
    子、天下之賢人,何謂辭而去?”春申君又云:“善。”于是使請孫子。
    孫子因偽喜謝之:“鄙語曰:‘癘怜王。’此不恭之語也,雖不可不審也
    ,非比為劫殺死亡之主者也,夫人主年少而放,無術法以知奸,即大臣以
    專斷圖私,以禁誅于己也,故舍賢長而立幼弱,廢正直而用不善。故春秋
    之志曰:楚王之子圍聘于鄭,未出境,聞王疾,返問疾,遂以冠纓絞王而
    殺之,因自立。齊崔杼之妻美,庄公通之,〔崔杼帥其党而攻庄公,庄公
    請与分國,〕崔杼不許,欲自刃于廟,〔崔杼又不許,〕庄公走出,菖于
    外牆,射中其股,遂殺而立其弟景公。近世所見,李兌用趙,餓主父于沙
    丘,百日而殺之。淖齒用齊,擢閔王之筋,而懸之于廟,宿昔而殺之。夫
    癘雖姜~痂疵,上比遠世,未至絞頸射股也,下比近世,未至擢筋餓死也
    。夫劫殺死亡之主,心之憂勞,形之苦痛,必甚于癘矣。由此觀之,癘雖
    怜王,可也。”因為賦曰:“旋玉瑤珠不知佩,雜布与錦不知异,閭佣寄
    爸疵劍叉頗噶甘侵聰病悅為明,以聾為聰,以是為非,以吉為凶。嗚呼!
    上天!曷維其同!”詩曰:“上帝甚蹈,無自瘵焉。”
    南苗异獸之,猶犬羊也,与之于人,猶死之藥也,安舊侈質,習貫易
    性而然也。夫狂者自,忘其非芻豢也,飯土,忘其非粱飯也,然則楚之狂
    者楚言,齊之狂者齊言,習使然也。夫習之于人,而著,深而固,是暢于
    筋骨,貞于膠漆,是以君子務為學也。詩曰:“既見君子,德音孔膠。”
    孟子曰:“仁、人心也,義、人路也。舍其路弗由,放其心而弗求。
    人有雞犬放,則知求之,有放心,而不知求,其于心為不若雞犬哉!不知
    類之甚矣,悲矣!終亦必亡而已矣。故學問之道無他焉,求其放心而已。
    ”詩曰:“中心藏之,何日忘之?”
    道雖近,不行不至;事雖小,不為不成;每自多者,出人不遠矣。夫
    巧弓在此手也,傳角被筋,膠漆之和,即可以為万乘之寶也。及其彼手,
    而賈不數銖。人同材鈞,而貴賤相万者、盡心致志也。詩曰:“中心藏之
    ,何日忘之?”
    傳曰:誠惡惡,知刑之本,誠善善,知敬之本。惟誠感神,達乎民心,知
    刑敬之本,則不怒而威,不言而信,誠、德之主也。詩曰:“鼓鐘于宮,
    聲聞于外。”
    孔子見客,客去。顏淵曰:“客、仁也。”孔子曰:“恨兮其心,顙
    兮其口,仁則吾不知也,言之所聚也。”顏淵蹴然變色。曰:“良玉度尺
    ,雖有十仞之土,不能掩其光;良珠度寸,雖有百仞之水,不能掩其瑩。
    夫形、体也,色、心也,閔閔乎其薄也。苟有溫良在中,則眉睫著之矣;
    疵瑕在中,則眉睫不能匿之。詩曰:“鼓鐘于宮,聲聞于外。”
    偽詐不可長,空虛不可守,朽木不可雕,情亡不可久。詩曰:“鐘鼓
    于宮,聲聞于外。”言有中者必能見外也。
    所謂庸人者,口不能道乎善言,心不能知先王之法,動作而不知所務
    ,止立而不知所定,日選于物,而不知所貴,不知選賢人善士而托其身焉
    ,從物而流,不知所歸,五藏無政,心從而坏遂不反,是以動而形危,靜
    則名辱。詩曰:“之子無良,二三其德。”
    客有見周公者,應之于門曰:“何以道旦也?”客曰:“在外即言外
    ,在內即言內,入乎?將毋?”周公曰:“請入。”客曰:“立即言義,
    坐即言仁,坐乎?將毋?”周公曰:“請坐。”客曰:“疾言則翕翕,徐
    言則不聞,言乎?將毋?”周公唯唯,旦也菖。明日興師而誅管蔡。故客
    善以不言之說,周公善听不言之說,若周公可謂能听微言矣。故君子之告

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    A l’ombre des jeunes filles en fleurs — Premiere partie

    Aproximadamente 74.129 palavras.

    Produced by Sue Asscher, Walter Debeuf, Patrick Narzul, and Marie Lebert

    MARCEL PROUST

    A L'OMBRE DES JEUNES FILLES EN FLEURS

    PREMIÈRE PARTIE

    Ma mère, quand il fut question d'avoir pour la première fois M. de
    Norpois à dîner, ayant exprimé le regret que le Professeur Cottard fût
    en voyage et qu'elle-même eût entièrement cessé de fréquenter Swann,
    car l'un et l'autre eussent sans doute intéressé l'ancien ambassadeur,
    mon père répondit qu'un convive éminent, un savant illustre, comme
    Cottard, ne pouvait jamais mal faire dans un dîner, mais que Swann,
    avec son ostentation, avec sa manière de crier sur les toits ses
    moindres relations, était un vulgaire esbrouffeur que le marquis de
    Norpois eût sans doute trouvé selon son expression, «puant». Or cette
    réponse de mon père demande quelques mots d'explication, certaines
    personnes se souvenant peut-être d'un Cottard bien médiocre et d'un
    Swann poussant jusqu'à la plus extrême délicatesse, en matière
    mondaine, la modestie et la discrétion. Mais pour ce qui regarde
    celui-ci, il était arrivé qu'au «fils Swann» et aussi au Swann du
    Jockey, l'ancien ami de mes parents avait ajouté une personnalité
    nouvelle (et qui ne devait pas être la dernière), celle de mari
    d'Odette. Adaptant aux humbles ambitions de cette femme, l'instinct,
    le désir, l'industrie, qu'il avait toujours eus, il s'était ingénié à
    se bâtir, fort au-dessous de l'ancienne, une position nouvelle et
    appropriée à la compagne qui l'occuperait avec lui. Or il s'y montrait
    un autre homme. Puisque (tout en continuant à fréquenter seul ses amis
    personnels, à qui il ne voulait pas imposer Odette quand ils ne lui
    demandaient pas spontanément à la connaître) c'était une seconde vie
    qu'il commençait, en commun avec sa femme, au milieu d'êtres nouveaux,
    on eût encore compris que pour mesurer le rang de ceux-ci, et par
    conséquent le plaisir d'amour-propre qu'il pouvait éprouver à les
    recevoir, il se fût servi, comme d'un point de comparaison, non pas des
    gens les plus brillants qui formaient sa société avant son mariage,
    mais des relations antérieures d'Odette. Mais, même quand on savait
    que c'était avec d'inélégants fonctionnaires, avec des femmes tarées,
    parure des bals de ministères, qu'il désirait de se lier, on était
    étonné de l'entendre, lui qui autrefois et même encore aujourd'hui
    dissimulait si gracieusement une invitation de Twickenham ou de
    Buckingham Palace, faire sonner bien haut que la femme d'un sous-chef
    de cabinet était venue rendre sa visite à Madame Swann. On dira
    peut-être que cela tenait à ce que la simplicité du Swann élégant,
    n'avait été chez lui qu'une forme plus raffinée de la vanité et que,
    comme certains israélites, l'ancien ami de mes parents avait pu
    présenter tour à tour les états successifs par où avaient passé ceux
    de sa race, depuis le snobisme le plus naïf et la plus grossière
    goujaterie, jusqu'à la plus fine politesse. Mais la principale raison,
    et celle-là applicable à l'humanité en général, était que nos vertus
    elles-mêmes ne sont pas quelque chose de libre, de flottant, de quoi
    nous gardions la disponibilité permanente; elles finissent par
    s'associer si étroitement dans notre esprit avec les actions à
    l'occasion desquelles nous nous sommes fait un devoir de les exercer,
    que si surgit pour nous une activité d'un autre ordre, elle nous prend
    au dépourvu et sans que nous ayons seulement l'idée qu'elle pourrait
    comporter la mise en œuvre de ces mêmes vertus. Swann empressé avec ces
    nouvelles relations et les citant avec fierté, était comme ces grands
    artistes modestes ou généreux qui, s'ils se mettent à la fin de leur
    vie à se mêler de cuisine ou de jardinage, étalent une satisfaction
    naïve des louanges qu'on donne à leurs plats ou à leurs plates-bandes
    pour lesquels ils n'admettent pas la critique qu'ils acceptent
    aisément s'il s'agit de leurs chefs-d'œuvre; ou bien qui, donnant une
    de leurs toiles pour rien, ne peuvent en revanche sans mauvaise humeur
    perdre quarante sous aux dominos.

    Quant au Professeur Cottard, on le reverra, longuement, beaucoup plus
    loin, chez la Patronne, au château de la Raspelière. Qu'il suffise
    actuellement, à son égard, de faire observer ceci: pour Swann, à la
    rigueur le changement peut surprendre puisqu'il était accompli et non
    soupçonné de moi quand je voyais le père de Gilberte aux
    Champs-Élysées, où d'ailleurs ne m'adressant pas la parole il ne
    pouvait faire étalage devant moi de ses relations politiques (il est
    vrai que s'il l'eût fait, je ne me fusse peut-être pas aperçu tout de
    suite de sa vanité car l'idée qu'on s'est faite longtemps d'une
    personne, bouche les yeux et les oreilles; ma mère pendant trois ans
    ne distingua pas plus le fard qu'une de ses nièces se mettait aux
    lèvres que s'il eût été invisiblement dissous entièrement dans un
    liquide; jusqu'au jour où une parcelle supplémentaire, ou bien quelque
    autre cause amena le phénomène appelé sursaturation; tout le fard non
    aperçu cristallisa et ma mère devant cette débauche soudaine de
    couleurs déclara, comme on eût fait à Combray, que c'était une honte et
    cessa presque toute relation avec sa nièce). Mais pour Cottard au
    contraire, l'époque où on l'a vu assister aux débuts de Swann chez les
    Verdurin était déjà assez lointaine; or les honneurs, les titres
    officiels viennent avec les années; deuxièmement, on peut être
    illettré, faire des calembours stupides, et posséder un don
    particulier, qu'aucune culture générale ne remplace, comme le don du
    grand stratège ou du grand clinicien. Ce n'est pas seulement en effet
    comme un praticien obscur, devenu, à la longue, notoriété européenne,
    que ses confrères considéraient Cottard. Les plus intelligents d'entre
    les jeunes médecins déclarèrent,--au moins pendant quelques années,
    car les modes changent étant nées elles-mêmes du besoin de changement,--que
    si jamais ils tombaient malades, Cottard était le seul maître
    auquel ils confieraient leur peau. Sans doute ils préféraient le
    commerce de certains chefs plus lettrés, plus artistes, avec lesquels
    ils pouvaient parler de Nietzsche, de Wagner. Quand on faisait de la
    musique chez Madame Cottard, aux soirées où elle recevait, avec
    l'espoir qu'il devînt un jour doyen de la Faculté, les collègues et
    les élèves de son mari, celui-ci au lieu d'écouter, préférait jouer
    aux cartes dans un salon voisin. Mais on vantait la promptitude, la
    profondeur, la sûreté de son coup d'œil, de son diagnostic. En
    troisième lieu, en ce qui concerne l'ensemble de façons que le
    Professeur Cottard montrait à un homme comme mon père, remarquons que
    la nature que nous faisons paraître dans la seconde partie de notre
    vie, n'est pas toujours, si elle l'est souvent, notre nature première
    développée ou flétrie, grossie ou atténuée; elle est quelquefois une
    nature inverse, un véritable vêtement retourné. Sauf chez les Verdurin
    qui s'étaient engoués de lui, l'air hésitant de Cottard, sa timidité,
    son amabilité excessives, lui avaient, dans sa jeunesse, valu de
    perpétuels brocards. Quel ami charitable lui conseilla l'air glacial?
    L'importance de sa situation lui rendit plus aisé de le prendre.
    Partout, sinon chez les Verdurin où il redevenait instinctivement
    lui-même, il se rendit froid, volontiers silencieux, péremptoire
    quand il fallait parler, n'oubliant pas de dire des choses
    désagréables. Il put faire l'essai de cette nouvelle attitude devant
    des clients qui ne l'ayant pas encore vu, n'étaient pas à même de
    faire des comparaisons, et eussent été bien étonnés d'apprendre qu'il
    n'était pas un homme d'une rudesse naturelle. C'est surtout à
    l'impassibilité qu'il s'efforçait, et même dans son service d'hôpital,
    quand il débitait quelques-uns de ces calembours qui faisaient rire
    tout le monde, du chef de clinique au plus récent externe, il le
    faisait toujours sans qu'un muscle bougeât dans sa figure d'ailleurs
    méconnaissable depuis qu'il avait rasé barbe et moustaches.

    Disons pour finir qui était le marquis de Norpois. Il avait été
    ministre plénipotentiaire avant la guerre et ambassadeur au Seize Mai,
    et, malgré cela, au grand étonnement de beaucoup, chargé plusieurs
    fois, depuis, de représenter la France dans des missions
    extraordinaires--et même comme contrôleur de la Dette, en Égypte, où
    grâce à ses grandes capacités financières il avait rendu d'importants
    services--par des cabinets radicaux qu'un simple bourgeois
    réactionnaire se fût refusé à servir, et auxquels le passé de M. de
    Norpois, ses attaches, ses opinions eussent dû le rendre suspect. Mais
    ces ministres avancés semblaient se rendre compte qu'ils montraient
    par une telle désignation quelle largeur d'esprit était la leur dès
    qu'il s'agissait des intérêts supérieurs de la France, se mettaient
    hors de pair des hommes politiques en méritant que le _Journal des
    Débats_ lui-même, les qualifiât d'hommes d'État, et bénéficiaient enfin
    du prestige qui s'attache à un nom aristocratique et de l'intérêt
    qu'éveille comme un coup de théâtre un choix inattendu. Et ils
    savaient aussi que ces avantages ils pouvaient, en faisant appel à M.
    de Norpois, les recueillir sans avoir à craindre de celui-ci un manque
    de loyalisme politique contre lequel la naissance du marquis devait
    non pas les mettre en garde, mais les garantir. Et en cela le
    gouvernement de la République ne se trompait pas. C'est d'abord parce
    qu'une certaine aristocratie, élevée dès l'enfance à considérer son
    nom comme un avantage intérieur que rien ne peut lui enlever (et dont
    ses pairs, ou ceux qui sont de naissance plus haute encore,
    connaissent assez exactement la valeur), sait qu'elle peut s'éviter,
    car ils ne lui ajouteraient rien, les efforts que sans résultat
    ultérieur appréciable, font tant de bourgeois pour ne professer que
    des opinions bien portées et de ne fréquenter que des gens bien
    pensants. En revanche, soucieuse de se grandir aux yeux des familles
    princières ou ducales au-dessous desquelles elle est immédiatement
    située, cette aristocratie sait qu'elle ne le peut qu'en augmentant
    son nom de ce qu'il ne contenait pas, de ce qui fait qu'à nom égal,
    elle prévaudra: une influence politique, une réputation littéraire ou
    artistique, une grande fortune. Et les frais dont elle se dispense à
    l'égard de l'inutile hobereau recherché des bourgeois et de la stérile
    amitié duquel un prince ne lui saurait aucun gré, elle les prodiguera
    aux hommes politiques, fussent-ils francs-maçons, qui peuvent faire
    arriver dans les ambassades ou patronner dans les élections, aux
    artistes ou aux savants dont l'appui aide à «percer» dans la branche
    où ils priment, à tous ceux enfin qui sont en mesure de conférer une
    illustration nouvelle ou de faire réussir un riche mariage.

    Mais en ce qui concernait M. de Norpois, il y avait surtout que, dans
    une longue pratique de la diplomatie, il s'était imbu de cet esprit
    négatif, routinier, conservateur, dit «esprit de gouvernement» et qui
    est, en effet, celui de tous les gouvernements et, en particulier,
    sous tous les gouvernements, l'esprit des chancelleries. Il avait
    puisé dans la carrière, l'aversion, la crainte et le mépris de ces
    procédés plus ou moins révolutionnaires, et à tout le moins
    incorrects, que sont les procédés des oppositions. Sauf chez quelques
    illettrés du peuple et du monde, pour qui la différence des genres est
    lettre morte, ce qui rapproche, ce n'est pas la communauté des
    opinions, c'est la consanguinité des esprits. Un académicien du genre
    de Legouvé et qui serait partisan des classiques, eût applaudi plus
    volontiers à l'éloge de Victor Hugo par Maxime Ducamp ou Mézières,
    qu'à celui de Boileau par Claudel. Un même nationalisme suffit à
    rapprocher Barrès de ses électeurs qui ne doivent pas faire grande
    différence entre lui et M. Georges Berry, mais non de ceux de ses
    collègues de l'Académie qui ayant, ses opinions politiques mais un
    autre genre d'esprit, lui préfèreront même des adversaires comme MM.
    Ribot et Deschanel, dont à leur tour de fidèles monarchistes se
    sentent beaucoup plus près que de Maurras et de Léon Daudet qui
    souhaitent cependant aussi le retour du Roi. Avare de ses mots non
    seulement par pli professionnel de prudence et de réserve, mais aussi
    parce qu'ils ont plus de prix, offrent plus de nuances aux yeux
    d'hommes dont les efforts de dix années pour rapprocher deux pays se
    résument, se traduisent,--dans un discours, dans un protocole--par
    un simple adjectif, banal en apparence, mais où ils voient tout un
    monde, M. de Norpois passait pour très froid à la Commission, où il
    siégeait à côté de mon père, et où chacun félicitait celui-ci de
    l'amitié que lui témoignait l'ancien ambassadeur. Elle étonnait mon
    père tout le premier. Car étant généralement peu aimable, il avait
    l'habitude de n'être pas recherché en dehors du cercle de ses intimes
    et l'avouait avec simplicité. Il avait conscience qu'il y avait dans
    les avances du diplomate, un effet de ce point de vue tout individuel
    où chacun se place pour décider de ses sympathies, et d'où toutes les
    qualités intellectuelles ou la sensibilité d'une personne ne seront
    pas auprès de l'un de nous qu'elle ennuie ou agace une aussi bonne
    recommandation que la rondeur et la gaieté d'une autre qui passerait,
    aux yeux de beaucoup pour vide, frivole et nulle. «De Norpois m'a
    invité de nouveau à dîner; c'est extraordinaire; tout le monde en est
    stupéfait à la Commission où il n'a de relations privées avec
    personne. Je suis sûr qu'il va encore me raconter des choses
    palpitantes sur la guerre de 70.» Mon père savait que seul, peut-être,
    M. de Norpois avait averti l'Empereur de la puissance grandissante et
    des intentions belliqueuses de la Prusse, et que Bismarck avait pour
    son intelligence une estime particulière. Dernièrement encore, à
    l'Opéra, pendant le gala offert au roi Théodose, les journaux avaient
    remarqué l'entretien prolongé que le souverain avait accordé à M. de
    Norpois. «Il faudra que je sache si cette visite du Roi a vraiment de
    l'importance, nous dit mon père qui s'intéressait beaucoup à la
    politique étrangère. Je sais bien que le père Norpois est très
    boutonné, mais avec moi, il s'ouvre si gentiment.»

    Quant à ma mère, peut-être l'Ambassadeur n'avait-il pas par lui-même
    le genre d'intelligence vers lequel elle se sentait le plus attirée.
    Et je dois dire que la conversation de M. de Norpois était un
    répertoire si complet des formes surannées du langage particulières à
    une carrière, à une classe, et à un temps--un temps qui, pour cette
    carrière et cette classe-là, pourrait bien ne pas être tout à fait
    aboli--que je regrette parfois de n'avoir pas retenu purement et
    simplement les propos que je lui ai entendu tenir. J'aurais ainsi
    obtenu un effet de démodé, à aussi bon compte et de la même façon que
    cet acteur du Palais-Royal à qui on demandait où il pouvait trouver
    ses surprenants chapeaux et qui répondait: «Je ne trouve pas mes
    chapeaux. Je les garde.» En un mot, je crois que ma mère jugeait M. de
    Norpois un peu «vieux jeu», ce qui était loin de lui sembler
    déplaisant au point de vue des manières, mais la charmait moins dans
    le domaine, sinon des idées--car celles de M. de Norpois étaient
    fort modernes--mais des expressions. Seulement, elle sentait que
    c'était flatter délicatement son mari que de lui parler avec
    admiration du diplomate qui lui marquait une prédilection si rare. En
    fortifiant dans l'esprit de mon père la bonne opinion qu'il avait de
    M. de Norpois, et par là en le conduisant à en prendre une bonne aussi
    de lui-même, elle avait conscience de remplir celui de ses devoirs qui
    consistait à rendre la vie agréable à son époux, comme elle faisait
    quand elle veillait à ce que la cuisine fût soignée et le service
    silencieux. Et comme elle était incapable de mentir à mon père, elle
    s'entraînait elle-même à admirer l'Ambassadeur pour pouvoir le louer
    avec sincérité. D'ailleurs, elle goûtait naturellement son air de
    bonté, sa politesse un peu désuète (et si cérémonieuse que quand,
    marchant en redressant sa haute taille, il apercevait ma mère qui
    passait en voiture, avant de lui envoyer un coup de chapeau, il jetait
    au loin un cigare à peine commencé); sa conversation si mesurée, où il
    parlait de lui-même le moins possible et tenait toujours compte de ce
    qui pouvait être agréable à l'interlocuteur, sa ponctualité tellement
    surprenante à répondre à une lettre que quand, venant de lui en envoyer
    une, mon père reconnaissait l'écriture de M. de Norpois sur une
    enveloppe, son premier mouvement était de croire que par mauvaise
    chance leur correspondance s'était croisée: on eût dit qu'il existait,
    pour lui, à la poste, des levées supplémentaires et de luxe. Ma mère
    s'émerveillait qu'il fut si exact quoique si occupé, si aimable
    quoique si répandu, sans songer que les «quoique» sont toujours des
    «parce que» méconnus, et que (de même que les vieillards sont
    étonnants pour leur âge, les rois pleins de simplicité, et les
    provinciaux au courant de tout) c'était les mêmes habitudes qui
    permettaient à M. de Norpois de satisfaire à tant d'occupations et
    d'être si ordonné dans ses réponses, de plaire dans le monde et d'être
    aimable avec nous. De plus, l'erreur de ma mère comme celle de toutes
    les personnes qui ont trop de modestie, venait de ce qu'elle mettait
    les choses qui la concernaient au-dessous, et par conséquent en dehors
    des autres. La réponse qu'elle trouvait que l'ami de mon père avait eu
    tant de mérite à nous adresser rapidement parce qu'il écrivait par
    jour beaucoup de lettres, elle l'exceptait de ce grand nombre de
    lettres dont ce n'était que l'une; de même elle ne considérait pas
    qu'un dîner chez nous fût pour M. de Norpois un des actes innombrables
    de sa vie sociale: elle ne songeait pas que l'Ambassadeur avait été
    habitué autrefois dans la diplomatie à considérer les dîners en ville
    comme faisant partie de ses fonctions, et à y déployer une grâce
    invétérée dont c'eût été trop lui demander de se départir par
    extraordinaire quand il venait chez nous.

    Le premier dîner que M. de Norpois fit à la maison, une année où je
    jouais encore aux Champs-Élysées, est resté dans ma mémoire, parce que
    l'après-midi de ce même jour fut celui où j'allai enfin entendre la
    Berma, en «matinée», dans _Phèdre_, et aussi parce qu'en causant avec M.
    de Norpois je me rendis compte tout d'un coup, et d'une façon
    nouvelle, combien les sentiments éveillés en moi par tout ce qui
    concernait Gilberte Swann et ses parents différaient de ceux que cette
    même famille faisait éprouver à n'importe quelle autre personne.

    Ce fut sans doute en remarquant l'abattement où me plongeait
    l'approche des vacances du jour de l'an pendant lesquelles, comme elle
    me l'avait annoncé elle-même, je ne devais pas voir Gilberte, qu'un
    jour, pour me distraire, ma mère me dit: «Si tu as encore le même
    grand désir d'entendre la Berma, je crois que ton père permettrait
    peut-être que tu y ailles: ta grand'mère pourrait t'y emmener.»

    Mais c'était parce que M. de Norpois lui avait dit qu'il devrait me
    laisser entendre la Berma, que c'était pour un jeune homme un souvenir
    à garder, que mon père, jusque-là si hostile à ce que j'allasse perdre
    mon temps à risquer de prendre du mal pour ce qu'il appelait, au grand
    scandale de ma grand'mère, des inutilités, n'était plus loin de
    considérer cette soirée préconisée par l'Ambassadeur comme faisant
    vaguement partie d'un ensemble de recettes précieuses pour la réussite
    d'une brillante carrière. Ma grand'mère qui, en renonçant pour moi au
    profit que, selon elle, j'aurais trouvé à entendre la Berma, avait
    fait un gros sacrifice à l'intérêt de ma santé, s'étonnait que
    celui-ci devînt négligeable sur une seule parole de M. de Norpois.
    Mettant ses espérances invincibles de rationaliste dans le régime de
    grand air et de coucher de bonne heure qui m'avait été prescrit, elle
    déplorait comme un désastre cette infraction que j'allais y faire et,
    sur un ton navré, disait: «Comme vous êtes léger» à mon père qui,
    furieux, répondait: «Comment, c'est vous maintenant qui ne voulez
    pas qu'il y aille! c'est un peu fort, vous qui nous répétiez tout le
    temps que cela pouvait lui être utile.»

    Mais M. de Norpois avait changé sur un point bien plus important pour
    moi, les intentions de mon père. Celui-ci avait toujours désiré que je
    fusse diplomate, et je ne pouvais supporter l'idée que même si je
    devais rester quelque temps attaché au ministère, je risquasse d'être
    envoyé un jour comme ambassadeur dans des capitales que Gilberte
    n'habiterait pas. J'aurais préféré revenir aux projets littéraires que
    j'avais autrefois formés et abandonnés au cours de mes promenades du
    côté de Guermantes. Mais mon père avait fait une constante opposition
    à ce que je me destinasse à la carrière des lettres qu'il estimait
    fort inférieure à la diplomatie, lui refusant même le nom de carrière,
    jusqu'au jour où M. de Norpois, qui n'aimait pas beaucoup les agents
    diplomatiques de nouvelles couches, lui avait assuré qu'on pouvait,
    comme écrivain, s'attirer autant de considération, exercer autant
    d'action et garder plus d'indépendance que dans les ambassades.

    --Hé bien! je ne l'aurais pas cru, le père Norpois n'est pas du tout
    opposé à l'idée que tu fasses de la littérature, m'avait dit mon père.
    Et comme, assez influent lui-même, il croyait qu'il n'y avait rien qui
    ne s'arrangeât, ne trouvât sa solution favorable dans la conversation
    des gens importants: «Je le ramènerai dîner un de ces soirs en sortant
    de la Commission. Tu causeras un peu avec lui pour qu'il puisse
    t'apprécier. Écris quelque chose de bien que tu puisses lui montrer;
    il est très lié avec le directeur de la _Revue des Deux-Mondes_, il t'y
    fera entrer, il réglera cela, c'est un vieux malin; et, ma foi, il a
    l'air de trouver que la diplomatie, aujourd'hui!...»

    Le bonheur que j'aurais à ne pas être séparé de Gilberte me rendait
    désireux mais non capable d'écrire une belle chose qui pût être
    montrée à M. de Norpois. Après quelques pages préliminaires, l'ennui
    me faisant tomber la plume des mains, je pleurais de rage en pensant
    que je n'aurais jamais de talent, que je n'étais pas doué et ne
    pourrais même pas profiter de la chance que la prochaine venue de M.
    de Norpois m'offrait de rester toujours à Paris. Seule, l'idée qu'on
    allait me laisser entendre la Berma me distrayait de mon chagrin. Mais
    de même que je ne souhaitais voir des tempêtes que sur les côtes où
    elles étaient les plus violentes, de même je n'aurais voulu entendre
    la grande actrice que dans un de ces rôles classiques où Swann m'avait
    dit qu'elle touchait au sublime. Car quand c'est dans l'espoir d'une
    découverte précieuse que nous désirons recevoir certaines impressions
    de nature ou d'art, nous avons quelque scrupule à laisser notre âme
    accueillir à leur place des impressions moindres qui pourraient nous
    tromper sur la valeur exacte du Beau. La Berma dans _Andromaque_, dans
    _Les Caprices de Marianne_, dans _Phèdre_, c'était de ces choses
    fameuses que mon imagination avait tant désirées. J'aurais le même
    ravissement que le jour où une gondole m'emmènerait au pied du Titien des
    Frari ou des Carpaccio de San Giorgio dei Schiavoni, si jamais j'entendais
    réciter par la Berma les vers: «On dit qu'un prompt départ vous
    éloigne de nous, Seigneur, etc.» Je les connaissais par la simple
    reproduction en noir et blanc qu'en donnent les éditions imprimées;
    mais mon cœur battait quand je pensais, comme à la réalisation d'un
    voyage, que je les verrais enfin baigner effectivement dans
    l'atmosphère et l'ensoleillement de la voix dorée. Un Carpaccio à
    Venise, la Berma dans _Phèdre_, chefs-d'œuvre d'art pictural ou
    dramatique que le prestige qui s'attachait à eux rendait en moi si
    vivants, c'est-à-dire si indivisibles, que si j'avais été voir des
    Carpaccio dans une salle du Louvre ou la Berma dans quelque pièce dont
    je n'aurais jamais entendu parler, je n'aurais plus éprouvé le même
    étonnement délicieux d'avoir enfin les yeux ouverts devant l'objet
    inconcevable et unique de tant de milliers de mes rêves. Puis,
    attendant du jeu de la Berma des révélations sur certains aspects de
    la noblesse, de la douleur, il me semblait que ce qu'il y avait de
    grand, de réel dans ce jeu, devait l'être davantage si l'actrice le
    superposait à une œuvre d'une valeur véritable au lieu de broder en
    somme du vrai et du beau sur une trame médiocre et vulgaire.

    Enfin, si j'allais entendre la Berma dans une pièce nouvelle, il ne me
    serait pas facile de juger de son art, de sa diction, puisque je ne
    pourrais pas faire le départ entre un texte que je ne connaîtrais pas
    d'avance et ce que lui ajouteraient des intonations et des gestes qui
    me sembleraient faire corps avec lui; tandis que les œuvres anciennes
    que je savais par cœur, m'apparaissaient comme de vastes espaces
    réservés et tout prêts où je pourrais apprécier en pleine liberté les
    inventions dont la Berma les couvrirait, comme à fresque, des
    perpétuelles trouvailles de son inspiration. Malheureusement, depuis
    des années qu'elle avait quitté les grandes scènes et faisait la
    fortune d'un théâtre de boulevard dont elle était l'étoile, elle ne
    jouait plus de classique, et j'avais beau consulter les affiches,
    elles n'annonçaient jamais que des pièces toutes récentes, fabriquées
    exprès pour elle par des auteurs en vogue; quand un matin, cherchant
    sur la colonne des théâtres les matinées de la semaine du jour de
    l'an, j'y vis pour la première fois--en fin de spectacle, après un
    lever de rideau probablement insignifiant dont le titre me sembla
    opaque parce qu'il contenait tout le particulier d'une action que
    j'ignorais--deux actes de _Phèdre_ avec Mme Berma, et aux matinées
    suivantes _Le Demi-Monde_, _Les Caprices de Marianne_, noms qui,
    comme celui de _Phèdre_, étaient pour moi transparents, remplis seulement de
    clarté, tant l'œuvre m'était connue, illuminés jusqu'au fond d'un
    sourire d'art. Ils me parurent ajouter de la noblesse à Mme Berma
    elle-même quand je lus dans les journaux après le programme de ces
    spectacles que c'était elle qui avait résolu de se montrer de nouveau
    au public dans quelques-unes de ses anciennes créations. Donc,
    l'artiste savait que certains rôles ont un intérêt qui survit à la
    nouveauté de leur apparition ou au succès de leur reprise, elle les
    considérait, interprétés par elle, comme des chefs-d'œuvre de musée
    qu'il pouvait être instructif de remettre sous les yeux de la
    génération qui l'y avait admirée, ou de celle qui ne l'y avait pas
    vue. En faisant afficher ainsi, au milieu de pièces qui n'étaient
    destinées qu'à faire passer le temps d'une soirée, _Phèdre_, dont le
    titre n'était pas plus long que les leurs et n'était pas imprimé en
    caractères différents, elle y ajoutait comme le sous-entendu d'une
    maîtresse de maison qui, en vous présentant à ses convives au moment
    d'aller à table, vous dit au milieu des noms d'invités qui ne sont que
    des invités, et sur le même ton qu'elle a cité les autres: M. Anatole
    France.

    Le médecin qui me soignait--celui qui m'avait défendu tout
    voyage--déconseilla à mes parents de me laisser aller au théâtre;
    j'en reviendrais malade, pour longtemps peut-être, et j'aurais en fin de
    compte plus de souffrance que de plaisir. Cette crainte eût pu
    m'arrêter, si ce que j'avais attendu d'une telle représentation eût
    été seulement un plaisir qu'en somme une souffrance ultérieure peut
    annuler, par compensation. Mais--de même qu'au voyage à Balbec, au
    voyage à Venise que j'avais tant désirés--ce que je demandais à
    cette matinée, c'était tout autre chose qu'un plaisir: des vérités
    appartenant à un monde plus réel que celui où je vivais, et desquelles
    l'acquisition une fois faite ne pourrait pas m'être enlevée par des
    incidents insignifiants, fussent-ils douloureux à mon corps, de mon
    oiseuse existence. Tout au plus, le plaisir que j'aurais pendant le
    spectacle, m'apparaissait-il comme la forme peut-être nécessaire de la
    perception de ces vérités; et c'était assez pour que je souhaitasse
    que les malaises prédits ne commençassent qu'une fois la
    représentation finie, afin qu'il ne fût pas par eux compromis et
    faussé. J'implorais mes parents, qui, depuis la visite du médecin, ne
    voulaient plus me permettre d'aller à _Phèdre_. Je me récitais sans
    cesse la tirade: «On dit qu'un prompt départ vous éloigne de nous»,
    cherchant toutes les intonations qu'on pouvait y mettre, afin de mieux
    mesurer l'inattendu de celle que la Berma trouverait. Cachée comme le
    Saint des Saints sous le rideau qui me la dérobait et derrière lequel
    je lui prêtais à chaque instant un aspect nouveau, selon ceux des mots
    de Bergotte--dans la plaquette retrouvée par Gilberte--qui me
    revenaient à l'esprit: «Noblesse plastique, cilice chrétien, pâleur
    janséniste, princesse de Trézène et de Clèves, drame mycénien, symbole
    delphique, mythe solaire», la divine Beauté que devait me révéler le
    jeu de la Berma, nuit et jour, sur un autel perpétuellement allumé,
    trônait au fond de mon esprit, de mon esprit dont mes parents sévères
    et légers allaient décider s'il enfermerait ou non, et pour jamais,
    les perfections de la Déesse dévoilée à cette même place où se
    dressait sa forme invisible. Et les yeux fixés sur l'image
    inconcevable, je luttais du matin au soir contre les obstacles que ma
    famille m'opposait. Mais quand ils furent tombés, quand ma mère--bien
    que cette matinée eût lieu précisément le jour de la séance de la
    Commission après laquelle mon père devait ramener dîner M. de
    Norpois
    --m'eût dit: «Hé bien, nous ne voulons pas te chagriner, si tu crois
    que tu auras tant de plaisir, il faut y aller», quand cette journée de
    théâtre, jusque-là défendue, ne dépendit plus que de moi, alors, pour
    la première fois, n'ayant plus à m'occuper qu'elle cessât d'être
    impossible, je me demandai si elle était souhaitable, si d'autres
    raisons que la défense de mes parents n'auraient pas dû m'y faire
    renoncer. D'abord, après avoir détesté leur cruauté, leur consentement
    me les rendait si chers que l'idée de leur faire de la peine m'en
    causait à moi-même une, à travers laquelle la vie ne m'apparaissait
    plus comme ayant pour but la vérité, mais la tendresse, et ne me
    semblait plus bonne ou mauvaise que selon que mes parents seraient
    heureux ou malheureux. «J'aimerais mieux ne pas y aller, si cela doit
    vous affliger», dis-je à ma mère qui, au contraire, s'efforçait de
    m'ôter cette arrière-pensée qu'elle pût en être triste, laquelle,
    disait-elle, gâterait ce plaisir que j'aurais à _Phèdre_ et en
    considération duquel elle et mon père étaient revenus sur leur
    défense. Mais alors cette sorte d'obligation d'avoir du plaisir me
    semblait bien lourde. Puis si je rentrais malade, serais-je guéri
    assez vite pour pouvoir aller aux Champs-Élysées, les vacances finies,
    aussitôt qu'y retournerait Gilberte? A toutes ces raisons, je
    confrontais, pour décider ce qui devait l'emporter, l'idée, invisible
    derrière son voile, de la perfection de la Berma. Je mettais dans un
    des balances du plateau, «sentir maman triste, risquer de ne pas
    pouvoir aller aux Champs-Élysées», dans l'autre, «pâleur janséniste,
    mythe solaire»; mais ces mots eux-mêmes finissaient par s'obscurcir
    devant mon esprit, ne me disaient plus rien, perdaient tout poids; peu
    à peu mes hésitations devenaient si douloureuses que si j'avais
    maintenant opté pour le théâtre, ce n'eût plus été que pour les faire
    cesser et en être délivré une fois pour toutes. C'eût été pour abréger
    ma souffrance et non plus dans l'espoir d'un bénéfice intellectuel et
    en cédant à l'attrait de la perfection, que je me serais laissé
    conduire non vers la Sage Déesse, mais vers l'implacable Divinité sans
    visage et sans nom qui lui avait été subrepticement substituée sous
    son voile. Mais brusquement tout fut changé, mon désir d'aller
    entendre la Berma reçut un coup de fouet nouveau qui me permit
    d'attendre dans l'impatience et dans la joie cette «matinée»: étant
    allé faire devant la colonne des théâtres ma station quotidienne,
    depuis peu si cruelle, de stylite, j'avais vu, tout humide encore,
    l'affiche détaillée de _Phèdre_ qu'on venait de coller pour la première
    fois (et où à vrai dire le reste de la distribution ne m'apportait
    aucun attrait nouveau qui pût me décider). Mais elle donnait à l'un
    des buts entre lesquels oscillait mon indécision, une forme plus
    concrète et--comme l'affiche était datée non du jour où je la lisais
    mais de celui où la représentation aurait lieu, et de l'heure même du
    lever du rideau--presque imminente, déjà en voie de réalisation, si
    bien que je sautai de joie devant la colonne en pensant que ce
    jour-là, exactement à cette heure, je serais prêt à entendre la Berma,
    assis à ma place; et de peur que mes parents n'eussent plus le temps
    d'en trouver deux bonnes pour ma grand'mère et pour moi, je ne fis
    qu'un bond jusqu'à la maison, cinglé que j'étais par ces mots magiques
    qui avaient remplacé dans ma pensée «pâleur janséniste» et «mythe
    solaire»: «les dames ne seront pas reçues à l'orchestre en chapeau,
    les portes seront fermées à deux heures.»

    Hélas! cette première matinée fut une grande déception. Mon père nous
    proposa de nous déposer ma grand'mère et moi au théâtre, en se rendant
    à sa Commission. Avant de quitter la maison, il dit à ma mère: «Tâche
    d'avoir un bon dîner; tu te rappelles que je dois ramener de Norpois?»
    Ma mère ne l'avait pas oublié. Et depuis la veille, Françoise,
    heureuse de s'adonner à cet art de la cuisine pour lequel elle avait
    certainement un don, stimulée, d'ailleurs, par l'annonce d'un convive
    nouveau, et sachant qu'elle aurait à composer, selon des méthodes sues
    d'elle seule, du bœuf à la gelée, vivait dans l'effervescence de la
    création; comme elle attachait une importance extrême à la qualité
    intrinsèque des matériaux qui devaient entrer dans la fabrication de
    son œuvre, elle allait elle-même aux Halles se faire donner les plus
    beaux carrés de romsteck, de jarret de bœuf, de pied de veau, comme
    Michel-Ange passant huit mois dans les montagnes de Carrare à choisir
    les blocs de marbre les plus parfaits pour le monument de Jules II.
    Françoise dépensait dans ces allées et venues une telle ardeur que
    maman voyant sa figure enflammée craignait que notre vieille servante
    ne tombât malade de surmenage comme l'auteur du Tombeau des Médicis
    dans les carrières de Pietraganta. Et dès la veille Françoise avait
    envoyé cuire dans le four du boulanger, protégé de mie de pain comme
    du marbre rose ce qu'elle appelait du jambon de Nev'York. Croyant la
    langue moins riche qu'elle n'est et ses propres oreilles peu sûres,
    sans doute la première fois qu'elle avait entendu parler de jambon
    d'York avait-elle cru--trouvant d'une prodigalité invraisemblable
    dans le vocabulaire qu'il pût exister à la fois York et New-York--qu'elle
    avait mal entendu et qu'on aurait voulu dire le nom qu'elle
    connaissait déjà. Aussi, depuis, le mot d'York se faisait précéder
    dans ses oreilles ou devant ses yeux si elle lisait une annonce de:
    New qu'elle prononçait Nev'. Et c'est de la meilleure foi du monde
    qu'elle disait à sa fille de cuisine: «Allez me chercher du jambon
    chez Olida. Madame m'a bien recommandé que ce soit du Nev'York.» Ce
    jour-là, si Françoise avait la brûlante certitude des grands
    créateurs, mon lot était la cruelle inquiétude du chercheur. Sans
    doute, tant que je n'eus pas entendu la Berma, j'éprouvai du plaisir.
    J'en éprouvai dans le petit square qui précédait le théâtre et dont,
    deux heures plus tard, les marronniers dénudés allaient luire avec des
    reflets métalliques dès que les becs de gaz allumés éclaireraient le
    détail de leurs ramures; devant les employés du contrôle, desquels le
    choix, l'avancement, le sort, dépendaient de la grande artiste--qui
    seule détenait le pouvoir dans cette administration à la tête de
    laquelle des directeurs éphémères et purement nominaux se succédaient
    obscurément--et qui prirent nos billets sans nous regarder, agités
    qu'ils étaient de savoir si toutes les prescriptions de Mme Berma
    avaient bien été transmises au personnel nouveau, s'il était bien
    entendu que la claque ne devait jamais applaudir pour elle, que les
    fenêtres devaient être ouvertes tant qu'elle ne serait pas en scène et
    la moindre porte fermée après, un pot d'eau chaude dissimulé près
    d'elle pour faire tomber la poussière du plateau: et, en effet, dans
    un moment sa voiture attelée de deux chevaux à longue crinière allait
    s'arrêter devant le théâtre, elle en descendrait enveloppée dans des
    fourrures, et, répondant d'un geste maussade aux saluts, elle
    enverrait une de ses suivantes s'informer de l'avant-scène qu'on avait
    réservée pour ses amis, de la température de la salle, de la
    composition des loges, de la tenue des ouvreuses, théâtre et public
    n'étant pour elle qu'un second vêtement plus extérieur dans lequel
    elle entrerait et le milieu plus ou moins bon conducteur que son
    talent aurait à traverser. Je fus heureux aussi dans la salle même;
    depuis que je savais que--contrairement à ce que m'avaient si
    longtemps représenté mes imaginations enfantines--il n'y avait
    qu'une scène pour tout le monde, je pensais qu'on devait être empêché
    de bien voir par les autres spectateurs comme on l'est au milieu d'une
    foule; or je me rendis compte qu'au contraire, grâce à une disposition
    qui est comme le symbole de toute perception, chacun se sent le centre
    du théâtre; ce qui m'explique qu'une fois qu'on avait envoyé Françoise
    voir un mélodrame aux troisièmes galeries, elle avait assuré en
    rentrant que sa place était la meilleure qu'on pût avoir et au lieu de
    se trouver trop loin, s'était sentie intimidée par la proximité
    mystérieuse et vivante du rideau. Mon plaisir s'accrut encore quand je
    commençai à distinguer derrière ce rideau baissé des bruits confus
    comme on en entend sous la coquille d'un œuf quand le poussin va
    sortir, qui bientôt grandirent, et tout à coup, de ce monde
    impénétrable à notre regard, mais qui nous voyait du sien,
    s'adressèrent indubitablement à nous sous la forme impérieuse de trois
    coups aussi émouvants que des signaux venus de la planète Mars. Et--ce
    rideau une fois levé--quand sur la scène une table à écrire et
    une cheminée assez ordinaires, d'ailleurs, signifièrent que les
    personnages qui allaient entrer seraient, non pas des acteurs venus
    pour réciter comme j'en avais vus une fois en soirée, mais des hommes
    en train de vivre chez eux un jour de leur vie dans laquelle je
    pénétrais par effraction sans qu'ils pussent me voir--mon plaisir
    continua de durer; il fut interrompu par une courte inquiétude: juste
    comme je dressais l'oreille avant que commençât la pièce, deux hommes
    entrèrent sur la scène, bien en colère, puisqu'ils parlaient assez
    fort pour que dans cette salle où il y avait plus de mille personnes
    on distinguât toutes leurs paroles, tandis que dans un petit café on
    est obligé de demander au garçon ce que disent deux individus qui se
    collettent; mais dans le même instant étonné de voir que le public les
    entendait sans protester, submergé qu'il était par un unanime silence
    sur lequel vint bientôt clapoter un rire ici, un autre là, je compris
    que ces insolents étaient les acteurs et que la petite pièce, dite
    lever de rideau, venait de commencer. Elle fut suivie d'un entr'acte
    si long que les spectateurs revenus à leurs places s'impatientaient,
    tapaient des pieds. J'en étais effrayé; car de même que dans le compte
    rendu d'un procès, quand je lisais qu'un homme d'un noble cœur allait
    venir au mépris de ses intérêts, témoigner en faveur d'un innocent, je
    craignais toujours qu'on ne fût pas assez gentil pour lui, qu'on ne
    lui marquât pas assez de reconnaissance, qu'on ne le récompensât pas
    richement, et, qu'écœuré, il se mît du côté de l'injustice; de même,
    assimilant en cela le génie à la vertu, j'avais peur que la Berma
    dépitée par les mauvaises façons d'un public aussi mal élevé--dans
    lequel j'aurais voulu au contraire qu'elle pût reconnaître avec
    satisfaction quelques célébrités au jugement de qui elle eût attaché
    de l'importance--ne lui exprimât son mécontentement et son dédain en
    jouant mal. Et je regardais d'un air suppliant ces brutes trépignantes
    qui allaient briser dans leur fureur l'impression fragile et précieuse
    que j'étais venu chercher. Enfin, les derniers moments de mon plaisir
    furent pendant les premières scènes de _Phèdre_. Le personnage de _Phèdre_
    ne paraît pas dans ce commencement du second acte; et, pourtant, dès
    que le rideau fut levé et qu'un second rideau, en velours rouge
    celui-là, se fut écarté, qui dédoublait la profondeur de la scène dans
    toutes les pièces où jouait l'étoile, une actrice entra par le fond,
    qui avait la figure et la voix qu'on m'avait dit être celles de la
    Berma. On avait dû changer la distribution, tout le soin que j'avais
    mis à étudier le rôle de la femme de Thésée devenait inutile. Mais une
    autre actrice donna la réplique à la première. J'avais dû me tromper
    en prenant celle-là pour la Berma, car la seconde lui ressemblait
    davantage encore et, plus que l'autre, avait sa diction. Toutes deux
    d'ailleurs ajoutaient à leur rôle de nobles gestes--que je
    distinguais clairement et dont je comprenais la relation avec le
    texte, tandis qu'elles soulevaient leurs beaux péplums--et aussi des
    intonations ingénieuses, tantôt passionnées, tantôt ironiques, qui me
    faisaient comprendre la signification d'un vers que j'avais lu chez
    moi sans apporter assez d'attention à ce qu'il voulait dire. Mais tout
    d'un coup, dans l'écartement du rideau rouge du sanctuaire, comme dans
    un cadre, une femme parut et, aussitôt à la peur que j'eus, bien plus
    anxieuse que pouvait être celle de la Berma, qu'on la gênât en ouvrant
    une fenêtre, qu'on altérât le son d'une de ses paroles en froissant un
    programme, qu'on l'indisposât en applaudissant ses camarades, en ne
    l'applaudissant pas elle, assez;--à ma façon, plus absolue encore
    que celle de la Berma, de ne considérer dès cet instant, salle,
    public, acteurs, pièce, et mon propre corps que comme un milieu
    acoustique n'ayant d'importance que dans la mesure où il était
    favorable aux inflexions de cette voix, je compris que les deux
    actrices que j'admirais depuis quelques minutes n'avaient aucune
    ressemblance avec celle que j'étais venu entendre. Mais en même temps
    tout mon plaisir avait cessé; j'avais beau tendre vers la Berma mes
    yeux, mes oreilles, mon esprit, pour ne pas laisser échapper une
    miette des raisons qu'elle me donnerait de l'admirer, je ne parvenais
    pas à en recueillir une seule. Je ne pouvais même pas, comme pour ses
    camarades, distinguer dans sa diction et dans son jeu des intonations
    intelligentes, de beaux gestes. Je l'écoutais comme j'aurais lu
    _Phèdre_, ou comme si Phèdre, elle-même avait dit en ce moment les
    choses que j'entendais, sans que le talent de la Berma semblât leur
    avoir rien ajouté. J'aurais voulu--pour pouvoir l'approfondir, pour
    tâcher d'y découvrir ce qu'elle avait de beau--arrêter, immobiliser
    longtemps devant moi chaque intonation de l'artiste, chaque expression
    de sa physionomie; du moins, je tâchais, à force d'agilité morale, en
    ayant avant un vers mon attention tout installée et mise au point, de
    ne pas distraire en préparatifs une parcelle de la durée de chaque
    mot, de chaque geste, et, grâce à l'intensité de mon attention,
    d'arriver à descendre en eux aussi profondément que j'aurais fait si
    j'avais eu de longues heures à moi. Mais que cette durée était brève!
    A peine un son était-il reçu dans mon oreille qu'il était remplacé par
    un autre. Dans une scène où la Berma reste immobile un instant, le
    bras levé à la hauteur du visage baignée grâce à un artifice
    d'éclairage, dans une lumière verdâtre, devant le décor qui représente
    la mer, la salle éclata en applaudissements, mais déjà l'actrice avait
    changé de place et le tableau que j'aurais voulu étudier n'existait
    plus. Je dis à ma grand'mère que je ne voyais pas bien, elle me passa
    sa lorgnette. Seulement, quand on croit à la réalité des choses, user
    d'un moyen artificiel pour se les faire montrer n'équivaut pas tout à
    fait à se sentir près d'elles. Je pensais que ce n'était plus la Berma
    que je voyais, mais son image, dans le verre grossissant. Je reposai
    la lorgnette; mais peut-être l'image que recevait mon œil, diminuée par
    l'éloignement, n'était pas plus exacte; laquelle des deux Berma était
    la vraie? Quant à la déclaration à Hippolyte, j'avais beaucoup compté
    sur ce morceau où, à en juger par la signification ingénieuse que ses
    camarades me découvraient à tout moment dans des parties moins belles,
    elle aurait certainement des intonations plus surprenantes que celles
    que chez moi, en lisant, j'avais tâché d'imaginer; mais elle
    n'atteignit même pas jusqu'à celles qu'Œnone ou Aricie eussent
    trouvées, elle passa au rabot d'une mélopée uniforme, toute la tirade
    où se trouvèrent confondues ensemble des oppositions, pourtant si
    tranchées, qu'une tragédienne à peine intelligente, même des élèves de
    lycée, n'en eussent pas négligé l'effet; d'ailleurs, elle la débita
    tellement vite que ce fut seulement quand elle fut arrivée au dernier
    vers que mon esprit prit conscience de la monotonie voulue qu'elle
    avait imposée aux premiers.

    Enfin éclata mon premier sentiment d'admiration: il fut provoqué par
    les applaudissements frénétiques des spectateurs. J'y mêlai les miens
    en tâchant de les prolonger, afin que par reconnaissance, la Berma se
    surpassant, je fusse certain de l'avoir entendue dans un de ses
    meilleurs jours. Ce qui est du reste curieux, c'est que le moment où
    se déchaîna cet enthousiasme du public, fut, je l'ai su depuis, celui
    où la Berma a une de ses plus belles trouvailles. Il semble que
    certaines réalités transcendantes émettent autour d'elles des rayons
    auxquels la foule est sensible. C'est ainsi que, par exemple, quand un
    événement se produit, quand à la frontière une armée est en danger, ou
    battue, ou victorieuse, les nouvelles assez obscures qu'on reçoit et
    d'où l'homme cultivé ne sait pas tirer grand chose, excitent dans la
    foule une émotion qui le surprend et dans laquelle, une fois que les
    experts l'ont mis au courant de la véritable situation militaire, il
    reconnaît la perception par le peuple de cette «aura» qui entoure les
    grands événements et qui peut être visible à des centaines de
    kilomètres. On apprend la victoire, ou après-coup quand la guerre est
    finie, ou tout de suite par la joie du concierge. On découvre un trait
    génial du jeu de la Berma huit jours après l'avoir entendue, par la
    critique, ou sur le coup par les acclamations du parterre. Mais cette
    connaissance immédiate de la foule étant mêlée à cent autres toutes
    erronées, les applaudissements tombaient le plus souvent à faux, sans
    compter qu'ils étaient mécaniquement soulevés par la force des
    applaudissements antérieurs comme dans une tempête une fois que la mer
    a été suffisamment remuée elle continue à grossir, même si le vent ne
    s'accroît plus. N'importe, au fur et à mesure que j'applaudissais, il
    me semblait que la Berma avait mieux joué. «Au moins, disait à côté de
    moi une femme assez commune, elle se dépense celle-là, elle se frappe
    à se faire mal, elle court, parlez-moi de ça, c'est jouer.» Et heureux
    de trouver ces raisons de la supériorité de la Berma, tout en me
    doutant qu'elles ne l'expliquaient pas plus que celle de la Joconde,
    ou du Persée de Benvenuto l'exclamation d'un paysan: «C'est bien fait
    tout de même! c'est tout en or, et du beau! quel travail!», je
    partageai avec ivresse le vin grossier de cet enthousiasme populaire.
    Je n'en sentis pas moins, le rideau tombé, un désappointement que ce
    plaisir que j'avais tant désiré n'eût pas été plus grand, mais en même
    temps le besoin de le prolonger, de ne pas quitter pour jamais, en
    sortant de la salle, cette vie du théâtre qui pendant quelques heures
    avait été la mienne, et dont je me serais arraché comme en un départ
    pour l'exil, en rentrant directement à la maison, si je n'avais espéré
    d'y apprendre beaucoup sur la Berma par son admirateur auquel je
    devais qu'on m'eût permis d'aller à _Phèdre_, M. de Norpois. Je lui fus
    présenté avant le dîner par mon père qui m'appela pour cela dans son
    cabinet. A mon entrée, l'ambassadeur se leva, me tendit la main,
    inclina sa haute taille et fixa attentivement sur moi ses yeux bleus.
    Comme les étrangers de passage qui lui étaient présentés, au temps où
    il représentait la France, étaient plus ou moins--jusqu'aux
    chanteurs connus--des personnes de marque et dont il savait alors
    qu'il pourrait dire plus tard quand on prononcerait leur nom à Paris
    ou à Pétersbourg, qu'il se rappelait parfaitement la soirée qu'il
    avait passée avec eux à Munich ou à Sofia, il avait pris l'habitude de
    leur marquer par son affabilité la satisfaction qu'il avait de les
    connaître: mais de plus, persuadé que dans la vie des capitales, au
    contact à la fois des individualités intéressantes qui les traversent
    et des usages du peuple qui les habite, on acquiert une connaissance
    approfondie, et que les livres ne donnent pas, de l'histoire, de la
    géographie, des mœurs des différentes nations, du mouvement
    intellectuel de l'Europe, il exerçait sur chaque nouveau venu ses
    facultés aiguës d'observateur afin de savoir de suite à quelle espèce
    d'homme il avait à faire. Le gouvernement ne lui avait plus depuis
    longtemps confié de poste à l'étranger, mais dès qu'on lui présentait
    quelqu'un, ses yeux, comme s'ils n'avaient pas reçu notification de sa
    mise en disponibilité, commençaient à observer avec fruit, cependant
    que par toute son attitude il cherchait à montrer que le nom de
    l'étranger ne lui était pas inconnu. Aussi, tout en me parlant avec
    bonté et de l'air d'importance d'un homme qui sait sa vaste
    expérience, il ne cessait de m'examiner avec une curiosité sagace et
    pour son profit, comme si j'eusse été quelque usage exotique, quelque
    monument instructif, ou quelque étoile en tournée. Et de la sorte il
    faisait preuve à la fois, à mon endroit, de la majestueuse amabilité
    du sage Mentor et de la curiosité studieuse du jeune Anacharsis.

    Il ne m'offrit absolument rien pour la _Revue des Deux-Mondes_, mais me
    posa un certain nombre de questions sur ce qu'avaient été ma vie et
    mes études, sur mes goûts dont j'entendis parler pour la première fois
    comme s'il pouvait être raisonnable de les suivre, tandis que j'avais
    cru jusqu'ici que c'était un devoir de les contrarier. Puisqu'ils me
    portaient du côté de la littérature, il ne me détourna pas d'elle; il
    m'en parla au contraire avec déférence comme d'une personne vénérable
    et charmante du cercle choisi de laquelle, à Rome ou à Dresde, on a
    gardé le meilleur souvenir et qu'on regrette par suite des nécessités
    de la vie de retrouver si rarement. Il semblait m'envier en souriant
    d'un air presque grivois les bons moments que, plus heureux que lui et
    plus libre, elle me ferait passer. Mais les termes mêmes dont il se
    servait me montraient la Littérature comme trop différente de l'image
    que je m'en étais faite à Combray et je compris que j'avais eu
    doublement raison de renoncer à elle. Jusqu'ici je m'étais seulement
    rendu compte que je n'avais pas le don d'écrire; maintenant M. de
    Norpois m'en ôtait même le désir. Je voulus lui exprimer ce que
    j'avais rêvé; tremblant d'émotion, je me serais fait un scrupule que
    toutes mes paroles ne fussent pas l'équivalent le plus sincère
    possible de ce que j'avais senti et que je n'avais jamais essayé de me
    formuler; c'est dire que mes paroles n'eurent aucune netteté.
    Peut-être par habitude professionnelle, peut-être en vertu du calme
    qu'acquiert tout homme important dont on sollicite le conseil et qui
    sachant qu'il gardera en mains la maîtrise de la conversation, laisse
    l'interlocuteur s'agiter, s'efforcer, peiner à son aise, peut-être
    aussi pour faire valoir le caractère de sa tête (selon lui grecque,
    malgré les grands favoris), M. de Norpois, pendant qu'on lui exposait
    quelque chose, gardait une immobilité de visage aussi absolue, que si
    vous aviez parlé devant quelque buste antique--et sourd--dans une
    glyptothèque. Tout à coup, tombant comme le marteau du
    commissaire-priseur, ou comme un oracle de Delphes, la voix de
    l'ambassadeur qui vous répondait vous impressionnait d'autant plus,
    que rien dans sa face ne vous avait laissé soupçonner le genre
    d'impression que vous aviez produit sur lui, ni l'avis qu'il allait
    émettre.

    --Précisément, me dit-il tout à coup comme si la cause était jugée et
    après m'avoir laissé bafouiller en face des yeux immobiles qui ne me
    quittaient pas un instant, j'ai le fils d'un de mes amis qui, _mutatis
    mutandis_, est comme vous (et il prit pour parler de nos dispositions
    communes le même ton rassurant que si elles avaient été des
    dispositions non pas à la littérature, mais au rhumatisme et s'il
    avait voulu me montrer qu'on n'en mourait pas). Aussi a-t-il préféré
    quitter le quai d'Orsay où la voie lui était pourtant toute tracée par
    son père et sans se soucier du qu'en dira-t-on, il s'est mis à
    produire. Il n'a certes pas lieu de s'en repentir. Il a publié il y a
    deux ans--il est d'ailleurs beaucoup plus âgé que vous,
    naturellement--un ouvrage relatif au sentiment de l'Infini sur la
    rive occidentale du lac Victoria-Nyanza et cette année un opuscule
    moins important, mais conduit d'une plume alerte, parfois même acérée,
    sur le fusil à répétition dans l'armée bulgare, qui l'ont mis tout à
    fait hors de pair. Il a déjà fait un joli chemin, il n'est pas homme à
    s'arrêter en route, et je sais que, sans que l'idée d'une candidature
    ait été envisagée, on a laissé tomber son nom deux ou trois dans la
    conversation et d'une façon qui n'avait rien de défavorable, à
    l'Académie des Sciences morales. En somme, sans pouvoir dire encore
    qu'il soit au pinacle, il a conquis de haute lutte une fort jolie
    position et le succès qui ne va pas toujours qu'aux agités et aux
    brouillons, aux faiseurs d'embarras qui sont presque toujours des
    faiseurs, le succès a récompensé son effort.

    Mon père, me voyant déjà académicien dans quelques années, respirait
    une satisfaction que M. de Norpois porta à son comble quand, après un
    instant d'hésitation pendant lequel il sembla calculer les
    conséquences de son acte, il me dit, en me tendant sa carte: «Allez
    donc le voir de ma part, il pourra vous donner d'utiles conseils», me
    causant par ces mots une agitation aussi pénible que s'il m'avait
    annoncé qu'on m'embarquait le lendemain comme mousse à bord d'un
    voilier.

    Ma tante Léonie m'avait fait héritier en même temps que de beaucoup
    d'objets et de meubles fort embarrassants, de presque toute sa fortune
    liquide--révélant ainsi après sa mort une affection pour moi que je
    n'avais guère soupçonnée pendant sa vie. Mon père, qui devait gérer
    cette fortune jusqu'à ma majorité, consulta M. de Norpois sur un
    certain nombre de placements. Il conseilla des titres à faible
    rendement qu'il jugeait particulièrement solides, notamment les
    Consolidés Anglais et le 4% Russe. «Avec ces valeurs de tout premier
    ordre, dit M. de Norpois, si le revenu n'est pas très élevé, vous êtes
    du moins assuré de ne jamais voir fléchir le capital.» Pour le reste,
    mon père lui dit en gros ce qu'il avait acheté. M. de Norpois eut un
    imperceptible sourire de félicitations: comme tous les capitalistes,
    il estimait la fortune une chose enviable, mais trouvait plus délicat
    de ne complimenter que par un signe d'intelligence à peine avoué, au
    sujet de celle qu'on possédait; d'autre part, comme il était lui-même
    colossalement riche, il trouvait de bon goût d'avoir l'air de juger
    considérables les revenus moindres d'autrui, avec pourtant un retour
    joyeux et confortable sur la supériorité des siens. En revanche il
    n'hésita pas à féliciter mon père de la «composition» de son
    portefeuille «d'un goût très sûr, très délicat, très fin». On aurait
    dit qu'il attribuait aux relations des valeurs de bourse entre elles,
    et même aux valeurs de bourse en elles-mêmes, quelque chose comme un
    mérite esthétique. D'une, assez nouvelle et ignorée, dont mon père lui
    parla, M. de Norpois, pareil à ces gens qui ont lu des livres que vous
    vous croyez seul à connaître, lui dit: «Mais si, je me suis amusé
    pendant quelque temps à la suivre dans la Cote, elle était
    intéressante», avec le sourire rétrospectivement captivé d'un abonné
    qui a lu le dernier roman d'une revue, par tranches, en feuilleton.
    «Je ne vous déconseillerais pas de souscrire à l'émission qui va être
    lancée prochainement. Elle est attrayante, car on vous offre les
    titres à des prix tentants.» Pour certaines valeurs anciennes au
    contraire, mon père ne se rappelant plus exactement les noms, faciles
    à confondre avec ceux d'actions similaires, ouvrit un tiroir et montra
    les titres eux-mêmes, à l'Ambassadeur. Leur vue me charma; ils étaient
    enjolivés de flèches de cathédrales et de figures allégoriques comme
    certaines vieilles publications romantiques que j'avais feuilletées
    autrefois. Tout ce qui est d'un même temps se ressemble; les artistes
    qui illustrent les poèmes d'une époque sont les mêmes que font
    travailler pour elles les Sociétés financières. Et rien ne fait mieux
    penser à certaines livraisons de _Notre-Dame de Paris_ et d'œuvres de
    Gérard de Nerval, telles qu'elles étaient accrochées à la devanture de
    l'épicerie de Combray, que, dans son encadrement rectangulaire et
    fleuri que supportaient des divinités fluviales, une action nominative
    de la Compagnie des Eaux.

    Mon père avait pour mon genre d'intelligence un mépris suffisamment
    corrigé par la tendresse pour qu'au total, son sentiment sur tout ce
    que je faisais fut une indulgence aveugle. Aussi n'hésita-t-il pas à
    m'envoyer chercher un petit poème en prose que j'avais fait autrefois
    à Combray en revenant d'une promenade. Je l'avais écrit avec une
    exaltation qu'il me semblait devoir communiquer à ceux qui le
    liraient. Mais elle ne dut pas gagner M. de Norpois, car ce fut sans
    me dire une parole qu'il me le rendit.

    Ma mère, pleine de respect pour les occupations de mon père, vint
    demander, timidement, si elle pouvait faire servir. Elle avait peur
    d'interrompre une conversation où elle n'aurait pas eu à être mêlée.
    Et, en effet, à tout moment mon père rappelait au marquis quelque
    mesure utile qu'ils avaient décidé de soutenir à la prochaine séance
    de Commission, et il le faisait sur le ton particulier qu'ont ensemble
    dans un milieu différent--pareils en cela à deux collégiens--deux
    collègues à qui leurs habitudes professionnelles créent des souvenirs
    communs où n'ont pas accès les autres et auxquels ils s'excusent de se
    reporter devant eux.

    Mais la parfaite indépendance des muscles du visage à laquelle M. de
    Norpois était arrivé, lui permettait d'écouter sans avoir l'air
    d'entendre. Mon père finissait par se troubler: «J'avais pensé à
    demander l'avis de la Commission...» disait-il à M. de Norpois après
    de longs préambules. Alors du visage de l'aristocratique virtuose qui
    avait gardé l'inertie d'un instrumentiste dont le moment n'est pas
    venu d'exécuter sa partie, sortait avec un débit égal, sur un ton aigu
    et comme ne faisant que finir, mais confiée cette fois à un autre
    timbre, la phrase commencée: «Que bien entendu vous n'hésiterez pas à
    réunir, d'autant plus que les membres vous sont individuellement
    connus et peuvent facilement se déplacer.» Ce n'était pas évidemment
    en elle-même une terminaison bien extraordinaire. Mais l'immobilité
    qui l'avait précédée la faisait se détacher avec la netteté
    cristalline, l'imprévu quasi malicieux de ces phrases par lesquelles
    le piano, silencieux jusque-là, réplique, au moment voulu, au
    violoncelle qu'on vient d'entendre, dans un concerto de Mozart.

    --Hé bien, as-tu été content de ta matinée? me dit mon père, tandis
    qu'on passait à table, pour me faire briller et pensant que mon
    enthousiasme me ferait bien juger par M. de Norpois. «Il est allé entendre
    la Berma tantôt, vous vous rappelez que nous en avions parlé ensemble»,
    dit-il en se tournant vers le diplomate du même ton d'allusion
    rétrospective, technique et mystérieuse que s'il se fût agi d'une
    séance de la Commission.

    --Vous avez dû être enchanté, surtout si c'était la première fois que
    vous l'entendiez. M. votre père s'alarmait du contre-coup que cette
    petite escapade pouvait avoir sur votre état de santé, car vous êtes
    un peu délicat, un peu frêle, je crois. Mais je l'ai rassuré. Les
    théâtres ne sont plus aujourd'hui ce qu'ils étaient il y a seulement
    vingt ans. Vous avez des sièges à peu près confortables, une
    atmosphère renouvelée, quoique nous ayons fort à faire encore pour
    rejoindre l'Allemagne et l'Angleterre, qui à cet égard comme à bien
    d'autres ont une formidable avance sur nous. Je n'ai pas vu Mme Berma
    dans _Phèdre_, mais j'ai entendu dire qu'elle y était admirable. Et vous
    avez été ravi, naturellement?

    M. de Norpois, mille fois plus intelligent que moi, devait détenir
    cette vérité que je n'avais pas su extraire du jeu de la Berma, il
    allait me la découvrir; en répondant à sa question, j'allais le prier
    de me dire en quoi cette vérité consistait; et il justifierait ainsi
    ce désir que j'avais eu de voir l'actrice. Je n'avais qu'un moment, il
    fallait en profiter et faire porter mon interrogatoire sur les points
    essentiels. Mais quels étaient-ils? Fixant mon attention tout entière
    sur mes impressions si confuses, et ne songeant nullement à me faire
    admirer de M. de Norpois, mais à obtenir de lui la vérité souhaitée,
    je ne cherchais pas à remplacer les mots qui me manquaient par des
    expressions toutes faites, je balbutiai, et finalement, pour tâcher de
    le provoquer à déclarer ce que la Berma avait d'admirable, je lui
    avouai que j'avais été déçu.

    --Mais comment, s'écria mon père, ennuyé de l'impression fâcheuse
    que l'aveu de mon incompréhension pouvait produire sur M. de Norpois,
    comment peux-tu dire que tu n'as pas eu de plaisir? ta grand'mère nous
    a raconté que tu ne perdais pas un mot de ce que la Berma disait, que
    tu avais les yeux hors de la tête, qu'il n'y avait que toi dans la
    salle comme cela.

    --Mais oui, j'écoutais de mon mieux pour savoir ce qu'elle avait de
    si remarquable. Sans doute, elle est très bien....

    --Si elle est très bien, qu'est-ce qu'il te faut de plus?

    --Une des choses qui contribuent certainement au succès de Mme
    Berma, dit M. de Norpois en se tournant avec application vers ma mère
    pour ne pas la laisser en dehors de la conversation et afin de remplir
    consciencieusement son devoir de politesse envers une maîtresse de
    maison, c'est le goût parfait qu'elle apporte dans le choix de ses
    rôles et qui lui vaut toujours un franc succès, et de bon aloi. Elle
    joue rarement des médiocrités. Voyez, elle s'est attaquée au rôle de
    Phèdre. D'ailleurs, ce goût elle l'apporte dans ses toilettes, dans
    son jeu. Bien qu'elle ait fait de fréquentes et fructueuses tournées
    en Angleterre et en Amérique, la vulgarité je ne dirai pas de John
    Bull ce qui serait injuste, au moins pour l'Angleterre de l'ère
    Victorienne, mais de l'oncle Sam n'a pas déteint sur elle. Jamais de
    couleurs trop voyantes, de cris exagérés. Et puis cette voix admirable
    qui la sert si bien et dont elle joue à ravir, je serais presque tenté
    de dire en musicienne!

    Mon intérêt pour le jeu de la Berma n'avait cessé de grandir depuis
    que la représentation était finie parce qu'il ne subissait plus la
    compression et les limites de la réalité; mais j'éprouvais le besoin
    de lui trouver des explications; de plus, il s'était porté avec une
    intensité égale, pendant que la Berma jouait, sur tout ce qu'elle
    offrait, dans l'indivisibilité de la vie, à mes yeux, à mes oreilles;
    il n'avait rien séparé et distingué; aussi fut-il heureux de se
    découvrir une cause raisonnable dans ces éloges donnés à la
    simplicité, au bon goût de l'artiste, il les attirait à lui par son
    pouvoir d'absorption, s'emparait d'eux comme l'optimisme d'un homme
    ivre des actions de son voisin dans lesquelles il trouve une raison
    d'attendrissement. «C'est vrai, me disais-je, quelle belle voix,
    quelle absence de cris, quels costumes simples, quelle intelligence
    d'avoir été choisir _Phèdre_! Non, je n'ai pas été déçu.»

    Le bœuf froid aux carottes fit son apparition, couché par le
    Michel-Ange de notre cuisine sur d'énormes cristaux de gelée pareils à
    des blocs de quartz transparent.

    --Vous avez un chef de tout premier ordre, madame, dit M. de
    Norpois. Et ce n'est pas peu de chose. Moi qui ai eu à l'étranger à
    tenir un certain train de maison, je sais combien il est souvent
    difficile de trouver un parfait maître queux. Ce sont de véritables
    agapes auxquelles vous nous avez conviés là.

    Et, en effet, Françoise, surexcitée par l'ambition de réussir pour un
    invité de marque un dîner enfin semé de difficultés dignes d'elle,
    s'était donné une peine qu'elle ne prenait plus quand nous étions
    seuls et avait retrouvé sa manière incomparable de Combray.

    --Voilà ce qu'on ne peut obtenir au cabaret, je dis dans les
    meilleurs: une daube de bœuf où la gelée ne sente pas la colle, et où
    le bœuf ait pris le parfum des carottes, c'est admirable! Permettez-moi
    d'y revenir, ajouta-t-il en faisant signe qu'il voulait encore de la
    gelée. Je serais curieux de juger votre Vatel maintenant sur un mets
    tout différent, je voudrais, par exemple, le trouver aux prises avec
    le bœuf Stroganof.

    M. de Norpois pour contribuer lui aussi à l'agrément du repas nous
    servit diverses histoires dont il régalait fréquemment ses collègues
    de carrière, tantôt en citant une période ridicule dite par un homme
    politique coutumier du fait et qui les faisait longues et pleines
    d'images incohérentes, tantôt telle formule lapidaire d'un diplomate
    plein d'atticisme. Mais, à vrai dire, le critérium qui distinguait
    pour lui ces deux ordres de phrases ne ressemblait en rien à celui que
    j'appliquais à la littérature. Bien des nuances m'échappaient; les
    mots qu'il récitait en s'esclaffant ne me paraissaient pas très
    différents de ceux qu'il trouvait remarquables. Il appartenait au
    genre d'hommes qui pour les œuvres que j'aimais eût dit: «Alors, vous
    comprenez? moi j'avoue que je ne comprends pas, je ne suis pas
    initié», mais j'aurais pu lui rendre la pareille, je ne saisissais pas
    l'esprit ou la sottise, l'éloquence ou l'enflure qu'il trouvait dans
    une réplique, ou dans un discours et l'absence de toute raison
    perceptible pourquoi ceci était mal et ceci bien, faisait que cette
    sorte de littérature m'était plus mystérieuse, me semblait plus
    obscure qu'aucune. Je démêlai seulement que répéter ce que tout le
    monde pensait n'était pas en politique une marque d'infériorité mais
    de supériorité. Quand M. de Norpois se servait de certaines
    expressions qui traînaient dans les journaux et les prononçait avec
    force, on sentait qu'elles devenaient un acte par le seul fait qu'il
    les avait employées et un acte qui susciterait des commentaires.

    Ma mère comptait beaucoup sur la salade d'ananas et de truffes. Mais
    l'Ambassadeur après avoir exercé un instant sur le mets la pénétration
    de son regard d'observateur la mangea en restant entouré de discrétion
    diplomatique et ne nous livra pas sa pensée. Ma mère insista pour
    qu'il en reprit, ce que fit M. de Norpois, mais en disant seulement au
    lieu du compliment qu'on espérait: «J'obéis, madame, puisque je vois
    que c'est là de votre part un véritable oukase.»

    --Nous avons lu dans les «feuilles» que vous vous étiez entretenu
    longuement avec le roi Théodose, lui dit mon père.

    --En effet, le roi qui a une rare mémoire des physionomies a eu la
    bonté de se souvenir en m'apercevant à l'orchestre que j'avais eu
    l'honneur de le voir pendant plusieurs jours à la cour de Bavière,
    quand il ne songeait pas à son trône oriental (vous savez qu'il y a
    été appelé par un congrès européen, et il a même fort hésité à
    l'accepter, jugeant cette souveraineté un peu inégale à sa race, la
    plus noble, héraldiquement parlant, de toute l'Europe). Un
    aide-de-camp est venu me dire d'aller saluer Sa Majesté, à l'ordre de
    qui je me suis naturellement empressé de déférer.

    --Avez-vous été content des résultats de son séjour?

    --Enchanté! Il était permis de concevoir quelque appréhension sur la
    façon dont un monarque encore si jeune, se tirerait de ce pas
    difficile, surtout dans des conjonctures aussi délicates. Pour ma part
    je faisais pleine confiance au sens politique du souverain. Mais
    j'avoue que mes espérances ont été dépassées. Le toast qu'il a
    prononcé à l'Elysée, et qui, d'après des renseignements qui me
    viennent de source tout à fait autorisée, avait été composé par lui du
    premier mot jusqu'au dernier, était entièrement digne de l'intérêt
    qu'il a excité partout. C'est tout simplement un coup de maître; un
    peu hardi je le veux bien, mais d'une audace qu'en somme l'événement a
    pleinement justifiée. Les traditions diplomatiques ont certainement du
    bon, mais dans l'espèce elles avaient fini par faire vivre son pays et
    le nôtre dans une atmosphère de renfermé qui n'était plus respirable.
    Eh bien! une des manières de renouveler l'air, évidemment une de
    celles qu'on ne peut pas recommander mais que le roi Théodose pouvait
    se permettre, c'est de casser les vitres. Et il l'a fait avec une
    belle humeur qui a ravi tout le monde et aussi une justesse dans les
    termes, où on a reconnu tout de suite la race de princes lettrés à
    laquelle il appartient par sa mère. Il est certain que quand il a
    parlé des «affinités» qui unissent son pays à la France, l'expression
    pour peu usitée qu'elle puisse être dans le vocabulaire des
    chancelleries, était singulièrement heureuse. Vous voyez que la
    littérature ne nuit pas, même dans la diplomatie, même sur un trône,
    ajouta-t-il en s'adressant à moi. La chose était constatée depuis
    longtemps, je le veux bien, et les rapports entre les deux puissances
    étaient devenus excellents. Encore fallait-il qu'elle fut dite. Le mot
    était attendu, il a été choisi à merveille, vous avez vu comme il a
    porté. Pour ma part j'y applaudis des deux mains.

    --Votre ami, M. De Vaugoubert, qui préparait le rapprochement depuis
    des années, a dû être content.

    --D'autant plus que Sa Majesté qui est assez coutumière du fait
    avait tenu à lui en faire la surprise. Cette surprise a été complète
    du reste pour tout le monde, à commencer par le Ministre des Affaires
    étrangères, qui, à ce qu'on m'a dit, ne l'a pas trouvée à son goût. A
    quelqu'un qui lui en parlait, il aurait répondu très nettement, assez
    haut pour être entendu des personnes voisines: «Je n'ai été ni
    consulté, ni prévenu», indiquant clairement par là qu'il déclinait
    toute responsabilité dans l'événement. Il faut avouer que celui-ci a
    fait un beau tapage et je n'oserais pas affirmer, ajouta-t-il avec un
    sourire malicieux, que tels de mes collègues pour qui la loi suprême
    semble être celle du moindre effort, n'en ont pas été troublés dans
    leur quiétude. Quant à Vaugoubert, vous savez qu'il avait été fort
    attaqué pour sa politique de rapprochement avec la France, et il avait
    dû d'autant plus en souffrir, que c'est un sensible, un cœur exquis.
    J'en puis d'autant mieux témoigner que bien qu'il soit mon cadet et de
    beaucoup, je l'ai fort pratiqué, nous sommes amis de longue date, et
    je le connais bien. D'ailleurs qui ne le connaîtrait? C'est une âme de
    cristal. C'est même le seul défaut qu'on pourrait lui reprocher, il
    n'est pas nécessaire que le cœur d'un diplomate soit aussi transparent
    que le sien. Cela n'empêche pas qu'on parle de l'envoyer à Rome, ce
    qui est un bel avancement, mais un bien gros morceau. Entre nous, je
    crois que Vaugoubert, si dénué qu'il soit d'ambition en serait fort
    content et ne demande nullement qu'on éloigne de lui ce calice. Il
    fera peut-être merveille là-bas; il est le candidat de la Consulta, et
    pour ma part, je le vois très bien, lui artiste, dans le cadre du
    palais Farnèse et la galerie des Carraches. Il semble qu'au moins
    personne ne devrait pouvoir le haïr; mais il y a autour du Roi
    Théodose, toute une camarilla plus ou moins inféodée à la
    Wilhelmstrasse dont elle suit docilement les inspirations et qui a
    cherché de toutes façons à lui tailler des croupières. Vaugoubert n'a
    pas eu à faire face seulement aux intrigues de couloirs mais aux
    injures de folliculaires à gages qui plus tard, lâches comme l'est
    tout journaliste stipendié, ont été des premiers à demander l'_aman_,
    mais qui en attendant n'ont pas reculé à faire état, contre notre
    représentant, des ineptes accusations de gens sans aveu. Pendant plus
    d'un mois les ennemis de Vaugoubert ont dansé autour de lui la danse
    du scalp, dit M. de Norpois, en détachant avec force ce dernier mot.
    Mais un bon averti en vaut deux; ces injures il les a repoussées du
    pied, ajouta-t-il plus énergiquement encore, et avec un regard si
    farouche que nous cessâmes un instant de manger. Comme dit un beau
    proverbe arabe: «Les chiens aboient, la caravane passe.» Après avoir
    jeté cette citation, M. de Norpois s'arrêta pour nous regarder et
    juger de l'effet qu'elle avait produit sur nous. Il fut grand, le
    proverbe nous était connu. Il avait remplacé cette année-là chez les
    hommes de haute valeur cet autre: «Qui sème le vent récolte la
    tempête», lequel avait besoin de repos, n'étant pas infatigable et
    vivace comme: «Travailler pour le Roi de Prusse.» Car la culture de
    ces gens éminents était une culture alternée, et généralement
    triennale. Certes les citations de ce genre, et desquelles M. de
    Norpois excellait à émailler ses articles de la _Revue_, n'étaient point
    nécessaires pour que ceux-ci parussent solides et bien informés. Même
    dépourvus de l'ornement qu'elles apportaient, il suffisait que M. de
    Norpois écrivit à point nommé--ce qu'il ne manquait pas de faire--:
    «Le Cabinet de Saint-James ne fut pas le dernier à sentir le péril»
    ou bien: «l'émotion fut grande au Pont-aux-Chantres où l'on suivait
    d'un œil inquiet la politique égoïste mais habile de la monarchie
    bicéphale», ou: «Un cri d'alarme partit de Montecitorio», ou encore
    «cet éternel double jeu qui est bien dans la manière du Ballplatz». A
    ces expressions le lecteur profane avait aussitôt reconnu et salué le
    diplomate de carrière. Mais ce qui avait fait dire qu'il était plus
    que cela, qu'il possédait une culture supérieure, cela avait été
    l'emploi raisonné de citations dont le modèle achevé restait alors:
    «Faites-moi de bonne politique et je vous ferai de bonnes finances,
    comme avait coutume de dire le Baron Louis.» (On n'avait pas encore
    importé d'Orient: «La victoire est à celui des deux adversaires qui
    sait souffrir un quart d'heure de plus que l'autre, comme disent les
    Japonais»). Cette réputation de grand lettré, jointe à un véritable
    génie d'intrigue caché sous le masque de l'indifférence avait fait
    entrer M. de Norpois à l'Académie des Sciences morales. Et quelques
    personnes pensèrent même qu'il ne serait pas déplacé à l'Académie
    Française, le jour où, voulant indiquer que c'est en resserrant
    l'alliance russe que nous pourrions arriver à une entente avec
    l'Angleterre, il n'hésita pas à écrire: «Qu'on le sache bien au quai
    d'Orsay, qu'on l'enseigne désormais dans tous les manuels de
    géographie qui se montrent incomplets à cet égard, qu'on refuse
    impitoyablement au baccalauréat tout candidat qui ne saura pas le
    dire: «Si tous les chemins mènent à Rome, en revanche la route qui va
    de Paris à Londres passe nécessairement par Pétersbourg.»

    --Somme toute, continua M. de Norpois en s'adressant à mon père,
    Vaugoubert s'est taillé là un beau succès et qui dépasse même celui
    qu'il avait escompté. Il s'attendait en effet à un toast correct (ce
    qui après les nuages des dernières années était déjà fort beau) mais à
    rien de plus. Plusieurs personnes qui étaient au nombre des assistants
    m'ont assuré qu'on ne peut pas en lisant ce toast se rendre compte de
    l'effet qu'il a produit, prononcé et détaillé à merveille par le roi
    qui est maître en l'art de dire et qui soulignait au passage toutes
    les intentions, toutes les finesses. Je me suis laissé raconter à ce
    propos un fait assez piquant et qui met en relief une fois de plus
    chez le roi Théodose cette bonne grâce juvénile qui lui gagne si bien
    les cœurs. On m'a affirmé que précisément à ce mot d'«affinités» qui
    était en somme la grosse innovation du discours, et qui défraiera,
    encore longtemps vous verrez, les commentaires des chancelleries, Sa
    Majesté, prévoyant la joie de notre ambassadeur, qui allait trouver là
    le juste couronnement de ses efforts, de son rêve pourrait-on dire et,
    somme toute, son bâton de maréchal, se tourna à demi vers Vaugoubert
    et fixant sur lui ce regard si prenant des Oettingen, détacha ce mot
    si bien choisi d'«affinités», ce mot qui était une véritable
    trouvaille, sur un ton qui faisait savoir à tous qu'il était employé à
    bon escient et en pleine connaissance de cause. Il paraît que
    Vaugoubert avait peine à maîtriser son émotion et, dans une certaine
    mesure, j'avoue que je le comprends. Une personne digne de toute
    créance m'a même confié que le roi se serait approché de Vaugoubert
    après le dîner, quand Sa Majesté a tenu cercle, et lui aurait dit à
    mi-voix: «Etes-vous content de votre élève, mon cher marquis?»

    --Il est certain, conclut M. de Norpois, qu'un pareil toast a plus fait
    que vingt ans de négociations pour resserrer les deux pays, leurs
    «affinités», selon la pittoresque expression de Théodose II. Ce n'est
    qu'un mot, si vous voulez, mais voyez, quelle fortune il a fait, comme
    toute la presse européenne le répète, quel intérêt il éveille, quel
    son nouveau il a rendu. Il est d'ailleurs bien dans la manière du
    souverain. Je n'irai pas jusqu'à vous dire qu'il trouve tous les jours
    de purs diamants comme celui-là. Mais il est bien rare que dans ses
    discours étudiés, mieux encore, dans le prime-saut de la conversation
    il ne donne pas son signalement--j'allais dire il n'appose pas sa
    signature--par quelque mot à l'emporte-pièce. Je suis d'autant moins
    suspect de partialité en la matière que je suis ennemi de toute
    innovation en ce genre. Dix-neuf fois sur vingt elles sont
    dangereuses.

    --Oui, j'ai pensé que le récent télégramme de l'empereur d'Allemagne
    n'a pas dû être de votre goût, dit mon père.

    M. de Norpois leva les yeux au ciel d'un air de dire: Ah! celui-là!
    «D'abord, c'est un acte d'ingratitude. C'est plus qu'un crime, c'est
    une faute et d'une sottise que je qualifierai de pyramidale! Au reste
    si personne n'y met le holà, l'homme qui a chassé Bismarck est bien
    capable de répudier peu à peu toute la politique bismarckienne, alors
    c'est le saut dans l'inconnu.»

    --Et mon mari m'a dit, monsieur, que vous l'entraîneriez peut-être un
    de ces étés en Espagne, j'en suis ravie pour lui.

    --Mais oui, c'est un projet tout à fait attrayant et dont je me
    réjouis. J'aimerais beaucoup faire avec vous ce voyage, mon cher. Et
    vous, madame, avez-vous déjà songé à l'emploi des vacances?

    --J'irai peut-être avec mon fils à Balbec, je ne sais.

    --Ah! Balbec est agréable, j'ai passé par là il y a quelques années.
    On commence à y construire des villas fort coquettes: je crois que
    l'endroit vous plaira. Mais puis-je vous demander ce qui vous a fait
    choisir Balbec?

    --Mon fils a le grand désir de voir certaines églises du pays,
    surtout celle de Balbec. Je craignais un peu pour sa santé les
    fatigues du voyage et surtout du séjour. Mais j'ai appris qu'on vient
    de construire un excellent hôtel qui lui permettra de vivre dans les
    conditions de confort requises par son état.

    --Ah! il faudra que je donne ce renseignement à certaine personne qui
    n'est pas femme à en faire fi.

    --L'église de Balbec est admirable, n'est-ce pas, monsieur,
    demandai-je, surmontant la tristesse d'avoir appris qu'un des attraits
    de Balbec résidait dans ses coquettes villas.

    --Non, elle n'est pas mal, mais enfin elle ne peut soutenir la
    comparaison avec ces véritables bijoux ciselés que sont les
    cathédrales de Reims, de Chartres, et à mon goût, la perle de toutes,
    la Sainte-Chapelle de Paris.

    --Mais l'église de Balbec est en partie romane?

    --En effet, elle est du style roman, qui est déjà par lui-même
    extrêmement froid et ne laisse en rien présager l'élégance, la
    fantaisie des architectes gothiques qui fouillent la pierre comme de
    la dentelle. L'église de Balbec mérite une visite si on est dans le
    pays, elle est assez curieuse; si un jour de pluie vous ne savez que
    faire, vous pourrez entrer là, vous verrez le tombeau de Tourville.

    --Est-ce que vous étiez hier au banquet des Affaires étrangères? je
    n'ai pas pu y aller, dit mon père.

    --Non, répondit M. de Norpois avec un sourire, j'avoue que je l'ai
    délaissé pour une soirée assez différente. J'ai dîné chez une femme
    dont vous avez peut-être entendu parler, la belle madame Swann.

    Ma mère réprima un frémissement, car d'une sensibilité plus prompte que
    mon père, elle s'alarmait pour lui de ce qui ne devait le contrarier
    qu'un instant après. Les désagréments qui lui arrivaient étaient
    perçus d'abord par elle comme ces mauvaises nouvelles de France qui
    sont connues plus tôt à l'étranger que chez nous. Mais curieuse de
    savoir quel genre de personnes les Swann pouvaient recevoir, elle
    s'enquit auprès de M. de Norpois de celles qu'il y avait rencontrées.

    --Mon Dieu ... c'est une maison où il me semble que vont surtout ...
    des messieurs. Il y avait quelques hommes mariés, mais leurs femmes
    étaient souffrantes ce soir-là et n'étaient pas venues, répondit
    l'ambassadeur avec une finesse voilée de bonhomie et en jetant autour
    de lui des regards dont la douceur et la discrétion faisaient mine de
    tempérer et exagéraient habilement la malice.

    --Je dois dire, ajouta-t-il, pour être tout à fait juste, qu'il y va
    cependant des femmes, mais ... appartenant plutôt..., comment
    dirais-je, au monde républicain qu'à la société de Swann (il
    prononçait Svann). Qui sait? Ce sera peut-être un jour un salon
    politique ou littéraire. Du reste, il semble qu'ils soient contents
    comme cela. Je trouve que Swann le montre même un peu trop. Il nommait
    les gens chez qui lui et sa femme étaient invités pour la semaine
    suivante et de l'intimité desquels il n'y a pourtant pas lieu de
    s'enorgueillir, avec un manque de réserve et de goût, presque de tact,
    qui m'a étonné chez un homme aussi fin. Il répétait: «Nous n'avons pas
    un soir de libre», comme si ç'avait été une gloire, et en véritable
    parvenu, qu'il n'est pas cependant. Car Swann avait beaucoup d'amis et
    même d'amies, et sans trop m'avancer, ni vouloir commettre
    d'indiscrétion, je crois pouvoir dire que non pas toutes, ni même le
    plus grand nombre, mais l'une au moins, et qui est une fort grande
    dame, ne se serait peut-être pas montrée entièrement réfractaire à
    l'idée d'entrer en relations avec Madame Swann, auquel cas,
    vraisemblablement, plus d'un mouton de Panurge aurait suivi. Mais il
    semble qu'il n'y ait eu de la part de Swann aucune démarche esquissée
    en ce sens.... Comment encore un pudding à la Nesselrode! Ce ne sera pas
    de trop de la cure de Carlsbad pour me remettre d'un pareil festin de
    Lucullus.... Peut-être Swann a-t-il senti qu'il y aurait trop de
    résistances à vaincre. Le mariage, cela est certain, n'a pas plu. On a
    parlé de la fortune de la femme, ce qui est une grosse bourde. Mais,
    enfin, tout cela n'a pas paru agréable. Et puis Swann a une tante
    excessivement riche et admirablement posée, femme d'un homme qui,
    financièrement parlant, est une puissance. Et non seulement elle a
    refusé de recevoir Mme Swann, mais elle a mené une campagne en règle
    pour que ses amies et connaissances en fissent autant. Je n'entends
    pas par là qu'aucun Parisien de bonne compagnie ait manqué de respect
    à Madame Swann.... Non! cent fois non! Le mari était d'ailleurs homme à
    relever le gant. En tous cas, il y a une chose curieuse, c'est de voir
    combien Swann, qui connaît tant de monde et du plus choisi, montre
    d'empressement auprès d'une société dont le moins qu'on puisse dire
    est qu'elle est fort mêlée. Moi qui l'ai connu jadis, j'avoue que
    j'éprouvais autant de surprise que d'amusement à voir un homme aussi
    bien élevé, aussi à la mode dans les coteries les plus triées,
    remercier avec effusion le Directeur du Cabinet du Ministre des
    Postes, d'être venu chez eux et lui demander si Mme Swann pourrait _se
    permettre_ d'aller voir sa femme. Il doit pourtant se trouver dépaysé;
    évidemment ce n'est plus le même monde. Mais je ne crois pas cependant
    que Swann soit malheureux. Il y a eu, il est vrai, dans les années qui
    précédèrent le mariage, d'assez vilaines manœuvres de chantage de la
    part de la femme; elle privait Swann de sa fille chaque fois qu'il lui
    refusait quelque chose. Le pauvre Swann, aussi naïf qu'il est pourtant
    raffiné, croyait chaque fois que l'enlèvement de sa fille était une
    coïncidence et ne voulait pas voir la réalité. Elle lui faisait
    d'ailleurs des scènes si continuelles qu'on pensait que le jour où
    elle serait arrivée à ses fins et se serait fait épouser, rien ne la
    retiendrait plus et que leur vie serait un enfer. Hé bien! c'est le
    contraire qui est arrivé. On plaisante beaucoup la manière dont Swann
    parle de sa femme, on en fait même des gorges chaudes. On ne demandait
    certes pas que, plus ou moins conscient d'être ... (vous savez le mot de
    Molière), il allât le proclamer _urbi et orbi_; n'empêche qu'on le
    trouve exagéré quand il dit que sa femme est une excellente épouse.
    Or, ce n'est pas aussi faux qu'on le croit. A sa manière qui n'est pas
    celle que tous les maris préféreraient,--mais enfin, entre nous, il
    me semble difficile que Swann qui la connaissait depuis longtemps et
    est loin d'être un maître-sot, ne sût pas à quoi s'en tenir,--il est
    indéniable qu'elle semble avoir de l'affection pour lui. Je ne dis pas
    qu'elle ne soit pas volage et Swann lui-même ne se fait pas faute de
    l'être, à en croire les bonnes langues qui, vous pouvez le penser,
    vont leur train. Mais elle lui est reconnaissante de ce qu'il a fait
    pour elle, et, contrairement aux craintes éprouvées par tout le monde,
    elle paraît devenue d'une douceur d'ange.

    Ce changement n'était peut-être pas aussi extraordinaire que le trouvait M. de Norpois.
    Odette n'avait pas cru que Swann finirait par l'épouser; chaque fois
    qu'elle lui annonçait tendancieusement qu'un homme comme il faut
    venait de se marier avec sa maîtresse, elle lui avait vu garder un
    silence glacial et tout au plus, si elle l'interpellait directement en
    lui demandant: «Alors, tu ne trouves pas que c'est très bien, que
    c'est bien beau ce qu'il a fait là, pour une femme qui lui a consacré
    sa jeunesse?», répondre sèchement: «Mais je ne te dis pas que ce soit
    mal, chacun agit à sa guise.» Elle n'était même pas loin de croire
    que, comme il le lui disait dans des moments de colère, il
    l'abandonnerait tout à fait, car elle avait depuis peu entendu dire
    par une femme sculpteur: «On peut s'attendre à tout de la part des
    hommes, ils sont si mufles», et frappée par la profondeur de cette
    maxime pessimiste, elle se l'était appropriée, elle la répétait à tout
    bout de champ d'un air découragé qui semblait dire: «Après tout, il
    n'y aurait rien d'impossible, c'est bien ma chance.» Et, par suite,
    toute vertu avait été enlevée à la maxime optimiste qui avait
    jusque-là guidé Odette dans la vie: «On peut tout faire aux hommes qui
    vous aiment, ils sont idiots», et qui s'exprimait dans son visage par
    le même clignement d'yeux qui eût pu accompagner des mots tels que:
    «Ayez pas peur, il ne cassera rien.» En attendant, Odette souffrait de
    ce que telle de ses amies, épousée par un homme qui était resté moins
    longtemps avec elle, qu'elle-même avec Swann, et n'avait pas, elle,
    d'enfant, relativement considérée maintenant, invitée aux bals de
    l'Élysée, devait penser de la conduite de Swann. Un consultant plus
    profond que ne l'était M. de Norpois eût sans doute pu diagnostiquer
    que c'était ce sentiment d'humiliation et de honte qui avait aigri
    Odette, que le caractère infernal qu'elle montrait ne lui était pas
    essentiel, n'était pas un mal sans remède, et eût aisément prédit ce
    qui était arrivé, à savoir qu'un régime nouveau, le régime
    matrimonial, ferait cesser avec une rapidité presque magique ces
    accidents pénibles, quotidiens, mais nullement organiques. Presque
    tout le monde s'étonna de ce mariage, et cela même est étonnant. Sans
    doute peu de personnes comprennent le caractère purement subjectif du
    phénomène qu'est l'amour, et la sorte de création que c'est d'une
    personne supplémentaire, distincte de celle qui porte le même nom dans
    le monde, et dont la plupart des éléments sont tirés de nous-mêmes.
    Aussi y a-t-il peu de gens qui puissent trouver naturelles les
    proportions énormes que finit par prendre pour nous un être qui n'est
    pas le même que celui qu'ils voient. Pourtant il semble qu'en ce qui
    concerne Odette on aurait pu se rendre compte que si, certes, elle
    n'avait jamais entièrement compris l'intelligence de Swann, du moins
    savait-elle les titres, tout le détail de ses travaux, au point que le
    nom de Ver Meer lui était aussi familier que celui de son couturier;
    de Swann, elle connaissait à fond ces traits du caractère que le
    reste du monde ignore ou ridiculise et dont seule une maîtresse, une
    sœur, possèdent l'image ressemblante et aimée; et nous tenons tellement
    à eux, même à ceux que nous voudrions le plus corriger, que c'est
    parce qu'une femme finit par en prendre une habitude indulgente et
    amicalement railleuse, pareille à l'habitude que nous en avons
    nous-mêmes, et qu'en ont nos parents, que les vieilles liaisons ont
    quelque chose de la douceur et de la force des affections de famille.
    Les liens qui nous unissent à un être se trouvent sanctifiés quand il
    se place au même point de vue que nous pour juger une de nos tares. Et
    parmi ces traits particuliers, il y en avait aussi qui appartenaient
    autant à l'intelligence de Swann qu'à son caractère, et que pourtant,
    en raison de la racine qu'ils avaient malgré tout en celui-ci, Odette
    avait plus facilement discernés. Elle se plaignait que quand Swann
    faisait métier d'écrivain, quand il publiait des études, on ne
    reconnut pas ces traits-là autant que dans les lettres ou dans sa
    conversation où ils abondaient. Elle lui conseillait de leur faire la
    part la plus grande. Elle l'aurait voulu parce que c'était ceux
    qu'elle préférait en lui, mais comme elle les préférait parce qu'ils
    étaient plus à lui, elle n'avait peut-être pas tort de souhaiter qu'on
    les retrouvât dans ce qu'il écrivait. Peut-être aussi pensait-elle que
    des ouvrages plus vivants, en lui procurant enfin à lui le succès, lui
    eussent permis à elle de se faire ce que chez les Verdurin elle avait
    appris à mettre au-dessus de tout: un salon.

    Parmi les gens qui trouvaient ce genre de mariage ridicule, gens qui
    pour eux-mêmes se demandaient: «Que pensera M. de Guermantes, que dira
    Bréauté, quand j'épouserai Mlle de Montmorency?», parmi les gens ayant
    cette sorte d'idéal social, aurait figuré, vingt ans plus tôt, Swann
    lui-même. Swann qui s'était donné du mal pour être reçu au Jockey et
    avait compté dans ce temps-là faire un éclatant mariage qui eût
    achevé, en consolidant sa situation, de faire de lui un des hommes les
    plus en vue de Paris. Seulement, les images que représentent un tel
    mariage à l'intéressé ont, comme toutes les images, pour ne pas
    dépérir et s'effacer complètement, besoin d'être alimentées du dehors.
    Votre rêve le plus ardent est d'humilier l'homme qui vous a offensé.
    Mais si vous n'entendez plus jamais parler de lui, ayant changé de
    pays, votre ennemi finira par ne plus avoir pour vous aucune
    importance. Si on a perdu de vue pendant vingt ans toutes les
    personnes à cause desquelles on aurait aimé entrer au Jockey ou à
    l'Institut, la perspective d'être membre de l'un ou de l'autre de ces
    groupements ne tentera nullement. Or, tout autant qu'une retraite,
    qu'une maladie, qu'une conversion religieuse, une liaison prolongée
    substitue d'autres images aux anciennes. Il n'y eut pas de la part de
    Swann, quand il épousa Odette, renoncement aux ambitions mondaines car
    de ces ambitions-là, depuis longtemps Odette l'avait, au sens
    spirituel du mot, détaché. D'ailleurs, ne l'eût-il pas été qu'il n'en
    aurait eu que plus de mérite. C'est parce qu'ils impliquent le
    sacrifice d'une situation plus ou moins flatteuse à une douceur
    purement intime, que généralement les mariages infamants sont les plus
    estimables de tous (on ne peut en effet entendre par mariage infamant
    un mariage d'argent, n'y ayant point d'exemple d'un ménage où la
    femme, ou bien le mari se soient vendus et qu'on n'ait fini par
    recevoir, ne fût-ce que par tradition et sur la foi de tant d'exemples
    et pour ne pas avoir deux poids et deux mesures). Peut-être, d'autre
    part, en artiste, sinon en corrompu, Swann eût-il en tous cas éprouvé
    une certaine volupté à accoupler à lui, dans un de ces croisements
    d'espèces comme en pratiquent les mendelistes ou comme en raconte la
    mythologie, un être de race différente, archiduchesse ou cocotte, à
    contracter une alliance royale ou à faire une mésalliance. Il n'y
    avait eu dans le monde qu'une seule personne dont il se fût préoccupé,
    chaque fois qu'il avait pensé à son mariage possible avec Odette,
    c'était, et non par snobisme, la duchesse de Guermantes. De celle-là,
    au contraire, Odette se souciait peu, pensant seulement aux personnes
    situées immédiatement au-dessus d'elle-même plutôt que dans un aussi
    vague empyrée. Mais quand Swann dans ses heures de rêverie voyait
    Odette devenue sa femme, il se représentait invariablement le moment
    où il l'amènerait, elle et surtout sa fille, chez la princesse des
    Laumes, devenue bientôt la duchesse de Guermantes par la mort de son
    beau-père. Il ne désirait pas les présenter ailleurs, mais il
    s'attendrissait quand il inventait, en énonçant les mots eux-mêmes,
    tout ce que la duchesse dirait de lui à Odette, et Odette à Madame de
    Guermantes, la tendresse que celle-ci témoignerait à Gilberte, la
    gâtant, le rendant fier de sa fille. Il se jouait à lui-même la scène
    de la présentation avec la même précision dans le détail imaginaire
    qu'ont les gens qui examinent comment ils emploieraient, s'ils le
    gagnaient, un lot dont ils fixent arbitrairement le chiffre. Dans la
    mesure où une image qui accompagne une de nos résolutions la motive,
    on peut dire que si Swann épousa Odette, ce fut pour la présenter elle
    et Gilberte, sans qu'il y eût personne là, au besoin sans que personne
    le sût jamais, à la duchesse de Guermantes. On verra comment cette
    seule ambition mondaine qu'il avait souhaitée pour sa femme et sa
    fille fut justement celle dont la réalisation se trouva lui être
    interdite et par un veto si absolu que Swann mourut sans supposer que
    la duchesse pourrait jamais les connaître. On verra aussi qu'au
    contraire la duchesse de Guermantes se lia avec Odette et Gilberte
    après la mort de Swann. Et peut-être eût-il été sage--pour autant
    qu'il pouvait attacher de l'importance à si peu de chose--en ne se
    faisant pas une idée trop sombre de l'avenir, à cet égard, et en
    réservant que la réunion souhaitée pourrait bien avoir lieu quand il
    ne serait plus là pour en jouir. Le travail de causalité qui finit par
    produire à peu près tous les effets possibles, et par conséquent aussi
    ceux qu'on avait cru l'être le moins, ce travail est parfois lent,
    rendu un peu plus lent encore par notre désir--qui, en cherchant à
    l'accélérer, l'entrave--par notre existence même et n'aboutit que
    quand nous avons cessé de désirer, et quelquefois de vivre. Swann ne
    le savait-il pas par sa propre expérience, et n'était-ce pas déjà,
    dans sa vie--comme une préfiguration de ce qui devait arriver après
    sa mort--un bonheur après décès que ce mariage avec cette Odette
    qu'il avait passionnément aimée--si elle ne lui avait pas plu au
    premier abord--et qu'il avait épousée quand il ne l'aimait plus,
    quand l'être qui, en Swann, avait tant souhaité et tant désespéré de
    vivre toute sa vie avec Odette, quand cet être là était mort?

    Je me mis à parler du comte de Paris, à demander s'il n'était pas ami
    de Swann, car je craignais que la conversation se détournât de
    celui-ci. «Oui, en effet, répondit M. de Norpois en se tournant vers
    moi et en fixant sur ma modeste personne le regard bleu où flottaient,
    comme dans leur élément vital, ses grandes facultés de travail et son
    esprit d'assimilation. Et, mon Dieu, ajouta-t-il en s'adressant de
    nouveau à mon père, je ne crois pas franchir les bornes du respect
    dont je fais profession pour le Prince (sans cependant entretenir avec
    lui des relations personnelles que rendrait difficiles ma situation,
    si peu officielle qu'elle soit), en vous citant ce fait assez piquant
    que, pas plus tard qu'il y a quatre ans, dans une petite gare de
    chemins de fer d'un des pays de l'Europe Centrale, le prince eut
    l'occasion d'apercevoir Mme Swann. Certes, aucun de ses familiers ne
    s'est permis de demander à Monseigneur comment il l'avait trouvée.
    Cela n'eût pas été séant. Mais quand par hasard la conversation
    amenait son nom, à de certains signes, imperceptibles si l'on veut,
    mais qui ne trompent pas, le prince semblait donner assez volontiers à
    entendre que son impression était en somme loin d'avoir été
    défavorable.»

    --Mais il n'y aurait pas eu possibilité de la présenter au comte de
    Paris? demanda mon père.

    --Eh bien! on ne sait pas; avec les princes on ne sait jamais,
    répondit M. de Norpois; les plus glorieux, ceux qui savent le plus se
    faire rendre ce qu'on leur doit, sont aussi quelquefois ceux qui
    s'embarrassent le moins des décrets de l'opinion publique, même les
    plus justifiés, pour peu qu'il s'agisse de récompenser certains
    attachements. Or, il est certain que le comte de Paris a toujours
    agréé avec beaucoup de bienveillance le dévouement de Swann qui est,
    d'ailleurs, un garçon d'esprit s'il en fut.

    --Et votre impression à vous, quelle a-t-elle été, monsieur
    l'ambassadeur? demanda ma mère par politesse et par curiosité.

    Avec une énergie de vieux connaisseur qui tranchait sur la modération
    habituelle de ses propos:

    --Tout à fait excellente! répondit M. de Norpois.

    Et sachant que l'aveu d'une forte sensation produite par une femme,
    rentre à condition qu'on le fasse avec enjouement, dans une certaine
    forme particulièrement appréciée de l'esprit de conversation, il
    éclata d'un petit rire qui se prolongea pendant quelques instants,
    humectant les yeux bleus du vieux diplomate et faisant vibrer les
    ailes de son nez nervurées de fibrilles rouges.

    --Elle est tout à fait charmante!

    --Est-ce qu'un écrivain du nom de Bergotte était à ce dîner,
    monsieur? demandai-je timidement pour tâcher de retenir la
    conversation sur le sujet des Swann.

    --Oui, Bergotte était là, répondit M. de Norpois, inclinant la tête
    de mon côté avec courtoisie, comme si dans son désir d'être aimable
    avec mon père, il attachait tout ce qui tenait à lui une véritable
    importance, et même aux questions d'un garçon de mon âge qui n'était
    pas habitué à se voir montrer tant de politesse par des personnes du
    sien. Est-ce que vous le connaissez? ajouta-t-il en fixant sur moi ce
    regard clair dont Bismarck admirait la pénétration.

    --Mon fils ne le connaît pas mais l'admire beaucoup, dit ma mère.

    --Mon Dieu, dit M. de Norpois (qui m'inspira sur ma propre
    intelligence des doutes plus graves que ceux qui me déchiraient
    d'habitude, quand je vis que ce que je mettais mille et mille fois
    au-dessus de moi-même, ce que je trouvais de plus élevé au monde,
    était pour lui tout en bas de l'échelle de ses admirations), je ne
    partage pas cette manière de voir. Bergotte est ce que j'appelle un
    joueur de flûte; il faut reconnaître du reste qu'il en joue
    agréablement quoique avec bien du maniérisme, de l'afféterie. Mais
    enfin ce n'est que cela, et cela n'est pas grand'chose. Jamais on ne
    trouve dans ses ouvrages sans muscles ce qu'on pourrait nommer la
    charpente. Pas d'action--ou si peu--mais surtout pas de portée.
    Ses livres pèchent par la base ou plutôt il n'y a pas de base du tout.
    Dans un temps comme le nôtre où la complexité croissante de la vie
    laisse à peine le temps de lire, où la carte de l'Europe a subi des
    remaniements profonds et est à la veille d'en subir de plus grands
    encore peut-être, où tant de problèmes menaçants et nouveaux se posent
    partout, vous m'accorderez qu'on a le droit de demander à un écrivain
    d'être autre chose qu'un bel esprit qui nous fait oublier dans des
    discussions oiseuses et byzantines sur des mérites de pure forme, que
    nous pouvons être envahis d'un instant à l'autre par un double flot de
    Barbares, ceux du dehors et ceux du dedans. Je sais que c'est
    blasphémer contre la Sacro-Sainte Ecole de ce que ces Messieurs
    appellent l'Art pour l'Art, mais à notre époque, il y a des tâches
    plus urgentes que d'agencer des mots d'une façon harmonieuse. Celle de
    Bergotte est parfois assez séduisante, je n'en disconviens pas, mais
    au total tout cela est bien mièvre, bien mince, et bien peu viril. Je
    comprends mieux maintenant, en me reportant à votre admiration tout à
    fait exagérée pour Bergotte, les quelques lignes que vous m'avez
    montrées tout à l'heure et sur lesquelles j'aurais mauvaise grâce à ne
    pas passer l'éponge, puisque vous avez dit vous-même en toute
    simplicité, que ce n'était qu'un griffonnage d'enfant (je l'avais dit,
    en effet, mais je n'en pensais pas un mot). A tout péché miséricorde
    et surtout aux péchés de jeunesse. Après tout, d'autres que vous en
    ont de pareils sur la conscience, et vous n'êtes pas le seul qui se
    soit cru poète à son heure. Mais on voit dans ce que vous m'avez
    montré la mauvaise influence de Bergotte. Évidemment, je ne vous
    étonnerai pas en vous disant qu'il n'y avait là aucune de ses
    qualités, puisqu'il est passé maître dans l'art, tout superficiel du
    reste, d'un certain style dont à votre âge vous ne pouvez posséder
    même le rudiment. Mais c'est déjà le même défaut, ce contre-sens
    d'aligner des mots bien sonores en ne se souciant qu'ensuite du fond.
    C'est mettre la charrue avant les bœufs, même dans les livres de
    Bergotte. Toutes ces chinoiseries de forme, toutes ces subtilités de
    mandarin déliquescent me semblent bien vaines. Pour quelques feux
    d'artifice agréablement tirés par un écrivain, on crie de suite au
    chef-d'œuvre. Les chefs-d'œuvre ne sont pas si fréquents que cela!
    Bergotte n'a pas à son actif, dans son bagage si je puis dire, un
    roman d'une envolée un peu haute, un de ces livres qu'on place dans le
    bon coin de sa bibliothèque. Je n'en vois pas un seul dans son œuvre.
    Il n'empêche que chez lui, l'œuvre est infiniment supérieure à
    l'auteur. Ah! voilà quelqu'un qui donne raison à l'homme d'esprit qui
    prétendait qu'on ne doit connaître les écrivains que par leurs livres.
    Impossible de voir un individu qui réponde moins aux siens, plus
    prétentieux, plus solennel, moins homme de bonne compagnie. Vulgaire
    par moments, parlant à d'autres comme un livre, et même pas comme un
    livre de lui, mais comme un livre ennuyeux, ce qu'au moins ne sont pas
    les siens, tel est ce Bergotte. C'est un esprit des plus confus,
    alambiqué, ce que nos pères appelaient un diseur de phébus et qui rend
    encore plus déplaisantes, par sa façon de les énoncer, les choses qu'il
    dit. Je ne sais si c'est Loménie ou Sainte-Beuve, qui raconte que
    Vigny rebutait par le même travers. Mais Bergotte n'a jamais écrit
    _Cinq-Mars_, ni le _Cachet rouge_, où certaines pages sont de
    véritables morceaux d'anthologie.

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    Autour de la Lune https://blog.mabo.cc/autour-de-la-lune/ https://blog.mabo.cc/autour-de-la-lune/#respond Wed, 14 Oct 2026 13:34:46 +0000 https://blog.mabo.cc/autour-de-la-lune/

    Autour de la Lune

    Aproximadamente 59.254 palavras.

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    ----------------------------------------------------------------------

    AUTOUR DE LA LUNE
    Etext Production Notes

    Mathematical symbols are enclosed in the brackets "(" and ")" and are
    expressed as their character or symbol names in the LaTeX typesetting
    language. One formula has also been typeset in "visual mode", in lines
    presceded by %

    D'ici à la fin du document le texte sera redigé en français.

    Typographie utilisée dans le texte.
    -----------------------------------

    _xxx_ Texte imprimé en italiques.
    (xxx) Symboles mathématiques ou mots grecs rendus
    selon le langage de composition TeX.
    --Tiret.

    Dictionnaire des mots peu communs utilisés dans le texte.
    ---------------------------------------------------------

    lieue Ancienne mesure de distance (environ 4 km).

    ligne Ancienne mesure de longeur valant, douzième partie
    du pouce, 2.1167 mm.

    londrès Cigare de la Havane, fabriqué à l'origine pour les
    Anglais.

    milles Mesure de longeur américaine, 5280 pieds, 1609 mètres,

    pied Mesure de longeur américaine, 0.3248 mètre,

    pouce Mesure de longeur américaine, 2.54 cm, douzième partie
    du pied.

    toise Ancienne mesure de longeur valant 6 pieds
    (environ 2 mètres).

    <><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><>

    AUTOUR DE LA LUNE

    par Jules Verne

    CHAPITRE PRÉLIMINAIRE

    Qui résume la première partie de cet ouvrage, pour servir de préface a
    la seconde

    Pendant le cours de l'année 186., le monde entier fut singulièrement
    ému par une tentative scientifique sans précédents dans les annales de
    la science. Les membres du Gun-Club, cercle d'artilleurs fondé à
    Baltimore après la guerre d'Amérique, avaient eu l'idée de se mettre
    en communication avec la Lune--oui, avec la Lune--, en lui envoyant
    un boulet. Leur président Barbicane, le promoteur de l'entreprise,
    ayant consulté à ce sujet les astronomes de l'Observatoire de
    Cambridge, prit toutes les mesures nécessaires au succès de cette
    extraordinaire entreprise, déclarée réalisable par la majorité des
    gens compétents. Après avoir provoqué une souscription publique qui
    produisit près de trente millions de francs, il commença ses
    gigantesques travaux.

    Suivant la note rédigée par les membres de l'Observatoire, le canon
    destiné à lancer le projectile devait être établi dans un pays situé
    entre 0 et 28 degrés de latitude nord ou sud, afin de viser la Lune au
    zénith. Le boulet devait être animé d'une vitesse initiale de douze
    mille yards à la seconde. Lancé le 1er décembre, à onze heures moins
    treize minutes et vingt secondes du soir, il devait rencontrer la Lune
    quatre jours après son départ, le 5 décembre, à minuit précis, à
    l'instant même où elle se trouverait dans son périgée, c'est-à-dire à
    sa distance la plus rapprochée de la Terre, soit exactement
    quatre-vingt-six mille quatre cent dix lieues.

    Les principaux membres du Gun-Club, le président Barbicane, le major
    Elphiston, le secrétaire J.-T. Maston et autres savants tinrent
    plusieurs séances dans lesquelles furent discutées la forme et la
    composition du boulet, la disposition et la nature du canon, la
    qualité et la quantité de la poudre à employer. Il fut décidé: 1° que
    le projectile serait un obus en aluminium d'un diamètre de cent huit
    pouces et d'une épaisseur de douze pouces à ses parois, qui pèserait
    dix-neuf mille deux cent cinquante livres; 2° que le canon serait une
    Columbiad en fonte de fer longue de neuf cents pieds, qui serait
    coulée directement dans le sol; 3° que la charge emploierait quatre
    cent mille livres de fulmi-coton qui, développant six milliards de
    litres de gaz sous le projectile, l'emporteraient facilement vers
    l'astre des nuits.

    Ces questions résolues, le président Barbicane, aidé de l'ingénieur
    Murchison, fit choix d'un emplacement situé dans la Floride par 27°
    7' de latitude nord et 5° 7' de longitude ouest. Ce fut en cet
    endroit, qu'après des travaux merveilleux, la Columbiad fut coulée
    avec un plein succès.

    Les choses en étaient là, quand survint un incident qui centupla
    l'intérêt attaché à cette grande entreprise.

    Un Français, un Parisien fantaisiste, un artiste aussi spirituel
    qu'audacieux, demanda à s'enfermer dans un boulet afin d'atteindre la
    Lune et d'opérer une reconnaissance du satellite terrestre. Cet
    intrépide aventurier se nommait Michel Ardan. Il arriva en Amérique,
    fut reçu avec enthousiasme, tint des meetings, se vit porter en
    triomphe, réconcilia le président Barbicane avec son mortel ennemi le
    capitaine Nicholl et, comme gage de réconciliation, il les décida à
    s'embarquer avec lui dans le projectile.

    La proposition fut acceptée. On modifia la forme du boulet. Il
    devint cylindro-conique. On garnit cette espèce de wagon aérien de
    ressorts puissants et de cloisons brisantes qui devaient amortir le
    contrecoup du départ. On le pourvut de vivres pour un an, d'eau pour
    quelques mois, de gaz pour quelques jours. Un appareil automatique
    fabriquait et fournissait l'air nécessaire à la respiration des trois
    voyageurs. En même temps, le Gun-Club faisait construire sur l'un des
    plus hauts sommets des montagnes Rocheuses un gigantesque télescope
    qui permettrait de suivre le projectile pendant son trajet à travers
    l'espace. Tout était prêt.

    Le 30 novembre, à l'heure fixée, au milieu d'un concours
    extraordinaire de spectateurs, le départ eut lieu et pour la première
    fois, trois êtres humains, quittant le globe terrestre, s'élancèrent
    vers les espaces interplanétaires avec la presque certitude d'arriver
    à leur but. Ces audacieux voyageurs, Michel Ardan, le président
    Barbicane et le capitaine Nicholl, devaient effectuer leur trajet en
    _quatre-vingt dix-sept heures treize minutes et vingt secondes_.
    Conséquemment, leur arrivée à la surface du disque lunaire ne pouvait
    avoir lieu que le 5 décembre, à minuit, au moment précis où la Lune
    serait pleine, et non le 4, ainsi que l'avaient annoncé quelques
    journaux mal informés.

    Mais, circonstance inattendue, la détonation produite par la Columbiad
    eut pour effet immédiat de troubler l'atmosphère terrestre en y
    accumulant une énorme quantité de vapeurs. Phénomène qui excita
    l'indignation générale, car la Lune fut voilée pendant plusieurs nuits
    aux yeux de ses contemplateurs.

    Le digne J.-T. Maston, le plus vaillant ami des trois voyageurs,
    partit pour les montagnes Rocheuses, en compagnie de l'honorable J.
    Belfast, directeur de l'Observatoire de Cambridge, et il gagna la
    station de Long's-Peak, où se dressait le télescope qui rapprochait la
    Lune à deux lieues. L'honorable secrétaire du Gun-Club voulait
    observer lui-même le véhicule de ses audacieux amis.

    L'accumulation des nuages dans l'atmosphère empêcha toute observation
    pendant les 5, 6, 7, 8, 9 et 10 décembre. On crut même que
    l'observation devrait être remise au 3 janvier de l'année suivante,
    car la Lune, entrant dans son dernier quartier le 11, ne présenterait
    plus alors qu'une portion décroissante de son disque, insuffisante
    pour permettre d'y suivre la trace du projectile.

    Mais enfin, à la satisfaction générale, une forte tempête nettoya
    l'atmosphère dans la nuit du 11 au 12 décembre, et la Lune, à demi
    éclairée, se découpa nettement sur le fond noir du ciel.

    Cette nuit même, un télégramme était envoyé de la station de
    Long's-Peak par J.-T. Maston et Belfast à MM. les membres du bureau de
    l'Observatoire de Cambridge.

    Or, qu'annonçait ce télégramme?

    Il annonçait: que le 11 décembre, à huit heures quarante-sept du
    soir, le projectile lancé par la Columbiad de Stone's-Hill avait été
    aperçu par MM. Belfast et J.-T. Maston,--que le boulet, dévié pour
    une cause ignorée, n'avait point atteint son but, mais qu'il en était
    passé assez près pour être retenu par l'attraction lunaire,--que
    son mouvement rectiligne s'était changé en un mouvement circulaire,
    et qu'alors, entraîné suivant un orbe elliptique autour de l'astre
    des nuits, il en était devenu le satellite.

    Le télégramme ajoutait que les éléments de ce nouvel astre n'avaient
    pu être encore calculés;--et en effet, trois observations prenant
    l'astre dans trois positions différentes, sont nécessaires pour
    déterminer ces éléments. Puis, il indiquait que la distance séparant
    le projectile de la surface lunaire «pouvait» être évaluée à deux
    mille huit cent trente-trois milles environ, soit quatre mille cinq
    cents lieues.

    Il terminait enfin en émettant cette double hypothèse: Ou l'attraction
    de la Lune finirait par l'emporter, et les voyageurs atteindraient
    leur but; ou le projectile, maintenu dans un orbe immutable,
    graviterait autour du disque lunaire jusqu'à la fin des siècles.

    Dans ces diverses alternatives, quel serait le sort des voyageurs?
    Ils avaient des vivres pour quelque temps, c'est vrai. Mais en
    supposant même le succès de leur téméraire entreprise, comment
    reviendraient-ils? Pourraient-ils jamais revenir? Aurait-on de leurs
    nouvelles? Ces questions, débattues par les plumes les plus savantes
    du temps, passionnèrent le public.

    Il convient de faire ici une remarque qui doit être méditée par les
    observateurs trop pressés. Lorsqu'un savant annonce au public une
    découverte purement spéculative, il ne saurait agir avec assez de
    prudence. Personne n'est forcé de découvrir ni une planète, ni une
    comète, ni un satellite, et qui se trompe en pareil cas, s'expose
    justement aux quolibets de la foule. Donc, mieux vaut attendre, et
    c'est ce qu'aurait dû faire l'impatient J.-T. Maston, avant de lancer
    à travers le monde ce télégramme qui, suivant lui, disait le dernier
    mot de cette entreprise.

    En effet, ce télégramme contenait des erreurs de deux sortes, ainsi
    que cela fut vérifié plus tard: 1° Erreurs d'observation, en ce qui
    concernait la distance du projectile à la surface de la Lune, car, à
    la date du 11 décembre, il était impossible de l'apercevoir, et ce que
    J.-T. Maston avait vu ou cru voir, ne pouvait être le boulet de la
    Columbiad. 2° Erreurs de théorie sur le sort réservé audit
    projectile, car en faire un satellite de la Lune, c'était se mettre en
    contradiction absolue avec les lois de la mécanique rationnelle.

    Une seule hypothèse des observateurs de Long's-Peak pouvait se
    réaliser, celle qui prévoyait le cas où les voyageurs--s'ils
    existaient encore--, combineraient leurs efforts avec l'attraction
    lunaire de manière à atteindre la surface du disque.

    Or, ces hommes, aussi intelligents que hardis, avaient survécu au
    terrible contrecoup du départ, et c'est leur voyage dans le
    boulet-wagon qui va être raconté jusque dans ses plus dramatiques
    comme dans ses plus singuliers détails. Ce récit détruira beaucoup
    d'illusions et de prévisions; mais il donnera une juste idée des
    péripéties réservées à une pareille entreprise, et il mettra en relief
    les instincts scientifiques de Barbicane, les ressources de
    l'industrieux Nicholl et l'humoristique audace de Michel Ardan.

    En outre, il prouvera que leur digne ami, J.-T. Maston, perdait son
    temps, lorsque, penché sur le gigantesque télescope, il observait la
    marche de la Lune à travers les espaces stellaires.

    I

    De dix heures vingt a dix heures quarante-sept minutes du soir

    Quand dix heures sonnèrent, Michel Ardan, Barbicane et Nicholl firent
    leurs adieux aux nombreux amis qu'ils laissaient sur terre. Les deux
    chiens, destinés à acclimater la race canine sur les continents
    lunaires, étaient déjà emprisonnés dans le projectile. Les trois
    voyageurs s'approchèrent de l'orifice de l'énorme tube de fonte, et
    une grue volante les descendit jusqu'au chapeau conique du boulet.

    Là, une ouverture, ménagée à cet effet, leur donna accès dans le wagon
    d'aluminium. Les palans de la grue étant halés à l'extérieur, la
    gueule de la Columbiad fut instantanément dégagée de ses derniers
    échafaudages.

    Nicholl, une fois introduit avec ses compagnons dans le projectile,
    s'occupa d'en fermer l'ouverture au moyen d'une forte plaque maintenue
    intérieurement par de puissantes vis de pression. D'autres plaques,
    solidement adaptées, recouvraient les verres lenticulaires des
    hublots. Les voyageurs, hermétiquement clos dans leur prison de
    métal, étaient plongés au milieu d'une obscurité profonde.

    «Et maintenant, mes chers compagnons, dit Michel Ardan, faisons comme
    chez nous. Je suis homme d'intérieur, moi, et très fort sur l'article
    ménage. Il s'agit de tirer le meilleur parti possible de notre
    nouveau logement et d'y trouver nos aises. Et d'abord, tâchons d'y
    voir un peu plus clair. Que diable! le gaz n'a pas été inventé pour
    les taupes!»

    Ce disant, l'insouciant garçon fit jaillir la flamme d'une allumette
    qu'il frotta à la semelle de sa botte; puis, il l'approcha du bec fixé
    au récipient, dans lequel l'hydrogène carboné, emmagasiné à une haute
    pression, pouvait suffire à l'éclairage et au chauffage du boulet
    pendant cent quarante-quatre heures, soit six jours et six nuits.

    Le gaz s'alluma. Le projectile, ainsi éclairé, apparut comme une
    chambre confortable, capitonnée à ses parois, meublée de divans
    circulaires, et dont la voûte s'arrondissait en forme de dôme.

    Les objets qu'elle renfermait, armes, instruments, ustensiles,
    solidement saisis et maintenus contre les rondeurs du capiton,
    devaient supporter impunément le choc du départ. Toutes les
    précautions humainement possibles avaient été prises pour mener à
    bonne fin une si téméraire tentative.

    Michel Ardan examina tout et se déclara fort satisfait de son
    installation.

    «C'est une prison, dit-il, mais une prison qui voyage, et avec le
    droit de mettre le nez à la fenêtre, je ferais bien un bail de cent
    ans! Tu souris Barbicane? As-tu donc une arrière-pensée? Te dis-tu
    que cette prison pourrait être notre tombeau? Tombeau, soit, mais je
    ne le changerais pas pour celui de Mahomet qui flotte dans l'espace
    et ne marche pas!»

    Pendant que Michel Ardan parlait ainsi, Barbicane et Nicholl faisaient
    leurs derniers préparatifs.

    Le chronomètre de Nicholl marquait dix heures vingt minutes du soir
    lorsque les trois voyageurs se furent définitivement murés dans leur
    boulet. Ce chronomètre était réglé à un dixième de seconde près sur
    celui de l'ingénieur Murchison. Barbicane le consulta.

    «Mes amis, dit-il, il est dix heures vingt. A dix heures
    quarante-sept, Murchison lancera l'étincelle électrique sur le fil
    qui communique avec la charge de la Columbiad. A ce moment précis,
    nous quitterons notre sphéroïde. Nous avons donc encore vingt-sept
    minutes à rester sur la terre.

    --Vingt-six minutes et treize secondes, répondit le méthodique
    Nicholl.

    --Eh bien, s'écria Michel Ardan d'un ton de belle humeur, en
    vingt-six minutes, on fait bien des choses! On peut discuter les
    plus graves questions de morale ou de politique, et même les
    résoudre! Vingt-six minutes bien employées valent mieux que
    vingt-six années où on ne fait rien! Quelques secondes d'un Pascal
    ou d'un Newton sont plus précieuses que toute l'existence de
    l'indigeste foule des imbéciles...

    --Et tu en conclus, éternel parleur? demanda le président Barbicane.

    --J'en conclus que nous avons vingt-six minutes, répondit Ardan.

    --Vingt-quatre seulement, dit Nicholl.

    --Vingt-quatre, si tu y tiens, mon brave capitaine, répondit Ardan,
    vingt-quatre minutes pendant lesquelles on pourrait approfondir...

    --Michel, dit Barbicane, pendant notre traversée, nous aurons tout le
    temps nécessaire pour approfondir les questions les plus ardues.
    Maintenant occupons-nous du départ.

    --Ne sommes-nous pas prêts?

    --Sans doute. Mais il est encore quelques précautions à prendre pour
    atténuer autant que possible le premier choc!

    --N'avons-nous pas ces couches d'eau disposées entre les cloisons
    brisantes, et dont l'élasticité nous protégera suffisamment?

    --Je l'espère, Michel, répondit doucement Barbicane, mais je n'en
    suis pas bien sûr!

    --Ah! le farceur! s'écria Michel Ardan. Il espère!... Il n'est
    pas sûr!... Et il attend le moment où nous sommes encaqués pour
    faire ce déplorable aveu! Mais je demande à m'en aller!

    --Et le moyen? répliqua Barbicane.

    --En effet! dit Michel Ardan, c'est difficile. Nous sommes dans le
    train et le sifflet du conducteur retentira avant vingt-quatre
    minutes...

    --Vingt», fit Nicholl.

    Pendant quelques instants, les trois voyageurs se regardèrent. Puis
    ils examinèrent les objets emprisonnés avec eux.

    «Tout est à sa place, dit Barbicane. Il s'agit de décider maintenant
    comment nous nous placerons le plus utilement pour supporter le choc
    du départ. La position à prendre ne saurait être indifférente, et
    autant que possible, il faut empêcher que le sang ne nous afflue trop
    violemment à la tête.

    --Juste, fit Nicholl.

    --Alors, répondit Michel Ardan, prêt à joindre l'exemple à la parole,
    mettons-nous la tête en bas et les pieds en haut, comme les clowns du
    Great-Circus!

    --Non, dit Barbicane, mais étendons-nous sur le côté. Nous
    résisterons mieux ainsi au choc. Remarquez bien qu'au moment où le
    boulet partira que nous soyons dedans ou que nous soyons devant, c'est
    à peu près la même chose.

    --Si ce n'est qu' «à peu près» la même chose, je me rassure, répliqua
    Michel Ardan.

    --Approuvez-vous mon idée, Nicholl? demanda Barbicane.

    --Entièrement, répondit le capitaine. Encore treize minutes et demie.

    --Ce n'est pas un homme que ce Nicholl s'écria Michel, c'est un
    chronomètre à secondes, a échappement, avec huit trous...»

    Mais ses compagnons ne l'écoutaient plus, et ils prenaient leurs
    dernières dispositions avec un sang-froid inimaginable. Ils avaient
    l'air de deux voyageurs méthodiques, montés dans un wagon, et
    cherchant à se caser aussi confortablement que possible. On se
    demande vraiment de quelle matière sont faits ces coeurs d'Américains
    auxquels l'approche du plus effroyable danger n'ajoute pas une
    pulsation!

    Trois couchettes, épaisses et solidement conditionnées, avaient été
    placées dans le projectile. Nicholl et Barbicane les disposèrent au
    centre du disque qui formait le plancher mobile. Là devaient
    s'étendre les trois voyageurs, quelques moments avant le départ.

    Pendant ce temps, Ardan, ne pouvant rester immobile, tournait dans son
    étroite prison comme une bête fauve en cage, causant avec ses amis,
    parlant à ses chiens, Diane et Satellite, auxquels, on le voit, il
    avait donné depuis quelque temps ces noms significatifs.

    «Hé! Diane! Hé! Satellite! s'écriait-il en les excitant. Vous
    allez donc montrer aux chiens sélénites les bonnes façons des chiens
    de la terre! Voilà qui fera honneur à la race canine! Pardieu! Si
    nous revenons jamais ici-bas, je veux rapporter un type croisé de
    «moon-dogs» qui fera fureur!

    --S'il y a des chiens dans la Lune, dit Barbicane.

    --Il y en a, affirma Michel Ardan, comme il y a des chevaux, des
    vaches, des ânes, des poules. Je parie que nous y trouvons des
    poules!

    --Cent dollars que nous n'en trouverons pas, dit Nicholl.

    --Tenu, mon capitaine, répondit Ardan en serrant la main de Nicholl.
    Mais à propos, tu as déjà perdu trois paris avec notre président,
    puisque les fonds nécessaires à l'entreprise ont été faits, puisque
    l'opération de la fonte a réussi, et enfin puisque la Columbiad a été
    chargée sans accident, soit six mille dollars.

    --Oui, répondit Nicholl. Dix heures trente-sept minutes et six
    secondes.

    --C'est entendu, capitaine. Eh bien, avant un quart d'heure, tu auras
    encore à compter neuf mille dollars au président, quatre mille parce
    que la Columbiad n'éclatera pas, et cinq mille parce que le boulet
    s'enlèvera à plus de six milles dans l'air.

    --J'ai les dollars, répondit Nicholl en frappant sur la poche de son
    habit, je ne demande qu'à payer.

    --Allons, Nicholl, je vois que tu es un homme d'ordre, ce que je n'ai
    jamais pu être, mais en somme, tu as fait là une série de paris peu
    avantageux pour toi, permets-moi de te le dire.

    --Et pourquoi? demanda Nicholl.

    --Parce que si tu gagnes le premier, c'est que la Columbiad aura
    éclaté, et le boulet avec, et Barbicane ne sera plus là pour te
    rembourser tes dollars.

    --Mon enjeu est déposé à la banque de Baltimore, répondit simplement
    Barbicane, et à défaut de Nicholl, il retournera à ses héritiers!

    --Ah! hommes pratiques! s'écria Michel Ardan, esprits positifs! Je
    vous admire d'autant plus que je ne vous comprends pas.

    --Dix heures quarante deux! dit Nicholl.

    --Plus que cinq minutes! répondit Barbicane.

    --Oui! cinq petites minutes! répliqua Michel Ardan. Et nous sommes
    enfermés dans un boulet au fond d'un canon de neuf cents pieds! Et
    sous ce boulet sont entassés quatre cent mille livres de fulmi-coton
    qui valent seize cent mille livres de poudre ordinaire! Et l'ami
    Murchison, son chronomètre à la main, l'oeil fixé sur l'aiguille, le
    doigt posé sur l'appareil électrique, compte les secondes et va nous
    lancer dans les espaces interplanétaires!...

    --Assez, Michel, assez! dit Barbicane d'une voix grave.
    Préparons-nous. Quelques instants seulement nous séparent d'un moment
    suprême. Une poignée de main, mes amis.

    --Oui», s'écria Michel Ardan, plus ému qu'il ne voulait le paraître.

    Ces trois hardis compagnons s'unirent dans une dernière étreinte.

    «Dieu nous garde!» dit le religieux Barbicane.

    Michel Ardan et Nicholl s'étendirent sur les couchettes disposées au
    centre du disque.

    «Dix heures quarante sept!» murmura le capitaine.

    Vingt secondes encore! Barbicane éteignit rapidement le gaz et se
    coucha près de ses compagnons.

    Le profond silence e n'était interrompu que par les battements du
    chronomètre frappant la seconde.

    Soudain, un choc épouvantable se produisit, et le projectile, sous la
    poussée de six milliards de litres de gaz développés par la
    déflagration du pyroxile, s'enleva dans l'espace.

    II

    La première demi-heure

    Que s'était-il passé? Quel effet avait produit cette effroyable
    secousse? L'ingéniosité des constructeurs du projectile avait-elle
    obtenu un résultat heureux? Le choc s'était-il amorti, grâce aux
    ressorts, aux quatre tampons, aux coussins d'eau, aux cloisons
    brisantes? Avait-on dompté l'effrayante poussée de cette vitesse
    initiale de onze mille mètres qui eût suffi à traverser Paris ou New
    York en une seconde? C'est évidemment la question que se posaient les
    mille témoins de cette scène émouvante. Ils oubliaient le but du
    voyage pour ne songer qu'aux voyageurs! Et si quelqu'un d'entre eux
    --J.-T. Maston, par exemple--, eût pu jeter un regard à l'intérieur
    du projectile, qu'aurait-il vu?

    Rien alors. L'obscurité était profonde dans le boulet. Mais ses
    parois cylindro-coniques avaient supérieurement résisté. Pas une
    déchirure, pas une flexion, pas une déformation. L'admirable
    projectile ne s'était même pas altéré sous l'intense déflagration des
    poudres, ni liquéfié, comme on paraissait le craindre, en une pluie
    d'aluminium.

    A l'intérieur, peu de désordre, en somme. Quelques objets avaient été
    lancés violemment vers la voûte; mais les plus importants ne
    semblaient pas avoir souffert du choc. Leurs saisines étaient
    intactes.

    Sur le disque mobile, rabaissé jusqu'au culot, après le bris des
    cloisons et l'échappement de l'eau, trois corps gisaient sans
    mouvement. Barbicane, Nicholl, Michel Ardan respiraient-ils encore?
    Ce projectile n'était-il plus qu'un cercueil de métal, emportant trois
    cadavres dans l'espace?...

    Quelques minutes après le départ du boulet, un de ces corps fit un
    mouvement; ses bras s'agitèrent, sa tête se redressa, et il parvint à
    se mettre sur les genoux. C'était Michel Ardan. Il se palpa, poussa
    un a «hem» sonore, puis il dit;

    «Michel Ardan, complet. Voyons les autres!»

    Le courageux Français voulut se lever; mais il ne put se tenir debout.
    Sa tête vacillait, son sang violemment injecté, l'aveuglait, il était
    comme un homme ivre.

    «Brr! fit-il. Cela me produit le même effet que deux bouteilles de
    Corton. Seulement, c'est peut-être moins agréable à avaler!»

    Puis, passant plusieurs fois sa main sur son front et se frottant les
    tempes, il cria d'une voix ferme:

    «Nicholl! Barbicane!»

    Il attendit anxieusement. Nulle réponse. Pas même un soupir qui
    indiquât que le coeur de ses compagnons battait encore. Il réitéra
    son appel. Même silence.

    «Diable! dit-il. Ils ont l'air d'être tombés d'un cinquième étage
    sur la tête! Bah! ajouta-t-il avec cette imperturbable confiance que
    rien ne pouvait enrayer, si un Français a pu se mettre sur les genoux,
    deux Américains ne seront pas gênés de se remettre sur les pieds.
    Mais, avant tout éclairons la situation».

    Ardan sentait la vie lui revenir à flots. Son sang se calmait et
    reprenait sa circulation accoutumée. De nouveaux efforts le remirent
    en équilibre. Il parvint à se lever, tira de sa poche une allumette
    et l'enflamma sous le frottement du phosphore. Puis, l'approchant du
    bec, il l'alluma. Le récipient n'avait aucunement souffert. Le gaz
    ne s'était pas échappé. D'ailleurs, son odeur l'eût trahi, et en ce
    cas, Michel Ardan n'aurait pas impunément promené une allumette
    enflammée dans ce milieu rempli d'hydrogène. Le gaz, combiné avec
    l'air, eût produit un mélange détonant et l'explosion aurait achevé ce
    que la secousse avait commencé peut-être.

    Dès que le bec fut allumé, Ardan se pencha sur les corps de ses
    compagnons. Ces corps étaient renversés l'un sur l'autre, comme des
    masses inertes. Nicholl dessus, Barbicane dessous.

    Ardan redressa le capitaine, l'accota contre un divan, et le
    frictionna vigoureusement. Ce massage, intelligemment pratiqué,
    ranima Nicholl, qui ouvrit les yeux, recouvra instantanément son
    sang-froid, saisit la main d'Ardan. Puis, regardant autour de lui:

    «Et Barbicane? demanda-t-il.

    --Chacun son tour, répondit tranquillement Michel Ardan. J'ai
    commencé par toi, Nicholl, parce que tu étais dessus. Passons
    maintenant à Barbicane.»

    Cela dit, Ardan et Nicholl soulevèrent le président du Gun-Club et le
    déposèrent sur le divan. Barbicane semblait avoir plus souffert que
    ses compagnons. Son sang avait coulé, mais Nicholl se rassura en
    constatant que cette hémorragie ne provenait que d'une légère blessure
    à l'épaule. Une simple écorchure qu'il comprima soigneusement.

    Néanmoins, Barbicane fut quelque temps à revenir à lui, ce dont
    s'effrayèrent ses deux amis qui ne lui épargnaient pas les frictions.

    «Il respire cependant, disait Nicholl, approchant son oreille de la
    poitrine du blessé.

    --Oui, répondait Ardan, il respire comme un homme qui a quelque
    habitude de cette opération quotidienne. Massons, Nicholl, massons
    avec vigueur.»

    Et les deux praticiens improvisés firent tant et si bien, que
    Barbicane recouvra l'usage de ses sens. Il ouvrit les yeux, se
    redressa, prit la main de ses deux amis, et, pour sa première parole:

    «Nicholl, demanda-t-il, marchons-nous?»

    Nicholl et Barbicane se regardèrent. Ils ne s'étaient pas encore
    inquiétés du projectile. Leur première préoccupation avait été pour
    les voyageurs, non pour le wagon.

    «Au fait marchons-nous? répéta Michel Ardan.

    --Ou bien reposons-nous tranquillement sur le sol de la Floride?
    demanda Nicholl.

    --Ou au fond du golfe du Mexique? ajouta Michel Ardan.

    --Par exemple!» s'écria le président Barbicane.

    Et cette double hypothèse suggérée par ses compagnons eut pour effet
    immédiat de le rappeler immédiatement au sentiment.

    Quoi qu'il en soit, on ne pouvait encore se prononcer sur la situation
    du boulet. Son immobilité apparente; le défaut de communication avec
    l'extérieur, ne permettaient pas de résoudre la question. Peut-être
    le projectile déroulait-il sa trajectoire à travers l'espace;
    peut-être, après un court enlèvement, était-il retombé sur terre, ou
    même dans le golfe du Mexique, chute que le peu de largeur de la
    presqu'île floridienne rendait possible.

    Le cas était grave, le problème intéressant. Il fallait le résoudre
    au plus tôt. Barbicane, surexcité et triomphant par son énergie
    morale de sa faiblesse physique, se releva. Il écouta. A
    l'extérieur, silence profond. Mais l'épais capitonnage était
    suffisant pour intercepter tous les bruits de la Terre. Cependant,
    une circonstance frappa Barbicane. La température à l'intérieur du
    projectile était singulièrement élevée. Le président retira un
    thermomètre de l'enveloppe qui le protégeait, et il le consulta.
    L'instrument marquait quarante-cinq degrés centigrades.

    «Oui! s'écria-t-il alors, oui! nous marchons! Cette étouffante
    chaleur transsude à travers les parois du projectile! Elle est
    produite par son frottement sur les couches atmosphériques. Elle va
    bientôt diminuer, parce que déjà nous flottons dans le vide, et après
    avoir failli étouffer, nous subirons des froids intenses.

    --Quoi, demanda Michel Ardan, suivant toi, Barbicane, nous serions dès
    à présent hors des limites de l'atmosphère terrestre?

    --Sans aucun doute, Michel. Ecoute-moi. Il est dix heures
    cinquante-cinq minutes. Nous sommes partis depuis huit minutes
    environ. Or, si notre vitesse initiale n'eût pas été diminuée par le
    frottement, six secondes nous auraient suffi pour franchir les seize
    lieues d'atmosphère qui entourent le sphéroïde.

    --Parfaitement, répondit Nicholl, mais dans quelle proportion
    estimez-vous la diminution de cette vitesse par le frottement?

    --Dans la proportion d'un tiers, Nicholl, répondit Barbicane cette
    diminution est considérable, mais, d'après mes calculs, elle est
    telle. Si donc nous avons eu une vitesse initiale de onze mille
    mètres, au sortir de l'atmosphère cette vitesse sera réduite à sept
    mille trois cent trente-deux mètres, quoi qu'il en soit, nous avons
    déjà franchi cet intervalle, et...

    --Et alors, dit Michel Ardan, l'ami Nicholl a perdu ses deux paris:
    quatre mille dollars, puisque la Columbiad n'a pas éclaté; cinq mille
    dollars, puisque le projectile s'est élevé à une hauteur supérieure à
    six milles. Donc, Nicholl, exécute-toi.

    --Constatons d'abord, répondit le capitaine, et nous paierons ensuite.
    Il est très possible que les raisonnements de Barbicane soient exacts
    et que j'aie perdu mes neuf mille dollars. Mais une nouvelle
    hypothèse se présente à mon esprit, et elle annulerait la gageure.

    --Laquelle? demanda vivement Barbicane.

    --L'hypothèse que, pour une raison ou une autre, le feu n'ayant pas
    été mis aux poudres, nous ne soyons pas partis.

    --Pardieu, capitaine, s'écria Michel Ardan, voilà une hypothèse digne
    de mon cerveau! Elle n'est pas sérieuse! Est-ce que nous n'avons pas
    été à demi assommés par la secousse? Est-ce que je ne t'ai pas
    rappelé à la vie? Est-ce que l'épaule du président ne saigne pas
    encore du contrecoup qui l'a frappée?

    --D'accord, Michel, répéta Nicholl, mais une seule question.

    --Fais, mon capitaine.

    --As-tu entendu la détonation qui certainement a dû être formidable?

    --Non, répondit Ardan, très surpris, en effet, je n'ai pas entendu la
    détonation.

    --Et vous, Barbicane?

    --Ni moi non plus.

    --Eh bien? fit Nicholl.

    --Au fait! murmura le président, pourquoi n'avons-nous pas entendu la
    détonation?»

    Les trois amis se regardèrent d'un air assez décontenancé. Il se
    présentait là un phénomène inexplicable. Le projectile était parti
    cependant, et, conséquemment, la détonation avait dû se produire.

    «Sachons d'abord où nous en sommes, dit Barbicane, et rabattons les
    panneaux.»

    Cette opération extrêmement simple, fut aussitôt pratiquée. Les
    écrous qui maintenaient les boulons sur les plaques extérieures du
    hublot de droite, cédèrent sous la pression d'une clef anglaise. Ces
    boulons furent chassés au-dehors, et des obturateurs garnis de
    caoutchouc bouchèrent le trou qui leur donnait passage. Aussitôt la
    plaque extérieure se rabattit sur sa charnière comme un sabord, et le
    verre lenticulaire qui fermait le hublot apparut. Un hublot identique
    s'évidait dans l'épaisseur des parois sur l'autre face, du projectile,
    un autre dans le dôme qui le terminait, un quatrième enfin au milieu
    du culot inférieur. On pouvait donc observer, dans quatre directions
    opposées, le firmament par les vitres latérales et plus directement,
    la Terre ou la Lune par les ouvertures supérieures et inférieures du
    boulet.

    Barbicane et ses deux compagnons s'étaient aussitôt précipités à la
    vitre découverte. Nul rayon lumineux ne l'animait. Une profonde
    obscurité enveloppait le projectile. Ce qui n'empêcha pas le
    président Barbicane de s'écrier:

    «Non, mes amis, nous ne sommes pas retombés sur terre! Non, nous ne
    sommes pas immergés au fond du golfe du Mexique! Oui! nous montons
    dans l'espace! Voyez ces étoiles qui brillent dans la nuit, et cette
    impénétrable obscurité qui s'amasse entre la Terre et nous!

    «Hurrah! Hurrah!» s'écrièrent d'une commune voix Michel Ardan et
    Nicholl.

    En effet, ces ténèbres compactes prouvaient que le projectile avait
    quitté la Terre, car le sol, vivement éclairé alors par la clarté
    lunaire, eût apparu aux yeux des voyageurs, s'ils eussent reposé à sa
    surface. Cette obscurité démontrait aussi que le projectile avait
    dépassé la couche atmosphérique, car la lumière diffuse, répandue dans
    l'air eût reporté sur les parois métalliques un reflet qui manquait
    aussi. Cette lumière aurait éclairé la vitre du hublot, et cette
    vitre était obscure. Le doute n'était plus permis. Les voyageurs
    avaient quitté la Terre.

    «J'ai perdu, dit Nicholl.

    --Et je t'en félicite! répondit Ardan.

    --Voici neuf mille dollars, dit le capitaine en tirant de sa poche une
    liasse de dollars papier.

    --Voulez-vous un reçu? demanda Barbicane en prenant la somme.

    --Si cela ne vous désoblige pas, répondit Nicholl. C'est plus
    régulier.»

    Et, sérieusement, flegmatiquement, comme s'il eût été à sa caisse, le
    président Barbicane tira son carnet, en détacha une page blanche,
    libella au crayon un reçu en règle, le data, le signa, le parapha, et
    le remit au capitaine qui l'enferma soigneusement dans son
    portefeuille.

    Michel Ardan, ôtant sa casquette, s'inclina sans rien dire devant ses
    deux compagnons. Tant de formalisme en de pareilles circonstances lui
    coupait la parole. Il n'avait jamais rien vu de si «américain».

    Barbicane et Nicholl, leur opération terminée, s'étaient replacés à la
    vitre et regardaient les constellations. Les étoiles se détachaient
    en points vifs sur le fond noir du ciel. Mais, de ce côté, on ne
    pouvait apercevoir l'astre des nuits, qui, marchant de l'est à
    l'ouest, s'élevait peu à peu vers le zénith. Aussi son absence
    provoqua-t-elle une réflexion d'Ardan.

    «Et la Lune? disait-il. Est-ce que, par hasard, elle manquerait à
    notre rendez-vous?

    --Rassure-toi, répondit Barbicane. Notre future sphéroïde est à son
    poste, mais nous ne pouvons l'apercevoir de ce côté. Ouvrons l'autre
    hublot latéral.»

    Au moment où Barbicane allait abandonner la vitre pour procéder au
    dégagement du hublot opposé, son attention fut attirée par l'approche
    d'un objet brillant. C'était un disque énorme, dont les colossales
    dimensions ne pouvaient être appréciées. Sa face tournée vers la
    Terre s'éclairait vivement. On eût dit une petite Lune qui
    réfléchissait la lumière de la grande. Elle s'avançait avec une
    prodigieuse vitesse et paraissait décrire autour de la Terre une
    orbite qui coupait la trajectoire du projectile. Le mouvement de
    translation de ce mobile se complétait d'un mouvement de rotation sur
    lui-même. Il se comportait donc comme tous les corps célestes
    abandonnés dans l'espace.

    «Eh! s'écria Michel Ardan, qu'est cela? Un autre projectile?»

    Barbicane ne répondit pas. L'apparition de ce corps énorme le
    surprenait et l'inquiétait. Une rencontre était possible, qui aurait
    eu des résultats déplorables, soit que le projectile fût dévié de sa
    route, soit qu'un choc, brisant son élan, le précipitât vers la Terre,
    soit enfin qu'il se vît irrésistiblement entraîné par la puissance
    attractive de cet astéroïde.

    Le président Barbicane avait rapidement saisi les conséquences de ces
    trois hypothèses qui, d'une façon ou d'une autre, amenaient fatalement
    l'insuccès de sa tentative. Ses compagnons, muets, regardaient à
    travers l'espace. L'objet grossissait prodigieusement en
    s'approchant, et par une certaine illusion d'optique, il semblait que
    le projectile se précipitât au-devant de lui.

    «Mille dieux! s'écria Michel Ardan, les deux trains vont se
    rencontrer!»

    Instinctivement, les voyageurs s'étaient rejetés en arrière. Leur
    épouvante fut extrême, mais elle ne dura pas longtemps, quelques
    secondes à peine. L'astéroïde passa à plusieurs centaines de mètres
    du projectile et disparut, non pas tant par la rapidité de sa course,
    que parce que sa face opposée à la Lune se confondit subitement avec
    l'obscurité absolue de l'espace.

    «Bon voyage! s'écria Michel Ardan en poussant un soupir de
    satisfaction. Comment! l'infini n'est pas assez grand pour qu'un
    pauvre petit boulet puisse s'y promener sans crainte! Ah çà!
    qu'est-ce que ce globe prétentieux qui a failli nous heurter?

    --Je le sais, répondit Barbicane.

    --Parbleu! tu sais tout.

    --C'est, dit Barbicane, un simple bolide, mais un bolide énorme que
    l'attraction a retenu à l'état de satellite.

    --Est-il possible! s'écria Michel Ardan. La terre a donc deux Lunes
    comme Neptune?

    --Oui, mon ami, deux Lunes, bien qu'elle passe généralement pour n'en
    posséder qu'une. Mais cette seconde Lune est si petite et sa vitesse
    est si grande, que les habitants de la Terre ne peuvent l'apercevoir.
    C'est en tenant compte de certaines perturbations qu'un astronome
    français, M. Petit, a su déterminer l'existence de ce second satellite
    et en calculer les éléments. D'après ses observations, ce bolide
    accomplirait sa révolution autour de la Terre en trois heures vingt
    minutes seulement, ce qui implique une vitesse prodigieuse.

    --Tous les astronomes, demanda Nicholl, admettent-ils l'existence de
    ce satellite?

    --Non, répondit Barbicane; mais si, comme nous, ils s'étaient
    rencontrés avec lui, ils ne pourraient plus douter. Au fait, j'y
    pense, ce bolide qui nous eût fort embarrassés en heurtant le
    projectile permet de préciser notre situation dans l'espace.

    --Comment? dit Ardan.

    --Parce que sa distance est connue et, au point où nous l'avons
    rencontré, nous étions exactement a huit mille cent quarante
    kilomètres de la surface du globe terrestre.

    --Plus de deux mille lieues! s'écria Michel Ardan. Voilà qui enfonce
    les trains express de ce globe piteux qu'on appelle la Terre!

    --Je le crois bien, répondit Nicholl en consultant son chronomètre, il
    est onze heures, et nous n'avons quitté le continent américain que
    depuis treize minutes.

    --Treize minutes seulement? dit Barbicane

    --Oui, répondit Nicholl, et si notre vitesse initiale de onze
    kilomètres était constante, nous ferions près de dix mille lieues à
    l'heure!

    --Tout cela est fort bien, mes amis, dit le
    président, mais reste toujours cette insoluble
    question. Pourquoi n'avons-nous pas entendu la
    détonation de la Columbiad?»

    Faute de réponse, la conversation s'arrêta, et Barbicane, tout en
    réfléchissant, s'occupa de rabaisser le mantelet du second hublot
    latéral. Son opération réussit, et, par la vitre dégagée, la Lune
    emplit l'intérieur du projectile d'une brillante lumière. Nicholl, en
    homme économe, éteignit le gaz qui devenait inutile, et dont l'éclat,
    d'ailleurs, nuisait à l'observation des espaces interplanétaires.

    Le disque lunaire brillait alors avec une incomparable pureté. Ses
    rayons, que ne tamisait plus la vaporeuse atmosphère du globe
    terrestre, filtraient à travers la vitre et saturaient l'air intérieur
    du projectile de reflets argentins. Le noir rideau du firmament
    doublait véritablement l'éclat de la Lune, qui, dans ce vide de
    l'éther impropre à la diffusion, n'éclipsait pas les étoiles voisines.
    Le ciel, ainsi vu, présentait un aspect tout nouveau que l'oeil humain
    ne pouvait soupçonner.

    On conçoit l'intérêt avec lequel ces audacieux contemplaient l'astre
    des nuits, but suprême de leur voyage. Le satellite de la Terre dans
    son mouvement de translation se rapprochait insensiblement du zénith,
    point mathématique qu'il devait atteindre environ quatre-vingt-seize
    heures plus tard. Ses montagnes, ses plaines, tout son relief ne
    s'accusaient pas plus nettement à leurs yeux que s'ils les eussent
    considérés d'un point quelconque de la Terre; mais sa lumière, à
    travers le vide, se développait avec une incomparable intensité. Le
    disque resplendissait comme un miroir de platine. De la terre qui
    fuyait sous leurs pieds, les voyageurs avaient déjà oublié tout
    souvenir.

    Ce fut le capitaine Nicholl qui, le premier, rappela l'attention sur
    le globe disparu.

    «Oui! répondit Michel Ardan, ne soyons pas ingrats envers lui.
    Puisque nous quittons notre pays, que nos derniers regards lui
    appartiennent. Je veux revoir la Terre avant qu'elle s'éclipse
    complètement à mes yeux!»

    Barbicane, pour satisfaire aux désirs de son compagnon, s'occupa de
    déblayer la fenêtre du fond du projectile, celle qui devait permettre
    d'observer directement la Terre. Le disque que la force de projection
    avait ramené jusqu'au culot fut démonté non sans peine. Ses morceaux
    placés avec soin contre les parois, pouvaient encore servir, le cas
    échéant. Alors apparut une baie circulaire, large de cinquante
    centimètres, évidée dans la partie inférieure du boulet. Un verre,
    épais de quinze centimètres et renforcé d'une armature de cuivre, la
    fermait. Au-dessous s'appliquait une plaque d'aluminium retenue par
    des boulons. Les écrous dévissés, les boulons largués, la plaque se
    rabattit, et la communication visuelle fut établie entre l'intérieur
    et l'extérieur.

    Michel Ardan s'était agenouillé sur la vitre. Elle était sombre,
    comme opaque.

    «Eh bien, s'écria-t-il, et la Terre?

    --La Terre, dit Barbicane, la voilà.

    --Quoi! fit Ardan, ce mince filet, ce croissant argenté?

    --Sans doute, Michel. Dans quatre jours, lorsque la Lune sera pleine,
    au moment même où nous l'atteindrons, la Terre sera nouvelle. Elle ne
    nous apparaîtra plus que sous la forme d'un croissant délié qui ne
    tardera pas à disparaître, et alors elle sera noyée pour quelques
    jours dans une ombre impénétrable.

    --Ça! la Terre!» répétait Michel Ardan, regardant de tous ses yeux
    cette mince tranche de sa planète natale.

    L'explication donnée par le président Barbicane était juste. La
    Terre, par rapport au projectile, entrait dans sa dernière phase.
    Elle était dans son octant et montrait un croissant finement tracé sur
    le fond noir du ciel. Sa lumière, rendue bleuâtre par l'épaisseur de
    la couche atmosphérique, offrait moins d'intensité que celle du
    croissant lunaire. Ce croissant se présentait sous des dimensions
    considérables. On eût dit un arc énorme tendu sur le firmament.
    Quelques points, vivement éclairés, surtout dans sa partie concave,
    annonçaient la présence de hautes montagnes; mais ils disparaissaient
    parfois sous d'épaisses taches qui ne se voient jamais à la surface du
    disque lunaire. C'étaient des anneaux de nuage disposés
    concentriquement autour du sphéroïde terrestre.

    Cependant, par suite d'un phénomène naturel, identique à celui qui se
    produit sur la Lune lorsqu'elle est dans ses octants, on pouvait
    saisir le contour entier du globe terrestre. Son disque entier
    apparaissait assez visiblement par un effet de lumière cendrée, moins
    appréciable que la lumière cendrée de la Lune. Et la raison de cette
    intensité moindre est facile à comprendre. Lorsque ce reflet se
    produit sur la Lune, il est dû aux rayons solaires que la Terre
    réfléchit vers son satellite. Ici, par un effet inverse, il était dû
    aux rayons solaires réfléchis de la Lune vers la Terre. Or, la
    lumière terrestre est environ treize fois plus intense que la lumière
    lunaire, ce qui tient à la différence de volume des deux corps. De
    là, cette conséquence que, dans le phénomène de la lumière cendrée, la
    partie obscure du disque de la Terre se dessine moins nettement que
    celle du disque de la Lune, puisque l'intensité du phénomène est
    proportionnelle au pouvoir éclairant des deux astres. Il faut ajouter
    aussi que le croissant terrestre semblait former une courbe plus
    allongée que celle du disque. Pur effet d'irradiation.

    Tandis que les voyageurs cherchaient à percer les profondes ténèbres
    de l'espace, un bouquet étincelant d'étoiles filantes s'épanouit à
    leurs yeux. Des centaines de bolides, enflammés au contact de
    l'atmosphère, rayaient l'ombre de traînées lumineuses et zébraient de
    leurs feux la partie cendrée du disque. A cette époque, la Terre
    était dans son périhélie, et le mois de décembre est si propice à
    l'apparition de ces étoiles filantes, que des astronomes en ont compté
    jusqu'à vingt-quatre mille par heure. Mais Michel Ardan, dédaignant
    les raisonnements scientifiques, aima mieux croire que la Terre
    saluait de ses plus brillants feux d'artifice le départ de trois de
    ses enfants.

    En somme, c'était tout ce qu'ils voyaient de ce sphéroïde perdu dans
    l'ombre, astre inférieur du monde solaire, qui, pour les grandes
    planètes, se couche ou se lève comme une simple étoile du matin ou du
    soir! Imperceptible point de l'espace, ce n'était plus qu'un
    croissant fugitif, ce globe où ils avaient laissé toutes leurs
    affections!

    Longtemps, les trois amis, sans parler, mais unis de coeur,
    regardèrent, tandis que le projectile s'éloignait avec une vitesse
    uniformément décroissante. Puis, une somnolence irrésistible envahit
    leur cerveau. Était-ce fatigue de corps et fatigue d'esprit? Sans
    doute, car après la surexcitation de ces dernières heures passées sur
    la Terre, la réaction devait inévitablement se produire.

    «Eh bien, dit Michel, puisqu'il faut dormir, dormons.»

    Et, s'étendant sur leurs couchettes, tous trois furent bientôt
    ensevelis dans un profond sommeil.

    Mais ils ne s'étaient pas assoupis depuis un quart d'heure, que
    Barbicane se relevait subitement et réveillant ses compagnons d'une
    voix formidable:

    «J'ai trouvé! s'écria-t-il!

    --Qu'as-tu trouvé? demanda Michel Ardan sautant hors de sa couchette.

    --La raison pour laquelle nous n'avons pas entendu la détonation de la
    Columbiad!

    --Et c'est?... fit Nicholl.

    --Parce que notre projectile allait plus vite que le son!»

    III

    Où l'on s'installe

    Cette explication curieuse, mais certainement exacte, une fois donnée,
    les trois amis s'étaient replongés dans un profond sommeil. Où
    auraient-ils, pour dormir, trouvé un lieu plus calme, un milieu plus
    paisible? Sur terre, les maisons des villes, les chaumières des
    campagnes, ressentent toutes les secousses imprimées à l'écorce du
    globe. Sur mer, le navire, ballotté par les lames, n'est que choc et
    mouvement. Dans l'air, le ballon oscille incessamment sur des couches
    fluides de densités diverses. Seul, ce projectile, flottant dans le
    vide absolu, au milieu du silence absolu, offrait à ses hôtes le repos
    absolu.

    Aussi, le sommeil des trois aventureux voyageurs se fût-il peut-être
    indéfiniment prolongé, si un bruit inattendu ne les eût éveillés vers
    sept heures du matin, le 2 décembre, huit heures après leur départ.

    Ce bruit, c'était un aboiement très caractérisé.

    «Les chiens! Ce sont les chiens!» s'écria Michel Ardan, se relevant
    aussitôt.

    --Ils ont faim, dit Nicholl.

    --Pardieu! répondit Michel, nous les avons oubliés!

    --Où sont-ils?» demanda Barbicane.

    On chercha, et l'on trouva l'un de ces animaux blotti sous le divan.
    Épouvanté, anéanti par le choc initial, il était resté dans ce coin
    jusqu'au moment où la voix lui revint avec le sentiment de la faim.

    C'était l'aimable Diane, assez penaude encore, qui s'allongea hors de
    sa retraite, non sans se faire prier. Cependant Michel Ardan
    l'encourageait de ses plus gracieuses paroles.

    «Viens, Diane, disait-il, viens, ma fille! toi, dont la destinée
    marquera dans les annales cynégétiques! toi que les païens eussent
    donnée pour compagne au dieu Anubis, et les chrétiens pour amie à
    saint Roch! toi, digne d'être forgée en airain par le roi des enfers,
    comme ce toutou que Jupiter céda à la belle Europe au prix d'un
    baiser! toi, dont la célébrité effacera celle des héros de Montargis
    et du mont Saint-Bernard! toi, qui, t'élançant vers les espaces
    interplanétaires, seras peut-être l'Ève des chiens sélénites! toi qui
    justifieras là-haut cette parole de Toussenel: «Au commencement.
    «Dieu créa l'homme, et le voyant si faible, il lui «donna le chien!»
    Viens, Diane! viens ici!»

    Diane, flattée ou non, s'avançait peu à peu et poussait des
    gémissements plaintifs.

    «Bon! fit Barbicane, je vois bien Ève, mais où est Adam?

    --Adam! répondit Michel, Adam ne peut être loin! Il est là, quelque
    part! Il faut l'appeler! Satellite! ici, Satellite!»

    Mais Satellite ne paraissait pas. Diane continuait de gémir. On
    constata cependant qu'elle n'était point blessée, et on lui servit une
    appétissante pâtée qui fit taire ses plaintes.

    Quant à Satellite, il semblait introuvable. Il fallut chercher
    longtemps avant de le découvrir dans un des compartiments supérieurs
    du projectile, où un contrecoup, assez inexplicable, l'avait
    violemment lancé. La pauvre bête, fort endommagée, était dans un
    piteux état.

    «Diable! dit Michel, voilà notre acclimatation compromise!»

    On descendit le malheureux chien avec précaution. Sa tête s'était
    fracassée contre la voûte, et il semblait difficile qu'il revînt d'un
    tel choc. Néanmoins, il fut confortablement étendu sur un coussin et
    là, il laissa échapper un soupir.

    «Nous te soignerons, dit Michel. Nous sommes responsables de ton
    existence. J'aimerais mieux perdre un bras qu'une patte de mon pauvre
    Satellite!»

    Et, ce disant, il offrit quelques gorgées d'eau au blessé, qui les but
    avidement.

    Ces soins donnés, les voyageurs observèrent attentivement la Terre et
    la Lune. La Terre n'était plus figurée que par un disque cendré que
    terminait un croissant plus rétréci que la veille; mais son volume
    restait encore énorme, si on le comparait à celui de la Lune qui se
    rapprochait de plus en plus d'un cercle parfait.

    «Parbleu! dit alors Michel Ardan, je suis vraiment fâché que nous ne
    soyons pas partis au moment de la Pleine-Terre, c'est-à-dire lorsque
    notre globe se trouvait en opposition avec le Soleil.

    --Pourquoi? demanda Nicholl.

    --Parce que nous aurions aperçu sous un nouveau jour nos continents et
    nos mers, ceux-ci resplendissants sous la projection des rayons
    solaires, celles-là plus sombres et telles qu'on les reproduit sur
    certaines mappemondes! J'aurais voulu voir ces pôles de la Terre sur
    lesquels le regard de l'homme ne s'est encore jamais reposé!

    --Sans doute, répondit Barbicane, mais si la Terre avait été pleine,
    la Lune aurait été nouvelle, c'est-à-dire invisible au milieu de
    l'irradiation du Soleil. Or, mieux vaut pour nous voir le but
    d'arrivée que le point de départ.

    --Vous avez raison, Barbicane, répondit le capitaine Nicholl, et
    d'ailleurs quand nous aurons atteint la Lune, nous aurons le temps,
    pendant les longues nuits lunaires, de considérer à loisir ce globe où
    fourmillent nos semblables!

    --Nos semblables! s'écria Michel Ardan. Mais maintenant, ils ne sont
    pas plus nos semblables que les Sélénites! Nous habitons un monde
    nouveau, peuplé de nous seuls, le projectile! Je suis le semblable de
    Barbicane, et Barbicane est le semblable de Nicholl. Au-delà de nous,
    en dehors de nous, l'humanité finit, et nous sommes les seules
    populations de ce microcosme jusqu'au moment où nous deviendrons de
    simples Sélénites!

    --Dans quatre-vingt-huit heures environ,
    répliqua le capitaine.

    --Ce qui veut dire?... demanda Michel Ardan.

    --Qu'il est huit heures et demie, répondit Nicholl.

    --Eh bien, repartit Michel, il m'est impossible de trouver même
    l'apparence d'une raison pour laquelle nous ne déjeunerions pas
    illico.»

    En effet, les habitants du nouvel astre ne pouvaient y vivre sans
    manger, et leur estomac subissait alors les impérieuses lois de la
    faim. Michel Ardan, en sa qualité de Français, se déclara cuisinier
    en chef, importante fonction qui ne lui suscita pas de concurrents.
    Le gaz donna les quelques degrés de chaleur suffisants pour les
    apprêts culinaires, et le coffre aux provisions fournit les éléments
    de ce premier festin.

    Le déjeuner débuta par trois tasses d'un bouillon excellent, dû à la
    liquéfaction dans l'eau chaude de ces précieuses tablettes Liebig,
    préparées avec les meilleurs morceaux des ruminants des Pampas. Au
    bouillon de boeuf succédèrent quelques tranches de beefsteak
    comprimés à la presse hydraulique, aussi tendres, aussi succulents que
    s'ils fussent sortis des cuisines du café Anglais. Michel, homme
    d'imagination, soutint même qu'ils étaient «saignants».

    Des légumes conservés «et plus frais que nature», dit aussi l'aimable
    Michel, succédèrent au plat de viande, et furent suivis de quelques
    tasses de thé avec tartines beurrées à l'américaine. Ce breuvage,
    déclaré exquis, était dû à l'infusion de feuilles de premier choix
    dont l'empereur de Russie avait mis quelques caisses à la disposition
    des voyageurs.

    Enfin, pour couronner ce repas, Ardan dénicha une fine bouteille de
    Nuits, qui se trouvait «par hasard» dans le compartiment des
    provisions. Les trois amis la burent à l'union de la Terre et de son
    satellite.

    Et comme si ce n'était pas assez de ce vin généreux qu'il avait
    distillé sur les coteaux de Bourgogne, le Soleil voulut se mettre de
    la partie. Le projectile sortait en ce moment du cône d'ombre projeté
    par le globe terrestre, et les rayons de l'astre radieux frappèrent
    directement le disque inférieur du boulet, en raison de l'angle que
    fait l'orbite de la Lune avec celle de la Terre.

    «Le Soleil! s'écria Michel Ardan.

    --Sans doute, répondit Barbicane. Je l'attendais.

    --Cependant, dit Michel, le cône d'ombre que la Terre laisse dans
    l'espace s'étend au-delà de la Lune?

    --Beaucoup au-delà, si on ne tient pas compte de la réfraction
    atmosphérique, dit Barbicane. Mais quand la Lune est enveloppée dans
    cette ombre, c'est que les centres des trois astres, le Soleil, la
    Terre et la Lune, sont en ligne droite. Alors les noeuds coïncident
    avec les phases de la Pleine-Lune et il y a éclipse. Si nous étions
    partis au moment d'une éclipse de Lune, tout notre trajet se fût
    accompli dans l'ombre, ce qui eût été fâcheux.

    --Pourquoi?

    --Parce que, bien que nous flottions dans le vide, notre projectile,
    baigné au milieu des rayons solaires recueillera leur lumière et leur
    chaleur. Donc, économie de gaz, économie précieuse à tous égards.»

    En effet, sous ces rayons dont aucune atmosphère n'adoucissait la
    température et l'éclat, le projectile se réchauffait et s'éclairait
    comme s'il eût subitement passé de l'hiver à l'été. La Lune en haut,
    le Soleil en bas, l'inondaient de leurs feux.

    «Il fait bon ici, dit Nicholl.

    --Je le crois bien! s'écria Michel Ardan. Avec un peu de terre
    végétale répandue sur notre planète d'aluminium, nous ferions pousser
    les petits pois en vingt-quatre heures. Je n'ai qu'une crainte, c'est
    que les parois du boulet n'entrent en fusion!

    --Rassure-toi, mon digne ami, répondit Barbicane. Le projectile a
    supporté une température bien autrement élevée, pendant qu'il glissait
    sur les couches atmosphériques. Je ne serais même pas étonné qu'il se
    fût montré aux yeux des spectateurs de la Floride comme un bolide en
    feu.

    --Mais alors, J.-T. Maston doit nous croire rôtis.

    --Ce qui m'étonne, répondit Barbicane, c'est que nous ne l'ayons pas
    été. C'était là un danger que nous n'avions pas prévu.

    --Je le craignais, moi, répondit simplement Nicholl.

    --Et tu ne nous en avais rien dit, sublime capitaine!» s'écria Michel
    Ardan en serrant la main de son compagnon.

    Cependant Barbicane procédait à son installation dans le projectile
    comme s'il n'eût jamais dû le quitter. On se rappelle que ce wagon
    aérien offrait à sa base une superficie de cinquante-quatre pieds
    carrés. Haut de douze pieds jusqu'au sommet de sa voûte, habilement
    aménagé à l'intérieur, peu encombré par les instruments et ustensiles
    de voyage qui occupaient chacun une place spéciale, il laissait à ses
    trois hôtes une certaine liberté de mouvements. L'épaisse vitre,
    engagée dans une partie du culot, pouvait supporter impunément un
    poids considérable. Aussi Barbicane et ses compagnons marchaient-ils
    à sa surface comme sur un plancher solide; mais le Soleil, qui la
    frappait directement de ses rayons, éclairant par en dessous
    l'intérieur du projectile, y produisait de singuliers effets de
    lumière.

    On commença par vérifier l'état de la caisse à eau et de la caisse aux
    vivres. Ces récipients n'avaient aucunement souffert, grâce aux
    dispositions prises pour amortir le choc. Les vivres étaient
    abondants et pouvaient nourrir les trois voyageurs pendant une année
    entière. Barbicane avait voulu se précautionner pour le cas où le
    projectile arriverait sur une portion absolument stérile de la Lune.
    Quant à l'eau et à la réserve d'eau-de-vie qui comprenait cinquante
    gallons, il y en avait pour deux mois seulement. Mais, à s'en
    rapporter aux dernières observations des astronomes, la Lune
    conservait une atmosphère basse, dense, épaisse, au moins dans ses
    vallées profondes, et là les ruisseaux, les sources ne pouvaient
    manquer. Donc, pendant la durée du trajet et pendant la première
    année de leur installation sur le continent lunaire, les aventureux
    explorateurs ne devaient être éprouvés ni par la faim ni par la soif.

    Restait la question de l'air à l'intérieur du projectile. Là encore,
    toute sécurité. L'appareil Reiset et Regnaut, destiné à la production
    de l'oxygène, était alimenté pour deux mois de chlorate de potasse.
    Il consommait nécessairement une certaine quantité de gaz, car il
    devait maintenir au-dessus de quatre cents degrés la matière
    productrice. Mais là encore, on était en fonds. L'appareil ne
    demandait, d'ailleurs, qu'un peu de surveillance. Il fonctionnait
    automatiquement. A cette température élevée, le chlorate de potasse,
    se changeant en chlorure de potassium, abandonnait tout l'oxygène
    qu'il contenait. Or, que donnaient dix-huit livres de chlorate de
    potasse? Les sept livres d'oxygène nécessaire à la consommation
    quotidienne des hôtes du projectile.

    Mais il ne suffisait pas de renouveler l'oxygène dépensé, il fallait
    encore absorber l'acide carbonique produit par l'expiration. Or,
    depuis une douzaine d'heures, l'atmosphère du boulet s'était chargée
    de ce gaz absolument délétère, produit définitif de la combustion des
    éléments du sang par l'oxygène inspiré. Nicholl reconnut cet état de
    l'air en voyant Diane haleter péniblement. En effet, l'acide
    carbonique--par un phénomène identique à celui qui se produit dans la
    fameuse Grotte du Chien--se massait vers le fond du projectile, en
    raison de sa pesanteur. La pauvre Diane, la tête basse, devait donc
    souffrir avant ses maîtres de la présence de ce gaz. Mais le
    capitaine Nicholl se hâta de remédier à cet état de choses. Il
    disposa sur le fond du projectile plusieurs récipients contenant de la
    potasse caustique qu'il agita pendant un certain temps, et cette
    matière, très avide d'acide carbonique, l'absorba complètement et
    purifia ainsi l'air intérieur.

    L'inventaire des instruments fut alors commencé. Les thermomètres et
    les baromètres avaient résisté, sauf un thermomètre à minima dont le
    verre s'était brisé. Un excellent anéroïde, retiré de la boîte ouatée
    qui le contenait, fut accroché à l'une des parois. Naturellement, il
    ne subissait et ne marquait que la pression de l'air à l'intérieur du
    projectile. Mais il indiquait aussi la quantité de vapeur d'eau qu'il
    renfermait. En ce moment son aiguille oscillait entre 765 et 760
    millimètres. C'était «du beau temps».

    Barbicane avait emporté aussi plusieurs compas qui furent retrouvés
    intacts. On comprend que dans ces conditions, leur aiguille était
    affolée, c'est-à-dire sans direction constante. En effet, à la
    distance où le boulet se trouvait de la Terre, le pôle magnétique ne
    pouvait exercer sur l'appareil aucune action sensible. Mais ces
    boussoles, transportées sur le disque lunaire, y constateraient
    peut-être des phénomènes particuliers. En tout cas, il était
    intéressant de vérifier si le satellite de la Terre se soumettait
    comme elle à l'influence magnétique.

    Un hypsomètre pour mesurer l'altitude des montagnes lunaires, un
    sextant destiné à prendre la hauteur du Soleil, un théodolite,
    instrument de géodésie qui sert à lever les plans et à réduire les
    angles à l'horizon, les lunettes dont l'usage devait être très
    apprécié aux approches de la Lune, tous ces instruments furent visités
    avec soin et reconnus bons, malgré la violence de la secousse
    initiale.

    Quant aux ustensiles, aux pics, aux pioches, aux divers outils dont
    Nicholl avait fait un choix spécial; quant aux sacs de graines
    variées, aux arbustes que Michel Ardan comptait transplanter dans les
    terres sélénites, ils étaient à leur place dans les coins supérieurs
    du projectile. Là s'évidait une sorte de grenier encombré d'objets
    que le prodigue Français y avait empilés. Quels ils étaient, on ne
    savait guère, et le joyeux garçon ne s'expliquait pas là-dessus. De
    temps en temps, il montait par des crampons rivés aux parois jusqu'à
    ce capharnaüm, dont il s'était réservé l'inspection. Il rangeait, il
    arrangeait, il plongeait une main rapide dans certaines boîtes
    mystérieuses, en chantant de la voix la plus fausse quelque vieux
    refrain de France qui égayait la situation.

    Barbicane observa avec intérêt que ses fusées et autres artifices
    n'avaient pas été endommagés. Ces pièces importantes, puissamment
    chargées, devaient servir à ralentir la chute du projectile, lorsque
    celui-ci, sollicité par l'attraction lunaire, après avoir dépassé le
    point d'attraction neutre, tomberait sur la surface de la Lune.
    Chute, d'ailleurs, qui devait être six fois moins rapide qu'elle ne
    l'eût été à la surface de la Terre, grâce à la différence de masse des
    deux astres.

    L'inspection se termina donc à la satisfaction générale. Puis chacun
    revint observer l'espace par les fenêtres latérales et à travers la
    vitre inférieure.

    Même spectacle. Toute l'étendue de la sphère céleste, fourmillant
    d'étoiles et de constellations d'une pureté merveilleuse, à rendre fou
    un astronome. D'un côté, le Soleil, comme la gueule d'un four
    embrasé, disque éblouissant sans auréole, se détachant sur le fond
    noir du ciel. De l'autre, la Lune lui ejetant ses feux par réflexion,
    et comme immobile au milieu du monde stellaire. Puis, une tache assez
    forte, qui semblait trouer le firmament et que bordait encore un
    demi-liséré argenté: c'était la Terre. Çà et là, des nébuleuses
    massées comme de gros flocons d'une neige sidérale, et du zénith au
    nadir, un immense anneau formé d'une impalpable poussière d'astres,
    cette voie lactée, au milieu de laquelle le Soleil ne compte que pour
    une étoile de quatrième grandeur!

    Les observateurs ne pouvaient détacher leurs regards de ce spectacle
    si nouveau, dont aucune description ne saurait donner l'idée. Que de
    réflexions il leur suggéra! Quelles émotions inconnues il éveilla
    dans leur âme! Barbicane voulut commencer le récit de son voyage sous
    l'empire de ces impressions, et il nota heure par heure tous les faits
    qui signalaient le début de son entreprise. Il écrivait
    tranquillement de sa grosse écriture carrée et dans un style un peu
    commercial.

    Pendant ce temps, le calculateur Nicholl revoyait ses formules de
    trajectoires et manoeuvrait les chiffres avec une dextérité sans
    pareille. Michel Ardan causait tantôt avec Barbicane qui ne lui
    répondait guère, tantôt avec Nicholl qui ne l'entendait pas, avec
    Diane qui ne comprenait rien à ses théories, avec lui-même enfin, se
    faisant demandes et réponses, allant, venant, s'occupant de mille
    détails, tantôt courbé sur la vitre inférieure, tantôt juché dans les
    hauteurs du projectile, et toujours chantonnant. Dans ce microcosme
    il représentait l'agitation et la loquacité française, et l'on est
    prié de croire qu'elle était dignement représentée.

    La journée, ou plutôt--car l'expression n'est pas juste--le laps de
    douze heures qui forme le jour sur la Terre, se termina par un souper
    copieux, finement préparé. Aucun incident de nature à altérer la
    confiance des voyageurs ne s'était encore produit. Aussi, pleins
    d'espoir, déjà sûrs du succès, ils s'endormirent paisiblement, tandis
    que le projectile, sous une vitesse uniformément décroissante,
    franchissait les routes du ciel.

    IV

    Un peu d'algèbre

    La nuit se passa sans incident. A vrai dire, ce mot «nuit» est
    impropre.

    La position du projectile ne changeait pas par rapport au Soleil.
    Astronomiquement, il faisait jour sur la partie inférieure du boulet,
    nuit sur sa partie supérieure. Lors donc que dans ce récit ces deux
    mots sont employés, ils expriment le laps de temps qui s'écoule entre
    le lever et le coucher du Soleil sur la Terre.

    Le sommeil des voyageurs fut d'autant plus paisible que, malgré son
    excessive vitesse, le projectile semblait être absolument immobile.
    Aucun mouvement ne trahissait sa marche à travers l'espace. Le
    déplacement, quelque rapide qu'il soit, ne peut produire un effet
    sensible sur l'organisme, quand il a lieu dans le vide ou lorsque la
    masse d'air circule avec le corps entraîné. Quel habitant de la Terre
    s'aperçoit de sa vitesse, qui l'emporte cependant à raison de
    quatre-vingt-dix mille kilomètres par heure? Le mouvement, dans ces
    conditions, ne se «ressent» pas plus que le repos. Aussi tout corps y
    est-il indifférent. Un corps est-il en repos, il y demeurera tant
    qu'aucune force étrangère ne le déplacera. Est-il en mouvement, il ne
    s'arrêtera plus si aucun obstacle ne vient enrayer sa marche. Cette
    indifférence au mouvement ou au repos, c'est l'inertie.

    Barbicane et ses compagnons pouvaient donc se croire dans une
    immobilité absolue, étant enfermés à l'intérieur du projectile.
    L'effet eût été le même, d'ailleurs, s'ils se fussent placés à
    l'extérieur. Sans la Lune qui grossissait au-dessus d'eux, ils
    auraient juré qu'ils flottaient dans une stagnation complète.

    Ce matin-là, le 3 décembre, les voyageurs furent réveillés par un
    bruit joyeux, mais inattendu. Ce fut le chant du coq qui retentit à
    l'intérieur du wagon.

    Michel Ardan, le premier sur pied, grimpa jusqu'au sommet du
    projectile, et fermant une caisse entrouverte:

    «Veux-tu te taire? dit-il à voix basse. Cet animal-là va faire
    manquer ma combinaison!»

    Cependant Nicholl et Barbicane s'étaient réveillés.

    «Un coq? avait dit Nicholl.

    --Eh non! mes amis, répondit vivement Michel, c'est moi qui ai voulu
    vous réveiller par cette vocalise champêtre!»

    Et ce disant, il poussa un splendide kokoriko qui eût fait honneur au
    plus orgueilleux des gallinacés.

    Les deux Américains ne purent s'empêcher de rire.

    «Un joli talent, dit Nicholl, regardant son compagnon d'un air
    soupçonneux.

    --Oui, répondit Michel, une plaisanterie de mon pays. C'est très
    gaulois. On fait, comme cela, le coq dans les meilleures sociétés!»

    Puis, détournant la conversation:

    «Sais-tu, Barbicane, dit-il, à quoi j'ai pensé toute la nuit?

    --Non, répondit le président.

    --A nos amis de Cambridge. Tu as déjà remarqué que je suis un
    admirable ignorant des choses mathématiques. Il m'est donc impossible
    de deviner comment les savants de l'Observatoire ont pu calculer
    quelle vitesse initiale devrait avoir le projectile en quittant la
    Columbiad pour atteindre la Lune.

    --Tu veux dire, répliqua Barbicane, pour atteindre ce point neutre où
    les attractions terrestre et lunaire se font équilibre, car, à partir
    de ce point situé aux neuf dixièmes du parcours environ, le projectile
    tombera sur la Lune simplement en vertu de sa pesanteur.

    --Soit, répondit Michel, mais, encore une fois, comment ont-ils pu
    calculer la vitesse initiale?

    --Rien n'était plus aisé, répondit Barbicane.

    --Et tu aurais su faire ce calcul? demanda Michel Ardan.

    --Parfaitement. Nicholl et moi, nous l'eussions établi, si la note de
    l'Observatoire ne nous eût évité cette peine.

    --Eh bien, mon vieux Barbicane, répondit Michel, on m'eût plutôt coupé
    la tête, en commençant par les pieds, que de me faire résoudre ce
    problème-là!

    --Parce que tu ne sais pas l'algèbre, répliqua tranquillement
    Barbicane.

    --Ah! vous voilà bien, vous autres, mangeurs d'_x_! Vous croyez
    avoir tout dit quand vous avez dit: l'algèbre.

    --Michel, répliqua Barbicane, crois-tu qu'on puisse forger sans
    marteau ou labourer sans charrue?

    --Difficilement.

    --Eh bien, l'algèbre est un outil, comme la charrue ou le marteau, et
    un bon outil pour qui sait l'employer.

    --Sérieusement?

    --Très sérieusement.

    --Et tu pourrais manier cet outil-là devant moi?

    --Si cela t'intéresse.

    --Et me montrer comment on a calculé la vitesse initiale de notre
    wagon?

    --Oui, mon digne ami. En tenant compte de tous les éléments du
    problème, de la distance du centre de la Terre au centre de la Lune,
    du rayon de la Terre, de la masse de la Terre, de la masse de la Lune,
    je puis établir exactement quelle a dû être la vitesse initiale du
    projectile, et cela par une simple formule.

    --Voyons la formule.

    --Tu la verras. Seulement, je ne te donnerai pas la courbe tracée
    réellement par le boulet entre la Lune et la Terre, en tenant compte
    de leur mouvement de translation autour du Soleil. Non. Je
    considérerai ces deux astres comme immobiles, ce qui nous suffit.

    --Et pourquoi?

    --Parce que ce serait chercher la solution de ce problème qu'on
    appelle «le problème des trois corps», et que le calcul intégral n'est
    pas encore assez avancé pour le résoudre.

    --Tiens, fit Michel Ardan de son ton narquois, les mathématiques n'ont
    donc pas dit leur dernier mot?

    --Certainement non, répondit Barbicane.

    --Bon! Peut-être les Sélénites ont-ils poussé plus loin que vous le
    calcul intégral! Et à propos, qu'est-ce que ce calcul intégral?

    --C'est un calcul qui est l'inverse du calcul différentiel, répondit
    sérieusement Barbicane.

    --Bien obligé.

    --Autrement dit, c'est un calcul par lequel on cherche les quantités
    finies dont on connaît la différentielle.

    --Au moins, voilà qui est clair, répondit Michel d'un air on ne peut
    plus satisfait.

    --Et maintenant, reprit Barbicane, un bout de papier, un bout de
    crayon, et avant une demi-heure je veux avoir trouvé la formule
    demandée.»

    Barbicane, cela dit, s'absorba dans son travail, tandis que Nicholl
    observait l'espace, laissant à son compagnon le soin du déjeuner.

    Une demi-heure ne s'était pas écoulée que Barbicane, relevant la tête,
    montrait à Michel Ardan une page couverte de signes algébriques, au
    milieu desquels se détachait cette formule générale:

    % 1 2 2 r m' r r
    % - (v - v ) = gr { --- - 1 + --- ( --- - ---) }
    % 2 0 x m d-x d-r

    ( frac{1}{2}left(v^2-v_0^2right)=
    grleft{frac{r}{x}-1+frac{m'}{m}left(frac{r}{d-x}-
    frac{r}{d-r}right)right} )

    «Et cela signifie?..., demanda Michel

    --Cela signifie, répondit Nicholl, que: un demi de _v_ deux moins _v_
    zéro carré, égale _gr_ multiplié par _r_ sur _x_ moins un, plus _m_
    prime sur _m_ multiplié par _r_ sur _d_ moins _x_, moins _r_ sur _d_
    moins _r_...

    --_X_ sur _y_ monté sur _z_ et chevauchant sur _p_, s'écria Michel
    Ardan en éclatant de rire. Et tu comprends cela, capitaine?

    --Rien n'est plus clair.

    --Comment donc! dit Michel. Mais cela saute aux yeux, et je n'en
    demande pas davantage.

    --Rieur sempiternel! répliqua Barbicane. Tu as voulu de l'algèbre,
    et tu en auras jusqu'au menton!

    --J'aime mieux qu'on me pende!

    --En effet, répondit Nicholl, qui examinait la formule en connaisseur,
    ceci me paraît bien trouvé, Barbicane. C'est l'intégrale de
    l'équation des forces vives, et je ne doute pas qu'elle ne nous donne
    le résultat cherché.

    --Mais je voudrais comprendre! s'écria Michel. Je donnerais dix ans
    de la vie de Nicholl pour comprendre!

    --Ecoute alors, reprit Barbicane. Un demi de _v_ deux moins _v_ zéro
    carré, c'est la formule qui nous donne la demi-variation de la force
    vive.

    --Bon, et Nicholl sait ce que cela signifie?

    --Sans doute, Michel, répondit le capitaine. Tous ces signes, qui te
    paraissent cabalistiques, forment cependant le langage le plus clair,
    le plus net, le plus logique pour qui sait le lire.

    --Et tu prétends, Nicholl, demanda Michel, qu'au moyen de ces
    hiéroglyphes, plus incompréhensibles que des ibis égyptiens, tu
    pourras trouver quelle vitesse initiale il convenait d'imprimer au
    projectile?

    --Incontestablement, répondit Nicholl, et même par cette formule, je
    pourrai toujours te dire quelle est sa vitesse à un point quelconque
    de son parcours.

    --Ta parole?

    --Ma parole.

    --Alors, tu es aussi malin que notre président?

    --Non, Michel. Le difficile, c'est ce qu'a fait Barbicane. C'est
    d'établir une équation qui tienne compte de toutes les conditions du
    problème. Le reste n'est plus qu'une question d'arithmétique, et
    n'exige que la connaissance des quatre règles.

    --C'est déjà beau!» répondit Michel Ardan, qui, de sa vie, n'avait pu
    faire une addition juste et qui définissait ainsi cette règle: «Petit
    casse-tête chinois qui permet d'obtenir des totaux indéfiniment
    variés.»

    Cependant Barbicane affirmait que Nicholl, en y songeant, aurait
    certainement trouvé cette formule.

    «Je n'en sais rien, disait Nicholl, car, plus je l'étudie, plus je la
    trouve merveilleusement établie.

    --Maintenant, écoute, dit Barbicane à son ignorant camarade, et tu vas
    voir que toutes ces lettres ont une signification.

    --J'écoute, dit Michel d'un air résigné.

    --_d_, fit Barbicane, c'est la distance du centre de la Terre au
    centre de la Lune, car ce sont les centres qu'il faut prendre pour
    calculer les attractions.

    --Cela je le comprends.

    --_r_ est le rayon de la Terre.

    --_r_, rayon. Admis.

    --_m_ est la masse de la Terre; _m_ prime la masse de la Lune. En
    effet, il faut tenir compte de la masse des deux corps attirants,
    puisque l'attraction est proportionnelle aux masses.

    --C'est entendu.

    --_g_ représente la gravité, la vitesse acquise au bout d'une seconde
    par un corps qui tombe à la surface de la Terre. Est-ce clair?

    --De l'eau de roche! répondit Michel.

    --Maintenant, je représente par _x_ la distance variable qui sépare le
    projectile du centre de la Terre, et par _v_ la vitesse qu'a ce
    projectile à cette distance.

    --Bon.

    --Enfin, l'expression _v_ zéro qui figure dans l'équation est la
    vitesse que possède le boulet au sortir de l'atmosphère.

    --En effet, dit Nicholl, c'est à ce point qu'il faut calculer cette
    vitesse, puisque nous savons déjà que la vitesse au départ vaut
    exactement les trois demis de la vitesse au sortir de l'atmosphère.

    --Comprends plus! fit Michel.

    --C'est pourtant bien simple, dit Barbicane.

    --Pas si simple que moi, répliqua Michel.

    --Cela veut dire que lorsque notre projectile est arrivé à la limite
    de l'atmosphère terrestre, il avait déjà perdu un tiers de sa vitesse
    initiale.

    --Tant que cela?

    --Oui, mon ami, rien que par son frottement sur les couches
    atmosphériques. Tu comprends bien que plus il marchait rapidement,
    plus il trouvait de résistance de la part de l'air.

    --Ça, je l'admets, répondit Michel, et je le comprends, bien que tes
    _v_ zéro deux et tes _v_ zéro carrés se secouent dans ma tête comme
    des clous dans un sac!

    --Premier effet de l'algèbre, reprit Barbicane. Et maintenant, pour
    t'achever, nous allons établir la donnée numérique de ces diverses
    expressions, c'est-à-dire chiffrer leur valeur.

    --Achevez-moi! répondit Michel.

    --De ces expressions, dit Barbicane, les unes sont connues, les autres
    sont à calculer.

    --Je me charge de ces dernières, dit Nicholl.

    --Voyons _r_, reprit Barbicane. _r_, c'est le rayon de la Terre qui,
    sous la latitude de la Floride notre point de départ, égale six
    millions trois cent soixante-dix mille mètres. _d_, c'est-à-dire la
    distance du centre de la Terre au centre de la Lune, vaut
    cinquante-six rayons terrestres, soit...»

    Nicholl chiffra rapidement.

    «Soit, dit-il, trois cent cinquante-six millions sept cent vingt mille
    mètres, au moment où la Lune est à son périgée, c'est-à-dire à sa
    distance la plus rapprochée de la Terre.

    --Bien, fit Barbicane. Maintenant _m_ prime sur _m_, c'est-à-dire le
    rapport de la masse de la Lune à celle de la Terre, égale un
    quatre-vingt-unième.

    --Parfait, dit Michel.

    --_g_, la gravité, est à la Floride de neuf mètres quatre-vingt-un.
    D'où résulte que _gr_ égale...

    --Soixante-deux millions quatre cent vingt-six mille mètres carrés,
    répondit Nicholl.

    --Et maintenant? demanda Michel Ardan.

    --Maintenant que les expressions sont chiffrées, répondit Barbicane,
    je vais chercher la vitesse _v_ zéro, c'est-à-dire la vitesse que doit
    avoir le projectile en quittant l'atmosphère pour atteindre le point
    d'attraction égale avec une vitesse nulle. Puisque, à ce moment, la
    vitesse sera nulle, je pose qu'elle égalera zéro, et que _x_, la
    distance où se trouve ce point neutre, sera représentée par les neuf
    dixièmes de _d_, c'est-à-dire de la distance qu sépare les deux
    centres.

    --J'ai une vague idée que cela doit être ainsi, dit Michel.

    --J'aurai donc alors: _x_ égale neuf dixièmes de
    _d_, et _v_ égale zéro, et ma formule deviendra...»

    Barbicane écrivit rapidement sur le papier:

    ( v_0^2=2grleft{1-frac{10r}{9d}-frac{1}{81}
    left(frac{10r}{d}-frac{r}{d-r}right)right} )

    Nicholl lut d'un oeil avide.

    «C'est cela! c'est cela! s'écria-t-il.

    --Est-ce clair? demanda Barbicane.

    --C'est écrit en lettres de feu! répondit Nicholl.

    --Les braves gens! murmurait Michel.

    --As-tu compris, enfin? lui demanda Barbicane.

    --Si j'ai compris! s'écria Michel Ardan, mais c'est-à-dire que ma
    tête en éclate!

    --Ainsi, reprit Barbicane, _v_ zéro deux égale deux _gr_ multiplié par
    un, moins dix _r_ sur 9 _d_, moins un quatre-vingt-unième multiplié
    par dix _r_ sur _d_ moins _r_ sur _d_ moins _r_.

    --Et maintenant, dit Nicholl, pour obtenir la vitesse du boulet au
    sortir de l'atmosphère, il n'y a plus qu'à calculer.»

    Le capitaine, en praticien rompu à toutes les difficultés, se mit à
    chiffrer avec une rapidité effrayante. Divisions et multiplications
    s'allongeaient sous ses doigts. Les chiffres grêlaient sa page
    blanche. Barbicane le suivait du regard, pendant que Michel Ardan
    comprimait à deux mains une migraine naissante.

    «Eh bien? demanda Barbicane, après plusieurs minutes de silence.

    --Eh bien, tout calcul fait, répondit Nicholl, _v_ zéro, c'est-à-dire
    la vitesse du projectile au sortir de l'atmosphère, pour atteindre le
    point d'égale attraction, a dû être de...

    --De?... fit Barbicane.

    --De onze mille cinquante et un mètres dans la première seconde.

    --Hein! fit Barbicane, bondissant, vous dites!

    --Onze mille cinquante et un mètres.

    --Malédiction! s'écria le président en faisant un geste de désespoir.

    --Qu'as-tu? demanda Michel Ardan, très surpris.

    --Ce que j'ai! Mais si à ce moment la vitesse était déjà diminuée
    d'un tiers par le frottement, la vitesse initiale aurait dû être...

    --De seize mille cinq cent soixante-seize mètres! répondit Nicholl.

    --Et l'Observatoire de Cambridge, qui a déclaré que onze mille mètres
    suffisaient au départ, et notre boulet qui n'est parti qu'avec cette
    vitesse!

    --Eh bien? demanda Nicholl.

    --Eh bien, elle sera insuffisante!

    --Bon.

    --Nous n'atteindrons pas le point neutre!

    --Sacrebleu!

    --Nous n'irons même pas à moitié chemin!

    --Nom d'un boulet! s'écria Michel Ardan, sautant comme si le
    projectile fût sur le point de heurter le sphéroïde terrestre.

    --Et nous retomberons sur la Terre!»

    V

    Les froids de l'espace

    Cette révélation fut un coup de foudre. Qui se serait attendu à
    pareille erreur de calcul? Barbicane ne voulait pas y croire.
    Nicholl revit ses chiffres. Ils étaient exacts. Quant à la formule
    qui les avait déterminés, on ne pouvait soupçonner sa justesse, et
    vérification faite, il fut constant qu'une vitesse initiale de seize
    mille cinq cent soixante-seize mètres dans la première seconde était
    nécessaire pour atteindre le point neutre.

    Les trois amis se regardèrent silencieusement. De déjeuner, plus
    question. Barbicane, les dents serrées, les sourcils contractés, les
    poings fermés convulsivement, observait à travers le hublot. Nicholl
    s'était croisé les bras, examinant ses calculs. Michel Ardan
    murmurait:

    «Voilà bien ces savants! Ils n'en font jamais d'autres! Je donnerais
    vingt pistoles pour tomber sur l'Observatoire de Cambridge et
    l'écraser avec tous les tripoteurs de chiffres qu'il renferme!»

    Tout d'un coup, le capitaine fit une réflexion qui alla droit à
    Barbicane.

    «Ah çà! dit-il, il est sept heures du matin. Nous sommes donc partis
    depuis trente-deux heures. Plus de la moitié de notre trajet est
    parcourue, et nous ne tombons pas, que je sache!»

    Barbicane ne répondit pas. Mais, après un coup d'oeil rapide jeté au
    capitaine, il prit un compas qui lui servait à mesurer la distance
    angulaire du globe terrestre. Puis, à travers la vitre inférieure, il
    fit une observation très exacte, vu l'immobilité apparente du
    projectile. Se relevant alors, essuyant son front où perlaient des
    gouttes de sueur, il disposa quelques chiffres sur le papier. Nicholl
    comprenait que le président voulait déduire de la mesure du diamètre
    terrestre la distance du boulet à la Terre. Il le regardait
    anxieusement.

    «Non! s'écria Barbicane après quelques instants, non, nous ne tombons
    pas! Nous sommes déjà à plus de cinquante mille lieues de la Terre!
    Nous avons dépassé ce point où le projectile aurait dû s'arrêter, si
    sa vitesse n'eût été que de onze mille mètres au départ! Nous montons
    toujours!

    --C'est évident, répondit Nicholl, et il faut en conclure que notre
    vitesse initiale, sous la poussée des quatre cent mille livres de
    fulmi-coton, a dépassé les onze mille mètres réclamés. Je m'explique
    alors que nous ayons rencontré, après treize minutes seulement, le
    deuxième satellite qui gravite à plus de deux mille lieues de la
    Terre.

    --Et cette explication est d'autant plus probable, ajouta Barbicane,
    qu'en rejetant l'eau renfermée entre ses cloisons brisantes, le
    projectile s'est trouvé subitement allégé d'un poids considérable.

    --Juste! fit Nicholl.

    --Ah! mon brave Nicholl, s'écria Barbicane, nous sommes sauvés!

    --Eh bien, répondit tranquillement Michel Ardan, puisque nous sommes
    sauvés, déjeunons.»

    En effet, Nicholl ne se trompait pas. La vitesse initiale avait été,
    très heureusement, supérieure à la vitesse indiquée par l'Observatoire
    de Cambridge, mais l'Observatoire de Cambridge ne s'en était pas moins
    trompé.

    Les voyageurs, remis de cette fausse alerte, se mirent à table et
    déjeunèrent joyeusement. Si l'on mangea beaucoup, on parla plus
    encore. La confiance était plus grande après qu'avant «l'incident de
    l'algèbre».

    «Pourquoi ne réussirions-nous pas? répétait Michel Ardan. Pourquoi
    n'arriverions-nous pas? Nous sommes lancés. Pas d'obstacles devant
    nous. Pas de pierres sur notre chemin. La route est libre, plus
    libre que celle du navire qui se débat contre la mer, plus libre que
    celle du ballon qui lutte contre le vent! Or, si un navire arrive où
    il veut, si un ballon monte où il lui plaît, pourquoi notre
    projectile n'atteindrait-il pas le but qu'il a visé.

    --Il l'atteindra, dit Barbicane.

    --Ne fût-ce que pour honorer le peuple américain, ajouta Michel Ardan,
    le seul peuple qui fût capable de mener à bien une telle entreprise,
    le seul qui pût produire un président Barbicane! Ah! j'y pense,
    maintenant que nous n'avons plus d'inquiétude, qu'allons-nous devenir?
    Nous allons nous ennuyer royalement!»

    Barbicane et Nicholl firent un geste de dénégation.

    «Mais j'ai prévu le cas, mes amis, reprit Michel Ardan. Vous n'avez
    qu'à parler. J'ai à votre disposition, échecs, dames, cartes,
    dominos! Il ne me manque qu'un billard!

    --Quoi! demanda Barbicane, tu as emporté de pareils bibelots?

    --Sans doute, répondit Michel, et non seulement pour nous distraire,
    mais aussi dans l'intention louable d'en doter les estaminets
    sélénites.

    --Mon ami, dit Barbicane, si la Lune est habitée, ses habitants ont
    apparu quelques milliers d'années avant ceux de la Terre, car on ne
    peut douter que cet astre ne soit plus vieux que le nôtre. Si donc
    les Sélénites existent depuis des centaines de mille ans, si leur
    cerveau est organisé comme le cerveau humain, ils ont inventé tout ce
    que nous avons inventé déjà, et même ce que nous inventerons dans la
    suite des siècles. Ils n'auront rien à apprendre de nous et nous
    aurons tout à apprendre d'eux.

    --Quoi! répondit Michel, tu penses qu'ils ont eu des artistes comme
    Phidias, Michel-Ange ou Raphaël?

    --Oui.

    --Des poètes comme Homère, Virgile, Milton, Lamartine, Hugo?

    --J'en suis sûr.

    --Des philosophes comme Platon, Aristote, Descartes, Kant?

    --Je n'en doute pas.

    --Des savants comme Archimède, Euclide, Pascal, Newton?

    --Je le jurerais.

    --Des comiques comme Arnal et des photographes comme... comme Nadar?

    --J'en suis sûr.

    --Alors, ami Barbicane, s'ils sont aussi forts que nous, et même plus
    forts, ces Sélénites, pourquoi n'ont-ils pas tenté de communiquer avec
    la Terre? Pourquoi n'ont-ils pas lancé un projectile lunaire
    jusqu'aux régions terrestres?

    --Qui te dit qu'ils ne l'ont pas fait? répondit sérieusement
    Barbicane.

    --En effet, ajouta Nicholl, cela leur était plus facile qu'à nous, et
    pour deux raisons: la première parce que l'attraction est six fois
    moindre à la surface de la Lune qu'à la surface de la Terre, ce qui
    permet à un projectile de s'enlever plus aisément: la seconde, parce
    qu'il suffisait d'envoyer ce projectile à huit mille lieues seulement
    au lieu de quatre-vingt mille, ce qui ne demande qu'une force de
    projection dix fois moins forte.

    --Alors, reprit Michel, je répète: Pourquoi ne l'ont-ils pas fait?

    --Et moi répliqua Barbicane, je répète: Qui te dit qu'ils ne l'ont pas
    fait?

    --Quand?

    --Il y a des milliers d'années, avant l'apparition de l'homme sur la
    Terre.

    --Et le boulet? Où est le boulet? Je demande à voir le boulet!

    --Mon ami, répondit Barbicane, la mer couvre les cinq sixièmes de
    notre globe. De là, cinq bonnes raisons pour supposer que le
    projectile lunaire, s'il a été lancé, est maintenant immergé au fond
    de l'Atlantique ou du Pacifique. A moins qu'il ne soit enfoui dans
    quelque crevasse, à l'époque où l'écorce terrestre n'était pas encore
    suffisamment formée.

    --Mon vieux Barbicane, répondit Michel, tu as réponse à tout et je
    m'incline devant ta sagesse. Toutefois il est une hypothèse qui me
    sourirait mieux que les autres; c'est que les Sélénites, étant plus
    vieux que nous, sont plus sages et n'ont point inventé la poudre!»

    En ce moment, Diane se mêla à la conversation par
    un aboiement sonore. Elle réclamait son déjeuner.

    «Ah! fit Michel Ardan, à discuter ainsi, nous oublions Diane et
    Satellite!»

    Aussitôt, une respectable pâtée fut offerte à la chienne qui la dévora
    de grand appétit.

    «Vois-tu, Barbicane, disait Michel, nous aurions dû faire de ce
    projectile une seconde arche de Noé et emporter dans la Lune un couple
    de tous les animaux domestiques.

    --Sans doute, répondit Barbicane, mais la place eût manqué.

    --Bon! dit Michel, en se serrant un peu!

    --Le fait est, répondit Nicholl, que boeuf, vache, taureau, cheval,
    tous ces ruminants nous seraient fort utiles sur le continent lunaire.
    Par malheur, ce wagon ne pouvait devenir ni une écurie ni une étable.

    --Mais au moins, dit Michel Ardan, aurions-nous pu emmener un âne,
    rien qu'un petit âne, cette courageuse et patiente bête qu'aimait à
    monter le vieux Silène! Je les aime, ces pauvres ânes! Ce sont bien
    les animaux les moins favorisés de la création. Non seulement on les
    frappe pendant leur vie, mais on les frappe aussi après leur mort!

    --Comment l'entends-tu? demanda Barbicane.

    --Dame! fit Michel, puisqu'on en fait des peaux de tambour!»

    Barbicane et Nicholl ne purent s'empêcher de rire à cette réflexion
    saugrenue. Mais un cri de leur joyeux compagnon les arrêta. Celui-ci
    s'était courbé vers la niche de Satellite et se relevait en disant:

    «Bon! Satellite n'est plus malade.

    --Ah! fit Nicholl.

    --Non, reprit Michel, il est mort. Voilà, ajouta-t-il d'un ton
    piteux, voilà qui sera embarrassant. Je crains, ma pauvre Diane, que
    tu ne fasses pas souche dans les régions lunaires!»

    En effet, l'infortuné Satellite n'avait pu survivre à sa blessure. Il
    était mort et bien mort. Michel Ardan très décontenancé, regardait
    ses amis.

    «Il se présente une question, dit Barbicane. Nous ne pouvons garder
    avec nous le cadavre de ce chien pendant quarante-huit heures encore.

    --Non, sans doute, répondit Nicholl, mais nos hublots sont fixés par
    des charnières. Ils peuvent se rabattre. Nous ouvrirons l'un des
    deux et nous jetterons ce corps dans l'espace.»

    Le président réfléchit pendant quelques instants.
    et dit:

    «Oui, il faudra procéder ainsi, mais en prenant les plus minutieuses
    précautions.

    --Pourquoi? demanda Michel.

    --Pour deux raisons que tu vas comprendre répondit Barbicane. La
    première est relative à l'air renfermé dans le projectile, et dont il
    ne faut perdre que le moins possible.

    --Mais puisque nous le refaisons, cet air!

    --En partie seulement. Nous ne refaisons que l'oxygène, mon brave
    Michel,--et à ce propos veillons bien à ce que l'appareil ne
    fournisse pas cet oxygène en quantité immodérée, car cet excès
    amènerait en nous des troubles physiologiques très graves. Mais si
    nous refaisons l'oxygène, nous ne refaisons pas l'azote, ce véhicule
    que les poumons n'absorbent pas et qui doit demeurer intact. Or, cet
    azote s'échapperait rapidement par les hublots ouverts.

    --Oh! le temps de jeter ce pauvre Satellite, dit Michel.

    --D'accord, mais agissons rapidement.

    --Et la seconde raison? demanda Michel.

    --La seconde raison, c'est qu'il ne faut pas laisser le froid
    extérieur, qui est excessif, pénétrer dans le projectile, sous peine
    d'être gelés vivants.

    --Cependant, le Soleil...

    --Le Soleil échauffe notre projectile qui absorbe ses rayons, mais il
    n'échauffe pas le vide où nous flottons en ce moment. Où il n'y a pas
    d'air, il n'y a pas plus de chaleur que de lumière diffuse, et de même
    qu'il fait noir, il fait froid là où les rayons du Soleil n'arrivent
    pas directement. Cette température n'est donc autre que la
    température produite par le rayonnement stellaire, c'est-à-dire celle
    que subirait le globe terrestre si le Soleil s'éteignait un jour.

    --Ce qui n'est pas à craindre, répondit Nicholl.

    --Qui sait? dit Michel Ardan. D'ailleurs, en admettant que le Soleil
    ne s'éteigne pas, ne peut-il arriver que la Terre s'éloigne de lui?

    --Bon! fit Barbicane, voilà Michel avec ses idées!

    --Eh! reprit Michel, ne sait-on pas que la Terre a traversé la queue
    d'une comète en 1861? Or, supposons une comète dont l'attraction soit
    supérieure à l'attraction solaire, l'orbite terrestre se courbera vers
    l'astre errant, et la Terre, devenue son satellite, sera entraînée à
    une distance telle que les rayons du Soleil n'auront plus aucune
    action à sa surface.

    --Cela peut se produire, en effet, répondit Barbicane, mais les
    conséquences d'un pareil déplacement pourraient bien ne pas être aussi
    redoutables que tu le supposes.

    --Et pourquoi?

    --Parce que le froid et le chaud s'équilibreraient encore sur notre
    globe. On a calculé que si la Terre eût été entraînée par la comète
    de 1861, elle n'aurait pas ressenti, à sa plus grande distance du
    Soleil, une chaleur seize fois supérieure à celle que nous envoie la
    Lune, chaleur qui, concentrée au foyer des plus fortes lentilles, ne
    produit aucun effet appréciable.

    --Eh bien? fit Michel.

    --Attends un peu, répondit Barbicane. On calculé aussi, qu'à son
    périhélie, à sa distance la plus rapprochée du Soleil, la Terre aurait
    supporté une chaleur égale à vingt-huit mille fois celle de l'été.
    Mais cette chaleur, capable de vitrifier les matières terrestres et de
    vaporiser les eaux, eût formé un épais anneau de nuages qui aurait
    amoindri cette température excessive. De là, compensation entre les
    froids de l'aphélie et les chaleurs du périhélie, et une moyenne
    probablement supportable.

    --Mais à combien de degrés estime-t-on la température des espaces
    planétaires? demanda Nicholl.

    --Autrefois, répondit Barbicane, on croyait que cette température
    était excessivement basse. En calculant son décroissement
    thermométrique, on arrivait à la chiffrer par millions de degrés
    au-dessous de zéro. C'est Fourier, un compatriote de Michel, un
    savant illustre de l'Académie des Sciences, qui a ramené ces nombres à
    de plus justes estimations. Suivant lui, la température de l'espace
    ne s'abaisse pas au-dessous de soixante degrés.

    --Peuh! fit Michel.

    --C'est à peu près, répondit Barbicane, la température qui fut
    observée dans les régions polaires, à l'île Melville ou au fort
    Reliance, soit environ cinquante-six degrés centigrades au-dessous de
    zéro.

    --Il reste à prouver, dit Nicholl, que Fourier ne
    s'est pas abusé dans ses évaluations. Si je ne me
    trompe, un autre savant français, M. Pouillet,
    estime la température de l'espace à cent soixante
    degrés au-dessous de zéro. C'est ce que nous
    vérifierons.

    --Pas en ce moment, répondit Barbicane, car les rayons solaires,
    frappant directement notre thermomètre, donneraient, au contraire, une
    température très élevée. Mais lorsque nous serons arrivés sur la
    Lune, pendant les nuits de quinze jours que chacune de ses faces
    éprouve alternativement, nous aurons le loisir de faire cette
    expérience, car notre satellite se meut dans le vide.

    --Mais qu'entends-tu par le vide? demanda Michel, est-ce le vide
    absolu?

    --C'est le vide absolument privé d'air.

    --Et dans lequel l'air n'est remplacé par rien?

    --Si. Par l'éther, répondit Barbicane.

    --Ah! Et qu'est-ce que l'éther?

    --L'éther, mon ami, c'est une agglomération d'atomes impondérables,
    qui, relativement à leurs dimensions, disent les ouvrages de physique
    moléculaire, sont aussi éloignés les uns des autres que les corps
    célestes le sont dans l'espace. Leur distance, cependant, est
    inférieure à un trois-millionièmes de millimètre. Ce sont ces atomes
    qui, par leur mouvement vibratoire, produisent la lumière et la
    chaleur, en faisant par seconde quatre cent trente trillions
    d'ondulations, n'ayant que quatre à six dix-millièmes de millimètre
    d'amplitude.

    --Milliards de milliards! s'écria Michel Ardan, on les a donc
    mesurées et comptées, ces oscillations! Tout cela, ami Barbicane, ce
    sont des chiffres de savants qui épouvantent l'oreille et ne disent
    rien à l'esprit.

    --Il faut pourtant bien chiffrer...

    --Non. Il vaut mieux comparer. Un trillion ne signifie rien. Un
    objet de comparaison dit tout. Exemple: Quand tu m'auras répété que
    le volume d'Uranus est soixante-seize fois plus gros que celui de la
    Terre, le volume de Saturne neuf cents fois plus gros, le volume de
    Jupiter treize cents fois plus gros, le volume du Soleil treize cent
    mille fois plus gros, je n'en serai pas beaucoup plus avancé. Aussi,
    je préfère, et de beaucoup, ces vieilles comparaisons du _Double
    Liégeois_ qui vous dit tous bêtement: Le Soleil, c'est une citrouille
    de deux pieds de diamètre, Jupiter, une orange, Saturne, une pomme
    d'api, Neptune, une guigne, Uranus, une grosse cerise, la Terre, un
    pois, Vénus, un petit pois, Mars, une grosse tête d'épingle, Mercure
    un grain de moutarde, et Junon, Cérès, Vesta et Pallas, de simples
    grains de sable! On sait au moins à quoi s'en tenir!»

    Après cette sortie de Michel Ardan contre les savants et ces trillions
    qu'ils alignent sans sourciller, l'on procéda à l'ensevelissement de
    Satellite. Il s'agissait simplement de le jeter dans l'espace, de la
    même manière que les marins jettent un cadavre à la mer.

    Mais, ainsi que l'avait recommandé le président Barbicane, il fallut
    opérer vivement, de façon à perdre le moins possible de cet air que
    son élasticité aurait rapidement épanché dans le vide. Les boulons
    du hublot de droite, dont l'ouverture mesurait environ trente
    centimètres, furent dévissés avec soin, tandis que Michel, tout
    contrit, se préparait à lancer son chien dans l'espace. La vitre,
    manoeuvrée par un puissant levier qui permettait de vaincre la
    pression de l'air intérieur sur les parois du projectile, tourna
    rapidement sur ses charnières, et Satellite fut projeté au-dehors.
    C'est à peine si quelques molécules d'air s'échappèrent, et
    l'opération réussit si bien que, plus tard, Barbicane ne craignit pas
    de se débarrasser ainsi des débris inutiles qui encombraient le
    wagon.

    VI

    Demandes et réponses

    Le 4 décembre, les chronomètres marquaient cinq heures du matin
    terrestre, quand les voyageurs se réveillèrent, après cinquante-quatre
    heures de voyage. Comme temps, ils n'avaient dépassé que de cinq
    heures quarante minutes, la moitié de la durée assignée à leur séjour
    dans le projectile; mais comme trajet, ils avaient déjà accompli près
    des sept dixièmes de la traversée. Cette particularité était due à la
    décroissance régulière de leur vitesse.

    Lorsqu'ils observèrent la Terre par la vitre inférieure, elle ne leur
    apparut plus que comme une tache sombre, noyée dans les rayons
    solaires. Plus de croissant, plus de lumière cendrée. Le lendemain,
    à minuit, la Terre devait être nouvelle, au moment précis où la Lune
    serait pleine. Au-dessus, l'astre des nuits se rapprochait de plus en
    plus de la ligne suivie par le projectile, de manière à se rencontrer
    avec lui à l'heure indiquée. Tout autour, la voûte noire était
    constellée de points brillants qui semblaient se déplacer avec
    lenteur. Mais à la distance considérable où ils se trouvaient, leur
    grosseur relative ne paraissait pas s'être modifiée. Le Soleil et les
    étoiles apparaissaient exactement tels qu'on les voit de la Terre.
    Quant à la Lune, elle avait considérablement grossi; mais les lunettes
    des voyageurs, peu puissantes en somme, ne permettaient pas encore de
    faire d'utiles observations à sa surface, et d'en reconnaître les
    dispositions topographiques ou géologiques.

    Aussi, le temps s'écoulait-il en conversations interminables. On
    causait de la Lune surtout. Chacun apportait son contingent de
    connaissances particulières. Barbicane et Nicholl, toujours sérieux,
    Michel Ardan, toujours fantaisiste. Le projectile, sa situation, sa
    direction, les incidents qui pouvaient survenir, les précautions que
    nécessiterait sa chute sur la Lune, c'était là matière inépuisable à
    conjectures.

    Précisément, en déjeunant, une demande de Michel, relative au
    projectile, provoqua une assez curieuse réponse de Barbicane et digne
    d'être rapportée.

    Michel, supposant le boulet brusquement arrêté, lorsqu'il était encore
    animé de sa formidable vitesse initiale, voulut savoir quelles
    auraient été les conséquences de cet arrêt.

    «Mais, répondit Barbicane, je ne vois pas comment le projectile aurait
    pu être arrêté.

    --Supposons-le, répondit Michel.

    --Supposition irréalisable, répliqua le pratique Barbicane. A moins
    que la force d'impulsion ne lui eût fait défaut. Mais alors, sa
    vitesse aurait décru peu à peu, et il ne se fût pas brusquement
    arrêté.

    --Admets qu'il ait heurté un corps dans l'espace.

    --Lequel?

    --Ce bolide énorme que nous avons rencontré.

    --Alors, dit Nicholl, le projectile eût été brisé en mille pièces, et
    nous avec.

    --Mieux que cela, répondit Barbicane, nous aurions été brûlés vifs.

    --Brûlés! s'écria Michel. Pardieu! je regrette que le cas ne se
    soit pas présenté «pour voir».

    --Et tu aurais vu, répondit Barbicane. On sait maintenant que la
    chaleur n'est qu'une modification du mouvement. Quand on fait
    chauffer de l'eau, c'est-à-dire quand on lui ajoute de la chaleur,
    cela veut dire que l'on donne du mouvement à ses molécules.

    --Tiens! fit Michel, voilà une théorie ingénieuse!

    --Et juste, mon digne ami, car elle explique tous les phénomènes du
    calorique. La chaleur n'est qu'un mouvement moléculaire, une simple
    oscillation des particules d'un corps. Lorsqu'on serre le frein d'un
    train, le train s'arrête. Mais que devient le mouvement dont il était
    animé? Il se transforme en chaleur, et le frein s'échauffe. Pourquoi
    graisse-t-on l'essieu des roues? Pour l'empêcher de s'échauffer,
    attendu que cette chaleur, ce serait du mouvement perdu par
    transformation. Comprends-tu?

    --Si je comprends! répondit Michel, admirablement. Ainsi, par
    exemple, quand j'ai couru longtemps, que je suis en nage, que je sue à
    grosses gouttes, pourquoi suis-je forcé de m'arrêter? Tout
    simplement, parce que mon mouvement s'est transformé en chaleur!»

    Barbicane ne put s'empêcher de sourire à cette repartie de Michel.
    Puis, reprenant sa théorie:

    «Ainsi donc, dit-il, dans le cas d'un choc, il en eût été de notre
    projectile comme de la balle qui tombe brûlante après avoir frappé la
    plaque de métal. C'est son mouvement qui s'est changé en chaleur. En
    conséquence, j'affirme que si notre boulet avait heurté le bolide, sa
    vitesse, brusquement anéantie, eût déterminé une chaleur capable de le
    volatiliser instantanément.

    --Alors, demanda Nicholl, qu'arriverait-il donc si la Terre s'arrêtait
    subitement dans son mouvement de translation?

    --Sa température serait portée à un tel point, répondit Barbicane,
    qu'elle serait immédiatement réduite en vapeurs.

    --Bon, fit Michel, voilà un moyen de finir le monde qui simplifierait
    bien les choses.

    --Et si la Terre tombait sur le Soleil? dit Nicholl.

    --D'après les calculs, répondit Barbicane, cette chute développerait
    une chaleur égale à la chaleur produite par seize cents globes de
    charbon égaux en volume au globe terrestre.

    --Bon surcroît de température pour le Soleil, répliqua Michel Ardan,
    et dont les habitants d'Uranus ou de Neptune ne se plaindraient sans
    doute pas, car ils doivent mourir de froid sur leur planète.

    --Ainsi donc, mes amis, reprit Barbicane, tout mouvement brusquement
    arrêté produit de la chaleur. Et cette théorie a permis d'admettre
    que la chaleur du disque solaire est alimentée par une grêle de
    bolides qui tombe incessamment à sa surface. On a même calculé...

    --Défions-nous, murmura Michel, voilà les chiffres qui s'avancent.

    --On a même calculé, reprit imperturbablement Barbicane, que le choc
    de chaque bolide sur le Soleil doit produire une chaleur égale à celle
    de quatre mille masses de houille d'un volume égal.

    --Et quelle est la chaleur solaire? demanda Michel.

    --Elle est égale à celle que produirait la combustion d'une couche de
    charbon qui entourerait le Soleil sur une épaisseur de vingt-sept
    kilomètres.

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  • Entre la chair et l’âme Poésie

    Entre la chair et l’âme Poésie

    Aproximadamente 2.555 palavras.

    Huguette Bertrand

    ENTRE LA CHAIR ET L'ÂME

    poésie

    Éditions En Marge

    =========================================

    Dans la mouvance
    d'une âme conquise
    une déesse s'installe
    aux abords des yeux
    toujours repliés
    dans une nuit éternellement nuit
    que les jours entraînent
    vers le grand remous
    d'une Vénus travestie
    en ange dérisoire
    qu'effleurent les courbes
    infiniment courbes
    mains d'anges
    serties de roses
    dans la joyeuseté des villes
    agrippées au noir soleil
    du désespoir

    14 déc. 97

    _________________________

    Exilé dans l'abandon
    le regard immobile
    fixe le vide inattendu
    refait le plein trop avide
    d'une silhouette apaisée
    qu'accompagne un soleil complice
    de tous les départs
    sans pardonner les sourires espérés
    et la danse d'un espoir rompu
    danse des ombres sur les murs enrichis
    divinement habités
    le rêve s'est endormi sous les paupières
    épuisé

    2 déc. 97

    _________________________

    À l'image du soleil
    un face-à-face amoureux
    s'éternise dans l'âme
    des yeux qui voient
    plus haut que le soleil
    plus loin que les étoiles
    toujours là
    dans le silence du jour
    emménager en soi
    aller mourir
    dans un espace lumineux
    poétique

    1er déc.97

    _________________________

    Faut être déjà mort
    pour oublier l'amour
    oublier qu'on est mort
    en amour pour toujours
    Faut être un peu mort
    retenu par le jour
    rattraper les retards
    sans compter les retours

    Faut être toujours mort
    pour l'amour pour la vie
    essuyer au dehors
    toutes traces de l'oubli

    21 nov. 97

    _________________________

    Si les dieux m'aiment
    je transporterai mes souvenirs
    sur des routes reliées au secret
    d'un amour incongru
    terrassé par la distance
    d'une âme singulière
    retrouvée à la page 54
    des jours heureux
    devenus bêtement
    acidulés
    Si les dieux m'aiment
    je transporterai sur mes épaules grises
    les chevauchées retentissantes
    des faux désirs
    des fausses amours
    accouplés à l'indécence
    d'un féminin qui perdure
    sans allure
    entre les bras des siècles féconds

    S les dieux m'aiment
    j'ajouterai à ma vie
    une essence amoureuse
    abreuvée
    une fois pour toutes

    16 nov. 97

    _________________________

    Dans une prison de glace
    un été doux hurle ses souvenirs
    semences de tendresse
    dans une terre vierge
    que piétine un amour dilué
    par les rêves refroidis
    joyeusement
    au chant des cigales
    ayant pleuré toute l'année
    noire année sous la lune rose
    et ronde
    engrossée rare

    joyeusement
    l'amour dans l'instantané
    d'une année rose

    16 nov. 97

    _________________________

    Hiver de vie blanche
    en mal de vertiges
    sur les pentes instables
    d'un amour affûté
    par le cri d'un délire
    retenu dans l'âme
    son désir somptueux
    sur les pentes malheureuses
    viennent glisser les vertiges
    jusqu'aux hanches délirantes
    d'un amour achevé

    16 nov. 97

    _________________________

    Imbibée de jours fragiles
    la nuit apaisée
    s'abandonne
    dans les vastes
    étendues
    de vos regards
    garnis de rêves
    figés dans l'oeil
    d'un passé arrimé
    aux départs fragiles
    que viennent agiter
    les bruits
    des pas sourds
    de l'ennui
    livré au hasard
    d'un horizon docile
    muet

    15 nov. 97

    _________________________

    Follement attendrie
    l'âme errante
    se retire de son nid
    trop regard
    trop foudre
    trop oubli
    sur le tranchant de l'aube
    trop abîme
    par la brise amusée
    trop peine
    noyée dans l'oeil
    d'un soleil efficace
    échevelé
    dans l'oeil se noie
    une peine efficace

    11 nov. 97

    _________________________

    Devant un ciel trop clair de lune
    une âme bleue
    s'habitue aux départs
    du corps instantané
    toujours attiré sur des pistes fragiles
    vers les sous-bois
    condamnés aux ivresses
    d'un rêve spontané
    poésie chavirante
    qui bascule dans le regard
    d'un pur moment embrassé
    à travers des vagues tapageuses
    venues s'échouer
    au pied d'un escalier

    8 nov. 97

    _________________________

    Les couleurs de l'âme
    ne se voient qu'à la lueur
    des yeux abandonnés au désir
    que prolongent les doigts agiles
    de la volupté
    sur le noir sommeil aspiré
    vers de plus hautes cimes
    tendues et rares
    scintille dans la chair de l'âme
    une étoile incrustée
    venue de nulle part
    de nulle part retournée

    30 oct. 97

    _________________________

    Répandue dans l'infini regard
    une rosée de lourdes promesses
    assèche le sol aride
    d'espoirs évidés
    d'heures avides
    de doux temps gris
    entre jour et nuit
    entre blanc et noir
    entre mort et vie
    entre toi et moi
    ce long silence
    entouré de bruits
    et ce temps minuscule
    qui nous tue
    entre soleil et lune
    qui se pavanent en nous
    gonflés de plein jour
    de vie chaude et ronde
    dans la chair infiniment âme
    infiniment amour
    à mourir

    29 oct. 97

    _________________________

    On a tué la parole sur la place
    on l'a recouverte d'un silence
    long comme le temps
    puis on s'est accoudé
    à une fenêtre du passé
    en essuyant un simple prénom
    sur la glace de l'oubli
    on a surveillé l'impénétrable
    et parfait destin
    demeuré évasif
    ne reste qu'un vertige embué
    d'où émergent d'inavouables instants
    multicolores
    répandus sur le feu de l'âme
    en sursis

    29 oct. 97

    _________________________

    âme
    âmour
    âmourir
    à la lisière des passions
    condamnées
    au désir
    au désert
    dans l'enflure d'un instant
    d'une épave
    d'un rivage
    d'un message
    vertige dans l'oeil
    dans le sang
    condamné au présent
    d'une aube grisée

    19 oct. 97

    _________________________

    Taillé dans l'espoir
    un nu se faufile
    à travers l'onde d'une parole
    retenue entre les murs
    des recommencements
    gelés sous les draps
    volupté d'une image féconde
    adaptée au silence stupéfait
    silence d'algues répandues
    en flaques rondes
    auréolées de présents inventés
    et mauves

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    Sur l'enclume des attentes
    des étoiles
    remplies de nuit
    m'observent
    dans les yeux du silence
    étrange nuit
    sous les sables envoûtés
    que transportent des ombres
    qui sombrent dans l'oubli

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    Un peu de soleil un peu de lumière
    à travers les feuilles jaunies
    du temps suspendu aux lèvres
    empêchées d'annoncer
    l'approche du soir
    dans la béance de la nuit
    le silence parle au silence
    sur l'indomptable pavé du désir
    venu piller le brasier exténué
    des grandes forêts
    foulées aux pieds des attentes
    à faire rougir la démence
    au coeur des secrets

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    Ma main telle une étoile
    vient se poser sur ton visage apeuré
    illumine tes ailes immenses
    pour ton envol
    vers tes rêves illimités
    en plein azur
    en plein éveil
    vivaces au coeur de l'intime
    à travers mes douces brises
    effilochées

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    Je n'ai encore rien fait
    pas pris le temps de marcher
    sur des étoiles dont le reflet
    s'incruste dans vos pas
    investis de couleurs diaphanes

    pas pris le temps de grignoter
    vos syllabes en faire des mots
    que la brise transporte
    vers un ailleurs dénudé de larmes

    pas pris le temps d'avaler
    des douceurs offertes
    au temps trop court brisé
    par des vagues violentes échouées
    sur le rivage de nos vivants

    pas pris le temps d'entendre
    la symphonie des regards qui croisent
    les passés présents et à venir

    pas pris le temps d'éviter
    les morsures de l'amour dispersé
    dans le vernis du temps

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    À demeure ailleurs
    passer par une voix tellement puissante
    que pas même un seul regard
    ne peut soutenir l'ineffable demeure en soi
    jugée trop petite
    trop petite pour être habitée
    par un trop-plein si grand
    que même un ailleurs
    ne pourrait le contenir

    mais ailleurs n'est nulle part
    c'est trop plein de vides trop vides
    de désespoirs qui se perdent
    à l'orée du soir
    s'infiltre comme une eau qui entre
    par les fentes de l'âme
    insidieusement

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    Sur l'écran brûlant du rêve
    la chaleur de ta peau
    vient caresser le souvenir
    de mes mots que transporte
    le désir à mon âme assoiffée
    emportée en ce noir éternel
    d'un amour écourté
    indécent

    noirs lendemains d'une blessure
    à lécher de nuit
    vivante et fauve

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    Bêtement
    la tête s'enroule
    autour des heures
    poursuivie par la mémoire des jours
    devenus bêtes
    lors d'un tête-à-tête avec l'ombre
    de nos histoires indigestes
    et la lumière venue trancher les départs

    à faire périr
    d'un coup sec

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    Longues chevauchées du temps
    que les nuits respirent
    à travers des silences affectueux
    au seuil des jours malades

    Longues chevauchées des jours
    qu'une Parole respire
    à travers la nuit aimable
    d'un désir emmuré

    Longues chevauchées des nuits
    expirées dans le temps
    quand la Parole prononce
    le corps devenu silence

    l e

    d é s i r

    e m m u r é

    s e

    m e u r t

    _________________________

    D
    É
    L
    I
    R
    E

    Espace de feu
    que le temps attise
    dans le corridor des attentes
    en quête de durée

    Espace de pluie
    qu'asperge le temps
    ultimes orgasmes
    des continents

    Espace de terre
    qu'ensemence le temps
    de grâces enfuies
    des temples incontinents

    Espace de l'intime
    murmuré par le temps
    souvenance à nos lèvres
    prononcé

    _________________________

    Craintif
    l'oeil murmure des beautés
    que promène une image solitaire
    au-dessus d'un sourire blessé

    image à angle ouvert
    sur des mots couverts
    image à angle indiscret
    sur des mots discrets
    image entourée d'angles
    couverts et discrets
    retournée à l'âme
    solitaire

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    Paradis symptomatique
    de chairs de femmes offertes
    aux abords de leurs fruits
    achevés

    Symptôme d'anges
    agrippés aux solitudes
    écartelées entre deux tristesses
    longuement approuvées

    Symptôme de solitude
    d'un regard d'un sourire
    prolonge l'âme
    jusqu'aux sommets impardonnés

    Symptôme du hasard
    quand viennent mourir les heures
    aux pieds d'une peine
    sans rire
    sans rien
    rien

    Ange écartelé
    entre deux douleurs
    que la chair approuve
    solitaire

    _________________________

    Mots à rire
    Mots à pleurer
    s'en vont mourir sur une page blanche
    vivante au coeur de soi
    vivante au coeur vivante en soi
    à mourir de rire et blanche
    quand les matins s'en vont pleurer sous les arbres
    quand les arbres vont déposer
    le coeur sur le temps
    quand ce temps vient jeter l'ancre
    au coeur des mots
    en silence

    Au coeur des mots
    un silence pleure
    sur le temps

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    Pendu au bout d'une ficelle noire
    le corps attend menu
    ce dépôt des chairs
    entre deux phrases grises
    que l'on porte jusqu'au seuil de la voix
    résidus d'une foule venue applaudir
    le spectacle des heures
    en ce jour déchu

    au seuil de l'âme

    le poème s'enivre

    de jours

    déçus

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    Au fin fond de mon univers
    je chevauche les étoiles pour faire rêver
    les impatiences des alentours
    vieille habitude offerte au temple
    des croyances qui bavent
    sur les amours inachevées

    semer le vent
    semer le temps
    de ce lointain paysage
    sur nos paresses
    endormies

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    Quand cette pomme tomba de l'arbre
    l'automne venu a dégusté
    le fruit le jus les coloris
    d'un très vaste pays
    abandonné
    dans le courant du feu des femmes
    trop morcelées

    un songe d'été
    colore les arbres
    de leur automne gris

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    Les mots ont quelque chose à dire
    à nos essentiels

    cherchez-les
    trouvez-les
    mâchez-les
    digérez-les

    ne resteront
    que les mots essentiels
    parmi les vôtres
    les miens
    et ceux des autres

    Essentiellement vôtre,

    le mot

    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots Un les
    mots les mots les mots les mot les les mots lesm
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots seul les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les
    mots les mots les mots les mots les mots les mot
    les mots les mots les mots les mots les mots les

    _________________________

    Sur le rivage insondable des abandons
    la mer raconte ses insomnies
    croise la douleur
    réveille les muses
    de mots crus et frais
    poésie explosive
    au bout d'une main tendue qui se brise
    dans un décor inattendu

    _________________________

    À l'heure où le ciel s'endort
    ne sait-on pas
    que les poètes graves
    doivent curieusement aller dormir
    à l'ombre de leurs rêves
    parmi un peuple de mots
    dont les blessures s'épanchent
    sur l'épaule de l'oreiller
    nourries à même le plein des jours
    délicieusement habité

    dehors le temps grisaille
    le vent s'accroche aux arbres
    pendant que pleure le poème
    sur la nuit esseulée

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    Y a des tranches de vie indigènes
    d'où s'échappent des amours interdites
    piétinées sous les pieds de l'oubli
    Y a des tranches de vie comestibles
    plongées dans le secret des blessures
    sous le ramage d'une étoile solitaire

    Y a des tranches de vie liquide
    harnachées
    qui produisent des ondes de choc
    qui vous arrivent dans la gorge
    comme un déluge venu inonder la peur

    Y a des tranches de vie qui font des ronds
    dans le liquide le comestible
    des amours indigènes

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    tendres
    tendrement tendres
    tous ces gestes
    sur une fleur enivrée
    qu'un doux regard
    est venu désarmer

    tendres
    tendrement tendres
    tous ces mots
    jetés au sort
    qu'une simple brise
    est venue balayer

    tendres
    tendrement tendres
    tous les mots
    tous les gestes
    bus à même ces lèvres
    emprisonnées dans un délire

    tendre
    tendrement tendre
    ce rêve nu
    échoué entre la chair et l'âme

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    Sans cris
    sans joies
    la vie cette impatiente
    vient saturer le temps
    et tous ses heurts
    qui vous aiguisent l'âme
    magnifiquement approfondie
    comme un coup de grâce
    dans la continuité des choses belles

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    la vie bête fauve
    de ses crocs vient mordre
    les échines langoureuses
    entre ses griffes empoigne
    cet amour spontané
    arraché à la flamme
    d'une âme enivrée
    vie fauve
    vie sèche
    au coeur du tendre
    dérive sur un fleuve
    appelé liberté

    _________________________

    Cette chair qui nous déchire
    vient mourir à l'ombre d'un poème
    habité par les mots par les sons
    d'un volcan balafré
    par tant de braises
    par tant de pluies
    par tant de cendres
    sur le visage de l'âme abîmée
    ramassée par les peurs qui filent
    entre les dents des jours trop aiguisés

    _________________________

    À la dérive
    quelques mots tendres se répondent
    entre la lumière et l'ombre
    par vagues successives
    viennent s'échouer sur le rivage
    d'une âme emportée
    sur la mer
    déchirée
    joie paix santé bonheur
    dans la dureté des jours
    quand les nuits scintillent
    au coeur du rêve en allé
    sans appel

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    Atteint au coeur du crépuscule
    le jour se meurt gris
    enchaîné aux mots
    sur banc de pierres
    qu'un simple rêve
    a terrassé
    était-ce un rêve
    ou bien l'amour
    trop fasciné
    par tant de bruits
    autour d'un personnage
    étoilé

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    Noire pluie noire
    sur la chair abritée
    quand la beauté perdure
    dans un souffle vert émeraude
    s'abandonne dans la sève
    des regards endormis
    Noire pluie noire
    sur la peur détrempée
    par tant de vains mots
    qui racontent des peines
    affichées à l'écran
    d'un grand ciel trop aimé

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    Enivrée d'un silence
    je titube vers les mots
    murmurés à l'oreille
    de mon âme profanée
    emportés par la vague
    que vient bercer ma nuit
    jusqu'à l'aube
    dégrisée

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    Éternel dur pays
    en mon âme givrée
    que portage le soleil
    sur les rives sanglantes
    de mille lacs mille rivières
    vers le flot de l'oubli
    cette marche du feu
    vient brûler les attentes
    arrachées à nos pas
    trop fragiles
    et brisés